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Leyendas negras de la Iglesia

Vittorio Messori

 

PREFACIO

INTRODUCCIÓN

1. Sentimientos de culpa

I. ESPAÑA, LA INQUISICIÓN Y LA LEYENDA NEGRA

2. Leyenda negra/1

3. Leyenda negra/2

4. Leyenda negra/3

5. Leyenda negra/4

6. Leyenda negra/5

7. Leyenda negra/6

8. Leyenda negra/7

9. La muerte de un inquisidor

10. Inquisidores

11. Manzoni y España

12. Los iberos

I3. Mártires en España

II. ESPAÑA Y AMERICA: MÁS LEYENDA NEGRA

14. América: ¿«lenguas cortadas»?

15. El oro de Colón

16. Entre Sudamérica y Europa del Norte

17. Cristeros

III. LA REVOLUCIÓN FRANCESA Y LA IGLESIA

18. Derechos del hombre/1

19. Derechos del hombre/2

20. Derechos del hombre/3

22. Justicia para el pasado

24. Venganzas

25. Los regicidas

26. Vandalismo

IV. GALILEO Y LA IGLESIA

27. Galileo Galilei/1

28. Galileo Galilei/2

29. Galileo Galilei/3

31. Luna y cercanías

V. LOS NAZIS Y LA IGLESIA

32. En los tiempos de la esvástica

33. Cristianos y nazis/1

34. Cristianos y nazis/2

35. ¡Dale al católico!

VI. LOS HERMANOS SEPARADOS Y LA IGLESIA

36. Víctimas que no hay que olvidar

37. Arrepentimientos protestantes

38. Crímenes

39. Pastores

VII. LA PENA DE MUERTE Y LA IGLESIA

40. Pena de muerte/1

41. Pena de muerte/2

42. Pena de muerte/3

VIII. LA LEYENDA DE LA SÁBANA SANTA

43. La Sábana Santa/1

44. La Sábana Santa/2

45. La Sábana Santa/3

46. La Sábana Santa/4

 

47. La Sábana Santa/5

48. La Sábana Santa/6

49. La Sábana Santa/7

IX. LAS OTRAS HISTORIAS

50. Esclavos negros

51. Cinturón de castidad

52. Jus primae noctis

53. Riquezas vaticanas

54. Islam

55. ¿Era mejor Torquemada?

57. Gobernar a los hombres

58. Papas enfermos

59. Montecassino

60. Suicidios

61. Objetores

62. Gandhi

PREFACIO

 

Cuando un muchacho, educado cristianamente por la familia y la comunidad parroquial, a tenor de los aser­tos apodícticos de algún profesor o algún texto empieza a sentir vergüenza por la historia de su Iglesia, se en­cuentra objetivamente en el grave peligro de perder la fe. Es una observación lamentable, pero indiscutible; es más, mantiene su validez general incluso fuera del con­texto escolástico.

Aquí tenemos un problema pastoral de los más punzantes; y sorprende constatar la poca atención que recibe en los ambientes eclesiales.

Para salvar nuestra alegría y orgullo de pertenecer al «pequeño rebaño» destinado al Reino de Dios, no sirve la renuncia a profundizar en las cuestiones que se plantean Es indispensable, por el contrario la aptitud para examinar todo con tranquila ecuanimidad: en oposición a lo que comúnmente se piensa, la escéptica cultura contemporánea no carece de cuentos, sino de espíritu crítico; por eso el Evangelio se encuentra tan a menudo en posición desfavorable.

Tal como he dicho en repetidas ocasiones, el pro­blema más radical a consecuencia de la descristiani­zación no es, en mi opinión, la pérdida de la fe, sino la pérdida de la razón: volver a pensar sin prejuicios ya es un gran paso hacia adelante para descubrir nue­vamente a Cristo y el proyecto del Padre.

Por otra parte, también es verdad que la iniciativa de salvación de Dios tiene una función sanadora in­tegral: salva, al hombre en su totalidad; incluida, por lo tanto, su natural capacidad cognoscitiva.

La alternativa de la fe no es en consecuencia, la ra­zón y la libertad de pensamiento, tal como se nos ha repetido obsesivamente en los últimos siglos; sino, al menos en los casos de extrema y desventurada coherencia, el suicidio de la razón y la resignación a lo absurdo.

Con respecto a la historía de la Iglesia y a las difi­cultades pastorales que provoca, conviene recordar la necesidad de un triple análisis.

El primero es de carácter esencialmente teológico, tal que puede ser compartido sólo por quien posee «los ojos de la fe». Se trata fundamentalmente de adquirir y llevar al nivel de la conciencia una eclesiología digna de este nombre. Se podrá llegar a comprender en ella que la Iglesia es como decía san Ambrosio, ex maculatis immaculata: una realidad intrínsecamente santa constituida por hombres todos ellos, en grado y medida diferente, pecadores.

Aquí está precisamente su prodigio y su encanto: el Artífice divino, usando la materia pobre y defectuosa que la humanidad le pone a su disposición, consigue modelar en cada época una obra maestra, resplande­ciente de verdad absoluta y sobrehumana belleza; ver­dad y belleza que también son nuestras, de cada uno de nosotros, según la proporción de nuestra efectiva participación en el cuerpo de Cristo.

Se muestra así verdadero y agudo teólogo sea cual sea su especialización académica y su cultura recono­cidano tanto el que se indigna y escandaliza porque hay obispos que, en su opinión, son asnos, como el que se conmueve y entusiasma porque admítase la irreverenciahay asnos que son obispos.

Bajo este aspecto, el creyente puede acercarse a las vicisitudes y acontecimientos de la historia de la Iglesia más emancipado que el que no es con ánimo mucho más emancipado que el que no es creyente: su eclesiología le permite no considerar a priori inaceptable ningún dato que resulte realmente establecido y cierto por deshonroso que parezca para

el nombre cristiano; mientras que el incrédulo se sentirá obligado a rechazar o banalizar todo heroísmo sobrehumano, los valores trascendentes, los milagros que encuentra sobrenaturalmente motivados. Más o menos lo que ocurre en el caso del Santo Sudario, por men­cionar un tema que apasiona a Messori.

Formalmente, como sabemos, nuestra fe no resulta afectada, cualquiera que sea el modo en que la ciencia decida pronunciarse: incluso podríamos permitirnos el lujo de no creer en lo que ella diga. Aceptar la auten­ticidad de esa sábana, en cambio, es moralmente im­posible para quien no reconoce en Jesús de Nazaret el Cristo, hijo del Dios viviente, por lo inexplicable que es el cúmulo de eventos extraordinarios que caracterizan su origen y su conservación. La sospecha de prejuicio, ya se ve, cae, en este caso, en el campo de Agramante más que en el de los Paladinos.

 El segundo tipo de análisis es de índole filosófica y pueden compartirlo todos los que dispongan de un mínimo de honestidad intelectual.

Cuando se habla de culpas históricas de la Iglesia, no hay que desestimar el hecho de que ésta es la única realidad que permanece idéntica en el curso de los siglos y por tanto acaba siendo también la única lla­mada para responder de los errores de todos.

¿A quién se le ocurre preguntarse, por ejemplo cuál fue, en la época del caso Galileo la posición de las universidades y otros organismos de relevancia social respecto a la hipótesis copernicana? ¿Quién le pide cuentas a la actual magistratura por las ideas y las conductas comunes de los jueces del siglo XVII? Ó, para ser aún más paradójico, ¿a quién se le ocurre reprochar a las autoridades políticas milanesas (alcalde, prefecto, pre­sidente de la región) los delitos cometidos por los Visconti y los Sforza?

Es importante observar que acusar a la Iglesia viva de hoy en día de sucesos, decisiones y acciones de épocas pasadas, es por sí mismo un implícito pero patente conocimiento de la efectiva estabilidad de la Esposa de Cristo, de su intangible identidad que, al contrario de todas las demás agrupaciones, nunca queda arrollada por la historia; de su ser «casipersona» y por lo tanto, sólo ella, sujeto perpetuo de responsabilidad.

Es un estado de ánimo que —precisamente a través de las actitudes de venganza y la vivacidad de los ren­cores revela casi un initium fidei en el misterio eclesial: lo que, posiblemente, provoca la hilaridad de los ángeles en el Cielo.

Pero una vez asimiladas estas anotaciones, digamos de eclesiología sobrenatural natural», uno no puede eximirla de finalizar con mayor concreción la cuestión: se hace por lo tanto necesario examinar la credulidad de lo que comúnmente se dice y se escribe sóbre la Iglesia.

Hay que averiguar la verdad salvarla de las alteraciones, proclamarla y honrarla, cualquiera que sea la forma en la que se presenta y la fuente de información. Más de una vez santo Tomás de Aquino nos enseña omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est («cualquier verdad' quienquiera la diga, viene del Espíritu Santo») y sería suficiente esta cita para observar la envidiable amplitud de espíritu que ca­racterizaba a los maestros medievales. Recíprocamente también hay que decir quejas falsedades, las manipulaciones y los errores deben ser de­senmascarados y condenados, cualquiera que sea la persona que los proponga y cuan amplia sea su difu­sión. Ahora bien es necesario que nos demos cuenta de una vez dice entre otras cosas, Vittorio Messori en estas páginas del cúmulo de opiniones arbitrarias, deformaciones sustanciales y auténticas mentiras que gravitan sobre todo lo que históricamente concierne a la Iglesia . Nos encontramos literalmente sitiados por la malicia y el engaño: los católicos en su mayoría no reparan en ello o no quieren hacerlo Si recibo un golpe en la mejilla derecha la perfección evangélica me propone ofrecer la izquierda. Pero si se atenta contra la verdad, la misma perfección evan­gélica me obliga a consagrarme para restablecerla: por­que allá donde se extingue el respeto a la verdad, empieza a cerrarse para el hombre cualquier camino de salvación.

De esta firme convicción, me parece, ha nacido este libro, que esperamos se convierta de inmediato en un instrumento indispensable para la moderna acción pastoral. Algunas veces me imagino que el cuerpo de la cris­tiandad actual padece, por así decirlo, algún tipo de deficiencia inmunitaria.

La agresión al Reino de Dios iam praesens in mysterio es fenómeno de todos los tiempos, y de ello el Se­ñor nos ha avisado repetidamente, aunque en las últi­mas décadas no hemos escuchado mucho sus palabras sobre el tema.

En cambio, lo que especialmente caracteriza nuestra época es el principio de que no se debe reaccionar: la retórica del diálogo a toda costa, un malentendido irenismo, una rara especie de masoquismo eclesial parecen inhibir todas las defensas naturales de los cristianos, de manera que la virulencia de los elementos patógenos puede realizar sin obstáculos sus devastaciones.

Afortunadamente, el Espíritu Santo nunca deja sin intrínseca protección a la Esposa de Cristo. Permanece siempre activo, estimulando las antitoxinas necesarias bajo diferentes formas y a diferentes niveles. El presente volumen que recoge gran parte de los apreciados artículos del «Vivaio» de Vittorio Messori, sección del diario católico nacionales precisamente uno de estos remedios providenciales para nuestros males: su aparición es una señal de que Dios no ha abandonado a su pueblo.

Messori es, gracias a Dios, autor original y muy personal. Y no es obligatorio compartir singularmente todas sus geniales opiniones, pero no podemos dejar de compartir, todos —y apreciar todossu valiente ser­vicio a la verdad y su amor por la Iglesia.

Cardenal giacomo biffi


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