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La llamada de Dios

(anécdotas, relatos y reflexiones sobre la vocación)

 

1. El encuentro con la verdad sobre uno mismo

2. Palabras que hieren

3. Como modos hay de enamorarse

4. Los síntomas de la vocación

5. Casualidades

6. Capacidad de escucha

7. Detalles que a otros pasan inadvertidos

8. ¿Se me tiene que haber ocurrido a mí?

9. Un encuentro fortuito

10. Dios habla bajito

11. Darse por enterado

12. Así me hice cura

13. El joven rico

14. Superar el miedo

15. Mañana, mañana

16. Cambiar los propios planes

17. Perderlo todo

18. ¿Perder la libertad?

19. La sencilla palabra “sí”

20. La persecución de los bien intencionados

21. Dar la cara cuando no resulta fácil

22. Ser tomados por locos

23. La fuerza de la fe

24. La forja de una vocación

25. La vida a una carta

26. ¿Demasiado joven?

27. Demasiado pronto

28. ¿Es necesario ser célibe?

29. Las propias limitaciones

30. Hay otros mejor preparados

31. La duda sobre las propias cualidades

32. Nunca lo había pensado

33. Dejar pasar el tiempo

34. ¿Seré capaz de perseverar?

35. Veo que algunos han fracasado

36. ¿Es un camino cerrado?

37. A contraola

38. La noche oscura

39. ¿No es una lucha extenuante durante toda la vida?

40. El hijo pródigo

41. ¿Mi hijo Tomás, un simple fraile?

42. El hijo del pobre alguacil de Riese

43. Cuatro hijos sacerdotes

44. A él le debo la vocación

45. Hijos demasiados místicos

46. Es todavía un niño

47. Una incomprensión inicial

48. Dar la vida

49. Dios no era invisible

50. Arreglar al hombre

 

 

 

1. El encuentro con la verdad sobre uno mismo

Dios no habla,

pero todo habla de Dios.

Julien Green

 

Cuenta Maxim Gorki la historia de un pensador ruso que pasaba por una etapa de cierta crisis interior y decidió ir a descansar unos días a un monasterio. Allí le asignaron una habitación que tenía un cartelillo sobre la puerta en el que estaba escrito su nombre. Por la noche, no lograba conciliar el sueño y decidió salir a dar un paseo por el imponente claustro. A su vuelta, se encontró con que no había suficiente luz en el pasillo para leer el nombre que figuraba en la puerta de su dormitorio.

 

Fue recorriendo el claustro y todas las puertas le parecían iguales. Por no despertar a los monjes, pasó la noche entera dando vueltas por el enorme y oscuro corredor. Con la primera luz del amanecer distinguió al fin cuál era la puerta de su habitación, por delante de la cual había pasado tantas veces a lo largo de la noche, sin advertirlo.

 

Aquel hombre pensó que todo su deambular de aquella noche era una figura de lo que a los hombres nos sucede muchas veces. Pasamos por delante de la puerta que conduce al camino que estamos llamados, pero nos falta luz para verlo.

 

Por eso, saber cuál es nuestra misión en la vida es la cuestión más importante que debemos plantearnos cada uno, y que podemos plantear a quienes queremos ayudar a vivir con acierto. La vocación es el encuentro con la verdad sobre uno mismo. Un encuentro que proporciona una inspiración básica en la vida, de la que nace el compromiso, el cometido principal que cada persona tiene, y que quien es creyente percibe como los planes de Dios para él. La vocación incluye todo aquello que una persona se ve llamada a hacer, lo que da sentido a su vida.

 

—¿Y si no quisiera conocerla?

 

Quizá la mayor desgracia que puede sufrir una persona es desconocer la voluntad de Dios para ella. La vocación es como el reto que el Señor nos plantea en nuestra vida, lo que nos hará más felices que cualquier otra opción. Por eso, ayudar a otra persona a encontrar la voluntad de Dios para ella es la mejor caridad que se puede ejercer con ella. Porque no es una simple caridad que le pueda resolver una cuestión parcial o puntual, y que por tanto le dará un poco más de felicidad, sino que es algo que afecta al resultado global de su vida.

 

—¿Te refieres a la felicidad en la vida eterna?

 

Me refería a la felicidad aquí en la tierra, aunque, al fin y al cabo, son cuestiones muy relacionadas, pues, como decía San Josemaría Escrivá, «la felicidad del Cielo es para los que saben ser felices en la tierra». Los mandatos de Dios no encadenan, sino que potencian al hombre, lo desarrollan, lo dignifican, ensanchan su libertad, lo hacen feliz.

 

—Pero se puede desconocer la voluntad de Dios sin tener culpa de ello.

 

Siempre sería culpablemente, pues Dios da los medios para conocer su voluntad. Lo contrario sería injusto por su parte, y por tanto una contradicción.

 

El encuentro más profundo con la verdad, aparte de la fe, es la vocación. Al decir que sí nos ponemos en las manos de Dios. La vocación es una nueva luz, un acontecimiento que nos da una nueva visión de la vida. Una luz para acertar con nuestro camino y para no tropezar en él. Cuando cualquier persona descubre una verdad, debe procurar conformar su vida con esa verdad: esto es lo coherente, y lo propiamente humano. A su vez, cualquier ideal humano nace del descubrimiento de una verdad. Cualquier cambio en la vida de un hombre parte siempre del encuentro con una verdad. Y esto es algo universal: toda persona tiene verdades que le inspiran, y de ahí parten los compromisos que definen su vida.

 

—¿La vocación es encontrar una verdad, o es encontrar a Jesucristo?

 

Viene a ser lo mismo, pues en el Nuevo Testamento puede leerse bien claro que Él es la Verdad. Por eso, conocer cada vez mejor a Jesucristo es algo central para el discernimiento de la vocación. No se suele comenzar a ser cristiano, ni a entregarse a Dios, por una decisión ética, o por una gran idea, sino más bien por el encuentro con la persona de Jesucristo, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.

 

Por esa misma razón, con los relatos y reflexiones que van saliendo a lo largo de estas páginas no se pretende convencer a nadie dialécticamente acerca de lo que Dios pueda pedirle, sino que se busca ayudar a que cada uno tenga ese encuentro con Jesucristo, ya que, en definitiva, eso es la vocación. Las ideas, las anécdotas o los ejemplos de la vida de los santos, nos abren un panorama que nos invita a buscar ese encuentro. Porque, repito, la vocación es un encuentro personal con Jesucristo, no solo un compromiso con uno mismo. Es una llamada que pide respuesta dentro de nosotros. Aunque dentro de nosotros hay muchas respuestas, que pueden encarnar muchos modos de desarrollar nuestra vida, con más o menos generosidad, como un mediocre o como un santo. Nuestra vida puede ser muy distinta, según sean esas respuestas, porque, como dice un proverbio indio, allí donde el hombre pone la planta, pisa mil caminos. La libertad solo recorre un camino, pero está abierta a muchos.

 

Conocer a Jesucristo no es una mera curiosidad piadosa, un grado más en el camino de la vida ascética. También es mucho más que un fenómeno de la cultura. Es algo que afecta muy seriamente nuestra existencia. «Porque —como ha escrito José Luis Martín Descalzo— con Jesús no ocurre como con otros personajes de la historia. Que César pasara el Rubicón o no lo pasara, es un hecho que puede ser verdad o mentira, pero que en nada cambia el sentido de mi vida. Que Carlos V fuera emperador de Alemania o de Rusia, nada tiene que ver con mi salvación como hombre. Que Napoleón muriera derrotado en Elba o que llegara siendo emperador al final de sus días no moverá hoy a un solo ser humano a dejar su casa, su comodidad y su amor y marcharse a hablar de él a una aldehuela del corazón de África.

 

»Pero Jesús no, Jesús exige respuestas absolutas. Él asegura que, creyendo en él, el hombre salva su vida e, ignorándole, la pierde. Este hombre se presenta como el camino, la verdad y la vida. Por tanto —si esto es verdad— nuestro camino, nuestra vida, cambian según sea nuestra respuesta a la pregunta sobre su persona. ¿Y cómo responder sin conocerle, sin haberse acercado a su historia, sin contemplar los entresijos de su alma, sin haber leído y releído sus palabras?».

 

La convicción de que Dios existe no es una idea más. Creer no es añadir una opinión a otras. Muchas informaciones no nos importa si son verdaderas o falsas, pues no cambian nuestra vida. Pero, si Dios no existe, la vida es vacía, el futuro es vacío. En cambio, si Dios existe, todo cambia, la vida es luz, nuestro futuro es luz y tenemos una orientación para saber cómo vivir. Por eso, creer constituye la orientación fundamental de nuestra vida, nos hace encontrar el modo en que debemos vivir. Creer es seguir la senda señalada por la palabra de Dios. Y la elección de Dios que supone la vocación es una elección de amor, una iniciativa de Dios, que ha pensado lo mejor para cada uno de nosotros. Por eso, descubrir la propia vocación es descubrir el sentido de la propia existencia. Y el secreto de la felicidad está en hacer lo que Dios quiere de nosotros.

 

En los Evangelios pueden leerse numerosas escenas en las que el Señor pasa y llama. Llama y espera una respuesta. «Llamó a los que quiso», recalcan los evangelistas. Y relatan el caso de alguno que se ofrece y no es admitido. Han pasado veinte siglos, y hoy el Señor sigue llamando, y sigue llamando a quien quiere. Nadie «se apunta», es Él quien llama.

 

Una mirada al mundo muestra enseguida la inmensidad del trabajo pendiente. «Alzad los ojos y ved los campos, dispuestos para la siega». El campo está listo, las necesidades son enormes, pero los trabajadores son escasos y no dan abasto. La mies es mucha. ¿Cómo van a conocer a Dios si no hay quien dé testimonio de Él? Hacen falta más vocaciones, más personas que entreguen su vida para llevar la luz del Evangelio a todo el mundo, a los dirigentes de la sociedad, a los empresarios, a los intelectuales, a los abatidos, a los enfermos, a las zonas más remotas de la tierra, a quienes viven sin esperanza.

 

 

 

2. Palabras que hieren

 

La mediocridad, posiblemente,

consiste en estar delante de la grandeza

y no darse cuenta.

 

G. K. Chesterton

 

Como en otras jornadas anteriores, Leví el publicano estaba sentado en su banco, cobrando impuestos. Era su trabajo, aunque a muchos de sus contemporáneos les pareciera despreciable. Pero aquel día todo cambió. La voz de Jesucristo, que pasaba a su lado, sonó escueta e imperiosa: «Vio Jesús a un hombre sentado en el telonio, llamado Mateo, y le dijo: sígueme». Jesucristo se adentró en su vida para siempre, pidiéndole la entrega de todo cuanto era y cuanto tenía. Quizá no había pensado nunca en otro porvenir que el que le deparaba su trabajo. Pero ante la llamada del Señor, precisamente allí, en su trabajo, responde inmediatamente y acoge en su alma la vocación divina: «Él se levantó y le siguió».

 

Es una escena que desde entonces se ha repetido, paso a paso, en la vida de muchas personas. El Señor ha salido al encuentro de ellas con ocasión de su trabajo, de las cosas más cotidianas, y les ha llamado. Esa llamada, la vocación, es la gran pregunta del hombre, un interrogante que compromete toda su existencia: qué quiere Dios que sea yo. Dios da la vocación y, con ella, las luces para verla. Por nuestra parte, debemos allanarle el camino, salir a su encuentro con la oración y la rectitud de vida.

 

—Pero lo difícil es saber cómo en concreto podemos percibir cuál es la llamada de Dios.

 

Podremos percibir esa llamada de Dios de un modo apabullante y maravilloso, con una gran conmoción, como quizá nos gustaría. O bien, y esto es lo más corriente, con ese aire cotidiano, bajo el rostro de las cosas sencillas, de un amigo, de una noticia, de una conversación, de un libro.

 

Para cultivar una buena disposición hacia la llamada de Dios, es fundamental el espíritu de oración. La piedad popular ha representado a la Virgen en oración, cuando recibe la embajada del ángel. Es indudable que Nuestra Señora guardaba un recogimiento habitual, tenía un espíritu de oración que la dispuso a recibir el mensaje divino y a aceptarlo. Para percibir las llamadas de Dios es preciso tener esa orientación habitual hacia lo divino, saber escuchar la voz del Señor en medio de los afanes de la vida diaria, y después contestar, como ella, con un «Hágase en mí según tu palabra».

 

—¿Y qué tipo de cosas sencillas y cotidianas debemos observar en nuestra oración?

 

Examina tu corazón, en el que bulle quizá, desde hace tiempo, la ilusión de algo grande. Piensa si no será Dios el que te está hablando bajito, con las palabras de un amigo, tras la aparente monotonía de la vida. Considera quién golpea suavemente tu alma. Quizás lleve tiempo hablándote, y no lo hayas descubierto todavía, como le sucedió a aquellos dos discípulos que caminaban con Él hacia Emaús. Jesús caminaba a su lado, alejándose de Jerusalén, como un peregrino más. Les hablaba con el acento de su tierra. Solo cuando rezaron con Él se dieron cuenta de que habían estado largo tiempo junto al Señor sin saberlo. Y exclamaron: «¿No ardía nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino?».

 

Piensa qué palabras te han herido últimamente, casi sin saber por qué. No repares demasiado en quién te las ha dicho. Mira si hay recuerdos, inquietudes, deseos, afanes, que te encienden el alma. Y pregúntate si no será Jesucristo el que hace que arda tu corazón en el camino. Mientras tanto, vive alerta. Interroga los rostros y los sucesos. Ahí, entre la monotonía de los días iguales, puede estar llamándote Dios.

 

Quizá ahora te haces preguntas que nunca te habías hecho: ¿Qué sentido tiene esto que hago? ¿Vale la pena vivir así? ¿Vale la pena mi vida? ¿Por qué Dios permite esta circunstancia, y aquélla, y aquella otra? Y hay anécdotas, situaciones, comentarios, sugerencias, vivencias que antes pasaban inadvertidas y que ahora, en cambio, te llegan, te calan, te hieren. Adviertes, bajo esas circunstancias, un lenguaje enigmático con el que quizá Dios quisiera decirte algo por medio de unos signos insospechados y a la vez cotidianos.

 

—¿A qué te refieres con lo de los signos y el lenguaje enigmático?

 

Podemos recordar, por ejemplo, la historia de la vocación de San Francisco de Borja. Desde los dieciocho años estaba en la corte de Carlos V, y a los veintinueve fue nombrado virrey de Cataluña. Ese mismo año, recibió la misión de conducir los restos mortales de la emperatriz Isabel hasta la sepultura real de Granada. Él la había visto muchas veces rodeada de aduladores y de todas las riquezas de la corte. Al abrir el féretro para reconocer el cuerpo, la cara de la difunta estaba ya en proceso de descomposición. Cuando vio el efecto de la muerte sobre la que había sido la bellísima emperatriz, aquello le impresionó vivamente. Comprendió con gran nitidez la caducidad de la vida terrena, y tomó entonces su famosa resolución: «¡Nunca más servir a señor que se me pueda morir!».

 

Todo aquello fue un gran aldabonazo en su alma. Cuando falleció su esposa, y sus hijos estuvieron ya emancipados, renunció a sus títulos y posesiones en favor de sus hijos, tomó el hábito y recibió la ordenación sacerdotal en 1551. La noticia de que el Duque de Gandía se había hecho jesuita fue un gran bombazo en aquella época. Fue destinado a la casa de los jesuitas de Oñate y empezó a trabajar como ayudante del cocinero. Sus tareas eran acarrear agua y leña, encender la estufa y limpiar la cocina. También atendía la mesa con gran humildad. Sus superiores le trataban con la severidad que parecía exigir la nobleza de su origen, y el santo jamás dio por ello la menor muestra de impaciencia.

 

A los pocos años fue nombrado Superior de la Compañía de Jesús en España, y después fue elegido Padre General. Durante los seis años que desempeñó ese cargo, hasta su muerte en 1572, sus logros al frente de los jesuitas le valieron por parte de los historiadores el apelativo del más grande general tras el fundador San Ignacio de Loyola. Fundó lo que sería luego la Universidad Gregoriana, envió misioneros a los más lejanos puntos del planeta, asesoró a reyes y papas, y siguió de cerca los numerosos asuntos de la Compañía en rápida expansión. Sin embargo, a pesar del gran poder que tuvo en sus manos, San Francisco de Borja siguió la más humilde de las vidas, y fue ampliamente reconocido como santo aun antes de morir. Todo empezó en aquel episodio ante el féretro de la hermosa emperatriz. No fue el único que estaba allí presente en ese momento, pero Dios se sirvió de ese signo para remover su alma.

 

Unos siglos antes, en Florencia, un joven de familia noble y poderosa llamado Juan Gualberto ve como su único hermano muere asesinado. El día de Viernes Santo del año 1003, cuando tiene solo dieciocho años, cabalga rodeado de varios hombres armados, camino de Siena. En una revuelta del camino, se encuentra con un hombre al que reconoce al instante como el asesino de su hermano. No tiene escapatoria, ni posibilidad de hacer frente él solo a aquella aguerrida tropa. No le queda más remedio que someterse a la ley inexorable de la venganza, que exige su sangre. Todo esto ocurre en un momento. En un súbito arranque, inspirado por el sentimiento religioso, baja del caballo y, arrodillado con los brazos en cruz, le dice: «Juan, hoy es Viernes Santo. Por Cristo que murió por nosotros en la cruz, perdóname la vida». Juan se disponía a asestarle un golpe mortal, cuando el desdichado, viéndose ya perdido sin remisión, musitó: «Jesús, Hijo de Dios, perdóname Tú al menos». Juan arrojó su espada, bajó también de su caballo, levantó al asesino, le abrazó y le dijo: «Por amor a Cristo, por la sangre que hoy derramó Jesús en la cruz, te perdono».

 

La lucha entre la sed de venganza y la conciencia de su deber de cristiano, aunque duró breves instantes, debió de ser muy recia en el alma del joven caballero. Estaba allí cerca, a orillas del Arno, la abadía de San Miniato. Entró en la iglesia, se arrodilló ante la imagen de Cristo crucificado. Así pasó varias horas. Al irse, le pareció que el crucifijo se animaba y le hacía una inclinación de cabeza, como agradeciéndole lo que acababa de hacer por su amor.

 

Desde aquel día, Juan Gualberto no fue el mismo de antes. Sus pensamientos seguían otros derroteros, sus aspiraciones mundanas le parecían vanas. No pasó mucho tiempo antes de que llamara a la puerta de ese monasterio y pidiera al abad el hábito benedictino.

 

Entre tanto, la noticia llega al castillo de su padre, y el noble señor sale en busca de su hijo. No tarda en presentarse a la puerta de San Miniato. Juan se niega a marcharse. No quiere salir para evitar un encuentro violento. Su padre amenaza a los monjes con toda suerte de males. El abad invita al guerrero a pasar al interior de la clausura para hablar con su hijo. Al encontrarse con el nuevo monje, el noble señor lloró, se quejó amargamente de su ingratitud, pero acabó por bendecirle y dejarle que siguiera en paz su vocación. Fue un gran monje, y poco después fundó en los bosques de Vallumbrosa una nueva Orden, con muchos monasterios en Italia, y hoy es San Juan Gualberto.

 

—¿Y algún otro ejemplo, un poco más de nuestra época?

 

Por ejemplo, el de Ruth, una chica que a los veinte años ingresó en el Instituto de Hermanas de la Cruz, y cuyo testimonio conmovió a Juan Pablo II y al millón de jóvenes que le acompañaban en Cuatro Vientos, en el año 2003. «Antes de ingresar en el Instituto —explicaba la joven religiosa— llevaba una vida normal. Me gustaba la música, las cosas bellas, el arte, la amistad, la aventura. Había soñado muchas veces con mi futuro, pero un día vi por la calle a dos hermanas que me llamaron la atención por su recogimiento, su paso ligero y la paz de su semblante. Eran jóvenes como yo. Me sentí vacía y en mi interior oí una voz que me decía: “¿Qué haces con tu vida?” Quise justificarme: “Estudio, saco buenas notas, tengo muchos amigos”. Me quedé mirándolas hasta que desaparecieron de mi vista mientras yo me preguntaba: “¿Quiénes son? ¿Adónde van?”.

 

»Como Nicodemo, invité a Jesús en la noche de mi inquieto corazón, y en la oración entré en diálogo con Él. Con Él, sentí la llamada de tantos hermanos que me pedían mi tiempo, mi juventud, el amor que había recibido del Señor. Y busqué. Y me encontré con la mujer que estaba más cerca del misterio de la cruz de Jesús junto a María, sor Ángela de la Cruz. Ella se había configurado tanto con la cruz de Jesús que se hizo amor para los pobres que sufren. Me cautivó y quise ser de las suyas. Y aquí estoy, Santidad, consciente de lo que he dejado.

 

»He dejado todo lo que los jóvenes que están con nosotros esta tarde poseen: la libertad, el dinero, un futuro tal vez brillante, el amor humano, quizá unos hijos. Todo lo he dejado por Jesucristo, que cautivó mi corazón para hacer presente el amor de Dios a los más débiles en mi pobre naturaleza de barro.

 

»Tengo que confesarle, Santidad, que soy muy feliz y que no me cambio por nada ni por nadie. Vivo en la confianza de que quien me llamó a ser testigo me acompaña con su gracia. Gracias, Santo Padre, por su vida entregada sin reservas como testigo fiel del Evangelio, por fortalecer nuestra fe, avivar nuestra esperanza y abrir nuestro corazón al amor ardiente del que sabe perder su vida para que los demás la ganen. Gracias por su vida, que a muchos de nosotros nos ha marcado. Gracias por venir a decirnos a los jóvenes que el mundo necesita testigos vivos del Evangelio, que cada uno de nosotros podemos ser uno de esos valientes que se arriesguen a construir la nueva civilización del amor, porque lo que nosotros no hagamos, se quedará sin hacer.»

 

 

 

3. Como modos hay de enamorarse

 

Si quieres conocer a una persona,

no le preguntes lo que piensa

sino lo que ama.

 

San Agustín

 

La pregunta sobre qué quiere Dios de mí es una pregunta personalísima, de respuesta también personalísima. No hay recetas hechas. No hay fórmulas exactas para saber cuál es la propia vocación. Dios no se repite. No hay un atlas donde, como sucede con las estrellas, uno pueda buscar y reconocer la suya. Dios llama de modos tan distintos como modos hay de enamorarse. Nos llama y nos habla de forma singular. A algunos santos, Dios les sugirió oscuramente su vocación desde su niñez: a Santa Catalina de Siena con una visión, a San Juan Bosco con un sueño. Pero fueron la excepción, y además, ellos no descubrieron el significado de aquella llamada hasta bastante tiempo más tarde.

 

A veces, Dios da su gracia de un modo llamativo, casi estruendoso, como hizo con San Pablo. También fue tumbativa la conversión de Paul Claudel, un literato francés que había perdido la fe muy joven, y a quien, la noche de Navidad de 1886, un taxi lo dejó, por casualidad, a las puertas de Notre Dame, en París. Se quedó solo en la gran explanada, frente a la catedral. Contempló la imponente fachada gótica con el gran rosetón central, fulgurante y multicolor en la oscuridad. Se escuchaban los cantos que celebraban la Nochebuena. Decidió entrar. El templo estaba abarrotado. Se fue abriendo paso entre la multitud, hasta llegar junto a la imagen de la Virgen.

 

Y fue entonces, mientras escuchaba el “Magníficat”, cuando se produjo su conversión. «Yo estaba de pie entre la muchedumbre, cerca del segundo pilar a la entrada del coro, a la derecha del lado de la sacristía. Entonces fue cuando se produjo el acontecimiento que ha dominado toda mi vida. En un instante mi corazón fue tocado y creí. Creí, con tal fuerza de adhesión, con tal agitación de todo mi ser, con una convicción tan fuerte, con tal certidumbre, que no dejaba lugar a ninguna clase de duda, que después, todos los libros, todos los razonamientos, todos los avatares de mi agitada vida, no han podido sacudir mi fe, ni, a decir verdad, tocarla. De repente, tuve el sentimiento desgarrador de la inocencia, de la eterna infancia de Dios, de una verdadera revelación inefable. Al intentar, como he hecho muchas veces, reconstruir los minutos que siguieron a este instante extraordinario, encuentro los siguientes elementos que, sin embargo, formaban un único destello, una única arma, de la que la divina Providencia se servía para alcanzar y abrir finalmente el corazón de un pobre niño desesperado: "¡Qué feliz es la gente que cree! ¿Si fuera verdad? ¡Es verdad! ¡Dios existe, está ahí! ¡Es alguien, es un ser tan personal como yo! ¡Me ama! ¡Me llama!". Las lágrimas y los sollozos acudieron a mí y el canto tan tierno del Adeste Fideles aumentaba mi emoción.»

 

En su interior se mezclaban sentimientos contrapuestos. «La religión católica seguía pareciéndome el mismo tesoro de absurdas anécdotas. Sus sacerdotes y fieles me inspiraban la misma aversión, que llegaba hasta el odio y el asco. Esta resistencia mía duró cuatro años. Me atrevo a decir que realicé una defensa valiente. Y la lucha fue leal y completa. Nada se omitió. Utilicé todos los medios de resistencia imaginables y tuve que abandonar, una tras otra, las armas que de nada me servían. Esta fue la gran crisis de mi existencia, esta agonía del pensamiento sobre la que Arthur Rimbaud escribió: "El combate espiritual es tan brutal como las batallas entre los hombres. ¡Dura noche!". Los jóvenes que abandonan tan fácilmente la fe, no saben lo que cuesta reencontrarla, y a precio de qué torturas.»

 

Había en el interior de Paul Claudel un “hombre nuevo” que le empujaba a cambiar de vida. Pero seguía también el “hombre viejo”, que resistía con todas sus fuerzas y no quería entregarse a esta nueva vida que se abría ante él. «¿Debo confesarlo? El sentimiento que más me impedía manifestar mi convicción era el miedo a la opinión de los demás. El pensamiento de revelar a todos mi conversión y decírselo a mis padres…, manifestarme como uno de los tan ridiculizados católicos…, todo eso me producía un sudor frío. Y, de momento, me sublevaba, incluso, la violencia interior que se me había hecho. Pero sentía sobre mí una mano firme. (…) No conocía un solo sacerdote. No tenía un solo amigo católico. (...) Pero el gran libro que se me abrió y en el que hice mis estudios, fue la Iglesia. ¡Sea eternamente alabada esta Madre grande y majestuosa, en cuyo regazo lo he aprendido todo!».

 

Decidió entregarse a Dios. Al principio, pensaba que la vida religiosa era lo suyo. Pero al poco de estar en un convento le dijeron que probablemente aquel no era su camino. Volvió a insistir en otro lugar, un tiempo más tarde, y volvieron a decirle lo mismo. Le aconsejaron que pensara si quizá Dios no lo quería como fraile, sino en el ejercicio de la diplomacia y en el cultivo de la literatura. Entendió entonces que aquella era la voz de Dios, que le llegaba por encima de sus deseos e impresiones iniciales. Y fue un gran diplomático y una de las glorias literarias de Francia. Sirvió eficacísimamente a la Iglesia con su trabajo y con su pluma. Con el tiempo, comprendió que sus primeras decisiones fueron solo recodos de un camino que le llevaba derechamente a conocer la voluntad de Dios.

 

Esta suele ser la situación en la que se encuentra el alma antes de decidirse. No ve con nitidez, no escucha con claridad. Solo se tiene una inquietud, una intuición. Una llamada aún poco perceptible, pero muchas veces no por eso menos real. ¿Dónde me quiere Dios? ¿Para qué? Hay que aguzar el oído, rezar, insistir al Espíritu Santo que nos dé luz, pedir consejo.

 

—Pero quizá es mejor que estas cosas tan personales se decidan por uno mismo, sin dejarse influir por consejos de nadie.

 

Las decisiones personales importantes han de tomarse de modo personal, pero la gente inteligente y sensata las toma ayudándose del consejo de quienes le merecen confianza y autoridad moral. A veces desde fuera se ven las cosas con más objetividad, no porque desde fuera se vea mejor la vocación, sino porque desde fuera nos pueden ayudar a reflexionar sobre cómo son nuestras disposiciones de generosidad, o si, por su experiencia, juzgan que tenemos o no las condiciones necesarias para seguir un determinado camino en una determinada institución de la Iglesia.

 

La clave es a quién se pide ese consejo, y cómo se recibe. Hay que buscarlo en personas que posean la ecuanimidad y la rectitud necesarias para una cuestión tan importante. Y hay que recibirlo sin dejarse influir por quienes nos parece que nos empujan a seguir con precipitación un entusiasmo pasajero, y al tiempo sin dejarse convencer por quienes nos invitan a guiarnos por el egoísmo o a dejar siempre las cosas para más adelante.

 

Debemos pedir consejo a personas que tengan la necesaria rectitud y consideración hacia lo sagrado de la conciencia. A ese cuidado y esa solicitud se refería San Josemaría Escrivá cuando explicaba: «Si interesa mi testimonio personal, puedo decir que he concebido siempre mi labor de sacerdote y de pastor de almas como una tarea encaminada a situar a cada uno frente a las exigencias completas de su vida, ayudándole a descubrir lo que Dios, en concreto, le pide, sin poner limitación alguna a esa independencia santa y a esa bendita responsabilidad individual, que son características de una conciencia cristiana. Ese modo de obrar y ese espíritu se basan en el respeto a la trascendencia de la verdad revelada, y en el amor a la libertad de la humana criatura. Podría añadir que se basa también en la certeza de la indeterminación de la historia, abierta a múltiples posibilidades, que Dios no ha querido cerrar.»

 

Toda ayuda espiritual, igual que todo apostolado o proselitismo, es siempre dar luz a las personas para que cada una, día a día, vaya descubriendo su camino y lo siga. Quien da ese consejo, debe tenerlo presente; y quien lo recibe, debe comprender que, lógicamente, no basta con el consejo para resolver nuestro discernimiento, pues el discernimiento de la vocación es siempre personal. Es cierto que otros pueden ayudarnos mucho, como se ve en la historia personal de todos los santos a lo largo de la historia de la Iglesia.

 

Así sucedió, por ejemplo, a Santa Juana Francisca de Chantal. En el año 1601 falleció su marido, el Barón de Chantal, y ella quedó viuda con veintinueve años y cuatro hijos. Juana Francisca pedía constantemente a Dios que pusiera en su camino un director espiritual verdaderamente santo, capaz de ayudarla a conocer y cumplir su voluntad. En 1604 conoció a San Francisco de Sales, y enseguida comprendió que era la persona que ella buscaba. Juana Francisca se dedicó a educar a sus hijos, a administrar los muchos bienes que le había dejado su marido y a hacer numerosas obras de caridad con los pobres y enfermos que ella iba a visitar o que acudían al Castillo de Monthelon, donde vivía. Pasados los años, cuando sus hijos estuvieron ya preparados para valerse por sí mismos, ella decidió hacerse religiosa. Pero su familia se opuso totalmente. Su padre, que aún vivía, le suplicaba que no se alejara de los suyos, su hijo mayor se tendió por tierra ante el dintel de la puerta diciendo que tendría que pasar sobre él si quería irse. Pero ella seguía inconmovible en su determinación de seguir su vocación. Pasó sobre el cuerpo de su muy amado hijo, y casi desmayada por su inmenso pesar, encontró frente a la casa a su padre, se postró de rodillas ante él y, llorando, le pidió su bendición. El anciano le impuso las manos y le dijo: «No puedo reprocharte lo que haces. Ve con mi bendición. Te ofrezco a Dios como Abraham le ofreció a Isaac, a quien amaba tanto como yo a ti. Ve a donde Dios te llama y sé feliz en su casa. Ruega por mí.»

 

San Francisco de Sales encontró en Juana Francisca de Chantal la persona ideal para comenzar la fundación de una nueva comunidad de religiosas que visitaran a los pobres, de ahí su nombre de Hermanas de la Visitación de la Santísima Virgen. Resultó ser una mujer con grandes dotes de gobierno, que caminaba de ciudad en ciudad organizando nuevas comunidades en todas las provincias de Francia. Pero en 1622 falleció San Francisco de Sales y quedó ella sola al frente de una numerosa comunidad recién fundada. Buscó entonces la ayuda de San Vicente de Paul, que sería en lo sucesivo su director espiritual. Cuando fallece Juana Francisca, en 1641, hay ya ochenta y tres conventos de la Visitación en varios países de Europa. Todos sus parientes se alegrarán después y se felicitarán por pertenecer a la familia de una persona de tanta fama de santidad. Y ella siempre estuvo enormemente agradecida a la ayuda y el consejo que recibió de personas tan santas, que supieron orientarla con sabiduría y fueron decisivas para conocer su propia vocación y ser fiel a ella.

 

 

 

4. Los síntomas de la vocación

 

Poca observación y muchas teorías llevan al error.

Mucha observación y pocas teorías llevan a la verdad.

 

Alexis Carrel

 

—¿Y cuáles son los síntomas de la vocación?

 

La vocación suele presentarse al principio como una serie de pequeñas inquietudes, de conmociones interiores. Quieres hacer algo grande en tu vida. Sientes que Dios espera algo más de ti. Te preocupa el dolor de los hombres. Te gusta la vida que ahora llevas, pero sientes que falta algo. Son signos que se parecen al oleaje de un mar interior, que anuncia una profunda y decisiva sacudida espiritual. Como susurros lejanos de una llamada definitiva, que llegará a su hora.

 

—¿A qué hora?

 

A la mejor hora, a la hora que Dios haya pensado. Son barruntos de amor que preparan el alma hacia la generosidad de la entrega. Esas inquietudes quizá son síntomas de la vocación, señales que sirven para alertar el corazón y urgirle a luchar, a rezar, a esperar con el oído atento a lo que Dios quiera decirnos. Cada uno debe asegurarse de que actúa con diligencia, que no se duerme mientras Dios habla, que no hace oídos sordos a sus llamadas.

 

—¿Y puede que esos indicios sean un poco cambiantes, que “vayan y vengan”?

 

Cuenta Santa Teresa cómo en su alma adolescente iban y venían «estos buenos pensamientos de ser monja», pero «luego se quitaban, y no podía persuadirme a serlo». Es un fenómeno totalmente natural. Quizá hemos oído hablar ya muchas veces sobre la vocación, pero nunca hemos visto claro que sea nuestro camino, pero tampoco lo hemos descartado. Se trata de algo habitual en la mayoría de las decisiones de cierta relevancia en cualquier persona: ¿debo orientar en este sentido mi vida profesional? ¿será ésta la persona con quien debo casarme? ¿no debería cortar con esta mala costumbre que se ha introducido en mi vida?

 

Es frecuente que la voz de Dios tarde en esclarecerse, que no se escuche al principio con nitidez, quizá porque precisamos de una mejora en nuestra sensibilidad interior, y eso a veces lleva su tiempo. Debemos hablarlo con Dios en la oración, y mejorar nuestras condiciones personales para que esa semilla pueda germinar. Y quizá pedir consejo a quien realmente nos ayude a exigirnos y nos oriente para descubrir la voluntad de Dios, en vez de a quien siempre nos dice que no nos compliquemos la vida.

 

—Pero hay que escuchar el consejo de unos y de otros, no solo el de los que nos animan en un sentido.

 

Es bueno escuchar a todos, y debemos tener la madurez necesaria para escuchar opiniones a favor o en contra sin dar bandazos. Pero el acierto en una decisión no proviene de la media aritmética de las opiniones de los que están a favor o en contra. Hay que estar en guardia, por eso, tanto contra el entusiasmo precipitado y el optimismo ingenuo, como contra el sutil engaño de ampararnos en las opiniones que justifican las decisiones cómodas y egoístas.

 

—Quizá es mejor entonces no consultar con nadie y decidir por uno mismo.

 

Es una opción respetable. Pero toda persona con cierto nivel de responsabilidad en la vida profesional, o social, o política, busca el consejo de personas experimentadas. Para llegar a buen puerto es buena cosa contar con un buen guía, tanto si es puerto de montaña, o de mar, o de la vida espiritual.

 

Lo digo porque, a veces, ante la perplejidad de la duda, nos refugiamos en el aturdimiento de la frivolidad, de los días vacíos o del vértigo del atolondramiento. Y quizá entonces, aunque sea casi inconscientemente, eludimos las conversaciones o lecturas que nos hacen afrontar esas inquietudes.

 

No es un fenómeno nuevo ni extraño. Así ha sucedido a los santos. San Juan Bosco quería ser franciscano, pero en el fondo lo que le movía a pensarlo era el temor a no perseverar en otro lugar. Y escuchó, durante uno de sus sueños: «Otra mies te prepara Dios.» Se lo contó a su confesor, que le dijo que en esos temas él no entraba. Bosco quedó sumido en la perplejidad. Pero Dios no abandona nunca a los que le buscan con sincero corazón, y un herrero amigo suyo le sugirió consultarlo con Don Cafasso, un sacerdote conocido por su sensatez y por su sentido sobrenatural. Don Cafasso le dio un consejo decisivo para su vida, pues le animó a seguir con sus estudios y a esperar una luz del cielo que no le había de faltar, como no le faltó. Y fue un gran santo, y fundador de una de las órdenes religiosas que mayores servicios ha prestado a la Iglesia.

 

—Pero creo que es importante asegurar que el consejo que pedimos sobre la vocación no resulte luego ser un consejo interesado.

 

Por supuesto. Es muy grande la responsabilidad de los que aconsejan a las personas que se plantean la posibilidad de entregarse a Dios. Son asuntos muy serios, y por eso quienes aconsejan sobre estos temas deben cuidar mucho su rectitud, para no confundir sus propios deseos con los del Espíritu Santo.

 

—¿Y crees entonces que una persona puede aconsejar con rectitud sobre la vocación a su propia institución?

 

Pienso que sí. Si esa persona es sensata, en absoluto querrá encaminar hacia su camino a alguien sin vocación para ese camino, porque en ese caso hará daño al interesado, a sí mismo y a la institución a la que teóricamente favorece. Porque la gente sin vocación no persevera.

 

Los fundadores han solido aconsejar mucha prudencia a la hora de aconsejar sobre la vocación. Por ejemplo, San José de Calasanz decía: «No temáis abrir cien puertas en lugar de una para que salgan todos y cerrar noventa y nueve y media para permitir la entrada a los que se presenten». Y el propio San Pablo, en su primera carta a Timoteo, recalca la importancia del discernimiento: «No te precipites en imponer a nadie las manos, no te hagas partícipe de los pecados ajenos» (I Tim. 5, 22).

 

Me parece que no hace falta poseer mucha perspicacia para advertir si una persona nos aconseja con rectitud o no. Pero, desde luego, haber seguido un camino no invalida para aconsejar sobre él, sino que quizá es al revés, como lo demuestra el hecho de que la mayoría de las vocaciones fieles y felices han nacido del consejo de alguien que ha servido de referencia para seguir ese mismo camino. Igual sucede, por ejemplo, con la vocación profesional, donde es muy normal que el testimonio de la vida de una persona sirva para despertar ese deseo latente, para hacerlo germinar y crecer, y para ayudar a discernir si se trata o no de su camino. No puede olvidarse que Dios, para dar a conocer su voluntad, se sirve ordinariamente de las personas que tenemos a nuestro alrededor.

 

Como es lógico, lo que nadie puede atribuirse es ningún tipo de exclusiva o de infalibilidad en el discernimiento, ni de iluminaciones especiales sobre el discernimiento de la vocación de los demás. Como decía Benedicto XVI en un encuentro con sacerdotes: «No pretendo ser aquí ahora como un "oráculo" que responda de modo satisfactorio a todas las cuestiones. San Gregorio Magno dice que cada uno debe conocer “infirmitatem suam”, sus limitaciones, y esas palabras valen también para el Papa. O sea, que también el Papa, día tras día, debe conocer y reconocer “infirmitatem suam”, sus límites. Debe reconocer que solo colaborando todos, en el diálogo, en la cooperación común, en la fe, como cooperadores de la Verdad, de la Verdad que es Jesucristo, podemos cumplir juntos nuestro servicio, cada uno en la parte que le corresponde. En este sentido, mis respuestas no serán exhaustivas, sino fragmentarias.»

 

Cuando alguien aconseja sobre la vocación de otro, no debe seguir sus propias opiniones, ni sus propios deseos, sino que por encima de todo debe ayudar a averiguar el deseo de Dios. Así lo explicaba Benedicto XVI en la homilía de inicio de su pontificado, aludiendo a que no tenía programa propio de gobierno y a que su papel no era imponer sus ideas: «Mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino de ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por Él.»

 

Nadie puede asegurar o negar con rotundidad al hablar del discernimiento de la vocación de otra persona. Pero una persona sí puede ayudar en ese discernimiento a otra. Puede realizar una labor de acompañamiento espiritual que arroje luz en esa tarea personal de encontrar el camino que marca Dios. Porque Dios tiene pensado algo para cada uno, y tiene pensado también un modo de hacérnoslo saber —lo contrario no tendría sentido—, y da igual el modo por el que Dios siembre en nuestra alma esa inquietud. Lo importante, y lo que con frecuencia más falta, es la respuesta, cara a Dios.

 

 

5. Casualidades

 

Si no esperas lo inesperado

no lo reconocerás cuando llegue.

 

Heráclito

 

«Durante cinco años —cuenta el filósofo francés Jean Guitton— fui prisionero de guerra en un campo de concentración destinado a oficiales, cuyo número ascendía a cinco o seis mil hombres.

 

»Aquellos hombres, obligados a la reclusión, privados de la familia que habían formado o esperaban formar, no podían evitar las reflexiones sobre la condición humana. Recuerdo que, durante un triste atardecer, no sabíamos qué hacer, y uno de nosotros imaginó un extraño juego: cada uno debía contar de qué modo su padre había conocido a su madre.

 

»Como fácilmente se adivinará, todas las historias, pese a ser muy distintas, se parecían. Lo que había provocado el amor del hombre por la mujer o de la mujer por el hombre era, a menudo, un pequeño detalle: el hecho de perder un tren, una mirada, una simple palabra, un silencio más prolongado...

 

»Tras estas confidencias, en el barracón de los prisioneros se produjo un silencio metafísico. Cada uno de nosotros comprendía que aquello en virtud de lo cual uno mismo existía, había sido originado por algo insignificante, por un encuentro, por un rasgo en un rostro, por el color de unas pupilas. Cada uno de nosotros comparaba la desproporción entre el origen de su ser —una casualidad, un movimiento emotivo—, y su propio ser, y comprendía que estaba ante un misterio, ante la desproporción entre algo fugaz y aleatorio, por una parte, y el universo espiritual, surgido de este hecho accidental, por otra.»

 

El desarrollo de un amor, o de la lealtad a una decisión, suele comenzar de modo tan modesto y casual como el recogido por Guitton en este recuerdo autobiográfico. Hay frecuentemente una notable desproporción entre los inicios sencillos, y en apariencia quizá intrascendentes, de un afecto, y el amor ardiente e incondicionado que ese afecto está llamado a ser. El amor humano, como el sobrenatural, ha de atravesar necesariamente un conjunto de etapas, fases e incidencias, que son parte esencial de la biografía de la persona, y forman la historia de la fidelidad a lo que Dios le pide. Sucede con el amor, y sucede también, por ejemplo, con el proceso de muchas conversiones. Se podrían contar miles de casos.

 

«Me llegó una carta —contaba la Madre Teresa de Calcuta— de un brasileño muy rico. Me decía que había perdido la fe; pero no solo la fe en Dios sino también la fe en los hombres. Estaba harto de su situación y, de todo lo que lo rodeaba, y había adoptado una decisión radical: suicidarse. Un día, en que aquel hombre iba de paso por una abarrotada calle del centro, vio un televisor en el escaparate de una tienda. El programa que estaba transmitiendo en aquel momento había sido rodado en nuestro Hogar del Moribundo Abandonado de Calcuta. Se veía a nuestras Hermanas cuidando a los enfermos y moribundos. El remitente me aseguraba que, al ver aquello, se sintió empujado a caer de rodillas y rezar, tras muchos años en que no había hecho ninguna de ambas cosas: orar arrodillado. A partir de aquel día recobró su fe en Dios y en la humanidad, y se convenció de que Dios lo seguía amando.»

 

Las llamadas de Dios son distintas para cada uno. Y no faltan las veces en las que la llamada se presenta bajo la apariencia de un error. Un día del año 1588, un joven napolitano llamado Ascanio Caracciolo recibe por error una carta de Agostino Adorno, pidiéndole consejo acerca de la idea de fundar una nueva comunidad religiosa y proponiendo su colaboración. En realidad, la carta estaba dirigida a otra persona, que tenía idéntico nombre y apellido, pero él, al leerla, encontró que eso era precisamente lo que había deseado por muchos años. Fue a entregarla a su destinatario, estuvo charlando con él, y decidió formar parte de esa nueva institución, los Clérigos Regulares Menores, de la que fue prácticamente su cofundador. Dios se sirvió de aquel error humano para dar a conocer su vocación a aquel joven, que acabaría siendo San Francesco Caracciolo.

 

Dios habla a cada alma con un lenguaje distinto, personal. Tiene una llave distinta, un “password” personal para el alma de cada uno. Y evoca recuerdos y situaciones que solo cobran sentido para cada uno. A Natanael le dice: «Antes que Felipe te llamase, te vi yo, cuando estabas debajo de la higuera». Nunca sabremos qué sucedió exactamente en su interior, pero aquello fue lo que le movió a seguir al Señor. Por eso, no debemos menospreciar las pequeñas insinuaciones de Dios que provienen de cosas que leemos, o que se nos ocurren, o que nos acordamos, o que nos dicen. Pueden ser pequeños oleajes interiores en la superficie aparentemente calmada de nuestra vida, o una mar de fondo con la que quizá Dios nos esté queriendo decir algo.

 

—Parece entonces que la vocación esta llena de casualidades…

 

No se trata de fundamentarse en las casualidades, sino de buscar los designios de Dios a través de las cosas ordinarias que la Providencia pone en nuestro camino. Y eso no es tanto “casualidad” como “causalidad”.

 

No es propiamente casualidad, por ejemplo, que San Maximiliano Kolbe escuchara en una homilía de domingo de 1906 la noticia de que se abría un nuevo seminario franciscano en Lvov, y que aquello removiera sus inquietudes vocacionales y se decidiera a ingresar allí a los pocos meses. No es casualidad que San Juan de Dios escuchara en Granada en 1539 la predicación de San Juan de Ávila y que aquello le hiciera cambiar de vida por completo. No fue casualidad tampoco que San Camilo de Lelis tuviera que acudir al Hospital de Santiago, en Roma, para curar una herida, y que allí descubriera su llamada a fundar una Orden Hospitalaria, en 1582. Podrían citarse millones de aparentes casualidades que Dios tenía previstas para hacernos ver sus designios para nuestra vida.

 

—De acuerdo, pero no todas las casualidades que nos acontecen en la vida son un designio de Dios, porque entonces podríamos volvernos locos viendo signos por todas partes.

 

No se trata de interpretar cada pequeña cosa como un mensaje de Dios, o como un presagio o una señal divina que nos indica qué debemos hacer. Pero también es cierto que nada de lo que nos sucede es simple casualidad. Tejemos nuestra vida, día a día, con gracia y libertad, bajo la mirada de Dios, que se propone en todo una finalidad. Todo sucede por algo y para algo. Dios no dispone las cosas, la vida de una persona, para que esté ahí, sin más, sin sentido: nacer, vivir, morir, sin un porqué ni un para qué.

 

Dios acompaña cada uno de nuestros pasos, tantas veces vacilantes. Nos descubre lo necesario para que a su vez nosotros descubramos el sentido de nuestra vida. Suele hacerlo poco a poco, sin avasallar, buscando en nosotros una respuesta paulatina, un diálogo de generosidad entre sus llamadas y nuestras respuestas. Quizá ha esperado durante mucho tiempo y ahora empieza a descubrirte su querer, o quizá lo intenta desde hace tiempo y ahora empiezas a verlo.

 

—Pero esas casualidades pueden ser simplemente medios de los que se sirve Dios para hacernos ver cuestiones en las que mejorar.

 

Sí, y si respondemos con generosidad, seremos cada vez mejores, y quizá Dios nos irá haciendo nuevas llamadas hasta desvelar cada vez más su designio para con nosotros.

 

—¿Y a Dios no le basta con que seamos “buenas personas”, nada más?

 

Toda persona con un mínimo de formación tiene sus proyectos de futuro, su ilusión profesional, sus deseos de hacer algo por luchar contra la pobreza, contra la ignorancia, contra la injusticia, en definitiva, tiene sus horizontes en la vida. Cuando alguien dice que se conforma con ser buena persona, sin más, da la impresión de que con eso pone unos límites bastante cortos a esos horizontes. Que alberga buenos deseos, pero no está dispuesto a perder comodidades. Eso sería vivir una existencia sin relieve, en la que a veces surge una cierta inquietud, un «quizá debiera…», pero que enseguida queda acallado con un «mañana, mañana... », como sucedía a San Agustín.

 

Toda vocación es una llamada a desprenderse del pequeño horizonte de la vida ordinaria, para comprometerse en una obra más grande. Es cierto que la concreción de esos grandes ideales, la plasmación concreta del querer de Dios, se presenta a veces como algo incómodo, lleno de responsabilidades y exigencias, como si fuera la página siguiente de un libro cuya lectura no deseas proseguir, porque prefieres seguir embotado de presente, acomodado a la pequeña felicidad del conformismo. Todo eso puede suceder, pero quizá un día, de repente, casi sin darte cuenta, en el momento y lugar más insospechados, te encuentras delante de un Dios que quiere decirte algo, no sabes bien qué.

 

Algo así le ocurría a Santa Teresa de Ávila. En su caso, Dios actuó de una forma extraordinaria, distinta de lo que será habitual para nosotros. Ella quería ser buena persona y, al tiempo, huir de la oración, por miedo a conocer con más detalle las llamadas que Dios le hacía. Quiso convencerse también de que no había nada de malo en continuar con tratos y conversaciones que le estaban conduciendo a la frivolidad y enfriaban su alma. «Y fue muchos años los que tomaba esta recreación pestilencial; que no me parecía a mí —como estaba en ello— tan malo como era, aunque a veces claro veía no era bueno; mas ninguna no me hizo el distraimiento que ésta que digo, porque la tuve mucha afición. Y estando otra vez con la misma persona, vimos venir hacia nosotros —y otras personas que estaban allí también lo vieron— una cosa a manera de sapo grande, con mucha más ligereza que ellos suelen andar. De la parte que él vino no puedo yo entender pudiese haber semejante sabandija en mitad del día ni nunca la habido, y la operación que hizo en mí me parece no era sin misterio. Y tampoco esto se me olvidó jamás. ¡Oh grandeza de Dios, y con cuánto cuidado y piedad me estabais avisando de todas maneras, y qué poco me aprovechó a mí!».

 

 

6. Capacidad de escucha

 

Cuando el aprendiz está maduro

encuentra siempre a su maestro.

 

Alejandro Llano

 

Samuel era hijo de Elcana y de Ana. Vivía junto al sumo sacerdote Helí. Y una noche Dios quiso mostrarle su vocación. Samuel descansaba en una habitación cercana a la de su maestro, cuando escuchó una voz —«Samuel, Samuel»— que le llamaba por su nombre.

 

Se extrañó. A nosotros nos hubiese sucedido lo mismo. Pensamos que Dios debe llamarnos tal y como nos lo imaginamos. Y naturalmente, dentro de nuestro horario de visita. ¿A quién se le ocurre venir a media noche?

 

Samuel se sobresaltó. Y luego le entró la duda. Esa llamada que creía sentir, ¿era fruto de su imaginación, del sueño..., o era efectivamente un deseo real de Dios? Podría haber seguido durmiendo. Podría haber esperado a la mañana siguiente. Podría haber pensado que era una de tantas cosas un poco extrañas que se imagina uno a veces. Aquello había sido solo una llamada vaga en el silencio. Pero se levantó y fue a despertar a Helí. Escuchó una voz que llamaba en la intimidad del alma, y acudió a quien pensaba que le podía dar un buen consejo.

 

Pero Helí no había oído nada. Sin embargo, no se sorprendió de aquella llamada nocturna de Dios. Era un hombre experimentado. Sabía que Dios a veces alterna urgencias y silencios, llamadas fuertes con otras más leves. Que muchas veces desea que nosotros tomemos la iniciativa. Que nos prueba, para ver si estamos receptivos, si nos levantamos del sueño, si nos atrevemos a hablar.

 

—Pero la vocación es algo que se descubre de modo personal delante de Dios, no hablando con otro hombre.

 

La vocación es un querer de Dios, es verdad. Luego viene la respuesta generosa del hombre al que Dios llama. Pero, de ordinario, falta un tercer elemento: la aceptación de esa respuesta por... otro hombre.

 

—Pero eso es supeditar la vocación a otro hombre…

 

Si nuestra vocación está encuadrada en una institución de la Iglesia, y muchas veces incluso aunque no lo esté, al final, casi siempre tenemos que hablar con un hombre. Somos seres corporales, no ángeles ni espíritus. Dios suele manifestar su voluntad mediante signos y medios externos, además de los internos y espirituales. Y entre esos medios externos están algunas personas que con frecuencia Dios utiliza como instrumentos en el camino de nuestra vida. Como es lógico, esas personas no otorgan la vocación, pero sí tienen la obligación de discernir si la persona que tienen delante posee la suficiente madurez para ser admitida en ese seminario, en ese noviciado, o en esa institución, del tipo que sea, a la que esa persona se siente llamada.

 

Deben comprobar, en lo posible, si ese candidato siente en su alma una inclinación hacia un determinado camino movida quizá sobre todo por un sentimentalismo pasajero, o por un desconocimiento de la realidad de ese camino. O si esa pretendida vocación de misionero no es en realidad una atracción algo infantil hacia la aventura, o hacia los viajes por África, o es una ilusión poco sobrenatural. O si desea permanecer célibe sobre todo por miedo a la difícil realidad del matrimonio. O si aspira a ser sacerdote simplemente para emular al admirado amigo, o a un brillante hermano mayor. O lo que sea.

 

Dios se sirve de ordinario de un hombre para verificar la autenticidad de esa llamada que se siente o se cree sentir. La Iglesia valora cuidadosamente que los que se entregan al servicio de Dios lo hagan libremente, con conocimiento de causa, y que posean la madurez psicológica e intelectual adecuadas a sus circunstancias. Cuando alguien siente una vocación y llama a una puerta, quienes estén tras esa puerta deberán tomar las cautelas oportunas para asegurar en lo posible que ese impulso está motivado por una recta intención, por un deseo de servir a Dios. Y han de cerciorarse de si el candidato posee la necesaria integridad moral, si tiene la necesaria vida de oración, si goza de la salud física o psíquica imprescindible para ir adelante por ese camino.

 

—¿Qué tiene que ver la salud con la vocación?

 

Tiene su relación, pues no sería acertado, por ejemplo, admitir a una persona en una institución de la Iglesia cuyo tipo de vida desgastara su salud y le arruinara física o psíquicamente. Quienes son responsables de esa institución tienen que valorar si esa persona es idónea para ese camino o si tiene algún impedimento que le imposibilite cumplir con las obligaciones específicas de esa vida de entrega.

 

A veces, esa falta de salud hace dar un giro en el camino de la entrega a Dios, y eso es parte de su sabia providencia. Así sucedió, por ejemplo, a Santa Juana de Lestonnac, que en al año 1597 había quedado viuda al fallecer su esposo, el barón de Landirás y de la Mothe. Ella ya había considerado en su juventud la posibilidad de ser religiosa, y esa antigua idea fue madurando en su nueva situación. Seis años más tarde, en 1603, cuando sus hijos tienen ya la suficiente independencia, decide abandonar Burdeos e ingresar en un monasterio cisterciense de Toulouse. Su felicidad en la vida religiosa es muy grande, pero la rigurosa forma de vida del monasterio agota sus fuerzas y su salud empeora de día en día. Ella prefiere la muerte antes de ser infiel a su Dios, pero la superiora le indica que su falta de salud es muestra de que aquel no es su camino, y que es preferible seguir la prescripción facultativa y regresar a su casa. Aquella noche, mientras su alma se esfuerza en aceptar la voluntad divina y el consiguiente cambio de planes, Dios le hace ver que debe iniciar una obra en beneficio de la juventud femenina. En aquella velada última de oración en su aposento de novicia cisterciense, comienza a gestarse la Orden de las Hijas de María Nuestra Señora, una nueva fundación que sería la primera orden religiosa femenina dedicada a la educación de niñas y jóvenes. Recibe en 1607 la aprobación de la Santa Sede, y la fundadora, a pesar de sus cincuenta y un años y su delicada salud, logra en poco tiempo extender la orden por toda Francia y hacer con su santidad una gran aportación a la vida de la Iglesia y a la educación.

 

—¿Y cómo sigue la historia de Samuel?

 

Samuel le contó lo que había escuchado y Helí le dijo: «No te he llamado, vuélvete a dormir». También pasa eso a veces con la vocación. Hay que esperar a que madure. Hay que asentar esas buenas disposiciones, seguir luchando hasta que las virtudes arraiguen con más fuerza en el alma y se vean las cosas con más claridad.

 

—¿Y mientras tanto?

 

Lo que hizo Samuel: seguir a la escucha. Y al escuchar de nuevo la llamada, no darse la vuelta y seguir en la cama con la excusa fácil: «Bah, es como la otra vez».

 

Aquello sucedió por tres veces. Helí le aconsejó que, si lo volvía a oír, dijera: «Habla Señor, que tu siervo escucha». Samuel siguió ese consejo y, gracias a eso, escuchó al Señor cuando le habló. Así conoció finalmente el querer de Dios para su vida. El Señor le llamó como las otras veces: «¡Samuel, Samuel! ». Y respondió: «Habla, que tu siervo escucha! ». Cuando hay esa buena disposición, al final se escucha siempre la voz de Dios: clara, vibrante, inconfundible, comprometedora, plena.

 

—¿Y qué es más habitual, que la llamada de Dios irrumpa de pronto en la vida de una persona, o que esa llamada se vaya percibiendo poco a poco?

 

Ambas cosas son bastante habituales, pero quizá es algo más frecuente que sea de modo sencillo y gradual. En un encuentro con jóvenes en Roma en el año 2006, Benedicto XVI respondió a una pregunta sobre la vocación que le hacía un universitario de veinte años y relató brevemente los inicios de la suya: «La vocación al sacerdocio creció casi naturalmente junto conmigo y sin grandes acontecimientos de conversión. Además, en este camino me ayudaron dos cosas: ya desde mi adolescencia, con la ayuda de mis padres y del párroco, descubrí la belleza de la liturgia y siempre la he amado, porque sentía que en ella se nos presenta la belleza divina y se abre ante nosotros el cielo. El segundo elemento fue el descubrimiento de la belleza del conocer, el conocer a Dios, la Sagrada Escritura, gracias a la cual es posible introducirse en la gran aventura del diálogo con Dios que es la teología. Así, fue una alegría entrar en este trabajo milenario de la teología, en esta celebración de la liturgia, en la que Dios está con nosotros y hace fiesta juntamente con nosotros.»

 

»Es importante estar atentos a los gestos del Señor en nuestro camino. Él nos habla a través de acontecimientos, a través de personas, a través de encuentros; y es preciso estar atentos a todo esto. Luego, es preciso entrar realmente en amistad con Jesús, en una relación personal con él. No debemos limitarnos a saber quién es Jesús a través de los demás o de los libros, sino que debemos vivir una relación cada vez más profunda de amistad personal con Él, en la que podemos comenzar a descubrir lo que nos pide.

 

»Luego, debo prestar atención a lo que soy, a mis posibilidades: por una parte, valentía; y, por otra, humildad, confianza y apertura, también con la ayuda de los amigos, de la autoridad de la Iglesia y también de los sacerdotes, de las familias. ¿Qué quiere el Señor de mí? Ciertamente, eso sigue siendo siempre una gran aventura, pero solo podemos realizarnos en la vida si tenemos la valentía de afrontar la aventura, la confianza en que el Señor no me dejará solo, en que el Señor me acompañará, me ayudará.»

 

 

 

7. Detalles que a otros pasan inadvertidos

 

Muy débil es la razón

si no llega a comprender

que hay muchas cosas que la sobrepasan.

 

Blas Pascal

 

Transcurren las vacaciones navideñas del año 1917 en Logroño, una pequeña ciudad española. Desde hace unos días nieva sin interrupción y el nuevo año entra con temperaturas glaciales. El termómetro desciende hasta dieciséis grados bajo cero.

 

Una de esas mañanas, un chico de quince años sale a la calle. Se llama Josemaría Escrivá. Contempla el espectáculo de la ciudad nevada. El amanecer ha sido blanco y transparente. Cuando pasa por delante del colegio de los Maristas, se encuentra con algo que llama poderosamente su atención y que variará el curso de su existencia: las huellas en la nieve de unos pies descalzos. Se paró a examinarlas con curiosidad y observó que aquel rastro correspondía a la pisada desnuda de un fraile carmelita muy popular en la zona: el Padre José Miguel.

 

Se encontró enseguida sumergido en una profunda remoción interior. En su alma se metió una inquietud que ya no le abandonaría nunca. Había en el mundo personas, como aquel hombre, que hacían grandes sacrificios por Dios y por los demás. ¿Y yo? ¿No voy a ser capaz de ofrecerle nada?

 

Es probable que bastantes personas pasaran por ese mismo lugar aquella mañana. Unos no repararían en aquellas pisadas, entremezcladas quizá con los rastros de otras personas, carros o bicicletas, marcados también sobre la nieve. Otros, las verían, y pensaron quizá en que era admirable que hubiera personas tan extraordinarias, pero en su interior no surgió ningún pensamiento que les interpelase en su propia vida.

 

En cambio, aquellas huellas en la nieve hicieron ver a aquel adolescente que Dios le pedía que se complicara la vida, que se comprometiera en una gran tarea en servicio de los demás. Inesperadamente, se sintió interpelado por Dios de un modo nuevo, total, radical, nunca antes imaginado. Comprendió que Dios le llamaba, aunque aún no sabía bien cómo. Pero había percibido una llamada de Dios, que en adelante definiría su andadura y su misión.

 

Durante dos o tres meses, acude a visitar al padre José Miguel. Le cuenta lo que ha sucedido en su interior, el horizonte, todavía oscuro, que Dios ha querido abrir en su alma. El fraile le propone ingresar en el Carmelo. Josemaría medita esta proposición y la descarta. Sabe, con una convicción que personalmente le sorprende, que el Señor tiene planes diferentes sobre su vida.

 

Pasará aún un tiempo en la oscuridad, a solas con su oración perseverante, mientras germina la semilla que el Cielo ha depositado dentro de su corazón. Al mismo tiempo, se emplea a fondo en sus estudios de bachillerato. Por entonces, invade su ánimo la idea de entregarse a Dios siendo sacerdote. No lo había pensado nunca, pero el Cielo sigue pidiéndole algo. Y de la mano de esa llamada, cada vez más fuerte que su propia voluntad, decide emprender ese camino. «Yo no pensaba hacerme sacerdote, pero vino Jesús a mi alma, como viene el amor, en el momento más inesperado.»

 

Tiene todavía algunas dudas. Su vocación es otra, aunque aún la ve inconcreta. Piensa, eso sí, que siendo sacerdote estará más disponible para cumplir la Voluntad de Dios, que aún no conoce, y que sin embargo ilumina su vida.

 

En octubre de 1918 se matricula en el Seminario de Logroño, y en 1925 se ordena sacerdote. Hasta el 2 de octubre de 1928 no tuvo claro qué quería Dios de él. Fue entonces cuando vio que, sin querer él ser fundador de nada, Dios le pedía que fundara el Opus Dei. Cuando murió, en 1975, la institución que había iniciado estaba ya extendida por todo el mundo, con más de 60.000 miembros de todas las nacionalidades. Hoy, San Josemaría Escrivá es una referencia espiritual para millones de personas. Pero todo empezó así, con unas pisadas en la nieve.

 

Toda la realidad que nos rodea es una interpelación constante hacia la reflexión y el compromiso. El mundo a nuestro alrededor está lleno de preguntas que esperan respuestas personales. Pero esas preguntas son como susurros que solo se oyen cuando hay un cierto grado de madurez personal y de rectitud de vida. El que vive acaparado y seducido por sus propios intereses egoístas no percibe esas preguntas ni esas llamadas o, a lo sumo, responde con un «¿y a mí qué? ». Y si no percibe las preguntas, es difícil que encuentre respuestas que den un sentido claro a su vida.

 

—¿Piensas entonces que la clave está en que todos tengamos más actitud de escucha y más sensibilidad hacia lo que Dios quiere decirnos?

 

Es imprescindible esa actitud de escucha, pero, sobre todo, hacen falta respuestas personales generosas. Si uno no se pregunta para qué está en el mundo, qué es lo que de verdad vale la pena en la vida, nunca llegará a percibir ni formular una respuesta clarificadora. En ese sentido, son importantes las preguntas, pero, después, la respuesta al querer de Dios es lo fundamental.

 

—Pero, para dar una respuesta personal generosa, hace falta saber cuál ha de ser nuestra respuesta, y eso no siempre es sencillo.

 

Si uno no se hace esas preguntas, nunca encontrará las respuestas. Por eso es preciso afinar el oído y preguntarse para qué estamos en este mundo, qué es lo que puede dar verdadero valor a nuestra vida, qué puede llenar realmente nuestro corazón y otorgarnos una felicidad duradera. Son preguntas que, si se responden con acierto y luego se persevera en el compromiso que suponen, son la condición para llegar a ser uno mismo, para vivir la propia vida y para vivirla con verdadera libertad.

 

La generosidad de las personas se puede comprobar observando la relación entre el modo en que se le pide algo y cómo responde a esa petición. Cuando aquel chico de quince años ve esas huellas en la nieve, que vieron tantos otros aquellos días, se siente llamado por Dios a una mayor entrega. Ante una pequeña insinuación de Dios, la respuesta es de total generosidad.

 

—¿Y no te parece que para descubrir qué quiere Dios de nosotros, hemos de esforzarnos primero por salir un poco de nuestro individualismo?

 

Me parece que el individualismo y el egoísmo son efectivamente impedimentos muy importantes. Porque percibir el querer de Dios suele ir unido a percibir el querer de los demás.

 

Hace un tiempo leí que una de las decisiones más importantes en la vida de una persona, de las que más condicionan el resultado global de nuestra existencia, es una decisión que todos acabamos tomando, casi sin darnos demasiada cuenta, y es esta: si centramos nuestra vida en nosotros mismos o en los demás.

 

Todo nuestro entorno lanza llamadas continuas a despertar nuestra sensibilidad hacia las necesidades de los demás. Hay personas que se acostumbran a hacer oídos sordos a esas llamadas. Otros, en cambio, saben captarlas y reflexionar sobre ellas, y son personas que tienen ojos para descubrir los sufrimientos y las necesidades de los demás. Piensan poco en su propia satisfacción y, curiosamente, son los que luego alcanzan mayores cotas de satisfacción y de felicidad. Saben estar atentos y procuran colmar, con la riqueza de su corazón, las carencias de quienes les rodean. Y quizá parece que en ellos esa actitud es innata, pero la realidad es que se debe más bien a la educación recibida y, sobre todo, al esfuerzo y la entrega personal a lo largo de su vida.

 

El 28 de octubre de 1816, Marcelino Champagnat, un sacerdote de 27 años recién ordenado, acude con urgencia a la aldea de Les Palais y asiste en su lecho de muerte a un chico llamado Juan Bautista Montagne. El moribundo tiene dieciséis años pero no había oído nunca ni siquiera hablar de Dios. El joven sacerdote queda muy impresionado, pues en ese momento comprende que en ese mismo estado deben estar miles y miles de jóvenes, por falta de maestros que les enseñen el camino de la fe. Decide poner en marcha de inmediato una fundación dirigida a instruir cristianamente a la juventud, la congregación de los Hermanos Maristas. En 1818 funda la primera escuela en su pueblo natal, Marlhes. Y al año siguiente en su parroquia, La Valla-en-Gier. A su muerte, veintidós años después, en 1840, hay ya 48 escuelas por toda Francia. Hoy, los Hermanos Maristas son más de cuatro mil religiosos y están presentes en más de cien países, gracias a que San Marcelino Champagnat estuvo atento a la voz de Dios. Primero cuando, a los catorce años, recibe en Marlhes la visita de un sacerdote que le propone entrar en el seminario. Después, cuando persevera en sus estudios, pese a que el primer año fracasa como estudiante y el director del seminario le recomienda quedarse en casa porque no es apto para los estudios eclesiásticos. Más adelante, cuando no se conforma con sus obligaciones como joven sacerdote y se lanza a una nueva fundación, a pesar de su escasa salud y de la convulsa situación del país en aquella época. Con la ayuda de Dios, logró superar múltiples contrariedades, sobre todo en los comienzos de su obra, pues hasta sus colegas sacerdotes lo tildaban de orgulloso, de obrar por la vanidad de ostentar el título de fundador, y lo consideraron loco y falto de toda prudencia. Sin embargo, no se desanimó por las incomprensiones o las calumnias, y fue un gran pionero en muchas cuestiones educativas, un gran evangelizador y un gran santo.

 

El 6 de febrero de 1844, una chica joven de la alta sociedad madrileña visita con una amiga suya el hospital San Juan de Dios, donde estaban las mujeres de mala vida que caían enfermas. Se llama Micaela Desmaisières López de Dicastillo y Olmeda, Vizcondesa de Jorbalán. Es una mujer sensible, que alterna la vida de la aristocracia con las obras de caridad. Pero aquel día Micaela se topa de pronto con el drama de estas chicas jóvenes en la persona de una de ellas: una muchacha modosa y tímida, hija de un rico banquero navarro, que se había visto abocada a la prostitución tras ser engañada y seducida por unos desalmados. Nunca se había imaginado que los hombres dieran un trato tan injusto y cruel a esas pobres criaturas, después de haberlas corrompido. Aquel espectáculo fue para ella como una revelación del cielo. Micaela se refirió siempre a aquella mujer como “la chica del chal” y su historia la conmovió de tal forma que la marcó de por vida. Cuando se entera, además, de la espantosa vida que les esperaba cuando salen de allí, piensa que es necesario hacer algo para ayudarlas. Enseguida pone en marcha un pequeño colegio para las muchachas en peligro y para las que ya han sido víctimas, para intentar redimirlas. A partir de ahí, se produce a su alrededor una verdadera tormenta de incomprensiones, aun entre sus mejores amistades. ¿A quién se le iba a ocurrir que una mujer de la más alta clase social, emparentada con las familias más ricas y famosas de la capital, se dedique a cuidar mujeres de mala vida? Las calumnias van en aumento, pero a ella no parecen importarle demasiado. En 1850, deja los fastos de la corte de Isabel II para vivir con sus chicas en el colegio. Tras grandes dificultades, el colegio crece y ya tiene con ella algunas colaboradoras. Ve la necesidad de formar una comunidad que dé estabilidad a la obra, y en 1856 funda la Congregación de Adoratrices Esclavas del Santísimo Sacramento y de la Caridad, dedicadas a adorar a Cristo Jesús en la Eucaristía y a trabajar por preservar a las muchachas en peligro y a redimir a las que ya cayeron. La comunidad se extiende rápidamente por toda España, y hoy cuenta con casi dos mil religiosas en más de ciento sesenta casas y colegios por todo el mundo. Ella decía a sus religiosas: «Es difícil encontrar otra fundadora que haya sido más acusada, más calumniada y más regañada que yo. Mis acciones las juzgan de la peor manera posible. Pero poco me interesa lo que las gentes están diciendo de mí, porque mi juez es Dios.» Y Dios la glorificó haciendo numerosos milagros por su intercesión, y hoy las religiosas de Santa María Micaela siguen prestando un servicio impagable a decenas de miles de mujeres que sufren el riesgo de las muchas formas de explotación y esclavitud que tiene la sociedad de cualquier época.

 

 

 

8. ¿Se me tiene que haber ocurrido a mí?

 

 

El mayor espectáculo

es un hombre esforzado luchando contra la adversidad;

pero hay otro aún más grande:

ver a otro hombre lanzarse en su ayuda.

 

Oliver Goldsmith

 

—En la vocación, es uno mismo el que debe responder y, por tanto, el único responsable ante Dios. ¿Eso supone que deba surgir como algo espontáneo, que se me tenga que haber ocurrido a mí? ¿No te parece que, si me lo ha sugerido otro, es un descubrimiento forzado y, por tanto, antinatural?

 

Tu punto de partida es perfectamente razonable. Nadie debe atosigarte, ni coartar tu libertad, ni quitarte el protagonismo que evidentemente debes tener en todo el proceso de discernimiento de tu vocación. Pero eso no quita que alguien te pueda o deba aconsejar algo, o estimularte a ser generoso. La cuestión clave es si Dios te llama o no, y a qué te llama, y no si se te ha ocurrido a ti solo, o a ti primero, o sin que nadie te diga nada. Debes ser tú el protagonista, pero puede haber personajes secundarios. No eres tú el director de la película, sino Dios.

 

Debes hablarlo con Dios, pues el compromiso es con Él. Y sabes de sobra que entregarse a Dios no es decir que sí a la persona que te lo ha planteado, sino decir que sí a Dios. No es una persona que te intenta convencer de algo, sino una persona que te ayuda a ponerte frente a tu responsabilidad delante de Dios.

 

En el Evangelio puede leerse bien claro que los discípulos fueron elegidos por el Maestro. No se presentaron voluntarios. La clave de toda vocación no es la iniciativa humana personal, sino una misteriosa iniciativa de Dios. No tenemos que exigir explicaciones a Dios, o imponerle un modo de dirigirse a nosotros, puesto que es Él quien llama y puede hacerlo como desee, también a través de otras personas.

 

—¿Y cómo sabes tú que Dios quiere hacerlo así?

 

Veo que lo hace en bastantes casos relatados en el Evangelio, en los que llama a través de otras personas. Fue Andrés quien condujo a Jesús a su hermano Pedro. Jesús llamó a Felipe, pero Felipe a Natanael. Por eso insistía Juan Pablo II en que «no debe existir ningún temor en proponer directamente a una persona joven o menos joven la llamada del Señor. Es un acto de estima y de confianza. Puede ser un momento de luz y de gracia.»

 

Lo normal es que descubramos la llamada de Dios en las palabras o los hechos de otras personas, y por eso es fundamental tener el oído atento, saber leer entre líneas, reconocer la voz de Dios, venga de quien venga. Peter Berglar, un prestigioso profesor de Historia Moderna en la Universidad de Colonia, siempre contaba con emoción cómo un día de invierno de 1974 acudió a su despacho un estudiante que quería consultarle sobre diversos puntos referentes a sus clases. Al terminar, estando ya los dos de pie, su alumno le preguntó: «Cree usted, señor profesor, que Dios es el Señor de la historia?». El profesor Berglar se volvió a sentar, un tanto desconcertado por la pregunta. Aquello fue el inicio de una larga conversación. Y comienzo también de un largo proceso interior que le hizo profundizar en su fe y descubrir su vocación. Un catedrático ilustre, un intelectual de relieve que, como buen universitario, supo aprender de un alumno suyo de tercer semestre que, entre otras cosas, le dio, con su valentía y su cordialidad, una gran lección sobre cómo debe plantearse el apostolado cristiano.

 

La clave está, como ha señalado Benedicto XVI, en que cada uno intente reconocer cuál es su vocación y cómo es el mejor modo de responder a esa llamada que está ahí, para él.

 

—¿Y cómo empieza la vocación?

 

La vocación suele comenzar con un descubrimiento inicial, del que sobreviene un diálogo de oración. Es una llamada que cada uno debe leer en su propio corazón, y en la que siempre queda un margen al misterio y a la interpretación. Como explicaba Juan Pablo II en Los Ángeles en 1987, respondiendo a una pregunta sobre su propia vocación, «tengo que empezar por decir que es imposible explicarla por completo. Porque no deja de ser un misterio hasta para mí mismo. ¿Cómo se pueden explicar los caminos del Señor? Con todo, sé que en cierto momento de mi vida me convencí de que Cristo me decía lo que había dicho a miles de jóvenes antes que a mí: “¡Ven y sígueme!”. Sentí muy claramente que la voz que oía en mi corazón no era humana ni una ocurrencia mía. Cristo me llamaba para servirle como sacerdote.»

 

—¿Y si solo tenemos una sospecha de que tenemos vocación?

 

Te contesto entonces con otras palabras de Juan Pablo II, esta vez en Argentina en 1985, hablando del celibato: «Pido a cada uno de vosotros que se interrogue seriamente sobre si Dios no lo llama hacia ese camino. Y a todos los que sospechan tener esta posible vocación personal, les digo: rezad tenazmente para tener la claridad necesaria, pero luego decid un alegre sí.»

 

—¿Y eso supone un desarrollo muy largo en el tiempo?

 

El discernimiento de la vocación supone una amistad con Dios. Pero igual que dos personas pueden conocerse y hacerse muy amigos en una tarde, nosotros podemos alcanzar amistad con Dios en cuanto abrimos nuestra alma a Él. El ejemplo del Buen Ladrón es claro: toda una vida de lamentables errores se supera en un momento, cuando pide ayuda a Dios. En cuanto abre un resquicio de su alma, Dios se vuelca.

 

 

 

9. Un encuentro fortuito

 

La grandeza de un hombre

está en saber reconocer

su propia pequeñez.

 

Blas Pascal

 

Aún faltan unas horas para que amanezca. Un hombre pasea por la orilla de una playa, contemplando el mar. Se llama Justino y es famoso en muchos círculos intelectuales. No tarda en descubrir a otra persona en este lugar ahora desierto: es un anciano. El intelectual se pregunta qué puede hacer aquí a estas horas, pero no dice nada. Solo lo mira, sorprendido.

 

El anciano percibe su desconcierto y se dirige a él. Le explica que espera a unos familiares que están navegando. La conversación prosigue. El intelectual opina sobre cualquier tema: cultura, política, religión. Le gusta hablar. El anciano sabe escuchar y he aquí que, cuando interviene, lo hace con gran sensatez. Tal vez, en otra ocasión, el intelectual hubiera ironizado o dado por terminado el diálogo. Sin embargo, la claridad de ideas del anciano le desarma. El intelectual no comparte algunas de esas ideas, pero reconoce que tienen mucho en común con las suyas. Al final, el anciano le desvela que es cristiano. Justino empieza a ver con simpatía la fe sencilla del anciano. Pasan las horas. Se despiden. Nunca se volverán a ver.

 

El intelectual no olvidará este encuentro. Meses después, comprenderá que solo aquellas palabras del anciano parecen dar razón de sus ansias de verdad. Aquel anciano era cristiano, y las ideas que estaban transformando su vida provenían de la fe cristiana. Un encuentro fortuito le había acercado a la fe, abriéndole un horizonte más amplio del que le presentaban todas sus ideas anteriores. Al poco tiempo, Justino, el gran filósofo, recibirá el bautismo y se convertirá en uno de los más grandes apologetas de la fe.

 

Los padres de Justino eran paganos y le habían dado una excelente educación, instruyéndole con gran esmero en filosofía, literatura e historia. Había frecuentado las escuelas estoica, aristotélica, pitagórica y platónica. Era un gran buscador de la verdad, y el encuentro con aquel anciano determinó su conversión y su dedicación al servicio de Dios. Tenía en aquel momento unos treinta años. Permaneció desde entonces laico y célibe, y en adelante, ataviado con las vestimentas características de los filósofos, recorrió numerosos países debatiendo con todos acerca de la fe cristiana, hasta su martirio en el año 165.

 

Dios sale al encuentro de cada persona de una manera distinta. En el caso de Justino, fue con el ejemplo de los mártires y con esa conversación de madrugada con aquel anciano.

 

—Pero algunas personas echan en falta un signo externo que les asegure que Dios les llama.

 

Los signos externos los concede Dios algunas veces, pero normalmente pocas. A algunos personajes del Antiguo Testamento les reveló su voluntad mediante una visión o una teofanía. Moisés vio la zarza ardiendo. Un ángel purificó los labios de Isaías mientras se escuchaba la voz de Dios. Y Ezequiel contempló un torbellino de viento y una gran nube, y un fuego que se revolvía dentro, y un resplandor, y en medio del fuego una figura en ámbar. Pero no todos podemos pedir algo así para conocer la voluntad de Dios.

 

—No estaría mal, de todas formas.

 

Tampoco te creas que sería tan fulminante. Si no estamos bien dispuestos, aunque se nos apareciera un ángel, no estaría asegurada nuestra correspondencia. Por ejemplo, a Zacarías se le apareció un ángel que le dijo que sus peticiones habían sido escuchadas, pero Zacarías no se conformó con eso y pidió al ángel una prueba de que aquello se cumpliría: «¿Quién me podrá certificar a mí eso?». Y no debió ser muy del gusto de Dios, porque el ángel le transmitió aquella certificación en forma de castigo a su falta de fe: «Desde ahora quedarás mudo y no podrás hablar hasta el día en que sucedan estas cosas, por cuanto no has creído a mis palabras, que se cumplirán a su tiempo».

 

Dios solo muy raramente manifiesta con signos externos sus llamadas personales. No podemos esperar de los cielos un acta notarial, un llamamiento en toda regla por parte de la divinidad. Eso sería una ingenua tendencia a lo fantástico, cuando lo habitual es que Dios nos hable a través del silencio interior, cuando hay un clima de suficiente recogimiento y facilitamos el encuentro con Él en la oración.

 

—Pero al final, la pregunta clave, y difícil de contestar, es: ¿tengo vocación o no?

 

Esa no es la pregunta más acertada. La pregunta decisiva es: ¿cuál es la vocación que yo tengo? Dios tiene un plan para todos, para cada uno. La vocación no es algo que tienen algunos, sino todos. Todos los cristianos estamos llamados a la santidad, a seguir a Jesucristo. Hay vocaciones que comprometen más, que son más exigentes. Y quizá las más exigentes son las que presentan un mayor atractivo para un alma joven, aunque también den un poco de miedo. No se trata de ver qué es lo mejor, o lo más difícil, sino lo que quiere Dios de mí. Para ti, lo mejor es lo que Dios quiera de ti. Y para mí, lo que quiera de mí.

 

Así lo explicaba Benedicto XVI, en Basílica de Santa Ana de Altötting: «Bajo la mirada de santa Ana maduró la vocación de María, la más grande de la historia de la salvación. María recibió su vocación a través del anuncio del ángel. El ángel no entra de modo visible en nuestra habitación, pero el Señor tiene también un plan para cada uno de nosotros, nos llama por nuestro nombre. Por tanto, a nosotros nos toca escuchar, percibir su llamada, ser valientes y fieles para seguirlo, de modo que, al final, nos considere siervos fieles que han aprovechado bien los dones que se nos han concedido.»

 

—Entonces, ¿cuáles son los síntomas para saber si es una u otra nuestra vocación?

 

Hay que pedir luz a Dios, hacer oración, rogarle que nos haga ver con más claridad qué quiere de nosotros. Normalmente no lo hará por medios excepcionales, como a San Pablo camino de Damasco, sino que nos deja una cierta penumbra, quizá para no forzar nuestra libertad, para dejarnos más iniciativa personal.

 

—¿Y cómo se puede tener certeza de una vocación?

 

Certeza absoluta, completa y eterna, no siempre se tiene. Pero se puede tener una certeza muy grande, aunque esto normalmente no viene hasta un tiempo después de haber respondido que sí a lo que hemos pensado que es nuestro camino. Llega cuando ha transcurrido un tiempo, y comprobamos que ese camino llena nuestra alma, y se alcanzan entonces grados muy altos de seguridad.

 

Por eso, en todas las instituciones de la Iglesia hay un tiempo de prueba, en el que cada candidato confirma o descarta la vocación que al solicitar la admisión ha pensado que tenía. En ese sentido, cabría decir que la plena certeza de la vocación solo se tiene cuando se ha respondido, pues lo habitual es que ese convencimiento vaya creciendo a medida que se avanza con generosidad en el proceso vocacional. Sucede algo parecido con el matrimonio: la certeza de haber acertado no se alcanza hasta un tiempo después de iniciar el noviazgo, cuando ha pasado un tiempo desde que hemos respondido afirmativamente y se comprueba que hay una sintonía y un convencimiento grandes, y confirmamos que Dios quiere ese camino para nosotros.

 

—¿Y cómo ver eso que se dice de que lo más grande que puede pasarle en la vida a una persona es entregarse por completo a Dios?

 

Para comprenderlo así hay que enmarcar nuestra vida en un contexto amplio, en el que esté bien presente Dios. Debemos pensar en el sentido de la vida humana, en que nuestra vida está limitada en el tiempo, y en que ese tiempo en nuestra vida pasa cada vez más deprisa. La vida es estupenda, pero es tan solo un preámbulo de la vida eterna. Por eso vale la pena seguir un camino que nos lleve más directamente a la meta. Seguir a Dios vale siempre la pena. Pero, en todo caso, lo mejor para nosotros es lo que Dios haya pensando para nosotros, no lo que consideremos más alto.

 

Cuando vamos al encuentro de ese proyecto que Dios tiene preparado para cada uno de nosotros, no hacemos un favor a Dios. Al contrario, la vocación es una muestra de la misericordia de Dios con el hombre. Nos llama a construir en nosotros la mejor vida de las posibles, la vida a la que estamos llamados, para la que mejor estamos preparados, en la que seremos más felices.

 

—Pero eso de entregarse por completo a Dios siempre da un poco de miedo.

 

Puede ser miedo, o bien inseguridad, o incertidumbre. La misma fe siempre tiene algo de salto en el vacío, y por tanto, con la vocación sucede algo parecido.

 

—¿Y no es perder un poco la libertad?

 

Cualquier acto de entrega supone perder libertad, y el amor siempre supone entrega, y lo natural es entregarse a lo que uno ama, pues de lo contrario la vida queda vacía. La mejor libertad es la que se emplea para seguir a Dios. Cuanto más grande sea el bien que se elige (y en este caso sería elegir a Dios), mayor y más noble será el empleo que hacemos de nuestra libertad.

 

Dejarse guiar por Dios no es perder libertad, sino emplearla del mejor modo posible. Suele ser una decisión en la que intervienen muchos elementos, a través de los cuales Dios nos habla, y que hacen que un buen día pasemos de decir que no a decir que sí. Y no siempre con un proceso predominantemente racional. O, mejor dicho, son razones que Dios pone en nuestra cabeza y también en nuestro corazón.

 

—Entregarse a Dios supone siempre una renuncia, y eso hace que a muchos les cueste dar ese paso, porque todos queremos pasarlo bien y disfrutar de la vida.

 

Pasarlo bien de verdad depende de estar cerca de Dios. La vocación supone una elección personal de Dios a cada uno de nosotros. No elegimos nosotros, sino que elige Dios. Y ese designio de Dios determina el camino que cada uno debe recorrer para alcanzar el Cielo y para ser feliz en la tierra. Hacer la voluntad de Dios es la mejor garantía para pasarlo bien en la vida, tanto en la vida de la tierra como en la del Cielo.

 

—¿Y a la hora de pensar si Dios nos llama en una institución o en otra, importa el hecho de que sea una institución más boyante o menos?

 

Pienso que no. En cuestiones de santidad, de hacer la voluntad de Dios, no importa el número, sino que seamos santos y que seamos los que Dios quiera que seamos. Da igual que sea una institución a la que lleguen numerosas vocaciones y consideremos boyante o de moda, o bien una institución en momentos difíciles y que apenas tiene vocaciones.

 

—¿Y el hecho de tener ilusión por casarse y formar una familia es motivo para pensar que no estamos llamados al celibato?

 

Tener ilusión por casarse y formar una familia es una ilusión propia de toda persona normal. Si la vocación fuera sobre todo cuestión de gusto, todo el mundo tendría vocación al matrimonio, y quizá medio mundo tendría vocación a no trabajar, o a ser un fresco. Me parece que la clave no está en lo que a uno más le apetece, pues hay muchas cosas que hacemos cada día que no nos apetecen demasiado pero que, sin embargo, sabemos que debemos hacer, y las hacemos, nos producen una satisfacción, nos hacen felices y al tiempo nos hacen cumplir la voluntad de Dios.

 

El hecho de que a alguien le diviertan mucho los niños, o sea especialmente sensible para el calor humano de la familia, indica que es una persona normal con una buena educación afectiva. Todo corazón bien formado experimenta ese deseo natural. Basta recordar que a Jesucristo le gustaban los niños, y el calor de la vida familiar, pero vivió célibe.

 

 

 

10. Dios habla bajito

 

Nunca sabe un hombre

de lo que es capaz

hasta que lo intenta.

 

Charles Dickens

 

—Muchas personas piensan que deben ser más generosas con Dios. Tienen una cierta inquietud, pero no saben bien qué deben hacer. ¿Es eso la vocación?

 

Quizá ninguna de esas sensaciones es la vocación, pero a lo mejor Dios está ahí detrás, queriendo decirte algo. En el primer libro de los Reyes, en el Antiguo Testamento, puede leerse cómo Dios se hace presente ante Elías: «He aquí que Yahveh pasaba. Hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebrantaba las rocas ante Yahveh; pero no estaba Yahveh en el huracán. Después del huracán, un temblor de tierra; pero no estaba Yahveh en el temblor. Después del temblor, fuego, pero no estaba Yahveh en el fuego. Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se puso a la entrada de la cueva. Le fue dirigida una voz que le dijo: “¿Qué haces aquí, Elías?”».

 

La mayoría de las veces, Dios habla bajito, como ese susurro de una brisa suave. Normalmente no podemos esperar una gran emoción, un terremoto espiritual, como el movimiento final de una gran sinfonía que nos confirme solemnemente el querer de Dios para nuestra vida. Tampoco escucharemos una voz celestial, como San Pablo.

 

—Pero al menos habrá que sentir un cierto entusiasmo por la vocación.

 

No viene mal que lo haya, aunque no es lo sustancial de la vocación. Desde luego, no parece muy lógico exigir a la vocación que nos proporcione un estado de euforia permanente, con el alma siempre henchida de ilusión y el corazón radiante y feliz. Es más, el hecho de sentir una cierta nostalgia y un sufrimiento por las cosas que se dejan, es algo totalmente humano y bastante normal.

 

—Pero algo hay que sentir, supongo.

 

Por supuesto, pues la mayoría de las realidades interiores tienen una manifestación que los hombres captamos por el sentimiento. Pero hay que procurar no confundir la entrega con una efusión de sentimientos, ni la llamada de Dios con la admiración entusiasta ante lo bueno, con la emoción pasajera o con el ímpetu ardoroso de un instante o con el nerviosismo de un momento. Dios puede servirse de todo eso, pero eso no es la llamada de Dios.

 

Además, se puede percibir la vocación con bastante claridad en un momento o una época, y pasar luego por otra etapa en que la que apenas sentimos nada. Esto sucede con casi todas las decisiones importantes de la vida profesional o familiar o social. Siempre hay días malos, o meses malos, o incluso años malos. Sucede en los matrimonios, en la amistad, en el trabajo, en casi todo. Y los matrimonios felices no son los que no pasan crisis ni tienen momentos malos, porque momentos malos tiene todo el mundo, sino que los matrimonios felices son los que saben superar esas crisis.

 

San Francisco de Sales escribió que no es necesario que Dios nos «hable sensiblemente o que nos mande un ángel a manifestarnos su voluntad, y menos aún es necesario el parecer de diez o doce doctores de la Sorbona para conocer si la inspiración es buena o mala, si debe o no seguirse; lo que importa es cultivar y corresponder a la primera llamada.»

 

—¿Qué querría decir lo con lo de la “primera llamada”?

 

No es fácil saberlo, pero pienso que en las cosas del amor hay siempre una primera llamada, y que las cosas del amor no suelen decidirse tras arduas reflexiones ni sopesando pros y contras.

 

Lo que no debemos esperar de la vocación, ni exigir de ella, es una constante e intensa contrapartida afectiva. No podemos pretender que nuestra alma esté siempre henchida de ilusión. Eso sería un planteamiento o una imagen demasiado romántica de la vocación, como una película de amor, con un estremecimiento inicial, una luz cegadora, una emoción incontenible, unas lágrimas, una música suave y un final al viejo estilo del «vivieron felices y comieron perdices».

 

La historia de la vida de los santos muestra que Dios acostumbra a dar a conocer su voluntad de modo sencillo, a través de las cosas ordinarias, dentro de la familia, a través de un amigo, de un libro, de una enfermedad, de cosas normales. Si Dios diera a conocer su voluntad mediante estallidos de luz, apariciones, clamores de ángeles o cosas así, nuestra libertad quedaría muy disminuida bajo la fuerza de la luz divina, y se ve que Dios prefiere siempre el claroscuro de la fe. Dios se esconde un poco cuando nos llama, y quizá sea porque quiere dejar el margen suficiente a nuestra libertad (de otro modo no sería una historia de amor).

 

A veces, a la “primera llamada” le sigue una etapa en la que nos encontramos más fríos. Puede ser señal de que no era realmente una llamada para nosotros, o bien de que nos estamos enfriando precisamente para no escucharla, o incluso de que procuramos no escucharla y por eso nos enfriamos. En cualquier caso, hay que tener presente lo que dice la Sagrada Escritura: «Si oís hoy la voz de Dios, no endurezcáis vuestro corazón».

 

—Dios llama a los que quiere, pero luego uno mismo también tiene que querer.

 

Exacto. Para entregarse a Dios es fundamental que queramos aceptar y amar la voluntad de Dios, con más o menos entusiasmo. El amor se siente, pero el amor no es solo sentimiento. El amor también se demuestra, se prueba, se madura. La voluntad tiene un papel importante. Así lo contaba San Josemaría Escrivá: «Te decidiste, más por reflexión que por fuego y entusiasmo. Aunque deseabas tenerlo, no hubo lugar para el sentimiento: te entregaste, al convencerte de que Dios lo quería. Y, desde aquel instante, no has vuelto a “sentir” ninguna duda seria; sí, en cambio, una alegría tranquila, serena, que en ocasiones se desborda. Así paga Dios las audacias del Amor».

 

Nuestra vida no está predeterminada, no está escrita. Está abierta a nuestras decisiones libres. Dios tiene unos planes para cada uno de nosotros, pero, al crearnos, ha querido correr el riesgo y la aventura de nuestra libertad. Ha querido que la historia de cada uno de nosotros sea una historia verdadera, que depende mucho en cada momento de nuestras decisiones personales. Nuestra historia —como ha escrito José Miguel Cejas— no es como una película con final determinado, ya grabada de antemano. Y lo mismo le sucedió a los santos.

 

El apóstol Pedro podría haber desesperado por su traición al Señor, como le sucedió a Judas. Y quizá entonces los demás Apóstoles hubiesen contemplado, en vez de su arrepentimiento, el balanceo de su cuerpo, colgado de un árbol en Palestina.

 

Juan Crisóstomo veía clara la llamada de Dios, pero su madre le puso tantas dificultades, derramó tantas lágrimas, que se desanimó. Podrían haber quedado las cosas así, y habría sido quizá el mejor orador del foro, pero su viejo amigo Basilio le animó a seguir la llamada de Dios pese al inicial disgusto de su madre.

 

Agustín de Hipona podría haber acabado sus días siendo lo que fue durante largo tiempo, un hombre enredado en sus frivolidades y sus amoríos. Sus amigos hubiesen movido la cabeza sobre su tumba pensando quizá: “genio y figura...”. Al escuchar de una casa vecina aquel «Toma y lee», mientras leía las Epístolas de San Pablo, podía haber dicho: «Bah, casualidades sin importancia», y haber cerrado el libro tranquilamente.

 

Tomás Moro podría haber muerto confortablemente como Lord Canciller de Inglaterra, cediendo ante las inmorales razones de Enrique VIII, alegando “poderosas razones de Estado” y traicionando sus principios. Podría haberse ablandado ante los llantos y los razonamientos de su mujer, cuando marchaba hacia la Torre de Londres, camino del cadalso. Podía haber aceptado una “solución de compromiso”, diciéndose: «realmente, no están los tiempos para estos heroísmos...».

 

Y Juan Ciudad podría haber acabado su existencia de cualquier modo. Era un hombre inquieto y alocado, que recorría el mundo en busca de aventuras. Se había salvado una vez de la horca de puro milagro, y lo acabaron expulsando del ejército. Y si llegó hasta Viena en la campaña contra los turcos y hasta Ceuta en sus interminables correrías, la muerte podría haberle esperado en cualquier parte de Europa. Pero murió siendo San Juan de Dios. Cuando escuchó en Granada la predicación de San Juan de Ávila, en vez de arrepentirse y llorar por su mala vida pasada, podría haber dicho: «Tengo cuarenta y dos años. Es demasiado tarde para cambiar». O quizá podía haberlo diluido todo en un «pero qué bien habla este cura», y ya está.

 

Santa Joaquina Vedruna tenía treinta y tres años y ocho hijos cuando falleció su marido en Barcelona en 1816. Podía haber pensado que Dios le había dado ya bastantes ocupaciones con lo que tenía. Y se entregó a la educación de su hijos, pero también a la vida de oración y a la obras de caridad, y acabó descubriendo que Dios la llamaba para ser fundadora de una orden religiosa, la Congregación de las Carmelitas de la Caridad. Pasó por mil penalidades, pero su fundación se extendió de forma prodigiosa y hoy sus religiosas se cuentan por millares y atienden más de doscientos colegios y hospitales en todo el mundo.

 

Santa Luisa de Marillac también había quedado viuda muy joven, con treinta y cuatro años, en 1625. Conoció por entonces a San Vicente de Paúl, que había fundado unos grupos de personas que se dedicaban a ayudar a los pobres, atender a los enfermos e instruir a los ignorantes. Esos grupos de caridad existían en numerosos lugares, pero muchos de ellos languidecían y se necesitaba a alguien que los coordinara y animara. Ella podía haberse desentendido, pero se entregó a esa tarea con el convencimiento de que Dios se lo pedía. Fue una aportación providencial, pues durante años recorrió toda Francia con una energía prodigiosa y una actividad desbordante. Más adelante fundó la Congregación de Hijas de la Caridad, y cuando falleció, en 1660, era ya la más grande de las comunidades religiosas femeninas existentes. Hoy cuenta con unas 23.000 religiosas en más de dos mil quinientas casas repartidas por los lugares de más necesidad de los cinco continentes.

 

Santa Vicenta María López y Vicuña, después de unos ejercicios espirituales que hizo en Madrid en 1866, cuanto tenía diecinueve años, vio que Dios le pedía que fundara una nueva institución, las Hijas de María Inmaculada. Podía haberse desanimado ante las diversas resistencias familiares y de todo tipo que se le presentaron, pero supo ser fiel a lo que Dios le pedía y en 1876 tomaron el hábito las tres primeras religiosas, que se dedicarían con ella a dar educación cristiana a las chicas más pobres y abandonadas de la ciudad. La Congregación se extendió enseguida de modo sorprendente por toda España, a pesar de las muchas dificultades. Y aunque no tuvo mucho tiempo, pues falleció muy joven, con solo cuarenta y tres años, su obra prosiguió después con gran fuerza, de manera que hoy cuenta con ciento treinta colegios y residencias repartidas por todo el mundo.

 

Los santos no fueron santos inexorablemente. La santidad es una respuesta libre a la gracia, que nunca ahoga la libertad. Ni tu historia, ni la mía, ni la de ellos, está ni estaba escrita de antemano. Nadie está predeterminado para ser un santo, un mediocre o un criminal. Nerón acabó siendo un auténtico degenerado, pero pudo haber sido aquel magnífico emperador que presagiaba en su primera juventud bajo la tutela de Séneca. Los santos supieron encontrar en los acontecimientos cotidianos de la vida el querer de Dios. Supieron ver latir la voluntad de Dios entre en los consejos de un amigo, en las palabras de un niño o en la predicación de un sacerdote. Lo encontraron porque fueron humildes, como San Pedro. Y coherentes, como Santo Tomás Moro. Porque buscaban la verdad, como San Agustín. Porque nunca pensaron que era demasiado tarde, como San Juan de Dios. Porque emprendieron las fundaciones que Dios les inspiraba, pese a los numerosos motivos que tenían para no hacerlo.

 

 

 

11. Darse por enterado

 

Nada hay más poderoso

que una idea

a la que ha llegado su momento.

 

Víctor Hugo

 

En unos días de intensa lluvia se produjeron unas inundaciones importantes, como consecuencia del desbordamiento de un gran río. El nivel del agua fue subiendo sin parar. Los sistemas de emergencia de la región pusieron en marcha todos los operativos de salvamento disponibles.

 

Una de las lanchas se detiene a la puerta de un caserío y exhorta al aldeano que allí se encuentra, para que abandone cuanto antes la casa, pues el agua está alcanzando ya el nivel de su puerta de entrada. Pero el aldeano les dice: «No, no; id a por otros, que a mí me salvará la Providencia».

 

Pasan unas horas, y el agua llega hasta la altura del piso superior de la vivienda del aldeano. Aparece una segunda lancha de salvamento, pero el hombre vuelve a decirles lo mismo.

 

Tuvo suerte, porque cuando el agua llegaba al nivel del tejado de su casa, una tercera lancha le ofreció socorro, pero el aldeano insistió en que la Providencia le salvaría.

 

No llegó ninguna otra lancha, y el aldeano murió ahogado. Llegó a su juicio en el Cielo, y compareció allí con una protesta: «Yo, confiando en la Providencia…, y la Providencia, nada, que deja que me ahogara».

 

«¿Cómo que nada? ¡Tres lanchas te hemos enviado!», se escuchó.

 

Hay personas que, como este aldeano, esperan que la Providencia se manifieste de un modo extraordinario que ni ellos mismos saben bien en qué consiste. Lo ordinario es que la Providencia, y, por tanto, también la vocación, se manifieste ante nosotros de modo cotidiano, a través de las situaciones corrientes de nuestra vida, por medio de las personas que tratamos de modo habitual.

 

Así sucedió, por ejemplo, a Romano Guardini: «Un domingo fui a misa a la iglesia de los dominicos de la Oldenburgerstrasse. Me encontraba en un estado crítico. Cuando vi a un hermano lego encargado de la colecta pasar con el rostro tranquilo y portando su alcancía tintineante, me dio mucha envidia y pensé de repente: ¿No podrías tú llegar a ser como él? Entonces tendrías paz. Y luego me dije: ¡Podría ser sacerdote! Y entonces fue como si todo adquiriese tranquilidad y claridad. Volví a casa con un sentimiento de felicidad que desde hacía mucho tiempo no había vuelto a sentir.»

 

—¿Pero no sería más lógico que Dios nos hiciera saber nuestra vocación por vía de evidencia, ya que es un asunto tan importante para nuestra vida?

 

De entrada, habría que decir que a los hombres no nos es fácil saber con profundidad cuáles son la razones de Dios. De todas formas, pienso que el misterio de la libertad exige dejar un cierto margen a la interpretación humana. La dignidad humana exige que la percepción de la vocación sea, en cierto modo, suficientemente oscura como para que la adhesión a ella sea libre y, al tiempo, bastante clara como para que dicha adhesión sea razonable. Hay suficiente luz para que vean los que desean ver, y suficiente oscuridad para los que tienen una disposición contraria.

 

Como ha explicado Fernando Ocáriz, el hecho de que Dios de ordinario no imponga una vocación específica por vía de evidencia, hace pensar que Dios quiere que la libertad de la persona intervenga no solo en la respuesta, sino también en la configuración de la vocación misma. Es decir, que dentro de la oscura luminosidad del misterio de la vocación, podemos entender que Dios llama también mediante la libre elección de la persona llamada.

 

Así sucede, por ejemplo, cuando una persona descubre su vocación viendo la vida de otra o de otras personas, y se encuentra con que se descubre a sí mismo proyectado en esas personas. Cuando piensa «yo quiero ser así», o «yo quiero ser como ese», o «mi referencia personal es ese tipo de vida», o «esto es lo mío», Dios está desvelándole su designio, al tiempo que la propia libertad participa en la configuración del camino que se marca a sí mismo para seguir ese designio divino.

 

—Veo entonces que hay una fuerte relación entre el discernimiento y el propio querer.

 

En efecto, y por eso recomienda también Fernando Ocáriz que cuando una persona se encuentra ante la incertidumbre de una posible existencia de una llamada específica de Dios, y no ve ningún dato objetivo contrario, y comprueba que la Providencia le ha conducido de hecho a esa experiencia psicológica concreta, es importante entonces que, además de seguir pidiendo a Dios «luz para ver», pida también «fuerza para querer», de modo que con esa fuerza que eleva la libertad en el tiempo se configure la misma vocación eterna.

 

—¿Y hay algún tipo de señal que permita identificar con un poco más de claridad la vocación?

 

No existe un “vocacionómetro”. Tradicionalmente, en la ascética clásica, se distinguen tres señales fundamentales, que, por otra parte, son las mismas que inclinan a una persona a escoger un trabajo determinado y no otro, o una carrera universitaria y no otra, una persona concreta con la que casarse y no otra. Son estas tres: tener condiciones, no tener impedimentos, y querer. Muchos, por ejemplo, pueden tener condiciones y no tener impedimentos para hacer una carrera o una tarea profesional, y lo que al final decide es el querer. Con la vocación pasa un poco lo mismo.

 

Y hay otra cosa. La seguridad en esa decisión también tiene mucho que ver con el querer, pues, al fin y al cabo, la seguridad no viene dada sino que la da el querer. No nos viene hecha, sino que hay que hacerla.

 

—Una cosa es clara, y es que Dios no llama sin dar al mismo tiempo las cualidades necesarias, luego la carencia de condiciones o aptitudes indica que no hay vocación.

 

Exacto. Y, por el contrario, si se tienen esas condiciones y no hay impedimentos, la probabilidad de tener esa vocación es mayor. Y el hecho de que una persona se esté planteando la posibilidad de ser llamada por Dios en determinado camino de entrega completa a Él, indica que es bastante probable que así sea, pues son muy pocos los que llegan a plantearse seriamente tal posibilidad, y eso es un hecho que no puede menospreciarse.

 

La percepción de la vocación depende sobre todo de la rectitud y la capacidad de escucha por parte de la persona. De cara a Dios, basta un motivo para decir que sí, una causa suficiente, con la fe y con la esperanza de que Dios no nos abandonará si damos ese paso.

 

—Es una síntesis bastante difícil entre libertad y determinación.

 

Lo es, sin duda. A eso se refería José Ortega y Gasset cuando decía que «la vida es quehacer y la verdad de la vida, es decir, la vida auténtica de cada cual consistirá en hacer lo que hay que hacer y evitar el hacer cualquier cosa. Para mí un hombre vale en la medida que la serie de sus actos sea necesaria y no caprichosa. Pero en ello estriba la dificultad del acierto. Se nos suele presentar como necesario un repertorio de acciones que ya otros han ejecutado y nos llega aureolado por una u otra consagración. Esto nos incita a ser infieles con nuestro auténtico quehacer, que es siempre irreductible al de los demás. La vida verdadera es inexorablemente invención. Tenemos que inventarnos nuestra propia existencia y, a la vez, este invento no puede ser caprichoso. El vocablo inventar recobra aquí su intención etimológica de "hallar". Tenemos que hallar, que descubrir la trayectoria necesaria de nuestra vida, que solo entonces será la verdaderamente nuestra y no de otro o de nadie, como lo es la del frívolo».

 

 

 

12. Así me hice cura

 

La experiencia más bella

que tenemos los hombres

es el misterio.

 

Albert Einstein

 

La noche del 27 al 28 de diciembre de 1942 fue muy importante para un chico de doce años llamado José Luis Martín Descalzo. Transcurrían las vacaciones de Navidad en casa de don Cosme, hermano de su madre y párroco de San Cebrián de Arriba, un pueblecito de León. Aquella tarde había caído una gran nevada.

 

«En el viejo cuarto de estar —recordaría José Luis unos años después— golpeaba un reloj que marchaba más de prisa que los pasos de mi tío, que resonaban en el despacho. Mi tío era un hombre de esos a quienes hay que querer en cuanto se les conoce. Tenía el pelo gris y dos grandes arrugas surcaban la frente, sin que ninguna de estas dos cosas consiguieran hacer menos brillante su mirada ni apagar su sonrisa constante. En el cuarto de estar, mis hermanas hacían comiditas en un rincón. Yo jugaba con Laurel, un canelo de dos años a quien habíamos tenido que meter en casa porque la nieve casi taponaba la puerta de su caseta. De pronto, Laurel se puso rígido, estiró las orejas y lanzó un ladrido agudo, que hizo que mis hermanas levantaran a un tiempo la cabeza. Fue entonces cuando oímos que un caballo se acercaba calle abajo, se paraba a nuestra puerta. Llamaban. Mi madre tiró de la soga, y al tiempo se abrieron la puerta de la calle y la del despacho de mi tío, que apareció con el breviario en la mano. Abajo había un hombre mal afeitado y con la pelliza salpicada de nieve.»

 

Aquel hombre venía a avisar de que en Roblavieja se había puesto muy enferma una señora y quizá falleciera esa misma noche. Él seguía su camino a otro lugar en busca de unas medicinas. Don Cosme no dudó instante, se puso sus botas, acabó de prisa su cena y se dispuso a salir. No sirvieron de nada los consejos de su hermana, que le hacía ver el peligro de salir andando, de noche y con esa nevada, para hacer los cuatro kilómetros hasta aquel otro pueblo. Solo logró convencerle de que le acompañara su sobrino.

 

«Había dejado de nevar y el aire estaba tibio. Había salido la luna, que daba a la nieve una luz extrañamente blanca. Cuando salimos del pueblo, el reloj de la torre dio las diez de la noche. Mi tío iba embozado en su manteo, bajo el que ocultaba la caja de los sacramentos. Yo iba físicamente embutido en el abrigo y la bufanda y caminaba a saltos para no helarme los pies. La primera parte del camino fue fácil; pero cuando llevaríamos andados cerca de tres cuartos de hora se ocultó la luna y comenzó otra vez a nevar. Se levantó un frío que cortaba y que hacía llorar. La noche se había puesto muy oscura y no había más luz que la que despedía el brillo de la nieve. Fue entonces cuando yo comencé a tener miedo de veras, porque noté que mis pies se hundían más que antes, y tuve la sensación de que nos habíamos salido del camino. Miré a mi tío sin atreverme a hablar, y vi en sus ojos idéntico temor. Nos detuvimos. Se veían ya algunas luces de Roblavieja y el pueblecito se dejaba ver como una mancha más oscura. Pero ¿y el camino? No había posibilidad de adivinarlo, ya que la nieve estaba tendida como una capa, que no permitía adivinar dónde estaba el suelo firme y liso.

 

»Seguimos andando a la ventura, y ahora el pavor estaba ya en mi corazón. Y entonces fue cuando sucedió lo que tenía que suceder, lo que estaba señalado para esta fecha desde la eternidad. Y todo fue sencillo, como una lección bien aprendida. Mi tío perdió tierra y cayó, dando un grito. Yo corrí hacia él e intenté ayudarle a ponerse en pie. Pero fue inútil. No podía ponerse en pie y ya no volvería a caminar más.

 

»Lo demás todo fue muy rápido. Corrí como un loco hacia el pueblo, sin atender en absoluto al peligro que también yo corría. Aporreé la puerta de la primera casa hasta hacerme daño en los nudillos. La noticia corrió de casa en casa, y poco después unos veinte hombres y varios perros me acompañaban al lugar donde había dejado a mi tío. Mientras, seguía nevando, y los ladridos de los perros eran secos y parecía que hicieran daño en el silencio. Mi tío estaba sin sentido, pero vivo todavía. Cuando le levantaron quedó en medio de la nieve removida una mancha de sangre que chillaba entre la blancura. Envuelto en una manta le llevaron hacia el pueblo. Abrió los ojos y pidió que le llevaran a casa de la enferma.

 

»Le arrimaron al fuego y se fue reanimando, mientras el médico vendaba la pierna, toda roja. Cuando estuvo un poco más repuesto pidió que le acercaran a la cama de la enferma, que era una viejecita arrugada que hablaba con rápidos chillidos. Había mucha gente en el cuarto, y yo noté que todos apretaban los labios como queriendo contener el llanto. Yo me quedé junto al fogón, sin acabar de comprender lo que pasaba; era demasiado grande aquello para mi pequeña cabeza. Yo perdí la noción del tiempo, porque mi tío y la vieja parecían no cansarse de hablar. Yo oía desde lejos la respiración ahogada de mi tío —una respiración irregular, como una máquina estropeada—, y entonces, no sé cómo, le vi como uno de aquellos troncos que iban desfalleciendo en el fogón. Le veía doblarse lentamente hasta que al fin cayera. Pero veía su sonrisa clara, que tampoco ahora se apagó; su alegría de morir en un acto de servicio, morir calentando a los demás y agotarse para dar puesto a otro leño que vendría tras él, para morir también en el fogón. Fue entonces cuando se me ocurrió de repente —¿cómo?— que por qué no iba a ser yo el leño que le sustituyera. No sé, nunca se sabe cómo se ocurren las grandes ideas.

 

»Al día siguiente las campanas de los dos pueblos tocaron a muerto, ¡aunque parecía que tocaban a gloria! Yo estaba como abstraído, como fuera de mí. La gente pensaba que era tristeza por la muerte de mi tío; pero ¿cómo iba a entristecerme una muerte tan estupenda? Me parecía tan terriblemente hermosa aquella muerte, que empecé desde entonces a soñarla para mí. Y era este sueño lo que obsesionaba mi cerebro infantil.»

 

Al siguiente mes de octubre, José Luis entró en el Seminario. Las cosas no fueron fáciles, pero fueron resolviéndose. «Yo recordaba siempre a mi tío en cada sacerdote que veía, y recordaba aquella noche de nieve cada vez que nuestro patio aparecía blanqueado; recordaba sobre todo aquel fogón en que los leños iban consumiéndose. Y pensaba: dentro de cuatro años me tocará a mí arder y también calentar y alumbrar. ¿Qué sería de nosotros sin este fuego vivificador? En los pueblos sin sacerdote —pensaba— deben tener un invierno perpetuo.

 

»Y entonces venía a mi memoria toda mi vida. Recordaba, sobre todo, aquella noche de diciembre y me parecía que ahora yo estaba repitiéndola. Tanto, que cuando por fin subí al altar tuve la sensación de oír el reloj que aquella noche había dado las diez campanadas. Y cuando me acercaba a la Consagración me parecía como si me hundiese en tierra, igual que aquella noche en la nieve. Me temblaba el corazón como entonces, aunque esta vez no de miedo, sino de gozo.

 

»Cuando acabó la Misa me senté en un rincón de la iglesia y allí estuve largo rato, como intentando explicarme a mí mismo lo que había sucedido. Todo en mi vida era distinto, comenzaba a sentirme útil y mi existencia empezaba a servir para algo. Me veía entre los hombres con las manos llenas de amor y siendo como un canal entre ellos y Dios, un canal por el que bajarían las gracias del Cielo, por el que subirían las oraciones de la tierra. Me veía derramando el agua santa sobre la frente de los niños, y acompañando los últimos minutos de los moribundos; perdonando a los jóvenes sus pecados— ¡ah, y viéndoles marcharse contentos, con una nueva alegría!— y bendiciendo los nuevos hogares en que se perpetuaría la vida. Veía a los niños arrodillados, puros y angelicales, ante el altar, y yo bajaba hasta ellos y les ponía el Cuerpo del Señor sobre la lengua. Yo rezaba también sobre los muertos, y mi bendición era lo último que descendía sobre sus tumbas entre las paletadas de tierra. Yo bendecía las casas, y los animales, y los frutos, y hablaba a los hombres de Dios, y por ellos, por todos ellos, levantaba en las manos la Hostia blanca, en la que Cristo se nos mostraría y vendría a vivir entre nosotros. Sí —pensé—; mi vida comienza a servir para algo.

 

»Pienso que ya estoy ardiendo, que soy el leño en el fuego, el fuego que ilumina, que calienta; que ése es mi destino: consumirme en un acto de servicio, en un glorioso acto de servicio a los hombres. ¡Y estoy tan orgulloso con este destino!

 

»¿Cuánto durará? ¡Qué importa eso! Quizá sean muchos años, como mi tío; quizá solo unos meses, puede que unos días; quién sabe si esta misma noche no nevará y estará borrado el camino que lleva a Castales y llegará uno a caballo a llamar a mi puerta. Por eso tengo que darme prisa, tengo que buscar en seguida alguien que me sustituya, que siga en la brecha si yo muero. Este fuego no puede extinguirse, porque con él se apagaría el mundo.»

 

Este relato, escrito por Martín Descalzo cuando era un sacerdote recién ordenado, muestra con viveza todo el proceso del nacimiento y la maduración de la llamada a una vida de entrega a Dios y a los demás. Todo un gran horizonte de sacrificio y al tiempo de satisfacción, de renuncia y al tiempo de conciencia de ser un afortunado, de dejar algunas cosas pero ganar muchas más.

 

 

 

13. El joven rico

 

El amor,

para que sea auténtico,

debe costarnos.

 

Madre Teresa de Calcuta

 

¿Cómo continuaría la historia de la vida del “joven rico” del Evangelio? El Maestro le invitó a dejar todo y seguirle. Pero él se negó, y se fue triste. Hubo otros que sí le siguieron, y fueron grandes apóstoles, grandes santos.

 

Supongo que, pasado el tiempo, a aquel chico le irían llegando noticias del Maestro. Unos dirían que era un impostor, otros que hacía milagros, que era un profeta. Más adelante le llegaría la noticia de que le habían crucificado.

 

Podemos imaginarnos ahora —siguiendo una glosa de José Miguel Cejas— que el personaje ya es anciano. Está sentado, al atardecer, en el zaguán de su casa. Han terminado ya las faenas del campo, y se oyen, a lo lejos, las risas bulliciosas de las espigadoras que regresan y los gritos de los hombres que transportan las últimas gavillas. Tiene la mirada perdida, como desvanecida en el silencio. También la vida, como el día, se va consumiendo, poco a poco, entre rumores apagados de cansancio. Y el tiempo se va llevando los recuerdos, como el viento se lleva las últimas huellas de las caravanas en el camino reseco que pasa junto a su puerta.

 

Habla poco. De vez en cuando, le visitan los viejos conocidos y evocan juntos a amigos y parientes, casi todos ya muertos. Comentan algo sobre la próxima cosecha, sobre los viñedos o los olivos. Y mientras, en la casa, todo sigue igual: ruidos de cántaros, griterío de niños, leves pisadas femeninas. Desde hace años este anciano contempla, en un silencio impregnado de tristeza, los juegos de los hijos de sus hijos. Vive de nostalgias y de recuerdos, asombrosamente cercanos a pesar del tiempo. Y hay algunos instantes de su vida que pesan en su alma como si fueran decenas de años. Y otros que no acaban de pasar nunca, como la mirada profunda de aquel Rabí.

 

Hace muchos años, más de sesenta, él cruzaba Palestina con un viejo criado que murió hace tiempo. Entonces era un chico joven, tenía fuerzas, no como ahora. Era rico y un tanto arrogante. ¿Feliz? Aceptablemente feliz. Y temeroso de Dios. Por eso, fue corriendo al encuentro de aquel hombre extraordinario. Le preguntó: «Maestro bueno... ». Y aquel Rabí, mirándole a los ojos, sonriendo, le invitó a seguirle. Pero él se negó. Y se fue triste.

 

Pasó el tiempo. En la aldea se comentaban cosas contradictorias. Unos decían que el Rabí era un falsario y un impostor. Otros hablaban de sus milagros. Otros estaban convencidos de que era un profeta.

 

Paso más tiempo. Se casó, tuvo hijos. Las noticias de Jerusalén llegaban con retraso a su aldea. Una pascua le contaron que lo habían crucificado. Respiró hondo. «Yo tenía razón: no era más que un visionario. Hice bien en no seguirle. ¡Qué locura hubiera sido echar por la borda todos mis bienes!».

 

Pero, sin saber por qué, la noticia le entristeció, como aquella tarde cuando volvió la espalda a la cálida y respetuosa llamada del Maestro. En su mente seguía fija la idea de que el Señor le llamó, y que si él no quiso seguirle fue por egoísmo, pero aquella llamada, aquella vocación seguía viva en su interior. Descubrió que su antigua ilusión de entrega, sus deseos de Dios, seguían allí, en un repliegue del alma. Porque, durante años, casi sin advertirlo, aquella mirada y aquella sonrisa de Jesús le habían seguido acompañando.

 

Un día quizá aparecieron los discípulos del Señor por su aldea, y habría sus tensiones, porque la doctrina de Cristo no deja indiferente a nadie. Los ancianos discutían a la entrada del pueblo y bramaban contra ellos en la sinagoga. Lo comentaban también, acaloradas, las mujeres en la fuente. Todos se sentían interpelados por las enseñanzas de aquel Maestro, y quizá el joven rico, que ya no sería tan joven, volvió a pensar en dejarlo todo y unirse a aquellos hombres, secundando ahora la llamada que el Maestro le hizo unos años antes.

 

Algunos se habían hecho de los suyos. Otros los insultaban y los perseguían. Quizá entonces fue generoso y recuperó el tiempo que había perdido. Pero quizá volvió a vencerle su egoísmo, y prefirió quedarse cómodamente al margen. Era rico y no quería riesgos. Se limitaba a contemplar desde lejos lo que pasaba. Pudo haber sido uno de ellos. Y seguía enriqueciéndose. Su casa se llenaba de pebeteros, de alfombras y de los pequeños lujos de una aldea oriental. Tenía más y más criados, y sus campos se engrandecían.

 

Y a los pocos años llegó aquella terrible guerra, la invasión romana, y la destrucción del Templo de Jerusalén. Y aquel hombre, con seguridad, lo perdió todo. Le arrebataron otros por la fuerza lo que no quiso él dar al Señor por su propia voluntad. Ahora su cuerpo se iba combando lentamente y se ajaba el rostro de su mujer. Y en su vejez se lamentaría en su pobreza, viendo sus campos y sus ganados en mano ajena, viendo el desprecio de aquellos que antes le adulaban porque era rico, pero que ahora le ignoraban porque ya no lo era. Y él seguía allí, como un perro triste, en el portal de su casa, imaginando lo que pudo ser y no fue. A su alrededor, veía la respuesta a lo que había sido su vida: una vida encerrada en su egoísmo, que ahora los demás le pagaban con la misma moneda. Y lloraba en silencio, pensando que quizá su vida podía haber sido menos cómoda pero sin esa insoportable amargura del egoísmo.

 

Aquel hombre pudo haber sido un gran apóstol. Recibió, como Juan, la llamada en plena juventud. ¡Cuántas almas pudo haber salvado! Jesús las veía a través de sus ojos. Y veía, detrás de esas almas, tantas y tantas otras. Pero aquel hombre dijo que no. Su egoísmo quebró para siempre los planes de Dios. ¿Por qué? Cuenta el Evangelio que tenía muchas riquezas. Podemos imaginarnos lo que sería. Como mucho, unos campos, unas casas, unos caballos, unos mulos... Y por esas riquezas miserables abandonó a Dios hecho hombre, que le buscaba en lo mejor de su vida. Se entiende que Jesús hiciera aquella dolorosa reflexión, y que comentara entonces que es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja a que entren en el reino de Dios quienes estén apegados a sus riquezas.

 

Este joven ha permanecido anónimo. Si hubiera respondido positivamente a la invitación de Jesús, se habría convertido en su discípulo y probablemente los evangelistas habrían registrado su nombre. Pero quien pone su seguridad en las riquezas de este mundo no alcanza el sentido pleno de la vida y la verdadera alegría. Por el contrario, quien se fía de la palabra de Dios y renuncia a sí mismo y a sus bienes para buscar el reino de los cielos, aparentemente pierde mucho, pero en realidad lo gana todo. El santo es precisamente aquel hombre, aquella mujer, que, respondiendo con alegría y generosidad a la llamada de Cristo, lo deja todo por seguirlo. Como Pedro y los demás Apóstoles, como otros innumerables santos, debemos recorrer el camino que Dios nos marque, que es exigente pero colma el corazón y nos hará recibir el ciento por uno ya en esta vida terrena, juntamente con pruebas y persecuciones, y después la vida eterna.

 

—¿Piensas entonces que Dios nos pide siempre de lo que cuesta?

 

Lo hace Dios, y así es la naturaleza del hombre. Nadie considera auténtico un amor que no está dispuesto al sacrificio. «El amor, para que sea auténtico, debe costarnos», decía la Madre Teresa de Calcuta. Y el sacrificio es lo que prueba el amor, y lo que da alegría de verdad. «No quiero —insistía— que me deis de lo que os sobra. Quiero que me deis de lo que necesitáis hasta realmente sentirlo. El otro día recibí quince dólares de un hombre que lleva veinte años paralítico. La parálisis solo le permite usar la mano derecha. La única compañía que tolera es la del tabaco. Me decía: “Solo hace una semana que he dejado de fumar. Le envío el dinero que he ahorrado de no comprar cigarrillos”. Debió de ser un terrible sacrificio para él. Con ese dinero compré pan y se lo di a personas que tenían hambre. De este modo, tanto el donante como quienes lo recibieron experimentaron alegría.»

 

«Creo que una persona que está apegada a sus riquezas, que vive preocupada por sus riquezas, es en realidad muy pobre. Sin embargo, si esa persona pone su dinero al servicio de los demás, entonces se vuelve rica, muy rica. La bondad ha convertido a más personas que el celo, la ciencia o la elocuencia. La santidad aumenta más rápido cuando hay bondad. El mundo se pierde por falta de dulzura y amabilidad. No olvidemos que nos necesitamos los unos a los otros.»

 

 

 

14. Superar el miedo

 

Al que vive temiendo

nunca lo tendré por libre.

 

Horacio

 

Jonás era un hombre al que un buen día Dios le reveló de repente su vocación: «Anda y vete a Nínive, la gran ciudad, y predica en ella: porque el clamor de sus maldades ha subido hasta mi presencia».

 

Dios le manifestó claramente su voluntad: quería contar con él para llegar a esas muchedumbres desorientadas que no le conocen, o que le conocen mal. El deseo de Dios estaba bien claro, pero a pesar de eso, o quizá precisamente por eso, Jonás escapó. Se llenó de miedo. Se resistía al sacrificio, a la entrega de su vida a esa tarea que se le antojaba muy ardua. No captaba la grandeza y el atractivo de esa misión. Por eso se entristeció y huyó de Dios.

 

Lo suyo fue una escapada en toda regla. «Tomó el camino huyendo del Señor, y así que llegó a Jope, halló una nave que se hacía a la vela para Tarsis; pagó su pasaje, y entró en ella con los demás para llegar a Tarsis huyendo del Señor». Huía de Dios y quizá aún más de sí mismo. Quería poner la mayor distancia posible, «airearse», «probar otras cosas», «conocer otros ambientes»... como quizá dirían ahora algunos cuando intuyen una voluntad de Dios cuya grandeza no saben apreciar o valorar. Pensaba que en medio del tráfago de otra ciudad, otro país, otras gentes, otro ambiente…, aquella voz se callaría, dejaría de oírla. Y abandonó su tierra, sus amigos, los lugares que le hablaban de Dios.

 

«Pero el Señor envió un viento recio sobre el mar, con lo que se movió en él una gran borrasca, de suerte que se hallaba la nave a punto de partirse». Los marineros se asustaron. Intuían que aquella tremenda tempestad, que batía con tanta furia el barco, se debía a una poderosa razón divina. Jonás acabó por contarles su historia y aquellos hombres «comprendieron que huía, desobedeciendo a Dios».

 

Jonás se arrepintió de su mala actitud y, después de diversas peripecias, marchó a la ciudad a la que Dios le había mandado. Nínive era una ciudad enorme, hacían falta tres días de camino para recorrerla. Habló a los ninivitas con fuerza, los movió a hacer penitencia y consiguió que salieran de la inmoralidad en que estaban inmersos. Y Dios, «viendo las obras que hacían, y cómo se habían convertido de su mala vida, se movió a misericordia y no les envió los males que había declarado». Nínive se convirtió gracias a la predicación de Jonás.

 

—Pero es bastante normal sentir miedo ante este tipo de llamadas de Dios, me parece.

 

Es bastante normal. Además, ese temor no tiene por qué ser malo, sino que muchas veces es una muestra de que valoramos la importancia de lo que Dios nos pide, y nos da cierto vértigo. Por eso, tener miedo puede incluso ser señal de vocación. Si todo te diera igual, no sentirías miedo. El hecho de plantearse la entrega a Dios, y de que esa idea nos imponga un poco, ya es un dato importante, pues muy pocos llegan a pensar nunca en esa posibilidad, y si alguien les hablara de ello no les produciría ninguna inquietud.

 

—¿Y cómo superar el miedo? Son decisiones que entrañan riesgos importantes.

 

El mejor sistema es disponerse a escuchar la voz de Dios y a seguir su voluntad. Tener el coraje de decir que sí a lo que Dios nos pida. Aunque suponga derribar de un manotazo todo un mundo cómodo de seguridades en el que estamos instalados.

 

Así lo hizo la Virgen. Cuando el ángel le anuncia que va a ser Madre de Dios, se produce en ella una turbación natural, y el ángel la tranquiliza: «No temas». Y le dice por qué: «Porque has hallado gracia a los ojos de Dios». Nosotros tampoco debemos tener miedo, porque Dios nos da la gracia necesaria para seguir el camino que nos señala.

 

Dios cuenta con todo eso. La percepción de la vocación, como sucedió con el anuncio del ángel a María, no es un acontecimiento aislado en la historia de la salvación, sino la continuación y culminación de una serie de intervenciones divinas anteriores. Dios va preparando todo, en la vida de cada uno, también lo que podría llamarse la psicología de la percepción de lo sobrenatural. Nos sitúa ante un anuncio que nos produce quizá maravilla, temor o admiración, ya que cuando percibimos la llamada captamos la trascendencia de lo que nos está sucediendo. Pero esa misma llamada nos ilumina interiormente y nos ayuda a superar el miedo natural que producen las intervenciones sobrenaturales.

 

De todas formas, la clave no está en el miedo, sino en cómo reaccionamos ante ese miedo. De hecho, lo que distingue a un cobarde de un héroe no es el miedo, sino su capacidad de superarlo. Y el miedo siempre aparece ante todas las decisiones importantes, pues siempre suponen asumir un riesgo. Unos te aconsejarán una cosa y otros otra. Si, por cobardía, tiendes a escuchar demasiado a los que “te apaciguan” y te dan “consejos tranquilizadores” para nunca asumir riesgos, no decidirás con acierto.

 

—Pero también puedes equivocarte por el otro extremo, si no consideras los riesgos y te dejas llevar por la precipitación.

 

Hay que encontrar un equilibrio entre la temeridad y la indecisión. Pero no puedes pedir una seguridad matemática, ni metafísica. Tienes que aceptar el riesgo del amor, pero recuerda que es un riesgo en manos de Dios.

 

Dios quizá quiere contar contigo para llegar a mucha gente. No busca un simple paso adelante, un gesto, o un poco de tu tiempo. A lo mejor te pide, como a Jonás, una dedicación completa. Te pide cambiar de planes. Cambiar de vida. Te muestra, quizá, un cometido concreto, una misión. Es mejor no hacer oídos sordos, como él hizo al principio, a pesar de ser tan claro el querer de Dios. Tuvo miedo, como quizá tú, pero ese miedo no es un simple vientecillo en tu corazón, sino a lo mejor un viento cada vez más fuerte que acaba volteando las campanas de tu alma.

 

Las decisiones definitivas dan un poco de miedo, pero son fundamentales. Como decía Benedicto XVI en una entrevista previa a su viaje a Alemania en 2006, el mundo necesita de nuestro compromiso personal por la búsqueda del bien, y necesita «el valor de tomar decisiones definitivas. En la juventud hay mucha generosidad, pero ante el riesgo de comprometerse para toda la vida, ya sea en el matrimonio o en el sacerdocio, se experimenta miedo. El mundo está evolucionando mucho, y ahora parece que podemos disponer continuamente de nuestra vida entera con todos sus imprevisibles eventos futuros. Entonces, con una decisión definitiva, ¿no ato mi libertad y no me privo de la libertad de movimientos? Es preciso despertar el valor de atreverse a tomar decisiones definitivas, que en realidad son las únicas que hacen posible el crecimiento, caminar hacia adelante y alcanzar cualquier cosa importante en la vida, las únicas que no destruyen la libertad, sino que le ofrecen el mejor camino. Arriesgarse a dar este salto, tomar decisiones definitivas, y con eso acoger plenamente la vida, esto es algo que quisiera poder comunicar a los jóvenes.»

 

—¿Piensas que el miedo a las decisiones importantes tiene que ver con la educación que uno ha recibido?

 

Indudablemente, pues para adquirir compromisos importantes hay que haber sido educado —y haberse educado a uno mismo— en una actitud de compromiso habitual por la mejora del mundo que nos rodea. De lo contrario, los compromisos suelen eludirse, y eso lleva a que al final nos situemos casi inadvertidamente en unas coordenadas de egoísmo y de desimplicación.

 

Sentir un poco de miedo, o bastante, ante una decisión importante en la vida, no debe considerarse extraño. Una educación verdadera debe suscitar la valentía de las decisiones definitivas, que hoy muchos consideran un vínculo que limita nuestra libertad, pero que en realidad son indispensables para crecer y alcanzar algo grande en la vida, especialmente para que madure el amor en todo su esplendor y su atractivo. De esa educación surge nuestro "no" a formas débiles y falsificadas del amor o de la libertad, que son un "sí" al amor verdadero, a la realidad del hombre tal como ha sido creado por Dios.

 

 

15. Mañana, mañana

 

Moneda que está en la mano,

tal vez se deba guardar.

La monedita del alma

se pierde si no se da.

 

Antonio Machado

 

Agustín de Tagaste era un joven y brillante orador, dotado de una gran inteligencia y un corazón ardiente. Su adolescencia transcurrió entre diversas escuelas de Madaura, Tagaste y Cartago, de manera un tanto turbulenta. Durante años anduvo sin apenas rumbo moral en su vida, muy influida por amistades poco recomendables: «Mientras me olvidaba de Dios —dice de sí mismo—, por todas partes oía: ¡Bien, bien!».

 

«Yo ardía en deseos de hartarme de las más bajas cosas y llegué a envilecerme hasta con los más diversos y turbios amores; me ensucié y me embrutecí por satisfacer mis deseos. Me sentía inquieto y nervioso, solo ansiaba satisfacerme a mí mismo, hervía en deseos de fornicar. (...) ¡Ojalá hubiera habido alguien que me ayudara a salir de mi miseria...!».

 

No era feliz: «Sabía que Dios podía curar mi alma, lo sabía; pero ni quería, ni podía; tanto más cuanto que la idea que yo tenía de Dios no era algo real y firme, sino un fantasma, un error. Y si me esforzaba por rezar, inmediatamente resbalaba como quien pisa en falso, y caía de nuevo sobre mí. Yo era para mí mismo como una habitación inhabitable, en donde ni podía estar ni podía salir. ¿Dónde podría huir mi corazón que huyese de mi corazón? ¿Cómo huir de mí mismo?».

 

Buscaba la verdad en diversas ideologías. Habló con las figuras intelectuales más destacadas para encontrar respuesta a las situaciones culturales y sociales de su época. Pasaba de maestro en maestro y de ideología en ideología. Pero nada le llenaba el corazón. Leía incesantemente. Triunfó dando clases y conferencias, hasta convertirse en un personaje de moda. Era un pensador influyente al que llamaban de todos los sitios.

 

Estando en Milán, en el año 384, acudía, sin demasiada buena disposición, a escuchar las homilías de Ambrosio, obispo de la ciudad. Ambrosio era un hombre de una gran talla intelectual, y Agustín estaba interesado en su oratoria, no en su doctrina, pero «al atender para aprender de su elocuencia —explicaba—, aprendía al mismo tiempo lo que de verdadero decía». Le parecía que aquel hombre explicaba de un modo distinto los pasajes de la Sagrada Escritura que él ridiculizaba en sus clases y que ahora le empezaron a parecer verdaderos.

 

El 1 de enero del año 385 se estaba preparando para hablar ante toda la Corte del Emperador Valentiniano, instalada por entonces en aquella ciudad. Agustín estaba consiguiendo sus propósitos de triunfar gracias a su elocuencia, pese a ser aún muy joven. Pero notaba que algo en su vida estaba fallando. «Al volver —escribiría más adelante—, y pasar por una de las calles de Milán, me fijé en un pobre mendigo que, despreocupado de todo, reía feliz. Yo, entonces, interiormente, lloré».

 

Una cascada de sentimientos se desbordó en el corazón de Agustín. Caminaba, como siempre, rodeado de un grupo de amigos. «Les dije que era nuestra ambición la que nos hacía sufrir y nos torturaba, porque nuestros esfuerzos, como esos deseos de triunfar que me atormentaban, no hacían más que aumentar la pesada carga de nuestra infelicidad».

 

«No hago más que trabajar y trabajar para lograr mis objetivos, y cuando los consigo, ¿soy más feliz? No. Tengo que seguir bregando contra todo y contra todos para mantenerme en mi puesto. Mientras tanto, ese tipo vive tan contento sin tener nada... Bueno; no sé si estará contento, no sé si será realmente feliz, pero, desde luego, el que no soy feliz soy yo... No es que me guste su vida, ¡es mi vida la que no me gusta! He conseguido un status, una posición económica y cultural... ¿y qué?». «No compares —le dijeron sus amigos—. Ese tipo se ríe porque habrá bebido. Y tú tienes todos los motivos para estar feliz, porque estás triunfando...».

 

Sí, estaba triunfando, pero aquellos éxitos en su cátedra y en sus conferencias, más que alegrarle, le deprimían. «Al menos —se decía— ese mendigo se ha conseguido el vino honradamente pidiendo limosna, y yo... he alcanzado mi status a base de traicionarme a mí mismo. Si el mendigo estaba bebido, su borrachera se le pasaría aquella misma noche, pero yo dormiría con la mía, y me despertaría con ella, y me volvería a acostar y a levantar con ella día tras día».

 

La crisis se había desencadenado. Pero la lucha no había hecho más que empezar, llena de vacilaciones. «La fe católica me da explicaciones a lo que me pregunto...; sin embargo, ¿por qué no me decido a que me aclaren las demás cosas?».

 

En su vida moral seguía haciendo lo que le apetecía. Deseaba salir de aquella situación, pero, a la vez, se sentía incapaz. «Si uno se deja llevar por esas pasiones, al principio se convierten en una costumbre, y luego en una esclavitud...».

 

Era un esclavo de esas pasiones, lo reconocía. Por eso, el tiempo pasaba y Agustín se resistía a cambiar. «Deseaba la vida feliz del creyente, pero a la vez me daba miedo el modo de llegar a ella». «Pensaba que iba a ser muy desgraciado si renunciaba a las mujeres... ». «¡Qué caminos más tortuosos! Ay de esta alma mía insensata que esperó, lejos de Dios, conseguir algo mejor. Daba vueltas, se ponía de espaldas, de lado, boca abajo..., pero todo lo encontraba duro e incómodo...».

 

Agustín va poco a poco logrando vencer la sensualidad y la soberbia, pero se encuentra también con otro poderoso enemigo: «Me daba pereza comenzar a caminar por la estrecha senda». «Todavía seguía repitiendo como hacía años: mañana; mañana me aparecerá clara la verdad y, entonces, me abrazaré a ella».

 

El proceso de su conversión pasó —según contaría él mismo en su libro Las Confesiones— por multitud de pequeños detalles. El paso definitivo se produjo un día de agosto del año 386, en que recibió la visita de su amigo Ponticiano. Tuvieron una animada conversación. En un momento dado, Ponticiano le contó la historia de un monje llamado Antonio, y luego, viendo el creciente interés de Agustín, una anécdota suya personal. Le contaba esas cosas con intención de acercarle a Dios, pero probablemente no sospechó el fuerte influjo que produjeron en Agustín. «Lo que me contaba Ponticiano me ponía a Dios de nuevo frente a mí, y me colocaba a mí mismo enérgicamente ante mis ojos para que advirtiese mi propia maldad y la odiase. Yo ya la conocía, pero hasta entonces quería disimularla, y me olvidaba de su fealdad». «Me puso cara a cara conmigo mismo para que viese lo horrible que era yo.»

 

Mientras su amigo hablaba, Agustín pensaba en su alma, que encontraba tan débil, oprimida por el peso de las malas costumbres que le impedían elevarse a la verdad, pese a que ya la veía claramente. «Habían pasado ya muchos años, unos doce aproximadamente, desde que cumplí los diecinueve, desde aquel año en que por leer a Cicerón me vi movido a buscar la sabiduría.»

 

«Había pedido a Dios la castidad, aunque de este modo: “Dame, Señor, la castidad y la continencia, pero no ahora”, porque temía que Dios me escuchara demasiado pronto y me curara inmediatamente de mi enfermedad de concupiscencia, que yo prefería satisfacer antes que apagar.» «Se redoblaba mi miedo y mi vergüenza a ceder otra vez y no terminaba de romper lo poco que ya quedaba».

 

Ponticiano terminó de hablar, explicó el motivo de su visita, y se fue. El combate interior de Agustín se acercaba a su final. Cada vez faltaba menos, pero «podía más en mí lo malo, que ya se había hecho costumbre, que lo bueno, a lo que no estaba acostumbrado.»

 

Se decía: «¡Venga, ahora, ahora!». Pero cuando estaba a punto... se detenía en el borde. Era como si los viejos placeres le retuviesen, diciéndole bajito: «¿Cómo? ¿Es que nos dejas? ¿Ya no estaremos contigo, nunca, nunca? ¿Desde ahora ya no podrás hacer eso... , ni aquello? ¡Y qué cosas, Dios mío, me sugerían con las palabras eso y aquello!». Los placeres seguían insistiéndole: «¿Qué? ¿Es que piensas que vas a poder vivir sin nosotros, tú? ¿Precisamente tú...?». Miró a su alrededor. Muchos lo habían logrado. «¿Por qué no voy a poder yo —se preguntó— si éste, si aquel, si aquella, han podido?».

 

Salió con su amigo Alipio al jardín de la casa. «¡Hasta cuándo —se preguntaba—, hasta cuándo, mañana, mañana! ¿Por qué no hoy? ¿Por qué no ahora mismo y pongo fin a todas mis miserias?». Mientras decía esto, oyó que un niño gritaba desde una casa vecina: «¡Toma y lee! ¡Toma y lee!». Pensó que Dios se servía de ese chico para decirle algo. Corrió hacia el libro, y lo abrió al azar por la primera página que encontró. Leyó en silencio: «No andéis más en comilonas y borracheras, ni haciendo cosas impúdicas. Dejad ya las contiendas y peleas. Revestíos de Nuestro Señor Jesucristo, y no busquéis cómo contentar los antojos de la carne y de sus deseos.»

 

Cerró el libro. Esa era la respuesta. No quiso leer más, ni era necesario. «Como si me hubiera inundado el corazón una fortísima luz, se disipó toda la oscuridad de mis dudas». Cuando se tranquilizó un poco se lo contó a Alipio, que quiso ver lo que había leído. Se lo enseñó y su amigo se fijó en la frase siguiente del texto de la Escritura, en la que no había reparado. Seguía así: «Recibid al débil en la fe».

 

«Después entramos a ver a mi madre, se lo dijimos todo y se llenó de alegría. Le contamos cómo había sucedido, y saltaba de alegría y cantaba y bendecía a Dios, que le había concedido, en lo que se refiere a mí, lo que constantemente le pedía desde hacía tantos años, en sus oraciones y con sus lágrimas».

 

A los pocos meses, en la Vigilia Pascual, recibieron el bautismo Agustín, su hijo y su amigo. Años después, escribiría: «Tarde te amé, Belleza, tan antigua y tan nueva, ¡tarde te amé! Estabas dentro de mí, y yo te buscaba por fuera... Me lanzaba como una bestia sobre las cosas hermosas que habías creado. Estabas a mi lado, pero yo estaba muy lejos de Ti. Esas cosas... me tenían esclavizado. Me llamabas, me gritabas, y al fin, venciste mi sordera. Brillaste ante mí y me liberaste de mi ceguera... Aspiré tu perfume y te deseé. Te gusté, te comí, te bebí. Me tocaste y me abrasé en tu paz».

 

El proceso de la conversión de San Agustín refleja muy bien la tendencia de todo hombre a retrasar las decisiones que vemos bastante claras con la cabeza pero a las que se opone la resistencia de nuestras pasiones. El relato de su conversión es uno de los mejores testimonios que se han escrito sobre los problemas, angustias y búsquedas que supone la lucha contra esa resistencia interior. Una lucha que acabó en victoria, y que ha supuesto para la humanidad un personaje tan insigne como San Agustín, un gran pensador y un gran santo, cuyos escritos filosóficos y teológicos constituyen una referencia ineludible en la historia del pensamiento.

 

Muchas veces las llamadas de Dios chocan contra ese muro en nuestro interior, que retrasa nuestras respuestas, desvía nuestra mirada y nos hace repetir, como Agustín: ¡mañana!, ¡mañana! Muchas veces ese “mañana” acaba por ahogar en su mismo nacimiento la llamada del Señor.

 

—A veces sucederá, pero en otras ocasiones será prudente esperar. Es lógico tomarse tiempo para las cosas que son importantes.

 

Si nos tomamos tiempo para considerar con calma las cosas en la presencia de Dios, para reflexionar y obrar con madurez y libertad, es algo no solo prudente sino lógico y necesario. Pero si nos tomamos ese tiempo para ver si así se diluyen las cosas y se pierde la voz del Señor en el ruido de fondo de nuestra vida, entonces nos estamos autoengañando, como explicaba San Agustín. Quizá entonces, a ese “mañana, mañana...” haya que encararse pensando si no es nuestro hoy precisamente el que nos pide Dios.

 

Además, todos esos “mañanas” no podemos tenerlos tan seguros. San Luis Gonzaga murió a los veintitrés años, San Estanislao de Kostka a los dieciocho, San Juan Berchmans a los veintidós, Santa Teresa de Lisieux a los veinticuatro, y así muchos más. Dios puede llamar a cualquier edad, pero si nos llama en la juventud, hemos de agradecerlo como una predilección muy especial. Algunos piensan lo contrario, y creen que es mejor dejar pasar esos años, disfrutar de la juventud lejos de responsabilidades y compromisos, pero quienes han descubierto pronto esa llamada saben que no se cambian por nadie.

 

Además, si se entiende bien lo que supone descubrir la vocación, es decir, conocer el designio de Dios para nuestra vida, lo propio no es la espera, sino la esperanza. Hemos de fomentar la esperanza de ese encuentro con Dios. La espera puede aguardarse durmiendo, la esperanza, caminando. La espera es un sillón; la esperanza, una bandera. La espera, un refugio cómodo; la esperanza cristiana, una virtud aguerrida.

 

—Pero no se puede meter prisa.

 

Dios puede tener prisa. Con el frío, muchas plantas se hielan y así pasa con tantas vocaciones que dejan pasar el tiempo sin responder a Dios. Si lo consideramos en el silencio de la oración, quizá encontremos que los verdaderos tiempos de Dios implican un sentido de urgencia. Si pensamos en tantas almas que aún no conocen a Dios, en todos los que le conocen pero no le aman, y en todos los que le odian, y en los que mueren sin haber oído hablar de Él, quizá entonces entendemos que puede haber algo de esa urgencia divina.

 

No es cuestión de meter prisa a nadie, sino de asegurar que con el paso de los días y los meses y quizá los años no estamos dejando pasar nuestra hora. Hay que pensar las cosas con calma, pero sin eternizarse en la respuesta.

 

—Pero nunca puede ser buena la precipitación de una respuesta inmediata.

 

La preparación y la buena predisposición no son inmediatas, sino meditadas y maduradas. Pero la respuesta puede ser inmediata, como lo fue, por ejemplo, la respuesta de la Virgen al anuncio del ángel, en esa entrañable escena de la Anunciación. Nadie calificaría de precipitada a Santa María por contestar su «Hágase en mí según tu palabra» en pocos segundos. Los requerimientos de Dios a veces piden una respuesta rápida.

 

En el Evangelio se lee también que Nuestro Señor encontró a Simón Pedro y a Andrés echando las redes al mar y les llamó: «Venid conmigo y os haré pescadores de hombres». «Y ellos, enseguida, dejando las redes, lo siguieron». Y lo mismo sucedió poco después con Santiago y Juan, «que estaban en la barca con su padre Zebedeo remendando sus redes; y los llamó. Ellos, al instante, dejaron la barca y a su padre, y le siguieron.» El Señor les pidió dejarlo todo, y ellos respondieron con prontitud, sabiendo jugarse todo a una sola carta, la carta del amor de Dios.

 

Es verdad que la respuesta a la vocación requiere un tiempo. No puede ser el fruto irreflexivo de un impulso de un momento. Por eso, el tiempo en el que se plantea la vocación debe ser tiempo de oración intensa, no de dilación cómoda; tiempo de búsqueda y no de olvido; tiempo para responder, no para demorar la respuesta con un mañana engañoso.

 

Es verdad que siempre cabe “darle otra vuelta más” a nuestras dudas. Una dilación que puede nacer de la recta prudencia, pero también de las excusas eternas, o de lo que San Agustín llamaba “sus viejas amigas”. Pedimos tiempo y calma, ¿para decidir o para olvidar? Así lo relataba San Agustín: «Me encontraba en la situación de uno que está en la cama por la mañana. Le dicen: ”¡Fuera!, levántate, Agustín”. Yo decía al contrario: “Sí, más tarde, un poco más todavía”. Al fin, el Señor me dio un buen empujón y salí.»

 

Agustín fue un apasionado buscador de la verdad. Al final descubrió que solo en Dios se pueden saciar los deseos profundos del corazón humano. Su historia es una espléndida referencia para todos aquellos que, sedientos de felicidad, la buscan recorriendo caminos equivocados y se pierden en callejones sin salida.

 

 

 

16. Cambiar los propios planes

 

Donde haya un árbol que plantar, plántalo tú.

Donde haya un error que enmendar, enmiéndalo tú.

Donde haya un esfuerzo que todos esquivan, hazlo tú.

Sé tú el que aparta la piedra del camino.

 

Gabriela Mistral

 

«Quiero deciros algo del cónclave —explicaba Benedicto XVI a un grupo de peregrinos alemanes, poco tiempo después de ser Papa—, sin violar el secreto. Nunca pensé en ser elegido Papa, ni hice nada para que así fuese. Cuando, lentamente, el desarrollo de las votaciones me permitió comprender que, por decirlo así, la ‘guillotina’ caería sobre mí, me quedé desconcertado. Creía que había realizado ya la obra de toda una vida y que podía esperar terminar tranquilamente mis días. Con profunda convicción dije al Señor: ¡no me hagas esto! Tienes personas más jóvenes y mejores, que pueden afrontar esta gran tarea con un entusiasmo y una fuerza totalmente diferentes. Pero me impactó mucho una breve nota que me escribió un hermano del Colegio Cardenalicio. Me recordaba que durante la Misa por Juan Pablo II yo había centrado la homilía en la palabra del Evangelio que el Señor dirigió a Pedro a orillas del lago de Genesaret: ¡Sígueme! Yo había explicado cómo Karol Wojtyla había recibido siempre de nuevo esta llamada del Señor y continuamente había debido renunciar a muchas cosas, limitándose a decir: sí, te sigo, aunque me lleves a donde no quisiera. Ese hermano cardenal me escribía en su nota: "Si el Señor te dijera ahora ‘sígueme’, acuérdate de lo que predicaste. No lo rechaces. Sé obediente, como describiste al gran Papa, que ha vuelto a la casa del Padre". Esto me llegó al corazón. Los caminos del Señor no son cómodos, pero tampoco hemos sido creados para la comodidad, sino para cosas grandes, para el bien. Así, al final, no me quedó otra opción que decir sí. Confío en el Señor, y confío en vosotros, queridos amigos. Como os dije ayer, un cristiano jamás está solo.»

 

No era esto algo nuevo en la vida de Joseph Ratzinger. Un día de 1977 recibió una visita del nuncio Del Mestri. «Charló conmigo de lo divino y de lo humano y, finalmente, me puso entre las manos una carta que debía leer en casa y pensar sobre ella. La carta contenía mi nombramiento como arzobispo de Munich y Frisinga. Fue para mí una decisión inmensamente difícil. Se me había autorizado a consultar a mi confesor. Hablé con el profesor Auer, que conocía con mucho realismo mis límites tanto teológicos como humanos. Esperaba que él me disuadiese. Pero, con gran sorpresa mía, me dijo sin pensarlo mucho: “Debe aceptar”. Así, después de haber expuesto otra vez mis dudas al Nuncio, escribí, ante su atenta mirada, en el papel de carta del hotel donde se alojaba, la declaración donde expresaba mi consentimiento.»

 

Joseph Ratzinger había elegido una vida de hombre de estudio, pero Dios le llevaba por otros caminos, pues después de este cambio de planes vino otro, en 1981, cuando fue llamado a Roma por Juan Pablo II para presidir la Congregación para la Doctrina de la Fe. Podía haberse negado, o haberse rebelado contra las tareas que llevaba sobre las espaldas y que le impedían la gran labor que sentía como su vocación más profunda.

 

—Al menos él tuvo claro qué camino tomar, pues le bastaba con seguir lo que Dios le iba marcando a través de esas peticiones del Papa, primero, o del cónclave, después. Pero los demás quizá no tenemos fácil elegir.

 

La vocación no se elige, se encuentra. Y, después, se acoge o no se acoge, se responde a ella con más menos generosidad. Es una iniciativa de Dios, no nuestra. Es algo divino, no humano. La vocación de cada hombre forma parte del plan de la Providencia, que se manifiesta en un designio concreto sobre cada vida. Joseph Ratzinger podría haberse quedado encastillado en la idea de que todo eso que le proponían no era su camino, o que no se le había ocurrido a él, o que no respondía a sus deseos de toda su vida. Aquello no le resultaba atractivo, pues él prefería entregarse a su pasión por la tarea docente, a su cátedra de teología. Pero Dios le ha premiado con una cátedra mucho mejor, la cátedra de San Pedro, desde la que ahora desarrolla su pasión por la docencia enseñando a toda la humanidad.

 

—¿Y dónde entregarse a Dios?

 

Donde te quiera Dios. El dónde y el cómo son algo propio de cada uno, que corresponde a cada uno descubrir. Así lo explicaba Juan Pablo II: «Quizá seréis llamados para servir como un marido o una esposa, un padre, una persona soltera, un religioso o un sacerdote. Pero en cualquier caso se trata de una llamada a una conversión personal, una llamada a abrir vuestros corazones al mensaje de Cristo».

 

—¿Y es fácil equivocarse?

 

Al menos es posible. Por eso hay que hacer un discernimiento, reflexionar en la presencia de Dios. Todos tenemos que buscar, con la máxima rectitud posible, y quizá tendremos que tantear un poco.

 

—¿Qué quieres decir con lo de tantear? ¿Crees que es mejor equivocarse que no hacer nada?

 

Si el miedo a equivocarse es excesivo, paraliza y resulta contraproducente. Es bastante normal que las decisiones importantes de la vida necesiten de un cierto tanteo. Lo que no podemos es quedarnos sentados esperando a que llegue una certeza absoluta y total.

 

También los santos más renombrados de la historia de la Iglesia tuvieron que buscar, y algunos se equivocaron al principio. Por ejemplo, Santo Tomás Moro probó en la Cartuja, donde estuvo viviendo cuatro años, hasta que comprendió que no era ese su camino. Pensó también en ser franciscano en el convento de Greenwich, pero tampoco parecía ser el lugar que Dios quería para él. Al final, comprendió que Dios le pedía que buscara la santidad en medio del mundo. No encerrándose en una celda en la cartuja, ni siguiendo el camino franciscano, sino en el matrimonio y en su trabajo como abogado, parlamentario y juez. Llegó a ser Lord Canciller de Inglaterra, y dio un ejemplo de rectitud heroica que siempre servirá de referencia para quienes se dediquen a esas tareas. También hemos visto cómo Santa Juana de Lestonnac estuvo un tiempo en un monasterio cisterciense antes de descubrir con claridad lo que Dios quería de ella. Y San Camilo de Lelis pensó en ser capuchino antes de comprender que su camino era fundar una nueva congregación dedicada a la atención de enfermos. Y así muchos otros.

 

Entregarse a Dios puede suponer “marcharse” a otro país, como sucede, por ejemplo, a muchos misioneros. Esto lo pide Dios a unos pocos, pero lo que pide a todos es “marcharse” de uno mismo, abandonar la propia comodidad, el egoísmo que paraliza y ciega. Lo decisivo ocurre dentro del alma. No siempre hay un cambio externo. Dios tiene muchos caminos y la Iglesia tiene necesidad de todos. Cada uno debe buscar el suyo.

 

Hay que estar dispuesto a entregarse a Dios en el camino que Él nos pida. Y esto no es solo cosa de la primera decisión respecto a la vocación, sino un principio que hay que mantener siempre.

 

—¿Y cómo aclararme entonces, con qué criterios?

 

Te respondo con otras palabras de Benedicto XVI, esta vez dirigidas a los jóvenes, en Colonia, en el año 2005: «¿Dónde encuentro los criterios para decidir? ¿De quién puedo fiarme; a quién confiarme? ¿Dónde está aquél que puede darme la respuesta satisfactoria a los anhelos del corazón? Cuando se perfila en el horizonte de la existencia una respuesta como ésta, queridos amigos, hay que saber tomar las decisiones necesarias. Es como alguien que se encuentra en una bifurcación: ¿Qué camino tomar? ¿El que sugieren las pasiones o el que indica la estrella que brilla en la conciencia? Queridos jóvenes, la felicidad que buscáis, la felicidad que tenéis derecho a saborear, tiene un nombre, un rostro: el de Jesús de Nazaret. Quien deja entrar a Cristo en la propia vida no pierde nada, absolutamente nada, de lo que hace la vida libre, bella y grande. Solo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Solo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Solo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera.»

 

—¿Y si aún veo la vocación como algo que quizá pueda llegar, pero todavía bastante lejano?

 

Lo importante es mantener el rumbo hacia Dios, aunque todavía no veamos la orilla. Debemos seguir navegando en la dirección que consideramos más adecuada, con el viento a favor o en contra, es igual.

 

—¿Y hasta ese momento?

 

Hasta ese momento tenemos que preocuparnos de mantener la mirada al Señor, de no distraernos, de estar atentos a esas estrellas que nos guían cuando el cielo está claro y aguzamos la vista y sabemos interpretar su posición. Mientras esperamos la luz más clara de la vocación, Dios nos va preparando con intuiciones, más o menos veladas, con impresiones, con incertidumbres y desasosiegos, que quizá sean misteriosos mensajeros de los designios de Dios para nosotros, hasta que un día surge con nitidez esa llamada.

 

Quizá nos ayude considerar la actitud de la Virgen. Es para nosotros una figura cercana, pues cuanto más cerca se está de Dios, tanto más cerca se está de los hombres. Por eso podemos dirigirnos a ella en busca de consejo y ayuda, porque comprende todo lo que nos pasa. Como ha escrito Benedicto XVI, «María está ante nosotros como signo de consuelo, de aliento y de esperanza. Se dirige a nosotros, diciendo: "Ten la valentía de ser audaz con Dios. Prueba. No tengas miedo de Él. Ten la valentía de arriesgar con la fe. Ten la valentía de arriesgar con la bondad. Ten la valentía de arriesgar con el corazón puro. Comprométete con Dios; y entonces verás que precisamente así tu vida se ensancha y se ilumina, y no resulta aburrida, sino llena de infinitas sorpresas, porque la bondad infinita de Dios no se agota jamás".»

 

 

 

17. Perderlo todo

 

Buscando el bien de nuestros semejantes,

encontramos el nuestro.

 

Platón

 

El único superviviente de un naufragio llegó a la playa de una isla deshabitada y perdida en el océano. Durante meses, rezaba fervientemente a Dios pidiendo ser rescatado. Cada día, escudriñaba el horizonte suspirando por vislumbrar un barco que pasara por aquel lugar tan apartado de las rutas habituales, pero pasaba el tiempo y parecía que jamás llegaría nadie.

 

Cansado, finalmente optó por construir una cabaña de madera con la que protegerse de los rigores del invierno y resguardar también sus modestas pertenencias. Le costó muchas semanas de trabajo agotador. Un día, a media tarde, después de hacer una ronda por la isla en busca de alimento, encontró a su vuelta la cabaña envuelta en llamas, con el humo ascendiendo hasta el cielo. El rescoldo, que durante tanto tiempo había procurado conservar de modo permanente, había desprendido una chispa y su casa se había incendiado. Lo peor había ocurrido. Lo había perdido todo. Se quedó lleno de tristeza y de rabia. «¡Dios, cómo pudiste hacerme esto a mí! ¿No era suficiente con lo que tenía?», se lamentó. Quedó dormido, tendido en la playa. A las pocas horas, le despertó el sonido de un barco que se acercaba a la isla. Habían venido a rescatarlo. «¿Como supieron que estaba aquí?», preguntó el hombre a sus salvadores. «Vimos su señal de humo y acudimos enseguida», contestaron ellos.

 

A veces, en nuestra vida, hemos puesto mucho empeño en conseguir algunos logros, bastante modestos, y un buen día nos encontramos con que los hemos perdido, o los vamos a perder, y nos parece algo realmente duro. Sin embargo, cuando perdemos todo por entregarlo a Dios, nos sucede como a aquel náufrago, que precisamente al perder todas sus modestas posesiones se encontró con algo mucho más grande.

 

—Eso es verdad, pero cuando nos planteamos algo serio y nos falta valor para acometerlo, se nos ocurren siempre muchos motivos para esperar.

 

Sí, en esos casos nos vienen muchos motivos razonables, e incluso ingeniosos, para no lanzarnos. El ingenio siempre acude en ayuda de la pereza, y nos habla de moderación, de sensatez, de realismo, de que no están los tiempos para heroísmos.

 

C. S. Lewis, en sus “Cartas del diablo a su sobrino”, describe admirablemente esta tentación que lleva al alma a regatear con Dios. «Háblale —aconseja el diablo veterano a su inexperto sobrino— sobre la “moderación en todas las cosas”. Una vez que consigas hacerle pensar que “la religión está muy bien, pero hasta cierto punto”, podrás sentirte satisfecho acerca de su alma. Una religión moderada es tan buena para nosotros como la falta absoluta de religión, y más divertida.»

 

La vocación no es el camino de los que sopesan y regatean sus obligaciones para con Dios y con los demás. Ni es camino de quienes se imaginan hacer un favor a Dios. Ni de los conformistas o los desilusionados. Ni de los que no se atreven a interrogarse sobre qué es lo que realmente puede hacerles felices. Es camino de rebeldía, de aventura, de apostar por un ideal de vida.

 

—Desde luego, entregar todo a Dios solo puede hacerse si se está verdaderamente enamorado de ese ideal.

 

Es cierto. Muchas personas hacen grandes esfuerzos por escalar una montaña, o por ganar una medalla de oro, o por amor a la ciencia, o por vanidad, por orgullo, por dinero, por afición, por pasión. Pero entregar la vida a Dios y, por Él, a los demás, solo puede hacerse por amor. Por amor hay quien lo deja todo para recorrer las calles de Calcuta ayudando a los pobres más miserables. Por amor hay quien abandona su casa confortable en Europa y vive, sin agua y sin luz, en un barracón de un pueblo olvidado del Tercer Mundo. Por amor hay hombres que cruzan continentes y mares, y por ese mismo amor hay otros hombres que se encierran en la celda de un monasterio. Por ese amor se entregan los años, la salud, el dinero, la juventud, la seguridad del futuro, el trabajo, el descanso, los gustos, todo. Ese amor es más fuerte que los lazos de la sangre, que las raíces de la tierra o que las llamadas del corazón. Ese amor es más fuerte que la vida y que la muerte. Pero todo eso es un camino seguro hacia la felicidad, porque, como escribió San Josemaría Escrivá, “lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado”.

 

—Es un ideal extraordinario, nadie lo duda, pero cuesta decidirse, y por eso es natural replanteárselo una y otra vez.

 

Es bueno pensarlo bien, pero la solución no puede estar en darle vueltas y más vueltas, en pensarlo y volverlo a repensar indefinidamente, porque en algún momento hay que decidirse. No podemos hacer como Kafka, cuando se planteaba casarse o no, que ponía en columnas separadas las ventajas y los inconvenientes, sin decidirse nunca. Eso no es pensar bien las cosas, sino complicarlas. Porque siempre cabe considerarlo una vez más, la última vez, pero una última vez que luego siempre es la penúltima; y considerar, por una parte, las ventajas de la entrega; y por otra, las dificultades. El resultado sería, como sucedió al novelista checo, la angustia de la indecisión.

 

—Pero dejar pasar bastante tiempo es una forma de asegurarse frente a las influencias.

 

Según sea uno de influenciable, necesitará, efectivamente, más o menos tiempo. Desde luego, si una persona es demasiado sensible a las influencias externas, y le hacen perder su independencia interior, es mejor que espere un poco, o mejor, que madure un poco.

 

Pero lo normal es saber distinguir. No hay que olvidar que, en realidad, todo nos influye: el carácter, la familia, los amigos, el lugar de estudio o de trabajo, todo. Todo nos influye, pero no todo nos determina. Nuestra vida, como seres en sociedad que somos, es vida llena de influencias, y construimos nuestra personalidad en la medida que decidimos dar mayor o menor entrada a unas influencias o a otras. No existe la libertad "químicamente pura". Y Dios se sirve de las buenas influencias —de las que respetan la libertad— para atraernos a Él. Por eso, también es de Dios el sentimiento para mover el alma hacia la entrega.

 

No hay que obsesionarse con esto de las influencias. Los enamorados son personas fuertemente influenciadas entre sí, y nadie diría que han de esperar a que se les pase esa influencia del enamoramiento para poder pensar razonablemente en casarse.

 

Por otra parte, la propia decisión de entregarse, y la perseverancia en ella, denota habitualmente un nivel de madurez, de responsabilidad y de independencia notables, pues la mayor parte de las influencias suelen ir contra la vocación. Por eso, son precisamente los menos influenciables, y los que poseen suficiente capacidad para seguir las propias resoluciones a pesar del ambiente adverso, los que se atreven a pensar en entregarse a Dios.

 

—También con la vocación da miedo sentirse un poco solo, pues no es algo que esté muy de moda.

 

Quizá está más de moda de lo que creemos. Pero, aunque no lo estuviera, es una gran cosa defender lo que no está de moda, tener el valor de ir contracorriente, de saber decir que no cuando todos se apartan, y decir que sí cuando nadie se atreve a dar el primer paso.

 

A todos nos impone un poco sentirnos solos, pero pasarse la vida mirando de reojo a ambos lados antes de posicionarse, para así nunca salirse de la fila, eso no es una buena forma de vivir. Todo aquel que quiera tener ideas propias, o sacar cualquier cosa adelante, ha de asumir que en algunos momentos tendrá que sentirse solo. Es un peso inevitable que todos, de un modo u otro, hemos de llevar sobre los hombros. Un costalero que no sintiera la carga del paso, que no se cansara, puede estar seguro de que está quitando el hombro, que son los demás quienes llevan el peso.

 

—¿Y los propios defectos?

 

María Magdalena era una pecadora, antes de entregarse plenamente al amor de Dios. Agustín de Tagaste vivía atrapado por sus amoríos. Y Camilo de Lelis, antes de convertirse, era un jugador empedernido. Y Tomás Beckett no era un modelo de virtudes cuando el rey Enrique II lo nombró Arzobispo de Cantórbery en el año 1162, pensando que con aquel nombramiento de ese viejo amigo suyo podría manejarlo a su antojo y, con él, a toda la Iglesia. Es entonces cuando Tomás descubre su llamada a defender el honor de Dios, una llamada inesperada y, desde luego, no deseada, pero no renunció a aquel compromiso escudándose en su indignidad, sino que aceptó ese querer divino hasta morir mártir en el suelo de su propia catedral. Todos ellos se hicieron santos pese a que comenzaron teniendo muchos defectos, luego eso no debe retraernos, sea cual sea nuestro pasado o nuestro presente.

 

—¿Y si una persona es demasiado enamoradiza, o le gusta demasiado divertirse, o tiene... digamos que… “mucha vida ya recorrida”, eso es un inconveniente para el celibato?

 

No tiene por qué serlo. Quien ha conocido ya mucho mundo y recorrido mucha vida, como tú dices, ya sabe lo que todo eso da de sí, y puede ayudar mejor a los hombres y mujeres de este mundo a no idealizar demasiado algunas cosas. Tanto en el Evangelio como en las vidas de los santos hay abundantes ejemplos de personas que tuvieron una vida un tanto “desarreglada” antes de encontrarse de lleno con Dios.

 

 

 

18. ¿Perder la libertad?

 

Si no se vive para los demás,

la vida carece de sentido.

 

Madre Teresa de Calcuta

 

El relato del Génesis nos presenta un retrato del hombre que no se fía de Dios. Tentado por las palabras de la serpiente, el hombre abriga la sospecha de que Dios, en definitiva, le quita algo de su vida, que Dios es un competidor que limita su libertad y, con ella, nuestra libertad, porque en Adán estamos representados todos los hombres.

 

La tentación, de entonces y de siempre, es pensar que Dios crea una dependencia y que el hombre necesita desembarazarse de esa dependencia para ser feliz. El hombre quiere tomar por sí mismo del árbol del conocimiento del bien y del mal, ansía poder dirigir de modo totalmente autónomo su vida, modelar el mundo, hacerse igual a Dios.

 

Al hombre le cuesta comprender que la libertad de un ser humano es una libertad limitada en sí misma. Solo podemos poseerla como libertad compartida, solo puede desarrollarse si vivimos unos con otros, y unos para otros, es decir, según la voluntad de Dios, pues cuanto más cerca está el hombre de Dios, tanto más cerca está de los hombres. La voluntad de Dios no es para el hombre una ley impuesta desde fuera, que lo obliga, sino la medida intrínseca de su naturaleza, una medida que está inscrita en él y lo hace imagen de Dios, y así criatura libre.

 

El episodio del Génesis describe la historia de todos los tiempos, la historia de ese modo de pensar, de ese principio corruptor que llamamos pecado original, de esa sospecha de que una persona que no peca es una persona aburrida, una persona a la que le falta algo en su vida. El hombre ansía de modo dramático ese ser autónomo, ansía experimentar la libertad de bajar a las tinieblas del pecado para disfrutar a fondo de toda la amplitud y la profundidad de sus posibilidades.

 

«Pero al mirar el mundo que nos rodea —señala Benedicto XVI—, podemos ver que no es así, es decir, que el mal envenena siempre; que no eleva al hombre, sino que lo envilece y lo humilla; que no lo hace más grande, más puro y más rico, sino que lo daña y lo empequeñece. El hombre que se abandona totalmente en las manos de Dios no se convierte en un títere de Dios, en una persona aburrida y conformista; no pierde su libertad.

 

»Solo el hombre que se pone totalmente en manos de Dios encuentra la verdadera libertad, la amplitud grande y creativa de la libertad del bien. El hombre que se dirige hacia Dios no se hace más pequeño, sino más grande, porque gracias a Dios y junto con él se hace grande, se hace divino, llega a ser verdaderamente él mismo. El hombre que se pone en manos de Dios no se aleja de los demás, retirándose a su salvación privada; al contrario, solo entonces su corazón se despierta verdaderamente y él se transforma en una persona sensible y, por tanto, benévola y abierta.»

 

—Pero tendemos a pensar que todo eso te complica la vida, que Dios se mete en tu alma y perturba todo el egoísmo que te envuelve y no lo quieres perder.

 

Es cierto. No queremos complicarnos la vida. Es la nostalgia de la comodidad perdida. Pensamos quizá en lo tranquilos que vivíamos sin tener esta inquietud en el alma. Y a lo mejor vivíamos efectivamente tranquilos, escuchando, desde la lejanía de una vida cómoda, el Sermón de la Montaña. Nos gustaba ver al Señor hablar allá arriba. Y pensar, perdidos entre la muchedumbre, que sus palabras se dirigían solo a una elite privilegiada de escogidos. Pero el caso es que se dirigen también a ti y a mí. Y su llamada es imperiosa y exigente, porque, como decía Santa Teresa de Ávila, «creer que admite a su amistad a gente regalada y sin trabajos, es disparate».

 

Es un miedo, es verdad, pero, al tiempo, es una liberación. A ello se refería Benedicto XVI en la homilía de inicio de su pontificado. «¿Acaso no tenemos todos de algún modo miedo de que, si dejamos entrar a Cristo totalmente dentro de nosotros, si nos abrimos totalmente a Él, pueda quitarnos algo de nuestra vida? ¿Acaso no tenemos miedo de renunciar a algo grande, único, que hace la vida más bella? ¿No corremos el riesgo de encontrarnos luego en la angustia y vernos privados de la libertad? Y el Papa quiere deciros: ¡No! Quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada —absolutamente nada— de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Solo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Solo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Solo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera. Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia de una larga vida personal, deciros a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a Él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida.»

 

—¿Y qué se necesita para ser santo, para aceptar y fructificar el designio que Dios tiene para nosotros?

 

Dicen que una hermana suya preguntó a Santo Tomás de Aquino: «Tomás, ¿qué se necesita para ser santo? ». Y que él contestó, sencillamente: «Querer. Para ser santo se necesita eso, querer».

 

—Yo quiero ser santo. Si no fuera así, no estaríamos hablando de esto. Lo que pasa es que acabo mareado con tantas disquisiciones sobre qué debería hacer para serlo.

 

Quizá es que le das muchas vueltas a las cosas, lo hablas con unos y con otros, pides consejo a todo el mundo, y unos te desaniman, otros te alientan, unos te aconsejan una cosa, y otros lo contrario. Contestas, preguntas, cuentas, dices, y al final acabas más perplejo que al principio. Quizá te aconsejan quienes no saben hacerlo, y te acaban confundiendo y haciéndote perder el tiempo, como sucede cuando te pierdes buscando una calle y te aconseja quien no sabe. Quizá lo mejor que puedes hacer, en vez de darle tantas vueltas, es recogerte en oración y preguntarle al Señor: «Señor, ¿realmente quiero conocer y hacer, sea la que sea, tu voluntad?».

 

—¿Y no te parece que hoy día está en crisis el hecho de entregarse por completo, tanto en el matrimonio como en el celibato?

 

Siempre se ha dicho que los tiempos de crisis del celibato coinciden con tiempos de crisis del matrimonio. De todas formas, sería más correcto decir que quienes están en crisis son las personas que no quieren o no logran entregarse por completo, pero el matrimonio y el celibato, como instituciones, gozan de muy buena salud.

 

Entregarse por completo es una forma de vida que conduce a una elevada realización personal, pero, junto a eso, comporta una exigencia mayor. Por eso es fundamental crear un clima favorable a esa actitud vital de generosidad, hacer ver a todos que el hombre puede lograr vivir así, entre otras cosas porque hay una llamada de Dios que lo respalda, y también porque así lo han vivido millones de personas a lo largo de los siglos. Y las familias, y todos los educadores, deben buscar con empeño formar en ese espíritu a la gente joven, de manera que su corazón sea capaz de un amor pleno, fundamentado en virtudes y hábitos que les hagan capaces de realizarlo.

 

—¿Y cómo crees que debe ser la educación para lograr ese matrimonio o ese celibato feliz?

 

Es preciso despertar y fomentar en todo momento la generosidad, tanto con los demás como con Dios. Por eso, cuando en la educación se introduce un sesgo de egoísmo, de ese realismo un poco cínico que previene malévolamente a la gente joven contra los “excesos de generosidad”, se deteriora su educación afectiva, que es tan decisiva para su futuro.

 

No debe minusvalorarse el efecto negativo de esos consejos que previenen contra una entrega total al cónyuge, o de esos otros que empujan a recortar más y más el número de hijos para tener una vida con más lujos y menos preocupaciones, o de quienes previenen contra la posibilidad de la entrega en el celibato. Cuando se tachan de ingenuidad los arranques generosos, o cuando se incita a ese supuesto realismo de no ser “demasiado generoso”, las consecuencias suelen ser negativas globalmente, pues afectan a la más profunda educación del corazón. Cuando en la formación de una persona joven no se desarrolla lo que Juan Pablo II llamaba la “vocación al amor”, las consecuencias son siempre muy negativas para su vida afectiva futura.

 

«Esta vocación al amor —escribía Juan Pablo II—, es el elemento más íntimamente unido a los jóvenes. Como sacerdote, me di cuenta muy pronto de esto. Sentía una llamada interior en esa dirección. Hay que preparar a los jóvenes para el matrimonio, hay que enseñarles el amor. El amor no es cosa que se aprenda, ¡y sin embargo no hay nada que sea más necesario enseñar! Siendo aún un joven sacerdote aprendí a amar el amor humano.»

 

»Los jóvenes, en el fondo, buscan siempre la belleza del amor, quieren que su amor sea noble. Si ceden a las debilidades, imitando modelos de comportamiento que bien pueden calificarse como “un escándalo del mundo contemporáneo” (y son modelos desgraciadamente muy difundidos), en lo profundo del corazón desean un amor hermoso y puro. Esto es válido tanto para los chicos como para las chicas. En definitiva, saben que nadie puede concederles un amor así, fuera de Dios. Y, por tanto, están dispuestos a seguir a Cristo, sin mirar los sacrificios que eso pueda comportar.»

 

»El problema esencial de la juventud es profundamente personal. La juventud es el periodo de la personalización de la vida humana. Los jóvenes, sean chicos o chicas, saben que tienen que vivir para los demás y con los demás, saben que su vida tiene sentido en la medida en que se hace don gratuito para el prójimo. Ahí tienen su origen todas las vocaciones, tanto las sacerdotales o religiosas, como las vocaciones al matrimonio o a la familia. También la llamada al matrimonio es una vocación, un don de Dios.»

 

La vida tiene sentido en la medida que se entrega, en la medida en que se hace un don y un servicio a los demás. Quien acude al matrimonio buscando en el otro una persona que le quiera y que le comprenda y que le cuide, en vez de buscando querer, comprender y cuidar a la otra persona, comete un grave error. Quienes se casan como si fueran dos amigos que comparten vivienda y un poco de su tiempo libre, pero sin una apuesta clara por los hijos, o sin disposición de ceder y de sobrellevar las diferencias que sin duda surgirán, o con la idea de romper el matrimonio en cuanto las cosas dejen de ser fáciles, deben saber que no será sencillo que aquello marche bien durante mucho tiempo, como se demuestra en tantos casos que todos conocemos.

 

Muchas parejas jóvenes comienzan su vida matrimonial poniendo muchas cosas por delante de las necesidades de su matrimonio o de la educación de sus hijos, como por ejemplo su ambición profesional, sus aficiones, su deporte, sus amigos, o lo que sea. Muchos se lanzan a un matrimonio que esperan que sea una balsa de aceite, cuando no conocen ningún caso en que así sea, ni aun entre los matrimonios más felices. Otros, son más conscientes de que las cosas no serán fáciles, pero en vez de superarlo con entrega personal, ponen por delante la barrera del miedo al compromiso y no hacen una apuesta total.

 

Todos estos son temas esenciales para una vida de entrega feliz, tanto de entrega al otro cónyuge y a los hijos como de entrega a Dios en el celibato. Por eso, en la educación de la afectividad, especialmente durante la adolescencia, es fundamental enseñar a entregarse a los demás y salir del propio egoísmo. Los hijos aprenden entonces a querer de verdad, sin cálculos egoístas, y ponen así las bases de su felicidad y de la felicidad de su familia futura. En cambio, cuando se les enseña a condicionar su entrega, tanto si es a otra persona como si es a Dios, se propicia una quiebra afectiva, al inducirles a la mezquindad y a la cicatería, al hacerles pensar demasiado en su propio beneficio, al no acostumbrarles a abrir su corazón a los demás. Y quienes animan a evitar las ocasiones de escuchar la voz de Dios, a no “exagerar” la vida cristiana o a evitar determinadas lecturas o conversaciones, para así alejarles sistemáticamente de la posibilidad de un encuentro con la vocación, quizá no se dan cuenta de que con eso, además de dificultar el encuentro del propio camino, dañan algo tan fundamental como la nobleza de corazón, y eso siempre es un perjuicio grande.

 

 

 

19. La sencilla palabra “sí”

 

Lo que hacemos es

apenas una gota en un océano.

Pero, sin esa gota,

al océano le faltaría algo.

 

Madre Teresa de Calcuta

 

«No hemos de tener miedo —decía la Madre Teresa de Calcuta— de decir que sí a Dios, porque no hay mayor amor que su amor, ni mayor alegría que su alegría. Mi oración por vosotros es que lleguéis a comprender y a tener el valor de responder a la llamada de Dios con la sencilla palabra “sí”. ¿Por qué os ha elegido a vosotros? ¿Por qué me ha elegido a mí? Eso es un misterio.

 

»Jesucristo dijo: “Tuve hambre y me disteis de comer”. Tuvo hambre no solo de pan sino del amor comprensivo de ser amado, de ser conocido, de ser alguien para alguien. Estaba desnudo, pero no solo por la falta de ropa sino por la falta de dignidad y de respeto, por las injusticias cometidas contra los pobres, a quienes se desprecia simplemente por ser pobres. No solo sufría por no tener una casa, sino también por aquellos que están encerrados, de aquellos que no son deseados, que no son amados, que van por el mundo sin nadie que los quiera ni cuide de ellos.

 

»Uno puede salir a la calle y no tener nada que decir, pero tal vez haya un hombre en la esquina y se le acerque. Quizá él se sienta ofendido, pero esa presencia estará allí. Hemos de irradiar esa presencia que tenemos en nuestro interior con la manera de dirigirnos a ese hombre con amor y respeto. ¿Por qué? Pues porque creemos que es Jesús. Jesús no puede recibirnos en ese momento. Debemos saber acercamos. Se presenta bajo la figura de esa persona que está ahí. En los menores de sus hermanos Jesús no solo está hambriento de un trozo de pan, sino también hambriento de amor, de ser conocido, de ser tenido en cuenta.»

 

—¿Piensas que ese sentimiento de servicio a los necesitados debe estar presente en cualquier tipo de vocación?

 

De maneras diversas, pero cualquier tipo de entrega a Dios pasa por un sentido de servicio a los demás, por ver el rostro de Cristo en cada hombre, y especialmente en quienes pasan más necesidad, sea material o espiritual.

 

«En muchos países —continúa diciendo la Madre Teresa— la pobreza es más espiritual que material, una pobreza que es sobre todo soledad, desaliento y falta de sentido en la vida. También en Europa y Estados Unidos he visto personas pobres durmiendo en la calle, tiradas sobre periódicos o harapos. Ese tipo de pobres los hay en Londres, Madrid y Roma. Pero lo más fácil es hablar o preocuparnos por los pobres que están muy lejos, ya que posiblemente sea más comprometido prestar atención y preocuparnos por los que viven en la casa de al lado.

 

»Cuando recojo a una persona enferma en la calle, le doy arroz y pan, y así satisfago su hambre. Pero, ¿cuánto más difícil es quitarle el hambre a una persona que está marginada, que se siente rechazada, que carece de amor, que está atemorizada? En Occidente hay más personas espiritualmente pobres que físicamente pobres. Entre los ricos suele haber personas espiritualmente muy pobres. Es fácil dar un plato de arroz a alguien que está hambriento, o bien ofrecer una cama a una persona que no tiene dónde dormir, pero consolar o quitar la amargura, el rencor, la soledad, consecuencias de la privación espiritual, eso lleva muchísimo más tiempo.»

 

La entrega a Dios siempre tiene en su origen ese deseo de ayudar a los demás en sus necesidades materiales o espirituales, y ese deseo se fundamenta en el amor a Dios, no en la simpatía de esas personas, ni en su agradecimiento, ni siquiera en su petición formal de ayuda. Para entregarse a Dios debe estar muy vivo ese deseo de vivir volcado en los demás, y eso exige una cierta liberación del apego a lo material y a las comodidades.

 

—¿Piensas entonces que hace falta también una cierta “pobreza” personal en cualquier tipo de vocación?

 

Hay muchas formas de seguir el ejemplo de Jesucristo en este punto, pues los que tienen medios económicos también están llamados por Dios y no siempre les pide abandonarlos. Lo que siempre les pide es emplearlos con sentido cristiano de servicio a los demás. Con sentido de desprendimiento, de austeridad personal, de templanza.

 

La Madre Teresainsistía en la necesidad de la austeridad personal, y no pensando solo en sus monjas, sino en cualquier persona. «Las riquezas pueden ahogarnos si no las usamos bien. Porque ni siquiera Dios puede poner algo en un corazón que ya está repleto de cosas. Un día surge el deseo de tener dinero, y todas las demás cosas que el dinero puede proporcionar, las cosas superfluas, los lujos en la comida, las exquisiteces en el vestir, los caprichos. Entonces, las necesidades aumentan, porque una cosa lleva a la otra, y todo eso termina en una insatisfacción incontrolable. Conservémonos todo lo libres que podamos para que Dios pueda llenarnos. El desprendimiento es libertad. Una libertad por la cual, lo que poseo no me posee a mí, lo que poseo no me subyuga, lo que poseo no me impide compartir o darme a los demás. Ese desprendimiento es una gran protección.»

 

«Todo el que está pendiente de su dinero, o vive con esa constante preocupación, no deja de ser una pobre persona. En cambio, si esa persona pone su dinero al servicio de los demás, entonces se siente rica, muy rica de verdad.»

 

Son bastante ilustrativos, a estos efectos, esos reportajes que hacen, al cabo de los años, a personas que les ha tocado una gran fortuna en la lotería o las quinielas. La mayoría están ahora más deprimidos y problematizados que antes, y es que suelen haber cometido el error de pensar que lo que les ha tocado es el logro de su propia vida, pero eso es algo que nunca puede venir de fuera.

 

—¿Y cómo relacionas el desprendimiento y la capacidad de respuesta a la vocación?

 

En que, muchas veces, para poder decir esa sencilla palabra “sí”, solo falta un poco más de desprendimiento de lo material, cultivar un poco más esas obras de misericordia que hacen que nuestra vida se vuelque un poco más en servicio a los demás.

 

Además, si echamos un vistazo con sinceridad a nuestras experiencias vitales, a lo vivido hasta ahora, comprobaremos que ordinariamente las situaciones de particular entusiasmo y alegría no han estado vinculadas a las temporadas de mayor comodidad o posesión material, sino que han coincidido con las épocas en que hemos dedicado nuestras mejores energías a un ideal, encarnado en una persona, en un proyecto o en una llamada.

 

Pilar Urbano hace una lúcida glosa sobre la importancia de ese sentido del desprendimiento personal para vivir de cara a los demás. Se refiere a la amplia envergadura de las alas del pájaro neblí, que le permiten remontar el vuelo y ganar altura. Pero no son esas fuertes alas, sino la ligereza del fuselaje, la levedad de su cuerpo, el vaciamiento de toda carga superflua y lastrante, lo que imprime agilidad, soltura, versatilidad y sutileza a sus evoluciones en el aire. No es solo cuestión de músculo, de esfuerzo, de voluntad; es fundamental la ligereza de cuerpo. Y trasladado el símil a la ascesis del hombre, a su elevación espiritual, las alas serían el empeño de una vida de entrega voluntaria; y el menguado cuerpo, vaciado de peso inerte, sería la pobreza, el desprendimiento libremente buscada, el desasimiento de los bienes, la liberación de la propia mismidad.

 

El desprendimiento, como una resolución señorial de no lastrarse con el poseer, aun teniendo, es lo que da libertad a su impulso de elevarse sobre las cosas de abajo. La pobreza, no como status social, sino como actitud vital, es lo que atenúa y adelgaza la pesantez del "yo". Es lo que corta hasta el más fino hilván de atadura con toda esa quincalla que llamamos "bienes de la tierra".

 

Tiene mucho que ver, ese desamarre de posesiones, con la soltura de lazos, con la soltería emancipada del célibe, "ceibe", vaciado, liberado. Por eso, para ser apóstol, es preciso subrayar esas dos dimensiones necesarias: castidad y pobreza. Dos virtudes fuertes, dos virtudes recias, dos virtudes que no han de combatir contra ningún ajeno, sino contra el propio tirano que todo hombre lleva dentro.

 

 

 

20. La persecución de los bien intencionados

 

Lo peor que hacen los malos

es obligarnos a dudar de los buenos.

 

Jacinto Benavente

 

Cuando veas a un hombre bueno, trata de imitarle;

cuando veas a uno malo, examínate a ti mismo.

 

Confucio

 

Es impresionante el relato que hace San Pablo sobre los padecimientos que tuvo que sufrir anunciar el Evangelio: «Cinco veces recibí de los judíos cuarenta azotes menos uno; tres veces fui azotado con varas; una vez fui lapidado; tres veces naufragué; un día y una noche pasé náufrago en alta mar; en mis frecuentes viajes sufrí peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi raza, peligros de los gentiles, peligros en ciudad, peligros en despoblado, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; trabajos y fatigas, frecuentes vigilias con hambre y sed, en frecuentes ayunos, con frío y desnudez...». Y murió dando testimonio de esa fe en Roma, junto a miles de mártires cristianos, en medio de continuas afrentas y calumnias. Así ha sucedido en todas las épocas, y no ha sido otra cosa que el cumplimiento de lo que anunció el propio Jesucristo: «Os entregarán a los tribunales, os azotarán en sus sinagogas y seréis llevados ante los gobernadores y reyes por causa mía...».

 

Esas palabras se han ido cumpliendo a lo largo de los siglos. No siempre han sido tribunales de justicia formalmente constituidos, sino a veces tribunales menos formales pero con no menos capacidad de juzgar y condenar. La fidelidad a Cristo se ha pagado muchas veces con la vida, con la deshonra, con el destierro.

 

Por ejemplo, a San Juan Bosco, el fundador de los salesianos, en una ocasión quisieron encerrarlo en un manicomio; en otra, le dispararon; también intentaron acuchillarle; más tarde, quisieron envenenarle; y luego trataron de matarle a palos. Pasó también por la humillación de que el arzobispo de Turín, llevado por celotipias, le quitara las licencias para confesar y publicara acusaciones falsas e infamantes contra él y contra los salesianos. De hecho, las mayores penalidades que padeció no vinieron de los anticlericales o los masones, sino de su propio obispo. Sufrió, como señaló Pío XI al proclamar su santidad, «contradicciones provenientes de los mismos de quien tenía derecho a esperar ayuda y socorro». Y fueron tantas, que exclamaba al final de su vida: «Si hubiera sabido lo que ahora sé, y tuviera que recomenzar el trabajo de fundar la sociedad salesiana, no sé si tendría valor para ello».

 

—¿Y han solido ser más frecuentes los ataques desde fuera de la Iglesia, o desde dentro?

 

Pienso que han sido igualmente frecuentes, pues, por una curiosa simbiosis, ha sido bastante habitual que unos y otros se alíen con sorprendente facilidad. Me recuerda aquel sabio principio militar que asegura que toda invasión lleva asociada una guerra civil, pues el enemigo siempre busca aliados dentro del territorio que desea someter, y es raro que no los encuentre.

 

Por eso, las dificultades principales no han solido venir de los enemigos de la Iglesia o de la fe cristiana. El arcabuz que disparó contra San Carlos Borromeo lo cargó un miembro de la Orden de los Humillados, que decidió llegar hasta el crimen para impedir las reformas del Concilio de Trento que San Carlos promovía. Y no fue una excepción. En la vida de la mayoría de los santos, hay un extenso capítulo dedicado a las difamaciones e injurias. La historia de la Iglesia muestra que no ha habido santo libre del zarpazo de la calumnia. Y en ese triste capítulo se proyecta con demasiada frecuencia la sombra de las insidias de personas que abandonaron su vida de entrega a Dios.

 

Por ejemplo, Santa Teresa había admitido como novicia en Sevilla a una mujer que parecía tan santa «que estaba ya canonizada por toda la ciudad». Pero, nada más entrar en el convento, empezó con caprichos, problemas y descontentos, que sus compañeras tuvieron que soportar, día tras día, con infinita paciencia. Al final se marchó, despechada, cuando vio que aquel tipo de vida era manifiestamente superior a sus fuerzas. Tiempo más tarde, ya en el año 1575, llamaron a las puertas del convento de Sevilla los alguaciles de la Inquisición. Entraron jueces y notarios, y Santa Teresa descubrió, tras las acusaciones, las calumnias de la antigua novicia que, en su animadversión, lo interpretaba todo mal y torcido: veía, en las cosas más sencillas, ceremonias extrañas, ritos peligrosos y cosas de iluminados. Decía que las monjas se confesaban entre sí, que se flagelaban entre ellas, y muchas otras cosas tremendas.

 

Algo parecido le sucedió en Francia a San Francisco de Sales en el año 1615. Había logrado convertir de su mala vida a una tal Mlle. Bellot, que ingresó después en el convento de la Visitación, regido por Santa Juana de Chantal. Pero al cabo de una temporada lo abandonó, volvió a sus antiguas andanzas y se convirtió en la amante de un hombre de la corte del Duque de Nemours. El escándalo alcanzó grandes dimensiones, sobre todo cuando el amante de aquella mujer falsificó la letra del santo y puso en circulación una carta falsa, supuestamente dirigida a esa mujer, que leyó toda la ciudad rasgándose las vestiduras.

 

Los ataques han venido en otras ocasiones de los propios hermanos en la entrega a Dios. Un mediodía caluroso de agosto de 1642, las gentes de Roma contemplaron un espectáculo inesperado. Dos soldados conducían a un pobre anciano de ochenta y seis años a lo largo de la calle Bianchi hacia las prisiones de la Inquisición. Su nombre era José de Calasanz, fundador de los escolapios. Le habían detenido de repente, a causa de las intrigas de Mario Sozzi, uno de sus provinciales, sin darle tiempo ni a ponerse el sombrero. El fundador andaba encorvado y tambaleante, pero con el semblante tranquilo. Mientras esperaba para el interrogatorio, se quedó profundamente dormido. Al final, triunfó la intriga, fue destituido y vio como la Orden que había fundado quedaba reducida a una simple congregación secular presidida por quien le había calumniado con tanta saña. En esta situación le llegó la hora de su muerte. Por fortuna, en 1669 los escolapios recobraron su condición anterior, y aunque las falsedades que se dijeron contra el fundador le persiguieron tras su muerte, todo se fue aclarando poco a poco en su proceso de canonización, que duró más de un siglo, y pasó a ser San José de Calasanz.

 

Santa Juana de Lestonnac, que había fundado en 1607 la Orden de Hijas de María Nuestra Señora, y que en pocos años puso en marcha más de treinta colegios por toda Francia, también tuvo que sufrir mucho a causa de las calumnias de una de sus primeras religiosas, Blanca Hervé, que urdió una serie de mentiras por las que acabó sustituyendo a Santa Juana como superiora. Blanca maltrató cruelmente a la fundadora, que soportó esa prueba con gran paciencia hasta que la conspiradora finalmente se arrepintió de todo lo que había hecho. Hoy Santa Juana de Lestonnac es considerada una gran santa y su espíritu inspira más de un centenar de conventos y colegios por todo el mundo.

 

También San Alfonso María de Ligorio, fundador de los Redentoristas, sufrió toda una serie de calumnias por las que en 1780 se vio excluido de la congregación que haba fundado, y en esa situación murió. Y algo parecido sucedió al Beato Guillermo Chaminade, fundador de los marianistas, que pasó por esa misma prueba desde 1841 hasta su muerte en 1850. En todos esos casos, ha llevado muchísimo tiempo restablecer la verdad y levantar la espesa capa de falsedades que se vertió contra personas tan santas y que tan gran servicio han prestado a la Iglesia y a toda la humanidad.

 

Otro ejemplo, no tan alejado de nosotros en el tiempo, fueron las incomprensiones que sufrió el Padre Josef Kentenich, fundador de la Obra de Schoenstatt. En este caso, los ataques procedían de la falta de conocimiento o de rectitud de algunos eclesiásticos. En 1950, a causa de diversas calumnias, el Santo Oficio nombró un visitador apostólico que, después de un largo proceso, promovió la destitución de Kentenich. El fundador, que había pasado por la dura prueba de cuatro años de prisión en el campo de concentración nazi de Dachau durante la Segunda Guerra Mundial, tuvo que pasar esta nueva prueba, aún más dolorosa, de catorce años en Estados Unidos apartado de las instituciones que había fundado. Además, como era de temer, todo aquello arrojó oscuras y espesas sombras sobre su persona y sobre su obra, con insidiosos rumores y calumnias. Al fin, en 1965 se aclaró la situación y se suspendieron todas las resoluciones sobre el Padre Kentenich, que por entonces tenía ya ochenta años. Después de una entrevista con Pablo VI, retomó inmediatamente su trabajo, con un ritmo impresionante para su edad. Falleció en 1968, con una gran fama de santidad, y hoy existen por todo el mundo más de ciento ochenta réplicas del santuario de Schoenstatt, en torno a los cuales se reúnen comunidades de niños, jóvenes y adultos para continuar su misión de renovar al hombre del tercer milenio.

 

—¿Y cuál crees que es la causa de todos esos ataques?

 

¿Causas de la murmuración y de la calumnia? ¿El rencor? ¿La envidia? ¿El despecho? Es imposible descubrir la clave de la pasión oscura que late bajo la ciénaga del mal. Pero siempre procede del mismo modo: insinuaciones viscosas, sospechas infundadas, acusaciones sibilinas, rumores que se repiten sin molestarse en contrastar, sin dejar ocasión a la defensa.

 

De todas formas, hay que procurar ver lo positivo de todas esas críticas, pues, como decía San Agustín, los ataques pueden ser con frecuencia más útiles que los elogios, ya que «muchas veces los amigos nos pervierten al adularnos, y en cambio los enemigos nos corrigen al insultarnos.»

 

—Pero ahora ya no es frecuente ese tipo de persecuciones, al menos en el mundo occidental.

 

Ahora son quizá más sutiles, más sinuosas. Aunque no siempre menos eficaces. Juegan con nuestro miedo a lo que otros dicen, hayan dicho, dirán o dejarán de decir. Con nuestro miedo a quedar mal, a ser ridiculizados, a estar todo el día en boca ajena, a que se juzguen mal nuestras decisiones generosas, a quedar marcados.

 

No nos llevarán al circo ni nos echarán a los leones. Pero quizá haya comentarios maliciosos, graciosos, murmuraciones en voz baja, risitas, frases de supuestos amigos que se escuchan en un sitio o en otro, nunca de cara. ¿No sabes? ¿No te lo han dicho? ¿No te parece que está un poco loco? ¿Cómo le habrán comido el coco de esa manera?

 

Y no provienen solo de los extraños, o de los falsos amigos, sino que quizá haya también escenas familiares, todas enmarcadas en un gran halo de sensatez y de preocupación por el pobre obnubilado.

 

—¿Y crees que influyen mucho esos comentarios? En el mundo de hoy, cada uno decide con quien se casa, o qué vida lleva, y apenas tienen peso esas cosas.

 

Así debiera ser, pero en bastantes casos influyen bastante y hacen sufrir de un modo muy profundo. No son las grandes persecuciones las que frenan a algunos en el seguimiento de Dios, sino —como sucedió al apóstol Pedro— esos pequeños comentarios de una chismosa en torno al fuego. Si los grandes periódicos del país nos difamaran sin motivo, o si quisieran llevarnos al circo para ser devorados por las fieras, quizá nos creceríamos hasta el heroísmo. Pero soportar esas risitas o esos comentarios puede resultarnos más difícil, curiosamente.

 

Nos sucede como a aquel científico que viajó hasta el interior de una selva tropical. Pernoctó en una casa con las ventanas abiertas, sin protección alguna, aunque había alimañas por todas partes. Se extrañó, pero le dijeron que no se preocupara, porque rodeaba su cama un tupido mosquitero. Más tarde, a la hora del sueño, lo comprendió: en la selva, como en la vida cotidiana, los peligros más acuciantes no son las grandes fieras, sino los pequeños insectos. A la hora de la entrega, muchas veces, nos acechan más peligros por el miedo a qué pensarán algunos, que por las propias dificultades de seguir ese camino. Y es triste, porque, al final, esas personas que ridiculizan constantemente todo lo que tenga que ver con la entrega a Dios o con la Iglesia, o al menos les hacen el juego, viven del miedo de gente buena, como nosotros, y es una verdadera pena.

 

 

 

21. Dar la cara cuando no resulta fácil

 

Para que triunfe el mal,

solo es necesario

que los buenos no hagan nada.

 

Edmund Burke

 

—Me parece que hoy día resulta más difícil que se abra camino una vocación, pues, aunque haya más libertad, el ambiente es menos favorable.

 

Puede ser cierto que el ambiente no ayude, pero eso, como hemos visto, no es algo exclusivo de nuestra época. Además, muchas veces, precisamente ese ambiente contrario puede ayudar a templar y madurar una vocación.

 

Así lo evocaba Joseph Ratzinger cuando escribió su autobiografía, antes de ser Benedicto XVI, narrando un sucedido de sus años de adolescente, cuando estaba terminando la II Guerra Mundial. «En vista de la creciente carencia de personal militar, los hombres del régimen nazi idearon en 1943 una solución. Como los estudiantes de los internados debían vivir juntos en comunidad, lejos de casa, no había ningún obstáculo para trasladar de lugar sus colegios, colocándolos próximos a las baterías antiaéreas. Por otro lado, como evidentemente no podían estudiar todo el día, parecía del todo normal que utilizasen su tiempo libre en servicios de defensa de los ataques aéreos enemigos. De hecho, yo no estaba en el internado desde hacía mucho tiempo, pero desde el punto de vista jurídico sí formaba parte todavía del seminario de Traunstein.

 

»Así, el pequeño grupo de seminaristas de mi clase —de los nacidos entre 1926 y 1927— fue llamado a los servicios antiaéreos de Munich. Habitábamos en barracones como los soldados regulares, que eran obviamente una minoría, usábamos los mismos uniformes y, en lo esencial, debíamos llevar a cabo los mismos servicios, con la sola diferencia que a nosotros se nos permitía asistir a un número reducido de clases.

 

»El 10 de septiembre de 1944, en el período de edad del servicio militar, nos licenciaron del servicio antiaéreo en el que habíamos prestado servicio desde que éramos estudiantes. Cuando volví a casa, sobre la mesa estaba ya la llamada para el servicio laboral del Reich. El 20 de septiembre, un viaje interminable me llevó a Burgenland, donde —con muchos amigos del instituto de Traunstein— me asignaron a un campamento situado en el ángulo del territorio en el que Austria limita con Hungría y Checoslovaquia. Aquellas semanas de servicio laboral han permanecido en mi memoria como un recuerdo opresivo. Nuestros superiores procedían, en gran parte, de la denominada “Legión Austríaca”. Se trataba, por tanto, de nazis de los primeros tiempos, que habían sido encarcelados bajo el canciller Dollfub, unos fanáticos que nos tiranizaban con violencia. Una noche nos sacaron de la cama y nos hicieron formar filas, medio dormidos, vestidos de chándal. Un oficial de las SS nos llamó uno a uno fuera de la fila y trató de inducirnos a enrolarnos como “voluntarios” en el cuerpo de las SS, aprovechándose de nuestro cansancio y comprometiéndonos delante del grupo reunido. Un gran número de compañeros de carácter bondadoso fueron enrolados de ese modo en aquel cuerpo criminal. Junto con algunos otros, yo tuve la fortuna de decir que tenía la intención de ser sacerdote católico. Fuimos cubiertos de burlas e insultos, pero aquellas humillaciones nos supieron a gloria, porque sabíamos que nos librábamos de la amenaza de este enrolamiento falsamente voluntario y de todas sus consecuencias.»

 

—¿Piensas entonces que las dificultades del ambiente pueden ser positivas?

 

No siempre, pues, como se ve en este relato, se llevaron por delante a muchas personas, a las que faltó carácter o decisión para superarlas. Lo que sí puede afirmarse es que las dificultades juegan, en cierta manera, a nuestro favor, porque nos disponen a hacernos más firmes, más maduros, más resistentes. Hacen lucir nuestra mediocridad, y de esa manera queda más expuesta, más a la vista, y es más clara la necesidad de oponerse a ella y, por tanto, mejorar.

 

Igual que las personas se curten con las dificultades, y que la vida fácil hace a los niños mimados y débiles, también las vocaciones maduran ante un ambiente difícil, y arraigan con más fuerza y autenticidad en un entorno en el que el viento no sopla a favor. Incluso de las incomprensiones y las calumnias puede salir un bien, pues nos hacen experimentar lo que ya el Señor pasó aquí en la tierra, aprendemos a ir contra corriente, a purificar más la intención al ver que no todos nos aplauden, a trabajar más y a explicarnos mejor.

 

—Pero el ambiente poco favorable ha hecho que haya menos vocaciones. Hay quien piensa que puede ser una muestra de que ahora son menos necesarias, de que la vida actual no precisa tanto de ellas.

 

Es una posible interpretación, pero me parece más acertado pensar que, precisamente ahora, hacen más falta. Es la reflexión que se hacía Joseph Ratzinger al concluir el relato anterior. «El régimen nazi afirmaba con voz muy fuerte: "En la nueva Alemania no habrá ya sacerdotes, no habrá ya vida consagrada, no necesitamos ya a esta gente; buscaos otra profesión". Pero precisamente, al escuchar esas "fuertes" voces, ante la brutalidad de aquel sistema tan inhumano, comprendí que, por el contrario, había una gran necesidad de sacerdotes. Este contraste, el ver aquella cultura antihumana, me confirmó en la convicción de que el Señor, el Evangelio, la fe, nos indicaban el camino correcto y nosotros debíamos esforzarnos por lograr que sobreviviera ese camino.

 

»Como es natural, no faltaron dificultades. Me preguntaba si tenía realmente la capacidad de vivir durante toda mi vida el celibato. Al ser un hombre de formación teórica y no práctica, sabía también que no basta amar la teología para ser un buen sacerdote, sino que es necesario estar siempre disponible con respecto a los jóvenes, a los ancianos, a los enfermos, a los pobres; es necesario ser sencillo con los sencillos. La teología es hermosa, pero también es necesaria la sencillez de la palabra y de la vida cristiana. Así pues, me preguntaba: ¿seré capaz de vivir todo esto y no ser solo un teólogo? Pero el Señor me ayudó; y me ayudó, sobre todo, a través de la compañía de los amigos, de buenos sacerdotes y maestros.»

 

—Pero entregarse a Dios siempre será toda una aventura, y quizá los tiempos que corren no son muy de ese estilo. No sé qué futuro espera a este asunto.

 

Emprender el camino de la vocación precisa ciertamente la valentía de afrontar la aventura, la confianza en que Dios no nos dejará solos, en que nos acompañará y nos ayudará. Pero siempre habrá necesidad de vocaciones, y siempre habrá almas jóvenes que aceptarán ese reto. Así lo expresaba José Luis Martín Descalzo hace algo más de veinte años, en plena crisis de vocaciones en el mundo occidental: «Me pregunto a veces cómo será el siglo XXI y los hombres que en él habitarán. ¿Tendrán alma? ¿Seguirán descubriendo en ella esos vacíos que solo Dios llena y tendrán necesidad de alguien que los ayude a llenarlos?

 

»La verdad es que nunca he temido por el futuro de la Iglesia y tampoco por el futuro del sacerdocio. Habrá tal vez oscilaciones en la curva de vocaciones, pero siempre seguirá habiendo muchachos que un día se atrevan a responder a la llamada de lo alto, por mucho que ciertos cretinillos se olviden de la importancia de su tarea.

 

»Y hay algo de lo que aún estoy más seguro: sea o no sea importante el sacerdocio, lo reconozca o no la sociedad del presente o del futuro, lo que yo sé muy bien y lo sé por experiencia, es que no hay nada más entusiasmante, nada que llene tanto el alma hasta los bordes. Conozco bien lo que es esto de ser periodista y yo sé que es una gran vocación. Pero es una zapatilla rusa junto al gozo de tener —si se cree— a Dios entre los dedos o el ver brillar a unos ojos humanos cuando se alejan, pacificados, de un confesonario.

 

»Es también, lo sé, una vocación aterradora —porque la palabra de Dios quema al pasar por los labios— pero con un terror luminoso y ardiente que bastaría para poner toda la vida en vilo. Ser cura —lo sepa el mundo o no, lo valore el mundo o no, y aunque el mundo llegara a prohibirlo— es literalmente un entusiasmo, es decir, según su etimología, una borrachera de Dios, uno de los pocos vinos que vale la pena que se le suban a uno a la cabeza.»

 

 

 

22. Ser tomados por locos

 

Tendremos que arrepentirnos en esta generación

no tanto de las acciones de la gente perversa

sino de los pasmosos silencios de la gente buena.

 

Martin Luther King

 

Juan Ciudad Duarte, el futuro San Juan de Dios, había nacido en el seno de una familia muy modesta y quedó huérfano muy joven. En 1517, cuando tenía veintidós años, entró en la milicia y participó en varias batallas con Carlos V. La experiencia fue bastante desastrosa, pues por una grave negligencia estuvo condenado a la horca y se salvó de puro milagro. Participó también en la defensa de Viena contra los turcos. Después de estas experiencias guerreras, volvió primero al oficio de pastor y leñador, luego al de albañil y finalmente al de librero, que empezó a ejercer de forma estable en Granada, en un puesto en la calle Elvira.

 

Cuando más asentado parecía encontrase, después de su larga andadura por tantos oficios y lugares, el 20 de enero de 1539, escucha la predicación de San Juan de Ávila en el Campo de los Mártires, cerca de la Alhambra de Granada. Su corazón quedó muy tocado. Sus palabras «se le fijaron en las entrañas». Se llenó de deseos de enmendar la vida que llevaba. Repartió todas sus posesiones entre los pobres. Lo tomaron por loco. Cuando quiso darse cuenta, le habían ingresado en el ala del Hospital Real de Granada destinada a los locos. Allí, siente en sus propias carnes el duro tratamiento que se da a estos enfermos y se rebela al verlos sufrir de aquella manera.

 

De su experiencia en aquel manicomio surge la conversión de Juan hacia quienes desde entonces serán para él sus hermanos: «Que Jesucristo me traiga a tiempo y me dé gracia para que yo tenga un hospital, donde pueda recoger los pobres desamparados y faltos de juicio, y servirles como yo deseo». En 1540 alquila una casa vieja en Granada para recibir a cualquier enfermo, mendigo, loco, anciano, huérfano o desamparado. Durante todo el día atiende a cada uno con el más exquisito cariño, haciendo de enfermero, cocinero, padre, amigo y hermano de todos. Por la noche, va por las calles pidiendo limosnas para sus pobres.

 

Al principio sabía poco de medicina, pero tenía gran éxito curando enfermedades mentales. Comprobó que muchos de estos enfermos necesitaban cariño y atención como requisito previo para poder curarse. Había que curarles primero el alma con amor para obtener luego la curación del cuerpo. Mas tarde, vinculó a su obra a un grupo de compañeros, con los que fundó una congregación. En enero de 1550, tratando de salvar a un joven que se estaba ahogando en el río Genil, enfermó gravemente y murió. El que había sido considerado un loco, fue acompañado al cementerio por el obispo, las autoridades civiles y todo el pueblo de Granada, como un santo. Enseguida muchos milagros se atribuyeron a su intercesión. Pronto fue canonizado, y su congregación, la Orden de los Hospitalarios de San Juan de Dios, cuenta actualmente con más de 1500 religiosos en 220 casas y hospitales en los cinco continentes.

 

Solo el tiempo ilumina con auténtica luz la vida de las personas. A lo largo de la historia, han sido muchas las aventuras de santidad que la gente de su tiempo ha considerado locuras, iluminaciones, comeduras de coco o ingenuidades agudas. Muchos santos han pasado inadvertidos a su época y han sido descubiertos mucho tiempo después. Para el siglo XIII, San Francisco de Asís fue un exaltado. Y los compañeros de siglo de Santa Teresa de Ávila veían en ella una monja inquieta y un poco loca. También de San Juan Bosco se dijo que estaba loco, y la murmuración llegó a tal punto que dos teólogos amigos suyos, Vincenzo Ponzati y Luigi Nasi, estaban tan convencidos de ello que, llevados por la caridad hacia el santo, intentaron encerrarle en un manicomio. En aquella ocasión, el intento de encerramiento en el psiquiátrico tuvo visos cómicos: «Me di cuenta entonces de su juego —escribe don Bosco—, y, sin darme por enterado, les acompañé hasta el carruaje. Insistí en que entraran ellos los primeros a tomar asiento. Y cuando lo hicieron, cerré de golpe la portezuela y grité al cochero: “¡De prisa! ¡Al galope! ¡Al manicomio, en donde aguardan a estos dos curas!".»

 

—Afortunadamente, en nuestra época ya no te toman por loco y te encierran por querer entregarte a Dios.

 

No es muy habitual, gracias a Dios, pero tampoco ha dejado de suceder totalmente. En estas últimas décadas, ha habido bastantes casos de chicos o chicas jóvenes que han sido sometidos a atropellos semejantes por parte de familiares suyos. Consideraban “sectas” a las instituciones de la Iglesia a las que esos jóvenes deseaban incorporarse, y aseguraban que esos chicos o chicas en realidad no obraban libremente, sino que sus deseos se debían a depuradas "técnicas de manipulación mental" por parte de la “secta” y que, por tanto, debían ser sometidos a “procesos de desprogramación” —contra la voluntad del “adepto”, por supuesto—, y ellos mismos disponían un equipo de “expertos antisectas” que sometían al “pobre iluminado” a técnicas de las que sí podría decirse sin temor a equivocarse que eran realmente de manipulación mental.

 

Tanto el argumento como el modo de trabajar es bastante antiguo. Ante fenómenos incomprensibles para la mentalidad de la época, siempre se ha recurrido a poderes ocultos como explicación. En la edad media, y hasta hace menos tiempo de lo que parece, se hablaba de encantamientos, hechizos y brujerías. Bien entrado el siglo XX, en los años sesenta y setenta, se empezó a utilizar la expresión "lavado de cerebro", acuñada por el periodista británico Edward Hunter para referirse al tratamiento recibido por los prisioneros norteamericanos de la guerra de Corea. En los años ochenta, con el auge de la era de la informática, se empieza a hablar de fenómenos de "programación" de jóvenes que, a su vez, debían contrarrestarse con “técnicas de desprogramación”. Tras una serie de duros reveses, tanto en los resultados personales como en el intento de sustentar científicamente esas teorías, se empezaron a usar terminologías menos comprometidas, como "técnicas de control mental" u otras semejantes. Su apoyo científico ha sido siempre bastante precario. Cuando en 1987 la American Psychological Association (APA), se interesó por el tema y estudió el informe de un equipo dirigido por la principal defensora del empleo de esas técnicas, Margaret Singer, su dictamen no pudo ser más contundente, por la falta de rigor científico y de aparato crítico en todas esas técnicas y teorías.

 

—De todas formas, me parece que todo esto ha ido a menos últimamente.

 

Cada vez sucede menos, afortunadamente, pues la justicia ha puesto al descubierto que las auténticas manipulaciones mentales eran las que empleaban esos sujetos.

 

Hoy día, es verdad, pocos llegan a extremos tan penosos, pero lo que permanece es el peso del “qué dirán” a la hora de entregarse a Dios. Para muchos, es una locura frente al modo en que ellos se plantean la vida. Su actitud es a veces tan cerrada, que hacen muy difícil seguir el propio camino sin tener que pasar por situaciones un tanto desagradables.

 

Pero, en fin, si San Juan de Dios hubiera querido ser complaciente con el ambiente que le rodeaba, no habría llegado a ser santo, ni habría sido posible el gran servicio a los enfermos que su impulso personal ha producido a lo largo de los siglos. Y lo mismo puede decirse de San Juan Bosco, o de una multitud de santos, conocidos o desconocidos, a la largo de la historia.

 

—Pero nuestra época presume de ser enormemente respetuosa y tolerante con cualquier opción o modelo de vida que se quiera seguir.

 

Es cierto, y por eso hemos mejorado un poco en grados de libertad y de respeto en este punto, pero hay veces en que los hechos muestran que toda esa tolerancia es unidireccional, y que solo se aplica hacia lo que aprueba el ambiente general.

 

C. S. Lewis, en sus “Cartas del diablo a su sobrino”, habla con gracia sobre este fenómeno, que atribuye a un sólido triunfo del diablo, hábilmente aliado con la estupidez humana. Una persona puede sentirse atraída por un determinado tipo de vida, y desear entregarse a Dios en servicio a los demás, pero el tentador siempre se las ingenia para «sustituir los gustos y las aversiones auténticas de un humano por los patrones mundanos, o la convención, o la moda. Yo llevaría esto muy lejos —aconseja el diablo veterano—, porque el hombre que verdadera y desinteresadamente disfruta de algo, sin importarle un comino lo que digan los demás, está protegido, por eso mismo, contra algunos de nuestros métodos infernales de ataque más sutiles. Debes tratar de hacer siempre que abandone la gente, la ropa o los libros que le gustan de verdad, y que los sustituya por la gente “popular”, la ropa que “se lleva” o los libros que “se leen”.»

 

Hasta de las actitudes más penosas puede llegar a hacerse una moda. Es cuestión de ridiculizar con un poco de ingenio la actitud contraria. Si un hombre deja, simplemente, que los demás paguen por él, es un tacaño, pero si presume de ello jocosamente, entonces es un tipo gracioso. La mera cobardía es vergonzosa, pero con una cobardía de la que se presume con exageraciones, uno puede pasar por un antihéroe práctico y divertido. Hay detalles de egoísmo que pueden hacerse no solo sin la desaprobación de la gente, sino incluso con su admiración, simplemente ridiculizando los correspondientes actos de generosidad, logrando que lo egoísta sea lo que se lleve, lo que hace todo el mundo. La entrega a Dios es un acto de generosidad personal que debería ser valorado muy positivamente, salvo que, con un poco de habilidad, se logre dar la vuelta al planteamiento y se presente como una opción ingenua, ridícula o sospechosa.

 

—Pues para una persona que ha entregado su vida en servicio de Dios y de los demás, percibir esa actitud debe ser bastante ingrato.

 

Lo es, aunque, afortunadamente, esa entrega no está motivada ni sostenida por el aplauso de la gente. Al final, lo que cuenta es la valentía para oponerse al ímpetu de los tópicos de moda, que a veces son notablemente agresivos. Muchos critican simplemente porque los demás critican, y de la misma manera que los demás critican, sin molestarse apenas en conocer las cosas más de cerca. Pero si cedemos a los dictados de “lo que se debe pensar”, para así merecer la aprobación del ambiente general, entonces no podremos evitar que muchas veces la verdad o la justicia sean pisoteadas por culpa de nuestro miedo a la prepotencia de la mentalidad dominante.

 

—¿Piensas entonces que la mayoría de las veces la gente no valora lo que supone la entrega a Dios, y les parece el desperdicio de una vida?

 

Pienso que la mayoría de la gente respeta y valora mucho la entrega de una persona a cualquier ideal. Pero eso no quita que haya algunos pocos que lo vean como malograr o desaprovechar una vida. Les parece lógico que una persona guapa e inteligente entregue la vida a otra en el matrimonio, o a un proyecto profesional, o a la práctica de un deporte, pero le parece una lástima que se entregue a Dios y a los demás.

 

Ha pasado siempre. Por ejemplo, San Alfonso María de Ligorio era un abogado napolitano brillantísimo, hijo del Marqués de Ligorio y con un porvenir muy prometedor. Tenía dos doctorados, dominaba varios idiomas, sabía música y era un enamorado de las artes. Se le daba muy bien la vida de relación política y como abogado obtenía resonantes triunfos, pues durante ocho años nunca perdió ningún caso. En el año 1723 hubo un pleito famoso entre el Doctor Orsini y el gran Duque de Toscana. Alfonso María defendía al Doctor Orsini, y su exposición fue brillante, contundente y sumamente aplaudida. Creía haber obtenido el triunfo para su defendido. Pero apenas terminada su intervención, se le acerca el defensor de la parte contraria, le entrega un papel y le dice: «Todo lo que nos ha dicho con tanta elocuencia cae por su base con este documento». Alfonso María lo lee, se dirige al tribunal y exclama: «Señores, me he equivocado». A partir de ahí comienza una fuerte crisis interior. Comprende que, como en aquella ocasión, muchas veces se emplea el propio talento en causas equivocadas, y Dios le enviaba esa humillación para quebrar su orgullo y buscar un sentido más alto a su vida. Se dedica a visitar enfermos, y un día en un hospital de incurables ve con claridad que su camino es dedicar la vida a servir a los demás. Tuvo que sostener una fuerte lucha con su padre, que cifraba en él toda la esperanza del futuro de su familia. «Alfonso mío —le decía llorando—, ¿cómo vas a dejar tu familia?». Finalmente, en 1726, a los treinta años, se ordena sacerdote y desde entonces se dedica a las gentes de los barrios más pobres de Nápoles y de otras ciudades. Reúne a los niños y a la gente humilde y les enseña catecismo al aire libre. Su padre, que gozaba oyendo sus discursos de abogado, ahora no quiere ir a escuchar sus sencillos sermones sacerdotales. Pero un día entra por curiosidad a escuchar una de sus pláticas y queda emocionado: «Este hijo mío me ha hecho conocer a Dios». Con el tiempo, en 1752, funda la Congregación del Santísimo Redentor, más conocida como los Padres Redentoristas, que se dedica a recorrer ciudades, pueblos y campos predicando el Evangelio. Al morir, en 1787, dejó escritos más de cien libros, que se han traducido a todas las lenguas, y hoy es considerado como uno de los grandes santos, Doctor de la Iglesia, y su congregación está extendida por todo el mundo. No fue una vida desperdiciada. Lo habría sido si no hubiera escuchado los requerimientos de Dios.

 

 

 

23. La fuerza de la fe

 

Si un hombre no está dispuesto

a dar la vida por sus ideas,

es porque sus ideas no valen nada

o él no vale nada.

 

Ezra Pound

 

En el año 304, el emperador Diocleciano prohibió a los cristianos, bajo pena de muerte, tener las Escrituras, construir lugares para el culto o reunirse el domingo para celebrar la Eucaristía. En Abitina, una pequeña localidad de la actual Túnez, cuarenta y nueve cristianos fueron sorprendidos un domingo mientras, reunidos en la casa de Octavio Félix, celebraban la Eucaristía, desafiando las prohibiciones imperiales. Tras ser arrestados, fueron llevados a Cartago e interrogados por el procónsul Anulino.

 

Fue significativa, entre otras, la respuesta que un cierto Emérito dio al procónsul, que le preguntaba por qué habían transgredido la severa orden del emperador. Respondió: «Sine dominico non possumus». Es decir, sin reunirnos el domingo para celebrar la Eucaristía, no podemos vivir, nos faltarían las fuerzas para afrontar las dificultades diarias y no sucumbir.

 

Después de atroces torturas, estos mártires de Abitina murieron heroicamente, y así, con la efusión de la sangre, confirmaron su fe. Murieron, pero vencieron, y ahora los recordamos y nos llevan a reflexionar también nosotros, cristianos del siglo XXI, sobre la importancia de la Eucaristía y sobre nuestra disposición a dar la cara por nuestra fe.

 

En el año 320, durante la persecución de Licinio, hubo otro grupo de mártires que se hizo muy popular entre los primeros cristianos: los cuarenta mártires de Sebaste. Estaban enrolados en una legión de guardia de frontera. Los cuarenta eran muy jóvenes, de menos de veinte años. Cuando llegó al campamento la orden de Licinio de que los soldados participaran en los sacrificios idolátricos, ellos rehusaron. Fueron arrestados, atados a una larga cadena y encerrados en la cárcel. La prisión se prolongó mucho tiempo, probablemente porque se aguardaban órdenes superiores, o incluso del mismo emperador. Durante la espera, previendo su fin, los presos escribieron un testamento colectivo en el que se recogen los nombres de cada uno.

 

Llegada la sentencia de condenación, fueron destinados a morir de frío. Debían estar expuestos desnudos por la noche, en pleno invierno, sobre un estanque helado y ahí aguardar su fin. El lugar elegido para la ejecución fue un amplio patio delante de las termas de Sebastia. Para aumentar el tormento de las víctimas, se dejó abierta la entrada de las termas, de donde salían chorros de vapor del calidarium. Bastaban pocos pasos para salir de las angustias, renegar de Cristo y recuperar en las termas esa vida que se estaba yendo de sus cuerpos minuto a minuto. Las horas pasaban terriblemente monótonas y ninguno de los condenados se alejaba de la explanada helada. Mientras sufrían aquel frío tan intenso oraban pidiendo a Dios que ya que eran cuarenta los que habían proclamado su fe en Cristo, fueran también cuarenta los que lograran la gracia del martirio. El vigilante de las termas asistía estupefacto a la escena. De repente, uno de los condenados, extenuado por los espasmos del frío, se arrastró hacia la puerta iluminada. Al ver esto, el vigilante decidió remplazarle completando nuevamente el número de cuarenta: se proclamó cristiano y se tendió sobre el hielo entre los otros condenados.

 

—¿Y piensas que era necesario morir de esa manera?

 

Desde luego, el mundo sobrevive gracias al testimonio de personas que no se han dejado doblegar en medio de la persecución y han sabido hacer frente con valentía a los atropellos que, de una manera o de otra, se hacen a la dignidad humana.

 

Podríamos referirnos de nuevo al ejemplo de Santo Tomás Moro, que en 1534 prefirió ser destituido de todos sus cargos, ver confiscados su bienes y acabar recluido en Torre de Londres, antes que aceptar las infamias de Enrique VIII. Allí estuvo encerrado durante quince meses, hasta que fue decapitado, soportando todo tipo de presiones para no ser fiel a lo que Dios, a través de su conciencia, le pedía. Su testimonio de coherencia cristiana hasta el martirio explica que su fama haya ido creciendo incesantemente con el paso de los siglos. Su nombre figura hoy tanto en el martirologio católico como en el anglicano, y su figura es reconocida universalmente, por encima de fronteras nacionales y de confesiones religiosas, como símbolo de integridad y como testigo heroico de la primacía de la conciencia.

 

San Estanislao de Polonia fue asesinado en la catedral de Cracovia, el año 1079, mientras celebraba la Santa Misa. Había tenido la audacia de censurar al mismísimo rey Boleslao II por sus múltiples inmoralidades, hasta que un día el rey lo mandó matar y, al ver que sus sicarios no se atrevían a hacerlo, subió al altar y lo asesinó con sus propias manos.

 

San Juan de Sahagún fue envenenado en Salamanca en 1479 por una mujer que vivía en adulterio con un hombre que se había convertido escuchando las palabras del fraile agustino. Aquel hombre, al convertirse, abandonó esa relación adúltera, y la mujer, despechada, puso un veneno en la comida del santo predicador.

 

Se podrían poner multitud de ejemplos de personas que han muerto como testimonio de la fe. ¿Mereció la pena?

 

—Supongo que sí, pero, desde luego, dan ganas de responder de otra manera ante los atropellos y las injusticias.

 

En muchas ocasiones nos preguntamos por qué razón Dios se queda callado, por qué no hace de inmediato lo que para nosotros resulta quizá evidente. Muchas veces desearíamos que Dios se mostrara más fuerte, que actuara con más rotundidad, que derrotara de una vez al mal y creara un mundo mejor.

 

Sin embargo, cuando pretendemos organizar el mundo adoptando o juzgando el papel de Dios, el resultado es que hacemos entonces un mundo peor. Podemos y debemos influir en que el mundo mejore, pero sin olvidar nunca quién es el Señor de la historia. Como ha señalado Benedicto XVI, nosotros quizá sufrimos ante la paciencia de Dios. Pero todos necesitamos de su paciencia. El mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores. El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres.

 

Decía Chesterton que, a fin de cuentas, todos los siglos han sido salvados por media docena de hombres que supieron ir contra las corrientes de moda en ese siglo. Cada siglo tiene sus audacias. Y cada audacia, un hombre intrépido que va por delante. Los santos forman parte de esa media docena de intrépidos que son salvadores del espíritu en cada época. Y todos ellos, desde luego, han tenido que vivir contra corriente del egoísmo y la mediocridad que parecen caracterizar todos los siglos de la historia.

 

Además, muchas veces, esas persecuciones han sido ocasión de grandes bienes. Si recordamos, por ejemplo, la figura de San Esteban, el primer mártir del cristianismo, vemos que a su asesinato siguió una persecución contra los cristianos, la primera en la historia de la Iglesia. Aquella persecución les obligó a huir de Jerusalén y a dispersarse. Así se transformaron en misioneros itinerantes, de manera que la persecución, y la consiguiente dispersión, se convirtieron en misión. Y el Evangelio se propagó de este modo en Samaria, en Fenicia, y en Siria, hasta llegar a la gran ciudad de Antioquía, donde, según cuenta San Lucas, fue anunciado por primera vez también a los paganos.

 

En todas las épocas y lugares, aunque a primera vista no lo parezca, ha sido difícil vivir la fe o la entrega a Dios. Tampoco es fácil ahora, aunque en pocos sitios haya ya prohibiciones o persecuciones formales. El mundo en el que vivimos, marcado a menudo por el consumismo, por la indiferencia religiosa o por un secularismo cerrado a la trascendencia, aparece muchas veces, para la entrega a Dios, como un desierto no menos inhóspito que el de otros tiempos. Quizá por eso, vivir contra corriente es más necesario que nunca.

 

 

 

24. La forja de una vocación

 

Muy pocos grandes hombres

proceden de un ambiente fácil.

 

Herman Keyserling

 

Juan Pablo II ha sido sin lugar a dudas —así lo reconocen hasta sus más acérrimos detractores— la figura más colosal y carismática del final del segundo milenio. Junto a ser guía espiritual de más de mil millones de católicos, se convirtió enseguida en el más vigoroso defensor de la justicia social y los derechos humanos de todo el mundo contemporáneo. En su largo pontificado demostró una prodigiosa capacidad para conciliar fidelidad y creatividad, prudencia e ingenio, paciencia y audacia. Apoyado en su prestigio y autoridad moral como pontífice, se reveló también como un diplomático de inmensa envergadura e influencia mundial. Ha sido además protagonista de descollantes realizaciones intelectuales, así como de un innegable carisma ante la gente joven.

 

Muchos se preguntan con frecuencia de dónde vinieron a Juan Pablo II esas indiscutibles cualidades personales. ¿Cómo ha surgido este hombre? ¿Cómo se ha forjado una personalidad tan extraordinaria? ¿Qué hay en la biografía de Juan Pablo II que le ha permitido prepararse de un modo tan sobresaliente para ejercer su misión como cabeza de la Iglesia católica en una encrucijada tan difícil de su historia?

 

—Desde luego, si unos grandes expertos se plantearan preparar un líder mundial a partir de un chico joven, seguramente pensarían en una educación de elite, con unas condiciones cuidadosamente preparadas para facilitar en todo lo posible su formación académica, intelectual y humana.

 

Sin embargo, en la biografía del joven Karol Wojtyla no hay nada de eso. Apenas aparecen momentos de facilidad. Su infancia y su juventud están marcadas por la tragedia, la pobreza y la dificultad. ¿Qué había entonces distinto a otros? ¿Por qué esas difíciles circunstancias no le hundieron sino que curtieron su personalidad y le prepararon para ser un hombre tan extraordinario? ¿Cuál fue su actitud ante los obstáculos que encontró en su vida?

 

La biografía de Karol Wojtyla es una prueba de cómo el hombre, sean cuales sean las circunstancias en que viva, puede elevarse por encima de sus condicionamientos personales, familiares o sociales. Su madre falleció cuando él aún no había cumplido nueve años. Cuando tenía doce, falleció Edmund, su único hermano. Quedaron solos él y su padre. Karol era terriblemente pobre. Asistía a sus clases vestido con unos pantalones de tela burda y una arrugada chaqueta negra, la única que tenía. Si pudo matricularse en la Universidad de Jagellón fue gracias a las excelentes calificaciones que había sacado en el instituto. Aquel curso, Karol se matriculó de dieciséis asignaturas, asistía regularmente a cursos y conferencias sobre temas muy variados, se dedicó durante meses a estudiar francés, participaba en una escuela de arte dramático, en un círculo intelectual y en varias asociaciones literarias y estudiantiles más. También escribía de forma inagotable. Desarrolló una actividad con la que resulta difícil imaginar cuándo comía y dormía. Permanecía despierto gran parte de la noche en su casa, en el pequeño sótano de la calle Tyniecka, ya que las horas del día las llenaba el trabajo académico y todas esas actividades ajenas a los estudios, que también ocupaban parte de la noche.

 

Todo aquello, aunque era duro, marchaba. Pero, de pronto, todo salta por los aires con el comienzo de la Segunda Guerra Mundial y la invasión de Polonia por los nazis. A las pocas semanas, el mando nazi impuso una obligación de trabajo público que no era otra cosa que trabajo forzoso. Karol empezó a trabajar en una fábrica de la Solvay tenía cerca de las canteras de Zakrzówek. El invierno resultó de una dureza extraordinaria aquel año. Perdía peso rápidamente y sentía frío en los huesos y agotamiento de manera casi constante. Un día especialmente frío, encontró muerto a su padre al llegar a casa. Karol aún no había cumplido veintiún años. Pasó la noche rezando de rodillas ante el cadáver.

 

La muerte de su padre, junto con el hecho de no haber podido estar con él cuando falleció, fue el golpe más fuerte y dramático que sufrió en su vida. A partir de entonces, iba al cementerio todos los días al salir de trabajar de la cantera, cruzando Cracovia de parte a parte, para rezar ante su tumba. Sus amigos estaban preocupados, viendo su sufrimiento, pensado que quizá no superara aquel golpe.

 

—¿Y cómo surgió su vocación?

 

Karol asistía a unos círculos de formación espiritual para jóvenes organizados por los salesianos en la parroquia de Debniki, cerca de su casa, y allí conoció a un hombre llamado Jan Tyranowski, que abrió a Karol unos nuevos horizontes espirituales y humanos. Aquel hombre, que no era sacerdote, sino un sastre de unos cuarenta años, era un auténtico maestro y trabajaba las almas de aquellos chicos con una gracia muy particular. Su palabra, en conversaciones personales o en aquellos círculos, iba penetrando hondamente en cada uno de ellos, «liberando en nosotros —son palabras de Karol, años después— la profundidad oculta de una enormidad de recursos y posibilidades que hasta entonces, trémulamente, habíamos evitado».

 

Karol charlaba cada semana con Jan Tyranowski, normalmente en el modesto y abarrotado piso del sastre, además de verse en los encuentros en grupo. En aquellas conversaciones, Karol iba comentando el resultado de sus esfuerzos personales por mejorar en los puntos que se trataban en las reuniones. Tyranowski sabía la importancia de esa disciplina ascética para la formación de una persona. A medida que la amistad entre ambos fue creciendo, paseaban con frecuencia, se visitaban en sus respectivos domicilios y pasaban largos ratos leyendo y conversando.

 

Un amigo suyo, que asistía con él a aquellos círculos, asegura que «fue la influencia de Jan Tyranowski la que le ayudó a recuperar el equilibrio»; también dice que «de no haber sido por Tyranowski, Karol no sería sacerdote, y yo tampoco; no quiero decir que nos empujara: sencillamente, nos abrió un camino nuevo.»

 

Sin embargo, la decisión del sacerdocio aún tardaría año y medio en madurar en el corazón y en la mente de Karol. Años después, recordaría «con orgullo y gratitud el hecho de que me fue concedido ser trabajador manual durante cuatro años; durante ese tiempo surgieron en mí luces referentes a los problemas más importantes de mi vida, y el camino de mi vocación quedó decidido..., como un hecho interior de claridad indiscutible y absoluta.»

 

La oración constante fue lo que permitió a Karol salir adelante, tanto en su vida espiritual como emocional, en medio de su dura vida de trabajo. Rezaba cada día en la iglesia de Debniki antes de ir al trabajo, rezaba en la fábrica, rezaba en una antigua iglesia de madera cerca de la fábrica, y cuando se dirigía cada día al cementerio, después de trabajar, rezaba ante la tumba de su padre, y después rezaba en su casa. La mayoría de sus compañeros de trabajo, que conocían cómo era su vida en medio de aquella persecución religiosa, le miraban con respeto, admiración y afecto. Stefania Koscielniakowa, que trabajaba en la cocina de la planta, recuerda que su supervisor señaló en una ocasión a Karol y le dijo: «Este chico reza a Dios, es un chico culto, tiene mucho talento, escribe poesía...; no tiene madre, ni padre...; es muy pobre..., dale una rebanada de pan más grande porque lo que le damos aquí es lo único que come».

 

Una tarde de septiembre de 1942, después de ensayar una obra de teatro de Norwid, Karol explicó a Kotlarczyk —que era el alma del grupo teatral, y con el que ahora compartía piso después de la muerte de su padre— que pensaba ingresar en un seminario clandestino porque quería ser sacerdote. Kotlarczyk pasó varias horas intentando disuadirle de su propósito. Invocó la santidad del arte como gran misión, recordó a Karol la advertencia del Evangelio contra el desperdicio del talento y le suplicó que aplazara su decisión.

 

Sin embargo, Karol se mantuvo firme y al mes siguiente comenzó sus estudios en el seminario. Las clases eran individuales y se daban en lugares secretos. La mayoría de los alumnos no supieron de la existencia de los demás seminaristas hasta que acabó la guerra. La vida externa de Karol apenas cambió: continuó trabajando en la Solvay y cumplió sus compromisos con la compañía de teatro durante seis meses. La diferencia era que, ahora, a sus anteriores obligaciones se añadía la de estudiar en el seminario clandestino, lo cual suponía además un gran riesgo. Ser detenido como seminarista secreto significaba la muerte en un campo de concentración, como de hecho sucedió a no pocos seminaristas polacos.

 

Con el final de la guerra, el seminario dejó de ser secreto. Karol culminó con gran brillantez sus estudios y fue ordenado sacerdote. Cincuenta años después, era un Papa que, a pesar de su ancianidad y su falta de salud, seguía desplegando una actividad infatigable y valiente. Desde el principio, las circunstancias del ambiente parecían confabularse para impedir su avance en el camino de entrega a Dios. Pero también eran condicionantes que hacían madurar y curtir su vocación. Así supo asumirlos Karol, y así preparó Dios su alma para los altos designios que le tenía preparados, pero que, como sucede siempre, son designios que quedan en buena media a merced de la libertad humana.

 

—Desde luego, es todo un testimonio de cómo sacar adelante una vocación en medio de mil dificultades.

 

Puede servir para aquellos que asocian la idea de vocación con un entorno de facilidad para abrirse camino. La realidad es que, cuando se analiza la vida de las grandes figuras de la historia de la Iglesia, lo habitual es que todas hayan pasado por serias dificultades interiores o exteriores para sacar adelante su vocación.

 

En el año 1765, un joven austriaco llamado Hansl Hofbauer quiere ser sacerdote. Tiene catorce años. Desgraciadamente, al ser huérfano y de familia pobre, tiene pocas posibilidades de seguir los estudios necesarios. Comienza por hacerlos acudiendo a diario a la casa parroquial, pero aquello acaba al poco tiempo y de modo repentino con la muerte del párroco. El nuevo sacerdote no encuentra tiempo para ayudarle en sus estudios, y el chico se ve en la necesidad de trabajar como aprendiz en la panadería de un convento. El superior del convento comprueba su valía y su abnegación en la atención de la gente necesitada que acude por allí, y le ayuda a retomar sus estudios para el sacerdocio. Sin embargo, pronto fallece el superior, y el joven candidato queda de nuevo desamparado. A los diecinueve años, decide hacerse ermitaño, pero al cabo de seis meses comprende que aquel no es su camino. Intenta después ingresar en el noviciado de los Padres Blancos de Kloster Bruck, pero el emperador había prohibido que este monasterio premonstratense admitiera nuevos novicios. Una vez más, se le cierran las puertas al sacerdocio. Cuando tenía ya casi treinta años, un día acude en auxilio de dos señoras en medio de un aguacero. Aquel favor conmueve a aquellas mujeres que, al enterarse que Hansl deseaba ser sacerdote pero no podía costearse los estudios, se encargaron de sufragar esos gastos. Y así, a los treinta y cuatro años, logra llegar al sacerdocio después de cinco intentos fallidos a lo largo de más de veinte años. Ingresa por entonces en la comunidad redentorista, tomando el nombre de Clemente, y en las décadas siguientes da un enorme impulso a la congregación en toda Polonia y luego en Austria. Cuando fallece, con casi setenta años, su fama de santidad se extiende por toda Europa. Si no hubiera superado con tenacidad las numerosas dificultades que tuvo para llegar a ser sacerdote, y las muchas otras que vinieron después en el ejercicio de su ministerio, hoy la Iglesia no contaría con la gran figura de San Clemente Hofbauer, cuya fecundidad apostólica fue tan notable que es considerado como el segundo fundador de los Redentoristas.

 

Unos pocos años antes, en 1731, en Nápoles, una chica joven trabaja muchas horas diarias en el taller de hilados de su padre, y demuestra también una notoria vida de piedad. Rinde en el trabajo más que sus compañeras, pero, a la vez, dedica mucho tiempo a la oración y a dar catequesis a niños pobres. Como es muy hermosa, su padre le concierta un ventajoso matrimonio con un chico de clase alta. Pero María Francisca le dice que ella ha prometido a Dios dedicarse a la vida espiritual y a ayudar a las almas. Entonces su padre estalla en cólera, le da violentos azotes y la encierra en su habitación a pan y agua por varios días. Su madre logra que un padre franciscano vaya a la casa y convenza al furibundo padre para que deje libertad a su hija a la hora de escoger su futuro. El religioso lo logra y María Francisca, con dieciséis años, toma el hábito de Terciaria Franciscana. Sigue viviendo en su casa, y como demuestra un gran discernimiento de las conciencias y un extraordinario don de consejo, su padre quiere explotar económicamente las cualidades de su hija cobrando las numerosas consultas que recibía. Ella se niega, y de nuevo su padre la castiga ferozmente. Tiene que defenderse acudiendo al juez y finalmente se ve obligada a dejar la casa de sus padres. Pero resiste a todas esas dificultades y, hasta su muerte, pasa casi sesenta años de vida religiosa atendiendo a gentes venidas desde los lugares más recónditos a pedir su consejo. Recibió muchas gracias extraordinarias de Dios y hoy Santa María Francisca es venerada por millones de personas en todo el mundo. Nada de esto habría sido posible sin su fortaleza ante los obstáculos que encontró para defender su vocación.

 

 

 

25. La vida a una carta

 

Cuando una chica de alta sociedad

opta por ponerse al servicio de los pobres

se produce una auténtica revolución,

la mayor de todas, la más difícil:

la revolución del amor.

 

Madre Teresa de Calcuta

 

En el primer volumen de las Memorias de Julián Marías hay una reflexión especialmente conmovedora y que refleja una cuestión verdaderamente crucial. Escribe, después de su boda, cuando se encuentra subjetivamente en la cima de la felicidad, y dice: «Siempre he creído que la vida no vale la pena más que cuando se la pone a una carta, sin restricciones, sin reservas. Son innumerables las personas, muy especialmente en nuestro tiempo, que no lo hacen por miedo a la vida, que no se atreven a ser felices porque temen a lo irrevocable, porque saben que si lo hacen, se exponen a la vez a ser infelices.»

 

«Efectivamente —añade José Luis Martín Descalzo—, una de las carcomas de nuestro siglo es ese miedo a lo irrevocable, esa indecisión ante las decisiones que no tienen vuelta de hoja o la tienen muy dolorosa, esa tendencia a lo provisional, a lo que nos compromete “pero no del todo”, que nos obliga “pero solo en tanto en cuanto”. Preferimos no acabar de apostar por nada, o si no hay más remedio que hacerlo, lo rodeamos de reservas, de condicionamientos, de “ya veremos cómo van las cosas”.

 

»Ocurre en todos los terrenos. Por de pronto, en la vida matrimonial. Pero el “miedo a lo irrevocable” ha llegado incluso a lo religioso y lo más intocable, que es el sacerdocio. Uno puede fracasar y equivocarse, es cierto, pero ¿cabe mayor fracaso que lanzarse a volar con las alas atadas por toda una maraña de condicionamientos?

 

»Y lo que más me preocupa es que parece que este pánico a lo irrevocable se ha convertido en una de las características espirituales de la mayor parte de nuestra juventud y de un buen porcentaje de adultos. La gente no es amiga de jugarse la vida a una carta en ningún terreno; prefiere embarcarse hoy en el barco de hoy y mañana ya pensará en qué barco lo hace.

 

»Y lo más grave es que esto se está presentando como un ideal, como “lo inteligente”, como “lo civilizado”. ¿Con qué razones? Te dicen: todo es relativo, comenzando por mí mismo. Yo sé cómo es hoy el hombre que yo soy; pero no sé cómo seré mañana. Todos cambiamos de ideas, de modos de ser. ¿Por qué comprometerlo todo a una carta cuando el juego de mañana no sé cómo se presentará?

 

»Y hay en este raciocinio algo de verdad: es cierto que hay muchas cosas relativas en la vida, muchas ante las que un hombre debe permanecer y en las que hasta será bueno cambiar en el futuro, cuando se vean con nueva luz. Pero, relativizarlo todo, ¿no será un modo de no llegar nunca a vivir?

 

»En realidad, esas cosas permanentes son pocas: el amor que se ha elegido, la misión a la que uno se entrega, unas cuantas ideas vertebrales y, entre ellas, desde luego, para el creyente, su fe. En éstas, lo confieso, mis apuestas siempre fueron y espero que sigan siendo totales. Por esas tres o cuatro cosas yo estoy dispuesto a jugar a una sola carta, precisamente porque estoy seguro de que esas cosas o son enteras o no son. Así de sencillo: o son totales o no existen. Un amor condicionado es un amor putrefacto. Un amor “a ver cómo funciona” es un brutal engaño entre dos. Un amor sin condiciones puede fracasar; pero un amor con condiciones no solo es que nazca fracasado, es que no llega a nacer.»

 

—Pero es natural que, ahora que la gente vive un poco mejor, tenga más miedo a lo difícil, a lo irrevocable.

 

Puede ser, pero no por eso es una opción mejor, ni más inteligente. Me recuerda la escena en que Salomón pide a Dios sabiduría y discernimiento, en vez de riquezas, salud, larga vida, poder o placeres. A Dios le agradó ese deseo de Salomón, por ser una petición buena e inteligente, y le dijo que le daría lo que pedía, y también lo que no pedía. Con la entrega, a Dios o a otra persona, sucede algo parecido. No debemos dejarnos seducir por esos señuelos que absorben la vida de tantos, sino procurar orientar nuestra vida con un horizonte más elevado, con una apuesta clara y decidida por ser fieles toda la vida, y entonces Dios se mostrará generoso con nosotros, y nos dará lo uno y lo otro: la sabiduría y la felicidad humana.

 

—¿Crees entonces que no hay que tener miedo a pedirle a Dios que nos conceda lo que no siempre nos apetece?

 

Hay que pedirle luz y sabiduría, como Salomón. Mucha gente tiene a Dios como un mero recurso en caso de dificultad. Le piden cosas como si Dios fuera un fontanero al que llaman cuando quieren que les arregle sus goteras. Pero quienes tratan a Dios con mayor cercanía, no le piden eso, o al menos no solo eso, sino que comprenden enseguida que Dios no está para solucionarnos problemas domésticos sino que debe iluminar nuestra vida constantemente. Entonces, como Salomón, comprenden qué es lo que deben pedir. Y quizá les impone un poco pedirlo, pero lo hacen. Y piden lo que nadie pide. Piden a Dios que les llene de sabiduría, que alumbre su camino, que les haga ver qué quiere, qué espera de ellos. Y descubren su vocación, y dan a su vida un sentido de misión.

 

Desde fuera, algunos pensarán que es una tontería no buscar y pedir riquezas y goces. No se dan cuenta de que Dios, con su sabiduría, da la mayor riqueza. Que, en el fondo, con su sabiduría nos da también lo que no hemos pedido y que otros tanto ansían.

 

Esa cercanía a Dios es necesaria para el discernimiento de la propia vocación y también para corresponder a ella y para alcanzar la felicidad. «Hemos de trabajar mucho cada día —explicaba la Madre Teresa de Calcuta— para vencernos a nosotras mismas. Hemos de pedir la gracia de amarnos mutuamente. Para poder hacer eso nuestras hermanas llevan una vida de oración y sacrificio. Por eso comenzamos nuestro día con la comunión y la meditación. Todas las noches, cuando volvemos del trabajo, nos reunimos en la capilla para hacer una hora ininterrumpida de adoración. En la quietud de la oscuridad encontramos paz en la presencia de Cristo. Esa hora de intimidad con Jesús es algo muy hermoso. He visto un gran cambio en nuestra congregación desde el día en que comenzamos a hacer adoración diaria. Nuestro amor por Jesús es más íntimo. Nuestro amor entre nosotras es más comprensivo. Nuestro amor por los pobres es más compasivo.»

 

Si uno se atreve a pedirle a Dios lo que nadie le suele pedir, pero que supone la mayor inteligencia, Dios nos hace ver nuestro camino cada vez con más claridad. Eso supone exigencia, pero con la exigencia viene la satisfacción y la felicidad. Aunque todo eso no quiere decir que uno tenga ya un seguro a todo riesgo para la santidad. De hecho, Salomón se descuidó al final de su vida y se apartó de Dios.

 

—¿Piensas entonces que hay que jugarse la vida a una carta?

 

Son una multitud numerosísima los santos de la Iglesia. Cada uno de ellos tuvo su misión. Cada uno de ellos se jugó la vida a una carta. También nosotros tenemos una misión específica y concreta. Un camino, un itinerario personal para alcanzar esa plenitud de la vida cristiana a la que estamos todos llamados. Un camino para realizar, en definitiva, la misión de la Iglesia, que continúa, a través de los siglos, la misión de Cristo de anunciar la salvación a todos los hombres y a todos los tiempos. ¿No sientes la responsabilidad de tu misión? Porque, como ha escrito Javier Echevarría, «toda criatura humana ha de enfrentarse a los años de su existencia con la conciencia de que son un tesoro puesto en sus manos por Dios, y de que, como toda dádiva, entrañan una responsabilidad. El cristiano ve sus días como el plazo que se le concede para responder a la vocación y a la misión que le han sido confiadas.»

 

Puede ser que Dios te llame a un camino específico y singular dentro de la Iglesia, por ejemplo, como sacerdote. En ese caso particular, te esperan miles de almas sedientas de los sacramentos, sedientas del mensaje salvador de la Palabra de Dios. Tus manos harán que les lleguen las aguas de la gracia de Dios. Miles de hombres y mujeres abandonados encontrarán en tu palabra y en tu vida un refugio contra su soledad y su cansancio, una razón para seguir viviendo. Si respondes generosamente a su llamada, tus manos elevarán sobre la tierra el Cuerpo de Cristo, perdonarán los pecados en su nombre, abrirán las puertas del Cielo a muchas almas. Unas, por tu testimonio o tu trabajo directo; otras, fruto de tu oración, de tu sacrificio personal, de tu entrega escondida que Dios contempla y hace fructificar. De muchas de ellas tendrás noticia y conocimiento; de otras, quizá muchas más, quizá no sepas nunca. Todo eso, se hará realidad si, como explica la parábola de la semilla que muere para dar fruto, si eres capaz de apostar tu vida a una carta y morir a ti mismo por amor a Dios.

 

Jugarse la vida a una carta no es simplemente tomar una decisión en un momento de la vida y renunciar por Dios a otros proyectos menores. Es toda una actitud en la vida, apostar con total determinación por el camino que Dios nos señale y seguirlo con perseverancia aunque no siempre encontremos a nuestro alrededor la acogida o la correspondencia que esperábamos.

 

Santa Francisca Cabrini había fundado en 1880 la Comunidad de las Misioneras del Sagrado Corazón y se había establecido en Lombardía con sus primeras religiosas. En aquel tiempo eran muchísimos los italianos que emigraban a Norteamérica, y allí apenas tenían asistencia espiritual. El Arzobispo de Nueva York, Mons. Corrigan, había pedido personalmente a Francisca que enviara sus religiosas a ese país. Ella deseaba que fueran a China, pero León XIII le rogó que atendiera esa petición y Santa Francisca cambió de planes inmediatamente. El viaje le resultó muy duro, pues siendo niña se había caído a un río y desde entonces tenía horror al agua, pero cruzó el Atlántico con seis de sus religiosas y desembarcó en Nueva York en marzo de 1889. La acogida no fue precisamente entusiasta. Al llegar, se encontraron con que las benefactoras que habían prometido conseguir una casa para poner en marcha un orfanato y una escuela primaria, habían tenido algunas diferencias con el arzobispo y se había abandonado el proyecto. Cuando fueron a ver a Mons. Corrigan, estaba tan desanimado que terminó diciendo que, en vista de las circunstancias, lo mejor era que la madre Cabrini y sus religiosas regresaran a Italia. Pero ella respondió: «No, señor arzobispo, el Papa nos envió aquí, y aquí nos vamos a quedar». Podía haberse desanimado, pero había apostado su vida a un carta y no se iba a retirar por este nuevo envite de la dificultad. A los pocos meses ya habían encontrado otra casa y en menos de un año ya fueron a formarse a Italia las dos primeras novicias norteamericanas. Y la Comunidad de Misioneras del Sagrado Corazón no solo se asentó enseguida en Nueva York, sino que empezó a extenderse por toda América del Norte y del Sur, con numerosas escuelas, orfanatos y hospitales. A la vuelta de veinte años, eran ya más de mil religiosas. Santa Francisca Cabrini acabaría siendo la primera ciudadana norteamericana canonizada, y ha quedado para todos como un ejemplo de tesón y de fortaleza, de despliegue de actividad en servicio de Dios y de preocupación santa por el desamparo que muchas veces pasa la juventud.

 

Al final, responder que sí a la llamada de Dios será siempre una apuesta, un acto de fe en esa llamada y en quien la hace. Así han obrado los santos a lo largo de la historia. Y así obró la Virgen, como testimonia el Evangelio en las palabras de la Visitación a su prima Santa Isabel: «Dichosa la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor ».

 

 

 

26. ¿Demasiado joven?

 

En momentos difíciles,

la audacia sirve muchas veces de prudencia.

 

Publio Siro

 

Luis Gonzaga era el mayor de los hijos de del príncipe imperial italiano Ferrante Gonzaga, Marqués de Castiglione delle Stiviere. Don Ferrante puso todos los medios para que su hijo Luis fuese un prestigioso militar como él. En 1577, cuando tenía nueve años, lo llevó con su hermano Rodolfo a Florencia, dejándolos al cargo de varios tutores. Obligado por su rango a presentarse con frecuencia en la corte del gran ducado, se encontró mezclado con aquellos que, según la descripción de un historiador de la época, «formaban una sociedad para el fraude, el vicio, el crimen, el veneno y la lujuria en su peor especie».

 

A Luis le atraían mucho las aventuras militares de las tropas, así como las posibilidades que le ofrecía el hecho de ser el primogénito y heredero de tan importante familia. Sin embargo, desde muy joven comprendió que había un ideal más grande y que requería más valor y virtud.

 

Fue en Montserrat, cuando tenía quince años, donde percibió con claridad en su interior una llamada de Dios. Habló de ello primero a su madre, que aprobó enseguida sus proyectos. Pero en cuanto lo supo su padre, montó en cólera hasta tal extremo que amenazó con ordenar que le azotaran hasta que recuperase el sentido común. Puso a la vocación de su hijo todas las dificultades imaginables, mientras repetía: «¡Mi hijo no será fraile!».

 

Esperaba que el ambiente cortesano acabaría por conquistarlo, pero el joven Luis volvía siempre tan decidido como al principio. Se sucedieron escenas violentísimas entre padre e hijo. Persistió en su negativa hasta que, por mediación de algunos de sus amigos, acabó accediendo de mala gana a dar su consentimiento provisional. Pero al poco tiempo se reanudaron las discusiones sobre el futuro de Luis. El chico se encontró con nuevos obstáculos a su vocación, pues a la tenaz negativa de su padre se añadió la oposición de la mayoría de sus poderosos parientes —algunos de ellos eclesiásticos—, que recurrieron a diversas promesas y amenazas para disuadir al muchacho.

 

Ferrante hizo los preparativos para enviar a su hijo a visitar todas las cortes del norte de Italia y, terminada esta gira, encomendó a Luis una serie de tareas importantes, con la esperanza de despertar en él nuevas ambiciones que le hicieran olvidar sus propósitos. Pero no hubo nada que pudiese doblegar la voluntad de su hijo. Después de haber dado y retirado su consentimiento varias veces, Ferrante capituló por fin. Al recibir el consentimiento imperial para transferir los derechos de sucesión a su hermano Rodolfo, escribió al padre Claudio Aquaviva, general de los jesuitas, diciéndole: «Os envío lo que más amo en el mundo, un hijo en el cual toda la familia tenía puestas sus esperanzas».

 

Luis partió hacia Roma para ingresar en el noviciado en 1586, cuando tenía dieciocho años. Seis semanas después murió Don Ferrante. Desde el momento en que su hijo Luis abandonó el hogar paterno, aquel hombre había transformado completamente su manera de vivir: el ejemplo de la entrega de su hijo había sido un luz que le hizo mejorar mucho en sus últimos momentos.

 

Al poco de iniciar su vida religiosa, Luis tuvo que sufrir otra difícil prueba: la alegría espiritual que le había dado su fe desde la más tierna infancia, desapareció de pronto. Pero supo ser fiel a su vocación también en esos momentos de oscuridad, que acabaron desapareciendo. Para dejar claro que había abandonado las comodidades propias de su condición social, quiso vivir en la estancia más pobre, un cuarto estrecho debajo de la escalera y con una claraboya en el techo, sin otros muebles que un camastro, una silla y un estante para los libros. Pidió que se le permitiera trabajar en la cocina, lavar los platos y ocuparse en las tareas más serviles.

 

Su vida fue muy breve. Murió con fama de santidad en 1591, a los veintitrés años de edad. Pronto fue canonizado, y posteriormente fue proclamado protector de los estudiantes jóvenes y patrono de la juventud cristiana.

 

«Bienaventurados los que se entregan a Dios para siempre en la juventud», escribió San Juan Bosco pocos días antes de su muerte. La Iglesia ha bendecido siempre la entrega a Dios en la juventud: una entrega que le ha dado tantos santos. El panorama de los santos de la Iglesia católica nos muestra que la mayoría de ellos se entregaron a Dios siendo jóvenes, muy jóvenes. Basta repasar el santoral para ver que la Iglesia rezuma alegría de juventud, la venera en sus altares y aprende de ella y de su heroísmo. San Bernardo, gran doctor de la Iglesia, fue elegido abad del monasterio cisterciense de Claraval a la edad de veinticinco años. La mayoría de los mártires de Uganda oscilaban entre los quince y los veintidós años. San Estanislao de Kostka murió a los dieciocho, Santa Teresa de Lisieux a los veinticuatro, San Casimiro de Polonia a los veintiséis, Domingo Savio a los catorce, Kateri Tekakwitha —la primera indígena norteamericana beatificada— a los veinticuatro. Desde luego, si esas vocaciones jóvenes hubieran cedido a la cansina y sempiterna cantinela de que «son demasiado jóvenes para entregarse a Dios», o que «han de esperar a saber más de la vida», o que «han de probar antes otras cosas», ese después no les habría llegado y no tendríamos el ejemplo de su vida santa, que no necesita muchos años de edad.

 

Dios llega casi siempre en la juventud, en la hora ordinaria del amor. El primer barrunto puede experimentarse en la niñez o en la adolescencia. Teresa de Lisieux deseó hacerse religiosa desde el primer despertar de la razón, y así lo evoca en sus memorias, cuando relata la ocasión en que, a los quince años, en 1887, un guardia suizo tuvo que arrancarla de los pies de León XIII, al que le insistía audazmente en que la dejase entrar a esa edad en el Carmelo.

 

—Pero no siempre es así. Supongo que la vocación puede llegar a cualquier edad.

 

Efectivamente, cuando Dios llama, importa poco la edad. Alfonso de Ligorio se decidió a los veintisiete, después de años de brillante ejercicio profesional en el foro; San Agustín se bautizó a los treinta y tres, después de una vida azarosa y turbia; y San Juan de Dios cambió de vida a los cuarenta y dos, tras una existencia aventurera. No existe una “edad perfecta” para la entrega. Dios llama cuando quiere y como quiere. Nunca es demasiado pronto ni demasiado tarde para corresponder a su llamada. Pero el amor humano suele llegar en la juventud, y Dios suele llamar en la juventud. La Virgen era una adolescente. San José debía de ser también bastante joven. Y Juan, el único apóstol que acompañó al Señor al pie de la cruz, era también un adolescente.

 

Hace más de veinticinco siglos, Jeremías vivía en Anatot, un pueblecito cercano de Jerusalén, en la finca de sus padres, cuando fue llamado por Dios a profetizar. El chico se resistía aduciendo que él era demasiado joven y débil para este oficio tan importante, pero Dios le respondió: «No digas que eres demasiado joven o demasiado débil, porque Yo iré contigo y te ayudaré».

 

Ser muy joven no es motivo para retrasar la entrega a Dios. La juventud es la época del amor. No vamos a esperar a ser viejos para darle a Dios las sobras de nuestra vida. Cualquier tiempo es bueno para la entrega, pero la juventud es la mejor edad. Es el momento en el que comienzan a despuntar los ideales que impulsarán el resto de la existencia. Se ha dicho, con razón, que una vida lograda es un ideal vislumbrado en la edad juvenil y realizado en la madurez. Por eso insistía Juan Pablo II a un grupo numeroso de jóvenes: «¡No tengáis miedo de vuestra juventud! ¡No tengáis miedo de correr el riesgo de la libertad! ¡No ahoguéis los generosos impulsos del amor que os pide que hagáis, de vuestra vida, un servicio a los demás!».

 

—¿Y por qué ahora hay menos vocaciones?

 

Depende de dónde, porque en muchos lugares hay ahora muchas vocaciones. Pero cuando no hay vocaciones, conviene reflexionar sobre por qué ocurre. «Porque quizá —como ha escrito el arzobispo Fernando Sebastián— sí que hay vocaciones, porque Dios sigue llamando para todo aquello que la Iglesia y el mundo necesitan. Lo que quizás no hay son respuestas.

 

»La voz de Dios se oye solo cuando hay un cierto grado de silencio interior, es una voz íntima, que resuena solo a cierta profundidad de uno mismo. El que vive volcado sobre el exterior, acaparado y seducido por las cosas exteriores, no puede oír la llamada de Jesucristo. Si uno no se pregunta para qué está en el mundo, qué es lo que de verdad vale la pena en la vida, qué quiere Dios de mí, nunca llegará a percibir ni formular una respuesta. Donde no hay pregunta tampoco llega la respuesta.

 

»Por eso se puede decir que si no hay vocaciones es porque en un nivel más profundo no hay sentido vocacional de la vida. Muchos jóvenes no tienen tiempo para cuestionarse su propia vida y preguntarse para qué están en este mundo, qué es de verdad vivir, qué es lo que puede dar verdadero valor a su vida, lo que les puede llenar el corazón y darles la felicidad a largo plazo.

 

»Por eso es más exacto decir que no es que no haya vocaciones, lo que no hay es proyecto realmente libre y personal de la propia vida. Se vive impersonalmente, dejándose llevar, sin tener el valor de salirse de la fila para pensar, proyectar y definir la propia vida. Esto, que ocurre mucho en lo humano, ocurre también en la dimensión cristiana de nuestra vida. La mayoría de los cristianos son cristianos de seguir la corriente. Tenemos pocos cristianos que hayan llegado al punto de decir como Pablo "¿Señor, qué quieres de mí?". Y esta es la actitud indispensable para poder escuchar la voz de Dios.

 

»La respuesta a una vocación sentida en lo profundo de uno mismo y correspondida con perseverancia es la condición para ser uno mismo, para vivir personalmente la propia vida. Responder a la vocación personal es tanto como vivir con libertad la propia existencia. Y para el cristiano, aceptar la propia vocación es intentar vivir libremente según el designio de Dios sobre nosotros, integrarnos de verdad en la obra de Dios y de Cristo según nuestra forma estrictamente personal de ser, ocupar nuestro puesto en la Iglesia y en el mundo, ese puesto único para el cual Dios nos ha pensado y nos llama, por medio de Cristo y de su Iglesia.

 

»Entre todos tenemos que ayudar a nuestros jóvenes cristianos a llegar a este nivel ilusionado de fe y de amor a Jesucristo que les haga preguntarse "qué quiere el Señor de mí", "dónde quiere Dios que me sitúe", "que necesita de mí la Iglesia" "qué puedo hacer por el bien de mis hermanos". Y si es posible, llegar, como San Francisco Javier, al "qué puedo hacer yo por Jesucristo".

 

»Esta es la alerta interior que permite escuchar la voz de Dios, esta es la buena tierra en la que crece la semilla de las vocaciones, de todas las vocaciones. A partir de ahí cada uno vivirá su vida como respuesta a la llamada de Dios, respuesta en el matrimonio y en la vida santa de un seglar apostólico, respuesta en el ministerio sacerdotal o en la vida consagrada. Pero respuesta, seguimiento, obediencia, amor.

 

»Oremos por las vocaciones. Pero no pidamos solo por la vocación de los demás. Pidamos a Dios que nos haga a nosotros instrumentos de esta presentación alta y exigente de la vida cristiana como ofrenda y respuesta de amor.

 

»La ayuda decisiva que nuestros jóvenes necesitan es una comunidad cristiana clara, entusiasta, una comunidad de hermanos que rezan, que se quieren, que colaboran con alegría y con confianza dentro de la acción misionera de la Iglesia. Este es el clima que hay que difundir en nuestra Iglesia y esta es la labor que tenemos que hacer entre todos, padres, educadores, catequistas, sacerdotes, para que vuelvan a florecer en nuestra Iglesia las vocaciones y las respuestas, respuestas de todas clases y en todos los tonos, familias cristianas, apóstoles seglares, vírgenes consagradas, misioneros, sacerdotes.»

 

 

 

27. Demasiado pronto

 

Lo que puedes hacer,

o sueñes que puedes hacer,

empieza a hacerlo.

 

Goethe

 

Es natural que los padres tiendan a pensar que sus hijos son demasiado pequeños para tomar decisiones importantes. Y que les parezca también que siempre es demasiado pronto. Lo confirman los comentarios habituales de los padres cuando sus hijos empiezan a ejercer ciertas responsabilidades: ¡es que son tan jóvenes!

 

Dios llama a las almas en diversas etapas de la vida: en la niñez, en la adolescencia, en la juventud...

 

—¿En la niñez?

 

Juan Pablo II, en su “Carta a los niños”, en 1994, dice que «Dios llama a cada hombre y su voz se deja sentir ya en el alma del niño».

 

El Cardenal de Madrid, Antonio María Rouco, contaba cómo sintió la llamada de Dios cuando tenía siete años. «Se dice, Don Antonio —le preguntaron en una entrevista en la revista Ecclesia en 1996—, que para que una persona se plantee una vocación tiene que ser ya madura, que sepa lo que hace…, y se mira con un cierto recelo que un chico joven o que un niño se pueda plantear la vocación. En ese sentido, a un niño, a un adolescente que se está pensando la vocación, ¿qué le podría usted decir?». «Pues que yo… —contestó el Cardenal—¡me planteé la vocación con siete años! Y no estoy exagerando nada. Yo a los siete años tenía unas ganas de ser cura... ¡locas! (...). A partir de ese dato de mi experiencia, veo que, primero, uno nace ya con vocación. Es decir, uno nace por vocación. Esa vocación te acompaña toda la vida y se manifiesta en las condiciones y en las circunstancias propias de la evolución del chico, a través de las distintas edades.

 

»Un niño es capaz de responder a una vocación: como niño. Y esa respuesta la tendrá que traducir a una respuesta adolescente y a una respuesta madura cuando llegue el momento. Pero eso no quiere decir que no haya tenido vocación o que no haya podido responder a su manera. Yo creo que hay que respetar mucho esas vocaciones y esas respuestas: por amor al Evangelio y por exigencia del Evangelio. La Iglesia lo ha entendido siempre así y las ha cuidado mucho. Lo demás es una concepción demasiado..., digamos, prepotente: ¡la madurez personal!

 

»¿Cuándo está uno maduro? Pues no lo sé. Naturalmente, se requiere un desarrollo biológico previo. Pero, ¿la madurez espiritual? ¿la madurez delante de Dios? ¿la capacidad de entrega? La puede tener un niño de una forma mucho más limpia, noble y total que una persona mayor.»

 

—Pero no creo que sea lo habitual que la vocación surja desde tan joven.

 

Quizá es más habitual en la adolescencia, o en la juventud. Santo Tomás de Aquino explicaba la predilección de Jesús hacia el apóstol Juan, por su tierna edad, y saca de ahí la conclusión de que eso nos da a entender cómo ama Dios de modo especial a aquellos que se entregan a su servicio desde la primera juventud. Y Juan Pablo II lo comentaba en 1988: «Cristo tiene necesidad de vosotros, jóvenes! Responded a su llamada con el valor y el entusiasmo característico de vuestra edad.»

 

—¿Y qué crees que deben hacer los padres ante esto?

 

Cuando Dios llama a esas edades, los padres deben actuar con mucho sentido común y mucho sentido sobrenatural. No pueden hacer una valoración exclusivamente terrena del misterio de la llamada divina, una interpretación ajena a lo sobrenatural. Ni pensar por principio que cuando una persona joven toma una decisión de entrega a Dios lo hace por desconocimiento de la realidad o ignorancia del mundo.

 

El discernimiento de la llamada no es cuestión de experiencia humana o de conocimiento de otras realidades, sino, sobre todo, de madurez en el trato con Dios. Además, en la actualidad, para bien o para mal, lo habitual es que cualquier persona joven haya tenido que afrontar toda una serie de dilemas morales con los que la anterior generación no se enfrentó, y que haya conocido, y no siempre positivamente, bastante de ese mundo al que se refieren. Saben de todo eso más de lo que los adultos piensan, pero, en todo caso, lo importante no es conocer mucho mundo sino decir a Dios que sí cuando pasa a nuestro lado, como hizo el apóstol San Juan, que era muy joven, un adolescente.

 

La vocación no es programable: Dios llama como y cuando quiere. El cristiano no puede imponer a Dios su propio calendario. El mismo Señor nos habla en el Evangelio de las distintas llamadas a diferentes horas del día, cada cual en el momento previsto desde la eternidad. Si fuera un simple “apuntarse” a una realidad humana (como sucede a la hora de elegir un club deportivo o una carrera universitaria, por ejemplo), sería natural estudiar las distintas posibilidades de elección, y programar los tiempos oportunos. Pero solo Dios decide el momento de luz y de gracia.

 

—Pero hay que pensárselo muy bien antes de plantear a otra persona la posibilidad de entregarse a Dios.

 

No es exactamente eso lo que dijo Juan Pablo II en su alocución del 13 de mayo de 1983: «No debe existir ningún temor en proponer directamente a una persona joven o menos joven la llamada del Señor. Es un acto de estima y confianza. Puede ser un momento de luz y de gracia.»

 

Si esa persona tiene esa vocación, hablarle de ello será una gran ayuda, que siempre agradecerá. Si no tiene esa vocación, esa propuesta no le causará ninguna inquietud, como de hecho sucede a la inmensa mayoría de las personas.

 

—Lo importante es la rectitud con que se hace ese planteamiento.

 

Por supuesto, esa es la clave. Quien plantea la vocación, debe buscar como primer objetivo el bien de esa persona, pues siembre es un bien conocer mejor el designio de Dios para uno mismo. Y debe evitar cualquier falta de rectitud a la hora de hacerlo, como sucede con cualquier actuación de apostolado cristiano.

 

Y por parte de quien se plantea el discernimiento de su vocación, también es clave la rectitud, como es lógico. Por eso en este apartado se habla de las “excusas”, para ayudar a quien se plantea la vocación a detectar si sus razones buscan decir que “sí” a lo que Dios le pide, y por tanto desea sinceramente saber en qué consiste ese “sí”, y entonces con su encuentro personal con Dios va definiendo y construyendo ese “sí”. Cuando sucede lo contrario, y uno busca, en realidad, el modo de decir que “no”, pero manteniendo la tranquilidad de conciencia, entonces el proceso de discernimiento se deteriora y acaba siendo un proceso de buscar o fabricar excusas. Por eso, al hablar aquí de las excusas no nos referimos tanto a los obstáculos objetivos que nos podemos encontrar, sino a esos otros obstáculos más subjetivos que nosotros mismos levantamos para no avanzar. Cuando eso sucede, hay dentro de nosotros una falta de rectitud que se afana en buscar esas excusas, en construir ese “no”. Pero, en el fondo, si somos sinceros, sabemos distinguir bastante bien entre unas y otras, y sabemos si las dificultades son superables, y si son indicios de la voz de Dios o son excusas inconsistentes que nos fabricamos.

 

 

 

28. ¿Es necesario ser célibe?

 

Cuanto más renunciamos,

más amamos a Dios

y a los hombres.

 

Madre Teresa de Calcuta

 

—Pero Dios no pide el celibato a todos, sino solo a unos pocos, y yo no soy nadie extraordinario y no sé si seré capaz de vivir algo que Dios pide solo a unos pocos.

 

A quienes Dios se lo pide, les da la capacidad para seguir ese camino. Y no son tan pocos a los que Dios ha pedido esa entrega total y han dicho que sí. Muchos millones de hombres y mujeres viven o han vivido gozosamente su vocación al celibato a lo largo de los dos mil años de historia de la Iglesia.

 

El celibato es una de las joyas más preciosas de la corona de la Iglesia. No es una soltería sin vínculos, sino un compromiso de entrega enamorada a Dios. Un corazón célibe no es un corazón frustrado o inhibido, sino un corazón realizado y lleno de amor. Los hombres fallamos, pero Dios no falla, y ese milagro del celibato al que estamos acostumbrados, manifiesta el poder de la gracia sobre la debilidad y la miseria humanas. No es solo el fruto de un esfuerzo, sino sobre todo un don, una gracia que Dios concede.

 

—Pienso que bastantes personas se han planteado alguna vez entregarse a Dios pero no se deciden porque temen que esa vida no les resulte grata.

 

Esa incertidumbre se presenta tanto en la vida matrimonial como en el celibato. Cuando una persona se casa, no puede estar segura de que vaya a compartir su vida con alguien que vivirá muchos años o pocos, si le será fiel o no, si disfrutarán de salud o sufrirán el zarpazo de la enfermedad, si Dios los bendecirá con hijos o les bendecirá no dándoselos, si sus hijos llenarán su casa de alegrías o quizá de motivos de tristeza.

 

La entrega a Dios en celibato tiene también su proyecto, muy ilusionante, como el matrimonio, y es preciso tenerlo presente y desarrollarlo. Porque, si no, pasa como con el matrimonio sin proyecto y sin ilusiones, que cae en la rutina y el aburrimiento de la falta de horizontes a los que aspirar o dirigirse. Cada persona es responsable de su encuentro con Dios, y debe poner iniciativa y creatividad, no limitarse a una actitud pasiva, como si fuera un burócrata a la espera de instrucciones.

 

No puede ser menos intensa ni menos comprometida la entrega a Dios en celibato que la de los esposos entre sí, o la de los padres con sus hijos. ¿Qué entrega sería la de una madre o un padre que solo se ocupara de sus hijos cuando éstos le devolvieran afecto por afecto, o solo si se cumplieran en ellos los sueños azules de cuando los niños nacieron? Dios pide en todos los casos una entrega completa, en tiempos de vigor y en tiempos de fatiga, con horizontes claros y con el cielo oscurecido por el nubarrón amargo de la tristeza.

 

Sin esta perspectiva sobrenatural, es difícil entender el camino que a cada uno le depara su vocación. Hay que aceptar de buen grado la voluntad de Dios, aunque resulte a veces difícil de entender, aunque nos encontremos tras las alambradas de Auschwitz, como le sucedió a Maximiliano Kolbe, o tras las de Dachau, como le sucedió a Kentenich.

 

Toda vocación tiene la promesa de ver cosas grandes. Los que aceptan entregar su vida a Dios se convierten en testigos privilegiados de las maravillas de la gracia en los corazones, del triunfo del amor divino sobre el mal en el mundo.

 

—Todo eso es cierto, y todos conocemos casos de personas célibes cuya vida de entrega nos resulta atractiva y ejemplar, como ese panorama que tú describes, pero también conocemos otros casos que no lo son tanto.

 

Tienes razón. Hay vidas de entrega a Dios que son un ejemplo maravilloso, y hay otras en las que parece apreciarse más bien el aire gris de la rutina y de la mediocridad. Como sucede con los matrimonios, de los que también todos conocemos un amplio abanico de posibilidades, y sabemos que los hay unidos y desunidos, más entregados el uno al otro o menos, más o menos felices. Cuando un chico y una chica se casan, deben fijarse en los buenos matrimonios, que pueden ser para ellos una referencia o un modelo, y fijarse también en los que no funcionan tan bien, para no caer en los errores que nos parece que han cometido. Al fin y al cabo, así hay que obrar siempre y para casi todo en la vida, tomando como pauta lo que en otros nos parece mejor, y procurando desmarcarnos de lo que nos parece peor, sin engañarnos con los malos ejemplos para eludir lo que debemos hacer.

 

Además, si nos retrae el ejemplo de otros, podemos recordar que, según nos cuenta el Evangelio, Dios llama a quien quiere, y entre esos, encontramos a unos mejores y a otros peores, pero a todos con defectos. La vocación es un don gratuito de Dios y no un premio a los propios méritos. Dios llama, no porque se fije en tus cualidades o las mías, sino por pura bondad suya. Y no podemos pretender que todos aquellos que tienen vocación sean perfectos y ejemplares en todo. Así lo explicaba en 1985 el entonces Cardenal Joseph Ratzinger, refiriéndose a que no debe olvidarse que quien se entrega a Dios, «siempre ha estado tentado de acostumbrarse a la grandeza, a hacer de ello una rutina. Puede llegar un día en que sienta la grandeza de lo sagrado como un peso, e incluso desear —quizás inconscientemente— liberarse de ese peso, disminuyendo el Misterio de Cristo a su propia medida personal, en vez de abandonarse con humildad pero con confianza para hacerse elevar a esa altura.» Es una tentación y un riesgo inherentes a cualquier ideal que ilumina una vida.

 

—Muchas personas dicen que el celibato es difícil de vivir y que debería reconsiderarse, pues es la causa de muchos abandonos en el servicio de Dios.

 

Es cierto que algunos lo dicen, aunque bastantes menos de lo que pretenden algunos medios de comunicación laicistas, que parecen empeñados en difundir esa idea en contra de la opinión mayoritaria de los católicos, que acoge el celibato con enorme respeto y afecto.

 

Muchas veces en la historia se ha intentado poner en tela de juicio el celibato, quizá tomando como pretexto las debilidades humanas. Pero bastaría consultar, por ejemplo, los boletines oficiales de la Congregación para el Clero para demostrar, estadísticas en mano, que las deserciones del celibato sacerdotal, injustamente enfatizadas por esos medios de comunicación, constituyen un porcentaje irrisorio. Es cierto que no a todos les es dado entenderlo «sino solo a quienes les ha sido concedido de lo alto», como señala con meridiana claridad el Evangelio, pero pienso que se puede llegar a intuirlo si se profundiza un poco en el mensaje de las Sagradas Escrituras y del Magisterio de la Iglesia, que describen el celibato como signo de un amor inagotable que hunde sus raíces en la virginidad, en el corazón indiviso.

 

Es cierto que hay abandonos del celibato, como los hay del matrimonio, y la solución no es dejar de exigir entrega ni fidelidad, tanto en el matrimonio como en el celibato. La fidelidad en el celibato y en el matrimonio dan testimonio de la eternidad del amor, de que la razón y la libertad se ven constantemente atraídas por la belleza del ideal del amor casto y fecundo: para el celibato en el origen de la generación espiritual de la multitud de hijos que es la Iglesia, y para el matrimonio en el origen de una familia humana que es la pequeña Iglesia doméstica.

 

No deben exagerarse las dificultades del celibato frente a las del matrimonio, dramatizando con la posibilidad de una futura defección —como si esa posibilidad no se diese en todos los estados—, o pintando el matrimonio como un camino de rosas. Porque, igual que es una simpleza decir que «se llama santo al matrimonio porque cuenta con innumerables mártires», también lo es pensar que ser célibe es terriblemente arriesgado y difícil.

 

—¿Y no habría más vocaciones al sacerdocio si no se exigiera el celibato?

 

La cuestión del matrimonio no se ha demostrado determinante ni decisiva respecto a las nuevas vocaciones. Es algo que puede verificarse fácilmente. Basta con fijarse en las Iglesias orientales (en las que se ordenan también sacerdotes casados) y en el anglicanismo y el luteranismo (en estas, además, están bien retribuidos), y fácilmente se comprueba que en ninguno de los tres casos hay una correlación entre vocaciones y matrimonio. De hecho, la disminución de vocaciones de pastores luteranos y anglicanos es superior a la de sacerdotes católicos en esos mismos países.

 

Por el contrario, se ven aparecer de manera insistente y significativa vocaciones de sacerdotes solteros en Iglesias que admiten la ordenación de casados. Es un dato poco conocido, pero que confirma una tendencia que avanza desde hace más de un siglo en el anglicanismo, las Iglesias orientales, el luteranismo alemán y en algunos protestantes franceses.

 

¬—Pero el celibato es vivir siempre solo, sin la compañía y el cariño de una persona amada.

 

Eso es una visión negativa del celibato cristiano. Quizá esa visión nazca de la influencia de personajes más literarios que reales, que han contribuido a dar del hombre o de la mujer célibes una imagen triste o extraña. Es frecuente ver cómo se exageran los riesgos del celibato, a la vista de las defecciones que se producen, pero quienes insisten tanto en eso suelen olvidar que el índice de matrimonios rotos es bastante mayor que el de abandonos del celibato.

 

Además, igual que los fracasos matrimoniales no se deben a que la institución matrimonial sea nociva o defectuosa en sí misma, sino al fracaso del amor matrimonial en un hombre o en una mujer, lo mismo puede decirse del celibato apostólico. Quien no se entrega suficientemente a su cónyuge, fracasará en su matrimonio, y quien no se entrega suficientemente a Dios fracasará en el celibato. La clave en ambos casos está en la victoria sobre el propio egoísmo y la propia soberbia. Quien no se toma en serio esa batalla, será un negado para el amor, tanto para el amor humano como para el amor de Dios.

 

—¿Entonces, el celibato no es un gran sacrificio?

 

No es para tanto. Igual que para un hombre no es un gran sacrificio entregar su vida a una sola mujer, o para una mujer entregarse a un solo hombre, tampoco tiene por qué serlo dedicarse completamente a la propia elección en el celibato.

 

¬—Pero no es lo mismo enamorarse de Dios que enamorarse de una persona.

 

Desde luego, no es exactamente lo mismo. Enamorarse de Jesucristo, de la propia vocación, de la misión encomendada por Dios, es probable que no genere en nosotros los mismos sentimientos que el amor que hay entre los novios, o entre los esposos, o de los padres por los hijos. Son categorías distintas. Si Dios da ese don, se puede llegar a sentimientos incluso más profundos, pero el amor a Dios es sobre todo un cariño que surge de la inteligencia y la voluntad, de la comprensión de una realidad que nos empuja a un sentimiento de gratitud y de amor hacia quien ha dado todo por nosotros.

 

Los que se entregan a Dios no dejan vacío el corazón. No están nunca solos, aunque algunas veces vivan con menos compañía humana. Esto resulta difícil de entender a quienes olvidan que el celibato es un don. Los que se entregan por entero a Dios, los que renuncian por amor a Dios al amor humano, no mutilan de ningún modo su personalidad, ni recortan su capacidad de querer. No empequeñecen su corazón, sino que lo engrandecen.

 

«Por mi voto de castidad —decía la Madre Teresa de Calcuta— no solo renuncio al estado del matrimonio, sino que también consagro a Dios el uso de mis actos interiores y exteriores, mis afectos. En conciencia no puedo amar a otra persona con el amor de una mujer por un hombre. Ya no tengo derecho a dar ese afecto a ninguna otra criatura, sino solamente a Dios. No por eso somos como piedras, seres humanos sin corazón. No, en absoluto. Hemos de mantenernos como estamos, pero darlo todo por Dios, a quien hemos consagrado todos nuestros actos interiores v exteriores. La castidad no significa simplemente no estar casada, sino amar a Cristo con un amor indiviso. Es algo más profundo, algo vivo, algo real. Es amarlo con una castidad amorosa e íntegra por medio de la libertad de la pobreza.»

 

—Desde luego, hablar en nuestra época del celibato es de una audacia muy notable, ¿no te parece?

 

No diría tanto, pero se podría establecer una comparación con los primeros cristianos. Tuvieron que ser fuertes para vivir con coherencia en una sociedad bastante corrupta, aficionada a los juegos sanguinarios del circo, y que por etapas los llevaba a las catacumbas y al martirio. Y el testimonio de esos primeros cristianos, en medio de ese mundo embrutecido, acabó por cambiar el imperio romano, que finalmente se hizo cristiano, y no precisamente por la fuerza de las armas. Fue el testimonio de los valores cristianos lo que se impuso sobre el imperio de la fuerza. Y ahora, en nuestra época, quizá el testimonio más rompedor es el de la castidad. En otros temas, es quizá más fácil encontrar áreas comunes con las mentalidades dominantes, pero el testimonio de la castidad y del celibato es un tanto escandalizador, e incluso irritante para muchos, que en cuanto se mencionan estos temas saltan con verdadera furia. Pero vivir hoy la castidad es un testimonio especialmente necesario, una prueba de autenticidad personal, de dedicación a un ideal, de fortaleza cristiana. La castidad es una de las grandes claves del testimonio cristiano de la mujer y del hombre de hoy. Hay mucha gente buenecilla, con buenos sentimientos, de buen corazón, con deseos de hacer el bien, pero débiles, y quizá en lo primero que se manifieste es en este punto, y con esas personas será difícil cambiar el mundo.

 

—Pero el matrimonio también es importante, y también es una vocación.

 

No solo es importante el matrimonio, sino que es imprescindible para la preservación de la especie humana. Y es una vocación, ciertamente. «Nunca olvidaré —recordaba Juan Pablo II en 1994— a un muchacho, estudiante del politécnico de Cracovia, del que todos sabían que aspiraba con decisión a la santidad. Ése era el programa de su vida; sabía que había sido "creado para cosas grandes", como dijo una vez San Estanislao de Kostka. Y al mismo tiempo, ese muchacho no tenía duda alguna de que su vocación no era ni el sacerdocio ni la vida religiosa; sabía que tenía que seguir siendo laico. Le apasionaba el trabajo profesional, los estudios de ingeniería. Buscaba una compañera para su vida y la buscaba de rodillas, con la oración. No podré olvidar una conversación en la que, después de un día especial de retiro, me dijo: "Pienso que ésta debe ser mi mujer, es Dios quien me la da".

 

»Como si no siguiera las voces del propio gusto, sino en primer lugar la voz de Dios. Sabía que de Dios viene todo bien, e hizo una buena elección. Estoy hablando de Jerzy Ciesielski, desaparecido en un trágico incidente en Sudán, donde había sido invitado para enseñar en la universidad, y cuyo proceso de beatificación ha sido ya iniciado.»

 

El matrimonio cristiano es, plenamente, una vocación a la santidad. Y el ejemplo de padres que buscan la santidad es la primera condición favorable para el florecimiento de vocaciones sacerdotales y religiosas.

 

—¿Y cuál es la vocación más importante?

 

Para cada uno la suya. Donde Dios llame a cada uno, en aquella vocación que Dios tiene pensada desde toda la eternidad. Todas las vocaciones son llamadas divinas al amor y a la santidad. Pero solo con el cumplimiento de nuestra vocación realizamos plenamente la Voluntad de Dios para nosotros.

 

Es cierto que la Iglesia nos enseña que el celibato apostólico es en sí una vocación más perfecta que la del matrimonio. Lo recuerda el Señor en el Evangelio, y lo aconseja San Pablo en sus epístolas. Pero aunque sea así de modo general, no es lo que Dios desea para todos.

 

—¿Y si una persona ha pensado siempre en casarse?

 

Eso es lo natural en cualquier persona llamada por Dios al celibato, antes de descubrir esa llamada. Todos los hombres y todas las mujeres experimentan esa tendencia natural al matrimonio, como fruto de la atracción de ambos sexos. Por esa razón, Dios no necesita confirmar, como sucede con el celibato, esa vocación natural con una llamada interior: la experimenta cada hombre con lo que se podría denominar un llamamiento universal de la propia naturaleza. El llamamiento particular lo experimentan únicamente aquellos a los que Dios quiere comprometer en una plena disponibilidad a su servicio.

 

—¿Pero qué crees que necesita más ahora la Iglesia: sacerdotes, frailes, monjas de clausura, padres de familia, misioneros…?

 

Te contesto con unas palabras de Pablo VI que serán siempre muy actuales: «Por encima de todo, necesitamos santos. Mirando al estado en el que se encuentra hoy el mundo, os recuerdo que la mayor necesidad que tienen las naciones es esta, la de la santidad. Necesitamos santos. Santos por encima de todo. ¡Esa es la mayor necesidad del mundo actual!». Por encima de todo, hacen falta hombres y mujeres que respondan con generosidad plena al querer de Dios. Y en su sabiduría infinita, Dios ha dispuesto que unos le sirvan en el matrimonio y otros —quizá más de los que parece— en el celibato.

 

Dios da a cada uno los dones que necesita para la misión que le ha designado. Por esa razón, no todas las vocaciones tienen las mismas exigencias, porque Dios es infinitamente justo y pide a cada uno en relación a los talentos que le ha dado.

 

Se trata de una decisión personal que cada uno ha de tomar a la luz de su oración personal. No puede tomarse a la ligera. Ni tampoco pensando, como hacen algunos, que no se entregan a Dios en el celibato porque le gustan las chicas (o los chicos, según el caso). ¿No sería menospreciar un poco a los que siguen ese camino?

 

En definitiva, no plantees tu respuesta a Dios como la elección entre diversos “niveles”: un nivel alto, el celibato, que exigiría renuncia absoluta; y otro nivel más bajo, el matrimonio, más suave y llevadero, más asequible: una especie de “clase turista”, un vuelo barato a la santidad. Dios pide la plenitud de la entrega a todos, de acuerdo con sus circunstancias. La santidad no la determinan esos “niveles”, y por eso no fue menos santo alguien como Santo Tomás Moro por el hecho de estar casado, sino que encontró la plenitud de la vida cristiana en el matrimonio, pero si hubiese elegido el matrimonio por falta de generosidad con Dios, no hubiese sido santo. Por eso, la vocación no puede tratarse como una oferta de temporada propia de las grandes superficies: «si soy más generoso, elijo el celibato; si menos, el matrimonio».

 

—¿Y la razón del celibato es tener una mayor disponibilidad?

 

Benedicto XVI ha recalcado que el testimonio del celibato es especialmente necesario en nuestro mundo completamente funcional, donde todo se basa en servicios calculados y verificables. El gran problema de Occidente es el olvido de Dios, y el celibato supone una mayor identificación con la vida de Cristo y un testimonio para llevarlo a toda la humanidad, que es el servicio prioritario que ésta necesita. El celibato solo puede ser comprendido y vivido con este fundamento, porque las razones únicamente pragmáticas, de una disponibilidad mayor, no son suficientes y podrían llevar a pensar que el celibato busca un simple ahorrarse los sacrificios y fatigas del matrimonio para tener más desahogo en otros campos. Es indudable que el celibato permite habitualmente una mayor disponibilidad, pero es sobre todo un testimonio de fe, y por eso es tan importante precisamente hoy.

 

—Mucha gente dice que no tiene sentido que en nuestro tiempo, en el que hay que afrontar muchas y urgentes situaciones de pobreza y de necesidad, haya personas que se encierren para siempre entre los muros de un monasterio, pues privan a los demás de la contribución de sus propias capacidades y experiencias.

 

La cuestión está en si se valora o no la eficacia que su oración puede tener para solucionar los numerosos problemas concretos que siguen afligiendo a la humanidad. El hecho de que hoy día haya numerosas personas que abandonan carreras profesionales, con frecuencia prometedoras, para abrazar la austera regla de un monasterio de clausura, es una llamada de atención sobre la importancia de la oración. No está de más preguntarse qué les lleva a dar un paso tan comprometedor.

 

«Esas personas —afirma Benedicto XVI— testimonian silenciosamente que en medio de las vicisitudes diarias, en ocasiones sumamente convulsas, Dios es el único apoyo que nunca se tambalea, roca inquebrantable de fidelidad y de amor. Ante la difundida exigencia que muchos experimentan de salir de la rutina cotidiana de las grandes aglomeraciones urbanas en búsqueda de espacios propicios para el silencio y la meditación, los monasterios de vida contemplativa se presentan como oasis en los que el hombre, peregrino en la tierra, puede recurrir a los manantiales del espíritu y saciar la sed en medio del camino.

 

»Estos lugares, aparentemente inútiles, son por el contrario indispensables, como los “pulmones verdes” de una ciudad. Son beneficiosos para todos, incluso para los que no los visitan o quizá no saben que existen. Hay que agradecer a Dios que siga suscitando tantas vocaciones para las comunidades de clausura, masculinas y femeninas, y hay que hacer por nuestra parte lo necesario para que nunca les falte nuestro apoyo espiritual y también material para que puedan cumplir su misión de mantener viva en la Iglesia la ardiente espera del regreso de Cristo.»

 

 

 

29. Las propias limitaciones

 

Muchos hombres no se equivocan jamás

porque nunca se proponen hacer nada.

 

Goethe

 

—He pensado a veces que debería entregarme a Dios, pero enseguida me viene la idea de que no valgo para eso, de que no soy suficientemente digno.

 

Moisés también pensaba en su indignidad cuando le dijo al Señor: «¿Quién soy yo para ir al Faraón y sacar de Egipto a los israelitas?». Pensaba solo en sus fuerzas y sus cualidades. Sus excusas parecían bastante razonables, pero Dios le dijo: «Yo estaré contigo», y le indicó lo que tenía que hacer. Moisés insistió y le recordó a Dios que las dificultades no eran solo interiores suyas: «Mira que no me van a creer, ni escucharán mi voz, pues dirán: “¡no se te ha aparecido Yahwéh!”». Entonces Dios hizo dos milagros para mostrarle su poder: convertir su cayado en una serpiente y cubrir de lepra su mano durante unos momentos. Y añadió: «Si tampoco te creen estos dos prodigios ni escuchan tu voz, tomarás agua del Nilo y la derramarás en suelo seco y el agua que hayas tomado del río se convertirá en sangre.»

 

Nada de esto le pareció suficiente a Moisés, que siguió buscando excusas. Había visto su bastón convertido en serpiente y su mano llena de lepra y curada en un instante. Había visto el poder omnipotente de Dios, pero insistía: «Yo no soy elocuente, y no de ayer ni de anteayer, ni incluso desde que tú hablas a tu siervo, pues soy torpe de boca y torpe de lengua.»

 

Ésta sí que parecía una excusa concluyente. ¿Cómo Dios va a elegir para hablar al Faraón y liberar al pueblo precisamente a un tartamudo? Es de sentido común. Como las excusas que todos solemos poner, que nos vienen enseguida a la cabeza cada vez que nos enfrentamos a algo que nos cuesta. Son excusas llenas de ese falso realismo que cuenta tan poco con el poder de Dios, con la perspectiva de lo sobrenatural. Son razones bien estructuradas, bien armadas, que quizá nos repetimos una y otra vez y que acabamos por creernos sin fisuras. ¿Cómo me puede pedir Dios a mí, que soy tan tímido, esa misión de apostolado?

 

Pero Dios le recuerda a Moisés: «¿Y quién ha dado boca al hombre? ¿O quién le hace mudo, sordo, vidente o ciego? ¿Acaso no soy Yo, Yahwéh? ¡Ve, pues, y yo estaré con tu boca y te indicaré lo que has de hablar!».

 

También nosotros hemos de confiar en Dios. Si nos llama, si Él nos ha escogido para llevar a cabo una misión concreta, nos dará la ayuda necesaria. Procuremos no poner tanta resistencia como Moisés, que después de esta última respuesta divina aún no se daba por vencido y seguía insistiendo: «¡Perdón, pero envía, por favor, tu mensaje por quien desees enviarlo!»

 

La misión le sobrecoge. Le falta fe en Dios. Intenta eludir la llamada diciendo que “hay otros” mucho más dignos que él. Pero, en el fondo, disimula su “no quiero” con un “no debo ser yo”. Se inflamó entonces la cólera de Yahwéh, se lee en el Antiguo Testamento, y le dijo que asistiría con su poder las palabras que salieran de la boca de Moisés.

 

Dios no llama a nadie porque le deslumbren sus cualidades. Es Dios quien le ha dado esas cualidades, y a unos les da más y a otros menos, pero sobre todo es Él quien dice “sígueme”. Por eso, no importa la historia de cada uno, o los errores pasados o presentes, como decía San Agustín cuando escuchaba el ruido de los juegos del Circo que había dejado desiertas las calles de su ciudad: «¿Qué os creéis? ¿Cuántos futuros cristianos no estarán allí sentados? ¿Quién sabe? ¿Cuántos futuros obispos?».

 

—Pero... ¿y los propios defectos?

 

Nadie está libre de defectos. Los santos tuvieron defectos, y algunos de ellos muchos defectos. Y demostraron la santidad precisamente luchando contra esos defectos. Dios llama contando con virtudes y con defectos. Dios cuenta con tus virtudes, para que las cultives, y con tus defectos, para que luches por superarlos.

 

Además, no exageres tus limitaciones o tus defectos. Hay muchos santos a los que la naturaleza no dotó aparentemente de demasiadas cualidades. Por ejemplo, cuando San Camilo de Lelis se planteó por primera vez entregarse a Dios, no era precisamente un dechado de virtudes. Desde pequeño, tenía muy arraigado un vicio que le causaría mucho daño: era un gran jugador de cartas. Su pasión por el juego le llevaba a numerosos conflictos y a perder constantemente el empleo. A los diecinueve años, decide enrolarse en el ejército, pero su padre muere unos días antes de embarcarse y Camilo se replantea su vida. Cruza por su mente la idea de hacerse capuchino, y va a consultarlo con un tío suyo en el convento de los capuchinos de Aquila. Su tío se lo desaconseja, viendo su vida tan poco ejemplar. Entre tanto, se hace una herida en una pierna y acaba ingresado en un hospital de Roma, para curar la enorme llaga que se le ha abierto. Allí se queda como enfermero, pero al poco tiempo es despedido por su incorregible vicio de jugador, que le hace ser negligente con los enfermos. Decide de nuevo seguir la carrera de las armas, y durante seis años lucha en diversos frentes. A pesar de la cercanía constante de la muerte en los campos de batalla, sigue siendo un vicioso del juego, hasta el punto de que en 1575 acaba mendigando, y poco después trabajando como peón de albañil en Manfredonia, donde los capuchinos están construyendo un nuevo convento.

 

En aquel convento se dio cuenta de lo vacía que estaba su vida y dio un gran cambio. Entonces sí fue admitido como capuchino y durante un tiempo sería un fraile ejemplar. Pero aquello no duró mucho, pues se le abrió nuevamente la llaga y tuvo que volver a ingresar en el hospital de Roma donde antes había trabajado. En su nueva y larga estancia allí descubrirá el camino que Dios le tenía reservado. Los hospitales de aquella época parecían exteriormente verdaderos palacios, pero en las salas de los enfermos se desconocía la higiene y la limpieza más elementales. Muchos de los enfermeros eran personas condenadas por la justicia que cumplían sus penas entre aquella pestilencia. Es fácil imaginar cómo estarían asistidos los enfermos, con un personal reclutado de esa manera. Camilo, en su nueva etapa, ejerció de nuevo como enfermero y dio muestras de una diligencia y unos sentimientos tan fraternales para con los enfermos, que muy pronto fue nombrado administrador y director del hospital. Inició entonces unas importantes reformas. Cada enfermo tenía su propia cama, con ropa limpia. Mejoró mucho la alimentación. Los medicamentos se dieron con rigurosa puntualidad. Y, sobre todo, el nuevo director, con su gran corazón, asistía personalmente a cada uno, compartía con ellos sus padecimientos, consolaba a los moribundos y les preparaba para su hora postrera, estimulando al mismo tiempo el esmero de todos en favor de los que sufrían.

 

Una noche de agosto de 1582 se le ocurrió un pensamiento: ¿Y si reuniera a unos hombres de corazón en una nueva Congregación religiosa, para que cuidasen a los enfermos, no por dinero, sino por amor a Dios? Inmediatamente lo habló con cinco buenos amigos, que acogieron la idea con entusiasmo. Pensó también que Dios le pedía ser sacerdote, para dirigir esa fundación. Pasó por muchas dificultades, pero en 1586 el Papa Sixto V aprobó la Congregación y autorizó a sus miembros a ostentar una cruz roja en la sotana y en el manto. Así nació la gran familia de los "Camilos", hermana de la de los "Hospitalarios", fundada en España por San Juan de Dios. No faltó trabajo a los nuevos cruzados de la caridad. Camilo y los suyos se multiplicaron. En todas partes donde había apestados, hambre o miseria, allí se presentaba el admirable fundador y sus religiosos, que enseguida demostraron ser enfermeros atentos, hábiles y paternales, que se esforzaban por considerar y ver a Jesucristo en cada enfermo.

 

Enseguida abrió una segunda Casa en Nápoles, y después en Milán, Génova, Bolonia, Florencia y otras ocho poblaciones de Italia. El Fundador se trasladaba de una a otra, incesantemente, al galope de su caballo o navegando en pésimas embarcaciones. Sufrió varios accidentes y pasó graves peligros. Repetidamente, su oración calmó tormentas amenazadoras de naufragio. A su muerte, en 1614, había 15 casas, 8 hospitales y 200 religiosos. Hoy es una institución extendida por todo el mundo, con casi dos mil miembros y 145 hospitales.

 

Y todo nació de aquel joven que en 1569 empezó a trabajar como enfermero en un hospital de Roma, con ciertas inquietudes espirituales pero demasiado aficionado a las cartas. «No tiene la menor aptitud para el oficio de enfermero», sentenció el director al despedirle. Pero aquel hombre acabó fundando una gran institución que, junto con otras semejantes, cambió sustancialmente desde entonces el modo en que se atendía a los enfermos.

 

Cuando pensamos si somos o no dignos de recibir determinada misión por parte de Dios, hemos de cuidarnos de que aquello no sea la excusa para quedarnos dignamente recostados en la comodidad. No hay que pensar tanto en la indignidad personal, sino en cuál es el designio de Dios para nosotros.

 

Y si resulta que tendemos a pensar mucho en nuestras muchas limitaciones, y hasta las exageramos, pero solo cuando pensamos en la entrega a Dios, y en cambio, para el resto de nuestra vida, ni consentimos que nos recuerden que tenemos defectos, parece claro que nos falta rectitud en todo ese aparentemente humilde planteamiento.

 

—Pero a todos nos suele parecer que nuestra aportación personal será muy pequeña y tendrá poca trascendencia.

 

Muchas veces, las pequeñas aportaciones tienen mucha trascendencia. En Venecia, en la plaza de San Marcos, sobre el dintel de una puerta, cerca de la Torre del Reloj, hay un relieve que es un simple vaso. Pero un vaso que tiene su pequeña historia. En 1310, algunas grandes familias de Venecia decidieron apoderarse por la fuerza de esta pequeña República y una noche reunieron a todos sus partidarios para asaltar el Palacio del Dux. Pero una viejecita que vivía cerca, en la entrada de la mercería, al verlos, tiró un vaso de metal desde su ventana para alertar a los guardias. Acudieron enseguida, y los conjurados, creyéndose traicionados, abandonaron su intento. Aparentemente hizo poco: pero con eso bastó para salvar la República. Y la República ordenó que se pusiese ese vaso en el dintel de su casa como recuerdo.

 

A veces lo nuestro puede efectivamente ser una pequeña aportación, como la de aquella anciana que arrojó a la calle un pequeño vaso de metal. Es cierto que hay otras muchas personas con más virtudes y más cualidades. Pero si Dios nos llama, nos dará la fortaleza y las cualidades necesarias. Así sucedió con Moisés, que, a pesar de todo, al final hizo lo que Dios le dijo, y Dios dijo de él: «Moisés es en toda mi casa el hombre de mi confianza».

 

 

 

30. Hay otros mejor preparados

 

Todos los hombres

son superiores a nosotros en algún aspecto,

y en eso podemos aprender de ellos.

 

Ralph W. Emerson

 

Rabindranath Tagore cuenta la famosa historia de un mendigo que se encontró con el carruaje del rey. «Posaste tu mirada en mí y bajaste sonriente. Sentí llegada la suerte de mi vida. De repente, tendiste hacia mí tu mano derecha y dijiste: ¿qué vas a darme?». El mendigo se quedó confuso y perplejo. Y cedió a la tentación del egoísmo y de la pequeñez: le dio un grano de trigo. «Al declinar el día y vaciar mi saco hallé una minúscula pepita de oro entre el puñado de granos vulgares. Entonces lloré amargamente y pensé: lástima no haber tenido la generosidad de dártelo todo».

 

Aquel pobre mendigo consideraba que tenía muy poco y, ante la petición de Dios, le dio muy poco. Así nos sucede muchas veces a los hombres ante las peticiones de Dios. Y al final del día, de la vida, lamentamos no haber tenido la generosidad de darle más, de darle todo.

 

—Pero supongo que Dios llama sobre todo a personas de especiales cualidades.

 

Quizá pensamos siempre en ese otro que es más inteligente, mejor persona, con más simpatía o más fe que yo. ¿Por qué Dios va a elegirme precisamente a mi? ¿A Dios, qué más le da? ¿No podría, mejor, elegir a ese otro, que es mucho mejor que yo? ¿Por qué, entre millones y millones de personas, tengo que ser precisamente yo?

 

No hay respuesta fácil a esa pregunta. En el Evangelio se lee bien claro que Jesucristo eligió a los que quiso, no a los mejores. Su elección forma parte del misterio del insondable designio divino. Es algo que depende de la soberana libertad del poder divino y que escapa a nuestra comprensión.

 

No tenemos que exigirle explicaciones a Dios, pero sobre todo, debemos pensar por qué hacemos un planteamiento tan negativo de la entrega. Cuando Dios llama, ese camino es el que otorgará mayor felicidad a esa persona. No hace falta tener dotes extraordinarias, ni un nivel extraordinario de santidad.

 

—Pero supongo que, para ser llamado por Dios, habrá que tener un nivel alto de perfección personal.

 

«Para responder a la llamada de Dios —afirma Benedicto XVI— y ponernos en camino, no es necesario ser ya perfectos. Sabemos que la conciencia del propio pecado permitió al hijo pródigo emprender el camino del retorno y experimentar así el gozo de la reconciliación con el Padre. La fragilidad y las limitaciones humanas no son obstáculo, con tal de que ayuden a hacernos cada vez más conscientes de que tenemos necesidad de la gracia redentora de Cristo. Ser santo no comporta ser superior a los demás; por el contrario, el santo puede ser muy débil, y contar con numerosos errores en su vida.»

 

No te preocupes por tu falta de cualidades personales. Basta con luchar. En la Francia del siglo XIX había miles de jóvenes de grandes virtudes que buscaban a Dios y, de entre todas, la Virgen eligió a una aldeana enfermiza e ignorante de un lugar sin importancia del Pirineo llamado Lourdes, muy atrasada en los estudios para sus catorce años, pues no había aprendido a leer ni a escribir, solo hablaba en su dialecto local y no sabía nada de catecismo.

 

Piensa también en los pastorcillos de Fátima. Los tres recibieron la misma gracia, aunque de un modo distinto para cada uno: Lucia hablaba, Jacinta escuchaba, Francisco solo veía. ¿Por qué Dios lo hizo así? No esperes una respuesta simple. Él sabe cómo debe hacer las cosas. Y fueron santos, no porque se les apareciera la Virgen, ni por sus grandes dotes personales, sino porque hicieron lo que Ella les dijo de parte de Dios.

 

—Pero muchas veces será mejor esperar a tener más formación, dedicar unos años a profundizar antes de tomar decisiones y recoger una mayor información sobre el camino por el que Dios nos llama.

 

A primera vista, son consideraciones muy razonables. Lo que cada uno debe ver es si no encubren un miedo a comprometerse, si acaso enmascaran un cierto egoísmo con la excusa de la falta de una formación adecuada. Porque todos necesitamos formación, pero procurando que eso no se convierta en una excusa para decir que no, y procurando también que esa necesidad de formarse se concrete en medios concretos para lograrlo. Podríamos referirnos a la figura del Santo Cura de Ars, que luego veremos con más detalle: también advertía su falta de formación mientras concluía sus estudios teológicos, pero puso todos los medios para formarse y acabó siendo un gran santo.

 

Hay que leer, pensar, preguntar, informarse, tomarse tiempo, pero siempre afrontando de cara los deseos de Dios, buscando la máxima rectitud por nuestra parte. Y todo eso quizá no lleve demasiado tiempo. Lo decisivo quizá sea la fe y la cercanía a Dios: cuando se cultiva, cuando se ponen los medios, Dios hace el resto.

 

—Es natural que cueste dar ese paso, y que por eso se retrase. Al fin y al cabo, es entregar mi vida, toda mi vida, como quien tira una moneda al agua.

 

Sí, es toda tu vida, pero tu vida y la mía son un regalo inmerecido de Dios. Y el mejor destino que podemos darle es averiguar cuanto antes qué ha pensado Dios para ella y seguir su designio. Y no solo porque esa vida nos la haya dado Dios previamente —igual que el amor y la generosidad que hay en nuestro corazón—, sino porque Dios nos ha creado con una misión y es para esa misión para lo que mejor estamos preparados y donde más felices seremos.

 

«Ser santo —afirma Benedicto XVI— significa vivir cerca de Dios, vivir en su familia. Esta es la vocación de todos nosotros. Para ser santos no es preciso realizar acciones y obras extraordinarias, ni poseer carismas excepcionales, sino que es necesario, ante todo, escuchar la llamada de Dios y seguirla sin desalentarse ante las dificultades. Y cualquier forma de santidad, aun siguiendo sendas diferentes, pasa siempre por el camino de la cruz, por el camino de la renuncia a uno mismo. Las biografías de los santos presentan hombres y mujeres que han afrontado a veces pruebas y sufrimientos, y su ejemplo es para nosotros un estímulo para seguir el mismo camino y experimentar la alegría de quien se fía de Dios, porque la única verdadera causa de tristeza e infelicidad para el hombre es vivir lejos de Él.»

 

—¿Y si digo que no, es un pecado, una ofensa a Dios?

 

Debe ser el amor y no el miedo el que lleve a decir que sí a la llamada de Dios. «La fe no quiere infundirnos miedo —continúa Benedicto XVI—, quiere llamarnos a la responsabilidad. No debemos desperdiciar nuestra vida, ni abusar de ella, ni conservarla solo para nosotros mismos.»

 

 

 

31. La duda sobre las propias cualidades

 

Las causas perdidas son las únicas

que merece la pena defender;

porque las demás se defienden solas.

 

Alejandro Llano

 

Juan Bautista María Vianney nació en Dardilly, cerca de Lyon, en 1786. A los diecisiete años, concibe el gran deseo de llegar a ser sacerdote. Su padre, aunque buen cristiano, pone algunos obstáculos, que por fin logra superar. El joven inicia sus estudios eclesiásticos en Ecully, dejando las tareas del campo a las que hasta entonces se había dedicado.

 

Un santo sacerdote, el padre Balley, se presta a ayudarle. Pero el latín se hace muy difícil para aquel mozo campesino. Aunque era de inteligencia mediana, sus conocimientos eran extremadamente limitados. Sus dificultades parecen deberse a la insuficiencia de su primera escolarización y a la avanzada edad a la que comenzó a estudiar. Llega un momento en que toda su entusiasmo y su tenacidad no bastan y empieza a sentir un enorme desaliento. Decide entonces hacer una peregrinación, a pie, a la tumba de San Francisco de Regis, en Louvesc, para pedir que logre superar esas dificultades, pero sus oraciones no parecen ser escuchadas y continúa aprendiendo con gran lentitud.

 

Por entonces se presenta, además, un nuevo obstáculo. El joven Vianney es llamado a filas, pues la guerra de España y la urgente necesidad de reclutas lleva a Napoleón a retirar la exención que disfrutaban los estudiantes eclesiásticos. Después de casi dos años de numerosos peligros y peripecias, Juan Bautista reanuda sus estudios, primero en Verrières y después en el seminario mayor de Lyón. Todos sus superiores reconocen su admirable conducta, pero insisten en el poco provecho en los estudios, hasta que finalmente es despedido del seminario. Intenta entonces, sin éxito, entrar en los hermanos de las Escuelas Cristianas. Cuando ya parecía no haber solución, se cruza de nuevo en su camino el padre Balley, que había dirigido sus primeros estudios. Se presta a continuar preparándole, habló con sus profesores y, después de un par de años de gran esfuerzo por parte de los dos, fue ordenado sacerdote en Grenoble en 1815, a los 29 años de edad. Había acudido solo a esa ciudad, y nadie le acompañó tampoco en su primera misa, que celebró al día siguiente. Sin embargo, se sentía feliz de haber llegado a alcanzar lo que estaba convencido de que Dios le pedía, aunque hubiera supuesto tantas esfuerzos y humillaciones.

 

—Desde luego, es un ejemplo de constancia en sacar adelante una vocación. Supongo que muchas veces pensaría en abandonar, ¿no?

 

Fue ejemplo de tenacidad suya, y también de tenacidad de su maestro, el padre Balley. Juan María estuvo muchas veces a punto de abandonar, pero su maestro le alentó siempre. El tiempo pasaba y había que tomar una decisión. ¿Servía como sacerdote o no? Todos tenían sobrados motivos para desconfiar de la calidad de su formación teológica. Algunos se lo hicieron notar así al Vicario General de Grenoble, que preguntó: «¿Es piadoso? ¿Sabe rezar el Rosario? ¿Tiene devoción a la Virgen?». Le contestaron que era un hombre de profunda piedad y de una vida santa. «Pues bien, yo lo recibo. Dios hará el resto.» Y Dios lo hizo. Fue unos de los santos más grandes de la Iglesia.

 

El padre Balley fue el primero en reconocer y animar su vocación, y quien le animó a perseverar cuando los obstáculos en su camino le parecían insuperables. Intercedió ante los examinadores cuando suspendió el ingreso en el seminario mayor, le ayudó en sus estudios y fue su modelo además de su preceptor y protector.

 

Además, no consideró cumplida su misión con la ordenación de Juan María, sino que logró que, como aún no había terminado sus estudios, fuera destinado a Ecully, con la consideración de coadjutor suyo. Allí estuvo durante tres años, repasando la teología y ayudándole en las labores parroquiales, hasta que el padre Balley falleció.

 

—¿Qué sucedió después?

 

Fallecido su maestro en 1818, y terminados sus estudios, el arzobispado de Lyon le destinó a un minúsculo pueblecillo, a treinta y cinco kilómetros al norte de la capital, llamado Ars. No tenía siquiera la consideración de parroquia, ni había tenido nunca sacerdote, sino que era simplemente una aldea dependiente de la parroquia de Mizérieux, que distaba tres kilómetros. Tenía 370 habitantes. El nivel moral era bastante bajo y la práctica religiosa muy reducida: los domingos solo asistía a Misa un hombre y unas pocas mujeres.

 

Comenzó enseguida a visitar a sus feligreses, casa por casa. Atendía a los niños y a los enfermos. Amplió y mejoró la iglesia. Ayudaba a los sacerdotes de pueblos vecinos. Todo ello, acompañado de grandes penitencias personales, de intensa oración y constantes obras de caridad. Se empleó a fondo en una labor de moralización del pueblo, y no le faltaron calumnias y persecuciones, incluidas acusaciones ante sus propios superiores religiosos.

 

Y en el ejercicio de las funciones de párroco de esa remota aldea francesa, fue como el Santo Cura de Ars se hizo conocido en el mundo entero. No llevaba mucho tiempo allí cuando la gente empezó a acudir a él desde otras parroquias, luego de lugares más distantes, después de otras regiones de Francia y finalmente desde países cada vez más lejanos. Su consejo era buscado por obispos, sacerdotes, religiosos y laicos de toda edad y condición. El número de lo que acudían a escucharle y confesarse pronto superó los trescientos peregrinos diarios. Pasaba de dieciséis a dieciocho horas diarias en el confesonario. Personas distinguidas visitaban Ars para de ver al santo cura y oír su predicación, en la que, con un lenguaje sencillo, lleno de imágenes sacadas de la vida diaria y de escenas campestres, transmitía una fe y un amor de Dios arrolladores.

 

—¿Piensas entonces que no es tanto cuestión de talento como de esfuerzo personal?

 

Lo fundamental es el designio de Dios, la propia vocación. Y la vocación no va ligada necesariamente a grandes talentos, al menos según lo que muchos entienden por talento. Una buena prueba de ello es el ejemplo de este pobre sacerdote, que había hecho tan dificultosamente sus estudios, y a quien la autoridad diocesana había relegado a uno de los peores pueblos de la diócesis, pero que, sin embargo, acabó siendo consejero buscadísimo y guía espiritual de millares y millares de almas.

 

Desde luego, para la santidad es preciso el esfuerzo personal, junto a la gracia de Dios, que nunca nos falta, y hay que decir que el Santo Cura de Ars se levantaba a la una de la madrugada para ir a la iglesia a hacer oración, y antes de amanecer iniciaba su trabajo en el confesonario, y dedicaba todas sus horas a la celebración de la misa, la atención de los peregrinos, la explicación del catecismo y las confesiones. Su dedicación era tal, que con frecuencia comía de pie en unos minutos, sin dejar de atender a las personas que solicitaban algo de él.

 

—Es curioso que tuviera tanto éxito una persona así. Nadie lo hubiera predicho.

 

Ya recordarás lo que decía San Pablo, de que Dios escogió a los necios según el mundo para confundir a los sabios, y la flaqueza del mundo para confundir a los fuertes, de manera que nadie pueda gloriarse insensatamente delante de Dios.

 

Dios bendecía manifiestamente la entrega de aquel modesto sacerdote, en contra de toda posible previsión humana. Una vida que todos auguraban gris y olvidada, resultó ser asombrosamente fecunda y conocida. El que a duras penas había hecho sus estudios, se desenvolvía con maravillosa firmeza en el púlpito, con enorme soltura, sin haber tenido tiempo para prepararse. El que parecía de inteligencia limitada, demostró un notable don de discernimiento de conciencias y resolvía delicadísimos problemas de conciencia en el confesonario. Durante cuarenta y dos años, de 1818 a 1859, se entregó ardorosamente al cuidado de las almas en aquel pueblecillo, hasta el momento de su muerte. Sin moverse de allí, logró, sin buscarla, una resonante celebridad.

 

 

 

32. Nunca lo había pensado

 

Las grandes ideas son aquellas

de las que lo único que nos sorprende

es que no se nos hayan ocurrido antes.

 

Noel Clarasó

 

El 7 de julio de 1935, un estudiante asiste a un día de retiro espiritual en la Residencia universitaria de Ferraz, en Madrid, predicado por San Josemaría Escrivá. El estudiante se llama Álvaro del Portillo y ha conocido al Fundador del Opus Dei a través de Manuel Pérez Sánchez, un compañero suyo de la Escuela de Ingenieros de Caminos de Madrid.

 

Un tiempo antes, Manolo, que estudia unos cursos por delante, había facilitado la colaboración de Álvaro en las actividades asistenciales que llevan a cabo varios estudiantes universitarios en las Conferencias de San Vicente de Paúl. En ese grupo hay estudiantes de diversas carreras. Acuden sobre todo a la parroquia de San Ramón, en el Puente de Vallecas. La zona está rodeada de chabolas construidas a base de chapa y cartón, y prestan ayudas diversas, tanto de tipo educativo como asistencial. La situación no es precisamente idílica, pues desarrollan su labor entre gente que vive en condiciones difíciles y muchas veces también en un clima hostil hacia la Iglesia.

 

Con frecuencia van juntos Álvaro y Manolo, pues les resulta muy fácil ponerse de acuerdo en la Escuela de Caminos. Manolo ha conocido a San Josemaría hace un tiempo, y varias veces le ha hablado de su compañero Álvaro del Portillo, y de su idea de presentárselo más adelante. Álvaro es uno de los alumnos más brillantes de la Escuela y, al tiempo, una persona amable y sencilla. Finalmente, se decide a decírselo un día en que los dos se dirigen hacia el Arroyo del Abroñigal, para visitar a una familia desvalida. A Manolo le cuesta un poco iniciar la conversación, pues es algo tímido. Siempre recordará esto después, al narrar esta escena, por la trascendencia que luego tuvo ese pequeño vencimiento personal. Pero Manolo piensa que debe invitarle a conocer a aquel sacerdote, y al final, bajando por aquel campo de cereales, le habla de Josemaría Escrivá, y le invita a visitarle unos días después.

 

La primera entrevista con San Josemaría le impresiona profundamente. En aquella brevísima conversación, de apenas cinco minutos, siente que el Fundador del Opus Dei le toma en serio y trasluce gran afecto. Quedan en hablar más despacio, largo y tendido, cuatro o cinco días después. Pero cuando acude Álvaro, habían llamado a San Josemaría para atender a un moribundo, y no pudo avisarle, porque no tenía su teléfono. Sin embargo, la imagen de aquel joven sacerdote queda grabada en el alma de Álvaro y, cuando ya termina el curso académico 1934-35, decide ir a verle de nuevo, con la idea de saludarle antes de irse de vacaciones.

 

«Me recibió —evocaría años después— y charlamos con calma de muchas cosas. Después me dijo: mañana tenemos un día de retiro espiritual, ¿por qué no te quedas a hacerlo, antes de ir de veraneo? No me atreví a negarme, aunque mucha gracia no me hacía.»

 

Durante ese retiro en la Residencia de Ferraz, ve con claridad una llamada divina que no esperaba, y decide comprometer su vida en el Opus Dei. A partir de aquel 7 de julio de 1935, tiene clara conciencia de que su sí a Dios le compromete para toda la vida. Ni en esos días, ni en los meses anteriores, hubo nada que le hiciera presagiar que el Señor estaba a punto de llamarle. Había crecido en un ambiente cristiano, comulgaba casi a diario, y rezaba el Rosario todos los días, pero no era hombre inclinado hacia asociaciones piadosas ni organizaciones eclesiásticas. No mantenía un trato habitual con sacerdotes, ni había advertido ninguna señal de una posible llamada de Dios.

 

Sin embargo, aquel joven estudiante pronto fue el colaborador más directo de San Josemaría y, a partir de 1975, su sucesor al frente del Opus Dei. Falleció en 1994, después de una vida de gran fecundidad, y ahora está en marcha su proceso de beatificación.

 

—¿Y no es curioso que Dios haga ver la vocación así, de un día para otro? Da la impresión de que algo tan precipitado no puede ser una vocación madura y meditada.

 

Puede que no sea lo más habitual, pero así funcionan las cosas también en el amor humano. No es infrecuente que una persona se enamore de otra así, de un día para el siguiente. Y eso no tiene por qué significar inmadurez.

 

—Pues supongo que eso sucederá a personas especialmente entusiastas, que se sienten impulsadas con mucha fuerza a seguir una vida de entrega a Dios.

 

No tiene por qué ser así. Álvaro del Portillo comentó en alguna ocasión que Dios le dio al principio un notable entusiasmo por la vocación recibida, pero que, al cabo de los meses, fue apagándose, dejando paso a una ilusión más sobrenatural, que es la clave de la perseverancia. La entrega a Dios no se basa en el entusiasmo, como tampoco la entrega en el matrimonio. Ha de haber un fundamento más profundo, en el que no debe minusvalorarse la importancia de la conciencia del deber y la abnegación. La vocación no es un estado de ánimo, ni depende de la salud, ni de la situación profesional o familiar en que uno se encuentre. Por encima del oleaje de la vida, con sus altos y bajos, con sus dolores y sus alegrías, la vocación divina brilla siempre como un lucero en la noche, señalando el rumbo de nuestro caminar hacia Dios.

 

El camino de la fe, o de la vocación, nunca es una marcha triunfal, sino un camino salpicado de sufrimientos y de amor, de pruebas y de fidelidad que hay que renovar todos los días. Es más, la conciencia de la propia debilidad, de la posibilidad de no ser fiel, es la mejor preparación para evitar la presunción que suele estar presente en las grandes caídas. Todos tenemos que aprender que somos débiles y necesitamos ayuda y perdón. De ahí nace la confianza en Dios, que nos hace capaces de seguirle hasta el final.

 

—¿Y crees que es corriente que una persona descubra su vocación un buen día, sin haber pensado nunca en que pudiera ser su caso?

 

No puedo decir que sea lo habitual, pero sí bastante frecuente en la historia de la Iglesia y la vida de los santos. Podríamos recordar, por ejemplo, el caso de San Lorenzo de Irlanda. Siendo un adolescente, un enemigo de su padre, Dermot Macmurrough, rey de Leinster, le mantenía como rehén. Su padre, el Sr. O’Toole, capturó a doce capitanes de su enemigo y, para entregarlos, puso como condición que le devolvieran a su hijo. Macmurrough aceptó, pero llevó al niño al monasterio de Glendalough, para que apenas le devolvieran a sus hombres, los monjes dejaran marchar a Lorenzo. Y sucedió que al chico le impresionó tanto la vida del monasterio que pidió a su padre que le dejara quedarse allí. Su padre accedió a los deseos de su hijo y con el tiempo Lorenzo llegó a ser un monje tan excelente y de comportamiento tan ejemplar, que al morir el superior del monasterio, en el año 1154, los monjes lo eligieron a él por unanimidad como nuevo superior, aunque tenía solo veinticinco años. Y cuando falleció el arzobispo de Dublín, en el año 1161, volvió a suceder lo mismo. Fue un gran santo, y una figura egregia en la historia de la evangelización de su país, y uno de los muchos santos que encontraron su camino de una forma totalmente inesperada.

 

 

 

33. Dejar pasar el tiempo

 

Aprender sin pensar es inútil.

Pensar sin aprender, peligroso.

 

Confucio

 

—¿Y no es mejor dejar pasar el tiempo? Quizá esa inquietud luego se resuelva en nada. Si tiene que venir, ya vendrá.

 

Pienso que es mejor resolver la duda, no dejarla correr sin más. C. S. Lewis, en sus “Cartas del diablo a su sobrino”, explica con agudeza cómo la mayor parte de las buenas acciones de los hombres dejan de realizarse simplemente por la tendencia a no pensar seriamente en ellas, por dejarlo para después. «Es curioso —comenta el diablo veterano a su sobrino, un tentador menos experimentado— que los mortales nos pinten siempre dándoles ideas, cuando, en realidad, nuestro trabajo más eficaz consiste en evitar que se les ocurran cosas.»

 

Y cuenta cómo una persona estaba enfrascada en una interesante lectura y sus pensamientos iban acercándose a comprender sus obligaciones con Dios. Su tentador vio enseguida que sería inútil defender sus posiciones a base de razonamientos, y dirigió su ataque, inmediatamente, hacia aquella parte del hombre que tenía mejor controlada, y le sugirió que ya era hora de comer. El hombre se resistió inicialmente, argumentando que aquellos pensamientos eran mucho más importantes que la comida, a lo que el veterano diablo repuso que, efectivamente, aquello era demasiado importante como para abordarlo con el estómago vacío, y era mejor estudiarlo a fondo, con la mente despejada, después de comer. Una vez en la calle, la tentación había ganado la batalla. Bastó con hacerle fijarse en unas cuantas cosas del bullicio urbano, de modo que a los pocos minutos estaba convencido de que cualquier idea rara que pudiera pasársele por la cabeza a un hombre encerrado a solas con sus libros, una sana dosis de “vida real” era suficiente para demostrarle que “ese tipo de cosas” no pueden ser verdad.

 

Muchas veces, el principal trabajo de nuestros tentadores es, simplemente, alejarnos de la tarea de pensar. La fe, o la vocación, no corren peligro habitualmente, como muchos creen, por pensar demasiado, sino por sustituir el razonamiento por unas sencillas percepciones acerca de si esas ideas son actuales o superadas, modernas o convencionales, si se llevan o no se llevan, si tienen futuro o no. La imagen sustituye a la argumentación, el flujo de experiencias sensoriales inmediatas sustituye al flujo de la razón, y el barullo de la supuesta “vida real” —sin preguntarse qué entiende por “real”— sustituye a cualquier análisis profundo sobre el sentido de su vida.

 

—A veces rehuimos la tarea de pensar, pero puede darse el caso de que nos liemos un poco de tanto darle vueltas a las cosas, y eso no es un buen modo de dilucidar cuál es nuestro camino.

 

Por supuesto. Hay que conocerse a uno mismo. Si tenemos tendencia a complicarnos y a cargar nuestra cabeza con extremos, puede darse eso que dices. Pero si tendemos más bien a ser un poco tranquilos, o un poco frescos, es fácil que si tenemos esas inquietudes no sean una obsesión ni un escrúpulo.

 

—Pero siempre piensas que hay muy pocos que se entreguen por completo a Dios, y que por tanto es rarísimo que sea precisamente mi caso.

 

Quizá no son tan pocos, porque Dios no llama poco, sino que quizá hay pocas respuestas generosas. Y, aunque fueran muy pocos, si esos pocos siguieran esa argumentación que haces, aquello les llevaría al error sobre su propio camino.

 

En cambio, si te enfrentas con serenidad y honradez a esas inquietudes tuyas, quizá compruebes que, a medida que avanzas, a medida que cotejas el relato de tu vida con el del Evangelio, todo se va llenando de claridad. Y quizá también de sorpresa. Esas preguntas que ayer te parecían para gentes extrañas o lejanas, están ahí, ahora, más cerca, muy cerca, acechando tu rostro y tu alma. «¿Y si me entregara a Dios?». Y te encuentras quizá respondiéndote de inmediato, nervioso: «¡Calla!». Pero luego vuelve el pensamiento: «¿No me estará queriendo decir Dios algo?». Son sugerencias, impresiones, interrogantes, muchas veces imperceptibles —Dios habla bajito—, que te están pidiendo respuesta.

 

Quizá eludes la oración, o, cuando rezas, no quieres planteártelo a fondo. Hablas con Dios de mil cosas pero, como si fuese la soga en casa del ahorcado, pasas de puntillas sobre ese tema. ¿Por qué? Y si comprendes que debes ser más templado, para purificar el alma y ver claro, no te lo tomas en serio. Y si te das cuenta de que deberías comentarlo con una persona que pueda ayudarte de verdad, vas dando largas, y no lo haces. O ves que deberías hacer un retiro espiritual, pero nunca tienes tiempo para eso. Y van pasando los días, los meses, los años. Y si te remuerde la conciencia, enseguida repones que no hay que meterse presión con el tema, que en las cosas importantes no debe haber prisas.

 

—¿Qué aconsejas hacer, entonces?

 

Juan Pablo II ofrecía un programa para esto: «Necesitaréis el consejo de vuestros sacerdotes, de vuestros padres, de vuestros maestros. Y necesitaréis de la guía divina. Orad. Confiad en Cristo. Abridle vuestros corazones. Abrid vuestros corazones de par en par a Cristo. No tengáis miedo. Sed generosos. Quien da poco, cosechará poco. El que da con generosidad, recogerá una cosecha abundante. Podéis contar con la gracia de Dios».

 

«No hay que conformarse con rezar para que el Señor suscite vocaciones. Es preciso estar personalmente atentos a la llamada que Él quiera dirigiros; es preciso que no falte el valor de responder generosamente a esa llamada».

 

A lo mejor ves la llamada de Dios como un rayo que está a punto de derribar tu fabulosa torre de ilusiones. Sientes como si la mano de Dios fuese a complicarte la vida, como muchos se apresuran a señalarte. Y todo eso te detiene. Estás dispuesto a dar la ropa usada a la parroquia, a “perder” alguna hora en alguna tarea piadosa, a colaborar con un generoso donativo en la campaña en favor de lo que sea, pero ¿y a dar tu vida?

 

Es lógico que estés muy enamorado de tus proyectos y te cueste cambiarlos por los proyectos de Dios. Y por eso te cuesta dedicar tiempo a Dios (aunque dispones de él muy generosamente cuando se trata de tus cosas), y eso hace que vayas tan despacio, lento, muy lento.

 

San Jerónimo Emiliano tenía un palacio del Renacimiento espléndido, como convenía a su condición de aristócrata, lleno de obras de arte, criados y lujos palaciegos. Pero lo abandonó todo por amor a Dios. Y toda Venecia lo vio distribuyendo su riqueza entre los pobres. Y San Francisco de Asís, y muchos otros, renunciaron a sus posesiones para llevar una vida llena de austeridad. A ti quizá no te pida eso. Pero te pide, desde luego, que te liberes de los apegamientos a las cosas que te apartan de Él. Quizá tus riquezas, que lastran tu camino, son tu apegamiento a la comodidad, a tu tiempo, a unos proyectos buenos, pero distintos de los que Dios te pide.

 

 

 

34. ¿Seré capaz de perseverar?

 

No creas que, para ser auténtico,

el amor tiene que ser extraordinario.

 

Madre Teresa de Calcuta

 

—La inquietud sobre si perseveraré o no es un miedo que frena mucho, por la incertidumbre del futuro.

 

Es una preocupación bastante lógica ante una decisión de importancia. Peter Seewald planteó al entonces Cardenal Joseph Ratzinger en 1996 una pregunta muy personal sobre esta cuestión: «Y, una vez decidido a ordenarse sacerdote, ¿nunca tuvo dudas, tentaciones, nostalgias?».

 

La respuesta del futuro Papa fue franca y clara. «Sí. Claro que tuve dudas. Concretamente en el sexto año de estudios de teología uno se encuentra frente a cuestiones y problemas muy humanos. ¿Será bueno el celibato para mí? ¿Ser párroco será lo mejor para mí? Estas preguntas no siempre tienen respuesta fácil. En mi caso concreto, nunca dudé de lo fundamental, pero tampoco me faltaron las pequeñas crisis.»

 

«Pero, qué clase de crisis. ¿Le importaría citarme algún ejemplo?», insistió el periodista alemán. «Durante mis años de estudiante de teología en Munich —prosiguió el cardenal—, yo me planteaba dos posibilidades muy distintas. La teología científica me fascinaba. La idea de profundizar en el universo de la historia de la fe, era algo que me interesaba mucho; aquello me abriría extensos horizontes del pensamiento y de la fe, que me llevarían a conocer el origen del hombre y el de mi propia vida. Pero, al mismo tiempo, cada vez veía más claro que el trabajo en una parroquia, donde atendería todo tipo de necesidades, era mucho más propio de la vocación sacerdotal que el placer de estudiar teología. Eso suponía que ya no podría seguir estudiando para ser profesor de teología que era mi más íntimo deseo. Porque, si me decidía al sacerdocio, significaba una entrega plena a mis obligaciones, incluso en los trabajos muy sencillos y poco gratificantes. Por otra parte yo era tímido y nada práctico, estaba más bien dotado para el deporte que para la organización o el trabajo administrativo, y también tenía la preocupación de si sabría llegar a las personas, si sabría comunicarme con ellas. Me preocupaba la idea de llegar a ser un buen capellán y dirigir a la juventud católica, o dar clases de religión a los pequeños, atender convenientemente a enfermos y ancianos, etc. Me preguntaba seriamente si estaba preparado para vivir toda la vida así, si aquella era realmente mi vocación.

 

»A todo ello iba siempre unida la otra cuestión, de si yo podría hacer frente al celibato, a la soltería, de por vida. La Universidad estaba, por aquel entonces, medio en ruinas y no teníamos local para la Facultad de Teología. Estuvimos dos años en los edificios del Palacio de Fürstenried, en los alrededores de la ciudad. Aquello hacía que la convivencia —no solo entre alumnos y profesores, sino también entre alumnos y alumnas—, fuera muy estrecha, así que la tentación de dejarlo todo y seguir los dictados del corazón era casi diaria. Solía pensar en estas cosas paseando por aquellos espléndidos parques de Fürstenried. Pero, como es natural, también haciendo largas horas de oración en la capilla. Hasta que, por fin, en el otoño de 1950 fui ordenado diácono; mi respuesta al sacerdocio fue un rotundo sí, categórico y definitivo.»

 

Cualquier decisión de cierta importancia en la vida comporta un riesgo. Y decir que sí a la propia vocación, sea cual sea, de un modo muy especial. Los que contraen matrimonio no saben si serán fieles, si tendrán hijos o no, si serán felices o si las desgracias azotarán su hogar. Y no por eso dejan de casarse miles de personas cada día.

 

Los que eligen carrera no saben si triunfarán o fracasarán en ella. Los que emprenden un viaje no saben si regresarán o no. Y sin embargo, la vida sigue, y hay que estar tomando decisiones constantemente. Lo que no podemos es pedir a la llamada de Dios una seguridad que no pedimos para otras decisiones importantes de la vida. No podemos exigir unas garantías que no se exigen a otras decisiones humanas. Decir que sí es siempre afrontar un riesgo y una incertidumbre, y es lógico que sea así, pues si estuviéramos seguros de nuestra fidelidad, ni tendría mérito nuestra entrega ni pondríamos celo por mantener vivo nuestro amor.

 

Perseverar es una cuestión de coherencia y de empeño a lo largo de la vida, de mantener la palabra dada, y en particular, de mantener esa palabra dada a Dios cuando lleguen los días malos. Porque es fácil ser coherente por un día, o por una temporada. Pero lo importante es ser coherente toda la vida. Es fácil ser coherente a la hora del entusiasmo o de la exaltación, pero hay que serlo también en los días malos, a la hora de la tribulación. Y solo puede llamarse fidelidad a una coherencia que dure toda la vida. Así lo expresa, por ejemplo, la fórmula del matrimonio («…prometo serte fiel, en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, y amarte y honrarte todos los días de mi vida»), y es lógico que sea así, por el carácter definitivo del amor humano, y por la responsabilidad que se contrae con la entrega personal plena que supone el matrimonio. En esto hay una gran sabiduría y una tradición que, en definitiva, están respaldadas por la palabra del mismo Dios. Solo al darme por entero, sin reservarme una parte mí, sin aspirar a una revisión, a una rescisión, se responde plenamente a la dignidad humana. No es un experimento, ni un contrato de arrendamiento, sino la entrega del uno al otro. Y la entrega de una persona a otra solo puede ser acorde con la naturaleza humana si el amor es total, sin reservas.

 

—Pero el empeño por ser fiel a la palabra dada no quita la duda antes de dar esa palabra, y ese es ahora mi problema.

 

Tú estás ahora en una encrucijada. Ante ti, dos caminos: uno que regresa atrás, hacia la propia tierra, donde todo nos es quizá más conocido, más cómodo, menos arriesgado. Y otro camino, que exige una decisión, que supone un riesgo, que abre la vida hacia un horizonte nuevo, que reclama un caminar un poco más audaz.

 

Y sabes que ese camino no será idílico, como no lo es ninguno. Tendrá sus días de paisajes maravillosos, de altas montañas nevadas, de ríos y lagos de agua cristalina, de música suave que nos envuelve de paz, pero habrá otros de polvo y de cansancio, de andar y de subir, de monotonía, de incertidumbre.

 

Pero retrasar una decisión no siempre la resuelve. A veces, la complica, o hace que se acabe tomando contra nosotros por eliminación, o por indecisión. Hay que actuar de modo distinto según sea nuestro carácter. Si sabemos que tendemos a ser demasiado dubitativos, tendremos que procurar lanzarnos un poco más de lo que nuestro espíritu perfeccionista nos pide. Si tendemos a ser demasiado impulsivos o precipitados, será mejor que procuremos madurar un poco más la decisión.

 

Pero no pienses que si la decisión es entregarse a Dios en celibato vas a tener menos apoyo que si la entrega es en el matrimonio. Cuando Dios ve que un alma está determinada a seguirle, pase lo que pase, no la deja en la estacada. Uno puede dudar sobre cuál es su camino, y hacer lo posible por aclarar esa duda, pero, una vez que lo ve razonablemente claro, no debe pensar tanto en si perseverará, porque la perseverancia es algo que debemos construir día a día, y eso es cuestión de decisión personal y de gracia de Dios. Y como la gracia de Dios no nos va a faltar, quizá lo más importante es aquello de Santa Teresa, de «que importa mucho y el todo una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabájese lo que se trabajare, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino o no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo, como muchas veces acaece con decirnos: “hay peligros”, “fulana por aquí se perdió”, “el otro se engañó”».

 

Lo importante es tener claro el horizonte y seguirlo con perseverancia. Y, como dice el poeta, «si quieres que el surco te salga derecho, ata a tu arado una estrella». La consideración frecuente del ideal de servicio propio de nuestra misión, y de todas las personas que esperan de nuestra ayuda, siempre supondrá un excelente estímulo para nuestra perseverancia.

 

—Pero perseverar por las expectativas de servicio a otros parece un poco utilitarista, no algo propio del amor.

 

Las expectativas legítimas de los otros urgen y facilitan nuestra fidelidad. Así lo ha sido siempre, en la familia, en la amistad, en cualquier ideal de servicio o de entrega. Lo expresa admirablemente Antoine de Saint-Exupéry en “Tierra de hombres”, donde cuenta la historia de un piloto perdido en la montaña después de estrellarse su avión. Aquel hombre, Guillaumet, tenía un montón de razones para dejar de luchar por seguir adelante: no conocía el camino, era casi seguro que todo aquel sobrehumano esfuerzo no serviría para nada. Estaba solo, perdido, roto de golpes, de fatiga, de cansancio. Derribado a cada paso por la tormenta, en una zona de la que se decía que Los Andes, «en invierno, no devuelve a los hombres».

 

La muerte por congelación es una muerte dulce: entra una especie de sopor, lleno de sensaciones agradables en las que uno se encuentra, incluso, optimista, y entre dos sueños se escapa el alma. Aquel hombre lo sabía. No le costaba nada dejarse estar, recostado sobre el suelo helado, no levantarse después de una caída, decir ¡ya basta, se acabó!, y no volver a intentarlo de nuevo. «Perdidas, poco a poco, tu sangre, tus fuerzas, tu razón, seguías avanzando, obstinado como una hormiga, volviendo sobre tus pasos para rodear el obstáculo, volviendo a ponerte en pie después de las caídas, o volviendo a subir aquellas pendientes que solo conducen al abismo, sin concederte ningún descanso, pues, de haberlo hecho, ya no te hubieras levantado del lecho de nieve.

 

»En efecto, cuando resbalabas, tenías que incorporarte deprisa para no ser transformado en piedra. El frío te petrificaba en cuestión de segundos, y disfrutar, después de una caída, de un minuto de más descanso, te suponía mover unos músculos muertos para poder reiniciar la marcha. Te resistías a las tentaciones. "En la nieve —me decías—, se pierde todo instinto de conservación. Después de dos, tres, cuatro días de marcha, uno solo quiere dormir. Era lo que yo deseaba". Y tú caminabas y, con la punta de la navaja, cada día te ensanchabas un poco más la abertura de los zapatos para que los pies, que se te congelaban y se hinchaban, cupiesen dentro... ».

 

Guillaumet piensa en su mujer, en sus hijos, en sus compañeros. ¿Quién podrá mantener a esa familia que le aguarda en algún lugar de Francia si él se para? No, no les podía fallar. Ellos le querían, le esperaban. ¿Qué pasaría si supieran que estaba vivo? «Si mi mujer cree que vivo, cree que camino. Los compañeros creen que camino. Todos tienen confianza en mí, y soy un canalla si no camino.» Cuando volvía a caerse, repetía esas palabras. Cuando las piernas se negaban a avanzar más; cuando los huesos todos de su cuerpo gemían entumecidos por el frío y el cansancio; cuando después de bajar tenía que volver a subir, como en un carrusel que no acababa nunca, volvía a repetir el mismo estribillo: «Si creen que vivo, creen que camino, y soy un canalla si no sigo».

 

El pensamiento de las personas que nos esperan y nos necesitan, nos comunica fuerza para ir adelante, y eso es un ejercicio de responsabilidad y una estupenda manifestación de fidelidad. Hay muchas personas a nuestro alrededor que necesitan de nosotros, y quizá Dios espera que dediquemos a ellas nuestra vida, y si es así, no podemos defraudar ni a Dios ni a esas personas.

 

 

 

35. Veo que algunos han fracasado

 

El que ha naufragado

tiembla incluso ante las olas tranquilas.

 

Ovidio

 

—A mí lo que más me frena es ver cómo algunos han fracasado en su vocación.

 

La experiencia personal de ver que otros abandonan el camino emprendido, y los conflictos a veces inherentes a ese tipo de situaciones, son siempre una experiencia dolorosa y difícil. Pero hay que saber sacar de todo ello siempre una enseñanza. Cuando uno ve, por ejemplo, noviazgos o matrimonios que se rompen, lo mejor que puede hacer es intentar sacar alguna experiencia de aquello para mejorar el propio noviazgo o el propio matrimonio. Pero ver que otros se rompen no debe llevarnos a romper el nuestro, ni a renegar del noviazgo o del matrimonio, sino a madurar nosotros y a procurar acertar en nuestra elección.

 

Además, no todos los abandonos son iguales. Hay personas que emprenden el periodo inicial de prueba que hay en todos los caminos de entrega completa a Dios y, con el tiempo, comprueban que aquella no era su llamada. Y no hacen mal en dejar entonces ese camino, igual que no hace mal quien rompe un noviazgo cuando comprende que no debe casarse con esa persona. Y no por eso ha sido infiel el uno con el otro, ni ha habido propiamente un fracaso sino un periodo de prueba que se inicia y se concluye con toda normalidad.

 

—Pero se puede ser infiel también en el noviazgo.

 

Por supuesto, un novio puede ser infiel a su novia, o al revés. Pero si en determinado momento deciden dejar de ser novios, no por eso han sido infieles, sino que simplemente han decidido suspender un compromiso mutuo que por su propia naturaleza era temporal.

 

Lógicamente, si se rompe un noviazgo por infidelidad de uno de los dos, o por no haber puesto el empeño y la consideración necesarias el uno con el otro, quizá esa pareja estuviera llamada a ser un matrimonio feliz, pero no ha podido llegar a serlo porque uno de ellos, o los dos, han maltratado su noviazgo. De manera semejante, una vocación al celibato podría malograrse durante el periodo de prueba, y aunque no se hubiera llegado a asumir ningún compromiso permanente, podría ser una infidelidad si ese fracaso se debe a que se ha malogrado la vocación y se ha hecho imposible que fructificara y se abriera camino.

 

—En muchos casos, el camino de la vocación se inicia con bastante poco conocimiento de lo que supone, y esa debe ser la causa de bastantes fracasos.

 

Efectivamente. Es algo que sucede tanto con el noviazgo como con en las etapas de prueba en el inicio del celibato. De todas formas, tampoco hay que exagerar la cuestión del conocimiento previo, pues todos sabemos que los matrimonios que han surgido de un “flechazo”, es decir, de un amor descubierto de forma súbita y con poco conocimiento previo, no tienen porqué ser menos felices o menos estables que los demás. En la vocación, como en el matrimonio, muchas veces el corazón va más allá que la inteligencia, y aunque los filósofos digan aquello de que «nihil volitum nisi praecognitum», es decir, que nada se quiere si antes no se conoce, en el amor no siempre sucede así.

 

Además, tanto el noviazgo como el periodo de prueba en el celibato son etapas que, por su propia naturaleza, tienen una vuelta atrás, y esa vuelta atrás no debe entenderse como algo trágico. Todas las instituciones de la Iglesia tienen unos plazos para comprobar la madurez y la idoneidad de las personas que manifiestan una posible vocación. Así se les ayuda a crecer en la libertad de su decisión, para que su entrega sea siempre consecuencia de un querer seguro, consciente y responsable.

 

—Pero la vocación no puede ser algo temporal.

 

Es cierto, pues la vocación no es algo que venga y se vaya, pero quienes están en periodo de prueba deben ser conscientes de que durante esa primera etapa están todavía en un periodo de discernimiento de su vocación. Creer que Dios les llama, y desear seguir esa llamada y entregarse a Dios para toda la vida, es perfectamente compatible con el hecho de que, un tiempo después, algunos puedan comprobar que no es su camino. Y eso no debe considerarse como un fracaso, ni como un tiempo perdido, sino más bien lo contrario: durante ese tiempo han sido generosos, han avanzado en su trato con Dios, han recibido una amplia formación y han luchado por vivir unas virtudes. Esto sin duda les habrá ayudado y les ayudará mucho durante toda su vida.

 

También es posible que al principio haya una entrega inicial no demasiado reflexiva, con un cierto componente de entusiasmo poco consciente, pero que luego madura y se descubre con todo su calado. Dios premia la generosidad de ese primer arrojo de la entrega algo inmadura con una claridad posterior grande sobre la propia misión. Así sucede también a quien inicia un noviazgo deslumbrado por algunas rasgos externos de la otra persona, y luego descubre su verdadera valía, más profunda, y se entrega a ella con gran madurez y convicción.

 

Ahí está, por ejemplo, el caso de Santa Jacinta, una chica procedente de una familia adinerada de Viterbo a finales del siglo XVI. Era muy hermosa y aficionada a lujos y vanidades. Como era bastante superficial y orgullosa, tuvo varios desengaños amorosos y un buen día dijo que se hacía monja y que se marchaba a un convento de las hermanas franciscanas. Tenía veinte años. Fue una primera conversión, pero muy leve, pues en el convento quería seguir teniendo las mismas comodidades de antes y mostraba bastante poco interés por la vida religiosa. Cuando tenía treinta años, pasó por una grave enfermedad, con muchos dolores y grave peligro de muerte. Aquello, junto a la ayuda de un santo sacerdote, el padre Bernardo Bianchetti, que supo ayudarla a enfrentarse con sus propios defectos, hizo que se arrepintiera de su vida anterior, hiciera una confesión general y, desde aquel día, empezara otra vida totalmente distinta. Aquella sí fue una verdadera conversión. Desde entonces fue una religiosa ejemplar, muy humilde y mortificada. Fundó dos asociaciones piadosas que tuvieron enseguida una gran difusión y por medio de sus escritos logró la conversión de muchas personas. Recibió muchas gracias extraordinarias de Dios, y después de su muerte, en 1640, se le atribuyeron numerosos favores y milagros. Su figura ha quedado para la posteridad como ejemplo de una gran santa que, aunque no fuera nada ejemplar en los inicios de su vocación, supo ser finalmente muy fiel a ella.

 

—Por lo que cuentas, durante sus primeros diez años más bien se podría haber dicho de ella que no tenía vocación y que estaba en aquel convento desengañada por sus desilusiones amorosas.

 

Es una prueba de que Dios puede hacer que una vocación se abra camino a través de unos comienzos bastante imperfectos, tanto en el discernimiento de la vocación como en la correspondencia a ella, y que, pese a eso, alcanzar después una gran santidad en ese camino.

 

Así sucedió también a San Telmo, que, siendo aún un joven sacerdote, fue nombrado canónigo de la Catedral de Palencia, y enseguida elevado a la primera dignidad después del obispo. Era muy inteligente y bien parecido, pero eso le hacía ser también bastante engreído y ambicioso. Quiso tomar posesión como Deán el día de Navidad y con cabalgata sonada, de manera que dispuso organizarlo todo en medio de un gran festejo. Se encaminaba hacia el templo en un elegante caballo, enjaretado y arrogante. El aplauso y los gritos iban creciendo, pero, en el culmen de la aclamación, cerca ya de la catedral, y queriendo lucir el caballo en el que marchaba con tanto orgullo y ostentación, así como su pericia como jinete, clavó las espuelas, pero el corcel se encabritó y resbalaron, cayendo ambos aparatosamente en un lodazal, entre las risas y burlas de quienes, momentos antes, le aplaudían. El ridículo fue espantoso. Como contaba luego él mismo, Dios se sirvió de aquello para salir a su encuentro, hacerle ver lo vanidoso que era y suscitar en él una fulminante conversión. Ingresó en el convento de Dominicos que Santo Domingo de Guzmán había fundado poco antes en la ciudad y allí se entregó a la oración, al estudio y al servicio humilde a los demás. Pasado un tiempo, con sus grandes dotes de predicador, produjo numerosísimas conversiones y dedicó mucho tiempo a los pobres y a los enfermos, hasta su muerte en el año 1246. A pesar de su falta de rectitud inicial en su entrega como sacerdote, tuvo después una vida austera y ejemplar, y ha pasado a la historia como uno de los santos medievales más populares.

 

Y no es solo cuestión de que un comienzo menos generoso pueda ser enmendado, sino que Dios también puede ir descubriendo poco a poco sus designios sobre una persona. Ha sucedido así innumerables veces a lo largo de la historia de la Iglesia y de la vida de los santos. Por ejemplo, San Juan Bautista de la Salle, fundador de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, solo llegó a entender aquello a lo que Dios le estaba llamando, por etapas, a medida que reflexionaba en la oración sobre su experiencia de lo que, poco a poco, Dios le iba descubriendo. El futuro santo llegó a decir con toda claridad que Dios probablemente lo habría perdido completamente si le hubiera mostrado desde el principio todo lo que quería de él, con todo el esfuerzo y las dificultades que supuso la fundación de las Escuelas Cristianas y toda una vida dedicada a la educación de los hijos de los pobres. Al principio, cuando su amigo el padre Nyel le pide ayuda para iniciar una escuela gratuita en Reims, en 1679, Dios le mostró solamente una pequeña parte de lo que quería de él. Y así empezó todo. Llevado por su generosidad, se implicó en ayudar a su amigo en esa pequeña obra, y acabó descubriendo que Dios quería que él iniciara otra fundación, mucho más grande, a la que dedicaría la totalidad de su vida y sus energías. Dios sale a nuestro encuentro en el lugar donde estamos y después nos guía hacia sitios que nunca imaginamos y a compromisos en los que jamás habíamos pensado como posibles. Y en eso no hay ningún engaño, sino una forma de hacer de Dios, que nos descubre poco a poco nuestro papel y nuestra misión, como hizo con San Juan Bautista de la Salle, que revolucionó la concepción de la enseñanza, fundó una congregación que dirige hoy más de mil colegios en todo el mundo y es considerado por la Iglesia como el patrono universal de todos los maestros.

 

—Dices que los fracasos o el mal ejemplo de otros no deben influirnos negativamente, pero lo cierto es que siempre pesan.

 

Es verdad. La vocación, nuestra misión sobrenatural, es un compromiso con Dios. Si veo el fracaso de otros, o incluso recibo un mal ejemplo directo, todo eso me duele, lo siento en el alma. Eso es algo totalmente normal. Pero la vocación no se recibe en grupo, es algo personal. Cada uno debemos mirar sobre todo a nuestro compromiso con Dios, y no tanto a la persona que ha dejado determinado camino, o que me parece que me da un mal ejemplo, pues una cosa es su vida y otra la mía. Todos tenemos defectos, y nuestra misión es contribuir a superar los nuestros, no limitarnos a señalar los de los demás, escandalizarnos de ellos, y concluir finalmente que eso devalúa nuestro compromiso con Dios.

 

Además, como idea general, es mejor tender a fijarse en los buenos ejemplos de los demás. Si buscamos la referencia del buen ejemplo, del estímulo de otros que son mejores que nosotros, eso tirará hacia arriba de nuestra vida. Es verdad que también se puede aprender de lo que nos parece fracaso o mal ejemplo en otros, pero no debemos compararnos constantemente con otros menos generosos que nosotros para así sentirnos justificados en la propia mediocridad. Sobre todo, porque siempre encontraremos gente peor que nosotros, salvo que seamos la persona más malvada del planeta.

 

—Pero no debemos compararnos con otros, sino con lo que nosotros debemos ser, con lo que Dios espera de nosotros.

 

Por supuesto. Me refiero a no entretenernos evaluando riesgos y dificultades de otros, aunque a veces sean innegables y evidentes, si resulta que el verdadero problema de fondo es nuestra falta de generosidad. Podemos repasar una y mil veces la eterna lista de ejemplos de defecciones, de personas que fracasaron en su camino, o de otras que siguen en él pero de modo poco edificante, pero todo eso no debería cambiar mucho nuestro diálogo vital con Dios.

 

—¿Y cómo puede saberse si alguien ha sido infiel o no?

 

Solo Dios puede juzgar la intimidad de un alma, y solo Él puede saber qué sucedió de verdad en la historia de una presunta infidelidad. Por eso, lo mejor es ocuparse cada uno sobre todo de la propia fidelidad. Cuando una persona piensa en casarse, no debe retraerse pensando en los muchos casos de roturas o fracasos matrimoniales que conoce, o de los que ha oído hablar, sino que debe fijarse sobre todo en cómo los matrimonios felices logran serlo, y todos sabemos que eso depende mucho de cómo ambos se preocupan día a día de ser fieles a su vocación matrimonial.

 

—¿Y si después de entregarnos a Dios se ponen las cosas difíciles, y la gente no nos escucha con el interés que esperábamos?

 

Algo parecido sucedió a Jesucristo en su paso por la tierra: sabía lo que había que hacer, lo explicaba maravillosamente, pero se encontró con innumerables obstáculos, de dentro y de fuera. Los hombres se resistían a escucharle, le calumniaron, le persiguieron, le cargaron una cruz y lo mataron. También nosotros podemos sufrir el zarpazo de la incomprensión. No siempre, ni la mayoría de las veces, pero tampoco debería sorprendernos demasiado.

 

—¿Piensas que importa mucho el atractivo que tenga para nosotros una determinada institución?

 

La institución en la que vivamos nuestra vocación y nuestra entrega es importante. Nos aporta seguridad, compañía, formación, ayuda espiritual, consejo, etc. Pero lo más importante es que nos hemos comprometido con Dios, y eso es lo más alto e inefable. Nos hemos comprometido con Dios en ese camino, y nuestra santidad pasa por esa institución, como la santidad de una persona casada pasa por la persona de su cónyuge. Pero siempre hay que tener claro que estamos comprometidos con Dios, que tenemos una misión recibida de Dios, que hemos de tener una relación diaria con Dios, que tenemos que ser amigos de Dios.

 

—¿Y una institución puede caer en el error de absolutizarse un poco y dejar en segundo plano a la Iglesia?

 

Lógicamente, ese peligro existe. Igual que en el matrimonio existen los celos, o el protagonismo personal, o muchos otros posibles defectos que deterioran la convivencia familiar o la relación con otros, en las instituciones de la Iglesia también hay que estar en guardia ante posibles celotipias, exclusivismos o cualesquiera de las otras múltiples formas que puede tomar la soberbia o la falta de rectitud, y que también se pueden presentar en los superiores diocesanos o en los obispos. Como señaló el entonces Cardenal Ratzinger, existe el riesgo de exagerar el mandato específico que tiene origen en un carisma particular, o de vivir la experiencia espiritual a la cual se pertenece, no como una de las muchas formas de existencia cristiana, sino como si fuera la más perfecta expresión del mensaje evangélico, y eso sería un error muy grave.

 

Todos esos peligros son riesgos ligados a la soberbia humana, bastante elementales por otra parte, de los que todos debemos procurar guardarnos, y sobre los que han procurado alertar con contundencia casi todos los grandes fundadores a lo largo de la historia. Leyendo los testimonios de quienes han promovido las obras que más gloria han dado y dan a la Iglesia, siempre se encuentran esas sabias recomendaciones, en las que insisten en la importancia de que los deseos de crecimiento y extensión de esas fundaciones sean siempre fundamentados en la caridad y en el servicio a Dios y a las almas, sin conceder protagonismo al propio desarrollo, sabiendo alegrarse de que haya muchos otros que trabajen en servicio de Dios y deseando que esos otros obtengan cada vez más y mejores frutos.

 

—¿Y si, al final del periodo de prueba, sigo teniendo dudas, y no lo veo claro?

 

Tienes que verlo suficientemente claro; si no, no debes seguir adelante. Pero debes hacerlo con toda la rectitud que te sea posible, considerando si esa falta de claridad que sientes se debe a que no es tu camino, o bien a que has seguido ese camino sin el empeño necesario. No dejes de considerar que muchos planes de Dios han quedado sin realizarse por faltas de generosidad enmascaradas en un «no lo veo claro». Muchas personas han dejado de recibir ayuda porque quienes estaban llamados por Dios a una mayor entrega no fueron sensibles a esa llamada, que casi nunca es rotunda ni apantallante.

 

Si esa desconocida adolescente albanesa llamada Ganxhe Bojaxhiu no hubiera respondido que sí a Dios cuando le pidió ser monja —y pasó a ser la Madre Teresa—, o cuando después le pidió esa otra «llamada dentro de la llamada», si no hubiera dicho que sí, hoy millones de manos necesitadas se alzarían inútilmente sin encontrar respuesta, porque no habría existido la Madre Teresa de Calcuta ni la institución que ella fundó.

 

Y si Maximiliano Kolbe se hubiera dejado vencer por la crisis que en 1910 le empujaba a abandonar el seminario franciscano en el que estaba, el mundo no habría tenido su ejemplo heroico de santidad en Auschwitz en 1941, ni tampoco la institución que fundó y que hoy atiende a cientos de miles de personas en todo el mundo. Es bastante natural tener dudas, y que esas dudas se disipen con la ayuda, a veces inopinada, de otras personas. En el caso de Maximiliano Kolbe, fue una visita imprevista de su madre al seminario. El chico estaba decidido a explicar a su madre sus dudas y su deseo de dejar el camino franciscano para seguir la carrera militar, pero, antes de que lo hiciera, ella le habló con tanta ilusión de la vocación de sus otros hijos, que el pequeño Maximiliano se encontró fortalecido por el entusiasmo de su madre y aquello disipó sus dudas, y acabó siendo un gran santo, hoy patrono de Europa.

 

Como decía Benedicto XVI a un grupo de jóvenes en Cracovia en 2006, «el miedo al fracaso a veces puede frenar incluso los sueños más hermosos. Puede paralizar la voluntad e impedir creer que pueda existir una casa construida sobre roca. Puede persuadir de que la nostalgia de la casa es solamente un deseo juvenil y no un proyecto de vida. Como Jesús, decid a este miedo: "¡No puede caer una casa fundada sobre roca!". Como San Pedro, decid a la tentación de la duda: "Quien cree en Cristo, no será confundido". Sed testigos de la esperanza, de la esperanza que no teme construir la casa de la propia vida, porque sabe bien que puede apoyarse en el fundamento que le impedirá caer: Jesucristo, nuestro Señor.»

 

 

 

36. ¿Es un camino cerrado?

 

Donde todo el mundo piensa igual,

casi nadie piensa demasiado.

 

Julián Marías

 

—¿Entonces, solo somos libres para contestar que sí o que no?

 

Nosotros no decidimos nuestra vocación, ni la elegimos, sino que la elige Dios. En ese sentido, es cierto que, a la vocación, fundamentalmente se responde que sí o que no, pues la vocación es una llamada de Dios desde la eternidad.

 

Pero esa llamada no es un hecho aislado, que nos llega en un momento concreto de la vida, al que se responde que sí o que no, y que a partir de entonces es ya cuestión cerrada. Esa llamada es una actitud permanente de Dios, que continuamente nos llama a ser santos en determinado camino y nos va desvelando su querer con mil pequeñas llamadas cada día.

 

La vocación es una llamada a la que podemos responder en mayor o menor medida. Cuando respondemos a una llamada telefónica, abrimos un diálogo, pero si no tenemos teléfono, o no cogemos la llamada, ni siquiera comienza el diálogo. Pero si respondemos, se abre entonces una conversación con el Señor, que dura toda nuestra vida. Un diálogo que está abierto a la libertad de nuestra respuesta, que está condicionado a cada momento por nuestra generosidad.

 

En ese sentido, puede decirse que no hay dos vocaciones iguales, porque Dios pide a cada uno cosas distintas cada día, como escribió León Felipe: «Nadie fue ayer, ni va hoy, ni irá mañana hacia Dios por este mismo camino que yo voy. Para cada hombre y mujer guarda un rayo nuevo de luz, el Sol; y un camino virgen, Dios.»

 

No está todo preconcebido y cerrado. No somos como unas marionetas de Dios, sino que nuestra vida estará siempre condicionada por la generosidad de nuestras respuestas. Cada “sí” nuestro abre la puerta a nuevos requerimientos de Dios, a nuevas aventuras de generosidad y de entrega, a una felicidad cada vez mayor.

 

—¿Quieres decir entonces que ser fiel no es cuestión solo de perseverar o no?

 

Exacto. Hay modos de perseverar que no son fidelidad. Se puede perseverar en el matrimonio pero no ser fiel. Se puede perseverar en el celibato de un modo que no podría propiamente llamarse fidelidad.

 

Al responder que sí a la llamada inicial de Dios, iniciamos un diálogo: «Tú, Señor, me llamas, y yo me pongo en tus manos. ¿Qué debo hacer, qué hacemos?». Según cómo respondamos, esa conversación con Dios que es nuestra vocación alcanzará mayor o menor intimidad, mayor o menor fruto.

 

Tenemos incluso la posibilidad de cortar ese diálogo, de abandonar la vocación. Pero lo que se pierde no es la vocación, lo que se puede perder es la respuesta. Dios ha querido correr el riesgo de nuestra libertad, y por eso podemos no corresponder a lo que nos pide y cortar esa comunicación. En ese caso, nosotros seremos los principales perjudicados, pues, como escribió Saint-Exupèry, «conoces lo que tu vocación pesa en ti, y si la traicionas, es a ti a quien desfiguras; pero sabes que tu verdad se hará lentamente, porque es nacimiento de árbol y no hallazgo de una fórmula.» La vocación es como un árbol que germina y crece, no un hecho aislado que un día hemos descubierto.

 

—Pero no siempre dejar un camino concreto de entrega supone abandonar la vocación.

 

Lógicamente. Puede que ese diálogo con Dios nos lleve, con rectitud, a un cambio, a resituarnos respecto a lo que inicialmente percibimos. Pero eso no es abandonar la vocación, sino precisar mejor el discernimiento. Por eso, en todas las instituciones y caminos de la Iglesia hay una serie de plazos y de etapas de prueba, que permiten ir confirmando ese discernimiento personal, de manera semejante a como existe el noviazgo antes del matrimonio. Pero, una vez que han concluido los periodos de prueba, hay un evidente deber de fidelidad. La llamada divina se percibe en un momento determinado, pero es desde siempre y para siempre, porque «los dones y la vocación de Dios son irrevocables» (Romanos 11, 28-29). Con la vocación, el Señor concede los medios para poder descubrirla y para responder afirmativamente; y después, a lo largo de la vida, otorga las gracias necesarias para llevar a cabo la misión confiada.

 

—Pero una persona puede haber hecho inválidamente esos compromisos definitivos, por falta de madurez psicológica o de conocimiento.

 

Eso puede suceder, por supuesto, como también puede suceder en el matrimonio, donde pueden darse casos de matrimonios nulos por vicio en el consentimiento. Pero igual que en el matrimonio existe una presunción a favor del vínculo, también debe haberla en el caso del celibato.

 

—Entonces, igual que si una persona obtiene la nulidad ya no puede decirse que no sea fiel, quien obtiene la dispensa o la anulación de su vínculo de celibato ya no tiene obligación alguna en ese sentido.

 

La comparación entre el matrimonio y el celibato arroja habitualmente mucha luz, pero tiene sus límites, como sucede con cualquier comparación, en la que siempre hay una parte de similitud y otra de disimilitud. Desde luego, si se declara una nulidad matrimonial de forma honesta y legítima, ya no existe el vínculo matrimonial, porque en realidad nunca existió. Pero si se recurre a ese proceso como un subterfugio para obtener algo que no responde a la realidad, las cosas son bastante distintas. Y con la dispensa del celibato sucede algo parecido. Pienso que, en todo caso, es Dios quien debe juzgar a cada uno según sus obras, pues solo Él conoce de modo completo lo que sucede en el interior de las personas.

 

—¿Piensas entonces que una vez que se ha adquirido un compromiso libre y definitivo con Dios, lo que procede es en todo caso luchar por ser fiel?

 

Así lo decía Juan Pablo II en 1995, refiriéndose en aquel caso al celibato sacerdotal. «La vocación al celibato necesita ser defendida conscientemente con una vigilancia especial sobre los sentimientos y sobre toda la propia conducta. Cuando en el trato con una mujer peligrara el don y la elección del celibato, el sacerdote debe luchar para mantenerse fiel a su vocación. Semejante defensa no significaría que el matrimonio sea algo malo en sí mismo, sino que para el sacerdote el camino es otro. Dejarlo sería, en su caso, faltar a la palabra dada a Dios.

 

»La oración del Señor: "No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal", cobra un significado especial en el contexto de la civilización contemporánea, saturada de elementos de hedonismo, egocentrismo y sensualidad. Se propaga por desgracia la pornografía, que humilla la dignidad de la mujer, tratándola exclusivamente como objeto de placer sexual. Estos aspectos de la civilización actual no favorecen ciertamente la fidelidad conyugal ni el celibato por el Reino de Dios. Si el sacerdote no fomenta en sí mismo auténticas disposiciones de fe, de esperanza y de amor a Dios, puede ceder fácilmente a los reclamos que le llegan del mundo. ¿Cómo no dirigirme pues a vosotros, queridos hermanos sacerdotes, para exhortaros a permanecer fieles al don del celibato, que nos ofrece Cristo? En él se encierra un bien espiritual para cada uno y para toda la Iglesia.»

 

—¿Y en los casos en que una persona ha abandonado una institución para fundar otra?

 

Así han nacido numerosas fundaciones que han llenado de gloria la historia de la Iglesia. Pero en todos los casos, esas personas han buscado siempre la aprobación de los superiores jerárquicos competentes —sus autoridades diocesanas, o bien la Santa Sede— para dar ese paso. Y aunque haya habido con frecuencia dificultades e incomprensiones, que se dan en todas las grandes obras, al final han demostrado su rectitud y su origen sobrenatural y han dado ese paso con la correspondiente aprobación.

 

—¿Y a qué facetas de nuestra vida afecta la vocación?

 

Con la vocación no nos hemos propuesto simplemente hacer unas cuantas cosas buenas. La vocación es algo muy grande, que abarca todas las dimensiones de nuestra vida. La vocación no es unirse a otras personas buenas para hacer unas cuantas cosas buenas, es proponerse cambiar el mundo, mejorarlo, y no porque seamos superhombres —bien lo sabemos— sino porque así entendemos que lo quiere Dios de nosotros.

 

Con la vocación cambia la visión de la vida. «Si me preguntáis —escribió San Josemaría Escrivá en 1932— cómo se nota la llamada divina, cómo se da uno cuenta, os diré que es una visión nueva de la vida. Es como si se encendiera una luz dentro de nosotros; es un impulso misterioso, que empuja al hombre a dedicar sus más nobles energías a una actividad que, con la práctica, llega a tomar cuerpo de oficio. Esa fuerza vital, que tiene algo de alud arrollador, es lo que otros llaman vocación.

 

»La vocación nos lleva —sin darnos cuenta— a tomar una posición en la vida, que mantendremos con ilusión y alegría, llenos de esperanza hasta en el trance mismo de la muerte. Es un fenómeno que comunica al trabajo un sentido de misión, que ennoblece y da valor a nuestra existencia. Jesús se mete con un acto de autoridad en el alma, en la tuya, en la mía: ésa es la llamada.»

 

La vocación es una luz de Dios, y no vaga o genérica, sino que nos ayuda a ver de modo concreto, hoy y ahora, personalmente, lo que Dios quiere de nosotros en cada momento. La vocación no es simplemente una idea que nos inspira, sino una determinación clara de la voluntad de Dios para nosotros. Dios quiere de nosotros algo grande, y lo hará Él en nosotros si no ponemos obstáculos.

 

—Pero si la luz es de Dios, y todo depende de que se encienda esa luz, no hay nada que hacer por nuestra parte, salvo esperar a verla.

 

Santo Tomás de Aquino ponía la siguiente comparación. Dios es como la luz del sol, y nosotros estamos dentro de una habitación en la que, si abrimos la ventana, nos inunda Dios con su luz y tenemos claridad. La luz solar que entra en la habitación no es efecto solo de que la ventana esté abierta: tiene que alumbrar el sol. Es Dios quien hace las cosas, pero es preciso que nosotros lo facilitemos, que no lo impidamos.

 

—¿Y si uno se siente con dudas de si será capaz de mantener dignamente ese diálogo con el Señor que es la vocación?

 

Lo importante es que cada uno estemos firmemente decididos a ser fieles a lo que Dios nos pida. Luego ya Dios suple nuestra debilidad. Así lo contaba Lázaro Linares, al narrar la historia de su vocación, cuando un día de abril de 1955 expuso esas dudas al director del centro donde deseaba pedir la admisión en el Opus Dei. Este le escuchó con atención, se aseguró de la claridad con que se había planteado dar ese paso, y finalmente le preguntó: «Lázaro… ¿tú crees que podrías perseverar un día? ». «Hombre, sí; un día sí», le contestó. «¿Y una semana? » «Sí, una semana pienso que también.» «¿Y un mes? » «Hombre, un mes puede ser muy largo, pero supongo que también». «Entonces —concluyó—, si puedes perseverar un mes, eres capaz de perseverar toda la vida.»

 

Había en todo aquello, aparentemente simple, mucha profundidad y mucha sabiduría. Dios nos da en cada momento la gracia necesaria para ser fiel. Cada día tiene su propio afán y su propia gracia de Dios. Si no hay ningún obstáculo para vivir el día a día, no tiene por qué haberlos después. Se trata de mantener la palabra dada a Dios, de mantener vivo ese diálogo personal con el Señor que no hace ser receptivos a sus requerimientos.

 

Me recuerda lo que sucedió a San Enrique, príncipe heredero de Baviera. A la muerte de su padre, en el año 995, Enrique ocupó el trono con solo veintidós años. Era uno de los príncipes más instruidos de su tiempo, y su fama de buen gobernante se difundió enseguida por toda Baviera, ganándose la simpatía de sus súbditos. Había tenido como maestro a San Wolfgang, que había cuidado de darle una esmerada educación cristiana. Al poco de morir su maestro, tuvo Enrique un sueño, la noche del 1 de enero del año 996. En el sueño, San Wolfgang escribía en una pared esta frase: «Después de seis». Enrique se imaginó que por medio de ese sueño le avisaba de que dentro de seis días iba a morir, y se dedicó con todo empeño a prepararse para ese momento. Pero pasaron lo seis días y no murió. Entonces, pensó que serían seis meses, y procuró obrar en todo momento con ese mismo pensamiento. Pero a los seis meses tampoco murió. Concluyó entonces que el plazo era de seis años, y durante ese tiempo siguió actuando, en su vida personal y en el gobierno de su reino, con la idea de que el tiempo que Dios le concedía era ese. Pero, a los seis años, el 1 de enero de 1002, lo que le llegó no fue la muerte sino su proclamación como Emperador de Alemania. Los seis años de preparación para el encuentro definitivo con Dios fueron la mejor preparación para su misión en tan alto cargo, en el que estuvo hasta que falleció en el año 1024. Fue un gobernante santo y prestó grandísimos servicios a la evangelización de Europa. Sin duda, aquel sueño le fue de gran ayuda. A nosotros también puede ayudarnos la idea de poner empeño en ser fieles a la llamada de Dios pensando que el tiempo que tenemos por delante es corto, pues si somos fieles ahora, estaremos bien preparados para serlo siempre.

 

—¿Y crees que es especialmente difícil ser fiel al celibato en la sociedad de hoy?

 

Juan Pablo II decía que para vivir en el celibato de modo maduro y sereno, es particularmente importante desarrollar profundamente en uno mismo la imagen de la mujer como hermana o del varón como hermano. En Cristo, hombres y mujeres son hermanos y hermanas, independientemente de los vínculos familiares. Se trata de un vínculo universal, gracias al cual el célibe puede abrirse a cada ambiente nuevo, hasta el más diverso, con la conciencia del deber de ejercer en favor de los hombres y de las mujeres a quienes es enviado una auténtica paternidad espiritual, que le concede "hijos" e "hijas" en el Señor.

 

Y ponderaba siempre esa entrañable «figura de la mujer-hermana, de tan notable importancia en nuestra civilización cristiana, donde innumerables mujeres se han hecho hermanas de todos, gracias a la actitud típica que ellas han tomado con el prójimo, especialmente con el más necesitado. Una "hermana" es garantía de gratuidad: en el escuela, en el hospital, en la cárcel y en otros sectores de los servicios sociales. Cuando una mujer permanece soltera, con su "entrega como hermana" mediante el compromiso apostólico o la generosa dedicación al prójimo, desarrolla una peculiar maternidad espiritual. Esta entrega desinteresada de "fraterna" femineidad ilumina la existencia humana, suscita los mejores sentimientos de los que es capaz el hombre y siempre deja tras de sí una huella de agradecimiento por el bien ofrecido gratuitamente.

 

»Cuando Cristo afirmó que el hombre puede permanecer célibe por el Reino de Dios, los Apóstoles quedaron perplejos (cfr. Mt. 19,10-12). Un poco antes había declarado indisoluble el matrimonio, y ya esta verdad había suscitado en ellos una reacción significativa: "Si tal es la condición del hombre respecto de su mujer, no trae cuenta casarse" (Mt 19,10). Como se ve, su reacción iba en dirección opuesta a la lógica de fidelidad en la que se inspiraba Jesús. Pero el Maestro aprovecha también esta incomprensión para introducir, en el estrecho horizonte del modo de pensar de ellos, la perspectiva del celibato por el Reino de Dios. Con esto trata de afirmar que el matrimonio tiene su propia dignidad y santidad sacramental y que existe también otro camino para el cristiano: camino que no es huida del matrimonio sino elección consciente del celibato por el Reino de los cielos.

 

»El apóstol Pablo, que vivía el celibato, escribe así en la Primera Carta a los Corintios: "Mi deseo sería que todos los hombres fueran como yo; mas cada cual tiene de Dios su gracia particular: unos de una manera, otros de otra" (I Cor. 7,7). Para él no hay duda: tanto el matrimonio como el celibato son dones de Dios, que hay que custodiar y cultivar con cuidado. Subrayando la superioridad de la virginidad, de ningún modo menosprecia el matrimonio. Ambos tienen un carisma específico; cada uno de ellos es una vocación, que el hombre, con la ayuda de la gracia de Dios, debe saber discernir en la propia vida.»

 

 

 

37. A contraola

 

Vivir con los grandes hombres en sus biografías

y ser inspirados por su ejemplo

es vivir con cuanto hay de mejor en la humanidad.

 

Samuel Smiles

 

John Henry Newman sintió desde muy joven una pasión por Dios y por las cosas del espíritu, que le llevaron a ordenarse sacerdote en 1825, el seno de la Iglesia anglicana. Desempeñó durante catorce años su labor como vicario de la Iglesia de Santa María, junto a la Universidad de Oxford, punto de encuentro de los mejores intelectuales ingleses de la época.

 

Al tratar de hacer su propia interpretación de los 39 artículos de la doctrina anglicana, comenzó a descubrir la verdad en la Iglesia católica, ganándose las críticas de la comunidad universitaria de Oxford y de la misma Iglesia de Inglaterra. Tras retirarse en el silencio de la oración y el estudio durante tres años, en 1845 abrazó el catolicismo, en cuyo seno fue ordenado sacerdote.

 

Por aquella época, en que las antiguas certidumbres se tambaleaban, los creyentes se encontraban con la amenaza del racionalismo, por una parte, y del fideísmo por otra. El racionalismo rechazaba la autoridad y la trascendencia, mientras el fideísmo resolvía los desafíos de la historia y las tareas de este mundo con una dependencia mal entendida de la autoridad y del gobierno. En un mundo así, Newman estableció una síntesis memorable entre fe y razón.

 

Pero todo ese proceso supuso para él una etapa de mucho sufrimiento. La lucha por la verdad siempre es difícil. Y Newman tuvo que padecer todas las contradicciones que suelen acompañar a quienes emprenden con seriedad la búsqueda de la verdad. El apasionado amor al anglicanismo de sus primeros años y su casi instintiva repugnancia hacia los planteamientos de la doctrina católica, le costaron un verdadero despellejamiento cuando, a través, sobre todo, de la lectura de los antiguos padres de la Iglesia, fue descubriendo que la verdad estaba en la Iglesia Católica y que, al tiempo, no todos sus miembros más destacados la servían con rectitud y brillantez.

 

—Pienso que ese sentimiento es bastante habitual en el proceso de conversión de una persona, e incluso en el de la vocación.

 

Ciertamente. Es frecuente que, al plantearse la incorporación a la Iglesia, o al considerar la incorporación a un seminario diocesano concreto, o la entrega a Dios en una determinada institución católica, a esa persona le vengan a la mente algunas imágenes que no le resultan gratas. Newman sentía un rechazo natural por todo lo católico, pues había sido educado en ese sentimiento. Tuvo que pasar por todo un proceso de purificación, en el que fue descubriendo cuánto había de leyenda y de desconocimiento en esas impresiones suyas. Pero también tuvo que aprender a deslindar lo que era sustancial en la Iglesia de lo que eran los defectos de quienes pertenecían a ella, incluso de quienes la gobernaban. Comprendió que los defectos de quienes servían a la Iglesia no debían ocultarle el verdadero rostro de ella.

 

—¿No ves inconveniente entonces en entregarse a Dios en un entorno en el que no todo nos resulta grato o convincente?

 

Me parece que es natural que haya siempre algunas sombras. Cuando una persona se enamora y piensa en el noviazgo, o en casarse, es natural que haya detalles de la persona amada que no le gusten. Y si no los ve, es porque está cegada por el enamoramiento, pues siempre los hay. Pero enamorarse, y casarse, supone entregarse globalmente a esa persona en su conjunto, con todo lo que nos gusta más y con todo lo que nos gusta menos.

 

Es natural, por otra parte, que nos propongamos ayudar a esa persona a superar esos defectos que observamos, pero contamos con que siempre tendrá defectos, como los tenemos nosotros, y sabemos que sería un egoísmo impresentable enamorarse solo de las cualidades positivas de una persona y rechazarla en lo demás, o escandalizarse de que no sea perfecta.

 

—¿No ves problema entonces en iniciar el camino de una vocación con el propósito de hacer cambiar esa institución?

 

Si por cambiar se entiende mejorarla, no solo no veo problema, sino que es nuestra natural obligación. Lo que no se debe querer cambiar es un espíritu o un carisma fundacional, que se puede tomar o no tomar, pero que no sería lícito ni leal querer alterar.

 

Newman encontró dentro de la Iglesia Católica mucha santidad y también bastante conservadurismo, algunas tradiciones espurias que encubrían una cierta pereza mental, una excesiva resistencia al cambio. Pero desde el principio supo reconocer que la verdad, aunque a veces tan mal servida por algunos, estaba allí. Entró en la Iglesia Católica entre penumbras, como quien entra en la noche, sabiendo que la luz está allí pero viéndola solo en destellos. Newman fue un modelo de fe, un crítico obediente, un rebelde sumiso, un avanzado prudente, un hombre del mañana que soportaba pacientemente el lento ritmo del cambio.

 

—Siempre se ha dicho que los grandes hombres han sido un poco adelantados a su tiempo.

 

Sí. Lo describe muy bien Pilar Urbano, al hilo de su biografía de San Josemaría Escrivá, otro hombre adelantado a su tiempo. «Los grandes hombres —género muy distinto del de las meras "celebridades"— ofrecen una interesante dificultad al biógrafo y al historiador: por una parte, son contemporáneos de la mentalidad, de los usos y de los sucesos de su propia época; por otra, son hombres anticipativos, animados por una clarividencia del futuro. Van por delante de su tiempo vital, a contracorriente de las modas de pensamiento, a contrapelo de las masas gregarias, a contraola de las inercias de su generación. Avanzan afrontando el viento de cara. Derriban fronteras. Destripan tópicos. Hacen saltar por los aires el cartón-piedra de rancios prejuicios. Roturan caminos sin trillar... Ese ir más deprisa, con las manecillas del reloj adelantadas, y mirando más allá, les hace ser extemporáneos entre los de su propio siglo.

 

»Ante los problemas, ellos proponen soluciones audaces, imaginativas, atípicas. Saben ver en lo invisible. Por eso se atreven con lo imposible. Son, por anticipados, proféticos. Y, por desinstalados, rebeldes. A causa de todo ello, mientras atraviesan su tiempo, suelen ser mal comprendidos. Llevan en soledad el peso del liderazgo. Sus seguidores les van muy a la zaga. La opinión pública, o no les atiende, o no les entiende. Los que viven en la cómoda griseidad de lo vulgar y corriente se sienten perturbados, molestados, por esos trallazos de inquietud... En fin, si llegan a un conocimiento popular, se les negará el reconocimiento de su excelencia. Y si alguna fama les visita en vida, será la mala fama o esa fama de bolsillo que se llama "ser noticia".

 

»Los personajes célebres, los famosos de cada temporada, pueden llevar una vida confortable y muelle. Los grandes hombres, no. Un hombre grande jamás se arrellana, jamás se instala, jamás se conforma, jamás se solaza en la autocomplacencia de la tarea realizada. Su actitud permanente es la de levantarse exultante, para recorrer el camino con prisa...»

 

—¿Y te parece que toda esa incomprensión del ambiente es un riesgo para la perseverancia en la vocación?

 

La entrega a Dios siempre se enfrenta a una cierta incomprensión, siempre está enemistada con la mediocridad, siempre va un poco a contraola de su entorno. Los santos siempre han sido un poco incómodos para quienes estaban a su alrededor. Cuando el Santo Cura de Ars llegó a aquel pueblo, sus habitantes lo menospreciaban, porque se fijaban en la tosquedad de su porte, en lo burdo de su sotana de mal paño, de su calzado campesino, de sus pobres dotes oratorias. Solo con el paso de los años descubrirían el tesoro que tenían. Y eso fue posible porque él no se arredró. Se consideró siempre responsable de los feligreses que tenía encomendados y fue capaz de perseverar aunque pasó por todas las dificultades imaginables. «Dadme, Señor —clamaba a Dios— la conversión de mi parroquia. Consiento en sufrir cuanto queráis durante toda mi vida. Si es preciso, durante cien años dame los dolores más vivos, con tal que se conviertan.» Fue esa perseverancia suya la que hizo brotar tanta fecundidad. Y esa perseverancia no estaba garantizada, ni podía estarlo, cuando decidió hacerse sacerdote. Porque la perseverancia se conquista día a día.

 

 

 

38. La noche oscura

 

La verdad padece,

pero no perece.

 

Santa Teresa de Ávila

 

La Madre Teresa de Calcuta nació en 1910 en una pequeña ciudad albanesa llamada Skopje. «No había cumplido aún doce años cuando sentí el deseo de ser misionera», contó más tarde ella misma. «Seguir mi vocación fue un sacrificio que Cristo nos pidió a mi familia y a mí, pues éramos una familia muy unida y muy feliz.

 

»Durante cerca de veinte años, en tanto permanecí en las Hermanas de Nuestra Señora de Loreto, mi misión fue la de enseñar en el Colegio St. Mary’s, frecuentado en su mayoría por chicas de clase media. Era el único colegio católico de Secundaria que había por entonces en Calcuta. La enseñanza me gustaba mucho. Enseñar es algo que, hecho por Dios, constituye una hermosa forma de apostolado. Entre las Hermanas de Nuestra Señora de Loreto, yo era la monja más feliz del mundo.»

 

El momento crucial para su vida se produjo de improviso: «Ocurrió el 10 de septiembre de 1946, durante el viaje en tren que me llevaba al convento de Darjeeling para hacer los ejercicios espirituales. Mientras rezaba en silencio a nuestro Señor, advertí una “llamada dentro de la llamada”. El mensaje era muy claro: debía dejar el convento de Loreto y entregarme al servicio de los pobres, viviendo entre ellos.» Dios le pedía que saliese de la comodidad de su congregación para ir en busca de los más pobres de entre los pobres.

 

Recibió el permiso desde la Santa Sede y empezó por llevar a los moribundos de las calles a un hogar donde pudieran morir en paz y dignidad. También abrió un orfanato. Gradualmente, otras mujeres se le unieron. En 1950, recibió la aprobación oficial para fundar una congregación de religiosas, las Misioneras de la Caridad, que se dedicarían a servir a los más pobres entre los pobres. Hoy, son casi cuatro mil, repartidas en quinientas casas establecidas en cerca de cien países.

 

Todos los pontífices han expresado una especial admiración hacia esta valiente misionera. Recibió el Premio Nobel de la Paz en 1979. Y aunque no faltaron las calumnias, algunas especialmente malintencionadas e insidiosas, lo cierto es que cuando la Madre Teresa falleció, en 1997, todo el mundo se volcó en su despedida. Su proceso de beatificación ha sido el más rápido de la historia reciente de la Iglesia, lo que testimonia su fama mundial de santidad.

 

Sin embargo, un dato de especial interés es que una santidad tan deslumbrante no estuvo exenta de crisis interiores. Dios quiso que pasara, como sucedió también a Santa Teresa de Ávila o a San Juan de la Cruz, por la dolorosa experiencia de la “noche oscura del alma”. En 1956, confiaba al Arzobispo de Calcuta: «Quiero ser apóstol de la alegría». Pero, por una misteriosa disposición de la Providencia, tenía que llevar a cabo ese apostolado de la alegría en medio de una ausencia de Dios que le resultaba insoportable: «En ocasiones la agonía de la ausencia de Dios es tan grande, y es a la vez tan profundo el vivo deseo del Ausente, que la única oración que aún consigo recitar es "Sagrado Corazón de Jesús, confío en ti. Saciaré tu sed de almas."»

 

Todavía cuatro años más tarde, aquella prueba le atormentaba, pero ella seguía buscando a Dios obstinadamente, confiadamente, segura de que obtendría respuesta: «He comenzado a amar la oscuridad. Porque ahora creo que es una parte, una pequeñísima parte, de la oscuridad y del dolor que Jesús conoció en la tierra». Pasó largas etapas sin notar el amor de Dios en el corazón, sin escuchar sus respuestas. Las miles de personas que ella atendía, sentían consuelo, amor y acogida, mientras que ella continuaba en la oscuridad. Pero siguió adelante.

 

—Pues menos mal que superó esa noche oscura, pues, de lo contrario, la humanidad se habría visto privada de una aportación extraordinaria.

 

Sin duda es así. Y es una referencia interesante a la hora de pensar en la perseverancia en los momentos de oscuridad o de tribulación. Muchas veces, el secreto de la fecundidad de los santos está simplemente en que son capaces de perseverar en esos momentos difíciles, en los que otros se rinden. Y la dificultad, muchas veces, no está tanto en resistir ataques, sino en superar esos momentos de oscuridad o de penumbra por los que todos pasamos en algún momento.

 

También los Reyes Magos de Oriente tuvieron sus momentos oscuridad, según cuentan los Evangelios. Cuando llegaron a Jerusalén, habían abandonado sus tierras y sus reinos, guiados solamente por el signo confuso de una estrella. Habían asumido la aventura de lanzarse a buscar lo desconocido, arrastrados por algo que tampoco era una llamada llena de evidencias. Y probablemente tuvieron que soportar alguna que otra incomprensión por lanzarse a hacer semejante viaje solo por haber visto una estrella. Y al acercarse a la gran ciudad, se encuentran con que la ciudad dormía. Y ven que los mismos sacerdotes a quienes los Magos consultaron, que sabían que el Salvador podía ya haber nacido a poquísimos kilómetros de allí, ni se han molestado en ir a comprobarlo. Incluso después de conocer la historia de la estrella, se limitaron a encaminar hacia Belén a los Magos, pero ellos siguieron durmiendo.

 

A pesar de todo, los Magos tuvieron la humildad de preguntar, mantuvieron su apuesta y su fe sin escandalizarse por la actitud de esos sacerdotes, llegaron hasta Belén y cumplieron su misión. Y traigo aquí este ejemplo, pensando en que quizá algunas personas que buscan el camino de su vocación pasan a veces por esto mismo. Han descubierto, tal vez entre oscuridades, el resplandor de una estrella. Han comenzado a caminar hacia ella, renunciando probablemente a la tierra firme de muchas certezas fáciles de este mundo. Han soportado los comentarios, simples o ingeniosos, de quienes consideran su entrega a Dios como algo disparatado. Y han tenido que sufrir, por último, el desconcierto de encontrar a su llegada, dentro de la Iglesia, algunos ejemplos que no resultan muy edificantes, de ciudad dormida, de desconfianza y de recelo, quizá precisamente en aquellos de quienes debían esperar ánimo y apoyo.

 

La tentación de los Magos es quizá una de las más difíciles de vencer en nuestro tiempo. Pero no por eso debemos dejar de seguir nuestra estrella, como ellos hicieron. Y eso aunque a veces nos sintamos rodeados del frío del ambiente, y aunque tengamos que dejar atrás la ciudad de Jerusalén y a sus dormidos habitantes.

 

 

 

39. ¿No es una lucha extenuante durante toda la vida?

 

Algunos luchan un día, y son buenos;

otros luchan un año, y son mejores;

unos pocos luchan toda la vida:

esos son imprescindibles.

 

Bertolt Brecht

 

—Ser generoso en ese diálogo con Dios supone una lucha constante durante toda la vida. ¿No es un poco extenuante ese planteamiento?

 

Todas las personas tienen que luchar y esforzarse por ser cada día mejores. Quienes lo hacen, alcanzan mucha más satisfacción y felicidad en sus vidas. En cambio, quienes se abandonan y eluden la lucha personal por mejorar, acaban teniendo que luchar más todavía por defender sus apegos y miserias, a pesar de que muchas veces son bajezas que les avergüenzan. En ese sentido, podría decirse que luchar es un descanso, pues, al menos a largo plazo, la virtud alivia y el vicio en cambio no satisface, sino que es como una droga, que crea adicción, que cada vez exige más y da menos. Hay que contar con el esfuerzo, con la lucha, con la cruz del Señor. El que no cuenta con la cruz, se la encuentra de todos modos, y entonces, además, encuentra en la cruz la desesperación. En cambio, cuando contamos con ella, aunque puedan venir momentos difíciles, estamos mucho más felices y seguros.

 

Quiero con esto decir que no debe tenerse una imagen negativa de la lucha ascética o de la entrega a Dios. Estar en buena forma física supone un esfuerzo, pero esa misma buena forma hace que cada vez esos esfuerzos sean menores. Y de manera semejante podría decirse que cuidar el espíritu hace que cada vez nos cueste menos el camino de la virtud.

 

—Pero a veces vienen momentos malos en que no es así.

 

Es cierto. Igual que podemos estar en buena forma física pero, en determinado momento, pasar por una etapa peor, o por una enfermedad, o una lesión. Pero eso no quita lo anterior.

 

La vida tiene momentos de euforia y otros de abatimiento (a veces, dentro de un mismo día), y hemos de saber sobreponernos a los efectos negativos de esos ciclos del estado de ánimo. Esos malos momentos pueden provenir de que Dios ha permitido una etapa de sequedad interior, sin culpa nuestra, por motivos que Él bien sabrá (purificarnos, mejorar nuestra rectitud de intención, hacernos partícipes de su cruz); o pueden provenir de nuestro descuido personal, porque estamos eludiendo el esfuerzo necesario por mejorar.

 

A esto último se refería Santa Teresa, al rememorar una larga etapa de desasosiego interior, provocado precisamente por eludir lo que Dios le pedía: «Pasaba una vida trabajosísima... Por una parte me llamaba Dios; por otra yo seguía lo mundano. Dábanme gran contento las cosas de Dios; teníanme atada las mundanas. Paréceme que quería concertar estos dos contrarios, tan enemigos uno de otro, como es vida espiritual y contentos y gustos y pasatiempos mundanos. (...) Pasé en este mar tempestuoso casi veinte años... Sé decir que es una de las vidas más penosas que me parece se puede imaginar: porque ni yo gozaba de Dios, ni traía contento con lo mundano. Cuando estaba en los contentos mundanos, en acordarme de lo que debía a Dios, era con pena; cuando estaba con Dios, las afecciones mundanas me desasosegaban. Ello es una guerra tan penosa, que no sé cómo un mes la pude sufrir, cuanto más tantos años.»

 

—Pero, aunque te decidas a ser más generoso, vendrán esos días malos en los que costará mucho ser leal a la palabra dada a Dios.

 

En nuestra vida tendremos muchas ocasiones de no ser leales, pero en esas ocasiones es precisamente donde se prueba nuestro amor a Dios. La lealtad, la fidelidad de una persona, se demuestra sobre todo ante las situaciones difíciles, cuando lo bueno se presenta rodeado de inconvenientes y lo malo nos atrae mucho. La honradez se demuestra, por ejemplo, cuando a uno le intentan sobornar y necesita mucho ese dinero, la fidelidad conyugal cuando se presenta una solicitación, y la valentía cuando los demás están asustados. La virtud se reconoce cuando es capaz de obrar en la adversidad.

 

—Eso suena un poco a tener que fastidiarse porque has dado antes tu palabra.

 

Puede verse así, como si fuera una simple obligación consecuencia de un contrato, pero eso es vaciar de contenido un compromiso de amor. Porque el compromiso vocacional es un compromiso de amor (igual que el matrimonio no es un simple contrato, aunque haya un contrato). Ser llamado por Dios es una gran suerte. Es estar entre ese grupo de discípulos que seguían más de cerca al Señor, porque Él llamaba a la santidad a todos, pero a esos de un modo especial.

 

Y aunque pueda haber momentos en que la fidelidad se sostenga por un simple sentimiento de lealtad a la palabra dada, eso no quita mérito —al contrario— ni eficacia a esa fidelidad. Sabemos por ejemplo, que Santa Teresa, una gran santa, pasó muchos años en los que decía que le parecía como si Dios no existiese, y sin embargo ha sido guía y modelo para infinidad de personas, porque fue leal a Dios. Y la Madre Teresa de Calcuta, como ya hemos comentado, pasó también por largos años de oscuridad interior, y su fidelidad en la oscuridad ha llenado de luz a millones de almas.

 

—Entonces, ¿qué recomiendas para los altibajos de ánimo, para los momentos de bajón?

 

En los períodos bajos, cuando nuestro mundo interior está frío y gris, cualquier pequeña tentación tiende a ocupar toda la mente y adquiere un peso desproporcionado. Entonces, es fácil engañarse pensando que nuestro entusiasmo de los inicios de la conversión o de la vocación tendrían que haberse mantenido siempre. O nos creemos que la aridez actual será una situación igualmente permanente y nos amargará la existencia. Si esa idea se fija en la mente, dejamos el campo abierto a la desesperanza, o a un voluntarismo que se empeña en recobrar los viejos sentimientos de entusiasmo por pura fuerza de voluntad, cosa siempre agotadora. O llegamos al convencimiento de que los primeros entusiasmos habían sido un ingenuo acceso juvenil que el tiempo está poniendo en su sitio, y que en realidad todo ha sido una “fase” de la vida que ya ha pasado.

 

—Pero es que algo de eso puede ser cierto.

 

Indudablemente. Pero si aplicas ese planteamiento a cualquier meta o logro que una persona se haya planteado, y lo haces cuando está pasando por un momento bajo, no hay meta de largo alcance que pueda lograrse, pues siempre hay momentos malos, y la perseverancia y la fidelidad dependen precisamente de la capacidad de superarlos. «Para construir la propia vida —explicaba Benedicto XVI—, nuestro futuro exige también la paciencia y el sufrimiento. La Cruz no puede faltar en la vida de los jóvenes, y dar a entender esto no es fácil. El montañero sabe que para hacer una buena experiencia de escalada tendrá que afrontar sacrificios y entrenarse, así también el joven tiene que entender que en la escalada al futuro de la vida es necesario el ejercicio de una vida interior.»

 

 

 

40. El hijo pródigo

 

No nos hacemos libres por

negarnos a aceptar

nada superior a nosotros,

sino por aceptar lo que

está realmente por encima de nosotros.

 

Goethe

 

Cuando el hijo pródigo pide a su padre la parte de herencia que le corresponde —explica Henri J. M. Nouwen—, no hay detrás de eso un simple deseo de un hombre joven por ver mundo. Hay un corte drástico con la forma de vivir y de pensar en que había sido educado, una rebelión desafiante, una huida hacia lugares lejanos en busca de amor. Esa huida representa la gran tragedia de la vida de quienes de alguna forma se vuelven sordos, o nos volvemos sordos, a la voz de Dios que nos llama, y abandonamos el único lugar donde podemos oír esa voz, para marcharnos esperando desesperadamente encontrar en algún otro lugar lo que no somos capaces de encontrar en casa.

 

—¿Y por qué dejan, o dejamos, ese lugar?

 

Porque hay muchas otras voces, fuertes, llenas de promesas seductoras, que nos ofrecen éxito, reconocimiento, liberación. Además, cuanto más nos alejamos del lugar donde habita Dios, menos capaces somos de oír su voz que nos llama, y cuanto menos oímos esa voz, más nos enredamos en las manipulaciones y juegos de poder del mundo y más alejados nos sentimos de esa voz.

 

Nosotros somos el hijo pródigo cada vez que buscamos amor donde no puede hallarse, cada vez que tomamos lo que Dios nos ha dado —nuestra vida, nuestro talento— y lo utilizamos para nuestro egoísmo, para reafirmarnos, para imponernos con un fondo de arrogancia, como le pasaba al hijo pródigo, que malgastó todo lo que le había dado su padre y dilapidó su fortuna en caprichos y en despilfarros hechos para impresionar, en vez de hacer rendir esos talentos en servicio de los demás.

 

—¿Y por qué su padre permite que actúe de modo tan irresponsable?

 

Su padre no podía obligarle a que se quedara en casa. No podía forzar su amor. Tenía que dejarle marchar en libertad, sabiendo incluso el dolor que aquello causaría en los dos. Fue precisamente el amor lo que impidió que retuviera a su hijo a toda costa, lo que hizo dejarle que encontrara su propia vida, incluso a riesgo de perderla. Así actúa Dios con nosotros, siguiendo ese misterio de amor y libertad por el que somos libres de abandonar el hogar de Dios, pero Él siempre nos espera con los brazos abiertos.

 

El hijo pródigo, que dejó su casa lleno de orgullo y de dinero, decidido a vivir su propia vida lejos de su padre, vuelve ahora sin nada. Ni dinero, ni salud, ni reputación. Lo ha despilfarrado todo. Solo trae vaciedad, humillación y derrota. Y solo se hizo consciente de lo perdido que estaba cuando nadie a su alrededor demostró interés alguno por él. Le habían hecho caso en la medida en que podían utilizarlo para sus propios intereses. Pero cuando ya no le quedaba nada, dejó de existir para ellos. Entonces sintió toda la profundidad de su aislamiento, la soledad más honda que se puede sentir. Estaba realmente perdido, y fue precisamente eso lo que le hizo volver en sí. De repente, vio con claridad que el camino que había elegido le llevaba a la autodestrucción.

 

—¿Piensas entonces que hay que pasar por una cierta privación para valorar lo que se tiene, también en lo espiritual?

 

No es necesario en absoluto, pero muchas veces es lo que hace despertar a algunas personas. El hijo pródigo tuvo que perderlo todo para entrar en lo profundo de su ser. Cuando se encontró deseando que le dieran la comida de los cerdos, se dio cuenta entonces de que tenía una dignidad y de que debía procurar recuperarla. La confianza en el amor de su padre, aunque borrosa, le dio la fuerza para reclamar su condición de hijo, aunque esa reclamación no estuviera basada en mérito alguno.

 

Su regreso está lleno de ambigüedades. Hay arrepentimiento, pero un arrepentimiento interesado. Es un acercamiento a Dios en el que nos sentimos culpables, pero en el que nos cuesta recibir el perdón de Dios.

 

Luego, a su llegada, hay un hecho que ensombrece la alegría de la vuelta a casa del hijo perdido durante años. En medio de aquella escena de alborozo y de perdón, hay una mirada sombría y distante, la del hijo mayor que no estaba en casa cuando el padre abraza a su hijo y le muestra su misericordia, y que, cuando llega y ve la fiesta de bienvenida en honor a su hermano, se enfada y no quiere entrar.

 

—¿Qué piensas que ocurría en el interior de aquel hombre?

 

Estaba tan perdido como su hermano. No solo se había perdido el hijo menor, que se marchó de casa en busca de libertad y felicidad, sino que también el que se quedó en casa se perdió. Aparentemente, hizo todo lo que un buen hijo debe hacer, pero interiormente, estaba también lejos de su padre. Trabajaba mucho todos los días, y cumplía con sus obligaciones, pero cada vez era más desgraciado y menos libre.

 

También es algo que puede suceder a quienes, como el hermano mayor, han permanecido aparentemente cerca de Dios, pero en realidad su corazón está tan frío como el del hermano menor. Es una tentación, la del hijo mayor, muy propia de quienes quieren cumplir con las expectativas de otros, y desean que se les considere cumplidores y ejemplares, pero que también experimentan, desde muy temprano, cierta envidia hacia esos hermanos pequeños que abandonan el hogar y viven en el despilfarro y la lujuria. Ellos siempre han actuado con corrección, y les asalta la idea de que lo hacen porque no han tenido el coraje de ser tan irresponsables como los otros. Les resulta extraño admitirlo, pero en el fondo tienen envidia del hijo desobediente, cuando le ven disfrutar haciendo cosas que ellos reprueban. La vida de entrega a Dios les agrada, pero a veces la ven como una carga que les oprime. La obediencia y el deber se han convertido en una carga, y el servicio en una esclavitud.

 

Hay muchos hijos e hijas mayores que están un poco perdidos a pesar de seguir en casa. El extravío del hijo menor es visible y claro, pero se comprende e incluso se simpatiza fácilmente con él. Sin embargo, el extravío del hijo mayor es más difícil de identificar. Al fin y al cabo, parecía hacerlo todo bien. Era obediente, servicial, cumplidor de la ley y muy trabajador. La gente le respetaba, le admiraba y le consideraba un hijo modélico. Aparentemente, no tenía fallos. Pero cuando vio la alegría de su padre por la vuelta de su hermano menor, un poder oscuro salió a la luz. De repente, aparece la persona severa y egoísta que estaba escondida y que con los años se había hecho más envidiosa y arrogante.

 

—¿Quieres decir con esto que quien se queda más cerca de Dios tiene más riesgo de caer en esa soberbia?

 

Quiero decir que todos tenemos que esforzarnos por ser mejores, y que el riesgo de perderse nos afecta siempre a todos. Todos estamos expuestos al peligro de acomodarnos y enfriarnos. Ninguno debemos considerarnos exentos de la tentación por el hecho de habernos entregado a Dios. Igual que el hijo menor se perdió por no escuchar la voz de su padre y marcharse, el hijo mayor se perdió igualmente por no escuchar esa misma voz, aunque estaba más cerca. Porque, en determinado momento de la vida, una persona entregada a Dios puede sentirse como el hijo mayor, que había trabajado mucho en la granja de su padre, pero en vez de estar agradecido por todo lo que había recibido, se siente invadido por los celos de ese irresponsable hermano menor. Y su único remedio es reconocer que esos sentimientos proceden de la soberbia y el egoísmo.

 

—¿Y crees que el hijo menor que vuelve es más querido por Dios que el hermano mayor?

 

Pienso que el padre quiere igual a los dos, pero expresa ese amor de acuerdo con sus trayectorias personales. Conoce bien a ambos, y comprende sus cualidades y sus defectos. A cada uno le habla con afecto y con claridad, sin enredarse en compararlos tontamente, y a los dos les invita a participar de la alegría de estar allí.

 

—Entonces, si ninguno de los dos fue fiel, no queda claro qué opción es la mejor.

 

La opción mejor es ser fiel a la voz de Dios. Esta escena del Evangelio narra dos formas de ser infiel, y, sobre todo, la posibilidad de volver cuando se ha desoído esa voz.

 

El hijo menor desoyó la llamada de Dios al principio. Si seguimos con aquella comparación, no cogió esa llamada telefónica que Dios le hacía, a pesar de resonar muchas veces, o la cogió pero enseguida cortó. El hijo mayor respondió que sí al principio, pero se fue acostumbrando a oír esa voz y no actuar en consecuencia, y al final quedó tan ajeno a esa voz como su hermano pequeño. El efecto es parecido, uno por cortar y otro por malacostumbrarse o distraerse. Son distintas formas de no ser fiel, y no se trata de diseccionarlas para ver cuál es mejor o peor, sino de aprender a detectar el daño que nos produce alejarnos de la voz de Dios.

 

 

 

41. ¿Mi hijo Tomás, un simple fraile?

 

Mi conciencia tiene para mí

más peso que la opinión de todo el mundo.

 

Cicerón

 

Teodora de Theate, la madre de Tomás de Aquino, provenía de una ilustre familia, los Caraccioli. Llevaba en las venas la energía indomable de los jefes normandos. Era prima de los Hohenstaufen y estaba emparentada con el mismísimo Emperador Federico II. Sus biógrafos la retratan como una mujer resuelta y autoritaria. Tenía unos planes muy concretos y meditados para su hijo. Y su hijo había decidido entregarse a Dios como fraile dominico. ¡Fraile dominico! ¡Y ella, que soñaba con que fuera Abad Mitrado de Monte Casino! ¡Un simple monje, de una orden de la que todos hablaban mal! No estaba dispuesta en absoluto. ¿Un hijo suyo, fraile mendicante? ¡Jamás!

 

Hoy estas cóleras y estas aspiraciones maternas nos hacen sonreír. Pocos padres sueñan hoy con un hijo Abad Mitrado, pero es cuestión de cierta perspectiva histórica, de hacer algunas sustituciones y de poner un poco de imaginación. Hoy Teodora, mujer de la alta sociedad, hubiera soñado quizá para su hijo, formado en Oxford, en Harvard o en el M.I.T., un futuro «acorde a nuestra posición». Y su sueño dorado sería, quizá, verlo presidente de un alto organismo internacional europeo o directivo de un prestigioso banco en Manhattan.

 

La historia continúa con una carta de Teodora a Tomás en la que le ordena que vuelva inmediatamente a casa. En vano. Y cuando vio que las cartas resultaban inútiles, formó una comitiva para “rescatarlo”. Todos estos sucesos parecen capítulos de una novela, pero se han dado con frecuencia en la historia de la Iglesia. Y se siguen dando todavía. ¿Dónde estaba Tomás? ¿En Roma? Pues allí se fue. Pero al llegar, Tomás ya había abandonado la ciudad eterna. Se había ido a Bolonia con el Maestre General. Su furia se hizo incontenible. Llamó a otros hijos suyos que militaban a las órdenes de Federico II y les ordenó que fuesen en su búsqueda y lo trajesen preso, o como fuera, pero que se lo trajesen y lo encerrasen en la fortaleza de Monte San Giovanni.

 

Sus hermanos lo encontraron camino de Bolonia, cerca de Aquapendente, mientras descansaba junto a un manantial. Llegaron a galope, lo apresaron y se lo llevaron por la fuerza a la torre del antiguo castillo familiar. Allí su madre lo tenía todo planeado. Después de la fuerza viril pondría en juego la habilidad femenina: sus hermanas Marotta y Teodora se encargarían de hacerle cambiar de opinión, no por la fuerza, sino por la persuasión. Pero las palabras de las dos hermanas resultaron inútiles. Es más, una de ellas empezó a vacilar al ver la actitud de su hermano y finalmente resolvería entregarse también a Dios.

 

Pasaban los días. Había que poner todos los medios, así que cambió de táctica. Se le ocurrió algo no muy original, pero que se viene poniendo en práctica a lo largo de los siglos en casos parecidos. Ya que no se podía vencer su inteligencia con palabras, habría que reducir su corazón con la seducción de una mujer. Trajeron de Nápoles una cortesana a sueldo, y una noche se introdujo sigilosamente, provocadoramente, en la habitación del joven. Pero Tomás, en cuanto vio sus intenciones, se acercó a la chimenea, tomó un tizón ardiente y la pobre napolitana huyó despavorida.

 

Llega un momento en que su madre y sus hermanos se desesperan ante la obstinación de Tomás. Le ruegan y lo amenazan, le hacen jirones el hábito blanco, le quitan sus libros, se burlan de él para que se avergüence, pero no logran disuadirle de su idea de seguir adelante con su vocación. Aquel encierro duraría dos años. La historia concluye cuando Tomás, ayudado por sus hermanas, se descuelga un buen día por los muros de la fortaleza y salta sobre el caballo que le había traído Fray Juan de San Julián. Lo volvieron a prender, pero Tomás resistió firme e hizo prevalecer su voluntad.

 

Todo esto parece una novela, pero son hechos históricos. Tomás resistió y venció, pero pudo no haber sido así, y si hubieran triunfado los esfuerzos de su madre, quizá la Iglesia y la civilización occidental hubiesen sufrido un retraso intelectual de siglos.

 

Teodora, como ciertos padres a lo largo de la historia —también de ahora—, no tenía de la libertad un concepto demasiado elevado. Aunque argumentara “razones cristianas”, y aunque se justificara pensando que lo que ella perseguía era tener un hijo Abad Mitrado en Monte Casino, olvidaba que toda esa ilusión de madre insatisfecha estaba oscureciendo en su mente otras razones cristianas más importantes, como el deber de respetar la libertad de su hijo, o el de procurar cumplir la voluntad de Dios, no hacer que Dios cumpliera la voluntad de ella.

 

—Pero no siempre es toda la culpa de los padres.

 

Es verdad que, en estos conflictos, a veces los hijos tienen parte de culpa, por el modo de plantear las cosas, pero cuando la vocación de un hijo provoca un escándalo de dimensiones exageradas en una familia, y se producen rupturas o distanciamientos excesivos, escándalos o presiones, es probable que, por encima de las contingencias y posibles errores (falta de prudencia en las actuaciones de unos y otros, de tacto por parte del hijo, de información suficiente por parte de los padres), se trate de una familia en la que ha calado poco el espíritu cristiano.

 

Cada vocación es como un dedo divino que rasgase todas las notas de un arpa, y si ese rasgueo produce un chirrido estridente, es que en esa familia falta sentido cristiano de la vida. Revelan, quizá, el quebrantamiento no aceptado de un afán posesivo, o un deseo a veces patológico de dirigir la vida de los hijos, considerándolos como eternos adolescentes. Dicen buscar el bien de su hijo, pero en ocasiones, lo que persiguen es más bien su proyección personal, o el cumplimiento en sus hijos de proyectos que ellos no lograron realizar (olvidando a veces que no siempre lo que les proporcionó felicidad a ellos se la dará ahora a sus hijos), o la búsqueda egoísta de satisfacciones afectivas como la cercanía de los hijos, la seguridad en la vejez, nuestro buen nombre, los apellidos, los nietos...

 

—Pero suelen entender que sus hijos no están maduros para esa decisión y que la han tomado por influencia de otras personas.

 

Indudablemente eso puede suceder. Pero también puede suceder lo contrario, es decir, que estén tomando esas decisiones pese a la fuerte influencia en contra que ejercen sobre ellos quienes tienen más cerca. Es más, creo que es mucho más frecuente esto último, y es probable que se pierdan muchas vocaciones por esa oposición del ambiente familiar o social.

 

El pensamiento anticristiano repite desde hace siglos el viejo tópico de presentar la llamada de Dios como una alucinación, y pinta a las personas que se entregan al Señor como hombres y mujeres de personalidad débil y fácilmente influenciables. Todos esos ataques no son novedades de nuestra época. A lo largo de los siglos, muchos padres se han quejado de “haber perdido un hijo” cuando este les anuncia que desea entregarse a Dios. «Cuando mi madre supo mi resolución —escribía San Juan Crisóstomo hace dieciséis siglos— me tomó de la mano, me llevó a su habitación, y habiéndome hecho que me sentase junto a la cama donde me había dado el ser, rompió a llorar y a decirme cosas más tristes que su llanto.»

 

—¿Y qué explicación das a todo este tipo de conflictos familiares en torno a la vocación de los hijos? Quizá en muchos casos deberían evitarse, retrasando lo que sea preciso la entrega, hasta que las cosas se calmen y haya un entendimiento mayor. Porque todos esos conflictos no parecen muy compatibles con el anuncio de paz del Evangelio.

 

El anuncio de paz del Evangelio es indudable. Y lo de retrasar prudentemente esa entrega puede ser oportuno en algunos casos. Pero hay que leer el Evangelio completo, fijándose también en otros pasajes, como el de «No penséis que he venido atraer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. Sí, he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra y enemigos de cada cual serán los que conviven con él. El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí […] El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará». (Mt 10, 34-40). No puede obviarse que al hablar sobre el seguimiento de la llamada de Dios, Jesucristo preanuncia, para quien le siga, la posibilidad de ser incomprendido por parte de la propia familia.

 

Lo más duro que le esperaba a Santa Edith Stein, recién conversa del judaísmo, era decírselo a su familia. Edith era un orgullo para su madre, una mujer de una alta exigencia personal y que había educado a sus hijos en unos principios de gran rectitud. Por eso mismo se derrumbó y se echó a llorar cuando su hija se reclinó en su regazo y le dijo: «Madre, soy católica». Edith la consoló como pudo, e incluso la acompañaba a la sinagoga. Su madre no se repuso del golpe, pues lo consideraba una traición, aunque no tuvo más remedio que admitir, viendo a su hija, que «todavía no he visto rezar a nadie como a Edith». Y aún le resultó más costoso aceptar la decisión de su hija de hacerse carmelita descalza. Fue una decisión meditada durante años, que se hizo realidad en 1935, en Colonia, cuando hizo sus votos y se convirtió en Sor Benedicta de la Cruz. Fue una gran pensadora, una gran santa y hoy es patrona de Europa.

 

—Supongo que habrá todo tipo de reacciones, y a muchos padres les parecerá muy bien la entrega a Dios de sus hijos.

 

Cuando hay un buen conocimiento de los hijos y de lo que sucede en su interior, los consejos de los padres suelen ser una gran ayuda para el discernimiento de la vocación y para la perseverancia en ella.

 

Margarita Occhiena, la madre del futuro San Juan Bosco, al conocer la vocación de su hijo, le dijo: «Has elegido tu camino, hijo mío. No me expliques más. Sé que has elegido a Dios. Por eso, solo te doy un consejo: abrázate a la Cruz y no la dejes nunca.» Y cuando comentó a su madre la idea de hacerse franciscano, ella le dijo unas palabras que quedaron grabadas a fuego en su corazón: «Óyeme bien, Juan. Te aconsejo mucho que examines el paso que vas a dar y que, después, sigas tu vocación sin preocuparte en absoluto de nadie. Pon, delante de todo, la salvación de tu alma. El párroco me pedía que te disuadiese de esta decisión, teniendo en cuenta la necesidad de ti que yo pudiera tener en el futuro; pero yo te digo: en asunto así no entro porque está Dios por encima de todo. No tienes por qué preocuparte de mí. Nada quiero de ti, nada espero de ti. Tenlo siempre presente: nací pobre, he vivido pobre y quiero morir pobre. Más aún, te lo aseguro: si te decidieras por el clero secular y, por desgracia, llegaras a ser rico, ni una vez pondría los pies en tu casa. No lo olvides.»

 

La madre de este gran santo está actualmente en proceso de canonización y es considerada cofundadora de la Familia Salesiana. En memoria de ella se creó, hace muchos años, la «Asociación Mamá Margarita», que agrupa a los padres de los salesianos, invitándoles a la oración y al impulso y apoyo de la vocación de sus propios hijos. Su ejemplo es una referencia que la Iglesia pone a los padres de quienes Dios llama más directamente a su servicio. Margarita acompañó con un cariño especial a su hijo Juan Bosco en su camino hacia el sacerdocio. A sus cincuenta y ocho años, abandonó su casita del Colle y le siguió en su misión entre los muchachos pobres y abandonados de Turín. Allí, durante diez años, madre e hijo unieron sus vidas con los inicios del Trabajo Salesiano. Ella fue la primera y principal cooperadora de Don Bosco, y con su amabilidad hecha vida aportó su presencia maternal a la fundación de su hijo. Era una mujer analfabeta, pero estaba llena de aquella sabiduría que viene de lo alto, ayudando, de este modo, a tantos niños de la calle, hijos de nadie. Así consumió su vida en el servicio de Dios, en la pobreza, la oración y el sacrificio. Cuando murió en Turín en 1858, a los 68 años de edad, una multitud de muchachos que lloraban por ella como por una madre, acompañó sus restos al cementerio.

 

 

 

42. El hijo del pobre alguacil de Riese

 

Si de verdad vale la pena hacer algo,

vale la pena hacerlo a toda costa.

 

G. K. Chesterton

 

Juan Bautista Sarto era alguacil en Riese, un pueblecito del Norte de Italia, pequeño y humilde como la mayoría de los que había en toda aquella zona a mediados del siglo XIX. Aquel hombre vivía de su modesto empleo en el Ayuntamiento, de su trabajo en un pequeño huerto y de lo que le proporcionaba el cuidado de una vaca. Su mujer, Margarita Sanson, trabajaba como costurera. Tenían diez hijos, aún pequeños. El mayor, Beppino, parecía un chico despierto. Era una pena, pensaba, que esa inteligencia se perdiera, pero él no tenía dinero para dar estudios a ninguno de sus hijos.

 

Un día se plantó en su casa el coadjutor de la parroquia. Le dijo que habría que enviar a Beppino a estudiar a Castelfranco, a siete kilómetros de Riese, porque el chico quería ser sacerdote. Su padre se angustió un poco. ¿Qué podía hacer él, un pobre alguacil de pueblo, sin más recursos que su huerto y su vaca, con tantos hijos a la mesa? Él esperaba, además, que Beppino empezara a ayudarle pronto a sostener a la familia, pero también estaba dispuesto a hacer cualquier sacrificio para que su hijo pudiera ser sacerdote. No se le ocurrió mejor solución que redoblar su trabajo para costearlo, aunque de todas formas Beppino tendría que ir y volver a pie todos los días de Riese a Castelfranco.

 

Dicho y hecho. Su hijo salía de madrugada y volvía de noche. Castelfranco estaba a siete kilómetros y Beppino venía con los pies magullados, porque se quitaba las sandalias para no gastarlas. A su mujer se le partía el corazón al verle llegar así. Pero no había más remedio. Y pasó el tiempo. El chico terminó sus estudios en Castelfranco y tenía que continuarlos. Acudió al párroco. Él quería sacar adelante la vocación de su hijo, pero ¿qué más podía hacer? Don Fito tuvo una idea: escribirían al Arzobispo de Venecia, que era de Riese y procedía también de una familia humilde, como él. ¡Mamma mia! ¡El Patriarca de Venecia! Aquellas palabras sonaban imponentes y casi inaccesibles en sus oídos: ¡El Patriarca de Venecia! Pero la escribió. ¿Qué hay –pensaba— que un padre no haga por un hijo que quiere ser sacerdote?

 

Pasaron las semanas. Cuando llegó la carta no se atrevían a abrirla. Les temblaba el pulso. Fueron corriendo a buscar al cura. Don Fito leyó: ¡el Cardenal de Venecia concedía una beca para que su hijo estudiara en Padua! Aquello era un portillo de luz en medio de su pobreza, que seguía siendo agobiante: para hacerle la sotana, su mujer tuvo que llevar un viejo colchón al Monte de Piedad de Castelfranco. Siguieron las desgracias, porque el pobre alguacil murió poco tiempo después. Y Beppino vio, con el corazón destrozado, cómo su madre tuvo que trabajar aún más, de día y noche, para sostener a la numerosa familia sin contar con su ayuda. Pero ella lo hizo gustosa, por sacar adelante la vocación de su hijo. Un día el pequeño Beppino llegaría a ser Cardenal de Venecia; y más tarde Papa, con el nombre de Pío X, y santo.

 

Una historia admirable, pero no un caso aislado. Como esta, podrían relatarse miles de historias en las que muchos padres cristianos han escrito, con sencillez, páginas admirables de heroísmo silencioso y de abnegación que han dado frutos de santidad en toda la Iglesia. Su vida fue, en gran medida, la de sus hijos. Su vivir fue desvivirse por ellos, y la gloria de sus hijos es su mejor gloria.

 

La santidad de la vida de los santos nos deslumbra y casi nos impide ver a sus padres, pero fueron ellos en multitud de ocasiones los que cuidaron de que esa luz, encendida por el Espíritu Santo en el alma de sus hijos, no se apagara.

 

El Espíritu Santo suscita vocaciones para la Iglesia habitualmente en el seno de las familias cristianas. Se sirve del santo afán de esos padres cristianos, que aspiran a salvar miles de almas gracias al apostolado de sus hijos, muchas veces en lugares a donde ellos habían soñado llegar. Para ellos es un motivo particular de gozo ver cómo la nueva evangelización que necesita el mundo es fruto de su respuesta generosa. Gracias a esa respuesta generosa —de los padres y de los hijos— la Iglesia está presente en nuevos lugares, se revitaliza la vida cristiana en muchos ambientes, y se aprecian signos esperanzadores en todo el mundo.

 

Muchos padres se quejan de tantos males como aquejan al mundo: de la falta de recursos morales en la sociedad, de la falta de personas que puedan regenerar determinados ambientes, o de la falta de ideales grandes en la vida de tantos chicos jóvenes. La solución a esas faltas está, en gran medida, en la mano de los padres cristianos con verdadero afán misionero y apostólico, que se esfuerzan por dar a sus hijos una verdadera educación cristiana, que siembran en sus almas ideales de santidad y ensanchan su corazón con las obras de misericordia, creando en torno a ellos un ambiente de sobriedad y de trabajo.

 

Dios concede a los padres tantas veces una gracia pedida durante años en su oración. Esa decisión es un acto de libertad que germina en el seno de una educación cristiana. La familia se convierte así, gracias a la respuesta generosa de los padres, en una verdadera Iglesia doméstica, donde el Espíritu Santo suscita todo tipo de carismas y santifica así a toda la Iglesia.

 

—¿A qué te refieres con los diversos tipos de carismas?

 

A que Dios llama por caminos muy diversos. Como decía Juan Pablo II en 1988, ante un estadio abarrotado de jóvenes: «Con el corazón encendido, dialogando con el Señor, tal vez alguno de vosotros se dé cuenta de que Jesús le pide más, de que le llama a que, por su amor, se lo entregue todo. Queridos jóvenes, quisiera deciros a cada uno: si tal llamada llega a tu corazón, no la acalles. Deja que se desarrolle hasta la madurez de una auténtica vocación. Colabora con esa llamada a través de la oración y la fidelidad a los mandamientos. Hay —lo sabéis bien— una gran necesidad de vocaciones sacerdotales, religiosas y de laicos comprometidos que sigan más de cerca a Jesús. “La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt 9, 37-38). Con este programa la Iglesia se dirige a vosotros, jóvenes. Rogad también vosotros. Y, si el fruto de esta oración de la Iglesia llega a nacer en lo íntimo de vuestro corazón, escuchad al Maestro que os dice: “Sígueme”. No tengáis miedo y dadle, si os lo pide, vuestro corazón y vuestra vida entera.»

 

 

 

43. Cuatro hijos sacerdotes

 

El ejemplo noble

hace fáciles

los hechos más difíciles.

Goethe

 

Juan Antonio Granados tiene veinte años. Es el segundo de siete hermanos. Ha conocido una Congregación religiosa que inició sus pasos hace poco en España, los Discípulos de los Corazones de Jesús y de María. Hace con ellos unos ejercicios espirituales. Se plantea qué quiere Dios de su vida y no halla respuesta clara. Si matrimonio, si sacerdocio. Ha empezado la carrera de Ingeniero de Caminos. «En segundo de carrera estaba yo ya un tanto inquieto. Todo iba bien, pero en mi vida faltaba algo. Visito un día un convento de carmelitas con unos amigos. Estamos charlando con las hermanas en el refectorio. Una de ellas lanza una pregunta: “¿Y usted qué estudia?”. “Caminos”, digo. La monjita se descara: “Deje los caminos de los hombres y siga los caminos de Dios”. Nos reímos todos. Cosas de monjas, pienso. Pero en el fondo había quedado herido, como si aquellas palabras me tocasen hondo. “Señor, ¿qué quieres que haga?”».

 

Lo habla con un sacerdote amigo, que le fue aconsejando y que le señaló el camino de la oración, de los ejercicios espirituales, de los sacramentos. «Y sobre todo hice un descubrimiento fundamental: la vocación es amistad. El Señor, frente a ti, te fascina con su presencia, ofrece más que cualquier amor o pretensión humana: compartir su intimidad, su misión, siendo su discípulo... El Señor decía: “¿A quién enviaré, quién irá, quién les hablará?... ¡Si yo tengo mis brazos clavados...!”. Tras muchos regateos, tras un largo tira y afloja, aposté todo, me la jugué a una carta: “Heme aquí, ¿qué quieres de mi?”. Órdago a la grande. Dios vio mi órdago y me lo ganó. Cierto es que Él siempre tiene un as en la manga. Fue la mejor jugada porque en verdad ganamos los dos: dos vencedores, dos amigos, un proyecto común.»

 

Juan Antonio no quería dar a sus padres la noticia de sopetón. Pensó prepararles. La decisión la había tomado en Semana Santa y tenía todavía tiempo, unos tres meses. Un día le dice a su madre: “Mamá, lee esto, a ver qué te parece”. Es el libro con las cartas del Hermano Rafael, un joven arquitecto que ingresó en la Trapa de San Isidro de Dueñas. “Sobre todo esta parte”. Y le señalaba dos o tres páginas en que el monje se despedía de su madre antes de marcharse de casa. ¡No hacía falta demasiada intuición femenina para entender de qué iba el asunto! Su madre se lo cuenta a su padre. Juan Antonio quiere decírselo pronto, pero su padre se le adelanta. Están los tres comiendo en casa cuando su padre le pregunta: “¿Qué va a ser de ti el año que viene?”. Juan Antonio habla entonces claro: será sacerdote. Se hace un silencio. Enseguida, el padre se levanta y le dice: “¡Dame un abrazo! “.

 

Luego vino su hermano mayor, José. «Mi vocación la llevaba en secreto. Era mejor así. Ni siquiera mis padres lo sabían. ¿Lo sospechaban? Desde cuarto de carrera tenía tomada la decisión. Dos o tres años de discernimiento me hacían ver claro que el Señor me llamaba a una vida de consagración total. No soy de los que tuvieron una iluminación prodigiosa. La luz se fue haciendo poco a poco. Me atraía la pobreza del Señor, su llamada a dejarlo todo. Había, claro, momentos de lucha, difíciles; quería esquivar una vía que implicaba renunciar a formar una familia. La luz fue viniendo poco a poco, hasta que en cuarto de carrera no había duda: había amanecido. Llegó el último año, sexto. Tenía hechos mis planes. Mejor hablar con mis padres ya al final, hacia mayo. En agosto había pensado marchar al noviciado. Pero mi padre lo adelantó todo, porque me habló de la posibilidad de empezar a trabajar en su empresa, y tuve finalmente que decirle que ya tenía “otra oferta de trabajo”. Me entendieron sin muchas explicaciones. Ellos ya tenían experiencia, mi hermano Juan Antonio les había dicho lo mismo hacía apenas un año. Tras el abrazo de rigor, mi padre reconoció, emocionado: “Ante un contrincante así, ¡qué se puede hacer!”. Luego nos sentamos y les expliqué con más detalle el fraguarse de mi vocación. Mi padre permaneció un rato absorto y acordándose de Juan Antonio, pronunció unas palabras que luego se desvelarían proféticas: «¿No será una racha?».

 

Y efectivamente lo era. Carlos vino después. Estudiaba por aquel entonces tercero de Caminos. Había seguido más o menos la misma formación que sus hermanos. «Toda vocación es un proceso largo: el mío había comenzado tiempo atrás, pero siempre como algo que se puede aplazar, como una de esas grandes decisiones lejanas que en el correr cotidiano de la vida no inquietan. Tres hechos vinieron a turbar esa aparente calma. El primero fue la entrada de mis hermanos Juan Antonio y José en el noviciado. Su respuesta era también una llamada dirigida a mí: aquella decisión eternamente dilatable, se transformaba ahora en algo cercano y que me interpelaba directamente. El segundo fue el viaje a Manila con el Papa para participar en la Jornada Mundial de la Juventud. Fue en enero, en plenos exámenes parciales de tercero de Caminos. Recuerdo cómo me impresionó la llamada del Papa en la Vigilia del Luneta Park de Manila. Aquellas palabras me parecieron dirigidas a mí, eran como un fuego interior. A pesar de todo, todavía no se concretaron en nada: aquello fue un primer aldabonazo del Señor a entregarme de lleno. El golpe tercero y definitivo fueron los ejercicios espirituales en Villaescusa, en concreto la vigilia de la noche del Viernes Santo. El Señor con toda claridad me hizo ver que me quería junto a Él. Era, como ya me había anunciado mi hermano Juan Antonio años atrás, haciendo de profeta, tan claro como un elefante que se pasea por una chatarrería. Aquella luz iluminaba toda la vida pasada, dejando ver la mano del Señor en cada pequeño acontecimiento. Ahora ya no hacía falta elegir nada, yo era el que había sido elegido.

 

»Faltaba dar mis padres la noticia. Una noche, en que vi que mis padres estaban aún despiertos, me acerqué a su cuarto y entré sin llamar. Mi padre leía en la cama y mi madre estaba de pie trayendo un vaso de agua de la cocina. No sabía cómo decirlo. Me miraron. Les miré. Y entonces mi madre comenzó a reírse. En fin, el caso es que comencé. Debo decir que mis padres ya eran expertos en vocaciones, con lo cual se conocían la situación. Abrazos, besos, risas de mi madre. Eran las siete de la mañana cuando me despertó la voz de mi padre. Habría pasado la noche pensando en ello (la verdad es que no elegí un buen momento para decírselo): “¿Estás seguro de lo que vas a hacer?”. Luego he pensado muchas veces en estas palabras. Era la voz de mi padre, era la voz de mi madre también, era la voz de Dios que me invitaba a poner toda la seguridad en Él.»

 

Eduardo estudiaba Arquitectura. Veía a sus hermanos abandonar el hogar y pasaba él a ocupar la “primogenitura”. «Comencé a salir con una chica pero había un reducto de mi corazón que se quedaba vacío. Los últimos años de Arquitectura ya estaba haciendo un discernimiento vocacional. Fue un tiempo de muchas dudas. Esto no quitaba de mi interior la incertidumbre. Seguía enamorándome y desenamorándome. Pero, a pesar de todo, la voz interior era cada día más fuerte. Y responder a la llamada se convertía en la verdadera asignatura pendiente que yo tenía que cursar: “Dios mío, ¿qué quieres de mí? ¿Qué quieres de mi vida?”. Mi madre notaba durante ese año mi preocupación. Sabía que no era por los estudios sino por algo más profundo. Muchas veces se acercaba a mí para indagar. Yo sentía su apoyo. Hablaba con ella de mi falta de claridad con respecto al futuro, incluso de mis amores y desamores. Pero nunca llegué a comentarle las dudas más hondas.» Es entonces cuando Eduardo conoce en la Escuela de Arquitectura al nuevo capellán, un misionero colombiano de la fraternidad Verbum Dei. Se hacen amigos. Termina yendo a unos Ejercicios de tres días que dirige este sacerdote. Allí percibe una llamada de Dios. «Recuerdo cuando les dije a mis padres, en el coche, que me iba misionero y cómo había sido todo. Mi madre lloró y calló. Lágrimas y silencio. Dijo algo así como “Ya lo sabía yo...”»

 

La cosa sonaba a efecto dominó: cae una ficha, luego otra, y otra... hasta la última. Luis, el pequeño, se resiste a ver así las cosas. Protesta. Insiste en que cada vocación es personal. Que no vale apropiarse de la llamada de otro. A decir verdad, si de alguien podía su madre sospechar una vocación, era de él. Fue el único que dio muestras de llamada precoz. En el colegio se hacían encuestas para orientar en la elección de carrera. Muy pequeño debía de ser cuando le dieron aquel cuestionario en que se le hacía una pregunta clásica: “¿Qué te gustaría ser de mayor?”. Luis mostró tres preferencias: ingeniero (como su padre), profesor de matemáticas y... sacerdote. Todos los niños sueñan siempre con una vocación fantástica, astronauta o piloto de Fórmula Uno. La cosa no pasó de ahí. Pero Luis lo debió ir viendo cada vez más claro, y los campos de trabajo en verano, los campamentos y los ejercicios espirituales le mostraron su camino. Cuando su hermano Juan Antonio reúne a todos los hermanos en su habitación y empieza con un “tengo algo que deciros” (una frase que luego se haría célebre, a fuerza de repetirse), Luis tiene quince años y se le ponen ojos como platos porque su hermano se le ha adelantado en una vocación que él ya tenía clara. Cuando, año y pico después, su madre va al colegio a recoger las notas de Selectividad de Luis, el director le dice: “La mejor nota”. A su madre le da un vuelco el corazón: «Dios mío, qué cosas tienes. Salgo entre nubes, me dan ganas de saltar de alegría, de llorar. Porque él, Señor, Tú lo sabes, no necesita esa nota para la opción elegida: responder a tu llamada, seguirte. Es necesario mucho más, dejarlo todo, incluida la puntuación, la mejor, y lo que se divisa en el horizonte, para servirte en pobreza, castidad y obediencia. Pero, qué bonito, Dios mío, que sea para Ti, la mejor nota de Selectividad, que suba directa al Cielo como el sacrificio de Abel. Ayúdanos a presentarte los mejores frutos y desprendernos de ellos, ofrecértelos sin apegos, sin que nuestras manos se aferren a ellos. Gracias por todo, Señor, y también, por qué no, por la mejor nota de Selectividad, para Ti».

 

«Quién sabe —concluía José— el dolor que costaba aquello a mi madre, por entonces ya enferma de aquel cáncer que le costó la vida. Nunca me lo hizo ver. Si se le escapaba alguna vez, había que estar atento para percibirlo. Mi madre no pudo verme de sacerdote. Tampoco de diácono. El día de su muerte, el 3 de junio de 1998, estaba yo en Roma, estudiante de tercer año de Teología. Entre un examen de Moral y otro de Derecho Canónico, tuve que correr al aeropuerto y volar a Madrid. Tiempo después, en la primera Misa de mi sacerdocio, tuve presente especialmente a mi madre. Tampoco vivió mi madre el sacerdocio primero, el de Juan Antonio. Pero toda la historia de nuestra vocación ha sido una racha de síes que fue precedida de muchos otros síes de mis padres.

 

»Para nosotros, la llamada a la vida consagrada se aúna con la historia del sufrimiento de nuestra madre. Cuando diagnosticaron a mi madre aquel furioso cáncer, habíamos entrado ya los cuatro en el noviciado. No es, por tanto, que su sufrimiento nos ayudara a discernir el camino. Ocurrió, eso sí, que a su luz lo comprendimos mejor. Nuestro horizonte vocacional queda vinculado radicalmente al horizonte familiar.

 

»En los fines de semana, cuando la familia escapaba a la casa de campo de mis abuelos, entonces mi padre, antes de la cena, tomaba un Nuevo Testamento de tapas azules y algo raídas que todavía andará por allí. Ya sabíamos el pasaje que iba a buscar y que nos hacía repetir hasta que acabamos aprendiéndolo de memoria. “Si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe... La caridad es paciente, es servicial, no se hincha...”

 

»Cuando en una familia se vive la gracia de una vocación al sacerdocio, tiene que ser porque antes se ha vivido otra, más radical por más a las raíces. En el hogar cristiano se aprende la definición verdadera del amor. La vida es al mismo tiempo un regalo y una llamada a la entrega. Está abierta por esencia a que en ella quepan otros y, por esa apertura, se hace fecunda. El derroche de alegría que esta vida produce explica otro derroche, el de la vida sacerdotal puesta al servicio de Dios y los demás. Entender esas palabras de San Pablo, lograr que calen hondo y muestren su fuerza y su verdad, eso ha sido tarea de la familia.»

 

Los cinco hijos varones iniciaron el camino de la entrega completa a Dios. Eduardo, más adelante, vio que su camino era trabajar como arquitecto y formar una familia cristiana. Los otros cuatro se ordenaron sacerdotes, y el relato de su vocación trae a la memoria aquella carta de Juan Pablo II en la que habla de la figura de la madre del sacerdote: «La madre es la mujer a la cual debemos la vida. Nos ha concebido en su seno, nos ha dado a luz en medio de los dolores de parto con los que cada mujer alumbra una nueva vida. Por la generación se establece un vínculo especial, casi sagrado, entre el ser humano y su madre. ¡Cuántos de nosotros deben también a la propia madre la vocación sacerdotal! La experiencia enseña que muchas veces la madre cultiva en el propio corazón por muchos años el deseo de la vocación sacerdotal para el hijo y la obtiene orando con insistente confianza y profunda humildad. Así, sin imponer la propia voluntad, ella favorece, con la eficacia típica de la fe, el inicio de la aspiración al sacerdocio en el alma de su hijo, aspiración que dará fruto en el momento oportuno.»

 

 

 

44. A él le debo la vocación

 

De un gran hombre

hay siempre algo que aprender

aunque esté callado.

Séneca

 

«Nuestro Señor fue preparando las cosas —contaba San Josemaría Escrivá— para que mi vida fuese normal y corriente, sin nada llamativo. Me hizo nacer en un hogar cristiano, como suelen ser los de mi país, de padres ejemplares que practicaban y vivían su fe, dejándome una libertad muy grande desde chico, y vigilándome al mismo tiempo con atención. Trataban de darme una formación cristiana, y allí la adquirí más que en el colegio, aunque desde los tres años me llevaron a un colegio de religiosas, y desde los siete a uno de religiosos.»

 

De su padre, D. José Escrivá, recibió un constante ejemplo de laboriosidad. El pequeño Josemaría le vio trabajar incansablemente, día tras día, en la pequeña industria que poseía en Barbastro, con una gran preocupación por el bienestar material y espiritual de las personas que trabajaban a sus órdenes. También de él aprendió a llevar con serenidad las contrariedades grandes o pequeñas de la vida, sin impaciencia, con buen humor: «No le recuerdo jamás con un gesto severo; le recuerdo siempre sereno, con el rostro alegre. Y murió agotado: con solo cincuenta y siete años murió agotado, pero estuvo siempre sonriente (…).Y vi a mi padre como la personificación de Job. Perdieron tres hijas, una detrás de otra, en años consecutivos, y se quedaron sin fortuna (…). Y fuimos adelante. Mi padre, de un modo heroico, después de haber enfermado del clásico mal —ahora me doy cuenta— que según los médicos se produce cuando se pasa por grandes disgustos y preocupaciones. Le habían quedado dos hijos y mi madre; y se hizo fuerte, y no se perdonó humillación para sacarnos adelante decorosamente. Él, que habría podido quedar en una posición brillante para aquellos tiempos, si no hubiera sido un cristiano y un caballero, como dicen en mi tierra.»

 

»Le vi sufrir con alegría, sin manifestar el sufrimiento. Y vi una valentía que era una escuela para mí. Fue una providencia de Dios. El Opus Dei debía nacer en el más absoluto desamparo, sin ningún asidero terreno en el que apoyarse. Mi padre se arruinó totalmente, y cuando el Señor quiso que yo comenzara a trabajar en el Opus Dei, yo no tenía ni una virtud, ni una peseta; no tenía más que la gracia de Dios y buen humor.

 

»Ahora quiero más a mi padre, y doy gracias a Dios de que no le fuera nada bien en los negocios, porque así sé lo que es la pobreza; si no, no lo hubiera sabido. Tengo un orgullo santo: amo a mi padre con toda mi alma, y creo que tiene un cielo muy alto porque supo llevar toda la humillación que supone quedarse en la calle, de una manera tan digna, tan maravillosa, tan cristiana.»

 

En ese clima familiar de generosidad, de cariño y de fortaleza, maduró la llamada que Dios comenzaba a dirigirle. Primero, aquel suave requerimiento, que sacudió lo más íntimo de su ser: un barrunto de amores divinos, que empezó a sentir desde los quince o dieciséis años, al ver aquellas huellas en la nieve. «Yo nunca pensé en hacerme sacerdote —recordaba—, nunca pensé en dedicarme a Dios. No se me había presentado el problema porque creía que eso no era para mí. Pero el Señor iba preparando las cosas, me iba dando una gracia tras otra, pasando por alto mis defectos, mis errores de niño y mis errores de adolescente...».

 

Un día de 1918, Josemaría le dice a su padre que desea ser sacerdote. D. José, que continúa entregado a su trabajo para que la familia pueda remontar la difícil situación en que se encuentran, se queda absolutamente sorprendido. De pronto, se vienen abajo los planes que soñaba para su único hijo varón. Y él, que no ha llorado nunca ante tanto acontecimiento doloroso, nota irremediables, impotentes, las lágrimas que cruzan por su cara. «A él le debo la vocación —afirmó San Josemaría muchas veces—. Un buen día le dije a mi padre que quería ser sacerdote: fue la única vez que le vi llorar. Él tenía otros planes posibles, pero no se rebeló. Me contestó: hijo mío, piénsalo bien. Los sacerdotes tienen que ser santos. Es muy duro no tener casa, no tener hogar, no tener un amor en la tierra. Piénsalo un poco más, pero yo no me opondré. Y me llevó a hablar con un sacerdote amigo suyo, el abad de la colegiata de Logroño.»

 

D. José aceptó con generosidad el camino que el Señor trazaba para su hijo, cuando escuchó sus confidencias. No quiso Dios, sin embargo, que tuviera la dicha de ver a su hijo en el altar. El Señor le llamó pocos días después de que recibiera el subdiaconado, cuatro meses antes de su ordenación sacerdotal en Zaragoza. Marchó al Cielo, cumplida ya su tarea en la tierra, cuando su hijo se orientaba definitivamente por ese camino sacerdotal que culminaría con la fundación del Opus Dei.

 

Peter Berglar, uno de los biógrafos de San Josemaría, se detiene a considerar precisamente ese modo de reaccionar del pequeño Josemaría ante la desgracia. Era un niño alegre, normal, ni mimado ni libre de problemas. ¿Qué sucede en el interior de un adolescente que, por tres veces en tres años, tiene que pasar por el fallecimiento de sus tres hermanas pequeñas, el dolor de los padres, las terribles horas y los días de la muerte, las lacerantes visitas al cementerio?

 

Y, haciendo una comparación audaz, se refiere a otro chico de diecisiete años, en esa misma época, a unos miles de kilómetros de distancia. Ese chico se llamaba Lenin y, bajo la impresión del fusilamiento de su hermano mayor, perdió la fe cristiana, hasta el punto que, según cuentan testigos presenciales, en ese momento se arrancó la cruz del cuello, la escupió con desprecio y la arrojó lejos de sí.

 

Estamos ante un profundo misterio. Un hombre, al ver en la muerte de su hermano la adversidad del destino, empieza a recorrer el camino del odio, un camino que acarreará terribles consecuencias para sí mismo y para millones de personas. Otro hombre, ante la dureza de una tragedia familiar, se fortalece en su deseo de dar un sentido más alto a su vida, y los frutos serán, en este caso, una vida de santidad.

 

Ignoramos el sentido profundo de estos hechos: es el misterio de la libertad para el bien y para el mal. Hay una anécdota que es quizá una muestra de esas luchas interiores del pequeño Josemaría. Es un pequeño episodio que recuerda una amiga de la familia Escrivá. En sus juegos de niños, les gustaba hacer castillos de naipes. Una tarde de 1913, al poco de morir la segunda de sus hermanas, «estaban absortos en torno a la mesa, conteníamos la respiración al colocar la última carta de uno de aquellos castillos de naipes, cuando Josemaría, que no acostumbraba a hacer cosas así, lo tiró con la mano. Nos quedamos medio llorando, y Josemaría, muy serio, nos dijo: "Eso mismo hace Dios con las personas: construyes un castillo y, cuando casi está terminado, Dios te lo tira"». Esta frase deja entrever que el alma del pequeño se encontraba en medio de una fuerte crisis: había experimentado la imposibilidad de comprender lo que Dios a veces permitía que sucediera, y sufría ante la posibilidad de tener que aceptar una fría arbitrariedad. Pero el alma, estremecida, se apartó de esa interpretación. El pequeño Josemaría se apartó del terrible abismo negro al que se lanzó el joven Lenin.

 

El ejemplo de los padres constituye, a lo largo de la historia de la Iglesia, una ayuda insustituible en los primeros pasos de la entrega de sus hijos. Su paternidad se ha abierto hacia horizontes insospechados, que han buscado lo mejor para Dios y lo mejor para sus hijos, aunque fuese duro para ellos. La historia presenta una galería magnífica, y a veces desconocida, de padres de santos, que con su ejemplo y su entrega silenciosa en favor de sus hijos, hicieron, sin saberlo, un gran servicio a la Iglesia.

 

—¿Y qué piensas que deben hacer los padres por la vocación de sus hijos, una vez que ya han decidido entregarse a Dios?

 

Cuando un hijo o una hija se entrega a Dios, los padres tienen por delante una tarea que no acaba nunca. No deben desentenderse, pensando que otros ya se ocupan de él o de ella, sino ayudarles a seguir su camino, especialmente cuando aún son jóvenes. Tienen ante ellos algo sobrenatural, misterioso y frágil. Deben acoger con una estima grande su actitud generosa, y apoyarle siempre con su oración y su cariño, esté cerca o lejos, de modo que, pase lo que pase, encuentre siempre en los padres acogida y comprensión. Su misión, antes y después de que los hijos sientan la llamada de Dios, es de gran importancia.

 

—Además de los padres, están los hermanos y el resto de la familia. ¿Qué dices sobre su influencia en la vocación?

 

La influencia de la familia, y en especial de los hermanos, puede ser muy grande, en un sentido o en otro. Sucede en la vocación profesional y en muchas cosas más, pues la referencia personal que supone un hermano o una hermana mayor tiene un peso grande, y es bien posible que Dios quiera contar con eso al llamar a una persona a determinado camino. Así lo cuenta, por ejemplo, Santa Teresa de Lisieux en su autobiografía: «Estaba yo muy orgullosa de mis dos hermanas mayores, pero mi ideal de niña era Paulina... Cuando estaba empezando a hablar y mamá me preguntaba "¿En qué piensas?", la respuesta era invariable: "¡En Paulina...!". Oía decir con frecuencia que seguramente Paulina sería religiosa, y yo entonces, sin saber lo que era eso, pensaba: “Yo también seré religiosa”. Es éste uno de mis primeros recuerdos, y desde entonces ya nunca cambié de intención...».

 

 

 

45. Hijos demasiados místicos

 

El ideal o el proyecto más noble

puede ser objeto de burla o de ridiculizaciones fáciles.

Para eso no se necesita la menor inteligencia.

Alexander Kuprin

 

Pietro Bernardone, un rico comerciante de Asís, tenía uno de los mejores almacenes de ropa en la ciudad y la familia gozaba de una buena posición económica. Su hijo Francesco era muy culto, dominaba varios idiomas y era un gran amante de la música y los festejos. La sorpresa de Don Pietro fue mayúscula cuando, un buen día del año 1206, se encontró con que Francesco había decidido entregarse a Dios en una vida de pobreza y desprendimiento total.

 

Don Pietro se presentó en la sede arzobispal y demandó a su hijo ante el obispo, declarando que lo desheredaba y que tenía que devolverle todo el dinero que había gastado en la reparación de la Iglesia de San Damián. El prelado le devolvió todo ese dinero, y Francesco se presentó también, escuchó las palabras de su padre, y como respuesta le dio toda la ropa que llevaba puesta, quedándose solo con una faja de cerdas a la cintura. Después se puso una sencilla túnica de tela basta, que era el vestido de los trabajadores del campo, anudada con un cordón a la cintura. Trazó con tiza una cruz sobre su nueva túnica, y con ella vistió el resto de su vida y sería en lo sucesivo el hábito de los franciscanos. Porque pronto se le unió uno, y luego otro, y cuando tenía doce compañeros se fueron a Roma a pedir al Papa que aprobara su comunidad.

 

Al poco tiempo, una joven muy santa, también de Asís, que se llamaba Clara, se entusiasmó por esa vida de desprendimiento, oración y santa alegría que llevaban los seguidores de Francesco, y dejando a su familia se hizo monja y fundó con él las hermanas clarisas, que, como los franciscanos, pronto se extendieron muchísimo. Cuando Francesco falleció, en 1226, eran ya más de cinco mil franciscanos, y apenas dos años después el Papa lo declaró santo. En la actualidad, la familia franciscana cuenta con decenas de santos, las clarisas son más de veinte mil religiosas y los franciscanos y capuchinos más de cuarenta mil.

 

—De todas formas, hay que disculpar un poco a su padre, pues sin duda fue muy singular lo de su hijo, aunque acabara siendo San Francisco de Asís y hoy sea uno de los santos más grandes de la historia de la Iglesia.

 

Sin duda hay que disculparle, pero también hay que pensar que Dios llama de modos muy diversos, y que el respeto que hoy todo el mundo tiene por la elección de esposo o esposa debe trasladarse al seguimiento de Dios, con independencia de los planes que tengan los padres o del entusiasmo que les produzca esa elección.

 

Algo parecido sucedió, por ejemplo, a Monna Lapa di Puccio di Piagente, una madre sorprendida por los «caprichos incomprensibles de una niña demasiado mística». Porque ella, como cualquier madre de Siena de buena familia, tenía preparado para su hija un buen partido: un joven de una familia acomodada de la ciudad, con la que además les venía muy bien emparentar.

 

Y cuando estaban a punto de concertar el matrimonio entre las familias, a Catalina le dio por cortarse el pelo casi al completo. La madre no era una mujer de genio fácil, y la riñó y la gritó como solamente ella sabía hacerlo: «¡Te casarás con quien te digamos, aunque se te rompa el corazón!». La amenazó: «No te dejaremos en paz hasta que hagas lo que te mandamos».

 

Todo fue inútil. La hizo sufrir. Sin querer, desde luego, porque no podía entender que su hija había decidido entregarse a Dios para siempre, y que, además, no tenía la menor intención de irse a un convento. Catalina pensaba vivir célibe, allí, en su propia casa. Lapa seguía empeñada con el casamiento y empleó todas sus tácticas, su genio y su ingenio: le gritaba, le hacía trabajar sin desmayo, le reñía constantemente. Todo en vano. Y un día, Catalina reunió a toda la familia y les habló con una claridad meridiana: «Dejad todas esas negociaciones sobre mi matrimonio, porque en eso jamás obedeceré a vuestra voluntad. Yo tengo que obedecer a Dios antes que a los hombres. Si vosotros no queréis tenerme en casa en estas condiciones, dejadme estar como criada, que haré con mucho gusto todo lo que buenamente me pidáis. Pero si me echáis por haber tomado esta resolución, sabed que esto no cambiará en absoluto mi corazón.»

 

Fue entonces cuando, ante su sorpresa, su padre, Jacobo Benincasa, dijo gravemente: «Querida hija mía, lejos de nosotros oponernos de ninguna manera a la voluntad de Dios, de quien viene esa resolución tuya. Ahora sabemos con seguridad que no te mueve la obstinación de la juventud sino la misericordia de Dios. Mantén tu promesa libremente y vive como el Espíritu Santo te diga que tienes que hacerlo. Jamás te molestaremos en tu vida de oración ni intentaremos apartarte de tu camino. Pide por nosotros para que seamos dignos del Esposo que has elegido a edad tan temprana.»

 

Lapa estaba desconcertada. Su propio marido se ponía de parte de la hija, cuando era evidente que era solo una niña, pues tenía diecisiete años. Pero no tuvo más remedio que ceder. Luego empezó a sospechar, horrorizada, las mortificaciones que hacía su hija. No estaba dispuesta a aquello. Gritaba, lloraba: «¡Ay, hija mía, que te vas a matar! ¡Que te estás quitando la vida! ¡Ay, quién me ha robado a mi hija! ¡Qué dolor tan grande! ¡Ay, qué desgracia!».

 

Y luego vino esa incansable preocupación de su hija por los pobres, y sus constantes limosnas. Aquello le importaba menos: al fin y al cabo, ella también era caritativa. Pero a lo que no estaba dispuesta era a las maledicencias. Ah, no, eso no: ella era de familia distinguida, y todos envidiaban en Siena su vieja casa en la Via dei Tintori, junto a Fontebranda, y las ropas de sus hijos, y sus posesiones. No, ella nunca había dado que hablar. Y ahora el nombre de su hija corría de plaza en plaza, por culpa de las malas lenguas que arremetían contra ella.

 

Catalina murió joven, con solo treinta y tres años. Pero le dio tiempo a ser una gran santa, conocida en todo el mundo: Santa Catalina de Siena. El día de su entierro, el 29 de abril de 1380, toda la ciudad se volcó con aquella mujer que había fallecido en la flor de la vida. Los comerciantes, los miserables de Siena a los que su hija había acogido siempre, los artesanos, los nobles, los gobernantes de aquella pequeña república, todos miraban pasar a la madre fervorosamente tras el féretro de su hija. Contaban sus milagros, sus obras de caridad, y relataban en voz baja cómo Catalina, una mujer joven, sin más poder que su amor a Dios, había logrado cerrar uno de los capítulos más tristes de la historia de la Iglesia. Su palabra pudo lo que no pudieron las influencias más poderosas: un reto de siglos, que el Papa volviera a Roma y abandonara definitivamente Aviñón. Aunque era analfabeta, desde muy pronto muchas personas se agrupaban a su alrededor para escucharla. A los veinticinco años tenía ya una reconocida fama como conciliadora de la paz entre soberanos y como sabia consejera de príncipes. Gregorio XI y Urbano VI se sirvieron de ella como embajadora en asuntos gravísimos, y Catalina supo hacer las cosas con prudencia, inteligencia y eficacia.

 

Su madre iba como ausente, mirando al suelo para no encontrarse con las miradas de la multitud. Temblaba al pensar que su hija, de haber sido débil, si le hubiera hecho caso... Ahora, paradójicamente, su orgullo y su gloria era haber sido derrotada por el amor de su hija. Su triunfo era su fracaso. Se daba cuenta de que ella, como madre, había sido una de las sombras en la vida de su hija —la sombra más amada por ella—, en la que ahora se proyectaba poderosamente su luz. De vez en cuando, alzaba la mirada y contemplaba, en el relicario, aquel rostro bellísimo, apagado a los treinta y tres años. Y su corazón de madre no podía reprimir el antiguo lamento: «pero si es todavía una niña...».

 

—Me parece que hoy día el principal miedo de los padres ante la vocación de sus hijos es el temor a que fracasen en ese camino.

 

Es fácil de entender esa inquietud, pero también es fácil de entender que ese riesgo se da igualmente en la elección matrimonial, en el trabajo y en muchas cosas más, y los padres no deben oponerse a la entrega a Dios simplemente porque no tengan seguridad absoluta de que sea su camino, o ante la incertidumbre de que pueda no ser fiel a su vocación. Además, en todas las instituciones de la Iglesia hay unos plazos para confirmar el discernimiento de la vocación, como existe el noviazgo antes del matrimonio.

 

—Quizá es también que a veces ven a sus hijos con muchos defectos, con las crisis propias de la adolescencia, y no les cuadra que, dentro de todas esas limitaciones, haya una verdadera vocación.

 

No sería razonable culpar a la vocación de toda la rebeldía, el desaliento o los altibajos de ánimo que a veces son propios de la adolescencia, de la misma manera que tampoco estaría justificado considerar esos defectos como síntomas claros de falta de vocación. La vocación no es un premio a un concurso de méritos o de virtudes. Dios llama a quien quiere, y entre esos, unos son mejores y otros peores, pero todos con defectos. Y espera de los padres cristianos comprensión y acompañamiento en el camino vocacional de sus hijos.

 

—Pero los padres no dan ni quitan la vocación, así que el único problema es que con su resistencia puedan retrasar un poco la entrega de sus hijos.

 

El problema no es solo ese posible retraso, sino que los padres pueden favorecer o malograr el encuentro de sus hijos con Dios. Hay estilos de vida que facilitan ese encuentro, y hay otros que lo dificultan. Lo natural es que los padres cristianos se preocupen de que sus hijos tengan una cabeza y un corazón cristianos, y de que su hogar sea una escuela de virtudes donde cada hijo pueda tomar sus propias decisiones con madurez humana y espiritual, según su edad. Por eso decía San Josemaría Escrivá que el noventa por ciento de la vocación de los hijos se debe a los padres, pues una respuesta generosa germina habitualmente solo en un ambiente de libertad y de virtud.

 

La Iglesia, maestra en humanidad, conoce y comprende las dudas e inquietudes que a veces sufren los padres cristianos ante la vocación de sus hijos: hay avances y retrocesos, vueltas y revueltas. Lo que les pide es que estén siempre al lado de sus hijos, comprendiendo y alentando. Sería una lástima que se sometieran ingenuamente a las voces de alarma que a veces se propugnan desde algunos ambientes que demuestran poco espíritu cristiano, bien por su actitud contraria a la entrega o bien por su tibieza al acogerla. El “ten cuidado”, el “no te pases de bueno”, el egoísmo de querer tener los hijos siempre cerca, o de que hagan siempre lo que los padres quieren, o el deseo de tener nietos a toda costa, son con frecuencia manifestaciones del fracaso del espíritu cristiano en una familia.

 

Algunos padres buenos desean que sus hijos sean buenos, pero sin pasarse, solo dentro de un orden. Los llevan a centros educativos de confianza, desean que se relacionen con gente buena, en un ambiente bueno, pero ponen todos los medios a su alcance para que esa formación no cuaje en un compromiso serio. Esas actitudes denotan un egoísmo solapado y una falta de rectitud que pueden desembocar en problemas serios a medio o largo plazo. Desgraciadamente, hay abundantes experiencias de padres que ponen el freno cuando un hijo suyo se plantea ideales más altos, o incluso hacen lo posible por dificultar esa vocación, y más adelante se lamentan de cómo evoluciona después el pensamiento y la conducta de su hijo, quizá como consecuencia del egoísmo que, sin querer, han introducido en su alma. No debe olvidarse que el punto óptimo de bondad no es el que nosotros establecemos con un cálculo egoísta, sino el que establece la voluntad de Dios y la libertad de cada hijo.

 

—¿Y es coherente que unos padres cristianos no deseen que alguno de sus hijos se entregue por completo a Dios?

 

Ante la entrega total a Dios de un hijo o de una hija, la reacción lógica de quien se ha propuesto hacer de su matrimonio un camino de santidad, es agradecer a Dios ese don. Y cuando los padres han creado un verdadero ambiente de libertad cristiana, es frecuente que Dios les bendiga de esa manera en sus hijos.

 

Los buenos padres desean ideales altos para sus hijos: en lo profesional, en lo cultural, en lo afectivo, en todo. Se comprende que los padres cristianos deseen, dentro de eso, que sus hijos aspiren a la santidad y no se queden en la mediocridad espiritual. En ese sentido, desearán que sus hijos respondan plenamente a lo que Dios espera de ellos. Así lo explicaba Juan Pablo II en 1981: «Estad abiertos a las vocaciones que surjan entre vosotros. Orad para que, como señal de su amor especial, el Señor se digne llamar a uno o más miembros de vuestras familias a servirle. Vivid vuestra fe con una alegría y un fervor que sean capaces de alentar dichas vocaciones. Sed generosos cuando vuestro hijo o vuestra hija, vuestro hermano o vuestra hermana decida seguir a Cristo por este camino especial. Dejad que su vocación vaya creciendo y fortaleciéndose. Prestad todo vuestro apoyo a una elección hecha con libertad.»

 

—¿Y si solo desean que sus hijos retrasen un poco ese paso?

 

Algunos padres se encuentran hoy con que sus hijos retrasan durante años determinadas decisiones (por ejemplo, casarse y formar una familia, abrirse camino en lo profesional, etc.). Otros padres se lamentan de que sus hijos ya mayores no dejan el hogar paterno porque encuentran allí todas las comodidades sin apenas responsabilidad. Una buena formación cristiana se orienta hacia la decisión y el compromiso, y logra que los hijos sean capaces de administrar rectamente su libertad y asumir pronto responsabilidades y compromisos que suponen esfuerzo. Eso es siempre una muestra de madurez.

 

Los padres tienen sus propios planes, sus proyectos para cada uno de sus hijos. Pero lo que importa es que ese sueño coincida con lo que Dios quiere. El gran proyecto es que sean santos y se ganen la felicidad eterna del Cielo. No hay proyecto más maravilloso que el que Dios tiene previsto para cada alma. Por eso, con su oración y su cariño, los padres cristianos deben secundar la entrega generosa de sus hijos. A veces, esa entrega supondrá la entrega de los planes y proyectos personales que los padres habían hecho. Y eso no es un simple imprevisto, sino que es parte de su vocación de padres. En ese sentido, podría decirse que toda vocación es doble: la del hijo que se da, y la de los padres que lo dan; y a veces puede ser mayor mérito de los padres, que han sido llamados por Dios para dar lo que más quieren, para entregarlo con alegría.

 

—Pero es natural que les cueste la separación física que habitualmente supone el hecho de que un hijo se entregue a Dios.

 

Teresa de Lisieux había sido siempre la hija preferida de su padre; era tan alegre, atractiva y amable, que los dos sufrieron intensamente cuando llegó el momento de la separación. Pero ninguno de los dos dudó de que ella debía seguir su camino e irse al Carmelo.

 

Es ley de vida que los hijos tiendan a organizar su vida por su cuenta. A algunos padres les gustaría que sus hijos estuvieran continuamente a su lado. Sin embargo, buscando su bien, muchos les proporcionan una formación académica que exige a veces un distanciamiento físico (estudiar en otra ciudad, o ir al extranjero para que aprendan un idioma, por ejemplo). En otras ocasiones, son los hijos los que se separan físicamente de sus padres por razones académicas, de trabajo, de amistad o de noviazgo. Y cuando Dios bendice un hogar con la vocación de un hijo o una hija, a veces también les pide a los padres una cierta separación física.

 

Sería ingenuo pensar que si esos hijos no se hubieran entregado a Dios estarían todo el día junto a sus padres. Además, bien sabemos que la mayoría de ellos, a esas edades, buscan de modo natural un alto nivel de independencia. Por eso, a veces pueden confundirse las exigencias de la entrega con el natural distanciamiento de los padres que suele traer consigo el desarrollo adolescente o, simplemente, el paso de los años. Lo vemos quizá en la vida de otros chicos o chicas de su edad, cuando, por unos motivos u otros, no participan en algunos planes familiares. Cuando pasan los años y se ven las cosas con más perspectiva, suele comprobarse que la entrega a Dios no separa a los hijos de los padres, aunque a veces haya supuesto inicialmente una distancia física mayor.

 

Es verdad que, con frecuencia, la entrega a Dios supone en determinado momento dejar el hogar paterno, y es natural que a los padres les cueste ese paso, pues lo extraño sería que no les costara, y a veces mucho. Pero también aquí se manifiesta el verdadero espíritu cristiano de toda una familia. En esos momentos, los padres no deben olvidar que también a los hijos les cuesta esa separación, y que puede resultarles tanto o más dolorosa que a ellos. Sin darles excesivas facilidades, no harían bien en ponérselo difícil. Santa Teresa de Ávila ofrece en esto su propio testimonio: «Cuando salí de casa de mi padre, no creo será más el sentimiento cuando me muera; porque me parece cada hueso se me apartaba por sí; que, como no había amor de Dios que quitase el amor del padre y parientes, era todo haciéndome una fuerza tan grande, que si el Señor no me ayudara, no bastaran mis consideraciones para ir adelante. Aquí me dio ánimo, contra mí, de manera que lo puse por obra.»

 

 

 

46. Es todavía un niño

 

El hombre inteligente

habla con autoridad

cuando dirige su propia vida.

 

Platón

 

Estanislao era el segundo hijo de del príncipe Jan Kostka, un jefe militar y senador polaco. Cuando Estanislao tenía catorce años, fue enviado a Viena, junto con su hermano Paolo, para proseguir sus estudios. La ejemplaridad de Estanislao hizo que enseguida fuese respetado y querido por todos los colegiales. Sin embargo, se le hacía difícil la convivencia con su hermano Paolo, que era de temperamento inestable y dominante, y llevaba una vida cada vez más frívola.

 

Desde muy pronto, Estanislao quería ingresar en la Compañía de Jesús, pero no fue admitido por temor de indisponer a su padre contra la Compañía. Paolo se burlaba de su hermano pequeño, y sus ironías sobre su modo cristiano de vivir se hicieron cada vez más frecuentes y más desagradables.

 

Considerando insuperable la oposición de su familia, y harto del maltrato constante de su hermano, decidió huir. Una mañana de agosto de 1567 partió a escondidas. En las afueras de Viena, cambió sus vestidos por unas ropas de peregrino. Durante veinte días marchó solo y a pie hasta Alemania, primero a Ausburg y después a Dillingen. Allí fue acogido amablemente por San Pedro Canisio, que dispuso que se dedicara a los trabajos más humildes de la casa. El joven cumplió su cometido con tal esmero y alegría, que todos quedaron profundamente impresionados por Estanislao y, viéndole tan convencido de su vocación, le enviaron a Roma.

 

En cuanto su padre supo de la fuga, le invadió la ira y escribió cartas de amenaza a los superiores de la Compañía, así como a obispos y cardenales, asegurando que haría cualquier cosa para expulsar a los jesuitas de Polonia, y que, respecto a su hijo, lo llevaría de vuelta a su patria, aunque tuviera que atarlo de pies y manos. Entre tanto, Estanislao había recibido también una dura carta de su padre, en la que repetía esas mismas amenazas y le reprendía por «haber tomado una sotana despreciable y haber abrazado una profesión indigna de tu alcurnia». Estanislao respondió con corrección, pero manifestando su firme decisión de servir a Dios en la vocación a la que se sentía llamado.

 

Una vez en Roma, tras un viaje a pie de casi mil quinientos kilómetros, se entrevistó con San Francisco de Borja, que accedió a su petición y le admitió en el noviciado. Poco había de durar, sin embargo, la vida de Estanislao de Kostka, pues falleció al año siguiente, con solo dieciocho años de edad. Pero ese tiempo tan corto fue suficiente para dejar impresionados a todos los que conocieron a aquel joven novicio polaco. Enseguida se difundió enormemente su fama de santidad y muchas personas visitaban su tumba en Roma. Pronto se atribuyeron a su intercesión numerosos milagros, se multiplicaron sus biografías en diversas lenguas, así como la difusión de sus cuadros, imágenes y estatuas. Fue canonizado, y se le venera como patrono de Polonia. En su honor se construyeron muchas iglesias y se bautizó con su nombre a un gran número de niños. El culto popular se extendió más allá de cualquier expectativa.

 

Llama la atención cómo una vida tan corta pudo dar lugar a tanta fecundidad. Y es también una muestra de que para ser llamado por Dios no hace falta una edad muy alta, ni haberlo probado todo. Es más, con la inocencia de su vida, alcanzó en poco tiempo la madurez y la fecundidad de una larga existencia.

 

—De todas formas, si unos padres ven muy tierno a su hijo, es lógico que piensen que necesita más tiempo y más experiencia de la vida para plantearse cuestiones de esa trascendencia.

 

En unos casos, Dios llama a personas con una larga experiencia humana; en otros no. Y de la misma manera que no hace falta haber pasado por varios noviazgos para acercarse con madurez al matrimonio, tampoco hace falta para decidirse por Dios. Tolstoi decía que quien ha conocido solo a su mujer y la ha amado, sabe más sobre la mujer que quien ha conocido mil. La calidad o la madurez de un amor no depende de las experiencias previas. Es verdad que hay que ser maduro para emprender un noviazgo o una etapa de prueba en un camino vocacional, pero no es preciso “haber conocido mucho mundo”, ni haber superado pruebas que quizá es una temeridad provocar, como quizá lo habría sido ponerlas para probar el noviazgo o el matrimonio de sus padres.

 

Los padres deben ayudar a los hijos a decidir con libertad. Las decisiones que determinan el rumbo de una vida, ha de tomarlas cada uno personalmente, con libertad, sin coacciones. Si, por la razón que sea, unos padres piensan que su hijo carece de la madurez necesaria para la entrega, lo normal será comentarlo con confianza con el propio interesado, y quizá también con otras personas que le conozcan bien y posean la madurez y el sentido sobrenatural necesarios, pues siempre es arriesgado pensar que uno mismo es el único que lo conoce bien.

 

Hay que discernir en cada caso concreto, sin presuponer por principio que el deseo de entrega de un hijo es un ímpetu juvenil, pasajero y superficial. En la actualidad es tan fuerte la presión que reciben en contra, que ellos saben bien que entregarse les supondrá ir contra corriente, así como renuncia y sacrificio. Por tanto, cuando un hijo está decidido a entregarse a Dios, más bien habría que presuponer por principio que es reflejo de una actitud generosa y madura, no un arranque infantil.

 

«Los padres —comentaba San Josemaría Escrivá— pueden y deben prestar a sus hijos una ayuda preciosa, descubriéndoles nuevos horizontes, comunicándoles su experiencia, haciéndoles reflexionar para que no se dejen arrastrar por estados emocionales pasajeros, ofreciéndoles una valoración realista de las cosas.

 

»Pero el consejo no quita la libertad, sino que da elementos de juicio, y esto amplía las posibilidades de elección, y hace que la decisión no esté determinada por factores irracionales. Después de oír los pareceres de otros y de ponderar todo bien, llega un momento en el que hay que escoger: y entonces nadie tiene derecho a violentar la libertad. Los padres han de guardarse de la tentación de querer proyectarse indebidamente en sus hijos —de construirlos según sus propias preferencias—, han de respetar las inclinaciones y las aptitudes que Dios da a cada uno. Si hay verdadero amor, esto resulta de ordinario sencillo. Incluso en el caso extremo, cuando el hijo toma una decisión que los padres tienen buenos motivos para juzgar errada, e incluso para preverla como origen de infelicidad, la solución no está en la violencia, sino en comprender y —más de una vez— en saber permanecer a su lado para ayudarle a superar las dificultades y, si fuera necesario, a sacar todo el bien posible de aquel mal.

 

»Los padres que aman de verdad, que buscan sinceramente el bien de sus hijos, después de los consejos y de las consideraciones oportunas, han de retirarse con delicadeza para que nada perjudique el gran bien de la libertad, que hace al hombre capaz de amar y de servir a Dios.

 

»Y no es un sacrificio para los padres que Dios les pida sus hijos. Ni para los que llama el Señor es un sacrificio seguirle. Por el contrario, es un honor inmenso, un orgullo grande y santo, una muestra de predilección, un cariño particularísimo, que ha manifestado Dios en un momento concreto, pero que estaba en su mente desde toda la eternidad...».

 

Para los padres, que Dios llame a sus hijos supone una muestra de especial afecto, un verdadero privilegio. «Los padres —señala el Catecismo Iglesia Católica— deben acoger y respetar con alegría y acción de gracias el llamamiento del Señor a uno de sus hijos. Deben respetar esta llamada y favorecer la respuesta de sus hijos para seguirla.» Por eso, los padres cristianos que han entendido la vocación misionera de la Iglesia, se esfuerzan por crear en sus hogares un clima en el que pueda germinar la llamada a una entrega total a Dios.

 

«La familia —explica Juan Pablo II— debe formar a los hijos para la vida, de manera que cada uno cumpla con plenitud su cometido, de acuerdo con la vocación recibida de Dios. Efectivamente, la familia que está abierta a los valores trascendentes, que sirve a los demás con alegría, que cumple con generosa fidelidad sus obligaciones y es consciente de su participación en el misterio de la Cruz gloriosa de Cristo, se convierte en el primero y mejor semillero de vocaciones a la vida dedicada al Reino de Dios.»

 

El Espíritu Santo suscita vocaciones para la Iglesia habitualmente en el seno de las familias cristianas. Se sirve de los deseos apostólicos de esos padres cristianos, que aspiran a salvar miles de almas gracias al apostolado de sus hijos, muchas veces en lugares adonde ellos habrían soñado llegar. Será un motivo particular de gozo para esos padres ver cómo la nueva evangelización que necesita el mundo es fruto de la respuesta generosa suya y de sus hijos.

 

—Pero con lo mal que están las cosas en muchos ambientes, es lógico que a los padres les dé un poco de miedo pensar en el futuro de sus hijos tan jóvenes entregados a Dios en medio de todo eso.

 

Es una inquietud natural, pero no podemos quejarnos de tantos males como aquejan al mundo, de la falta de recursos morales en la sociedad, de la falta de ideales grandes en la vida de tantos chicos jóvenes, o de lo mal que están determinados ambientes, si luego no ponemos de nuestra parte todo el calor y el ánimo posibles para que haya personas que sean llamadas por Dios para regenerar esos ambientes. La solución a esos problemas está, en gran medida, en la mano de los padres cristianos con verdadero afán misionero y apostólico, que se esfuerzan por dar a sus hijos una verdadera educación cristiana, procuran sembrar en sus almas ideales de santidad, ensanchar su corazón con las obras de misericordia y crear en torno a ellos un ambiente de sobriedad y de trabajo.

 

—Pero quizá no hay necesidad de que comiencen tan jóvenes su camino de entrega a Dios.

 

No parece que fuera así en el caso de San Estanislao, pues, como acabamos de recordar, solo vivió hasta los dieciocho años. Dios tiene sus tiempos, que no siempre coinciden con los nuestros. Y hay ideales que si no prenden en la primera juventud, se pierden. Es algo que sucede en el noviazgo, en la entrega a Dios y en muchos otros ámbitos. Es en la juventud cuando surgen los grandes ideales de entrega, los deseos de ayudar a otros con la propia vida, de mejorar el mundo, de cambiarlo.

 

Cuando una persona joven se plantea ideales altos de santidad y de apostolado, las familias verdaderamente cristianas lo reciben con un orgullo santo. Si has conseguido ponerte en el lugar de tu hija o de tu hijo, ya te habrá contagiado una pequeña parte de esa felicidad y de esa alegría difícilmente descriptibles. Como madre, como padre, desde el primer momento has buscado lo mejor para tu hija o para tu hijo, y debes sentir también esa satisfacción. ¿Cuál sería tu reacción si te comunicaran que tu hija ha sido seleccionada para representar a tu país en los juegos olímpicos? ¿Cuál si designan a tu hijo como componente del equipo nacional en unos campeonatos del mundo? ¿Y si alguno de ellos es elegido para desempeñar un cargo público de elevada responsabilidad? Nadie acoge esas noticias con pesar o indiferencia. ¿Cómo deberías sentirte entonces si el que elige no es un seleccionador deportivo, o un gobernante, sino el mismo Dios? ¿Y si, además, la recompensa no es simplemente una medalla, unos honores, unos ingresos, sino el ciento por uno y la vida eterna?

 

 

 

47. Una incomprensión inicial

 

El que tiene la verdad en el corazón

no debe temer jamás que a su lengua

le falte fuerza de persuasión.

 

John Ruskin

 

—Entiendo que muchas veces es natural que haya una inicial resistencia por parte de los padres. El hijo debe convencerlos con la madurez de su comportamiento y con la perseverancia en su determinación.

 

Es verdad que los padres necesitan a veces un poco tiempo para asimilar la vocación de sus hijos. Pero la madurez y la rectitud en el comportamiento debe estar presente por parte de todos.

 

Así sucedió, por ejemplo, con San Francisco de Sales. Había decidido entregarse a Dios, pero su padre, Francisco de Boisy, le tenía preparado un magnífico partido: una joven llamada Francisca de Veigy, hija del consejero del Duque de Saboya. Al pequeño Francisco le costaba mucho contrariar a su padre, pero un día del año 1593 finalmente le hizo saber sus propósitos y estalló la tormenta: «Pero, ¿quién te ha metido esa idea en la cabeza?», gritaba su padre. «¡Una elección de ese tipo de vida exige más tiempo que el que tú te tomas!», tronaba furioso. Francisco contestaba que había tenido ese deseo desde la niñez. Y así una vez y otra. De vez en cuando, su madre intentaba ayudarle, sin que se notase que estaba de su parte, y sugería tímidamente: «Ay, será mejor permitirle a este hijo que siga la voz de Dios...». Finalmente, el Señor de Sales, después de un tiempo, cedió: «Pues adelante, hijo mío, haz por Dios lo que dices que Él te inspira.»

 

Aunque no todos los padres que ponen dificultades tienen ese carácter ardoroso y rompedor. Los señores Beltrán, una de las mejores familias de Valencia, no querían en absoluto interferir en la vocación de su hijo Luis. Solo querían “orientarla”. Estaban acostumbrados a que su hijo les obedeciera en todo, y por eso, se quedaron desconcertados cuando les dijo que tenía unos planes diferentes a los que habían previsto: quería irse de casa y entregarse a Dios como fraile dominico. ¡Qué locura! No tenía salud suficiente, no sabía lo que hacía. Y empezaron su batalla. Aceptaban que se fuera, pero ahora no. Quizá en un futuro. No pasaba nada por esperar. Debía comprenderlo, su postura era razonable. Pero el joven Luis obró con la misma libertad que hubiese pedido en el caso de elegir una mujer que no hubiera agradado a sus padres. Escuchó sus consejos, y luego actuó con la libertad que sus padres decididamente le negaban. Así que, un buen día del año 1544, en vista de la rotunda negativa paterna, decidió no volver a casa. Tenía dieciocho años. Y estalló el escándalo familiar, una pequeña tragedia que se repite con frecuencia, con rasgos parecidos, siglo tras siglo, en algunos hogares en que un alma decide dejarlo todo por Dios. Ni lo podían ni lo querían entender. Si hubieran vivido en nuestra época, habrían dicho que a su hijo «le habían comido el coco». Afortunadamente, la historia acabó como la gran mayoría de estas pequeñas tragedias familiares: con la aceptación de la vocación por parte de sus padres, que finalmente comprendieron que Dios quería ese camino para su hijo, que acabó siendo un gran santo de la Iglesia, San Luis Beltrán. Aquel hijo suyo, por cuya salud se preocupaban tanto, evangelizó durante bastantes años las regiones selváticas más difíciles, aprendió a hablar en los idiomas de los indígenas y convirtió miles de indios desde Panamá hasta el Golfo de Urabá. Aseguran las crónicas que bautizó a más de quince mil, que hizo numerosos milagros y que sirvió eficazmente y sin desfallecer a la Iglesia. Cuando su padre estaba en el lecho de muerte, sus últimas palabras fueron: «Hijo mío, una de las cosas que en esta vida me han dado más pena ha sido verte fraile, y lo que hoy más me consuela es que lo seas.»

 

San Bernardo de Claraval consuela en una de sus cartas a los padres de un joven del siglo XII, Godofredo, que ha decidido entregarse a Dios en Claraval, y les dice: «Si a vuestro hijo, Dios se lo hace suyo, ¿qué perdéis vosotros en ello y qué pierde él mismo? Si le amáis, habéis de alegraros de que vaya al Padre, y a tal Padre. Cierto, se va a Dios; mas no por eso creáis perderlo; antes bien, por él adquirís muchos otros hijos. Cuantos somos aquí en Claraval, y cuantos somos de Claraval, al recibirle a él como hermano, os tomamos a vosotros como padres. Pero quizá teméis que le perjudique el rigor de nuestra vida. Confiad, consolaos: yo le serviré de padre y le tendré por hijo, hasta que de mis manos lo reciba el Padre de las misericordias y el Dios de toda consolación.»

 

En el siglo XIX, Bernadette Soubirous, la vidente de Lourdes, escribe una carta al padre de una amiga suya, M. Mouret, que no entiende la vocación de su hija. Bernadette le pide que la deje ir con ella: «Sea generoso con Dios —le dice— que nunca se deja vencer en generosidad. Algún día estará usted contento de haberle dado su hija, a quien no puede dejar en mejores manos que las del Señor. Quizás haría usted grandes sacrificios para confiarla a un hombre al que no conoce y que puede hacerla desgraciada, y, no obstante, ¿quiere negarla al que es el rey del cielo y de la tierra? ¡Oh, no, señor! Tiene usted muy buenos sentimientos para obrar de esa manera. En cambio yo creo que debe dar gracias a Dios por el beneficio que le concede...».

 

Por aquella misma época, un joven ecuatoriano llamado Miguel Febres desea ingresar en el noviciado de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Le encanta la enseñanza y desea dedicar a ella su vida. Sus padres se oponen frontalmente, pues pertenecen a la alta sociedad y en cambio aquellos religiosos viven muy austeramente y se dedican a la educación de niños pobres. Para disuadirle lo envían a otro instituto, pero allí enferma y tiene que volver a casa. Finalmente, cuando el chico tiene catorce años, en 1868, su madre accede a que sea religioso. Su padre cede inicialmente, pero no deja de presionar para que abandone ese camino y no escribe a su hijo ni una sola línea en cinco años. Aquel chico pronto destaca como un profesor muy querido y valorado. Posee una gran cultura, domina cinco idiomas y escribe numerosos textos escolares que pronto se difunden por todo el país. Demuestra una enorme capacidad de querer y de hacerse querer, adquiere una gran confianza con sus alumnos y logra sorprendentes mejoras en las personas. Cuando muere, en 1910, su fama de santidad se extiende por numerosos países de Europa y América. Sin su constancia para superar la oposición familiar inicial, no tendríamos hoy a San Miguel Febres, que la Iglesia propone como modelo de hombre culto, pero sencillo y humilde, totalmente entregado a la obra de la evangelización a través de la enseñanza.

 

Son testimonios diversos que confirman el gozo de tantos padres que inicialmente se opusieron tenazmente a la vocación de sus hijos, pero que, al final, comprendieron su decisión. El gozo de los padres que han sido generosos con la vocación de sus hijos no acabará aquí en la tierra, pues será aún mayor en la otra vida, cuando contemplen, con toda su grandeza, el influjo espiritual de la vida de sus hijos en miles y miles de almas.

 

Podemos imaginar el gozo de Luis Martín, al ver desde el cielo los grandes frutos que ha supuesto la entrega de su hija Santa Teresa de Lisieux. O la alegría de la madre de San Juan Bosco al contemplar el crecimiento de aquel hogar espiritual que nació gracias a su esfuerzo. O la satisfacción de Juan Bautista Sarto al comprobar cómo él, un pobre alguacil, contribuyó sin saberlo a enriquecer la Iglesia contemporánea con la aportación de San Pío X.

 

También podemos imaginarnos a Teodora Theate, a Monna Lapa, a Juan Luis Beltrán, a Ferrante Gonzaga, a la madre de Juan Crisóstomo, a Pietro Bernardone y a tantos y tantos otros. También ellos gozarán al ver las maravillas que ha hecho Dios por medio de sus hijos. Y darán gracias porque, pese a sus lamentos, sus amenazas o sus “pruebas”, sus hijos no les hicieron demasiado caso. Si hubieran llegado a hacerlo, la Iglesia y la humanidad no contarían ni con Santo Tomás de Aquino, ni con Santa Catalina de Siena, ni con San Luis Beltrán, ni con San Luis Gonzaga, ni con San Juan Crisóstomo, ni con San Francisco de Asís. La Iglesia habría sufrido enormes pérdidas, en el ámbito de la teología, del papado, de la evangelización, de la espiritualidad, de la doctrina.

 

Gracias a Dios, sus hijos fueron fieles a su vocación, y las palabras de Jesús adolescente en el Templo resonaron con fuerza en sus oídos: «¿No sabíais que yo debo ocuparme en las cosas de mi Padre?». Con esas palabras, Jesús Niño quiso dejar su propio testimonio para dar fortaleza a quienes debían seguirle en el futuro. Y dejó también una referencia para los padres, pues María y José no protestaron, sino que supieron buscar, aun en lo inicialmente incomprensible y doloroso, la voluntad de Dios.

 

«En este episodio evangélico —comenta Benedicto XVI— se revela la más auténtica y profunda vocación de la familia: la de acompañar a cada uno de sus miembros en el camino del descubrimiento de Dios y del proyecto que Él ha dispuesto para ellos. María y José educaron a Jesús ante todo con su ejemplo. En sus padres, Jesús conoció toda la belleza de la fe, del amor por Dios y por su Ley, así como las exigencias de la justicia, que halla pleno cumplimiento en el amor. De ellos aprendió que en primer lugar hay que hacer la voluntad de Dios, y que el vínculo espiritual vale más que el de la sangre. La Sagrada Familia de Nazaret es verdaderamente el prototipo de cada familia cristiana, que está llamada a llevar a cabo la estupenda vocación y misión de ser célula viva no solo de la sociedad, sino de la Iglesia, signo e instrumento de unidad para todo el género humano.»

 

Porque no siempre las cosas de Dios son fáciles de entender. Dice el Evangelio que María guardaba todas estas cosas, ponderándolas en su corazón. Y a la Virgen no le faltaba inteligencia, ni buena disposición, ni cercanía a Dios. Pero recibía contestaciones que le resultaban un tanto misteriosas, no fácilmente comprensibles, y que, sin embargo, aceptaba y meditaba en su corazón. «María y José —explicaba Juan Pablo II— le habían buscado con angustia, y en aquel momento no comprendieron la respuesta que Jesús les dio (...) ¡Qué dolor tan profundo en el corazón de los padres! ¡Cuántas madres conocen dolores semejantes! A veces porque no se entiende que un hijo joven siga la llamada de Dios (...); una llamada que los mismos padres, con su generosidad y espíritu de sacrificio, seguramente contribuyeron a suscitar. Ese dolor, ofrecido a Dios por medio de María, será después fuente de un gozo incomparable para los padres y para los hijos.»

 

Para quienes están en el proceso de discernimiento de su propia vocación, o para sus padres, meditar la vida de la Virgen siempre resultará enriquecedor. Todos obtendremos nueva luz si ponderamos en nuestro corazón esas escenas, contemplando, por ejemplo, el momento del Nacimiento, con su esperanza alegre y su calor humano; o la huída a Egipto, en los momentos duros de la fe o de la vocación; o su vida en Nazaret, para que lo cotidiano de nuestra vida no se tiña de rutina mala. La Virgen es siempre un modelo de la disposición con que debemos escuchar a Dios, de confianza para preguntar lo que no entendemos, de generosidad y de diligencia en la respuesta, de humildad, de perseverancia en las horas difíciles, de fidelidad a la misión recibida.

 

 

 

48. Dar la vida

 

El tirano muere,

y su reino termina.

El mártir muere,

y su reino comienza.

 

Soren Kierkegaard

 

Maximiliano Kolbe era hijo de unos modestos tejedores que vivían en Zdunska Wola, una pequeña ciudad polaca. Un domingo, cuando Maximiliano tenía doce años, escucha en la homilía de la Misa que los padres franciscanos abren un nuevo seminario en Lvov. Aquello hace despertar y madurar su vocación, y al inicio del curso siguiente, en octubre de 1907, marcha a ese seminario junto con su hermano Francisco.

 

Pasa un tiempo y ambos hermanos entran en una fuerte crisis interior. Maximiliano se convence y convence a su hermano de que lo mejor es abandonar el seminario y seguir la carrera militar en aquella ciudad, que es por entonces el centro de la resistencia polaca. Un día antes de comenzar el noviciado, el 3 de septiembre de 1910, se disponen a comunicar su decisión al ministro provincial, pero en ese momento suena la campanilla del recibidor: es María Dabrowka, su madre, que viene, como otras veces, a visitar a sus hijos. Sin saber nada de todo aquello, ella les cuenta con gran ilusión que José, el hermano pequeño, también va a ingresar en la orden franciscana. Y como ella y su marido son terciarios franciscanos, ahora toda la familia estará presidida por el espíritu de San Francisco. Aquella visita disipa sus dudas. Al día siguiente, ambos hermanos reciben el hábito negro conventual. Es entonces cuando adopta el nombre de Fray Maximiliano María y emite su profesión simple bajo la Regla de San Francisco, con apenas diecisiete años de edad.

 

Ya no tuvo más dudas. Tiempo mas tarde, en una carta a su madre, recuerda con emoción aquel memorable episodio, que siempre considerará salvador de su vocación: «La providencia, en su infinita misericordia, por medio de la Inmaculada, te envió a nosotros en aquel crítico momento. Han pasado ya nueve años desde aquel día, y pienso en ello con temor y gratitud hacia la Inmaculada. ¿Qué habría sido de nosotros si no nos sostuviese con su mano?».

 

En 1912, a la vista de sus excelentes cualidades intelectuales, es enviado a Roma. Allí permanece siete años, hasta terminar sus doctorados en Filosofía y en Teología, y es ordenado sacerdote. Son unos años muy fecundos y decisivos, en los que funda un movimiento llamado "La Milicia de la Inmaculada". En 1919 vuelve a Polonia, con veinticinco años y bastante mala salud, aunque con una fuerza espiritual extraordinaria. No le faltan incomprensiones, calumnias y obstáculos. En 1922 comienza la publicación de una revista mensual llamada "Caballero de la Inmaculada", con la que se propone «forrar el mundo entero con papel impreso para devolver a las almas la alegría de vivir». En 1929 funda en Niepokalanów, a cuarenta kilómetros de Varsovia, un convento de sacerdotes y hermanos franciscanos comprometidos a promover la Milicia a través de todos los medios de comunicación. Bajo su dirección, Niepokalanów se desarrolla con gran fuerza y en pocos años el número de frailes supera los novecientos. La tirada de sus publicaciones supera el millón de revistas mensuales destinados para el millón de miembros de la Milicia en todo el mundo.

 

Pero el padre Kolbe presiente su fin y el acercarse del calvario para sus hijos espirituales. En marzo del 1938 les dice: «Hijos míos, sabed que un conflicto terrible se avecina. No sabemos cuáles serán las etapas. Pero, para nosotros en Polonia hay que esperar lo peor. En los primeros tres siglos de historia, la Iglesia fue perseguida. La sangre de los mártires hacía germinar el cristianismo. Cuando más tarde la persecución terminó, un Padre de la Iglesia comenzó a lamentar la mediocridad de los fieles y no vio con malos ojos la vuelta de las persecuciones. Debemos alegrarnos de lo que va a suceder, porque en las pruebas nuestro celo se hará más ardiente.»

 

Tres días antes de estallar la Segunda Guerra Mundial, prepara de nuevo sus corazones: «Trabajar, sufrir y morir heroicamente, y no como un burgués en la propia cama. Recibir una bala en la cabeza para sellar el propio amor a la Inmaculada. Derramar valientemente la sangre hasta la última gota, para acelerar la conquista de todo el mundo para Ella. Esto os deseo y me deseo a mí mismo. Nada más sublime puedo augurarme y auguraros. Jesús mismo lo dijo: “No hay amor mas grande que dar la vida por el propio amigo".»

 

Los nazis invaden Polonia y en pocas semanas toda la nación sufre la humillación de la derrota. La Luftwaffe alemana bombardea Niepokalanów y después las tropas lo saquean. Destrozan imágenes, queman ornamentos sagrados y requisan la maquinaria tipográfica. El padre Kolbe, pese al clima de odio al enemigo, no se deja dominar por el rencor y perdona como Cristo en la Cruz. Un día se presenta en Niepokalanow la Wehrmacht con gritos de «Todos fuera!¡Todos en marcha!». Los frailes son reunidos en el patio y cargados en camiones rumbo a campos de concentración: de Lamsdorf a Amtitz, y de aquí a Ostrzeszow. En mayo de 1941, el padre Kolbe es conducido a Auschwitz, donde le corresponde trabajar como peón en el acarreo materiales para la construcción de un muro.

 

El 3 de agosto, un prisionero escapa. Por la tarde, al pasar lista, se descubre el hecho. El terror hiela los corazones de aquellos hombres. Todos saben la norma establecida como represalia: por cada evadido, diez de sus compañeros, escogidos al azar, son condenados a morir de hambre en el bunker de la muerte. A todos aterroriza el lento martirio del cuerpo, la tortura del hambre, la agonía de la sed. Al día siguiente, mientras los otros grupos siguen sus faenas diarias, el suyo queda formado en la explanada bajo el sol calcinante del verano, sin comer ni beber. Las horas pasan con enorme lentitud. Cuando se distribuye la comida, todos observan como sus raciones son tiradas de las ollas al desagüe. Al romper filas van a sus catres sabiendo que pronto diez de ellos estarán en el bunker de la muerte. Ya ha sucedido antes en dos ocasiones.

 

Al día siguiente, a las seis de la tarde, el coronel Fritsch, comandante del campo, se planta de brazos cruzados ante sus víctimas. Hay un silencio de tumba sobre la inmensa explanada, con dos mil presos formados, sucios y macilentos. «El fugitivo no ha aparecido. De modo que diez de ustedes serán condenados al bunker de la muerte. La próxima vez serán veinte.» Los condenados son escogidos al azar. «¡Este! ¡Aquel!», grita el comandante. El ayudante Palitsch anota los números de los condenados. Aterrorizado, cada uno de los señalados sale de la formación, sabiendo que es su final. Entre ellos hay un sargento polaco llamado Franciszek Gajowniczek, que lanza un grito de dolor: «Dios mío, tengo mujer e hijos. ¿Quién los va a cuidar?».

 

Las palabras del sargento sin duda tocan el corazón de muchos presos, pero en el corazón del padre Kolbe sucede algo más. Mientras los diez condenados se van quitando los zapatos, pues deben ir descalzos al lugar del suplicio, de pronto ocurre lo que nadie podía imaginar. Maximiliano Kolbe sale de su fila, se quita la gorra y se planta delante del comandante. Señala con la mano hacia Gajownieczek y se ofrece a morir en su lugar: «Soy un sacerdote católico polaco, estoy ya viejo. Querría ocupar el puesto de ese hombre que tiene mujer e hijos.» El comandante, tras un momento de duda, acepta el cambio.

 

Después de ordenar a los presos que se desnuden, los empujan al bunker, del que ya solo salen cadáveres para el crematorio. Diariamente, los guardias inspeccionan el bunker y ordenan retirar los cuerpos de los fallecidos. Son días de angustia en los que aquel sacerdote enfermo de cuarenta y siete años anima a los demás y reza con ellos. Poco a poco, van muriendo todos. Al final, queda solo él. Como los guardias necesitan ese lugar para otros presos que están llegando, le ponen una inyección de ácido fénico y muere. Es el 14 de agosto de 1941.

 

En 1982 es canonizado por Juan Pablo II en Roma. En la ceremonia está presente un testigo excepcional: el anciano Franciszek Gajowniczek, aquel hombre que, cuarenta y un años antes, había salvado su vida en Auschwitz gracias al nuevo santo.

 

San Maximiliano Kolbe venció al mal con el poder del perdón, el amor y la generosidad. Murió tranquilo, rezando hasta el último momento. Cuenta un testigo, el Doctor Stemler, que en los campos de exterminio casi no se veían manifestaciones de amor al prójimo, y era corriente que un preso se peleara con otro por un mendrugo de pan, pero él, en cambio, dio su vida por un desconocido. Aquello fue la más elocuente y eficaz respuesta al odio y la barbarie impuestos por la brutalidad nazi. De esa manera, dio un testimonio y un ejemplo de dignidad en medio de la más terrible adversidad: «No hay amor más grande que éste: dar la vida por sus amigos» (Jn 15, 13).

 

Muchas personas han sido beneficiadas por el influjo de la vida de este santo. Juan Pablo II dejó escrita cuál fue la influencia que tuvo en su propia vocación sacerdotal. La Milicia de la Inmaculada está hoy extendida por todo el mundo, con más de tres millones de miembros en casi cincuenta países. Caben muchas preguntas y reflexiones, pero hay una que quizá puede ayudar a muchos en algún momento de dificultad al comienzo de su camino: ¿Qué habría sucedido si Maximiliano hubiera abandonado el seminario cuando atravesó aquella crisis en su vocación? ¿Cómo habría cambiado la historia de tantas vidas si su madre no le hubiera impulsado hacia delante, casi sin saberlo?

 

 

 

49. Dios no era invisible

 

No maldigas la oscuridad,

enciende una vela.

 

Proverbio

 

«A mi colegio de monjas de la Congregación del Amor de Dios —escribe Juan Manuel de Prada— iba de vez en cuando a visitarnos alguna misionera recién llegada de Nigeria o Mozambique. Eran mujeres que habían entregado su juventud a Dios y que, después de profesar, habían solicitado voluntariamente un traslado a aquellas regiones fustigadas por el hambre y la pólvora y las epidemias más feroces, para inmolarse en una tarea callada. Eran mujeres enjutas, prematuramente encanecidas, calcinadas por un sol impío que había agostado los últimos vestigios de su belleza, y sin embargo risueñas, como alumbradas por unas convicciones indómitas. Habían renunciado a las ventajas de una vida regalada, habían renunciado al regazo protector de la familia y la congregación para agotarse en una labor tan numerosa como las arenas del desierto. Entregaban su vida fértil en la salvación de otras vidas con un denuedo que parecía incongruente con la fragilidad de sus cuerpecillos entecos, reducidos casi a la osamenta. Con cuatro duros y toneladas de entusiasmo, habían puesto en marcha comedores y hospitales y escuelas, habían repartido medicinas y viandas y consuelo espiritual, habían enseñado a los indígenas a labrar la tierra y a cocer el pan. También habían velado la agonía de muchos niños famélicos, habían apaciguado el dolor de muchos leprosos besando sus llagas, habían sentido la amenaza de un fusil encañonando su frente. ¿De dónde sacaban fuerzas para tanto?

 

»”Un día descubrí que Dios no era invisible —recuerdo que me contestó una de aquellas misioneras—. Su rostro asomaba en el rostro de cada hombre que sufre.” Este descubrimiento las había obligado a rectificar su destino: “Si no atendía esa llamada, no merecía la pena seguir viviendo”. Y así se fueron al África o a cualquier otro arrabal del atlas, con el petate mínimo e inabarcable de sus esperanzas, dispuestas a contemplar el rostro multiforme de Dios. A veces tardaban años en volver, tantos que, cuando lo hacían, sus rasgos resultaban irreconocibles incluso para sus familiares; luego, tras una breve visita, regresaban a la misión, para seguir repartiendo el viático de su sonrisa, la eucaristía de sus desvelos. Y así, en un ejercicio de caridad insomne, iban extenuando sus últimas reservas físicas, hasta que la muerte las sorprendía ligeras de equipaje, para llevarse tan solo su envoltura carnal, porque su alma acérrima y abnegada se quedaba para siempre entre aquellos a quienes habían entregado su coraje. Algunas, antes de dimitir voluntariamente de la vida, eran despedazadas por las epidemias que trataban de sofocar, o fusiladas por una partida de guerrilleros incontrolados.

 

»Repartidos por los parajes más agrestes u hostiles del mapa, una legión de hombres y mujeres de apariencia humanísima y espíritu sobrehumano contemplan cada día el rostro de Dios en los rostros acribillados de moscas de los moribundos, en los rostros tumefactos de los enfermos, en los rostros llagados de los hambrientos, en los rostros casi transparentes de quienes viven sin fe ni esperanza. Son hombres y mujeres como aquellas monjas que iban a visitarme a mi colegio, enjutos y prematuramente encanecidos, en cuyos cuerpecillos entecos anida una fuerza sobrenatural, un incendio de benditas pasiones que mantiene la temperatura del universo. Un día descubrieron que Dios no era invisible, que su rostro se copia y multiplica en el rostro de sus criaturas dolientes, y decidieron sacrificar su vida en la salvación de otras vidas, decidieron ofrendar su vocación en los altares de la humanidad desahuciada. Que nos cuenten su epopeya silenciosa y cotidiana, que divulguen su peripecia incalculablemente hermosa, a ver si hay papel suficiente en el mundo.»

 

—Es un ejemplo admirable, desde luego, pero la mayoría de la gente lo ve como algo inimitable, demasiado costoso, el sacrificio de toda una vida.

 

Sin duda es admirable, y es cierto que no todos, ni la mayoría, estamos llamados a ese camino. Pero una vocación de entrega especialmente exigente no debe verse como algo triste o negativo. La entrega supone esfuerzo, por supuesto, pero eso sucede con cualquier gran proyecto en la vida de cualquier persona. Como ha señalado Benedicto XVI, el esfuerzo personal es algo esencial, y eludir esa verdad es autoengañarse: «El futuro de la Iglesia solo puede venir y solo vendrá de la fuerza de aquellos que tienen raíces profundas y que viven la plenitud pura de su fe. No vendrá de aquellos que hacen solo teorías. No vendrá de aquellos que solo eligen el camino más cómodo. De los que esquivan la pasión de la fe y declaran falso y superado todo aquello que exige el esfuerzo del hombre, que le cuesta superarse y darse a sí mismo. El futuro de la Iglesia está marcado, siempre, por los santos. Por personas que captan más que las solas frases huecas que están de moda.»

 

—Es un ideal atractivo, sin duda, pero debe ser necesaria una ayuda especial de Dios para vivirlo.

 

Dios da siempre esa ayuda. Nos da una luz que nos hace ver que nuestra misión es necesaria, que hay muchas personas que esperan mucho de nosotros. Es una vida de entrega a los demás, que no solo es compatible con la alegría, sino que está en su fundamento. «Un santo triste es un triste santo», decía Santa Teresa de Ávila.

 

«En los momentos de incertidumbre sobre mi vocación —decía por su parte la Madre Teresa de Calcuta—, hubo un consejo de mi madre que me resultó muy útil: “Cuando aceptes una tarea, hazla de buena gana, o no la aceptes”, me decía. Una vez pedí consejo a mi director espiritual acerca de mi vocación. Le pregunté cómo podía saber que Dios me llamaba y para qué me llamaba. Él me contestó: “Lo sabrás por tu felicidad interior. Si te sientes feliz por la idea de que Dios te llama para servirle a él y al prójimo, ésa es la prueba definitiva de tu vocación. La alegría profunda del corazón es la brújula que nos marca el camino que debemos seguir en la vida. No podemos dejar de seguirla, aunque nos conduzca por un camino sembrado de espinas.»

 

Todo esto lo decía una persona que, como hemos visto, pasó por largas etapas de aridez interior, por la famosa “noche oscura del alma”, y por eso su entrega nos muestra que esa alegría interior no se fundamenta en la ausencia de inquietudes o tribulaciones, sino en una convicción profunda del alma que nos confirma que ese sacrificio merece la pena y que debemos dedicar a él nuestra vida entera.

 

 

 

50. Arreglar al hombre

 

No hay ningún viento favorable

para el que no sabe

a qué puerto se dirige.

 

Arthur Schopenhauer

 

Un hombre sabio vivía preocupado con los muchos problemas que aquejaban a la humanidad, y pasaba los días en busca de respuestas para sus inquietudes sobre cómo mejorar el mundo. Una mañana, un hijo suyo de nueve años entró en su despacho decidido a ayudarle a trabajar. El hombre, nervioso por la interrupción, pidió al niño que se fuese a otro sitio a jugar. Viendo que no lograba que se marchara, pensó en algo que pudiese mantenerle ocupado durante un rato. Vio una revista donde había un mapa del mundo, y con unas tijeras lo recortó en numerosos pedazos. Se lo entregó a su hijo, junto con un rollo de cinta adhesiva, y le dijo: «Como te gustan los rompecabezas, te voy a dar este mundo roto en pedazos, que es como está, para que lo recompongas sin ayuda de nadie».

 

Calculó que al pequeño le podría llevar varias horas recomponer aquel mapa, si es que llegaba a hacerlo. Sin embargo, pasados unos minutos, escuchó la voz del niño: «Papá, ya lo he acabado». Al principio no se lo tomó en serio. Era imposible que, a su edad, hubiese logrado recomponer un mapa que apenas había visto antes. Levantó la vista con la certeza de que vería el trabajo propio de un niño. Pero, para su sorpresa, el mapa estaba perfecto. Todos los pedazos estaban en su debido lugar. ¿Cómo era posible que un niño hubiera podido hacerlo?

 

Le dijo: «Hijo mío, tú no sabías cómo era el mundo, ¿cómo lograste recomponerlo?». «Papá, yo no sabía cómo era el mundo, pero cuando sacaste el mapa de la revista para recortarlo, vi que en la otra cara del papel estaba la figura de un hombre. Así que di la vuelta a los recortes y comencé a recomponer al hombre, que sí sabía como era. Cuando conseguí arreglar el hombre, di vuelta la hoja y había arreglado el mundo.»

 

Arreglar el hombre es arreglar el mundo. Por eso son tan necesarios los santos. Los santos son la salvación de la Iglesia, el verdadero honor de la cristiandad, el hilo de oro que atraviesa la historia de los hombres, el canal limpio por el que llega a nosotros el testimonio vivo de Dios. Los santos remueven a quienes tienen alrededor y les ponen de cara a su responsabilidad delante de Dios.

 

Una tarde de noviembre de 1942, en Madrid, San Josemaría Escrivá acude al único centro de mujeres del Opus Dei que por entonces existe. Todo el Opus Dei femenino se reduce por entonces a diez chicas jóvenes. Se reúne con las tres que a esa hora están en la casa. Desdobla un papel y lo extiende sobre la mesa. Es como un cuadro, un esquema donde se exponen las diversas labores de apostolado que habrán de realizar en el mundo entero. Al tiempo que explica con viveza su contenido, va señalando con el dedo cada uno de los rótulos del cuadro: escuelas para campesinas, residencias universitarias, clínicas, centros de capacitación profesional de la mujer en distintos ámbitos, actividades en el campo de la moda, librerías... Les dice también, antes y después, que lo más importante ha de ser el apostolado de amistad que cada una desarrolle con sus familias, con sus vecinas, con sus conocidas, con sus colegas. El Padre repite varias veces: «¡Soñad y os quedaréis cortas!».

 

Aquellas tres le miran pasmadas, entre el asombro y el vértigo. Les parece que allí, sobre la mesa, está desplegado un sueño. Un bello sueño para un lejano futuro. Ellas se sienten inexpertas, sin medios, sin recursos, incapaces. No se les ocurre pensar que todo eso tengan que hacerlo ellas mismas. San Josemaría capta en esas miradas la ilusión y la impotencia, el deseo y el temor, un acobardado ¡ya nos gustaría...! Muy despacio, recoge el papel y comienza a doblarlo. Su rostro ha cambiado. Ahora está serio. ¿Decepcionado? ¿Triste? Por la mente y por el corazón de San Josemaría ha cruzado, posiblemente, como un pájaro torvo, el pensamiento derrengador de que hace más de doce años que lucha por dar cuerpo y vida al Opus Dei de las mujeres, tal como vio que Dios lo quería, el 14 de febrero de 1930. Primero llegaron unas que parloteaban y trajinaban, pero no rezaban. Se fueron. Luego llegaron otras que sí rezaban, pero no trabajaban: no eran esa clase de mujeres que han de bregar en la sociedad civil para poner a Cristo en la cumbre de toda actividad humana. Eran muy buenas, pero de pasta mística. Tuvo que decirles que tampoco servían. Éstas de ahora son de la tercera hornada, ¿y es posible que, a la hora de fajarse con la verdad, se queden ahí, paralizadas por el miedo? Sin desafíos, va a ponerlas cara a su responsabilidad. Escogiendo muy bien las palabras, les dice: «Ante esto, se pueden tener dos reacciones. Una, la de pensar que es algo muy bonito pero quimérico, irrealizable. Y otra, de confianza en el Señor que, si nos pide todo esto, nos ayudará a sacarlo adelante.»

 

Calla. Las mira, deteniéndose en cada una, como si con esa mirada pudiera trasvasarles su propia fe, inundarlas con su seguridad. Después, antes de marcharse, añade: «Espero que tengáis la segunda reacción». Y la tienen. No es una utopía. Ciertamente, no están abiertos los caminos. Los harán ellas, al golpe de sus pisadas. A la vuelta cuarenta años, todo aquello era una realidad extendida por más de setenta países en los cinco continentes. Aquellas tres se han multiplicado por más de diez mil cada una. Desplegando sueños, pero arremangándose en la faena diaria. Sin decir basta. Sin amilanarse. Martilleando sobre las resistencias, sin detenerse en lo fácil.

 

Una sociedad cristiana se mide por su capacidad de engendrar santos. Y tal vez por eso, la gran venganza de los mediocres contra los santos sea, precisamente, todas esas colecciones de biografías de santos en las que se les pinta blanditos, dulcecitos, demasiado místicos. Tomados en su realidad, los santos queman. Los santos no son como los centauros o las sirenas, no son una especie de seres mitológicos que salen solo en los libros, sino seres normales, con defectos, porque los santos tenían defectos, quizá más que otros que no lo fueron, pero su santidad se plasmó sobre todo en la maravilla de dominarlos. No nacieron santos, sino que llegaron a serlo con su lucha diaria por superarse.

 

«Mediante el ejemplo de los santos —decía Benedicto XVI en Colonia en 2005—, Dios nos ha abierto a lo largo de la historia el Evangelio, hojeando sus páginas, y lo sigue haciendo todavía. En las vidas de esas personas se revela la riqueza del Evangelio como en un gran libro ilustrado. Son la estela luminosa que Dios ha dejando en el transcurso de la historia, y sigue dejando aún.

 

»Los santos han sido personas que no han buscado obstinadamente la propia felicidad, sino que han querido simplemente entregarse, porque han sido alcanzados por la luz de Cristo. De este modo, ellos nos indican el camino para ser felices y nos muestran cómo se consigue ser personas verdaderamente humanas.

 

»En las vicisitudes de la historia, los santos han sido los verdaderos reformadores que tantas veces han remontado a la humanidad de los valles oscuros en los cuales está siempre en peligro de precipitar; y la han iluminado siempre de nuevo. Los santos son los verdaderos reformadores. Solo de los santos, solo de Dios, proviene la verdadera revolución, el cambio decisivo del mundo.»

 

En el año 2005, todo el mundo asistió sobrecogido al vendaval de emoción que supuso el fallecimiento de Juan Pablo II. Fue una extraordinaria muestra de la fecundidad de una vida de entrega absoluta a la misión que tenía encomendada por Dios. Fueron millones de personas que se conmovieron, que pedían su urgente canonización, que con aquello decidieron dar un cambio en sus vidas. Toda la biografía de Karol Wojtyla fue una lucha titánica contra las dificultades que se afanaban en impedir su avance en el camino señalado por Dios, pero su fidelidad inquebrantable ha dado luz y esperanza a nuestro mundo cansado. Su vida, como la de tantos otros que han salido en estas páginas, y como la de tantos otros millones de almas desconocidas que pueblan la tierra, son vidas abiertas a la respuesta personal a los requerimientos de Dios. No son vidas cerradas. Santo Tomás Moro podría haber cedido a los deseos de Enrique VIII y hoy sería un triste personaje más de una etapa penosa de un lamentable reinado de la Inglaterra del siglo XVI. Santo Tomás de Aquino o Santa Catalina de Siena podrían haber cedido a los deseos de su madre, o San Luis Gonzaga o San Estanislao de Kostka ante los de su padre. El Santo Cura de Ars o San Clemente Hofbauer podrían haberse rendido a las dificultades que tuvieron para hacer sus estudios sacerdotales, o Santa Jacinta ante las dificultades de su carácter. San Maximiliano Kolbe podría no haber tenido aquel arranque de generosidad en Auschwitz. Pero ellos, y muchos otros, fueron fieles a la llamada que Dios les hacía y hoy el mundo es distinto gracias a ellos.

 

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