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El libro de la Misa

Manglano

 

                             Primera parte: Los viajes de la pequeña princesa

 

Érase una vez una pequeña princesa que habitaba en una buhardilla. No piensen ustedes que en el barrio la trataban como a una princesa. Todos sabemos que hay princesas de muchos tipos. Mientras que hay princesas que de princesa no tienen más que el título, hay otras princesas que de princesa lo tienen todo menos el título. Este es nuestro caso.

Su principado era inmenso, aunque las personas mayores lo despreciaban, y decían que era una vulgar buhardilla. Como solo ocupaba unos pocos metros de largo por otros menos metros de ancho, decían que no tenía valor. Para ellos el valor de las cosas depende de los metros.

Estaba lleno de tesoros. No podemos hacer un elenco de todas las riquezas del principado… ¡qué horror! ¡No hay cosa más inútil que esos largos inventarios de cosas! Lo que importa es que allí no faltaba nada. Era cuestión de meter la mano en uno de los baúles… casi siempre encontraba lo necesario. Y es que… cualquier cosa servía… casi casi para cualquier cosa.

Sus amigos pasaban mucho tiempo en aquel torreón. Allí habían tenido lugar las historias más increíbles. Batallas sangrientas, en las que el potente fusil en que se convierte un palo de madera en ciertos momentos, o simplemente una mano apuntando con el índice, era capaz de herir e incluso de matar. La verdad es que morían por muy poco tiempo, pues en unos segundos los mismos soldados que habían caído muertos volvían desafiantes a sus arriesgadas escaramuzas. Lógico… ¡si no estaban muertos! Les habían matado, y morían; pero como no estaban muertos, seguían. A las personas mayores les parecía una tontería, porque no entienden estas cosas. Pero en el principado de la buhardilla, como solo interesa la verdad, estas cosas resultan evidentes. También se habían vivido allí estupendas historias de amor. Pero no vamos a irnos por las ramas.

Ya saldrán más cosas. De momento, solo falta el rasgo que más personalidad imprimía a aquel principado: los graffiti –que llenaban las paredes, hasta con varias capas de dibujos-, y los libros -por encima y a los lados del ventanuco los volúmenes se apilaban en todas las posiciones posibles-. Allí todo estaba vivo y ordenado. Bueno… hay que entenderlo bien, no vaya a ser que piensen ustedes que estaba ordenado ordenado: eso es triste y artificial. Estaba vivo y ordenado, hemos dicho: o sea, ordenado caótico.

Aunque solo les he hablado del lugar, quiero que sepan que lo mejor del principado era su princesa. No les hablaré ni mucho ni poco de ella. No hace falta. Pero lo que no se esperarán es que no les diga ni siquiera su nombre. Y no se lo digo porque ella nunca lo decía. Tenía claro que el nombre se lo tiene que ganar cada uno: si no, ¿para qué sirve? El nombre es la vida de uno mismo, el nombre es el sentido de la vida resumido en una palabra, el nombre es la estrella que marca el rumbo de cada biografía… El nombre es uno mismo. No le gustaba eso de que el nombre fuese por un lado, y la vida por otro, como algo independiente de uno mismo, elegido solo por su sonido. Para ella, el nombre era muy importante. ‘¡Mamá!: eso sí que es un nombre’.  Prefería los pronombres. Pero era tan incómodo no poderle llamar de ninguna manera…, siempre con el ‘¡oye, tú!’, que sus amigos acabaron por nombrarla. ¿Saben cómo?

Para entenderlo, deben saber que las vigas de madera eran importantes en aquella buhardilla: unas surcaban el techo como serpientes de uno a otro lado, otras cruzaban en diagonal tramos de las paredes, pero la más importante, plantada sobre el suelo, formaba una gran T con el techo, haciendo de aquel lugar un enorme hongo. Y no digo lo del hongo para ponerme poético, sino porque aquel tronco de encina era como la madre de muchos otros pequeños hongos de piel brillante que la poblaban en todas las épocas del año. Los mayores, con su manía de ser científicos, llaman a estos elegantes seres vivos con sombrero ‘Ganoderma lucidum’, pero su nombre de batalla es simplemente ‘Pipa’. Y así le llamaban: Pipa. Y Pipa lo aceptaba.

Por qué lo aceptaba, no lo sabemos: esas cosas no se dicen. Lo que es cierto es que la ‘pipa’, además de ser brillante, lúcida, luminosa… posee infinidad de aplicaciones medicinales: desde sedante, afrodisíaco, hipnótico, hipoglucémico, estimulante, revitalizador, anticancerígeno... Quizá esas dos características le gustaban a nuestra princesa para dibujar su existencia.

 Me imagino que estarán pensando qué les importa a ustedes todo esto. No lo sé. Quizá nada, quizá mucho. Lo que sí les puedo asegurar es que con este tipo de princesas se manifiestan mundos que tenemos al lado… y no habíamos descubierto.

La pequeña princesa salía con frecuencia, como todo el mundo. Colegio, compras, casas de amigos, la plaza, tiendas, cine, templo, casas de primos, campo, complejos comerciales, bolera… Disfrutaba con todo. Con todo, o mejor, con casi todo. El dentista, por ejemplo, le ponía histérica; las visitas a su abuela, jugando al tute con sus amigas sin afeitar, le resultaban odiosas; ir en navidad a saludar a esos hombres pintados, con olor a sudor y vestidos de reyes magos, le hacía sentirse ridícula… A parte de estas cosas, había algo que le resultaba oscuro, aburrido, plano, repetido, pesado… Las personas mayores le daban importancia, pero les preguntaba… y no les entendía. Se trataba de la misa.

Cada domingo se volvía a repetir la situación. Había probado de todo: desde cargarse de palomitas los bolsillos, mandar mensajes desde el móvil, contar ladrillos, observar el parecido en las familias, fijarse en los matrimonios para interpretar quién de los dos llevaba los pantalones en cada casa, contar el número de veces que el párroco utilizaba su muletilla ‘es decir’, contar bombillas…

Y, sin embargo, cada domingo, en misa, se encendía una lucecita en su cabeza que le hacía presagiar, detrás de lo que veía, un mundo desconocido y misterioso. Aunque las explicaciones de los mayores le resultaban poco comprensibles, algo le hacía suponer que la misa debería ser más fácil para los niños. “¡Es que las personas mayores…!” Se había dado cuenta de que los mayores están tan necesitados de comprenderlo todo, de razonarlo todo, de controlarlo todo… que les cuesta mucho ver lo invisible. Son tan esclavos del espacio… que solo ven los metros cuadrados que tienen delante. Son tan esclavos del tiempo… que todo lo que ocurre lo colocan ahora, antes o después. No se dan cuenta de que los ojos que tenemos en la cara son muy pequeños en comparación con... No sé cómo explicarlo. Quien sabe mirar es todo ojos, y no solo las dos bolitas blancas alojadas bajo el porche de las cejas.

Intuía que en la misa saltan por los aires las cosas tan estáticas y rígidas que nos muestran los ojos. “A los niños, sin embargo, nos gusta vivir en un mundo más real, más libre. Nos basta con ‘Erase una vez…’, o ‘En un país lejano…’ Nos importa más la verdad que la demostración”, pensaba ella, y… con razón.

En estas páginas recogemos el trabajo de investigación periodística que hizo Sofía. Estaba cansada de no entender las explicaciones que los mayores le daban acerca de la eucaristía.

Quería ser periodista –decía que lo suyo era el ‘periodismo de investigación’-, y no estaba dispuesta a esperar a ser mayor para ejercer. Ese verano empezaría. Le hacía ilusión escribir un libro en el que los pequeños explicasen a los mayores lo que es la misa. El mismo día que le dieron las vacaciones, se puso manos a la obra. Y esto es lo que le sucedió.

 

 

Mister Tolkien y la batalla de la historia

Cuando Pipa contaba algo, lo hacía tan detalladamente que sus historias resultaban interminables. Menos mal que hablaba rápido, pero… a pesar de todo, por sencillo que fuese lo que quería relatar, le llevaba mucho tiempo, casi tanto como el tiempo real en el que habían transcurrido los hechos. Su madre siempre le decía que tenía que aprender a resumir, porque si no… resultaba pesada, muy pesada.

Si le costaba resumir, era porque se había propuesto decididamente ser una buena periodista, y tenía muy claro que si se habla de algo sin ponerlo en su contexto… no es posible que los demás se hagan cargo.

Tanto es así, que su primera decisión fue comenzar su trabajo sobre la eucaristía dibujando un contexto. Sí. Un contexto. Pensó que hablar de la misa sin conocer la historia de la que forma parte, sería tan absurdo como hablar del anillo de Frodo sin conocer la historia de El Señor de los Anillos.

¡Por cierto!: ese libro de J. R. R. Tolkien le había parecido apasionante, aunque reconocía que algunas cosas se le escapaban. Se le encendió la bombilla cuando cayó en la cuenta de que este escritor inglés era cristiano: ‘Será él mismo quien me ayude a resumir la historia del mundo’ –pensó-. Se armó de grabadora y cuadernos y… ¡a por su primer interlocutor! Lo encontró en Bournemouth, donde se había retirado hacía unos meses por la delicada salud de Edith, su mujer. Ella dormía en su habitación.

-¡Oh! –exclamó Tolkien, sorprendido por las pretensiones de la pequeña princesa-. No es fácil lo que me pides. Veamos –comentó, mientras recogía los papeles que tenía sobre la mesa-.

-Aaaaa…chiss!!!

-¿Te has resfriado? Estás empapada. Espera, voy a por algo de ropa seca y una jarra de cerveza de mantequilla, ¿quieres?

La cara de ilusión de Pipa no necesitaba respuesta.

-Recuerda la despedida de Jesús –dijo mientras trajinaba en la cocina con voz baja, para no despertar a Edith-. Cuando dijo a sus discípulos que se iba al Padre y que volvería para estar junto con cada uno de los que le siguiesen, añadió: “Ya no hablaré mucho con vosotros, pues se acerca el Príncipe de este mundo”. Es impresionante, ¿no te parece?

-Impresionante… ¿qué?

-Pues que Jesús es Dios hecho hombre, que viene al mundo suyo… y dice que el Príncipe de este mundo no es él.

-¿Quién es entonces?

-El Adversario, el Ángel caído, el Maligno. Ya sabes que me gustan mucho las lenguas. Príncipe viene de la palabra latina princeps, que significa ‘el primero, jefe, principal, soberano’. El príncipe es aquel a quien se le sigue, el que va a la cabeza, el primero de un grupo. Jesús dice que el príncipe de este mundo es Satanás. Fíjate que en la historia El Señor de los Anillos, y en tantas otras que se han escrito, inventamos un mundo en el que se sostiene una gran batalla entre el bien y el mal. Sin embargo, Jesús enseña que la historia de este mundo no se entabla entre las fuerzas del bien y del mal, sino entre el Bueno y el Malo.

-¡Caramba! –exclamó Pipa llena de curiosidad por todo aquello-. ¡Así como la lucha que existe entre Superman y Lex Luthor!

-Exactamente, Jesús dice que…

-¡O entre Batman y el Joker!

 -Sí, muy bien. Como te comentaba antes, Jesús dice que…

-¡O como lucha constante entre Tom y Jerry!

-Me parece que ese ya no es tan buen ejemplo. En todo caso Jesús dice que…

-O como…

-¿Me puedes dejar hablar, muchachita? -exclamó Mister Tolkien con visibles muestras de desesperación-.

-Lo siento –dijo Pipa falsamente avergonzada mientras en sus ojos se podía adivinar que aún seguía buscando en su mente más ejemplos-. ¿Y quién gana? –preguntó finalmente con genuina curiosidad-.

-Jesús dice que el príncipe es Satanás, que se ha rebelado contra Dios, y que consiguió mover a muchos en contra de Él hasta conseguir rechazarle. La mejor manera de expulsarle era matarle. Y así lo hicieron.

-¡Oh, qué pena! Es como echar a uno de su casa.

-Es impresionante: Dios viene al mundo, y el mundo le dice que no, le dice el No -¡el gran No de la historia!-. Satanás le ha robado el mundo a Dios. Ningún escritor sería capaz de inventar una historia como la historia real, ni siquiera yo, que no lo hago nada mal. Satanás se convierte en el Príncipe del mundo. Por eso, siempre en el mundo ha habido y siempre habrá mucho mal, y muchos males consecuencias del mal… y –lo peor de todo- muchos malos.

-O sea, que unos se hacen malos???

-Sí. Muchos no se dan cuenta, pero el campo de batalla entre el Bueno y el Malo se encuentra en un lugar invisible.

-¿Sí?, ¿dónde?

-En el interior de cada uno. Y ahí dentro, en el corazón, cada uno decide, en muchos momentos, si le da la victoria a uno o a otro. La verdad es que en la historia el Malo ha conseguido vencer muchas veces.

-¿Gana el malo? Claro, claro, como en el cine, para poder sacar las segundas y terceras partes de las películas.

Mr. Tolkien acusó el golpe pero antes de que pudiera decir nada Pipa se adelantó

-O sea, que la batalla continúa.

-Los hombres no somos ni puramente buenos, ni puramente malos, pero con esas batallas que se dan en nuestro interior, nos vamos haciendo buenos o malos dependiendo de a quién le dejamos ganar.

-Oiga, Mister Tolkien, pues… ¿sabe qué? Que me está entrando un poco de vértigo. No sé si será esta cerveza extraña que me ha dado, o… que lo que me está diciendo es muy serio. ¡No tendrá alcohol esta cerveza! ¿no?

-No te preocupes, mujer –le dijo con una sonrisa-: es de la mejor y más pura mantequilla. Verás. Es verdad que en el mundo siempre habrá una batalla, la hay cada día –no tienes más que ver el periódico,  una familia o una pandilla de amigos-. Jesús quiere que reine paz, alegría, amor, justicia… y sin embargo en el mundo… hay mucha guerra, tristeza, rencor, injusticia…

-O sea, que el mundo es esclavo del Príncipe Satanás,

-Así es. Y los cristianos somos los que queremos que reine Jesús. Él trae el reino de los cielos; quiere liberar al mundo de Satanás, liberando a cada persona del mal.

-Entonces, ¿Jesús es el libertador?

-Efectivamente. Él es el salvador. A mí me gusta llamarle Healer, ‘el Curador’.

-¿Y dónde está ese reino?

-No lo olvides, Pipa. El campo de batalla es el corazón de cada hombre. El Reino de los Cielos –que es la vida de Dios- está dentro del hombre que lo acepta. Lo dijo Él: el Reino ya está en este mundo, se encuentra dentro de vosotros. Por eso, el primer paso es que reine dentro de cada uno. Esa liberación la tiene que realizar el espíritu de Jesús -el Espíritu Santo- en cada uno de sus seguidores.

-Bueno. Pero… no me ha contestado. ¿Quién gana la batalla?

-Jesús[1]. Él es el Señor de la historia.

-Pero… no le hicieron caso, no creyeron lo que él decía, se quedó solo, le machacaron y terminó crucificado. Por lo menos eso es lo que he oído en la misa, aunque claro, el cura ya está un poco viejito y a veces no se le entiende, pero… ¿dice que gana él?

Tolkien comprendía que la cuestión no era fácil. Se levantó, eligió una de las grandes carpetas de la estantería, y después de buscar y rebuscar sacó la copia de una carta.

-Mira lo que escribí en esta carta, poco después de la publicación de El Señor de los Anillos.

Pipa se fijó en la fecha: 1956. Leyó donde le señaló con el dedo.

“Soy, en efecto, cristiano (…), de modo que no espero que la ‘historia’ sea otra cosa que una ‘larga derrota’, aunque contenga (y en una leyenda puede contener más clara y conmovedoramente) algunas muestras o atisbos de victoria final”[2].

-¿Entiendes? Mira -dijo Tolkien encendiendo su enorme pipa, como buscando en el humo una ayuda para encontrar las palabras exactas-. En una historia de las que inventamos –en un mito-, es más fácil hacer ver la victoria final; pero en la historia real es más difícil, porque estamos metidos dentro, y el final definitivo no llegará hasta el final. Pero los cristianos conocemos ya el final de la historia. Es verdad que aparentemente gana el Adversario de Dios (la historia la vivimos como una ‘larga derrota’ del Bueno). Pero Jesús transforma esa aparente derrota en victoria (sabemos que la historia tiene un merecido final feliz).

-¿Cómo es eso? –preguntó Pipa, que había advertido el énfasis que puso su interlocutor en la palabra ‘transforma’-.

- Aquí viene lo más grande de la historia. El mundo le dice no a Dios, pero Jesús supera todo el “no” humano contra Dios pronunciando un sí al Padre[3]. Lo que hacen los hombres es una auténtica barbaridad. Pero Jesús saca de ese mal el mayor bien. ¿Quieres saber cómo? Te voy a decir tres cosas que transforma.

Pipa se concentró para tomar nota de aquellas tres transformaciones, con ilusión de entender algo.


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