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APRENDER A HACER ORACIÓN ¿Qué es la oración?
1.1.
Oración mental es ese diálogo
con Dios, de corazón a corazón, en el que interviene toda el alma: la
inteligencia y la imaginación, la memoria y la voluntad. Una meditación que
contribuye a dar valor sobrenatural a nuestra pobre vida humana, nuestra vida
diaria corriente. (Es Cristo que pasa, n. 119)
1.2.
Me has escrito: ‘orar es hablar
con Dios. Pero, ¿de qué?’ ―¿De qué? De Él, de
ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones
diarias…, ¡flaquezas!: y hacimientos
de gracias y peticiones: y Amor y desagravio. En dos palabras: conocerle y
conocerte: ‘¡tratarse!’ (Camino 91)
1.3.
“La oración” es la humildad del
hombre que reconoce su profunda miseria y la grandeza de Dios, a quien se
dirige y adora, de manera que todo lo espera de Él y nada de sí mismo. (Surco 259)
1.4.
La oración es una charla
afectuosa, una confidencia amorosamente atendida; es un diálogo lleno de amor ―nunca
monólogo― en el que Dios corresponde siempre… («Camino, Edición
Crítico-Histórica», pág. 316)
1.5.
La oración del cristiano nunca
es monólogo. (Camino 114)
1.6.
Oración: es la hora de las
intimidades santas y de las resoluciones firmes. (Surco 457)
1.7.
Siempre he entendido la oración
del cristiano como una conversación amorosa con Jesús, que no debe
interrumpirse ni aun en los momentos en los que físicamente estamos alejados
del Sagrario, porque toda nuestra vida esta hecha de coplas de amor humano a lo
divino… y amar podemos siempre. (Forja 435)
1.8.
La oración no es problema de
hablar o de sentir, sino de amar. Y se ama, esforzándose en intentar decir algo
al Señor, aunque no se diga nada. (Surco 469)
1.9.
Buscas la compañía de amigos que
con su conversación y su afecto, con su trato, te hacen más llevadero el
destierro de este mundo…, aunque los amigos a veces traicionan. ―No me
parece mal. Pero… ¿cómo no frecuentas
cada día con mayor intensidad la compañía, la conversación con el Gran Amigo,
que nunca traiciona? (Camino 88)
1.10.
«Et in meditatione
mea exardescit ignis» ―Y, en mi meditación, se enciende el fuego.
―A eso vas a la oración: a hacerte una hoguera, lumbre viva, que dé calor
y luz.
(Camino 92)
1.11.
La oración es indudablemente el
‘quitapesares’ de los que amamos a Jesús. (Forja 756)
1.12.
Orar es el camino para atajar
todos los males que padecemos. (Forja 76)
1.13.
La oración ―recuérdalo― no consiste en hacer discursos bonitos, frases grandilocuentes o que
consuelen… Oración es a veces una mirada
a una imagen del Señor o de su Madre; otras, una petición, con palabras; otras,
el ofrecimiento de las buenas obras, de los resultados de la fidelidad… Como el soldado que está de
guardia, así hemos de estar nosotros a la puerta de Dios Nuestro Señor: y eso
es oración. O como se echa el perrillo, a los pies de su amo. No te importe decírselo:
Señor, aquí me tienes como un perro fiel; o mejor, como un borriquillo, que no
dará coces a quien le quiere. (Forja 73)
1.14.
Dios, que es amoroso espectador
de nuestro día entero, preside nuestra íntima plegaria: y tú y yo (…) hemos de
confiarnos en Él como se confía en un hermano, en un amigo, en un padre.
(Amigos de Dios, n. 246)
1.15.
Le decías: “No te fíes de mí… Yo
sí que me fío de ti, Jesús… Me abandono en tus brazos: allí dejo lo que tengo,
¡mis miserias!” ―Y me parece buena oración. (Camino 113)
1.16.
Hoy he vuelto a rezar lleno de
confianza, con esta petición: Señor, que no nos inquieten nuestras pasadas
miserias ya perdonadas, ni tampoco la posibilidad de miserias futuras: que nos
abandonemos en tus manos misericordiosas; que te hagamos presentes nuestros
deseos de santidad y apostolado, que laten como rescoldos bajo las cenizas de
una aparente frialdad… ―Señor, sé que nos escuchas. Díselo tú también. (Forja
426)
Necesidad de la oración
2.1.
La oración es el arma más
poderosa del cristiano. La oración nos hace eficaces. La oración nos hace
felices. La oración nos da toda la fuerza necesaria, para cumplir los mandatos
de Dios. ―¡Sí!,
toda tu vida puede y debe ser oración. (Forja 439)
2.2.
Hay un solo modo de crecer en la
familiaridad y en la confianza con Dios: tratarle en la oración, hablar con Él,
manifestarle ―de corazón a corazón― nuestro afecto. (Amigos de
Dios, n. 294)
2.3.
El sendero, que conduce a la
santidad, es sendero de oración; y la oración debe prender poco a poco en el
alma, como la pequeña semilla que se convertirá más tarde en árbol frondoso.
(Amigos de Dios, n. 295)
2.4.
Asegura Santa Teresa que ‘quien
no hace oración no necesita demonio que le tiente, en tanto que, quien tiene
tan sólo un cuarto de hora al día, necesariamente se salva’…, porque el diálogo
con el Señor ―amable, aun en los tiempos de aspereza o de sequedad del
alma― nos descubre el auténtico relieve y la justa dimensión de la vida.
(Forja 1003)
2.5.
Para acercarte a Dios, para
volar hasta Dios, necesitas las alas recias y generosas de
2.6.
La oración ―¡aun
la mía!― es omnipotente. (Forja 188)
2.7.
Tú ―como todos los hijos
de Dios― necesitas también de la oración personal: de esa intimidad, de
ese trato directo con Nuestro Señor ―diálogo de dos, cara a cara―,
sin esconderte en el anonimato. (Forja 534)
2.8.
Desprecias la meditación… ¿No
será que tienes miedo, que buscas el anonimato, que no te atreves a hablar con
Cristo cara a cara? Ya ves que hay muchos modos de ‘despreciar’ este medio, aunque
se afirme que se practica. (Surco 456)
2.9.
Te pide Jesús oración… Lo ves
claro. Sin embargo, ¡qué falta de
correspondencia! Te cuesta mucho todo: eres como el niño que tiene pereza de
aprender a andar. Pero en tu caso, no es sólo pereza. Es también miedo, falta
de generosidad. (Forja 291)
2.10.
Si de veras deseas ser alma
penitente y alegre, debes defender, por encima de todo, tus tiempos diarios de
oración íntima, generosa, prolongada, y has de procurar que esos tiempos
diarios no sean a salto de mata, sino a hora fija, siempre que te resulte
posible. No cedas en estos detalles. Sé esclavo de ese culto
cotidiano a Dios, y te aseguro que te sentirás constantemente alegre. (Surco
994)
2.11.
Me has escrito, y te entiendo:
‘Hago todos los días mi “ratito” de oración. ¡Si no fuera por eso! (Camino 106)
2.12.
¿No?… ¿Porque no has tenido
tiempo?… ―Tienes tiempo. Además, ¿qué obras serán las tuyas, si no las
has meditado en la presencia del Señor, para ordenarlas? Sin esa conversación
con Dios, ¿cómo acabarás con perfección la labor de la jornada?… ―Mira,
es como si alegaras que te falta tiempo para estudiar, porque estás muy ocupado
en explicar unas lecciones… Sin estudio, no se puede dar una buena clase. La oración va antes que todo.
Si lo entiendes así y no lo pones en práctica, no me digas que te falta tiempo:
¡sencillamente, no quieres hacerla. (Surco 448)
2.13.
El espíritu de oración que anima
la vida entera de Jesucristo entre los hombres, nos enseña que todas las obras
―grandes y pequeñas― han de ir precedidas,
acompañadas y seguidas de oración. (Forja 441)
2.14.
Oración, ¡más oración!
―Parece una incongruencia ahora, en tiempo de exámenes, de mayor trabajo…
La necesitas: y no sólo la habitual, como práctica de piedad; oración, también
durante los ratos perdidos; oración, entre ocupación y ocupación, en vez de
soltar la mente en tonterías. No importa si ―a pesar
de tu empeño― no consigues concentrarte y recogerte. Puede valer mucho
más esta meditación que aquélla que hiciste, con toda comodidad, en el
oratorio. (Surco 449)
2.15.
Siempre que sentimos en nuestro
corazón deseos de mejorar, de responder más generosamente al Señor, y buscamos
una guía, un norte claro para nuestra existencia cristiana, el Espíritu Santo
trae a nuestra memoria las palabras del Evangelio: conviene orar perseverantemente y no desfallecer (Lc 18, 1). La oración es el fundamento de toda la labor
sobrenatural; con la oración somos omnipotentes y, si prescindiésemos de este
recurso, no lograríamos nada. (Amigos de Dios, n. 238)
2.16.
Fue así como vivieron aquellos
primeros, y como debemos vivir nosotros: la meditación en la doctrina de la fe
hasta hacerla propia, el encuentro con Cristo en
2.17.
La oración era entonces, como
hoy, la única arma, el medio más poderoso para vencer en las batallas de la
lucha interior: ¿hay entre vosotros
alguno que está triste? Que se recoja en oración (Sant
5, 13). Y San Pablo resume: orad sin
interrupción (1 Tes 5, 17), no os canséis nunca
de implorar. (Amigos de Dios, n. 242)
2.18.
Si se abandona la oración,
primero se vive de las reservas espirituales…, y después, de la trampa. (Surco
445)
2.19.
No olvidéis que la oración es el
medio que ha de preceder, acompañar y seguir a todas nuestras actuaciones
humanas: si no hacemos eso, hemos errado en el camino. (Memoria del Beato Josemaría Escrivá, pág. 191)
2.20.
¿Santo, sin oración?… ―No
creo en esa santidad. (Camino 107)
2.21.
¿Católico, sin oración?… Es como
un soldado sin armas. (Surco 453)
2.22.
Te diré, plagiando la frase de
un autor extranjero, que tu vida de apóstol vale lo que vale tu oración.
(Camino 108)
2.23.
Sin la oración, sin la presencia
continua de Dios; sin la expiación, llevada a las pequeñas contradicciones de
la vida cotidiana; sin todo eso, no hay, no puede haber acción personal de
verdadero apostolado. (Camino, «Edición Crítico-Histórica», pág.
290)
2.24.
Vamos a ser piadosos, a enseñar
a los demás con nuestras vidas a rezar, a convencer a la gente que hay que
rezar. Nosotros debemos llevar todas las cosas a Dios en una continua oración.
(Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, pág. 135)
¿Cómo hacer oración?
3.1.
¿Que no sabes orar? ―Ponte
en la presencia de Dios, y en cuanto comiences a decir: ‘Señor, ¡que no sé
hacer oración!…’, está seguro de que has empezado a hacerla. (Camino 90)
3.2.
Al principio costará; hay que
esforzarse en dirigirse al Señor, en agradecer su piedad paterna y concreta con
nosotros. Poco a poco el amor de Dios se palpa ―aunque no es cosa de
sentimientos―, como un zarpazo en el alma. Es Cristo, que nos persigue
amorosamente: he aquí que estoy a tu puerta, y llamo. ¿Cómo va tu vida de
oración? ¿No sientes a veces, durante el día, deseos de charlar más despacio
con El? ¿No le dices: luego te lo contaré, luego conversaré de esto contigo?
(Es Cristo que pasa, n. 8)
3.3.
¡Recogerse en oración, en
meditación, es tan fácil…! Jesús no nos hace esperar, no impone antesalas: es
Él quien aguarda. Basta con que digas: ¡Señor, quiero hacer oración, quiero
tratarte!, y ya estás en la presencia de Dios, hablando con Él. Por si fuera poco, no te cercena el tiempo:
lo deja a tu gusto. Y esto, no durante diez minutos o un cuarto de hora. ¡No!,
¡horas, el día entero! Y Él es quien es: el Omnipotente, el Sapientísimo.
(Forja 539)
3.4.
Hacia 1930, cuando se acercaban
a mí, sacerdote joven, personas de todas las condiciones ―universitarios,
obreros, sanos y enfermos, ricos y pobres, sacerdotes y seglares―, que
intentaban acompañar más de cerca al Señor, les aconsejaba siempre: rezad. Y si
alguno me contestaba: no sé ni siquiera cómo empezar, le recomendaba que se
pusiera en la presencia del Señor y le manifestase su inquietud, su ahogo, con
esa misma queja: Señor, ¡que no sé! Y, tantas veces, en aquellas humildes
confidencias se concretaba la intimidad con Cristo, un trato asiduo con Él. Han transcurrido muchos años, y no conozco otra receta. Si no te
consideras preparado, acude a Jesús como acudían sus discípulos: ¡enséñanos a hacer oración! (Lc XI, 1). Comprobarás como el Espíritu Santo ayuda a nuestra flaqueza, pues no sabiendo siquiera
qué hemos de pedir en nuestras oraciones, ni cómo conviene expresarse, el mismo
Espíritu facilita nuestros ruegos con gemidos que son inexplicables (Rom VIII, 26), que no pueden contarse, porque no existen
modos apropiados para describir su hondura. (Amigos de Dios, n. 244)
3.5.
De todos modos, si al iniciar
vuestra meditación no lográis concretar vuestra atención para conversar con
Dios, os encontráis secos y la cabeza parece que no es capaz de expresar ni una
idea, o vuestros afectos permanecen insensibles, os aconsejo lo que yo he
procurado practicar siempre en esas circunstancias: poneos en presencia de
vuestro Padre, y manifestadle al menos: ¡Señor, que no sé rezar, que no se me
ocurre nada para contarte!… Y estad seguros de que en
ese mismo instante habéis comenzado a hacer oración. (Amigos de Dios, n. 145)
3.6.
Cuando hagas oración haz
circular las ideas inoportunas, como si fueras un guardia del tráfico; para eso
tienes la voluntad enérgica que te corresponde por tu vida de niño.
―Detén, a veces, aquel pensamiento para encomendar a los protagonistas
del recuerdo inoportuno. ¡Hala!, adelante… Así, hasta que dé la hora. ―Cuando tu
oración por este estilo te parezca inútil, alégrate y cree que has sabido
agradar a Jesús. (Camino 891)
3.7.
Cuando se quiere de verdad
desahogar el corazón, si somos francos y sencillos, buscaremos el consejo de
las personas que nos aman, que nos entienden: se charla con el padre, con la
madre, con la mujer, con el marido, con el hermano, con el amigo. Esto es ya
diálogo, aunque con frecuencia no se desee tanto oír como explayarse, contar lo
que nos ocurre. Empecemos a conducirnos así con Dios, seguros de que Él nos
escucha y nos responde; y le atenderemos y abriremos nuestra conciencia a una
conversación humilde, para referirle confiadamente todo lo que palpita en
nuestra cabeza y en nuestro corazón: alegrías, tristezas, esperanzas,
sinsabores, éxitos, fracasos, y hasta los detalles más pequeños de nuestra
jornada. Porque habremos comprobado que todo lo nuestro interesa a nuestro
Padre Celestial. (Amigos de Dios, n. 245)
3.8.
No sabes qué decir al Señor en
la oración. No te acuerdas de nada, y, sin embargo, querrías consultarle muchas
cosas. ―Mira: toma algunas notas durante el día de las cuestiones que
desees considerar en la presencia de Dios. Y ve con esa nota luego a orar.
(Camino 97)
3.9.
Para dar cauce a la oración,
acostumbro ―quizá pueda ayudar también a alguno de vosotros― a
materializar hasta lo más espiritual. Nuestro Señor utilizaba ese
procedimiento. Le gustaba enseñar con parábolas, sacadas del ambiente que le
rodeaba: del pastor y de las ovejas, de la vid y de los sarmientos, de barcas y
de redes, de la semilla que el sembrador arroja a voleo… (Amigos de Dios, n.
254)
3.10.
Recordad lo que, de Jesús, nos
narran los Evangelios. A veces, pasaba la noche entera ocupado
en coloquio íntimo con su Padre. ¡Cómo enamoró a los primeros discípulos la
figura de Cristo orante! Después de contemplar esa constante actitud del Maestro, le
preguntaron: Domine, doce nos orare, Señor, enséñanos a orar así. (Es Cristo
que pasa, n. 119)
3.11.
Suelo decir con frecuencia que,
en estos ratos de conversación con Jesús, que nos ve y nos escucha desde el
Sagrario, no podemos caer en una oración impersonal; y comento que, para
meditar de modo que se instaure enseguida un diálogo con el Señor ―no se
precisa el ruido de palabras―, hemos de salir del anonimato, ponernos en
su presencia tal y como somos, sin emboscarnos en la muchedumbre que llena la
iglesia, ni diluirnos en una retahíla de palabrería hueca, que no brota del
corazón, sino todo lo más de una costumbre despojada de contenido. (Amigos de
Dios, n. 64)
3.12.
Oración: aunque yo no te la doy
(…), me la haces sentir a deshora y, a veces, leyendo el periódico, he debido
decirte: ¡déjame leer! ―¡Qué bueno es mi Jesús!
Y, en cambio, yo… (Entrevista sobre el Fundador del Opus
Dei, pág. 134 y 135)
3.13.
Deja que se vierta tu corazón en
efusiones de Amor y de agradecimiento al considerar cómo la gracia de Dios te
saca libre cada día de los lazos que te tiende el enemigo. (Camino 434)
3.14.
Procura que tu hacimiento de gracias, diario, salga impetuoso de tu
corazón. (Forja 866)
3.15.
Acostúmbrate a elevar tu corazón
a Dios en acción de gracias, muchas veces al día. ―Porque te da esto y lo
otro. ―Porque te han despreciado. ―Porque no tienes lo que
necesitas o porque lo tienes. Porque hizo tan hermosa a su
Madre, que es también Madre tuya. ―Porque creó el Sol y
Dale gracias por todo, porque
todo es bueno. (Camino 268)
3.16.
Agradece al Señor el enorme bien
que te ha otorgado, al hacerte comprender que “sólo una cosa es necesaria”.
―Y, junto a la gratitud, que no falte a diario tu súplica, por los que
aún no le conocen o no le han entendido. (Surco 454)
3.17.
Todo lo espero de Ti, Jesús mío:
¡conviérteme! (Forja 170)
3.18.
En la oración se enciende el
fuego de mi alma: que cada uno vierta sus afectos en Dios, pensando en la gran
misión que nos ha confiado. Que cada uno piense cómo es su respuesta. («Camino,
Edición Crítico-Histórica», pág. 302)
3.19.
No podemos escondernos en el
anonimato; la vida interior, si no es un encuentro personal con Dios, no
existirá. La superficialidad no es cristiana. Admitir la rutina en nuestra
conducta ascética, equivale a firmar la partida de defunción del alma
contemplativa. Dios nos busca uno a uno; y hemos de responderle uno a uno: aquí
estoy, Señor, porque me has llamado (1 Reg III, 5).
(Es Cristo que pasa, n. 174)
3.20.
Despacio. ―Mira qué dices,
quién lo dice y a quién. ―Porque ese hablar deprisa, sin lugar para la
consideración, es ruido, golpeteo de latas. Y te diré con Santa Teresa,
que no lo llamo oración, aunque mucho menees los labios. (Camino 85)
3.21.
Para evitar la rutina en las
oraciones vocales, procura recitarlas con el mismo amor con que habla por
primera vez el enamorado…, y como si fuera la última ocasión en que pudieras
dirigirte al Señor. (Forja 432)
3.22.
Meditación. Tiempo fijo y a hora
fija. Si no, se adaptará a la comodidad nuestra: esto es falta de
mortificación. Y la oración sin mortificación es poco eficaz. (Surco 446)
Perseverancia
en la oración
4.1.
Dime como va esa oración:
persevera, aunque cueste y te parezca que no haces nada: verás cuánta fuerza
sacas para lo sucesivo. Piensa que nuestra vida entera es una pelea, y no
tenemos más arma que ésa de tratar a Dios en
4.2.
La oración se desarrollará unas
veces de modo discursivo; otras, tal vez pocas, llena de fervor; y, quizá
muchas, seca, seca, seca… Pero lo que importa es que tú, con la ayuda de Dios,
no te desalientes. Piensa en el centinela que está de guardia: desconoce si el Rey o el
Jefe del Estado se encuentra en el palacio; no le consta lo que hace y, en la
mayoría de los casos, el personaje no sabe quién le custodia. Nada de esto ocurre con
nuestro Dios: El vive donde tú vivas; se ocupa de ti; te conoce y conoce tus
pensamientos más íntimos…: ¡no abandones la guardia de la oración! (Surco 463)
4.3.
Persevera, voluntariamente y con
amor ―aunque estés seco―, en tu vida de piedad. Y no te importe si
te sorprendes contando los minutos o los días que faltan para acabar esa norma
de piedad o ese trabajo, con el turbio regocijo que pone, en semejante
operación, el chico mal estudiante, que sueña con que termine el curso; o el
quincenario, que espera volver a sus andadas, al abrirle las puertas de la
cárcel. Persevera
―insisto― con eficaz y actual voluntad, sin dejar ni un instante de
querer hacer y aprovechar esos medios de piedad. (Forja 447)
4.4.
“Un minuto de rezo intenso; con
eso basta”. ―Lo decía uno que nunca rezaba. ―¿Comprendería
un enamorado que bastase contemplar intensamente durante un minuto a la persona
amada? (Surco 465)
4.5.
Jesús percibe la primera
invocación de nuestra alma, pero espera. Quiere que nos convenzamos de que le
necesitamos; quiere que le roguemos, que seamos tozudos, como aquel ciego que
estaba junto al camino que salía de Jericó. (Amigos de Dios, n. 195)
4.6.
Perseverar. ―Un niño que
llama a una puerta, llama una y dos veces, y muchas veces…, y fuerte y
largamente, ¡con desvergüenza! Y quien sale a abrir ofendido, se desarma ante
la sencillez de la criaturita inoportuna… ―Así tú con Dios. (Camino 893)
4.7.
La primera condición de la
oración es la perseverancia; la segunda, la humildad. Sé santamente tozudo, con
confianza. Piensa que el Señor, cuando le pedimos algo importante, quizá quiere
la súplica de muchos años. ¡Insiste!…, pero insiste siempre con más confianza.
(Forja 535)
4.8.
No desmayes: por indigna que sea
la persona, por imperfecta que resulte la oración, si ésta se alza humilde y
perseverante, Dios la escucha siempre. (Surco 468)
4.9.
No me importa contaros que el
Señor, en ocasiones, me ha concedido muchas gracias; pero de ordinario yo voy a
contrapelo. Sigo mi plan no porque me guste, sino porque debo hacerlo, por
Amor. Pero, Padre, ¿se puede interpretar una comedia con Dios?, ¿no es acaso
una hipocresía? Quédate tranquilo: para ti ha llegado el instante de participar
en una comedia humana con un espectador divino. Persevera, que el Padre, y el
Hijo, y el Espíritu Santo, contemplan esa comedia tuya; realiza todo por amor a
Dios, por agradarle, aunque a ti te cueste. ¡Qué bonito es ser juglar de
Dios! ¡Qué hermoso recitar esa comedia por Amor con sacrificio, sin ninguna
satisfacción personal, por agradar a nuestro Padre Dios, que juega con
nosotros! Encárate con el Señor, y confíale: no tengo ningunas ganas de
ocuparme de esto, pero lo ofreceré por Ti. Y ocúpate de verdad de esa labor,
aunque pienses que es una comedia. ¡Bendita comedia! Te lo aseguro: no se trata
de hipocresía, porque los hipócritas necesitan público para sus pantomimas. En
cambio, los espectadores de esa comedia nuestra ―déjame que te lo
repita― son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo;
4.10.
Persevera en la oración.
―Persevera, aunque tu labor parezca estéril. ―La oración es siempre
fecunda. (Camino 101)
4.11.
¡Bendita perseverancia la del
borrico de noria! ―Siempre al mismo paso. Siempre las mismas vueltas.
―Un día y otro: todos iguales. Sin eso, no habría madurez en
los frutos, ni lozanía en el huerto, ni tendría aromas el jardín. Lleva este pensamiento a tu
vida interior. (Camino 998)
4.12.
Oración constante, de la mañana
a la noche y de la noche a la mañana. Cuando todo sale con facilidad: ¡gracias,
Dios mío! Cuando llega un momento difícil: ¡Señor, no me abandones! Y ese Dios,
manso y humilde de corazón (Mt 11, 29), no olvidará nuestros ruegos, ni permanecerá
indiferente, porque Él ha afirmado: pedid
y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá (Lc 11, 9). (Amigos de Dios, n. 247)
4.13.
Vive la fe, alegre, pegado a
Jesucristo. ―Ámale de verdad ―¡de verdad,
de verdad!― y serás protagonista de la gran Aventura del Amor, porque
estarás cada vez más enamorado. (Forja 448)
4.14.
Dile despacio al Maestro:
¡Señor, sólo quiero servirte! ¡Sólo quiero cumplir mis deberes, y amarte con
alma enamorada! Hazme sentir tu paso firme a mi lado. Sé Tú mi único apoyo. ―Díselo despacio…, ¡y díselo de veras! (Forja 449)
4.15.
¿Qué cuál es el secreto de la
perseverancia? El amor. ―Enamórate, y no “le” dejarás. (Camino 999)
Oración de hijos
5.1.
¿Cómo hacer oración? Me atrevo a asegurar, sin
temor a equivocarme, que hay muchas, infinitas maneras de orar, podría decir.
Pero yo quisiera para todos nosotros la auténtica oración de los hijos de Dios,
no la palabrería de los hipócritas, que han de escuchar de Jesús: no todo el
que repite: ¡Señor!, ¡Señor!, entrará en el reino de los cielos. Los que se
mueven por la hipocresía, pueden quizá lograr el ruido de la oración ―escribía
San Agustín―, pero no su voz, porque allí falta la vida, y está ausente
el afán de cumplir
5.2.
Hay mil maneras de orar (…). Los hijos de Dios no
necesitan un método, cuadriculado y artificial, para dirigirse a su Padre. El
amor es inventivo, industrioso; si amamos, sabremos descubrir caminos
personales, íntimos, que nos lleven a este diálogo continuo con el Señor.
(Amigos de Dios, n. 255)
5.3.
La oración no es prerrogativa de frailes: es
cometido de cristianos, de hombres y mujeres del mundo, que se saben hijos de
Dios. (Surco 451)
5.4.
Descansa en la filiación divina. Dios es un Padre ―¡tu Padre!― lleno de ternura, de infinito amor. Llámale Padre muchas veces, y dile ―a solas― que le
quieres, ¡que le quieres muchísimo!: que sientes el orgullo y la fuerza de ser
hijo suyo. (Forja 331)
5.5.
Dale muchas gracias a Jesús, porque por Él, con Él
y en Él, tú te puedes llamar hijo de Dios. (Forja 266)
5.6.
La mayor muestra de agradecimiento a Dios es amar
apasionadamente nuestra condición de hijos suyos. (Forja 333)
5.7.
La filiación divina es una verdad gozosa, un
misterio consolador. La filiación divina llena toda nuestra vida espiritual,
porque nos enseña a tratar, a conocer, a amar a nuestro Padre del Cielo, y así
colma de esperanza nuestra lucha interior, y nos da la sencillez confiada de
los hijos pequeños. Más aún: precisamente porque somos hijos de Dios, esa
realidad nos lleva también a contemplar con amor y con admiración todas las
cosas que han salido de las manos de Dios Padre Creador. Y de este modo somos
contemplativos en medio del mundo, amando al mundo. (Es Cristo que pasa, n. 65) 5.8. | |||