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La llamada de Dios (anécdotas, relatos y
reflexiones sobre la vocación) 1.
El encuentro con la verdad sobre uno mismo 2.
Palabras que hieren 3.
Como modos hay de enamorarse 4.
Los síntomas de la vocación 5.
Casualidades 6.
Capacidad de escucha 7.
Detalles que a otros pasan inadvertidos 8.
¿Se me tiene que haber ocurrido a mí? 9.
Un encuentro fortuito 10.
Dios habla bajito 11.
Darse por enterado 12.
Así me hice cura 13.
El joven rico 14.
Superar el miedo 15.
Mañana, mañana 16.
Cambiar los propios planes 17.
Perderlo todo 18.
¿Perder la libertad? 19.
La sencilla palabra “sí” 20.
La persecución de los bien intencionados 21.
Dar la cara cuando no resulta fácil 22.
Ser tomados por locos 23.
La fuerza de la fe 24.
La forja de una vocación 25.
La vida a una carta 26.
¿Demasiado joven? 27.
Demasiado pronto 28.
¿Es necesario ser célibe? 29.
Las propias limitaciones 30.
Hay otros mejor preparados 31.
La duda sobre las propias cualidades 32.
Nunca lo había pensado 33.
Dejar pasar el tiempo 34.
¿Seré capaz de perseverar? 35.
Veo que algunos han fracasado 36.
¿Es un camino cerrado? 37.
A contraola 38.
La noche oscura 39.
¿No es una lucha extenuante durante toda la vida? 40.
El hijo pródigo 41.
¿Mi hijo Tomás, un simple fraile? 42.
El hijo del pobre alguacil de Riese 43.
Cuatro hijos sacerdotes 44.
A él le debo la vocación 45.
Hijos demasiados místicos 46.
Es todavía un niño 47.
Una incomprensión inicial 48.
Dar la vida 49.
Dios no era invisible 50.
Arreglar al hombre 1.
El encuentro con la verdad sobre uno mismo Dios
no habla, pero
todo habla de Dios. Julien
Green Cuenta
Maxim Gorki la historia de un pensador ruso que pasaba por una etapa de cierta
crisis interior y decidió ir a descansar unos días a un monasterio. Allí le
asignaron una habitación que tenía un cartelillo sobre la puerta en el que
estaba escrito su nombre. Por la noche, no lograba conciliar el sueño y decidió
salir a dar un paseo por el imponente claustro. A su vuelta, se encontró con
que no había suficiente luz en el pasillo para leer el nombre que figuraba en
la puerta de su dormitorio. Fue
recorriendo el claustro y todas las puertas le parecían iguales. Por no
despertar a los monjes, pasó la noche entera dando vueltas por el enorme y
oscuro corredor. Con la primera luz del amanecer distinguió al fin cuál era la
puerta de su habitación, por delante de la cual había pasado tantas veces a lo
largo de la noche, sin advertirlo. Aquel
hombre pensó que todo su deambular de aquella noche era una figura de lo que a
los hombres nos sucede muchas veces. Pasamos por delante de la puerta que
conduce al camino que estamos llamados, pero nos falta luz para verlo. Por
eso, saber cuál es nuestra misión en la vida es la cuestión más importante que
debemos plantearnos cada uno, y que podemos plantear a quienes queremos ayudar
a vivir con acierto. La vocación es el encuentro con la verdad sobre uno mismo.
Un encuentro que proporciona una inspiración básica en la vida, de la que nace
el compromiso, el cometido principal que cada persona tiene, y que quien es
creyente percibe como los planes de Dios para él. La vocación incluye todo
aquello que una persona se ve llamada a hacer, lo que da sentido a su vida. —¿Y
si no quisiera conocerla? Quizá
la mayor desgracia que puede sufrir una persona es desconocer la voluntad de
Dios para ella. La vocación es como el reto que el Señor nos plantea en nuestra
vida, lo que nos hará más felices que cualquier otra opción. Por eso, ayudar a
otra persona a encontrar la voluntad de Dios para ella es la mejor caridad que
se puede ejercer con ella. Porque no es una simple caridad que le pueda
resolver una cuestión parcial o puntual, y que por tanto le dará un poco más de
felicidad, sino que es algo que afecta al resultado global de su vida. —¿Te
refieres a la felicidad en la vida eterna? Me
refería a la felicidad aquí en la tierra, aunque, al fin y al cabo, son
cuestiones muy relacionadas, pues, como decía San Josemaría Escrivá, «la
felicidad del Cielo es para los que saben ser felices en la tierra». Los
mandatos de Dios no encadenan, sino que potencian al hombre, lo desarrollan, lo
dignifican, ensanchan su libertad, lo hacen feliz. —Pero
se puede desconocer la voluntad de Dios sin tener culpa de ello. Siempre
sería culpablemente, pues Dios da los medios para conocer su voluntad. Lo contrario
sería injusto por su parte, y por tanto una contradicción. El
encuentro más profundo con la verdad, aparte de la fe, es la vocación. Al decir
que sí nos ponemos en las manos de Dios. La vocación es una nueva luz, un
acontecimiento que nos da una nueva visión de la vida. Una luz para acertar con
nuestro camino y para no tropezar en él. Cuando cualquier persona descubre una
verdad, debe procurar conformar su vida con esa verdad: esto es lo coherente, y
lo propiamente humano. A su vez, cualquier ideal humano nace del descubrimiento
de una verdad. Cualquier cambio en la vida de un hombre parte siempre del
encuentro con una verdad. Y esto es algo universal: toda persona tiene verdades
que le inspiran, y de ahí parten los compromisos que definen su vida. —¿La
vocación es encontrar una verdad, o es encontrar a Jesucristo? Viene
a ser lo mismo, pues en el Nuevo Testamento puede leerse bien claro que Él es
la Verdad. Por eso, conocer cada vez mejor a Jesucristo es algo central para el
discernimiento de la vocación. No se suele comenzar a ser cristiano, ni a
entregarse a Dios, por una decisión ética, o por una gran idea, sino más bien
por el encuentro con la persona de Jesucristo, que da un nuevo horizonte a la
vida y, con ello, una orientación decisiva. Por
esa misma razón, con los relatos y reflexiones que van saliendo a lo largo de
estas páginas no se pretende convencer a nadie dialécticamente acerca de lo que
Dios pueda pedirle, sino que se busca ayudar a que cada uno tenga ese encuentro
con Jesucristo, ya que, en definitiva, eso es la vocación. Las ideas, las
anécdotas o los ejemplos de la vida de los santos, nos abren un panorama que
nos invita a buscar ese encuentro. Porque, repito, la vocación es un encuentro
personal con Jesucristo, no solo un compromiso con uno mismo. Es una llamada
que pide respuesta dentro de nosotros. Aunque dentro de nosotros hay muchas
respuestas, que pueden encarnar muchos modos de desarrollar nuestra vida, con
más o menos generosidad, como un mediocre o como un santo. Nuestra vida puede
ser muy distinta, según sean esas respuestas, porque, como dice un proverbio
indio, allí donde el hombre pone la planta, pisa mil caminos. La libertad solo
recorre un camino, pero está abierta a muchos. Conocer
a Jesucristo no es una mera curiosidad piadosa, un grado más en el camino de la
vida ascética. También es mucho más que un fenómeno de la cultura. Es algo que
afecta muy seriamente nuestra existencia. «Porque —como ha escrito José Luis
Martín Descalzo— con Jesús no ocurre como con otros personajes de la historia.
Que César pasara el Rubicón o no lo pasara, es un hecho que puede ser verdad o
mentira, pero que en nada cambia el sentido de mi vida. Que Carlos V fuera
emperador de Alemania o de Rusia, nada tiene que ver con mi salvación como
hombre. Que Napoleón muriera derrotado en Elba o que llegara siendo emperador
al final de sus días no moverá hoy a un solo ser humano a dejar su casa, su
comodidad y su amor y marcharse a hablar de él a una aldehuela del corazón de
África. »Pero
Jesús no, Jesús exige respuestas absolutas. Él asegura que, creyendo en él, el
hombre salva su vida e, ignorándole, la pierde. Este hombre se presenta como el
camino, la verdad y la vida. Por tanto —si esto es verdad— nuestro camino,
nuestra vida, cambian según sea nuestra respuesta a la pregunta sobre su
persona. ¿Y cómo responder sin conocerle, sin haberse acercado a su historia,
sin contemplar los entresijos de su alma, sin haber leído y releído sus
palabras?». La
convicción de que Dios existe no es una idea más. Creer no es añadir una
opinión a otras. Muchas informaciones no nos importa si son verdaderas o
falsas, pues no cambian nuestra vida. Pero, si Dios no existe, la vida es
vacía, el futuro es vacío. En cambio, si Dios existe, todo cambia, la vida es luz,
nuestro futuro es luz y tenemos una orientación para saber cómo vivir. Por eso,
creer constituye la orientación fundamental de nuestra vida, nos hace encontrar
el modo en que debemos vivir. Creer es seguir la senda señalada por la palabra
de Dios. Y la elección de Dios que supone la vocación es una elección de amor,
una iniciativa de Dios, que ha pensado lo mejor para cada uno de nosotros. Por
eso, descubrir la propia vocación es descubrir el sentido de la propia
existencia. Y el secreto de la felicidad está en hacer lo que Dios quiere de
nosotros. En
los Evangelios pueden leerse numerosas escenas en las que el Señor pasa y
llama. Llama y espera una respuesta. «Llamó a los que quiso», recalcan los
evangelistas. Y relatan el caso de alguno que se ofrece y no es admitido. Han
pasado veinte siglos, y hoy el Señor sigue llamando, y sigue llamando a quien
quiere. Nadie «se apunta», es Él quien llama. Una
mirada al mundo muestra enseguida la inmensidad del trabajo pendiente. «Alzad
los ojos y ved los campos, dispuestos para la siega». El campo está listo, las
necesidades son enormes, pero los trabajadores son escasos y no dan abasto. La
mies es mucha. ¿Cómo van a conocer a Dios si no hay quien dé testimonio de Él?
Hacen falta más vocaciones, más personas que entreguen su vida para llevar la
luz del Evangelio a todo el mundo, a los dirigentes de la sociedad, a los
empresarios, a los intelectuales, a los abatidos, a los enfermos, a las zonas
más remotas de la tierra, a quienes viven sin esperanza. 2.
Palabras que hieren La
mediocridad, posiblemente, consiste
en estar delante de la grandeza y
no darse cuenta. G.
K. Chesterton Como
en otras jornadas anteriores, Leví el publicano estaba sentado en su banco,
cobrando impuestos. Era su trabajo, aunque a muchos de sus contemporáneos les
pareciera despreciable. Pero aquel día todo cambió. La voz de Jesucristo, que
pasaba a su lado, sonó escueta e imperiosa: «Vio Jesús a un hombre sentado en
el telonio, llamado Mateo, y le dijo: sígueme». Jesucristo se adentró en su
vida para siempre, pidiéndole la entrega de todo cuanto era y cuanto tenía.
Quizá no había pensado nunca en otro porvenir que el que le deparaba su
trabajo. Pero ante la llamada del Señor, precisamente allí, en su trabajo,
responde inmediatamente y acoge en su alma la vocación divina: «Él se levantó y
le siguió». Es
una escena que desde entonces se ha repetido, paso a paso, en la vida de muchas
personas. El Señor ha salido al encuentro de ellas con ocasión de su trabajo,
de las cosas más cotidianas, y les ha llamado. Esa llamada, la vocación, es la
gran pregunta del hombre, un interrogante que compromete toda su existencia:
qué quiere Dios que sea yo. Dios da la vocación y, con ella, las luces para
verla. Por nuestra parte, debemos allanarle el camino, salir a su encuentro con
la oración y la rectitud de vida. —Pero
lo difícil es saber cómo en concreto podemos percibir cuál es la llamada de
Dios. Podremos
percibir esa llamada de Dios de un modo apabullante y maravilloso, con una gran
conmoción, como quizá nos gustaría. O bien, y esto es lo más corriente, con ese
aire cotidiano, bajo el rostro de las cosas sencillas, de un amigo, de una
noticia, de una conversación, de un libro. Para
cultivar una buena disposición hacia la llamada de Dios, es fundamental el
espíritu de oración. La piedad popular ha representado a la Virgen en oración,
cuando recibe la embajada del ángel. Es indudable que Nuestra Señora guardaba
un recogimiento habitual, tenía un espíritu de oración que la dispuso a recibir
el mensaje divino y a aceptarlo. Para percibir las llamadas de Dios es preciso
tener esa orientación habitual hacia lo divino, saber escuchar la voz del Señor
en medio de los afanes de la vida diaria, y después contestar, como ella, con
un «Hágase en mí según tu palabra». —¿Y
qué tipo de cosas sencillas y cotidianas debemos observar en nuestra oración? Examina
tu corazón, en el que bulle quizá, desde hace tiempo, la ilusión de algo
grande. Piensa si no será Dios el que te está hablando bajito, con las palabras
de un amigo, tras la aparente monotonía de la vida. Considera quién golpea
suavemente tu alma. Quizás lleve tiempo hablándote, y no lo hayas descubierto
todavía, como le sucedió a aquellos dos discípulos que caminaban con Él hacia
Emaús. Jesús caminaba a su lado, alejándose de Jerusalén, como un peregrino
más. Les hablaba con el acento de su tierra. Solo cuando rezaron con Él se dieron
cuenta de que habían estado largo tiempo junto al Señor sin saberlo. Y
exclamaron: «¿No ardía nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino?». Piensa
qué palabras te han herido últimamente, casi sin saber por qué. No repares
demasiado en quién te las ha dicho. Mira si hay recuerdos, inquietudes, deseos,
afanes, que te encienden el alma. Y pregúntate si no será Jesucristo el que
hace que arda tu corazón en el camino. Mientras tanto, vive alerta. Interroga
los rostros y los sucesos. Ahí, entre la monotonía de los días iguales, puede
estar llamándote Dios. Quizá
ahora te haces preguntas que nunca te habías hecho: ¿Qué sentido tiene esto que
hago? ¿Vale la pena vivir así? ¿Vale la pena mi vida? ¿Por qué Dios permite
esta circunstancia, y aquélla, y aquella otra? Y hay anécdotas, situaciones,
comentarios, sugerencias, vivencias que antes pasaban inadvertidas y que ahora,
en cambio, te llegan, te calan, te hieren. Adviertes, bajo esas circunstancias,
un lenguaje enigmático con el que quizá Dios quisiera decirte algo por medio de
unos signos insospechados y a la vez cotidianos. —¿A
qué te refieres con lo de los signos y el lenguaje enigmático? Podemos
recordar, por ejemplo, la historia de la vocación de San Francisco de Borja.
Desde los dieciocho años estaba en la corte de Carlos V, y a los veintinueve
fue nombrado virrey de Cataluña. Ese mismo año, recibió la misión de conducir
los restos mortales de la emperatriz Isabel hasta la sepultura real de Granada.
Él la había visto muchas veces rodeada de aduladores y de todas las riquezas de
la corte. Al abrir el féretro para reconocer el cuerpo, la cara de la difunta
estaba ya en proceso de descomposición. Cuando vio el efecto de la muerte sobre
la que había sido la bellísima emperatriz, aquello le impresionó vivamente.
Comprendió con gran nitidez la caducidad de la vida terrena, y tomó entonces su
famosa resolución: «¡Nunca más servir a señor que se me pueda morir!». Todo
aquello fue un gran aldabonazo en su alma. Cuando falleció su esposa, y sus
hijos estuvieron ya emancipados, renunció a sus títulos y posesiones en favor
de sus hijos, tomó el hábito y recibió la ordenación sacerdotal en 1551. La
noticia de que el Duque de Gandía se había hecho jesuita fue un gran bombazo en
aquella época. Fue destinado a la casa de los jesuitas de Oñate y empezó a
trabajar como ayudante del cocinero. Sus tareas eran acarrear agua y leña,
encender la estufa y limpiar la cocina. También atendía la mesa con gran
humildad. Sus superiores le trataban con la severidad que parecía exigir la
nobleza de su origen, y el santo jamás dio por ello la menor muestra de
impaciencia. A
los pocos años fue nombrado Superior de la Compañía de Jesús en España, y
después fue elegido Padre General. Durante los seis años que desempeñó ese
cargo, hasta su muerte en 1572, sus logros al frente de los jesuitas le
valieron por parte de los historiadores el apelativo del más grande general
tras el fundador San Ignacio de Loyola. Fundó lo que sería luego la Universidad
Gregoriana, envió misioneros a los más lejanos puntos del planeta, asesoró a
reyes y papas, y siguió de cerca los numerosos asuntos de la Compañía en rápida
expansión. Sin embargo, a pesar del gran poder que tuvo en sus manos, San
Francisco de Borja siguió la más humilde de las vidas, y fue ampliamente
reconocido como santo aun antes de morir. Todo empezó en aquel episodio ante el
féretro de la hermosa emperatriz. No fue el único que estaba allí presente en
ese momento, pero Dios se sirvió de ese signo para remover su alma. Unos
siglos antes, en Florencia, un joven de familia noble y poderosa llamado Juan
Gualberto ve como su único hermano muere asesinado. El día de Viernes Santo del
año 1003, cuando tiene solo dieciocho años, cabalga rodeado de varios hombres
armados, camino de Siena. En una revuelta del camino, se encuentra con un
hombre al que reconoce al instante como el asesino de su hermano. No tiene
escapatoria, ni posibilidad de hacer frente él solo a aquella aguerrida tropa.
No le queda más remedio que someterse a la ley inexorable de la venganza, que
exige su sangre. Todo esto ocurre en un momento. En un súbito arranque, inspirado
por el sentimiento religioso, baja del caballo y, arrodillado con los brazos en
cruz, le dice: «Juan, hoy es Viernes Santo. Por Cristo que murió por nosotros
en la cruz, perdóname la vida». Juan se disponía a asestarle un golpe mortal,
cuando el desdichado, viéndose ya perdido sin remisión, musitó: «Jesús, Hijo de
Dios, perdóname Tú al menos». Juan arrojó su espada, bajó también de su
caballo, levantó al asesino, le abrazó y le dijo: «Por amor a Cristo, por la
sangre que hoy derramó Jesús en la cruz, te perdono». La
lucha entre la sed de venganza y la conciencia de su deber de cristiano, aunque
duró breves instantes, debió de ser muy recia en el alma del joven caballero.
Estaba allí cerca, a orillas del Arno, la abadía de San Miniato. Entró en la
iglesia, se arrodilló ante la imagen de Cristo crucificado. Así pasó varias
horas. Al irse, le pareció que el crucifijo se animaba y le hacía una
inclinación de cabeza, como agradeciéndole lo que acababa de hacer por su amor. Desde
aquel día, Juan Gualberto no fue el mismo de antes. Sus pensamientos seguían
otros derroteros, sus aspiraciones mundanas le parecían vanas. No pasó mucho
tiempo antes de que llamara a la puerta de ese monasterio y pidiera al abad el
hábito benedictino. Entre
tanto, la noticia llega al castillo de su padre, y el noble señor sale en busca
de su hijo. No tarda en presentarse a la puerta de San Miniato. Juan se niega a
marcharse. No quiere salir para evitar un encuentro violento. Su padre amenaza
a los monjes con toda suerte de males. El abad invita al guerrero a pasar al
interior de la clausura para hablar con su hijo. Al encontrarse con el nuevo
monje, el noble señor lloró, se quejó amargamente de su ingratitud, pero acabó
por bendecirle y dejarle que siguiera en paz su vocación. Fue un gran monje, y
poco después fundó en los bosques de Vallumbrosa una nueva Orden, con muchos
monasterios en Italia, y hoy es San Juan Gualberto. —¿Y
algún otro ejemplo, un poco más de nuestra época? Por
ejemplo, el de Ruth, una chica que a los veinte años ingresó en el Instituto de
Hermanas de la Cruz, y cuyo testimonio conmovió a Juan Pablo II y al millón de
jóvenes que le acompañaban en Cuatro Vientos, en el año 2003. «Antes de
ingresar en el Instituto —explicaba la joven religiosa— llevaba una vida normal.
Me gustaba la música, las cosas bellas, el arte, la amistad, la aventura. Había
soñado muchas veces con mi futuro, pero un día vi por la calle a dos hermanas
que me llamaron la atención por su recogimiento, su paso ligero y la paz de su
semblante. Eran jóvenes como yo. Me sentí vacía y en mi interior oí una voz que
me decía: “¿Qué haces con tu vida?” Quise justificarme: “Estudio, saco buenas
notas, tengo muchos amigos”. Me quedé mirándolas hasta que desaparecieron de mi
vista mientras yo me preguntaba: “¿Quiénes son? ¿Adónde van?”. »Como
Nicodemo, invité a Jesús en la noche de mi inquieto corazón, y en la oración
entré en diálogo con Él. Con Él, sentí la llamada de tantos hermanos que me
pedían mi tiempo, mi juventud, el amor que había recibido del Señor. Y busqué.
Y me encontré con la mujer que estaba más cerca del misterio de la cruz de
Jesús junto a María, sor Ángela de la Cruz. Ella se había configurado tanto con
la cruz de Jesús que se hizo amor para los pobres que sufren. Me cautivó y
quise ser de las suyas. Y aquí estoy, Santidad, consciente de lo que he dejado. »He
dejado todo lo que los jóvenes que están con nosotros esta tarde poseen: la
libertad, el dinero, un futuro tal vez brillante, el amor humano, quizá unos
hijos. Todo lo he dejado por Jesucristo, que cautivó mi corazón para hacer
presente el amor de Dios a los más débiles en mi pobre naturaleza de barro. »Tengo
que confesarle, Santidad, que soy muy feliz y que no me cambio por nada ni por
nadie. Vivo en la confianza de que quien me llamó a ser testigo me acompaña con
su gracia. Gracias, Santo Padre, por su vida entregada sin reservas como
testigo fiel del Evangelio, por fortalecer nuestra fe, avivar nuestra esperanza
y abrir nuestro corazón al amor ardiente del que sabe perder su vida para que
los demás la ganen. Gracias por su vida, que a muchos de nosotros nos ha
marcado. Gracias por venir a decirnos a los jóvenes que el mundo necesita
testigos vivos del Evangelio, que cada uno de nosotros podemos ser uno de esos
valientes que se arriesguen a construir la nueva civilización del amor, porque
lo que nosotros no hagamos, se quedará sin hacer.» 3.
Como modos hay de enamorarse Si
quieres conocer a una persona, no
le preguntes lo que piensa sino
lo que ama. San
Agustín La
pregunta sobre qué quiere Dios de mí es una pregunta personalísima, de
respuesta también personalísima. No hay recetas hechas. No hay fórmulas exactas
para saber cuál es la propia vocación. Dios no se repite. No hay un atlas
donde, como sucede con las estrellas, uno pueda buscar y reconocer la suya.
Dios llama de modos tan distintos como modos hay de enamorarse. Nos llama y nos
habla de forma singular. A algunos santos, Dios les sugirió oscuramente su
vocación desde su niñez: a Santa Catalina de Siena con una visión, a San Juan
Bosco con un sueño. Pero fueron la excepción, y además, ellos no descubrieron
el significado de aquella llamada hasta bastante tiempo más tarde. A
veces, Dios da su gracia de un modo llamativo, casi estruendoso, como hizo con
San Pablo. También fue tumbativa la conversión de Paul Claudel, un literato
francés que había perdido la fe muy joven, y a quien, la noche de Navidad de
1886, un taxi lo dejó, por casualidad, a las puertas de Notre Dame, en París.
Se quedó solo en la gran explanada, frente a la catedral. Contempló la
imponente fachada gótica con el gran rosetón central, fulgurante y multicolor
en la oscuridad. Se escuchaban los cantos que celebraban la Nochebuena. Decidió
entrar. El templo estaba abarrotado. Se fue abriendo paso entre la multitud,
hasta llegar junto a la imagen de la Virgen. Y
fue entonces, mientras escuchaba el “Magníficat”, cuando se produjo su
conversión. «Yo estaba de pie entre la muchedumbre, cerca del segundo pilar a
la entrada del coro, a la derecha del lado de la sacristía. Entonces fue cuando
se produjo el acontecimiento que ha dominado toda mi vida. En un instante mi
corazón fue tocado y creí. Creí, con tal fuerza de adhesión, con tal agitación
de todo mi ser, con una convicción tan fuerte, con tal certidumbre, que no
dejaba lugar a ninguna clase de duda, que después, todos los libros, todos los
razonamientos, todos los avatares de mi agitada vida, no han podido sacudir mi
fe, ni, a decir verdad, tocarla. De repente, tuve el sentimiento desgarrador de
la inocencia, de la eterna infancia de Dios, de una verdadera revelación
inefable. Al intentar, como he hecho muchas veces, reconstruir los minutos que
siguieron a este instante extraordinario, encuentro los siguientes elementos
que, sin embargo, formaban un único destello, una única arma, de la que la
divina Providencia se servía para alcanzar y abrir finalmente el corazón de un
pobre niño desesperado: "¡Qué feliz es la gente que cree! ¿Si fuera
verdad? ¡Es verdad! ¡Dios existe, está ahí! ¡Es alguien, es un ser tan personal
como yo! ¡Me ama! ¡Me llama!". Las lágrimas y los sollozos acudieron a mí
y el canto tan tierno del Adeste Fideles aumentaba mi emoción.» En
su interior se mezclaban sentimientos contrapuestos. «La religión católica
seguía pareciéndome el mismo tesoro de absurdas anécdotas. Sus sacerdotes y
fieles me inspiraban la misma aversión, que llegaba hasta el odio y el asco.
Esta resistencia mía duró cuatro años. Me atrevo a decir que realicé una
defensa valiente. Y la lucha fue leal y completa. Nada se omitió. Utilicé todos
los medios de resistencia imaginables y tuve que abandonar, una tras otra, las
armas que de nada me servían. Esta fue la gran crisis de mi existencia, esta
agonía del pensamiento sobre la que Arthur Rimbaud escribió: "El combate
espiritual es tan brutal como las batallas entre los hombres. ¡Dura
noche!". Los jóvenes que abandonan tan fácilmente la fe, no saben lo que
cuesta reencontrarla, y a precio de qué torturas.» Había
en el interior de Paul Claudel un “hombre nuevo” que le empujaba a cambiar de
vida. Pero seguía también el “hombre viejo”, que resistía con todas sus fuerzas
y no quería entregarse a esta nueva vida que se abría ante él. «¿Debo
confesarlo? El sentimiento que más me impedía manifestar mi convicción era el miedo
a la opinión de los demás. El pensamiento de revelar a todos mi conversión y
decírselo a mis padres…, manifestarme como uno de los tan ridiculizados
católicos…, todo eso me producía un sudor frío. Y, de momento, me sublevaba,
incluso, la violencia interior que se me había hecho. Pero sentía sobre mí una
mano firme. (…) No conocía un solo sacerdote. No tenía un solo amigo católico.
(...) Pero el gran libro que se me abrió y en el que hice mis estudios, fue la
Iglesia. ¡Sea eternamente alabada esta Madre grande y majestuosa, en cuyo
regazo lo he aprendido todo!». Decidió
entregarse a Dios. Al principio, pensaba que la vida religiosa era lo suyo.
Pero al poco de estar en un convento le dijeron que probablemente aquel no era
su camino. Volvió a insistir en otro lugar, un tiempo más tarde, y volvieron a
decirle lo mismo. Le aconsejaron que pensara si quizá Dios no lo quería como
fraile, sino en el ejercicio de la diplomacia y en el cultivo de la literatura.
Entendió entonces que aquella era la voz de Dios, que le llegaba por encima de
sus deseos e impresiones iniciales. Y fue un gran diplomático y una de las
glorias literarias de Francia. Sirvió eficacísimamente a la Iglesia con su
trabajo y con su pluma. Con el tiempo, comprendió que sus primeras decisiones
fueron solo recodos de un camino que le llevaba derechamente a conocer la
voluntad de Dios. Esta
suele ser la situación en la que se encuentra el alma antes de decidirse. No ve
con nitidez, no escucha con claridad. Solo se tiene una inquietud, una intuición.
Una llamada aún poco perceptible, pero muchas veces no por eso menos real.
¿Dónde me quiere Dios? ¿Para qué? Hay que aguzar el oído, rezar, insistir al
Espíritu Santo que nos dé luz, pedir consejo. —Pero
quizá es mejor que estas cosas tan personales se decidan por uno mismo, sin
dejarse influir por consejos de nadie. Las
decisiones personales importantes han de tomarse de modo personal, pero la
gente inteligente y sensata las toma ayudándose del consejo de quienes le
merecen confianza y autoridad moral. A veces desde fuera se ven las cosas con
más objetividad, no porque desde fuera se vea mejor la vocación, sino porque
desde fuera nos pueden ayudar a reflexionar sobre cómo son nuestras
disposiciones de generosidad, o si, por su experiencia, juzgan que tenemos o no
las condiciones necesarias para seguir un determinado camino en una determinada
institución de la Iglesia. La
clave es a quién se pide ese consejo, y cómo se recibe. Hay que buscarlo en
personas que posean la ecuanimidad y la rectitud necesarias para una cuestión
tan importante. Y hay que recibirlo sin dejarse influir por quienes nos parece
que nos empujan a seguir con precipitación un entusiasmo pasajero, y al tiempo
sin dejarse convencer por quienes nos invitan a guiarnos por el egoísmo o a
dejar siempre las cosas para más adelante. Debemos
pedir consejo a personas que tengan la necesaria rectitud y consideración hacia
lo sagrado de la conciencia. A ese cuidado y esa solicitud se refería San
Josemaría Escrivá cuando explicaba: «Si interesa mi testimonio personal, puedo
decir que he concebido siempre mi labor de sacerdote y de pastor de almas como
una tarea encaminada a situar a cada uno frente a las exigencias completas de
su vida, ayudándole a descubrir lo que Dios, en concreto, le pide, sin poner
limitación alguna a esa independencia santa y a esa bendita responsabilidad
individual, que son características de una conciencia cristiana. Ese modo de
obrar y ese espíritu se basan en el respeto a la trascendencia de la verdad
revelada, y en el amor a la libertad de la humana criatura. Podría añadir que
se basa también en la certeza de la indeterminación de la historia, abierta a
múltiples posibilidades, que Dios no ha querido cerrar.» Toda
ayuda espiritual, igual que todo apostolado o proselitismo, es siempre dar luz
a las personas para que cada una, día a día, vaya descubriendo su camino y lo
siga. Quien da ese consejo, debe tenerlo presente; y quien lo recibe, debe
comprender que, lógicamente, no basta con el consejo para resolver nuestro
discernimiento, pues el discernimiento de la vocación es siempre personal. Es
cierto que otros pueden ayudarnos mucho, como se ve en la historia personal de
todos los santos a lo largo de la historia de la Iglesia. Así
sucedió, por ejemplo, a Santa Juana Francisca de Chantal. En el año 1601
falleció su marido, el Barón de Chantal, y ella quedó viuda con veintinueve
años y cuatro hijos. Juana Francisca pedía constantemente a Dios que pusiera en
su camino un director espiritual verdaderamente santo, capaz de ayudarla a
conocer y cumplir su voluntad. En 1604 conoció a San Francisco de Sales, y
enseguida comprendió que era la persona que ella buscaba. Juana Francisca se
dedicó a educar a sus hijos, a administrar los muchos bienes que le había
dejado su marido y a hacer numerosas obras de caridad con los pobres y enfermos
que ella iba a visitar o que acudían al Castillo de Monthelon, donde vivía.
Pasados los años, cuando sus hijos estuvieron ya preparados para valerse por sí
mismos, ella decidió hacerse religiosa. Pero su familia se opuso totalmente. Su
padre, que aún vivía, le suplicaba que no se alejara de los suyos, su hijo
mayor se tendió por tierra ante el dintel de la puerta diciendo que tendría que
pasar sobre él si quería irse. Pero ella seguía inconmovible en su
determinación de seguir su vocación. Pasó sobre el cuerpo de su muy amado hijo,
y casi desmayada por su inmenso pesar, encontró frente a la casa a su padre, se
postró de rodillas ante él y, llorando, le pidió su bendición. El anciano le
impuso las manos y le dijo: «No puedo reprocharte lo que haces. Ve con mi
bendición. Te ofrezco a Dios como Abraham le ofreció a Isaac, a quien amaba
tanto como yo a ti. Ve a donde Dios te llama y sé feliz en su casa. Ruega por
mí.» San
Francisco de Sales encontró en Juana Francisca de Chantal la persona ideal para
comenzar la fundación de una nueva comunidad de religiosas que visitaran a los
pobres, de ahí su nombre de Hermanas de la Visitación de la Santísima Virgen.
Resultó ser una mujer con grandes dotes de gobierno, que caminaba de ciudad en
ciudad organizando nuevas comunidades en todas las provincias de Francia. Pero
en 1622 falleció San Francisco de Sales y quedó ella sola al frente de una
numerosa comunidad recién fundada. Buscó entonces la ayuda de San Vicente de
Paul, que sería en lo sucesivo su director espiritual. Cuando fallece Juana
Francisca, en 1641, hay ya ochenta y tres conventos de la Visitación en varios
países de Europa. Todos sus parientes se alegrarán después y se felicitarán por
pertenecer a la familia de una persona de tanta fama de santidad. Y ella
siempre estuvo enormemente agradecida a la ayuda y el consejo que recibió de
personas tan santas, que supieron orientarla con sabiduría y fueron decisivas
para conocer su propia vocación y ser fiel a ella. 4.
Los síntomas de la vocación Poca
observación y muchas teorías llevan al error. Mucha
observación y pocas teorías llevan a la verdad. Alexis
Carrel —¿Y
cuáles son los síntomas de la vocación? La
vocación suele presentarse al principio como una serie de pequeñas inquietudes,
de conmociones interiores. Quieres hacer algo grande en tu vida. Sientes que
Dios espera algo más de ti. Te preocupa el dolor de los hombres. Te gusta la
vida que ahora llevas, pero sientes que falta algo. Son signos que se parecen
al oleaje de un mar interior, que anuncia una profunda y decisiva sacudida
espiritual. Como susurros lejanos de una llamada definitiva, que llegará a su
hora. —¿A
qué hora? A
la mejor hora, a la hora que Dios haya pensado. Son barruntos de amor que
preparan el alma hacia la generosidad de la entrega. Esas inquietudes quizá son
síntomas de la vocación, señales que sirven para alertar el corazón y urgirle a
luchar, a rezar, a esperar con el oído atento a lo que Dios quiera decirnos.
Cada uno debe asegurarse de que actúa con diligencia, que no se duerme mientras
Dios habla, que no hace oídos sordos a sus llamadas. —¿Y
puede que esos indicios sean un poco cambiantes, que “vayan y vengan”? Cuenta
Santa Teresa cómo en su alma adolescente iban y venían «estos buenos
pensamientos de ser monja», pero «luego se quitaban, y no podía persuadirme a
serlo». Es un fenómeno totalmente natural. Quizá hemos oído hablar ya muchas
veces sobre la vocación, pero nunca hemos visto claro que sea nuestro camino,
pero tampoco lo hemos descartado. Se trata de algo habitual en la mayoría de
las decisiones de cierta relevancia en cualquier persona: ¿debo orientar en
este sentido mi vida profesional? ¿será ésta la persona con quien debo casarme?
¿no debería cortar con esta mala costumbre que se ha introducido en mi vida? Es
frecuente que la voz de Dios tarde en esclarecerse, que no se escuche al
principio con nitidez, quizá porque precisamos de una mejora en nuestra sensibilidad
interior, y eso a veces lleva su tiempo. Debemos hablarlo con Dios en la
oración, y mejorar nuestras condiciones personales para que esa semilla pueda
germinar. Y quizá pedir consejo a quien realmente nos ayude a exigirnos y nos
oriente para descubrir la voluntad de Dios, en vez de a quien siempre nos dice
que no nos compliquemos la vida. —Pero
hay que escuchar el consejo de unos y de otros, no solo el de los que nos
animan en un sentido. Es
bueno escuchar a todos, y debemos tener la madurez necesaria para escuchar
opiniones a favor o en contra sin dar bandazos. Pero el acierto en una decisión
no proviene de la media aritmética de las opiniones de los que están a favor o
en contra. Hay que estar en guardia, por eso, tanto contra el entusiasmo precipitado
y el optimismo ingenuo, como contra el sutil engaño de ampararnos en las
opiniones que justifican las decisiones cómodas y egoístas. —Quizá
es mejor entonces no consultar con nadie y decidir por uno mismo. Es
una opción respetable. Pero toda persona con cierto nivel de responsabilidad en
la vida profesional, o social, o política, busca el consejo de personas
experimentadas. Para llegar a buen puerto es buena cosa contar con un buen
guía, tanto si es puerto de montaña, o de mar, o de la vida espiritual. Lo
digo porque, a veces, ante la perplejidad de la duda, nos refugiamos en el
aturdimiento de la frivolidad, de los días vacíos o del vértigo del
atolondramiento. Y quizá entonces, aunque sea casi inconscientemente, eludimos
las conversaciones o lecturas que nos hacen afrontar esas inquietudes. No
es un fenómeno nuevo ni extraño. Así ha sucedido a los santos. San Juan Bosco
quería ser franciscano, pero en el fondo lo que le movía a pensarlo era el
temor a no perseverar en otro lugar. Y escuchó, durante uno de sus sueños:
«Otra mies te prepara Dios.» Se lo contó a su confesor, que le dijo que en esos
temas él no entraba. Bosco quedó sumido en la perplejidad. Pero Dios no
abandona nunca a los que le buscan con sincero corazón, y un herrero amigo suyo
le sugirió consultarlo con Don Cafasso, un sacerdote conocido por su sensatez y
por su sentido sobrenatural. Don Cafasso le dio un consejo decisivo para su
vida, pues le animó a seguir con sus estudios y a esperar una luz del cielo que
no le había de faltar, como no le faltó. Y fue un gran santo, y fundador de una
de las órdenes religiosas que mayores servicios ha prestado a la Iglesia. —Pero
creo que es importante asegurar que el consejo que pedimos sobre la vocación no
resulte luego ser un consejo interesado. Por
supuesto. Es muy grande la responsabilidad de los que aconsejan a las personas
que se plantean la posibilidad de entregarse a Dios. Son asuntos muy serios, y
por eso quienes aconsejan sobre estos temas deben cuidar mucho su rectitud,
para no confundir sus propios deseos con los del Espíritu Santo. —¿Y
crees entonces que una persona puede aconsejar con rectitud sobre la vocación a
su propia institución? Pienso
que sí. Si esa persona es sensata, en absoluto querrá encaminar hacia su camino
a alguien sin vocación para ese camino, porque en ese caso hará daño al
interesado, a sí mismo y a la institución a la que teóricamente favorece.
Porque la gente sin vocación no persevera. Los
fundadores han solido aconsejar mucha prudencia a la hora de aconsejar sobre la
vocación. Por ejemplo, San José de Calasanz decía: «No temáis abrir cien
puertas en lugar de una para que salgan todos y cerrar noventa y nueve y media
para permitir la entrada a los que se presenten». Y el propio San Pablo, en su
primera carta a Timoteo, recalca la importancia del discernimiento: «No te
precipites en imponer a nadie las manos, no te hagas partícipe de los pecados
ajenos» (I Tim. 5, 22). Me
parece que no hace falta poseer mucha perspicacia para advertir si una persona
nos aconseja con rectitud o no. Pero, desde luego, haber seguido un camino no
invalida para aconsejar sobre él, sino que quizá es al revés, como lo demuestra
el hecho de que la mayoría de las vocaciones fieles y felices han nacido del
consejo de alguien que ha servido de referencia para seguir ese mismo camino.
Igual sucede, por ejemplo, con la vocación profesional, donde es muy normal que
el testimonio de la vida de una persona sirva para despertar ese deseo latente,
para hacerlo germinar y crecer, y para ayudar a discernir si se trata o no de
su camino. No puede olvidarse que Dios, para dar a conocer su voluntad, se
sirve ordinariamente de las personas que tenemos a nuestro alrededor. Como
es lógico, lo que nadie puede atribuirse es ningún tipo de exclusiva o de
infalibilidad en el discernimiento, ni de iluminaciones especiales sobre el
discernimiento de la vocación de los demás. Como decía Benedicto XVI en un
encuentro con sacerdotes: «No pretendo ser aquí ahora como un
"oráculo" que responda de modo satisfactorio a todas las cuestiones.
San Gregorio Magno dice que cada uno debe conocer “infirmitatem suam”, sus
limitaciones, y esas palabras valen también para el Papa. O sea, que también el
Papa, día tras día, debe conocer y reconocer “infirmitatem suam”, sus límites.
Debe reconocer que solo colaborando todos, en el diálogo, en la cooperación
común, en la fe, como cooperadores de la Verdad, de la Verdad que es
Jesucristo, podemos cumplir juntos nuestro servicio, cada uno en la parte que
le corresponde. En este sentido, mis respuestas no serán exhaustivas, sino
fragmentarias.» Cuando
alguien aconseja sobre la vocación de otro, no debe seguir sus propias
opiniones, ni sus propios deseos, sino que por encima de todo debe ayudar a
averiguar el deseo de Dios. Así lo explicaba Benedicto XVI en la homilía de
inicio de su pontificado, aludiendo a que no tenía programa propio de gobierno
y a que su papel no era imponer sus ideas: «Mi verdadero programa de gobierno
es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino de ponerme, junto
con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y
dejarme conducir por Él.» Nadie
puede asegurar o negar con rotundidad al hablar del discernimiento de la
vocación de otra persona. Pero una persona sí puede ayudar en ese
discernimiento a otra. Puede realizar una labor de acompañamiento espiritual
que arroje luz en esa tarea personal de encontrar el camino que marca Dios.
Porque Dios tiene pensado algo para cada uno, y tiene pensado también un modo
de hacérnoslo saber —lo contrario no tendría sentido—, y da igual el modo por
el que Dios siembre en nuestra alma esa inquietud. Lo importante, y lo que con
frecuencia más falta, es la respuesta, cara a Dios. 5.
Casualidades Si
no esperas lo inesperado no
lo reconocerás cuando llegue. Heráclito «Durante
cinco años —cuenta el filósofo francés Jean Guitton— fui prisionero de guerra
en un campo de concentración destinado a oficiales, cuyo número ascendía a
cinco o seis mil hombres. »Aquellos
hombres, obligados a la reclusión, privados de la familia que habían formado o
esperaban formar, no podían evitar las reflexiones sobre la condición humana.
Recuerdo que, durante un triste atardecer, no sabíamos qué hacer, y uno de
nosotros imaginó un extraño juego: cada uno debía contar de qué modo su padre había
conocido a su madre. »Como
fácilmente se adivinará, todas las historias, pese a ser muy distintas, se
parecían. Lo que había provocado el amor del hombre por la mujer o de la mujer
por el hombre era, a menudo, un pequeño detalle: el hecho de perder un tren,
una mirada, una simple palabra, un silencio más prolongado... »Tras
estas confidencias, en el barracón de los prisioneros se produjo un silencio
metafísico. Cada uno de nosotros comprendía que aquello en virtud de lo cual
uno mismo existía, había sido originado por algo insignificante, por un
encuentro, por un rasgo en un rostro, por el color de unas pupilas. Cada uno de
nosotros comparaba la desproporción entre el origen de su ser —una casualidad,
un movimiento emotivo—, y su propio ser, y comprendía que estaba ante un
misterio, ante la desproporción entre algo fugaz y aleatorio, por una parte, y
el universo espiritual, surgido de este hecho accidental, por otra.» El
desarrollo de un amor, o de la lealtad a una decisión, suele comenzar de modo tan
modesto y casual como el recogido por Guitton en este recuerdo autobiográfico.
Hay frecuentemente una notable desproporción entre los inicios sencillos, y en
apariencia quizá intrascendentes, de un afecto, y el amor ardiente e
incondicionado que ese afecto está llamado a ser. El amor humano, como el
sobrenatural, ha de atravesar necesariamente un conjunto de etapas, fases e
incidencias, que son parte esencial de la biografía de la persona, y forman la
historia de la fidelidad a lo que Dios le pide. Sucede con el amor, y sucede
también, por ejemplo, con el proceso de muchas conversiones. Se podrían contar
miles de casos. «Me
llegó una carta —contaba la Madre Teresa de Calcuta— de un brasileño muy rico.
Me decía que había perdido la fe; pero no solo la fe en Dios sino también la fe
en los hombres. Estaba harto de su situación y, de todo lo que lo rodeaba, y
había adoptado una decisión radical: suicidarse. Un día, en que aquel hombre
iba de paso por una abarrotada calle del centro, vio un televisor en el escaparate
de una tienda. El programa que estaba transmitiendo en aquel momento había sido
rodado en nuestro Hogar del Moribundo Abandonado de Calcuta. Se veía a nuestras
Hermanas cuidando a los enfermos y moribundos. El remitente me aseguraba que,
al ver aquello, se sintió empujado a caer de rodillas y rezar, tras muchos años
en que no había hecho ninguna de ambas cosas: orar arrodillado. A partir de
aquel día recobró su fe en Dios y en la humanidad, y se convenció de que Dios
lo seguía amando.» Las
llamadas de Dios son distintas para cada uno. Y no faltan las veces en las que
la llamada se presenta bajo la apariencia de un error. Un día del año 1588, un
joven napolitano llamado Ascanio Caracciolo recibe por error una carta de
Agostino Adorno, pidiéndole consejo acerca de la idea de fundar una nueva
comunidad religiosa y proponiendo su colaboración. En realidad, la carta estaba
dirigida a otra persona, que tenía idéntico nombre y apellido, pero él, al
leerla, encontró que eso era precisamente lo que había deseado por muchos años.
Fue a entregarla a su destinatario, estuvo charlando con él, y decidió formar
parte de esa nueva institución, los Clérigos Regulares Menores, de la que fue
prácticamente su cofundador. Dios se sirvió de aquel error humano para dar a conocer
su vocación a aquel joven, que acabaría siendo San Francesco Caracciolo. Dios
habla a cada alma con un lenguaje distinto, personal. Tiene una llave distinta,
un “password” personal para el alma de cada uno. Y evoca recuerdos y
situaciones que solo cobran sentido para cada uno. A Natanael le dice: «Antes
que Felipe te llamase, te vi yo, cuando estabas debajo de la higuera». Nunca
sabremos qué sucedió exactamente en su interior, pero aquello fue lo que le
movió a seguir al Señor. Por eso, no debemos menospreciar las pequeñas
insinuaciones de Dios que provienen de cosas que leemos, o que se nos ocurren,
o que nos acordamos, o que nos dicen. Pueden ser pequeños oleajes interiores en
la superficie aparentemente calmada de nuestra vida, o una mar de fondo con la
que quizá Dios nos esté queriendo decir algo. —Parece
entonces que la vocación esta llena de casualidades… No
se trata de fundamentarse en las casualidades, sino de buscar los designios de
Dios a través de las cosas ordinarias que la Providencia pone en nuestro
camino. Y eso no es tanto “casualidad” como “causalidad”. No
es propiamente casualidad, por ejemplo, que San Maximiliano Kolbe escuchara en
una homilía de domingo de 1906 la noticia de que se abría un nuevo seminario
franciscano en Lvov, y que aquello removiera sus inquietudes vocacionales y se
decidiera a ingresar allí a los pocos meses. No es casualidad que San Juan de
Dios escuchara en Granada en 1539 la predicación de San Juan de Ávila y que
aquello le hiciera cambiar de vida por completo. No fue casualidad tampoco que
San Camilo de Lelis tuviera que acudir al Hospital de Santiago, en Roma, para
curar una herida, y que allí descubriera su llamada a fundar una Orden
Hospitalaria, en 1582. Podrían citarse millones de aparentes casualidades que
Dios tenía previstas para hacernos ver sus designios para nuestra vida. —De
acuerdo, pero no todas las casualidades que nos acontecen en la vida son un
designio de Dios, porque entonces podríamos volvernos locos viendo signos por
todas partes. No
se trata de interpretar cada pequeña cosa como un mensaje de Dios, o como un
presagio o una señal divina que nos indica qué debemos hacer. Pero también es
cierto que nada de lo que nos sucede es simple casualidad. Tejemos nuestra
vida, día a día, con gracia y libertad, bajo la mirada de Dios, que se propone
en todo una finalidad. Todo sucede por algo y para algo. Dios no dispone las
cosas, la vida de una persona, para que esté ahí, sin más, sin sentido: nacer,
vivir, morir, sin un porqué ni un para qué. Dios
acompaña cada uno de nuestros pasos, tantas veces vacilantes. Nos descubre lo
necesario para que a su vez nosotros descubramos el sentido de nuestra vida.
Suele hacerlo poco a poco, sin avasallar, buscando en nosotros una respuesta
paulatina, un diálogo de generosidad entre sus llamadas y nuestras respuestas.
Quizá ha esperado durante mucho tiempo y ahora empieza a descubrirte su querer,
o quizá lo intenta desde hace tiempo y ahora empiezas a verlo. —Pero
esas casualidades pueden ser simplemente medios de los que se sirve Dios para
hacernos ver cuestiones en las que mejorar. Sí,
y si respondemos con generosidad, seremos cada vez mejores, y quizá Dios nos
irá haciendo nuevas llamadas hasta desvelar cada vez más su designio para con
nosotros. —¿Y
a Dios no le basta con que seamos “buenas personas”, nada más? Toda
persona con un mínimo de formación tiene sus proyectos de futuro, su ilusión
profesional, sus deseos de hacer algo por luchar contra la pobreza, contra la
ignorancia, contra la injusticia, en definitiva, tiene sus horizontes en la
vida. Cuando alguien dice que se conforma con ser buena persona, sin más, da la
impresión de que con eso pone unos límites bastante cortos a esos horizontes.
Que alberga buenos deseos, pero no está dispuesto a perder comodidades. Eso
sería vivir una existencia sin relieve, en la que a veces surge una cierta
inquietud, un «quizá debiera…», pero que enseguida queda acallado con un
«mañana, mañana... », como sucedía a San Agustín. Toda
vocación es una llamada a desprenderse del pequeño horizonte de la vida
ordinaria, para comprometerse en una obra más grande. Es cierto que la
concreción de esos grandes ideales, la plasmación concreta del querer de Dios,
se presenta a veces como algo incómodo, lleno de responsabilidades y
exigencias, como si fuera la página siguiente de un libro cuya lectura no
deseas proseguir, porque prefieres seguir embotado de presente, acomodado a la
pequeña felicidad del conformismo. Todo eso puede suceder, pero quizá un día,
de repente, casi sin darte cuenta, en el momento y lugar más insospechados, te
encuentras delante de un Dios que quiere decirte algo, no sabes bien qué. Algo
así le ocurría a Santa Teresa de Ávila. En su caso, Dios actuó de una forma
extraordinaria, distinta de lo que será habitual para nosotros. Ella quería ser
buena persona y, al tiempo, huir de la oración, por miedo a conocer con más
detalle las llamadas que Dios le hacía. Quiso convencerse también de que no
había nada de malo en continuar con tratos y conversaciones que le estaban
conduciendo a la frivolidad y enfriaban su alma. «Y fue muchos años los que
tomaba esta recreación pestilencial; que no me parecía a mí —como estaba en
ello— tan malo como era, aunque a veces claro veía no era bueno; mas ninguna no
me hizo el distraimiento que ésta que digo, porque la tuve mucha afición. Y
estando otra vez con la misma persona, vimos venir hacia nosotros —y otras
personas que estaban allí también lo vieron— una cosa a manera de sapo grande,
con mucha más ligereza que ellos suelen andar. De la parte que él vino no puedo
yo entender pudiese haber semejante sabandija en mitad del día ni nunca la
habido, y la operación que hizo en mí me parece no era sin misterio. Y tampoco
esto se me olvidó jamás. ¡Oh grandeza de Dios, y con cuánto cuidado y piedad me
estabais avisando de todas maneras, y qué poco me aprovechó a mí!». 6.
Capacidad de escucha Cuando
el aprendiz está maduro encuentra
siempre a su maestro. Alejandro
Llano Samuel
era hijo de Elcana y de Ana. Vivía junto al sumo sacerdote Helí. Y una noche
Dios quiso mostrarle su vocación. Samuel descansaba en una habitación cercana a
la de su maestro, cuando escuchó una voz —«Samuel, Samuel»— que le llamaba por
su nombre. Se
extrañó. A nosotros nos hubiese sucedido lo mismo. Pensamos que Dios debe
llamarnos tal y como nos lo imaginamos. Y naturalmente, dentro de nuestro
horario de visita. ¿A quién se le ocurre venir a media noche? Samuel
se sobresaltó. Y luego le entró la duda. Esa llamada que creía sentir, ¿era
fruto de su imaginación, del sueño..., o era efectivamente un deseo real de
Dios? Podría haber seguido durmiendo. Podría haber esperado a la mañana
siguiente. Podría haber pensado que era una de tantas cosas un poco extrañas
que se imagina uno a veces. Aquello había sido solo una llamada vaga en el
silencio. Pero se levantó y fue a despertar a Helí. Escuchó una voz que llamaba
en la intimidad del alma, y acudió a quien pensaba que le podía dar un buen
consejo. Pero
Helí no había oído nada. Sin embargo, no se sorprendió de aquella llamada
nocturna de Dios. Era un hombre experimentado. Sabía que Dios a veces alterna
urgencias y silencios, llamadas fuertes con otras más leves. Que muchas veces
desea que nosotros tomemos la iniciativa. Que nos prueba, para ver si estamos
receptivos, si nos levantamos del sueño, si nos atrevemos a hablar. —Pero
la vocación es algo que se descubre de modo personal delante de Dios, no
hablando con otro hombre. La
vocación es un querer de Dios, es verdad. Luego viene la respuesta generosa del
hombre al que Dios llama. Pero, de ordinario, falta un tercer elemento: la
aceptación de esa respuesta por... otro hombre. —Pero
eso es supeditar la vocación a otro hombre… Si
nuestra vocación está encuadrada en una institución de la Iglesia, y muchas
veces incluso aunque no lo esté, al final, casi siempre tenemos que hablar con
un hombre. Somos seres corporales, no ángeles ni espíritus. Dios suele
manifestar su voluntad mediante signos y medios externos, además de los
internos y espirituales. Y entre esos medios externos están algunas personas
que con frecuencia Dios utiliza como instrumentos en el camino de nuestra vida.
Como es lógico, esas personas no otorgan la vocación, pero sí tienen la obligación
de discernir si la persona que tienen delante posee la suficiente madurez para
ser admitida en ese seminario, en ese noviciado, o en esa institución, del tipo
que sea, a la que esa persona se siente llamada. Deben
comprobar, en lo posible, si ese candidato siente en su alma una inclinación
hacia un determinado camino movida quizá sobre todo por un sentimentalismo
pasajero, o por un desconocimiento de la realidad de ese camino. O si esa
pretendida vocación de misionero no es en realidad una atracción algo infantil
hacia la aventura, o hacia los viajes por África, o es una ilusión poco
sobrenatural. O si desea permanecer célibe sobre todo por miedo a la difícil
realidad del matrimonio. O si aspira a ser sacerdote simplemente para emular al
admirado amigo, o a un brillante hermano mayor. O lo que sea. Dios
se sirve de ordinario de un hombre para verificar la autenticidad de esa
llamada que se siente o se cree sentir. La Iglesia valora cuidadosamente que
los que se entregan al servicio de Dios lo hagan libremente, con conocimiento
de causa, y que posean la madurez psicológica e intelectual adecuadas a sus
circunstancias. Cuando alguien siente una vocación y llama a una puerta,
quienes estén tras esa puerta deberán tomar las cautelas oportunas para asegurar
en lo posible que ese impulso está motivado por una recta intención, por un
deseo de servir a Dios. Y han de cerciorarse de si el candidato posee la
necesaria integridad moral, si tiene la necesaria vida de oración, si goza de
la salud física o psíquica imprescindible para ir adelante por ese camino. —¿Qué
tiene que ver la salud con la vocación? Tiene
su relación, pues no sería acertado, por ejemplo, admitir a una persona en una
institución de la Iglesia cuyo tipo de vida desgastara su salud y le arruinara
física o psíquicamente. Quienes son responsables de esa institución tienen que
valorar si esa persona es idónea para ese camino o si tiene algún impedimento
que le imposibilite cumplir con las obligaciones específicas de esa vida de
entrega. A
veces, esa falta de salud hace dar un giro en el camino de la entrega a Dios, y
eso es parte de su sabia providencia. Así sucedió, por ejemplo, a Santa Juana
de Lestonnac, que en al año 1597 había quedado viuda al fallecer su esposo, el
barón de Landirás y de la Mothe. Ella ya había considerado en su juventud la
posibilidad de ser religiosa, y esa antigua idea fue madurando en su nueva
situación. Seis años más tarde, en 1603, cuando sus hijos tienen ya la
suficiente independencia, decide abandonar Burdeos e ingresar en un monasterio
cisterciense de Toulouse. Su felicidad en la vida religiosa es muy grande, pero
la rigurosa forma de vida del monasterio agota sus fuerzas y su salud empeora
de día en día. Ella prefiere la muerte antes de ser infiel a su Dios, pero la
superiora le indica que su falta de salud es muestra de que aquel no es su
camino, y que es preferible seguir la prescripción facultativa y regresar a su
casa. Aquella noche, mientras su alma se esfuerza en aceptar la voluntad divina
y el consiguiente cambio de planes, Dios le hace ver que debe iniciar una obra
en beneficio de la juventud femenina. En aquella velada última de oración en su
aposento de novicia cisterciense, comienza a gestarse la Orden de las Hijas de
María Nuestra Señora, una nueva fundación que sería la primera orden religiosa
femenina dedicada a la educación de niñas y jóvenes. Recibe en 1607 la
aprobación de la Santa Sede, y la fundadora, a pesar de sus cincuenta y un años
y su delicada salud, logra en poco tiempo extender la orden por toda Francia y
hacer con su santidad una gran aportación a la vida de la Iglesia y a la
educación. —¿Y
cómo sigue la historia de Samuel? Samuel
le contó lo que había escuchado y Helí le dijo: «No te he llamado, vuélvete a
dormir». También pasa eso a veces con la vocación. Hay que esperar a que
madure. Hay que asentar esas buenas disposiciones, seguir luchando hasta que
las virtudes arraiguen con más fuerza en el alma y se vean las cosas con más
claridad. —¿Y
mientras tanto? Lo
que hizo Samuel: seguir a la escucha. Y al escuchar de nuevo la llamada, no
darse la vuelta y seguir en la cama con la excusa fácil: «Bah, es como la otra
vez». Aquello
sucedió por tres veces. Helí le aconsejó que, si lo volvía a oír, dijera:
«Habla Señor, que tu siervo escucha». Samuel siguió ese consejo y, gracias a
eso, escuchó al Señor cuando le habló. Así conoció finalmente el querer de Dios
para su vida. El Señor le llamó como las otras veces: «¡Samuel, Samuel! ». Y
respondió: «Habla, que tu siervo escucha! ». Cuando hay esa buena disposición,
al final se escucha siempre la voz de Dios: clara, vibrante, inconfundible,
comprometedora, plena. —¿Y
qué es más habitual, que la llamada de Dios irrumpa de pronto en la vida de una
persona, o que esa llamada se vaya percibiendo poco a poco? Ambas
cosas son bastante habituales, pero quizá es algo más frecuente que sea de modo
sencillo y gradual. En un encuentro con jóvenes en Roma en el año 2006,
Benedicto XVI respondió a una pregunta sobre la vocación que le hacía un
universitario de veinte años y relató brevemente los inicios de la suya: «La
vocación al sacerdocio creció casi naturalmente junto conmigo y sin grandes
acontecimientos de conversión. Además, en este camino me ayudaron dos cosas: ya
desde mi adolescencia, con la ayuda de mis padres y del párroco, descubrí la
belleza de la liturgia y siempre la he amado, porque sentía que en ella se nos presenta
la belleza divina y se abre ante nosotros el cielo. El segundo elemento fue el
descubrimiento de la belleza del conocer, el conocer a Dios, la Sagrada
Escritura, gracias a la cual es posible introducirse en la gran aventura del
diálogo con Dios que es la teología. Así, fue una alegría entrar en este
trabajo milenario de la teología, en esta celebración de la liturgia, en la que
Dios está con nosotros y hace fiesta juntamente con nosotros.» »Es
importante estar atentos a los gestos del Señor en nuestro camino. Él nos habla
a través de acontecimientos, a través de personas, a través de encuentros; y es
preciso estar atentos a todo esto. Luego, es preciso entrar realmente en
amistad con Jesús, en una relación personal con él. No debemos limitarnos a saber
quién es Jesús a través de los demás o de los libros, sino que debemos vivir
una relación cada vez más profunda de amistad personal con Él, en la que
podemos comenzar a descubrir lo que nos pide. »Luego,
debo prestar atención a lo que soy, a mis posibilidades: por una parte,
valentía; y, por otra, humildad, confianza y apertura, también con la ayuda de
los amigos, de la autoridad de la Iglesia y también de los sacerdotes, de las
familias. ¿Qué quiere el Señor de mí? Ciertamente, eso sigue siendo siempre una
gran aventura, pero solo podemos realizarnos en la vida si tenemos la valentía
de afrontar la aventura, la confianza en que el Señor no me dejará solo, en que
el Señor me acompañará, me ayudará.» 7.
Detalles que a otros pasan inadvertidos Muy
débil es la razón si
no llega a comprender que
hay muchas cosas que la sobrepasan. Blas
Pascal Transcurren
las vacaciones navideñas del año 1917 en Logroño, una pequeña ciudad española.
Desde hace unos días nieva sin interrupción y el nuevo año entra con
temperaturas glaciales. El termómetro desciende hasta dieciséis grados bajo
cero. Una
de esas mañanas, un chico de quince años sale a la calle. Se llama Josemaría
Escrivá. Contempla el espectáculo de la ciudad nevada. El amanecer ha sido
blanco y transparente. Cuando pasa por delante del colegio de los Maristas, se
encuentra con algo que llama poderosamente su atención y que variará el curso
de su existencia: las huellas en la nieve de unos pies descalzos. Se paró a
examinarlas con curiosidad y observó que aquel rastro correspondía a la pisada
desnuda de un fraile carmelita muy popular en la zona: el Padre José Miguel. Se
encontró enseguida sumergido en una profunda remoción interior. En su alma se
metió una inquietud que ya no le abandonaría nunca. Había en el mundo personas,
como aquel hombre, que hacían grandes sacrificios por Dios y por los demás. ¿Y
yo? ¿No voy a ser capaz de ofrecerle nada? Es
probable que bastantes personas pasaran por ese mismo lugar aquella mañana.
Unos no repararían en aquellas pisadas, entremezcladas quizá con los rastros de
otras personas, carros o bicicletas, marcados también sobre la nieve. Otros,
las verían, y pensaron quizá en que era admirable que hubiera personas tan
extraordinarias, pero en su interior no surgió ningún pensamiento que les
interpelase en su propia vida. En
cambio, aquellas huellas en la nieve hicieron ver a aquel adolescente que Dios
le pedía que se complicara la vida, que se comprometiera en una gran tarea en
servicio de los demás. Inesperadamente, se sintió interpelado por Dios de un
modo nuevo, total, radical, nunca antes imaginado. Comprendió que Dios le
llamaba, aunque aún no sabía bien cómo. Pero había percibido una llamada de
Dios, que en adelante definiría su andadura y su misión. Durante
dos o tres meses, acude a visitar al padre José Miguel. Le cuenta lo que ha
sucedido en su interior, el horizonte, todavía oscuro, que Dios ha querido
abrir en su alma. El fraile le propone ingresar en el Carmelo. Josemaría medita
esta proposición y la descarta. Sabe, con una convicción que personalmente le
sorprende, que el Señor tiene planes diferentes sobre su vida. Pasará
aún un tiempo en la oscuridad, a solas con su oración perseverante, mientras
germina la semilla que el Cielo ha depositado dentro de su corazón. Al mismo
tiempo, se emplea a fondo en sus estudios de bachillerato. Por entonces, invade
su ánimo la idea de entregarse a Dios siendo sacerdote. No lo había pensado
nunca, pero el Cielo sigue pidiéndole algo. Y de la mano de esa llamada, cada
vez más fuerte que su propia voluntad, decide emprender ese camino. «Yo no
pensaba hacerme sacerdote, pero vino Jesús a mi alma, como viene el amor, en el
momento más inesperado.» Tiene
todavía algunas dudas. Su vocación es otra, aunque aún la ve inconcreta.
Piensa, eso sí, que siendo sacerdote estará más disponible para cumplir la
Voluntad de Dios, que aún no conoce, y que sin embargo ilumina su vida. En
octubre de 1918 se matricula en el Seminario de Logroño, y en 1925 se ordena
sacerdote. Hasta el 2 de octubre de 1928 no tuvo claro qué quería Dios de él.
Fue entonces cuando vio que, sin querer él ser fundador de nada, Dios le pedía
que fundara el Opus Dei. Cuando murió, en 1975, la institución que había
iniciado estaba ya extendida por todo el mundo, con más de 60.000 miembros de
todas las nacionalidades. Hoy, San Josemaría Escrivá es una referencia
espiritual para millones de personas. Pero todo empezó así, con unas pisadas en
la nieve. Toda
la realidad que nos rodea es una interpelación constante hacia la reflexión y
el compromiso. El mundo a nuestro alrededor está lleno de preguntas que esperan
respuestas personales. Pero esas preguntas son como susurros que solo se oyen
cuando hay un cierto grado de madurez personal y de rectitud de vida. El que
vive acaparado y seducido por sus propios intereses egoístas no percibe esas
preguntas ni esas llamadas o, a lo sumo, responde con un «¿y a mí qué? ». Y si
no percibe las preguntas, es difícil que encuentre respuestas que den un
sentido claro a su vida. —¿Piensas
entonces que la clave está en que todos tengamos más actitud de escucha y más
sensibilidad hacia lo que Dios quiere decirnos? Es
imprescindible esa actitud de escucha, pero, sobre todo, hacen falta respuestas
personales generosas. Si uno no se pregunta para qué está en el mundo, qué es
lo que de verdad vale la pena en la vida, nunca llegará a percibir ni formular
una respuesta clarificadora. En ese sentido, son importantes las preguntas,
pero, después, la respuesta al querer de Dios es lo fundamental. —Pero,
para dar una respuesta personal generosa, hace falta saber cuál ha de ser
nuestra respuesta, y eso no siempre es sencillo. Si
uno no se hace esas preguntas, nunca encontrará las respuestas. Por eso es
preciso afinar el oído y preguntarse para qué estamos en este mundo, qué es lo
que puede dar verdadero valor a nuestra vida, qué puede llenar realmente
nuestro corazón y otorgarnos una felicidad duradera. Son preguntas que, si se
responden con acierto y luego se persevera en el compromiso que suponen, son la
condición para llegar a ser uno mismo, para vivir la propia vida y para vivirla
con verdadera libertad. La
generosidad de las personas se puede comprobar observando la relación entre el
modo en que se le pide algo y cómo responde a esa petición. Cuando aquel chico
de quince años ve esas huellas en la nieve, que vieron tantos otros aquellos
días, se siente llamado por Dios a una mayor entrega. Ante una pequeña
insinuación de Dios, la respuesta es de total generosidad. —¿Y
no te parece que para descubrir qué quiere Dios de nosotros, hemos de
esforzarnos primero por salir un poco de nuestro individualismo? Me
parece que el individualismo y el egoísmo son efectivamente impedimentos muy
importantes. Porque percibir el querer de Dios suele ir unido a percibir el
querer de los demás. Hace
un tiempo leí que una de las decisiones más importantes en la vida de una
persona, de las que más condicionan el resultado global de nuestra existencia,
es una decisión que todos acabamos tomando, casi sin darnos demasiada cuenta, y
es esta: si centramos nuestra vida en nosotros mismos o en los demás. Todo
nuestro entorno lanza llamadas continuas a despertar nuestra sensibilidad hacia
las necesidades de los demás. Hay personas que se acostumbran a hacer oídos
sordos a esas llamadas. Otros, en cambio, saben captarlas y reflexionar sobre
ellas, y son personas que tienen ojos para descubrir los sufrimientos y las
necesidades de los demás. Piensan poco en su propia satisfacción y,
curiosamente, son los que luego alcanzan mayores cotas de satisfacción y de
felicidad. Saben estar atentos y procuran colmar, con la riqueza de su corazón,
las carencias de quienes les rodean. Y quizá parece que en ellos esa actitud es
innata, pero la realidad es que se debe más bien a la educación recibida y,
sobre todo, al esfuerzo y la entrega personal a lo largo de su vida. El
28 de octubre de 1816, Marcelino Champagnat, un sacerdote de 27 años recién
ordenado, acude con urgencia a la aldea de Les Palais y asiste en su lecho de
muerte a un chico llamado Juan Bautista Montagne. El moribundo tiene dieciséis
años pero no había oído nunca ni siquiera hablar de Dios. El joven sacerdote
queda muy impresionado, pues en ese momento comprende que en ese mismo estado
deben estar miles y miles de jóvenes, por falta de maestros que les enseñen el
camino de la fe. Decide poner en marcha de inmediato una fundación dirigida a
instruir cristianamente a la juventud, la congregación de los Hermanos
Maristas. En 1818 funda la primera escuela en su pueblo natal, Marlhes. Y al
año siguiente en su parroquia, La Valla-en-Gier. A su muerte, veintidós años
después, en 1840, hay ya 48 escuelas por toda Francia. Hoy, los Hermanos
Maristas son más de cuatro mil religiosos y están presentes en más de cien
países, gracias a que San Marcelino Champagnat estuvo atento a la voz de Dios.
Primero cuando, a los catorce años, recibe en Marlhes la visita de un sacerdote
que le propone entrar en el seminario. Después, cuando persevera en sus
estudios, pese a que el primer año fracasa como estudiante y el director del
seminario le recomienda quedarse en casa porque no es apto para los estudios
eclesiásticos. Más adelante, cuando no se conforma con sus obligaciones como
joven sacerdote y se lanza a una nueva fundación, a pesar de su escasa salud y
de la convulsa situación del país en aquella época. Con la ayuda de Dios, logró
superar múltiples contrariedades, sobre todo en los comienzos de su obra, pues
hasta sus colegas sacerdotes lo tildaban de orgulloso, de obrar por la vanidad
de ostentar el título de fundador, y lo consideraron loco y falto de toda
prudencia. Sin embargo, no se desanimó por las incomprensiones o las calumnias,
y fue un gran pionero en muchas cuestiones educativas, un gran evangelizador y
un gran santo. El
6 de febrero de 1844, una chica joven de la alta sociedad madrileña visita con
una amiga suya el hospital San Juan de Dios, donde estaban las mujeres de mala
vida que caían enfermas. Se llama Micaela Desmaisières López de Dicastillo y
Olmeda, Vizcondesa de Jorbalán. Es una mujer sensible, que alterna la vida de
la aristocracia con las obras de caridad. Pero aquel día Micaela se topa de
pronto con el drama de estas chicas jóvenes en la persona de una de ellas: una
muchacha modosa y tímida, hija de un rico banquero navarro, que se había visto
abocada a la prostitución tras ser engañada y seducida por unos desalmados.
Nunca se había imaginado que los hombres dieran un trato tan injusto y cruel a
esas pobres criaturas, después de haberlas corrompido. Aquel espectáculo fue
para ella como una revelación del cielo. Micaela se refirió siempre a aquella
mujer como “la chica del chal” y su historia la conmovió de tal forma que la
marcó de por vida. Cuando se entera, además, de la espantosa vida que les
esperaba cuando salen de allí, piensa que es necesario hacer algo para
ayudarlas. Enseguida pone en marcha un pequeño colegio para las muchachas en
peligro y para las que ya han sido víctimas, para intentar redimirlas. A partir
de ahí, se produce a su alrededor una verdadera tormenta de incomprensiones,
aun entre sus mejores amistades. ¿A quién se le iba a ocurrir que una mujer de
la más alta clase social, emparentada con las familias más ricas y famosas de
la capital, se dedique a cuidar mujeres de mala vida? Las calumnias van en
aumento, pero a ella no parecen importarle demasiado. En 1850, deja los fastos
de la corte de Isabel II para vivir con sus chicas en el colegio. Tras grandes
dificultades, el colegio crece y ya tiene con ella algunas colaboradoras. Ve la
necesidad de formar una comunidad que dé estabilidad a la obra, y en 1856 funda
la Congregación de Adoratrices Esclavas del Santísimo Sacramento y de la
Caridad, dedicadas a adorar a Cristo Jesús en la Eucaristía y a trabajar por
preservar a las muchachas en peligro y a redimir a las que ya cayeron. La
comunidad se extiende rápidamente por toda España, y hoy cuenta con casi dos
mil religiosas en más de ciento sesenta casas y colegios por todo el mundo.
Ella decía a sus religiosas: «Es difícil encontrar otra fundadora que haya sido
más acusada, más calumniada y más regañada que yo. Mis acciones las juzgan de
la peor manera posible. Pero poco me interesa lo que las gentes están diciendo
de mí, porque mi juez es Dios.» Y Dios la glorificó haciendo numerosos milagros
por su intercesión, y hoy las religiosas de Santa María Micaela siguen
prestando un servicio impagable a decenas de miles de mujeres que sufren el
riesgo de las muchas formas de explotación y esclavitud que tiene la sociedad
de cualquier época. 8.
¿Se me tiene que haber ocurrido a mí? El
mayor espectáculo es
un hombre esforzado luchando contra la adversidad; pero
hay otro aún más grande: ver
a otro hombre lanzarse en su ayuda. Oliver
Goldsmith —En
la vocación, es uno mismo el que debe responder y, por tanto, el único
responsable ante Dios. ¿Eso supone que deba surgir como algo espontáneo, que se
me tenga que haber ocurrido a mí? ¿No te parece que, si me lo ha sugerido otro,
es un descubrimiento forzado y, por tanto, antinatural? Tu
punto de partida es perfectamente razonable. Nadie debe atosigarte, ni coartar
tu libertad, ni quitarte el protagonismo que evidentemente debes tener en todo
el proceso de discernimiento de tu vocación. Pero eso no quita que alguien te
pueda o deba aconsejar algo, o estimularte a ser generoso. La cuestión clave es
si Dios te llama o no, y a qué te llama, y no si se te ha ocurrido a ti solo, o
a ti primero, o sin que nadie te diga nada. Debes ser tú el protagonista, pero
puede haber personajes secundarios. No eres tú el director de la película, sino
Dios. Debes
hablarlo con Dios, pues el compromiso es con Él. Y sabes de sobra que
entregarse a Dios no es decir que sí a la persona que te lo ha planteado, sino
decir que sí a Dios. No es una persona que te intenta convencer de algo, sino
una persona que te ayuda a ponerte frente a tu responsabilidad delante de Dios. En
el Evangelio puede leerse bien claro que los discípulos fueron elegidos por el
Maestro. No se presentaron voluntarios. La clave de toda vocación no es la iniciativa
humana personal, sino una misteriosa iniciativa de Dios. No tenemos que exigir
explicaciones a Dios, o imponerle un modo de dirigirse a nosotros, puesto que
es Él quien llama y puede hacerlo como desee, también a través de otras
personas. —¿Y
cómo sabes tú que Dios quiere hacerlo así? Veo
que lo hace en bastantes casos relatados en el Evangelio, en los que llama a
través de otras personas. Fue Andrés quien condujo a Jesús a su hermano Pedro.
Jesús llamó a Felipe, pero Felipe a Natanael. Por eso insistía Juan Pablo II en
que «no debe existir ningún temor en proponer directamente a una persona joven
o menos joven la llamada del Señor. Es un acto de estima y de confianza. Puede
ser un momento de luz y de gracia.» Lo
normal es que descubramos la llamada de Dios en las palabras o los hechos de
otras personas, y por eso es fundamental tener el oído atento, saber leer entre
líneas, reconocer la voz de Dios, venga de quien venga. Peter Berglar, un
prestigioso profesor de Historia Moderna en la Universidad de Colonia, siempre
contaba con emoción cómo un día de invierno de 1974 acudió a su despacho un
estudiante que quería consultarle sobre diversos puntos referentes a sus
clases. Al terminar, estando ya los dos de pie, su alumno le preguntó: «Cree usted,
señor profesor, que Dios es el Señor de la historia?». El profesor Berglar se
volvió a sentar, un tanto desconcertado por la pregunta. Aquello fue el inicio
de una larga conversación. Y comienzo también de un largo proceso interior que
le hizo profundizar en su fe y descubrir su vocación. Un catedrático ilustre,
un intelectual de relieve que, como buen universitario, supo aprender de un
alumno suyo de tercer semestre que, entre otras cosas, le dio, con su valentía
y su cordialidad, una gran lección sobre cómo debe plantearse el apostolado
cristiano. La
clave está, como ha señalado Benedicto XVI, en que cada uno intente reconocer
cuál es su vocación y cómo es el mejor modo de responder a esa llamada que está
ahí, para él. —¿Y
cómo empieza la vocación? La
vocación suele comenzar con un descubrimiento inicial, del que sobreviene un
diálogo de oración. Es una llamada que cada uno debe leer en su propio corazón,
y en la que siempre queda un margen al misterio y a la interpretación. Como
explicaba Juan Pablo II en Los Ángeles en 1987, respondiendo a una pregunta
sobre su propia vocación, «tengo que empezar por decir que es imposible
explicarla por completo. Porque no deja de ser un misterio hasta para mí mismo.
¿Cómo se pueden explicar los caminos del Señor? Con todo, sé que en cierto
momento de mi vida me convencí de que Cristo me decía lo que había dicho a
miles de jóvenes antes que a mí: “¡Ven y sígueme!”. Sentí muy claramente que la
voz que oía en mi corazón no era humana ni una ocurrencia mía. Cristo me
llamaba para servirle como sacerdote.» —¿Y
si solo tenemos una sospecha de que tenemos vocación? Te
contesto entonces con otras palabras de Juan Pablo II, esta vez en Argentina en
1985, hablando del celibato: «Pido a cada uno de vosotros que se interrogue
seriamente sobre si Dios no lo llama hacia ese camino. Y a todos los que
sospechan tener esta posible vocación personal, les digo: rezad tenazmente para
tener la claridad necesaria, pero luego decid un alegre sí.» —¿Y
eso supone un desarrollo muy largo en el tiempo? El
discernimiento de la vocación supone una amistad con Dios. Pero igual que dos
personas pueden conocerse y hacerse muy amigos en una tarde, nosotros podemos
alcanzar amistad con Dios en cuanto abrimos nuestra alma a Él. El ejemplo del
Buen Ladrón es claro: toda una vida de lamentables errores se supera en un
momento, cuando pide ayuda a Dios. En cuanto abre un resquicio de su alma, Dios
se vuelca. 9.
Un encuentro fortuito La
grandeza de un hombre está
en saber reconocer | |||