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EL TESORO DEL DOLOR 1.1. Bendito
sea el dolor. —Amado sea el dolor. —Santificado sea el dolor... ¡Glorificado
sea el dolor! (Camino, 208) 1.2. Ama el
sacrificio, que es fuente de vida interior. Ama la Cruz, que es altar del
sacrificio. Ama el dolor, hasta beber, como Cristo, las heces del cáliz (Via
Crucis, 12ª Estación) 1.3. El dolor
entra en los planes de Dios. Esa es la realidad, aunque nos cueste entenderla.
También, como Hombre, le costó a Jesucristo soportarla: Padre, si quieres,
aleja de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. En esta
tensión de suplicio y de aceptación de la voluntad del Padre, Jesús va a la
muerte serenamente, perdonando a los que le crucifican. (Es Cristo que pasa,
168) 1.4. Sólo si
aprovechamos con rectitud —cristianamente— las épocas de bienestar físico, los
tiempos buenos, aceptaremos también con alegría sobrenatural los sucesos que la
gente equivocadamente califica de malos. Sin descender a demasiados detalles,
deseo transmitiros mi personal experiencia. Mientras estamos enfermos, podemos
ser cargantes: no me atienden bien, nadie se preocupa de mí, no me cuidan como
merezco, ninguno me comprende... El diablo, que anda siempre al acecho, ataca
por cualquier flanco; y en la enfermedad, su táctica consiste en fomentar una
especie de psicosis, que aparte de Dios, que amargue el ambiente, o que
destruya ese tesoro de méritos que, para bien de todas las almas, se alcanza
cuando se lleva con optimismo sobrenatural —¡cuando se ama!— el dolor. Por lo
tanto, si es voluntad de Dios que nos alcance el zarpazo de la aflicción,
tomadlo como señal de que nos considera maduros para asociarnos más
estrechamente a su Cruz redentora. (Amigos de Dios, 124) 1.5. Al pensar
en todo lo de tu vida que se quedará sin valor, por no haberlo ofrecido a Dios,
deberías sentirte avaro: ansioso de recogerlo todo, también de no desaprovechar
ningún dolor. –Porque, si el dolor acompaña a la criatura, ¿qué es sino necedad
el desperdiciarlo? (Surco, 997) 1.6. Cuando
venga el sufrimiento, el desprecio…, la Cruz, has de considerar: ¿qué es esto
para lo que yo merezco? (Camino, 690) 1.7. Mientras
estemos en la tierra y no hayamos llegado a la plenitud de la vida futura, no
puede haber amor verdadero sin experiencia del sacrificio, del dolor. Un dolor
que se paladea, que es amable, que es fuente de íntimo gozo, pero dolor real,
porque supone vencer el propio egoísmo, y tomar el Amor como regla de todas y
de cada una de nuestras acciones. (Es Cristo que pasa, 43) 1.8. Esta ha
sido la gran revolución cristiana: convertir el dolor en sufrimiento fecundo;
hacer, de un mal, un bien. Hemos despojado al diablo de esa arma…; y, con ella,
conquistamos la eternidad. (Surco, 887) 1.9. El amor
gustoso, que hace feliz al alma, está basado en el dolor: no cabe amor sin
renuncia. (Forja, 760) 1.10. La alegría,
el optimismo sobrenatural y humano, son compatibles con el cansancio físico,
con el dolor, con las lágrimas —porque tenemos corazón—, con las dificultades
en nuestra vida interior o en la tarea apostólica. Él, “perfectus Deus, perfectus Homo”
—perfecto Dios y perfecto Hombre—, que tenía toda la felicidad del Cielo, quiso
experimentar la fatiga y el cansancio, el llanto y el dolor…, para que
entendamos que ser sobrenaturales supone ser muy humanos. (Forja, 290) 1.11. Recuérdalo
a la hora del dolor o de la expiación: la Cruz es el signo de Cristo Redentor.
Dejó de ser el símbolo del mal para ser la señal de la victoria. (Forja, 782) 1.12. Te acogota
el dolor porque lo recibes con cobardía. —Recíbelo, valiente, con espíritu
cristiano: y lo estimarás como un tesoro. (Camino, 169) 1.13. Pero no
olvidéis que estar con Jesús es, seguramente, toparse con su Cruz. Cuando nos
abandonamos en las manos de Dios, es frecuente que El permita que saboreemos el
dolor, la soledad, las contradicciones, las calumnias, las difamaciones, las
burlas, por dentro y por fuera: porque quiere conformarnos a su imagen y
semejanza, y tolera también que nos llamen locos y que nos tomen por necios. (Amigos
de Dios, 301) 1.14. Yo te voy a
decir cuáles son los tesoros del hombre en la tierra para que no los
desperdicies: hambre, sed, calor, frío, dolor, deshonra, pobreza, soledad,
traición, calumnia, cárcel… (Camino, 194) 1.15. El
sufrimiento, cuando viene, nosotros lo amamos, lo bendecimos y lo convertimos
en un medio para dar gloria a Dios, siempre con alegría, que no quiere decir
que no cueste. La enfermedad, cuando viene, hay que
amarla; y nosotros hemos de saber santificarla porque es «el trabajo
profesional» que el Señor pone en esos momentos en nuestras manos. (Memoria del
Beato Josemaría, pág. 39) 1.16. La alegría
de los pobrecitos hombres, aunque tenga motivo sobrenatural, siempre deja un
regusto de amargura. —¿Qué creías? —Aquí abajo, el dolor es la sal de nuestra
vida. (Camino, 203) 1.17. Precisamente,
esa admisión sobrenatural del dolor supone, al mismo tiempo, la mayor
conquista. Jesús, muriendo en la Cruz, ha vencido la muerte; Dios saca, de la
muerte, vida. La actitud de un hijo de Dios no es la de quien se resigna a su
trágica desventura, es la satisfacción de quien pregusta ya la victoria. (Es
Cristo que pasa, 168) 1.18. Te quiero
feliz en la tierra. —No lo serás si no pierdes ese miedo al dolor. Porque,
mientras "caminamos", en el dolor está precisamente la felicidad. (Camino,
217) 1.19. Todo un
programa, para cursar con aprovechamiento la asignatura del dolor, nos da el
Apóstol: "spe gaudentes" —por la esperanza, contentos, "in
tribulatione patientes" —sufridos, en la tribulación, "orationi
instantes" —en la oración, continuos. (Camino, 209) 1.20. Contigo,
Jesús, ¡qué placentero es el dolor y qué luminosa la oscuridad! (Camino, 229) 1.21. Jesús ora
en el huerto: Pater mi (Mt XXVI,39), Abba, Pater! (Mc XIV,36). Dios es mi
Padre, aunque me envíe sufrimiento. Me ama con ternura, aun hiriéndome. Jesús
sufre, por cumplir la Voluntad del Padre… Y yo, que quiero también cumplir la
Santísima Voluntad de Dios, siguiendo los pasos del Maestro, ¿podré quejarme,
si encuentro por compañero de camino al sufrimiento? Constituirá una señal
cierta de mi filiación, porque me trata como a su Divino Hijo. Y, entonces,
como El, podré gemir y llorar a solas en mi Getsemaní, pero, postrado en
tierra, reconociendo mi nada, subirá hasta el Señor un grito salido de lo íntimo
de mi alma: Pater mi, Abba, Pater,…fiat! (Via Crucis, 1ª Estación, n. 1) 1.22. No olvides
que el Dolor es la piedra de toque del Amor. (Camino, 439) 1.23. Que nadie
lea tristeza ni dolor en tu cara, cuando difundes por el ambiente del mundo el
aroma de tu sacrificio: los hijos de Dios han de ser siempre sembradores de paz
y de alegría. (Surco, 59) 1.24. Los que,
dejando la acción para otros, oran y sufren, no brillarán aquí, pero ¡cómo
lucirá su corona en el Reino de la Vida! —¡Bendito sea el "apostolado del
sufrimiento"! (Camino, 969) 1.25. Déjame que,
como hasta ahora, te siga hablando en confidencia: me basta tener delante de mí
un Crucifijo, para no atreverme a hablar de mis sufrimientos… Y no me importa
añadir que he sufrido mucho, siempre con alegría. (Surco, 238) 1.26. El amor
gustoso, que hace feliz al alma, está basado en el dolor: no cabe amor sin
renuncia. (Forja, 760) 1.27. Cuando
recibas algún golpe fuerte, alguna Cruz, no debes apurarte. Por el contrario,
con rostro alegre, debes dar gracias al Señor. (Forja, 776) 1.28. Se
requiere, pues, una preparación remota, hecha cada día con un santo desapego de
uno mismo, para que nos dispongamos a sobrellevar con garbo —si el Señor lo
permite— la enfermedad o la desventura. Servíos ya de las ocasiones normales,
de alguna privación, del dolor en sus pequeñas manifestaciones habituales, de
la mortificación, y poned en ejercicio las virtudes cristianas. (Amigos de
Dios, 124) 1.29. Cuando
estés enfermo, ofrece con amor tus sufrimientos, y se convertirán en incienso
que se eleva en honor de Dios y que te santifica. (Forja, 791) 1.30. Jesús no
encontrará la muerte en un abrir y cerrar de ojos… Le es dado un tiempo para
que el dolor y el amor se sigan identificando con la Voluntad amabilísima del
Padre. Ut facerem voluntatem tuam, Deus meus, volui, et legem tuam in medio
cordis mei (Ps XXXIX,9): en cumplir tu Voluntad, Dios mío, tengo mi
complacencia, y dentro de mi corazón está tu ley. (Via Crucis, Estación 2,2) 1.31. Del
pretorio al Calvario han llovido sobre Jesús los insultos de la plebe
enloquecida, el rigor de los soldados, las burlas del sanedrín… Escarnios y
blasfemias… Ni una queja, ni una palabra de protesta. Tampoco cuando, sin
contemplaciones, arrancan de su piel los vestidos. Aquí veo la insensatez mía
de excusarme, y de tantas palabras vanas. Propósito firme: trabajar y sufrir
por mi Señor, en silencio. (Via Crucis, 10ª Estación, n. 1) 1.32. Dame,
Jesús, Cruz sin cirineos. Digo mal: tu gracia, tu ayuda me hará falta, como para
todo; sé Tú mi Cirineo. Contigo, mi Dios, no hay prueba que me espante… —Pero, ¿y si la Cruz fuera el tedio,
la tristeza? —Yo te digo, Señor, que, Contigo, estaría alegremente triste. (Forja,
252) 1.33. Al pensar
en todo lo de tu vida que se quedará sin valor, por no haberlo ofrecido a Dios,
deberías sentirte avaro: ansioso de recogerlo todo, también de no desaprovechar
ningún dolor. –Porque, si el dolor acompaña a la criatura, ¿qué es sino necedad
el desperdiciarlo? (Surco, 997) 1.34. Cuando
venga el sufrimiento, el desprecio…, la Cruz, has de considerar: ¿qué es esto
para lo que yo merezco? (Camino, 690) 1.35. “In
silentio et in spe erit fortitudo vestra” —en el silencio y en la esperanza
residirá vuestra fortaleza…, asegura el Señor a los suyos. Callar y confiar:
dos armas fundamentales en el momento de la adversidad, cuando se te nieguen
los remedios humanos. El sufrimiento soportado sin queja
—mira a Jesús en su Santa Pasión y Muerte— da también la medida del amor. (Forja,
799)
AMAR
LA VOLUNTAD DE DIOS
2.1. ¡Oh,
Jesús, quiero ser una hoguera de locura de Amor! Quiero que mi presencia sola
sea bastante para encender al mundo, en muchos kilómetros a la redonda, con
incendio inextinguible. Quiero saber que soy tuyo. Después, venga la Cruz… —¡Magnífico camino!: sufrir, amar y
creer. (Forja, 790) 2.2. La Cruz
no es la pena, ni el disgusto, ni la amargura… Es el madero santo donde triunfa
Jesucristo…, y donde triunfamos nosotros, cuando recibimos con alegría y
generosamente lo que El nos envía. (Forja, 788) 2.3. Une el
dolor —la Cruz exterior o interior— con la Voluntad de Dios, por medio de un
“fiat!” generoso, y te llenarás de gozo y de paz. (Forja, 771) 2.4. Jesús
sufre por cumplir la Voluntad del Padre… Y tú, que quieres también cumplir la
Santísima Voluntad de Dios, siguiendo los pasos del Maestro, ¿podrás quejarte
si encuentras por compañero de camino al sufrimiento? (Camino, 213) 2.5. Cuando se
camina por donde camina Cristo; cuando ya no hay resignación, sino que el alma
se conforma con la Cruz —se hace a la forma de la Cruz—; cuando se ama la
Voluntad de Dios; cuando se quiere la Cruz…, entonces, sólo entonces, la lleva
El. (Forja, 770) 2.6. Identifícate
con la Voluntad de Dios…, y así la contradicción no es contradicción. (Forja,
812) 2.7. Jesús ora
en el huerto: Pater mi (Mt XXVI,39), Abba, Pater! (Mc XIV,36). Dios es mi
Padre, aunque me envíe sufrimiento. Me ama con ternura, aun hiriéndome. Jesús
sufre, por cumplir la Voluntad del Padre… Y yo, que quiero también cumplir la
Santísima Voluntad de Dios, siguiendo los pasos del Maestro, ¿podré quejarme,
si encuentro por compañero de camino al sufrimiento? Constituirá una señal cierta de mi
filiación, porque me trata como a su Divino Hijo. Y, entonces, como El, podré
gemir y llorar a solas en mi Getsemaní, pero, postrado en tierra, reconociendo
mi nada, subirá hasta el Señor un grito salido de lo íntimo de mi alma: Pater
mi, Abba, Pater,…fiat! (Via Crucis, Estación 1,1) 2.8. La
aceptación rendida de la Voluntad de Dios trae necesariamente el gozo y la paz:
la felicidad en la Cruz. —Entonces se ve que el yugo de Cristo es suave y que
su carga no es pesada. (Camino, 758) 2.9. Dios nos
quiere infinitamente más de lo que tú mismo te quieres… ¡Déjale, pues, que te
exija! (Forja, 813) 2.10. Parece que
el mundo se te viene encima. A tu alrededor no se vislumbra una salida.
Imposible, esta vez, superar las dificultades. Pero, ¿me has vuelto a olvidar
que Dios es tu Padre?: omnipotente, infinitamente sabio, misericordioso. El no
puede enviarte nada malo. Eso que te preocupa, te conviene, aunque los ojos
tuyos de carne estén ahora ciegos. Omnia in bonum! ¡Señor, que otra vez y siempre se cumpla tu
sapientísima Voluntad! (Via Crucis, 9ª Estación, n. 4) 2.11. Señales
inequívocas de la verdadera Cruz de Cristo: la serenidad, un hondo sentimiento
de paz, un amor dispuesto a cualquier sacrificio, una eficacia grande que
dimana del mismo Costado de Jesús, y siempre —de modo evidente— la alegría: una
alegría que procede de saber que, quien se entrega de veras, está junto a la
Cruz y, por consiguiente, junto a Nuestro Señor. (Forja, 772) 2.12. Aceptemos
sin miedo la voluntad de Dios, formulemos sin vacilaciones el propósto de
edificar toda nuestra vida de acuerdo con lo que nos enseña y exige nuestra fe.
Estemos seguros de que encontraremos lucha, sufrimiento y dolor, pero, si
poseemos de verdad la fe, no nos consideraremos nunca desgraciados: también con
penas e incluso con calumnias, seremos felices con una felicidad que nos
impulsará a amar a los demás, para hacerles participar de nuestra alegría
sobrenatural. (Es Cristo que pasa, 97) 2.13. Ut in gratiarum semper actione maneamus! Dios
mío, gracias, gracias por todo: por lo que me contraría, por lo que no
entiendo, por lo que me hace sufrir. Los golpes son necesarios para arrancar lo
que sobra del gran bloque de mármol. Así esculpe Dios en las almas la imagen de
su Hijo. ¡Agradece al Señor esas delicadezas! (Via Crucis, 6ª Estación, n. 4.) 2.14. Vamos:
Después de tanto "¡Cruz, Señor, Cruz!", se ve que querías una cruz a
tu gusto. (Camino, 989) 2.15. ¡Con qué
amor se abraza Jesús al leño que ha de darle muerte! ¿No es verdad que en cuanto dejas de
tener miedo a la Cruz, a eso que la gente llama cruz, cuando pones tu voluntad
en aceptar la Voluntad divina, eres feliz, y se pasan todas las preocupaciones,
los sufrimientos físicos o morales? Es verdaderamente suave y amable la
Cruz de Jesús. Ahí no cuentan las penas; sólo la alegría de saberse
corredentores con El. (Via Crucis, Estación 2) 2.16. Veo con
meridiana claridad la fórmula, el secreto de la felicidad terrena y eternal: no
conformarse solamente con la Voluntad de Dios, sino adherirse, identificarse,
querer —en una palabra—, con un acto positivo de nuestra voluntad, la Voluntad
divina. —Este es el secreto infalible —insisto— del gozo y de la paz. (Forja,
1006) 2.17. La Cruz,
¡la Santa Cruz!, pesa. —De una parte, mis pecados. De otra,
la triste realidad de los sufrimientos de nuestra Madre la Iglesia; la apatía
de tantos católicos que tienen un "querer sin querer"; la separación
—por diversos motivos— de seres amados; las enfermedades y tribulaciones,
ajenas y propias… La Cruz, la Santa Cruz!, pesa: “Fiat,
adimpleatur…!” —¡Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima
y amabilísima Voluntad de Dios sobre todas las cosas! Amén. Amén. (Forja, 769) 2.18. Por ver
feliz a la persona que ama, un corazón noble no vacila ante el sacrificio. Por
aliviar un rostro doliente, un alma grande vence la repugnancia y se da sin
remilgos… Y Dios ¿merece menos que un trozo de carne, que un puñado de barro?
Aprende a mortificar tus caprichos. Acepta la contrariedad sin exagerarla, sin
aspavientos, sin… histerismos. Y harás más ligera la Cruz de Jesús. (Via
Crucis, 5ª Estación, n. 3.) 2.19. ¡Clavarse
en la Cruz! Esta aspiración, como luz nueva, venía a la inteligencia, al
corazón y a los labios de aquella alma, muchas veces. —¿Clavarse
en la Cruz?: ¡cuánto cuesta!, se decía. Y eso que sabía muy bien el camino:
“agere contra!” —negarse a sí mismo. Por eso suplicaba: ¡ayúdame, Señor! (Forja,
401) 2.20. Hay
momentos en que —privado de aquella unión con el Señor, que te daba continua
oración, aun durmiendo— parece que forcejeas con la Voluntad de Dios. —Es flaqueza, bien lo sabes: ama la
Cruz; la falta de tantas cosas que todo el mundo juzga necesarias; los
obstáculos para emprender o… seguir el camino; tu pequeñez misma y tu miseria
espiritual. —Ofrece —con querer eficaz— lo tuyo y
lo de los tuyos: humanamente visto, no es poco; con luces sobrenaturales, es
nada. (Forja, 484) 2.21. Al celebrar
la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, suplicaste al Señor, con todas las
veras de tu alma, que te concediera su gracia para "exaltar" la Cruz
Santa en tus potencias y en tus sentidos… ¡Una vida nueva! Un resello: para dar
firmeza a la autenticidad de tu embajada…, ¡todo tu ser en la Cruz! —Veremos, veremos. (Forja, 517) 2.22. Amar la
Cruz es saberse fastidiar gustosamente por amor de Cristo, aunque cueste y
porque cuesta…: no te falta la experiencia de que resulta compatible. (Forja,
519) 2.23. Cristo
clavado en la Cruz, ¿y tú?…: ¡todavía metido sólo en tus gustos!; me corrijo:
¡clavado por tus gustos! (Forja, 761) 2.24. En esta
vida nuestra hay que contar con la Cruz. El que no cuenta con la Cruz no es
cristiano…, y no podrá evitar el encuentro con "su cruz", en la que
se desesperará. (Forja, 763) 2.25. Tener la
Cruz, es tener la alegría: ¡es tenerte a Ti, Señor! (Forja, 766) 2.26. No dejes de
ver y de agradecer la predilección del Rey que, en tu vida entera, resella tu
carne y tu espíritu con el sello real de la Santa Cruz. (Forja, 773) 2.27. Así
rezaba un sacerdote, en momentos de aflicción: "Venga, Jesús, la Cruz que
Tú quieras: desde ahora, la recibo con alegría, y la bendigo con la rica
bendición de mi sacerdocio". (Forja, 775) 2.28. Y
cuando venga la muerte, que vendrá inexorable, la esperaremos con júbilo como
he visto que han sabido esperarla tantas personas santas, en medio de su
existencia ordinaria. Con alegría: porque, si hemos imitado a Cristo en hacer
el bien —en obedecer y en llevar la Cruz, a pesar de nuestras miserias—,
resucitaremos como Cristo: surrexit Dominus vere! , que resucitó de verdad. (Es
Cristo que pasa , 21) 2.29. Señor —no
me importa repetirlo miles de veces—: quiero acompañarte, sufriendo Contigo, en
las humillaciones y crueldades de la Pasión y de la Cruz. (Camino, 778) 2.30. Repasa el
ejemplo de Cristo, desde la cuna de Belén hasta el trono del Calvario.
Considera su abnegación, sus privaciones: hambre, sed, fatiga, calor, sueño,
malos tratos, incomprensiones, lágrimas… ; y su alegría de salvar a la
humanidad entera. Me gustaría que ahora grabaras hondamente en tu cabeza y en
tu corazón —para que lo medites muchas veces, y lo traduzcas en consecuencias
prácticas— aquel resumen de San Pablo, cuando invitaba a los de Efeso a seguir
sin titubeos los pasos del Señor: sed imitadores de Dios, ya que sois sus hijos
muy queridos, y proceded con amor, a ejemplo de lo que Cristo nos amó y se ofreció
a sí mismo a Dios en oblación y hostia de olor suavísimo . (Amigos de Dios,
129) 2.31. ¡Es
verdad!: la Santa Cruz trae a nuestras vidas la confirmación inequívoca de que
somos de Cristo. (Forja, 787) 2.32. Después del
Santo Sacrificio, has visto cómo de tu Fe y de tu Amor —de tu penitencia, de tu
oración y de tu actividad— dependen en buena parte la perseverancia de los
tuyos y, a veces, aun su vida terrena. —¡Bendita Cruz, que llevamos mi Señor
Jesús —Él—, y tú, y yo! (Forja, 789) 2.33. Si vienen
contradicciones, está seguro de que son una prueba del amor de Padre, que el
Señor te tiene. (Forja, 815) 2.34. Paradojas de
un alma pequeña. —Cuando Jesús te envíe sucesos que el mundo llama buenos,
llora en tu corazón, considerando la bondad de El y la malicia tuya: cuando
Jesús te envíe sucesos que la gente califica de malos, alégrate en tu corazón,
porque El te da siempre lo que conviene y entonces es la hermosa hora de querer
la Cruz. (Camino, 873) 2.35. Cuanto más
seas de Cristo, mayor gracia tendrás para tu eficacia en la tierra y para la
felicidad eterna. Pero has de decidirte a seguir el
camino de la entrega: la Cruz a cuestas, con una sonrisa en tus labios, con una
luz en tu alma. (Via Crucis, Estación 2,3) 2.36. Ahora que
la Cruz es seria, de peso, Jesús arregla las cosas de modo que nos colma de
paz: se hace Cirineo nuestro, para que la carga resulte ligera. Dile, entonces, lleno de confianza:
Señor, ¿qué Cruz es ésta? Una Cruz sin cruz. De ahora en adelante, con tu
ayuda, conociendo la fórmula de abandonarme en Ti, serán así siempre todas mis
cruces. (Forja, 764) 2.37. ¡Cómo amaba
la Voluntad de Dios aquella enferma a la que atendí espiritualmente!: veía en
la enfermedad, larga, penosa y múltiple (no tenía nada sano), la bendición y
las predilecciones de Jesús: y, aunque afirmaba en su humildad que merecía
castigo, el terrible dolor que en todo su organismo sentía no era un castigo,
era una misericordia. —Hablamos de la muerte. Y del Cielo.
Y de lo que había de decir a Jesús y a Nuestra Señora… Y de cómo desde allí
"trabajaría" más que aquí… Quería morir cuando Dios quisiera…, pero
—exclamaba, llena de gozo— ¡ay, si fuera hoy mismo! Contemplaba la muerte con
la alegría de quien sabe que, al morir, se va con su Padre. (Forja, 1034) 2.38. La santidad
consiste precisamente en esto: en luchar, por ser fieles, durante la vida; y en
aceptar gozosamente la Voluntad de Dios, a la hora de la muerte. (Forja, 990) 2.39. La entrega
es el primer paso de una carrera de sacrificio, de alegría, de amor, de unión
con Dios. –Y así, toda la vida se llena de una bendita locura, que hace
encontrar felicidad donde la lógica humana no ve más que negación,
padecimiento, dolor. (Surco, 2) 2.40. Ante todas
las maravillas de Dios, y ante todos nuestros fracasos humanos, hemos de
reconocer: Tú lo eres todo para mí: ¡sírvete de mí como quieras! —Y la soledad
ya no existirá para ti, para nosotros. (Forja, 751) 2.41. En la hora
de la tentación, ejercita la virtud de la Esperanza, diciendo: para descansar y
gozar, una eternidad me aguarda; ahora, lleno de Fe, a ganar con el trabajo, el
descanso; y, con el dolor, el goce… ¿Qué será el Amor, en el Cielo? Mejor aún, ejercita el Amor,
reaccionando así: quiero dar gusto a mi Dios, a mi Amado, cumpliendo su Voluntad
en todo…, como si no hubiera premio ni castigo: solamente por agradarle. (Forja,
1008) 2.42. Amo tu
Voluntad. (Amo la santa pobreza, gran señora mía.) —Y abomino, para siempre, de todo lo
que suponga, ni de lejos, falta de adhesión a tu justísima, amabilísima y
paternal Voluntad. (Forja, 808) 2.43. Jesús habla
siempre con amor…, también cuando nos corrige o permite la tribulación. (Forja,
811) 2.44. ¡Cuándo te
propondrás de una vez identificarte con ese Cristo que es Vida! (Forja, 818) 2.45. Como
el niño débil se arroja compungido en los brazos recios de su padre, tú y yo
nos asiremos al yugo de Jesús. Sólo esa contrición y esa humildad transformarán
nuestra flaqueza humana en fortaleza divina. (Via Crucis, 7ª Estación) 2.46. Refúgiate
en la filiación divina: Dios es tu Padre amantísimo. Esta es tu seguridad, el
fondeadero donde echar el ancla, pase lo que pase en la superficie de este mar
de la vida. Y encontrarás alegría, reciedumbre, optimismo, ¡victoria! (Via
Crucis, 7ª Estación, n. 2)
PURIFICACIÓN, SENTIDO REPARADOR DEL SUFRIMIENTO 3.1. Y
nosotros, rota el alma de dolor, decimos sinceramente a Jesús: soy tuyo, y me
entrego a Ti, y me clavo en la Cruz gustosamente, siendo en las encrucijadas
del mundo un alma entregada a Ti, a tu gloria, a la Redención, a la
corredención de la humanidad entera. (Vía Crucis, Estación 11) 3.2. Las
ansias de reparación, que pone tu Padre Dios en tu alma, se verán satisfechas,
si unes tu pobre expiación personal a los méritos infinitos de Jesús. —Rectifica la intención, ama el dolor
en Él, con Él y por Él. (Forja, 604) 3.3. Si sabes
que esos dolores —físicos o morales— son purificación y merecimiento,
bendícelos. (Camino, 219) 3.4. Purificad
la intención, ocupaos de todas las cosas por amor a Dios, abrazando con gozo la
cruz de cada día. Lo he repetido miles de veces, porque pienso que estas ideas
deben estar esculpidas en el corazón de los cristianos: cuando no nos limitamos
a tolerar y, en cambio, amamos la contradicción, el dolor físico o moral, y lo
ofrecemos a Dios en desagravio por nuestros pecados personales y por los
pecados de todos los hombres, entonces os aseguro que esa pena no apesadumbra. No se lleva ya una cruz cualquiera,
se descubre la Cruz de Cristo, con el consuelo de que se encarga el Redentor de
soportar el peso. Nosotros colaboramos como Simón de Cirene que, cuando
regresaba de trabajar en su granja pensando en un merecido reposo, se vio
forzado a poner sus hombros para ayudar a Jesús. Ser voluntariamente Cireneo de
Cristo, acompañar tan de cerca a su Humanidad doliente, reducida a un guiñapo,
para un alma enamorada no significa una desventura, trae la certeza de la
proximidad de Dios, que nos bendice con esa elección. (Amigos de Dios, 132) 3.5. ¡Dios
mío!, que odie el pecado, y me una a Ti, abrazándome a la Santa Cruz, para
cumplir a mi vez tu Voluntad amabilísima…, desnudo de todo afecto terreno, sin
más miras que tu gloria…, generosamente, no reservándome nada, ofreciéndome
contigo en perfecto holocausto. (Vía Crucis, 9ª Estación) 3.6. Afán de
adoración, ansias de desagravio con sosegada suavidad y con sufrimiento. Se
hará vida en vuestra vida la afirmación de Jesús: el que no toma su cruz, y me
sigue, no es digno de mí. Y el Señor se nos manifiesta cada vez más exigente, nos
pide reparación y penitencia, hasta empujarnos a experimentar el ferviente
anhelo de querer vivir para Dios, clavado en la cruz juntamente con Cristo.
¿Qué vale, Jesús, ante tu Cruz, la mía; ante tus heridas mis rasguños? ¿Qué
vale, ante tu Amor inmenso, puro e infinito, esta pobrecita pesadumbre que has
cargado Tú sobre mis espaldas? (Amigos de Dios, 304) 3.7. ¡Cómo
ennoblecemos el dolor, poniéndolo en el lugar que le corresponde (expiación) en
la economía del espíritu! (Camino, 234) 3.8. El amor a
Dios nos invita a llevar a pulso la Cruz…, a sentir sobre nuestros hombros el
peso de la humanidad entera, y a cumplir, en las circunstancias propias del
estado y del trabajo de cada uno, los designios —claros y amorosos a la vez— de
la Voluntad del Padre. (Forja, 823) 3.9. El
cristiano triunfa siempre desde la Cruz, desde su propia renuncia, porque deja
que actúe la Omnipotencia divina. (Surco, 995) 3.10. Jesús llegó
a la Cruz, después de prepararse durante treinta y tres años, ¡toda su Vida! —Sus
discípulos, si de veras desean imitarle, deben convertir su existencia en
corredención de Amor, con la propia negación, activa y pasiva. (Surco, 255) 3.11. Señor, que
yo me decida a arrancar, mediante la penitencia, la triste careta que me he
forjado con mis miserias… Entonces, sólo entonces, por el camino de la
contemplación y de la expiación, mi vida irá copiando fielmente los rasgos de
tu vida. Nos iremos pareciendo más y más a Ti. Seremos otros Cristos, el mismo
Cristo, ipse Christus. (Vía Crucis, Estación 6) 3.12. Hay una
falsa ascética que presenta al Señor en la Cruz rabioso, rebelde. Un cuerpo
retorcido que parece amenazar a los hombres: me habéis quebrantado, pero yo
arrojaré sobre vosotros mis clavos, mi cruz y mis espinas. Esos no conocen el espíritu de Cristo.
Sufrió todo lo que pudo —¡y por ser Dios, podía tanto!—; pero amaba más de lo
que padecía… Y después de muerto, consintió que una lanza abriera otra llaga,
para que tú y yo encontrásemos refugio junto a su Corazón amabilísimo. (Vía
Crucis, 12ª Estación, n. 3) 3.13. Bebamos
hasta la última gota del cáliz del dolor en la pobre vida presente. —¿Qué
importa padecer diez años, veinte, cincuenta…, si luego es el cielo para
siempre, para siempre…, para siempre? —Y, sobre todo, —mejor que la razón
apuntada, "propter retributionem"—, ¿qué importa padecer, si se
padece por consolar, por dar gusto a Dios nuestro Señor, con espíritu de
reparación, unido a El en su Cruz, en una palabra: si se padece por Amor?… (Camino,
182) 3.14. ¿Cómo amar
de veras la Cruz Santa de Jesús?… ¡Deséala!… ¡Pide fuerzas al Señor para
implantarla en todos los corazones, y a lo largo y a lo ancho de este mundo! Y
luego… desagráviale con alegría; trata de amarle también con el latir de todos
los corazones que aún no le aman. (Vía Crucis, Estación 5,5) 3.15. Hemos de
hacer vida nuestra la vida y la muerte de Cristo. Morir por la mortificación y
la penitencia, para que Cristo viva en nosotros por el Amor. Y seguir entonces
los pasos de Cristo, con afán de corredimir a todas las almas. Dar la vida por los demás. Sólo así
se vive la vida de Jesucristo y nos hacemos una misma cosa con El. (Vía Crucis,
Estación 14) 3.16. Ante el
dolor y la persecución, decía un alma con sentido sobrenatural: "¡prefiero
que me peguen aquí, a que me peguen en el purgatorio!" (Forja, 1046) 3.17. No estorbes
la obra del Paráclito: únete a Cristo, para purificarte, y siente, con El, los
insultos, y los salivazos, y los bofetones…, y las espinas, y el peso de la
cruz…, y los hierros rompiendo tu carne, y las ansias de una muerte en
desamparo… Y métete en el costado abierto de
Nuestro Señor Jesús hasta hallar cobijo seguro en su llagado Corazón. (Camino,
58) 3.18. Métete en
las llagas de Cristo Crucificado. —Allí aprenderás a guardar tus sentidos,
tendrás vida interior, y ofrecerás al Padre de continuo los dolores del Señor y
los de María, para pagar por tus deudas y por todas las deudas de los
hombres. (Camino, 288) 3.19. Repite en tu
oración personal, cuando sientas la flaqueza de la carne: ¡Señor, Cruz para
este pobre cuerpo mío, que se cansa y que se subleva! (Forja,209) 3.20. Cuando hayas
caído, o te encuentres agobiado por la carga de tus miserias, repite con segura
esperanza: Señor, mira que estoy enfermo; Señor, Tú, que por amor has muerto en
la Cruz por mí, ven a curarme. Confía, insisto: persevera llamando a
su Corazón amantísimo. Como a los leprosos del Evangelio, te dará la salud. (Forja,
213) 3.21. Un dolor
agudo penetra en el alma de Jesús, y el Señor se desploma extenuado. Tú y yo no
podemos decir nada: ahora ya sabemos por qué pesa tanto la Cruz de Jesús. Y
lloramos nuestras miserias y también la ingratitud tremenda del corazón humano.
Del fondo del alma nace un acto de contrición verdadera, que nos saca de la
postración del pecado. Jesús ha caído para que nosotros nos levantemos: una vez
y siempre. (Vía Crucis, 3ª Estación) 3.22. A Jesús le
basta una sonrisa, una palabra, un gesto, un poco de amor para derramar
copiosamente su gracia sobre el alma del amigo. (Vía Crucis, Estación 5) 3.23. Has
llegado en un buen momento para cargar con la Cruz: la Redención se está
haciendo —¡ahora!—, y Jesús necesita muchos cirineos. (Vía Crucis, 5ª Estación,
n. 2) 3.24. ¿Quieres
acompañar de cerca, muy de cerca, a Jesús?… Abre el Santo Evangelio y lee la
Pasión del Señor. Pero leer sólo, no: vivir. La diferencia es grande. Leer es
recordar una cosa que pasó; vivir es hallarse presente en un acontecimiento que
está sucediendo ahora mismo, ser uno más en aquellas escenas. Entonces, deja
que tu corazón se expansione, que se ponga junto al Señor. Y cuando notes que
se escapa —que eres cobarde, como los otros—, pide perdón por tus cobardías y
las mías. (Via Crucis, 9ª Estación, n.
3) 3.25. Ya han
cosido a Jesús al madero. Los verdugos han ejecutado despiadadamente la
sentencia. El Señor ha dejado hacer, con mansedumbre infinita. No era necesario tanto tormento. Él pudo
haber evitado aquellas amarguras, aquellas humillaciones, aquellos malos
tratos, aquel juicio inicuo, y la vergüenza del patíbulo, y los clavos, y la
lanzada… Pero quiso sufrir todo eso por ti y por mí. Y nosotros, ¿no vamos a
saber corresponder? Es muy posible que en alguna ocasión, a solas con un
crucifijo, se te vengan las lágrimas a los ojos. No te domines… Pero procura
que ese llanto acabe en un propósito. (Via Crucis, 11ª Estación, n. 1) 3.26. Amo tanto a
Cristo en la Cruz, que cada crucifijo es como un reproche cariñoso de mi Dios:
…Yo sufriendo, y tú… cobarde. Yo amándote, y tú olvidándome. Yo pidiéndote, y
tú… negándome. Yo, aquí, con gesto de Sacerdote Eterno, padeciendo todo lo que
cabe por amor tuyo… y tú te quejas ante la menor incomprensión, ante la
humillación más pequeña… (Via Crucis, 11ª Estación, n. 2) 3.27. "Lo
que debo a Dios, por cristiano: mi falta de correspondencia, ante esa deuda, me
ha hecho llorar de dolor: de dolor de Amor. 'Mea culpa!'" —Bueno es que
vayas reconociendo tus deudas: pero no olvides cómo se pagan: con lágrimas… y
con obras. (Forja,242) 3.28. He repetido
muchas veces aquel verso del himno eucarístico: peto quod petivit latro
poenitens, y siempre me conmuevo: ¡pedir como el ladrón arrepentido! Reconoció
que él sí merecía aquel castigo atroz… Y con una palabra robó el corazón a
Cristo y se abrió las puertas del Cielo. (Via Crucis, 12ª Estación, n. 4) 3.29. Nicodemo y
José de Arimatea —discípulos ocultos de Cristo— interceden por el desde los
altos cargos que ocupan. En la hora de la soledad, del abandono total y del
desprecio…, entonces dan la cara audacter (Mc XV,43)…: ¡valentía heroica! Yo
subiré con ellos al pie de la Cruz, me apretaré al Cuerpo frío, cadáver de
Cristo, con el fuego de mi amor…, lo desclavaré con mis desagravios y
mortificaciones…, lo envolveré con el lienzo nuevo de mi vida limpia, y lo
enterraré en mi pecho de roca viva, de donde nadie me lo podrá arrancar, ¡y
ahí, Señor, descansad! Cuando todo el mundo os abandone y desprecie…, serviam!,
os serviré, Señor. (Via Crucis, 14ª Estación, n. 1)
NECESIDAD
DE LA CRUZ
4.1. Recordad
las palabras de Cristo: si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí
mismo, lleve su cruz cada día y sígame. ¿Lo veis? La cruz cada día. Nulla dies
sine cruce!, ningún día sin Cruz: ninguna jornada, en la que no carguemos con
la cruz del Señor, en la que no aceptemos su yugo. Por eso, no he querido
tampoco dejar de recordaros que la alegría de la resurrección es consecuencia
del dolor de la Cruz. (Es Cristo que pasa , 176) 4.2. ¿Quieres
saber cómo agradecer al Señor lo que ha hecho por nosotros?… ¡Con amor! No hay
otro camino. Amor con amor se paga. Pero la
certeza del cariño la da el sacrificio. De modo que ¡ánimo!: niégate y toma su
Cruz. Entonces estarás seguro de devolverle amor por amor. (Via Crucis,
Estación 5,1) 4.3. Es
necesario que te decidas voluntariamente a cargar con la cruz. Si no, dirás con
la lengua que imitas a Cristo, pero tus hechos lo desmentirán; así no lograrás
tratar con intimidad al Maestro, ni lo amarás de veras. Urge que los cristianos
nos convenzamos bien de esta realidad: no marchamos cerca del Señor, cuando no sabemos
privarnos espontáneamente de tantas cosas que reclaman el capricho, la vanidad,
el regalo, el interés… No debe pasar una jornada sin que la hayas condimentado
con la gracia y la sal de la mortificación. Y desecha esa idea de que estás,
entonces, reducido a ser un desgraciado. Pobre felicidad será la tuya, si no
aprendes a vencerte a ti mismo, si te dejas aplastar y dominar por tus pasiones
y veleidades, en vez de tomar tu cruz gallardamente. (Amigos de Dios, 129) 4.4. El camino
del Amor se llama Sacrificio. (Forja, 768) 4.5. Los que
huyen cobardemente del sufrimiento, tienen materia de meditación al ver con qué
entusiasmo otras almas abrazan el dolor. No son pocos los hombres y las mujeres
que saben padecer cristianamente. Sigamos su ejemplo. (Forja, 236) 4.6. En esta
forja de dolor que acompaña la vida de todas las personas que aman, el Señor
nos enseña que quien pisa sin miedo —aunque cueste— donde pisa el Maestro,
encuentra la alegría. (Forja, 816) 4.7. El gran
secreto de la santidad se reduce a parecerse más y más a El, que es el único y
amable Modelo. (Forja, 752) 4.8. Cuando
emprendemos el camino real de seguir a Cristo, de portarnos como hijos de Dios,
no se nos oculta lo que nos aguarda: la Santa Cruz, que hemos de contemplar
como el punto central donde se apoya nuestra esperanza de unirnos al Señor. (Amigos
de Dios, 212) 4.9. El camino
de nuestra santificación personal pasa, cotidianamente, por la Cruz: no es
desgraciado ese camino, porque Cristo mismo nos ayuda y con El no cabe la tristeza.
In laetitia, nulla dies sine cruce!, me gusta repetir; con el alma traspasada
de alegría, ningún día sin Cruz. (Es Cristo que pasa, 176) 4.10. Encontrar la
Cruz es encontrar a Cristo. (Forja, 779) 4.11. A veces la
Cruz aparece sin buscarla: es Cristo que pregunta por nosotros. Y si acaso ante
esa Cruz inesperada, y tal vez por eso más oscura, el corazón mostrara
repugnancia… no le des consuelos. Y, lleno de una noble compasión, cuando los
pida, dile despacio, como en confidencia: corazón, ¡corazón en la Cruz!,
¡corazón en la Cruz! (Via Crucis, 5ª Estación) 4.12. Nadie es
feliz, en la tierra, hasta que se decide a no serlo. Así discurre el camino:
dolor, ¡en cristiano!, Cruz; Voluntad de Dios, Amor; felicidad aquí y, después,
eternamente. (Forja, 52) 4.13. No seamos
—¡no podemos ser!— cristianos dulzones: en la tierra tiene que haber dolor y
Cruz. (Forja, 762) 4.14. Para llegar
a Dios, Cristo es el camino; pero Cristo está en la Cruz, y para subir a la
Cruz hay que tener el corazón libre, desasido de las cosas de la tierra. (Via Crucis, 10ª Estación) 4.15. Lo que
verdaderamente hace desgraciada a una persona —e incluso a una sociedad entera—
es esa búsqueda, ansiosa y egoísta, de bienestar: ese intento de eliminar todo
lo que contraría. (Forja, 767) 4.16. Jesús, que
tu Sangre de Dios penetre en mis venas, para hacerme vivir, en cada instante,
la generosidad de la Cruz. (Forja, 780) 4.17. Ante Jesús
muerto en la Cruz, haz oración, para que la Vida y la Muerte de Cristo sean el
modelo y el estímulo de tu vida y de tu respuesta a la Voluntad divina. (Forja,
781) 4.18. Cuando veas
una pobre Cruz de palo, sola, despreciable y sin valor… y sin Crucifijo, no
olvides que esa Cruz es tu Cruz: la de cada día, la escondida, sin brillo y sin
consuelo…, que está esperando el Crucifijo que le falta: y ese Crucifijo has de
ser tú. (Camino, 178) 4.19. Reafirma en
tu alma el antiguo propósito de aquel amigo: Señor, quiero el sufrimiento, no
el espectáculo. (Forja, 765) 4.20. Se requiere,
pues, una preparación remota, hecha cada día con un santo desapego de uno
mismo, para que nos dispongamos a sobrellevar con garbo —si el Señor lo
permite— la enfermedad o la desventura. Servíos ya de las ocasiones normales,
de alguna privación, del dolor en sus pequeñas manifestaciones habituales, de
la mortificación, y poned en ejercicio las virtudes cristianas. (Amigos de
Dios, 124) 4.21. Si unimos
nuestras pequeñeces —las insignificantes y las grandes contradicciones— a los
grandes sufrimientos del Señor, Víctima —¡la única Víctima es El!—, aumentará
su valor, se harán un tesoro y, entonces, tomaremos a gusto, con garbo, la Cruz
de Cristo. —Y no habrá así pena que no se venza con rapidez; y no habrá nada ni
nadie que nos quite la paz y la alegría. (Forja, 785) 4.22. Desasimiento.
—¡Cómo cuesta!… ¡Quién me diera no tener más atadura que tres clavos ni más
sensación en mi carne que la Cruz! (Camino, 151) 4.23. Si de verdad
deseas que tu corazón reaccione de un modo seguro, yo te aconsejo que te metas
en una Llaga del Señor: así le tratarás de cerca, te pegarás a El, sentirás
palpitar su Corazón…, y le seguirás en todo lo que te pida. (Forja, 755) 4.24. Ser
cristiano —y de modo particular ser sacerdote; recordando también que todos los
bautizados participamos del sacerdocio real— es estar de continuo en la Cruz. (Forja,
882) 4.25. El cuerpo
llagado de Jesús es verdaderamente un retablo de dolores… Por contraste, vienen a la memoria tanta
comodidad, tanto capricho, tanta dejadez, tanta cicatería… Y esa falsa
compasión con que trato mi carne. ¡Señor!,
por tu Pasión y por tu Cruz, dame fuerza para vivir la mortificación de los
sentidos y arrancar todo lo que me aparte de Ti. (Via Crucis, Estación 10,2) 4.26. A ti que te
desmoralizas, te repetiré una cosa muy consoladora: al que hace lo que puede,
Dios no le niega su gracia. Nuestro Señor es Padre, y si un hijo le dice en la
quietud de su corazón: Padre mío del Cielo, aquí estoy yo, ayúdame… Si acude a
la Madre de Dios, que es Madre nuestra, sale adelante. Pero Dios es exigente. Pide amor de
verdad; no quiere traidores. Hay que ser fieles a esa pelea sobrenatural, que
es ser feliz en la tierra a fuerza de sacrificio. (Via Crucis, Estación 10,3) 4.27. No lo debemos olvidar: en todas las actividades humanas, tiene que haber hombres y mujeres con la Cruz de Cristo en sus vidas y en sus obras, alzada, visible, reparadora; símbolo de la paz, de la alegría; símbolo de la | |||