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La llamada de Dios (anécdotas, relatos y
reflexiones sobre la vocación) 1.
El encuentro con la verdad sobre uno mismo 2.
Palabras que hieren 3.
Como modos hay de enamorarse 4.
Los síntomas de la vocación 5.
Casualidades 6.
Capacidad de escucha 7.
Detalles que a otros pasan inadvertidos 8.
¿Se me tiene que haber ocurrido a mí? 9.
Un encuentro fortuito 10.
Dios habla bajito 11.
Darse por enterado 12.
Así me hice cura 13.
El joven rico 14.
Superar el miedo 15.
Mañana, mañana 16.
Cambiar los propios planes 17.
Perderlo todo 18.
¿Perder la libertad? 19.
La sencilla palabra “sí” 20.
La persecución de los bien intencionados 21.
Dar la cara cuando no resulta fácil 22.
Ser tomados por locos 23.
La fuerza de la fe 24.
La forja de una vocación 25.
La vida a una carta 26.
¿Demasiado joven? 27.
Demasiado pronto 28.
¿Es necesario ser célibe? 29.
Las propias limitaciones 30.
Hay otros mejor preparados 31.
La duda sobre las propias cualidades 32.
Nunca lo había pensado 33.
Dejar pasar el tiempo 34.
¿Seré capaz de perseverar? 35.
Veo que algunos han fracasado 36.
¿Es un camino cerrado? 37.
A contraola 38.
La noche oscura 39.
¿No es una lucha extenuante durante toda la vida? 40.
El hijo pródigo 41.
¿Mi hijo Tomás, un simple fraile? 42.
El hijo del pobre alguacil de Riese 43.
Cuatro hijos sacerdotes 44.
A él le debo la vocación 45.
Hijos demasiados místicos 46.
Es todavía un niño 47.
Una incomprensión inicial 48.
Dar la vida 49.
Dios no era invisible 50.
Arreglar al hombre 1.
El encuentro con la verdad sobre uno mismo Dios
no habla, pero
todo habla de Dios. Julien
Green Cuenta
Maxim Gorki la historia de un pensador ruso que pasaba por una etapa de cierta
crisis interior y decidió ir a descansar unos días a un monasterio. Allí le
asignaron una habitación que tenía un cartelillo sobre la puerta en el que
estaba escrito su nombre. Por la noche, no lograba conciliar el sueño y decidió
salir a dar un paseo por el imponente claustro. A su vuelta, se encontró con
que no había suficiente luz en el pasillo para leer el nombre que figuraba en
la puerta de su dormitorio. Fue
recorriendo el claustro y todas las puertas le parecían iguales. Por no
despertar a los monjes, pasó la noche entera dando vueltas por el enorme y
oscuro corredor. Con la primera luz del amanecer distinguió al fin cuál era la
puerta de su habitación, por delante de la cual había pasado tantas veces a lo
largo de la noche, sin advertirlo. Aquel
hombre pensó que todo su deambular de aquella noche era una figura de lo que a
los hombres nos sucede muchas veces. Pasamos por delante de la puerta que
conduce al camino que estamos llamados, pero nos falta luz para verlo. Por
eso, saber cuál es nuestra misión en la vida es la cuestión más importante que
debemos plantearnos cada uno, y que podemos plantear a quienes queremos ayudar
a vivir con acierto. La vocación es el encuentro con la verdad sobre uno mismo.
Un encuentro que proporciona una inspiración básica en la vida, de la que nace
el compromiso, el cometido principal que cada persona tiene, y que quien es
creyente percibe como los planes de Dios para él. La vocación incluye todo
aquello que una persona se ve llamada a hacer, lo que da sentido a su vida. —¿Y
si no quisiera conocerla? Quizá
la mayor desgracia que puede sufrir una persona es desconocer la voluntad de
Dios para ella. La vocación es como el reto que el Señor nos plantea en nuestra
vida, lo que nos hará más felices que cualquier otra opción. Por eso, ayudar a
otra persona a encontrar la voluntad de Dios para ella es la mejor caridad que
se puede ejercer con ella. Porque no es una simple caridad que le pueda
resolver una cuestión parcial o puntual, y que por tanto le dará un poco más de
felicidad, sino que es algo que afecta al resultado global de su vida. —¿Te
refieres a la felicidad en la vida eterna? Me
refería a la felicidad aquí en la tierra, aunque, al fin y al cabo, son
cuestiones muy relacionadas, pues, como decía San Josemaría Escrivá, «la
felicidad del Cielo es para los que saben ser felices en la tierra». Los
mandatos de Dios no encadenan, sino que potencian al hombre, lo desarrollan, lo
dignifican, ensanchan su libertad, lo hacen feliz. —Pero
se puede desconocer la voluntad de Dios sin tener culpa de ello. Siempre
sería culpablemente, pues Dios da los medios para conocer su voluntad. Lo contrario
sería injusto por su parte, y por tanto una contradicción. El
encuentro más profundo con la verdad, aparte de la fe, es la vocación. Al decir
que sí nos ponemos en las manos de Dios. La vocación es una nueva luz, un
acontecimiento que nos da una nueva visión de la vida. Una luz para acertar con
nuestro camino y para no tropezar en él. Cuando cualquier persona descubre una
verdad, debe procurar conformar su vida con esa verdad: esto es lo coherente, y
lo propiamente humano. A su vez, cualquier ideal humano nace del descubrimiento
de una verdad. Cualquier cambio en la vida de un hombre parte siempre del
encuentro con una verdad. Y esto es algo universal: toda persona tiene verdades
que le inspiran, y de ahí parten los compromisos que definen su vida. —¿La
vocación es encontrar una verdad, o es encontrar a Jesucristo? Viene
a ser lo mismo, pues en el Nuevo Testamento puede leerse bien claro que Él es
la Verdad. Por eso, conocer cada vez mejor a Jesucristo es algo central para el
discernimiento de la vocación. No se suele comenzar a ser cristiano, ni a
entregarse a Dios, por una decisión ética, o por una gran idea, sino más bien
por el encuentro con la persona de Jesucristo, que da un nuevo horizonte a la
vida y, con ello, una orientación decisiva. Por
esa misma razón, con los relatos y reflexiones que van saliendo a lo largo de
estas páginas no se pretende convencer a nadie dialécticamente acerca de lo que
Dios pueda pedirle, sino que se busca ayudar a que cada uno tenga ese encuentro
con Jesucristo, ya que, en definitiva, eso es la vocación. Las ideas, las
anécdotas o los ejemplos de la vida de los santos, nos abren un panorama que
nos invita a buscar ese encuentro. Porque, repito, la vocación es un encuentro
personal con Jesucristo, no solo un compromiso con uno mismo. Es una llamada
que pide respuesta dentro de nosotros. Aunque dentro de nosotros hay muchas
respuestas, que pueden encarnar muchos modos de desarrollar nuestra vida, con
más o menos generosidad, como un mediocre o como un santo. Nuestra vida puede
ser muy distinta, según sean esas respuestas, porque, como dice un proverbio
indio, allí donde el hombre pone la planta, pisa mil caminos. La libertad solo
recorre un camino, pero está abierta a muchos. Conocer
a Jesucristo no es una mera curiosidad piadosa, un grado más en el camino de la
vida ascética. También es mucho más que un fenómeno de la cultura. Es algo que
afecta muy seriamente nuestra existencia. «Porque —como ha escrito José Luis
Martín Descalzo— con Jesús no ocurre como con otros personajes de la historia.
Que César pasara el Rubicón o no lo pasara, es un hecho que puede ser verdad o
mentira, pero que en nada cambia el sentido de mi vida. Que Carlos V fuera
emperador de Alemania o de Rusia, nada tiene que ver con mi salvación como
hombre. Que Napoleón muriera derrotado en Elba o que llegara siendo emperador
al final de sus días no moverá hoy a un solo ser humano a dejar su casa, su
comodidad y su amor y marcharse a hablar de él a una aldehuela del corazón de
África. »Pero
Jesús no, Jesús exige respuestas absolutas. Él asegura que, creyendo en él, el
hombre salva su vida e, ignorándole, la pierde. Este hombre se presenta como el
camino, la verdad y la vida. Por tanto —si esto es verdad— nuestro camino,
nuestra vida, cambian según sea nuestra respuesta a la pregunta sobre su
persona. ¿Y cómo responder sin conocerle, sin haberse acercado a su historia,
sin contemplar los entresijos de su alma, sin haber leído y releído sus
palabras?». La
convicción de que Dios existe no es una idea más. Creer no es añadir una
opinión a otras. Muchas informaciones no nos importa si son verdaderas o
falsas, pues no cambian nuestra vida. Pero, si Dios no existe, la vida es
vacía, el futuro es vacío. En cambio, si Dios existe, todo cambia, la vida es luz,
nuestro futuro es luz y tenemos una orientación para saber cómo vivir. Por eso,
creer constituye la orientación fundamental de nuestra vida, nos hace encontrar
el modo en que debemos vivir. Creer es seguir la senda señalada por la palabra
de Dios. Y la elección de Dios que supone la vocación es una elección de amor,
una iniciativa de Dios, que ha pensado lo mejor para cada uno de nosotros. Por
eso, descubrir la propia vocación es descubrir el sentido de la propia
existencia. Y el secreto de la felicidad está en hacer lo que Dios quiere de
nosotros. En
los Evangelios pueden leerse numerosas escenas en las que el Señor pasa y
llama. Llama y espera una respuesta. «Llamó a los que quiso», recalcan los
evangelistas. Y relatan el caso de alguno que se ofrece y no es admitido. Han
pasado veinte siglos, y hoy el Señor sigue llamando, y sigue llamando a quien
quiere. Nadie «se apunta», es Él quien llama. Una
mirada al mundo muestra enseguida la inmensidad del trabajo pendiente. «Alzad
los ojos y ved los campos, dispuestos para la siega». El campo está listo, las
necesidades son enormes, pero los trabajadores son escasos y no dan abasto. La
mies es mucha. ¿Cómo van a conocer a Dios si no hay quien dé testimonio de Él?
Hacen falta más vocaciones, más personas que entreguen su vida para llevar la
luz del Evangelio a todo el mundo, a los dirigentes de la sociedad, a los
empresarios, a los intelectuales, a los abatidos, a los enfermos, a las zonas
más remotas de la tierra, a quienes viven sin esperanza. 2.
Palabras que hieren La
mediocridad, posiblemente, consiste
en estar delante de la grandeza y
no darse cuenta. G.
K. Chesterton Como
en otras jornadas anteriores, Leví el publicano estaba sentado en su banco,
cobrando impuestos. Era su trabajo, aunque a muchos de sus contemporáneos les
pareciera despreciable. Pero aquel día todo cambió. La voz de Jesucristo, que
pasaba a su lado, sonó escueta e imperiosa: «Vio Jesús a un hombre sentado en
el telonio, llamado Mateo, y le dijo: sígueme». Jesucristo se adentró en su
vida para siempre, pidiéndole la entrega de todo cuanto era y cuanto tenía.
Quizá no había pensado nunca en otro porvenir que el que le deparaba su
trabajo. Pero ante la llamada del Señor, precisamente allí, en su trabajo,
responde inmediatamente y acoge en su alma la vocación divina: «Él se levantó y
le siguió». Es
una escena que desde entonces se ha repetido, paso a paso, en la vida de muchas
personas. El Señor ha salido al encuentro de ellas con ocasión de su trabajo,
de las cosas más cotidianas, y les ha llamado. Esa llamada, la vocación, es la
gran pregunta del hombre, un interrogante que compromete toda su existencia:
qué quiere Dios que sea yo. Dios da la vocación y, con ella, las luces para
verla. Por nuestra parte, debemos allanarle el camino, salir a su encuentro con
la oración y la rectitud de vida. —Pero
lo difícil es saber cómo en concreto podemos percibir cuál es la llamada de
Dios. Podremos
percibir esa llamada de Dios de un modo apabullante y maravilloso, con una gran
conmoción, como quizá nos gustaría. O bien, y esto es lo más corriente, con ese
aire cotidiano, bajo el rostro de las cosas sencillas, de un amigo, de una
noticia, de una conversación, de un libro. Para
cultivar una buena disposición hacia la llamada de Dios, es fundamental el
espíritu de oración. La piedad popular ha representado a la Virgen en oración,
cuando recibe la embajada del ángel. Es indudable que Nuestra Señora guardaba
un recogimiento habitual, tenía un espíritu de oración que la dispuso a recibir
el mensaje divino y a aceptarlo. Para percibir las llamadas de Dios es preciso
tener esa orientación habitual hacia lo divino, saber escuchar la voz del Señor
en medio de los afanes de la vida diaria, y después contestar, como ella, con
un «Hágase en mí según tu palabra». —¿Y
qué tipo de cosas sencillas y cotidianas debemos observar en nuestra oración? Examina
tu corazón, en el que bulle quizá, desde hace tiempo, la ilusión de algo
grande. Piensa si no será Dios el que te está hablando bajito, con las palabras
de un amigo, tras la aparente monotonía de la vida. Considera quién golpea
suavemente tu alma. Quizás lleve tiempo hablándote, y no lo hayas descubierto
todavía, como le sucedió a aquellos dos discípulos que caminaban con Él hacia
Emaús. Jesús caminaba a su lado, alejándose de Jerusalén, como un peregrino
más. Les hablaba con el acento de su tierra. Solo cuando rezaron con Él se dieron
cuenta de que habían estado largo tiempo junto al Señor sin saberlo. Y
exclamaron: «¿No ardía nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino?». Piensa
qué palabras te han herido últimamente, casi sin saber por qué. No repares
demasiado en quién te las ha dicho. Mira si hay recuerdos, inquietudes, deseos,
afanes, que te encienden el alma. Y pregúntate si no será Jesucristo el que
hace que arda tu corazón en el camino. Mientras tanto, vive alerta. Interroga
los rostros y los sucesos. Ahí, entre la monotonía de los días iguales, puede
estar llamándote Dios. Quizá
ahora te haces preguntas que nunca te habías hecho: ¿Qué sentido tiene esto que
hago? ¿Vale la pena vivir así? ¿Vale la pena mi vida? ¿Por qué Dios permite
esta circunstancia, y aquélla, y aquella otra? Y hay anécdotas, situaciones,
comentarios, sugerencias, vivencias que antes pasaban inadvertidas y que ahora,
en cambio, te llegan, te calan, te hieren. Adviertes, bajo esas circunstancias,
un lenguaje enigmático con el que quizá Dios quisiera decirte algo por medio de
unos signos insospechados y a la vez cotidianos. —¿A
qué te refieres con lo de los signos y el lenguaje enigmático? Podemos
recordar, por ejemplo, la historia de la vocación de San Francisco de Borja.
Desde los dieciocho años estaba en la corte de Carlos V, y a los veintinueve
fue nombrado virrey de Cataluña. Ese mismo año, recibió la misión de conducir
los restos mortales de la emperatriz Isabel hasta la sepultura real de Granada.
Él la había visto muchas veces rodeada de aduladores y de todas las riquezas de
la corte. Al abrir el féretro para reconocer el cuerpo, la cara de la difunta
estaba ya en proceso de descomposición. Cuando vio el efecto de la muerte sobre
la que había sido la bellísima emperatriz, aquello le impresionó vivamente.
Comprendió con gran nitidez la caducidad de la vida terrena, y tomó entonces su
famosa resolución: «¡Nunca más servir a señor que se me pueda morir!». Todo
aquello fue un gran aldabonazo en su alma. Cuando falleció su esposa, y sus
hijos estuvieron ya emancipados, renunció a sus títulos y posesiones en favor
de sus hijos, tomó el hábito y recibió la ordenación sacerdotal en 1551. La
noticia de que el Duque de Gandía se había hecho jesuita fue un gran bombazo en
aquella época. Fue destinado a la casa de los jesuitas de Oñate y empezó a
trabajar como ayudante del cocinero. Sus tareas eran acarrear agua y leña,
encender la estufa y limpiar la cocina. También atendía la mesa con gran
humildad. Sus superiores le trataban con la severidad que parecía exigir la
nobleza de su origen, y el santo jamás dio por ello la menor muestra de
impaciencia. A
los pocos años fue nombrado Superior de la Compañía de Jesús en España, y
después fue elegido Padre General. Durante los seis años que desempeñó ese
cargo, hasta su muerte en 1572, sus logros al frente de los jesuitas le
valieron por parte de los historiadores el apelativo del más grande general
tras el fundador San Ignacio de Loyola. Fundó lo que sería luego la Universidad
Gregoriana, envió misioneros a los más lejanos puntos del planeta, asesoró a
reyes y papas, y siguió de cerca los numerosos asuntos de la Compañía en rápida
expansión. Sin embargo, a pesar del gran poder que tuvo en sus manos, San
Francisco de Borja siguió la más humilde de las vidas, y fue ampliamente
reconocido como santo aun antes de morir. Todo empezó en aquel episodio ante el
féretro de la hermosa emperatriz. No fue el único que estaba allí presente en
ese momento, pero Dios se sirvió de ese signo para remover su alma. Unos
siglos antes, en Florencia, un joven de familia noble y poderosa llamado Juan
Gualberto ve como su único hermano muere asesinado. El día de Viernes Santo del
año 1003, cuando tiene solo dieciocho años, cabalga rodeado de varios hombres
armados, camino de Siena. En una revuelta del camino, se encuentra con un
hombre al que reconoce al instante como el asesino de su hermano. No tiene
escapatoria, ni posibilidad de hacer frente él solo a aquella aguerrida tropa.
No le queda más remedio que someterse a la ley inexorable de la venganza, que
exige su sangre. Todo esto ocurre en un momento. En un súbito arranque, inspirado
por el sentimiento religioso, baja del caballo y, arrodillado con los brazos en
cruz, le dice: «Juan, hoy es Viernes Santo. Por Cristo que murió por nosotros
en la cruz, perdóname la vida». Juan se disponía a asestarle un golpe mortal,
cuando el desdichado, viéndose ya perdido sin remisión, musitó: «Jesús, Hijo de
Dios, perdóname Tú al menos». Juan arrojó su espada, bajó también de su
caballo, levantó al asesino, le abrazó y le dijo: «Por amor a Cristo, por la
sangre que hoy derramó Jesús en la cruz, te perdono». La
lucha entre la sed de venganza y la conciencia de su deber de cristiano, aunque
duró breves instantes, debió de ser muy recia en el alma del joven caballero.
Estaba allí cerca, a orillas del Arno, la abadía de San Miniato. Entró en la
iglesia, se arrodilló ante la imagen de Cristo crucificado. Así pasó varias
horas. Al irse, le pareció que el crucifijo se animaba y le hacía una
inclinación de cabeza, como agradeciéndole lo que acababa de hacer por su amor. Desde
aquel día, Juan Gualberto no fue el mismo de antes. Sus pensamientos seguían
otros derroteros, sus aspiraciones mundanas le parecían vanas. No pasó mucho
tiempo antes de que llamara a la puerta de ese monasterio y pidiera al abad el
hábito benedictino. Entre
tanto, la noticia llega al castillo de su padre, y el noble señor sale en busca
de su hijo. No tarda en presentarse a la puerta de San Miniato. Juan se niega a
marcharse. No quiere salir para evitar un encuentro violento. Su padre amenaza
a los monjes con toda suerte de males. El abad invita al guerrero a pasar al
interior de la clausura para hablar con su hijo. Al encontrarse con el nuevo
monje, el noble señor lloró, se quejó amargamente de su ingratitud, pero acabó
por bendecirle y dejarle que siguiera en paz su vocación. Fue un gran monje, y
poco después fundó en los bosques de Vallumbrosa una nueva Orden, con muchos
monasterios en Italia, y hoy es San Juan Gualberto. —¿Y
algún otro ejemplo, un poco más de nuestra época? Por
ejemplo, el de Ruth, una chica que a los veinte años ingresó en el Instituto de
Hermanas de la Cruz, y cuyo testimonio conmovió a Juan Pablo II y al millón de
jóvenes que le acompañaban en Cuatro Vientos, en el año 2003. «Antes de
ingresar en el Instituto —explicaba la joven religiosa— llevaba una vida normal.
Me gustaba la música, las cosas bellas, el arte, la amistad, la aventura. Había
soñado muchas veces con mi futuro, pero un día vi por la calle a dos hermanas
que me llamaron la atención por su recogimiento, su paso ligero y la paz de su
semblante. Eran jóvenes como yo. Me sentí vacía y en mi interior oí una voz que
me decía: “¿Qué haces con tu vida?” Quise justificarme: “Estudio, saco buenas
notas, tengo muchos amigos”. Me quedé mirándolas hasta que desaparecieron de mi
vista mientras yo me preguntaba: “¿Quiénes son? ¿Adónde van?”. »Como
Nicodemo, invité a Jesús en la noche de mi inquieto corazón, y en la oración
entré en diálogo con Él. Con Él, sentí la llamada de tantos hermanos que me
pedían mi tiempo, mi juventud, el amor que había recibido del Señor. Y busqué.
Y me encontré con la mujer que estaba más cerca del misterio de la cruz de
Jesús junto a María, sor Ángela de la Cruz. Ella se había configurado tanto con
la cruz de Jesús que se hizo amor para los pobres que sufren. Me cautivó y
quise ser de las suyas. Y aquí estoy, Santidad, consciente de lo que he dejado. »He
dejado todo lo que los jóvenes que están con nosotros esta tarde poseen: la
libertad, el dinero, un futuro tal vez brillante, el amor humano, quizá unos
hijos. Todo lo he dejado por Jesucristo, que cautivó mi corazón para hacer
presente el amor de Dios a los más débiles en mi pobre naturaleza de barro. »Tengo
que confesarle, Santidad, que soy muy feliz y que no me cambio por nada ni por
nadie. Vivo en la confianza de que quien me llamó a ser testigo me acompaña con
su gracia. Gracias, Santo Padre, por su vida entregada sin reservas como
testigo fiel del Evangelio, por fortalecer nuestra fe, avivar nuestra esperanza
y abrir nuestro corazón al amor ardiente del que sabe perder su vida para que
los demás la ganen. Gracias por su vida, que a muchos de nosotros nos ha
marcado. Gracias por venir a decirnos a los jóvenes que el mundo necesita
testigos vivos del Evangelio, que cada uno de nosotros podemos ser uno de esos
valientes que se arriesguen a construir la nueva civilización del amor, porque
lo que nosotros no hagamos, se quedará sin hacer.» 3.
Como modos hay de enamorarse Si
quieres conocer a una persona, no
le preguntes lo que piensa sino
lo que ama. San
Agustín La
pregunta sobre qué quiere Dios de mí es una pregunta personalísima, de
respuesta también personalísima. No hay recetas hechas. No hay fórmulas exactas
para saber cuál es la propia vocación. Dios no se repite. No hay un atlas
donde, como sucede con las estrellas, uno pueda buscar y reconocer la suya.
Dios llama de modos tan distintos como modos hay de enamorarse. Nos llama y nos
habla de forma singular. A algunos santos, Dios les sugirió oscuramente su
vocación desde su niñez: a Santa Catalina de Siena con una visión, a San Juan
Bosco con un sueño. Pero fueron la excepción, y además, ellos no descubrieron
el significado de aquella llamada hasta bastante tiempo más tarde. A
veces, Dios da su gracia de un modo llamativo, casi estruendoso, como hizo con
San Pablo. También fue tumbativa la conversión de Paul Claudel, un literato
francés que había perdido la fe muy joven, y a quien, la noche de Navidad de
1886, un taxi lo dejó, por casualidad, a las puertas de Notre Dame, en París.
Se quedó solo en la gran explanada, frente a la catedral. Contempló la
imponente fachada gótica con el gran rosetón central, fulgurante y multicolor
en la oscuridad. Se escuchaban los cantos que celebraban la Nochebuena. Decidió
entrar. El templo estaba abarrotado. Se fue abriendo paso entre la multitud,
hasta llegar junto a la imagen de la Virgen. Y
fue entonces, mientras escuchaba el “Magníficat”, cuando se produjo su
conversión. «Yo estaba de pie entre la muchedumbre, cerca del segundo pilar a
la entrada del coro, a la derecha del lado de la sacristía. Entonces fue cuando
se produjo el acontecimiento que ha dominado toda mi vida. En un instante mi
corazón fue tocado y creí. Creí, con tal fuerza de adhesión, con tal agitación
de todo mi ser, con una convicción tan fuerte, con tal certidumbre, que no
dejaba lugar a ninguna clase de duda, que después, todos los libros, todos los
razonamientos, todos los avatares de mi agitada vida, no han podido sacudir mi
fe, ni, a decir verdad, tocarla. De repente, tuve el sentimiento desgarrador de
la inocencia, de la eterna infancia de Dios, de una verdadera revelación
inefable. Al intentar, como he hecho muchas veces, reconstruir los minutos que
siguieron a este instante extraordinario, encuentro los siguientes elementos
que, sin embargo, formaban un único destello, una única arma, de la que la
divina Providencia se servía para alcanzar y abrir finalmente el corazón de un
pobre niño desesperado: "¡Qué feliz es la gente que cree! ¿Si fuera
verdad? ¡Es verdad! ¡Dios existe, está ahí! ¡Es alguien, es un ser tan personal
como yo! ¡Me ama! ¡Me llama!". Las lágrimas y los sollozos acudieron a mí
y el canto tan tierno del Adeste Fideles aumentaba mi emoción.» En
su interior se mezclaban sentimientos contrapuestos. «La religión católica
seguía pareciéndome el mismo tesoro de absurdas anécdotas. Sus sacerdotes y
fieles me inspiraban la misma aversión, que llegaba hasta el odio y el asco.
Esta resistencia mía duró cuatro años. Me atrevo a decir que realicé una
defensa valiente. Y la lucha fue leal y completa. Nada se omitió. Utilicé todos
los medios de resistencia imaginables y tuve que abandonar, una tras otra, las
armas que de nada me servían. Esta fue la gran crisis de mi existencia, esta
agonía del pensamiento sobre la que Arthur Rimbaud escribió: "El combate
espiritual es tan brutal como las batallas entre los hombres. ¡Dura
noche!". Los jóvenes que abandonan tan fácilmente la fe, no saben lo que
cuesta reencontrarla, y a precio de qué torturas.» Había
en el interior de Paul Claudel un “hombre nuevo” que le empujaba a cambiar de
vida. Pero seguía también el “hombre viejo”, que resistía con todas sus fuerzas
y no quería entregarse a esta nueva vida que se abría ante él. «¿Debo
confesarlo? El sentimiento que más me impedía manifestar mi convicción era el miedo
a la opinión de los demás. El pensamiento de revelar a todos mi conversión y
decírselo a mis padres…, manifestarme como uno de los tan ridiculizados
católicos…, todo eso me producía un sudor frío. Y, de momento, me sublevaba,
incluso, la violencia interior que se me había hecho. Pero sentía sobre mí una
mano firme. (…) No conocía un solo sacerdote. No tenía un solo amigo católico.
(...) Pero el gran libro que se me abrió y en el que hice mis estudios, fue la
Iglesia. ¡Sea eternamente alabada esta Madre grande y majestuosa, en cuyo
regazo lo he aprendido todo!». Decidió
entregarse a Dios. Al principio, pensaba que la vida religiosa era lo suyo.
Pero al poco de estar en un convento le dijeron que probablemente aquel no era
su camino. Volvió a insistir en otro lugar, un tiempo más tarde, y volvieron a
decirle lo mismo. Le aconsejaron que pensara si quizá Dios no lo quería como
fraile, sino en el ejercicio de la diplomacia y en el cultivo de la literatura.
Entendió entonces que aquella era la voz de Dios, que le llegaba por encima de
sus deseos e impresiones iniciales. Y fue un gran diplomático y una de las
glorias literarias de Francia. Sirvió eficacísimamente a la Iglesia con su
trabajo y con su pluma. Con el tiempo, comprendió que sus primeras decisiones
fueron solo recodos de un camino que le llevaba derechamente a conocer la
voluntad de Dios. Esta
suele ser la situación en la que se encuentra el alma antes de decidirse. No ve
con nitidez, no escucha con claridad. Solo se tiene una inquietud, una intuición.
Una llamada aún poco perceptible, pero muchas veces no por eso menos real.
¿Dónde me quiere Dios? ¿Para qué? Hay que aguzar el oído, rezar, insistir al
Espíritu Santo que nos dé luz, pedir consejo. —Pero
quizá es mejor que estas cosas tan personales se decidan por uno mismo, sin
dejarse influir por consejos de nadie. Las
decisiones personales importantes han de tomarse de modo personal, pero la
gente inteligente y sensata las toma ayudándose del consejo de quienes le
merecen confianza y autoridad moral. A veces desde fuera se ven las cosas con
más objetividad, no porque desde fuera se vea mejor la vocación, sino porque
desde fuera nos pueden ayudar a reflexionar sobre cómo son nuestras
disposiciones de generosidad, o si, por su experiencia, juzgan que tenemos o no
las condiciones necesarias para seguir un determinado camino en una determinada
institución de la Iglesia. La
clave es a quién se pide ese consejo, y cómo se recibe. Hay que buscarlo en
personas que posean la ecuanimidad y la rectitud necesarias para una cuestión
tan importante. Y hay que recibirlo sin dejarse influir por quienes nos parece
que nos empujan a seguir con precipitación un entusiasmo pasajero, y al tiempo
sin dejarse convencer por quienes nos invitan a guiarnos por el egoísmo o a
dejar siempre las cosas para más adelante. Debemos
pedir consejo a personas que tengan la necesaria rectitud y consideración hacia
lo sagrado de la conciencia. A ese cuidado y esa solicitud se refería San
Josemaría Escrivá cuando explicaba: «Si interesa mi testimonio personal, puedo
decir que he concebido siempre mi labor de sacerdote y de pastor de almas como
una tarea encaminada a situar a cada uno frente a las exigencias completas de
su vida, ayudándole a descubrir lo que Dios, en concreto, le pide, sin poner
limitación alguna a esa independencia santa y a esa bendita responsabilidad
individual, que son características de una conciencia cristiana. Ese modo de
obrar y ese espíritu se basan en el respeto a la trascendencia de la verdad
revelada, y en el amor a la libertad de la humana criatura. Podría añadir que
se basa también en la certeza de la indeterminación de la historia, abierta a
múltiples posibilidades, que Dios no ha querido cerrar.» Toda
ayuda espiritual, igual que todo apostolado o proselitismo, es siempre dar luz
a las personas para que cada una, día a día, vaya descubriendo su camino y lo
siga. Quien da ese consejo, debe tenerlo presente; y quien lo recibe, debe
comprender que, lógicamente, no basta con el consejo para resolver nuestro
discernimiento, pues el discernimiento de la vocación es siempre personal. Es
cierto que otros pueden ayudarnos mucho, como se ve en la historia personal de
todos los santos a lo largo de la historia de la Iglesia. Así
sucedió, por ejemplo, a Santa Juana Francisca de Chantal. En el año 1601
falleció su marido, el Barón de Chantal, y ella quedó viuda con veintinueve
años y cuatro hijos. Juana Francisca pedía constantemente a Dios que pusiera en
su camino un director espiritual verdaderamente santo, capaz de ayudarla a
conocer y cumplir su voluntad. En 1604 conoció a San Francisco de Sales, y
enseguida comprendió que era la persona que ella buscaba. Juana Francisca se
dedicó a educar a sus hijos, a administrar los muchos bienes que le había
dejado su marido y a hacer numerosas obras de caridad con los pobres y enfermos
que ella iba a visitar o que acudían al Castillo de Monthelon, donde vivía.
Pasados los años, cuando sus hijos estuvieron ya preparados para valerse por sí
mismos, ella decidió hacerse religiosa. Pero su familia se opuso totalmente. Su
padre, que aún vivía, le suplicaba que no se alejara de los suyos, su hijo
mayor se tendió por tierra ante el dintel de la puerta diciendo que tendría que
pasar sobre él si quería irse. Pero ella seguía inconmovible en su
determinación de seguir su vocación. Pasó sobre el cuerpo de su muy amado hijo,
y casi desmayada por su inmenso pesar, encontró frente a la casa a su padre, se
postró de rodillas ante él y, llorando, le pidió su bendición. El anciano le
impuso las manos y le dijo: «No puedo reprocharte lo que haces. Ve con mi
bendición. Te ofrezco a Dios como Abraham le ofreció a Isaac, a quien amaba
tanto como yo a ti. Ve a donde Dios te llama y sé feliz en su casa. Ruega por
mí.» San
Francisco de Sales encontró en Juana Francisca de Chantal la persona ideal para
comenzar la fundación de una nueva comunidad de religiosas que visitaran a los
pobres, de ahí su nombre de Hermanas de la Visitación de la Santísima Virgen.
Resultó ser una mujer con grandes dotes de gobierno, que caminaba de ciudad en
ciudad organizando nuevas comunidades en todas las provincias de Francia. Pero
en 1622 falleció San Francisco de Sales y quedó ella sola al frente de una
numerosa comunidad recién fundada. Buscó entonces la ayuda de San Vicente de
Paul, que sería en lo sucesivo su director espiritual. Cuando fallece Juana
Francisca, en 1641, hay ya ochenta y tres conventos de la Visitación en varios
países de Europa. Todos sus parientes se alegrarán después y se felicitarán por
pertenecer a la familia de una persona de tanta fama de santidad. Y ella
siempre estuvo enormemente agradecida a la ayuda y el consejo que recibió de
personas tan santas, que supieron orientarla con sabiduría y fueron decisivas
para conocer su propia vocación y ser fiel a ella. 4.
Los síntomas de la vocación Poca
observación y muchas teorías llevan al error. Mucha
observación y pocas teorías llevan a la verdad. Alexis
Carrel —¿Y
cuáles son los síntomas de la vocación? La
vocación suele presentarse al principio como una serie de pequeñas inquietudes,
de conmociones interiores. Quieres hacer algo grande en tu vida. Sientes que
Dios espera algo más de ti. Te preocupa el dolor de los hombres. Te gusta la
vida que ahora llevas, pero sientes que falta algo. Son signos que se parecen
al oleaje de un mar interior, que anuncia una profunda y decisiva sacudida
espiritual. Como susurros lejanos de una llamada definitiva, que llegará a su
hora. —¿A
qué hora? A
la mejor hora, a la hora que Dios haya pensado. Son barruntos de amor que
preparan el alma hacia la generosidad de la entrega. Esas inquietudes quizá son
síntomas de la vocación, señales que sirven para alertar el corazón y urgirle a
luchar, a rezar, a esperar con el oído atento a lo que Dios quiera decirnos.
Cada uno debe asegurarse de que actúa con diligencia, que no se duerme mientras
Dios habla, que no hace oídos sordos a sus llamadas. —¿Y
puede que esos indicios sean un poco cambiantes, que “vayan y vengan”? Cuenta
Santa Teresa cómo en su alma adolescente iban y venían «estos buenos
pensamientos de ser monja», pero «luego se quitaban, y no podía persuadirme a
serlo». Es un fenómeno totalmente natural. Quizá hemos oído hablar ya muchas
veces sobre la vocación, pero nunca hemos visto claro que sea nuestro camino,
pero tampoco lo hemos descartado. Se trata de algo habitual en la mayoría de
las decisiones de cierta relevancia en cualquier persona: ¿debo orientar en
este sentido mi vida profesional? ¿será ésta la persona con quien debo casarme?
¿no debería cortar con esta mala costumbre que se ha introducido en mi vida? Es
frecuente que la voz de Dios tarde en esclarecerse, que no se escuche al
principio con nitidez, quizá porque precisamos de una mejora en nuestra sensibilidad
interior, y eso a veces lleva su tiempo. Debemos hablarlo con Dios en la
oración, y mejorar nuestras condiciones personales para que esa semilla pueda
germinar. Y quizá pedir consejo a quien realmente nos ayude a exigirnos y nos
oriente para descubrir la voluntad de Dios, en vez de a quien siempre nos dice
que no nos compliquemos la vida. —Pero
hay que escuchar el consejo de unos y de otros, no solo el de los que nos
animan en un sentido. Es
bueno escuchar a todos, y debemos tener la madurez necesaria para escuchar
opiniones a favor o en contra sin dar bandazos. Pero el acierto en una decisión
no proviene de la media aritmética de las opiniones de los que están a favor o
en contra. Hay que estar en guardia, por eso, tanto contra el entusiasmo precipitado
y el optimismo ingenuo, como contra el sutil engaño de ampararnos en las
opiniones que justifican las decisiones cómodas y egoístas. —Quizá
es mejor entonces no consultar con nadie y decidir por uno mismo. Es
una opción respetable. Pero toda persona con cierto nivel de responsabilidad en
la vida profesional, o social, o política, busca el consejo de personas
experimentadas. Para llegar a buen puerto es buena cosa contar con un buen
guía, tanto si es puerto de montaña, o de mar, o de la vida espiritual. Lo
digo porque, a veces, ante la perplejidad de la duda, nos refugiamos en el
aturdimiento de la frivolidad, de los días vacíos o del vértigo del
atolondramiento. Y quizá entonces, aunque sea casi inconscientemente, eludimos
las conversaciones o lecturas que nos hacen afrontar esas inquietudes. No
es un fenómeno nuevo ni extraño. Así ha sucedido a los santos. San Juan Bosco
quería ser franciscano, pero en el fondo lo que le movía a pensarlo era el
temor a no perseverar en otro lugar. Y escuchó, durante uno de sus sueños:
«Otra mies te prepara Dios.» Se lo contó a su confesor, que le dijo que en esos
temas él no entraba. Bosco quedó sumido en la perplejidad. Pero Dios no
abandona nunca a los que le buscan con sincero corazón, y un herrero amigo suyo
le sugirió consultarlo con Don Cafasso, un sacerdote conocido por su sensatez y
por su sentido sobrenatural. Don Cafasso le dio un consejo decisivo para su
vida, pues le animó a seguir con sus estudios y a esperar una luz del cielo que
no le había de faltar, como no le faltó. Y fue un gran santo, y fundador de una
de las órdenes religiosas que mayores servicios ha prestado a la Iglesia. —Pero
creo que es importante asegurar que el consejo que pedimos sobre la vocación no
resulte luego ser un consejo interesado. Por
supuesto. Es muy grande la responsabilidad de los que aconsejan a las personas
que se plantean la posibilidad de entregarse a Dios. Son asuntos muy serios, y
por eso quienes aconsejan sobre estos temas deben cuidar mucho su rectitud,
para no confundir sus propios deseos con los del Espíritu Santo. —¿Y
crees entonces que una persona puede aconsejar con rectitud sobre la vocación a
su propia institución? Pienso
que sí. Si esa persona es sensata, en absoluto querrá encaminar hacia su camino
a alguien sin vocación para ese camino, porque en ese caso hará daño al
interesado, a sí mismo y a la institución a la que teóricamente favorece.
Porque la gente sin vocación no persevera. Los
fundadores han solido aconsejar mucha prudencia a la hora de aconsejar sobre la
vocación. Por ejemplo, San José de Calasanz decía: «No temáis abrir cien
puertas en lugar de una para que salgan todos y cerrar noventa y nueve y media
para permitir la entrada a los que se presenten». Y el propio San Pablo, en su
primera carta a Timoteo, recalca la importancia del discernimiento: «No te
precipites en imponer a nadie las manos, no te hagas partícipe de los pecados
ajenos» (I Tim. 5, 22). Me
parece que no hace falta poseer mucha perspicacia para advertir si una persona
nos aconseja con rectitud o no. Pero, desde luego, haber seguido un camino no
invalida para aconsejar sobre él, sino que quizá es al revés, como lo demuestra
el hecho de que la mayoría de las vocaciones fieles y felices han nacido del
consejo de alguien que ha servido de referencia para seguir ese mismo camino.
Igual sucede, por ejemplo, con la vocación profesional, donde es muy normal que
el testimonio de la vida de una persona sirva para despertar ese deseo latente,
para hacerlo germinar y crecer, y para ayudar a discernir si se trata o no de
su camino. No puede olvidarse que Dios, para dar a conocer su voluntad, se
sirve ordinariamente de las personas que tenemos a nuestro alrededor. Como
es lógico, lo que nadie puede atribuirse es ningún tipo de exclusiva o de
infalibilidad en el discernimiento, ni de iluminaciones especiales sobre el
discernimiento de la vocación de los demás. Como decía Benedicto XVI en un
encuentro con sacerdotes: «No pretendo ser aquí ahora como un
"oráculo" que responda de modo satisfactorio a todas las cuestiones.
San Gregorio Magno dice que cada uno debe conocer “infirmitatem suam”, sus
limitaciones, y esas palabras valen también para el Papa. O sea, que también el
Papa, día tras día, debe conocer y reconocer “infirmitatem suam”, sus límites.
Debe reconocer que solo colaborando todos, en el diálogo, en la cooperación
común, en la fe, como cooperadores de la Verdad, de la Verdad que es
Jesucristo, podemos cumplir juntos nuestro servicio, cada uno en la parte que
le corresponde. En este sentido, mis respuestas no serán exhaustivas, sino
fragmentarias.» Cuando
alguien aconseja sobre la vocación de otro, no debe seguir sus propias
opiniones, ni sus propios deseos, sino que por encima de todo debe ayudar a
averiguar el deseo de Dios. Así lo explicaba Benedicto XVI en la homilía de
inicio de su pontificado, aludiendo a que no tenía programa propio de gobierno
y a que su papel no era imponer sus ideas: «Mi verdadero programa de gobierno
es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino de ponerme, junto
con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y
dejarme conducir por Él.» Nadie
puede asegurar o negar con rotundidad al hablar del discernimiento de la
vocación de otra persona. Pero una persona sí puede ayudar en ese
discernimiento a otra. Puede realizar una labor de acompañamiento espiritual
que arroje luz en esa tarea personal de encontrar el camino que marca Dios.
Porque Dios tiene pensado algo para cada uno, y tiene pensado también un modo
de hacérnoslo saber —lo contrario no tendría sentido—, y da igual el modo por
el que Dios siembre en nuestra alma esa inquietud. Lo importante, y lo que con
frecuencia más falta, es la respuesta, cara a Dios. 5.
Casualidades Si
no esperas lo inesperado no
lo reconocerás cuando llegue. Heráclito «Durante
cinco años —cuenta el filósofo francés Jean Guitton— fui prisionero de guerra
en un campo de concentración destinado a oficiales, cuyo número ascendía a
cinco o seis mil hombres. »Aquellos
hombres, obligados a la reclusión, privados de la familia que habían formado o
esperaban formar, no podían evitar las reflexiones sobre la condición humana.
Recuerdo que, durante un triste atardecer, no sabíamos qué hacer, y uno de
nosotros imaginó un extraño juego: cada uno debía contar de qué modo su padre había
conocido a su madre. »Como
fácilmente se adivinará, todas las historias, pese a ser muy distintas, se
parecían. Lo que había provocado el amor del hombre por la mujer o de la mujer
por el hombre era, a menudo, un pequeño detalle: el hecho de perder un tren,
una mirada, una simple palabra, un silencio más prolongado... »Tras
estas confidencias, en el barracón de los prisioneros se produjo un silencio
metafísico. Cada uno de nosotros comprendía que aquello en virtud de lo cual
uno mismo existía, había sido originado por algo insignificante, por un
encuentro, por un rasgo en un rostro, por el color de unas pupilas. Cada uno de
nosotros comparaba la desproporción entre el origen de su ser —una casualidad,
un movimiento emotivo—, y su propio ser, y comprendía que estaba ante un
misterio, ante la desproporción entre algo fugaz y aleatorio, por una parte, y
el universo espiritual, surgido de este hecho accidental, por otra.» El
desarrollo de un amor, o de la lealtad a una decisión, suele comenzar de modo tan
modesto y casual como el recogido por Guitton en este recuerdo autobiográfico.
Hay frecuentemente una notable desproporción entre los inicios sencillos, y en
apariencia quizá intrascendentes, de un afecto, y el amor ardiente e
incondicionado que ese afecto está llamado a ser. El amor humano, como el
sobrenatural, ha de atravesar necesariamente un conjunto de etapas, fases e
incidencias, que son parte esencial de la biografía de la persona, y forman la
historia de la fidelidad a lo que Dios le pide. Sucede con el amor, y sucede
también, por ejemplo, con el proceso de muchas conversiones. Se podrían contar
miles de casos. «Me
llegó una carta —contaba la Madre Teresa de Calcuta— de un brasileño muy rico.
Me decía que había perdido la fe; pero no solo la fe en Dios sino también la fe
en los hombres. Estaba harto de su situación y, de todo lo que lo rodeaba, y
había adoptado una decisión radical: suicidarse. Un día, en que aquel hombre
iba de paso por una abarrotada calle del centro, vio un televisor en el escaparate
de una tienda. El programa que estaba transmitiendo en aquel momento había sido
rodado en nuestro Hogar del Moribundo Abandonado de Calcuta. Se veía a nuestras
Hermanas cuidando a los enfermos y moribundos. El remitente me aseguraba que,
al ver aquello, se sintió empujado a caer de rodillas y rezar, tras muchos años
en que no había hecho ninguna de ambas cosas: orar arrodillado. A partir de
aquel día recobró su fe en Dios y en la humanidad, y se convenció de que Dios
lo seguía amando.» Las
llamadas de Dios son distintas para cada uno. Y no faltan las veces en las que
la llamada se presenta bajo la apariencia de un error. Un día del año 1588, un
joven napolitano llamado Ascanio Caracciolo recibe por error una carta de
Agostino Adorno, pidiéndole consejo acerca de la idea de fundar una nueva
comunidad religiosa y proponiendo su colaboración. En realidad, la carta estaba
dirigida a otra persona, que tenía idéntico nombre y apellido, pero él, al
leerla, encontró que eso era precisamente lo que había deseado por muchos años.
Fue a entregarla a su destinatario, estuvo charlando con él, y decidió formar
parte de esa nueva institución, los Clérigos Regulares Menores, de la que fue
prácticamente su cofundador. Dios se sirvió de aquel error humano para dar a conocer
su vocación a aquel joven, que acabaría siendo San Francesco Caracciolo. Dios
habla a cada alma con un lenguaje distinto, personal. Tiene una llave distinta,
un “password” personal para el alma de cada uno. Y evoca recuerdos y
situaciones que solo cobran sentido para cada uno. A Natanael le dice: «Antes
que Felipe te llamase, te vi yo, cuando estabas debajo de la higuera». Nunca
sabremos qué sucedió exactamente en su interior, pero aquello fue lo que le
movió a seguir al Señor. Por eso, no debemos menospreciar las pequeñas
insinuaciones de Dios que provienen de cosas que leemos, o que se nos ocurren,
o que nos acordamos, o que nos dicen. Pueden ser pequeños oleajes interiores en
la superficie aparentemente calmada de nuestra vida, o una mar de fondo con la
que quizá Dios nos esté queriendo decir algo. —Parece
entonces que la vocación esta llena de casualidades… No
se trata de fundamentarse en las casualidades, sino de buscar los designios de
Dios a través de las cosas ordinarias que la Providencia pone en nuestro
camino. Y eso no es tanto “casualidad” como “causalidad”. No
es propiamente casualidad, por ejemplo, que San Maximiliano Kolbe escuchara en
una homilía de domingo de 1906 la noticia de que se abría un nuevo seminario
franciscano en Lvov, y que aquello removiera sus inquietudes vocacionales y se
decidiera a ingresar allí a los pocos meses. No es casualidad que San Juan de
Dios escuchara en Granada en 1539 la predicación de San Juan de Ávila y que
aquello le hiciera cambiar de vida por completo. No fue casualidad tampoco que
San Camilo de Lelis tuviera que acudir al Hospital de Santiago, en Roma, para
curar una herida, y que allí descubriera su llamada a fundar una Orden
Hospitalaria, en 1582. Podrían citarse millones de aparentes casualidades que
Dios tenía previstas para hacernos ver sus designios para nuestra vida. —De
acuerdo, pero no todas las casualidades que nos acontecen en la vida son un
designio de Dios, porque entonces podríamos volvernos locos viendo signos por
todas partes. No
se trata de interpretar cada pequeña cosa como un mensaje de Dios, o como un
presagio o una señal divina que nos indica qué debemos hacer. Pero también es
cierto que nada de lo que nos sucede es simple casualidad. Tejemos nuestra
vida, día a día, con gracia y libertad, bajo la mirada de Dios, que se propone
en todo una finalidad. Todo sucede por algo y para algo. Dios no dispone las
cosas, la vida de una persona, para que esté ahí, sin más, sin sentido: nacer,
vivir, morir, sin un porqué ni un para qué. Dios
acompaña cada uno de nuestros pasos, tantas veces vacilantes. Nos descubre lo
necesario para que a su vez nosotros descubramos el sentido de nuestra vida.
Suele hacerlo poco a poco, sin avasallar, buscando en nosotros una respuesta
paulatina, un diálogo de generosidad entre sus llamadas y nuestras respuestas.
Quizá ha esperado durante mucho tiempo y ahora empieza a descubrirte su querer,
o quizá lo intenta desde hace tiempo y ahora empiezas a verlo. —Pero
esas casualidades pueden ser simplemente medios de los que se sirve Dios para
hacernos ver cuestiones en las que mejorar. Sí,
y si respondemos con generosidad, seremos cada vez mejores, y quizá Dios nos
irá haciendo nuevas llamadas hasta desvelar cada vez más su designio para con
nosotros. —¿Y
a Dios no le basta con que seamos “buenas personas”, nada más? Toda
persona con un mínimo de formación tiene sus proyectos de futuro, su ilusión
profesional, sus deseos de hacer algo por luchar contra la pobreza, contra la
ignorancia, contra la injusticia, en definitiva, tiene sus horizontes en la
vida. Cuando alguien dice que se conforma con ser buena persona, sin más, da la
impresión de que con eso pone unos límites bastante cortos a esos horizontes.
Que alberga buenos deseos, pero no está dispuesto a perder comodidades. Eso
sería vivir una existencia sin relieve, en la que a veces surge una cierta
inquietud, un «quizá debiera…», pero que enseguida queda acallado con un
«mañana, mañana... », como sucedía a San Agustín. Toda
vocación es una llamada a desprenderse del pequeño horizonte de la vida
ordinaria, para comprometerse en una obra más grande. Es cierto que la
concreción de esos grandes ideales, la plasmación concreta del querer de Dios,
se presenta a veces como algo incómodo, lleno de responsabilidades y
exigencias, como si fuera la página siguiente de un libro cuya lectura no
deseas proseguir, porque prefieres seguir embotado de presente, acomodado a la
pequeña felicidad del conformismo. Todo eso puede suceder, pero quizá un día,
de repente, casi sin darte cuenta, en el momento y lugar más insospechados, te
encuentras delante de un Dios que quiere decirte algo, no sabes bien qué. Algo
así le ocurría a Santa Teresa de Ávila. En su caso, Dios actuó de una forma
extraordinaria, distinta de lo que será habitual para nosotros. Ella quería ser
buena persona y, al tiempo, huir de la oración, por miedo a conocer con más
detalle las llamadas que Dios le hacía. Quiso convencerse también de que no
había nada de malo en continuar con tratos y conversaciones que le estaban
conduciendo a la frivolidad y enfriaban su alma. «Y fue muchos años los que
tomaba esta recreación pestilencial; que no me parecía a mí —como estaba en
ello— tan malo como era, aunque a veces claro veía no era bueno; mas ninguna no
me hizo el distraimiento que ésta que digo, porque la tuve mucha afición. Y
estando otra vez con la misma persona, vimos venir hacia nosotros —y otras
personas que estaban allí también lo vieron— una cosa a manera de sapo grande,
con mucha más ligereza que ellos suelen andar. De la parte que él vino no puedo
yo entender pudiese haber semejante sabandija en mitad del día ni nunca la
habido, y la operación que hizo en mí me parece no era sin misterio. Y tampoco
esto se me olvidó jamás. ¡Oh grandeza de Dios, y con cuánto cuidado y piedad me
estabais avisando de todas maneras, y qué poco me aprovechó a mí!». 6.
Capacidad de escucha Cuando
el aprendiz está maduro encuentra
siempre a su maestro. Alejandro
Llano Samuel
era hijo de Elcana y de Ana. Vivía junto al sumo sacerdote Helí. Y una noche
Dios quiso mostrarle su vocación. Samuel descansaba en una habitación cercana a
la de su maestro, cuando escuchó una voz —«Samuel, Samuel»— que le llamaba por
su nombre. Se
extrañó. A nosotros nos hubiese sucedido lo mismo. Pensamos que Dios debe
llamarnos tal y como nos lo imaginamos. Y naturalmente, dentro de nuestro
horario de visita. ¿A quién se le ocurre venir a media noche? Samuel
se sobresaltó. Y luego le entró la duda. Esa llamada que creía sentir, ¿era
fruto de su imaginación, del sueño..., o era efectivamente un deseo real de
Dios? Podría haber seguido durmiendo. Podría haber esperado a la mañana
siguiente. Podría haber pensado que era una de tantas cosas un poco extrañas
que se imagina uno a veces. Aquello había sido solo una llamada vaga en el
silencio. Pero se levantó y fue a despertar a Helí. Escuchó una voz que llamaba
en la intimidad del alma, y acudió a quien pensaba que le podía dar un buen
consejo. Pero
Helí no había oído nada. Sin embargo, no se sorprendió de aquella llamada
nocturna de Dios. Era un hombre experimentado. Sabía que Dios a veces alterna
urgencias y silencios, llamadas fuertes con otras más leves. Que muchas veces
desea que nosotros tomemos la iniciativa. Que nos prueba, para ver si estamos
receptivos, si nos levantamos del sueño, si nos atrevemos a hablar. —Pero
la vocación es algo que se descubre de modo personal delante de Dios, no
hablando con otro hombre. La
vocación es un querer de Dios, es verdad. Luego viene la respuesta generosa del
hombre al que Dios llama. Pero, de ordinario, falta un tercer elemento: la
aceptación de esa respuesta por... otro hombre. —Pero
eso es supeditar la vocación a otro hombre… Si
nuestra vocación está encuadrada en una institución de la Iglesia, y muchas
veces incluso aunque no lo esté, al final, casi siempre tenemos que hablar con
un hombre. Somos seres corporales, no ángeles ni espíritus. Dios suele
manifestar su voluntad mediante signos y medios externos, además de los
internos y espirituales. Y entre esos medios externos están algunas personas
que con frecuencia Dios utiliza como instrumentos en el camino de nuestra vida.
Como es lógico, esas personas no otorgan la vocación, pero sí tienen la obligación
de discernir si la persona que tienen delante posee la suficiente madurez para
ser admitida en ese seminario, en ese noviciado, o en esa institución, del tipo
que sea, a la que esa persona se siente llamada. Deben
comprobar, en lo posible, si ese candidato siente en su alma una inclinación
hacia un determinado camino movida quizá sobre todo por un sentimentalismo
pasajero, o por un desconocimiento de la realidad de ese camino. O si esa
pretendida vocación de misionero no es en realidad una atracción algo infantil
hacia la aventura, o hacia los viajes por África, o es una ilusión poco
sobrenatural. O si desea permanecer célibe sobre todo por miedo a la difícil
realidad del matrimonio. O si aspira a ser sacerdote simplemente para emular al
admirado amigo, o a un brillante hermano mayor. O lo que sea. Dios
se sirve de ordinario de un hombre para verificar la autenticidad de esa
llamada que se siente o se cree sentir. La Iglesia valora cuidadosamente que
los que se entregan al servicio de Dios lo hagan libremente, con conocimiento
de causa, y que posean la madurez psicológica e intelectual adecuadas a sus
circunstancias. Cuando alguien siente una vocación y llama a una puerta,
quienes estén tras esa puerta deberán tomar las cautelas oportunas para asegurar
en lo posible que ese impulso está motivado por una recta intención, por un
deseo de servir a Dios. Y han de cerciorarse de si el candidato posee la
necesaria integridad moral, si tiene la necesaria vida de oración, si goza de
la salud física o psíquica imprescindible para ir adelante por ese camino. —¿Qué
tiene que ver la salud con la vocación? Tiene
su relación, pues no sería acertado, por ejemplo, admitir a una persona en una
institución de la Iglesia cuyo tipo de vida desgastara su salud y le arruinara
física o psíquicamente. Quienes son responsables de esa institución tienen que
valorar si esa persona es idónea para ese camino o si tiene algún impedimento
que le imposibilite cumplir con las obligaciones específicas de esa vida de
entrega. A
veces, esa falta de salud hace dar un giro en el camino de la entrega a Dios, y
eso es parte de su sabia providencia. Así sucedió, por ejemplo, a Santa Juana
de Lestonnac, que en al año 1597 había quedado viuda al fallecer su esposo, el
barón de Landirás y de la Mothe. Ella ya había considerado en su juventud la
posibilidad de ser religiosa, y esa antigua idea fue madurando en su nueva
situación. Seis años más tarde, en 1603, cuando sus hijos tienen ya la
suficiente independencia, decide abandonar Burdeos e ingresar en un monasterio
cisterciense de Toulouse. Su felicidad en la vida religiosa es muy grande, pero
la rigurosa forma de vida del monasterio agota sus fuerzas y su salud empeora
de día en día. Ella prefiere la muerte antes de ser infiel a su Dios, pero la
superiora le indica que su falta de salud es muestra de que aquel no es su
camino, y que es preferible seguir la prescripción facultativa y regresar a su
casa. Aquella noche, mientras su alma se esfuerza en aceptar la voluntad divina
y el consiguiente cambio de planes, Dios le hace ver que debe iniciar una obra
en beneficio de la juventud femenina. En aquella velada última de oración en su
aposento de novicia cisterciense, comienza a gestarse la Orden de las Hijas de
María Nuestra Señora, una nueva fundación que sería la primera orden religiosa
femenina dedicada a la educación de niñas y jóvenes. Recibe en 1607 la
aprobación de la Santa Sede, y la fundadora, a pesar de sus cincuenta y un años
y su delicada salud, logra en poco tiempo extender la orden por toda Francia y
hacer con su santidad una gran aportación a la vida de la Iglesia y a la
educación. —¿Y
cómo sigue la historia de Samuel? Samuel
le contó lo que había escuchado y Helí le dijo: «No te he llamado, vuélvete a
dormir». También pasa eso a veces con la vocación. Hay que esperar a que
madure. Hay que asentar esas buenas disposiciones, seguir luchando hasta que
las virtudes arraiguen con más fuerza en el alma y se vean las cosas con más
claridad. —¿Y
mientras tanto? Lo
que hizo Samuel: seguir a la escucha. Y al escuchar de nuevo la llamada, no
darse la vuelta y seguir en la cama con la excusa fácil: «Bah, es como la otra
vez». Aquello
sucedió por tres veces. Helí le aconsejó que, si lo volvía a oír, dijera:
«Habla Señor, que tu siervo escucha». Samuel siguió ese consejo y, gracias a
eso, escuchó al Señor cuando le habló. Así conoció finalmente el querer de Dios
para su vida. El Señor le llamó como las otras veces: «¡Samuel, Samuel! ». Y
respondió: «Habla, que tu siervo escucha! ». Cuando hay esa buena disposición,
al final se escucha siempre la voz de Dios: clara, vibrante, inconfundible,
comprometedora, plena. —¿Y
qué es más habitual, que la llamada de Dios irrumpa de pronto en la vida de una
persona, o que esa llamada se vaya percibiendo poco a poco? Ambas
cosas son bastante habituales, pero quizá es algo más frecuente que sea de modo
sencillo y gradual. En un encuentro con jóvenes en Roma en el año 2006,
Benedicto XVI respondió a una pregunta sobre la vocación que le hacía un
universitario de veinte años y relató brevemente los inicios de la suya: «La
vocación al sacerdocio creció casi naturalmente junto conmigo y sin grandes
acontecimientos de conversión. Además, en este camino me ayudaron dos cosas: ya
desde mi adolescencia, con la ayuda de mis padres y del párroco, descubrí la
belleza de la liturgia y siempre la he amado, porque sentía que en ella se nos presenta
la belleza divina y se abre ante nosotros el cielo. El segundo elemento fue el
descubrimiento de la belleza del conocer, el conocer a Dios, la Sagrada
Escritura, gracias a la cual es posible introducirse en la gran aventura del
diálogo con Dios que es la teología. Así, fue una alegría entrar en este
trabajo milenario de la teología, en esta celebración de la liturgia, en la que
Dios está con nosotros y hace fiesta juntamente con nosotros.» »Es
importante estar atentos a los gestos del Señor en nuestro camino. Él nos habla
a través de acontecimientos, a través de personas, a través de encuentros; y es
preciso estar atentos a todo esto. Luego, es preciso entrar realmente en
amistad con Jesús, en una relación personal con él. No debemos limitarnos a saber
quién es Jesús a través de los demás o de los libros, sino que debemos vivir
una relación cada vez más profunda de amistad personal con Él, en la que
podemos comenzar a descubrir lo que nos pide. »Luego,
debo prestar atención a lo que soy, a mis posibilidades: por una parte,
valentía; y, por otra, humildad, confianza y apertura, también con la ayuda de
los amigos, de la autoridad de la Iglesia y también de los sacerdotes, de las
familias. ¿Qué quiere el Señor de mí? Ciertamente, eso sigue siendo siempre una
gran aventura, pero solo podemos realizarnos en la vida si tenemos la valentía
de afrontar la aventura, la confianza en que el Señor no me dejará solo, en que
el Señor me acompañará, me ayudará.» 7.
Detalles que a otros pasan inadvertidos Muy
débil es la razón si
no llega a comprender que
hay muchas cosas que la sobrepasan. Blas
Pascal Transcurren
las vacaciones navideñas del año 1917 en Logroño, una pequeña ciudad española.
Desde hace unos días nieva sin interrupción y el nuevo año entra con
temperaturas glaciales. El termómetro desciende hasta dieciséis grados bajo
cero. Una
de esas mañanas, un chico de quince años sale a la calle. Se llama Josemaría
Escrivá. Contempla el espectáculo de la ciudad nevada. El amanecer ha sido
blanco y transparente. Cuando pasa por delante del colegio de los Maristas, se
encuentra con algo que llama poderosamente su atención y que variará el curso
de su existencia: las huellas en la nieve de unos pies descalzos. Se paró a
examinarlas con curiosidad y observó que aquel rastro correspondía a la pisada
desnuda de un fraile carmelita muy popular en la zona: el Padre José Miguel. Se
encontró enseguida sumergido en una profunda remoción interior. En su alma se
metió una inquietud que ya no le abandonaría nunca. Había en el mundo personas,
como aquel hombre, que hacían grandes sacrificios por Dios y por los demás. ¿Y
yo? ¿No voy a ser capaz de ofrecerle nada? Es
probable que bastantes personas pasaran por ese mismo lugar aquella mañana.
Unos no repararían en aquellas pisadas, entremezcladas quizá con los rastros de
otras personas, carros o bicicletas, marcados también sobre la nieve. Otros,
las verían, y pensaron quizá en que era admirable que hubiera personas tan
extraordinarias, pero en su interior no surgió ningún pensamiento que les
interpelase en su propia vida. En
cambio, aquellas huellas en la nieve hicieron ver a aquel adolescente que Dios
le pedía que se complicara la vida, que se comprometiera en una gran tarea en
servicio de los demás. Inesperadamente, se sintió interpelado por Dios de un
modo nuevo, total, radical, nunca antes imaginado. Comprendió que Dios le
llamaba, aunque aún no sabía bien cómo. Pero había percibido una llamada de
Dios, que en adelante definiría su andadura y su misión. Durante
dos o tres meses, acude a visitar al padre José Miguel. Le cuenta lo que ha
sucedido en su interior, el horizonte, todavía oscuro, que Dios ha querido
abrir en su alma. El fraile le propone ingresar en el Carmelo. Josemaría medita
esta proposición y la descarta. Sabe, con una convicción que personalmente le
sorprende, que el Señor tiene planes diferentes sobre su vida. Pasará
aún un tiempo en la oscuridad, a solas con su oración perseverante, mientras
germina la semilla que el Cielo ha depositado dentro de su corazón. Al mismo
tiempo, se emplea a fondo en sus estudios de bachillerato. Por entonces, invade
su ánimo la idea de entregarse a Dios siendo sacerdote. No lo había pensado
nunca, pero el Cielo sigue pidiéndole algo. Y de la mano de esa llamada, cada
vez más fuerte que su propia voluntad, decide emprender ese camino. «Yo no
pensaba hacerme sacerdote, pero vino Jesús a mi alma, como viene el amor, en el
momento más inesperado.» Tiene
todavía algunas dudas. Su vocación es otra, aunque aún la ve inconcreta.
Piensa, eso sí, que siendo sacerdote estará más disponible para cumplir la
Voluntad de Dios, que aún no conoce, y que sin embargo ilumina su vida. En
octubre de 1918 se matricula en el Seminario de Logroño, y en 1925 se ordena
sacerdote. Hasta el 2 de octubre de 1928 no tuvo claro qué quería Dios de él.
Fue entonces cuando vio que, sin querer él ser fundador de nada, Dios le pedía
que fundara el Opus Dei. Cuando murió, en 1975, la institución que había
iniciado estaba ya extendida por todo el mundo, con más de 60.000 miembros de
todas las nacionalidades. Hoy, San Josemaría Escrivá es una referencia
espiritual para millones de personas. Pero todo empezó así, con unas pisadas en
la nieve. Toda
la realidad que nos rodea es una interpelación constante hacia la reflexión y
el compromiso. El mundo a nuestro alrededor está lleno de preguntas que esperan
respuestas personales. Pero esas preguntas son como susurros que solo se oyen
cuando hay un cierto grado de madurez personal y de rectitud de vida. El que
vive acaparado y seducido por sus propios intereses egoístas no percibe esas
preguntas ni esas llamadas o, a lo sumo, responde con un «¿y a mí qué? ». Y si
no percibe las preguntas, es difícil que encuentre respuestas que den un
sentido claro a su vida. —¿Piensas
entonces que la clave está en que todos tengamos más actitud de escucha y más
sensibilidad hacia lo que Dios quiere decirnos? Es
imprescindible esa actitud de escucha, pero, sobre todo, hacen falta respuestas
personales generosas. Si uno no se pregunta para qué está en el mundo, qué es
lo que de verdad vale la pena en la vida, nunca llegará a percibir ni formular
una respuesta clarificadora. En ese sentido, son importantes las preguntas,
pero, después, la respuesta al querer de Dios es lo fundamental. —Pero,
para dar una respuesta personal generosa, hace falta saber cuál ha de ser
nuestra respuesta, y eso no siempre es sencillo. Si
uno no se hace esas preguntas, nunca encontrará las respuestas. Por eso es
preciso afinar el oído y preguntarse para qué estamos en este mundo, qué es lo
que puede dar verdadero valor a nuestra vida, qué puede llenar realmente
nuestro corazón y otorgarnos una felicidad duradera. Son preguntas que, si se
responden con acierto y luego se persevera en el compromiso que suponen, son la
condición para llegar a ser uno mismo, para vivir la propia vida y para vivirla
con verdadera libertad. La
generosidad de las personas se puede comprobar observando la relación entre el
modo en que se le pide algo y cómo responde a esa petición. Cuando aquel chico
de quince años ve esas huellas en la nieve, que vieron tantos otros aquellos
días, se siente llamado por Dios a una mayor entrega. Ante una pequeña
insinuación de Dios, la respuesta es de total generosidad. —¿Y
no te parece que para descubrir qué quiere Dios de nosotros, hemos de
esforzarnos primero por salir un poco de nuestro individualismo? Me
parece que el individualismo y el egoísmo son efectivamente impedimentos muy
importantes. Porque percibir el querer de Dios suele ir unido a percibir el
querer de los demás. Hace
un tiempo leí que una de las decisiones más importantes en la vida de una
persona, de las que más condicionan el resultado global de nuestra existencia,
es una decisión que todos acabamos tomando, casi sin darnos demasiada cuenta, y
es esta: si centramos nuestra vida en nosotros mismos o en los demás. Todo
nuestro entorno lanza llamadas continuas a despertar nuestra sensibilidad hacia
las necesidades de los demás. Hay personas que se acostumbran a hacer oídos
sordos a esas llamadas. Otros, en cambio, saben captarlas y reflexionar sobre
ellas, y son personas que tienen ojos para descubrir los sufrimientos y las
necesidades de los demás. Piensan poco en su propia satisfacción y,
curiosamente, son los que luego alcanzan mayores cotas de satisfacción y de
felicidad. Saben estar atentos y procuran colmar, con la riqueza de su corazón,
las carencias de quienes les rodean. Y quizá parece que en ellos esa actitud es
innata, pero la realidad es que se debe más bien a la educación recibida y,
sobre todo, al esfuerzo y la entrega personal a lo largo de su vida. El
28 de octubre de 1816, Marcelino Champagnat, un sacerdote de 27 años recién
ordenado, acude con urgencia a la aldea de Les Palais y asiste en su lecho de
muerte a un chico llamado Juan Bautista Montagne. El moribundo tiene dieciséis
años pero no había oído nunca ni siquiera hablar de Dios. El joven sacerdote
queda muy impresionado, pues en ese momento comprende que en ese mismo estado
deben estar miles y miles de jóvenes, por falta de maestros que les enseñen el
camino de la fe. Decide poner en marcha de inmediato una fundación dirigida a
instruir cristianamente a la juventud, la congregación de los Hermanos
Maristas. En 1818 funda la primera escuela en su pueblo natal, Marlhes. Y al
año siguiente en su parroquia, La Valla-en-Gier. A su muerte, veintidós años
después, en 1840, hay ya 48 escuelas por toda Francia. Hoy, los Hermanos
Maristas son más de cuatro mil religiosos y están presentes en más de cien
países, gracias a que San Marcelino Champagnat estuvo atento a la voz de Dios.
Primero cuando, a los catorce años, recibe en Marlhes la visita de un sacerdote
que le propone entrar en el seminario. Después, cuando persevera en sus
estudios, pese a que el primer año fracasa como estudiante y el director del
seminario le recomienda quedarse en casa porque no es apto para los estudios
eclesiásticos. Más adelante, cuando no se conforma con sus obligaciones como
joven sacerdote y se lanza a una nueva fundación, a pesar de su escasa salud y
de la convulsa situación del país en aquella época. Con la ayuda de Dios, logró
superar múltiples contrariedades, sobre todo en los comienzos de su obra, pues
hasta sus colegas sacerdotes lo tildaban de orgulloso, de obrar por la vanidad
de ostentar el título de fundador, y lo consideraron loco y falto de toda
prudencia. Sin embargo, no se desanimó por las incomprensiones o las calumnias,
y fue un gran pionero en muchas cuestiones educativas, un gran evangelizador y
un gran santo. El
6 de febrero de 1844, una chica joven de la alta sociedad madrileña visita con
una amiga suya el hospital San Juan de Dios, donde estaban las mujeres de mala
vida que caían enfermas. Se llama Micaela Desmaisières López de Dicastillo y
Olmeda, Vizcondesa de Jorbalán. Es una mujer sensible, que alterna la vida de
la aristocracia con las obras de caridad. Pero aquel día Micaela se topa de
pronto con el drama de estas chicas jóvenes en la persona de una de ellas: una
muchacha modosa y tímida, hija de un rico banquero navarro, que se había visto
abocada a la prostitución tras ser engañada y seducida por unos desalmados.
Nunca se había imaginado que los hombres dieran un trato tan injusto y cruel a
esas pobres criaturas, después de haberlas corrompido. Aquel espectáculo fue
para ella como una revelación del cielo. Micaela se refirió siempre a aquella
mujer como “la chica del chal” y su historia la conmovió de tal forma que la
marcó de por vida. Cuando se entera, además, de la espantosa vida que les
esperaba cuando salen de allí, piensa que es necesario hacer algo para
ayudarlas. Enseguida pone en marcha un pequeño colegio para las muchachas en
peligro y para las que ya han sido víctimas, para intentar redimirlas. A partir
de ahí, se produce a su alrededor una verdadera tormenta de incomprensiones,
aun entre sus mejores amistades. ¿A quién se le iba a ocurrir que una mujer de
la más alta clase social, emparentada con las familias más ricas y famosas de
la capital, se dedique a cuidar mujeres de mala vida? Las calumnias van en
aumento, pero a ella no parecen importarle demasiado. En 1850, deja los fastos
de la corte de Isabel II para vivir con sus chicas en el colegio. Tras grandes
dificultades, el colegio crece y ya tiene con ella algunas colaboradoras. Ve la
necesidad de formar una comunidad que dé estabilidad a la obra, y en 1856 funda
la Congregación de Adoratrices Esclavas del Santísimo Sacramento y de la
Caridad, dedicadas a adorar a Cristo Jesús en la Eucaristía y a trabajar por
preservar a las muchachas en peligro y a redimir a las que ya cayeron. La
comunidad se extiende rápidamente por toda España, y hoy cuenta con casi dos
mil religiosas en más de ciento sesenta casas y colegios por todo el mundo.
Ella decía a sus religiosas: «Es difícil encontrar otra fundadora que haya sido
más acusada, más calumniada y más regañada que yo. Mis acciones las juzgan de
la peor manera posible. Pero poco me interesa lo que las gentes están diciendo
de mí, porque mi juez es Dios.» Y Dios la glorificó haciendo numerosos milagros
por su intercesión, y hoy las religiosas de Santa María Micaela siguen
prestando un servicio impagable a decenas de miles de mujeres que sufren el
riesgo de las muchas formas de explotación y esclavitud que tiene la sociedad
de cualquier época. 8.
¿Se me tiene que haber ocurrido a mí? El
mayor espectáculo es
un hombre esforzado luchando contra la adversidad; pero
hay otro aún más grande: ver
a otro hombre lanzarse en su ayuda. Oliver
Goldsmith —En
la vocación, es uno mismo el que debe responder y, por tanto, el único
responsable ante Dios. ¿Eso supone que deba surgir como algo espontáneo, que se
me tenga que haber ocurrido a mí? ¿No te parece que, si me lo ha sugerido otro,
es un descubrimiento forzado y, por tanto, antinatural? Tu
punto de partida es perfectamente razonable. Nadie debe atosigarte, ni coartar
tu libertad, ni quitarte el protagonismo que evidentemente debes tener en todo
el proceso de discernimiento de tu vocación. Pero eso no quita que alguien te
pueda o deba aconsejar algo, o estimularte a ser generoso. La cuestión clave es
si Dios te llama o no, y a qué te llama, y no si se te ha ocurrido a ti solo, o
a ti primero, o sin que nadie te diga nada. Debes ser tú el protagonista, pero
puede haber personajes secundarios. No eres tú el director de la película, sino
Dios. Debes
hablarlo con Dios, pues el compromiso es con Él. Y sabes de sobra que
entregarse a Dios no es decir que sí a la persona que te lo ha planteado, sino
decir que sí a Dios. No es una persona que te intenta convencer de algo, sino
una persona que te ayuda a ponerte frente a tu responsabilidad delante de Dios. En
el Evangelio puede leerse bien claro que los discípulos fueron elegidos por el
Maestro. No se presentaron voluntarios. La clave de toda vocación no es la iniciativa
humana personal, sino una misteriosa iniciativa de Dios. No tenemos que exigir
explicaciones a Dios, o imponerle un modo de dirigirse a nosotros, puesto que
es Él quien llama y puede hacerlo como desee, también a través de otras
personas. —¿Y
cómo sabes tú que Dios quiere hacerlo así? Veo
que lo hace en bastantes casos relatados en el Evangelio, en los que llama a
través de otras personas. Fue Andrés quien condujo a Jesús a su hermano Pedro.
Jesús llamó a Felipe, pero Felipe a Natanael. Por eso insistía Juan Pablo II en
que «no debe existir ningún temor en proponer directamente a una persona joven
o menos joven la llamada del Señor. Es un acto de estima y de confianza. Puede
ser un momento de luz y de gracia.» Lo
normal es que descubramos la llamada de Dios en las palabras o los hechos de
otras personas, y por eso es fundamental tener el oído atento, saber leer entre
líneas, reconocer la voz de Dios, venga de quien venga. Peter Berglar, un
prestigioso profesor de Historia Moderna en la Universidad de Colonia, siempre
contaba con emoción cómo un día de invierno de 1974 acudió a su despacho un
estudiante que quería consultarle sobre diversos puntos referentes a sus
clases. Al terminar, estando ya los dos de pie, su alumno le preguntó: «Cree usted,
señor profesor, que Dios es el Señor de la historia?». El profesor Berglar se
volvió a sentar, un tanto desconcertado por la pregunta. Aquello fue el inicio
de una larga conversación. Y comienzo también de un largo proceso interior que
le hizo profundizar en su fe y descubrir su vocación. Un catedrático ilustre,
un intelectual de relieve que, como buen universitario, supo aprender de un
alumno suyo de tercer semestre que, entre otras cosas, le dio, con su valentía
y su cordialidad, una gran lección sobre cómo debe plantearse el apostolado
cristiano. La
clave está, como ha señalado Benedicto XVI, en que cada uno intente reconocer
cuál es su vocación y cómo es el mejor modo de responder a esa llamada que está
ahí, para él. —¿Y
cómo empieza la vocación? La
vocación suele comenzar con un descubrimiento inicial, del que sobreviene un
diálogo de oración. Es una llamada que cada uno debe leer en su propio corazón,
y en la que siempre queda un margen al misterio y a la interpretación. Como
explicaba Juan Pablo II en Los Ángeles en 1987, respondiendo a una pregunta
sobre su propia vocación, «tengo que empezar por decir que es imposible
explicarla por completo. Porque no deja de ser un misterio hasta para mí mismo.
¿Cómo se pueden explicar los caminos del Señor? Con todo, sé que en cierto
momento de mi vida me convencí de que Cristo me decía lo que había dicho a
miles de jóvenes antes que a mí: “¡Ven y sígueme!”. Sentí muy claramente que la
voz que oía en mi corazón no era humana ni una ocurrencia mía. Cristo me
llamaba para servirle como sacerdote.» —¿Y
si solo tenemos una sospecha de que tenemos vocación? Te
contesto entonces con otras palabras de Juan Pablo II, esta vez en Argentina en
1985, hablando del celibato: «Pido a cada uno de vosotros que se interrogue
seriamente sobre si Dios no lo llama hacia ese camino. Y a todos los que
sospechan tener esta posible vocación personal, les digo: rezad tenazmente para
tener la claridad necesaria, pero luego decid un alegre sí.» —¿Y
eso supone un desarrollo muy largo en el tiempo? El
discernimiento de la vocación supone una amistad con Dios. Pero igual que dos
personas pueden conocerse y hacerse muy amigos en una tarde, nosotros podemos
alcanzar amistad con Dios en cuanto abrimos nuestra alma a Él. El ejemplo del
Buen Ladrón es claro: toda una vida de lamentables errores se supera en un
momento, cuando pide ayuda a Dios. En cuanto abre un resquicio de su alma, Dios
se vuelca. 9.
Un encuentro fortuito La
grandeza de un hombre está
en saber reconocer su
propia pequeñez. Blas
Pascal Aún
faltan unas horas para que amanezca. Un hombre pasea por la orilla de una
playa, contemplando el mar. Se llama Justino y es famoso en muchos círculos
intelectuales. No tarda en descubrir a otra persona en este lugar ahora desierto:
es un anciano. El intelectual se pregunta qué puede hacer aquí a estas horas,
pero no dice nada. Solo lo mira, sorprendido. El
anciano percibe su desconcierto y se dirige a él. Le explica que espera a unos
familiares que están navegando. La conversación prosigue. El intelectual opina
sobre cualquier tema: cultura, política, religión. Le gusta hablar. El anciano
sabe escuchar y he aquí que, cuando interviene, lo hace con gran sensatez. Tal
vez, en otra ocasión, el intelectual hubiera ironizado o dado por terminado el
diálogo. Sin embargo, la claridad de ideas del anciano le desarma. El
intelectual no comparte algunas de esas ideas, pero reconoce que tienen mucho
en común con las suyas. Al final, el anciano le desvela que es cristiano.
Justino empieza a ver con simpatía la fe sencilla del anciano. Pasan las horas.
Se despiden. Nunca se volverán a ver. El
intelectual no olvidará este encuentro. Meses después, comprenderá que solo
aquellas palabras del anciano parecen dar razón de sus ansias de verdad. Aquel
anciano era cristiano, y las ideas que estaban transformando su vida provenían
de la fe cristiana. Un encuentro fortuito le había acercado a la fe, abriéndole
un horizonte más amplio del que le presentaban todas sus ideas anteriores. Al
poco tiempo, Justino, el gran filósofo, recibirá el bautismo y se convertirá en
uno de los más grandes apologetas de la fe. Los
padres de Justino eran paganos y le habían dado una excelente educación,
instruyéndole con gran esmero en filosofía, literatura e historia. Había
frecuentado las escuelas estoica, aristotélica, pitagórica y platónica. Era un
gran buscador de la verdad, y el encuentro con aquel anciano determinó su
conversión y su dedicación al servicio de Dios. Tenía en aquel momento unos
treinta años. Permaneció desde entonces laico y célibe, y en adelante, ataviado
con las vestimentas características de los filósofos, recorrió numerosos países
debatiendo con todos acerca de la fe cristiana, hasta su martirio en el año
165. Dios
sale al encuentro de cada persona de una manera distinta. En el caso de
Justino, fue con el ejemplo de los mártires y con esa conversación de madrugada
con aquel anciano. —Pero
algunas personas echan en falta un signo externo que les asegure que Dios les
llama. Los
signos externos los concede Dios algunas veces, pero normalmente pocas. A
algunos personajes del Antiguo Testamento les reveló su voluntad mediante una
visión o una teofanía. Moisés vio la zarza ardiendo. Un ángel purificó los
labios de Isaías mientras se escuchaba la voz de Dios. Y Ezequiel contempló un
torbellino de viento y una gran nube, y un fuego que se revolvía dentro, y un
resplandor, y en medio del fuego una figura en ámbar. Pero no todos podemos
pedir algo así para conocer la voluntad de Dios. —No
estaría mal, de todas formas. Tampoco
te creas que sería tan fulminante. Si no estamos bien dispuestos, aunque se nos
apareciera un ángel, no estaría asegurada nuestra correspondencia. Por ejemplo,
a Zacarías se le apareció un ángel que le dijo que sus peticiones habían sido
escuchadas, pero Zacarías no se conformó con eso y pidió al ángel una prueba de
que aquello se cumpliría: «¿Quién me podrá certificar a mí eso?». Y no debió
ser muy del gusto de Dios, porque el ángel le transmitió aquella certificación
en forma de castigo a su falta de fe: «Desde ahora quedarás mudo y no podrás
hablar hasta el día en que sucedan estas cosas, por cuanto no has creído a mis
palabras, que se cumplirán a su tiempo». Dios
solo muy raramente manifiesta con signos externos sus llamadas personales. No
podemos esperar de los cielos un acta notarial, un llamamiento en toda regla
por parte de la divinidad. Eso sería una ingenua tendencia a lo fantástico,
cuando lo habitual es que Dios nos hable a través del silencio interior, cuando
hay un clima de suficiente recogimiento y facilitamos el encuentro con Él en la
oración. —Pero
al final, la pregunta clave, y difícil de contestar, es: ¿tengo vocación o no? Esa
no es la pregunta más acertada. La pregunta decisiva es: ¿cuál es la vocación
que yo tengo? Dios tiene un plan para todos, para cada uno. La vocación no es
algo que tienen algunos, sino todos. Todos los cristianos estamos llamados a la
santidad, a seguir a Jesucristo. Hay vocaciones que comprometen más, que son
más exigentes. Y quizá las más exigentes son las que presentan un mayor
atractivo para un alma joven, aunque también den un poco de miedo. No se trata
de ver qué es lo mejor, o lo más difícil, sino lo que quiere Dios de mí. Para
ti, lo mejor es lo que Dios quiera de ti. Y para mí, lo que quiera de mí. Así
lo explicaba Benedicto XVI, en Basílica de Santa Ana de Altötting: «Bajo la
mirada de santa Ana maduró la vocación de María, la más grande de la historia
de la salvación. María recibió su vocación a través del anuncio del ángel. El
ángel no entra de modo visible en nuestra habitación, pero el Señor tiene
también un plan para cada uno de nosotros, nos llama por nuestro nombre. Por
tanto, a nosotros nos toca escuchar, percibir su llamada, ser valientes y
fieles para seguirlo, de modo que, al final, nos considere siervos fieles que
han aprovechado bien los dones que se nos han concedido.» —Entonces,
¿cuáles son los síntomas para saber si es una u otra nuestra vocación? Hay
que pedir luz a Dios, hacer oración, rogarle que nos haga ver con más claridad
qué quiere de nosotros. Normalmente no lo hará por medios excepcionales, como a
San Pablo camino de Damasco, sino que nos deja una cierta penumbra, quizá para
no forzar nuestra libertad, para dejarnos más iniciativa personal. —¿Y
cómo se puede tener certeza de una vocación? Certeza
absoluta, completa y eterna, no siempre se tiene. Pero se puede tener una
certeza muy grande, aunque esto normalmente no viene hasta un tiempo después de
haber respondido que sí a lo que hemos pensado que es nuestro camino. Llega
cuando ha transcurrido un tiempo, y comprobamos que ese camino llena nuestra
alma, y se alcanzan entonces grados muy altos de seguridad. Por
eso, en todas las instituciones de la Iglesia hay un tiempo de prueba, en el
que cada candidato confirma o descarta la vocación que al solicitar la admisión
ha pensado que tenía. En ese sentido, cabría decir que la plena certeza de la
vocación solo se tiene cuando se ha respondido, pues lo habitual es que ese
convencimiento vaya creciendo a medida que se avanza con generosidad en el
proceso vocacional. Sucede algo parecido con el matrimonio: la certeza de haber
acertado no se alcanza hasta un tiempo después de iniciar el noviazgo, cuando
ha pasado un tiempo desde que hemos respondido afirmativamente y se comprueba
que hay una sintonía y un convencimiento grandes, y confirmamos que Dios quiere
ese camino para nosotros. —¿Y
cómo ver eso que se dice de que lo más grande que puede pasarle en la vida a
una persona es entregarse por completo a Dios? Para
comprenderlo así hay que enmarcar nuestra vida en un contexto amplio, en el que
esté bien presente Dios. Debemos pensar en el sentido de la vida humana, en que
nuestra vida está limitada en el tiempo, y en que ese tiempo en nuestra vida
pasa cada vez más deprisa. La vida es estupenda, pero es tan solo un preámbulo
de la vida eterna. Por eso vale la pena seguir un camino que nos lleve más
directamente a la meta. Seguir a Dios vale siempre la pena. Pero, en todo caso,
lo mejor para nosotros es lo que Dios haya pensando para nosotros, no lo que
consideremos más alto. Cuando
vamos al encuentro de ese proyecto que Dios tiene preparado para cada uno de
nosotros, no hacemos un favor a Dios. Al contrario, la vocación es una muestra
de la misericordia de Dios con el hombre. Nos llama a construir en nosotros la
mejor vida de las posibles, la vida a la que estamos llamados, para la que
mejor estamos preparados, en la que seremos más felices. —Pero
eso de entregarse por completo a Dios siempre da un poco de miedo. Puede
ser miedo, o bien inseguridad, o incertidumbre. La misma fe siempre tiene algo
de salto en el vacío, y por tanto, con la vocación sucede algo parecido. —¿Y
no es perder un poco la libertad? Cualquier
acto de entrega supone perder libertad, y el amor siempre supone entrega, y lo
natural es entregarse a lo que uno ama, pues de lo contrario la vida queda
vacía. La mejor libertad es la que se emplea para seguir a Dios. Cuanto más
grande sea el bien que se elige (y en este caso sería elegir a Dios), mayor y
más noble será el empleo que hacemos de nuestra libertad. Dejarse
guiar por Dios no es perder libertad, sino emplearla del mejor modo posible.
Suele ser una decisión en la que intervienen muchos elementos, a través de los
cuales Dios nos habla, y que hacen que un buen día pasemos de decir que no a
decir que sí. Y no siempre con un proceso predominantemente racional. O, mejor
dicho, son razones que Dios pone en nuestra cabeza y también en nuestro
corazón. —Entregarse
a Dios supone siempre una renuncia, y eso hace que a muchos les cueste dar ese
paso, porque todos queremos pasarlo bien y disfrutar de la vida. Pasarlo
bien de verdad depende de estar cerca de Dios. La vocación supone una elección
personal de Dios a cada uno de nosotros. No elegimos nosotros, sino que elige
Dios. Y ese designio de Dios determina el camino que cada uno debe recorrer
para alcanzar el Cielo y para ser feliz en la tierra. Hacer la voluntad de Dios
es la mejor garantía para pasarlo bien en la vida, tanto en la vida de la
tierra como en la del Cielo. —¿Y
a la hora de pensar si Dios nos llama en una institución o en otra, importa el
hecho de que sea una institución más boyante o menos? Pienso
que no. En cuestiones de santidad, de hacer la voluntad de Dios, no importa el
número, sino que seamos santos y que seamos los que Dios quiera que seamos. Da
igual que sea una institución a la que lleguen numerosas vocaciones y consideremos
boyante o de moda, o bien una institución en momentos difíciles y que apenas
tiene vocaciones. —¿Y
el hecho de tener ilusión por casarse y formar una familia es motivo para
pensar que no estamos llamados al celibato? Tener
ilusión por casarse y formar una familia es una ilusión propia de toda persona
normal. Si la vocación fuera sobre todo cuestión de gusto, todo el mundo
tendría vocación al matrimonio, y quizá medio mundo tendría vocación a no
trabajar, o a ser un fresco. Me parece que la clave no está en lo que a uno más
le apetece, pues hay muchas cosas que hacemos cada día que no nos apetecen
demasiado pero que, sin embargo, sabemos que debemos hacer, y las hacemos, nos
producen una satisfacción, nos hacen felices y al tiempo nos hacen cumplir la
voluntad de Dios. El
hecho de que a alguien le diviertan mucho los niños, o sea especialmente
sensible para el calor humano de la familia, indica que es una persona normal
con una buena educación afectiva. Todo corazón bien formado experimenta ese
deseo natural. Basta recordar que a Jesucristo le gustaban los niños, y el
calor de la vida familiar, pero vivió célibe. 10.
Dios habla bajito Nunca
sabe un hombre de
lo que es capaz hasta
que lo intenta. Charles
Dickens —Muchas
personas piensan que deben ser más generosas con Dios. Tienen una cierta
inquietud, pero no saben bien qué deben hacer. ¿Es eso la vocación? Quizá
ninguna de esas sensaciones es la vocación, pero a lo mejor Dios está ahí
detrás, queriendo decirte algo. En el primer libro de los Reyes, en el Antiguo
Testamento, puede leerse cómo Dios se hace presente ante Elías: «He aquí que
Yahveh pasaba. Hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y
quebrantaba las rocas ante Yahveh; pero no estaba Yahveh en el huracán. Después
del huracán, un temblor de tierra; pero no estaba Yahveh en el temblor. Después
del temblor, fuego, pero no estaba Yahveh en el fuego. Después del fuego, el
susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto,
salió y se puso a la entrada de la cueva. Le fue dirigida una voz que le dijo:
“¿Qué haces aquí, Elías?”». La
mayoría de las veces, Dios habla bajito, como ese susurro de una brisa suave.
Normalmente no podemos esperar una gran emoción, un terremoto espiritual, como
el movimiento final de una gran sinfonía que nos confirme solemnemente el
querer de Dios para nuestra vida. Tampoco escucharemos una voz celestial, como
San Pablo. —Pero
al menos habrá que sentir un cierto entusiasmo por la vocación. No
viene mal que lo haya, aunque no es lo sustancial de la vocación. Desde luego,
no parece muy lógico exigir a la vocación que nos proporcione un estado de
euforia permanente, con el alma siempre henchida de ilusión y el corazón
radiante y feliz. Es más, el hecho de sentir una cierta nostalgia y un sufrimiento
por las cosas que se dejan, es algo totalmente humano y bastante normal. —Pero
algo hay que sentir, supongo. Por
supuesto, pues la mayoría de las realidades interiores tienen una manifestación
que los hombres captamos por el sentimiento. Pero hay que procurar no confundir
la entrega con una efusión de sentimientos, ni la llamada de Dios con la
admiración entusiasta ante lo bueno, con la emoción pasajera o con el ímpetu
ardoroso de un instante o con el nerviosismo de un momento. Dios puede servirse
de todo eso, pero eso no es la llamada de Dios. Además,
se puede percibir la vocación con bastante claridad en un momento o una época,
y pasar luego por otra etapa en que la que apenas sentimos nada. Esto sucede
con casi todas las decisiones importantes de la vida profesional o familiar o
social. Siempre hay días malos, o meses malos, o incluso años malos. Sucede en
los matrimonios, en la amistad, en el trabajo, en casi todo. Y los matrimonios
felices no son los que no pasan crisis ni tienen momentos malos, porque
momentos malos tiene todo el mundo, sino que los matrimonios felices son los
que saben superar esas crisis. San
Francisco de Sales escribió que no es necesario que Dios nos «hable
sensiblemente o que nos mande un ángel a manifestarnos su voluntad, y menos aún
es necesario el parecer de diez o doce doctores de la Sorbona para conocer si
la inspiración es buena o mala, si debe o no seguirse; lo que importa es
cultivar y corresponder a la primera llamada.» —¿Qué
querría decir lo con lo de la “primera llamada”? No
es fácil saberlo, pero pienso que en las cosas del amor hay siempre una primera
llamada, y que las cosas del amor no suelen decidirse tras arduas reflexiones
ni sopesando pros y contras. Lo
que no debemos esperar de la vocación, ni exigir de ella, es una constante e
intensa contrapartida afectiva. No podemos pretender que nuestra alma esté
siempre henchida de ilusión. Eso sería un planteamiento o una imagen demasiado
romántica de la vocación, como una película de amor, con un estremecimiento
inicial, una luz cegadora, una emoción incontenible, unas lágrimas, una música
suave y un final al viejo estilo del «vivieron felices y comieron perdices». La
historia de la vida de los santos muestra que Dios acostumbra a dar a conocer
su voluntad de modo sencillo, a través de las cosas ordinarias, dentro de la
familia, a través de un amigo, de un libro, de una enfermedad, de cosas
normales. Si Dios diera a conocer su voluntad mediante estallidos de luz,
apariciones, clamores de ángeles o cosas así, nuestra libertad quedaría muy
disminuida bajo la fuerza de la luz divina, y se ve que Dios prefiere siempre
el claroscuro de la fe. Dios se esconde un poco cuando nos llama, y quizá sea
porque quiere dejar el margen suficiente a nuestra libertad (de otro modo no
sería una historia de amor). A
veces, a la “primera llamada” le sigue una etapa en la que nos encontramos más
fríos. Puede ser señal de que no era realmente una llamada para nosotros, o
bien de que nos estamos enfriando precisamente para no escucharla, o incluso de
que procuramos no escucharla y por eso nos enfriamos. En cualquier caso, hay
que tener presente lo que dice la Sagrada Escritura: «Si oís hoy la voz de
Dios, no endurezcáis vuestro corazón». —Dios
llama a los que quiere, pero luego uno mismo también tiene que querer. Exacto.
Para entregarse a Dios es fundamental que queramos aceptar y amar la voluntad
de Dios, con más o menos entusiasmo. El amor se siente, pero el amor no es solo
sentimiento. El amor también se demuestra, se prueba, se madura. La voluntad
tiene un papel importante. Así lo contaba San Josemaría Escrivá: «Te decidiste,
más por reflexión que por fuego y entusiasmo. Aunque deseabas tenerlo, no hubo
lugar para el sentimiento: te entregaste, al convencerte de que Dios lo quería.
Y, desde aquel instante, no has vuelto a “sentir” ninguna duda seria; sí, en
cambio, una alegría tranquila, serena, que en ocasiones se desborda. Así paga
Dios las audacias del Amor». Nuestra
vida no está predeterminada, no está escrita. Está abierta a nuestras
decisiones libres. Dios tiene unos planes para cada uno de nosotros, pero, al
crearnos, ha querido correr el riesgo y la aventura de nuestra libertad. Ha
querido que la historia de cada uno de nosotros sea una historia verdadera, que
depende mucho en cada momento de nuestras decisiones personales. Nuestra
historia —como ha escrito José Miguel Cejas— no es como una película con final
determinado, ya grabada de antemano. Y lo mismo le sucedió a los santos. El
apóstol Pedro podría haber desesperado por su traición al Señor, como le
sucedió a Judas. Y quizá entonces los demás Apóstoles hubiesen contemplado, en vez
de su arrepentimiento, el balanceo de su cuerpo, colgado de un árbol en
Palestina. Juan
Crisóstomo veía clara la llamada de Dios, pero su madre le puso tantas
dificultades, derramó tantas lágrimas, que se desanimó. Podrían haber quedado
las cosas así, y habría sido quizá el mejor orador del foro, pero su viejo
amigo Basilio le animó a seguir la llamada de Dios pese al inicial disgusto de
su madre. Agustín
de Hipona podría haber acabado sus días siendo lo que fue durante largo tiempo,
un hombre enredado en sus frivolidades y sus amoríos. Sus amigos hubiesen
movido la cabeza sobre su tumba pensando quizá: “genio y figura...”. Al
escuchar de una casa vecina aquel «Toma y lee», mientras leía las Epístolas de
San Pablo, podía haber dicho: «Bah, casualidades sin importancia», y haber
cerrado el libro tranquilamente. Tomás
Moro podría haber muerto confortablemente como Lord Canciller de Inglaterra,
cediendo ante las inmorales razones de Enrique VIII, alegando “poderosas
razones de Estado” y traicionando sus principios. Podría haberse ablandado ante
los llantos y los razonamientos de su mujer, cuando marchaba hacia la Torre de
Londres, camino del cadalso. Podía haber aceptado una “solución de compromiso”,
diciéndose: «realmente, no están los tiempos para estos heroísmos...». Y
Juan Ciudad podría haber acabado su existencia de cualquier modo. Era un hombre
inquieto y alocado, que recorría el mundo en busca de aventuras. Se había
salvado una vez de la horca de puro milagro, y lo acabaron expulsando del
ejército. Y si llegó hasta Viena en la campaña contra los turcos y hasta Ceuta
en sus interminables correrías, la muerte podría haberle esperado en cualquier
parte de Europa. Pero murió siendo San Juan de Dios. Cuando escuchó en Granada
la predicación de San Juan de Ávila, en vez de arrepentirse y llorar por su
mala vida pasada, podría haber dicho: «Tengo cuarenta y dos años. Es demasiado
tarde para cambiar». O quizá podía haberlo diluido todo en un «pero qué bien
habla este cura», y ya está. Santa
Joaquina Vedruna tenía treinta y tres años y ocho hijos cuando falleció su
marido en Barcelona en 1816. Podía haber pensado que Dios le había dado ya
bastantes ocupaciones con lo que tenía. Y se entregó a la educación de su
hijos, pero también a la vida de oración y a la obras de caridad, y acabó
descubriendo que Dios la llamaba para ser fundadora de una orden religiosa, la
Congregación de las Carmelitas de la Caridad. Pasó por mil penalidades, pero su
fundación se extendió de forma prodigiosa y hoy sus religiosas se cuentan por
millares y atienden más de doscientos colegios y hospitales en todo el mundo. Santa
Luisa de Marillac también había quedado viuda muy joven, con treinta y cuatro
años, en 1625. Conoció por entonces a San Vicente de Paúl, que había fundado
unos grupos de personas que se dedicaban a ayudar a los pobres, atender a los
enfermos e instruir a los ignorantes. Esos grupos de caridad existían en
numerosos lugares, pero muchos de ellos languidecían y se necesitaba a alguien
que los coordinara y animara. Ella podía haberse desentendido, pero se entregó
a esa tarea con el convencimiento de que Dios se lo pedía. Fue una aportación
providencial, pues durante años recorrió toda Francia con una energía
prodigiosa y una actividad desbordante. Más adelante fundó la Congregación de
Hijas de la Caridad, y cuando falleció, en 1660, era ya la más grande de las
comunidades religiosas femeninas existentes. Hoy cuenta con unas 23.000
religiosas en más de dos mil quinientas casas repartidas por los lugares de más
necesidad de los cinco continentes. Santa
Vicenta María López y Vicuña, después de unos ejercicios espirituales que hizo
en Madrid en 1866, cuanto tenía diecinueve años, vio que Dios le pedía que
fundara una nueva institución, las Hijas de María Inmaculada. Podía haberse
desanimado ante las diversas resistencias familiares y de todo tipo que se le presentaron,
pero supo ser fiel a lo que Dios le pedía y en 1876 tomaron el hábito las tres
primeras religiosas, que se dedicarían con ella a dar educación cristiana a las
chicas más pobres y abandonadas de la ciudad. La Congregación se extendió
enseguida de modo sorprendente por toda España, a pesar de las muchas
dificultades. Y aunque no tuvo mucho tiempo, pues falleció muy joven, con solo
cuarenta y tres años, su obra prosiguió después con gran fuerza, de manera que
hoy cuenta con ciento treinta colegios y residencias repartidas por todo el
mundo. Los
santos no fueron santos inexorablemente. La santidad es una respuesta libre a
la gracia, que nunca ahoga la libertad. Ni tu historia, ni la mía, ni la de
ellos, está ni estaba escrita de antemano. Nadie está predeterminado para ser
un santo, un mediocre o un criminal. Nerón acabó siendo un auténtico
degenerado, pero pudo haber sido aquel magnífico emperador que presagiaba en su
primera juventud bajo la tutela de Séneca. Los santos supieron encontrar en los
acontecimientos cotidianos de la vida el querer de Dios. Supieron ver latir la
voluntad de Dios entre en los consejos de un amigo, en las palabras de un niño
o en la predicación de un sacerdote. Lo encontraron porque fueron humildes,
como San Pedro. Y coherentes, como Santo Tomás Moro. Porque buscaban la verdad,
como San Agustín. Porque nunca pensaron que era demasiado tarde, como San Juan
de Dios. Porque emprendieron las fundaciones que Dios les inspiraba, pese a los
numerosos motivos que tenían para no hacerlo. 11.
Darse por enterado Nada
hay más poderoso que
una idea a
la que ha llegado su momento. Víctor
Hugo En
unos días de intensa lluvia se produjeron unas inundaciones importantes, como
consecuencia del desbordamiento de un gran río. El nivel del agua fue subiendo
sin parar. Los sistemas de emergencia de la región pusieron en marcha todos los
operativos de salvamento disponibles. Una
de las lanchas se detiene a la puerta de un caserío y exhorta al aldeano que
allí se encuentra, para que abandone cuanto antes la casa, pues el agua está
alcanzando ya el nivel de su puerta de entrada. Pero el aldeano les dice: «No,
no; id a por otros, que a mí me salvará la Providencia». Pasan
unas horas, y el agua llega hasta la altura del piso superior de la vivienda
del aldeano. Aparece una segunda lancha de salvamento, pero el hombre vuelve a
decirles lo mismo. Tuvo
suerte, porque cuando el agua llegaba al nivel del tejado de su casa, una
tercera lancha le ofreció socorro, pero el aldeano insistió en que la
Providencia le salvaría. No
llegó ninguna otra lancha, y el aldeano murió ahogado. Llegó a su juicio en el
Cielo, y compareció allí con una protesta: «Yo, confiando en la Providencia…, y
la Providencia, nada, que deja que me ahogara». «¿Cómo
que nada? ¡Tres lanchas te hemos enviado!», se escuchó. Hay
personas que, como este aldeano, esperan que la Providencia se manifieste de un
modo extraordinario que ni ellos mismos saben bien en qué consiste. Lo
ordinario es que la Providencia, y, por tanto, también la vocación, se
manifieste ante nosotros de modo cotidiano, a través de las situaciones
corrientes de nuestra vida, por medio de las personas que tratamos de modo
habitual. Así
sucedió, por ejemplo, a Romano Guardini: «Un domingo fui a misa a la iglesia de
los dominicos de la Oldenburgerstrasse. Me encontraba en un estado crítico.
Cuando vi a un hermano lego encargado de la colecta pasar con el rostro
tranquilo y portando su alcancía tintineante, me dio mucha envidia y pensé de
repente: ¿No podrías tú llegar a ser como él? Entonces tendrías paz. Y luego me
dije: ¡Podría ser sacerdote! Y entonces fue como si todo adquiriese
tranquilidad y claridad. Volví a casa con un sentimiento de felicidad que desde
hacía mucho tiempo no había vuelto a sentir.» —¿Pero
no sería más lógico que Dios nos hiciera saber nuestra vocación por vía de
evidencia, ya que es un asunto tan importante para nuestra vida? De
entrada, habría que decir que a los hombres no nos es fácil saber con
profundidad cuáles son la razones de Dios. De todas formas, pienso que el
misterio de la libertad exige dejar un cierto margen a la interpretación
humana. La dignidad humana exige que la percepción de la vocación sea, en
cierto modo, suficientemente oscura como para que la adhesión a ella sea libre
y, al tiempo, bastante clara como para que dicha adhesión sea razonable. Hay
suficiente luz para que vean los que desean ver, y suficiente oscuridad para
los que tienen una disposición contraria. Como
ha explicado Fernando Ocáriz, el hecho de que Dios de ordinario no imponga una
vocación específica por vía de evidencia, hace pensar que Dios quiere que la
libertad de la persona intervenga no solo en la respuesta, sino también en la
configuración de la vocación misma. Es decir, que dentro de la oscura
luminosidad del misterio de la vocación, podemos entender que Dios llama
también mediante la libre elección de la persona llamada. Así
sucede, por ejemplo, cuando una persona descubre su vocación viendo la vida de
otra o de otras personas, y se encuentra con que se descubre a sí mismo
proyectado en esas personas. Cuando piensa «yo quiero ser así», o «yo quiero
ser como ese», o «mi referencia personal es ese tipo de vida», o «esto es lo
mío», Dios está desvelándole su designio, al tiempo que la propia libertad
participa en la configuración del camino que se marca a sí mismo para seguir
ese designio divino. —Veo
entonces que hay una fuerte relación entre el discernimiento y el propio
querer. En
efecto, y por eso recomienda también Fernando Ocáriz que cuando una persona se
encuentra ante la incertidumbre de una posible existencia de una llamada
específica de Dios, y no ve ningún dato objetivo contrario, y comprueba que la
Providencia le ha conducido de hecho a esa experiencia psicológica concreta, es
importante entonces que, además de seguir pidiendo a Dios «luz para ver», pida
también «fuerza para querer», de modo que con esa fuerza que eleva la libertad
en el tiempo se configure la misma vocación eterna. —¿Y
hay algún tipo de señal que permita identificar con un poco más de claridad la
vocación? No
existe un “vocacionómetro”. Tradicionalmente, en la ascética clásica, se
distinguen tres señales fundamentales, que, por otra parte, son las mismas que
inclinan a una persona a escoger un trabajo determinado y no otro, o una
carrera universitaria y no otra, una persona concreta con la que casarse y no
otra. Son estas tres: tener condiciones, no tener impedimentos, y querer.
Muchos, por ejemplo, pueden tener condiciones y no tener impedimentos para
hacer una carrera o una tarea profesional, y lo que al final decide es el
querer. Con la vocación pasa un poco lo mismo. Y
hay otra cosa. La seguridad en esa decisión también tiene mucho que ver con el
querer, pues, al fin y al cabo, la seguridad no viene dada sino que la da el
querer. No nos viene hecha, sino que hay que hacerla. —Una
cosa es clara, y es que Dios no llama sin dar al mismo tiempo las cualidades
necesarias, luego la carencia de condiciones o aptitudes indica que no hay
vocación. Exacto.
Y, por el contrario, si se tienen esas condiciones y no hay impedimentos, la
probabilidad de tener esa vocación es mayor. Y el hecho de que una persona se
esté planteando la posibilidad de ser llamada por Dios en determinado camino de
entrega completa a Él, indica que es bastante probable que así sea, pues son muy
pocos los que llegan a plantearse seriamente tal posibilidad, y eso es un hecho
que no puede menospreciarse. La
percepción de la vocación depende sobre todo de la rectitud y la capacidad de
escucha por parte de la persona. De cara a Dios, basta un motivo para decir que
sí, una causa suficiente, con la fe y con la esperanza de que Dios no nos
abandonará si damos ese paso. —Es
una síntesis bastante difícil entre libertad y determinación. Lo
es, sin duda. A eso se refería José Ortega y Gasset cuando decía que «la vida
es quehacer y la verdad de la vida, es decir, la vida auténtica de cada cual
consistirá en hacer lo que hay que hacer y evitar el hacer cualquier cosa. Para
mí un hombre vale en la medida que la serie de sus actos sea necesaria y no
caprichosa. Pero en ello estriba la dificultad del acierto. Se nos suele
presentar como necesario un repertorio de acciones que ya otros han ejecutado y
nos llega aureolado por una u otra consagración. Esto nos incita a ser infieles
con nuestro auténtico quehacer, que es siempre irreductible al de los demás. La
vida verdadera es inexorablemente invención. Tenemos que inventarnos nuestra
propia existencia y, a la vez, este invento no puede ser caprichoso. El vocablo
inventar recobra aquí su intención etimológica de "hallar". Tenemos
que hallar, que descubrir la trayectoria necesaria de nuestra vida, que solo
entonces será la verdaderamente nuestra y no de otro o de nadie, como lo es la
del frívolo». 12.
Así me hice cura La
experiencia más bella que
tenemos los hombres es
el misterio. Albert
Einstein La
noche del 27 al 28 de diciembre de 1942 fue muy importante para un chico de
doce años llamado José Luis Martín Descalzo. Transcurrían las vacaciones de
Navidad en casa de don Cosme, hermano de su madre y párroco de San Cebrián de
Arriba, un pueblecito de León. Aquella tarde había caído una gran nevada. «En
el viejo cuarto de estar —recordaría José Luis unos años después— golpeaba un
reloj que marchaba más de prisa que los pasos de mi tío, que resonaban en el
despacho. Mi tío era un hombre de esos a quienes hay que querer en cuanto se
les conoce. Tenía el pelo gris y dos grandes arrugas surcaban la frente, sin
que ninguna de estas dos cosas consiguieran hacer menos brillante su mirada ni
apagar su sonrisa constante. En el cuarto de estar, mis hermanas hacían
comiditas en un rincón. Yo jugaba con Laurel, un canelo de dos años a quien
habíamos tenido que meter en casa porque la nieve casi taponaba la puerta de su
caseta. De pronto, Laurel se puso rígido, estiró las orejas y lanzó un ladrido
agudo, que hizo que mis hermanas levantaran a un tiempo la cabeza. Fue entonces
cuando oímos que un caballo se acercaba calle abajo, se paraba a nuestra puerta.
Llamaban. Mi madre tiró de la soga, y al tiempo se abrieron la puerta de la
calle y la del despacho de mi tío, que apareció con el breviario en la mano.
Abajo había un hombre mal afeitado y con la pelliza salpicada de nieve.» Aquel
hombre venía a avisar de que en Roblavieja se había puesto muy enferma una
señora y quizá falleciera esa misma noche. Él seguía su camino a otro lugar en
busca de unas medicinas. Don Cosme no dudó instante, se puso sus botas, acabó
de prisa su cena y se dispuso a salir. No sirvieron de nada los consejos de su
hermana, que le hacía ver el peligro de salir andando, de noche y con esa
nevada, para hacer los cuatro kilómetros hasta aquel otro pueblo. Solo logró
convencerle de que le acompañara su sobrino. «Había
dejado de nevar y el aire estaba tibio. Había salido la luna, que daba a la
nieve una luz extrañamente blanca. Cuando salimos del pueblo, el reloj de la
torre dio las diez de la noche. Mi tío iba embozado en su manteo, bajo el que
ocultaba la caja de los sacramentos. Yo iba físicamente embutido en el abrigo y
la bufanda y caminaba a saltos para no helarme los pies. La primera parte del
camino fue fácil; pero cuando llevaríamos andados cerca de tres cuartos de hora
se ocultó la luna y comenzó otra vez a nevar. Se levantó un frío que cortaba y
que hacía llorar. La noche se había puesto muy oscura y no había más luz que la
que despedía el brillo de la nieve. Fue entonces cuando yo comencé a tener
miedo de veras, porque noté que mis pies se hundían más que antes, y tuve la
sensación de que nos habíamos salido del camino. Miré a mi tío sin atreverme a
hablar, y vi en sus ojos idéntico temor. Nos detuvimos. Se veían ya algunas
luces de Roblavieja y el pueblecito se dejaba ver como una mancha más oscura.
Pero ¿y el camino? No había posibilidad de adivinarlo, ya que la nieve estaba
tendida como una capa, que no permitía adivinar dónde estaba el suelo firme y
liso. »Seguimos
andando a la ventura, y ahora el pavor estaba ya en mi corazón. Y entonces fue
cuando sucedió lo que tenía que suceder, lo que estaba señalado para esta fecha
desde la eternidad. Y todo fue sencillo, como una lección bien aprendida. Mi
tío perdió tierra y cayó, dando un grito. Yo corrí hacia él e intenté ayudarle
a ponerse en pie. Pero fue inútil. No podía ponerse en pie y ya no volvería a
caminar más. »Lo
demás todo fue muy rápido. Corrí como un loco hacia el pueblo, sin atender en
absoluto al peligro que también yo corría. Aporreé la puerta de la primera casa
hasta hacerme daño en los nudillos. La noticia corrió de casa en casa, y poco
después unos veinte hombres y varios perros me acompañaban al lugar donde había
dejado a mi tío. Mientras, seguía nevando, y los ladridos de los perros eran
secos y parecía que hicieran daño en el silencio. Mi tío estaba sin sentido,
pero vivo todavía. Cuando le levantaron quedó en medio de la nieve removida una
mancha de sangre que chillaba entre la blancura. Envuelto en una manta le
llevaron hacia el pueblo. Abrió los ojos y pidió que le llevaran a casa de la
enferma. »Le
arrimaron al fuego y se fue reanimando, mientras el médico vendaba la pierna,
toda roja. Cuando estuvo un poco más repuesto pidió que le acercaran a la cama
de la enferma, que era una viejecita arrugada que hablaba con rápidos
chillidos. Había mucha gente en el cuarto, y yo noté que todos apretaban los
labios como queriendo contener el llanto. Yo me quedé junto al fogón, sin
acabar de comprender lo que pasaba; era demasiado grande aquello para mi
pequeña cabeza. Yo perdí la noción del tiempo, porque mi tío y la vieja
parecían no cansarse de hablar. Yo oía desde lejos la respiración ahogada de mi
tío —una respiración irregular, como una máquina estropeada—, y entonces, no sé
cómo, le vi como uno de aquellos troncos que iban desfalleciendo en el fogón.
Le veía doblarse lentamente hasta que al fin cayera. Pero veía su sonrisa
clara, que tampoco ahora se apagó; su alegría de morir en un acto de servicio,
morir calentando a los demás y agotarse para dar puesto a otro leño que vendría
tras él, para morir también en el fogón. Fue entonces cuando se me ocurrió de
repente —¿cómo?— que por qué no iba a ser yo el leño que le sustituyera. No sé,
nunca se sabe cómo se ocurren las grandes ideas. »Al
día siguiente las campanas de los dos pueblos tocaron a muerto, ¡aunque parecía
que tocaban a gloria! Yo estaba como abstraído, como fuera de mí. La gente
pensaba que era tristeza por la muerte de mi tío; pero ¿cómo iba a
entristecerme una muerte tan estupenda? Me parecía tan terriblemente hermosa
aquella muerte, que empecé desde entonces a soñarla para mí. Y era este sueño
lo que obsesionaba mi cerebro infantil.» Al
siguiente mes de octubre, José Luis entró en el Seminario. Las cosas no fueron
fáciles, pero fueron resolviéndose. «Yo recordaba siempre a mi tío en cada
sacerdote que veía, y recordaba aquella noche de nieve cada vez que nuestro
patio aparecía blanqueado; recordaba sobre todo aquel fogón en que los leños
iban consumiéndose. Y pensaba: dentro de cuatro años me tocará a mí arder y
también calentar y alumbrar. ¿Qué sería de nosotros sin este fuego vivificador?
En los pueblos sin sacerdote —pensaba— deben tener un invierno perpetuo. »Y
entonces venía a mi memoria toda mi vida. Recordaba, sobre todo, aquella noche
de diciembre y me parecía que ahora yo estaba repitiéndola. Tanto, que cuando
por fin subí al altar tuve la sensación de oír el reloj que aquella noche había
dado las diez campanadas. Y cuando me acercaba a la Consagración me parecía
como si me hundiese en tierra, igual que aquella noche en la nieve. Me temblaba
el corazón como entonces, aunque esta vez no de miedo, sino de gozo. »Cuando
acabó la Misa me senté en un rincón de la iglesia y allí estuve largo rato,
como intentando explicarme a mí mismo lo que había sucedido. Todo en mi vida
era distinto, comenzaba a sentirme útil y mi existencia empezaba a servir para
algo. Me veía entre los hombres con las manos llenas de amor y siendo como un
canal entre ellos y Dios, un canal por el que bajarían las gracias del Cielo,
por el que subirían las oraciones de la tierra. Me veía derramando el agua
santa sobre la frente de los niños, y acompañando los últimos minutos de los
moribundos; perdonando a los jóvenes sus pecados— ¡ah, y viéndoles marcharse
contentos, con una nueva alegría!— y bendiciendo los nuevos hogares en que se
perpetuaría la vida. Veía a los niños arrodillados, puros y angelicales, ante el
altar, y yo bajaba hasta ellos y les ponía el Cuerpo del Señor sobre la lengua.
Yo rezaba también sobre los muertos, y mi bendición era lo último que descendía
sobre sus tumbas entre las paletadas de tierra. Yo bendecía las casas, y los
animales, y los frutos, y hablaba a los hombres de Dios, y por ellos, por todos
ellos, levantaba en las manos la Hostia blanca, en la que Cristo se nos
mostraría y vendría a vivir entre nosotros. Sí —pensé—; mi vida comienza a
servir para algo. »Pienso
que ya estoy ardiendo, que soy el leño en el fuego, el fuego que ilumina, que
calienta; que ése es mi destino: consumirme en un acto de servicio, en un
glorioso acto de servicio a los hombres. ¡Y estoy tan orgulloso con este
destino! »¿Cuánto
durará? ¡Qué importa eso! Quizá sean muchos años, como mi tío; quizá solo unos
meses, puede que unos días; quién sabe si esta misma noche no nevará y estará
borrado el camino que lleva a Castales y llegará uno a caballo a llamar a mi
puerta. Por eso tengo que darme prisa, tengo que buscar en seguida alguien que
me sustituya, que siga en la brecha si yo muero. Este fuego no puede
extinguirse, porque con él se apagaría el mundo.» Este
relato, escrito por Martín Descalzo cuando era un sacerdote recién ordenado,
muestra con viveza todo el proceso del nacimiento y la maduración de la llamada
a una vida de entrega a Dios y a los demás. Todo un gran horizonte de
sacrificio y al tiempo de satisfacción, de renuncia y al tiempo de conciencia
de ser un afortunado, de dejar algunas cosas pero ganar muchas más. 13.
El joven rico El
amor, para
que sea auténtico, debe
costarnos. Madre
Teresa de Calcuta ¿Cómo
continuaría la historia de la vida del “joven rico” del Evangelio? El Maestro
le invitó a dejar todo y seguirle. Pero él se negó, y se fue triste. Hubo otros
que sí le siguieron, y fueron grandes apóstoles, grandes santos. Supongo
que, pasado el tiempo, a aquel chico le irían llegando noticias del Maestro.
Unos dirían que era un impostor, otros que hacía milagros, que era un profeta.
Más adelante le llegaría la noticia de que le habían crucificado. Podemos
imaginarnos ahora —siguiendo una glosa de José Miguel Cejas— que el personaje
ya es anciano. Está sentado, al atardecer, en el zaguán de su casa. Han
terminado ya las faenas del campo, y se oyen, a lo lejos, las risas bulliciosas
de las espigadoras que regresan y los gritos de los hombres que transportan las
últimas gavillas. Tiene la mirada perdida, como desvanecida en el silencio.
También la vida, como el día, se va consumiendo, poco a poco, entre rumores
apagados de cansancio. Y el tiempo se va llevando los recuerdos, como el viento
se lleva las últimas huellas de las caravanas en el camino reseco que pasa
junto a su puerta. Habla
poco. De vez en cuando, le visitan los viejos conocidos y evocan juntos a
amigos y parientes, casi todos ya muertos. Comentan algo sobre la próxima
cosecha, sobre los viñedos o los olivos. Y mientras, en la casa, todo sigue
igual: ruidos de cántaros, griterío de niños, leves pisadas femeninas. Desde hace
años este anciano contempla, en un silencio impregnado de tristeza, los juegos
de los hijos de sus hijos. Vive de nostalgias y de recuerdos, asombrosamente
cercanos a pesar del tiempo. Y hay algunos instantes de su vida que pesan en su
alma como si fueran decenas de años. Y otros que no acaban de pasar nunca, como
la mirada profunda de aquel Rabí. Hace
muchos años, más de sesenta, él cruzaba Palestina con un viejo criado que murió
hace tiempo. Entonces era un chico joven, tenía fuerzas, no como ahora. Era
rico y un tanto arrogante. ¿Feliz? Aceptablemente feliz. Y temeroso de Dios.
Por eso, fue corriendo al encuentro de aquel hombre extraordinario. Le
preguntó: «Maestro bueno... ». Y aquel Rabí, mirándole a los ojos, sonriendo,
le invitó a seguirle. Pero él se negó. Y se fue triste. Pasó
el tiempo. En la aldea se comentaban cosas contradictorias. Unos decían que el
Rabí era un falsario y un impostor. Otros hablaban de sus milagros. Otros
estaban convencidos de que era un profeta. Paso
más tiempo. Se casó, tuvo hijos. Las noticias de Jerusalén llegaban con retraso
a su aldea. Una pascua le contaron que lo habían crucificado. Respiró hondo.
«Yo tenía razón: no era más que un visionario. Hice bien en no seguirle. ¡Qué
locura hubiera sido echar por la borda todos mis bienes!». Pero,
sin saber por qué, la noticia le entristeció, como aquella tarde cuando volvió
la espalda a la cálida y respetuosa llamada del Maestro. En su mente seguía
fija la idea de que el Señor le llamó, y que si él no quiso seguirle fue por
egoísmo, pero aquella llamada, aquella vocación seguía viva en su interior.
Descubrió que su antigua ilusión de entrega, sus deseos de Dios, seguían allí,
en un repliegue del alma. Porque, durante años, casi sin advertirlo, aquella
mirada y aquella sonrisa de Jesús le habían seguido acompañando. Un
día quizá aparecieron los discípulos del Señor por su aldea, y habría sus
tensiones, porque la doctrina de Cristo no deja indiferente a nadie. Los
ancianos discutían a la entrada del pueblo y bramaban contra ellos en la
sinagoga. Lo comentaban también, acaloradas, las mujeres en la fuente. Todos se
sentían interpelados por las enseñanzas de aquel Maestro, y quizá el joven
rico, que ya no sería tan joven, volvió a pensar en dejarlo todo y unirse a
aquellos hombres, secundando ahora la llamada que el Maestro le hizo unos años
antes. Algunos
se habían hecho de los suyos. Otros los insultaban y los perseguían. Quizá
entonces fue generoso y recuperó el tiempo que había perdido. Pero quizá volvió
a vencerle su egoísmo, y prefirió quedarse cómodamente al margen. Era rico y no
quería riesgos. Se limitaba a contemplar desde lejos lo que pasaba. Pudo haber
sido uno de ellos. Y seguía enriqueciéndose. Su casa se llenaba de pebeteros,
de alfombras y de los pequeños lujos de una aldea oriental. Tenía más y más
criados, y sus campos se engrandecían. Y
a los pocos años llegó aquella terrible guerra, la invasión romana, y la
destrucción del Templo de Jerusalén. Y aquel hombre, con seguridad, lo perdió
todo. Le arrebataron otros por la fuerza lo que no quiso él dar al Señor por su
propia voluntad. Ahora su cuerpo se iba combando lentamente y se ajaba el
rostro de su mujer. Y en su vejez se lamentaría en su pobreza, viendo sus
campos y sus ganados en mano ajena, viendo el desprecio de aquellos que antes
le adulaban porque era rico, pero que ahora le ignoraban porque ya no lo era. Y
él seguía allí, como un perro triste, en el portal de su casa, imaginando lo
que pudo ser y no fue. A su alrededor, veía la respuesta a lo que había sido su
vida: una vida encerrada en su egoísmo, que ahora los demás le pagaban con la
misma moneda. Y lloraba en silencio, pensando que quizá su vida podía haber
sido menos cómoda pero sin esa insoportable amargura del egoísmo. Aquel
hombre pudo haber sido un gran apóstol. Recibió, como Juan, la llamada en plena
juventud. ¡Cuántas almas pudo haber salvado! Jesús las veía a través de sus
ojos. Y veía, detrás de esas almas, tantas y tantas otras. Pero aquel hombre
dijo que no. Su egoísmo quebró para siempre los planes de Dios. ¿Por qué?
Cuenta el Evangelio que tenía muchas riquezas. Podemos imaginarnos lo que
sería. Como mucho, unos campos, unas casas, unos caballos, unos mulos... Y por
esas riquezas miserables abandonó a Dios hecho hombre, que le buscaba en lo
mejor de su vida. Se entiende que Jesús hiciera aquella dolorosa reflexión, y
que comentara entonces que es más fácil que pase un camello por el ojo de una
aguja a que entren en el reino de Dios quienes estén apegados a sus riquezas. Este
joven ha permanecido anónimo. Si hubiera respondido positivamente a la
invitación de Jesús, se habría convertido en su discípulo y probablemente los
evangelistas habrían registrado su nombre. Pero quien pone su seguridad en las
riquezas de este mundo no alcanza el sentido pleno de la vida y la verdadera
alegría. Por el contrario, quien se fía de la palabra de Dios y renuncia a sí
mismo y a sus bienes para buscar el reino de los cielos, aparentemente pierde
mucho, pero en realidad lo gana todo. El santo es precisamente aquel hombre,
aquella mujer, que, respondiendo con alegría y generosidad a la llamada de Cristo,
lo deja todo por seguirlo. Como Pedro y los demás Apóstoles, como otros
innumerables santos, debemos recorrer el camino que Dios nos marque, que es
exigente pero colma el corazón y nos hará recibir el ciento por uno ya en esta
vida terrena, juntamente con pruebas y persecuciones, y después la vida eterna. —¿Piensas
entonces que Dios nos pide siempre de lo que cuesta? Lo
hace Dios, y así es la naturaleza del hombre. Nadie considera auténtico un amor
que no está dispuesto al sacrificio. «El amor, para que sea auténtico, debe
costarnos», decía la Madre Teresa de Calcuta. Y el sacrificio es lo que prueba
el amor, y lo que da alegría de verdad. «No quiero —insistía— que me deis de lo
que os sobra. Quiero que me deis de lo que necesitáis hasta realmente sentirlo.
El otro día recibí quince dólares de un hombre que lleva veinte años
paralítico. La parálisis solo le permite usar la mano derecha. La única
compañía que tolera es la del tabaco. Me decía: “Solo hace una semana que he
dejado de fumar. Le envío el dinero que he ahorrado de no comprar cigarrillos”.
Debió de ser un terrible sacrificio para él. Con ese dinero compré pan y se lo
di a personas que tenían hambre. De este modo, tanto el donante como quienes lo
recibieron experimentaron alegría.» «Creo
que una persona que está apegada a sus riquezas, que vive preocupada por sus
riquezas, es en realidad muy pobre. Sin embargo, si esa persona pone su dinero
al servicio de los demás, entonces se vuelve rica, muy rica. La bondad ha
convertido a más personas que el celo, la ciencia o la elocuencia. La santidad
aumenta más rápido cuando hay bondad. El mundo se pierde por falta de dulzura y
amabilidad. No olvidemos que nos necesitamos los unos a los otros.» 14.
Superar el miedo Al
que vive temiendo nunca
lo tendré por libre. Horacio Jonás
era un hombre al que un buen día Dios le reveló de repente su vocación: «Anda y
vete a Nínive, la gran ciudad, y predica en ella: porque el clamor de sus
maldades ha subido hasta mi presencia». Dios
le manifestó claramente su voluntad: quería contar con él para llegar a esas
muchedumbres desorientadas que no le conocen, o que le conocen mal. El deseo de
Dios estaba bien claro, pero a pesar de eso, o quizá precisamente por eso,
Jonás escapó. Se llenó de miedo. Se resistía al sacrificio, a la entrega de su
vida a esa tarea que se le antojaba muy ardua. No captaba la grandeza y el
atractivo de esa misión. Por eso se entristeció y huyó de Dios. Lo
suyo fue una escapada en toda regla. «Tomó el camino huyendo del Señor, y así
que llegó a Jope, halló una nave que se hacía a la vela para Tarsis; pagó su
pasaje, y entró en ella con los demás para llegar a Tarsis huyendo del Señor».
Huía de Dios y quizá aún más de sí mismo. Quería poner la mayor distancia
posible, «airearse», «probar otras cosas», «conocer otros ambientes»... como
quizá dirían ahora algunos cuando intuyen una voluntad de Dios cuya grandeza no
saben apreciar o valorar. Pensaba que en medio del tráfago de otra ciudad, otro
país, otras gentes, otro ambiente…, aquella voz se callaría, dejaría de oírla.
Y abandonó su tierra, sus amigos, los lugares que le hablaban de Dios. «Pero
el Señor envió un viento recio sobre el mar, con lo que se movió en él una gran
borrasca, de suerte que se hallaba la nave a punto de partirse». Los marineros
se asustaron. Intuían que aquella tremenda tempestad, que batía con tanta furia
el barco, se debía a una poderosa razón divina. Jonás acabó por contarles su
historia y aquellos hombres «comprendieron que huía, desobedeciendo a Dios». Jonás
se arrepintió de su mala actitud y, después de diversas peripecias, marchó a la
ciudad a la que Dios le había mandado. Nínive era una ciudad enorme, hacían
falta tres días de camino para recorrerla. Habló a los ninivitas con fuerza,
los movió a hacer penitencia y consiguió que salieran de la inmoralidad en que
estaban inmersos. Y Dios, «viendo las obras que hacían, y cómo se habían
convertido de su mala vida, se movió a misericordia y no les envió los males
que había declarado». Nínive se convirtió gracias a la predicación de Jonás. —Pero
es bastante normal sentir miedo ante este tipo de llamadas de Dios, me parece. Es
bastante normal. Además, ese temor no tiene por qué ser malo, sino que muchas
veces es una muestra de que valoramos la importancia de lo que Dios nos pide, y
nos da cierto vértigo. Por eso, tener miedo puede incluso ser señal de
vocación. Si todo te diera igual, no sentirías miedo. El hecho de plantearse la
entrega a Dios, y de que esa idea nos imponga un poco, ya es un dato importante,
pues muy pocos llegan a pensar nunca en esa posibilidad, y si alguien les
hablara de ello no les produciría ninguna inquietud. —¿Y
cómo superar el miedo? Son decisiones que entrañan riesgos importantes. El
mejor sistema es disponerse a escuchar la voz de Dios y a seguir su voluntad.
Tener el coraje de decir que sí a lo que Dios nos pida. Aunque suponga derribar
de un manotazo todo un mundo cómodo de seguridades en el que estamos
instalados. Así
lo hizo la Virgen. Cuando el ángel le anuncia que va a ser Madre de Dios, se
produce en ella una turbación natural, y el ángel la tranquiliza: «No temas». Y
le dice por qué: «Porque has hallado gracia a los ojos de Dios». Nosotros
tampoco debemos tener miedo, porque Dios nos da la gracia necesaria para seguir
el camino que nos señala. Dios
cuenta con todo eso. La percepción de la vocación, como sucedió con el anuncio
del ángel a María, no es un acontecimiento aislado en la historia de la
salvación, sino la continuación y culminación de una serie de intervenciones
divinas anteriores. Dios va preparando todo, en la vida de cada uno, también lo
que podría llamarse la psicología de la percepción de lo sobrenatural. Nos
sitúa ante un anuncio que nos produce quizá maravilla, temor o admiración, ya
que cuando percibimos la llamada captamos la trascendencia de lo que nos está
sucediendo. Pero esa misma llamada nos ilumina interiormente y nos ayuda a
superar el miedo natural que producen las intervenciones sobrenaturales. De
todas formas, la clave no está en el miedo, sino en cómo reaccionamos ante ese
miedo. De hecho, lo que distingue a un cobarde de un héroe no es el miedo, sino
su capacidad de superarlo. Y el miedo siempre aparece ante todas las decisiones
importantes, pues siempre suponen asumir un riesgo. Unos te aconsejarán una
cosa y otros otra. Si, por cobardía, tiendes a escuchar demasiado a los que “te
apaciguan” y te dan “consejos tranquilizadores” para nunca asumir riesgos, no
decidirás con acierto. —Pero
también puedes equivocarte por el otro extremo, si no consideras los riesgos y
te dejas llevar por la precipitación. Hay
que encontrar un equilibrio entre la temeridad y la indecisión. Pero no puedes
pedir una seguridad matemática, ni metafísica. Tienes que aceptar el riesgo del
amor, pero recuerda que es un riesgo en manos de Dios. Dios
quizá quiere contar contigo para llegar a mucha gente. No busca un simple paso
adelante, un gesto, o un poco de tu tiempo. A lo mejor te pide, como a Jonás,
una dedicación completa. Te pide cambiar de planes. Cambiar de vida. Te
muestra, quizá, un cometido concreto, una misión. Es mejor no hacer oídos
sordos, como él hizo al principio, a pesar de ser tan claro el querer de Dios.
Tuvo miedo, como quizá tú, pero ese miedo no es un simple vientecillo en tu
corazón, sino a lo mejor un viento cada vez más fuerte que acaba volteando las
campanas de tu alma. Las
decisiones definitivas dan un poco de miedo, pero son fundamentales. Como decía
Benedicto XVI en una entrevista previa a su viaje a Alemania en 2006, el mundo
necesita de nuestro compromiso personal por la búsqueda del bien, y necesita
«el valor de tomar decisiones definitivas. En la juventud hay mucha
generosidad, pero ante el riesgo de comprometerse para toda la vida, ya sea en
el matrimonio o en el sacerdocio, se experimenta miedo. El mundo está
evolucionando mucho, y ahora parece que podemos disponer continuamente de
nuestra vida entera con todos sus imprevisibles eventos futuros. Entonces, con
una decisión definitiva, ¿no ato mi libertad y no me privo de la libertad de
movimientos? Es preciso despertar el valor de atreverse a tomar decisiones
definitivas, que en realidad son las únicas que hacen posible el crecimiento,
caminar hacia adelante y alcanzar cualquier cosa importante en la vida, las
únicas que no destruyen la libertad, sino que le ofrecen el mejor camino.
Arriesgarse a dar este salto, tomar decisiones definitivas, y con eso acoger
plenamente la vida, esto es algo que quisiera poder comunicar a los jóvenes.» —¿Piensas
que el miedo a las decisiones importantes tiene que ver con la educación que
uno ha recibido? Indudablemente,
pues para adquirir compromisos importantes hay que haber sido educado —y
haberse educado a uno mismo— en una actitud de compromiso habitual por la
mejora del mundo que nos rodea. De lo contrario, los compromisos suelen
eludirse, y eso lleva a que al final nos situemos casi inadvertidamente en unas
coordenadas de egoísmo y de desimplicación. Sentir
un poco de miedo, o bastante, ante una decisión importante en la vida, no debe
considerarse extraño. Una educación verdadera debe suscitar la valentía de las
decisiones definitivas, que hoy muchos consideran un vínculo que limita nuestra
libertad, pero que en realidad son indispensables para crecer y alcanzar algo
grande en la vida, especialmente para que madure el amor en todo su esplendor y
su atractivo. De esa educación surge nuestro "no" a formas débiles y
falsificadas del amor o de la libertad, que son un "sí" al amor
verdadero, a la realidad del hombre tal como ha sido creado por Dios. 15.
Mañana, mañana Moneda
que está en la mano, tal
vez se deba guardar. La
monedita del alma se
pierde si no se da. Antonio
Machado Agustín
de Tagaste era un joven y brillante orador, dotado de una gran inteligencia y
un corazón ardiente. Su adolescencia transcurrió entre diversas escuelas de
Madaura, Tagaste y Cartago, de manera un tanto turbulenta. Durante años anduvo
sin apenas rumbo moral en su vida, muy influida por amistades poco recomendables:
«Mientras me olvidaba de Dios —dice de sí mismo—, por todas partes oía: ¡Bien,
bien!». «Yo
ardía en deseos de hartarme de las más bajas cosas y llegué a envilecerme hasta
con los más diversos y turbios amores; me ensucié y me embrutecí por satisfacer
mis deseos. Me sentía inquieto y nervioso, solo ansiaba satisfacerme a mí
mismo, hervía en deseos de fornicar. (...) ¡Ojalá hubiera habido alguien que me
ayudara a salir de mi miseria...!». No
era feliz: «Sabía que Dios podía curar mi alma, lo sabía; pero ni quería, ni
podía; tanto más cuanto que la idea que yo tenía de Dios no era algo real y
firme, sino un fantasma, un error. Y si me esforzaba por rezar, inmediatamente
resbalaba como quien pisa en falso, y caía de nuevo sobre mí. Yo era para mí mismo
como una habitación inhabitable, en donde ni podía estar ni podía salir. ¿Dónde
podría huir mi corazón que huyese de mi corazón? ¿Cómo huir de mí mismo?». Buscaba
la verdad en diversas ideologías. Habló con las figuras intelectuales más
destacadas para encontrar respuesta a las situaciones culturales y sociales de
su época. Pasaba de maestro en maestro y de ideología en ideología. Pero nada
le llenaba el corazón. Leía incesantemente. Triunfó dando clases y
conferencias, hasta convertirse en un personaje de moda. Era un pensador
influyente al que llamaban de todos los sitios. Estando
en Milán, en el año 384, acudía, sin demasiada buena disposición, a escuchar
las homilías de Ambrosio, obispo de la ciudad. Ambrosio era un hombre de una
gran talla intelectual, y Agustín estaba interesado en su oratoria, no en su
doctrina, pero «al atender para aprender de su elocuencia —explicaba—, aprendía
al mismo tiempo lo que de verdadero decía». Le parecía que aquel hombre
explicaba de un modo distinto los pasajes de la Sagrada Escritura que él
ridiculizaba en sus clases y que ahora le empezaron a parecer verdaderos. El
1 de enero del año 385 se estaba preparando para hablar ante toda la Corte del
Emperador Valentiniano, instalada por entonces en aquella ciudad. Agustín
estaba consiguiendo sus propósitos de triunfar gracias a su elocuencia, pese a
ser aún muy joven. Pero notaba que algo en su vida estaba fallando. «Al volver
—escribiría más adelante—, y pasar por una de las calles de Milán, me fijé en
un pobre mendigo que, despreocupado de todo, reía feliz. Yo, entonces,
interiormente, lloré». Una
cascada de sentimientos se desbordó en el corazón de Agustín. Caminaba, como
siempre, rodeado de un grupo de amigos. «Les dije que era nuestra ambición la
que nos hacía sufrir y nos torturaba, porque nuestros esfuerzos, como esos
deseos de triunfar que me atormentaban, no hacían más que aumentar la pesada
carga de nuestra infelicidad». «No
hago más que trabajar y trabajar para lograr mis objetivos, y cuando los
consigo, ¿soy más feliz? No. Tengo que seguir bregando contra todo y contra
todos para mantenerme en mi puesto. Mientras tanto, ese tipo vive tan contento
sin tener nada... Bueno; no sé si estará contento, no sé si será realmente
feliz, pero, desde luego, el que no soy feliz soy yo... No es que me guste su
vida, ¡es mi vida la que no me gusta! He conseguido un status, una posición
económica y cultural... ¿y qué?». «No compares —le dijeron sus amigos—. Ese
tipo se ríe porque habrá bebido. Y tú tienes todos los motivos para estar
feliz, porque estás triunfando...». Sí,
estaba triunfando, pero aquellos éxitos en su cátedra y en sus conferencias,
más que alegrarle, le deprimían. «Al menos —se decía— ese mendigo se ha
conseguido el vino honradamente pidiendo limosna, y yo... he alcanzado mi
status a base de traicionarme a mí mismo. Si el mendigo estaba bebido, su
borrachera se le pasaría aquella misma noche, pero yo dormiría con la mía, y me
despertaría con ella, y me volvería a acostar y a levantar con ella día tras
día». La
crisis se había desencadenado. Pero la lucha no había hecho más que empezar,
llena de vacilaciones. «La fe católica me da explicaciones a lo que me pregunto...;
sin embargo, ¿por qué no me decido a que me aclaren las demás cosas?». En
su vida moral seguía haciendo lo que le apetecía. Deseaba salir de aquella
situación, pero, a la vez, se sentía incapaz. «Si uno se deja llevar por esas
pasiones, al principio se convierten en una costumbre, y luego en una
esclavitud...». Era
un esclavo de esas pasiones, lo reconocía. Por eso, el tiempo pasaba y Agustín
se resistía a cambiar. «Deseaba la vida feliz del creyente, pero a la vez me
daba miedo el modo de llegar a ella». «Pensaba que iba a ser muy desgraciado si
renunciaba a las mujeres... ». «¡Qué caminos más tortuosos! Ay de esta alma mía
insensata que esperó, lejos de Dios, conseguir algo mejor. Daba vueltas, se
ponía de espaldas, de lado, boca abajo..., pero todo lo encontraba duro e
incómodo...». Agustín
va poco a poco logrando vencer la sensualidad y la soberbia, pero se encuentra
también con otro poderoso enemigo: «Me daba pereza comenzar a caminar por la
estrecha senda». «Todavía seguía repitiendo como hacía años: mañana; mañana me
aparecerá clara la verdad y, entonces, me abrazaré a ella». El
proceso de su conversión pasó —según contaría él mismo en su libro Las
Confesiones— por multitud de pequeños detalles. El paso definitivo se produjo
un día de agosto del año 386, en que recibió la visita de su amigo Ponticiano.
Tuvieron una animada conversación. En un momento dado, Ponticiano le contó la
historia de un monje llamado Antonio, y luego, viendo el creciente interés de
Agustín, una anécdota suya personal. Le contaba esas cosas con intención de
acercarle a Dios, pero probablemente no sospechó el fuerte influjo que
produjeron en Agustín. «Lo que me contaba Ponticiano me ponía a Dios de nuevo
frente a mí, y me colocaba a mí mismo enérgicamente ante mis ojos para que
advirtiese mi propia maldad y la odiase. Yo ya la conocía, pero hasta entonces
quería disimularla, y me olvidaba de su fealdad». «Me puso cara a cara conmigo
mismo para que viese lo horrible que era yo.» Mientras
su amigo hablaba, Agustín pensaba en su alma, que encontraba tan débil,
oprimida por el peso de las malas costumbres que le impedían elevarse a la
verdad, pese a que ya la veía claramente. «Habían pasado ya muchos años, unos
doce aproximadamente, desde que cumplí los diecinueve, desde aquel año en que
por leer a Cicerón me vi movido a buscar la sabiduría.» «Había
pedido a Dios la castidad, aunque de este modo: “Dame, Señor, la castidad y la
continencia, pero no ahora”, porque temía que Dios me escuchara demasiado
pronto y me curara inmediatamente de mi enfermedad de concupiscencia, que yo
prefería satisfacer antes que apagar.» «Se redoblaba mi miedo y mi vergüenza a
ceder otra vez y no terminaba de romper lo poco que ya quedaba». Ponticiano
terminó de hablar, explicó el motivo de su visita, y se fue. El combate
interior de Agustín se acercaba a su final. Cada vez faltaba menos, pero «podía
más en mí lo malo, que ya se había hecho costumbre, que lo bueno, a lo que no
estaba acostumbrado.» Se
decía: «¡Venga, ahora, ahora!». Pero cuando estaba a punto... se detenía en el
borde. Era como si los viejos placeres le retuviesen, diciéndole bajito:
«¿Cómo? ¿Es que nos dejas? ¿Ya no estaremos contigo, nunca, nunca? ¿Desde ahora
ya no podrás hacer eso... , ni aquello? ¡Y qué cosas, Dios mío, me sugerían con
las palabras eso y aquello!». Los placeres seguían insistiéndole: «¿Qué? ¿Es
que piensas que vas a poder vivir sin nosotros, tú? ¿Precisamente tú...?». Miró
a su alrededor. Muchos lo habían logrado. «¿Por qué no voy a poder yo —se
preguntó— si éste, si aquel, si aquella, han podido?». Salió
con su amigo Alipio al jardín de la casa. «¡Hasta cuándo —se preguntaba—, hasta
cuándo, mañana, mañana! ¿Por qué no hoy? ¿Por qué no ahora mismo y pongo fin a todas
mis miserias?». Mientras decía esto, oyó que un niño gritaba desde una casa
vecina: «¡Toma y lee! ¡Toma y lee!». Pensó que Dios se servía de ese chico para
decirle algo. Corrió hacia el libro, y lo abrió al azar por la primera página
que encontró. Leyó en silencio: «No andéis más en comilonas y borracheras, ni
haciendo cosas impúdicas. Dejad ya las contiendas y peleas. Revestíos de
Nuestro Señor Jesucristo, y no busquéis cómo contentar los antojos de la carne
y de sus deseos.» Cerró
el libro. Esa era la respuesta. No quiso leer más, ni era necesario. «Como si
me hubiera inundado el corazón una fortísima luz, se disipó toda la oscuridad
de mis dudas». Cuando se tranquilizó un poco se lo contó a Alipio, que quiso
ver lo que había leído. Se lo enseñó y su amigo se fijó en la frase siguiente
del texto de la Escritura, en la que no había reparado. Seguía así: «Recibid al
débil en la fe». «Después
entramos a ver a mi madre, se lo dijimos todo y se llenó de alegría. Le
contamos cómo había sucedido, y saltaba de alegría y cantaba y bendecía a Dios,
que le había concedido, en lo que se refiere a mí, lo que constantemente le
pedía desde hacía tantos años, en sus oraciones y con sus lágrimas». A
los pocos meses, en la Vigilia Pascual, recibieron el bautismo Agustín, su hijo
y su amigo. Años después, escribiría: «Tarde te amé, Belleza, tan antigua y tan
nueva, ¡tarde te amé! Estabas dentro de mí, y yo te buscaba por fuera... Me
lanzaba como una bestia sobre las cosas hermosas que habías creado. Estabas a
mi lado, pero yo estaba muy lejos de Ti. Esas cosas... me tenían esclavizado.
Me llamabas, me gritabas, y al fin, venciste mi sordera. Brillaste ante mí y me
liberaste de mi ceguera... Aspiré tu perfume y te deseé. Te gusté, te comí, te
bebí. Me tocaste y me abrasé en tu paz». El
proceso de la conversión de San Agustín refleja muy bien la tendencia de todo
hombre a retrasar las decisiones que vemos bastante claras con la cabeza pero a
las que se opone la resistencia de nuestras pasiones. El relato de su conversión
es uno de los mejores testimonios que se han escrito sobre los problemas,
angustias y búsquedas que supone la lucha contra esa resistencia interior. Una
lucha que acabó en victoria, y que ha supuesto para la humanidad un personaje
tan insigne como San Agustín, un gran pensador y un gran santo, cuyos escritos
filosóficos y teológicos constituyen una referencia ineludible en la historia
del pensamiento. Muchas
veces las llamadas de Dios chocan contra ese muro en nuestro interior, que
retrasa nuestras respuestas, desvía nuestra mirada y nos hace repetir, como
Agustín: ¡mañana!, ¡mañana! Muchas veces ese “mañana” acaba por ahogar en su
mismo nacimiento la llamada del Señor. —A
veces sucederá, pero en otras ocasiones será prudente esperar. Es lógico tomarse
tiempo para las cosas que son importantes. Si
nos tomamos tiempo para considerar con calma las cosas en la presencia de Dios,
para reflexionar y obrar con madurez y libertad, es algo no solo prudente sino
lógico y necesario. Pero si nos tomamos ese tiempo para ver si así se diluyen
las cosas y se pierde la voz del Señor en el ruido de fondo de nuestra vida,
entonces nos estamos autoengañando, como explicaba San Agustín. Quizá entonces,
a ese “mañana, mañana...” haya que encararse pensando si no es nuestro hoy
precisamente el que nos pide Dios. Además,
todos esos “mañanas” no podemos tenerlos tan seguros. San Luis Gonzaga murió a
los veintitrés años, San Estanislao de Kostka a los dieciocho, San Juan
Berchmans a los veintidós, Santa Teresa de Lisieux a los veinticuatro, y así
muchos más. Dios puede llamar a cualquier edad, pero si nos llama en la
juventud, hemos de agradecerlo como una predilección muy especial. Algunos
piensan lo contrario, y creen que es mejor dejar pasar esos años, disfrutar de
la juventud lejos de responsabilidades y compromisos, pero quienes han
descubierto pronto esa llamada saben que no se cambian por nadie. Además,
si se entiende bien lo que supone descubrir la vocación, es decir, conocer el
designio de Dios para nuestra vida, lo propio no es la espera, sino la
esperanza. Hemos de fomentar la esperanza de ese encuentro con Dios. La espera
puede aguardarse durmiendo, la esperanza, caminando. La espera es un sillón; la
esperanza, una bandera. La espera, un refugio cómodo; la esperanza cristiana,
una virtud aguerrida. —Pero
no se puede meter prisa. Dios
puede tener prisa. Con el frío, muchas plantas se hielan y así pasa con tantas
vocaciones que dejan pasar el tiempo sin responder a Dios. Si lo consideramos
en el silencio de la oración, quizá encontremos que los verdaderos tiempos de
Dios implican un sentido de urgencia. Si pensamos en tantas almas que aún no
conocen a Dios, en todos los que le conocen pero no le aman, y en todos los que
le odian, y en los que mueren sin haber oído hablar de Él, quizá entonces
entendemos que puede haber algo de esa urgencia divina. No
es cuestión de meter prisa a nadie, sino de asegurar que con el paso de los
días y los meses y quizá los años no estamos dejando pasar nuestra hora. Hay
que pensar las cosas con calma, pero sin eternizarse en la respuesta. —Pero
nunca puede ser buena la precipitación de una respuesta inmediata. La
preparación y la buena predisposición no son inmediatas, sino meditadas y
maduradas. Pero la respuesta puede ser inmediata, como lo fue, por ejemplo, la
respuesta de la Virgen al anuncio del ángel, en esa entrañable escena de la
Anunciación. Nadie calificaría de precipitada a Santa María por contestar su
«Hágase en mí según tu palabra» en pocos segundos. Los requerimientos de Dios a
veces piden una respuesta rápida. En
el Evangelio se lee también que Nuestro Señor encontró a Simón Pedro y a Andrés
echando las redes al mar y les llamó: «Venid conmigo y os haré pescadores de
hombres». «Y ellos, enseguida, dejando las redes, lo siguieron». Y lo mismo
sucedió poco después con Santiago y Juan, «que estaban en la barca con su padre
Zebedeo remendando sus redes; y los llamó. Ellos, al instante, dejaron la barca
y a su padre, y le siguieron.» El Señor les pidió dejarlo todo, y ellos
respondieron con prontitud, sabiendo jugarse todo a una sola carta, la carta
del amor de Dios. Es
verdad que la respuesta a la vocación requiere un tiempo. No puede ser el fruto
irreflexivo de un impulso de un momento. Por eso, el tiempo en el que se
plantea la vocación debe ser tiempo de oración intensa, no de dilación cómoda;
tiempo de búsqueda y no de olvido; tiempo para responder, no para demorar la
respuesta con un mañana engañoso. Es
verdad que siempre cabe “darle otra vuelta más” a nuestras dudas. Una dilación
que puede nacer de la recta prudencia, pero también de las excusas eternas, o
de lo que San Agustín llamaba “sus viejas amigas”. Pedimos tiempo y calma,
¿para decidir o para olvidar? Así lo relataba San Agustín: «Me encontraba en la
situación de uno que está en la cama por la mañana. Le dicen: ”¡Fuera!,
levántate, Agustín”. Yo decía al contrario: “Sí, más tarde, un poco más
todavía”. Al fin, el Señor me dio un buen empujón y salí.» Agustín
fue un apasionado buscador de la verdad. Al final descubrió que solo en Dios se
pueden saciar los deseos profundos del corazón humano. Su historia es una
espléndida referencia para todos aquellos que, sedientos de felicidad, la
buscan recorriendo caminos equivocados y se pierden en callejones sin salida. 16.
Cambiar los propios planes Donde
haya un árbol que plantar, plántalo tú. Donde
haya un error que enmendar, enmiéndalo tú. Donde
haya un esfuerzo que todos esquivan, hazlo tú. Sé
tú el que aparta la piedra del camino. Gabriela
Mistral «Quiero
deciros algo del cónclave —explicaba Benedicto XVI a un grupo de peregrinos
alemanes, poco tiempo después de ser Papa—, sin violar el secreto. Nunca pensé
en ser elegido Papa, ni hice nada para que así fuese. Cuando, lentamente, el
desarrollo de las votaciones me permitió comprender que, por decirlo así, la
‘guillotina’ caería sobre mí, me quedé desconcertado. Creía que había realizado
ya la obra de toda una vida y que podía esperar terminar tranquilamente mis
días. Con profunda convicción dije al Señor: ¡no me hagas esto! Tienes personas
más jóvenes y mejores, que pueden afrontar esta gran tarea con un entusiasmo y
una fuerza totalmente diferentes. Pero me impactó mucho una breve nota que me
escribió un hermano del Colegio Cardenalicio. Me recordaba que durante la Misa
por Juan Pablo II yo había centrado la homilía en la palabra del Evangelio que
el Señor dirigió a Pedro a orillas del lago de Genesaret: ¡Sígueme! Yo había
explicado cómo Karol Wojtyla había recibido siempre de nuevo esta llamada del
Señor y continuamente había debido renunciar a muchas cosas, limitándose a
decir: sí, te sigo, aunque me lleves a donde no quisiera. Ese hermano cardenal
me escribía en su nota: "Si el Señor te dijera ahora ‘sígueme’, acuérdate
de lo que predicaste. No lo rechaces. Sé obediente, como describiste al gran
Papa, que ha vuelto a la casa del Padre". Esto me llegó al corazón. Los
caminos del Señor no son cómodos, pero tampoco hemos sido creados para la
comodidad, sino para cosas grandes, para el bien. Así, al final, no me quedó
otra opción que decir sí. Confío en el Señor, y confío en vosotros, queridos
amigos. Como os dije ayer, un cristiano jamás está solo.» No
era esto algo nuevo en la vida de Joseph Ratzinger. Un día de 1977 recibió una
visita del nuncio Del Mestri. «Charló conmigo de lo divino y de lo humano y,
finalmente, me puso entre las manos una carta que debía leer en casa y pensar
sobre ella. La carta contenía mi nombramiento como arzobispo de Munich y
Frisinga. Fue para mí una decisión inmensamente difícil. Se me había autorizado
a consultar a mi confesor. Hablé con el profesor Auer, que conocía con mucho
realismo mis límites tanto teológicos como humanos. Esperaba que él me
disuadiese. Pero, con gran sorpresa mía, me dijo sin pensarlo mucho: “Debe
aceptar”. Así, después de haber expuesto otra vez mis dudas al Nuncio, escribí,
ante su atenta mirada, en el papel de carta del hotel donde se alojaba, la
declaración donde expresaba mi consentimiento.» Joseph
Ratzinger había elegido una vida de hombre de estudio, pero Dios le llevaba por
otros caminos, pues después de este cambio de planes vino otro, en 1981, cuando
fue llamado a Roma por Juan Pablo II para presidir la Congregación para la
Doctrina de la Fe. Podía haberse negado, o haberse rebelado contra las tareas
que llevaba sobre las espaldas y que le impedían la gran labor que sentía como
su vocación más profunda. —Al
menos él tuvo claro qué camino tomar, pues le bastaba con seguir lo que Dios le
iba marcando a través de esas peticiones del Papa, primero, o del cónclave,
después. Pero los demás quizá no tenemos fácil elegir. La
vocación no se elige, se encuentra. Y, después, se acoge o no se acoge, se
responde a ella con más menos generosidad. Es una iniciativa de Dios, no
nuestra. Es algo divino, no humano. La vocación de cada hombre forma parte del
plan de la Providencia, que se manifiesta en un designio concreto sobre cada
vida. Joseph Ratzinger podría haberse quedado encastillado en la idea de que
todo eso que le proponían no era su camino, o que no se le había ocurrido a él,
o que no respondía a sus deseos de toda su vida. Aquello no le resultaba
atractivo, pues él prefería entregarse a su pasión por la tarea docente, a su
cátedra de teología. Pero Dios le ha premiado con una cátedra mucho mejor, la
cátedra de San Pedro, desde la que ahora desarrolla su pasión por la docencia
enseñando a toda la humanidad. —¿Y
dónde entregarse a Dios? Donde
te quiera Dios. El dónde y el cómo son algo propio de cada uno, que corresponde
a cada uno descubrir. Así lo explicaba Juan Pablo II: «Quizá seréis llamados
para servir como un marido o una esposa, un padre, una persona soltera, un
religioso o un sacerdote. Pero en cualquier caso se trata de una llamada a una
conversión personal, una llamada a abrir vuestros corazones al mensaje de
Cristo». —¿Y
es fácil equivocarse? Al
menos es posible. Por eso hay que hacer un discernimiento, reflexionar en la
presencia de Dios. Todos tenemos que buscar, con la máxima rectitud posible, y
quizá tendremos que tantear un poco. —¿Qué
quieres decir con lo de tantear? ¿Crees que es mejor equivocarse que no hacer
nada? Si
el miedo a equivocarse es excesivo, paraliza y resulta contraproducente. Es
bastante normal que las decisiones importantes de la vida necesiten de un
cierto tanteo. Lo que no podemos es quedarnos sentados esperando a que llegue
una certeza absoluta y total. También
los santos más renombrados de la historia de la Iglesia tuvieron que buscar, y
algunos se equivocaron al principio. Por ejemplo, Santo Tomás Moro probó en la
Cartuja, donde estuvo viviendo cuatro años, hasta que comprendió que no era ese
su camino. Pensó también en ser franciscano en el convento de Greenwich, pero
tampoco parecía ser el lugar que Dios quería para él. Al final, comprendió que
Dios le pedía que buscara la santidad en medio del mundo. No encerrándose en
una celda en la cartuja, ni siguiendo el camino franciscano, sino en el
matrimonio y en su trabajo como abogado, parlamentario y juez. Llegó a ser Lord
Canciller de Inglaterra, y dio un ejemplo de rectitud heroica que siempre
servirá de referencia para quienes se dediquen a esas tareas. También hemos
visto cómo Santa Juana de Lestonnac estuvo un tiempo en un monasterio
cisterciense antes de descubrir con claridad lo que Dios quería de ella. Y San
Camilo de Lelis pensó en ser capuchino antes de comprender que su camino era
fundar una nueva congregación dedicada a la atención de enfermos. Y así muchos
otros. Entregarse
a Dios puede suponer “marcharse” a otro país, como sucede, por ejemplo, a
muchos misioneros. Esto lo pide Dios a unos pocos, pero lo que pide a todos es
“marcharse” de uno mismo, abandonar la propia comodidad, el egoísmo que
paraliza y ciega. Lo decisivo ocurre dentro del alma. No siempre hay un cambio
externo. Dios tiene muchos caminos y la Iglesia tiene necesidad de todos. Cada
uno debe buscar el suyo. Hay
que estar dispuesto a entregarse a Dios en el camino que Él nos pida. Y esto no
es solo cosa de la primera decisión respecto a la vocación, sino un principio
que hay que mantener siempre. —¿Y
cómo aclararme entonces, con qué criterios? Te
respondo con otras palabras de Benedicto XVI, esta vez dirigidas a los jóvenes,
en Colonia, en el año 2005: «¿Dónde encuentro los criterios para decidir? ¿De
quién puedo fiarme; a quién confiarme? ¿Dónde está aquél que puede darme la
respuesta satisfactoria a los anhelos del corazón? Cuando se perfila en el
horizonte de la existencia una respuesta como ésta, queridos amigos, hay que
saber tomar las decisiones necesarias. Es como alguien que se encuentra en una
bifurcación: ¿Qué camino tomar? ¿El que sugieren las pasiones o el que indica
la estrella que brilla en la conciencia? Queridos jóvenes, la felicidad que
buscáis, la felicidad que tenéis derecho a saborear, tiene un nombre, un
rostro: el de Jesús de Nazaret. Quien deja entrar a Cristo en la propia vida no
pierde nada, absolutamente nada, de lo que hace la vida libre, bella y grande.
Solo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Solo con esta amistad se
abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Solo con
esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera.» —¿Y
si aún veo la vocación como algo que quizá pueda llegar, pero todavía bastante
lejano? Lo
importante es mantener el rumbo hacia Dios, aunque todavía no veamos la orilla.
Debemos seguir navegando en la dirección que consideramos más adecuada, con el
viento a favor o en contra, es igual. —¿Y
hasta ese momento? Hasta
ese momento tenemos que preocuparnos de mantener la mirada al Señor, de no
distraernos, de estar atentos a esas estrellas que nos guían cuando el cielo
está claro y aguzamos la vista y sabemos interpretar su posición. Mientras
esperamos la luz más clara de la vocación, Dios nos va preparando con
intuiciones, más o menos veladas, con impresiones, con incertidumbres y
desasosiegos, que quizá sean misteriosos mensajeros de los designios de Dios
para nosotros, hasta que un día surge con nitidez esa llamada. Quizá
nos ayude considerar la actitud de la Virgen. Es para nosotros una figura
cercana, pues cuanto más cerca se está de Dios, tanto más cerca se está de los
hombres. Por eso podemos dirigirnos a ella en busca de consejo y ayuda, porque
comprende todo lo que nos pasa. Como ha escrito Benedicto XVI, «María está ante
nosotros como signo de consuelo, de aliento y de esperanza. Se dirige a
nosotros, diciendo: "Ten la valentía de ser audaz con Dios. Prueba. No
tengas miedo de Él. Ten la valentía de arriesgar con la fe. Ten la valentía de
arriesgar con la bondad. Ten la valentía de arriesgar con el corazón puro.
Comprométete con Dios; y entonces verás que precisamente así tu vida se
ensancha y se ilumina, y no resulta aburrida, sino llena de infinitas sorpresas,
porque la bondad infinita de Dios no se agota jamás".» 17.
Perderlo todo Buscando
el bien de nuestros semejantes, encontramos
el nuestro. Platón El
único superviviente de un naufragio llegó a la playa de una isla deshabitada y
perdida en el océano. Durante meses, rezaba fervientemente a Dios pidiendo ser
rescatado. Cada día, escudriñaba el horizonte suspirando por vislumbrar un
barco que pasara por aquel lugar tan apartado de las rutas habituales, pero
pasaba el tiempo y parecía que jamás llegaría nadie. Cansado,
finalmente optó por construir una cabaña de madera con la que protegerse de los
rigores del invierno y resguardar también sus modestas pertenencias. Le costó
muchas semanas de trabajo agotador. Un día, a media tarde, después de hacer una
ronda por la isla en busca de alimento, encontró a su vuelta la cabaña envuelta
en llamas, con el humo ascendiendo hasta el cielo. El rescoldo, que durante
tanto tiempo había procurado conservar de modo permanente, había desprendido
una chispa y su casa se había incendiado. Lo peor había ocurrido. Lo había
perdido todo. Se quedó lleno de tristeza y de rabia. «¡Dios, cómo pudiste
hacerme esto a mí! ¿No era suficiente con lo que tenía?», se lamentó. Quedó
dormido, tendido en la playa. A las pocas horas, le despertó el sonido de un
barco que se acercaba a la isla. Habían venido a rescatarlo. «¿Como supieron
que estaba aquí?», preguntó el hombre a sus salvadores. «Vimos su señal de humo
y acudimos enseguida», contestaron ellos. A
veces, en nuestra vida, hemos puesto mucho empeño en conseguir algunos logros,
bastante modestos, y un buen día nos encontramos con que los hemos perdido, o
los vamos a perder, y nos parece algo realmente duro. Sin embargo, cuando
perdemos todo por entregarlo a Dios, nos sucede como a aquel náufrago, que
precisamente al perder todas sus modestas posesiones se encontró con algo mucho
más grande. —Eso
es verdad, pero cuando nos planteamos algo serio y nos falta valor para
acometerlo, se nos ocurren siempre muchos motivos para esperar. Sí,
en esos casos nos vienen muchos motivos razonables, e incluso ingeniosos, para
no lanzarnos. El ingenio siempre acude en ayuda de la pereza, y nos habla de
moderación, de sensatez, de realismo, de que no están los tiempos para
heroísmos. C.
S. Lewis, en sus “Cartas del diablo a su sobrino”, describe admirablemente esta
tentación que lleva al alma a regatear con Dios. «Háblale —aconseja el diablo
veterano a su inexperto sobrino— sobre la “moderación en todas las cosas”. Una
vez que consigas hacerle pensar que “la religión está muy bien, pero hasta
cierto punto”, podrás sentirte satisfecho acerca de su alma. Una religión
moderada es tan buena para nosotros como la falta absoluta de religión, y más
divertida.» La
vocación no es el camino de los que sopesan y regatean sus obligaciones para
con Dios y con los demás. Ni es camino de quienes se imaginan hacer un favor a
Dios. Ni de los conformistas o los desilusionados. Ni de los que no se atreven
a interrogarse sobre qué es lo que realmente puede hacerles felices. Es camino
de rebeldía, de aventura, de apostar por un ideal de vida. —Desde
luego, entregar todo a Dios solo puede hacerse si se está verdaderamente
enamorado de ese ideal. Es
cierto. Muchas personas hacen grandes esfuerzos por escalar una montaña, o por
ganar una medalla de oro, o por amor a la ciencia, o por vanidad, por orgullo,
por dinero, por afición, por pasión. Pero entregar la vida a Dios y, por Él, a
los demás, solo puede hacerse por amor. Por amor hay quien lo deja todo para
recorrer las calles de Calcuta ayudando a los pobres más miserables. Por amor
hay quien abandona su casa confortable en Europa y vive, sin agua y sin luz, en
un barracón de un pueblo olvidado del Tercer Mundo. Por amor hay hombres que
cruzan continentes y mares, y por ese mismo amor hay otros hombres que se
encierran en la celda de un monasterio. Por ese amor se entregan los años, la
salud, el dinero, la juventud, la seguridad del futuro, el trabajo, el
descanso, los gustos, todo. Ese amor es más fuerte que los lazos de la sangre,
que las raíces de la tierra o que las llamadas del corazón. Ese amor es más
fuerte que la vida y que la muerte. Pero todo eso es un camino seguro hacia la
felicidad, porque, como escribió San Josemaría Escrivá, “lo que se necesita
para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado”. —Es
un ideal extraordinario, nadie lo duda, pero cuesta decidirse, y por eso es
natural replanteárselo una y otra vez. Es
bueno pensarlo bien, pero la solución no puede estar en darle vueltas y más
vueltas, en pensarlo y volverlo a repensar indefinidamente, porque en algún
momento hay que decidirse. No podemos hacer como Kafka, cuando se planteaba
casarse o no, que ponía en columnas separadas las ventajas y los
inconvenientes, sin decidirse nunca. Eso no es pensar bien las cosas, sino
complicarlas. Porque siempre cabe considerarlo una vez más, la última vez, pero
una última vez que luego siempre es la penúltima; y considerar, por una parte,
las ventajas de la entrega; y por otra, las dificultades. El resultado sería,
como sucedió al novelista checo, la angustia de la indecisión. —Pero
dejar pasar bastante tiempo es una forma de asegurarse frente a las
influencias. Según
sea uno de influenciable, necesitará, efectivamente, más o menos tiempo. Desde
luego, si una persona es demasiado sensible a las influencias externas, y le
hacen perder su independencia interior, es mejor que espere un poco, o mejor,
que madure un poco. Pero
lo normal es saber distinguir. No hay que olvidar que, en realidad, todo nos
influye: el carácter, la familia, los amigos, el lugar de estudio o de trabajo,
todo. Todo nos influye, pero no todo nos determina. Nuestra vida, como seres en
sociedad que somos, es vida llena de influencias, y construimos nuestra
personalidad en la medida que decidimos dar mayor o menor entrada a unas
influencias o a otras. No existe la libertad "químicamente pura". Y
Dios se sirve de las buenas influencias —de las que respetan la libertad— para
atraernos a Él. Por eso, también es de Dios el sentimiento para mover el alma
hacia la entrega. No
hay que obsesionarse con esto de las influencias. Los enamorados son personas
fuertemente influenciadas entre sí, y nadie diría que han de esperar a que se
les pase esa influencia del enamoramiento para poder pensar razonablemente en
casarse. Por
otra parte, la propia decisión de entregarse, y la perseverancia en ella,
denota habitualmente un nivel de madurez, de responsabilidad y de independencia
notables, pues la mayor parte de las influencias suelen ir contra la vocación.
Por eso, son precisamente los menos influenciables, y los que poseen suficiente
capacidad para seguir las propias resoluciones a pesar del ambiente adverso,
los que se atreven a pensar en entregarse a Dios. —También
con la vocación da miedo sentirse un poco solo, pues no es algo que esté muy de
moda. Quizá
está más de moda de lo que creemos. Pero, aunque no lo estuviera, es una gran
cosa defender lo que no está de moda, tener el valor de ir contracorriente, de
saber decir que no cuando todos se apartan, y decir que sí cuando nadie se
atreve a dar el primer paso. A
todos nos impone un poco sentirnos solos, pero pasarse la vida mirando de reojo
a ambos lados antes de posicionarse, para así nunca salirse de la fila, eso no
es una buena forma de vivir. Todo aquel que quiera tener ideas propias, o sacar
cualquier cosa adelante, ha de asumir que en algunos momentos tendrá que
sentirse solo. Es un peso inevitable que todos, de un modo u otro, hemos de
llevar sobre los hombros. Un costalero que no sintiera la carga del paso, que
no se cansara, puede estar seguro de que está quitando el hombro, que son los
demás quienes llevan el peso. —¿Y
los propios defectos? María
Magdalena era una pecadora, antes de entregarse plenamente al amor de Dios.
Agustín de Tagaste vivía atrapado por sus amoríos. Y Camilo de Lelis, antes de
convertirse, era un jugador empedernido. Y Tomás Beckett no era un modelo de
virtudes cuando el rey Enrique II lo nombró Arzobispo de Cantórbery en el año
1162, pensando que con aquel nombramiento de ese viejo amigo suyo podría
manejarlo a su antojo y, con él, a toda la Iglesia. Es entonces cuando Tomás
descubre su llamada a defender el honor de Dios, una llamada inesperada y,
desde luego, no deseada, pero no renunció a aquel compromiso escudándose en su
indignidad, sino que aceptó ese querer divino hasta morir mártir en el suelo de
su propia catedral. Todos ellos se hicieron santos pese a que comenzaron
teniendo muchos defectos, luego eso no debe retraernos, sea cual sea nuestro
pasado o nuestro presente. —¿Y
si una persona es demasiado enamoradiza, o le gusta demasiado divertirse, o
tiene... digamos que… “mucha vida ya recorrida”, eso es un inconveniente para
el celibato? No
tiene por qué serlo. Quien ha conocido ya mucho mundo y recorrido mucha vida,
como tú dices, ya sabe lo que todo eso da de sí, y puede ayudar mejor a los
hombres y mujeres de este mundo a no idealizar demasiado algunas cosas. Tanto
en el Evangelio como en las vidas de los santos hay abundantes ejemplos de
personas que tuvieron una vida un tanto “desarreglada” antes de encontrarse de
lleno con Dios. 18.
¿Perder la libertad? Si
no se vive para los demás, la
vida carece de sentido. Madre
Teresa de Calcuta El
relato del Génesis nos presenta un retrato del hombre que no se fía de Dios.
Tentado por las palabras de la serpiente, el hombre abriga la sospecha de que
Dios, en definitiva, le quita algo de su vida, que Dios es un competidor que
limita su libertad y, con ella, nuestra libertad, porque en Adán estamos
representados todos los hombres. La
tentación, de entonces y de siempre, es pensar que Dios crea una dependencia y
que el hombre necesita desembarazarse de esa dependencia para ser feliz. El hombre
quiere tomar por sí mismo del árbol del conocimiento del bien y del mal, ansía
poder dirigir de modo totalmente autónomo su vida, modelar el mundo, hacerse
igual a Dios. Al
hombre le cuesta comprender que la libertad de un ser humano es una libertad
limitada en sí misma. Solo podemos poseerla como libertad compartida, solo
puede desarrollarse si vivimos unos con otros, y unos para otros, es decir,
según la voluntad de Dios, pues cuanto más cerca está el hombre de Dios, tanto
más cerca está de los hombres. La voluntad de Dios no es para el hombre una ley
impuesta desde fuera, que lo obliga, sino la medida intrínseca de su
naturaleza, una medida que está inscrita en él y lo hace imagen de Dios, y así
criatura libre. El
episodio del Génesis describe la historia de todos los tiempos, la historia de
ese modo de pensar, de ese principio corruptor que llamamos pecado original, de
esa sospecha de que una persona que no peca es una persona aburrida, una
persona a la que le falta algo en su vida. El hombre ansía de modo dramático
ese ser autónomo, ansía experimentar la libertad de bajar a las tinieblas del
pecado para disfrutar a fondo de toda la amplitud y la profundidad de sus
posibilidades. «Pero
al mirar el mundo que nos rodea —señala Benedicto XVI—, podemos ver que no es
así, es decir, que el mal envenena siempre; que no eleva al hombre, sino que lo
envilece y lo humilla; que no lo hace más grande, más puro y más rico, sino que
lo daña y lo empequeñece. El hombre que se abandona totalmente en las manos de
Dios no se convierte en un títere de Dios, en una persona aburrida y
conformista; no pierde su libertad. »Solo
el hombre que se pone totalmente en manos de Dios encuentra la verdadera
libertad, la amplitud grande y creativa de la libertad del bien. El hombre que
se dirige hacia Dios no se hace más pequeño, sino más grande, porque gracias a
Dios y junto con él se hace grande, se hace divino, llega a ser verdaderamente
él mismo. El hombre que se pone en manos de Dios no se aleja de los demás,
retirándose a su salvación privada; al contrario, solo entonces su corazón se
despierta verdaderamente y él se transforma en una persona sensible y, por
tanto, benévola y abierta.» —Pero
tendemos a pensar que todo eso te complica la vida, que Dios se mete en tu alma
y perturba todo el egoísmo que te envuelve y no lo quieres perder. Es
cierto. No queremos complicarnos la vida. Es la nostalgia de la comodidad
perdida. Pensamos quizá en lo tranquilos que vivíamos sin tener esta inquietud
en el alma. Y a lo mejor vivíamos efectivamente tranquilos, escuchando, desde
la lejanía de una vida cómoda, el Sermón de la Montaña. Nos gustaba ver al
Señor hablar allá arriba. Y pensar, perdidos entre la muchedumbre, que sus
palabras se dirigían solo a una elite privilegiada de escogidos. Pero el caso
es que se dirigen también a ti y a mí. Y su llamada es imperiosa y exigente,
porque, como decía Santa Teresa de Ávila, «creer que admite a su amistad a
gente regalada y sin trabajos, es disparate». Es
un miedo, es verdad, pero, al tiempo, es una liberación. A ello se refería
Benedicto XVI en la homilía de inicio de su pontificado. «¿Acaso no tenemos
todos de algún modo miedo de que, si dejamos entrar a Cristo totalmente dentro
de nosotros, si nos abrimos totalmente a Él, pueda quitarnos algo de nuestra
vida? ¿Acaso no tenemos miedo de renunciar a algo grande, único, que hace la
vida más bella? ¿No corremos el riesgo de encontrarnos luego en la angustia y
vernos privados de la libertad? Y el Papa quiere deciros: ¡No! Quien deja
entrar a Cristo no pierde nada, nada —absolutamente nada— de lo que hace la
vida libre, bella y grande. ¡No! Solo con esta amistad se abren las puertas de
la vida. Solo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades
de la condición humana. Solo con esta amistad experimentamos lo que es bello y
lo que nos libera. Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a
partir de la experiencia de una larga vida personal, deciros a todos vosotros,
queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo.
Quien se da a Él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las
puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida.» —¿Y
qué se necesita para ser santo, para aceptar y fructificar el designio que Dios
tiene para nosotros? Dicen
que una hermana suya preguntó a Santo Tomás de Aquino: «Tomás, ¿qué se necesita
para ser santo? ». Y que él contestó, sencillamente: «Querer. Para ser santo se
necesita eso, querer». —Yo
quiero ser santo. Si no fuera así, no estaríamos hablando de esto. Lo que pasa
es que acabo mareado con tantas disquisiciones sobre qué debería hacer para
serlo. Quizá
es que le das muchas vueltas a las cosas, lo hablas con unos y con otros, pides
consejo a todo el mundo, y unos te desaniman, otros te alientan, unos te
aconsejan una cosa, y otros lo contrario. Contestas, preguntas, cuentas, dices,
y al final acabas más perplejo que al principio. Quizá te aconsejan quienes no
saben hacerlo, y te acaban confundiendo y haciéndote perder el tiempo, como
sucede cuando te pierdes buscando una calle y te aconseja quien no sabe. Quizá
lo mejor que puedes hacer, en vez de darle tantas vueltas, es recogerte en
oración y preguntarle al Señor: «Señor, ¿realmente quiero conocer y hacer, sea
la que sea, tu voluntad?». —¿Y
no te parece que hoy día está en crisis el hecho de entregarse por completo,
tanto en el matrimonio como en el celibato? Siempre
se ha dicho que los tiempos de crisis del celibato coinciden con tiempos de
crisis del matrimonio. De todas formas, sería más correcto decir que quienes
están en crisis son las personas que no quieren o no logran entregarse por
completo, pero el matrimonio y el celibato, como instituciones, gozan de muy
buena salud. Entregarse
por completo es una forma de vida que conduce a una elevada realización
personal, pero, junto a eso, comporta una exigencia mayor. Por eso es
fundamental crear un clima favorable a esa actitud vital de generosidad, hacer
ver a todos que el hombre puede lograr vivir así, entre otras cosas porque hay
una llamada de Dios que lo respalda, y también porque así lo han vivido
millones de personas a lo largo de los siglos. Y las familias, y todos los
educadores, deben buscar con empeño formar en ese espíritu a la gente joven, de
manera que su corazón sea capaz de un amor pleno, fundamentado en virtudes y
hábitos que les hagan capaces de realizarlo. —¿Y
cómo crees que debe ser la educación para lograr ese matrimonio o ese celibato
feliz? Es
preciso despertar y fomentar en todo momento la generosidad, tanto con los
demás como con Dios. Por eso, cuando en la educación se introduce un sesgo de
egoísmo, de ese realismo un poco cínico que previene malévolamente a la gente
joven contra los “excesos de generosidad”, se deteriora su educación afectiva,
que es tan decisiva para su futuro. No
debe minusvalorarse el efecto negativo de esos consejos que previenen contra
una entrega total al cónyuge, o de esos otros que empujan a recortar más y más
el número de hijos para tener una vida con más lujos y menos preocupaciones, o
de quienes previenen contra la posibilidad de la entrega en el celibato. Cuando
se tachan de ingenuidad los arranques generosos, o cuando se incita a ese
supuesto realismo de no ser “demasiado generoso”, las consecuencias suelen ser
negativas globalmente, pues afectan a la más profunda educación del corazón.
Cuando en la formación de una persona joven no se desarrolla lo que Juan Pablo
II llamaba la “vocación al amor”, las consecuencias son siempre muy negativas
para su vida afectiva futura. «Esta
vocación al amor —escribía Juan Pablo II—, es el elemento más íntimamente unido
a los jóvenes. Como sacerdote, me di cuenta muy pronto de esto. Sentía una llamada
interior en esa dirección. Hay que preparar a los jóvenes para el matrimonio,
hay que enseñarles el amor. El amor no es cosa que se aprenda, ¡y sin embargo
no hay nada que sea más necesario enseñar! Siendo aún un joven sacerdote
aprendí a amar el amor humano.» »Los
jóvenes, en el fondo, buscan siempre la belleza del amor, quieren que su amor
sea noble. Si ceden a las debilidades, imitando modelos de comportamiento que
bien pueden calificarse como “un escándalo del mundo contemporáneo” (y son
modelos desgraciadamente muy difundidos), en lo profundo del corazón desean un
amor hermoso y puro. Esto es válido tanto para los chicos como para las chicas.
En definitiva, saben que nadie puede concederles un amor así, fuera de Dios. Y,
por tanto, están dispuestos a seguir a Cristo, sin mirar los sacrificios que
eso pueda comportar.» »El
problema esencial de la juventud es profundamente personal. La juventud es el
periodo de la personalización de la vida humana. Los jóvenes, sean chicos o
chicas, saben que tienen que vivir para los demás y con los demás, saben que su
vida tiene sentido en la medida en que se hace don gratuito para el prójimo.
Ahí tienen su origen todas las vocaciones, tanto las sacerdotales o religiosas,
como las vocaciones al matrimonio o a la familia. También la llamada al
matrimonio es una vocación, un don de Dios.» La
vida tiene sentido en la medida que se entrega, en la medida en que se hace un
don y un servicio a los demás. Quien acude al matrimonio buscando en el otro
una persona que le quiera y que le comprenda y que le cuide, en vez de buscando
querer, comprender y cuidar a la otra persona, comete un grave error. Quienes
se casan como si fueran dos amigos que comparten vivienda y un poco de su
tiempo libre, pero sin una apuesta clara por los hijos, o sin disposición de
ceder y de sobrellevar las diferencias que sin duda surgirán, o con la idea de
romper el matrimonio en cuanto las cosas dejen de ser fáciles, deben saber que
no será sencillo que aquello marche bien durante mucho tiempo, como se
demuestra en tantos casos que todos conocemos. Muchas
parejas jóvenes comienzan su vida matrimonial poniendo muchas cosas por delante
de las necesidades de su matrimonio o de la educación de sus hijos, como por
ejemplo su ambición profesional, sus aficiones, su deporte, sus amigos, o lo
que sea. Muchos se lanzan a un matrimonio que esperan que sea una balsa de
aceite, cuando no conocen ningún caso en que así sea, ni aun entre los
matrimonios más felices. Otros, son más conscientes de que las cosas no serán
fáciles, pero en vez de superarlo con entrega personal, ponen por delante la
barrera del miedo al compromiso y no hacen una apuesta total. Todos
estos son temas esenciales para una vida de entrega feliz, tanto de entrega al
otro cónyuge y a los hijos como de entrega a Dios en el celibato. Por eso, en
la educación de la afectividad, especialmente durante la adolescencia, es
fundamental enseñar a entregarse a los demás y salir del propio egoísmo. Los
hijos aprenden entonces a querer de verdad, sin cálculos egoístas, y ponen así
las bases de su felicidad y de la felicidad de su familia futura. En cambio,
cuando se les enseña a condicionar su entrega, tanto si es a otra persona como
si es a Dios, se propicia una quiebra afectiva, al inducirles a la mezquindad y
a la cicatería, al hacerles pensar demasiado en su propio beneficio, al no
acostumbrarles a abrir su corazón a los demás. Y quienes animan a evitar las
ocasiones de escuchar la voz de Dios, a no “exagerar” la vida cristiana o a
evitar determinadas lecturas o conversaciones, para así alejarles sistemáticamente
de la posibilidad de un encuentro con la vocación, quizá no se dan cuenta de
que con eso, además de dificultar el encuentro del propio camino, dañan algo
tan fundamental como la nobleza de corazón, y eso siempre es un perjuicio
grande. 19.
La sencilla palabra “sí” Lo
que hacemos es apenas
una gota en un océano. Pero,
sin esa gota, al
océano le faltaría algo. Madre
Teresa de Calcuta «No
hemos de tener miedo —decía la Madre Teresa de Calcuta— de decir que sí a Dios,
porque no hay mayor amor que su amor, ni mayor alegría que su alegría. Mi
oración por vosotros es que lleguéis a comprender y a tener el valor de
responder a la llamada de Dios con la sencilla palabra “sí”. ¿Por qué os ha
elegido a vosotros? ¿Por qué me ha elegido a mí? Eso es un misterio. »Jesucristo
dijo: “Tuve hambre y me disteis de comer”. Tuvo hambre no solo de pan sino del
amor comprensivo de ser amado, de ser conocido, de ser alguien para alguien.
Estaba desnudo, pero no solo por la falta de ropa sino por la falta de dignidad
y de respeto, por las injusticias cometidas contra los pobres, a quienes se
desprecia simplemente por ser pobres. No solo sufría por no tener una casa,
sino también por aquellos que están encerrados, de aquellos que no son
deseados, que no son amados, que van por el mundo sin nadie que los quiera ni
cuide de ellos. »Uno
puede salir a la calle y no tener nada que decir, pero tal vez haya un hombre
en la esquina y se le acerque. Quizá él se sienta ofendido, pero esa presencia
estará allí. Hemos de irradiar esa presencia que tenemos en nuestro interior
con la manera de dirigirnos a ese hombre con amor y respeto. ¿Por qué? Pues
porque creemos que es Jesús. Jesús no puede recibirnos en ese momento. Debemos
saber acercamos. Se presenta bajo la figura de esa persona que está ahí. En los
menores de sus hermanos Jesús no solo está hambriento de un trozo de pan, sino
también hambriento de amor, de ser conocido, de ser tenido en cuenta.» —¿Piensas
que ese sentimiento de servicio a los necesitados debe estar presente en
cualquier tipo de vocación? De
maneras diversas, pero cualquier tipo de entrega a Dios pasa por un sentido de
servicio a los demás, por ver el rostro de Cristo en cada hombre, y
especialmente en quienes pasan más necesidad, sea material o espiritual. «En
muchos países —continúa diciendo la Madre Teresa— la pobreza es más espiritual
que material, una pobreza que es sobre todo soledad, desaliento y falta de
sentido en la vida. También en Europa y Estados Unidos he visto personas pobres
durmiendo en la calle, tiradas sobre periódicos o harapos. Ese tipo de pobres
los hay en Londres, Madrid y Roma. Pero lo más fácil es hablar o preocuparnos
por los pobres que están muy lejos, ya que posiblemente sea más comprometido
prestar atención y preocuparnos por los que viven en la casa de al lado. »Cuando
recojo a una persona enferma en la calle, le doy arroz y pan, y así satisfago
su hambre. Pero, ¿cuánto más difícil es quitarle el hambre a una persona que
está marginada, que se siente rechazada, que carece de amor, que está
atemorizada? En Occidente hay más personas espiritualmente pobres que
físicamente pobres. Entre los ricos suele haber personas espiritualmente muy
pobres. Es fácil dar un plato de arroz a alguien que está hambriento, o bien
ofrecer una cama a una persona que no tiene dónde dormir, pero consolar o
quitar la amargura, el rencor, la soledad, consecuencias de la privación
espiritual, eso lleva muchísimo más tiempo.» La
entrega a Dios siempre tiene en su origen ese deseo de ayudar a los demás en
sus necesidades materiales o espirituales, y ese deseo se fundamenta en el amor
a Dios, no en la simpatía de esas personas, ni en su agradecimiento, ni
siquiera en su petición formal de ayuda. Para entregarse a Dios debe estar muy
vivo ese deseo de vivir volcado en los demás, y eso exige una cierta liberación
del apego a lo material y a las comodidades. —¿Piensas
entonces que hace falta también una cierta “pobreza” personal en cualquier tipo
de vocación? Hay
muchas formas de seguir el ejemplo de Jesucristo en este punto, pues los que
tienen medios económicos también están llamados por Dios y no siempre les pide
abandonarlos. Lo que siempre les pide es emplearlos con sentido cristiano de
servicio a los demás. Con sentido de desprendimiento, de austeridad personal,
de templanza. La
Madre Teresainsistía en la necesidad de la austeridad personal, y no pensando
solo en sus monjas, sino en cualquier persona. «Las riquezas pueden ahogarnos
si no las usamos bien. Porque ni siquiera Dios puede poner algo en un corazón
que ya está repleto de cosas. Un día surge el deseo de tener dinero, y todas
las demás cosas que el dinero puede proporcionar, las cosas superfluas, los
lujos en la comida, las exquisiteces en el vestir, los caprichos. Entonces, las
necesidades aumentan, porque una cosa lleva a la otra, y todo eso termina en
una insatisfacción incontrolable. Conservémonos todo lo libres que podamos para
que Dios pueda llenarnos. El desprendimiento es libertad. Una libertad por la
cual, lo que poseo no me posee a mí, lo que poseo no me subyuga, lo que poseo
no me impide compartir o darme a los demás. Ese desprendimiento es una gran
protección.» «Todo
el que está pendiente de su dinero, o vive con esa constante preocupación, no
deja de ser una pobre persona. En cambio, si esa persona pone su dinero al
servicio de los demás, entonces se siente rica, muy rica de verdad.» Son
bastante ilustrativos, a estos efectos, esos reportajes que hacen, al cabo de
los años, a personas que les ha tocado una gran fortuna en la lotería o las
quinielas. La mayoría están ahora más deprimidos y problematizados que antes, y
es que suelen haber cometido el error de pensar que lo que les ha tocado es el
logro de su propia vida, pero eso es algo que nunca puede venir de fuera. —¿Y
cómo relacionas el desprendimiento y la capacidad de respuesta a la vocación? En
que, muchas veces, para poder decir esa sencilla palabra “sí”, solo falta un
poco más de desprendimiento de lo material, cultivar un poco más esas obras de
misericordia que hacen que nuestra vida se vuelque un poco más en servicio a
los demás. Además,
si echamos un vistazo con sinceridad a nuestras experiencias vitales, a lo
vivido hasta ahora, comprobaremos que ordinariamente las situaciones de
particular entusiasmo y alegría no han estado vinculadas a las temporadas de
mayor comodidad o posesión material, sino que han coincidido con las épocas en
que hemos dedicado nuestras mejores energías a un ideal, encarnado en una
persona, en un proyecto o en una llamada. Pilar
Urbano hace una lúcida glosa sobre la importancia de ese sentido del
desprendimiento personal para vivir de cara a los demás. Se refiere a la amplia
envergadura de las alas del pájaro neblí, que le permiten remontar el vuelo y
ganar altura. Pero no son esas fuertes alas, sino la ligereza del fuselaje, la
levedad de su cuerpo, el vaciamiento de toda carga superflua y lastrante, lo
que imprime agilidad, soltura, versatilidad y sutileza a sus evoluciones en el
aire. No es solo cuestión de músculo, de esfuerzo, de voluntad; es fundamental
la ligereza de cuerpo. Y trasladado el símil a la ascesis del hombre, a su
elevación espiritual, las alas serían el empeño de una vida de entrega
voluntaria; y el menguado cuerpo, vaciado de peso inerte, sería la pobreza, el
desprendimiento libremente buscada, el desasimiento de los bienes, la
liberación de la propia mismidad. El
desprendimiento, como una resolución señorial de no lastrarse con el poseer,
aun teniendo, es lo que da libertad a su impulso de elevarse sobre las cosas de
abajo. La pobreza, no como status social, sino como actitud vital, es lo que
atenúa y adelgaza la pesantez del "yo". Es lo que corta hasta el más
fino hilván de atadura con toda esa quincalla que llamamos "bienes de la
tierra". Tiene
mucho que ver, ese desamarre de posesiones, con la soltura de lazos, con la
soltería emancipada del célibe, "ceibe", vaciado, liberado. Por eso,
para ser apóstol, es preciso subrayar esas dos dimensiones necesarias: castidad
y pobreza. Dos virtudes fuertes, dos virtudes recias, dos virtudes que no han
de combatir contra ningún ajeno, sino contra el propio tirano que todo hombre
lleva dentro. 20.
La persecución de los bien intencionados Lo
peor que hacen los malos es
obligarnos a dudar de los buenos. Jacinto
Benavente Cuando
veas a un hombre bueno, trata de imitarle; cuando
veas a uno malo, examínate a ti mismo. Confucio Es
impresionante el relato que hace San Pablo sobre los padecimientos que tuvo que
sufrir anunciar el Evangelio: «Cinco veces recibí de los judíos cuarenta azotes
menos uno; tres veces fui azotado con varas; una vez fui lapidado; tres veces
naufragué; un día y una noche pasé náufrago en alta mar; en mis frecuentes
viajes sufrí peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi
raza, peligros de los gentiles, peligros en ciudad, peligros en despoblado,
peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; trabajos y fatigas,
frecuentes vigilias con hambre y sed, en frecuentes ayunos, con frío y
desnudez...». Y murió dando testimonio de esa fe en Roma, junto a miles de
mártires cristianos, en medio de continuas afrentas y calumnias. Así ha
sucedido en todas las épocas, y no ha sido otra cosa que el cumplimiento de lo
que anunció el propio Jesucristo: «Os entregarán a los tribunales, os azotarán
en sus sinagogas y seréis llevados ante los gobernadores y reyes por causa
mía...». Esas
palabras se han ido cumpliendo a lo largo de los siglos. No siempre han sido
tribunales de justicia formalmente constituidos, sino a veces tribunales menos
formales pero con no menos capacidad de juzgar y condenar. La fidelidad a
Cristo se ha pagado muchas veces con la vida, con la deshonra, con el
destierro. Por
ejemplo, a San Juan Bosco, el fundador de los salesianos, en una ocasión
quisieron encerrarlo en un manicomio; en otra, le dispararon; también
intentaron acuchillarle; más tarde, quisieron envenenarle; y luego trataron de
matarle a palos. Pasó también por la humillación de que el arzobispo de Turín,
llevado por celotipias, le quitara las licencias para confesar y publicara
acusaciones falsas e infamantes contra él y contra los salesianos. De hecho,
las mayores penalidades que padeció no vinieron de los anticlericales o los
masones, sino de su propio obispo. Sufrió, como señaló Pío XI al proclamar su
santidad, «contradicciones provenientes de los mismos de quien tenía derecho a
esperar ayuda y socorro». Y fueron tantas, que exclamaba al final de su vida:
«Si hubiera sabido lo que ahora sé, y tuviera que recomenzar el trabajo de
fundar la sociedad salesiana, no sé si tendría valor para ello». —¿Y
han solido ser más frecuentes los ataques desde fuera de la Iglesia, o desde
dentro? Pienso
que han sido igualmente frecuentes, pues, por una curiosa simbiosis, ha sido
bastante habitual que unos y otros se alíen con sorprendente facilidad. Me
recuerda aquel sabio principio militar que asegura que toda invasión lleva
asociada una guerra civil, pues el enemigo siempre busca aliados dentro del
territorio que desea someter, y es raro que no los encuentre. Por
eso, las dificultades principales no han solido venir de los enemigos de la
Iglesia o de la fe cristiana. El arcabuz que disparó contra San Carlos Borromeo
lo cargó un miembro de la Orden de los Humillados, que decidió llegar hasta el
crimen para impedir las reformas del Concilio de Trento que San Carlos
promovía. Y no fue una excepción. En la vida de la mayoría de los santos, hay
un extenso capítulo dedicado a las difamaciones e injurias. La historia de la
Iglesia muestra que no ha habido santo libre del zarpazo de la calumnia. Y en
ese triste capítulo se proyecta con demasiada frecuencia la sombra de las
insidias de personas que abandonaron su vida de entrega a Dios. Por
ejemplo, Santa Teresa había admitido como novicia en Sevilla a una mujer que
parecía tan santa «que estaba ya canonizada por toda la ciudad». Pero, nada más
entrar en el convento, empezó con caprichos, problemas y descontentos, que sus
compañeras tuvieron que soportar, día tras día, con infinita paciencia. Al
final se marchó, despechada, cuando vio que aquel tipo de vida era
manifiestamente superior a sus fuerzas. Tiempo más tarde, ya en el año 1575, llamaron
a las puertas del convento de Sevilla los alguaciles de la Inquisición.
Entraron jueces y notarios, y Santa Teresa descubrió, tras las acusaciones, las
calumnias de la antigua novicia que, en su animadversión, lo interpretaba todo
mal y torcido: veía, en las cosas más sencillas, ceremonias extrañas, ritos
peligrosos y cosas de iluminados. Decía que las monjas se confesaban entre sí,
que se flagelaban entre ellas, y muchas otras cosas tremendas. Algo
parecido le sucedió en Francia a San Francisco de Sales en el año 1615. Había
logrado convertir de su mala vida a una tal Mlle. Bellot, que ingresó después
en el convento de la Visitación, regido por Santa Juana de Chantal. Pero al
cabo de una temporada lo abandonó, volvió a sus antiguas andanzas y se convirtió
en la amante de un hombre de la corte del Duque de Nemours. El escándalo
alcanzó grandes dimensiones, sobre todo cuando el amante de aquella mujer
falsificó la letra del santo y puso en circulación una carta falsa,
supuestamente dirigida a esa mujer, que leyó toda la ciudad rasgándose las
vestiduras. Los
ataques han venido en otras ocasiones de los propios hermanos en la entrega a
Dios. Un mediodía caluroso de agosto de 1642, las gentes de Roma contemplaron
un espectáculo inesperado. Dos soldados conducían a un pobre anciano de ochenta
y seis años a lo largo de la calle Bianchi hacia las prisiones de la
Inquisición. Su nombre era José de Calasanz, fundador de los escolapios. Le
habían detenido de repente, a causa de las intrigas de Mario Sozzi, uno de sus
provinciales, sin darle tiempo ni a ponerse el sombrero. El fundador andaba
encorvado y tambaleante, pero con el semblante tranquilo. Mientras esperaba
para el interrogatorio, se quedó profundamente dormido. Al final, triunfó la
intriga, fue destituido y vio como la Orden que había fundado quedaba reducida
a una simple congregación secular presidida por quien le había calumniado con
tanta saña. En esta situación le llegó la hora de su muerte. Por fortuna, en
1669 los escolapios recobraron su condición anterior, y aunque las falsedades
que se dijeron contra el fundador le persiguieron tras su muerte, todo se fue
aclarando poco a poco en su proceso de canonización, que duró más de un siglo,
y pasó a ser San José de Calasanz. Santa
Juana de Lestonnac, que había fundado en 1607 la Orden de Hijas de María
Nuestra Señora, y que en pocos años puso en marcha más de treinta colegios por
toda Francia, también tuvo que sufrir mucho a causa de las calumnias de una de
sus primeras religiosas, Blanca Hervé, que urdió una serie de mentiras por las
que acabó sustituyendo a Santa Juana como superiora. Blanca maltrató cruelmente
a la fundadora, que soportó esa prueba con gran paciencia hasta que la
conspiradora finalmente se arrepintió de todo lo que había hecho. Hoy Santa
Juana de Lestonnac es considerada una gran santa y su espíritu inspira más de
un centenar de conventos y colegios por todo el mundo. También
San Alfonso María de Ligorio, fundador de los Redentoristas, sufrió toda una
serie de calumnias por las que en 1780 se vio excluido de la congregación que
haba fundado, y en esa situación murió. Y algo parecido sucedió al Beato
Guillermo Chaminade, fundador de los marianistas, que pasó por esa misma prueba
desde 1841 hasta su muerte en 1850. En todos esos casos, ha llevado muchísimo
tiempo restablecer la verdad y levantar la espesa capa de falsedades que se
vertió contra personas tan santas y que tan gran servicio han prestado a la
Iglesia y a toda la humanidad. Otro
ejemplo, no tan alejado de nosotros en el tiempo, fueron las incomprensiones
que sufrió el Padre Josef Kentenich, fundador de la Obra de Schoenstatt. En
este caso, los ataques procedían de la falta de conocimiento o de rectitud de
algunos eclesiásticos. En 1950, a causa de diversas calumnias, el Santo Oficio
nombró un visitador apostólico que, después de un largo proceso, promovió la
destitución de Kentenich. El fundador, que había pasado por la dura prueba de
cuatro años de prisión en el campo de concentración nazi de Dachau durante la
Segunda Guerra Mundial, tuvo que pasar esta nueva prueba, aún más dolorosa, de
catorce años en Estados Unidos apartado de las instituciones que había fundado.
Además, como era de temer, todo aquello arrojó oscuras y espesas sombras sobre
su persona y sobre su obra, con insidiosos rumores y calumnias. Al fin, en 1965
se aclaró la situación y se suspendieron todas las resoluciones sobre el Padre
Kentenich, que por entonces tenía ya ochenta años. Después de una entrevista
con Pablo VI, retomó inmediatamente su trabajo, con un ritmo impresionante para
su edad. Falleció en 1968, con una gran fama de santidad, y hoy existen por
todo el mundo más de ciento ochenta réplicas del santuario de Schoenstatt, en
torno a los cuales se reúnen comunidades de niños, jóvenes y adultos para
continuar su misión de renovar al hombre del tercer milenio. —¿Y
cuál crees que es la causa de todos esos ataques? ¿Causas
de la murmuración y de la calumnia? ¿El rencor? ¿La envidia? ¿El despecho? Es
imposible descubrir la clave de la pasión oscura que late bajo la ciénaga del
mal. Pero siempre procede del mismo modo: insinuaciones viscosas, sospechas
infundadas, acusaciones sibilinas, rumores que se repiten sin molestarse en
contrastar, sin dejar ocasión a la defensa. De
todas formas, hay que procurar ver lo positivo de todas esas críticas, pues,
como decía San Agustín, los ataques pueden ser con frecuencia más útiles que
los elogios, ya que «muchas veces los amigos nos pervierten al adularnos, y en
cambio los enemigos nos corrigen al insultarnos.» —Pero
ahora ya no es frecuente ese tipo de persecuciones, al menos en el mundo
occidental. Ahora
son quizá más sutiles, más sinuosas. Aunque no siempre menos eficaces. Juegan
con nuestro miedo a lo que otros dicen, hayan dicho, dirán o dejarán de decir.
Con nuestro miedo a quedar mal, a ser ridiculizados, a estar todo el día en
boca ajena, a que se juzguen mal nuestras decisiones generosas, a quedar
marcados. No
nos llevarán al circo ni nos echarán a los leones. Pero quizá haya comentarios
maliciosos, graciosos, murmuraciones en voz baja, risitas, frases de supuestos
amigos que se escuchan en un sitio o en otro, nunca de cara. ¿No sabes? ¿No te
lo han dicho? ¿No te parece que está un poco loco? ¿Cómo le habrán comido el
coco de esa manera? Y
no provienen solo de los extraños, o de los falsos amigos, sino que quizá haya
también escenas familiares, todas enmarcadas en un gran halo de sensatez y de
preocupación por el pobre obnubilado. —¿Y
crees que influyen mucho esos comentarios? En el mundo de hoy, cada uno decide
con quien se casa, o qué vida lleva, y apenas tienen peso esas cosas. Así
debiera ser, pero en bastantes casos influyen bastante y hacen sufrir de un
modo muy profundo. No son las grandes persecuciones las que frenan a algunos en
el seguimiento de Dios, sino —como sucedió al apóstol Pedro— esos pequeños
comentarios de una chismosa en torno al fuego. Si los grandes periódicos del
país nos difamaran sin motivo, o si quisieran llevarnos al circo para ser
devorados por las fieras, quizá nos creceríamos hasta el heroísmo. Pero
soportar esas risitas o esos comentarios puede resultarnos más difícil,
curiosamente. Nos
sucede como a aquel científico que viajó hasta el interior de una selva
tropical. Pernoctó en una casa con las ventanas abiertas, sin protección
alguna, aunque había alimañas por todas partes. Se extrañó, pero le dijeron que
no se preocupara, porque rodeaba su cama un tupido mosquitero. Más tarde, a la
hora del sueño, lo comprendió: en la selva, como en la vida cotidiana, los
peligros más acuciantes no son las grandes fieras, sino los pequeños insectos.
A la hora de la entrega, muchas veces, nos acechan más peligros por el miedo a
qué pensarán algunos, que por las propias dificultades de seguir ese camino. Y
es triste, porque, al final, esas personas que ridiculizan constantemente todo
lo que tenga que ver con la entrega a Dios o con la Iglesia, o al menos les
hacen el juego, viven del miedo de gente buena, como nosotros, y es una
verdadera pena. 21.
Dar la cara cuando no resulta fácil Para
que triunfe el mal, solo
es necesario que
los buenos no hagan nada. Edmund
Burke —Me
parece que hoy día resulta más difícil que se abra camino una vocación, pues,
aunque haya más libertad, el ambiente es menos favorable. Puede
ser cierto que el ambiente no ayude, pero eso, como hemos visto, no es algo
exclusivo de nuestra época. Además, muchas veces, precisamente ese ambiente
contrario puede ayudar a templar y madurar una vocación. Así
lo evocaba Joseph Ratzinger cuando escribió su autobiografía, antes de ser
Benedicto XVI, narrando un sucedido de sus años de adolescente, cuando estaba
terminando la II Guerra Mundial. «En vista de la creciente carencia de personal
militar, los hombres del régimen nazi idearon en 1943 una solución. Como los
estudiantes de los internados debían vivir juntos en comunidad, lejos de casa,
no había ningún obstáculo para trasladar de lugar sus colegios, colocándolos
próximos a las baterías antiaéreas. Por otro lado, como evidentemente no podían
estudiar todo el día, parecía del todo normal que utilizasen su tiempo libre en
servicios de defensa de los ataques aéreos enemigos. De hecho, yo no estaba en
el internado desde hacía mucho tiempo, pero desde el punto de vista jurídico sí
formaba parte todavía del seminario de Traunstein. »Así,
el pequeño grupo de seminaristas de mi clase —de los nacidos entre 1926 y 1927—
fue llamado a los servicios antiaéreos de Munich. Habitábamos en barracones
como los soldados regulares, que eran obviamente una minoría, usábamos los
mismos uniformes y, en lo esencial, debíamos llevar a cabo los mismos
servicios, con la sola diferencia que a nosotros se nos permitía asistir a un
número reducido de clases. »El
10 de septiembre de 1944, en el período de edad del servicio militar, nos
licenciaron del servicio antiaéreo en el que habíamos prestado servicio desde
que éramos estudiantes. Cuando volví a casa, sobre la mesa estaba ya la llamada
para el servicio laboral del Reich. El 20 de septiembre, un viaje interminable
me llevó a Burgenland, donde —con muchos amigos del instituto de Traunstein— me
asignaron a un campamento situado en el ángulo del territorio en el que Austria
limita con Hungría y Checoslovaquia. Aquellas semanas de servicio laboral han
permanecido en mi memoria como un recuerdo opresivo. Nuestros superiores
procedían, en gran parte, de la denominada “Legión Austríaca”. Se trataba, por
tanto, de nazis de los primeros tiempos, que habían sido encarcelados bajo el
canciller Dollfub, unos fanáticos que nos tiranizaban con violencia. Una noche
nos sacaron de la cama y nos hicieron formar filas, medio dormidos, vestidos de
chándal. Un oficial de las SS nos llamó uno a uno fuera de la fila y trató de
inducirnos a enrolarnos como “voluntarios” en el cuerpo de las SS,
aprovechándose de nuestro cansancio y comprometiéndonos delante del grupo
reunido. Un gran número de compañeros de carácter bondadoso fueron enrolados de
ese modo en aquel cuerpo criminal. Junto con algunos otros, yo tuve la fortuna
de decir que tenía la intención de ser sacerdote católico. Fuimos cubiertos de
burlas e insultos, pero aquellas humillaciones nos supieron a gloria, porque
sabíamos que nos librábamos de la amenaza de este enrolamiento falsamente
voluntario y de todas sus consecuencias.» —¿Piensas
entonces que las dificultades del ambiente pueden ser positivas? No
siempre, pues, como se ve en este relato, se llevaron por delante a muchas
personas, a las que faltó carácter o decisión para superarlas. Lo que sí puede
afirmarse es que las dificultades juegan, en cierta manera, a nuestro favor,
porque nos disponen a hacernos más firmes, más maduros, más resistentes. Hacen
lucir nuestra mediocridad, y de esa manera queda más expuesta, más a la vista,
y es más clara la necesidad de oponerse a ella y, por tanto, mejorar. Igual
que las personas se curten con las dificultades, y que la vida fácil hace a los
niños mimados y débiles, también las vocaciones maduran ante un ambiente
difícil, y arraigan con más fuerza y autenticidad en un entorno en el que el
viento no sopla a favor. Incluso de las incomprensiones y las calumnias puede
salir un bien, pues nos hacen experimentar lo que ya el Señor pasó aquí en la
tierra, aprendemos a ir contra corriente, a purificar más la intención al ver
que no todos nos aplauden, a trabajar más y a explicarnos mejor. —Pero
el ambiente poco favorable ha hecho que haya menos vocaciones. Hay quien piensa
que puede ser una muestra de que ahora son menos necesarias, de que la vida
actual no precisa tanto de ellas. Es
una posible interpretación, pero me parece más acertado pensar que,
precisamente ahora, hacen más falta. Es la reflexión que se hacía Joseph
Ratzinger al concluir el relato anterior. «El régimen nazi afirmaba con voz muy
fuerte: "En la nueva Alemania no habrá ya sacerdotes, no habrá ya vida
consagrada, no necesitamos ya a esta gente; buscaos otra profesión". Pero
precisamente, al escuchar esas "fuertes" voces, ante la brutalidad de
aquel sistema tan inhumano, comprendí que, por el contrario, había una gran
necesidad de sacerdotes. Este contraste, el ver aquella cultura antihumana, me
confirmó en la convicción de que el Señor, el Evangelio, la fe, nos indicaban
el camino correcto y nosotros debíamos esforzarnos por lograr que sobreviviera
ese camino. »Como
es natural, no faltaron dificultades. Me preguntaba si tenía realmente la
capacidad de vivir durante toda mi vida el celibato. Al ser un hombre de
formación teórica y no práctica, sabía también que no basta amar la teología
para ser un buen sacerdote, sino que es necesario estar siempre disponible con
respecto a los jóvenes, a los ancianos, a los enfermos, a los pobres; es necesario
ser sencillo con los sencillos. La teología es hermosa, pero también es
necesaria la sencillez de la palabra y de la vida cristiana. Así pues, me
preguntaba: ¿seré capaz de vivir todo esto y no ser solo un teólogo? Pero el
Señor me ayudó; y me ayudó, sobre todo, a través de la compañía de los amigos,
de buenos sacerdotes y maestros.» —Pero
entregarse a Dios siempre será toda una aventura, y quizá los tiempos que
corren no son muy de ese estilo. No sé qué futuro espera a este asunto. Emprender
el camino de la vocación precisa ciertamente la valentía de afrontar la
aventura, la confianza en que Dios no nos dejará solos, en que nos acompañará y
nos ayudará. Pero siempre habrá necesidad de vocaciones, y siempre habrá almas
jóvenes que aceptarán ese reto. Así lo expresaba José Luis Martín Descalzo hace
algo más de veinte años, en plena crisis de vocaciones en el mundo occidental:
«Me pregunto a veces cómo será el siglo XXI y los hombres que en él habitarán.
¿Tendrán alma? ¿Seguirán descubriendo en ella esos vacíos que solo Dios llena y
tendrán necesidad de alguien que los ayude a llenarlos? »La
verdad es que nunca he temido por el futuro de la Iglesia y tampoco por el
futuro del sacerdocio. Habrá tal vez oscilaciones en la curva de vocaciones,
pero siempre seguirá habiendo muchachos que un día se atrevan a responder a la
llamada de lo alto, por mucho que ciertos cretinillos se olviden de la
importancia de su tarea. »Y
hay algo de lo que aún estoy más seguro: sea o no sea importante el sacerdocio,
lo reconozca o no la sociedad del presente o del futuro, lo que yo sé muy bien
y lo sé por experiencia, es que no hay nada más entusiasmante, nada que llene
tanto el alma hasta los bordes. Conozco bien lo que es esto de ser periodista y
yo sé que es una gran vocación. Pero es una zapatilla rusa junto al gozo de
tener —si se cree— a Dios entre los dedos o el ver brillar a unos ojos humanos
cuando se alejan, pacificados, de un confesonario. »Es
también, lo sé, una vocación aterradora —porque la palabra de Dios quema al
pasar por los labios— pero con un terror luminoso y ardiente que bastaría para
poner toda la vida en vilo. Ser cura —lo sepa el mundo o no, lo valore el mundo
o no, y aunque el mundo llegara a prohibirlo— es literalmente un entusiasmo, es
decir, según su etimología, una borrachera de Dios, uno de los pocos vinos que
vale la pena que se le suban a uno a la cabeza.» 22.
Ser tomados por locos Tendremos
que arrepentirnos en esta generación no
tanto de las acciones de la gente perversa sino
de los pasmosos silencios de la gente buena. Martin
Luther King Juan
Ciudad Duarte, el futuro San Juan de Dios, había nacido en el seno de una
familia muy modesta y quedó huérfano muy joven. En 1517, cuando tenía veintidós
años, entró en la milicia y participó en varias batallas con Carlos V. La
experiencia fue bastante desastrosa, pues por una grave negligencia estuvo
condenado a la horca y se salvó de puro milagro. Participó también en la
defensa de Viena contra los turcos. Después de estas experiencias guerreras,
volvió primero al oficio de pastor y leñador, luego al de albañil y finalmente
al de librero, que empezó a ejercer de forma estable en Granada, en un puesto
en la calle Elvira. Cuando
más asentado parecía encontrase, después de su larga andadura por tantos
oficios y lugares, el 20 de enero de 1539, escucha la predicación de San Juan
de Ávila en el Campo de los Mártires, cerca de la Alhambra de Granada. Su
corazón quedó muy tocado. Sus palabras «se le fijaron en las entrañas». Se llenó
de deseos de enmendar la vida que llevaba. Repartió todas sus posesiones entre
los pobres. Lo tomaron por loco. Cuando quiso darse cuenta, le habían ingresado
en el ala del Hospital Real de Granada destinada a los locos. Allí, siente en
sus propias carnes el duro tratamiento que se da a estos enfermos y se rebela
al verlos sufrir de aquella manera. De
su experiencia en aquel manicomio surge la conversión de Juan hacia quienes
desde entonces serán para él sus hermanos: «Que Jesucristo me traiga a tiempo y
me dé gracia para que yo tenga un hospital, donde pueda recoger los pobres
desamparados y faltos de juicio, y servirles como yo deseo». En 1540 alquila
una casa vieja en Granada para recibir a cualquier enfermo, mendigo, loco,
anciano, huérfano o desamparado. Durante todo el día atiende a cada uno con el
más exquisito cariño, haciendo de enfermero, cocinero, padre, amigo y hermano
de todos. Por la noche, va por las calles pidiendo limosnas para sus pobres. Al
principio sabía poco de medicina, pero tenía gran éxito curando enfermedades
mentales. Comprobó que muchos de estos enfermos necesitaban cariño y atención
como requisito previo para poder curarse. Había que curarles primero el alma
con amor para obtener luego la curación del cuerpo. Mas tarde, vinculó a su
obra a un grupo de compañeros, con los que fundó una congregación. En enero de
1550, tratando de salvar a un joven que se estaba ahogando en el río Genil,
enfermó gravemente y murió. El que había sido considerado un loco, fue
acompañado al cementerio por el obispo, las autoridades civiles y todo el
pueblo de Granada, como un santo. Enseguida muchos milagros se atribuyeron a su
intercesión. Pronto fue canonizado, y su congregación, la Orden de los
Hospitalarios de San Juan de Dios, cuenta actualmente con más de 1500
religiosos en 220 casas y hospitales en los cinco continentes. Solo
el tiempo ilumina con auténtica luz la vida de las personas. A lo largo de la
historia, han sido muchas las aventuras de santidad que la gente de su tiempo
ha considerado locuras, iluminaciones, comeduras de coco o ingenuidades agudas.
Muchos santos han pasado inadvertidos a su época y han sido descubiertos mucho
tiempo después. Para el siglo XIII, San Francisco de Asís fue un exaltado. Y
los compañeros de siglo de Santa Teresa de Ávila veían en ella una monja
inquieta y un poco loca. También de San Juan Bosco se dijo que estaba loco, y
la murmuración llegó a tal punto que dos teólogos amigos suyos, Vincenzo
Ponzati y Luigi Nasi, estaban tan convencidos de ello que, llevados por la
caridad hacia el santo, intentaron encerrarle en un manicomio. En aquella
ocasión, el intento de encerramiento en el psiquiátrico tuvo visos cómicos: «Me
di cuenta entonces de su juego —escribe don Bosco—, y, sin darme por enterado,
les acompañé hasta el carruaje. Insistí en que entraran ellos los primeros a
tomar asiento. Y cuando lo hicieron, cerré de golpe la portezuela y grité al
cochero: “¡De prisa! ¡Al galope! ¡Al manicomio, en donde aguardan a estos dos
curas!".» —Afortunadamente,
en nuestra época ya no te toman por loco y te encierran por querer entregarte a
Dios. No
es muy habitual, gracias a Dios, pero tampoco ha dejado de suceder totalmente.
En estas últimas décadas, ha habido bastantes casos de chicos o chicas jóvenes
que han sido sometidos a atropellos semejantes por parte de familiares suyos.
Consideraban “sectas” a las instituciones de la Iglesia a las que esos jóvenes
deseaban incorporarse, y aseguraban que esos chicos o chicas en realidad no
obraban libremente, sino que sus deseos se debían a depuradas "técnicas de
manipulación mental" por parte de la “secta” y que, por tanto, debían ser
sometidos a “procesos de desprogramación” —contra la voluntad del “adepto”, por
supuesto—, y ellos mismos disponían un equipo de “expertos antisectas” que
sometían al “pobre iluminado” a técnicas de las que sí podría decirse sin temor
a equivocarse que eran realmente de manipulación mental. Tanto
el argumento como el modo de trabajar es bastante antiguo. Ante fenómenos
incomprensibles para la mentalidad de la época, siempre se ha recurrido a
poderes ocultos como explicación. En la edad media, y hasta hace menos tiempo
de lo que parece, se hablaba de encantamientos, hechizos y brujerías. Bien
entrado el siglo XX, en los años sesenta y setenta, se empezó a utilizar la
expresión "lavado de cerebro", acuñada por el periodista británico
Edward Hunter para referirse al tratamiento recibido por los prisioneros
norteamericanos de la guerra de Corea. En los años ochenta, con el auge de la
era de la informática, se empieza a hablar de fenómenos de
"programación" de jóvenes que, a su vez, debían contrarrestarse con
“técnicas de desprogramación”. Tras una serie de duros reveses, tanto en los
resultados personales como en el intento de sustentar científicamente esas
teorías, se empezaron a usar terminologías menos comprometidas, como "técnicas
de control mental" u otras semejantes. Su apoyo científico ha sido siempre
bastante precario. Cuando en 1987 la American Psychological Association (APA),
se interesó por el tema y estudió el informe de un equipo dirigido por la
principal defensora del empleo de esas técnicas, Margaret Singer, su dictamen
no pudo ser más contundente, por la falta de rigor científico y de aparato
crítico en todas esas técnicas y teorías. —De
todas formas, me parece que todo esto ha ido a menos últimamente. Cada
vez sucede menos, afortunadamente, pues la justicia ha puesto al descubierto
que las auténticas manipulaciones mentales eran las que empleaban esos sujetos. Hoy
día, es verdad, pocos llegan a extremos tan penosos, pero lo que permanece es
el peso del “qué dirán” a la hora de entregarse a Dios. Para muchos, es una
locura frente al modo en que ellos se plantean la vida. Su actitud es a veces
tan cerrada, que hacen muy difícil seguir el propio camino sin tener que pasar
por situaciones un tanto desagradables. Pero,
en fin, si San Juan de Dios hubiera querido ser complaciente con el ambiente
que le rodeaba, no habría llegado a ser santo, ni habría sido posible el gran
servicio a los enfermos que su impulso personal ha producido a lo largo de los
siglos. Y lo mismo puede decirse de San Juan Bosco, o de una multitud de
santos, conocidos o desconocidos, a la largo de la historia. —Pero
nuestra época presume de ser enormemente respetuosa y tolerante con cualquier
opción o modelo de vida que se quiera seguir. Es
cierto, y por eso hemos mejorado un poco en grados de libertad y de respeto en
este punto, pero hay veces en que los hechos muestran que toda esa tolerancia
es unidireccional, y que solo se aplica hacia lo que aprueba el ambiente
general. C.
S. Lewis, en sus “Cartas del diablo a su sobrino”, habla con gracia sobre este
fenómeno, que atribuye a un sólido triunfo del diablo, hábilmente aliado con la
estupidez humana. Una persona puede sentirse atraída por un determinado tipo de
vida, y desear entregarse a Dios en servicio a los demás, pero el tentador
siempre se las ingenia para «sustituir los gustos y las aversiones auténticas
de un humano por los patrones mundanos, o la convención, o la moda. Yo llevaría
esto muy lejos —aconseja el diablo veterano—, porque el hombre que verdadera y
desinteresadamente disfruta de algo, sin importarle un comino lo que digan los
demás, está protegido, por eso mismo, contra algunos de nuestros métodos
infernales de ataque más sutiles. Debes tratar de hacer siempre que abandone la
gente, la ropa o los libros que le gustan de verdad, y que los sustituya por la
gente “popular”, la ropa que “se lleva” o los libros que “se leen”.» Hasta
de las actitudes más penosas puede llegar a hacerse una moda. Es cuestión de
ridiculizar con un poco de ingenio la actitud contraria. Si un hombre deja,
simplemente, que los demás paguen por él, es un tacaño, pero si presume de ello
jocosamente, entonces es un tipo gracioso. La mera cobardía es vergonzosa, pero
con una cobardía de la que se presume con exageraciones, uno puede pasar por un
antihéroe práctico y divertido. Hay detalles de egoísmo que pueden hacerse no
solo sin la desaprobación de la gente, sino incluso con su admiración,
simplemente ridiculizando los correspondientes actos de generosidad, logrando
que lo egoísta sea lo que se lleve, lo que hace todo el mundo. La entrega a
Dios es un acto de generosidad personal que debería ser valorado muy
positivamente, salvo que, con un poco de habilidad, se logre dar la vuelta al
planteamiento y se presente como una opción ingenua, ridícula o sospechosa. —Pues
para una persona que ha entregado su vida en servicio de Dios y de los demás,
percibir esa actitud debe ser bastante ingrato. Lo
es, aunque, afortunadamente, esa entrega no está motivada ni sostenida por el
aplauso de la gente. Al final, lo que cuenta es la valentía para oponerse al
ímpetu de los tópicos de moda, que a veces son notablemente agresivos. Muchos
critican simplemente porque los demás critican, y de la misma manera que los
demás critican, sin molestarse apenas en conocer las cosas más de cerca. Pero
si cedemos a los dictados de “lo que se debe pensar”, para así merecer la
aprobación del ambiente general, entonces no podremos evitar que muchas veces
la verdad o la justicia sean pisoteadas por culpa de nuestro miedo a la
prepotencia de la mentalidad dominante. —¿Piensas
entonces que la mayoría de las veces la gente no valora lo que supone la
entrega a Dios, y les parece el desperdicio de una vida? Pienso
que la mayoría de la gente respeta y valora mucho la entrega de una persona a
cualquier ideal. Pero eso no quita que haya algunos pocos que lo vean como
malograr o desaprovechar una vida. Les parece lógico que una persona guapa e
inteligente entregue la vida a otra en el matrimonio, o a un proyecto
profesional, o a la práctica de un deporte, pero le parece una lástima que se
entregue a Dios y a los demás. Ha
pasado siempre. Por ejemplo, San Alfonso María de Ligorio era un abogado
napolitano brillantísimo, hijo del Marqués de Ligorio y con un porvenir muy
prometedor. Tenía dos doctorados, dominaba varios idiomas, sabía música y era
un enamorado de las artes. Se le daba muy bien la vida de relación política y
como abogado obtenía resonantes triunfos, pues durante ocho años nunca perdió
ningún caso. En el año 1723 hubo un pleito famoso entre el Doctor Orsini y el
gran Duque de Toscana. Alfonso María defendía al Doctor Orsini, y su exposición
fue brillante, contundente y sumamente aplaudida. Creía haber obtenido el
triunfo para su defendido. Pero apenas terminada su intervención, se le acerca
el defensor de la parte contraria, le entrega un papel y le dice: «Todo lo que
nos ha dicho con tanta elocuencia cae por su base con este documento». Alfonso
María lo lee, se dirige al tribunal y exclama: «Señores, me he equivocado». A
partir de ahí comienza una fuerte crisis interior. Comprende que, como en
aquella ocasión, muchas veces se emplea el propio talento en causas
equivocadas, y Dios le enviaba esa humillación para quebrar su orgullo y buscar
un sentido más alto a su vida. Se dedica a visitar enfermos, y un día en un
hospital de incurables ve con claridad que su camino es dedicar la vida a
servir a los demás. Tuvo que sostener una fuerte lucha con su padre, que
cifraba en él toda la esperanza del futuro de su familia. «Alfonso mío —le
decía llorando—, ¿cómo vas a dejar tu familia?». Finalmente, en 1726, a los
treinta años, se ordena sacerdote y desde entonces se dedica a las gentes de
los barrios más pobres de Nápoles y de otras ciudades. Reúne a los niños y a la
gente humilde y les enseña catecismo al aire libre. Su padre, que gozaba oyendo
sus discursos de abogado, ahora no quiere ir a escuchar sus sencillos sermones
sacerdotales. Pero un día entra por curiosidad a escuchar una de sus pláticas y
queda emocionado: «Este hijo mío me ha hecho conocer a Dios». Con el tiempo, en
1752, funda la Congregación del Santísimo Redentor, más conocida como los
Padres Redentoristas, que se dedica a recorrer ciudades, pueblos y campos
predicando el Evangelio. Al morir, en 1787, dejó escritos más de cien libros,
que se han traducido a todas las lenguas, y hoy es considerado como uno de los
grandes santos, Doctor de la Iglesia, y su congregación está extendida por todo
el mundo. No fue una vida desperdiciada. Lo habría sido si no hubiera escuchado
los requerimientos de Dios. 23.
La fuerza de la fe Si
un hombre no está dispuesto a
dar la vida por sus ideas, es
porque sus ideas no valen nada o
él no vale nada. Ezra
Pound En
el año 304, el emperador Diocleciano prohibió a los cristianos, bajo pena de
muerte, tener las Escrituras, construir lugares para el culto o reunirse el domingo
para celebrar la Eucaristía. En Abitina, una pequeña localidad de la actual
Túnez, cuarenta y nueve cristianos fueron sorprendidos un domingo mientras,
reunidos en la casa de Octavio Félix, celebraban la Eucaristía, desafiando las
prohibiciones imperiales. Tras ser arrestados, fueron llevados a Cartago e
interrogados por el procónsul Anulino. Fue
significativa, entre otras, la respuesta que un cierto Emérito dio al
procónsul, que le preguntaba por qué habían transgredido la severa orden del
emperador. Respondió: «Sine dominico non possumus». Es decir, sin reunirnos el
domingo para celebrar la Eucaristía, no podemos vivir, nos faltarían las
fuerzas para afrontar las dificultades diarias y no sucumbir. Después
de atroces torturas, estos mártires de Abitina murieron heroicamente, y así,
con la efusión de la sangre, confirmaron su fe. Murieron, pero vencieron, y
ahora los recordamos y nos llevan a reflexionar también nosotros, cristianos
del siglo XXI, sobre la importancia de la Eucaristía y sobre nuestra
disposición a dar la cara por nuestra fe. En
el año 320, durante la persecución de Licinio, hubo otro grupo de mártires que
se hizo muy popular entre los primeros cristianos: los cuarenta mártires de
Sebaste. Estaban enrolados en una legión de guardia de frontera. Los cuarenta
eran muy jóvenes, de menos de veinte años. Cuando llegó al campamento la orden
de Licinio de que los soldados participaran en los sacrificios idolátricos,
ellos rehusaron. Fueron arrestados, atados a una larga cadena y encerrados en
la cárcel. La prisión se prolongó mucho tiempo, probablemente porque se
aguardaban órdenes superiores, o incluso del mismo emperador. Durante la
espera, previendo su fin, los presos escribieron un testamento colectivo en el
que se recogen los nombres de cada uno. Llegada
la sentencia de condenación, fueron destinados a morir de frío. Debían estar
expuestos desnudos por la noche, en pleno invierno, sobre un estanque helado y
ahí aguardar su fin. El lugar elegido para la ejecución fue un amplio patio delante
de las termas de Sebastia. Para aumentar el tormento de las víctimas, se dejó
abierta la entrada de las termas, de donde salían chorros de vapor del
calidarium. Bastaban pocos pasos para salir de las angustias, renegar de Cristo
y recuperar en las termas esa vida que se estaba yendo de sus cuerpos minuto a
minuto. Las horas pasaban terriblemente monótonas y ninguno de los condenados
se alejaba de la explanada helada. Mientras sufrían aquel frío tan intenso
oraban pidiendo a Dios que ya que eran cuarenta los que habían proclamado su fe
en Cristo, fueran también cuarenta los que lograran la gracia del martirio. El
vigilante de las termas asistía estupefacto a la escena. De repente, uno de los
condenados, extenuado por los espasmos del frío, se arrastró hacia la puerta
iluminada. Al ver esto, el vigilante decidió remplazarle completando nuevamente
el número de cuarenta: se proclamó cristiano y se tendió sobre el hielo entre
los otros condenados. —¿Y
piensas que era necesario morir de esa manera? Desde
luego, el mundo sobrevive gracias al testimonio de personas que no se han
dejado doblegar en medio de la persecución y han sabido hacer frente con
valentía a los atropellos que, de una manera o de otra, se hacen a la dignidad
humana. Podríamos
referirnos de nuevo al ejemplo de Santo Tomás Moro, que en 1534 prefirió ser
destituido de todos sus cargos, ver confiscados su bienes y acabar recluido en
Torre de Londres, antes que aceptar las infamias de Enrique VIII. Allí estuvo
encerrado durante quince meses, hasta que fue decapitado, soportando todo tipo
de presiones para no ser fiel a lo que Dios, a través de su conciencia, le
pedía. Su testimonio de coherencia cristiana hasta el martirio explica que su
fama haya ido creciendo incesantemente con el paso de los siglos. Su nombre
figura hoy tanto en el martirologio católico como en el anglicano, y su figura
es reconocida universalmente, por encima de fronteras nacionales y de
confesiones religiosas, como símbolo de integridad y como testigo heroico de la
primacía de la conciencia. San
Estanislao de Polonia fue asesinado en la catedral de Cracovia, el año 1079,
mientras celebraba la Santa Misa. Había tenido la audacia de censurar al
mismísimo rey Boleslao II por sus múltiples inmoralidades, hasta que un día el
rey lo mandó matar y, al ver que sus sicarios no se atrevían a hacerlo, subió
al altar y lo asesinó con sus propias manos. San
Juan de Sahagún fue envenenado en Salamanca en 1479 por una mujer que vivía en
adulterio con un hombre que se había convertido escuchando las palabras del
fraile agustino. Aquel hombre, al convertirse, abandonó esa relación adúltera,
y la mujer, despechada, puso un veneno en la comida del santo predicador. Se
podrían poner multitud de ejemplos de personas que han muerto como testimonio
de la fe. ¿Mereció la pena? —Supongo
que sí, pero, desde luego, dan ganas de responder de otra manera ante los
atropellos y las injusticias. En
muchas ocasiones nos preguntamos por qué razón Dios se queda callado, por qué
no hace de inmediato lo que para nosotros resulta quizá evidente. Muchas veces
desearíamos que Dios se mostrara más fuerte, que actuara con más rotundidad,
que derrotara de una vez al mal y creara un mundo mejor. Sin
embargo, cuando pretendemos organizar el mundo adoptando o juzgando el papel de
Dios, el resultado es que hacemos entonces un mundo peor. Podemos y debemos
influir en que el mundo mejore, pero sin olvidar nunca quién es el Señor de la
historia. Como ha señalado Benedicto XVI, nosotros quizá sufrimos ante la
paciencia de Dios. Pero todos necesitamos de su paciencia. El mundo se salva
por el Crucificado y no por los crucificadores. El mundo es redimido por la
paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres. Decía
Chesterton que, a fin de cuentas, todos los siglos han sido salvados por media
docena de hombres que supieron ir contra las corrientes de moda en ese siglo.
Cada siglo tiene sus audacias. Y cada audacia, un hombre intrépido que va por
delante. Los santos forman parte de esa media docena de intrépidos que son salvadores
del espíritu en cada época. Y todos ellos, desde luego, han tenido que vivir
contra corriente del egoísmo y la mediocridad que parecen caracterizar todos
los siglos de la historia. Además,
muchas veces, esas persecuciones han sido ocasión de grandes bienes. Si
recordamos, por ejemplo, la figura de San Esteban, el primer mártir del
cristianismo, vemos que a su asesinato siguió una persecución contra los
cristianos, la primera en la historia de la Iglesia. Aquella persecución les
obligó a huir de Jerusalén y a dispersarse. Así se transformaron en misioneros
itinerantes, de manera que la persecución, y la consiguiente dispersión, se
convirtieron en misión. Y el Evangelio se propagó de este modo en Samaria, en
Fenicia, y en Siria, hasta llegar a la gran ciudad de Antioquía, donde, según
cuenta San Lucas, fue anunciado por primera vez también a los paganos. En
todas las épocas y lugares, aunque a primera vista no lo parezca, ha sido
difícil vivir la fe o la entrega a Dios. Tampoco es fácil ahora, aunque en
pocos sitios haya ya prohibiciones o persecuciones formales. El mundo en el que
vivimos, marcado a menudo por el consumismo, por la indiferencia religiosa o
por un secularismo cerrado a la trascendencia, aparece muchas veces, para la
entrega a Dios, como un desierto no menos inhóspito que el de otros tiempos.
Quizá por eso, vivir contra corriente es más necesario que nunca. 24.
La forja de una vocación Muy
pocos grandes hombres proceden
de un ambiente fácil. Herman
Keyserling Juan
Pablo II ha sido sin lugar a dudas —así lo reconocen hasta sus más acérrimos
detractores— la figura más colosal y carismática del final del segundo milenio.
Junto a ser guía espiritual de más de mil millones de católicos, se convirtió
enseguida en el más vigoroso defensor de la justicia social y los derechos
humanos de todo el mundo contemporáneo. En su largo pontificado demostró una
prodigiosa capacidad para conciliar fidelidad y creatividad, prudencia e
ingenio, paciencia y audacia. Apoyado en su prestigio y autoridad moral como
pontífice, se reveló también como un diplomático de inmensa envergadura e
influencia mundial. Ha sido además protagonista de descollantes realizaciones
intelectuales, así como de un innegable carisma ante la gente joven. Muchos
se preguntan con frecuencia de dónde vinieron a Juan Pablo II esas
indiscutibles cualidades personales. ¿Cómo ha surgido este hombre? ¿Cómo se ha
forjado una personalidad tan extraordinaria? ¿Qué hay en la biografía de Juan
Pablo II que le ha permitido prepararse de un modo tan sobresaliente para
ejercer su misión como cabeza de la Iglesia católica en una encrucijada tan
difícil de su historia? —Desde
luego, si unos grandes expertos se plantearan preparar un líder mundial a
partir de un chico joven, seguramente pensarían en una educación de elite, con
unas condiciones cuidadosamente preparadas para facilitar en todo lo posible su
formación académica, intelectual y humana. Sin
embargo, en la biografía del joven Karol Wojtyla no hay nada de eso. Apenas
aparecen momentos de facilidad. Su infancia y su juventud están marcadas por la
tragedia, la pobreza y la dificultad. ¿Qué había entonces distinto a otros?
¿Por qué esas difíciles circunstancias no le hundieron sino que curtieron su
personalidad y le prepararon para ser un hombre tan extraordinario? ¿Cuál fue
su actitud ante los obstáculos que encontró en su vida? La
biografía de Karol Wojtyla es una prueba de cómo el hombre, sean cuales sean
las circunstancias en que viva, puede elevarse por encima de sus
condicionamientos personales, familiares o sociales. Su madre falleció cuando
él aún no había cumplido nueve años. Cuando tenía doce, falleció Edmund, su
único hermano. Quedaron solos él y su padre. Karol era terriblemente pobre.
Asistía a sus clases vestido con unos pantalones de tela burda y una arrugada
chaqueta negra, la única que tenía. Si pudo matricularse en la Universidad de
Jagellón fue gracias a las excelentes calificaciones que había sacado en el
instituto. Aquel curso, Karol se matriculó de dieciséis asignaturas, asistía
regularmente a cursos y conferencias sobre temas muy variados, se dedicó
durante meses a estudiar francés, participaba en una escuela de arte dramático,
en un círculo intelectual y en varias asociaciones literarias y estudiantiles
más. También escribía de forma inagotable. Desarrolló una actividad con la que
resulta difícil imaginar cuándo comía y dormía. Permanecía despierto gran parte
de la noche en su casa, en el pequeño sótano de la calle Tyniecka, ya que las
horas del día las llenaba el trabajo académico y todas esas actividades ajenas
a los estudios, que también ocupaban parte de la noche. Todo
aquello, aunque era duro, marchaba. Pero, de pronto, todo salta por los aires
con el comienzo de la Segunda Guerra Mundial y la invasión de Polonia por los
nazis. A las pocas semanas, el mando nazi impuso una obligación de trabajo
público que no era otra cosa que trabajo forzoso. Karol empezó a trabajar en
una fábrica de la Solvay tenía cerca de las canteras de Zakrzówek. El invierno
resultó de una dureza extraordinaria aquel año. Perdía peso rápidamente y
sentía frío en los huesos y agotamiento de manera casi constante. Un día
especialmente frío, encontró muerto a su padre al llegar a casa. Karol aún no
había cumplido veintiún años. Pasó la noche rezando de rodillas ante el
cadáver. La
muerte de su padre, junto con el hecho de no haber podido estar con él cuando
falleció, fue el golpe más fuerte y dramático que sufrió en su vida. A partir
de entonces, iba al cementerio todos los días al salir de trabajar de la
cantera, cruzando Cracovia de parte a parte, para rezar ante su tumba. Sus
amigos estaban preocupados, viendo su sufrimiento, pensado que quizá no
superara aquel golpe. —¿Y
cómo surgió su vocación? Karol
asistía a unos círculos de formación espiritual para jóvenes organizados por
los salesianos en la parroquia de Debniki, cerca de su casa, y allí conoció a
un hombre llamado Jan Tyranowski, que abrió a Karol unos nuevos horizontes
espirituales y humanos. Aquel hombre, que no era sacerdote, sino un sastre de
unos cuarenta años, era un auténtico maestro y trabajaba las almas de aquellos
chicos con una gracia muy particular. Su palabra, en conversaciones personales
o en aquellos círculos, iba penetrando hondamente en cada uno de ellos,
«liberando en nosotros —son palabras de Karol, años después— la profundidad
oculta de una enormidad de recursos y posibilidades que hasta entonces,
trémulamente, habíamos evitado». Karol
charlaba cada semana con Jan Tyranowski, normalmente en el modesto y abarrotado
piso del sastre, además de verse en los encuentros en grupo. En aquellas
conversaciones, Karol iba comentando el resultado de sus esfuerzos personales
por mejorar en los puntos que se trataban en las reuniones. Tyranowski sabía la
importancia de esa disciplina ascética para la formación de una persona. A
medida que la amistad entre ambos fue creciendo, paseaban con frecuencia, se
visitaban en sus respectivos domicilios y pasaban largos ratos leyendo y
conversando. Un
amigo suyo, que asistía con él a aquellos círculos, asegura que «fue la
influencia de Jan Tyranowski la que le ayudó a recuperar el equilibrio»;
también dice que «de no haber sido por Tyranowski, Karol no sería sacerdote, y
yo tampoco; no quiero decir que nos empujara: sencillamente, nos abrió un
camino nuevo.» Sin
embargo, la decisión del sacerdocio aún tardaría año y medio en madurar en el
corazón y en la mente de Karol. Años después, recordaría «con orgullo y
gratitud el hecho de que me fue concedido ser trabajador manual durante cuatro
años; durante ese tiempo surgieron en mí luces referentes a los problemas más
importantes de mi vida, y el camino de mi vocación quedó decidido..., como un
hecho interior de claridad indiscutible y absoluta.» La
oración constante fue lo que permitió a Karol salir adelante, tanto en su vida
espiritual como emocional, en medio de su dura vida de trabajo. Rezaba cada día
en la iglesia de Debniki antes de ir al trabajo, rezaba en la fábrica, rezaba
en una antigua iglesia de madera cerca de la fábrica, y cuando se dirigía cada
día al cementerio, después de trabajar, rezaba ante la tumba de su padre, y
después rezaba en su casa. La mayoría de sus compañeros de trabajo, que
conocían cómo era su vida en medio de aquella persecución religiosa, le miraban
con respeto, admiración y afecto. Stefania Koscielniakowa, que trabajaba en la
cocina de la planta, recuerda que su supervisor señaló en una ocasión a Karol y
le dijo: «Este chico reza a Dios, es un chico culto, tiene mucho talento,
escribe poesía...; no tiene madre, ni padre...; es muy pobre..., dale una
rebanada de pan más grande porque lo que le damos aquí es lo único que come». Una
tarde de septiembre de 1942, después de ensayar una obra de teatro de Norwid,
Karol explicó a Kotlarczyk —que era el alma del grupo teatral, y con el que
ahora compartía piso después de la muerte de su padre— que pensaba ingresar en
un seminario clandestino porque quería ser sacerdote. Kotlarczyk pasó varias
horas intentando disuadirle de su propósito. Invocó la santidad del arte como
gran misión, recordó a Karol la advertencia del Evangelio contra el desperdicio
del talento y le suplicó que aplazara su decisión. Sin
embargo, Karol se mantuvo firme y al mes siguiente comenzó sus estudios en el
seminario. Las clases eran individuales y se daban en lugares secretos. La
mayoría de los alumnos no supieron de la existencia de los demás seminaristas
hasta que acabó la guerra. La vida externa de Karol apenas cambió: continuó
trabajando en la Solvay y cumplió sus compromisos con la compañía de teatro
durante seis meses. La diferencia era que, ahora, a sus anteriores obligaciones
se añadía la de estudiar en el seminario clandestino, lo cual suponía además un
gran riesgo. Ser detenido como seminarista secreto significaba la muerte en un
campo de concentración, como de hecho sucedió a no pocos seminaristas polacos. Con
el final de la guerra, el seminario dejó de ser secreto. Karol culminó con gran
brillantez sus estudios y fue ordenado sacerdote. Cincuenta años después, era
un Papa que, a pesar de su ancianidad y su falta de salud, seguía desplegando
una actividad infatigable y valiente. Desde el principio, las circunstancias
del ambiente parecían confabularse para impedir su avance en el camino de
entrega a Dios. Pero también eran condicionantes que hacían madurar y curtir su
vocación. Así supo asumirlos Karol, y así preparó Dios su alma para los altos
designios que le tenía preparados, pero que, como sucede siempre, son designios
que quedan en buena media a merced de la libertad humana. —Desde
luego, es todo un testimonio de cómo sacar adelante una vocación en medio de
mil dificultades. Puede
servir para aquellos que asocian la idea de vocación con un entorno de
facilidad para abrirse camino. La realidad es que, cuando se analiza la vida de
las grandes figuras de la historia de la Iglesia, lo habitual es que todas
hayan pasado por serias dificultades interiores o exteriores para sacar
adelante su vocación. En
el año 1765, un joven austriaco llamado Hansl Hofbauer quiere ser sacerdote.
Tiene catorce años. Desgraciadamente, al ser huérfano y de familia pobre, tiene
pocas posibilidades de seguir los estudios necesarios. Comienza por hacerlos
acudiendo a diario a la casa parroquial, pero aquello acaba al poco tiempo y de
modo repentino con la muerte del párroco. El nuevo sacerdote no encuentra
tiempo para ayudarle en sus estudios, y el chico se ve en la necesidad de
trabajar como aprendiz en la panadería de un convento. El superior del convento
comprueba su valía y su abnegación en la atención de la gente necesitada que
acude por allí, y le ayuda a retomar sus estudios para el sacerdocio. Sin embargo,
pronto fallece el superior, y el joven candidato queda de nuevo desamparado. A
los diecinueve años, decide hacerse ermitaño, pero al cabo de seis meses
comprende que aquel no es su camino. Intenta después ingresar en el noviciado
de los Padres Blancos de Kloster Bruck, pero el emperador había prohibido que
este monasterio premonstratense admitiera nuevos novicios. Una vez más, se le
cierran las puertas al sacerdocio. Cuando tenía ya casi treinta años, un día
acude en auxilio de dos señoras en medio de un aguacero. Aquel favor conmueve a
aquellas mujeres que, al enterarse que Hansl deseaba ser sacerdote pero no
podía costearse los estudios, se encargaron de sufragar esos gastos. Y así, a
los treinta y cuatro años, logra llegar al sacerdocio después de cinco intentos
fallidos a lo largo de más de veinte años. Ingresa por entonces en la comunidad
redentorista, tomando el nombre de Clemente, y en las décadas siguientes da un
enorme impulso a la congregación en toda Polonia y luego en Austria. Cuando fallece,
con casi setenta años, su fama de santidad se extiende por toda Europa. Si no
hubiera superado con tenacidad las numerosas dificultades que tuvo para llegar
a ser sacerdote, y las muchas otras que vinieron después en el ejercicio de su
ministerio, hoy la Iglesia no contaría con la gran figura de San Clemente
Hofbauer, cuya fecundidad apostólica fue tan notable que es considerado como el
segundo fundador de los Redentoristas. Unos
pocos años antes, en 1731, en Nápoles, una chica joven trabaja muchas horas
diarias en el taller de hilados de su padre, y demuestra también una notoria
vida de piedad. Rinde en el trabajo más que sus compañeras, pero, a la vez,
dedica mucho tiempo a la oración y a dar catequesis a niños pobres. Como es muy
hermosa, su padre le concierta un ventajoso matrimonio con un chico de clase
alta. Pero María Francisca le dice que ella ha prometido a Dios dedicarse a la
vida espiritual y a ayudar a las almas. Entonces su padre estalla en cólera, le
da violentos azotes y la encierra en su habitación a pan y agua por varios
días. Su madre logra que un padre franciscano vaya a la casa y convenza al
furibundo padre para que deje libertad a su hija a la hora de escoger su
futuro. El religioso lo logra y María Francisca, con dieciséis años, toma el
hábito de Terciaria Franciscana. Sigue viviendo en su casa, y como demuestra un
gran discernimiento de las conciencias y un extraordinario don de consejo, su
padre quiere explotar económicamente las cualidades de su hija cobrando las
numerosas consultas que recibía. Ella se niega, y de nuevo su padre la castiga
ferozmente. Tiene que defenderse acudiendo al juez y finalmente se ve obligada
a dejar la casa de sus padres. Pero resiste a todas esas dificultades y, hasta
su muerte, pasa casi sesenta años de vida religiosa atendiendo a gentes venidas
desde los lugares más recónditos a pedir su consejo. Recibió muchas gracias
extraordinarias de Dios y hoy Santa María Francisca es venerada por millones de
personas en todo el mundo. Nada de esto habría sido posible sin su fortaleza
ante los obstáculos que encontró para defender su vocación. 25.
La vida a una carta Cuando
una chica de alta sociedad opta
por ponerse al servicio de los pobres se
produce una auténtica revolución, la
mayor de todas, la más difícil: la
revolución del amor. Madre
Teresa de Calcuta En
el primer volumen de las Memorias de Julián Marías hay una reflexión
especialmente conmovedora y que refleja una cuestión verdaderamente crucial.
Escribe, después de su boda, cuando se encuentra subjetivamente en la cima de
la felicidad, y dice: «Siempre he creído que la vida no vale la pena más que
cuando se la pone a una carta, sin restricciones, sin reservas. Son
innumerables las personas, muy especialmente en nuestro tiempo, que no lo hacen
por miedo a la vida, que no se atreven a ser felices porque temen a lo
irrevocable, porque saben que si lo hacen, se exponen a la vez a ser
infelices.» «Efectivamente
—añade José Luis Martín Descalzo—, una de las carcomas de nuestro siglo es ese
miedo a lo irrevocable, esa indecisión ante las decisiones que no tienen vuelta
de hoja o la tienen muy dolorosa, esa tendencia a lo provisional, a lo que nos
compromete “pero no del todo”, que nos obliga “pero solo en tanto en cuanto”.
Preferimos no acabar de apostar por nada, o si no hay más remedio que hacerlo,
lo rodeamos de reservas, de condicionamientos, de “ya veremos cómo van las
cosas”. »Ocurre
en todos los terrenos. Por de pronto, en la vida matrimonial. Pero el “miedo a
lo irrevocable” ha llegado incluso a lo religioso y lo más intocable, que es el
sacerdocio. Uno puede fracasar y equivocarse, es cierto, pero ¿cabe mayor
fracaso que lanzarse a volar con las alas atadas por toda una maraña de
condicionamientos? »Y
lo que más me preocupa es que parece que este pánico a lo irrevocable se ha
convertido en una de las características espirituales de la mayor parte de
nuestra juventud y de un buen porcentaje de adultos. La gente no es amiga de
jugarse la vida a una carta en ningún terreno; prefiere embarcarse hoy en el
barco de hoy y mañana ya pensará en qué barco lo hace. »Y
lo más grave es que esto se está presentando como un ideal, como “lo
inteligente”, como “lo civilizado”. ¿Con qué razones? Te dicen: todo es
relativo, comenzando por mí mismo. Yo sé cómo es hoy el hombre que yo soy; pero
no sé cómo seré mañana. Todos cambiamos de ideas, de modos de ser. ¿Por qué
comprometerlo todo a una carta cuando el juego de mañana no sé cómo se
presentará? »Y
hay en este raciocinio algo de verdad: es cierto que hay muchas cosas relativas
en la vida, muchas ante las que un hombre debe permanecer y en las que hasta
será bueno cambiar en el futuro, cuando se vean con nueva luz. Pero,
relativizarlo todo, ¿no será un modo de no llegar nunca a vivir? »En
realidad, esas cosas permanentes son pocas: el amor que se ha elegido, la
misión a la que uno se entrega, unas cuantas ideas vertebrales y, entre ellas,
desde luego, para el creyente, su fe. En éstas, lo confieso, mis apuestas
siempre fueron y espero que sigan siendo totales. Por esas tres o cuatro cosas
yo estoy dispuesto a jugar a una sola carta, precisamente porque estoy seguro
de que esas cosas o son enteras o no son. Así de sencillo: o son totales o no
existen. Un amor condicionado es un amor putrefacto. Un amor “a ver cómo
funciona” es un brutal engaño entre dos. Un amor sin condiciones puede
fracasar; pero un amor con condiciones no solo es que nazca fracasado, es que
no llega a nacer.» —Pero
es natural que, ahora que la gente vive un poco mejor, tenga más miedo a lo
difícil, a lo irrevocable. Puede
ser, pero no por eso es una opción mejor, ni más inteligente. Me recuerda la
escena en que Salomón pide a Dios sabiduría y discernimiento, en vez de
riquezas, salud, larga vida, poder o placeres. A Dios le agradó ese deseo de
Salomón, por ser una petición buena e inteligente, y le dijo que le daría lo
que pedía, y también lo que no pedía. Con la entrega, a Dios o a otra persona,
sucede algo parecido. No debemos dejarnos seducir por esos señuelos que
absorben la vida de tantos, sino procurar orientar nuestra vida con un
horizonte más elevado, con una apuesta clara y decidida por ser fieles toda la
vida, y entonces Dios se mostrará generoso con nosotros, y nos dará lo uno y lo
otro: la sabiduría y la felicidad humana. —¿Crees
entonces que no hay que tener miedo a pedirle a Dios que nos conceda lo que no
siempre nos apetece? Hay
que pedirle luz y sabiduría, como Salomón. Mucha gente tiene a Dios como un
mero recurso en caso de dificultad. Le piden cosas como si Dios fuera un
fontanero al que llaman cuando quieren que les arregle sus goteras. Pero
quienes tratan a Dios con mayor cercanía, no le piden eso, o al menos no solo
eso, sino que comprenden enseguida que Dios no está para solucionarnos
problemas domésticos sino que debe iluminar nuestra vida constantemente.
Entonces, como Salomón, comprenden qué es lo que deben pedir. Y quizá les
impone un poco pedirlo, pero lo hacen. Y piden lo que nadie pide. Piden a Dios
que les llene de sabiduría, que alumbre su camino, que les haga ver qué quiere,
qué espera de ellos. Y descubren su vocación, y dan a su vida un sentido de
misión. Desde
fuera, algunos pensarán que es una tontería no buscar y pedir riquezas y goces.
No se dan cuenta de que Dios, con su sabiduría, da la mayor riqueza. Que, en el
fondo, con su sabiduría nos da también lo que no hemos pedido y que otros tanto
ansían. Esa
cercanía a Dios es necesaria para el discernimiento de la propia vocación y
también para corresponder a ella y para alcanzar la felicidad. «Hemos de
trabajar mucho cada día —explicaba la Madre Teresa de Calcuta— para vencernos a
nosotras mismas. Hemos de pedir la gracia de amarnos mutuamente. Para poder
hacer eso nuestras hermanas llevan una vida de oración y sacrificio. Por eso
comenzamos nuestro día con la comunión y la meditación. Todas las noches,
cuando volvemos del trabajo, nos reunimos en la capilla para hacer una hora
ininterrumpida de adoración. En la quietud de la oscuridad encontramos paz en
la presencia de Cristo. Esa hora de intimidad con Jesús es algo muy hermoso. He
visto un gran cambio en nuestra congregación desde el día en que comenzamos a
hacer adoración diaria. Nuestro amor por Jesús es más íntimo. Nuestro amor
entre nosotras es más comprensivo. Nuestro amor por los pobres es más
compasivo.» Si
uno se atreve a pedirle a Dios lo que nadie le suele pedir, pero que supone la
mayor inteligencia, Dios nos hace ver nuestro camino cada vez con más claridad.
Eso supone exigencia, pero con la exigencia viene la satisfacción y la
felicidad. Aunque todo eso no quiere decir que uno tenga ya un seguro a todo
riesgo para la santidad. De hecho, Salomón se descuidó al final de su vida y se
apartó de Dios. —¿Piensas
entonces que hay que jugarse la vida a una carta? Son
una multitud numerosísima los santos de la Iglesia. Cada uno de ellos tuvo su
misión. Cada uno de ellos se jugó la vida a una carta. También nosotros tenemos
una misión específica y concreta. Un camino, un itinerario personal para
alcanzar esa plenitud de la vida cristiana a la que estamos todos llamados. Un
camino para realizar, en definitiva, la misión de la Iglesia, que continúa, a
través de los siglos, la misión de Cristo de anunciar la salvación a todos los
hombres y a todos los tiempos. ¿No sientes la responsabilidad de tu misión?
Porque, como ha escrito Javier Echevarría, «toda criatura humana ha de
enfrentarse a los años de su existencia con la conciencia de que son un tesoro
puesto en sus manos por Dios, y de que, como toda dádiva, entrañan una
responsabilidad. El cristiano ve sus días como el plazo que se le concede para
responder a la vocación y a la misión que le han sido confiadas.» Puede
ser que Dios te llame a un camino específico y singular dentro de la Iglesia,
por ejemplo, como sacerdote. En ese caso particular, te esperan miles de almas
sedientas de los sacramentos, sedientas del mensaje salvador de la Palabra de
Dios. Tus manos harán que les lleguen las aguas de la gracia de Dios. Miles de
hombres y mujeres abandonados encontrarán en tu palabra y en tu vida un refugio
contra su soledad y su cansancio, una razón para seguir viviendo. Si respondes
generosamente a su llamada, tus manos elevarán sobre la tierra el Cuerpo de
Cristo, perdonarán los pecados en su nombre, abrirán las puertas del Cielo a
muchas almas. Unas, por tu testimonio o tu trabajo directo; otras, fruto de tu
oración, de tu sacrificio personal, de tu entrega escondida que Dios contempla
y hace fructificar. De muchas de ellas tendrás noticia y conocimiento; de
otras, quizá muchas más, quizá no sepas nunca. Todo eso, se hará realidad si,
como explica la parábola de la semilla que muere para dar fruto, si eres capaz
de apostar tu vida a una carta y morir a ti mismo por amor a Dios. Jugarse
la vida a una carta no es simplemente tomar una decisión en un momento de la
vida y renunciar por Dios a otros proyectos menores. Es toda una actitud en la
vida, apostar con total determinación por el camino que Dios nos señale y
seguirlo con perseverancia aunque no siempre encontremos a nuestro alrededor la
acogida o la correspondencia que esperábamos. Santa
Francisca Cabrini había fundado en 1880 la Comunidad de las Misioneras del
Sagrado Corazón y se había establecido en Lombardía con sus primeras
religiosas. En aquel tiempo eran muchísimos los italianos que emigraban a
Norteamérica, y allí apenas tenían asistencia espiritual. El Arzobispo de Nueva
York, Mons. Corrigan, había pedido personalmente a Francisca que enviara sus
religiosas a ese país. Ella deseaba que fueran a China, pero León XIII le rogó
que atendiera esa petición y Santa Francisca cambió de planes inmediatamente. El
viaje le resultó muy duro, pues siendo niña se había caído a un río y desde
entonces tenía horror al agua, pero cruzó el Atlántico con seis de sus
religiosas y desembarcó en Nueva York en marzo de 1889. La acogida no fue
precisamente entusiasta. Al llegar, se encontraron con que las benefactoras que
habían prometido conseguir una casa para poner en marcha un orfanato y una
escuela primaria, habían tenido algunas diferencias con el arzobispo y se había
abandonado el proyecto. Cuando fueron a ver a Mons. Corrigan, estaba tan
desanimado que terminó diciendo que, en vista de las circunstancias, lo mejor
era que la madre Cabrini y sus religiosas regresaran a Italia. Pero ella
respondió: «No, señor arzobispo, el Papa nos envió aquí, y aquí nos vamos a
quedar». Podía haberse desanimado, pero había apostado su vida a un carta y no
se iba a retirar por este nuevo envite de la dificultad. A los pocos meses ya
habían encontrado otra casa y en menos de un año ya fueron a formarse a Italia
las dos primeras novicias norteamericanas. Y la Comunidad de Misioneras del
Sagrado Corazón no solo se asentó enseguida en Nueva York, sino que empezó a
extenderse por toda América del Norte y del Sur, con numerosas escuelas,
orfanatos y hospitales. A la vuelta de veinte años, eran ya más de mil
religiosas. Santa Francisca Cabrini acabaría siendo la primera ciudadana
norteamericana canonizada, y ha quedado para todos como un ejemplo de tesón y
de fortaleza, de despliegue de actividad en servicio de Dios y de preocupación
santa por el desamparo que muchas veces pasa la juventud. Al
final, responder que sí a la llamada de Dios será siempre una apuesta, un acto
de fe en esa llamada y en quien la hace. Así han obrado los santos a lo largo
de la historia. Y así obró la Virgen, como testimonia el Evangelio en las
palabras de la Visitación a su prima Santa Isabel: «Dichosa la que ha creído
que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor ». 26.
¿Demasiado joven? En
momentos difíciles, la
audacia sirve muchas veces de prudencia. Publio
Siro Luis
Gonzaga era el mayor de los hijos de del príncipe imperial italiano Ferrante
Gonzaga, Marqués de Castiglione delle Stiviere. Don Ferrante puso todos los
medios para que su hijo Luis fuese un prestigioso militar como él. En 1577,
cuando tenía nueve años, lo llevó con su hermano Rodolfo a Florencia,
dejándolos al cargo de varios tutores. Obligado por su rango a presentarse con
frecuencia en la corte del gran ducado, se encontró mezclado con aquellos que,
según la descripción de un historiador de la época, «formaban una sociedad para
el fraude, el vicio, el crimen, el veneno y la lujuria en su peor especie». A
Luis le atraían mucho las aventuras militares de las tropas, así como las
posibilidades que le ofrecía el hecho de ser el primogénito y heredero de tan
importante familia. Sin embargo, desde muy joven comprendió que había un ideal
más grande y que requería más valor y virtud. Fue
en Montserrat, cuando tenía quince años, donde percibió con claridad en su
interior una llamada de Dios. Habló de ello primero a su madre, que aprobó
enseguida sus proyectos. Pero en cuanto lo supo su padre, montó en cólera hasta
tal extremo que amenazó con ordenar que le azotaran hasta que recuperase el
sentido común. Puso a la vocación de su hijo todas las dificultades
imaginables, mientras repetía: «¡Mi hijo no será fraile!». Esperaba
que el ambiente cortesano acabaría por conquistarlo, pero el joven Luis volvía
siempre tan decidido como al principio. Se sucedieron escenas violentísimas
entre padre e hijo. Persistió en su negativa hasta que, por mediación de
algunos de sus amigos, acabó accediendo de mala gana a dar su consentimiento
provisional. Pero al poco tiempo se reanudaron las discusiones sobre el futuro
de Luis. El chico se encontró con nuevos obstáculos a su vocación, pues a la
tenaz negativa de su padre se añadió la oposición de la mayoría de sus
poderosos parientes —algunos de ellos eclesiásticos—, que recurrieron a
diversas promesas y amenazas para disuadir al muchacho. Ferrante
hizo los preparativos para enviar a su hijo a visitar todas las cortes del
norte de Italia y, terminada esta gira, encomendó a Luis una serie de tareas
importantes, con la esperanza de despertar en él nuevas ambiciones que le
hicieran olvidar sus propósitos. Pero no hubo nada que pudiese doblegar la voluntad
de su hijo. Después de haber dado y retirado su consentimiento varias veces,
Ferrante capituló por fin. Al recibir el consentimiento imperial para
transferir los derechos de sucesión a su hermano Rodolfo, escribió al padre
Claudio Aquaviva, general de los jesuitas, diciéndole: «Os envío lo que más amo
en el mundo, un hijo en el cual toda la familia tenía puestas sus esperanzas». Luis
partió hacia Roma para ingresar en el noviciado en 1586, cuando tenía dieciocho
años. Seis semanas después murió Don Ferrante. Desde el momento en que su hijo
Luis abandonó el hogar paterno, aquel hombre había transformado completamente
su manera de vivir: el ejemplo de la entrega de su hijo había sido un luz que
le hizo mejorar mucho en sus últimos momentos. Al
poco de iniciar su vida religiosa, Luis tuvo que sufrir otra difícil prueba: la
alegría espiritual que le había dado su fe desde la más tierna infancia,
desapareció de pronto. Pero supo ser fiel a su vocación también en esos
momentos de oscuridad, que acabaron desapareciendo. Para dejar claro que había
abandonado las comodidades propias de su condición social, quiso vivir en la
estancia más pobre, un cuarto estrecho debajo de la escalera y con una
claraboya en el techo, sin otros muebles que un camastro, una silla y un
estante para los libros. Pidió que se le permitiera trabajar en la cocina,
lavar los platos y ocuparse en las tareas más serviles. Su
vida fue muy breve. Murió con fama de santidad en 1591, a los veintitrés años
de edad. Pronto fue canonizado, y posteriormente fue proclamado protector de
los estudiantes jóvenes y patrono de la juventud cristiana. «Bienaventurados
los que se entregan a Dios para siempre en la juventud», escribió San Juan
Bosco pocos días antes de su muerte. La Iglesia ha bendecido siempre la entrega
a Dios en la juventud: una entrega que le ha dado tantos santos. El panorama de
los santos de la Iglesia católica nos muestra que la mayoría de ellos se
entregaron a Dios siendo jóvenes, muy jóvenes. Basta repasar el santoral para ver
que la Iglesia rezuma alegría de juventud, la venera en sus altares y aprende
de ella y de su heroísmo. San Bernardo, gran doctor de la Iglesia, fue elegido
abad del monasterio cisterciense de Claraval a la edad de veinticinco años. La
mayoría de los mártires de Uganda oscilaban entre los quince y los veintidós
años. San Estanislao de Kostka murió a los dieciocho, Santa Teresa de Lisieux a
los veinticuatro, San Casimiro de Polonia a los veintiséis, Domingo Savio a los
catorce, Kateri Tekakwitha —la primera indígena norteamericana beatificada— a
los veinticuatro. Desde luego, si esas vocaciones jóvenes hubieran cedido a la
cansina y sempiterna cantinela de que «son demasiado jóvenes para entregarse a
Dios», o que «han de esperar a saber más de la vida», o que «han de probar
antes otras cosas», ese después no les habría llegado y no tendríamos el
ejemplo de su vida santa, que no necesita muchos años de edad. Dios
llega casi siempre en la juventud, en la hora ordinaria del amor. El primer
barrunto puede experimentarse en la niñez o en la adolescencia. Teresa de
Lisieux deseó hacerse religiosa desde el primer despertar de la razón, y así lo
evoca en sus memorias, cuando relata la ocasión en que, a los quince años, en
1887, un guardia suizo tuvo que arrancarla de los pies de León XIII, al que le
insistía audazmente en que la dejase entrar a esa edad en el Carmelo. —Pero
no siempre es así. Supongo que la vocación puede llegar a cualquier edad. Efectivamente,
cuando Dios llama, importa poco la edad. Alfonso de Ligorio se decidió a los
veintisiete, después de años de brillante ejercicio profesional en el foro; San
Agustín se bautizó a los treinta y tres, después de una vida azarosa y turbia;
y San Juan de Dios cambió de vida a los cuarenta y dos, tras una existencia
aventurera. No existe una “edad perfecta” para la entrega. Dios llama cuando
quiere y como quiere. Nunca es demasiado pronto ni demasiado tarde para corresponder
a su llamada. Pero el amor humano suele llegar en la juventud, y Dios suele
llamar en la juventud. La Virgen era una adolescente. San José debía de ser
también bastante joven. Y Juan, el único apóstol que acompañó al Señor al pie
de la cruz, era también un adolescente. Hace
más de veinticinco siglos, Jeremías vivía en Anatot, un pueblecito cercano de
Jerusalén, en la finca de sus padres, cuando fue llamado por Dios a profetizar.
El chico se resistía aduciendo que él era demasiado joven y débil para este
oficio tan importante, pero Dios le respondió: «No digas que eres demasiado
joven o demasiado débil, porque Yo iré contigo y te ayudaré». Ser
muy joven no es motivo para retrasar la entrega a Dios. La juventud es la época
del amor. No vamos a esperar a ser viejos para darle a Dios las sobras de
nuestra vida. Cualquier tiempo es bueno para la entrega, pero la juventud es la
mejor edad. Es el momento en el que comienzan a despuntar los ideales que
impulsarán el resto de la existencia. Se ha dicho, con razón, que una vida
lograda es un ideal vislumbrado en la edad juvenil y realizado en la madurez.
Por eso insistía Juan Pablo II a un grupo numeroso de jóvenes: «¡No tengáis
miedo de vuestra juventud! ¡No tengáis miedo de correr el riesgo de la libertad!
¡No ahoguéis los generosos impulsos del amor que os pide que hagáis, de vuestra
vida, un servicio a los demás!». —¿Y
por qué ahora hay menos vocaciones? Depende
de dónde, porque en muchos lugares hay ahora muchas vocaciones. Pero cuando no
hay vocaciones, conviene reflexionar sobre por qué ocurre. «Porque quizá —como
ha escrito el arzobispo Fernando Sebastián— sí que hay vocaciones, porque Dios
sigue llamando para todo aquello que la Iglesia y el mundo necesitan. Lo que
quizás no hay son respuestas. »La
voz de Dios se oye solo cuando hay un cierto grado de silencio interior, es una
voz íntima, que resuena solo a cierta profundidad de uno mismo. El que vive
volcado sobre el exterior, acaparado y seducido por las cosas exteriores, no
puede oír la llamada de Jesucristo. Si uno no se pregunta para qué está en el
mundo, qué es lo que de verdad vale la pena en la vida, qué quiere Dios de mí,
nunca llegará a percibir ni formular una respuesta. Donde no hay pregunta
tampoco llega la respuesta. »Por
eso se puede decir que si no hay vocaciones es porque en un nivel más profundo
no hay sentido vocacional de la vida. Muchos jóvenes no tienen tiempo para
cuestionarse su propia vida y preguntarse para qué están en este mundo, qué es
de verdad vivir, qué es lo que puede dar verdadero valor a su vida, lo que les
puede llenar el corazón y darles la felicidad a largo plazo. »Por
eso es más exacto decir que no es que no haya vocaciones, lo que no hay es
proyecto realmente libre y personal de la propia vida. Se vive impersonalmente,
dejándose llevar, sin tener el valor de salirse de la fila para pensar,
proyectar y definir la propia vida. Esto, que ocurre mucho en lo humano, ocurre
también en la dimensión cristiana de nuestra vida. La mayoría de los cristianos
son cristianos de seguir la corriente. Tenemos pocos cristianos que hayan
llegado al punto de decir como Pablo "¿Señor, qué quieres de mí?". Y
esta es la actitud indispensable para poder escuchar la voz de Dios. »La
respuesta a una vocación sentida en lo profundo de uno mismo y correspondida
con perseverancia es la condición para ser uno mismo, para vivir personalmente
la propia vida. Responder a la vocación personal es tanto como vivir con
libertad la propia existencia. Y para el cristiano, aceptar la propia vocación
es intentar vivir libremente según el designio de Dios sobre nosotros,
integrarnos de verdad en la obra de Dios y de Cristo según nuestra forma
estrictamente personal de ser, ocupar nuestro puesto en la Iglesia y en el
mundo, ese puesto único para el cual Dios nos ha pensado y nos llama, por medio
de Cristo y de su Iglesia. »Entre
todos tenemos que ayudar a nuestros jóvenes cristianos a llegar a este nivel
ilusionado de fe y de amor a Jesucristo que les haga preguntarse "qué
quiere el Señor de mí", "dónde quiere Dios que me sitúe",
"que necesita de mí la Iglesia" "qué puedo hacer por el bien de
mis hermanos". Y si es posible, llegar, como San Francisco Javier, al
"qué puedo hacer yo por Jesucristo". »Esta
es la alerta interior que permite escuchar la voz de Dios, esta es la buena
tierra en la que crece la semilla de las vocaciones, de todas las vocaciones. A
partir de ahí cada uno vivirá su vida como respuesta a la llamada de Dios,
respuesta en el matrimonio y en la vida santa de un seglar apostólico,
respuesta en el ministerio sacerdotal o en la vida consagrada. Pero respuesta,
seguimiento, obediencia, amor. »Oremos
por las vocaciones. Pero no pidamos solo por la vocación de los demás. Pidamos
a Dios que nos haga a nosotros instrumentos de esta presentación alta y
exigente de la vida cristiana como ofrenda y respuesta de amor. »La
ayuda decisiva que nuestros jóvenes necesitan es una comunidad cristiana clara,
entusiasta, una comunidad de hermanos que rezan, que se quieren, que colaboran
con alegría y con confianza dentro de la acción misionera de la Iglesia. Este
es el clima que hay que difundir en nuestra Iglesia y esta es la labor que
tenemos que hacer entre todos, padres, educadores, catequistas, sacerdotes,
para que vuelvan a florecer en nuestra Iglesia las vocaciones y las respuestas,
respuestas de todas clases y en todos los tonos, familias cristianas, apóstoles
seglares, vírgenes consagradas, misioneros, sacerdotes.» 27.
Demasiado pronto Lo
que puedes hacer, o
sueñes que puedes hacer, empieza
a hacerlo. Goethe Es
natural que los padres tiendan a pensar que sus hijos son demasiado pequeños
para tomar decisiones importantes. Y que les parezca también que siempre es
demasiado pronto. Lo confirman los comentarios habituales de los padres cuando
sus hijos empiezan a ejercer ciertas responsabilidades: ¡es que son tan jóvenes! Dios
llama a las almas en diversas etapas de la vida: en la niñez, en la
adolescencia, en la juventud... —¿En
la niñez? Juan
Pablo II, en su “Carta a los niños”, en 1994, dice que «Dios llama a cada
hombre y su voz se deja sentir ya en el alma del niño». El
Cardenal de Madrid, Antonio María Rouco, contaba cómo sintió la llamada de Dios
cuando tenía siete años. «Se dice, Don Antonio —le preguntaron en una
entrevista en la revista Ecclesia en 1996—, que para que una persona se plantee
una vocación tiene que ser ya madura, que sepa lo que hace…, y se mira con un
cierto recelo que un chico joven o que un niño se pueda plantear la vocación.
En ese sentido, a un niño, a un adolescente que se está pensando la vocación,
¿qué le podría usted decir?». «Pues que yo… —contestó el Cardenal—¡me planteé
la vocación con siete años! Y no estoy exagerando nada. Yo a los siete años
tenía unas ganas de ser cura... ¡locas! (...). A partir de ese dato de mi
experiencia, veo que, primero, uno nace ya con vocación. Es decir, uno nace por
vocación. Esa vocación te acompaña toda la vida y se manifiesta en las
condiciones y en las circunstancias propias de la evolución del chico, a través
de las distintas edades. »Un
niño es capaz de responder a una vocación: como niño. Y esa respuesta la tendrá
que traducir a una respuesta adolescente y a una respuesta madura cuando llegue
el momento. Pero eso no quiere decir que no haya tenido vocación o que no haya
podido responder a su manera. Yo creo que hay que respetar mucho esas
vocaciones y esas respuestas: por amor al Evangelio y por exigencia del
Evangelio. La Iglesia lo ha entendido siempre así y las ha cuidado mucho. Lo
demás es una concepción demasiado..., digamos, prepotente: ¡la madurez
personal! »¿Cuándo
está uno maduro? Pues no lo sé. Naturalmente, se requiere un desarrollo
biológico previo. Pero, ¿la madurez espiritual? ¿la madurez delante de Dios?
¿la capacidad de entrega? La puede tener un niño de una forma mucho más limpia,
noble y total que una persona mayor.» —Pero
no creo que sea lo habitual que la vocación surja desde tan joven. Quizá
es más habitual en la adolescencia, o en la juventud. Santo Tomás de Aquino
explicaba la predilección de Jesús hacia el apóstol Juan, por su tierna edad, y
saca de ahí la conclusión de que eso nos da a entender cómo ama Dios de modo
especial a aquellos que se entregan a su servicio desde la primera juventud. Y
Juan Pablo II lo comentaba en 1988: «Cristo tiene necesidad de vosotros,
jóvenes! Responded a su llamada con el valor y el entusiasmo característico de
vuestra edad.» —¿Y
qué crees que deben hacer los padres ante esto? Cuando
Dios llama a esas edades, los padres deben actuar con mucho sentido común y
mucho sentido sobrenatural. No pueden hacer una valoración exclusivamente
terrena del misterio de la llamada divina, una interpretación ajena a lo
sobrenatural. Ni pensar por principio que cuando una persona joven toma una
decisión de entrega a Dios lo hace por desconocimiento de la realidad o
ignorancia del mundo. El
discernimiento de la llamada no es cuestión de experiencia humana o de
conocimiento de otras realidades, sino, sobre todo, de madurez en el trato con
Dios. Además, en la actualidad, para bien o para mal, lo habitual es que
cualquier persona joven haya tenido que afrontar toda una serie de dilemas
morales con los que la anterior generación no se enfrentó, y que haya conocido,
y no siempre positivamente, bastante de ese mundo al que se refieren. Saben de
todo eso más de lo que los adultos piensan, pero, en todo caso, lo importante
no es conocer mucho mundo sino decir a Dios que sí cuando pasa a nuestro lado,
como hizo el apóstol San Juan, que era muy joven, un adolescente. La
vocación no es programable: Dios llama como y cuando quiere. El cristiano no
puede imponer a Dios su propio calendario. El mismo Señor nos habla en el
Evangelio de las distintas llamadas a diferentes horas del día, cada cual en el
momento previsto desde la eternidad. Si fuera un simple “apuntarse” a una
realidad humana (como sucede a la hora de elegir un club deportivo o una
carrera universitaria, por ejemplo), sería natural estudiar las distintas
posibilidades de elección, y programar los tiempos oportunos. Pero solo Dios
decide el momento de luz y de gracia. —Pero
hay que pensárselo muy bien antes de plantear a otra persona la posibilidad de
entregarse a Dios. No
es exactamente eso lo que dijo Juan Pablo II en su alocución del 13 de mayo de
1983: «No debe existir ningún temor en proponer directamente a una persona
joven o menos joven la llamada del Señor. Es un acto de estima y confianza.
Puede ser un momento de luz y de gracia.» Si
esa persona tiene esa vocación, hablarle de ello será una gran ayuda, que
siempre agradecerá. Si no tiene esa vocación, esa propuesta no le causará
ninguna inquietud, como de hecho sucede a la inmensa mayoría de las personas. —Lo
importante es la rectitud con que se hace ese planteamiento. Por
supuesto, esa es la clave. Quien plantea la vocación, debe buscar como primer
objetivo el bien de esa persona, pues siembre es un bien conocer mejor el
designio de Dios para uno mismo. Y debe evitar cualquier falta de rectitud a la
hora de hacerlo, como sucede con cualquier actuación de apostolado cristiano. Y
por parte de quien se plantea el discernimiento de su vocación, también es
clave la rectitud, como es lógico. Por eso en este apartado se habla de las
“excusas”, para ayudar a quien se plantea la vocación a detectar si sus razones
buscan decir que “sí” a lo que Dios le pide, y por tanto desea sinceramente
saber en qué consiste ese “sí”, y entonces con su encuentro personal con Dios
va definiendo y construyendo ese “sí”. Cuando sucede lo contrario, y uno busca,
en realidad, el modo de decir que “no”, pero manteniendo la tranquilidad de
conciencia, entonces el proceso de discernimiento se deteriora y acaba siendo
un proceso de buscar o fabricar excusas. Por eso, al hablar aquí de las excusas
no nos referimos tanto a los obstáculos objetivos que nos podemos encontrar,
sino a esos otros obstáculos más subjetivos que nosotros mismos levantamos para
no avanzar. Cuando eso sucede, hay dentro de nosotros una falta de rectitud que
se afana en buscar esas excusas, en construir ese “no”. Pero, en el fondo, si
somos sinceros, sabemos distinguir bastante bien entre unas y otras, y sabemos
si las dificultades son superables, y si son indicios de la voz de Dios o son
excusas inconsistentes que nos fabricamos. 28.
¿Es necesario ser célibe? Cuanto
más renunciamos, más
amamos a Dios y
a los hombres. Madre
Teresa de Calcuta —Pero
Dios no pide el celibato a todos, sino solo a unos pocos, y yo no soy nadie
extraordinario y no sé si seré capaz de vivir algo que Dios pide solo a unos
pocos. A
quienes Dios se lo pide, les da la capacidad para seguir ese camino. Y no son
tan pocos a los que Dios ha pedido esa entrega total y han dicho que sí. Muchos
millones de hombres y mujeres viven o han vivido gozosamente su vocación al
celibato a lo largo de los dos mil años de historia de la Iglesia. El
celibato es una de las joyas más preciosas de la corona de la Iglesia. No es
una soltería sin vínculos, sino un compromiso de entrega enamorada a Dios. Un
corazón célibe no es un corazón frustrado o inhibido, sino un corazón realizado
y lleno de amor. Los hombres fallamos, pero Dios no falla, y ese milagro del
celibato al que estamos acostumbrados, manifiesta el poder de la gracia sobre
la debilidad y la miseria humanas. No es solo el fruto de un esfuerzo, sino
sobre todo un don, una gracia que Dios concede. —Pienso
que bastantes personas se han planteado alguna vez entregarse a Dios pero no se
deciden porque temen que esa vida no les resulte grata. Esa
incertidumbre se presenta tanto en la vida matrimonial como en el celibato.
Cuando una persona se casa, no puede estar segura de que vaya a compartir su
vida con alguien que vivirá muchos años o pocos, si le será fiel o no, si
disfrutarán de salud o sufrirán el zarpazo de la enfermedad, si Dios los
bendecirá con hijos o les bendecirá no dándoselos, si sus hijos llenarán su
casa de alegrías o quizá de motivos de tristeza. La
entrega a Dios en celibato tiene también su proyecto, muy ilusionante, como el
matrimonio, y es preciso tenerlo presente y desarrollarlo. Porque, si no, pasa
como con el matrimonio sin proyecto y sin ilusiones, que cae en la rutina y el
aburrimiento de la falta de horizontes a los que aspirar o dirigirse. Cada
persona es responsable de su encuentro con Dios, y debe poner iniciativa y
creatividad, no limitarse a una actitud pasiva, como si fuera un burócrata a la
espera de instrucciones. No
puede ser menos intensa ni menos comprometida la entrega a Dios en celibato que
la de los esposos entre sí, o la de los padres con sus hijos. ¿Qué entrega
sería la de una madre o un padre que solo se ocupara de sus hijos cuando éstos
le devolvieran afecto por afecto, o solo si se cumplieran en ellos los sueños
azules de cuando los niños nacieron? Dios pide en todos los casos una entrega
completa, en tiempos de vigor y en tiempos de fatiga, con horizontes claros y
con el cielo oscurecido por el nubarrón amargo de la tristeza. Sin
esta perspectiva sobrenatural, es difícil entender el camino que a cada uno le
depara su vocación. Hay que aceptar de buen grado la voluntad de Dios, aunque
resulte a veces difícil de entender, aunque nos encontremos tras las alambradas
de Auschwitz, como le sucedió a Maximiliano Kolbe, o tras las de Dachau, como
le sucedió a Kentenich. Toda
vocación tiene la promesa de ver cosas grandes. Los que aceptan entregar su
vida a Dios se convierten en testigos privilegiados de las maravillas de la
gracia en los corazones, del triunfo del amor divino sobre el mal en el mundo. —Todo
eso es cierto, y todos conocemos casos de personas célibes cuya vida de entrega
nos resulta atractiva y ejemplar, como ese panorama que tú describes, pero
también conocemos otros casos que no lo son tanto. Tienes
razón. Hay vidas de entrega a Dios que son un ejemplo maravilloso, y hay otras
en las que parece apreciarse más bien el aire gris de la rutina y de la
mediocridad. Como sucede con los matrimonios, de los que también todos
conocemos un amplio abanico de posibilidades, y sabemos que los hay unidos y
desunidos, más entregados el uno al otro o menos, más o menos felices. Cuando
un chico y una chica se casan, deben fijarse en los buenos matrimonios, que
pueden ser para ellos una referencia o un modelo, y fijarse también en los que
no funcionan tan bien, para no caer en los errores que nos parece que han
cometido. Al fin y al cabo, así hay que obrar siempre y para casi todo en la
vida, tomando como pauta lo que en otros nos parece mejor, y procurando
desmarcarnos de lo que nos parece peor, sin engañarnos con los malos ejemplos
para eludir lo que debemos hacer. Además,
si nos retrae el ejemplo de otros, podemos recordar que, según nos cuenta el
Evangelio, Dios llama a quien quiere, y entre esos, encontramos a unos mejores
y a otros peores, pero a todos con defectos. La vocación es un don gratuito de
Dios y no un premio a los propios méritos. Dios llama, no porque se fije en tus
cualidades o las mías, sino por pura bondad suya. Y no podemos pretender que
todos aquellos que tienen vocación sean perfectos y ejemplares en todo. Así lo
explicaba en 1985 el entonces Cardenal Joseph Ratzinger, refiriéndose a que no
debe olvidarse que quien se entrega a Dios, «siempre ha estado tentado de
acostumbrarse a la grandeza, a hacer de ello una rutina. Puede llegar un día en
que sienta la grandeza de lo sagrado como un peso, e incluso desear —quizás
inconscientemente— liberarse de ese peso, disminuyendo el Misterio de Cristo a
su propia medida personal, en vez de abandonarse con humildad pero con
confianza para hacerse elevar a esa altura.» Es una tentación y un riesgo
inherentes a cualquier ideal que ilumina una vida. —Muchas
personas dicen que el celibato es difícil de vivir y que debería
reconsiderarse, pues es la causa de muchos abandonos en el servicio de Dios. Es
cierto que algunos lo dicen, aunque bastantes menos de lo que pretenden algunos
medios de comunicación laicistas, que parecen empeñados en difundir esa idea en
contra de la opinión mayoritaria de los católicos, que acoge el celibato con
enorme respeto y afecto. Muchas
veces en la historia se ha intentado poner en tela de juicio el celibato, quizá
tomando como pretexto las debilidades humanas. Pero bastaría consultar, por
ejemplo, los boletines oficiales de la Congregación para el Clero para
demostrar, estadísticas en mano, que las deserciones del celibato sacerdotal,
injustamente enfatizadas por esos medios de comunicación, constituyen un
porcentaje irrisorio. Es cierto que no a todos les es dado entenderlo «sino
solo a quienes les ha sido concedido de lo alto», como señala con meridiana
claridad el Evangelio, pero pienso que se puede llegar a intuirlo si se
profundiza un poco en el mensaje de las Sagradas Escrituras y del Magisterio de
la Iglesia, que describen el celibato como signo de un amor inagotable que hunde
sus raíces en la virginidad, en el corazón indiviso. Es
cierto que hay abandonos del celibato, como los hay del matrimonio, y la
solución no es dejar de exigir entrega ni fidelidad, tanto en el matrimonio
como en el celibato. La fidelidad en el celibato y en el matrimonio dan
testimonio de la eternidad del amor, de que la razón y la libertad se ven
constantemente atraídas por la belleza del ideal del amor casto y fecundo: para
el celibato en el origen de la generación espiritual de la multitud de hijos que
es la Iglesia, y para el matrimonio en el origen de una familia humana que es
la pequeña Iglesia doméstica. No
deben exagerarse las dificultades del celibato frente a las del matrimonio,
dramatizando con la posibilidad de una futura defección —como si esa
posibilidad no se diese en todos los estados—, o pintando el matrimonio como un
camino de rosas. Porque, igual que es una simpleza decir que «se llama santo al
matrimonio porque cuenta con innumerables mártires», también lo es pensar que
ser célibe es terriblemente arriesgado y difícil. —¿Y
no habría más vocaciones al sacerdocio si no se exigiera el celibato? La
cuestión del matrimonio no se ha demostrado determinante ni decisiva respecto a
las nuevas vocaciones. Es algo que puede verificarse fácilmente. Basta con
fijarse en las Iglesias orientales (en las que se ordenan también sacerdotes
casados) y en el anglicanismo y el luteranismo (en estas, además, están bien
retribuidos), y fácilmente se comprueba que en ninguno de los tres casos hay
una correlación entre vocaciones y matrimonio. De hecho, la disminución de
vocaciones de pastores luteranos y anglicanos es superior a la de sacerdotes
católicos en esos mismos países. Por
el contrario, se ven aparecer de manera insistente y significativa vocaciones
de sacerdotes solteros en Iglesias que admiten la ordenación de casados. Es un
dato poco conocido, pero que confirma una tendencia que avanza desde hace más
de un siglo en el anglicanismo, las Iglesias orientales, el luteranismo alemán
y en algunos protestantes franceses. ¬—Pero
el celibato es vivir siempre solo, sin la compañía y el cariño de una persona
amada. Eso
es una visión negativa del celibato cristiano. Quizá esa visión nazca de la
influencia de personajes más literarios que reales, que han contribuido a dar
del hombre o de la mujer célibes una imagen triste o extraña. Es frecuente ver
cómo se exageran los riesgos del celibato, a la vista de las defecciones que se
producen, pero quienes insisten tanto en eso suelen olvidar que el índice de
matrimonios rotos es bastante mayor que el de abandonos del celibato. Además,
igual que los fracasos matrimoniales no se deben a que la institución
matrimonial sea nociva o defectuosa en sí misma, sino al fracaso del amor
matrimonial en un hombre o en una mujer, lo mismo puede decirse del celibato
apostólico. Quien no se entrega suficientemente a su cónyuge, fracasará en su
matrimonio, y quien no se entrega suficientemente a Dios fracasará en el
celibato. La clave en ambos casos está en la victoria sobre el propio egoísmo y
la propia soberbia. Quien no se toma en serio esa batalla, será un negado para
el amor, tanto para el amor humano como para el amor de Dios. —¿Entonces,
el celibato no es un gran sacrificio? No
es para tanto. Igual que para un hombre no es un gran sacrificio entregar su
vida a una sola mujer, o para una mujer entregarse a un solo hombre, tampoco
tiene por qué serlo dedicarse completamente a la propia elección en el
celibato. ¬—Pero
no es lo mismo enamorarse de Dios que enamorarse de una persona. Desde
luego, no es exactamente lo mismo. Enamorarse de Jesucristo, de la propia
vocación, de la misión encomendada por Dios, es probable que no genere en
nosotros los mismos sentimientos que el amor que hay entre los novios, o entre
los esposos, o de los padres por los hijos. Son categorías distintas. Si Dios
da ese don, se puede llegar a sentimientos incluso más profundos, pero el amor
a Dios es sobre todo un cariño que surge de la inteligencia y la voluntad, de
la comprensión de una realidad que nos empuja a un sentimiento de gratitud y de
amor hacia quien ha dado todo por nosotros. Los
que se entregan a Dios no dejan vacío el corazón. No están nunca solos, aunque
algunas veces vivan con menos compañía humana. Esto resulta difícil de entender
a quienes olvidan que el celibato es un don. Los que se entregan por entero a
Dios, los que renuncian por amor a Dios al amor humano, no mutilan de ningún
modo su personalidad, ni recortan su capacidad de querer. No empequeñecen su
corazón, sino que lo engrandecen. «Por
mi voto de castidad —decía la Madre Teresa de Calcuta— no solo renuncio al
estado del matrimonio, sino que también consagro a Dios el uso de mis actos
interiores y exteriores, mis afectos. En conciencia no puedo amar a otra
persona con el amor de una mujer por un hombre. Ya no tengo derecho a dar ese
afecto a ninguna otra criatura, sino solamente a Dios. No por eso somos como
piedras, seres humanos sin corazón. No, en absoluto. Hemos de mantenernos como
estamos, pero darlo todo por Dios, a quien hemos consagrado todos nuestros
actos interiores v exteriores. La castidad no significa simplemente no estar
casada, sino amar a Cristo con un amor indiviso. Es algo más profundo, algo
vivo, algo real. Es amarlo con una castidad amorosa e íntegra por medio de la
libertad de la pobreza.» —Desde
luego, hablar en nuestra época del celibato es de una audacia muy notable, ¿no
te parece? No
diría tanto, pero se podría establecer una comparación con los primeros
cristianos. Tuvieron que ser fuertes para vivir con coherencia en una sociedad
bastante corrupta, aficionada a los juegos sanguinarios del circo, y que por
etapas los llevaba a las catacumbas y al martirio. Y el testimonio de esos
primeros cristianos, en medio de ese mundo embrutecido, acabó por cambiar el imperio
romano, que finalmente se hizo cristiano, y no precisamente por la fuerza de
las armas. Fue el testimonio de los valores cristianos lo que se impuso sobre
el imperio de la fuerza. Y ahora, en nuestra época, quizá el testimonio más
rompedor es el de la castidad. En otros temas, es quizá más fácil encontrar
áreas comunes con las mentalidades dominantes, pero el testimonio de la
castidad y del celibato es un tanto escandalizador, e incluso irritante para
muchos, que en cuanto se mencionan estos temas saltan con verdadera furia. Pero
vivir hoy la castidad es un testimonio especialmente necesario, una prueba de
autenticidad personal, de dedicación a un ideal, de fortaleza cristiana. La
castidad es una de las grandes claves del testimonio cristiano de la mujer y
del hombre de hoy. Hay mucha gente buenecilla, con buenos sentimientos, de buen
corazón, con deseos de hacer el bien, pero débiles, y quizá en lo primero que
se manifieste es en este punto, y con esas personas será difícil cambiar el
mundo. —Pero
el matrimonio también es importante, y también es una vocación. No
solo es importante el matrimonio, sino que es imprescindible para la
preservación de la especie humana. Y es una vocación, ciertamente. «Nunca
olvidaré —recordaba Juan Pablo II en 1994— a un muchacho, estudiante del
politécnico de Cracovia, del que todos sabían que aspiraba con decisión a la
santidad. Ése era el programa de su vida; sabía que había sido "creado
para cosas grandes", como dijo una vez San Estanislao de Kostka. Y al
mismo tiempo, ese muchacho no tenía duda alguna de que su vocación no era ni el
sacerdocio ni la vida religiosa; sabía que tenía que seguir siendo laico. Le
apasionaba el trabajo profesional, los estudios de ingeniería. Buscaba una
compañera para su vida y la buscaba de rodillas, con la oración. No podré
olvidar una conversación en la que, después de un día especial de retiro, me
dijo: "Pienso que ésta debe ser mi mujer, es Dios quien me la da". »Como
si no siguiera las voces del propio gusto, sino en primer lugar la voz de Dios.
Sabía que de Dios viene todo bien, e hizo una buena elección. Estoy hablando de
Jerzy Ciesielski, desaparecido en un trágico incidente en Sudán, donde había
sido invitado para enseñar en la universidad, y cuyo proceso de beatificación
ha sido ya iniciado.» El
matrimonio cristiano es, plenamente, una vocación a la santidad. Y el ejemplo
de padres que buscan la santidad es la primera condición favorable para el
florecimiento de vocaciones sacerdotales y religiosas. —¿Y
cuál es la vocación más importante? Para
cada uno la suya. Donde Dios llame a cada uno, en aquella vocación que Dios
tiene pensada desde toda la eternidad. Todas las vocaciones son llamadas
divinas al amor y a la santidad. Pero solo con el cumplimiento de nuestra
vocación realizamos plenamente la Voluntad de Dios para nosotros. Es
cierto que la Iglesia nos enseña que el celibato apostólico es en sí una
vocación más perfecta que la del matrimonio. Lo recuerda el Señor en el
Evangelio, y lo aconseja San Pablo en sus epístolas. Pero aunque sea así de
modo general, no es lo que Dios desea para todos. —¿Y
si una persona ha pensado siempre en casarse? Eso
es lo natural en cualquier persona llamada por Dios al celibato, antes de
descubrir esa llamada. Todos los hombres y todas las mujeres experimentan esa
tendencia natural al matrimonio, como fruto de la atracción de ambos sexos. Por
esa razón, Dios no necesita confirmar, como sucede con el celibato, esa
vocación natural con una llamada interior: la experimenta cada hombre con lo
que se podría denominar un llamamiento universal de la propia naturaleza. El
llamamiento particular lo experimentan únicamente aquellos a los que Dios
quiere comprometer en una plena disponibilidad a su servicio. —¿Pero
qué crees que necesita más ahora la Iglesia: sacerdotes, frailes, monjas de
clausura, padres de familia, misioneros…? Te
contesto con unas palabras de Pablo VI que serán siempre muy actuales: «Por
encima de todo, necesitamos santos. Mirando al estado en el que se encuentra
hoy el mundo, os recuerdo que la mayor necesidad que tienen las naciones es
esta, la de la santidad. Necesitamos santos. Santos por encima de todo. ¡Esa es
la mayor necesidad del mundo actual!». Por encima de todo, hacen falta hombres
y mujeres que respondan con generosidad plena al querer de Dios. Y en su
sabiduría infinita, Dios ha dispuesto que unos le sirvan en el matrimonio y
otros —quizá más de los que parece— en el celibato. Dios
da a cada uno los dones que necesita para la misión que le ha designado. Por
esa razón, no todas las vocaciones tienen las mismas exigencias, porque Dios es
infinitamente justo y pide a cada uno en relación a los talentos que le ha
dado. Se
trata de una decisión personal que cada uno ha de tomar a la luz de su oración
personal. No puede tomarse a la ligera. Ni tampoco pensando, como hacen
algunos, que no se entregan a Dios en el celibato porque le gustan las chicas
(o los chicos, según el caso). ¿No sería menospreciar un poco a los que siguen
ese camino? En
definitiva, no plantees tu respuesta a Dios como la elección entre diversos
“niveles”: un nivel alto, el celibato, que exigiría renuncia absoluta; y otro
nivel más bajo, el matrimonio, más suave y llevadero, más asequible: una
especie de “clase turista”, un vuelo barato a la santidad. Dios pide la
plenitud de la entrega a todos, de acuerdo con sus circunstancias. La santidad
no la determinan esos “niveles”, y por eso no fue menos santo alguien como
Santo Tomás Moro por el hecho de estar casado, sino que encontró la plenitud de
la vida cristiana en el matrimonio, pero si hubiese elegido el matrimonio por
falta de generosidad con Dios, no hubiese sido santo. Por eso, la vocación no
puede tratarse como una oferta de temporada propia de las grandes superficies:
«si soy más generoso, elijo el celibato; si menos, el matrimonio». —¿Y
la razón del celibato es tener una mayor disponibilidad? Benedicto
XVI ha recalcado que el testimonio del celibato es especialmente necesario en
nuestro mundo completamente funcional, donde todo se basa en servicios
calculados y verificables. El gran problema de Occidente es el olvido de Dios,
y el celibato supone una mayor identificación con la vida de Cristo y un
testimonio para llevarlo a toda la humanidad, que es el servicio prioritario
que ésta necesita. El celibato solo puede ser comprendido y vivido con este
fundamento, porque las razones únicamente pragmáticas, de una disponibilidad
mayor, no son suficientes y podrían llevar a pensar que el celibato busca un
simple ahorrarse los sacrificios y fatigas del matrimonio para tener más
desahogo en otros campos. Es indudable que el celibato permite habitualmente
una mayor disponibilidad, pero es sobre todo un testimonio de fe, y por eso es
tan importante precisamente hoy. —Mucha
gente dice que no tiene sentido que en nuestro tiempo, en el que hay que
afrontar muchas y urgentes situaciones de pobreza y de necesidad, haya personas
que se encierren para siempre entre los muros de un monasterio, pues privan a
los demás de la contribución de sus propias capacidades y experiencias. La
cuestión está en si se valora o no la eficacia que su oración puede tener para
solucionar los numerosos problemas concretos que siguen afligiendo a la
humanidad. El hecho de que hoy día haya numerosas personas que abandonan
carreras profesionales, con frecuencia prometedoras, para abrazar la austera
regla de un monasterio de clausura, es una llamada de atención sobre la
importancia de la oración. No está de más preguntarse qué les lleva a dar un
paso tan comprometedor. «Esas
personas —afirma Benedicto XVI— testimonian silenciosamente que en medio de las
vicisitudes diarias, en ocasiones sumamente convulsas, Dios es el único apoyo
que nunca se tambalea, roca inquebrantable de fidelidad y de amor. Ante la
difundida exigencia que muchos experimentan de salir de la rutina cotidiana de
las grandes aglomeraciones urbanas en búsqueda de espacios propicios para el
silencio y la meditación, los monasterios de vida contemplativa se presentan
como oasis en los que el hombre, peregrino en la tierra, puede recurrir a los
manantiales del espíritu y saciar la sed en medio del camino. »Estos
lugares, aparentemente inútiles, son por el contrario indispensables, como los
“pulmones verdes” de una ciudad. Son beneficiosos para todos, incluso para los
que no los visitan o quizá no saben que existen. Hay que agradecer a Dios que
siga suscitando tantas vocaciones para las comunidades de clausura, masculinas
y femeninas, y hay que hacer por nuestra parte lo necesario para que nunca les
falte nuestro apoyo espiritual y también material para que puedan cumplir su
misión de mantener viva en la Iglesia la ardiente espera del regreso de
Cristo.» 29.
Las propias limitaciones Muchos
hombres no se equivocan jamás porque
nunca se proponen hacer nada. Goethe —He
pensado a veces que debería entregarme a Dios, pero enseguida me viene la idea
de que no valgo para eso, de que no soy suficientemente digno. Moisés
también pensaba en su indignidad cuando le dijo al Señor: «¿Quién soy yo para
ir al Faraón y sacar de Egipto a los israelitas?». Pensaba solo en sus fuerzas
y sus cualidades. Sus excusas parecían bastante razonables, pero Dios le dijo:
«Yo estaré contigo», y le indicó lo que tenía que hacer. Moisés insistió y le
recordó a Dios que las dificultades no eran solo interiores suyas: «Mira que no
me van a creer, ni escucharán mi voz, pues dirán: “¡no se te ha aparecido
Yahwéh!”». Entonces Dios hizo dos milagros para mostrarle su poder: convertir
su cayado en una serpiente y cubrir de lepra su mano durante unos momentos. Y
añadió: «Si tampoco te creen estos dos prodigios ni escuchan tu voz, tomarás
agua del Nilo y la derramarás en suelo seco y el agua que hayas tomado del río
se convertirá en sangre.» Nada
de esto le pareció suficiente a Moisés, que siguió buscando excusas. Había
visto su bastón convertido en serpiente y su mano llena de lepra y curada en un
instante. Había visto el poder omnipotente de Dios, pero insistía: «Yo no soy
elocuente, y no de ayer ni de anteayer, ni incluso desde que tú hablas a tu
siervo, pues soy torpe de boca y torpe de lengua.» Ésta
sí que parecía una excusa concluyente. ¿Cómo Dios va a elegir para hablar al
Faraón y liberar al pueblo precisamente a un tartamudo? Es de sentido común.
Como las excusas que todos solemos poner, que nos vienen enseguida a la cabeza
cada vez que nos enfrentamos a algo que nos cuesta. Son excusas llenas de ese
falso realismo que cuenta tan poco con el poder de Dios, con la perspectiva de
lo sobrenatural. Son razones bien estructuradas, bien armadas, que quizá nos
repetimos una y otra vez y que acabamos por creernos sin fisuras. ¿Cómo me
puede pedir Dios a mí, que soy tan tímido, esa misión de apostolado? Pero
Dios le recuerda a Moisés: «¿Y quién ha dado boca al hombre? ¿O quién le hace
mudo, sordo, vidente o ciego? ¿Acaso no soy Yo, Yahwéh? ¡Ve, pues, y yo estaré
con tu boca y te indicaré lo que has de hablar!». También
nosotros hemos de confiar en Dios. Si nos llama, si Él nos ha escogido para
llevar a cabo una misión concreta, nos dará la ayuda necesaria. Procuremos no
poner tanta resistencia como Moisés, que después de esta última respuesta
divina aún no se daba por vencido y seguía insistiendo: «¡Perdón, pero envía,
por favor, tu mensaje por quien desees enviarlo!» La
misión le sobrecoge. Le falta fe en Dios. Intenta eludir la llamada diciendo
que “hay otros” mucho más dignos que él. Pero, en el fondo, disimula su “no
quiero” con un “no debo ser yo”. Se inflamó entonces la cólera de Yahwéh, se
lee en el Antiguo Testamento, y le dijo que asistiría con su poder las palabras
que salieran de la boca de Moisés. Dios
no llama a nadie porque le deslumbren sus cualidades. Es Dios quien le ha dado
esas cualidades, y a unos les da más y a otros menos, pero sobre todo es Él
quien dice “sígueme”. Por eso, no importa la historia de cada uno, o los
errores pasados o presentes, como decía San Agustín cuando escuchaba el ruido
de los juegos del Circo que había dejado desiertas las calles de su ciudad: «¿Qué
os creéis? ¿Cuántos futuros cristianos no estarán allí sentados? ¿Quién sabe?
¿Cuántos futuros obispos?». —Pero...
¿y los propios defectos? Nadie
está libre de defectos. Los santos tuvieron defectos, y algunos de ellos muchos
defectos. Y demostraron la santidad precisamente luchando contra esos defectos.
Dios llama contando con virtudes y con defectos. Dios cuenta con tus virtudes,
para que las cultives, y con tus defectos, para que luches por superarlos. Además,
no exageres tus limitaciones o tus defectos. Hay muchos santos a los que la
naturaleza no dotó aparentemente de demasiadas cualidades. Por ejemplo, cuando
San Camilo de Lelis se planteó por primera vez entregarse a Dios, no era
precisamente un dechado de virtudes. Desde pequeño, tenía muy arraigado un
vicio que le causaría mucho daño: era un gran jugador de cartas. Su pasión por
el juego le llevaba a numerosos conflictos y a perder constantemente el empleo.
A los diecinueve años, decide enrolarse en el ejército, pero su padre muere
unos días antes de embarcarse y Camilo se replantea su vida. Cruza por su mente
la idea de hacerse capuchino, y va a consultarlo con un tío suyo en el convento
de los capuchinos de Aquila. Su tío se lo desaconseja, viendo su vida tan poco
ejemplar. Entre tanto, se hace una herida en una pierna y acaba ingresado en un
hospital de Roma, para curar la enorme llaga que se le ha abierto. Allí se
queda como enfermero, pero al poco tiempo es despedido por su incorregible
vicio de jugador, que le hace ser negligente con los enfermos. Decide de nuevo
seguir la carrera de las armas, y durante seis años lucha en diversos frentes.
A pesar de la cercanía constante de la muerte en los campos de batalla, sigue
siendo un vicioso del juego, hasta el punto de que en 1575 acaba mendigando, y
poco después trabajando como peón de albañil en Manfredonia, donde los
capuchinos están construyendo un nuevo convento. En
aquel convento se dio cuenta de lo vacía que estaba su vida y dio un gran
cambio. Entonces sí fue admitido como capuchino y durante un tiempo sería un
fraile ejemplar. Pero aquello no duró mucho, pues se le abrió nuevamente la
llaga y tuvo que volver a ingresar en el hospital de Roma donde antes había
trabajado. En su nueva y larga estancia allí descubrirá el camino que Dios le
tenía reservado. Los hospitales de aquella época parecían exteriormente
verdaderos palacios, pero en las salas de los enfermos se desconocía la higiene
y la limpieza más elementales. Muchos de los enfermeros eran personas
condenadas por la justicia que cumplían sus penas entre aquella pestilencia. Es
fácil imaginar cómo estarían asistidos los enfermos, con un personal reclutado
de esa manera. Camilo, en su nueva etapa, ejerció de nuevo como enfermero y dio
muestras de una diligencia y unos sentimientos tan fraternales para con los
enfermos, que muy pronto fue nombrado administrador y director del hospital.
Inició entonces unas importantes reformas. Cada enfermo tenía su propia cama,
con ropa limpia. Mejoró mucho la alimentación. Los medicamentos se dieron con
rigurosa puntualidad. Y, sobre todo, el nuevo director, con su gran corazón,
asistía personalmente a cada uno, compartía con ellos sus padecimientos,
consolaba a los moribundos y les preparaba para su hora postrera, estimulando
al mismo tiempo el esmero de todos en favor de los que sufrían. Una
noche de agosto de 1582 se le ocurrió un pensamiento: ¿Y si reuniera a unos
hombres de corazón en una nueva Congregación religiosa, para que cuidasen a los
enfermos, no por dinero, sino por amor a Dios? Inmediatamente lo habló con
cinco buenos amigos, que acogieron la idea con entusiasmo. Pensó también que
Dios le pedía ser sacerdote, para dirigir esa fundación. Pasó por muchas
dificultades, pero en 1586 el Papa Sixto V aprobó la Congregación y autorizó a
sus miembros a ostentar una cruz roja en la sotana y en el manto. Así nació la
gran familia de los "Camilos", hermana de la de los
"Hospitalarios", fundada en España por San Juan de Dios. No faltó
trabajo a los nuevos cruzados de la caridad. Camilo y los suyos se
multiplicaron. En todas partes donde había apestados, hambre o miseria, allí se
presentaba el admirable fundador y sus religiosos, que enseguida demostraron
ser enfermeros atentos, hábiles y paternales, que se esforzaban por considerar
y ver a Jesucristo en cada enfermo. Enseguida
abrió una segunda Casa en Nápoles, y después en Milán, Génova, Bolonia,
Florencia y otras ocho poblaciones de Italia. El Fundador se trasladaba de una
a otra, incesantemente, al galope de su caballo o navegando en pésimas embarcaciones.
Sufrió varios accidentes y pasó graves peligros. Repetidamente, su oración
calmó tormentas amenazadoras de naufragio. A su muerte, en 1614, había 15
casas, 8 hospitales y 200 religiosos. Hoy es una institución extendida por todo
el mundo, con casi dos mil miembros y 145 hospitales. Y
todo nació de aquel joven que en 1569 empezó a trabajar como enfermero en un
hospital de Roma, con ciertas inquietudes espirituales pero demasiado
aficionado a las cartas. «No tiene la menor aptitud para el oficio de
enfermero», sentenció el director al despedirle. Pero aquel hombre acabó
fundando una gran institución que, junto con otras semejantes, cambió
sustancialmente desde entonces el modo en que se atendía a los enfermos. Cuando
pensamos si somos o no dignos de recibir determinada misión por parte de Dios,
hemos de cuidarnos de que aquello no sea la excusa para quedarnos dignamente
recostados en la comodidad. No hay que pensar tanto en la indignidad personal,
sino en cuál es el designio de Dios para nosotros. Y
si resulta que tendemos a pensar mucho en nuestras muchas limitaciones, y hasta
las exageramos, pero solo cuando pensamos en la entrega a Dios, y en cambio,
para el resto de nuestra vida, ni consentimos que nos recuerden que tenemos
defectos, parece claro que nos falta rectitud en todo ese aparentemente humilde
planteamiento. —Pero
a todos nos suele parecer que nuestra aportación personal será muy pequeña y
tendrá poca trascendencia. Muchas
veces, las pequeñas aportaciones tienen mucha trascendencia. En Venecia, en la
plaza de San Marcos, sobre el dintel de una puerta, cerca de la Torre del
Reloj, hay un relieve que es un simple vaso. Pero un vaso que tiene su pequeña
historia. En 1310, algunas grandes familias de Venecia decidieron apoderarse
por la fuerza de esta pequeña República y una noche reunieron a todos sus
partidarios para asaltar el Palacio del Dux. Pero una viejecita que vivía
cerca, en la entrada de la mercería, al verlos, tiró un vaso de metal desde su
ventana para alertar a los guardias. Acudieron enseguida, y los conjurados,
creyéndose traicionados, abandonaron su intento. Aparentemente hizo poco: pero
con eso bastó para salvar la República. Y la República ordenó que se pusiese
ese vaso en el dintel de su casa como recuerdo. A
veces lo nuestro puede efectivamente ser una pequeña aportación, como la de
aquella anciana que arrojó a la calle un pequeño vaso de metal. Es cierto que
hay otras muchas personas con más virtudes y más cualidades. Pero si Dios nos
llama, nos dará la fortaleza y las cualidades necesarias. Así sucedió con
Moisés, que, a pesar de todo, al final hizo lo que Dios le dijo, y Dios dijo de
él: «Moisés es en toda mi casa el hombre de mi confianza». 30.
Hay otros mejor preparados Todos
los hombres son
superiores a nosotros en algún aspecto, y
en eso podemos aprender de ellos. Ralph
W. Emerson Rabindranath
Tagore cuenta la famosa historia de un mendigo que se encontró con el carruaje
del rey. «Posaste tu mirada en mí y bajaste sonriente. Sentí llegada la suerte
de mi vida. De repente, tendiste hacia mí tu mano derecha y dijiste: ¿qué vas a
darme?». El mendigo se quedó confuso y perplejo. Y cedió a la tentación del
egoísmo y de la pequeñez: le dio un grano de trigo. «Al declinar el día y
vaciar mi saco hallé una minúscula pepita de oro entre el puñado de granos
vulgares. Entonces lloré amargamente y pensé: lástima no haber tenido la
generosidad de dártelo todo». Aquel
pobre mendigo consideraba que tenía muy poco y, ante la petición de Dios, le
dio muy poco. Así nos sucede muchas veces a los hombres ante las peticiones de
Dios. Y al final del día, de la vida, lamentamos no haber tenido la generosidad
de darle más, de darle todo. —Pero
supongo que Dios llama sobre todo a personas de especiales cualidades. Quizá
pensamos siempre en ese otro que es más inteligente, mejor persona, con más
simpatía o más fe que yo. ¿Por qué Dios va a elegirme precisamente a mi? ¿A
Dios, qué más le da? ¿No podría, mejor, elegir a ese otro, que es mucho mejor
que yo? ¿Por qué, entre millones y millones de personas, tengo que ser
precisamente yo? No
hay respuesta fácil a esa pregunta. En el Evangelio se lee bien claro que
Jesucristo eligió a los que quiso, no a los mejores. Su elección forma parte
del misterio del insondable designio divino. Es algo que depende de la soberana
libertad del poder divino y que escapa a nuestra comprensión. No
tenemos que exigirle explicaciones a Dios, pero sobre todo, debemos pensar por
qué hacemos un planteamiento tan negativo de la entrega. Cuando Dios llama, ese
camino es el que otorgará mayor felicidad a esa persona. No hace falta tener
dotes extraordinarias, ni un nivel extraordinario de santidad. —Pero
supongo que, para ser llamado por Dios, habrá que tener un nivel alto de
perfección personal. «Para
responder a la llamada de Dios —afirma Benedicto XVI— y ponernos en camino, no
es necesario ser ya perfectos. Sabemos que la conciencia del propio pecado
permitió al hijo pródigo emprender el camino del retorno y experimentar así el
gozo de la reconciliación con el Padre. La fragilidad y las limitaciones
humanas no son obstáculo, con tal de que ayuden a hacernos cada vez más
conscientes de que tenemos necesidad de la gracia redentora de Cristo. Ser
santo no comporta ser superior a los demás; por el contrario, el santo puede
ser muy débil, y contar con numerosos errores en su vida.» No
te preocupes por tu falta de cualidades personales. Basta con luchar. En la
Francia del siglo XIX había miles de jóvenes de grandes virtudes que buscaban a
Dios y, de entre todas, la Virgen eligió a una aldeana enfermiza e ignorante de
un lugar sin importancia del Pirineo llamado Lourdes, muy atrasada en los
estudios para sus catorce años, pues no había aprendido a leer ni a escribir,
solo hablaba en su dialecto local y no sabía nada de catecismo. Piensa
también en los pastorcillos de Fátima. Los tres recibieron la misma gracia,
aunque de un modo distinto para cada uno: Lucia hablaba, Jacinta escuchaba,
Francisco solo veía. ¿Por qué Dios lo hizo así? No esperes una respuesta
simple. Él sabe cómo debe hacer las cosas. Y fueron santos, no porque se les
apareciera la Virgen, ni por sus grandes dotes personales, sino porque hicieron
lo que Ella les dijo de parte de Dios. —Pero
muchas veces será mejor esperar a tener más formación, dedicar unos años a
profundizar antes de tomar decisiones y recoger una mayor información sobre el
camino por el que Dios nos llama. A
primera vista, son consideraciones muy razonables. Lo que cada uno debe ver es
si no encubren un miedo a comprometerse, si acaso enmascaran un cierto egoísmo
con la excusa de la falta de una formación adecuada. Porque todos necesitamos
formación, pero procurando que eso no se convierta en una excusa para decir que
no, y procurando también que esa necesidad de formarse se concrete en medios
concretos para lograrlo. Podríamos referirnos a la figura del Santo Cura de
Ars, que luego veremos con más detalle: también advertía su falta de formación
mientras concluía sus estudios teológicos, pero puso todos los medios para
formarse y acabó siendo un gran santo. Hay
que leer, pensar, preguntar, informarse, tomarse tiempo, pero siempre
afrontando de cara los deseos de Dios, buscando la máxima rectitud por nuestra
parte. Y todo eso quizá no lleve demasiado tiempo. Lo decisivo quizá sea la fe
y la cercanía a Dios: cuando se cultiva, cuando se ponen los medios, Dios hace
el resto. —Es
natural que cueste dar ese paso, y que por eso se retrase. Al fin y al cabo, es
entregar mi vida, toda mi vida, como quien tira una moneda al agua. Sí,
es toda tu vida, pero tu vida y la mía son un regalo inmerecido de Dios. Y el
mejor destino que podemos darle es averiguar cuanto antes qué ha pensado Dios
para ella y seguir su designio. Y no solo porque esa vida nos la haya dado Dios
previamente —igual que el amor y la generosidad que hay en nuestro corazón—,
sino porque Dios nos ha creado con una misión y es para esa misión para lo que
mejor estamos preparados y donde más felices seremos. «Ser
santo —afirma Benedicto XVI— significa vivir cerca de Dios, vivir en su
familia. Esta es la vocación de todos nosotros. Para ser santos no es preciso
realizar acciones y obras extraordinarias, ni poseer carismas excepcionales,
sino que es necesario, ante todo, escuchar la llamada de Dios y seguirla sin desalentarse
ante las dificultades. Y cualquier forma de santidad, aun siguiendo sendas
diferentes, pasa siempre por el camino de la cruz, por el camino de la renuncia
a uno mismo. Las biografías de los santos presentan hombres y mujeres que han
afrontado a veces pruebas y sufrimientos, y su ejemplo es para nosotros un
estímulo para seguir el mismo camino y experimentar la alegría de quien se fía
de Dios, porque la única verdadera causa de tristeza e infelicidad para el
hombre es vivir lejos de Él.» —¿Y
si digo que no, es un pecado, una ofensa a Dios? Debe
ser el amor y no el miedo el que lleve a decir que sí a la llamada de Dios. «La
fe no quiere infundirnos miedo —continúa Benedicto XVI—, quiere llamarnos a la
responsabilidad. No debemos desperdiciar nuestra vida, ni abusar de ella, ni
conservarla solo para nosotros mismos.» 31.
La duda sobre las propias cualidades Las
causas perdidas son las únicas que
merece la pena defender; porque
las demás se defienden solas. Alejandro
Llano Juan
Bautista María Vianney nació en Dardilly, cerca de Lyon, en 1786. A los
diecisiete años, concibe el gran deseo de llegar a ser sacerdote. Su padre,
aunque buen cristiano, pone algunos obstáculos, que por fin logra superar. El
joven inicia sus estudios eclesiásticos en Ecully, dejando las tareas del campo
a las que hasta entonces se había dedicado. Un
santo sacerdote, el padre Balley, se presta a ayudarle. Pero el latín se hace
muy difícil para aquel mozo campesino. Aunque era de inteligencia mediana, sus
conocimientos eran extremadamente limitados. Sus dificultades parecen deberse a
la insuficiencia de su primera escolarización y a la avanzada edad a la que
comenzó a estudiar. Llega un momento en que toda su entusiasmo y su tenacidad
no bastan y empieza a sentir un enorme desaliento. Decide entonces hacer una
peregrinación, a pie, a la tumba de San Francisco de Regis, en Louvesc, para
pedir que logre superar esas dificultades, pero sus oraciones no parecen ser
escuchadas y continúa aprendiendo con gran lentitud. Por
entonces se presenta, además, un nuevo obstáculo. El joven Vianney es llamado a
filas, pues la guerra de España y la urgente necesidad de reclutas lleva a
Napoleón a retirar la exención que disfrutaban los estudiantes eclesiásticos.
Después de casi dos años de numerosos peligros y peripecias, Juan Bautista
reanuda sus estudios, primero en Verrières y después en el seminario mayor de
Lyón. Todos sus superiores reconocen su admirable conducta, pero insisten en el
poco provecho en los estudios, hasta que finalmente es despedido del seminario.
Intenta entonces, sin éxito, entrar en los hermanos de las Escuelas Cristianas.
Cuando ya parecía no haber solución, se cruza de nuevo en su camino el padre
Balley, que había dirigido sus primeros estudios. Se presta a continuar
preparándole, habló con sus profesores y, después de un par de años de gran
esfuerzo por parte de los dos, fue ordenado sacerdote en Grenoble en 1815, a
los 29 años de edad. Había acudido solo a esa ciudad, y nadie le acompañó tampoco
en su primera misa, que celebró al día siguiente. Sin embargo, se sentía feliz
de haber llegado a alcanzar lo que estaba convencido de que Dios le pedía,
aunque hubiera supuesto tantas esfuerzos y humillaciones. —Desde
luego, es un ejemplo de constancia en sacar adelante una vocación. Supongo que
muchas veces pensaría en abandonar, ¿no? Fue
ejemplo de tenacidad suya, y también de tenacidad de su maestro, el padre
Balley. Juan María estuvo muchas veces a punto de abandonar, pero su maestro le
alentó siempre. El tiempo pasaba y había que tomar una decisión. ¿Servía como
sacerdote o no? Todos tenían sobrados motivos para desconfiar de la calidad de
su formación teológica. Algunos se lo hicieron notar así al Vicario General de
Grenoble, que preguntó: «¿Es piadoso? ¿Sabe rezar el Rosario? ¿Tiene devoción a
la Virgen?». Le contestaron que era un hombre de profunda piedad y de una vida
santa. «Pues bien, yo lo recibo. Dios hará el resto.» Y Dios lo hizo. Fue unos
de los santos más grandes de la Iglesia. El
padre Balley fue el primero en reconocer y animar su vocación, y quien le animó
a perseverar cuando los obstáculos en su camino le parecían insuperables.
Intercedió ante los examinadores cuando suspendió el ingreso en el seminario
mayor, le ayudó en sus estudios y fue su modelo además de su preceptor y
protector. Además,
no consideró cumplida su misión con la ordenación de Juan María, sino que logró
que, como aún no había terminado sus estudios, fuera destinado a Ecully, con la
consideración de coadjutor suyo. Allí estuvo durante tres años, repasando la
teología y ayudándole en las labores parroquiales, hasta que el padre Balley
falleció. —¿Qué
sucedió después? Fallecido
su maestro en 1818, y terminados sus estudios, el arzobispado de Lyon le
destinó a un minúsculo pueblecillo, a treinta y cinco kilómetros al norte de la
capital, llamado Ars. No tenía siquiera la consideración de parroquia, ni había
tenido nunca sacerdote, sino que era simplemente una aldea dependiente de la
parroquia de Mizérieux, que distaba tres kilómetros. Tenía 370 habitantes. El
nivel moral era bastante bajo y la práctica religiosa muy reducida: los
domingos solo asistía a Misa un hombre y unas pocas mujeres. Comenzó
enseguida a visitar a sus feligreses, casa por casa. Atendía a los niños y a
los enfermos. Amplió y mejoró la iglesia. Ayudaba a los sacerdotes de pueblos
vecinos. Todo ello, acompañado de grandes penitencias personales, de intensa
oración y constantes obras de caridad. Se empleó a fondo en una labor de
moralización del pueblo, y no le faltaron calumnias y persecuciones, incluidas
acusaciones ante sus propios superiores religiosos. Y
en el ejercicio de las funciones de párroco de esa remota aldea francesa, fue
como el Santo Cura de Ars se hizo conocido en el mundo entero. No llevaba mucho
tiempo allí cuando la gente empezó a acudir a él desde otras parroquias, luego
de lugares más distantes, después de otras regiones de Francia y finalmente
desde países cada vez más lejanos. Su consejo era buscado por obispos, sacerdotes,
religiosos y laicos de toda edad y condición. El número de lo que acudían a
escucharle y confesarse pronto superó los trescientos peregrinos diarios.
Pasaba de dieciséis a dieciocho horas diarias en el confesonario. Personas
distinguidas visitaban Ars para de ver al santo cura y oír su predicación, en
la que, con un lenguaje sencillo, lleno de imágenes sacadas de la vida diaria y
de escenas campestres, transmitía una fe y un amor de Dios arrolladores. —¿Piensas
entonces que no es tanto cuestión de talento como de esfuerzo personal? Lo
fundamental es el designio de Dios, la propia vocación. Y la vocación no va
ligada necesariamente a grandes talentos, al menos según lo que muchos
entienden por talento. Una buena prueba de ello es el ejemplo de este pobre
sacerdote, que había hecho tan dificultosamente sus estudios, y a quien la
autoridad diocesana había relegado a uno de los peores pueblos de la diócesis,
pero que, sin embargo, acabó siendo consejero buscadísimo y guía espiritual de
millares y millares de almas. Desde
luego, para la santidad es preciso el esfuerzo personal, junto a la gracia de
Dios, que nunca nos falta, y hay que decir que el Santo Cura de Ars se
levantaba a la una de la madrugada para ir a la iglesia a hacer oración, y
antes de amanecer iniciaba su trabajo en el confesonario, y dedicaba todas sus
horas a la celebración de la misa, la atención de los peregrinos, la
explicación del catecismo y las confesiones. Su dedicación era tal, que con
frecuencia comía de pie en unos minutos, sin dejar de atender a las personas que
solicitaban algo de él. —Es
curioso que tuviera tanto éxito una persona así. Nadie lo hubiera predicho. Ya
recordarás lo que decía San Pablo, de que Dios escogió a los necios según el
mundo para confundir a los sabios, y la flaqueza del mundo para confundir a los
fuertes, de manera que nadie pueda gloriarse insensatamente delante de Dios. Dios
bendecía manifiestamente la entrega de aquel modesto sacerdote, en contra de
toda posible previsión humana. Una vida que todos auguraban gris y olvidada,
resultó ser asombrosamente fecunda y conocida. El que a duras penas había hecho
sus estudios, se desenvolvía con maravillosa firmeza en el púlpito, con enorme
soltura, sin haber tenido tiempo para prepararse. El que parecía de
inteligencia limitada, demostró un notable don de discernimiento de conciencias
y resolvía delicadísimos problemas de conciencia en el confesonario. Durante
cuarenta y dos años, de 1818 a 1859, se entregó ardorosamente al cuidado de las
almas en aquel pueblecillo, hasta el momento de su muerte. Sin moverse de allí,
logró, sin buscarla, una resonante celebridad. 32.
Nunca lo había pensado Las
grandes ideas son aquellas de
las que lo único que nos sorprende es
que no se nos hayan ocurrido antes. Noel
Clarasó El
7 de julio de 1935, un estudiante asiste a un día de retiro espiritual en la
Residencia universitaria de Ferraz, en Madrid, predicado por San Josemaría
Escrivá. El estudiante se llama Álvaro del Portillo y ha conocido al Fundador
del Opus Dei a través de Manuel Pérez Sánchez, un compañero suyo de la Escuela
de Ingenieros de Caminos de Madrid. Un
tiempo antes, Manolo, que estudia unos cursos por delante, había facilitado la
colaboración de Álvaro en las actividades asistenciales que llevan a cabo
varios estudiantes universitarios en las Conferencias de San Vicente de Paúl.
En ese grupo hay estudiantes de diversas carreras. Acuden sobre todo a la
parroquia de San Ramón, en el Puente de Vallecas. La zona está rodeada de
chabolas construidas a base de chapa y cartón, y prestan ayudas diversas, tanto
de tipo educativo como asistencial. La situación no es precisamente idílica,
pues desarrollan su labor entre gente que vive en condiciones difíciles y
muchas veces también en un clima hostil hacia la Iglesia. Con
frecuencia van juntos Álvaro y Manolo, pues les resulta muy fácil ponerse de
acuerdo en la Escuela de Caminos. Manolo ha conocido a San Josemaría hace un
tiempo, y varias veces le ha hablado de su compañero Álvaro del Portillo, y de
su idea de presentárselo más adelante. Álvaro es uno de los alumnos más
brillantes de la Escuela y, al tiempo, una persona amable y sencilla.
Finalmente, se decide a decírselo un día en que los dos se dirigen hacia el
Arroyo del Abroñigal, para visitar a una familia desvalida. A Manolo le cuesta un
poco iniciar la conversación, pues es algo tímido. Siempre recordará esto
después, al narrar esta escena, por la trascendencia que luego tuvo ese pequeño
vencimiento personal. Pero Manolo piensa que debe invitarle a conocer a aquel
sacerdote, y al final, bajando por aquel campo de cereales, le habla de
Josemaría Escrivá, y le invita a visitarle unos días después. La
primera entrevista con San Josemaría le impresiona profundamente. En aquella
brevísima conversación, de apenas cinco minutos, siente que el Fundador del
Opus Dei le toma en serio y trasluce gran afecto. Quedan en hablar más
despacio, largo y tendido, cuatro o cinco días después. Pero cuando acude
Álvaro, habían llamado a San Josemaría para atender a un moribundo, y no pudo
avisarle, porque no tenía su teléfono. Sin embargo, la imagen de aquel joven
sacerdote queda grabada en el alma de Álvaro y, cuando ya termina el curso
académico 1934-35, decide ir a verle de nuevo, con la idea de saludarle antes
de irse de vacaciones. «Me
recibió —evocaría años después— y charlamos con calma de muchas cosas. Después
me dijo: mañana tenemos un día de retiro espiritual, ¿por qué no te quedas a
hacerlo, antes de ir de veraneo? No me atreví a negarme, aunque mucha gracia no
me hacía.» Durante
ese retiro en la Residencia de Ferraz, ve con claridad una llamada divina que
no esperaba, y decide comprometer su vida en el Opus Dei. A partir de aquel 7
de julio de 1935, tiene clara conciencia de que su sí a Dios le compromete para
toda la vida. Ni en esos días, ni en los meses anteriores, hubo nada que le
hiciera presagiar que el Señor estaba a punto de llamarle. Había crecido en un
ambiente cristiano, comulgaba casi a diario, y rezaba el Rosario todos los
días, pero no era hombre inclinado hacia asociaciones piadosas ni
organizaciones eclesiásticas. No mantenía un trato habitual con sacerdotes, ni
había advertido ninguna señal de una posible llamada de Dios. Sin
embargo, aquel joven estudiante pronto fue el colaborador más directo de San
Josemaría y, a partir de 1975, su sucesor al frente del Opus Dei. Falleció en
1994, después de una vida de gran fecundidad, y ahora está en marcha su proceso
de beatificación. —¿Y
no es curioso que Dios haga ver la vocación así, de un día para otro? Da la
impresión de que algo tan precipitado no puede ser una vocación madura y
meditada. Puede
que no sea lo más habitual, pero así funcionan las cosas también en el amor
humano. No es infrecuente que una persona se enamore de otra así, de un día
para el siguiente. Y eso no tiene por qué significar inmadurez. —Pues
supongo que eso sucederá a personas especialmente entusiastas, que se sienten
impulsadas con mucha fuerza a seguir una vida de entrega a Dios. No
tiene por qué ser así. Álvaro del Portillo comentó en alguna ocasión que Dios
le dio al principio un notable entusiasmo por la vocación recibida, pero que,
al cabo de los meses, fue apagándose, dejando paso a una ilusión más
sobrenatural, que es la clave de la perseverancia. La entrega a Dios no se basa
en el entusiasmo, como tampoco la entrega en el matrimonio. Ha de haber un
fundamento más profundo, en el que no debe minusvalorarse la importancia de la
conciencia del deber y la abnegación. La vocación no es un estado de ánimo, ni
depende de la salud, ni de la situación profesional o familiar en que uno se
encuentre. Por encima del oleaje de la vida, con sus altos y bajos, con sus
dolores y sus alegrías, la vocación divina brilla siempre como un lucero en la
noche, señalando el rumbo de nuestro caminar hacia Dios. El
camino de la fe, o de la vocación, nunca es una marcha triunfal, sino un camino
salpicado de sufrimientos y de amor, de pruebas y de fidelidad que hay que
renovar todos los días. Es más, la conciencia de la propia debilidad, de la
posibilidad de no ser fiel, es la mejor preparación para evitar la presunción
que suele estar presente en las grandes caídas. Todos tenemos que aprender que
somos débiles y necesitamos ayuda y perdón. De ahí nace la confianza en Dios,
que nos hace capaces de seguirle hasta el final. —¿Y
crees que es corriente que una persona descubra su vocación un buen día, sin
haber pensado nunca en que pudiera ser su caso? No
puedo decir que sea lo habitual, pero sí bastante frecuente en la historia de
la Iglesia y la vida de los santos. Podríamos recordar, por ejemplo, el caso de
San Lorenzo de Irlanda. Siendo un adolescente, un enemigo de su padre, Dermot
Macmurrough, rey de Leinster, le mantenía como rehén. Su padre, el Sr. O’Toole,
capturó a doce capitanes de su enemigo y, para entregarlos, puso como condición
que le devolvieran a su hijo. Macmurrough aceptó, pero llevó al niño al
monasterio de Glendalough, para que apenas le devolvieran a sus hombres, los
monjes dejaran marchar a Lorenzo. Y sucedió que al chico le impresionó tanto la
vida del monasterio que pidió a su padre que le dejara quedarse allí. Su padre
accedió a los deseos de su hijo y con el tiempo Lorenzo llegó a ser un monje
tan excelente y de comportamiento tan ejemplar, que al morir el superior del
monasterio, en el año 1154, los monjes lo eligieron a él por unanimidad como
nuevo superior, aunque tenía solo veinticinco años. Y cuando falleció el
arzobispo de Dublín, en el año 1161, volvió a suceder lo mismo. Fue un gran
santo, y una figura egregia en la historia de la evangelización de su país, y
uno de los muchos santos que encontraron su camino de una forma totalmente
inesperada. 33.
Dejar pasar el tiempo Aprender
sin pensar es inútil. Pensar
sin aprender, peligroso. Confucio —¿Y
no es mejor dejar pasar el tiempo? Quizá esa inquietud luego se resuelva en
nada. Si tiene que venir, ya vendrá. Pienso
que es mejor resolver la duda, no dejarla correr sin más. C. S. Lewis, en sus
“Cartas del diablo a su sobrino”, explica con agudeza cómo la mayor parte de
las buenas acciones de los hombres dejan de realizarse simplemente por la
tendencia a no pensar seriamente en ellas, por dejarlo para después. «Es
curioso —comenta el diablo veterano a su sobrino, un tentador menos
experimentado— que los mortales nos pinten siempre dándoles ideas, cuando, en
realidad, nuestro trabajo más eficaz consiste en evitar que se les ocurran
cosas.» Y
cuenta cómo una persona estaba enfrascada en una interesante lectura y sus
pensamientos iban acercándose a comprender sus obligaciones con Dios. Su
tentador vio enseguida que sería inútil defender sus posiciones a base de
razonamientos, y dirigió su ataque, inmediatamente, hacia aquella parte del
hombre que tenía mejor controlada, y le sugirió que ya era hora de comer. El
hombre se resistió inicialmente, argumentando que aquellos pensamientos eran
mucho más importantes que la comida, a lo que el veterano diablo repuso que,
efectivamente, aquello era demasiado importante como para abordarlo con el
estómago vacío, y era mejor estudiarlo a fondo, con la mente despejada, después
de comer. Una vez en la calle, la tentación había ganado la batalla. Bastó con
hacerle fijarse en unas cuantas cosas del bullicio urbano, de modo que a los
pocos minutos estaba convencido de que cualquier idea rara que pudiera
pasársele por la cabeza a un hombre encerrado a solas con sus libros, una sana
dosis de “vida real” era suficiente para demostrarle que “ese tipo de cosas” no
pueden ser verdad. Muchas
veces, el principal trabajo de nuestros tentadores es, simplemente, alejarnos
de la tarea de pensar. La fe, o la vocación, no corren peligro habitualmente,
como muchos creen, por pensar demasiado, sino por sustituir el razonamiento por
unas sencillas percepciones acerca de si esas ideas son actuales o superadas,
modernas o convencionales, si se llevan o no se llevan, si tienen futuro o no.
La imagen sustituye a la argumentación, el flujo de experiencias sensoriales
inmediatas sustituye al flujo de la razón, y el barullo de la supuesta “vida
real” —sin preguntarse qué entiende por “real”— sustituye a cualquier análisis
profundo sobre el sentido de su vida. —A
veces rehuimos la tarea de pensar, pero puede darse el caso de que nos liemos
un poco de tanto darle vueltas a las cosas, y eso no es un buen modo de
dilucidar cuál es nuestro camino. Por
supuesto. Hay que conocerse a uno mismo. Si tenemos tendencia a complicarnos y
a cargar nuestra cabeza con extremos, puede darse eso que dices. Pero si
tendemos más bien a ser un poco tranquilos, o un poco frescos, es fácil que si
tenemos esas inquietudes no sean una obsesión ni un escrúpulo. —Pero
siempre piensas que hay muy pocos que se entreguen por completo a Dios, y que
por tanto es rarísimo que sea precisamente mi caso. Quizá
no son tan pocos, porque Dios no llama poco, sino que quizá hay pocas
respuestas generosas. Y, aunque fueran muy pocos, si esos pocos siguieran esa
argumentación que haces, aquello les llevaría al error sobre su propio camino. En
cambio, si te enfrentas con serenidad y honradez a esas inquietudes tuyas,
quizá compruebes que, a medida que avanzas, a medida que cotejas el relato de
tu vida con el del Evangelio, todo se va llenando de claridad. Y quizá también
de sorpresa. Esas preguntas que ayer te parecían para gentes extrañas o
lejanas, están ahí, ahora, más cerca, muy cerca, acechando tu rostro y tu alma.
«¿Y si me entregara a Dios?». Y te encuentras quizá respondiéndote de
inmediato, nervioso: «¡Calla!». Pero luego vuelve el pensamiento: «¿No me
estará queriendo decir Dios algo?». Son sugerencias, impresiones,
interrogantes, muchas veces imperceptibles —Dios habla bajito—, que te están
pidiendo respuesta. Quizá eludes la oración, o, cuando rezas, no quieres planteártelo a fondo. Hablas con Dios de mil cosas pero, como si fuese la soga en casa del ahorcado, pasas de puntillas sobre ese tema. ¿Por qué? Y si comprendes que debes ser más templado, para purificar el alma y ver claro, no te lo tomas en serio. Y si te das cuenta de que deberías comentarlo con una persona que pueda ayudarte de verdad, vas dando largas, y no lo haces. O ves que deberías hacer un re | |||