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CONSTRUIR
EL AMOR AMAR
NO ES TAN SENCILLO HACIENDO
EL AMOR PRONTUARIO
DE AMOR QUERERSE ACABAR
AMANDO AMOR
DESPLEGADO AMAR
ES UN LIO NO
SÉ SI LE QUIERO CÓMO
SE SIENTE EL AMOR épocas,
crisis y
sentimientos del amor José
Pedro Manglano Castellary
I.
PARA
ENTENDERNOS
II.
II.
HACIA UNA REPRESENTACIÓN GRÁFICA DEL AMOR EL
CONTAINER LAS PAREDES DEL CONTAINER III.
TRES FORMAS DE SENTIR EL AMOR A.
EL AMOR-ENAMORADO: Algunas
características del amor-enamorado El
papel que juega el amor-enamorado No
confundir el amor-enamorado con el pre-amor . La
corta vida del amor-enamorado El
amor-enamorado fuera de la pareja B.
EL AMOR-TRANQUILO: El
papel que juega el amor tranquilo Cómo
se siente el amor-tranquilo ‘No
estoy seguro de quererle’ El
amor-tranquilo fuera de la pareja Lo
que alimenta el amor-tranquilo ¿Realmente
amo o actúo por deber? Recapitulando
C.
AMOR-CRíTICO O EN CRISIS: ¿Por
qué duele el amor? Cuando
el amor se hace insufrible Aprender
a vivir las crisis Es
la hora de la voluntad Recapitulando IV.
TRES ELEMENTOS QUE UNEN EN EL AMOR ALGUNAS
REGLAS DE LA PARTE OBJETIVA DEL AMOR A.
AMOR-DONACIóN: Ámbitos
de la donación Algunas
reglas del amor-donación B.
AMOR-APRECIACIóN: Ambito
de la apreciación Reglas
del amor-apreciación C.
EL AMOR-NECESIDAD: Algunas
reglas del amor-necesidad ¿Amar
por necesidad es amar? ¿Toda
relación de necesidad es entonces amor-necesidad? Necesidades
posesivas y necesidades apreciativas ¿Cómo
se siente el amor-necesidad en solitario? V.
EL ENVOLTORIO DE LA VOLUNTAD: ALGUNAS
REGLAS DEL ‘Sí, TE QUIERO’ VI.
DOS Y UNO, UNO Y DOS: EL
GRAN EQUILIBRIO DEL AMOR LOS
AMORES POSESIVOS VII.
ENFERMEDADES DEL AMOR: A.
EL VICTIMISMO Y LA SEñORA ATAREADA: B.
NO LE TRAGO: DEL AFECTO A LA AVERSIóN C.
PODEMOS DECIRNOS CUALQUIER COSA: D.
LOS CELOS: E.
‘AMABA ESTAR ENAMORADO’: NO A Tí F.
CRISIS DE LA PERSONA QUE AFECTAN AL AMOR: VIII.
EL RECONSTITUYENTE DE LAS CINCO A: A.
LA DISCIPLINA DEL AHORA: B.
LA DISCIPLINA DEL AQUí: C.
LA DISCIPLINA DE LA ALEGRíA D.
LA DISCIPLINA DE LA AMABILIDAD: E.
LA DISCIPLINA DE LA ACEPTACIóN: I. PARA
ENTENDERNOS En
la película El violinista en el tejado, los protagonistas Tevye y su mujer
Golde son un matrimonio bien avenido, con seis hijas. Una tras otra van
enamorándose y contrayendo matrimonio. En un momento determinado de la
película, el padre, al observar el proceso de encendido y apasionado
enamoramiento de la hija que se prepara para su inminente casamiento, algo
confundido y desconcertado se dirige a su mujer Golde y mantiene el siguiente
diálogo: - Pero,
¿me amas? - ¿Te
amo?, Le contesta con inevitable tono de sorpresa. - Sí.
¿Me amas? - Durante
veinticinco años te he lavado la ropa, cocinado tus comidas, limpiado tu casa,
te he dado hijos, ordeñado la vaca. Después de veinticinco años, ¿por qué
hablas del amor ahora? - Golde,
la primera vez que te vi fue el día de nuestra boda. Estaba asustado. - Yo
estaba intimidada. - También
yo. - Pero
mi padre y mi madre me dijeron que aprenderíamos a amarnos mutuamente; y ahora,
Golde, te estoy preguntando, ¿me amas? - Soy
tu mujer. - Lo
sé, pero ¿me amas? - ¿Te
amo? - Sí.
¿Me amas? - Durante
veinticinco años he vivido contigo, luchando con él, pasando hambre con él.
Durante veinticinco años mi cama ha sido la suya. Si eso no es el amor,
entonces, ¿qué es? - Entonces,
¿me amas? - Supongo
que sí. - Y
yo supongo que también te amo. - (Ambos)
Eso no cambia nada, pero incluso así, después de veinticinco años, es bonito
saberlo. Resulta
interesante la conversación, pues aparecen distintos elementos o visiones del
amor que parecen chocar entre sí, produciendo el consiguiente desconcierto. El
desconcierto de Tevye es comprensible: que mi hija ama a su novio es innegable;
pero si la vivencia de enamoramiento que está protagonizando mi hija es la
propia del amor... tengo que dudar que yo ame, pues yo -después de 25 años
casado- no siento lo mismo en la relación con mi mujer. Decide salir de dudas
preguntando a su mujer ¿me amas? Con estas dos palabras está pidiendo a su
mujer que le diga si hay alguna vivencia íntima, subjetiva, que pueda
identificarse con lo que entendemos por amor; si experimenta algún sentimiento
claro, aislable, que le haga sentirse enamorada; si padece algún fenómeno de
fuerte atracción o rechazo, algo que altere su estado interior: ¿me amas? Mientras
que la pregunta pide un sentimiento, la respuesta habla de una conducta:
durante 25 años... Golde centra su discurso en unos hechos objetivos que
revelan la unidad de dos vidas. Tevye
no queda satisfecho con la contestación. Busca alguna seguridad. No la
encuentra, y tiene que refugiarse bajo el inseguro e incómodo tejado de la
suposición: supongamos que nos amamos. No
resulta extraño el discurso anterior a cualquiera que haya empezado a amar – o,
mejor dicho, a cualquiera que haya tenido voluntad de amar, pues la
inseguridad, confusión o desconcierto puede cuestionar incluso el hecho de si
realmente en algún momento he amado-. ¿Le
amo? Yo creo que le odio ¿será que los extremos se tocan?, ¿Le amo o realmente
me amo a mí mismo?, ¿Será amor, interés o necesidad lo que le tiene conmigo?,
¿No fue todo un fuerte impulso emocional inicial?... Estos y otros mil
discursos y cuestiones pueden presentarse, y lógicamente se presentan de hecho,
aunque con mayor o menor intensidad. Todas estas preguntas tienen su razón de
ser, y siempre se apoyan en vivencias verdaderas que parecen atentar, al menos a
primera vista, contra un amor puro. Es
obvio que no se tratan de preguntas tontas; tanto más si tenemos en cuenta que
no son lanzadas por un caprichoso interés intelectual. Se trata de preguntas
que se imponen a la propia intimidad, provocando ciertas crisis, incluso
verdaderos desasosiegos existenciales. Esos interrogantes son vitales: la
propia vida me los plantea, la propia vida depende de sus respuestas. Esos
interrogantes me quitan el suelo que pisaba: mi vida y mi descanso, mis
proyectos e ilusiones. Mi yo tenía sus pies plantados sobre el suelo de ese
amor: si resulta que tal amor no existe, me encuentro en el vacío. Y así se
siente uno: en el vacío. ¿Por
qué hablan tan bien del amor, si duele tanto?, pregunta a su madre la
protagonista de la obra teatral La dama del alba. Este personaje de Alejandro
Casona revela un sentimiento que puede resultar bastante común: una chica que
vivía tranquila y sin complicaciones consigue enamorarse dando así cumplimiento
a una de sus mayores ilusiones. Al cabo de un tiempo experimenta el dolor del
amor. Esto
es así. Pero me atrevería a distinguir dos tipos de dolor: el dolor propio del
amor y el dolor propio del que no se aclara: no saber lo que me ocurre hace
sufrir. En
las páginas que siguen tratamos de establecer unas coordenadas, de dar unas
nociones acerca del amor, de sus épocas y de sus crisis: conocer la
antropología y la naturaleza de estos fenómenos, ayuda. ¿Y
cuando el amor entra en crisis...? La respuesta, dada de forma coloquial,
podría ser ésta: desenreda, aclárate, dilucida, distingue qué es lo que
ocurre... porque si no a cualquier cosa le llamamos amor, a cualquier cosa le
llamamos crisis... y vivimos en un caos de confusión e inestabilidad que impide
realizar en plenitud el proyecto de vida en el amor. Además,
es de gran ayuda observar –como pretendemos mostrar- que las épocas y crisis en
el amor son propias de la naturaleza del amor, sea el amor entre hombre y
mujer, sea entre padres e hijos, sea entre una persona y Dios. II.
HACIA UNA REPRESENTACIÓN GRÁFICA DEL AMOR Busquemos
algunos rasgos que nos permitan ir acercándonos a lo que es la naturaleza del
amor. Vale la pena que volvamos a centrar nuestra atención en la conversación
de El violinista en el tejado: refleja una situación tan humana, que puede ser
capaz de dibujarnos las coordenadas básicas. ¿Quién
de los dos tenía razón? ¿El amor se encuentra en la subjetividad y sentimiento
buscados por Tevye?, ¿o más bien se encuentra en la conducta de Golde, en ese
sinfín de hechos objetivos de vida en común? Podríamos decir que la verdad no
se encuentra en ninguno de los dos. Tienen razón los dos; pero no uno y otro,
sino -por así decirlo- los dos a la vez. La
literatura filosófica acerca del amor es muy extensa y presenta notables
discrepancias. Es complicado definir una experiencia como ésta, que vive la
persona entera. Tomaremos aquellas nociones que, siendo pacíficamente
compartidas por gran parte de los estudiosos, son las que necesitamos para
alcanzar nuestro objetivo: pintar unas coordenadas que nos permitan entender
las distintas vivencias del amor, de sus épocas y de sus crisis. Las
intervenciones de Tevye y Golde nos dan los dos elementos básicos que
constituyen el amor: subjetividad y objetividad, sentimiento y unidad. Elemento
subjetivo Elemento
objetivo sentimiento unidad EL
CONTAINER Si
quisiéramos representarlo gráficamente, podríamos considerar el amor –aunque la
comparación pueda resultar algo grosera y nada poética– como un ‘container’ en
el que se encuentran dos cámaras o departamentos: el del sentimiento y el de
una cierta unidad. Es
el amor un fenómeno único, una vivencia unitaria, pero podemos distinguir
–utilizando el bisturí de los conceptos– la presencia necesaria y constitutiva
de estos dos elementos[1] a)
No puede llamarse amor a un sentimiento que no realiza cierta unidad. Recuerdo
estar viendo una película en casa de un amigo. La llegada de Sofía, su hermana
adolescente, fue escandalosa: en cuanto escuchó la voz de Leonardo Di Capri...,
a la carrera y entre exclamaciones de regocijo, llevó su cuerpo de quince años
al pie de la televisión, donde permaneció embobada el resto del tiempo. Es
claro que ese sentimiento, esa emoción no es amor. b)
Tampoco a la unidad entre dos personas, pero ausente de sentimiento amoroso le
llamamos amor. Basta pensar en el clásico mayordomo que conoce al detalle al
señor de su casa, y aprovecha la sordera de éste para, entre sonrisas y gestos
de servilismo, echar pestes contra él. Entre los dos se da cierta unidad, pero
claramente fuera del orden del afecto: tampoco eso es amor. LAS
PAREDES DEL CONTAINER El
amor como un solo container con dos cámaras. Pero, ¿qué une esas dos cámaras?
¿Qué hace que las dos sean una sola vivencia? ¿Qué lleva a que a las dos al
mismo tiempo les llamemos ‘amor’? La pared del container, el muro que da unidad
a las dos cámaras, el envoltorio que da cuerpo y consistencia unitaria al
fenómeno del amor, es la voluntad, es decir, el querer amar. En
este sentido es distinto el amor y la vivencia del “sentirse enamorado”. El
enamoramiento, lo que queremos describir en el lenguaje vulgar con este
término, es una vivencia que no hace falta quererla; se trata más bien de algo
que se padece, que se sufre (en el sentido de que quien lo protagoniza es más
sujeto pasivo que sujeto activo). Cuando una persona dice ‘me he
enamorado’, está refiriéndose a algo que ‘le ha pasado’, más que a algo que ‘ha
hecho’. El
enamoramiento es una experiencia que se impone, se siente; pero, al menos en su
inicio, no es un estado que requiera el ejercicio de la voluntad libre. Sin
embargo, la presencia de la voluntad, querer amar, es la clave por la cual
puede existir el amor entre dos personas; hasta el punto de que se amen incluso
en momentos en los que no se gustan (igual que puedo amarme a mí mismo incluso
en momentos en los que no me gusto). Es más, puede permanecer el amor entre dos
incluso en circunstancias en las que “me siento enamorado” de otra persona
distinta a la que amo. El
envoltorio es la voluntad. La voluntad es la facultad de la persona humana que
permite al hombre realizar actos libres; y es ésta la que tiene la capacidad de
determinar a la persona entera hacia un amor en concreto. Así, por ejemplo, no
es libre la atracción natural que pueda sentir hacia una persona, atracción que
se da como un proceso espontáneo que vivo yo pasivamente. Sin
embargo, la voluntad es como la ‘varita mágica’ de la que disponemos para
transformar eso que me pasa en algo que yo quiero, en algo que yo hago:
hago mío, con libertad, el enamoramiento. El amor, de esta manera, se convierte
en una decisión de amar al otro; es decir, quiero libremente establecer una
relación de unidad con tal persona (relación de entrega) acompañada de los
sentimientos de amor que correspondan. Esta
primera pared o envoltorio va creando, con el mismo ejercicio de ese amor, una
segunda pared que la fortalece: es el muro de las virtudes que lleva consigo
una vida de amor, virtudes que son hábitos de unidad y entrega. Por
último, cabe señalar que cuando en esa relación de amor media Dios de alguna
manera (ya sea porque se trate del matrimonio cristiano, ya porque la persona
amada sea Dios mismo), este container cuenta con un refuerzo que consolida
estas paredes, que es la gracia; la fe cristiana dice que la gracia interviene
directamente en la voluntad como fuerza, y en la forma de ver y entender las
cosas como luz. Con
los elementos diferentes que han salido hasta el momento, la representación
gráfica quedaría del siguiente modo: Elemento
subjetivo Elemento
objetivo Vivencia
afectiva de
la relación Unidad
vital de
personas voluntad
+ virtudes III.
TRES FORMAS DE SENTIR EL AMOR En
primer lugar nos ocupamos del sentimiento en el amor. ¿Qué es sentir? Sentir es
notar; sentir significa la impresión que produce algo, cómo se vive en el
interior una realidad[2]. En nuestro caso, se trata de ver cómo se vive
afectivamente el amor, cómo se siente el sujeto que ama en su relación de amor,
cómo se vive el amor subjetivamente, cómo se encuentra instalado interiormente
en su relación amorosa. Como
afirma el psiquiatra Enrique Rojas, “todo lo afectivo consiste en un cambio
interior que se opera de forma brusca y paulatina y que va a significar un
estado singular de encontrarse, de darse cuenta de sí mismo. Por eso se funden
en él, de algún modo, la afectividad y la conciencia; esta última como
capacidad para darse cuenta de lo que sucede, reflexionando sobre su
desencadenamiento y contenido”[3]. Es
evidente que el amor se siente de un modo cambiante: la noche en que se declara
el amor por primera vez se vive de un modo bien distinto al modo en que se vive
ese amor la noche que arranca la hoja del calendario veinte años después. El
amor -su realidad objetiva- es el mismo pero es distinto, pues en veinte años
han cambiado muchas cosas; y la experiencia amorosa que le acompaña, la
vivencia interior y afectiva también es distinta. Por lo tanto, el modo de
sentir el amor es cambiante. Vamos a distinguir las tres formas básicas de este
sentimiento, que serán: a)
el amor-enamorado. b)
el amor-tranquilo. c)
el amor-crítico o en crisis Esto
es, el amor sentido como enamoramiento, el amor sentido como paz y
tranquilidad, y el amor sentido como crisis y ocasión de sufrimientos. A.
EL AMOR-ENAMORADO: Elemento
subjetivo (sentimiento) Elemento
objetivo (unidad) amor-enamorado
amor-donación amor-tranquilo amor-apreciación amor-crítico amor-necesidad Empezaremos
por hablar del amor-enamorado, pero antes que nada queremos insistir de nuevo
en algo: el amor-enamorado no es un tipo de amor, sino una de las formas de
sentir, de notar, el amor; hay otras formas de sentirlo, pues no es la única,
pero durante algunas épocas el amor se siente como amor-enamorado. Por
otro lado, éste es el modo de sentir que nos aparece como más característico
del amor. Es presentado en la literatura y en el cine con facilidad y éxito.
Personajes como Romeo y Julieta los dibujan extraordinariamente bien en su
forma más pura. Pocas son las novelas, y menos las películas, en las que no se
presente una historia de amor, y casi todas ellas nos lo muestran como una
pasión enamorada. Diez
características del amor-enamorado 1.
Su fuerza pasional absorbe a la persona entera. Afecta con violencia a todas
las esferas del sujeto. Su fuerza es capaz de alterar desde las funciones más
orgánicas, como el apetito y el sueño, hasta las facultades espirituales
-¿quién no ha justificado olvidos o despistes achacándolos a un “es que está
enamorado”? -. "Él
es el impulso que abre mi apetito. No
puedo respirar, no puedo dormir si él no está
cerca. Cada
día es gris si él no está en mi ciudad". The
Corrs. 2.
El enamorado quiere a la persona amada, y la quiere en sí misma. Le resultaría
incómodo pensar en los beneficios que pueda sacar de esa relación. Quiere a la
persona amada por sí misma, no por lo que pueda proporcionarle –obviamente,
tampoco por el placer sexual-[4]. El amor-enamorado hace a la persona capaz de
no vincularse necesariamente a lo sensible e inmediato, ni a las ventajas o
ganancias que podrán obtenerse de esa relación, sino que uno se vincula al
proyecto de una nueva vida compartida. El centro ya no es mi ‘yo’. Se
da “un desplazamiento afectivo de la persona. Antes
‘yo’ significaba, en primer lugar y casi exclusivamente, el propio cuerpo
físico, comprendido como centro de intereses y acciones. Por el contrario,
cuando se está enamorado se desea estar junto a aquel que se ama de modo tal
que el centro de la propia existencia se pone en esa cercanía”. Rocco
Buttiglione 3.
Goza pensando en la persona amada. “Lo que viene primero es simplemente una
deliciosa preocupación por la amada: Una genérica e inespecífica preocupación
por ella en su totalidad. Un hombre en esa situación no tiene realmente tiempo
de pensar en el sexo; está demasiado preocupado pensando en una persona. El
hecho de que sea una mujer es mucho menos importante que el hecho de que sea
ella misma. Está lleno de deseo, pero el deseo puede no tener una connotación
sexual. Si alguien le pregunta qué quiere, la verdadera respuesta a menudo
será: ‘seguir pensando en ella’. Es un contemplativo del amor”.[5] >>> NO SE MUESTRAN COMPLETOS LOS LIBROS CUYOS DERECHOS DE AUTOR ESTÁN VIGENTES, COMO OCURRE CON ESTE <<<
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