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ASCETICA
MEDITADA SALVADOR
CANALS AL
LECTOR NOTA
DEL EDITOR JESUS,
COMO AMIGO NUESTRA
VOCACION CRISTIANA UN
IDEAL PARA TODA LA VIDA VIDA
INTERIOR GUARDA
DEL CORAZON EL
CAMINO REAL LA
ESPERANZA CRISTIANA HUMILDAD MANSEDUMBRE LAS
HUMILLACIONES LA
RUTA DEL ORGULLO CELIBATO
Y CASTIDAD VIRTUDES
VERDADERAS Y VIRTUDES FALSAS LA
SERENIDAD LA
CRITICA TENTACIONES LA
IMAGINACION EXAMEN
DE CONCIENCIA EN
PRESENCIA DEL PADRE EL
PAN DE VIDA YO
ESTARE CON VOSOTROS SIEMPRE LA
MUERTE Y LA VIDA LA
CORRECCION FRATERNA EL
PELIGRO DE LAS COSAS BUENAS LA
CIZAÑA Y EL BUEN TRIGO EN
LA LUZ DE BELEN AL
LECTOR Estas
líneas quise haberlas escrito antes. Pero entonces urgía la editorial, y apenas
tuve tiempo de ordenar los comentarios ascéticos publicados en «Studi
Cattolici». Y salieron así, huérfanos de una carta de presentación que contara
su génesis. Recuerdo
bien que, cuando pidieron mi colaboración en aquella revista, ni por un
instante pensé escribir un libro. Compuse las meditaciones sin un plan
premeditado. Y no fue difícil, pues lo que estaba escribiendo lo tomé en
préstamo. Muchas
veces Mons. Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei, a cuantos le pedíamos
consejo de vida interior, nos explicaba que en el ejercicio de su ministerio no
tenía más que un solo puchero, una misma enseñanza con validez universal: la de
buscar la santidad en las ocupaciones ordinarias de cada uno. En ese puchero
todos teníamos permiso para introducir nuestra cuchara y sacar el alimento
apropiado para nuestra situación concreta. Yo así lo hice repetidamente, y
luego la pluma se encargó de trasladar al papel las meditaciones que forman
este volumen. Mi
intento, al escribir, era sólo glosar algunas de las enseñanzas de Mons.
Escrivá de Balaguer. Pero pudo más el espíritu que el instrumento. Tantas veces
me había servido de aquel puchero que la cosa resultó con frecuencia
continuación de la frase, nueva cita y hasta transcripción literal de modos de
decir del Fundador del Opus Dei. Se me comprenderá bien si afirmo que me
sucedió lo que a los niños: una vez dentro de la juguetería, ya no saben elegir
y todo se lo llevarían, si de ellos dependiera. Conocí
al Fundador del Opus Dei en 1940. No me es fácil explicar lo que aquel
encuentro supuso para mí. Después, ya en Roma, tuve ocasión de tratarle
asiduamente. El vigor de su expresión, el empuje de una vida interior envuelta
en una naturalidad que se salía de lo ordinario, quemaban como fuego de Dios.
¡Cuántas veces he meditado sus enseñanzas! ¡Cuánto he pedido al Señor que
fueran vida de mi vida, para que aprendiera a santificar todas mis ocupaciones!
Eso pido ahora también para los lectores de estas meditaciones. Cuando
se lea Ascética Meditada y la mirada se pare en una frase que quema y remueve,
no hay que dudar: el agradecimiento debe ir a Mons. Escrivá de Balaguer, porque
es el principal autor de esos pensamientos puestos ahora en papel. SALVADOR
CANALS Nota
del editor Aunque
como lengua vulgar el latín dejó de usarse hace muchos siglos, se empleó hasta
hace relativamente poco en el lenguaje científico, y permanece aún como lengua
oficial de la Iglesia Católica. Sin
embargo, a partir de que el Concilio Vaticano II, autorizara el uso de las
lenguas vernáculas en la mayoría de las celebraciones litúrgicas, el latín se
hizo cada vez menos familiar para el común de los católicos, y casi desconocido
para las generaciones más jóvenes. Don
Salvador Canals, dirigió estas meditaciones entre 1960 y 1962, pocos años antes
de que las reformas mencionadas entraran en uso. Emplea en ellas un lenguaje
coloquial con abundantes interpolaciones latinas, seguramente como forma de
guardar fidelidad al texto oficial de las Escrituras recogido por San Jerónimo
en la Vulgata. Al
prepararse esta edición, aquellas de las frases en latín para las que el autor
incluyera su correspondiente traducción, fueron colocadas como notas al pie,
quedando sólo dentro del texto las que no la tenían. Creemos
que de este modo, los lectores no familiarizados con la lengua clásica,
apreciarán más fácilmente la entusiasmante luz original de estas meditaciones y
su ineludible desafío de lucha por la vida interior, tal cual era el propósito
del autor. JESUS,
COMO AMIGO "Haced
de modo que, en su primera juventud o en plena adolescencia, se sientan
removidos por un ideal: que busquen a Cristo, que encuentren a Cristo, que
traten a Cristo, que sigan a Cristo, que amen a Cristo, que permanezcan con
Cristo." J.
ESCRIVÁ DE BALAGUER, Cartas (Madrid, 24-X-1942). En
este puñado de tierra que son nuestras pobres personas -que somos tú y yo-,
hay, amigo mío, un alma inmortal que tiende hacia Dios, a veces sin saberlo:
que siente, aunque no se dé cuenta, una profunda nostalgia de Dios; y que desea
con todas sus fuerzas a su Dios, incluso cuando lo niega. Esta
tendencia hacia Dios, este deseo vehemente, esta profunda nostalgia, quiso el
mismo Dios que pudiéramos concretarla en la persona de Cristo, que fue sobre
esta tierra un hombre de carne y hueso, como tú y como yo. Dios quiso que este
amor nuestro fuese amor por un Dios hecho hombre, que nos conoce y nos
comprende, porque es de los nuestros; que fuera amor a Jesucristo, que vive
eternamente con su rostro amable, su corazón amante, llagados sus manos y sus
pies y abierto su costado: Que es el mismo Jesucristo ayer y hoy y por los
siglos de los siglos. Pues
ese mismo Jesús, que es perfecto Dios y hombre perfecto, que es el camino, la
verdad y la vida, que es la luz del mundo y el pan de la vida, puede ser
nuestro amigo si tú y yo queremos. Escucha a San Agustín, que te lo recuerda
con clara inteligencia con la profunda experiencia de su gran corazón:Sería
amigo de Dios si lo quisiera. Pero
para llegar a esta amistad hace falta que tú y yo nos acerquemos a Él, lo
conozcamos y lo amemos. La amistad de Jesús es una amistad que lleva muy lejos:
con ella encontraremos la felicidad y la tranquilidad, sabremos siempre, con
criterio seguro, cómo comportarnos; nos encaminaremos hacia la casa del Padre y
seremos, cada uno de nosotros, alter Christus, pues para esto se hizo hombre
Jesucristo: Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciera Dios. Pero
hay muchos hombres, amigo mío, que se olvidan de Cristo, o que no lo conocen ni
quieren conocerlo, que no oran y no piden en nombre de Jesús, que no pronuncian
el único nombre que puede salvarnos, y que miran a Jesucristo como a un
personaje histórico o como una gloria pasada, y olvidan que El vino y vive, para
que todos los hombres tengan la vida y la tengan en abundancia. Y
fíjate que todos estos hombres son los que han querido reducir la religión de
Cristo a un conjunto de leyes, a una serie de carteles prohibitivos y de
pesadas responsabilidades. Son almas afectas de una singular miopía, por la
cual ven en la religión tan sólo lo que cuesta esfuerzo, lo que pesa, lo que
deprime; inteligencias minúsculas y unilaterales, que quieren considerar el
Cristianismo como si fuera una máquina calculadora; corazones desilusionados y
mezquinos que nada quieren saber de las grandes riquezas del corazón de Cristo;
falsos cristianos, que pretenden arrancar de la vida cristiana la sonrisa de
Cristo. A éstos, a todos estos hombres, querría yo decirles: venid y veréis.
Probad y veréis qué suave es el Señor. La
noticia que los ángeles dieron a los pastores en la noche de la Navidad fue un
mensaje de alegría. Vengo a anunciaros una gran alegría, una alegría que ha de
ser grande para todo el mundo: Que ha nacido hoy para vosotros el Salvador, que
es Cristo nuestro Señor, en la ciudad de David. El
esperado de las gentes, el Redentor, el que habían ya anunciado los profetas,
el Cristo, el Ungido de Dios, nació en la ciudad de David. Él es nuestra paz y
nuestra alegría; y por ello invocamos a la Virgen María, Madre de Cristo, con
el título de, causa de nuestra alegría. Jesucristo
es Dios, perfecto Dios. Expresémosle, pues, tú y yo, nuestra adoración con las
palabras que el Padre puso en labios de Pedro: Tú eres Cristo, el Hijo de Dios
vivo. Y expresémosle también nuestra adoración, repitiendo la confesión de
Marta, o la del ciego de nacimiento o la del centurión. Pero
Jesucristo es también hombre, y hombre perfecto. Saborea este título que era
tan querido de Jesucristo: hijo del Hombre, como El se llamaba. Escucha a
Pilato: ¡Ahí tenéis al Hombre! , vuelve tu mirada a Cristo. ¡Qué cerca lo
sentimos ahora, amigo mío! Cristo es el nuevo Adán, pero nosotros lo sentimos
todavía más cerca. Porque el don de la inmunidad al dolor hacía que Adán no
pudiera sufrir, pero Tú, Señor, padeciste y moriste por nosotros. En verdad que
Tú eres, ¡oh Jesús!, perfecto hombre: el hombre perfecto. Cuando nos esforzamos
en imaginar el tipo perfecto de hombre, el hombre ideal, incluso sin quererlo
pensamos en Ti. Y al mismo tiempo, ¡oh buen Jesús!, Tú eres Emmanuel,
"Dios con nosotros". Y
todo esto, amigo mío, para siempre, Lo que asumió una vez, jamás lo dejó. Ten
hambre y sed de conocer la santísima Humanidad de Cristo y de vivir muy cerca
de Él. Jesucristo es hombre, es un verdadero hombre como nosotros, con alma y
cuerpo, inteligencia y voluntad, como tú y como yo. Recuérdalo a menudo, y te
será más fácil acercarte a Él, en la oración o en la Eucaristía, y tu vida de
piedad hallará en Él su verdadero centro, y tu cristianismo será más auténtico. Intimidad
con Jesucristo. Para que puedas llegar a conocer, amar, imitar y servir a
Jesucristo, hace falta que te acerques a Él con confianza, no se puede amar lo
que no se conoce. Y las personas se conocen merced al trato cordial, sincero,
íntimo y frecuente. ¿Pero
dónde buscar al Señor? ¿Cómo acercarse a Él y conocerlo? En el Evangelio,
meditándolo, contemplándolo, amándolo, siguiéndolo. Con la lectura espiritual,
estudiando y profundizando la ciencia de Dios. Con la Santísima Eucaristía,
adorándolo, deseándolo, recibiéndolo. El
Evangelio, amigo mío, debe ser tu libro de meditación, el alma de tu
contemplación, la luz de tu alma, el amigo de tu soledad, tu compañero de
viaje. Que se habitúen tus ojos a contemplar a Jesús como hombre perfecto, que
llora por la muerte de Lázaro, lloró Jesús, y sobre la ciudad de Jerusalén; a
verlo padecer el hambre y la sed; habitúate a contemplarlo sentado en el pozo
de Jacob, cansado del camino, y esperando a la samaritana; a considerar la
tristeza de su alma en el huerto de los olivos -triste está mi alma hasta la
muerte- y su abandono en el árbol de la Cruz; y sus noches transcurridas en
oración, y la enérgica fiereza con que arrojó del templo a los mercaderes, y su
autoridad al enseñar -como quien tiene potestad-. Llénate de confianza cuando lo
veas –movido su corazón a misericordia por las muchedumbres- multiplicar los
panes y los peces y regalar a la viuda de Naim su hijo resucitado a nueva vida
y restituir a Lázaro, resucitado, al cariño de sus hermanas... Acércate
a Jesucristo, hermano mío; acércate a Jesucristo en el silencio y en la
laboriosidad de su vida oculta, en las penas y en las fatigas de su vida
pública, en su Pasión y Muerte, en su gloriosa Resurrección. Todos
hallamos en Él, que es la causa ejemplar, el modelo, el tipo de santidad que a
cada uno conviene. Si cultivamos su amistad, lo conoceremos. Y en la intimidad
de nuestra confianza con Él escucharemos sus palabras: te he dado el ejemplo:
obra como Yo lo he hecho. Pero
antes de terminar, levanta confiadamente tu mirada a la Santísima Virgen. Pues
Ella supo, como ningún otro, llevar en su corazón la vida de Cristo y meditarla
dentro de sí.Recurre a Ella, que es Madre de Cristo y Madre tuya. Porque a
Jesús se va siempre a través de María. NUESTRA
VOCACION CRISTIANA "¡Qué
claro estaba, para los que sabían leer en el Evangelio, esa llamada general a
la santidad en la vida ordinaria, en la profesión, sin abandonar el propio
ambiente! Sin embargo, durante siglos, no la entendieron la mayoría de los
cristianos: no se pudo dar el fenómeno ascético de que muchos buscaran así la
santidad, sin salirse de su sitio, santificando la profesión y santificándose
con la profesión. Y muy pronto, a fuerza de no vivirla, fue olvidada la
doctrina; y la reflexión teológica fue absorbida por el estudio de otros
fenómenos ascéticos, que reflejan otros aspectos del Evangelio." J.
ESCRIVÁ DE BALAGUER, Cartas (Madrid. 9-I-1932). Hablaba
un día con un joven, precisamente como lo estoy haciendo ahora contigo, amigo
mío. Trataba de convencerlo de la necesidad de que viviera cristianamente su
vida, frecuentase los sacramentos, fuese alma de oración, y diese a todas sus
acciones y a toda su vida una orientación sobrenatural. Jesús
-le decía- tiene necesidad de almas que, con gran naturalidad y con gran
entrega de sí mismas, vivan en el mundo una vida íntegramente cristiana. Pero
en sus ojos se transparentaba la resistencia de su alma; y sus palabras aducían
justificaciones contra cuanto su voluntad se negaba a aceptar. Pocos minutos
después resumió con sinceridad lo que, hasta entonces, quizá no se hubiera
dicho ni aun a sí mismo: -No
puedo vivir como usted dice, porque soy muy ambicioso. Y recuerdo lo que le
respondí: -Mira:
tienes enfrente a un hombre mucho más ambicioso que tú, a un hombre que quiere
ser santo. Pues mi ambición es tanta, que no se contenta con ninguna cosa
terrena: ambiciono a Jesucristo, que es Dios, y al Paraíso, que es su gloria y
su felicidad, y la vida eterna. Déjame
que prosiga ahora contigo, amigo mío, aquella conversación. ¿No te parece que
todos nosotros los cristianos deberíamos ser santamente ambiciosos sobre este
punto? La vocación cristiana es vocación de santidad. Todos los cristianos, por
el mero hecho de serlo -cualquiera que sea el puesto que ocupen, hagan lo que
hagan, vivan donde vivan-, tienen la obligación de ser santos. Todos estamos
igualmente obligados a amar a Dios sobre todas las cosas: Amarás al Señor tu
Dios con todo tu corazón, con toda tu mente, con toda tu alma y con todas tus
fuerzas. Pero
esta idea tan sencilla y clara, primer mandamiento y compendio de toda ley de
Dios, ha perdido fuerza y, en nuestros días, ya no informa prácticamente la
vida de muchos discípulos de Cristo. ¡Cómo
se ha empobrecido, Señor, el ideal cristiano en la mente de los tuyos! Han
pensado y piensan, Jesús, que el ideal de la santidad es demasiado elevado para
ellos, y que tal aspiración no puede hallar sitio en todos los corazones
cristianos. Quede esta aspiración -he oído decir en todos los tonos- para los
sacerdotes y para las almas a las que una especial vocación ha llevado a la
vida del claustro. Nosotros, hombres del mundo, contentémonos con una vida
cristiana sin excesivas pretensiones y renunciemos humildemente a los vuelos
del alma, aun a riesgo, quizá, de sentir, en ciertos momentos, una estéril y
pesimista nostalgia. La santidad -han incluido muchos y muchas, vencidos por
los prejuicios y por las falsas ideas- no es para nosotros: sería presunción,
jactancia, falta de equilibrio, desorden, fanatismo. Y se han declarado así
vencidos antes de empezar la batalla. Querría
poder gritar al oído de muchos cristianos: Ten conciencia, ¡oh cristiano!, de
tu dignidad. Escúchame, amigo mío: libérate de prejuicios y deja que tu
inteligencia se abra serenamente. La vocación cristiana es vocación de
santidad. Los cristianos todos, sin distinción son, según la frase de San
Pedro:Gente santa, estirpe elegida, sacerdocio real, pueblo de conquista. Los
primeros cristianos, conscientes de su dignidad, se daban entre sí el nombre de
santos. ¿Cuándo
perderás, amigo mío, ese miedo por la santidad? ¿Cuándo te convencerás de que
el Señor te quiere santo? Sea cualquiera tu condición, tu profesión o empleo,
tu salud, tu edad, tus fuerzas o tu posición social, si eres cristiano, el
Señor te quiere santo. Sed
perfectos, como es perfecto vuestro Padre celestial. Estas palabras Jesús las
dirigió a todos, y a todos propuso la misma meta. Los caminos son diversos,
porque diversas y numerosas son las mansiones en la casa del Padre, pero el
fin, la meta, es idéntico y común a todos los cristianos: la santidad. Y
así hoy, al cabo de dos mil años de Cristianismo, nosotros los cristianos
deberemos formar en esta aspiración a la santidad y en esta convicción profunda
un solo corazón y un alma sola como en los albores de la cristiandad: La
multitud de los creyentes era un corazón y un alma solos. Esa misma convicción,
sólida y luminosa, se ve sostenida por las palabras que San Pablo dirigía a
todos los fíeles: Ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación. ¡Por
cuántos títulos se requiere y se exige de ti esta santidad! Por el Bautismo,
que nos hizo hijos de Dios y herederos de su gloria; por la Confirmación, que
nos hizo soldados de Cristo; por la Santísima Eucaristía, en la que el mismo
Señor se nos entrega; por el sacramento de la Penitencia y por el del Matrimonio,
si lo recibiste. Son llamadas, amigo mío, llamadas a la santidad. Escúchalas. Y
una vez que cayeron los prejuicios y se nos iluminó la mente con una nueva luz,
resulta fácil ahora formular nuestro propósito: hacer del problema de la
santidad un problema muy personal, muy concreto y muy "nuestro". Dios
nuestro Señor -de ello estamos íntima y profundamente convencidos- nos quiere
santos porque somos cristianos. Levantemos
a Dios la mirada, el corazón, la voluntad. Saboread las cosas de lo alto,
buscad las cosas de lo alto. La dignidad cristiana nos abre ante los ojos
ilimitados y serenos horizontes. Respiremos profundamente el aire que viene de
estas abiertas lejanías, y que es un aire que renueva nuestra juventud, como se
renueva -lo dice la Escritura- la juventud del águila. Por
fin comprendemos ahora la vacuidad de nuestras mezquinas ideas, y las
detestamos. Y deploramos nuestro tiempo perdido y nuestros vanos temores. Ya no
tenemos miedo alguno de la santidad y reconocemos, al fin, que nuestros corazones
-como escribe el Salmista-, se empavorecieron demasiadas veces cuando no había
motivo alguno de temor. Confiemos
a la protección de la Virgen María, que es, Reina de todos los santos, y, Sede
de la Sabiduría, para que la idea de la santidad sea en nuestra vida cada día
más clara, más fuerte y más concreta. >>> NO SE MUESTRAN COMPLETOS LOS LIBROS CUYOS DERECHOS DE AUTOR ESTÁN VIGENTES <<< Recomendamos: Catequesis: curso de catequesis para jovenes cristianos Aborto: sobre el negocio del aborto Opus Dei al día: foro, testimonios, descargar libros gratis, vídeos Descargar libros gratis: descargar libros gratis de religión y espiritualidad Año sacerdotal: información y oraciones para el año sacerdotal Libros gratis : leer online libros religiosos gratis En cristiano: un sacerdote católico responde preguntas | |||