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Selección
de textos de Romano Guardini El
servicio al prójimo en peligro Der
dienst am naechsten in gefahr. Romano
Guardini * En
esta conferencia pronunciada el 24 de mayo de 1965 en la reunión anual de la
Verband deutscher Mutterhäuser von Roten Kreuz, en Munich, Alemania, Romano
Guardini explora el tema del servicio al prójimo y sus motivaciones. En la
época moderna, y aún en nuestros días, es mentalidad común decir que el
servicio al prójimo es algo "natural" al hombre, como algo que le
viene "espontáneamente": de ahí surge la legitimación para constituir
una ética laica que prescinda de cualquier raíz religiosa. Sin embargo, en el
análisis que emprende Guardini, las cosas son muy distintas: ese servicio al
prójimo que la mentalidad dominante concibe como "natural", es en
realidad producto de la Gracia, o dicho de otro modo, es producto de la
Revelación de Dios en Cristo. De ahí que, cualquier intento de voluntariado o
ayuda al prójimo, si no parte de la mirada de Cristo, resulta, a la larga,
infructuoso, o dicho en términos más precisos, insuficiente. Un artículo que
debe leer todo aquel que, desde una perspectiva cristiana, quiere globalizar la
solidaridad y la caridad. Para que sea conciente de los peligros del
humanitarismo, es decir, de la caridad sin Cristo. El
imperativo de la ayuda y la naturaleza humana Si
se buscara una frase que expresara breve y claramente en qué se basan todas las
formas de ayuda, individuales o de índole organizada, se llegaría a ésta:
"Ahí hay una persona en apuro; por tanto, debo ayudarla". Simplemente
así: por tanto; sin ulterior fundamentación ni demostración; como exigencia que
surge del apuro mismo. Quizá
se preguntarán ustedes por qué hace falta decir esto en especial; puesto que es
obvio. Pero ¿lo es realmente? El
día de hoy los llama a ustedes a una consideración: queremos intentarla
dejándonos guiar por la máxima recién expuesta. Queremos preguntar si es
realmente obvia; y con ello percibiremos toda una historia. Una historia de la
Humanidad, que se ha realizado en lo más vivo de ella, o sea, en su corazón, y
se sigue realizando, y afecta a todos los que se sientan llamados por la necesidad
humana. Entonces,
¿es obvia la frase que acabamos de hallar? Muchos dicen que así: opinan que
forma parte de la naturaleza del hombre responder a la dificultad de otro con
una ayuda activa. Esta opinión es muy noble y parece expresar la esencia del
hombre del modo más bello. Pero yo creo que se engaña. Preguntemos con
frialdad: el hombre natural de que se habla ahí, ¿cómo se comporta en realidad? En
realidad, la sensibilidad originaria, cuando percibe la privación, los dolores
y el riesgo de otro no lo nota en absoluto de tal modo que sin más surja de
ello el impulso de acudir a él, de asistirlo, de ayudarlo a salir adelante,
sino que se echa atrás con miedo. Percibe el apuro ajeno como alteración del
bienestar propio; como requerimiento al bolsillo propio, como exigencia de
tener que esforzarse. Una mirada decidida a nuestro mismo interior nos lo
muestra así. Y aun el mayor idealista debe verlo así en cuanto se encuentra en
la situación de tener que pedir a otro su colaboración o su sacrificio pecuniario
en un determinado apuro. El gesto y las palabras de la persona requerida le
enseñan una amarguísima verdad. Pero
las raíces de esa actitud se encuentran aún más hondas. Si miramos a culturas
primitivas, vemos entonces que el apuro de otro se percibe principalmente como
algo que es enemigo del propio bienestar. Nos acordamos de la conducta de los
animales que viven en comunidad: tan pronto como en una colmena o un hormiguero
se pone enfermo uno de sus miembros, no lo curan en absoluto, sino que lo
matan. Esa tendencia que con tal confianza se llama sentimiento natural, en el
hombre responde en principio de modo muy semejante al apuro de otro; pero es
preciso decirlo, aún peor, porque en el hombre toda emoción toma un carácter
especial. El ser que está en peligro debe ser eliminado, para que no ponga
también en peligro a los demás. Pero
la cuestión del cómo y por qué lleva todavía más hondo. En épocas primitivas,
todo acontecer estaba atravesado de sentimientos religiosos. Con eso no
aludimos a nada cristiano; a nada que tenga que ver con el mensaje divino de la
Biblia; sino más bien a un sentimiento inmediato del misterio en todo lo que
existe. En todo acontecer se perciben poderes, beneficiosos y destructores. El
dolor, la infelicidad, la enfermedad y la muerte se presentan a la conciencia
precisamente de este modo. Por tanto, el que está al lado del afectado también
se siente amenazado por todo ello. Ve en el apuro ajeno el dominio de poderes
encolerizados y perversos, y su sensibilidad le dice: ¡Mantente lejos: podría
envolverte a ti también! Así
es en realidad la fisonomía de los sentimientos naturales. Y sólo tenemos que
volver la vista a nuestro pasado inmediato para comprobar con qué carácter
elemental han vuelto a irrumpir en el más moderno presente. Pero sobre eso
diremos enseguida algo más. ¿Cuándo
responde realmente al apuro ajeno un impulso involuntario de auxiliar? Cuando
ese apuro afecta a alguien que pertenece a uno mismo. Los padres lo perciben
así cuando su hijo se pone enfermo; los esposos, uno por el otro; el amigo por
el amigo; el señor por sus servidores... Pero
¿qué es lo que ocurre ahí en realidad? La otra persona no es entonces el
prójimo, ante el cual despertara la solidaridad natural de la humanidad común,
sino que domina la ligazón inmediata de la sangre, de los intereses, de la
simpatía, de las diversas relaciones de fidelidad, tal como atan a los hombres.
El sentimiento de la vida y la prosperidad propias se extienden al otro y lo
atraen dentro del dominio propio. En la medida en que esa incorporación
inmediata no tenga lugar, impera su forma contraria, a saber, la relación de la
extrañeza. Y el extraño es el desconocido para el sentir inmediato; pero en
cuanto tal, es el peligroso. Aquí
cabría objetar que así podría ser en grados primitivos de cultura; pero que el
hombre evoluciona y progresa. En efecto: el progreso constituye el concepto
central del sentido de la vida en los tiempos modernos. Tal concepto afirma que
cuanto más se desarrollan la ciencia, la cultura común, la vida económica y
social, más se ennoblece el hombre mismo. Asciende a una concepción de la
existencia cada vez más alta, a una relación cada vez más llena de sentido
entre hombre y hombre, y también cada vez tiene sentimientos más refinados
respecto al apuro de otro, surgiendo poco a poco ese sentimiento básico que
hemos expresado en la frase: "Hay una persona en apuro; por lo tanto, debo
ayudarla". ¿Es esto cierto? No lo creo. Es una ideología. El hombre
moderno a quien se le escapan cada vez más los valores absolutos, trata de
sustituirlos por la ilusión de un futuro perfecto, al que se aproximaría
constantemente. Ello se hace evidente en una consideración sobria y realista de
los hechos. Solamente, tenemos bastante ejemplos de que algunos pueblos que
culturalmente están muy elevados, y tienen ya detrás de sí una larga historia
de pensamiento y evolución social, no confirman en absoluto esa afirmación;
pero ahora no hay tiempo de entrar en ello. En todo caso, entre nosotros, en
Occidente, no ha ocurrido así. Entre nosotros, el empujón decisivo no ha
llegado desde tendencias interiores a la evolución, sino de otros puntos. ¿Qué
debe haber entonces para que esa frase sea reconocida como verdadera? La
admonición interior que expresa debe ser percibida ante toda persona. Es decir,
no sólo ante la persona estrechamente ligada a nosotros, simpática, sino
también ante aquel que no logra serlo; no sólo ante la persona dotada y
hermosa, sino también ante el mediocre, y aun el retrasado; no sólo ante el
rico y el cultivado, sino también ante el pobre y el mísero. Si esa frase ha de
ser cierta, la admonición debe atravesar por en medio de toda distinción, y
dirigirse a algo que determine al hombre como tal, sea como sea por lo demás. Y
si, no obstante, han de notarse distinciones, entonces, que sea según este
principio: "Cuanto más pobre y pequeño el hombre, más apremiante es la
obligación de ayudarlo". Pero
el sentimiento natural no lo dice así en absoluto. Para que hable tal
imperativo, debe tener lugar algo que haga evidente en el prójimo un aspecto
situado más allá de todos los elementos inmediatos de parentesco de sangre, de
interese comunes, de valores de personalidad y cultura; un elemento
incondicionado que ya no está bajo las perspectivas de lo útil, de lo simpático,
de lo digno de admiración: a saber, la persona en cuanto tal. Pero ésta no se
hace evidente por la evolución meramente cultural. Dejemos en paz la cuestión
de cómo ocurre en otros ámbitos culturales, por ejemplo en el asiático, o en el
africano: en esta conferencia no podemos plantearlo. En todo caso, entre
nosotros, en Occidente, no ha tenido lugar esta evidenciación. El
mensaje cristiano ¿Cómo
ha ocurrido, pues? La respuesta no es dudosa para quien esté informado de la
marcha de nuestra historia: por el influjo del mensaje de Jesús. Ustedes
conocen la escena del Evangelio en que un doctor de la Ley quiere poner en
dificultades al Señor, y le pregunta cuál es "el mandamiento mayor"
en la Ley (Mt 22, 37, sig.). Él contesta con las frases del Antiguo Testamento:
"Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y toda tu
mente" (Dt 6, 5), y añade: "Éste es el mayor y el primer mandamiento.
El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Lv.
19, 18). El
prójimo era para el Antiguo Testamento, alguno de los miembros del pueblo
propio; y aun entre éstos la casuística de los doctores de la Ley seguía
distinguiendo; entre hombres libres y esclavos, entre conocedores de la Ley e
ignorantes, etc. Así vemos cómo el fariseo quiere mostrarse superior y sigue
preguntando: "Mi prójimo, ¿quién es?" Pero Jesús responde con la
parábola del samaritano compasivo. Así rompe todas las fronteras de pueblo y
grupo social, riqueza y cultura, y muestra cómo tiene lugar la relación del
prójimo entre el herido, que es judío, y el viajero, que es samaritano; es
decir, dos grupos nacionales que se odiaban y despreciaban mutuamente. Pero eso
significa: entre aquel cuyo corazón se abre a la llamada de la necesidad, y
aquel que necesita la ayuda. La respuesta de Jesús a la pregunta del doctor en
la Ley significa, pues: Tu prójimo es aquel que necesita tu ayuda. Pero como
ese mandato se disolvería en una vaguedad sin orillas, el concepto de prójimo
debe determinarse aún más exactamente, es decir, prácticamente, según el
acontecer concreto, y entonces implica: El prójimo es aquel que te presenta en
la situación dada. Y por lo que toca a esa situación misma, su sentido está
estrechamente ligado con el mensaje de Jesús sobre la Providencia: El Padre en
el Cielo es el que te presenta a ese hombre en el camino de la vida, para que
lo ayudes. Ahora
alcanza su expresión evidente aquel imperativo incondicionado de que
hablábamos. Caen las distinciones y permanecen sólo lo esencial: el hombre que
necesita ayuda; el que puede ayudar; la situación en que aquél es presentado a
éste, y en qué se expresa la providencia de Aquel que guía el destino de cada
hombre. Detrás de todo está el hecho de que los hombres no son ejemplares de
una especie animal, sino personas, creadas por Dios en su llamada, y puestas
por Él en la relación tú-yo, que prolonga en la relación entre persona y
persona. Pero esa llamada que percibe el que tiene buena disposición de corazón
(tu prójimo está en peligro; ayúdalo, pues) constituye la expresión de esa
relación. En ella habla Aquel que la ha fundado. Pero
todavía no se ha alcanzado la última profundidad de Jesús. En el Evangelio de
san Mateo, dice: "Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más
pequeños, a mí me lo hicisteis" (25, 40). Esta palabras tiene una
importancia inconmensurable. Dejan a un lado todas las distinciones que pudiera
hacer el sentimiento natural. Ante todo, porque se presenta a nuestros ojos
como destinatario de la conducta exigida "el más pequeño", es decir,
el que no puede poner en vigencia para sí ninguna de las diversas razones
naturales para mover el interés de ayudar: ni admiración, ni simpatía, ni utilidad.
Sino porque allí donde está, aparece el mismo Jesús. La esencia del hombre es
muy problemática. En su manera concreta de darse hay una dura desproporción, a
menudo insoportable, respecto a la exigencia planteada por el imperativo de la
ayuda, provocando todas las formas de la incomprensión y del rechazo. Esa
desproporción queda abolida al parecer en la persona del mismo Cristo
menesteroso. Por su mensaje somos hermanos entre nosotros, porque nos ha hecho
hermanos y hermanas suyos, hijos e hijas de su Padre. Así se adelanta a cada
uno de nosotros dándole a su persona humana el carácter de lo incondicionado.
Se hace Él mismo la motivación última de todas las exigencias que surgen de un
hombre hacia otro. Por Él, el imperativo de ayuda se hace categórico. El
recién citado capítulo 25 del Evangelio de san Mateo contiene la predicción de
Jesús sobre el juicio al fin del tiempo. En ese juicio del hombre será juzgado
según como tenga participación en Dios. En ese juicio recibe su última
definición de la existencia humana –la del individuo, como también la de la
comunidad, esto es, la historia. Pues la historia no se define a sí misma. Si
lo hiciera, ella sería su propio juicio, y entonces, debería ir de otro modo
que como va. El juicio le llega de más allá de ella misma. Pero,
según las palabras de Jesús, ese juicio se decidirá según haya cumplido el
hombre el hombre el mandato de la nueva hermandad. Dice: "Entonces dirá el
Rey a los de su derecha: "venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia
del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve
hambre, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo,
y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel y vinisteis a
verme". Entonces los justos le responderán: "Señor, ¿cuándo te vimos
hambriento, y te dimos de comer; o sedientos, y te dimos de beber? ¿Cuándo te
vimos forastero, y te acogimos; o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos
enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?" Y entonces el Rey les dirá: En verdad
os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí
me lo hicisteis." (Mt. 25, 34-40). No
podría expresarse con mayor grandeza el carácter absoluto del imperativo de la
ayuda. Cristo
aporta la claridad a la historia de la menesterosidad y la ayuda. Desde Él cae
la luz sobre la confusión que atraviesa todas las relaciones humanas. Rompe
todas las pequeñas prudencias del egoísmo y los engaños de la sabiduría
autónoma. San Juan dice también con toda claridad que el mandamiento del amor
es un mandamiento nuevo (2, 8). Y nuevo no sólo en el sentido que nunca se
hubiera conocido antes, pero después se hubiera hecho familiar con él gracias a
lo cual habría podido entrar en la obviedad de una visión de la vida, sino
nuevo por esencia, en todas partes y para siempre. Ese
mandamiento queda de través respecto a todo lo que pudiera surgir de las
conexiones naturales de las relaciones humanas, de índole biológica,
psicológica, sociológica y cultural. Siempre sale al encuentro del hombre como
algo que no puede ser deducido de ninguna presuposición natural, ni puede ser
trasladado a obviedades culturales. Viene de la interioridad sapiente de Jesús;
requiere fe, exige obediencia y debe ser realizado superando lo meramente
natural. La
secularización del mensaje de Cristo Pero
luego ocurre algo peculiar; y ahora les ruego presten toda su atención a lo que
voy a decir, pues aquí se hará evidente algo que nos afecta del modo más
inmediato. La
fe en Cristo, en la hermandad de los redimidos en Él y en la responsabilidad de
los unos por los otros, según brota de esa comunidad, fue una propiedad común
hasta el fin de la Edad Media. Naturalmente, conocida con mayor o menor
claridad, mediata con mayor o menor consecuencia, seguida con mayor o menor fidelidad
y generosidad; pero formaba el modo de ver que daba la medida de Occidente. Al
comienzo de la época que llamamos Edad Moderna se dividen los espíritus.
Amplios círculos llegan a tener la opinión de que se podría vivir también sin
la fe cristiana. Por ejemplo, según modos de entender la vida aprendidos en el
estudio de la Antigüedad pagana; según la experiencia inmediata en el trato
humano; o según los resultados de las ciencias, poderosamente reforzadas. Más
aún: esto no sólo era posible, sino que solamente así se desarrollaría una
auténtica vida: y con ella también una ética auténtica de las relaciones
humanas. Entonces,
ello parece también cumplirse. Se elabora el concepto de los Derechos del
Hombre, y de él se sacan las consecuencias en el aspecto jurídico, social y
económico. Surge una ética de la atención inmediata a los demás y de la
responsabilidad para con ellos. La generalidad de los hombres se siente
obligada a evitar con su ayuda las necesidades, en sus diversas formas. Se
crean entidades y organizaciones de toda especie que se dedican a los pobres, a
los enfermos, a los desvalidos. La lucha contra la estrechez humana se
convierte en una obligación obvia de las entidades comunitarias, que por su
parte ponen en obra los medios de ayuda de la ciencia, de la ordenación social,
de la técnica organizadora. Aquella máxima de que hablábamos al principio,
parece realmente convertirse en un elemento básico para la conducta de los
hombres. Pero
en esa situación de aparente seguridad de moral natural, aparece como un
relámpago la doctrina que se proclama en los doce años del dominio nazi, y que
se realiza mediante la práctica correspondiente: no todo hombre, en cuanto tal,
tiene derecho a la ayuda y mejora, sino sólo aquel que represente un valor para
la nación y el Estado. Se establece la cruel medida del hombre digno de vivir y
del indigno de vivir. Esta medida proclama que sólo tiene derecho a vivir quien
puede juzgar cómo ocurre esto en cada cual. Con ello se arroga el derecho de
decidir si una persona enferma es todavía digna de vivir; si puede seguir
viviendo o no. Se tiene la terrible osadía de matar enfermos y tarados
mentales, incurables, incapaces para el trabajo, ancianos. Más aún, se llega a
decidir sobre el derecho a la vida de pueblos enteros, declarando indignos de
vivir a algunos de ellos y aniquilándolos, con una frialdad de sentimientos y
una exactitud de técnica que no tiene modelos previos en la Historia,
ciertamente escasa de espantos. Pero
todo ello en nombre del bienestar del pueblo, del provecho de la comunidad, del
ascenso del hombre hacia una perfección corporal, espiritual y cultural cada
vez más alta. Se
ha dicho que esto ha sido la barbarie de unos pocos en quienes ha habido una
peligrosa alianza de criminalidad y fantasía. El que así opine, no ha
comprendido nada de lo que ha ocurrido. Por lo pronto, no fueron simplemente
unos pocos los que pensaron y obraron así, sino que se crearon grandes
organizaciones en que muchos hombres estuvieron muy activos. Pero además –y
esto nos afecta aquí-, en esos sucesos se ha desarrollado hasta sus
consecuencias algo que se había preparado desde hacía mucho tiempo y que se
llama la secularización del cristianismo. La
doctrina cristiana de la dignidad dada por Dios a cada hombre, de su valor
eterno y, por tanto, de la obligación de ayudarlo, se había convertido en un
bien común, según hemos visto. Pero así se había desprendido cada vez más de
ese fundamento que le había dado Jesús, a saber, de la fe en la unión que se ha
establecido el Hijo de Dios al llevar a los hombres en fiabilidad a su Padre.
La conciencia de esto había palidecido cada vez más, y por fin había
desaparecido del todo. Había quedado una ética universal, que era muy pura, muy
hermosa, y parecía el supremo desarrollo de la conducta humana. La
interpretación corriente de la Historia dice también que la doctrina cristiana
influyó en esa ética con su incitación y estímulo, pero nada más: que la misma
naturaleza humana se habría desarrollado y ennoblecido, produciendo por sí sola
una moralidad, que a partir de ese momento formaría parte de la propiedad
definitiva de la Humanidad. De hecho, pasa algo totalmente diverso. La
ética de la obligación para con el hombre, en efecto, estaba sustentada por la
Revelación. La frase: "Hay un hombre en apuro; ¡ayúdalo, pues!"
recibió su fuerza convincente por el sentido de la vida que dio Cristo, y
permaneció viva mientras se percibió ese sentido. En la medida en que
palidecía, también se hizo más débil la consideración de la ética social que se
descansaba en él; hasta que por fin, como un relámpago, se hizo evidente que
era posible arrojar a un lado, no sólo la Revelación, sino toda esa ética
social; que era posible establecer y aplicar el principio de que no todos deben
ser ayudados, sino sólo aquellos que sean dignos. Pero es digno aquel que es
declarado digno por el instinto de raza, por las exigencias del trabajo, por
las finalidades del Estado. Y los jueces de esto serían aquellos a quienes
nombrase el Estado. El terrible lema: "Es justo lo que es útil para la
nación", recibió otra forma igualmente terrible: "Puede vivir quien
sirve a la nación". Pero la nación, el pueblo –pronúnciese el Estado, y
los que tienen el poder en el Estado- tiene derecho de decidir a quién no hace
falta ayudar, más aún, quién debe ser eliminado. Pero esta manera de ver las
cosas humanas no es siquiera, como suele decirse en disculpa, una ruptura con
lo anterior, hecha por hombres que representan una recaída en niveles
primitivos de rudeza, sino que está comportada por todo lo precedente. El
positivismo, el liberalismo, todos los esfuerzos de elaborar una cultura sin
Cristo, e incluso sin auténtica idea de Dios, han cooperado en su preparación.
No podemos olvidar –para citar por su nombre a uno solo-, cómo Friedrich
Nietzsche, crecido en la escuela clásica, había proclamado que había que
desprenderse de la compasión cristiana por los oprimidos, y crear una cultura
de la energía sin ruptura y la hermosa Naturaleza, y "lo que quiera caer,
golpearlo aún", para quitarlo de en medio del camino. Señales
de peligro Son
deducciones que hacen meditar. Nuestras tareas de ayuda –tomando la palabra en
su sentido más amplio- están en una situación que querría ilustrar con una
pequeña anécdota: Hace
unos decenios ocurrió en la catedral de Maguncia lo siguiente: El sacristán
mayor iba, sin sospechar nada, bajo la alta bóveda, cuando de repente cayó un
bloque de piedra y por poco no lo aplastó. Con terror se comenzaron a buscar
las causas. Se ahondó en los cimientos y se vio que el edificio estaba sobre un
enrejado de fuertes vigas de encina, pero que estas vigas estaban podridas en
su mayor parte. Mientras las había rodeado el agua subterránea, habían estado
duras como piedra, pero a consecuencia de la canalización del Rhin, el agua se
había retirado y las vigas se habían quedado en seco, estropeándose. La
catedral seguía en pie, pero los cimientos habían desaparecido en parte, y
costó mucho y largo trabajo sujetarlos por todas partes, sustituyendo la madera
podrida por el cemento... Esto puede ser un símbolo de los trabajos por la
necesidad de los demás. Se hacen cosas inconmensurables. Amplias
organizaciones, diversamente especializadas, se dedican a todos los casos
posibles de necesidad. Se aplican grandes medios para su obra. Pero las
personas de sensibilidad más despierta notan que toda esa ensambladura ya no
está segura. Dudan de que sus cimientos sigan sosteniendo bien. Los motivos
amenazan perder fuerza. Se debilita la conciencia de la obligación de persona a
persona. Pero
eso en dos sentidos. El modo como se plantea la instancia de la ayuda se hace a
la vez más exigente e irreflexivo. Se hace dominante el sentimiento de que el
Estado debe ayudar: en lugar de Estado se puede decir también: los seguros
sociales, las Cajas de enfermedad, los hospitales, las Hermanas enfermeras...
Todo lo dicho hasta ahora muestra de sobra hasta qué punto estamos de acuerdo
con el derecho a la ayuda; pero notamos que aquí hay algo que se está
falseando. La ayuda no puede fundarse del mismo modo que una regulación
económica. Lo que en ella acontece, ese esfuerzo interminablemente variado,
dirigido a personas vivas, y conformándose a situaciones siempre nuevas, no
puede tener lugar meramente por utilidad y prescripción, ni tampoco meramente
por razón y obligación: lo mismo que tampoco se puede exigir sólo por derecho y
pago. Algo diverso debe actuar ahí: una llamada a la libertad, una apertura del
corazón. Pero se siente el peligro de que en lugar de esto pueda todo
convertirse en una exigencia mecánica. Y el arte de buscar y explotar las
diversas posibilidades de ayuda del Estado puede desarrollarse hasta hacerse
una parte constitutiva de la técnica de la vida. Pero
la manera cómo se solicita la ayuda corresponde a la larga a la manera cómo se
presta. También a la ayuda la amenaza el peligro de que todo se transforme en
una burocracia universal, un asunto de oficina, de organización, de prestación
profesional regulada, de funcionarios. Tan pronto como la ayuda es solicitada
de un modo tan obviamente exigente y rutinario, no puede sino transformarse
ella misma en una rutina objetiva. Claro
que debe ser objetiva. Corresponde totalmente a nuestra sensibilidad el decir:
"Deja a un lado los sentimientos y preocúpate de que la terapéutica se
aplique bien..." O: "Las tareas son tan grandes que sólo una
organización adecuada está a la altura de ellas: ahí estás en tu sitio, de modo
que no hables de sentimentalismos, sino cumple tu servicio..." Lo mismo
que es absolutamente correcto decir: "Todo trabajo es digno de su paga;
por tanto, tengo derecho a exigir la remuneración correspondiente..." Y:
"Todo trabajo tiene derecho a hacerse en condiciones adecuadas; por tanto,
exijo relaciones racionales de trabajo..." Eso es obvio y debe ser así.
Pero también es cierto esto otro: Que aquello de que se trata no puede hacerse
solamente por experiencia objetiva, por método científico, por exactitud del
servicio, sino en definitiva, solamente por una apertura interior del corazón,
por una magnanimidad de la mente, por un altruismo y una disposición al
sacrificio que tienen que proceder de otro sitio. Cuando
dejan de obrar, queda perdida la esencia de lo que se llama ayuda, pues ésta
descansa sobre la relación de persona a persona, en la libertad de la apelación
y respuesta, y tiene su sentido último en esa comunidad en que la
menesterosidad de la existencia reúne a los hombres por parte de Dios. Una
objeción sociológica Pero
contra lo dicho se presentan objeciones que deben ser tenidas en cuenta. Y,
ciertamente, proceden de la transformación en la estructura sociológica de los
tiempos modernos. Ante todo, el extraordinario aumento de población: el hecho
de las masas, que influye en todas las cuestiones referentes a los hombres. La
cifra de los que requieren ayuda crece constantemente. Podría admitirse que las
condiciones generales de vida están mejorando; con ello debería disminuir la
necesidad de ayuda. Pero los trastornos de los últimos decenios son tan grandes
y variados, que ya por ellos hubo de tener lugar una equiparación hacia lo
peor. Y también, prescindiendo de esto, tiene importancia el hecho de que el
hombre se hace cada vez más consciente de su exigencia a la vida, y, por su
sentimiento democrático, cada vez está más seguro de su derecho a la ayuda, en
ese mismo sentido. Por eso muchas situaciones de necesidad que en épocas
anteriores eran sencillamente aceptadas, ahora hacen que se hable de ellas y
exigen auxilio. Las
instituciones de ayuda se encuentran así ante una exigencia constantemente
creciente. Pero estos significa que los actos de socorro cada vez son más
numerosos, y con eso el propio proceso de la ayuda aumenta su carácter masivo.
La medida del tiempo disponible para los individuos se hace cada vez más
escasa, y más escasa la capacidad del que ayuda para compartir la necesidad al
remediarla; de modo que no queda sino proceder según un esquema, y considerar
en él que lo necesario es que este esquema corresponda lo más posible a la
situación de conjunto. Así desaparece cada vez más el enfrentamiento de persona
a persona, y todo ello se convierte cada vez con más evidencia en caso. Pero
en tal estado de cosas no hay que ver una mera inconveniencia, pues en él se
expresa una auténtica transformación de estructuras. Por lo pronto, el gran
número es ya un hecho, y es también un hecho todo lo que resulta de él, tanto
en la psicología social como en la individual. Por eso, el acto de ayuda ya no
puede tener ese carácter de contacto personal, que sólo es posible para
pequeñas cifras. Prescindimos de que esta situación también influye en casos en
que sería posible una relación personal; en todo caso, siempre que cobra
efectividad el elemento de la masa, una conducta realista no puede ser sino
objetiva. La
tragedia de los que prestan ayuda social, en efecto, consiste en buena parte en
que no valoran adecuadamente ese elemento de lo masivo, y, por tanto, empiezan
por lanzarse al trabajo con una entrega personal que, en rigor, no viene al
caso, y acaba por llevarlos luego a volverse amargados y cínicos. Una visión
realista debe asumir de antemano el hecho de la masa en la disposición de la
ayuda. Y considerar y adaptar los puntos de vista antes expuestos en sentido de
que de lo personal se aporte solamente lo que se pueda dar de modo auténtico;
por lo demás, que el trato con los muchos esté animado por la conciencia de que
no se trata de una masa de casos, sino de un gran número de personas. Con eso
surge una actitud que se basa tanto en la distancia interior cuando en la
atención auténtica; que tiene lugar en tranquila objetividad, pero también de
modo verdaderamente amistoso. El que busca ayuda probablemente empezará por
decepcionarse porque él, siendo el individuo, no es recibido como tal. Pero
pronto se encontrará bien en el trato objetivo, porque éste es precisamente el
apropiado. Naturalmente, con todo eso no se ha de menospreciar ninguno de los
esfuerzos que quieren dividir en partes la multitud, quitándole así el carácter
de masa. Van unidos a los intentos de construir las ciudades de modo más
adecuado, de crear relaciones de vecindad; de hacer que los centros de trabajo
sean también los de prestación de ayuda, etc. Todo ello no sólo es bueno, sino
necesario. Pero no suprimirá el elemento masivo en el conjunto; por tanto, lo
que hemos dicho sigue siendo cierto siempre que se hace presente tal talento. Más
hondo alcance tiene otro cambio en la situación sociológica y cultural en
general. Se expresa en el sentimiento de que la relación entre necesidad y
ayuda, tal como hasta ahora se ha dado, debe desaparecer en general. Requerir
ayuda, sería algo vergonzoso, y ayudar, en el sentido antiguo, sería una
arrogancia, y las situaciones de necesidad deberían ser superadas de modo
puramente objetivo. Así se manifiesta una sensibilidad que –a pesar de todas
sus brusquedades en el individuo- es absolutamente honrosa. Diversas son sus
raíces; por un lado, tiene que ver con la exigencia del sentir democrático en
cuanto a la atención a la propia persona; por otro lado, también con la
conciencia de la debilidad en la posición personal del hombre actual. El
que presta ayuda deberá tener en cuenta esta sensibilidad. Su actitud respecto
al que está en un apuro podría expresarse, por ejemplo, en estas palabras:
"Estás en un caso de necesidad. A mí tampoco me gusta la situación, pero
tengo la misión de socorrerte, de modo que vamos a ponernos de acuerdo para
resolver la cuestión del modo más decente posible, esto es, del modo más objetivo
posible". El peligro de que el pudor ante lo excesivamente personal se
convierta en desatención, y la objetividad en mecanismo, puede evitarse
captando el sentido de la relación con más segura medida, tanto más cuanto más
claramente conozcan las personas en cuestión la dignidad de la persona, merced
al Cristianismo. Pero
aún cala más hondo lo siguiente: La creciente naturalización de la existencia,
el sentido humano de dominio de sí mismo, y, además, la idea del progreso,
llevan a concebir la necesidad como algo que debe sencillamente desaparecer. El
cristiano ve en la necesidad un elemento de la existencia, tal como es ahora.
Naturalmente, se preocupa por superarla, y logra disminuirla constantemente;
pero sabe que nunca desaparecerá del todo, porque forma parte del trastorno de
la existencia, en definitiva incurable. "Pobres tendréis siempre con
vosotros", ha dicho el Señor (Mt. 26, 11). Pero la necesidad ha recibido
un sentido positivo por la intención redentora y el destino de Cristo; el
sentido de ser expiación de la culpa de la Humanidad. Por tanto, el creyente
tiene el deber de entrar en la solidaridad de esa culpa y expiación, y
establecer por ella la comunidad en la necesidad y la ayuda. El
cristiano ve en el que sufre una imagen de la dignidad honrosa. Ahí se
manifiesta una profundidad última, que penetra en la sensibilidad de todo
corazón bien nacido, como una admonición, tan pronto como se lo proponen la
salud, el bienestar y la dicha como medidas auténticas de la existencia digna
de vivirse. Siente que un modo tal de humanidad no sólo debe ser superficial,
sino peligroso, y aun inhumano. El sufrimiento es expresión de la verdad última
de la existencia, que se retrotrae hasta la hondura de lo divino. De ello es
testimonio el destino de Cristo. Todo
esto contradice esa manera de ver que produce de la incredulidad y que dice que
la necesidad no sólo debe ser socorrida, sino que no debe existir en absoluto;
que de ella no puede provenir en definitiva ningún valor auténtico: que es
indigno del hombre encontrarse en necesidad, pedir ayuda y darla. Pero también,
que es preciso que no exista porque procede de una mala ordenación de las cosas
sociales, de unas falsas ideas de la saludo y la enfermedad, y de una injusta
distribución de la propiedad. Así la tarea sólo puede consistir únicamente en
eliminar la necesidad: toda ayuda debe ser considerada sólo como algo
provisional. Por eso tampoco puede tener un carácter voluntario o generoso,
sino que debe convertirse en función del Estado, que ha de tener lugar del modo
posiblemente más eficaz y con el menor empleo de participación personal. No
hay que negar que también en estas ideas hay elementos verdaderos. Realmente,
la petición y concesión de ayuda pueden convertirse en una cosa nada buena, y
así ocurre más a menudo de lo que se pensaría: una alianza, por un lado, de
pereza y cobardía, y, por otro lado, de complacencia en sí mismo y de afán de
señorío. Con eso, muchas necesidades se quedan consolidadas en una situación
que podría eliminarse si surgiera una iniciativa enérgica. Pero no se puede
olvidar aquí que la opinión antes expuesta se hace ilusiones absolutas sobre la
realidad de nuestra existencia, y no se ve la profundidad del enredo que hay en
las cosas humanas; destruyendo valores esenciales de las relaciones humanas, y
empobreciendo la existencia de modo irreparable. Por otra parte, en fin, la
experiencia de los últimos decenios nos hace darnos cuenta de la facilidad con
que la voluntad de eliminar el sufrimiento se transforma en la voluntad de
eliminar a los hombres que sufren, y cuyo sufrimiento ya no puede vencerse, o
sólo puede superarse con auténtico altruismo. F.W. Foerster ha llamado la
atención sobre el hecho de que el que sufre tiene una tarea importante dentro
del conjunto de la existencia: defender a los que no sufren –a los sanos,
enérgicos, bien acomodados- de los peligros del egoísmo, de la despreocupación,
de la dureza, y aun de la crueldad; peligros presentes en su situación. No se
entiende la esencia del hombre si no se entiende qué problemática es la salud;
en todas sus formas, individuales y sociales; y hasta qué punto necesita un
constante correctivo. Todo
ello está dicho para hacer visibles las complicaciones contenidas en el
trayecto de reflexiones que aquí nos ocupa propiamente. Por paradójico que
suene: Sólo se pueden superar la necesidad, el apuro, el sufrimiento, en todas
sus formas, si se empieza por reconocer el derecho de la necesidad a existir.
La ayuda no puede consistir en querer suprimir de un plumazo el fenómeno de la
necesidad, pues entonces se crea una situación que no es otra cosa sino egoísmo
disfrazado –ceguera ante lo real, dureza frente al hombre que está en
necesidad- y cuyas consecuencias han de ser peores que la necesidad. La
responsabilidad En
esta breve hora, hemos atravesado un largo acontecer: la historia de la
humanidad occidental en su relación con la necesidad. Nos
hemos dado cuenta de lo que pasa con el supuesto sentimiento natural de la
disposición a la ayuda, en sí... Hemos visto que hizo falta la Revelación para
abrir los ojos a los hombres y despertar su conciencia... Hemos considerado
cómo de la fe en la Revelación surgió una actitud de amor humano que estaba
fundada en la relación con Cristo; toda una moralidad de obligación recíproca a
cada individuo... Y cómo luego empezaron a secarse sus raíces. Las tendencias
que despertaron mediante la Revelación, siguieron influyendo, ciertamente, y
produjeron sistemas bien elaborados y muy eficaces para la acción práctica;
todo lo cual dio la impresión de formar una propiedad indestructible del hombre
culto y progresado... Y cómo de repente, igual que un disparo, la tan celebrada
naturaleza humana se rompió y mostró de qué sigue siendo capaz, ahora como
antes... Esta
marcha de las cosas nos ha abierto los ojos para algo que ocurre en todas
partes –si bien no de este modo violento, sino de modo silencioso, y, por
tanto, aún más inquietante-: la corrosión de los auténticos motivos, actitudes
y convicciones que pueden sustentar solamente la ayuda; el enfriamiento del
corazón y el apagamiento de la generosidad. Irrumpe el espíritu de cálculo: ¿Qué
puedo exigir cuando haya pagado? ¿Cómo puedo explotar del mejor modo las
instituciones sociales de ayuda? ¿A qué tengo derecho si estoy formado de
manera adecuada? ¿Cómo puedo reducir mis pretensiones y elevar mi remuneración?
Y así sucesivamente, en todas esas consideraciones y medidas, que, en cada
ocasión, pueden ser disculpables, ventajosas, e incluso muy razonables, pero
con las cuales se oscurece cada vez más el axioma básico en que todo descansa:
"Hay una persona en apuro; por tanto, debo ayudarla". Tal
ha sido la Historia que hemos atravesado juntos. Y déjenmelo decir con todo
énfasis; que no vale sólo para los que hemos dejado atrás esos doce años
oscuros, sino para todos. Lo
que ha ocurrido en Alemania desde 1933 a 1945, revela algo que ha tenido lugar
en todo el mundo dominando por Occidente, y que sigue teniendo lugar, y ejerce
su influencia. Dejen pasar una cuantas generaciones que todavía hayan percibido
de algún modo la exigencia cristiana de conciencia ante la necesidad del
prójimo; dejen que se forme del todo el hombre enteramente terrenal, asentado
sólo en su propia naturaleza y en su fuerza, ese hombre en cuya formación se
trabaja por todas partes; y ya verán que lo que ha ocurrido en Alemania en
estos años puede ocurrir en todas partes de alguna manera. De manera indirecta,
no directa; de forma cauta, no brutal; con fundamentación científica, y no
fantástica; pero con igual sentido, más aún, quizá de modo más destructivo, por
estar disfrazado de razonabilidad y humanidad. La
consideración histórica va en dos direcciones. En una de ellas mira atrás y
pregunta: ¿Qué ha ocurrido? En la otra, mira adelante y pregunta: ¿Qué
ocurrirá? He
de dejarlos a ustedes que lancen la mirada hacia el porvenir después de
ponderar honradamente lo pasado. Pero tengan la seguridad de que la
concatenación de lo que hace el hombre a partir de su modo de pensar es tan
inexorable como el funcionamiento de esas cosas naturales. Tan pronto como el
corazón de los hombres olvida la máxima: Cuando hicisteis a uno de mis hermanos
más pequeños, a Mí me lo hicisteis; tan pronto como busca el motivo de la ayuda
sólo en motivos de razón o del humanitarismo natural, se desarrollará todo eso,
con la misma consecución que la destrucción de un órgano corporal contra cuya
enfermedad no se hace nada. Observaciones
posteriores Algunas
conversaciones con oyentes de esta conferencia me han hecho darme cuenta, de
modo más evidente de lo que yo mismo lo había notado en su desarrollo, que se
quedan sin observar ciertos aspectos importantes de la cuestión. Ello era
inevitable, pues una conferencia – o más exactamente: una charla que se deja a
la responsabilidad de los oyentes- es cosa muy diversa de un tratado, que
desarrolla todos los elementos que entran en la consideración, y que concluye
en su resultado equilibrado. Mi atención quedó totalmente dirigida a una línea
determinada que se dibuja en la historia de la necesidad humana. Pero
la lealtad al problema exige una alusión a elementos que pueden ser fecundos
para su análisis completo. Ante
todo: Esta conferencia, ¿ha hecho plena justicia a las posibilidades positivas
del hombre? Las fuerzas naturales del altruismo, de la simpatía, de la
disposición a la ayuda, ¿no son más fuertes de cómo se ven en él? ¿No hay en el
hombre un humanitarismo esencial, que se desarrolla poco a poco por sí mismo; o
bien, una vez despierto por un gran ejemplo religioso, permanece en vela y
desarrollándose a pesar de todo cambio de opiniones? El
lector puede continuar estas preguntas de modo más exacto. Pero no debe perder
de vista una fuente de error; a saber, la inclinación a adscribir simplemente
al dominio de lo naturalmente humano aquellas actitudes anímicas y motivaciones
morales que en realidad están condicionadas por la fe cristiana. Y también, que
hay que desconfiar de la retórica que habla constantemente de este
humanitarismo, en ocasión cotidiana o festiva, y con ello nutre ilusiones
peligrosas sobre la realidad del hombre. Además:
el número de los que ya no están en la convicción cristiana aumenta
constantemente. Y asimismo: aumenta el número de aquellos en quienes es ése el
caso desde hace generaciones, de tal modo que los elementos cristianos ya no
están operantes en la vida de su espíritu y de su corazón, ni siquiera en forma
de oposición. Ahora
bien, los que así piensan, viven en la misma comunidad que los que están más o
menos convencidos del Cristianismo. Por tanto, hay que encontrar una base en
que se pueda abordar en común los problemas de la necesidad. ¿Dónde está esa
base? ¿Qué motivos pueden tener eficacia del mismo modo para quienes piensan de
modo tan diverso? ¿No estamos obligados también en este sentido a remitirnos a
algo humano en general; a una razonabilidad y bondad que residirían en los
cimientos de la naturaleza humana, y que habría que fomentar con una pedagogía
apropiada, tanto del individuo como de la comunidad? Esta
es una cuestión decisiva para nosotros, pues desemboca en otra más amplia: si
por parte de la razón, en general, puede existir una ordenación en que el
hombre exista con honor y libertad. ¿O todo debe disolverse en un tejido de
causalidades psicológicas, sociológicas, técnicas y políticas, que ya no
atienda a la persona y a sus exigencias? Y, entonces, nuestra existencia en el
Estado, aunque sea paso a paso, ¿ha de caer en el totalitarismo, bien sea
directo, como en el nazismo o el bolchevismo, o indirecto, según surge con
todos los mecanismos de influencia y orientación que operan aún en países de liberalidad
aparentemente indudable? Aquí
es difícil dar respuesta. Más difícil por depender en definitiva de la toma
interior de posición de cada individuo: de sus experiencias, de su
temperamento, de su actitud ante las posibilidades de la existencia; en
definitiva, de que vea en el Cristianismo sólo una forma de religión entre
otras, o la forma absolutamente decisiva. En
fin: se podría ir más lejos aún en la referencia a lo natural y decir que la
simple razón del hombre llegará por si misma al resultado de que va en el
interés de todos eliminar la necesidad mediante la ayuda: que el hombre verá
cada vez con mayor evidencia que la necesidad no sólo perjudica al afectado
inmediatamente por ella, sino que también hace entrar en ella a todos los
hombres: que ya aprenderá el hombre que la actitud amistosa hacia los demás no
es sólo la actitud simpática, sino la que produce la mayor medida posible de
bienestar para todos. De ahí surgirá una tendencia inmediata, operante en todo;
semejante a aquella que da al hombre bien educado la ocasión de comportarse
bien en el trato o echar una mano en los accidentes. Sobre todo, el estudio de
la vida americana podría confirmar tal opinión. También
aquí se hace presente otra consideración: Apenas cabe dudar de que la vida de
los sentimientos pierde universalmente en intensidad. Este proceso va unido al
aumento de las cifras, como ocurre en todas partes, a consecuencia del
crecimiento de la población y de la democratización de la vida. Cuanto más
frecuentemente aparecen unas situaciones, menor impresión hacen; cuanto más
frecuentemente se realizan acciones, se manejan cosas, se ponen en marcha
organizaciones, más esquemático se hace todo esto. Dicho en general: Cuanto más
aumentan las cifras en que se realiza la vida humana, más escasa se hacen la
participación interior y la intensidad y el calado de la realización. Eso
podría llevar a la interpretación de que el sufrimiento, la necesidad, la
miseria, por un lado, y por el otro, el egoísmo, la dureza, la crueldad,
requerirían para sí estratos excesivamente profundos de la vida, de modo que
habría que hacerlo todo en forma más sencilla y económica, en lo cual entra el
ayudarse mutuamente. A semejantes tendencias alude un artículo del 8 de junio
de 1956 en el Frankfurter Allgemeine Zeitung, sobre la vida americana, bajo el
título "Air-conditioned Wonderland" (El país de las maravillas con
aire acondicionado). Una forma de vida y de cultura, en que la temperatura esté
en todas partes compensada, evita conflictos, ahorra fuerzas, aumenta los
resultados. Y la reflexión prosigue preguntando si por el influjo de la
muchedumbre y de su expresión instrumental, es decir, por la técnica, no se
ajustará en todas partes la emocionalidad a un nivel medio, en que la
disposición universal a la ayuda deberá aparecer por sí misma como la mejor
forma posible de la convivencia. Este
punto de vista sería también significativo para nuestro problema. Pero frente a
él habría que contar con algo importante. Ante todo, con que esa misma frialdad
se sentimientos puede también tener influjos negativos. La persona con tal
sensibilidad podría, con igual tranquilidad, destruir una gran ciudad llena de
fugitivos, o eliminar con radiaciones y bacterias a la población de un país
entero, si el juicio de los especialistas competentes lo consideran necesario.
Con la misma objetividad podría llegar al resultado de que la salud de todos
exige que se determine qué personas son inadecuadas para la procreación, y, por
tanto, esterilizadas; qué enfermos son una carga excesiva para la sociedades,
y, por tanto han de ser eliminados en forma suave; y así sucesivamente, por ese
camino temible que amenaza ser el camino de la Humanidad. ¿Y por qué no, si a
favor de ello hablan razones tan absolutamente humanitarias; si la emocionalidad
compensada es tan receptiva a todo lo racional y tan poco receptiva a esos
avisos que proceden de las profundidades de la vida, y sólo son percibidas por
gente impresionable; tan poco receptiva para la interpretación de la vida,
según la da Cristo? Dicho
de otro modo: Ese humanitarismo sería ambivalente, como todas las posiciones
que no están determinadas por lo absoluto, y podría desarrollarse tanto
positiva cuando negativamente. En
todo caso, habría de quedar claro que tal actitud no sería lo que implica la
relación humana auténtica entre quien sufre la necesidad y quien presta la
ayuda. El
lector que penetre en la discusión de estas cuestiones, hará bien en no perder
de vista las posibilidades indicadas, y no olvidar, con el uso frecuente de las
palabras necesidad y ayuda, cuál es su sentido auténtico. _________________ +
Título original: Der dienst am naechsten in Gefahr. Traducción del alemán por
José María Valverde. *
Nació en Verona (Italia) en 1885. Su familia se trasladó al año siguiente a Maguncia
(Alemania). Tras comenzar sus estudios de química en Tubinga y de economía
política en Munich, se traslada a Friburgo de Brisgovia y empieza la carrera de
teología. En 1908 ingresa en el Seminario de Maguncia, ordenándose sacerdote el
28 de mayo de 1910. En 1915 presenta su tesis doctoral en Friburgo. Allí conoce
a Joseph Frings, quien llegará a ser cardenal de Colonia y a Martin Heiddeger,
de quien será condiscípulo. Asimismo fue profesor de destacados pensadores,
entre ellos Hans Urs von Balthasar. Ocupó varias cátedras de filosofía y
teología, en 1923 la Universidad de Berlín crea expresamente para él la cátedra
de Filosofía de la Religión y Visión Católica del Mundo, suprimida por los
nazis en 1939. Murió en Munich el 1 de octubre de 1968. Entre su amplísima obra
destacan El Ocaso de la Edad Moderna, Religión y Revelación, El mesianismo en
el mito, la revelación y la política, Mundo y Persona, El Señor, Jesús el
Cristo en el Nuevo Testamento, Pascal o el drama de la existencia cristiana, La
muerte de Sócrates, entre otras. Fuente:
Romano Guardini, El servicio al prójimo en peligro, Lumen, Argentina, 1989. La
esencia de la concepción católica del mundo À Romano
Guardini * El
término "concepción del mundo" es de uso general, y cada uno le
atribuye un sentido. Este, con todo, debe ser muy indeterminado, como quiera
que no es fácil obtener una respuesta inequívoca a la pregunta de qué es una
concepción del mundo. Para mí se tornó la pregunta imperiosa al encargárseme en
la Universidad de Berlín profesar una cátedra sobre este preciso objeto. Ahora
pues hay que ver y decir claramente en qué consiste una concepción del mundo, y
concretamente la concepción católica. Y sobre ello hay que decir aún cómo pueda
ella ser una ciencia, es decir algo que no es meramente una representación de
conjunto, de género más bien literario o apologético. Y con mayor rigor aún,
ciencia genuina, y no una mezcla informe de filosofía y teología. [1] I Son cuestiones por cierto muy complicadas. Si
queremos alcanzar una meta segura, hemos de proceder paso a paso, deslindando
lo que tenemos en mente de lo que le está emparentado o le es semejante. Trátase
aquí, ante todo, no de una teoría de la concepción del mundo en general, sino
de la teoría de la visión católica del mundo. La primera constituye una parte
de la historia de la cultura, hasta donde ésta ha podido describir hasta ahora
intuiciones vivientes. Constituye también una parte de la filosofía, o con
mayor precisión un conjunto de reflexiones que van más allá del mero filosofar,
en cuanto se plantean la cuestión de qué sea en general una concepción del
mundo; en qué relación están sus puntos de vista con las ciencias particulares
y con la filosofía; cuáles puedan ser sus presupuestos, y así por este orden.
El problema que aquí nos solicita reconoce sin duda aquellos otros, y aun en
parte se los plantea, o por lo menos valoriza sus datos. Nuestro fin específico
es, con todo, distinto. No nos preguntamos sobre lo que sea en general una
concepción del mundo, sino que hemos de dar cuenta de una bien determinada. No
se circunscribe nuestro tema a la explicación histórica o sistemática de tales
o cuales imágenes del mundo que han surgido en el pasado o que tienen vigencia
actual, sino que ha de explicitarse aquella que el sustentante sostiene como
verdad. ¿Qué
es en general una concepción del mundo? ¿En qué se distingue de las ciencias de
la naturaleza o del espíritu? Y de otra parte: ¿en qué se distingue del hacer y
del obrar vitales? ¿Qué
queremos dar a entender cuando hablamos de una concepción del mundo? Por ella
entendemos una intencionalidad cognoscitiva que de manera muy determinada se
dirige a la totalidad de las cosas; a lo que con el mundo tiene que ver en lo
que nos es dado. En segundo lugar, dirígese a un mundo dado concretamente de
una vez por todas; ella implica, en efecto, un detenerse final con respecto a
la realidad circundante. Por último, el acto de la concepción del mundo
significa juntamente un valorar, medir y estimar; significa tomar posición con
respecto a una obra que este mundo precisamente le plantea a quien lo tiene
delante. En esto se distingue la concepción del mundo de aquellos actos cuyos
correlatos son objeto de las ciencias en particular y la filosofía. De otra
parte, empero, y por más que en el acto de la concepción del mundo entren en
juego actitudes extrateoréticas, su dirección de sentido apunta sin embargo a
la verdad. En última instancia es un comportamiento contemplativo, no
productivo. En él se trata de un conocer, no de un hacer. En esto se distingue
el acto de la concepción del mundo de la vida práctica. El
acto de la concepción del mundo se dirige de manera peculiar a la totalidad
como a su objeto. Cada ciencia en particular es aprehensión teorética de un
acto cognoscitivo subordinado a una determinada esfera de objetos. La ciencia
natural, por ejemplo, lo está con relación al mundo de las cosas empíricas, en
la medida que son accesibles a la observación metódicamente ordenada. El campo
de estas ciencias se articula en diferentes sectores, determinados
respectivamente por la idiosincrasia del objeto y los métodos típicos de
investigación; así la física, la astronomía, la biología, etcétera. El
progreso de estas ciencias particulares se manifiesta en una diferenciación
recíproca cada vez más aguda. La concepción del mundo, por el contrario, apunta
a la totalidad del ser y del valer. Las ciencias singulares se afanan también,
es cierto, por alcanzar una unidad última; ni movimiento desarticulador se
opone el impulso hacia una concepción unitaria. No obstante, esta estructura
unitaria aprehende ante todo, bien que en conjunto, lo que está dividido. En
ellas es la unidad lo segundo, y lo primero la distinción. El camino hacia la
unidad avanza a través de un paulatino enlace de las particularidades. La
concepción del mundo, por el contrario, no busca la unidad mediante la síntesis
de particularidades. Por este camino no llegaría nunca a su término, pues es
camino sin fin, y el progreso de las ciencias particulares no concluye jamás.
Pero aun prescindiendo de esto, es esencialmente otra la aprehensión de la
totalidad que es propia de la concepción del mundo. El todo del mundo a que
ella apunta, no significa que todas sus parcelas hayan sido de hecho
aprehendidas y ordenadas en su conjunto; no consiste en una integración
plenaria de los contenidos objetivos, sino en un orden, dirección y
significación de las cosas, aprehendido todo ello desde el primer momento y en
cada parcela de la realidad. La
concepción del mundo ve cada cosa desde el principio impregnada de totalidad.
La ve como totalidad en sí misma y como incrustada en una totalidad. Esta
totalidad, este "mundo", no es, una vez más, ningún producto final
que se nos haga patente después de haber percibido todas sus partes, sino que
desde el principio está allí. El "mundo" se sumerge en cada cosa en
particular, pues cada una es totalidad en sí y en conexión además con el resto
del conjunto. No es ninguna realidad mutilada e informe, sino una estructura
óntica cerrada en sí misma; ninguna energía caprichosa, sino una composición
ordenada de fuerzas. Y cada cosa es no sólo parte cuantitativa y ponderable del
mundo, sino órgano del mundo; un "órgano", empero, que comprende en
sí el todo, en cuanto está ordenado hacia él. Si
ahondamos más en lo que "cosa" quiere decir aquí, comprobaremos lo
siguiente. La realidad "cosa singular" está esencialmente en relación
con la realidad "conjunto". Lo orgánico colectivo y lo orgánico individual
están recíprocamente dados. Tan pronto como percibimos la mano en su vitalidad
orgánica de acuerdo con su estructura y actividad, la vemos como mano de un
cuerpo; como miembro que constructiva y funcionalmente realiza en sí ya la
totalidad corpórea, por más que dirigida a una finalidad especial, que es la
del dicho órgano. El todo corporal está ya presente en la mano, en su
estructura y leyes funcionales. El cuerpo como conjunto, a la inversa,
comprende la mano. La peculiaridad orgánica de la mano se despliega ante todo
sobre el fundamento de la totalidad corpórea; pero ésta es desde el principio
de tal naturaleza que consiste en sus órganos, y precisamente en éstos. La
concepción del mundo percibe las cosas como órganos, es decir como totalidades
provisionales en sí mismas, en relación con conjuntos concluyentes y de validez
final. No
ha de entenderse lo anterior como si aquí estuviésemos hablando de la llamada
concepción orgánica del mundo, en contraste con la concepción mecánica. El
término "orgánico" es aquí tan sólo un expediente, no de otro modo
que lo fue la imagen de la mano; una imagen que me ha venido a la mente para
denotar la relación esencial y última de la cosa singular con el orden total.
En esto consiste lo que está presente en una concepción del mundo: aquella
unidad última en la cual la totalidad de lo singular y la del conjunto están en
conexión recíproca y dadas una con la otra. En esto estriba el carácter de
"mundo" con que nos es dado el ser. Las ciencias particulares consideran
la totalidad como un fin último que resulta de la conexión estructural de
singularidades. Su progreso hacia este fin es, no obstante, sin término; es un
fin que no habrá de alcanzarse jamás. La concepción del mundo, por el
contrario, se apodera de esta totalidad ya en el primer acto. En ella hay
también progreso, pero no hacia el todo en su configuración exterior, sino
dentro de él hacia una profundidad, plenitud y claridad siempre mayores en el
interior de una totalidad comprendida, o por lo menos percibida intencionalmente,
de manera inmediata. Ahora
bien, la metafísica aspira también a comprender el todo, y asimismo de manera
no gradual, mediante una disposición progresiva de singularidades en un
conjunto, sino de una vez. Persigue directamente la esencia de las cosas,
sucesos y conexiones; el núcleo último y absolutamente esencial de cosas como
el hombre, el Estado, el deber, el dolor, etcétera. Y estas esencias las
aprehende directamente no mediante una articulación de conjunto de
singularidades psicológicas, sociológicas, históricas, sino por la intuición
inmediata que le es propia, y que recae sobre el todo esencial del objeto. En
la misma línea estarían, por ende, metafísica y concepción del mundo. Entre
una y otra hay, no obstante, una profunda diferencia. La metafísica trata de
aprehender la esencia en su pura universalidad, prescindiendo de si está o no
realizada en una cosa concreta. La concepción del mundo, por el contrario,
enfoca precisamente la esencia como realizada. La metafísica se ocupa también
por supuesto del problema de la realidad, pero de una realidad en general, no
de la de ésta cosa real; se ocupa del problema de la concreticidad, pero de una
concreticidad en general, no de la de esta cosa en concreto. Pregúntase también
por el mundo como una totalidad, pero solamente por la esencia en sí del mundo,
prescindiendo de si es o no real; y justo en esta prescindencia de la realidad
existente estriba su peculiar fuerza liberadora, la consolatio philosophiae.
Para ella es siempre una cosa o acontecimiento real apenas punto de partida,
apenas un "caso". Aun aquellas realidades que se dan una sola vez,
son para ella, estrictamente tomadas, tan sólo "casos". Admitir una
segunda consistencia de este mundo, sería pura arbitrariedad; pero aun siendo posible
esta admisión, ella no sería para la metafísica sino un caso que daría ocasión
al conocimiento de la esencia plenamente significativa. De otro modo la
concepción del mundo. Su mirada imprime un acento de valor en este mundo, en su
entera y plástica unicidad. A esta visión está adherida ciertamente una esencia
del mundo, pero no se trata del mundo en general, sino de este mundo en su
peculiaridad e historia típica. Quizá debiéramos aún decir que en la concepción
del mundo vemos el mundo corno es hoy; un hoy, por supuesto, de tal naturaleza
que en él se cumple el ayer y se prepara el mañana. De esta suerte es la
concepción del mundo una posición del que contempla el mundo tal como éste le
hace frente. Mas
por ventura está a punto la siguiente objeción. ¿Es que la ciencia histórica no
va en busca también de un todo esencial, y concretamente en su peculiar
apariencia? ¿No
es ella una investigación que procura justo aprehender el acontecer concreto y
la persona singular? Hemos
de distinguir dos maneras de plantear el problema de la historia. La primera
reduce lo singular a no ser sino un "caso" comprendido bajo leyes más
generales, en cuanto que, después de haber comprobado el hecho por el examen de
las fuentes, pretende explicar el acontecimiento en función de conexiones
psicológicas, sociológicas o económicas. Pero hay otra manera de proceder, y
consiste en enfocar la forma viviente, la estructura operante, el todo con
sentido de una personalidad o acontecimiento. Ahora bien, esta posición del
problema paréceme que tiene lugar, si no en el ámbito propio de la concepción
del mundo, ciertamente por lo menos en sus dominios fronterizos. El que a uno
se le presente la persona y el suceso real en su totalidad esencial y peculiar
plasticidad, paréceme presuponerlo la concepción del mundo antes que el
procedimiento tan extendido de la primera manera de plantear el problema
histórico; por lo menos debe darse algo semejante como condición preparatoria
de una efectiva concepción del mundo. Y esto sólo es posible en la actitud
devota. De aquí que las representaciones de este tipo sean tenidas por
problemáticas por parte de los adictos a un método más "exacto" de
investigación histórica. Conexo
con el anterior está un segundo rasgo de la concepción del mundo: el de tomar
su objeto como afán. Con esto no queremos significar tan sólo conocimiento de
valores o deberes. La teoría filosófica de los valores se ocupa de éstos
también, pero se mantiene con respecto a ellos en el plano de lo esencial y lo
universal. A la concepción del mundo, por el contrario, no le concierne el
sistema general de valores y requerimientos, sino el afán concreto que en este
mundo se plantea al hombre, y la obra que en este mundo se demanda del hombre. Con
esto hemos descrito en uno de sus aspectos la concepción del mundo al decir que
significa la mirada a la totalidad del ser, a un ser, además, concretamente
determinado. Este ser, empero, no es percibido imparcialmente, sino como afán,
como invitación a la obra y la conducta en consonancia. Para
estas intuiciones tienen naturalmente gran valor las conclusiones de la
filosofía y las ciencias experimentales. La concepción del mundo las asume, las
amplía, y se clarifica con ayuda de ellas. Más aún, hay amplias extensiones en
que todos esos territorios apenas pueden deslindarse en general, pues los
dominios del espíritu se compenetran de ordinario en su crecimiento. Unos y
otros son, con todo, distintos, desde el punto de vista de su originaria y respectiva
actitud cognoscitiva. II Como
más viviente, como más cercana a la vida se nos presenta la concepción del
mundo, en comparación con la ciencia en particular y la filosofía. Debemos, sin
embargo, operar un deslinde análogo entre aquélla y la vida misma, o sea con
respecto a los actos del hacer y del obrar. Visión
y contemplación, no obra ni acción, es el cometido propio de la concepción del
mundo. Por más que signifique ciertamente una intuición del mundo como afán,
como llamamiento a una obra, ella misma, empero, es aun intuición y no obra;
fundamento de la acción, pero no acción en sí misma. Concepción del mundo es
encuentro entre hombre y mundo; una mutua oposición cara a cara, pero
cabalmente oposición en que los rostros quedan viéndose uno frente al otro. Es
mirada y conocimiento, por más que este conocimiento pueda estar saturado de
contenidos de gravidez e inmediatez vital mucho mayores que en la visión propia
de la ciencia y la filosofía. El
ethos más típico de la visión del mundo consiste justo en la limpidez de esta
mirada. Puede por cierto, y aun debe esta mirada estar animada de todo el ardor
que se quiera, pero será un ardor de la visión y no de la acción. El primero es
el ardor; que torna la mirada amplia y profunda, pues sólo el amor es vidente;
el segundo, en cambio, no haría sino empañarla. La concepción del mundo no
obra, sino ve. En ella actúa seguramente una energía formativa, una profunda
fuerza creadora, pero es una energía procedente de la visión. En ella ve í el
hombre las cosas como son en sí, pero no las acomoda a su querer, por más que
éste fuese un querer "trascendental". Lo que ve la concepción del
mundo, está ahí ya. Es sin duda un comportamiento que llega a su punto extremo
en el ver, en el conocimiento. Su actividad asciende hasta la mayor fuerza e
intimidad, pero queda siendo siempre actividad vidente y no operativa. Una
vez que hemos distinguido el enfoque propio de la concepción del mundo del que
corresponde a otros dominios del conocimiento, debemos aun ubicar aquélla en la
conexión estructural a que pertenece. Y en primer lugar: hemos llamado
concisamente "mundo" a lo que constituye su objeto. Con esto quiere
designarse inmediatamente aquella totalidad que tiene valor de mundo para quien
la contempla. ¿Pero en qué consiste esta totalidad? Pues consiste en primer
término en cada cosa singular, cuando es vista precisamente como perteneciente
a un mundo; y consiste también, en segundo lugar, en la totalidad del conjunto.
Ahora bien, hay tres totalidades de este género, por poco que en lo demás
puedan estar en la misma línea, a saber: primero, la totalidad del mundo como
suma y compendio de las cosas del mundo exterior, y a ella pertenece también el
hombre en su ser físico. Segundo, el hombre, en cuanto constituye una unidad
cerrada en sí misma, y en cuanto que como yo individual y social se opone al
mundo. Por último, el fundamento absoluto y origen primero del mundo y del
hombre: Dios. A
estas tres totalidades elévase la concepción del mundo, mirando asimismo a las
realidades singulares en cuanto subordinadas a aquellas totalidades; a cada una
de ellas en sí misma y en su relación con las demás. De cada una hay una
ciencia experimental [2] y una metafísica; de cada una hay también una
concepción del mundo. Hacia todas esas totalidades se orienta la visión; hacia
la totalidad originaria, concreta, dada de una vez en el primer caso, y dada
como personal en los otros dos; y en todos ellos como requerimiento a
determinado obrar y a una conducta adecuada. A decir verdad, estas unidades y
su respectiva visión se implican mutuamente en una relación determinada. Así,
el mundo del hombre está en parte ercu bebido en el mundo de las cosas; pero a
la vez descansa en sí mismo y se opone al segundo, aprehendiéndolo, al
enfrentarse a él, en actos de conocimiento, amor y valoración. Y ambos mundos
por su parte vienen de Dios como de su arquetipo y causa creadora. Oficio del
hombre es ir hacia Dios y llevar el mundo de las cosas hasta él. Este
es el orden dado objetivamente, y a él debe acomodarse el sujeto cognoscente.
El acto que llamamos "concepción", "visión" o
"contemplación" desplázase dentro de una amplia conexión anímica. A
cada objeto del mundo responde por parte del yo una manera de enfrentarse al mundo.
A aquella totalidad hace frente el hombre viviente contemplando, queriendo y
obrando. Este encontrarse recíproco tiene como acto el mismo rasgo fundamental
de la totalidad, no de otro modo que su objeto como tal. De ahí la diferencia
entre este acto y otras actitudes adaptadas a determinados fines y direcciones
inquisitivas, como por ejemplo la investigación científica o la manipulación de
objetos con fines técnicos, etcétera. En la concepción del mundo, por el
contrario, tenemos la relación viviente entre el yo y el tú. En el comportamiento
integral del oponerse al mundo, es la concepción del mundo el elemento
contemplativo. III He
hablado hasta aquí de la concepción del mundo sin ulterior calificación, y la
he contrastado con el puro afán cognoscitivo, propio, por ejemplo, de la
ciencia en particular y de la metafísica. Más con esto quedaría imprecisa
nuestra descripción por más de un concepto. Ahora, pues, es preciso aclarar la
siguiente cuestión: ¿En qué relación está la concepción del mundo con la
ciencia en el estricto sentido del término? El
acto por el que percibimos lo dado en el mundo en la manera típica y
constitutiva de la concepción del mundo, no es ciencia, sino vida. Este acto es
la mirada del hombre por entero en su momento contemplativo. El hombre todo
está implicado en él, en una actitud típica, que es la actitud contemplativa.
Esta mirada no es ciencia, pero de ella puede originarse la ciencia. La ciencia
tiene principio tan pronto como el entendimiento elabora un conjunto de datos
de manera ordenada, en operaciones de comprobación, comparación, análisis y
síntesis que se traducen en conceptos, juicios y secuencias judicativas. El
dato es siempre, y según sea su contenido, un percibir, registrar, contemplar,
etcétera, es decir actos y contenidos del hombre viviente; así, verbigracia, en
la percepción de la naturaleza o en la evocación de figuras históricas, y en todo
esto no hay ciencia aún. La ciencia surge sólo cuando el acto contemplativo o
constitutivo cobra conciencia de su contenido y lo comprende de manera
ordenada. En
nuestro caso el dato es la mirada que contempla el mundo y lo que ella ve. Mas
la teoría de la concepción del mundo como ciencia es el tratamiento metódico y
ordenado de esta visión contempladora del mundo, de su estructura especial, de
los presupuestos y normas críticas de sus contenidos, y de su relación con las
demás ramas del conocimiento. IV Con
todo, no hemos llegado todavía al fin. La concepción del mundo pertenece a las
esenciales actitudes cognoscitivas del hombre. No obstante, no puede sin más
llevarse a cabo. Para efectuar aquella mirada sobre la totalidad de las cosas,
precísase de cierta distancia. (Esto vale no sólo del mundo en su conjunto,
sino de cada cosa singular en su configuración afectada de mundo.) Debe ser una
distancia suficientemente amplia para que la totalidad pueda aparecérsenos. Lo
particular debe además hacérsenos patente, el tono propio del objeto oírse en
clara resonancia, y cobrarse conciencia del vínculo que mantiene la figura y
situación viviente y única. Por último, es menester estar aparejado para la
tarea que nos propone el mundo. Exígese
también una recia afirmación del mundo, un amor abierto a la totalidad del ser.
Pero al mismo tiempo, una libertad frente al mundo, que haga posible valorarlo
y contemplarlo en posición dominante. Para que pueda ciarse la visión del
mundo, menester es que el vidente abarque el mundo, lo penetre, pero al mismo
tiempo que se mantenga libre con respecto a él. La concepción del mundo
presupone la superación del mundo. Ahora bien, esto sólo es posible desde una
posición que esté sobre el mundo, sobre todo lo que de algún modo es dado
naturalmente. A ella no podríamos llegar alejándonos del objeto espacial o
temporalmente, con lo cual quedaríamos siempre dentro del mundo. Mas tampoco
con una lejanía lógica que nos distancie del objeto en planos cada vez más
abstractos y universales; con ello estaríamos también siempre dentro del mundo.
Una posición fuera del mundo sólo puede darse allí donde se alza algo
simplemente supramundano en el interior del ámbito de lo que nos es dado. Esto,
empero, tendría que ser algo heterogéneo con respecto al mundo, y en ello
radicaría su significación sublimadora y libertadora. Y esta heterogeneidad no
sería sólo por su masa, magnitud, fuerza o plenitud vital, sino cualitativa y
esencialmente. Sólo un heterogéneo así constituido puede hacernos libres de lo
otro tan homogéneo. Y sólo, además, cuando lo primero entra de tal modo en el
ámbito de mi ser, que pueda yo instalarme en ello y hacérmelo origen de mi
pensar, de mi valorar y de mi obrar. Sólo entonces será posible una actitud que
tenga su punto espiritual de apoyo "fuera" del mundo, y pueda desde
él dirigirse al mundo. De este modo se habrá roto el conjuro de lo homogéneo;
descansando en lo otro heterogéneo, podré yo ver la "redondez" del
mundo, tener un criterio de apreciación y una distancia para la visión
dominadora. Pero
al mismo tiempo, una absoluta heterogeneidad no podría ser la única
característica de aquello supramundano en relación con el mundo. De otra
manera, no podría yo, que pertenezco al mundo, alcanzar ninguna relación con lo
que le sería totalmente extraño. Lo totalmente extraño no podría hacerme
visible el mundo de lo dado naturalmente, pues sería frente a éste algo
solamente negativo. Lo supramundano debe ciertamente ser "otro" con
respecto al mundo; pero no solamente otro. Ha de tener también una relación
positiva con el mundo; una relación, más aún, plenamente positiva, de impleción
y consumación. En su consistencia entitativa debe comprender
"supereminenter", como dicen los escolásticos, en la más alta
plenitud y pureza, los contenidos positivos, de ser y valor, que están en el
mundo. Este es el punto de apoyo que hará libre a quien descanse en él, para un
verdadero encuentro con el mundo» para un verdadero diálogo entre
"tú" y "yo". Lo hará libre para una visión rotunda y
dominadora, para una valoración incorruptible. Este
es el punto en que interviene el hecho de la Revelación en el conocimiento del
mundo. Lo dicho antes no expresa sino la exigencia teorética del hecho
realmente dado de la revelación. [3] Hablo, bien entendido, de la revelación
histórica, sobrenatural; no de la automanifestación natural de Dios que está en
todas las criaturas, sino de la palabra positiva que Dios profiere en la
historia; palabra preparada en sus profetas y cumplida en su Hijo hecho hombre.
El portador de la palabra de Dios, de manera plena y esencial, Jesucristo, está
con respecto al mundo en una libertad que radica en su propia intimidad. En
cada una de sus palabras, en cada uno de sus hechos y en toda su actitud,
entrevemos a Cristo como dotado de propia soberanía. En él habla al mundo el
Dios libre del mundo. En el encuentro con él devélase la verdadera esencia del
mundo; ante él revélanse el bien y el mal; en su presencia deducen los hombres
las consecuencias de sus pensamientos y "se abren los corazones".
Cristo es heterogéneo al mundo; viene "de arriba". Por esto somete el
mundo a juicio y lo obliga a su vez a revelarse. Es la gran instancia ante la
cual muestra el mundo su verdadero rostro; la norma no coartada por la que el mundo
será medido. Cristo es esencialmente juez y tribunal del mundo; pero al mismo
tiempo lo ama con un amor de absoluta penetración y fuerza creadora, y que es
por completo distinto de nuestro amor. Viene este amor de una fuente
insondable, de una perspectiva que está por encima de toda contingencia, y
puede así apreciar su objeto desde la altura en que le place estar; libre de
todo egoísmo y sentimiento interesado, aprehende este objeto en su núcleo tan
esencial, que nos deja la vivencia de que tal amor viene de lo hondo de la
conciencia del Creador y Señor. En Cristo sentimos la manera cómo él ve el
mundo en su totalidad y rectamente; cómo habla a la persona con seguridad, con
deferencia, y a la vez con independencia. Sentimos cómo responde totalmente a
demandas del momento histórico —que es al mismo tiempo la "plenitud de los
tiempos"—, con la conciencia de una misión dirigida a este fin
precisamente.; Cristo posee plenamente la mirada ínsita en la concepción del
mundo. La mirada que contempla el mundo es la mirada de Cristo. El
creyente por su parte va hacia Cristo. Creer es ir hacia Cristo, y sobre el
punto de apoyo en que él mismo está; ver por sus ojos y medir con su medida. El
creyente está, justo en la fe y por ella, fuera del mundo. Está en una actitud
que es al propio tiempo de distancia y compromiso, de negación y afirmación,
como corresponde a la tensión de su mirada sobre el mundo. El hombre creyente
ve ante todo el mundo en general, y lo ve como en realidad es, en su redondez y
totalidad. Pero en realidad de verdad es esta mirada independiente en amplia
medida de la medida impuesta por la experiencia natural y su elaboración
cultural, de modo tal, que se le aparece todo plenamente valioso. El verdadero
creyente tiene la visión del mundo por la fuerza de su fe, y por humilde que
pueda ser en lo demás su condición espiritual. En el creyente renuévase, bien
que en medida muy exigua, la posición de Cristo. Todo verdadero creyente es una
instancia viviente del mundo, que se devela también ante él. El creyente tiene también
aquella peculiar posición extramundana, aquel ser heterogéneo, sin el cual no
alcanzaría jamás la visión dominadora. Posee el amor libre, y al mismo tiempo
por completo fiel, que es el único que puede intuir en lo esencial. Guarda una
posición de seguridad frente a toda situación y destino concreto. Todo esto,
por supuesto, en la medida en que verdaderamente cree. Con
lo anterior hemos hecho dependiente la actuación de esta concepción del mundo,
su pureza y su fuerza, de la fuerza y pureza de la actitud religiosa; lo que,
por lo demás, sólo podría sorprender a quien tuviera una concepción mecanicista
del conocimiento. Todo conocimiento, en efecto, depende de que nos coloquemos
frente a su objeto en la actitud peculiar que hace posible dicho conocimiento. Este
modo de ver las cosas nos lleva naturalrnente a una crítica profunda de nuestra
facultad para alcanzar esta concepción del mundo. Por ahora sólo puedo rozar
pasajeramente esta cuestión: ¿Es que tenemos verdaderamente fe? Creer, tener
fe, es no sólo contar con posibilidades sobrenaturales; no sólo sentir, tras de
lo que aprehendemos firmemente como el más allá, un fundamento indeterminado;
no sólo apoyarnos en aquel trasfondo en momentos en que desfallece nuestra
realidad temporal. Sólo cree verdaderamente quien con todo el peso vital de su
personalidad está en la perspectiva sobrenatural en que está Cristo, y vuelve a
ella una y otra vez cuando quiera que de ella resbala. El creyente puede sin
duda percibir las incontables dificultades que se alzan contra su fe, y puede
incluso tener repetidamente la experiencia de que, naturalmente hablando, está
él en la incertidumbre. Pero en esta inseguridad tiene aquella otra típica
seguridad, con frecuencia sutil y evanescente, que viene de Dios y da fuerzas para
ir adelante sobre una arista a menudo tan estrecha. Aquí está ya por lo menos
el principio de la fe, cuando uno puede tal vez estar del todo perplejo, pero
lealmente busca y, espera con voluntad dispuesta y corazón abierto. El mismo
vacío interior puede ante Dios ser fe, soledad clamorosa. [4] ¿Tenemos
tal fe? ¿Nos las habernos seriamente con ella? ¿Osaremos oponerla, con su
certeza entretejida de problemas, con su segundad amenazada, con sus cánones
visiblemente extraños al mundo, osaremos oponerla a las robustas seguridades de
la vida, de la ciencia, de la filosofía, como igualmente real y válida, más
aun, como dotado de realidad absoluta y validez final? Pongamos
que nos resolvemos a ello, y que vemos el mundo desde una fe genuina. ¿Qué
llegaremos a ver? ¿No se nos dará entonces una ordenación armónica de todas las
cosas, una inserción de todas ellas en una conexión querida por Dios, e
investidas por ello de una nueva finalidad? ¿No sucederá para nosotros una
mudanza en todas las relaciones, una relativización de lo que nos aparecía como
grande, una trasmutación de los valores? Y desde el punto de vista de la
experiencia y la razón natural ¿no aparecerá esta imagen del mundo altamente
problemática, toda vez que en ella hay mucho que nos es dado como seguro y
valioso, y que no lo es en el orden natural; y como cuestionables, a la
inversa, cosas que nos aparecen como ciertas y apetecibles? Si vemos las cosas
desde el ángulo de la revelación divina —tratemos por una vez de pensar cómo ha
visto Jesús el mundo, cómo lo vio Pablo, cómo lo vio Juan— ¿que pasa entonces
con el mundo? ¿Y
qué será si vemos el mundo desde la cruz? ¿Podremos sostener esta mirada y J
mantener, como la única justa, la imagen que de ahí resulta? ¿Podremos
confesarla aun cuando se interponga la visión del hombre natural con sus obvias
e imperiosas representaciones? ¿O bien la negaremos como escándalo y locura? O
por último, y sin darnos cuenta, ¿la deformaremos en representaciones
estéticas, prácticas, razonables? De esta gran decisión depende el que pueda
uno alcanzar o no esta concepción del mundo, mantenerla o abandonarla. Aquí
está el problema práctico-religioso de toda la cuestión; problema con el que
debe contar la teoría de la concepción del mundo al' tratar de explicar su
formación. V He
tomado hasta ahora la palabra "fe" sin ulterior calificación como
sinónima de fe cristiana, y "concepción del mundo" sin más por
concepción cristiana del mundo. Mas ahora debo responder a la pregunta de si no
habrá también, por ejemplo, una concepción del mundo helénico-politeísta, o
budista o mahometana. En un sentido provisional, es éste un caso evidente, pues
sin duda alguna descúbrese en estas actitudes religiosas una imagen del mundo;
pero en un sentido definitivo acaso no sea así. En conexión con esto, podríamos
discutir el problema de en qué relación está la fe cristiana con respecto a las
religiones naturales. ¿Hasta dónde van una y otras por el mismo camino, o éstas
son para aquélla una preparación, trasmitiéndole positivamente ciertos contenidos;
o hasta dónde, en cambio, se contradicen, a tal punto que la primera deba
rechazar aquellas otras concepciones del mundo como deformaciones del mundo? En
todo esto no puedo entrar aquí, por ser asunto de la ciencia de la religión
comparada y de la infraestructura natural de la fe cristiana (teología
fundamental). Aquí tan sólo puedo declarar que para mí la fe cristiana es la
verdadera y umversalmente válida, y que aquella equiparación, por tanto, la he
llevado a cabo con plena conciencia. Por
la misma razón, a nadie sorprenderá el que, sin el menor espíritu polémico, y
simplemente por convicción y deber, establezca yo una relación de absoluta
igualdad entre la fe cristiana y la concepción del mundo oriunda de ella, en
toda su plenitud y consecuencias, y la fe y concepción católica por otra parte.
No por esto, empero, se me oculta de ningún modo cuánta verdad y fuerza hay en
las confesiones no católicas; y tampoco desconozco cuan limitada y deficiente
es a menudo la representación del catolicismo, y a cuánta distancia queda de su
ser esencial. Mas cuando hablo de su ser esencial, nótese bien, no me refiero a
su idea, sino a su esencia real y viviente en la historia. Así
pues, la concepción católica del mundo es la visión de las cosas que resulta de
la fe cristiano-católica. Queda
todavía una última cuestión. Las investigaciones más recientes nos han
habituado a la idea de que en todas las manifestaciones de la vida: economía,
arte, vida política, moral y religiosa, y asimismo en la concepción del mundo,
se dan diferencias de puntos de vista, comportamiento y objetivaciones, que
finalmente pueden reducirse a un determinado número de tipos fundamentales.
Estos son, en primer lugar, los que dependen de factores climatológicos,
geográficos, económicos, etcétera; y no son, por lo mismo, tipos definitivos.
Como tales se nos revelan solamente los que, con preferencia a todo lo demás,
determinan la manera como las cosas son y como aparecen, es decir formas
fundamentales del ser y del conocer, y en conexión, por tanto, con datos
primarios de orden psicológico, lógico y aun metafísico. Más
si esto es así ¿qué valor tiene la constitución de estos tipos dentro de la
visión católica del mundo? ¿Hay en general una concepción católica universal
del mundo, y en este caso será ella única y hermética? Si
abrimos los ojos a la realidad, veremos luego cómo cierta tipicidad tiene aquí
lugar verdaderamente. La visión del mundo de Tertuliano, por ejemplo, es
distinta de la. de J. M. Sailer, para no hablar sino de dos moralistas tan
distantes entre sí. La imagen del mundo de San Agustín es profundamente diversa
de la de San Ignacio de Loyola. Tomás de Aquino ve el mundo de otro modo que el
Cardenal Newman. Todos son; incuestionablemente católicos, pero
incuestionablemente también difieren en la manera como encaran el mundo.
Sentimos inmediatamente cuan flaco servicio haríamos >. a estas
personalidades y a su obra si quisiéramos poner a todas en una línea. No sólo
faltaríamos a la verdad, sino que habríamos destruido lo insustituible y
empobrecido el rico mundo católico. ¿En
qué consiste pues lo típico de estas visiones? En algo de lo siguiente: en que
unos objetos son penetrados con especial profundidad mientras otros son
aprehendidos superficialmente; en el modo de engarzar los datos singulares y
acentuar éstos antes que los otros; en si el carácter fundamental de la visión
es de orden racional, estético o práctico, y así sucesivamente. Cada
personalidad se forja, por decirlo así, su mundo espiritual circundante, y
efectúa una. discriminación merced a la cual, y de acuerdo con su peculiar
constitución, acaba por encontrarse como en su propio hogar dentro del mundo en
general. Esta
radicación se asienta en lo típico. Cada expresión vital es fuerte y castiza en
la medida en que pueda encarnar clara y vigorosamente, y de acuerdo con su
propio ser, una estructura esencial. No de otro modo ocurre con la concepción
del mundo. Esta debe también arraigar en lo típico; y mientras más
vigorosamente y con más claros perfiles exprese una estructura esencial, mayor
será su fuerza intuitiva y formativa. Por lo demás, aquellos tipos son apenas
conceptualmente puros, pues en la realidad se compenetran entre sí. El fenómeno
de lo concreto, como puede fácilmente mostrarse, sólo es posible aprehenderlo en
general como una determinada articulación de contrariedades típicas. Todo lo
que es viviente lleva en sí todas las distintas posibilidades vitales típicas,
así no sea sino como tonalidades secundarias en el conjunto. Todo lo viviente
es totalidad posible. El tono dominante sobresale siempre, con todo, en un
determinado tipo, y es lo que define, en su modo y en su alcance, la fuerza de
visión. El individuo puede sin duda realizar en sí las diferentes posibilidades
típicas de intuición y acción, pero no más allá de determinados límites. Si
tiene mayores atisbos en la universalidad, no será sin mengua de la claridad y
fuerza de tensión interior; la estructura esencial, la energía íntima del ser,
empiezan para él a diluirse. El dicho de San Pablo, cuando nos exhorta a no
querer saber más de lo que conviene saber, a no querer saber sino en medida
justa, enuncia una norma de humildad y al propio tiempo de autofundamentación. Hay,
no obstante, una determinada actitud teorética y práctica constituida por una
interpenetración de los diferentes tipos, y orientada precisamente a la
totalidad. Si esta actitud es genuina, si no se limita a ser una curiosidad
dispersa y sin originalidad, encarna a su vez un tipo claramente definido, con
estructuras propias de pensamiento y acción, y con significación específica en
la economía total de la vida, es a saber el tipo sintético. No quiere esto
decir que presuponga los otros tipos, toda vez que su perspectiva más amplia y
su nativa universalidad tienen como rescate una merma de la aprehensión segura
y fuerza de penetración que se dan sólo en los tipos orientados a lo concreto. Ahora
bien, si la concepción del mundo hubiera de implicar aquel, hermetismo de la
actitud espiritual, aquella peculiar rigidez de visión, aquella determinada
coloración anímica que resultan del predominio de un tipo especial —como se
habla, por ejemplo, de una visión del mundo estética o trágica—, es claro
entonces que no podría darse ninguna visión propiamente católica del mundo. Lo
católico no es ningún tipo al lado de otros. Una cuidadosa investigación podría
comprobarlo así incluso con respecto al catolicismo de hoy, por mucho que, a
partir del siglo XVI, pueda haberse empobrecido en sus manifestaciones y en su
actitud anímica, y por más que, de otra parte, pueda haber asumido ciertas
características típicas que podríamos llamar secundarias, y que han sido
condicionadas considerablemente por su oposición a otros grupos religiosos. Es
indudable que el catolicismo se realiza siempre en determinados tipos, los
cuales son dados cabalmente en función de la peculiaridad psicológica, étnica,
de la persona individual, del pueblo y del tiempo. Pero el catolicismo, en lo
que tiene de esencial, no es ningún tipo; y esto hay que recalcarlo
insistentemente contra todos los intentos más recientes de tipificación, y por
ello mismo de relativización. [5] Ser católico significa tomar con absoluta
gravedad la revelación sobrenatural en todo su contenido y en todos los
dominios y complejidades de la vida práctica. [6] El catolicismo comprende en
sí todas las posibilidades típicas, como la vida misma; todas ellas pueden
tener cabida dentro de su ámbito. Una genuina contraprueba de esta aseveración
sería el hacer ver cómo las objeciones de sus adversarios pueden ordenarse concéntricamente
de tal modo que cada una sea vista como la negación de las demás. La
universalidad propia del catolicismo no le viene de ningún sincretismo
histórico —¡cómo podría nada que sea viviente reconocer semejante origen!— ni
de ninguna técnica de organización, sino que surge de una totalidad esencial y
originaria. Si en medio de la oposición actual entre los diferentes grupos hay
alguna misión para el católico, ésta consistirá en recobrar su propia y
esencial actitud, la que se nutre en la universalidad de su esencia específica
y no tiene otro adversario fuera de la negación. El
catolicismo comprende fundamentalmente todas las posibilidades típicas. Propia
de él es apenas la actitud católica, la cual, en nuestro caso, consiste en
permitir confiadamente el desarrollo de cada una de aquellas posibilidades; en
que cada tipo de visión del mundo se realice, de acuerdo con su esencia
constitutiva, dentro del ámbito espiritual católico y en relación con el todo.
Esto podrá llevarse a cabo tanto más cumplidamente cuanto más entera sea la
vida católica; y por el contrarío, el predominio excesivo de determinados tipos
será siempre una señal de perturbación interior, Trátase, por lo demás, no de
una nivelación que diera como resultado un promedio sin carácter, sino de una
articulación orgánica; de entregarse, juntamente con los otros tipos y con
conciencia de los propios límites, a la verdad sin límites. Consciente cada uno
de su propia singularidad, sentir con todo una misión hacia la obra total.
Dicho en términos más formales, la actitud católica consiste en el hecho de que
la actitud peculiar, determinada en cada caso por tipicidades de orden
psicológico, etnológico, cultural, sea asumida en una última actitud total. De
este modo cada personalidad, así como sus expresiones vitales, alcanzan
finalmente, y de manera orgánica, su dilatación, equilibrio e influjo
recíproco. Y
con todo, hay una unidad viviente de todas las singularidades típicas, pero que
no está ya en el individuo, sino en la comunidad. No en aquella, por cierto,
que resulta de la voluntad de los individuos y es fruto de especiales
afinidades electivas y fines comunes, sino en la comunidad objetiva que no
puede derivarse del querer individual, es decir en la Iglesia. Es ésta la
unidad común originaria, la que no proviene de un agrupamiento sincretístico de
las particularidades, sino que frente a toda particularidad se levanta tan
originaria y creadoramente como la totalidad de la vida personal con respecto a
los actos, órganos y gestos singulares por los cuales se expresa. La concepción
católica del mundo con su sentido cabal, es decir la visión del todo que
resulta de una vida a su vez total y originaria, y que se destaca soberanamente
de todas las singularidades típicas, esta visión es ante todo propia de la
Iglesia. La Iglesia es la depositaría histórica de la visión integral de Cristo
sobre el mundo. [7] La
actitud católica del individuo, que hemos descrito más arriba, depende de la
vida que reciba él de la Iglesia. Con la inclinación a menudo incontrastable
hacia la unilateralidad, y que resulta de la predisposición típica, concurre la
actitud católica ubicando al individuo en la comunidad de la Iglesia, en forma
de que en esta totalidad encuentre aquel la fuente de su pensamiento, de su
vida y de su acción. En otro trabajo espero mostrar cómo opera esta
subordinación espiritual, y en especial lo que significan el dogma, la liturgia
y la constitución de la Iglesia en la sociología del conocimiento, acción y ser
del católico. El individuo vive de la Iglesia, mas no por ello pierde su
originalidad, sino que incluso la Iglesia vive de ésta, y lo mismo dígase de
cada pueblo y de cada época. La mano vive del cuerpo, pero como mano. En esta
mutua implicación realízase la última unidad del comportamiento vital: el
individuo llega a ser él mismo precisamente en tanto que miembro del todo, y en
éste encuentra su comunidad con los demás órganos. La plenitud vital de las
restantes zonas típicas y épocas históricas penetra en su interior, sin que por
ello sea empañada la pureza de la representación vital que es a todas común
(comunidad de los santos). Lo
católico es por tanto no un determinado tipo óntico o vital, como tampoco una
síntesis imposible de tipos, sino una determinada actitud que cualquier tipo
puede asumir. Es una determinada subordinación e inserción en el todo de la
estructura específica, del hecho o situación histórica, y estribando todo ello
en la comunidad de la Iglesia. Y para no dar ocasión a un nuevo relativismo, me
permitiré añadir que no son a su vez posibilidades típicas indiferentes las de
que el tipo individual afirme esta subordinación, o que por el contrario la
rechace y se constituya en todo sobre sí mismo. Menos aún es admisible que este
repudio como actitud "autónoma" pueda considerarse superior a la
actitud católica como actitud "heterónoma". La supuesta autonomía
sería más bien la autoamputación de la vida fuera del orden establecido por
Dios, y tal como si la mano quisiera sustraerse a estar en el cuerpo. El
respeto y estimación por las convicciones ajenas no debe impedir decir la
verdad. De cualquier problemática que puede suscitar el criterio católico, es
el católico profundamente consciente. He
aquí pues la última respuesta a la pregunta de qué sea una concepción católica
del mundo. Es la visión que del mundo tiene la Iglesia en la fe, desde lo
profundo del Cristo viviente y en la plenitud de una totalidad que se cierne
sobre todos los tipos. Y para cada individuo es la visión del mundo que le
viene de su fe, y que si bien se conforma a su peculiar estructura, alcanza a
una totalidad en cuanto que este hombre típicamente determinado está inserto en
la Iglesia, cobra de ella su visión y toma de este modo parte en su mirada. En
cuanto a la teoría de la concepción católica del mundo, consiste en la
elaboración científica de esta mirada y de lo que ella ve. [8] ____________________ À
Traducción de Antonio Gómez Robledo. Notas [1]
Lo que sigue es, en sustancia, la lección inaugural dada por el autor como
profesor huésped de la Universidad de Berlín, en la cátedra de Filosofía de la
religión y concepción católica del mundo, durante el curso de verano de 1923. [2]
La mística y los místicos, por ejemplo, han tratado de elaborar científicamente
la experiencia que han tenido de Dios. Véanse, entre otros, los trabajos del P.
Álvarez de Paz o del P. Augusto Poulain. [3]
Con esto no decimos naturalmente que la revelación pueda hacerse derivar de las
exigencias de la naturaleza, sino únicamente que lo natural —en este caso la
visión del mundo— no alcanza su perfección a menos que intervenga lo
sobrenatural. Más el que lo sobrenatural se revele, es cosa de pura gracia.
"La naturaleza es llevada a su perfección por la gracia", dice la
escolástica: Gratia perficit naturam. Sin la gracia no alcanza la naturaleza la
perfección de que es capaz; pero que Dios quiera dar la gracia, es asunto de
él. [4]
Tampoco debe olvidarse que la certeza de la fe tiene en los distintos hombres,
si podemos decirlo así, distintas tonalidades; en cada uno precisamente la
tonalidad de su vida interior. Sobre la psicología individual de la fe, así
como sobre el sentido de las crisis de la fe, mucho habría que decir. Todo esto
suele tratarse y describirse tan esquemáticamente, que a menudo es difícil
reconocer en esos análisis al individuo viviente. [5]
Se ha intentado definir el "hombre católico" al lado del hombre
protestante, budista, antiguo, capitalista, etcétera. Esta yuxtaposición, y
cualesquiera otras operaciones similares, son del todo falsas. El "hombre
católico" no es ningún tipo. [6]
Esto no quiere decir naturalmente ni que todos los contenidos estén dados
expresa y conscientemente en ordenada serie, ni que uno sea perfecto cristiano
por su disposición y situación personal. [7]
Esta universalidad tiene un doble aspecto: uno extensivo, otro intensivo. En
virtud del primero la Iglesia dilata su visión para abarcar todos los tiempos y
la sucesión de formas y matices humanos. Por él se extiende la Iglesia siempre
más e incorpora continuamente nuevos valores; es la parábola evangélica del
grano de mostaza. En virtud del segundo puede la Iglesia asumir sin reservas la
actitud, obra o peculiar decisión que Dios demanda de ella a través de los
tiempos; pero lo hace siempre con la suficiente elasticidad como para poder
conservar su ser total y salir al encuentro de nuevas y sucesivas empresas. [8]
La teoría de la concepción católica del mundo puede adoptar diversos métodos.
Uno, el deductivo, consiste en partir de las verdades de la fe para preguntarse
lo que desde ellas se puede avizorar del "mundo". Otro, el inductivo,
será el tomar cualquier territorio de la realidad y plantearse la cuestión de
dónde podrá estar, dentro de la fe, el punto que brinde acceso a él, y cómo
desde allí pueda alcanzarse una perspectiva sobre esos problemas. Por último,
puede la observación aplicarse a aquellos datos en que de manera típica está
complicado lo universal con lo particular, es a saber en las personalidades
históricas. Igualmente son posibles técnicas muy variadas. Puede, por ejemplo,
estudiarse en todas sus conexiones la imagen católica del mundo o una de sus
parcelas, con lo que resultará una más o menos comprensiva representación de
conjunto. Si sale bien, habrá sido un gran éxito. Pero aun prescindiendo de que
puedan aunarse las energías que tal empresa supone: clara visión, agudo
análisis, imaginación y juntamente destreza conceptual en la síntesis, aun dado
todo esto habrá siempre el peligro de que todo este esfuerzo no vaya más allá
de lo general y le escape la plenitud de las peculiaridades concretas. Mas es
en éstas donde está a menudo lo más precioso de la visión viviente. Así pues,
se nos ofrece aún otro camino, que será enfocar cualquier situación concreta,
histórica o psicológica, y procurar paso a paso lograr de ella una visión
original a la luz de la fe. La concepción del mundo será en este caso, hablando
en términos metodológicos, un resultado adjetivo. Fuente:
Romano Guardini, La esencia de la concepción católica del mundo, Prólogo y
traducción de Antonio Gómez Robledo, México, 1957, Facultad de Filosofía y
Letras, Universidad Nacional Autónoma de México. Convicciones
y Tolerancia Romano
Guardini "Todos
tenemos una forma de pensar, de vivir y de creer. ¿Hasta dónde llegan los
límites? Quien quiera ver toda la perentoriedad del problema de la tolerancia
deberá primero tomarse en serio el concepto de verdad. Debe tener claro que
existe una verdad. Digamos más exactamente que las cosas -tomada esta palabra
en su más amplia acepción: las cosas naturales y los acontecimientos, el ser
humano y su vida, el Estado y la historia-, que las cosas tienen una identidad
de esencia, que es como es y no de otro modo. Que esta identidad de esencia
puede ser conocida, es decir, convertida en verdad. Y que, sin embargo, el ser
humano no puede proceder caprichosamente en dicho conocer, sino que está en
relación de obediencia respecto a la identidad de esencia." (Romano
Guardini) Superar
la subjetividad Conocer
es, por tanto, obedecer. Si yo digo que esto es de tal y cual modo" no lo
digo por capricho, tampoco porque congenie con mi estructura anímica, o porque
subvenga a mis necesidades, sino porque eso es así. La voluntad de conocer es
una voluntad de superar la subjetividad. ( ... ) Despréndese
de lo dicho que, si una declaración es verdadera, su contradictoria no puede
serlo. Y que entonces rechazar su contradictoria no es sólo mi derecho, sino
también mi deber. Por
otra parte, el conocimiento de la verdad presupone la libertad. Esta libertad
no es un capricho, sino un hecho, que surge de que la razón es llamada por el
contenido de verdad y movida por el deber, pero de ninguna manera violentada
por dicho contenido de verdad: la libertad ha de abrirse a él por intrínseca
disponibilidad. ( ... ) Las
condiciones del diálogo Es
aquí donde surge el problema de la tolerancia. Respecto del conocimiento del
otro, yo estoy obligado a tener respeto. Dicto más genéricamente: puesto que
alguien, llevado de su libertad espiritual, ha encontrado la verdad o cree
haberla encontrado, debo comportarme respetuosamente. Aun cuando considere
falsa su convicción, no podría afrontarla ni con violencia exterior, ni con
coacción psicológica, sino únicamente salir al encuentro de ella en el terreno
mismo en el que surge la convicción: en el de la confrontación con el ser, que
es donde se prueba si algo es de tal manera o de tal otra. ( ... ) Este
deber de respeto frente al comportamiento veritativo del otro se extiende más,
incluso. El deber de respetar la convicción ganada por el otro no significa
sólo que si somos de distinta opinión yo deba evitar la violencia psicofísica,
sino que debo con mi comportamiento dar al otro ser humano espacio para que él
pueda llegar a la verdad en la forma correcta. Cuando él esté junto a mí y
hable conmigo deberá percibir claramente que yo soy de tal o cual opinión, pero
sin que nunca se vea molestado en su propia configuración de la verdad, sino
llevado a continuar buscando desde ella. ( ... ) Esta
actitud alcanza su más plena expresión en el diálogo auténtico, que consiste en
la confrontación de dos personas, las cuales se hallan en la disposición
adecuada para la verdad, pues o bien han encontrado ya su veredicto, o se
esfuerzan por encontrarlo. De este modo se produce entre ellos una concordia en
la afirmación de la verdad, en el reconocimiento de la propia limitación y de
la posibilidad de errar, y en el deseo de alcanzar con el otro un conocimiento más
pleno del que cada uno de ellos podría obtener por separado. ( ... ) No
traicionar la verdad Esta
concordia, esta conciencia de la propia limitación, así como también este
respeto de la libertad del otro, no debería sin embargo llevar a decir:
"Desde luego, he sabido que esto y esto es verdadero, y tu declaración
contradice esta sabiduría; a pesar de ello, te concedo que también lo que tú
dices es verdadero". Tal sería una traición a la verdad, pero además
también una desconsideración de la persona, tanto de la propia como de la
ajena, toda vez que cuando actúo de ese modo desvalorizo toda la relación.
Pues, por mucho que el otro pudiera desear estar de acuerdo conmigo, cuando él
tiene lo que se llama conciencia moral de la verdad y carácter de la verdad,
entonces no quiere ninguna concesión, sino que reconozca y acepte mi opinión
como errónea. Así pues, tan pronto como él advierte que yo "hablo conmigo
mismo", o que "también al otro le doy la razón", aunque pueda de
alguna manera resultarle agradable, pierde sin embargo básicamente interés ante
mí. En
el ámbito de la ciencia exacta todo es como es, está ahí y no se discute. ( ...
) Básicamente parecido, pero prácticamente más difícil, es cuando se trata de
ciencias del espíritu, pues aquí el estado de cosas es mucho más complicado,
los factores subjetivos más numerosos, y las posibilidades de equivocarse
mayores. ( ... ) También aquí se ve por doquier la tendencia a valorar, por
ejemplo, un conocimiento histórico no como una auténtica verdad, sino como una
representación del pasado subjetivamente determinada, como una simple
"intuición" que busca encontrar en el pasado una justificación para
la propia existencia actual y su actividad creadora de futuro. Sospecha
contra las convicciones Esta
inclinación se fortalece aún más, y de forma definitiva, allí donde se trata de
cuestiones de interpretación del mundo y de orden vital, por tanto de
convicción metafísico-religiosa. Aquí el mundo contemporáneo deja caer más o
menos el concepto de verdad en sentido objetivo y considera la toma de posición
en estas cuestiones como una mera opinión subjetiva. En
su forma de escepticismo radical se dice que en tales cuestiones no existe en
general ningún conocimiento adecuado, sino solamente un mero caminar ( ... ).
No hay que olvidar el modo de pensar inmanentista del pensamiento moderno, que
considera carentes de importancia a las cuestiones metafísicas y religiosas en
general, y sólo les concede atención en la medida en que son necesarias para
crear un cierto trasfondo para la propia existencia. (
... ) Según eso, nunca se puede decir "esto es así", sino únicamente
"es así en relación con esto otro, en este tiempo a diferencia de otros,
en este grupo social o en esta estructura económica, desde estos supuestos
psicológicos, en esta situación, etc.". El liberal tiene la sensación de
que únicamente de este modo podría vivirse la vida con perspectiva de progreso.
Tan pronto como aparece una posición absoluta le parece que trae consigo
conflictos y que amenaza con la violencia. ( ... ) De
este modo se ha perdido lo que constituye el núcleo de la existencia: la
dignidad del sentido de la verdad, la decisión característica de la convicción.
( ... ) Desavenencias
sin sentido La
mayor parte de las desavenencias carecen de sentido, pues en ellas únicamente
chocan opiniones fijas contra opiniones fijas, cuyos portadores no intentan en
absoluto entender al otro. Esto resulta hoy especialmente grave, pues las
palabras parecen haber perdido en gran medida su significado exacto, por lo
cual primero debe aclararse fatigosamente la terminología, y a ello contribuyen
todas las esclerotizaciones acuñadas en consignas y programas. Por eso hay que
restablecer los necesarios eslabones intermedios a través de los cuales pueda
hacerse visible en general la propia opinión al otro. Por añadidura, esto no
suele hacerse en absoluto nunca (carencia de tiempo, cansancio ... ). Pero
aceptemos que un auténtico diálogo comience a producirse; puede ser que en
última instancia queden frente a frente convicción contra convicción. Entonces
el uno deberá decir al otro: "Valoro tu seriedad para con la verdad, pero
tengo que comunicarte que lo que tú dices es falso". Quizás
éste busque luego, pese a todo, alcanzar un compromiso: "Lo que tú dices
es también verdadero". Si así cede, entonces tenemos la tolerancia en el
sentido actual. Pero, si es serio con la verdad, entonces perderá en última
instancia el respeto ante semejante tolerancia, y con razón. Cuando
el acuerdo es imposible La
verdadera tolerancia es, por tanto, algo muy complejo. Comporta en primer lugar
la importante idea de que la relación con la verdad descansa en la libertad. De
que, por lo tanto, la toma de postura del otro no puede ser influida por la
fuerza ni por la sugestión. De que, incluso cuando esto ocurre, todo queda
echado a perder, porque la verdad únicamente puede realizarse desde la
libertad. Si
un ser humano con una convicción personal verdadera se encuentra con otro que
tiene otra ( ... ) de contenido contradictorio, puede darse el caso más
favorable de que uno convenza al otro de que se ha equivocado. Pero, si esto no
ocurre, entonces surge una situación que básicamente ya no tiene solución. (
... ) Cualquier
intento de liberar al otro de un error debe pasar por ese punto de su
interioridad en que su persona se enfrenta en libertad a la cuestión. Esto a
menudo resulta muy arduo y se ve dificultado por los imponderables fácticos.
Por eso fácilmente se produce un cortocircuito, y ya no se busca el camino por
los medios personales, sino a través de la inteligencia abstracta, la sugestión
psicológica, la ironía, la chanza y el ridículo, etc. De este modo termina
ocurriendo lo malsano, pues ya no se busca la verdad, sino el tener razón a
cualquier precio. ( ... ) En
el nombre de la verdad se ha perpetrado mucha violencia en la historia. La
intención de traer a la verdad al equivocado, únicamente puede llevarse a
término desde el respeto y la piedad, pero demasiado frecuentemente se ha pervertido
en la voluntad de tener razón. Sin embargo, para gozar de una perspectiva
clara, basta con remitirse a la persona que en estas cuestiones es también la
norma por excelencia, la persona de Cristo. Entonces se ve con cuánta calma y
plenitud ha renunciado él a querer imponer la razón, a querer vencer, a reducir
al otro al silencio. Y cuán fructuoso camino recorrió cuando, como dice San
Juan, vino "a guiar el mundo". Secuelas
del escepticismo El
escepticismo contemporáneo, la pérdida de la verdadera relación con la verdad
religiosa, fue ampliamente la sencilla respuesta a la falsa representación de
la verdad por aquellos que estaban convencidos de estar seguros de ella. Este
escepticismo ha producido sin embargo por su lado consecuencias ominosas, pues
los seres humanos no pueden a la larga permanecer en el vacío interior y en la
inconsistencia que trae consigo la pérdida de auténtica verdad, y de este modo
se ha producido un vacío en el que ha entrado la violencia. Allí donde antaño
reinara la excelencia de la verdad se ha hecho presente en la práctica el
Estado. Allí donde imperaba la fuerza de sentido de la evidencia se ha
comenzado a ejercer la violencia. La obediencia espiritual a la exigencia de
verdad ha sido reemplazada por la física sumisión a las autoridades y a la
policía; la convicción debida a la palabra, por la arenga militar. La
nueva intolerancia En
( ... ) Occidente, especialmente Norteamérica, tan supuestamente consolidada en
la libertad plena que permite tomar posiciones, habría que preguntar en qué
medida todo eso no es una violencia difusa, una técnica por doquier operante de
configuración de opinión en que aparentemente cada cual dice lo que piensa,
mientras que en realidad se cuida mucho que cada uno sólo piense aquello que "se"
tiene que pensar, de forma que también aquí sería mucho más rara de lo que
parece una convicción adecuada. En
todos los casos se descubre aquí un fenómeno monstruoso ( ... ). Como herencia
de la más decidida exigencia de formación de juicio autónomo, representada por
un ethos de la tolerancia continuamente defendido, surge una intolerancia que
deja pequeño todo lo que la tan supuestamente esclava Edad Media hubiera podido
llevar a cabo alguna vez en punto a constricción. Esta intolerancia no es, sin
embargo, algo así como -según acostumbra a decirse- una recaída en la atávica
esclavitud, una vuelta a la oscurantista medievalidad, sino una consecuencia
exacta del supuesto progreso contemporáneo hacia la libertad, que cree por su
parte haber alcanzado su máximo triunfo con la superación de toda autoridad
procedente de la Revelación y de la voz divina. Romano
Guardini. Ética. Lecciones en la Universidad de Múnich. BAC. Madrid (1999).
XLVI+937 págs. 6.800 ptas. T.o.: Ethík. Vorlesungen an
der Universitdt Miinchen. Matthias Grünewald-Ferdinand Schóning. Mainz-Paderbom (1993).
Traducción: Daniel Romero y Carlos Díaz. Fuente:
Portal católico web Encuentra.com Quién
es el hombre Romano
Guardini Al
iniciar estas reflexiones quisiera plantear una cuestión, que probablemente a
ustedes les sorprenda, y que a mí siempre me preocupa, a saber, si existe una
«imagen» global del hombre que no sea sólo el reflejo de una época histórica, o
de un grupo social, o de una determinada profesión, sino del hombre mismo en
cuanto tal. Y
parece que una tal imagen no se da, pues la definición decisiva del
hombre—sobre la que volveremos después—es que es "imagen de Dios".
Sin embargo, de Dios no hay ninguna imagen. Lo que acontece entre los hombres,
sucede entre los polos de la cercanía y de la lejanía: encontrar y perder,
plenitud y carencia, amor y fidelidad. Por eso la revelación ha convertido
estos dos polos de la vida en una imagen que expresa lo que acontece entre Dios
y el hombre. El
hombre a la luz de la Revelación Me
he comprometido a decir algo sobre la imagen del hombre que nos transmite la
revelación. Al
iniciar estas reflexiones quisiera plantear una cuestión, que probablemente a
ustedes les sorprenda, y que a mí siempre me preocupa, a saber, si existe una
«imagen» global del hombre que no sea sólo el reflejo de una época histórica, o
de un grupo social, o de una determinada profesión, sino del hombre mismo en
cuanto tal. Y
parece que una tal imagen no se da, pues la definición decisiva del
hombre—sobre la que volveremos después—es que es "imagen de Dios".
Sin embargo, de Dios no hay ninguna imagen. Se
habla una y otra vez de imagen de Dios, y ciertamente con justicia; pero
solamente es válido si con ello se alude a unas especiales circunstancias bajo
las cuales Él es comprendido o pensado. Es lo que sucede cuando hablamos de la
idea de Dios de la primitiva comunidad cristiana frente a la del alto Medioevo
o de la de éste en comparación con la del siglo XVIII. Pero de Dios no hay
ninguna imagen, pues trasciende toda posibilidad de que haya alguna. Y no
estaría mal recordar también aquí el primer mandamiento, que prohíbe hacerse de
Él una «imagen tallada». Pues no solamente una imagen artística, sino también
una imagen conceptual puede disminuir su soberana grandeza, o ponerla al
servicio de una intención intelectual, artística o política. Cuando
oímos ahora que el hombre es «imagen de Dios», es muy posible que con ello se
pretenda dar también una idea de la enorme trascendencia de Dios frente a las
imágenes y conceptos. Dentro de los límites que le impone su finitud, también
el hombre es universal. Así pues, el concepto de la imagen del hombre sólo es
válido hasta ciertos límites no demasiado amplios. A
pesar de todo, le otorgamos validez y lo utilizamos como medio para responder a
la cuestión de cómo ve al hombre la revelación. Para
abordar de forma inmediata toda la gravedad de la cuestión, examinaremos
algunas imágenes características que del hombre ha acuñado la Edad Moderna. Entre
ellas, la imagen del hombre del materialismo, que surge durante la Revolución
Francesa, que se desarrolla a lo largo del siglo XIX, y que hoy caracteriza al
pensamiento totalitario. Según él, lo único que existe es la materia, o sea, la
energía, que existe desde siempre. En razón de sus leyes esenciales se puso en
movimiento, dando origen, a partir de la materia orgánica, a la vida orgánica;
a partir de la vida orgánica, a la vida psíquica; y a partir de ésta, a la vida
espiritual. Si fuera posible ir hasta el final, se llegaría a derivar todo de
las propiedades de la materia igual que el químico establece una relación entre
sus elementos y las condiciones de la experimentación. Para el materialismo el
hombre no es sino una materia extremadamente complicada. Frente
a este modo de ver las cosas está la concepción idealista, tal como se ha
desarrollado a partir de los grandes sistemas de los siglos XVIII y XIX. Para
esta concepción, lo primero y auténtico es el espíritu, el espíritu absoluto,
el espíritu del mundo, que al principio está quieto y silencioso, pero que
quiere ser dueño de sí mismo, y por ello engendra la materia. En contraposición
con ella forma el mundo, para finalmente llegar por el hombre a la conciencia
de sí mismo. El espíritu eterno que lo impregna, constituye el ser del hombre y
en él halla su sentido. Del
conocimiento de las relaciones sociales surgió la imagen sociológica, llevada
por el comunismo hasta sus últimas consecuencias. Pues dice: el individuo no es
nada por sí solo; únicamente es algo a partir del todo. Una idea, un
descubrimiento, una obra, que si siempre puede darse en las relaciones y en la
producción, consigue por primera vez su sentido cuando se entiende a partir de
la estructura social. Lo real es la sociedad; y tanto el hombre individual como
su obra proceden de ella. Por consiguiente, el hombre es producto y órgano de
la vida social y nada más. Esta
concepción se opone a la del individualismo. Según ésta, hombre realmente es
sólo el individuo; en la multitud desaparece lo peculiar. Sólo en cuanto
individuo tiene el hombre conciencia y fuerza creadora; solamente así posee
responsabilidad y dignidad. En cuanto son muchos, surge la masa, que sólo puede
ser objeto, material para la planificación y acción del individuo. El
determinismo afirma que todo sucede según una necesidad inalterable. En cada
sitio suceden las cosas como tienen que suceder. En cada acontecimiento
individual se refleja el curso global del mundo. La libertad es una ilusión,
sólo un modo especial de cómo resaltan en los hombres las soberanas leyes
universales. Así pues, también el mismo hombre es un producto que surge de la
necesidad, y su vida es un acontecimiento que se consuma en la necesidad de las
leyes universales. El
existencialismo, por el contrario, ve al hombre completamente libre. Para él no
hay ordenamiento alguno que determine la vida del hombre, y, justamente por
ello, tampoco ninguno en el que pueda apoyarse. Sin necesidad, pero también sin
descanso, como un átomo de posibilidad, se halla arrojado en el vacío. En
virtud de una libertad soberana, más exactamente, de una inquietante libertad,
decide cada instante lo que ha de hacer. El es quien se da sentido a sí mismo.
Sí, es él quien define su propio sentido. Y en la medida en que se atreve a
ello, se convierte en hombre. Con esto hemos esbozado, aunque muy
resumidamente, seis concepciones. La primera dice: incluso en su núcleo, el
hombre no es más que materia; la segunda: es una manifestación del espíritu
absoluto; la tercera: el hombre es sólo un momento en la totalidad social; la
cuarta: solamente es hombre en cuanto como personalidad se apoya sobre sí
mismo; la quinta: el hombre se mueve por completo en la necesidad de las leyes
universales; y, finalmente, la sexta: el hombre es completamente libre y señor
de sí mismo... Sin
embargo, estas concepciones que acabamos de esbozar constituyen sólo una
porción de las que han aparecido a lo largo de la historia de la
autocomprensión del hombre; en realidad hay muchas más. Pero estas seis son
suficientes para plantear la cuestión que ante esa historia surge en nosotros:
¿Cómo es posible que cada una de estas imágenes se oponga siempre a otra? El
hombre no es ciertamente nada que se proyecte en la inalcanzable lejanía del
espacio interplanetario o del tiempo universal. Está ciertamente ahí, sin más.
¡Es lo sencillamente cercano, a saber, nosotros mismos! ¿Cómo es posible, pues,
que al hablar de él aparezca esa enormidad de contradicciones, y no
precisamente entre personas ignorantes y carentes de formación, sino entre los
espíritus más poderosos; no entre incautos soñadores, sino entre quienes
intercambian sus conocimientos y pueden ayudarse mutuamente en la búsqueda de
la verdad? Si
es posible, es porque cada uno de nosotros somos lo que por propia experiencia
sabemos de nosotros mismos; porque lo es también nuestro padre, nuestra madre,
nuestra esposa, nuestros niños, nuestro amigo, nuestro compañero de trabajo; si
es posible ver esto de ese modo, entonces tiene que tratarse de un caso
especial. El
biólogo Alexis Carrel ha escrito un libro titulado El hombre, ese ser
desconocido. Es cierto que el título es algo sensacionalista, pero expresa algo
que posiblemente se ha pensado más de una vez. Parece que lo que realmente
sucede es que no sabemos quién es el hombre, lo que significaría que tampoco
sabemos quiénes somos nosotros. ¿Cómo es posible? La razón no puede radicar
simplemente en la dificultad de los problemas. Estos son ciertamente difíciles,
y a veces se tiene la impresión de que es imposible encontrarles una solución.
Pero esto sólo provocaría una investigación incansable, un gradual paso hacia
adelante; pensemos en el camino que la física ha recorrido en la investigación
de la materia. Primero estaba la vieja doctrina de los elementos; luego vino el
descubrimiento del átomo como elemento material carente de cualidad y de
estructura; de ahí se pasó al concepto moderno de átomo, que representa todo un
mundo de relaciones y fenómenos, y quién sabe hasta dónde se llegará. Estamos ante
un ensayo y una nueva desestimación; ante una multitud de hipótesis y teorías,
pero todas ellas penetradas por una única línea. No hace mucho que uno de
nuestros físicos, C. Fr. von Weizsäcker, insistió en que es falso decir que la
física atómica más reciente eche por tierra los resultados de la física clásica
anterior; lo que sucede más bien es que los incorpora en un contexto más
amplio. Si consideramos desde esta perspectiva las respuestas a la pregunta por
el ser del hombre, vemos en ellas algo muy distinto: no la superación de una
teoría deficiente por otra mejor, sino contradicciones insuperables; ninguna
línea que surja de los distintos niveles de la investigación, sino un increíble
desconcierto. Todavía
más: lo que aquí está en contradicción no son puntos de vista diferentes, sino
mentalidades totalmente distintas. La discrepancia teórica es en verdad una
lucha; y vemos cómo se ha desarrollado esta lucha: a vida o muerte, y en
frentes de todo el mundo. Todo ello debiera abrirnos los ojos. ¿O
es que, quizás, lo que pasa es que el correcto conocimiento del hombre depende
de especiales circunstancias? Claro que en todas partes es cierto que el
conocimiento de un objeto tiene sus condicionamientos. Pensemos, si no, en
cosas tan obvias como que, si no hay luz, no puedo ver nada... o que no veo
algo que tengo delante porque no le presto atención... o que busco algo, pero
no lo encuentro porque hay en mi inconsciente algún motivo para que eso no
tenga que estar ahí; en una palabra, lo que llamamos presupuestos concretos del
conocimiento... ¿No podría ser que sólo sea posible el conocimiento del hombre
si se cumplen determinadas condiciones? Pero, si esto es así, ¿de qué
condiciones se trata? El
pensamiento de la Edad Moderna entiende al hombre como un ser que se desarrolla
a partir de su propia naturaleza, que entra en relación con el mundo, que lleva
a cabo en él su obra; y quizás después, tras la mundaneidad inmediata, admite
un trasfondo metafísico. Pero no puede ser definitivo. Si esto sucede, y en qué
medida suceda, es un asunto subjetivo, un tema de vivencia y necesidad. En el
caso de que suceda, influye en la actitud y en la vida de la persona
correspondiente, pero no de forma distinta a la del modo, por ejemplo, con que
ella controla parcialmente su destino o como el amor configura a un hombre. Su
ser, en cuanto tal, queda completamente al margen. ¿Y
si esto fuera verdad? ¿Y si la relación con Dios no tuviera un carácter
singular, diferente de cualquier otra relación? ¿Y si, quizás, su auténtica realización
constituyera justamente esa precondición por la que preguntamos y de la que
depende hasta dónde el hombre se comprende a sí mismo porque está hondamente
arraigada en su ser? ¿Y si no hay que buscar aquí la razón del chocante hecho
de que el hombre de la Edad Moderna, con un inmenso despliegue de métodos y
aparatos, de descubrimientos, teorías y experimentos, se pregunte qué es lo que
tiene ante sus ojos, es decir, qué es él mismo, y el resultado no sea sino un
amasijo de contradicciones? En
el primer libro de la Sagrada Escritura, en el Génesis, están estas palabras:
«Entonces dijo Dios: Hagamos a los hombres a nuestra imagen, según nuestra
semejanza, para que dominen sobre los peces del mar, las aves del cielo, los
ganados, las bestias salvajes y los reptiles de la tierra. Y creó a los hombres
a su imagen; a imagen de Dios los creó; varón y hembra los creó» (Gen 1,
26-27). Según
estas palabras, el hombre es imagen de Dios. Esto expresa sobre todo algo que
nunca se había dicho sobre el hombre. Es la definición fundamental de la
doctrina de la Escritura sobre el hombre y está contenida en cada expresión que
se hace sobre él. ¿Qué quiere decir esto? ¿Puede un hombre finito asemejarse a
Dios? Es
claro que estamos ante algo misterioso, pues precisamente aquí se sitúa después
la tentación, que hace que la voluntad del hombre de ser imagen de Dios, se
transforme en la voluntad de ser igual a Él. ¿Qué significa, pues, esta
semejanza con Dios? Una
cosa puede ser reproducción de otra. Como cuando alguien dice al carpintero que
le haga una mesa como la que le está enseñando. Se trataría, en este caso, de
un simple parecido, de una copia. Pero hay otras formas más expresivas. Alguien
puede decir, por ejemplo, que un niño es el vivo retrato de sus padres. En este
caso, tiene unas cualidades que también ellos poseen; pero en él adquieren
personalidad propia... ¿Qué pasa, pues, con la semejanza con Dios? Dios
es ciertamente absoluto, puro Ser, esencia, vida, verdad, felicidad. Su modo de
ser trasciende todo pensamiento y expresión. ¿Cómo es posible, pues, que el
hombre, un ser creado y, por tanto, finito, sea imagen de este ser inmenso? Y,
sin embargo, así es, pues Dios lo dice. Y dice, además, que precisamente en
esta similitud radica el ser del hombre. No
es el caso de hablar aquí de una reproducción, pues de Dios no hay ninguna
copia. Nos acercaremos un poco si partimos de las relaciones entre los padres y
el hijo. No es una copia, sino una traducción. Los rasgos del ser de los padres
se traducen en el ser del hijo, hasta el punto de que éstos se apropian de
aquel en cuya personalidad han vuelto a nacer. Puede
que demos un paso adelante con la siguiente reflexión: si observamos el rostro
de un hombre, vemos reflejado en él lo que pasa en su alma: respeto, simpatía,
odio, angustia. El alma, en sí misma, no puede verse porque es espíritu. Pero
se traduce en el cuerpo, se hace visible en él. El cuerpo humano—forma, rostro,
gestos, ademanes—es la expresión de la realidad del alma; y eso quiere decir que,
a pesar de todas las diferencias, cuerpo y alma se parecen. Podríamos
seguir en esta dirección, pero estamos muy cerca de aquello a que nos
referimos, de lo Incomprensible, que constituye nuestro ser, a lo que debemos
acercarnos con temor, pero también con confianza: a saber, que Dios, si así se
puede hablar, traduce la infinita plenitud y la perfecta simplicidad de la
imagen de su ser en la finitud y fragilidad de su criatura. Si esto es así,
quiere decir también que esta semejanza penetra la totalidad del ser del
hombre; que es algo tan cierto como misterioso: la forma primitiva en que se
asienta lo humano, el único concepto básico a partir del cual puede entenderse.
Al
comienzo de sus Confesiones, Agustín da con la expresión más atinada a este respecto
cuando dice: «¡oh Dios! Nos has creado para ti». No ha de entenderse de forma
entusiasta o edificante, sino correctamente. Dios ha establecido con el hombre
una relación, sin la que éste no puede ni existir ni ser entendido. El hombre
tiene sentido, pero este sentido no radica en él sino que está por encima de
él: en Dios. Se puede entender al hombre no como algo cerrado que vive y se
apoya en sí mismo, sino como alguien cuya existencia consiste en una relación:
de Dios, hacia Dios. Esta relación no es algo secundario sobreañadido a su ser,
de forma que también sin ella pueda seguir existiendo, sino que en ella se
apoya su ser. Mediante
numerosas relaciones puede el hombre salir al encuentro de otro hombre: por el
conocimiento, la amistad, la ayuda, el daño, y muchas otras. Estas relaciones
despliegan su ser, pero no se reduce a ellas. El hombre sigue siendo hombre
aunque no conozca a éste o ése, aunque no les ayude. La relación de la que
estamos hablando es, por el contrario, de otro orden. Un puente es un arco que
el arquitecto construye de una a otra orilla de un río. Y yo no puedo decir: El
puente puede pasar o no a la otra orilla sin dejar de ser puente. Esto sería un
sin sentido, puesto que el «puente» sólo es puente si parte de una orilla y llega
hasta la otra. Algo así sucede con el tema que nos ocupa. El hombre es hombre
sólo en su relación a Dios. El «de-Dios» y el «a-Dios» son el fundamento de su
ser. Se
verá más claro aún, si consideramos lo que distingue al hombre de las restantes
criaturas del mundo: su personalidad. Que el hombre es una persona quiere decir
que es dueño de sí mismo, que puede actuar por propia iniciativa, que puede
disponer de sí mismo y de las cosas. Si se le pregunta: ¿Quién ha hecho esto?,
puede y debe contestar: Yo, y asumir la responsabilidad correspondiente. Así lo
ha creado Dios. Pero no ha sucedido como si Dios hubiera formado al hombre y lo
hubiera fundado en sí mismo, sino algo absoluta y totalmente distinto, a saber,
que Dios ha hecho del hombre su tú y le ha concedido, por su parte, tener en
Dios su tú, su propio tú. En esta relación yo-tú consiste su ser. Y sólo porque
Dios lo ha fundado en la relación yo-tú con Él, puede el hombre entablar una
relación personal con otros hombres. Decir a otro: Te veo..., te respeto, sólo
es posible porque Dios le ha concedido poder decirle a Él, el Señor: «Tú eres
mi creador..., yo te adoro». En
la revelación del monte Horeb (Ex 3), decisiva para toda la historia posterior,
Dios se aparece a Moisés en la zarza ardiente. Al preguntarle éste por su
nombre, Dios le responde: «Yo soy el que soy», una frase de profundidad
inagotable. Pues dice: «Yo soy el que está aquí y el que actúa en poder».
Todavía más hondo: «Yo soy el que no admite nombre alguno mundano, sino el que
sólo puede ser nombrado a partir de sí mismo». Y todavía más: «Yo soy el único
que, por mi ser, tengo derecho y autoridad para decir Yo». En sentido auténtico
sólo Dios es «yo», Él-mismo. Cuando nosotros decimos «él», podemos referirnos a
cualquier hombre; pero si lo decimos sencillamente, desde la profundidad del
Espíritu, entonces nos referimos a Dios. Cuando decimos «tú», podemos
dirigirnos a un hombre; pero si lo decimos sencillamente, con todo nuestro ser,
sin rodeos, entonces llamamos a Dios... Este es el Dios que llama al hombre. Y
no en el sentido de que el hombre ya existiera y Él le dirigiera su palabra
para que supiera o hiciera algo, sino que, precisamente porque Dios lo llama,
sienta Él las bases de su ser, y por eso mismo se constituye en persona. El hombre
consiste en ser-llamado por Dios, y sólo en eso. Fuera de ahí no le queda nada.
Si se pudiera desligar el hombre de este ser-llamado, se convertiría en un
fantasma, más aún, en nada. Tratar de pensar en él, a pesar de todo, sería un
contrasentido y una rebelión. Por
consiguiente, sólo a partir de aquí puede el hombre ser entendido, y si se le
quiere entender desde otra parte, se comete un grave error con él. En ese caso,
puede que se siga utilizando la palabra «hombre», pero su realidad ya no está ahí.
En
la Edad Moderna aflora algo peculiar, que tiene que causar asombro en todo el
que sea capaz de ver lo esencial. El hombre—o, más exactamente, muchos hombres;
esos hombres de gran talla y tono espiritual—se desligan de Dios declarándose
autónomos, es decir, capaces y autorizados para fijar la ley de su propia vida,
lo que conlleva al mismo tiempo la pretensión de poder entenderse a partir de
sí mismos. Esta postura conduce cada vez más decididamente a convertir al
hombre en algo absoluto. Un especialista actual en ética ha dicho que el hombre
es tan grande, que puede asumir los atributos que hasta ahora, por inmadurez,
ha depositado en Dios. omnisciencia, omnipotencia, providencia y conducción del
destino deberían ser ahora atributos humanos. Está maduro y capacitado para
decidir qué es lo bueno y qué es lo malo, qué se puede querer y qué no se puede
querer. Pero
junto a esta corriente discurre otra distinta, que dice que el hombre es un ser
viviente como cualquier otro. Su espiritualidad procede de la biología, y ésta
de la materia. En definitiva, el hombre no es más que un animal, aunque más
evolucionado; y el animal, no más que un objeto material, sólo que con una
estructura más complicada. Así pues, el hombre se reduce a la muda
materialidad. ¿No
es todo esto muy revelador? ¿No es significativo que estas dos respuestas, que
mutuamente se excluyen, hayan surgido en la misma época y brotado de las mismas
raíces? Ambas corrientes muestran hasta qué punto el hombre se equivoca
respecto a sí mismo cuando olvida su referencia a Dios, fundamento de su ser.
Vean a continuación, una tras otra, las siguientes contradicciones: El
hombre experimenta la plenitud de poder y de sentido del conocimiento y de la
acción. Se pregunta cómo puede explicarse, y su respuesta es: Mi espíritu es el
Espíritu absoluto. En el fondo, soy igual a Dios. En efecto, yo soy justamente
eso que en la debilidad de mi minoría de edad he llamado «Dios»... Pero ese
mismo hombre dice también: El Espíritu no existe en absoluto. Lo que llamamos
Espíritu es un producto del cerebro; y éste, una parte importante de eso que es
ya materia muerta. Todavía
más. El hombre es consciente de la fuerza de su iniciativa, de su capacidad de
creación, a saber, de que no es solamente una condensación de las cadenas de
montaje que discurren por el mundo, sino de que es capaz de comenzar en sí
mismo esas cadenas. Y, al preguntarse qué significa esto, se responde: libertad
absoluta, creadora, que produce las ideas y las normas, y también el mundo...
Pero el mismo hombre sabe también lo siguiente: no tiene sentido hablar de
libertad. En realidad, lo que hay sólo son necesidades, que en la esfera
material se llaman «ley natural», en la psíquica «instinto», y en la moral
«motivo», tres nombres distintos para expresar lo mismo. Y
seguimos. El hombre tiene la gratificante conciencia de no ser sólo un ejemplar
del género, sino de radicar en sí como único, como sí mismo. Y se pregunta:
¿Qué es esto? Y su respuesta es: persona, totalmente radicado en sí mismo, sin
órdenes que lo dirijan, sin normas que le obliguen; arrojado en cualquier
sitio, a merced del tan poderoso como temible destino, teniendo que decidir en
cada instante su propio hacer, su propio ser... Pero la otra respuesta afirma:
La opinión de que el hombre es persona, es un fraude. La verdad es que es sólo
un elemento del universo, una cosa entre las cosas, una célula en el Estado. No
tiene ningún sentido por sí mismo. Radicarse en sí mismo es un delito, peor
aún, un sabotaje. Tiene que diluirse en el todo, y convenir en inmolarse. Podríamos
decir muchas más cosas, pero vemos ya con suficiente claridad cómo se consuma
aquí lo igual a través de modificaciones siempre nuevas: en un error sin fin se
malentiende el hombre a sí mismo. Pero ¿cómo puede ser así? Al
abandonar a Dios, se vuelve incomprensible para sí mismo. Sus innumerables
intentos de autointerpretarse terminan siempre en estos dos extremos: en
absolutizarse o en inmolarse, esto es, en reclamar la exigencia absoluta de
dignidad y responsabilidad, o en entregarse a una ignominia tan profunda como
nunca más volverá a experimentar. Tanto
más sabe el hombre de sí mismo cuanto más se entiende a partir de Dios. Pero
para ello debe saber quién es Dios, y esto sólo puede hacerlo si acepta lo que
Él dice de sí mismo. Si
se rebela contra Dios, si piensa mal de Él, entonces pierde el conocimiento
sobre su propio ser. Esta es la ley fundamental de todo conocimiento humano. La
primera rebelión tuvo lugar con el pecado original, que sucedió al principio y
que todavía resulta incomprensible cómo pudo suceder. Pero, desde entonces,
toda la historia humana sufre las consecuencias. Esta doctrina puso a la
revelación en una frontal oposición con cualquier naturalismo y optimismo. Ella
nos dice que el auténtico hombre, tanto su historia como su obra, nada tiene
que ver con las concepciones modernas, según las cuales camina, mediante un
progreso seguro, hacia un autodesarrollo cada vez más pleno. Sin embargo, este
hombre no existe. El
pecado original consistió en que el hombre se negó a seguir siendo retrato, en
que quiso ser original, sabio y poderoso como Dios. En consecuencia, perdió la
relación con Él. El puente cayó al vacío. La figura se precipitó sobre sí misma
y surgió el hombre perdido. Nada
sabemos del largo tramo de su vida en la oscuridad de la perdición. Puede que
algún día logremos escuchar lo que sobre ello dice el arte de los tiempos más
primitivos; es posible que alguna vez aprendamos a interrogar sobre estas cosas
a los hallazgos paleontológicos. Hasta el presente no se ha logrado; la
pregunta y la respuesta se encuentran de antemano con el anatema de la idea de
evolución, para la cual todo peldaño inferior está en camino hacia el peldaño
superior. La verdad es que esta oscuridad no fue la fase anterior a la salida
hacia una nueva luz, sino el bronco aturdimiento que siguió a la caída. En
esta situación el hombre ya no sabía quién era ni dónde estaba el sentido de su
vida. En el norte hay una fábula de gentes a quienes la tristeza ha herido de
muerte el corazón, y entonces ya no saben quiénes son. Es una imagen de lo que
queremos decir: los hombres ya no supieron nunca más quiénes eran, ni de dónde
venían, ni adónde iban. Y
esto duró mucho tiempo, a pesar de toda la grandeza de las realizaciones y de
toda la magnificencia de las obras que llenan la historia. Si se repasan las
respuestas que el hombre da a la pregunta sobre el sentido de su vida—no
solamente algunas, sino todas; no sólo las valientes, sino las desesperadas; no
sólo las nobles, sino también las villanas—hay que concluir que el hombre no
sabe quién es. Sólo que se ha acostumbrado tanto a este no-saber, que lo
encuentra correcto, que lo confunde con la problemática de la naturaleza, a la
que paso a paso supera la ciencia, y que hasta se siente orgulloso de ello. Esta
es la segunda definición que el hombre conoce por la revelación. La primera
era: el hombre es imagen de Dios. La segunda: se ha rebelado contra la relación
con su original, pero sin poder invalidarlo. Por tanto es una imagen
distorsionada. Y esta distorsión confirma completamente cómo se comprende a sí
mismo, qué hace, quién es. Luego
vino la revelación y la redención, que se llevó a cabo en la estrecha línea de
la historia veterotestamentaria y se consumó en Cristo. A través de ella se
comunicó al hombre quién es, y también quién es Dios. Conocimiento de Dios y
conocimiento del hombre volvieron a formar un todo, y la imagen recobró de
nuevo su sentido. En
Cristo alcanzó una grandeza incomprensible, pues en Él la imagen del hombre fue
el medio para la epifanía del Hijo eterno de Dios en el mundo: «El que me ve a
mí, ve también al Padre» (Jn 14, 9). Pero por la fe y el bautismo participa el
hombre en este misterio. Nacerá el hombre nuevo «destinado, desde el principio,
a reproducir la imagen de su Hijo» (Rom 8, 29). El
fenómeno del poder * Romano
Guardini 1.
Una palabra que en las consideraciones sean teórico-culturales, sean
práctico-políticas de nuestro tiempo, regresa con bastante frecuencia es
aquella del poder. [1] Y no sin fundamento, porque esta realidad ha retomado
una medida tal de caracterizar en modo particular nuestra situación histórica.
Por ello es ciertamente útil delinear con agudeza el significado del término. Y
ello tanto más en cuanto viene adoptado con múltiples sentidos. Se habla de la
potencia de una gran montaña, del león como de un animal potente, del poder de
un hábito. Nosotros, en cambio buscaremos, por lo tanto, determinar el
fenómeno, expresado en el término, partiendo de su significado más general para
llegar a aquel específico. En los varios momentos de esta determinación,
señalaremos también a los problemas presentes en este fenómeno. En
sentido general poder significa la posibilidad de un ente de llevar a cabo una
acción. Su fenómeno pertenece por lo tanto no al ámbito del ser substancial,
sino a aquel de la energía y del acto. Eso radica naturalmente en el ser. Viene
determinado [el poder] cada vez desde las propiedades y desde las estructuras
del mismo [el ser], pero no es idéntico a él. En este sentido muy general el
poder tiene todo lo que es, porque cada ente es operativo. No se da un puro
existir. El ser está así estrechamente relacionado al poder que, como nos dice
la física, las últimas partículas del átomo pueden ser vistas tanto bajo la
prospectiva del ser estático, cuanto bajo aquella de la energía. Por ello
siempre, según este punto de vista, aparecen tanto como masa (corpúsculo),
cuanto como unidad energética (onda) y forman las últimas determinaciones de la
realidad entre sus opuestos dialécticamente. Hablando concretamente: una piedra
es activa, por ejemplo, bajo forma de presión que, por influjo de la gravedad,
ejerce sobre cuanto le está debajo. Una corriente eléctrica produce efectos a
veces de enorme alcance. Esto
no es aún lo que entendemos cuando queremos definir bien el fenómeno del poder.
A la acción que procede de la cosa inanimada y de la energía de los no
vivientes falta aquél carácter de interioridad que nosotros pensamos a priori
vinculado con el concepto de poder. Aquella acción pertenece a aquel complejo
de transformaciones de la energía, que penetra toda la naturaleza inanimada y
forma la unidad dinámica. Cuando
nosotros hablamos de poder, entendemos una actividad que deriva del espacio
íntimo de un ente. Esto es: ello está en encuentro con la vida. Solamente un
viviente puede tener poder, porque solamente en él existe iniciativa. Con
ello intentamos decir que la actuación de la energía no tiene, como adviene en
un proceso químico o en un evento físico, el carácter de una cadena causal que
implica al ente considerado, pero que el acto operativo resulta de una esfera
interna del ente en cuestión. En sentido aproximativo podemos decir que en la planta
existe un tipo de poder, precisamente aquél de crecer, de penetrar en el suelo,
de absorber los elementos nutritivos, de emitir olores, de atraer los insectos
con su perfume, de producir semillas, etcétera. Pero
todo eso revela, sea en su nacer, sea en su desenvolverse, un carácter de
necesidad. Así el elemento de iniciativa se realiza de modo imperfecto. Se
trata de pura causalidad física: sólo que no se cumple, como en las realidades
inanimadas, en una realidad «externa» directamente dada, sino de lo interno
hacia lo externo. En
el animal el momento de la iniciativa se realiza a un nivel más perfecto. Él se
mueve de un lugar a otro; persigue, atrapa a la presa, la consume; construye
habitaciones, como cavernas o nidos; elabora instrumentos que le sirven a
determinados propósitos, como la telaraña de la araña, etcétera. El
impulso a hablar de poder es aquí mucho más vivo que en el caso de la planta.
La iniciativa brota de un nivel interno «más profundo», orientado por
determinados instintos y órganos perceptivos. Sea por la cualidad, sea por la
gradación, dicha iniciativa tiene posibilidades incomparablemente mayores, las
cuales son tan grandes que el observador está siempre tentado a hablar de
inteligencia y de finalidad consciente. Todavía no podemos aún hablar
propiamente de verdadero poder, porque esta iniciativa del animal, en su primer
surgir, como en todo su arco operativo, está dominada por las necesidades de la
propia disposición natural y del propio ambiente. Apenas uno habla de poder en un
animal, estamos ya en el mundo de las fábulas. Esopo y La Fontaine hablan del
animal como si tuviera poder, para explicar con ello ciertos procesos éticos
del hombre. Podemos
hablar de poder en sentido propio solamente donde el momento de la iniciativa alcanza
su pleno significado, precisamente en la libertad, esto es, en el hombre.
Determinan la libertad dos momentos, que se condicionan recíprocamente. El
primero consiste en que el portador del acto, el sujeto, en el acto sea íntimo
a sí mismo, que posea la propia particular energía y en su actualización a sí
mismo. El segundo en esto, que el sujeto en acto se trascienda a sí mismo y por
ello esté en grado de disponer de la propia energía. Las dos cosas juntas se
llaman libertad. Podemos hablar de poder en sentido estricto solamente allí
donde la energía viene actuada en la libertad. Pero solamente el hombre posee
la libertad. Igualmente, la interioridad, de la cual brota la iniciativa,
alcanza su pleno significado sólo en el hombre. Y precisamente aún a través de
dos momentos. El primero es la conciencia: el hombre conoce la propia energía;
dicho más exactamente, él es consciente de sí mismo en la actuación de la
energía. El segundo momento es la finalidad: el ejercicio de la energía se
dirige hacia un propósito y se vale de un medio adaptado para alcanzarlo. La
realidad que porta y permite todo (esto) es el espíritu. Dicho con mayor
precisión, el espíritu, que se posee a sí mismo, es la persona. El poder es un
fenómeno humano. Nosotros aquí prescindimos ya de la cuestión de si son seres
sobrehumanos que ejercen poder, como los ángeles y los demonios, ya de aquella
otra como es la naturaleza del poder del Ser absoluto, es decir, de Dios.
Poder, por tanto, significa la posibilidad existente en la naturaleza del
hombre de pensar, elegir y de realizar acciones que brotan de la propia
iniciativa. Con
esto viene también dicho que para un verdadero ejercicio del poder es necesario
poseer la naturaleza normal y formada del hombre. Un
niño a través del estímulo de su inconsciente, la inmediatez y la ingenuidad de
su deseo, puede producir acciones de gran importancia; pero no ejercita
propiamente poder, sino solamente lo irradia de la propia interioridad. Alude
al futuro del propio poder, pero por ahora lo contiene solamente como en
germen. Un menor puede, con una extraordinaria concentración, querer y realizar
alguna cosa, pero aún no hay verdadero y propio poder, porque donde obra la
constricción psicopatológica no hay libertad y, por tanto, no hay tampoco
verdadera iniciativa. Su hacer es un fenómeno ambiguo: de cualquier manera cae
en el modo de operar del animal, sin que el sujeto sea realmente un animal. De
aquí lo inquietante y al mismo tiempo trágica impresión de su existencia. Al
fenómeno del poder, y por tanto de la libertad, pertenece la capacidad, aún la
inevitabilidad, de tener que responder de sí y de la propia iniciativa. Aquí la
iniciativa operante no tiene solamente el carácter de causa, sino de autora. Lo
que ocurre, ocurre solamente porque el sujeto lo quiere. Así al verdadero
concepto de poder se vincula directamente el de responsabilidad. La
verdadera realidad del poder es ya radicalmente un relevante fenómeno ético.
Nietzsche ha erigido la «inocencia del hacer» como supremo valor: el completo
hacer humano alcanza un carácter de necesidad que está, más allá del bien y del
mal, desvinculada de toda valoración ética. Tal pensamiento es altamente
contradictorio porque busca llevar el estado de la persona a la pura necesidad
del ser natural. Es el malentendido del non posse peccare [no poder pecar] del
hombre perfecto, el cual nace de la completa unión de la voluntad con la gracia
de la vida eterna: de la naturaleza del santo. O bien, del carácter de plena
espontaneidad que a la ocasión se nota en el modo de hacer de un hombre
felizmente dotado. 2.
El análisis llevado hasta aquí ha respondido a la pregunta de a cuál sujeto es
exacta la acción que amerita el nombre de poder. La
respuesta fue dada: es el hombre. Solamente el hombre, no precisamente el
concepto de hombre se toma en su pleno significado, puede tener y ejercitar
poder. Ahora debemos de buscar de qué género sea la energía que está a
disposición del hombre. Las
energías del mundo inanimado son radicalmente y unívocamente determinadas. Se
trata siempre de energías de naturaleza: gravitacional, eléctrica, etcétera.
Esas operan juntas y juntas producen aquel todo, aquel efecto total, que se
llama «mundo».El individuo animal es ya un entramado de diversos tipos de
energía. Desde la naturaleza específica del animal en cuestión están
determinadas sus necesidades, su ambiente. Cada especie animal tiene relación
con una determinada parte de la totalidad del mundo, emerge de ella y opera en
ella. A
la esencia del hombre pertenece la totalidad del encuentro con el mundo.
Naturalmente el hombre singular, y así, también, en grado cada vez mayor, un
grupo social, la población de un país, son el hombre –o la población- de una
bien definida época histórica. Pero ello solamente hasta un cierto punto,
porque el hombre tiene la posibilidad de trascender los propios límites
primariamente dados. O personalmente, a través de la experiencia, el estudio,
el ejercicio, etcétera, o bien a través del prolongarse de una generación en la
otra, de una fase histórica en otra. De aquí que la historia, sea individual,
sea general, puede ser definida como la ampliación continua de relaciones que
el hombre tiene con el mundo. El hombre es, en su forma (Gestalt) individual,
la analogía potencial de la totalidad del mundo (microcosmos). Las
diversas energías del mundo se repiten en el hombre. Pero asumen en él un nuevo
carácter, porque entran en el espacio de la libertad. Con lo cual pierden
aquellos vínculos a través de los cuales son incorporadas en el mundo
no-humano, adquieren una nueva movilidad; pueden crecer hasta una intensidad y
una extensión del campo operativo no calculables a priori. Por otro lado,
pierden aquella seguridad, que es propia de los vínculos naturales de las
leyes. En
el espacio de la libertad humana, la energía deviene en poder. Pero
precisamente por esto llega a ser también hasta un cierto grado arbitraria.
Como poder, la energía se vuelve posibilidad de poseer, de dominar, de plasmar,
de crecer, pero también posibilidad de errar, de excederse, de destruir. La
historia está caracterizada por esta realidad de hecho. Ella es el conjunto
orgánico de los acontecimientos que el hombre cumple con las energías del
mundo, transformadas libres en él. 3.
Para aclarar mejor esta realidad de hecho en su totalidad, caractericemos con
mayor precisión sus elementos. En
el mundo humano aparecen sobre todo las energías químico-físicas. Éstas están
constituidas por su masa, por la estructura de su sistema óseo y de su
músculos, por sus posibilidades motoras, por sus órganos sensitivos, etcétera.
Aquello que ocurre en los no-vivientes, en la planta, en el animal, se repite
en el hombre. La
medida y la extensión de tales energías están en primera instancia limitadas.
En comparación a ciertos fenómenos naturales, como temporales, tempestades,
procesos volcánicos, energías de ríos y del mar, etcétera, el hombre es débil,
expuesto al peligro de la destrucción. Del mismo modo, respecto de muchos
animales, él es indefenso. Pero puede reforzar sus fuerzas inmediatas,
haciéndose de los instrumentos en base al conocimiento de las leyes
físico-químicas. Mientras
el instrumento permanece inscrito en el contexto directo de los movimientos del
cuerpo y de las capacidades operativas, la máquina, por el contrario, se
desvincula de ese contexto. Aquélla se enseñorea de una energía natural y
dirige la acción hacia determinados fines. Produce así, a través de un ciclo de
funciones autónomas, aquello que el hombre con la fuerza de su solo cuerpo no
quiere o no puede producir. Diversas
máquinas con propósitos tal vez especializados vienen a operar en un complejo
orgánico en el cual una prepara o continúa la acción de la otra. Así, resultan
los grandes y complicados organismos que llamamos fábrica, sistemas de fábricas
o, tomadas en su sentido complejo, industria de un país. Finalmente
en la automatización la cadena de acciones está a tal punto calculada que el
hombre tiene solamente la tarea del control: el trabajo se desarrolla por sí
solo. Estos
mecanismos técnicos pueden objetivarse cada vez más y constituir un complejo
siempre más amplio. Pero en su esencia todo esto permanece inscrito en la
existencia del hombre. Con ello las energías químico-físicas de la naturaleza
vienen inscritas en su poder y determinadas por su libertad. Otro
tipo de poder es el social. Los individuos humanos están vinculados entre ellos
por diversos tipos de dependencia: nacimiento, educación, defensa, división del
trabajo, mutua asistencia, etcétera. Cada una condiciona una parte del poder de
quien depende un determinado resultado. En el conjunto del todo social se
forman así campos cada vez más vastos de ejercicio de poder, con relativos
centros, como empresas, direcciones de varios géneros, hasta culminar, en
última instancia, en las diversas formas de dominio político. Algo
análogo ocurre en las relaciones económicas. Quien tiene bienes de quien otro
tiene necesidad, ejerce con ello un poder sobre él. Este poder se articula en
las innumerables formas de producción y distribución de bienes, los cuales se
concentran igualmente en puntos de absorción, de extensión y de importancia
creciente. El
hombre posee poder psicológico. El cual está presente en la acción que un
afecto, una pasión, un deseo ejerce directamente sobre otro hombre. Alegría,
luto, entusiasmo, desaliento, cólera, resolución, operan por sí mismos sobre
otros hombres, provocando los mismos sentimientos o sus contrarios. Una
acción particularmente fuerte viene ejercida por el instinto sexual, desde el
deseo físico hasta el Eros más sublime. Ello solicita en el otro la respuesta:
consentir o resistir. Un
nuevo carácter asume la energía psíquica en las diversas formas de la
sugestión. Aquí el agente, con la concentración de su voluntad, con la elección
y la formación de los motivos y de las representaciones útiles al propósito,
incrementa, disminuye, guía la iniciativa del hombre sobre el cual se dirige,
subordinándola a su voluntad. La energía de esta influencia puede asumir grados
y formas muy diversas, como lo muestra, entre otras cosas, la propaganda, la
publicidad, la incidencia de la opinión pública, etcétera. En el caso de la
sugestión perfecta, esto es, en la hipnosis, el hombre sometido viene
completamente inscrito en el ámbito sentimental y volitivo del agente y
reducido a un órgano de su voluntad. El
hombre posee lo que llamamos el poder de la personalidad. Un fenómeno muy
complejo, que abarca diversos elementos: por un lado, características
corporales, como fisonomía vigorosa, determinadas formas de comportamiento y
del movimiento del cuerpo, etcétera; por otro lado, elementos psicológicos:
como fuertes sentimientos, energía y decisión de voluntad, claridad de
concepción de la vida, etcétera. Debemos
decir la misma cosa de lo que podríamos denominar intensidad del ser. El término
«ser» es un verbo; indica el acto fundamental por el cual el hombre realmente
es, se afirma como realidad y se impone a la conciencia del otro. También él
ejerce actividad, hace que el otro, también si inferior, se someta, apruebe la
particular dirección de la voluntad, deje caer los impulsos opuestos, etcétera. El
hombre opera a través de momentos espirituales. A través de la verdad
reconocida y expresada en la palabra: tanto más fuerte, cuanto más clara es la
conciencia, cuanto más justa y convincente (es) la palabra. Esto opera con la
fuerza motriz de las ideas tanto más intensamente, cuanto más puntualmente
éstas muestran la situación espiritual o psicológica de quien escucha; cuanto
más están «a tiempo» llamadas por las condiciones de emergencia; cuanto mejor
se inscriben en la corriente de la historia. Él
(el hombre) obra con ejemplaridad, en cuanto realiza en sí mismo aquello que es
útil, bueno, noble, lo que ennoblece la vida, etcétera. Los ejemplos del obrar
honesto y de comportamiento noble, rectamente cultivados y correspondientes a
las instancias del tiempo; pero también viceversa, aquellos del hacer
disolvente y destructor ejercen un poder inmenso. La influencia educativa se
basa en gran parte sobre este poder; así inmenso es el poder ejercido por los
ejemplos negativos, por las seducciones. Puede
existir un poder «mágico», oscuro en su substancia, pero real. Como existe
necesidad de realidad misteriosa y suprasensible, así existe la capacidad de
mostrar esta necesidad y de satisfacerla o disfrutarla de modo verdadero o
falso. A esta esfera pertenecen también las capacidades parapsíquicas:
clarividencia, telepatía. Surge espontánea la pregunta sobre hasta qué punto
estos fenómenos son verdaderos. Ahora, cuanto más atrás vamos en la historia, tanto
más grande llega a ser la acción de estas capacidades o fuerzas, o sea, el
vínculo que ellas contraen con funciones objetivas de carácter político,
cultural, técnico. La racionalización y mecanización de la existencia parece
atenuarlas o reprimirlas. Por otra parte la extraordinaria difusión de la
superstición muestra que en lugar de los verdaderos fenómenos parapsíquicos
entran fenómenos falsos, como, por ejemplo, en el ámbito de la astrología. Existe,
en fin, el poder religioso. El cual radica en la intensidad de la experiencia
religiosa experimentada; en la capacidad de expresar en palabras la esfera
numinosa, de representarla en símbolos o de hacer resaltar sociológicamente
estos símbolos. Además, se funda sobre la ejemplaridad de quien siente la religión
en profundidad; sobre la autenticidad y pureza, con la cual él (el hombre)
actúa la propia convicción. Hace
falta, por otra parte, hacer notar también cuánto ha sido envenenada una
religiosidad desviada, falsa e impura; especialmente si se considera la
interferencia o la convertibilidad de los impulsos religiosos con muy diversos
estímulos de carácter social, cultural, patológico, etcétera. Crisis
religiosas, sectas, formas de superstición, muestran la vastedad de tales
poderes, así como los revela el abuso que es posible hacer de una religiosidad
en sí auténtica al servicio de propósitos políticos, económicos, sociológicos. El
poder religioso alcanza su culmen en el fenómeno de la misión religiosa: del
mensaje, del signo, del milagro. 4.
En el ámbito sea natural sea cultural, habría que recordar alguna otra forma de
poder. Siempre se verificaría el hecho fundamental por el cual una determinada
forma de energía entra en el contexto viviente del hombre, y por tanto bajo la
forma determinada de la libertad. Similarmente
haría falta mostrar en qué modo las diversas formas de poder se vinculan, se
transforman la una en la otra, se incrementan, se impiden, y cómo después nace
aquel múltiple e inmenso complejo que llamamos vida humana, cuya objetivación
es la cultura y cuyo movimiento es la historia. La
aspiración al poder forma un impulso fundamental de la naturaleza humana y es
dado con la personalidad. El ejercicio del poder es la realización de la
persona en sentido propio. A
cada hacer humano, de cualquier género que sea, está conectada una adquisición
de poder. Esta adquisición de poder es tan variado cuanto son variadas las
posibilidades en el hombre de llegar a operarlo. El poder opera como impulso en
cada hacer. Si
se impide al hombre la efectuación de la necesidad de poder, la posibilidad de
la autorrealización y de la autoconciencia en la experiencia tomada del poder,
todo ello constituye una causa de decaimiento psíquico. Así, por ejemplo, la
escuela de Adler elaboró toda una teoría de la psicopatología y psicoterapia
sobre la necesidad de poder frustrado al cual se debe buscar una nueva (forma
de) actuación. Por otra parte, la voluntad de poder puede hipertrofiarse en
megalomanía, en violencia, como también puede unirse a otros impulsos y
pervertirlos. 5.
El fenómeno del poder encuentra un particular complemento en aquello de la
impotencia. Analizado punto por punto se revelaría tan rico cuanto aquello del
poder mismo. Aquí podemos dar solamente algunas indicaciones. Sobre
todo hace falta prestar atención a la impotencia puramente negativa, esto es, a
la simple ausencia de todo lo que más arriba fue indicado como forma de poder.
Dicha ausencia se verifica en aquellos a quienes falta salud o fuerza física,
inteligencia, habilidad, bienes de fortuna, posición social, etcétera. Ella
constituye en primer lugar un estímulo para la voluntad de poder del fuerte, y
para los fenómenos derivados de la violencia, de la astucia. Esta
deficiencia puede también llegar a ser, en quien la sufre, un impulso a
compensarla con el ejercicio, con la agudeza, con la profundidad y la
maduración ética. De ello nace secundariamente una nueva forma de poder: la del
hombre que ha estructurado su vida en una dimensión ético-personal. El
fenómeno se presenta diverso allí donde la impotencia del débil, del que sufre,
del indigente, puede apelar a los sentimientos altruistas, presentes en el
fuerte, en el sano, en el rico. Ello produce en el hombre sensible un inmediato
sentido de obligación, que podemos llamar el «imperativo altruista» y que puede
conducir a grandes muestras de generosidad desinteresada. Así, las debilidades
y las deficiencias humanas, cuanto más grandes son, se transforman en energías
indirectas tanto más decididamente operantes. En
el encuentro de las generaciones entre sí, la debilidad del niño llega a ser un
reclamo que opera directamente sobre los padres, los educadores, sobre los
adultos en general, supuesto naturalmente que éstos sean sensibles al
sentimiento de responsabilidad. Algo análogo ocurre para las personas ancianas.
También aquí la impotencia se transforma en los otros, cuando son sensibles a
ella, en una nueva forma de poder. Una
particular forma de «potente impotencia» nace en orden a los valores elevados
de la persona y de la obra. El hombre, a quien el desinterés, la nobleza, la
elevación de sentimiento impiden ejercer un poder de carácter inmediato, opera
todavía mediante una especie de vínculo moral (verpflichtend) sobre quien es
sensible a aquellos valores. Nace un engagement, y por tanto un poder
secundario, que puede conducir a expresiones elevadas. Aquí
se funda todo lo que podemos llamar «caballería», un inmediato sentimiento de
obligación en el hombre de sentimientos elevados de cara a ciertos valores que
por sí mismos no salen consiguen imponerse. Por ejemplo, él socorrerá a un
hombre noble que está por sucumbir en la lucha de cada día, o bien, luchará por
conservar una bella obra artística o cultural amenazada por intereses
materiales. En
tal contexto vuelve a entrar toda aquella eficacia particular ejercitada por la
ausencia de violencia en la lucha política. Gandhi ha desarmado la potencia
colonial inglesa con el unir al reclamo de libertad de su pueblo la perfecta
renuncia al ejercicio de la fuerza y devuelve todo lo digno de fe con su
personal desinterés, con la renuncia a toda astucia, con su lealtad y con la fe
en el buen derecho de su causa. Con ello él puso a su adversario en un
verdadero y propio estado de constricción, obligándolo a escoger entre la brutalidad
y la dignidad. Pero evidentemente todo esto presupone, al margen de toda la
dureza de los intereses políticos y económicos, el ethos de la cultura
occidental. Este llamado no hubiese tenido efecto, por ejemplo, sobre el cínico
realismo de la política marxista. De
modo similar opera la actitud del mártir religioso que no se defiende, pero
permanece fiel a su fe. También él mete en un largo andar a su adversario en la
situación dilemática entre el ser espiritual y éticamente inferior y la
necesidad de conceder la libertad reclamada. Del mismo modo influye la pobreza
voluntaria que renuncia al poder económico o el perdón que sabe renunciar a la
venganza. La
impotencia, representando los valores que son evidentes en sí mismos y
fundándolos con las elevadas cualidades morales de su defensor, llega a ser una
potencia sobre el otro. Ella lo pone en la situación de comportarse como un
bárbaro, o bien, reconociendo los valores de que andamos hablando, de
comportarse como generoso y ponerse por tanto éticamente sobre el mismo nivel
del impotente. Haría
falta mostrar en particular los presupuestos de carácter psicológico, ético,
histórico-cultural necesarios, a fin que el llamado a la impotencia sea
percibido y seguido. Pero, por otro lado, indicar también cuándo dicho llamado
pierde su fuerza, cuando llega a ser inauténtico, irreal, en el falso sentido
idealista o desfigurado en técnica y astucia. _________________ *
Tomado de la traducción italiana de A. Babolin. Notas [1] Cf. El ensayo del autor, Il Potere,
Morcelliana, Brescia 1954. Fuente:
Atti del XVII Convegno del Centro di Studi Filosofici tra professori
universitari, Gallarate, 1962, en Potere e responsabilità, Brescia,
Morcelliana, 1963, pp. 475-482. [Traducción del italiano, Fidencio Aguilar,
febrero 2004]. Disponible en el sitio "Mundo y persona",
http://www.geocities.com/fidens La
cultura como obra y riesgo * Die
kultur als werk und gefaehrdung Romano
Guardini Señoras
y señores: Observación
previa. Ante
todo, nos pondremos brevemente de acuerdo sobre los conceptos que han de usarse
en estas consideraciones. La
palabra «cultura», que se repetirá constantemente en ellas, debe indicar todo
lo que el hombre hace, conforma y crea. A su vez, «naturaleza» significa lo que
existe sin que el hombre intervenga en ello. Pero
está claro, inmediatamente, que esta naturaleza ya contiene un elemento de lo
cultural. Pues es aquello que el hombre encuentra y comprueba: en cuya imagen
él introduce el requisito previo de su visión y su comprensión. Y si el hombre
mismo puede ser entendido como «naturaleza» en su primera existencia, en su ser
anímico-corporal, tal como resulta de su nacimiento y herencia, esa
«naturaleza» contiene por adelantado el elemento del espíritu y de su libertad,
que no es «naturaleza», sino «historia». Recíprocamente, también todo fenómeno
cultural contiene a su vez un elemento de naturaleza, en cuanto que el hombre
capta y estructura en él un elemento de la naturaleza, que existe sin el
hombre. Por tanto, tenemos que habérnoslas con conceptos aproximativos, que
tienen un significado diversamente proporcionado según la conexión en que se
usen. La
entera existencia humana está atravesada por un movimiento desde la naturaleza
hacia la cultura. Pero este movimiento se percibe de una manera cargada de
contradicciones. Por un lado, todo lo que resulta de él, lleva acentos
positivos de valor. Es la obra del hombre, por cuya decisión y riqueza
valoramos cada época de la historia. Por otro lado, el hombre experimenta ante
ella una intranquilidad que se hace mayor cuanto más alto llega esta obra. Eso
se manifiesta en figuras míticas, como la de un Prometeo, que aparece, sin más,
como el que aporta la cultura, pero sufre un destino que, no sólo es trágico,
sino que tiene carácter de culpabilidad. No habría de ser tampoco original el
concepto de lo prometeico, tan lleno de significado para el hombre de la época
moderna: para los griegos, ciertamente, el que robó el fuego era un desalmado. La
conciencia de que la cultura es ambivalente va aparejada con su propio ser:
parece ser más débil allí donde el hombre, con su trabajo, debe salir de los
peligros naturales que le amenazan. Crece con la seguridad de su posición. Tan
pronto como la cultura llega a ser rica, esa conciencia se condensa en un
ataque contra ella, llamando a «la vuelta a la Naturaleza» —una exigencia que,
naturalmente, no se puede cumplir, porque en la historia no hay marcha atrás. Hoy
ocurre que el hombre toma entre sus manos fuerzas naturales de inconmensurable
grandeza, y las aplica a obras que aún hace poco tiempo sólo podían imaginarse
como utopías. Pero precisamente este hombre también siente una preocupación y
una opresión de conciencia como apenas han existido nunca. El
proceso de creación de la cultura El
núcleo del proceso de que surge la cultura consiste en dos momentos que no
pueden remitirse uno a otro, pero que se condicionan recíprocamente. El
primero es aquel acto en que el hombre se sale del conjunto de la naturaleza y
toma distancia respecto a lo dado naturalmente. Con eso implica algo diferente
que cuando el ave de rapiña se eleva para ver desde lo alto el campo en que se
mueve el animal que es su víctima. Esta distancia sigue estando dentro del
conjunto de la naturaleza; aquélla, en cambio, de que hablamos, verifica el
hecho de que el hombre no se agota en la naturaleza, sino que está en ella y
fuera de ella a la vez. Su lugar ontológico es la frontera de la naturaleza.
Esta situación limítrofe la verifica el hombre en el acto cultural, y en éste
adquiere libertad para una conducta que no le es posible al animal. Su
requisito previo para ello se llama «espíritu». Este da al que está en la
frontera, el punto de apoyo que le hace posible el enfrentamiento. El
segundo momento es ese acto en que el hombre va hacia la naturaleza y la capta.
No anula esa separación de que se hablaba, sino que sólo es posible a partir de
ella. Pues también al dirigirse a la naturaleza, de este modo, ocurre algo
diferente que cuando el águila agarra su presa o reúne el material para su
nido. Este agarrar y captar tiene lugar en la conexión inmediata del
comportamiento natural. Lo que hace el hombre, presupone aquel distanciamiento
que sólo es posible por el espíritu. En
este acto, el hombre considera su objeto, lo comprende, lo valora, le da forma.
El animal no entiende ni valora ni de forma, sino que se orienta, siente lo
beneficioso o perjudicial, y lo toma o lo elude. Tal acción tiene pleno
sentido, pero su sentido no está puesto por el animal, sino que se desarrolla
anónimamente en él, como sentido de la naturaleza. En el hombre, la realización
del sentido procede de iniciativa personal, del conocimiento y la decisión;
cosas posibles solamente porque existe una instancia que crea un
distanciamiento: el espíritu. La
distinción se muestra precisamente en aquello en que la acción del hombre queda
por detrás de la del animal, esto es, en la posibilidad de equivocarse. El
animal no se equivoca, prescindiendo de breves períodos en que es joven y su
función todavía no es segura. Si su acto realmente falla, no hay una
equivocación, sino que eso significa que su órgano tenía un defecto; es una
señal de defectuoso dominio de la vida, que lleva en definitiva a la ruina.
Sólo el hombre puede equivocarse, porque, de manera decisiva, vive desde un
centro que no se agota en su conexión con la naturaleza: el espíritu. Así,
pues, el equivocarse está condicionado espiritualmente, lo mismo que la
conducta recta. Sobre
la base de esta distancia descrita es como se hace posible también la auténtica
proximidad al objeto. El animal está en una relación que nunca le suelta de sí.
Así, no hay en el ni auténtica distancia ni auténtica proximidad. El hombre se
pone ante la cosa en la libertad de la distancia; a partir de ahí puede, con
análoga libertad, adquirir respecto a ella una proximidad de asentimiento, cíe
simpatía y de responsabilidad, que no es posible en el animal. La
realización de estos dos actos puede tener los más diversos grados de claridad
e intensidad. Puede hundirse aparentemente en el proceder natural, como es el
caso en las acciones del afecto o de la costumbre; pero también puede
experimentar esas poderosas elevaciones que vemos en los procesos cimeros de la
cultura. Siempre
forma el núcleo del proceder humano. Existe en cuanto se puede hablar de un
hombre, en sentido estricto. La teoría según la cual hay una línea de evolución
que va atravesando desde el animal más simple hasta el hombre, es una mera
hipótesis; y por cierto, una hipótesis desorientadora, porque suprime lo
decisivo de todos los conceptos que interpretan la existencia. Cómo hay que
suponer realmente el origen del hombre, ya es una cuestión aparte. No parece
poder plantearse desde un punto de vista ni científico-natural, ni filosófico,
sino solo teológicamente. El
carácter existencial de la obra de cultura. Por
lo dicho queda determinado el carácter existencial del acto de cultura y la
obra de cultura. Estos descansan en la libertad en que el hombre observa,
entiende y enjuicia, sitúa sus objetivos y elige los medios para su
realización. Ya la figura más sencilla que traza el hombre primitivo en la
pared de su cueva, parte de una intuición espiritual, que presupone por su
parte la mencionada distancia. Un transcurso continuo lleva desde la pintura
rupestre hasta las más altas creaciones del arte; por el contrario, no hay
tránsito desde las formas más diferenciadas en el reino de los cristales o de
las flores hasta el más sencillo dibujo cavernario- Entre lo uno y lo otro hay
un salto cualitativo que sólo lo da el espíritu. Pero
precisamente por esta peculiaridad, también queda en riesgo en seguida la obra
de cultura. La acción del animal está asegurada a la vez por la necesidad
natural que la liga. Las exigencias de su crecimiento y de su conservación
propia se expresan en instintos que dan orientación a su proceder y le trazan
límites. La libertad, por el contrario, en que el hombre sale de la conexión de
la naturaleza, le pone en peligro. Cierto es que tiene instintos, y más
poderosos cuanto más cercano está a la naturaleza: impulsos de orientación, de
aviso, de moderación, etc. Pero en todo caso están en el campo de su libertad,
constantemente influidos y equivocados por ella. Cuanto más poderosamente se
despliega la libertad, en el transcurso de la historia, más inseguro se hace el
instinto. Más
aún: en el hombre pueden entrar varios instintos en oposición entre sí, y eso
ocurre más cuanto más progresa la evolución cultural; pensemos, por ejemplo, en
la tendencia ai placer que se impone, aun a pesar de las admoniciones de la
tendencia a la conservación propia. De aquí surge un desorden que tiene un
carácter diferente al de esa inseguridad que indica que un animal degenera.
Sólo se puede comprender porque la vida del hombre se realiza desde un centro
de libertad, de tal modo que él puede sobrellevar un desorden que al animal le
aniquilaría. La
posibilidad de equivocarse, pues, es esencial al hombre porque éste es libre.
Se le puede definir, incluso, como aquel ser que se puede equivocar, porque
también en libertad puede elegir lo justo. La
esencia de la cultura lleva aparejada la posibilidad de malentender la conexión
de causa y efecto; de dar falsas formas al material; de fallar en las
ordenaciones. De aquí resultan todos esos fenómenos de obra cultural
inadecuada, de que está llena la historia. Pero estos retroactúan sobre la
existencia del hombre y le ponen en peligro a él mismo: con modos de vida
falsos, con los efectos en lo necesario, con desorden social, etc. Por
tanto, el peligro de la cultura proviene del mismo centro de que surge la
posibilidad de la cultura. Las
épocas de la historia Si
lanzamos desde aquí una mirada hada la historia, creo que podemos delimitar
tres épocas de carácter diverso y longitud muy desigual. En
el comienzo está la cultura primitiva. Esto es, aquella que la ciencia deduce
de los vestigios que se han conservado, pero que también se puede encontrar en
esos pueblos que llamamos primitivos. También
aquí está presente y operante el elemento de la libertad. Aun el artilugio más
sencillo y el ornamento más escueto lo contienen. Pero en ese grado actúan
también numerosos y poderosos elementos conservadores: el individuo se
encuentra en estrechas estructuras de conjuntos sociológicos; las tradiciones
tienen gran poder; la vida está encauzada por todas partes en lo
religioso-mágico; los mismos procesos vitales se desarrollan en formas
rítmico-simbólicas; elementos todos ellos que aseguran el fluir de la vida y
dan ocasión al observador de usar la designación de «pueblos naturales». Esta
designación, ciertamente, es falsa en su misma base, pues entonces los grupos
humanos considerados quedarían en el mismo orden que una colonia animal. Pero
tiene razón en cuanto que el acto de salir de la naturaleza sólo llega hasta un
límite cercano, y en cambio, la conexión con la naturaleza es muy estrecha y
operante. Eso da a la vida del hombre primitivo su carácter de «naturalidad» y
cobijo, que muchas veces parece tan envidiable a los hombres posteriores. La
segunda época la vamos a designar, de modo provisional, como humana,
reservándonos todavía la crítica de esta palabra. La cuestión de cuándo
empieza, no la podemos examinar aquí. En todo caso, alcanza desde el comienzo
de una conciencia histórica propiamente dicha, hasta esa irrupción de la
ciencia natural y la técnica que se prepara en el curso de la Edad Moderna, y
se cumple en el comienzo del siglo XIX. El
intervalo, pues, es muy largo. Se subdivide de los más diversos modos: según
pueblos y países, niveles históricos, caracteres de estilo, etc. Pero a pesar
de toda distinción, le domina un carácter penetrante: el que nos da la
sensación de que el hombre entonces es más, él mismo que en nuestra época.
Todavía, en las formas más diferenciadas de la satisfacción de las necesidades,
de la ordenación social, del conocimiento y del arte, es más armónico y más
próximo a la naturaleza de cuanto lo somos nosotros, y nos vamos haciendo más
cada vez. Este
carácter parece proceder de una determinada proporción que se mantiene entre,
por un lado, la distancia a la naturaleza, con la libertad de acción de ella
emanada, y, por otro lado, la proximidad a esa misma naturaleza, con la
seguridad por ella producida. El hombre, aquí, se aleja de la Naturaleza sólo
en cuanto siente aún por todas partes sus ordenaciones; su acción está
constantemente delimitada por las sensaciones de lo peligroso y lo que hay que
rehuir. Pero
por lo que toca a sus mismas actividades de cultura, están asumidas
esencialmente por la acción inmediata de los sentidos, así como por la mano y
el instrumento. Luego
se pierde esta proporción, y empieza una tercera época: ésta en que estamos. La
ciencia y la técnica permiten un modo de disponer de la naturaleza, que no
parece, por su fundamento, tener límite ninguno. Las indicaciones y avisos de
la sensación inmediata se debilitan. La libertad pasa a ser antojo. Se
han distinguido diversas etapas en este proceso. Ante todo, la liberación y
dominio del vapor y la electricidad, con que quedaron disponibles energías en
una medida antes desconocida. Luego, el descubrimiento de los materiales
artificiales, que ha independizado el planteamiento de los objetivos técnicos
respecto a las disponibilidades de la naturaleza, enseñando a ajustar en cada
ocasión el material a su objetivo. Luego, la automación, que transforma el
estado y proceso de la producción en una máquina cerrada que se mueve por sí
sola. La física y la ingeniería de la energía atómica, por fin, ensanchan hasta
perderse de vista el campo de la libre determinación de objetivos y de su
realización. No
se puede decir si esta época puede ser sucedida por otra, y cómo. Ha de
considerarse la posibilidad de que sus elementos negativos, de que se va a
hablar en seguida, lleven a un fin degenerativo o catastrófico, o bien que se
logre ver algo más que una utopía en la idea de una situación de perfección. La
separación de la base natural El
tema de estas consideraciones nos presenta ante todo la cuestión de en qué
forma el hombre queda separado de su base natural por esta evolución. Como
respuesta, enumeraré algunos fenómenos. Pero su sucesión no va a ser completa
ni tampoco a formar un conjunto desarrollado lógicamente. El
hombre de las épocas precedentes estaba condicionado por los datos inmediatos
de la naturaleza, de sus materias, de sus formas y sucesos. Según se los
encontraba y captaba, ellos le concedían el material para su obra; determinaban
la dirección en que tenía que moverse y trazaban las fronteras de su alcance.
El fenómeno fundamental de la acción cultural era el instrumento, su formación
y manejo. Los sentidos y la mano eran lo que lo movían. Luego, la ciencia de
carácter matemático penetró cada vez con más decisión, a través de lo
inmediatamente dado, hacia lo elemental. La técnica empezó a construir a partir
de esto los esquemas de sus objetivos. Apareció la máquina y se desarrolló con
creciente perfección. Entonces
pierden importancia los sentidos y la mano. El hombre pasa más allá de los
datos inmediatos de la naturaleza, entrando en relación con lo elemental. Crea
un mundo de formas intermedias; de signos, de cálculo, de aparatos, y cada vez
vive más sumergido en él. Ese mundo no es natural, sino artificial. No subsiste
por sí, no se mueve por tendencias naturales, sino que debe ser constantemente
producido y mantenido en marcha por el hombre. Por tanto, el hombre no se puede
confiar a ese mundo, sino que constantemente debe preocuparse por él, y cada
vez es más fuertemente requerido por él. Se
forma una situación de creciente arbitrio —y también ciertamente, de creciente
esfuerzo—. Una sensación que antes pertenecía a la utopía, ahora determina cada
vez con más fuerza al hombre que vive con realismo: puede plantear sus
objetivos a su gusto, y está en condiciones de preparar en cada ocasión los
medios necesarios para su realización. Pero con ello pierde el reposo que daba
la marcha de la naturaleza al hombre inserto en ella. Los datos inmediatos de
esta naturaleza pierden su significación de límite, pero también de seguridad;
el hombre cada vez está más esforzado y en riesgo. De
todo eso surge la pregunta: ¿qué se hace de él mismo, de este modo? ¿Mantiene
su acción propia? El mundo de los mecanismos ¿no le obliga a una existencia que
a la larga no puede realizar?, ¿crecerá él también, conforme a su ser, a la
altura de su obra, que se despliega cada vez más rápida, o se hundirá bajo
ella? Otro
fenómeno: Si se compara la disposición básica de nuestra época con la de las
anteriores, parece que en ésta el sentimiento se hace más débil. Con ello no se
alude a ninguna distinción como, por ejemplo, la que se establece entre la
época del Sturm und Drang y la de la Ilustración; sino más bien a un
enfriamiento de la vida del sentimiento y del corazón, que se extiende por
todas partes y cada vez en mayor medida: en la relación con la naturaleza, con las
demás personas, con el destino, con los valores espirituales, etc. Resulta
obvio que este proceso va unido a la estructura técnico-racional de la época,
como también con la multiplicidad de las personas y acontecimientos. Se
puede caracterizar con optimismo a esta época, y entonces se dice que el hombre
moderno es objetivo. Los impulsos y obstáculos del sentimiento no harían más
que estorbar en la situación actual; por tanto, hay que hacer que se
replieguen. Pero si se piensa qué papel desempeñan en la economía interior la
movilidad espiritual, el sentirse arrebatado y el experimentar las cosas; cómo
forman la manera en que el hombre participa inmediatamente de la existencia; el
lastre existencial que mantiene en su curso su movimiento vital... entonces uno
se siente preocupado. En la misma medida en que se hace más capaz de movimiento
y eficacia, por el intelecto y los mecanismos, se superficializa el proceso
vital. Sus raíces se aflojan. Se convierte en un ser que se pone en juego a
capricho... Se piensa en el mito de Anteo, el hijo de la Tierra, que no podía
ser vencido mientras tocara a su madre. Entonces Hércules le elevó y le ahogó
en el aire. En
relación con esto se encuentra la creciente pérdida de contacto entre persona y
persona. Los educadores y los médicos observan que el hombre moderno está cada
vez más aislado. Ello representa algo completamente diverso que el
individualismo de principios del siglo XIX. Para éste, el despliegue de su
índole propia era algo absolutamente positivo; el individuo, aun tan acentuado,
encontraba fácilmente su enlace con otras personas; véase su evolucionada
cultura del trato social, de la amistad, del eras, de las relaciones de
autoridad, etc. El aislamiento de que hablamos es algo diverso. Forma el
reverso de la masa, en que los individuos, innumerables individuos, están
solitarios. Pues lo que da comunidad, no es la adición de muchos individuos,
sino la conexión viviente del esquema orgánico de la totalidad. La «masa» es la
gran cifra de individuos pobres en contactos; y que, par su misma pobreza
debelación, se dejan reunir fácilmente y a capricho. La misa es, así, lo que
posibilita la organización, mejor dicho, lo que la requiere. Y también,
recíprocamente: las diversas formas de organización de índole profesional, social
y política, están interesadas en que los contactos naturales no tengan ninguna
gran fuerza enlazadora y constructiva, porque ahí echa raíz el individuo y se
hace capaz de resistencia. La tendencia totalitaria —que, queramos reconocerlo
o no, atraviesa nuestro mundo entero— presupone el individuo sin contactos, la
«pólvora humana». Como causa y efecto a la vez encontramos aquí la disolución
de la familia, la debilitación del matrimonio, el aflojamiento de la relación
entre padres e hijos. El
hecho de que la esfera de lo privado quede cada vez más destruida, prolonga el
fenómeno. Cada vez se percibe menos que tanto los individuos como las familias
deben tener la posibilidad de vivir en sí y para sí. Una publicidad universal
de la vida se encuentra en vías de realización. La prensa, la radio, la
televisión, el espíritu y la técnica de la información; todo ello forma aquí
también efecto y causa a la vez. No
se puede abarcar con la mirada qué es lo que se arruina con esto. Por todas
partes s e mete la publicidad en el dominio privado; por todas partes se saca
fuera lo que debería permanecer resguardado. Con ello no aludimos a nada
sentimental: la preocupación se refiere a la permanencia en salud de la raíz
vital. Una publicidad que vaya más allá de cierta medida no puede ser
provechosa para la existencia humana, tal como es. La existencia se transforma
en publicidad, y el problema es qué clase de persona surge de esto. En todo
caso, se puede decir que se estandardiza y que cada vez será menos capaz de oponer
resistencia a las tendencias totalitarias. Ello
significa nada fundamentalmente nuevo. Aumenta algo que está dado desde el
principio. Pero ese aumento se realiza en una medida y con una acuidad que hace
entrar en una fase crítica eso que se llama cultura. Cultura
«humana» y no-humana El
carácter de la cultura que resulta de las presuposiciones expuestas, produce
una fuerte impresión a los que tengan las raíces de su formación aun antes de
la segunda guerra mundial, y sobre todo, de la primera; tan fuerte, que se
sienten inclinados a designar la época anterior como «humana». Así se ha hecho
ya también al comenzar nuestras consideraciones. Pero ahora debemos examinar
con más exactitud el uso de esa palabra. «Humano»,
«humanista», es «del hombre»; alude aquí, por tanto, amanera auténtica de ser
hombre, en contraposición a una manera artificial y adquirida. Con eso, la
expresión también contiene el juicio de que la fase cultural actual, de que
hablamos, ya no sea realmente adecuada a la esencia del hombre. Quien
siente que con esta época se hunden valores y ordenaciones con que ha crecido,
tiene, naturalmente, el derecho personal de reaccionar. Pero en cuanto se trata
de obtener un punto de vista desde el cual sea posible un juicio válido, tanto
histórico como filosófico, ese derecho se transforma en injusticia. Pues
entonces el concepto de hombre se equipara a determinadas fases y maneras del
proceder humano —y en parte, por influjo de la educación humanística. Pero eso
es falso, porque «lo del hombre» no coincide en absoluto con «lo humano» en
sentido de «humanista». Aun quien se sale más allá de las proporciones
anteriores, hacia el ámbito de lo arbitrario, es también hombre. Quizá
deberíamos decir incluso que realiza lo humano de un modo valiente y grande
—aunque, ciertamente, también muy peligroso. No
se puede colocar lo humano en una fase histórica; así como tampoco en un pueblo
o país determinados. Más aún, ni siquiera se puede fijar el enlace con la
tierra, pues el hombre está referido al conjunto del mundo, a diferencia del
animal, que en cada ocasión está referido a un determinado mundo circundante.
Bien es verdad que él también tiene su mundo circundante en cada ocasión, y que
está muy ligado por él, bajo ciertas circunstancias; pero estos enlaces son
sólo relativos. Pueden romperse por los individuos, así como por grupos
sociales o movimientos históricos. De ello es un síntoma el peculiar interés
por las relaciones en el ámbito mundial, que hoy se manifiesta. En
la época que tenemos por delante, y que no sabemos en qué destino desembocará,
el hombre realiza una nueva forma de su humanidad. Tanto más claramente debe
darse cuenta de que para eso no basta tomar a su servicio nuevas energías, o,
en la dimensión de la distancia, meterse en nuevos ámbitos de la tierra o del
universo: también tiene que desarrollar para ello una nueva ética que lo
sostenga. Pero no hemos de hacernos ilusiones: de semejante ética no se puede
hablar por ahora. Observando con más aguda atención, ciertamente, se descubren
conatos; pero en el más ancho campo histórico, todavía no está operando. Lo que
se encuentra hasta ahora, en casos propicios, es un hombre que está como es
debido en las estructuras antiguas y que experimenta constantemente el
conflicto de no arreglárselas éticamente con las nuevas medidas, tareas y
riesgos; en casos desfavorables, un hombre en quien se desmorona la antigua
actitud, pero sin que haya otra nueva, estando su acción meramente animada por
la tendencia hacia el conocimiento, el gusto de la experimentación, y el afán
de ventaja y poderío. La expresión más aguda de esta situación la constituye
esa radical falta de conciencia que se ha mostrado abiertamente en los
acontecimientos políticos de los últimos decenios. Ocasión
y riesgo de nuestra época El
sentido de una época cultural no reside en definitiva en que en ella el hombre
logre un bienestar cada vez más alto y un dominio de la naturaleza cada vez
mayor, sino en producir la forma de la existencia y de la actitud ética humana
que exige la historia en cada ocasión. El
mundo existe dos veces. Ante todo, como dado sencillamente, como naturaleza;
pero además como encomendado, esto es, como síntesis de Io que surge de
encuentro del hombre con la naturaleza; es decir, de que el hombre la vea, la
comprenda, la perciba en su valor, domine; sus problemas éticos y la conforme
en una totalidad en que se haga patente una determinada posibilidad humana. El
requisito para esta conformación del mundo que ahora tiende a realizarse, es la
enorme libertad que hoy le está dada al hombre. Pero esa libertad va
insolublemente unida a un peligro igualmente enorme. Es un símbolo el que los
logros y descubrimientos más fecundos de la nueva época se hayan desarrollado y
sigan desarrollándose, en gran parte, en conexión con la guerra. Sin esta
conexión, hubieran tomado otro camino la física y la técnica nucleares. Las
ocasiones de la más osada edificación y de la destrucción hasta el cimiento,
nunca habían estado tan estrechamente unidas en la conciencia común como hoy. La
cultura no es una imagen objetivista, que permanezca en sí, atenida a las
cosas, sino que, a la vez y en todo lugar, es una imagen existencial, esto es,
el mundo donde existe el hombre que la produce y que vive en ella. Así pues, la
medida con que se mide no es sólo la cuestión de qué consigue, sino también qué
se hace del hombre en ella. Esto no sólo vale para la ordenación económica y la
institución del bienestar, sino también para el Estado, el arte, e incluso la
ciencia. Lo olvidamos fácilmente. La idea, propia de la Edad Moderna, de la autonomía
de los dominios de la cultura, nos ha cegado para importantes relaciones. La
cuestión es tanto más apremiante, cuanto el devenir de las formas de la cultura
se realiza más rápidamente. Aquí, la imagen acostumbrada de un movimiento que
aumenta de valor, tal como se expresa en el concepto de evolución, queda
atravesada por otra imagen: la de un desvío hacia un camino que se hunde. A la
primera imagen pertenecen los optimismos, las doctrinas del progreso y el
futuro glorioso; a la segunda, la sensación de que las cosas no van de acuerdo
y todo tiende a una catástrofe. Y es bueno detenerse a observar actualmente que
no son los espíritus más profundos los que se declaran por la imagen optimista. Mediante
el trabajo de la cultura, el hombre se defiende de los peligros de la
naturaleza y se apodera de esta para sus finalidades. Eso significa que cada
vez adquiere mayor poder. Pero el poder no es en sí un valor. Su valor sólo se
define por la pregunta: ¿Poder para qué? Pero el que observe con profundidad tiene
la impresión de que la cuestión no se contesta claramente: más aún, ni siquiera
se plantea de veras. Se adquiere así la incómoda sensación de que ese poder, en
el fondo, ya no está regido por el hombre, sino que cada vez asume más
claramente el papel de un mero productor o transformador de energía: de que el
hombre ya no es su sujeto real, sino tránsito para una corriente anónima de
opiniones, inventos, construcciones. Más aún, no se puede dejar de pensar que
el hombre actual, en el fondo, está de acuerdo con ese papel: incluso, que se
encuentra a gusto en él, porque le descarga de responsabilidad... Ello se
muestra en dos conceptos que adquieren importancia de medida. El primero es el
de «proceso». Con él, el hombre se ve, a sí mismo y su acción, bajo la imagen
de un acontecer, en que cada fase surge por necesidad de la anterior... El
segundo concepto, en cambio, es el de «progreso», que trata de dar sentido al
concepto de «proceso», al decir que éste tiende con seguridad a lo mejor. Es
decir, que cuanto más intensa y prolongadamente esté en marcha, más rica, más
libre y digna del hombre se hará la existencia... Esta
entera concepción puede asumir diversos caracteres. Por ejemplo, el
individualismo liberal es de la opinión de que el elemento eficaz es la espontaneidad
del individuo. Cuanto más confiadamente se desarrolle éste, más fecundo será
para todos el resultado. Por el contrario, el totalitarismo afirma que el
autentico motor es una necesidad que actúa en el conjunto de la historia,
expresándose canónicamente en el Estado. Cuanto más plenamente tenga éste la
iniciativa, con mayor seguridad se dirigirá la historia hacia el bien común. En
buena parte, estas ideas son secularización de la doctrina cristiana de la
Providencia: Han tomado en gran medida el carácter de motivaciones
indemostradas, mejor dicho, inconscientes; con lo cual su fuerza es mayor. Pero
oí no me equivoco, empieza a abrirse paso la comprensión de que esas ideas son
falsas. Ante todo, desde el punto de vista de la propia obra objetiva de
cultura. Cuando se desprende de ella una línea única —por ejemplo, la de un
determinado problema técnico, o de un método terapéutico— se hace evidente un
claro tránsito hacia lo mejor. Pero si se toma la cultura en su conjunto; si se
observa cómo cada uno de sus momentos pasa a influir en cada uno de los demás,
se ve que la ganancia en un aspecto se paga con la pérdida en otro. Queda así
sin respuesta la pregunta de si esa totalidad se mueve hacia lo mejor o lo
peor. Aún
más problemática se hace la cuestión en cuanto se pregunta qué se hace del
hombre con esto. Entonces, por ejemplo, se ve que la especialización que todo
lo invade sofoca la personalidad; pero cuando se alcanza una cierta
universalidad, no aparece una auténtica integridad, sino un diletantismo; y que
el perfeccionamiento de los mecanismos y montajes objetivos debilita el
organismo vivo; pero que los movimientos de retorno a la naturaleza hacen un
efecto extraño. Más aún, se ve cómo, en contraposición a la preocupación por el
hombre, se presenta la teoría del «cortocircuito», de que la ciencia no tiene
que preocuparse en absoluto de valores, sino sólo investigar, indiferente a lo
que salga de ello; que el arte existe meramente para sí, y no le importa su
influjo en los hombres; que las estructuras de la técnica son obras del
super-hombre, y viven por derecho propio; que la política realiza el poder del
Estado y no tiene que inquietarse por la dignidad ni por la felicidad vital del
hombre, etcétera. Las
ideas antes expuestas son, en el fondo, intentos de justificar la profunda
anarquía que reina en la labor cultural. Esta —por lo visto— puede tener lugar
mientras haya todavía terreno neutral y reservas sin utilizar. Pero nuestra
situación se ha hecho tan apretada, y las energías puestas en juego han crecido
de tal modo, que el individualismo, patentemente, toca a su fin; pero el
totalitarismo, a pesar de su momentánea coyuntura favorable, llega igualmente a
su fondo. Qué
debe acontecer Todo
ello significa: Ya no se trata de inventar algo mejor en esta o aquella
relación, o en organizar adecuadamente el entretejimiento de los procesos. El
conjunto de la existencia, la vida y la obra del hombre, debe ser visto, de
nuevo, situándose bajo las medidas adecuadas y ordenándose con arreglo a su
esencia. Ahora,
ustedes apenas esperarán que la conclusión de una conferencia les aporte,
"en este sentido, algo digno de tomarse en serio. Sólo puedo dar
indicaciones, por experiencias personales, y, eso significa que limitadas. Pero
estas —permítanme hablar con toda claridad— indican que el hombre actual no
está en condiciones de semejante modo nuevo de ver, de valorar y de ordenar. No
es capaz de volver a tomar en su poder las potencias culturales que se quedan
sin dueño. Para
que se hiciera capaz de ello, habría que crear condiciones previas que quedan
al margen de la especialización. El centro de la conciencia cultural debe
colocarse más profundamente en el interior, para que puedan cumplirse de modo nuevo
esos ac: >s elementales del proceder cultural, de que se hablaba. El hombre
responsable debe hacerse capaz de ver cuanto acontece desde tas medidas que le
independizan de las costumbres mentales recibidas; y partiendo de este modo de
ver, salir del caos cultural en que vivimos, para entrar en esa libertad que ha
crecido para él. Querría
expresar lo indicado con dos conceptos que causan escándalo; o así lo espero,
pues todo lo que realmente mueve, hace saltar la costumbre y provocar por lo
pronto una actitud defensiva. Por
un lado: Nuestra vida cultural requiere un elemento contemplativo o meditativo;
que se ha perdido en el transcurso del último siglo, por evolución cada vez más
rápida de los pueblos occidentales hacia lo racionalista y activista. Por eso
han quedado inermes ante la lógica propia de los problemas científicos y
técnicos. La
palabra «contemplativo» no tiene aquí nada que ver con el misticismo, sino que
es tan realista como práctica. Quiere decir que en la vida del hombre actual
—especialmente de aquel que tiene la responsabilidad y ejerce la decisión— debe
insertarse algo que puede ser descrito del siguiente modo: en el debe formarse
una auténtica interioridad, que pueda oponerse a las tendencias
superficializadoras y dispersoras de la época. El núcleo personal debe
experimentar una consolidación que, partiendo en cada caso de la conciencia de
verdad, le haga capaz de establecer una posición, que sea más fuerte que las
consignas y la propaganda. Así, el acto de salir —no sólo de la naturaleza,
sino también del mundo circundante; de la situación de la época y de la
sociedad; de convenciones y tradiciones de toda especie— adquirirá la capacidad
de resistir realmente y prevalecer. Aquí hay que recordar que las convenciones
del modo de enjuiciar pueden ser más tenaces en las cosas del espíritu que en
las cosas de la sociedad. Se pondrá en situación de ver como por primera vez lo
que ocurre, de enjuiciarlo correctamente y de penetrar con la mirada las
pseudo-obviedades que por todas partes se consolidan como congeladas. No
se trata, pues, de una actitud específicamente religiosa, sino que algo que
pertenece a la vida conjunta del hombre; si quieren ustedes, se trata de
«meditación cultural». Las opiniones y acciones culturales, para la mayoría,
discurren sólo en aquel terreno de objetos de que se trate: la ciencia, la
técnica, la economía, la política, etcétera. Están determinadas por el
principio de la economía de fuerzas y por tanto se mantienen lo más posible en
las acostumbradas vías de sentido; del mismo modo que sólo son algunas
potencias objetivamente determinadas, entre el conjunto anímico, las que entran
en acción: intelecto, pensamiento finalista, construcción técnica y
organización económica. Los dominios más profundos, la convivencia humana en
los problemas, la seriedad de la persona y su responsabilidad, quedan en lo
posible puestos entre paréntesis, lo cual se suele justificar cerno
«objetividad». Por la meditación entraría el hombre entero en la consideración,
así como se pondría ante su mirada todo el conjunto de sentido de lo
considerado. Por
ejemplo, así podría meditar si es cierto, entonces, que los procesos
científicos, técnicos y políticos forman un proceso que discurre con necesidad,
y que por tanto deben ir cerno van. Y en esto cabría darse cuenta de que aquí
se ha deslizado, en toda clase de enmascaramientos, el elemento
pseudo-religioso del fatum, del hado, ejerciendo su influjo sin discusión.
Podría el hombre preguntar en una auténtica entrada en sí: ¿Es cierto eso, entonces?
¿Existe ese «proceso», cuya idea domina abiertamente el pensamiento marxista, y
ocultamente el pensamiento no-marxista? Y podría ocurrir que, al principio
algunos individuos, y luego cada vez más hombres, reconocieran: ¡en efecto, no
es verdad! Si, por ejemplo, el hombre considerara desde ahí la relación en que
han ido a quedar los trabajos de la física nuclear respecto a los motivos y
métodos de la guerra, entonces vería que no subsiste en absoluto esa
«obligación» ominosa; que estaban abiertas auténticas posibilidades de otra
especie; que desde diversos lados, incluido el del científico, se ha caído en
una auténtica culpa, de amplias consecuencias, que luego se recubrió con el
dogma de la necesidad político-militar. O
bien: podría plantearse la cuestión de si realmente el «bienestar» es el valor
superior en la construcción interna de la entidad del Estado. El hombre de la
época moderna asiente a esa opinión; pero ¿e cierta? ¿Cierta, incluso cuando se
muestra que el bienestar ascendente sólo puede ser alcanzado mediante un
mecanismo de leyes y autoridades, de controles y obligaciones, que debilitan la
autonomía y sepultan la seriedad de su responsabilidad vital? Podría
presentarse la cuestión aparentemente antisocial de si no sería mejor menos
bienestar y más responsabilidad propia, en vez de un nivel de vida en elevación
y una constante pérdida de responsabilidad propia. Una auténtica reflexión que
evite el hechizo de lo habitual y penetre hasta la esencia de las cosas, podría
también abrir los ojos sobre esto. Una persona convencida de este sentido
podría oponerse a la rastrera totalitarización de la vida, que se cumple por
todas partes mediante el aparato estatal; en el individuo siempre está
justificado por puntos de vista excelentes, pero a la larga cambia el carácter
de la res publica, que, en efecto, debe ser una ordenación de personas bajo las
medidas de la libertad y responsabilidad. Sería
una cuestión aparte considerar de qué modo podría aprenderse y ejercerse
semejante meditación de las cosas culturales, sin que se convirtiera en
misterios esotéricos o en artificiosidades reformistas. Ocuparse de esto sería
una tarea muy seria de la educación de las personas mayores. Ante todo,
ocuparse de que no volviera a surgir en ese territorio nuevo una ocupación:
ciclos de conferencias, «semanas» de discusión, libros, folletos y artículos,
en que al nuevo hallazgo se le daría la vuelta convirtiéndolo en
sensacionalismo; sino que se meditara en serio la cuestión de cómo se llega a
la comprensión; auténtica, que no sólo produzca cosas intelectualmente
correctas, sino que entre a lo esencial y cree una seriedad que sea más que
mera objetividad. El
segundo concepto está estrechamente unido con lo expuesto: el de la ascética.
Esta se ha vuelto un horror para el hombre de cultura de nuestro tiempo:
expresión de una enemistad a la vida que viene de lo metafísico o incluso de lo
hierático. En realidad aquí también se ha perdido algo, y el hombre moderno se
ha debilitado con eso. El hombre de hoy y de mañana tiene que habérselas con
energías de dimensiones enormes. Está expuesto a riesgos que llegan hasta el
fondo. Pero su situación no se puede dominar con una actitud relativista de
espíritu. Esta produce una índole humana que sólo es dura en los planteamientos
de problemas científicos y técnicos, pero que es blanda en su actitud personal.
En ella resulta variable la distinción entre razón y sinrazón; la relación
entre lo útil y el respeto al hombre; la ordenación de rango de lo esencial y
de lo casual; y así sucesivamente. El hombre queda inerme ante las tendencias
del acontecer cultural, y oculta su debilidad tras la idea de la inevitabilidad
de los procesos. El
hombre debe volver a establecer posiciones absolutas; hacerse otra vez capaz de
formar un auténtico juicio en las cosas de la vida cultural, y mantenerlo en
pie; de adoptar una actitud y hacerla prevalecer luchando. Esto no ocurre por
sí sólo, sino que los actos que lo produzcan deben ser desarrollados; pero
aquello que lo consigue es precisamente la ascesis; una disciplina de sí mismo,
que limite la desmesura de las exigencias de la vida, y que ponga medida al
desenfreno del consumo y el placer, rompiendo la dictadura de la ambición y el
afán de ganancia; y todo ello, no por enemistad a la vida, sino por deseo de
una vida más libre y valiosa. Sin
exponernos a la sospecha del engrandecimiento de nosotros mismos, hemos de
decir que en nuestra época hay posibilidades totalmente nuevas de grandeza en
la actuación y en el ser. Pero «grandeza» no es nada cuantitativo, sino asunto
de valor interior; asunto de la libertad y del estilo. Pero la grandeza nunca
ha surgido de la transigencia a la inclinación. Pero
luego la idea del ascetismo penetra más hondo, y se despiertan preguntas que
probablemente al oyente moderno le sonarán a muy reaccionarias. Por ejemplo:
¿todo conocimiento adquirido debe hacerse igualmente accesible a todos? Una
regla de la actividad científica moderna lo dice así, pero ¿tiene razón? ¿No se
enmascara en ella el optimismo racionalista, según el cual la verdad científica
es siempre para bien? Un físico de nuestro tiempo ha dicho que empezamos a
sospechar que la línea del conocimiento científico no tiene por fuerza que
coincidir con la de la prosperidad humana: ¿no surgen de aquí problemas de la
sabiduría? Dándose cuenta de que todo conocimiento tiene consecuencias, ¿no se
debe dar tiempo a los hombres para ponerse a la altura del conocimiento
obtenido hasta cada instante?, ¿y no es muy diferente que un pensamiento sea
pensado por un espíritu entrenado en la ciencia, o por el contrario, que se
lance tal pensamiento a la publicidad, produciendo consecuencias de muy diversa
índole? Todo eso, sin embargo, presupone la capacidad de callar; y esto quiere
decir, llegado el caso, de renunciar a la prioridad, al prestigio, a la
ganancia. La
opinión común entiende que la sucesión precipitada de los descubrimientos e
invenciones técnicas es simplemente una ganancia. ¿No podría una reflexión más
profunda penetrar la falta de verdad de esta opinión? Las novedades técnicas
deben ser re e-laboradas en términos humanos; pero para eso hace falta tiempo.
¿No es, pues, frívolo —para evitar otra calificación más dura—, realizar una
novedad tras otra? ¿No hay, al lado de la economía de lo material, también otra
de lo humano? ¿No hemos capitulado simplemente ante las coerciones técnicas de
los problemas, dejando que corean sueltas la invención y la construcción? En
referencia a la construcción de las armas atómicas, se ha hablado de la
«tentación de lo técnico»: una expresión feliz para la fuerza que parte de la
posibilidad de hacer que algo funcione. El libro de Robert Jungk sobre la vida
de los investigadores atómicos habla en forma muy intranquilizadora de cómo la
conciencia ha cedido ante esta tentación, cubriéndose luego su rendición con
las palabras «progreso», «necesidad militar», «valor futuro para la utilización
pacífica», etcétera. Ese libro es un primer ensayo: habría de continuarse del
modo más intenso. Tales
cuestiones señalan los auténticos problemas éticos de nuestro tiempo. Son más
importantes, y, por estar ocultas, más operantes que muchas cuestiones de
índole social o económica que ya han encontrado sus palabras y sus terrenos de
discusión. Pero su solución no depende, en lo más profundo, de consideraciones
intelectuales, sino de actitudes de carácter, que evidentemente no existen
todavía: de la capacidad de penetrar y abarcar con la mirada, de juzgar y
ordenar, de tener prudencia y moderación, todo lo cual puede ser obtenido
solamente por una renuncia interior que se llama precisamente «ascesis». Sé
lo que se puede replicar. Es un juego de niños dejar en ridículo lo dicho; yo
diría: más fácil, cuanto más superficial sea uno. En realidad, estas
consideraciones son realistas en el más alto sentido, pues parten de la
preocupación por esa realidad que en definitiva lo sustenta todo: el hombre y
su integridad personal. ¿De qué sirve toda la técnica, si el hombre se hace
cada vez más pobre en sustancia humana, y cada vez más débil en su libertad? Aquí
también se sitúan las decisiones históricas últimas. Ninguna resolución de la
OTAN, ningún control internacional será eficaz, ni pasará más allá del estadio
de las astucias diplomáticas, si no se crean aquí los presupuestos para una
eficiencia auténtica. Empezamos
a mirar a la India con esperanza vacilante. ¿Nos preguntarnos si no entra ahí
quizá un nuevo factor en la política mundial que podría representar algo más
que simplemente un nuevo centro de intereses y otra técnica de acción? ¿No se
ha formado allí una actitud que empezó con Gandhi, ridiculizado como loco, pero
que en realidad cimentó la libertad de la India? Lo nuevo consistiría en que
los hombres tomaran posesión de toda la ciencia y la técnica, pero pensaran y
actuaran con una humanidad más completa de lo que es la humanidad de este superficializado
y azuzado mundo occidental —y del oriental, en cuanto que reúne ideas
occidentales con un desprecio asiático por el hombre. Así,
habría mucho que decir todavía. Pero yo debo concluir, dejándoles lo que
ustedes quieran sacar de estas ideas. ______________ *
Traducción de José María Valverde. Fuente:
Romano Guardini, La Cultura como obra y riesgo, Ediciones Guadarrama, Madrid,
1960. Naturaleza
y creación Extraído
de Mundo y Persona (Welt und Person) * Romano
Guardini I.
Naturaleza, sujeto y cultura ¿Cómo
percibe el hombre el ser del mundo en que vive? ¿De qué manera existe? ¿Con qué
conceptos se expresa esta manera de existir del mundo? Ya
a finales de la Edad Media, pero, sobre todo, en el Renacimiento surge una
palabra que va a ir adquiriendo cada vez mayor significación: la naturaleza.
Con ella se designa la totalidad de las cosas, todo lo que es. O, expresado más
exactamente, todo lo que es antes de que el hombre ponga la mano en ello. Es
decir, los cuerpos celestes, la tierra, el paisaje con sus plantas y sus
animales, pero también el hombre mismo, siempre que se entienda como realidad
anímico-orgánica. Este todo se experimenta como algo profundo, poderoso y
magnífico, como una plenitud de vivencia a nuestra disposición y a la vez, también,
como cometido para el conocimiento, la aprehensión y la conformación. La
intensidad en el valor de la palabra muestra qué profundos desplazamientos del
sentido vital y de la relación cósmica se expresan en ella. El
concepto de naturaleza es un concepto objetivo que significa aquello que se
ofrece al pensar y al obrar; a la vez, empero, es también un concepto
axiológico y significa una norma válida para este pensar y este obrar: lo sano
y exacto, lo sabio y perfecto, en suma, «lo natural». Frente a ello tenemos lo
no-natural, lo artificioso, desviado, enfermizo, pervertido. De este criterio
axiológico se derivan modelos de la existencia natural; el hombre tal como debe
ser, la sociedad y la forma política natural, la educación fecunda, el arte
noble, y tantos otros, modelos que se significan, por ejemplo, con el concepto
del «honnête homme» de los siglos XVI y XVII, del hombre «natural», de
Rousseau, de la vida racional de la Ilustración y de lo naturalmente bello en
la Ilustración y en el clasicismo. El
concepto de «naturaleza» expresa algo último. Detrás de él no puede apelarse a
nada. Tan pronto como se deduce algo de él, este algo se ha entendido
definitivamente; tan pronto como se ha fundamentado algo como natural, este
algo está justificado; tan pronto como se tiene conciencia de que algo es
conforme a la naturaleza, desaparece el problema. Con ello no quiere decirse
que la naturaleza pueda entenderse en su totalidad y en i su último sentido. Al
contrario, la naturaleza es sentida como, algo tan rico y profundo, que el
pensamiento no llega con ella a ningún último término. La naturaleza es
creadora y no puede apresarse en ningún sistema; es misteriosa y «no se deja
despojar de su velo». Y es misteriosa, no en el sentido de que sus problemas
sean harto complicados, sino por principio: la naturaleza lleva en sí el
carácter misterioso del comienzo y del fin, del sustrato primario, de lo
esencialmente impenetrable. Justamente por ello representa también lo último
sobre lo que puede preguntarse. En tanto que da una respuesta, esta respuesta
es definitiva, porque es «natural», es decir, evidente, y porque, proveniente
de la naturaleza, constituye una respuesta desde los fundamentos primarios. En
la vivencia de la naturaleza desemboca otra vivencia, la de la Antigüedad
clásica. Para el sentir del Renacimiento, que, desde este momento, va a
penetrar toda la Edad Moderna, la Antigüedad clásica no es una época entre
otras y, por tanto, condicionada como todas las demás, sino que reviste
carácter normativo. La Antigüedad clásica representa la expresión del hombre
tal como éste debe ser. La humanidad y el sentimiento existencial, el idioma y
el arte, la forma política y social del mundo clásico griego y romano se
sienten como interpretación válida de la existencia verdaderamente natural. El
concepto de lo clásico significa en último término lo mismo que el de lo
natural; sólo que entendido como conformación histórica. La cultura clásica es
la cultura «natural», y la vivencia de la naturaleza se justifica por una vivencia
cultural de rango máximo. Desde
aquí el problema religioso se plantea de nueva manera. Muy pronto ya se
muestran dos posibilidades de respuesta. La primera encuentra en la naturaleza
misma una profundidad numinosa, y surge así la idea de la naturaleza
misteriosa, creadora del todo, sagrada: de la naturaleza-Dios. Así en Giordano
Bruno, Spinoza, Goethe, Hölderlin, Schelling. La naturaleza se entiende ella
misma como el hecho primario religioso y la relación con ella como la raíz de
la religiosidad. Lo natural es, a la vez, lo sagrado y religioso, lo no-natural
o antinatural, lo impío sin más [1] ... O bien el sentimiento religioso
experimenta una especie de inversión y se convierte en una intolerancia
religiosa y oculta, que considera lo inmediatamente dado de las cosas como lo
único esencial, y el sentido para los hechos y la fidelidad a la realidad como
lo único exacto; así, sobre todo, en la corriente positivista que va a correr a
todo lo largo de la Edad Moderna. En
tanto que el hombre es una realidad anímico-corporal, pertenece él mismo a la
naturaleza; en tanto, empero, que la considera, la investiga, la aprehende, la
conforma, se sitúa frente a ella. Que se trata de un verdadero enfrentamiento
se ve claramente en el concepto admonitorio de lo no-natural. Lo no-natural
sólo puede darse porque el hombre no se inserta en la conexión natural
inmediata. En lo no-natural el hombre se desprende de esta conexión, la
precipita en una crisis, y tiene como cometido el reconstruirla por el
conocimiento, la acción y la creación. De la experiencia de este enfrentamiento
surge una segunda forma fundamental de interpretación de la existencia: la del
sujeto. El
concepto no se encuentra en la Edad Media como no se encuentra tampoco en ella
el de la naturaleza. Es verdad que se sabe de la naturaleza como realidad y
también como norma. También el hombre medieval ve las cosas, el orden de su
estructura, la regularidad de su comportamiento, y llega así a la idea de una
última unidad. Además, al pensamiento medieval se incorpora el concepto griego,
especialmente el aristotélico, de naturaleza y lo elabora en todas sus
direcciones. Este concepto no tiene, empero, el carácter que antes hemos
descrito, sino que se convierte, más bien, en un medio para interpretar la
creación de las cosas por Dios. De igual manera, también el pensamiento
medieval sabe del sujeto como la unidad del existir individual, como el soporte
de los actos espirituales y como el punto de imputación de la responsabilidad.
Este concepto, no obstante, tiene algo de desinteresado, de serena objetividad,
que se manifiesta ya en la manera con que el individuo retrocede detrás de las
conexiones de la existencia. Este carácter se modifica en el ocaso de la Edad
Media y, sobre todo, en el Renacimiento. En esta época va a imponerse una
vivencia del sujeto que determinará toda la época subsiguiente. El hombre se
siente, de una nueva manera, como algo importante e interesante. El hombre
extraordinario, genial, sobre todo, gana una importancia no sentida nunca en la
Edad Media. El hecho de que el Renacimiento abunde en personalidades originales
y de grandes dimensiones no es suficiente para justificar la impresión que
causa su tipo humano. También la Edad Media fue sustentada por hombres
extraordinarios, combatientes, soberanos, creadores y personalidades
religiosas; pero sólo después de aquel giro histórico logra el hombre
excepcional aquel acento que va a prestarle un carácter tan singular. Sólo
ahora va a convertirse en algo importante para sí y para toda la época. Lo
personal va a convertirse en un nuevo criterio y, contemplado claramente en las
grandes personalidades, va a determinar el ámbito total de la vida. Surge
así un nuevo sentimiento de lo humano, un interés por su variedad, un juicio
acerca de su autenticidad y originariedad. De igual manera que la naturaleza
aparece como lo primero, detrás de lo cual no podía retrocederse, así también
la personalidad. La gran personalidad, sobre todo, lleva en sí la ley de su
existencia, quiere ser entendida desde sí misma y justifica su obrar con su
propia fuerza creadora. Lo que de ella surge auténticamente reviste carácter de
validez. Descubierto en hombres excepcionales, el mismo criterio se aplica al
hombre en absoluto, el cual se convierte así en un principio tan válido como la
naturaleza. La existencia adecuada consiste en que el hombre viva y actúe desde
el fundamento primario de su personalidad. Frente al ethos de lo bueno
objetivamente y de la verdad, aparece el de la autenticidad y veracidad. Lo
determinado hasta ahora partiendo de la originariedad del ser vivo, recibe su
expresión formal en el concepto de «sujeto». El sujeto es el soporte de los
actos revestidos de validez y la unidad de las categorías que determinan esta
validez. Su definición más clara se encontrará en la filosofía de Kant. Como
sujeto lógico, ético, estético, esta filosofía piensa un dato último, soporte
del mundo del espíritu. Detrás de él no puede retrocederse, porque todo intento
de retroceso sólo puede realizarse con las categorías de esta misma
subjetividad. El «sujeto» constituye la expresión lógica de la «personalidad»,
y ambas representan diversas formas de la naturaleza-hombre enfrentada con la
naturaleza-cosa. Con una pasión que apunta ya a una trasposición en el sentido
existencial, se confiere al sujeto lógico, ético y estético el carácter de la
autonomía. «Autonomía» significa el «descansar' sobre sí mismo», el carácter de
comienzo y la validez primaria del sujeto; la misma pretensión, por tanto, que,
aplicada al ámbito vital-creador, es expresada por el concepto de personalidad,
y, aplicada al ámbito objetivo de las cosas, es expresada por el concepto de
naturaleza. Tan
pronto como algo puede ser deducido de la personalidad o del sujeto, este algo
ha sido entendido definitivamente. Quien ha superado, de una manera u otra, la
Edad Moderna y se entrega a la lectura, por ejemplo, de las obras de Immanuel
Kant, hace una experiencia singular. ¿En virtud de qué, el hecho de que el
sistema hunda sus raíces en la subjetividad, aunque sea «trascendental», es
garantía suficiente de la posibilidad del conocimiento, del juicio moral, etc.?
En el sentimiento, empero, de que esto es así radica precisamente lo «nuevo»,
algo que el lector imaginado no puede aceptar sin más, una vez que ha traspuesto
la línea decisiva. Para el pensamiento de la Edad Moderna, un acto de
conocimiento o un juicio moral se convierten en realmente válidos por el hecho
de descansar en la autonomía del sujeto; un fenómeno que se corresponde con lo
que más arriba dijimos sobre el conocimiento desde la naturaleza y sobre el
criterio axiológico de la naturalidad. Con ello no se afirma que el sujeto
mismo fuera plenamente cognoscible; el mismo Kant, por ejemplo, sitúa en la ley
moral interior toda la profundidad del misterio, un misterio que,
característicamente, es relacionado por él con la impresión numinosa del cielo
estrellado, es decir, con la naturaleza. La personalidad y el sujeto son, en
principio, tan poco comprensibles como la naturaleza, pero lo que se comprende
desde la personalidad y desde el sujeto está comprendido válidamente. Un
retroceso al ámbito metafísico es tan imposible partiendo de la personalidad y
del sujeto, como partiendo de la naturaleza. También la personalidad se
prolonga en el campo religioso, y el genio es sentido como algo numinoso. El
poeta, el artista, el hombre de acción, aparecen como algo misterioso, y existe
la tendencia a ponerlos en relación con la idea de los dioses. El nuevo
concepto de la fama expresa la irradiación suprahumana que, procedente de las
grandes personalidades, sigue iluminando la historia. La subjetividad se pone
en relación con el espíritu universal a través del «sujeto en general», y se
convierte en su expresión directa. El pensamiento recibe desde aquí un carácter
religioso, y éste se vierte en la idea de la «ciencia», prestándole una
significación hasta entonces desconocida. Naturaleza
y sujeto —designando también con esta palabra la personalidad— se enfrentan la
una al otro como hechos últimos. La existencia está dada como naturaleza y como
sujeto, detrás de los cuales no se puede retroceder. Entre ambos surge el mundo
de las acciones y de las obras humanas. Este mundo descansa sobre aquellos dos
polos, encuentra en ellos su presuposición, es caracterizado por ellos, pero,
de otro lado, posee frente a ellos una independencia singular. Es un mundo que
se determina por un tercer concepto, peculiar también de la Edad Moderna: el
concepto de «cultura». La
Edad Media poseyó una cultura del más alto valor. Tendió al conocimiento y
construyó en sus «Sumas» un alto universo de evidencias. Creó obras grandiosas,
realizó acciones arrojadas y conformó órdenes de la convivencia humana de
última validez. Todo ello se realizó, empero, en una actitud que, si hubiera
tenido conciencia de sí, se hubiera entendido a sí misma como una contribución
al acabamiento de la obra universal divina. El hombre se esforzaba en realizar
la obra, pero no en reflexionar sobre esta obra, y ello porque lo que le
interesaba era lo que había que crear, y no él mismo como creador. También aquí
cambian las cosas con la Edad Moderna. La obra humana recibe una nueva
significación, y una nueva significación también el hombre como su productor.
La obra humana se incorpora el sentido que antes había alentado en la obra
divina del mundo. El mundo pierde su carácter de creación y se convierte en
«naturaleza»; la obra humana pierde la actitud de servicio determinado por la
obediencia a Dios y se convierte en «creación»; el hombre mismo, que había sido
antes adorador y servidor, se convierte en «creador». Todo ello se expresa en
la palabra «cultura». También en ella anida una pretensión de autonomía. El
hombre pone mano en la existencia para conformarla de acuerdo con su propia
voluntad. Al ver al mundo como naturaleza, se lo quita a Dios de las manos y lo
hace descansar sobre sí mismo. Al entenderse como personalidad y sujeto, se
emancipa del poder de Dios y se convierte en señor de su propia existencia. En
su voluntad de cultura se dispone a construir el mundo, no en obediencia frente
a Dios, sino como obra propia. Y, efectivamente, la constitución del concepto
de cultura coincide con la fundamentación de la ciencia moderna, de la que, a
su vez, va a salir la técnica. Esta última, empero, constituye la suma de todos
aquellos medios y procedimientos por los cuales el hombre se libera de las
barreras de las conexiones orgánicas, en cuya virtud se hace capaz de
proponerse fines a su arbitrio y de conformar de nuevo lo dado. Lo que en esta
voluntad alienta se pone de manifiesto en la doctrina de la autonomía de la
cultura, la cual va liberando progresivamente la ciencia, la política, la
economía, el arte, la pedagogía, de las vinculaciones de la fe, y no sólo de la
fe, sino también de toda ética obligante, y haciéndolas reposar sobre sí
mismas. También esta cultura adquiere carácter religioso. En ella se revela el
secreto creador de la existencia, sea que se le conciba como fundamento
primario de la naturaleza o como potencia de la personalidad o como espíritu
universal. También la cultura aparece como algo último, que garantiza al hombre
el sentido de la existencia: «Quien tiene arte y ciencia, tiene también
religión». La
estructura psicológica o la situación en la historia del espíritu determinan
cómo se relacionan recíprocamente los hechos primarios de la naturaleza, del
sujeto y, entre ambos, de la cultura. Puede situarse el centro de gravedad en
la naturaleza y entenderse al sujeto como su órgano; así, por ejemplo, en la
filosofía de la naturaleza del Renacimiento y del romanticismo. En este caso la
cultura aparece también como emanación de la naturaleza, como su
autoconstrucción, trascendente a ella misma y hecha posible por el eslabón
intermedio del sujeto reflexivo. O bien el centro de gravedad se desplaza al
yo, y la naturaleza aparece como una masa caótica de posibilidades, de las que
el sujeto, conformando autónomamente, hace surgir el mundo de la cultura, tal
como ocurre en la filosofía de Kant. O bien, finalmente, pueden considerarse la
naturaleza y el sujeto como pilares equivalentes de la relación, sobre los
cuales, como sucede en Hegel, tiene lugar el acontecimiento supranatural y
suprapersonal del devenir de la cultura. También
el campo de la religión experimenta una interpretación diversa. Lo divino se
inserta en la naturaleza y se equipara con su profundidad creadora; o se sitúa
en el interior de la personalidad, en el ánimo, en la genialidad y aparece como
su fuente misteriosa; o se ve en él el principio espiritual y creador de la
existencia que se despliega en el proceso de la creación cultural... La
relación puede también construirse, sin embargo, sobre la base de la
separación, tal como lo hacen el deísmo y el racionalismo. En este caso, «Dios»
queda situado a tal distancia del mundo, que no puede afectar ni a la
naturaleza o al sujeto en su autonomía, ni a la obra de la creación cultural en
su desarrollo propio... Una última posibilidad consiste, finalmente, en tener
al ámbito de lo religioso por peligroso para la libertad y pureza del mundo,
eliminándolo totalmente. Es lo que tratan de hacer el positivismo y el
materialismo en sus diversas formas. A
la pregunta formulada al principio, de en qué forma es él existente, la
conciencia de la Edad Moderna contesta diciendo: como naturaleza, como sujeto y
como cultura. La estructura de estos momentos significa un algo último, tras el
cual no puede retrocederse; un algo autónomo que no necesita ninguna
fundamentación y que no consiente tampoco ninguna norma sobre sí. Esta
respuesta proviene de la época, entendida como una totalidad, y no depende, por
ello del individuo. Expresa una actitud total en la que nace inserto el
individuo y con la que éste tiene que enfrentarse polémicamente. Como forma
perceptiva preliminar y como patrimonio común, esta actitud actúa, de una u otra
forma, en la conciencia de cada individuo, incluso cuando éste la contradice. Bajo
su influjo se encuentra también la manera en que son experimentados, recibidos
y convertidos en contenidos del obrar la realidad religiosa, Dios y su reino.
Este influjo puede destruir toda relación positiva con la revelación, pero
actúa también allí donde se mantiene la fe. Este influjo actúa en el pensar y
en el sentir del creyente, y produce las específicas dificultades religiosas de
la Edad Moderna, que pueden condensarse en la siguiente pregunta; si el mundo
es realmente tal como lo hemos expuesto, ¿pueden ser la Iglesia, la Encarnación
divina, la revelación y, finalmente, puede ser el Dios sacrosanto personal, que
es presuposición de todo ello? II.
El ser creado del mundo No
es fácil adoptar una actitud adecuada respecto a esta situación y a estas
concepciones, ya que no sólo se trata de algo muy complicado, sino, además, de
algo determinado por puntos de vista que se limitan y se oponen recíprocamente. Ante
todo, habría que preguntarse qué hay de exacto en las ideas de naturaleza,
sujeto y cultura que acabamos de exponer. La forma directa con que la Edad
Media vio la realidad absoluta de Dios y la vida eterna prometida, como lo
propiamente verdadero, amenazó —en principio, e independientemente de la
intensísima plenitud de vida y de creación— con desvalorizar lo finito y
temporal. Lo finito aparecía sólo como el reflejo inapropiado de lo absoluto y
el tiempo como el preludio inesencial de la eternidad. Se sentía tan
intensamente el carácter simbólico de la creación, que no se atribuyó a ésta
suficiente realidad. A partir de finales de la Edad Media la fuerza de lo
religioso se hizo cada vez más débil. El ímpetu hacia la trascendencia, que se
había impuesto antes en todos los puntos de la existencia, cede ahora. La
atmósfera religiosa que antes había abarcado todo, la corriente religiosa
inmediatamente sentida, que había abarcado todo, la corriente religiosa
inmediatamente sentida, que había penetrado todo, se volatiliza ahora. Para
emplear una expresión ya acuñada, el mundo «se desencanta». La realidad finita
se destaca de una nueva manera: en su dureza y su urgencia, en su plenitud de
sentido y su carácter valioso. Lo finito como tal penetra en la conciencia y
con él la significación de lo creado. Esta significación puede, en efecto,
disolverse de diversas maneras; de un lado, ocultando el hecho de su carácter
creado y haciendo del mundo un algo absoluto; de otro lado, empero, también,
viendo tan inmediatamente en lo religioso-absoluto lo propiamente verdadero,
que lo finito pierde su plenitud de realidad y de sentido. Justamente esta
plenitud es la que ahora se impone al sentimiento, formula sus preguntas y
señala sus cometidos. Todo
ello se expresa en los conceptos de que hemos hablado, y en este sentido éstos
tienen su justificación. La verdad sigue siendo siempre la verdad, sea cual sea
el precio que haya que pagar por ella. Ahora bien, lo que la conciencia de la
Edad Moderna percibió frente a la Edad Media era realmente verdad; la realidad
auténtica, plena de sentido, sugeridora de obras, del ser finito. Pese a toda
la admiración por la grandeza, unidad e intimidad de la visión medieval del
mundo, no hay que olvidar que llevaba en sí por doquiera una especie de
corto-circuito religioso. Se sentía tan intensamente lo absoluto, que lo finito
no se destacaba en su significación propia. Las preguntas por la esencia del
mundo no estaban más que parcialmente bien formuladas, y las respuestas no eran
dadas realmente más que en parte. La estructura audaz y piadosa de la
existencia medieval sólo pudo surgir y pervivir, porque la vista estaba, a
menudo, cegada para la realidad de las cosas, porque el corazón se hallaba
protegido frente a las posibilidades del mundo, y porque las decisiones se
desplazaban al ámbito de la vida ético-religiosa. El hombre medieval rezaba a
Dios y obedecía a la autoridad que el Señor del mundo había colocado aquí. Con
ello rendía pleitesía a la última verdad, pero ignoraba, a menudo, la
penúltima; también ésta, empero, es verdad y no debe quedar aplastada por la
fuerza de la otra. Las respuestas del hombre medieval a las preguntas por la
esencia del mundo eran, por eso, a menudo, todavía precríticas y representaban
una estilización mítica, legendaria y artística de ese mismo mundo. Como el
mundo, de otra parte, no aparecía a la mirada del hombre medieval como lo que
en realidad es, la fe de éste no llegó a sufrir la verdadera prueba. En
los conceptos de naturaleza, sujeto y cultura se expresa aquel deber que la
Edad Moderna ha descubierto y hecho suyo; el deber de sinceridad y el de hacer
justicia a las cosas. La Edad Moderna se decidió a tomar al mundo como realidad
y a no restarle nada de ella por el tránsito directo a lo absoluto. Se percató
de que este mundo le está dado al hombre de una manera a la vez grandiosa y
terrible, y se dispuso a entender como cometido religioso el sentido de esta
responsabilidad, en lugar de paliarla por un retroceso al ámbito de lo
religioso. La ciencia moderna con su carácter implacable, la técnica con su
precisión y audacia, el espíritu tan específicamente moderno de conquista del
mundo, de planificación y conformación, todo ello representan auténticos
progresos. No en el sentido superficial, de que la época caracterizada por
estos rasgos sea, sin más, mejor que la antecedente.-Hablar aquí de «mejor» o
«peor» es algo muy problemático, aparte de que toda ganancia en un punto se
paga con pérdida en otro, y de que hoy, en que la Edad Moderna se acerca a su
fin, vemos cada vez con mayor agudeza cuánto ha costado el tránsito a ella. Lo
que justifica una época histórica respecto a las demás no es que sea mejor,
sino que está a la altura del tiempo. En tanto que reviste este carácter es
buena y representa un progreso. Los conceptos de que estamos tratando expresan
ese algo nuevo a la altura de su tiempo. Quizá hay que decir incluso, que
también lo que hay de falso en ellos se halla en conexión, de una u otra
manera, con las realizaciones vitales y creadoras de la Edad Moderna. Para
producir una obra semejante de conocimiento, de dominio y de conformación, tal
como efectivamente la ha llevado a cabo la Edad Moderna, quizá fuera necesario,
en alguna manera, un giro tan apasionado hacia el mundo. Y,
sin embargo, toda la estructura de los conceptos naturaleza, sujeto y cultura,
tal como nos la brinda la conciencia de la Edad Moderna, se halla en profunda
contradicción con el cristianismo. Y no sólo porque los nuevos cometidos que
hemos descrito se han perseguido con una exclusividad que tenía que destruir la
totalidad de la existencia, sino porque lo verdadero en aquellos conceptos
estaba dominado por una reflexión sobre la existencia que estaba dirigida
contra el sentido de la revelación. Sobre
todo, contra aquella proposición que sustenta toda la Sagrada Escritura; que el
mundo ha sido creado. Para
que esta proposición reciba, sin embargo, su plena significación, es preciso,
primero, dar al concepto de creación divina su puro sentido. La expresión, en
efecto, ha experimentado un cambio de significación, pero contiene todavía
restos de sentido y movimientos emocionales que ocultan este cambio. Cuando en
el siglo XIX habla de «creación», resuena en la palabra la significación
bíblica; a lo que, sin embargo, se alude con ella, en realidad, es al proceso
creador de la naturaleza, la cual, a su vez, no es creada, sino que descansa
eternamente en sí misma y se desenvuelve por sí misma; o bien se alude al
proceso creador de las grandes personalidades, que llevan en sí su forma y su
ley, y que producen su obra por una fuerza propia primaria. A este cambio de
significación conducen una serie de estadios intermedios que podrían ponerse de
manifiesto por una investigación detallada del idioma filosófico, literario y
religioso. Incluso cuando el creyente en la Biblia habla de la creación, es muy
problemático el sentido en que piensa este proceso creador. De ordinario no
tendrá conciencia precisa de él, sino que lo hará retroceder como algo
misterioso a un comienzo infinitamente lejano. Siempre, empero, que tenga que
pensarlo realmente —al leer, por ejemplo, el Génesis o al hacerse presente el
primero de los Artículos de la Fe— se representará probablemente el proceso
creador divino como la actuación de una causa inconmensurable, de una especie
más o menos semejante al modelo de las causas naturales; es decir, como una
prolongación hasta lo absoluto de los fenómenos de la naturaleza. Su concepto
de Dios está influido por el concepto de naturaleza, y tiende a pensar a Dios
como aquella instancia que hace que la naturaleza sea lo que es; como a una
«naturaleza absoluta», por así decirlo. El concepto de naturaleza actúa como
una categoría que da forma a todos los pensamientos; el sentimiento de la
naturaleza, como una actitud inconsciente pero decisiva que imprime una
dirección determinada a la comprensión del Génesis, de los Salmos, de las
palabras sobre el gobierno divino del mundo, etc. La
conciencia creyente tiene que realizar aquí una diferenciación radical: el
mundo no es «natural», sino creación, y creación en el puro sentido de la obra
producida por una acción libre. El mundo no es nada «natural», evidente, nada
que se justifique por sí mismo, sino que necesita de la fundamentación; y esta
fundamentación tiene lugar desde la instancia que lo ha creado en su esencia y
realidad. Que el mundo haya sido creado no depende de la actuación de una causa
pensable según el esquema de la energía natural, sino de un acto que —tomada la
palabra en su más amplio sentido— reviste el carácter de la «gracia»... Dicho
de otra manera: el mundo no tiene que ser, sino que es, y ello porque ha sido
creado. El acto por el cual fue creado no fue, a su vez, un acto que tuvo que
acontecer, sino que aconteció porque fue querido. «Hubiera podido también no ser
querido», pero fue querido, porque fue querido. Es decir, el mundo no es una
necesidad, sino un hecho querido. Aquí
se encuentra lo decisivo en la conciencia bíblica de la existencia: el mundo
está fundamentado por un acto. Este acto no es una prolongación de las
causalidades universales más allá del comienzo del mundo, sino que surge de una
libertad que dispone plenamente de sí misma. Una libertad que no se hace
realidad como los efectos físicos o biológicos, tan pronto como se ha dado su
causa, sino como la acción de un hombre, después de que éste se ha decidido en
libertad. Se
ha dicho que, en el fondo de esta representación de un creador personal del
mundo, alienta la mentalidad semítica, para la cual Dios no mantiene ninguna
relación viva con el mundo, sino que es sólo el arquitecto y soberano que se
acerca a él. Podemos dejar aquí de lado, hasta qué punto puede pensarse una
deidad indiferente frente al mundo, sólo constructor y dominador de él; en todo
caso, esta idea no tiene nada que ver con el Génesis. Una divinidad sólo
trascendente sería la exacta contrapartida de una divinidad meramente inmanente
que no trascendiera al mundo, sino que representara tan sólo su interioridad.
Ambas ideas se condicionarían recíprocamente y serían ajenas en igual medida a
la idea de la revelación. La idea del auténtico creador atraviesa
transversalmente las que se encuentran en todas las otras religiones. La
creación no es «trascendente» ni «inmanente»; no puede incluso se aprehendida
en absoluto con estos conceptos, sino que es la manera de actuar reservada sólo
a Dios, al Dios que es verdaderamente Dios y no sólo «una divinidad». El
motivo del acto de creación —así se deduce de toda la Escritura— es el amor.
Este amor, a su vez, no debe, sin embargo, determinarse por la categoría de lo
natural. Esto se ha hecho una vez con típica consecuencia, a saber, por el
neoplatonismo. Según el neoplatonismo, Dios creó el mundo impulsado por la
superabundancia de su amor; pero este amor era pensado neoplatónicamente como
comportamiento natural, como consecuencia física, como expansión psicológica,
como la irresistibilidad de un impulso espiritual. Porque el Ser Supremo es
rico, tiene que amar, y porque ama, tiene que crear, de igual manera que la
fuente tiene que manar, porque es fuente. Este «amor» no tiene nada que ver con
el amor del que habla la revelación. Lo que éste significa es la actitud íntima
del Dios libre, sustraída a todo «por qué» proveniente del mundo. Sustraída
incluso a aquel «por qué» que el espíritu reflexivo pudiera extraer de Dios
mismo basándose en un esquema de la perfección. Como creador es Dios
«soberano»; y lo es frente a toda ley, no sólo de la realidad finita, sino
también de su propia realidad absoluta. [2] Con
ello quedan superados los conceptos de naturaleza, sujeto y cultura, en el
sentido en que fueron expuestos más arriba. No su contenido objetivo. En pie
queda lo que hay en ellos antes de la mala o buena interpretación por la
voluntad del hombre, y que expresa el conocimiento correspondiente a un estadio
histórico determinado. En tanto que significa la realidad de lo dado y el rigor
de sus determinaciones objetivas, el concepto de naturaleza mantiene todo su
derecho; lo que queda superado tan sólo es su supuesto «carácter natural». En
tanto que significan las posibilidades y límites del hombre, también los
conceptos de «personalidad» y de «sujeto» continúan siendo indispensables; lo
único que se supera es la pretensión de autonomía de la voluntad. En tanto que
nos dice que el mundo ha sido confiado al hombre de una manera terrible, el
concepto de «cultura» cuenta entre los elementos fundamentales de nuestra
conciencia; lo que queda superado es el espejismo de una obra humana autónoma.
Es decir, los conceptos mencionados siguen en vigor en tanto que nos dicen que
el hombre occidental ha dado, al comienzo de la Edad Moderna, un paso
irreversible hacia una nueva responsabilidad frente al mundo, basada en una
situación psicológica e histórica, y en tanto que nos dicen que el hombre tiene
que inclinarse ante esta responsabilidad; lo que queda superado es una idea del
canon, del derecho y del deber de esta responsabilidad, que depone a Dios de su
soberanía. El
mundo descansa en el acto libre de Dios. Es posible que el lector piense que
aquí se subraya algo que se encuentra en cada página de la Biblia y que nos es
dicho desde la escuela. Desde luego, allí se encuentra, y se dice y el lector
lo sabe; ¿pero lo sabe en lo que realmente significa? En verdad hay que decir
que, si se quiere comprender lo que significa la proposición de que el mundo no
es autónomo, sino que procede de la acción de Dios, que no es algo necesario,
sino que está sustentado por un acto que sobrepasa toda libertad conocida, es
precisa una transmutación en sus raíces, del sentimiento de sí y del
sentimiento del mundo. El mundo no tiene el carácter de naturaleza, sino el de
una historia realizada por Dios. El hombre no tiene el carácter de sujeto, en
el sentido arriba expuesto, sino que es él mismo porque Dios le llama y le
mantiene en su llamada. La existencia como totalidad, cosas, hombre y obras
proceden de la gracia divina. La distinción entre naturaleza e historia con la
que articulamos nuestra interpretación de la existencia, discurre sólo dentro
de aquella historia omnicomprensiva, libre en su primer comienzo, que Dios
realiza. La distinción entre naturaleza y gracia, con la que trabaja nuestro
pensamiento religioso, tiene sólo su lugar dentro de una decisión
omnicomprensiva de la gracia, de la que surge toda la existencia y a la que le
ha placido que exista en absoluto el mundo. La actividad creadora del hombre no
es cultura con un sentido en sí misma, sino servicio bajo el cometido divino, a
fin de llevar al mundo allí donde sólo puede llegar por el encuentro con el
hombre libre. En
conexión con este hecho se hallan también las reacciones elementales con las
que nuestro sentir responde a la existencia: el agradecimiento y la protesta.
Un mundo que existiera en forma de naturaleza no podría causar aquella
impresión que provoca el agradecimiento: agradecimiento por el hecho de que
exista. Aquí no debemos permitir que la lírica confunda las categorías. Sólo
puedo agradecer aquello que recibo como donación. Sería un absurdo que la
existencia fuera una donación, si la «naturaleza» fuera es lo último. Cuando
respondo, por ello, a la existencia con agradecimiento, ello prueba que siento
que ésta ha surgido y es «dada» por la acción y la libertad. Este carácter
puede declinar a lo «natural» y adoptar una determinada forma lírica o dionisíaca,
tan pronto, empero, como es purificado críticamente, habla con claridad... Lo
mismo puede decirse de la protesta. También la protesta se da de modo esencial.
En forma clara, contra el desorden de la existencia, contra el dolor y la
confusión; en forma oculta, contra el hecho de que la existencia sea como es.
Tampoco esto sería posible en una existencia «natural». En una «naturaleza» se
puede sufrir, se puede incluso ser aniquilado, pero no se puede alzar la voz
contra ella. [3] El
hecho de rechazar las estructuras conceptuales anteriormente expuestas y de
fundamentar la existencia en la libertad del acto divino, no equivale a negar
la rigurosa importancia que se expresa en aquellos conceptos. Ésta constituye
el sentido auténtico de la falsa evidencia, de que ya hemos hablado. [4] La
naturaleza es lo dado en sí, en torno a nosotros y en nosotros mismos, y el
hombre debe ver cómo es. La fe en la creación no debe revestir caracteres de
fábula, sino que, en manos de la libertad divina, el mundo debe mantener todo
el rigor que le es propio. Ello sólo es posible, empero, partiendo de una
comprensión penetrante del mismo concepto de creación. El crear de Dios es un
crear real. Las cosas no son sólo meros contenidos de la conciencia divina. El
mundo no existe como juego de las representaciones Maya, juego irreal de la
fantasía divina, es una idea superficial. Es una idea que priva al mundo
justamente de aquel carácter del cual proviene su profundidad específica, a
saber, el rigor de su realidad. Lo que Dios crea, lo crea en realidad y en
todos los aspectos, abandonando lo creado a su propia esencia, persistencia y
acción. La forma que crea el artista terreno existe en su espíritu. Tan pronto
como talla la piedra, lo que él allí traza no es la forma misma, sino un
sistema de signos con los cuales se comunica con el espectador, a fin de que la
forma surja también en el espíritu de éste. La forma sólo es dada como algo
pensado en el espíritu del que crea y en el del que contempla con comprensión.
Lo real que se halla entre ambos, el bloque de piedra, establece sólo la
relación. Es por eso erróneo comparar el crear de Dios con el del artista, pues
éste es justamente incapaz de lo último y decisivo: de hacer realmente lo
intuido. Esto precisamente es lo que hace Dios. Dios sitúa a lo pensado por él
en su propia existencia y acción. Aquí radica lo magistral de la creación, y de
aquí viene su fuerza y su irresistibilidad. Esto es también, precisamente, lo
que se desconoce y de lo que se abusa en el concepto de autonomía... La obra de
la creación posee igualmente aquel pleno rigor de la validez, aquella
inescapabilidad de hecho y de ley que determinan la vivencia y el ethos de la
ciencia moderna; porque la creación está creada por Aquel que no sólo sabe la
verdad, sino que la fundamenta. La opinión general dice que la visión del mundo
propia de la ciencia, sustentada por la conciencia de la naturaleza autónoma,
es, en sentido propio, lo riguroso y lo adulto, mientras que la visión del
mundo propia de la fe representa algo infantil, edificante, legendario. Incluso
el creyente se ha inclinado ante este juicio, si no en manifestaciones
expresas, sí en un sentimiento involuntario y en una actitud inconsciente. Todo
lo que da de sí la fe del creyente consiste, a menudo, en creer pese a todo y
en mantenerse en las contradicciones que de aquí derivan. Lo que la ciencia ha
vivido y ha elaborado es, empero, en verdad, una propiedad de la obra de Dios,
y tiene que ser traído a sí por la fe. En tanto que tal, la fe tiene que
incorporarse aquel rigor, y, al hacerlo así, llegar a su mayoría de edad. Sólo
porque el crear divino es un crear real, puede ser entendido el ente como
«naturaleza», es decir, como dotado de existencia y de inteligibilidad propias.
Con el rigor, la sinceridad y el carácter magistral de la creación la voluntad
del hombre fabrica el engaño. Cuando un jardín ha sido dispuesto por un mal
jardinero, se echa de ver en cada lugar la mano torpe, y hace falta un gran
técnico en jardinería para darle aquella armonía evidente que impresiona como
una naturaleza superior. Si el mundo fuese la obra de un ser imperfecto, por
doquiera causaría la impresión de lo no logrado, y, por consiguiente también,
de lo artificioso. En ningún caso poseería aquel rasgo convincente y sereno,
aquella validez y magnificencia que pueden ser interpretadas equivocadamente
como autonomía de lo natural. Sólo porque el hombre surge de la llamada de Dios
y consiste en esta llamada, sólo porque es el «tú» llamado por Aquel que se
llama así mismo el «Yo soy», sólo por eso posee la posibilidad de entenderse
como yo autónomo. Sólo porque el Dios creador ha puesto realmente la fábrica
del mundo en la mano del hombre, puede éste caer en la idea de que tiene que
crear una cultura autónoma... Una ley fundamental de toda auténtica axiología
dice: cuanto más alto el valor, tanto mayor el peligro. El don de la existencia
está saturado del valor del puro ser-creado; este valor, empero, lleva consigo
la tremenda posibilidad de invertir el puro ser-creado en la autosuficiencia de
la autonomía. Lo
que antes hemos descrito como sustancia positiva en la evolución de la Edad
Moderna, recibe su sentido propio dentro de este sistema de relaciones de la
creación. El mundo es creado, es en absoluto obra de Dios. Como tal el mundo
es, empero, real, pleno de realidad y de sentido en su finitud creada. Está
dado en la mano del hombre, el cual es igualmente finito, pero real y poderoso.
La responsabilidad que el hombre tiene por el mundo es mucho mayor de lo que la
Edad Media podía ver; mucho mayor porque el hombre puede conocer el mundo y
tomarle en sus manos en una medida completamente distinta de lo que la Edad
Media podía ver. En la relación del hombre con el mundo ha surgido algo que
sólo podemos designar como mayoría de edad. La expresión no significa algo
ético, sino, más bien, algo que es dado con el hecho del tiempo en progreso, de
la edad avanzada. El hombre es mayor de edad respecto al adolescente. Ello no
significa que sea mejor moralmente, sino que ve el mundo más agudamente, que
percibe más ásperamente su realidad, que posee una visión más precisa de las
posibilidades y límites de sus fuerzas y una conciencia más distinta de su
responsabilidad. Esta mayoría de edad estructural se convierte, desde luego, también
en cometido ético, ante el cual el hombre puede triunfar o puede fracasar. La
estructura, empero, está siempre ahí, porque está dada con el mero hecho de la
madurez en el tiempo. Algo semejante ocurre también con el problema que
examinamos. El hombre moderno es mayor de edad frente al hombre medieval. La
comparación puede serle desfavorable tanto humanamente como en sus obras, tanto
moral como religiosamente; pero, pese a ello, subsiste el hecho de que, desde
un principio e insoslayablemente, ve el mundo de manera distinta a como antes
lo veía. Justamente
con ello se plantea un cometido cristiano, el de la responsabilidad que el
hombre tiene del mundo ante Dios. En relación con este problema se encuentra el
fenómeno igualmente moderno del laico. La esencia de éste no puede determinarse
—como se hace a menudo— de una manera negativa, diciendo que es aquel que no
tiene ordo. En verdad, el laico es la forma primera y fundamental del creyente.
Mientras que el sacerdote sirve directamente a la revelación, el laico se
encuentra, de manera especial, en relación con el mundo, con este mundo que es
creación de Dios. La responsabilidad por el mundo es su cometido cristiano.
Como cristiano no sólo tiene que protegerse de los peligros del mundo y así
«salvar su alma», sino que la salvación del alma tiene lugar cuidando el
cristiano de que el mundo se justifique ante Dios. Para ello, el cristiano
tiene que ver cómo es el mundo y resistir a sus posibilidades. La voluntad de
Dios no flota sobre el mundo, sino que se encuentra en él y consiste en que el
mundo sea como es. III.
Dios y «el otro» Esta
situación coloca al hombre ante una decisión: la decisión de tomarse a sí mismo
desde el acto soberano de Dios y conducir su propia vida en el espacio de este
acto. El
problema surge en muchos puntos, e incluso habría que decir que en todos los
puntos de la existencia. Vamos a tratar de entenderlo valiéndonos de la
vivencia expresada en el Salmo 138. [5] En él se relata cómo un hombre queda
totalmente abrumado por el conocimiento de que Dios lo ve. Dios ve todo en él,
el cuerpo, las acciones, los pensamientos. Lo ve en todo instante, ahora,
antes, en los primeros comienzos de su vida y hasta el final de ella. Dios ve
lo manifiesto, los gestos y las acciones, pero también lo oculto, los planes,
las intenciones, las convicciones. Dios conoce incluso lo que todavía no es,
sino que aún tiene que llegar a ser, es decir, el futuro. Cuando el hombre está
formándose en el seno materno, ya Dios conocía toda su vida, de la cual no había
el hombre vivido ni un solo día. Todo intento de ocultarse de Dios es intento
inútil, porque Dios está en todas partes y penetra con su mirada todo. Es así
que surge del Salmo el tremendo problema de este absoluto «ser visto». ¿Es
esto soportable? No se trata del miedo a que se ponga de manifiesto una mala
acción o pensamiento vergonzoso; ni tampoco de la resistencia a que se pongan
al descubierto zonas delicadas, profundamente propias. Se trata, más bien, del
problema mucho más esencial, de si es posible en absoluto la existencia bajo
una mirada que la ve totalmente y de modo constante. Tomarse a sí mismo de la
mano de la creación significa también saberse bajo la mirada del Creador. Ahora
bien, para poder vivir, el hombre hará como si no existiera el ser que le mira,
tratará de escapar de él, se entregará a lo externo, al aturdimiento. O bien se
rebelará, negará a Dios, tratará de conferir a su yo aquel carácter absoluto
que elimina por sí mismo al espectador; el carácter absoluto de que hablábamos
en páginas anteriores al tratar de la naturaleza y del sujeto. En este caso
tiene lugar la apostasía, y tiene lugar como siempre tienen lugar tales
procesos, apoyada en semi-verdades y semi-derechos. Esta apostasía no puede
liquidarse, sin más, diciendo que el hombre es desobediente; con ello el
problema queda sin elaboración y sólo silenciado. Aquí sólo puede avanzarse, si
uno se representa al hombre de la vivencia, no como el hombre meramente
soberbio y desobediente, sino como el hombre también de buena intención, como
el hombre que sufre, el preso en los lazos de la existencia normal. ¿Contra
qué se revela este hombre, cuando no quiere ser visto por Dios? Contra «el
otro», contra el heteros. El hombre no quiere ser heterónomo, y a ello tiene
tanto derecho como no tiene ninguno a querer ser autónomo. En relación con Dios
la heteronomía es exactamente tan errónea como la autonomía. Mi yo no puede
encontrarse bajo el poder del «otro», ni siquiera cuando este «otro» es Dios;
menos aún cuando se trata de Dios. Y ello no porque mi persona sea completa y
no soporte, por tanto, a nadie sobre sí, sino precisamente por lo contrario.
Justamente porque mi yo no descansa real y seguramente en sí, es para él un
peligro la fuerza de presencia del «otro». Esta actitud puede manifestarse como
inseguridad, angustia, proscripción, pero también en sentido opuesto, es decir,
como rebeldía. Entonces aparece el sentimiento de «él o yo». De nada serviría
contra este sentimiento decir al rebelde: «Nada puedes contra Dios. Dios es omnipotente
y tienes que inclinarte ante él». Al contrario, si se hablara así, la situación
se haría aún peor. Se provocarían momentos análogos a los que describen Los
demonios de Dostoiewski en el miedo de Dios del ingeniero Kiriloff. El miedo de
éste no proviene de un motivo determinado, de su conciencia de culpa, por
ejemplo. Lo que en Kiriloff se expresa es la angustia de la existencia frágil,
finita, pero sedienta de plenitud de vida, de libertad y dignidad, ante la
prepotencia del «otro»; el sentimiento de ser lanzado de la dignidad, del
pudor, del propio ser vivo. Y no porque Dios haga algo contra la existencia o
le sea hostil, sino sólo porque es, y es como ser omnipotente y omnipresente,
anterior y superior a la existencia. Esta angustia es tanto más atormentadora
en Kiriloff, cuanto que él mismo es un hombre religioso que, en el fondo, ama a
Dios. Pero le ama como amaría a otro hombre, y lo hace de forma tan directa,
con tal violencia, y él mismo es tan sensible, y, a la vez, tan inexorable en
su sentido del honor, que todo lleva a la alternativa: «Él o yo»... El mismo
problema nos aparece en Nietzsche, cuya situación ponen al descubierto, en
muchos aspectos, Los demonios. También para el sentimiento de Nietzsche Dios
priva al hombre del espacio de la existencia, de la plenitud de su humanidad,
del honor de la existencia. De aquí deriva el «ateísmo postulatorio»: «Si yo he
de ser, Él no puede ser. Ahora bien, yo tengo que ser, luego Él no debe ser».
Cuan elemental y vulnerable es el problema de que aquí se trata, lo muestra el
mensaje de Nietzsche: «Dios ha muerto». Es decir, no es que no haya Dios, sino
que Dios ha muerto. Detrás, al acecho, se encuentra la proposición más
profunda: «Yo le he matado. Yo he salido triunfante en la lucha con el gran
'otro'». Tampoco en Kiriloff se trata de la simple negación de Dios, sino de un
hecho que lo elimina. Dios es Aquel que angustia al hombre. Dios es Él mismo la
angustia del hombre. La angustia se elimina, si el hombre «prueba su valor» en
el lugar decisivo. Ahora bien, este lugar decisivo es la vida. Si el hombre se
atreve a matarse, desaparece la angustia. No sólo porque entonces no existe
nadie que pueda angustiarse, sino en el sentido más profundo, de que entonces
«se ha conquistado la libertad perfecta, y con ello se ha superado la angustia
misma». Es entonces cuando «muere» Dios. Primero, los pensamientos de un
demente, pero el caso patológico límite descubre un sentido de la sensibilidad
normal: aquel sentido que sustenta la filosofía de Nietzsche y el trágico
finitismo de la posmodernidad... [6] De esta dificultad no nos sacaría ni
siquiera la afirmación de que Dios es amor. Incluso como ser amoroso, es
insoportable la presencia constante del «otro». Más aún, para el hombre
orgulloso —y el hombre noble es, la mayoría de las veces, orgulloso— el «otro»
es todavía menos soportable como ser amoroso. El hecho del amor daría, en
efecto, a sus existencias la proximidad más viva; el hecho, empero, de que el
que ama es el «otro», convertiría al amor en algo degradante. En
este estrato de la situación el hombre tiene razón. El hombre no puede vivir
bajo la mirada de un «otro» siempre presente. Desde este punto de vista, la
rebeldía es defensa legítima. Bajo ella, sin embargo, se oculta algo más
profundo. El pensamiento, la sensación que ve en Dios a un «otro» prepotente,
significa un error del pensamiento y una equivocación del sentimiento; de esta
manera, sin embargo, se ha disfrazado la rebeldía real contra Dios, a fin de
poder aparecer así como defensa legítima. La rebeldía ha tenido lugar
justamente, porque el hombre ha situado a Dios en el papel del «otro». Y
es que Dios no es el «otro», sino Dios. De reconocer esto depende el
conocimiento de la creación y el entendimiento de sí mismo por parte del
hombre. Dios es el único ser del que no puedo decir que yo soy él, que es lo
que implica, en último término, toda voluntad de autonomía, pero también aquél
del que no puedo decir que es el «otro» frente a mí, que es en lo que consiste,
en final de cuentas, toda heteronomía. Para todo otro ser tiene validez la
proposición: él no es yo, es decir, el «otro». Respecto a Dios esta proposición
no tiene validez, y precisamente el hecho de que la proposición no tiene
validez es lo que expresa el ser de Dios. En la relación de que anteriormente
hablábamos, Dios es convertido en «otro», el mayor de todos, el «otro» en
absoluto. Si ello fuera exacto, el hombre tendría que empeñarse en una lucha
trágica por su liberación, y Nietzsche tendría razón. Dios, empero, no es el
«otro», porque es Dios. Como Dios que es, se encuentra frente a la criatura en
una relación a la que no puede aplicarse ni la categoría del «ser-otro», ni la
categoría del «ser el mismo». Cuando Dios crea un ser finito, no sitúa junto a
sí un «otro», como ocurre, por ejemplo, con la parturienta, la cual sitúa en la
existencia al nuevo ser humano, de tal suerte, que, a partir de aquel momento,
éste existe junto a ella. Esto último sólo es posible porque el fundamento del
existir no se halla en la madre ni para ella misma ni para el hijo, sino que
ambos pertenecen, más bien, a una existencia que los abarca, y lo mismo que
ésta, surgen también de un primer origen idéntico. La madre no crea al hijo,
sino que está al servicio de los órdenes de la vida y de la voluntad divina que
impera en ellos. Dios, en cambio, crea al hombre. La energía creadora de su
acto me hace a mí, mí mismo. Al volver a mí la potencia vocativa de su amor, me
hago yo Yo y me encuentro en mí. Mi singularidad se encuentra en Dios, no en mí
mismo. Cuando Dios me ve no es como cuando un hombre mira a otro hombre, es
decir, un ser concluso a un ser concluso, sino que el ver de Dios me crea a mí.
Aquí, por ello, no tiene sentido alguno el concepto del «otro». Mentalmente, es
verdad, no podemos prescindir de él. Si no queremos identificar al hombre con
Dios, tenemos que pensar su relación con él con el concepto del «otro». Ello
constituye la garantía de que no vamos a caer en el torpe absurdo de la
identidad. A la vez, empero, tenemos que ser conscientes de que el concepto del
«otro» tiene, en realidad, que ser eliminado. El concepto de la actividad
creadora, en la que se expresa la relación de Dios con el hombre, nos dice dos
cosas: de un lado, que el hombre está situado verdaderamente en su propio ser,
de otro lado, empero, y a la vez, que Dios no es un «otro» junto al hombre,
sino la fuente, sin más, de su ser, siéndole más próximo que él a sí mismo. Vislumbres
de ello se encuentran también en toda auténtica experiencia religiosa'. Lo que
aquí se quiere significar podría expresarse lógicamente de la siguiente manera:
el principio de contradicción, según el cual A, en tanto que A, no puede ser B,
es un principio sin más entre Dios y el hombre. Es verdad que o puede
prescindirse del principio en las proposiciones sobre esta relación, ya que es
el principio de contradicción, el que nos preserva del monismo; pero la
relación, sin embargo, posee otra estructura. Este algo diferente, singular y
no expresable lógicamente, es lo que significa el concepto del ser-creado; una
relación en la que el principio de contradicción sigue en pie, pero sólo como
salvaguardia, mientras que, a la vez, ha sido superado de una manera
inexpresable. Con ello recibe un profundo sentido la proposición de las páginas
anteriores, de que la creación tiene carácter de gracia. «Crear» significa que
Dios sitúa al hombre en aquella relación consigo mismo, ante la cual el
pensamiento dice, «Dios no es yo», pero para añadir, «Dios no es, sin embargo,
tampoco 'otro'»; con cuya aparente contradicción se apunta a algo indecible que
escapa a la aprehensión conceptual. Este algo indecible le es, sin embargo,
directamente evidente a la conciencia religiosa; más aún, podría pensarse que
esta evidencia es la que constituye la esencia de la conciencia religiosa. En
el concepto de la gracia en sentido propio encuentra, después, la relación su
última claridad y plenitud. De
lo dicho se sigue también una consecuencia para el amor de Dios. Dios ama al
hombre, en tanto que le da todo, ser y esencia; Dios le convierte en lo único
que, en último término, puede ser amado, a saber, en persona. Dios, el ser
personal en absoluto hace del hombre su «tú». Y lo hace no aparentemente, no
aproximadamente, sino con absoluto rigor. El hombre es realmente persona. Como
consecuencia, el amor que Dios le profesa tiene que ser tal y como corresponde
a la persona. O dicho más exactamente: el hombre es persona sólo porque el amor
divino por él es tal como es. Ello significa que Dios respeta al hombre. Más
arriba decíamos que Dios no es para el hombre su «otro», sino que, al crearlo,
se convierte a sí mismo en presuposición y garantía del ser-mismo del hombre.
Pues bien, esta idea puede también expresarse de la siguiente manera: por su
llamada amorosa, Dios convierte al hombre en persona, pero con respeto. Dios no
crea al hombre como crea los cuerpos celestes, los árboles o los animales, por
medio de un simple mandato, sino por la llamada. En el Génesis se expresa esto
claramente. Del cielo y de la tierra se dice simplemente «Dios creó». De las
informaciones dentro del mundo, del nacimiento de las plantas y de los
animales, leemos que Dios dijo: «que se hagan». Del hombre, empero, que Dios le
formó de barro de la tierra y que le insufló un alma; y más adelante, que Dios
«nombró» a este hombre. Ahora bien, el nombrar es la llamada de la persona. Y a
fin de que no haya dudas, se sigue diciendo que Dios presentó los animales al
hombre, y se muestra que el hombre es distinto de todos ellos en esencia...
Dios no es, por tanto, frente al hombre, «otro», ya que el hombre vive de la
fuerza y del aliento de Dios. Dios, empero, mantiene respecto al hombre la
actitud del que constituye una persona y le confiere el espacio axiológico
correspondiente, es decir, la actitud del respeto. La proposición, Dios respeta
al hombre, expresa una distancia; la proposición, Dios no es «otro», elimina la
distancia. [7] Los dos momentos del crear divino, de que ya hemos hablado, se
combinan y apuntan a la esencia del amor de Dios, el cual se diferencia del
amor humano en la misma medida en que el crear de Dios se diferencia del crear
del hombre. ______________ * Traducción de Felipe González Vicen Notas [1]
Sobre ello, Guardini, Romano, Hölderlin, Weltbild und Frömmigkeit, 1955, pp.
36l y ss. [2]
Parece que el concepto del señorío de Dios constituye la expresión bíblica para
su libertad. Como -soberanía", la libertad de Dios es distinta de la del
hombre, la cual, en su última esencia, significa obediencia. Sólo en la
obediencia del hombre respecto a Dios está justificada su soberanía sobre el
mundo y, definitivamente, hecha posible. [3]
Hay, podría decirse, no sólo una idea, sino una empresa que trata de superar
esta situación, a saber, la exigencia del «amor fati» por Nietzsche y la
aceptación sin más de la existencia tal como es. Desde el punto de vista
mencionado, se trata de acostumbrar al sentimiento más íntimo a la idea de que
no hay nada más que el mundo, y éste sólo como finito; del ejercitarse el
hombre en una existencia que es sólo mundo. La teoría del eterno retorno de lo
mismo agudiza esta predicación y esta exigencia hasta el extremo, más aún,
hasta el horror; piénsese en los aullidos del perro en Zarathustra. Es un
intento de reconformar el más íntimo sentimiento existencial; de criar el
hombre sólo del mundo, el hombre que no quiere más que la finitud, y que, por
eso, no eleva ninguna protesta contra ella. [4]
También la seriedad puede, desde luego, degenerar. Hay una manera de «tomar en
serio» al mundo que no es cristiana y que sólo es posible porque se elude lo
verdaderamente importante. La manera con que el hombre moderno toma en serio la
naturaleza, se toma a sí mismo y a la cultura, tiene algo de grotesco para la
mirada hecha sobria por la fe, ya que lo que tan terriblemente importante
parece, no existe en realidad; y el que se abarque con tal seriedad la nada, es
la befa de Satanás. El cristiano no toma como importante de esta manera ni al
mundo, ni a la naturaleza, ni a sí mismo. Frente a todo ello el cristiano tiene
el humor del redimido. Sólo, empero, en el espacio donado por Dios del «no
tomar tan en serio», florece el mundo. Sólo en la libertad santa del ser creado
se despliega el mundo. Del mundo no quiere ser un ídolo, sino que demanda
aquella dulce ligereza, que encuentra su última expresión en la «libertad de
los hijos de Dios». La «autonomía- es una convulsión en la que se ahoga el
mundo. [5]
Sobre ello, mi interpretación del Salmo en Glaubiges Daseiri, Wurzburgo,
Werkbund Verlag, 2a ed., 1955, pp. 65 y ss. (Trad. esp., Existencia cristiana,
Guadarrama, 1963). [6]
Para el problema en su totalidad, cf. mi libro Religiöse Gestalten in
Dostojewskijs Kerk, 4a ed., Munich 1951, cap. «Ateísmo-, pp. 241 y ss. [7]
La fe plantea así a la creación un cometido de ejercicio religioso: aprender la
adecuada actitud frente a Dios. Aprender que Dios, soberano e independiente del
mundo, es su creador y señor. Pero no el otro, sino Aquel cuya existencia hace
que yo pueda ser; que es de tal naturaleza que, cuanto más intensamente se hace
válido en mi vida, tanto más puramente soy yo, yo mismo. Toda
la concepción moderna de la autonomía del mundo y del hombre, toda la lucha
contra la heteronomía en sus diversas formas, el concepto de la naturaleza, del
sujeto y de la cultura en el sentido expuesto en el texto, parecen descansar en
último término en el hecho de que se ha convertido a Dios en «el otro». Con
ello Dios fue desplazado de la peculiaridad de su esencia al concepto extraño a
él del ser igual o superior. Este hecho significó en lo más íntimo rebeldía del
hombre. Sin embargo, no veremos el proceso enteramente, y, sobre todo, no lo
veremos adecuadamente, si sólo lo vemos así. El hombre que se rebeló había
también sufrido mucho. Es una gran miseria sentir a Dios como el otro, y miseria
sigue siendo, aun cuando seamos culpables de ella. Además hay culpabilidades
que no pueden saldarse sin más, y miserias que no desaparecen simplemente por
el hecho de que el hombre emprenda el buen camino. Para ver verdaderamente que
el padecer por razón de Dios como «el otro» tiene la culpa como origen, es
precisa la ayuda de la educación espiritual y del orden vital justo; ambos,
empero faltaban a menudo. No por casualidad y no por mala voluntad surgen
figuras como la de Nietzsche. Estas figuras constituyen una respuesta a grandes
omisiones. Si ha de ser viva la fe en Dios, creador y redentor, es preciso que
los hombres lo vean en su esencia y su misterio, que se entiendan y se perciban
a sí en su verdadera relación con él, que posean desde él libertad y dignidad.
Esto no tiene lugar, empero, por una simple afirmación... En qué rigurosa
dependencia se encuentran estas cosas tan profundas con otras completamente
prácticas, lo muestra la manera en que se piensan y realizan autoridad y
obediencia. La relación de la autoridad religiosa con el individuo, en el
fondo, como la relación de Dios con el mundo. En la relación de autoridad
alcanza, como es natural, más clara expresión el enfrentamiento. Justo es no lo
que el individuo quiere, sino lo que la autoridad manda. Sin embargo, implica
una última decisión, si esta relación es sentida y realizada como si -el otro-
estuviera al otro lado, o si se percibe en ella de alguna manera el misterio de
la auténtica relación de Dios con el mundo. Si no tiene esto lugar, si se da
simplemente el mandato, la ley, la autoridad, entonces algo ha sido destruido
en la raíz misma. La relación pierde su sentido más profundo, y de aquí se
sigue, con necesidad psicológica, la rebelión. Esto tiene aplicación, sobre
todo, a la conciencia. La pedagogía cristiana de la conciencia, la
representación del pecado, la práctica de la formación de la conciencia, en una
palabra, toda la actitud frente al mandato, tienen hartas razones para examinar
los errores y omisiones cometidos en este terreno. La
imagen del mundo de la Edad Moderna se desintegra y surge otra nueva Extraído
de El Ocaso de la Edad Moderna (Das
Ende Der Neuzeit) * Según
varios estudiosos de la obra de Guardini, el proceso de secularización que se
efectuó a lo largo del siglo XX hizo al pie de la letra lo que estas páginas
que seleccionamos de Das Ende Der Neuzeit conjeturaron. Por si fuera poco,
Guardini vislumbró que la última mitad del siglo XX, y al parecer, parte del
XXI, estará signado bajo un nuevo paganismo. Para que eso acontezca, nos dice
Guardini, «Es preciso que el incrédulo salga de la niebla de la secularización,
que renuncie al beneficio abusivo de negar la Revelación apropiándose, sin
embargo, los valores y energías desarrollados por ella; que ponga en práctica sinceramente
la existencia sin Cristo y sin el Dios revelado por Él, y tenga experiencia de
lo que eso significa. Ya Friedrich Nietzsche advirtió que el hombre no
cristiano de la Edad Moderna no sabe lo que significa en realidad no ser
cristiano. Las décadas pasadas han proporcionado un esbozo de ello, y sólo
constituyeron el comienzo.» I La
imagen del mundo propia de la Edad Moderna es, a muy grandes rasgos, tal como
la acabamos de exponer. Nuestra visión de la misma tiene posibilidades de ser
más precisa, ya que, como la Edad Moderna toca a su fin, nosotros divisamos sus
fronteras. Los
tres elementos que hemos destacado en esa imagen fueron considerados hasta hace
poco como indelebles. La exposición ordinaria de la historia del espíritu
europeo ha considerado la naturaleza subsistente en sí misma, el
sujeto-personalidad autónomo y la cultura que crea a partir de sus propias
normas, como ideas cuyo descubrimiento y realización cada vez más plena
constituye la finalidad de la historia. Pero esto fue un error; y hay muchas
señales de que estas ideas empiezan a perder su valor. Esta
sospecha nada tiene que ver con sentimentalismos baratos de qué todo se hunde y
el mundo se acaba. Tampoco pensamos en renunciar al fruto legítimo de la
experiencia y del trabajo de la Edad Moderna en nombre de una Edad Media
románticamente transfigurada, ni de un futuro ensalzado utópicamente. Ese fruto
es de una importancia incalculable tanto por el conocimiento del mundo como
para su dominio. Y, por muy funestas que puedan ser las atrofias, incluso los
estragos, que ha sufrido el ser humano en la Edad Moderna, nadie negará que en
ella ha alcanzado una madurez de consecuencias muy fecundas. Por
consiguiente, aquí no tratamos de condenar nada ni de hacer panegíricos, sino
de saber qué señales revelan el ocaso de la Edad Moderna y de descubrir lo que
empieza a gestarse de la época futura, no designada aún por la ciencia
histórica con título alguno. II A
la pregunta de quién ha llevado a su plenitud y claridad clásicas la imagen de
la naturaleza propia de la Edad Moderna, respondemos espontáneamente con el
nombre de Goethe. Conocemos ya el texto en el que dicha imagen alcanza una
expresión vigorosísima. Pero el hombre actual, o, dicho con mayor exactitud,
aquél cuya vida y formación tienen sus raíces más acá de la primera guerra
mundial, ¿consideraría ese texto como expresión de sus propias relaciones con
la naturaleza? Con esto no hago referencia a si es capaz o no de sentir la
naturaleza con el fervor y la grandeza de Goethe, sino más bien pregunto si la
calidad de su sentimiento sería semejante a la expresada por el sentimiento de
Goethe; si reconocería en las palabras del Tiefurter Journal la forma
extraordinaria de aquello que él mismo vive en forma más pequeña y vulgar. Yo
creo que no. El
hecho de que nuestras relaciones con la naturaleza —así como también con la
personalidad y la cultura— se muevan en un ámbito distinto que las de Goethe
constituye ciertamente el mi tivo más importante de la crisis que se ha
manifestado recientemente respecto a su obra [N. del T. Guardini se refiere al
segundo centenario del nacimiento de Goethe (1949).]. Está claro que la obra de
éste no puede significar para el futuro —ni siquiera ya para un buen sector de
la actualidad— lo que ha significado para la época anterior a la primera guerra
mundial. El Goethe que hasta entonces se había tomado en consideración estaba
estrechamente vinculado a los elementos citados de las relaciones con el mundo,
tal como las había entendido la Edad Moderna, y pertenece al pasado, lo mismo
que esa vinculación. Ahora bien, el Goethe que llegará a ser algo importante
para la época venidera no ha sido, por supuesto, descubierto todavía con
claridad. Toda obra grande pasa por una crisis de este tipo. Las primeras
relaciones con una obra son las relaciones inmediatas, que tienen su fundamento
en la comunidad de supuestos históricos. Luego éstos se desvanecen y las
relaciones se interrumpen. Sobreviene un período de distanciamiento, incluso de
repudio —tanto más enconados cuanto más dogmática haya sido la primera
afirmación—, hasta que una época posterior, partiendo de sus nuevos supuestos,
descubre nuevas relaciones con el hombre y su obra. Ahora bien, el que se
produzca esta revalorización, la frecuencia con que acontece y la extensión de
los períodos históricos en que dura su vigencia en cada caso, determinan el
caudal de valor humano que la obra posee. Si
no me engaño, desde hace algún tiempo —quizá desde los años treinta— se acusa
una modificación de las relaciones del hombre con la naturaleza. El hombre no
siente ya a ésta como la riqueza maravillosa, el contorno armónico, el orden
sabio, la donante bondadosa a la que puede entregarse confiadamente. Ya no
hablaría de una "madre naturaleza"; antes bien, ésta se le presenta
como algo extraño y peligroso. El
hombre de nuestro tiempo tampoco adopta frente a la naturaleza aquellos
sentimientos religiosos que hacen su aparición clara y tranquilamente en
Goethe, con apasionamiento en los románticos, y en términos ditirámbicos en
Hölderlin. Ha sufrido una desilusión. Esto tal vez tenga relación con la
pérdida del sentimiento de "ilimitación" propio de la Edad Moderna.
Verdad es que la ciencia se abre paso hacia horizontes cada vez más amplios,
tanto en el macrocosmos como en el microcosmos; pero estos horizontes nunca
dejan de ser decididamente limitados, y de esta forma se les juzga. El motivo
de esa pérdida radica en que la "ilimitación" de que hablaban
Giordano Bruno o el idealismo alemán no era únicamente un concepto
cuantitativo, sino también, y ante todo, cualitativo. Hacía alusión al ser
primero, inagotable y triunfante, al carácter divino del mundo. La vivencia de
esta ilimitación se está haciendo cada vez más rara. Lo que, por el contrario,
determina la nueva experiencia parece ser precisamente la limitación del mundo;
ahora bien, no es posible que ésta provoque la entrega más arriba analizada.
Esto no quiere decir que no existan ya sentimientos religiosos respecto del
mundo. Tampoco el carácter finito a que apunta la experiencia actual se refiere
únicamente a la limitación de ¡medida, sino que implica algo relativo al
contenido: lo existente, que es tan sólo finito, corre riesgos, se encuentra en
peligro, pero es por esto mismo precioso y magnífico. De este modo nace,
respecto de lo existente, un sentimiento de preocupación, de responsabilidad,
incluso de interés afectivo, que está igualmente penetrado de misterio: como si
esto, que no es sino limitado, nos hiciese un llamamiento; como si en ello se
preparase algo inefable que tuviera necesidad de nosotros. Es
difícil descubrir una línea unitaria en los movimientos religiosos de nuestra
época, los cuales, por otra parte, todavía hoy son frecuentemente
contradictorios. Es difícil entender, por ejemplo, adonde va el sentimiento
religioso del Rilke de última hora y cómo se relaciona con el riesgo de la
existencia en la filosofía existencial; qué tendencias internas se dejan ver en
la revalorización moderna del mito y en la revelación de los últimos estratos
anímicos; qué se percibe a través de la desapasionada grandiosidad de las
teorías físicas e igualmente a través del titanismo técnico-político de
nuestros días, tan lleno de posibilidades como de peligros, etc. Sea
lo que fuere lo cierto es que el hombre no considera ya el mundo como su lugar
de refugio. Este mundo se ha convertido en algo diferente, y alcanza
significación religiosa precisamente en cuanto que es diferente. Más
aun, la actitud que va haciendo su aparición —-mejor dicho, alguno de los
elementos de ella-— parece no conceder a la naturaleza ni siquiera lo que
Goethe puso en el centro de las relaciones para con ella, es decir, la
veneración o, mejor dicho, aquella forma de veneración que él experimentó. Se
deja ver esto en el conjunto de conocimientos y conceptos formales, aptitudes y
procedimientos que designamos con la palabra "técnica", la cual se
desarrolló lentamente en el transcurso del siglo XIX, pero durante mucho tiempo
fue patrimonio de un tipo de hombres no técnicos. Parece como si el hombre
adecuado a ella hubiese surgido en las últimas décadas, y en su forma
definitiva, en la pasada guerra. Este hombre no siente la naturaleza como norma
válida y menos aun como refugio viviente. La
ve sin prejuicios, objetivamente, como Jugar y objeto de una tarea en la que se
arroja todo, siéndole indiferente lo que de ello resulte; de una tarea de carácter
prometeico, en la que están en juego el ser y el no ser. La
Edad Moderna gustaba de cimentar las medidas de la técnica en su utilidad para
el bienestar del nombre. Así encubría los estragos que ocasionaba la falta de
escrúpulos de la misma. Yo creo que el futuro hablará de otro modo. El hombre
que posee la técnica sabe que, en el fondo, ésta no se dirige ni a la utilidad
ni al bienestar, sino al dominio, al dominio en el sentido más extremo de la
palabra, el cual está hallando su expresión en una nueva estructura del mundo.
El hombre intenta controlar tanto los elementos de la naturaleza como los de la
existencia humana. Ello supone posibilidades incalculables de acción positiva,
pero también de destrucción, sobre todo en aquellos aspectos en que entra en
juego el ser humano, que se encuentra mucho menos firme y seguro de sí de lo
que generalmente se piensa. El peligro aumenta de un modo desenfrenado desde el
momento eu que es el anónimo "Estado" el que ejecuta la operación
dominadora. Esto supuesto, las relaciones con la naturaleza revisten el
carácter de una opción suprema: o consigue el hombre llevar a cabo con acierto
su obra de dominación, resultando ésta grandiosa, o todo toca a su fin. También
aquí parece vislumbrarse un elemento de tipo religioso, pero nada tiene que ver
ya con la devoción a la naturaleza propia de Giordano Bruno o de Goethe. La
religiosidad actual está en relación con la magnitud de la obra y de su peligro
para el hombre y para la tierra. Su carácter peculiar proviene de un
sentimiento de profunda soledad del hombre en medio de todo aquello que
llamamos "mundo"; brota de la conciencia de haber llegado ante las
últimas alternativas; de la responsabilidad, la seriedad y el valor. III Al
parecer, en las relaciones con la personalidad y el sujeto se ha producido una
transformación semejante. Antes
la esencia de esas relaciones consistía en que el individuo se sentía libre de
las trabas medievales y señor de sí mismo, en una actitud de autonomía. Esta
actitud halló su expresión filosófica en la teoría que hace del sujeto el
fundamento de toda inteligibilidad; su expresión política, en la idea de las
libertades cívicas, su expresión vital, en la concepción de que el individuo
humano lleva en sí una estructura interna la cual tiene capacidad y obligación
de desarrollarse desde dentro y dar realidad a una existencia exclusivamente
propia. Ahora
bien, esta idea está vinculada, al parecer, a una estructura sociológica
determinada: la estructura burguesa, entendiendo el concepto de
"burgués" en su más amplio sentido, que abarca tanto al hombre
orientado hacia la claridad racional, deseoso de certeza, como a su polo
opuesto, el romántico y bohemio; tanto al hombre medio como al excepcional, al
genio. En conexión con la técnica hace ahora su aparición una estructura de
tipo diferente, para la cual la idea de la personalidad creadora que se hace a
a sí misma, o sea, el sujeto autónomo, ya no constituye evidentemente un
criterio normativo. Esto
se ve claramente en la forma más extremadamente opuesta a esa idea de la
personalidad creadora, es decir, en el hombre-masa. Esta palabra no indica aquí
algo desprovisto de valor, sino que designa una estructura humana vinculada a
la técnica y a la planificación. Como aún carece de toda tradición, e incluso
se ve obligada a abrirse camino en contra de la tradición vigente hasta el
presente, hace su aparición, desde luego, con el más claro carácter negativo;
pero en su esencia constituye una posibilidad histórica lo mismo que otras. No
dará la solución al problema de la existencia, ni tampoco convertirá la tierra
en un paraíso; pero entraña en sí el futuro próximo, que durará hasta que otro
período le suceda. Ciertamente
también antes han existido en gran número los que, en cuanto muchedumbre
amorfa, se distinguían del individuo altamente desarrollado; pero la existencia
de aquéllos ponía de 'manifiesto que, allí donde éste constituía la norma de
valores, habían de existir, como fondo y terreno en que el individuo hincaba
sus raíces, los seres ordinarios atados a la cotidianeidad. Sin embargo,
también éstos intentaban convertirse en individuos y crearse su vida propia. La
masa, en el sentido actual, es otra cosa. No constituye una pluralidad de individuos
no desarrollados, pero capaces de hacerlo, sino que su estructura es diferente
desde el principio: está sometida a la ley de la normalización, sujeta a su vez
a la forma funcional de la máquina. Esta característica se da también en sus
individuos grandemente desarrollados. Es más, estos últimos tienen conciencia
expresa de ello, configuran su ethos y lo convierten en propio estilo. Pero,
por otra parte, tampoco la masa, en el sentido indicado, es un fenómeno
negativo y decadente, como, por ejemplo, la plebe de la antigua Roma, sino una
estructura histórica y humana fundamental que puede alcanzar un desarrollo
perfecto tanto en su ser como en sus obras, supuesto, evidentemente, que no se
ponga como base de este desarrollo la norma de la Edad Moderna, sino la
adecuada a su propia naturaleza. Con
respecto a este tipo de hombre no puede hablarse ya de personalidad y
subjetividad en el sentido expuesto anteriormente. Carece en absoluto de la
voluntad de poseer una forma peculiar y de ser original en su conducta, así
como de crearse un medio ambiente que sea totalmente adecuado a él y en lo
posible sólo a él. Antes bien, acepta los objetos de uso y las formas de vida
tal como le son impuestos por la planificación racional y por los productos
fabricados en serie, y, en conjunto, actúa así con el sentimiento de que eso es
lo racional y lo acertado. Del mismo modo, carece en absoluto del deseo de
vivir según su iniciativa propia. Al parecer, no tiene el sentimiento
espontáneo de que la libertad de movimientos externos e internos es un valor.
Antes bien, lo evidente para él es la inserción en la organización, que es la
forma de la masa, así como la obediencia a un programa, que constituye el modo
de orientación del "hombre sin personalidad". Es más, la tendencia natural
de esta estructura humana no es a sobresalir como individuo, sino precisamente
a permanecer í en el anónimo, casi como si el ser original constituyese la
forma fundamental de toda injusticia y el principio de todo peligro. Se
podría objetar que la personalidad aparece en los dirigentes —nueva raza de
dominadores y formadores de hombres— que dan a luz este tipo humano. Pero esto
—hemos aludido ya a ello— no sucede así, pues, al parecer, lo característico
del dirigente —ordenado, como está, a la masa— consiste precisamente en que no
tiene personalidad creadora en el sentido antiguo, ni una forma individual que
se desarrolle bajo condiciones excepcionales, sino que es el complemento de la
multitud; con funciones distintas de las de ésta, pero idénticas en esencia. Con
lo que hemos dicho está relacionada otra cosa, y es que el sentimiento de que
el hombre posee un ser y una esfera propios, antes fundamento de toda relación
social, se desvanece cada día más. Los hombres son tratados como objetos cada
vez con mayor naturalidad, eri una gama que va desde las innumerables formas de
"comprensión" estadístico- administra- : uva hasta las opresiones
inconcebibles del individuo, de grupos, e incluso de pueblos enteres. Y esto no
sólo en situaciones excepcionales y en el paroxismo de la guerra, sino como
forma normal de gobierno y administración. Sin
embargo, parece que no se aprecia justamente este fenómeno si lo consideramos
tan sólo desde el punto de vista de la falta de respeto por el hombre, o bien
de la falta de escrúpulos en el empleo de la violencia. Sin duda esto es
verdad; pero estos defectos éticos no se darían en la misma medida, ni serían
tolerados tan fácilmente por los interesados, si todo el proceso no hubiese
tenido su base en una modificación estructural de la vivencia del propio yo,
así como de su relación con el yo del otro. Todo
esto puede significar una de estas dos cosas: o el individuo es absorbido por
las colectividades y se convierte en una mero encargado de funciones, peligro
que por todas partes se alza amenazador a juzgar por los acontecimientos; o
bien se adapta, sí, a las grandes estructuras de vida y de trabajo y renuncia a
una libertad de movimientos y de formación individuales —libertad que ya no
resulta posible—, pero todo para concentrarse sobre sus raíces y salvar en
primer lugar lo esencial. No
carece de importancia el hecho de que la palabra "personalidad" vaya
desapareciendo notablemente del uso ordinario y sea substituida por la palabra
"persona". Esta última tiene un carácter casi estoico. No apunta al
despliegue, sino a la definición; no a algo abundante, e incluso
extraordinario, sino a algo escaso y seco, pero que puede ser conservado y
desarrollado en todo individuo humano; señala a aquella unicidad que no
proviene de las condiciones especiales y del carácter favorable de la
situación, sino del llamamiento divino, y cuya afirmación y realización no
significan capricho o privilegio, sino fidelidad al deber humano fundamental.
En la persona se protege el hombre contra el peligro que le amenaza tanto del
lado de la masa como del de las colectividades para salvar ante todo aquel
mínimo sin el cual no puede seguir siendo hombre en modo alguno. De ahí tendrá
que proceder la nueva conquista de la existencia, conquista que ha de ser
realizada por el hombre y en favor de lo humano, y que constituye la tarea del
futuro. Pero
no se puede hablar sobre la masa sin preguntar también por su sentido positivo.
Está claro todo lo que tiene que perecer para siempre, si la fórmula
determinante de lo humano no es ya el individuo de formación elevada, sino los
miembros uniformes de la multitud. Decir qué posibilidades humanas se abren
como consecuencia de este hecho es, en cambio, muchísimo más difícil. En este
punto el individuo ha de tener presente que no puede partir de su sentimiento
espontáneo, cuyos criterios están todavía frecuentemente anclados en el pasado;
antes bien, tiene que superarse con decidido esfuerzo y abrirse a aquello que
tal vez le amenaza a él mismo en su esencia formada por la historia. Ante
todo, ¿en qué consiste el hecho humano esencial? En ser persona: en haber sido
llamado por Dios, y ser, por ello, capaz de responder de sí mismo y de
intervenir en la realidad movido por un principio interno de energía. Esto hace
que cada hombre sea único, no en el sentido de que sus propias cualidades sean
solamente suyas, sino en el sentido claro y absoluto de que cada uno, en cuanto
subsiste en sí mismo, es inalienable, irremplazable e insustituible. Ahora
bien, si esto es así, conviene que esa unicidad se dé con frecuencia; conviene
que haya muchos hombres y que en cada uno de ellos se abran estas posibilidades
de la cualidad de persona. Los reparos que se ofrecen a esto son evidentes.
Está claro sin necesidad de explicaciones el sentido en que puede decirse que
cien nombres son menos que uno, y que los grandes valores están siempre
vinculados a las minorías. Sin embargo, en esto se encierra un peligro: el de
dejar a un lado lo que pertenece a la persona en sentido estricto para
deslizarse al campo de la originalidad y del talento, de lo bello y de lo que
culturalmente es de primera calidad. Sobre
este punto la frase "¿De qué sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde
su alma?" tiene algo importante que decir. El "ganar el mundo"
encierra todos los valores culturales humanos existentes: plenitud vital,
riqueza de la personalidad, "arte y ciencia" en todas sus formas.
Frente a esto se pone la perdición o salvación del "alma", y con ello
se hace referencia a la decisión personal, a la manera de responder el hombre
al llamamiento divino que le convierte en persona. Ante esto se desvanece
"todo el mundo". Por
consiguiente, ¿podemos, en justicia, deducir de la limitación que el
crecimiento de la masa va a imponer a todos los valores de la personalidad y de
la cultura, un argumento decisivo en contra de la misma? ¿Acaso tenemos derecho
a decir que no deberían nacer mil seres humanos, sino solamente diez, por el
hecho de que el nivel cultura de mil haya de ser inferior al de diez? La
ventaja de ser persona, ¿no es algo absoluto frente a io cual deben
desestimarse otras consideraciones? He aquí una coyuntura que apremia al hombre
individualista de la Edad Moderna a preguntarse en qué medida ha otorgado un
valor absoluto a sus condiciones personales de existencia, a cuya defensa
tiene, por supuesto, derecho. Por
lo tanto, en vez de protestar en nombre de una cultura sustentada por
personalidades contra la masa que va haciendo su aparición, sería mejor
preguntarse dónde radican los problemas humanos de esta masa. Pues bien,
radican en la disyuntiva de si la uniformidad que se impone con la mayoría
conduce solamente a la pérdida de la personalidad, o también a la de la
persona. Lo primero es tolerable; nunca lo segundo. Esto
supuesto, a la pregunta de cuál es el modo de que las posibilidades de la
personalidad permanezcan abiertas en la masa, y de cómo la personalidad puede
incluso llegar a ser algo especialísimamente apremiante en ella, no se puede
responder con los criterios de la antigua cultura de la personalidad, sino que
se ha de responder con los de la misma masa. Y entonces ciertamente se puede
admitir que, al renunciar al caudal, rico y libre, de la cultura de la
personalidad, se pondrá de relieve, con una firmeza espiritual que antes no
podía darse, lo que verdaderamente constituye la "persona": el estar
frente a Dios, la dignidad inalienable, la responsabilidad insustituible. Por
muy extraño que pueda parecer, la misma masa que encierra en sí el peligro de
ser dominada y usada de forma absoluta entraña también la posibilidad de que la
persona alcance su mayoría de edad. Todo esto impone, sin duda, tareas
destinadas a conseguir una liberación interna, un robustecimiento contra las
fuerzas impersonales que crecen en forma cada vez más gigantesca, tareas que
todavía apenas estamos capacitados siquiera para sospechar. A
esto hay que añadir otra consideración. Si no queremos contemplar los
acontecimientos de los últimos siglos únicamente como pasos hacia la
decadencia, tenemos que descubrir en ellos un sentido positivo. Este sentido
consiste en la tarea que ineludiblemente nos ha sido encomendada de dominar el
mundo. Las exigencias de esta tarea van a ser tan enormes, que no hay forma de
satisfacerlas con las posibilidades de la iniciativa individual y de la unión
de particulares formados en el individualismo. Se requerirán una reunión de
fuerzas y una unidad de dirección que solamente pueden surgir de una actitud
diferente. Ahora bien, ésta es precisamente la actitud que se deja ver en la
naturalidad con que el hombre de la época naciente renuncia a singularidades y
acepta una forma de ser común, así como también en la naturalidad con que
abandona la iniciativa individual y se subordina al orden. Este proceso se
realiza hoy con tal degradación y opresión del hombre, que corremos peligro de
no ver su sentido positivo. Sin embargo, ese sentido existe, y se encuentra en
la grandeza de la tarea misma; a ella corresponde cierta grandeza de la actitud
humana, es decir, una solidaridad perfecta tanto respecto de la tarea como
respecto del compañero de trabajo. En un coloquio en corno al problema de que
es lo que la formación ética del joven actual .podía dar por supuesto como
realidad inmediata, se obtuvo por resultado una única respuesta: la
camaradería. Esta pudiera ser entendida corno el residuo formal que se salva
cuando todos los valores de contenido están en quiebra; pero también puede ser
entendida —y a mi juicio, debe serlo— como síntoma de lo que se está incubando.
Se trata de una camaradería en el orden de la existencia: en la tarea y en el
riesgo humanos del futuro. Si se llega a concebir esa camaradería poniendo en
su base la persona, constituirá el gran elemento humano-positivo de la masa.
Con esta camaradería por base, y siempre bajo las nuevas condiciones que crea
la masa, pueden ser reconquistados los valores humanos de la bondad, el saber y
la justicia. También
desde este ángulo, por supuesto, se han de revisar los tan discutidos valores
democráticos. Todo el mundo tiene experiencia de la profunda crisis que les
afecta. La crisis se deriva de que esos valores han recibido su cuño histórico
en la atmósfera de la cultura de la personalidad y expresan la pretensión que
tiene la mayoría de que cada uno de sus miembros ha de poder llegar a alcanzar
esa personalidad. Pero precisamente por ello presuponen la existencia de una
población relativamente pequeña. Por consiguiente, se ve también que un
espíritu auténticamente democrático en este sentido sólo es posible en países
pequeños; y, si lo es en grandes países, solamente en aquéllos que tengan aún
muchísimo campo libre. Ahora bien, la solución al porvenir de los valores
democráticos está en saber si serán repensados y vividos tomando como punto de
partida el carácter estricto y riguroso de la existencia de la persona que
forma parte de la masa. En
caso de que no se realice esto, tendrá lugar la segunda y terrible alternativa:
el hombre sucumbirá ante las fuerzas anónimas. Aún
hemos de considerar otra cosa. A partir de una fecha remota de la Edad Moderna
los conceptos rectores de la existencia humana se han apoyado en la imagen del
"hombre humano" (human). Tengamos presente que este término no
contiene un juicio moral, sino que hace referencia a una estructura susceptible
de determinación tanto positiva como negativa. En el curso de la evolución
historien esta estructura se presenta con diferentes configuraciones, a saber:
como hombre de la Antigüedad, de la Edad Media, de la Edad Moderna. Este último
está en vigor hasta un momento posterior al final de siglo, momento que no es
fácil precisar. Dichas configuraciones se distinguen entre sí profundamente;
sin embargo, tienen algo de común: precisamente lo que indica el concepto de lo
"humane" (das Humane). Tal
vez pueda definirse esto como el hecho de que la esfera de actividad de dicho
tipo de hombre coincidía con la esfera de sus vivencias. En realidad lo que él
captaba eran, en lo esencial, las cosas de la naturaleza, tal y como él podía
verlas, oírlas, tocarlas con sus sentidos. Las cosas que realizó fueron fundamentalmente
las producidas por sus órganos, ampliadas y robustecidas mediante aquellos
elementos auxiliares que llamamos instrumentos, cuyo efecto de amplificación
fue a veces muy grande. Ya la Antigüedad y la Edad Media conocieron principios
mecánicos, y la Edad Moderna comenzó en el acto a desarrollarlos científica y
técnicamente. A pesar de ello, hasta muy avanzada la Edad Moderna este efecto
de amplificación no fue un fenómeno esencial que llegara a motivar un cambio
total de actitud más allá de la esfera de lo que el hombre podía abarcar con
sus facultades sensitivas, representarse con su imaginación y experimentar con
su sentimiento. Así su querer y su poder estaban en consonancia con su
estructura psicofísica. Otro tanto ocurría con la naturaleza que él veía y
palpaba, puesto que lo que hizo fue explotar sus energías, utilizar sus
elementos y desarrollar sus formas, pero dejando intacto en lo esencial lo
relativo a su contenido. El hombre dominaba la naturaleza en la medida en que
se insertaba en ella. Esta
correspondencia, muy elástica naturalmente, esta consonancia de lo querido y
podido con el dato inmediato, esta posibilidad no sólo de saber y de obtener
resultados, sino incluso de vivir plenamente lo conocido y lo alcanzado,
constituye la cualidad a que aquí hacemos referencia con la palabra
"humano". Más
tarde esta relación se modifica. El campo del conocer, del querer y del obrar
humanos supera el dominio de su estructura inmediata, primero en casos
aislados, luego cada vez con más frecuencia y, por fin, de un modo constante.
Ahora el hombre conoce en forma científica e intelectual mucho más de lo que
puede ver sensorialmente, e incluso de lo que únicamente puede imaginar.
Pensemos en el orden de magnitudes de la astronomía. Es capaz de planear y
llevar a la práctica actividades que ya no puede ni siquiera sentir. Recordemos
las posibilidades técnicas abiertas por la física. A
consecuencia de esto, sus relaciones con la naturaleza se modifican. Pierden su
carácter inmediato; se hacen indirectas, mediatizadas por el cálculo y el
aparato. Pierden su carácter concreto; se tornan abstractas y formales. Pierden
la posibilidad de ser algo vivencial; se hacen positivas y técnicas. Pero
también sufren una transformación, a consecuencia de lo dicho, las 'relaciones
del hombre con su obra. Esta, igualmente, e hace en amplia medida indirecta,
abstracta y objetiva. El hombre no puede ya, en gran parte, vivirla, sino sólo
someterla a cálculo y control. De aquí brotan graves problemas. En erecto, el
hombre es, desde luego, lo que él vive; pero ¿qué es el hombre si el contenido
de su obra no puede convertirse en vivencia suya? La responsabilidad supone,
ciertamente, cargar con las consecuencias de lo que se hace; constituye el
tránsito de la objetividad de cada acontecimiento a su apropiación ética; pero
¿en qué consiste la responsabilidad si el acontecimiento no tiene ya forma
alguna concreta, sino que se presenta a través de fórmulas y aparatos? Al
hombre que vive de este modo le denominamos "no humano". Del mismo
modo que el término "humano" no implica un juicio moral, tampoco está
última expresión lo implica, sino que hace referencia a una estructura
aparecida en la historia y que cada vez se acentúa con mayor fuerza: la
estructura en la cual la esfera de las vivencias del hombre será rebasada
radicalmente por su esfera de conocimiento y acción Ahora
bien, con todo esto se modifica también —y recurrimos una vez más a lo ya
analizado— la imagen de la naturaleza misma. También la posibilidad de acceso a
ella, de imaginarla y de vivirla, es cada vez menor. Giordano
Bruno y Montaigne, Rousseau y Spinoza, Goethe y Hölderlin, incluso los
materialistas de finales del siglo XIX entendieron con la palabra
"naturaleza" el conjunto de cosas y acontecimientos que el hombre
encontraba alrededor de sí y que, a partir de él, se dilataban en conexiones
cada vez más amplias; la estructura de sus formas y procesos inmediatamente
dados, que se hallaban respecto de él en una relación de medida armónica. Esas
cosas y acontecimientos, formas y procesos estaban allí, accesibles y con
posibilidad de originar una experiencia vital; ahora todo huye a la zona de lo
inasequible. Por supuesto que la naturaleza en el sentido anterior era también
"misteriosa" incluso en "pleno día"; sin embargo, su
misterio era en tal medida continuación del misterio humano, que se la podía
calificar de "madre naturaleza". Era un misterio en el que se podía
vivir, aun cuando el hombre no solamente encontrara en él nacimiento y
desarrollo, sino también dolor y muerte. Ahora la naturaleza se ha convertido
en algo decididamente extraño y no concede ya posibilidad para la menor
relación inmediata. Por otra parte, no puede ser ya pensada de modo intuitivo,
sino solamente en forma abstracta. Se convierte cada vez más en una compleja
estructura de relaciones y funciones que sólo puede captarse por medio de
símbolos matemáticos, y que se apoya en algo cuya designación unívoca no es ya
posible. Del
mismo modo, esta naturaleza no puede ser ya sentida en gran parte sino con
sentimientos muy remotos, con sentimientos, por así decirlo, límites; como algo
absolutamente extraño a nuestras experiencias e invocaciones. Con todo, quizá
aquí es preciso ser prudente. Probablemente se encierran también en ello
posibilidades y tareas cuyo significado pudiera ser el descubrimiento de que el
umbral de la experiencia vivencial se ha dilatado y de que, por ello, llegan a
ser objeto de esa experiencia ciertas magnitudes de las cosas y realizaciones
que antes le eran inasequibles. Pero pudieran significar además el desarrollo
de una forma de sentimiento indirecto que introduce en la vida propia lo que
hasta ahora sólo podía pensarse en forma abstracta. Ahora bien, frente a esta
naturaleza habrá de adoptarse en todo caso una actitud de vigilancia v de seria
responsabilidad, que están en conexión con los problemas de la personalidad a
que antes hemos aludido y sobre los cuales debemos hablar aún. Esta
naturaleza no es ya —por seguir utilizando la calificación elegida para el
hombre— la "naturaleza natural" (de la cual trae su origen el
concepto de lo "natural" entendido como lo inmediatamente evidente,
lo que se comprende de por sí), sino la "naturaleza no natural",
tomando también esta denominación no como expresión de un juicio, sino como
recurso descriptivo. Evidentemente,
la flor colocada sobre la mesa continúa siendo belleza fresca y perfumada, como
lo era antes; el jardín es siempre el ámbito de la espontaneidad educada
situado en las proximidades del hombre; la montaña, el mar y el firmamento
estrellado salen también ahora al encuentro de la sensibilidad > con la
grandiosidad liberadora de sus respectivas imágenes. Con todo, también en este
punto han de tenerse presentes las realizaciones de la "técnica",
tomando esta palabra en su sentido más amplio, en cuanto abarca la explotación
de las aguas, las comunicaciones, el turismo y la industria recreativa, y
alcanza a todo aquello que hace desaparecer por doquier a la naturaleza en su
sentido originario. Evidentemente
los esfuerzos por volver a alcanzar la "conformidad con la
naturaleza" en la forma de vivir, así como en la terapéutica, en la
educación y en !a formación, conservan todo su sentido. Del mismo modo el
hombre, en virtud de su derecho de legítima defensa, tiene que aspirar a
reconquistar el carácter originario de su ser corpóreo y espiritual, a
recuperar en el mundo perdido de los símbolos la carta de naturaleza, y a todo
aquello que en los esfuerzos de las últimas décadas se ha evidenciado como
exigencia ineludible. Pero
todo aquél que se preocupa de estos problemas se encuentra ante la alternativa
siguiente: o bien los aborda románticamente, como retorno a unas relaciones con
la naturaleza ya inexistentes, o bien les hace frente con realismo,
contemplándolos en relación con el futuro, y esto de tal forma que el carácter
de naturalidad no sólo se salve, como sucede precisamente en las diferentes
"reformas de vida" constituidas por aislamientos estériles, sino que
triunfe en la misma situación nueva y se desarrolle partiendo de ella. Son
tareas éstas que están en relación estrecha con las que hacen referencia a la
personalidad, y que hemos descubierto al hablar de ella. Estos
dos fenómenos —el del hombre no humano y el de la naturaleza no natural—
constituyen un punto de referencia fundamental, sobre el que basará sus
construcciones la futura forma de existencia, es decir, aquella forma de
existencia en la cual el hombre tendrá capacidad para llevar hasta sus últimas
consecuencias su dominio sobre el mundo, proponiéndose sus objetivos sin
prejuicios, resolviendo el problema de la realidad inmediata de las cosas y
utilizando los elementos de esa realidad inmediata para llevar a cabo sus
fines. Todo ello sin tener en cuenta nada que pudiera considerarse intangible
según la imagen del hombre y de la naturaleza propia de la época precedente. IV No
resultaba ya fácil hablar de la transformación operada en las relaciones con la
naturaleza y la subjetividad tal como las entendió la Edad Moderna, puesto que
nos hallamos en medio de ese proceso; sin embargo, aún resultará más difícil
expresar lo que ocurre con la imagen de la cultura. También
en este terreno se produce una transformación; ésta no consiste sólo en el
descubrimiento de objetos y métodos nuevos, en el desarrollo de posibilidades y
tareas, sino que, al parecer, modifica totalmente el carácter de lo que
llamamos "cultura". A
nosotros, hombres actuales, nos resulta difícil volver a sentir lo que
significó la actividad cultural para los albores de la Edad Moderna. Constituyó
el estallido de una primavera existencial pictórica e inconteniblemente segura
de su porvenir. La matemática y las ciencias naturales hicieron rápidos
progresos. Se descubrió la Antigüedad, y la ciencia histórica inició su
interminable tarea. Se despertó el interés por el hombre, lo cual hizo que se
observase la variedad de sus manifestaciones, y que, debido al esfuerzo por
analizarle y comprenderlo, se crearan las ciencia» denominadas antropología y
psicología, La ciencia del Estado consideró la comunidad humana como un gran
ser vivo, investigó su desarrollo, la variedad de sus formas y las condiciones
de su existencia. La filosofía rompió su vinculación con el estado eclesiástico
y se convirtió en una interrogación hecha directamente por el hombre a los
fenómenos del mundo. El arte en todas sus manifestaciones — arquitectura,
escultura, pintura, poesía, drama — tomó asimismo el carácter de una esfera
autónoma de actividad y dio a luz un número inmenso de creaciones. Se
configuraron los Estados nacionales con su vehemente sentimiento de poder. Con
audacia arrebatadora se tomó posesión de la tierra. Se descubrieron mares y
territorios, y se organizó el sistema colonial. Finalmente se realizaron todos
los descubrimientos y construcciones, inconcebibles para cualquier época
anterior, a los que nosotros llamamos técnica y con los cuales el hombre domina
la naturaleza; ellos están indisolublemente vinculados a la economía de la Edad
Moderna, caracterizada por un ansia de lucro sin límite, que da origen al
sistema capitalista, de compleja articulación. Todo esto era algo así como la
irrupción de energías desconocidas, procedentes de profundidades hasta entonces
cerradas. El hombre tuvo una vivencia totalmente diferente del mundo, y, a
través de éste, de sí mismo. Le embargó la confianza incontenible de que se
iniciaba entonces una era esencial respecto de la cual todo lo anterior no
había sido sino preparación u obstáculo. El
hombre de la Edad Moderna está convencido de que, por fin, se encuentra frente
a la realidad. Ahora se le abrirán las fuentes de la existencia. Las energías
de la naturaleza descubierta se unirán a las de su propio ser, y la vida se
realizará en toda su plenitud. Las distintas esferas del conocer, actuar y
crear se estructurarán cada una según sus leyes; cada una se completará con las
demás; surgirá un conjunto dotado de plenitud y de unidad grandiosas, "la
cultura" precisamente, y en él alcanzará el hombre su plenitud. Expresión
de este modo de pensar es la fe de la Edad Moderna en el progreso que el
carácter lógico de la naturaleza humana y de sus obras ha de engendrar con toda
segundad. Las leyes de la naturaleza, la estructura psicológica y lógica de la
vida humana, las relaciones mutuas de les individuos así como las formas de
proceder de las colectividades sociológicas, todo es de tal naturaleza que
tiende con necesidad interna hacia un futuro mejor. Nuestra
actitud ya no es ésta. Por el contrario, nos damos cuenta, cada vez con mayor
claridad, de que la Edad Moderna se ha engañado. No
queremos decir que nosotros tratemos de criticar sus creaciones culturales;
esto se realizó ya con anterioridad. En el momento en que su evolución conoce
un éxito triunfal, todas las formas de la crítica, desde la educativa y
esperanzada hasta la pesimista y escéptica, se ejercen sobre ella. En el
momento culminante de la evolución europea, conseguido con el Renacimiento y el
Barroco, afirma Rousseau que la cultura, a parar de un límite muy cercano y
tangible, es en términos generales perjudicial, y aconseja la vuelta a la
naturaleza, que es lo único auténtico e inocente. Pero escás actitudes sólo
pretenden moderar y orientar la totalidad del proceso, sobre el que no existe
duda en momento alguno. Solamente la crítica cristiana penetra con mayor
hondura: conoce por la Revelación el peligro que corre el hombre de perderse en
medio del mundo y del trabajo; sabe qué es lo "único necesario", y
por ello está capacitada para descubrir el interior de ese optimismo
progresista, entusiasta en un principio y después convertido en dogma. Conoce
la falsedad de la idea de autonomía y sabe que una cultura que deja a un lado a
Dios no puede tener éxito, por la sencilla razón de que Dios existe. Sin
embargo, esta duda y esta crítica proceden de la Revelación, es decir, de algo
externo a la misma cultura; por ello, si bien están en lo cierto, no tienen
eficacia desde el punto de vista histórico. Hoy
la duda y la crítica proceden de la cultura misma. Ya no tenemos confianza en
ella. No podemos aceptarla, cual lo hizo la Edad Moderna, como marco esencial
de la vida y como estructura fiel y auténtica de ésta. Para nosotros no
constituye en modo alguno, en cuanto "espíritu objetivo", expresión
de la verdad existencial. Por el contrario, nos embarga el sentimiento de no
estar de acuerdo con ella. Nos vemos obligados a colocarnos en actitud de
prevención frente a la cultura, y no sólo porque encierre errores o haya sido
superada en, el orden histórico, sino porque su voluntad fundamental y su ideal
sen falsos; porque, en definitiva, no se puede confiar en la obra del hombre
con la confianza que puso en ella la Edad Moderna. Otro tanto debemos decir con
respecto a la naturaleza. Sin
duda una crítica de este tipo ha de tener conciencia siempre viva de las
fuentes de sus posibles errores. Pudiera suceder, en efecto, que por su boca
hablase el pesimismo de un pueblo que da valor absoluto a su hundimiento; o
bien la voz sombría de Occidente, que se siente envejecido y cae en ¡a cuenta
de que la dirección ha pasado a pueblos más jóvenes. A pesar de ello, el
diagnóstico parece acertado. Según
la concepción de la Edad Moderna la cultura es algo "natural". No en
el sentido obvio, puesto que se funda precisamente en la aptitud del espíritu
para independizarse de su conexión con la naturaleza y situarse frente a ella;
sino en el sentido de la Edad Moderna, según el cual naturaleza y espíritu
constituyen un todo, el Todo simplemente, el universo, que es necesario y
verdadero porque en él todo transcurre según las leyes del espíritu. Esta convicción
es el soporte del optimismo cultural de la Edad Moderna. Pero
el curso de la historia ha demostrado que esta suposición era errónea. El
espíritu humano es libre lo mismo para obrar bien que para obrar mal; para
edificar como para destruir. Y este aspecto negativo no constituye un elemento
antitético necesario dentro del proceso total, sino que es negativo en el
exacto sentido de la palabra: se lleva a cabo aunque no sea necesario hacerlo,
aun cuando se pudiese realizar algo bueno. Ahora bien, esto es lo que se ha
realizado de la manera más amplia y en puntos fundamentales. Las
cosas han seguido un camino falso, como lo demuestra la situación presente.
Nuestra época lo siente, y experimenta inquietud en sus estratos más profundos.
Sin embargo, en ello se encierra también su gran posibilidad de escapar al
optimismo de la Edad Moderna y poder ver la verdad. Esto
se advierte en muchos aspectos de la situación actual; indicaremos algunos de
ellos. Ahí
está, en primera línea, el hecho, cada vez más destacado, de que la cultura de
la Edad Moderna —ciencia, filosofía, pedagogía, sociología, literatura— ha
tenido una visión falsa del hombre; no sólo en cuanto a detalles, sino en su
apreciación fundamental y, por consiguiente, en su totalidad. El
hombre no es tal como lo pintan el positivismo y el materialismo. Para éstos el
hombre "evoluciona" a partir de la vida animal, que, a su vez,
procede de cualesquiera diferenciaciones en la materia. Pero el hombre, a pesar
de todos sus vínculos comunes con el resto de las cosas, es algo esencialmente
distinto, porque está definido por el espíritu; éste, por su parte, no puede
tener origen en materia alguna, y otorga a la totalidad del ser humano un sello
especial que lo distingue de todos los demás vivientes. El
hombre no es tampoco tal como lo ve el idealismo. Por supuesto, éste admite el
espíritu, pero lo identifica con el Espíritu Absoluto y aplica a este último la
categoría de la evolución. El proceso del Espíritu Absoluto constituye el curso
del mundo, y el hombre forma parte de ese curso; por consiguiente, no puede
existir para él libertad alguna en el recto sentido de la palabra, ni una
auténtica decisión que tenga en él su punto de partida. De aquí que tampoco
pueda darse la historia en el verdadero sentido del término, y que el hombre
quede despojado del ámbito existencial propio de su ser. Pero el hombre no es
así. Es un ser finito, pero auténtica persona; su individualidad no le puede
ser arrebatada, su dignidad es inalienable, su responsabilidad, irreemplazable.
Además, la historia no fluye de acuerdo con lo que le señala de antemano la
lógica de una esencia del mundo, sino tal y como la determina el hombre con su
libertad. Pero
el hombre tampoco es tal como lo ve el existencialismo. Según éste, carece de
todo presupuesto, de toda esencia y de toda norma. Es absolutamente libre y se
determina a sí mismo, no sólo respecto de su actividad, sino también en cuanto
al ser. Arrojado a una existencia carente de lugar y de orden, nada tiene fuera
del propio yo, y su vida es radicalmente propio destino. Tampoco es verdad
esto. El hombre tiene una esencia que le da la posibilidad de decir: Soy esto y
lo otro. Existe un orden que le permite decir: Existo ahora y aquí, y me
encuentro en esta determinada conexión con las cosas. Hay un mundo circundante
—universo visible y ambiente— que, si bien constituye una amenaza, también
actúa como punto de apoyo. Así
podíamos seguir citando otros muchos ejemplos. Nadie
que tenga conciencia de su condición de hombre dirá hoy que se encuentra a sí
mismo en la imagen del hombre que le ofrece la antropología de la Edad Moderna,
sea dicha antropología de tipo biológico, psicológico, sociológico o de
cualquier otro orden. Lo único que encuentra siempre es alguno de sus aspectos
en forma aislada: cualidades, relaciones, estructuras; jamás se encuentra a sí
mismo en forma absoluta. Se habla del hombre, pero, en realidad, no se le ve.
Hay un movimiento hacia el, pero no llega a alcanzarlo. Se opera con él, pero
él no se pone al alcance de la mano. Se le somete a estadísticas, se le inserta
en organizaciones, se le emplea para diversas finalidades, pero siempre se
produce el espectáculo extraño y atrozmente grotesco de que todo esto se
realiza con un fantasma. Aun cuando el hombre sufra la violencia, aunque se
abuse de él, se le mutile y destroce, aquello contra lo que la violencia asesta
sus golpes no es el hombre. El
hombre tal y como lo ve la Edad Moderna no existe. Esta intenta constantemente
encuadrarlo en categorías a las que él no pertenece: categorías mecánicas,
biológicas, psicológicas, sociológicas, variantes todas ellas de la voluntad
fundamental de convertirlo en una sustancia del orden de la
"naturaleza", aun cuando sea del de la naturaleza espiritual. Sólo
hay una cosa que la Edad Moderna no ve y que, sin embargo, constituye al hombre
ante todo y en absoluto: la persona finita, que existe como tal aunque no lo
quiera, aunque niegue su propio ser; que es llamada por Dios y está en contacto
con las cosas y con las demás personas; que tiene la libertad soberana y
terrible de poder conservar y destruir el mundo, más aún, de poder afirmarse a
sí misma y alcanzar su pleno desarrollo, o abandonarse y destruirse. Y esto
último no como un elemento necesario dentro de un proceso suprapersonal, sino
como algo realmente negativo, evitable y en el fondo absurdo. Si la cultura
fuese en realidad tal como la ha concebido la Edad Moderna, nunca hubiese
podido errar de tal forma respecto del hombre, nunca hubiese podido perderlo de
vista ni borrarlo de los distintos órdenes como lo ha hecho. La
misma conclusión se deduce del peligro, cada vez mayor y más inminente, que
procede de la cultura misma, y que amenaza tanto a ella como al hombre que la
sustenta. Este
peligro procede de distintas fuentes, pero sobre todo de aquello que constituye
el fundamento de toda creación cultural, es decir, del poder sobre lo
existente. El hombre de la Edad Moderna opina que todo incremento del poder
constituye sin más un "progreso", un aumento de seguridad, de
utilidad, de bienestar, de energía vital, de plenitud de los valores. A decir
verdad, el poder es algo totalmente ambiguo; puede operar el bien como el mal,
lo mismo puede construir que destruir. Lo que de hecho resulte depende de la
intención del que lo maneja y de la meta a cuya consecución se aplique. Ahora
bien, un análisis riguroso pone de manifiesto que en el transcurso de la Edad
Moderna el poder sobre lo existente —tanto sobre las cosas como sobre los
hombres— crece ciertamente en proporciones cada vez más gigantescas, en tanto
que el sentimiento de responsabilidad, la claridad de conciencia, la fortaleza
de carácter no van en absoluto al compás de ese incremento; este análisis
revela que el hombre moderno no está preparado para utilizar el poder con
acierto; más aún, que en gran medida incluso falta la conciencia del problema,
o bien se limita a ciertos peligros externos, como los que han hecho su
aparición en la guerra y son discutidos por la prensa. Esto
supone que la posibilidad de que el hombre utilice mal el poder crece
constantemente. Come aún no existe una ética auténtica y eficaz del uso del
poder, la tendencia a considerar este uso como un proceso natural, no sometido
a norma alguna reguladora de la libertad, sino únicamente a los supuestos
imperativos de la utilidad y de la seguridad, es cada vez mayor. Aún
más: el desarrollo de los acontecimientos produce la impresión de que el poder
se está objetivando; de que, en el fondo, no es ya poseído y utilizado por el
hombre, sino que continúa desarrollándose y determinándose a la acción
autónomamente, según el proceso lógico de los problemas cien tíficos, de las
cuestiones técnicas, de las tensiones políticas. Esto
significa, incluso, que el poder se hace demoníaco. Este término está
desvirtuado por el uso oral y escrito, como todas las palabras importantes
relativas a la existencia humana; por ello es preciso recordar su verdadero
sentido antes de utilizarlo. Nada existe sin dueño. Si lo existente es naturaleza
—entendiendo esta palabra en el sentido de la creación no personal—, pertenece
a Dios, cuya voluntad se expresa en las leyes según las cuales subsiste dicha
naturaleza. Si hace su aparición dentro del campo de la libertad humana, tiene
que pertenecer a un hombre y éste ha de responder de ello. En caso de que el
hombre en cuestión no cargue con esa responsabilidad, no se convierte de nuevo
en "naturaleza", hipótesis imprudente con la cual se consuela más o
menos conscientemente la Edad Moderna; no continúa siendo algo totalmente
disponible, en reserva, por así decirlo, sino que toma posesión de ello un
elemento anónimo. Digámoslo en términos psicológicos: Será manejado por el
inconsciente, que es algo caótico y cuyas posibilidades destructivas son tan
poderosas por lo menos como las salvadoras y constructivas. Pero esto no es
todo. Cuando la conciencia humana no asume la responsabilidad del poder del
hombre, los demonios lo cogen por su cuenta. Y con este término —demonios— no
pretendemos utilizar un recurso periodístico, sino que nos referimos
precisamente a lo que se refiere la Revelación: a seres de naturaleza
espiritual que, siendo buenos cuando Dios los creó,- se apartaron luego de Él,
se decidieron por el mal, y ahora están decididos a corromper la Creación.
Estos demonios son los que manejan el poder del hombre mediante sus instintos,
al parecer tan naturales, pero en realidad tan absurdos; por medio de su lógica
humana, tan consecuente en apariencia, pero en verdad tan fácilmente
sugestionable; mediante el egoísmo humano, que se abandona tan fácilmente a
toda clase de violencias. La forma de desarrollo del proceso histórico de los
últimos años, contemplado sin prejuicios racionalistas y naturalistas, y las
tendencias y actitudes espirituales y psíquicas que en ellos hicieron su
aparición hablan con suficiente claridad. La
Edad Moderna ha olvidado todo esto, porque la ha cegado su fe rebelde en el
autonomismo. Ha creído que el hombre podía sin más tener poder y, al emplearlo,
conservar la segundad, a causa de la naturaleza lógica de las cosas, en virtud
de la cual estás habían de conducirse dentro de la esfera de la libertad humana
con la misma previsibilidad que en la de la naturaleza. Pero esto no sucede
así. Tan pronto como una fuerza, un elemento, una estructura o cualquier otra
cosa penetra en el ámbito del hombre, recibe allí un carácter nuevo. Ya no es
mera naturaleza, sino que se convierte en un elemento de la circunstancia
humana. Participa de la libertad del hombre, pero está también sometido a su
debilidad, y, por ello, se hace equívoco, se convierte en receptáculo de
posibilidades tanto positivas como negativas. Una
misma sustancia química es diferente en un organismo que en un mineral, porque
el organismo la inserta en una estructura y en un esquema funcional nuevos. Si
alguien dijese que el oxígeno es oxígeno no enunciaría un pensamiento
científico, sino vulgar. Eso es en sentido abstracto, pero no en sentido
concreto, pues a la definición del oxígeno en concreto pertenece la estructura
en que se encuentre. Un órgano en el cuerpo del animal es diferente que en el
cuerpo del hombre, porque aquí penetra en las formas vitales del espíritu, con
sus afectos, sus vivencias racionales y éticas, y, por consiguiente, adquiere
posibilidades nuevas tanto de creación como de destrucción; no tenemos que
hacer, para ver esto, sino comparar lo que se atribuye al "corazón"
de un hombre con lo que se le atribuye al de un animal. No percatarse de todo
esto sería propio de un primitivismo materialista; éste se reproduce en el
optimismo de la Edad Moderna, según el cual la "cultura" es algo
seguro de por sí. A decir verdad, "cultura" significa que las
realidades de la naturaleza penetran en la esfera de la libertad y reciben allí
una potencialidad de nuevo cuño. En ellas quedan libres así posibilidades de
acción totalmente nuevas, pero esto precisamente hace que esas realidades
corran un riesgo y sean causa de ruma si el hombre no las coloca dentro del
orden que ahora reclaman, es decir, dentro del orden ético de la persona. Si no
fuera esto verdad, ¿hubieran podido suceder en el núcleo mismo de la cultura
europea cosas como las que han sucedido en los últimos años? En efecto, no
todas las atrocidades han caído del cielo, o mejor dicho, han subido desde el
infierno. Todos estos sistemas de infamia y destrucción inconcebibles no han
sido imaginados después de un período en que todo estaba en orden.
Monstruosidades tan conscientemente realizadas no se producen únicamente por
obra de un individuo desnaturalizado o de grupos pequeños, sino que proceden de
trastornos y perversiones cuyo influjo se ha iniciado mucho tiempo antes. Lo
que designamos con los términos de norma moral, responsabilidad, dignidad,
conciencia despierta, no desaparece en tal grado de una colectividad viviente
si no perdió ya su valor con mucha anterioridad. Ahora bien, si la cultura
fuese lo que vio en ella la Edad Moderna, esto no hubiera podido suceder. La
Edad Moderna supuso que la materia del mundo seguía estando tan segura al
penetrar en la esfera de la libertad como lo estaba en la de la naturaleza; que
se originaba una segunda naturaleza en la que, si bien de un modo más complejo
e inestable, se podía confiar como en la primera. A consecuencia de ello surge
una despreocupación, incluso una inconsciencia, en la utilización de lo
existente, tanto más inconcebible para el que la observa cuanto mayor sea la
exactitud con que investigue el curso del proceso cultural. Y de aquí procede
un peligro cada vez mayor tanto de orden material como de orden espiritual; lo
mismo para el hombre que para su obra; igualmente para el individuo que para la
colectividad. La
conciencia de todo esto se abre paso paulatinamente. Cuestión aparte es si lo
hace con suficiente rapidez como para detener una catástrofe de carácter
mundial, mucho mayor de la que supone una guerra. De todos modos, la
supersticiosa fe de la burguesía en la segundad intrínseca del progreso se ha
resquebrajado. Muchos sospechan que "cultura" es algo distinto de lo
que por tal ha entendido la Edad Moderna, que no se trata de una bella
seguridad, sino de un riesgo a vida o muerte, del que nadie sabe qué va a
resultar. Hemos
hablado de un "hombre no humano" y de una "naturaleza no
humana"; ahora tendríamos que hallar un término que expresara el carácter
de la imagen de la obra humana del futuro. Confieso que no he podido
encontrarlo. Las otras dos denominaciones son ya equívocas. En el concepto de
lo "humano" está incluido el de lo relativo al hombre, y por ello la
denominación elegida —"hombre no humano"—- significa literalmente la
negación de lo relativo al hombre. Y, sin embargo, se trata en ella del hombre.
Tal vez pudiera incluso decirse que se trata de una manifestación extrema de
eso que llamamos "hombre"; de una última opción en la que se define su
ser, ese ser que ha de recibir en cada caso sus determinaciones definitivas no
por medio de la "naturaleza", sino a través de decisiones. Asimismo,
lo que la ciencia descubre como esencia de las cosas es también precisamente la
naturaleza, de forma que también respecto de ella la designación elegida
—"naturaleza no natural"— parece sufrir una contradicción en sí
misma. Por
consiguiente, sólo me queda esperar que el lector comprenda ambos términos tal
como aquí se entienden, esto es, en sentido histórico. Que entienda por lo
"humano" aquella forma de ser hombre que constituyó la norma desde la
Antigüedad hasta muy a la Edad Moderna y lo "natural" como aquella
imagen de la realidad externa que este hombre contemplaba en torno a sí y con
la que estaba en relación. A
la cultura del futuro no sé en realidad qué denominación asignarle, pues si
bien sería correcto hablar de cultura no cultural en el sentido que se da aquí
a estas expresiones, no podemos utilizar esta terminología, porque resultaría
muy imprecisa. De
todas formas, el hombre no humano, la naturaleza no natural y la forma que aquí
vislumbramos de la obra humana del futuro constituyen una unidad. Esta
imagen de la obra humana es profundamente distinta de la que le ha precedido.
Le falta precisamente lo que constituye la "cultura" en sentido
antiguo: la fecundidad tranquila, la prosperidad, el carácter bienhechor. Es
incomparablemente más dura y más tensa. Carece de carácter orgánico tanto en el
sentido de desarrollo como en el de proporción. Supone un acto de voluntad y se
realiza mediante el esfuerzo. De ella no se deriva un ámbito de asentamiento
seguro y de prosperidad; antes bien, se presentan aquí al espíritu conceptos
tales como los de campo de trabajo y campamento de guerra. La
obra humana del futuro —aún tendremos que volver sobre ello— .presentará ante
todo este rasgo esencial: el del riesgo. La necesidad y el sentido de la
cultura tienen su fundamento más sencillo en que la cultura es fuente de
seguridad. En ella se expresa principalmente la vivencia del hombre primitivo
que se veía rodeado por una naturaleza no comprendida ni dominada. Para él
cultura significaba todo aquello que pusiera freno a estas fuerzas sofocantes e
hiciera posible la vida. Poco a poco fue aumentando la seguridad. La naturaleza
dejó de ser algo extraño y peligroso y se convirtió en aquella fuente de bienes
inagotables, de energías renovadoras siempre activas y de datos siempre
inmediatos que vio en ella la Edad Moderna. Pero luego las relaciones con la
naturaleza sufrieron una nueva modificación: con el transcurso de la historia
el hombre entró de nuevo en un ambiente de riesgo; ahora bien, este riesgo
tenía su origen en aquellos esfuerzos y creaciones que habían servido para
vencer el primer riesgo, es decir, en la cultura misma. El
peligro no procede de dificultades aisladas para cuya solución no estuviesen
aún preparadas la ciencia y la técnica, sino que se deriva de algo que
constituye un elemento fundamental de toda actividad humana —incluso de la más
espiritual—, es decir, del poder. Tener poder quiere decir ser señor de la
realidad dada; dejar sin eficacia los efectos directos de lo existente que se
enfrenten con nuestra vida; mejor dicho, someterlos a las exigencias de dicha
vida. Esto se ha realizado de una forma eminente; el hombre domina en gran
medida los efectos inmediatos de la naturaleza. Sin embargo, no domina sus
efectos indirectos, el "dominar" mismo. Tiene poder sobre las cosas,
pero no lo tiene, o, para hablar con más prudencia, no lo tiene todavía sobre
su poder. El
hombre es libre y puede usar de su poder como le plazca. Pero ahí precisamente
radica la posibilidad de que lo emplee falsamente, entendiendo por ello el que
lo use tanto para el mal como para la destrucción. ¿Qué garantía hay de que se
use rectamente ese poder? Ninguna. No existe garantía alguna de que la libertad
adopte una decisión recta. Lo más que puede darse es una probabilidad, y ésta
reside en que la buena voluntad se convierta en una convicción, en una actitud,
en un hábito. Ahora bien, un análisis libre de prejuicios tiene que comprobar
—como ya lo hicimos notar— que carecemos de una formación del carácter que haga
probable el recto empleo del poder. El hombre de la Edad Moderna no está
preparado para el enorme incremento de su poder. Todavía no existe una ética
del uso del poder bien elaborada y dotada de eficacia; menos aún una educación
orientada a esto mismo, ni en las minorías, ni en las masas. Todo
esto ha hecho que el riesgo esencial que lleva en sí la libertad haya adquirido
caracteres de urgencia. Ciencia y técnica han puesto a nuestra disposición
tanto las energías de la naturaleza como las del hombre, y ello en tal forma
que pueden sobrevenir catástrofes de dimensiones inconcebibles, así desde el
punto de vista de su intensidad como, del de su duración. Con todo derecho se
puede decir que a partir del momento actual comienza un nuevo período de la
historia. A partir de ahora, y para siempre, el hombre va a vivir al borde de
un riesgo que afecta a la totalidad de su existencia y cuya intensidad irá en
aumento constante. Si a lo dicho añadimos todavía la idea adormecedora, antes
descrita, de una cultura segura de sí misma y que engendra seguridad, veremos
que la humanidad actual está muy mal preparada para administrar el patrimonio
que representa el poder adquirido hasta el presente. La situación puede siempre
desbordarla, y no solamente en sus elementos débiles, sino también, y sobre
todo, en sus elementos activos, en sus conquistadores, organizadores y dirigentes.
El primer ejemplo espantoso de esto lo hemos vivido en las dos décadas últimas.
Sin embargo, las cosas no parecen indicar que esto haya sido realmente
comprendido por una mayoría suficiente. Cada vez más tiene uno la impresión de
que el instrumento empleado para resolver los problemas que crecen como una
nada es, en último término, la fuerza. Ahora bien, esto significa que el uso
equivocado del poder se ha convertido en norma. El
problema central en torno al cual va a girar la larca cultural del futuro y de
cuya solución dependerá todo, no solamente el bienestar o la miseria, sino la
vida o la muerte, es el problema del poder. No el de su aumento, que se opera
por sí solo sino el de su sujeción, el de su recto uso. Las
fuerzas caóticas primitivas están vencidas: la naturaleza inmediata obedece.
Pero esas mismas fuerzas penetran de nuevo dentro de la misma cultura, y su
elemento es precisamente lo que proporcionó el triunfo sobre ellas en su
primera forma: el poder mismo. En
este segundo desencadenamiento de fuerzas caóticas se han vuelto a abrir todos
los abismos de los tiempos primitivos. La prolífica y sofocante vegetación de
los bosques vuelve a ganar terreno: Nuevamente hacen su aparición toda la
angustia de los desiertos, todo el horror de las tinieblas. El hombre se
encuentra de nuevo ante el caos; y esto es tanto más espantoso cuanto que la
mayor parte no lo ve en absoluto, pues por doquier hablan personas
científicamente preparadas, hay máquinas en marcha y funcionan oficinas. Tal
vez con lo dicho se haya visto más claramente por qué nos preguntamos si acaso
no deberíamos utilizar la denominación de "cultura no cultural". En
efecto, si lo que hizo el hombre de siglos pasados y que constituyó su
asentamiento fue cultura, esto que ahora nos ocupa es realmente algo diferente;
el ámbito existencial en que se asienta es otro; su carácter es distinto, y
distinto es lo que de ello depende. La
virtud básica será ante todo la seriedad en el deseo de verdad. Tal vez se
pueda ver un paso hacia ella en la objetividad que puede apreciarse en muchas
cosas. Esta seriedad quiere saber qué se persigue con todas las habladurías
sobre el progreso y la explotación de la naturaleza, y carga con la
responsabilidad que la nueva situación impone. La
segunda virtud será la fortaleza; una fortaleza sin aspavientos, espiritual y
personal, que se enfrenta con el caos amenazante. Ha de ser más pura c intensa
que la que se necesita para enfrentarse con las bombas atómicas y con los
instrumentos inventados para sembrar bacterias, ya que ha de resistir al
enemigo universal, al caos que hace progresos dentro de la, misma obra del
hombre, y además tiene contra sí, como toda fortaleza heroica de verdad, a la
mayoría, a la opinión pública, y a la mentira concretada en consignas y
organizaciones. Todavía
se ha de añadir un tercer elemento: el ascetismo. El
ascetismo era algo que repugnaba radicalmente al sentimiento de la Edad
Moderna; constituía la síntesis de todo lo que ella quería eludir. Pero,
precisamente por esto, la Edad Moderna se durmió internamente y se entregó a sí
misma. El hombre tiene que aprender a ser dueño de sí mediante el vencimiento y
la abnegación, y con ello a ser dueño de su propio poder. La libertad que da
este dominio orientará aquella seriedad hacia las opciones reales, en tanto que
hoy vemos cómo se emplea en ridiculeces una gravedad casi metafísica; hará que
el mero valor se convierta en fortaleza, y desenmascarará los pseudoheroísmos
en nombre de los cuales se deja inmolar el hombre, fascinado por pseudoabsolutos. De
todo esto tiene que surgir, por último, un arte espiritual de gobernar, en el
cual se someta al poder con el poder; que distinga entre lo justo y lo injusto,
entre el fin y ¡os medios; que sea moderado y cree un espacio libre, dentro de
los esfuerzos del trabajo y de la lucha, para que el hombre pueda vivir con
dignidad y alegría. Solamente esto constituirá el verdadero poder. Tal
vez he conseguido poner en claro que aquí no se predica ningún pesimismo; mejor
dicho, ningún pesimismo fabo, pues existe también uno verdadero sin el cual
nada grande puede llevarse a cabo. Este último constituye la fuerza amarga que
hace capaces de trabajar sin desfallecer al corazón fuerte y al espíritu con
dotes creadoras. La
verdad es que dicho pesimismo dota ser fomentado y orientado hacia la única
opción verdadera, la cual está situada por encima de las numerosas opciones
particulares que se imponen por doquier. Las posibilidades que ofrece dicha
opción son las siguientes: o el hundimiento en una destrucción tanto interna
como externa, o bien un mundo nuevo donde viva una humanidad consciente de su
sentido y con capacidad para el futuro. No
vamos a detenernos aquí en lo relativo a la esencia y carácter de esa forma
nueva de mundo. Tendríamos mucho que decir si relacionásemos entre sí los
múltiples brotes que de ello se observan; si estudiásemos las características
de las formas y estructuras en gestación, y tratásemos de comprender los
motivos y aptitudes operantes en ese proceso. Pero rebasarían el marco de este
estudio, por lo cual tenemos que dejarlo para otra ocasión. V Lo
expuesto nos ofrece la posibilidad de decir algo sobre la religiosidad del
futuro, con todas las reservas que la situación impone desde luego a manifestaciones
de este tipo. Volvamos
de nuevo la vista hacia el pasado. En
la Edad Media todos los estratos y ramificaciones de la vida estaban informados
por lo religioso. La fe cristiana constituía la verdad universalmente aceptada.
La legislación, la organización social, la ética tanto pública como privada, el
pensamiento filosófico, el trabajo artístico, las ideas que movían la historia,
todo ostentaba de alguna manera el sello común de ser cristiano y estar
sometido a la Iglesia. Con esto nada queremos decir sobre el valor humano y
cultural de tal o cual personalidad, ni de una obra determinada; no obstante,
hasta la forma de producirse una injusticia estaba sometida a los principios
cristianos. La Iglesia estaba estrechamente unida con el Estado, e incluso en
aquellos casos en que el Emperador y el Papa, el Príncipe y el Obispo mantenían
relaciones tirantes, acusándose y difamándose mutuamente, no fue puesta en tela
de juicio la Iglesia en cuanto tal. De
esto hay que distinguir otra cosa. La fe cristiana significa una vinculación
personal con el Dios que se manifiesta a Sí mismo, y la categoría de la fe
práctica se mide por la pureza y fidelidad de esa vinculación. Ahora bien, el
problema de saber en qué medida el hombre medieval es capaz de tener en términos
generales experiencia de la realidad religiosa; de saber hasta qué punto tiene
vivencia de la relación con lo divino, y hasta que punto actúa esa relación en
su vida de un modo inmediato, es cuestión distinta. En la Edad Media la
capacidad para todas estas cosas fue muy grande. Se desarrolló la experiencia
religiosa con solidez, profundidad y delicadeza. Todas las cosas y relaciones
de la vida estaban saturadas de signo religioso. Poesía y arte, formas
políticas, sociales y económicas, costumbres, tradiciones y leyendas muestran,
incluso con independencia de sus respectivos contenidos, que toda la existencia
ostentaba un carácter religioso. En este punto la Edad Media se hallaba en
relación de continuidad rigurosa con la Antigüedad, e incluso con los comienzos
de la historia, pues operaba en ella la vitalidad de los jóvenes pueblos
nórdicos, que afluyó a raudales con la invasión de los bárbaros. Ahora bien,
esta capacidad religiosa es en principio cosa distinta de la piedad cristiana;
de igual manera, lo que esa capacidad permite ver en las cosas y
acontecimientos nada tiene que ver con el contenido de la Revelación. Sin
embargo, existe alguna relación entre ambas esferas de experiencia: la
religiosidad natural queda purificada por la Revelación e incorporada por ella
al conjunto de sus significaciones. Esa religiosidad, por su parte, aporta a la
fe cristiana energías primitivas y elementos cósmicos y vitales mediante los
cuales el contenido de k Revelación queda referido a la realidad terrena. En
el transcurso de la Edad Moderna esta situación experimenta una profunda
modificación. Se
duda cada vez más hondamente de la verdad de la Revelación cristiana; su valor
para la ordenación y dirección de la vida es impugnado con firmeza creciente.
Para colmo, la orientación de la cultura se pone en contradicción cada vez más
aguda con la Iglesia. La nueva pretensión de que las distintas esferas de la
vida y de la actividad —política, economía, organización social, ciencia, arte,
filosofía, pedagogía, etc.— debían ser desarrolladas partiendo sólo de sus
principios inmanentes, aparece como algo cada vez más evidente. De este modo se
configura una forma de vida no cristiana y, en múltiples aspectos,
anticristiana. Dicha forma se impone de un modo tan lógico, que aparece como lo
normal, y el postulado de que la vida tiene que ser dirigida por la Revelación
recibe el carácter de una usurpación de la Iglesia. Hasta el creyente acepta en
gran medida esta situación, pues piensa que las cosas religiosas constituyen
una esfera propia, así como las cosas del mundo constituyen la suya; que cada
esfera debe configurarse según su propia naturaleza, y que debe quedar
reservado al individuo el determinar la medida en que desea vivir dentro de
cada una de ellas. Consecuencia
de ello es que, de un lado, surge una existencia profana autónoma, libre de
influencias cristianas directas, y, de otro, un cristianismo que imita de un
modo extraño esa "autonomía". Así como surge una ciencia puramente
científica, una economía puramente económica, una política puramente política,
nace también una religiosidad puramente religiosa. Dicha religiosidad pierde
cada vez más la relación inmediata con la vida concreta, su contenido profano
es cada vez menor, se limita con creciente exclusividad a la enseñanza y
práctica "puramente religiosas", y para muchos tiene ya el único
sentido de dar consagración religiosa a ciertos momentos culminantes de la
existencia, como el nacimiento, el matrimonio y la muerte. Por
regla general, cuando se habla de la situación religiosa de la Edad Moderna se
piensa en este estado de cosas. Pero también se puede hacer referencia a algo
más, es decir, a la disminución de aquella receptividad religiosa espontánea de
la que hemos hablado. Se
estudia la naturaleza cada vez más por vías experimentales y racionales; la
política es considerada como un mero juego de fuerzas e intereses; la economía,
elaborada a base de la lógica de la utilidad y de la prosperidad; la técnica,
manejada como un gran sistema de instrumentos al servicio de cualquier
finalidad; el arte, considerado como una creación basada en puntos de vista
estéticos, y la pedagogía, como formación de aquel hombre que es capaz de
sustentar este Estado y esta cultura. En la medida en que esto acontece se va
desvaneciendo la receptividad religiosa. Advertimos una vez más que con esta
denominación no entendemos la fe en la Revelación cristiana, ni una conducta de
vida definida por esa fe, sino la aptitud natural para aprehender el contenido
religioso de las cosas; el sentirse impresionado ante el misterioso fluir del
universo tal como se da este fenómeno en todos los pueblos y en todas las
épocas. Pero
esto significa que el hombre de la Edad Moderna no sólo pierde en gran medida
la fe en la Revelación cristiana, sino que experimenta un debilitamiento en su
capacidad religiosa natural, de tal forma que considera el mundo cada vez en
mayor medida como realidad profana. Las consecuencias de esto son amplísimas. Así,
por ejemplo, el enlace de los acontecimientos que constituyen la vida no se le
presenta ya como aquella Providencia de la que habló Jesús, ni siquiera como
aquel misterioso destino sentido por la Antigüedad, sino como uní mera sucesión
de causas y efectos empíricos, cuyas leyes pueden ser conocidas y dirigidas. Este
hecho tiene múltiples manifestaciones; pero hay una, el sistema moderno de
seguros, que tal vez encierre las características de todas las demás. Si se le
considera en esa última fase de perfeccionamiento que ha experimentado ya en
muchos países, aparece claramente como remoción de todo fondo religioso.- Todas
las eventualidades de la vida son "previstas", calculadas según su
frecuencia e importancia, y neutralizadas. Los
acontecimientos decisivos de la vida humana: concepción, nacimiento, enfermedad
y muerte, pierden su carácter misterioso. Sé convierten en procesos
biológico-sociales de los que se ocupan una ciencia y una técnica médicas, que
cada vez adquieren más seguridad. Pero en la medida en que dichos
acontecimientos representan hechos que no pueden ser dominados, quedan
"anestesiados", convertidos en algo sin importancia. A este efecto,
aparece ya al margen —y no sólo al margen del campo cultural— la técnica
complementaria destinada al triunfo racional sobre la enfermedad y sobre la muerte,
es decir, a suprimir aquella otra vida que se presenta a la vida misma como
cosa carente de valor o que al Estado le parece ser algo que no interesa a sus
fines. El
acento religioso que antes se ponía en el Estado, y su soberanía, basada en una
consagración divina, de cualquier forma que esa consagración fuese entendida,
se desvanecen. El Estado moderno deriva todo poder del pueblo. Durante breve
tiempo se intenta dar ese carácter soberano al pueblo mismo —véanse, por
ejemplo, las concepciones del romanticismo, del nacionalismo y de la democracia
en sus comienzos—, pero la idea pierde pronto su contenido y hoy significa
únicamente que el "pueblo", es decir, la mayoría de un Estado,
cualquiera que sea la forma de exteriorizarse su voluntad, constituye la última
instancia para el desarrollo de las medidas de ese Estado, en tanto no haya un
grupo determinado que, teniendo el poder en sus manos, sea el que realmente gobierne. Otras
muchas cosas por este tenor pudieran aún decirse. Por todas partes se
constituyen formas de existencia cuyo único fundamento es la realidad empírica. Ahora
bien, de aquí surge el problema de si es posible, a la larga, una vida
constituida de ese modo: ¿Posee esta vida el sentido que ha de tener para poder
seguir siendo vida humana? ¿Puede, además, alcanzar ella sola los fines que han
de alcanzarse en cada caso? ¿No
pierden su fuerza las instituciones si únicamente se considera su contenido empírico?
El Estado, por ejemplo, necesita del juramento, que constituye la fórmula de
máxima obligatoriedad que tiene el hombre para hacer una declaración o para
comprometerse a una empresa. Ahora bien, el juramento tiene esa fuerza en la
medida en que quien lo presta pone a Dios, expresa y solemnemente, por testigo
de su declaración. Pero, ¿y si, llegando al extremo a que apunta la tendencia
de la Edad Moderna, el juramento no pone ya como término suyo a Dios? Entonces
la declaración del que presta juramento significa sólo que éste queda informado
de que irá a la cárcel en caso de no decir la verdad; fórmula cuyo sentido es
insignificante y cuya eficacia es, sin duda, nula. Todo
lo existente trasciende su propio ser. Todo acontecimiento significa más que su
realización escueta. Todo hace referencia a algo que está por encima o más allá
de ello mismo. Solamente desde ese algo recibe su plenitud. Si ese algo se
desvanece, tanto las cosas como las estructuras quedan vacías; pierden su razón
de ser, no engendran ya convicción. La ley del Estado es algo más que un mero
conglomerado de normas que regulan la conducta autorizada públicamente; tras
ella está algo intangible que, cuando la ley es infringida, se impone a la
conciencia. El orden social es algo más que una mera garantía de una vida en
común sin fricciones; tras él hay algo que convierte en profanación cualquier
lesión del mismo. Este elemento religioso hace que las distintas formas de
conducta obligatorias para el ser humano se realicen también "por sí mismas'',
sin presión externa; que los distintos elementos del hombre se mantengan en
relación recíproca y constituyan una unidad. El mundo meramente profano no
existe; ahora bien, cuando una voluntad obstinada consigue elaborar algo hasta
acto punto semejante a este tipo de mundo, esa construcción no funciona. Es un
artefacto carente de sentido. No convence a la razón viva, latente bajo la capa
de la razón racionalista. El corazón no tiene ya el sentimiento de que tal
mundo "vale la pena". Sin
el elemento religioso la vida se convierte en algo parecido a un motor sin
lubrificante: se calienta. A cada instante se quema algo. Por todas partes se
desencajan piezas que debían engranar con toda precisión. Se descentra, y las
ensambladuras se sueltan. La
existencia se desorganiza, y entonces hace su aparición aquel cortocircuito que
se está produciendo desde hace treinta años en proporciones siempre crecientes:
se emplea la violencia. A 'través de ella busca la desorientación una salida.
Si los hombres dejan de sentirse vinculados desde dentro, recibirán una
organización externa; y para que la organización funcione, el Estado la
sustenta con su coacción. Pero ¿se puede vivir, a la larga, movidos solamente
por la coacción? Hemos
visto que desde comienzos de la Edad Moderna se trabaja por elaborar una
cultura no cristiana. Durante mucho tiempo esta negación apunta únicamente al
contenido mismo de la Revelación, no a los valores éticos, sean individuales o
sociales, que se han desarrollado bajo la influencia de aquélla. Por el
contrario, la cultura de la Edad Moderna afirma que se basa precisamente en
estos valores. Según este punto de vista —aceptado en gran medida por los
estudios históricos—, los valores, por ejemplo, de la persona, la libertad, la
responsabilidad y la dignidad individuales, del respeto mutuo y de la mutua
ayuda, constituyen posibilidades innatas en el hombre, descubiertas y
desarrolladas por la Edad Moderna. Afirma esta tesis que es cierto que la
formación humana de los primeros tiempos del cristianismo cuidó de desarrollar
esos gérmenes, al igual que la Edad Media fomentó la vida interior y la
práctica de la caridad. No obstante, la autonomía de la persona hizo
posteriormente su aparición en la conciencia, tratándose aquí de una conquista
de orden natural, independiente del cristianismo. Este modo de ver las cosas se
manifiesta en múltiples expresiones; una de ellas, especialmente
representativa, la hallamos en los Derechos del Hombre proclamados por la
Revolución francesa. En
realidad estos valores y actitudes están vinculados a la Revelación, que está
en una relación específica con lo que es directamente humano. Procede de la
liberalidad de Dios, pero asume lo humano dentro de su armonía, naciendo así la
estructura cristiana de la vida. Como consecuencia, quedan libres en el hombre
energías que en sí son "naturales", pero que no se hubieran
desarrollado fuera de esa estructura. Aparecen en el campo de la conciencia
valores que, si bien son evidentes en sí mismos, sólo pueden ser descubiertos
bajo esa luz. Por tanto, la tesis de que estos valores y actitudes corresponden
simplemente al desarrollo de la naturaleza humana ignora el sentido real de los
iremos; más aún, desemboca —digámoslo sin rodeos— en un fraude que pertenece
también, para quien, vea las cosas como son, al cuadro de la Edad Moderna. La
personalidad pertenece a la esencia del hombre; pero solamente se hace visible
y puede ser afirmada por la voluntad moral si mediante la Revelación se abre
paso la relación con el Dios Personal Vivo en los dogmas de la Filiación Divina
y de la Divina Providencia. Si esto no ocurre, tendremos conciencia del
individuo bien dotado, distinguido, genial, pero no de la persona auténtica,
que constituye una determinación radical de todo hombre por encima de todas sus
cualidades psicológicas o culturales. Así, pues, el saber acerca de la persona
queda ligado a la fe cristiana. La afirmación y el cultivo de la primera
sobreviven ciertamente durante algún tiempo a la extinción de esa fe, pero
luego van desapareciendo paulatinamente. Lo
mismo puede decirse de aquellos valores en que se desarrolla la conciencia de
ser persona. Así, por ejemplo, aquel profundo respeto, no a la inteligencia
extraordinaria o a la posición social, sino a la realidad de la persona en
cuanto tal: a su unicidad cualitativa y a su carácter irreemplazable e
inalienable en todo hombre, aun cuando en lo restante tenga éste la índole y
capacidad que sea. O aquella libertad que no significa la posibilidad de
desarrollarse y de gozar de la vida, reservada por ello a los privilegiados de
la naturaleza o de la sociedad, sino la aptitud de todo hombre para decidirse y
para ser dueño, por esta decisión, de sus actos, y, en sus actos, de sí misino.
O bien aquel amor hacia el otro, que no supone simpatía, ayuda mutua, deber
social o algo por el estilo, sino la capacidad de afirmar el "tú" en
él y de constituirse en "yo" mediante esa afirmación. Todo esto se
mantiene despierto sólo en tanto que el saber acerca de la persona conserva su vitalidad.
Pero a medida que ese saber va degenerando a la Dar que la fe en las relaciones
con Dios que enseña el cristianismo, se desvanecen también aquellos valores y
actitudes. El
hecho de que no se reconociera la relación de la Revelación con lo humano, de
que la Edad Moderna se adjudicara la paternidad de la personalidad y de la
esfera de los valores personales, pero rechazara la Revelación, que constituía
la garantía de estas cosas, ha dado origen al fraude intrínseco de que antes
hablábamos. Todo este complejo se ha ido desvelando poco a poco. El clasicismo
alemán se apoya en valores y actitudes que flotan en el aire. Su concepción del
hombre es noble y bella, pero sin la suprema raíz de la Verdad, pues rechaza la
Revelación, aunque se nutra absolutamente de sus resultados. Por esto su
actitud humana empezó a difuminarse ya en la generación siguiente. Y no porque
el nivel de ésta fuese más bajo, sino porque la cultura personal, arrancada de
sus fundamentos, demostró ser impotente frente al naciente positivismo. Este
proceso ha seguido su camino hacia adelante, y cuando más tarde brotó de
improviso el sistema de valores de las dos últimas décadas, tan rotundamente
opuesto a toda la tradición cultural de la Edad Moderna, tanto ese carácter
repentino del fenómeno como esa contradicción fueron meramente aparentes; lo
que en realidad sucedió es que se hizo patente un vacío existente ya con mucha
anterioridad: juntamente con la repulsa de la Revelación había desaparecido la
conciencia de lo que es auténticamente la personalidad y de su mundo de valores
y actitudes. Los
tiempos venideros arrojarán una claridad espantosa, pero salvadora, sobre estas
cosas. Ningún cristiano puede alegrarse de que aparezca una ausencia radical de
cristianismo, pues la Revelación no es ciertamente una vivencia subjetiva, sino
la Verdad absoluta, manifestada por Aquél que también creó el mundo; y todo
momento histórico que hace imposible el influjo de esa Verdad está amenazado en
lo más intime. Sin embargo, es conveniente que se descubra el fraude de que
hablamos. Se verá entonces a qué cosas se llega si el hombre se desliga de la
Revelación y cesa el usufructo que de ella venía teniendo. Pero
aún no hemos dado respuesta a la pregunta siguiente: ¿De qué naturaleza será la
religiosidad del futuro? No hacemos referencia a su contenido revelado, que es
eterno, sino a la manera de realizarse éste en la historia, a la estructura
humana de ese contenido. Sobre esto habría que decir muchas cosas y se podrían
hacer muchas conjeturas; sin embargo, tenemos que ser breves. Ante
todo, tendrá gran importancia lo que hemos indicado últimamente: la
manifestación violenta de la existencia no cristiana. Cuanto mayor sea la
decisión con que el incrédulo niegue la Revelación, y cuanto más consecuente
sea en la práctica de esa negación, tanto mayor será la claridad con que se
verá qué es lo cristiano. Es preciso que el incrédulo salga de la niebla de la
secularización, que renuncie al beneficio abusivo de negar la Revelación
apropiándose, sin embargo, los valores y energías desarrollados por ella; que
ponga en práctica sinceramente la existencia sin Cristo y sin el Dios revelado
por Él, y tenga experiencia de lo que eso significa. Ya Friedrich Nietzsche
advirtió que el hombre no cristiano de la Edad Moderna no sabe lo que significa
en realidad no ser cristiano. Las décadas pasadas han proporcionado un esbozo
de ello, y sólo constituyeron el comienzo. Se
va a desarrollar un nuevo paganismo, pero de naturaleza distinta que el
primero. También aquí encontramos un equívoco, que afecta entre otras cosas a
nuestras relaciones con la Antigüedad. El hombre no cristiano actual tiene con
frecuencia la opinión de que puede suprimir el cristianismo y buscar un nuevo
camino religioso partiendo de la Antigüedad. Pero en esto yerra. La historia no
puede ser desandada. La Antigüedad como forma de existir pasó definitivamente.
Si el hombre actual se hace pagano, lo será en un sentido totalmente diferente
al del hombre del tiempo anterior a Cristo. La actitud religiosa de este
hombre, pese a toda la grandeza tanto de su vida como de su obra, tuvo algo de
ingenuidad juvenil. Vivió en un tiempo en que aún no había aparecido la opción que
supone la venida de Cristo. Mediante ella, sea cual fuere, entra el hombre en
un nuevo plano existencial; Sören Kierkegaard puso en claro esto de una vez
para siempre. La
existencia del hombre cobra, a partir de esa opción, una seriedad que la
Antigüedad no conoció, porque no podía conocerla. Dicha seriedad no tiene su
origen en una madurez meramente humana, sino en el llamamiento de Dios, que la
persona oye a través de Cristo. Abre ésta los ojos, y queda, quiéralo o no,
despierta. Esta seriedad se origina en la participación a lo largo de los
siglos de la existencia de Cristo; en la experiencia de aquella tremenda
claridad con la que Él "ha sabido lo que hay en el hombre", y de
aquel valor sobrehumano con que abordó la existencia. De ahí el extraño efecto
que nos producen los anticristianos que creen en la Antigüedad de no haber
alcanzado la madurez. Dígase
lo mismo de la renovación de la mitología nórdica. A no ser que sirva
únicamente para encubrir fines de poder, como en el Nacionalsocialismo, es tan
vana como la del mito antiguo. El paganismo nórdico fue igualmente anterior a
aquella opción que le obligó a abandonar el vivir al abrigo y, a la vez,
prisionero de una existencia natural, con sus ritmos e imágenes, para penetrar
en la seriedad de la persona, fuera cual fuese la opción que adoptase. Con
mayor razón ha de decirse lo mismo de todas las tentativas de crear un nuevo
mito mediante la secularización de pensamientos y actitudes cristianos, como
sucede, por ejemplo, en la poesía del Rainer Maria Rilke de última hora. Lo que
esta poesía tiene de original, es decir, la voluntad de quitar a la Revelación
su carácter trascendente y fundamentar la existencia únicamente en la tierra,
muestra ya su impotencia por su incapacidad para influir sobre el nuevo
ambiente que va surgiendo. Los intentos de los Sonette an Orpheus en este
sentido adolecen de una indigencia que da lástima, y que en la pretensión
expresada en las Elegien llega a producir extrañeza. Por
lo que hace, finalmente, a concepciones como la del existencialismo francés,
que niegan de forma tan brutal el sentido de la existencia, uno se pregunta si
no constituirán una especie de romanticismo desesperado, que ha sido posible
por las conmociones de las últimas décadas. Una
tentativa no sólo de colocar la existencia en contradicción con la Revelación
cristiana, sino de basarla en fundamentos independientes de la misma y
totalmente mundanos, habría de .caracterizarse por un realismo completamente
distinto. Tendremos que esperar para ver en qué medida logra el Este convertir
esa tentativa en realidad, y qué ocurrirá entonces con el hombre. Ahora
bien, la fe cristiana tendrá que adquirir un carácter de decisión totalmente
nuevo. También ella ha de escapar a las secularizaciones, semejanzas, imperfecciones
y confusionismos. Y aquí sí que podemos permitirnos, a mi parecer, una firme
confianza. Al
cristiano siempre le ha resultado singularmente difícil entenderse con la Edad
Moderna. Esto plantea un problema que requeriría un análisis más preciso. No
queremos decir que la Edad Media, en cuanto época histórica, haya sido en
absoluto cristiana, y, por el contrario, la Edad Moderna no cristiana Esto
sería caer en aquel romanticismo que ha dado origen a tantas desorientaciones.
La Edad Media tuvo su base en una estructura del pensamiento, del sentimiento y
de la actividad que, en principio y como tal estructura, fue neutral —si así
podemos hablar— respecto de la decisión ante la fe. Lo mismo vale para la Edad
Moderna. En ella el hombre de Occidente adoptó la actitud de autonomía
individual, lo cual no significa todavía dar juicio alguno sobre el uso
religioso y moral que hizo de esa autonomía. El ser cristiano se basa en una
actitud ante la Revelación que puede adoptarse en cualquier período de la
historia. Partiendo de esto, lo mismo se puede decir que la Revelación es algo
próximo a una época cualquiera, que decir que es remota a ella. Así, pues,
también en la Edad Media se dio la incredulidad en todos los grados de
decisión, del mismo modo que en la Edad Moderna se ha dado una fe cristiana
auténtica. Sin embargo, esta última fue de otra naturaleza que la de la Edad
Media. Al cristiano de la Edad Moderna le correspondió llevar a la práctica su
fe partiendo de los presupuestos históricos de la autonomía individual, y lo
hizo a menudo en forma absolutamente igual a aquélla en que la Edad Media
cumplió su tarea en este aspecto. Pero, por otra parte, este cristiano encontró
obstáculos que le hicieron difícil asimilar su época tan sencillamente como lo
había podido hacer el cristiano del período precedente. El recuerdo de la
sublevación de la Edad Moderna contra Dios era demasiado vivo; su forma de
poner todas las esferas de la actividad cultural en contradicción con la fe y a
ésta misma en una situación de inferioridad, era excesivamente ambigua. Además,
se produjo aquello que hemos llamado el fraude de la Edad Moderna, aquel doble
juego que consistió en negar de una parte la doctrina y el orden cristianos de
la vida, mientras reivindicaba de la otra para sí la paternidad de los
resultados humano-culturales de esa doctrina y de ese orden. Esto hizo que el
cristiano se sintiera inseguro en sus relaciones con la Edad Moderna: por todas
partes encontraba en ella ideas y valores cuyo abolengo cristiano era
manifiesto, y que, sin embargo, eran presentados como pertenecientes al
patrimonio común. En todas partes tropezaba con elementos del patrimonio
cristiano que, sin embargo, se volvían contra él. En tal situación, ¿cómo iba a
tener confianza? Estas oscuridades se desvanecerán. La época futura tomará en
serio aquellos aspectos en que se opone al cristianismo. Hará ver que los
valores cristianos secularizados no son sino sentimentalismos, y el ambiente se
hará transparente: lleno de hostilidad y peligro, pero puro y claro. En
el mismo sentido actuará también la disminución de la energía religiosa
directa, al igual que de la capacidad de experiencia y de creación religiosas
de que hemos hablado. La omnipresencia de la religión ayuda a creer; pero
también puede oscurecer y secularizar el contenido de la fe. Si esa
omnipresencia disminuye, la fe se hará más rara, pero en cambio más pura y
vigorosa. Adquiere una mayor capacidad para percibir lo que existe realmente, y
su centro de gravedad se aloja más hondamente en la esfera de lo personal: en
la opción, en la sinceridad y en la abnegación. Lo
que hemos dicho antes sobre la situación de riesgo vale también aquí respecto
de la actitud cristiana, que habrá de tener un sello especial de confianza y
fortaleza. Con
frecuencia se ha hecho al cristianismo el reproche de que en él el hombre
encuentra un abrigo contra el peligro de la situación moderna. En esto hay
mucho de verdad, y no sólo porque el Dogma con su objetividad crea un sólido
sistema de pensamiento y de vida, sino también porque en la Iglesia vive aún un
acervo de tradiciones culturales que fuera de ella han muerto. En el futuro el
reproche tendrá cada vez menos fundamento. El
patrimonio cultural de la Iglesia no podrá sustraerse a la ruina general de lo
tradicional, y en aquellos aspectos en que todavía perdura se verá agitado por
muchos problemas. Por lo que hace al Dogma, pertenece ciertamente a su esencia
el sobrevivir a todos los cambios temporales, ya que se funda en lo
supratemporal; no obstante, puede presumirse que el modo de vida se dejará
sentir en él con especial claridad. Cuanto mayor sea el rigor con que el
cristianismo se reafirme como lo no evidente, cuanto más hondamente haya de
distinguirse de una concepción dominante no cristiana, tanto más firmemente hará
su aparición en el Dogma el elemento existencial y práctico, al lado del
teórico. Desde luego, no es necesario advertir que, al hablar así, no me
refiero a "modernización" alguna, a ninguna clase de debilitación, ni
de su contenido ni de su valor. Por el contrario, se acentuarán con mayor
agudeza su carácter absoluto, la incondicionalidad tanto de sus afirmaciones
como de sus exigencias. Pero, en ese carácter absoluto, la definición de la
existencia y la orientación del comportamiento se harán sentir, creo yo, de un
modo especial. De
este modo la fe podrá subsistir en medio del riesgo. En las relaciones para con
Dios resaltará fuertemente el elemento de la obediencia. Obediencia absoluta,
con conciencia de que está en juego aquel interés supremo que sólo puede
hacerse realidad mediante ella. Obediencia, no porque el hombre sea
"heterónomo", sino porque Dios es la santidad absoluta. Se trata, por
consiguiente, de una actitud totalmente opuesta a la liberal, de una actitud
orientada sin condiciones hacia lo incondicionado, pero, y aquí aparece su
diferencia respecto de todas las formas de fuerza, libremente. Esta
incondicionalidad no significa abandono de ninguna clase al poder físico o
psíquico de un mandato, sino que mediante ella el hombre da cabida en sus actos
a la cualidad de la exigencia divina. Ahora bien, esto presupone madurez de
juicio y libertad de opción. También
existe una confianza que es posible solamente en esta esfera de la actitud
cristiana; no una confianza en un orden racional del universo o en un principio
optimista de buena intención, sino en Dios, que existe realmente y es un ser
activo; más aún, que obra y actúa. El Antiguo Testamento cobra así, si no me
engaño, una importancia especial: muestra al Dios Vivo, que lo mismo derriba el
hechizo cósmico ¿el mito que los poderes políticos temporales de carácter
pagano, y muestra al hombre creyente que, de conformidad con la Alianza, entra
en relación con esa actividad de Dios. Esto va a tener importancia. Cuanto
mayor sea el ritmo con que crezcan las fuerzas anónimas, tanto más
categóricamente se afirmará la "dominación del mundo" por la fe en la
realización de la libertad; en la conformidad de la libertad regalada al hombre
con la libertad creadora de Dios, y en la confianza en lo que Dios hace; no
sólo realiza, sino hace. Aunque parezca extraño, lo cierto es que en pleno
incremento del poder del mundo brota un indicio de santas posibilidades. Esta
relación entre lo absoluto y la personalidad, entre la necesidad y la libertad,
permitirá al creyente mantenerse firme en el vacío y en el desamparo, y así
orientarse; le permitirá entrar en relación directa con Dios en medio de todas
las situaciones de opresión y de peligro, y conservar su carácter de persona
viviente en medio de la creciente soledad del mundo futuro, soledad
precisamente en medio de las masas y dentro de las organizaciones. *
* * Si
comprendemos bien los textos escatológicos de la Sagrada Escritura, veremos que
la confianza y la fortaleza constituyen en sustancia las características del
fin de los tiempos. El ambiente de cultura cristiana y la tradición que la
confirma perderán vigor. Y esto va a formar parte de aquel peligro de escándalo
del que se ha dicho que en él "caerían, si fuera posible, hasta los
escogidos" (Mateo, 24, 24). La
soledad en la fe será espantosa. El amor desaparecerá del comportamiento
general del mundo (Mateo, 24, 12). Ni será comprendido, ni practicable. Se hará
tanto más precioso cuanto que pondrá en contacto a un solitario con otro
solitario. Será fortaleza del corazón procedente de la relación directa con el
Amor de Dios tal como se manifestó en Cristo. Quizá se sienta este Amor de una
forma totalmente nueva, con la soberanía de su carácter originario, su
independencia respecto del mundo, el misterio de su último por qué. Tal vez alcance
el amor un profundo sentimiento de conformidad que todavía no ha existido
nunca. Tal vez suceda algo de aquello que se encierra en las palabras que nos
dan la clave para comprender el mensaje de Jesús sobre la Providencia, esto es,
que para el hombre que hace de la voluntad de Dios sobre su reino su primera
preocupación, las cosas cambian de aspecto (Mateo, 6, 33). La
actitud religiosa del futuro presentará, a mi modo de ver, estos caracteres
escatológicos. Con ello no tratamos de hacer un pronóstico barato sobre el fin
del mundo: nadie puede decir que se acerca el fin, cuando Cristo mismo hizo
saber que las cosas del fin sólo las conoce el Padre (Mateo, 24, 36). Por
consiguiente, si hemos hablado aquí de una proximidad del fin, esto no ha de
entenderse en sentido cronológico, sino en sentido esencial: significa que
nuestra existencia está entrando en las fronteras de la opción absoluta y de
sus consecuencias; de que se aproxima a una zona tanto de las máximas
posibilidades como de los riesgos supremos. *
Traducción de José Gabriel Mariscal. El
contraste: Planteamiento del problema Extraído
de El Contraste. Ensayo de una filosofía de lo viviente concreto (Der
Gegensatz. Versuche zu einer Philosophie des Lebending-Konkreten) * 1.
Lo concreto-viviente, y como puede ser captado mediante el conocimiento Si
nos estudiamos a nosotros mismos, si nos vemos internamente, encontramos una
forma (Gestalt) corpórea, miembros y órganos, estructuras y órdenes psíquicos;
encontramos procesos de tipo interno o externo, impulsos, actos, cambios de
estado. Todo lo que ahí hay o sucede lo vemos como una unidad. Y no sólo nos
aparece a nosotros como tal, sino que lo es. Deberíamos desconfiar de toda
percepción si quisiésemos dudar de que somos verdaderamente una unidad psico-somática.
Lo somos; y no podemos sino integrar en esta unidad todo lo particular que
somos, lo que sucede en nosotros y a través de nosotros, bien en calidad de
elemento estructural que contribuye a configurar dicha unidad, o bien de
operación que procede de la misma. Esta
unidad no consiste en el hecho de estar ordenado el organismo en una dirección
única, como sucede, por ejemplo, con la máquina. En ésta, las partes se hallan
correlacionadas mutuamente de modo exclusivamente mecánico. Pero aquí, en mí,
yo me veo obligado a añadir a todas las otras relaciones —de yuxtaposición,
subordinación y superioridad— la relación de profundidad. Aquí encuentro un
«dentro» y un «fuera». Esto se revela en la forma como se relacionan las partes
u órganos anatómico-internos con los externos; en los fenómenos de la
sensibilidad y del movimiento; en el modo de vincularse los procesos de la
conciencia con los corporales, o las actividades internas psíquicas con las más
superficiales. Es un tipo de relación al que sólo puedo hacer justicia si veo
una realidad interna en relación con una externa. Algo externo se adentra en
algo interno hasta un punto máximo de profundidad; y algo interno pasa al
exterior hasta un límite extremo. En la máquina no encuentro esta forma de relación.
Aquí, todas las partes se hallan meramente yuxtapuestas, o superpuestas, o
infrapuestas. La unidad de lo viviente también implica esta ordenación propia
de la máquina; pero no se agota con ella. No está meramente compuesta de
partes, sino que posee, además, una dirección en profundidad. Basta una
observación superficial para advertir que el conjunto viviente se provee de
fuera adentro —se alimenta de materia y savia— y se estructura de dentro
afuera: crece. Esta
unidad es fruto de un acto de constitución. Y de nuevo una observación
inmediata nos muestra que tal unidad está configurada conforme a un plan. Pero
no en el sentido de que materiales diferentes se yuxtapongan siguiendo un orden
casual, o que fuerzas e influjos externos se crucen, aunque todo esto sucede
también. Esencialmente, se trata aquí de un acontecimiento ordenado y dirigido
por un plan integrador, por una forma (Gestalt) internamente presente y
operante. Todo
lo particular aparece integrado en una unidad: el todo es constituido de dentro
afuera sobre la base de un plan ordenador. Pero yo encuentro todavía algo más
en mí. Me experimento no sólo como el centro de procesos que pasan a través de
mí, sino, también y ante todo, como un origen. En mí —este «en» tiene diversas
significaciones, pero tomémoslo, de momento, en toda su sencillez— surgen
impulsos. En mí se originan ciertos actos. Me hallo estáticamente en mí como
una construcción cerrada; pero también me veo como una unidad dinámica de
acción autónoma. Muchas
cosas podrían decirse acerca de esto, a saber: que yo no me siento como un ser
fragmentado, sino como un todo estructurado de dentro afuera; no como un
acontecer falto de sentido propio, sino como una línea de devenir específica;
no como un manojo casual de propiedades, sino como una forma (Gestalt) dotada
de esencia propia. Pero todo esto significa que me siento como algo concreto. Y
esta realidad concreta está en sí; de fuera adentro, de dentro afuera; se
constituye a sí misma y actúa a partir de un centro originario propio. Esto
significa que es viviente. Con
lo dicho es suficiente para plantearse la cuestión que aquí nos ocupa: ¿Pueden
ser captadas cognoscitivamente estas realidades vivientes-concretas? Esta
pregunta fue respondida de muy diversas maneras. El
pensamiento medieval consideró al individuo como científicamente no captable y
a lo viviente como no expresable, lo que en nuestro caso significa lo mismo.
Este punto de vista fue llevado a su grado extremo de unilateralidad por el
pensamiento racionalista-mecánico. Para éste, el conocer real se identificaba
con el conocer científico. Pero científico es sólo el conocer que se realiza
mediante conceptos. (Como modelo originario de todo conocimiento conceptual se
tomó el conocimiento matemático. Así se llegó a identificar el conocer en
general con el conocer matemático.) Al entender el conocimiento de este modo,
lo viviente-concreto quedó forzosamente fuera de su ámbito. Pues lo
viviente-concreto no puede ser captado mediante conceptos. El concepto se
dirige esencialmente a lo puramente general, lo abstracto y formal.
Naturalmente, es un medio de captación de realidades concretas, pero opera a
través de lo universal, que es común a las mismas. Lo individual, por el
contrario, está relacionado con lo universal, pero significa algo más que este
mero universal; es algo más que un «caso» del mismo. De ahí que frente a lo
viviente-concreto se sienta necesariamente inseguro el pensamiento meramente
conceptual, formalista. Lo viviente-concreto no puede ser para éste sino punto
de partida para su acceso a lo abstracto, material del que extraer las
formalidades de los conceptos. Lo viviente mismo, como tal, le resulta
inaccesible. Puede
suceder, sin embargo, que un pensamiento así conformado intente captar
realmente lo viviente-concreto. En ese caso, debe éste adaptarse al único medio
de conocimiento reconocido por esta forma de pensar: el concepto
abstracto-formal. Así surge la Psicología analítica, la ciencia analítica del
hombre y de la historia. En ella se disuelve lo viviente-concreto. La cerrada
unidad psicofísica es diluida en un manojo de procesos fisiológicos o
psicológicos. Un resto de unidad debe ser, no obstante, conservado; hay que
pensar de algún modo un plano que esté bajo las cosas particulares y los
procesos, y les sirva de plataforma en que realizarse; se necesita admitir un
punto impreciso de confluencia que agrupe los múltiples hechos y sucesos
físicos, químicos y biológicos. Pero esto no es sino una concesión metódica, un
concepto auxiliar o un resto todavía no eliminado de la concepción metafísica
desechada. De modo semejante, las figuras (Gestalten) históricas son reducidas
a entramados de fuerzas interrelacionadas. Una concepción evolutiva de la
historia convierte a ésta en una onda fugitiva en el torrente de la historia de
la raza, en un momento pasajero del proceso cambiante de la especie. Las
teorías basadas en la fuerza configuradora del entorno o «milieu» reducen las
figuras (Gestalten) existentes, su obrar y todo el conjunto de aconteceres que
se dan en su torno a un tejido de fuerzas climáticas, biológicas, económicas y
sociológicas. Tal
unilateralidad provoca necesariamente la opuesta. Lo viviente-concreto es
sustraído a este procedimiento científico racionalista y reductor para ser
encomendado a un órgano de conocimiento especial: el conocimiento irracional.
Bajo esta denominación se entiende, más o menos claramente, una forma de
conocimiento que está más próximo a la vida que el entendimiento que opera
conceptualmente. No sólo le está más cercano, sino que es igual, en su esencia,
a la misma. El trabajo intelectual de la Ciencia es considerado como algo
muerto o mortal. En contraposición a él, se ve en toda otra forma de
conocimiento algo cercano a la vida, incluso vivo en sí mismo. Y hay que notar
que, en una u otra medida, los autores a que aquí aludo toman muy en serio esta
voluntad de acercamiento a lo vital. La concepción más extremada intenta
distanciar por completo esta forma de conocimiento de la intelectual, y la
denomina «sentimiento», «instinto». Está aquí operante la idea de que se trata
de una vinculación inmediata con el objeto, de una especie de contacto, tacto o
captación. De esta concepción, alejada como ninguna de lo racional, se deriva
la actitud irracionalista, que va precisando poco a poco sus características.
Lo que era un tocar y un asir se convierte en un «ver» (Schauen). El objeto no
es captado a través de conceptos, juicios y raciocinios; respecto a esto, la
orientación fundamental sigue siendo la misma. Pero tampoco se lo capta a
través de un sentir vital, sino mediante un acto imaginativo (bildhaft); una
intuición (Anschauung) que no se alumbra a base de razones, sino merced a una
íntima autenticidad y claridad. Este acto, cuya descripción se desplaza desde
el punto límite de la mera experiencia inmediata vital hasta la «intuición
espiritual», es, según los irracionalistas, el medio de captación propio de lo
viviente-concreto. En
todo ello hay mucho de verdadero. Es evidente que se da de hecho el proceso cognoscitivo
que aquí es designado como «sentimiento». (El vocablo, naturalmente, conduce a
error, pues sentir es un estado de concentración y expansión, de tensión y
distensión; el conocer, en cambio, es un acto.) Pero lo que se quiere
significar con ello está concebido de modo totalmente impreciso; presenta
diversas formas y sentidos. Obviamente, se da asimismo el proceso de
conocimiento que fue designado como un «ver» (Schauen). Pero debería decirse en
qué consiste la esencia de tal visión, en qué se distingue de la intuición
sensible y, además, del concepto, por una parte, y del «sentimiento», por otra.
Pero en tanto que estos actos de conocimiento son enfrentados al conocimiento
racional —concepto, juicio y raciocinio—; en tanto que son dejados al ir y venir
incontrolable del flujo vital o bien a la inspiración interna —con lo cual son
rechazados como algo esencialmente ajeno los procesos de conocimiento
conscientes, las pruebas racionales y las correlaciones lógicas—, tales
procesos cognoscitivos no tienen para la Ciencia sino una significación de
fenómenos psicológicos o históricos. Pero como fuentes de conocimiento, como
«actos productivos», no tienen valor alguno. Nos
preguntamos ahora: ¿Queda abierto algún otro camino? El
carácter supra-racional de lo viviente-concreto debe ser salvaguardado. Por lo
tanto, el acto específico de conocimiento que capta lo concreto en cuanto tal
no puede ser una mera conceptualización abstractiva. Debe poseer una viva
concreción, plenitud, rotundidad. No debe ser meramente formal o estar
orientado a lo formal, como el pensamiento conceptual; antes debe ser
viviente-concreto en su estructura misma y orientarse esencialmente a esta
concreción. Debe hallarse patentemente en relación con lo que se ha expresado
antes con los vocablos «sentir» o «ver». Pero, por otra parte, a la Ciencia
sólo le pertenece lo que opera con conceptos. Ciencia es captación conceptual
de objetos en juicios y raciocinios. En esto radica su verdadero carácter: que
todo quede perfectamente claro, que toda actividad intelectual y cada uno de
sus momentos sea realizado de modo consciente y libre, que en todo tiempo se
pueda dar razón de lo afirmado y suscitar el asentimiento de los demás. La
Ciencia es trabajo intelectual. Esto
parece ponernos en la difícil situación de tener que exigir cualidades
contradictorias a un mismo acto. ¿O
es, más bien, que las condiciones dichas no se oponen mutuamente? ¿Será, acaso,
que el conocimiento intuitivo y el racional, bien vistos, no se excluyen entre
sí, sino que incluso se implican y presuponen? Ante
todo debemos aclarar el concepto de lo racional. No es tan unívoco como pudiera
parecer. Tendemos
a considerar como contradictorias la intuición —cercana a la vida— y la
conceptualización abstractiva; nos inclinamos a pensar que el conocimiento
conceptual destruye necesariamente la intuición viviente y que ésta, a su vez,
por fuerza, falsifica el pensar. Pero no sucede así. ¿Cuál es la posición al
respecto del pensamiento griego? Este afirmó el concepto y llevó la abstracción
hasta lo último. Y, no obstante, ¡qué fuertes estaban entre los antiguos las
fuerzas de la vivencia mística y de la intuición simbólica! De los cultos
órficos a las religiones mistéricas helenísticas corre una misma línea; las
fiestas de Eleusis culminaban abiertamente en una forma de conocimiento
simbólico, impulsado por una transformación religiosa. Pero estos «misterios»
no fueron considerados como una superstición contraria a la seriedad
científica; se hallaban, más bien, insertos en la trama de los elementos que
constituían una personalidad completa. Y este mismo pueblo griego no se sintió
entorpecido por el entendimiento en su capacidad de creación plástica. A ojos
vistas, la conceptualización abstractiva y la capacidad de configuración, de visión
y de vivencia no se causaron el menor daño mutuo. El intelectualismo más
decidido, el trabajo del entendimiento formal, la elaboración de conceptos bien
precisos se hallan en esta misma relación de equilibrio con el arte creador y
la intuición de lo irracional. En
la Edad Media no sucedió otra cosa. Su estilo de pensar confiado, no debilitado
por forma alguna de cansancio conceptual, no amenguó la fuerza de la visión
mística. Hubo, ciertamente, personas hostiles al trabajo científico, por
ejemplo, en los círculos de los moralistas de orientación practicista o entre
los hombres consagrados a la perfección religiosa. Piénsese en San Bernardo de
Claraval y en sus ataques a los «dialécticos»; o en la Imitación de Cristo, que
tan insistentemente subraya cuánto mejor es tener un vivo arrepentimiento que
saber su definición. Pero estos casos no deben ser tomados aparte. Eran medidas
reguladoras en medio del conjunto de la vida espiritual. [1] Por lo demás,
vemos que el trabajo conceptual de los escolásticos está unido con la visión de
los religiosos y los místicos, y, en no menor grado, con la fuerza plástica del
artista y la penetración simbólica del hombre que vive litúrgicamente. Los
grandes místicos eran también escolásticos. Eckhart asumió a Tomás de Aquino y
sólo puede ser entendido a partir del pensamiento de éste; e igualmente
Taulero, Susón y Johannes Ruysbroeck. Y así como los mismos que se entregaban
gustosamente a la actividad intelectual vivían, no obstante, en el mundo de
signos e imágenes de la liturgia, del arte religioso y la leyenda, así también
el trabajo intelectual de la Edad Media se tejía sobre un fondo de visión
religiosa e incluso mística. El entramado conceptual de un Santo Tomás de
Aquino, para no hablar de San Buenaventura o los Victorinos, sólo adquiere su
auténtica plenitud de sentido y su tensa energía cuando es visto como la
expresión formal de una vivencia metafísica o religiosa. Después
tuvo lugar un cambio. A mi entender, el pensamiento científico y su
instrumento, el concepto, se separaron de la vida y de cuanto significa
configuración, y recibieron con ello una orientación especial. No puedo entrar
aquí en pormenores, pero lo cierto es que en la Antigüedad y en la Edad Media
el pensamiento científico estaba integrado en la trama vital del hombre
cognoscente de modo manifiesto y decidido. Con lo cual el concepto, sin perder
el carácter de medio de captación de lo abstracto-universal, poseía a las
claras una profunda vecindad con lo vital. En estas condiciones, se comprende
que hubiese múltiples correlaciones entre el concepto y la imagen, el pensar y
el ver. Por otra parte, la visión, la imagen y el símbolo deben de haber estado
más cercanos al concepto, más saturados de pensamiento. Pero también aquí se
realizó necesariamente el cambio. Como en todos los ámbitos de la vida, se
escindieron entre sí las diferentes actividades espirituales y sus
correspondientes actos específicos; se afirmaron en su propio ser y llevaron
esta autoafirmación hasta el extremo. Así surgió el moderno y específico
«concepto conceptual», que tiene su modelo más acabado en la fórmula
matemática. Se diferencia del anterior «concepto viviente» en una medida
semejante a como se distingue la moderna y específica «intuición intuitiva» de
la intuición anterior, próxima al pensamiento y esclarecida por él. [2] Esto
debe ser debidamente sopesado. El Racionalismo y su polo opuesto, el
Intuicionismo, son, al parecer, actitudes específicamente modernas. Surgen a
impulsos del acontecimiento nuclear de la Edad Moderna: la separación y
auto-fundamentación de los diferentes ámbitos vitales. La Antigüedad y la Edad
Media no vivieron tal experiencia. Los desconocen totalmente. Se llega
necesariamente a muy erróneos juicios sobre la Antigüedad y la Edad Media si se
olvida esta circunstancia; en nuestro caso, si se identifica el concepto
antiguo y medieval con el actual. Aquella forma de pensar era intelectual, pero
no racionalista. Valoraba los pensamientos y el concepto, pero con ello se
sentía vinculado a la vida y a la capacidad intuitiva y plástica. Así como
valoró la imagen y la visión sin abocar a una aversión intuicionista del
concepto, tal visión estaba, más bien, abierta a la claridad conceptual. Podría,
pues, muy bien ser que, vistos esencialmente, concepto e intuición estuviesen
en una profunda relación mutua, de modo que el dilema «o lo uno o lo otro», del
que surge la aporía fundamental del problema del conocimiento de lo concreto,
no resulte insuperable. Tal aporía vendría a significar meramente que en el
proceso de la crisis de la cultura moderna —de modo semejante a como pasó en
los demás ámbitos— las actividades humanas fundamentales y decisivas se
desgajaron de la primitiva unidad precrítica, se hicieron conscientes de su
modo especial de ser y de sus tareas específicas y se constituyeron a sí mismas
conforme a un criterio de «pureza crítica». Con lo cual se perdió la unidad del
sujeto viviente de la cultura, así como la del orden de los valores que se
hallan en una relación de fundamentación mutua. De una autonomía equilibrada y
respetuosa con el modo de ser de cada realidad y con el conjunto se pasó a una
autonomía absoluta: he aquí el autonomismo. La orientación de nuestra ruta
espiritual apunta, sin embargo, hacia una nueva forma de unidad. En ésta, si
las posibilidades fundamentales del hombre, los ámbitos de la cultura y los
valores están ordenados conforme a su ser esencial, se darán sin duda entre
ellos relaciones de tensión, pero no de contradicción. ¿Será
posible, acaso, adjudicar la tarea de hacerse cargo de lo viviente-concreto a
una forma de «visión», no en el sentido de que quede ésta —como sucede en la
mera intuición vitalista o en el arte— abandonada a su fluir autónomo, sino que
sea apresada con medios científico-conceptuales y puesta así al servicio de la
Ciencia? Dicho de otra manera: ¿Será posible, tal vez, dejar inalterado el acto
de intuición en su esencia, al tiempo que se le prescribe el camino a seguir
mediante conceptos unívocos y científicamente precisos, de modo que concepto e
intuición vengan a quedar vinculados en su marcha hacia un grado supremo de
autenticidad? Demos
esto por posible y preguntemos: ¿Qué conceptos pueden realizar esta tarea? Habrá
de ser un entramado conceptual de una clase singular. 2.
El hecho del contraste en general De
hecho, parece existir una determinada trama conceptual que se presta a ello: el
contraste conceptual, o más exactamente: los conceptos que se hallan en
relación de contraste. Intentemos aclarar de modo provisional esta noción de
«contraste». Es
ya conocida, naturalmente, desde hace tiempo. Que hay contrastes ya fue dicho
antiguamente, y la idea del contraste fue aplicada especulativamente e incluso
utilizada empíricamente. Así, por ejemplo, la Filosofía y Teoría de la Religión
neoplatónicas tuvieron noticia de ello, y lo mismo el mundo del pensamiento
gnóstico dependiente de ella. La idea del contraste o la polaridad [3] parece
pertenecer a las bases del pensamiento de orientación platónica. Se pueden
señalar los problemas a propósito de los cuales surge la idea del contraste en
esta corriente filosófica cuando se mueve libremente. De ahí que tal idea
florezca a lo largo de la Historia de modo especial cuando prospera el estilo de
pensar platónico. En el período romántico, por ejemplo, dicho florecimiento
tuvo lugar con tal riqueza de observaciones y fuerza intuitiva que se consideró
la idea del contraste —muy injustamente, por otra parte— como el pensamiento
romántico por excelencia. [4] En la Filosofía y Teoría de la Ciencia de Goethe
adquiere la idea de contraste gran significación. Y en el pensamiento de los
últimos veinte años vuelve a surgir con más fuerza, pues se halla
indudablemente en una relación singular con la situación espiritual de nuestro
tiempo. No
se trata, pues, de algo nuevo. Creo, sin embargo, advertir que este pensamiento
suele aparecer de ordinario bien en forma de brillantes ideas y observaciones,
bien en el seno de una especulación de tipo misterioso o fantástico, a veces de
una calidad muy cuestionable. En casos, son calificadas de «contrastes» ciertas
realidades que no caen en absoluto bajo este concepto, como el espíritu y la
materia. Finalmente y sobre todo, observo que estas especulaciones fracasan a menudo
en el punto decisivo y confunden «contraste» y «contradicción». Con lo cual se
precipitan en una falta de claridad que encierra consecuencias no sólo
intelectuales, sino profundamente antropológicas. Lo
decisivo es aquí, ante todo, destacar lo más claramente posible el hecho del
contraste y el entramado conceptual que lo capta; en segundo lugar, mostrar lo
que este último aporta al problema filosófico de lo viviente-concreto.
Finalmente, hay que preguntarse qué es lo que significa la idea del contraste
en orden a una relación viva con el mundo. ¿Qué
significa el vocablo «contraste»? Examinemos de cerca el contenido de lo
experimentable. ¿Qué es lo que encontramos en la experiencia? Colores,
contornos accesibles al tacto, gustos, olores. En definitiva, cualidades, algo
totalmente irreductible. Hallamos cuantidades: medidas de extensión, fuerza,
peso, movimiento. Encontramos formas, figuras (Gestalten). Pero, con ello, la
realidad experimentable no está todavía bien vista y expresada: no captamos
«colores», sino cosas coloreadas; más exactamente: percibimos esta hoja, con su
determinado color verde; no captamos formas de sabor, sino este fruto, con su
característico y aromático sabor de fruta del Sur. Ahora
surge la siguiente pregunta: Cuando captamos, por ejemplo, la forma (Gestalt)
de un cuerpo, ¿se nos ofrece tan sólo el hecho de esta forma determinada o hay
algo más que no está dado sin más a una con él pero aparece inseparablemente
unido al mismo tan pronto como no nos contentamos con la determinación
conceptual abstracta de la forma, sino que pensamos en su forma concreta? Esto
nos llevaría a establecer la siguiente pregunta: Cuando un cuerpo es redondo,
¿de qué modo lo es? Sigamos
con nuestro ejercicio de autoexperimentación. Todas estas consideraciones deben
llevarnos, en definitiva, a un conocimiento más inmediato del fenómeno de lo
humano-viviente. Pensemos en la forma redonda de un miembro, de la punta de un
dedo. ¿De qué modo es esta singular redondez una forma redonda? ¿Es esta
superficie un entramado, de suerte que se da ininterrumpidamente, de un trazo,
y la forma (Gestalt) se realiza de modo continuo? Manifiestamente, éste es el
caso. Yo lo veo, y no me dejaré engañar en cuanto a este dato de mi percepción
por ninguna forma de atomismo. Tengo derecho a rechazar el juicio de que este
entramado es una mera ilusión y que la intuición del mismo se reduce a un
procedimiento expeditivo para captar una serie de múltiples superficies
pequeñas separadas. El entramado de la superficie está sencillamente ahí. Lo
veo. Lo experimento. Siento cómo mi forma (Gestalt) se constituye mediante los
mil elementos que la integran. Pero también lo siguiente es verdad: Si miro de
cerca mi mano, veo que las diferentes superficies parciales integradas están
articuladas en formas distintas, y en elevaciones y concavidades, en pliegues
más grandes y más finos. La correlación primera es debilitada, amenazada
incluso por esta visión más cercana. Aparecen los pequeños órganos de la piel;
más tarde, los grupos celulares; después, las células mismas. Estas, por su
parte, están constituidas por partículas elementales; etc. Cada uno de estos
niveles de articulación significa una amenaza, una disminución de la
correlación mutua de las partes que forman el entramado. Si apuramos la
investigación, llegamos al ámbito de las últimas partículas que constituyen la
materia. Sin entrar de lleno en la cuestión, debemos, sin embargo, tomar de la
Física la idea de que la materia está, en definitiva, constituida por unidades
que no tienen entre sí la menor vinculación inmediata. Con ello desaparecería
definitivamente el nexo entre la línea, la superficie y el cuerpo. Otro
ejemplo: Nosotros reconocemos un acto —digamos, la emisión de un sonido— como
un entramado de diversos factores. Un impulso unitario lo impele; el movimiento
sincronizado de los pulmones, la tensión constante de los músculos de la
garganta y las cuerdas vocales. A lo cual hay que agregar la representación
constante del tono a emitir. Se trata, por tanto, de una continuidad dinámica,
así como la superficie de la mano lo era estática. Pero también aquí advertimos
la existencia de articulaciones distintas. El proceso constante del respirar se
divide en inspiración y espiración del aire, hasta tal punto que puede ser
interrumpido voluntariamente. El movimiento de las cuerdas vocales se divide en
oscilaciones, de modo semejante a como todo movimiento vivo que perdura tiende
a configurarse en ritmos... Un
tercer ejemplo: Nosotros sentimos nuestro ser como activo. Los actos se suceden
constantemente unos a otros. Tan pronto como algo en nuestro ámbito vital se
torna rígido, lo sentimos como muerto, como un cuerpo extraño en la vida
anímica y en la corpórea. Incluso el rígido esqueleto óseo se halla inserto en
el movimiento general del cuerpo, aparte de que posee, además del dinamismo
biológico, el físico y el químico. La teoría dinámica de la constitución de la
materia explica el átomo como un sistema de unidades circulares de energía.
Prescindiendo de la veracidad de esta representación desde el punto de vista
físico y filosófico, estos fenómenos nos llevan en última instancia a diluir lo
estático en movimiento y lo rígido en fuerza. Sin embargo, nosotros nos
experimentamos a nosotros mismos como un sistema estático, desde la estructura
exterior del cuerpo hasta el átomo. Pues resulta obvio que este último no
consiste sin más en «energía». Construir lo existente a base de meras unidades
de energía puede ser útil para la especulación física; pero si se pretende con
ello expresar los hechos de modo integral, se incurre en falsedad. Demasiado
claramente se alteran en la Historia la concepción dinámica y la estática; y
resulta imposible concebir unidades circulares de energía; la misma expresión
intenta desplazar algo estático hacia una representación que se cree puramente
dinámica. Pero
¿cómo puede una cosa, un proceso, un hecho, ser a la par continuo y discreto,
río indómito e interrupción de este río? ¿Cómo puede algo ser, a la vez, acto
(Akt) y estructura (Bau)? Aquí tropezamos, evidentemente, con una forma
singular de relación. En cuanto la cosa aludida es lo uno, no puede ser lo
otro, bajo riesgo de anular la ley de identidad. Lo uno —por ejemplo, la
estructura— significa, en virtud de su peculiar sentido, la anulación de lo
otro —en este caso, del acto—. Pero no una anulación semejante a la que subyace
en la expresión «está claro» frente a su contraria «está oscuro», o en la
expresión «esto es bueno» frente a su contraria «esto es malo». Aquí se trata
de oposiciones que se niegan mutuamente y no pueden darse, por tanto, a la vez.
Las significaciones, en cambio, que laten en los conceptos ser-acto,
ser-estructura, continuidad-articulación se relacionan entre sí de modo
distinto. También aquí se anulan ambas significaciones en un primer momento. En
cuanto se las toma en sentido peculiar, la una no tolera a la otra. En el
sentido en que algo es acto, no puede ser estructura. Pero esta mutua exclusión
no es radical; no es absoluta, sino relativa. Y ello en cuanto tomamos ambas
significaciones en toda la amplitud que corresponde a su verdadero ser, es
decir, en cuanto las pensamos no de modo abstracto, sino realizadas en la cosa
concreta. Pues la «cosa» es, manifiestamente, lo uno y lo otro a la par, acto y
estructura. No por mezcla de ambas significaciones específicas ni por un compromiso
entre ambas o por la síntesis de las mismas en una tercera realidad superior.
La unidad que aquí late es, evidentemente, de género singular. Esta
relación especial, en la que dos elementos se excluyen el uno al otro y
permanecen, sin embargo, vinculados e, incluso —como veremos más tarde—, se
presuponen mutuamente; esta relación que se da entre los diferentes tipos de
determinaciones —cuantitativas, cualitativas y formales (gestaltmässigen)— la
llamo contraste (Gegensatz). 3.
Esbozo de un sistema de los contrastes Todo
el ámbito de la vida humana parece estar dominado por el hecho del contraste.
En todos sus contenidos puede ser esto, al parecer, mostrado. Probablemente, no
sólo aquí; probablemente subyace este hecho en todo lo viviente, tal vez en todo
lo concreto en general. Pero me limito expresamente al ámbito de lo humano, de
aquello que se me ofrece cuando dirijo la mirada hacia mí mismo. En
este ámbito encontraríamos innumerables procesos, estados, actos y relaciones
que ostentan un modo de ser contrastado. Las Ciencias de lo psíquico, lo social
y lo moral y otras ofrecen constantemente nuevas pruebas al respecto. Esto nos
lleva a plantear la siguiente pregunta: ¿Pueden reducirse estos múltiples tipos
de contraste a unos cuantos modos fundamentales y precisos de «contrasteidad»? A
lo largo de muchos años de reflexión y experimentación pormenorizada se me han
ido aclarando un cierto número de contrastes últimos. Creo que éstos son los
que aquí se buscan. Muchas pruebas realizadas a posteriori en diversos ámbitos
de la autoexperimentación humana parecen demostrar que se trata aquí de
contrastes fundamentales de lo humano-viviente. Esta serie de contrastes tiene
incluso la pretensión de que fuera de ella no existen otras formas de contraste
últimas. Todos los otros contrastes que pueden aducirse deben ser, según esto,
contrastes particulares, que pueden ser reducidos a aquéllos como formas
universales que son. Si es posible precisar de hecho las formas últimas de
contraste, sigue siendo un problema. A mí, sin embargo, múltiples observaciones
y reflexiones me han proporcionado tan numerosas confirmaciones que no me
parece injustificada tal pretensión. Ahora
bien, estos contrastes no constituyen un montón informe, antes se agrupan en
órdenes y grupos determinados, que se hallan, por su parte, en una relación
precisa. De modo que está permitido, en un sentido que todavía hemos de aclarar
más de cerca, hablar de un sistema de los contrastes. En
él distingo un primer grupo, y los contrastes que implica los denomino
intraempíricos. Estos se dan en el ámbito de lo humano, en cuanto es
experimentado o puede serlo. A ellos pertenecen lo corpóreo y lo psíquico,
ámbitos accesibles a la percepción externa y a la interna, respectivamente.
Puedo preguntar aquí por las propiedades y los actos corpóreos o psíquicos del
hombre; de esta pregunta surgirían las diferentes ciencias que estudian al
hombre. Pero puedo también preguntar: ¿Cómo se presentan estas propiedades,
procesos y relaciones desde el punto de vista de la contrasteidad? ¿Hay
contrastes últimos, contrastes que dominan a los demás y no pueden ser
reducidos a otros más simples? De tal pregunta brota el grupo de los contrastes
intraempíricos. El
ámbito de lo humano-experimentable ofrece, sin embargo, una estructura tal que
me obliga a ponerlo en relación con el ámbito profundo no experimentable. Se
manifiesta como algo «exterior» al que corresponde algo «interior». Lo que este
algo interno sea en su esencia metafísica no es aquí objeto de estudio; esto es
cosa de la Metafísica. Sólo se trata de saber en qué medida, desde el punto de
vista de la contrasteidad, apunta lo exterior a ese algo interior y está en
relación con él. De esta pregunta brota el segundo grupo de contrastes. Pueden
ser llamados transempíricos. Con
ello se agota la serie de contrastes que representan el grado más general de la
contrasteidad particular. Su significación es para mí semejante a la que la
Escolástica, con Aristóteles, concedió a las «categorías» lógicas. Por éstas se
entienden conceptos que delimitan los ámbitos de ser más generales que se
pueden pensar y que son mutuamente irreductibles por mediar entre ellos
diferencias esenciales; ni son reductibles a conceptos más generales porque su
distinción específica abocaría con ello a un vacío esencial. Al número de las
categorías pertenecen conceptos como «sustancia» y «relación». Estos no pueden
ser reducidos a algo común superior, porque en tal caso se anularía su
contenido peculiar. No hay un concepto específico que abarque la «sustancia» y
la «relación». Pero es posible otra cosa. Cabe decir que todos estos conceptos
significan un ser, entendiendo el ser del modo más general como un «algo
determinado». Este concepto no puede ser reducido a otro; es lo último que se
puede pensar, lo más alto y totalmente simple. Pero se lo puede considerar
desde distintos puntos de vista. Y entonces surgen los aspectos ontológicos de
la unidad, verdad, bondad, belleza. Estos conceptos son denominados por la
Escolástica determinaciones trascendentales del ser. En definitiva, son
diversas respuestas a la pregunta acerca de la autovalidación del ser,
modulaciones del concepto de la autenticidad del ser bajo distintos puntos de
vista axiológicos. De un modo semejante puede tratarse el hecho de la «contrasteidad».
Los contrastes intraempíricos y transempíricos son «categorías» en el sentido
indicado. (Este concepto no tiene nada que ver con el problema que surge en la
Lógica kantiana a propósito del vocablo «categoría», es decir, el problema del
a priori.) Se llamarán contrastes categoriales por representar los últimos
grados generales de la contrasteidad, en los cuales se conserva todavía un
contenido determinado —un tipo determinado de contraste—; se trata de los modos
de contrasteidad más altos, no reducibles a otros. Pero hay una pregunta que
nos lleva más allá: Una vez que se han terminado de precisar, mediante las
categorías, los diversos grados de universalidad específica, se puede todavía
desarrollar o, más exactamente, flexionar el concepto de ser mediante la
determinación de sus propiedades trascendentales. ¿Puede someterse a un
tratamiento semejante el concepto de contraste? ¿Es ello posible desde puntos
de vista anclados en su misma esencia, es decir, inspirados en la pregunta
acerca de cuándo un contraste es «auténtico»? Esto es posible de hecho y nos
facilita un tercer grupo de contrastes, situado en un nivel distinto. A
diferencia de los contrastes categoriales, deben ser denominados
«trascendentales», concepto que no tiene nada que ver, en cualquier caso, con
lo que entiende por este vocablo la Lógica más reciente. ________________ *
Traducción de Alfonso López Quintás Notas [1]
En rigor, no se debe leer a Tomás de Kempis sin contar con Tomás de Aquino. [2]
Este carácter holista puede advertirse también en los restantes ámbitos
espirituales y en las diversas formas de actividad. El arte medieval, por
ejemplo, estaba más profundamente enraizado en la vida cultural que el arte
específicamente estético de la actualidad; lo mismo, la actividad política y
económica, etc. Cierto que esta unidad era precrítica y a menudo degeneró en
acrítica. Muchos fenómenos —hoy día chocantes— de la vida política, científica
y religiosa de aquel tiempo se explican por esta despreocupada conciencia de
unidad. La separación tenía que venir. Pero la distinción degeneró en escisión:
la autonomía moderna de los distintos ámbitos espirituales. Nuestra tarea
actual consiste en lograr una nueva forma de unidad, acreditada con rigor
crítico. [3]
Bien vistos, los conceptos de contraste y polaridad se identifican. Yo prefiero
el primero por estar menos gastado. [4]
Demasiado injustamente, pues la interpretación romántica del concepto de
contraste destruye precisamente la más profunda esencia del mismo. Véanse
acerca de esto las explicaciones de las páginas 90, 94, 127, 174. La
libertad cristiana Extraído
de Libertad, gracia y destino (Freiheit, Gnade, Schicksal) * Romano
Guardini La
experiencia paulina de la gracia Hasta
ahora hemos tratado de la libertad tal como se presenta en la experiencia
inmediata humana. Ahora tenemos que preguntar cómo habla de ella la Revelación. ¿Existe
una libertad que sólo pueda salir de Dios y que tenga que ser llamada cristiana
en sentido estricto? En
el Nuevo Testamento nos es presentada una personalidad que aparece precisamente
como anunciadora de la nueva libertad. Es Pablo. Según lo que nos dicen los
Hechos de los Apóstoles y sus propias Cartas, nos vemos obligados a
representárnoslo como un hombre de fuertes vivencias y de poderosa fuerza de
voluntad, pero cuyo interior se halla atormentado por mil contradicciones y
presa a la vez de mil lazos. Anhelaba con pasión la justicia; quería el bien y
liberarse en el bien y, por eso, luchó una lucha en la cual se sometió a los
más altos vencimientos. Pero
es necesario adelantar que no llegó a la libertad y a la luz, sino que cada vez
se enredaba más profundamente y se encontraba más sin camino. En
su esfuerzo moral actuaba el amor propio, engendrando esa desviación que
nosotros llamamos fariseísmo. El, seguramente, no vio que el mal no sólo tiene
que ser combatido, sino disuelto con sabiduría y paciencia. En lugar de eso, no
hizo más que oponer violencia a la vida de los instintos, de manera que llegó a
envenenarse a sí mismo. De
todo esto no habla él expresamente, pero, así que aparece en escena, entra en
la crisis más aguda, y la manera cómo esta crisis se desarrolla y cómo él, más
tarde, mirando hacia atrás, habla de sí mismo, hace presumir que las cosas
tuvieron que acontecer así. Los
Hechos de los Apóstoles relatan cómo dio con la joven comunidad cristiana. Vio
la vida de los creyentes sustentada por una fuerza espiritual misteriosa; vio
su amor mutuo, su libertad y su gozo (7, 58 ss). Presenció el proceso del
Diácono Esteban y vio en él aquel resplandor espiritual, del cual dice el
texto: «Fijando los ojos en él, todos los que estaban sentados en el Sanedrín
vieron su rostro como el rostro de un ángel» (6, 15). Todo
esto le reveló una existencia totalmente enderezada a Dios; pero nada de
aquella fatiga por el cumplimiento de la ley, de aquella lucha atormentadora
por hacer el bien por las propias fuerzas, de aquella vacuidad y falta de
horizontes que él había experimentado. Estas cosas despertaron en el hombre
desesperado un odio ardiente. Ayudó a la lapidación de Esteban y a la
destrucción de la naciente Comunidad de Jerusalén. Luego se hizo dar todos los
poderes para hacer lo mismo en otras partes, y salió hacia Damasco... Pero en
el camino le acaeció la gran vivencia de su vida. Los Hechos de los Apóstoles
dicen: «Saulo, respirando amenazas de muerte contra los discípulos del Señor,
se llegó al Sumo Sacerdote, pidiéndole cartas de recomendación a las sinagogas
de Damasco a fin de, si allí encontraba quienes siguiesen este camino, fueran
hombre o mujeres, llevárselos atados a Jerusalén. Estando ya cerca de Damasco,
de repente se vio rodeado de una luz del cielo; y, cayendo a tierra, oyó una
voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? —Contestó él: « ¿Quién
eres, Señor?» —Y
el Señor: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Levántate y entra en la ciudad y
se te dirá lo que has de hacer». —Los hombres que le acompañaban quedaron
atónitos oyendo la voz, pero sin ver a nadie. Saulo se levantó de la tierra, y
con los ojos abiertos nada veía. Lleváronle de la mano y le introdujeron en
Damasco, donde estuvo tres días sin ver, y sin probar bocado ni bebida. »Había
en Damasco un discípulo de nombre Ana-nías, a quien dijo el Señor en una
visión: «¡Ananías!» —El
contestó: «Heme aquí, Señor». —Y el Señor a él: «Levántate y vete a la calle
llamada Recta, y busca en casa de Judas a Saulo de Tarso, que está orando». —Y
vio Saulo en visión a un hombre llamado Ananías, que entraba y le imponía las
manos para que recobrase la vista... »Fue
Ananías y entró en la casa e, imponiéndole las manos, le dijo: «Hermano Saulo,
el Señor Jesús, que se te apareció en el camino que traías, me ha enviado para
que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo.» —Al
punto se le cayeron de los ojos unas escamas, y recobró la vista, y
levantándose fue bautizado, tomó alimento y se repuso. »Pasó
algunos días con los discípulos de Damasco, y luego se dio a predicar en las
sinagogas, que Jesús es el Hijo de Dios». (9, 1-12-17-20). ¿Qué
sucedió aquí? Pablo experimenta la realidad de Cristo, a saber: Que Aquél a
quien los detentores del poder tenían por muerto y vencido, vivía de una manera
misteriosa; que había sido confirmado por Dios y tenía poder y gloria. Pablo
se abre a esta revelación y cree. En todo ello se le presenta algo subversivo:
ahora experimenta la posibilidad de un hacerse bueno, justo y santo; de un
sentido último y de una libertad definitiva que no pueden provenir de la tierra
ni de las propias fuerzas. Y esto no como si se le abriera un nuevo ideal ético
o se le aclarase un camino de religiosa autoformación hasta entonces
desconocido, sino que siente en Cristo al Dios vivo, que le penetra y lo toma
por su cuenta. Pablo
se encuentra ahora en una relación del todo nueva con la vida; aquella que él
mismo expresará más tarde por aquellas palabras, constantemente repetidas: «Yo
en Cristo; Cristo en mí». Esto
no significa que él cesara de afanarse; sus cartas demuestran lo contrario.
Toda la fuerza de su poderosa voluntad y experiencia actúa ahora con la misma
energía de antes, sólo que de otra manera. Todo
es «obra de la fe»; de tal manera, que se entrega al Dios que se nos da en
Cristo, le hace lugar en el alma, se deja conformar por Él. Quiere
esto decir, ante todo, que Dios mismo se torna libre. La palabra suena a
locura, pero es exacta. En la experiencia religiosa común Dios no es libre. El
que mire sinceramente a sí mismo, a los hombres que le rodean y a la historia,
percibirá que el amor propio del hombre, sus fuerzas interiores perturbadoras y
deprimentes, su falsedad y su violencia, nunca son tan funestas como en ese
complejo que vulgarmente se llama «experiencia religiosa» y «vida religiosa». Cierto
que todo esto se dirige a Dios en última instancia; pero su imagen y sus
exigencias son puestas por el hombre al servicio de su amor propio. Lo que
parece divulgación de lo divino, es con frecuencia —en el fondo— sólo una
manera de afirmarse el hombre a sí mismo, y lo que pretende ser una forma
divina, muchas veces no es más que la traslación del propio ser a lo Absoluto. Esto
parece imposible, puesto que Dios es omnipotente; pero no es más que una
consecuencia de su voluntad de que el hombre tenga propias iniciativas. Por
tanto, cuando Dios quiere manifestarse realmente, tiene que adelantarse como un
objeto y estar ahí, y hablar con tal claridad que la profunda deslealtad del
hombre no pueda ponerlo en duda. Es
lo que sucedió en Cristo. En el ámbito de su personalidad y de su vida se
reveló Dios de tal manera que puede decirse que quien lo ve, ve «la gloria del
Unigénito del Padre» y «al Padre mismo». (Jn. I, 14; 14, 9). Cristo es la
epifanía corporal de Dios; en El se abre a la historia el Dios oculto (29). Lo
ocurrido a Pablo se realiza constantemente tan pronto como uno cree. Esto significa
que el Dios vivo —no acallado, al menos radicalmente, por el egoísmo e
infidelidad de la naturaleza humana— brilla en el ámbito del ser del hombre
insobornable... Acto
y contenido de la libertad cristiana Con
esto, para el hombre que cree, ha sido fundada una libertad de modalidad nueva
y definitiva. Como demostramos antes, procedente del contenido de la acción,
consiste en que el nombre entra en la relación verdadera con el ser,
experimenta la veracidad de su forma esencial, justifica el sentido de su
valor, le da cabida en la propia vida. Ahora
el hombre, por medio de la revelación, consigue, sobre la plenitud del ser y de
los valores, la verdad y santidad de Dios. Esta no puede alcanzarla el hombre
por sus propias fuerzas; pero se le da en la Revelación como contenido de la
vida. Es aceptada por los actos primordiales del cristiano que Pablo reúne en
el c. 13 de la primera carta a los Corintos: «la fe, la esperanza y la
caridad». De ella hablan todos los textos que se refieren a la participación de
la vida divina: el mensaje del reino de Dios, del hombre y del mundo nuevo de
la vida eterna, del banquete celestial y del himno eterno, del amor que no
acaba, etc... Éste mensaje anuncia la superación de todo lo «viejo» en un
«nuevo» infinito; la ruina y el renacimiento, el abrirse y capacitarse para la
plenitud santa de Dios. Así se realiza también la liberación absoluta; la
entrada en una amplitud que no se da en ninguno de los ámbitos del ser arriba
descritos, sino que tiene que ser abierta por el mismo Dios. Esto no obstante,
sólo allí es saciada esa insatisfacción que —como dice Agustín— ha enterrado el
Creador en lo profundo del hombre: «nos has hecho para Ti, oh Dios, e inquieto
está nuestro corazón hasta que en Ti descanse». (Conf. I, I, I). Pablo,
en la carta a los Efesios, habla con fuertes palabras de esta libertad, al
tratar del decreto de la salvación, que ha sido cumplido en Cristo, y de la
«franca seguridad», del «acceso a la confianza» que nosotros tenemos «por la fe
en El». Después continúa: «Por
esto doblo yo mis rodillas ante el Padre... para que, según los ricos tesoros
de su gloria, os conceda ser poderosamente fortalecidos en el hombre interior
por su Espíritu, que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, y
arraigados y fundados en la caridad, podáis comprender, en unión con todos los
santos, cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad, y conocer
la caridad de Cristo que supera toda ciencia, para que seáis llenos de toda
plenitud de Dios.» (Efes. 3, 14, 16-19). No
sólo los pensamientos expresados en el texto, sino también la amplitud de cada
una de las frases y el «soplo del Espíritu» que las penetra, permiten percibir
la gran espaciosidad y la plenitud de la libertad santa, que sobrepasa toda
medida finita. La
revelación de esto, propio y definitivo, descubre el estado en que se
encuentran el hombre y el mundo: el pecado. El pecado significa la oposición al
Dios santo y, por lo mismo, la propia clausura en la última falsedad y en la
última injusticia. Aunque toda verdad intramundana y todo valor terreno-humano
permanecen, sin embargo, han sido arrojados por el pecado a un desorden
definitivo que aprisiona al ser en sí mismo junto con todas las posibilidades
de liberación —de que ya hablamos—, sometiéndolo todo a una esclavitud
irremediable. De
esta esclavitud, sólo la revelación de la verdad y del amor de Dios en Cristo
redime, y sólo en esta liberación propia consiguen las otras liberaciones
penúltimas su auténtico sentido. Cuando
Agustín habla del «descanso» en la frase citada, alude a la plenitud y ultimidad
de nuestro sentido, a la paz de la libertad en Dios. Descanso que también puede
ser experimentado en forma de desbordamiento y júbilo infinito. El pasaje antes
citado de la carta a los Efesios —un himno nacido del Pneuma— da testimonio de
ello. Tan
amplio es el segundo aspecto de la libertad cristiana, determinado por el
contenido de la vida; pero, ¿cómo se ha con el acto libre? Ante todo por la
Revelación y su aceptación en la fe sucedió una cosa: fue destruida la
ofuscación en que vivía el hombre, persuadido de que su capacidad natural de
origen se había desarrollado hasta el sobrenatural; de que podía decidirse ante
él por sí misma, arribar a él y conquistarlo. En tanto que el creyente reconoce
a Cristo, reconoce también su propia impotencia. Con esto se soluciona la falaz
pretensión de poder bastarse para las exigencias divinas por sus propias
fuerzas y esa actitud convulsiva y tensa de la voluntad, que se lanza de hecho
a realizarlas. Mas esto es ya libertad. Cuando Pablo lo reconoció y aceptó, debió
correrle por todo su ser como un aliento infinito. Pero,
¿no importa esta absoluta desesperación? Así sería si el contenido vital divino
no fuera más que un dejarse ver y un exigir. Mas no hay tal. Tan pronto como
ese contenido se muestra, nos da poder para apropiárnoslo; si exige, da fuerza
para cumplir su exigencia. Dios, al revelarse, da también el ojo que ha de ver
su verdad; el valor que se atreva con El; el amor que a El se lance. San
Pablo experimentó esto de tal manera que le ha hecho el profeta de este
misterio. El notó que algo actuaba allí, que hada cognoscible a Cristo; que lo
arrastraba hacia el alma; que unía con El —por su raíz más honda— la voluntad
del hombre. El poder que realiza esto es el Espíritu Santo. Su acción es la
gracia. El Espíritu Santo hace que Cristo halle al creyente, y «1 creyente a
Cristo; pero que se hallen, no sólo en sentido gnoseológico o volitivo, sino
vital y óntico. El
mensaje del «en» cristiano es un eterno ritornello en Pablo. Su última fórmula
para designar la existencia redimida. Quizá la carta a los Gálatas contenga la
expresión más acabada. En ella dice: «vivo yo, mas ya no yo; sino Cristo en mí»
(2, 20). Esto
no significa que en la existencia cristiana sea anulado el «yo» humano y entre
en su lugar Cristo; sino que, precisamente por vivir Cristo en mí —y sólo por
eso— me hago yo realmente yo-mismo —aquel yo-mismo que Dios pensó al crearme—;
que con ello se despierta en mí la capacidad de poder ser verdadero principio,
de decidirme por mí mismo y realizarme. La
misteriosa relación de todo esto se aclara todavía más en San Juan, cuando dice
Cristo: «el agua que yo le daré (al creyente), se convertirá en él en fuente de
agua que brote hasta la vida eterna» (4, 14). La
acción del Espíritu no es tal que lance sobre el hombre el raudal divino,
haciendo perecer en él su «yo»; sino que, por el suave desarrollarse del
Espíritu, se abre en el hombre mismo una fuente que es totalmente dada,
totalmente fuente de la vida de Dios; pero que brota en el hombre y le pertenece. Es
el misterio de la capacidad santa de origen, que sí, es don de Dios; pero que,
precisamente por ello, constituye lo más propio del hombre. Así,
el fenómeno de la libertad se interna en el de la gracia, pues gracia es
justamente aquello que Dios da; pero lo dado se hace propio del que lo recibe
más profundamente que todo cuanto le pertenece por su naturaleza primordial. ¿Cómo
se han, pues, en la existencia cristiana la iniciativa humana y la divina? La
pregunta aflora constantemente en la historia del pensamiento cristiano,
recibiendo respuestas muy discutidas. Así la pelagiana, que ve el centro de
gravedad de la relación totalmente en la iniciativa humana. La gracia sólo
tiene la función de liberar a ésta, esclarecerla y fortalecerla. Esta
respuesta está en aguda oposición con la de los reformadores, según la cual la
iniciativa humana se halla sustancialmente corrompida por el pecado y no guarda
ya relación alguna con lo santo, de manera que todo depende de la iniciativa
divina; la humana no puede hacer más, que saberse entregada a Dios por la fe. Éste
contraste se da —si bien en forma más moderada, pues mantiene firme la
dependencia vital mutua de ambos extremos— en las eternas disputas entre
Tomismo y Molinismo. Ambas escuelas sostienen que tanto en el origen, como en
la consistencia y desarrollo de la gracia, lo hace todo la iniciativa de Dios.
Pero que también el hombre —y como tal— actúa, en cuanto que se aproxima a la
fe, se decide ante ella, en ella vive, persevera y obra. Pero dentro de esta
unidad, ambas corrientes determinan el modo y la medida de la operación en
común de distinta manera; el Molinismo afirma más la actividad propia, el
Tomismo la operación exclusiva de la gracia. Estas
discusiones han dado mucha luz sobre puntos muy importantes. Ahora bien, en el
tema central, respecto a cuanto pertenece a una y a otra iniciativa en el campo
de la acción y la eficiencia, se consideran ambas iniciativas como momentos
demasiado disgregados entre sí. Si
se piensa en el conjunto de la doctrina de Jesús, en la manera cómo llama a los
hombres, los hace responsables, los advierte de su nada y luego los alienta,
entonces no cabe duda, de que todo lo que pertenece a la salud, es gracia, don
y acción del Dios Salvador. Pero tampoco no cabe duda de que el hombre se halla
en esa relación al Dios que todo lo hace, con toda la libertad y capacidad de
acción de su propio ser. Aquí
no se puede separar ni medir; lo característico de la relación está más bien
—como se demostrará detalladamente— en que el hombre, en virtud de la acción
> de Dios, llega a sí y se hace libre; en que, a la inversa, la acción de
Dios presupone la preparación del hombre, la cual acción se amplía a medida que
éste se abre y colabora. Jesús
dice a sus oyentes que Dios llama a quien quiere, remunera como quiere (Mt. 20,
1-16); con la misma evidencia, empero, hace depender la salvación del hombre de
su propia decisión (Me. 16, 16); a ellos dirige las terribles exigencias del
Sermón de la Montaña (Mt. 5, 7), y.en la descripción del juicio decide la
sentencia del Juez sobre la suerte eterna del hombre esto: el haber ejercido o
no ese hombre la misericordia (Mt. 25, 31-46). Tiene, pues, pleno sentido
aquello de que «no pudo» hacer ningún milagro «por causa de su infidelidad»
(Mt. 13, 58; Me. 6, 5). Ambas
cosas son verdaderas y prueban la indisoluble unidad de la relación, en la que
la iniciativa de Dios lo es todo; pero por ella la del hombre se torna
completamente libre y poderosa. Al
hombre se le exige que se decida ante el mensaje de la salvación. Que siga ese
mensaje, que lo oiga y que haya «ido tocado por él, es gracia; y gracia es
también cuando se abre y cree; pero esta decisión constituye a la vez su acto y
responsabilidad más propios, de manera que pueda Jesús decir: «¡Jerusalén,
Jerusalén... cuántas veces quise congregar a tus hijos en torno mío, como la
gallina a sus pollitos bajo sus alas, y no quisiste!» (Mt. 23, 37). Y ambas
cosas están, no una junto a otra, como una cooperación desde fuera; sino dentro
una de la otra, en la unidad indisoluble de un único proceso existencia! Lo
mismo se le exige al hombre vivir en la fe, realizar en el seguimiento de
Cristo la metanoia del sentir y del pensar, que la transformación de toda la
manera de vivir y de ser. Todo
esto sólo puede darse en virtud de la Redención, como dice Jesús expresamente:
«sin mí, nada podéis hacer» (Jn. 15, 5); pero, a la vez, es también desafiada
toda la fuerza del hombre; todo él debe encumbrarse incesantemente por el
ejercicio, el vencimiento y desprendimiento a una mayor y más pura realización
de las exigencias cristianas. Esta
realización contiene también el crecimiento en la libertad de espíritu y de corazón.
Esto apunta San Pablo en una mirada retrospectiva cuando advierte: «Les digo,
pues, hermanos, que el tiempo es corto. Sólo queda que los que tienen mujer
vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no llorasen; los que se
alegran, como si no se alegrasen; los que compran, como si no poseyesen» (I
Cor. 7, 29-30). Es el estado en que el creyente, por la gracia de Dios, pero
también por la generosidad, la disciplina y el sacrificio, libre de todo lo
creado se halla completamente abierto a la verdad y plenitud de Dios y es señor
de toda su capacidad originante. [2] Carácter
escatológico de la libertad cristiana Libertad
cristiana significa, por tanto, que el hombre consigue ver a disto,
reconociendo en El al Dios vivo, hasta entonces oculto; que percibe el
llamamiento y, creyendo penetra en el ámbito de Cristo y en él se hace
partícipe de la verdad y vida de Dios; que todo esto lo hace por la gracia del
Espíritu Santo, liberándose de sus vanas pretensiones, pero que, a la vez, se
hace totalmente él mismo. Por lo demás, la vida terrena continúa con todo
cuanto le pertenece. Libertad
cristiana no significa magia o algo lejano que se encuentre en las estrellas;
sino que es algo totalmente real. Permanecen todos los hechos de la realidad
natural, solo que en ellos actúa un nuevo principio, y se abre una posibilidad
también nueva, y abierta permanece. Todo lo terreno puede servir de apoyo para
saltar al otro lado, tanto que «a los que aman a Dios, todo les sirve para su
mayor bien» (Rom. 8, 28). Todo esto es muy fuerte; no pasa por alto nada de las
insuficiencias, estrecheces y extravíos de la existencia, pero confía en la
plenitud y tiene paciencia para esperar impávidamente. Así
es como está orientado todo hacia el futuro; un futuro que no nace de la misma
historia, sino que viene .de Cristo, que ha traído la Revelación. En la última
instancia, la libertad —como toda la existencia cristiana— se orienta hacia lo
escatológico. La libertad cristiana no es algo acabado, sino en camino. Ya
respecto a la libertad natural fue necesario acentuar que no se trata de ningún
aparato ultimado, sino de algo vivo y que, por tanto, debe ser realizado en
acción constante de formación y superación. Lo mismo vale, y de una manera
nueva, de la cristiana. A esto se refiere lo que San Pablo dice del hombre
nuevo, que crece en superación ininterrumpida del viejo; en una continua
realización del renacimiento, iniciado por la fe y el bautismo. La
libertad nueva es constantemente encubierta, negada; impedida y perturbada por
la existencia antigua: el pecado, la mentira y la confusión. Mas esto no
significa, en absoluto, como quiere el escatologismo extremado, que todo, en la
tierra y en el cielo, continúa bajo el eón antiguo, y que lo nuevo sólo puede
ser esperado por una fe paradójica, en un estado último totalmente distinto del
actual. La nueva libertad está ya aquí; fue despertada en el bautismo y crece
en la vida cristiana de cada día. Sólo que se halla incompleta y débil. En
torno a ella está la envoltura de la contradicción y plenitud definitivas. Esto
sucederá por Cristo. Cuando Él retorne a poner fin a la historia y a juzgarla,
se realizará la auténtica liberación: la liberación del hombre y, por el
hombre, la de las cosas. Entonces
se hará patente la libertad ahora encubierta y negada, y todo el mundo será
introducido en ella. Sobre este particular habría mucho que decir, sobre todo a
través de la interpretación del Apocalipsis. Pero tenemos que seguir con Pablo,
cerrando con unas palabras de la carta a los Romanos, que —como tantos otros
pasajes paulinos— contienen ya en germen, lo que después es dado en Juan a
plena luz. [3] «Tengo
por cierto que los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación
de la gloria que ha de manifestarse en nosotros; porque el continuo anhelar de
las criaturas ansia la manifestación de los hijos de Dios, pues las criaturas
están sujetas a la vanidad, no de grado, sino por razón de quien las sujeta.
(Esta fue la maldición, que siguió al pecado; pero esta maldición estaba unida
a una esperanza; y cierto, las criaturas vivían) con la esperanza de que
también ellas tienen que ser libertadas de la servidumbre de la corrupción para
participar en la (futura) libertad de la gloria de los hijos de Dios. Pues
sabemos que la creación entera, hasta ahora, gime (con nosotros) y siente (con
nosotros) dolores de parto hasta que llegue la hora. Y no sólo ella, sino
también nosotros, que tenemos las primicias del Espíritu (no estamos
terminados, sino que) gemimos dentro de nosotros mismos, suspirando (por la
entrada) en nuestra adopción, por la redención de nuestro cuerpo. Porque
primeramente en esperanza estamos salvos; pero esperanza (de algo cuyo
cumplimiento) puede ser visto, ya no es esperanza. Porque lo que uno (ya) ve,
¿cómo esperarlo (todavía)? Pero si esperamos lo que no vemos, en paciencia
esperamos» (Rom. 8, 18-25). Relaciones
entre la libertad cristiana y la natural En
conexión con lo dicho habría que preguntar ahora qué influjo ejerce la libertad
cristiana sobre la natural; cuál es su importancia en el despliegue de la
personalidad y en el fomento de la actividad del hombre. No podemos desarrollar
ampliamente estos puntos, porque nos harían sobrepasar los límites que para
este trabajo nos hemos marcado. Por tanto nos ceñiremos a hacer no más que unas
sencillas reflexiones e indicaciones. [4] No cabe duda de que la vida
cristiana, llevada con seriedad y convicción, desarrollará el afán y la fuerza
de la libertad. El contacto con el Dios vivo da a la existencia un firme y
efectivo punto de apoyo para lanzarse más allá de sí misma. Ese contacto pone
fin al confinamiento de la existencia elemental: de la naturaleza con sus
poderes, de la sociedad humana con sus violencias, de la vida cultural con la
tiranía de sus apreciaciones. Los obstáculos de la vida íntima de cada uno
ceden, las cosas aparecen en su verdadero ser y valor, y crece la fuerza de
superación. Lo
que la libertad en último término significa, a saber; pertenecerse a sí mismo
por el dominio sobre la propia acción, absolutamente es realizado sólo en
función de Dios, delante de Dios, ya que el hombre es finito, y ser finito
significa ser delante de Dios. Desde el momento en que el hombre no se halla
dispuesto a existir delante de Dios, cae en la seducción de la naturaleza y
renuncia a su personalidad, para vivir desde el género, dependiente de la
totalidad mundana —como ha hecho el naturalismo con todas sus formas, o bien
afirma, sí, su libertad, pero elevándola hasta lo Absoluto; haciéndose igual a
Dios, como ha ocurrido repetidamente en el panteísmo de la Edad Media y en la
Filosofía moderna, sobre todo en el Idealismo. Huelga
decir que con esto se destruye la genuina libertad, ya que ésta significa, por
una parte, el arrojo suficiente para el verdadero ser libre, con todo lo que
ello importa de deber y de peligro y, por otra, la conformidad con la propia
finitud, posible puramente sólo bajo Dios y delante de Dios. La
ética moderna sostiene que el hombre, obedeciendo al mandato de Dios, se torna
heterónomo, se sujeta a un extraño; y que la esencia de la libertad, por el
contrario, reside en la autonomía, en la pura .posesión de sí mismo. Esta
concepción considera la libertad como libertad absoluta; coloca la libertad
humana a la misma altura que la divina. De ser esto así, la obediencia a Dios
anularía ciertamente la libertad del hombre. Mas en realidad únicamente Dios es
Dios y el hombre, por el contrario, su criatura. La libertad del hombre es
creada; y como tal se realiza fundamentalmente delante de Dios y en la
obediencia a El; tanto más cuanto que no es sólo el Creador del ser, sino
también el fundamento de la verdad y la raíz del bien; de manera que obedecerle
no significa sumisión a un poder superior, sino el simple ejercicio de un
derecho. La
afirmación de la supuesta heteronomía a que antes aludíamos, se basa en un
profundo error acerca de Dios, sólo posible cuando el hombre ha abandonado el
trato con Él. Y el error consiste precisamente en pensar que Dios es un erepos,
«un otro». Respecto a un ser cualquiera sucede esto, que, al no ser yo, es
otro; de manera que obedeciéndole, obedezco a otro. Pero en Dios —y únicamente
en Dios— no es así; y este hecho precisamente determina su esencia. Es
absolutamente cierto que Dios no es yo; afirmar lo contrario es monismo. Mas lo
que lleva a este error es la mala inteligencia de una verdad, a saber: que El
no es «un otro», sino aquel en quien se fundamenta mi existencia, de quien
procede mi verdad y en quien está el sentido de mi ser. Si yo me llego a El
conociendo, amando y operando en general, en El me encuentro a mí mismo. Así,
obedecer a Dios significa, en primer termino, el reconocimiento de que yo no
soy, en un sentido absoluto, señor de mí mismo, sino más bien, que la última
instancia de mi acción está en El; pero significa también la superación de mi
impropiedad, porque obedeciendo, obro conforme a mi esencia, y por
consiguiente, bien entendido, obedeciendo a Dios, me sitúo en mí mismo
realmente. [5] Se
dijo arriba que la libertad se desarrolla en perfecta relación con la realidad,
en la realización de la verdad y del bien. ¿Pues qué valor tienen a este
respecto la Revelación y la Fe? ¿Ayudan al hombre a penetrar la esencia de las
cosas? ¿Le confieren fuerza y seguridad para ejecutar aquel dominio que, al
mismo tiempo, le ha sido otorgado e impuesto? Habría
que recordar ante todo un hecho histórico, con frecuencia pasado por alto,
cuando se discute la importancia cultural del Cristianismo; a saber, que ha
sido sobre todo el Cristianismo, el que ha hecho posible el avance gigantesco
del hombre occidental hacia el dominio del mundo. La
afirmación suena, seguramente, a algo insólito, pues ha llegado a imponerse
casi como un dogma que el hombre se halla en disposición de alcanzar la
libertad, de conocer y obrar sólo en la medida en que rompa las amarras del
Cristianismo. En
ciertas etapas del curso histórico nos encontramos efectivamente con que ese
avance es en su mayor parte opuesto a la tradición cristiano-eclesiástica o, al
menos, se ha realizado aparte de ella. Pero también es cierto que precisamente ese
avance ha presupuesto esta tradición. El mensaje y la obra de Cristo habían
situado al creyente en una posición tal, que, por una parte, no se encontrase
aprisionado por el mundo y, por otra, ejerciese sobre él una eficaz influencia,
dándole con ello una libertad que antes no había podido tener. Esta fue,
principalmente, de tipo religioso, aunque también actuó en toda la vida
psíquico-espiritual. Por ella consiguió el hombre aquella independencia de la
naturaleza, aquella capacidad de arrojo y empresa, de la que surgiría la
cultura científica, artística y técnica de la Edad Moderna. El
hombre que había perdido la fe, permanecía al socaire todavía de las fuerzas y
posiciones conseguidas dentro del cristianismo. Sin embargo, es difícil
pronosticar qué será de toda la Edad Moderna y la actual, aún sin nombre, si se
sigue perdiendo a este ritmo una actitud creyente y la protección de un orden
de vida cristiano. El hombre moderno piensa en las cosas de la vida
frecuentemente de una manera terriblemente primitiva. La
verdadera libertad es algo muy complejo; resultado de iniciativa y obligación,
de momento y tradición, de autoafirmación y renuncia. Requiere orden exterior
y, sobre todo, interior, existencial; pero, ¿se halla en tal coyuntura el
hombre moderno? Como hasta aquí había vivido siempre conforme a los moldes
antiguos, a medida que éstos desaparecían, él avanzaba hacia el caos,
consistente no sólo en falta de organización, sino en un trastorno de los
elementos fundamentales de la existencia. El
hombre primitivo —tanto antiguo como medieval— se hallaba inserto en el orden
inmediato de las cosas. Su poderío sobre la naturaleza no iba necesariamente
más allá de las posibilidades elementales de sus órganos corpóreo-espirituales.
Las estructuras de la naturaleza no habían sido alteradas por él esencialmente,
y esto es lo que dio a la cultura antigua su típico carácter «natural» y
«humano». Esta
conformidad entre la naturaleza y el hombre llegó a perderse cuando éste
aprendió a descomponer, partiendo de un conocimiento y método rigurosos, las
construcciones naturales, y a utilizar a su antojo su materia y energía. Es
la era de un nuevo aspecto del ser del hombre, el «hombre inhumano», que se
enfrenta con la naturaleza, no respetuoso y obediente, sino despiadadamente
dominador, derrumbando así el mundo antiguo. [6] Con
esto dejo a un lado lo que hasta entonces había sido base de la existencia y se
arriesgó a sus veleidades y a un mundo totalmente indefenso... Descompone, une,
emplea las cosas, construye... guiado exclusivamente por el afán de ser
absoluto señor de sí mismo y del mundo, y de realizar una obra que no sea, como
la del hombre antiguo, continuación o transformación de las estructuraciones
originarias de la Naturaleza, sino una autónoma formación de su espíritu. Es el
hombre desligado de la Revelación. La norma de su vida ya no es para él la
verdad de la Revelación. Si, desde hace algún tiempo, al reclamo de una piedad
de culturas pre o extracristiana, ha comenzado a hablar otra vez de «dioses» y
a buscar una religión existencial puramente terrena, es porque olvidó que todos
los dioses que conocemos presuponen la vieja naturaleza y la correspondiente
relación en ella; naturaleza, a la que ni la ciencia ni la técnica han logrado
destrozar. Pero, ¿hay otros dioses? Yo pienso que una vez que el hombre —dotado
de la libertad de la redención— ha llegado al pleno dominio de la naturaleza,
ya no son posibles los dioses. [7] Lo único que queda es elegir entre el Dios
vivo de la Revelación y la autodivinización del hombre, solitario consigo mismo
y con el mundo —dado caso que esto no sea tan sólo un estadio intermedio y que
en realidad no se reduzca te do a un descarado empirismo—. [8] Pero si
realmente hay un Creador y Señor del mundo, y sus criaturas sólo obedecen al
imperio del hombre, ¿en qué reconoce este a su Señor? ¿Qué, si todo lo que
parece libertad y dominio no es en el fondo más que veleidad y tiranía? ¿No
debería alzarse la naturaleza de las cosas, igual que su propia naturaleza, y
vengarse del hombre de un modo terrible, convirtiéndolo, mientras él se cree su
señor, en esclavo o quizá en juguete de su escarnio? Preguntas
son éstas que podrán ser sofocadas por el dogma del humano egoísmo; pero
nuestro interior las siente, y los abogados de la vida, educadores y médicos,
comienzan a advertir que si esto no es así en verdad, no se puede ordenar la
existencia. El
hombre ha llegado al pleno señorío del mundo, sólo porque la libertad cristiana
le ha capacitado para ello. Que se hiciera esto, está bien, ello correspondía a
la misión encomendada a la nueva época. Pero el hombre sólo puede cumplir con
rectitud esa misión, si mantiene aquella libertad, la seguridad de su posición
y la verdad entrañable de su ser. La
realización de los valores, la conquista de la realidad, la creación de la
obra, no acaecen simplistamente; como si el hombre, igual que un aparato
perfecto y listo para el uso, fuese aplicado al objeto y obrase sin más; no, el
hombre vive esos pensamientos, conquistas y creaciones con ímpetu y valor,
espíritu y consciencia; procede de conclusión en conclusión, «existe», en una
palabra. Pero esto significa que aquellos pensamientos, conquistas y creaciones
son pilotadas por las ocultas tendencias de ese existir en una medida que ni
sospechar podía el primitivo progresismo. Mas ¿de qué especie son esas
tendencias? ¿Cómo es sentido lo más íntimo del hombre? El
presupuesto insustituible de toda vida, que se sitúa en el plano del espíritu,
es la obediencia a la verdad, la voluntad de justicia. Sólo desde aquí se
contempla rectamente, está ordenada la acción y la obra es ejecutada como se
debe. Si
falla este presupuesto, todo marcha desquiciado. Pero
hay algo en el hombre que quiere, no la obediencia, sino el poderío; y no
precisamente aquél que se sitúa en el ámbito de la obediencia al Señor de la
creación, sino el poderío absoluto sobre el mundo, la dictadura. Este afán se
extiende a todo; así puede suceder que se acumule una ingente cantidad de
conocimientos, poder y rendimiento, una obra de espantosas proporciones, y que
el todo, no obstante, en su intimidad más entrañable, esté corrompido. Y
así es en efecto. El hombre moderno siente —conscientemente el despierto y, en
forma de una profunda inquietud, el irreflexivo— que está sufriendo descalabros
en todo, en el cuerpo, en el alma, en el corazón, en el espíritu... Siente que
falta un sentido justificante de la acción, que las relaciones de hombre a
hombre son inseguras, que se vuelven vacías las palabras, que el trabajo no
bonifica. Siente una creciente desesperación. Esto
no es pesimismo cultural ni romanticismo, sino pura verdad; y sería demasiada
locura obrar, como si tuviera que ser así. El hombre no puede ya continuar
trabajando sin preguntar por los presupuestos de una vida justa. La situación
mundial, desde la primera gran guerra, se caracteriza por haberse cerrado el
campo de la existencia humana. Su horizonte se rinde a una mirada inmediata;
por todas partes se exige un plan. Pero «plan» no significa tan sólo que sean
bien fijadas y aplicadas las posibilidades políticas, económicas y sociales,
sino que se inquiera por los presupuestos de toda rectitud. El primero de los
cuales consiste —es cierto— en la verdad primordial de que el hombre, como
imagen de Dios, es capaz de dominar sobre el mundo (Gen. I, 26), pero bajo la
obediencia al Señor de todo lo creado. El autonomismo de la Edad Moderna, por
el contrario, dice: lo que hasta ahora ha sido respetado como prerrogativa del
ser supremo —el dominio sobre el mundo, la providencia, el juzgar sobre el bien
y el mal, la fundamentación de los valores—, todo eso pasa al nombre, al mundo,
a la tierra, «Dios» era necesario en otro tiempo, porque el hombre no estaba
maduro. El era la forma en que el hombre, aún niño, contemplaba su propia
energía, porque de otro modo no la hubiera podido soportar. Ahora el hombre ha
llegado a la mayoría de edad, y «Dios» es ya para él sencillamente obstáculo en
el camino hacia la plenitud de sí. Pero, ¿cómo, si esto es falsedad e hybris?
¿Si Dios permanece Dios, y el hombre, hombre? En
todo esto se trata, no de una metafísica cualquiera, que nada tenga que ver con
lo real, sino precisamente de las condiciones últimas de la existencia concreta
del hombre; condiciones que influyen en todo, hasta en el simple modo de
ordenar nuestra vida ordinaria. De aquí se desprende la decisión sobre la
rectitud o no rectitud de todo, sobre la salud o la perdición en el más amplio sentido
de la palabra. Pero con ello se da, una vez más, respuesta a las preguntas
hechas anteriormente. La Revelación es aquel proceso en que Dios se manifiesta
a sí mismo y, a la vez, la situación del mundo. La Revelación es juicio y, al
mismo tiempo, gracia, y un comenzar de nuevo. De este modo la actitud, que se
adopta frente a ella, constituye le decisión simplemente y también la decisión
sobre la posibilidad de libertad auténtica. Esta libertad se convierte en
esclavitud desde el momento en que el dominio sobre el mundo se sale de sus
propios límites. El
objeto de la vida puede formularse diciendo que consiste en la realización de
los valores. No tomamos aquí esta palabra en sentido idealista, sino como
expresión del contenido y sentido de la existencia. «Valor» es aquello que hace
a un ser digno de existir y a una operación digna de ser realizada. El valor
descansa en el ser mismo, como contenido de su esencia y su sentido; pero
también está sobre él, como norma que le mide. Finalmente «valor» significa el
pensamiento creador de Dios que fundamenta la esencia y el sentido del ser.
Hablar e los valores constituye una forma abreviada de hablar, de las
propiedades del ser. Cada
valor auténtico lleva en sí su sentido. «Fuerza» es justamente fuerza, y como fenómeno
primario, no se deriva de ninguna otra cosa. Así el hombre, sólo desde ella
misma puede realizarla, actuando con fuerza y fortaleciéndose. Pero al mismo
tiempo tenemos el hecho de que el hombre, en sentido absoluto, sólo es fuerte
cuando a la vez es justo. Justicia es algo distinto de fortaleza; tiene su
propio centro, sólo partiendo de él, puede realizarse. Pero en cuanto el hombre
quiere fortaleza sin justicia, aquélla se altera. Se convierte en violencia y
brutalidad; dentro de ella se abre un abismo de flaqueza. Al revés, igual; la
auténtica justicia sólo conserva su propia esencia cuando su sujeto es un
espíritu recio; de lo contrario se convierte en vacilación y abulia. Utilidad
es precisamente utilidad; y significa que una acción está ordenada a un fin
racional, fundamentado en el complejo de la existencia humana. Pero se vuelve
infecunda, enojosa y, en último término, antirracional cuando no se halla en
armonía con el desinteresado funcionamiento de la vida, con el florecimiento y
la alegría del ser. Y al revés, estos valores acaban en ligereza, frivolidad y
despilfarro, si no conservan la unión con el ordenamiento racional de los
fines. Un
cuidadoso análisis llegaría a demostrar que la sabiduría precisa decir relación
a lo irracional, a la «locura» —dicho en términos extremos—, porque de otro
modo se convierte en pedantería y algo ilusorio; que la hermosura se hace ruin
y destructora, cuando no se acoge al rigor de la moral; que la justicia, sin el
libre concurso de la misericordia, se convierte en injusticia, etc. La libertad
brota de la perfecta entrega al valor; pero si éste no permanece en relación
con sus complementos, se encierra en sí mismo y se transforma en cárcel. Cada
valor, como fenómeno primario, tiene, en sí, su fundamento. Pero, al mismo
tiempo, dice relación a otros valores, y esta relación salvaguarda su esencia.
Por su parte, esos otros valores tienen también una ulterior ordenación,
formándose así una contextura, válida en toda acción. Lo justo, como expresión
de aquello que debe ser querido y hecho, es siempre algo complejo y fluctuante.
Es un equilibrio que, por su parte, ha de compensarse constantemente con la
vitalidad del infringimiento, si no se ha de paralizar el todo. Lo
mismo cabe decir de los diferentes rangos y órdenes de valores dentro del todo.
El estrato de los valores vitales, por ejemplo, prespone el de lo inanimado;
así el hombre, como ser vivo, se basa en lo anormánico. Las últimas
consecuencias de lo inanimado son sacadas en la esfera de lo vital; la mecánica
alcanza sus últimas posibilidades en el mundo orgánico, que en sí mismo es algo
distinto superior. Análogamente se articula lo espiritual con lo vital; por eso
la conducta moral presupone, ante todo, las posibilidades biológicas. E
inversamente, la salud corporal del hombre —que es absolutamente distinta de la
animal— tiene en lo moral su última garantía, en la responsabilidad de la
propia existencia. De
estos análisis surge la visión de un todo, de un campo de valores, como esencia
del contenido y sentido del mundo, del cual recibe su verdad cada valor
particular. Pero ¿puede esta totalidad de valores constituir por sí misma su
unidad? El
mundo, del que el hombre es un resumen, está referido a Dios. Uno de los
grandes penetradores de la realidad ha dicho que el «hombre eleva al hombre al
infinito». [9] Esto quiere decir que el hombre se levanta sobre sí y se realiza
primariamente en el contacto con Aquél, hacia el cual está proyectado por su
misma esencia, con Dios. En
cierto sentido también podemos decir esto del mundo. El mundo del moderno
autonomismo, que se basta a sí mismo, no existe. Tal mundo es un postulado de
la insurrección. Lo que existe es el mundo ordenado a Dios por medio del
hombre. Por eso el hombre es, como definió para siempre San Agustín, una
inquietud esencialmente buscadora, y en el hombre busca también
inquietadoramente el mundo. Sólo
aquella realización de los valores, que conoce y reconoce esto, conduce a la
libertad. Pero esa búsqueda no encuentra el fin por sí misma, porque se halla
—el cómo aún habrá que explicarlo— en la confusión, juntamente o conocí ser del
hombre. De ahí la necesidad de la Revelación y la Redención, y de ahí que
encuentre el camino solamente en la fe. La Revelación, que proviene de la
libertad de Dios, muestra hacia dónde están en definitiva orientados todos los
valores, dando con ello a la libertad del hombre su última garantía. APÉNDICE:
Problemática lógica del acto libre. Dé
todo lo dicho acerca de la operación libre surgen difíciles problemas lógicos.
No podemos discutirlos aquí en particular; sin embargo, debemos, al menos,
apuntar el núcleo del asunto y tocar la cuestión de cómo se ha la libertad que
afirmamos con el principio de causalidad. El
principio de causalidad dice: «Todo cuanto ocurre tiene causa proporcionada que
lo hace ser y ser así.» Por otra parte, la experiencia anteriormente descrita
nos dice que la acción libre se realiza porque la interior capacidad de origen
activa una determinada potencialidad subyacente en cada situación, y que el
acto mismo de la actuación no requiere otra causa exterior que lo ponga en
movimiento, sino que es, por si mismo, auténtico principio. ¿No queda, pues,
anulado con esto el principio de causalidad y se afirma un suceso sin causa
proporcionada? Respuesta:
Esto sólo se da en el caso de partir de una determinada interpretación del
axioma, a saber: la causa de un proceso siempre tiene que estar fuera del
centro de energías causadoras de ese proceso; esto es, que todo suceso importa
un proceso universal que avanza de un ser a otro. Esto podría ocurrir, a lo
sumo, en las cosas, de modo que las primeras fueran la causa de todos los
cambios experimentados en el proceso universal. Pero lo que en realidad
experimentamos es que el acto libre no pasa por mí simplemente, sino que nace
en mí. La autodeterminación del espíritu, la voluntad que elige, son su
verdadera causa. Nueva
objeción: la experiencia descrita no interpreta bien las circunstancias.
También aquellas iniciativas, que el sujeto cree hallar en sí, tienen sus
causas, las cuales se hallan fuera de él. Esto es: toda acción tiene su motivo;
sucede por algo. Este algo es precisamente su causa. Lo que la experiencia
llama «libertad» no es más que el resultado de esta circunstancia: que el acto
de las supuestas iniciativas no es puesto en marcha por impulsos mecánicos o
biológicos, sino por motivos psico-espirituales Respuesta:
La objeción echa mano otra vez de una interpretación infundada del principio de
causalidad. Cierto que la elección libre tiene su causa; que esa causalidad se
apoya también en un motivo. Pero la objeción ha suplantado inadvertidamente el
concepto de «causa» por el de «causa necesaria» y ha hecho provenir esa necesidad
del motivo. Si
fuera así, la operación tendría que producirse necesariamente y podría ser
deducida de los motivos. Pero esto se opone abiertamente a la experiencia. La
experiencia afirma: cierto que toda acción libre tiene sus motivos; sucede por
esta o aquella razón. El hecho de la motivación es lo que hace que se trate de
libertad y no de arbitrariedad. Es el fundamento de la «racionalidad» de la
acción; del sentido que guía aquel desistir y elegir, de que arriba hablamos.
Pero el motivo no fuerza el acto inicial, sino sólo lo fundamenta, le da
sentido. El acto, en cuanto tal, brota de sí mismo. A
la pregunta ¿por qué sigo yo este camino en lugar de aquél?, se responde:
porque es más corto y quiero llegar con rapidez. El motivo es economizar tiempo.
A una ulterior pregunta ¿por qué quiero yo llegar con rapidez?, se responde
así: porque cuando llegue tengo que hacer una cosa urgente. De nuevo
encontramos un motivo, que es precisamente el fin que se pretende conseguir; y,
así, sucesivamente. En este sentido siempre se puede seguir adelante, ya que la
existencia forma un todo en el que cada elemento se enlaza con el inmediato.
Pero existe aún otra pregunta que no sigue esta dirección: ¿por qué dejo que
llegue a ser decisivo ese querer-llegar-pronto, ese querer-ir-hacia-allí? ¿Por
qué lo realizo? La respuesta dice: porque quiero. Es decir, que soy puro
principio. Naturalmente,
aún se podrían interpolar otros motivos, como: quiero esto, porque quiero
cumplir mi deber, o porque quiero obrar con sentido, o, sencillamente, porque
quiero obrar. Mas todo esto no es más que aplazar aquel «porque quiero» en que
se expresa el hecho de la iniciativa. Tiene que llegar un momento en que éste
aparezca. En realidad, ya desde el principio, caminaba junto a cada posible
motivo. Así, pues, no significa más que la manera cómo el motivo, sea el que
sea, parte de la capacidad de iniciativa hacia la realización; y la señal
infalible de este modo de realización es la conciencia de la responsabilidad. En
lo descrito se ha puesto de relieve la esencia de la forma de acción llamada
«libre». Se da en las ordenaciones del ser y de los valores de la existencia;
es decir, esta forma «tiene un sentido», que se expresa en los motivos y
razones: en la respuesta a la pregunta: ¿porqué haces esto? Mas ella no realiza
ese sentido en forma de un proceso que se dé sencillamente a través de
nosotros, o en forma de necesidad interna producida por los motivos, sino en
forma de un principio espontáneo. Carece
de objeto preguntar si es posible una forma tal de causalidad, pues se da en la
realidad, y todo planteamiento del problema presupone ya el reconocimiento del
hecho. De éste se sigue que la causalidad tiene dos formas de realizarse: una,
necesaria; otra, libre. En ambas hay causalidad; en ambas se da un proceso
suficientemente fundamentado; en ambas puede darse una respuesta a la pregunta
de por qué ocurre lo que ocurre. [10] Pero el modo cómo se realiza la
causalidad es distinto. Puede ser cierto el de la necesidad, que consiste
simplemente en pasar a través; pero también el de origen de un principio
interno, que tendrá motivos, pero que no puede ni ser forzado ni derivado de
ellos. Antes bien, tiene que ser aceptado. Aquí,
en esta aceptación del resultado de la iniciativa de la libertad, radica la
actitud de respeto ante la persona. La necesidad es controlable; se puede
predecir lo que procederá de ella, calcularlo y provocarlo por la coordinación
de los distintos factores. En el caso de la libertad, por el contrario, no cabe
más que respetar, confiar y aceptar. Pero
el mundo es de tal manera, que en él se alían perfectamente ambas formas. Puede
que resulte incómodo reconocer esto y, de hecho, el hombre siempre hace lo que
pueda para esquivar la incomodidad: teóricamente negando la libertad;
prácticamente, impidiéndose su ejercicio y forzándose corporal y
psicológicamente. Mas no por esto es desterrado del mundo el fenómeno, sino
que, de cuando en cuando, se condensa en crisis individuales y colectivas
preñadas de desdicha. Pero
la libertad, ¿no pone en peligro la trabazón del mundo? Aquí aflora un motivo
decisivo para negar la libertad. Se funda en el instinto de conservación que
sólo se sabe seguro cuando todo marcha delante de nosotros de una manera
necesaria y calculada. En lo más íntimo es angustia, afán de poderío,
estrechamente unido con ella, mejor aún, de despotismo. El
resultado es la estructuración mecánica del mundo. En la cual la acción libre
es imposible y sin sentido. Pero
el mundo no es ningún mecanismo. Ningún sistema fijo de procesos que se
suceden, sino que, por todas partes, comporta esos centros de iniciativa que
constituyen la libertad, cuyo acto se actúa a sí mismo, sin trastornar por ello
el orden universal, ya que este orden incorpora inmediatamente el efecto del
acto libre. Este orden incluso se halla referido a esta forma de actos, y en
ellos se consuma. Dicho de otro modo: el mundo, como naturaleza, está ordenado
al mundo como historia. Con
esto hemos puesto de relieve unos hechos que el idealismo trata de esquivar. No
niega la libertad, pero quiere estructurarla de manera que no entre en el campo
de lo necesario; aplicación del principio más general, según el cual el
espíritu, lo ético, lo religioso, etc., tienen que ser estructurados sin
contacto alguno con la realidad material-empírica. En
consecuencia, el idealismo pone dos mundos: el de la naturaleza y del
conocimiento lógico, en que reina la necesidad; y el del espíritu, en que se da
la libertad. Estos mundos se entrecruzan en un punto ideal, en la pretendida
unidad del Yo, o sea del Absoluto. Pero
no es así. Si en el curso de la historia consideramos atentamente la cosa,
veremos los daños que han provenido de que el espíritu se encierre en un mundo
propio —sea el de la interioridad o el del puro idealismo— y quede la realidad
abandonada a sí misma, lo que en la práctica equivale a abandonarla a la
violencia. Sólo
hay un mundo. En él se dan diversos campos de acción, es cierto; diversas
combinaciones de sus principios básicos; pero todo en un mundo único. También
es cierto que ha de ser pensado de manera que pueda ser abarcada la realidad
entera. Perianto, no desde un principio parcial, por ejemplo, mecánicamente,
desde lo inanimado o, biológicamente, desde lo vital, sino totalitariamente. Y
sólo cuando no exista otro principio más universal al que acudir, todo está en
orden. Evidentemente, lo que significa «mundo», totalidad de la existencia,
tiene que ser demasiado grande para un principio particular. Ya
se dijo que el mundo no es de ningún modo alterado ni trastornado por la acción
libre; sino que tiene capacidad para asimilársela. Quizá ahora pueda decirse
más todavía: que el mundo se halla en espera de la libertad, que en él se
encuentran como bosquejos de ella. Pues sobre algunos de esos puntos de espera
y sobre esos proyectos de libertad vamos a hacer ahora algunas indicaciones en
forma de preguntas. Dos
de estos fenómenos se encuentran en el ámbito de la Naturaleza: ¿Es
derivable el aparecer de los modos biológicos de una sucesión descendente?
¿Brota o se da un nuevo modo tal, que para él se encuentren causas necesarias
en la naturaleza precedente y circundante? ¿Qué significa para la lógica la
mutación, esto es, la aparición súbita, no de-terminable necesariamente, de un
nuevo modo procedente de la espontaneidad de la vida? Si
mal no lo entiendo, no se puede señalar ninguna razón fundamental para el
movimiento de un átomo en el espacio. Se puede decir en forma de ley absoluta
cómo se mueve un conjunto de átomos, pero no cómo se mueve uno solo. De aquí la
tesis de que el modo de ser de un átomo es perceptible estáticamente, no
«casualmente». Pero, ¿significa esto quizá la afirmación, aún no bien pensada
lógicamente, de que aquí empieza el fenómeno de la causalidad, no
transformadora sino causadora radicalmente? Otros
dos fenómenos pertenecen al campo de la filosofía natural: ¿puede la
individualidad del concreto biológico —no sólo la estructura típica o las
propiedades adquiridas, sino el carácter individual en cuanto tal— ser deducida
de los padres, de los precedentes y circunstancias, etc.? ¿La figura, el modo
de ser, el movimiento, la circunstancia que hace, p. ej., que un pastor, entre
cientos de ovejas iguales, conozca inconfundiblemente a cada una en particular?
En suma, eso que se llama «cualidad» ¿hay que deducirlo de causas que se hallan
fuera de ella? Tomemos el fenómeno «rojo» en toda su expresión: la vibración de
la luz con su fórmula, el valor sensorial en el ojo, el contenido psíquico en
la vivencia, la significación espiritual para la razón; ¿puede todo esto ser
deducido, o bien representa un dato original, que tiene que ser aceptado?...
¿No vale lo mismo para toda forma: «cristal de roca», «encina», etc.? Por
fin, una reflexión fundamentalísima: ¿puede el ser infinito en cuanto tal, el
mundo en su inmensa pero finita grandeza, en su modalidad inapreciablemente
rica, pero perfectamente definida, ser concebido como necesario? Evidentemente,
no. Necesario, significa, que no podría no ser, y entonces habría sólo un mundo
infinito, absoluto. Pero ese mundo no existe. Lo que existe es el mundo finito,
de esas y estas dimensiones, cualificado, construido, movido así y así. De él
no puede precisarse que tenía que ser, sino simplemente experimentar que es. Ha
sido dado en forma de hecho, no de necesidad. No puede ser deducido, sino que
debe ser aceptado. ¿No descansará aquí el primer proyecto, el primer motivo
para esperar la libertad en sentido propio? ¿No
se relacionan entre sí los hechos enumerados? ¿No caen bajo una forma de
causalidad distinta de la necesaria? ___________________ *
Traducción de Rvdo. P. Guillermo Termenon Solis, C.M.F. Notas [1]
También la Revelación de Dios en Cristo puede ser Hada o alterada por la
obstinación del nombre y, por ende, necesita El de un orden que mantenga firme
su forma, a saber: la Iglesia; pero esta es una cuestión que, de discutirla
aquí nos llevaría demasiado lejos. Ver Guardini, Die Offendarung, 1940, página
118 ss. [2]
También los maestros espirituales hablan de esta libertad con palabras
sorprendentes. En lugar de los más conocido», vamos a citar aquí un párrafo de
un escritor olvidado. Se trata del C. VIII de los Soliloquios de Gerlach Petri,
escritor ascético neerlandés, traducido por N. Casseder, Frankfurt a. M., 1824,
páginas 23-34. I.
« ¿Ignoráis, por ventura —dice la Esposa deiforme en el Espíritu de verdad—,
que por la gracia he sido devuelta yo a mi misma, ya que, despojada de toda
imagen y representación, podía estar con puro y desnudo ánimo en la presencia
de la verdad eterna e inmutable, del ser que siempre es igual a si mismo, que
siempre es lo que es, el único que verdaderamente se derrama en todo y, sin
embargo, permanece siempre eternamente en sí mismo? II.
Y no solo esto puede el alma deiforme; se levanta además sobre todas las formas
de las cosas y las traspasa, puesto que ve en cada cosa creada lo que hay de
divino y sobrenatural; no es impedida por la forma temporal de las cosas
creadas, permanece siempre pura y desembarazada de todo; no mira en las cojas
perecederas lo perecedero, su nada, sino que ve y encuentra en todas a Dios, en
las pequeñas y en las grandes; y así nada puede fácilmente causar daño en su
interior o convertirse en detrimento suyo... III.
Y ésta es la santa y verdadera libertad del ánimo, primeramente porque el alma
nada ama en este mundo, nada busca: ni honra, ni estimación, ni propio
provecho, ni ganancia, sean temporales o eternos, porque lo que ella hace y
debe hacer, por deber o necesidad, no es su propia vida, pues no se aficiona
indebidamente a cosa alguna, ni la desea y, al no desearla, ni la procura,
puesto que se privaría sin dolor de todo aquello que al presente en apariencia
posee; la verdad no necesita de ninguna cosa, y nada debilita o entenebrece su
luz. En segundo lugar, porque nada le es difícil, no sabe nada de incomodidades
ni las teme; no se acobarda ante el trabajo y el dolor. Y
si estas cosas no están realmente presentes, o son ya pasadas, no piensa más en
ellas, ni teme tampoco las que puedan venir, ni mucho menos se desvela por
ellas; si es reprendida, injuriada, menospreciada; no se turba por eso, no sabe
nada de estéril vergüenza innecesaria; de todos estos contratiempos toma
solamente para sí lo que la verdad le ordena o manifiesta, y nada mas». [3]
Lo que va entre paréntesis es interpretación del autor. [4]
Según un desarrollo sistemático, de aquí tendría que arrancar la segunda parte
de aquella investigación, cuya primera parte suele titularse «Teología
natural». Esta última trata de los distintos momentos que, en la naturaleza del
mundo y del hombre, indican qué es lo que hay sobre el hombre y sobre el mundo,
a saber: Dios y la posibilidad de su operación. La indicada segunda parte
debería partir de la Revelación comprendida en la fe, y preguntar qué significa
ésta para la existencia inmediata del mundo y del hombre para su comprensión y
esclarecimiento. [5]
Para esto ver Guardini, Welt und Person, 1940 p. 20 ss [6]
Esto convierte toda destrucción de una vieja obra de la cultura en una pérdida
esencial. Dicha obra es expresión y ambiente vital del hombre «humano» y no
puede ser producida por los posteriores. Pero el hombre «humano» pertenece al
todo humano, y si éste no quiere ser destruido debe ser realentado. En él
descansan las fuerzas sustentadoras y salvadoras de la esencia del hombre; con
él se relaciona el ansia de lo perdido y la esperanza de la restauración. Este
hombre necesita las viejas obras y formas. Ellas le traen el recuerdo de si
mismo. Ellas le ayudan a llegarse a sí mismo. Si ellas se vienen abajo, eso no
significa sólo una pérdida estética o de antigüedad, sino una pérdida
existencial. Muy profunda y exactamente ha hablado de estos Rilke en la novena
elegía Duineser. (Véase también Guardini, Zu Rainer Maria Rilkes Deutung, des
Daseins, 1941, p. 131 ss.) [7]
Sólo los fenómenos originarios de la existencia pueden sugerir la numinosidad
del mundo. Hay una divinidad del sol, pero no de la bombilla eléctrica; del
fruto, pero no del alimento; del río, pero no de la combinación química H2O. La
racionalización y tecnificación no soportan «dioses»; sólo puede admitir —y
esto hay que decirlo con veneración— al Dios Vivo, qué es dueño y director de
la razón y de la técnica... ¿O es que se puede afirmar que en el mundo
tecnificado, en la ciencia autónoma, en las máquinas y en los proyectos, cabe
sí un numen, pero el del demonismo absoluto? Mientras los númenes del mundo
antiguo estaban en adviento y tenían la posibilidad de servir a la causa de la
revelación del Dios Vivo, ¿no significaría semejante numen una sublevación
contra el Señor del mundo, que se cierra a toda reducción? [8]
El peligro del empirismo no está sólo en que supone una falta de orientación y
orden de vida religiosa, sino que también en que las fuerzas religiosas
pertenecientes a lo esencial del hombre y la valencia religiosa del mundo, que
es única, no tienen ya lugar. La dictadura del hombre sobre el mundo significaría
entonces que junto a una racionalidad y una técnica perfectamente
desarrolladas, se mueve haciendo de las suyas un numen ilocal cuyos efectos no
se alcanzan a simple vista. [9] Pascal, Pensées, Ausgabe Bruschwicg (1912,
fragm. 434, p. 531). [10]
Se ha de hacer resaltar esto en contra de un peculiar modo de hablar, que se
encuentra en cualquier punto, y del cual no se sabe si significa sólo
imprecisión del lenguaje o algo peor, a saber, una depravación del pensamiento:
que el principio de causalidad ya no es válido sin excepciones, no «vale» en
absoluto y sobreviene el caos. Pero el principio de causalidad vale
necesariamente y siempre. Es inquietante el que a un determinismo cerrado, que
deja a un lado los hechos de la libertad tan visibles, siga inmediatamente el
abandonar el principio mismo de causalidad. Acerca
del significado de la melancolía 1 Romano
Guardini 2 Se
trata aquí de la vigorosa vastedad del fenómeno existencial de la melancolía.
La plenitud interior de su potencia, que según el autor va más allá de una
cuestión psicológica o psiquiátrica, se manifiesta particularmente en la obra,
vida y personalidad de un hombre: Sören Kierkegaard. El significado más
profundo de la melancolía es de carácter espiritual y el "lugar"
donde se vuelve absolutamente claro el punto crítico de nuestra situación
humana. I La
melancolía es algo demasiado doloroso y que penetra con demasiada profundidad
en las raíces de nuestra existencia humana como para que podamos abandonarla
sólo en manos de los psiquiatras. Sí nos interrogamos aquí entonces, acerca de
su sentido, no queremos decir con esto que se trate para nosotros de una
cuestión psicológica o psiquiátrica sino de orden espiritual. Creemos que se
trata de algo relacionado con las profundidades de nuestra naturaleza humana. Para
que se pueda experimentar lo que aquí se considera, citaremos ante todo algunas
frases extraídas de notas y escritos de un hombre que ha permanecido, él mismo,
en una profunda melancolía, la cual no era sólo una potencia que operaba en el
interior de sus pensamientos y actos, una tonalidad interior que vibraba de un
extremo al otro de su ser, sino que por sobre todas estas cosas este hombre la
ha asumido concientemente asumido como punto de partida para su tarea moral,
como escenario para su combate religioso. Me refiero a Sören Kierkegaard. Las
frases que siguen tienen que permitir delinear claramente los límites y las
dimensiones interiores dentro de las cuales se mueve este fenómeno, quizás el
más doloroso de la existencia humana. "Lo
terrible es que la conciencia de un hombre haya soportado desde la niñez una
opresión que ninguna elasticidad del alma, ninguna energía de la libertad haya
podido suprimir. Por supuesto que una aflicción en la vida puede oprimir la
conciencia, pero si esta aflicción tiene lugar recién en la edad madura, no
tiene tiempo de adoptar esta conformación natural, sino que se vuelve un
momento histórico y no algo que se sitúa, por así decirlo, más allá de la
conciencia misma. Quién tiene tal presión desde la niñez es igual a un niño que
ha sido retirado con forceps del cuerpo materno y constantemente guarda el
recuerdo de los dolores de la madre..."(1) "Es
así como he ingresado a la vida, favorecido desde todo punto de vista por dones
espirituales y condiciones exteriores. Todo fue y sería hecho a fin de
desarrollar mi espíritu tan copiosamente como fuera posible. Así ingresé a la
vida: lleno de confianza (en un cierto sentido, pues tenía al mismo tiempo una
decidida simpatía y predilección por el sufrimiento y todo aquello en algún
modo opresivo y doloroso), sí, con una actitud arrogante, casi estúpida. En
ningún momento de mi vida había perdido la siguiente convicción: que uno puede
lo que quiere, salvo una sola cosa, todo lo demás sin excepción, pero una sola
cosa no, esto es, eliminar la melancolía, en cuyo hechizo me encontraba. Jamás
(algunos podrán tomar esto como jactancia, sin embargo era verdad para mí, tan
verdadero como lo que sigue, que nuevamente pueden tomar como una arrogancia)
-jamás me vino el pensamiento que hubiera vivido o nacido en mi tiempo alguien
que me fuera superior- y en mi interior más profundo era para mí el más
miserable de todos. Jamás me asaltó el sentimiento de que no llegase a
triunfar, incluso al emprender las cosas más estúpidas, salvo en una sola cosa,
a excepción de ésa en todas, pero en ésa no: llegar a dominar esta melancolía,
de cuya opresión no me he visto totalmente libre ni siquiera un día. De todos
modos, hay que entender que desde temprano estaba iniciado en el pensamiento de
que vencer en el sentido de la infinitud (el único vencer real) suponía llegar
a sufrir en el sentido de la finitud. Así esto, estaba de acuerdo con mi
pensamiento melancólico más profundo, esto es, que yo en realidad no sirvo para
nada, para nada en el sentido de la finitud"(2). "Me
parece como si yo fuera un esclavo de las galeras encadenado con la muerte; cada
vez que la vida se agita, rechina la cadena y la muerte hace que todo se
marchite - y esto ocurre a cada minuto(3). "Es
terrible la total incapacidad espiritual que padezco en este tiempo,
precisamente porque está asociada con un anhelo destructor, con un
apasionamiento espiritual - y sin embargo tan carente de contornos que una vez
más no sé qué es lo que echo de menos"(4). "12
de Mayo. La existencia entera me angustia, desde el mosquito más pequeño hasta
los misterios de la Encarnación; todo me es inexplicable, y mucho más yo mismo;
la existencia entera está infectada por mí, y en mayor grado yo mismo. Grande
es mi sufrimiento, carente de límites; nadie lo conoce, salvo Dios en el cielo
y El no me quiere consolar; nadie me puede consolar, salvo Dios en el cielo y
El no se quiere compadecer"(5). "Vengo
precisamente de una sociedad en la cual yo era el alma; el ingenio fluía de mi
boca, todos reían, me admiraban, pero yo me fui, si el guión debe ser tan largo
como los radios de la órbita terrestre.... me retiré y quería pegarme un
tiro". "Muerte
e infierno, puedo hacer abstracción de todo, pero no de mí mismo; no puedo
incluso olvidarme una vez de mí mismo ni cuando duermo"(6). "Lo
que me reconciliaba con mi destino y mi sufrimiento, a mí, el prisionero tan
desdichado, tan atormentado, era la libertad ilimitada de poder disimular: yo
tenía y he recibido el permiso de estar absolutamente solo con mi dolor. "Libremente,
se entiende, de no poder hacer otra cosa que volver poco agradable para mí el
resto de lo que podía hacer por mí mismo. Dadas ambas condiciones (semejante
dolor y semejante simulación) es asunto de la peculiaridad individual en qué
aspecto del hombre se pone atención: si este tormento interior, solitario
(demoníaco) encuentra su más satisfactoria expresión en el odio a los hombres y
en la blasfemia a Dios o precisamente en lo contrario. Mi caso fue este último.
Tan lejos como retrocedía en mi recuerdo, estaba en claro para mí una cosa: que
no era para mí el buscar consuelo y ayuda en otros. Satisfecho de lo mucho que
se me había concedido, a la espera de la muerte en tanto que hombre, deseando
la más extensa vida en tanto espíritu, tenía el pensamiento en un amor
melancólico por los hombres, de serles de ayuda, de encontrar para ellos un consuelo,
sobre todo la claridad del pensamiento y en particular la claridad respecto al
cristianismo. "Muy
atrás se remonta en mi recuerdo el pensamiento de que en cada generación son
dos o tres quienes llegan a ofrecerse por los otros para descubrir mediante
terribles sufrimientos lo que beneficia a otros. De este modo me comprendía
melancólicamente a mí mismo: como que para esto estaba destinado"(7). "...nunca
fui hombre: desde mi nacimiento esto formaba parte de mi desdicha; y sería
tanta más desdicha a causa de mi educación. Pero cuando se es niño -y los otros
niños juegan, hacen bromas, o lo que hacen de ordinario-; bueno, y cuando se es
un muchacho- y los otros jóvenes aman, bailan, o lo que hacen todos los
jóvenes- entonces ser espíritu, ya sea niño o joven, es una angustia terrible!
¡Angustia más terrible aún cuando, con la ayuda de la fantasía, se conoce la
muestra de habilidad que significa presentarse como si uno fuera el más joven
de todos! Esta desdicha es, sin embargo, más moderada a los cuarenta años y
deja de existir en la eternidad. No he conocido la espontaneidad y por esta
razón yo no he vivido, hablando desde un punto de vista simplemente humano; con
reflexión he comenzado, no la he adquirido recién más tarde, propiamente soy
reflexión desde el principio al final. En ambos períodos de la espontaneidad,
como niño y como joven, tuve que ayudarme de una juventud falsa pues la
reflexión no aporta jamás solución alguna, y como no estaba aún en claro de los
dones concedidos a mí, he soportado el dolor de no ser como los otros"(8). "Es
notable la forma severa en que, en cierto sentido, he sido educado. De tiempo
en tiempo me siento colocado en el tugurio más lúgubre, me arrastro de rodillas
en la pena y el dolor, sin ver nada, sin ninguna salida. Entonces rápidamente
se despierta en mi alma un pensamiento, tan vivo como nunca antes lo tuve, aún cuando
tampoco me sea desconocido, pero antes estuve casado con él, por así decirlo,
solo con la mano izquierda, ahora lo estoy con la derecha. Si este pensamiento
que ahora se ha fijado en mí, lo tomo sobre mis hombros, yo, el que estaba
contraído como una langosta, vuelvo a la vida nuevamente, sano, fuerte, alegre,
de sangre caliente suave como un recién nacido. En consecuencia debo, en cierto
sentido, dar mi palabra de querer proseguir este pensamiento hasta sus últimas
consecuencias, pongo para eso mi vida como garantía y me encuentro ahora atado
al arnés. No puedo detenerme, y mis fuerzas resisten. Entonces llego al fin, y
todo comienza otra vez"(9). "Cuantas
veces me ha ocurrido lo que acaba de ocurrirme. Así me hundo en el sufrimiento
de la más profunda melancolía, a la cual se liga uno u otro pensamiento de una
forma tal para mí, que no puedo desligarlo y como dicho pensamiento está en
relación con mi existencia, sufro indescriptiblemente. Transcurrido cierto
tiempo, estalla, por así decirlo, el absceso y por debajo aparece la más
agradable y copiosa productividad, justamente la productividad de que tengo
necesidad en ese momento. "Pero
en tanto el sufrimiento perdura, es a menudo atrozmente penoso. Sin embargo,
poco a poco, se aprende con la ayuda de Dios a permanecer en la fe junto a
Dios, incluso en los momentos de sufrimientos, o a acercarse a Dios tan rápido
como es posible cuando se tiene la impresión que nos ha abandonado por un
momento mientras uno sufría. Así tiene que ser, pues si uno tuviera presente
del todo a Dios ante sí, entonces no sufriría de ningún modo"(10). "Una
mañana, cuando me levanté de la cama, me encontraba inusitadamente bien. Este
bienestar creció después más allá de toda comparación. A la una del mediodía
había alcanzado el punto más alto y ya presentía el vertiginoso máximo, que
ningún termómetro del bienestar, incluso el poético, haya jamás indicado. El
cuerpo había perdido su pesantez terrestre; sí, era como si no tuviera más
ningún cuerpo. Cada función gozaba de su plena satisfacción; cada nervio estaba
en acuerdo consigo mismo y en armonía con la totalidad del sistema; cada
pulsación atestiguaba la robusta vitalidad que agitaba el organismo. Yo
caminaba como si estuviera suspendido en el aire, pero no como lo hace el vuelo
del pájaro, que corta en dos el aire para alejarse de la tierra, sino como las
ondas de la simiente impulsada por el viento, como el balanceo del mar borracho
de nostalgia, como el ensoñador deslizarse de las nubes. Mi ser era la
diafanidad pura -como la meditación profunda del mar, como el silencio de la
noche satisfecho de sí, como el silencio monológico del mediodía. "Cada
sentimiento retumbaba en mi alma como una resonancia melódica. Cada pensamiento
se ofrecía en sí mismo y cada pensamiento se recogía en mi alma con un regocijo
solemne, tanto la idea más disparatada como la más rica. Cada sensación era
presentida antes que ocurriese, de tal modo que para mí era tan sólo la
realización esperada de una posibilidad yacente en mí. Toda existencia estaba como
enamorada de sí y se estremecía en una relación de embarazoso destino con mi
ser. Todo en mí era presagio y todo se transfiguraba misteriosamente en mi
microcósmica felicidad, que transfiguraba todo en sí, incluso lo desagradable,
la observación más fastidiosa, la mirada más antipática, incluso la pelea más
fatal. Como decía, a la una en punto, estaba en lo más alto, allí donde
presentía lo más supremo de todo. Entonces, rápidamente, algo comenzó a
hormiguear en mi ojo izquierdo, qué cosa era eso, si un pelo de la pestaña, o
una fibrilla, o una partícula de polvo, no lo sé; pero lo que si sé es que en
ese mismo instante me precipité en un abismo de desesperación"(11). "19
de Mayo. A la mañana. 10.30 hs. Hay una alegría indescriptible que nos abraza
totalmente, de forma inexplicable como acontece el arrebato del Apóstol3 cuando
exclama sin motivo: "Alegraos, les vuelvo a decir, alegraos". No es
una alegría provocada por esto o aquello, sino una ardiente exclamación del
alma "con la lengua, la boca y lo profundo del corazón". "Me
alegro de mi alegría, a causa de, junto a, por y con mi alegría. Un estribillo
celestial que como un rayo, se diría, interrumpe el resto de nuestro canto; una
alegría que refresca y reanima como lo hace una brisa, una corriente de vientos
alisios que sopla desde el bosque Wamré hasta las moradas eternas"(12). "Del
‘poeta’ se dice que invoca a las musas para recibir los pensamientos. Éste no
ha sido nunca mi caso. Mi individualidad se niega incluso a comprenderlo así;
por el contrario, yo necesitaba cada día de Dios para librarme de la abundancia
de pensamientos. En realidad, si le damos a un hombre tal vigor de
productividad y al mismo tiempo una salud igual de débil, ya aprenderá a rezar.
Podría sentarme e ininterrumpidamente escribir día y noche, e inclusive seguir
escribiendo un día y una noche más, pues mi fertilidad es suficiente. Esta
muestra de habilidad la pude hacer a cada momento, y aún ahora podría. Si lo
hiciera, me hará añicos. Basta el más pequeño descuido en el régimen y estoy en
peligro de muerte. Pero si aprendo a obedecer, si realizo el trabajo como una
tarea rigurosa, tomo convenientemente mi pluma y escribo cuidadosamente cada
letra; entonces lo puedo hacer. Y así, muy a menudo tuve más alegrías a causa
de mi conducta obediente hacia Dios que a causa de los pensamientos que yo
producía..."(13). "Pero,
visto desde otro ángulo, durante mi actividad literaria he necesitado también
día tras día en el curso de los años de la ayuda de Dios; pues El fue mi único
confidente. Gracias a la confianza en el conocimiento que Dios tenía de mí he
podido atreverme a lo que me atreví y he podido soportar lo que soporté, así
como encontrar la felicidad en estar literalmente solo en este vasto mundo.
Pues donde yo estuviera, ya sea ante la vista de todos o a solas con los más
íntimos, siempre estaba disfrazado de engaño y por tanto solo; ni en la soledad
de la noche podía estar más solo. Estaba solo no en las selvas de América con
sus horrores y peligros, sino en la compañía de las más horribles
posibilidades, que comparadas con la realidad más terrible, esta es algo
agradable y suave. "Estaba
solo, casi enemistado con el lenguaje humano; solo en los tormentos que me
enseñaron más de un comentario a aquel texto de la espina en la carne4; sólo en
las decisiones, aquéllas en las que hubiera podido necesitar el apoyo de amigos
y de ser posible, de todo el género humano; solo en toda clase de tensiones
dialécticas, que llevarían a todo hombre con mi fantasía (sin Dios) hasta la
locura; solo en las angustias de muerte; solo en la absurdidad de la
existencia, sin poder (aunque lo quisiera), hacerme comprender por una sola
persona -exactamente, digo "una sola persona", pues hubo épocas donde
no era eso lo que me faltaba (de modo que no se pudiera decir "no faltaba
más que esto"), épocas en las cuales no me podía hacer comprensible
incluso para mí mismo. "Cuando
pienso que transcurrieron años de esta manera, me estremezco; si veo en forma
equivocada por un solo instante, me derrumbo. Pero si veo correctamente, de
modo que mediante la fe encuentro el reposo en la confianza del conocimiento de
Dios acerca de mí, entonces la felicidad se hace presente otra
vez..."(14). "¿Tiene
un hombre el derecho a querer su propia ruina? ¡No! ¿Por qué no? Porque la
causa es ó una aversión a la vida, y él debe tener la firme decisión en
combatirla, ó porque quiere ser más que un hombre. En verdad hay suficientes
casos, que incluso la razón humana puede reconocerlos: un sacrificio produciría
aquí un efecto enorme, daría lugar a un espacio adecuado. Sin embargo, querer
su ruina es algo demasiado elevado para un hombre. "Pretender
su ruina es algo tan elevado que solamente lo divino puede tener esta voluntad
con una perfecta pureza. En todo hombre que quisiera algo semejante habría
siempre un dejo de melancolía. Aquí yace por lo tanto el defecto. Quizás es un
deseo reprimido o algo parecido, por el cual el hombre, librado a sí mismo,
desespera (pues para Dios todo es posible) y su pasión lo lanza sobre esta
suerte de heroísmo. "Pero
esto no es lícito. Un hombre debe consentir a sus deseos de cara a Dios, tratar
humanamente de alcanzarlos, rogar a Dios que así quiera hacerlo y luego dejar a
cargo de Dios si debe acaso marchar hacia su ruina precisamente por ese camino.
Brevemente, un hombre debe ser un hombre"(15). "Desde
niño estuve bajo el hechizo de una inmensa melancolía, cuya profundidad
encuentra su real expresión verdadera en que me ha concedido la habilidad, en
el mismo grado inmensa, de ocultarla bajo una aparente lozanía y alegría de
vivir. Desde siempre, tanto como recuerdo, he encontrado mi única alegría en
que nadie podía descubrir lo desdichado que me sentía. Esta exacta proporción
entre melancolía y el arte de ocultarla mostraba que yo dependía de mí mismo y
de la relación con Dios. "De
niño fui educado severa y rigurosamente en el cristianismo, y desde un punto de
vista humano, digamos que fui educado de una forma insensata. En mi más
temprana juventud ya había cargado con impresiones bajo las cuales el
melancólico viejo5, que las ponía sobre mí, había sucumbido. ¡Era un niño que
de un modo insensato tenía que sentir, pensar y vivir como un anciano
melancólico! ¡Algo terrible! No hay que asombrarse entonces que a ratos el
cristianismo me parecía la atrocidad más inhumana, aunque nunca (incluso cuando
más alejado estuve de él) perdí mi respeto por el cristianismo y estaba
firmemente decidido (especialmente en el caso que no me decidiera a favor del
cristianismo) a no poner a nadie al corriente de las dificultades que yo
conocía pero de las cuales no había leído ni escuchado nada. Pero nunca había
roto con el cristianismo o renunciado a él; nunca me vino a la mente atacarlo
-sino más bien estaba firmemente decidido, apenas pudiera hacer uso de mis
fuerzas, a hacer todo lo posible en su defensa o al menos por presentarlo en su
forma verdadera... "En
cierto modo amaba al cristianismo; me era digno de veneración; por cierto que
me ha hecho sumamente desgraciado, humanamente hablando. Todo esto estaba
ligado con la relación que tenía con mi padre, el hombre que más he amado. ¿Y
qué quiere decir esto? Significa precisamente que este hombre es quien me hizo
desgraciado, a causa del amor. Su defecto no era que careciera de amor sino que
confundía a un niño con un anciano. Amar a quien me ha hecho feliz es para el
hombre que reflexiona una forma deficiente de amor; amar a quien con mala
intención me hizo desgraciado, es virtud; pero amar a quien por amor me hizo
desgraciado, y por lo tanto a causa de una equivocación, es la forma normal del
amor, no descripta hasta ahora, del hombre que reflexion."(16). "Es
maravillosa la forma en que me subyuga el amor de Dios. Al fin y al cabo no
conozco ninguna oración más verdadera que aquella que rezo una y otra vez: que
Dios quiera concederme que no se enoje conmigo porque continuamente le
agradezco que haya hecho y haga, sí, que haga mucho más por mí de lo que jamás
hubiera esperado. Rodeado de escarnio, atormentado día tras día por la
estrechez de miras de los hombres, incluso de aquellos más cercanos a mí; no sé
hacer otra cosa, en casa o en mi más profundo interior, que agradecer a Dios;
pues comprendo que es indescriptible lo que ha hecho por mí. Un hombre, con lo
que es un hombre para Dios: una nada, menos que una nada; y un pobre hombre que
desde niño ha caído en la melancolía más miserable, un hombre que es un objeto
de angustia para sí mismo. "¡Y
vemos que Dios me ayuda de ese modo y me concede lo que me ha concedido!" "Una
vida que era una carga para mí mismo, por más que a veces fuera conciente de
todas mis disposiciones favorables; pero como todo me irritaba a causa de ese
punto negro, echaba a perder todo... Una vida de tal naturaleza toma Dios sobre
sí. El me permite llorar en su presencia en una silenciosa soledad, llorar continuamente
de dolor, consolado bienaventuradamente por saber que me protege y al mismo
tiempo que da a esta vida de dolor una significación que casi me subyuga, me da
dicha y fuerza y sabiduría para todas mis prestaciones, con el objeto de hacer
de la totalidad de mi existencia una expresión pura de las ideas, o sea con el
objeto de que El la haga tal expresión. "Es
así que ahora comprendo tan claramente (otra vez una nueva alegría a propósito
de Dios, nueva ocasión para agradecerle) que mi vida está cuidada. Mi vida ha
comenzado sin espontaneidad, con una melancolía terrible, perturbada en su base
mas profunda desde mi niñez más temprana. Una melancolía que me precipitó
durante cierto tiempo en el pecado y en el libertinaje, y sin embargo, hablando
humanamente, fui casi más insensato que culpable. Es así como, efectivamente,
la muerte de mi padre se ha adherido a mí. Yo no podía creer que esta
indigencia fundamental de mi ser pudiera llegar a desaparecer. De tal modo que
me aferré a lo eterno, bienaventuradamente, convencido de que Dios es amor, aún
cuando debiera sufrir así toda mi vida. Sí, yo tenía de esto la certeza
bienaventurada. Es así como yo concebía mi vida"(17). Percibimos
en los textos precedentes la importancia de lo que aquí tratamos. La vigorosa
vastedad de este fenómeno. La plenitud interior de su potencia. En
contacto con el mundo del pensamiento de este hombre –pero aún más allá,
partiendo del fenómeno mismo- queremos intentar comprender la significación, un
poco de la significación que tiene dicho fenómeno para el hombre para el
devenir de la obra y de la personalidad. Nada entonces desde el punto de vista
de la medicina psicológica sino una interpretación espiritual. Y en realidad
creo que debemos –anticipando algo de las conclusiones- considerar la
melancolía como algo en donde se vuelve absolutamente claro el punto crítico de
nuestra situación humana. II Queremos
proseguir con cautela. Queremos avanzar desde el exterior al interior sin
pretender, por otra parte, agotar todo lo que abarca y contiene el objeto de
estudio. Su
nombre dice: "Schwer-Mut". Pesadez de ánimo. Sobre el hombre se
encuentra una carga que lo oprime, que lo hunde en sí mismo; una carga que
relaja la tensión de sus miembros y de sus órganos; que paraliza los sentidos, los
impulsos, las representaciones, los pensamientos; que afloja la voluntad y
debilita el afán y las ganas de trabajar y luchar. Una
atadura interior, que viene del alma, se posa sobre todo lo que ordinariamente
surge, se agita y actúa libremente. La espontaneidad de la decisión, la
capacidad de trazar clara y vigorosamente los límites de las cosas, la destreza
en dar forma a la realidad, todo eso se vuelve fatigoso e indiferente. El
hombre ya no tiene más autoridad sobre la vida. Ya no puede participar en la
apremiante marcha que exige la realidad. Los acontecimientos se entreveran a su
alrededor y no puede penetrarlos con su mirada. Se vuelve incapaz de hacerse
cargo de un suceso cualquiera. Las tareas se yerguen frente a él como una
montaña infranqueable. A
partir de tal estado de ánimo es que Friedrich Nietzsche ha caracterizado este
espíritu de la pesadez de la melancolía como el demonio en sí mismo. De aquí ha
nacido la imagen nostálgica del hombre "que sabe danzar", el
sentimiento de erigir como valor supremo a la agilidad, la capacidad de volar y
de trepar. Una
vida de estas características es profundamente vulnerable. Esta vulnerabilidad
no proviene en esencia por deficiencias de estructuras o por una fuerza
interior insuficiente –elementos que bien pueden agregarse- sino a causa de una
sensibilidad del ser provocada por una multiplicidad de disposiciones. Los
hombres simples, me parece, no se vuelven melancólicos. Pero
"simplicidad" no significa aquí falta de formación o condiciones
sociales modestas. Un hombre puede ser extremadamente instruído, tener grandes
pretensiones, múltiples relaciones sociales y desplegar una rica actividad y
sin embargo, en este sentido, ser un hombre "simple". Cuando hablamos
de "multiplicidad de disposiciones" queremos designar una oposición
interior y las tendencias vitales presentes; una tensión entre los motivos, un
antagonismo recíproco entre los impulsos, una contra- dicción en la actitud
respecto a los hombres y las cosas, en las exigencias para con el mundo y la propia
vida; en las normas según las cuales se mide todo... Esta
sensibilidad convierte al hombre vulnerable, en razón del carácter despiadado
que tiene la existencia humana y es en verdad lo que tiene la existencia de
inevitable lo que hiere: el sufrimiento presente en todas partes, el
sufrimiento de los seres débiles e indefensos, el sufrimiento de los animales,
de los seres silenciosos... En última instancia no se puede modificar nada. Es
algo inevitable. Es así y permanece así. Pero esto es precisamente lo gravoso y
pesado. Ser lastimado por la mezquindad de la existencia, que a menudo es tan
espantosa, tan chata... El
vacío de la existencia. Uno podría decir el vacío metafísico. Este es el punto
donde la melancolía se relaciona con el hastío. Y en realidad, una determinada
clase de hastío semejante a la que experimentan ciertas naturalezas. Esto no
significa que hablemos de alguien que no haga nada importante, que permanezca
ocioso. El tedio puede traspasar una vida sumamente ocupada. Este tedio
significa que se busca apasionadamente, por todas partes, algo en las cosas que
ellas no tienen. Con una dolorosa sensibilidad e incapacidad se busca lo que
podríamos llamar, en el mejor sentido, "lo burgués": el compromiso
con lo posible y el sentimiento del bienestar. Es esto lo que se busca. Y se
procura tomar las cosas como uno quisiera, de encontrar en ellas ese peso, esa
seriedad, ese fervor y esa capacidad de realización que tanto se anhela, y sin
embargo es imposible. Las cosas son finitas. Pero toda finitud es deficiencia.
Y para el corazón, que reclama lo absoluto, esta deficiencia es un desencanto.
Este desencanto se ensancha y se convierte en sentimiento de un gran vacío...
No hay nada que sea digno de existir. Y no existe nada por lo cual valga la
pena ocuparse... Uno
es herido también por las carencias morales de los otros. Ante todo, por la
falta de delicadeza, de nobleza de sentimientos. Y de un modo particularmente
profundo hiere lo vulgar, lo ordinario. Hemos utilizado la palabra
"vulnerabilidad", y efectivamente, debemos poner en ella el acento.
Esta palabra expresa el matiz particular del sufrimiento melancólico, que no es
solamente desgano, fastidio o dolor. Estos sentimientos pueden ser
atormentadores, violentos, excitar a una resistencia apasionada, pero siempre
puede encontrarse en ellos algo de claridad que estimule el vigor para mantener
una resistencia decidida. En la melancolía, por el contrario, encontramos otra
cosa, un elemento particular que lleva aquello que aflige hasta su punto mas sensible.
El sufrimiento melancólico tiene un carácter particular de interioridad; una
profundidad especial, algo de desamparado que queda al descubierto. Falta aquí
una determinada fuerza de resistencia, y esto hace que el elemento doloroso se
una con otro elemento del interior de la persona. Esta cercanía del sufrimiento
y, a su vez la falta de proporción evidente entre el dolor normal que ocasiona
cierta causa y la profundidad de su efecto en la persona melancólica, muestra
que se trata aquí de algo congénito. El punto crucial, lo determinante, no se
encuentra entonces en la circunstancias exteriores, en los estímulos externos,
sino en el interior mismo, en una afinidad electiva con todo aquello que de
alguna manera puede herir, lastimar. A
tanto puede llegar esto que el melancólico experimenta cada cosa y cada
acontecimiento, sea lo que fuere, como algo doloroso. La existencia misma, como
tal se le convierte en dolor. Y no sólo su existencia es dolor sino,
fundamentalmente, el hecho mismo que algo exista. Un
hombre de tales características no tiene confianza en sí mismo. El está
convencido que es menos que los demás, que no representa nada, que no sabe
nada. Y esto no ocurre porque fuera simplemente alguien no suficientemente
dotado o que haya experimentado algún fracaso sino porque ya hay, más bien, un
convencimiento "a priori", que no puede ser refutado incluso por los
aciertos y que se ve confirmado por cada nuevo fracaso, más allá de su
verdadera significación. Más aún: esta falta de confianza en sí mismo es la que
provoca precisamente los fracasos, vuelve a la persona interiormente insegura,
estorba y obstruye su voluntad y su obrar, la hace vulnerable a las
dificultades exteriores. Esta
falta de confianza en sí mismo es particularmente característica en la relación
con los otros hombres: en la conversación, en el trato social, en el
comportamiento en público. Quizás
hay que relacionar esto con una necesidad de ser valorada, particularmente
sensible, que pueda estar herida. Todo
esto, por supuesto, no impide que esta persona sea vanidosa u orgullosa, que
exija ser apreciada, tomada en cuenta. Quizás su pensamiento y su fantasía esté
llena de sueños, en los cuales se vea honrado por los demás, poderoso, llevando
a cabo empresas que llaman la atención... Del mismo modo que esa vulnerabilidad
que hemos descripto antes no excluye que la persona que caiga con ella sea
profundamente sensible a las significaciones, a los múltiples valores y las
bellezas del mundo. El
hecho de que el melancólico soporte esta opresión, que tan fácilmente sea
herido por la existencia, que su facultad de apreciarse y afirmarse sea tan
mínima, todo esto, se vuelve de algún modo activo y se torna hostil contra él
mismo. La psicología moderna considera que lo que nosotros llamamos ‘vida’ no
tiene una significación única, simple. Más bien estaría dominada por dos
instintos básicos enfrentados entre sí. Uno, el instinto de existir, de
afirmarse, de desarrollarse, de ascender. El otro, el instinto de dejar de ser,
de anonadarse. Así es en realidad. Parece entonces que sólo a partir de este
punto de vista puede comprenderse el modo enigmático en que se comporta nuestra
naturaleza viviente. Si le sale al paso algo que la amenaza, se defiende. Pero
no sólo se defiende, sino que algo en ella responde al peligro. Lo amenazante
no sólo aterroriza sino que también seduce. Ante el peligro y ante la muerte
nuestra naturaleza viviente se pone a la defensiva. Pero al mismo tiempo se
siente extrañamente atraída, porque algo en su interior se despierta. Aquí
se abre una perspectiva para considerar las relaciones metafísicas últimas.
Aquí está el lugar de inicio de un fenómeno de orden espiritual: el
"soberano desprecio" de sí mismo, la voluntad de anonadarse para que
surja algo superior. Todos
estos elementos existen y deben conformar la tensión viviente. Pero en la
melancolía amenazan con degenerar en algo destructivo. El impulso a destruirse
amenaza con llegar a predominar. El dolor y la muerte adquieren una peligrosa
fuerza de atracción. Surge una profunda tentación a dejarse desaparecer. Efectivamente,
esta voluntad se hace activa y se dirige precisamente contra la propia vida. El
impulso a torturarse a sí mismo pertenece a la figura del alma melancólica. En
esa afinidad con las fuerzas hirientes que la rodean descubrimos ya un querer
inconciente. Este
querer tiene sugestivas consecuencias: el hombre se ve enfermo y produce así la
enfermedad. Produce
por sí mismo una aflicción psíquica. Todo
se transforma en instrumento de esta voluntad taciturna; todo, incluso lo más
elevado, lo que por naturaleza debería hacer más grande y más pleno al hombre. Rozamos
aquí lo más desconcertante de nuestra existencia humana: incluso los valores
pueden llegar a ser instrumento de sufrimiento. "Valor" significa que
algo es digno de que sea; que se justifica su existencia; que es costoso,
noble, alto. "Valor" es entonces expresión de algo que es positivo,
con fuerza para plenificar. Designa aquello que eleva, que es rico de sentido.
Tan pronto como consideramos un valor en sí mismo, como el "bien", lo
"justo", lo "bello"... se muestra inmediatamente bueno,
beneficioso. Pero a partir del momento en que este valor se sitúa en la vida
real, experimentado por hombres reales, puesto en obra, su efecto puede
adquirir múltiples significaciones: elevar, hacer más pleno al hombre y al
mismo tiempo amenazarlo, perturbarlo. Haciendo abstracción de Dios, que es lo
bueno, el valor en sí mismo e inmediatamente, el sentido correcto del efecto de
las cosas se verifica sólo con seguridad en el dominio de la idea pura, del
puro pensamiento, y por otra parte, en el dominio de la mera naturaleza, con su
despliegue mediante leyes. Pero si un valor es situado en la vida de un hombre,
sostenido por la multiplicidad de sus fuerzas interiores, sometido a su
voluntad libre, entonces el efecto de lo que en sí tiene un sólo sentido puede
llegar a ser múltiple. Cuanto más alto es el valor, tanto más diversas las
posibilidades de su efecto. Cuánto más alto es el valor, mayor es la
posibilidad de que actúe en forma destructora. Pero es erróneo deducir la
falsedad interior de una pretensión de valor a raíz de que tiene efectos
peligrosos. Justamente los valores más altos son los más peligrosos. Nunca los
valores más elevados son adquiridos mediante la simple evolución de la vida.
Siempre deben ser pagados con profundas perturbaciones y amenazas. Es
en el dominio de la melancolía donde encontramos los más fuertes sentidos
opuestos de los efectos. La naturaleza melancólica es particularmente sensible
a los valores. Pero la tendencia autodestructiva que hay en ella se sirve
justamente del valor como arma de mayor peligro contra sí mismo. Recuerdo, por
ejemplo, esa insatisfacción de tantos artistas cuando consideran su propia
obra, y que no está justificada por motivos reales. El valor de la perfección
de la obra, algo de suyo muy elevado, se convierte en este caso en una potencia
destructora. O fijémonos en la imposibilidad interior de la exigencia de
justicia de tantos tipos sociales. El valor social es de antemano de tal índole
que no tiene ninguna perspectiva de realización y en consecuencia se ahoga.
Recuerdo el terrible efecto destructor que puede provenir de los dos valores
que determinan el destino interior de la persona, el valor ético y el
religioso. No es fácil encontrar una imagen de perturbación más profunda que la
perteneciente a la conciencia melancólica, en donde el deber se transforma en
yugo; la voluntad de pureza y perfección alcanza una forma imposible fuera de
su relación con las fuerzas y condiciones reales. Esta conciencia ve la falta
donde para otra conciencia no hay tal cosa; exige responsabilidad donde faltan
para ello todas las condiciones previas. Aplica normas éticas donde todo se
desarrolla solamente por un proceso natural. Tal vez mayor hondura alcanza el
peligro que proviene de los valores religiosos. El abandonarse en lo sagrado,
el deseo de acoger lo divino en la propia vida, el esforzarse por realizar el
reino de Dios son todas claras motivaciones que se supone van a permitir
liberar y elevar a la personalidad. Y, sin embargo, pueden conducir en el
melancólico a distintos modos de angustia y desesperación. Hasta llegar a
formas supremas de fanatismo, de ilusiones de abandono o de rebelión contra lo
sagrado. Es como si una oculta voluntad de destrucción dirigiera estos valores,
los más altos de todos, contra la propia vida, eliminara sus significaciones
positivas e hiciera resaltar lo que perturba, lo amenazante(18). Es
aquí particularmente donde se verifica el carácter enigmático de la melancolía:
en la forma en que la vida se alza contra sí misma; la forma en que los
impulsos de autoconservación, de autoestima, de favorecerse a sí mismo pueden
ser perturbados, llegar a ser inseguros, arrancados de raíz, por el impulso de
la autodestrucción. Se podría decir que en la naturaleza esencial de la
melancolía el anonadamiento se presenta como un valor positivo, como algo
ansiado, querido. Una tendencia se manifiesta en arrebatar a la propia vida del
individuo la posibilidad de existir, en sacudir los puntos de apoyo que le
sustentan, en cuestionar los valores que justifican la propia vida, de tal modo
de alcanzar así en ese estado de ánimo que ya no ve justificación alguna a la propia
existencia, se siente suspendido en el vacío y en el absurdo; es decir, llegar
a la desesperación. El
psicoanálisis ha intentado atribuir a estos procesos raíces sexuales. Sin
entrar en sus generalizaciones y exageraciones absurdas -que producen una
imagen de la realidad no sólo desagradable sino también vulgar- en ciertos
casos tiene razón. El
carácter profundamente instintivo, diríamos, el carácter orgánico del fenómeno
lo permite pensar. Pero mediante la explicación psicoanalítica abarcamos sólo
cierto aspecto del problema. Las verdaderas raíces se encuentran en lo
espiritual. Hablemos
ahora sobre esto. En ciertos momentos, esta actitud respecto a sí mismo toma
una forma de la que es difícil apartar el pensamiento de lo demoníaco: es
cuando el melancólico se odia él mismo, literalmente y con toda la violencia de
sus afectos... Por
más que se puedan ver y comprender los mecanismos psicológicos, hay momentos en
que se impone formalmente esta pregunta: ¿qué es lo que hace que la vida se
tome así contra sí misma? Todo
esto enfrenta al hombre con el temor, lo empuja al ocultamiento, al
aislamiento. La
interioridad herida se esfuerza por apartarse de aquello que la lastima. Lo
hace por sí misma, pero también -y esto es importante en la psicología del
melancólico, a menudo profundamente inclinado al altruísmo- para no apenar a
los demás. Todo
el dolor que aflige al melancólico se presenta entonces con redoblada
violencia. Quien
no tiene confianza en sí mismo rehuye por tanto ser visto, interpelado; teme
que los otros puedan contemplar su propia miseria. Pero el impulso viene de más
lejos, del deseo de sumergirse en las profundidades. Esta ansia de ocultamiento
se manifiesta al no querer acercarse a los hombres. El melancólico recién se
siente bien cuando está solo. Nadie necesita tanto del silencio como él. El
silencio es para él como una criatura, una atmósfera espiritual que le permite
respirar, lo alivia y lo cobija. Al comienzo de sus Etapas en el camino de la
vida, Kierkegaard ha hablado acerca del silencio y la soledad. Es parte de sus
páginas más bellas. "En
el bosque llamado Gribs hay un lugar llamado "el rincón de los ocho
caminos". Ningún mapa los señala y sólo lo encuentra quien es digno de
encontrarlo. "El rincón de los ocho caminos", una designación
bastante contradictoria. Pues ¿cómo es posible que lo que hace alusión a
concurrencia y tránsito indique a la vez soledad y aislamiento? ¿Acaso lo que
evita el solitario, la trivialidad, no toma su nombre del encuentro de tres
caminos? Y acá encontramos no tres sino ocho caminos. ¿No es esto trivialidad elevado
a la potencia? Y sin embargo es así: este lugar se encuentra totalmente
solitario, aislado del mundo, escondido, y la contradicción que tiene su nombre
lo hace aún más solitario, así como la contracción siempre hace más solitario
todo. Los ocho caminos con su tránsito son sólo una posibilidad para el
pensamiento, pues nadie recorre estos caminos, salvo algún insecto que
sobrevuela rápidamente muy de vez en cuando, "lente festinans". Nadie
recorre estos caminos. Sólo de vez en cuando pasa fugazmente uno de aquellos
huidizos viajeros que miran presurosos en torno suyo, no para encontrar a
alguien, sino para no ser encontrados; no de aquellos fugitivos que ni siquiera
en su seguro escondrijo anhelan recibir un mensaje del exterior, los que sólo
se permiten salir al encuentro de la muerte como el ciervo sale al encuentro de
la bala -esa bala que explica por qué está ahora tan silencioso el ciervo pero
que no explica por qué estaba tan inquieto. "Nadie
recorre estos caminos, sólo el viento que sopla y que no se sabe de dónde viene
y adónde va. Y quien se abandona a la seductora insinuación de la soledad y
sigue el estrecho sendero para ocultarse en lo sombrío del bosque, no está tan
solo como en el rincón de los ocho caminos. ¡Ocho caminos y nadie que los recorra!
¿No es como si el mundo se hubiera extinguido y el sobreviviente estuviera ante
la perplejidad de quién debe enterrarlo? ¿No es como si la humanidad hubiera
emigrado por estos ocho caminos y hubieran olvidado a uno de allí?". "Bene
vixit, qui bene latuit", dice el poeta. Si esto es verdad, yo he vivido
bien, pues elegí bien mi refugio. Y es cierto también que el mundo y todo lo
que hay en él tiene mejor aspecto cuando se lo mira furtivamente desde un lugar
apartado. Y también es seguro que todo lo que se escucha y es digno de ser
escuchado en el mundo, en ninguna parte resuena tan agradablemente, tan
cautivamente como en un lugar apartado. ¡Cuantas veces he buscado mi rincón
apartado! Lo conocía hace tiempo ya, pero recién ahora descubro que es tan tranquilo
durante el día como lo es cualquier lugar durante la noche. Siempre hay aquí
silencio, belleza. Pero lo más bello es cuando el sol de otoño se detiene al
fin de la jornada; cuando el cielo resplandece en un azul lleno de anhelos;
cuando la naturaleza toma un respiro luego del calor del día; cuando los
árboles, las flores y las plantas se estremecen deliciosamente al compás del
aire refrescante que las acaricia; cuando el sol disminuye su fulgor para
sumergirse desnudo en el mar; cuando la tierra se dispone a reposar y elevar su
acción de gracias al cielo y el sol benigna y dulcemente la abraza con su beso
de despedida". "¡A
ti, espíritu amistoso que habitas estos parajes, te agradezco que rodees en
todo momento mi silencio; te agradezco por cada hora que he pasado aquí
siguiendo el hilo de mis recuerdos; te doy gracias por esta guarida que llamo
mía!". "Allí
crece el silencio como crecen las sombras al atardecer; allí la calma se hace
cada vez más profunda, como bajo el conjuro de una fórmula mágica. ¿Hay algo
tan embriagador como el silencio? Por rápido que el bebedor se lleva la copa a
los labios, el vino no lo embriaga tan rápidamente como a mí el silencio, que
crece segundo a segundo. ¿Y esta copa de vino, no es acaso una gota en
comparación con el infinito mar de silencio del que bebo? Y por el contrario,
¿hay algo tan fugaz como esta dulce embriaguez? Sólo una palabra y te quedas
estupefacto. Tienes un despertar peor que el despertar del borracho, una vez
que se ha desembriagado. Estás totalmente abismado y has olvidado el hablar;
entonces alguien hace trizas el encanto y te quedas ahí, avergonzado de los
sonidos, sonidos que tú produces..."(19). Sólo
es posible escribir estas cosas a partir del anhelo de silencio que experimenta
la persona melancólica. Su
constante búsqueda de lugares ocultos se expresa incluso en toda la estructura
de su existencia. El melancólico es un ser lleno de pliegos y máscaras.
Continuamente vemos que lo esencial se oculta detrás de lo no esencial. Maneras
sociales educadas, una negligencia elegante, ingenio, objetividad, todo esto es
una fachada que oculta a alguien totalmente distinto, a menudo alguien de una
sombría desesperación. Aquí
se hace difícil comunicar directamente o decir sencillamente lo que se piensa,
lo que sucede en uno, difícil llamar simplemente a las cosas interiores por su
nombre. Ellas están muy cargadas de elementos extraordinarios. Se presentan de
tal modo que a uno le cuesta admitir que otro pueda comprenderlos. Se aparecen
como monstruosas, inauditas, extrañas, terribles, incluso desagradables, no
entonando con lo que pertenece a la vida cotidiana de los hombres. Se plantea
aquí el problema de la expresión, de la falta de armonía entre el mundo
interior y las cosas exteriores. Para la naturaleza melancólica, la
interioridad y los medios de expresión no tienen punto en común de medida. El
espíritu y el cuerpo, la intención y la acción, la disposición de espíritu y
los resultados alcanzados, el comienzo de un proceso y su culminación... y en
general lo más elevado y lo más profundo, lo esencial y lo no esencial, lo
importante y lo accesorio, todas son dualidades separadas por un muro para el
melancólico. Es trágica esta actitud en lo que hace a la expresión, pues el
medio que se utiliza para expresar lo que verdaderamente se piensa sirve más
para ocultar que para revelar. Este
carácter trágico puede acrecentarse hasta alcanzar proporciones terribles.
Kierkegaard ha dicho sobre este aspecto de la melancolía cosas quizás
definitivas, ha expresado juicios que tal vez sólo pueden ser comparados con
ciertas figuras de Fiodor Dostoyevski. Sobre todo en su libro El concepto de la
angustia, donde examina lo demoníaco. Lo demoníaco es definido por Kierkegaard
como la angustia ante la presencia del bien, angustia que nace entonces cuando
el hombre se encuentra aferrado al mal. Si este hombre es melancólico, esa
angustia se transforma en un encerrarse en sí mismo. El hombre se asusta ante
cualquier coincidencia de sí mismo, ante toda mirada examinadora que otro
pudiera dirigirle. Y esto no ocurre sólo porque tema las consecuencias de este
develamiento -esto sería simplemente tener mala consciencia- sino porque le
teme al bien, retrocede espantado ante el bien como tal. Pero el comienzo de
todo bien es la "revelación", por la cual el hombre se coloca en
plena luz; es el llegar a manifestarse en el dar testimonio de algo. La
melancolía se transforma entonces en ese terrible mutismo en el cual se
encierra el hombre al rechazar el bien. No es bueno hablar tanto de estas
cosas, especialmente hoy en día donde encontramos la falta de pudor de la
charlatanería pública junto al profundo sufrimiento individual. Nuestros
escritores hablan mucho y con agrado de lo demoníaco. Es parte de lo que está
de moda. Pero quien habla así, no sabe nada de lo realmente demoníaco. Aparte
de que tal escritor destruye el verdadero significado de las palabras, el
peligro estriba en que lo que él dice penetra en el alma de alguien que es
mejor que él, un hombre que se toma en serio la vida y sufre. Este hombre no
habla de estas cosas, sino que las soporta. III Hemos
hablado del aspecto penoso, negativo, doloroso y destructivo presente en la
melancolía. Pero
al mismo tiempo, y por sobre todas las cosas, nos hemos sentido tocados por
algo grande, hemos entrevisto que algo precioso y visible surge desde esta
indigencia. Esa
pesantez de espíritu de la que hemos hablado -punto de partida para internarnos
en el centro del fenómeno más profundamente- da a toda actividad una densidad
propia, una particular hondura. Uno percibe en seguida, en presencia de una
persona, si las raíces de su ser arraigan en la melancolía. La diáfana
despreocupación por la vida que posee determinada persona es objeto de una sana
alegría. Pero quien conoce aquel otro dominio, puede vivir en última instancia
sólo con hombres y pensamientos que están en contacto con esa profundidad. La
grandeza, la verdadera y absoluta grandeza no es posible sin ese
"peso" que es lo único que confiere a todas las cosas su densidad
plena y conduce las energías a una adecuada tensión; sin esa tristeza en cierto
modo congénita, que Dante llama "la grande tristeza", que no surge de
una circunstancia particular sino de la existencia misma. Pero
esa pesantez, esa sombría tristeza, encierra a veces un punto infinitamente
precioso: que la presión se relaje, que el encierro interior desaparezca y que,
entonces, se libere la existencia de ataduras, y sea posible ese sentirse
elevado, flotando en el aire, de la totalidad del hombre; que el hombre experimente
esa transparencia de las cosas y de la existencia, esa claridad de visión y
certeza en dar forma a la obra, tal como Kierkegaard lo ha descrito. Hemos
hablado de ese impulso a vivir oculto y en silencio. Esto no indica solamente
el temor al encuentro con la hiriente realidad, sino que, en última instancia,
da cuenta de la gravitación interior del alma hacia el gran centro; expresa el
empuje hacia la interioridad y la profundidad, hacia esa región en donde la
vida se aparta de la confusión de lo contingente para penetrar allí donde, a
salvo de la multiplicidad de las manifestaciones particulares, permanece
ocupado en la simplicidad de lo fundamental. Es el deseo íntimo de recogerse en
lo esencial, fuera de la disipación, fuera del abandono en la existencia
exterior, para acceder al recato y custodia de lo sagrado. Es huir de lo
superficial para refugiarse en el misterio de las profundidades originales. Es
la aspiración de los grandes melancólicos por la noche y las
"Madres".6 La
melancolía está en relación con los fundamentos oscuros del ser, y el término
"oscuro" no tiene en este caso ningún sentido peyorativo. No marca
una oposición con la luminosidad buena y bella. "Oscuro" no significa
acá "tinieblas" sino el contra valor viviente correspondiente a la
luz. Las "tinieblas" son algo malo, representan algo negativo. Pero
la oscuridad pertenece al ámbito de la luz y las dos juntas conforman el
misterio de lo esencial. A
esta oscuridad aspira el melancólico, sabiendo que de ella emergen las formas
que se actualizan en claridad. Y,
en extraña "oposición", encontramos la afinidad con el espacio
infinito, con las extensiones vacías: el mar, la estepa, las crestas desnudas
de los montes, el otoño que hace caer las hojas y amplía los espacios, el mito
con sus siglos que se remontan hasta el infinito en el pasado. El
espacio sin límites en el exterior y la vida interior oculta se comunican entre
sí. Tanto una como otra son símbolos y lugares de experiencias profundas. Precisamente
esta melancolía, que desvaloriza las cosas, vacía de contenido a formas y
realidades, vuelve insustancial todo y arrastra al vacío y al tedio, que
quiebra los valores que sostienen la propia existencia y tiende así a la
carencia de sentido propio de la desesperación; justamente esta melancolía es
el seno de donde brota el extremo dionisíaco. Sin duda, la persona melancólica
tiene la relación más profunda con la plenitud de la existencia. Los colores
del mundo resplandecen en forma más clara, la dulzura de los acordes interiores
resuena más íntimamente. Percibe en su totalidad la potencia de las
configuraciones de todo lo que vive. Del melancólico surge la sobreabundancia
de vida y es quien puede experimentar el carácter indomable de todo lo
existente. Pero
siempre, creo yo, en unión con la bondad, con el deseo que la vida tenga por
meta la bondad, la benevolencia, el bienestar de los otros. No
creo que el verdadero melancólico sea duro por naturaleza. Está demasiado
hermanado íntimamente con el sufrimiento. Es cierto que hombres melancólicos
fueron duros, inhumanos. Pero se volvieron de esa manera a causa de una
indigencia interior, a causa de la angustia, la desesperación. No pudieron
ponerse de acuerdo consigo mismo. Nada
es tan cruel como la desesperación, al no encontrar ya ninguna salida. Por eso,
entonces, cuando el melancólico renuncia a la bondad –y precisamente porque
está tan ligado a la vida- algo particularmente malo penetra en él. Algo que es
malo por su proximidad, su contacto, con la fibras que componen el tramado de
la vida. De este modo, es capaz de causar a otros, el dolor que la vida le ha
causado a él. Kierkegaard ha descrito también este aspecto de la melancolía bajo
la figura de Nero en La Alternativa.7 Pero
esto nos permite aproximarnos al valor central de la melancolía: en su esencia
última, la melancolía es anhelo de amor. De amor en todas sus formas y en todos
sus grados, desde la sensualidad más elemental hasta el amor supremo del
espíritu. Lo que impulsa el corazón del melancólico es el Eros, la aspiración
de amor y belleza. Esta
profunda aspiración y el hecho que no nace sólo de un dominio parcial del ser
sino de su centro mismo, que no se limita sólo a relaciones y momentos
especiales sino que penetra el todo; el hecho que el melancólico esté empapado
en su totalidad del Eros, y que la belleza, que de por sí es algo profundamente
amenazado y que donde aparece revela una crisis del poder vivir -todo esto es
el fundamento de la vulnerabilidad de la cual hablábamos antes. Pues la
naturaleza que ama está abierta, dispuesta a ir más allá de sí, a acoger, dar y
recibir. Es confianza. No tiene ninguna defensa. Experimenta
el dolor que produce la fugacidad de las cosas: el objeto amado le es
arrebatado, la belleza viviente es sólo efímera, lo bello tiene por encima a la
muerte. Pero
como defensa extrema presenta, entonces, el anhelo de lo eterno, de lo
infinito, de lo absoluto. La melancolía exige lo absolutamente perfecto,
inaccesible, a cubierto de todo riesgo, completamente profundo e interior.
Exige y reclama que no se olvide esta distinción, noble y preciosa. Es
la aspiración hacia aquello que Platón llama el fin verdadero del Eros, el Bien
Supremo, que es al mismo tiempo lo real propiamente dicho, y la belleza misma,
imperecedera y sin límites. La
aspiración de alcanzar esta única realidad que puede satisfacer, de darle
cabida en uno, de llegar a estar unido a ella, es ese algo particular que se
puede rastrear a través de toda la historia de la investigación y del
pensamiento humano: la insatisfacción particularmente apasionada producida por
lo finito. La voluntad de apoderarse de este absoluto de una manera especial e
intensa. No es suficiente conocerlo, asumirlo en sus acciones mediante el
querer ético. Dicha voluntad aspira a la unión, al contacto entre dos seres a
un zambullirse en el absoluto, beber allí y ser saciado. Es la aspiración a una
unidad que sea realidad plena. A
esto apuntan en forma apremiante esos dos impulsos fundamentales de la vida,
que en el melancólico alcanzan un matiz particular y están entre sí en una
dolorosa contradicción: el impulso a la plenitud y el impulso al anonadamiento.
Anonadamiento de esta forma de existencia miserable, que sólo es humana y
terrestre, a fin de que aquella unidad sea todo en todos. A fin, precisamente,
de que se realice con eso el supremo cumplimiento de la vida. Palabras como las
de San Pablo, "Yo vivo, pero no vivo yo sino que es Cristo quien vive en
mí", expresan, en el plano superior del cristianismo, el más íntimo anhelo
por esa forma de espíritu, cuyo precio se paga en la melancolía. Es
la aspiración por lo absoluto, pero de un absoluto que es el bien, lo noble, es
decir, por naturaleza el específico y propio objeto del amor. El melancólico
aspira al encuentro con lo absoluto, bajo la forma del amor y la belleza. IV Pero,
por otra parte -y aquí el círculo se cierra- esta aspiración por lo absoluto
está unida en el melancólico a la certeza profunda de que es una aspiración
estéril. La
predisposición del melancólico es sensible a los valores y aspira a lo valioso
por esencia, al bien supremo. Pero es como si, justamente, esta exigencia de lo
valioso se volviera contra sí misma. Pues a la par está presente el sentimiento
de que es algo imposible de cumplimentar. Esto puede relacionarse con
determinadas vivencias: haber fracasado en algo, haber sido negligente en un
deber, haber utilizado mal el tiempo, haber desperdiciado la oportunidad que ya
no vuelve a repetirse. Pero no son más que lugares de costura de algo más
profundo, dado por un sentimiento de imposibilidad añadido en cierto modo de
antemano a aquel anhelo del cual hablamos antes. La imposibilidad radica ya en
el modo cómo es querido lo absoluto: con una impaciencia que quiere ser
satisfecha demasiado rápido, con una exigencia de inmediatez que no ve las
instancias intermedias y se introduce así por un camino extravagante... Sea
como fuere, la aspiración por la plenitud de los valores y de la vida, por la
belleza infinita, unida en lo más hondo con ese sentimiento de fugacidad de las
cosas, de negligencia ante el deber, de pérdida irreparable, con la insaciable
tristeza, aflicción e intranquilidad que eso trae consigo, todo esto, es la
melancolía. La
melancolía es como una atmósfera que todo lo inunda, como un fluído que todo lo
penetra, como una sustancia amarga y dulce al mismo tiempo, que se mezcla con
todo. V Esto
nos conduce a preguntarnos acerca del sentido de este fenómeno y qué tarea nos
plantea. Creo, más allá de cualquier consideración médica y pedagógica, que
tiene el siguiente sentido: es un signo de que el Absoluto existe. Lo infinito
se manifiesta en el corazón. La melancolía nos indica que nosotros somos seres
limitados, que vivimos codo a codo con –y abandonemos la palabra demasiado
cauta y abstracta que hemos utilizado hasta ahora, "el absoluto", y
reemplacémosla por la que corresponde en realidad- que vivimos codo a codo con
Dios. Indica que estamos llamados por Dios e invitados a acogerlo en nuestra
existencia. La
melancolía es la penuria del alumbramiento de lo eterno en el hombre. Quizás
debemos decir, en determinados hombres, destinados a experimentar más
profundamente esta proximidad, la penuria causada por este alumbramiento. Hay
seres que viven fundamentalmente de una forma humano-natural: permanecen atados
a contornos precisos, en una tarea claramente delineada, en una vida con sus
correspondientes alegrías y penas. Tienen
clara su situación terrestre. Y si no sucumben al peligro de esta claridad, al
sentimiento de bienestar y a la estrechez de miras de la vida burguesa, si
ellos comprenden que su plano finito es lugar de decisiones infinitas, entonces
la existencia que llevan es bella y noble. Y
hay quienes están, por así decirlo, totalmente "más allá de",
viviendo de forma no terrestre, sintiéndose extraños aquí abajo, a la espera de
lo esencial. Incluso para ellos la vida es clara también. El peligro reside en
perder el contacto con la realidad, no tener un lugar fijo, manejarse con poca
seriedad. Si logran superar este peligro, si aprenden a permanecer con
fidelidad en el lugar que les corresponda, si consiguen estar alertas en su
espera, sin desatender el deber de todos los días, por insignificante que les
parezca, entonces su existencia también se vuelve clara y bella. Pero
existen también aquellos seres que experimentan profundamente el misterio de lo
fronterizo, hombres de la "frontera". Toda su naturaleza les exige
que no permanezcan de un solo lado, ni aquí abajo ni del otro lado. Vivir en el
dominio de la frontera. Experimentar la inquietud de una de las esferas como
efecto de la acción de la otra, así como son dichas esferas las que sostienen
los polos de la totalidad de lo humano y con ello también la posibilidad de la
escisión interior. Los
médicos y psicólogos saben hablar muy acertadamente sobre las causas y la
estructura interior de la melancolía. Pero a menudo resulta tan banal lo que
dicen, que ya no se puede conciliar sus consideraciones con la profundidad y
potencia vital que reside, en realidad, en dicha experiencia. Logran enunciar
la teoría de ciertos estratos en la infraestructura de la persona y nada más.
El sentido verdadero de la melancolía se revela a partir solamente de lo
espiritual. Y en última instancia, reside en esto: la melancolía es la
inquietud, el desasosiego del hombre causado por la proximidad de lo eterno. Y
esto produce dicha y a la vez, constituye una amenaza. Sin
embargo, debe hacerse una distinción. Es Kierkegaard mismo quien llama la
atención sobre lo siguiente: hay una buena melancolía y una mala melancolía. Buena
es aquella que precede al alumbramiento de lo eterno. Es el conflicto interior
producido por la cercanía de lo eterno, que apremia por hacerse realidad. Es la
exigencia constante y efectiva -aún cuando no sea sentida concientemente- a dar
cabida en la propia vida al contenido infinito, a expresarlo en el modo de
pensar y de obrar. La exigencia se vuelve particularmente apremiante cuando el
tiempo se ha cumplido, cuando la hora se aproxima, cuando es necesario tomar
una decisión, llevar a cabo una tarea, cuando debe hacerse efectiva una nueva
fase en el devenir viviente del hombre y se produce una ruptura de la forma
espiritual interior. Tal
creación y tal devenir surgen a partir de un conflicto interior, que es al
mismo tiempo la indigencia de plenitud que está comprimida. Significa la
angustia de la vida ante el esfuerzo producido por el alumbramiento de aquello
que quiere alcanzar una forma en ella. La vida siente que debe resignarse, debe
abandonar la seguridad anterior. Algo debe perecer para que lo nuevo pueda
nacer. Esta
creación, este devenir, son ascensiones, puntos culminantes mediante los cuales
la vida toca sus extremos. Logran ser alcanzados evidentemente cuando
previamente se ha pasado por los puntos más profundos. El hombre que crea, que produce
vida es diferente del hombre que conquista, sostiene, domina y forma. Aquel da
a luz y con ello alcanza una altura que este otro ignora. Pero tiene en sí, al
mismo tiempo, una incertidumbre, pues sabe que es instrumento de potencias.
Lleva consigo el sentimiento de ser en cierto modo indigno, incluso
despreciable. Todo creador tiene en sí algo de lo que se avergüenza, que la
percibe en presencia de hombres no creadores, y que precisamente por esa razón
se sienten tan seguras y firmes en lo que hacen. Lo más amargo de esta
incertidumbre, propia del creador, se experimenta en la melancolía. Es
necesario saber soportar, llevar sobre sí esta buena melancolía. De ella surge
la obra, el devenir y todo es transformado. Si no es soportada, el hombre no
encuentra la fuerza para concentrarse en la obra y recogerse en el devenir. Si
no tiene la grandeza de espíritu para sacrificarse, la audacia de la renuncia,
si no tiene la fuerza necesaria para abrirse camino, si no logra producir lo
que quiere o desarrolla sólo en parte, entonces surge la segunda forma de
melancolía, la mala. Consiste en el sentimiento de que lo eterno no ha
alcanzado la figura que debía, en la consciencia de haber fallado, de haber
jugado y perdido. En ella se traduce el sentimiento de peligro de estar
perdido, porque no se hizo lo que se imponía como tarea, y esto significa
salvación eterna o condenación eterna. Debería ser llevado a cabo en el tiempo
que se escurre y no puede ser recuperado. Esta melancolía tiene un carácter
distinto. Es mala . Puede conducir a la pérdida de la esperanza, a la
desesperación, en la cual el hombre se da por vencido y considera perdida
definitivamente la potencia. Pero,
incluso, en lo que hace a esta melancolía subsiste una tarea, lo que ha
sucedido no puede ser anulado. Lo que se ha perdido directamente no puede ser
recuperado. Pero hay algo más elevado: el llamado de lo religioso. Lo que es
simplemente ético dice: "lo hecho, hecho está y tú eres el responsable. Lo
que se ha perdido, perdido está y tu eres responsable por ello". Pero esto
dicho en abstracto. ¿Qué ocurre cuando no es un sujeto abstracto el que actúa
sino un sujeto viviente, en esa conexión viviente de la existencia, en donde un
día supone el día precedente y un acto descansa sobre otro acto? Entonces esta
formula "hazlo bien la próxima vez" no va. Pues
no se puede admitir lo que se ha hecho como algo que simplemente ocurrió y
pasar a otra cosa. El hombre es un todo y actúa siempre como un todo. Así,
debe, de algún modo, dominar el pasado a fin que la vida en su totalidad quede
a disposición de la vida nueva. Pero esto no puede ocurrir mediante un mero
acto ético, sino sólo a través de un acto religioso, y este acto es el
arrepentimiento. El arrepentimiento es una renovación delante de Dios. Y arrepentimiento
verdadero solo hay delante de lo Absoluto. Pero no ante lo absoluto-abstracto,
un simple imperativo o una ley moral, sino frente a un absoluto viviente, ante
Dios. El arrepentimiento significa que me pongo del lado de Dios contra mí
mismo. Significa que no me apoyo en mi propia justicia, sino que me resigno a
ser culpable, colocándome ante Dios y junto a El. Aquí se verifica lo viviente.
En este "ante Dios y junto a El" surge algo nuevo que no puede ser
analizado. Encontramos otra vez un alumbramiento, un devenir. Por eso lo hecho
mal no puede ser considerado como algo que no ocurrió, sino ser superado. Lo
hecho negligentemente no puede ser mecánicamente recuperado, sino que es
reconquistado a un nivel superior. Todo
lo dicho afecta de alguna manera los puntos críticos de la vida melancólica,
los lugares decisivos. Y es más importante, porque es más fundamental, alcanzar
el nivel que permite dominar, por lo general, los problemas de toda la
existencia. Es el nivel de las relaciones con la realidad. Es
claramente en dos situaciones en donde se constata la deficiencia de las
relaciones de la melancolía con la realidad. Es una doble tentación que
experimenta el hombre en general, pero especialmente la persona melancólica:
perderse en la inmediatez de la naturaleza y los sentidos y perderse en la
inmediatez de lo religioso. La
primera tentación muestra la falsa relación con las cosas y consigo mismo. Todo
es aprehendido inmediatamente y el propio yo es considerado un pedazo de
naturaleza en la cual se quiere desplegar las fuerzas vitales. Como si hubiera
una inmensa continuidad, una corriente única, una gran transformación de figura
en figura, sin límites claramente delineados en ninguna parte. Todo es uno: un
ser, una sola vida, un nacer y esforzarse, un único sentimiento y un único
sufrimiento... Toda la multiplicidad de las cosas no es más que expresión de lo
uno. Lo uno se va manifestando en miles de formas. Esta es la gran tentación de
desplomarse, de dejarse estar, y de acuerdo al estado de ánimo, de gozar sin
límites, experimentar todo, agotar las fuerzas vitales... o caer en una
fatigosa entrega de sí mismo... o en la resignación ante las grandes potencias
frente a la propia pequeñez de uno... La tentación de agotar la vitalidad en la
creación inmediata, en la genialidad de la producción que fluye constantemente,
donde el hombre se siente un apéndice de la naturaleza, o el punto de irrupción
de potencias desconocidas o el instrumento de un espíritu que fluye sin lugar
fijo... Más aún, sin relación aparente con la naturaleza, pero en realidad sólo
proyectándose como su polo constructivo, encontramos un titanismo del espíritu,
que busca sin descanso, que cuestiona todo para destruirlo, que duda con el
afán de socavar... La
otra tentación va en el sentido de una falsa relación con lo absoluto. Incluso
este absoluto se convierte en algo aprehendido inmediatamente, carente de
límites, posible de alcanzar sin dificultades. Como una plenitud que se puede
absorber directamente, un misterio en el cual se penetra continuamente mediante
el pensamiento, la contemplación, el sentimiento, el deseo. Como una lejanía a
la cual se accede por un camino recto... y como sea que se exprese un absoluto
que puede ser atrapado y con el cual el hombre se encuentra en relación
directa. Sin que para esto haya mayores dificultades, ya sea mediante la piedad
o la impiedad; a través de la rebelión o el don de sí. En
ambos casos se ha renunciado a lo decisivo: la existencia del límite, lo
propiamente humano. No se es mundo, sino más que el mundo. No se es trozo de
naturaleza, sino algo, por esencia, distinto de ella. No se es una ola en el
torrente, un átomo en el torbellino, un apéndice de una totalidad conexa entre
sí, sino que se es espíritu, una persona que tiene poder sobre sí misma,
responsable de sí misma, imagen de Dios que permanece sometida a su llamado que
ha recibido de El la libertad en este mundo. Pero, por otra parte, no se es
Dios. No se es un trozo de Dios, una concretización de su infinita plenitud de
sentido; no se es un apéndice que fluye de su espíritu –o como quiera que se
pretenda borrar la diferencia esencial y absoluta entre Dios y el hombre- ,
sino algo "absolutamente menor" que El: su criatura. El
hombre es criatura de Dios. Por lo tanto es imposible derramarse en El sin más
ni más y no está permitido intentarlo. Todo camino hacia Dios pasa por la
conciencia de la distancia infinita, por el profundo respeto, por el
"temor y temblor" de la criatura. Pero
el hombre es imagen de Dios, espíritu y persona. Por eso es imposible que sea
un trozo de naturaleza y no es lícito intentarlo ser. Más bien, lo mas íntimo
del hombre está fuera del mundo, permanece ante Dios, preparado y destinado a
percibir su llamado y responderle. Pero
todo esto significa que el sentido del hombre está en ser un límite viviente,
de asumir esta vida situada en el límite y soportarla en toda su extensión. De
tal modo el hombre permanece en la realidad, está libre de falsos
encantamientos, ya sea de una unidad inmediata con Dios como de una identidad
inmediata con la naturaleza. De ambos lados hay un abismo, una grieta. El
camino hacia la naturaleza está quebrado por hallarse el hombre bajo la
responsabilidad divina. Por eso toda su relación con la naturaleza está
sometida a la mirada del espíritu, al deber de la dignidad que encierra dicha
responsabilidad. Su camino hacia Dios está quebrado porque el hombre es sólo
criatura, por tanto debe, por esencia, dirigirse a Dios en ese acto que es a la
vez separación y unión: en la adoración y obediencia. Toda afirmación sobre
Dios que no culmine en un acto de adoración es falsa, y falsa es igualmente
toda actitud respecto a Dios que no tome la forma de obediencia. Es
en esta disposición de espíritu donde se perfila la actitud propia del hombre.
La actitud del "límite", que es la actitud de la realidad. Es
veracidad, valentía y paciencia. Paciencia ante todo. La verdadera solución
llega, por cierto, en primer lugar, de la fe, del amor de Dios. Sólo
el misterio de Gethsemani -y por detrás el sombrío misterio del pecado con
todas sus consecuencias- da la verdadera respuesta: que el Señor "estuvo
triste hasta la muerte" y que llevó la pesada carga hasta lo último, conforme
a la voluntad del Padre. Sólo en la cruz de Cristo se encuentra la solución
para la indigencia de la melancolía. Más allá de esto no habría nada por decir,
salvo que ahora, al concluir, tengo plena conciencia de lo imperfecto y
fragmentario de lo dicho. Pero es preferible dejarlo como está, porque no
sabría decirlo mejor y porque creo que es beneficioso hablar de estas cosas, de
alguna manera por lo menos. Tampoco
he podido decir nada acerca de la profundidad del planteo de la melancolía en
las cartas de San Pablo y las respuestas cristianas que se dan en ellas.
Aparece en frases cortas, en exclamaciones, en entrelíneas en medio del
discurso, en el matiz y la tonalidad empleados. Se encuentra aquí una rica
teología de la melancolía, comprensible sólo a quien "la ha
experimentado". Aparece
incluso la respuesta a todo aquello de la melancolía que no obtiene
"solución" aquí en la tierra. Notas 1.
Diarios. Selección y traducción del danés al alemán por Theodor Haecker,
Innsbruck 1923, I, 180. 2.
Punto de vista de mi actividad como escritor. Edición y traducción de la obra
póstuma de 1859 por Chr. Schrempf, Jena, pág. 55 y s. 3.
Diarios I, 83. 4.
Diarios I, 153. 5.
Diarios I 131. 6.
Diarios I 49. 7.
Punto de vista… 56. 8.
Punto de vista… 57 y s. 9.
Diarios I, 188 y s. 10.
Diarios I, 406 y s. 11.
La repetición, Ed. De Chr. Schrempf, Jena, 161 y s. 12.
Diarios I, 104. 13.
Punto de vista…48 y s. 14.
Punto de vista…50. 15.
Diarios II, 220. 16.
Punto de vista…54 y s. 17.
Diarios I, 376; 378. 18.
Todo esto no quiere decir que el valor mismo, en tanto que tal, destruya,
perjudique o dañe, sino que el desorden interior del hombre caído tiende a dar
al valor y lo valioso efectos ambiguos. 19.
Etapas…pp. 15; 17. Notas al pie: 1
Vom Sinn der Schwermut. Im Verlag der Arche–Zürich, 1949. Traducción directa
del original alemán por Miguel Angel Nesprías (Prof. Filosofía, UBA). 2
Romano Guardini: nació en Verona (Italia) en 1885. Vivió su vida entera en
Alemania. Estudió Ciencias Naturales, Derecho, Economía Política, Filosofía y
Teología. Desde 1923 hasta su ancianidad ocupará una cátedra creada
especialmente para él –interrumpida por el nazismo-, que ejercerá en Bonn,
Berlín, Tubinga y en su mayor período en Munich. Su extensa obra, ajena a
escuelas o doctrinas tradicionales, es fruto, de la "palabra
hablada": en clase, en la predicación, en la dirección espiritual y
grupal. Sus Lecciones reunían centenares de estudiantes que colmaban toda Aula
Magna. Pero también contó con oyentes como Karl Jaspers o Martin Heidegger,
entre tantos otros pensadores, artistas, científicos. Así, de su obra se puede
mencionar: La aceptación de sí mismo, El Poder, El Señor, sus estudios sobre
Dostoyevsky, Dante, Pascal, Rilke, Platón, Hölderlin, San Agustín, Hopkins, así
como amplias configuraciones hermenéuticas sobre la técnica, el fin de la
modernidad, Europa, persona y mundo, espiritualidad y Sagrada Escritura, etc.
En 1961 recibió en Bruselas el Premio Erasmo de la Paz, sin contar otros.
Alemania lo honra con el título de "Praeceptor Germaniae". Falleció
en Munich en 1968. 3
Se refiere a San Pablo (nota del traductor). 4
Se refiere a un texto de San Pablo (nota del traductor). 5
Se refiere a su padre (nota del traductor). 6
Este dominio de las "Madres" es la región misteriosa en que penetra
Fausto para evocar la imagen de la Helena antigua (Faust, II, Acto I), (nota
del traductor). 7
Origen Danés: Enten-Eller o Aut-Aut; alemán: Entweder-Oder; castellano: O lo
uno o lo otro. Pero el título escogido es mejor (nota del traductor). Fuente:
Alcmeón. Revista Argentina de Clínica Neuropsiquiatrica, Año XII, vol 10, N°3,
diciembre de 2001 La
salvación y el Salvador Capítulo
II de El mesianismo en el Mito, la Revelación y la Política (Der Heilbringer in
Mythos, Offenbarung und Politik) * Romano
Guardini Aquellos
seres [los dioses] y poderes religiosos son experimentados en vivencias de dos
clases diversas: como algo que se vuelve amistosamente al hombre y le dispensa
bienes—o, por el contrario, como algo que se enfrenta hostilmente con él y le
causa daños—. Aquello constituye la experiencia de la salvación; esto, la de la
perdición. Y
por cierto, en sentido religioso. En primer lugar, dicha experiencia tiene por
objeto el bien y el dolor naturales. La tempestad con su huracán y sus rayos es
un poder capaz de destruir la cosecha, incendiar la casa, matar al hombre. Pero
en esta destrucción terrena se deja sentir otra. Y éste es ya un lenguaje
propio del hombre moderno; para el hombre de sentimientos primitivos, la
destrucción de la cosecha tiene de antemano más dimensiones que la de aquellos
daños contra los cuales se protege el hombre posterior por medio de un seguro
contra el granizo. Afecta a sus sembrados y a su subsistencia física—pero, al
mismo tiempo, le afecta a él como individuo religioso—. En ella se revela un
poder irritado, la cólera divina, el castigo de culpas cometidas... Lo mismo
sucede con la salvación. Para el hombre moderno la naturaleza no es ya un poder
avasallador. No sólo se ha protegido contra sus peligros o asegurado contra su
inestabilidad, sino que ha llegado a independizarse internamente de ella. El
alma del hombre moderno ya no está bajo su jurisdicción. Se ha emancipado de
ella y se ha hecho libre—sí bien con ello ha caído en lo artificial o
inconsistente—. El hombre primitivo, por el contrario, vive todavía en íntima
dependencia de la naturaleza: externamente, porque no es capaz de resistir sus
fuerzas; espiritualmente, porque aún no ha penetrado en ella con la razón;
religiosamente, porque se encuentra sometido a su poder numinoso. La naturaleza
presenta como la gran realidad en torno a él y dentro de él, en su conciencia,
en su sentimiento, en su ánimo y en sus nervios. Cuando
este hombre ve por la mañana que sale el sol, esto significa para él más que el
mero hecho de comenzar un nuevo día. La noche es tinieblas, frío, estar a
merced de los poderes malos; cuando sale el sol, éstos son ahuyentados —y para
la conciencia del hombre primitivo no es totalmente seguro que esta vez, hoy,
el sol haya de triunfar nuevamente—. También puede suceder que sucumba frente a
las tinieblas, o que renuncie a la lucha. La luz y el calor reaniman al
organismo. El ánimo se afianza. Los caminos se iluminan y las cosas se tornan
familiares. Esto significa «salvación» para todo el hombre, y en ello se
experimenta el favor de un poder numinoso... Esta vivencia se hace todavía más viva
tan pronto como el sol se siente amenazado no sólo por la noche ordinaria, sino
por una potencia de la oscuridad más fuerte, en el invierno, cuando su fuerza
decrece, su órbita desciende a su punto más bajo y parece inminente el peligro
de que sea devorado. Pero tan pronto Como llega el solsticio, el sol se
robustece de nuevo y otra vez se acrecienta la posibilidad de vida; en esto
consiste el gran acontecimiento salvador del solsticio de invierno. Otra
experiencia de salvación es la de la primavera. En el otoño se duermen los
árboles. El espacio va quedando vacío. Las corrientes de agua se paralizan. El
invierno es tiempo de muerte para el reino de la naturaleza y época de miseria
para los hombres. Luego llega la primavera. El espacio se abre. Todo se pone en
movimiento y muda su condición. Una vitalidad torrencial llena la naturaleza.
La proximidad de la propagación se percibe de manera estimulante, y el hombre
siente en su propio ser la ola de vitalidad que lo inunda. Esto es también
«salvación» de la vida que torna, de la primavera. Y tampoco esto significa
sólo presencia del calor, posibilidad del movimiento y abundancia de alimentos,
sino más cosas y de naturaleza diversa: plenitud de dicha, promesa
misteriosamente impresionante, proximidad y revelación de lo inefable. O
bien el hombre ha llegado a su edad madura y ha ganado su puesto en la
existencia. Sabe cuál es su situación en su tribu y en su país, en sus
posesiones y en su poder; sabe lo que puede y es, tiene conciencia y dominio de
si mismo. Esto lleva consigo seguridad y prestigio, pero también limitación; al
afirmarse su personalidad se anuncia simultáneamente su fin. Entonces le nace
el hijo, en el cual se perpetúa la estirpe; el hijo varón, que para la
conciencia primitiva es el hijo propiamente tal y un día llevará el nombre del
padre, seguirá sus luchas, defenderá sus posesiones y ejercerá el poder. Esta
vida joven, nacida de la de padre; esta vida que con su posibilidad ilimitada
va creciendo junto a la del padre, circunscrita y ya encaminada al fin, es
«salvación». Y lo es, no sólo como orgullo del poder de la estirpe, como
seguridad de futura subsistencia junto a otras estirpes y frente al enemigo,
como perspectiva de ayuda en el trabajo y de apoyo en la vejez, sino como
esperanza sencillamente, como divina promesa de vida. Cuando
el hombre primitivo enciende fuego no ejecuta sólo un proceso técnico, sino
algo que engendra en él conciencia de lo maravilloso: ese algo es el hecho de
que pueda ser evocado este poder, la llama, tan impresionante en su movilidad y
forma, llama que devora y al mismo tiempo reparte bienes, es peligrosa y a la
vez benéfica, ilumina la oscuridad y aleja las fieras, calienta el cuerpo y
prepara las comidas, etc. Todo esto es más que meramente útil o hermoso; es un
misterio. Uno de los dioses bajó una vez y trajo consigo el fuego, o bien un
hombre de asombrosa osadía lo robó del cielo: este hecho constituyó salvación.
Los ritos que en templos y casas mantienen vivo el fuego expresan no sólo la
preocupación por el imprescindible elemento, sino también el miedo de que pueda
volver a ser arrebatado, de que una desgracia pueda sofocarlo, de que un día
pueda extinguirse definitivamente... Así, para los albores de la época
histórica, toda técnica importante implica «salvación». El que los hombres
hallaran la técnica de la construcción de barcos; que aprendieran a cultivar el
campo y obtuvieran el grano y la vid; que descubrieran remedios contra heridas,
epidemias y peligros del parto, ello está saturado de significación sotérica.
Lo mismo puede decirse de la escritura, cuyos signos representan el sentido y
confieren poder sobre los hombres; del adorno, cuyas formas tienen en su origen
carácter mágico; de la organización de la vida comunal, de las leyes, normas
educativas y tradiciones de las relaciones sociales. La cultura entera, en
cuanto que es saber y capacidad, representa salvación, afianzamiento y
elevación de la existencia, y únicamente es posible porque hay poderes
superiores que la protegen y fomentan — si bien hay otros que la amenazan — .
Porque a la conciencia de la salvación va unida la del peligro. La salvación no
es cosa espontánea; por el contrario, se ve amenazada por poderes malos, e
incluso envidiada por los buenos. Por eso en los mitos de todas las culturas
aparece siempre, bajo la figura de la salvación, el peligro de la perdición. Esta
salvación se encarna en la figura del salvador: Osiris, Apolo, Dionisos,
Baldur. [1] Frente a ellos se alzan las figuras de la perdición: la serpiente,
el dragón, el lobo de Fenris, los dioses de la muerte, de la maldición,
etcétera. La
imagen del salvador tiene sus rasgos fundamentales bien determinados. Su
aparición es conmovedora. Tan pronto como se manifiesta, se siente y se sabe
que es el Poderoso, el que conmueve al ser, el Dispensador de dicha, el que
inunda de salvación. Lo maravilloso de su ser se revela ya en el maravilloso
carácter de su nacimiento. Con frecuencia es hijo de una madre mortal y de un
padre divino. A veces nace directamente de un elemento, por ejemplo, del mar o
de la roca. Viene de lo desconocido e inaccesible. Aunque establece contacto
con lo más íntimo del hombre, le es «ajeno». Siempre sale del misterio a lo
presente. Su vida culmina en la acción salvadora. Con frecuencia es un
luchador; su adversario es el Pernicioso, el Malo, intuido preferentemente en
la figura de la serpiente o del dragón. Entonces la acción salvadora consiste
en una victoria. Pero esta victoria se paga frecuentemente con la muerte;
entonces la acción salvadora es al mismo tiempo destrucción. Aquí
se revela la conciencia de que la culminación de la vida está próxima a la
muerte, más aún, de que la vida y la muerte proceden la una de la otra y tornan
la una a la otra. Así, la vida más alta brota de un acto que remueve lo más profundo;
la salvación nace de la muerte del salvador. Pero éste volverá «algún día», en
el futuro «escatológico». Este día final indeterminado está dentro del conjunto
del mundo y, por consiguiente, equivale a una «repetición perpetua» en el ritmo
de la vida: en la primavera próxima, en el próximo solsticio, en el hijo
próximo, en la próxima conjuración de un peligro, extinción de una peste,
consecución de una victoria, etc. Tal
es el mito del salvador, cuya figura y destino constituyen la encarnación de la
vivencia sotérica, de su carácter y de su desarrollo dichoso y, al mismo
tiempo, trágico. Quien entiende el mito, entiende la salvación. Quien en él
vive, penetra en el conjunto de la empresa salvadora. _________________ *
Traducción de Valentín García Yebra. Nota
[1] Para lo siguiente cf. G. v. D. LEEUW : Phaenomenologie der Religion, 1933,
p. 87 ss. Jesucristo Capítulo
III de El mesianismo en el Mito, la Revelación y la Política (Der Heilbringer
in Mythos, Offenbarung und Politik) * Romano
Guardini De
estas consideraciones nace la siguiente pregunta: ¿Qué relación guarda con las
figuras de salvadores descritas Aquel a quien llamamos el Salvador por
excelencia, Cristo? La
respuesta relativista dice que no es esencialmente diverso de los salvadores de
la historia de la religión, sino uno más de la serie. En esta declaración
concurren dos intenciones. Según la primera, Cristo es, sencillamente, uno de
tales salvadores. Lo que fueron para otras épocas Osiris o Dionisos o Baldur,
eso fue, para las postrimerías de la antigüedad, la Edad Media y parte de la
Época Moderna, Cristo. Inderivable, como son los fenómenos de tal categoría,
pero preparada por determinadas modificaciones de la estructura anímica y
llamada por una apremiante expectación, surgió una personalidad que con sus
ideas, su ethos, su sustancia religiosa, su obra y su destine, conmovió a los
hombres de tal suerte que atrajo sobre sí y unió en sí las representaciones del
salvador que vislumbraban todas las mentes. Así se convirtió en Cristo el
rabino Jesús de Nazareth. Era un genio religioso de la más alta categoría.
Manifestábase en él la profundidad numinosa de la existencia; emanaban de su
persona realidad y poder sotéricos, y pasó a incrementar la serie de los
salvadores. Lo que la conciencia cristiana ve en él, el Hijo consustancial del
Dios vivo, es una mera expresión de la ideología dogmática de esta «religión»
especial; el que considera científicamente a Cristo reconoce en él un fenómeno
sustancialmente idéntico al de los otros salvadores. Naturalmente, hay también
diferencias. El elemento en que se manifiesta el carácter sotérico no es en
Cristo el mismo que en Osiris o Dionisos. En éstos era lo natural, y en Cristo
es lo psicológico, lo ético, lo personal. Pero de lo que se trata siempre, en
el fondo, es de los fenómenos de la renovación y la salvación, que se repiten
siempre. El culto del Cristianismo, su dogmática y su mística, su simbolismo,
sus leyendas y su arte, muestran que las representaciones universales del
Redentor del Mundo, del Hijo, del Vivificador, del Triunfador por la muerte y
resurrección, del Señor del Sol, Héroe de la Luz y Vencedor del Dragón, se
aplican también a Cristo. Con
esta intención se cruza otra. Según ella. Cristo es un salvador fracasado. En
su vida y en su figura hay demasiada «historia», demasiada realidad e intimidad
humanas, exceso de alma y de inquietud personal por la salvación. Falta lo
«grande», el «mundo», la sustancia mítica. Es un pobre hombre, nacido en una
región pequeña y en época de estrechez histórica, en las cuales trataban de
imponerse categorías míticas que no consiguieron transformar la realidad
concreta. Por eso no pudo reproducirse bien, ni en su figura ni en el conjunto
de su vida, el ritmo primitivo de la vida y de la muerte. Falta lo
mítico-cósmico, la grandeza divina. Todo queda reducido a la pequeñez humana, a
lo directamente ético, a la inquietud por una salvación individual en el más
allá. Por eso es hora de volver los ojos a los salvadores auténticos, Dionisos
o Baldur. Estos son formas puras. A ellas ha de conformarse Cristo. El
«cristiano» puro tiene que labrarse en esta cantera, o en la del «hermano de
Heracles»—que dice Hölderling—, el último de los «hijos del Padre altísimo». Si
también esto fracasa, habrá que darle de mano y pensar que es la hora de
otro—tanto más urgente si se piensa en qué estrecha dependencia está la idea
natural de la salvación y del salvador con aquella forma de la «naturaleza» que
constituye algo así como la transición a lo histórico, es decir, con el pueblo.
De aquí se deduce fácilmente la conclusión de que el verdadero salvador tiene
que estar totalmente unido con el pueblo y con la tierra patria, y que la
salvación es, en último término, el desarrollo de la fecundidad y fuerza de
éstos, la realización de su misión histórica, la estructuración del mundo según
su espíritu y mentalidad. Llevar esto a cabo, implantar el «Reich» como última
expresión de la existencia del pueblo, basada no sólo en su proceso histórico,
sino también en su índole religiosa—: he aquí la empresa auténticamente
salvadora. ¿Qué
hay de todo esto? Si
el salvador es lo que se ha descrito en las líneas que anteceden, entonces
Cristo no lo es. La índole de su vitalidad, el carácter de su ser, la intención
de lo que hace y le ocurre, son de naturaleza totalmente diversa. Se apartan de
este concepto del salvador, más aún, se oponen directamente a él. En
primer término, una afirmación decisiva: Jesucristo es historia. Cierto es que,
por su origen pretemporal, por su ida al Padre y por su futuro readvenimiento,
se encuentra en la esfera de la eternidad. Pero, al mismo tiempo, se encuentra
en la historia, y, por cierto, esencialmente. Toda
trasposición a lo mítico destruye su naturaleza. Esto lo supo muy bien aquel
que tan vigorosamente destacó el fondo eterno de la Persona de Jesús, el
apóstol Juan. Este, al desarrollar la filiación del Logos, acentúa con la mayor
energía que «el Verbo se hizo carne». Tal expresión se vuelve directamente
contra aquellos que querían diluir en lo mítico la historicidad de Cristo,
contra los gnósticos. Todos
los salvadores pertenecen a épocas primitivas. De todos ellos se dice que
vinieron, vivieron y murieren. Pero el «antiguamente» en que sucede todo esto
no pertenece a la historia, [1] sino que se asemeja al punto en que se corta»
el «cielo» y la «tierra», al horizonte, que nunca se encuentra «aquí», sino
mucho «más allá». Es el tiempo y lugar de lo mítico. Lo que cuenta el mito
sucedió «en otro tiempo»; pero en un tiempo que se encuentra más atrás de toda
fecha—en aquel tiempo, cuya expresión más amable consiste en el «era una vez»
de la fábula. Es, por decirlo así, un acontecer ininterrumpido—de igual suerte
que en el mito proyectado hacia delante, en la escatología universal, la venida
es un futuro sin interrupción. Cristo,
por el contrario, es pura y totalmente histórico. Ninguno de los pueblos que
entonces vivían tiene una conciencia histórica tan amplia y tan clara como el
judío. No es sólo un mero recuerdo que abarca largos períodos de tiempo, sino
conciencia de una cohesión jerárquica, de una sucesión de pruebas, actuación y
consecuencia. Aquí se encuentra Jesús de Nazareth; en el momento en que la
historia de este pueblo desemboca en la conciencia general de Occidente. Quien
sienta, por poco que sea, lo que significan estas cosas, tiene que darse por
vencido ante la realidad de que este Redentor no se encuentra en el tiempo
mítico, sino bajo la más clara y radiante luz de la historia. En
el umbral de la época que empezó hace casi dos milenios. Como realidad
histórica, y al mismo tiempo divina, ha sido recogido en una conciencia cada
vez más clara, cada vez más purificada por la crítica, y siempre ha sido
considerado como Salvador. Cierto es que para grandes grupos ha perdido el
carácter sotérico: mirado de la parte de Dios, esto quiere decir: se han
perdido ellos, han renegado de El. Pero la posibilidad de esto es esencial para
Cristo, y así lo confirma expresamente el Evangelio, pues El es «resurrección y
ruina para muchos» y «signo» frente al cual se manifiestan la afirmación y la
contradicción. (Luc. 2, 34.) Y
ahora tenemos que ir al grano: ¿Qué es en definitiva, lo que se expresa en los
mitos sotéricos? Por
un lado, que nuestra vida se desarrolla en ritmos. Arranca del nacimiento y
desemboca en la muerte; pero a la muerte sigue un nuevo nacimiento. Este gran
ritmo se repite dentro de la vida del individuo en formas debilitadas. Por la
mañana despierta el hombre, duérmese por la noche, para volver a despertar por
la mañana. En primavera aumenta la vitalidad, comienza a disminuir en el otoño,
y en la primavera siguiente vuelve a cobrar pujanza. Iniciase un sentimiento,
crece, culmina, va desvaneciéndose, y otro nuevo comienza. Surge una actividad,
se desarrolla, alcanza su plenitud, se adormece, y, después de una pausa,
comienza otra nueva. Siempre, como puede verse, procesos de ascenso y descenso,
que se repiten; un turno incesante de concreción y disolución, de retirada y de
nuevo comienzo. Estas fases no están aisladas en sí, sino que se desarrollan
dentro de un todo, dentro de «la vida». La continuación de esta vida es lo que
se lleva a cabo en los ritmos de ascenso y descenso, en la profundidad de la
muerte y en la altura de la culminación. Esta vida se desarrolla también a
través del ser individual. El nacimiento y la muerte parecen en cada caso
absolutos; en realidad, son absolutamente relativos. Lo que propiamente nace y
muere, cobra forma individual y vuelve a perderla, no es el individuo, sino la
vida en general. Tanto el nacimiento como la muerte, el estar vivo como el
estar muerto, no son más que fases suyas; la forma particular es mero tránsito.
Lo que en realidad subsiste es la vida de la especie; el individuo es sólo una
onda. Esta realidad se experimenta de una manera concentrada en la vivencia
dionisíaca, cuando, en el momento de la más alta culminación de la vida, se
presenta la posibilidad de la muerte. Entonces, cuando la vida, al margen de
toda prevención y seguridad del alcance, organización y razón individuales, se
lanza a lo ilimitado, es cuando se experimenta esto más poderosamente. Hemos
dicho «la vida»; pero el concepto definitivo es «la naturaleza». Ella es el
todo que se realiza en aquellos grandes ritmos. Ella es la que nace, muere, se
corrompe, vuelve a nacer y vive de nuevo; el ser individual está incluido en
ella. No es el individuo el que vive, sino la naturaleza en él. El individuo
vive con la naturaleza el descenso de ésta, su angustia, la sumersión en el
abismo; el nuevo arranque de vida que se realiza en ella, el renacimiento, el
resurgir a la luz, el florecimiento y la fructificación. Esto se aplica también
al hombre. El sujeto de la experiencia del ritmo vital no es el hombre como
persona, sino el ser natural, que no se limita a lo físico, sino que se
estructura y realiza a través de todos los grados y esferas de lo cultural. Sobre
este ritmo se apoya el drama de la salvación; pero este drama abarca todavía
más. Aquello de que la salvación libera, no son sólo las calamidades y
destrucciones de la existencia natural, sino algo numinoso que el hombre
próximo a la naturaleza siente en la noche, en el invierno, en la proximidad de
la muerte. Una pavorosa fuerza divina le amenaza con arrastrarlo a una muerte
numinosa, a la perdición. Pero en el retorno del sol y de la primavera, en la
nueva donación de la salud y en el nacimiento del hijo, en las artes y en los
remedios de la vida cultural, llega la liberación divina, la salvación de
carácter religioso. Sólo el Conjunto de ambos procesos constituye la unión
cósmica de la existencia, la cual es realidad inmediata y, al mismo tiempo,
fondo numinoso. Pues
bien: los salvadores y sus mitos son formas de expresión de este ritmo que se
ejecuta dentro de la existencia cósmica; dentro de este proceso, continuamente
renovado, de una sola vida, de una sola naturaleza, a través del nacimiento y
de la muerte, de la floración, fructificación y marchitamiento, peligro y
liberación, privación y riqueza; pero en cuanto que este ritmo significa, al
mismo tiempo, plenitud de salvación o peligro de perdición, de índole numinosa.
Son redentores, pero dentro de aquel inmediato ritmo cósmico; y así,
precisamente, lo corroboran. Por eso son, en definitiva, figuras fascinadoras. Esto
se manifiesta en aquel estado de ánimo que a todos los envuelve: la melancolía.
En ellos se dan culminaciones de la vida, pero siempre acompañadas de la
angustia del descenso, del horror al aniquilamiento, a verse sumergidos en la
muerte. En ellos triunfa la naturaleza y, con ésta, aquella última sinrazón que
siente todo hombre, cuando la persona abre en él los ojos. La piedad de estos
salvadores consiste en una entrega de sí al ritmo de la naturaleza; mas
precisamente contra esto protesta la persona. Así protesta también, en nombre
de su dignidad inalienable, contra todos sus salvadores, por muy profundamente
que la plenitud de su vida y la belleza de sus figuras le lleguen al corazón.
Ningún romanticismo cósmico, ninguna mística de la tierra y de la sangre puede
acallar esta voz. ¿Quién
es, entonces, Cristo? Aquel que redime precisamente de lo que se expresa en los
otros salvadores. Redime
al hombre del inevitable turno de vida y muerte, luz y tinieblas, auge y
decadencia. Rompe la fascinadora monotonía de la naturaleza, aparentemente
impregnada de todo el sentido de la existencia, pero que, en realidad, destruye
toda dignidad personal. En lo más profundo de aquello que expresan los
salvadores se encuentra la melancolía, la saciedad, la desesperación. Los
libros que tratan de Dionisos se leen con gran deleite. Todo el esplendor de la
vida parece venir de él. Quien a él se opone, adquiere el repugnante aspecto de
la hipocresía; sobre todo si es la juventud la que se encuentra al lado de
Dionisos y siente su propio impulso vital como prueba de la verdad de aquél. Es
preciso haber alcanzado cierta edad y haber vivido una serie de aquellos
ritmos; entonces pierden su fascinación y se siente su monotonía desesperante.
No sólo lo terrible, lo tremendo, lo pavoroso—éstos serían aún acentos de gran
valor—, sino también la insipidez, el desencanto, el hastío. Esto es lo que
encierra el fondo. De esto libera Cristo; de esto y de lo «religioso» que le
sirve de base. La
acción redentora de Cristo tiene un carácter fundamentalmente diverso de la de
Dionisos y Baldur. Cristo no trae aquella liberación que trae la primavera
frente al invierno y la luz frente a las tinieblas, sino qué rompe el hechizo
de aquel todo en que, tanto el invierno como la primavera, las tinieblas como
la luz, la vejez como la juventud, la enfermedad como la salud, la privación
como la riqueza, se hallan envueltos y fascinados: el hechizo de la naturaleza.
Los otros salvadores son la expresión de los elementos redentores de aquella
misma naturaleza que contiene asimismo los elementos que encadenan: el momento
de auge, alternando con el otro, igualmente esencial, de descenso. Cristo, por
el contrario, redime del hechizo total de la naturaleza, de sus ataduras tanto
como de sus liberaciones, de sus descensos como de sus auges, y otorga una
libertad que no proviene de la naturaleza, sino de la soberanía de Dios. En
la esfera de los mitos sotéricos no hay espacio alguno para la persona; más
aún, la piedad que halla expresión en ellos significa precisamente el
renunciamiento de la persona a su apetencia de unicidad, y el conformarse con
no ser más que el árbol en el bosque o el venado en los montes: una onda en el
gran río de la vida, figura pasajera en la transformación universal. Y, por
cierto, esto se aplica a todos los grados de esta piedad redentora, incluso
cuando se eleva desde lo instintivo a la más alta culminación de la cultura. En
este conjunto no subsisten ni la persona con su singularidad y dignidad
inalienables ni lo espiritual-absoluto a que aquélla se ordena, sino que todo
es relativo y se funde en el ritmo de la vida universal, del todo de la
naturaleza. No hay en él ni bien ni mal en sentido estricto—categorías que
están separadas por la alternativa da la decisión moral y determinan el sentido
de la persona—, sino que ambas cosas se complementan como el día y la noche, y
la vida consta de la unión de ambas. No hay ninguna hora irreparable con su
importancia eterna, sino que todo fluye hacia el todo. Más aún, todo se repite.
Cuando llega una primavera, se encuentra detrás de ella la cadena infinita de
las primaveras pasadas, y ante ella la de las futuras. Suponiendo que no sea
preciso decir, mirando a lo riguroso de la existencia personal, que lo pasado
se olvida y que se prescinde de lo venidero. Porque el estadio esencial de esta
esfera es, ciertamente, la inmediata disolución es el momento presente, no como
rigor de concentración sobre una decisión apremiante, sino como constreñimiento
actual de la existencia de la naturaleza. El mundo del mito no tiene más
memoria que la memoria de la naturaleza, en cuyo conjunto nada se pierde, sino
que todo subsiste y sigue operando; la memoria auténtica, por el contrario,
supone la unicidad de la hora y la plenitud de sentido del acto libre. De igual
suerte, el mundo del mito tiene sólo el presentimiento de los ritmos vitales,
que siempre se repiten y se anuncian en la disposición del momento; la
previsión auténtica, por el contrario, supone la responsabilidad por las
acciones propias y la conciencia de su plenitud de sentido. Pero una y otra se
basan en la persona y en su relación, no al perpetuo más allá del curso de la
naturaleza, sino a la absoluta permanencia de lo eterno. De este mundo que todo
lo incluye en la esfera del fenecer y repetirse, del olvido y falta de
previsión, porque ningún ser es realmente él mismo, sino que todos son meras
ondas en el gran río; de este mundo libera Cristo, en cuanto que llama a la
persona y la sitúa en su responsabilidad eterna. Establece las diferencias
absolutas. Pone de manifiesto la trascendencia—que no continúa operando
indefinidamente, sino que es eternamente definitiva—de la decisión personal. Si
el hombre le escucha, queda libre de la fascinación de la naturaleza con sus
figuras de perdición, y también, incluso de manera muy especial, con sus
salvadores. Con
esto no quiere decirse que Cristo libere al hombre del instinto para entregarlo
al espíritu; esto equivaldría a independizarse de Dionisos para caer bajo el
dominio de Apolo. Pero ya los griegos sabían que Dionisos y Apolo eran
hermanos; más aún, considerados en su más íntima esencia, ni siquiera podían
distinguirse. Y el espíritu, que se incorpora en Apolo o en Atenea, se
encuentra, desde el punto de vista cristiano, en la misma esfera que la
naturaleza física, en la cual reinan Dionisos y Demeter. Este «espíritu» y esta
«naturaleza» son dos aspectos de la misma realidad total: dos aspectos del
mundo y de la existencia del hombre en el mundo. Cristo libera de su
servidumbre, y otorga una libertad que procede del Espíritu Santo y está
llamada a enjuiciar a todo espíritu mundano. ¿Y
cómo redime Cristo? Ante
todo, por el hecho de venir «de arriba» (Joh. 8, 23). Los otros salvadores
vienen del seno del mundo y de la naturaleza; Cristo,
del Dios Uno y Trino, que no está en manera alguna comprendido en la ley del
turno de vida y muerte, de luz y tinieblas, como tampoco está sujeto a la ley
espiritual del desarrollo de la conciencia propia, de la purificación de lo
ético, de la elevación de la personalidad, etc. Viene de la libertad de Dios,
libertad independiente, señora de sí misma. Ya por esto libera Cristo de la ley
del mando. Revela que existe «lo otro», lo verdadera y absolutamente otro, que
no es una dimensión más del mundo. El mismo es esto otro, y lo es de tal suerte
que se puede llegar a El. Es el Dios Santo, vuelto a nosotros por amor y por
amor hecho hombre. Cristo
está libre de la fascinación del mundo; totalmente arraigado en la santa
voluntad del Padre. Desde esta libertad presencia el estado del mundo, el
pecado. En ella expía la culpa del mundo y orienta a los descarriados
nuevamente hacia Dios. Así los redime. Y por ser El de tal manera que el
creyente puede coparticipar en la relación de Cristo con Dios, por eso mismo es
capaz el individuo de tener parte en la redención. Cristo
revela quién es verdaderamente Dios: no la infinita corriente numinosa; no el
fondo del cosmos; no el misterio de la vida; no la suprema idea, sino el
Creador y Señor del mundo, subsistente en sí mismo. Aquél a quien nosotros,
apoyándonos en el mundo, aun cuando en él se expresa, sólo llegamos a conocer
confusamente, porque nuestros ojos están ciegos, y nuestro corazón,
empedernido. Dios se revela en cuanto que se traduce a nuestro ser humano. A la
pregunta de quién es el Padre, corresponde la respuesta: Aquél a quien Jesús se
refiere cuando dice «mi Padre». A la pregunta de qué sentimientos animan al
Dios Vivo, corresponde la respuesta: Los que se han manifestado en las
palabras, en la conducta, en la vida y en la muerte de Jesús. Cristo
ha descubierto también al hombre. A la pregunta de qué es el hombre, pueden
darse dos respuestas. Una dice: es aquel ser a cuya existencia pudo Dios
traducirse, el idioma en que Dios pudo decirse a sí mismo. El hombre es de tal
naturaleza que el Dios Vivo puede expresarse en Jesús niño, socorro de los
enfermos, maestro de los desorientados, silencioso ante Pila tos, agonizante en
la cruz. Pero también es aquel ser que dio muerte al Hijo Eterno cuando estuvo
en el mundo como Verbo de Dios y resplandeció como luz eterna en un semblante
humano. Si
el hombre acepta lo que Cristo le ofrece, ábrensele los ojos para ver quién es
Dios y quién es él mismo; qué es él mismo y qué es el mundo. Esta es la Verdad,
y por medio de ella se libera el hombre. Veamos
ahora qué relación guardan con Cristo los otros salvadores de quienes hemos
hablado. ¿No son más que modos de encadenar el mundo al hombre en su seno? Son
eso; pero son también modos de añoranza del auténtico Salvador. De aquí su
semejanza con éste, tan grande en ocasiones que induce a la comparación. No son
sólo reclamos que invitan a sumergirse en el conjunto cósmico; mientras el que
en ellos cree se encuentra esperando, presiente en esos salvadores la auténtica
redención. Las liberaciones que se producen en el seno del cosmos, en las
cuales la vida queda libre de las ataduras de la muerte, aluden a la liberación
de la existencia de la caducidad en general... Luego, cuando llega Cristo en la
auténtica epifanía, la alusión se trueca en evidencia. Entonces se di«e al
hombre: Lo que has anhelado lo tienes ahora, superando todas las posibilidades
del anhelo. Tanto, que tu mismo anhelo será rescatado para la claridad de
aquello que propiamente anhelaba. Porque anhelaba y no sabía qué. Pero
cuando la voluntad adventista se extingue; cuando el hombre, después de la
venida del Redentor, incluso reniega de El y vuelve a sujetarse a aquellas
liberaciones que se realizan dentro del cosmos, entonces los salvadores se
convierten en negaciones de Cristo. Entonces entran en un nuevo y terrible
adviento: se convierten en anticipos del Anticristo. Mientras
esto no sucede; mientras se conserva, primero, la esperanza en la venida de
Cristo, y luego la fe en su epifanía redentora, los otros salvadores son
imágenes intramundanas de la trascendencia supramundana de Cristo, hasta el
punto que es posible a la Iglesia encuadrar en lo cristiano los símbolos de
aquéllos. Así, la figura de Mitra ha tenido influencia sobre la representación
de Cristo como Sol espiritual, y el simbolismo del solsticio de invierno ha
sido muy importante para las fiestas de Navidad; la figura de Heracles halla
eco en la de San Jorge, que, a su vez, es un reflejo de Cristo, auténtico
Vencedor del Dragón; y todavía podrían aducirse más ejemplos de esta índole. Lo
que Cristo ha redimido no es sólo el espíritu o el alma, sino el hombre y el
mundo. Pero Cristo no los ha liberado de su propio ser, sino de su caducidad y
alejamiento de Dios. Los ha recuperado para el naciente reino del Padre. Por el
renacimiento que continuamente se opera en la fe y en el bautismo, en la
contrición de corazón y en el sacramento de la penitencia, ei hombre y el mundo
llegan a ser nueva creación. Al traer Cristo «la verdadera vida», atrajo al
interior de ésta la otra vida caduca con todas sus experiencias de redención.
Al convertirse en «el sol de nuestra salvación)), el sol natural, con todos sus
ritmos y fenómenos, se convirtió en imagen suya. Así encuadra la liturgia las
experiencias de salvación y los símbolos naturales en su representación de la
auténtica redención, de la vida y de la obra de Cristo. Puede, en cierto modo,
decirse que la realidad, la forma de experimentación, la rítmica y el
simbolismo de las redenciones naturales se han convertido en base y forma de
desarrollo para la redención auténtica. ____________________________ *
Traducción de Valentín García Yebra. Nota
[1] Probablemente es Buda el único a quien no se aplica esto—de igual suerte
que el problema budista en general es peculiar y tiene desde el punto de vista
cristiano una categoría totalmente diversa de la de los restantes problemas
planteados por la historia de las religiones. El
santo en nuestro mundo Der
Heilige in unserer welt * Romano
Guardini Los
fundamentos La
mayor parte de los días del calendario llevan nombres de personalidades de la
historia cristiana, a los que acompaña un carácter especial de dignidad, de
amonestación y promesa: los Santos. Sus figuras se nos aparecen en el arte
cristiano, se nos presentan en leyenda y poesía, y nosotros mismos llevamos sus
nombres. ¿Qué ocurre con ellos? ¿Qué es un santo? En
cuanto se adquiere intimidad con su naturaleza, no se hace difícil la
respuesta: Ya en el Antiguo Testamento está «el mandamiento primero y mayor»,
que luego Cristo confirmó de nuevo: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu
corazón, con toda tu alma y con toda tu mente» (Dt 6. 5; Mt 22,37). Un santo es
una persona a quien Dios ha concedido tomar este mandato con total seriedad,
comprenderlo en sus profundidades y ponerlo todo en su cumplimiento. Algo
grande, pues; incluso, algo terrible; porque ¿qué ocurre a la persona que se
entrega a ello? Por eso se comprende la timidez respetuosa, pero al mismo
tiempo la atracción misteriosa que experimenta el creyente ante esias figuras
poderosas y entrañables. La respuesta que hemos hallado aquí, vale para todos
los Santos, de todos los pueblos y todas las épocas. Pero también se puede
plantear la pregunta de otro modo, a saber: ¿cómo aparece su imagen en la
conciencia de los creyentes? A
esto no se puede dar respuesta tan fácilmente. Su esencia permanece idéntica,
pues ¿en qué podría consistir eso tan poderoso y misterioso que el creyente
venera en el Santo, sino en un fortalecimiento del amor? Si embargo, en el
transcurso de la Historia cambia el modo de concebirse tal fortalecimiento. El
santo en el nuevo testamento Si
preguntamos sobre esto al gran testigo de la vida cristiana primitiva, al
apóstol san Pablo, recibimos una respuesta peculiar. Por ejemplo, en la Segunda
Epístola a los Corintios, dice la salutación: «Pablo, apóstol de Jesucristo por
la voluntad de Dios, y Timoteo, el hermano, a la Iglesia de Dios que está en
Corinto, con todos los santos que están en toda Acaya». Y en la conclusión
dice: «Todos los santos os saludan...», y se completa: el país desde donde
escribe el Apóstol, esto es, de Macedonia. ¿Quiénes
son esos santos? Por lo visto, los cristianos, simplemente: aquellos que han
recibido la Buena Noticia, que han aceptado la fe y que han renacido a nueva
vida por el Bautismo. Es decir, una idea diferente que la que nos es familiar.
Cuando pronunciamos la palabra santo, pensamos engrandes individualidades de la
Cristiandad, cuyas solemnes imágenes están en nuestras iglesias; aquí son
personas que viven su vida en Corinto y Tesalónica y Efeso, y otros sitios;
creen y esperan, se atormentan con su fragilidad, y no tienen para exhibir gran
cosa de extraordinario en lo religioso. ¿Dónde
está aquí, pues, esa cosa especial que implica patentemente el concepto de
santo? Ante
todo, tenemos que darnos cuenta claramente de que en la época primitiva,
hacerse cristiano y vivir como cristiano, ya era por sí solo algo
extraordinario. Quien se decidía a ello, se desprendía del contexto de su
existencia anterior. Se hacía extraño a su circunstancia. Si su familia no daba
el paso con él, también se enajenaba de ella; a veces tan profundamente, que
equivalía a una separación. Toda
la vida de la Antigüedad estaba penetrada de usos de la religión pagana, y el
lenguaje cotidiano estaba lleno de alusiones a los dioses y los mitos de los
dioses; por tanto, la manera de vivir y hablar del cristiano tenía que
apartarse de la habitual. Esto no sólo era trabajoso, sino que daba lugar a
malentendidos, dificultades y apuros sin número. Las brillantes fiestas
religiosas le quedaban prohibidas; tenía que mantenerse alejado de las
solemnidades públicas de la ciudad y el Estado, pues todas estaban en relación
con los dioses del país, o por lo menos tenía que tomarlas con un
distanciamiento que era difícil y requería tanta renuncia como prudencia. Y por
lo que tocaba al Estado romano -y se trataba de él sobre todo—, éste se
concebía a sí mismo como algo divino, y su cabeza, el César, era venerado
expresamente como una divinidad. Por eso el cristiano, no pudiendo participar
en conciencia en todo esto, tenía que encontrarse en los más duros conflictos
con la ley y el poder del Estado. Quien
se hacía cristiano daba, por el amor de Dios, un paso lleno de consecuencias.
Entraba en una vida intranquilizada por la desconfianza del ambiente y cargada
de dificultades de toda especie; una vida que exigía renuncia tras renuncia, y
a menudo llevaba a la opresión y la muerte. Así comprendemos muy bien que san
Pablo hable de los cristianos como de los santos. Pero
hay también otra cosa, que es lo esencial. Aquellos hombres sabían lo que
significaba ser pagano. Habían experimentado qué profundamente atada a la
Naturaleza estaba su existencia, a pesar de toda cultura; qué poco servían a la
auténtica menesterosidad del corazón aun sus más evolucionadas formas
espirituales y artísticas; qué poco podían saciar sus mitos y cultos el ansia
de verdad y libertad, aun con toda su profundidad. Por
eso aquellos hombres conocían también la grandeza divina de la Buena Noticia.
Habían percibido el «amor de Cristo, que excede a todo conocimiento» (Ef 3,
19), y volvían a percibir siempre lo que significa crecer entrando en la nueva
vida del Reino de Dios. Lo que vivían era, simplemente, una existencia nueva,
regida por el Santo Dios; así tenía mucha razón el Apóstol para llamarlos los
santos. El
Santo de lo extraordinario Pero
luego se cambian las cosas. Los cristianos se hacen más numerosos, y cuando
aumenta el número, por lo regular disminuyen la seriedad y el valor. Además,
entre los que entran en la fe, cada vez hay más niños; pues cuando el padre y
la madre se hacen cristianos, o lo son ya, introducen sin más a sus hijos en la
comunidad de la Iglesia. Pero éstos ya no se dan cuenta de lo enorme del paso.
Crecen en el reino de la fe, y lo que en sí es tan extraordinario, se vuelve
obvio. Incluso,
después de la conversión del emperador Constantino, la fe cristiana se hace
religión de Estado. Entonces quien quiera presentarse como buen ciudadano y
avanzar en el servicio del Estado, tiene que ser cristiano, al menos de nombre
y en conducta pública; y ya podemos imaginar cuánto se superficializó con esto
la vida cristiana en general, y cómo quedó oculto lo peculiar de ella. Ya no
hubiera sido posible entonces hablar de los cristianos sencillamente como de
los santos en Corinto, Efeso o Roma. Entonces
tuvo que formarse un nuevo concepto de santo, y se empezó a entender como la
persona que realizaba de un modo extraordinario el mandamiento mayor. Sobretodo,
era el mártir, que daba su vida por la fe. Un san Esteban, un san Ignacio, una
santa Perpetua, una santa Inés, tenían en torno el fulgor del heroísmo
cristiano, haciéndolos dignos de especial veneración... Pero también se puede
expresar de otro modo el amor sin reservas a Dios. Por ejemplo, alguno
experimentaba tan profundamente lo terrible del pecado, que no le bastaba
arrepentirse y procurar mejorarse. Lo arrojaba todo, se iba a la soledad y
llevaba allí una vida de penitencia, cuya dureza espanta: pensemos en los
ermitaños del desierto de la Tebaida… O a alguno se le hacia tan apremiante la
llamada de la comunidad con Dios, tan poderosa su abundancia de valor, que por
ella se hacía pobre, como lo hicieron san Francisco y santa Clara... O alguien
era arrebatado por el mandamiento del amor al prójimo, y se entregaba entero al
servicio de los pobres y los enfermos; pensemos en santa Isabel de Turingia o
san Vicente de Paul... Otros, por su parte, sintieron la grandeza de la verdad
de Dios y vivieron sólo investigándola, como un san Anselmo de Canterbury, o un
santo Tomás de Aquino... Pero otros percibieron en su corazón las palabras:
«Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes» (Mt 28, 19); fueron
arrebatados por el ardor del apóstol, y llevaron el mensaje al mundo, quizá
para sellar su palabra con su sangre: san Patricio en Irlanda, san Bonifacio en
Alemania, san Francisco Javier en la India... Y así sucesivamente, en la
inagotable multiplicidad de las gracias y las vocaciones. La
vida de estos hombres tiene el más diverso contenido, pero siempre ostenta el
carácter de lo extraordinario. Proceden de todos los estratos de la sociedad;
son reyes o labradores, caballeros o artesanos, mujeres, hombres, jóvenes,
niños; pero tienen una cosa en común: la exigencia del amor de Dios los saca de
lo cotidiano y los impulsa a realizar algo extraordinario. Con
ello son testigos de la grandeza eternamente nueva de lo que se ha hecho
posible por Cristo. En cierto modo, difractan la divina simplicidad de Su luz
en las más diversas formas de realización; acuñan modelos, muestran objetivos y
caminos, liberan fuerzas que continúan su influjo a través de los siglos. Esta
es la idea del Santo que ha influido en la conciencia cristiana hasta nuestra
época. También seguirá siendo siempre válida, pues es verdadera; y nuestra vida
cotidiana necesita grandes figuras en que se haga patente el poder de la gracia
de Dios, que supera todo lo terrenal. Imágenes como santa Cecilia y san
Sebastián, san Benito y santo Domingo, san Agustín y san Ignacio, san Luis Rey y
santa Cunegunda Emperatriz, la criada santa Notburga y el labrador san Nicolás
von der Flüe, siempre serán manifestaciones resplandecientes de lo que puede el
amor cuando supera toda limitación: imágenes del heroísmo cristiano, que se
expresa en una vida de riesgo, paciencia y cumplimiento sin reservas. El
santo de lo invisible Pero
ahora parece que en el transcurso de la época actual se cumpliera otra vez un
cambio: esto es, como si la idea de lo extraordinario ya no estuviera en el
centro de la importancia, como antes. No hemos de adentrarnos aquí en el modo
como esto ocurre en el transcurso de la Historia: tomemos sólo un único
testimonio, fácilmente accesible. En el siglo XVIII Jean de Caussade escribió
sus ideas, tan sencillas como poderosas, que si bien estaban destinadas en
principio para la vida monástica, luego tienen también que decir algo de la
mayor importancia para el que vive en el mundo, con el conveniente traslado de
términos. El libro se titula: Entrega a la Providencia de Dios, y responde a la
pregunta de cómo debe vivir el cristiano que quiera hacerse santo, diciendo que
no debe plantear nada extraordinario, sino solamente ir haciendo siempre lo que
en cada ocasión le exija la hora. Dios mismo traza el plan mediante su
orientación providente; por tanto, el camino hacia la santidad no pasa por un
sistema preparado de acciones y ejercicios, sino por el conjunto de la vida
misma; y el progreso hacia lo más alto no consiste tanto en grados de
realización cuanto en la pureza cada vez mayor del amor, con el cual se ha de
hacer lo que requiera la situación a cáela vez. Pero lo que ésta requiera
realmente, no lo que querría algún motivo egoísta: predilección personal, o
comodidad, o ventaja, o gusto. Es decir, como si la situación misma hablara, diciendo:
«Esto es necesario: que ayudes a éste, que hagas este trabajo, que ejercites la
paciencia en este sufrimiento...» Hacerlo, limpia y correctamente, sin
enderezarlo según deseos personales, o debilitarlo, o falsearlo; esto es lo que
lleva a la santidad. Así
se da también respuesta a la pregunta de cómo puede uno amar a Dios. Pues, en
efecto, algunas veces ocurre que alguien es tocado por su santa realidad;
entonces el amor se convierte en entrañable obviedad. Pero por regla general no
es así. La mayor parte de los hombres tienen siempre mudo el corazón, y lo
cotidiano lo tapa todo con su estrépito. ¿Qué es entonces el amor? Esto
exactamente: hacer lo que ahora es justo, porque ello cumple la voluntad de
Dios. Y hacerlo, como quiere ser cumplido el amor, con pureza y de buena gana. De
ese amor se ha dicho que debe cumplirse «con todo tu corazón, con toda tu alma,
y con toda tu mente»; pero ¿quién puede decir jamás que lo hace así? ¿Realmente
está en ello todo su corazón, toda su alma y toda su mente? Para comprender con
claridad sólo tenemos que darnos cuenta de que aquí hay un avance en el que no
cabe exceso. Un camino, que lleva cada vez más lejos, más allá de lo que
alcanza la vista; del cual se deben apartar continuamente los pensamientos en
segundo plano y las intenciones adventicias, poniendo al descubierto las
astucias interiores y la mala fe, y superando las resistencias y cobardías. Es
el camino hacia esa totalidad de que habla el mandato: todo el corazón, toda el
alma, toda la mente. Pero ¿qué significa esto, si se trata del amor a Dios,
totalmente santo y que todo lo ve; y ante todo, del propio amor de ese Dios,
que hace posible de algún modo el nuestro? Aquí
surge otra imagen del santo. Aquí ya no se habla de lo extraordinario. El
hombre que va por este camino, hace lo que debería hacer cualquiera que
quisiera hacer bien su asunto, aquí y ahora. Nada más y nada menos. Pero
la justeza de la tarea propuesta aquí y ahora, la entiende a partir de Dios.
Con ello no se alude a nada fantástico. Emplea su razón, hace lo que exige su
vocación, y puede dar cuenta justa de todo; pero su conciencia está sumergida
en algo infinito. Su acción se realiza en el mundo, pero se sabe obligada por
la voluntad de Aquel que ha creado este mundo, estando Él mismo por encima cíe
todo mundo. En medio de nuestra vida, enredada por todo egoísmo y mentira,
trata de recuperar de un modo nuevo lo que en el principio determinó la vida
del primer hombre, antes de que éste pusiera su propia voluntad por delante de
la voluntad de Dios. Querer
esto es amor. Y en este amor, dicho una vez más, hay un camino infinito: hacia
la verdad cada vez más plena, hacia la disposición cada vez más pura, hacia la
acción cada vez más resuelta. La santidad empieza por querer ese todo del que
habla el Señor, ese todo del corazón, del alma y la mente. Y va creciendo en
las constantes superaciones que eso cuesta, en las renuncias que se hacen
precisas, en la penetración hacia una autenticidad cada vez más pura del
espíritu y del corazón. Con eso, cada vez se hace menos llamativa. Casi
diríamos: se repliega a lo justo en lo cotidiano. Lo que hace la persona en
cuestión, cada vez tiene menos importancia y, a la vez, más importancia. Menos
importancia, en cuanto que ya no se trata de cómo es lo que hace: qué grande, o
qué difícil, o qué arriesgado. Lo exigido puede ser importante, o mediocre, o
pequeño; es indiferente. Solamente debe ser lo que corresponde ahora... Pero
por otro lado se hace más importante, porque, sin embargo, debe hacerse tal
como es adecuado en sí, no como lo queman los motivos personales; tal como lo
quiere Dios, que ha creado todas las cosas, y cuya voluntad habla en cada
situación por ser ésta precisamente como es. El hombre, por decirlo así, recibe
en cada ocasión su tarea de la mano de Dios; del Dios que es la verdad y no
quiere relumbrones ni chapucerías. Toda acción se convierte en un acuerdo entre
el hombre que actúa y Dios que le da en la mano Su creación en ese momento,
como antaño al primer hombre, para que la «labrase y cuidase» (Gn 2, 15). Es
curioso lo que ocurre aquí: cómo la cosa se acentúa en su esencia, y a la vez,
precisamente por su objetividad, Cómo desaparece en lo justo y adecuado. Nada
resplandece aquí: no se habla de grandes experiencias, ni de riesgos, ni de
irrupciones. En general, ya no se habla, sino que se trata de una tranquila
acción, según lo exija la hora. No sorprende nada. Quizá alguien pasa al lado y
no nota riada de particular... Pero si su espíritu está alerta, quizá notará
algo, sin embargo: una silenciosa libertad, una tranquila seguridad, en sentido
y orientación, una alegría, a pesar de todas las preocupaciones y
dificultades... El
Santo en nuestro mundo Si
parece cierto lo que digo — y les ruego a ustedes, los que me oyen, que se
penetren de ello y lo examinen— , entonces se hace visible aquí una imagen del
Santo que es muy afín al sentir de nuestra época. Pues esta época siente
desconfianza respecto a las personalidades extraordinarias y las hazañas
desmesuradas; a pesar de la excitación y agitación que hay en todas partes. Más
aún, quizá precisamente por todo esto: porque las personas más honradas y
auténticas notan qué mortal tontería hay en todo esto. Se me ocurren dos
ejemplos que quizá aclararán mejor lo que quiero decir. Al
final de la Primera Guerra Mundial surgió el concepto del "Soldado
Desconocido". Antes se había hablado del gran jefe militar, o del
realizador de hazañas famosas. Parece que éstos dejan de ser interesantes; en
cambio, adquiere importancia el que ama su tierra, el que conoce sus deberes y
los realiza, donde está, con silencio y decisión... Otra cosa análoga: desde
hace algún tiempo se ve que las tareas científicas, técnicas, sociales y otras
muchas, se hacen tan grandes que un solo individuo no puede ya dominarlas. Así,
en lugar de la personalidad descollante, aparece el equipo, el grupo de
trabajo. Cada cual trabaja en su sitio, pero con la responsabilidad por la
causa común. Cada cual sabe que por esa causa puede confiarse a los demás; lo
mismo que él, obviamente, está al lado de cada uno de los demás... Ambos
fenómenos indican el mismo carácter espiritual, el mismo matiz anímico. Lo
extraordinario retrocede; lo individual se vuelve invisible; en cambio, con eso
hay en cada cual una sensibilidad viva por la cosa de que se trate, y con ello
cada cual adquiere una nueva importancia. Quizá no esté descaminado compararlo
—naturalmente, en otro plano— con lo que acabamos de decir sobre la imagen del
santo. Éste ya no se caracterizaría por una forma de existencia que se saliera
del resto de la vida. Más bien actuaría en lo invisible, haciendo lo que en
cada ocasión es justo y adecuado; pero con una pureza de intención que cada vez
se une más con el amor de Dios; desprendiéndose más perfectamente del egoísmo y
la complacencia en sí mismo, y adquiriendo así una libertad que ya no tiene
nada que ver con la originalidad y genialidad, sino que se realiza por completo
en el núcleo de la persona. Es
seguro que cada hombre tiene su tarea en el conjunto de la historia, conducida
por Dios en el mundo. Pero hay muchas tareas que aguardan a uno solo, que se ha
puesto totalmente a la disposición de Dios. De tales tareas, hay muchas y muy
apremiantes. Pensemos, por ejemplo, en el poder que ha alcanzado el hombre
actual sobre la Naturaleza, pero sin haber crecido más él mismo; o en el modo
como el individuo es absorbido por el Estado y la sociedad. Sin embargo, de eso
no podemos seguir hablando ahora; queremos llamar la atención sobre otra cosa
decisiva, a saber, la cuestión de la fe. ¿Puede
creer hoy todavía un hombre honrado? ¿Y no sólo todavía, sino con plena
responsabilidad? ¿Y qué aspecto tiene esa fe? En la Primera Epístola de san
Juan se encuentra la frase: «Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo
es nuestra fe» (5, 4). El mundo ejerce su poder sobre el hombre de mil maneras
exteriores, pero también interiormente. Actúa sobre los supuestos previos de su
pensamiento; sobre las medidas de su juicio de valores; sobre su sentir
respecto a lo que es real y esencial. Por todas partes irrumpe en él y trata de
llenarlo por completo. En el caso de que ocurra así, ya no puede seguir
creyendo. Por tanto, debe vencer esa fuerza del mundo; su corazón y su espíritu
deben liberarse de él; obtener distancia respecto a él. La
tarea siempre ha estado planteada, pero en diversas épocas ha tomado caracteres
diversos. Daría lugar a muchas conclusiones observar cómo se presentaba en la
Antigüedad, cuando el mundo estaba determinado por el mito; cómo en la Edad
Media, cuando hubo que dar forma al caos de la emigración de pueblos; cómo en
la Edad Moderna, cuando la gran entrega del hombre concreto a Dios quedó
contrapuesta a la liberación del individuo de sus cadenas. En cada ocasión tuvo
lugar esa victoria. A partir de una comprensión abierta en el corazón y el
espíritu, a partir de la más íntima decisión de la persona, adquirió una nueva
forma, la relación entre el hombre dispuesto a la fe, y el mundo. Es
tiempo de que esto vuelva a ocurrir, de que otra vez el mundo sea vencido, para
que pueda haber viva fe. No todavía, de tal modo que algunos individuos, que
por su manera de ser pertenecieran a épocas superadas, sean capaces de algo que
la generalidad de los hombres ya no puede hacer. Tampoco en sentido de que la
fe cierre los ojos a la realidad del mundo y lleve una vida artificial en un
territorio separado. Pero tampoco en el modo de un paradojismo desesperado que
supiera muy bien que no hay caminos hacia Dios de que se pueda responder, pero
que se lanzara hacia Dios en decisión irracional. Todo esto son asuntos a
extinguir. Es tiempo de que se vuelvan a abrir los ojos para la verdad. El
mundo se cierra cada vez más sin dejar agujeros. Cada vez se cimenta más
decididamente el mundo en el sentir de la época como lo uno y lo único; como
Naturaleza, dada sin más, y como Cultura, dueña de sí misma. Por eso el hombre
debe volver a poner en su mirada el mundo, como por primera vez, partiendo de
su origen interior. Debe aprender a leer otra vez sus formas y relaciones. Debe
ver — no sólo pensar, no sólo afirmar, sino ver con los ojos— que el mundo no
es sólo Naturaleza, sino obra de Dios; no una totalidad saciada en sí misma,
sino palabra que habla de lo auténtico; y que el hombre no está encerrado en
él, sino que puede salir en libertad. Ciertamente, no como si descubriera de
algún modo un agujero en el conjunto, o abriera una ventana en la pared, sino
en cuanto que ve que el mundo es el rostro por el cual mira Dios; y a la luz de
esa mirada puede el hombre lanzar su mirada hacia la libertad de Dios. Pero en
la apertura que así se produce, encontrarán sitio mucho más fácilmente las
palabras de Dios y la figura de Cristo. Lo
que debe ocurrir ahí no es nada ruidoso, nada que produzca sensación. Más bien
son cosas silenciosas, suaves; pero cosas que lo transforman todo. Sin embargo,
sólo pueden suceder en el corazón y en el espíritu de aquel que se ponga a la
disposición de Dios. Esto
sería una tarea cuya resolución aguardamos sobre todo del santo, al lado de los
demás, que nos enseñe qué aspecto tiene hoy el amor, que es más fuerte que el
poder. A
partir de aquí pueden también volver a acontecer milagros. Se dice que ya no
los hay. Extraña afirmación, cuando al mismo tiempo, sin embargo, se creen los
más curiosos milagros con una beatitud de confianza realmente estremecedora:
charlatanería pública, milagrera, en todas las formas imaginables, médica, o
social y cultural; o secreta, embustera, escondida en programas políticos y
técnicos. El
verdadero sentido del milagro es que el Dios vivo se haga evidente en la
realidad de la existencia. Su forma es diversa, cada vez según la época. El
milagro que aguardamos consiste en que se disuelva la opresión sorda y pesada
del mundo, de la que no parece haber salida, al hacerse capaces nuestros ojos
de ver lo que es, y que nuestro corazón se penetre de cómo van las cosas en
verdad. Santidad
y estado secular La
imagen del santo de que hemos hablado, que se repliega a lo invisible, pero al
mismo tiempo se hace cada vez más intensa, parece tener también una relación
especial con el deber del seglar, cuya posición en la Iglesia, en efecto, es
objeto de un problema que cada vez se hace más apremiante. La
realización de aquella imagen del santo, considerada por nosotros en segundo
lugar, presuponía, por lo regular, una atmósfera favorecedora de lo
extraordinario. Pero tal atmósfera ya no existe para el creyente que vive
trabajando en el mundo. Este creyente vive en un ambiente organizado según
normas en serie; trabaja en laboratorios, fábricas, cargos oficiales, que
funcionan con maneras de proceder calculadas y planeadas. ¿Podría realizar ahí
una norma de vida religiosa, que se expresara en experiencias y realizaciones
religiosas extraordinarias? Con eso se volvería tan extraño que él mismo
llegaría a no tener sentido. O tendría que decirse que lo que se llama santidad
no está hecho para él, sino que está reservado a los que viven en un terreno de
algún modo reservado y preparado. Pero ¿qué ocurriría entonces con la
amonestación cíe Cristo: «sed perfectos, igual que es perfecto vuestro Padre
celestial» (Mt 5, 48), que abre para todos, evidentemente, una posibilidad? Es
un problema difícil que se ha percibido hace ya tiempo y que entra en la raíz
de la vida cristiana. Pero hay una idea que puede servir para seguir adelante:
la idea de -, la responsabilidad del seglar por el mundo. Ya
en el transcurso de la Edad Media, pero sobre todo en la Edad Moderna, ha
ocurrido algo lleno de consecuencias. La vida espiritual ha dejado de ser sin
más la relación del cristiano con Dios; la ordenación, donación de sentido y
aclaramiento de la existencia, que proceden de Dios. Ha tomado una suerte de
carácter de especialidad, ha formado una teoría artística del
perfeccionamiento, y con eso se ha aproximado cada vez más a un determinado
estado, el monástico. Por su parte, el mundo ha perdido su carácter religioso.
Se ha olvidado que, sin embargo, en cuanto tal mundo es un hecho religioso, o
sea, Creación, lleno de la idea de Dios, y en la cual el hombre cumple una obra
que Dios le ha encargado. Mejor dicho: es cierto que se sabe, porque está en el
primer artículo de la fe; pero eso ya no es operante. La Creación, en la
conciencia de la generalidad de las personas — con mucho, también de los
cristianos— se ha vuelto mero mundo mundano; Naturaleza neutral y Cultura
autónoma. Ahora
queda a un lado un mundo desprendido de Dios: presentado como programa en el
liberalismo y el positivismo; realizado con la fuerza de los estados
totalitarios; pero operante también como peligro y declive en la conciencia
cristiana. Al otro lado, en cambio, está una piedad ajena al mundo, que ha
perdido su contenido terreno, y que se ha vuelto, en muchos sentidos, mera
piedad, moviéndose en un dominio separado, y ostentando un peculiar carácter
ineficaz de fantasma. Pero
con esta piedad se ha olvidado que el mundo no es sólo objeto de cumplimiento
de obligaciones y campo para la lucha contra el mal, sino tarea propuesta como
tal por Dios al hombre. En
la más inmediata unión con el relato de la Creación — y esto a su vez
significa, con la doctrina de la esencia del ser— el Génesis habla del Paraíso.
No era, como lo ha hecho el descreimiento, un mítico reino original, o un país
de leyenda, puesto que Dios se lo había dado, en poder y responsabilidad, al
hombre ligado a Él. Y este hombre mismo no era un niño juguetón, sino un ser
poderoso, libre, responsable y lleno de fuerza, sin confusión. En esta relación
irrumpió la rebelión y destrozó el Paraíso. Pero no por eso se convirtió el
mundo en tierra de nadie, ni tampoco en reino del mal, sin más, sino que siguió
siendo propiedad de Dios, y el hombre siguió siendo responsable de él, como
antes. Bien
es verdad que se tenía que defender de la terrible capacidad para el mal que su
pecado había dado al mundo; y luchar con el destrozo que él mismo había
producido en toda relación con las cosas. Pero siempre siguen residiendo en el
mundo las ideas creativas de Dios. Por tanto, aunque a menudo sea difícil
reconocerlo, hay en él algo justo que se puede hacer; y la tarea consiste
siempre en hacerlo. La
obra de Dios, el mundo, está confiada al hombre. Éste debe cuidarse de que vaya
de manera justa, en la medida y el modo que es posible después de trastorno de
la culpa; cada hombre donde está, según su vocación y sus fuerzas. Esta tarea
no es meramente mundana, desplegándose al lado de las tareas religiosas, sino
que es religiosa en si y en cuanto tal, no cristiana, y en definitiva sólo
puede ser cumplida en obediencia ante el encargo. Pensamos
demasiado poco en esa tarea. Demasiado poco se nos presenta el mundo en nuestra
conciencia como la obra creada por Dios, que Él ama — véase la frase, repetida
cinco veces, en el relato de la Creación: «y vio Dios que estaba bien» (Gn 1),
obra buena para Él— y que nos está encomendada. Se distinguen demasiado poco
las cosas al hablar del mundo como el reino del mal y del poder de la
seducción. La
consecuencia ha sido que el mundo ha caído en manos de la incredulidad, y esta
palabra no se refiere sólo a aquellos que rechazan la fe en Dios y en su
juicio, sino también a aquellos que, si bien creen religiosamente, no realizan
sus acciones a partir de la responsabilidad de esa fe, sino sólo por habilidad
en los asuntos o por ventaja personal. El
mundo de vida y trabajo del hombre y, a través de él, la tierra como idea y
construcción de Dios, están en un peligro cuyo apremio sólo puede ser
desconocido por una irreflexiva fe en el progreso; de ello he intentado hablar
con más detalle en mi libro El ocaso de la Edad Moderna. El hombre, tal como
hoy vive, piensa y actúa, no ha llegado a creer, sin embargo, a la altura de
este peligro. El mundo debe entrar en una responsabilidad más profunda, la de
la fe. .Con ello, ciertamente, no se le ha de rebajar nada a la creciente
seriedad, nacida de la inmediata ética de su profesión, del científico, del
ingeniero, del artista, del político; pero no basta. Le falta la distancia, el
orden, la libertad, que hacen falta para dominar el caos cultural. Así que es
hora de que el cristiano se acuerde de su obligación y asuma el mundo en su
conciencia. Aquí reside el deber del seglar. A
comienzos de este siglo entró en circulación un concepto que parecía apropiado
para superar la separación que demos descrito. Invocaba la Primera Epístola de
san Pedro (2,5-9), donde se habla de un santo sacerdocio, que está en la
Cristiandad en cuanto tal. Así, se habló mucho del sacerdocio de los seglares;
pero esto produjo poco de bueno y mucha confusión. Ya
hubiera debido poner sobre aviso el hecho de que esta idea tuviera un papel tan
escaso en el Nuevo Testamento; mejor dicho, considerándolo en conjunto, ningún
papel. La cita de esta Epístola no se puede comprender sin remitirse al
contexto del Antiguo Testamento, y no tiene nada que ver con problemas
modernos. El
fundamento de toda forma de vida clara y toda tarea de trabajo, debe ser la
verdad. El seglar no es sacerdote, ni aun en sentido debilitado o simbólico. Su
tarea y su responsabilidad no tienen nada que ver con la sacerdotal, ni pueden
deducirse de ésta. Más bien brotan de fuente propia, y precisamente de ese
encargo divino de que habla el segundo capítulo del Génesis. Primero está el
relato de la Creación, en que Dios aparece como el soberano, que concibe y
realiza la plenitud esencial del mundo, en poder y dominio absolutos; que crea
todo lo bueno y sólo lo bueno; y que luego entrega su obra, en la forma del
Paraíso, a la responsabilidad del hombre, para que la «labrase y cuidase» (2,
15). El
Paraíso — como ya se ha dicho— no es ningún país de leyenda. Es el mundo real,
pero asumido en la relación de gracia que Dios ha concedido al hombre. A éste
lo ha hecho el Señor del mundo; pero su señorío debe ser servicio respecto al
verdadero y auténtico Señor. Así se cumple en la medida en que el hombre cumple
el servicio con pureza; pues la verdadera soberanía no es violencia, sino
verdad. Ésta consiste en que se vea la esencia de las cosas y se le haga
justicia; pero el carácter de las cosas en que se cimenta todo lo demás es que
no son Naturaleza, sino Creación. Sólo cuando se ven, se entienden y se aceptan
corno tales, se abren ellas y obedecen. El
hombre se rebeló contra la relación fundamental, según la cual solamente Dios
es Dios y Señor esencial, y él en cambio está creado, y por tanto es sólo señor
por la gracia — puede verse mejor en el relato de Génesis 3, que a cada ve/,
nos vuelve a desvelar nuestra esencia—. El Paraíso se desplomó. En la relación
del hombre con las cosas irrumpió la culpa, confundió la mirada para la verdad,
e hizo insegura la soberanía. También sobre esto el relato dice todo lo que es
menester a quien lo lea adecuadamente. A pesar de ello, la verdad del ser
persiste, y la Redención lo ha elevado todo a una nueva posibilidad. La tarea
del seglar creyente es entender, según la Redención, la existencia trastornada,
conformada como obra, ordenarla como espacio vital y con ello, a pesar de todos
los fracasos, volverla a poner en marcha siempre como por primera vez. En lugar
del señorío de antaño, establecido a partir de la verdad de las cosas, ha
venido la trágica lucha por el orden en una existencia rebelada. Aquí tiene
ahora que guardarse. La
medida para la consecución de esta tarea reside, ante todo, en las mismas
realizaciones en el mundo, en cada ocasión. El que actúa no debe solamente
tener buena intención, ser honrado y fiel a la obligación, sino que debe
realizar las cosas como hace falta, esto es, como lo exige la voluntad de Dios
que se expresa en cada cosa y situación, o sea: como Dios manda. El
otro aspecto de esta medida es la pureza de la intención y la intensidad del
espíritu con que el cristiano reconoce la voluntad de Dios presente en las
cosas, y las cumple. La corrección objetiva, que reside en la esencia de la
tarea en el mundo, en cada ocasión, debe ser asumida en la propia intención
religiosa, y convertirse, por decirlo así, en materia para el amor a Dios. De
este modo el mundo vuelve a entrar en su voluntad. Deja de ser mundo profano,
como había llegado a ser en la Edad Moderna, Naturaleza anónima de que
cualquiera puede disponer, y Cultura autónoma, en que el hombre se pone a sí
mismo como creador. Pero, recíprocamente, la piedad adquiere una seriedad que
viene de las cosas mismas, y que le quita ese carácter peculiar de especialidad
espiritual aparte, que tiene no pocas veces. El
Santo de lo extraordinario como constante correctivo Queda
claro, desde luego, que en todo esto hay también peligros. Lo que hemos
señalado aquí es un tipo de vida religiosa, que, como todo tipo, puede ser
vuelto hacia lo adecuado y lo inadecuado. Pues la intención determinante
también puede ser vaga, incluso poco honrada. El cumplimiento de las exigencias
objetivas como forma de realización del amor a Dios, puede falsearse en una
especie de ética cristiana de la eficacia. Se trataría entonces, en realidad,
del cumplimiento de la exigencia de la situación dada; la idea del amor, por el
contrario, se reduciría a un motivo que la garantizara. Aún
más hondo llegaría la desviación si la responsabilidad por el mundo degenerara
en un optimismo de la realización y el progreso, pero olvidando en esto lo que
forma el fundamento de la concepción cristiana de la existencia: que la
primitiva rebelión contra Dios ha producido en el hombre un trastorno que
impide el optimismo; una verdad que encuentra su expresión última en el destino
de Cristo, en la Cruz. Entonces, todo resbalaría a un naturalismo de
preocupación por el mundo y de eficacia. Con
una entrega muy intensa a las tareas del mundo puede también olvidarse lo que
significa el desprendimiento de la ligazón al mundo. Véase la amonestación de
san Pablo: "El tiempo es corto. Por tanto, los que tienen mujer, vivan
como si no la tuviesen. Los que lloran, como si no llorasen. Los que están
alegres, como si no lo estuviesen. Los que compran, como si no poseyeran"
(1 Co 7, 29-30), y la de san Juan, aún más urgente: "No améis al mundo ni
lo que hay en el mundo. Si alguien ama el mundo, el amor del Padre no está en
él. Puesto que todo lo que hay en el mundo, la concupiscencia de la carne, la
concupiscencia de los ojos, la jactancia de la riqueza, no viene del Padre,
sino del mundo. El mundo y sus concupiscencias pasan; pero quien cumple la
voluntad de Dios" permanece para siempre" (Un 2,15-17). Es verdad.
Pero expresa sólo la posibilidad negativa de una puesta en juego que en sí se
ha de realizar adecuada y positivamente. Aquí
vuelve a estar claro lo que siempre se ha dicho de la importancia permanente de
la segunda imagen de la santidad: el hombre que todo lo sacrifica por el amor
de Dios, que a todo se atreve, que entra en toda soledad y todo dolor, se
convierte en correctivo que recuerda continuamente las posibilidades negativas
contenidas en la tercera imagen. Con ello se acentúa algo que pertenece al
orden de la vida cristiana. El núcleo de la imagen de la santidad determinada
por lo extraordinario, reside en el cumplimiento del consejo evangélico. La
renuncia a la propiedad, a la determinación de sí mismo y a la plenitud sexual,
en obsequio a la plena libertad para Dios. Pero precisamente por el hecho de
que haya individuos que cumplen esa renuncia, se vuelve siempre a demostrar que
los valores mundanos también pueden ser realizados del modo adecuado, como
adecuada relación con la propiedad, con la libertad y con la vida de comunidad.
Esto también se aplica aquí. La
imagen de la santidad de lo extraordinario permanecerá siempre en vigencia y
velará para que la imagen de la santidad de lo invisible no caiga en las
falsificaciones que la amenazan. Dirá al cristiano que la obligación de
realizar una justa ordenación de la propiedad, una independencia con sentido,
una relación sexual conforme a su naturaleza, y a partir de ahí, todas las
demás exigencias de una cultura adecuada, en definitiva sólo pueden alcanzarse
por la misma intención y las mismas fuerzas por las que han vivido las grandes
figuras de la renuncia y del sacrificio de sí mismos. _________________ *
Traducción de José María Valverde. La
crisis de la fe Extraído
de La vida de la fe (Das Leben des glaubens) Romano
Guardini Hemos
iniciado nuestras meditaciones con el problema del despertar de la fe. Pero tal
estudio no va nunca más allá de cierto límite: el origen de todo lo que vive
continúa siendo impenetrable. Si se preguntase a un creyente capaz de conocerse
a sí mismo: "En realidad, ¿por qué crees?", probablemente comenzaría
por responder: "Porque esa verdad me convence... Porque tal o cual valor
me ha conquistado... Porque allí veo las posibilidades de una suprema finalidad
religiosa y humana..." Luego, sin duda agregará: "Pero todo eso no
constituye todavía mi motivo supremo; en definitiva, creo porque Cristo es
realmente". O dicho de otra manera: "Creo porque creo". Volverse
creyente es, en efecto, un comienzo. Esto no se deduce de antecedentes
psicológicos o intelectuales. Ciertamente, siempre es posible alegar razones,
encontrar explicaciones y hasta concretar pruebas; es posible descubrir
relaciones- de orden psicológico, recurrir a acontecimientos vividos; pero,
subsiste el hecho de que la fe propiamente dicha es un comienzo de orden
existencial y, como tal, no se podría deducirlo de nada. No hay ninguna
analogía con el acto del razonador que de ciertas premisas extrae la conclusión
final. Esto se asemeja más bien al despertar después de una noche de sueño, o
mejor todavía, a la criatura cuando sale del seno materno para empezar su
propia existencia. La fe aparece, abre los ojos, nace cualquiera sea la
expresión elegida para designar el hecho de que existe un verdadero comienzo.
En consecuencia, todas las tentativas para ceñirla a causas lógicas o morales
fracasan necesariamente. A los ojos del logístico puro, el acto de convertirse
en creyente es un círculo: su fuente está en sí mismo. Pero ese
"círculo", es decir, el renunciamiento a toda deducción lógica, es
justamente la imagen que corresponde a ese puro comienzo. Detrás
de esa oscuridad impenetrable que envuelve el comienzo de la fe se oculta un
misterio más profundo: la fe es obra de Dios. Todos esos esfuerzos del
pensamiento, esos episodios de la sensibilidad, esas emociones causadas por los
valores religiosos, esos encuentros con los santos son los materiales con los
cuales el verdadero artesano, Dios, realiza su obra. Volverse creyente es
efecto de una acción divina que nos conmueve, nos transforma, nos ilumina, nos
atrae, dejándonos envueltos en el misterio de la gracia. Hasta allí no penetra
ningún análisis psicológico ni razonamiento lógico alguno. Pero
la fe tiene igualmente un lado humano: nace y se desenvuelve siguiendo ciertas
leyes. Es, pues, perfectamente legítimo plantear el problema de la experiencia
de la fe, que presentamos ya a propósito de su génesis. No
obstante, para evitar que la fe se disuelva en una vaga religiosidad, hemos
ligado el acto de fe con su contenido, y hemos visto su interdependencia
absoluta. La fe es un acto que responde a la realidad precisa de Dios, lo que
no significa que por tal circunstancia se sustraiga a las leyes y a las
estructuras generales de toda actitud religiosa; pero la ciencia de las
religiones ha insistido demasiado en ello queriendo reducir la fe cristiana al
sentimiento religioso. Lo que a nosotros nos importa es su naturaleza, y ésta
sólo se comprende en función de su contenido; de ahí que hayamos fijado ésta
cuidadosamente. Sigamos, pues, nuestra búsqueda y examinemos lo que sucede
después del despertar de la fe. En
el fondo, se trata de una historia. Pues la fe tiene historia. En su despertar,
no es firme ni acabada; es vida, y todo lo que es vida es porvenir. En su
evolución, la fe atraviesa, pues, por diversas fases: altos y bajos, períodos
de crisis y períodos de desenvolvimiento tranquilo; el devenir de la fe pasa
por etapas variadas. Su historia abarca al hombre por entero, en su
singularidad, su fuerza y sus debilidades, en su temperamento, sus experiencias
y su ambiente: Como toda historia, la historia de la fe se pierde en la
oscuridad impenetrable del destino. Pero tiene, lo mismo que cualquier otra,
ciertas constancias que vamos a subrayar, pues nos ayudarán a encontrarnos en
la diversidad de la vida sin que tengamos que circunscribirnos a su brote
original. Esta
tipología de la historia de la fe es muy variada y puede estudiársela partiendo
de los puntos de vista más diversos. Veamos si existen crisis típicas de la fe. Las
hay, ciertamente y de muy variadas especies. Algunas de ellas provienen de un
cambio de medio; otras, de graves acontecimientos humanos, como ser: la ruptura
de vínculos afectivos, la felicidad o la desgracia, las enfermedades físicas o
morales, etc. Vamos a examinar, pues, las crisis provocadas por algunas de esas
situaciones decisivas que cambian el curso de toda vida humana. Se
ha dicho con razón que la infancia está protegida como por una envoltura. La
solicitud de los padres y de los educadores y, en general, la atención
espontánea de todo adulto, tienen por finalidad rodear al niño de una atmósfera
protectora para que pueda crecer sin peligros, rodeado sólo de fuerzas
benéficas. Sin embarre, la solicitud del adulto no bastaría por sí sola para
crear y sostener una atmósfera tal: hace falta la cooperación activa del propio
niño. Es el mismo niño el que crea esa protección, siguiendo las leyes de su
propia evolución. La manera como percibe la realidad (más allá de un límite muy
cercano no ve las cosas o bien las ve como algo vago), el hábito de relacionar
los objetos y los acontecimientos con su propia vida, de animarlos y de
transfigurarlos, todo eso forma en torno suyo un ambiente protector. Lo
interior y lo exterior, la realidad y la leyenda, el mundo y la fe se confunden
y entremezclan. Y todo presenta al niño un aspecto familiar y amable, todo se
muestra pronto para ayudarlo. Por
cierto que no siempre todo ocurre de esta manera. A los ojos de muchos niños el
mundo se presenta tempranamente lleno de rozamientos y de tensiones. Para
algunos, no existe nunca armonía en ese universo de la infancia en el cual
ellos deberían sentirse realmente protegidos. Para todos hay contrariedades:
sufrimiento, vago malestar, nostalgia inconsciente. No obstante, las bases de
la existencia infantil establecen un ambiente limitado y protector, donde las
realidades se entremezclan armoniosamente y donde se confunden esta vida y la
de más allá, la realidad y los sueños, el alma, el cuerpo y la materia. Este
estado espiritual determina la fe en el niño. Sean las que fueren las
diferencias que puedan observarse entre éstos, su fe tiene una seguridad hecha
de confianza. Sin duda, por todas partes hay problemas prontos a surgir, pero
están todavía velados, en suspenso. Llegan
más tarde los años de la adolescencia. Sordamente al principio, luego con
fuerza y precisión crecientes, se despierta en el joven el ímpetu de vida, lo
impulsa hacia el otro sexo, lo hace buscar el mundo en toda su plenitud al par
que busca su propia tarea y el desenvolvimiento de su personalidad. Ese
impulso puede ser descripto de varias maneras. Desde nuestro punto de vista, lo
importante es que se abre sobre el infinito, incitándonos a superarnos, a
expandirnos, a captar el mundo en su plenitud para identificarnos con él en su
integridad. En un solo golpe el adolescente quiere poseerse a sí mismo,
encontrar en sí mismo su equilibrio, oponiéndose a todo lo que lo ata y lo
limita. Su voluntad choca entonces con cuanto constituye el mundo esencial del
niño. Y precisamente sus características, su horizonte limitado, su protección
amistosa y el afecto con que se le rodea, le son insoportables. Se siente a
disgusto encerrado estrechamente en sus conceptos antiguos, en sus símbolos, en
las normas que le fueron inculcadas; tiene que hacerlas añicos o desecharlas. Lo
mismo sucede con la vida de la fe. Todo lo que hasta entonces era valedero: las
formas religiosas, las reglas, las razones que nos guían, son consideradas como
cosa pueril, insignificante, inocente, molesta; el comportamiento religioso
entra en un período de crisis que presenta los síntomas más diversos: el joven
critica con aires de suficiencia, rechaza la moral de sus mayores, se siente en
contradicción con la generación anterior, choca con todo lo que signifique
autoridad; impacientemente se opone a la manera de vivir de los que le
precedieron, etc. Pero lo esencial en este asunto es el sacudimiento interior
de esa vida que busca espacio y expresión para una realidad naciente. Poco
importa el detalle de cómo se desata la crisis; es tal vez que se profundizan
las convicciones filosóficas o se descubren valores morales y religiosos más
satisfactorios; o bien se han establecido contactos humanos, se han encontrado
modelos, o anudado amistades que conducen a una nueva actitud -de fe; en todos
los casos, una vez dominada la crisis se concluye en una nueva forma esencial
de fe; al parecer siempre acontece así: el joven encuentra en la realidad
cristiana un campo apropiado para la inmensidad de este impulso vital que
surge, encontrando que en la fe un hombre libre, creador puede sentirse cómodo.
Comprende que la substancia de la fe no se identifica con esas expresiones
infantiles; se desembaraza de ellas y descubre otras nuevas, más rigurosas y
que se adaptan con más flexibilidad a su fe actual. Al
llegar a esa etapa, la fe se desarrolla magníficamente; puede clasificársela
entonces como idealista y entusiasta. El ansia de lo infinito, la sed de
libertad y la voluntad creadora marchan a la par con la voluntad cristiana. Esa
fe es audaz, amplia y segura de sí misma; muestra una elevación de espíritu
extraordinaria, un coraje que la hace capaz de realizar las hazañas más
grandes, una severa y noble intolerancia. Cuando la vida transcurre sin haber
pasado por una etapa semejante, parece que le falta algo esencial. Este
impulso va en aumento; dura un tiempo más o menos largo, según las
circunstancias y la fuerza interior, para a su vez entrar en un período de
crisis. Ese
tipo de fe —como todas las reacciones de los jóvenes— asume el sentido de la
dimensión del mundo: tiene la fuerza del don total a ese infinito. Se pone en
la empresa el pensamiento, la imaginación, la magnanimidad del corazón. No se
ve todavía la realidad tal cual es, ni las verdaderas condiciones humanas ni
las asperezas de la existencia; el espíritu y el corazón, inclinados a
idealizar, las han transformado, las han estilizado, o simplemente las ignoran.
De la misma manera, la voluntad apasionada, que creía poder descubrir el "yo"
por medio del ejercicio de la libertad, no lo ha podido asir en su verdadera
realidad; ha tenido que crear un "yo" según sus sueños, donde hace
intervenir a la libertad transfigurada. Una existencia tal se desenvuelve, por
así decirlo, entre el impulso del espíritu y del corazón por un lado y un mundo
ideal por el otro. Pero todavía no emerge la realidad concreta que existe entre
ambos. Y en la medida en que la vida progresa, el impulso va perdiendo
dinamismo; el arco de la vida se distiende y el poder de idealización
disminuye. Al mismo tiempo, con mayor relieve se dibuja la realidad: las cosas
tales como son, los hombres, las instituciones, las situaciones, sin olvidar la
realidad del mismo "yo". Los fracasos y las decepciones se acumulan. Los
riesgos que opone la existencia a las seguridades confiadas y audaces de un
idealismo tal, se vuelven cada vez más numerosos. Ante ello, una nueva crisis
se vislumbra; la confianza decae. Cada vez se hace más difícil no ver el lado
negativo de las cosas, más difícil confundir la intensidad del deseo con los
resultados realmente obtenidos. De más en más se va comprobando cuan opaca y
estática es la existencia, y cuan impotentes son frente a ella, la idea pura y
los grandes movimientos del corazón. Se aprende lo que es "la
realidad" y cómo, asentada en sus bases propias, se opone y no cede a
nuestra vida afectiva. El
peligro que entonces amenaza es el de la desilusión: el peligro de sucumbir a
la impresión de que la realidad es más fuerte que la idea; de que las circunstancias
son más duras que el espíritu; de que el egoísmo, la estrechez, la mezquindad,
la bajeza y la vulgaridad de la existencia son más poderosas que la
magnanimidad del corazón. Entonces, el hombre que persigue un fin noble
experimenta la humillación de pasar por un visionario. El que pronto será un
adulto, se avergüenza de lo que todavía conserva de sus años de adolescencia;
la que pronto se convertirá en mujer, se sonroja de lo que le queda todavía de
su mentalidad de jovencita. El peligro del escepticismo amenaza, reforzado por
el deseo de pasar por un verdadero adulto, es decir, por un desencantado. No
es necesario profundizar mucho para darse cuenta de que la fe es la primera en
sufrir las consecuencias de esta crisis. La fe idealista se esfuma. Ella misma
siente que ambiciona demasiado, que, sentimental y exaltada, es extraña al
mundo. Después,
y de muy distintos modos, puede sobrevenir un cambio. El joven reflexiona ya
con más tranquilidad, domina sus nervios, tiene más espíritu crítico en sus relaciones
con los otros hombres; va adquiriendo experiencia en su oficio, se siente más
seguro en la vida pública, etc.... También la fe puede recuperarse de muy
distintos modos. Si ahondando se llegó realmente hasta ella, una vez alcanzada
una cierta madurez se acepta la realidad tal cual es, sin capitular para nada
ante ésta, sino, por el contrario, afianzándose en la fe. Esta fe sostiene su
independencia frente al mundo. Se afirma de más en más en su propio suelo y
puede oponer a la existencia una actitud que en un principio no cuenta; pero
desembarazándose de toda oposición o decepción que le llega de la realidad, se
enfrenta con ésta en un: "Sin embargo..." Se llega, incluso, a
experimentar un sentimiento profundo, mezcla de satisfacción y de irritación,
al verificar que el mundo está mal hecho, que en todas partes hay lucha y que
hasta la vida de la fe es un combate. Todo
esto podemos compendiarlo diciendo que la fe adquiere carácter. En efecto,
tener carácter significa sostener la propia convicción frente a la realidad. La
fidelidad, la disciplina, la perseverancia, todo entra en la fe: la lucha tenaz
con la realidad, el mantenimiento de una posición hasta cuando se está lejos de
vislumbrar un éxito en un futuro más o menos cercano. Tal
es la fe de un ser que ha llegado a su mayoridad, del hombre o la mujer que,
sin ilusiones, viven de fidelidad. Tal
vez la evolución continuó. Lo propio de la actitud del creyente de la cual
hablábamos, consistía sobre todo en la dureza con que abordaba la realidad y en
una especie de firmeza en su decisión de mantener la lucha. Si la fe se
desenvuelve todavía, llega un momento en que el creyente considera esa fe como
la realidad más sólidamente afianzada y más segura de vencer. Puede, pues, con
ella, defenderse de los embates del mundo y obtener esa victoria de la que San
Juan dice: "Nuestra fe: he ahí la victoria que domina al mundo". En
la medida en que el hombre persevera y avanza en la vida, la realidad objetiva
asume un carácter de relatividad, perdiendo en peso, en densidad y en fuerza.
Para nada entra en ello el impulso vital del creyente, ni su sed de infinito,
ni el poder transformador del amor. Pero el hombre que envejece va adquiriendo
conciencia de lo eterno. Como se agita menos, puede oír mejor las voces que le
llegan del más allá. Al sentir más próxima a la eternidad, la realidad del
tiempo empalidece. El creyente puede entonces disminuir la tensión con la cual
se aferraba sin cesar a la realidad de su fe. No tiene ya necesidad de
irritarse ante la carga de la existencia; de nuevo todo se arregla; no por arte
de magia sino a través de las fisuras de las contradicciones que desgarran al
mundo, un sentido más elevado empieza a despuntar. La existencia se torna
transparente y un nuevo acuerdo se prepara. La
fe toma así nueva forma: es la fe del anciano, que, transfigurada ya por la luz
de la eternidad, se vuelve venerable. El
concepto teológico del poder Extraído
de El Poder (Die Macht) * Romano
Guardini I Para
tener, pues, un conocimiento más profundo del poder resulta importante conocer
lo que la Revelación nos dice acerca de su esencia. Lo
fundamental se encuentra dicho ya al comienzo del Antiguo Testamento, y está en
conexión con el destino esencial del hombre. Después de haber hablado de la
creación del mundo, se dice en el capítulo primero del Génesis: «Dijese
entonces Dios: 'Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza, para
que domine sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados
y sobre todas las bestias de la tierra y sobre cuantos animales se mueven sobre
ella. Y Creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, y los creó
macho y hembra; y los bendijo Dios, diciéndoles: 'Procread y multiplicaos, y henchid
la tierra; sometedla y dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del
cielo y sobre los ganados, y sobre todo cuanto vive y se mueve sobre la tierra»
(Gn 1,26-28). Y
más tarde, en el segundo relato de la creación, se dice: «Formó Yavé Dios al
hombre del polvo de la tierra, y le inspiró en el rostro aliento de vida, y fue
así el hombre ser animado» (Gn 2,7). En
primer lugar se nos dice, pues, que el hombre posee una naturaleza diferente de
la de todos los demás seres vivos. Al igual que ellos, ha sido creado, pero lo
ha sido de una manera especial: a imagen de Dios. Ha sido formado de la tierra
—del lodo, de donde brota el alimento del hombre—, pero en él vive un soplo del
espíritu, del aliento de Dios. Y por ello está, ciertamente, inserto en el conjunto
de la naturaleza, pero al mismo tiempo posee una relación directa con Dios y
puede, desde ella, enfrentarse a la naturaleza. Puede —y debe— dominarla, de
igual manera que debe multiplicarse y hacer de la tierra la morada de la raza
humana. La
relación del hombre con el mundo se explica con más detalle en el capítulo
segundo, desde la perspectiva ya antes mencionada: el hombre no debe dominar
solamente sobre la naturaleza, sino también sobre sí mismo; no debe tener
fuerza sólo para obrar, sino también para perpetuar su propia vida: «Y se dijo
Yavé Dios: 'No es bueno que el hombre esté solo, voy a hacerle una ayuda
semejante a él'. Y Yavé Dios trajo ante el hombre todos los animales del campo
y cuantas aves del cielo formó de la tierra, para que viese cómo los llamaría y
fuese el nombre de todos los vivientes el que él les diera. Y dio el hombre
nombre a todos los ganados, y a todas las aves del cielo, y a todas las bestias
del campo; pero entre todos ellos no había para el hombre ayuda semejante a él»
(Gn 2, 18-20). El
hombre conoce, pues, que se diferencia esencialmente del animal y que, por
ello, no puede tener una comunidad vital con él ni perpetuar su vida con él. La
Sagrada Escritura prosigue diciendo: «Hizo, pues, Yavé Dios caer sobre el
hombre un profundo sopor; y, dormido, tomó una de sus costillas, cerrando en su
lugar con carne, y de la costilla que del hombre tomara formó Yavé Dios a la
mujer, y se la presentó al hombre. El hombre exclamó: 'Esto sí que es ya hueso
de mis huesos y carne de mi carne'. Esta se llamará varona, porque del varón ha
sido tomada. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre; y se adherirá a
su mujer; y vendrán a ser los dos una sola carne» (Gn 2,21-24). Estos
textos, cuyo eco se expande a lo largo del Antiguo y del Nuevo Testamento, nos
dicen que al hombre se le dio poder tanto sobre la naturaleza como sobre su
propia vida. Y manifiestan, además que este poder constituye para él un derecho
y una obligación: la de dominar. La
semejanza natural del hombre con Dios consiste en este don del poder, en la
capacidad de usarlo y en el dominio que brota de aquí. El destino esencial y la
plenitud de valores de la existencia humana están expresados aquí: ésta es la
respuesta que la Sagrada Escritura nos da a la pregunta acerca del origen del
carácter ontológico del poder, de que antes hablábamos. El hombre no puede ser
hombre y, además, ejercer o dejar de ejercer el poder; le es esencial el hacer
uso de él. El Creador de su existencia le ha destinado a ello. Y nosotros, los
hombres de hoy, hacemos bien en recordar que en el hombre que representa la
evolución de la Edad Moderna —y también en el despliegue en ella realizado del
poder humano—, es decir, en el burgués, actúa una inclinación peligrosa: la
inclinación a ejercer el poder de una manera cada vez más profunda y más
perfecta, tanto científica como técnicamente, pero sin querer reconocer esto
con sinceridad, o bien disimulándolo bajo el pretexto del provecho, del
bienestar, del progreso, etc. De este modo el burgués ha ejercido el dominio
sin desarrollar un ethos propio de él. [1] Por ello ha aparecido un uso del
poder que no está ya determinado esencialmente por la ética, y que encuentra su
expresión más pura en la «sociedad anónima». Únicamente
cuando se han admitido estos hechos adquiere toda su importancia —es decir, su
grandeza y su seriedad— el fenómeno del poder. La seriedad consiste en la
responsabilidad. El poder humano y el dominio proveniente de él tienen sus
raíces en la semejanza del hombre con Dios; por ello el hombre no tiene el
poder como un derecho propio, autónomo, sino como un feudo. El hombre es señor
por la gracia de Dios, y debe ejercer su dominio respondiendo ante Aquél que es
Señor por su propia esencia. El dominio se convierte de este modo en obediencia,
en servicio. En primer lugar, en el sentido de que debe ejercerse de acuerdo
con la verdad de las cosas. Esto nos lo dice aquel pasaje —decisivo para
entender el sentido del segundo relato de la creación— en que se define la
esencia del hombre; la naturaleza del hombre es diferente de la del animal. Por
ello, una comunidad de vida sólo resulta posible con otro hombre y no con el
animal. Así, pues, el dominio no significa que el hombre imponga su voluntad a
lo dado en la naturaleza, sino en que la posea, la configure y transforme por
el conocimiento. Este, por su parte, capta lo que el ser es por sí mismo y lo
expresa en un «nombre», es decir, en la palabra que manifiesta su esencia. El
dominio es, además, obediencia y servicio, en el sentido de que se mueve dentro
de la creación de Dios, y tiene la tarea de desarrollar en el ámbito de la
libertad finita, en la forma de historia y de cultura, lo que Dios con su
libertad absoluta ha creado como naturaleza. Así, pues, el hombre, mediante su
dominio, no debe erigir autónomamente su propio mundo, sino completar el mundo
de Dios, según la voluntad divina, como mundo de la libertad humana. II A
continuación viene el relato de la prueba a que el hombre debe someterse.
Podemos suponer de antemano que tal prueba estará relacionada con el elemento
decisivo de su existencia, es decir, con su poder y el uso que hace de él. Eso
es justamente lo que ocurre, y el profundo sentido de este relato merecería una
interpretación que explicase palabra por palabra. «Tomó,
pues, Yavé Dios al hombre y le puso en el jardín de Edén para que lo cultivase
y guardase, y le dio este mandato: 'De todos los árboles del paraíso puedes
comer, pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comas, porque el
día que de él comieres ciertamente morirías» (Gn 2,15-17). El
sentido de este pasaje aparece con toda claridad en cuanto se eliminan las
usuales interpretaciones de tipo naturalista. Según ellas, el «árbol del
conocimiento del bien y del mal» significa el conocimiento mismo, la libertad
del hombre para distinguir lo verdadero y lo falso, lo justo y lo injusto; es
decir, la mayoría de edad del espíritu, a diferencia de los sueños faltos de
crítica y de la ausencia de independencia personal del niño. Otra
interpretación, cercana a la anterior, dice que el árbol significa la madurez
sexual del hombre: la toma de posesión de sí mismo y del compañero de otro sexo
en la fecundidad. Pero el sentido de tales interpretaciones se encuentra en una
posición tomada de antemano, según la cual el hombre debía hacerse culpable
para alcanzar la mayoría de edad, la capacidad de crítica, la madurez vital, y
convertirse en dueño de sí mismo y de las cosas. Hacer mal constituiría, en
consecuencia, un camino hacia la libertad. Basta con examinar detenidamente el
relato de la Escritura para comprobar que en ninguna parte se habla en él de
tales elementos psicologistas. En ningún lugar aparecen prohibidos el
conocimiento ni tampoco las relaciones sexuales. Por el contrario, se dice
precisamente que el hombre debe conseguir la libertad del conocimiento, el
poder sobre las cosas y la plenitud de la vida. Por su creación, todo esto se
encuentra inserto expresamente, como don y como tarea, en la naturaleza humana.
El hombre debe dominar sobre los animales (que son citados en representación de
todas las cosas de la naturaleza), y para ello tiene que conocerlos. Cuando
llega el momento de la prueba ya lo ha hecho: ha comprendido la esencia de los
animales y la ha expresado en un nombre. ¿Y cómo podrían estar prohibidas las
relaciones sexuales, si se dice expresamente que el varón y la mujer formarán
«una sola carne» y que con su descendencia «llenarán toda la tierra»? Todo
esto significa que el hombre debe conseguir el dominio en su más amplio
sentido, pero permaneciendo sumiso a Dios y ejerciéndolo como un servicio. El
hombre debe convertirse en señor, pero sin dejar de ser imagen de Dios y sin
aspirar a convertirse en el modelo mismo. Lo
que sigue —que constituye el fundamento de toda interpretación de la
existencia— nos muestra cómo es precisamente de aquí de donde arranca la
tentación: «Pero
la serpiente... dijo a la mujer: '¿Conque os ha mandado Dios que no comáis de
los árboles todos del paraíso?' Y respondió la mujer a la serpiente: 'Del fruto
de los árboles del paraíso comemos, pero del fruto del que está en medio del
paraíso nos ha dicho Dios: 'No comáis de él, ni lo toquéis siquiera, no vayáis
a morir'. Y dijo la serpiente a la mujer: 'No, no moriréis; es que sabe Dios
que el día que de él comáis se os abrirán los ojos y seréis como Dios,
conocedores del bien y del mal'. Vio, pues, la mujer que el árbol era bueno
para comerse, hermoso a la vista y deseable para alcanzar por él sabiduría, y
cogió de su fruto y comió, y dio también de él a su marido, que también con
ella comió. Abriéronse los ojos de ambos, y viendo que estaban desnudos
cosieron unas hojas de higuera y se hicieron unos cinturones» (Gn 3,1-7). La
serpiente —símbolo de Satán— le hace al hombre confundir los hechos
fundamentales de su existencia: la diferencia esencial entre el Creador y la
criatura; la relación entre el Modelo y la imagen; la realización humana que se
da en la verdad y la que se da en la usurpación; el dominio en el servicio, y
el que se realiza por voluntad propia. Con ello el puro concepto de Dios es
desplazado al terreno de lo mítico. Cuando se dice que Dios sabe que los
hombres, mediante la acción prohibida, pueden hacerse semejantes a El, se
afirma que Dios tiene miedo y siente su divinidad amenazada por el hombre; se
afirma que está, con respecto a éste, en la misma relación que las divinidades
míticas. Estas proceden de las mismas raíces que el hombre, de la profundidad
originaria de la naturaleza; no son, pues, en último término superiores a él.
Sólo son soberanos de hecho, pero no por esencia. Por ello, al hombre le es
posible destronarlas y convertirse a sí mismo en soberano. Lo único que
necesita es encontrar el camino, y, según las palabras de la tentación, éste
consiste en el conocimiento del bien y del mal. También, pues, este
conocimiento es entendido de manera mítica: como la iniciación, reservada al
soberano del mundo, en el misterio del universo, iniciación que da un poder
mágico y garantiza el dominio. Tan pronto como los hombres lo alcancen tendrán
la misma categoría que el soberano del mundo y podrán destronarlo. Mas las
palabras de Dios no mencionan nada de esto, y la tentación consiste precisamente
en colocar la auténtica relación con Dios bajo esta ambigua luz mítica,
falseándola de este modo. [2] El salir airoso de la prueba ha de consistir en
que los hombres honren a Dios, según la verdad de Este, y obedezcan a la vez a
su propia verdad. En
lugar de obrar así, los hombres caen en el engaño y aspiran a ser soberanos por
derecho propio. Posee, por ello, una fuerza realmente reveladora el hecho de
que se nos narre cómo la desobediencia no produce el conocimiento que convierte
a los hombres en dioses, sino que les trae la mortal experiencia de estar
«desnudos». Debemos advertir a este propósito que la desnudez de que aquí se
habla es esencialmente diferente de la mencionada poco antes, cuando se decía
que «los hombres estaban desnudos, pero no se avergonzaban». Ahora
ha quedado roto el vínculo fundamental de la existencia. Con todo, tanto antes
como después, el hombre posee el poder y la posibilidad de dominar. Pero el
orden dentro del cual tenía su sentido el poder, porque era servicio y estaba
garantizado por la responsabilidad ante el auténtico Señor, ha sido
trastornado. Según
la doctrina de la Biblia, el fenómeno puro del poder y del dominio procedente
de él no existe ya. Al comienzo de la historia de la humanidad se encuentra un
acontecimiento cuya significación no puede expresarse mediante los simples
conceptos de resistencia exterior o interior, de peligro y de desorden. No se
trata de un daño perteneciente a la historia, de un daño biológico, psicológico
o espiritual; tampoco de una falta ética cometida dentro de las conocidas
relaciones ontológicas. Se trata de un acontecimiento que sobrepasa nuestra
condición histórica. Este acontecimiento perturbó la relación fundamental de la
existencia, de tal forma que a partir de él la historia entera de la humanidad
discurre en un ámbito determinado por esta perturbación. Es
esto lo que da su carácter propio a la imagen bíblica de la historia. Esta
imagen se opone tanto a la representación naturalista-optimista como a la
cultura-lista-pesimista, tal como éstas se han desarrollado en la Edad Moderna.
A pesar de la abundancia de datos, de la precisión de los métodos, de la
profundidad de las interpretaciones, tales concepciones de la historia son
irreales e inconscientes. Pero no podemos hablar aquí de ellas con más
detenimiento, dados los límites que nos hemos trazado. En
todo caso, el peligro del poder adquiere desde esta perspectiva un carácter
peculiar y extremadamente grave: no sólo es posible, sino incluso probable (si
es que no se ha de decir inevitable) usar mal de él. Esa inevitabilidad es la
que se expresa en los mitos de la hibris: Prometeo, Sísifo. Tales mitos no se
refieren al hombre sin más [3] —de igual manera que la caída del hombre no se
refiere a éste sencillamente—, sino que expresan ya su estado de caída. Pero
lo que el Antiguo Testamento nos dice acerca del poder sólo queda completado
por la Revelación del Nuevo Testamento. III No
es fácil exponer el contenido de esta Revelación. La doctrina del Antiguo
Testamento posee una simplicidad grandiosa. Podría afirmarse que tiene una
grandeza clásica: el propósito de Dios y la resistencia del hombre, el estado
original surgido de la creación y la caída causada por la rebelión se
contraponen con toda precisión. La representación del Nuevo Testamento es, por
el contrario, mucho más difícil de comprender. La
redención no es un simple perfeccionamiento de las condiciones del ser, sino
que tiene la categoría de una recreación de todo lo existente. No procede de
las estructuras del mundo, ni siquiera de las más espirituales, sino de la pura
libertad de Dios. Establece un nuevo comienzo: crea un nuevo plano de la
existencia, una nueva norma del bien y una nueva fuerza de realización. Esto no
significa, empero, que el mundo quede transformado mágicamente ni que sea
llevado a un ámbito separado especial; la redención acontece, por el contrario,
en la realidad del hombre y de las cosas. Con ello aparece una situación muy
compleja, cuya expresión más clara se encuentra tal vez en la doctrina del
apóstol Pablo acerca de la relación entre el hombre «viejo» y el hombre
«nuevo». Por
ello resulta difícil hablar sobre la redención, tanto más cuanto que, por otro
lado, es necesario intentar decir algo —aun ateniéndonos de la manera más
estricta a las afirmaciones de la Revelación— sobre lo sagrado en cuanto tal,
sobre los «motivos» de Dios. A ello se añade un factor directamente práctico, y
ruego que aquí se me permita expresarme de manera personal. De igual forma que
en El ocaso de la Edad Moderna, también en esta obra quisiera contribuir a
solucionar un problema que preocupa a todos. Por eso temo que las ideas de este
capítulo puedan reducir el círculo de aquellos a quienes me dirijo. Por otra
parte, sin embargo, es evidente que nuestra situación exige claridad. En
consecuencia, sólo puede ser bueno el que, en medio del confusionismo de las
teorías y programas usuales, el sentido del mensaje cristiano sea presentado
íntegramente. El
espacio de que disponemos es muy limitado. Por ello debemos referirnos
inmediatamente a lo decisivo, es decir, a la persona y la actitud de Cristo. Los
sabios de todas las grandes culturas han conocido el peligro del poder y han
hablado de su sometimiento. Su enseñanza más alta es la de la moderación y la
justicia. El poder induce al orgullo y al desprecio del derecho. Al hombre
violento se contrapone, pues, el que guarda la moderación, respeta a los dioses
y a los hombres y mantiene el derecho. Pero nada de esto es todavía la
redención. Se intenta aquí establecer una posición y exigir un orden en medio
de la existencia perturbada, pero sin abarcar la existencia en su totalidad,
como debería hacer una verdadera redención. [4] Desde
la perspectiva de los problemas de que aquí tratamos, ¿en qué consiste el
carácter decisivo de lo que nos anuncia el mensaje cristiano de la redención?
Este carácter se expresa en una palabra que, a lo largo de la Edad Moderna, ha
perdido su sentido: la humildad. [5] Esta
palabra se ha convertido en sinónimo de debilidad y de pobreza vital, de
cobardía en las exigencias de la existencia y de falta de magnanimidad; en una
palabra, en compendio de todo lo que Friedrich Nietzsche denomina «decadencia»
y «moral de esclavos». De este modo se pierde completamente el sentido de este
fenómeno. Hay que conceder que en los casi dos mil años de historia cristiana
se encuentran ciertamente pensamientos sobre la humildad y sus formas de
realización, para los cuales es válido este juicio; pero tales pensamientos
representan una decadencia, un apartamiento de algo que ya no se comprendía. En
el sentido cristiano, la humildad es una virtud de fuerza, no de debilidad. En
su sentido originario, humilde es el fuerte, el magnánimo, el audaz. Dios mismo
es el primero que adopta la actitud de la humildad, haciéndola así posible al
hombre. Y el acto por el cual esto ocurre es la Encarnación del Logos. En la
Carta a los filipenses dice san Pablo que Cristo, «existiendo en la forma de
Dios, no reputó codiciable tesoro mantenerse igual a Dios, antes se anonadó,
tomando la forma de siervo y haciéndose semejante a los hombres, y en la
condición de hombre se humilló, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de
cruz» (2,5-8). Toda humildad de la criatura tiene su origen en este acto,
mediante el cual el Hijo de Dios se hizo hombre. Esto no lo realizó obligado
por alguna necesidad, sino con total libertad, porque El, el Soberano, lo quiso
así. Este «motivo» soberano se llama amor; es preciso no olvidar, sin embargo,
que la medida de este amor no puede tomarse de las categorías humanas, sino que
hay que percibirla en lo que Dios dice sobre Sí mismo. Pues de la misma manera
que la humildad, también lo que el Nuevo Testamento entiende por amor comienza
en Dios (1 Jn 4,8-10). No
es posible comprender que El, el Absoluto y Soberano, se identifique
existencialmente con un ser humano; que no sólo gobierne la historia, sino que
intervenga en ella; que tome sobre Sí todo lo que resulta de esta intervención,
es decir, el «destino» en el auténtico sentido de la palabra. Si partimos del
criterio de una filosofía meramente natural —es decir, del concepto del Ser
absoluto—, el mensaje de la encarnación se convierte en algo mitológico o
absurdo. Pero hacer esto es, a su vez, un absurdo, pues es invertir el orden de
las cosas. No se puede decir: Dios es de esta o de la otra manera, y por ello
no puede hacer tal o cual cosa; sino: Dios obra así, y de este modo revela
quién es. No es posible juzgar sobre la Revelación; lo único que puede hacerse
es conocer que ha tenido lugar, aceptarla y, desde ella, juzgar sobre el mundo
y el hombre. Este es el hecho fundamental del cristianismo: Dios mismo
interviene en el mundo. Pero, ¿en qué forma? El
pasaje de la Carta a los filipenses antes citado nos lo dice: en la forma de la
humildad. Si
se examina la situación en la que Jesús vivió, la manera como se desarrolló su
actividad y se configuró su destino, su forma de tratar con los hombres, el
espíritu de sus actos, de sus palabras y de su actitud, se ve cómo el poder se
presenta constantemente bajo la forma de la humildad. Vamos a hacer tan sólo
algunas indicaciones: Jesús procede de la antigua familia de los reyes, pero
ésta se ha hundido ya y carece de toda importancia. Tanto sus condiciones
económicas como sociales son evidentemente modestas. Nunca, ni siquiera en la
cumbre de su actividad, pertenece a ninguno de los grupos dominantes; los
hombres que atrae a sí no producen en ningún momento la impresión de ser extraordinarios
en su persona o en sus acciones. Tras una breve época de actividad, se ve
envuelto en un proceso falaz; el juez romano, en parte asustado y en parte
molesto, cede ante sus adversarios y le condena a una muerte cruel e
ignominiosa. Se ha observado con razón que el destino de las grandes figuras de
la historia antigua, aun cuando acaba en un final trágico, se ajusta siempre a
una cierta medida, a un canon de lo que puede sucederle a un gran hombre. En el
caso de Jesús, por el contrario, tal canon parece no existir, y, al parecer,
todo puede ocurrirle. La prefiguración de este destino se encuentra ya en la
profecía de Isaías, en la figura misteriosa del «siervo de Dios» (52,13 a
53,13). A este respecto habla san Pablo de la kenosis, del anonadamiento de sí
mismo, por el cual Él, que existía en la morphe theou, en la figura gloriosa de
Dios, toma la morphe doulou, la figura humillada del siervo. Toda
la existencia de Jesús es una transposición del poder a la humildad. Dicho de
manera activa: a la obediencia a la voluntad del Padre, tal como ésta se
expresa en cada situación determinada. Pero tanto en su conjunto como en sus
detalles esta situación es tal que exige el constante «anonadamiento de sí
mismo». Para Jesús, la obediencia no es un factor secundario, añadido, sino que
forma el núcleo de su esencia. Ya el mero hecho de no elegir su «hora» por
propia voluntad, sino entenderla con toda pureza, según la voluntad del Padre,
es obediencia. La voluntad del Padre se convierte sencillamente en su voluntad
propia; la gloria del Padre en su gloria. Y esto no porque ello le sea exigido,
sino con total libertad. La
aceptación de la «forma de siervo» no significa, sin embargo, debilidad, sino
fuerza. Los Evangelios fueron escritos por hombres sencillos. No poseen ni el
rasgo épico de la historiografía antigua ni la psicología penetrante a que
nosotros estamos acostumbrados. Su relato se atiene a lo dado en cada caso de
manera directa y a la expresión importante para el mensaje. Por otro lado, son
fragmentarios, se interrumpen cuando quisiéramos saber más cosas; tienen, en
fin, todas las deficiencias, llámense como quieran, que nuestros hábitos
literarios nos hacen sentir como tales. Para leerlos bien es precisa una
atención que brote de lo más íntimo. Pero cuando tal atención existe, se ve
aparecer una existencia de una intensidad tal que no tiene paralelo en la
historia; una existencia de un poder cuyo límite no proviene de fuera, sino
únicamente de dentro: de la voluntad, libremente aceptada, del Padre. Y eso de
tal manera que en todo momento, en toda situación, su voluntad actúa imponiendo
sus exigencias hasta en el primer movimiento del corazón. Es la fuerza, no la
debilidad, la que aquí obedece. Es la kiriotes, es decir, un dominio que se
presenta en la figura de siervo. Es un poder que se domina a sí mismo de una
manera tan perfecta que es capaz de renunciar a sí mismo, y ello en medio de
una soledad que es tan grande como su soberanía. Una
vez que se ha visto esto, se busca —como contraprueba, por así decirlo— entre
las figuras de la historia, para ver si existe alguna igual a él o acaso
superior. Esto parece ocurrir algunas veces, pero tan sólo mientras se emplean
criterios de influencia social o política, de cultura espiritual, de
profundidad religiosa. Pero si se penetra hasta el centro —para percibir el
cual es necesaria la capacidad de visión que llamamos «fe»—, entonces tales
superioridades aparecen como lo que en realidad son: como cualidades y
realizaciones en el interior del hombre. Pero la existencia de Jesús se expande
a partir del misterio del Dios vivo, que es soberano frente a todo lo que se
llama «mundo» e irrumpe en el presente de la más concreta historicidad. Desde
esta superioridad absoluta que se da en el seno de la más estrecha vinculación
histórica, Jesús abarca la totalidad de la creación en cuanto tal, redime su
culpa e inaugura un nuevo comienzo. Esta
es la respuesta que el Nuevo Testamento da a la pregunta por el poder. Este no
es condenado en cuanto tal. Jesús trata el poder humano como lo que es: como
una realidad. También posee el sentimiento del poder. De otro modo no tendría
sentido un hecho como la tercera tentación, que es, desde luego, una invitación
a la hibris (Mt 4,8-10). Pero también aparece claramente el riesgo del poder:
rebelarse contra Dios, e incluso dejar de considerarlo en absoluto como una
seria realidad; perder los criterios; ejercer la violencia en todas sus formas.
A esto contrapone Jesús la humildad como liberación del embrujo del poder desde
sus raíces más hondas. Podría
preguntarse qué consecuencias ha producido esto en la historia y si el desorden
del poder ha sido efectivamente superado. No es fácil responder a esto. La
redención no significa un cambio definitivo, de una vez por todas, en las
condiciones del mundo, sino el hecho de que Dios ha establecido un nuevo
comienzo de la existencia. Este comienzo subsiste y representa una posibilidad
permanente. De una vez para siempre ha aparecido con toda claridad la posición
que el poder ocupa ante la mirada de Dios, y de una vez para siempre la
obediencia de Jesús constituye la respuesta de Dios a esta pregunta. Esta
obediencia no tiene, sin embargo, un carácter privado, sino que se manifiesta
con una claridad accesible a todo el mundo. No significa la experiencia
personal y el dominio de un individuo, sino que es una actitud en la que puede
participar todo el que quiera, entendiendo aquí la palabra «querer» en el
sentido pleno del Nuevo Testamento, que incluye tanto la gracia del «poder
querer» como la decisión de la realización de la voluntad. Este
comienzo está ahí y nada podrá borrarlo. Pero en qué medida se realice es asunto
de cada individuo y de cada época. La historia comienza de nuevo con cada
hombre y, en cada hombre, con cada hora. Por ello tiene también la posibilidad
de empezar de nuevo en cada momento, partiendo del comienzo que aquí ha sido
establecido. En
lo que respecta al problema de cómo puede resolverse concretamente el problema
del dominio del poder, problema que es cuestión de vida o muerte, vamos a
diferir aún por un momento su respuesta —en la medida en que ésta resulta
posible en absoluto—-. ________________________ *
Traducción de Andrés-Pedro Sánchez Pascual. Notas [1] También esto representa un síntoma de
aquel fraude que se encuentra a la base de la actitud de la Edad Moderna, y del
que he hablado en El ocaso de la Edad Moderna (p. 139). [2] De esta ambigüedad mítica surge la
concupiscencia culpable, e, inversamente, el engaño mítico sólo resulta posible
si la conciencia le ha creado ya un ámbito en el alma. Es un conjunto en el
cual los diferentes elementos se condicionan mutuamente y justifican el haber
querido sustraer el «ciclo» de la existencia injusta al impenetrable comienzo
de la libertad. Por el contrario, el «ciclo» que determina la existencia
auténtica aparece así: el «corazón puro» abre los ojos para ver la verdad; la
verdad vista abre el camino para una pureza más honda; ésta capacita para un
conocimiento más elevado, y así sucesivamente. [3] Tales mitos referidos al hombre sin más no
existen en absoluto. La nueva religiosidad mítica que aparece por doquier
—brotando de la realidad histórica, filosófica, estética, psicológica,
política— se basa en la suposición, no verificada, de que quien habla en el
mito es el hombre «natural» sin más y de que, en consecuencia, el mito contiene
la interpretación originaria de la existencia. Esta suposición es tan dogmática
que sólo contradecirla aparece como un ataque contra lo sagrado. En realidad,
el mito es la autoexpresión del hombre que ha realizado su primera decisión. En
él no habla la existencia originaría, sino la existencia histórica, es decir, caída.
Recalquemos aquí de nuevo que esta existencia no tenía que caer para ser capaz
de construir la historia, sino que cayó porque el hombre lo decidió así. El
hombre habría podido adoptar también una decisión distinta. Todo lo demás es
tragicismo, con el cual se intenta justificar aquella culpa, declarándola
necesaria. Este es el único presupuesto desde el cual puede entenderse el mito
y el que permite sacar de él sus enseñanzas más profundas. (Sobre este punto
espero poder ofrecer pronto reflexiones más precisas.) [4] Esto es lo que parece ocurrir en el
budismo. Mas, aun prescindiendo de que tampoco aquí la línea de la acción
redentora rebasa el mundo, la radicalidad de la lucha contra el peligro del
poder reside en pensar que la existencia carece totalmente de sentido. La
redención consiste, por tanto, en entrar en el «nirvana». [5] En su trabajo Rehabilitación de la virtud
(Abhandlungen und Aufsätze, tomo I, 1915), Max Scheler ha mostrado hasta qué
punto el hombre moderno carece de capacidad para juzgar sobre la humildad y
cómo necesita una apertura de sus sentidos interiores para poder meramente
captar este fenómeno. Las
etapas de la vida y la filosofía De
un curso de ética Romano
Guardini Señoras
y señores, han
sido ustedes muy amables, y no creo equivocarme si pongo en relación su
amabilidad con la fecha de mañana: se lo agradezco de todo corazón. Siempre me
he sabido estrechamente unido a mi auditorio universitario, pero en este curso
de ética lo he experimentado con especial viveza, ya que tiene para mí el
significado de una especie de síntesis de toda mi labor. Eso
se aprecia ya en su extensión. Su primera explicación se extendió a lo largo de
siete semestres. Después tuve que interrumpirla porque no lograba ver clara la
problemática de la última parte, que debía tratar de la moral cristiana
propiamente dicha. Por ello volví a empezar desde el principio el siguiente
semestre, y ahora espero haber superado esa barrera y poder avanzar a buen
ritmo. Lo
que entiendo aquí por «ética» es más que una mera investigación acerca de lo
que debemos y de lo que no debemos hacer y de los problemas específicos que de
ello se siguen. Para mí, la ética ha de interpretar la existencia humana en su
conjunto, tal y como es posible en atención a la obligación moral que pesa
sobre esta última y a la dignidad que esa obligación le confiere. Así, en este
curso trato de decir desde el punto de vista ético qué sucede cuando el hombre
vive, de qué manera lo hace correctamente y de cuál incorrectamente. Y
su activa participación en la tarea de este curso, señoras y señores, me hace
estar seguro de que los asuntos en él tratados les parecen importantes también
a ustedes. Pero
no es ésa toda mi respuesta. Se me han venido a la cabeza ideas de todo tipo
acerca de qué significado puedan tener para el conocimiento filosófico las
diferentes fases de la vida, y por lo tanto también la vejez. Y me atrevo a
pensar que esas ideas podrían interesarles también a ustedes, tanto más cuanto que
se pueden insertar muy bien en el contexto de todo el curso. Me
refiero no sólo a cosas realmente obvias, como que el camino que lleva al
conocimiento filosófico exige un esfuerzo que atraviese todas las fases de la
vida, un esfuerzo de quien filosofa por asimilar y en su caso reelaborar los
resultados alcanzados por otros, por ejercitarse en ver y en penetrar
inquisitivamente en los problemas, etc. Me refiero a algo previo al pensamiento
propiamente dicho: a las posibilidades de experiencia que contienen las
distintas fases de la vida como tales, y más concretamente a las posibilidades
de obtener experiencias que después sean importantes para el pensamiento
filosófico. En
primer lugar tenemos la niñez. No
tiene nada que ver con el filosofar: para fortuna suya, pues filosofar
significa sobre todo una toma de conciencia en virtud de la cual el hombre
conoce qué es, y precisamente por esa causa pasa a ser responsable de ello. Al
niño le está permitido sencillamente existir, vivir y crecer. Pero también él
hace experiencias, continuamente, con todo su ser y con una intensidad que
nunca volverá a darse. Se podría saber, creo yo, si un filósofo ha tenido o no
una infancia real, pues en ella se crean condiciones que se harán notar en toda
su trayectoria posterior. Podemos
decir quizá que el individuo repite en su niñez la época mítica de la historia
de la humanidad. El ámbito anímico interior y el de las cosas exteriores, los
seres vivos y los juguetes inanimados, la ceremonia y la realidad, la fantasía
y el destino se interpenetran. Se vivencia el parentesco que existe entre todas
las cosas, la cercanía pese a todas las separaciones, el todo, en dirección
hacia el hombre y partiendo de él. Pero también, en todo ello, el fondo
misterioso del ser y, si el entorno no la sofoca, la voz de Dios. Lo que los
auténticos educadores y los poetas sabios dicen de que todos los niños son en
cierto modo videntes tiene plena cabida en este contexto. Estas experiencias
pertenecen al ajuar básico del espíritu filosófico. Si la niñez no las ha
aportado, ya no será posible recuperarlas, y cuando ellas faltan falta algo
importante. En la misma etapa de la vida se producen las más tempranas
experiencias del sueño y la vigilia, del hambre y la comida, del dolor y el
bienestar, del miedo y el sentirse protegido, de dar y coger, de los juguetes y
los objetos. También en ella tiene lugar la experiencia de las relaciones
humanas más inmediatas: la vida en el seno materno, el acontecimiento del
nacimiento, la relación con la madre y el padre, sin olvidar la convivencia con
esos seres a través de los cuales, en medio de lo familiar que resulta la misma
sangre, se hace presente a ojos del niño la extrañeza «de la otra persona»: los
hermanos. Se
vivencia la unidad de todas las cosas, y a la vez las penetrantes diferencias
que existen entre ellas. Se trata del primer ejercicio de entrada en la
estructura formada por la pluralidad de las distintas personas individuales... ¿No
son éstas las experiencias básicas en las que descansa todo pensar? ¿Y no es en
ellas, por lo tanto, en donde están las raíces de la filosofía? Después
se acaba el ser niño -un estado que no es solamente «feliz», sino que también
él está entretejido de placer y sufrimiento, de inocencia y de culpa, al igual
que todo lo humano- y viene, pasando por la crisis de la pubertad, la época del
joven. También
ésta encierra un significado especial. En ella, el individuo experimenta un
carácter de la existencia sin cuya auténtica y profunda asimilación no es
posible filosofar alguno: el carácter de lo incondicionado, de lo absoluto. No
podemos exponer aquí dónde se muestra en cada caso: en la idea, en la exigencia
moral, en la norma esencial conforme a la cual la vida crece y florece, etc.
Aquí es donde, si no se imposibilita desde fuera, el pensamiento joven adquiere
la actitud reverencial y confiada ante lo absoluto que será decisiva para toda
labor posterior; la fe en que hay un modo de ser correcto de las cosas, y la
confianza en que se puede llevar a la práctica; el sufrimiento ante la
injusticia; la pureza que rechaza compromisos. Más
tarde vendrán las limitaciones y complicaciones, sin duda, pero no hace falta
ninguna demostración especial para saber qué significa que la persona pensante
haya adquirido la conciencia de lo incondicionado: de lo inatacable, luminoso,
poderoso, que está en una relación tan esencial con el espíritu y la persona:
como ser, como verdad, como norma, como orden. Un espíritu al que le falte esa
conciencia es un inválido. Sería mejor que no filosofase. Acabo
de decir que llegará un momento en el que la vida misma efectúe las debidas
correcciones sobre la representación de lo incondicionado. Antes
la persona gustaba sobre todo de pensar en términos de principios; ahora
aprende a ver los hechos. Antes establecía programas para la existencia; ahora
percibe con claridad cómo es ésta realmente, y comienza a reconocer los
derechos de las cosas existentes en cuanto tales. Antes su ¡¿forma típica de
pensar era con disyuntivas: o esto o aquello; ahora empieza a comprender, a
admitir grados, a perdonar, a conformarse con lo posible. Todas
ellas son cosas realmente importantes para el espíritu filosófico: reconocer
que lo absoluto no es tan sencillo y que no se da en la existencia con
contornos claramente delimitados, sino que se encuentra inmerso en
condicionamientos de todo tipo y rodeado de cosas que también pueden ser de
otro modo. Y no menos importante es asumir la tarea correspondiente: mantener
en pie lo incondicionado en medio de lo dependiente, lo dotado de validez
eterna en la corriente de lo que fluye y se transforma continuamente. De
ello se derivan profundas crisis. Es la época en la que acecha el peligro del
positivismo: de perder la pasión por distinguir lo verdadero de lo falso, lo
bueno de lo malo, lo justo de lo injusto; de que el lugar de la verdad objetiva
pase a estar ocupado por el de la autenticidad subjetiva, o por los meros
hechos, cuando no por consideraciones sencillamente utilitarias; de que las
relaciones funcionales y de dependencia sustituyan en todas las cuestiones al
sí y al no a la hora de tomar decisiones, de manera que todo pierda su seriedad
última... En medio de estos peligros es más necesaria que nunca la gravedad del
filósofo. Éste es responsable de que conserve su vigencia el orden del
pensamiento y de la vida. Tiene por tanto que distinguir, que deshacer las
ambigüedades, que asegurar que no se pierda la aguda diferencia de las
disyunciones: o una cosa, o la otra. Aquí, donde está en juego el núcleo de la
existencia, ha de adquirir aquella dureza que es simultáneamente verdad,
fidelidad y valentía. El carácter al filosofar: una de las más raras cualidades
en el actual ablandamiento de todo lo válido, del que surge el espacio vacío en
el cual la violencia puede erigir su dominio. La
vida continúa, y la disciplina a la que somete al espíritu filosofante es cada
vez más estricta: naturalmente, suponiendo que siga siendo lo que alberga la
pretensión de ser y que no se atenga a la ley del mínimo esfuerzo, reproduzca
meramente las ideas que le vayan saliendo al paso o incluso, en vez de pensar
por sí mismo, se limite a repetir lo que otros han pensado. Ha
alcanzado la madurez. Ha asumido la responsabilidad de la verdad no sólo en lo
que a él respecta, sino también para otros. Sobre sus hombros descansa la carga
del día a día filosófico, y ésta es una carga bien extraña. Pues ¿no debería
ser el filosofar algo que poseyese el carácter de lo poco común? ¿No nos ha
enseñado Platón que la filosofía va en alas de aquel movimiento que las
elevadas formas de sentido, las ideas, suscitan en el corazón del espíritu,
poderosas y festivas a la vez? A veces sucede efectivamente así. Todo el que
filosofa ha vivido momentos en los que la verdad y el sentido brillaban con más
luz que su símbolo platónico, el sol. Pero la regla general es la búsqueda y el
trabajo, con frecuencia la fatiga y la lucha, y a veces una tortura gris que de
nada parece servir. Y
bien puede suceder que el filósofo experimente algo todavía peor que el poder
de los hechos y de las dependencias: el palidecer del sentido. Este fenómeno
guarda una estrecha relación con el cansancio que fácilmente se puede presentar
en esta fase de la vida, cuando las tareas y funciones que se desempeñan se
hacen agobiadoras porque han perdido cuanto tenían de novedad e interés, y hay
que seguir realizándolas por sentido del deber; cuando la persona tiene que
trabajar demasiado y asumir demasiadas responsabilidades, y sin embargo tiene
que aguantar y seguir adelante; cuando las relaciones humanas que se llevan
manteniendo largo tiempo han perdido su frescor y tiene que suplirlo la
fidelidad del carácter. En
ese momento los pensamientos se hacen romos. Las palabras pierden su capacidad
de hacer palpitar nuestro corazón con más rapidez. Hablar y escuchar, leer y
escribir: la pregunta que nos viene sola a la cabeza es si todo esto tiene
algún sentido ¿Existe realmente aquello por lo que se afana el filósofo: la
verdad? ¿Podemos seguir hablando de valores dotados de validez? ¿Tienen algún
sentido las cosas humanas? ¿No es todo rutina y gris uniformidad? Se hace agudo
el peligro de caer en el escepticismo, en aquella actitud a la que Michel
Montaigne dio su expresión clásica cuando antepuso a sus Ensayos la frase: «Que
sais-je?». No sólo: «no sé nada», lo que podría suscitar la respuesta «¡pues
aprende!», sino: «¿qué sé yo?». ¿Sé acaso algo? ¿Hay acaso un saber, y no más
bien solamente incertidumbre o ignorancia? ¿Es posible una auténtica' toma de
posición? ¿Existe algo que sea realización de sentido?... De alguna manera,
todo el que filosofa hace esta experiencia, y la hace de modo tanto más
penetrante cuando a todo ello se añaden el desengaño personal, el fracaso en
las tareas emprendidas, las preocupaciones y la enfermedad, y ¿quién se ve
libre de estos sombríos visitantes? Pero
también éstas son enseñanzas. La posibilidad de la destrucción del sentido
forma parte de la existencia. Ésta es de tal índole que mucho de ella ya no
tiene realmente sentido, al menos un sentido que se nos revele con claridad.
Dijimos de la mayoría de edad que su tarea propia consiste en reconocer lo
absoluto cuando se presenta entretejido con los condicionamientos; ahora se nos
pide mantener enhiesto el sentido cuando le rodean procesos de decadencia y
descomposición que le roban el ánimo y le debilitan. Y una filosofía que no
haya plantado cara a este peligro dista mucho de haber alcanzado su perfección
propia. Cuando
el filósofo es honrado y no se hurta a los problemas, a la vez que no se
desanima y sigue creyendo en el sentido, por muchas cosas que parezcan hablar
en su contra, es cuando puede penetrar en las capas más profundas de la
existencia. Las ilusiones se disipan y se destaca lo dotado de auténtica
validez. Pero
con ello no queremos decir que se solucionen todos los problemas. Ni siquiera
que se hagan más fáciles. Quizá haya que hablar incluso de algo que parece lo
contrario, a saber, de la experiencia de que todo se vuelve enigmático. No me
refiero a preguntas concretas especialmente difíciles de responder, sino a un
carácter general de las cosas. Una vez que sabemos que una cosa es de tal modo
porque otra es de tal otro, y que esta última nos remite a su vez a una que le
precede, nos damos cuenta de que con estas frases decimos sin duda algo, pero
no mucho, y en todo caso nada verdaderamente importante. Puede suceder incluso
que lo que se tendría que decir sea sencillamente inefable. La
existencia adquiere entonces aquel carácter que posee, digamos, en una
naturaleza muerta de Cézanne. Tenemos ante nuestros ojos una mesa, sobre ella
hay un plato, en el plato unas manzanas. Nada más. Todo está ahí, bien
iluminado y perfectamente visible. No hay más que preguntar, ni que responder.
Y sin embargo todo es misterioso. Todo es más que su inmediato «sí mismo».
Llegamos a pensar que el misterio forma parte de la claridad. Constituye la
dimensión de profundidad que debe tener el ente para que no sea mera apariencia
engañosa. Quizá, incluso, el ser esté hecho de misterio: las cosas, los
procesos, todo el acontecer al que llamamos «vida». El filósofo puede hacer
entonces experiencias muy peculiares. Por ejemplo, cuando está sentado en su
habitación a la caída de la tarde y los libros, los muebles, el cuadro de la
pared y la estatuilla de la mesa que tiene a su alrededor y son viejos
conocidos suyos pierden su familiaridad, le resultan raros, lejanos y acuciantes
a la vez, de manera que viene a su mente el pensamiento: ¡qué extraño que estés
aquí sentado!, ¡que seas quien eres y hagas lo que el día a día te va
exigiendo!, ¡sencillamente que existas! ¿Qué es esto?, ¿qué hay detrás de las
cosas?, ¿qué hay detrás de ti mismo? En esos momentos es cuando comprende
palabras como las de Próspero en La tempestad de Shakespeare: «Estamos
tejidos de idéntica tela que los sueños, y
nuestra corta vida se cierra con un sueño» (IV, 1). :
Pero las cosas tampoco son así. Nada de sueños, nada de meras apariencias que
atraviesen nuestra mente mientras dormimos, sino más bien misterio, del que
entrevemos que es el guiño que nos hace la verdadera realidad. Mal
filósofo sería el que hiciese desaparecer esta misteriosa vibración de la
existencia mediante artimañas intelectuales. Muy al contrario, debe procurar
sentir esa vibración con la mayor nitidez posible. Debe experimentar cómo se va
intensificando. Y entonces verá que algo se modifica: el misterio se torna
habitable. Se revela como el hecho de haber sido creado, de proceder de la
libertad de Dios. En
esta atmósfera, las afirmaciones de la fe, palabras como Dios, creación,
gracia, gobierno de las cosas, la palabra de la auténtica y eterna
clarificación de todo, adquieren una nueva capacidad de penetrar en nuestra
alma. Y
ahora sería el momento de hablar de una última experiencia, la del morir. Pero
esta experiencia no pasa a formar parte de filosofar alguno. En ciertos
momentos la vida llega a estar muy cerca de la muerte, por ejemplo en un grave
peligro, o cuando muere una persona muy próxima a nosotros. Sin embargo, en
esas ocasiones no se trata de la muerte real, a saber, de la propia. Quien la
ha experimentado, ya no filosofa, sino que rinde cuentas de todo su filosofar
ante el Señor de la verdad. Hay
otra cosa importante: la aproximación real al final. Me refiero a cuando el
final ya no significa sólo una posibilidad presente en toda vida, pero por
encima de la cual pasa la corriente de ésta, sino cuando su cercanía empieza a
adueñarse de nuestros sentimientos. Experimentar
esto significa mucho para la actitud filosófica. De que quien hace esta
experiencia sepa plantarle cara, o por el contrario la aparte de su vista o
intente negarla con palabrería vana; de que entienda la muerte como el paso a
lo verdaderamente real, o como el desnudo final de todo; de que persevere en la
protesta cristiana contra la muerte, aceptándola sin embargo como expiación por
la injusticia de la existencia, o bien se entregue en sus manos, ya
dionisíacamente, ya con miedo, ya con una roma resignación o de cualquier otra
manera: de todo ello dependen no sólo muchas cosas, sino las cosas decisivas
para la comprensión de la existencia... A este respecto habría mucho más que
decir, pero tendremos que conformarnos con lo ya expuesto. En
este curso sobre cuestiones éticas fundamentales, señoras y señores, ya hemos
dirigido nuestra mirada en más de una ocasión a la totalidad de la existencia,
y hemos tratado de dar respuesta a los problemas concretos desde esa totalidad.
Las ideas que acabo de esbozar están asimismo al servicio de esa mirada. Por
ello, el tiempo que les hemos dedicado puede que no haya sido en vano. Fuente:
Romano Guardini, Las etapas de la vida, traducción de José Mardomingo, Biblioteca
Palabra, Madrid, 2002. La
esencia del cristianismo Das
wesen des christentums * Romano
Guardini El
presente ensayo se publicó en 1929 en la revista "Die
Schildgenossen". El número en que apareció está agotado desde hace ya
largo tiempo. Por eso he creído, accediendo a numerosos ruegos, que merecía que
se publicase nuevamente, más que nada por la relación que tiene con otros dos
libros lanzados en la misma editorial: La imagen de Jesucristo en el Nuevo
Testamento y El Señor. En él se expone, si así puede decirse, la categoría
necesaria para estos dos últimos y viene a ser como una introducción metódica a
los mismos. El
problema En
la historia de la vida cristiana hay épocas en las que el creyente es cristiano
con naturalidad y evidencia. Ser cristiano es para él lo mismo que ser creyente
e incluso que ser religioso. El cristianismo constituye a sus ojos el único
mundo religioso posible, de tal suerte que todos los problemas surgen dentro de
su ámbito. Considerada en términos generales, ésta fue la situación para la
mayoría de los hombres de Occidente durante la Edad Media, y aun siglos más
tarde, y ésta es también la situación para el individuo cuando crece en el seno
de una atmósfera cristiana unitaria y en ella inmerge totalmente su
personalidad. Más tarde, empero, se impone la conciencia de que existen también
otras posibilidades religiosas, y el creyente, que hasta entonces no se veía
inquietado por ninguna duda, comienza a analizar, compara, juzga y se siente en
la necesidad de tomar una decisión. En el curso de este proceso mental se hace urgente
el problema de saber qué es aquello peculiar y propio que caracteriza al
cristianismo y lo diferencia, a la vez, de otras posibilidades religiosas. La
pregunta por la "esencia del cristianismo" ha sido contestada de
modos muy diversos. Se ha dicho que lo esencial del cristianismo es que en él
la personalidad individual avanza al centro de la conciencia religiosa; se ha
afirmado asimismo que la esencia del cristianismo radica en que en él Dios se
revela como Padre, quedando el creyente situado frente a Él directa e
inmediatamente; también se ha sostenido que lo peculiar del cristianismo es ser
una religión que eleva el amor al prójimo a la categoría de valor fundamental.
Esta enumeración podría prolongarse todavía, hasta llegar a aquellas teorías que
tratan de presentar al cristianismo como la religión perfecta en absoluto,
tanto por ser la más acorde con los postulados de la razón, como por ser la que
contiene la doctrina ética más pura y la que en mayor grado coincide con las
exigencias de la naturaleza. De
todas estas respuestas no hay ninguna que dé en el blanco. De un lado, porque
toadas ellas angostan la amplia totalidad de la realidad cristiana,
reduciéndola a uno solo de sus momentos, al que, por una u otra razón, se
estima como el más importante o decisivo. Para percatarse de la insuficiencia
de todas estas respuestas, basta considerar el hecho de que casi siempre es
posible oponer a cada una de ellas otra respuesta contraria, igualmente
sostenible e igualmente unilateral. Es posible afirmar fundadamente, por
ejemplo, que la médula del cristianismo consiste en el descubrimiento de la
comunidad religiosa e incluso de la totalidad transpersonal; que en él se
revela la trascendencia de Dios, siendo por ello una religión en la que el
"mediador" desempeña un papel esencial; que la preeminencia del amor
a Dios anula en él el amor al prójimo, etc., etc. Podríamos llegar incluso a la
tesis de que el cristianismo es la religión que quebranta más radicalmente los
postulados de la razón, que niega el primado de lo ético y que pretende de la
naturaleza que acepte lo que más profundamente le repele. Las
respuestas mencionadas al principio son empero, además, falsas —y aquí radica
lo decisivo—, porque se hallan formuladas en forma de proposiciones abstractas,
subsumiendo su "objeto" bajo conceptos generales. Este proceso,
empero, contradice precisamente la más íntima conciencia del cristianismo, ya
que de esta suerte se le reduce a sus presuposiciones naturales; es decir, a
aquello que la experiencia y el pensar entienden por personalidad, relación
religiosa directa e inmediata, amor, razón ética, naturaleza, etc. Ahora bien:
lo propiamente cristiano no es aprehendido exhaustivamente en estos conceptos.
Lo que Cristo nos anuncia como "amor", o lo que quieren decirnos San
Pablo y San Juan cuando desde su conciencia cristiana nos hablan de amor, no es
el fenómeno humano general que suele designarse con esta palabra, ni tampoco su
purificación o sublimación, sino algo distinto. "Amor", en este
sentido, presupone la relación filial del hombre con Dios. Ésta a su vez se
diferencia esencialmente de la concepción científica que nos dice, por ejemplo,
que el acercamiento a la divinidad del hombre religioso tiene lugar según el
esquema de la relación entre hijo y padre; la relación filial del hombre con
Dios significa, más bien, el renacimiento del creyente del seno del Dios Vivo,
obrado por el "pneuma" de Cristo. El amor al prójimo en el sentido
del Nuevo Testamento significa la visión axiológica y la actitud que se hacen
posibles desde aquí. De igual manera, tampoco la "interioridad" del
cristianismo es un fenómeno histórico y psicológico, que hubiera comenzado, por
ejemplo, con la disolución de la conciencia objetiva propia de la Antigüedad y
hubiera hallado su prosecución histórica en el individualismo del Renací-miento
o en la conciencia de la personalidad de la Edad Moderna. La
"interioridad" cristiana significa, antes bien, aquella esfera
especial en la que, en un último sentido, el creyente se halla sustraído al
mundo y a la historia —situado sobre ambos, dentro de ambos o como quiera
formularse—, pero en la que, a la vez, se halla próximo en un nuevo sentido a
la historia, adquiriendo de una nueva manera poder y responsabilidad sobre
ella. Es el lugar en el que el redimido en Cristo se halla frente a frente al
"Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo" (II Cor., 1, 3), [*] y se
halla constituida y 'fundamentada sólo por Él. Tan pronto como se hace
desaparecer a Cristo, desaparece " también la interioridad cristiana. El
amor cristiano es, naturalmente, el amor de un hombre, y en su realización
concreta se dan todas las actitudes y acciones que constituyen el amor de los
humanos; el fenómeno de la interioridad cristiana contiene también,
naturalmente, todas las fuerzas y valores de los diversos procesos de
interiorización, tal y como tienen lugar en el curso de la vida del individuo y
en el curso de la historia. No obstante, lo que aquí importa en primer término
es la diferenciación. Conscientes de la responsabilidad ante el Dios revelado,
hay que hacer resaltar aquello que es diverso; diverso, al menos, por su pretensión
y su punto de partida inicial, y aun cuando su realización sea después todo lo
insuficiente y confusa que se quiera. Lo
propiamente cristiano no puede deducirse de «presuposiciones terrenas, ni puede
determinarse por medio de categorías naturales, porque de esta suerte |se anula
lo esencial en él. Si se quiere aprehender esto |último, hay que hacerlo
partiendo de su propio ámbito. Hay que preguntar directamente a lo cristiano y
recibir de él la respuesta; sólo así se perfilará su esencia como algo propio y
no soluble en el resto. Lo cristiano contradice el pensamiento y la dicción
naturales, para los cuales todas las cosas, sea cual sea la diferencia entre
ellas, se reúnen bajo las mismas categorías últimas, constituidas por la lógica
y la experiencia. Lo cristiano no se inserta bajo estas categorías. Cuando el
pensamiento se percata de que, pese a toda la identidad en los elementos
naturales y en la estructura óntica, no puede desintegrar lo cristiano ni
insertarlo en el "mundo", entonces y sólo entonces se dibuja con
claridad lo esencial del problema. El
cristianismo no es, en último término, ni una doctrina de la verdad ni una
interpretación de la vida. Es esto también, pero nada de ello constituye su
esencia nuclear. Su esencia está constituida por Jesús de Nazareth, por su
existencia, su obra y su destino concretos; es decir, por una personalidad
histórica. Algo semejante, en cierto modo, a lo "que con estas palabras
quiere decirse lo experimenta todo aquel para que el que adquiere significación
esencial otra persona. Para él no es ni "la humanidad" ni "lo
humano" lo que reviste importancia, sino esta persona concreta. Ella
determina todo lo demás, y tanto más profunda y ampliamente cuanto más intensa
es la relación. Puede llegarse incluso a que todo: el mundo, el destino y el
cometido propio, pasen a través de la persona amada, a que ésta se halle
contenida en todo, a que se la vea a través de todo y a que todo reciba de ella
su sentido. En la experiencia de un-gran amor todo el mundo confluye en la
relación yo-tú, y todo cuanto acontece se convierte en un acontecimiento dentro
de su ámbito. El elemento personal al que se refiere en último término el amor,
y que representa la más elevada entre las realidades del mundo, penetra y
determina todo lo demás: espacio y paisaje, la piedra, el árbol y los
animales... Todo ello es cierto, pero tiene lugar solamente entre este yo y
este tú. Cuanto más vidente se hace el amor, tanto menos pretende, sin embargo,
que lo que para él constituye el centro del mundo ha de revestir también esta
cualidad para los demás. Una pretensión de esta especie podría ser sincera
desde el punto de vista lírico; pero constituiría, por lo demás, un desatino.
Para la doctrina cristiana, en cambio, la situación es otra. La doctrina cristiana
afirma, en efecto, que por la humanización del Hijo de Dios, por su muerte y su
resurrección, por el misterio de la fe y de la gracia, toda la creación se ha
visto exhortada a abandonar su aparente concreción objetiva y a situarse, como
bajo una norma decisiva, bajo la determinación de una realidad personal, a
saber: bajo la persona de Jesucristo. Ello constituye, desde el punto de vista
lógico, una paradoja, ya que parece hacer problemática la misma realidad
concreta de la persona. Incluso el sentimiento personal se rebela contra ello.
Someterse, en efecto, a una ley general cierta —bien natural, mental o moral—
no es difícil para el hombre, el cual siente que al hacerlo así continúa siendo
él mismo, e incluso que el reconocimiento de una ley semejante puede
convertirse en una acción personal. A la pretensión, en cambio, de reconocer a
"otra" persona como ley suprema de toda la esfera religiosa y, por
tanto, de la propia existencia, el hombre reacciona en sentido violentamente
negativo. A
modo de diferenciación Hemos
de preguntar ahora al Nuevo Testamento si es cierto y exacto lo afirmado por
nosotros, y cuál es la posición de la persona de Jesucristo dentro de la
religión cristiana. Una
mirada superficial basta para percatarse de la inconmensurable significación
que reviste la persona de Jesús en el Nuevo Testamento. En el Sermón de la
Montaña, por ejemplo, se contrapone a la frase "se dijo a los
antiguos", esta otra: "Yo, empero, os digo" (Mt., 5, 21-22). La
misma conciencia de máxima autoridad resuena en las palabras una y otra vez
repetidas: "En verdad, en verdad os digo". Subrayado por la
admiración de sus oyentes, Jesús "enseñaba como quien tiene poder" y
no como los sabios y eruditos doctores (Mt., 7, 29). De su mensaje afirma el
mismo Jesús: "El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no
pasarán" (Mt., 24, 35). Las palabras habladas por Él "son espíritu y
son vida" (Jn, 6, 63), y el que las "escucha... y las pone por obra
será como el varón prudente que edifica su casa sobre roca" (Mt., 7, 24).
La exclamación confiada y creyente "¡Señor, Señor!" —mucho en sí—, no
basta, sino que hay que hacer la "voluntad de mi Padre" (Mt., 7, 21).
El que hace, en cambio, lo dicho por Él, "no verá jamás la muerte"
(]n., 8, 51). Jesús exige que se le siga, llevando cada uno "su cruz"
(Mt., 10, 38), pero da también una paz "como el mundo no la da" (Jn.,
14, 27) y "la vida eterna" (Jn., 10, 28). Jesucristo anuncia un nuevo
orden de las cosas, un mundo de realidades y fuerzas espirituales hasta
entonces desconocidas, el "reino de Dios", y otra serie de
expresiones semejantes que podríamos enumerar... Todo esto revela una autoridad
máxima religiosa, pero no es todavía suficientemente decisivo para la cuestión
que nos ocupa. Un ejemplo sacado de la historia de las religiones nos conducirá
al núcleo del problema. Quizá
no haya ninguna figura religiosa que haya surgido con más alta y segura
pretensión que Budha. En los libros sagrados se le alaba como "sublime,
perfecto, totalmente iluminado, rico en ciencia, sabedor de caminos, conocedor
de los mundos, incomparable educador de hombres, maestro de dioses y
hombres". [1] Budha "revela la esencia de este mundo, de los
dioses... y de las criaturas..., después de que él mismo la ha conocido y
penetrado. Predica la doctrina que es hermosa al principio, en el medio y al
fin, llena de significación y minuciosidad en la forma externa..." [2] Su
autoridad es inconcusa. Todos los seres, no sólo los hombres, sino también los
espíritus y los dioses, esperan su salvación a través de él. El Dighanikaya, la
"colección mayor", y sobre todo su segundo libro entero, se halla
dedicado a probar cómo los seres más sublimes acuden a Budha en busca de
salvación. El mismo Brahma, adornado por la tradición védica con todos los atributos
de la más alta divinidad, demanda también de Budha consejo y aleccionamiento.
En el camino que Budha predica para la salvación, lo primero es siempre la
"con fianza en el lúcido". Sólo a él le es conocida la cuádruple
verdad sagrada del dolor, de suerte que el primer paso por este camino consiste
en que el que implora diga: "Por eso, señor, me refugio en el Supremo, en
su doctrina y en la comunidad de los Bhikkhu". [3] Ahora
bien: ¿cuál es la posición de Budha mismo en este orden religioso? Su saber es
tan inconmensurable que conoce lo que se halla oculto a todos los seres,
incluso a Brahma. Lo descubierto por él es de tal suerte "secreto y
difícil de aprehender", que después de su conocimiento decisivo en
Uruvela, se inclina a la idea de que no le es posible comunicarlo. El Malo,
Mará, se aprovecha de este escrúpulo y trata de arrastrarlo a un silencio
fatal, de tal manera que el rey de los dioses tiene que venir por sí mismo e
incitarle a "poner en movimiento la rueda de la doctrina". [4] El
hecho mismo, empero, de que en el curso de los tiempos ha habido una y otra vez
"lúcidos", aparta a su persona de la esencia de la religiosidad
representada por él. Budha
es "iluminado", "lúcido"; ha superado la servidumbre de la
ilusión y conoce la ley de la existencia, la ley del "dolor, del origen
del dolor, de la desaparición del dolor y del camino en ocho partes que conduce
a la desaparición del dolor". [5] Ha dado expresión a lo que, si bien
oculto por la apariencia y la ceguera, revestía carácter objetivo y validez. Sin
él nadie en la época presente del mundo llegaría al conocimiento de la ley del
ser y del camino de la redención. Ello, sin embargo, sólo porque ninguno de los
hombres, tal y como en este tiempo son, tendrían la fuerza para ello; el mismo
Budha no tuvo tampoco esta fuerza en los renacimientos anteriores. Los hombres
precisan, pues, de él como de un guía, pero sólo fácticamente, por ser tal y
como son, no en principio. En principio cada uno de ellos podría recorrer el
mismo camino con sólo llegar hasta la pureza total. El objetivo al que Budha
tiende es la extinción, el "no ser nada". [6] Después, en efecto, no
es ya ni queda de él otra cosa que el recuerdo, permaneciendo, por lo demás,
"la doctrina y la comunidad". De la doctrina, se dice, empero, una y
otra vez que se sigue con el propio esfuerzo. "Poco tiempo ya después de
su recepción vivía el venerable N. N. sólo para sí y retirado, ascendiendo,
anhelante y dirigido interiormente derecho a su fin; y no pasó mucho tiempo y
ya había reconocido, realizado y hecho propiedad duradera aquel fin supremo de
la vida piadosa, por causa del cual hombres de las mejores familias abandonan
para siempre su hogar. Su mente veía claro: "Todo devenir ha terminado, se
ha acabado la necesidad de la lucha religiosa, se ha resuelto el problema, ya
no hay retorno." Esta es la fórmula de la vida ejemplar, tal y como se
relata repetidamente en los Discursos. [7] Respondiendo a la demanda de su
discípulo predilecto Ananda, que le pide que instituya un último orden antes de
su muerte, responde Budha: "¿Qué es lo que espera todavía la comunidad de
los Bhikkhu de mí, Ananda? He proclamado la doctrina sin distinguir un dentro y
un fuera, porque el Tathagata no es avaro cuando se trata de la doctrina, tal y
como suelen serlo los maestros. El que alberga la idea recóndita: 'Quiero ser
yo quien dirija la comunidad de los Bhikkhu', o bien: 'La comunidad de los
Bhikkhu tiene que quedar vinculada a mi", es posible que tenga que tomar
determinadas disposiciones en relación con el rebaño de los Bhikkhu. El
Tathagata, empero, no conoce estas ideas recónditas... Buscad, pues, Ananda
aquí abajo lucidez y refugio en vosotros mismos y en ningún otro sitio... Y
todo Bhikkhu que, ahora o cuando yo ya no exista, busque lucidez y refugio en
sí mismo y en la doctrina de la verdad, y en ningún otro sitio, estos Bhikkhu
que busquen tan celosamente, serán tenidos por los más elevados". [8] La
significación religiosa de Budha es, pues, extraordinaria; en último extremo,
empero, dice sólo lo que, en principio, podría decir también otro hombre
cualquiera. Lo que hace es indicar el camino que existe también sin él, y con
la vigencia de una ley universal. La persona misma de Budha no se halla dentro
del ámbito de lo propiamente religioso. A
fin de hallar una diferenciación relevante hemos partido de la figura del más
grandioso quizá de todos los fundadores de religiones. Es para nosotros
expresión de una actitud limpia y pura en extremo, que Budha haya situado su
persona fuera del ámbito de lo propiamente religioso; es decir, que no la haya
identificado con la esencia de la religión por él predicada. Desde un principio
esperamos hallar también esta actitud en el curso de la revelación, allí donde
el apóstol o el legislador religioso aparecen como mensajeros, y enviados del
Dios Vivo. Moisés
es una personalidad religiosa de grandes dimensiones; pero es llamado contra su
Voluntad a cumplir su cometido, y éste representa constantemente para él una
carga que soporta al servicio del Señor. Es siervo y amigo de Dios, guardián e
intérprete de la Ley, pero su persona nada tiene que ver con la esencia de la
religión. La fórmula de su actuación se halla contenida en las frases: "Di
al pueblo" y "Así ha hablado Yavé"... También el profeta es
llamado. Su mirada contempla cosas extraordinarias y una fuerza sobrehumana
penetra su persona. Es instrumento de una comisión divina. Se halla en lugares
decisivos de la Historia Sagrada y crea su conciencia. Está iniciado en la
acción divina y se presenta al pueblo con todo el "pathos" de la
cólera de Dios. Siempre, empero, sabe el profeta que es un enviado, y nada más
que esto. Las fórmulas de su existencia rezan también: "Ve y di" y
"Así habla el Señor"... Estos hombres todos se hallan destinados a
situaciones reales como personalidades reales también; en relación con lo
esencial no son, sin embargo, más que mensajeros. La palabra y el mandato de la
revelación tiene que ser sustentados históricamente por hombres; pero la
persona de éstos no se halla en el mensaje mismo, es decir, en el contenido de
la revelación. Lo
mismo puede decirse de los Apóstoles. Las palabras con que son llamados y
enviados (Mt., 10; 16, 16-19; 18, 18; 28, 18-20; Mc., 16, 15-18; Jn., 13, 20),
lo mismo que las palabras finales de despedida, les sitúan en las proximidades
más inmediatas de la fuente de la revelación y dan a su predicación una
significación religiosa decisiva. Los mismos Apóstoles se hallan profundamente
penetrados por la conciencia de esta significación. Basta considerar la manera
con que se caracteriza su actitud —hasta las declaraciones del primer concilio—
en los Hechos de los Apóstoles: "Porque ha parecido al Espíritu Santo y a
nosotros no imponeros ninguna otra carga más que éstas necesarias" (15,
28). Ni un solo momento, sin embargo, se les ocurre insertarse a sí mismos en
el contenido de la revelación. En un momento decisivo describen de la siguiente
manera su cometido: "Ahora, pues, conviene que de todos los varones que
nos han acompañado todo el tiempo en que vivió entre nosotros el Señor Jesús, a
partir del bautismo de Juan, hasta el día en que fue tomado de entre nosotros,
uno de ellos sea testigo con nosotros de su resurrección" (Hechos, 1,
21-22). Y San Pablo, cuya conciencia apostólica revestía intensidad singular,
tanto por las circunstancias especiales de su conversión como por la necesidad
de defenderla contra violentos ataques, replica con pasión a partidarios
excesivamente celosos: "Esto, hermanos, os lo digo porque he sabido por
los de Cloe que hay entre vosotros discordias, y cada uno de vosotros dice: Yo
soy de Pablo, yo de Apolo, yo de Cefas, yo de Cristo. ¿Por ventura está
dividido Cristo? ¿O ha sido Pablo crucificado por vosotros, o habéis sido
bautizados en su nombre?" (I Cor., 1, 11-13). El profeta como el apóstol
son portadores del Mensaje, obreros en la gran obra, pero nada más. Lo esencial
sólo les ha sido confiado. Más aún, es característico de su existencia que
están llamados a proclamar algo que sobrepasa por naturaleza su propio ser y su
propia capacidad. De aquí se deriva para ellos no sólo grandeza, sino también
una profunda problematicidad, uña desproporción entre sus palabras y su ser,
que las más potentes personalidades de entre ellos han sentido tanto más
intensamente. Después de la terrible tensión de su lucha con los profetas,
experimenta Elías un desmayo escalofriante: "Ajab hizo saber a Jezabel lo
que había hecho Elías, y cómo había pasado a cuchillo a todos los profetas; y
Jezabel mandó a Elías un mensajero para decirle: Así me hagan los dioses y así
me añadan, si mañana a estas horas no estás tú corno uno de ellos. Huyó, pues,
Elías para salvar su vida, y llegó a Berseba, que está en Judá; y dejando allí
a su siervo, siguió él por el desierto un día de camino, y sentóse bajo una
rama de retama; deseó morirse, y dijo: ¡Basta, Yavé! Lleva ya mi alma, que no
soy mejor que mis padres" (7 Reyes, 19, 1-4). Y en la primera Epístola a
los Corintios, dice San Pablo en relación con el pasaje ya mencionado: "Es
preciso que los hombres vean en nosotros ministros de Cristo y dispensadores de
los misterios de Dios" (7 Cor., 4, 1), prosiguiendo más adelante:
"Porque, a lo que pienso, Dios a nosotros los Apóstoles, nos ha asignado
el último lugar, como a condenados a muerte, pues hemos venido a ser
espectáculo para el mundo entero, para los ángeles y para los hombres. Hemos
venido a ser necios por amor de Cristo; vosotros, sabios en Cristo; nosotros
débiles, vosotros fuertes; vosotros ilustres, nosotros viles. Pasamos hambre,
sed y desnudez; somos abofeteados y andamos vagabundos, y penamos trabajando
con nuestras manos; afrentados, bendecimos; hemos venido a ser hasta ahora como
desecho del mundo, como estropajo de todos" (4, 9-13). Es como si la
personalidad natural se rebelara contra una existencia semejante, la cual, sin
embargo, es amada y deseada con lo más profundo del ser. Por
contraste con todo ello se pone de manifiesto fundamentalmente diferente es la
posición de la persona de Jesús en el orden religioso proclamado por Él. La
persona de Cristo y lo propia y esencialmente cristiano Se
ha afirmado repetidamente que Jesús no forma parte del contenido de su mensaje.
Los que sostienen esta tesis la fundamentan de la siguiente forma: La acción de
Jesús consistió primordialmente en un mover e inquietar los ánimos, en la
comunicación de vida, en el despertar del espíritu y en la conducción al seno
de un destino religioso; en la parte en que esta acción fue mensaje y doctrina,
consistió sólo en la predicación del Padre y de su Reino. Jesús fue sólo
mensajero, y lo fue por haber sido el primero entre los llamados. Lo único que
quiso fue apartar a los hombres del "mundo" y hacer de ellos el Reino
vivo del Padre. La fórmula de su voluntad religiosa fue: "Allí está el
Padre y aquí estamos nosotros, los hombres. He sido instruido, conozco la
realidad y sé cuál es el camino. Venid conmigo, haced lo que Yo hago, a fin de
que todos lleguemos juntos hasta el Padre". Esta primera y auténtica
relación fue falseada más tarde. Los creyentes estimaron como difícil en
extremo la forma originaria de la fe, es decir, la imitación de la vida de
Jesús, y se sustrajeron a este imperativo convirtiendo a Jesús —que no había
pretendido ser más que el guía que conduce a un fin común— en un ser
sobrenatural al que se debía adoración, en un Dios, cuya vida constituye el contenido
mitológico del culto. Así fue que el mensaje de Jesús se transformó en una
nueva religión con divinidad propia. En realidad de verdad, Jesús, sin embargo,
no se situó a sí mismo en el contenido de su predicación, y su persona puede
desaparecer sin que ello afecte en nada a la integridad de la doctrina enseñada
por Él... Esta teoría es falsa. De una parte, Jesús ha hecho manifestaciones
expresas sobre sí mismo y sobre su relación con Dios y con los hombres,
manifestaciones que pertenecen al contenido fundamental de la Buena Nueva, Allí
mismo, sin embargo, donde no habla expresamente de sí, su mensaje se halla
determinado por la significación única de su persona. En
las líneas siguientes vamos a tratar de poner de relieve esta significación. I En
primer término, Jesús exige explícitamente que los hombres le sigan. Que le
sigan, no en el sentido de estar dispuestos a reconocer como ejemplar su figura
de Maestro, sino en el sentido, mucho más profundo, de "negarse a sí
mismos". La figura y la palabra del Maestro tienen una significación
decisiva para la salvación, de suerte que el gran tema del individuo es la
adecuada y justa relación con Él: "No penséis que he venido a poner paz en
la tierra; no vine a poner paz, sino espada. Porque he venido a separar al
hombre de su padre, y a la hija de su madre, y a la nuera de su suegra, y los
enemigos del hombre serán los de su casa. El que ama al padre y la madre más
que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no
es digno de mí" (Mt., 10, 34-38). Más aún, la exigencia alcanza un grado
que sobrepasa toda posible relación escueta de maestro a discípulo: "El
que halla su vida la perderá, y el que la perdiere por amor de mí, la
hallará" (Mt., 10, 39). Marcos, a su vez, refuerza la frase con la
adición, tan llena de significado, de "por mí y el Evangelio" (8,
35). En
este seguir a Jesús tiene lugar una decisión religiosa. Jesús
exige que el hombre se pronuncie por Él, tanto interna como externamente, y
hace depender de ello la salvación eterna: "Pues a todo el que me
confesare delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre,
que está en los cielos. Pero a todo el que me negare delante de los hombres, yo
le negaré también delante de mi Padre, que está en los cielos" (Mt., 10,
32-33). Este decidirse y esta confesión se exige incluso en relación con
aquellas personas que más dignas son del afecto: "El que ama al padre y a
la madre más que a mí, no es digno de mí, y el que ama al hijo o a la hija más
que a mí, no es digno de mí" (Mt., 10, 37). De
las frases citadas se deduce con toda claridad, que la elección exigida no es
sólo de naturaleza ética, es decir, que no se halla situada bajo la norma de lo
bueno y de lo que implica salvación, sino que se dirige a la persona misma de
Jesús y significa una decisión propia y amor. Jesús no sólo exige, sino que
ama, y el llamamiento que dirige al hombre es amor. "Y Jesús poniendo en
él los ojos le amó", se lee en la historia del joven rico (Me., 10, 21),
de la misma manera que toda la existencia de Jesús surge del amor de Dios al
hombre caído: "Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su Unigénito
Hijo" (Jn., 3, 16). A este amor debe corresponder también amor por parte
del hombre; no amor sólo al "bien" o a "Dios", sino a Jesús
vivo, y justamente por ello al bien y a Dios. Así dice Él mismo: "Si me
amáis, guardaréis mis mandamientos" (Jn., 14, 15); sus mandamientos, ahora
bien, son los del Dios Santo. Quien los cumple penetra en la existencia amorosa
de Dios: "En aquel día conoceréis que yo estoy con mi Padre, y vosotros en
mí y Yo en vosotros. El que recibe mis preceptos y los guarda ése es el que me
ama; el que me ama a mí será amado de mi Padre, y yo le amaré y me manifestaré
a él". Y una vez más: "Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi
Padre le amará, y vendremos a él y en él haremos morada" (Jn., 14, 20-21 y
23). II A
todo ello hay que añadir, además, aquellas palabras que hacen aparecer la
persona de Cristo como criterio y motivo de la conducta. Así,
aquellas en las que se contiene la expresión "por mí":
"Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan y con mentira digan
contra vosotros todo género de mal, por mí" (Mt., 5, 11). "Seréis
llevados a los gobernadores y reyes por amor de mí". "Y seréis
aborrecidos de todos por causa de mi nombre; el que persevere hasta el fin, ése
será salvo (Mt., 10, 18 y 22). "Y quien perdiere la vida por mí y el
Evangelio, ése la salvará" (Mc., 8, 35). No se dice, pues, "por la
salvación", "por la verdad", "por Dios", ni siquiera
"por el Padre", todo lo cual parecería natural dentro del sentido
general del mensaje de Jesús, sino que el motivo vivo en el comportamiento
religioso cristiano es Jesús mismo. El mismo sentido se halla en las frases:
"El que no está conmigo está contra mí, y el que conmigo no recoge,
desparrama" (Mt., 12, 30). Todavía
más enérgicamente se expresa Jesús en las palabras con que instruye a los
Apóstoles: "El que os recibe a vosotros, a mí me recibe, y el que me
recibe a mí, recibe al que me envió" (Mt., 10, 40). "El que a
vosotros os oye, a mí me oye, y el que a vosotros os desecha, a mí me desecha,
y el que me desecha a mí, desecha al que me envió" (Le., 10, 16). Jesús
mismo vive en sus discípulos. El hecho de ser a Él a quien se dirige en último término
el comportamiento justo o injusto con los discípulos, es lo que da su
significación a este comportamiento Y cuando Jesús habla del "ethos"
de la relación filial con Dios, de la actitud abierta y sin reservas frente al
Padre, y del amor fraterno recíproco que ha de unir a los hijos de Dios, el
sentido de esta actitud se fundamenta asimismo partiendo de la persona de
Jesús. [9] "Y el que por mí recibiere a un niño como éste, a mí me recibe;
y el que escandalizare a uno de estos pequeñuelos que creen en mí, más le
valiera que le colgasen al cuello una piedra de molino de asno y le arrojaran
al fondo del mar" (Mt., 18, 5-6). Más adelante trataremos detalladamente
de la forma extraordinaria que adopta esta idea en las palabras sobre el Juicio
Final. Jesús es el núcleo, la justificación y la fuerza de la nueva comunidad
religiosa: "Aun más: os digo en verdad que si dos de vosotros conviniereis
sobre la tierra en pedir algo, os lo otorgará mi Padre que está en los cielos.
Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio
de ellos" (Mt., 18, 19-20). Relación ésta que se nos presentará en toda su
significación cuando nos detengamos en las páginas próximas en la idea de
"Cristo en nosotros", tal como se expone en las epístolas paulinas. Estas
expresiones revisten un carácter especial allí donde se ponen en relación con
el concepto de su nombre. Esto tiene lugar muy a menudo, y a continuación damos
como ejemplo algunos pasajes. Ya antes aducimos las palabras sobre los odiados
por. causa de su nombre (Mt., 10, 22, etc.). La expresión podría tomarse aquí
como sinónima de la frase "por mí". Más contundente es la
significación en las palabras: "Pues el que os diere un vaso de agua en
razón de discípulos de Cristo, os digo en verdad que no perderá su recompensa"
(Me., 9, 41). Un carácter decisivo se contiene en las frases siguientes:
"Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en
medio de ellos" (Mt., 18, 20); "Díjole Juan: Maestro, vimos a uno que
en tu nombre echaba los demonios y no está con nosotros y se lo hemos
prohibido. Y Jesús les dijo: No se lo prohibáis, pues ninguno que haga un
milagro en mi nombre hablará luego mal de mí" (Me., 9, 38); "Y que se
predicase en su nombre la penitencia para la remisión de los pecados a todas
las naciones, comenzando por Jerusalén" (Le., 24, 27)... En
el Evangelio de San Juan se precisa todavía más el sentido de estas
expresiones: "Mas a cuantos le recibieron, dióles poder ser hijos de Dios,
a aquéllos que creen en su nombre" (Jn., 1, 52); 'Y en aquel día no me
preguntaréis nada; en verdad, en verdad os digo: cuanto pidiereis al Padre os
lo dará en mi nombre. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid y
recibiréis para que sea cumplido vuestro gozo" (Jn., 16, 23-24); "Y
lo que pidiereis en mi nombre eso haré, para que el Padre sea glorificado en el
Hijo; si me pidiereis alguna cosa en mi nombre, yo la haré" (Jn, 14,
13-14). Se llega incluso a decir: "En el tiempo en que estuvo en Jerusalén
por la fiesta de la Pascua creyeron muchos en su nombre viendo los milagros que
hacía" (Jn, 2, 23); "El que cree en Él no es juzgado; el que no cree,
ya está juzgado, porque no creyó en el nombre del Unigénito Hijo de Dios"
(Jn., 3, 18). Estas expresiones se hallan preparadas, empero, por pasajes de
los Sinópticos, como el siguiente: "Y el que por mí recibiere a un niño
como éste, a mí me recibe; y al que escandalizare a uno de estos pequeñuelos
que creen en mí, más le valiera que le colgasen al cuello una piedra de molino
de asno y le arrojaran al fondo del mar" (Mt., 18, 5-6)... En los Hechos
de los Apóstoles, se lee, a su vez: "De Él dan testimonio todos los
profetas, que dicen que por su nombre cuantos creen recibirán el perdón de sus
pecados" (Hechos, 10, 43). San Pablo expresa el mismo significado en
frases como las siguientes: "Tened los mismos sentimientos que tuvo Cristo
Jesús, quien, siendo Dios en la forma, no reputó codiciable tesoro mantenerse
igual a Dios, antes se anonadó, tomando la forma de siervo y haciéndose
semejante a los hombres, y en la condición de hombre se humilló, hecho
obediente hasta la muerte, y muerte de cruz, por lo cual Dios le exaltó y le
otorgó un nombre sobre todo hombre, para que al nombre de Jesús doble la
rodilla cuanto hay en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua
confiese que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre" (Fil., 2,
5-11)... Detrás de este uso del concepto del nombre se encuentra, empero, el
uso que en el Antiguo Testamento se hace del "nombre" simplemente, aludiendo
con esta palabra al "nombre de Dios" (cfr., por ejemplo, Ex., 23, 21;
11, Sam., 7, 13, y muchos otros lugares). El nombre de Dios ocupa el lugar de
Él mismo. Invocarle significa invocar la misma santidad de Dios. En todas las
frases antes citadas alienta, por eso, una pretensión absoluta, que pone la
persona de Jesús en íntima relación con Dios. De
aquí conduce una línea recta a las manifestaciones mesiánicas: "Si no
creéis que yo soy lo que soy, moriréis en vuestros pecados... Cuando hayáis
alzado al Hijo del Hombre, reconoceréis que soy lo que soy". La
significación de estas palabras se pone de manifiesto si se las pone en
relación con la forma en que Dios se afirma a sí mismo en los libros de los
Profetas; por ejemplo, en Isaías (43, 10-12): "Vosotros sois mis pruebas
—dice Yavé—; mi siervo, a quien yo elegí, para que aprendáis y me creáis y
comprendáis que soy yo solo. Antes de mí no había dios alguno, y ninguno habrá
después de mí. Soy yo, yo que soy Yavé, y fuera de mí no-hay salvación. Soy yo
el que anuncio, el que salvo, el que hablo, y no hay otro entre vosotros —dice
Yavé—. Vosotros sois mis testigos. Todo
esto no es sólo que signifique más, sino que significa algo totalmente diverso
de la actitud pedagógica del maestro que, llevando a cabo una vida ejemplar,
une el peso de su persona con la autoridad de la ley ética, a fin de que ésta
arraigue más en el corazón de sus discípulos; es también diferente de la
sabiduría de un fundador religioso que se sitúa a sí mismo en la conciencia de
la comunidad, a fin de robustecer así su unidad. Aquí hay algo más también que
la acción audaz del salvador religioso que se sitúa ante Dios con sus
seguidores; aquí hay más y algo distinto, aquí alienta la pretensión de Jesús
de situarse en el punto en que radica el "por qué" del obrar. El
obrar justo significa, en último término, un obrar por Cristo o dirigido a
Cristo, aun cuando el motivo próximo revista un valor especial, y aun cuando el
fin inmediato sea una persona determinada. De igual manera que Él constituye la
raíz de la realidad, el núcleo del sentido y el título jurídico de la
comunidad, y de igual manera también que Él justifica el acercamiento religioso
a Dios, la súplica. III Teniendo
esto en cuenta, se comprende que Él tiene que poner en conmoción las relaciones
y conexiones humanas naturales: "No penséis que he venido a poner paz en
la tierra; no vine a poner paz, sino espada. Porque he venido a separar al
hombre de su padre, y a la hija de su madre, y a la nuera de su suegra, y los
enemigos del hombre serán los de su casa". Y a continuación siguen las
palabras ya citadas: "El que ama al padre y a la madre más que a mí, no es
digno de mí, y el que ama al hijo o a la hija más que a mí, no es digno de mí;
y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. El que halla
su vida la perderá, y el que la perdiere por amor de mí la hallará" (Mt.,
10, 34-39). Jesús
no es sólo portador de un mensaje que exige una decisión, sino que es Él mismo
quien provoca la decisión, una decisión impuesta a todo hombre, que penetra
todas las vinculaciones terrenas y que no hay poder que pueda ni contrastar ni
detener. Es, en una palabra, la decisión por esencia. Unas palabras, ya
citadas, la describen así: "El que no está conmigo está contra mí, y el
que conmigo no recoge, desparrama" (Mt., 12, 30). Y en el mismo sentido la
describen también las palabras con que Jesús replica a los discípulos,
indignados porque una persona extraña expulsa a los demonios en nombre de Él:
"Y Jesús les dijo: No se lo prohibáis, pues ninguno que haga un milagro en
mi nombre hablará luego mal de mí. El que no está contra nosotros, está con nosotros.
Pues el que os diere un vaso de agua en razón de discípulos de Cristo, os digo
en verdad que no perderá su recompensa" (Mc., 9, 39-41). En
las palabras sobre Jesús niño, "puesto está para caída y levantamiento de
muchos en Israel, y para r blanco de contradicción" (Le., 2, 34), se pone
de manifiesto ya lo singular y característico de esta decisión, su carácter
insoslayable, que fuerza a un sí o un no lo más íntimo y vivo del que escucha.
Esto nos conduce al importante concepto bíblico del escándalo. "Algo
me escandaliza" significa, en primer término, que algo se convierte para
mí en ocasión de un estado de ánimo que pone en peligro mi salvación; es decir,
en ocasión de pecado: "Si, pues, tu ojo derecho te escandaliza, sácatelo y
arrójalo de ti porque más te conviene que perezca uno de tus miembros, que no
que todo tu cuerpo sea arrojado en la gehenna" (Mt., 5, 29-30). O también:
"¡Ay del mundo por los escándalos! Porque no puede menos de haber
escándalos; pero ¡ ay de aquél por quien viniere el escándalo" (Mt., 18,
7). Todo puede convertirse en motivo de escándalo. Más aún, el motivo de
escándalo se halla en la misma existencia humana, como lo prueban las palabras
"no puede por menos...", en el pasaje de San Mateo que acabamos de mencionar;
y en sentido análogo las palabras en la parábola del sembrador: "Lo
sembrado en terreno pedregoso es el que oye la palabra y, desde luego, la
recibe con alegría; pero no tiene raíces en sí mismo, sino que es voluble, y en
cuanto se levanta una tormenta o persecución a causa de la palabra, al instante
se escandaliza" (Mt., 13, 21)... La
misma palabra es referida a Jesús por Él mismo y en el momento de una de las
más solemnes declaraciones. Los enviados del Bautista llegan y le preguntan si
es Él el esperado: "Y respondiendo Jesús les dijo: Id y referid a Juan lo
que habéis oído y visto. Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan
limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados;
y bienaventurado aquél que no se escandalizare de mí" (Mt., 11, 4-6). Aquí
se trata de algo absoluto. Jesús sabe que los hombres pueden escandalizarse en
Él. No escandalizarse con el escándalo del que queda dicho que "¡ay de
aquél por quien viniere!", ni con el escándalo a que se refiere Jesús
cuando dice a Pedro: "Retírate de mí, Satanás, tú me sirves de
escándalo" (Mt., 16, 23). Tampoco con aquel escándalo del que pueden ser
motivo el "ojo" o la "mano". Se trata de un escándalo de
clase singular y, al parecer, no fácil de evitar, ya que se llama "bienaventurado"
al hombre que no cae en él. Y esta promesa de bienaventuranza tiene, además,
lugar en el momento en que Jesús responde a la pregunta del último profeta,
aludiendo a la profecía mesiánica. El
escándalo es aquí una actitud determinada en relación Con el valor religioso,
actitud que surge cuando este último sale al paso, no abstractamente, sino bajo
la forma de una figura concreta. Esta actitud no se expresa en juicios como
"es cierto" o "es falso", sino en odio y persecución... El
momento decisivo en el orden de la salvación es, empero, Cristo mismo. No su
doctrina, ni su ejemplo, ni la potencia divina operante a su través, sino
simple y escuetamente su persona. Este hecho despierta afirmación apasionada,
fe y seguimiento, pero también, y en la misma medida, indignación ante la
pretensión inaudita, protesta contra la "blasfemia". La raíz de la
protesta se encuentra precisamente en la circunstancia de que una persona
histórica pretende para sí una significación decisiva para la salvación. El
fenómeno se presenta con claridad singular en el relato sobre el discurso de
Jesús en Nazaret: "Y viniendo a su tierra les enseñaba en la sinagoga, de
manera que, admirados, se decían: ¿De dónde le vienen a éste tal sabiduría y
tales prodigios? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿Su madre no se llama
María, y sus hermanos Santiago y José, Simón y Judas? ¿De dónde, pues, le viene
todo esto? Y se escandalizaban en Él" (Mt., 13, 54-56). Lucas, por su
parte, describe el paroxismo de este escándalo: "Al oír esto se llenaron
de cólera cuantos estaban en la sinagoga, y levantándose le arrojaron fuera de
la ciudad y le llevaron a la cima del monte, sobre el cual está edificada su
ciudad, para precipitarle de allí. Pero Él, atravesando por medio de ellos, se
fue" (Le., 4, 28-30). El fenómeno del escándalo es, puede decirse, la
contraprueba crítica del problema que nos ocupa. Una "doctrina" de
absoluta verdad, una "indicación" de significación decisiva, o una
"fuerza" que eleva a vida sagrada, son cosas todas que el sentimiento
natural puede discutir sin más, y a las que responde positiva o negativamente,
aceptándolas o rechazándolas. El hecho, en cambio, de que una figura histórica
pretenda para sí una significación religiosa absoluta excita y
"escandaliza" de una manera totalmente diferente. Para el sentimiento
humano inmediato se hallan fuera de toda proporción los dos
"momentos" que esta pretensión une. Para reconocer esta pretensión,
el que ante ella se inclina tiene que sacrificar su voluntad autónoma en una forma
que sólo es posible por el sacrificio y el amor. Si se rechaza el hacerlo así,
surge una reacción directa y elemental, que acierta a justificar sus objeciones
contra la figura concreta y su pretensión con la argumentación, aparentemente
fundada, de que tiene que evitarse toda mezcla y confusión de lo absoluto y
eterno con lo histórico. Más
profundamente todavía nos conduce el concepto de la "mediación", tal
como lo desarrollan, sobre todo) San Pablo y San Juan. IV La
esencia de la "mediación" la determinan, sin duda, de la manera más
precisa, las siguientes palabras de San Juan: "Yo soy el camino, la verdad
y la vida; nadie viene al Padre sino por mí. Si me habéis conocido, conoceréis
también a mi Padre. Desde ahora le conocéis y le habéis visto. Felipe le dijo:
Señor, muéstranos al Padre, y nos basta. Jesús le dijo: Felipe, ¿tanto tiempo
ha que estoy con vosotros, y no me habéis conocido? El que me ha visto a mí, ha
visto al Padre; ¿cómo dices tú; muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy en
el Padre y el Padre en mí? Las palabras que yo os digo, no las hablo de mí
mismo; el Padre, que mora en mí, hace sus obras. Creedme, que yo estoy en el
Padre y el Padre en mí; a lo menos, creedlo por las obras mismas" (Jn.,
14, 6-11). Aquí no se dice: "Yo os muestro el camino", sino: "Yo
soy el camino"; no se dice "Yo os enseño la verdad", sino:
"Yo soy la verdad"; no, "Yo os traigo la vida", sino:
"Yo soy la vida"; no, "He visto al Padre y os hablo de Él",
sino: "El que me ha visto a mí, ha visto al Padre". "El Padre
está en mí", dice, en efecto, Jesús, y ello no en el sentido de que el
Padre viva en Él por el camino de la gracia, como cuando se dice que el Padre
descenderá y morará en aquel que ame a Jesús (/«., 14, 23), sino en una unidad
singular, incomparable con ninguna otra relación humano-religiosa. El
"arriba" divino y el "abajo" humano (Jn, 3, 31), lo que
proviene "de Dios" y lo que proviene "de la carne" (Jn, 1,
13), la "luz verdadera" y el "mundo" encerrado en las
"tinieblas" (Jn, 1, 9), se han disociado. No hay camino que conduzca
de uno al otro momento. Sólo en el mediador se restablece la unidad, porque Él
es "camino, verdad y vida". Desde
el punto de vista cristiano no hay relación directa posible del hombre a Dios.
La palabra "Dios" está aquí usada en el sentido bíblico, como nombre
del "único inmortal", "que habita una luz inaccesible" (1
Tim., 6, 16); del "Santo", sustraído a todo acercamiento humano y
natural. "Dios" no significa, pues, "lo absoluto", o "el
ser supremo", o "el creador del mundo", sino Aquél que es
creador y juez, redentor y otorgador de gracias, y con el cual es posible la
relación de la fe y el amor. De Él no puede haber ningún conocimiento ni
ninguna afirmación directos; ninguna participación, ninguna adquisición ni
ninguna posesión realizadas por el hombre desde sí; como no puede haber tampoco
ni acción ni acercamiento a Él movidos por la sola fuerza humana. La
relación con Él se halla vinculada más bien a la figura del Mediador. Todo lo
cristiano que viene de Dios a nosotros, y lo mismo todo lo que va de nosotros a
Dios, tiene que pasar por Aquél. Y ello, no en el sentido de que esta
"mediación" signifique tan sólo un primer acceso. No en el sentido de
que lo que viene de Dios a nosotros y lo que de nosotros va a Dios tenga que
ser primero descubierto, conquistado, aportado, sufrido, osado y probado por el
Mediador, dejando después abierto un camino directo entre el hombre y Dios. La
mediación constituye más bien la forma esencial de la relación cristiana con
Dios, y no puede desaparecer nunca, so pena de quedar destruida la esencia
misma de esta última. Lar "verdad" cristiana no nos es, pues,
revelada, sino como dada en el Mediador y a su través. Así se halla ya
expresado, por ejemplo, en los Sinópticos: "Todo me ha sido entregado por
mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el
Hijo y aquél a quien el Hijo quisiere revelárselo" (Mt., 11, 27). Lo mismo
en San Juan: "A Dios nadie le vio jamás, Dios Unigénito, que está en el
seno del Padre, ése nos le ha dado a conocer" (Jn., 1, 18). De la
revelación del Padre, empero, depende todo: la redención, el reino eterno y la
nueva creación. La revelación por Cristo no es un primer acto de comunicación
—como, por ejemplo, cuando alguien me dice algo y yo independizo lo dicho de la
boca del que lo dijo, lo tomo en sí y adquiero así una relación autónoma con el
mencionado objeto—, sino una forma de la que no puede abstraerse o separarse el
contenido. Esta verdad la recibo yo siempre, y sólo como dicha a mí por Cristo.
El "ser revelada" constituye la estructura esencial de la verdad
cristiana; hasta tal punto, que desde aquí se plantea el problema de cómo tiene
que ser la articulación interna del conocimiento teológico y su manifestación.
Y la respuesta reza: no de forma que el sujeto cognoscente se halla referido
directamente al objeto, sino a través de un elemento intermedio, el cual, sin
embargo, no tiene sólo carácter instrumental, pudiendo, por tanto, en
principio, ser eliminado, sino que es esencial y permanece siempre en el
conocimiento y en la manifestación de él. [10] La
indicación del "camino" no significa una ilustración o descripción de
la estructura propia de la realidad del hombre y del mundo, y de la naturaleza
de la situación en que se da la existencia en general; no es tampoco una
exposición de las normas que el creyente tiene que observar y de las acciones
que tiene que realizar. También es esto, pero sólo después de puesto en claro
lo decisivo: que "el camino" en sentido cristiano es la persona misma
de Jesucristo. El camino quedó abierto al convertirse en hombre el Hijo de
Dios; su dirección nos fue mostrada por su amoroso morar entre nosotros.
"Camino" significa que Dios vino a nosotros en Cristo y, a su vez,
que en Él la naturaleza humana se halla dirigida total y puramente a Dios.
"Seguir el camino" no puede significar, por tanto, otra cosa sino
penetrar en el Cristo vivo y "quedar en Él" en vida y acción. El
camino, por su parte, se hizo transitable al resucitar Jesús en el Espíritu
Santo y experimentar, transformado, la transfiguración. De
igual manera, tampoco es la "vida" una esfera axiológica autónoma,
una realidad con la que fuera posible un contacto independiente, una
potencialidad de energías y de situación a la que desde un momento determinado
quedara abierto el acceso para todo hombre. "La vida" es, más bien,
la vida misma de Dios tal como se nos abre en Cristo; la acción y la situación
vitales propias de Cristo. Es en este sentido que Él dice de la Eucaristía:
"Así como me envió mi Padre vivo, y vivo yo por mi Padre, así también el
que me come vivirá por mi (Jn., 6,57). "Vida" es la vida de Cristo,
en la cual se nos ha prometido participación. Y aquí también surge
consecuentemente un problema singular, el problema de cómo es posible llevar a
cabo una acción vital que, por principio, no se halla enraizada en la propia,
sino en "otra" personalidad diferente; cómo esta vida puede realmente
ser propia y contener, sin embargo, en sí aquella otra personalidad mediadora. V Nos
hemos preguntado por la "esencia del cristianismo"; es decir, por
aquel carácter distintivo que fundamenta en sí inequívocamente lo cristiano,
delimitándolo y distinguiéndolo, a la vez, de todo lo que no lo es. Con otras
palabras, y expresándolo con terminología lógica, nuestro problema era fijar la
categoría de lo cristiano. De
acuerdo con el carácter de nuestras reflexiones, el problema reviste, en primer
término, un sentido teórico. Con él nos preguntamos qué es lo que determina el
objeto del conocimiento cristiano; es decir, hablando científicamente, de la
Teología. ¿Qué es lo que fundamenta y garantiza el carácter cristiano del
objeto? ¿Qué es lo que constituye la presuposición de su forma cristiana de
aprehensión, la "condición de la posibilidad de juicios
cristianos"?... A estas preguntas les precede otra de más amplias
dimensiones: ¿En qué consiste aquella realidad a la cual se halla referida
esencialmente la existencia cristiana? ¿Cuál es el valor que exige de ésta una
decisión?... Esta problemática alude, finalmente, a la crisis que se desprende
de lo más arriba expuesto para todo el sistema de nuestro pensamiento, una
crisis a la que no sólo ha sido llevado el pensamiento objetivo por el primado
de lo personal, sino a la que, además, ha sido llevado todo el pensamiento
universal por la realidad cristiana. Las
reflexiones anteriores nos han ido acercando lentamente a lo propio y esencial.
El análisis, sobre todo, de las palabras ]n., 14, 6, ha puesto de manifiesto
que no se trata de algo psicológico o pedagógico didáctico, sino de la forma
misma en que lo cristiano es cristiano. Se puede rechazar lo expuesto en las
páginas anteriores, e incluso se puede declarar que se trata de un absurdo
total. Ello querrá decir, empero, que o bien no se ha entendido exactamente lo
expuesto, o bien se ha experimentado "escándalo" en ello. Lo que no
se puede, sin embargo, es extraerlo de la totalidad de lo cristiano y afirmar
que el resto sigue siendo cristiano. Continuamos
la investigación y nos detenemos de nuevo en el concepto de la revelación. Este
concepto gana ahora, por primera vez, examinado desde el ; punto de vista de lo
manifestado, toda su precisión y toda su significación. Que
Jesús se sabe como aquél que trae la revelación de Dios, es cosa que se halla
expresa en cada; una de las páginas del Nuevo Testamento. Las primeras palabras
que dice después de su bautismo son: "Cumplido es el tiempo, y el reino de
Dios está cercano; arrepentíos y creed en el Evangelio" (Me., 1, 15). Este
Evangelio, la Buena Nueva, es el cumplimiento de las profecías. Hallándose el
Bautista en prisión oye los hechos de Jesús y envía a sus discípulos para que
le pregunten: "¿Eres Tú el que viene, o debemos esperar a otro?" Y
respondiendo Jesús, les dijo: "Id y referid a Juan lo que habéis oído y
visto. Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos
oyen, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados; y bienaventurado
aquél que no se escandalizare en mí" (Mt., 11, 3-6). Jesús sabe de sí que
no ha "venido a abrogar la ley y los profetas..., sino a consumarla.
Porque en verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que falte una
jota o una tilde de la ley hasta que todo se cumpla" (Mt., 5, 17-18). Al
mismo tiempo, empero, se enfrenta con la revelación del Antiguo Testamento,
trazando sus límites y aportando lo definitivo. Ello se expresa potentemente en
aquella contraposición que domina todo el Sermón de la Montaña: "Habéis
oído lo que se dijo a los antiguos... Yo, empero, os digo" (Mt., 5, 21-43).
De su propia doctrina, en cambio, dicen las últimas palabras del Sermón de la
Montaña: "De manera que todo el que escucha mis palabras y las pone por
obra, será como el varón prudente, pues edifica su casa sobre la roca. Cayó la
lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos y dieron sobre aquella
casa; pero no cayó, porque estaba fundada sobre roca. Y todo el que me escucha
estas palabras y no las pone por obra, será semejante al necio, que edificó su
casa sobre arena. Cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos
y dieron sobre aquella casa; y cayó y fue grande su ruma. Aconteció que, cuando
acabó Jesús estos discursos, se maravillaban las muchedumbres de su doctrina,
porque les enseñaba como quien tiene poder, y no como sus doctores" (Mt.,
8, 24-29). Consciente de la ruina próxima de la ciudad santa y del fin del
mundo, dice: "El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no
pasarán" (Mc., 13, 31). En
todas estas palabras se expresa el hecho de que Jesús trae la revelación definitiva
y vinculatoria, que no hay nada más allá y que todo movimiento conduce, más
bien, sólo a su propia infinitud. Otras manifestaciones revisten mayor
amplitud. En ellas se expresa aquel algo decisivo que a nosotros nos ocupa, y
que se puso ya de manifiesto en las palabras de San Juan sobre el camino, la
verdad y la vida. En
este respecto, hay que mencionar, ante todo, las palabras sobre la luz:
"Otra vez, pues, les habló Jesús diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que
me sigue no anda en tinieblas, sino que tendrá luz de vida" (Jn, 8, 12). Y
también: "Es preciso que yo haga las obras del que me envió mientras es de
día; venida la noche, ya nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy
luz del mundo" (Jn., 9, 4-5). Estas frases están estructuradas
análogamente a aquellas otras del camino, la verdad y la vida. Jesús no trae
tampoco aquí la luz, sino que es la luz. Expresado por el apóstol, la misma
idea figura como tema de todo su Evangelio: "En Él estaba la vida, y la
vida era la luz de los hombres. Y la luz luce en las tinieblas, pero las
tinieblas no la abrazaron. Hubo un hombre enviado por Dios, de nombre Juan.
Vino éste a dar testimonio de la luz, para testificar de ella, y que todos
creyeran por él. No era él la luz, sino que vino a dar testimonio de la luz. La
luz verdadera era ya e ilumina a todo hombre, viniendo a este mundo" (Jn.,
1, 4-9). Que
aquí no se trata sólo de una manifestación de entusiasmo lo prueban las
palabras que siguen a las del camino, la verdad y la vida: "Yo soy el
camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí. Si me habéis
conocido, conoceréis también a mi Padre. Desde ahora le conocéis y le habéis
visto. Felipe le dijo: Señor, muéstranos al Padre, y nos basta. Jesús le dijo:
Felipe, ¿tanto tiempo ha que estoy con vosotros, y no me habéis conocido? El
que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo dices tú: muéstranos al
Padre?" (Jn., 14, 6-9). En los discursos polémicos dice a los fariseos:
"Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado. Quien quiere hacer la
voluntad de Él, conocerá si mi doctrina es de Dios o si es mía" (Jn., 7,
16-17). Estas palabras podrían entenderse en un principio como aplicables a la-
relación peculiar entre el profeta y aquél que le envía. Nuestro pasaje
muestra, empero, que en ellas se expresa algo más. Basta para ello leer las
palabras que siguen: "¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí?
Las palabras que yo os digo, no las hablo de mí mismo; el Padre, que mora en
mí, hace sus obras. Creedme, que yo estoy en el Padre y el Padre en mí; a lo
menos creedlo por las obras mismas" (Jn., 14, 10-11). La
doctrina de Jesús es doctrina del Padre. Pero no como en un profeta que recibe
y da a conocer la revelación, sino en el sentido de que su punto de partida se
halla en el Padre, pero, a la vez, también en Jesús. Y en Jesús de una manera
que sólo a Él le es propia y que determina su más profunda esencia: por el
hecho de ser el Hijo del Padre. Jesús puede enseñar la verdad, porque
"está en el Padre y el Padre está en Él". Esta relación no significa
simplemente presencia amorosa de Dios en el hombre a Él rendido, sino una forma
de existencia única, exclusiva y sólo dada aquí, que fundamenta la divinidad de
Jesús: "Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo
era Dios. Estaba al principio con Dios" (Jn., 1, 1-2). Partiendo de aquí
habla Cristo. Sin
embargo, Cristo no habla sólo con palabras, sino con todo su ser. Todo lo que
Él es, es revelación del Padre. Sólo ahora alcanza el concepto cristiano de la
revelación toda su entera plenitud. El racionalismo, que ha influido
profundamente el pensamiento cristiano, sitúa la esencia de la revelación en el
pensamiento que se revela y en la palabra que lo expresa. La palabra que la
boca habla no es, empero, más que una parte de una palabra más amplia, de
aquella palabra que consiste en la plenitud del ser. Cristo es la palabra,
incluso cuando "no abre su boca y habla". Toda su esencia es palabra,
sus gestos, sus ademanes y actitud, su acción y su obra, los motivos de su comportamiento
y la conexión de su destino. Nos las habernos aquí con un concepto óntico de la
palabra que se halla en la base de aquel "ser Verbo" en que consiste
la esencia del Hijo: Jesús es "logos", aun cuando nada diga en
concreto. Esto
nos lleva al importante concepto de la Epifanía en el Nuevo Testamento. La
Epifanía significa la revelación y publicidad de la verdad y realidad divinas,
hasta entonces ocultas. En los discursos polémicos se dice: "Jesús,
gritando, dijo: El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me ha enviado,
y el que me ve, ve al que me ha enviado. Yo he venido como luz al mundo, para
que todo el que cree en mí no permanezca en tinieblas" (Jn., 12, 44-46).
Lo mismo dice San Juan con esa fuerza para penetrar hasta lo esencial, que es
su más constante característica: "Y el Verbo se hizo carne y habitó entre
nosotros, y hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de
gracia y de verdad" (Jn., 1, 14). Un eco de estas palabras vuelve a
hallarse también en el comienzo de la primera Epístola: "Lo que era desde
el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que
contemplamos y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida, porque la vida
se ha manifestado y nosotros hemos visto y testificamos y os anunciamos la vida
eterna, que estaba en el Padre y se nos manifestó. Lo que hemos visto y oído os
lo anunciamos a vosotros, a fin de que viváis también en comunión con nosotros.
Y esta comunión nuestra es con el Padre y con su Hijo Jesucristo" (1 Ep.
Jn., 1, 1-3). La recóndita plenitud de sentido que es el Padre mismo con su
amor, se da accesible a todos en Cristo; es decir, "en verdad" entre
los hombres. Es,
por tanto, consecuente que San Pablo hable de Dios como de "Dios, Padre de
nuestro Señor Jesucristo" (Col., 1, 3). Dios no es Padre en sí y por sí,
sino en relación con Cristo, y sólo desde Cristo puede ser comprendido. De
igual manera, tampoco el Espíritu Santo es espíritu en sí, aliento religioso
que manara libremente, sino en relación con Jesús. Es el espíritu que Jesús
"envía". "El Abogado que Yo os enviaré de parte del Padre, el
Espíritu de verdad que procede del Padre... dará testimonio de mí" (Jn.,
15, 26). El contenido de su misión es Cristo. "Pero cuando viniere aquél,
el Espíritu de verdad, os guiará hacia la verdad completa, porque no hablará de
sí mismo, sino que hablará lo que oyere y os comunicará las cosas venideras. Él
me glorificará, porque tomará de lo mío, y os lo dará a conocer" (Jn., 16,
13-14). La divinidad del Nuevo Testamento se halla, pues, referida a Cristo, y
sólo desde Él puede llegarse a ella. El Dios en que cree el cristiano es
"el Dios Jesucristo". Teniendo
esto presente se pone de manifiesto la tremenda decisión ante la que Cristo
pone al mundo: "Podéis conocer el espíritu de Dios por esto: todo espíritu
que confiese que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; pero todo espíritu
que no confiese a Jesús, ése no es de Dios, es del Anticristo, de quien habéis
oído que está para llegar, y que al presente se halla ya en el mundo... Quien
confiese que Jesús es Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios... Todo
el que cree que Jesús es el Cristo, ése es nacido de Dios, y todo el que ama al
que le engendró, ama al engendrado en Él... ¿Y quién es el que vence al mundo,
sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?... El que cree en el Hijo de
Dios, tiene este testimonio en sí mismo. El que no cree en Dios le hace
embustero, porque no cree en el testimonio que Dios ha dado de su Hijo" (I
Ef. ]n., 4, 2-3, 15; 5, 1, 5, 10). Desde
esta perspectiva, y sólo desde ella, se pone de manifiesto la significación del
mensaje redentor del Nuevo Testamento. El
pecado no es sólo una transgresión cometida por el hombre, una transgresión que
deje, por lo demás, intacta su esencia. El pecado ha arrancado al hombre —y con
él al mundo— del orden en Dios, precipitando la existencia entera en la
desdicha. La redención no es, por eso, una corrección tan sólo de ciertas
transgresiones por la doctrina y el ejemplo, o una alta realización religiosa
que repara lo hasta entonces perturbado, sino un proceso del rango de la
creación. La redención no es algo que tenga lugar dentro del mundo, sino que
significa una nueva fundamentación de la existencia, la cual abarca a su vez
doctrina, aleccionamiento y ejemplo como elementos integrantes. La redención
eleva el todo de la existencia a un nuevo comienzo, lo cual, a su vez, significa,
desde luego, que la redención conduce este todo a través de una nueva muerte. Cristo
mismo no precisa ninguna pena reparadora. Cristo es puro, y no sólo porque no
hubiera pecado o porque un misterio de la gracia le hubiera extraído del ámbito
de la culpa, sino activa y creadoramente. Jesús no es sólo un ser singular
entre el resto de los demás, una excepción que constituya, sin embargo, frente
a Dios, una parte de la totalidad sino que, aun siendo hombre, se halla desde
un principio al lado de Dios, y viene de Él. Jesús ha sido "enviado"
por el Padre al mundo, al seno de la responsabilidad nacida del pecado. En San
Juan se dice: "Pues Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para que juzgue
al mundo, sino para que el mundo sea salvo por Él" (Jn., 3, 17). Y en otro
pasaje: "Porque yo he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino
para hacer la voluntad del que me envió" (Jn., 6, 38). La misma concepción
se expresa, empero, ya en los Sinópticos, en las instrucciones a los Apóstoles:
"Pues a todo el que me confesare delante de los hombres, yo también le
confesaré delante de mi Padre, que está en los cielos... El que os recibe a
vosotros, a mí me recibe, y el que me recibe a mí, recibe al que me envió"
(Mt., 10, 32-33 y 40). Esté "enviar" trae consigo decisión para los
hombres y un destino para Jesús mismo: "Yo he venido a echar fuego en la
tierra, y ¿qué he de querer sino que se encienda? Tengo que recibir un
bautismo, y ¡cómo me siento constreñido hasta que se cumpla!" (Le., 12,
49-50). Y asimismo: "Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus
discípulos que tenía que ir a Jerusalén para sufrir mucho de parte de los
ancianos, los príncipes, los sacerdotes y los escribas, y ser muerto y al
tercer día resucitar" (Mt., 16, 21). Finalmente: "¿No era preciso que
el Mesías padeciese y entrase en su gloria?" (Lc., 24, 26). En
la última cena se conmemora la liberación de Egipto. Entonces se había
sacrificado un cordero, comiendo su carne y señalando con su sangre los quicios
de las puertas, a fin de que el Ángel Exterminador pasara por ellas de largo. A
partir de esta fecha, cada año se repetía la comida, y Jesús lo hace así
también con los suyos. Así se relata, y después se dice: "Y mientras
comían, tomó pan, y bendiciéndolo lo partió, y se lo dio, y dijo: Tomad, éste
es mi cuerpo" (Me., 14, 22). El cordero ha sido sacrificado, su
"cuerpo" ha estado sobre la mesa y ha sido comido. "Y tomando un
cáliz y dando gracias, se lo dio, diciendo: Bebed de él todos, porque ésta es
mi sangre del Nuevo Testamento, que será derramada por muchos para remisión de
los pecados" (Mt., 26, 27-28). En San Lucas la última frase reza así:
"Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por
vosotros" (Lc., 22, 20). El proceso, la idea y la manifestación se hallan
construidos y reposan sobre la categoría redentora "por vosotros". El
sentido que en todo ello alienta se prosigue en la pasión de Jesús. La
"angustia" en Getsemaní no sólo significa miedo natural, sino que en
ella vive ya el Redentor aquello de lo que se trata en el "por
vosotros". Jesús lleva sobre sí como propia la culpa de los hombres,
siente pavor ante su horrendo carácter, que sólo a Él se le revela en toda su
amplitud, y se estremece ante la pena que esta culpa exige, y que no hay humano
que pueda medir exactamente. De esta conciencia surge también la actitud de
Jesús durante la pasión, y ello no sólo en San Juan, el "místico",
sino también en los Sinópticos. Sería totalmente imposible insertar "a
posteriori" este sentido en una personalidad y su comportamiento. Todo el
carácter del proceso se halla determinado por aquel "por vosotros".
La muerte de Jesús no es ni una catástrofe, ni un destino heroico, ni el
sacrificio de un mártir por sus convicciones, sino algo que es en sus comienzos
y en su esencia radicalmente distinto. Una cosa así no podía ser ni imaginada
ni construida. Por doquiera se echarían de ver las cisuras, mientras que aquí
nos encontramos ante una unidad de una pieza. Un sinnúmero de hombres, entre
ellos algunos del más alto nivel religioso, y no sólo de la más estricta
veracidad, sino de finísima agudeza, han construido su vida sobre el hecho de
la pasión tal como nos ha sido transmitida, sobre la estructura espiritual
sagrada que en ella alienta. Estos hombres han puesto su existencia a prueba en
este acontecimiento, han "obrado, y han percibido" que era verdad.
Ante este hecho palidecen todos los puntos de vista psicológicos y filosóficos.
Aquí tenemos ante nosotros una estructura esencial, que se impone hasta en los
gestos y en las palabras, y que fundamenta el existir para los tiempos. Es el
sacrificio redentor, al que sigue después, como una reacción gigantesca, el
hecho de la resurrección. "¿No era preciso que el Mesías padeciese y
entrase en su gloria"? (Lc., 24, 26). San
Pablo desarrolló este sentido con una fuerza que va alcanzando continuamente
nuevas profundidades: "Porque cuando todavía éramos débiles, Cristo, a su
tiempo, murió por los impíos. En verdad, apenas habrá quien muera por un justo;
y aun pudiera ser que muriera alguno por uno bueno; pero Dios probó su amor
hacia nosotros en que, siendo pecadores, murió Cristo por nosotros. Con mayor
razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por Él salvos de la ira;
porque si siendo enemigos fuimos reconciliados por Dios por la muerte de su
Hijo, mucho más, reconciliados ya, seremos salvos en su vida" (Rom., 5,
6-10). Y poco después: "Así, pues, como por un hombre entró el pecado en
el mundo, y por el pecado la muerte, que pasó a todos los hombres, por cuanto
todos habían pecado... Si, pues, por la transgresión de uno solo, esto es, por
obra de uno solo, remó la muerte, mucho más que los que reciben la abundancia
de la gracia y del don de la justicia reinarán en la vida por obra de uno solo,
Jesucristo. Por consiguiente, como por la transgresión de uno solo llegó la
condenación a todos, así también por la justicia de uno solo llega a todos la
justificación de la vida. Pues como por la desobediencia de uno todos fueron
hechos pecadores, así también por la obediencia- de uno todos serán hechos
justos" (Rom., 5, 12-19). La mediación se convierte en una inclusión
redentora. Cristo ha hecho suyo lo que era nuestro: el pecado; y así se ha
hecho nuestro lo que era suyo: la vida divina. Somos
cristianos en virtud de la redención. La redención, empero, no es un hecho cuya
eficacia pudiera separarse de la persona que es su actor, ni siquiera en la
medida en que los hechos se separan de los que los realizan, considerándolos
como unidad de sentido y eficiencia autónoma. El hecho sólo tiene, al
contrario, fuerza y sentido de redención como hecho de éste su actor, y éste
tiene que permanecer unido al hecho. A continuación se pondrá de manifiesto que
con ello aludimos a algo perfectamente determinado. VI En
las cartas paulinas se encuentra uno continuamente con una expresión singular:
"en Cristo". Así, por ejemplo, en las fórmulas de salutación, al
principio y al final, como cuando la primera Epístola a los Corintos se dirige
"a la Iglesia de Dios, de Corinto; a los santificados en Cristo Jesús",
terminando con la expresión: "Mi amor está con todos vosotros en Cristo
Jesús". La Epístola a los Filipenses está dirigida "a todos los
santos en Cristo Jesús". De Urbano se dice en la Epístola a los Romanos:
"Saludad a Urbano, nuestro cooperador en Cristo" (16, 9). San Pablo
advierte que los fieles deben alegrarse siempre "en el Señor"
(Filip., 4, 4); y asimismo dice: "Pues como habéis recibido al Señor
Cristo Jesús, andad en Él, arraigados y fundados en Él, corroborados por la fe"
(Col., 2, 6-7). ¿Qué significa esta expresión? En
la Epístola a los Romanos (5, 14-21), después de hablar de la redención, se
dice: "¿O ignoráis que cuantos hemos sido bautizados en Cristo Jesús
fuimos bautizados para participar en su muerte? Con Él hemos sido sepultados
por el bautismo, para participar en su muerte, para que como Él resucitó de
entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una
vida nueva. Porque si hemos sido injertados en Él por la semejanza de su
muerte, también lo seremos por la de su resurrección. Pues sabemos que nuestro
hombre viejo ha sido crucificado para que fuera destruido el cuerpo del pecado
y ya no sirvamos al pecado. En efecto, el que muere queda absuelto de la pena
del pecado; si hemos muerto con Cristo, también viviremos con Él; pues sabemos
que Cristo, resucitado de entre los muertos, ya no muere, la muerte no tiene ya
dominio sobre Él. Porque muriendo, murió al pecado una vez para siempre; pero
viviendo, vive para Dios. Así, pues, haced cuenta de que estáis muertos al
pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús" (Romanos, 6, 3-11). La
redención es un acontecimiento que ha tenido lugar en el seno de la historia,
pero no realizado por un simple hombre, sino por el Hijo de Dios, de acuerdo
con la voluntad del Padre y con la fuerza del Espíritu; es decir, que se trata
de un acontecimiento realizado desde la eternidad. Este acontecimiento ha
transcurrido temporalmente; pero, gracias al Resucitado y Transfigurado, ha
vuelto al Padre en su ser espiritualizado. De esta suerte se halla inserto en
la eternidad con vigencia intemporal, como nos lo dice, sobre todo, la Epístola
a los Hebreos en su arrollador capítulo IX. La redención es una realidad
cumplida entonces, pero que desde la eternidad se alza junto a todo momento
posterior. Una realidad, desde luego, de especie singular: pneumática, fundada
en el Espíritu Santo; pero realidad y potencia auténtica, que aspira a recibir
en sí al hombre, a comunicarse a él, a impregnarle y conformarle. Creer, ser
bautizado, ser cristiano, así como todos los actos cristianos, significa, por
eso, que el hombre penetra en este acontecimiento intemporal, que es captado
por él y que se hace partícipe de él, situándose en él al lado de Dios. ¿De qué
forma, empero? ¿Recordando, comprendiendo, reverenciando, amando, imitando?
También así, pero en forma superior a todo ello. Es sintomático cuan
íntimamente une San Pablo en el pasaje citado el concepto de la fe con el del
"ser bautizado". El bautismo, ahora bien, es un proceso de
renacimiento, de muerte y nuevo resurgir. No un algo psicológico o ético, por
tanto, sino algo pneumático-real. El proceso de unificación con el
acontecimiento de la Pasión, tal y como tiene lugar en la fe, significa, pues,
una verdadera inclusión, un vincularse y participar... El sentido general de
ello se pone de manifiesto asimismo si se examina lo que el hecho de
Pentecostés significa para la existencia cristiana. Antes de Pentecostés Cristo
se hallaba con los suyos "ante" los hombres. Entre unos y otros se
abría un abismo. Los hombres no habían comprendido a Cristo, no le habían hecho
"suyo" aún. El hecho de Pentecostés modifica totalmente esta
relación. Cristo, su persona, su vida y su acción redentora se le hacen al
hombre "cosa suya" y le son "abiertas". Los hombres son ahora
por primera vez "cristianos". Pentecostés es la hora del nacimiento
de la fe cristiana, entendida como un "ser en Cristo"; no por simple
"vivencia religiosa", sino como obra del Espíritu Santo. El concepto
del "en" cristiano es la categoría pneumática fundamental. Sólo al
Espíritu de Dios le compete escudriñar "hasta las profundidades de
Dios" (I Cor., 2, 10). El Padre y el Hijo son uno en el Espíritu, como en
un amor personal, y por el Espíritu recibe también Cristo el carácter, gracias
al cual Él puede ser de los hombres y los hombres de Él. Todo
el ser y la vida de Jesús constituye una realidad pneumática eterna. Cristo
vivió y murió entonces. Sin embargo, todo lo que Él fue y todo cuanto obró se
ha incluido en su existencia pneumática y existe allí. Expresión de ello son
las palabras del Apocalipsis sobre el "cordero que estaba en pie como
degollado" (Apoc., 5, 6), pero que vive y tiene poder para romper los
sellos. Cristo se halla en una acción constante, que contiene toda su obra y su
destino redentores. Creer y ser bautizado significa, empero, incluirse en esta
acción y recibirla en sí. Significa la muerte pneumática-real del hombre
antiguo y el renacimiento del nuevo, por el hecho de que aquella acción
"eterna" de la muerte y la resurrección de Jesús es co-realizada por
el hombre en el tiempo y como creyente. El ser y el obrar cristiano es la
co-realización, constantemente renovada, de la acción redentora, el constante
"despojarse del hombre viejo" (Col., 3, 9) y convertirse en hombre nuevo. Así
surge la relación "nosotros en Cristo" y "Cristo en
nosotros". El Cristo real-espiritual está en un "estado" tal,
que se convierte en una "esfera" viva, en la cual el hombre puede
existir como creyente; en una potencia "interior" frente a todo ser
creado, la cual, sin afectar ni a la unidad ni a la dignidad de éste, puede
penetrar en él y puede, por tanto, ser, actuar y vivir en el hombre. [11] Si
se compara el pasaje citado de la Epístola a los Romanos con otro de la
Epístola a los Colosenses, se pone de manifiesto toda la significación que se
atribuye a este momento: "Pues en Cristo habita toda la plenitud de la
divinidad corporalmente, y estáis llenos en Él, que es la cabeza de todo
principado y potestad, en quien fuisteis circuncidados con una circuncisión, no
de mano de hombre, no por la amputación de la carne, sino con la circuncisión
de Cristo. Con Él fuisteis sepultados en el bautismo, y en Él, asimismo,
fuisteis resucitados por la fe en el poder de Dios, que le resucitó de entre
los muertos. Y a vosotros, que estabais muertos por vuestros delitos y por el
prepucio de vuestra carne, os vivificó con Él, perdonándoos todos vuestros
delitos, borrando el acta de los decretos que nos era contraria, que era contra
nosotros, quitándola de en medio y clavándola en la cruz" (Col., 2, 9-14).
A estas palabras hay que añadir también las de la segunda Epístola a los
Corintios: "De suerte que el que es de Cristo se ha hecho criatura nueva,
y lo viejo pasó, se ha hecho nuevo" (77 Cor., 5, 17). "Fe" no
significa, pues, algo psicológico, ni una simple forma de conciencia, sino un
estar-referido y estar-vinculado de naturaleza real. Creer, ser renovado y
sellado por el bautismo, significa un proceso por el cual el hombre entra en la
inexistencia alternativa pneumática con el Redentor eterno-real; un proceso por
el cual recibe la figura, la acción, la pasión, la muerte y la resurrección del
Redentor como forma y contenido de una nueva existencia. Dos
manifestaciones expresan con gran fuerza esta participación viva. En la primera
Epístola a los Corintios habla San Pablo de la distinción entre el nuevo hombre
"espiritual" y el viejo, natural y "psíquico". El primero
vive de un nuevo principio de vida, del "espíritu que proviene de
Dios". Es por eso por lo que no puede ser entendido por el hombre viejo.
"El [hombre] espiritual juzga de todo, pero a él nadie puede
juzgarle". El texto prosigue después: "Porque ¿quién conoció la mente
del Señor, para poder enseñarle? Mas nosotros tenemos el pensamiento de Cristo"
(2, 12-16). En el Espíritu de Dios participamos nosotros de la razón, del
"nous" del Redentor. El pensamiento del cristiano tiene lugar desde
los criterios y la forma mental de Cristo. La
otra manifestación se halla al comienzo de la Epístola a los Filipenses, y
surge de ese tono cálido que llena toda la misiva: "Testigo me es Dios de
cuánto os amo a todos en las entrañas de Cristo Jesús" (Fil, 1, 8). Estas
palabras expresan un paralelo exacto al "pensamiento de Cristo": la
amorosa profundidad de su corazón. Lo mismo que el creyente conoce desde el
conocimiento de Cristo, participando así en su verdad, así ama también desde
las "entrañas", desde el amor de Cristo, participando de la plenitud
de su corazón, superior a todas las posibilidades humanas. [12] La
inexistencia cristiana tiene dos facetas. De un lado, la individual: "Mas
yo, por la misma Ley, he muerto a la Ley, por vivir para Dios; estoy
crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí. Y aunque
al presente vivo en carne, vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se
entregó por mí" (Gal., 2, 19-20). El creyente debe co-reali-zar también la
acción redentora por nueva y constante superación de sí, "hasta ver a
Cristo formado en vosotros" (Gal., 4, 19), y hasta alcanzar "la unidad
de la fe y del conocimiento de Hijo de Dios, cual varones perfectos, a la
medida de la plenitud de Cristo" (Ef., 4, 13). La persona y el destino de
Cristo con toda su potencia y plenitud se inserta en todo creyente y tiende a
crecer y desarrollarse en la existencia personal de cada uno, a fin de realizar
progresivamente la totalidad de posibilidades de aquélla. A
esta representación, concebida desde el punto de vista individual, se opone
otra desde el ángulo de lo total: la grandiosa idea del "cuerpo de
Cristo", tal como se encuentra desarrollada, sobre todo, en las Epístolas
a los Colosenses y a, los Efesios: "Es la imagen de Dios invisible,
primogénito de toda criatura; porque en Él fueron creadas todas las cosas del
cielo y de la tierra, las visibles y las invisibles, los tronos, las
dominaciones, los principados, las potestades; todo fue creado por Él y para
Él. Él es antes que todo, y todo subsiste en Él. Él es la cabeza del cuerpo de
la Iglesia; Él es el principio, el primogénito de los muertos, para que tenga
la primacía sobre todas las cosas. Y plugo al Padre que en Él habitase toda la
plenitud de la divinidad y por Él reconciliar consigo, pacificando por la
sangre de su cruz todas las cosas, así las de la tierra como las del
cielo" (Col., 1, 14-20). La mismo relación que con el individuo la tiene
también Cristo con el todo humano. De la comunidad humana hace Él la totalidad
cristiana, que es algo más que la mera suma de las individualidades que la
componen. Cristo es, pudiera decirse, la entelequia de esta totalidad
cristiana, su forma interna y su potencia organizadora. Sólo así, y por ello,
se convierte esta totalidad en Iglesia. Lo
que puede decirse de la fe, del bautismo y de la vida cristiana, puede decirse
también, y con especial significación, del misterio de la Eucaristía. En
la primera Epístola a los Corintios se dice: "Os hablo como a discretos.
Sed vosotros jueces de lo que os digo. El cáliz de bendición que bendecimos,
¿no es la comunión de la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es la
comunión del cuerpo de Cristo? Porque el pan es uno, somos muchos un solo
cuerpo, pues todos participamos de ese único pan" (I Cor., 10, 15-17). Y
más adelante: "Porque yo he recibido del Señor lo que os he transmitido:
que el Señor Jesús, en la noche en que fue entregado, tomó el pan y, después de
dar gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo, que se da por vosotros; haced
esto en memoria mía. Y asimismo, después de cenar, tomó el cáliz, diciendo:
Este cáliz es el Nuevo Testamento en mi sangre; cuantas veces lo bebáis, haced
esto en memoria mía. Pues cuantas veces comáis este pan y bebáis este cáliz,
anunciaréis la muerte del Señor, hasta que Él venga. Así, pues, quien come el
pan y bebe el cáliz del Señor indignamente, es reo del cuerpo y de la sangre
del Señor. Examínese, pues, el hombre a sí mismo antes de comer del pan y beber
del cáliz, pues el que sin discernir come y bebe el cuerpo del Señor, se come y
se bebe su propia condenación" (I Cor., 11, 23-29). ¿Qué significa esto?
Con medios psicológicos o "espirituales" no puede aquí hacerse nada.
Aquí no se trata ni de un acto de pertenencia religiosa, ni de un símbolo de
comunidad, sino de la aparición de una realidad especial: del misterio. En ella
lo histórico-individual se transforma en un trashistórico-permanente, que
surge, sin embargo, de nuevo en la historia, siempre que los ministros realizan
la ceremonia instituida por el "Señor" al que compete "todo el
poder", cuando dijo: "Haced esto en memoria mía".. En la
realización de la acción litúrgica, Cristo, con su vida, muerte y resurrección,
se encuentra pneumática-realmente "entre aquellos que se reúnen en su
nombre", es "comido" por ellos y se halla "en ellos".
Es el fenómeno del culto cristiano. Ya
en San Pablo se muestra la íntima relación entre la fe y el misterio. Todavía
más claramente, sin embargo, en San Juan. En el gran discurso de Cafarnaum
sobre el pan de la vida, dice Jesús primeramente: "Yo soy el pan de vida;
el que viene a mí no tendrá más ya hambre, y el que cree en mí jamás tendrá
sed" (Jn., 6, 35). "Pan" es aquí Cristo como verdad viva; este
pan, empero, se come por la recepción viva de su palabra y de su esencia en la
fe. Los oyentes murmuran porque había dicho: "Yo soy el pan que bajó del
cielo" (6, 41). Jesús, empero, confirma lo dicho, dándole incluso un nuevo
y tremendo sentido: "Yo soy el pan de vida... Yo soy el pan vivo bajado
del cielo; si alguno come de este pan, vivirá para siempre, y el pan que yo le
daré es mi carne, vida del mundo" (6, 48 y 51). De nuevo y más violentamente
protestan los oyentes, y de nuevo robustece Jesús su afirmación: "En
verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no
bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi
sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne
es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi cuerpo y
bebe mi sangre, está en mí y yo estoy en él. Así como me envió mi Padre vivo y
vivo yo por mi Padre, así también el que me come vivirá por mí" (Jn., 6,
53-57). A lo largo del discurso se ha modificado, por tanto, el concepto del
"pan". Al principio es la verdad y es comido en la fe; después es
"carne y sangre" de Jesús y es comido bajo las especies
sacramentales. Una prueba de la profunda relación en que se encuentra el acto
de la fe con el misterio. La fe —y el bautismo— fundamentan la inexistencia que
constituye el existir cristiano; la Eucaristía la alimenta y desarrolla. Las
palabras que se agrupan en torno a la Sagrada Cena (Jn, 13-17) descubren el
misterio de la pertenencia entre el Redentor y los redimidos. Así, sobre todo,
por la parábola de la vid: "Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el
viñador. Todo sarmiento que haya en mí que no lleve fruto, lo cortará; todo el
que dé fruto, lo podará para que dé más fruto. Vosotros estáis ya limpios por
la palabra que os he hablado; permaneced en mí y yo en vosotros. Como el
sarmiento no puede dar fruto de sí mismo si no permaneciere en la vid, tampoco
vosotros, sino permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El
que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis
hacer nada" (Jn, 15, 1-5). Aquí
se pone también de manifiesto cómo la relación se extiende a la totalidad
cristiana, a la Iglesia. La Iglesia hinca sus raíces en el misterio y vive de
él. Estas
ideas encuentran su última, pudiera decirse cósmica culminación en la doctrina
del "anakephalaoisis", inserta ya en el concepto del "cuerpo de
Cristo" espiritual. Toda
la creación es captada por la fuerza actuante del Redentor, penetrada y
reconformada por Él. La Epístola a los Efesios dice: "Bendito sea Dios y
Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que en Cristo nos bendijo con toda bendición
espiritual en los cielos; por cuanto que en Él nos eligió antes de la
constitución del mundo para que fuésemos santos e inmaculados ante Él, y nos
predestinó en candad a la adopción de hijos suyos por Jesucristo, conforme al
beneplácito de su voluntad para alabanza y gloria de su gracia. Por esto nos hizo
gratos en su amado, en quien tenemos la redención por la virtud de su sangre,
la remisión de los pecados, según las riquezas de su gracia, que
superabundantemente derramó sobre nosotros en perfecta sabiduría y prudencia.
Por éstas nos dio a conocer el misterio de su voluntad, conforme a su
beneplácito, que se propuso realizar en Cristo, en la plenitud de los tiempos,
reuniendo todas las cosas, las de los cielos y las de la tierra en Él, en quien
hemos sido heredados por la predestinación, según el propósito de Aquél que
hace todas las cosas conforme al consejo de su voluntad" (Ef., 1, 3-11).
En la Epístola a los Colosenses se lee asimismo: "El Padre nos libró del
poder de las tinieblas y nos trasladó al reino del Hijo de su amor, en quien tenemos
la redención y la remisión de los pecados; que es la imagen de Dios invisible,
primogénito de toda criatura; porque en Él fueron creadas todas las cosas del
cielo y de la tierra, las visibles y las invisibles, los tronos y las
dominaciones, los principados, las potestades; todo fue creado por Él y para
Él. Él es antes que todo, y todo subsiste en Él. Él es la cabeza del cuerpo de
la Iglesia; Él es el principio, el primogénito de los muertos, para que tenga
la primacía sobre todas las cosas. Y plugo al Padre que en Él habitase toda la
plenitud de la divinidad, y por Él reconciliar consigo, pacificando por la
sangre de su cruz todas las cosas, así las de la tierra como las del
cielo" (Col., 1, 13-20). El concepto de la Iglesia se adentra en el de la
nueva creación. El Cristo pneumático es del universo todo, y el universo todo
es llevado por Él —conformándolo— hacia el Padre. La
representación paulina del todo redimido alcanza su plenitud en la del
"nuevo cielo y nueva tierra" de San Juan. El mundo ha sido creado por
el Logos, a su imagen y por su potencia conformadora. El mundo cayó en pecado y
se arrancó con ello de la vinculación con el Logos. El Logos vino, empero, al
mundo. Él es carne y, en este sentido, la "verdad" esencial, el
"camino" y la "vida" del mundo (Jn., 14, 6), su
"pan" (Jn., 6), su "luz" (Jn., 8, 12) y la forma del nuevo
ser que le ha sido otorgado. Conduce al mundo, si a ello se presta, hacia una
nueva plenitud: al individuo en el "ser hijo de Dios", y a la
creación entera en la existencia del "nuevo cielo y de la nueva
tierra", de la que habla el Apocalipsis. La
visión final del Apocalipsis es la expresión de este mundo unido en el Redentor
y recibido en la comunidad de la gracia; la ciudad celeste de Jerusalén, la
creación hecha toda gloria, que no precisa ya de luminar porque su luminar es
el Cordero, y que más tarde se convierte en la "novia" que acude a
los desposorios con el Cordero (Apoc., 21, 1 ss.). VII Ante
estas ideas se siente uno acuciado por la pregunta de si todo ello es,
efectivamente, posible. ¿No se tratará de fantasmagorías o de la expresión de
estados de ánimo subjetivos? ¿No nos encontraremos ante construcciones que
habrá que condenar como situadas bajo el influjo problemático de
representaciones místicas? En último término, la pregunta no puede responderse
mientras nos movamos en el ámbito de las presuposiciones terrenas. Desde este
ángulo de visión sólo podría mostrarse que una relación como la descrita rebosa
de sentido, e incluso que, en cierto modo, se halla preparada por concepciones
profanas; también podría mostrarse que allí donde estas ideas son
verdaderamente recibidas y conforman la vida, surge una forma de existencia de
purísimo sentido y lucidez. Por lo demás, se trata del núcleo mismo de la
revelación, que sólo puede ser captado y recibido en la fe... Una investigación
en el sentido indicado saldría del marco de este trabajo, y hemos de reservarla
para una "Antropología cristiana" que desde hace tiempo preparamos.
Aquí hemos de plantear otra cuestión: la de si la conciencia cristiana percibe,
efectivamente, los problemas que surgen de esta teoría. ¿Se percata con
claridad la conciencia cristiana de la monstruosidad que con ella se afirma?
¿Sabe el Nuevo Testamento qué consecuencias implican estas doctrinas para la persona
de Cristo? Si ello es, efectivamente, así, tienen que poder hacerse sobre la
persona del Redentor ciertas manifestaciones que sobrepasen todas las
posibilidades terrenas; ¿tiene la conciencia de ello el Nuevo Testamento y
hace, de hecho, estas manifestaciones? ¿Atribuye
a la figura histórica "Jesucristo" aquella plenitud del ser,
necesaria para la expresada relación? Aun suponiendo que por la resurrección y
la transfiguración ha penetrado Jesús en el estado pneumático, siendo capaz
desde aquí de la situación descrita, ¿posee efectivamente espacio en sí para
todo lo que en Él ha de inexistir? ¿Pueden el individuo aislado, todos los
hombres, la humanidad entera, el mundo, penetrar en Él? ¿No se angostan al
hacerlo así? ¿No pierde el mundo su carácter de libre totalidad? Si no ha de
acontecer así, tiene que poseer Cristo una verdadera omnicomprensión: ¿sabe el
Nuevo Testamento de esta consecuencia, y la extrae de hecho? Sí, lo hace
expresamente, y, además, en varios pasajes y manifestaciones. En
primer lugar, tenemos la introducción de la Epístola a los Colosenses y el
prólogo al Evangelio de San Juan. La
primera, ya citada, reza: "Por esto, también desde el día en que tuvimos
esta noticia, no cesamos de orar y pedir por vosotros, para que seáis llenos
del conocimiento de la voluntad de Dios, con toda sabiduría e inteligencia
espiritual, y andéis de una manera digna del Señor, procurando serle gratos con
todo, dando frutos de toda obra buena y creciendo en el conocimiento de Dios,
corroborados en toda virtud por el poder de su gloria, para el ejercicio alegre
de la paciencia y de la longanimidad en todas las cosas, dando gracias a Dios
Padre, que os ha hecho capaces de participar de la herencia de los santos en el
reino de la lux. El Padre nos libró del poder de las tinieblas y nos trasladó
al remo del Hijo de su amor, en quien tenemos la redención y la remisión de los
pecados; que es la imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura;
porque en Él fueron creadas todas las cosas del cielo y de la tierra, las
visibles y las invisibles, los tronos, las dominaciones, los principados, las
potestades; todo fue creado por Él y para Él. Él es antes que todo, y todo
subsiste en Él. Él es la cabeza del cuerpo de la Iglesia; Él es el principio,
el primogénito de los muertos, para que tenga la primacía sobre todas las
cosas. Y plugo al Padre que en Él habitase toda la plenitud de la divinidad, y
por Él reconciliar consigo, pacificando por la sangre de su cruz todas las
cosas, así las de la tierra como las del cielo" (Col., 1, 9-21). Cristo
aparece aquí en su existencia celestial, precedente a su nacimiento terreno,
como el Hijo del Padre eterno, y sólo en tanto que referido al mundo. Con
la máxima intensidad se subraya que todo cuanto es, lo es por Él. Todo lo que
es, es en Él, y "todo fue creado por Él y para Él"; "Él es antes
que todo" y "todo subsiste en Él". También se dice que en Él
habita "toda la plenitud", y que por Él se reconciliaron con el Padre
"todas las cosas". Estos
pasajes se refieren a la creación, mantenimiento y redención del mundo: todo
cuanto es se refiere con su esencia y realidad a Cristo, y tiene en Él su
subsistencia. Después se habla de Él mismo y se dice que es "la imagen del
Dios invisible". El Padre, inaccesible en sí, se revela en el Hijo. En
Éste aparece visible toda la plenitud de sentido y esencia del Padre. Nos es
necesario, pues, por ello, fijar ya aquí aquel concepto que, más tarde, va a
ser mencionado expresamente en el prólogo del Evangelio de San Juan, a saber, el
concepto del "logos", el cual, a su vez, presupone el del verbo
divino del Antiguo Testamento y —expresa u objetivamente— la "idea"
griega. [13] No sólo San Juan, sino que también San Pablo utiliza estos
conceptos para interpretar la realidad de Cristo. El Hijo eterno se comporta
frente a lo creado como la "idea" frente a la realidad que ella
fundamenta, y como el verbo divino frente a las cosas creadas. Cristo es la
suma de las "ideas" y de las "palabras" de Dios y contiene,
por tanto, la raíz del sentido de todo ser. Él, que existe antes de todo
tiempo, ha entrado en el tiempo, y, por el hecho de la redención, ha
reconciliado al mundo con el Padre. Al hacerse hombre vino al mundo como
esencia corporal aquello que, desde un principio, lo sustentaba creadoramente.
El Cristo vivo lleva así en sí toda la omni-comprensión del "logos".
En virtud de ello es "primogénito de toda criatura" y "antes que
todo", habita en Él "toda la plenitud", puede reconciliar con el
Padre "todas las cosas" y constituye la "cabeza "del cuerpo
místico de la Iglesia. Él mismo, empero, arquetipo y verbo primario del mundo,
es, a su vez, imagen del Padre. La "idea" y el "verbo" se
fundamentan de esta suerte recíprocamente, aunque de otra suerte distinta, de
una manera que constituye la vida interna del mismo Dios. El
prólogo de San Juan dice: "Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba
con Dios, y el Verbo era Dios. Estaba al principio con Dios. Todas las cosas
fueron hechas por Él, y sin Él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho... Estaba
en el mundo y por Él fue hecho el mundo, pero el mundo no le conoció. Vino a
los suyos, pero los suyos no le recibieron... A Dios nadie le vio jamás, Dios
Unigénito, que está en el seno del Padre, ése nos le ha dado a conocer"
(]n:, 1, 1-3, 10-11, 18). Si
se examinan estas palabras detenidamente, se ve que San Juan no va más allá de
lo dicho por San Pablo. San Pablo es el verdadero maestro del
"lo-gos", mientras que San Juan no hace apenas otra cosa que añadir
el nombre... Ya San Pablo interpreta la relación de la divinidad eterna de
Cristo con "Dios" por medio de dos representaciones: "Dios"
es el Padre, y la divinidad de Cristo su Hijo; "Dios" es arquetipo
eterno, y Cristo su imagen también eterna; "Dios" es el inaccesible,
invisible, desconocido, y Cristo su actualización, presencia y manifestación.
San Juan añade que la revelación del recóndito tiene la forma del verbo, y que
la imagen es lo expresado... La interioridad en la que San Juan ve referido el
"logos" al "legón", el Hijo al Padre, y que expresa
diciendo que "el Verbo estaba con Dios", y que "descansa en el
pecho del Padre", se encuentra también en San Pablo cuando éste habla del
"Hijo de su amor". Ambos hablan del misterio de la interioridad
inaccesible que se revela en el carácter de imagen propio del Logos-Hijo. San
Pablo, lo mismo que San Juan, subrayan que el mundo fue creado por Él, que es,
por tanto, su propiedad, y que Él es la luz del mundo; es decir, que en ambos
se encuentra en toda su energía la relación de la idea primariamente constitutiva
y de la palabra creadora con las cosas. De este "logos" dice después
San Juan —y ello constituye un nuevo tono frente a San Pablo— que, al hacerse
hombre, "vino al mundo". La persona que es suma y conjunto del
sentido del mundo entra históricamente en aquello que en ella consiste. El
Padre, a quien "nadie le vio jamás" —el "invisible" le
llama San Pablo—, se revela por Él. Cristo se halla, pues, en el mundo como la
epifanía del Padre. De aquí lo incomprensible de que "las tinieblas no
comprendieran la luz" y de que "los suyos" no recibieran al
Señor. La
representación de San Pablo como la de San Juan dan, por tanto, una respuesta
inequívoca a nuestra pregunta: entre el hombre y el mundo, de una parte, y
Cristo, de la otra, puede darse la relación de inexistencia alternativa, ya que
Cristo lleva en sí la plenitud del "logos", que supera y trasciende
toda criatura posible. Es
posible que se objete ahora que esta representación de totalidad
omnicomprensiva representa una metafísica y mística extrañas a la esencia del
cristianismo, introducidas en el Nuevo Testamento por los dos
"teólogos", San Juan y San Pablo. Sin embargo, parece hablar ya
contra este argumento el hecho mismo de que sea San Pablo el primero que
desarrolla tal representación; el mismo San Pablo, que, con su doctrina de la
justificación y de la gracia, tan intensa y repetidamente ha sido consagrado
como mantenedor y garante de las esencias cristianas. De otra parte, este
concepto de totalidad se encuentra ya en representaciones sobre cuyo carácter
cristiano originario no puede caber la menor duda. Ante podo, en la del Juicio
Final: "Cuando
el Hijo del hombre venga en su gloria y todos los ángeles con Él, se sentará
sobre su trono de gloria, y se reunirán en su presencia todas las gentes, y
separará a unos de otros, corno el pastor separa a las ovejas de los cabritos,
y pondrá las ovejas a su derecha y los cabritos a su izquierda. Entonces dirá
el Rey a los que están a su derecha: Venid, benditos de mi Padre, tomad
posesión del remo preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque
tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; peregriné y
me acogisteis; estaba desnudo y me vestísteis; enfermo y me visitasteis; preso
y vinisteis a verme. Y le responderán los justos: Señor, ¿cuándo te vimos
hambriento y te alimentamos, sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos
peregrino y te acogimos, desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en
la cárcel y vinimos a ti? Y el Rey les dirá: En verdad os digo, que cuantas
veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo
hicisteis. Y dirá a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego
eterno, preparado para el diablo y para sus ángeles. Porque tuve hambre y no me
disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber. Fui peregrino y no me
alojasteis; estuve desnudo y no me vestísteis; enfermo y en la cárcel y no me
visitasteis. Ellos responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, o
sediento, o peregrino, o enfermo, o en prisión y no te socorrimos? Él les
contestará diciendo: En verdad os digo, que cuando dejasteis de hacer esto con
uno de estos pequeñuelos, conmigo no lo hicisteis. E irán al suplicio eterno, y
los justos a la vida eterna" (Mt., 25, 31-46). El
juez que allí aparece no es "Dios", sino Cristo. ¿Y cómo juzga
Cristo? El contenido de la sentencia —de acuerdo con la idea fundamental del
"primero y más grande de los mandamientos"— se concentra en el amor,
o más exactamente, en la caridad frente a la necesidad ajena. El juez, empero,
no dice: "Habéis sido caritativos, y por tanto sois salvos", o
"Habéis pecado contra la caridad, y por tanto estáis condenados",
sino: "Estaba hambriento y me disteis de comer" o "Estaba
hambriento y me negasteis el alimento". Esto quiere decir, empero, que
allí donde el hombre practica el amor frente a otro hombre, o se niega a
hacerlo, lo hace con Cristo mismo. El criterio de la sentencia no es, pues,
"la caridad", "el valor", la "categoría ética",
sino Él mismo. Y ello no pedagógicamente, como si se situara, en cierto modo,
detrás de los hombres que precisan amor, a fin de dar fuerza con su persona a
la pretensión de éstos —como podría suponerse, por ejemplo, allí donde aboga
por los niños—, sino en principio y de manera absoluta. Lo que da
definitivamente a la acción su sentido para el remo de Dios no es el
"bien" o el "deber", sino Él. Él es el bien y la norma, y
nada hay que esté sobre Él. [14] El pecado, que acarrea la pérdida de la
salvación, consiste, en último término, en un crimen contra Él. La buena
acción, sobre la que se funda la salud eterna, consiste en el amor a Él. Toda
acción penetrada de sentido cristiano desemboca decisivamente en Él, y Él es el
definitivo qué y por qué del obrar. Ello quiere decir, empero, examinado detenidamente,
la misma monstruosidad que la afirmada en el concepto del "logos".
Este la expresa óntica y metafísicamente diciendo: Cristo es el arquetipo
primario y la palabra creadora en el todo; la verdad en todo ser es Él. La
representación del juicio final lo hace ética y prácticamente al decir: Cristo
es contenido y criterio del obrar cristiano en absoluto; el bien en cada acción
es Él. No constituye, por eso, sino una consecuencia de la conciencia
sinóptica, el que San Pablo derive la ética cristiana de la idea del cuerpo de
Cristo, la cual dice a su vez que Cristo prosigue en el seno de la historia
—como Hombre-Dios transfigurado— el mismo regimiento de todo lo creado que
realiza constitutivamente en tanto que Logos. (Cfr.: Rom., 7,4; 12, 5ss.; I
Cor., 15 ss.; 12, 20 ss.) La
representación, según la cual Cristo se halla referido en su existencia
concreta a la totalidad de lo humano, retorna una vez más en un fenómeno tan
esencial e indiscutidamente cristiano como el de la Eucaristía. Las
manifestaciones de los Sinópticos (Mt., 26, 26-29; Me., 14, 22-25; Le., 22,
15-20), así como las de la primera Epístola a los Corintios (11, 23-25),
culminan en la afirmación de que Cristo se ha dado a los suyos como comida y
bebida. No sólo en sentido traslaticio —su verdad, su amor, su ejemplo—, sino
verdadera y realmente; es decir, Él mismo. Esta realidad es expresada en las
palabras de Jesús, en Jn., 6, con una tremenda rigurosidad. La resistencia que
la idea tiene que provocar en el ánimo de los oyentes no sólo no es paliada,
sino llevada a una última decisión. Con la misma rigurosidad —alimentada por
igual intención— con que en el prólogo no se dice el Verbo se ha hecho
"hombre", sino que se ha hecho "carne", tampoco aquí se
dice, como en los Sinópticos: "Tomad y comed, éste es mi cuerpo",
sino: "Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no
tendréis vida en vosotros" (Jn., 6, 53). Esto
significa, para nuestro problema, que Jesucristo se ha determinado a sí mismo
como manjar de 'la nueva vida y para todos los fieles. Su sustancia; vital es
el alimento de la existencia cristiana, el alimento en absoluto, subraya San
Juan, sin el cual el ¡hombre "no tiene vida en sí". De nuevo, pues,
la misma monstruosidad que en las ideas y construcciones precedentes. Jesús se
sabe de tal manera libre de todo lo destruido y de todo lo destructor, tan
enteramente vida positiva, que puede darse como "manjar" y para
apropiación íntima a aquellos que Él ama y cuya salvación eterna quiere
fundamentar, sin temer, por ello, que, en algún sentido, pueda convertirse para
ellos en veneno. Y no sólo a éste o aquél, que le sean especialmente próximos,
a San Juan, por ejemplo, al que Él ama, sino a todos. Su fuerza de vida y
donación, de potestad y reconstrucción es tal y tan comprensiva, que puede ser
manjar de todos. De todos los hombres singulares, pero también del todo, pues
no sólo el individuo y cada individuo deben convertirse en "un
cuerpo" con Él, sino la totalidad creyente. Éste es también el sentido de
la parábola de la vid, relatada en las palabras finales de despedida y en
relación con el proceso de institución de la Eucaristía. En este sentido hay
que entender, empero, también antes la conexión que establece San Pablo, en la
primera Epístola a los Corintios, entre la Eucaristía y la Iglesia bajo el
concepto del "cuerpo de Cristo". A
finales del Apocalipsis, que constituye a la vez el final de toda la Sagrada
Escritura, se expresa una vez más el hecho de la totalidad omnicomprensiva de
Cristo como en un acorde gigantesco que resumiera en sí todas las voces de la
revelación en el Nuevo Testamento. En
las visiones de las luchas apocalípticas ha alcanzado realidad la profecía de
Simeón. En Aquél que "puesto está para caída y levantamiento de muchos en
Israel, y para blanco de contradicción", se han revelado definitivamente
"los pensamientos de muchos corazones" (Lc., 2, 34-35). Él bien y el
mal, que en el curso de la historia se hallaban mezclados inseparablemente, se
han separado ahora con claridad. La imagen de los últimos horrores, que han
conmovido al mundo en sus fundamentos básicos, ha puesto al descubierto el
sofisma que encerraba la afirmación de que la existencia rebelde descansaba
segura de sí. Se ha puesto de manifiesto que toda realidad sólo es real desde
el bien, existiendo sólo en la misma medida en que honra a Dios, que es en sí
mismo el bien y lo santo, lo válido y aquello a que se debe reverencia y
adoración. La visión del juicio final ha demostrado, finalmente, que todo, lo
mismo el ser que el sentido, recibe su determinación definitiva de Cristo, el
Juez. Después se dice: "Y
me llevó en espíritu a un monte grande y alto, y me mostró la ciudad santa,
Jerusalén, que descendía del cielo, de parte de Dios, que tenía la gloria de
Dios. Su brillo era semejante a la piedra más preciosa, como la piedra de jaspe
pulimentado. Tenía un muro grande y alto y doce puertas, y sobre las doce
puertas doce ángeles y nombres escritos, que son los nombres de las doce tribus
de los hijos de Israel: de la parte de Oriente, tres puertas; de la parte del
Norte, tres puestas; de la parte de Mediodía, tres puertas, y de la parte del
Poniente, tres puertas. Y el muro de la ciudad tenía doce hiladas, y sobre
ellas los nombres de los doce Apóstoles del Cordero. Y el que hablaba conmigo
tenía una medida, una caña de oro, para medir la ciudad, sus puertas y su muro.
Y la ciudad estaba asentada sobre una base cuadrangular, y su longitud era
tanta como su anchura. Y midió con la caña la ciudad, y tenía doce mil
estadios, siendo iguales su longitud, su latitud y su altura. Y midió su muro,
que tenía ciento cuarenta y cuatro codos, medida humana, que era la del ángel.
Y su muro era de jaspe, y la ciudad oro puro, semejante al vidrio puro; y las
hiladas del muro de la ciudad eran de todo género de piedras preciosas: la
primera de jaspe, la segunda de zafiro, la tercera de calcedonia, la cuarta de
esmeralda, la quinta de sardónica, la sexta de cornalina, la séptima de
crisolito, la octava de berilo, la novena de topacio, la décima de crisoprasa,
la undécima de jacinto y la duodécima de amatista. Y las doce puertas eran doce
perlas, cada una de las puertas era de una perla, y la plaza de la ciudad era
de oro puro, como vidrio transparente. Pero templo no vi en ella, pues el
Señor, Dios Todopoderoso, con el Cordero, era su templo. La ciudad no había
menester de sol ni de luna que la iluminasen porque la gloria de Dios la
iluminaba, y su lumbrera era el Cordero. Y a su luz caminarán las naciones, y
los reyes de la tierra llevarán a ella su gloria. Sus puertas no se cerrarán de
día, pues noche allí no habrá, y llevarán a ella la gloria y el honor de las
naciones. Y en ella no entrará cosa impura, ni quien cometa iniquidad y
mentira, sino los que están escritos en el libro de la vida del Cordero. Y me
mostró un río de agua de vida, clara como el cristal, que salía del trono de
Dios y del Cordero. Entre la calle y el río, a uno y otro lado, había un árbol
de vida que daba doce frutos, cada fruto en su mes, y las hojas del árbol eran
saludables para las naciones. Y no habrá ya maldición alguna. Y el trono de
Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán, y verán su
rostro, y llevarán su nombre sobre la frente. No habrá ya noche, ni tendrá
necesidad de luz de antorcha, ni de luz del sol, porque el Señor Dios los
alumbrará, y reinarán por los siglos de los siglos" (Apoc., 21, 10-22,5). La
visión alude a un último resumen. La imagen de la ciudad celeste contiene la
idea del Antiguo Testamento, la Jerusalén de la tierra, que ya en la profecía
se había convertido en símbolo del mundo transformado por el Mesías; a la vez,
empero, también la idea greco-latina de la ciudad como configuración la más
perfecta de la existencia humana, como fenómeno que en su delimitación plena
implica la misma perfección del cosmos. Esta ciudad celeste es la suma del
"nuevo cielo y de la nueva tierra", de la creación en su sentido
eterno v transfigurado. Así lo expresa la superabundancia de los tesoros, la
plenitud de vida proveniente del árbol del paraíso, y, finalmente, el hecho de
que la luz, que un día "no fue recibida" por las tinieblas, se ha
insertado ahora en el ser más íntimo de la creación, de suerte que no precisa
ya de "ningún luminar". A
comienzos del capítulo 21 se dice después: "Y vi un cielo nuevo y una
tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido; y
el mar no existía ya. Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía
del cielo del lado de Dios, ataviada como una esposa que se engalana para su
esposo. Y oí una voz grande, que del trono decía: He aquí el Tabernáculo de
Dios entre los hombres, y erigirá su tabernáculo entre ellos, y ellos serán su
pueblo, y el mismo Dios será con ellos y enjugará las lágrimas de sus ojos, y
la muerte no existirá más, ni habrá duelo, ni gritos, ni trabajo, porque todo
esto es ya pasado. Y dijo el que estaba sentado en el trono: He aquí que hago
nuevas todas las cosas" (Apoc., 21, 1-5). Y en el versículo 9 vuelve otra
vez la misma imagen: "Y vino uno de los siete ángeles, que tenían las
siete copas llenas de las siete últimas plagas, y habló conmigo y me dijo: Ven
y te mostraré la novia, la esposa del Cordero. Y me llevó en espíritu a un
monte grande y alto y me mostró la ciudad santa, Jerusalén, que descendía del
cielo, de parte de Dios, que tenía la gloria de Dios" (Apoc., 21, 9-10). La
ciudad "desciende". No olvidemos que se trata de una visión, en la
cual se han puesto fuera de validez las leyes directas de la realidad, y en la
que las imágenes, como los procesos, obedecen a un nuevo sentido. En este
descenso se pone la creación entera en movimiento, y su figura se modifica: la
imagen de la ciudad se convierte en la de la "novia", y la
magnificencia de la construcción, hecha toda de piedras preciosas, en galas de
desposorio y belleza viva de la mujer que camina hacia su esposo. El esposo es
aquí el Cordero, Cristo en su entrega redentora. Nos
hallamos aquí ante el movimiento del amor. El eros que alienta en todo lo
creado se pone aquí de manifiesto y adquiere figura visible. A la vez, empero,
se transforma, pues el movimiento "desciende del cielo y desde Dios".
No surge, pues, simplemente del impulso de la criatura hacia su creador, sino
que la manera en que tiene lugar le es dada por Dios. Para poder ir hacia Dios
es preciso proceder de Él. La doctrina de los discursos polémicos en San Juan,
según la cual sólo aquél nacido de Dios puede conocer y amar a Dios, retorna
aquí de nuevo bajo forma cósmica. Sólo puede conquistar a Dios como fin aquel
ente que tiene a Él por principio. Dios sólo puede convertirse en "Z"
y "fin", allí donde también es la "A" y el "principio".
Y que el movimiento del amor es el mismo movimiento divino se muestra en el
hecho de que, al final del libro, "la novia" y "el
espíritu" pronuncian simultáneamente las palabras del anhelo. Ahora
bien: el objetivo de este movimiento amoroso que llena el sentido de todo lo
existente no es "Dios", sino el "Cordero"; es decir,
Cristo. Y a fin de que desaparezca toda duda de que pudiera tratarse de una
figura mítica, como, por ejemplo, el "Cristo eterno" de los gnósticos,
el clamor amoroso de la novia y del espíritu prosigue en las palabras del
vidente: "Amén, ven, Señor Jesús". Jesús, que un día vivió sobre la
tierra, es el eterno tú amoroso del mundo: el objetivo de su ansia de valores y
de su anhelo por un sentido. La
idea se corresponde, pues, exactamente con la del "logos". Jesucristo
es el "logos" del mundo, el verbo primario y la imagen esencial de
todo lo que es, y es también la respuesta al ansia de valores y el fin del
movimiento amoroso del mundo. Todo lo que es viene de Él y tiene en Él su
arquetipo y la raíz de su sentido; todo lo que es retorna a Él y se convierte
para Él en "novia". Jesús es el "logos" del mundo y su
esposo a la vez. En
los pasajes examinados no se trata de una manifestación entusiástica de la
plenitud de gracia de Cristo, sino de una idea clara y distintamente concebida,
aunque, desde luego, superior a toda comprensión natural. Esta idea no surge de
una especulación o experiencia mística posteriores —respondiendo al deseo de
absolutización que siente toda comunidad por su fundador—, sino del mismo
núcleo y de la misma esencia del cristianismo: de la conciencia que Jesús tenía
de sí y de la relación que Él ha fundado entre sí y el hombre. Esta
posición de Cristo tiene que ser comprendida partiendo del concepto de la
"mediación", tal y como quedó expuesto en páginas anteriores. Cristo
es el uno y el todo cristianos, pero procedente del Padre y dirigido a Él.
Cristo abarca todo lo existente, pero como el "logos" del Padre, como
Aquél en quien el Padre ha creado el mundo, como Aquél a quien el Padre envió
para la redención del mundo, y que instauró el reino del Padre. Desde este
punto de vista se prestan a equívoco expresiones como las de orden o
perspectiva "cristocéntricos". Cristo no es centro, sino mediador, enviado
y retornador, "camino, verdad y vida", en el sentido en que estas
palabras han sido interpretadas por nosotros. Resultado La
exposición precedente podría ampliarse y profundizarse aún más; pero basta, sin
embargo, para fundamentar la única respuesta posible a la pregunta por la
esencia del cristianismo. Esta respuesta reza: no hay ninguna determinación
abstracta de esta esencia. No hay ninguna doctrina, ninguna estructura
fundamental de valores éticos, ninguna actitud religiosa ni ningún orden vital
que pueda separarse de la persona de Cristo y del que, después, pueda decirse
que es cristiano. Lo cristiano es Él mismo, lo que a través de Él llega al
hombre y la relación que a través de Él puede mantener el hombre con Dios. Un
contenido doctrinal es cristiano en tanto que procede de su boca. La existencia
es cristiana en tanto que su movimiento se halla determinado por Él. En todo
aquello que pretende presentarse como cristiano, tiene que estar dado o
contenido Él. La persona de Jesucristo, en su unicidad histórica y en su gloria
eterna es la categoría que determina el ser, el obrar y la doctrina de lo
cristiano. Nos hallamos, pues, ante algo paradójico. Toda esfera del ser
contiene ciertas determinaciones fundamentales, que le fundamentan en su
singularidad y le diferencian del resto del ser. Siempre que la mente trata de
aprehender teóricamente una esfera semejante, independiza estas determinaciones
fundamentales y gana así las presuposiciones para toda manifestación sobre los
objetos de esta esfera. Estas presuposiciones o categorías son necesariamente
de índole general. En nuestro caso, empero, la situación es otra. El lugar que
allí ocupaba un concepto general, lo ocupa aquí una persona histórica... Lo
mismo puede decirse del comportamiento ético. También en este terreno hay
normas últimas con fuerza obligatoria, que determinan el módulo del
comportamiento justo y moral. Estas normas son —su mismo nombre lo dice— de
naturaleza general. Justamente por ello pueden abarcar siempre la situación
dada y reciben aplicación concreta por la acción humana. En el obrar cristiano,
en cambio, la persona histórica de Cristo ocupa el lugar de la norma general. De
aquí se derivan amplios y graves problemas. Lo difícil de cumplir que es la
exigencia de renunciar a toda libertad, garantizada por la relación con una
norma general, sometiéndose a una persona como última y suprema vigencia, se
pone de manifiesto en el peligro del escándalo, un peligro que Cristo mismo
conocía, y del que ya hemos hablado en páginas anteriores... A los problemas
teóricos aluden cuestiones como las siguientes: si Cristo es la categoría del
pensar cristiano, ¿de qué manera nos son dados los contenidos de este pensar?
¿Cómo se insertan en aquella forma fundamental personal las objetividades del
existir? ¿Cuál es la estructura del juicio cristiano? Todos estos problemas son
extraordinariamente dificultosos, y todo parece indicar que el pensamiento
teológico no se ha ocupado todavía verdaderamente de su estudio. Todo parece
indicar que el pensamiento teológico ha buscado el carácter científico llevando
a cabo su propia labor según el esquema de las disciplinas históricas o
filosóficas, edificadas sobre la base de categorías abstractas, situando, en
cambio, la esencia de lo cristiano en ciertas cualidades del contenido o en el
carácter autoritario de la revelación. De qué especie, empero, es la conciencia
cristiana y el acto de conocimiento cristiano, es decir, la ciencia cristiana,
si es Cristo la categoría de esta conciencia y de este conocimiento, son cosas
que, al parecer, nadie se ha planteado teóricamente, abandonándolas más bien a
la meditación de la comunidad religiosa. Para
terminar, y a fin de hacer sentir palpablemente en una sola cuestión la
importancia de estos problemas, aludiremos a la afirmación tradicional de que
el cristianismo es la religión del amor. Ello es exacto, pero siempre que el
amor de que aquí se trata se entienda exactamente: no como amor en absoluto, ni
siquiera como amor religioso, sino como amor dirigido a una persona determinada,
que es la que lo hace posible en absoluto: la persona de Jesús. La tesis de que
el cristianismo es la religión del amor sólo puede ser exacta en el sentido de
que el cristianismo es la religión del amor a Cristo y, a través de Él, del
amor dirigido a Dios, así como a los otros hombres. De este amor se dice que
significa para la existencia cristiana no sólo un acto determinado, sino
"el más grande y el primer mandamiento", y que de él "penden
toda la ley y los profetas" (Mt., 22, 38-40). El amor a Cristo es, pues,
la actitud que en absoluto presta sentido a cuanto es. Toda vida tiene que ser
determinada por él. ¿Qué significa, empero, la realización, como amor a Cristo
y a través de Él, de todos los cometidos éticos que puede contener la
existencia, con todas sus situaciones, realidades y valores? ¿Cómo pueden
descansar formal y materialmente en el amor a Cristo toda la multiplicidad de
acciones que constituyen el mundo? Aquí
nos está vedado comenzar siquiera con la respuesta a éstos y otros
interrogantes. Baste con haber aludido a ellos. ___________________ *
Traducción de Felipe González Vicen. Notas [*]
En la edición original de la obra, los pasajes del Nuevo Testamento fueron
traducidos expresamente para ella por Wolfgang Rüttenauer. En esta versión
española, todos los textos bíblicos se hallan citados de acuerdo con la nueva
traducción de la Sagrada Escritura por los Sres. Nácar y Colunga, aparecida en
la "Bibloteca de Autores Cristianos". (N. del T.) [1] Dighanikaya, II, 8. [2] Ob. cit., II, 38. [3]
Ob. cit., IX, 53. "Bhikkhu" es palabra con la que se designa al monje
budista. [4]
Ob. cit., XVI, 3, 34. [5]
Ob. cit., VIII, 13. [6]
Aquí no podemos dilucidar hasta qué punto esta nada, el nirvana, significa la
negación radical del ser, y si no reviste, más bien, un sentido positivo y
cuál. [7] Ob. cit., VIII, 24 ss., 144. [8] El "Tathagata" es el lúcido.
Cfr.: Ob. cit., XVI, 2, 25-26. [9] La "etica" del cristianismo es,
en realidad, una actitud religiosa. Más exactamente dicho: es un
"ethos" que sólo se nos presenta claro y realizable sobre la base de
una nueva realidad religiosa. [10] Otro momento incluso pertenece
esencialmente aquí: la Iglesia. Cristo no se halla en un lugar cualquiera,
"absolutamente"; sino que tiene su lugar propio y se encuentra
referido a un orden. La Iglesia es la realidad histórica permanente a la que
Cristo se halla referido; el espacio en el cual puede percibirse esencialmente
su figura y puede oírse plenamente su palabra. "El que a vosotros os oye,
a mí me oye" (Lc.. 10, 10). "...si a la Iglesia, desoye, sea para ti
como gentil o publicano" (Mt., 18-17). Considerada en su totalidad, la
fórmula reza, por tanto, así: un contenido es cristiano siempre que esté dado
por Cristo en la Iglesia. [11] En San Pablo y San Juan, pues, el
"seguir a Cristo", tal como se expone en los Sinópticos, queda
modificado, de suerte que el "seguimiento" se convierte en
"co-realización". [12]
El fundador de la teología del Corazón de Jesús es San Pablo. En él se
encuentran las ideas y las actitudes religiosas que podrían servir para superar
los sentimentalismos que desfiguran la idea del Corazón de Jesús. [13]
El que aquí se inserte en el pensamiento cristiano el concepto de la idea
griega no significa de ninguna manera una "helenificación" del
cristianismo, sino un contenido de la fe, que en otro lugar expondremos con más
detalle. Lo que con ello se significa es que el Dios redentor es también Señor de
la historia, estando en su mano hacer que el pueblo griego elaborara a través
de siglos un concepto que, más tarde, una vez "llegados los tiempos",
habría de utilizar su Apóstol para poner de manifiesto la esencia del Redentor. [14] El que el "logos" sea designado
"imagen" del Padre, no significa que sea menos que Éste, sino que se
encuentra con Él en una relación peculiar, la de "ser su imagen", o
la de "ser su expresión"; pero siempre dentro del mismo rango. Jesús
y la fe Extraído
de Jesucristo. Palabras espirituales (Jesus Chistus. Geistliches wort) Romano
Guardini El
que me envió es veraz Jn,
8, 26 Dos
velos hay que nos cierran la mirada a la realidad viva de Jesús. El
primero es nuestra ignorancia. Hemos de confesar que no es mucho lo que sabemos
acerca de Él. Nos afanamos por infinitas cosas, vamos ávidos y anhelosos tras
ellas... ¿Pero tratamos de oír y preguntar, de leer y estudiar con el mismo
interés y afán quién es Jesús? ¡Somos ignorantes acerca de Él, lo somos! El
otro velo es que creemos saber, y en realidad sólo estamos acostumbrados a oír
una y otra vez las mismas palabras, hechos y afirmaciones. Y esta rutina, que
imposibilita toda fresca impresión, vela casi más gruesamente nuestra mirada
que la misma ignorancia. He
ahí por qué estamos haciendo reiteradamente en estas meditaciones un doble
ensayo: el de mirar, preguntar, estudiar desde puntos de mira nuevos y
juntamente de quitar la parda capa de la rutina y llegar a la novedad de la
figura. Así
preguntamos ahora. Lo
que hace tal al cristiano es su fe, aquella vida interior que la predicación de
la revelación despierta en él apenas la recibe en sí. Ahora
bien, ¿en qué relación está Jesús respecto de la fe? Desde
luego no nos referimos a lo que dice sobre la fe, ni a cómo nos lleva a la fe,
ni a lo que El exige de ella. Lo que preguntamos es si El mismo es un creyente. Cuando
Jesús habla del Padre, ¿habla por fe? Hay una teoría acerca de Jesús y de su
relación con Dios, según lo cual, Jesús fue un hombre como nosotros, uno de
nosotros en todo. El buscó, como nosotros, la salud. Y la halló, como a
nosotros se nos promete y se nos da, en su relación con Dios. Lo grande en El
está precisamente en que fue sólo hombre, siquiera el más alto y más cercano a
Dios. Por eso puede ser realmente nuestro guía. ^ Se halla en la misma línea
que nosotros, si bien un gran trecho más adelante. Su vida tiene la misma
dirección que la nuestra: de lo humano a Dios. Consiguientemente fue también un
creyente. Eso sí, con fuerza creadora, ya que El instituyó formalmente la
actitud creyente del cristiano y dio el ejemplo de ella. Pero creyó. En
esta teoría hay algo grande. Alienta en ella un deseo particular de tomar
realmente en serio lo cristiano. Pero cree que sólo puede hacerlo, si el que
trajo la actitud cristiana al mundo fue de todo en todo como uno de nosotros.
Ahí justamente siente esa teoría la invitación y la fuerza, lo que realmente
obliga, lo que prende en lo real. Mucho
habría que decir sobre eso. Sobre todo que, en esa concepción no se da ya una
redención real. Con lo cual cae lo más profundo del cristianismo. Pero
prescindamos totalmente de eso: si abrimos el Nuevo Testamento y vemos la
postura que toma Jesús ante Dios, cómo habla de El y cómo se sitúa El, en este
hablar, delante de Dios, hemos de decir que no queda nada de lo que esta teoría
siente. Si nos acercamos a Él con una opinión preconcebida, si realmente
dejamos hablar al Evangelio, hemos de afirmar que Jesús no fue un creyente. Porque,
¿qué significa la fe? Supongamos
uno que no ha oído aún palabra acerca de la revelación cristiana o que, por lo
menos, no ha sido realmente tocado por ella. Un día tropieza con un libro que
habla de lo cristiano o conoce a un hombre que vive en lo cristiano, y entra en
contacto con ello. Se entabla una discusión; las preguntas van y vienen, hay
aproximación y retroceso. La cosa se toma en serio, se penetra más y más, hasta
que un día ese hombre se halla ante la última decisión y se atreve a dar el
paso hacia la fe. A través de esa discusión se le ha abierto, dentro del ámbito
de la existencia humana, una nueva realidad. Por su decisión la ha aceptado
realmente y se ha colocado en ella con lo más íntimo de su ser. La fe significa,
por tanto, establecer enlace con la realidad divina que aparece en la
revelación. Significa abrazar esa realidad y vivir de ella. Esto
significa audacia y esfuerzo, significa una transposición y transformación de
la propia existencia en el sentido de aquella realidad y desde ella también.
Pero significa también nuevas conmociones que se suceden constantemente. En
determinados momentos aquella realidad se presenta sensible y poderosa; en
otros se vela y retrocede. Hay momentos en que brilla lo que quiere; luego, a
su vez, su exigencia se torna oscura. O bien aquella realidad aparece conocida
y familiar al espíritu, y de pronto surgen en ella nuevos aspectos, nos plantea
nuevas exigencias y el conjunto se torna nuevamente problemático. Y
luego penetrando todo lo dicho: Aquella realidad viene de arriba y lo que hay
en el hombre, de abajo. Y esto se resiste, no quiere entregarse, no se resigna
a la muerte del hombre viejo. Así, la fe significa siempre lucha renovada por
la fe; prueba y abnegación y constancia hasta lograr nueva seguridad... Si se
trata de un hombre que ha crecido en la fe, las cosas pueden tomar en muchos
puntos otro curso. Pero también él tendrá que pasar por una crisis de la fe más
o menos profunda. Y aun después que nuevamente haya asentado el pie, su fe se
verá una y otra vez rozada por la cuestión de la fe y tendrá que demostrarse:
en la lucha por la fe. Cierto
que la fe crecerá, logrará nueva certeza y claridad; de pistis, confianza de la
fe, pasará a ser, cada vez más claramente, gnosis, conocimiento de la fe; sin
embargo, la fe está siempre en tensión, y esta tensión ha de superarse
constantemente. Si
partiendo de aquí miramos a Jesús y preguntamos si fue un creyente, la
respuesta más espontánea ha de ser que no. Jesús no pasa del no creer al creer.
Tampoco se ve en El que una primera vida infantil de fe haya sido sacudida por
crisis, de las que saliera su fe renovada y fortalecida. En Jesús no hallamos
ni pruebas o tentaciones contra la fe ni lucha y victoria de la fe. Es
más, en El no hallamos en absoluto la actitud de la fe, que consiste en que el
hombre abraza una realidad que le sale al encuentro, ni la lucha de la
"antigua" realidad, centro de su vida, con la nueva que se despierta,
con todo lo que ello supone de conmoción y abnegación. En Jesús no se da en
absoluto la contraposición del que revela y del que recibe. Pudiéramos
expresarlo diciendo que Jesús tiene lo que dice. Posee al Dios de quien habla.
Aquí no hay dualidad, sino unidad. Sin
duda se siente una lucha profunda y misteriosa. Sin
duda se perciben tensiones, discusiones. En eso se apoya la opinión que quiere
ver a Jesús simplemente en actitud humana, y de ello tendremos que hablar
todavía. Pero todo eso se sitúa en otra parte. No afecta a la fe. Ahora
pudiera decirse: Bien, Jesús no fue un creyente. Fue un iluminado. La palabra
de Dios no llegó a El por un mensajero de la fe ni El la recibió con fe. El es
quien trae la palabra de Dios. El es el mensajero de la fe, el enviado. Pero a
El le fue dada por interior revelación. Así
tenemos que mirar a aquellas personas, de las que nos consta con certeza que
recibieron la palabra por revelación, que fueron enviados. Tenemos que mirar a
los profetas. ¿Qué pasa con los profetas? En
la vida del profeta llega siempre el momento en que Dios pone la mano sobre él.
Antes era un creyente como todo el mundo. Luego viene el asirlo Dios y se
convierte en instrumento. Pero toda su vida de profeta se realiza en la tensión
o contraste entre su realidad humana y terrena y este asimiento de Dios. Lo que
aquí se pide al profeta no es fe; pero es algo más difícil que la fe. La lucha
es más dura, las crisis más hondas y conmovedoras; la abnegación constantemente
exigida más penosa. No tenemos sino seguir en los libros de los reyes la vida
de un Elías o leer atentamente el libro de un Isaías para darnos cuenta de
ello. Si de aquí volvemos a Cristo y preguntamos si fue un profeta, hemos de
contestar nuevamente que no. No hallamos en su vida el acontecimiento de asirlo
Dios, de la primera toma de posesión, de la iluminación, de la misión... Se ha
querido ver ese acontecimiento en el bautismo del Jordán; pero eso no es
exacto. El bautismo en el Jordán revela su misión, pero no la funda. Y tampoco
hallamos en su vida la lucha entre su centro humano y su centro profético. La
palabra sagrada de Getsemaní: "No se haga mi voluntad, sino la tuya",
significa algo totalmente distinto. No hallamos, finalmente, los momentos de
agotamiento y de fortaleza, de resistencia y entrega. Nada de eso. Jesús
no es un profeta. Antes
hemos dicho que Cristo tiene aquello de que habla. El Dios de quien habla está
en El. Ahora hemos de mirar más agudamente y decir: Jesús no habla de oídas o
de "recibidas". Habla de suyo. Es distinto del creyente; por eso
habla modo distinto que el creyente. Es distinto del profeta; por eso habla de
modo distinto que el profeta. Si
ponemos atento oído a la manera cómo Jesús habla de Dios, cómo anuncia y
requiere, nos sentimos llevados hacia un misterio íntimo, que se sitúa
totalmente aparte del misterio del creyente y del profeta: al misterio del
Dios-hombre. La
cátedra de Berlín. Las clases y su repercusión Extraído
de "Apuntes para una autobiografía"* Romano
Guardini En
estos apuntes que Guardini redactó para una posible autobiografía, presentamos
la manera en cómo el autor vivió su cátedra en Berlín sobre "Filosofía de
la religión y visión católica del mundo". Dicha cátedra no era fácil y el
trabajo que tuvo que hacer Guardini para que adquiriera prestigio nos puede
ayudar a dibujar con mejores trazos la personalidad de este "pedagogo de
alto estilo" según las palabras de Alfonso López Quintás. Tras
la guerra, y por primera vez después de mucho tiempo, los católicos habían
conseguido mayor libertad. Se habían liberado también fuertes impulsos
religiosos tras la catástrofe y como todo era tan incierto surgió una estima,
entonces inusitada, de la solidez del punto vista católico. Alemania era una
república y el partido del Centro era una fuerza espiritual además de política.
Por ello surgió en la universidad de Berlín, que —en la medida en que cultivaba
la incredulidad— siempre había sido claramente protestante, la idea de crear
una cátedra que permitiera a los estudiantes católicos acceder a una exposición
de la verdad católica que respondiera a las exigencias académicas. La idea fue
apoyada y la cátedra se creó. La
facultad de teología de Berlín era protestante, por lo que la cátedra no podía
depender de ella. En la facultad de filosofía se dijo que la filosofía nada
tiene que ver con la teología, por lo que tampoco podía depender de esta
facultad. El ministerio de Cultos se vio por ello en la necesidad de agregar la
cátedra de «Filosofía católica de la religión y visión católica del mundo» a la
facultad de teología católica de Breslau, concediendo a su titular un permiso
especial para residir habitualmente en Berlín y para dar sus clases como
invitado permanente de dicha universidad. Esto superó las primeras
dificultades, pero provocó otras que se manifestaron después en toda su
crudeza. El
titular de la cátedra todavía no había sido nombrado. La decisión no dependía,
como ocurre normalmente, de la facultad correspondiente, en este caso la de
Breslau, porque la pertenencia a ella debía ser sólo formal, sino del
ministerio prusiano de Cultos. El responsable de los asuntos católicos era el
director general del ministerio, Johannes Schlüter, cuya mujer, la doctora
Maria Schlüter-Hermkes, participaba muy asiduamente en la vida de las
organizaciones católicas. Se fijaron en mí a raíz de mis ponencias del congreso
de Bonn y fueron ellos los que me propusieron como candidato. Un día apareció
en Bonn el director general del ministerio, el Dr. Wende, preguntándome si
estaba dispuesto a aceptar la cátedra. Me explicó a grandes rasgos de qué se
trataba. Al mismo tiempo me advirtió que la universidad de Berlín era más bien
hostil al asunto. Todavía recuerdo sus palabras: «Usted se dirige a un terreno
resbaladizo. Estamos convencidos de que no durará mucho». Únicamente Harnack
[1] había opinado en el Senado que se debía dar al designado cierta chance, y
que después se vería de lo que era capaz. El
panorama no era muy alentador. El principal problema era si yo era capaz de
responder a lo que se esperaba de mí. Por otro lado tenía la sensación de que
por fin podría hacer lo que me gustaba y a lo que me sentía llamado, por lo que
pedí me dieran algún tiempo para reflexionar sobre el asunto. Rademacher, que
siempre estuvo algo más cerca de mí, me aconsejó aceptar; lo mismo hizo
Tillmann, para quien esta idea suponía, seguramente, la ocasión para librarse
de mí. Me aconsejó aceptar sobre todo Max Scheler, [2] que entonces daba clase
en Colonia y con el que había iniciado una relación que interiormente nunca se
rompió. Pero mis cavilaciones no cesaban. Retrospectivamente reconozco que
entonces no era consciente de lo escasamente preparado que estaba para esta
tarea, de lo contrario no me habría lanzado, pero la sensación de pertenecer a
esta línea fue tan fuerte que prevaleció sobre todo lo demás y acepté. Llegué
a Berlín en la primavera de 1923. El traslado fue extraordinariamente
complicado. Por aquel entonces Renania estaba ocupada y mis escasos muebles
sólo pudieron llegar al territorio libre de contrabando. Todavía recuerdo el
coche cargado de muebles delante de mí; durante la odisea, se le había
desprendido la parte de atrás, y tuve que sujetarla con cuerdas. En Berlín
entonces escaseaban las viviendas. Por medio de la Dr. Schlüter pude arreglarme
provisionalmente en el convento de las Borromeas de Potsdam. Allí conseguí una
habitación y media que luego se parecería más a un almacén de muebles que a una
vivienda. El vecino Sanssouci fue un consuelo. El convento estaba en la
Zimmerstrasse, a pocos minutos de la entrada principal. Los bellos árboles del
parque fueron muchas veces testigos mudos de mis desasosiegos. En
la universidad la situación era todavía más desalentadora. Mi primera visita
fue al entonces ministro de Cultos Dr. Becker, que me acogió muy amistosamente
y en el que encontré siempre desde entonces simpatía y disponibilidad para
ayudarme. Era discípulo de Ernst Troeltsch, [3] y un hombre culto y liberal de
principios de siglo. Más que hombre culto era un político de la cultura con
gran sensibilidad hacía los hombres y corrientes espirituales. Era muy
comprensivo con respecto a las investigaciones pedagógicas de la época y con el
movimiento juvenil. El catolicismo también le interesaba, y no sólo como factor
político-cultural sino también como fuerza viva y creativa... Una de las
primeras preguntas que le hice fue a quién debía ir a visitar. Me di cuenta de
que él todavía no era plenamente consciente de las dificultades que se
planteaban al titular de una cátedra tan atípica. Su respuesta fue que sólo
debía visitar a aquel con el que tuviera relación oficial, es decir, al rector
y al «jurista» de la universidad. Esto significaba que en una universidad que,
si mal no recuerdo, contaba entonces con cerca de ochocientos profesores y
quince mil estudiantes, yo estaba completamente solo. De
los profesores sólo me había formado una opinión clara de Eduard Spranger. [4]
Conocía algunos de sus escritos y además él tenía relación con el movimiento
juvenil, y más concretamente con los nuevos «jóvenes exploradores» de Potsdam.
Le visité, por así decirlo, extraoficialmente; estuvo muy simpático conmigo e
incluso vino pronto a verme. Más tarde conocí también a Werner Sombart, [5] creo
que fue a través de un grupo que solía reunirse en la Fasanenstrasse y al que
también pertenecía Max Scheler. Si no recuerdo mal Sombart fue el único que
intervino para que se hiciese la prueba con la cátedra católica con el fin de
ver su utilidad. Me trató muy cordialmente y, hasta que dejé Berlín, su casa
siempre estuvo abierta para mí. Conocí a Werner Jäger, [6] profesor de
filosofía griega, a través de la Casa Kempner y mi relación con él duró hasta
que se marchó a la universidad de Chicago. Como
no dependía de ninguna facultad, estaba fuera de la estructura de la
universidad. Tenía un aula en su edificio y eso era todo. Esta situación se
reflejaba en todo, incluso en los órganos inferiores. Los bedeles nunca me
saludaron y podía ocurrir que el portero, a la pregunta de dónde daba clase el
Profesor Guardini, respondiese: «Aquí no hay ningún Profesor Guardini». El
horario de mis clases estaba puesto en las listas detrás del de gimnasia y fue
preciso recurrir al ministerio de Cultos para conseguir que, por lo menos, se
colocase detrás de los de las facultades, y así todo lo demás. Para la
universidad yo era el «propagandista» de la Iglesia Católica, impuesto a la
fuerza por el Centro, [7] y no tenía nada que hacer en la «fortaleza del
protestantismo alemán», cosa que se me demostraba de todos los modos posibles.
Incluso cuando con el paso de los años todos pudieron ver con claridad que mis
clases no tenían nada que ver con la propaganda y que mantenían el nivel
académico, nunca recibí el más modesto signo de generosidad, que seguramente
habría sido además conveniente por su absoluta preponderancia. Esta situación
quizá podría haber cambiado si yo hubiese sido más hábil y hubiese buscado
relaciones con las personas influyentes. El propio Becker me lo recomendó y me
ofreció su ayuda. Pero yo me decía que si no me querían, no tenía por qué ser
oportuno. Naturalmente detrás de todo eso escondía también la timidez que
durante toda mi vida me ocasionó graves dificultades a la hora de realizar
cosas que otros resolvían con facilidad y que yo procuraba evitar. Ciertamente
esta situación tenía también sus ventajas. Como no tenía nada que ver con los
asuntos de la facultad y la universidad no me imponía ninguna obligación de
tipo social, tenía tiempo libre para lo que era más importante. El aislamiento
personal no me trajo sólo desventajas. El hecho de que yo no existiese para la
universidad fuera de mis clases fue, seguramente, lo que hizo que no tuviera la
más mínima dificultad desde la primavera de 1933 [8] hasta 1939... Sin embargo
todo resultaba realmente difícil. Nunca había tenido mucho sentido del orgullo,
y ahora me encontraba ante un mundo cerrado por el que sentía profunda estima
pero que me rechazaba. De modo que no me quedaba más remedio que apartarme de él.
Posteriormente se me dijo que yo daba la impresión de ser presuntuoso y poco
afable, impresión falsa que a menudo se planteó a causa de mi timidez. Cada vez
que entraba en el edificio de la universidad tenía que hacer de tripas corazón.
Pero una vez en la cátedra, todo quedaba olvidado y ya no existía más que el
problema a tratar y la alegría de poderlo desarrollar. Aunque tampoco esto es
totalmente exacto. En realidad siempre tuve, incluso en la clase, la sensación
de la insuficiencia, y percibía como hostilidad todo tipo de falta de
comportamiento en los oyentes, reprendiéndolo a menudo muy duramente. De este
modo conseguí que en mi aula reinase una conducta ejemplar, aunque seguramente
cometí alguna injusticia con alguno. La
verdadera dificultad era, sin embargo, la interior, la espiritual. ¿Qué era lo
que realmente yo debía enseñar en la cátedra de Berlín? Se le había dado la
denominación de «Filosofía católica de la religión y visión (Weltanschauung)
católica del mundo». La cosa hubiese estado clara si se hubiese tratado de
«Filosofía de la religión» a secas, pero ¿qué significaba el adjetivo católica?
No hay una filosofía de la religión católica, protestante y budista, sino sólo
una verdadera filosofía de la religión. Y, ¿qué era la «visión católica del
mundo»? Existe una teología católica, es decir la penetración teorética de la
revelación, tal y como la expone su portadora, la Iglesia, pero ¿existe también
una Weltanschauung católica? Poco a poco me fui dando cuenta de que no podía
esperar de quien había impuesto la cátedra, quienquiera que fuese, ninguna
indicación genuinamente científica. El titular de esta cátedra tenía más bien
que completar el trabajo del sacerdote encargado de la pastoral universitaria
desde el punto de vista de la reflexión intelectual, haciendo una exposición de
tipo apologético y comprensible para todos de las verdades de fe. Además tenía
que frecuentar —como se me sugirió en algunas ocasiones— las asociaciones
católicas, pues éstas eran el principal sostén del mundo universitario
católico. En resumen: debía contribuir a que los estudiantes no perdieran la
fe. Nunca
hubiera podido aceptar una tarea semejante, y no por presunción, sino más bien
porque estaba firmemente convencido de que una actividad de docencia académica
sólo podía partir de una búsqueda de la verdad metódicamente clara. Ciertamente
debía servir de ayuda a los oyentes, pero sólo en virtud de la fuerza de la
verdad buscada por sí misma. Y esto suponía un esfuerzo tanto para el profesor
como para el alumno... En cuanto a las asociaciones, pasé una o dos tardes en
ellas para no volver más. El vacío de sus actividades me resultaba
insoportable. Además desde que se supo que pertenecía al movimiento juvenil se
me empezó a mirar con desconfianza, tanto más cuanto que era abstemio desde la
época del Quickborn y parecía realmente el aguafiestas en las juergas
estudiantiles y en otros acontecimientos semejantes. De
este modo me vi obligado a plantearme por mi cuenta lo que debía hacer. Lo malo
del caso es que esto tuviera que suceder precisamente al principio, cuando en
realidad la clarificación de los objetivos de mi cátedra tendría que haber sido
el resultado de un largo trabajo. Por
ello en mi primera clase o «prolusión», como se suele decir, hablé de lo que es
la Weltanschauung y la doctrina de la Weltanschauung. La lección fue publicada
en 1935 en el Volumen Unterscheidung des Christlichen. [9] Definí la Weltanschauung
cristiana como la mirada sobre la realidad del mundo que se hace posible a
partir de la fe, y la doctrina de la Weltanschauung como la búsqueda teorética
de sus presupuestos y de su contenido. Con ello pude sacar las consecuencias de
lo que ya en Tubinga había reconocido como el sentido de la fe. Esto
significaba instalarse dentro de la revelación y la posibilidad de ver desde
ella el mundo, que ya en sí mismo es obra del Dios que se revela, en su verdad
propia. Pero el dogma no era un instrumento de la autoridad eclesiástica para
oprimir el espíritu, [10] sino la garantía de la misma libertad espiritual, el
sistema de coordenadas de la conciencia creyente que se abre a la realidad en
su totalidad a partir de la revelación. Con respecto a mis posibilidades
personales nunca me hice demasiadas ilusiones; sin embargo, tenía claro que mi
conciencia cristianamente católica era superior, en amplitud y claridad, a la
de los demás, incluso a la del no creyente más genial. Esta convicción me dio
valor para ocupar una aislada cátedra en la totalmente extraña universidad de
Berlín y constituyó la fuerza y la regla de mi enseñanza. Mis
oyentes tenían muy diversa procedencia. Eran estudiantes de todas las
facultades que, a excepción de algunos curiosos que aparecían de, vez en
cuando, tenían verdadero interés por la materia. Venían además profesionales de
distinto tipo. De vez en cuando aparecía un colega que quería escuchar al
«insólito» profesor. Los que pertenecían al movimiento juvenil aportaban una
nota característica; ya entonces se les reconocía perfectamente por su modo de
actuar. Las corporaciones católicas brillaban por su ausencia; esto se debía
quizá a la «nota» antes mencionada; por lo demás su ausencia era sencillamente
un síntoma de lo pequeño que era en realidad su interés religioso-espiritual.
Su ideal secreto, por el contrario, consistía en relaciones o vínculos eficaces
que les aseguraran la carrera. Que estas corporaciones oficiales del mundo
universitario católico ignorasen mis clases, formaba parte de mi situación.
Desde el principio me faltó todo apoyo oficial, pero por ello también era más
libre y no tenía necesidad de perderme en consideraciones inútiles o ajenas a
mi obra. En
lo que respecta a las clases, había una gran dificultad por el hecho de que no
abordaban ninguna disciplina específica. Por eso yo no podía prepararlas como
cualquier profesor, impartirlas como normalmente se hace ni repetirlas cada
cierto tiempo. Sólo tenía un punto de partida, un punto final y una norma para
la «intuición»; siempre suponía un nuevo esfuerzo buscar lo que a partir de
aquello debía intuirse, delimitarlo y traducirlo en términos teoréticos. Yo era
el único que tenía este tipo de tarea, y resultaba más difícil por el hecho de
que mi experiencia en la enseñanza sólo contaba con dos semestres y mis
conocimientos, que deberían haber sido ricos y amplios, eran en realidad
bastante limitados. Max
Scheler fue el único que me dio un consejo útil. En el primer semestre expliqué
las principales formas de la doctrina de la redención. Naturalmente esto era un
pretexto, pero había que comenzar con algo y debía partir de lo que tenía.
Scheler dijo que la cosa así no funcionaba, que tenía que desarrollar los
principales puntos de vista aplicándolos a objetos concretos, como por ejemplo
a un análisis de las figuras de Dostoievski, que entonces estaba de moda. De
este modo poco a poco fui probando y experimentando. Desgraciadamente ya no
tengo la lista de las lecciones que di a lo largo de los años. Se perdió con
otras muchas cosas. Con el tiempo preparé algunos tipos de lecciones que han
conservado. Se trataba sobre todo de lecciones de carácter sistemático que
abordaban problemas de la interpretación de la existencia en su conjunto; por
ejemplo, las principales cuestiones de la ética o los rasgos fundamentales de
la antropología cristiana. Para desarrollarlas no me atenía a los manuales o a
las tradicionales vías de pensamiento sino que primero trataba de llegar al
problema mismo y después lo resolvía con mis propios medios. Un segundo grupo
eran las lecciones sobre el Nuevo Testamento; un intento de exponer el
contenido de la revelación partiendo, por así decirlo, de su voz originaria.
También en este caso procuraba no utilizar presupuestos ni terminología
teológica especializada, partiendo totalmente del fenómeno. Finalmente un
tercer grupo consistía en interpretaciones de textos y figuras religiosas,
filosóficas o poéticas. Comprendí cada vez mejor lo que significaba, en una
época espiritualmente descolorida, una verdadera interpretación, y poco a poco
me fui elaborando un método para profundizar en la totalidad del pensamiento y
de la personalidad del autor desde una correcta interpretación del texto,
procurando enlazar con ello las problemáticas fundamentales. De este modo con
el paso del tiempo me aventuré con las Confesiones y la Ciudad de Dios de San
Agustín, la Divina Comedia de Dante, Sören Kierkegaard, Pascal, las poesías de
Hölderlin y las Elegías del Duino de R. M. Rilke. Tanto en este caso como en
los otros grupos de lecciones me esforzaba especialmente por liberar los
contenidos cristianos de todas las decoloraciones y mixtificaciones propiciadas
por el relativismo moderno. Este
tipo de enseñanza tenía naturalmente el peligro del diletantismo. Era
completamente imposible dominar realmente campos tan distintos, conocer el
estado en el que se encontraba la investigación y tratar correctamente los
distintos tipos de método. Por ello siempre me resultó muy difícil aceptar el
hecho de tener que realizar mi trabajo al margen de los métodos reconocidos. En
el fondo aceptar la postura de la universidad me resultaba tan difícil porque
en mi interior yo estaba convencido de que ella tenía razón. Naturalmente no en
lo que se refiere a su rechazo de la fe cristiano-católica, a esa presunta
«carencia de presupuestos» de la que después hay que renegar de manera tan
grotesca, sino en el sentido de que en la universidad sólo tiene justificación
una doctrina científicamente fundamentada. Ciertamente el concepto de
universidad como escuela de ciencia debe ampliarse con el de una escuela de
formación espiritual, para que de este modo el saber y la investigación se
enriquezcan con la comprensión, el juicio y la creatividad. Siempre he tratado
de desarrollar mi actividad docente en esta dirección y de ver en ella un
anticipo de un tipo de universidad que todavía no existe. Pero para tal
objetivo habría sido necesario saber mucho más de lo que yo sabía, y esto ha
hecho que siempre me haya sentido inseguro. Me
vi obligado por ello a tomar una decisión: ¿debía aprender y saber lo más
posible sometiéndome a un trabajo ímprobo para satisfacer esta exigencia?
Habría emprendido, en este caso, algo que era extraño a mi propia naturaleza,
habría malgastado mis fuerzas y al final habría fracasado. Tuve que hacer de la
necesidad virtud y renuncié conscientemente a los conocimientos disciplinares
de entonces. Intenté en la medida de mis posibilidades abordar las cuestiones y
madurarlas; entrar en los textos lo más profundamente posible y trabajar desde
ellos. Esto naturalmente implicaba un riesgo, incluso una presunción. Se
suponía que era capaz de plantear el problema partiendo del objeto mismo y de
llegar a los textos y a su contenido en una relación auténtica. No sé hasta qué
punto se consiguió, pero ciertamente no tenía otro camino; si no me hubiera
decidido por esta vía seguramente habría naufragado. Seguí
mi instinto, planteé los problemas y busqué sus soluciones; leí los textos,
aclaré las cuestiones que surgían de ellos y esbocé lo mejor que pude la figura
espiritual que contenían. La confianza en mí mismo me llevó incluso más lejos.
En el fondo yo no me había planteado qué objetivos se atribuían a mi cátedra o
qué era lo que los que me escuchaban deseaban saber, sino que decía lo que
decía convencido de que lo que para mí era importante también debía serlo para
los demás. Siempre tuve la certeza, quizá presuntuosa, pero en todo caso viva y
nunca cuestionada después, de que valía la pena decir las cosas que me
interesaban ya que afectaban a todos. Quizá pueda mostrar también en otro
contexto que no pocos de mis libros en cierto sentido han abordado sus temas
respectivos una hora antes de que los demás fuesen conscientes de querer oír
algo sobre ellos. No es que aspirase a ser actual, rotundamente no. Nunca he
escrito ningún libro porque haya pensado que el momento lo exigía o para
obtener tal o cual objetivo, sino que, por el contrario, siempre me he puesto a
escribir sólo porque me veía impulsado desde dentro; y resultaba, la mayoría de
las veces, que era lo que se necesitaba. Lo mismo hice con mis clases,
dejándome guiar exclusivamente por mi intuición. Abordaba el objeto que en cada
momento me interesaba y leía lo estrictamente necesario de literatura crítica
para estar informado, y por lo demás decía lo que me parecía importante. Quizá
sea conveniente decir algo más sobre aspecto técnico-didáctico de la enseñanza.
El
número de clases podía parecer demasiado lúcido para un tipo de trabajo como el
que yo desarrollaba: tenía tres horas de clase a la semana y dos horas de
seminario. Aunque quizá pueda objetarse que esto era demasiado poco, verdad es
que yo no habría podido dar más de sí. Mi clase se puso primero a las cinco,
luego a las seis y finalmente a las siete. Los estudiantes preferían esta hora
porque las clases de las asignaturas principales tenían lugar antes también
para mí era la mejor y la más adecuada para mi tipo de preparación. Tras
varios intentos decidí escoger tres temas diferentes para cada semestre, que en
consecuencia eran tratados en clases de una hora por semana. Esto era cansado;
cuando un tema se presta a un desarrollo amplio, una clase de dos horas
requiere de hecho una preparación no mucho mayor que una clase de sólo una
hora, los estudiantes estaban ya bastante saturados con las diversas
asignaturas, por lo que para ellos era más fácil encontrar tiempo para una que
para dos o tres horas. Durante
las vacaciones leía lo necesario para orientarme y trabajaba sobre los textos
para tener luego el material al alcance de la mano. Además me preparaba un
esquema de veinte o treinta páginas por tema en estenografía, con el desarrollo
completo de la idea hasta en sus más mínimos detalles. Luego desarrollaba cada
día el texto de la lección. Como la clase tenía lugar a las siete, procuraba
llegar a la ciudad a las tres, y a las cuatro estaba en mi sala preferida, la
gran sala de lectura de la Biblioteca del Estado. En ella no había demasiada
tranquilidad, la gente entraba y salía, y se hablaba incluso más de lo
necesario, pero uno podía concentrarse y estar solo con los propios
pensamientos. De cuatro a siete estenografiaba la clase del día sirviéndome de
los esquemas y de los textos que anteriormente había elaborado. Daba
mis clases con las cuartillas en la mano y el dedo siempre sobre la palabra que
acababa de leer. Así podía, si llegaba el caso, apartarme del texto y retomarlo
después. La
preparación de la clase no tenía un carácter meramente científico. Implicaba no
sólo la profundización metódica y la exposición clara de un tema sino que era
—al igual que la elaboración del esquema— un proceso artístico. El pensamiento
no sólo debía ser comprendido objetivamente sino que tenía que pasar por el
centro productivo, emerger de él, atraer hacia sí el material y desarrollar su
forma. Cuando la cosa discurría de este modo, la clase era más de una mera
exposición científica; en caso contrario, era menos. Así pues, yo siempre tenía
que pasar por este proceso; era muy agotador, gratificante cuando se
desarrollaba correctamente y desalentador e incluso humillante cuando no era
así. Más de una vez tuve que aplazar una clase porque sencillamente no había
conseguido preparar nada y era poco hábil o quizá demasiado honesto como para
conformarme con dictar cualquier cosa... Por la misma razón también hablar me
excitaba mucho, a menudo tanto que permanecía toda la hora de puntillas. Esto
me cansaba mucho y no pocas veces volvía a casa agotado físicamente. Pero en
cualquier caso la gente se daba cuenta de que tomaba la clase en serio, de modo
que siempre tuve un público atento y mis clases fueron con frecuencia una
auténtica experiencia espiritual para los que a ellas asistían. Al principio
permití que los alumnos que participaban en los seminarios hicieran sus propias
exposiciones, pero los resultados eran poco satisfactorios. Los estudiantes
tenían demasiadas obligaciones con otras asignaturas y no disponían del tiempo
necesario para dedicarse a estos trabajos secundarios. Por eso posteriormente
facilité textos a los participantes y los invité a interpretarlos. Con ello
quería propiciar un diálogo sobre la interpretación misma y sobre los problemas
generales que de ella surgían. Estudiamos así, entre otros textos, las Migajas
filosóficas de Kierkegaard, los Pensamientos de Pascal, los Diálogos de Platón,
algunos Himnos de Hölderlin y Elegías de Rilke. Naturalmente
los oyentes variaban mucho. La mayor parte de ellos asistía a mis clases sólo
durante un semestre; de vez en cuando aparecían algunos curiosos que pronto
desaparecían. Sin embargo con el tiempo se formó un grupo de estudiantes que
acudía regularmente a mis cursos durante varios semestres seguidos, y con ellos
también trabajadores que hacían lo propio. Las clases habían provocado
realmente una especie de comunión. Debo decir que eran muy serios y exigentes;
de modo que sólo venían aquellos a los que verdaderamente la cosa les
interesaba. La actitud de rechazo de la universidad provocó que también ellos
se sintieran defensores de la causa. El
número de asistentes variaba mucho según los cursos; el menos frecuentado era
el del Nuevo Testamento, pues suponía tener un interés específicamente
teológico-religioso; en este eran entre treinta y cincuenta, la mayor parte de
ellos estudiantes protestantes de teología con los que, por lo general, tuve
una buena relación. El número de oyentes era mayor en las clases sistemáticas,
entre sesenta y ochenta. La máxima audiencia la tuvieron las clases en las que
se trataban figuras de la filosofía o de la poesía de interés general; en éstas
llegué a tener más de trescientos oyentes. A los seminarios acudían regularmente
unas veinte personas, un número adecuado para lo que en ellos se pretendía. De
todo lo dicho se puede deducir lo agotadora que era la actividad de
catedrático, tanto más cuanto que junto a mi actividad académica desarrollaba
también una labor pastoral y educativa de la que todavía tengo que informar de
un modo más preciso. Tenía regularmente horas de tutoría o de consultas en
relación con las clases; estaban fijadas los miércoles de cuatro a cinco, pero
en realidad a menudo se prolongaban hasta la noche y, después de algún tiempo,
tuvieron que ampliarse al sábado por la tarde. El domingo tenía la celebración
litúrgica para los estudiantes, con homilía incluida; algunos años después
también tuve que predicar los miércoles por la mañana temprano en la escuela
social femenina. Y además conferencias de diverso tipo en Berlín y fuera de
Berlín. En
los dieciséis años de actividad académica casi nunca tuve unas verdaderas
vacaciones, ya que el trabajo de Rothenfels me ocupaba gran parte de las
mismas. Efectivamente era demasiado, y con el tiempo he pagado las
consecuencias de tan excesiva actividad. _________________ *
Traducción de María del Puy Alonso. Notas [1]
Adolf von Harnack (1851-1930), célebre teólogo luterano, fundador de la escuela
de teología liberal y promotor de la interpretación preferentemente moral del
Evangelio, profesor en Leipzig (1876), Marburgo (1886) y posteriormente durante
muchos años en Berlín (1888-1921). [2]
Max Scheler (1874-1928) fue el filósofo que desarrolló las investigaciones
ético-religiosas en la escuela fenomenológica de Husserl, profesor en Colonia
(1919) y en Frankfurt (1928). [3]
Célebre historiador, teólogo y filósofo de confesión evangélica (1865-1923),
profesor en Bonn, Heidelberg y finalmente en Berlín (1915) como sucesor de
Dilthey. [4]
Filósofo de la cultura y pedagogo (1882-1963), profesor en Leipzig (1906) y
Berlín (1920), «Gastprofessor» en Japón desde 1936 y llamado nuevamente a
Tubinga (1946) tras la caída del nazismo. [5]
Profesor de Economía Política, sociólogo e historiador de la economía
(1863-1941), sobre todo de los movimientos socialistas y del capitalismo
primero en Breslau (1890) y luego en Berlín (1906). [6]
Filósofo e historiador de la filosofía griega de fama internacional
(1888-1961), profesor en Basilea, Kiel y Berlín (1921); emigró después a
Chicago (1936) y fue profesor en la Harvard University (1939). [7]
El Zentrum-Partei o partido católico alemán (fundado en 1870) fue denominado
así por el lugar que ocupaban sus diputados Reichstag y por su posición
política moderada. [8]
Momento en el que el partido nacionalsocialista llegó al poder con Hitler. [9]
Esta colección de ensayos, Grünewald, Maguncia, 1935, publicada por H.
Kahlefeld, se inspira unitariamente en la búsqueda de la «diferenciación
decisiva» del elemento cristiano. [10]
En el texto original «Geistespolizei» (policía espiritual). Tiempo
y eternidad Extraído
de Jesucristo. Palabras espirituales (Jesus Chistus. Geistliches wort) Romano
Guardini Antes
de que Abraham fuese, Yo soy Juan
8, 58 Nuestras
meditaciones han sido un ensayo de penetrar más y más profundamente en el
misterio de Cristo. Hemos hablado de la figura de su existencia, del misterio
que la envolvía, de sus curaciones y el sentido de ellas, de su soledad, de su
conformidad con la voluntad del Padre y de su cercanía con El. Ahora vamos a
probar de decir lo último. Si
se quiere oír la palabra decisiva sobre lo que fue Jesús, hay que acudir a
Juan. También los otros evangelistas cuentan cosas preciosas acerca de El. Lo
que narran está ante nosotros en pura presencia, íntimamente cerca.
Inscribieron muy tempranamente. Dan la impresión inmediata; ¿pero da siempre la
mirada inmediata la imagen más plena? ¿Llega hasta la última profundidad?
Cuando el hombre de treinta años mira a su infancia y cuando vuelve a mirar el
que ha dejado tras sí los sesenta, ¿quién mira más plenamente, quién cala más
hondo, quién penetra más poderosamente aquel ser de niño en su sentido auroral
y en su intrincada trama? Los sinópticos calan hondo en Jesús. Pero sólo Juan
descubre lo último. Juan escribió de viejo. En la plenitud de la experiencia
cristiana y del perfeccionamiento interno. Mira hacia atrás con la mirada
penetrante y amplia de la madurez del recuerdo. Y él era, por añadidura,
"el discípulo a quien Jesús amaba", el que se reclinó sobre su pecho
y en él bebió, como dice la liturgia, "los torrentes de agua eterna".
Juan pronuncia la última palabra sobre su maestro. Ahora
bien, todo su Evangelio habla del misterio interior del Señor. De él vamos a
destacar algunas palabras. Ellas serán —como todo lo demás que en estas
meditaciones se dice— una invitación a penetrar más a fondo en la abundancia
del Evangelio mismo. Una
vez —el hecho se nos cuenta después del incidente de la mujer adúltera— les
dice Jesús a los fariseos: "Yo soy la luz del mundo: el que me siguiere,
no caminará entre tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida" (Juan, 8,
12). ¡Fuerte palabra: "Yo soy la luz del mundo"! Probemos de imaginar
que decimos nosotros algo parejo... cuando sentirnos lo confuso que se nos
aparece la existencia..., lo a tientas que andamos, sin saber de donde ni
adonde, dichosos si vemos el paso inmediato que vamos a dar... Entonces medimos
bien algo de lo que significa que venga alguien y diga: "Yo soy la luz del
mundo." Afirma no menos que en El todo es claro, todo claro en torno a El,
sin confusión, sin embuste. Que
ve lúcidamente, que juzga rectamente, que penetra hasta el fondo, el fin, la
trama entera... Pero no dice sólo que es lúcido, sino que es una luz, y aun
añade: "del mundo". La luz que necesita el mundo; todos, por ende,
todos los hombres, todas las criaturas. Y la luz para llegar a la salud, a
Dios, eso es El. Si un grupo de hombres caminan en una noche cerrada, y uno de
ellos lleva una linterna, esta es la luz de todos. Si se apaga, todos quedan a
oscuras. De este modo es El la luz, la única que hay, para todo el mundo... Hay
para sentir miedo ante semejante palabra. En
los discursos de despedida dijo sus discípulos que se iba y que ya sabían el
camino. Tomás replica: "Señor, no sabemos a donde vas, ¿cómo vamos a saber
el camino?" Y Jesús: "Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie
viene al Padre, sino por mí." Nuevamente
tenemos que sopesar las palabras. Jesús no dice: "Yo os muestro el
camino", sino "yo soy el camino". No "Yo os enseño la
verdad", sino "Yo soy la verdad". No "Yo os doy la
vida", sino "Yo soy la vida". Y esto no se dice por pura
hipérbole oratoria, sino con aguda conciencia de lo que se trata. No corre un
camino y Jesús lo señala; no hay una verdad universal y Jesús la interpreta, o
una fuente de vida y El la abre. No hay una unión viva con Dios, abierta de
suyo, y obra de Jesús fuera sólo facilitar el acceso. ¡No! El es el camino, la
verdad y la vida, y esto quiere decir, que El es la unión viva con Dios. Nadie
va al Padre, sino por El. Si alguien preguntara: ¿Cómo voy yo a Dios? ¿Cómo es
Dios? La respuesta sería: Dios es como se manifiesta en Jesús. El que ve a
Jesús, el que percibe cómo es Jesús, cómo habla, cómo se porta, cómo siente,
percibe ahí a Dios. Y va a Dios, tratando con Jesús, aprendiendo de El,
imitando su vida, entrando en El. Eso es justamente estar en el camino y en la
vida. Eso es tener parte en la vida. Era
la fiesta de la dedicación del templo y Jesús se paseaba bajo el pórtico de
Salomón, en el templo. "Rodeáronle, pues, los judíos y le dijeron:
"¿Hasta cuándo suspenderás nuestra alma? Si tú eres el Cristo, dínoslo
francamente." Jesús les respondió: "Os lo he dicho y no creéis. Las
obras que yo hago en nombre de mi Padre, ésas dan testimonio de mí; pero
vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas oyen mi voz y yo
las conozco y me siguen y yo les doy vida eterna y no se perderán en la
eternidad y nadie me las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado,
es mayor que todos y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre. Yo y el
Padre somos uno mismo" (Juan, 10, 24 ss.). "Yo y el Padre somos una
sola cosa" la palabra significa algo enorme y como tal es entendida; pues
inmediatamente leemos que "los judíos echaron manos a las piedras, para
apedrearlo" (10, 31). Este pueblo, educado por la escuela de los profetas
para percibir el sonido y alcance de las palabras religiosas y celoso de la
pureza de la fe en Dios, por la que sufre y lucha desde hace mil años, oye ahí
una posibilidad de blasfemia: "Por ninguna buena obra te apedreamos, sino
por blasfemia, porque tú, que eres hombre, te haces Dios" (10,33). Pero
Jesús no retracta nada ni atenúa nada: "¿No está escrito en vuestra ley:
Yo he dicho: ¿Sois dioses? Si llamó dioses a aquellos a quienes se dirigió la
palabra de Dios -y la Escritura no puede invalidarse, ¿cómo decís vosotros n
quien el Padre santificó y envió a este mundo: "eres un blasfemo",
porque ha dicho; "¿Soy Hijo de Dios?" No se trata ya sólo de la
filiación divina por la elección del pueblo judío que, efectivamente, es
llamado Hijo de Dios. No es tampoco ya sólo la filiación por la gracia que se
promete al creyente. Tampoco se trata de la elección del gran Individuo, del
"siervo de Yahvé". Aquí hay algo más. Aquí hay algo que fuerza a la
decisión: o blasfemia u otra cosa. Lo inaudito. Una vez habla a los judíos que
habían creído en El (8, 31 ss.): "Si os quedáis en mi palabra, seréis de
veras discípulos míos y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres."
Al punto se rebulle en ellos la susceptibilidad y el orgullo: "Somos raza
de Abraham y de nadie hemos sido esclavos. ¿Cómo dices tú: os haréis
libres?" Jesús nota cómo se concentra en ellos lo malo, y dice: "Si
sois hijos de Abraham, haced las obras de Abraham. Ahora, empero, tratáis de
matarme, siendo yo el que os ha dicho la verdad, que oí de Dios. Eso no lo hizo
Abraham." Terriblemente
dura se hace ahora la réplica y contrarréplica. Sentimos cómo nuevamente se
empedernecen los que apenas se habían hecho creyentes... Hasta que Jesús les
lanza a la cara: "Vosotros tenéis por padre al diablo y queréis cumplir
los deseos de vuestro padre, que es homicida desde el principio." Y ellos:
"¿No decimos bien nosotros que eres un samaritano y tienes un
demonio...?" Luego les dice (8, 51 ss.): "En verdad, en verdad os
digo, que si alguien guarda mi palabra, no probará la muerte jamás." Replicáronle
los judíos: "Ahora estamos seguros de que tienes un demonio. Abraham y los
profetas murieron también, y tú dices: el que guardare mi palabra, no probará
la muerte jamás. ¿Acaso eres tú más que nuestro padre Abraham, que murió?
También murieron los profetas. ¿Quién te haces?" Responde Jesús: "Si
yo me glorificase a mí mismo, mi gloria no sería nada. Está mi Padre que me da
gloria, del que vosotros decís: es nuestro Dios. Y no lo conocéis, pero yo lo
conozco. Y si dijera que no lo conozco, sería igual que vosotros: un embustero.
Pero le conozco y guardo su palabra. Vuestro padre Abraham se alegró de que
vería mi día, y lo vio y tuvo gran gozo." Dijéronle entonces los judíos:
"¿No tienes todavía cincuenta años y has visto a Abraham?" Díjoles
Jesús: "De veras, de veras os digo que yo existo antes que naciera
Abraham." Pareja
palabra no la dijo el Señor más que una vez. Es como si de golpe refulgiera la
eternidad: "De veras, de veras os digo, que yo existo antes que naciera
Abraham." Hacía mil años que había vivido Abraham... Así, pues, antes de
que él naciera, no, "era yo"; aquí habría aún tiempo, sino "soy
yo". La larga historia del pueblo judío pasó. Tras ella nos remontamos
hacia la oscuridad. Habrá larga historia humana; nadie sabe hasta cuándo. Aquélla
pasó y ésta pasará. Y aquí viene uno, a quien Mi madre dio a luz en Belén hace
treinta años y a quien le ronda ya la muerte. Y este uno dice: "Antes de
que naciera Abraham, soy yo." Fulgura en el tiempo conciencia eterna.
Conciencia de ser eterno. Aquí,
en la intimidad viva de Jesús, se abre el camino hacia el misterio, de cuya
figura, situada más allá de todas las cosas, nos cuenta Juan en el pórtico de
su Evangelio. Aquí
leemos: "En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y
Dios era el Verbo. Este estaba en el principio junto a Dios. Todas las cosas
fueron hechas por El y sin El nada fue hecho de cuanto ha sido hecho. En El
estaba la vida y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en las
tinieblas, pero las tinieblas no la comprendieron." Y luego: "Y el
Verbo se hizo carne y puso su tienda entre nosotros, y contemplamos su gloria,
gloria como cíe Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad." Y
el comienzo de la primera carta de Juan continúa, como un eco, la noticia:
"Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con
nuestros ojos, lo que hemos contemplado y nuestras manos palparon acerca del
Verbo de la vida —porque la vida se manifestó y la hemos visto y la
atestiguamos y os anunciamos a vosotros la vida eterna, que estaba junto al
Padre y se manifestó a nosotros— lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos
también a vosotros..." "Antes
de que naciera Abraham, soy yo", la frase anunciaba su eternidad. Aquí
aparece ahora claro quién es: el Verbo. Es Dios hablado. Es la plenitud viva
del ser y de la verdad de Dios. La plenitud, pronunciada por Dios, que es el
Padre, en Palabra esencial y real: la Palabra que está junto a Dios Padre, en
el hablante, o, más exactamente, "hacia el hablante", dirigida hacia
El como respuesta. Y esta Palabra, este Verbo, es también Dios. Por El ha sido
creado todo. Todo sentido, todo valor, toda verdad de lo que es, del ente,
viene de El. El es la luz del mundo, El es la vida del mundo. Aquí
está dicho lo último, e importa sobre todas las cosas que no se perciba sólo
externamente, sino que se oiga con reverencia y adoración. Cuando
el hombre se vuelve a sí mismo, encuentra al hombre. Cuando miro dentro de mí
mismo, encuentro mis pensamientos, mis emociones, mi culpa y mi ansia, mi dolor
y toda la miseria de mi finitud. Me encuentro a mí mismo. Cuando Jesús se
llamaba a sí mismo, lo que respondía "yo" era Dios. Y Dios era
también el que llamaba. La
cercanía del Padre no era sólo cercanía de la gracia y de la elección. Era
aquella cercanía (la palabra resulta insuficiente) en que está el Padre
respecto a la Palabra, que El habla, y está a El dirigida. La
voluntad del Padre, de que Jesús vivía, no era percibida, como en los profetas,
a la manera de mandato de un señor y creador lejano. En su voluntad, el Padre
mismo venía a El, y estaba con El, porque "yo y el Padre somos una sola
cosa. De
esta unidad de ser procedía su soledad entre los hombres, pues era
efectivamente otro que ellos. Y, a su vez, por esta unidad de ser podía
soportar la soledad. De
aquí irradiaba la virtud de sus curaciones y ayuda, que no se dirigía sólo a
socorrer humanamente, sino que quería señalar el camino que lleva al Padre, y
es El mismo. De
ahí el misterio que lo envolvía y hacía que los hombres le temieran y, a par,
se sintieran atraídos por El. Por aquí quedó sellada la figura de su ser.
Estuvo de paso por este mundo. Vino del Padre y se volvió a El. Su tránsito
tuvo que ser un fracaso. Porque si es verdad que cuando algo es más noble, tanto
es más débil en este mundo pesado y violento, en El se cumple doblemente. Si
realmente Dios se hizo hombre, no viviendo como ente milagroso —la tentación de
Satanás al comienzo de su vida pública le sugirió que viviera así-, sino como
hombre real, "semejante a nosotros en todo, excepto en el pecado", y
el Dios hecho así hombre, el Dios hecho carne, tenía que ser lo más débil de
este mundo. No en vano se dice que Dios "se vació", "se
anonadó", se hizo "impotente" en este mundo. Cuando
Dios se hizo hombre, entró en el estado de víctima. Una
interpretación de los tres primeros capítulos del "Génesis" Extraído
de Verdad y Orden I. Homilías universitarias (Wahrheit und Ordnung.
Universitaetspredigsten) Romano
Guardini 1.
La pregunta por el principio Queridos
amigos: Las
consideraciones dominicales de este curso han de dedicarse al libro con que
empieza la Sagrada Escritura, el Génesis; y más concretamente, a sus tres
primeros capítulos. Génesis
significa origen. El libro así llamado nos dice, en los mencionados capítulos,
cómo ha empezado todo: el mundo, el hombre, la culpa y la redención. Pone así
la base para todo lo que se expone luego, en el transcurso de la Revelación. Vamos
a penetrar cuidadosamente en lo que dicen. Al hacerlo así, no debilitaremos
nada, no acomodaremos nada a las opiniones de la época y el día, sino que
tomaremos conciencia del mensaje sagrado en toda la grandeza de su misterio.
Pero, por otra parte, tampoco nos quedaremos en la mera letra, sino que
intentaremos penetrar en la profundidad desde la cual puede de veras aclararse
el sentido de lo dicho. La
pregunta por el principio, por lo que hubo al comenzar, es una de las preguntas
prístinas que hace el hombre. Está cimentada en su naturaleza. Este hombre se
encuentra con las cosas y quiere saber ante todo: ¿Qué es esto? Y en seguida:
¿De dónde viene? ¿Qué había antes? Y así retrocediendo, hasta llegar a la
pregunta: ¿Qué había antes de todo? ¿De dónde ha salido todo lo posterior? Cuando
se está junto a un río, surge por sí sola la consideración: ¿De dónde viene? Y
sería una lección sobre cómo están constituidas las cosas de nuestro mundo, el
poder llegar hasta su fuente, siempre siguiendo su orilla. Allí se
experimentaría una calma peculiar: ¡Aquí empieza! Aquí surge lo que después,
tras largo camino, siempre creciendo, lleva al otro punto que determina el río:
la desembocadura en el mar. Y se vería esa fuente como un símbolo de la fuente
absoluta de la arjé, del principio primitivo. La
pregunta por lo primero, por el principio, puede hacerse de diversos modos. Se
puede hacer según las ciencias naturales. Por ejemplo, se partiría de la
abundancia de formas vivas que encontramos en el mundo, investigando cómo han
llegado a ser. Siguiendo hacia atrás la serie de los grados de evolución, se
llegaría por fin a uno primitivo, que sería "fuente" para todos los
otros posteriores. En él sentiría el espíritu esa paz que da lo primero a quien
ha experimentado la sucesión. Pero pronto se sentiría llevado más allá y
preguntaría: Y ¿de dónde viene la primera vida? Y
empezaría de nuevo la búsqueda... Su pregunta podría también situarse en la
Historia; en los fenómenos económicos, políticos, culturales, queriendo saber
en cada ocasión qué ha habido antes, y antes, retrocediendo así hasta llegar a
la primeras formas accesibles de existencia histórica. Si lograra llegar
realmente al primer principio, el espíritu encontraría allí ese descanso de que
hablábamos... Pero se puede también hacer la pregunta de otro modo, moviéndose
por tanto por la sed de saber del intelecto cuanto por la exigencia que hay en
el hombre personal de entenderse a sí mismo. Algo así hace todo el que, en una
época de empuje hacia delante, siente la necesidad de mirar atrás, de examinar
su vida, de conocer sus concatenaciones y contar a los demás cómo ha sido.
También éste busca una fuente, la suya. Siente el pasar y se asegura de su
comienzo. Así, pasando sobre sus tiempos de trabajo y lucha, regresa a su
juventud, y más allá, a la niñez, y alcanzaría, totalmente su deseo si puliera
entender cómo ha surgido él de la vida de sus adres y del aliento de Dios. Ahí
llegaría a darse lienta plenamente de sí mismo. A
una pregunta de tal índole es a la que responde la Revelación. Su respuesta no
tiene nada que ver con la ciencia. Recuerdo muy bien con qué esfuerzo se
intentaba mostrar, todavía a principios este siglo, hasta qué punto coincidía
el relato la creación en la Escritura con los resultados de ciencia. Era un
trabajo de Sísifo, pues la doctrina del Génesis, desde el comienzo, no tiene
nada que ver con la ciencia natural ni con la prehistoria, sino que se dirige
al hombre que pregunta con piedad: ¿Dónde mana la fuente de mi existencia? ¿Qué
soy yo? ¿Qué se quiere conmigo? ¿Desde dónde he de entenderme? Intentemos
recorrer este camino hasta la fuente. Naturalmente, a pasos rápidos, muy
rápidos, entre los cuales queda demasiado por preguntar. Imaginemos
que en tiempo de Cristo hubiera llegado alguien a Jerusalén y hubiera
preguntado: "¿Qué es lo más importante que hay en vuestra ciudad?" A
eso le habrían respondido: "El Templo". El habría seguido
preguntando: "¿Y por qué?" A eso quizá habría contestado su
informador lo que dijeron los Apóstoles cuando salían del Templo con Jesús:
"¡Qué piedras y qué construcciones!" (Marc., 13, 1), pues el Templo
que había levantado Herodes era una obra esplendorosa. Pero ésta no habría sido
todavía la respuesta auténtica, que hubiera sido: "El Templo es la casa de
Dios". Lugar de la morada sagrada en todos los sentidos, como se expresa
en las palabras de Jesús niño, cuando Sus padres, tras de mucho buscarle, Le
encuentran en el Templo, y Él dice: —"¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais
que es preciso que yo esté en lo de mi Padre?" (Luc., 2, 49). Pero
ese hombre habría seguido preguntando: "¿Siempre estuvo ahí el
Templo?" "No", le habrían respondido; "Herodes lo construyó
en lugar del anterior, que había levantado nuestro pueblo cuando volvió del
cautiverio en Babilonia. Y antes de ése hubo otro, el primero, lleno de gloria,
que levantó hace casi mil años Salomón, el tercer Rey". Pero
el camino de las preguntas llegaría aún más, atrás: "Entonces ¿vuestro
pueblo siempre estuvo en este país?" "No, hemos venido de Egipto,
hace casi un millar y medio de años. Allí tuvimos que vivir largo tiempo en
servidumbre. Pero Dios envió un hombre que se llamaba Moisés, y que era
poderoso y sabio. Él nos llevó a través del desierto; pero Dios caminaba con
nosotros". Acerquémonos
a estas palabras. El que así habla, sabe lo que dice. Dios está por encima de
todo lugar, de modo que está en todas partes y no necesita marchar para ir de
un país a otro. Pero es cierto, y pertenece al misterio de la salvación, que
estaba con Su pueblo y que caminó con él. Los seis primeros libros de la
Escritura están llenos de ese misterio, donde empieza ya el misterio del
Templo, para llegar a cumplimiento en la venida definitiva de Dios, en la
Encarnación. Pero
el hombre de que hablamos no está contento todavía: "Entonces,
¿estuvisteis antes siempre en Egipto?" "No, nuestros antepasados
llegaron allí en tiempo de la gran hambre, cuando todavía eran pocos. Allí se
quedaron, al principio en paz, luego en dura servidumbre." "¿Y
vuestro primer antepasado?" "Fue Abraham. Vivió al principio en
Caldea. Entonces le llamó Dios y le prometió que se multiplicaría en un gran
pueblo. Ese pueblo había de ser el pueblo de Dios, y por él cumpliría Dios su
voluntad de salvación. Y ese pueblo somos nosotros ahora." "Pero
antes de Abraham, ¿quién había?" "Fue un tiempo oscuro, en que la
continuidad de la salvación sólo discurría como un hilo sutil, rodeada, mejor
dicho, casi oprimida por ese pesado extrañamiento de Dios que era la
culpa." "Culpa, dices, ¿qué culpa?" "La culpa del primer
hombre, que traicionó la confianza de Dios e intentó hacerse él mismo señor de
la vida. "¿Y
cómo llegó él a existir?" "Dios le creó, como hombre y mujer, en el
esplendor de su imagen; del polvo de la tierra y del aliento de su boca. Le
confió la tierra, y todo estaba en la paz del primer amor. Todo estaba sometido
al hombre, pero éste a su vez servía a Dios, y esto era el Paraíso."
"¿Y la tierra misma, y el cielo y todas las cosas que hay entre cielo y
tierra? ¿De dónde han salido?" "Las hizo Dios. Y no necesitó que le
ayudara nadie, ni tuvo que hacer un material para ello, sino que Su sabiduría
lo concibió todo, y dio órdenes, y existió." Así,
el camino de las preguntas llegaría a retroceder al comienzo de todas las
cosas; pero el primer capítulo de la Escritura relata cómo tuvo lugar este
comienzo. El relato —ya lo dijimos— no tiene nada que ver con la ciencia, sino
que es un poderoso himno, que, con la imagen de una semana, describe cómo el
divino constructor, con su sabiduría y poder y cuidado amoroso, en seis días de
trabajo, eleva el mundo al ser, para luego "descansar" en el séptimo
día. Ante
todo, crea el caos primigenio, mugiendo sin forma. Luego los grandes órdenes y
formas; la luz, en alternancia de día y noche; el ámbito de la altura con los
fenómenos de la atmósfera, y el de la tierra, en que el hombre debe llevar su
vida; la división del ámbito del mundo entre tierra y mar; la vegetación, su
diversidad; las estrellas, con sus constelaciones; el mundo de los animales, en
el agua, en el aire y en la tierra; en fin, el hombre, con su naturaleza
corpóreo-espiritual, que es imagen de Dios, y que está destinado por ello a
dominar el mundo. Pero
todo el relato queda dominado, como por una bóveda, por la primera frase:
"En el principio Dios creó el cielo y la tierra", expresión bíblica
de "el Universo". Después, al surgir los diversos órdenes y formas,
se dice en cada ocasión: "Hizo", una palabra que representa el
trabajo divino. Pero para el principio propiamente dicho, se expresa:
"Creó". Lo que significa esta palabra, no lo entiende ningún hombre.
Es el misterio prístino. Ahí reside el comienzo Absoluto. Pero
a ese hombre que preguntara, le habría llegado corazón lo dicho sobre la culpa,
y querría oír hablar sobre el otro principio, el segundo, el malo, que está
contenido en el primero, que surgió puro ajeno de la gracia creativa de Dios.
Así, pues, seguirá la preguntando: "Dices
que Dios creó al hombre. ¿Era entonces tal como es ahora? ¿Lleno de violencia,
de codicia, de mentira, de odio?" "No", contestaría el
preguntado, "sino que en esa gran elevación al primer comienzo hay un
punto donde casi se habría llegado al fin. En efecto, el hombre no había de
crecer del mismo modo que la planta o el animal, sino que él había de hacerlo
en libertad. Pero la libertad tiene lugar en la decisión. Así Dios le puso
delante una decisión de la que había de depender su destino. En la forma del
Paraíso, le había entregado el mundo. Merced al señorío que residía en su
semejanza a Dios, el hombre había de "conservarlo y cultivarlo". Pero
en un signo, el árbol del conocimiento, debía manifestar si lo quería hacer en
verdad y obediencia. Y creyó la mentira del seductor, y tuvo la pretensión de querer
ser Dios él mismo". Ese
fue el segundo principio, el malo, y hubiera podido dar lugar al fin
inmediatamente. Pues Dios había amenazado al hombre: "Si coméis del árbol,
moriréis." Por tanto, en realidad habrían debido morir en su pecado. Pues
el hombre puro, el originalmente inalterado, no comete la culpa más terrible y
sigue después viviendo. Eso sólo lo podemos hacer nosotros, los apestados por
el pecado. Pero Dios le permitió seguir viviendo. Con
eso quedó abierto un nuevo principio bueno; el segundo que provenía de Dios; el
principio de la Redención. El hecho de que no muriera el hombre en su culpa, ya
era Redención, y ésta ha seguido obrando a través de todo lo que ha procedido
de la culpa. Ahí,
por tanto, está el principio desde el cual puedo comprenderme en esencia y
sentido, a mí mismo, y comprender a los hombres mis hermanos. La
voluntad de Dios de que yo exista, su amor creador, dirigido hacia mí, eso es
mi principio. En la medida en que lo comprenda —pero no se puede hablar de
"comprender", digamos, pues, mejor: en la medida en que yo resida en
el misterio de esa manifestación— adquiere su sentido mi vida. Los
enigmas y problemas han de ser resueltos; con eso, dejan de existir. Aquí no
hay enigma, sino misterio, y misterio es exceso de la verdad; verdad mayor que
nuestra capacidad. No está ahí para que el hombre la resuelva y de ese modo la
haga desaparecer, sino para que llegue con ella a un acuerdo, respirando en
ella, echando raíz en ella. Las raíces de mi esencia están en el sagrado
misterio de que Dios ha querido que yo exista. ¿Y por qué lo ha querido? ¿Qué
le importa a Él, el infinitamente rico, que existamos nosotros, los seres
limitados? Otra vez misterio; pero la Escritura dice que es bueno, y lo llama
"amor". Sobre eso tendremos que hablar todavía; así como sobre todo
lo que se ha dicho en lo anterior, bajo la forma de una breve anticipación.
Iremos hasta la fuente de nuestra vida y encontraremos allí una paz que no
puede dar ningún pensamiento humano. -------------------------------------------------------------------------------- 2.
Crear y ser creado Queridos
amigos: El
domingo pasado hemos empezado a considerar juntos el relato de la Creación. Corresponde
a la esencia del hombre tener que preguntar por lo que ha sido, a la vista de
lo que es. Esa pregunta puede hacerla científicamente. Entonces investiga cómo
el fenómeno dado en cada ocasión está condicionado por otro anterior, y éste a
su vez por otro precedente, y así sucesivamente: impulsado por el deseo de
llegar a lo primero de todo, para luego, en camino de vuelta, comprender lo
posterior... Pero, como hemos visto, también puede plantear la pregunta de otro
modo: recorriendo hacia arriba la corriente de su vida personal: ¿De dónde
vengo yo? ¿De dónde mis padres? ¿De dónde mi pueblo? ¿De dónde la Humanidad,
como unidad de esos seres de que formo parte, y que realizan su trabajo en la
tierra? Por el camino de esas preguntas, busca su primer principio propio, para
entender desde él su existencia... Esta
segunda pregunta es la que hemos hecho a la Revelación de Dios, a la Sagrada
Escritura. Nos ha llevado paso a paso a ese comienzo, tal como está expresado
en la poderosa frase: "En el principio Dios creó el cielo y la
tierra", esto es, el mundo. Ese es el auténtico principio. En él comienza
todo. Para
entender mejor lo que dice la Revelación, sin embargo, tenemos que considerar
antes otra respuesta asimismo religioso, a saber, la que da la mitología. Aparece
un ser poderoso, resplandeciendo heroicamente, o esforzándose oscuramente, para
dar forma y ordenar. Pero no es lo primero de todo. Antes de él ya había algo
diverso, a saber, el caos, lo informe, lo inaprehensible e innombrable, la
posibilidad primitiva, el dominio prístino: algo entre dos luces, que nos
trastorna pensar. Y ese caos, dice el mito, estaba siempre, sin comienzo...
Otra respuesta dice: Nuestro mundo surgió una vez, cuando lo produjo la muda
necesidad. Pero antes de él estaba el hundimiento de otro mundo anterior, que
igualmente tuvo su comienzo; y antes de ése, a su vez, el hundimiento del mundo
que le precedió: una serie que retrocede hasta perderse de vista, y en que
siempre un mundo empieza a ser después que otro ha llegado a su fin antes de
él, en desconsoladora cadena de repeticiones. Ni en la primera respuesta
mítica, ni en esta otra, ni en ninguna, adquiere sentido claro el concepto de principio.
De un principio auténtico y puro habla sólo la Revelación. Esta, la única
sabedora, lo manifiesta. Ese
principio lo expresan las palabras: "Dios creó". Y creó "cielo y
tierra", esto es, todo. ¿Qué había antes de ese principio? Nada. Pero con
eso no se alude a la nada borrosa del pensamiento vago; esa niebla de ser, que
no es y sin embargo es. Tampoco a la nada de que hoy se dice tanto que amenaza
al ser, engendro del miedo del espíritu que no cree. Sino la nada auténtica y
limpia. Y ¿qué era? ¡Dios! Pero Dios no está en ninguna cadena de devenir y
pasar. Es, sencillamente; como lo dijo Él mismo al manifestar: "Yo soy el
que soy" (Éxodo 3, 14). Por sí mismo es y no necesita de ninguna cosa. Si
no hubiera nada sino Dios —la frase es insensata, pero hay formas sin sentido
que nos hacen falta porque no tenemos nada mejor para decir lo que queremos
decir— entonces, sin embargo, habría "todo", y "bastaría".
Si preguntamos desde lo íntimo de nuestra existencia: ¿qué existe?, o más correctamente
¿quién existe?, la respuesta dice: Dios. Con eso ya está dicho todo. Pero
luego, además, ante Dios y mediante Él, como don, en definitiva incomprensible,
de su generosidad, estamos nosotros; el mundo y los hombres en Él. Tal,
amigos, es la ordenación de la verdad; Dios es El que es; y nosotros podemos
ser ante Él. Si esto vive en nuestro espíritu, tan claro y fuerte que en
seguida avise de algún modo en cuanto resulte herido, entonces tenemos ahí el
fundamento de la verdad. Dios
ha creado. ¿Qué ha creado? Todo, y el conjunto ¿Ha
tenido para ello un material, como los demiurgos del mito? No, ninguno y de
ninguna especie. Incluso el caos, Él lo ha llamado a ser; pues aquello inicial,
de que dice el segundo versículo del Génesis que estaba "desierto y
confuso", aparece dentro del conjunto total, del que proclama el primer
versículo que "en el principio Dios creó el cielo y la tierra". Es la
materia prima que tía preparado el Maestro para las realizaciones dentro del
mundo. ¿Ha
tenido Dios alguna base previa para su obra universal? ¿Ha habido alguna idea,
en eterna situación prototípica, para que Él creara conforme a ella? Tampoco.
No sólo lo ha creado, sino que lo ha inventado todo. ¿Notan ustedes qué hermosa
es la palabra "inventar", sacar con el pensamiento desde la sabiduría
eterna? ¿Estuvo
alguien a su lado cuando creó? Nadie. Nadie le ayudó en su obra, superadora de
todo concepto. Nadie compartió con Él la inimaginable responsabilidad. Nadie
estuvo a su lado en esa cosa inaudita, sólo soportable por Dios, que es la
realización primitiva. Esa
acción ha fundado nuestra existencia. En ella están las raíces de nuestra
esencia. Si preguntamos: ¿A dónde vamos a parar en definitiva retrocediendo por
el camino del devenir de nuestra consistencia?, entonces llegamos aquí: a que
Él ha creado al mundo, al hombre, a mí. Intentemos
acercarnos un poco a esto. Las grandes ideas de la fe tienen dos propiedades:
son sencillas, como la luz, pero también insondables —como la luz también—:
pues ¿quién, aunque sus ojos fueran más capaces de ver que ningún aparato,
habría llegado jamás al fondo de la clara luz? Por eso, las ideas de la fe
pueden penetrar incluso en la persona as simple, si su corazón está abierto;
pero ningún espíritu las agota, por poderoso que sea. Si
queremos acercarnos a la verdad de que Dios ha creado, debemos hacerlo
pensando: Dios me ha creado; ha creado el mundo, y a mí en el mundo. Debo
ponerme ante la irradiación de la voluntad divina; debo adentrarme por ella,
hasta aquello último e íntimo: que Dios tiene intención de mí. Y hacerlo con
todo silencio; una vez y otra, hasta que Dios quizá conceda un día darme cuenta
de la dichosa verdad que yo existo por Su voluntad. Quizá me conceda incluso
sentir Su mirada, que descansa en mí, y alegrarme con la certidumbre de que
vivo de esa mirada. Ciertamente,
puede ocurrir que surja la rebeldía: No quiero ser creado. En efecto, esta
rebeldía, como voluntad de autonomía, se despliega a través de toda Edad
Moderna, y puede tomar muy diversas formas. Por ejemplo, la del idealismo, que
dice: Ábrete paso, presintiendo y experimentando, a través de pequeño Yo, hasta
la hondura interior, y entonces centrarás allí el Yo absoluto y podrás decir:
Eso soy yo; y el mundo lo he creado yo. O también la rama contraria, que dice:
Eso son ilusiones: errores del pensamiento cubiertos por sensaciones de mundo.
La verdad es que yo procedo de la Naturaleza, como la planta y el animal; igual
que éstos, vuelvo desaparecer dentro de la Naturaleza; y no hay más. Amigos
míos, ¿no es extraño que el hombre de la Edad Moderna vuelva una vez y otra a
pensar esas dos ideas; por un lado; Yo soy Dios; y por el otro lado: Yo soy un
trozo de Naturaleza? ¿Ven cómo se ha perdido la verdad fundamental, y el
pensamiento titubea de un extravío a su contrario? Pero el peligro de que esto
ocurra, de algún modo, abierto u oculto, sigue dándose para cada uno de
nosotros. Por tanto debemos aceptar que hemos sido creados. Recibirnos a
nosotros mismos de la mano de Dios. Habitar y habituarnos a estar en este modo
de recibirnos a nosotros mismos, tan poco habitual. Pero
quizá se despierta también otra clase de resistencia, a saber: la angustia.
Podría expresarse así: Si es verdad que Dios me ha creado ¿qué es de mí
entonces? ¿Puedo ser realmente, si Él es, y es como Quien le manifiesta la
Revelación? ¿Puedo tener dignidad, ser libre, regir y trabajar, si su sombra
pende sobre mí? Pues ya se 'ha afirmado en todas las formas —filosófica,
política, artística— que la disyuntiva a donde va a parar todo es ésta: Dios o
el hombre: Él o yo. Si alguien piensa así, es que en él actúa una idea falsa:
que Dios es Otro; el gran Otro que oprime al hombre. Pero no es precisamente el
Otro, sino Aquél que ha hecho que yo exista, que sea yo mismo, real,
auténticamente y sin envidias. Los dioses de los paganos envidian al hombre,
tienen celos de su existencia, porque son seres ambiguos, que no están
propiamente en el ser. Pero Dios, el ser vivo, ¿cómo iba a hacérsenos
peligroso, si vive intacto en su majestad, y su voluntad es el fundamento para
todo lo que yo soy? Si Dios —idea tan insensata como horrible— cesara de ser,
entonces yo me reduciría a la nada. Pero Él es precisamente el que me ha
situado en mi ser, de tal modo que existo y vivo y ando por mi pie; y tengo
libertad, incluso la temible libertad de poderme volver contra Él. ¿Quién puede
hacer nada semejante? ¿Quién puede ni siquiera concebirlo? ¿Cómo habría yo de
tener miedo ante Él? No;
cuanto con mayor riqueza viva Dios en mí, cuanto más poderosamente actúe su
voluntad en mí, más viva y libremente llego yo a ser yo mismo. Esa es la
verdad, y todo lo demás engaña y deforma. Pero
la respuesta del corazón que surge de esta situación de haber sido creado, es
la oración. Se la ha olvidado y desaprendido mucho, porque la idea de Dios se
ha encogido mucho, haciéndose pequeña y mísera. Por eso, la idea de Dios ya no
incita a la oración, pues ésta es un gran acto. Es la profunda inclinación del
interior, que surge de esta experiencia: Dios "es el que es"; yo, en
cambio, soy por Él y ante Él. Ese acto es verdad, produce verdad; la verdad
fundamental, con que empieza todo lo demás. Y producir verdad, es paz y es
libertad. Eso ocurre en la oración. No podemos empezar bien el día, amigos
míos, sino pensando esta idea, con toda la quietud y profundidad que podamos:
Tú, Dios, existes y existes aquí; yo, en cambio, estoy ante Ti. Así se
inclinará por sí mismo nuestro interior, de un modo que verdad y libertad y
nobleza. Otra
cosa que surge de la fe en la Creación, es confianza. No podemos hacer nada
mejor que entregarnos a la sabiduría de Dios, que nos ha concebido, y a su
bondad, que nos ha dado a nosotros mismos. ¿Quién va a tener buena intención
para con nosotros, desde la misma base, sino Él? ¿De quién podríamos esperar
más que de Él? Y la miseria de nuestra existencia ¿no procede de que nos damos
por contentos con su cómoda estrechez y no reclamamos Su generosidad?
Ciertamente, ésta sería muy exigente, y tendríamos que esforzarnos. Pero nos
llevaría a lo mayor y más libre; ¿quién puede decir hasta dónde? Y,
por fin, otra cosa: el agradecimiento. ¿Hemos probado ya alguna vez a agradecer
a Dios que existimos? Entonces sabemos que nos hace bien y nos salva. Nos pone
de acuerdo con nosotros mismos, es decir desde lo más íntimo: Te doy gracias,
Señor, de que puedo existir. Pues esto no es obvio. Podría ser también, en
efecto, que Él no hubiera querido que yo existiera. Y es un asombro indecible
que su decisión haya caído en este sentido: que debo existir yo —y existir para
siempre— pero piénsenlo, ¡para siempre! Nunca me extinguiré. Es verdad que
moriré terrenalmente, seguro; pero resucitaré y viviré eternamente, como Él ha
prometido; y entonces habrá por fin vida eterna. Con eso no se pierde de vista
nada de lo difícil que tenemos encima: privación, enfermedad, preocupación;
nada de eso. Pero en la raíz de todo están las palabras: Te doy gracias de que
puedo existir. Son
actos fundamentales de la piedad. Fácilmente les hace retraerse la
exterioridad, y sin embargo son muy importantes. Intenten ustedes ir en ellos a
Dios: Sentirán qué salud interior les dan: la aceptación del haber sido
creados... la adoración al único ser verdaderamente existente... la confianza
en su sabiduría y bondad creativas... el agradecimiento por todo. -------------------------------------------------------------------------------- 3.
El primer relato de la creación y el día del Señor Queridos
amigos: Hemos
considerado el poderoso lema que, como primer versículo del Génesis, no sólo
preside a éste, sino a toda la Sagrada Escritura, y, por tanto, a la existencia
creyente: "En el principio Dios creó el cielo y la tierra." Lo que
es, está creado por Él. Todo viene de Él, y a Él va todo. En su voluntad
creativa residen las raíces de nuestra existencia. Es el Señor, que es, le
pertenece. Somos suyos, pero no como cosa, lo mismo que un recipiente pertenece
al que lo ha hecho o comprado, sino del modo como una persona viva es de quien
la ama; como persona, que existe en sí y no puede ser en absoluto poseída, sino
que puede ser recibida por libre donación de sí misma. Cierto es que también
este "ser-persona" nuestro lo ha creado Dios, pero para cimentar el
misterio de nuestra libertad. Libertad también respecto a Él; pero ahí se hunde
el pensamiento en misterio... Los
dos primeros capítulos del Génesis cuentan luego cómo sigue obrando Dios dentro
de este conjunto de la Creación; cómo hace que surjan las innumerables cosas y
sus ordenaciones; cómo llama a la existencia al 'hombre y le señala su sitio en
el mundo. Este relato se desarrolla en dos narraciones. La
primera la conocemos bajo el nombre de "obra de los seis días".
Abarca el primer capítulo y tres versículos y medio del segundo, y hace que
tenga lugar ante nuestra mirada, paso a paso, el gran acontecimiento. La otra
empieza con la segunda mitad de ese mencionado versículo, llega hasta el fin
del capítulo y habla sobre todo de la creación del hombre. Las dos narraciones,
pues, están presentadas de diverso modo; pero son análogas en algo de que hemos
de darnos cuenta para entender bien su sentido: no tienen nada que ver con la
ciencia. En ningún punto se cruzan con lo que puede decir la investigación, si
permanece en sus límites, sobre el origen del sistema del universo, sobre el
devenir de la vida y su transcurso, sobre el origen del hombre y su primera
historia, sino que su sentido es totalmente religioso. Bien es verdad que
hablan de la misma realidad de que también habla la ciencia: del mundo, de las
cosas y de nosotros mismos. Pero la intención que hay bajo lo dicho es diversa
que en la investigación. Durante mucho tiempo se ha creído que lo que dicen la
astronomía y la paleontología, debe volverse a hallar en el Génesis, y se ha
tratado, con duro esfuerzo, de ajustar entre sí las diversas expresiones. Se
quería hacer con toda seriedad; pues se partía del respeto a la verdad de la
Sagrada Escritura. Pero no se tenía en cuenta que la verdad es rica, y se puede
hablar del mismo objeto, de modo verdadero, desde muy diversos puntos de vista. Fijémonos
en el primero de esos dos relatos de la Creación. Empieza con la frase:
"La tierra estaba desierta y confusa, y la tiniebla se extendía sobre el
abismo, y el Espíritu de Dios se cernía sobre las aguas." Las
palabras expresan el concepto bíblico del caos. Con eso se alude a algo muy
diverso que en el mito. Para éste, el caos es la realidad prístina, que era de
modo absoluto, increada y "divina" en ella misma —una concepción que
entra en lo inquietante y demoníaco—. Por el contrario, el caos de que habla la
Revelación, es claro y bueno. Es la Creación en su primer estado, pero llena de
todas las posibilidades; plenitud de energía, que todavía no tiene objeto, pero
que ya está orientada al porvenir planeado por Dios. Aquí no hizo falta ningún
demiurgo que ordenara conformara. En la obra de Dios nunca hubo desorden. Nunca
fue su situación como si se tuviera que expresar con las imágenes de una
potencia primitiva rebelada, o de un seno prístino, paridor y devorador. En
semejantes imágenes trata de justificarse la rebelión del hombre caído,
poniendo su propio modo de sentir en el fondo de las cosas. Por el contrario,
sobre caos del Génesis rige el Espíritu Santo, que luego aparece en el Antiguo
Testamento cuando Dios da luz para formar, fuerza para realizar, sabiduría para
ordenar. Este Espíritu Santo hemos de pensarlo inserto en todo lo que se dice
luego en el relato. Y
entonces empieza la obra: "¡Hágase!" ¿Cómo
tiene lugar la creación en el mito? Llega un ser poderoso, reúne el caos
contradictorio, lucha con él, lo domina por la fuerza, le da forma; de modo que
se ve a simple vista: no es Dios, sino el hombre en su esfuerzo, aumentado
hasta lo gigantesco. ¡Qué diferente la Revelación! Ahí habla Dios:
"¡hágase!" y se hace. Su creación no ocurre por los puños, sino por
la palabra, esto es, por el espíritu y la verdad. Esa creación es sin esfuerzo.
La omnipotencia no se fatiga. Place su obra en la libertad de Quien es Señor.
Realmente Señor; no sólo vencedor sobre los enemigos y obstáculos. Para Él no
hay enemigo ni obstáculo. Pero
lo que ha de existir ante todo, es la luz. Sobre esta expresión se ha cavilado
mucho. La respuesta sólo llega a ser adecuada cuando se mantiene ante la mirada
el sentido y la intención del relato entero. Pues ¿qué luz es, si el versículo
14 dice que el sol y la luna se crearon luego? Evidentemente, no es lo mismo a
que alude el físico cuando habla de luz. Se llamará "día"; su
opuesto, en cambio, la tiniebla, "noche"; y ambas cosas quedan
"separadas". La obra de la separación, esto es, de la ordenación, ha
comenzado. Pero ésta no se refiere al mundo como naturaleza, sino como ámbito
vital del hombre, al mundo de nuestra existencia. De
este modo surge el día como espacio temporal en que despierta el hombre, anda
por su camino, hace su obra; y la noche como el otro espacio, en que el hombre
se retira, descansa del trabajo, duerme. Entonces
se dice: "Se hizo la tarde y se hizo la mañana: el primer día."
Después: "el segundo día", y "el tercero", y así
sucesivamente. Es decir, el relato de la Creación tiene la forma de un poema
didáctico y presenta el hecho de la Creación en la imagen <de una sucesión
de trabajo que se cumple a lo largo de una semana, dividiéndose tal hecho según
los días de la semana. No es que Dios realmente "trabaje", ya lo
dijimos; entonces volvería a aparecer el demiurgo del mito. Sino que también
esta imagen se refiere al mundo de la existencia del hombre, y cimenta la ordenación
de su vida. Sobre eso diremos algo más en seguida. Prosiguen
las separaciones. Surge una bóveda: el firmamento. Se hace evidente la antigua
imagen del inundo, en que hay una campana celestial que se aboveda sobre la
tierra y divide las aguas. "Aguas", al principio, entendido todavía
como expresión del caos, de lo no formado, de lo que se derrama por todas
partes. Esto queda ahora separado y adscrito a diversos dominios: al de las
nubes, de que viene la lluvia, y al de la superficie terrestre con sus extensiones
de agua. Todas
estas cosas tienen tan poco que ver con la cosmología, como la luz de que se
hablaba. También ellas se trata de la ordenación de los espacios de vida: el de
la altura, los poderes meteóricos que obedecen a Dios, y el de la tierra, donde
los hombres .u van su vida y hacen su trabajo. Esa
es la obra del segundo día. En
el tercer día, Dios establece una separación en la misma tierra. Empieza con la
separación entre el agua y lo seco, y surge la tierra firme y el mar. Otra vez:
No se trata de nada de geología: "Tierra" es más bien el ámbito donde
el hombre tiene su casa y labra su campo; "mar" es aquello que para
él al principio es intransitable, pero en que luego —como dice el gran Salmo de
la Creación, el 103— sus barcos se abren caminos de nueva especie. Entonces
se dice: "Dios vio que era bueno". La frase se vuelve contra el
dualismo babilónico, cuya imagen del mundo contenía perversos poderes
primitivos, y dice: Desde el "principio", no hay en el mundo nada
malo. Todo lo que Dios ha creado y ordenado, es bueno. Sólo el hombre ha traído
el mal al mundo. El mal no forma un principio de este mundo. No es necesario
para que surja la tensión, para que haya vida, para que se desarrolle la
Historia. Tales ideas son el mal versículo que el hombre ha puesto con su
acción y sus consecuencias. Contra tales modos de ver se elevan las palabras
del relato de la Creación: El Que todo lo ve, pondera su trabajo y declara:
"¡Es bueno!" Cinco veces lo dice así; y la sexta vez, al fin de toda
la obra, dice sellándolo definitivamente: Dios vio todo lo que había hecho, y
vio que era muy bueno." Ahí
surge el mundo de las plantas. En ellas se señala especialmente la maravillosa
propiedad de "tener semillas", es decir, de ser fecundas. Luego se
dirá de ellas, en el versículo 29, que han de servir de alimento al hombre. La
cuarta estrofa vuelve a indicar cómo todo esto no está bajo la perspectiva de
las ciencias naturales. Habla de la aparición de los cuerpos celestes y dice
que tiene lugar después del nacimiento de las plantas. Tampoco
las estrellas y astros aparecen como simples formas naturales, sino como
elementos de la existencia humana. El sol y la luna determinan su vida; no sólo
midiendo el tiempo, sino también como potencias. Influyen penetrando con sus
ritmos su vitalidad; ordenan sus trabajos y fiestas, viajes e iniciativas. Los
cuerpos celestes, pues, en esta abundancia poder y significado, son aquello a
que se alude en este relato de la Creación. Una
vez que existe el mundo vegetal, aparecen en existencia los animales; la quinta
estrofa habla de ellos, así como la sexta. Viven de las plantas, y se echan de
ver los tres dominios que habitan: el mar, tierra y el aire. En
los animales, tal como nadan y corren y vuelan, muestran plenamente vida y
fecundidad. Por eso la Revelación habla en ese momento de la bendición de Dios.
Esta corresponde a la vida. Hace que la vida, tan en peligro, pero con esa
profundidad de que surge crecimiento, la generación y el nacimiento; que la
vida, digo, sea sagrada, prospere y aumente. Para los hombres del Antiguo
Testamento no hay ni energías naturales ni leyes, sino que todo se realiza
inmediatamente por obra de Dios; también y sobre todo, los procesos de la vida.
Y la bendición es la creación de Dios por la cual subsiste todo; los Salmos
hablan de ella una vez y otra; pensemos en el espléndido Salmo 64. Ahora
habla Dios: "Hagamos al hombre a nuestra imagen." La palabra que aquí
aparece como nombre de Dios, "Elohim", es un plural en hebreo: por
eso se puede traducir también: "Haré al hombre a Mi imagen." Sobre
la creación del hombre hablará más exactamente el segundo relato de la
Creación. En el primero se dice que aparece tan pronto como el conjunto del
mundo está en la plenitud de sus formas, así como en la sabiduría de su
ordenación. Luego se dice que es imagen de Dios, y que es hombre y mujer. Pero es
imagen de Dios por cuanto puede reinar sobre el mundo. Dios es el Señor por
esencia y eternidad; prototipo de todo señorío. Al hombre, en cambio, le ha
hecho señor por gracia, y en eso consiste su semejanza a Dios. Este es el signo
primero bajo el cual ha de estar toda su existencia: que permanezca en la
conciencia de ser señor en semejanza, es decir, bajo Dios, dispuesto a reinar
obedeciendo; o que se extravíe en espíritu y pretenda un señorío que proceda de
su propio poder esencial. Ahí, en cómo ponga ese signo inicial, se decidirá
todo. Pero
también sobre el hombre pronuncia Dios su bendición: sobre su vida, para que
sea fecunda; sobre su obra, para que resulte bien e incorpore en su poder la
tierra con todo lo que hay en ella. "Así
quedaron hechos", se dice luego, "el cielo y la tierra, y todo su
ejército". El "ejército" es la multitud de las formas; en el
cielo, las constelaciones; en la tierra, los seres vivos. Con
eso Dios ha terminado su obra: "Y Dios terminó el séptimo día su obra, que
había creado, y reposó el séptimo día de toda su obra, que había creado".
¡Palabras misteriosas ¡Dios "reposó"! Pero su omnipotencia no había
experimentado ninguna fatiga al crear: ¿cómo iba a requerir el reposo? ¿Y cómo
esa posterioridad, si para Él no hay tiempo? Pero de Él, según ya vimos, se
habla como de un artesano, que trabaja seis días y descansa el séptimo. Así el
séptimo día queda hecho también día de descanso para los hombres, y se funda el
sabbat, el día festivo. Pasemos
por encima de la cuestión de si la palabra ""reposo" no puede
significar también algo para Dios, y dónde se puede buscar de algún modo su
sentido. En todo caso, aquí se ancla en la Creación misma una ordenación de la
vida humana, la del trabajo y el reposo. Esto es, si observamos con más
exactitud, se nos hace evidente que toda la construcción del relato va a parar
a la proclamación del sabbat: otra vez, una prueba de qué poco se trata aquí de
ciencia natural. Pero ¿por qué se da tal importancia a ese día? La
condición de imagen divina en el hombre consiste en que puede reinar, pero ha
de hacerlo como imagen de Dios. No por derecho propio, sino ejerciendo su
señorío como imagen respecto a Dios, esto Es, en obediencia respecto al
auténtico Señor. Pero tampoco como esclavo, ni de un poderoso terrenal, ni de
su trabajo mismo, sino asimismo en semejanza Dios, esto es, en libertad.
Resulta muy sintomático que la época misma que ya no reconoce a Dios como Señor
de la existencia, sino que quiere ser autónoma, esclavice al hombre en el
trabajo de un modo sin precedentes. El séptimo día ha de dar al hombre la
libertad de la existencia sin trabajo, para que llegue a la plena conciencia de
su nobleza. Pero
significa aún algo más. En la paz del séptimo lía ha de deponer el hombre su
corona, y debe elevarse la imagen del auténtico Señor. En el misterio de su
calma ha de hacerse visible Dios. De ahí la gran importancia de ese día. Debe
volver una y otra vez a poner en claro la ordenación básica de las cosas: que
Dios es dominador por esencia, y nosotros, en cambio, lo somos por gracias y
bajo Él. Él creó en el primer principio la obra del mundo; nosotros hemos de
continuarla a través del tiempo en obediencia respecto a Él. Todos los ataques
contra el día del Señor son ataques contra Dios. Pero
mediante Cristo, el sabbat, el sábado hebreo, se ha convertido en el domingo,
el día de Su Resurrección. Los primeros cristianos observaron ambos días, el
sábado y también el domingo. Luego quedó absorbido el primero en el segundo.
Ahora es el día en que hemos de darnos cuenta de la obra del mundo, que el
Creador ha hecho, pura y grande; pero también de la obra de la Redención, que
ha realizado tan incomprensiblemente el Hijo del eterno Padre. El
primer relato de la Creación dice, pues, por su parte: Todo ha sido creado por
Dios. Podemos también expresar así esta verdad: No hay Naturaleza en el sentido
moderno. Esta la ha inventado el hombre de la Edad Moderna para hacer superfluo
a Dios. Ha metido en la Naturaleza todo lo que en verdad corresponde al Señor
de la existencia: que sea aquello que siempre ha existido: el misterio
primitivo de que viene todo; el espacio universal en que todo transcurre; el
mar último en que todo desemboca. No hay tal Naturaleza. El mundo no es
Naturaleza, sino obra. No lo primitivamente primero, sino lo segundo,
esencialmente segundo, lo que ha llegado ha ser mediante la voluntad del
Creador. Permítanme añadir unas palabras personales. He pasado años para
entender en qué consiste esa distinción, y qué significa. Si a ustedes no les
resulta claro —pero realmente claro, por esencia y consecuencia— entonces
traten de lograrlo. Todas las cosas adquirirán con ello otro carácter. La idea
moderna de Naturaleza falsea todas las determinaciones de la existencia. El
reconocer que el mundo es obra, y que detrás de él está la voluntad de Aquél
que lo ha querido, le pone en orden. El
relato del Génesis dice algo más: Todo está lleno de sabiduría. No era preciso
el hombre para ordenarlo, porque estuviera caótico en sí, según ha afirmado la
misma Edad Moderna; ordenarlo mediante las categorías del espíritu humano y esa
potencia otorgadora de sentido que es su voluntad. Todo esto también está
pensado para hacer superfluo a Dios; pero tampoco existe tal caos del ser. El
mundo es obra de Dios; por tanto, obra formada en sí, digna de gloria y de
confianza. Y
una tercera cosa: La existencia es buena. Todas las trágicas visiones del mundo
que dicen que el mal forma parte del Universo, necesaria para que surja una
tensión espiritual y la Historia se ponga en marcha, son teorías que inventa el
hombre para justificar la perdición que él ha traído. Por su origen, la
existencia buena. Lo malo que ahora la enreda, ha llegado después a ella. Y el
sabbat, o mejor dicho, el domingo, debe ser el día en que volvamos a aprender a
distinguir, dándoselo a Dios, lo que Le corresponde, y a recibir de Él la
libertad que nos ha preparado. -------------------------------------------------------------------------------- 4.
El segundo relato de la creación y la ordenación del matrimonio Queridos
amigos: Las
consideraciones del domingo pasado nos han llevado al primer relato de la
Creación. Lo preside esa enérgica frase que tiene poder para transformar el
corazón que se abra ante ella: "En el principio creo Dios el cielo y la
tierra." Viene luego, ordenada según el transcurso de una semana, y como
trabajo de seis días, la producción de las formas del mundo. Esta sucesión de
trabajo llega a la creación el hombre, que está formado a imagen de Dios ha de
reinar sobre todas las cosas que se encuentran en la tierra. Pero entonces se
establece un límite. El hombre ha de ser señor, pero bajo Dios. Por eso debe
reposar de su labor en el séptimo día. Ante ido, porque no es un esclavo y ha
de tener libertad, pero además, porque tiene que deponer su poder, para que en
el ámbito del descanso dominical eleve la grandiosidad del verdadero Señor. Y
ahora hablemos del segundo relato, que sigue inmediatamente al primero. Se
introduce con unas frases que dicen de un modo nuevo que al principio reinaba
el caos, la confusión. No había surgido ninguna vegetación, ni se había hecho
labor ninguna en la tierra. "Cuando el Señor hizo la tierra y el cielo, no
había todavía ningún arbusto silvestre, ni crecía todavía ninguna hierba del
campo; pues el Señor Dios todavía no había llovido sobre la tierra, ni había
hombre para labrar el suelo. Sólo surgía un manantial de la tierra y regaba
toda la superficie". (Gen., 2, 4b-6). Pero
en seguida se narra la creación del hombre: "Entonces formó Dios al hombre
con polvo de la tierra, y sopló en su nariz el aliento de la vida, y el hombre
vivió" (7). Vemos que el hombre está en el centro del relato; todo lo
demás se ordena hacia él. El modo de describir cómo llega a ser, no tiene nada
que ver -—digámoslo una vez más— con la ciencia. Se presenta en imágenes; pero
las imágenes deben leerse de otro modo que las expresiones conceptuales. Han de
evocarse espiritualmente, han de intuirse, percibirse, entendiéndose su sentido
desde dentro. Y ciertamente, se dice que Dios, el Señor, hizo el cuerpo del
hombre con "polvo de la tierra"; de tierra del mismo campo en que
crece el trigo que le da pan. Pero
cuando se habla de "cuerpo humano", y del "aliento" que le
sopla Dios, no se alude a la distinción en que pensamos al hablar de
"cuerpo y alma". "Cuerpo" es aquí una figura muerta. Está
ahí como la forma que surge cuando un artista toma la arcilla y le da forma.
Miguel Ángel, en su famoso techo de la Sixtina, representó al hombre cuando ya
vive y tiende la mano a Dios para recibir la chispa del espíritu desde el dedo
del Creador. Eso está pensado con mucho ingenio, pero va contra el sentido del
relato sagrado. Lo que hay ahí, según éste, es ante todo una forma muerta.
Luego, Dios se inclina, por decirlo así, y sopla en ella "aliento de
vida". En esta expresión se reúnen muchas cosas: el aliento, que penetra
el cuerpo misteriosamente; la vida, que crece, siente y se mueve; el espíritu,
que piensa y proyecta; e incluso, el pneuma, el aliento de Dios, que llena a
los Profetas. Todo esto suena aquí y hace percibir lo inaudito de la existencia
humana. Así,
pues, cuando el hombre entra a tientas con su meditación por su profundidad
interior; cuando trata de palpar a dónde llevan las raíces de su ser, llega
entonces, ante todo, al "polvo de la tierra", a lo más bajo del
campo. Pero luego —digámoslo atrevidamente con las palabras que nos da la
Escritura misma— al pecho de Dios. No queremos dar muchas vueltas con
interpretaciones a las imágenes, sino dejarlas como son, corporales y vivas, y
percibir lo que nos dicen de modo tan profundamente conmovedor: que nuestra
esencia humana viene del fondo de la tierra, pero también del pecho de Dios.
Por eso está el hombre en el mundo y también, por otra parte, fuera de él. Por
eso puede comprender y amar al mundo, pero ser señor sobre él. ¡Es terrible
cuando quiere habérselas con el mundo, pero sin que esté Dios en él! Luego
Dios prepara al hombre el ámbito de su vida, esto es, crea el Paraíso. Este
aparece bajo la imagen de un jardín o un parque —algo así como lo mandaba hacer
un soberano de tiempos antiguos, para poder pasear—. Un ámbito protegido y
defendido; bañado por puras corrientes de agua —"aguas vivas", como
suele decir la Escritura, para distinguirlas del agua muerta de las cisternas—
y poblado de hermosos árboles llenos de fruta; para el habitante de aquellos
países abrasados por el sol, una síntesis de preciosa plenitud de vida. Ese
jardín Dios se lo da al hombre, para que lo cuide y labre. Otra
vez una imagen, pero ¿qué significa? Significa el mundo, en cuanto está dado al
hombre en sus manos, para que lo mantenga en su cuidado y realice en él su
labor; pero de modo que Dios esté en todo. Es decir, con la imagen del jardín
confiado al hombre, se introduce algo más: que Dios mismo habita en él. Ello se
muestra en el relato de la tentación, donde se cuenta que Dios pasea en la
brisa fresca del día al atardecer (3, 8). Una imagen hermosa de cómo Dios
quería participar en toda acción de sus hombres; habitando con ellos en el
mundo santificado. Había de desarrollarse todo lo que se llama vida humana y
trabajo, historia y cultura, pero todo ello en la cercanía de Dios y junto con
Él, de tal modo que el hombre nunca habría necesitado hacer eso que luego se
dice con otra imagen: esconderse ante Dios. Después
se escribe: "El Señor dijo: No es bueno que el hombre esté solo". En
el relato, hasta entonces el hombre existe sólo como varón. Pero eso "no
es bueno". La esencia humana no está todavía cumplida con eso: más aún,
está en peligro. Por eso Dios da al varón "ayuda" para la vida y el
trabajo, compañía. Y una auténtica compañía sólo puede tenerla una persona con
otra persona: "El Señor Dios formó de tierra toda clase de animales terrestres
y pájaros del cielo, y los llevó ante el hombre para ver cómo los llamaría
éste; cada cual debía llevar el nombre que le diera el hombre. El hombre dio
nombres a todos los cuadrúpedos, a todos los pájaros, y a todos los animales
del suelo; pero no tenía para él ninguna ayuda que le fuera semejante"
(19-20). Lo
que ocurre aquí, es "encuentro" en el sentido esencial de la palabra.
El hombre llega ante el animal, observa, comprende y nombra. Para el modo de
ver primitivo, el nombre representa lo nombrado mismo, en la apertura de la
palabra: por tanto, cuando el hombre nombra algo, capta su esencia en la
palabra, y de ese modo asume la cosa en la trabazón de su lenguaje, en la
ordenación de su propia existencia. Así nombra el hombre a los animales, y se
tacha de ver que no serían para él ninguna "ayuda" que pudiera hacer
capaz de vivir al solitario. Esto es: se hace evidente la extrañeza esencial
entre el hombre y los animales, y se echa de ver que no serían para él ninguna
"ayuda" que pudiera hacer capaz de vivir al solitario. Esto es: se
hace evidente la extrañeza esencial entre el hombre y el animal. Es
importante entender esta enseñanza que se da al hombre "en el
principio" de su existencia: que es diferente del animal: que no le
encontrará jamás en esa comunidad que le depara el "tú" y el
"nosotros". Puede
obtener una relación muy viva con el animal, en que se pongan en juego los más
vanados aspectos. Puede acercarse tanto a la Naturaleza en el animal, cuanto
puede la Naturaleza llegar hasta él: igual que ocurre en el jardín, mediante el
mundo de las plantas. Pero la frontera esencial persiste siempre; y algo queda
trastocado cuando el nombre toma al animal en una relación en que sólo podría
estar otra persona; como hijo, como amigo, o de cualquier otro modo. Para no hablar
de esa destrucción de la verdad que aparece cuando el hombre venera lo divino
en forma de animal. Pensemos en la horrible caída que tiene lugar en el ámbito
sagrado del Sinaí, mientras que en su cima Moisés recibe para el pueblo la
Revelación del Dios vivo: cómo exigen a Aarón que les haga "dioses, que
les guíen yendo por delante de ellos": él, con las joyas de las mujeres,
funde el becerro de oro; y el pueblo, en tumulto pagano, presta homenaje al
ídolo (Ex., 32, 1 sig.). Luego
cuentan los versículos siguientes cómo Dios le hace al hombre la compañera
adecuada por esencia; lo que significa también que ésta recibe su compañero
apropiado: "Entonces el Señor Dios hizo caer un profundo sueño sobre el
hombre, que se durmió. Tomó una de sus costillas y cerró otra vez la carne en
su lugar. El Señor Dios, de la costilla que había quitado al hombre, formó una
mujer y se la presentó" (21-22). Tampoco
esto es una expresión conceptual, sino una imagen. No se fatiguen ustedes por
la repetición: es esencial seguir dándose cuenta del modo como habla el texto
sagrado. Lo que ahora tiene lugar, ocurre el "sueño profundo", en un
éxtasis, en que el hombre es sacado de su condición natural de conciencia. En
esa situación, Dios toma una parte de su cuerpo y forma con ella a la mujer: la
más viva expresión de la igualdad esencial que hay entre hombre y mujer. Para
subrayar qué poco tiene esto que ver con la biología o la anatomía, basta hacer
notar que quizá todo este suceso deba ser entendido como una visión. Así
Dios da forma a la mujer, la presenta al hombre y tiene lugar el encuentro en
lo más vivo, el conocimiento hasta lo esencial. Ello se muestra en estas dos
frases, que son un himno de júbilo: "¡Al fin es el hueso de mi hueso y
carne de mi carne! ¡Se llamará hembra porque salió del hombre!" (23) *. [*
N. del T.—Por supuesto, en castellano "hembra" y "hombre"
no son palabras relacionadas en cuanto a su raíz y origen, pero me ha parecido
que de algún modo hay que indicar el juego de palabras hebreo 'ishsha y 'îsh.
Guardini entrecomilla "Männin", en contraposición a Mann, pero en
castellano sería imposible decir "varona".] Ahora
es posible la compañía humana. Y expresa algo importante el hecho de que ésta
se indique ante todo como "ayuda": como una colaboración en la existencia:
un completamiento en vida y obra. Es decir, lo que determina en lo más profundo
la esencia de esta unión no es lo sexual, sino lo personal. Contiene todo lo
que surge entre hombre y mujer: la conmoción del amor, la fecundidad humana, el
encuentro con el mundo, la inspiración de la obra: todo eso se expresa en la
"ayuda". Por tanto, el segundo relato de la Creación dice lo mismo
con sus imágenes que el primero con la frase: "Así hizo Dios al hombre a
su imagen. A imagen de Dios le creó. Le creó como varón y mujer" (1, 27).
"El hombre" es varón y mujer. Eso se dice ahí en una frase de
síntesis; en el segundo relato, mediante una narración: en ambos casos, es la
"carta magna" de la relación entre los sexos. "Y
por ello", se sigue diciendo, "el hombre dejará a su padre y su madre
y se unirá a su mujer, y se harán una sola carne" (24). El primer relato
terminaba en el establecimiento del día del Señor, la ordenación del tiempo de
la vida, santificado: el segundo en la fundación del matrimonio, de la ordenación
de la comunidad humana. Hacia esto tiende todo lo que dice. Y
se encuentra un eco en el Evangelio de San Mateo: Vienen algunos a Jesús y le
preguntan: "¿Se puede uno divorciar de su mujer por todo motivo?"
(19, 3). Saben que en la ordenación del Antiguo Testamento el varón tenía el
derecho de repudio. Podía separarse de su mujer por razones que se estipulaban
en la Ley. Y entonces preguntan sus adversarios: ¿Por cuáles razones? ¿Quizá
por todas? ¿Por cualquier capricho? Es decir, se trataba de esas preguntas
capciosas que se hacían al Señor, para ponerle al descubierto. Entonces Él
contesta:"¿No sabéis que el Creador desde el principio les hizo hombre y
mujer, y dijo: Por causa de esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se
unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne?" Lo cual significa: que
no la puede abandonar en absoluto. Pero como los que preguntan quieren tener
razón y objetan: "¿Pues por qué Moisés dispuso dar documento de divorcio y
repudiar?", Él contesta: "Moisés, por vuestra dureza de corazón, os
dejó repudiar a vuestras mujeres: pero desde el principio no fue así"
(Mat., 19, 4 sig.). En las palabras de Jesús percibimos un eco de lo que fue
"en el principio". Entonces se fundó el matrimonio, y éste es
insoluble por esencia. Lo que vino luego, fueron concesiones a la debilidad de
los hombres: concedidas en una época en que las decisiones de la historia de la
Revelación debían ir a caer en otro sitio. Entonces los "corazones
duros" no eran capaces todavía de comprender lo que significa el amor, que
siempre es también sacrificio. Así,
cada uno de los dos relatos de la Creación está orientado a fundamentar una
ordenación de la vida: la primera, respecto al trabajo y el reposo,
expresándose en los seis días, que pertenecen al hombre, y el séptimo día, que
pertenece a Dios; la segunda, respecto al establecimiento del matrimonio como
comunidad de vida y de fecundidad. Qué estrecha es esta comunidad, nos los dice
el ya citado versículo 24: tan estrecha que por su causa "dejará el hombre
a su adre y su madre". Por su causa se separa el hombre la relación más
original que conoce la cultura primitiva: la del parentesco... Pero el hecho de
que las ideas aquí manifestadas sean muy antiguas, podría provenir de que no se
dice que la mujer dejará a su padre y su madre, sino que será el hombre quien
dará paso. Entonces el texto remitiría a una época en que la ordenación social
descansaba en la jefatura de la mujer, es decir, el matriarcado. Esas
dos ordenaciones protegen la dignidad del hombre y hacen una llamada a su
responsabilidad: ante el trabajo y ante la persona del otro sexo. Pero
precisamente por eso, forman también un límite. El séptimo día exige que el
hombre, en su intervalo, deponga la soberanía, para que en el ámbito de su
quietud se eleve la grandiosidad de Dios, dominándolo todo. La insolubilidad
del matrimonio requiere que el deseo vital del hombre se sujete a la ligazón de
la fidelidad. Ya
ven ustedes qué profundas cosas resultan cuando se meditan estos textos con
respeto y cuidado. Toda la sabiduría del mundo no contiene nada que haga tan
evidente el núcleo más íntimo de las cosas humanas como estas sencillas
expresiones. Son más profundas que todos los mitos y más esenciales que todas
las filosofías: palabras originales que vienen de Dios. No
leamos sólo exteriormente, abramos nuestro corazón y percibamos cómo se eleva
la verdad. Las cosas se ponen en su sitio. El sentido queda claro. La vida se
vuelve incitante y grandiosa. -------------------------------------------------------------------------------- 5.
El paraíso Queridos
amigos: Las
consideraciones del domingo pasado nos han hecho darnos cuenta de esa verdad
que sostiene toda otra verdad: que Dios lo ha creado todo, y a nosotros en Él,
y que por tanto nuestra existencia descansa en la libertad de Su amor. Nos han
recordado la abundancia de las cosas que han brotado de Su inagotable poder; la
igualdad de semejanza con Él que ha concedido al hombre, y la responsabilidad
por el mundo, que ha puesto en sus manos. Y, por fin, las dos ordenaciones que
habían de mantener en su medida la vida y la actividad humana: el día del Señor
y el matrimonio. Ante
nuestro espíritu se ha elevado la imagen de un mundo que resplandecía con el
fulgor de una novedad surgida del poder prístino de Dios; un mundo del cual el
Creador da testimonio de que es "bueno" y está rodeado del cuidado de
su amor. Y ante el hombre se ha abierto una existencia cuyas posibilidades de
vida y de trabajo superan a toda imaginación. ¿Cómo
indica la Revelación esa vida de belleza prístina, rica y sagrada? De nuevo
esperamos una imagen que adoctrine nuestro espíritu y nuestro corazón; ¿aparece
en efecto? ¿Y cómo se nos presenta ante la mirada? Como
hemos 'hecho tantas veces en estas consideraciones, intentemos de nuevo poner
un fondo a la palabra de la Revelación, y precisamente preguntándonos cómo
aparece el primer hombre en otras perspectivas, en la ciencia, en la
literatura, en la conversación diaria. La
ciencia —la auténtica, la consciente de su responsabilidad— se mantiene muy
reservada. Parece decir que el hombre se ha elevado, de un modo que no cabe
determinar mejor, a partir de formas de vida prehumanas; que ha empezado a
manifestar en imágenes lo observado en su interior, a proponer finalidades y a
hallar medios para su realización, a comprender la verdad y a expresarla en
palabras. Así empezó lo propiamente humano. Si se deja a un lado lo que se
adhiere alrededor como hipótesis o mera fantasía, queda como resultado
evidentemente captable, que la existencia humana ascendió desarrollándose desde
los niveles más primitivos, durante mucho tiempo y mediante pasos graduales. Otra
imagen proviene del pensamiento romántico. Ve al primer hombre como un niño;
inocente, innocuo, en acuerdo armónico con la Naturaleza, y obediente a esa
ordenación que su vida mantiene en piadosa medida. Pero el idilio no dura: el
niño despierta, se rebela contra la autoridad de los poderes supremos y asume
su propio derecho. Con ello empieza la vida auténticamente humana. Otra
tercera idea resulta tan insatisfactoria cuanto ampliamente difundida. En ella
se une la imagen de la existencia natural inocente con una secreta
concupiscencia. Esta acecha bajo el idilio y aguarda la ocasión de irrumpir. Es
la idea que tanto suele aparecer cuando se escribe y se habla, en el arte
auténtico o en el presunto. ¿Cómo
habla la Revelación? Dice:
Los primeros hombres no eran unos seres tontos, que acabaran de emanciparse,
luchando, de lo animal. Tampoco eran niños irresponsables. Y tampoco eran
criaturas aparentemente inocentes, pero ya corrompidas en lo interior. Sino que
aparecieron, fuertes y llenos de vida, de un impulso de creatividad divina.
Cómo ocurrió esto en concreto; cómo ha de ser entendida por la ciencia la
imagen de esa tierra de que se formó su figura, y de ese aliento divino, por el
que recibieron al espíritu dador de vida, es un problema aparte y no podemos
seguirnos ocupando de él. De
lo que se trata aquí es de la forma en que la Revelación presenta la existencia
humana en el principio. Esta se encuentra en pura grandeza ante nosotros. Hay
un modo de entender que tiende a derivar lo más alto de lo más bajo: la
Revelación no habla así. Según ella, el principio es obra de Dios, y es perfecto.
Con eso no se indica que haya llegado a su término; éste aparece sólo al final
del devenir. Más bien es plenitud del principio, que no se deduce de lo
precedente, sino que ha de ser entendido por sí mismo, o mejor dicho, por la
fuerza creativa que lo produce. Lo
que viene entonces, es historia; lo que hace la libertad con las posibilidades
del principio. Los
primeros hombres eran un principio, eran juventud, pero estaban llenos de
gloria. Si entraran en el mismo sitio en que estuviéramos nosotros, no los
podríamos soportar. Nos resultaría aniquiladoramente claro qué pequeños, qué
confusos y qué feos somos. Les gritaríamos: ¡Marchaos, para que no tengamos que
avergonzarnos demasiado! No tenían ruptura en su naturaleza; eran poderosos de
espíritu; claros de corazón; resplandecientemente bellos. En ellos estaba la
imagen de Dios; pero esto quiere decir también que Dios se manifestaba en
ellos. ¡Cómo debió refulgir Su gloria en ellos! Y no olvidemos que en sus
hombros estaba puesta la decisión que iba a dar dirección a la historia humana.
¡Cómo podría haberse exigido cosa semejante a niños o a seres atontados que
empezaran a abrirse paso! Tampoco
podemos olvidar esto: que esos primeros hombres eran nuestros antepasados. De
los antepasados hay que hablar con respeto: una virtud que ha desaparecido,
pues el hombre moderno ya no conoce antepasados. En aquel que se propone vivir
de la "revolución permanente", la vida vuelve a empezar siempre hoy.
Por eso nosotros queremos hablar de ellos de un modo conveniente. De
los primeros hombres dice la Escritura que estaban en el Paraíso. ¿Qué
significa esto? También
andan por ahí diversas ideas del Paraíso. Representaciones míticas: de las
Islas Afortunadas, o del país de Hesperia, donde hay eterna primavera... Ideas
legendarias: del país de Jauja, donde no hay nada más que placer... La idea
puede también asumir un tono sarcástico: entonces el paraíso se convierte en un
sitio anodino y aburrido, en que el hombre da vueltas sin saber qué hacer
consigo mismo, hasta que llega el pecado, y la vida empieza a valer la pena...
Pobres ideas, con las que el hombre hundido rebaja algo cuya grandeza le
avergüenza. En
el Génesis se dice: "El Señor Dios plantó un jardín en el Edén hacia
Oriente, y puso allí al hombre al que había formado. Y el Señor Dios hizo
crecer del suelo toda clase de árboles, de hermoso aspecto y buenos para comer;
y el árbol de la vida en medio del jardín, y el árbol del conocimiento del bien
y del mal... El Señor Dios tomó al hombre y le puso en el jardín del Edén para
que lo cultivara y guardara" (2, 8-9 y 15). La
Escritura, pues, nos presenta el Paraíso en la imagen de un jardín o parque,
que ha puesto un soberano para su placer. El jardín está rodeado con cuidado,
para que no pueda entrar nada que moleste. En él hay eso que el hombre
meridional considera tan precioso: aguas frescas que fluyen inagotablemente; árboles
que dan sombra; animales de muchas especies, hermosos de ver. Todo eso es
imagen, y significa el mundo. Pero el mundo en tanto es vivido por un hombre
que está él mismo en pura comunidad con Dios. Miremos
a la vida cotidiana para ver el alcance de esta idea. ¿Ocurre algo análogo en
toda vida humana? Si hay alguien bondadoso y dispuesto a la ayuda, y deja lugar
y libertad a su prójimo, mientras otro, en cambio, es estrecho de corazón y
violento, y quiere que todo vaya según su mente, ¿ocurren en los mundos de sus
vidas las mismas cosas? ¿Tiene en ellas el mismo carácter la existencia? ¿Se
comportan las personas del mismo modo? Pues ciertamente, no. En el uno respiran
libremente, tienen confianza, se sienten bien; en el otro tienen miedo, se
preservan, se vuelven suspicaces. En sí, es el mismo mundo, son iguales
hombres, pero ¡qué diferencia aquí y allá! Sin embargo, la diferencia la
produce el espíritu de ambos; la irradiación que surge de su naturaleza. Pues
todo hombre se forma su propio mundo, a partir del mundo general, por ser como
es y como vive, como le llevan su manera y modo de ver. Otro
ejemplo. ¿No se dice: "Hoy me he levantado con el pie izquierdo", y
todo va mal? Uno no se las arregla con las personas; aparecen los más variados
obstáculos; los instrumentos no funcionan; las cosas se le caen a uno de las
manos o se rompen; se piensa que aquél tiene una mirada hostil, que ese otro
deja entrever intenciones enemistosas. Pero otro día todo es diferente. Los
hombres parecen bienintencionados; las cosas se ensamblan propicias; la pluma y
el martillo trabajan como por sí solos. ¿Qué significa eso? Ayer, sin embargo,
la realidad era la misma que hoy; los hombres, los mismos, los instrumentos y
situaciones, iguales. Sí, es cierto, pero nosotros mismos somos diversos;
nuestros pensamientos, nuestro temple, nuestros nervios. Unas veces, ajustados
y seguros de sí mismos; otras veces intranquilos, de mal humor, confundidos por
impulsos contradictorios. ¡Cómo no van a ir diferentes las cosas! Pues lo que se
llama en realidad "mundo", es algo que se forma constantemente por el
encuentro del hombre con lo dado. Ahora
imagínense ustedes que ese hombre en cuestión sea tal como ha salido de la mano
de Dios: lleno de vida, fuerte, claro y santo. En su corazón, ninguna mentira,
ninguna codicia, ni rebeldía ni violencia. Todo en él está abierto a Dios; en
pura armonía con el que le ha creado. Todo está regido y penetrado por Su luz,
seguro de Su amor, obediente a Su mandato. Si es tal hombre el que se pone
ante: las cosas ¿qué mundo surge de su mirar, sentir, percibir, actuar? ¡El
Paraíso! "Paraíso" es el mundo, tal como se forma constantemente en
torno al hombre que es imagen de Dios y no quiere ser nada más que Su imagen;
el que ama a Dios, el que Le obedece y asume constantemente al mundo en la
sagrada unidad. Ya
ven ustedes que aquello de que se trata es algo totalmente diverso de lo que se
dice desde un punto de vista naturalista, o romántico, o despreciador, o
concupiscente. Ese Paraíso era el mundo que Dios había querido realmente; el
segundo mundo que había de surgir constantemente del encuentro del hombre con
el primer mundo. Y en él debía tener lugar y ser producido todo cuanto se llama
vida humana y trabajo humano: conocimiento y comunidad, realización y arte;
pero en gracia, verdad, pureza y obediencia. Al
considerarlo así, también nos resulta claro algo más: que esta situación no
estaba asegurada, sino puesta a prueba. Que el sol se levanta cuando llega el
momento; que una cosa caiga cuando se la suelta; que una materia arda cuando se
la pone a una determinada temperatura: todo esto es seguro, pues las leyes de
la Naturaleza lo garantizan. En cambio, la acción del hombre es libre, y
libertad significa que la acción se produce en la forma del brotar, del
surgimiento desde el origen interior que se posee a sí mismo. Aquí no hay
ninguna seguridad, pues ésta inmediatamente destruiría la libertad. Aquí está
todo expuesto. Entonces
¿qué expuesta y arriesgada debe estar una situación que procede tan enteramente
de la gracia y agrado de Dios como aquella que se llama Paraíso, en la cual el
Señor de todas las cosas pone al hombre su mundo en las manos, para que el
hombre construya en él su reino, que con eso mismo había de hacerse Reino de
Dios? ¡Cómo debía pasar esto por la prueba de la fidelidad! Por
eso nos dicen luego que, "en medio del jardín", en el centro del
entero conjunto divino que se llama "Paraíso", se eleva un signo por
el cual el hombre está a prueba: "Y el Señor Dios hizo brotar de la tierra
toda clase de árboles, hermosos de ver y buenos para comer... pero en medio del
jardín, también el árbol del conocimiento del bien y del mal... Le mandó: De
todos los árboles del jardín puedes comer; sólo del árbol del conocimiento del
bien y del mal no puedes comer; pues el día que comas de él, morirás"
(Gen., 2,9 y 16-17). En
ese árbol ha de decidirse si el hombre quiere vivir en la verdad de la
semejanza a Dios o si tiene la pretensión de ser prototipo: si quiere ser
criatura de Dios, o si pretende subsistir sobre lo suyo propio: si quiere amar
a Dios y obedecerle, y a partir de ahí elevarse a una libertad cada vez mayor,
o si quiere tomarse, a sí mismo y al mundo, bajo su propio dominio. Ahí
se decidió el destino del hombre: el de nuestros antepasados, y en ellos, el
nuestro propio. Pero también —lo decimos con gran respeto— se decidió algo para
Dios mismo. Pues la obra que Dios había llenado de tan divino sentido y que
tanto amaba, la había puesto en manos del hombre, confiando en él para que la
conservase con gloria y realizase en ella un trabajo que proseguiría la obra de
Dios. Pero el hombre traicionó esa confianza, con el intento impío de quitarle
a Dios Su mundo de las manos. -------------------------------------------------------------------------------- 6.
El árbol del conocimiento del bien y del mal Queridos
amigos: El
domingo pasado hemos hablado del Paraíso, el jardín lleno de árboles con flores
y frutos, regado por frescas corrientes, lleno de hermosura y paz. Una imagen
para la situación del corazón humano, que era puro, abierto a Dios y penetrado
por el influjo de Su gracia, así como para el acuerdo vigente entre ese hombre
y la Creación. No era una situación natural, que hubieran asegurado leyes y
necesidades; la libre fidelidad del hombre en gracia debía mantenerla en pie. También
la prueba en que había de observarse esa fidelidad vuelve a estar expresada por
la Escritura en una imagen. Dice: "El Señor Dios tomó al hombre y le puso
en el jardín del Edén, para que lo cultivara y guardara. Le mandó: De todos los
árboles del jardín puedes comer; solamente no puedes comer del árbol del
conocimiento del bien y del mal; pues el día en que lo comas, perecerás"
(Gen., 2,15-17). ¿Qué
significa esta imagen? ¿Qué representa el árbol? Sobre
él hay diversas interpretaciones. Por ejemplo, partiendo del nombre que le da
la Escritura, se ha dicho que con él se alude al trágico efecto producido por
el preguntar y conocer. Según eso, el hombre está en el Paraíso en tanto que
—bien sea como niño, bien sea como pueblo de un nivel cultural primitivo— va
viviendo con simplicidad, confiándose al orden de la existencia tal como se
manifiesta en la naturaleza y la costumbre. Entonces todo está bien y claro, y
el hombre es feliz. Pero tan pronto comienza a preguntar críticamente el porqué
y el para qué, empieza a haber intranquilidad y desconfianza; surgen
conflictos, que son a la vez injusticia y dolor, y queda destruido el Paraíso. Esta
interpretación queda ahondada religiosamente por el significado que tiene el
saber en mitología. Según éste, el saber da poder mágico a quien lo posee. Por
tanto, la Divinidad se lo quiere reservar para sí; y los hombres, en cambio,
han de permanecer ignorantes, para que ella los pueda gobernar fácilmente. La
voluntad de saber es declarada injusticia, y la ignorancia, por el contrario,
es elevada a virtud. El "Paraíso", entonces, es la dicha aparente que
la Divinidad presenta como espejismo a los hombres, para que sigan sumisos.
Consecuentemente, la irrupción del espíritu en el conocimiento es a la vez
culpa y liberación. El Paraíso se rompe, pero toma comienzo la auténtica
existencia humana, grande y por ello mismo peligrosa. No
hace falta más que leer cuidadosamente el texto del Génesis para ver que esta
interpretación deforma totalmente su sentido. No hay en él nada que dé ocasión
para suponer en la mente de Dios, magnánimo y generoso, la envidia de los
númenes míticos. Tampoco tiene nada que ver el símbolo del árbol prohibido con
el efecto trágico del conocimiento, pues este efecto pertenece a la existencia
del hombre caído y a la confusión que la culpa ha traído a ella. El hombre
puesto en la obediencia de la verdad no habría experimentado nada de semejante
efecto. Pero,
prescindiendo de eso: ¡el hombre tiene que conocer! A él le está dada la
soberanía sobre el mundo, y ésta empieza con el conocimiento. Por eso también,
el primer acto de soberanía del hombre consiste, como cuenta el Génesis (2,19
sig.), en dar "nombres" a los animales, lo cual significa que
comprende su ser y lo expresa en la palabra. Lo que se le prohíbe es otra cosa,
a saber: un determinado modo de conocer. En toda pregunta e investigación,
aclaración y ahondamiento, en toda comprensión espiritual, hay una alternativa:
que tenga lugar en obediencia ante el Autor de la existencia, o en rebeldía y
orgullo. A este orgullo se refiere la prohibición. Lo que ha de ocurrir ante el
árbol no es la renuncia al conocimiento, sino, al contrario, la fundamentación
de todo conocer: la comprensión y reconocimiento, sostenidos por el serio
empeño personal, de que sólo Dios es Dios, y el hombre en cambio sólo es
hombre. El asentir a ello o negarlo es ese "bien y mal", ante el cual
se decide todo. En el ámbito de esa verdad fundamental había de tener lugar
después todo ulterior conocimiento, y la espléndida capacidad espiritual del
hombre puro lo habría realizado verdaderamente con muy diversa fecundidad que
nosotros, a quienes el pecado nos ha traído tan honda confusión en mirada y
juicio. Hay
otra interpretación que no parte del nombre del árbol, sino de la
interpretación que tiene su imagen en los mitos, así como en el psicoanálisis
del inconsciente. El árbol que ahonda con sus raíces en lo profundo de la
tierra, sacando de allí su savia y que se eleva por el espacio, creciendo y
desarrollándose, es un símbolo de la fuerza vital. Cada año se concentra en el
fruto; y el fruto, a su vez, le propaga en nuevos seres arbóreos. La
interpretación dice así: El árbol del Paraíso es el mitológico árbol de la
vida, y su fruto es la sexualidad madurada. Lo que prohíbe el mandato es la
realización sexual. Mientras el hombre es niño, y duerme el instinto, vive
inocente y feliz. Los elementos de su mundo están en acuerdo mutuo, y hay paz.
Tan pronto como se mueve el instinto vital, empieza la intranquilidad. El niño
entra en contradicción consigo mismo, y ya no se entiende. Entra también en
conflicto con las personas mayores. La ordenación que éstas imponen le prohíbe
la satisfacción del instinto; se vuelve escondido y contumaz. Pero él quiere la
plenitud de la vida, sigue el instinto y con eso destruye el Paraíso de la
inocencia feliz infantil. Sin embargo, eso debe ocurrir, porque la naturaleza
humana, al crecer, sólo de este modo llega a la madurez de la vida, con su
fecundidad, su felicidad y su seriedad. Lo que relata el Génesis sería entonces
la representación primitiva de ese drama que se desarrolla en la vida de todo
hombre. Pero
también esa interpretación es falsa. Así se cuenta cómo fue creado el hombre:
"Dios hizo al hombre a su imagen: a imagen de Dios le hizo, le hizo hombre
y mujer" (Gen., 1,27). Es decir, su determinación sexual va unida a su
semejanza a Dios. Y se dice luego: "Dios les bendijo y les dijo: Sed
fecundos, multiplicaos y llenad la tierra" (1,28). Eso se ha dicho antes
de la prueba, al fundar su esencia, y quiere que los hombres se hayan de
desarrollar hasta la plenitud de la vida y de la fecundidad. Pero
¿cómo se llega a semejante interpretación falsa? Porque se retrotrae al plan de
Dios la actual situación del hombre, la historia del devenir de su género, tan
rica en logros como en destrucciones, y se olvida que entre el hombre tal como
es hoy, y aquél de quien habla el Génesis, está esa terrible catástrofe que se
llama "pecado". Por
tanto, el árbol no significa la satisfacción del instinto, y el mandato no dice
que esté prohibido. Sino que se refiere, como en el caso del conocimiento, al
modo como tiene lugar. También el instinto pone al hombre ante una decisión.
Puede convertirse en un orgullo que se rebele contra Dios y su orden; pero
puede ser también obediencia, que asiente al orden y la verdad. Al final del
segundo relato se dice: "Los dos estaban desnudos, pero no sentían
vergüenza" (2,25). Los primeros hombres existían en la apertura de su
naturaleza, claros y de acuerdo consigo mismos, y nada les daba la sensación de
que hubiera en ellos algo que no estuviera en orden. Pero no porque fueran niños,
sino porque estaban con todo su ser en la voluntad de Dios. Por eso no se
avergonzaban; y tampoco se habrían avergonzado, si en tal estado de ánimo se
hubieran unido como hombre y mujer, cumpliendo el mandato: "Sed fecundos,
multiplicaos y llenad la tierra" (1,28). Y hubiera sido sin toda la
confusión, toda la menesterosidad y todo el deshonor que ahora pone el instinto
en la vida del hombre. ¿Qué
significa, pues, el árbol? Ni el conocimiento, ni la sexualidad; ni el afán de
mayoría de edad espiritual, ni el avance hacia el horizonte del dominio sobre
el mundo. Es más bien la marca de la grandeza de Dios, y nada más. Quiere
decir: En tu conocimiento, en tu voluntad, en tu mente, en tu voluntad, en toda
tu vida, debe estar presente el hecho de que sólo Dios es Dios, y tú en cambio
eres criatura: que eres imagen Suya, pero sólo imagen; Él es el modelo. Tú
puedes y debes llegar a ser señor del mundo; pero por Su gracia, pues sólo El
es señor por esencia. El es el orden. Por este orden, compréndete y vive en él.
Reconoce en ese orden la verdad, realízate en fecundidad y toma el mundo en tu
propiedad. Recordar esto era la esencia del árbol. La prohibición de comer no
se refiere a otra cosa que a la ocasión, expresada en la forma concreta del
fruto, para decidirse entre obediencia e inobediencia. Nada más. Debemos
tomar la Sagrada Escritura dispuestos a oír lo que dice; no mandarle qué es lo
que tiene que decir. Quien con esta disposición entra atentamente en los
primeros capítulos de la Escritura, obtiene una comprensión de la esencia de la
vida humana, de la cultura, de la historia, como no puede dársela ninguna
investigación natural. -------------------------------------------------------------------------------- 7.
Tentación y pecado Queridos
amigos: En
nuestras pasadas consideraciones hemos visto que tenía que someterse a una
prueba esa situación de armonía concedida por la gracia, en que estaba el
primer hombre respecto a Dios, y en que, por Dios, vivía consigo mismo y con
todas las cosas. Debía hacerse evidente que el hombre tenía la seriedad de la
decisión auténtica al querer aquello que sostenía toda su situación: la
obediencia de la criatura respecto al Creador, y con ella, la verdad del ser.
Esta decisión se expresa en la Escritura con una imagen: el hombre debía
reconocer como prohibido un árbol en medio de la abundancia de tantos árboles,
ricos en fruto. De todos podía comer; de ése, no. Y no porque la prohibición
del fruto se expresara simbólicamente una crisis esencial del conjunto de la
vida, sino porque ahí se yergue la grandeza de Dios, requiriendo obediencia. Y
entonces se dice en el tercer capítulo: "Pero la serpiente era el más
astuto animal del campo que Dios había hecho. Dijo a la mujer: Entonces, ¿Dios
ha dicho: No podéis comer de ningún árbol del jardín? La mujer dijo a la
serpiente: Podemos comer de los frutos de los árboles del jardín: solamente, de
los frutos del árbol que está en medio del jardín ha dicho Dios: No comáis de
ellos, ni los toquéis, porque si no, moriréis. La serpiente dijo a la mujer:
¡De ningún modo moriréis! Pero Dios sabe que en cuanto comáis de ellos, se os
abrirán los ojos, y seréis como Dios, conociendo el bien y el mal. Entonces vio
la mujer que el árbol era bueno para comer de él, hermoso de ver, y deseable
para adquirir entendimiento. Tomó de su fruto, comió y dio a su marido, que
estaba con ella, y que también comió. Entonces se les abrieron los ojos y se
dieron cuenta de que estaban desnudos" (1-7). Un
texto abismal. ¿Qué se dice en él? Ante
todo: El mal no estaba en la primera naturaleza del hombre, ni él lo trajo por
su propia iniciativa al mundo, sino que le salió al paso. Su origen tiene la
forma de una tentación por voluntad ajena, y el pecado consistió en que el
hombre cedió a esa voluntad. Por tanto, hay ahí alguien que odia a Dios y su
orden, y que quiere incluir al hombre en ese odio. La
naturaleza humana no era originalmente como la conocemos ahora, con tendencias
buenas y malas, con potencias ordenadoras y desordenadoras, de las cuales estas
últimas se hubieran despertado en alguna ocasión. Ni mucho menos ocurre, como
dice una interpretación cínica, en el fondo estúpida, que los hombres se
aburrieran en el Paraíso, y eso les hubiera llevado a que sólo el mal es
interesante. No se habla de esto ni de nada semejante, sino que la Revelación
dice que la historia del bien y del mal se retrotrae hasta el reino del puro
espíritu, y que allí tuvo lugar la primera alternativa. Lo
que esto significa, se hace visible sólo en el curso de la Revelación, y
alcanza su plena claridad en la tentación de Cristo (Mat., 4,1 sig.). Ahí se
nos dice que hay un ser que quiere arrancar de Dios al hombre, y mediante éste,
al mundo: Satán, él y los suyos. Este no significa, como tantas veces se
entiende, el principio del mal. No hay tal principio del mal. No lograrán
ustedes, amigos míos, pensar semejante principio. Afirmarlo constituye la misma
insensatez que afirmar un principio de la falsedad. El gnosticismo pensó así, y
declaró que el mal era uno de los dos elementos básicos de la existencia:
muchos lo han repetido, pensando expresar una profunda sabiduría. Pero lo único
que existe es el principio del bien y de la verdad, y éste es Dios. Sin
embargo, la libertad puede ponerse contra él, en negación y desobediencia, y
eso es el mal. Así, no hay ningún ser que sea malo por naturaleza, sino que
sólo hay seres que se han rebelado contra Dios; cuya decisión les ha penetrado
hasta la médula, y ahora Le odian. Esto
lo manifestó Cristo. Por eso hemos de saber que tenemos enemigos que quieren
nuestra perdición, Satán y los suyos. Siempre ha estado en actuación. El fue
quien tentó a los primeros hombres. No
se dice su nombre, sino que, una vez más, aparece una imagen, la de la
serpiente. En
sí, este animal es como los demás, y en cuanto tal, tan escasamente malo como
un águila o un león. Lo que da pie a esta imagen es la impresión que produce la
serpiente: se mueve sin ruido, se desliza al avanzar, como escapando, es muda y
fría, y su mordedura envenena. Todo ello se condensa en la expresión:
"astuta". Por eso puede servir de imagen para Satán, que se acerca,
en frío y pérfido, al hombre, para destruirle su vida. Dice:
"Entonces, ¿Dios ha dicho: No podéis comer de ningún árbol del
jardín?" Ya observan ustedes que la primera frase crea en seguida una
atmósfera de ambigüedad. No dice: Dios ha dicho... a lo cual correspondiera la
clara respuesta: es cierto. Sino: ¿es cierto lo que se oye decir? Una penumbra,
pues, en que no se separan limpiamente y con claridad el sí y el no, el bien y
el mal. ¿Cuál hubiera sido la respuesta adecuada? No dar ninguna en absoluto.
Pues la mujer, al ser interpelada, sabe en la claridad de su ánimo: lo que ahí
alienta, no es bueno: ahí dentro no está Dios. Por eso debió rehusar todo
diálogo. En vez de eso, contesta, y así ya se entregó. Cierto es que todavía
dice, defendiendo: "Podemos comer de los frutos de los árboles del
jardín." Pero ¿qué necesidad tiene de defender a Dios? ¿Por qué tiene que
dar cuentas a ese ser malo sobre la acción de Dios? Esto ya es traición a la
sagrada confianza que ha puesto en el hombre el magnánimo amor de Dios. Luego
dice: "Solamente, de los frutos del árbol que está en medio del jardín ha
dicho Dios: No comáis de ellos, ni los toquéis, porque si no, moriréis"
(3). ¡Pero Dios no ha dicho eso! Defiende a Dios con una exageración. ¿Y quién
exagera? El que ya está inseguro. Intenta remachar la validez de lo que ya no
está muy sólido para él. Entonces
sabe la serpiente que ha llevado la intranquilidad al ánimo de la mujer, y que
es hora del ataque descubierto. "La
serpiente dijo a la mujer: ¡De ningún modo moriréis! Pero Dios sabe que en
cuanto comáis de ellos, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios, conociendo
el bien y el mal" (4-5). El ataque se dirige contra la mente e intención
de Dios. El Tentador se presenta como si estuviera bien informado. Su mirada
penetra más allá de todo el orden de las cosas —hoy se diría más allá del
engaño de los curas, más allá de las maniobras de los capitalistas—. Sabe cómo
están las cosas en realidad, y se lo explica a los hombres. ¿Qué significa
esto? Prescindamos por ahora de la deformación de toda verdad, que aquí tiene
lugar, y preguntemos: ¿Cuándo se habla entonces adecuadamente de Dios? En tanto
se está vivamente en la relación que fundamenta toda nuestra existencia: Tú,
Creador y Señor; yo, hombre, Tu criatura. Sobre El no se puede hablar con
objetividad imparcial, sino sólo con fe y con obediencia radical. Aquí se incita
al hombre a salir de esa obediencia, poniéndose en un punto de vista de
presunta crítica independiente, desde el cual juzgará autónomamente sobre Dios
y la existencia: en sentido filosófico, sociológico, histórico o como se
quiera. Entonces decidirá si Dios actúa correctamente, si tiene intención
justa, incluso si es en absoluto Dios. Y
luego sigue diciendo el Tentador: ¿Sabéis también por qué Dios os prohíbe el
fruto? Porque tiene miedo... Pero ¿cómo? Satán falsea la verdadera imagen del
Dios vivo transformándolo en el Dios mitológico. El Dios mitológico, en efecto,
es un ser cuya soberanía depende de circunstancias, y una de ellas es el saber
mágico sobre los misterios de la existencia. Este saber confiere poder:
mientras que lo tiene él sólo, está seguro de su soberanía. Pero si otros seres
obtienen ese saber, se pone en peligro su poder, y el dios de la hora actual
del mundo será destronado por el de la próxima... Tal es el núcleo de lo que
dice Satán. Convierte al Dios puro, grande, no necesitado de nada, eterno, en
un numen que depende de las condiciones del mundo, y da al hombre la idea de
que puede destruir esas condiciones y ponerse en el lugar de Dios. La
tentación debió ser terrible, pues tocó el sentido vital de los primeros
hombres. Estos no eran unos niños, sino seres que resplandecían con la plenitud
de pura fuerza, tal como había surgido del poder creador de Dios. Ellos
percibían esa fuerza: y entonces dice la tentación: El poder vital que sentís,
puede hacerse mucho mayor todavía. Puede abarcar el mundo, puede mandar sobre
el Universo. Podéis llegar a ser sus soberanos, tal como ahora es Dios su
soberano. Con eso el Tentador destruye la relación humana de semejanza a Dios,
en que descansa la verdad del hombre; la destruye con la mentira de la
igualdad; más aún, de la superioridad. Estos
influjos los recibe la mujer al escuchar, y de repente el árbol, que hasta un
momento antes estaba en la inaccesibilidad de la prohibición sagrada, se vuelve
seductor, incitante, prometedor: "Entonces vio la mujer que el árbol era
bueno para comer de él, hermoso de ver y deseable para adquirir entendimiento.
Tomó de su fruto, comió y dio a su mando, que estaba con ella, y que también
comió" (6). La
tentación empezó por atacar a la mujer, porque el sentido unitivo de su
naturaleza la hace más susceptible para que se le borren las distinciones.
Desde ella, el efecto pasa al hombre. El pudo haberle puesto término, pero
también sucumbió. Y
se cambia todo: "Entonces se les abrieron los ojos y se dieron cuenta de que
estaban desnudos" (7). Ya antes se había dicho: "Los dos estaban
desnudos, pero no sentían vergüenza." Era otra desnudez: la del puro estar
abiertos. Lo que eran, podían verlo todos, pues todo estaba puro. La pureza
surge en el espíritu: si éste está claro, lo está también el cuerpo. Ahora ha
tenido lugar la caída en el espíritu. La rebeldía ha puesto al hombre en
contradicción con Dios, y por tanto, también consigo mismo. Esto le desordena
también el instinto y los sentidos, y se avergüenza. Se siente asaltado por los
poderes de la destrucción, y trata de defenderse con la cubierta del vestido. Amigos
míos, lean con cuidado este breve relato: verán qué conocimiento del hombre se
expresa en él Será para ustedes como 'un espejo, en que no sólo se ve reflejado
un suceso que ocurrió antaño, al principio de la historia misma, sino que
sentirán: En esa historia he estado yo mismo. -------------------------------------------------------------------------------- 8.
La rendición de cuentas y la pérdida del paraíso Queridos
amigos: El
hombre fracasó en la prueba. Quiso ser "como Dios", señor de las
cosas y de sí mismo. Con eso se destruyó el Paraíso y todo lo que éste
significaba para el hombre y su obra. En
el tercer capítulo del Génesis se dice: "Entonces oyeron la voz del Señor
Dios, que paseaba por el jardín en la brisa de la tarde. Y el hombre y la mujer
quisieron esconderse de la vista del Señor Dios, entre los árboles del jardín.
Pero el Señor Dios llamó al hombre y le dijo: ¿Dónde estás? El contestó: Oí tu
voz en el jardín: tuve miedo porque estoy desnudo y me escondí. El dijo: ¿Quién
te ha enseñado que estás desnudo? ¿Has comido, entonces, de ese árbol que te
prohibí? El hombre contestó: La mujer que me has dado por compañera me dio del
árbol, y yo comí. Entonces dijo el Señor Dios a la mujer: ¿Qué has hecho? La
mujer contestó: La serpiente me sedujo, y comí" (Gen., 8-13). Y
al final del capítulo se dice: "Echó al hombre, le hizo vivir al Este del
Edén, y puso los querubines y la espada llameante para guardar el camino al
árbol de la vida" (24). Una
vez más la Revelación habla por imágenes. Son sencillas, casi infantiles, pero
grandiosas y de profundidad inagotable para quien les pregunte como es debido. Los
hombres creyeron más al tentador que a Dios. En la medida en que se entregaron
a sus palabras, se les volvió confusa la verdad que formaba la base de su
existencia: que sólo Dios es Dios, y ellos en cambio sus criaturas; Él era el
modelo, y ellos en cambio imágenes: Él. Señor por esencia; ellos, señores por
Su gracia. Sólo a partir de esa verdad se hubiera podido realizar su vida
justamente, con grandeza y fecundidad. Pero se extraviaron de ella, y en la
medida en que esto ocurrió, les pareció seductor lo prohibido y sucumbieron al
tentador. Entonces quedan ahí, seducidos; confundidos en el núcleo de su
existencia, despojados de lo auténtico de su vida y obra, encendidos de
vergüenza. ¿Y
qué ocurre? "Oyen" a Dios, sienten que viene ¡y se esconden! Nos cuesta
trabajo compenetrarnos reflexivamente con lo que ahí ocurre. El hombre se
esconde ante Aquél de cuya mano recibe constantemente la vida, y se recibe a sí
mismo, y las cosas, y la posibilidad de reinar y crear, de ser fecundo y feliz.
Ante Éste se esconde. En tal impulso se expresa la terrible contradicción que
ha aparecido en su existencia. De acuerdo con la verdad, tendría que partir
elementalmente de la naturaleza humana el movimiento hacia Dios, hacia su
proximidad, en que surge todo bien; estar abierto ante Él y en Él. En vez de
eso, está la torturada insensatez de esconderse ante Él, de querer apartarse de
Él; tan sin sentido como antes el deseo de ser como Él. Pero la vergüenza es
expresión de la conciencia de haber sido llevado con engaño a esa insoportable
contradicción. Entonces Dios pregunta al hombre: "¿Has comido, entonces,
de ese árbol que te prohibí?" No es la pregunta del que todo lo sabe, que
no necesita preguntar: es la del juez, que pide que se le rindan cuentas, y
exige que el culpable se haga responsable; que confiese lo que ha hecho ante
Quien ha puesto el mandato, y que se atenga a su acción. Ese es el comienzo del
acabamiento de lo ocurrido, el primer paso hacia lo nuevo; y quién sabe lo que
habría sido posible si el hombre hubiera dicho la verdad. En vez de eso, elude
su responsabilidad. El
hombre dice: "La mujer que me has dado por compañera me dio del árbol, y
comí." ¡Cómo queda todo destruido ahí! Cuando Dios le presentó la mujer,
él sintió júbilo por aquella perfecta compañera; por eso habría debido, a pesar
de todo, defenderla, ponerse ante ella; ¡y cómo lo hubiera estimado esto Dios,
el Dios de toda nobleza! Pero el que había tenido pretensiones de ser soberano
del mundo, deja a su compañera en la estacada y le endosa su responsabilidad.
¡Qué revelación! ¡Cómo se hace aquí evidente que la rebelión contra Dios no era
en absoluto grandiosa, en absoluto heroica, sino en el fondo mezquina, porque
tapa la verdad con mentiras! Entonces
Dios se vuelve a la mujer y pregunta: "¿Qué has hecho?" Otra vez, es
el momento de atenerse a la propia acción. Pero ella contesta: "La
serpiente me sedujo, y comí." También ella se esquiva. También ella elude
la responsabilidad. Los dos fallan. El hombre falla en la verdad y en la obediencia
ante el mandato, en la fidelidad a la confianza de Dios; pero también en la
valentía moral, así como en la decadencia personal ante sí y ante su compañera. Pero
ha ocurrido algo peor. En la respuesta del hombre hay unas palabras que con
facilidad se pasan por alto: No dice sólo: "mi mujer me dio del
árbol", sino "la mujer que me has dado por compañera" lo hizo. Y
esto significa: ¡Tú tienes la culpa! La
rebelión que el hombre había emprendido antes como desobediencia contra el
mandato de Dios, ahora se prolonga en la acusación: Tú, Dios, eres responsable
de lo que he hecho yo. Con eso discute a su Juez el derecho de considerarle
responsable, y comienza la acusación que desde ahí atravesará la Historia
entera: Dios mismo tiene la culpa del mal que hacen los hombres, y de la
condenación que de ello se les deriva. El ha creado a los hombres como son; les
ha dado la libertad, y con ella, la posibilidad de actuar contra el bien; ha
previsto lo que harían, y sin embargo, les ha puesto en esa situación la
existencia entera está formada de tal modo que no se marcha por ella sin el
mal... y tantas otras maneras como el hombre vuelve del revés el juicio,
intentando convertirse en juez y convertir a Dios en acusado. Entonces
pronuncia Dios la sentencia: Perderán el Paraíso. "Le echó del Edén para
que cultivase el suelo de que había salido" (23). Cada palabra es
importante en estas escuetas frases. Los
primeros hombres tienen que marcharse del Paraíso, "fuera". ¿Y qué
hay fuera? El suelo, "la tierra" que el hombre ha de cultivar ahora.
Pero también el jardín era "tierra". Y ya en él se había dicho:
"El Señor Dios tomó al hombre y le puso en el jardín del Edén para que lo
cultivara y cuidara" (Gen., 2,15). Tierra tanto en un sitio como en otro.
Es decir, las cosas son iguales, e igual es la acción. Pero allí esa tierra
estaba en el ámbito de la voluntad y el agrado de Dios; del respeto y la
obediencia del hombre. Era Paraíso. En cambio ahora es la tierra que el hombre
ha desgajado de la armonía con Dios: es una cosa extraña y lo sigue siendo, a
pesar de todos los esfuerzos por formar una patria en tierra y casa, en la obra
humana y la comunidad de los hombres. Y en tanto que el hombre hacía allí su
trabajo en paz con Dios, y resultaba libre y fecundo, ahora se ha levantado
contra el Señor del mundo, y su trabajo estará en una difícil situación. Contra
interpretaciones falsas del Paraíso, ya hemos dicho antes que en él había de
tener lugar todo lo que forma la vida y el trabajo humano; en acuerdo con Dios
y en una creación que se ajustaría dócilmente a la soberanía del hombre. Ahora
ha quedado destruido el campo de fuerza de ese acuerdo. Las cosas se han vuelto
duras y pesadas. Se han vuelto como son hoy, resistentes y reacias. Pero
dejémonos aleccionar por la palabra de Dios: que la situación en que ahora
están las cosas no es su situación más original: que su conexión con el hombre
no es esa Naturaleza que Dios había querido, confiada y amistosa; sino que en
nuestra relación con ella se ha roto algo. Si tenemos ojos para ver y corazón
para sentir, notamos que en todas las relaciones que el hombre puede tener con
las cosas hay algo que no está en orden. Y no nos dejemos apartar engañosamente
de esta experiencia por persuasiones sobre el progreso, que, según se dice,
cada vez sube más y más alto, y lo hace todo cada vez mejor. Pues ese progreso
mismo tampoco está en orden, y no porque unas cosas sean falsas, y otras
todavía interminadas, y el conjunto todavía no lleve bastante tiempo en marcha,
sino porque hay algo deformado en lo íntimo de la relación del hombre con todas
las cosas. La
Escritura dice todavía algo más, que abre una nueva profundidad. Se había
dicho: "Entonces oyeron la voz del Señor Dios, que paseaba por el jardín
en la brisa de la tarde. Y el hombre y la mujer quisieron esconderse de la
vista del Señor, entre los árboles del jardín" (3, 8). ¿Nos hemos acercado
ya a todo lo que se dice en estas palabras? Ante
todo, estamos tentados a oírlo como palabras de cuentos de niños: El buen Dios
ha salido a pasear por su bello jardín, por la tarde, cuando soplaba la brisa
fresca, y miraba si todo estaba en orden... Pero no es así. No son palabras de
cuento, sino que vuelven a ponernos ante los ojos una imagen, que hemos de ver
y percibir como tal imagen; entonces nos manifestará cosas muy profundas. Pero
antes debemos tomar otro punto de partida. Entre
las tareas que plantea al hombre la maduración religiosa, está la de aprender a
concebir adecuadamente a Dios. Para eso tiene que buscarse los conceptos con
que pueda hacerlo. Pero ¿dónde los encuentra? De niños, los encontrábamos en
los conceptos del trato diario con nuestro padre, nuestra madre y las cosas de
nuestro mundo circundante. Así, Dios "venía", y "hablaba",
y "hacía" esto o lo otro. Eso estaba en orden y no había nada que
objetar. Pero luego nos hicimos conscientes y críticos, y dejamos a un lado los
conceptos infantiles: o digamos más exactamente: los formábamos en lo hondo del
ánimo, en la oración y en el sueño. Pero para Dios aprendimos el concepto del
Ser Supremo, al esforzarnos en evitar todo lo que es defectivo, limitado y
transitorio, conservando sólo lo que tuviera pleno sentido y fuera perfecto.
Así formamos el concepto de Dios como el Santo de todo lo Santo y el Ser
Absoluto; El que todo lo sabe y puede, el Eterno y Feliz. Alcanzar este
concepto ha sido quizá la suprema realización de la historia humana; y cada
cual de nosotros debe volver a darse cuenta de él, como por primera vez, porque
no puede pensar a Dios sin ese concepto. Pero ¿basta? ¿Con él solo hacemos
justicia a la realidad de Dios, tal como se testimonia en la Revelación?
¿Podemos asumir en él todo lo que dice la Escritura, sin que se nos vuelva
irreal y pálido? Tomemos
un ejemplo. Si alguien hablara de un amigo mío y dijera: Nació y morirá; tiene
entendimiento, tiene el don de la libertad y la sensibilidad; trabaja, disfruta
y padece; ¿me quedaría yo satisfecho? Respondería: Lo que dices es cierto; es
la verdad universal que se ajusta a todo hombre normal. Pero ahí falta lo más
importante, es decir, él mismo: ese ser vivo, personal, inconfundible con
nadie, que yo conozco y quiero, y con el que me gusta tratar. Si falta eso,
falta entonces lo auténtico. Esto
ocurre también con Dios. Si nos familiarizamos más con la Sagrada Escritura,
nos damos cuenta de algo que al principio quizá nos deja perplejos, pero que
luego se hace cada vez más importante: que es demasiado poco decir de Él
solamente: Es el Santo Supremo, el Todopoderoso, el Omnisciente, en una
palabra, el Absoluto. Es demasiado poco de lo más importante: de Él mismo. Su
personalidad viva, su autenticidad tiene que formar parte integrante de la
expresión sobre Dios, para que ésta sea capaz de asumir todo lo que dice de Él
la Revelación. Para ello necesito imágenes tomadas de las cosas de la
Naturaleza, de la vida de los hombres. Por ejemplo, digo: Dios es luz; como
está en el prólogo del Evangelio de San Juan. Es una imagen, y tengo que
dejarla como imagen, para no destrozarla. No puedo sustituirla con las
expresiones: En Dios no hay error ni mentira ni ignorancia, sino sólo verdad y
comprensión. Todo esto, naturalmente, sería cierto, pero habría desaparecido la
imagen, y con ella lo auténticamente significado. No: sino: Dios es luz.
Incluso, la luz, la luz una y única; y cuanto se llame luz en el mundo, es un
reflejo de ella... Lo mismo ocurre con todas las expresiones concretas de la
Sagrada Escritura, cuando se dice que Dios viene, y habita, y ve, y mira, y
actúa; y todas las innumerables cosas que se dicen de su ser y conducta
personales. En
la historia de la maduración religiosa que acabamos de indicar, hemos aprendido
y entendido poco a poco que no se hace justicia a la sagrada realidad de Dios
si se le piensa sólo como el Ser absoluto, sino que se le debe pensar como lo
hace la Escritura, con todas las expresiones concretas y vivas que se dan en
Él. Y no son concesiones, como se hacen a los ignorantes que no son capaces de
pensar exactamente de modo filosófico o teológico, sino que son correctas:
naturalmente, con tal que al mismo tiempo se conserve sólidamente el elemento
de absoluto. Este "al mismo tiempo", "juntamente", es
cierto que no se puede realizar lógicamente, pero el corazón percibe la verdad.
Es lo que expresa el nombre con que le llama la Escritura: "el Dios
vivo"; y el otro nombre con que le llama el corazón cuando percibe su
proximidad: "Dios mío", para cada hombre, "mío", y mío como
de nadie más. Si el creyente llega ahí en la marcha de su aprendizaje, entonces
recupera el lenguaje de su infancia, pero conservando el producto de su
pensamiento maduro, el concepto de absoluto. Si ahora intenta pensar las cosas
de Dios, le llegan los conceptos desde las dos fuentes y son igualmente vivos y
exactos. Ha
sido un largo rodeo, pero nos han enseñado algo que es importante para esta
ocasión. Ahora volvamos a nuestro texto: aquí hay una imagen así para la
vitalidad de Dios. Él ha dado al hombre el Paraíso; un "jardín" en
que tenía que vivir, cuidándolo. Pero detrás de eso hay otra cosa sin expresar:
Que en ese dominio de toda abundancia habita Él mismo; y que Él otorga al
hombre su sagrada confianza. Y cuando, después del ardor del día, a la hora en
que el viento de la tarde trae frescura, el gran Señor va por el jardín,
entonces vienen ante Él sus hombres y hablan con Él. ¿No
es hermosa la imagen? ¿Tan hermosa que le mueve a uno el corazón, al ver cómo los
hombres, seres puros y nobles, se acercan a su Creador y hablan con Él en el
acuerdo de la confianza amorosa? ¿Y de qué hablan? Pienso yo: del mundo. Hablan
con Dios de la tierra, de los árboles, del sol, de todo lo que Él ha creado. No
en idilio juguetón, sino seriamente, ávidos de conocer. Pero de conocer como
sólo se puede conocer juntamente con Dios, de tal modo que se unen el
pensamiento y la oración, el conocimiento y la experiencia. ¡Cómo deberían
resplandecer las cosas en esa conversación! ¡Cómo debía abrirse ante los
hombres todo lo que existe, tan claro como profundo! ¿A dónde tiende la
pregunta del niño cuando quiere saber: Madre, qué es esto? A algo que en el
fondo no le puede decir ninguna madre. Pues al contestarle, le dice palabras y
conceptos. Y el niño querría saber cómo son realmente las cosas; y saberlo de
veras, en el fulgor interior de su ser. Pero eso no lo puede dar ningún hombre:
sólo lo puede Dios. Cuando lo da, el interior del hombre exclama: ¡Sí, eso es!
... Pienso que en esos diálogos con el Señor del Paraíso, en la hora de la
confianza, los hombres aprendieron y comprendieron lo que no hace comprender
ninguna ciencia. Y
sobre ellos mismos hablaban a Dios. Él les respondía, y ellos entendían.
¿Entendemos nosotros, amigos míos? ¿Entendemos lo que está más cerca de
nosotros, muy cerca, porque lo somos nosotros mismos? ¿Entendemos por qué hemos
hecho esto o aquello? ¿Por qué esto nos alegra, lo otro nos turba, lo otro nos
estremece? ¿Lo entendemos realmente, desde el fondo? ¿Entendemos este mundo tan
entretejido, tan estratificado hacia abajo como hacia arriba, que somos
nosotros mismos? ¿Me resulta claro quién soy yo? ¿Que yo exista, en vez de no
ser? De todo esto, nuestro espíritu no capta nunca más que algunos hilos,
algunos movimientos, un acontecer y pasar que se manifiesta indeterminadamente;
pero ¿entendemos realmente? El
hombre es muy grande y vive muy altamente más allá de sí mismo, y muy
profundamente dentro de sí; si pregunta con seriedad: qué, y quién y cómo, y
por qué, entonces sólo Dios puede contestar. Una vez contestaba Él, y ¡qué
bondadosamente serias, qué íntimamente convincentes debieron ser sus
respuestas! Toda respuesta, conteniéndole a Él mismo; a Él, como lo que debe
ser pensado dentro de cada pensamiento, y dicho dentro de cada palabra; debe
respuesta realmente verdadera y plena. Y
ahora imaginémonos lo que saldría de ahí: ¡qué riqueza de vida humana, qué
plenitud de trabajo humano! Pero todo esto lo hemos pensado sólo para tener que
decir que el hombre, con el destrozo de la culpa, huyó de esa proximidad
sagrada, y se escondió de Dios "entre los árboles del jardín", entre
la Naturaleza, que se le hizo extraña. -------------------------------------------------------------------------------- 9.
La muerte Queridos
amigos: Dentro
de lo que cuenta el Génesis sobre el Paraíso, encontramos una expresión que nos
choca como muy extraña, porque contradice nuestra imagen del hombre y de su
vida: esto es, la declaración de que si hubiera permanecido fiel en la prueba,
no habría tenido que morir. Se
podría pensar entonces que se tratara de un tema subsidiario, con carácter de
leyenda, que cabría incluso desprender sin perjudicar lo esencial de la
Revelación sobre el Paraíso. Pero pronto se ve que esto no es posible. Pues lo
que dice Dios al primer hombre, es tan claro como apremiante: "Puedes
comer de todos los árboles del jardín. Solamente del árbol del conocimiento del
bien y del mal no puedes comer; pues el día en que lo comas, debes morir"
(Gen., 16-17). El texto hebreo habla de modo aún más tajante: "debes morir
la muerte", o, como traducen otros: "debes morir, sí, morir". En
su diálogo con el tentador dice la mujer: "Solamente de los frutos del
árbol en el centro del jardín ha dicho Dios: No comáis de ellos, no los
toquéis, porque entonces moriréis" (Gen., 3, 3). Y el tentador contesta:
"¡De ningún modo moriréis! Sino que Dios sabe: Si coméis de ellos, se os
abrirán los ojos, y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal"
(Gen., 3, 4-5). Así,
pues, se trata de algo que forma parte esencial del conjunto de la doctrina del
Paraíso. Pero
¿qué es lo que quiere decir? La explicación racionalista está preparada en
seguida: afirma que se trata de una de esas leyendas del Paraíso, como se
encuentran tantas; la imagen del anhelo humano de una existencia maravillosa,
en que no haya nada de lo que aquí oprime; sólo belleza y encanto. Por tanto,
en esa tierra de toda dicha, tampoco hay muerte, sino vida interminable; y
naturalmente, vida en juventud inmarchitable. Otros,
aunque insertan esa expresión en el conjunto de lo revelado, sienten que les
pone en una dificultad. Aceptan la imagen moderna del hombre como base obvia de
su pensamiento; y así, sin negar directamente esa expresión, la desplazan hasta
el borde del campo de la conciencia, de modo que prácticamente desaparece de
él. Sin embargo, forma parte del núcleo de la Revelación y es lo único que nos
hace comprensible nuestra existencia actual. La
doctrina de la muerte en el Génesis encuentra un poderoso eco en el Nuevo
Testamento, y precisamente en la Epistola a los Romanos: "Por eso, así
como por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado, la
muerte, y también la muerte ha pasado a todos los hombres, en cuanto que todos
pecaron..." (5, 12). Aún más tajantemente habla después, al decir que
"por el pecado de uno solo la muerte reinó", y "reinó sobre
todo" (5, 17 y 14); aunque en unión inmediata con estas ideas siguen las
grandes declaraciones sobre la Redención y la nueva vida mediante Cristo. Ya
vemos: aquí es completamente imposible hablar de motivos legendarios de papel
subalterno. Las ideas de la muerte y el pecado están tan estrechamente
compenetradas, que se hacen una misma cosa, incluso. Se habla de una soberanía
de la muerte; de una situación que se deriva de esa soberanía y en que se
encuentran todos los hombres. En cambio, la gracia de la Redención, frente a
esa soberanía, se entiende como vida indestructible. Finalmente,
ahí está el maravilloso capítulo octavo de la Epístola a los Romanos, en que se
habla del anhelo de la Creación, que aguarda con esperanza el momento en que
los hijos de Dios lleguen a su plenitud y se hagan patentes en su gloria. Ahora
es "lo transitorio", "la corrupción", esto es, está
"sometida a la muerte", pero luego será liberada de "la
esclavitud de la corrupción, hacia la libertad de los hijos de Dios". Y la
síntesis de esa gloria es "la redención de nuestro cuerpo" en la
resurrección de los muertos (8, 19-23). Se
trata, pues, de algo que está en el centro del mensaje de salvación. Todos
nosotros, amigos míos, vivimos dentro del contexto del pensamiento moderno. En
la cuestión que aquí nos ocupa, ese pensamiento parte del supuesto de que el
hombre de nuestra experiencia es el hombre sin más; de que la existencia como
la percibimos, es la existencia sin más, y aunque en ésta haya dificultades y
fracasos, y el pensamiento encuentre plantados los más difíciles problemas, con
todo, sobre ella sólo se puede pensar y hablar a partir del conjunto que nos
está dado. Y si el pensamiento se sale más allá, entonces son leyendas, juegos
de la fantasía, que pueden tener un sentido psicológico o estético, pero que de
ningún modo pueden pretender ser verdad sena. En estas circunstancias piensa el
hombre cuando piensa sobre sí mismo, siempre a partir de la situación en que se
encuentra ahora. La consecuencia es que nunca saca la cabeza de su situación.
Su pensamiento corre por caminos predeterminados y siempre le vuelve a
confirmar de nuevo que lo que es ahora, es lo único y lo real. Si le salen al
paso en el Génesis ideas como las que acabamos de mencionar, entonces las
expulsa del dominio de lo seriamente real. Pero
si es realmente creyente; si confía en la Revelación como la fuente de verdad
divina; si toma esos pensamientos, aunque al principio le resulten extraños,
con la seriedad del mensaje, entonces le abren la mirada para la realidad
auténtica. Le dicen que la situación en que el hombre se encuentra ahora, y
como se lo muestra también, por otra parte, toda la historia, no es la
auténtica situación primitiva y normal; sino que más bien ha ocurrido algo que
ha cambiado la primera situación real. Por eso la situación actual no puede ser
comprendida sólo a partir de ella misma. Semejante mirada a lo auténtico nos da
también esa expresión de la Escritura, según la cual la muerte no forma parte
de la estructura de la vida que Dios había preparado propiamente para el
hombre. Pero
¿vamos a pensar la doctrina de la Revelación, sin confundir todo lo que nos
dicen la experiencia diaria y el conocimiento científico sobre la existencia
humana? Mejor dicho ¿sin entrar en conflicto con nuestra conciencia de la
verdad, puesto que la auténtica experiencia y la auténtica ciencia nos obligan,
a pesar de todo? La
antropología actual ha obtenido ideas y puntos de vista que constituyen
importantes referencias para lo expresado por la Revelación. En la época
anterior a la primera guerra mundial se había concebido al hombre como una
forma cerrada, en que todo discurre según leyes físicas, químicas y biológicas.
Ni siquiera lo psíquico y espiritual parecía estorbar a esa visión, pues se
entendía como última diferenciación de determinados procesos celulares y
nerviosos, esto es, como un elemento regulador del conjunto orgánico; o, de
otro modo, como lo que transcurre, no se sabe cómo e inexplicablemente, al
margen de lo orgánico. Pero hoy, por observaciones cada vez más numerosas y por
análisis cada vez más penetrantes, sabemos que esa imagen es falsa. El cuerpo
no forma en absoluto un sistema cerrado, sino que está abierto a la iniciativa
que procede del alma y el espíritu. Constantemente los procesos de ese cuerpo
quedan influidos por el talante, por la actitud personal, por la conciencia. Por
ejemplo, hay dos personas que trabajan una junto a la otra. Su constitución
corporal, así corno su capacidad profesional, son semejantes. Pero el uno ve el
trabajo como algo lleno de sentido y que le obliga en conciencia, mientras que
para el otro es sólo un medio de ganar dinero para el deporte y las diversiones:
¿dispondrán de la misma energía ante una tarea difícil? Ciertamente que no. La
iniciativa que viene del espíritu es distinta... Todo médico sabe lo que
significa que en una crisis el enfermo esté decidido a vivir porque los suyos
le necesitan y le gusta su trabajo, o que capitule ante la muerte. En el primer
caso, la voluntad proporciona las más sorprendentes fuerzas para defenderse; en
el otro caso, el enfermo se muere desde dentro... La psicología enseña que
muchas desgracias no están producidas solamente por causas exteriores, sino que
están bajo una misteriosa dirección que procede del hombre mismo... El fenómeno
de la sugestión y la hipnosis nos muestra qué efectos realmente desconcertantes
pueden provenir de la voluntad... Y así sucesivamente. Todo ello indica que el
cuerpo humano está bajo la constante influencia del espíritu; que es estorbado
o estimulado por éste. Podemos designar el cuerpo humano igualmente como un
acontecer o como una forma fija; pero la orientación de ese acontecer
corresponde en buena parte al espíritu. Si
es así ¿qué ha de significar que el hombre en cuestión salga nuevo de la mano
de Dios, puro de corazón, viviendo entero en la verdad, obedeciendo desde la
raíz a Aquel que es la verdad y el orden; si es el espíritu de ese hombre el
que rige el cuerpo, y si ese Dios puede hacer desembocar su fuerza
constantemente creadora, rica y fuerte, en ese hombre, porque tiene de par en
par abierta la puerta, la libre voluntad, el corazón dueño de sí mismo? ¿Qué
puede ocurrir en tal hombre? Sobre
esto, amigos míos, la ciencia no puede decir nada, ni a favor, ni en contra.
Mucho menos cuando ya no hay semejante hombre, pues el actual es diferente y
vive en otras condiciones. Aunque se imagina ser "el" hombre, no lo
es en absoluto. Es un hombre destruido, que, por más que realice inauditos
logros de ciencia, de conquista y de estructuración, pone en todo, sin embargo,
esa confusión que habita en él. Y entonces dice la Revelación: "En el
primer hombre, que estaba tan abierto a Dios como quepa decir, Dios obró la gracia
de una vitalidad que no había de extinguirse. Naturalmente, el curso de la vida
habría tenido un fin, pues es una forma, y toda forma es límite. Pero ese
límite mismo habría sido obra del poder vital del espíritu, tan totalmente
vivo: espiritualización, transformación, tránsito. Es algo muy diverso de la
leyenda de una inmortalidad que siempre continúa, de una juventud que nunca
envejece. Es algo que ya no hay; pero podemos entrever algo de eso al mirar el
rostro de una persona que supera realmente el egoísmo, dejándolo atrás, y echa
raíz en la verdad. Si imaginamos que no se deformara nunca y siguiera
desplegándose, eso apuntaría en la dirección que queremos. Pero esto no tiene
nada que ver con efectos naturales. Viene del espíritu que vive en Dios. Cuando
los hombres traicionaron a Dios, terminó esta situación, y se abrió un nuevo
mundo: el mundo de la muerte. En
el fondo, no se comprende cómo pudieron sobrevivir en absoluto al momento de la
rebelión. El hecho de que no se aniquilaran ahí, sino que permanecieran en vida
y tuvieran historia, fue sólo posible porque Dios los orientaba a la Redención
que habría algún día. Ya era Redención. Pero qué melancolía debió oprimirles,
qué afán debió consumirles, qué miedos debieron invadirles; opresiones que
todavía suben ahora desde lo hondo de nuestro subconsciente y que no proceden
de causas biológicas, ni de determinados complejos anímicos, sino de
experiencias primitivas del hombre, en un mundo que era extraño y enemigo. En
ese mundo vive ahora; bajo la soberanía de la muerte, de que habla San Pablo. Amigos
míos, volvamos la vista una vez más a la oscura inundación de morir y matar que
ha pasado sobre el mundo en las últimas cinco décadas. Y oigamos luego con qué
naturalidad se habla de ello, de que se mataron a tantos o cuantos millones, y
tantos millones de heridos, mutilados, exilados... ¿es natural? Se
dice que eso precisamente es la lucha por la existencia; que esto ocurre entre
todos los seres vivos; como en los animales, igual entre los hombres. Pero no
es así. Es un ciego engaño trasladar a los hombres el concepto de la lucha por
la existencia en los animales. Cuando el animal tiene hambre, mata a su
víctima, la consume y con eso se cierra el proceso. Pero
el hombre mata porque quiere matar, y lo hace con todos los medios auxiliares
del progreso y de la técnica. Desarrolla una ciencia de la curación, construye
hospitales y sanatorios, crea teorías terapéuticas y organiza profesiones para
la asistencia; pero al mismo tiempo dedica sumas incontables de dinero, trabajo
y sacrificios de toda índole para ver cómo puede aniquilar poblaciones,
destruir culturas y esterilizar campos, haciéndolos inhabitables. ¿Es natural
eso? Queridos
amigos, no se dejen enredar en conceptos biológicos. Alguien ha dicho que es
una gran merced poder ver lo que existe. ¡Qué razón tiene esta frase! Miren
ustedes, distingan, enjuicien cómo es el hombre, el auténtico, en la historia
como en la actualidad, en torno de nosotros y en nosotros mismos. Entonces no
dirán ya que esto sea una situación natural, o sea, adecuada por esencia. Es
una situación deformada, la soberanía de la muerte, que ha penetrado hasta el
instinto. Si no, el hombre, que, según la teoría se ha elevado con tan larga
evolución desde lía materia, y que por tanto debería estar hecho según las
leyes de la razonabilidad y ordenación naturales, ¿cómo podría comportarse de
un modo como no se comporta ningún animal? Ahí ha pasado algo que ha llegado
hasta el núcleo de la naturaleza humana y que en él ha podido alcanzar tan temible
potencia destructiva precisamente porque el hombre no es un animal, ni aun muy
diferenciado; precisamente porque en el hombre hay espíritu, que da a todo
impulso una libertad sólo posible por él, y una radicalidad sólo efectiva por
él. De
esta relación de sentido habla la Escritura, Esta muerte no la habría debido
morir el hombre; á este poder de muerte no habría tenido que sucumbir. Con
la enseñanza de esta doctrina se transforma nuestra mirada sobre la existencia.
Cede el hechizo del carácter de Naturaleza: pierde su muda obviedad el supuesto
que por todas partes domina el pensamiento, desde lo cotidiano a lo filosófico,
según el cual el hombre es sencillamente lo que es hoy. Se hace evidente que
nuestro pensamiento es cosa muy distinta de algo "sin supuestos
previos", y empezamos a poner en cuestión ese supuesto. Presentimos que el
hombre no sólo es "Naturaleza", y la historia no sólo
"evolución" natural, sino que la existencia tiene un carácter
trágico, pero una tragicidad de índole diversa que la inmanente de la
transitonedad de todo lo terrenal, o de la inexorabilidad de la lucha por la
vida. Es más bien la culpa de una traición que el hombre ha cometido contra
Dios y por la cual ha perdido una posibilidad infinita; una traición que tuvo
lugar antes del comienzo de lo que hoy es historia. Con
tal comprensión hacemos pie ante la existencia; nos hacemos capaces de juzgarla
y de liberarnos de sus hechizos. Pero también presentimos lo que significa la
Redención, que ya opera en tal acción de hacer pie, y presentimos lo que quiere
decir la promesa de libertad futura. Y esto no es luego una nueva teoría de la
vida junto a tantas otras —optimistas, pesimistas, absurdistas y tantas otras
como puedan inventarse—, sino un nuevo comienzo, que lleva a la verdad. Y
permítanme, queridos amigos, que hable personalmente, desde una larga vida de
preguntar y pensar: Se percibe qué acertado es lo que dice la Revelación:
inquietantemente acertado. Ahí no se toma menos en seno al hombre y al mundo,
sino en serio desde Dios. No con menos objetividad, sino que entonces es cuando
se empieza a tener objetividad. Pues, créanme: no sólo las leyendas fantasean;
a menudo también lo hacen los filósofos. Y a veces lo hacen igual los
científicos; sobre todo cuando construyen su labor sobre supuestos que jamás
examinan; más aún, cuando no se dan cuenta de que existen. -------------------------------------------------------------------------------- 10.
El trastorno Queridos
amigos: Una
vez que el hombre —¡y de qué pobre manera!— hubo reconocido su desobediencia,
Dios le dijo : "Porque has escuchado la voz de tu mujer y has comido del
árbol que te había prohibido comer, maldito sea el suelo por ti; trabajosamente
sacarás alimento de él todos los días de tu vida. Dará para ti espinas y
cardos, y comerás la hierba de los campos. Con el sudor de tu rostro comerás tu
pan, hasta que vuelvas al suelo de donde saliste. Pues polvo eres y al polvo
volverás" (Génesis., 3, 17-19). Esto
nos suena extraño y duro; pero nos hemos decidido a no seguir las convenciones
del pensamiento que nos rodean, sino a confiar en la palabra de la Escritura y
dejarnos llevar por ella. Entonces ¿qué se dice aquí? Se
dice que el hombre debe cultivar el campo, que, a su vez, representa el mundo.
En él ha de hacer el hombre su obra; de él se debe alimentar; en él debe hacer
todo lo que llamamos cultura en el sentido más amplio de la palabra. Pero en
él, como impone Dios, reinará una confusión. Las cosas no darán lo que el
hombre espera de ellas. El trabajo costará gran esfuerzo y estropeará el gozo
por el resultado que produzca; el resultado mismo será mezquino; y así seguirá
siendo para el hombre hasta el fin de su vida. Y ese fin es la muerte. Amargo
balance de una existencia en que el hombre había querido "ser como
Dios". ¿Ha resultado verdad? Dios
ha creado al hombre según Su imagen, para que sea señor del mundo por gracia,
así como Dios lo es por esencia. Las cosas del mundo habían de plegarse a su
voluntad, así como él mismo había de ser obediente respecto a su propio Señor.
En Su servicio debía el hombre ejercer su señorío, y el mundo habría sido
"Paraíso"; permaneciendo en acuerdo con el hombre mediante la gracia
que quería penetrarlo y regirlo todo. Ese
mundo lo tenía que "cultivar" el hombre, como se dice en el Génesis,
2, 15: conocer las cosas, asumir en sí la riqueza del mundo, desarrollar en las
cosas la abundancia de sus fuerzas recién creadas, realizar los hechos y obras
a que le invitara el encuentro con ellas... Y tenía que "guardar" el
mundo. Estaba puesto en sus manos, para que él lo conservara en la verdad y el
orden; para que le diera la posibilidad de desplegar su esencia, su grandeza y
su belleza en el ámbito vital humano. Eso lo tenía que hacer manteniéndose él
mismo en su verdad y orden ' y "guardándose" de ese modo a sí mismo. ¡Pero
cómo han cambiado de sentido estas palabras "Cultivar y guardar": de
qué otro modo suenan en el juicio de Dios después de la rebelión, al lado de
como sonaban antes, cuando Él dio Su misión. No se puede separar lo uno de lo
otro, amigos míos: no se puede reinar sobre la obra de Dios, si se es
desobediente al Señor de esa obra. Mientras el hombre manifestaba obediencia a
Dios, la Naturaleza le obedecía. El
hombre no es un aparato que, siempre igual en sí mismo, produzca un resultado
siempre uniforme, sino que vive, y lo que hace es desarrollo de esa vida. Por
eso, necesariamente, hace que influya lo que es él mismo en lo que hace. Su
obra resulta influida por la situación en que se encuentra. El trastorno en que
había caído por su traición a Dios, debía trastornar también, por lo tanto, su
obra en el mundo. No
solamente esto: las cosas, en efecto, no son un mero material que pueda ser
manejado a capricho, sino que Dios les ha dado su naturaleza, y se pliegan a la
intervención del hombre cuando éste las toma en la verdad de su naturaleza. La
primera soberanía la ejercía el hombre en situación de claridad, de acuerdo con
su propia naturaleza, con voluntad pura y mano segura. Y lo hacía con mirada
penetrante y corazón respetuoso para la naturaleza de las cosas y el orden en
que estaban. Por eso la Naturaleza conservaba en su obra la libertad de su ser;
más aún, en esa obra se hacía más ella misma de lo que era en su primera
situación. Esto
ha cambiado. En buena medida ocurre que el hombre sujeta a la Naturaleza a su
voluntad y la destruye así. El mundo está lleno de Naturaleza devastada y
vuelta innatural. El reverso de la medalla es que el hombre queda sometido a
esa Naturaleza a la que piensa dominar. Hacer violencia a la Naturaleza y
sucumbir a ella, son dos caras de lo mismo. La relación del hombre con la
Naturaleza se ha vuelto falsa, y eso influye en todo lo que hace el hombre. Objetarán
ustedes quizá: ¿cómo se puede hablar así de la obra del hombre, cuando éste
realiza logros tan poderosos? Lo que realiza, es realmente poderoso. El tiempo
de la Historia que conocemos es relativamente corto; en él crece su obra con
celeridad asombrosa, y hoy tiene el hombre la sensación de que, en el fondo,
todo le es posible. ¿Dónde sigue estando la mezquindad del resultado? ¿Dónde
están las espinas y los cardos? Por
lo pronto, pongamos ante nuestra mirada algo que ilumina la verdad como de
golpe: Mientras que una parte relativamente pequeña de la población terrestre
se las arregla bien, una gran parte de ella no tiene el alimento que debería
tener para poder vivir sana, y un porcentaje aterrador muere de hambre cada
año. ¿No habla esto con bastante claridad? Pero observemos con atención la obra
misma. Si pudiéramos ver las pirámides tal como se elevaban antaño en el
desierto egipcio, brillando bajo el fulgor del sol como gigantescas piedras
preciosas, diríamos: ¡Qué maravilla! Pero los cientos de miles de esclavos que
fueron ejecutados en el terrible trabajo ¿qué fue de ellos? La injusticia,
mejor dicho, el crimen que se cometió con esos hombres, ha penetrado en la obra
y envenena su grandeza, y es una mentira apartar la vista de esos horrores ante
tales grandezas. Quizá se replicará que eso fue en la época de la esclavitud; y
que hoy se ha superado. Prescindamos de que hoy todavía existe esclavitud y
caza de esclavos —en diversas formas—: pero ¿cómo se construyen los canales en
Rusia? ¿Y la desecación de marismas, y las minas y las roturaciones de campos?
Luego estarán en los mapas con gran esplendor, y la historia de la cultura
contará qué gigantesca fue esa realización, pero los millones de trabajadores
forzados que hicieron y que perecieron en ella ¿qué es de ellos? De ellos no se
habla: están olvidados. Pero Dios les conoce y sabe que su sangre se adhiere a
la obra. Ha vuelto la esclavitud, y como institución oficial, sólo que se llama
de otro modo: campos de trabajo, campos de concentración, aniquilación de los
enemigos del pueblo, liquidación de los reaccionarios y capitalistas, y demás
palabras mentirosas. También estuvo entre nosotros en los doce años del
nazismo; y ¿quién garantiza, que no volverá a aparecer también más adelante en
otras formas? Además, el trabajo de esclavitud oculta, realizado bajo la
coerción de los sistemas técnico-económicos, bajo la presión de la necesidad,
en oficios ingratos, con fuerzas insuficientes, con cuerpo enfermo y corazón
cansado ¿qué ocurre con eso? Se dice que con el progreso de la evolución cultural
todo mejorará: pero hace falta el impulso de la juventud o la obediencia del
hombre de partido, para creerlo. Y
aun aquellos que pueden elegir su profesión: ¿les da lo que les prometía cuando
la comenzaron? La confianza de que se haría algo digno y valioso; el deseo de
hacer una obra pura en la profesión; la sensación de estar dotado y tener
energía; la esperanza de éxito y provecho, ¿encuentra cumplimiento todo ello?
Dura también, cuando se ha pasado el encanto de la novedad, cuando vienen
dificultades, cuando empieza a oprimir la fatiga diaria...? Si se preguntara a
los hombres en la oficina, en la fábrica, en las administraciones públicas:
¿Encuentras en tu trabajo lo que esperabas de él?, entonces, por más que todos
supieran hablar de la obligación realizada a conciencia y del sentido que, a
pesar de todo, tiene el trabajo, ¿se notaría además que viven en trabajo
fecundo, y las cosas se pliegan a su voluntad? Ciertamente que no, pues
entonces tendrían otras caras. Y si se les preguntara por qué siguen en el
trabajo, la respuesta sería: Porque debo seguir. Porque no sé hacer nada mejor.
Porque ha pasado la edad de cambiar de oficio. Porque la familia depende de mí.
Porque, en el fondo, todo es lo mismo... ¿Y
qué ocurre con los grandes? Amigos míos, miren el rostro de Beethoven: ¿de
dónde viene su terrible gravedad? ¿De dónde viene la melancolía de la mirada de
Miguel Ángel? ¿Y la amargura en los rasgos de Dante? Los grandes científicos y
filósofos ¿tienen rostros en que se exprese la esperanza realizada? Los
estadistas importantes, los educadores, los reformadores sociales ¿tienen cara
de estar contentos, real e íntimamente, con su trabajo? Pero
entremos más allá: Hay un hombre que quiere algo bueno. Pone en obra toda su
energía; es valiente, dispuesto al sacrificio, constante. Incluso realiza algo
excelente; pero una vez y otra se manifiesta un fenómeno inquietante: lo bueno
que él quiere da lugar formalmente a su contradicción. ¿Qué
cosa hay más noble que poder decir: lucho en tal o cual sentido por la
justicia? Eso, naturalmente, significa que se lucha contra aquellos hombres que
se interponen en el camino de la justicia. Pero entonces ¿se les hace justicia?
¿De dónde viene el antiguo dicho: summum jus, summa injuria, "suprema
justicia, suprema injusticia"? Viene de la experiencia de que en la
sustancia de la vida humana opera algo incómodo: Tan pronto como uno se entrega
a un impulso que en sí es totalmente bueno y claro, se enreda, se confunde y se
deforma, y surgen consecuencias ante las cuales uno se asusta... O bien,
alguien sufre por tantas inmundicias en imagen y letra impresa, en espectáculos
e industrias de diversión. Se enfrenta con ello, para que el mundo se haga más
limpio, y los jóvenes puedan crecer con un claro sentido del honor y la
decencia. Habla, escribe, trata de poner en movimiento a la ley y la autoridad,
conquista personas de igual modo de ver: ¿cuánto tardan sus esfuerzos en
adquirir un aura de estrechez, de torpeza, de comicidad, de modo que se hacen
fácil juguete de sus adversarios? ¿Por
qué ocurre así? Tomen ustedes los valores que quieran: salud, bienestar, orden,
justicia, arte, ciencia: tan pronto como se lanzan a la realidad de la
existencia es como si ellos mismos se organizaran su propia contradicción.
¿Está esto en orden? Queridos
amigos, en estas consideraciones nos hemos exhortado a menudo a dejar a un lado
la costumbre, que todo lo vuelve gris: a romper las convenciones que nos
envuelven; a rechazar las influencias que llegan a nosotros en libros y
discursos, en la radio y el periódico. ¡Hagámoslo pues! ¿Qué es lo que vemos,
si nos despojamos de la charlatanería del progreso y la educación y la cultura?
Bien es verdad que, cada vez más, se realiza algo inaudito en la ciencia, en la
ordenación social, en la técnica y la higiene; pero también es verdad que todo
eso está atravesado por una profunda confusión. Y ello no sólo por defecto del
comienzo, o por fenómenos de crisis en su transcurso, sino siempre y en todo.
Pues la confusión está asentada en el núcleo, tan profundamente, que los
hombres que de veras saben algo de la vida nos dicen que en el fondo no hay
nada que poner en orden. Estas son las "espinas y cardos" que le
crecen al hombre cuando trabaja en el campo de su vida. ¿Qué
hemos de hacer entonces? Ante todo, amigos míos, desear la verdad. Mirar a
través del engaño del progreso. Oponerse a la cobardía del optimismo, que ve en
todo solamente los puntos de éxito, pero no lo que sale mal. Ser honrados, y
ver lo que tiene que pagar el hombre por su obra, después de haberla desgajado
de su verdad. No es pesimismo. Es pesimista el que se complace en afirmar que
todo está mal: porque él mismo ha fracasado, porque tiene rencor a la vida,
porque es envidioso. No tengamos ese modo de ver, sino deseemos la plena
verdad. De ahí surge una seriedad que es más profunda y noble que todas las
charlatanerías sobre la cultura, pues responde del hombre, tal como realmente
es. En
segundo lugar: trabajar y luchar por lo justo, sin dejarse desanimar. Pues lo
que importa no es el progreso y la grandeza en la tierra, sino la verdad y
fidelidad. Todo
lo que queda en desarreglo: la confusión, el esfuerzo, la inutilidad, todo ello
encuentra sólo un nombre que realmente se mantenga firme: el nombre de
expiación. Esto es lo que viene en tercer lugar: El hombre debe expiar con la
menesterosidad de su trabajo lo que ha faltado la soberbia de su desobediencia.
Pero ¿quién piensa en ello? Por todas partes, análisis, programas de reforma,
utopías: ¿quién piensa en responder de la vida humana como hombre y en expiar
la falta del hombre? Dejémonos
penetrar en nuestra mente y en nuestro corazón por la verdad de este campo que
debemos cultivar y que nos da espinas y cardos. No llegaremos a su término
pasándola por alto con fantasías, sino aceptando con ella el trabajo en la
seriedad de la fe. -------------------------------------------------------------------------------- 11.
El trastorno en la relación mutua entre los sexos Queridos
amigos: El
hombre rehusó la obediencia a Dios: Por ahí entró el desorden en toda su
existencia. En nuestra última consideración se habló de cómo influyó ese
desorden en la obra del hombre: recae ante todo sobre el varón, ya que, como
vio el pensamiento de la Antigüedad, es a él a quien corresponde la acción y
trabajo públicos; pero, naturalmente, no afecta sólo a su trabajo, sino también
a la mujer. La Escritura no es un libro sistemático. No desarrolla sus ideas
por todas sus facetas, sino que las pone en lugares donde tengan una
importancia representativa, y encomienda a su potencia interior de verdad el
desarrollo de su efecto. Si
escudriñamos con atención en la Historia —pero igualmente en nuestro tiempo, e
incluso en nuestro ambiente— pronto nos damos cuenta del peso que tiene el yugo
del trabajo sobre la mujer; qué dura esclavitud ha experimentado y sigue
experimentando, y cuántas "espinas y cardos" le da el campo de la
vida. A través del último medio siglo se desarrolla la lucha de la mujer por su
libertad social y económica, habiendo obtenido muchos logros. Estos últimos
años han traído como solución la consigna de su igualdad, tras de la cual, con
excesiva facilidad, aparece la de igualdad de naturaleza y trabajo. Pero
quienes conducen la lucha han de mantener bien abiertos los ojos, vigilando
para que todo eso no se convierta en una nueva servidumbre de trabajo y
realización, no menos destructiva y deshonrosa que la anterior. El
desorden de que hablábamos penetra también en la vida inmediata, en la relación
entre hombre y mujer. Ya hemos visto antes que Dios hizo al hombre a su imagen;
pero en la misma frase se dice: "los hizo hombre y mujer" (Gen., 1,
27). Con eso se expresa que la división del género humano en los dos sexos no
es algo sobreañadido, que sobreviniera con miras a alguna finalidad
determinada, sino que forma parte del plan básico según el cual está hecho el
hombre. Toda concepción del hombre que le considere de modo dualista en algún
sentido, viendo la sexualidad como algo bajo, o malo, o simplemente inesencial,
deforma el sentido de la Revelación. Con
eso se dice también que el hombre y la mujer están del mismo modo en la
semejanza a Dios; y que también su comunidad forma parte de su semejanza. El
parentesco de semejanza, en que la generosidad del amor de Dios ha elevado al
hombre ante Sí mismo, no es algo que corresponda sólo al espíritu por encima de
los sexos, a la cima de lo propiamente humano, mientras que "abajo",
en las bajezas de lo biológico, quede el dominio de lo infrahumano, que tendría
su modelo en el animal. El hombre entero es imagen de Dios, y su vida entera
debe realizarse ahí. Su semejanza de imagen significa que, en obediencia al
verdadero Señor, puede y debe ser señor del mundo, así como de sí mismo. Por
tanto, también la sexualidad del hombre debe ser un modo de ese señorío. Como
se ha dicho repetidamente, la doctrina de la Creación en el Génesis se
desarrolla en imágenes. Por eso el segundo relato, que está orientado hacia la
ordenación del matrimonio, hace que primero aparezca el hombre solo. Y luego
dice Dios: "No es bueno que el hombre este solo; quiero hacerle una ayuda
que le sea adecuada" (Gen., 2, 18). Ayuda ¿para qué? Para todo lo que se
llama vida y trabajo. Y entonces se pregunta si esa ayuda podría venirle al
hombre de otro ser vivo; pero se echa de ver que no es posible. Al hombre no le
puede llegar de la Naturaleza, de ninguna forma viva animal, esa compañía y
ayuda vital que necesita. Por eso Dios forma para el hombre a la mujer de la
misma materia esencial, si así puede decirse, de que está hecho él. Sólo
entonces aparece la auxiliadora que necesita. En
otro aspecto, ya nos hemos fijado en el importante hecho de que el concepto con
que la Revelación determina la relación de hombre y mujer, no es el de
instinto, sino el de la ayuda. Según toda la disposición del relato, esta ayuda
empieza por considerarse respecto al varón; pero también se refiere igualmente
a la mujer. Cada cual debe ayudar al otro, en todo lo que significa vida y
obra: en la producción de nuestra vida, en su defensa, cuidado y crianza; en el
despliegue de la propia personalidad, que adquiere su plenitud en la del otro;
en la construcción del hogar, de ese pequeño mundo que hace posible que el
hombre no se pierda en el mundo grande; en la relación con las cosas, cuya
riqueza sólo se hace evidente al que ama; en el señorío sobre la existencia,
que sólo corresponde al hombre completo; y completo sólo llega a serlo en la
compañía... En todo eso han de servirse de ayuda mutua el hombre y la mujer. Y
entonces dice el texto cómo aparece el trastorno en esta relación tan profunda
y abarcadora de todo. La ayuda sólo es posible sobre la base del respeto del
uno al otro, en libertad y con honor. Pero eso presupone que ambos estén en la
lealtad de la obediencia respecto a Aquel a quien corresponde en principio el honor.
Los hombres, sin embargo, se han rebelado contra Dios y con ello han puesto en
cuestión la base de la ordenación de la vida. Por eso surge entonces esa
relación mutua entre los sexos tal como hoy la conocemos. Se pretende que tal
como es ahora, es por esencia; se hacen investigaciones sobre cómo se
desarrolla, qué evolución ha tenido y seguirá teniendo; se inventan teorías
sobre su naturaleza y se pretende que así es "el" hombre, y así es
"la" sexualidad. En verdad, todo ello está confuso y deformado. En
el Paraíso, el instinto sexual permanecía en la unidad de la imagen del hombre
querida por Dios; obediente con naturalidad a su libertad espiritual, así como
ésta era obediente al Señor de la vida. Por eso, la cima de la naturaleza
humana estaba de acuerdo con Dios, y desde ahí influía su potencia ordenadora
en el conjunto de la personalidad humana, tan múltiplemente desplegada. El
instinto estaba determinado por la persona y permanecía en su honor. Su impulso
era respetuoso; su fuerza, buena. Cuando se rompió ese acuerdo, perdió la
obviedad de su ordenación. Desde entonces adquirió esa violencia con que
amenaza esa ordenación; esa indiferencia respecto al honor de la persona, esa
dureza y crueldad con que produce tan gran destrozo. Se
está ciego si se pretende explicar la vida del hombre por la del animal. El
instinto de éste aparece dentro de una ordenación perfecta: la de la ley
natural. También el instinto del hombre debía desarrollarse en una ordenación,
esto es, la de la ayuda personal. Pero cuando se destrozó ésta, no sólo es que
el hombre, por decirlo así, descendiera a la de la Naturaleza, sino que,
exactamente hablando, ya no está en ninguna ordenación. Ha caído en un
desatamiento que en ningún sitio queda garantizado con evidencia. Así
dice el juicio que da Dios a la mujer: "Multiplicaré los dolores de tus
preñeces; con sufrimiento parirás hijos. Y sin embargo tu solicitud te unirá a
tu mando, y él te dominará" (Gen., 3, 16). Las
dificultades, dolores y peligros de la preñez y el nacimiento forman parte de
ese poder de la muerte de que hablábamos en una consideración anterior. Nadie
duda de que la ciencia, la técnica médica y la higiene han logrado aquí mucho,
han eludido grandes peligros y han suprimido tormentosos dolores. Pero a los
que se dan cuenta de la realidad, no sólo les parece insolencia, sino
exageración infantil decir triunfalmente que "la maldición del
Génesis" se ha vuelto vana. Las dificultades y peligros de la vida de la
mujer proceden, ante todo, de inconvenientes que pueden evitarse, pero en lo
más hondo vienen de raíces a donde no pueden llegar la medicina y la
psicología. ¿No ha ocurrido ya a menudo que al superar un inconveniente
aparecía otro? Pero si queremos enjuiciar en absoluto las ventajas de los
diagnósticos, la terapéutica y la higiene, debemos hacerlo en relación con el
conjunto de la vida. Entonces nos dejará preocupados el darnos cuenta de hasta
qué punto esas ventajas o mejor dicho, la cultura que las produce, alejan al
hombre de la Naturaleza, le artificializan, incluso, le corrompen. Pero
por lo que toca al "dominio" del varón, de que habla el texto, no se
refiere sólo a los inconvenientes sociales y culturales, aunque éstos ya pesan
mucho: el desprecio y desposeimiento de derechos de la mujer por la violencia
de una ordenación masculina de la vida no sólo ha sido una gran injusticia,
sino que siempre ha tenido resultados fatales. Pero de lo que se trata
propiamente es de ese trastorno que sigue teniendo efecto aun donde la mujer
disfruta de todos los derechos y libertades, y aun quizá ha obtenido la
primacía socialmente. Se trata de lo que llaman la psicología y la literatura
"la guerra de los sexos". De ello se habla a veces con ligereza,
incluso con la sensación de que el hacerlo así demuestra experiencia y superioridad
vital. En realidad, ahí se manifiesta la entera devastación que ha producido el
pecado; y ello no sólo en la mujer, sino exactamente igual en el hombre. Con
ello se quiere decir que el uno presenta imposiciones al otro, pero que también
se le somete; que el uno concede al otro plenitud, pero que queda subyugado. Es
la traición a la ayuda. Esta empezó cuando la tentación se dirigió a la mujer.
Entonces el hombre debía haberse puesto a su lado y defenderla antes que a sí
mismo; en vez de eso, la dejó sola. Y la mujer, desde lo hondo de su amor,
habría debido sentir que se trataba de la salvación de aquél con quien estaba
unida, y haber visto con claridad, mirando también por él. En vez de eso, le
indujo a caer con ella. Y después de la culpa, los dos debían haber estado
unidos ante Dios en la amargura de su culpa, llevándose mutuamente el peso, y
guiándose uno a otro al arrepentimiento. En vez de eso, eludieron de sí mismos
la culpa; de modo especialmente acusador el hombre, que hizo responsable de la
perdición a la mujer que antes había recibido con tanto gozo. Esa traición a la
ayuda sigue teniendo efecto en lo sucesivo. Siempre vuelven a dejarse solos el
hombre y la mujer, y los que están estrechamente unidos, pueden quedar tan
solitarios uno con otro como si fueran desconocidos. No
sólo esto: el deseo sexual, que aparece con tal poder, da lugar a un secreto
rencor. Cada uno siente su dependencia y se revuelve contra el otro, a quien se
siente sujeto. Más aún, el deseo mismo tiene en sí el germen del desvío. En la
enredada naturaleza humana, sólo es unívoca la auténtica decisión del espíritu,
la pura verdad de la conciencia: en cambio, el instinto, y el sentimiento
determinado por él, pueden en todo momento volverse en su dirección opuesta. El
amor de la compañía, que va de persona a persona, es inequívoco; descansa en la
verdad y se realiza en la fidelidad. En cambio el amor del instinto es codicia
y se revuelve en contradicciones. Piensa no poder vivir sin la otra persona, y
a su vez no la puede aguantar. ¿No
ha ocurrido así a través de toda la Historia, y sigue ocurriendo, y no se ve
cómo habría de ser de otro modo, a pesar de tanto hablar de libertad y de
igualdad de derechos: que el hombre convierte en una esclava a la mujer, y la
mujer convierte en un loco al hombre; y no menos al revés? Pero
en el fondo del ser humano está muy hondamente grabada la imagen de la
comunidad de hombre y mujer, y le es muy necesaria la ayuda, cuando lo esencial
se vuelve a abrir paso, una y otra vez, a través de los terribles trastornos.
Pues la Historia está atravesada también por las fuerzas del amor y la
fidelidad, del sacrificio y de la cotidiana victoria sobre el destino en
obsequio a los demás; ciertamente, fuerzas que, cuanto más silenciosamente
actúan, más auténticas son. Pero
luego viene Cristo y da a cada cual su dignidad, a la mujer como al hombre.
Declara nulo el privilegio que se había concedido en el Antiguo Testamento a la
"dureza de corazón" del hombre: "Unos fariseos se acercaron a
preguntarle, para ponerle a prueba, si está permitido al hombre divorciarse de
su mujer. Pero él les replicó: —¿Qué os encargó Moisés?—. Ellos dijeron:
—Moisés permitió dar documento de repudio y divorciarse—. Jesús les dijo: —Por
vuestra dureza de corazón os dejó escrita esta prescripción. Pero al principio
de la creación Dios les hizo hombre y mujer. Por causa de eso, el hombre dejará
a su padre y a su madre [y se unirá a su mujer] y serán los dos una sola carne.
Así, ya no son dos, sino una sola carne. Entonces, lo que Dios ha unido, que el
hombre no lo separe" (Marc., 5, 27-28). Y San Pablo vuelve a tomar del
Génesis esta idea y dice: "En el Señor, la mujer no va sin el hombre, ni
el hombre sin la mujer: pues si la mujer ha salido del hombre, el hombre existe
también por la mujer, y todo viene de Dios" (1ª. Cor., 11, 11-12). Sobre
la base de esta declaración, la ayuda adquiere una nueva dignidad, profundidad
y ternura. Cierto es que la confusión y desorden que trajo a la naturaleza
humana la rebelión de la primera culpa, sigue estando ahí; la Redención no es
envolverlo todo en hechizos. Pero se abre la gran posibilidad: la del auténtico
matrimonio como ayuda entre hijos de Dios, en respeto y fidelidad, o la de la
auténtica soledad para Dios en la vida virginal, sin envidia ni endurecimiento.
Aparecen santos y más santos que hacen visible el misterio de uno y otro
estado, y muestran el camino hacia la libertad. Pero
entonces viene la Edad Moderna y proclama la autonomía. Rehúsa ordenar la vida
según Dios y legitimar el señorío humano por el señorío de Dios. Erige la
libertad por derecho propio. Lo que ha llegado a ser mediante Cristo, lo
abandona, o lo convierte en asunto de desarrollo histórico separado;
aparentemente justificado por la renuncia de incontables cristianos, que no se
dan cuenta de esa gran posibilidad. Así surge, en medio de las realizaciones de
la civilización más progresada, un nuevo caos de las relaciones sexuales, que
es peor que el que había antes de que viniera Cristo. Peor, porque por Cristo
el hombre había llegado a ser éticamente mayor de edad, y se había hecho capaz
de conocimiento y decisión personal. Pero,
para hablar una vez más de la equiparación de la mujer con el hombre: El
derecho fundamental en que ha de haber igualdad consiste en el derecho a la
propia esencia, fundada por Dios. Pero ¿a dónde se va a parar por ese camino
que el hombre quiere recorrer solo, sin Dios, confiando sólo en su propia
comprensión y en el impulso de su propio corazón? ¿Alcanza el nombre la
libertad de su esencia cuando el Estado le convierte en una rueda de su
mecanismo? ¿Se hace libre la mujer para sí misma cuando tiene que ir a las
minas y luchar como soldado? ¿No se abre paso ahí una tendencia a igualar al
hombre y la mujer en una tercera cosa, en un ser sin carácter propio, que sirve
a los poderes anónimos del Estado, de la economía y de la técnica? Pero esa
tendencia en la relación de hombre y mujer, surge cuando ellos ya no quieren
ser compañeros mutuos desde la peculiaridad de su ser distinto. Cerrarnos
nuestras meditaciones sobre los primeros capítulos del Génesis. Sus expresiones
sencillas, a veces aparentemente infantiles, llevan a una honda verdad. Hoy se
habla de filosofía existencial, y con eso se alude a la cuestión de cómo es
todo, puesto que el hombre existe; de qué modo es el hombre, cómo debe ser, y
con qué fuerzas lo logra. En el Génesis —como también luego en las Epístolas de
San Pablo— hay ideas básicas para una filosofía y una teología existenciales.
Un amigo me decía una vez que el primer libro de la Sagrada Escritura tenía
afinidad con los tres primeros Evangelios en su cercanía a la realidad. Sus figuras,
realmente, hablan desde una simplicidad y una grandeza que luego desaparecen. A
la mirada dispuesta a ver, le muestra las leyes básicas de la existencia. El
hombre actual sabe mucha física y psicología y sociología, pero le parecen
ocultas las ordenaciones según las cuales su ser humano sigue estando a salvo y
prospera. Aquí las puede aprender. | |||