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Selección
de textos de Romano Guardini El
servicio al prójimo en peligro Der
dienst am naechsten in gefahr. Romano
Guardini * En
esta conferencia pronunciada el 24 de mayo de 1965 en la reunión anual de la
Verband deutscher Mutterhäuser von Roten Kreuz, en Munich, Alemania, Romano
Guardini explora el tema del servicio al prójimo y sus motivaciones. En la
época moderna, y aún en nuestros días, es mentalidad común decir que el
servicio al prójimo es algo "natural" al hombre, como algo que le
viene "espontáneamente": de ahí surge la legitimación para constituir
una ética laica que prescinda de cualquier raíz religiosa. Sin embargo, en el
análisis que emprende Guardini, las cosas son muy distintas: ese servicio al
prójimo que la mentalidad dominante concibe como "natural", es en
realidad producto de la Gracia, o dicho de otro modo, es producto de la
Revelación de Dios en Cristo. De ahí que, cualquier intento de voluntariado o
ayuda al prójimo, si no parte de la mirada de Cristo, resulta, a la larga,
infructuoso, o dicho en términos más precisos, insuficiente. Un artículo que
debe leer todo aquel que, desde una perspectiva cristiana, quiere globalizar la
solidaridad y la caridad. Para que sea conciente de los peligros del
humanitarismo, es decir, de la caridad sin Cristo. El
imperativo de la ayuda y la naturaleza humana Si
se buscara una frase que expresara breve y claramente en qué se basan todas las
formas de ayuda, individuales o de índole organizada, se llegaría a ésta:
"Ahí hay una persona en apuro; por tanto, debo ayudarla". Simplemente
así: por tanto; sin ulterior fundamentación ni demostración; como exigencia que
surge del apuro mismo. Quizá
se preguntarán ustedes por qué hace falta decir esto en especial; puesto que es
obvio. Pero ¿lo es realmente? El
día de hoy los llama a ustedes a una consideración: queremos intentarla
dejándonos guiar por la máxima recién expuesta. Queremos preguntar si es
realmente obvia; y con ello percibiremos toda una historia. Una historia de la
Humanidad, que se ha realizado en lo más vivo de ella, o sea, en su corazón, y
se sigue realizando, y afecta a todos los que se sientan llamados por la necesidad
humana. Entonces,
¿es obvia la frase que acabamos de hallar? Muchos dicen que así: opinan que
forma parte de la naturaleza del hombre responder a la dificultad de otro con
una ayuda activa. Esta opinión es muy noble y parece expresar la esencia del
hombre del modo más bello. Pero yo creo que se engaña. Preguntemos con
frialdad: el hombre natural de que se habla ahí, ¿cómo se comporta en realidad? En
realidad, la sensibilidad originaria, cuando percibe la privación, los dolores
y el riesgo de otro no lo nota en absoluto de tal modo que sin más surja de
ello el impulso de acudir a él, de asistirlo, de ayudarlo a salir adelante,
sino que se echa atrás con miedo. Percibe el apuro ajeno como alteración del
bienestar propio; como requerimiento al bolsillo propio, como exigencia de
tener que esforzarse. Una mirada decidida a nuestro mismo interior nos lo
muestra así. Y aun el mayor idealista debe verlo así en cuanto se encuentra en
la situación de tener que pedir a otro su colaboración o su sacrificio pecuniario
en un determinado apuro. El gesto y las palabras de la persona requerida le
enseñan una amarguísima verdad. Pero
las raíces de esa actitud se encuentran aún más hondas. Si miramos a culturas
primitivas, vemos entonces que el apuro de otro se percibe principalmente como
algo que es enemigo del propio bienestar. Nos acordamos de la conducta de los
animales que viven en comunidad: tan pronto como en una colmena o un hormiguero
se pone enfermo uno de sus miembros, no lo curan en absoluto, sino que lo
matan. Esa tendencia que con tal confianza se llama sentimiento natural, en el
hombre responde en principio de modo muy semejante al apuro de otro; pero es
preciso decirlo, aún peor, porque en el hombre toda emoción toma un carácter
especial. El ser que está en peligro debe ser eliminado, para que no ponga
también en peligro a los demás. Pero
la cuestión del cómo y por qué lleva todavía más hondo. En épocas primitivas,
todo acontecer estaba atravesado de sentimientos religiosos. Con eso no
aludimos a nada cristiano; a nada que tenga que ver con el mensaje divino de la
Biblia; sino más bien a un sentimiento inmediato del misterio en todo lo que
existe. En todo acontecer se perciben poderes, beneficiosos y destructores. El
dolor, la infelicidad, la enfermedad y la muerte se presentan a la conciencia
precisamente de este modo. Por tanto, el que está al lado del afectado también
se siente amenazado por todo ello. Ve en el apuro ajeno el dominio de poderes
encolerizados y perversos, y su sensibilidad le dice: ¡Mantente lejos: podría
envolverte a ti también! Así
es en realidad la fisonomía de los sentimientos naturales. Y sólo tenemos que
volver la vista a nuestro pasado inmediato para comprobar con qué carácter
elemental han vuelto a irrumpir en el más moderno presente. Pero sobre eso
diremos enseguida algo más. ¿Cuándo
responde realmente al apuro ajeno un impulso involuntario de auxiliar? Cuando
ese apuro afecta a alguien que pertenece a uno mismo. Los padres lo perciben
así cuando su hijo se pone enfermo; los esposos, uno por el otro; el amigo por
el amigo; el señor por sus servidores... Pero
¿qué es lo que ocurre ahí en realidad? La otra persona no es entonces el
prójimo, ante el cual despertara la solidaridad natural de la humanidad común,
sino que domina la ligazón inmediata de la sangre, de los intereses, de la
simpatía, de las diversas relaciones de fidelidad, tal como atan a los hombres.
El sentimiento de la vida y la prosperidad propias se extienden al otro y lo
atraen dentro del dominio propio. En la medida en que esa incorporación
inmediata no tenga lugar, impera su forma contraria, a saber, la relación de la
extrañeza. Y el extraño es el desconocido para el sentir inmediato; pero en
cuanto tal, es el peligroso. Aquí
cabría objetar que así podría ser en grados primitivos de cultura; pero que el
hombre evoluciona y progresa. En efecto: el progreso constituye el concepto
central del sentido de la vida en los tiempos modernos. Tal concepto afirma que
cuanto más se desarrollan la ciencia, la cultura común, la vida económica y
social, más se ennoblece el hombre mismo. Asciende a una concepción de la
existencia cada vez más alta, a una relación cada vez más llena de sentido
entre hombre y hombre, y también cada vez tiene sentimientos más refinados
respecto al apuro de otro, surgiendo poco a poco ese sentimiento básico que
hemos expresado en la frase: "Hay una persona en apuro; por lo tanto, debo
ayudarla". ¿Es esto cierto? No lo creo. Es una ideología. El hombre
moderno a quien se le escapan cada vez más los valores absolutos, trata de
sustituirlos por la ilusión de un futuro perfecto, al que se aproximaría
constantemente. Ello se hace evidente en una consideración sobria y realista de
los hechos. Solamente, tenemos bastante ejemplos de que algunos pueblos que
culturalmente están muy elevados, y tienen ya detrás de sí una larga historia
de pensamiento y evolución social, no confirman en absoluto esa afirmación;
pero ahora no hay tiempo de entrar en ello. En todo caso, entre nosotros, en
Occidente, no ha ocurrido así. Entre nosotros, el empujón decisivo no ha
llegado desde tendencias interiores a la evolución, sino de otros puntos. ¿Qué
debe haber entonces para que esa frase sea reconocida como verdadera? La
admonición interior que expresa debe ser percibida ante toda persona. Es decir,
no sólo ante la persona estrechamente ligada a nosotros, simpática, sino
también ante aquel que no logra serlo; no sólo ante la persona dotada y
hermosa, sino también ante el mediocre, y aun el retrasado; no sólo ante el
rico y el cultivado, sino también ante el pobre y el mísero. Si esa frase ha de
ser cierta, la admonición debe atravesar por en medio de toda distinción, y
dirigirse a algo que determine al hombre como tal, sea como sea por lo demás. Y
si, no obstante, han de notarse distinciones, entonces, que sea según este
principio: "Cuanto más pobre y pequeño el hombre, más apremiante es la
obligación de ayudarlo". Pero
el sentimiento natural no lo dice así en absoluto. Para que hable tal
imperativo, debe tener lugar algo que haga evidente en el prójimo un aspecto
situado más allá de todos los elementos inmediatos de parentesco de sangre, de
interese comunes, de valores de personalidad y cultura; un elemento
incondicionado que ya no está bajo las perspectivas de lo útil, de lo simpático,
de lo digno de admiración: a saber, la persona en cuanto tal. Pero ésta no se
hace evidente por la evolución meramente cultural. Dejemos en paz la cuestión
de cómo ocurre en otros ámbitos culturales, por ejemplo en el asiático, o en el
africano: en esta conferencia no podemos plantearlo. En todo caso, entre
nosotros, en Occidente, no ha tenido lugar esta evidenciación. El
mensaje cristiano ¿Cómo
ha ocurrido, pues? La respuesta no es dudosa para quien esté informado de la
marcha de nuestra historia: por el influjo del mensaje de Jesús. Ustedes
conocen la escena del Evangelio en que un doctor de la Ley quiere poner en
dificultades al Señor, y le pregunta cuál es "el mandamiento mayor"
en la Ley (Mt 22, 37, sig.). Él contesta con las frases del Antiguo Testamento:
"Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y toda tu
mente" (Dt 6, 5), y añade: "Éste es el mayor y el primer mandamiento.
El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Lv.
19, 18). El
prójimo era para el Antiguo Testamento, alguno de los miembros del pueblo
propio; y aun entre éstos la casuística de los doctores de la Ley seguía
distinguiendo; entre hombres libres y esclavos, entre conocedores de la Ley e
ignorantes, etc. Así vemos cómo el fariseo quiere mostrarse superior y sigue
preguntando: "Mi prójimo, ¿quién es?" Pero Jesús responde con la
parábola del samaritano compasivo. Así rompe todas las fronteras de pueblo y
grupo social, riqueza y cultura, y muestra cómo tiene lugar la relación del
prójimo entre el herido, que es judío, y el viajero, que es samaritano; es
decir, dos grupos nacionales que se odiaban y despreciaban mutuamente. Pero eso
significa: entre aquel cuyo corazón se abre a la llamada de la necesidad, y
aquel que necesita la ayuda. La respuesta de Jesús a la pregunta del doctor en
la Ley significa, pues: Tu prójimo es aquel que necesita tu ayuda. Pero como
ese mandato se disolvería en una vaguedad sin orillas, el concepto de prójimo
debe determinarse aún más exactamente, es decir, prácticamente, según el
acontecer concreto, y entonces implica: El prójimo es aquel que te presenta en
la situación dada. Y por lo que toca a esa situación misma, su sentido está
estrechamente ligado con el mensaje de Jesús sobre la Providencia: El Padre en
el Cielo es el que te presenta a ese hombre en el camino de la vida, para que
lo ayudes. Ahora
alcanza su expresión evidente aquel imperativo incondicionado de que
hablábamos. Caen las distinciones y permanecen sólo lo esencial: el hombre que
necesita ayuda; el que puede ayudar; la situación en que aquél es presentado a
éste, y en qué se expresa la providencia de Aquel que guía el destino de cada
hombre. Detrás de todo está el hecho de que los hombres no son ejemplares de
una especie animal, sino personas, creadas por Dios en su llamada, y puestas
por Él en la relación tú-yo, que prolonga en la relación entre persona y
persona. Pero esa llamada que percibe el que tiene buena disposición de corazón
(tu prójimo está en peligro; ayúdalo, pues) constituye la expresión de esa
relación. En ella habla Aquel que la ha fundado. Pero
todavía no se ha alcanzado la última profundidad de Jesús. En el Evangelio de
san Mateo, dice: "Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más
pequeños, a mí me lo hicisteis" (25, 40). Esta palabras tiene una
importancia inconmensurable. Dejan a un lado todas las distinciones que pudiera
hacer el sentimiento natural. Ante todo, porque se presenta a nuestros ojos
como destinatario de la conducta exigida "el más pequeño", es decir,
el que no puede poner en vigencia para sí ninguna de las diversas razones
naturales para mover el interés de ayudar: ni admiración, ni simpatía, ni utilidad.
Sino porque allí donde está, aparece el mismo Jesús. La esencia del hombre es
muy problemática. En su manera concreta de darse hay una dura desproporción, a
menudo insoportable, respecto a la exigencia planteada por el imperativo de la
ayuda, provocando todas las formas de la incomprensión y del rechazo. Esa
desproporción queda abolida al parecer en la persona del mismo Cristo
menesteroso. Por su mensaje somos hermanos entre nosotros, porque nos ha hecho
hermanos y hermanas suyos, hijos e hijas de su Padre. Así se adelanta a cada
uno de nosotros dándole a su persona humana el carácter de lo incondicionado.
Se hace Él mismo la motivación última de todas las exigencias que surgen de un
hombre hacia otro. Por Él, el imperativo de ayuda se hace categórico. El
recién citado capítulo 25 del Evangelio de san Mateo contiene la predicción de
Jesús sobre el juicio al fin del tiempo. En ese juicio del hombre será juzgado
según como tenga participación en Dios. En ese juicio recibe su última
definición de la existencia humana –la del individuo, como también la de la
comunidad, esto es, la historia. Pues la historia no se define a sí misma. Si
lo hiciera, ella sería su propio juicio, y entonces, debería ir de otro modo
que como va. El juicio le llega de más allá de ella misma. Pero,
según las palabras de Jesús, ese juicio se decidirá según haya cumplido el
hombre el hombre el mandato de la nueva hermandad. Dice: "Entonces dirá el
Rey a los de su derecha: "venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia
del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve
hambre, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo,
y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel y vinisteis a
verme". Entonces los justos le responderán: "Señor, ¿cuándo te vimos
hambriento, y te dimos de comer; o sedientos, y te dimos de beber? ¿Cuándo te
vimos forastero, y te acogimos; o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos
enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?" Y entonces el Rey les dirá: En verdad
os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí
me lo hicisteis." (Mt. 25, 34-40). No
podría expresarse con mayor grandeza el carácter absoluto del imperativo de la
ayuda. Cristo
aporta la claridad a la historia de la menesterosidad y la ayuda. Desde Él cae
la luz sobre la confusión que atraviesa todas las relaciones humanas. Rompe
todas las pequeñas prudencias del egoísmo y los engaños de la sabiduría
autónoma. San Juan dice también con toda claridad que el mandamiento del amor
es un mandamiento nuevo (2, 8). Y nuevo no sólo en el sentido que nunca se
hubiera conocido antes, pero después se hubiera hecho familiar con él gracias a
lo cual habría podido entrar en la obviedad de una visión de la vida, sino
nuevo por esencia, en todas partes y para siempre. Ese
mandamiento queda de través respecto a todo lo que pudiera surgir de las
conexiones naturales de las relaciones humanas, de índole biológica,
psicológica, sociológica y cultural. Siempre sale al encuentro del hombre como
algo que no puede ser deducido de ninguna presuposición natural, ni puede ser
trasladado a obviedades culturales. Viene de la interioridad sapiente de Jesús;
requiere fe, exige obediencia y debe ser realizado superando lo meramente
natural. La
secularización del mensaje de Cristo Pero
luego ocurre algo peculiar; y ahora les ruego presten toda su atención a lo que
voy a decir, pues aquí se hará evidente algo que nos afecta del modo más
inmediato. La
fe en Cristo, en la hermandad de los redimidos en Él y en la responsabilidad de
los unos por los otros, según brota de esa comunidad, fue una propiedad común
hasta el fin de la Edad Media. Naturalmente, conocida con mayor o menor
claridad, mediata con mayor o menor consecuencia, seguida con mayor o menor fidelidad
y generosidad; pero formaba el modo de ver que daba la medida de Occidente. Al
comienzo de la época que llamamos Edad Moderna se dividen los espíritus.
Amplios círculos llegan a tener la opinión de que se podría vivir también sin
la fe cristiana. Por ejemplo, según modos de entender la vida aprendidos en el
estudio de la Antigüedad pagana; según la experiencia inmediata en el trato
humano; o según los resultados de las ciencias, poderosamente reforzadas. Más
aún: esto no sólo era posible, sino que solamente así se desarrollaría una
auténtica vida: y con ella también una ética auténtica de las relaciones
humanas. Entonces,
ello parece también cumplirse. Se elabora el concepto de los Derechos del
Hombre, y de él se sacan las consecuencias en el aspecto jurídico, social y
económico. Surge una ética de la atención inmediata a los demás y de la
responsabilidad para con ellos. La generalidad de los hombres se siente
obligada a evitar con su ayuda las necesidades, en sus diversas formas. Se
crean entidades y organizaciones de toda especie que se dedican a los pobres, a
los enfermos, a los desvalidos. La lucha contra la estrechez humana se
convierte en una obligación obvia de las entidades comunitarias, que por su
parte ponen en obra los medios de ayuda de la ciencia, de la ordenación social,
de la técnica organizadora. Aquella máxima de que hablábamos al principio,
parece realmente convertirse en un elemento básico para la conducta de los
hombres. Pero
en esa situación de aparente seguridad de moral natural, aparece como un
relámpago la doctrina que se proclama en los doce años del dominio nazi, y que
se realiza mediante la práctica correspondiente: no todo hombre, en cuanto tal,
tiene derecho a la ayuda y mejora, sino sólo aquel que represente un valor para
la nación y el Estado. Se establece la cruel medida del hombre digno de vivir y
del indigno de vivir. Esta medida proclama que sólo tiene derecho a vivir quien
puede juzgar cómo ocurre esto en cada cual. Con ello se arroga el derecho de
decidir si una persona enferma es todavía digna de vivir; si puede seguir
viviendo o no. Se tiene la terrible osadía de matar enfermos y tarados
mentales, incurables, incapaces para el trabajo, ancianos. Más aún, se llega a
decidir sobre el derecho a la vida de pueblos enteros, declarando indignos de
vivir a algunos de ellos y aniquilándolos, con una frialdad de sentimientos y
una exactitud de técnica que no tiene modelos previos en la Historia,
ciertamente escasa de espantos. Pero
todo ello en nombre del bienestar del pueblo, del provecho de la comunidad, del
ascenso del hombre hacia una perfección corporal, espiritual y cultural cada
vez más alta. Se
ha dicho que esto ha sido la barbarie de unos pocos en quienes ha habido una
peligrosa alianza de criminalidad y fantasía. El que así opine, no ha
comprendido nada de lo que ha ocurrido. Por lo pronto, no fueron simplemente
unos pocos los que pensaron y obraron así, sino que se crearon grandes
organizaciones en que muchos hombres estuvieron muy activos. Pero además –y
esto nos afecta aquí-, en esos sucesos se ha desarrollado hasta sus
consecuencias algo que se había preparado desde hacía mucho tiempo y que se
llama la secularización del cristianismo. La
doctrina cristiana de la dignidad dada por Dios a cada hombre, de su valor
eterno y, por tanto, de la obligación de ayudarlo, se había convertido en un
bien común, según hemos visto. Pero así se había desprendido cada vez más de
ese fundamento que le había dado Jesús, a saber, de la fe en la unión que se ha
establecido el Hijo de Dios al llevar a los hombres en fiabilidad a su Padre.
La conciencia de esto había palidecido cada vez más, y por fin había
desaparecido del todo. Había quedado una ética universal, que era muy pura, muy
hermosa, y parecía el supremo desarrollo de la conducta humana. La
interpretación corriente de la Historia dice también que la doctrina cristiana
influyó en esa ética con su incitación y estímulo, pero nada más: que la misma
naturaleza humana se habría desarrollado y ennoblecido, produciendo por sí sola
una moralidad, que a partir de ese momento formaría parte de la propiedad
definitiva de la Humanidad. De hecho, pasa algo totalmente diverso. La
ética de la obligación para con el hombre, en efecto, estaba sustentada por la
Revelación. La frase: "Hay un hombre en apuro; ¡ayúdalo, pues!"
recibió su fuerza convincente por el sentido de la vida que dio Cristo, y
permaneció viva mientras se percibió ese sentido. En la medida en que
palidecía, también se hizo más débil la consideración de la ética social que se
descansaba en él; hasta que por fin, como un relámpago, se hizo evidente que
era posible arrojar a un lado, no sólo la Revelación, sino toda esa ética
social; que era posible establecer y aplicar el principio de que no todos deben
ser ayudados, sino sólo aquellos que sean dignos. Pero es digno aquel que es
declarado digno por el instinto de raza, por las exigencias del trabajo, por
las finalidades del Estado. Y los jueces de esto serían aquellos a quienes
nombrase el Estado. El terrible lema: "Es justo lo que es útil para la
nación", recibió otra forma igualmente terrible: "Puede vivir quien
sirve a la nación". Pero la nación, el pueblo –pronúnciese el Estado, y
los que tienen el poder en el Estado- tiene derecho de decidir a quién no hace
falta ayudar, más aún, quién debe ser eliminado. Pero esta manera de ver las
cosas humanas no es siquiera, como suele decirse en disculpa, una ruptura con
lo anterior, hecha por hombres que representan una recaída en niveles
primitivos de rudeza, sino que está comportada por todo lo precedente. El
positivismo, el liberalismo, todos los esfuerzos de elaborar una cultura sin
Cristo, e incluso sin auténtica idea de Dios, han cooperado en su preparación.
No podemos olvidar –para citar por su nombre a uno solo-, cómo Friedrich
Nietzsche, crecido en la escuela clásica, había proclamado que había que
desprenderse de la compasión cristiana por los oprimidos, y crear una cultura
de la energía sin ruptura y la hermosa Naturaleza, y "lo que quiera caer,
golpearlo aún", para quitarlo de en medio del camino. Señales
de peligro Son
deducciones que hacen meditar. Nuestras tareas de ayuda –tomando la palabra en
su sentido más amplio- están en una situación que querría ilustrar con una
pequeña anécdota: Hace
unos decenios ocurrió en la catedral de Maguncia lo siguiente: El sacristán
mayor iba, sin sospechar nada, bajo la alta bóveda, cuando de repente cayó un
bloque de piedra y por poco no lo aplastó. Con terror se comenzaron a buscar
las causas. Se ahondó en los cimientos y se vio que el edificio estaba sobre un
enrejado de fuertes vigas de encina, pero que estas vigas estaban podridas en
su mayor parte. Mientras las había rodeado el agua subterránea, habían estado
duras como piedra, pero a consecuencia de la canalización del Rhin, el agua se
había retirado y las vigas se habían quedado en seco, estropeándose. La
catedral seguía en pie, pero los cimientos habían desaparecido en parte, y
costó mucho y largo trabajo sujetarlos por todas partes, sustituyendo la madera
podrida por el cemento... Esto puede ser un símbolo de los trabajos por la
necesidad de los demás. Se hacen cosas inconmensurables. Amplias
organizaciones, diversamente especializadas, se dedican a todos los casos
posibles de necesidad. Se aplican grandes medios para su obra. Pero las
personas de sensibilidad más despierta notan que toda esa ensambladura ya no
está segura. Dudan de que sus cimientos sigan sosteniendo bien. Los motivos
amenazan perder fuerza. Se debilita la conciencia de la obligación de persona a
persona. Pero
eso en dos sentidos. El modo como se plantea la instancia de la ayuda se hace a
la vez más exigente e irreflexivo. Se hace dominante el sentimiento de que el
Estado debe ayudar: en lugar de Estado se puede decir también: los seguros
sociales, las Cajas de enfermedad, los hospitales, las Hermanas enfermeras...
Todo lo dicho hasta ahora muestra de sobra hasta qué punto estamos de acuerdo
con el derecho a la ayuda; pero notamos que aquí hay algo que se está
falseando. La ayuda no puede fundarse del mismo modo que una regulación
económica. Lo que en ella acontece, ese esfuerzo interminablemente variado,
dirigido a personas vivas, y conformándose a situaciones siempre nuevas, no
puede tener lugar meramente por utilidad y prescripción, ni tampoco meramente
por razón y obligación: lo mismo que tampoco se puede exigir sólo por derecho y
pago. Algo diverso debe actuar ahí: una llamada a la libertad, una apertura del
corazón. Pero se siente el peligro de que en lugar de esto pueda todo
convertirse en una exigencia mecánica. Y el arte de buscar y explotar las
diversas posibilidades de ayuda del Estado puede desarrollarse hasta hacerse
una parte constitutiva de la técnica de la vida. Pero
la manera cómo se solicita la ayuda corresponde a la larga a la manera cómo se
presta. También a la ayuda la amenaza el peligro de que todo se transforme en
una burocracia universal, un asunto de oficina, de organización, de prestación
profesional regulada, de funcionarios. Tan pronto como la ayuda es solicitada
de un modo tan obviamente exigente y rutinario, no puede sino transformarse
ella misma en una rutina objetiva. Claro
que debe ser objetiva. Corresponde totalmente a nuestra sensibilidad el decir:
"Deja a un lado los sentimientos y preocúpate de que la terapéutica se
aplique bien..." O: "Las tareas son tan grandes que sólo una
organización adecuada está a la altura de ellas: ahí estás en tu sitio, de modo
que no hables de sentimentalismos, sino cumple tu servicio..." Lo mismo
que es absolutamente correcto decir: "Todo trabajo es digno de su paga;
por tanto, tengo derecho a exigir la remuneración correspondiente..." Y:
"Todo trabajo tiene derecho a hacerse en condiciones adecuadas; por tanto,
exijo relaciones racionales de trabajo..." Eso es obvio y debe ser así.
Pero también es cierto esto otro: Que aquello de que se trata no puede hacerse
solamente por experiencia objetiva, por método científico, por exactitud del
servicio, sino en definitiva, solamente por una apertura interior del corazón,
por una magnanimidad de la mente, por un altruismo y una disposición al
sacrificio que tienen que proceder de otro sitio. Cuando
dejan de obrar, queda perdida la esencia de lo que se llama ayuda, pues ésta
descansa sobre la relación de persona a persona, en la libertad de la apelación
y respuesta, y tiene su sentido último en esa comunidad en que la
menesterosidad de la existencia reúne a los hombres por parte de Dios. Una
objeción sociológica Pero
contra lo dicho se presentan objeciones que deben ser tenidas en cuenta. Y,
ciertamente, proceden de la transformación en la estructura sociológica de los
tiempos modernos. Ante todo, el extraordinario aumento de población: el hecho
de las masas, que influye en todas las cuestiones referentes a los hombres. La
cifra de los que requieren ayuda crece constantemente. Podría admitirse que las
condiciones generales de vida están mejorando; con ello debería disminuir la
necesidad de ayuda. Pero los trastornos de los últimos decenios son tan grandes
y variados, que ya por ellos hubo de tener lugar una equiparación hacia lo
peor. Y también, prescindiendo de esto, tiene importancia el hecho de que el
hombre se hace cada vez más consciente de su exigencia a la vida, y, por su
sentimiento democrático, cada vez está más seguro de su derecho a la ayuda, en
ese mismo sentido. Por eso muchas situaciones de necesidad que en épocas
anteriores eran sencillamente aceptadas, ahora hacen que se hable de ellas y
exigen auxilio. Las
instituciones de ayuda se encuentran así ante una exigencia constantemente
creciente. Pero estos significa que los actos de socorro cada vez son más
numerosos, y con eso el propio proceso de la ayuda aumenta su carácter masivo.
La medida del tiempo disponible para los individuos se hace cada vez más
escasa, y más escasa la capacidad del que ayuda para compartir la necesidad al
remediarla; de modo que no queda sino proceder según un esquema, y considerar
en él que lo necesario es que este esquema corresponda lo más posible a la
situación de conjunto. Así desaparece cada vez más el enfrentamiento de persona
a persona, y todo ello se convierte cada vez con más evidencia en caso. Pero
en tal estado de cosas no hay que ver una mera inconveniencia, pues en él se
expresa una auténtica transformación de estructuras. Por lo pronto, el gran
número es ya un hecho, y es también un hecho todo lo que resulta de él, tanto
en la psicología social como en la individual. Por eso, el acto de ayuda ya no
puede tener ese carácter de contacto personal, que sólo es posible para
pequeñas cifras. Prescindimos de que esta situación también influye en casos en
que sería posible una relación personal; en todo caso, siempre que cobra
efectividad el elemento de la masa, una conducta realista no puede ser sino
objetiva. La
tragedia de los que prestan ayuda social, en efecto, consiste en buena parte en
que no valoran adecuadamente ese elemento de lo masivo, y, por tanto, empiezan
por lanzarse al trabajo con una entrega personal que, en rigor, no viene al
caso, y acaba por llevarlos luego a volverse amargados y cínicos. Una visión
realista debe asumir de antemano el hecho de la masa en la disposición de la
ayuda. Y considerar y adaptar los puntos de vista antes expuestos en sentido de
que de lo personal se aporte solamente lo que se pueda dar de modo auténtico;
por lo demás, que el trato con los muchos esté animado por la conciencia de que
no se trata de una masa de casos, sino de un gran número de personas. Con eso
surge una actitud que se basa tanto en la distancia interior cuando en la
atención auténtica; que tiene lugar en tranquila objetividad, pero también de
modo verdaderamente amistoso. El que busca ayuda probablemente empezará por
decepcionarse porque él, siendo el individuo, no es recibido como tal. Pero
pronto se encontrará bien en el trato objetivo, porque éste es precisamente el
apropiado. Naturalmente, con todo eso no se ha de menospreciar ninguno de los
esfuerzos que quieren dividir en partes la multitud, quitándole así el carácter
de masa. Van unidos a los intentos de construir las ciudades de modo más
adecuado, de crear relaciones de vecindad; de hacer que los centros de trabajo
sean también los de prestación de ayuda, etc. Todo ello no sólo es bueno, sino
necesario. Pero no suprimirá el elemento masivo en el conjunto; por tanto, lo
que hemos dicho sigue siendo cierto siempre que se hace presente tal talento. Más
hondo alcance tiene otro cambio en la situación sociológica y cultural en
general. Se expresa en el sentimiento de que la relación entre necesidad y
ayuda, tal como hasta ahora se ha dado, debe desaparecer en general. Requerir
ayuda, sería algo vergonzoso, y ayudar, en el sentido antiguo, sería una
arrogancia, y las situaciones de necesidad deberían ser superadas de modo
puramente objetivo. Así se manifiesta una sensibilidad que –a pesar de todas
sus brusquedades en el individuo- es absolutamente honrosa. Diversas son sus
raíces; por un lado, tiene que ver con la exigencia del sentir democrático en
cuanto a la atención a la propia persona; por otro lado, también con la
conciencia de la debilidad en la posición personal del hombre actual. El
que presta ayuda deberá tener en cuenta esta sensibilidad. Su actitud respecto
al que está en un apuro podría expresarse, por ejemplo, en estas palabras:
"Estás en un caso de necesidad. A mí tampoco me gusta la situación, pero
tengo la misión de socorrerte, de modo que vamos a ponernos de acuerdo para
resolver la cuestión del modo más decente posible, esto es, del modo más objetivo
posible". El peligro de que el pudor ante lo excesivamente personal se
convierta en desatención, y la objetividad en mecanismo, puede evitarse
captando el sentido de la relación con más segura medida, tanto más cuanto más
claramente conozcan las personas en cuestión la dignidad de la persona, merced
al Cristianismo. Pero
aún cala más hondo lo siguiente: La creciente naturalización de la existencia,
el sentido humano de dominio de sí mismo, y, además, la idea del progreso,
llevan a concebir la necesidad como algo que debe sencillamente desaparecer. El
cristiano ve en la necesidad un elemento de la existencia, tal como es ahora.
Naturalmente, se preocupa por superarla, y logra disminuirla constantemente;
pero sabe que nunca desaparecerá del todo, porque forma parte del trastorno de
la existencia, en definitiva incurable. "Pobres tendréis siempre con
vosotros", ha dicho el Señor (Mt. 26, 11). Pero la necesidad ha recibido
un sentido positivo por la intención redentora y el destino de Cristo; el
sentido de ser expiación de la culpa de la Humanidad. Por tanto, el creyente
tiene el deber de entrar en la solidaridad de esa culpa y expiación, y
establecer por ella la comunidad en la necesidad y la ayuda. El
cristiano ve en el que sufre una imagen de la dignidad honrosa. Ahí se
manifiesta una profundidad última, que penetra en la sensibilidad de todo
corazón bien nacido, como una admonición, tan pronto como se lo proponen la
salud, el bienestar y la dicha como medidas auténticas de la existencia digna
de vivirse. Siente que un modo tal de humanidad no sólo debe ser superficial,
sino peligroso, y aun inhumano. El sufrimiento es expresión de la verdad última
de la existencia, que se retrotrae hasta la hondura de lo divino. De ello es
testimonio el destino de Cristo. Todo
esto contradice esa manera de ver que produce de la incredulidad y que dice que
la necesidad no sólo debe ser socorrida, sino que no debe existir en absoluto;
que de ella no puede provenir en definitiva ningún valor auténtico: que es
indigno del hombre encontrarse en necesidad, pedir ayuda y darla. Pero también,
que es preciso que no exista porque procede de una mala ordenación de las cosas
sociales, de unas falsas ideas de la saludo y la enfermedad, y de una injusta
distribución de la propiedad. Así la tarea sólo puede consistir únicamente en
eliminar la necesidad: toda ayuda debe ser considerada sólo como algo
provisional. Por eso tampoco puede tener un carácter voluntario o generoso,
sino que debe convertirse en función del Estado, que ha de tener lugar del modo
posiblemente más eficaz y con el menor empleo de participación personal. No
hay que negar que también en estas ideas hay elementos verdaderos. Realmente,
la petición y concesión de ayuda pueden convertirse en una cosa nada buena, y
así ocurre más a menudo de lo que se pensaría: una alianza, por un lado, de
pereza y cobardía, y, por otro lado, de complacencia en sí mismo y de afán de
señorío. Con eso, muchas necesidades se quedan consolidadas en una situación
que podría eliminarse si surgiera una iniciativa enérgica. Pero no se puede
olvidar aquí que la opinión antes expuesta se hace ilusiones absolutas sobre la
realidad de nuestra existencia, y no se ve la profundidad del enredo que hay en
las cosas humanas; destruyendo valores esenciales de las relaciones humanas, y
empobreciendo la existencia de modo irreparable. Por otra parte, en fin, la
experiencia de los últimos decenios nos hace darnos cuenta de la facilidad con
que la voluntad de eliminar el sufrimiento se transforma en la voluntad de
eliminar a los hombres que sufren, y cuyo sufrimiento ya no puede vencerse, o
sólo puede superarse con auténtico altruismo. F.W. Foerster ha llamado la
atención sobre el hecho de que el que sufre tiene una tarea importante dentro
del conjunto de la existencia: defender a los que no sufren –a los sanos,
enérgicos, bien acomodados- de los peligros del egoísmo, de la despreocupación,
de la dureza, y aun de la crueldad; peligros presentes en su situación. No se
entiende la esencia del hombre si no se entiende qué problemática es la salud;
en todas sus formas, individuales y sociales; y hasta qué punto necesita un
constante correctivo. Todo
ello está dicho para hacer visibles las complicaciones contenidas en el
trayecto de reflexiones que aquí nos ocupa propiamente. Por paradójico que
suene: Sólo se pueden superar la necesidad, el apuro, el sufrimiento, en todas
sus formas, si se empieza por reconocer el derecho de la necesidad a existir.
La ayuda no puede consistir en querer suprimir de un plumazo el fenómeno de la
necesidad, pues entonces se crea una situación que no es otra cosa sino egoísmo
disfrazado –ceguera ante lo real, dureza frente al hombre que está en
necesidad- y cuyas consecuencias han de ser peores que la necesidad. La
responsabilidad En
esta breve hora, hemos atravesado un largo acontecer: la historia de la
humanidad occidental en su relación con la necesidad. Nos
hemos dado cuenta de lo que pasa con el supuesto sentimiento natural de la
disposición a la ayuda, en sí... Hemos visto que hizo falta la Revelación para
abrir los ojos a los hombres y despertar su conciencia... Hemos considerado
cómo de la fe en la Revelación surgió una actitud de amor humano que estaba
fundada en la relación con Cristo; toda una moralidad de obligación recíproca a
cada individuo... Y cómo luego empezaron a secarse sus raíces. Las tendencias
que despertaron mediante la Revelación, siguieron influyendo, ciertamente, y
produjeron sistemas bien elaborados y muy eficaces para la acción práctica;
todo lo cual dio la impresión de formar una propiedad indestructible del hombre
culto y progresado... Y cómo de repente, igual que un disparo, la tan celebrada
naturaleza humana se rompió y mostró de qué sigue siendo capaz, ahora como
antes... Esta
marcha de las cosas nos ha abierto los ojos para algo que ocurre en todas
partes –si bien no de este modo violento, sino de modo silencioso, y, por
tanto, aún más inquietante-: la corrosión de los auténticos motivos, actitudes
y convicciones que pueden sustentar solamente la ayuda; el enfriamiento del
corazón y el apagamiento de la generosidad. Irrumpe el espíritu de cálculo: ¿Qué
puedo exigir cuando haya pagado? ¿Cómo puedo explotar del mejor modo las
instituciones sociales de ayuda? ¿A qué tengo derecho si estoy formado de
manera adecuada? ¿Cómo puedo reducir mis pretensiones y elevar mi remuneración?
Y así sucesivamente, en todas esas consideraciones y medidas, que, en cada
ocasión, pueden ser disculpables, ventajosas, e incluso muy razonables, pero
con las cuales se oscurece cada vez más el axioma básico en que todo descansa:
"Hay una persona en apuro; por tanto, debo ayudarla". Tal
ha sido la Historia que hemos atravesado juntos. Y déjenmelo decir con todo
énfasis; que no vale sólo para los que hemos dejado atrás esos doce años
oscuros, sino para todos. Lo
que ha ocurrido en Alemania desde 1933 a 1945, revela algo que ha tenido lugar
en todo el mundo dominando por Occidente, y que sigue teniendo lugar, y ejerce
su influencia. Dejen pasar una cuantas generaciones que todavía hayan percibido
de algún modo la exigencia cristiana de conciencia ante la necesidad del
prójimo; dejen que se forme del todo el hombre enteramente terrenal, asentado
sólo en su propia naturaleza y en su fuerza, ese hombre en cuya formación se
trabaja por todas partes; y ya verán que lo que ha ocurrido en Alemania en
estos años puede ocurrir en todas partes de alguna manera. De manera indirecta,
no directa; de forma cauta, no brutal; con fundamentación científica, y no
fantástica; pero con igual sentido, más aún, quizá de modo más destructivo, por
estar disfrazado de razonabilidad y humanidad. La
consideración histórica va en dos direcciones. En una de ellas mira atrás y
pregunta: ¿Qué ha ocurrido? En la otra, mira adelante y pregunta: ¿Qué
ocurrirá? He
de dejarlos a ustedes que lancen la mirada hacia el porvenir después de
ponderar honradamente lo pasado. Pero tengan la seguridad de que la
concatenación de lo que hace el hombre a partir de su modo de pensar es tan
inexorable como el funcionamiento de esas cosas naturales. Tan pronto como el
corazón de los hombres olvida la máxima: Cuando hicisteis a uno de mis hermanos
más pequeños, a Mí me lo hicisteis; tan pronto como busca el motivo de la ayuda
sólo en motivos de razón o del humanitarismo natural, se desarrollará todo eso,
con la misma consecución que la destrucción de un órgano corporal contra cuya
enfermedad no se hace nada. Observaciones
posteriores Algunas
conversaciones con oyentes de esta conferencia me han hecho darme cuenta, de
modo más evidente de lo que yo mismo lo había notado en su desarrollo, que se
quedan sin observar ciertos aspectos importantes de la cuestión. Ello era
inevitable, pues una conferencia – o más exactamente: una charla que se deja a
la responsabilidad de los oyentes- es cosa muy diversa de un tratado, que
desarrolla todos los elementos que entran en la consideración, y que concluye
en su resultado equilibrado. Mi atención quedó totalmente dirigida a una línea
determinada que se dibuja en la historia de la necesidad humana. Pero
la lealtad al problema exige una alusión a elementos que pueden ser fecundos
para su análisis completo. Ante
todo: Esta conferencia, ¿ha hecho plena justicia a las posibilidades positivas
del hombre? Las fuerzas naturales del altruismo, de la simpatía, de la
disposición a la ayuda, ¿no son más fuertes de cómo se ven en él? ¿No hay en el
hombre un humanitarismo esencial, que se desarrolla poco a poco por sí mismo; o
bien, una vez despierto por un gran ejemplo religioso, permanece en vela y
desarrollándose a pesar de todo cambio de opiniones? El
lector puede continuar estas preguntas de modo más exacto. Pero no debe perder
de vista una fuente de error; a saber, la inclinación a adscribir simplemente
al dominio de lo naturalmente humano aquellas actitudes anímicas y motivaciones
morales que en realidad están condicionadas por la fe cristiana. Y también, que
hay que desconfiar de la retórica que habla constantemente de este
humanitarismo, en ocasión cotidiana o festiva, y con ello nutre ilusiones
peligrosas sobre la realidad del hombre. Además:
el número de los que ya no están en la convicción cristiana aumenta
constantemente. Y asimismo: aumenta el número de aquellos en quienes es ése el
caso desde hace generaciones, de tal modo que los elementos cristianos ya no
están operantes en la vida de su espíritu y de su corazón, ni siquiera en forma
de oposición. Ahora
bien, los que así piensan, viven en la misma comunidad que los que están más o
menos convencidos del Cristianismo. Por tanto, hay que encontrar una base en
que se pueda abordar en común los problemas de la necesidad. ¿Dónde está esa
base? ¿Qué motivos pueden tener eficacia del mismo modo para quienes piensan de
modo tan diverso? ¿No estamos obligados también en este sentido a remitirnos a
algo humano en general; a una razonabilidad y bondad que residirían en los
cimientos de la naturaleza humana, y que habría que fomentar con una pedagogía
apropiada, tanto del individuo como de la comunidad? Esta
es una cuestión decisiva para nosotros, pues desemboca en otra más amplia: si
por parte de la razón, en general, puede existir una ordenación en que el
hombre exista con honor y libertad. ¿O todo debe disolverse en un tejido de
causalidades psicológicas, sociológicas, técnicas y políticas, que ya no
atienda a la persona y a sus exigencias? Y, entonces, nuestra existencia en el
Estado, aunque sea paso a paso, ¿ha de caer en el totalitarismo, bien sea
directo, como en el nazismo o el bolchevismo, o indirecto, según surge con
todos los mecanismos de influencia y orientación que operan aún en países de liberalidad
aparentemente indudable? Aquí
es difícil dar respuesta. Más difícil por depender en definitiva de la toma
interior de posición de cada individuo: de sus experiencias, de su
temperamento, de su actitud ante las posibilidades de la existencia; en
definitiva, de que vea en el Cristianismo sólo una forma de religión entre
otras, o la forma absolutamente decisiva. En
fin: se podría ir más lejos aún en la referencia a lo natural y decir que la
simple razón del hombre llegará por si misma al resultado de que va en el
interés de todos eliminar la necesidad mediante la ayuda: que el hombre verá
cada vez con mayor evidencia que la necesidad no sólo perjudica al afectado
inmediatamente por ella, sino que también hace entrar en ella a todos los
hombres: que ya aprenderá el hombre que la actitud amistosa hacia los demás no
es sólo la actitud simpática, sino la que produce la mayor medida posible de
bienestar para todos. De ahí surgirá una tendencia inmediata, operante en todo;
semejante a aquella que da al hombre bien educado la ocasión de comportarse
bien en el trato o echar una mano en los accidentes. Sobre todo, el estudio de
la vida americana podría confirmar tal opinión. También
aquí se hace presente otra consideración: Apenas cabe dudar de que la vida de
los sentimientos pierde universalmente en intensidad. Este proceso va unido al
aumento de las cifras, como ocurre en todas partes, a consecuencia del
crecimiento de la población y de la democratización de la vida. Cuanto más
frecuentemente aparecen unas situaciones, menor impresión hacen; cuanto más
frecuentemente se realizan acciones, se manejan cosas, se ponen en marcha
organizaciones, más esquemático se hace todo esto. Dicho en general: Cuanto más
aumentan las cifras en que se realiza la vida humana, más escasa se hacen la
participación interior y la intensidad y el calado de la realización. Eso
podría llevar a la interpretación de que el sufrimiento, la necesidad, la
miseria, por un lado, y por el otro, el egoísmo, la dureza, la crueldad,
requerirían para sí estratos excesivamente profundos de la vida, de modo que
habría que hacerlo todo en forma más sencilla y económica, en lo cual entra el
ayudarse mutuamente. A semejantes tendencias alude un artículo del 8 de junio
de 1956 en el Frankfurter Allgemeine Zeitung, sobre la vida americana, bajo el
título "Air-conditioned Wonderland" (El país de las maravillas con
aire acondicionado). Una forma de vida y de cultura, en que la temperatura esté
en todas partes compensada, evita conflictos, ahorra fuerzas, aumenta los
resultados. Y la reflexión prosigue preguntando si por el influjo de la
muchedumbre y de su expresión instrumental, es decir, por la técnica, no se
ajustará en todas partes la emocionalidad a un nivel medio, en que la
disposición universal a la ayuda deberá aparecer por sí misma como la mejor
forma posible de la convivencia. Este
punto de vista sería también significativo para nuestro problema. Pero frente a
él habría que contar con algo importante. Ante todo, con que esa misma frialdad
se sentimientos puede también tener influjos negativos. La persona con tal
sensibilidad podría, con igual tranquilidad, destruir una gran ciudad llena de
fugitivos, o eliminar con radiaciones y bacterias a la población de un país
entero, si el juicio de los especialistas competentes lo consideran necesario.
Con la misma objetividad podría llegar al resultado de que la salud de todos
exige que se determine qué personas son inadecuadas para la procreación, y, por
tanto, esterilizadas; qué enfermos son una carga excesiva para la sociedades,
y, por tanto han de ser eliminados en forma suave; y así sucesivamente, por ese
camino temible que amenaza ser el camino de la Humanidad. ¿Y por qué no, si a
favor de ello hablan razones tan absolutamente humanitarias; si la emocionalidad
compensada es tan receptiva a todo lo racional y tan poco receptiva a esos
avisos que proceden de las profundidades de la vida, y sólo son percibidas por
gente impresionable; tan poco receptiva para la interpretación de la vida,
según la da Cristo? Dicho
de otro modo: Ese humanitarismo sería ambivalente, como todas las posiciones
que no están determinadas por lo absoluto, y podría desarrollarse tanto
positiva cuando negativamente. En
todo caso, habría de quedar claro que tal actitud no sería lo que implica la
relación humana auténtica entre quien sufre la necesidad y quien presta la
ayuda. El
lector que penetre en la discusión de estas cuestiones, hará bien en no perder
de vista las posibilidades indicadas, y no olvidar, con el uso frecuente de las
palabras necesidad y ayuda, cuál es su sentido auténtico. _________________ +
Título original: Der dienst am naechsten in Gefahr. Traducción del alemán por
José María Valverde. *
Nació en Verona (Italia) en 1885. Su familia se trasladó al año siguiente a Maguncia
(Alemania). Tras comenzar sus estudios de química en Tubinga y de economía
política en Munich, se traslada a Friburgo de Brisgovia y empieza la carrera de
teología. En 1908 ingresa en el Seminario de Maguncia, ordenándose sacerdote el
28 de mayo de 1910. En 1915 presenta su tesis doctoral en Friburgo. Allí conoce
a Joseph Frings, quien llegará a ser cardenal de Colonia y a Martin Heiddeger,
de quien será condiscípulo. Asimismo fue profesor de destacados pensadores,
entre ellos Hans Urs von Balthasar. Ocupó varias cátedras de filosofía y
teología, en 1923 la Universidad de Berlín crea expresamente para él la cátedra
de Filosofía de la Religión y Visión Católica del Mundo, suprimida por los
nazis en 1939. Murió en Munich el 1 de octubre de 1968. Entre su amplísima obra
destacan El Ocaso de la Edad Moderna, Religión y Revelación, El mesianismo en
el mito, la revelación y la política, Mundo y Persona, El Señor, Jesús el
Cristo en el Nuevo Testamento, Pascal o el drama de la existencia cristiana, La
muerte de Sócrates, entre otras. Fuente:
Romano Guardini, El servicio al prójimo en peligro, Lumen, Argentina, 1989. La
esencia de la concepción católica del mundo À Romano
Guardini * El
término "concepción del mundo" es de uso general, y cada uno le
atribuye un sentido. Este, con todo, debe ser muy indeterminado, como quiera
que no es fácil obtener una respuesta inequívoca a la pregunta de qué es una
concepción del mundo. Para mí se tornó la pregunta imperiosa al encargárseme en
la Universidad de Berlín profesar una cátedra sobre este preciso objeto. Ahora
pues hay que ver y decir claramente en qué consiste una concepción del mundo, y
concretamente la concepción católica. Y sobre ello hay que decir aún cómo pueda
ella ser una ciencia, es decir algo que no es meramente una representación de
conjunto, de género más bien literario o apologético. Y con mayor rigor aún,
ciencia genuina, y no una mezcla informe de filosofía y teología. [1] I Son cuestiones por cierto muy complicadas. Si
queremos alcanzar una meta segura, hemos de proceder paso a paso, deslindando
lo que tenemos en mente de lo que le está emparentado o le es semejante. Trátase
aquí, ante todo, no de una teoría de la concepción del mundo en general, sino
de la teoría de la visión católica del mundo. La primera constituye una parte
de la historia de la cultura, hasta donde ésta ha podido describir hasta ahora
intuiciones vivientes. Constituye también una parte de la filosofía, o con
mayor precisión un conjunto de reflexiones que van más allá del mero filosofar,
en cuanto se plantean la cuestión de qué sea en general una concepción del
mundo; en qué relación están sus puntos de vista con las ciencias particulares
y con la filosofía; cuáles puedan ser sus presupuestos, y así por este orden.
El problema que aquí nos solicita reconoce sin duda aquellos otros, y aun en
parte se los plantea, o por lo menos valoriza sus datos. Nuestro fin específico
es, con todo, distinto. No nos preguntamos sobre lo que sea en general una
concepción del mundo, sino que hemos de dar cuenta de una bien determinada. No
se circunscribe nuestro tema a la explicación histórica o sistemática de tales
o cuales imágenes del mundo que han surgido en el pasado o que tienen vigencia
actual, sino que ha de explicitarse aquella que el sustentante sostiene como
verdad. ¿Qué
es en general una concepción del mundo? ¿En qué se distingue de las ciencias de
la naturaleza o del espíritu? Y de otra parte: ¿en qué se distingue del hacer y
del obrar vitales? ¿Qué
queremos dar a entender cuando hablamos de una concepción del mundo? Por ella
entendemos una intencionalidad cognoscitiva que de manera muy determinada se
dirige a la totalidad de las cosas; a lo que con el mundo tiene que ver en lo
que nos es dado. En segundo lugar, dirígese a un mundo dado concretamente de
una vez por todas; ella implica, en efecto, un detenerse final con respecto a
la realidad circundante. Por último, el acto de la concepción del mundo
significa juntamente un valorar, medir y estimar; significa tomar posición con
respecto a una obra que este mundo precisamente le plantea a quien lo tiene
delante. En esto se distingue la concepción del mundo de aquellos actos cuyos
correlatos son objeto de las ciencias en particular y la filosofía. De otra
parte, empero, y por más que en el acto de la concepción del mundo entren en
juego actitudes extrateoréticas, su dirección de sentido apunta sin embargo a
la verdad. En última instancia es un comportamiento contemplativo, no
productivo. En él se trata de un conocer, no de un hacer. En esto se distingue
el acto de la concepción del mundo de la vida práctica. El
acto de la concepción del mundo se dirige de manera peculiar a la totalidad
como a su objeto. Cada ciencia en particular es aprehensión teorética de un
acto cognoscitivo subordinado a una determinada esfera de objetos. La ciencia
natural, por ejemplo, lo está con relación al mundo de las cosas empíricas, en
la medida que son accesibles a la observación metódicamente ordenada. El campo
de estas ciencias se articula en diferentes sectores, determinados
respectivamente por la idiosincrasia del objeto y los métodos típicos de
investigación; así la física, la astronomía, la biología, etcétera. El
progreso de estas ciencias particulares se manifiesta en una diferenciación
recíproca cada vez más aguda. La concepción del mundo, por el contrario, apunta
a la totalidad del ser y del valer. Las ciencias singulares se afanan también,
es cierto, por alcanzar una unidad última; ni movimiento desarticulador se
opone el impulso hacia una concepción unitaria. No obstante, esta estructura
unitaria aprehende ante todo, bien que en conjunto, lo que está dividido. En
ellas es la unidad lo segundo, y lo primero la distinción. El camino hacia la
unidad avanza a través de un paulatino enlace de las particularidades. La
concepción del mundo, por el contrario, no busca la unidad mediante la síntesis
de particularidades. Por este camino no llegaría nunca a su término, pues es
camino sin fin, y el progreso de las ciencias particulares no concluye jamás.
Pero aun prescindiendo de esto, es esencialmente otra la aprehensión de la
totalidad que es propia de la concepción del mundo. El todo del mundo a que
ella apunta, no significa que todas sus parcelas hayan sido de hecho
aprehendidas y ordenadas en su conjunto; no consiste en una integración
plenaria de los contenidos objetivos, sino en un orden, dirección y
significación de las cosas, aprehendido todo ello desde el primer momento y en
cada parcela de la realidad. La
concepción del mundo ve cada cosa desde el principio impregnada de totalidad.
La ve como totalidad en sí misma y como incrustada en una totalidad. Esta
totalidad, este "mundo", no es, una vez más, ningún producto final
que se nos haga patente después de haber percibido todas sus partes, sino que
desde el principio está allí. El "mundo" se sumerge en cada cosa en
particular, pues cada una es totalidad en sí y en conexión además con el resto
del conjunto. No es ninguna realidad mutilada e informe, sino una estructura
óntica cerrada en sí misma; ninguna energía caprichosa, sino una composición
ordenada de fuerzas. Y cada cosa es no sólo parte cuantitativa y ponderable del
mundo, sino órgano del mundo; un "órgano", empero, que comprende en
sí el todo, en cuanto está ordenado hacia él. Si
ahondamos más en lo que "cosa" quiere decir aquí, comprobaremos lo
siguiente. La realidad "cosa singular" está esencialmente en relación
con la realidad "conjunto". Lo orgánico colectivo y lo orgánico individual
están recíprocamente dados. Tan pronto como percibimos la mano en su vitalidad
orgánica de acuerdo con su estructura y actividad, la vemos como mano de un
cuerpo; como miembro que constructiva y funcionalmente realiza en sí ya la
totalidad corpórea, por más que dirigida a una finalidad especial, que es la
del dicho órgano. El todo corporal está ya presente en la mano, en su
estructura y leyes funcionales. El cuerpo como conjunto, a la inversa,
comprende la mano. La peculiaridad orgánica de la mano se despliega ante todo
sobre el fundamento de la totalidad corpórea; pero ésta es desde el principio
de tal naturaleza que consiste en sus órganos, y precisamente en éstos. La
concepción del mundo percibe las cosas como órganos, es decir como totalidades
provisionales en sí mismas, en relación con conjuntos concluyentes y de validez
final. No
ha de entenderse lo anterior como si aquí estuviésemos hablando de la llamada
concepción orgánica del mundo, en contraste con la concepción mecánica. El
término "orgánico" es aquí tan sólo un expediente, no de otro modo
que lo fue la imagen de la mano; una imagen que me ha venido a la mente para
denotar la relación esencial y última de la cosa singular con el orden total.
En esto consiste lo que está presente en una concepción del mundo: aquella
unidad última en la cual la totalidad de lo singular y la del conjunto están en
conexión recíproca y dadas una con la otra. En esto estriba el carácter de
"mundo" con que nos es dado el ser. Las ciencias particulares consideran
la totalidad como un fin último que resulta de la conexión estructural de
singularidades. Su progreso hacia este fin es, no obstante, sin término; es un
fin que no habrá de alcanzarse jamás. La concepción del mundo, por el
contrario, se apodera de esta totalidad ya en el primer acto. En ella hay
también progreso, pero no hacia el todo en su configuración exterior, sino
dentro de él hacia una profundidad, plenitud y claridad siempre mayores en el
interior de una totalidad comprendida, o por lo menos percibida intencionalmente,
de manera inmediata. Ahora
bien, la metafísica aspira también a comprender el todo, y asimismo de manera
no gradual, mediante una disposición progresiva de singularidades en un
conjunto, sino de una vez. Persigue directamente la esencia de las cosas,
sucesos y conexiones; el núcleo último y absolutamente esencial de cosas como
el hombre, el Estado, el deber, el dolor, etcétera. Y estas esencias las
aprehende directamente no mediante una articulación de conjunto de
singularidades psicológicas, sociológicas, históricas, sino por la intuición
inmediata que le es propia, y que recae sobre el todo esencial del objeto. En
la misma línea estarían, por ende, metafísica y concepción del mundo. Entre
una y otra hay, no obstante, una profunda diferencia. La metafísica trata de
aprehender la esencia en su pura universalidad, prescindiendo de si está o no
realizada en una cosa concreta. La concepción del mundo, por el contrario,
enfoca precisamente la esencia como realizada. La metafísica se ocupa también
por supuesto del problema de la realidad, pero de una realidad en general, no
de la de ésta cosa real; se ocupa del problema de la concreticidad, pero de una
concreticidad en general, no de la de esta cosa en concreto. Pregúntase también
por el mundo como una totalidad, pero solamente por la esencia en sí del mundo,
prescindiendo de si es o no real; y justo en esta prescindencia de la realidad
existente estriba su peculiar fuerza liberadora, la consolatio philosophiae.
Para ella es siempre una cosa o acontecimiento real apenas punto de partida,
apenas un "caso". Aun aquellas realidades que se dan una sola vez,
son para ella, estrictamente tomadas, tan sólo "casos". Admitir una
segunda consistencia de este mundo, sería pura arbitrariedad; pero aun siendo posible
esta admisión, ella no sería para la metafísica sino un caso que daría ocasión
al conocimiento de la esencia plenamente significativa. De otro modo la
concepción del mundo. Su mirada imprime un acento de valor en este mundo, en su
entera y plástica unicidad. A esta visión está adherida ciertamente una esencia
del mundo, pero no se trata del mundo en general, sino de este mundo en su
peculiaridad e historia típica. Quizá debiéramos aún decir que en la concepción
del mundo vemos el mundo corno es hoy; un hoy, por supuesto, de tal naturaleza
que en él se cumple el ayer y se prepara el mañana. De esta suerte es la
concepción del mundo una posición del que contempla el mundo tal como éste le
hace frente. Mas
por ventura está a punto la siguiente objeción. ¿Es que la ciencia histórica no
va en busca también de un todo esencial, y concretamente en su peculiar
apariencia? ¿No
es ella una investigación que procura justo aprehender el acontecer concreto y
la persona singular? Hemos
de distinguir dos maneras de plantear el problema de la historia. La primera
reduce lo singular a no ser sino un "caso" comprendido bajo leyes más
generales, en cuanto que, después de haber comprobado el hecho por el examen de
las fuentes, pretende explicar el acontecimiento en función de conexiones
psicológicas, sociológicas o económicas. Pero hay otra manera de proceder, y
consiste en enfocar la forma viviente, la estructura operante, el todo con
sentido de una personalidad o acontecimiento. Ahora bien, esta posición del
problema paréceme que tiene lugar, si no en el ámbito propio de la concepción
del mundo, ciertamente por lo menos en sus dominios fronterizos. El que a uno
se le presente la persona y el suceso real en su totalidad esencial y peculiar
plasticidad, paréceme presuponerlo la concepción del mundo antes que el
procedimiento tan extendido de la primera manera de plantear el problema
histórico; por lo menos debe darse algo semejante como condición preparatoria
de una efectiva concepción del mundo. Y esto sólo es posible en la actitud
devota. De aquí que las representaciones de este tipo sean tenidas por
problemáticas por parte de los adictos a un método más "exacto" de
investigación histórica. Conexo
con el anterior está un segundo rasgo de la concepción del mundo: el de tomar
su objeto como afán. Con esto no queremos significar tan sólo conocimiento de
valores o deberes. La teoría filosófica de los valores se ocupa de éstos
también, pero se mantiene con respecto a ellos en el plano de lo esencial y lo
universal. A la concepción del mundo, por el contrario, no le concierne el
sistema general de valores y requerimientos, sino el afán concreto que en este
mundo se plantea al hombre, y la obra que en este mundo se demanda del hombre. Con
esto hemos descrito en uno de sus aspectos la concepción del mundo al decir que
significa la mirada a la totalidad del ser, a un ser, además, concretamente
determinado. Este ser, empero, no es percibido imparcialmente, sino como afán,
como invitación a la obra y la conducta en consonancia. Para
estas intuiciones tienen naturalmente gran valor las conclusiones de la
filosofía y las ciencias experimentales. La concepción del mundo las asume, las
amplía, y se clarifica con ayuda de ellas. Más aún, hay amplias extensiones en
que todos esos territorios apenas pueden deslindarse en general, pues los
dominios del espíritu se compenetran de ordinario en su crecimiento. Unos y
otros son, con todo, distintos, desde el punto de vista de su originaria y respectiva
actitud cognoscitiva. II Como
más viviente, como más cercana a la vida se nos presenta la concepción del
mundo, en comparación con la ciencia en particular y la filosofía. Debemos, sin
embargo, operar un deslinde análogo entre aquélla y la vida misma, o sea con
respecto a los actos del hacer y del obrar. Visión
y contemplación, no obra ni acción, es el cometido propio de la concepción del
mundo. Por más que signifique ciertamente una intuición del mundo como afán,
como llamamiento a una obra, ella misma, empero, es aun intuición y no obra;
fundamento de la acción, pero no acción en sí misma. Concepción del mundo es
encuentro entre hombre y mundo; una mutua oposición cara a cara, pero
cabalmente oposición en que los rostros quedan viéndose uno frente al otro. Es
mirada y conocimiento, por más que este conocimiento pueda estar saturado de
contenidos de gravidez e inmediatez vital mucho mayores que en la visión propia
de la ciencia y la filosofía. El
ethos más típico de la visión del mundo consiste justo en la limpidez de esta
mirada. Puede por cierto, y aun debe esta mirada estar animada de todo el ardor
que se quiera, pero será un ardor de la visión y no de la acción. El primero es
el ardor; que torna la mirada amplia y profunda, pues sólo el amor es vidente;
el segundo, en cambio, no haría sino empañarla. La concepción del mundo no
obra, sino ve. En ella actúa seguramente una energía formativa, una profunda
fuerza creadora, pero es una energía procedente de la visión. En ella ve í el
hombre las cosas como son en sí, pero no las acomoda a su querer, por más que
éste fuese un querer "trascendental". Lo que ve la concepción del
mundo, está ahí ya. Es sin duda un comportamiento que llega a su punto extremo
en el ver, en el conocimiento. Su actividad asciende hasta la mayor fuerza e
intimidad, pero queda siendo siempre actividad vidente y no operativa. Una
vez que hemos distinguido el enfoque propio de la concepción del mundo del que
corresponde a otros dominios del conocimiento, debemos aun ubicar aquélla en la
conexión estructural a que pertenece. Y en primer lugar: hemos llamado
concisamente "mundo" a lo que constituye su objeto. Con esto quiere
designarse inmediatamente aquella totalidad que tiene valor de mundo para quien
la contempla. ¿Pero en qué consiste esta totalidad? Pues consiste en primer
término en cada cosa singular, cuando es vista precisamente como perteneciente
a un mundo; y consiste también, en segundo lugar, en la totalidad del conjunto.
Ahora bien, hay tres totalidades de este género, por poco que en lo demás
puedan estar en la misma línea, a saber: primero, la totalidad del mundo como
suma y compendio de las cosas del mundo exterior, y a ella pertenece también el
hombre en su ser físico. Segundo, el hombre, en cuanto constituye una unidad
cerrada en sí misma, y en cuanto que como yo individual y social se opone al
mundo. Por último, el fundamento absoluto y origen primero del mundo y del
hombre: Dios. A
estas tres totalidades elévase la concepción del mundo, mirando asimismo a las
realidades singulares en cuanto subordinadas a aquellas totalidades; a cada una
de ellas en sí misma y en su relación con las demás. De cada una hay una
ciencia experimental [2] y una metafísica; de cada una hay también una
concepción del mundo. Hacia todas esas totalidades se orienta la visión; hacia
la totalidad originaria, concreta, dada de una vez en el primer caso, y dada
como personal en los otros dos; y en todos ellos como requerimiento a
determinado obrar y a una conducta adecuada. A decir verdad, estas unidades y
su respectiva visión se implican mutuamente en una relación determinada. Así,
el mundo del hombre está en parte ercu bebido en el mundo de las cosas; pero a
la vez descansa en sí mismo y se opone al segundo, aprehendiéndolo, al
enfrentarse a él, en actos de conocimiento, amor y valoración. Y ambos mundos
por su parte vienen de Dios como de su arquetipo y causa creadora. Oficio del
hombre es ir hacia Dios y llevar el mundo de las cosas hasta él. Este
es el orden dado objetivamente, y a él debe acomodarse el sujeto cognoscente.
El acto que llamamos "concepción", "visión" o
"contemplación" desplázase dentro de una amplia conexión anímica. A
cada objeto del mundo responde por parte del yo una manera de enfrentarse al mundo.
A aquella totalidad hace frente el hombre viviente contemplando, queriendo y
obrando. Este encontrarse recíproco tiene como acto el mismo rasgo fundamental
de la totalidad, no de otro modo que su objeto como tal. De ahí la diferencia
entre este acto y otras actitudes adaptadas a determinados fines y direcciones
inquisitivas, como por ejemplo la investigación científica o la manipulación de
objetos con fines técnicos, etcétera. En la concepción del mundo, por el
contrario, tenemos la relación viviente entre el yo y el tú. En el comportamiento
integral del oponerse al mundo, es la concepción del mundo el elemento
contemplativo. III He
hablado hasta aquí de la concepción del mundo sin ulterior calificación, y la
he contrastado con el puro afán cognoscitivo, propio, por ejemplo, de la
ciencia en particular y de la metafísica. Más con esto quedaría imprecisa
nuestra descripción por más de un concepto. Ahora, pues, es preciso aclarar la
siguiente cuestión: ¿En qué relación está la concepción del mundo con la
ciencia en el estricto sentido del término? El
acto por el que percibimos lo dado en el mundo en la manera típica y
constitutiva de la concepción del mundo, no es ciencia, sino vida. Este acto es
la mirada del hombre por entero en su momento contemplativo. El hombre todo
está implicado en él, en una actitud típica, que es la actitud contemplativa.
Esta mirada no es ciencia, pero de ella puede originarse la ciencia. La ciencia
tiene principio tan pronto como el entendimiento elabora un conjunto de datos
de manera ordenada, en operaciones de comprobación, comparación, análisis y
síntesis que se traducen en conceptos, juicios y secuencias judicativas. El
dato es siempre, y según sea su contenido, un percibir, registrar, contemplar,
etcétera, es decir actos y contenidos del hombre viviente; así, verbigracia, en
la percepción de la naturaleza o en la evocación de figuras históricas, y en todo
esto no hay ciencia aún. La ciencia surge sólo cuando el acto contemplativo o
constitutivo cobra conciencia de su contenido y lo comprende de manera
ordenada. En
nuestro caso el dato es la mirada que contempla el mundo y lo que ella ve. Mas
la teoría de la concepción del mundo como ciencia es el tratamiento metódico y
ordenado de esta visión contempladora del mundo, de su estructura especial, de
los presupuestos y normas críticas de sus contenidos, y de su relación con las
demás ramas del conocimiento. IV Con
todo, no hemos llegado todavía al fin. La concepción del mundo pertenece a las
esenciales actitudes cognoscitivas del hombre. No obstante, no puede sin más
llevarse a cabo. Para efectuar aquella mirada sobre la totalidad de las cosas,
precísase de cierta distancia. (Esto vale no sólo del mundo en su conjunto,
sino de cada cosa singular en su configuración afectada de mundo.) Debe ser una
distancia suficientemente amplia para que la totalidad pueda aparecérsenos. Lo
particular debe además hacérsenos patente, el tono propio del objeto oírse en
clara resonancia, y cobrarse conciencia del vínculo que mantiene la figura y
situación viviente y única. Por último, es menester estar aparejado para la
tarea que nos propone el mundo. Exígese
también una recia afirmación del mundo, un amor abierto a la totalidad del ser.
Pero al mismo tiempo, una libertad frente al mundo, que haga posible valorarlo
y contemplarlo en posición dominante. Para que pueda ciarse la visión del
mundo, menester es que el vidente abarque el mundo, lo penetre, pero al mismo
tiempo que se mantenga libre con respecto a él. La concepción del mundo
presupone la superación del mundo. Ahora bien, esto sólo es posible desde una
posición que esté sobre el mundo, sobre todo lo que de algún modo es dado
naturalmente. A ella no podríamos llegar alejándonos del objeto espacial o
temporalmente, con lo cual quedaríamos siempre dentro del mundo. Mas tampoco
con una lejanía lógica que nos distancie del objeto en planos cada vez más
abstractos y universales; con ello estaríamos también siempre dentro del mundo.
Una posición fuera del mundo sólo puede darse allí donde se alza algo
simplemente supramundano en el interior del ámbito de lo que nos es dado. Esto,
empero, tendría que ser algo heterogéneo con respecto al mundo, y en ello
radicaría su significación sublimadora y libertadora. Y esta heterogeneidad no
sería sólo por su masa, magnitud, fuerza o plenitud vital, sino cualitativa y
esencialmente. Sólo un heterogéneo así constituido puede hacernos libres de lo
otro tan homogéneo. Y sólo, además, cuando lo primero entra de tal modo en el
ámbito de mi ser, que pueda yo instalarme en ello y hacérmelo origen de mi
pensar, de mi valorar y de mi obrar. Sólo entonces será posible una actitud que
tenga su punto espiritual de apoyo "fuera" del mundo, y pueda desde
él dirigirse al mundo. De este modo se habrá roto el conjuro de lo homogéneo;
descansando en lo otro heterogéneo, podré yo ver la "redondez" del
mundo, tener un criterio de apreciación y una distancia para la visión
dominadora. Pero
al mismo tiempo, una absoluta heterogeneidad no podría ser la única
característica de aquello supramundano en relación con el mundo. De otra
manera, no podría yo, que pertenezco al mundo, alcanzar ninguna relación con lo
que le sería totalmente extraño. Lo totalmente extraño no podría hacerme
visible el mundo de lo dado naturalmente, pues sería frente a éste algo
solamente negativo. Lo supramundano debe ciertamente ser "otro" con
respecto al mundo; pero no solamente otro. Ha de tener también una relación
positiva con el mundo; una relación, más aún, plenamente positiva, de impleción
y consumación. En su consistencia entitativa debe comprender
"supereminenter", como dicen los escolásticos, en la más alta
plenitud y pureza, los contenidos positivos, de ser y valor, que están en el
mundo. Este es el punto de apoyo que hará libre a quien descanse en él, para un
verdadero encuentro con el mundo» para un verdadero diálogo entre
"tú" y "yo". Lo hará libre para una visión rotunda y
dominadora, para una valoración incorruptible. Este
es el punto en que interviene el hecho de la Revelación en el conocimiento del
mundo. Lo dicho antes no expresa sino la exigencia teorética del hecho
realmente dado de la revelación. [3] Hablo, bien entendido, de la revelación
histórica, sobrenatural; no de la automanifestación natural de Dios que está en
todas las criaturas, sino de la palabra positiva que Dios profiere en la
historia; palabra preparada en sus profetas y cumplida en su Hijo hecho hombre.
El portador de la palabra de Dios, de manera plena y esencial, Jesucristo, está
con respecto al mundo en una libertad que radica en su propia intimidad. En
cada una de sus palabras, en cada uno de sus hechos y en toda su actitud,
entrevemos a Cristo como dotado de propia soberanía. En él habla al mundo el
Dios libre del mundo. En el encuentro con él devélase la verdadera esencia del
mundo; ante él revélanse el bien y el mal; en su presencia deducen los hombres
las consecuencias de sus pensamientos y "se abren los corazones".
Cristo es heterogéneo al mundo; viene "de arriba". Por esto somete el
mundo a juicio y lo obliga a su vez a revelarse. Es la gran instancia ante la
cual muestra el mundo su verdadero rostro; la norma no coartada por la que el mundo
será medido. Cristo es esencialmente juez y tribunal del mundo; pero al mismo
tiempo lo ama con un amor de absoluta penetración y fuerza creadora, y que es
por completo distinto de nuestro amor. Viene este amor de una fuente
insondable, de una perspectiva que está por encima de toda contingencia, y
puede así apreciar su objeto desde la altura en que le place estar; libre de
todo egoísmo y sentimiento interesado, aprehende este objeto en su núcleo tan
esencial, que nos deja la vivencia de que tal amor viene de lo hondo de la
conciencia del Creador y Señor. En Cristo sentimos la manera cómo él ve el
mundo en su totalidad y rectamente; cómo habla a la persona con seguridad, con
deferencia, y a la vez con independencia. Sentimos cómo responde totalmente a
demandas del momento histórico —que es al mismo tiempo la "plenitud de los
tiempos"—, con la conciencia de una misión dirigida a este fin
precisamente.; Cristo posee plenamente la mirada ínsita en la concepción del
mundo. La mirada que contempla el mundo es la mirada de Cristo. El
creyente por su parte va hacia Cristo. Creer es ir hacia Cristo, y sobre el
punto de apoyo en que él mismo está; ver por sus ojos y medir con su medida. El
creyente está, justo en la fe y por ella, fuera del mundo. Está en una actitud
que es al propio tiempo de distancia y compromiso, de negación y afirmación,
como corresponde a la tensión de su mirada sobre el mundo. El hombre creyente
ve ante todo el mundo en general, y lo ve como en realidad es, en su redondez y
totalidad. Pero en realidad de verdad es esta mirada independiente en amplia
medida de la medida impuesta por la experiencia natural y su elaboración
cultural, de modo tal, que se le aparece todo plenamente valioso. El verdadero
creyente tiene la visión del mundo por la fuerza de su fe, y por humilde que
pueda ser en lo demás su condición espiritual. En el creyente renuévase, bien
que en medida muy exigua, la posición de Cristo. Todo verdadero creyente es una
instancia viviente del mundo, que se devela también ante él. El creyente tiene también
aquella peculiar posición extramundana, aquel ser heterogéneo, sin el cual no
alcanzaría jamás la visión dominadora. Posee el amor libre, y al mismo tiempo
por completo fiel, que es el único que puede intuir en lo esencial. Guarda una
posición de seguridad frente a toda situación y destino concreto. Todo esto,
por supuesto, en la medida en que verdaderamente cree. Con
lo anterior hemos hecho dependiente la actuación de esta concepción del mundo,
su pureza y su fuerza, de la fuerza y pureza de la actitud religiosa; lo que,
por lo demás, sólo podría sorprender a quien tuviera una concepción mecanicista
del conocimiento. Todo conocimiento, en efecto, depende de que nos coloquemos
frente a su objeto en la actitud peculiar que hace posible dicho conocimiento. Este
modo de ver las cosas nos lleva naturalrnente a una crítica profunda de nuestra
facultad para alcanzar esta concepción del mundo. Por ahora sólo puedo rozar
pasajeramente esta cuestión: ¿Es que tenemos verdaderamente fe? Creer, tener
fe, es no sólo contar con posibilidades sobrenaturales; no sólo sentir, tras de
lo que aprehendemos firmemente como el más allá, un fundamento indeterminado;
no sólo apoyarnos en aquel trasfondo en momentos en que desfallece nuestra
realidad temporal. Sólo cree verdaderamente quien con todo el peso vital de su
personalidad está en la perspectiva sobrenatural en que está Cristo, y vuelve a
ella una y otra vez cuando quiera que de ella resbala. El creyente puede sin
duda percibir las incontables dificultades que se alzan contra su fe, y puede
incluso tener repetidamente la experiencia de que, naturalmente hablando, está
él en la incertidumbre. Pero en esta inseguridad tiene aquella otra típica
seguridad, con frecuencia sutil y evanescente, que viene de Dios y da fuerzas para
ir adelante sobre una arista a menudo tan estrecha. Aquí está ya por lo menos
el principio de la fe, cuando uno puede tal vez estar del todo perplejo, pero
lealmente busca y, espera con voluntad dispuesta y corazón abierto. El mismo
vacío interior puede ante Dios ser fe, soledad clamorosa. [4] ¿Tenemos
tal fe? ¿Nos las habernos seriamente con ella? ¿Osaremos oponerla, con su
certeza entretejida de problemas, con su segundad amenazada, con sus cánones
visiblemente extraños al mundo, osaremos oponerla a las robustas seguridades de
la vida, de la ciencia, de la filosofía, como igualmente real y válida, más
aun, como dotado de realidad absoluta y validez final? Pongamos
que nos resolvemos a ello, y que vemos el mundo desde una fe genuina. ¿Qué
llegaremos a ver? ¿No se nos dará entonces una ordenación armónica de todas las
cosas, una inserción de todas ellas en una conexión querida por Dios, e
investidas por ello de una nueva finalidad? ¿No sucederá para nosotros una
mudanza en todas las relaciones, una relativización de lo que nos aparecía como
grande, una trasmutación de los valores? Y desde el punto de vista de la
experiencia y la razón natural ¿no aparecerá esta imagen del mundo altamente
problemática, toda vez que en ella hay mucho que nos es dado como seguro y
valioso, y que no lo es en el orden natural; y como cuestionables, a la
inversa, cosas que nos aparecen como ciertas y apetecibles? Si vemos las cosas
desde el ángulo de la revelación divina —tratemos por una vez de pensar cómo ha
visto Jesús el mundo, cómo lo vio Pablo, cómo lo vio Juan— ¿que pasa entonces
con el mundo? ¿Y
qué será si vemos el mundo desde la cruz? ¿Podremos sostener esta mirada y J
mantener, como la única justa, la imagen que de ahí resulta? ¿Podremos
confesarla aun cuando se interponga la visión del hombre natural con sus obvias
e imperiosas representaciones? ¿O bien la negaremos como escándalo y locura? O
por último, y sin darnos cuenta, ¿la deformaremos en representaciones
estéticas, prácticas, razonables? De esta gran decisión depende el que pueda
uno alcanzar o no esta concepción del mundo, mantenerla o abandonarla. Aquí
está el problema práctico-religioso de toda la cuestión; problema con el que
debe contar la teoría de la concepción del mundo al' tratar de explicar su
formación. V He
tomado hasta ahora la palabra "fe" sin ulterior calificación como
sinónima de fe cristiana, y "concepción del mundo" sin más por
concepción cristiana del mundo. Mas ahora debo responder a la pregunta de si no
habrá también, por ejemplo, una concepción del mundo helénico-politeísta, o
budista o mahometana. En un sentido provisional, es éste un caso evidente, pues
sin duda alguna descúbrese en estas actitudes religiosas una imagen del mundo;
pero en un sentido definitivo acaso no sea así. En conexión con esto, podríamos
discutir el problema de en qué relación está la fe cristiana con respecto a las
religiones naturales. ¿Hasta dónde van una y otras por el mismo camino, o éstas
son para aquélla una preparación, trasmitiéndole positivamente ciertos contenidos;
o hasta dónde, en cambio, se contradicen, a tal punto que la primera deba
rechazar aquellas otras concepciones del mundo como deformaciones del mundo? En
todo esto no puedo entrar aquí, por ser asunto de la ciencia de la religión
comparada y de la infraestructura natural de la fe cristiana (teología
fundamental). Aquí tan sólo puedo declarar que para mí la fe cristiana es la
verdadera y umversalmente válida, y que aquella equiparación, por tanto, la he
llevado a cabo con plena conciencia. Por
la misma razón, a nadie sorprenderá el que, sin el menor espíritu polémico, y
simplemente por convicción y deber, establezca yo una relación de absoluta
igualdad entre la fe cristiana y la concepción del mundo oriunda de ella, en
toda su plenitud y consecuencias, y la fe y concepción católica por otra parte.
No por esto, empero, se me oculta de ningún modo cuánta verdad y fuerza hay en
las confesiones no católicas; y tampoco desconozco cuan limitada y deficiente
es a menudo la representación del catolicismo, y a cuánta distancia queda de su
ser esencial. Mas cuando hablo de su ser esencial, nótese bien, no me refiero a
su idea, sino a su esencia real y viviente en la historia. Así
pues, la concepción católica del mundo es la visión de las cosas que resulta de
la fe cristiano-católica. Queda
todavía una última cuestión. Las investigaciones más recientes nos han
habituado a la idea de que en todas las manifestaciones de la vida: economía,
arte, vida política, moral y religiosa, y asimismo en la concepción del mundo,
se dan diferencias de puntos de vista, comportamiento y objetivaciones, que
finalmente pueden reducirse a un determinado número de tipos fundamentales.
Estos son, en primer lugar, los que dependen de factores climatológicos,
geográficos, económicos, etcétera; y no son, por lo mismo, tipos definitivos.
Como tales se nos revelan solamente los que, con preferencia a todo lo demás,
determinan la manera como las cosas son y como aparecen, es decir formas
fundamentales del ser y del conocer, y en conexión, por tanto, con datos
primarios de orden psicológico, lógico y aun metafísico. Más
si esto es así ¿qué valor tiene la constitución de estos tipos dentro de la
visión católica del mundo? ¿Hay en general una concepción católica universal
del mundo, y en este caso será ella única y hermética? Si
abrimos los ojos a la realidad, veremos luego cómo cierta tipicidad tiene aquí
lugar verdaderamente. La visión del mundo de Tertuliano, por ejemplo, es
distinta de la. de J. M. Sailer, para no hablar sino de dos moralistas tan
distantes entre sí. La imagen del mundo de San Agustín es profundamente diversa
de la de San Ignacio de Loyola. Tomás de Aquino ve el mundo de otro modo que el
Cardenal Newman. Todos son; incuestionablemente católicos, pero
incuestionablemente también difieren en la manera como encaran el mundo.
Sentimos inmediatamente cuan flaco servicio haríamos >. a estas
personalidades y a su obra si quisiéramos poner a todas en una línea. No sólo
faltaríamos a la verdad, sino que habríamos destruido lo insustituible y
empobrecido el rico mundo católico. ¿En
qué consiste pues lo típico de estas visiones? En algo de lo siguiente: en que
unos objetos son penetrados con especial profundidad mientras otros son
aprehendidos superficialmente; en el modo de engarzar los datos singulares y
acentuar éstos antes que los otros; en si el carácter fundamental de la visión
es de orden racional, estético o práctico, y así sucesivamente. Cada
personalidad se forja, por decirlo así, su mundo espiritual circundante, y
efectúa una. discriminación merced a la cual, y de acuerdo con su peculiar
constitución, acaba por encontrarse como en su propio hogar dentro del mundo en
general. Esta
radicación se asienta en lo típico. Cada expresión vital es fuerte y castiza en
la medida en que pueda encarnar clara y vigorosamente, y de acuerdo con su
propio ser, una estructura esencial. No de otro modo ocurre con la concepción
del mundo. Esta debe también arraigar en lo típico; y mientras más
vigorosamente y con más claros perfiles exprese una estructura esencial, mayor
será su fuerza intuitiva y formativa. Por lo demás, aquellos tipos son apenas
conceptualmente puros, pues en la realidad se compenetran entre sí. El fenómeno
de lo concreto, como puede fácilmente mostrarse, sólo es posible aprehenderlo en
general como una determinada articulación de contrariedades típicas. Todo lo
que es viviente lleva en sí todas las distintas posibilidades vitales típicas,
así no sea sino como tonalidades secundarias en el conjunto. Todo lo viviente
es totalidad posible. El tono dominante sobresale siempre, con todo, en un
determinado tipo, y es lo que define, en su modo y en su alcance, la fuerza de
visión. El individuo puede sin duda realizar en sí las diferentes posibilidades
típicas de intuición y acción, pero no más allá de determinados límites. Si
tiene mayores atisbos en la universalidad, no será sin mengua de la claridad y
fuerza de tensión interior; la estructura esencial, la energía íntima del ser,
empiezan para él a diluirse. El dicho de San Pablo, cuando nos exhorta a no
querer saber más de lo que conviene saber, a no querer saber sino en medida
justa, enuncia una norma de humildad y al propio tiempo de autofundamentación. Hay,
no obstante, una determinada actitud teorética y práctica constituida por una
interpenetración de los diferentes tipos, y orientada precisamente a la
totalidad. Si esta actitud es genuina, si no se limita a ser una curiosidad
dispersa y sin originalidad, encarna a su vez un tipo claramente definido, con
estructuras propias de pensamiento y acción, y con significación específica en
la economía total de la vida, es a saber el tipo sintético. No quiere esto
decir que presuponga los otros tipos, toda vez que su perspectiva más amplia y
su nativa universalidad tienen como rescate una merma de la aprehensión segura
y fuerza de penetración que se dan sólo en los tipos orientados a lo concreto. Ahora
bien, si la concepción del mundo hubiera de implicar aquel, hermetismo de la
actitud espiritual, aquella peculiar rigidez de visión, aquella determinada
coloración anímica que resultan del predominio de un tipo especial —como se
habla, por ejemplo, de una visión del mundo estética o trágica—, es claro
entonces que no podría darse ninguna visión propiamente católica del mundo. Lo
católico no es ningún tipo al lado de otros. Una cuidadosa investigación podría
comprobarlo así incluso con respecto al catolicismo de hoy, por mucho que, a
partir del siglo XVI, pueda haberse empobrecido en sus manifestaciones y en su
actitud anímica, y por más que, de otra parte, pueda haber asumido ciertas
características típicas que podríamos llamar secundarias, y que han sido
condicionadas considerablemente por su oposición a otros grupos religiosos. Es
indudable que el catolicismo se realiza siempre en determinados tipos, los
cuales son dados cabalmente en función de la peculiaridad psicológica, étnica,
de la persona individual, del pueblo y del tiempo. Pero el catolicismo, en lo
que tiene de esencial, no es ningún tipo; y esto hay que recalcarlo
insistentemente contra todos los intentos más recientes de tipificación, y por
ello mismo de relativización. [5] Ser católico significa tomar con absoluta
gravedad la revelación sobrenatural en todo su contenido y en todos los
dominios y complejidades de la vida práctica. [6] El catolicismo comprende en
sí todas las posibilidades típicas, como la vida misma; todas ellas pueden
tener cabida dentro de su ámbito. Una genuina contraprueba de esta aseveración
sería el hacer ver cómo las objeciones de sus adversarios pueden ordenarse concéntricamente
de tal modo que cada una sea vista como la negación de las demás. La
universalidad propia del catolicismo no le viene de ningún sincretismo
histórico —¡cómo podría nada que sea viviente reconocer semejante origen!— ni
de ninguna técnica de organización, sino que surge de una totalidad esencial y
originaria. Si en medio de la oposición actual entre los diferentes grupos hay
alguna misión para el católico, ésta consistirá en recobrar su propia y
esencial actitud, la que se nutre en la universalidad de su esencia específica
y no tiene otro adversario fuera de la negación. El
catolicismo comprende fundamentalmente todas las posibilidades típicas. Propia
de él es apenas la actitud católica, la cual, en nuestro caso, consiste en
permitir confiadamente el desarrollo de cada una de aquellas posibilidades; en
que cada tipo de visión del mundo se realice, de acuerdo con su esencia
constitutiva, dentro del ámbito espiritual católico y en relación con el todo.
Esto podrá llevarse a cabo tanto más cumplidamente cuanto más entera sea la
vida católica; y por el contrarío, el predominio excesivo de determinados tipos
será siempre una señal de perturbación interior, Trátase, por lo demás, no de
una nivelación que diera como resultado un promedio sin carácter, sino de una
articulación orgánica; de entregarse, juntamente con los otros tipos y con
conciencia de los propios límites, a la verdad sin límites. Consciente cada uno
de su propia singularidad, sentir con todo una misión hacia la obra total.
Dicho en términos más formales, la actitud católica consiste en el hecho de que
la actitud peculiar, determinada en cada caso por tipicidades de orden
psicológico, etnológico, cultural, sea asumida en una última actitud total. De
este modo cada personalidad, así como sus expresiones vitales, alcanzan
finalmente, y de manera orgánica, su dilatación, equilibrio e influjo
recíproco. Y con todo, hay una unidad viviente de todas las singularidades típicas, pero que no está ya en el individuo, sino en la comunidad. No en aquella, por cierto, que resulta de la voluntad de los individuos y es fruto de especiales afinidades electivas y fines comunes, sino en la comunidad objetiva que no puede derivarse del querer individual, es decir en la Iglesia. Es ésta la unidad común originaria, la que no proviene de un agrupamiento sincretístico de las particularidades, sino que frente a toda particularidad se levanta tan originaria y creadoramente como la totalidad de la vida personal con respecto a los actos, órganos y gestos singulares por los cuales se expresa. La concepción católica del mundo con su sentido cabal, es decir la visión del todo que resulta | |||