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LA CENA DEL CORDERO

La Misa, el cielo en la tierra

SCOTT HAHN

 

PRÓLOGO

PRIMERA PARTE

EL DON DE LA MISA

INTRODUCCIÓN

CAPÍTULO I

EN EL CIELO AHORA MISMO

LO QUE ENCONTRÉ EN MI PRIMERA MISA

EMPAPADO DE ESCRITURA

ME ROBAN LA IDEA

CAPÍTULO II

ENTREGADO POR VOSOTROS

LA HISTORIA DEL SACRIFICIO

SOBRE El CORDERO

PAN CON CLASE'

LA CARGA DE MORIA

MAGNETISMO ANIMAL

CONTANDO OVEJAS

TRONO Y ALTAR: JERUSALÉN COMO CAPITAL REAL

POR DENTRO Y POR FUERA

RITUAL DE LA VÍCTIMA

NO PASES DE LARGO DE ESTE BANQUETE

RENTABILIZAR LA INVERSIÓN

CAPÍTULO III

DESDE EL PRINCIPIO

LA MISA DE LOS PRIMEROS CRISTIANOS

UNA GUÍA PARA LA MISA

RAÍCES EN ISRAEL

RECUERDO DE LA TODÁH

NO SE ACEPTAN SUSTITUTOS

TEXTO Y GRÁFICOS

AQUEL VIEJO DICHO FAMILIAR

CAPÍTULO IV

PALADEA Y MIRA (Y ESCUCHA

COMPRENDER LAS PARTES DE LA MISA

LA LITURGIA ES FORMADORA DE HÁBITOS

PARTIR EN DOS UN BUEN RATO

ENCRUCIJADA

UN RITO PARA LOS ERRORES

GLORIA

LA IGLESIA DEL EVANGELIO COMPLETO

LA NECESIDAD DE PRESTAR ATENCIÓN AL CREDO

OFRÉCELE ALGO QUE NO PUEDA RECHAZAR

MOVILIDAD ASCENDENTE

COSAS DE FAMILIA

ENVIADOS DEL CIELO

SEGUNDA PARTE

LA REVELACIÓN DEL CIELO

CAPÍTULO I

ENCONTRAR SENTIDO ENTRE LO EXTRAÑO

EL VIRUS MILLENIUM

UNA EXPLOSIÓN DEL PASADO

PORQUÉS

CIELO Y TIERRA EN MINIATURA

RENACER DE LAS CENIZAS

CAPÍTULO II

QUIÉN ES QUIÉN EN EL CIELO

UN APOCALIPSIS DE MILES DE ACTORES

LA PRIMERA BESTIA

LA SEGUNDA BESTIA

ÁNGELES

MÁRTIRES, VIRGENES Y GENTE VARIA

EN LA TIERRA COMO EN EL CIELO

CAPÍTULO III

Y ENTONCES... ¡EL APOCALIPSIS!

LAS BATALLAS DEL APOCALIPSIS Y EL ARMA FINAL

ESTRELLANDO SfMBOLOS

PROSTITUTAS Y RUMORES DE GUERRA

UNA HISTORIA DE CUATRO CIUDADES

TIEMPOS DE LA SEÑAL

LA PRIMERA IGLESIA DE CRISTO EN JERUSALÉN

SEMITAS ESPIRITUALES

UNA CAÍDA DESCONCERTANTE

EL CORDERO ASESINO

CAPÍTULO IV

EL DÍA DEL JUICIO

SU MISERICORDIA ES TERRIBLE

ATORMENTADO POR LA DUDA

FRUTOS PROHIBIDOS: LAS UVAS DE LA IRA

ENGANCHADO A UN ERROR

ORDEN EN LA SALA

TERCERA PARTE

UNA REVELACIÓN PARA LAS MISAS

CAPÍTULO I

LEVANTANDO EL VELO

CÓMO VER LO INVISIBLE

PARA TOMAR NOTA

SEÑOR JESÚS, VEN EN TU GLORIA 4

AURA DE SIÓN

PRIMERO VIENE EL AMOR, DESPUÉS EL MATRIMONIO

LA VIEJA ESCUELA

Toc, TOC

CAPÍTULO II

EL CULTO ES UNA GUERRA

PÁGINAS DE SOCIEDAD

EL NOVIAZGO DE LA HISTORIA

UN RESTO QUE SE RESISTE

NO PUEDO LEVANTARME PARA CAER

HAY MUCHA GENTE AQUí

HAZ QUE LOS DEMONIOS SE LARGUEN GRITANDO

EL DíA D

CHEQUEO A LA REALIDAD: SOPÓRTALA

CAPÍTULO III

PENSANDO EN LA PARROQUIA

EL APOCALIPSIS COMO UN RETRATO DE FAMILIA

HISTORIA DE LA FAMILIA

UN DIOS QUE ES FAMILIA

AFINIDAD POR LA TRINIDAD

SIN DOLOR

UN CAMBIO MASIVO

ENTIÉNDELO BIEN

CAPÍTULO IV

EL RITO HACE LA FUERZA

EN QUÉ SE DISTINGUE LA MISA

DA EL GOLPE

COMIDA QUE SELLA UN PACTO

LA VERDAD O SUS CONSECUENCIAS

AMOR VERDADERO SIEMPRE

HACER MARAVILLAS

LA CENA ESTÁ PREPARADA

 

 

 PRÓLOGO

 

Este notable libro reúne varias poderosas realidades espirituales, todas ellas importantes para el creyente cristiano y aparentemente tan diversas, que en una consideración superficial se ven como inconexas: el fin del mundo y la Misa diaria; el Apocalipsis y la Cena del Señor; la rutina de la vida diaria y la parusía,la venida del Señor.

Si eres católico de toda la vida como yo, el Dr. Hahn probablemente te dejará con una apreciación de la Misa totalmente nueva. Si has ingresado en la Iglesia o estás pensando en llegar a una plena comunión con ella, entonces te mostrará una dimensión del catolicismo en la que probablemente nunca habías pensado: su escatología o enseñanza acerca del final de los tiempos. De hecho, relativamente pocos católicos se dan cuenta del vínculo que existe entre la celebración de la Eucaristía y el fin del mundo.

El rasgo sobresaliente de La cena del Cordero es su conmovedora y lúcida visión de la realidad de la liturgia de la Eucaristía, el acto de culto que nos dio nuestro Sumo Sacerdote la víspera de su muerte.

 El Dr. Hahn explora esta misteriosa realidad con todo el celo y el entusiasmo de un neoconverso.

Solamente puedo contrastar esto con mi propia experiencia: este año celebraré (pacíficamente) mi cincuenta y siete aniversario como monaguillo. Pero cuando Scott me llamó y me pidió, algo cautamente, que le escribiera un Prólogo para su nuevo libro, basado en la más primitiva interpretación escatológica de la Eucaristía dada por los Padres orientales del siglo ii al vi, le respondí con: «bien, por supuesto, eso es lo que he pensado de la Eucaristía durante decenios».

La Misa, o Divina Liturgia, como se la llama con más precisión en las Iglesias orientales, es una realidad tan rica que admite tantas aproximaciones teológicas válidas como el entero Misterio de Cristo. La Eucaristía es parte del gran monte vivo que es Cristo, según un símil trazado por los antiguos santos de Tierra Santa. Se puede alcanzar esta montaña desde muchos lados. Esta aproximación escatológica es una de las más fascinantes y fructíferas.

Siento siempre una punzada de fastidio cuando veo en una residencia o en un hotel una lista de « servicios religiosos» y observo que se incluye la Misa a las 9 de la mañana. La Misa no es un servicio religioso. Cuando los católicos dicen las oraciones de la mañana, o rezan el rosario, o incluso tienen la Bendición con el Santísimo Sacramento..., eso es un servicio. Es algo que hacemos por Dios, similar a la plegaria pública de cualquier denominación religiosa. Pero el santo sacrificio de la Eucaristía, la Divina Liturgia, no está hecha precisamente, en su esencia, por ningún hombre.

 Déjame que te diga que soy sacerdote desde hace cuarenta años y nunca he dirigido un «servicio» llamado Misa. He actuado como «sustituto» del Sumo Sacerdote, por usar las palabras de la Iglesia, que enseña que yo estaba ahí actuando in persona Christi, en la persona de Cristo, el Sumo Sacerdote de la Epístola a los Hebreos. La gente no viene a Misa para recibir mi cuerpo y mi sangre, y yo no habría podido dárselos si vinieran a eso. Vienen a una comunión con Cristo.

Éste es el elemento misterioso en todos los sacramentos cristianos, incluido el Bautismo. Por esta razón, en caso de gran necesidad cualquiera puede actuar in persona Christi para bautizar, porque es Cristo quien en ese momento bautiza. Es Cristo quien perdona los pecados, Cristo quien prepara tu muerte, Cristo quien ordena o quien bendice el matrimonio.

Como los católicos y cristianos ortodoxos que reflexionan sobre este tema (al igual que algunos anglicanos e incluso algunos luteranos), creo que Cristo es el Sacerdote de todos los sacramentos, del mismo modo que nos habla desde cada página de la Sagrada Escritura. Nos sirve en cada sacramento... y nosotros experimentamos de esta manera la vitalidad de su Cuerpo místico.

Cuando leas el relato, tan bien expuesto, del Dr. Hahn sobre la Eucaristía entendida como el culto celestial del que habla el Apocalipsis, empezarás a estremecerte con la vitalidad de la gracia.

La Misa que celebramos en la tierra es la presentación de la cena de bodas del Cordero. Como pone de relieve el Dr. Hahn, la mayoría de los cristianos o dan de lado al Apocalipsis y sus misteriosos signos, o dan vueltas a sus propias, peculiares y pequeñas teorías sobre quién es quién y a dónde se encamina todo para su final. Como habitante de Nueva York (candidata del siglo xx para el título de Babilonia), me siento encantado con la expectativa de que todo se acabe pronto, incluso la próxima semana. Pero estoy cansado de todos esos profetas de desgracias y sus interpretaciones. ¡Promesas, promesas! A principios del siglo xx,sobreviví a la carrera de varios muchachos que estaban en la corta lista de candidatos al gran anticristo, y al final, nada.

Mi amor por el Apocalipsis no se basa en toda esta paranoia de Guerra de las galaxias, sino en la maravillosa visión de la Jerusalén del cielo que se presenta en los capítulos finales del Apocalipsis. Vienen a describir, tanto como se puede, lo que el ojo no vio, ni el oído oyó. Ahora, con la lectura y relectura de La cena del Cordero, muchos otros capítulos se me han abierto con más claridad... describiendo con una forma simbólica a qué se puede parecer la vida eterna de los santos, por usar una frase de San Agustín.

Como sabes, fue San Agustín el que insistió en poner el Apocalipsis, junto con la Carta a los Hebreos, en el Canon del Nuevo Testamento en un concilio de obispos africanos reunido a finales del siglo iv. Por citar de nuevo a San Agustín, en la oración podemos, por su gran misericordia, «tocar por un instante esa Fuente de la Vida donde alimenta a Israel para siempre». Pero aparte de estos momentos especiales de contemplación, podemos ver simbólicamente en la celebración diaria de la Misa las realidades del culto celestial del Sumo Sacerdote y su Cuerpo místico.

 Estoy agradecido al Dr. Hahn por encontrar y devolver a la vida esta visión de los primeros Padres de la Iglesia. Adorar con Cristo en la liturgia es la única cosa que podemos hacer en este mundo que sea una participación real en la vida que esperamos vivir para siempre. Por muy humilde que sea el mobiliario de las iglesias, por muy limitado que sea el entendimiento espiritual de los participantes, cuando estamos en la liturgia de la Misa, Cristo está allí y, misteriosamente, estamos por un momento en la Cena Eterna del Cordero. Lee con atención este libro y aprenderás cómo y por qué.

 

BENEDICT J. GROESCHEL, C.F.R.

 «Mira, estoy a la puerta y llamo: si alguno escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo (... Después tuve una visión: una puerta abierta en el cielo».(Apoc 3, 20; 4, 1)

 

 

 PRIMERA PARTE

 

EL DON DE LA MISA

 INTRODUCCIÓN

 

CRISTO ESTÁ A LA PUERTA

 

LA MISA REVELADA

 

De todas las realidades católicas, no hay ninguna tan familiar como la Misa. Con sus oraciones de siempre, sus cantos y gestos, la Misa es como nuestra casa. Pero la mayoría de los católicos se pasarán la vida sin ver más allá de la superficie de unas oraciones aprendidas de memoria. Pocos vislumbrarán el poderoso drama sobrenatural en el que entran cada domingo. Juan Pablo II ha llamado a la Misa «el cielo en la tierra», explicando que « la liturgia que celebramos en la tierra es una misteriosa participación en la liturgia celestial»'.

 

' La afirmación de Juan Pablo II está tomada de su Discurso en el Angelus (3 de noviembre de 1996). Juan Pablo II dirigió también un «Discurso sobre la Liturgia» a los Obispos de los Estados Unidos en su visita ad limina de 1998, en el que declara: «el desafío ahora consiste [...] en alcanzar el punto exacto de equilibrio, en especial entrando más profundamente en la dimensión contemplativa del culto [...]. Esto sucederá sólo si reconocemos que la liturgia tiene dimensiones tanto locales

 

 La Misa es algo próximo y querido. En cambio, el libro del Apocalipsis parece lejano y desconcertante. Página tras página nos deslumbra con imágenes extrañas y aterradoras: guerras y plagas, bestias y ángeles, ríos de sangre, ranas demoníacas y dragones de siete cabezas. Y el personaje que despierta más simpatía es un cordero de siete cuernos y siete ojos. «Si esto es solamente la superficie, dicen algunos católicos, no creo que quiera ver las profundidades».

Bien, en este pequeño libro me gustaría proponer algo insólito. Mi propuesta es que la clave para comprender la Misa es el libro bíblico del Apocalipsis; y, más aún, que la Misa es el único camino por el que un cristiano puede encontrarle verdaderamente sentido al Apocalipsis.

Si te sientes escéptico, deberías saber que no estás solo. Cuando le dije a una amiga que estaba escribiendo sobre la Misa como una clave del libro del

 

como universales, tanto temporales como eternas, tanto horizontales como verticales, tanto subjetivas como objetivas. Precisamente estas tensiones dan al culto católico su carácter distintivo. La Iglesia universal está unida en un gran acto de alabanza, pero es siempre el culto de una comunidad particular en una cultura particular. Es el eterno culto del cielo, pero a la vez está inmerso en el tiempo». Y concluía: «en el centro de esta experiencia de peregrinación está nuestro viaje de pecadores a la profundidad insondable de la liturgia de la Iglesia, la liturgia de la creación, la liturgia del cielo que, en definitiva, son todas culto de Jesucristo, el eterno Sacerdote, en quien la Iglesia y toda la creación se ordenan a la vida de la Santísima Trinidad, nuestra verdadera morada» (9 de octubre de 1998; traducción de L'Osservatore Romano, ed. esp., en DP 130/1998). Cf. Juan Pablo II, Springtime of Evangelization, Basilica Press, San Diego 1999, pp. 130, 135. Juan Pablo II desarrolla más a fondo esta visión en su Carta Apostólica de 1995 Orientale lumen («La Luz de Oriente»).

 

 Apocalipsis, se echó a reír y dijo «¿Apocalipsis?, ¿no es esa cosa tan extraña?».

Nos parece extraño a los católicos, porque durante muchos años lo hemos estado leyendo al margen de la tradición cristiana. Las interpretaciones que la mayoría de la gente conoce hoy son las que han hecho los periódicos o las listas de libros más vendidos, y han sido mayoritariamente protestantes. Lo sé por propia experiencia. Llevo estudiando el libro del Apocalipsis más de veinte años. Hasta 1985 lo estudié como ministro protestante y en todos esos años me encontré enfrascado, una tras otra, en la mayoría de las teorías interpretativas que estaban en boga o que ya estaban pasadas de moda. Probé con cada llave, pero ninguna pudo abrir la puerta. De vez en cuando oía un clic que me daba esperanzas. Pero sólo cuando empecé a contemplar la Misa, sentí que la puerta empezaba a ceder, poco a poco. Gradualmente me encontré atrapado por la gran tradición cristiana y en 1986 fui recibido en plena comunión con la Iglesia católica. Después de eso, las cosas se fueron aclarando en mi estudio del libro del Apocalipsis. «Después tuve una visión: ¡una puerta abierta en el cielo!» (Apoc 4, l). Y la puerta daba a... la Misa de domingo en tu parroquia.

En este momento, puedes replicar que tu experiencia semanal de la Misa es cualquier cosa menos celestial. De hecho, se trata de una hora incómoda, interrumpida por bebés que chillan, sosos cantos desafinados, homilías que divagan sinuosamente y sin sentido, y gente a tu alrededor vestida como si fuera a ir a un partido de fútbol, a la playa o de excursión.

 Aun así, insisto en que realmente estamos en el cielo cuando vamos a Misa, y esto es verdad en cadaMisa a la que asistimos, con independencia de la calidad de la música o del fervor de la predicación. No se trata de aprender a « mirar el lado bueno» de liturgias descuidadas. Ni de desarrollar una actitud más caritativa hacia los que cantan sin oído. Se trata, ni más ni menos, de algo que es objetivamente verdad, algo tan real como el corazón que late dentro de ti. La Misa y me refiero a cada una de las misas es el cielo en la tierra.

Puedo asegurarte que no se trata de una idea mía; es la de la Iglesia. Tampoco es una idea nueva; existe aproximadamente desde el día en que San Juan tuvo su visión del Apocalipsis. Pero es una idea que no la han entendido los católicos de los últimos siglos. La mayoría de nosotros admitirá que queremos «sacar más» de la Misa. Bien, no podemos conseguir nada mayor que el cielo mismo.

Me gustaría decir desde el principio que este libro no es un «tratado bíblico». Está orientado a la aplicación práctica de un único aspecto del Apocalipsis, y nuestro estudio está lejos de ser exhaustivo. Los escrituristas debaten interminablemente sobre quién escribió el libro del Apocalipsis, cuándo, dónde y por qué, y en qué tipo de pergamino. En este libro, no me voy a ocupar de esas cuestiones con gran detalle. Tampoco he escrito un manual de rúbricas de la liturgia. El Apocalipsis es un libro místico, no un vídeo de entrenamiento o un manual de hágalo-ustedmismo.

A lo largo de este libro, probablemente te acercarás a la Misa por nuevos caminos, caminos distintos

 de los que estás acostumbrado a recorrer. Aunque el cielo baja a la tierra cada vez que la Iglesia celebra la Eucaristía, la Misa parece diferente de un lugar a otro y de un tiempo a otro. Donde vivo, la mayoría de los católicos están acostumbrados a la liturgia de rito latino (de hecho, la palabra «Misa» propiamente se refiere sólo a la liturgia eucarística de rito latino). Pero hay muchas liturgias eucarísticas en la Iglesia católica: ambrosiana, armenia, bizantina, caldea, copta, malabar, malankar, maronita, melquita y rutena, entre otras. Cada una tiene su propia belleza; cada una tiene su propia sabiduría; cada una nos muestra un rincón diferente del cielo en la tierra.

Investigar La cena del Cordero me ha dado nuevos ojos para ver la Misa. Rezo para que la lectura de este libro te dé el mismo don. Juntos, pidamos también un corazón nuevo para que, a través del estudio y la oración, crezcamos más y más en amor a los misterios cristianos que nos ha dado el Padre.

El libro del Apocalipsis nos mostrará la Misa como el cielo en la tierra. Ahora, sigamos adelante, sin dilación, porque el cielo no puede esperar.

 CAPÍTULO I

 

EN EL CIELO AHORA MISMO

 

LO QUE ENCONTRÉ EN MI PRIMERA MISA

 

Allí estaba yo, de incógnito: un ministro protestante de paisano, deslizándome al fondo de una capilla católica de Milwaukee para presenciar mi primera Misa. Me había llevado hasta allí la curiosidad, y todavía no estaba seguro de que fuera una curiosidad sana. Estudiando los escritos de los primeros cristianos había encontrado incontables referencias a «la liturgia», «la Eucaristía», «el sacrificio». Para aquellos primeros cristianos, la Biblia el libro que yo amaba por encima de todo era incomprensible si se la separaba del acontecimiento que los católicos de hoy llamaban « la Misa».

Quería entender a los primeros cristianos; pero no tenía ninguna experiencia de la liturgia. Así que me convencí para ir y ver, como si se tratara de un ejercicio académico, pero prometiéndome continuamente que ni me arrodillaría, ni tomaría parte en ninguna idolatría.

 Me senté en la penumbra, en un banco de la parte de más atrás de aquella cripta. Delante de mí había un buen número de fieles, hombres y mujeres de todas las edades. Me impresionaron sus genuflexiones y su aparente concentración en la oración. Entonces sonó una campana y todos se pusieron de pie mientras el sacerdote aparecía por una puerta junto al altar.

Inseguro de mí mismo, me quedé sentado. Como evangélico calvinista, se me había preparado durante años para creer que la Misa era el mayor sacrilegio que un hombre podría cometer. La Misa, me habían enseñado, era un ritual que pretendía «volver a sacrificar a Jesucristo». Así que permanecería como mero observador. Me quedaría sentado, con mi Biblia abierta junto a mí.

 

EMPAPADO DE ESCRITURA

 

Sin embargo, a medida que avanzaba la Misa, algo me golpeaba. La Biblia ya no estaba junto a mí. Estaba delante de mí: ¡en las palabras de la Misa! Una línea era de Isaías, otra de los Salmos, otra de Pablo. La experiencia fue sobrecogedora. Quería interrumpir a cada momento y gritar: «Eh, ¿puedo explicar en qué sitio de la Escritura sale eso? ¡Esto es fantástico!» Aún mantenía mi posición de observador. Permanecía al margen hasta que oí al sacerdote pronunciar las palabras de la consagración: «Esto es mi Cuerpo... éste es el cáliz de mi Sangre».

Sentí entonces que toda mi duda se esfumaba. Mientras veía al sacerdote alzar la blanca hostia, sentí que surgía de mi corazón una plegaria como un susurro: «¡Señor mío y Dios mío. Realmente eres tú!»

Desde ese momento, era lo que se podría llamar un caso perdido. No podía imaginar mayor emoción que la que habían obrado en mí esas palabras. La experiencia se intensificó un momento después, cuando oí a la comunidad recitar: «Cordero de Dios... Cordero de Dios... Cordero de Dios», y al sacerdote responder: «Éste es el Cordero de Dios...», mientras levantaba la hostia.

En menos de un minuto, la frase «Cordero de Dios» había sonado cuatro veces. Con muchos años de estudio de la Biblia, sabía inmediatamente dónde me encontraba. Estaba en el libro del Apocalipsis, donde a Jesús se le llama Cordero no menos de veintiocho veces en veintidós capítulos. Estaba en la fiesta de bodas que describe San Juan al final del último libro de la Biblia. Estaba ante el trono celestial, donde Jesús es aclamado eternamente como Cordero. No estaba preparado para esto, sin embargo...: ¡estaba en Misa!

 


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