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La llamada de Dios (anécdotas, relatos y
reflexiones sobre la vocación) 1.
El encuentro con la verdad sobre uno mismo 2.
Palabras que hieren 3.
Como modos hay de enamorarse 4.
Los síntomas de la vocación 5.
Casualidades 6.
Capacidad de escucha 7.
Detalles que a otros pasan inadvertidos 8.
¿Se me tiene que haber ocurrido a mí? 9.
Un encuentro fortuito 10.
Dios habla bajito 11.
Darse por enterado 12.
Así me hice cura 13.
El joven rico 14.
Superar el miedo 15.
Mañana, mañana 16.
Cambiar los propios planes 17.
Perderlo todo 18.
¿Perder la libertad? 19.
La sencilla palabra “sí” 20.
La persecución de los bien intencionados 21.
Dar la cara cuando no resulta fácil 22.
Ser tomados por locos 23.
La fuerza de la fe 24.
La forja de una vocación 25.
La vida a una carta 26.
¿Demasiado joven? 27.
Demasiado pronto 28.
¿Es necesario ser célibe? 29.
Las propias limitaciones 30.
Hay otros mejor preparados 31.
La duda sobre las propias cualidades 32.
Nunca lo había pensado 33.
Dejar pasar el tiempo 34.
¿Seré capaz de perseverar? 35.
Veo que algunos han fracasado 36.
¿Es un camino cerrado? 37.
A contraola 38.
La noche oscura 39.
¿No es una lucha extenuante durante toda la vida? 40.
El hijo pródigo 41.
¿Mi hijo Tomás, un simple fraile? 42.
El hijo del pobre alguacil de Riese 43.
Cuatro hijos sacerdotes 44.
A él le debo la vocación 45.
Hijos demasiados místicos 46.
Es todavía un niño 47.
Una incomprensión inicial 48.
Dar la vida 49.
Dios no era invisible 50.
Arreglar al hombre 1.
El encuentro con la verdad sobre uno mismo Dios
no habla, pero
todo habla de Dios. Julien
Green Cuenta
Maxim Gorki la historia de un pensador ruso que pasaba por una etapa de cierta
crisis interior y decidió ir a descansar unos días a un monasterio. Allí le
asignaron una habitación que tenía un cartelillo sobre la puerta en el que
estaba escrito su nombre. Por la noche, no lograba conciliar el sueño y decidió
salir a dar un paseo por el imponente claustro. A su vuelta, se encontró con
que no había suficiente luz en el pasillo para leer el nombre que figuraba en
la puerta de su dormitorio. Fue
recorriendo el claustro y todas las puertas le parecían iguales. Por no
despertar a los monjes, pasó la noche entera dando vueltas por el enorme y
oscuro corredor. Con la primera luz del amanecer distinguió al fin cuál era la
puerta de su habitación, por delante de la cual había pasado tantas veces a lo
largo de la noche, sin advertirlo. Aquel
hombre pensó que todo su deambular de aquella noche era una figura de lo que a
los hombres nos sucede muchas veces. Pasamos por delante de la puerta que
conduce al camino que estamos llamados, pero nos falta luz para verlo. Por
eso, saber cuál es nuestra misión en la vida es la cuestión más importante que
debemos plantearnos cada uno, y que podemos plantear a quienes queremos ayudar
a vivir con acierto. La vocación es el encuentro con la verdad sobre uno mismo.
Un encuentro que proporciona una inspiración básica en la vida, de la que nace
el compromiso, el cometido principal que cada persona tiene, y que quien es
creyente percibe como los planes de Dios para él. La vocación incluye todo
aquello que una persona se ve llamada a hacer, lo que da sentido a su vida. —¿Y
si no quisiera conocerla? Quizá
la mayor desgracia que puede sufrir una persona es desconocer la voluntad de
Dios para ella. La vocación es como el reto que el Señor nos plantea en nuestra
vida, lo que nos hará más felices que cualquier otra opción. Por eso, ayudar a
otra persona a encontrar la voluntad de Dios para ella es la mejor caridad que
se puede ejercer con ella. Porque no es una simple caridad que le pueda
resolver una cuestión parcial o puntual, y que por tanto le dará un poco más de
felicidad, sino que es algo que afecta al resultado global de su vida. —¿Te
refieres a la felicidad en la vida eterna? Me
refería a la felicidad aquí en la tierra, aunque, al fin y al cabo, son
cuestiones muy relacionadas, pues, como decía San Josemaría Escrivá, «la
felicidad del Cielo es para los que saben ser felices en la tierra». Los
mandatos de Dios no encadenan, sino que potencian al hombre, lo desarrollan, lo
dignifican, ensanchan su libertad, lo hacen feliz. —Pero
se puede desconocer la voluntad de Dios sin tener culpa de ello. Siempre
sería culpablemente, pues Dios da los medios para conocer su voluntad. Lo contrario
sería injusto por su parte, y por tanto una contradicción. El
encuentro más profundo con la verdad, aparte de la fe, es la vocación. Al decir
que sí nos ponemos en las manos de Dios. La vocación es una nueva luz, un
acontecimiento que nos da una nueva visión de la vida. Una luz para acertar con
nuestro camino y para no tropezar en él. Cuando cualquier persona descubre una
verdad, debe procurar conformar su vida con esa verdad: esto es lo coherente, y
lo propiamente humano. A su vez, cualquier ideal humano nace del descubrimiento
de una verdad. Cualquier cambio en la vida de un hombre parte siempre del
encuentro con una verdad. Y esto es algo universal: toda persona tiene verdades
que le inspiran, y de ahí parten los compromisos que definen su vida. —¿La
vocación es encontrar una verdad, o es encontrar a Jesucristo? Viene
a ser lo mismo, pues en el Nuevo Testamento puede leerse bien claro que Él es
la Verdad. Por eso, conocer cada vez mejor a Jesucristo es algo central para el
discernimiento de la vocación. No se suele comenzar a ser cristiano, ni a
entregarse a Dios, por una decisión ética, o por una gran idea, sino más bien
por el encuentro con la persona de Jesucristo, que da un nuevo horizonte a la
vida y, con ello, una orientación decisiva. Por
esa misma razón, con los relatos y reflexiones que van saliendo a lo largo de
estas páginas no se pretende convencer a nadie dialécticamente acerca de lo que
Dios pueda pedirle, sino que se busca ayudar a que cada uno tenga ese encuentro
con Jesucristo, ya que, en definitiva, eso es la vocación. Las ideas, las
anécdotas o los ejemplos de la vida de los santos, nos abren un panorama que
nos invita a buscar ese encuentro. Porque, repito, la vocación es un encuentro
personal con Jesucristo, no solo un compromiso con uno mismo. Es una llamada
que pide respuesta dentro de nosotros. Aunque dentro de nosotros hay muchas
respuestas, que pueden encarnar muchos modos de desarrollar nuestra vida, con
más o menos generosidad, como un mediocre o como un santo. Nuestra vida puede
ser muy distinta, según sean esas respuestas, porque, como dice un proverbio
indio, allí donde el hombre pone la planta, pisa mil caminos. La libertad solo
recorre un camino, pero está abierta a muchos. Conocer
a Jesucristo no es una mera curiosidad piadosa, un grado más en el camino de la
vida ascética. También es mucho más que un fenómeno de la cultura. Es algo que
afecta muy seriamente nuestra existencia. «Porque —como ha escrito José Luis
Martín Descalzo— con Jesús no ocurre como con otros personajes de la historia.
Que César pasara el Rubicón o no lo pasara, es un hecho que puede ser verdad o
mentira, pero que en nada cambia el sentido de mi vida. Que Carlos V fuera
emperador de Alemania o de Rusia, nada tiene que ver con mi salvación como
hombre. Que Napoleón muriera derrotado en Elba o que llegara siendo emperador
al final de sus días no moverá hoy a un solo ser humano a dejar su casa, su
comodidad y su amor y marcharse a hablar de él a una aldehuela del corazón de
África. »Pero
Jesús no, Jesús exige respuestas absolutas. Él asegura que, creyendo en él, el
hombre salva su vida e, ignorándole, la pierde. Este hombre se presenta como el
camino, la verdad y la vida. Por tanto —si esto es verdad— nuestro camino,
nuestra vida, cambian según sea nuestra respuesta a la pregunta sobre su
persona. ¿Y cómo responder sin conocerle, sin haberse acercado a su historia,
sin contemplar los entresijos de su alma, sin haber leído y releído sus
palabras?». La
convicción de que Dios existe no es una idea más. Creer no es añadir una
opinión a otras. Muchas informaciones no nos importa si son verdaderas o
falsas, pues no cambian nuestra vida. Pero, si Dios no existe, la vida es
vacía, el futuro es vacío. En cambio, si Dios existe, todo cambia, la vida es luz,
nuestro futuro es luz y tenemos una orientación para saber cómo vivir. Por eso,
creer constituye la orientación fundamental de nuestra vida, nos hace encontrar
el modo en que debemos vivir. Creer es seguir la senda señalada por la palabra
de Dios. Y la elección de Dios que supone la vocación es una elección de amor,
una iniciativa de Dios, que ha pensado lo mejor para cada uno de nosotros. Por
eso, descubrir la propia vocación es descubrir el sentido de la propia
existencia. Y el secreto de la felicidad está en hacer lo que Dios quiere de
nosotros. En
los Evangelios pueden leerse numerosas escenas en las que el Señor pasa y
llama. Llama y espera una respuesta. «Llamó a los que quiso», recalcan los
evangelistas. Y relatan el caso de alguno que se ofrece y no es admitido. Han
pasado veinte siglos, y hoy el Señor sigue llamando, y sigue llamando a quien
quiere. Nadie «se apunta», es Él quien llama. Una
mirada al mundo muestra enseguida la inmensidad del trabajo pendiente. «Alzad
los ojos y ved los campos, dispuestos para la siega». El campo está listo, las
necesidades son enormes, pero los trabajadores son escasos y no dan abasto. La
mies es mucha. ¿Cómo van a conocer a Dios si no hay quien dé testimonio de Él?
Hacen falta más vocaciones, más personas que entreguen su vida para llevar la
luz del Evangelio a todo el mundo, a los dirigentes de la sociedad, a los
empresarios, a los intelectuales, a los abatidos, a los enfermos, a las zonas
más remotas de la tierra, a quienes viven sin esperanza. 2.
Palabras que hieren La
mediocridad, posiblemente, consiste
en estar delante de la grandeza y
no darse cuenta. G.
K. Chesterton Como
en otras jornadas anteriores, Leví el publicano estaba sentado en su banco,
cobrando impuestos. Era su trabajo, aunque a muchos de sus contemporáneos les
pareciera despreciable. Pero aquel día todo cambió. La voz de Jesucristo, que
pasaba a su lado, sonó escueta e imperiosa: «Vio Jesús a un hombre sentado en
el telonio, llamado Mateo, y le dijo: sígueme». Jesucristo se adentró en su
vida para siempre, pidiéndole la entrega de todo cuanto era y cuanto tenía.
Quizá no había pensado nunca en otro porvenir que el que le deparaba su
trabajo. Pero ante la llamada del Señor, precisamente allí, en su trabajo,
responde inmediatamente y acoge en su alma la vocación divina: «Él se levantó y
le siguió». Es
una escena que desde entonces se ha repetido, paso a paso, en la vida de muchas
personas. El Señor ha salido al encuentro de ellas con ocasión de su trabajo,
de las cosas más cotidianas, y les ha llamado. Esa llamada, la vocación, es la
gran pregunta del hombre, un interrogante que compromete toda su existencia:
qué quiere Dios que sea yo. Dios da la vocación y, con ella, las luces para
verla. Por nuestra parte, debemos allanarle el camino, salir a su encuentro con
la oración y la rectitud de vida. —Pero
lo difícil es saber cómo en concreto podemos percibir cuál es la llamada de
Dios. Podremos
percibir esa llamada de Dios de un modo apabullante y maravilloso, con una gran
conmoción, como quizá nos gustaría. O bien, y esto es lo más corriente, con ese
aire cotidiano, bajo el rostro de las cosas sencillas, de un amigo, de una
noticia, de una conversación, de un libro. Para
cultivar una buena disposición hacia la llamada de Dios, es fundamental el
espíritu de oración. La piedad popular ha representado a la Virgen en oración,
cuando recibe la embajada del ángel. Es indudable que Nuestra Señora guardaba
un recogimiento habitual, tenía un espíritu de oración que la dispuso a recibir
el mensaje divino y a aceptarlo. Para percibir las llamadas de Dios es preciso
tener esa orientación habitual hacia lo divino, saber escuchar la voz del Señor
en medio de los afanes de la vida diaria, y después contestar, como ella, con
un «Hágase en mí según tu palabra». —¿Y
qué tipo de cosas sencillas y cotidianas debemos observar en nuestra oración? Examina
tu corazón, en el que bulle quizá, desde hace tiempo, la ilusión de algo
grande. Piensa si no será Dios el que te está hablando bajito, con las palabras
de un amigo, tras la aparente monotonía de la vida. Considera quién golpea
suavemente tu alma. Quizás lleve tiempo hablándote, y no lo hayas descubierto
todavía, como le sucedió a aquellos dos discípulos que caminaban con Él hacia
Emaús. Jesús caminaba a su lado, alejándose de Jerusalén, como un peregrino
más. Les hablaba con el acento de su tierra. Solo cuando rezaron con Él se dieron
cuenta de que habían estado largo tiempo junto al Señor sin saberlo. Y
exclamaron: «¿No ardía nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino?». Piensa
qué palabras te han herido últimamente, casi sin saber por qué. No repares
demasiado en quién te las ha dicho. Mira si hay recuerdos, inquietudes, deseos,
afanes, que te encienden el alma. Y pregúntate si no será Jesucristo el que
hace que arda tu corazón en el camino. Mientras tanto, vive alerta. Interroga
los rostros y los sucesos. Ahí, entre la monotonía de los días iguales, puede
estar llamándote Dios. Quizá
ahora te haces preguntas que nunca te habías hecho: ¿Qué sentido tiene esto que
hago? ¿Vale la pena vivir así? ¿Vale la pena mi vida? ¿Por qué Dios permite
esta circunstancia, y aquélla, y aquella otra? Y hay anécdotas, situaciones,
comentarios, sugerencias, vivencias que antes pasaban inadvertidas y que ahora,
en cambio, te llegan, te calan, te hieren. Adviertes, bajo esas circunstancias,
un lenguaje enigmático con el que quizá Dios quisiera decirte algo por medio de
unos signos insospechados y a la vez cotidianos. —¿A
qué te refieres con lo de los signos y el lenguaje enigmático? Podemos
recordar, por ejemplo, la historia de la vocación de San Francisco de Borja.
Desde los dieciocho años estaba en la corte de Carlos V, y a los veintinueve
fue nombrado virrey de Cataluña. Ese mismo año, recibió la misión de conducir
los restos mortales de la emperatriz Isabel hasta la sepultura real de Granada.
Él la había visto muchas veces rodeada de aduladores y de todas las riquezas de
la corte. Al abrir el féretro para reconocer el cuerpo, la cara de la difunta
estaba ya en proceso de descomposición. Cuando vio el efecto de la muerte sobre
la que había sido la bellísima emperatriz, aquello le impresionó vivamente.
Comprendió con gran nitidez la caducidad de la vida terrena, y tomó entonces su
famosa resolución: «¡Nunca más servir a señor que se me pueda morir!». Todo
aquello fue un gran aldabonazo en su alma. Cuando falleció su esposa, y sus
hijos estuvieron ya emancipados, renunció a sus títulos y posesiones en favor
de sus hijos, tomó el hábito y recibió la ordenación sacerdotal en 1551. La
noticia de que el Duque de Gandía se había hecho jesuita fue un gran bombazo en
aquella época. Fue destinado a la casa de los jesuitas de Oñate y empezó a
trabajar como ayudante del cocinero. Sus tareas eran acarrear agua y leña,
encender la estufa y limpiar la cocina. También atendía la mesa con gran
humildad. Sus superiores le trataban con la severidad que parecía exigir la
nobleza de su origen, y el santo jamás dio por ello la menor muestra de
impaciencia. A
los pocos años fue nombrado Superior de la Compañía de Jesús en España, y
después fue elegido Padre General. Durante los seis años que desempeñó ese
cargo, hasta su muerte en 1572, sus logros al frente de los jesuitas le
valieron por parte de los historiadores el apelativo del más grande general
tras el fundador San Ignacio de Loyola. Fundó lo que sería luego la Universidad
Gregoriana, envió misioneros a los más lejanos puntos del planeta, asesoró a
reyes y papas, y siguió de cerca los numerosos asuntos de la Compañía en rápida
expansión. Sin embargo, a pesar del gran poder que tuvo en sus manos, San
Francisco de Borja siguió la más humilde de las vidas, y fue ampliamente
reconocido como santo aun antes de morir. Todo empezó en aquel episodio ante el
féretro de la hermosa emperatriz. No fue el único que estaba allí presente en
ese momento, pero Dios se sirvió de ese signo para remover su alma. Unos
siglos antes, en Florencia, un joven de familia noble y poderosa llamado Juan
Gualberto ve como su único hermano muere asesinado. El día de Viernes Santo del
año 1003, cuando tiene solo dieciocho años, cabalga rodeado de varios hombres
armados, camino de Siena. En una revuelta del camino, se encuentra con un
hombre al que reconoce al instante como el asesino de su hermano. No tiene
escapatoria, ni posibilidad de hacer frente él solo a aquella aguerrida tropa.
No le queda más remedio que someterse a la ley inexorable de la venganza, que
exige su sangre. Todo esto ocurre en un momento. En un súbito arranque, inspirado
por el sentimiento religioso, baja del caballo y, arrodillado con los brazos en
cruz, le dice: «Juan, hoy es Viernes Santo. Por Cristo que murió por nosotros
en la cruz, perdóname la vida». Juan se disponía a asestarle un golpe mortal,
cuando el desdichado, viéndose ya perdido sin remisión, musitó: «Jesús, Hijo de
Dios, perdóname Tú al menos». Juan arrojó su espada, bajó también de su
caballo, levantó al asesino, le abrazó y le dijo: «Por amor a Cristo, por la
sangre que hoy derramó Jesús en la cruz, te perdono». La
lucha entre la sed de venganza y la conciencia de su deber de cristiano, aunque
duró breves instantes, debió de ser muy recia en el alma del joven caballero.
Estaba allí cerca, a orillas del Arno, la abadía de San Miniato. Entró en la
iglesia, se arrodilló ante la imagen de Cristo crucificado. Así pasó varias
horas. Al irse, le pareció que el crucifijo se animaba y le hacía una
inclinación de cabeza, como agradeciéndole lo que acababa de hacer por su amor. Desde
aquel día, Juan Gualberto no fue el mismo de antes. Sus pensamientos seguían
otros derroteros, sus aspiraciones mundanas le parecían vanas. No pasó mucho
tiempo antes de que llamara a la puerta de ese monasterio y pidiera al abad el
hábito benedictino. Entre
tanto, la noticia llega al castillo de su padre, y el noble señor sale en busca
de su hijo. No tarda en presentarse a la puerta de San Miniato. Juan se niega a
marcharse. No quiere salir para evitar un encuentro violento. Su padre amenaza
a los monjes con toda suerte de males. El abad invita al guerrero a pasar al
interior de la clausura para hablar con su hijo. Al encontrarse con el nuevo
monje, el noble señor lloró, se quejó amargamente de su ingratitud, pero acabó
por bendecirle y dejarle que siguiera en paz su vocación. Fue un gran monje, y
poco después fundó en los bosques de Vallumbrosa una nueva Orden, con muchos
monasterios en Italia, y hoy es San Juan Gualberto. —¿Y
algún otro ejemplo, un poco más de nuestra época? Por
ejemplo, el de Ruth, una chica que a los veinte años ingresó en el Instituto de
Hermanas de la Cruz, y cuyo testimonio conmovió a Juan Pablo II y al millón de
jóvenes que le acompañaban en Cuatro Vientos, en el año 2003. «Antes de
ingresar en el Instituto —explicaba la joven religiosa— llevaba una vida normal.
Me gustaba la música, las cosas bellas, el arte, la amistad, la aventura. Había
soñado muchas veces con mi futuro, pero un día vi por la calle a dos hermanas
que me llamaron la atención por su recogimiento, su paso ligero y la paz de su
semblante. Eran jóvenes como yo. Me sentí vacía y en mi interior oí una voz que
me decía: “¿Qué haces con tu vida?” Quise justificarme: “Estudio, saco buenas
notas, tengo muchos amigos”. Me quedé mirándolas hasta que desaparecieron de mi
vista mientras yo me preguntaba: “¿Quiénes son? ¿Adónde van?”. »Como
Nicodemo, invité a Jesús en la noche de mi inquieto corazón, y en la oración
entré en diálogo con Él. Con Él, sentí la llamada de tantos hermanos que me
pedían mi tiempo, mi juventud, el amor que había recibido del Señor. Y busqué.
Y me encontré con la mujer que estaba más cerca del misterio de la cruz de
Jesús junto a María, sor Ángela de la Cruz. Ella se había configurado tanto con
la cruz de Jesús que se hizo amor para los pobres que sufren. Me cautivó y
quise ser de las suyas. Y aquí estoy, Santidad, consciente de lo que he dejado. »He
dejado todo lo que los jóvenes que están con nosotros esta tarde poseen: la
libertad, el dinero, un futuro tal vez brillante, el amor humano, quizá unos
hijos. Todo lo he dejado por Jesucristo, que cautivó mi corazón para hacer
presente el amor de Dios a los más débiles en mi pobre naturaleza de barro. »Tengo
que confesarle, Santidad, que soy muy feliz y que no me cambio por nada ni por
nadie. Vivo en la confianza de que quien me llamó a ser testigo me acompaña con
su gracia. Gracias, Santo Padre, por su vida entregada sin reservas como
testigo fiel del Evangelio, por fortalecer nuestra fe, avivar nuestra esperanza
y abrir nuestro corazón al amor ardiente del que sabe perder su vida para que
los demás la ganen. Gracias por su vida, que a muchos de nosotros nos ha
marcado. Gracias por venir a decirnos a los jóvenes que el mundo necesita
testigos vivos del Evangelio, que cada uno de nosotros podemos ser uno de esos
valientes que se arriesguen a construir la nueva civilización del amor, porque
lo que nosotros no hagamos, se quedará sin hacer.» 3.
Como modos hay de enamorarse Si
quieres conocer a una persona, no
le preguntes lo que piensa sino
lo que ama. San
Agustín La
pregunta sobre qué quiere Dios de mí es una pregunta personalísima, de
respuesta también personalísima. No hay recetas hechas. No hay fórmulas exactas
para saber cuál es la propia vocación. Dios no se repite. No hay un atlas
donde, como sucede con las estrellas, uno pueda buscar y reconocer la suya.
Dios llama de modos tan distintos como modos hay de enamorarse. Nos llama y nos
habla de forma singular. A algunos santos, Dios les sugirió oscuramente su
vocación desde su niñez: a Santa Catalina de Siena con una visión, a San Juan
Bosco con un sueño. Pero fueron la excepción, y además, ellos no descubrieron
el significado de aquella llamada hasta bastante tiempo más tarde. A
veces, Dios da su gracia de un modo llamativo, casi estruendoso, como hizo con
San Pablo. También fue tumbativa la conversión de Paul Claudel, un literato
francés que había perdido la fe muy joven, y a quien, la noche de Navidad de
1886, un taxi lo dejó, por casualidad, a las puertas de Notre Dame, en París.
Se quedó solo en la gran explanada, frente a la catedral. Contempló la
imponente fachada gótica con el gran rosetón central, fulgurante y multicolor
en la oscuridad. Se escuchaban los cantos que celebraban la Nochebuena. Decidió
entrar. El templo estaba abarrotado. Se fue abriendo paso entre la multitud,
hasta llegar junto a la imagen de la Virgen. Y
fue entonces, mientras escuchaba el “Magníficat”, cuando se produjo su
conversión. «Yo estaba de pie entre la muchedumbre, cerca del segundo pilar a
la entrada del coro, a la derecha del lado de la sacristía. Entonces fue cuando
se produjo el acontecimiento que ha dominado toda mi vida. En un instante mi
corazón fue tocado y creí. Creí, con tal fuerza de adhesión, con tal agitación
de todo mi ser, con una convicción tan fuerte, con tal certidumbre, que no
dejaba lugar a ninguna clase de duda, que después, todos los libros, todos los
razonamientos, todos los avatares de mi agitada vida, no han podido sacudir mi
fe, ni, a decir verdad, tocarla. De repente, tuve el sentimiento desgarrador de
la inocencia, de la eterna infancia de Dios, de una verdadera revelación
inefable. Al intentar, como he hecho muchas veces, reconstruir los minutos que
siguieron a este instante extraordinario, encuentro los siguientes elementos
que, sin embargo, formaban un único destello, una única arma, de la que la
divina Providencia se servía para alcanzar y abrir finalmente el corazón de un
pobre niño desesperado: "¡Qué feliz es la gente que cree! ¿Si fuera
verdad? ¡Es verdad! ¡Dios existe, está ahí! ¡Es alguien, es un ser tan personal
como yo! ¡Me ama! ¡Me llama!". Las lágrimas y los sollozos acudieron a mí
y el canto tan tierno del Adeste Fideles aumentaba mi emoción.» En
su interior se mezclaban sentimientos contrapuestos. «La religión católica
seguía pareciéndome el mismo tesoro de absurdas anécdotas. Sus sacerdotes y
fieles me inspiraban la misma aversión, que llegaba hasta el odio y el asco.
Esta resistencia mía duró cuatro años. Me atrevo a decir que realicé una
defensa valiente. Y la lucha fue leal y completa. Nada se omitió. Utilicé todos
los medios de resistencia imaginables y tuve que abandonar, una tras otra, las
armas que de nada me servían. Esta fue la gran crisis de mi existencia, esta
agonía del pensamiento sobre la que Arthur Rimbaud escribió: "El combate
espiritual es tan brutal como las batallas entre los hombres. ¡Dura
noche!". Los jóvenes que abandonan tan fácilmente la fe, no saben lo que
cuesta reencontrarla, y a precio de qué torturas.» Había
en el interior de Paul Claudel un “hombre nuevo” que le empujaba a cambiar de
vida. Pero seguía también el “hombre viejo”, que resistía con todas sus fuerzas
y no quería entregarse a esta nueva vida que se abría ante él. «¿Debo
confesarlo? El sentimiento que más me impedía manifestar mi convicción era el miedo
a la opinión de los demás. El pensamiento de revelar a todos mi conversión y
decírselo a mis padres…, manifestarme como uno de los tan ridiculizados
católicos…, todo eso me producía un sudor frío. Y, de momento, me sublevaba,
incluso, la violencia interior que se me había hecho. Pero sentía sobre mí una
mano firme. (…) No conocía un solo sacerdote. No tenía un solo amigo católico.
(...) Pero el gran libro que se me abrió y en el que hice mis estudios, fue la
Iglesia. ¡Sea eternamente alabada esta Madre grande y majestuosa, en cuyo
regazo lo he aprendido todo!». Decidió
entregarse a Dios. Al principio, pensaba que la vida religiosa era lo suyo.
Pero al poco de estar en un convento le dijeron que probablemente aquel no era
su camino. Volvió a insistir en otro lugar, un tiempo más tarde, y volvieron a
decirle lo mismo. Le aconsejaron que pensara si quizá Dios no lo quería como
fraile, sino en el ejercicio de la diplomacia y en el cultivo de la literatura.
Entendió entonces que aquella era la voz de Dios, que le llegaba por encima de
sus deseos e impresiones iniciales. Y fue un gran diplomático y una de las
glorias literarias de Francia. Sirvió eficacísimamente a la Iglesia con su
trabajo y con su pluma. Con el tiempo, comprendió que sus primeras decisiones
fueron solo recodos de un camino que le llevaba derechamente a conocer la
voluntad de Dios. Esta
suele ser la situación en la que se encuentra el alma antes de decidirse. No ve
con nitidez, no escucha con claridad. Solo se tiene una inquietud, una intuición.
Una llamada aún poco perceptible, pero muchas veces no por eso menos real.
¿Dónde me quiere Dios? ¿Para qué? Hay que aguzar el oído, rezar, insistir al
Espíritu Santo que nos dé luz, pedir consejo. —Pero
quizá es mejor que estas cosas tan personales se decidan por uno mismo, sin
dejarse influir por consejos de nadie. Las
decisiones personales importantes han de tomarse de modo personal, pero la
gente inteligente y sensata las toma ayudándose del consejo de quienes le
merecen confianza y autoridad moral. A veces desde fuera se ven las cosas con
más objetividad, no porque desde fuera se vea mejor la vocación, sino porque
desde fuera nos pueden ayudar a reflexionar sobre cómo son nuestras
disposiciones de generosidad, o si, por su experiencia, juzgan que tenemos o no
las condiciones necesarias para seguir un determinado camino en una determinada
institución de la Iglesia. La
clave es a quién se pide ese consejo, y cómo se recibe. Hay que buscarlo en
personas que posean la ecuanimidad y la rectitud necesarias para una cuestión
tan importante. Y hay que recibirlo sin dejarse influir por quienes nos parece
que nos empujan a seguir con precipitación un entusiasmo pasajero, y al tiempo
sin dejarse convencer por quienes nos invitan a guiarnos por el egoísmo o a
dejar siempre las cosas para más adelante. Debemos
pedir consejo a personas que tengan la necesaria rectitud y consideración hacia
lo sagrado de la conciencia. A ese cuidado y esa solicitud se refería San
Josemaría Escrivá cuando explicaba: «Si interesa mi testimonio personal, puedo
decir que he concebido siempre mi labor de sacerdote y de pastor de almas como
una tarea encaminada a situar a cada uno frente a las exigencias completas de
su vida, ayudándole a descubrir lo que Dios, en concreto, le pide, sin poner
limitación alguna a esa independencia santa y a esa bendita responsabilidad
individual, que son características de una conciencia cristiana. Ese modo de
obrar y ese espíritu se basan en el respeto a la trascendencia de la verdad
revelada, y en el amor a la libertad de la humana criatura. Podría añadir que
se basa también en la certeza de la indeterminación de la historia, abierta a
múltiples posibilidades, que Dios no ha querido cerrar.» Toda
ayuda espiritual, igual que todo apostolado o proselitismo, es siempre dar luz
a las personas para que cada una, día a día, vaya descubriendo su camino y lo
siga. Quien da ese consejo, debe tenerlo presente; y quien lo recibe, debe
comprender que, lógicamente, no basta con el consejo para resolver nuestro
discernimiento, pues el discernimiento de la vocación es siempre personal. Es
cierto que otros pueden ayudarnos mucho, como se ve en la historia personal de
todos los santos a lo largo de la historia de la Iglesia. Así
sucedió, por ejemplo, a Santa Juana Francisca de Chantal. En el año 1601
falleció su marido, el Barón de Chantal, y ella quedó viuda con veintinueve
años y cuatro hijos. Juana Francisca pedía constantemente a Dios que pusiera en
su camino un director espiritual verdaderamente santo, capaz de ayudarla a
conocer y cumplir su voluntad. En 1604 conoció a San Francisco de Sales, y
enseguida comprendió que era la persona que ella buscaba. Juana Francisca se
dedicó a educar a sus hijos, a administrar los muchos bienes que le había
dejado su marido y a hacer numerosas obras de caridad con los pobres y enfermos
que ella iba a visitar o que acudían al Castillo de Monthelon, donde vivía.
Pasados los años, cuando sus hijos estuvieron ya preparados para valerse por sí
mismos, ella decidió hacerse religiosa. Pero su familia se opuso totalmente. Su
padre, que aún vivía, le suplicaba que no se alejara de los suyos, su hijo
mayor se tendió por tierra ante el dintel de la puerta diciendo que tendría que
pasar sobre él si quería irse. Pero ella seguía inconmovible en su
determinación de seguir su vocación. Pasó sobre el cuerpo de su muy amado hijo,
y casi desmayada por su inmenso pesar, encontró frente a la casa a su padre, se
postró de rodillas ante él y, llorando, le pidió su bendición. El anciano le
impuso las manos y le dijo: «No puedo reprocharte lo que haces. Ve con mi
bendición. Te ofrezco a Dios como Abraham le ofreció a Isaac, a quien amaba
tanto como yo a ti. Ve a donde Dios te llama y sé feliz en su casa. Ruega por
mí.» San
Francisco de Sales encontró en Juana Francisca de Chantal la persona ideal para
comenzar la fundación de una nueva comunidad de religiosas que visitaran a los
pobres, de ahí su nombre de Hermanas de la Visitación de la Santísima Virgen.
Resultó ser una mujer con grandes dotes de gobierno, que caminaba de ciudad en
ciudad organizando nuevas comunidades en todas las provincias de Francia. Pero
en 1622 falleció San Francisco de Sales y quedó ella sola al frente de una
numerosa comunidad recién fundada. Buscó entonces la ayuda de San Vicente de
Paul, que sería en lo sucesivo su director espiritual. Cuando fallece Juana
Francisca, en 1641, hay ya ochenta y tres conventos de la Visitación en varios
países de Europa. Todos sus parientes se alegrarán después y se felicitarán por
pertenecer a la familia de una persona de tanta fama de santidad. Y ella
siempre estuvo enormemente agradecida a la ayuda y el consejo que recibió de
personas tan santas, que supieron orientarla con sabiduría y fueron decisivas
para conocer su propia vocación y ser fiel a ella. 4.
Los síntomas de la vocación Poca
observación y muchas teorías llevan al error. Mucha
observación y pocas teorías llevan a la verdad. Alexis
Carrel —¿Y
cuáles son los síntomas de la vocación? La
vocación suele presentarse al principio como una serie de pequeñas inquietudes,
de conmociones interiores. Quieres hacer algo grande en tu vida. Sientes que
Dios espera algo más de ti. Te preocupa el dolor de los hombres. Te gusta la
vida que ahora llevas, pero sientes que falta algo. Son signos que se parecen
al oleaje de un mar interior, que anuncia una profunda y decisiva sacudida
espiritual. Como susurros lejanos de una llamada definitiva, que llegará a su
hora. —¿A
qué hora? A
la mejor hora, a la hora que Dios haya pensado. Son barruntos de amor que
preparan el alma hacia la generosidad de la entrega. Esas inquietudes quizá son
síntomas de la vocación, señales que sirven para alertar el corazón y urgirle a
luchar, a rezar, a esperar con el oído atento a lo que Dios quiera decirnos.
Cada uno debe asegurarse de que actúa con diligencia, que no se duerme mientras
Dios habla, que no hace oídos sordos a sus llamadas. —¿Y
puede que esos indicios sean un poco cambiantes, que “vayan y vengan”? Cuenta
Santa Teresa cómo en su alma adolescente iban y venían «estos buenos
pensamientos de ser monja», pero «luego se quitaban, y no podía persuadirme a
serlo». Es un fenómeno totalmente natural. Quizá hemos oído hablar ya muchas
veces sobre la vocación, pero nunca hemos visto claro que sea nuestro camino,
pero tampoco lo hemos descartado. Se trata de algo habitual en la mayoría de
las decisiones de cierta relevancia en cualquier persona: ¿debo orientar en
este sentido mi vida profesional? ¿será ésta la persona con quien debo casarme?
¿no debería cortar con esta mala costumbre que se ha introducido en mi vida? Es
frecuente que la voz de Dios tarde en esclarecerse, que no se escuche al
principio con nitidez, quizá porque precisamos de una mejora en nuestra sensibilidad
interior, y eso a veces lleva su tiempo. Debemos hablarlo con Dios en la
oración, y mejorar nuestras condiciones personales para que esa semilla pueda
germinar. Y quizá pedir consejo a quien realmente nos ayude a exigirnos y nos
oriente para descubrir la voluntad de Dios, en vez de a quien siempre nos dice
que no nos compliquemos la vida. —Pero
hay que escuchar el consejo de unos y de otros, no solo el de los que nos
animan en un sentido. Es
bueno escuchar a todos, y debemos tener la madurez necesaria para escuchar
opiniones a favor o en contra sin dar bandazos. Pero el acierto en una decisión
no proviene de la media aritmética de las opiniones de los que están a favor o
en contra. Hay que estar en guardia, por eso, tanto contra el entusiasmo precipitado
y el optimismo ingenuo, como contra el sutil engaño de ampararnos en las
opiniones que justifican las decisiones cómodas y egoístas. —Quizá
es mejor entonces no consultar con nadie y decidir por uno mismo. Es
una opción respetable. Pero toda persona con cierto nivel de responsabilidad en
la vida profesional, o social, o política, busca el consejo de personas
experimentadas. Para llegar a buen puerto es buena cosa contar con un buen
guía, tanto si es puerto de montaña, o de mar, o de la vida espiritual. Lo
digo porque, a veces, ante la perplejidad de la duda, nos refugiamos en el
aturdimiento de la frivolidad, de los días vacíos o del vértigo del
atolondramiento. Y quizá entonces, aunque sea casi inconscientemente, eludimos
las conversaciones o lecturas que nos hacen afrontar esas inquietudes. No
es un fenómeno nuevo ni extraño. Así ha sucedido a los santos. San Juan Bosco
quería ser franciscano, pero en el fondo lo que le movía a pensarlo era el
temor a no perseverar en otro lugar. Y escuchó, durante uno de sus sueños:
«Otra mies te prepara Dios.» Se lo contó a su confesor, que le dijo que en esos
temas él no entraba. Bosco quedó sumido en la perplejidad. Pero Dios no
abandona nunca a los que le buscan con sincero corazón, y un herrero amigo suyo
le sugirió consultarlo con Don Cafasso, un sacerdote conocido por su sensatez y
por su sentido sobrenatural. Don Cafasso le dio un consejo decisivo para su
vida, pues le animó a seguir con sus estudios y a esperar una luz del cielo que
no le había de faltar, como no le faltó. Y fue un gran santo, y fundador de una
de las órdenes religiosas que mayores servicios ha prestado a la Iglesia. —Pero
creo que es importante asegurar que el consejo que pedimos sobre la vocación no
resulte luego ser un consejo interesado. Por
supuesto. Es muy grande la responsabilidad de los que aconsejan a las personas
que se plantean la posibilidad de entregarse a Dios. Son asuntos muy serios, y
por eso quienes aconsejan sobre estos temas deben cuidar mucho su rectitud,
para no confundir sus propios deseos con los del Espíritu Santo. —¿Y
crees entonces que una persona puede aconsejar con rectitud sobre la vocación a
su propia institución? Pienso
que sí. Si esa persona es sensata, en absoluto querrá encaminar hacia su camino
a alguien sin vocación para ese camino, porque en ese caso hará daño al
interesado, a sí mismo y a la institución a la que teóricamente favorece.
Porque la gente sin vocación no persevera. Los
fundadores han solido aconsejar mucha prudencia a la hora de aconsejar sobre la
vocación. Por ejemplo, San José de Calasanz decía: «No temáis abrir cien
puertas en lugar de una para que salgan todos y cerrar noventa y nueve y media
para permitir la entrada a los que se presenten». Y el propio San Pablo, en su
primera carta a Timoteo, recalca la importancia del discernimiento: «No te
precipites en imponer a nadie las manos, no te hagas partícipe de los pecados
ajenos» (I Tim. 5, 22). Me
parece que no hace falta poseer mucha perspicacia para advertir si una persona
nos aconseja con rectitud o no. Pero, desde luego, haber seguido un camino no
invalida para aconsejar sobre él, sino que quizá es al revés, como lo demuestra
el hecho de que la mayoría de las vocaciones fieles y felices han nacido del
consejo de alguien que ha servido de referencia para seguir ese mismo camino.
Igual sucede, por ejemplo, con la vocación profesional, donde es muy normal que
el testimonio de la vida de una persona sirva para despertar ese deseo latente,
para hacerlo germinar y crecer, y para ayudar a discernir si se trata o no de
su camino. No puede olvidarse que Dios, para dar a conocer su voluntad, se
sirve ordinariamente de las personas que tenemos a nuestro alrededor. Como
es lógico, lo que nadie puede atribuirse es ningún tipo de exclusiva o de
infalibilidad en el discernimiento, ni de iluminaciones especiales sobre el
discernimiento de la vocación de los demás. Como decía Benedicto XVI en un
encuentro con sacerdotes: «No pretendo ser aquí ahora como un
"oráculo" que responda de modo satisfactorio a todas las cuestiones.
San Gregorio Magno dice que cada uno debe conocer “infirmitatem suam”, sus
limitaciones, y esas palabras valen también para el Papa. O sea, que también el
Papa, día tras día, debe conocer y reconocer “infirmitatem suam”, sus límites.
Debe reconocer que solo colaborando todos, en el diálogo, en la cooperación
común, en la fe, como cooperadores de la Verdad, de la Verdad que es
Jesucristo, podemos cumplir juntos nuestro servicio, cada uno en la parte que
le corresponde. En este sentido, mis respuestas no serán exhaustivas, sino
fragmentarias.» Cuando
alguien aconseja sobre la vocación de otro, no debe seguir sus propias
opiniones, ni sus propios deseos, sino que por encima de todo debe ayudar a
averiguar el deseo de Dios. Así lo explicaba Benedicto XVI en la homilía de
inicio de su pontificado, aludiendo a que no tenía programa propio de gobierno
y a que su papel no era imponer sus ideas: «Mi verdadero programa de gobierno
es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino de ponerme, junto
con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y
dejarme conducir por Él.» Nadie
puede asegurar o negar con rotundidad al hablar del discernimiento de la
vocación de otra persona. Pero una persona sí puede ayudar en ese
discernimiento a otra. Puede realizar una labor de acompañamiento espiritual
que arroje luz en esa tarea personal de encontrar el camino que marca Dios.
Porque Dios tiene pensado algo para cada uno, y tiene pensado también un modo
de hacérnoslo saber —lo contrario no tendría sentido—, y da igual el modo por
el que Dios siembre en nuestra alma esa inquietud. Lo importante, y lo que con
frecuencia más falta, es la respuesta, cara a Dios. 5.
Casualidades Si
no esperas lo inesperado no
lo reconocerás cuando llegue. Heráclito «Durante
cinco años —cuenta el filósofo francés Jean Guitton— fui prisionero de guerra
en un campo de concentración destinado a oficiales, cuyo número ascendía a
cinco o seis mil hombres. »Aquellos
hombres, obligados a la reclusión, privados de la familia que habían formado o
esperaban formar, no podían evitar las reflexiones sobre la condición humana.
Recuerdo que, durante un triste atardecer, no sabíamos qué hacer, y uno de
nosotros imaginó un extraño juego: cada uno debía contar de qué modo su padre había
conocido a su madre. »Como
fácilmente se adivinará, todas las historias, pese a ser muy distintas, se
parecían. Lo que había provocado el amor del hombre por la mujer o de la mujer
por el hombre era, a menudo, un pequeño detalle: el hecho de perder un tren,
una mirada, una simple palabra, un silencio más prolongado... »Tras
estas confidencias, en el barracón de los prisioneros se produjo un silencio
metafísico. Cada uno de nosotros comprendía que aquello en virtud de lo cual
uno mismo existía, había sido originado por algo insignificante, por un
encuentro, por un rasgo en un rostro, por el color de unas pupilas. Cada uno de
nosotros comparaba la desproporción entre el origen de su ser —una casualidad,
un movimiento emotivo—, y su propio ser, y comprendía que estaba ante un
misterio, ante la desproporción entre algo fugaz y aleatorio, por una parte, y
el universo espiritual, surgido de este hecho accidental, por otra.» El
desarrollo de un amor, o de la lealtad a una decisión, suele comenzar de modo tan
modesto y casual como el recogido por Guitton en este recuerdo autobiográfico.
Hay frecuentemente una notable desproporción entre los inicios sencillos, y en
apariencia quizá intrascendentes, de un afecto, y el amor ardiente e
incondicionado que ese afecto está llamado a ser. El amor humano, como el
sobrenatural, ha de atravesar necesariamente un conjunto de etapas, fases e
incidencias, que son parte esencial de la biografía de la persona, y forman la
historia de la fidelidad a lo que Dios le pide. Sucede con el amor, y sucede
también, por ejemplo, con el proceso de muchas conversiones. Se podrían contar
miles de casos. «Me
llegó una carta —contaba la Madre Teresa de Calcuta— de un brasileño muy rico.
Me decía que había perdido la fe; pero no solo la fe en Dios sino también la fe
en los hombres. Estaba harto de su situación y, de todo lo que lo rodeaba, y
había adoptado una decisión radical: suicidarse. Un día, en que aquel hombre
iba de paso por una abarrotada calle del centro, vio un televisor en el escaparate
de una tienda. El programa que estaba transmitiendo en aquel momento había sido
rodado en nuestro Hogar del Moribundo Abandonado de Calcuta. Se veía a nuestras
Hermanas cuidando a los enfermos y moribundos. El remitente me aseguraba que,
al ver aquello, se sintió empujado a caer de rodillas y rezar, tras muchos años
en que no había hecho ninguna de ambas cosas: orar arrodillado. A partir de
aquel día recobró su fe en Dios y en la humanidad, y se convenció de que Dios
lo seguía amando.» Las
llamadas de Dios son distintas para cada uno. Y no faltan las veces en las que
la llamada se presenta bajo la apariencia de un error. Un día del año 1588, un
joven napolitano llamado Ascanio Caracciolo recibe por error una carta de
Agostino Adorno, pidiéndole consejo acerca de la idea de fundar una nueva
comunidad religiosa y proponiendo su colaboración. En realidad, la carta estaba
dirigida a otra persona, que tenía idéntico nombre y apellido, pero él, al
leerla, encontró que eso era precisamente lo que había deseado por muchos años.
Fue a entregarla a su destinatario, estuvo charlando con él, y decidió formar
parte de esa nueva institución, los Clérigos Regulares Menores, de la que fue
prácticamente su cofundador. Dios se sirvió de aquel error humano para dar a conocer
su vocación a aquel joven, que acabaría siendo San Francesco Caracciolo. Dios
habla a cada alma con un lenguaje distinto, personal. Tiene una llave distinta,
un “password” personal para el alma de cada uno. Y evoca recuerdos y
situaciones que solo cobran sentido para cada uno. A Natanael le dice: «Antes
que Felipe te llamase, te vi yo, cuando estabas debajo de la higuera». Nunca
sabremos qué sucedió exactamente en su interior, pero aquello fue lo que le
movió a seguir al Señor. Por eso, no debemos menospreciar las pequeñas
insinuaciones de Dios que provienen de cosas que leemos, o que se nos ocurren,
o que nos acordamos, o que nos dicen. Pueden ser pequeños oleajes interiores en
la superficie aparentemente calmada de nuestra vida, o una mar de fondo con la
que quizá Dios nos esté queriendo decir algo. —Parece
entonces que la vocación esta llena de casualidades… No
se trata de fundamentarse en las casualidades, sino de buscar los designios de
Dios a través de las cosas ordinarias que la Providencia pone en nuestro
camino. Y eso no es tanto “casualidad” como “causalidad”. No
es propiamente casualidad, por ejemplo, que San Maximiliano Kolbe escuchara en
una homilía de domingo de 1906 la noticia de que se abría un nuevo seminario
franciscano en Lvov, y que aquello removiera sus inquietudes vocacionales y se
decidiera a ingresar allí a los pocos meses. No es casualidad que San Juan de
Dios escuchara en Granada en 1539 la predicación de San Juan de Ávila y que
aquello le hiciera cambiar de vida por completo. No fue casualidad tampoco que
San Camilo de Lelis tuviera que acudir al Hospital de Santiago, en Roma, para
curar una herida, y que allí descubriera su llamada a fundar una Orden
Hospitalaria, en 1582. Podrían citarse millones de aparentes casualidades que
Dios tenía previstas para hacernos ver sus designios para nuestra vida. —De
acuerdo, pero no todas las casualidades que nos acontecen en la vida son un
designio de Dios, porque entonces podríamos volvernos locos viendo signos por
todas partes. No
se trata de interpretar cada pequeña cosa como un mensaje de Dios, o como un
presagio o una señal divina que nos indica qué debemos hacer. Pero también es
cierto que nada de lo que nos sucede es simple casualidad. Tejemos nuestra
vida, día a día, con gracia y libertad, bajo la mirada de Dios, que se propone
en todo una finalidad. Todo sucede por algo y para algo. Dios no dispone las
cosas, la vida de una persona, para que esté ahí, sin más, sin sentido: nacer,
vivir, morir, sin un porqué ni un para qué. Dios
acompaña cada uno de nuestros pasos, tantas veces vacilantes. Nos descubre lo
necesario para que a su vez nosotros descubramos el sentido de nuestra vida.
Suele hacerlo poco a poco, sin avasallar, buscando en nosotros una respuesta
paulatina, un diálogo de generosidad entre sus llamadas y nuestras respuestas.
Quizá ha esperado durante mucho tiempo y ahora empieza a descubrirte su querer,
o quizá lo intenta desde hace tiempo y ahora empiezas a verlo. —Pero
esas casualidades pueden ser simplemente medios de los que se sirve Dios para
hacernos ver cuestiones en las que mejorar. Sí,
y si respondemos con generosidad, seremos cada vez mejores, y quizá Dios nos
irá haciendo nuevas llamadas hasta desvelar cada vez más su designio para con
nosotros. —¿Y
a Dios no le basta con que seamos “buenas personas”, nada más? Toda
persona con un mínimo de formación tiene sus proyectos de futuro, su ilusión
profesional, sus deseos de hacer algo por luchar contra la pobreza, contra la
ignorancia, contra la injusticia, en definitiva, tiene sus horizontes en la
vida. Cuando alguien dice que se conforma con ser buena persona, sin más, da la
impresión de que con eso pone unos límites bastante cortos a esos horizontes.
Que alberga buenos deseos, pero no está dispuesto a perder comodidades. Eso
sería vivir una existencia sin relieve, en la que a veces surge una cierta
inquietud, un «quizá debiera…», pero que enseguida queda acallado con un
«mañana, mañana... », como sucedía a San Agustín. Toda
vocación es una llamada a desprenderse del pequeño horizonte de la vida
ordinaria, para comprometerse en una obra más grande. Es cierto que la
concreción de esos grandes ideales, la plasmación concreta del querer de Dios,
se presenta a veces como algo incómodo, lleno de responsabilidades y
exigencias, como si fuera la página siguiente de un libro cuya lectura no
deseas proseguir, porque prefieres seguir embotado de presente, acomodado a la
pequeña felicidad del conformismo. Todo eso puede suceder, pero quizá un día,
de repente, casi sin darte cuenta, en el momento y lugar más insospechados, te
encuentras delante de un Dios que quiere decirte algo, no sabes bien qué. Algo
así le ocurría a Santa Teresa de Ávila. En su caso, Dios actuó de una forma
extraordinaria, distinta de lo que será habitual para nosotros. Ella quería ser
buena persona y, al tiempo, huir de la oración, por miedo a conocer con más
detalle las llamadas que Dios le hacía. Quiso convencerse también de que no
había nada de malo en continuar con tratos y conversaciones que le estaban
conduciendo a la frivolidad y enfriaban su alma. «Y fue muchos años los que
tomaba esta recreación pestilencial; que no me parecía a mí —como estaba en
ello— tan malo como era, aunque a veces claro veía no era bueno; mas ninguna no
me hizo el distraimiento que ésta que digo, porque la tuve mucha afición. Y
estando otra vez con la misma persona, vimos venir hacia nosotros —y otras
personas que estaban allí también lo vieron— una cosa a manera de sapo grande,
con mucha más ligereza que ellos suelen andar. De la parte que él vino no puedo
yo entender pudiese haber semejante sabandija en mitad del día ni nunca la
habido, y la operación que hizo en mí me parece no era sin misterio. Y tampoco
esto se me olvidó jamás. ¡Oh grandeza de Dios, y con cuánto cuidado y piedad me
estabais avisando de todas maneras, y qué poco me aprovechó a mí!». 6.
Capacidad de escucha Cuando
el aprendiz está maduro encuentra
siempre a su maestro. Alejandro
Llano Samuel
era hijo de Elcana y de Ana. Vivía junto al sumo sacerdote Helí. Y una noche
Dios quiso mostrarle su vocación. Samuel descansaba en una habitación cercana a
la de su maestro, cuando escuchó una voz —«Samuel, Samuel»— que le llamaba por
su nombre. Se
extrañó. A nosotros nos hubiese sucedido lo mismo. Pensamos que Dios debe
llamarnos tal y como nos lo imaginamos. Y naturalmente, dentro de nuestro
horario de visita. ¿A quién se le ocurre venir a media noche? Samuel
se sobresaltó. Y luego le entró la duda. Esa llamada que creía sentir, ¿era
fruto de su imaginación, del sueño..., o era efectivamente un deseo real de
Dios? Podría haber seguido durmiendo. Podría haber esperado a la mañana
siguiente. Podría haber pensado que era una de tantas cosas un poco extrañas
que se imagina uno a veces. Aquello había sido solo una llamada vaga en el
silencio. Pero se levantó y fue a despertar a Helí. Escuchó una voz que llamaba
en la intimidad del alma, y acudió a quien pensaba que le podía dar un buen
consejo. Pero
Helí no había oído nada. Sin embargo, no se sorprendió de aquella llamada
nocturna de Dios. Era un hombre experimentado. Sabía que Dios a veces alterna
urgencias y silencios, llamadas fuertes con otras más leves. Que muchas veces
desea que nosotros tomemos la iniciativa. Que nos prueba, para ver si estamos
receptivos, si nos levantamos del sueño, si nos atrevemos a hablar. —Pero
la vocación es algo que se descubre de modo personal delante de Dios, no
hablando con otro hombre. La
vocación es un querer de Dios, es verdad. Luego viene la respuesta generosa del
hombre al que Dios llama. Pero, de ordinario, falta un tercer elemento: la
aceptación de esa respuesta por... otro hombre. —Pero
eso es supeditar la vocación a otro hombre… Si
nuestra vocación está encuadrada en una institución de la Iglesia, y muchas
veces incluso aunque no lo esté, al final, casi siempre tenemos que hablar con
un hombre. Somos seres corporales, no ángeles ni espíritus. Dios suele
manifestar su voluntad mediante signos y medios externos, además de los
internos y espirituales. Y entre esos medios externos están algunas personas
que con frecuencia Dios utiliza como instrumentos en el camino de nuestra vida.
Como es lógico, esas personas no otorgan la vocación, pero sí tienen la obligación
de discernir si la persona que tienen delante posee la suficiente madurez para
ser admitida en ese seminario, en ese noviciado, o en esa institución, del tipo
que sea, a la que esa persona se siente llamada. Deben
comprobar, en lo posible, si ese candidato siente en su alma una inclinación
hacia un determinado camino movida quizá sobre todo por un sentimentalismo
pasajero, o por un desconocimiento de la realidad de ese camino. O si esa
pretendida vocación de misionero no es en realidad una atracción algo infantil
hacia la aventura, o hacia los viajes por África, o es una ilusión poco
sobrenatural. O si desea permanecer célibe sobre todo por miedo a la difícil
realidad del matrimonio. O si aspira a ser sacerdote simplemente para emular al
admirado amigo, o a un brillante hermano mayor. O lo que sea. Dios
se sirve de ordinario de un hombre para verificar la autenticidad de esa
llamada que se siente o se cree sentir. La Iglesia valora cuidadosamente que
los que se entregan al servicio de Dios lo hagan libremente, con conocimiento
de causa, y que posean la madurez psicológica e intelectual adecuadas a sus
circunstancias. Cuando alguien siente una vocación y llama a una puerta,
quienes estén tras esa puerta deberán tomar las cautelas oportunas para asegurar
en lo posible que ese impulso está motivado por una recta intención, por un
deseo de servir a Dios. Y han de cerciorarse de si el candidato posee la
necesaria integridad moral, si tiene la necesaria vida de oración, si goza de
la salud física o psíquica imprescindible para ir adelante por ese camino. —¿Qué
tiene que ver la salud con la vocación? Tiene
su relación, pues no sería acertado, por ejemplo, admitir a una persona en una
institución de la Iglesia cuyo tipo de vida desgastara su salud y le arruinara
física o psíquicamente. Quienes son responsables de esa institución tienen que
valorar si esa persona es idónea para ese camino o si tiene algún impedimento
que le imposibilite cumplir con las obligaciones específicas de esa vida de
entrega. A
veces, esa falta de salud hace dar un giro en el camino de la entrega a Dios, y
eso es parte de su sabia providencia. Así sucedió, por ejemplo, a Santa Juana
de Lestonnac, que en al año 1597 había quedado viuda al fallecer su esposo, el
barón de Landirás y de la Mothe. Ella ya había considerado en su juventud la
posibilidad de ser religiosa, y esa antigua idea fue madurando en su nueva
situación. Seis años más tarde, en 1603, cuando sus hijos tienen ya la
suficiente independencia, decide abandonar Burdeos e ingresar en un monasterio
cisterciense de Toulouse. Su felicidad en la vida religiosa es muy grande, pero
la rigurosa forma de vida del monasterio agota sus fuerzas y su salud empeora
de día en día. Ella prefiere la muerte antes de ser infiel a su Dios, pero la
superiora le indica que su falta de salud es muestra de que aquel no es su
camino, y que es preferible seguir la prescripción facultativa y regresar a su
casa. Aquella noche, mientras su alma se esfuerza en aceptar la voluntad divina
y el consiguiente cambio de planes, Dios le hace ver que debe iniciar una obra
en beneficio de la juventud femenina. En aquella velada última de oración en su
aposento de novicia cisterciense, comienza a gestarse la Orden de las Hijas de
María Nuestra Señora, una nueva fundación que sería la primera orden religiosa
femenina dedicada a la educación de niñas y jóvenes. Recibe en 1607 la
aprobación de la Santa Sede, y la fundadora, a pesar de sus cincuenta y un años
y su delicada salud, logra en poco tiempo extender la orden por toda Francia y
hacer con su santidad una gran aportación a la vida de la Iglesia y a la
educación. —¿Y
cómo sigue la historia de Samuel? Samuel
le contó lo que había escuchado y Helí le dijo: «No te he llamado, vuélvete a
dormir». También pasa eso a veces con la vocación. Hay que esperar a que
madure. Hay que asentar esas buenas disposiciones, seguir luchando hasta que
las virtudes arraiguen con más fuerza en el alma y se vean las cosas con más
claridad. —¿Y
mientras tanto? Lo
que hizo Samuel: seguir a la escucha. Y al escuchar de nuevo la llamada, no
darse la vuelta y seguir en la cama con la excusa fácil: «Bah, es como la otra
vez». Aquello
sucedió por tres veces. Helí le aconsejó que, si lo volvía a oír, dijera:
«Habla Señor, que tu siervo escucha». Samuel siguió ese consejo y, gracias a
eso, escuchó al Señor cuando le habló. Así conoció finalmente el querer de Dios
para su vida. El Señor le llamó como las otras veces: «¡Samuel, Samuel! ». Y
respondió: «Habla, que tu siervo escucha! ». Cuando hay esa buena disposición,
al final se escucha siempre la voz de Dios: clara, vibrante, inconfundible,
comprometedora, plena. —¿Y
qué es más habitual, que la llamada de Dios irrumpa de pronto en la vida de una
persona, o que esa llamada se vaya percibiendo poco a poco? Ambas
cosas son bastante habituales, pero quizá es algo más frecuente que sea de modo
sencillo y gradual. En un encuentro con jóvenes en Roma en el año 2006,
Benedicto XVI respondió a una pregunta sobre la vocación que le hacía un
universitario de veinte años y relató brevemente los inicios de la suya: «La
vocación al sacerdocio creció casi naturalmente junto conmigo y sin grandes
acontecimientos de conversión. Además, en este camino me ayudaron dos cosas: ya
desde mi adolescencia, con la ayuda de mis padres y del párroco, descubrí la
belleza de la liturgia y siempre la he amado, porque sentía que en ella se nos presenta
la belleza divina y se abre ante nosotros el cielo. El segundo elemento fue el
descubrimiento de la belleza del conocer, el conocer a Dios, la Sagrada
Escritura, gracias a la cual es posible introducirse en la gran aventura del
diálogo con Dios que es la teología. Así, fue una alegría entrar en este
trabajo milenario de la teología, en esta celebración de la liturgia, en la que
Dios está con nosotros y hace fiesta juntamente con nosotros.» »Es
importante estar atentos a los gestos del Señor en nuestro camino. Él nos habla
a través de acontecimientos, a través de personas, a través de encuentros; y es
preciso estar atentos a todo esto. Luego, es preciso entrar realmente en
amistad con Jesús, en una relación personal con él. No debemos limitarnos a saber
quién es Jesús a través de los demás o de los libros, sino que debemos vivir
una relación cada vez más profunda de amistad personal con Él, en la que
podemos comenzar a descubrir lo que nos pide. »Luego,
debo prestar atención a lo que soy, a mis posibilidades: por una parte,
valentía; y, por otra, humildad, confianza y apertura, también con la ayuda de
los amigos, de la autoridad de la Iglesia y también de los sacerdotes, de las
familias. ¿Qué quiere el Señor de mí? Ciertamente, eso sigue siendo siempre una
gran aventura, pero solo podemos realizarnos en la vida si tenemos la valentía
de afrontar la aventura, la confianza en que el Señor no me dejará solo, en que
el Señor me acompañará, me ayudará.» 7.
Detalles que a otros pasan inadvertidos Muy
débil es la razón si
no llega a comprender que
hay muchas cosas que la sobrepasan. Blas
Pascal Transcurren
las vacaciones navideñas del año 1917 en Logroño, una pequeña ciudad española.
Desde hace unos días nieva sin interrupción y el nuevo año entra con
temperaturas glaciales. El termómetro desciende hasta dieciséis grados bajo
cero. Una
de esas mañanas, un chico de quince años sale a la calle. Se llama Josemaría
Escrivá. Contempla el espectáculo de la ciudad nevada. El amanecer ha sido
blanco y transparente. Cuando pasa por delante del colegio de los Maristas, se
encuentra con algo que llama poderosamente su atención y que variará el curso
de su existencia: las huellas en la nieve de unos pies descalzos. Se paró a
examinarlas con curiosidad y observó que aquel rastro correspondía a la pisada
desnuda de un fraile carmelita muy popular en la zona: el Padre José Miguel. Se
encontró enseguida sumergido en una profunda remoción interior. En su alma se
metió una inquietud que ya no le abandonaría nunca. Había en el mundo personas,
como aquel hombre, que hacían grandes sacrificios por Dios y por los demás. ¿Y
yo? ¿No voy a ser capaz de ofrecerle nada? Es
probable que bastantes personas pasaran por ese mismo lugar aquella mañana.
Unos no repararían en aquellas pisadas, entremezcladas quizá con los rastros de
otras personas, carros o bicicletas, marcados también sobre la nieve. Otros,
las verían, y pensaron quizá en que era admirable que hubiera personas tan
extraordinarias, pero en su interior no surgió ningún pensamiento que les
interpelase en su propia vida. En
cambio, aquellas huellas en la nieve hicieron ver a aquel adolescente que Dios
le pedía que se complicara la vida, que se comprometiera en una gran tarea en
servicio de los demás. Inesperadamente, se sintió interpelado por Dios de un
modo nuevo, total, radical, nunca antes imaginado. Comprendió que Dios le
llamaba, aunque aún no sabía bien cómo. Pero había percibido una llamada de
Dios, que en adelante definiría su andadura y su misión. Durante
dos o tres meses, acude a visitar al padre José Miguel. Le cuenta lo que ha
sucedido en su interior, el horizonte, todavía oscuro, que Dios ha querido
abrir en su alma. El fraile le propone ingresar en el Carmelo. Josemaría medita
esta proposición y la descarta. Sabe, con una convicción que personalmente le
sorprende, que el Señor tiene planes diferentes sobre su vida. Pasará
aún un tiempo en la oscuridad, a solas con su oración perseverante, mientras
germina la semilla que el Cielo ha depositado dentro de su corazón. Al mismo
tiempo, se emplea a fondo en sus estudios de bachillerato. Por entonces, invade
su ánimo la idea de entregarse a Dios siendo sacerdote. No lo había pensado
nunca, pero el Cielo sigue pidiéndole algo. Y de la mano de esa llamada, cada
vez más fuerte que su propia voluntad, decide emprender ese camino. «Yo no
pensaba hacerme sacerdote, pero vino Jesús a mi alma, como viene el amor, en el
momento más inesperado.» Tiene
todavía algunas dudas. Su vocación es otra, aunque aún la ve inconcreta.
Piensa, eso sí, que siendo sacerdote estará más disponible para cumplir la
Voluntad de Dios, que aún no conoce, y que sin embargo ilumina su vida. En
octubre de 1918 se matricula en el Seminario de Logroño, y en 1925 se ordena
sacerdote. Hasta el 2 de octubre de 1928 no tuvo claro qué quería Dios de él.
Fue entonces cuando vio que, sin querer él ser fundador de nada, Dios le pedía
que fundara el Opus Dei. Cuando murió, en 1975, la institución que había
iniciado estaba ya extendida por todo el mundo, con más de 60.000 miembros de
todas las nacionalidades. Hoy, San Josemaría Escrivá es una referencia
espiritual para millones de personas. Pero todo empezó así, con unas pisadas en
la nieve. Toda
la realidad que nos rodea es una interpelación constante hacia la reflexión y
el compromiso. El mundo a nuestro alrededor está lleno de preguntas que esperan
respuestas personales. Pero esas preguntas son como susurros que solo se oyen
cuando hay un cierto grado de madurez personal y de rectitud de vida. El que
vive acaparado y seducido por sus propios intereses egoístas no percibe esas
preguntas ni esas llamadas o, a lo sumo, responde con un «¿y a mí qué? ». Y si
no percibe las preguntas, es difícil que encuentre respuestas que den un
sentido claro a su vida. —¿Piensas
entonces que la clave está en que todos tengamos más actitud de escucha y más
sensibilidad hacia lo que Dios quiere decirnos? Es
imprescindible esa actitud de escucha, pero, sobre todo, hacen falta respuestas
personales generosas. Si uno no se pregunta para qué está en el mundo, qué es
lo que de verdad vale la pena en la vida, nunca llegará a percibir ni formular
una respuesta clarificadora. En ese sentido, son importantes las preguntas,
pero, después, la respuesta al querer de Dios es lo fundamental. —Pero,
para dar una respuesta personal generosa, hace falta saber cuál ha de ser
nuestra respuesta, y eso no siempre es sencillo. Si
uno no se hace esas preguntas, nunca encontrará las respuestas. Por eso es
preciso afinar el oído y preguntarse para qué estamos en este mundo, qué es lo
que puede dar verdadero valor a nuestra vida, qué puede llenar realmente
nuestro corazón y otorgarnos una felicidad duradera. Son preguntas que, si se
responden con acierto y luego se persevera en el compromiso que suponen, son la
condición para llegar a ser uno mismo, para vivir la propia vida y para vivirla
con verdadera libertad. La
generosidad de las personas se puede comprobar observando la relación entre el
modo en que se le pide algo y cómo responde a esa petición. Cuando aquel chico
de quince años ve esas huellas en la nieve, que vieron tantos otros aquellos
días, se siente llamado por Dios a una mayor entrega. Ante una pequeña
insinuación de Dios, la respuesta es de total generosidad. —¿Y
no te parece que para descubrir qué quiere Dios de nosotros, hemos de
esforzarnos primero por salir un poco de nuestro individualismo? Me
parece que el individualismo y el egoísmo son efectivamente impedimentos muy
importantes. Porque percibir el querer de Dios suele ir unido a percibir el
querer de los demás. Hace
un tiempo leí que una de las decisiones más importantes en la vida de una
persona, de las que más condicionan el resultado global de nuestra existencia,
es una decisión que todos acabamos tomando, casi sin darnos demasiada cuenta, y
es esta: si centramos nuestra vida en nosotros mismos o en los demás. Todo
nuestro entorno lanza llamadas continuas a despertar nuestra sensibilidad hacia
las necesidades de los demás. Hay personas que se acostumbran a hacer oídos
sordos a esas llamadas. Otros, en cambio, saben captarlas y reflexionar sobre
ellas, y son personas que tienen ojos para descubrir los sufrimientos y las
necesidades de los demás. Piensan poco en su propia satisfacción y,
curiosamente, son los que luego alcanzan mayores cotas de satisfacción y de
felicidad. Saben estar atentos y procuran colmar, con la riqueza de su corazón,
las carencias de quienes les rodean. Y quizá parece que en ellos esa actitud es
innata, pero la realidad es que se debe más bien a la educación recibida y,
sobre todo, al esfuerzo y la entrega personal a lo largo de su vida. El
28 de octubre de 1816, Marcelino Champagnat, un sacerdote de 27 años recién
ordenado, acude con urgencia a la aldea de Les Palais y asiste en su lecho de
muerte a un chico llamado Juan Bautista Montagne. El moribundo tiene dieciséis
años pero no había oído nunca ni siquiera hablar de Dios. El joven sacerdote
queda muy impresionado, pues en ese momento comprende que en ese mismo estado
deben estar miles y miles de jóvenes, por falta de maestros que les enseñen el
camino de la fe. Decide poner en marcha de inmediato una fundación dirigida a
instruir cristianamente a la juventud, la congregación de los Hermanos
Maristas. En 1818 funda la primera escuela en su pueblo natal, Marlhes. Y al
año siguiente en su parroquia, La Valla-en-Gier. A su muerte, veintidós años
después, en 1840, hay ya 48 escuelas por toda Francia. Hoy, los Hermanos
Maristas son más de cuatro mil religiosos y están presentes en más de cien
países, gracias a que San Marcelino Champagnat estuvo atento a la voz de Dios.
Primero cuando, a los catorce años, recibe en Marlhes la visita de un sacerdote
que le propone entrar en el seminario. Después, cuando persevera en sus
estudios, pese a que el primer año fracasa como estudiante y el director del
seminario le recomienda quedarse en casa porque no es apto para los estudios
eclesiásticos. Más adelante, cuando no se conforma con sus obligaciones como
joven sacerdote y se lanza a una nueva fundación, a pesar de su escasa salud y
de la convulsa situación del país en aquella época. Con la ayuda de Dios, logró
superar múltiples contrariedades, sobre todo en los comienzos de su obra, pues
hasta sus colegas sacerdotes lo tildaban de orgulloso, de obrar por la vanidad
de ostentar el título de fundador, y lo consideraron loco y falto de toda
prudencia. Sin embargo, no se desanimó por las incomprensiones o las calumnias,
y fue un gran pionero en muchas cuestiones educativas, un gran evangelizador y
un gran santo. El
6 de febrero de 1844, una chica joven de la alta sociedad madrileña visita con
una amiga suya el hospital San Juan de Dios, donde estaban las mujeres de mala
vida que caían enfermas. Se llama Micaela Desmaisières López de Dicastillo y
Olmeda, Vizcondesa de Jorbalán. Es una mujer sensible, que alterna la vida de
la aristocracia con las obras de caridad. Pero aquel día Micaela se topa de
pronto con el drama de estas chicas jóvenes en la persona de una de ellas: una
muchacha modosa y tímida, hija de un rico banquero navarro, que se había visto
abocada a la prostitución tras ser engañada y seducida por unos desalmados.
Nunca se había imaginado que los hombres dieran un trato tan injusto y cruel a
esas pobres criaturas, después de haberlas corrompido. Aquel espectáculo fue
para ella como una revelación del cielo. Micaela se refirió siempre a aquella
mujer como “la chica del chal” y su historia la conmovió de tal forma que la
marcó de por vida. Cuando se entera, además, de la espantosa vida que les
esperaba cuando salen de allí, piensa que es necesario hacer algo para
ayudarlas. Enseguida pone en marcha un pequeño colegio para las muchachas en
peligro y para las que ya han sido víctimas, para intentar redimirlas. A partir
de ahí, se produce a su alrededor una verdadera tormenta de incomprensiones,
aun entre sus mejores amistades. ¿A quién se le iba a ocurrir que una mujer de
la más alta clase social, emparentada con las familias más ricas y famosas de
la capital, se dedique a cuidar mujeres de mala vida? Las calumnias van en
aumento, pero a ella no parecen importarle demasiado. En 1850, deja los fastos
de la corte de Isabel II para vivir con sus chicas en el colegio. Tras grandes
dificultades, el colegio crece y ya tiene con ella algunas colaboradoras. Ve la
necesidad de formar una comunidad que dé estabilidad a la obra, y en 1856 funda
la Congregación de Adoratrices Esclavas del Santísimo Sacramento y de la
Caridad, dedicadas a adorar a Cristo Jesús en la Eucaristía y a trabajar por
preservar a las muchachas en peligro y a redimir a las que ya cayeron. La
comunidad se extiende rápidamente por toda España, y hoy cuenta con casi dos
mil religiosas en más de ciento sesenta casas y colegios por todo el mundo.
Ella decía a sus religiosas: «Es difícil encontrar otra fundadora que haya sido
más acusada, más calumniada y más regañada que yo. Mis acciones las juzgan de
la peor manera posible. Pero poco me interesa lo que las gentes están diciendo
de mí, porque mi juez es Dios.» Y Dios la glorificó haciendo numerosos milagros
por su intercesión, y hoy las religiosas de Santa María Micaela siguen
prestando un servicio impagable a decenas de miles de mujeres que sufren el
riesgo de las muchas formas de explotación y esclavitud que tiene la sociedad
de cualquier época. 8.
¿Se me tiene que haber ocurrido a mí? El
mayor espectáculo es
un hombre esforzado luchando contra la adversidad; pero
hay otro aún más grande: ver
a otro hombre lanzarse en su ayuda. Oliver
Goldsmith —En
la vocación, es uno mismo el que debe responder y, por tanto, el único
responsable ante Dios. ¿Eso supone que deba surgir como algo espontáneo, que se
me tenga que haber ocurrido a mí? ¿No te parece que, si me lo ha sugerido otro,
es un descubrimiento forzado y, por tanto, antinatural? Tu
punto de partida es perfectamente razonable. Nadie debe atosigarte, ni coartar
tu libertad, ni quitarte el protagonismo que evidentemente debes tener en todo
el proceso de discernimiento de tu vocación. Pero eso no quita que alguien te
pueda o deba aconsejar algo, o estimularte a ser generoso. La cuestión clave es
si Dios te llama o no, y a qué te llama, y no si se te ha ocurrido a ti solo, o
a ti primero, o sin que nadie te diga nada. Debes ser tú el protagonista, pero
puede haber personajes secundarios. No eres tú el director de la película, sino
Dios. Debes
hablarlo con Dios, pues el compromiso es con Él. Y sabes de sobra que
entregarse a Dios no es decir que sí a la persona que te lo ha planteado, sino
decir que sí a Dios. No es una persona que te intenta convencer de algo, sino
una persona que te ayuda a ponerte frente a tu responsabilidad delante de Dios. En
el Evangelio puede leerse bien claro que los discípulos fueron elegidos por el
Maestro. No se presentaron voluntarios. La clave de toda vocación no es la iniciativa
humana personal, sino una misteriosa iniciativa de Dios. No tenemos que exigir
explicaciones a Dios, o imponerle un modo de dirigirse a nosotros, puesto que
es Él quien llama y puede hacerlo como desee, también a través de otras
personas. —¿Y
cómo sabes tú que Dios quiere hacerlo así? Veo
que lo hace en bastantes casos relatados en el Evangelio, en los que llama a
través de otras personas. Fue Andrés quien condujo a Jesús a su hermano Pedro.
Jesús llamó a Felipe, pero Felipe a Natanael. Por eso insistía Juan Pablo II en
que «no debe existir ningún temor en proponer directamente a una persona joven
o menos joven la llamada del Señor. Es un acto de estima y de confianza. Puede
ser un momento de luz y de gracia.» Lo
normal es que descubramos la llamada de Dios en las palabras o los hechos de
otras personas, y por eso es fundamental tener el oído atento, saber leer entre
líneas, reconocer la voz de Dios, venga de quien venga. Peter Berglar, un
prestigioso profesor de Historia Moderna en la Universidad de Colonia, siempre
contaba con emoción cómo un día de invierno de 1974 acudió a su despacho un
estudiante que quería consultarle sobre diversos puntos referentes a sus
clases. Al terminar, estando ya los dos de pie, su alumno le preguntó: «Cree usted,
señor profesor, que Dios es el Señor de la historia?». El profesor Berglar se
volvió a sentar, un tanto desconcertado por la pregunta. Aquello fue el inicio
de una larga conversación. Y comienzo también de un largo proceso interior que
le hizo profundizar en su fe y descubrir su vocación. Un catedrático ilustre,
un intelectual de relieve que, como buen universitario, supo aprender de un
alumno suyo de tercer semestre que, entre otras cosas, le dio, con su valentía
y su cordialidad, una gran lección sobre cómo debe plantearse el apostolado
cristiano. La
clave está, como ha señalado Benedicto XVI, en que cada uno intente reconocer
cuál es su vocación y cómo es el mejor modo de responder a esa llamada que está
ahí, para él. —¿Y
cómo empieza la vocación? La
vocación suele comenzar con un descubrimiento inicial, del que sobreviene un
diálogo de oración. Es una llamada que cada uno debe leer en su propio corazón,
y en la que siempre queda un margen al misterio y a la interpretación. Como
explicaba Juan Pablo II en Los Ángeles en 1987, respondiendo a una pregunta
sobre su propia vocación, «tengo que empezar por decir que es imposible
explicarla por completo. Porque no deja de ser un misterio hasta para mí mismo.
¿Cómo se pueden explicar los caminos del Señor? Con todo, sé que en cierto
momento de mi vida me convencí de que Cristo me decía lo que había dicho a
miles de jóvenes antes que a mí: “¡Ven y sígueme!”. Sentí muy claramente que la
voz que oía en mi corazón no era humana ni una ocurrencia mía. Cristo me
llamaba para servirle como sacerdote.» —¿Y
si solo tenemos una sospecha de que tenemos vocación? Te
contesto entonces con otras palabras de Juan Pablo II, esta vez en Argentina en
1985, hablando del celibato: «Pido a cada uno de vosotros que se interrogue
seriamente sobre si Dios no lo llama hacia ese camino. Y a todos los que
sospechan tener esta posible vocación personal, les digo: rezad tenazmente para
tener la claridad necesaria, pero luego decid un alegre sí.» —¿Y
eso supone un desarrollo muy largo en el tiempo? El
discernimiento de la vocación supone una amistad con Dios. Pero igual que dos
personas pueden conocerse y hacerse muy amigos en una tarde, nosotros podemos
alcanzar amistad con Dios en cuanto abrimos nuestra alma a Él. El ejemplo del
Buen Ladrón es claro: toda una vida de lamentables errores se supera en un
momento, cuando pide ayuda a Dios. En cuanto abre un resquicio de su alma, Dios
se vuelca. 9.
Un encuentro fortuito La
grandeza de un hombre está
en saber reconocer su
propia pequeñez. Blas
Pascal Aún
faltan unas horas para que amanezca. Un hombre pasea por la orilla de una
playa, contemplando el mar. Se llama Justino y es famoso en muchos círculos
intelectuales. No tarda en descubrir a otra persona en este lugar ahora desierto:
es un anciano. El intelectual se pregunta qué puede hacer aquí a estas horas,
pero no dice nada. Solo lo mira, sorprendido. El
anciano percibe su desconcierto y se dirige a él. Le explica que espera a unos
familiares que están navegando. La conversación prosigue. El intelectual opina
sobre cualquier tema: cultura, política, religión. Le gusta hablar. El anciano
sabe escuchar y he aquí que, cuando interviene, lo hace con gran sensatez. Tal
vez, en otra ocasión, el intelectual hubiera ironizado o dado por terminado el
diálogo. Sin embargo, la claridad de ideas del anciano le desarma. El
intelectual no comparte algunas de esas ideas, pero reconoce que tienen mucho
en común con las suyas. Al final, el anciano le desvela que es cristiano.
Justino empieza a ver con simpatía la fe sencilla del anciano. Pasan las horas.
Se despiden. Nunca se volverán a ver. El
intelectual no olvidará este encuentro. Meses después, comprenderá que solo
aquellas palabras del anciano parecen dar razón de sus ansias de verdad. Aquel
anciano era cristiano, y las ideas que estaban transformando su vida provenían
de la fe cristiana. Un encuentro fortuito le había acercado a la fe, abriéndole
un horizonte más amplio del que le presentaban todas sus ideas anteriores. Al
poco tiempo, Justino, el gran filósofo, recibirá el bautismo y se convertirá en
uno de los más grandes apologetas de la fe. Los
padres de Justino eran paganos y le habían dado una excelente educación,
instruyéndole con gran esmero en filosofía, literatura e historia. Había
frecuentado las escuelas estoica, aristotélica, pitagórica y platónica. Era un
gran buscador de la verdad, y el encuentro con aquel anciano determinó su
conversión y su dedicación al servicio de Dios. Tenía en aquel momento unos
treinta años. Permaneció desde entonces laico y célibe, y en adelante, ataviado
con las vestimentas características de los filósofos, recorrió numerosos países
debatiendo con todos acerca de la fe cristiana, hasta su martirio en el año
165. Dios
sale al encuentro de cada persona de una manera distinta. En el caso de
Justino, fue con el ejemplo de los mártires y con esa conversación de madrugada
con aquel anciano. —Pero
algunas personas echan en falta un signo externo que les asegure que Dios les
llama. Los
signos externos los concede Dios algunas veces, pero normalmente pocas. A
algunos personajes del Antiguo Testamento les reveló su voluntad mediante una
visión o una teofanía. Moisés vio la zarza ardiendo. Un ángel purificó los
labios de Isaías mientras se escuchaba la voz de Dios. Y Ezequiel contempló un
torbellino de viento y una gran nube, y un fuego que se revolvía dentro, y un
resplandor, y en medio del fuego una figura en ámbar. Pero no todos podemos
pedir algo así para conocer la voluntad de Dios. —No
estaría mal, de todas formas. Tampoco
te creas que sería tan fulminante. Si no estamos bien dispuestos, aunque se nos
apareciera un ángel, no estaría asegurada nuestra correspondencia. Por ejemplo,
a Zacarías se le apareció un ángel que le dijo que sus peticiones habían sido
escuchadas, pero Zacarías no se conformó con eso y pidió al ángel una prueba de
que aquello se cumpliría: «¿Quién me podrá certificar a mí eso?». Y no debió
ser muy del gusto de Dios, porque el ángel le transmitió aquella certificación
en forma de castigo a su falta de fe: «Desde ahora quedarás mudo y no podrás
hablar hasta el día en que sucedan estas cosas, por cuanto no has creído a mis
palabras, que se cumplirán a su tiempo». Dios
solo muy raramente manifiesta con signos externos sus llamadas personales. No
podemos esperar de los cielos un acta notarial, un llamamiento en toda regla
por parte de la divinidad. Eso sería una ingenua tendencia a lo fantástico,
cuando lo habitual es que Dios nos hable a través del silencio interior, cuando
hay un clima de suficiente recogimiento y facilitamos el encuentro con Él en la
oración. —Pero
al final, la pregunta clave, y difícil de contestar, es: ¿tengo vocación o no? Esa
no es la pregunta más acertada. La pregunta decisiva es: ¿cuál es la vocación
que yo tengo? Dios tiene un plan para todos, para cada uno. La vocación no es
algo que tienen algunos, sino todos. Todos los cristianos estamos llamados a la
santidad, a seguir a Jesucristo. Hay vocaciones que comprometen más, que son
más exigentes. Y quizá las más exigentes son las que presentan un mayor
atractivo para un alma joven, aunque también den un poco de miedo. No se trata
de ver qué es lo mejor, o lo más difícil, sino lo que quiere Dios de mí. Para
ti, lo mejor es lo que Dios quiera de ti. Y para mí, lo que quiera de mí. Así
lo explicaba Benedicto XVI, en Basílica de Santa Ana de Altötting: «Bajo la
mirada de santa Ana maduró la vocación de María, la más grande de la historia
de la salvación. María recibió su vocación a través del anuncio del ángel. El
ángel no entra de modo visible en nuestra habitación, pero el Señor tiene
también un plan para cada uno de nosotros, nos llama por nuestro nombre. Por
tanto, a nosotros nos toca escuchar, percibir su llamada, ser valientes y
fieles para seguirlo, de modo que, al final, nos considere siervos fieles que
han aprovechado bien los dones que se nos han concedido.» —Entonces,
¿cuáles son los síntomas para saber si es una u otra nuestra vocación? Hay
que pedir luz a Dios, hacer oración, rogarle que nos haga ver con más claridad
qué quiere de nosotros. Normalmente no lo hará por medios excepcionales, como a
San Pablo camino de Damasco, sino que nos deja una cierta penumbra, quizá para
no forzar nuestra libertad, para dejarnos más iniciativa personal. —¿Y
cómo se puede tener certeza de una vocación? Certeza
absoluta, completa y eterna, no siempre se tiene. Pero se puede tener una
certeza muy grande, aunque esto normalmente no viene hasta un tiempo después de
haber respondido que sí a lo que hemos pensado que es nuestro camino. Llega
cuando ha transcurrido un tiempo, y comprobamos que ese camino llena nuestra
alma, y se alcanzan entonces grados muy altos de seguridad. Por
eso, en todas las instituciones de la Iglesia hay un tiempo de prueba, en el
que cada candidato confirma o descarta la vocación que al solicitar la admisión
ha pensado que tenía. En ese sentido, cabría decir que la plena certeza de la
vocación solo se tiene cuando se ha respondido, pues lo habitual es que ese
convencimiento vaya creciendo a medida que se avanza con generosidad en el
proceso vocacional. Sucede algo parecido con el matrimonio: la certeza de haber
acertado no se alcanza hasta un tiempo después de iniciar el noviazgo, cuando
ha pasado un tiempo desde que hemos respondido afirmativamente y se comprueba
que hay una sintonía y un convencimiento grandes, y confirmamos que Dios quiere
ese camino para nosotros. —¿Y
cómo ver eso que se dice de que lo más grande que puede pasarle en la vida a
una persona es entregarse por completo a Dios? Para
comprenderlo así hay que enmarcar nuestra vida en un contexto amplio, en el que
esté bien presente Dios. Debemos pensar en el sentido de la vida humana, en que
nuestra vida está limitada en el tiempo, y en que ese tiempo en nuestra vida
pasa cada vez más deprisa. La vida es estupenda, pero es tan solo un preámbulo
de la vida eterna. Por eso vale la pena seguir un camino que nos lleve más
directamente a la meta. Seguir a Dios vale siempre la pena. Pero, en todo caso,
lo mejor para nosotros es lo que Dios haya pensando para nosotros, no lo que
consideremos más alto. Cuando
vamos al encuentro de ese proyecto que Dios tiene preparado para cada uno de
nosotros, no hacemos un favor a Dios. Al contrario, la vocación es una muestra
de la misericordia de Dios con el hombre. Nos llama a construir en nosotros la
mejor vida de las posibles, la vida a la que estamos llamados, para la que
mejor estamos preparados, en la que seremos más felices. —Pero
eso de entregarse por completo a Dios siempre da un poco de miedo. Puede
ser miedo, o bien inseguridad, o incertidumbre. La misma fe siempre tiene algo
de salto en el vacío, y por tanto, con la vocación sucede algo parecido. —¿Y
no es perder un poco la libertad? Cualquier
acto de entrega supone perder libertad, y el amor siempre supone entrega, y lo
natural es entregarse a lo que uno ama, pues de lo contrario la vida queda
vacía. La mejor libertad es la que se emplea para seguir a Dios. Cuanto más
grande sea el bien que se elige (y en este caso sería elegir a Dios), mayor y
más noble será el empleo que hacemos de nuestra libertad. Dejarse
guiar por Dios no es perder libertad, sino emplearla del mejor modo posible.
Suele ser una decisión en la que intervienen muchos elementos, a través de los
cuales Dios nos habla, y que hacen que un buen día pasemos de decir que no a
decir que sí. Y no siempre con un proceso predominantemente racional. O, mejor
dicho, son razones que Dios pone en nuestra cabeza y también en nuestro
corazón. —Entregarse
a Dios supone siempre una renuncia, y eso hace que a muchos les cueste dar ese
paso, porque todos queremos pasarlo bien y disfrutar de la vida. Pasarlo
bien de verdad depende de estar cerca de Dios. La vocación supone una elección
personal de Dios a cada uno de nosotros. No elegimos nosotros, sino que elige
Dios. Y ese designio de Dios determina el camino que cada uno debe recorrer
para alcanzar el Cielo y para ser feliz en la tierra. Hacer la voluntad de Dios
es la mejor garantía para pasarlo bien en la vida, tanto en la vida de la
tierra como en la del Cielo. —¿Y
a la hora de pensar si Dios nos llama en una institución o en otra, importa el
hecho de que sea una institución más boyante o menos? Pienso
que no. En cuestiones de santidad, de hacer la voluntad de Dios, no importa el
número, sino que seamos santos y que seamos los que Dios quiera que seamos. Da
igual que sea una institución a la que lleguen numerosas vocaciones y consideremos
boyante o de moda, o bien una institución en momentos difíciles y que apenas
tiene vocaciones. —¿Y
el hecho de tener ilusión por casarse y formar una familia es motivo para
pensar que no estamos llamados al celibato? Tener
ilusión por casarse y formar una familia es una ilusión propia de toda persona
normal. Si la vocación fuera sobre todo cuestión de gusto, todo el mundo
tendría vocación al matrimonio, y quizá medio mundo tendría vocación a no
trabajar, o a ser un fresco. Me parece que la clave no está en lo que a uno más
le apetece, pues hay muchas cosas que hacemos cada día que no nos apetecen
demasiado pero que, sin embargo, sabemos que debemos hacer, y las hacemos, nos
producen una satisfacción, nos hacen felices y al tiempo nos hacen cumplir la
voluntad de Dios. El
hecho de que a alguien le diviertan mucho los niños, o sea especialmente
sensible para el calor humano de la familia, indica que es una persona normal
con una buena educación afectiva. Todo corazón bien formado experimenta ese
deseo natural. Basta recordar que a Jesucristo le gustaban los niños, y el
calor de la vida familiar, pero vivió célibe. 10.
Dios habla bajito Nunca
sabe un hombre de
lo que es capaz hasta
que lo intenta. Charles
Dickens —Muchas
personas piensan que deben ser más generosas con Dios. Tienen una cierta
inquietud, pero no saben bien qué deben hacer. ¿Es eso la vocación? Quizá
ninguna de esas sensaciones es la vocación, pero a lo mejor Dios está ahí
detrás, queriendo decirte algo. En el primer libro de los Reyes, en el Antiguo
Testamento, puede leerse cómo Dios se hace presente ante Elías: «He aquí que
Yahveh pasaba. Hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y
quebrantaba las rocas ante Yahveh; pero no estaba Yahveh en el huracán. Después
del huracán, un temblor de tierra; pero no estaba Yahveh en el temblor. Después
del temblor, fuego, pero no estaba Yahveh en el fuego. Después del fuego, el
susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto,
salió y se puso a la entrada de la cueva. Le fue dirigida una voz que le dijo:
“¿Qué haces aquí, Elías?”». La
mayoría de las veces, Dios habla bajito, como ese susurro de una brisa suave.
Normalmente no podemos esperar una gran emoción, un terremoto espiritual, como
el movimiento final de una gran sinfonía que nos confirme solemnemente el
querer de Dios para nuestra vida. Tampoco escucharemos una voz celestial, como
San Pablo. —Pero
al menos habrá que sentir un cierto entusiasmo por la vocación. No
viene mal que lo haya, aunque no es lo sustancial de la vocación. Desde luego,
no parece muy lógico exigir a la vocación que nos proporcione un estado de
euforia permanente, con el alma siempre henchida de ilusión y el corazón
radiante y feliz. Es más, el hecho de sentir una cierta nostalgia y un sufrimiento
por las cosas que se dejan, es algo totalmente humano y bastante normal. —Pero
algo hay que sentir, supongo. Por
supuesto, pues la mayoría de las realidades interiores tienen una manifestación
que los hombres captamos por el sentimiento. Pero hay que procurar no confundir
la entrega con una efusión de sentimientos, ni la llamada de Dios con la
admiración entusiasta ante lo bueno, con la emoción pasajera o con el ímpetu
ardoroso de un instante o con el nerviosismo de un momento. Dios puede servirse
de todo eso, pero eso no es la llamada de Dios. Además,
se puede percibir la vocación con bastante claridad en un momento o una época,
y pasar luego por otra etapa en que la que apenas sentimos nada. Esto sucede
con casi todas las decisiones importantes de la vida profesional o familiar o
social. Siempre hay días malos, o meses malos, o incluso años malos. Sucede en
los matrimonios, en la amistad, en el trabajo, en casi todo. Y los matrimonios
felices no son los que no pasan crisis ni tienen momentos malos, porque
momentos malos tiene todo el mundo, sino que los matrimonios felices son los
que saben superar esas crisis. San
Francisco de Sales escribió que no es necesario que Dios nos «hable
sensiblemente o que nos mande un ángel a manifestarnos su voluntad, y menos aún
es necesario el parecer de diez o doce doctores de la Sorbona para conocer si
la inspiración es buena o mala, si debe o no seguirse; lo que importa es
cultivar y corresponder a la primera llamada.» —¿Qué
querría decir lo con lo de la “primera llamada”? No
es fácil saberlo, pero pienso que en las cosas del amor hay siempre una primera
llamada, y que las cosas del amor no suelen decidirse tras arduas reflexiones
ni sopesando pros y contras. Lo
que no debemos esperar de la vocación, ni exigir de ella, es una constante e
intensa contrapartida afectiva. No podemos pretender que nuestra alma esté
siempre henchida de ilusión. Eso sería un planteamiento o una imagen demasiado
romántica de la vocación, como una película de amor, con un estremecimiento
inicial, una luz cegadora, una emoción incontenible, unas lágrimas, una música
suave y un final al viejo estilo del «vivieron felices y comieron perdices». La
historia de la vida de los santos muestra que Dios acostumbra a dar a conocer
su voluntad de modo sencillo, a través de las cosas ordinarias, dentro de la
familia, a través de un amigo, de un libro, de una enfermedad, de cosas
normales. Si Dios diera a conocer su voluntad mediante estallidos de luz,
apariciones, clamores de ángeles o cosas así, nuestra libertad quedaría muy
disminuida bajo la fuerza de la luz divina, y se ve que Dios prefiere siempre
el claroscuro de la fe. Dios se esconde un poco cuando nos llama, y quizá sea
porque quiere dejar el margen suficiente a nuestra libertad (de otro modo no
sería una historia de amor). A
veces, a la “primera llamada” le sigue una etapa en la que nos encontramos más
fríos. Puede ser señal de que no era realmente una llamada para nosotros, o
bien de que nos estamos enfriando precisamente para no escucharla, o incluso de
que procuramos no escucharla y por eso nos enfriamos. En cualquier caso, hay
que tener presente lo que dice la Sagrada Escritura: «Si oís hoy la voz de
Dios, no endurezcáis vuestro corazón». —Dios
llama a los que quiere, pero luego uno mismo también tiene que querer. Exacto.
Para entregarse a Dios es fundamental que queramos aceptar y amar la voluntad
de Dios, con más o menos entusiasmo. El amor se siente, pero el amor no es solo
sentimiento. El amor también se demuestra, se prueba, se madura. La voluntad
tiene un papel importante. Así lo contaba San Josemaría Escrivá: «Te decidiste,
más por reflexión que por fuego y entusiasmo. Aunque deseabas tenerlo, no hubo
lugar para el sentimiento: te entregaste, al convencerte de que Dios lo quería.
Y, desde aquel instante, no has vuelto a “sentir” ninguna duda seria; sí, en
cambio, una alegría tranquila, serena, que en ocasiones se desborda. Así paga
Dios las audacias del Amor». Nuestra
vida no está predeterminada, no está escrita. Está abierta a nuestras
decisiones libres. Dios tiene unos planes para cada uno de nosotros, pero, al
crearnos, ha querido correr el riesgo y la aventura de nuestra libertad. Ha
querido que la historia de cada uno de nosotros sea una historia verdadera, que
depende mucho en cada momento de nuestras decisiones personales. Nuestra
historia —como ha escrito José Miguel Cejas— no es como una película con final
determinado, ya grabada de antemano. Y lo mismo le sucedió a los santos. El
apóstol Pedro podría haber desesperado por su traición al Señor, como le
sucedió a Judas. Y quizá entonces los demás Apóstoles hubiesen contemplado, en vez
de su arrepentimiento, el balanceo de su cuerpo, colgado de un árbol en
Palestina. Juan
Crisóstomo veía clara la llamada de Dios, pero su madre le puso tantas
dificultades, derramó tantas lágrimas, que se desanimó. Podrían haber quedado
las cosas así, y habría sido quizá el mejor orador del foro, pero su viejo
amigo Basilio le animó a seguir la llamada de Dios pese al inicial disgusto de
su madre. Agustín
de Hipona podría haber acabado sus días siendo lo que fue durante largo tiempo,
un hombre enredado en sus frivolidades y sus amoríos. Sus amigos hubiesen
movido la cabeza sobre su tumba pensando quizá: “genio y figura...”. Al
escuchar de una casa vecina aquel «Toma y lee», mientras leía las Epístolas de
San Pablo, podía haber dicho: «Bah, casualidades sin importancia», y haber
cerrado el libro tranquilamente. Tomás
Moro podría haber muerto confortablemente como Lord Canciller de Inglaterra,
cediendo ante las inmorales razones de Enrique VIII, alegando “poderosas
razones de Estado” y traicionando sus principios. Podría haberse ablandado ante
los llantos y los razonamientos de su mujer, cuando marchaba hacia la Torre de
Londres, camino del cadalso. Podía haber aceptado una “solución de compromiso”,
diciéndose: «realmente, no están los tiempos para estos heroísmos...». Y
Juan Ciudad podría haber acabado su existencia de cualquier modo. Era un hombre
inquieto y alocado, que recorría el mundo en busca de aventuras. Se había
salvado una vez de la horca de puro milagro, y lo acabaron expulsando del
ejército. Y si llegó hasta Viena en la campaña contra los turcos y hasta Ceuta
en sus interminables correrías, la muerte podría haberle esperado en cualquier
parte de Europa. Pero murió siendo San Juan de Dios. Cuando escuchó en Granada
la predicación de San Juan de Ávila, en vez de arrepentirse y llorar por su
mala vida pasada, podría haber dicho: «Tengo cuarenta y dos años. Es demasiado
tarde para cambiar». O quizá podía haberlo diluido todo en un «pero qué bien
habla este cura», y ya está. Santa
Joaquina Vedruna tenía treinta y tres años y ocho hijos cuando falleció su
marido en Barcelona en 1816. Podía haber pensado que Dios le había dado ya
bastantes ocupaciones con lo que tenía. Y se entregó a la educación de su
hijos, pero también a la vida de oración y a la obras de caridad, y acabó
descubriendo que Dios la llamaba para ser fundadora de una orden religiosa, la
Congregación de las Carmelitas de la Caridad. Pasó por mil penalidades, pero su
fundación se extendió de forma prodigiosa y hoy sus religiosas se cuentan por
millares y atienden más de doscientos colegios y hospitales en todo el mundo. Santa
Luisa de Marillac también había quedado viuda muy joven, con treinta y cuatro
años, en 1625. Conoció por entonces a San Vicente de Paúl, que había fundado
unos grupos de personas que se dedicaban a ayudar a los pobres, atender a los
enfermos e instruir a los ignorantes. Esos grupos de caridad existían en
numerosos lugares, pero muchos de ellos languidecían y se necesitaba a alguien
que los coordinara y animara. Ella podía haberse desentendido, pero se entregó
a esa tarea con el convencimiento de que Dios se lo pedía. Fue una aportación
providencial, pues durante años recorrió toda Francia con una energía
prodigiosa y una actividad desbordante. Más adelante fundó la Congregación de
Hijas de la Caridad, y cuando falleció, en 1660, era ya la más grande de las
comunidades religiosas femeninas existentes. Hoy cuenta con unas 23.000
religiosas en más de dos mil quinientas casas repartidas por los lugares de más
necesidad de los cinco continentes. Santa
Vicenta María López y Vicuña, después de unos ejercicios espirituales que hizo
en Madrid en 1866, cuanto tenía diecinueve años, vio que Dios le pedía que
fundara una nueva institución, las Hijas de María Inmaculada. Podía haberse
desanimado ante las diversas resistencias familiares y de todo tipo que se le presentaron,
pero supo ser fiel a lo que Dios le pedía y en 1876 tomaron el hábito las tres
primeras religiosas, que se dedicarían con ella a dar educación cristiana a las
chicas más pobres y abandonadas de la ciudad. La Congregación se extendió
enseguida de modo sorprendente por toda España, a pesar de las muchas
dificultades. Y aunque no tuvo mucho tiempo, pues falleció muy joven, con solo
cuarenta y tres años, su obra prosiguió después con gran fuerza, de manera que
hoy cuenta con ciento treinta colegios y residencias repartidas por todo el
mundo. Los
santos no fueron santos inexorablemente. La santidad es una respuesta libre a
la gracia, que nunca ahoga la libertad. Ni tu historia, ni la mía, ni la de
ellos, está ni estaba escrita de antemano. Nadie está predeterminado para ser
un santo, un mediocre o un criminal. Nerón acabó siendo un auténtico
degenerado, pero pudo haber sido aquel magnífico emperador que presagiaba en su
primera juventud bajo la tutela de Séneca. Los santos supieron encontrar en los
acontecimientos cotidianos de la vida el querer de Dios. Supieron ver latir la
voluntad de Dios entre en los consejos de un amigo, en las palabras de un niño
o en la predicación de un sacerdote. Lo encontraron porque fueron humildes,
como San Pedro. Y coherentes, como Santo Tomás Moro. Porque buscaban la verdad,
como San Agustín. Porque nunca pensaron que era demasiado tarde, como San Juan
de Dios. Porque emprendieron las fundaciones que Dios les inspiraba, pese a los
numerosos motivos que tenían para no hacerlo. 11.
Darse por enterado Nada
hay más poderoso que
una idea a
la que ha llegado su momento. Víctor
Hugo En
unos días de intensa lluvia se produjeron unas inundaciones importantes, como
consecuencia del desbordamiento de un gran río. El nivel del agua fue subiendo
sin parar. Los sistemas de emergencia de la región pusieron en marcha todos los
operativos de salvamento disponibles. Una
de las lanchas se detiene a la puerta de un caserío y exhorta al aldeano que
allí se encuentra, para que abandone cuanto antes la casa, pues el agua está
alcanzando ya el nivel de su puerta de entrada. Pero el aldeano les dice: «No,
no; id a por otros, que a mí me salvará la Providencia». Pasan
unas horas, y el agua llega hasta la altura del piso superior de la vivienda
del aldeano. Aparece una segunda lancha de salvamento, pero el hombre vuelve a
decirles lo mismo. Tuvo
suerte, porque cuando el agua llegaba al nivel del tejado de su casa, una
tercera lancha le ofreció socorro, pero el aldeano insistió en que la
Providencia le salvaría. No
llegó ninguna otra lancha, y el aldeano murió ahogado. Llegó a su juicio en el
Cielo, y compareció allí con una protesta: «Yo, confiando en la Providencia…, y
la Providencia, nada, que deja que me ahogara». «¿Cómo
que nada? ¡Tres lanchas te hemos enviado!», se escuchó. Hay
personas que, como este aldeano, esperan que la Providencia se manifieste de un
modo extraordinario que ni ellos mismos saben bien en qué consiste. Lo
ordinario es que la Providencia, y, por tanto, también la vocación, se
manifieste ante nosotros de modo cotidiano, a través de las situaciones
corrientes de nuestra vida, por medio de las personas que tratamos de modo
habitual. Así
sucedió, por ejemplo, a Romano Guardini: «Un domingo fui a misa a la iglesia de
los dominicos de la Oldenburgerstrasse. Me encontraba en un estado crítico.
Cuando vi a un hermano lego encargado de la colecta pasar con el rostro
tranquilo y portando su alcancía tintineante, me dio mucha envidia y pensé de
repente: ¿No podrías tú llegar a ser como él? Entonces tendrías paz. Y luego me
dije: ¡Podría ser sacerdote! Y entonces fue como si todo adquiriese
tranquilidad y claridad. Volví a casa con un sentimiento de felicidad que desde
hacía mucho tiempo no había vuelto a sentir.» —¿Pero
no sería más lógico que Dios nos hiciera saber nuestra vocación por vía de
evidencia, ya que es un asunto tan importante para nuestra vida? De
entrada, habría que decir que a los hombres no nos es fácil saber con
profundidad cuáles son la razones de Dios. De todas formas, pienso que el
misterio de la libertad exige dejar un cierto margen a la interpretación
humana. La dignidad humana exige que la percepción de la vocación sea, en
cierto modo, suficientemente oscura como para que la adhesión a ella sea libre
y, al tiempo, bastante clara como para que dicha adhesión sea razonable. Hay
suficiente luz para que vean los que desean ver, y suficiente oscuridad para
los que tienen una disposición contraria. Como
ha explicado Fernando Ocáriz, el hecho de que Dios de ordinario no imponga una
vocación específica por vía de evidencia, hace pensar que Dios quiere que la
libertad de la persona intervenga no solo en la respuesta, sino también en la
configuración de la vocación misma. Es decir, que dentro de la oscura
luminosidad del misterio de la vocación, podemos entender que Dios llama
también mediante la libre elección de la persona llamada. Así
sucede, por ejemplo, cuando una persona descubre su vocación viendo la vida de
otra o de otras personas, y se encuentra con que se descubre a sí mismo
proyectado en esas personas. Cuando piensa «yo quiero ser así», o «yo quiero
ser como ese», o «mi referencia personal es ese tipo de vida», o «esto es lo
mío», Dios está desvelándole su designio, al tiempo que la propia libertad
participa en la configuración del camino que se marca a sí mismo para seguir
ese designio divino. —Veo
entonces que hay una fuerte relación entre el discernimiento y el propio
querer. En
efecto, y por eso recomienda también Fernando Ocáriz que cuando una persona se
encuentra ante la incertidumbre de una posible existencia de una llamada
específica de Dios, y no ve ningún dato objetivo contrario, y comprueba que la
Providencia le ha conducido de hecho a esa experiencia psicológica concreta, es
importante entonces que, además de seguir pidiendo a Dios «luz para ver», pida
también «fuerza para querer», de modo que con esa fuerza que eleva la libertad
en el tiempo se configure la misma vocación eterna. —¿Y
hay algún tipo de señal que permita identificar con un poco más de claridad la
vocación? No
existe un “vocacionómetro”. Tradicionalmente, en la ascética clásica, se
distinguen tres señales fundamentales, que, por otra parte, son las mismas que
inclinan a una persona a escoger un trabajo determinado y no otro, o una
carrera universitaria y no otra, una persona concreta con la que casarse y no
otra. Son estas tres: tener condiciones, no tener impedimentos, y querer.
Muchos, por ejemplo, pueden tener condiciones y no tener impedimentos para
hacer una carrera o una tarea profesional, y lo que al final decide es el
querer. Con la vocación pasa un poco lo mismo. Y
hay otra cosa. La seguridad en esa decisión también tiene mucho que ver con el
querer, pues, al fin y al cabo, la seguridad no viene dada sino que la da el
querer. No nos viene hecha, sino que hay que hacerla. —Una
cosa es clara, y es que Dios no llama sin dar al mismo tiempo las cualidades
necesarias, luego la carencia de condiciones o aptitudes indica que no hay
vocación. Exacto.
Y, por el contrario, si se tienen esas condiciones y no hay impedimentos, la
probabilidad de tener esa vocación es mayor. Y el hecho de que una persona se
esté planteando la posibilidad de ser llamada por Dios en determinado camino de
entrega completa a Él, indica que es bastante probable que así sea, pues son muy
pocos los que llegan a plantearse seriamente tal posibilidad, y eso es un hecho
que no puede menospreciarse. La
percepción de la vocación depende sobre todo de la rectitud y la capacidad de
escucha por parte de la persona. De cara a Dios, basta un motivo para decir que
sí, una causa suficiente, con la fe y con la esperanza de que Dios no nos
abandonará si damos ese paso. —Es
una síntesis bastante difícil entre libertad y determinación. Lo
es, sin duda. A eso se refería José Ortega y Gasset cuando decía que «la vida
es quehacer y la verdad de la vida, es decir, la vida auténtica de cada cual
consistirá en hacer lo que hay que hacer y evitar el hacer cualquier cosa. Para
mí un hombre vale en la medida que la serie de sus actos sea necesaria y no
caprichosa. Pero en ello estriba la dificultad del acierto. Se nos suele
presentar como necesario un repertorio de acciones que ya otros han ejecutado y
nos llega aureolado por una u otra consagración. Esto nos incita a ser infieles
con nuestro auténtico quehacer, que es siempre irreductible al de los demás. La
vida verdadera es inexorablemente invención. Tenemos que inventarnos nuestra
propia existencia y, a la vez, este invento no puede ser caprichoso. El vocablo
inventar recobra aquí su intención etimológica de "hallar". Tenemos
que hallar, que descubrir la trayectoria necesaria de nuestra vida, que solo
entonces será la verdaderamente nuestra y no de otro o de nadie, como lo es la
del frívolo». 12.
Así me hice cura La
experiencia más bella que
tenemos los hombres es
el misterio. Albert
Einstein La
noche del 27 al 28 de diciembre de 1942 fue muy importante para un chico de
doce años llamado José Luis Martín Descalzo. Transcurrían las vacaciones de
Navidad en casa de don Cosme, hermano de su madre y párroco de San Cebrián de
Arriba, un pueblecito de León. Aquella tarde había caído una gran nevada. «En
el viejo cuarto de estar —recordaría José Luis unos años después— golpeaba un
reloj que marchaba más de prisa que los pasos de mi tío, que resonaban en el
despacho. Mi tío era un hombre de esos a quienes hay que querer en cuanto se
les conoce. Tenía el pelo gris y dos grandes arrugas surcaban la frente, sin
que ninguna de estas dos cosas consiguieran hacer menos brillante su mirada ni
apagar su sonrisa constante. En el cuarto de estar, mis hermanas hacían
comiditas en un rincón. Yo jugaba con Laurel, un canelo de dos años a quien
habíamos tenido que meter en casa porque la nieve casi taponaba la puerta de su
caseta. De pronto, Laurel se puso rígido, estiró las orejas y lanzó un ladrido
agudo, que hizo que mis hermanas levantaran a un tiempo la cabeza. Fue entonces
cuando oímos que un caballo se acercaba calle abajo, se paraba a nuestra puerta.
Llamaban. Mi madre tiró de la soga, y al tiempo se abrieron la puerta de la
calle y la del despacho de mi tío, que apareció con el breviario en la mano.
Abajo había un hombre mal afeitado y con la pelliza salpicada de nieve.» Aquel
hombre venía a avisar de que en Roblavieja se había puesto muy enferma una
señora y quizá falleciera esa misma noche. Él seguía su camino a otro lugar en
busca de unas medicinas. Don Cosme no dudó instante, se puso sus botas, acabó
de prisa su cena y se dispuso a salir. No sirvieron de nada los consejos de su
hermana, que le hacía ver el peligro de salir andando, de noche y con esa
nevada, para hacer los cuatro kilómetros hasta aquel otro pueblo. Solo logró
convencerle de que le acompañara su sobrino. «Había
dejado de nevar y el aire estaba tibio. Había salido la luna, que daba a la
nieve una luz extrañamente blanca. Cuando salimos del pueblo, el reloj de la
torre dio las diez de la noche. Mi tío iba embozado en su manteo, bajo el que
ocultaba la caja de los sacramentos. Yo iba físicamente embutido en el abrigo y
la bufanda y caminaba a saltos para no helarme los pies. La primera parte del
camino fue fácil; pero cuando llevaríamos andados cerca de tres cuartos de hora
se ocultó la luna y comenzó otra vez a nevar. Se levantó un frío que cortaba y
que hacía llorar. La noche se había puesto muy oscura y no había más luz que la
que despedía el brillo de la nieve. Fue entonces cuando yo comencé a tener
miedo de veras, porque noté que mis pies se hundían más que antes, y tuve la
sensación de que nos habíamos salido del camino. Miré a mi tío sin atreverme a
hablar, y vi en sus ojos idéntico temor. Nos detuvimos. Se veían ya algunas
luces de Roblavieja y el pueblecito se dejaba ver como una mancha más oscura.
Pero ¿y el camino? No había posibilidad de adivinarlo, ya que la nieve estaba
tendida como una capa, que no permitía adivinar dónde estaba el suelo firme y
liso. »Seguimos
andando a la ventura, y ahora el pavor estaba ya en mi corazón. Y entonces fue
cuando sucedió lo que tenía que suceder, lo que estaba señalado para esta fecha
desde la eternidad. Y todo fue sencillo, como una lección bien aprendida. Mi
tío perdió tierra y cayó, dando un grito. Yo corrí hacia él e intenté ayudarle
a ponerse en pie. Pero fue inútil. No podía ponerse en pie y ya no volvería a
caminar más. »Lo
demás todo fue muy rápido. Corrí como un loco hacia el pueblo, sin atender en
absoluto al peligro que también yo corría. Aporreé la puerta de la primera casa
hasta hacerme daño en los nudillos. La noticia corrió de casa en casa, y poco
después unos veinte hombres y varios perros me acompañaban al lugar donde había
dejado a mi tío. Mientras, seguía nevando, y los ladridos de los perros eran
secos y parecía que hicieran daño en el silencio. Mi tío estaba sin sentido,
pero vivo todavía. Cuando le levantaron quedó en medio de la nieve removida una
mancha de sangre que chillaba entre la blancura. Envuelto en una manta le
llevaron hacia el pueblo. Abrió los ojos y pidió que le llevaran a casa de la
enferma. »Le
arrimaron al fuego y se fue reanimando, mientras el médico vendaba la pierna,
toda roja. Cuando estuvo un poco más repuesto pidió que le acercaran a la cama
de la enferma, que era una viejecita arrugada que hablaba con rápidos
chillidos. Había mucha gente en el cuarto, y yo noté que todos apretaban los
labios como queriendo contener el llanto. Yo me quedé junto al fogón, sin
acabar de comprender lo que pasaba; era demasiado grande aquello para mi
pequeña cabeza. Yo perdí la noción del tiempo, porque mi tío y la vieja
parecían no cansarse de hablar. Yo oía desde lejos la respiración ahogada de mi
tío —una respiración irregular, como una máquina estropeada—, y entonces, no sé
cómo, le vi como uno de aquellos troncos que iban desfalleciendo en el fogón.
Le veía doblarse lentamente hasta que al fin cayera. Pero veía su sonrisa
clara, que tampoco ahora se apagó; su alegría de morir en un acto de servicio,
morir calentando a los demás y agotarse para dar puesto a otro leño que vendría
tras él, para morir también en el fogón. Fue entonces cuando se me ocurrió de
repente —¿cómo?— que por qué no iba a ser yo el leño que le sustituyera. No sé,
nunca se sabe cómo se ocurren las grandes ideas. »Al
día siguiente las campanas de los dos pueblos tocaron a muerto, ¡aunque parecía
que tocaban a gloria! Yo estaba como abstraído, como fuera de mí. La gente
pensaba que era tristeza por la muerte de mi tío; pero ¿cómo iba a
entristecerme una muerte tan estupenda? Me parecía tan terriblemente hermosa
aquella muerte, que empecé desde entonces a soñarla para mí. Y era este sueño
lo que obsesionaba mi cerebro infantil.» Al
siguiente mes de octubre, José Luis entró en el Seminario. Las cosas no fueron
fáciles, pero fueron resolviéndose. «Yo recordaba siempre a mi tío en cada
sacerdote que veía, y recordaba aquella noche de nieve cada vez que nuestro
patio aparecía blanqueado; recordaba sobre todo aquel fogón en que los leños
iban consumiéndose. Y pensaba: dentro de cuatro años me tocará a mí arder y
también calentar y alumbrar. ¿Qué sería de nosotros sin este fuego vivificador?
En los pueblos sin sacerdote —pensaba— deben tener un invierno perpetuo. »Y
entonces venía a mi memoria toda mi vida. Recordaba, sobre todo, aquella noche
de diciembre y me parecía que ahora yo estaba repitiéndola. Tanto, que cuando
por fin subí al altar tuve la sensación de oír el reloj que aquella noche había
dado las diez campanadas. Y cuando me acercaba a la Consagración me parecía
como si me hundiese en tierra, igual que aquella noche en la nieve. Me temblaba
el corazón como entonces, aunque esta vez no de miedo, sino de gozo. »Cuando
acabó la Misa me senté en un rincón de la iglesia y allí estuve largo rato,
como intentando explicarme a mí mismo lo que había sucedido. Todo en mi vida
era distinto, comenzaba a sentirme útil y mi existencia empezaba a servir para
algo. Me veía entre los hombres con las manos llenas de amor y siendo como un
canal entre ellos y Dios, un canal por el que bajarían las gracias del Cielo,
por el que subirían las oraciones de la tierra. Me veía derramando el agua
santa sobre la frente de los niños, y acompañando los últimos minutos de los
moribundos; perdonando a los jóvenes sus pecados— ¡ah, y viéndoles marcharse
contentos, con una nueva alegría!— y bendiciendo los nuevos hogares en que se
perpetuaría la vida. Veía a los niños arrodillados, puros y angelicales, ante el
altar, y yo bajaba hasta ellos y les ponía el Cuerpo del Señor sobre la lengua.
Yo rezaba también sobre los muertos, y mi bendición era lo último que descendía
sobre sus tumbas entre las paletadas de tierra. Yo bendecía las casas, y los
animales, y los frutos, y hablaba a los hombres de Dios, y por ellos, por todos
ellos, levantaba en las manos la Hostia blanca, en la que Cristo se nos
mostraría y vendría a vivir entre nosotros. Sí —pensé—; mi vida comienza a
servir para algo. »Pienso
que ya estoy ardiendo, que soy el leño en el fuego, el fuego que ilumina, que
calienta; que ése es mi destino: consumirme en un acto de servicio, en un
glorioso acto de servicio a los hombres. ¡Y estoy tan orgulloso con este
destino! »¿Cuánto
durará? ¡Qué importa eso! Quizá sean muchos años, como mi tío; quizá solo unos
meses, puede que unos días; quién sabe si esta misma noche no nevará y estará
borrado el camino que lleva a Castales y llegará uno a caballo a llamar a mi
puerta. Por eso tengo que darme prisa, tengo que buscar en seguida alguien que
me sustituya, que siga en la brecha si yo muero. Este fuego no puede
extinguirse, porque con él se apagaría el mundo.» Este
relato, escrito por Martín Descalzo cuando era un sacerdote recién ordenado,
muestra con viveza todo el proceso del nacimiento y la maduración de la llamada
a una vida de entrega a Dios y a los demás. Todo un gran horizonte de
sacrificio y al tiempo de satisfacción, de renuncia y al tiempo de conciencia
de ser un afortunado, de dejar algunas cosas pero ganar muchas más. 13.
El joven rico El
amor, para
que sea auténtico, debe
costarnos. Madre
Teresa de Calcuta ¿Cómo
continuaría la historia de la vida del “joven rico” del Evangelio? El Maestro
le invitó a dejar todo y seguirle. Pero él se negó, y se fue triste. Hubo otros
que sí le siguieron, y fueron grandes apóstoles, grandes santos. Supongo
que, pasado el tiempo, a aquel chico le irían llegando noticias del Maestro.
Unos dirían que era un impostor, otros que hacía milagros, que era un profeta.
Más adelante le llegaría la noticia de que le habían crucificado. Podemos
imaginarnos ahora —siguiendo una glosa de José Miguel Cejas— que el personaje
ya es anciano. Está sentado, al atardecer, en el zaguán de su casa. Han
terminado ya las faenas del campo, y se oyen, a lo lejos, las risas bulliciosas
de las espigadoras que regresan y los gritos de los hombres que transportan las
últimas gavillas. Tiene la mirada perdida, como desvanecida en el silencio.
También la vida, como el día, se va consumiendo, poco a poco, entre rumores
apagados de cansancio. Y el tiempo se va llevando los recuerdos, como el viento
se lleva las últimas huellas de las caravanas en el camino reseco que pasa
junto a su puerta. Habla
poco. De vez en cuando, le visitan los viejos conocidos y evocan juntos a
amigos y parientes, casi todos ya muertos. Comentan algo sobre la próxima
cosecha, sobre los viñedos o los olivos. Y mientras, en la casa, todo sigue
igual: ruidos de cántaros, griterío de niños, leves pisadas femeninas. Desde hace
años este anciano contempla, en un silencio impregnado de tristeza, los juegos
de los hijos de sus hijos. Vive de nostalgias y de recuerdos, asombrosamente
cercanos a pesar del tiempo. Y hay algunos instantes de su vida que pesan en su
alma como si fueran decenas de años. Y otros que no acaban de pasar nunca, como
la mirada profunda de aquel Rabí. Hace
muchos años, más de sesenta, él cruzaba Palestina con un viejo criado que murió
hace tiempo. Entonces era un chico joven, tenía fuerzas, no como ahora. Era
rico y un tanto arrogante. ¿Feliz? Aceptablemente feliz. Y temeroso de Dios.
Por eso, fue corriendo al encuentro de aquel hombre extraordinario. Le
preguntó: «Maestro bueno... ». Y aquel Rabí, mirándole a los ojos, sonriendo,
le invitó a seguirle. Pero él se negó. Y se fue triste. Pasó
el tiempo. En la aldea se comentaban cosas contradictorias. Unos decían que el
Rabí era un falsario y un impostor. Otros hablaban de sus milagros. Otros
estaban convencidos de que era un profeta. Paso
más tiempo. Se casó, tuvo hijos. Las noticias de Jerusalén llegaban con retraso
a su aldea. Una pascua le contaron que lo habían crucificado. Respiró hondo.
«Yo tenía razón: no era más que un visionario. Hice bien en no seguirle. ¡Qué
locura hubiera sido echar por la borda todos mis bienes!». Pero,
sin saber por qué, la noticia le entristeció, como aquella tarde cuando volvió
la espalda a la cálida y respetuosa llamada del Maestro. En su mente seguía
fija la idea de que el Señor le llamó, y que si él no quiso seguirle fue por
egoísmo, pero aquella llamada, aquella vocación seguía viva en su interior.
Descubrió que su antigua ilusión de entrega, sus deseos de Dios, seguían allí,
en un repliegue del alma. Porque, durante años, casi sin advertirlo, aquella
mirada y aquella sonrisa de Jesús le habían seguido acompañando. Un
día quizá aparecieron los discípulos del Señor por su aldea, y habría sus
tensiones, porque la doctrina de Cristo no deja indiferente a nadie. Los
ancianos discutían a la entrada del pueblo y bramaban contra ellos en la
sinagoga. Lo comentaban también, acaloradas, las mujeres en la fuente. Todos se
sentían interpelados por las enseñanzas de aquel Maestro, y quizá el joven
rico, que ya no sería tan joven, volvió a pensar en dejarlo todo y unirse a
aquellos hombres, secundando ahora la llamada que el Maestro le hizo unos años
antes. Algunos
se habían hecho de los suyos. Otros los insultaban y los perseguían. Quizá
entonces fue generoso y recuperó el tiempo que había perdido. Pero quizá volvió
a vencerle su egoísmo, y prefirió quedarse cómodamente al margen. Era rico y no
quería riesgos. Se limitaba a contemplar desde lejos lo que pasaba. Pudo haber
sido uno de ellos. Y seguía enriqueciéndose. Su casa se llenaba de pebeteros,
de alfombras y de los pequeños lujos de una aldea oriental. Tenía más y más
criados, y sus campos se engrandecían. Y
a los pocos años llegó aquella terrible guerra, la invasión romana, y la
destrucción del Templo de Jerusalén. Y aquel hombre, con seguridad, lo perdió
todo. Le arrebataron otros por la fuerza lo que no quiso él dar al Señor por su
propia voluntad. Ahora su cuerpo se iba combando lentamente y se ajaba el
rostro de su mujer. Y en su vejez se lamentaría en su pobreza, viendo sus
campos y sus ganados en mano ajena, viendo el desprecio de aquellos que antes
le adulaban porque era rico, pero que ahora le ignoraban porque ya no lo era. Y
él seguía allí, como un perro triste, en el portal de su casa, imaginando lo
que pudo ser y no fue. A su alrededor, veía la respuesta a lo que había sido su
vida: una vida encerrada en su egoísmo, que ahora los demás le pagaban con la
misma moneda. Y lloraba en silencio, pensando que quizá su vida podía haber
sido menos cómoda pero sin esa insoportable amargura del egoísmo. Aquel
hombre pudo haber sido un gran apóstol. Recibió, como Juan, la llamada en plena
juventud. ¡Cuántas almas pudo haber salvado! Jesús las veía a través de sus
ojos. Y veía, detrás de esas almas, tantas y tantas otras. Pero aquel hombre
dijo que no. Su egoísmo quebró para siempre los planes de Dios. ¿Por qué?
Cuenta el Evangelio que tenía muchas riquezas. Podemos imaginarnos lo que
sería. Como mucho, unos campos, unas casas, unos caballos, unos mulos... Y por
esas riquezas miserables abandonó a Dios hecho hombre, que le buscaba en lo
mejor de su vida. Se entiende que Jesús hiciera aquella dolorosa reflexión, y
que comentara entonces que es más fácil que pase un camello por el ojo de una
aguja a que entren en el reino de Dios quienes estén apegados a sus riquezas. Este
joven ha permanecido anónimo. Si hubiera respondido positivamente a la
invitación de Jesús, se habría convertido en su discípulo y probablemente los
evangelistas habrían registrado su nombre. Pero quien pone su seguridad en las
riquezas de este mundo no alcanza el sentido pleno de la vida y la verdadera
alegría. Por el contrario, quien se fía de la palabra de Dios y renuncia a sí
mismo y a sus bienes para buscar el reino de los cielos, aparentemente pierde
mucho, pero en realidad lo gana todo. El santo es precisamente aquel hombre,
aquella mujer, que, respondiendo con alegría y generosidad a la llamada de Cristo,
lo deja todo por seguirlo. Como Pedro y los demás Apóstoles, como otros
innumerables santos, debemos recorrer el camino que Dios nos marque, que es
exigente pero colma el corazón y nos hará recibir el ciento por uno ya en esta
vida terrena, juntamente con pruebas y persecuciones, y después la vida eterna. —¿Piensas
entonces que Dios nos pide siempre de lo que cuesta? Lo
hace Dios, y así es la naturaleza del hombre. Nadie considera auténtico un amor
que no está dispuesto al sacrificio. «El amor, para que sea auténtico, debe
costarnos», decía la Madre Teresa de Calcuta. Y el sacrificio es lo que prueba
el amor, y lo que da alegría de verdad. «No quiero —insistía— que me deis de lo
que os sobra. Quiero que me deis de lo que necesitáis hasta realmente sentirlo.
El otro día recibí quince dólares de un hombre que lleva veinte años
paralítico. La parálisis solo le permite usar la mano derecha. La única
compañía que tolera es la del tabaco. Me decía: “Solo hace una semana que he
dejado de fumar. Le envío el dinero que he ahorrado de no comprar cigarrillos”.
Debió de ser un terrible sacrificio para él. Con ese dinero compré pan y se lo
di a personas que tenían hambre. De este modo, tanto el donante como quienes lo
recibieron experimentaron alegría.» «Creo
que una persona que está apegada a sus riquezas, que vive preocupada por sus
riquezas, es en realidad muy pobre. Sin embargo, si esa persona pone su dinero
al servicio de los demás, entonces se vuelve rica, muy rica. La bondad ha
convertido a más personas que el celo, la ciencia o la elocuencia. La santidad
aumenta más rápido cuando hay bondad. El mundo se pierde por falta de dulzura y
amabilidad. No olvidemos que nos necesitamos los unos a los otros.» 14.
Superar el miedo Al
que vive temiendo nunca
lo tendré por libre. Horacio Jonás
era un hombre al que un buen día Dios le reveló de repente su vocación: «Anda y
vete a Nínive, la gran ciudad, y predica en ella: porque el clamor de sus
maldades ha subido hasta mi presencia». Dios
le manifestó claramente su voluntad: quería contar con él para llegar a esas
muchedumbres desorientadas que no le conocen, o que le conocen mal. El deseo de
Dios estaba bien claro, pero a pesar de eso, o quizá precisamente por eso,
Jonás escapó. Se llenó de miedo. Se resistía al sacrificio, a la entrega de su
vida a esa tarea que se le antojaba muy ardua. No captaba la grandeza y el
atractivo de esa misión. Por eso se entristeció y huyó de Dios. Lo
suyo fue una escapada en toda regla. «Tomó el camino huyendo del Señor, y así
que llegó a Jope, halló una nave que se hacía a la vela para Tarsis; pagó su
pasaje, y entró en ella con los demás para llegar a Tarsis huyendo del Señor».
Huía de Dios y quizá aún más de sí mismo. Quería poner la mayor distancia
posible, «airearse», «probar otras cosas», «conocer otros ambientes»... como
quizá dirían ahora algunos cuando intuyen una voluntad de Dios cuya grandeza no
saben apreciar o valorar. Pensaba que en medio del tráfago de otra ciudad, otro
país, otras gentes, otro ambiente…, aquella voz se callaría, dejaría de oírla.
Y abandonó su tierra, sus amigos, los lugares que le hablaban de Dios. «Pero
el Señor envió un viento recio sobre el mar, con lo que se movió en él una gran
borrasca, de suerte que se hallaba la nave a punto de partirse». Los marineros
se asustaron. Intuían que aquella tremenda tempestad, que batía con tanta furia
el barco, se debía a una poderosa razón divina. Jonás acabó por contarles su
historia y aquellos hombres «comprendieron que huía, desobedeciendo a Dios». Jonás
se arrepintió de su mala actitud y, después de diversas peripecias, marchó a la
ciudad a la que Dios le había mandado. Nínive era una ciudad enorme, hacían
falta tres días de camino para recorrerla. Habló a los ninivitas con fuerza,
los movió a hacer penitencia y consiguió que salieran de la inmoralidad en que
estaban inmersos. Y Dios, «viendo las obras que hacían, y cómo se habían
convertido de su mala vida, se movió a misericordia y no les envió los males
que había declarado». Nínive se convirtió gracias a la predicación de Jonás. —Pero
es bastante normal sentir miedo ante este tipo de llamadas de Dios, me parece. Es
bastante normal. Además, ese temor no tiene por qué ser malo, sino que muchas
veces es una muestra de que valoramos la importancia de lo que Dios nos pide, y
nos da cierto vértigo. Por eso, tener miedo puede incluso ser señal de
vocación. Si todo te diera igual, no sentirías miedo. El hecho de plantearse la
entrega a Dios, y de que esa idea nos imponga un poco, ya es un dato importante,
pues muy pocos llegan a pensar nunca en esa posibilidad, y si alguien les
hablara de ello no les produciría ninguna inquietud. —¿Y
cómo superar el miedo? Son decisiones que entrañan riesgos importantes. El
mejor sistema es disponerse a escuchar la voz de Dios y a seguir su voluntad.
Tener el coraje de decir que sí a lo que Dios nos pida. Aunque suponga derribar
de un manotazo todo un mundo cómodo de seguridades en el que estamos
instalados. Así
lo hizo la Virgen. Cuando el ángel le anuncia que va a ser Madre de Dios, se
produce en ella una turbación natural, y el ángel la tranquiliza: «No temas». Y
le dice por qué: «Porque has hallado gracia a los ojos de Dios». Nosotros
tampoco debemos tener miedo, porque Dios nos da la gracia necesaria para seguir
el camino que nos señala. Dios
cuenta con todo eso. La percepción de la vocación, como sucedió con el anuncio
del ángel a María, no es un acontecimiento aislado en la historia de la
salvación, sino la continuación y culminación de una serie de intervenciones
divinas anteriores. Dios va preparando todo, en la vida de cada uno, también lo
que podría llamarse la psicología de la percepción de lo sobrenatural. Nos
sitúa ante un anuncio que nos produce quizá maravilla, temor o admiración, ya
que cuando percibimos la llamada captamos la trascendencia de lo que nos está
sucediendo. Pero esa misma llamada nos ilumina interiormente y nos ayuda a
superar el miedo natural que producen las intervenciones sobrenaturales. De
todas formas, la clave no está en el miedo, sino en cómo reaccionamos ante ese
miedo. De hecho, lo que distingue a un cobarde de un héroe no es el miedo, sino
su capacidad de superarlo. Y el miedo siempre aparece ante todas las decisiones
importantes, pues siempre suponen asumir un riesgo. Unos te aconsejarán una
cosa y otros otra. Si, por cobardía, tiendes a escuchar demasiado a los que “te
apaciguan” y te dan “consejos tranquilizadores” para nunca asumir riesgos, no
decidirás con acierto. —Pero
también puedes equivocarte por el otro extremo, si no consideras los riesgos y
te dejas llevar por la precipitación. Hay
que encontrar un equilibrio entre la temeridad y la indecisión. Pero no puedes
pedir una seguridad matemática, ni metafísica. Tienes que aceptar el riesgo del
amor, pero recuerda que es un riesgo en manos de Dios. Dios
quizá quiere contar contigo para llegar a mucha gente. No busca un simple paso
adelante, un gesto, o un poco de tu tiempo. A lo mejor te pide, como a Jonás,
una dedicación completa. Te pide cambiar de planes. Cambiar de vida. Te
muestra, quizá, un cometido concreto, una misión. Es mejor no hacer oídos
sordos, como él hizo al principio, a pesar de ser tan claro el querer de Dios.
Tuvo miedo, como quizá tú, pero ese miedo no es un simple vientecillo en tu
corazón, sino a lo mejor un viento cada vez más fuerte que acaba volteando las
campanas de tu alma. Las
decisiones definitivas dan un poco de miedo, pero son fundamentales. Como decía
Benedicto XVI en una entrevista previa a su viaje a Alemania en 2006, el mundo
necesita de nuestro compromiso personal por la búsqueda del bien, y necesita
«el valor de tomar decisiones definitivas. En la juventud hay mucha
generosidad, pero ante el riesgo de comprometerse para toda la vida, ya sea en
el matrimonio o en el sacerdocio, se experimenta miedo. El mundo está
evolucionando mucho, y ahora parece que podemos disponer continuamente de
nuestra vida entera con todos sus imprevisibles eventos futuros. Entonces, con
una decisión definitiva, ¿no ato mi libertad y no me privo de la libertad de
movimientos? Es preciso despertar el valor de atreverse a tomar decisiones
definitivas, que en realidad son las únicas que hacen posible el crecimiento,
caminar hacia adelante y alcanzar cualquier cosa importante en la vida, las
únicas que no destruyen la libertad, sino que le ofrecen el mejor camino.
Arriesgarse a dar este salto, tomar decisiones definitivas, y con eso acoger
plenamente la vida, esto es algo que quisiera poder comunicar a los jóvenes.» —¿Piensas
que el miedo a las decisiones importantes tiene que ver con la educación que
uno ha recibido? Indudablemente,
pues para adquirir compromisos importantes hay que haber sido educado —y
haberse educado a uno mismo— en una actitud de compromiso habitual por la
mejora del mundo que nos rodea. De lo contrario, los compromisos suelen
eludirse, y eso lleva a que al final nos situemos casi inadvertidamente en unas
coordenadas de egoísmo y de desimplicación. Sentir
un poco de miedo, o bastante, ante una decisión importante en la vida, no debe
considerarse extraño. Una educación verdadera debe suscitar la valentía de las
decisiones definitivas, que hoy muchos consideran un vínculo que limita nuestra
libertad, pero que en realidad son indispensables para crecer y alcanzar algo
grande en la vida, especialmente para que madure el amor en todo su esplendor y
su atractivo. De esa educación surge nuestro "no" a formas débiles y
falsificadas del amor o de la libertad, que son un "sí" al amor
verdadero, a la realidad del hombre tal como ha sido creado por Dios. 15.
Mañana, mañana Moneda
que está en la mano, tal
vez se deba guardar. La
monedita del alma se
pierde si no se da. Antonio
Machado Agustín
de Tagaste era un joven y brillante orador, dotado de una gran inteligencia y
un corazón ardiente. Su adolescencia transcurrió entre diversas escuelas de
Madaura, Tagaste y Cartago, de manera un tanto turbulenta. Durante años anduvo
sin apenas rumbo moral en su vida, muy influida por amistades poco recomendables:
«Mientras me olvidaba de Dios —dice de sí mismo—, por todas partes oía: ¡Bien,
bien!». «Yo
ardía en deseos de hartarme de las más bajas cosas y llegué a envilecerme hasta
con los más diversos y turbios amores; me ensucié y me embrutecí por satisfacer
mis deseos. Me sentía inquieto y nervioso, solo ansiaba satisfacerme a mí
mismo, hervía en deseos de fornicar. (...) ¡Ojalá hubiera habido alguien que me
ayudara a salir de mi miseria...!». No
era feliz: «Sabía que Dios podía curar mi alma, lo sabía; pero ni quería, ni
podía; tanto más cuanto que la idea que yo tenía de Dios no era algo real y
firme, sino un fantasma, un error. Y si me esforzaba por rezar, inmediatamente
resbalaba como quien pisa en falso, y caía de nuevo sobre mí. Yo era para mí mismo
como una habitación inhabitable, en donde ni podía estar ni podía salir. ¿Dónde
podría huir mi corazón que huyese de mi corazón? ¿Cómo huir de mí mismo?». Buscaba
la verdad en diversas ideologías. Habló con las figuras intelectuales más
destacadas para encontrar respuesta a las situaciones culturales y sociales de
su época. Pasaba de maestro en maestro y de ideología en ideología. Pero nada
le llenaba el corazón. Leía incesantemente. Triunfó dando clases y
conferencias, hasta convertirse en un personaje de moda. Era un pensador
influyente al que llamaban de todos los sitios. Estando
en Milán, en el año 384, acudía, sin demasiada buena disposición, a escuchar
las homilías de Ambrosio, obispo de la ciudad. Ambrosio era un hombre de una
gran talla intelectual, y Agustín estaba interesado en su oratoria, no en su
doctrina, pero «al atender para aprender de su elocuencia —explicaba—, aprendía
al mismo tiempo lo que de verdadero decía». Le parecía que aquel hombre
explicaba de un modo distinto los pasajes de la Sagrada Escritura que él
ridiculizaba en sus clases y que ahora le empezaron a parecer verdaderos. El
1 de enero del año 385 se estaba preparando para hablar ante toda la Corte del
Emperador Valentiniano, instalada por entonces en aquella ciudad. Agustín
estaba consiguiendo sus propósitos de triunfar gracias a su elocuencia, pese a
ser aún muy joven. Pero notaba que algo en su vida estaba fallando. «Al volver
—escribiría más adelante—, y pasar por una de las calles de Milán, me fijé en
un pobre mendigo que, despreocupado de todo, reía feliz. Yo, entonces,
interiormente, lloré». Una
cascada de sentimientos se desbordó en el corazón de Agustín. Caminaba, como
siempre, rodeado de un grupo de amigos. «Les dije que era nuestra ambición la
que nos hacía sufrir y nos torturaba, porque nuestros esfuerzos, como esos
deseos de triunfar que me atormentaban, no hacían más que aumentar la pesada
carga de nuestra infelicidad». «No
hago más que trabajar y trabajar para lograr mis objetivos, y cuando los
consigo, ¿soy más feliz? No. Tengo que seguir bregando contra todo y contra
todos para mantenerme en mi puesto. Mientras tanto, ese tipo vive tan contento
sin tener nada... Bueno; no sé si estará contento, no sé si será realmente
feliz, pero, desde luego, el que no soy feliz soy yo... No es que me guste su
vida, ¡es mi vida la que no me gusta! He conseguido un status, una posición
económica y cultural... ¿y qué?». «No compares —le dijeron sus amigos—. Ese
tipo se ríe porque habrá bebido. Y tú tienes todos los motivos para estar
feliz, porque estás triunfando...». Sí,
estaba triunfando, pero aquellos éxitos en su cátedra y en sus conferencias,
más que alegrarle, le deprimían. «Al menos —se decía— ese mendigo se ha
conseguido el vino honradamente pidiendo limosna, y yo... he alcanzado mi
status a base de traicionarme a mí mismo. Si el mendigo estaba bebido, su
borrachera se le pasaría aquella misma noche, pero yo dormiría con la mía, y me
despertaría con ella, y me volvería a acostar y a levantar con ella día tras
día». La
crisis se había desencadenado. Pero la lucha no había hecho más que empezar,
llena de vacilaciones. «La fe católica me da explicaciones a lo que me pregunto...;
sin embargo, ¿por qué no me decido a que me aclaren las demás cosas?». En
su vida moral seguía haciendo lo que le apetecía. Deseaba salir de aquella
situación, pero, a la vez, se sentía incapaz. «Si uno se deja llevar por esas
pasiones, al principio se convierten en una costumbre, y luego en una
esclavitud...». Era
un esclavo de esas pasiones, lo reconocía. Por eso, el tiempo pasaba y Agustín
se resistía a cambiar. «Deseaba la vida feliz del creyente, pero a la vez me
daba miedo el modo de llegar a ella». «Pensaba que iba a ser muy desgraciado si
renunciaba a las mujeres... ». «¡Qué caminos más tortuosos! Ay de esta alma mía
insensata que esperó, lejos de Dios, conseguir algo mejor. Daba vueltas, se
ponía de espaldas, de lado, boca abajo..., pero todo lo encontraba duro e
incómodo...». Agustín
va poco a poco logrando vencer la sensualidad y la soberbia, pero se encuentra
también con otro poderoso enemigo: «Me daba pereza comenzar a caminar por la
estrecha senda». «Todavía seguía repitiendo como hacía años: mañana; mañana me
aparecerá clara la verdad y, entonces, me abrazaré a ella». El
proceso de su conversión pasó —según contaría él mismo en su libro Las
Confesiones— por multitud de pequeños detalles. El paso definitivo se produjo
un día de agosto del año 386, en que recibió la visita de su amigo Ponticiano.
Tuvieron una animada conversación. En un momento dado, Ponticiano le contó la
historia de un monje llamado Antonio, y luego, viendo el creciente interés de
Agustín, una anécdota suya personal. Le contaba esas cosas con intención de
acercarle a Dios, pero probablemente no sospechó el fuerte influjo que
produjeron en Agustín. «Lo que me contaba Ponticiano me ponía a Dios de nuevo
frente a mí, y me colocaba a mí mismo enérgicamente ante mis ojos para que
advirtiese mi propia maldad y la odiase. Yo ya la conocía, pero hasta entonces
quería disimularla, y me olvidaba de su fealdad». «Me puso cara a cara conmigo
mismo para que viese lo horrible que era yo.» Mientras
su amigo hablaba, Agustín pensaba en su alma, que encontraba tan débil,
oprimida por el peso de las malas costumbres que le impedían elevarse a la
verdad, pese a que ya la veía claramente. «Habían pasado ya muchos años, unos
doce aproximadamente, desde que cumplí los diecinueve, desde aquel año en que
por leer a Cicerón me vi movido a buscar la sabiduría.» «Había
pedido a Dios la castidad, aunque de este modo: “Dame, Señor, la castidad y la
continencia, pero no ahora”, porque temía que Dios me escuchara demasiado
pronto y me curara inmediatamente de mi enfermedad de concupiscencia, que yo
prefería satisfacer antes que apagar.» «Se redoblaba mi miedo y mi vergüenza a
ceder otra vez y no terminaba de romper lo poco que ya quedaba». Ponticiano
terminó de hablar, explicó el motivo de su visita, y se fue. El combate
interior de Agustín se acercaba a su final. Cada vez faltaba menos, pero «podía
más en mí lo malo, que ya se había hecho costumbre, que lo bueno, a lo que no
estaba acostumbrado.» Se
decía: «¡Venga, ahora, ahora!». Pero cuando estaba a punto... se detenía en el
borde. Era como si los viejos placeres le retuviesen, diciéndole bajito:
«¿Cómo? ¿Es que nos dejas? ¿Ya no estaremos contigo, nunca, nunca? ¿Desde ahora
ya no podrás hacer eso... , ni aquello? ¡Y qué cosas, Dios mío, me sugerían con
las palabras eso y aquello!». Los placeres seguían insistiéndole: «¿Qué? ¿Es
que piensas que vas a poder vivir sin nosotros, tú? ¿Precisamente tú...?». Miró
a su alrededor. Muchos lo habían logrado. «¿Por qué no voy a poder yo —se
preguntó— si éste, si aquel, si aquella, han podido?». Salió
con su amigo Alipio al jardín de la casa. «¡Hasta cuándo —se preguntaba—, hasta
cuándo, mañana, mañana! ¿Por qué no hoy? ¿Por qué no ahora mismo y pongo fin a todas
mis miserias?». Mientras decía esto, oyó que un niño gritaba desde una casa
vecina: «¡Toma y lee! ¡Toma y lee!». Pensó que Dios se servía de ese chico para
decirle algo. Corrió hacia el libro, y lo abrió al azar por la primera página
que encontró. Leyó en silencio: «No andéis más en comilonas y borracheras, ni
haciendo cosas impúdicas. Dejad ya las contiendas y peleas. Revestíos de
Nuestro Señor Jesucristo, y no busquéis cómo contentar los antojos de la carne
y de sus deseos.» Cerró
el libro. Esa era la respuesta. No quiso leer más, ni era necesario. «Como si
me hubiera inundado el corazón una fortísima luz, se disipó toda la oscuridad
de mis dudas». Cuando se tranquilizó un poco se lo contó a Alipio, que quiso
ver lo que había leído. Se lo enseñó y su amigo se fijó en la frase siguiente
del texto de la Escritura, en la que no había reparado. Seguía así: «Recibid al
débil en la fe». «Después
entramos a ver a mi madre, se lo dijimos todo y se llenó de alegría. Le
contamos cómo había sucedido, y saltaba de alegría y cantaba y bendecía a Dios,
que le había concedido, en lo que se refiere a mí, lo que constantemente le
pedía desde hacía tantos años, en sus oraciones y con sus lágrimas». A
los pocos meses, en la Vigilia Pascual, recibieron el bautismo Agustín, su hijo
y su amigo. Años después, escribiría: «Tarde te amé, Belleza, tan antigua y tan
nueva, ¡tarde te amé! Estabas dentro de mí, y yo te buscaba por fuera... Me
lanzaba como una bestia sobre las cosas hermosas que habías creado. Estabas a
mi lado, pero yo estaba muy lejos de Ti. Esas cosas... me tenían esclavizado.
Me llamabas, me gritabas, y al fin, venciste mi sordera. Brillaste ante mí y me
liberaste de mi ceguera... Aspiré tu perfume y te deseé. Te gusté, te comí, te
bebí. Me tocaste y me abrasé en tu paz». El
proceso de la conversión de San Agustín refleja muy bien la tendencia de todo
hombre a retrasar las decisiones que vemos bastante claras con la cabeza pero a
las que se opone la resistencia de nuestras pasiones. El relato de su conversión
es uno de los mejores testimonios que se han escrito sobre los problemas,
angustias y búsquedas que supone la lucha contra esa resistencia interior. Una
lucha que acabó en victoria, y que ha supuesto para la humanidad un personaje
tan insigne como San Agustín, un gran pensador y un gran santo, cuyos escritos
filosóficos y teológicos constituyen una referencia ineludible en la historia
del pensamiento. Muchas
veces las llamadas de Dios chocan contra ese muro en nuestro interior, que
retrasa nuestras respuestas, desvía nuestra mirada y nos hace repetir, como
Agustín: ¡mañana!, ¡mañana! Muchas veces ese “mañana” acaba por ahogar en su
mismo nacimiento la llamada del Señor. —A
veces sucederá, pero en otras ocasiones será prudente esperar. Es lógico tomarse
tiempo para las cosas que son importantes. Si
nos tomamos tiempo para considerar con calma las cosas en la presencia de Dios,
para reflexionar y obrar con madurez y libertad, es algo no solo prudente sino
lógico y necesario. Pero si nos tomamos ese tiempo para ver si así se diluyen
las cosas y se pierde la voz del Señor en el ruido de fondo de nuestra vida,
entonces nos estamos autoengañando, como explicaba San Agustín. Quizá entonces,
a ese “mañana, mañana...” haya que encararse pensando si no es nuestro hoy
precisamente el que nos pide Dios. Además,
todos esos “mañanas” no podemos tenerlos tan seguros. San Luis Gonzaga murió a
los veintitrés años, San Estanislao de Kostka a los dieciocho, San Juan
Berchmans a los veintidós, Santa Teresa de Lisieux a los veinticuatro, y así
muchos más. Dios puede llamar a cualquier edad, pero si nos llama en la
juventud, hemos de agradecerlo como una predilección muy especial. Algunos
piensan lo contrario, y creen que es mejor dejar pasar esos años, disfrutar de
la juventud lejos de responsabilidades y compromisos, pero quienes han
descubierto pronto esa llamada saben que no se cambian por nadie. Además,
si se entiende bien lo que supone descubrir la vocación, es decir, conocer el
designio de Dios para nuestra vida, lo propio no es la espera, sino la
esperanza. Hemos de fomentar la esperanza de ese encuentro con Dios. La espera
puede aguardarse durmiendo, la esperanza, caminando. La espera es un sillón; la
esperanza, una bandera. La espera, un refugio cómodo; la esperanza cristiana,
una virtud aguerrida. —Pero
no se puede meter prisa. Dios
puede tener prisa. Con el frío, muchas plantas se hielan y así pasa con tantas
vocaciones que dejan pasar el tiempo sin responder a Dios. Si lo consideramos
en el silencio de la oración, quizá encontremos que los verdaderos tiempos de
Dios implican un sentido de urgencia. Si pensamos en tantas almas que aún no
conocen a Dios, en todos los que le conocen pero no le aman, y en todos los que
le odian, y en los que mueren sin haber oído hablar de Él, quizá entonces
entendemos que puede haber algo de esa urgencia divina. No
es cuestión de meter prisa a nadie, sino de asegurar que con el paso de los
días y los meses y quizá los años no estamos dejando pasar nuestra hora. Hay
que pensar las cosas con calma, pero sin eternizarse en la respuesta. —Pero
nunca puede ser buena la precipitación de una respuesta inmediata. La
preparación y la buena predisposición no son inmediatas, sino meditadas y
maduradas. Pero la respuesta puede ser inmediata, como lo fue, por ejemplo, la
respuesta de la Virgen al anuncio del ángel, en esa entrañable escena de la
Anunciación. Nadie calificaría de precipitada a Santa María por contestar su
«Hágase en mí según tu palabra» en pocos segundos. Los requerimientos de Dios a
veces piden una respuesta rápida. En
el Evangelio se lee también que Nuestro Señor encontró a Simón Pedro y a Andrés
echando las redes al mar y les llamó: «Venid conmigo y os haré pescadores de
hombres». «Y ellos, enseguida, dejando las redes, lo siguieron». Y lo mismo
sucedió poco después con Santiago y Juan, «que estaban en la barca con su padre
Zebedeo remendando sus redes; y los llamó. Ellos, al instante, dejaron la barca
y a su padre, y le siguieron.» El Señor les pidió dejarlo todo, y ellos
respondieron con prontitud, sabiendo jugarse todo a una sola carta, la carta
del amor de Dios. Es
verdad que la respuesta a la vocación requiere un tiempo. No puede ser el fruto
irreflexivo de un impulso de un momento. Por eso, el tiempo en el que se
plantea la vocación debe ser tiempo de oración intensa, no de dilación cómoda;
tiempo de búsqueda y no de olvido; tiempo para responder, no para demorar la
respuesta con un mañana engañoso. Es
verdad que siempre cabe “darle otra vuelta más” a nuestras dudas. Una dilación
que puede nacer de la recta prudencia, pero también de las excusas eternas, o
de lo que San Agustín llamaba “sus viejas amigas”. Pedimos tiempo y calma,
¿para decidir o para olvidar? Así lo relataba San Agustín: «Me encontraba en la
situación de uno que está en la cama por la mañana. Le dicen: ”¡Fuera!,
levántate, Agustín”. Yo decía al contrario: “Sí, más tarde, un poco más
todavía”. Al fin, el Señor me dio un buen empujón y salí.» Agustín
fue un apasionado buscador de la verdad. Al final descubrió que solo en Dios se
pueden saciar los deseos profundos del corazón humano. Su historia es una
espléndida referencia para todos aquellos que, sedientos de felicidad, la
buscan recorriendo caminos equivocados y se pierden en callejones sin salida. 16.
Cambiar los propios planes Donde
haya un árbol que plantar, plántalo tú. Donde
haya un error que enmendar, enmiéndalo tú. Donde
haya un esfuerzo que todos esquivan, hazlo tú. Sé
tú el que aparta la piedra del camino. Gabriela
Mistral «Quiero
deciros algo del cónclave —explicaba Benedicto XVI a un grupo de peregrinos
alemanes, poco tiempo después de ser Papa—, sin violar el secreto. Nunca pensé
en ser elegido Papa, ni hice nada para que así fuese. Cuando, lentamente, el
desarrollo de las votaciones me permitió comprender que, por decirlo así, la
‘guillotina’ caería sobre mí, me quedé desconcertado. Creía que había realizado
ya la obra de toda una vida y que podía esperar terminar tranquilamente mis
días. Con profunda convicción dije al Señor: ¡no me hagas esto! Tienes personas
más jóvenes y mejores, que pueden afrontar esta gran tarea con un entusiasmo y
una fuerza totalmente diferentes. Pero me impactó mucho una breve nota que me
escribió un hermano del Colegio Cardenalicio. Me recordaba que durante la Misa
por Juan Pablo II yo había centrado la homilía en la palabra del Evangelio que
el Señor dirigió a Pedro a orillas del lago de Genesaret: ¡Sígueme! Yo había
explicado cómo Karol Wojtyla había recibido siempre de nuevo esta llamada del
Señor y continuamente había debido renunciar a muchas cosas, limitándose a
decir: sí, te sigo, aunque me lleves a donde no quisiera. Ese hermano cardenal
me escribía en su nota: "Si el Señor te dijera ahora ‘sígueme’, acuérdate
de lo que predicaste. No lo rechaces. Sé obediente, como describiste al gran
Papa, que ha vuelto a la casa del Padre". Esto me llegó al corazón. Los
caminos del Señor no son cómodos, pero tampoco hemos sido creados para la
comodidad, sino para cosas grandes, para el bien. Así, al final, no me quedó
otra opción que decir sí. Confío en el Señor, y confío en vosotros, queridos
amigos. Como os dije ayer, un cristiano jamás está solo.» No
era esto algo nuevo en la vida de Joseph Ratzinger. Un día de 1977 recibió una
visita del nuncio Del Mestri. «Charló conmigo de lo divino y de lo humano y,
finalmente, me puso entre las manos una carta que debía leer en casa y pensar
sobre ella. La carta contenía mi nombramiento como arzobispo de Munich y
Frisinga. Fue para mí una decisión inmensamente difícil. Se me había autorizado
a consultar a mi confesor. Hablé con el profesor Auer, que conocía con mucho
realismo mis límites tanto teológicos como humanos. Esperaba que él me
disuadiese. Pero, con gran sorpresa mía, me dijo sin pensarlo mucho: “Debe
aceptar”. Así, después de haber expuesto otra vez mis dudas al Nuncio, escribí,
ante su atenta mirada, en el papel de carta del hotel donde se alojaba, la
declaración donde expresaba mi consentimiento.» Joseph
Ratzinger había elegido una vida de hombre de estudio, pero Dios le llevaba por
otros caminos, pues después de este cambio de planes vino otro, en 1981, cuando
fue llamado a Roma por Juan Pablo II para presidir la Congregación para la
Doctrina de la Fe. Podía haberse negado, o haberse rebelado contra las tareas
que llevaba sobre las espaldas y que le impedían la gran labor que sentía como
su vocación más profunda. —Al
menos él tuvo claro qué camino tomar, pues le bastaba con seguir lo que Dios le
iba marcando a través de esas peticiones del Papa, primero, o del cónclave,
después. Pero los demás quizá no tenemos fácil elegir. La
vocación no se elige, se encuentra. Y, después, se acoge o no se acoge, se
responde a ella con más menos generosidad. Es una iniciativa de Dios, no
nuestra. Es algo divino, no humano. La vocación de cada hombre forma parte del
plan de la Providencia, que se manifiesta en un designio concreto sobre cada
vida. Joseph Ratzinger podría haberse quedado encastillado en la idea de que
todo eso que le proponían no era su camino, o que no se le había ocurrido a él,
o que no respondía a sus deseos de toda su vida. Aquello no le resultaba
atractivo, pues él prefería entregarse a su pasión por la tarea docente, a su
cátedra de teología. Pero Dios le ha premiado con una cátedra mucho mejor, la
cátedra de San Pedro, desde la que ahora desarrolla su pasión por la docencia
enseñando a toda la humanidad. —¿Y
dónde entregarse a Dios? Donde
te quiera Dios. El dónde y el cómo son algo propio de cada uno, que corresponde
a cada uno descubrir. Así lo explicaba Juan Pablo II: «Quizá seréis llamados
para servir como un marido o una esposa, un padre, una persona soltera, un
religioso o un sacerdote. Pero en cualquier caso se trata de una llamada a una
conversión personal, una llamada a abrir vuestros corazones al mensaje de
Cristo». —¿Y
es fácil equivocarse? Al
menos es posible. Por eso hay que hacer un discernimiento, reflexionar en la
presencia de Dios. Todos tenemos que buscar, con la máxima rectitud posible, y
quizá tendremos que tantear un poco. —¿Qué
quieres decir con lo de tantear? ¿Crees que es mejor equivocarse que no hacer
nada? Si
el miedo a equivocarse es excesivo, paraliza y resulta contraproducente. Es
bastante normal que las decisiones importantes de la vida necesiten de un
cierto tanteo. Lo que no podemos es quedarnos sentados esperando a que llegue
una certeza absoluta y total. También
los santos más renombrados de la historia de la Iglesia tuvieron que buscar, y
algunos se equivocaron al principio. Por ejemplo, Santo Tomás Moro probó en la
Cartuja, donde estuvo viviendo cuatro años, hasta que comprendió que no era ese
su camino. Pensó también en ser franciscano en el convento de Greenwich, pero
tampoco parecía ser el lugar que Dios quería para él. Al final, comprendió que
Dios le pedía que buscara la santidad en medio del mundo. No encerrándose en
una celda en la cartuja, ni siguiendo el camino franciscano, sino en el
matrimonio y en su trabajo como abogado, parlamentario y juez. Llegó a ser Lord
Canciller de Inglaterra, y dio un ejemplo de rectitud heroica que siempre
servirá de referencia para quienes se dediquen a esas tareas. También hemos
visto cómo Santa Juana de Lestonnac estuvo un tiempo en un monasterio
cisterciense antes de descubrir con claridad lo que Dios quería de ella. Y San
Camilo de Lelis pensó en ser capuchino antes de comprender que su camino era
fundar una nueva congregación dedicada a la atención de enfermos. Y así muchos
otros. Entregarse
a Dios puede suponer “marcharse” a otro país, como sucede, por ejemplo, a
muchos misioneros. Esto lo pide Dios a unos pocos, pero lo que pide a todos es
“marcharse” de uno mismo, abandonar la propia comodidad, el egoísmo que
paraliza y ciega. Lo decisivo ocurre dentro del alma. No siempre hay un cambio
externo. Dios tiene muchos caminos y la Iglesia tiene necesidad de todos. Cada
uno debe buscar el suyo. Hay
que estar dispuesto a entregarse a Dios en el camino que Él nos pida. Y esto no
es solo cosa de la primera decisión respecto a la vocación, sino un principio
que hay que mantener siempre. —¿Y
cómo aclararme entonces, con qué criterios? Te
respondo con otras palabras de Benedicto XVI, esta vez dirigidas a los jóvenes,
en Colonia, en el año 2005: «¿Dónde encuentro los criterios para decidir? ¿De
quién puedo fiarme; a quién confiarme? ¿Dónde está aquél que puede darme la
respuesta satisfactoria a los anhelos del corazón? Cuando se perfila en el
horizonte de la existencia una respuesta como ésta, queridos amigos, hay que
saber tomar las decisiones necesarias. Es como alguien que se encuentra en una
bifurcación: ¿Qué camino tomar? ¿El que sugieren las pasiones o el que indica
la estrella que brilla en la conciencia? Queridos jóvenes, la felicidad que
buscáis, la felicidad que tenéis derecho a saborear, tiene un nombre, un
rostro: el de Jesús de Nazaret. Quien deja entrar a Cristo en la propia vida no
pierde nada, absolutamente nada, de lo que hace la vida libre, bella y grande.
Solo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Solo con esta amistad se
abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Solo con
esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera.» —¿Y
si aún veo la vocación como algo que quizá pueda llegar, pero todavía bastante
lejano? Lo
importante es mantener el rumbo hacia Dios, aunque todavía no veamos la orilla.
Debemos seguir navegando en la dirección que consideramos más adecuada, con el
viento a favor o en contra, es igual. —¿Y
hasta ese momento? Hasta
ese momento tenemos que preocuparnos de mantener la mirada al Señor, de no
distraernos, de estar atentos a esas estrellas que nos guían cuando el cielo
está claro y aguzamos la vista y sabemos interpretar su posición. Mientras
esperamos la luz más clara de la vocación, Dios nos va preparando con
intuiciones, más o menos veladas, con impresiones, con incertidumbres y
desasosiegos, que quizá sean misteriosos mensajeros de los designios de Dios
para nosotros, hasta que un día surge con nitidez esa llamada. Quizá
nos ayude considerar la actitud de la Virgen. Es para nosotros una figura
cercana, pues cuanto más cerca se está de Dios, tanto más cerca se está de los
hombres. Por eso podemos dirigirnos a ella en busca de consejo y ayuda, porque
comprende todo lo que nos pasa. Como ha escrito Benedicto XVI, «María está ante
nosotros como signo de consuelo, de aliento y de esperanza. Se dirige a
nosotros, diciendo: "Ten la valentía de ser audaz con Dios. Prueba. No
tengas miedo de Él. Ten la valentía de arriesgar con la fe. Ten la valentía de
arriesgar con la bondad. Ten la valentía de arriesgar con el corazón puro.
Comprométete con Dios; y entonces verás que precisamente así tu vida se
ensancha y se ilumina, y no resulta aburrida, sino llena de infinitas sorpresas,
porque la bondad infinita de Dios no se agota jamás".» 17.
Perderlo todo Buscando
el bien de nuestros semejantes, encontramos
el nuestro. Platón El
único superviviente de un naufragio llegó a la playa de una isla deshabitada y
perdida en el océano. Durante meses, rezaba fervientemente a Dios pidiendo ser
rescatado. Cada día, escudriñaba el horizonte suspirando por vislumbrar un
barco que pasara por aquel lugar tan apartado de las rutas habituales, pero
pasaba el tiempo y parecía que jamás llegaría nadie. Cansado,
finalmente optó por construir una cabaña de madera con la que protegerse de los
rigores del invierno y resguardar también sus modestas pertenencias. Le costó
muchas semanas de trabajo agotador. Un día, a media tarde, después de hacer una
ronda por la isla en busca de alimento, encontró a su vuelta la cabaña envuelta
en llamas, con el humo ascendiendo hasta el cielo. El rescoldo, que durante
tanto tiempo había procurado conservar de modo permanente, había desprendido
una chispa y su casa se había incendiado. Lo peor había ocurrido. Lo había
perdido todo. Se quedó lleno de tristeza y de rabia. «¡Dios, cómo pudiste
hacerme esto a mí! ¿No era suficiente con lo que tenía?», se lamentó. Quedó
dormido, tendido en la playa. A las pocas horas, le despertó el sonido de un
barco que se acercaba a la isla. Habían venido a rescatarlo. «¿Como supieron
que estaba aquí?», preguntó el hombre a sus salvadores. «Vimos su señal de humo
y acudimos enseguida», contestaron ellos. A
veces, en nuestra vida, hemos puesto mucho empeño en conseguir algunos logros,
bastante modestos, y un buen día nos encontramos con que los hemos perdido, o
los vamos a perder, y nos parece algo realmente duro. Sin embargo, cuando
perdemos todo por entregarlo a Dios, nos sucede como a aquel náufrago, que
precisamente al perder todas sus modestas posesiones se encontró con algo mucho
más grande. —Eso
es verdad, pero cuando nos planteamos algo serio y nos falta valor para
acometerlo, se nos ocurren siempre muchos motivos para esperar. Sí,
en esos casos nos vienen muchos motivos razonables, e incluso ingeniosos, para
no lanzarnos. El ingenio siempre acude en ayuda de la pereza, y nos habla de
moderación, de sensatez, de realismo, de que no están los tiempos para
heroísmos. C.
S. Lewis, en sus “Cartas del diablo a su sobrino”, describe admirablemente esta
tentación que lleva al alma a regatear con Dios. «Háblale —aconseja el diablo
veterano a su inexperto sobrino— sobre la “moderación en todas las cosas”. Una
vez que consigas hacerle pensar que “la religión está muy bien, pero hasta
cierto punto”, podrás sentirte satisfecho acerca de su alma. Una religión
moderada es tan buena para nosotros como la falta absoluta de religión, y más
divertida.» La
vocación no es el camino de los que sopesan y regatean sus obligaciones para
con Dios y con los demás. Ni es camino de quienes se imaginan hacer un favor a
Dios. Ni de los conformistas o los desilusionados. Ni de los que no se atreven
a interrogarse sobre qué es lo que realmente puede hacerles felices. Es camino
de rebeldía, de aventura, de apostar por un ideal de vida. —Desde
luego, entregar todo a Dios solo puede hacerse si se está verdaderamente
enamorado de ese ideal. Es
cierto. Muchas personas hacen grandes esfuerzos por escalar una montaña, o por
ganar una medalla de oro, o por amor a la ciencia, o por vanidad, por orgullo,
por dinero, por afición, por pasión. Pero entregar la vida a Dios y, por Él, a
los demás, solo puede hacerse por amor. Por amor hay quien lo deja todo para
recorrer las calles de Calcuta ayudando a los pobres más miserables. Por amor
hay quien abandona su casa confortable en Europa y vive, sin agua y sin luz, en
un barracón de un pueblo olvidado del Tercer Mundo. Por amor hay hombres que
cruzan continentes y mares, y por ese mismo amor hay otros hombres que se
encierran en la celda de un monasterio. Por ese amor se entregan los años, la
salud, el dinero, la juventud, la seguridad del futuro, el trabajo, el
descanso, los gustos, todo. Ese amor es más fuerte que los lazos de la sangre,
que las raíces de la tierra o que las llamadas del corazón. Ese amor es más
fuerte que la vida y que la muerte. Pero todo eso es un camino seguro hacia la
felicidad, porque, como escribió San Josemaría Escrivá, “lo que se necesita
para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado”. —Es
un ideal extraordinario, nadie lo duda, pero cuesta decidirse, y por eso es
natural replanteárselo una y otra vez. Es
bueno pensarlo bien, pero la solución no puede estar en darle vueltas y más
vueltas, en pensarlo y volverlo a repensar indefinidamente, porque en algún
momento hay que decidirse. No podemos hacer como Kafka, cuando se planteaba
casarse o no, que ponía en columnas separadas las ventajas y los
inconvenientes, sin decidirse nunca. Eso no es pensar bien las cosas, sino
complicarlas. Porque siempre cabe considerarlo una vez más, la última vez, pero
una última vez que luego siempre es la penúltima; y considerar, por una parte,
las ventajas de la entrega; y por otra, las dificultades. El resultado sería,
como sucedió al novelista checo, la angustia de la indecisión. —Pero
dejar pasar bastante tiempo es una forma de asegurarse frente a las
influencias. Según
sea uno de influenciable, necesitará, efectivamente, más o menos tiempo. Desde
luego, si una persona es demasiado sensible a las influencias externas, y le
hacen perder su independencia interior, es mejor que espere un poco, o mejor,
que madure un poco. Pero
lo normal es saber distinguir. No hay que olvidar que, en realidad, todo nos
influye: el carácter, la familia, los amigos, el lugar de estudio o de trabajo,
todo. Todo nos influye, pero no todo nos determina. Nuestra vida, como seres en
sociedad que somos, es vida llena de influencias, y construimos nuestra
personalidad en la medida que decidimos dar mayor o menor entrada a unas
influencias o a otras. No existe la libertad "químicamente pura". Y
Dios se sirve de las buenas influencias —de las que respetan la libertad— para
atraernos a Él. Por eso, también es de Dios el sentimiento para mover el alma
hacia la entrega. No
hay que obsesionarse con esto de las influencias. Los enamorados son personas
fuertemente influenciadas entre sí, y nadie diría que han de esperar a que se
les pase esa influencia del enamoramiento para poder pensar razonablemente en
casarse. Por
otra parte, la propia decisión de entregarse, y la perseverancia en ella,
denota habitualmente un nivel de madurez, de responsabilidad y de independencia
notables, pues la mayor parte de las influencias suelen ir contra la vocación.
Por eso, son precisamente los menos influenciables, y los que poseen suficiente
capacidad para seguir las propias resoluciones a pesar del ambiente adverso,
los que se atreven a pensar en entregarse a Dios. —También
con la vocación da miedo sentirse un poco solo, pues no es algo que esté muy de
moda. Quizá
está más de moda de lo que creemos. Pero, aunque no lo estuviera, es una gran
cosa defender lo que no está de moda, tener el valor de ir contracorriente, de
saber decir que no cuando todos se apartan, y decir que sí cuando nadie se
atreve a dar el primer paso. A
todos nos impone un poco sentirnos solos, pero pasarse la vida mirando de reojo
a ambos lados antes de posicionarse, para así nunca salirse de la fila, eso no
es una buena forma de vivir. Todo aquel que quiera tener ideas propias, o sacar
cualquier cosa adelante, ha de asumir que en algunos momentos tendrá que
sentirse solo. Es un peso inevitable que todos, de un modo u otro, hemos de
llevar sobre los hombros. Un costalero que no sintiera la carga del paso, que
no se cansara, puede estar seguro de que está quitando el hombro, que son los
demás quienes llevan el peso. —¿Y
los propios defectos? María
Magdalena era una pecadora, antes de entregarse plenamente al amor de Dios.
Agustín de Tagaste vivía atrapado por sus amoríos. Y Camilo de Lelis, antes de
convertirse, era un jugador empedernido. Y Tomás Beckett no era un modelo de
virtudes cuando el rey Enrique II lo nombró Arzobispo de Cantórbery en el año
1162, pensando que con aquel nombramiento de ese viejo amigo suyo podría
manejarlo a su antojo y, con él, a toda la Iglesia. Es entonces cuando Tomás
descubre su llamada a defender el honor de Dios, una llamada inesperada y,
desde luego, no deseada, pero no renunció a aquel compromiso escudándose en su
indignidad, sino que aceptó ese querer divino hasta morir mártir en el suelo de
su propia catedral. Todos ellos se hicieron santos pese a que comenzaron
teniendo muchos defectos, luego eso no debe retraernos, sea cual sea nuestro
pasado o nuestro presente. —¿Y
si una persona es demasiado enamoradiza, o le gusta demasiado divertirse, o
tiene... digamos que… “mucha vida ya recorrida”, eso es un inconveniente para
el celibato? No
tiene por qué serlo. Quien ha conocido ya mucho mundo y recorrido mucha vida,
como tú dices, ya sabe lo que todo eso da de sí, y puede ayudar mejor a los
hombres y mujeres de este mundo a no idealizar demasiado algunas cosas. Tanto
en el Evangelio como en las vidas de los santos hay abundantes ejemplos de
personas que tuvieron una vida un tanto “desarreglada” antes de encontrarse de
lleno con Dios. 18.
¿Perder la libertad? Si
no se vive para los demás, la
vida carece de sentido. Madre
Teresa de Calcuta El
relato del Génesis nos presenta un retrato del hombre que no se fía de Dios.
Tentado por las palabras de la serpiente, el hombre abriga la sospecha de que
Dios, en definitiva, le quita algo de su vida, que Dios es un competidor que
limita su libertad y, con ella, nuestra libertad, porque en Adán estamos
representados todos los hombres. La
tentación, de entonces y de siempre, es pensar que Dios crea una dependencia y
que el hombre necesita desembarazarse de esa dependencia para ser feliz. El hombre
quiere tomar por sí mismo del árbol del conocimiento del bien y del mal, ansía
poder dirigir de modo totalmente autónomo su vida, modelar el mundo, hacerse
igual a Dios. Al
hombre le cuesta comprender que la libertad de un ser humano es una libertad
limitada en sí misma. Solo podemos poseerla como libertad compartida, solo
puede desarrollarse si vivimos unos con otros, y unos para otros, es decir,
según la voluntad de Dios, pues cuanto más cerca está el hombre de Dios, tanto
más cerca está de los hombres. La voluntad de Dios no es para el hombre una ley
impuesta desde fuera, que lo obliga, sino la medida intrínseca de su
naturaleza, una medida que está inscrita en él y lo hace imagen de Dios, y así
criatura libre. El
episodio del Génesis describe la historia de todos los tiempos, la historia de
ese modo de pensar, de ese principio corruptor que llamamos pecado original, de
esa sospecha de que una persona que no peca es una persona aburrida, una
persona a la que le falta algo en su vida. El hombre ansía de modo dramático
ese ser autónomo, ansía experimentar la libertad de bajar a las tinieblas del
pecado para disfrutar a fondo de toda la amplitud y la profundidad de sus
posibilidades. «Pero
al mirar el mundo que nos rodea —señala Benedicto XVI—, podemos ver que no es
así, es decir, que el mal envenena siempre; que no eleva al hombre, sino que lo
envilece y lo humilla; que no lo hace más grande, más puro y más rico, sino que
lo daña y lo empequeñece. El hombre que se abandona totalmente en las manos de
Dios no se convierte en un títere de Dios, en una persona aburrida y
conformista; no pierde su libertad. »Solo
el hombre que se pone totalmente en manos de Dios encuentra la verdadera
libertad, la amplitud grande y creativa de la libertad del bien. El hombre que
se dirige hacia Dios no se hace más pequeño, sino más grande, porque gracias a
Dios y junto con él se hace grande, se hace divino, llega a ser verdaderamente
él mismo. El hombre que se pone en manos de Dios no se aleja de los demás,
retirándose a su salvación privada; al contrario, solo entonces su corazón se
despierta verdaderamente y él se transforma en una persona sensible y, por
tanto, benévola y abierta.» —Pero
tendemos a pensar que todo eso te complica la vida, que Dios se mete en tu alma
y perturba todo el egoísmo que te envuelve y no lo quieres perder. Es
cierto. No queremos complicarnos la vida. Es la nostalgia de la comodidad
perdida. Pensamos quizá en lo tranquilos que vivíamos sin tener esta inquietud
en el alma. Y a lo mejor vivíamos efectivamente tranquilos, escuchando, desde
la lejanía de una vida cómoda, el Sermón de la Montaña. Nos gustaba ver al
Señor hablar allá arriba. Y pensar, perdidos entre la muchedumbre, que sus
palabras se dirigían solo a una elite privilegiada de escogidos. Pero el caso
es que se dirigen también a ti y a mí. Y su llamada es imperiosa y exigente,
porque, como decía Santa Teresa de Ávila, «creer que admite a su amistad a
gente regalada y sin trabajos, es disparate». Es
un miedo, es verdad, pero, al tiempo, es una liberación. A ello se refería
Benedicto XVI en la homilía de inicio de su pontificado. «¿Acaso no tenemos
todos de algún modo miedo de que, si dejamos entrar a Cristo totalmente dentro
de nosotros, si nos abrimos totalmente a Él, pueda quitarnos algo de nuestra
vida? ¿Acaso no tenemos miedo de renunciar a algo grande, único, que hace la
vida más bella? ¿No corremos el riesgo de encontrarnos luego en la angustia y
vernos privados de la libertad? Y el Papa quiere deciros: ¡No! Quien deja
entrar a Cristo no pierde nada, nada —absolutamente nada— de lo que hace la
vida libre, bella y grande. ¡No! Solo con esta amistad se abren las puertas de
la vida. Solo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades
de la condición humana. Solo con esta amistad experimentamos lo que es bello y
lo que nos libera. Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a
partir de la experiencia de una larga vida personal, deciros a todos vosotros,
queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo.
Quien se da a Él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las
puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida.» —¿Y
qué se necesita para ser santo, para aceptar y fructificar el designio que Dios
tiene para nosotros? Dicen
que una hermana suya preguntó a Santo Tomás de Aquino: «Tomás, ¿qué se necesita
para ser santo? ». Y que él contestó, sencillamente: «Querer. Para ser santo se
necesita eso, querer». —Yo
quiero ser santo. Si no fuera así, no estaríamos hablando de esto. Lo que pasa
es que acabo mareado con tantas disquisiciones sobre qué debería hacer para
serlo. Quizá
es que le das muchas vueltas a las cosas, lo hablas con unos y con otros, pides
consejo a todo el mundo, y unos te desaniman, otros te alientan, unos te
aconsejan una cosa, y otros lo contrario. Contestas, preguntas, cuentas, dices,
y al final acabas más perplejo que al principio. Quizá te aconsejan quienes no
saben hacerlo, y te acaban confundiendo y haciéndote perder el tiempo, como
sucede cuando te pierdes buscando una calle y te aconseja quien no sabe. Quizá
lo mejor que puedes hacer, en vez de darle tantas vueltas, es recogerte en
oración y preguntarle al Señor: «Señor, ¿realmente quiero conocer y hacer, sea
la que sea, tu voluntad?». —¿Y
no te parece que hoy día está en crisis el hecho de entregarse por completo,
tanto en el matrimonio como en el celibato? Siempre
se ha dicho que los tiempos de crisis del celibato coinciden con tiempos de
crisis del matrimonio. De todas formas, sería más correcto decir que quienes
están en crisis son las personas que no quieren o no logran entregarse por
completo, pero el matrimonio y el celibato, como instituciones, gozan de muy
buena salud. Entregarse
por completo es una forma de vida que conduce a una elevada realización
personal, pero, junto a eso, comporta una exigencia mayor. Por eso es
fundamental crear un clima favorable a esa actitud vital de generosidad, hacer
ver a todos que el hombre puede lograr vivir así, entre otras cosas porque hay
una llamada de Dios que lo respalda, y también porque así lo han vivido
millones de personas a lo largo de los siglos. Y las familias, y todos los
educadores, deben buscar con empeño formar en ese espíritu a la gente joven, de
manera que su corazón sea capaz de un amor pleno, fundamentado en virtudes y
hábitos que les hagan capaces de realizarlo. —¿Y
cómo crees que debe ser la educación para lograr ese matrimonio o ese celibato
feliz? Es
preciso despertar y fomentar en todo momento la generosidad, tanto con los
demás como con Dios. Por eso, cuando en la educación se introduce un sesgo de
egoísmo, de ese realismo un poco cínico que previene malévolamente a la gente
joven contra los “excesos de generosidad”, se deteriora su educación afectiva,
que es tan decisiva para su futuro. No
debe minusvalorarse el efecto negativo de esos consejos que previenen contra
una entrega total al cónyuge, o de esos otros que empujan a recortar más y más
el número de hijos para tener una vida con más lujos y menos preocupaciones, o
de quienes previenen contra la posibilidad de la entrega en el celibato. Cuando
se tachan de ingenuidad los arranques generosos, o cuando se incita a ese
supuesto realismo de no ser “demasiado generoso”, las consecuencias suelen ser
negativas globalmente, pues afectan a la más profunda educación del corazón.
Cuando en la formación de una persona joven no se desarrolla lo que Juan Pablo
II llamaba la “vocación al amor”, las consecuencias son siempre muy negativas
para su vida afectiva futura. «Esta
vocación al amor —escribía Juan Pablo II—, es el elemento más íntimamente unido
a los jóvenes. Como sacerdote, me di cuenta muy pronto de esto. Sentía una llamada
interior en esa dirección. Hay que preparar a los jóvenes para el matrimonio,
hay que enseñarles el amor. El amor no es cosa que se aprenda, ¡y sin embargo
no hay nada que sea más necesario enseñar! Siendo aún un joven sacerdote
aprendí a amar el amor humano.» »Los
jóvenes, en el fondo, buscan siempre la belleza del amor, quieren que su amor
sea noble. Si ceden a las debilidades, imitando modelos de comportamiento que
bien pueden calificarse como “un escándalo del mundo contemporáneo” (y son
modelos desgraciadamente muy difundidos), en lo profundo del corazón desean un
amor hermoso y puro. Esto es válido tanto para los chicos como para las chicas.
En definitiva, saben que nadie puede concederles un amor así, fuera de Dios. Y,
por tanto, están dispuestos a seguir a Cristo, sin mirar los sacrificios que
eso pueda comportar.» »El
problema esencial de la juventud es profundamente personal. La juventud es el
periodo de la personalización de la vida humana. Los jóvenes, sean chicos o
chicas, saben que tienen que vivir para los demás y con los demás, saben que su
vida tiene sentido en la medida en que se hace don gratuito para el prójimo.
Ahí tienen su origen todas las vocaciones, tanto las sacerdotales o religiosas,
como las vocaciones al matrimonio o a la familia. También la llamada al
matrimonio es una vocación, un don de Dios.» La
vida tiene sentido en la medida que se entrega, en la medida en que se hace un
don y un servicio a los demás. Quien acude al matrimonio buscando en el otro
una persona que le quiera y que le comprenda y que le cuide, en vez de buscando
querer, comprender y cuidar a la otra persona, comete un grave error. Quienes
se casan como si fueran dos amigos que comparten vivienda y un poco de su
tiempo libre, pero sin una apuesta clara por los hijos, o sin disposición de
ceder y de sobrellevar las diferencias que sin duda surgirán, o con la idea de
romper el matrimonio en cuanto las cosas dejen de ser fáciles, deben saber que
no será sencillo que aquello marche bien durante mucho tiempo, como se
demuestra en tantos casos que todos conocemos. Muchas
parejas jóvenes comienzan su vida matrimonial poniendo muchas cosas por delante
de las necesidades de su matrimonio o de la educación de sus hijos, como por
ejemplo su ambición profesional, sus aficiones, su deporte, sus amigos, o lo
que sea. Muchos se lanzan a un matrimonio que esperan que sea una balsa de
aceite, cuando no conocen ningún caso en que así sea, ni aun entre los
matrimonios más felices. Otros, son más conscientes de que las cosas no serán
fáciles, pero en vez de superarlo con entrega personal, ponen por delante la
barrera del miedo al compromiso y no hacen una apuesta total. Todos
estos son temas esenciales para una vida de entrega feliz, tanto de entrega al
otro cónyuge y a los hijos como de entrega a Dios en el celibato. Por eso, en
la educación de la afectividad, especialmente durante la adolescencia, es
fundamental enseñar a entregarse a los demás y salir del propio egoísmo. Los
hijos aprenden entonces a querer de verdad, sin cálculos egoístas, y ponen así
las bases de su felicidad y de la felicidad de su familia futura. En cambio,
cuando se les enseña a condicionar su entrega, tanto si es a otra persona como
si es a Dios, se propicia una quiebra afectiva, al inducirles a la mezquindad y
a la cicatería, al hacerles pensar demasiado en su propio beneficio, al no
acostumbrarles a abrir su corazón a los demás. Y quienes animan a evitar las
ocasiones de escuchar la voz de Dios, a no “exagerar” la vida cristiana o a
evitar determinadas lecturas o conversaciones, para así alejarles sistemáticamente
de la posibilidad de un encuentro con la vocación, quizá no se dan cuenta de
que con eso, además de dificultar el encuentro del propio camino, dañan algo
tan fundamental como la nobleza de corazón, y eso siempre es un perjuicio
grande. 19.
La sencilla palabra “sí” Lo
que hacemos es apenas
una gota en un océano. Pero,
sin esa gota, al
océano le faltaría algo. Madre
Teresa de Calcuta «No
hemos de tener miedo —decía la Madre Teresa de Calcuta— de decir que sí a Dios,
porque no hay mayor amor que su amor, ni mayor alegría que su alegría. Mi
oración por vosotros es que lleguéis a comprender y a tener el valor de
responder a la llamada de Dios con la sencilla palabra “sí”. ¿Por qué os ha
elegido a vosotros? ¿Por qué me ha elegido a mí? Eso es un misterio. »Jesucristo
dijo: “Tuve hambre y me disteis de comer”. Tuvo hambre no solo de pan sino del
amor comprensivo de ser amado, de ser conocido, de ser alguien para alguien.
Estaba desnudo, pero no solo por la falta de ropa sino por la falta de dignidad
y de respeto, por las injusticias cometidas contra los pobres, a quienes se
desprecia simplemente por ser pobres. No solo sufría por no tener una casa,
sino también por aquellos que están encerrados, de aquellos que no son
deseados, que no son amados, que van por el mundo sin nadie que los quiera ni
cuide de ellos. »Uno
puede salir a la calle y no tener nada que decir, pero tal vez haya un hombre
en la esquina y se le acerque. Quizá él se sienta ofendido, pero esa presencia
estará allí. Hemos de irradiar esa presencia que tenemos en nuestro interior
con la manera de dirigirnos a ese hombre con amor y respeto. ¿Por qué? Pues
porque creemos que es Jesús. Jesús no puede recibirnos en ese momento. Debemos
saber acercamos. Se presenta bajo la figura de esa persona que está ahí. En los
menores de sus hermanos Jesús no solo está hambriento de un trozo de pan, sino
también hambriento de amor, de ser conocido, de ser tenido en cuenta.» —¿Piensas
que ese sentimiento de servicio a los necesitados debe estar presente en
cualquier tipo de vocación? De
maneras diversas, pero cualquier tipo de entrega a Dios pasa por un sentido de
servicio a los demás, por ver el rostro de Cristo en cada hombre, y
especialmente en quienes pasan más necesidad, sea material o espiritual. «En
muchos países —continúa diciendo la Madre Teresa— la pobreza es más espiritual
que material, una pobreza que es sobre todo soledad, desaliento y falta de
sentido en la vida. También en Europa y Estados Unidos he visto personas pobres
durmiendo en la calle, tiradas sobre periódicos o harapos. Ese tipo de pobres
los hay en Londres, Madrid y Roma. Pero lo más fácil es hablar o preocuparnos
por los pobres que están muy lejos, ya que posiblemente sea más comprometido
prestar atención y preocuparnos por los que viven en la casa de al lado. »Cuando
recojo a una persona enferma en la calle, le doy arroz y pan, y así satisfago
su hambre. Pero, ¿cuánto más difícil es quitarle el hambre a una persona que
está marginada, que se siente rechazada, que carece de amor, que está
atemorizada? En Occidente hay más personas espiritualmente pobres que
físicamente pobres. Entre los ricos suele haber personas espiritualmente muy
pobres. Es fácil dar un plato de arroz a alguien que está hambriento, o bien
ofrecer una cama a una persona que no tiene dónde dormir, pero consolar o
quitar la amargura, el rencor, la soledad, consecuencias de la privación
espiritual, eso lleva muchísimo más tiempo.» La
entrega a Dios siempre tiene en su origen ese deseo de ayudar a los demás en
sus necesidades materiales o espirituales, y ese deseo se fundamenta en el amor
a Dios, no en la simpatía de esas personas, ni en su agradecimiento, ni
siquiera en su petición formal de ayuda. Para entregarse a Dios debe estar muy
vivo ese deseo de vivir volcado en los demás, y eso exige una cierta liberación
del apego a lo material y a las comodidades. —¿Piensas
entonces que hace falta también una cierta “pobreza” personal en cualquier tipo
de vocación? Hay
muchas formas de seguir el ejemplo de Jesucristo en este punto, pues los que
tienen medios económicos también están llamados por Dios y no siempre les pide
abandonarlos. Lo que siempre les pide es emplearlos con sentido cristiano de
servicio a los demás. Con sentido de desprendimiento, de austeridad personal,
de templanza. La
Madre Teresainsistía en la necesidad de la austeridad personal, y no pensando
solo en sus monjas, sino en cualquier persona. «Las riquezas pueden ahogarnos
si no las usamos bien. Porque ni siquiera Dios puede poner algo en un corazón
que ya está repleto de cosas. Un día surge el deseo de tener dinero, y todas
las demás cosas que el dinero puede proporcionar, las cosas superfluas, los
lujos en la comida, las exquisiteces en el vestir, los caprichos. Entonces, las
necesidades aumentan, porque una cosa lleva a la otra, y todo eso termina en
una insatisfacción incontrolable. Conservémonos todo lo libres que podamos para
que Dios pueda llenarnos. El desprendimiento es libertad. Una libertad por la
cual, lo que poseo no me posee a mí, lo que poseo no me subyuga, lo que poseo
no me impide compartir o darme a los demás. Ese desprendimiento es una gran
protección.» «Todo
el que está pendiente de su dinero, o vive con esa constante preocupación, no
deja de ser una pobre persona. En cambio, si esa persona pone su dinero al
servicio de los demás, entonces se siente rica, muy rica de verdad.» Son
bastante ilustrativos, a estos efectos, esos reportajes que hacen, al cabo de
los años, a personas que les ha tocado una gran fortuna en la lotería o las
quinielas. La mayoría están ahora más deprimidos y problematizados que antes, y
es que suelen haber cometido el error de pensar que lo que les ha tocado es el
logro de su propia vida, pero eso es algo que nunca puede venir de fuera. —¿Y
cómo relacionas el desprendimiento y la capacidad de respuesta a la vocación? En
que, muchas veces, para poder decir esa sencilla palabra “sí”, solo falta un
poco más de desprendimiento de lo material, cultivar un poco más esas obras de
misericordia que hacen que nuestra vida se vuelque un poco más en servicio a
los demás. Además,
si echamos un vistazo con sinceridad a nuestras experiencias vitales, a lo
vivido hasta ahora, comprobaremos que ordinariamente las situaciones de
particular entusiasmo y alegría no han estado vinculadas a las temporadas de
mayor comodidad o posesión material, sino que han coincidido con las épocas en
que hemos dedicado nuestras mejores energías a un ideal, encarnado en una
persona, en un proyecto o en una llamada. Pilar
Urbano hace una lúcida glosa sobre la importancia de ese sentido del
desprendimiento personal para vivir de cara a los demás. Se refiere a la amplia
envergadura de las alas del pájaro neblí, que le permiten remontar el vuelo y
ganar altura. Pero no son esas fuertes alas, sino la ligereza del fuselaje, la
levedad de su cuerpo, el vaciamiento de toda carga superflua y lastrante, lo
que imprime agilidad, soltura, versatilidad y sutileza a sus evoluciones en el
aire. No es solo cuestión de músculo, de esfuerzo, de voluntad; es fundamental
la ligereza de cuerpo. Y trasladado el símil a la ascesis del hombre, a su
elevación espiritual, las alas serían el empeño de una vida de entrega
voluntaria; y el menguado cuerpo, vaciado de peso inerte, sería la pobreza, el
desprendimiento libremente buscada, el desasimiento de los bienes, la
liberación de la propia mismidad. El
desprendimiento, como una resolución señorial de no lastrarse con el poseer,
aun teniendo, es lo que da libertad a su impulso de elevarse sobre las cosas de
abajo. La pobreza, no como status social, sino como actitud vital, es lo que
atenúa y adelgaza la pesantez del "yo". Es lo que corta hasta el más
fino hilván de atadura con toda esa quincalla que llamamos "bienes de la
tierra". Tiene
mucho que ver, ese desamarre de posesiones, con la soltura de lazos, con la
soltería emancipada del célibe, "ceibe", vaciado, liberado. Por eso,
para ser apóstol, es preciso subrayar esas dos dimensiones necesarias: castidad
y pobreza. Dos virtudes fuertes, dos virtudes recias, dos virtudes que no han
de combatir contra ningún ajeno, sino contra el propio tirano que todo hombre
lleva dentro. 20.
La persecución de los bien intencionados Lo
peor que hacen los malos es
obligarnos a dudar de los buenos. Jacinto
Benavente Cuando
veas a un hombre bueno, trata de imitarle; cuando
veas a uno malo, examínate a ti mismo. Confucio Es
impresionante el relato que hace San Pablo sobre los padecimientos que tuvo que
sufrir anunciar el Evangelio: «Cinco veces recibí de los judíos cuarenta azotes
menos uno; tres veces fui azotado con varas; una vez fui lapidado; tres veces
naufragué; un día y una noche pasé náufrago en alta mar; en mis frecuentes
viajes sufrí peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi
raza, peligros de los gentiles, peligros en ciudad, peligros en despoblado,
peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; trabajos y fatigas,
frecuentes vigilias con hambre y sed, en frecuentes ayunos, con frío y
desnudez...». Y murió dando testimonio de esa fe en Roma, junto a miles de
mártires cristianos, en medio de continuas afrentas y calumnias. Así ha
sucedido en todas las épocas, y no ha sido otra cosa que el cumplimiento de lo
que anunció el propio Jesucristo: «Os entregarán a los tribunales, os azotarán
en sus sinagogas y seréis llevados ante los gobernadores y reyes por causa
mía...». Esas
palabras se han ido cumpliendo a lo largo de los siglos. No siempre han sido
tribunales de justicia formalmente constituidos, sino a veces tribunales menos
formales pero con no menos capacidad de juzgar y condenar. La fidelidad a
Cristo se ha pagado muchas veces con la vida, con la deshonra, con el
destierro. Por
ejemplo, a San Juan Bosco, el fundador de los salesianos, en una ocasión
quisieron encerrarlo en un manicomio; en otra, le dispararon; también
intentaron acuchillarle; más tarde, quisieron envenenarle; y luego trataron de
matarle a palos. Pasó también por la humillación de que el arzobispo de Turín,
llevado por celotipias, le quitara las licencias para confesar y publicara
acusaciones falsas e infamantes contra él y contra los salesianos. De hecho,
las mayores penalidades que padeció no vinieron de los anticlericales o los
masones, sino de su propio obispo. Sufrió, como señaló Pío XI al proclamar su
santidad, «contradicciones provenientes de los mismos de quien tenía derecho a
esperar ayuda y socorro». Y fueron tantas, que exclamaba al final de su vida:
«Si hubiera sabido lo que ahora sé, y tuviera que recomenzar el trabajo de
fundar la sociedad salesiana, no sé si tendría valor para ello». —¿Y
han solido ser más frecuentes los ataques desde fuera de la Iglesia, o desde
dentro? Pienso
que han sido igualmente frecuentes, pues, por una curiosa simbiosis, ha sido
bastante habitual que unos y otros se alíen con sorprendente facilidad. Me
recuerda aquel sabio principio militar que asegura que toda invasión lleva
asociada una guerra civil, pues el enemigo siempre busca aliados dentro del
territorio que desea someter, y es raro que no los encuentre. Por
eso, las dificultades principales no han solido venir de los enemigos de la
Iglesia o de la fe cristiana. El arcabuz que disparó contra San Carlos Borromeo
lo cargó un miembro de la Orden de los Humillados, que decidió llegar hasta el
crimen para impedir las reformas del Concilio de Trento que San Carlos
promovía. Y no fue una excepción. En la vida de la mayoría de los santos, hay
un extenso capítulo dedicado a las difamaciones e injurias. La historia de la
Iglesia muestra que no ha habido santo libre del zarpazo de la calumnia. Y en
ese triste capítulo se proyecta con demasiada frecuencia la sombra de las
insidias de personas que abandonaron su vida de entrega a Dios. Por
ejemplo, Santa Teresa había admitido como novicia en Sevilla a una mujer que
parecía tan santa «que estaba ya canonizada por toda la ciudad». Pero, nada más
entrar en el convento, empezó con caprichos, problemas y descontentos, que sus
compañeras tuvieron que soportar, día tras día, con infinita paciencia. Al
final se marchó, despechada, cuando vio que aquel tipo de vida era
manifiestamente superior a sus fuerzas. Tiempo más tarde, ya en el año 1575, llamaron
a las puertas del convento de Sevilla los alguaciles de la Inquisición.
Entraron jueces y notarios, y Santa Teresa descubrió, tras las acusaciones, las
calumnias de la antigua novicia que, en su animadversión, lo interpretaba todo
mal y torcido: veía, en las cosas más sencillas, ceremonias extrañas, ritos
peligrosos y cosas de iluminados. Decía que las monjas se confesaban entre sí,
que se flagelaban entre ellas, y muchas otras cosas tremendas. Algo
parecido le sucedió en Francia a San Francisco de Sales en el año 1615. Había
logrado convertir de su mala vida a una tal Mlle. Bellot, que ingresó después
en el convento de la Visitación, regido por Santa Juana de Chantal. Pero al
cabo de una temporada lo abandonó, volvió a sus antiguas andanzas y se convirtió
en la amante de un hombre de la corte del Duque de Nemours. El escándalo
alcanzó grandes dimensiones, sobre todo cuando el amante de aquella mujer
falsificó la letra del santo y puso en circulación una carta falsa,
supuestamente dirigida a esa mujer, que leyó toda la ciudad rasgándose las
vestiduras. Los
ataques han venido en otras ocasiones de los propios hermanos en la entrega a
Dios. Un mediodía caluroso de agosto de 1642, las gentes de Roma contemplaron
un espectáculo inesperado. Dos soldados conducían a un pobre anciano de ochenta
y seis años a lo largo de la calle Bianchi hacia las prisiones de la
Inquisición. Su nombre era José de Calasanz, fundador de los escolapios. Le
habían detenido de repente, a causa de las intrigas de Mario Sozzi, uno de sus
provinciales, sin darle tiempo ni a ponerse el sombrero. El fundador andaba
encorvado y tambaleante, pero con el semblante tranquilo. Mientras esperaba
para el interrogatorio, se quedó profundamente dormido. Al final, triunfó la
intriga, fue destituido y vio como la Orden que había fundado quedaba reducida
a una simple congregación secular presidida por quien le había calumniado con
tanta saña. En esta situación le llegó la hora de su muerte. Por fortuna, en
1669 los escolapios recobraron su condición anterior, y aunque las falsedades
que se dijeron contra el fundador le persiguieron tras su muerte, todo se fue
aclarando poco a poco en su proceso de canonización, que duró más de un siglo,
y pasó a ser San José de Calasanz. Santa
Juana de Lestonnac, que había fundado en 1607 la Orden de Hijas de María
Nuestra Señora, y que en pocos años puso en marcha más de treinta colegios por
toda Francia, también tuvo que sufrir mucho a causa de las calumnias de una de
sus primeras religiosas, Blanca Hervé, que urdió una serie de mentiras por las
que acabó sustituyendo a Santa Juana como superiora. Blanca maltrató cruelmente
a la fundadora, que soportó esa prueba con gran paciencia hasta que la
conspiradora finalmente se arrepintió de todo lo que había hecho. Hoy Santa
Juana de Lestonnac es considerada una gran santa y su espíritu inspira más de
un centenar de conventos y colegios por todo el mundo. También
San Alfonso María de Ligorio, fundador de los Redentoristas, sufrió toda una
serie de calumnias por las que en 1780 se vio excluido de la congregación que
haba fundado, y en esa situación murió. Y algo parecido sucedió al Beato
Guillermo Chaminade, fundador de los marianistas, que pasó por esa misma prueba
desde 1841 hasta su muerte en 1850. En todos esos casos, ha llevado muchísimo
tiempo restablecer la verdad y levantar la espesa capa de falsedades que se
vertió contra personas tan santas y que tan gran servicio han prestado a la
Iglesia y a toda la humanidad. Otro
ejemplo, no tan alejado de nosotros en el tiempo, fueron las incomprensiones
que sufrió el Padre Josef Kentenich, fundador de la Obra de Schoenstatt. En
este caso, los ataques procedían de la falta de conocimiento o de rectitud de
algunos eclesiásticos. En 1950, a causa de diversas calumnias, el Santo Oficio
nombró un visitador apostólico que, después de un largo proceso, promovió la
destitución de Kentenich. El fundador, que había pasado por la dura prueba de
cuatro años de prisión en el campo de concentración nazi de Dachau durante la
Segunda Guerra Mundial, tuvo que pasar esta nueva prueba, aún más dolorosa, de
catorce años en Estados Unidos apartado de las instituciones que había fundado.
Además, como era de temer, todo aquello arrojó oscuras y espesas sombras sobre
su persona y sobre su obra, con insidiosos rumores y calumnias. Al fin, en 1965
se aclaró la situación y se suspendieron todas las resoluciones sobre el Padre
Kentenich, que por entonces tenía ya ochenta años. Después de una entrevista
con Pablo VI, retomó inmediatamente su trabajo, con un ritmo impresionante para
su edad. Falleció en 1968, con una gran fama de santidad, y hoy existen por
todo el mundo más de ciento ochenta réplicas del santuario de Schoenstatt, en
torno a los cuales se reúnen comunidades de niños, jóvenes y adultos para
continuar su misión de renovar al hombre del tercer milenio. —¿Y
cuál crees que es la causa de todos esos ataques? ¿Causas
de la murmuración y de la calumnia? ¿El rencor? ¿La envidia? ¿El despecho? Es
imposible descubrir la clave de la pasión oscura que late bajo la ciénaga del
mal. Pero siempre procede del mismo modo: insinuaciones viscosas, sospechas
infundadas, acusaciones sibilinas, rumores que se repiten sin molestarse en
contrastar, sin dejar ocasión a la defensa. De
todas formas, hay que procurar ver lo positivo de todas esas críticas, pues,
como decía San Agustín, los ataques pueden ser con frecuencia más útiles que
los elogios, ya que «muchas veces los amigos nos pervierten al adularnos, y en
cambio los enemigos nos corrigen al insultarnos.» —Pero
ahora ya no es frecuente ese tipo de persecuciones, al menos en el mundo
occidental. Ahora
son quizá más sutiles, más sinuosas. Aunque no siempre menos eficaces. Juegan
con nuestro miedo a lo que otros dicen, hayan dicho, dirán o dejarán de decir.
Con nuestro miedo a quedar mal, a ser ridiculizados, a estar todo el día en
boca ajena, a que se juzguen mal nuestras decisiones generosas, a quedar
marcados. No
nos llevarán al circo ni nos echarán a los leones. Pero quizá haya comentarios
maliciosos, graciosos, murmuraciones en voz baja, risitas, frases de supuestos
amigos que se escuchan en un sitio o en otro, nunca de cara. ¿No sabes? ¿No te
lo han dicho? ¿No te parece que está un poco loco? ¿Cómo le habrán comido el
coco de esa manera? Y
no provienen solo de los extraños, o de los falsos amigos, sino que quizá haya
también escenas familiares, todas enmarcadas en un gran halo de sensatez y de
preocupación por el pobre obnubilado. —¿Y
crees que influyen mucho esos comentarios? En el mundo de hoy, cada uno decide
con quien se casa, o qué vida lleva, y apenas tienen peso esas cosas. Así
debiera ser, pero en bastantes casos influyen bastante y hacen sufrir de un
modo muy profundo. No son las grandes persecuciones las que frenan a algunos en
el seguimiento de Dios, sino —como sucedió al apóstol Pedro— esos pequeños
comentarios de una chismosa en torno al fuego. Si los grandes periódicos del
país nos difamaran sin motivo, o si quisieran llevarnos al circo para ser
devorados por las fieras, quizá nos creceríamos hasta el heroísmo. Pero
soportar esas risitas o esos comentarios puede resultarnos más difícil,
curiosamente. Nos
sucede como a aquel científico que viajó hasta el interior de una selva
tropical. Pernoctó en una casa con las ventanas abiertas, sin protección
alguna, aunque había alimañas por todas partes. Se extrañó, pero le dijeron que
no se preocupara, porque rodeaba su cama un tupido mosquitero. Más tarde, a la
hora del sueño, lo comprendió: en la selva, como en la vida cotidiana, los
peligros más acuciantes no son las grandes fieras, sino los pequeños insectos.
A la hora de la entrega, muchas veces, nos acechan más peligros por el miedo a
qué pensarán algunos, que por las propias dificultades de seguir ese camino. Y
es triste, porque, al final, esas personas que ridiculizan constantemente todo
lo que tenga que ver con la entrega a Dios o con la Iglesia, o al menos les
hacen el juego, viven del miedo de gente buena, como nosotros, y es una
verdadera pena. 21.
Dar la cara cuando no resulta fácil Para
que triunfe el mal, solo
es necesario que
los buenos no hagan nada. Edmund
Burke —Me
parece que hoy día resulta más difícil que se abra camino una vocación, pues,
aunque haya más libertad, el ambiente es menos favorable. Puede
ser cierto que el ambiente no ayude, pero eso, como hemos visto, no es algo
exclusivo de nuestra época. Además, muchas veces, precisamente ese ambiente
contrario puede ayudar a templar y madurar una vocación. Así
lo evocaba Joseph Ratzinger cuando escribió su autobiografía, antes de ser
Benedicto XVI, narrando un sucedido de sus años de adolescente, cuando estaba
terminando la II Guerra Mundial. «En vista de la creciente carencia de personal
militar, los hombres del régimen nazi idearon en 1943 una solución. Como los
estudiantes de los internados debían vivir juntos en comunidad, lejos de casa,
no había ningún obstáculo para trasladar de lugar sus colegios, colocándolos
próximos a las baterías antiaéreas. Por otro lado, como evidentemente no podían
estudiar todo el día, parecía del todo normal que utilizasen su tiempo libre en
servicios de defensa de los ataques aéreos enemigos. De hecho, yo no estaba en
el internado desde hacía mucho tiempo, pero desde el punto de vista jurídico sí
formaba parte todavía del seminario de Traunstein. »Así,
el pequeño grupo de seminaristas de mi clase —de los nacidos entre 1926 y 1927—
fue llamado a los servicios antiaéreos de Munich. Habitábamos en barracones
como los soldados regulares, que eran obviamente una minoría, usábamos los
mismos uniformes y, en lo esencial, debíamos llevar a cabo los mismos
servicios, con la sola diferencia que a nosotros se nos permitía asistir a un
número reducido de clases. »El
10 de septiembre de 1944, en el período de edad del servicio militar, nos
licenciaron del servicio antiaéreo en el que habíamos prestado servicio desde
que éramos estudiantes. Cuando volví a casa, sobre la mesa estaba ya la llamada
para el servicio laboral del Reich. El 20 de septiembre, un viaje interminable
me llevó a Burgenland, donde —con muchos amigos del instituto de Traunstein— me
asignaron a un campamento situado en el ángulo del territorio en el que Austria
limita con Hungría y Checoslovaquia. Aquellas semanas de servicio laboral han
permanecido en mi memoria como un recuerdo opresivo. Nuestros superiores
procedían, en gran parte, de la denominada “Legión Austríaca”. Se trataba, por
tanto, de nazis de los primeros tiempos, que habían sido encarcelados bajo el
canciller Dollfub, unos fanáticos que nos tiranizaban con violencia. Una noche
nos sacaron de la cama y nos hicieron formar filas, medio dormidos, vestidos de
chándal. Un oficial de las SS nos llamó uno a uno fuera de la fila y trató de
inducirnos a enrolarnos como “voluntarios” en el cuerpo de las SS,
aprovechándose de nuestro cansancio y comprometiéndonos delante del grupo
reunido. Un gran número de compañeros de carácter bondadoso fueron enrolados de
ese modo en aquel cuerpo criminal. Junto con algunos otros, yo tuve la fortuna
de decir que tenía la intención de ser sacerdote católico. Fuimos cubiertos de
burlas e insultos, pero aquellas humillaciones nos supieron a gloria, porque
sabíamos que nos librábamos de la amenaza de este enrolamiento falsamente
voluntario y de todas sus consecuencias.» —¿Piensas
entonces que las dificultades del ambiente pueden ser positivas? No
siempre, pues, como se ve en este relato, se llevaron por delante a muchas
personas, a las que faltó carácter o decisión para superarlas. Lo que sí puede
afirmarse es que las dificultades juegan, en cierta manera, a nuestro favor,
porque nos disponen a hacernos más firmes, más maduros, más resistentes. Hacen
lucir nuestra mediocridad, y de esa manera queda más expuesta, más a la vista,
y es más clara la necesidad de oponerse a ella y, por tanto, mejorar. Igual
que las personas se curten con las dificultades, y que la vida fácil hace a los
niños mimados y débiles, también las vocaciones maduran ante un ambiente
difícil, y arraigan con más fuerza y autenticidad en un entorno en el que el
viento no sopla a favor. Incluso de las incomprensiones y las calumnias puede
salir un bien, pues nos hacen experimentar lo que ya el Señor pasó aquí en la
tierra, aprendemos a ir contra corriente, a purificar más la intención al ver
que no todos nos aplauden, a trabajar más y a explicarnos mejor. —Pero
el ambiente poco favorable ha hecho que haya menos vocaciones. Hay quien piensa
que puede ser una muestra de que ahora son menos necesarias, de que la vida
actual no precisa tanto de ellas. Es
una posible interpretación, pero me parece más acertado pensar que,
precisamente ahora, hacen más falta. Es la reflexión que se hacía Joseph
Ratzinger al concluir el relato anterior. «El régimen nazi afirmaba con voz muy
fuerte: "En la nueva Alemania no habrá ya sacerdotes, no habrá ya vida
consagrada, no necesitamos ya a esta gente; buscaos otra profesión". Pero
precisamente, al escuchar esas "fuertes" voces, ante la brutalidad de
aquel sistema tan inhumano, comprendí que, por el contrario, había una gran
necesidad de sacerdotes. Este contraste, el ver aquella cultura antihumana, me
confirmó en la convicción de que el Señor, el Evangelio, la fe, nos indicaban
el camino correcto y nosotros debíamos esforzarnos por lograr que sobreviviera
ese camino. »Como
es natural, no faltaron dificultades. Me preguntaba si tenía realmente la
capacidad de vivir durante toda mi vida el celibato. Al ser un hombre de
formación teórica y no práctica, sabía también que no basta amar la teología
para ser un buen sacerdote, sino que es necesario estar siempre disponible con
respecto a los jóvenes, a los ancianos, a los enfermos, a los pobres; es necesario
ser sencillo con los sencillos. La teología es hermosa, pero también es
necesaria la sencillez de la palabra y de la vida cristiana. Así pues, me
preguntaba: ¿seré capaz de vivir todo esto y no ser solo un teólogo? Pero el
Señor me ayudó; y me ayudó, sobre todo, a través de la compañía de los amigos,
de buenos sacerdotes y maestros.» —Pero
entregarse a Dios siempre será toda una aventura, y quizá los tiempos que
corren no son muy de ese estilo. No sé qué futuro espera a este asunto. Emprender
el camino de la vocación precisa ciertamente la valentía de afrontar la
aventura, la confianza en que Dios no nos dejará solos, en que nos acompañará y
nos ayudará. Pero siempre habrá necesidad de vocaciones, y siempre habrá almas
jóvenes que aceptarán ese reto. Así lo expresaba José Luis Martín Descalzo hace
algo más de veinte años, en plena crisis de vocaciones en el mundo occidental:
«Me pregunto a veces cómo será el siglo XXI y los hombres que en él habitarán.
¿Tendrán alma? ¿Seguirán descubriendo en ella esos vacíos que solo Dios llena y
tendrán necesidad de alguien que los ayude a llenarlos? »La
verdad es que nunca he temido por el futuro de la Iglesia y tampoco por el
futuro del sacerdocio. Habrá tal vez oscilaciones en la curva de vocaciones,
pero siempre seguirá habiendo muchachos que un día se atrevan a responder a la
llamada de lo alto, por mucho que ciertos cretinillos se olviden de la
importancia de su tarea. »Y
hay algo de lo que aún estoy más seguro: sea o no sea importante el sacerdocio,
lo reconozca o no la sociedad del presente o del futuro, lo que yo sé muy bien
y lo sé por experiencia, es que no hay nada más entusiasmante, nada que llene
tanto el alma hasta los bordes. Conozco bien lo que es esto de ser periodista y
yo sé que es una gran vocación. Pero es una zapatilla rusa junto al gozo de
tener —si se cree— a Dios entre los dedos o el ver brillar a unos ojos humanos
cuando se alejan, pacificados, de un confesonario. »Es
también, lo sé, una vocación aterradora —porque la palabra de Dios quema al
pasar por los labios— pero con un terror luminoso y ardiente que bastaría para
poner toda la vida en vilo. Ser cura —lo sepa el mundo o no, lo valore el mundo
o no, y aunque el mundo llegara a prohibirlo— es literalmente un entusiasmo, es
decir, según su etimología, una borrachera de Dios, uno de los pocos vinos que
vale la pena que se le suban a uno a la cabeza.» 22.
Ser tomados por locos Tendremos
que arrepentirnos en esta generación no
tanto de las acciones de la gente perversa sino
de los pasmosos silencios de la gente buena. Martin
Luther King Juan
Ciudad Duarte, el futuro San Juan de Dios, había nacido en el seno de una
familia muy modesta y quedó huérfano muy joven. En 1517, cuando tenía veintidós
años, entró en la milicia y participó en varias batallas con Carlos V. La
experiencia fue bastante desastrosa, pues por una grave negligencia estuvo
condenado a la horca y se salvó de puro milagro. Participó también en la
defensa de Viena contra los turcos. Después de estas experiencias guerreras,
volvió primero al oficio de pastor y leñador, luego al de albañil y finalmente
al de librero, que empezó a ejercer de forma estable en Granada, en un puesto
en la calle Elvira. Cuando
más asentado parecía encontrase, después de su larga andadura por tantos
oficios y lugares, el 20 de enero de 1539, escucha la predicación de San Juan
de Ávila en el Campo de los Mártires, cerca de la Alhambra de Granada. Su
corazón quedó muy tocado. Sus palabras «se le fijaron en las entrañas». Se llenó
de deseos de enmendar la vida que llevaba. Repartió todas sus posesiones entre
los pobres. Lo tomaron por loco. Cuando quiso darse cuenta, le habían ingresado
en el ala del Hospital Real de Granada destinada a los locos. Allí, siente en
sus propias carnes el duro tratamiento que se da a estos enfermos y se rebela
al verlos sufrir de aquella manera. De
su experiencia en aquel manicomio surge la conversión de Juan hacia quienes
desde entonces serán para él sus hermanos: «Que Jesucristo me traiga a tiempo y
me dé gracia para que yo tenga un hospital, donde pueda recoger los pobres
desamparados y faltos de juicio, y servirles como yo deseo». En 1540 alquila
una casa vieja en Granada para recibir a cualquier enfermo, mendigo, loco,
anciano, huérfano o desamparado. Durante todo el día atiende a cada uno con el
más exquisito cariño, haciendo de enfermero, cocinero, padre, amigo y hermano
de todos. Por la noche, va por las calles pidiendo limosnas para sus pobres. Al
principio sabía poco de medicina, pero tenía gran éxito curando enfermedades
mentales. Comprobó que muchos de estos enfermos necesitaban cariño y atención
como requisito previo para poder curarse. Había que curarles primero el alma
con amor para obtener luego la curación del cuerpo. Mas tarde, vinculó a su
obra a un grupo de compañeros, con los que fundó una congregación. En enero de
1550, tratando de salvar a un joven que se estaba ahogando en el río Genil,
enfermó gravemente y murió. El que había sido considerado un loco, fue
acompañado al cementerio por el obispo, las autoridades civiles y todo el
pueblo de Granada, como un santo. Enseguida muchos milagros se atribuyeron a su
intercesión. Pronto fue canonizado, y su congregación, la Orden de los
Hospitalarios de San Juan de Dios, cuenta actualmente con más de 1500
religiosos en 220 casas y hospitales en los cinco continentes. Solo
el tiempo ilumina con auténtica luz la vida de las personas. A lo largo de la
historia, han sido muchas las aventuras de santidad que la gente de su tiempo
ha considerado locuras, iluminaciones, comeduras de coco o ingenuidades agudas.
Muchos santos han pasado inadvertidos a su época y han sido descubiertos mucho
tiempo después. Para el siglo XIII, San Francisco de Asís fue un exaltado. Y
los compañeros de siglo de Santa Teresa de Ávila veían en ella una monja
inquieta y un poco loca. También de San Juan Bosco se dijo que estaba loco, y
la murmuración llegó a tal punto que dos teólogos amigos suyos, Vincenzo
Ponzati y Luigi Nasi, estaban tan convencidos de ello que, llevados por la
caridad hacia el santo, intentaron encerrarle en un manicomio. En aquella
ocasión, el intento de encerramiento en el psiquiátrico tuvo visos cómicos: «Me
di cuenta entonces de su juego —escribe don Bosco—, y, sin darme por enterado,
les acompañé hasta el carruaje. Insistí en que entraran ellos los primeros a
tomar asiento. Y cuando lo hicieron, cerré de golpe la portezuela y grité al
cochero: “¡De prisa! ¡Al galope! ¡Al manicomio, en donde aguardan a estos dos
curas!".» —Afortunadamente,
en nuestra época ya no te toman por loco y te encierran por querer entregarte a
Dios. No
es muy habitual, gracias a Dios, pero tampoco ha dejado de suceder totalmente.
En estas últimas décadas, ha habido bastantes casos de chicos o chicas jóvenes
que han sido sometidos a atropellos semejantes por parte de familiares suyos.
Consideraban “sectas” a las instituciones de la Iglesia a las que esos jóvenes
deseaban incorporarse, y aseguraban que esos chicos o chicas en realidad no
obraban libremente, sino que sus deseos se debían a depuradas "técnicas de
manipulación mental" por parte de la “secta” y que, por tanto, debían ser
sometidos a “procesos de desprogramación” —contra la voluntad del “adepto”, por
supuesto—, y ellos mismos disponían un equipo de “expertos antisectas” que
sometían al “pobre iluminado” a técnicas de las que sí podría decirse sin temor
a equivocarse que eran realmente de manipulación mental. Tanto
el argumento como el modo de trabajar es bastante antiguo. Ante fenómenos
incomprensibles para la mentalidad de la época, siempre se ha recurrido a
poderes ocultos como explicación. En la edad media, y hasta hace menos tiempo
de lo que parece, se hablaba de encantamientos, hechizos y brujerías. Bien
entrado el siglo XX, en los años sesenta y setenta, se empezó a utilizar la
expresión "lavado de cerebro", acuñada por el periodista británico
Edward Hunter para referirse al tratamiento recibido por los prisioneros
norteamericanos de la guerra de Corea. En los años ochenta, con el auge de la
era de la informática, se empieza a hablar de fenómenos de
"programación" de jóvenes que, a su vez, debían contrarrestarse con
“técnicas de desprogramación”. Tras una serie de duros reveses, tanto en los
resultados personales como en el intento de sustentar científicamente esas
teorías, se empezaron a usar terminologías menos comprometidas, como "técnicas
de control mental" u otras semejantes. Su apoyo científico ha sido siempre
bastante precario. Cuando en 1987 la American Psychological Association (APA),
se interesó por el tema y estudió el informe de un equipo dirigido por la
principal defensora del empleo de esas técnicas, Margaret Singer, su dictamen
no pudo ser más contundente, por la falta de rigor científico y de aparato
crítico en todas esas técnicas y teorías. —De
todas formas, me parece que todo esto ha ido a menos últimamente. Cada
vez sucede menos, afortunadamente, pues la justicia ha puesto al descubierto
que las auténticas manipulaciones mentales eran las que empleaban esos sujetos. Hoy
día, es verdad, pocos llegan a extremos tan penosos, pero lo que permanece es
el peso del “qué dirán” a la hora de entregarse a Dios. Para muchos, es una
locura frente al modo en que ellos se plantean la vida. Su actitud es a veces
tan cerrada, que hacen muy difícil seguir el propio camino sin tener que pasar
por situaciones un tanto desagradables. Pero,
en fin, si San Juan de Dios hubiera querido ser complaciente con el ambiente
que le rodeaba, no habría llegado a ser santo, ni habría sido posible el gran
servicio a los enfermos que su impulso personal ha producido a lo largo de los
siglos. Y lo mismo puede decirse de San Juan Bosco, o de una multitud de
santos, conocidos o desconocidos, a la largo de la historia. —Pero
nuestra época presume de ser enormemente respetuosa y tolerante con cualquier
opción o modelo de vida que se quiera seguir. Es
cierto, y por eso hemos mejorado un poco en grados de libertad y de respeto en
este punto, pero hay veces en que los hechos muestran que toda esa tolerancia
es unidireccional, y que solo se aplica hacia lo que aprueba el ambiente
general. C.
S. Lewis, en sus “Cartas del diablo a su sobrino”, habla con gracia sobre este
fenómeno, que atribuye a un sólido triunfo del diablo, hábilmente aliado con la
estupidez humana. Una persona puede sentirse atraída por un determinado tipo de
vida, y desear entregarse a Dios en servicio a los demás, pero el tentador
siempre se las ingenia para «sustituir los gustos y las aversiones auténticas
de un humano por los patrones mundanos, o la convención, o la moda. Yo llevaría
esto muy lejos —aconseja el diablo veterano—, porque el hombre que verdadera y
desinteresadamente disfruta de algo, sin importarle un comino lo que digan los
demás, está protegido, por eso mismo, contra algunos de nuestros métodos
infernales de ataque más sutiles. Debes tratar de hacer siempre que abandone la
gente, la ropa o los libros que le gustan de verdad, y que los sustituya por la
gente “popular”, la ropa que “se lleva” o los libros que “se leen”.» Hasta
de las actitudes más penosas puede llegar a hacerse una moda. Es cuestión de
ridiculizar con un poco de ingenio la actitud contraria. Si un hombre deja,
simplemente, que los demás paguen por él, es un tacaño, pero si presume de ello
jocosamente, entonces es un tipo gracioso. La mera cobardía es vergonzosa, pero
con una cobardía de la que se presume con exageraciones, uno puede pasar por un
antihéroe práctico y divertido. Hay detalles de egoísmo que pueden hacerse no
solo sin la desaprobación de la gente, sino incluso con su admiración,
simplemente ridiculizando los correspondientes actos de generosidad, logrando
que lo egoísta sea lo que se lleve, lo que hace todo el mundo. La entrega a
Dios es un acto de generosidad personal que debería ser valorado muy
positivamente, salvo que, con un poco de habilidad, se logre dar la vuelta al
planteamiento y se presente como una opción ingenua, ridícula o sospechosa. —Pues
para una persona que ha entregado su vida en servicio de Dios y de los demás,
percibir esa actitud debe ser bastante ingrato. Lo
es, aunque, afortunadamente, esa entrega no está motivada ni sostenida por el
aplauso de la gente. Al final, lo que cuenta es la valentía para oponerse al
ímpetu de los tópicos de moda, que a veces son notablemente agresivos. Muchos
critican simplemente porque los demás critican, y de la misma manera que los
demás critican, sin molestarse apenas en conocer las cosas más de cerca. Pero
si cedemos a los dictados de “lo que se debe pensar”, para así merecer la
aprobación del ambiente general, entonces no podremos evitar que muchas veces
la verdad o la justicia sean pisoteadas por culpa de nuestro miedo a la
prepotencia de la mentalidad dominante. —¿Piensas
entonces que la mayoría de las veces la gente no valora lo que supone la
entrega a Dios, y les parece el desperdicio de una vida? Pienso
que la mayoría de la gente respeta y valora mucho la entrega de una persona a
cualquier ideal. Pero eso no quita que haya algunos pocos que lo vean como
malograr o desaprovechar una vida. Les parece lógico que una persona guapa e
inteligente entregue la vida a otra en el matrimonio, o a un proyecto
profesional, o a la práctica de un deporte, pero le parece una lástima que se
entregue a Dios y a los demás. Ha
pasado siempre. Por ejemplo, San Alfonso María de Ligorio era un abogado
napolitano brillantísimo, hijo del Marqués de Ligorio y con un porvenir muy
prometedor. Tenía dos doctorados, dominaba varios idiomas, sabía música y era
un enamorado de las artes. Se le daba muy bien la vida de relación política y
como abogado obtenía resonantes triunfos, pues durante ocho años nunca perdió
ningún caso. En el año 1723 hubo un pleito famoso entre el Doctor Orsini y el
gran Duque de Toscana. Alfonso María defendía al Doctor Orsini, y su exposición
fue brillante, contundente y sumamente aplaudida. Creía haber obtenido el
triunfo para su defendido. Pero apenas terminada su intervención, se le acerca
el defensor de la parte contraria, le entrega un papel y le dice: «Todo lo que
nos ha dicho con tanta elocuencia cae por su base con este documento». Alfonso
María lo lee, se dirige al tribunal y exclama: «Señores, me he equivocado». A
partir de ahí comienza una fuerte crisis interior. Comprende que, como en
aquella ocasión, muchas veces se emplea el propio talento en causas
equivocadas, y Dios le enviaba esa humillación para quebrar su orgullo y buscar
un sentido más alto a su vida. Se dedica a visitar enfermos, y un día en un
hospital de incurables ve con claridad que su camino es dedicar la vida a
servir a los demás. Tuvo que sostener una fuerte lucha con su padre, que
cifraba en él toda la esperanza del futuro de su familia. «Alfonso mío —le
decía llorando—, ¿cómo vas a dejar tu familia?». Finalmente, en 1726, a los
treinta años, se ordena sacerdote y desde entonces se dedica a las gentes de
los barrios más pobres de Nápoles y de otras ciudades. Reúne a los niños y a la
gente humilde y les enseña catecismo al aire libre. Su padre, que gozaba oyendo
sus discursos de abogado, ahora no quiere ir a escuchar sus sencillos sermones
sacerdotales. Pero un día entra por curiosidad a escuchar una de sus pláticas y
queda emocionado: «Este hijo mío me ha hecho conocer a Dios». Con el tiempo, en
1752, funda la Congregación del Santísimo Redentor, más conocida como los
Padres Redentoristas, que se dedica a recorrer ciudades, pueblos y campos
predicando el Evangelio. Al morir, en 1787, dejó escritos más de cien libros,
que se han traducido a todas las lenguas, y hoy es considerado como uno de los
grandes santos, Doctor de la Iglesia, y su congregación está extendida por todo
el mundo. No fue una vida desperdiciada. Lo habría sido si no hubiera escuchado
los requerimientos de Dios. 23.
La fuerza de la fe Si
un hombre no está dispuesto a
dar la vida por sus ideas, es
porque sus ideas no valen nada o
él no vale nada. Ezra
Pound En
el año 304, el emperador Diocleciano prohibió a los cristianos, bajo pena de
muerte, tener las Escrituras, construir lugares para el culto o reunirse el domingo
para celebrar la Eucaristía. En Abitina, una pequeña localidad de la actual
Túnez, cuarenta y nueve cristianos fueron sorprendidos un domingo mientras,
reunidos en la casa de Octavio Félix, celebraban la Eucaristía, desafiando las
prohibiciones imperiales. Tras ser arrestados, fueron llevados a Cartago e
interrogados por el procónsul Anulino. Fue
significativa, entre otras, la respuesta que un cierto Emérito dio al
procónsul, que le preguntaba por qué habían transgredido la severa orden del
emperador. Respondió: «Sine dominico non possumus». Es decir, sin reunirnos el
domingo para celebrar la Eucaristía, no podemos vivir, nos faltarían las
fuerzas para afrontar las dificultades diarias y no sucumbir. Después
de atroces torturas, estos mártires de Abitina murieron heroicamente, y así,
con la efusión de la sangre, confirmaron su fe. Murieron, pero vencieron, y
ahora los recordamos y nos llevan a reflexionar también nosotros, cristianos
del siglo XXI, sobre la importancia de la Eucaristía y sobre nuestra
disposición a dar la cara por nuestra fe. En
el año 320, durante la persecución de Licinio, hubo otro grupo de mártires que
se hizo muy popular entre los primeros cristianos: los cuarenta mártires de
Sebaste. Estaban enrolados en una legión de guardia de frontera. Los cuarenta
eran muy jóvenes, de menos de veinte años. Cuando llegó al campamento la orden
de Licinio de que los soldados participaran en los sacrificios idolátricos,
ellos rehusaron. Fueron arrestados, atados a una larga cadena y encerrados en
la cárcel. La prisión se prolongó mucho tiempo, probablemente porque se
aguardaban órdenes superiores, o incluso del mismo emperador. Durante la
espera, previendo su fin, los presos escribieron un testamento colectivo en el
que se recogen los nombres de cada uno. Llegada
la sentencia de condenación, fueron destinados a morir de frío. Debían estar
expuestos desnudos por la noche, en pleno invierno, sobre un estanque helado y
ahí aguardar su fin. El lugar elegido para la ejecución fue un amplio patio delante
de las termas de Sebastia. Para aumentar el tormento de las víctimas, se dejó
abierta la entrada de las termas, de donde salían chorros de vapor del
calidarium. Bastaban pocos pasos para salir de las angustias, renegar de Cristo
y recuperar en las termas esa vida que se estaba yendo de sus cuerpos minuto a
minuto. Las horas pasaban terriblemente monótonas y ninguno de los condenados
se alejaba de la explanada helada. Mientras sufrían aquel frío tan intenso
oraban pidiendo a Dios que ya que eran cuarenta los que habían proclamado su fe
en Cristo, fueran también cuarenta los que lograran la gracia del martirio. El
vigilante de las termas asistía estupefacto a la escena. De repente, uno de los
condenados, extenuado por los espasmos del frío, se arrastró hacia la puerta
iluminada. Al ver esto, el vigilante decidió remplazarle completando nuevamente
el número de cuarenta: se proclamó cristiano y se tendió sobre el hielo entre
los otros condenados. —¿Y
piensas que era necesario morir de esa manera? Desde
luego, el mundo sobrevive gracias al testimonio de personas que no se han
dejado doblegar en medio de la persecución y han sabido hacer frente con
valentía a los atropellos que, de una manera o de otra, se hacen a la dignidad
humana. Podríamos
referirnos de nuevo al ejemplo de Santo Tomás Moro, que en 1534 prefirió ser
destituido de todos sus cargos, ver confiscados su bienes y acabar recluido en
Torre de Londres, antes que aceptar las infamias de Enrique VIII. Allí estuvo
encerrado durante quince meses, hasta que fue decapitado, soportando todo tipo
de presiones para no ser fiel a lo que Dios, a través de su conciencia, le
pedía. Su testimonio de coherencia cristiana hasta el martirio explica que su
fama haya ido creciendo incesantemente con el paso de los siglos. Su nombre
figura hoy tanto en el martirologio católico como en el anglicano, y su figura
es reconocida universalmente, por encima de fronteras nacionales y de
confesiones religiosas, como símbolo de integridad y como testigo heroico de la
primacía de la conciencia. San
Estanislao de Polonia fue asesinado en la catedral de Cracovia, el año 1079,
mientras celebraba la Santa Misa. Había tenido la audacia de censurar al
mismísimo rey Boleslao II por sus múltiples inmoralidades, hasta que un día el
rey lo mandó matar y, al ver que sus sicarios no se atrevían a hacerlo, subió
al altar y lo asesinó con sus propias manos. San
Juan de Sahagún fue envenenado en Salamanca en 1479 por una mujer que vivía en
adulterio con un hombre que se había convertido escuchando las palabras del
fraile agustino. Aquel hombre, al convertirse, abandonó esa relación adúltera,
y la mujer, despechada, puso un veneno en la comida del santo predicador. Se
podrían poner multitud de ejemplos de personas que han muerto como testimonio
de la fe. ¿Mereció la pena? —Supongo
que sí, pero, desde luego, dan ganas de responder de otra manera ante los
atropellos y las injusticias. En
muchas ocasiones nos preguntamos por qué razón Dios se queda callado, por qué
no hace de inmediato lo que para nosotros resulta quizá evidente. Muchas veces
desearíamos que Dios se mostrara más fuerte, que actuara con más rotundidad,
que derrotara de una vez al mal y creara un mundo mejor. Sin
embargo, cuando pretendemos organizar el mundo adoptando o juzgando el papel de
Dios, el resultado es que hacemos entonces un mundo peor. Podemos y debemos
influir en que el mundo mejore, pero sin olvidar nunca quién es el Señor de la
historia. Como ha señalado Benedicto XVI, nosotros quizá sufrimos ante la
paciencia de Dios. Pero todos necesitamos de su paciencia. El mundo se salva
por el Crucificado y no por los crucificadores. El mundo es redimido por la
paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres. Decía
Chesterton que, a fin de cuentas, todos los siglos han sido salvados por media
docena de hombres que supieron ir contra las corrientes de moda en ese siglo.
Cada siglo tiene sus audacias. Y cada audacia, un hombre intrépido que va por
delante. Los santos forman parte de esa media docena de intrépidos que son salvadores
del espíritu en cada época. Y todos ellos, desde luego, han tenido que vivir
contra corriente del egoísmo y la mediocridad que parecen caracterizar todos
los siglos de la historia. Además,
muchas veces, esas persecuciones han sido ocasión de grandes bienes. Si
recordamos, por ejemplo, la figura de San Esteban, el primer mártir del
cristianismo, vemos que a su asesinato siguió una persecución contra los
cristianos, la primera en la historia de la Iglesia. Aquella persecución les
obligó a huir de Jerusalén y a dispersarse. Así se transformaron en misioneros
itinerantes, de manera que la persecución, y la consiguiente dispersión, se
convirtieron en misión. Y el Evangelio se propagó de este modo en Samaria, en
Fenicia, y en Siria, hasta llegar a la gran ciudad de Antioquía, donde, según
cuenta San Lucas, fue anunciado por primera vez también a los paganos. En
todas las épocas y lugares, aunque a primera vista no lo parezca, ha sido
difícil vivir la fe o la entrega a Dios. Tampoco es fácil ahora, aunque en
pocos sitios haya ya prohibiciones o persecuciones formales. El mundo en el que
vivimos, marcado a menudo por el consumismo, por la indiferencia religiosa o
por un secularismo cerrado a la trascendencia, aparece muchas veces, para la
entrega a Dios, como un desierto no menos inhóspito que el de otros tiempos.
Quizá por eso, vivir contra corriente es más necesario que nunca. 24.
La forja de una vocación Muy
pocos grandes hombres proceden
de un ambiente fácil. Herman
Keyserling Juan
Pablo II ha sido sin lugar a dudas —así lo reconocen hasta sus más acérrimos
detractores— la figura más colosal y carismática del final del segundo milenio.
Junto a ser guía espiritual de más de mil millones de católicos, se convirtió
enseguida en el más vigoroso defensor de la justicia social y los derechos
humanos de todo el mundo contemporáneo. En su largo pontificado demostró una
prodigiosa capacidad para conciliar fidelidad y creatividad, prudencia e
ingenio, paciencia y audacia. Apoyado en su prestigio y autoridad moral como
pontífice, se reveló también como un diplomático de inmensa envergadura e
influencia mundial. Ha sido además protagonista de descollantes realizaciones
intelectuales, así como de un innegable carisma ante la gente joven. Muchos
se preguntan con frecuencia de dónde vinieron a Juan Pablo II esas
indiscutibles cualidades personales. ¿Cómo ha surgido este hombre? ¿Cómo se ha
forjado una personalidad tan extraordinaria? ¿Qué hay en la biografía de Juan
Pablo II que le ha permitido prepararse de un modo tan sobresaliente para
ejercer su misión como cabeza de la Iglesia católica en una encrucijada tan
difícil de su historia? —Desde
luego, si unos grandes expertos se plantearan preparar un líder mundial a
partir de un chico joven, seguramente pensarían en una educación de elite, con
unas condiciones cuidadosamente preparadas para facilitar en todo lo posible su
formación académica, intelectual y humana. Sin
embargo, en la biografía del joven Karol Wojtyla no hay nada de eso. Apenas
aparecen momentos de facilidad. Su infancia y su juventud están marcadas por la
tragedia, la pobreza y la dificultad. ¿Qué había entonces distinto a otros?
¿Por qué esas difíciles circunstancias no le hundieron sino que curtieron su
personalidad y le prepararon para ser un hombre tan extraordinario? ¿Cuál fue
su actitud ante los obstáculos que encontró en su vida? La
biografía de Karol Wojtyla es una prueba de cómo el hombre, sean cuales sean
las circunstancias en que viva, puede elevarse por encima de sus
condicionamientos personales, familiares o sociales. Su madre falleció cuando
él aún no había cumplido nueve años. Cuando tenía doce, falleció Edmund, su
único hermano. Quedaron solos él y su padre. Karol era terriblemente pobre.
Asistía a sus clases vestido con unos pantalones de tela burda y una arrugada
chaqueta negra, la única que tenía. Si pudo matricularse en la Universidad de
Jagellón fue gracias a las excelentes calificaciones que había sacado en el
instituto. Aquel curso, Karol se matriculó de dieciséis asignaturas, asistía
regularmente a cursos y conferencias sobre temas muy variados, se dedicó
durante meses a estudiar francés, participaba en una escuela de arte dramático,
en un círculo intelectual y en varias asociaciones literarias y estudiantiles
más. También escribía de forma inagotable. Desarrolló una actividad con la que
resulta difícil imaginar cuándo comía y dormía. Permanecía despierto gran parte
de la noche en su casa, en el pequeño sótano de la calle Tyniecka, ya que las
horas del día las llenaba el trabajo académico y todas esas actividades ajenas
a los estudios, que también ocupaban parte de la noche. Todo
aquello, aunque era duro, marchaba. Pero, de pronto, todo salta por los aires
con el comienzo de la Segunda Guerra Mundial y la invasión de Polonia por los
nazis. A las pocas semanas, el mando nazi impuso una obligación de trabajo
público que no era otra cosa que trabajo forzoso. Karol empezó a trabajar en
una fábrica de la Solvay tenía cerca de las canteras de Zakrzówek. El invierno
resultó de una dureza extraordinaria aquel año. Perdía peso rápidamente y
sentía frío en los huesos y agotamiento de manera casi constante. Un día
especialmente frío, encontró muerto a su padre al llegar a casa. Karol aún no
había cumplido veintiún años. Pasó la noche rezando de rodillas ante el
cadáver. La
muerte de su padre, junto con el hecho de no haber podido estar con él cuando
falleció, fue el golpe más fuerte y dramático que sufrió en su vida. A partir
de entonces, iba al cementerio todos los días al salir de trabajar de la
cantera, cruzando Cracovia de parte a parte, para rezar ante su tumba. Sus
amigos estaban preocupados, viendo su sufrimiento, pensado que quizá no
superara aquel golpe. —¿Y
cómo surgió su vocación? Karol
asistía a unos círculos de formación espiritual para jóvenes organizados por
los salesianos en la parroquia de Debniki, cerca de su casa, y allí conoció a
un hombre llamado Jan Tyranowski, que abrió a Karol unos nuevos horizontes
espirituales y humanos. Aquel hombre, que no era sacerdote, sino un sastre de
unos cuarenta años, era un auténtico maestro y trabajaba las almas de aquellos
chicos con una gracia muy particular. Su palabra, en conversaciones personales
o en aquellos círculos, iba penetrando hondamente en cada uno de ellos,
«liberando en nosotros —son palabras de Karol, años después— la profundidad
oculta de una enormidad de recursos y posibilidades que hasta entonces,
trémulamente, habíamos evitado». Karol
charlaba cada semana con Jan Tyranowski, normalmente en el modesto y abarrotado
piso del sastre, además de verse en los encuentros en grupo. En aquellas
conversaciones, Karol iba comentando el resultado de sus esfuerzos personales
por mejorar en los puntos que se trataban en las reuniones. Tyranowski sabía la
importancia de esa disciplina ascética para la formación de una persona. A
medida que la amistad entre ambos fue creciendo, paseaban con frecuencia, se
visitaban en sus respectivos domicilios y pasaban largos ratos leyendo y
conversando. Un
amigo suyo, que asistía con él a aquellos círculos, asegura que «fue la
influencia de Jan Tyranowski la que le ayudó a recuperar el equilibrio»;
también dice que «de no haber sido por Tyranowski, Karol no sería sacerdote, y
yo tampoco; no quiero decir que nos empujara: sencillamente, nos abrió un
camino nuevo.» Sin
embargo, la decisión del sacerdocio aún tardaría año y medio en madurar en el
corazón y en la mente de Karol. Años después, recordaría «con orgullo y
gratitud el hecho de que me fue concedido ser trabajador manual durante cuatro
años; durante ese tiempo surgieron en mí luces referentes a los problemas más
importantes de mi vida, y el camino de mi vocación quedó decidido..., como un
hecho interior de claridad indiscutible y absoluta.» La
oración constante fue lo que permitió a Karol salir adelante, tanto en su vida
espiritual como emocional, en medio de su dura vida de trabajo. Rezaba cada día
en la iglesia de Debniki antes de ir al trabajo, rezaba en la fábrica, rezaba
en una antigua iglesia de madera cerca de la fábrica, y cuando se dirigía cada
día al cementerio, después de trabajar, rezaba ante la tumba de su padre, y
después rezaba en su casa. La mayoría de sus compañeros de trabajo, que
conocían cómo era su vida en medio de aquella persecución religiosa, le miraban
con respeto, admiración y afecto. Stefania Koscielniakowa, que trabajaba en la
cocina de la planta, recuerda que su supervisor señaló en una ocasión a Karol y
le dijo: «Este chico reza a Dios, es un chico culto, tiene mucho talento,
escribe poesía...; no tiene madre, ni padre...; es muy pobre..., dale una
rebanada de pan más grande porque lo que le damos aquí es lo único que come». Una
tarde de septiembre de 1942, después de ensayar una obra de teatro de Norwid,
Karol explicó a Kotlarczyk —que era el alma del grupo teatral, y con el que
ahora compartía piso después de la muerte de su padre— que pensaba ingresar en
un seminario clandestino porque quería ser sacerdote. Kotlarczyk pasó varias
horas intentando disuadirle de su propósito. Invocó la santidad del arte como
gran misión, recordó a Karol la advertencia del Evangelio contra el desperdicio
del talento y le suplicó que aplazara su decisión. Sin
embargo, Karol se mantuvo firme y al mes siguiente comenzó sus estudios en el
seminario. Las clases eran individuales y se daban en lugares secretos. La
mayoría de los alumnos no supieron de la existencia de los demás seminaristas
hasta que acabó la guerra. La vida externa de Karol apenas cambió: continuó
trabajando en la Solvay y cumplió sus compromisos con la compañía de teatro
durante seis meses. La diferencia era que, ahora, a sus anteriores obligaciones
se añadía la de estudiar en el seminario clandestino, lo cual suponía además un
gran riesgo. Ser detenido como seminarista secreto significaba la muerte en un
campo de concentración, como de hecho sucedió a no pocos seminaristas polacos. Con
el final de la guerra, el seminario dejó de ser secreto. Karol culminó con gran
brillantez sus estudios y fue ordenado sacerdote. Cincuenta años después, era
un Papa que, a pesar de su ancianidad y su falta de salud, seguía desplegando
una actividad infatigable y valiente. Desde el principio, las circunstancias
del ambiente parecían confabularse para impedir su avance en el camino de
entrega a Dios. Pero también eran condicionantes que hacían madurar y curtir su
vocación. Así supo asumirlos Karol, y así preparó Dios su alma para los altos
designios que le tenía preparados, pero que, como sucede siempre, son designios
que quedan en buena media a merced de la libertad humana. —Desde
luego, es todo un testimonio de cómo sacar adelante una vocación en medio de
mil dificultades. Puede
servir para aquellos que asocian la idea de vocación con un entorno de
facilidad para abrirse camino. La realidad es que, cuando se analiza la vida de
las grandes figuras de la historia de la Iglesia, lo habitual es que todas
hayan pasado por serias dificultades interiores o exteriores para sacar
adelante su vocación. En
el año 1765, un joven austriaco llamado Hansl Hofbauer quiere ser sacerdote.
Tiene catorce años. Desgraciadamente, al ser huérfano y de familia pobre, tiene
pocas posibilidades de seguir los estudios necesarios. Comienza por hacerlos
acudiendo a diario a la casa parroquial, pero aquello acaba al poco tiempo y de
modo repentino con la muerte del párroco. El nuevo sacerdote no encuentra
tiempo para ayudarle en sus estudios, y el chico se ve en la necesidad de
trabajar como aprendiz en la panadería de un convento. El superior del convento
comprueba su valía y su abnegación en la atención de la gente necesitada que
acude por allí, y le ayuda a retomar sus estudios para el sacerdocio. Sin embargo,
pronto fallece el superior, y el joven candidato queda de nuevo desamparado. A
los diecinueve años, decide hacerse ermitaño, pero al cabo de seis meses
comprende que aquel no es su camino. Intenta después ingresar en el noviciado
de los Padres Blancos de Kloster Bruck, pero el emperador había prohibido que
este monasterio premonstratense admitiera nuevos novicios. Una vez más, se le
cierran las puertas al sacerdocio. Cuando tenía ya casi treinta años, un día
acude en auxilio de dos señoras en medio de un aguacero. Aquel favor conmueve a
aquellas mujeres que, al enterarse que Hansl deseaba ser sacerdote pero no
podía costearse los estudios, se encargaron de sufragar esos gastos. Y así, a
los treinta y cuatro años, logra llegar al sacerdocio después de cinco intentos
fallidos a lo largo de más de veinte años. Ingresa por entonces en la comunidad
redentorista, tomando el nombre de Clemente, y en las décadas siguientes da un
enorme impulso a la congregación en toda Polonia y luego en Austria. Cuando fallece,
con casi setenta años, su fama de santidad se extiende por toda Europa. Si no
hubiera superado con tenacidad las numerosas dificultades que tuvo para llegar
a ser sacerdote, y las muchas otras que vinieron después en el ejercicio de su
ministerio, hoy la Iglesia no contaría con la gran figura de San Clemente
Hofbauer, cuya fecundidad apostólica fue tan notable que es considerado como el
segundo fundador de los Redentoristas. Unos
pocos años antes, en 1731, en Nápoles, una chica joven trabaja muchas horas
diarias en el taller de hilados de su padre, y demuestra también una notoria
vida de piedad. Rinde en el trabajo más que sus compañeras, pero, a la vez,
dedica mucho tiempo a la oración y a dar catequesis a niños pobres. Como es muy
hermosa, su padre le concierta un ventajoso matrimonio con un chico de clase
alta. Pero María Francisca le dice que ella ha prometido a Dios dedicarse a la
vida espiritual y a ayudar a las almas. Entonces su padre estalla en cólera, le
da violentos azotes y la encierra en su habitación a pan y agua por varios
días. Su madre logra que un padre franciscano vaya a la casa y convenza al
furibundo padre para que deje libertad a su hija a la hora de escoger su
futuro. El religioso lo logra y María Francisca, con dieciséis años, toma el
hábito de Terciaria Franciscana. Sigue viviendo en su casa, y como demuestra un
gran discernimiento de las conciencias y un extraordinario don de consejo, su
padre quiere explotar económicamente las cualidades de su hija cobrando las
numerosas consultas que recibía. Ella se niega, y de nuevo su padre la castiga
ferozmente. Tiene que defenderse acudiendo al juez y finalmente se ve obligada
a dejar la casa de sus padres. Pero resiste a todas esas dificultades y, hasta
su muerte, pasa casi sesenta años de vida religiosa atendiendo a gentes venidas
desde los lugares más recónditos a pedir su consejo. Recibió muchas gracias
extraordinarias de Dios y hoy Santa María Francisca es venerada por millones de
personas en todo el mundo. Nada de esto habría sido posible sin su fortaleza
ante los obstáculos que encontró para defender su vocación. 25.
La vida a una carta Cuando
una chica de alta sociedad opta
por ponerse al servicio de los pobres se
produce una auténtica revolución, la
mayor de todas, la más difícil: la
revolución del amor. Madre
Teresa de Calcuta En
el primer volumen de las Memorias de Julián Marías hay una reflexión
especialmente conmovedora y que refleja una cuestión verdaderamente crucial.
Escribe, después de su boda, cuando se encuentra subjetivamente en la cima de
la felicidad, y dice: «Siempre he creído que la vida no vale la pena más que
cuando se la pone a una carta, sin restricciones, sin reservas. Son
innumerables las personas, muy especialmente en nuestro tiempo, que no lo hacen
por miedo a la vida, que no se atreven a ser felices porque temen a lo
irrevocable, porque saben que si lo hacen, se exponen a la vez a ser
infelices.» «Efectivamente
—añade José Luis Martín Descalzo—, una de las carcomas de nuestro siglo es ese
miedo a lo irrevocable, esa indecisión ante las decisiones que no tienen vuelta
de hoja o la tienen muy dolorosa, esa tendencia a lo provisional, a lo que nos
compromete “pero no del todo”, que nos obliga “pero solo en tanto en cuanto”.
Preferimos no acabar de apostar por nada, o si no hay más remedio que hacerlo,
lo rodeamos de reservas, de condicionamientos, de “ya veremos cómo van las
cosas”. »Ocurre
en todos los terrenos. Por de pronto, en la vida matrimonial. Pero el “miedo a
lo irrevocable” ha llegado incluso a lo religioso y lo más intocable, que es el
sacerdocio. Uno puede fracasar y equivocarse, es cierto, pero ¿cabe mayor
fracaso que lanzarse a volar con las alas atadas por toda una maraña de
condicionamientos? »Y
lo que más me preocupa es que parece que este pánico a lo irrevocable se ha
convertido en una de las características espirituales de la mayor parte de
nuestra juventud y de un buen porcentaje de adultos. La gente no es amiga de
jugarse la vida a una carta en ningún terreno; prefiere embarcarse hoy en el
barco de hoy y mañana ya pensará en qué barco lo hace. »Y
lo más grave es que esto se está presentando como un ideal, como “lo
inteligente”, como “lo civilizado”. ¿Con qué razones? Te dicen: todo es
relativo, comenzando por mí mismo. Yo sé cómo es hoy el hombre que yo soy; pero
no sé cómo seré mañana. Todos cambiamos de ideas, de modos de ser. ¿Por qué
comprometerlo todo a una carta cuando el juego de mañana no sé cómo se
presentará? »Y
hay en este raciocinio algo de verdad: es cierto que hay muchas cosas relativas
en la vida, muchas ante las que un hombre debe permanecer y en las que hasta
será bueno cambiar en el futuro, cuando se vean con nueva luz. Pero,
relativizarlo todo, ¿no será un modo de no llegar nunca a vivir? »En
realidad, esas cosas permanentes son pocas: el amor que se ha elegido, la
misión a la que uno se entrega, unas cuantas ideas vertebrales y, entre ellas,
desde luego, para el creyente, su fe. En éstas, lo confieso, mis apuestas
siempre fueron y espero que sigan siendo totales. Por esas tres o cuatro cosas
yo estoy dispuesto a jugar a una sola carta, precisamente porque estoy seguro
de que esas cosas o son enteras o no son. Así de sencillo: o son totales o no
existen. Un amor condicionado es un amor putrefacto. Un amor “a ver cómo
funciona” es un brutal engaño entre dos. Un amor sin condiciones puede
fracasar; pero un amor con condiciones no solo es que nazca fracasado, es que
no llega a nacer.» —Pero
es natural que, ahora que la gente vive un poco mejor, tenga más miedo a lo
difícil, a lo irrevocable. Puede
ser, pero no por eso es una opción mejor, ni más inteligente. Me recuerda la
escena en que Salomón pide a Dios sabiduría y discernimiento, en vez de
riquezas, salud, larga vida, poder o placeres. A Dios le agradó ese deseo de
Salomón, por ser una petición buena e inteligente, y le dijo que le daría lo
que pedía, y también lo que no pedía. Con la entrega, a Dios o a otra persona,
sucede algo parecido. No debemos dejarnos seducir por esos señuelos que
absorben la vida de tantos, sino procurar orientar nuestra vida con un
horizonte más elevado, con una apuesta clara y decidida por ser fieles toda la
vida, y entonces Dios se mostrará generoso con nosotros, y nos dará lo uno y lo
otro: la sabiduría y la felicidad humana. —¿Crees
entonces que no hay que tener miedo a pedirle a Dios que nos conceda lo que no
siempre nos apetece? Hay
que pedirle luz y sabiduría, como Salomón. Mucha gente tiene a Dios como un
mero recurso en caso de dificultad. Le piden cosas como si Dios fuera un
fontanero al que llaman cuando quieren que les arregle sus goteras. Pero
quienes tratan a Dios con mayor cercanía, no le piden eso, o al menos no solo
eso, sino que comprenden enseguida que Dios no está para solucionarnos
problemas domésticos sino que debe iluminar nuestra vida constantemente.
Entonces, como Salomón, comprenden qué es lo que deben pedir. Y quizá les
impone un poco pedirlo, pero lo hacen. Y piden lo que nadie pide. Piden a Dios
que les llene de sabiduría, que alumbre su camino, que les haga ver qué quiere,
qué espera de ellos. Y descubren su vocación, y dan a su vida un sentido de
misión. Desde
fuera, algunos pensarán que es una tontería no buscar y pedir riquezas y goces.
No se dan cuenta de que Dios, con su sabiduría, da la mayor riqueza. Que, en el
fondo, con su sabiduría nos da también lo que no hemos pedido y que otros tanto
ansían. Esa
cercanía a Dios es necesaria para el discernimiento de la propia vocación y
también para corresponder a ella y para alcanzar la felicidad. «Hemos de
trabajar mucho cada día —explicaba la Madre Teresa de Calcuta— para vencernos a
nosotras mismas. Hemos de pedir la gracia de amarnos mutuamente. Para poder
hacer eso nuestras hermanas llevan una vida de oración y sacrificio. Por eso
comenzamos nuestro día con la comunión y la meditación. Todas las noches,
cuando volvemos del trabajo, nos reunimos en la capilla para hacer una hora
ininterrumpida de adoración. En la quietud de la oscuridad encontramos paz en
la presencia de Cristo. Esa hora de intimidad con Jesús es algo muy hermoso. He
visto un gran cambio en nuestra congregación desde el día en que comenzamos a
hacer adoración diaria. Nuestro amor por Jesús es más íntimo. Nuestro amor
entre nosotras es más comprensivo. Nuestro amor por los pobres es más
compasivo.» Si
uno se atreve a pedirle a Dios lo que nadie le suele pedir, pero que supone la
mayor inteligencia, Dios nos hace ver nuestro camino cada vez con más claridad.
Eso supone exigencia, pero con la exigencia viene la satisfacción y la
felicidad. Aunque todo eso no quiere decir que uno tenga ya un seguro a todo
riesgo para la santidad. De hecho, Salomón se descuidó al final de su vida y se
apartó de Dios. —¿Piensas
entonces que hay que jugarse la vida a una carta? Son
una multitud numerosísima los santos de la Iglesia. Cada uno de ellos tuvo su
misión. Cada uno de ellos se jugó la vida a una carta. También nosotros tenemos
una misión específica y concreta. Un camino, un itinerario personal para
alcanzar esa plenitud de la vida cristiana a la que estamos todos llamados. Un
camino para realizar, en definitiva, la misión de la Iglesia, que continúa, a
través de los siglos, la misión de Cristo de anunciar la salvación a todos los
hombres y a todos los tiempos. ¿No sientes la responsabilidad de tu misión?
Porque, como ha escrito Javier Echevarría, «toda criatura humana ha de
enfrentarse a los años de su existencia con la conciencia de que son un tesoro
puesto en sus manos por Dios, y de que, como toda dádiva, entrañan una
responsabilidad. El cristiano ve sus días como el plazo que se le concede para
responder a la vocación y a la misión que le han sido confiadas.» Puede
ser que Dios te llame a un camino específico y singular dentro de la Iglesia,
por ejemplo, como sacerdote. En ese caso particular, te esperan miles de almas
sedientas de los sacramentos, sedientas del mensaje salvador de la Palabra de
Dios. Tus manos harán que les lleguen las aguas de la gracia de Dios. Miles de
hombres y mujeres abandonados encontrarán en tu palabra y en tu vida un refugio
contra su soledad y su cansancio, una razón para seguir viviendo. Si respondes
generosamente a su llamada, tus manos elevarán sobre la tierra el Cuerpo de
Cristo, perdonarán los pecados en su nombre, abrirán las puertas del Cielo a
muchas almas. Unas, por tu testimonio o tu trabajo directo; otras, fruto de tu
oración, de tu sacrificio personal, de tu entrega escondida que Dios contempla
y hace fructificar. De muchas de ellas tendrás noticia y conocimiento; de
otras, quizá muchas más, quizá no sepas nunca. Todo eso, se hará realidad si,
como explica la parábola de la semilla que muere para dar fruto, si eres capaz
de apostar tu vida a una carta y morir a ti mismo por amor a Dios. Jugarse
la vida a una carta no es simplemente tomar una decisión en un momento de la
vida y renunciar por Dios a otros proyectos menores. Es toda una actitud en la
vida, apostar con total determinación por el camino que Dios nos señale y
seguirlo con perseverancia aunque no siempre encontremos a nuestro alrededor la
acogida o la correspondencia que esperábamos. Santa
Francisca Cabrini había fundado en 1880 la Comunidad de las Misioneras del
Sagrado Corazón y se había establecido en Lombardía con sus primeras
religiosas. En aquel tiempo eran muchísimos los italianos que emigraban a
Norteamérica, y allí apenas tenían asistencia espiritual. El Arzobispo de Nueva
York, Mons. Corrigan, había pedido personalmente a Francisca que enviara sus
religiosas a ese país. Ella deseaba que fueran a China, pero León XIII le rogó
que atendiera esa petición y Santa Francisca cambió de planes inmediatamente. El
viaje le resultó muy duro, pues siendo niña se había caído a un río y desde
entonces tenía horror al agua, pero cruzó el Atlántico con seis de sus
religiosas y desembarcó en Nueva York en marzo de 1889. La acogida no fue
precisamente entusiasta. Al llegar, se encontraron con que las benefactoras que
habían prometido conseguir una casa para poner en marcha un orfanato y una
escuela primaria, habían tenido algunas diferencias con el arzobispo y se había
abandonado el proyecto. Cuando fueron a ver a Mons. Corrigan, estaba tan
desanimado que terminó diciendo que, en vista de las circunstancias, lo mejor
era que la madre Cabrini y sus religiosas regresaran a Italia. Pero ella
respondió: «No, señor arzobispo, el Papa nos envió aquí, y aquí nos vamos a
quedar». Podía haberse desanimado, pero había apostado su vida a un carta y no
se iba a retirar por este nuevo envite de la dificultad. A los pocos meses ya
habían encontrado otra casa y en menos de un año ya fueron a formarse a Italia
las dos primeras novicias norteamericanas. Y la Comunidad de Misioneras del
Sagrado Corazón no solo se asentó enseguida en Nueva York, sino que empezó a
extenderse por toda América del Norte y del Sur, con numerosas escuelas,
orfanatos y hospitales. A la vuelta de veinte años, eran ya más de mil
religiosas. Santa Francisca Cabrini acabaría siendo la primera ciudadana
norteamericana canonizada, y ha quedado para todos como un ejemplo de tesón y
de fortaleza, de despliegue de actividad en servicio de Dios y de preocupación
santa por el desamparo que muchas veces pasa la juventud. Al
final, responder que sí a la llamada de Dios será siempre una apuesta, un acto
de fe en esa llamada y en quien la hace. Así han obrado los santos a lo largo
de la historia. Y así obró la Virgen, como testimonia el Evangelio en las
palabras de la Visitación a su prima Santa Isabel: «Dichosa la que ha creído
que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor ». 26.
¿Demasiado joven? En
momentos difíciles, la
audacia sirve muchas veces de prudencia. Publio
Siro Luis
Gonzaga era el mayor de los hijos de del príncipe imperial italiano Ferrante
Gonzaga, Marqués de Castiglione delle Stiviere. Don Ferrante puso todos los
medios para que su hijo Luis fuese un prestigioso militar como él. En 1577,
cuando tenía nueve años, lo llevó con su hermano Rodolfo a Florencia,
dejándolos al cargo de varios tutores. Obligado por su rango a presentarse con
frecuencia en la corte del gran ducado, se encontró mezclado con aquellos que,
según la descripción de un historiador de la época, «formaban una sociedad para
el fraude, el vicio, el crimen, el veneno y la lujuria en su peor especie». A
Luis le atraían mucho las aventuras militares de las tropas, así como las
posibilidades que le ofrecía el hecho de ser el primogénito y heredero de tan
importante familia. Sin embargo, desde muy joven comprendió que había un ideal
más grande y que requería más valor y virtud. Fue
en Montserrat, cuando tenía quince años, donde percibió con claridad en su
interior una llamada de Dios. Habló de ello primero a su madre, que aprobó
enseguida sus proyectos. Pero en cuanto lo supo su padre, montó en cólera hasta
tal extremo que amenazó con ordenar que le azotaran hasta que recuperase el
sentido común. Puso a la vocación de su hijo todas las dificultades
imaginables, mientras repetía: «¡Mi hijo no será fraile!». Esperaba
que el ambiente cortesano acabaría por conquistarlo, pero el joven Luis volvía
siempre tan decidido como al principio. Se sucedieron escenas violentísimas
entre padre e hijo. Persistió en su negativa hasta que, por mediación de
algunos de sus amigos, acabó accediendo de mala gana a dar su consentimiento
provisional. Pero al poco tiempo se reanudaron las discusiones sobre el futuro
de Luis. El chico se encontró con nuevos obstáculos a su vocación, pues a la
tenaz negativa de su padre se añadió la oposición de la mayoría de sus
poderosos parientes —algunos de ellos eclesiásticos—, que recurrieron a
diversas promesas y amenazas para disuadir al muchacho. Ferrante
hizo los preparativos para enviar a su hijo a visitar todas las cortes del
norte de Italia y, terminada esta gira, encomendó a Luis una serie de tareas
importantes, con la esperanza de despertar en él nuevas ambiciones que le
hicieran olvidar sus propósitos. Pero no hubo nada que pudiese doblegar la voluntad
de su hijo. Después de haber dado y retirado su consentimiento varias veces,
Ferrante capituló por fin. Al recibir el consentimiento imperial para
transferir los derechos de sucesión a su hermano Rodolfo, escribió al padre
Claudio Aquaviva, general de los jesuitas, diciéndole: «Os envío lo que más amo
en el mundo, un hijo en el cual toda la familia tenía puestas sus esperanzas». Luis
partió hacia Roma para ingresar en el noviciado en 1586, cuando tenía dieciocho
años. Seis semanas después murió Don Ferrante. Desde el momento en que su hijo
Luis abandonó el hogar paterno, aquel hombre había transformado completamente
su manera de vivir: el ejemplo de la entrega de su hijo había sido un luz que
le hizo mejorar mucho en sus últimos momentos. Al
poco de iniciar su vida religiosa, Luis tuvo que sufrir otra difícil prueba: la
alegría espiritual que le había dado su fe desde la más tierna infancia,
desapareció de pronto. Pero supo ser fiel a su vocación también en esos
momentos de oscuridad, que acabaron desapareciendo. Para dejar claro que había
abandonado las comodidades propias de su condición social, quiso vivir en la
estancia más pobre, un cuarto estrecho debajo de la escalera y con una
claraboya en el techo, sin otros muebles que un camastro, una silla y un
estante para los libros. Pidió que se le permitiera trabajar en la cocina,
lavar los platos y ocuparse en las tareas más serviles. Su
vida fue muy breve. Murió con fama de santidad en 1591, a los veintitrés años
de edad. Pronto fue canonizado, y posteriormente fue proclamado protector de
los estudiantes jóvenes y patrono de la juventud cristiana. «Bienaventurados
los que se entregan a Dios para siempre en la juventud», escribió San Juan
Bosco pocos días antes de su muerte. La Iglesia ha bendecido siempre la entrega
a Dios en la juventud: una entrega que le ha dado tantos santos. El panorama de
los santos de la Iglesia católica nos muestra que la mayoría de ellos se
entregaron a Dios siendo jóvenes, muy jóvenes. Basta repasar el santoral para ver
que la Iglesia rezuma alegría de juventud, la venera en sus altares y aprende
de ella y de su heroísmo. San Bernardo, gran doctor de la Iglesia, fue elegido
abad del monasterio cisterciense de Claraval a la edad de veinticinco años. La
mayoría de los mártires de Uganda oscilaban entre los quince y los veintidós
años. San Estanislao de Kostka murió a los dieciocho, Santa Teresa de Lisieux a
los veinticuatro, San Casimiro de Polonia a los veintiséis, Domingo Savio a los
catorce, Kateri Tekakwitha —la primera indígena norteamericana beatificada— a
los veinticuatro. Desde luego, si esas vocaciones jóvenes hubieran cedido a la
cansina y sempiterna cantinela de que «son demasiado jóvenes para entregarse a
Dios», o que «han de esperar a saber más de la vida», o que «han de probar
antes otras cosas», ese después no les habría llegado y no tendríamos el
ejemplo de su vida santa, que no necesita muchos años de edad. Dios
llega casi siempre en la juventud, en la hora ordinaria del amor. El primer
barrunto puede experimentarse en la niñez o en la adolescencia. Teresa de
Lisieux deseó hacerse religiosa desde el primer despertar de la razón, y así lo
evoca en sus memorias, cuando relata la ocasión en que, a los quince años, en
1887, un guardia suizo tuvo que arrancarla de los pies de León XIII, al que le
insistía audazmente en que la dejase entrar a esa edad en el Carmelo. —Pero
no siempre es así. Supongo que la vocación puede llegar a cualquier edad. Efectivamente,
cuando Dios llama, importa poco la edad. Alfonso de Ligorio se decidió a los
veintisiete, después de años de brillante ejercicio profesional en el foro; San
Agustín se bautizó a los treinta y tres, después de una vida azarosa y turbia;
y San Juan de Dios cambió de vida a los cuarenta y dos, tras una existencia
aventurera. No existe una “edad perfecta” para la entrega. Dios llama cuando
quiere y como quiere. Nunca es demasiado pronto ni demasiado tarde para corresponder
a su llamada. Pero el amor humano suele llegar en la juventud, y Dios suele
llamar en la juventud. La Virgen era una adolescente. San José debía de ser
también bastante joven. Y Juan, el único apóstol que acompañó al Señor al pie
de la cruz, era también un adolescente. Hace
más de veinticinco siglos, Jeremías vivía en Anatot, un pueblecito cercano de
Jerusalén, en la finca de sus padres, cuando fue llamado por Dios a profetizar.
El chico se resistía aduciendo que él era demasiado joven y débil para este
oficio tan importante, pero Dios le respondió: «No digas que eres demasiado
joven o demasiado débil, porque Yo iré contigo y te ayudaré». Ser
muy joven no es motivo para retrasar la entrega a Dios. La juventud es la época
del amor. No vamos a esperar a ser viejos para darle a Dios las sobras de
nuestra vida. Cualquier tiempo es bueno para la entrega, pero la juventud es la
mejor edad. Es el momento en el que comienzan a despuntar los ideales que
impulsarán el resto de la existencia. Se ha dicho, con razón, que una vida
lograda es un ideal vislumbrado en la edad juvenil y realizado en la madurez.
Por eso insistía Juan Pablo II a un grupo numeroso de jóvenes: «¡No tengáis
miedo de vuestra juventud! ¡No tengáis miedo de correr el riesgo de la libertad!
¡No ahoguéis los generosos impulsos del amor que os pide que hagáis, de vuestra
vida, un servicio a los demás!». —¿Y
por qué ahora hay menos vocaciones? Depende
de dónde, porque en muchos lugares hay ahora muchas vocaciones. Pero cuando no
hay vocaciones, conviene reflexionar sobre por qué ocurre. «Porque quizá —como
ha escrito el arzobispo Fernando Sebastián— sí que hay vocaciones, porque Dios
sigue llamando para todo aquello que la Iglesia y el mundo necesitan. Lo que
quizás no hay son respuestas. »La
voz de Dios se oye solo cuando hay un cierto grado de silencio interior, es una
voz íntima, que resuena solo a cierta profundidad de uno mismo. El que vive
volcado sobre el exterior, acaparado y seducido por las cosas exteriores, no
puede oír la llamada de Jesucristo. Si uno no se pregunta para qué está en el
mundo, qué es lo que de verdad vale la pena en la vida, qué quiere Dios de mí,
nunca llegará a percibir ni formular una respuesta. Donde no hay pregunta
tampoco llega la respuesta. »Por
eso se puede decir que si no hay vocaciones es porque en un nivel más profundo
no hay sentido vocacional de la vida. Muchos jóvenes no tienen tiempo para
cuestionarse su propia vida y preguntarse para qué están en este mundo, qué es
de verdad vivir, qué es lo que puede dar verdadero valor a su vida, lo que les
puede llenar el corazón y darles la felicidad a largo plazo. »Por
eso es más exacto decir que no es que no haya vocaciones, lo que no hay es
proyecto realmente libre y personal de la propia vida. Se vive impersonalmente,
dejándose llevar, sin tener el valor de salirse de la fila para pensar,
proyectar y definir la propia vida. Esto, que ocurre mucho en lo humano, ocurre
también en la dimensión cristiana de nuestra vida. La mayoría de los cristianos
son cristianos de seguir la corriente. Tenemos pocos cristianos que hayan
llegado al punto de decir como Pablo "¿Señor, qué quieres de mí?". Y
esta es la actitud indispensable para poder escuchar la voz de Dios. »La
respuesta a una vocación sentida en lo profundo de uno mismo y correspondida
con perseverancia es la condición para ser uno mismo, para vivir personalmente
la propia vida. Responder a la vocación personal es tanto como vivir con
libertad la propia existencia. Y para el cristiano, aceptar la propia vocación
es intentar vivir libremente según el designio de Dios sobre nosotros,
integrarnos de verdad en la obra de Dios y de Cristo según nuestra forma
estrictamente personal de ser, ocupar nuestro puesto en la Iglesia y en el
mundo, ese puesto único para el cual Dios nos ha pensado y nos llama, por medio
de Cristo y de su Iglesia. »Entre
todos tenemos que ayudar a nuestros jóvenes cristianos a llegar a este nivel
ilusionado de fe y de amor a Jesucristo que les haga preguntarse "qué
quiere el Señor de mí", "dónde quiere Dios que me sitúe",
"que necesita de mí la Iglesia" "qué puedo hacer por el bien de
mis hermanos". Y si es posible, llegar, como San Francisco Javier, al
"qué puedo hacer yo por Jesucristo". »Esta
es la alerta interior que permite escuchar la voz de Dios, esta es la buena
tierra en la que crece la semilla de las vocaciones, de todas las vocaciones. A
partir de ahí cada uno vivirá su vida como respuesta a la llamada de Dios,
respuesta en el matrimonio y en la vida santa de un seglar apostólico,
respuesta en el ministerio sacerdotal o en la vida consagrada. Pero respuesta,
seguimiento, obediencia, amor. »Oremos
por las vocaciones. Pero no pidamos solo por la vocación de los demás. Pidamos
a Dios que nos haga a nosotros instrumentos de esta presentación alta y
exigente de la vida cristiana como ofrenda y respuesta de amor. »La
ayuda decisiva que nuestros jóvenes necesitan es una comunidad cristiana clara,
entusiasta, una comunidad de hermanos que rezan, que se quieren, que colaboran
con alegría y con confianza dentro de la acción misionera de la Iglesia. Este
es el clima que hay que difundir en nuestra Iglesia y esta es la labor que
tenemos que hacer entre todos, padres, educadores, catequistas, sacerdotes,
para que vuelvan a florecer en nuestra Iglesia las vocaciones y las respuestas,
respuestas de todas clases y en todos los tonos, familias cristianas, apóstoles
seglares, vírgenes consagradas, misioneros, sacerdotes.» 27.
Demasiado pronto Lo
que puedes hacer, o
sueñes que puedes hacer, empieza
a hacerlo. Goethe Es
natural que los padres tiendan a pensar que sus hijos son demasiado pequeños
para tomar decisiones importantes. Y que les parezca también que siempre es
demasiado pronto. Lo confirman los comentarios habituales de los padres cuando
sus hijos empiezan a ejercer ciertas responsabilidades: ¡es que son tan jóvenes! Dios
llama a las almas en diversas etapas de la vida: en la niñez, en la
adolescencia, en la juventud... —¿En
la niñez? Juan
Pablo II, en su “Carta a los niños”, en 1994, dice que «Dios llama a cada
hombre y su voz se deja sentir ya en el alma del niño». El
Cardenal de Madrid, Antonio María Rouco, contaba cómo sintió la llamada de Dios
cuando tenía siete años. «Se dice, Don Antonio —le preguntaron en una
entrevista en la revista Ecclesia en 1996—, que para que una persona se plantee
una vocación tiene que ser ya madura, que sepa lo que hace…, y se mira con un
cierto recelo que un chico joven o que un niño se pueda plantear la vocación.
En ese sentido, a un niño, a un adolescente que se está pensando la vocación,
¿qué le podría usted decir?». «Pues que yo… —contestó el Cardenal—¡me planteé
la vocación con siete años! Y no estoy exagerando nada. Yo a los siete años
tenía unas ganas de ser cura... ¡locas! (...). A partir de ese dato de mi
experiencia, veo que, primero, uno nace ya con vocación. Es decir, uno nace por
vocación. Esa vocación te acompaña toda la vida y se manifiesta en las
condiciones y en las circunstancias propias de la evolución del chico, a través
de las distintas edades. »Un
niño es capaz de responder a una vocación: como niño. Y esa respuesta la tendrá
que traducir a una respuesta adolescente y a una respuesta madura cuando llegue
el momento. Pero eso no quiere decir que no haya tenido vocación o que no haya
podido responder a su manera. Yo creo que hay que respetar mucho esas
vocaciones y esas respuestas: por amor al Evangelio y por exigencia del
Evangelio. La Iglesia lo ha entendido siempre así y las ha cuidado mucho. Lo
demás es una concepción demasiado..., digamos, prepotente: ¡la madurez
personal! »¿Cuándo
está uno maduro? Pues no lo sé. Naturalmente, se requiere un desarrollo
biológico previo. Pero, ¿la madurez espiritual? ¿la madurez delante de Dios?
¿la capacidad de entrega? La puede tener un niño de una forma mucho más limpia,
noble y total que una persona mayor.» —Pero
no creo que sea lo habitual que la vocación surja desde tan joven. Quizá
es más habitual en la adolescencia, o en la juventud. Santo Tomás de Aquino
explicaba la predilección de Jesús hacia el apóstol Juan, por su tierna edad, y
saca de ahí la conclusión de que eso nos da a entender cómo ama Dios de modo
especial a aquellos que se entregan a su servicio desde la primera juventud. Y
Juan Pablo II lo comentaba en 1988: «Cristo tiene necesidad de vosotros,
jóvenes! Responded a su llamada con el valor y el entusiasmo característico de
vuestra edad.» —¿Y
qué crees que deben hacer los padres ante esto? Cuando
Dios llama a esas edades, los padres deben actuar con mucho sentido común y
mucho sentido sobrenatural. No pueden hacer una valoración exclusivamente
terrena del misterio de la llamada divina, una interpretación ajena a lo
sobrenatural. Ni pensar por principio que cuando una persona joven toma una
decisión de entrega a Dios lo hace por desconocimiento de la realidad o
ignorancia del mundo. El
discernimiento de la llamada no es cuestión de experiencia humana o de
conocimiento de otras realidades, sino, sobre todo, de madurez en el trato con
Dios. Además, en la actualidad, para bien o para mal, lo habitual es que
cualquier persona joven haya tenido que afrontar toda una serie de dilemas
morales con los que la anterior generación no se enfrentó, y que haya conocido,
y no siempre positivamente, bastante de ese mundo al que se refieren. Saben de
todo eso más de lo que los adultos piensan, pero, en todo caso, lo importante
no es conocer mucho mundo sino decir a Dios que sí cuando pasa a nuestro lado,
como hizo el apóstol San Juan, que era muy joven, un adolescente. La
vocación no es programable: Dios llama como y cuando quiere. El cristiano no
puede imponer a Dios su propio calendario. El mismo Señor nos habla en el
Evangelio de las distintas llamadas a diferentes horas del día, cada cual en el
momento previsto desde la eternidad. Si fuera un simple “apuntarse” a una
realidad humana (como sucede a la hora de elegir un club deportivo o una
carrera universitaria, por ejemplo), sería natural estudiar las distintas
posibilidades de elección, y programar los tiempos oportunos. Pero solo Dios
decide el momento de luz y de gracia. —Pero
hay que pensárselo muy bien antes de plantear a otra persona la posibilidad de
entregarse a Dios. No
es exactamente eso lo que dijo Juan Pablo II en su alocución del 13 de mayo de
1983: «No debe existir ningún temor en proponer directamente a una persona
joven o menos joven la llamada del Señor. Es un acto de estima y confianza.
Puede ser un momento de luz y de gracia.» Si
esa persona tiene esa vocación, hablarle de ello será una gran ayuda, que
siempre agradecerá. Si no tiene esa vocación, esa propuesta no le causará
ninguna inquietud, como de hecho sucede a la inmensa mayoría de las personas. —Lo
importante es la rectitud con que se hace ese planteamiento. Por
supuesto, esa es la clave. Quien plantea la vocación, debe buscar como primer
objetivo el bien de esa persona, pues siembre es un bien conocer mejor el
designio de Dios para uno mismo. Y debe evitar cualquier falta de rectitud a la
hora de hacerlo, como sucede con cualquier actuación de apostolado cristiano. Y
por parte de quien se plantea el discernimiento de su vocación, también es
clave la rectitud, como es lógico. Por eso en este apartado se habla de las
“excusas”, para ayudar a quien se plantea la vocación a detectar si sus razones
buscan decir que “sí” a lo que Dios le pide, y por tanto desea sinceramente
saber en qué consiste ese “sí”, y entonces con su encuentro personal con Dios
va definiendo y construyendo ese “sí”. Cuando sucede lo contrario, y uno busca,
en realidad, el modo de decir que “no”, pero manteniendo la tranquilidad de
conciencia, entonces el proceso de discernimiento se deteriora y acaba siendo
un proceso de buscar o fabricar excusas. Por eso, al hablar aquí de las excusas
no nos referimos tanto a los obstáculos objetivos que nos podemos encontrar,
sino a esos otros obstáculos más subjetivos que nosotros mismos levantamos para
no avanzar. Cuando eso sucede, hay dentro de nosotros una falta de rectitud que
se afana en buscar esas excusas, en construir ese “no”. Pero, en el fondo, si
somos sinceros, sabemos distinguir bastante bien entre unas y otras, y sabemos
si las dificultades son superables, y si son indicios de la voz de Dios o son
excusas inconsistentes que nos fabricamos. 28.
¿Es necesario ser célibe? Cuanto
más renunciamos, más
amamos a Dios y
a los hombres. Madre
Teresa de Calcuta —Pero
Dios no pide el celibato a todos, sino solo a unos pocos, y yo no soy nadie
extraordinario y no sé si seré capaz de vivir algo que Dios pide solo a unos
pocos. A
quienes Dios se lo pide, les da la capacidad para seguir ese camino. Y no son
tan pocos a los que Dios ha pedido esa entrega total y han dicho que sí. Muchos
millones de hombres y mujeres viven o han vivido gozosamente su vocación al
celibato a lo largo de los dos mil años de historia de la Iglesia. El
celibato es una de las joyas más preciosas de la corona de la Iglesia. No es
una soltería sin vínculos, sino un compromiso de entrega enamorada a Dios. Un
corazón célibe no es un corazón frustrado o inhibido, sino un corazón realizado
y lleno de amor. Los hombres fallamos, pero Dios no falla, y ese milagro del
celibato al que estamos acostumbrados, manifiesta el poder de la gracia sobre
la debilidad y la miseria humanas. No es solo el fruto de un esfuerzo, sino
sobre todo un don, una gracia que Dios concede. —Pienso
que bastantes personas se han planteado alguna vez entregarse a Dios pero no se
deciden porque temen que esa vida no les resulte grata. Esa
incertidumbre se presenta tanto en la vida matrimonial como en el celibato.
Cuando una persona se casa, no puede estar segura de que vaya a compartir su
vida con alguien que vivirá muchos años o pocos, si le será fiel o no, si
disfrutarán de salud o sufrirán el zarpazo de la enfermedad, si Dios los
bendecirá con hijos o les bendecirá no dándoselos, si sus hijos llenarán su
casa de alegrías o quizá de motivos de tristeza. La
entrega a Dios en celibato tiene también su proyecto, muy ilusionante, como el
matrimonio, y es preciso tenerlo presente y desarrollarlo. Porque, si no, pasa
como con el matrimonio sin proyecto y sin ilusiones, que cae en la rutina y el
aburrimiento de la falta de horizontes a los que aspirar o dirigirse. Cada
persona es responsable de su encuentro con Dios, y debe poner iniciativa y
creatividad, no limitarse a una actitud pasiva, como si fuera un burócrata a la
espera de instrucciones. No
puede ser menos intensa ni menos comprometida la entrega a Dios en celibato que
la de los esposos entre sí, o la de los padres con sus hijos. ¿Qué entrega
sería la de una madre o un padre que solo se ocupara de sus hijos cuando éstos
le devolvieran afecto por afecto, o solo si se cumplieran en ellos los sueños
azules de cuando los niños nacieron? Dios pide en todos los casos una entrega
completa, en tiempos de vigor y en tiempos de fatiga, con horizontes claros y
con el cielo oscurecido por el nubarrón amargo de la tristeza. Sin
esta perspectiva sobrenatural, es difícil entender el camino que a cada uno le
depara su vocación. Hay que aceptar de buen grado la voluntad de Dios, aunque
resulte a veces difícil de entender, aunque nos encontremos tras las alambradas
de Auschwitz, como le sucedió a Maximiliano Kolbe, o tras las de Dachau, como
le sucedió a Kentenich. Toda
vocación tiene la promesa de ver cosas grandes. Los que aceptan entregar su
vida a Dios se convierten en testigos privilegiados de las maravillas de la
gracia en los corazones, del triunfo del amor divino sobre el mal en el mundo. —Todo
eso es cierto, y todos conocemos casos de personas célibes cuya vida de entrega
nos resulta atractiva y ejemplar, como ese panorama que tú describes, pero
también conocemos otros casos que no lo son tanto. Tienes
razón. Hay vidas de entrega a Dios que son un ejemplo maravilloso, y hay otras
en las que parece apreciarse más bien el aire gris de la rutina y de la
mediocridad. Como sucede con los matrimonios, de los que también todos
conocemos un amplio abanico de posibilidades, y sabemos que los hay unidos y
desunidos, más entregados el uno al otro o menos, más o menos felices. Cuando
un chico y una chica se casan, deben fijarse en los buenos matrimonios, que
pueden ser para ellos una referencia o un modelo, y fijarse también en los que
no funcionan tan bien, para no caer en los errores que nos parece que han
cometido. Al fin y al cabo, así hay que obrar siempre y para casi todo en la
vida, tomando como pauta lo que en otros nos parece mejor, y procurando
desmarcarnos de lo que nos parece peor, sin engañarnos con los malos ejemplos
para eludir lo que debemos hacer. Además,
si nos retrae el ejemplo de otros, podemos recordar que, según nos cuenta el
Evangelio, Dios llama a quien quiere, y entre esos, encontramos a unos mejores
y a otros peores, pero a todos con defectos. La vocación es un don gratuito de
Dios y no un premio a los propios méritos. Dios llama, no porque se fije en tus
cualidades o las mías, sino por pura bondad suya. Y no podemos pretender que
todos aquellos que tienen vocación sean perfectos y ejemplares en todo. Así lo
explicaba en 1985 el entonces Cardenal Joseph Ratzinger, refiriéndose a que no
debe olvidarse que quien se entrega a Dios, «siempre ha estado tentado de
acostumbrarse a la grandeza, a hacer de ello una rutina. Puede llegar un día en
que sienta la grandeza de lo sagrado como un peso, e incluso desear —quizás
inconscientemente— liberarse de ese peso, disminuyendo el Misterio de Cristo a
su propia medida personal, en vez de abandonarse con humildad pero con
confianza para hacerse elevar a esa altura.» Es una tentación y un riesgo
inherentes a cualquier ideal que ilumina una vida. —Muchas
personas dicen que el celibato es difícil de vivir y que debería
reconsiderarse, pues es la causa de muchos abandonos en el servicio de Dios. Es
cierto que algunos lo dicen, aunque bastantes menos de lo que pretenden algunos
medios de comunicación laicistas, que parecen empeñados en difundir esa idea en
contra de la opinión mayoritaria de los católicos, que acoge el celibato con
enorme respeto y afecto. Muchas
veces en la historia se ha intentado poner en tela de juicio el celibato, quizá
tomando como pretexto las debilidades humanas. Pero bastaría consultar, por
ejemplo, los boletines oficiales de la Congregación para el Clero para
demostrar, estadísticas en mano, que las deserciones del celibato sacerdotal,
injustamente enfatizadas por esos medios de comunicación, constituyen un
porcentaje irrisorio. Es cierto que no a todos les es dado entenderlo «sino
solo a quienes les ha sido concedido de lo alto», como señala con meridiana
claridad el Evangelio, pero pienso que se puede llegar a intuirlo si se
profundiza un poco en el mensaje de las Sagradas Escrituras y del Magisterio de
la Iglesia, que describen el celibato como signo de un amor inagotable que hunde
sus raíces en la virginidad, en el corazón indiviso. Es
cierto que hay abandonos del celibato, como los hay del matrimonio, y la
solución no es dejar de exigir entrega ni fidelidad, tanto en el matrimonio
como en el celibato. La fidelidad en el celibato y en el matrimonio dan
testimonio de la eternidad del amor, de que la razón y la libertad se ven
constantemente atraídas por la belleza del ideal del amor casto y fecundo: para
el celibato en el origen de la generación espiritual de la multitud de hijos que
es la Iglesia, y para el matrimonio en el origen de una familia humana que es
la pequeña Iglesia doméstica. No
deben exagerarse las dificultades del celibato frente a las del matrimonio,
dramatizando con la posibilidad de una futura defección —como si esa
posibilidad no se diese en todos los estados—, o pintando el matrimonio como un
camino de rosas. Porque, igual que es una simpleza decir que «se llama santo al
matrimonio porque cuenta con innumerables mártires», también lo es pensar que
ser célibe es terriblemente arriesgado y difícil. —¿Y
no habría más vocaciones al sacerdocio si no se exigiera el celibato? La
cuestión del matrimonio no se ha demostrado determinante ni decisiva respecto a
las nuevas vocaciones. Es algo que puede verificarse fácilmente. Basta con
fijarse en las Iglesias orientales (en las que se ordenan también sacerdotes
casados) y en el anglicanismo y el luteranismo (en estas, además, están bien
retribuidos), y fácilmente se comprueba que en ninguno de los tres casos hay
una correlación entre vocaciones y matrimonio. De hecho, la disminución de
vocaciones de pastores luteranos y anglicanos es superior a la de sacerdotes
católicos en esos mismos países. Por
el contrario, se ven aparecer de manera insistente y significativa vocaciones
de sacerdotes solteros en Iglesias que admiten la ordenación de casados. Es un
dato poco conocido, pero que confirma una tendencia que avanza desde hace más
de un siglo en el anglicanismo, las Iglesias orientales, el luteranismo alemán
y en algunos protestantes franceses. ¬—Pero
el celibato es vivir siempre solo, sin la compañía y el cariño de una persona
amada. Eso
es una visión negativa del celibato cristiano. Quizá esa visión nazca de la
influencia de personajes más literarios que reales, que han contribuido a dar
del hombre o de la mujer célibes una imagen triste o extraña. Es frecuente ver
cómo se exageran los riesgos del celibato, a la vista de las defecciones que se
producen, pero quienes insisten tanto en eso suelen olvidar que el índice de
matrimonios rotos es bastante mayor que el de abandonos del celibato. Además,
igual que los fracasos matrimoniales no se deben a que la institución
matrimonial sea nociva o defectuosa en sí misma, sino al fracaso del amor
matrimonial en un hombre o en una mujer, lo mismo puede decirse del celibato
apostólico. Quien no se entrega suficientemente a su cónyuge, fracasará en su
matrimonio, y quien no se entrega suficientemente a Dios fracasará en el
celibato. La clave en ambos casos está en la victoria sobre el propio egoísmo y
la propia soberbia. Quien no se toma en serio esa batalla, será un negado para
el amor, tanto para el amor humano como para el amor de Dios. —¿Entonces,
el celibato no es un gran sacrificio? No
es para tanto. Igual que para un hombre no es un gran sacrificio entregar su
vida a una sola mujer, o para una mujer entregarse a un solo hombre, tampoco
tiene por qué serlo dedicarse completamente a la propia elección en el
celibato. ¬—Pero
no es lo mismo enamorarse de Dios que enamorarse de una persona. Desde
luego, no es exactamente lo mismo. Enamorarse de Jesucristo, de la propia
vocación, de la misión encomendada por Dios, es probable que no genere en
nosotros los mismos sentimientos que el amor que hay entre los novios, o entre
los esposos, o de los padres por los hijos. Son categorías distintas. Si Dios
da ese don, se puede llegar a sentimientos incluso más profundos, pero el amor
a Dios es sobre todo un cariño que surge de la inteligencia y la voluntad, de
la comprensión de una realidad que nos empuja a un sentimiento de gratitud y de
amor hacia quien ha dado todo por nosotros. Los
que se entregan a Dios no dejan vacío el corazón. No están nunca solos, aunque
algunas veces vivan con menos compañía humana. Esto resulta difícil de entender
a quienes olvidan que el celibato es un don. Los que se entregan por entero a
Dios, los que renuncian por amor a Dios al amor humano, no mutilan de ningún
modo su personalidad, ni recortan su capacidad de querer. No empequeñecen su
corazón, sino que lo engrandecen. «Por
mi voto de castidad —decía la Madre Teresa de Calcuta— no solo renuncio al
estado del matrimonio, sino que también consagro a Dios el uso de mis actos
interiores y exteriores, mis afectos. En conciencia no puedo amar a otra
persona con el amor de una mujer por un hombre. Ya no tengo derecho a dar ese
afecto a ninguna otra criatura, sino solamente a Dios. No por eso somos como
piedras, seres humanos sin corazón. No, en absoluto. Hemos de mantenernos como
estamos, pero darlo todo por Dios, a quien hemos consagrado todos nuestros
actos interiores v exteriores. La castidad no significa simplemente no estar
casada, sino amar a Cristo con un amor indiviso. Es algo más profundo, algo
vivo, algo real. Es amarlo con una castidad amorosa e íntegra por medio de la
libertad de la pobreza.» —Desde
luego, hablar en nuestra época del celibato es de una audacia muy notable, ¿no
te parece? No
diría tanto, pero se podría establecer una comparación con los primeros
cristianos. Tuvieron que ser fuertes para vivir con coherencia en una sociedad
bastante corrupta, aficionada a los juegos sanguinarios del circo, y que por
etapas los llevaba a las catacumbas y al martirio. Y el testimonio de esos
primeros cristianos, en medio de ese mundo embrutecido, acabó por cambiar el imperio
romano, que finalmente se hizo cristiano, y no precisamente por la fuerza de
las armas. Fue el testimonio de los valores cristianos lo que se impuso sobre
el imperio de la fuerza. Y ahora, en nuestra época, quizá el testimonio más
rompedor es el de la castidad. En otros temas, es quizá más fácil encontrar
áreas comunes con las mentalidades dominantes, pero el testimonio de la
castidad y del celibato es un tanto escandalizador, e incluso irritante para
muchos, que en cuanto se mencionan estos temas saltan con verdadera furia. Pero
vivir hoy la castidad es un testimonio especialmente necesario, una prueba de
autenticidad personal, de dedicación a un ideal, de fortaleza cristiana. La
castidad es una de las grandes claves del testimonio cristiano de la mujer y
del hombre de hoy. Hay mucha gente buenecilla, con buenos sentimientos, de buen
corazón, con deseos de hacer el bien, pero débiles, y quizá en lo primero que
se manifieste es en este punto, y con esas personas será difícil cambiar el
mundo. —Pero
el matrimonio también es importante, y también es una vocación. No
solo es importante el matrimonio, sino que es imprescindible para la
preservación de la especie humana. Y es una vocación, ciertamente. «Nunca
olvidaré —recordaba Juan Pablo II en 1994— a un muchacho, estudiante del
politécnico de Cracovia, del que todos sabían que aspiraba con decisión a la
santidad. Ése era el programa de su vida; sabía que había sido "creado
para cosas grandes", como dijo una vez San Estanislao de Kostka. Y al
mismo tiempo, ese muchacho no tenía duda alguna de que su vocación no era ni el
sacerdocio ni la vida religiosa; sabía que tenía que seguir siendo laico. Le
apasionaba el trabajo profesional, los estudios de ingeniería. Buscaba una
compañera para su vida y la buscaba de rodillas, con la oración. No podré
olvidar una conversación en la que, después de un día especial de retiro, me
dijo: "Pienso que ésta debe ser mi mujer, es Dios quien me la da". »Como
si no siguiera las voces del propio gusto, sino en primer lugar la voz de Dios.
Sabía que de Dios viene todo bien, e hizo una buena elección. Estoy hablando de
Jerzy Ciesielski, desaparecido en un trágico incidente en Sudán, donde había
sido invitado para enseñar en la universidad, y cuyo proceso de beatificación
ha sido ya iniciado.» El
matrimonio cristiano es, plenamente, una vocación a la santidad. Y el ejemplo
de padres que buscan la santidad es la primera condición favorable para el
florecimiento de vocaciones sacerdotales y religiosas. —¿Y
cuál es la vocación más importante? Para
cada uno la suya. Donde Dios llame a cada uno, en aquella vocación que Dios
tiene pensada desde toda la eternidad. Todas las vocaciones son llamadas
divinas al amor y a la santidad. Pero solo con el cumplimiento de nuestra
vocación realizamos plenamente la Voluntad de Dios para nosotros. Es
cierto que la Iglesia nos enseña que el celibato apostólico es en sí una
vocación más perfecta que la del matrimonio. Lo recuerda el Señor en el
Evangelio, y lo aconseja San Pablo en sus epístolas. Pero aunque sea así de
modo general, no es lo que Dios desea para todos. —¿Y
si una persona ha pensado siempre en casarse? Eso
es lo natural en cualquier persona llamada por Dios al celibato, antes de
descubrir esa llamada. Todos los hombres y todas las mujeres experimentan esa
tendencia natural al matrimonio, como fruto de la atracción de ambos sexos. Por
esa razón, Dios no necesita confirmar, como sucede con el celibato, esa
vocación natural con una llamada interior: la experimenta cada hombre con lo
que se podría denominar un llamamiento universal de la propia naturaleza. El
llamamiento particular lo experimentan únicamente aquellos a los que Dios
quiere comprometer en una plena disponibilidad a su servicio. —¿Pero
qué crees que necesita más ahora la Iglesia: sacerdotes, frailes, monjas de
clausura, padres de familia, misioneros…? Te
contesto con unas palabras de Pablo VI que serán siempre muy actuales: «Por
encima de todo, necesitamos santos. Mirando al estado en el que se encuentra
hoy el mundo, os recuerdo que la mayor necesidad que tienen las naciones es
esta, la de la santidad. Necesitamos santos. Santos por encima de todo. ¡Esa es
la mayor necesidad del mundo actual!». Por encima de todo, hacen falta hombres
y mujeres que respondan con generosidad plena al querer de Dios. Y en su
sabiduría infinita, Dios ha dispuesto que unos le sirvan en el matrimonio y
otros —quizá más de los que parece— en el celibato. Dios
da a cada uno los dones que necesita para la misión que le ha designado. Por
esa razón, no todas las vocaciones tienen las mismas exigencias, porque Dios es
infinitamente justo y pide a cada uno en relación a los talentos que le ha
dado. Se
trata de una decisión personal que cada uno ha de tomar a la luz de su oración
personal. No puede tomarse a la ligera. Ni tampoco pensando, como hacen
algunos, que no se entregan a Dios en el celibato porque le gustan las chicas
(o los chicos, según el caso). ¿No sería menospreciar un poco a los que siguen
ese camino? En
definitiva, no plantees tu respuesta a Dios como la elección entre diversos
“niveles”: un nivel alto, el celibato, que exigiría renuncia absoluta; y otro
nivel más bajo, el matrimonio, más suave y llevadero, más asequible: una
especie de “clase turista”, un vuelo barato a la santidad. Dios pide la
plenitud de la entrega a todos, de acuerdo con sus circunstancias. La santidad
no la determinan esos “niveles”, y por eso no fue menos santo alguien como
Santo Tomás Moro por el hecho de estar casado, sino que encontró la plenitud de
la vida cristiana en el matrimonio, pero si hubiese elegido el matrimonio por
falta de generosidad con Dios, no hubiese sido santo. Por eso, la vocación no
puede tratarse como una oferta de temporada propia de las grandes superficies:
«si soy más generoso, elijo el celibato; si menos, el matrimonio». —¿Y
la razón del celibato es tener una mayor disponibilidad? Benedicto
XVI ha recalcado que el testimonio del celibato es especialmente necesario en
nuestro mundo completamente funcional, donde todo se basa en servicios
calculados y verificables. El gran problema de Occidente es el olvido de Dios,
y el celibato supone una mayor identificación con la vida de Cristo y un
testimonio para llevarlo a toda la humanidad, que es el servicio prioritario
que ésta necesita. El celibato solo puede ser comprendido y vivido con este
fundamento, porque las razones únicamente pragmáticas, de una disponibilidad
mayor, no son suficientes y podrían llevar a pensar que el celibato busca un
simple ahorrarse los sacrificios y fatigas del matrimonio para tener más
desahogo en otros campos. Es indudable que el celibato permite habitualmente
una mayor disponibilidad, pero es sobre todo un testimonio de fe, y por eso es
tan importante precisamente hoy. —Mucha
gente dice que no tiene sentido que en nuestro tiempo, en el que hay que
afrontar muchas y urgentes situaciones de pobreza y de necesidad, haya personas
que se encierren para siempre entre los muros de un monasterio, pues privan a
los demás de la contribución de sus propias capacidades y experiencias. La
cuestión está en si se valora o no la eficacia que su oración puede tener para
solucionar los numerosos problemas concretos que siguen afligiendo a la
humanidad. El hecho de que hoy día haya numerosas personas que abandonan
carreras profesionales, con frecuencia prometedoras, para abrazar la austera
regla de un monasterio de clausura, es una llamada de atención sobre la
importancia de la oración. No está de más preguntarse qué les lleva a dar un
paso tan comprometedor. «Esas
personas —afirma Benedicto XVI— testimonian silenciosamente que en medio de las
vicisitudes diarias, en ocasiones sumamente convulsas, Dios es el único apoyo
que nunca se tambalea, roca inquebrantable de fidelidad y de amor. Ante la
difundida exigencia que muchos experimentan de salir de la rutina cotidiana de
las grandes aglomeraciones urbanas en búsqueda de espacios propicios para el
silencio y la meditación, los monasterios de vida contemplativa se presentan
como oasis en los que el hombre, peregrino en la tierra, puede recurrir a los
manantiales del espíritu y saciar la sed en medio del camino. »Estos
lugares, aparentemente inútiles, son por el contrario indispensables, como los
“pulmones verdes” de una ciudad. Son beneficiosos para todos, incluso para los
que no los visitan o quizá no saben que existen. Hay que agradecer a Dios que
siga suscitando tantas vocaciones para las comunidades de clausura, masculinas
y femeninas, y hay que hacer por nuestra parte lo necesario para que nunca les
falte nuestro apoyo espiritual y también material para que puedan cumplir su
misión de mantener viva en la Iglesia la ardiente espera del regreso de
Cristo.» 29.
Las propias limitaciones Muchos
hombres no se equivocan jamás porque
nunca se proponen hacer nada. Goethe —He
pensado a veces que debería entregarme a Dios, pero enseguida me viene la idea
de que no valgo para eso, de que no soy suficientemente digno. Moisés
también pensaba en su indignidad cuando le dijo al Señor: «¿Quién soy yo para
ir al Faraón y sacar de Egipto a los israelitas?». Pensaba solo en sus fuerzas
y sus cualidades. Sus excusas parecían bastante razonables, pero Dios le dijo:
«Yo estaré contigo», y le indicó lo que tenía que hacer. Moisés insistió y le
recordó a Dios que las dificultades no eran solo interiores suyas: «Mira que no
me van a creer, ni escucharán mi voz, pues dirán: “¡no se te ha aparecido
Yahwéh!”». Entonces Dios hizo dos milagros para mostrarle su poder: convertir
su cayado en una serpiente y cubrir de lepra su mano durante unos momentos. Y
añadió: «Si tampoco te creen estos dos prodigios ni escuchan tu voz, tomarás
agua del Nilo y la derramarás en suelo seco y el agua que hayas tomado del río
se convertirá en sangre.» Nada
de esto le pareció suficiente a Moisés, que siguió buscando excusas. Había
visto su bastón convertido en serpiente y su mano llena de lepra y curada en un
instante. Había visto el poder omnipotente de Dios, pero insistía: «Yo no soy
elocuente, y no de ayer ni de anteayer, ni incluso desde que tú hablas a tu
siervo, pues soy torpe de boca y torpe de lengua.» Ésta
sí que parecía una excusa concluyente. ¿Cómo Dios va a elegir para hablar al
Faraón y liberar al pueblo precisamente a un tartamudo? Es de sentido común.
Como las excusas que todos solemos poner, que nos vienen enseguida a la cabeza
cada vez que nos enfrentamos a algo que nos cuesta. Son excusas llenas de ese
falso realismo que cuenta tan poco con el poder de Dios, con la perspectiva de
lo sobrenatural. Son razones bien estructuradas, bien armadas, que quizá nos
repetimos una y otra vez y que acabamos por creernos sin fisuras. ¿Cómo me
puede pedir Dios a mí, que soy tan tímido, esa misión de apostolado? Pero
Dios le recuerda a Moisés: «¿Y quién ha dado boca al hombre? ¿O quién le hace
mudo, sordo, vidente o ciego? ¿Acaso no soy Yo, Yahwéh? ¡Ve, pues, y yo estaré
con tu boca y te indicaré lo que has de hablar!». También
nosotros hemos de confiar en Dios. Si nos llama, si Él nos ha escogido para
llevar a cabo una misión concreta, nos dará la ayuda necesaria. Procuremos no
poner tanta resistencia como Moisés, que después de esta última respuesta
divina aún no se daba por vencido y seguía insistiendo: «¡Perdón, pero envía,
por favor, tu mensaje por quien desees enviarlo!» La
misión le sobrecoge. Le falta fe en Dios. Intenta eludir la llamada diciendo
que “hay otros” mucho más dignos que él. Pero, en el fondo, disimula su “no
quiero” con un “no debo ser yo”. Se inflamó entonces la cólera de Yahwéh, se
lee en el Antiguo Testamento, y le dijo que asistiría con su poder las palabras
que salieran de la boca de Moisés. Dios
no llama a nadie porque le deslumbren sus cualidades. Es Dios quien le ha dado
esas cualidades, y a unos les da más y a otros menos, pero sobre todo es Él
quien dice “sígueme”. Por eso, no importa la historia de cada uno, o los
errores pasados o presentes, como decía San Agustín cuando escuchaba el ruido
de los juegos del Circo que había dejado desiertas las calles de su ciudad: «¿Qué
os creéis? ¿Cuántos futuros cristianos no estarán allí sentados? ¿Quién sabe?
¿Cuántos futuros obispos?». —Pero...
¿y los propios defectos? Nadie
está libre de defectos. Los santos tuvieron defectos, y algunos de ellos muchos
defectos. Y demostraron la santidad precisamente luchando contra esos defectos.
Dios llama contando con virtudes y con defectos. Dios cuenta con tus virtudes,
para que las cultives, y con tus defectos, para que luches por superarlos. Además,
no exageres tus limitaciones o tus defectos. Hay muchos santos a los que la
naturaleza no dotó aparentemente de demasiadas cualidades. Por ejemplo, cuando
San Camilo de Lelis se planteó por primera vez entregarse a Dios, no era
precisamente un dechado de virtudes. Desde pequeño, tenía muy arraigado un
vicio que le causaría mucho daño: era un gran jugador de cartas. Su pasión por
el juego le llevaba a numerosos conflictos y a perder constantemente el empleo.
A los diecinueve años, decide enrolarse en el ejército, pero su padre muere
unos días antes de embarcarse y Camilo se replantea su vida. Cruza por su mente
la idea de hacerse capuchino, y va a consultarlo con un tío suyo en el convento
de los capuchinos de Aquila. Su tío se lo desaconseja, viendo su vida tan poco
ejemplar. Entre tanto, se hace una herida en una pierna y acaba ingresado en un
hospital de Roma, para curar la enorme llaga que se le ha abierto. Allí se
queda como enfermero, pero al poco tiempo es despedido por su incorregible
vicio de jugador, que le hace ser negligente con los enfermos. Decide de nuevo
seguir la carrera de las armas, y durante seis años lucha en diversos frentes.
A pesar de la cercanía constante de la muerte en los campos de batalla, sigue
siendo un vicioso del juego, hasta el punto de que en 1575 acaba mendigando, y
poco después trabajando como peón de albañil en Manfredonia, donde los
capuchinos están construyendo un nuevo convento. En
aquel convento se dio cuenta de lo vacía que estaba su vida y dio un gran
cambio. Entonces sí fue admitido como capuchino y durante un tiempo sería un
fraile ejemplar. Pero aquello no duró mucho, pues se le abrió nuevamente la
llaga y tuvo que volver a ingresar en el hospital de Roma donde antes había
trabajado. En su nueva y larga estancia allí descubrirá el camino que Dios le
tenía reservado. Los hospitales de aquella época parecían exteriormente
verdaderos palacios, pero en las salas de los enfermos se desconocía la higiene
y la limpieza más elementales. Muchos de los enfermeros eran personas
condenadas por la justicia que cumplían sus penas entre aquella pestilencia. Es
fácil imaginar cómo estarían asistidos los enfermos, con un personal reclutado
de esa manera. Camilo, en su nueva etapa, ejerció de nuevo como enfermero y dio
muestras de una diligencia y unos sentimientos tan fraternales para con los
enfermos, que muy pronto fue nombrado administrador y director del hospital.
Inició entonces unas importantes reformas. Cada enfermo tenía su propia cama,
con ropa limpia. Mejoró mucho la alimentación. Los medicamentos se dieron con
rigurosa puntualidad. Y, sobre todo, el nuevo director, con su gran corazón,
asistía personalmente a cada uno, compartía con ellos sus padecimientos,
consolaba a los moribundos y les preparaba para su hora postrera, estimulando
al mismo tiempo el esmero de todos en favor de los que sufrían. Una
noche de agosto de 1582 se le ocurrió un pensamiento: ¿Y si reuniera a unos
hombres de corazón en una nueva Congregación religiosa, para que cuidasen a los
enfermos, no por dinero, sino por amor a Dios? Inmediatamente lo habló con
cinco buenos amigos, que acogieron la idea con entusiasmo. Pensó también que
Dios le pedía ser sacerdote, para dirigir esa fundación. Pasó por muchas
dificultades, pero en 1586 el Papa Sixto V aprobó la Congregación y autorizó a
sus miembros a ostentar una cruz roja en la sotana y en el manto. Así nació la
gran familia de los "Camilos", hermana de la de los
"Hospitalarios", fundada en España por San Juan de Dios. No faltó
trabajo a los nuevos cruzados de la caridad. Camilo y los suyos se
multiplicaron. En todas partes donde había apestados, hambre o miseria, allí se
presentaba el admirable fundador y sus religiosos, que enseguida demostraron
ser enfermeros atentos, hábiles y paternales, que se esforzaban por considerar
y ver a Jesucristo en cada enfermo. Enseguida
abrió una segunda Casa en Nápoles, y después en Milán, Génova, Bolonia,
Florencia y otras ocho poblaciones de Italia. El Fundador se trasladaba de una
a otra, incesantemente, al galope de su caballo o navegando en pésimas embarcaciones.
Sufrió varios accidentes y pasó graves peligros. Repetidamente, su oración
calmó tormentas amenazadoras de naufragio. A su muerte, en 1614, había 15
casas, 8 hospitales y 200 religiosos. Hoy es una institución extendida por todo
el mundo, con casi dos mil miembros y 145 hospitales. Y
todo nació de aquel joven que en 1569 empezó a trabajar como enfermero en un
hospital de Roma, con ciertas inquietudes espirituales pero demasiado
aficionado a las cartas. «No tiene la menor aptitud para el oficio de
enfermero», sentenció el director al despedirle. Pero aquel hombre acabó
fundando una gran institución que, junto con otras semejantes, cambió
sustancialmente desde entonces el modo en que se atendía a los enfermos. Cuando
pensamos si somos o no dignos de recibir determinada misión por parte de Dios,
hemos de cuidarnos de que aquello no sea la excusa para quedarnos dignamente
recostados en la comodidad. No hay que pensar tanto en la indignidad personal,
sino en cuál es el designio de Dios para nosotros. Y
si resulta que tendemos a pensar mucho en nuestras muchas limitaciones, y hasta
las exageramos, pero solo cuando pensamos en la entrega a Dios, y en cambio,
para el resto de nuestra vida, ni consentimos que nos recuerden que tenemos
defectos, parece claro que nos falta rectitud en todo ese aparentemente humilde
planteamiento. —Pero
a todos nos suele parecer que nuestra aportación personal será muy pequeña y
tendrá poca trascendencia. Muchas
veces, las pequeñas aportaciones tienen mucha trascendencia. En Venecia, en la
plaza de San Marcos, sobre el dintel de una puerta, cerca de la Torre del
Reloj, hay un relieve que es un simple vaso. Pero un vaso que tiene su pequeña
historia. En 1310, algunas grandes familias de Venecia decidieron apoderarse
por la fuerza de esta pequeña República y una noche reunieron a todos sus
partidarios para asaltar el Palacio del Dux. Pero una viejecita que vivía
cerca, en la entrada de la mercería, al verlos, tiró un vaso de metal desde su
ventana para alertar a los guardias. Acudieron enseguida, y los conjurados,
creyéndose traicionados, abandonaron su intento. Aparentemente hizo poco: pero
con eso bastó para salvar la República. Y la República ordenó que se pusiese
ese vaso en el dintel de su casa como recuerdo. A
veces lo nuestro puede efectivamente ser una pequeña aportación, como la de
aquella anciana que arrojó a la calle un pequeño vaso de metal. Es cierto que
hay otras muchas personas con más virtudes y más cualidades. Pero si Dios nos
llama, nos dará la fortaleza y las cualidades necesarias. Así sucedió con
Moisés, que, a pesar de todo, al final hizo lo que Dios le dijo, y Dios dijo de
él: «Moisés es en toda mi casa el hombre de mi confianza». 30.
Hay otros mejor preparados Todos
los hombres son
superiores a nosotros en algún aspecto, y
en eso podemos aprender de ellos. Ralph
W. Emerson Rabindranath
Tagore cuenta la famosa historia de un mendigo que se encontró con el carruaje
del rey. «Posaste tu mirada en mí y bajaste sonriente. Sentí llegada la suerte
de mi vida. De repente, tendiste hacia mí tu mano derecha y dijiste: ¿qué vas a
darme?». El mendigo se quedó confuso y perplejo. Y cedió a la tentación del
egoísmo y de la pequeñez: le dio un grano de trigo. «Al declinar el día y
vaciar mi saco hallé una minúscula pepita de oro entre el puñado de granos
vulgares. Entonces lloré amargamente y pensé: lástima no haber tenido la
generosidad de dártelo todo». Aquel
pobre mendigo consideraba que tenía muy poco y, ante la petición de Dios, le
dio muy poco. Así nos sucede muchas veces a los hombres ante las peticiones de
Dios. Y al final del día, de la vida, lamentamos no haber tenido la generosidad
de darle más, de darle todo. —Pero
supongo que Dios llama sobre todo a personas de especiales cualidades. Quizá
pensamos siempre en ese otro que es más inteligente, mejor persona, con más
simpatía o más fe que yo. ¿Por qué Dios va a elegirme precisamente a mi? ¿A
Dios, qué más le da? ¿No podría, mejor, elegir a ese otro, que es mucho mejor
que yo? ¿Por qué, entre millones y millones de personas, tengo que ser
precisamente yo? No
hay respuesta fácil a esa pregunta. En el Evangelio se lee bien claro que
Jesucristo eligió a los que quiso, no a los mejores. Su elección forma parte
del misterio del insondable designio divino. Es algo que depende de la soberana
libertad del poder divino y que escapa a nuestra comprensión. No
tenemos que exigirle explicaciones a Dios, pero sobre todo, debemos pensar por
qué hacemos un planteamiento tan negativo de la entrega. Cuando Dios llama, ese
camino es el que otorgará mayor felicidad a esa persona. No hace falta tener
dotes extraordinarias, ni un nivel extraordinario de santidad. —Pero
supongo que, para ser llamado por Dios, habrá que tener un nivel alto de
perfección personal. «Para
responder a la llamada de Dios —afirma Benedicto XVI— y ponernos en camino, no
es necesario ser ya perfectos. Sabemos que la conciencia del propio pecado
permitió al hijo pródigo emprender el camino del retorno y experimentar así el
gozo de la reconciliación con el Padre. La fragilidad y las limitaciones
humanas no son obstáculo, con tal de que ayuden a hacernos cada vez más
conscientes de que tenemos necesidad de la gracia redentora de Cristo. Ser
santo no comporta ser superior a los demás; por el contrario, el santo puede
ser muy débil, y contar con numerosos errores en su vida.» No
te preocupes por tu falta de cualidades personales. Basta con luchar. En la
Francia del siglo XIX había miles de jóvenes de grandes virtudes que buscaban a
Dios y, de entre todas, la Virgen eligió a una aldeana enfermiza e ignorante de
un lugar sin importancia del Pirineo llamado Lourdes, muy atrasada en los
estudios para sus catorce años, pues no había aprendido a leer ni a escribir,
solo hablaba en su dialecto local y no sabía nada de catecismo. Piensa
también en los pastorcillos de Fátima. Los tres recibieron la misma gracia,
aunque de un modo distinto para cada uno: Lucia hablaba, Jacinta escuchaba,
Francisco solo veía. ¿Por qué Dios lo hizo así? No esperes una respuesta
simple. Él sabe cómo debe hacer las cosas. Y fueron santos, no porque se les
apareciera la Virgen, ni por sus grandes dotes personales, sino porque hicieron
lo que Ella les dijo de parte de Dios. —Pero
muchas veces será mejor esperar a tener más formación, dedicar unos años a
profundizar antes de tomar decisiones y recoger una mayor información sobre el
camino por el que Dios nos llama. A
primera vista, son consideraciones muy razonables. Lo que cada uno debe ver es
si no encubren un miedo a comprometerse, si acaso enmascaran un cierto egoísmo
con la excusa de la falta de una formación adecuada. Porque todos necesitamos
formación, pero procurando que eso no se convierta en una excusa para decir que
no, y procurando también que esa necesidad de formarse se concrete en medios
concretos para lograrlo. Podríamos referirnos a la figura del Santo Cura de
Ars, que luego veremos con más detalle: también advertía su falta de formación
mientras concluía sus estudios teológicos, pero puso todos los medios para
formarse y acabó siendo un gran santo. Hay
que leer, pensar, preguntar, informarse, tomarse tiempo, pero siempre
afrontando de cara los deseos de Dios, buscando la máxima rectitud por nuestra
parte. Y todo eso quizá no lleve demasiado tiempo. Lo decisivo quizá sea la fe
y la cercanía a Dios: cuando se cultiva, cuando se ponen los medios, Dios hace
el resto. —Es
natural que cueste dar ese paso, y que por eso se retrase. Al fin y al cabo, es
entregar mi vida, toda mi vida, como quien tira una moneda al agua. Sí,
es toda tu vida, pero tu vida y la mía son un regalo inmerecido de Dios. Y el
mejor destino que podemos darle es averiguar cuanto antes qué ha pensado Dios
para ella y seguir su designio. Y no solo porque esa vida nos la haya dado Dios
previamente —igual que el amor y la generosidad que hay en nuestro corazón—,
sino porque Dios nos ha creado con una misión y es para esa misión para lo que
mejor estamos preparados y donde más felices seremos. «Ser
santo —afirma Benedicto XVI— significa vivir cerca de Dios, vivir en su
familia. Esta es la vocación de todos nosotros. Para ser santos no es preciso
realizar acciones y obras extraordinarias, ni poseer carismas excepcionales,
sino que es necesario, ante todo, escuchar la llamada de Dios y seguirla sin desalentarse
ante las dificultades. Y cualquier forma de santidad, aun siguiendo sendas
diferentes, pasa siempre por el camino de la cruz, por el camino de la renuncia
a uno mismo. Las biografías de los santos presentan hombres y mujeres que han
afrontado a veces pruebas y sufrimientos, y su ejemplo es para nosotros un
estímulo para seguir el mismo camino y experimentar la alegría de quien se fía
de Dios, porque la única verdadera causa de tristeza e infelicidad para el
hombre es vivir lejos de Él.» —¿Y
si digo que no, es un pecado, una ofensa a Dios? Debe
ser el amor y no el miedo el que lleve a decir que sí a la llamada de Dios. «La
fe no quiere infundirnos miedo —continúa Benedicto XVI—, quiere llamarnos a la
responsabilidad. No debemos desperdiciar nuestra vida, ni abusar de ella, ni
conservarla solo para nosotros mismos.» 31.
La duda sobre las propias cualidades Las
causas perdidas son las únicas que
merece la pena defender; porque
las demás se defienden solas. Alejandro
Llano Juan
Bautista María Vianney nació en Dardilly, cerca de Lyon, en 1786. A los
diecisiete años, concibe el gran deseo de llegar a ser sacerdote. Su padre,
aunque buen cristiano, pone algunos obstáculos, que por fin logra superar. El
joven inicia sus estudios eclesiásticos en Ecully, dejando las tareas del campo
a las que hasta entonces se había dedicado. Un
santo sacerdote, el padre Balley, se presta a ayudarle. Pero el latín se hace
muy difícil para aquel mozo campesino. Aunque era de inteligencia mediana, sus
conocimientos eran extremadamente limitados. Sus dificultades parecen deberse a
la insuficiencia de su primera escolarización y a la avanzada edad a la que
comenzó a estudiar. Llega un momento en que toda su entusiasmo y su tenacidad
no bastan y empieza a sentir un enorme desaliento. Decide entonces hacer una
peregrinación, a pie, a la tumba de San Francisco de Regis, en Louvesc, para
pedir que logre superar esas dificultades, pero sus oraciones no parecen ser
escuchadas y continúa aprendiendo con gran lentitud. Por
entonces se presenta, además, un nuevo obstáculo. El joven Vianney es llamado a
filas, pues la guerra de España y la urgente necesidad de reclutas lleva a
Napoleón a retirar la exención que disfrutaban los estudiantes eclesiásticos.
Después de casi dos años de numerosos peligros y peripecias, Juan Bautista
reanuda sus estudios, primero en Verrières y después en el seminario mayor de
Lyón. Todos sus superiores reconocen su admirable conducta, pero insisten en el
poco provecho en los estudios, hasta que finalmente es despedido del seminario.
Intenta entonces, sin éxito, entrar en los hermanos de las Escuelas Cristianas.
Cuando ya parecía no haber solución, se cruza de nuevo en su camino el padre
Balley, que había dirigido sus primeros estudios. Se presta a continuar
preparándole, habló con sus profesores y, después de un par de años de gran
esfuerzo por parte de los dos, fue ordenado sacerdote en Grenoble en 1815, a
los 29 años de edad. Había acudido solo a esa ciudad, y nadie le acompañó tampoco
en su primera misa, que celebró al día siguiente. Sin embargo, se sentía feliz
de haber llegado a alcanzar lo que estaba convencido de que Dios le pedía,
aunque hubiera supuesto tantas esfuerzos y humillaciones. —Desde
luego, es un ejemplo de constancia en sacar adelante una vocación. Supongo que
muchas veces pensaría en abandonar, ¿no? Fue
ejemplo de tenacidad suya, y también de tenacidad de su maestro, el padre
Balley. Juan María estuvo muchas veces a punto de abandonar, pero su maestro le
alentó siempre. El tiempo pasaba y había que tomar una decisión. ¿Servía como
sacerdote o no? Todos tenían sobrados motivos para desconfiar de la calidad de
su formación teológica. Algunos se lo hicieron notar así al Vicario General de
Grenoble, que preguntó: «¿Es piadoso? ¿Sabe rezar el Rosario? ¿Tiene devoción a
la Virgen?». Le contestaron que era un hombre de profunda piedad y de una vida
santa. «Pues bien, yo lo recibo. Dios hará el resto.» Y Dios lo hizo. Fue unos
de los santos más grandes de la Iglesia. El
padre Balley fue el primero en reconocer y animar su vocación, y quien le animó
a perseverar cuando los obstáculos en su camino le parecían insuperables.
Intercedió ante los examinadores cuando suspendió el ingreso en el seminario
mayor, le ayudó en sus estudios y fue su modelo además de su preceptor y
protector. Además,
no consideró cumplida su misión con la ordenación de Juan María, sino que logró
que, como aún no había terminado sus estudios, fuera destinado a Ecully, con la
consideración de coadjutor suyo. Allí estuvo durante tres años, repasando la
teología y ayudándole en las labores parroquiales, hasta que el padre Balley
falleció. —¿Qué
sucedió después? Fallecido
su maestro en 1818, y terminados sus estudios, el arzobispado de Lyon le
destinó a un minúsculo pueblecillo, a treinta y cinco kilómetros al norte de la
capital, llamado Ars. No tenía siquiera la consideración de parroquia, ni había
tenido nunca sacerdote, sino que era simplemente una aldea dependiente de la
parroquia de Mizérieux, que distaba tres kilómetros. Tenía 370 habitantes. El
nivel moral era bastante bajo y la práctica religiosa muy reducida: los
domingos solo asistía a Misa un hombre y unas pocas mujeres. Comenzó
enseguida a visitar a sus feligreses, casa por casa. Atendía a los niños y a
los enfermos. Amplió y mejoró la iglesia. Ayudaba a los sacerdotes de pueblos
vecinos. Todo ello, acompañado de grandes penitencias personales, de intensa
oración y constantes obras de caridad. Se empleó a fondo en una labor de
moralización del pueblo, y no le faltaron calumnias y persecuciones, incluidas
acusaciones ante sus propios superiores religiosos. Y
en el ejercicio de las funciones de párroco de esa remota aldea francesa, fue
como el Santo Cura de Ars se hizo conocido en el mundo entero. No llevaba mucho
tiempo allí cuando la gente empezó a acudir a él desde otras parroquias, luego
de lugares más distantes, después de otras regiones de Francia y finalmente
desde países cada vez más lejanos. Su consejo era buscado por obispos, sacerdotes,
religiosos y laicos de toda edad y condición. El número de lo que acudían a
escucharle y confesarse pronto superó los trescientos peregrinos diarios.
Pasaba de dieciséis a dieciocho horas diarias en el confesonario. Personas
distinguidas visitaban Ars para de ver al santo cura y oír su predicación, en
la que, con un lenguaje sencillo, lleno de imágenes sacadas de la vida diaria y
de escenas campestres, transmitía una fe y un amor de Dios arrolladores. —¿Piensas
entonces que no es tanto cuestión de talento como de esfuerzo personal? Lo
fundamental es el designio de Dios, la propia vocación. Y la vocación no va
ligada necesariamente a grandes talentos, al menos según lo que muchos
entienden por talento. Una buena prueba de ello es el ejemplo de este pobre
sacerdote, que había hecho tan dificultosamente sus estudios, y a quien la
autoridad diocesana había relegado a uno de los peores pueblos de la diócesis,
pero que, sin embargo, acabó siendo consejero buscadísimo y guía espiritual de
millares y millares de almas. Desde
luego, para la santidad es preciso el esfuerzo personal, junto a la gracia de
Dios, que nunca nos falta, y hay que decir que el Santo Cura de Ars se
levantaba a la una de la madrugada para ir a la iglesia a hacer oración, y
antes de amanecer iniciaba su trabajo en el confesonario, y dedicaba todas sus
horas a la celebración de la misa, la atención de los peregrinos, la
explicación del catecismo y las confesiones. Su dedicación era tal, que con
frecuencia comía de pie en unos minutos, sin dejar de atender a las personas que
solicitaban algo de él. —Es
curioso que tuviera tanto éxito una persona así. Nadie lo hubiera predicho. Ya
recordarás lo que decía San Pablo, de que Dios escogió a los necios según el
mundo para confundir a los sabios, y la flaqueza del mundo para confundir a los
fuertes, de manera que nadie pueda gloriarse insensatamente delante de Dios. Dios
bendecía manifiestamente la entrega de aquel modesto sacerdote, en contra de
toda posible previsión humana. Una vida que todos auguraban gris y olvidada,
resultó ser asombrosamente fecunda y conocida. El que a duras penas había hecho
sus estudios, se desenvolvía con maravillosa firmeza en el púlpito, con enorme
soltura, sin haber tenido tiempo para prepararse. El que parecía de
inteligencia limitada, demostró un notable don de discernimiento de conciencias
y resolvía delicadísimos problemas de conciencia en el confesonario. Durante
cuarenta y dos años, de 1818 a 1859, se entregó ardorosamente al cuidado de las
almas en aquel pueblecillo, hasta el momento de su muerte. Sin moverse de allí,
logró, sin buscarla, una resonante celebridad. 32.
Nunca lo había pensado Las
grandes ideas son aquellas de
las que lo único que nos sorprende es
que no se nos hayan ocurrido antes. Noel
Clarasó El
7 de julio de 1935, un estudiante asiste a un día de retiro espiritual en la
Residencia universitaria de Ferraz, en Madrid, predicado por San Josemaría
Escrivá. El estudiante se llama Álvaro del Portillo y ha conocido al Fundador
del Opus Dei a través de Manuel Pérez Sánchez, un compañero suyo de la Escuela
de Ingenieros de Caminos de Madrid. Un
tiempo antes, Manolo, que estudia unos cursos por delante, había facilitado la
colaboración de Álvaro en las actividades asistenciales que llevan a cabo
varios estudiantes universitarios en las Conferencias de San Vicente de Paúl.
En ese grupo hay estudiantes de diversas carreras. Acuden sobre todo a la
parroquia de San Ramón, en el Puente de Vallecas. La zona está rodeada de
chabolas construidas a base de chapa y cartón, y prestan ayudas diversas, tanto
de tipo educativo como asistencial. La situación no es precisamente idílica,
pues desarrollan su labor entre gente que vive en condiciones difíciles y
muchas veces también en un clima hostil hacia la Iglesia. Con
frecuencia van juntos Álvaro y Manolo, pues les resulta muy fácil ponerse de
acuerdo en la Escuela de Caminos. Manolo ha conocido a San Josemaría hace un
tiempo, y varias veces le ha hablado de su compañero Álvaro del Portillo, y de
su idea de presentárselo más adelante. Álvaro es uno de los alumnos más
brillantes de la Escuela y, al tiempo, una persona amable y sencilla.
Finalmente, se decide a decírselo un día en que los dos se dirigen hacia el
Arroyo del Abroñigal, para visitar a una familia desvalida. A Manolo le cuesta un
poco iniciar la conversación, pues es algo tímido. Siempre recordará esto
después, al narrar esta escena, por la trascendencia que luego tuvo ese pequeño
vencimiento personal. Pero Manolo piensa que debe invitarle a conocer a aquel
sacerdote, y al final, bajando por aquel campo de cereales, le habla de
Josemaría Escrivá, y le invita a visitarle unos días después. La
primera entrevista con San Josemaría le impresiona profundamente. En aquella
brevísima conversación, de apenas cinco minutos, siente que el Fundador del
Opus Dei le toma en serio y trasluce gran afecto. Quedan en hablar más
despacio, largo y tendido, cuatro o cinco días después. Pero cuando acude
Álvaro, habían llamado a San Josemaría para atender a un moribundo, y no pudo
avisarle, porque no tenía su teléfono. Sin embargo, la imagen de aquel joven
sacerdote queda grabada en el alma de Álvaro y, cuando ya termina el curso
académico 1934-35, decide ir a verle de nuevo, con la idea de saludarle antes
de irse de vacaciones. «Me
recibió —evocaría años después— y charlamos con calma de muchas cosas. Después
me dijo: mañana tenemos un día de retiro espiritual, ¿por qué no te quedas a
hacerlo, antes de ir de veraneo? No me atreví a negarme, aunque mucha gracia no
me hacía.» Durante
ese retiro en la Residencia de Ferraz, ve con claridad una llamada divina que
no esperaba, y decide comprometer su vida en el Opus Dei. A partir de aquel 7
de julio de 1935, tiene clara conciencia de que su sí a Dios le compromete para
toda la vida. Ni en esos días, ni en los meses anteriores, hubo nada que le
hiciera presagiar que el Señor estaba a punto de llamarle. Había crecido en un
ambiente cristiano, comulgaba casi a diario, y rezaba el Rosario todos los
días, pero no era hombre inclinado hacia asociaciones piadosas ni
organizaciones eclesiásticas. No mantenía un trato habitual con sacerdotes, ni
había advertido ninguna señal de una posible llamada de Dios. Sin
embargo, aquel joven estudiante pronto fue el colaborador más directo de San
Josemaría y, a partir de 1975, su sucesor al frente del Opus Dei. Falleció en
1994, después de una vida de gran fecundidad, y ahora está en marcha su proceso
de beatificación. —¿Y
no es curioso que Dios haga ver la vocación así, de un día para otro? Da la
impresión de que algo tan precipitado no puede ser una vocación madura y
meditada. Puede
que no sea lo más habitual, pero así funcionan las cosas también en el amor
humano. No es infrecuente que una persona se enamore de otra así, de un día
para el siguiente. Y eso no tiene por qué significar inmadurez. —Pues
supongo que eso sucederá a personas especialmente entusiastas, que se sienten
impulsadas con mucha fuerza a seguir una vida de entrega a Dios. No
tiene por qué ser así. Álvaro del Portillo comentó en alguna ocasión que Dios
le dio al principio un notable entusiasmo por la vocación recibida, pero que,
al cabo de los meses, fue apagándose, dejando paso a una ilusión más
sobrenatural, que es la clave de la perseverancia. La entrega a Dios no se basa
en el entusiasmo, como tampoco la entrega en el matrimonio. Ha de haber un
fundamento más profundo, en el que no debe minusvalorarse la importancia de la
conciencia del deber y la abnegación. La vocación no es un estado de ánimo, ni
depende de la salud, ni de la situación profesional o familiar en que uno se
encuentre. Por encima del oleaje de la vida, con sus altos y bajos, con sus
dolores y sus alegrías, la vocación divina brilla siempre como un lucero en la
noche, señalando el rumbo de nuestro caminar hacia Dios. El
camino de la fe, o de la vocación, nunca es una marcha triunfal, sino un camino
salpicado de sufrimientos y de amor, de pruebas y de fidelidad que hay que
renovar todos los días. Es más, la conciencia de la propia debilidad, de la
posibilidad de no ser fiel, es la mejor preparación para evitar la presunción
que suele estar presente en las grandes caídas. Todos tenemos que aprender que
somos débiles y necesitamos ayuda y perdón. De ahí nace la confianza en Dios,
que nos hace capaces de seguirle hasta el final. —¿Y
crees que es corriente que una persona descubra su vocación un buen día, sin
haber pensado nunca en que pudiera ser su caso? No
puedo decir que sea lo habitual, pero sí bastante frecuente en la historia de
la Iglesia y la vida de los santos. Podríamos recordar, por ejemplo, el caso de
San Lorenzo de Irlanda. Siendo un adolescente, un enemigo de su padre, Dermot
Macmurrough, rey de Leinster, le mantenía como rehén. Su padre, el Sr. O’Toole,
capturó a doce capitanes de su enemigo y, para entregarlos, puso como condición
que le devolvieran a su hijo. Macmurrough aceptó, pero llevó al niño al
monasterio de Glendalough, para que apenas le devolvieran a sus hombres, los
monjes dejaran marchar a Lorenzo. Y sucedió que al chico le impresionó tanto la
vida del monasterio que pidió a su padre que le dejara quedarse allí. Su padre
accedió a los deseos de su hijo y con el tiempo Lorenzo llegó a ser un monje
tan excelente y de comportamiento tan ejemplar, que al morir el superior del
monasterio, en el año 1154, los monjes lo eligieron a él por unanimidad como
nuevo superior, aunque tenía solo veinticinco años. Y cuando falleció el
arzobispo de Dublín, en el año 1161, volvió a suceder lo mismo. Fue un gran
santo, y una figura egregia en la historia de la evangelización de su país, y
uno de los muchos santos que encontraron su camino de una forma totalmente
inesperada. 33.
Dejar pasar el tiempo Aprender
sin pensar es inútil. Pensar
sin aprender, peligroso. Confucio —¿Y
no es mejor dejar pasar el tiempo? Quizá esa inquietud luego se resuelva en
nada. Si tiene que venir, ya vendrá. Pienso
que es mejor resolver la duda, no dejarla correr sin más. C. S. Lewis, en sus
“Cartas del diablo a su sobrino”, explica con agudeza cómo la mayor parte de
las buenas acciones de los hombres dejan de realizarse simplemente por la
tendencia a no pensar seriamente en ellas, por dejarlo para después. «Es
curioso —comenta el diablo veterano a su sobrino, un tentador menos
experimentado— que los mortales nos pinten siempre dándoles ideas, cuando, en
realidad, nuestro trabajo más eficaz consiste en evitar que se les ocurran
cosas.» Y
cuenta cómo una persona estaba enfrascada en una interesante lectura y sus
pensamientos iban acercándose a comprender sus obligaciones con Dios. Su
tentador vio enseguida que sería inútil defender sus posiciones a base de
razonamientos, y dirigió su ataque, inmediatamente, hacia aquella parte del
hombre que tenía mejor controlada, y le sugirió que ya era hora de comer. El
hombre se resistió inicialmente, argumentando que aquellos pensamientos eran
mucho más importantes que la comida, a lo que el veterano diablo repuso que,
efectivamente, aquello era demasiado importante como para abordarlo con el
estómago vacío, y era mejor estudiarlo a fondo, con la mente despejada, después
de comer. Una vez en la calle, la tentación había ganado la batalla. Bastó con
hacerle fijarse en unas cuantas cosas del bullicio urbano, de modo que a los
pocos minutos estaba convencido de que cualquier idea rara que pudiera
pasársele por la cabeza a un hombre encerrado a solas con sus libros, una sana
dosis de “vida real” era suficiente para demostrarle que “ese tipo de cosas” no
pueden ser verdad. Muchas
veces, el principal trabajo de nuestros tentadores es, simplemente, alejarnos
de la tarea de pensar. La fe, o la vocación, no corren peligro habitualmente,
como muchos creen, por pensar demasiado, sino por sustituir el razonamiento por
unas sencillas percepciones acerca de si esas ideas son actuales o superadas,
modernas o convencionales, si se llevan o no se llevan, si tienen futuro o no.
La imagen sustituye a la argumentación, el flujo de experiencias sensoriales
inmediatas sustituye al flujo de la razón, y el barullo de la supuesta “vida
real” —sin preguntarse qué entiende por “real”— sustituye a cualquier análisis
profundo sobre el sentido de su vida. —A
veces rehuimos la tarea de pensar, pero puede darse el caso de que nos liemos
un poco de tanto darle vueltas a las cosas, y eso no es un buen modo de
dilucidar cuál es nuestro camino. Por
supuesto. Hay que conocerse a uno mismo. Si tenemos tendencia a complicarnos y
a cargar nuestra cabeza con extremos, puede darse eso que dices. Pero si
tendemos más bien a ser un poco tranquilos, o un poco frescos, es fácil que si
tenemos esas inquietudes no sean una obsesión ni un escrúpulo. —Pero
siempre piensas que hay muy pocos que se entreguen por completo a Dios, y que
por tanto es rarísimo que sea precisamente mi caso. Quizá
no son tan pocos, porque Dios no llama poco, sino que quizá hay pocas
respuestas generosas. Y, aunque fueran muy pocos, si esos pocos siguieran esa
argumentación que haces, aquello les llevaría al error sobre su propio camino. En
cambio, si te enfrentas con serenidad y honradez a esas inquietudes tuyas,
quizá compruebes que, a medida que avanzas, a medida que cotejas el relato de
tu vida con el del Evangelio, todo se va llenando de claridad. Y quizá también
de sorpresa. Esas preguntas que ayer te parecían para gentes extrañas o
lejanas, están ahí, ahora, más cerca, muy cerca, acechando tu rostro y tu alma.
«¿Y si me entregara a Dios?». Y te encuentras quizá respondiéndote de
inmediato, nervioso: «¡Calla!». Pero luego vuelve el pensamiento: «¿No me
estará queriendo decir Dios algo?». Son sugerencias, impresiones,
interrogantes, muchas veces imperceptibles —Dios habla bajito—, que te están
pidiendo respuesta. Quizá
eludes la oración, o, cuando rezas, no quieres planteártelo a fondo. Hablas con
Dios de mil cosas pero, como si fuese la soga en casa del ahorcado, pasas de
puntillas sobre ese tema. ¿Por qué? Y si comprendes que debes ser más templado,
para purificar el alma y ver claro, no te lo tomas en serio. Y si te das cuenta
de que deberías comentarlo con una persona que pueda ayudarte de verdad, vas
dando largas, y no lo haces. O ves que deberías hacer un retiro espiritual,
pero nunca tienes tiempo para eso. Y van pasando los días, los meses, los años.
Y si te remuerde la conciencia, enseguida repones que no hay que meterse
presión con el tema, que en las cosas importantes no debe haber prisas. —¿Qué
aconsejas hacer, entonces? Juan
Pablo II ofrecía un programa para esto: «Necesitaréis el consejo de vuestros
sacerdotes, de vuestros padres, de vuestros maestros. Y necesitaréis de la guía
divina. Orad. Confiad en Cristo. Abridle vuestros corazones. Abrid vuestros
corazones de par en par a Cristo. No tengáis miedo. Sed generosos. Quien da
poco, cosechará poco. El que da con generosidad, recogerá una cosecha
abundante. Podéis contar con la gracia de Dios». «No
hay que conformarse con rezar para que el Señor suscite vocaciones. Es preciso
estar personalmente atentos a la llamada que Él quiera dirigiros; es preciso
que no falte el valor de responder generosamente a esa llamada». A
lo mejor ves la llamada de Dios como un rayo que está a punto de derribar tu
fabulosa torre de ilusiones. Sientes como si la mano de Dios fuese a
complicarte la vida, como muchos se apresuran a señalarte. Y todo eso te
detiene. Estás dispuesto a dar la ropa usada a la parroquia, a “perder” alguna
hora en alguna tarea piadosa, a colaborar con un generoso donativo en la
campaña en favor de lo que sea, pero ¿y a dar tu vida? Es
lógico que estés muy enamorado de tus proyectos y te cueste cambiarlos por los
proyectos de Dios. Y por eso te cuesta dedicar tiempo a Dios (aunque dispones
de él muy generosamente cuando se trata de tus cosas), y eso hace que vayas tan
despacio, lento, muy lento. San
Jerónimo Emiliano tenía un palacio del Renacimiento espléndido, como convenía a
su condición de aristócrata, lleno de obras de arte, criados y lujos
palaciegos. Pero lo abandonó todo por amor a Dios. Y toda Venecia lo vio
distribuyendo su riqueza entre los pobres. Y San Francisco de Asís, y muchos
otros, renunciaron a sus posesiones para llevar una vida llena de austeridad. A
ti quizá no te pida eso. Pero te pide, desde luego, que te liberes de los
apegamientos a las cosas que te apartan de Él. Quizá tus riquezas, que lastran
tu camino, son tu apegamiento a la comodidad, a tu tiempo, a unos proyectos
buenos, pero distintos de los que Dios te pide. 34.
¿Seré capaz de perseverar? No
creas que, para ser auténtico, el
amor tiene que ser extraordinario. Madre
Teresa de Calcuta —La
inquietud sobre si perseveraré o no es un miedo que frena mucho, por la
incertidumbre del futuro. Es
una preocupación bastante lógica ante una decisión de importancia. Peter
Seewald planteó al entonces Cardenal Joseph Ratzinger en 1996 una pregunta muy
personal sobre esta cuestión: «Y, una vez decidido a ordenarse sacerdote,
¿nunca tuvo dudas, tentaciones, nostalgias?». La
respuesta del futuro Papa fue franca y clara. «Sí. Claro que tuve dudas.
Concretamente en el sexto año de estudios de teología uno se encuentra frente a
cuestiones y problemas muy humanos. ¿Será bueno el celibato para mí? ¿Ser
párroco será lo mejor para mí? Estas preguntas no siempre tienen respuesta
fácil. En mi caso concreto, nunca dudé de lo fundamental, pero tampoco me
faltaron las pequeñas crisis.» «Pero,
qué clase de crisis. ¿Le importaría citarme algún ejemplo?», insistió el
periodista alemán. «Durante mis años de estudiante de teología en Munich
—prosiguió el cardenal—, yo me planteaba dos posibilidades muy distintas. La
teología científica me fascinaba. La idea de profundizar en el universo de la
historia de la fe, era algo que me interesaba mucho; aquello me abriría
extensos horizontes del pensamiento y de la fe, que me llevarían a conocer el
origen del hombre y el de mi propia vida. Pero, al mismo tiempo, cada vez veía
más claro que el trabajo en una parroquia, donde atendería todo tipo de
necesidades, era mucho más propio de la vocación sacerdotal que el placer de
estudiar teología. Eso suponía que ya no podría seguir estudiando para ser
profesor de teología que era mi más íntimo deseo. Porque, si me decidía al
sacerdocio, significaba una entrega plena a mis obligaciones, incluso en los
trabajos muy sencillos y poco gratificantes. Por otra parte yo era tímido y
nada práctico, estaba más bien dotado para el deporte que para la organización
o el trabajo administrativo, y también tenía la preocupación de si sabría
llegar a las personas, si sabría comunicarme con ellas. Me preocupaba la idea
de llegar a ser un buen capellán y dirigir a la juventud católica, o dar clases
de religión a los pequeños, atender convenientemente a enfermos y ancianos,
etc. Me preguntaba seriamente si estaba preparado para vivir toda la vida así,
si aquella era realmente mi vocación. »A
todo ello iba siempre unida la otra cuestión, de si yo podría hacer frente al
celibato, a la soltería, de por vida. La Universidad estaba, por aquel
entonces, medio en ruinas y no teníamos local para la Facultad de Teología.
Estuvimos dos años en los edificios del Palacio de Fürstenried, en los
alrededores de la ciudad. Aquello hacía que la convivencia —no solo entre
alumnos y profesores, sino también entre alumnos y alumnas—, fuera muy
estrecha, así que la tentación de dejarlo todo y seguir los dictados del
corazón era casi diaria. Solía pensar en estas cosas paseando por aquellos
espléndidos parques de Fürstenried. Pero, como es natural, también haciendo
largas horas de oración en la capilla. Hasta que, por fin, en el otoño de 1950
fui ordenado diácono; mi respuesta al sacerdocio fue un rotundo sí, categórico
y definitivo.» Cualquier
decisión de cierta importancia en la vida comporta un riesgo. Y decir que sí a
la propia vocación, sea cual sea, de un modo muy especial. Los que contraen matrimonio
no saben si serán fieles, si tendrán hijos o no, si serán felices o si las
desgracias azotarán su hogar. Y no por eso dejan de casarse miles de personas
cada día. Los
que eligen carrera no saben si triunfarán o fracasarán en ella. Los que emprenden
un viaje no saben si regresarán o no. Y sin embargo, la vida sigue, y hay que
estar tomando decisiones constantemente. Lo que no podemos es pedir a la
llamada de Dios una seguridad que no pedimos para otras decisiones importantes
de la vida. No podemos exigir unas garantías que no se exigen a otras
decisiones humanas. Decir que sí es siempre afrontar un riesgo y una
incertidumbre, y es lógico que sea así, pues si estuviéramos seguros de nuestra
fidelidad, ni tendría mérito nuestra entrega ni pondríamos celo por mantener
vivo nuestro amor. Perseverar
es una cuestión de coherencia y de empeño a lo largo de la vida, de mantener la
palabra dada, y en particular, de mantener esa palabra dada a Dios cuando
lleguen los días malos. Porque es fácil ser coherente por un día, o por una
temporada. Pero lo importante es ser coherente toda la vida. Es fácil ser
coherente a la hora del entusiasmo o de la exaltación, pero hay que serlo
también en los días malos, a la hora de la tribulación. Y solo puede llamarse
fidelidad a una coherencia que dure toda la vida. Así lo expresa, por ejemplo,
la fórmula del matrimonio («…prometo serte fiel, en las alegrías y en las
penas, en la salud y en la enfermedad, y amarte y honrarte todos los días de mi
vida»), y es lógico que sea así, por el carácter definitivo del amor humano, y
por la responsabilidad que se contrae con la entrega personal plena que supone
el matrimonio. En esto hay una gran sabiduría y una tradición que, en
definitiva, están respaldadas por la palabra del mismo Dios. Solo al darme por
entero, sin reservarme una parte mí, sin aspirar a una revisión, a una
rescisión, se responde plenamente a la dignidad humana. No es un experimento,
ni un contrato de arrendamiento, sino la entrega del uno al otro. Y la entrega
de una persona a otra solo puede ser acorde con la naturaleza humana si el amor
es total, sin reservas. —Pero
el empeño por ser fiel a la palabra dada no quita la duda antes de dar esa
palabra, y ese es ahora mi problema. Tú
estás ahora en una encrucijada. Ante ti, dos caminos: uno que regresa atrás,
hacia la propia tierra, donde todo nos es quizá más conocido, más cómodo, menos
arriesgado. Y otro camino, que exige una decisión, que supone un riesgo, que
abre la vida hacia un horizonte nuevo, que reclama un caminar un poco más
audaz. Y
sabes que ese camino no será idílico, como no lo es ninguno. Tendrá sus días de
paisajes maravillosos, de altas montañas nevadas, de ríos y lagos de agua
cristalina, de música suave que nos envuelve de paz, pero habrá otros de polvo
y de cansancio, de andar y de subir, de monotonía, de incertidumbre. Pero
retrasar una decisión no siempre la resuelve. A veces, la complica, o hace que
se acabe tomando contra nosotros por eliminación, o por indecisión. Hay que
actuar de modo distinto según sea nuestro carácter. Si sabemos que tendemos a
ser demasiado dubitativos, tendremos que procurar lanzarnos un poco más de lo
que nuestro espíritu perfeccionista nos pide. Si tendemos a ser demasiado
impulsivos o precipitados, será mejor que procuremos madurar un poco más la
decisión. Pero
no pienses que si la decisión es entregarse a Dios en celibato vas a tener
menos apoyo que si la entrega es en el matrimonio. Cuando Dios ve que un alma
está determinada a seguirle, pase lo que pase, no la deja en la estacada. Uno
puede dudar sobre cuál es su camino, y hacer lo posible por aclarar esa duda,
pero, una vez que lo ve razonablemente claro, no debe pensar tanto en si
perseverará, porque la perseverancia es algo que debemos construir día a día, y
eso es cuestión de decisión personal y de gracia de Dios. Y como la gracia de
Dios no nos va a faltar, quizá lo más importante es aquello de Santa Teresa, de
«que importa mucho y el todo una grande y muy determinada determinación de no
parar hasta llegar, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabájese lo
que se trabajare, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera se
muera en el camino o no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera
se hunda el mundo, como muchas veces acaece con decirnos: “hay peligros”,
“fulana por aquí se perdió”, “el otro se engañó”». Lo
importante es tener claro el horizonte y seguirlo con perseverancia. Y, como
dice el poeta, «si quieres que el surco te salga derecho, ata a tu arado una
estrella». La consideración frecuente del ideal de servicio propio de nuestra
misión, y de todas las personas que esperan de nuestra ayuda, siempre supondrá
un excelente estímulo para nuestra perseverancia. —Pero
perseverar por las expectativas de servicio a otros parece un poco
utilitarista, no algo propio del amor. Las
expectativas legítimas de los otros urgen y facilitan nuestra fidelidad. Así lo
ha sido siempre, en la familia, en la amistad, en cualquier ideal de servicio o
de entrega. Lo expresa admirablemente Antoine de Saint-Exupéry en “Tierra de
hombres”, donde cuenta la historia de un piloto perdido en la montaña después
de estrellarse su avión. Aquel hombre, Guillaumet, tenía un montón de razones
para dejar de luchar por seguir adelante: no conocía el camino, era casi seguro
que todo aquel sobrehumano esfuerzo no serviría para nada. Estaba solo,
perdido, roto de golpes, de fatiga, de cansancio. Derribado a cada paso por la
tormenta, en una zona de la que se decía que Los Andes, «en invierno, no
devuelve a los hombres». La
muerte por congelación es una muerte dulce: entra una especie de sopor, lleno
de sensaciones agradables en las que uno se encuentra, incluso, optimista, y
entre dos sueños se escapa el alma. Aquel hombre lo sabía. No le costaba nada
dejarse estar, recostado sobre el suelo helado, no levantarse después de una
caída, decir ¡ya basta, se acabó!, y no volver a intentarlo de nuevo.
«Perdidas, poco a poco, tu sangre, tus fuerzas, tu razón, seguías avanzando, obstinado
como una hormiga, volviendo sobre tus pasos para rodear el obstáculo, volviendo
a ponerte en pie después de las caídas, o volviendo a subir aquellas pendientes
que solo conducen al abismo, sin concederte ningún descanso, pues, de haberlo
hecho, ya no te hubieras levantado del lecho de nieve. »En
efecto, cuando resbalabas, tenías que incorporarte deprisa para no ser
transformado en piedra. El frío te petrificaba en cuestión de segundos, y
disfrutar, después de una caída, de un minuto de más descanso, te suponía mover
unos músculos muertos para poder reiniciar la marcha. Te resistías a las
tentaciones. "En la nieve —me decías—, se pierde todo instinto de
conservación. Después de dos, tres, cuatro días de marcha, uno solo quiere
dormir. Era lo que yo deseaba". Y tú caminabas y, con la punta de la
navaja, cada día te ensanchabas un poco más la abertura de los zapatos para que
los pies, que se te congelaban y se hinchaban, cupiesen dentro... ». Guillaumet
piensa en su mujer, en sus hijos, en sus compañeros. ¿Quién podrá mantener a
esa familia que le aguarda en algún lugar de Francia si él se para? No, no les
podía fallar. Ellos le querían, le esperaban. ¿Qué pasaría si supieran que
estaba vivo? «Si mi mujer cree que vivo, cree que camino. Los compañeros creen
que camino. Todos tienen confianza en mí, y soy un canalla si no camino.»
Cuando volvía a caerse, repetía esas palabras. Cuando las piernas se negaban a
avanzar más; cuando los huesos todos de su cuerpo gemían entumecidos por el
frío y el cansancio; cuando después de bajar tenía que volver a subir, como en
un carrusel que no acababa nunca, volvía a repetir el mismo estribillo: «Si
creen que vivo, creen que camino, y soy un canalla si no sigo». El
pensamiento de las personas que nos esperan y nos necesitan, nos comunica
fuerza para ir adelante, y eso es un ejercicio de responsabilidad y una
estupenda manifestación de fidelidad. Hay muchas personas a nuestro alrededor
que necesitan de nosotros, y quizá Dios espera que dediquemos a ellas nuestra
vida, y si es así, no podemos defraudar ni a Dios ni a esas personas. 35.
Veo que algunos han fracasado El
que ha naufragado tiembla
incluso ante las olas tranquilas. Ovidio —A
mí lo que más me frena es ver cómo algunos han fracasado en su vocación. La
experiencia personal de ver que otros abandonan el camino emprendido, y los
conflictos a veces inherentes a ese tipo de situaciones, son siempre una
experiencia dolorosa y difícil. Pero hay que saber sacar de todo ello siempre
una enseñanza. Cuando uno ve, por ejemplo, noviazgos o matrimonios que se
rompen, lo mejor que puede hacer es intentar sacar alguna experiencia de
aquello para mejorar el propio noviazgo o el propio matrimonio. Pero ver que
otros se rompen no debe llevarnos a romper el nuestro, ni a renegar del
noviazgo o del matrimonio, sino a madurar nosotros y a procurar acertar en
nuestra elección. Además,
no todos los abandonos son iguales. Hay personas que emprenden el periodo
inicial de prueba que hay en todos los caminos de entrega completa a Dios y,
con el tiempo, comprueban que aquella no era su llamada. Y no hacen mal en
dejar entonces ese camino, igual que no hace mal quien rompe un noviazgo cuando
comprende que no debe casarse con esa persona. Y no por eso ha sido infiel el
uno con el otro, ni ha habido propiamente un fracaso sino un periodo de prueba
que se inicia y se concluye con toda normalidad. —Pero
se puede ser infiel también en el noviazgo. Por
supuesto, un novio puede ser infiel a su novia, o al revés. Pero si en
determinado momento deciden dejar de ser novios, no por eso han sido infieles,
sino que simplemente han decidido suspender un compromiso mutuo que por su
propia naturaleza era temporal. Lógicamente,
si se rompe un noviazgo por infidelidad de uno de los dos, o por no haber
puesto el empeño y la consideración necesarias el uno con el otro, quizá esa
pareja estuviera llamada a ser un matrimonio feliz, pero no ha podido llegar a
serlo porque uno de ellos, o los dos, han maltratado su noviazgo. De manera
semejante, una vocación al celibato podría malograrse durante el periodo de
prueba, y aunque no se hubiera llegado a asumir ningún compromiso permanente,
podría ser una infidelidad si ese fracaso se debe a que se ha malogrado la
vocación y se ha hecho imposible que fructificara y se abriera camino. —En
muchos casos, el camino de la vocación se inicia con bastante poco conocimiento
de lo que supone, y esa debe ser la causa de bastantes fracasos. Efectivamente.
Es algo que sucede tanto con el noviazgo como con en las etapas de prueba en el
inicio del celibato. De todas formas, tampoco hay que exagerar la cuestión del
conocimiento previo, pues todos sabemos que los matrimonios que han surgido de
un “flechazo”, es decir, de un amor descubierto de forma súbita y con poco
conocimiento previo, no tienen porqué ser menos felices o menos estables que
los demás. En la vocación, como en el matrimonio, muchas veces el corazón va
más allá que la inteligencia, y aunque los filósofos digan aquello de que
«nihil volitum nisi praecognitum», es decir, que nada se quiere si antes no se
conoce, en el amor no siempre sucede así. Además,
tanto el noviazgo como el periodo de prueba en el celibato son etapas que, por
su propia naturaleza, tienen una vuelta atrás, y esa vuelta atrás no debe
entenderse como algo trágico. Todas las instituciones de la Iglesia tienen unos
plazos para comprobar la madurez y la idoneidad de las personas que manifiestan
una posible vocación. Así se les ayuda a crecer en la libertad de su decisión,
para que su entrega sea siempre consecuencia de un querer seguro, consciente y
responsable. —Pero
la vocación no puede ser algo temporal. Es
cierto, pues la vocación no es algo que venga y se vaya, pero quienes están en
periodo de prueba deben ser conscientes de que durante esa primera etapa están
todavía en un periodo de discernimiento de su vocación. Creer que Dios les
llama, y desear seguir esa llamada y entregarse a Dios para toda la vida, es
perfectamente compatible con el hecho de que, un tiempo después, algunos puedan
comprobar que no es su camino. Y eso no debe considerarse como un fracaso, ni
como un tiempo perdido, sino más bien lo contrario: durante ese tiempo han sido
generosos, han avanzado en su trato con Dios, han recibido una amplia formación
y han luchado por vivir unas virtudes. Esto sin duda les habrá ayudado y les
ayudará mucho durante toda su vida. También
es posible que al principio haya una entrega inicial no demasiado reflexiva,
con un cierto componente de entusiasmo poco consciente, pero que luego madura y
se descubre con todo su calado. Dios premia la generosidad de ese primer arrojo
de la entrega algo inmadura con una claridad posterior grande sobre la propia
misión. Así sucede también a quien inicia un noviazgo deslumbrado por algunas
rasgos externos de la otra persona, y luego descubre su verdadera valía, más
profunda, y se entrega a ella con gran madurez y convicción. Ahí
está, por ejemplo, el caso de Santa Jacinta, una chica procedente de una
familia adinerada de Viterbo a finales del siglo XVI. Era muy hermosa y
aficionada a lujos y vanidades. Como era bastante superficial y orgullosa, tuvo
varios desengaños amorosos y un buen día dijo que se hacía monja y que se marchaba
a un convento de las hermanas franciscanas. Tenía veinte años. Fue una primera
conversión, pero muy leve, pues en el convento quería seguir teniendo las
mismas comodidades de antes y mostraba bastante poco interés por la vida
religiosa. Cuando tenía treinta años, pasó por una grave enfermedad, con muchos
dolores y grave peligro de muerte. Aquello, junto a la ayuda de un santo
sacerdote, el padre Bernardo Bianchetti, que supo ayudarla a enfrentarse con
sus propios defectos, hizo que se arrepintiera de su vida anterior, hiciera una
confesión general y, desde aquel día, empezara otra vida totalmente distinta.
Aquella sí fue una verdadera conversión. Desde entonces fue una religiosa
ejemplar, muy humilde y mortificada. Fundó dos asociaciones piadosas que
tuvieron enseguida una gran difusión y por medio de sus escritos logró la
conversión de muchas personas. Recibió muchas gracias extraordinarias de Dios,
y después de su muerte, en 1640, se le atribuyeron numerosos favores y
milagros. Su figura ha quedado para la posteridad como ejemplo de una gran
santa que, aunque no fuera nada ejemplar en los inicios de su vocación, supo
ser finalmente muy fiel a ella. —Por
lo que cuentas, durante sus primeros diez años más bien se podría haber dicho
de ella que no tenía vocación y que estaba en aquel convento desengañada por
sus desilusiones amorosas. Es
una prueba de que Dios puede hacer que una vocación se abra camino a través de
unos comienzos bastante imperfectos, tanto en el discernimiento de la vocación
como en la correspondencia a ella, y que, pese a eso, alcanzar después una gran
santidad en ese camino. Así
sucedió también a San Telmo, que, siendo aún un joven sacerdote, fue nombrado
canónigo de la Catedral de Palencia, y enseguida elevado a la primera dignidad
después del obispo. Era muy inteligente y bien parecido, pero eso le hacía ser
también bastante engreído y ambicioso. Quiso tomar posesión como Deán el día de
Navidad y con cabalgata sonada, de manera que dispuso organizarlo todo en medio
de un gran festejo. Se encaminaba hacia el templo en un elegante caballo,
enjaretado y arrogante. El aplauso y los gritos iban creciendo, pero, en el
culmen de la aclamación, cerca ya de la catedral, y queriendo lucir el caballo
en el que marchaba con tanto orgullo y ostentación, así como su pericia como
jinete, clavó las espuelas, pero el corcel se encabritó y resbalaron, cayendo
ambos aparatosamente en un lodazal, entre las risas y burlas de quienes,
momentos antes, le aplaudían. El ridículo fue espantoso. Como contaba luego él
mismo, Dios se sirvió de aquello para salir a su encuentro, hacerle ver lo
vanidoso que era y suscitar en él una fulminante conversión. Ingresó en el
convento de Dominicos que Santo Domingo de Guzmán había fundado poco antes en
la ciudad y allí se entregó a la oración, al estudio y al servicio humilde a
los demás. Pasado un tiempo, con sus grandes dotes de predicador, produjo
numerosísimas conversiones y dedicó mucho tiempo a los pobres y a los enfermos,
hasta su muerte en el año 1246. A pesar de su falta de rectitud inicial en su
entrega como sacerdote, tuvo después una vida austera y ejemplar, y ha pasado a
la historia como uno de los santos medievales más populares. Y
no es solo cuestión de que un comienzo menos generoso pueda ser enmendado, sino
que Dios también puede ir descubriendo poco a poco sus designios sobre una
persona. Ha sucedido así innumerables veces a lo largo de la historia de la
Iglesia y de la vida de los santos. Por ejemplo, San Juan Bautista de la Salle,
fundador de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, solo llegó a entender
aquello a lo que Dios le estaba llamando, por etapas, a medida que reflexionaba
en la oración sobre su experiencia de lo que, poco a poco, Dios le iba
descubriendo. El futuro santo llegó a decir con toda claridad que Dios
probablemente lo habría perdido completamente si le hubiera mostrado desde el
principio todo lo que quería de él, con todo el esfuerzo y las dificultades que
supuso la fundación de las Escuelas Cristianas y toda una vida dedicada a la
educación de los hijos de los pobres. Al principio, cuando su amigo el padre
Nyel le pide ayuda para iniciar una escuela gratuita en Reims, en 1679, Dios le
mostró solamente una pequeña parte de lo que quería de él. Y así empezó todo.
Llevado por su generosidad, se implicó en ayudar a su amigo en esa pequeña
obra, y acabó descubriendo que Dios quería que él iniciara otra fundación,
mucho más grande, a la que dedicaría la totalidad de su vida y sus energías.
Dios sale a nuestro encuentro en el lugar donde estamos y después nos guía
hacia sitios que nunca imaginamos y a compromisos en los que jamás habíamos
pensado como posibles. Y en eso no hay ningún engaño, sino una forma de hacer
de Dios, que nos descubre poco a poco nuestro papel y nuestra misión, como hizo
con San Juan Bautista de la Salle, que revolucionó la concepción de la
enseñanza, fundó una congregación que dirige hoy más de mil colegios en todo el
mundo y es considerado por la Iglesia como el patrono universal de todos los
maestros. —Dices
que los fracasos o el mal ejemplo de otros no deben influirnos negativamente,
pero lo cierto es que siempre pesan. Es
verdad. La vocación, nuestra misión sobrenatural, es un compromiso con Dios. Si
veo el fracaso de otros, o incluso recibo un mal ejemplo directo, todo eso me
duele, lo siento en el alma. Eso es algo totalmente normal. Pero la vocación no
se recibe en grupo, es algo personal. Cada uno debemos mirar sobre todo a
nuestro compromiso con Dios, y no tanto a la persona que ha dejado determinado
camino, o que me parece que me da un mal ejemplo, pues una cosa es su vida y
otra la mía. Todos tenemos defectos, y nuestra misión es contribuir a superar
los nuestros, no limitarnos a señalar los de los demás, escandalizarnos de
ellos, y concluir finalmente que eso devalúa nuestro compromiso con Dios. Además,
como idea general, es mejor tender a fijarse en los buenos ejemplos de los
demás. Si buscamos la referencia del buen ejemplo, del estímulo de otros que
son mejores que nosotros, eso tirará hacia arriba de nuestra vida. Es verdad
que también se puede aprender de lo que nos parece fracaso o mal ejemplo en
otros, pero no debemos compararnos constantemente con otros menos generosos que
nosotros para así sentirnos justificados en la propia mediocridad. Sobre todo,
porque siempre encontraremos gente peor que nosotros, salvo que seamos la
persona más malvada del planeta. —Pero
no debemos compararnos con otros, sino con lo que nosotros debemos ser, con lo
que Dios espera de nosotros. Por
supuesto. Me refiero a no entretenernos evaluando riesgos y dificultades de
otros, aunque a veces sean innegables y evidentes, si resulta que el verdadero
problema de fondo es nuestra falta de generosidad. Podemos repasar una y mil
veces la eterna lista de ejemplos de defecciones, de personas que fracasaron en
su camino, o de otras que siguen en él pero de modo poco edificante, pero todo
eso no debería cambiar mucho nuestro diálogo vital con Dios. —¿Y
cómo puede saberse si alguien ha sido infiel o no? Solo
Dios puede juzgar la intimidad de un alma, y solo Él puede saber qué sucedió de
verdad en la historia de una presunta infidelidad. Por eso, lo mejor es
ocuparse cada uno sobre todo de la propia fidelidad. Cuando una persona piensa
en casarse, no debe retraerse pensando en los muchos casos de roturas o
fracasos matrimoniales que conoce, o de los que ha oído hablar, sino que debe
fijarse sobre todo en cómo los matrimonios felices logran serlo, y todos
sabemos que eso depende mucho de cómo ambos se preocupan día a día de ser
fieles a su vocación matrimonial. —¿Y
si después de entregarnos a Dios se ponen las cosas difíciles, y la gente no
nos escucha con el interés que esperábamos? Algo
parecido sucedió a Jesucristo en su paso por la tierra: sabía lo que había que
hacer, lo explicaba maravillosamente, pero se encontró con innumerables
obstáculos, de dentro y de fuera. Los hombres se resistían a escucharle, le
calumniaron, le persiguieron, le cargaron una cruz y lo mataron. También
nosotros podemos sufrir el zarpazo de la incomprensión. No siempre, ni la
mayoría de las veces, pero tampoco debería sorprendernos demasiado. —¿Piensas
que importa mucho el atractivo que tenga para nosotros una determinada
institución? La
institución en la que vivamos nuestra vocación y nuestra entrega es importante.
Nos aporta seguridad, compañía, formación, ayuda espiritual, consejo, etc. Pero
lo más importante es que nos hemos comprometido con Dios, y eso es lo más alto
e inefable. Nos hemos comprometido con Dios en ese camino, y nuestra santidad
pasa por esa institución, como la santidad de una persona casada pasa por la
persona de su cónyuge. Pero siempre hay que tener claro que estamos comprometidos
con Dios, que tenemos una misión recibida de Dios, que hemos de tener una
relación diaria con Dios, que tenemos que ser amigos de Dios. —¿Y
una institución puede caer en el error de absolutizarse un poco y dejar en
segundo plano a la Iglesia? Lógicamente,
ese peligro existe. Igual que en el matrimonio existen los celos, o el
protagonismo personal, o muchos otros posibles defectos que deterioran la
convivencia familiar o la relación con otros, en las instituciones de la
Iglesia también hay que estar en guardia ante posibles celotipias,
exclusivismos o cualesquiera de las otras múltiples formas que puede tomar la
soberbia o la falta de rectitud, y que también se pueden presentar en los
superiores diocesanos o en los obispos. Como señaló el entonces Cardenal
Ratzinger, existe el riesgo de exagerar el mandato específico que tiene origen
en un carisma particular, o de vivir la experiencia espiritual a la cual se
pertenece, no como una de las muchas formas de existencia cristiana, sino como
si fuera la más perfecta expresión del mensaje evangélico, y eso sería un error
muy grave. Todos
esos peligros son riesgos ligados a la soberbia humana, bastante elementales
por otra parte, de los que todos debemos procurar guardarnos, y sobre los que
han procurado alertar con contundencia casi todos los grandes fundadores a lo
largo de la historia. Leyendo los testimonios de quienes han promovido las
obras que más gloria han dado y dan a la Iglesia, siempre se encuentran esas
sabias recomendaciones, en las que insisten en la importancia de que los deseos
de crecimiento y extensión de esas fundaciones sean siempre fundamentados en la
caridad y en el servicio a Dios y a las almas, sin conceder protagonismo al
propio desarrollo, sabiendo alegrarse de que haya muchos otros que trabajen en
servicio de Dios y deseando que esos otros obtengan cada vez más y mejores
frutos. —¿Y
si, al final del periodo de prueba, sigo teniendo dudas, y no lo veo claro? Tienes
que verlo suficientemente claro; si no, no debes seguir adelante. Pero debes
hacerlo con toda la rectitud que te sea posible, considerando si esa falta de
claridad que sientes se debe a que no es tu camino, o bien a que has seguido
ese camino sin el empeño necesario. No dejes de considerar que muchos planes de
Dios han quedado sin realizarse por faltas de generosidad enmascaradas en un
«no lo veo claro». Muchas personas han dejado de recibir ayuda porque quienes
estaban llamados por Dios a una mayor entrega no fueron sensibles a esa
llamada, que casi nunca es rotunda ni apantallante. Si
esa desconocida adolescente albanesa llamada Ganxhe Bojaxhiu no hubiera
respondido que sí a Dios cuando le pidió ser monja —y pasó a ser la Madre
Teresa—, o cuando después le pidió esa otra «llamada dentro de la llamada», si
no hubiera dicho que sí, hoy millones de manos necesitadas se alzarían
inútilmente sin encontrar respuesta, porque no habría existido la Madre Teresa
de Calcuta ni la institución que ella fundó. Y
si Maximiliano Kolbe se hubiera dejado vencer por la crisis que en 1910 le
empujaba a abandonar el seminario franciscano en el que estaba, el mundo no
habría tenido su ejemplo heroico de santidad en Auschwitz en 1941, ni tampoco
la institución que fundó y que hoy atiende a cientos de miles de personas en
todo el mundo. Es bastante natural tener dudas, y que esas dudas se disipen con
la ayuda, a veces inopinada, de otras personas. En el caso de Maximiliano
Kolbe, fue una visita imprevista de su madre al seminario. El chico estaba
decidido a explicar a su madre sus dudas y su deseo de dejar el camino
franciscano para seguir la carrera militar, pero, antes de que lo hiciera, ella
le habló con tanta ilusión de la vocación de sus otros hijos, que el pequeño
Maximiliano se encontró fortalecido por el entusiasmo de su madre y aquello
disipó sus dudas, y acabó siendo un gran santo, hoy patrono de Europa. Como
decía Benedicto XVI a un grupo de jóvenes en Cracovia en 2006, «el miedo al
fracaso a veces puede frenar incluso los sueños más hermosos. Puede paralizar
la voluntad e impedir creer que pueda existir una casa construida sobre roca.
Puede persuadir de que la nostalgia de la casa es solamente un deseo juvenil y
no un proyecto de vida. Como Jesús, decid a este miedo: "¡No puede caer
una casa fundada sobre roca!". Como San Pedro, decid a la tentación de la
duda: "Quien cree en Cristo, no será confundido". Sed testigos de la
esperanza, de la esperanza que no teme construir la casa de la propia vida,
porque sabe bien que puede apoyarse en el fundamento que le impedirá caer:
Jesucristo, nuestro Señor.» 36.
¿Es un camino cerrado? Donde
todo el mundo piensa igual, casi
nadie piensa demasiado. Julián
Marías —¿Entonces,
solo somos libres para contestar que sí o que no? Nosotros
no decidimos nuestra vocación, ni la elegimos, sino que la elige Dios. En ese
sentido, es cierto que, a la vocación, fundamentalmente se responde que sí o
que no, pues la vocación es una llamada de Dios desde la eternidad. Pero
esa llamada no es un hecho aislado, que nos llega en un momento concreto de la
vida, al que se responde que sí o que no, y que a partir de entonces es ya
cuestión cerrada. Esa llamada es una actitud permanente de Dios, que
continuamente nos llama a ser santos en determinado camino y nos va desvelando
su querer con mil pequeñas llamadas cada día. La
vocación es una llamada a la que podemos responder en mayor o menor medida.
Cuando respondemos a una llamada telefónica, abrimos un diálogo, pero si no tenemos
teléfono, o no cogemos la llamada, ni siquiera comienza el diálogo. Pero si
respondemos, se abre entonces una conversación con el Señor, que dura toda
nuestra vida. Un diálogo que está abierto a la libertad de nuestra respuesta,
que está condicionado a cada momento por nuestra generosidad. En
ese sentido, puede decirse que no hay dos vocaciones iguales, porque Dios pide
a cada uno cosas distintas cada día, como escribió León Felipe: «Nadie fue
ayer, ni va hoy, ni irá mañana hacia Dios por este mismo camino que yo voy.
Para cada hombre y mujer guarda un rayo nuevo de luz, el Sol; y un camino
virgen, Dios.» No
está todo preconcebido y cerrado. No somos como unas marionetas de Dios, sino
que nuestra vida estará siempre condicionada por la generosidad de nuestras
respuestas. Cada “sí” nuestro abre la puerta a nuevos requerimientos de Dios, a
nuevas aventuras de generosidad y de entrega, a una felicidad cada vez mayor. —¿Quieres
decir entonces que ser fiel no es cuestión solo de perseverar o no? Exacto.
Hay modos de perseverar que no son fidelidad. Se puede perseverar en el
matrimonio pero no ser fiel. Se puede perseverar en el celibato de un modo que
no podría propiamente llamarse fidelidad. Al
responder que sí a la llamada inicial de Dios, iniciamos un diálogo: «Tú,
Señor, me llamas, y yo me pongo en tus manos. ¿Qué debo hacer, qué hacemos?».
Según cómo respondamos, esa conversación con Dios que es nuestra vocación
alcanzará mayor o menor intimidad, mayor o menor fruto. Tenemos
incluso la posibilidad de cortar ese diálogo, de abandonar la vocación. Pero lo
que se pierde no es la vocación, lo que se puede perder es la respuesta. Dios
ha querido correr el riesgo de nuestra libertad, y por eso podemos no
corresponder a lo que nos pide y cortar esa comunicación. En ese caso, nosotros
seremos los principales perjudicados, pues, como escribió Saint-Exupèry,
«conoces lo que tu vocación pesa en ti, y si la traicionas, es a ti a quien
desfiguras; pero sabes que tu verdad se hará lentamente, porque es nacimiento
de árbol y no hallazgo de una fórmula.» La vocación es como un árbol que
germina y crece, no un hecho aislado que un día hemos descubierto. —Pero
no siempre dejar un camino concreto de entrega supone abandonar la vocación. Lógicamente.
Puede que ese diálogo con Dios nos lleve, con rectitud, a un cambio, a
resituarnos respecto a lo que inicialmente percibimos. Pero eso no es abandonar
la vocación, sino precisar mejor el discernimiento. Por eso, en todas las
instituciones y caminos de la Iglesia hay una serie de plazos y de etapas de
prueba, que permiten ir confirmando ese discernimiento personal, de manera
semejante a como existe el noviazgo antes del matrimonio. Pero, una vez que han
concluido los periodos de prueba, hay un evidente deber de fidelidad. La
llamada divina se percibe en un momento determinado, pero es desde siempre y
para siempre, porque «los dones y la vocación de Dios son irrevocables»
(Romanos 11, 28-29). Con la vocación, el Señor concede los medios para poder
descubrirla y para responder afirmativamente; y después, a lo largo de la vida,
otorga las gracias necesarias para llevar a cabo la misión confiada. —Pero
una persona puede haber hecho inválidamente esos compromisos definitivos, por
falta de madurez psicológica o de conocimiento. Eso
puede suceder, por supuesto, como también puede suceder en el matrimonio, donde
pueden darse casos de matrimonios nulos por vicio en el consentimiento. Pero
igual que en el matrimonio existe una presunción a favor del vínculo, también
debe haberla en el caso del celibato. —Entonces,
igual que si una persona obtiene la nulidad ya no puede decirse que no sea
fiel, quien obtiene la dispensa o la anulación de su vínculo de celibato ya no
tiene obligación alguna en ese sentido. La
comparación entre el matrimonio y el celibato arroja habitualmente mucha luz,
pero tiene sus límites, como sucede con cualquier comparación, en la que
siempre hay una parte de similitud y otra de disimilitud. Desde luego, si se
declara una nulidad matrimonial de forma honesta y legítima, ya no existe el
vínculo matrimonial, porque en realidad nunca existió. Pero si se recurre a ese
proceso como un subterfugio para obtener algo que no responde a la realidad,
las cosas son bastante distintas. Y con la dispensa del celibato sucede algo
parecido. Pienso que, en todo caso, es Dios quien debe juzgar a cada uno según
sus obras, pues solo Él conoce de modo completo lo que sucede en el interior de
las personas. —¿Piensas
entonces que una vez que se ha adquirido un compromiso libre y definitivo con
Dios, lo que procede es en todo caso luchar por ser fiel? Así
lo decía Juan Pablo II en 1995, refiriéndose en aquel caso al celibato
sacerdotal. «La vocación al celibato necesita ser defendida conscientemente con
una vigilancia especial sobre los sentimientos y sobre toda la propia conducta.
Cuando en el trato con una mujer peligrara el don y la elección del celibato,
el sacerdote debe luchar para mantenerse fiel a su vocación. Semejante defensa
no significaría que el matrimonio sea algo malo en sí mismo, sino que para el
sacerdote el camino es otro. Dejarlo sería, en su caso, faltar a la palabra
dada a Dios. »La
oración del Señor: "No nos dejes caer en la tentación y líbranos del
mal", cobra un significado especial en el contexto de la civilización
contemporánea, saturada de elementos de hedonismo, egocentrismo y sensualidad.
Se propaga por desgracia la pornografía, que humilla la dignidad de la mujer,
tratándola exclusivamente como objeto de placer sexual. Estos aspectos de la
civilización actual no favorecen ciertamente la fidelidad conyugal ni el
celibato por el Reino de Dios. Si el sacerdote no fomenta en sí mismo
auténticas disposiciones de fe, de esperanza y de amor a Dios, puede ceder
fácilmente a los reclamos que le llegan del mundo. ¿Cómo no dirigirme pues a
vosotros, queridos hermanos sacerdotes, para exhortaros a permanecer fieles al
don del celibato, que nos ofrece Cristo? En él se encierra un bien espiritual
para cada uno y para toda la Iglesia.» —¿Y
en los casos en que una persona ha abandonado una institución para fundar otra? Así
han nacido numerosas fundaciones que han llenado de gloria la historia de la
Iglesia. Pero en todos los casos, esas personas han buscado siempre la
aprobación de los superiores jerárquicos competentes —sus autoridades
diocesanas, o bien la Santa Sede— para dar ese paso. Y aunque haya habido con
frecuencia dificultades e incomprensiones, que se dan en todas las grandes
obras, al final han demostrado su rectitud y su origen sobrenatural y han dado
ese paso con la correspondiente aprobación. —¿Y
a qué facetas de nuestra vida afecta la vocación? Con
la vocación no nos hemos propuesto simplemente hacer unas cuantas cosas buenas.
La vocación es algo muy grande, que abarca todas las dimensiones de nuestra
vida. La vocación no es unirse a otras personas buenas para hacer unas cuantas
cosas buenas, es proponerse cambiar el mundo, mejorarlo, y no porque seamos
superhombres —bien lo sabemos— sino porque así entendemos que lo quiere Dios de
nosotros. Con
la vocación cambia la visión de la vida. «Si me preguntáis —escribió San
Josemaría Escrivá en 1932— cómo se nota la llamada divina, cómo se da uno
cuenta, os diré que es una visión nueva de la vida. Es como si se encendiera
una luz dentro de nosotros; es un impulso misterioso, que empuja al hombre a
dedicar sus más nobles energías a una actividad que, con la práctica, llega a
tomar cuerpo de oficio. Esa fuerza vital, que tiene algo de alud arrollador, es
lo que otros llaman vocación. »La
vocación nos lleva —sin darnos cuenta— a tomar una posición en la vida, que
mantendremos con ilusión y alegría, llenos de esperanza hasta en el trance
mismo de la muerte. Es un fenómeno que comunica al trabajo un sentido de
misión, que ennoblece y da valor a nuestra existencia. Jesús se mete con un
acto de autoridad en el alma, en la tuya, en la mía: ésa es la llamada.» La
vocación es una luz de Dios, y no vaga o genérica, sino que nos ayuda a ver de modo
concreto, hoy y ahora, personalmente, lo que Dios quiere de nosotros en cada
momento. La vocación no es simplemente una idea que nos inspira, sino una
determinación clara de la voluntad de Dios para nosotros. Dios quiere de
nosotros algo grande, y lo hará Él en nosotros si no ponemos obstáculos. —Pero
si la luz es de Dios, y todo depende de que se encienda esa luz, no hay nada
que hacer por nuestra parte, salvo esperar a verla. Santo
Tomás de Aquino ponía la siguiente comparación. Dios es como la luz del sol, y
nosotros estamos dentro de una habitación en la que, si abrimos la ventana, nos
inunda Dios con su luz y tenemos claridad. La luz solar que entra en la
habitación no es efecto solo de que la ventana esté abierta: tiene que alumbrar
el sol. Es Dios quien hace las cosas, pero es preciso que nosotros lo
facilitemos, que no lo impidamos. —¿Y
si uno se siente con dudas de si será capaz de mantener dignamente ese diálogo
con el Señor que es la vocación? Lo
importante es que cada uno estemos firmemente decididos a ser fieles a lo que
Dios nos pida. Luego ya Dios suple nuestra debilidad. Así lo contaba Lázaro
Linares, al narrar la historia de su vocación, cuando un día de abril de 1955
expuso esas dudas al director del centro donde deseaba pedir la admisión en el
Opus Dei. Este le escuchó con atención, se aseguró de la claridad con que se
había planteado dar ese paso, y finalmente le preguntó: «Lázaro… ¿tú crees que
podrías perseverar un día? ». «Hombre, sí; un día sí», le contestó. «¿Y una
semana? » «Sí, una semana pienso que también.» «¿Y un mes? » «Hombre, un mes
puede ser muy largo, pero supongo que también». «Entonces —concluyó—, si puedes
perseverar un mes, eres capaz de perseverar toda la vida.» Había
en todo aquello, aparentemente simple, mucha profundidad y mucha sabiduría.
Dios nos da en cada momento la gracia necesaria para ser fiel. Cada día tiene
su propio afán y su propia gracia de Dios. Si no hay ningún obstáculo para
vivir el día a día, no tiene por qué haberlos después. Se trata de mantener la
palabra dada a Dios, de mantener vivo ese diálogo personal con el Señor que no
hace ser receptivos a sus requerimientos. Me
recuerda lo que sucedió a San Enrique, príncipe heredero de Baviera. A la
muerte de su padre, en el año 995, Enrique ocupó el trono con solo veintidós
años. Era uno de los príncipes más instruidos de su tiempo, y su fama de buen
gobernante se difundió enseguida por toda Baviera, ganándose la simpatía de sus
súbditos. Había tenido como maestro a San Wolfgang, que había cuidado de darle
una esmerada educación cristiana. Al poco de morir su maestro, tuvo Enrique un
sueño, la noche del 1 de enero del año 996. En el sueño, San Wolfgang escribía
en una pared esta frase: «Después de seis». Enrique se imaginó que por medio de
ese sueño le avisaba de que dentro de seis días iba a morir, y se dedicó con
todo empeño a prepararse para ese momento. Pero pasaron lo seis días y no
murió. Entonces, pensó que serían seis meses, y procuró obrar en todo momento
con ese mismo pensamiento. Pero a los seis meses tampoco murió. Concluyó
entonces que el plazo era de seis años, y durante ese tiempo siguió actuando,
en su vida personal y en el gobierno de su reino, con la idea de que el tiempo
que Dios le concedía era ese. Pero, a los seis años, el 1 de enero de 1002, lo
que le llegó no fue la muerte sino su proclamación como Emperador de Alemania.
Los seis años de preparación para el encuentro definitivo con Dios fueron la
mejor preparación para su misión en tan alto cargo, en el que estuvo hasta que
falleció en el año 1024. Fue un gobernante santo y prestó grandísimos servicios
a la evangelización de Europa. Sin duda, aquel sueño le fue de gran ayuda. A
nosotros también puede ayudarnos la idea de poner empeño en ser fieles a la
llamada de Dios pensando que el tiempo que tenemos por delante es corto, pues
si somos fieles ahora, estaremos bien preparados para serlo siempre. —¿Y
crees que es especialmente difícil ser fiel al celibato en la sociedad de hoy? Juan
Pablo II decía que para vivir en el celibato de modo maduro y sereno, es
particularmente importante desarrollar profundamente en uno mismo la imagen de
la mujer como hermana o del varón como hermano. En Cristo, hombres y mujeres
son hermanos y hermanas, independientemente de los vínculos familiares. Se
trata de un vínculo universal, gracias al cual el célibe puede abrirse a cada
ambiente nuevo, hasta el más diverso, con la conciencia del deber de ejercer en
favor de los hombres y de las mujeres a quienes es enviado una auténtica
paternidad espiritual, que le concede "hijos" e "hijas" en
el Señor. Y
ponderaba siempre esa entrañable «figura de la mujer-hermana, de tan notable importancia
en nuestra civilización cristiana, donde innumerables mujeres se han hecho
hermanas de todos, gracias a la actitud típica que ellas han tomado con el
prójimo, especialmente con el más necesitado. Una "hermana" es
garantía de gratuidad: en el escuela, en el hospital, en la cárcel y en otros
sectores de los servicios sociales. Cuando una mujer permanece soltera, con su
"entrega como hermana" mediante el compromiso apostólico o la
generosa dedicación al prójimo, desarrolla una peculiar maternidad espiritual.
Esta entrega desinteresada de "fraterna" femineidad ilumina la
existencia humana, suscita los mejores sentimientos de los que es capaz el
hombre y siempre deja tras de sí una huella de agradecimiento por el bien
ofrecido gratuitamente. »Cuando
Cristo afirmó que el hombre puede permanecer célibe por el Reino de Dios, los
Apóstoles quedaron perplejos (cfr. Mt. 19,10-12). Un poco antes había declarado
indisoluble el matrimonio, y ya esta verdad había suscitado en ellos una
reacción significativa: "Si tal es la condición del hombre respecto de su
mujer, no trae cuenta casarse" (Mt 19,10). Como se ve, su reacción iba en
dirección opuesta a la lógica de fidelidad en la que se inspiraba Jesús. Pero
el Maestro aprovecha también esta incomprensión para introducir, en el estrecho
horizonte del modo de pensar de ellos, la perspectiva del celibato por el Reino
de Dios. Con esto trata de afirmar que el matrimonio tiene su propia dignidad y
santidad sacramental y que existe también otro camino para el cristiano: camino
que no es huida del matrimonio sino elección consciente del celibato por el
Reino de los cielos. »El
apóstol Pablo, que vivía el celibato, escribe así en la Primera Carta a los
Corintios: "Mi deseo sería que todos los hombres fueran como yo; mas cada
cual tiene de Dios su gracia particular: unos de una manera, otros de
otra" (I Cor. 7,7). Para él no hay duda: tanto el matrimonio como el
celibato son dones de Dios, que hay que custodiar y cultivar con cuidado.
Subrayando la superioridad de la virginidad, de ningún modo menosprecia el
matrimonio. Ambos tienen un carisma específico; cada uno de ellos es una
vocación, que el hombre, con la ayuda de la gracia de Dios, debe saber
discernir en la propia vida.» 37.
A contraola Vivir
con los grandes hombres en sus biografías y
ser inspirados por su ejemplo es
vivir con cuanto hay de mejor en la humanidad. Samuel
Smiles John
Henry Newman sintió desde muy joven una pasión por Dios y por las cosas del
espíritu, que le llevaron a ordenarse sacerdote en 1825, el seno de la Iglesia
anglicana. Desempeñó durante catorce años su labor como vicario de la Iglesia
de Santa María, junto a la Universidad de Oxford, punto de encuentro de los
mejores intelectuales ingleses de la época. Al
tratar de hacer su propia interpretación de los 39 artículos de la doctrina
anglicana, comenzó a descubrir la verdad en la Iglesia católica, ganándose las
críticas de la comunidad universitaria de Oxford y de la misma Iglesia de
Inglaterra. Tras retirarse en el silencio de la oración y el estudio durante
tres años, en 1845 abrazó el catolicismo, en cuyo seno fue ordenado sacerdote. Por
aquella época, en que las antiguas certidumbres se tambaleaban, los creyentes
se encontraban con la amenaza del racionalismo, por una parte, y del fideísmo
por otra. El racionalismo rechazaba la autoridad y la trascendencia, mientras
el fideísmo resolvía los desafíos de la historia y las tareas de este mundo con
una dependencia mal entendida de la autoridad y del gobierno. En un mundo así,
Newman estableció una síntesis memorable entre fe y razón. Pero
todo ese proceso supuso para él una etapa de mucho sufrimiento. La lucha por la
verdad siempre es difícil. Y Newman tuvo que padecer todas las contradicciones
que suelen acompañar a quienes emprenden con seriedad la búsqueda de la verdad.
El apasionado amor al anglicanismo de sus primeros años y su casi instintiva
repugnancia hacia los planteamientos de la doctrina católica, le costaron un
verdadero despellejamiento cuando, a través, sobre todo, de la lectura de los
antiguos padres de la Iglesia, fue descubriendo que la verdad estaba en la
Iglesia Católica y que, al tiempo, no todos sus miembros más destacados la
servían con rectitud y brillantez. —Pienso
que ese sentimiento es bastante habitual en el proceso de conversión de una
persona, e incluso en el de la vocación. Ciertamente.
Es frecuente que, al plantearse la incorporación a la Iglesia, o al considerar
la incorporación a un seminario diocesano concreto, o la entrega a Dios en una
determinada institución católica, a esa persona le vengan a la mente algunas
imágenes que no le resultan gratas. Newman sentía un rechazo natural por todo
lo católico, pues había sido educado en ese sentimiento. Tuvo que pasar por
todo un proceso de purificación, en el que fue descubriendo cuánto había de
leyenda y de desconocimiento en esas impresiones suyas. Pero también tuvo que
aprender a deslindar lo que era sustancial en la Iglesia de lo que eran los
defectos de quienes pertenecían a ella, incluso de quienes la gobernaban.
Comprendió que los defectos de quienes servían a la Iglesia no debían ocultarle
el verdadero rostro de ella. —¿No
ves inconveniente entonces en entregarse a Dios en un entorno en el que no todo
nos resulta grato o convincente? Me
parece que es natural que haya siempre algunas sombras. Cuando una persona se
enamora y piensa en el noviazgo, o en casarse, es natural que haya detalles de
la persona amada que no le gusten. Y si no los ve, es porque está cegada por el
enamoramiento, pues siempre los hay. Pero enamorarse, y casarse, supone entregarse
globalmente a esa persona en su conjunto, con todo lo que nos gusta más y con
todo lo que nos gusta menos. Es
natural, por otra parte, que nos propongamos ayudar a esa persona a superar
esos defectos que observamos, pero contamos con que siempre tendrá defectos,
como los tenemos nosotros, y sabemos que sería un egoísmo impresentable
enamorarse solo de las cualidades positivas de una persona y rechazarla en lo
demás, o escandalizarse de que no sea perfecta. —¿No
ves problema entonces en iniciar el camino de una vocación con el propósito de
hacer cambiar esa institución? Si
por cambiar se entiende mejorarla, no solo no veo problema, sino que es nuestra
natural obligación. Lo que no se debe querer cambiar es un espíritu o un
carisma fundacional, que se puede tomar o no tomar, pero que no sería lícito ni
leal querer alterar. Newman
encontró dentro de la Iglesia Católica mucha santidad y también bastante
conservadurismo, algunas tradiciones espurias que encubrían una cierta pereza
mental, una excesiva resistencia al cambio. Pero desde el principio supo
reconocer que la verdad, aunque a veces tan mal servida por algunos, estaba
allí. Entró en la Iglesia Católica entre penumbras, como quien entra en la
noche, sabiendo que la luz está allí pero viéndola solo en destellos. Newman
fue un modelo de fe, un crítico obediente, un rebelde sumiso, un avanzado
prudente, un hombre del mañana que soportaba pacientemente el lento ritmo del
cambio. —Siempre
se ha dicho que los grandes hombres han sido un poco adelantados a su tiempo. Sí.
Lo describe muy bien Pilar Urbano, al hilo de su biografía de San Josemaría
Escrivá, otro hombre adelantado a su tiempo. «Los grandes hombres —género muy
distinto del de las meras "celebridades"— ofrecen una interesante
dificultad al biógrafo y al historiador: por una parte, son contemporáneos de
la mentalidad, de los usos y de los sucesos de su propia época; por otra, son
hombres anticipativos, animados por una clarividencia del futuro. Van por
delante de su tiempo vital, a contracorriente de las modas de pensamiento, a
contrapelo de las masas gregarias, a contraola de las inercias de su
generación. Avanzan afrontando el viento de cara. Derriban fronteras. Destripan
tópicos. Hacen saltar por los aires el cartón-piedra de rancios prejuicios.
Roturan caminos sin trillar... Ese ir más deprisa, con las manecillas del reloj
adelantadas, y mirando más allá, les hace ser extemporáneos entre los de su
propio siglo. »Ante
los problemas, ellos proponen soluciones audaces, imaginativas, atípicas. Saben
ver en lo invisible. Por eso se atreven con lo imposible. Son, por anticipados,
proféticos. Y, por desinstalados, rebeldes. A causa de todo ello, mientras
atraviesan su tiempo, suelen ser mal comprendidos. Llevan en soledad el peso
del liderazgo. Sus seguidores les van muy a la zaga. La opinión pública, o no
les atiende, o no les entiende. Los que viven en la cómoda griseidad de lo
vulgar y corriente se sienten perturbados, molestados, por esos trallazos de
inquietud... En fin, si llegan a un conocimiento popular, se les negará el
reconocimiento de su excelencia. Y si alguna fama les visita en vida, será la
mala fama o esa fama de bolsillo que se llama "ser noticia". »Los
personajes célebres, los famosos de cada temporada, pueden llevar una vida confortable
y muelle. Los grandes hombres, no. Un hombre grande jamás se arrellana, jamás
se instala, jamás se conforma, jamás se solaza en la autocomplacencia de la
tarea realizada. Su actitud permanente es la de levantarse exultante, para
recorrer el camino con prisa...» —¿Y
te parece que toda esa incomprensión del ambiente es un riesgo para la
perseverancia en la vocación? La
entrega a Dios siempre se enfrenta a una cierta incomprensión, siempre está
enemistada con la mediocridad, siempre va un poco a contraola de su entorno.
Los santos siempre han sido un poco incómodos para quienes estaban a su
alrededor. Cuando el Santo Cura de Ars llegó a aquel pueblo, sus habitantes lo
menospreciaban, porque se fijaban en la tosquedad de su porte, en lo burdo de su
sotana de mal paño, de su calzado campesino, de sus pobres dotes oratorias.
Solo con el paso de los años descubrirían el tesoro que tenían. Y eso fue
posible porque él no se arredró. Se consideró siempre responsable de los
feligreses que tenía encomendados y fue capaz de perseverar aunque pasó por
todas las dificultades imaginables. «Dadme, Señor —clamaba a Dios— la
conversión de mi parroquia. Consiento en sufrir cuanto queráis durante toda mi
vida. Si es preciso, durante cien años dame los dolores más vivos, con tal que
se conviertan.» Fue esa perseverancia suya la que hizo brotar tanta fecundidad.
Y esa perseverancia no estaba garantizada, ni podía estarlo, cuando decidió
hacerse sacerdote. Porque la perseverancia se conquista día a día. 38.
La noche oscura La
verdad padece, pero
no perece. Santa
Teresa de Ávila La
Madre Teresa de Calcuta nació en 1910 en una pequeña ciudad albanesa llamada
Skopje. «No había cumplido aún doce años cuando sentí el deseo de ser
misionera», contó más tarde ella misma. «Seguir mi vocación fue un sacrificio
que Cristo nos pidió a mi familia y a mí, pues éramos una familia muy unida y
muy feliz. »Durante
cerca de veinte años, en tanto permanecí en las Hermanas de Nuestra Señora de
Loreto, mi misión fue la de enseñar en el Colegio St. Mary’s, frecuentado en su
mayoría por chicas de clase media. Era el único colegio católico de Secundaria
que había por entonces en Calcuta. La enseñanza me gustaba mucho. Enseñar es
algo que, hecho por Dios, constituye una hermosa forma de apostolado. Entre las
Hermanas de Nuestra Señora de Loreto, yo era la monja más feliz del mundo.» El
momento crucial para su vida se produjo de improviso: «Ocurrió el 10 de
septiembre de 1946, durante el viaje en tren que me llevaba al convento de
Darjeeling para hacer los ejercicios espirituales. Mientras rezaba en silencio
a nuestro Señor, advertí una “llamada dentro de la llamada”. El mensaje era muy
claro: debía dejar el convento de Loreto y entregarme al servicio de los
pobres, viviendo entre ellos.» Dios le pedía que saliese de la comodidad de su
congregación para ir en busca de los más pobres de entre los pobres. Recibió
el permiso desde la Santa Sede y empezó por llevar a los moribundos de las
calles a un hogar donde pudieran morir en paz y dignidad. También abrió un
orfanato. Gradualmente, otras mujeres se le unieron. En 1950, recibió la
aprobación oficial para fundar una congregación de religiosas, las Misioneras
de la Caridad, que se dedicarían a servir a los más pobres entre los pobres.
Hoy, son casi cuatro mil, repartidas en quinientas casas establecidas en cerca
de cien países. Todos
los pontífices han expresado una especial admiración hacia esta valiente
misionera. Recibió el Premio Nobel de la Paz en 1979. Y aunque no faltaron las
calumnias, algunas especialmente malintencionadas e insidiosas, lo cierto es
que cuando la Madre Teresa falleció, en 1997, todo el mundo se volcó en su
despedida. Su proceso de beatificación ha sido el más rápido de la historia
reciente de la Iglesia, lo que testimonia su fama mundial de santidad. Sin
embargo, un dato de especial interés es que una santidad tan deslumbrante no
estuvo exenta de crisis interiores. Dios quiso que pasara, como sucedió también
a Santa Teresa de Ávila o a San Juan de la Cruz, por la dolorosa experiencia de
la “noche oscura del alma”. En 1956, confiaba al Arzobispo de Calcuta: «Quiero
ser apóstol de la alegría». Pero, por una misteriosa disposición de la
Providencia, tenía que llevar a cabo ese apostolado de la alegría en medio de
una ausencia de Dios que le resultaba insoportable: «En ocasiones la agonía de
la ausencia de Dios es tan grande, y es a la vez tan profundo el vivo deseo del
Ausente, que la única oración que aún consigo recitar es "Sagrado Corazón
de Jesús, confío en ti. Saciaré tu sed de almas."» Todavía
cuatro años más tarde, aquella prueba le atormentaba, pero ella seguía buscando
a Dios obstinadamente, confiadamente, segura de que obtendría respuesta: «He
comenzado a amar la oscuridad. Porque ahora creo que es una parte, una
pequeñísima parte, de la oscuridad y del dolor que Jesús conoció en la tierra».
Pasó largas etapas sin notar el amor de Dios en el corazón, sin escuchar sus
respuestas. Las miles de personas que ella atendía, sentían consuelo, amor y acogida,
mientras que ella continuaba en la oscuridad. Pero siguió adelante. —Pues
menos mal que superó esa noche oscura, pues, de lo contrario, la humanidad se
habría visto privada de una aportación extraordinaria. Sin
duda es así. Y es una referencia interesante a la hora de pensar en la
perseverancia en los momentos de oscuridad o de tribulación. Muchas veces, el
secreto de la fecundidad de los santos está simplemente en que son capaces de
perseverar en esos momentos difíciles, en los que otros se rinden. Y la
dificultad, muchas veces, no está tanto en resistir ataques, sino en superar
esos momentos de oscuridad o de penumbra por los que todos pasamos en algún
momento. También
los Reyes Magos de Oriente tuvieron sus momentos oscuridad, según cuentan los
Evangelios. Cuando llegaron a Jerusalén, habían abandonado sus tierras y sus
reinos, guiados solamente por el signo confuso de una estrella. Habían asumido
la aventura de lanzarse a buscar lo desconocido, arrastrados por algo que
tampoco era una llamada llena de evidencias. Y probablemente tuvieron que
soportar alguna que otra incomprensión por lanzarse a hacer semejante viaje
solo por haber visto una estrella. Y al acercarse a la gran ciudad, se
encuentran con que la ciudad dormía. Y ven que los mismos sacerdotes a quienes
los Magos consultaron, que sabían que el Salvador podía ya haber nacido a
poquísimos kilómetros de allí, ni se han molestado en ir a comprobarlo. Incluso
después de conocer la historia de la estrella, se limitaron a encaminar hacia
Belén a los Magos, pero ellos siguieron durmiendo. A
pesar de todo, los Magos tuvieron la humildad de preguntar, mantuvieron su
apuesta y su fe sin escandalizarse por la actitud de esos sacerdotes, llegaron
hasta Belén y cumplieron su misión. Y traigo aquí este ejemplo, pensando en que
quizá algunas personas que buscan el camino de su vocación pasan a veces por
esto mismo. Han descubierto, tal vez entre oscuridades, el resplandor de una
estrella. Han comenzado a caminar hacia ella, renunciando probablemente a la
tierra firme de muchas certezas fáciles de este mundo. Han soportado los
comentarios, simples o ingeniosos, de quienes consideran su entrega a Dios como
algo disparatado. Y han tenido que sufrir, por último, el desconcierto de
encontrar a su llegada, dentro de la Iglesia, algunos ejemplos que no resultan
muy edificantes, de ciudad dormida, de desconfianza y de recelo, quizá
precisamente en aquellos de quienes debían esperar ánimo y apoyo. La
tentación de los Magos es quizá una de las más difíciles de vencer en nuestro
tiempo. Pero no por eso debemos dejar de seguir nuestra estrella, como ellos
hicieron. Y eso aunque a veces nos sintamos rodeados del frío del ambiente, y
aunque tengamos que dejar atrás la ciudad de Jerusalén y a sus dormidos
habitantes. 39.
¿No es una lucha extenuante durante toda la vida? Algunos
luchan un día, y son buenos; otros
luchan un año, y son mejores; unos
pocos luchan toda la vida: esos
son imprescindibles. Bertolt
Brecht —Ser
generoso en ese diálogo con Dios supone una lucha constante durante toda la
vida. ¿No es un poco extenuante ese planteamiento? Todas
las personas tienen que luchar y esforzarse por ser cada día mejores. Quienes
lo hacen, alcanzan mucha más satisfacción y felicidad en sus vidas. En cambio,
quienes se abandonan y eluden la lucha personal por mejorar, acaban teniendo
que luchar más todavía por defender sus apegos y miserias, a pesar de que
muchas veces son bajezas que les avergüenzan. En ese sentido, podría decirse
que luchar es un descanso, pues, al menos a largo plazo, la virtud alivia y el vicio
en cambio no satisface, sino que es como una droga, que crea adicción, que cada
vez exige más y da menos. Hay que contar con el esfuerzo, con la lucha, con la
cruz del Señor. El que no cuenta con la cruz, se la encuentra de todos modos, y
entonces, además, encuentra en la cruz la desesperación. En cambio, cuando
contamos con ella, aunque puedan venir momentos difíciles, estamos mucho más
felices y seguros. Quiero
con esto decir que no debe tenerse una imagen negativa de la lucha ascética o
de la entrega a Dios. Estar en buena forma física supone un esfuerzo, pero esa
misma buena forma hace que cada vez esos esfuerzos sean menores. Y de manera
semejante podría decirse que cuidar el espíritu hace que cada vez nos cueste
menos el camino de la virtud. —Pero
a veces vienen momentos malos en que no es así. Es
cierto. Igual que podemos estar en buena forma física pero, en determinado
momento, pasar por una etapa peor, o por una enfermedad, o una lesión. Pero eso
no quita lo anterior. La
vida tiene momentos de euforia y otros de abatimiento (a veces, dentro de un
mismo día), y hemos de saber sobreponernos a los efectos negativos de esos
ciclos del estado de ánimo. Esos malos momentos pueden provenir de que Dios ha
permitido una etapa de sequedad interior, sin culpa nuestra, por motivos que Él
bien sabrá (purificarnos, mejorar nuestra rectitud de intención, hacernos
partícipes de su cruz); o pueden provenir de nuestro descuido personal, porque
estamos eludiendo el esfuerzo necesario por mejorar. A
esto último se refería Santa Teresa, al rememorar una larga etapa de
desasosiego interior, provocado precisamente por eludir lo que Dios le pedía:
«Pasaba una vida trabajosísima... Por una parte me llamaba Dios; por otra yo
seguía lo mundano. Dábanme gran contento las cosas de Dios; teníanme atada las
mundanas. Paréceme que quería concertar estos dos contrarios, tan enemigos uno
de otro, como es vida espiritual y contentos y gustos y pasatiempos mundanos.
(...) Pasé en este mar tempestuoso casi veinte años... Sé decir que es una de
las vidas más penosas que me parece se puede imaginar: porque ni yo gozaba de
Dios, ni traía contento con lo mundano. Cuando estaba en los contentos
mundanos, en acordarme de lo que debía a Dios, era con pena; cuando estaba con
Dios, las afecciones mundanas me desasosegaban. Ello es una guerra tan penosa,
que no sé cómo un mes la pude sufrir, cuanto más tantos años.» —Pero,
aunque te decidas a ser más generoso, vendrán esos días malos en los que
costará mucho ser leal a la palabra dada a Dios. En
nuestra vida tendremos muchas ocasiones de no ser leales, pero en esas
ocasiones es precisamente donde se prueba nuestro amor a Dios. La lealtad, la
fidelidad de una persona, se demuestra sobre todo ante las situaciones
difíciles, cuando lo bueno se presenta rodeado de inconvenientes y lo malo nos
atrae mucho. La honradez se demuestra, por ejemplo, cuando a uno le intentan sobornar
y necesita mucho ese dinero, la fidelidad conyugal cuando se presenta una
solicitación, y la valentía cuando los demás están asustados. La virtud se
reconoce cuando es capaz de obrar en la adversidad. —Eso
suena un poco a tener que fastidiarse porque has dado antes tu palabra. Puede
verse así, como si fuera una simple obligación consecuencia de un contrato,
pero eso es vaciar de contenido un compromiso de amor. Porque el compromiso
vocacional es un compromiso de amor (igual que el matrimonio no es un simple
contrato, aunque haya un contrato). Ser llamado por Dios es una gran suerte. Es
estar entre ese grupo de discípulos que seguían más de cerca al Señor, porque
Él llamaba a la santidad a todos, pero a esos de un modo especial. Y
aunque pueda haber momentos en que la fidelidad se sostenga por un simple
sentimiento de lealtad a la palabra dada, eso no quita mérito —al contrario— ni
eficacia a esa fidelidad. Sabemos por ejemplo, que Santa Teresa, una gran
santa, pasó muchos años en los que decía que le parecía como si Dios no
existiese, y sin embargo ha sido guía y modelo para infinidad de personas,
porque fue leal a Dios. Y la Madre Teresa de Calcuta, como ya hemos comentado,
pasó también por largos años de oscuridad interior, y su fidelidad en la oscuridad
ha llenado de luz a millones de almas. —Entonces,
¿qué recomiendas para los altibajos de ánimo, para los momentos de bajón? En
los períodos bajos, cuando nuestro mundo interior está frío y gris, cualquier
pequeña tentación tiende a ocupar toda la mente y adquiere un peso
desproporcionado. Entonces, es fácil engañarse pensando que nuestro entusiasmo
de los inicios de la conversión o de la vocación tendrían que haberse mantenido
siempre. O nos creemos que la aridez actual será una situación igualmente
permanente y nos amargará la existencia. Si esa idea se fija en la mente,
dejamos el campo abierto a la desesperanza, o a un voluntarismo que se empeña
en recobrar los viejos sentimientos de entusiasmo por pura fuerza de voluntad,
cosa siempre agotadora. O llegamos al convencimiento de que los primeros
entusiasmos habían sido un ingenuo acceso juvenil que el tiempo está poniendo
en su sitio, y que en realidad todo ha sido una “fase” de la vida que ya ha
pasado. —Pero
es que algo de eso puede ser cierto. Indudablemente.
Pero si aplicas ese planteamiento a cualquier meta o logro que una persona se
haya planteado, y lo haces cuando está pasando por un momento bajo, no hay meta
de largo alcance que pueda lograrse, pues siempre hay momentos malos, y la
perseverancia y la fidelidad dependen precisamente de la capacidad de
superarlos. «Para construir la propia vida —explicaba Benedicto XVI—, nuestro
futuro exige también la paciencia y el sufrimiento. La Cruz no puede faltar en
la vida de los jóvenes, y dar a entender esto no es fácil. El montañero sabe
que para hacer una buena experiencia de escalada tendrá que afrontar
sacrificios y entrenarse, así también el joven tiene que entender que en la
escalada al futuro de la vida es necesario el ejercicio de una vida interior.» 40.
El hijo pródigo No
nos hacemos libres por negarnos
a aceptar nada
superior a nosotros, sino
por aceptar lo que está
realmente por encima de nosotros. Goethe Cuando
el hijo pródigo pide a su padre la parte de herencia que le corresponde
—explica Henri J. M. Nouwen—, no hay detrás de eso un simple deseo de un hombre
joven por ver mundo. Hay un corte drástico con la forma de vivir y de pensar en
que había sido educado, una rebelión desafiante, una huida hacia lugares
lejanos en busca de amor. Esa huida representa la gran tragedia de la vida de
quienes de alguna forma se vuelven sordos, o nos volvemos sordos, a la voz de
Dios que nos llama, y abandonamos el único lugar donde podemos oír esa voz,
para marcharnos esperando desesperadamente encontrar en algún otro lugar lo que
no somos capaces de encontrar en casa. —¿Y
por qué dejan, o dejamos, ese lugar? Porque
hay muchas otras voces, fuertes, llenas de promesas seductoras, que nos ofrecen
éxito, reconocimiento, liberación. Además, cuanto más nos alejamos del lugar
donde habita Dios, menos capaces somos de oír su voz que nos llama, y cuanto
menos oímos esa voz, más nos enredamos en las manipulaciones y juegos de poder
del mundo y más alejados nos sentimos de esa voz. Nosotros
somos el hijo pródigo cada vez que buscamos amor donde no puede hallarse, cada
vez que tomamos lo que Dios nos ha dado —nuestra vida, nuestro talento— y lo
utilizamos para nuestro egoísmo, para reafirmarnos, para imponernos con un
fondo de arrogancia, como le pasaba al hijo pródigo, que malgastó todo lo que
le había dado su padre y dilapidó su fortuna en caprichos y en despilfarros
hechos para impresionar, en vez de hacer rendir esos talentos en servicio de
los demás. —¿Y
por qué su padre permite que actúe de modo tan irresponsable? Su
padre no podía obligarle a que se quedara en casa. No podía forzar su amor.
Tenía que dejarle marchar en libertad, sabiendo incluso el dolor que aquello
causaría en los dos. Fue precisamente el amor lo que impidió que retuviera a su
hijo a toda costa, lo que hizo dejarle que encontrara su propia vida, incluso a
riesgo de perderla. Así actúa Dios con nosotros, siguiendo ese misterio de amor
y libertad por el que somos libres de abandonar el hogar de Dios, pero Él
siempre nos espera con los brazos abiertos. El
hijo pródigo, que dejó su casa lleno de orgullo y de dinero, decidido a vivir
su propia vida lejos de su padre, vuelve ahora sin nada. Ni dinero, ni salud,
ni reputación. Lo ha despilfarrado todo. Solo trae vaciedad, humillación y
derrota. Y solo se hizo consciente de lo perdido que estaba cuando nadie a su
alrededor demostró interés alguno por él. Le habían hecho caso en la medida en
que podían utilizarlo para sus propios intereses. Pero cuando ya no le quedaba
nada, dejó de existir para ellos. Entonces sintió toda la profundidad de su
aislamiento, la soledad más honda que se puede sentir. Estaba realmente
perdido, y fue precisamente eso lo que le hizo volver en sí. De repente, vio
con claridad que el camino que había elegido le llevaba a la autodestrucción. —¿Piensas
entonces que hay que pasar por una cierta privación para valorar lo que se
tiene, también en lo espiritual? No
es necesario en absoluto, pero muchas veces es lo que hace despertar a algunas
personas. El hijo pródigo tuvo que perderlo todo para entrar en lo profundo de
su ser. Cuando se encontró deseando que le dieran la comida de los cerdos, se
dio cuenta entonces de que tenía una dignidad y de que debía procurar
recuperarla. La confianza en el amor de su padre, aunque borrosa, le dio la
fuerza para reclamar su condición de hijo, aunque esa reclamación no estuviera
basada en mérito alguno. Su
regreso está lleno de ambigüedades. Hay arrepentimiento, pero un
arrepentimiento interesado. Es un acercamiento a Dios en el que nos sentimos
culpables, pero en el que nos cuesta recibir el perdón de Dios. Luego,
a su llegada, hay un hecho que ensombrece la alegría de la vuelta a casa del
hijo perdido durante años. En medio de aquella escena de alborozo y de perdón,
hay una mirada sombría y distante, la del hijo mayor que no estaba en casa
cuando el padre abraza a su hijo y le muestra su misericordia, y que, cuando
llega y ve la fiesta de bienvenida en honor a su hermano, se enfada y no quiere
entrar. —¿Qué
piensas que ocurría en el interior de aquel hombre? Estaba
tan perdido como su hermano. No solo se había perdido el hijo menor, que se
marchó de casa en busca de libertad y felicidad, sino que también el que se
quedó en casa se perdió. Aparentemente, hizo todo lo que un buen hijo debe
hacer, pero interiormente, estaba también lejos de su padre. Trabajaba mucho
todos los días, y cumplía con sus obligaciones, pero cada vez era más
desgraciado y menos libre. También
es algo que puede suceder a quienes, como el hermano mayor, han permanecido
aparentemente cerca de Dios, pero en realidad su corazón está tan frío como el
del hermano menor. Es una tentación, la del hijo mayor, muy propia de quienes
quieren cumplir con las expectativas de otros, y desean que se les considere
cumplidores y ejemplares, pero que también experimentan, desde muy temprano,
cierta envidia hacia esos hermanos pequeños que abandonan el hogar y viven en
el despilfarro y la lujuria. Ellos siempre han actuado con corrección, y les
asalta la idea de que lo hacen porque no han tenido el coraje de ser tan
irresponsables como los otros. Les resulta extraño admitirlo, pero en el fondo
tienen envidia del hijo desobediente, cuando le ven disfrutar haciendo cosas
que ellos reprueban. La vida de entrega a Dios les agrada, pero a veces la ven
como una carga que les oprime. La obediencia y el deber se han convertido en
una carga, y el servicio en una esclavitud. Hay
muchos hijos e hijas mayores que están un poco perdidos a pesar de seguir en
casa. El extravío del hijo menor es visible y claro, pero se comprende e
incluso se simpatiza fácilmente con él. Sin embargo, el extravío del hijo mayor
es más difícil de identificar. Al fin y al cabo, parecía hacerlo todo bien. Era
obediente, servicial, cumplidor de la ley y muy trabajador. La gente le
respetaba, le admiraba y le consideraba un hijo modélico. Aparentemente, no
tenía fallos. Pero cuando vio la alegría de su padre por la vuelta de su
hermano menor, un poder oscuro salió a la luz. De repente, aparece la persona
severa y egoísta que estaba escondida y que con los años se había hecho más
envidiosa y arrogante. —¿Quieres
decir con esto que quien se queda más cerca de Dios tiene más riesgo de caer en
esa soberbia? Quiero
decir que todos tenemos que esforzarnos por ser mejores, y que el riesgo de
perderse nos afecta siempre a todos. Todos estamos expuestos al peligro de
acomodarnos y enfriarnos. Ninguno debemos considerarnos exentos de la tentación
por el hecho de habernos entregado a Dios. Igual que el hijo menor se perdió
por no escuchar la voz de su padre y marcharse, el hijo mayor se perdió
igualmente por no escuchar esa misma voz, aunque estaba más cerca. Porque, en
determinado momento de la vida, una persona entregada a Dios puede sentirse
como el hijo mayor, que había trabajado mucho en la granja de su padre, pero en
vez de estar agradecido por todo lo que había recibido, se siente invadido por
los celos de ese irresponsable hermano menor. Y su único remedio es reconocer
que esos sentimientos proceden de la soberbia y el egoísmo. —¿Y
crees que el hijo menor que vuelve es más querido por Dios que el hermano
mayor? Pienso
que el padre quiere igual a los dos, pero expresa ese amor de acuerdo con sus
trayectorias personales. Conoce bien a ambos, y comprende sus cualidades y sus
defectos. A cada uno le habla con afecto y con claridad, sin enredarse en
compararlos tontamente, y a los dos les invita a participar de la alegría de
estar allí. —Entonces,
si ninguno de los dos fue fiel, no queda claro qué opción es la mejor. La
opción mejor es ser fiel a la voz de Dios. Esta escena del Evangelio narra dos
formas de ser infiel, y, sobre todo, la posibilidad de volver cuando se ha
desoído esa voz. El
hijo menor desoyó la llamada de Dios al principio. Si seguimos con aquella
comparación, no cogió esa llamada telefónica que Dios le hacía, a pesar de
resonar muchas veces, o la cogió pero enseguida cortó. El hijo mayor respondió
que sí al principio, pero se fue acostumbrando a oír esa voz y no actuar en
consecuencia, y al final quedó tan ajeno a esa voz como su hermano pequeño. El
efecto es parecido, uno por cortar y otro por malacostumbrarse o distraerse.
Son distintas formas de no ser fiel, y no se trata de diseccionarlas para ver
cuál es mejor o peor, sino de aprender a detectar el daño que nos produce
alejarnos de la voz de Dios. 41.
¿Mi hijo Tomás, un simple fraile? Mi
conciencia tiene para mí más
peso que la opinión de todo el mundo. Cicerón Teodora
de Theate, la madre de Tomás de Aquino, provenía de una ilustre familia, los
Caraccioli. Llevaba en las venas la energía indomable de los jefes normandos.
Era prima de los Hohenstaufen y estaba emparentada con el mismísimo Emperador
Federico II. Sus biógrafos la retratan como una mujer resuelta y autoritaria.
Tenía unos planes muy concretos y meditados para su hijo. Y su hijo había
decidido entregarse a Dios como fraile dominico. ¡Fraile dominico! ¡Y ella, que
soñaba con que fuera Abad Mitrado de Monte Casino! ¡Un simple monje, de una
orden de la que todos hablaban mal! No estaba dispuesta en absoluto. ¿Un hijo
suyo, fraile mendicante? ¡Jamás! Hoy
estas cóleras y estas aspiraciones maternas nos hacen sonreír. Pocos padres
sueñan hoy con un hijo Abad Mitrado, pero es cuestión de cierta perspectiva
histórica, de hacer algunas sustituciones y de poner un poco de imaginación.
Hoy Teodora, mujer de la alta sociedad, hubiera soñado quizá para su hijo,
formado en Oxford, en Harvard o en el M.I.T., un futuro «acorde a nuestra
posición». Y su sueño dorado sería, quizá, verlo presidente de un alto
organismo internacional europeo o directivo de un prestigioso banco en
Manhattan. La
historia continúa con una carta de Teodora a Tomás en la que le ordena que
vuelva inmediatamente a casa. En vano. Y cuando vio que las cartas resultaban
inútiles, formó una comitiva para “rescatarlo”. Todos estos sucesos parecen
capítulos de una novela, pero se han dado con frecuencia en la historia de la
Iglesia. Y se siguen dando todavía. ¿Dónde estaba Tomás? ¿En Roma? Pues allí se
fue. Pero al llegar, Tomás ya había abandonado la ciudad eterna. Se había ido a
Bolonia con el Maestre General. Su furia se hizo incontenible. Llamó a otros
hijos suyos que militaban a las órdenes de Federico II y les ordenó que fuesen
en su búsqueda y lo trajesen preso, o como fuera, pero que se lo trajesen y lo
encerrasen en la fortaleza de Monte San Giovanni. Sus
hermanos lo encontraron camino de Bolonia, cerca de Aquapendente, mientras
descansaba junto a un manantial. Llegaron a galope, lo apresaron y se lo
llevaron por la fuerza a la torre del antiguo castillo familiar. Allí su madre
lo tenía todo planeado. Después de la fuerza viril pondría en juego la
habilidad femenina: sus hermanas Marotta y Teodora se encargarían de hacerle
cambiar de opinión, no por la fuerza, sino por la persuasión. Pero las palabras
de las dos hermanas resultaron inútiles. Es más, una de ellas empezó a vacilar
al ver la actitud de su hermano y finalmente resolvería entregarse también a
Dios. Pasaban
los días. Había que poner todos los medios, así que cambió de táctica. Se le
ocurrió algo no muy original, pero que se viene poniendo en práctica a lo largo
de los siglos en casos parecidos. Ya que no se podía vencer su inteligencia con
palabras, habría que reducir su corazón con la seducción de una mujer. Trajeron
de Nápoles una cortesana a sueldo, y una noche se introdujo sigilosamente,
provocadoramente, en la habitación del joven. Pero Tomás, en cuanto vio sus
intenciones, se acercó a la chimenea, tomó un tizón ardiente y la pobre
napolitana huyó despavorida. Llega
un momento en que su madre y sus hermanos se desesperan ante la obstinación de
Tomás. Le ruegan y lo amenazan, le hacen jirones el hábito blanco, le quitan
sus libros, se burlan de él para que se avergüence, pero no logran disuadirle
de su idea de seguir adelante con su vocación. Aquel encierro duraría dos años.
La historia concluye cuando Tomás, ayudado por sus hermanas, se descuelga un
buen día por los muros de la fortaleza y salta sobre el caballo que le había
traído Fray Juan de San Julián. Lo volvieron a prender, pero Tomás resistió
firme e hizo prevalecer su voluntad. Todo
esto parece una novela, pero son hechos históricos. Tomás resistió y venció,
pero pudo no haber sido así, y si hubieran triunfado los esfuerzos de su madre,
quizá la Iglesia y la civilización occidental hubiesen sufrido un retraso
intelectual de siglos. Teodora,
como ciertos padres a lo largo de la historia —también de ahora—, no tenía de
la libertad un concepto demasiado elevado. Aunque argumentara “razones
cristianas”, y aunque se justificara pensando que lo que ella perseguía era
tener un hijo Abad Mitrado en Monte Casino, olvidaba que toda esa ilusión de
madre insatisfecha estaba oscureciendo en su mente otras razones cristianas más
importantes, como el deber de respetar la libertad de su hijo, o el de procurar
cumplir la voluntad de Dios, no hacer que Dios cumpliera la voluntad de ella. —Pero
no siempre es toda la culpa de los padres. Es
verdad que, en estos conflictos, a veces los hijos tienen parte de culpa, por
el modo de plantear las cosas, pero cuando la vocación de un hijo provoca un
escándalo de dimensiones exageradas en una familia, y se producen rupturas o
distanciamientos excesivos, escándalos o presiones, es probable que, por encima
de las contingencias y posibles errores (falta de prudencia en las actuaciones
de unos y otros, de tacto por parte del hijo, de información suficiente por
parte de los padres), se trate de una familia en la que ha calado poco el
espíritu cristiano. Cada
vocación es como un dedo divino que rasgase todas las notas de un arpa, y si
ese rasgueo produce un chirrido estridente, es que en esa familia falta sentido
cristiano de la vida. Revelan, quizá, el quebrantamiento no aceptado de un afán
posesivo, o un deseo a veces patológico de dirigir la vida de los hijos,
considerándolos como eternos adolescentes. Dicen buscar el bien de su hijo,
pero en ocasiones, lo que persiguen es más bien su proyección personal, o el
cumplimiento en sus hijos de proyectos que ellos no lograron realizar
(olvidando a veces que no siempre lo que les proporcionó felicidad a ellos se
la dará ahora a sus hijos), o la búsqueda egoísta de satisfacciones afectivas
como la cercanía de los hijos, la seguridad en la vejez, nuestro buen nombre,
los apellidos, los nietos... —Pero
suelen entender que sus hijos no están maduros para esa decisión y que la han tomado
por influencia de otras personas. Indudablemente
eso puede suceder. Pero también puede suceder lo contrario, es decir, que estén
tomando esas decisiones pese a la fuerte influencia en contra que ejercen sobre
ellos quienes tienen más cerca. Es más, creo que es mucho más frecuente esto
último, y es probable que se pierdan muchas vocaciones por esa oposición del
ambiente familiar o social. El
pensamiento anticristiano repite desde hace siglos el viejo tópico de presentar
la llamada de Dios como una alucinación, y pinta a las personas que se entregan
al Señor como hombres y mujeres de personalidad débil y fácilmente
influenciables. Todos esos ataques no son novedades de nuestra época. A lo
largo de los siglos, muchos padres se han quejado de “haber perdido un hijo”
cuando este les anuncia que desea entregarse a Dios. «Cuando mi madre supo mi
resolución —escribía San Juan Crisóstomo hace dieciséis siglos— me tomó de la
mano, me llevó a su habitación, y habiéndome hecho que me sentase junto a la
cama donde me había dado el ser, rompió a llorar y a decirme cosas más tristes
que su llanto.» —¿Y
qué explicación das a todo este tipo de conflictos familiares en torno a la
vocación de los hijos? Quizá en muchos casos deberían evitarse, retrasando lo
que sea preciso la entrega, hasta que las cosas se calmen y haya un
entendimiento mayor. Porque todos esos conflictos no parecen muy compatibles
con el anuncio de paz del Evangelio. El
anuncio de paz del Evangelio es indudable. Y lo de retrasar prudentemente esa
entrega puede ser oportuno en algunos casos. Pero hay que leer el Evangelio
completo, fijándose también en otros pasajes, como el de «No penséis que he
venido atraer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. Sí, he
venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera
con su suegra y enemigos de cada cual serán los que conviven con él. El que ama
a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí […] El que encuentre su
vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará». (Mt 10,
34-40). No puede obviarse que al hablar sobre el seguimiento de la llamada de
Dios, Jesucristo preanuncia, para quien le siga, la posibilidad de ser
incomprendido por parte de la propia familia. Lo
más duro que le esperaba a Santa Edith Stein, recién conversa del judaísmo, era
decírselo a su familia. Edith era un orgullo para su madre, una mujer de una
alta exigencia personal y que había educado a sus hijos en unos principios de
gran rectitud. Por eso mismo se derrumbó y se echó a llorar cuando su hija se
reclinó en su regazo y le dijo: «Madre, soy católica». Edith la consoló como
pudo, e incluso la acompañaba a la sinagoga. Su madre no se repuso del golpe,
pues lo consideraba una traición, aunque no tuvo más remedio que admitir,
viendo a su hija, que «todavía no he visto rezar a nadie como a Edith». Y aún
le resultó más costoso aceptar la decisión de su hija de hacerse carmelita
descalza. Fue una decisión meditada durante años, que se hizo realidad en 1935,
en Colonia, cuando hizo sus votos y se convirtió en Sor Benedicta de la Cruz.
Fue una gran pensadora, una gran santa y hoy es patrona de Europa. —Supongo
que habrá todo tipo de reacciones, y a muchos padres les parecerá muy bien la
entrega a Dios de sus hijos. Cuando
hay un buen conocimiento de los hijos y de lo que sucede en su interior, los
consejos de los padres suelen ser una gran ayuda para el discernimiento de la
vocación y para la perseverancia en ella. Margarita
Occhiena, la madre del futuro San Juan Bosco, al conocer la vocación de su
hijo, le dijo: «Has elegido tu camino, hijo mío. No me expliques más. Sé que
has elegido a Dios. Por eso, solo te doy un consejo: abrázate a la Cruz y no la
dejes nunca.» Y cuando comentó a su madre la idea de hacerse franciscano, ella
le dijo unas palabras que quedaron grabadas a fuego en su corazón: «Óyeme bien,
Juan. Te aconsejo mucho que examines el paso que vas a dar y que, después,
sigas tu vocación sin preocuparte en absoluto de nadie. Pon, delante de todo,
la salvación de tu alma. El párroco me pedía que te disuadiese de esta
decisión, teniendo en cuenta la necesidad de ti que yo pudiera tener en el
futuro; pero yo te digo: en asunto así no entro porque está Dios por encima de
todo. No tienes por qué preocuparte de mí. Nada quiero de ti, nada espero de
ti. Tenlo siempre presente: nací pobre, he vivido pobre y quiero morir pobre.
Más aún, te lo aseguro: si te decidieras por el clero secular y, por desgracia,
llegaras a ser rico, ni una vez pondría los pies en tu casa. No lo olvides.» La
madre de este gran santo está actualmente en proceso de canonización y es
considerada cofundadora de la Familia Salesiana. En memoria de ella se creó,
hace muchos años, la «Asociación Mamá Margarita», que agrupa a los padres de
los salesianos, invitándoles a la oración y al impulso y apoyo de la vocación
de sus propios hijos. Su ejemplo es una referencia que la Iglesia pone a los
padres de quienes Dios llama más directamente a su servicio. Margarita acompañó
con un cariño especial a su hijo Juan Bosco en su camino hacia el sacerdocio. A
sus cincuenta y ocho años, abandonó su casita del Colle y le siguió en su
misión entre los muchachos pobres y abandonados de Turín. Allí, durante diez
años, madre e hijo unieron sus vidas con los inicios del Trabajo Salesiano.
Ella fue la primera y principal cooperadora de Don Bosco, y con su amabilidad
hecha vida aportó su presencia maternal a la fundación de su hijo. Era una
mujer analfabeta, pero estaba llena de aquella sabiduría que viene de lo alto,
ayudando, de este modo, a tantos niños de la calle, hijos de nadie. Así
consumió su vida en el servicio de Dios, en la pobreza, la oración y el
sacrificio. Cuando murió en Turín en 1858, a los 68 años de edad, una multitud
de muchachos que lloraban por ella como por una madre, acompañó sus restos al
cementerio. 42.
El hijo del pobre alguacil de Riese Si
de verdad vale la pena hacer algo, vale
la pena hacerlo a toda costa. G.
K. Chesterton Juan
Bautista Sarto era alguacil en Riese, un pueblecito del Norte de Italia,
pequeño y humilde como la mayoría de los que había en toda aquella zona a
mediados del siglo XIX. Aquel hombre vivía de su modesto empleo en el
Ayuntamiento, de su trabajo en un pequeño huerto y de lo que le proporcionaba
el cuidado de una vaca. Su mujer, Margarita Sanson, trabajaba como costurera.
Tenían diez hijos, aún pequeños. El mayor, Beppino, parecía un chico despierto.
Era una pena, pensaba, que esa inteligencia se perdiera, pero él no tenía
dinero para dar estudios a ninguno de sus hijos. Un
día se plantó en su casa el coadjutor de la parroquia. Le dijo que habría que
enviar a Beppino a estudiar a Castelfranco, a siete kilómetros de Riese, porque
el chico quería ser sacerdote. Su padre se angustió un poco. ¿Qué podía hacer
él, un pobre alguacil de pueblo, sin más recursos que su huerto y su vaca, con
tantos hijos a la mesa? Él esperaba, además, que Beppino empezara a ayudarle
pronto a sostener a la familia, pero también estaba dispuesto a hacer cualquier
sacrificio para que su hijo pudiera ser sacerdote. No se le ocurrió mejor
solución que redoblar su trabajo para costearlo, aunque de todas formas Beppino
tendría que ir y volver a pie todos los días de Riese a Castelfranco. Dicho
y hecho. Su hijo salía de madrugada y volvía de noche. Castelfranco estaba a
siete kilómetros y Beppino venía con los pies magullados, porque se quitaba las
sandalias para no gastarlas. A su mujer se le partía el corazón al verle llegar
así. Pero no había más remedio. Y pasó el tiempo. El chico terminó sus estudios
en Castelfranco y tenía que continuarlos. Acudió al párroco. Él quería sacar
adelante la vocación de su hijo, pero ¿qué más podía hacer? Don Fito tuvo una
idea: escribirían al Arzobispo de Venecia, que era de Riese y procedía también
de una familia humilde, como él. ¡Mamma mia! ¡El Patriarca de Venecia! Aquellas
palabras sonaban imponentes y casi inaccesibles en sus oídos: ¡El Patriarca de
Venecia! Pero la escribió. ¿Qué hay –pensaba— que un padre no haga por un hijo
que quiere ser sacerdote? Pasaron
las semanas. Cuando llegó la carta no se atrevían a abrirla. Les temblaba el
pulso. Fueron corriendo a buscar al cura. Don Fito leyó: ¡el Cardenal de
Venecia concedía una beca para que su hijo estudiara en Padua! Aquello era un
portillo de luz en medio de su pobreza, que seguía siendo agobiante: para
hacerle la sotana, su mujer tuvo que llevar un viejo colchón al Monte de Piedad
de Castelfranco. Siguieron las desgracias, porque el pobre alguacil murió poco
tiempo después. Y Beppino vio, con el corazón destrozado, cómo su madre tuvo
que trabajar aún más, de día y noche, para sostener a la numerosa familia sin
contar con su ayuda. Pero ella lo hizo gustosa, por sacar adelante la vocación
de su hijo. Un día el pequeño Beppino llegaría a ser Cardenal de Venecia; y más
tarde Papa, con el nombre de Pío X, y santo. Una
historia admirable, pero no un caso aislado. Como esta, podrían relatarse miles
de historias en las que muchos padres cristianos han escrito, con sencillez,
páginas admirables de heroísmo silencioso y de abnegación que han dado frutos
de santidad en toda la Iglesia. Su vida fue, en gran medida, la de sus hijos.
Su vivir fue desvivirse por ellos, y la gloria de sus hijos es su mejor gloria. La
santidad de la vida de los santos nos deslumbra y casi nos impide ver a sus
padres, pero fueron ellos en multitud de ocasiones los que cuidaron de que esa
luz, encendida por el Espíritu Santo en el alma de sus hijos, no se apagara. El
Espíritu Santo suscita vocaciones para la Iglesia habitualmente en el seno de
las familias cristianas. Se sirve del santo afán de esos padres cristianos, que
aspiran a salvar miles de almas gracias al apostolado de sus hijos, muchas
veces en lugares a donde ellos habían soñado llegar. Para ellos es un motivo
particular de gozo ver cómo la nueva evangelización que necesita el mundo es
fruto de su respuesta generosa. Gracias a esa respuesta generosa —de los padres
y de los hijos— la Iglesia está presente en nuevos lugares, se revitaliza la
vida cristiana en muchos ambientes, y se aprecian signos esperanzadores en todo
el mundo. Muchos
padres se quejan de tantos males como aquejan al mundo: de la falta de recursos
morales en la sociedad, de la falta de personas que puedan regenerar
determinados ambientes, o de la falta de ideales grandes en la vida de tantos
chicos jóvenes. La solución a esas faltas está, en gran medida, en la mano de
los padres cristianos con verdadero afán misionero y apostólico, que se
esfuerzan por dar a sus hijos una verdadera educación cristiana, que siembran
en sus almas ideales de santidad y ensanchan su corazón con las obras de
misericordia, creando en torno a ellos un ambiente de sobriedad y de trabajo. Dios
concede a los padres tantas veces una gracia pedida durante años en su oración.
Esa decisión es un acto de libertad que germina en el seno de una educación
cristiana. La familia se convierte así, gracias a la respuesta generosa de los
padres, en una verdadera Iglesia doméstica, donde el Espíritu Santo suscita
todo tipo de carismas y santifica así a toda la Iglesia. —¿A
qué te refieres con los diversos tipos de carismas? A
que Dios llama por caminos muy diversos. Como decía Juan Pablo II en 1988, ante
un estadio abarrotado de jóvenes: «Con el corazón encendido, dialogando con el
Señor, tal vez alguno de vosotros se dé cuenta de que Jesús le pide más, de que
le llama a que, por su amor, se lo entregue todo. Queridos jóvenes, quisiera
deciros a cada uno: si tal llamada llega a tu corazón, no la acalles. Deja que
se desarrolle hasta la madurez de una auténtica vocación. Colabora con esa
llamada a través de la oración y la fidelidad a los mandamientos. Hay —lo
sabéis bien— una gran necesidad de vocaciones sacerdotales, religiosas y de
laicos comprometidos que sigan más de cerca a Jesús. “La mies es mucha, pero
los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su
mies” (Mt 9, 37-38). Con este programa la Iglesia se dirige a vosotros,
jóvenes. Rogad también vosotros. Y, si el fruto de esta oración de la Iglesia
llega a nacer en lo íntimo de vuestro corazón, escuchad al Maestro que os dice:
“Sígueme”. No tengáis miedo y dadle, si os lo pide, vuestro corazón y vuestra
vida entera.» 43.
Cuatro hijos sacerdotes El
ejemplo noble hace
fáciles los
hechos más difíciles. Goethe Juan
Antonio Granados tiene veinte años. Es el segundo de siete hermanos. Ha
conocido una Congregación religiosa que inició sus pasos hace poco en España,
los Discípulos de los Corazones de Jesús y de María. Hace con ellos unos
ejercicios espirituales. Se plantea qué quiere Dios de su vida y no halla
respuesta clara. Si matrimonio, si sacerdocio. Ha empezado la carrera de
Ingeniero de Caminos. «En segundo de carrera estaba yo ya un tanto inquieto.
Todo iba bien, pero en mi vida faltaba algo. Visito un día un convento de
carmelitas con unos amigos. Estamos charlando con las hermanas en el
refectorio. Una de ellas lanza una pregunta: “¿Y usted qué estudia?”.
“Caminos”, digo. La monjita se descara: “Deje los caminos de los hombres y siga
los caminos de Dios”. Nos reímos todos. Cosas de monjas, pienso. Pero en el
fondo había quedado herido, como si aquellas palabras me tocasen hondo. “Señor,
¿qué quieres que haga?”». Lo
habla con un sacerdote amigo, que le fue aconsejando y que le señaló el camino
de la oración, de los ejercicios espirituales, de los sacramentos. «Y sobre
todo hice un descubrimiento fundamental: la vocación es amistad. El Señor,
frente a ti, te fascina con su presencia, ofrece más que cualquier amor o
pretensión humana: compartir su intimidad, su misión, siendo su discípulo... El
Señor decía: “¿A quién enviaré, quién irá, quién les hablará?... ¡Si yo tengo
mis brazos clavados...!”. Tras muchos regateos, tras un largo tira y afloja,
aposté todo, me la jugué a una carta: “Heme aquí, ¿qué quieres de mi?”. Órdago
a la grande. Dios vio mi órdago y me lo ganó. Cierto es que Él siempre tiene un
as en la manga. Fue la mejor jugada porque en verdad ganamos los dos: dos
vencedores, dos amigos, un proyecto común.» Juan
Antonio no quería dar a sus padres la noticia de sopetón. Pensó prepararles. La
decisión la había tomado en Semana Santa y tenía todavía tiempo, unos tres
meses. Un día le dice a su madre: “Mamá, lee esto, a ver qué te parece”. Es el
libro con las cartas del Hermano Rafael, un joven arquitecto que ingresó en la
Trapa de San Isidro de Dueñas. “Sobre todo esta parte”. Y le señalaba dos o
tres páginas en que el monje se despedía de su madre antes de marcharse de
casa. ¡No hacía falta demasiada intuición femenina para entender de qué iba el
asunto! Su madre se lo cuenta a su padre. Juan Antonio quiere decírselo pronto,
pero su padre se le adelanta. Están los tres comiendo en casa cuando su padre
le pregunta: “¿Qué va a ser de ti el año que viene?”. Juan Antonio habla
entonces claro: será sacerdote. Se hace un silencio. Enseguida, el padre se
levanta y le dice: “¡Dame un abrazo! “. Luego
vino su hermano mayor, José. «Mi vocación la llevaba en secreto. Era mejor así.
Ni siquiera mis padres lo sabían. ¿Lo sospechaban? Desde cuarto de carrera
tenía tomada la decisión. Dos o tres años de discernimiento me hacían ver claro
que el Señor me llamaba a una vida de consagración total. No soy de los que
tuvieron una iluminación prodigiosa. La luz se fue haciendo poco a poco. Me
atraía la pobreza del Señor, su llamada a dejarlo todo. Había, claro, momentos
de lucha, difíciles; quería esquivar una vía que implicaba renunciar a formar
una familia. La luz fue viniendo poco a poco, hasta que en cuarto de carrera no
había duda: había amanecido. Llegó el último año, sexto. Tenía hechos mis
planes. Mejor hablar con mis padres ya al final, hacia mayo. En agosto había
pensado marchar al noviciado. Pero mi padre lo adelantó todo, porque me habló
de la posibilidad de empezar a trabajar en su empresa, y tuve finalmente que
decirle que ya tenía “otra oferta de trabajo”. Me entendieron sin muchas
explicaciones. Ellos ya tenían experiencia, mi hermano Juan Antonio les había
dicho lo mismo hacía apenas un año. Tras el abrazo de rigor, mi padre
reconoció, emocionado: “Ante un contrincante así, ¡qué se puede hacer!”. Luego
nos sentamos y les expliqué con más detalle el fraguarse de mi vocación. Mi
padre permaneció un rato absorto y acordándose de Juan Antonio, pronunció unas
palabras que luego se desvelarían proféticas: «¿No será una racha?». Y
efectivamente lo era. Carlos vino después. Estudiaba por aquel entonces tercero
de Caminos. Había seguido más o menos la misma formación que sus hermanos.
«Toda vocación es un proceso largo: el mío había comenzado tiempo atrás, pero
siempre como algo que se puede aplazar, como una de esas grandes decisiones
lejanas que en el correr cotidiano de la vida no inquietan. Tres hechos
vinieron a turbar esa aparente calma. El primero fue la entrada de mis hermanos
Juan Antonio y José en el noviciado. Su respuesta era también una llamada
dirigida a mí: aquella decisión eternamente dilatable, se transformaba ahora en
algo cercano y que me interpelaba directamente. El segundo fue el viaje a
Manila con el Papa para participar en la Jornada Mundial de la Juventud. Fue en
enero, en plenos exámenes parciales de tercero de Caminos. Recuerdo cómo me
impresionó la llamada del Papa en la Vigilia del Luneta Park de Manila.
Aquellas palabras me parecieron dirigidas a mí, eran como un fuego interior. A
pesar de todo, todavía no se concretaron en nada: aquello fue un primer
aldabonazo del Señor a entregarme de lleno. El golpe tercero y definitivo
fueron los ejercicios espirituales en Villaescusa, en concreto la vigilia de la
noche del Viernes Santo. El Señor con toda claridad me hizo ver que me quería
junto a Él. Era, como ya me había anunciado mi hermano Juan Antonio años atrás,
haciendo de profeta, tan claro como un elefante que se pasea por una
chatarrería. Aquella luz iluminaba toda la vida pasada, dejando ver la mano del
Señor en cada pequeño acontecimiento. Ahora ya no hacía falta elegir nada, yo
era el que había sido elegido. »Faltaba
dar mis padres la noticia. Una noche, en que vi que mis padres estaban aún
despiertos, me acerqué a su cuarto y entré sin llamar. Mi padre leía en la cama
y mi madre estaba de pie trayendo un vaso de agua de la cocina. No sabía cómo
decirlo. Me miraron. Les miré. Y entonces mi madre comenzó a reírse. En fin, el
caso es que comencé. Debo decir que mis padres ya eran expertos en vocaciones,
con lo cual se conocían la situación. Abrazos, besos, risas de mi madre. Eran
las siete de la mañana cuando me despertó la voz de mi padre. Habría pasado la
noche pensando en ello (la verdad es que no elegí un buen momento para
decírselo): “¿Estás seguro de lo que vas a hacer?”. Luego he pensado muchas
veces en estas palabras. Era la voz de mi padre, era la voz de mi madre
también, era la voz de Dios que me invitaba a poner toda la seguridad en Él.» Eduardo
estudiaba Arquitectura. Veía a sus hermanos abandonar el hogar y pasaba él a
ocupar la “primogenitura”. «Comencé a salir con una chica pero había un reducto
de mi corazón que se quedaba vacío. Los últimos años de Arquitectura ya estaba
haciendo un discernimiento vocacional. Fue un tiempo de muchas dudas. Esto no
quitaba de mi interior la incertidumbre. Seguía enamorándome y desenamorándome.
Pero, a pesar de todo, la voz interior era cada día más fuerte. Y responder a
la llamada se convertía en la verdadera asignatura pendiente que yo tenía que
cursar: “Dios mío, ¿qué quieres de mí? ¿Qué quieres de mi vida?”. Mi madre
notaba durante ese año mi preocupación. Sabía que no era por los estudios sino
por algo más profundo. Muchas veces se acercaba a mí para indagar. Yo sentía su
apoyo. Hablaba con ella de mi falta de claridad con respecto al futuro, incluso
de mis amores y desamores. Pero nunca llegué a comentarle las dudas más
hondas.» Es entonces cuando Eduardo conoce en la Escuela de Arquitectura al
nuevo capellán, un misionero colombiano de la fraternidad Verbum Dei. Se hacen
amigos. Termina yendo a unos Ejercicios de tres días que dirige este sacerdote.
Allí percibe una llamada de Dios. «Recuerdo cuando les dije a mis padres, en el
coche, que me iba misionero y cómo había sido todo. Mi madre lloró y calló.
Lágrimas y silencio. Dijo algo así como “Ya lo sabía yo...”» La
cosa sonaba a efecto dominó: cae una ficha, luego otra, y otra... hasta la
última. Luis, el pequeño, se resiste a ver así las cosas. Protesta. Insiste en
que cada vocación es personal. Que no vale apropiarse de la llamada de otro. A
decir verdad, si de alguien podía su madre sospechar una vocación, era de él.
Fue el único que dio muestras de llamada precoz. En el colegio se hacían
encuestas para orientar en la elección de carrera. Muy pequeño debía de ser
cuando le dieron aquel cuestionario en que se le hacía una pregunta clásica:
“¿Qué te gustaría ser de mayor?”. Luis mostró tres preferencias: ingeniero
(como su padre), profesor de matemáticas y... sacerdote. Todos los niños sueñan
siempre con una vocación fantástica, astronauta o piloto de Fórmula Uno. La
cosa no pasó de ahí. Pero Luis lo debió ir viendo cada vez más claro, y los
campos de trabajo en verano, los campamentos y los ejercicios espirituales le
mostraron su camino. Cuando su hermano Juan Antonio reúne a todos los hermanos
en su habitación y empieza con un “tengo algo que deciros” (una frase que luego
se haría célebre, a fuerza de repetirse), Luis tiene quince años y se le ponen
ojos como platos porque su hermano se le ha adelantado en una vocación que él
ya tenía clara. Cuando, año y pico después, su madre va al colegio a recoger
las notas de Selectividad de Luis, el director le dice: “La mejor nota”. A su
madre le da un vuelco el corazón: «Dios mío, qué cosas tienes. Salgo entre
nubes, me dan ganas de saltar de alegría, de llorar. Porque él, Señor, Tú lo
sabes, no necesita esa nota para la opción elegida: responder a tu llamada,
seguirte. Es necesario mucho más, dejarlo todo, incluida la puntuación, la
mejor, y lo que se divisa en el horizonte, para servirte en pobreza, castidad y
obediencia. Pero, qué bonito, Dios mío, que sea para Ti, la mejor nota de
Selectividad, que suba directa al Cielo como el sacrificio de Abel. Ayúdanos a
presentarte los mejores frutos y desprendernos de ellos, ofrecértelos sin
apegos, sin que nuestras manos se aferren a ellos. Gracias por todo, Señor, y
también, por qué no, por la mejor nota de Selectividad, para Ti». «Quién
sabe —concluía José— el dolor que costaba aquello a mi madre, por entonces ya
enferma de aquel cáncer que le costó la vida. Nunca me lo hizo ver. Si se le
escapaba alguna vez, había que estar atento para percibirlo. Mi madre no pudo
verme de sacerdote. Tampoco de diácono. El día de su muerte, el 3 de junio de
1998, estaba yo en Roma, estudiante de tercer año de Teología. Entre un examen
de Moral y otro de Derecho Canónico, tuve que correr al aeropuerto y volar a
Madrid. Tiempo después, en la primera Misa de mi sacerdocio, tuve presente
especialmente a mi madre. Tampoco vivió mi madre el sacerdocio primero, el de
Juan Antonio. Pero toda la historia de nuestra vocación ha sido una racha de
síes que fue precedida de muchos otros síes de mis padres. »Para
nosotros, la llamada a la vida consagrada se aúna con la historia del
sufrimiento de nuestra madre. Cuando diagnosticaron a mi madre aquel furioso
cáncer, habíamos entrado ya los cuatro en el noviciado. No es, por tanto, que
su sufrimiento nos ayudara a discernir el camino. Ocurrió, eso sí, que a su luz
lo comprendimos mejor. Nuestro horizonte vocacional queda vinculado
radicalmente al horizonte familiar. »En
los fines de semana, cuando la familia escapaba a la casa de campo de mis
abuelos, entonces mi padre, antes de la cena, tomaba un Nuevo Testamento de
tapas azules y algo raídas que todavía andará por allí. Ya sabíamos el pasaje
que iba a buscar y que nos hacía repetir hasta que acabamos aprendiéndolo de
memoria. “Si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que
retiñe... La caridad es paciente, es servicial, no se hincha...” »Cuando
en una familia se vive la gracia de una vocación al sacerdocio, tiene que ser
porque antes se ha vivido otra, más radical por más a las raíces. En el hogar
cristiano se aprende la definición verdadera del amor. La vida es al mismo
tiempo un regalo y una llamada a la entrega. Está abierta por esencia a que en
ella quepan otros y, por esa apertura, se hace fecunda. El derroche de alegría
que esta vida produce explica otro derroche, el de la vida sacerdotal puesta al
servicio de Dios y los demás. Entender esas palabras de San Pablo, lograr que
calen hondo y muestren su fuerza y su verdad, eso ha sido tarea de la familia.» Los
cinco hijos varones iniciaron el camino de la entrega completa a Dios. Eduardo,
más adelante, vio que su camino era trabajar como arquitecto y formar una
familia cristiana. Los otros cuatro se ordenaron sacerdotes, y el relato de su
vocación trae a la memoria aquella carta de Juan Pablo II en la que habla de la
figura de la madre del sacerdote: «La madre es la mujer a la cual debemos la
vida. Nos ha concebido en su seno, nos ha dado a luz en medio de los dolores de
parto con los que cada mujer alumbra una nueva vida. Por la generación se
establece un vínculo especial, casi sagrado, entre el ser humano y su madre.
¡Cuántos de nosotros deben también a la propia madre la vocación sacerdotal! La
experiencia enseña que muchas veces la madre cultiva en el propio corazón por
muchos años el deseo de la vocación sacerdotal para el hijo y la obtiene orando
con insistente confianza y profunda humildad. Así, sin imponer la propia
voluntad, ella favorece, con la eficacia típica de la fe, el inicio de la
aspiración al sacerdocio en el alma de su hijo, aspiración que dará fruto en el
momento oportuno.» 44.
A él le debo la vocación De
un gran hombre hay
siempre algo que aprender aunque
esté callado. Séneca «Nuestro
Señor fue preparando las cosas —contaba San Josemaría Escrivá— para que mi vida
fuese normal y corriente, sin nada llamativo. Me hizo nacer en un hogar
cristiano, como suelen ser los de mi país, de padres ejemplares que practicaban
y vivían su fe, dejándome una libertad muy grande desde chico, y vigilándome al
mismo tiempo con atención. Trataban de darme una formación cristiana, y allí la
adquirí más que en el colegio, aunque desde los tres años me llevaron a un
colegio de religiosas, y desde los siete a uno de religiosos.» De
su padre, D. José Escrivá, recibió un constante ejemplo de laboriosidad. El
pequeño Josemaría le vio trabajar incansablemente, día tras día, en la pequeña
industria que poseía en Barbastro, con una gran preocupación por el bienestar
material y espiritual de las personas que trabajaban a sus órdenes. También de
él aprendió a llevar con serenidad las contrariedades grandes o pequeñas de la
vida, sin impaciencia, con buen humor: «No le recuerdo jamás con un gesto
severo; le recuerdo siempre sereno, con el rostro alegre. Y murió agotado: con
solo cincuenta y siete años murió agotado, pero estuvo siempre sonriente (…).Y
vi a mi padre como la personificación de Job. Perdieron tres hijas, una detrás
de otra, en años consecutivos, y se quedaron sin fortuna (…). Y fuimos
adelante. Mi padre, de un modo heroico, después de haber enfermado del clásico
mal —ahora me doy cuenta— que según los médicos se produce cuando se pasa por
grandes disgustos y preocupaciones. Le habían quedado dos hijos y mi madre; y
se hizo fuerte, y no se perdonó humillación para sacarnos adelante
decorosamente. Él, que habría podido quedar en una posición brillante para
aquellos tiempos, si no hubiera sido un cristiano y un caballero, como dicen en
mi tierra.» »Le
vi sufrir con alegría, sin manifestar el sufrimiento. Y vi una valentía que era
una escuela para mí. Fue una providencia de Dios. El Opus Dei debía nacer en el
más absoluto desamparo, sin ningún asidero terreno en el que apoyarse. Mi padre
se arruinó totalmente, y cuando el Señor quiso que yo comenzara a trabajar en
el Opus Dei, yo no tenía ni una virtud, ni una peseta; no tenía más que la
gracia de Dios y buen humor. »Ahora
quiero más a mi padre, y doy gracias a Dios de que no le fuera nada bien en los
negocios, porque así sé lo que es la pobreza; si no, no lo hubiera sabido.
Tengo un orgullo santo: amo a mi padre con toda mi alma, y creo que tiene un
cielo muy alto porque supo llevar toda la humillación que supone quedarse en la
calle, de una manera tan digna, tan maravillosa, tan cristiana.» En
ese clima familiar de generosidad, de cariño y de fortaleza, maduró la llamada
que Dios comenzaba a dirigirle. Primero, aquel suave requerimiento, que sacudió
lo más íntimo de su ser: un barrunto de amores divinos, que empezó a sentir
desde los quince o dieciséis años, al ver aquellas huellas en la nieve. «Yo
nunca pensé en hacerme sacerdote —recordaba—, nunca pensé en dedicarme a Dios.
No se me había presentado el problema porque creía que eso no era para mí. Pero
el Señor iba preparando las cosas, me iba dando una gracia tras otra, pasando
por alto mis defectos, mis errores de niño y mis errores de adolescente...». Un
día de 1918, Josemaría le dice a su padre que desea ser sacerdote. D. José, que
continúa entregado a su trabajo para que la familia pueda remontar la difícil
situación en que se encuentran, se queda absolutamente sorprendido. De pronto,
se vienen abajo los planes que soñaba para su único hijo varón. Y él, que no ha
llorado nunca ante tanto acontecimiento doloroso, nota irremediables,
impotentes, las lágrimas que cruzan por su cara. «A él le debo la vocación
—afirmó San Josemaría muchas veces—. Un buen día le dije a mi padre que quería
ser sacerdote: fue la única vez que le vi llorar. Él tenía otros planes
posibles, pero no se rebeló. Me contestó: hijo mío, piénsalo bien. Los
sacerdotes tienen que ser santos. Es muy duro no tener casa, no tener hogar, no
tener un amor en la tierra. Piénsalo un poco más, pero yo no me opondré. Y me
llevó a hablar con un sacerdote amigo suyo, el abad de la colegiata de
Logroño.» D.
José aceptó con generosidad el camino que el Señor trazaba para su hijo, cuando
escuchó sus confidencias. No quiso Dios, sin embargo, que tuviera la dicha de
ver a su hijo en el altar. El Señor le llamó pocos días después de que
recibiera el subdiaconado, cuatro meses antes de su ordenación sacerdotal en
Zaragoza. Marchó al Cielo, cumplida ya su tarea en la tierra, cuando su hijo se
orientaba definitivamente por ese camino sacerdotal que culminaría con la
fundación del Opus Dei. Peter
Berglar, uno de los biógrafos de San Josemaría, se detiene a considerar
precisamente ese modo de reaccionar del pequeño Josemaría ante la desgracia.
Era un niño alegre, normal, ni mimado ni libre de problemas. ¿Qué sucede en el
interior de un adolescente que, por tres veces en tres años, tiene que pasar
por el fallecimiento de sus tres hermanas pequeñas, el dolor de los padres, las
terribles horas y los días de la muerte, las lacerantes visitas al cementerio? Y,
haciendo una comparación audaz, se refiere a otro chico de diecisiete años, en
esa misma época, a unos miles de kilómetros de distancia. Ese chico se llamaba
Lenin y, bajo la impresión del fusilamiento de su hermano mayor, perdió la fe
cristiana, hasta el punto que, según cuentan testigos presenciales, en ese
momento se arrancó la cruz del cuello, la escupió con desprecio y la arrojó
lejos de sí. Estamos
ante un profundo misterio. Un hombre, al ver en la muerte de su hermano la
adversidad del destino, empieza a recorrer el camino del odio, un camino que
acarreará terribles consecuencias para sí mismo y para millones de personas.
Otro hombre, ante la dureza de una tragedia familiar, se fortalece en su deseo
de dar un sentido más alto a su vida, y los frutos serán, en este caso, una
vida de santidad. Ignoramos
el sentido profundo de estos hechos: es el misterio de la libertad para el bien
y para el mal. Hay una anécdota que es quizá una muestra de esas luchas
interiores del pequeño Josemaría. Es un pequeño episodio que recuerda una amiga
de la familia Escrivá. En sus juegos de niños, les gustaba hacer castillos de
naipes. Una tarde de 1913, al poco de morir la segunda de sus hermanas,
«estaban absortos en torno a la mesa, conteníamos la respiración al colocar la
última carta de uno de aquellos castillos de naipes, cuando Josemaría, que no
acostumbraba a hacer cosas así, lo tiró con la mano. Nos quedamos medio
llorando, y Josemaría, muy serio, nos dijo: "Eso mismo hace Dios con las
personas: construyes un castillo y, cuando casi está terminado, Dios te lo
tira"». Esta frase deja entrever que el alma del pequeño se encontraba en
medio de una fuerte crisis: había experimentado la imposibilidad de comprender
lo que Dios a veces permitía que sucediera, y sufría ante la posibilidad de
tener que aceptar una fría arbitrariedad. Pero el alma, estremecida, se apartó
de esa interpretación. El pequeño Josemaría se apartó del terrible abismo negro
al que se lanzó el joven Lenin. El
ejemplo de los padres constituye, a lo largo de la historia de la Iglesia, una
ayuda insustituible en los primeros pasos de la entrega de sus hijos. Su
paternidad se ha abierto hacia horizontes insospechados, que han buscado lo
mejor para Dios y lo mejor para sus hijos, aunque fuese duro para ellos. La
historia presenta una galería magnífica, y a veces desconocida, de padres de
santos, que con su ejemplo y su entrega silenciosa en favor de sus hijos,
hicieron, sin saberlo, un gran servicio a la Iglesia. —¿Y
qué piensas que deben hacer los padres por la vocación de sus hijos, una vez
que ya han decidido entregarse a Dios? Cuando
un hijo o una hija se entrega a Dios, los padres tienen por delante una tarea
que no acaba nunca. No deben desentenderse, pensando que otros ya se ocupan de
él o de ella, sino ayudarles a seguir su camino, especialmente cuando aún son
jóvenes. Tienen ante ellos algo sobrenatural, misterioso y frágil. Deben acoger
con una estima grande su actitud generosa, y apoyarle siempre con su oración y
su cariño, esté cerca o lejos, de modo que, pase lo que pase, encuentre siempre
en los padres acogida y comprensión. Su misión, antes y después de que los
hijos sientan la llamada de Dios, es de gran importancia. —Además
de los padres, están los hermanos y el resto de la familia. ¿Qué dices sobre su
influencia en la vocación? La
influencia de la familia, y en especial de los hermanos, puede ser muy grande,
en un sentido o en otro. Sucede en la vocación profesional y en muchas cosas
más, pues la referencia personal que supone un hermano o una hermana mayor tiene
un peso grande, y es bien posible que Dios quiera contar con eso al llamar a
una persona a determinado camino. Así lo cuenta, por ejemplo, Santa Teresa de
Lisieux en su autobiografía: «Estaba yo muy orgullosa de mis dos hermanas
mayores, pero mi ideal de niña era Paulina... Cuando estaba empezando a hablar
y mamá me preguntaba "¿En qué piensas?", la respuesta era invariable:
"¡En Paulina...!". Oía decir con frecuencia que seguramente Paulina
sería religiosa, y yo entonces, sin saber lo que era eso, pensaba: “Yo también
seré religiosa”. Es éste uno de mis primeros recuerdos, y desde entonces ya
nunca cambié de intención...». 45.
Hijos demasiados místicos El
ideal o el proyecto más noble puede
ser objeto de burla o de ridiculizaciones fáciles. Para
eso no se necesita la menor inteligencia. Alexander
Kuprin Pietro
Bernardone, un rico comerciante de Asís, tenía uno de los mejores almacenes de
ropa en la ciudad y la familia gozaba de una buena posición económica. Su hijo
Francesco era muy culto, dominaba varios idiomas y era un gran amante de la
música y los festejos. La sorpresa de Don Pietro fue mayúscula cuando, un buen
día del año 1206, se encontró con que Francesco había decidido entregarse a
Dios en una vida de pobreza y desprendimiento total. Don
Pietro se presentó en la sede arzobispal y demandó a su hijo ante el obispo,
declarando que lo desheredaba y que tenía que devolverle todo el dinero que
había gastado en la reparación de la Iglesia de San Damián. El prelado le
devolvió todo ese dinero, y Francesco se presentó también, escuchó las palabras
de su padre, y como respuesta le dio toda la ropa que llevaba puesta,
quedándose solo con una faja de cerdas a la cintura. Después se puso una
sencilla túnica de tela basta, que era el vestido de los trabajadores del
campo, anudada con un cordón a la cintura. Trazó con tiza una cruz sobre su
nueva túnica, y con ella vistió el resto de su vida y sería en lo sucesivo el
hábito de los franciscanos. Porque pronto se le unió uno, y luego otro, y cuando
tenía doce compañeros se fueron a Roma a pedir al Papa que aprobara su
comunidad. Al
poco tiempo, una joven muy santa, también de Asís, que se llamaba Clara, se
entusiasmó por esa vida de desprendimiento, oración y santa alegría que
llevaban los seguidores de Francesco, y dejando a su familia se hizo monja y
fundó con él las hermanas clarisas, que, como los franciscanos, pronto se
extendieron muchísimo. Cuando Francesco falleció, en 1226, eran ya más de cinco
mil franciscanos, y apenas dos años después el Papa lo declaró santo. En la
actualidad, la familia franciscana cuenta con decenas de santos, las clarisas
son más de veinte mil religiosas y los franciscanos y capuchinos más de
cuarenta mil. —De
todas formas, hay que disculpar un poco a su padre, pues sin duda fue muy
singular lo de su hijo, aunque acabara siendo San Francisco de Asís y hoy sea
uno de los santos más grandes de la historia de la Iglesia. Sin
duda hay que disculparle, pero también hay que pensar que Dios llama de modos
muy diversos, y que el respeto que hoy todo el mundo tiene por la elección de
esposo o esposa debe trasladarse al seguimiento de Dios, con independencia de
los planes que tengan los padres o del entusiasmo que les produzca esa
elección. Algo
parecido sucedió, por ejemplo, a Monna Lapa di Puccio di Piagente, una madre
sorprendida por los «caprichos incomprensibles de una niña demasiado mística».
Porque ella, como cualquier madre de Siena de buena familia, tenía preparado
para su hija un buen partido: un joven de una familia acomodada de la ciudad,
con la que además les venía muy bien emparentar. Y
cuando estaban a punto de concertar el matrimonio entre las familias, a
Catalina le dio por cortarse el pelo casi al completo. La madre no era una
mujer de genio fácil, y la riñó y la gritó como solamente ella sabía hacerlo:
«¡Te casarás con quien te digamos, aunque se te rompa el corazón!». La amenazó:
«No te dejaremos en paz hasta que hagas lo que te mandamos». Todo
fue inútil. La hizo sufrir. Sin querer, desde luego, porque no podía entender
que su hija había decidido entregarse a Dios para siempre, y que, además, no
tenía la menor intención de irse a un convento. Catalina pensaba vivir célibe,
allí, en su propia casa. Lapa seguía empeñada con el casamiento y empleó todas sus
tácticas, su genio y su ingenio: le gritaba, le hacía trabajar sin desmayo, le
reñía constantemente. Todo en vano. Y un día, Catalina reunió a toda la familia
y les habló con una claridad meridiana: «Dejad todas esas negociaciones sobre
mi matrimonio, porque en eso jamás obedeceré a vuestra voluntad. Yo tengo que
obedecer a Dios antes que a los hombres. Si vosotros no queréis tenerme en casa
en estas condiciones, dejadme estar como criada, que haré con mucho gusto todo
lo que buenamente me pidáis. Pero si me echáis por haber tomado esta
resolución, sabed que esto no cambiará en absoluto mi corazón.» Fue
entonces cuando, ante su sorpresa, su padre, Jacobo Benincasa, dijo gravemente:
«Querida hija mía, lejos de nosotros oponernos de ninguna manera a la voluntad
de Dios, de quien viene esa resolución tuya. Ahora sabemos con seguridad que no
te mueve la obstinación de la juventud sino la misericordia de Dios. Mantén tu
promesa libremente y vive como el Espíritu Santo te diga que tienes que
hacerlo. Jamás te molestaremos en tu vida de oración ni intentaremos apartarte
de tu camino. Pide por nosotros para que seamos dignos del Esposo que has
elegido a edad tan temprana.» Lapa
estaba desconcertada. Su propio marido se ponía de parte de la hija, cuando era
evidente que era solo una niña, pues tenía diecisiete años. Pero no tuvo más
remedio que ceder. Luego empezó a sospechar, horrorizada, las mortificaciones
que hacía su hija. No estaba dispuesta a aquello. Gritaba, lloraba: «¡Ay, hija
mía, que te vas a matar! ¡Que te estás quitando la vida! ¡Ay, quién me ha
robado a mi hija! ¡Qué dolor tan grande! ¡Ay, qué desgracia!». Y
luego vino esa incansable preocupación de su hija por los pobres, y sus
constantes limosnas. Aquello le importaba menos: al fin y al cabo, ella también
era caritativa. Pero a lo que no estaba dispuesta era a las maledicencias. Ah,
no, eso no: ella era de familia distinguida, y todos envidiaban en Siena su
vieja casa en la Via dei Tintori, junto a Fontebranda, y las ropas de sus
hijos, y sus posesiones. No, ella nunca había dado que hablar. Y ahora el
nombre de su hija corría de plaza en plaza, por culpa de las malas lenguas que
arremetían contra ella. Catalina
murió joven, con solo treinta y tres años. Pero le dio tiempo a ser una gran
santa, conocida en todo el mundo: Santa Catalina de Siena. El día de su
entierro, el 29 de abril de 1380, toda la ciudad se volcó con aquella mujer que
había fallecido en la flor de la vida. Los comerciantes, los miserables de
Siena a los que su hija había acogido siempre, los artesanos, los nobles, los
gobernantes de aquella pequeña república, todos miraban pasar a la madre
fervorosamente tras el féretro de su hija. Contaban sus milagros, sus obras de
caridad, y relataban en voz baja cómo Catalina, una mujer joven, sin más poder
que su amor a Dios, había logrado cerrar uno de los capítulos más tristes de la
historia de la Iglesia. Su palabra pudo lo que no pudieron las influencias más
poderosas: un reto de siglos, que el Papa volviera a Roma y abandonara
definitivamente Aviñón. Aunque era analfabeta, desde muy pronto muchas personas
se agrupaban a su alrededor para escucharla. A los veinticinco años tenía ya
una reconocida fama como conciliadora de la paz entre soberanos y como sabia
consejera de príncipes. Gregorio XI y Urbano VI se sirvieron de ella como
embajadora en asuntos gravísimos, y Catalina supo hacer las cosas con prudencia,
inteligencia y eficacia. Su
madre iba como ausente, mirando al suelo para no encontrarse con las miradas de
la multitud. Temblaba al pensar que su hija, de haber sido débil, si le hubiera
hecho caso... Ahora, paradójicamente, su orgullo y su gloria era haber sido
derrotada por el amor de su hija. Su triunfo era su fracaso. Se daba cuenta de
que ella, como madre, había sido una de las sombras en la vida de su hija —la
sombra más amada por ella—, en la que ahora se proyectaba poderosamente su luz.
De vez en cuando, alzaba la mirada y contemplaba, en el relicario, aquel rostro
bellísimo, apagado a los treinta y tres años. Y su corazón de madre no podía
reprimir el antiguo lamento: «pero si es todavía una niña...». —Me
parece que hoy día el principal miedo de los padres ante la vocación de sus
hijos es el temor a que fracasen en ese camino. Es
fácil de entender esa inquietud, pero también es fácil de entender que ese
riesgo se da igualmente en la elección matrimonial, en el trabajo y en muchas
cosas más, y los padres no deben oponerse a la entrega a Dios simplemente
porque no tengan seguridad absoluta de que sea su camino, o ante la
incertidumbre de que pueda no ser fiel a su vocación. Además, en todas las
instituciones de la Iglesia hay unos plazos para confirmar el discernimiento de
la vocación, como existe el noviazgo antes del matrimonio. —Quizá
es también que a veces ven a sus hijos con muchos defectos, con las crisis
propias de la adolescencia, y no les cuadra que, dentro de todas esas limitaciones,
haya una verdadera vocación. No
sería razonable culpar a la vocación de toda la rebeldía, el desaliento o los
altibajos de ánimo que a veces son propios de la adolescencia, de la misma
manera que tampoco estaría justificado considerar esos defectos como síntomas
claros de falta de vocación. La vocación no es un premio a un concurso de
méritos o de virtudes. Dios llama a quien quiere, y entre esos, unos son
mejores y otros peores, pero todos con defectos. Y espera de los padres
cristianos comprensión y acompañamiento en el camino vocacional de sus hijos. —Pero
los padres no dan ni quitan la vocación, así que el único problema es que con
su resistencia puedan retrasar un poco la entrega de sus hijos. El
problema no es solo ese posible retraso, sino que los padres pueden favorecer o
malograr el encuentro de sus hijos con Dios. Hay estilos de vida que facilitan
ese encuentro, y hay otros que lo dificultan. Lo natural es que los padres
cristianos se preocupen de que sus hijos tengan una cabeza y un corazón
cristianos, y de que su hogar sea una escuela de virtudes donde cada hijo pueda
tomar sus propias decisiones con madurez humana y espiritual, según su edad.
Por eso decía San Josemaría Escrivá que el noventa por ciento de la vocación de
los hijos se debe a los padres, pues una respuesta generosa germina
habitualmente solo en un ambiente de libertad y de virtud. La
Iglesia, maestra en humanidad, conoce y comprende las dudas e inquietudes que a
veces sufren los padres cristianos ante la vocación de sus hijos: hay avances y
retrocesos, vueltas y revueltas. Lo que les pide es que estén siempre al lado
de sus hijos, comprendiendo y alentando. Sería una lástima que se sometieran
ingenuamente a las voces de alarma que a veces se propugnan desde algunos ambientes
que demuestran poco espíritu cristiano, bien por su actitud contraria a la
entrega o bien por su tibieza al acogerla. El “ten cuidado”, el “no te pases de
bueno”, el egoísmo de querer tener los hijos siempre cerca, o de que hagan
siempre lo que los padres quieren, o el deseo de tener nietos a toda costa, son
con frecuencia manifestaciones del fracaso del espíritu cristiano en una
familia. Algunos
padres buenos desean que sus hijos sean buenos, pero sin pasarse, solo dentro
de un orden. Los llevan a centros educativos de confianza, desean que se
relacionen con gente buena, en un ambiente bueno, pero ponen todos los medios a
su alcance para que esa formación no cuaje en un compromiso serio. Esas
actitudes denotan un egoísmo solapado y una falta de rectitud que pueden
desembocar en problemas serios a medio o largo plazo. Desgraciadamente, hay
abundantes experiencias de padres que ponen el freno cuando un hijo suyo se
plantea ideales más altos, o incluso hacen lo posible por dificultar esa
vocación, y más adelante se lamentan de cómo evoluciona después el pensamiento
y la conducta de su hijo, quizá como consecuencia del egoísmo que, sin querer,
han introducido en su alma. No debe olvidarse que el punto óptimo de bondad no
es el que nosotros establecemos con un cálculo egoísta, sino el que establece
la voluntad de Dios y la libertad de cada hijo. —¿Y
es coherente que unos padres cristianos no deseen que alguno de sus hijos se
entregue por completo a Dios? Ante
la entrega total a Dios de un hijo o de una hija, la reacción lógica de quien
se ha propuesto hacer de su matrimonio un camino de santidad, es agradecer a
Dios ese don. Y cuando los padres han creado un verdadero ambiente de libertad
cristiana, es frecuente que Dios les bendiga de esa manera en sus hijos. Los
buenos padres desean ideales altos para sus hijos: en lo profesional, en lo
cultural, en lo afectivo, en todo. Se comprende que los padres cristianos
deseen, dentro de eso, que sus hijos aspiren a la santidad y no se queden en la
mediocridad espiritual. En ese sentido, desearán que sus hijos respondan
plenamente a lo que Dios espera de ellos. Así lo explicaba Juan Pablo II en
1981: «Estad abiertos a las vocaciones que surjan entre vosotros. Orad para
que, como señal de su amor especial, el Señor se digne llamar a uno o más
miembros de vuestras familias a servirle. Vivid vuestra fe con una alegría y un
fervor que sean capaces de alentar dichas vocaciones. Sed generosos cuando
vuestro hijo o vuestra hija, vuestro hermano o vuestra hermana decida seguir a
Cristo por este camino especial. Dejad que su vocación vaya creciendo y
fortaleciéndose. Prestad todo vuestro apoyo a una elección hecha con libertad.» —¿Y
si solo desean que sus hijos retrasen un poco ese paso? Algunos
padres se encuentran hoy con que sus hijos retrasan durante años determinadas
decisiones (por ejemplo, casarse y formar una familia, abrirse camino en lo
profesional, etc.). Otros padres se lamentan de que sus hijos ya mayores no
dejan el hogar paterno porque encuentran allí todas las comodidades sin apenas
responsabilidad. Una buena formación cristiana se orienta hacia la decisión y
el compromiso, y logra que los hijos sean capaces de administrar rectamente su
libertad y asumir pronto responsabilidades y compromisos que suponen esfuerzo.
Eso es siempre una muestra de madurez. Los
padres tienen sus propios planes, sus proyectos para cada uno de sus hijos.
Pero lo que importa es que ese sueño coincida con lo que Dios quiere. El gran
proyecto es que sean santos y se ganen la felicidad eterna del Cielo. No hay
proyecto más maravilloso que el que Dios tiene previsto para cada alma. Por
eso, con su oración y su cariño, los padres cristianos deben secundar la
entrega generosa de sus hijos. A veces, esa entrega supondrá la entrega de los
planes y proyectos personales que los padres habían hecho. Y eso no es un
simple imprevisto, sino que es parte de su vocación de padres. En ese sentido,
podría decirse que toda vocación es doble: la del hijo que se da, y la de los
padres que lo dan; y a veces puede ser mayor mérito de los padres, que han sido
llamados por Dios para dar lo que más quieren, para entregarlo con alegría. —Pero
es natural que les cueste la separación física que habitualmente supone el
hecho de que un hijo se entregue a Dios. Teresa
de Lisieux había sido siempre la hija preferida de su padre; era tan alegre,
atractiva y amable, que los dos sufrieron intensamente cuando llegó el momento
de la separación. Pero ninguno de los dos dudó de que ella debía seguir su
camino e irse al Carmelo. Es
ley de vida que los hijos tiendan a organizar su vida por su cuenta. A algunos
padres les gustaría que sus hijos estuvieran continuamente a su lado. Sin
embargo, buscando su bien, muchos les proporcionan una formación académica que
exige a veces un distanciamiento físico (estudiar en otra ciudad, o ir al
extranjero para que aprendan un idioma, por ejemplo). En otras ocasiones, son
los hijos los que se separan físicamente de sus padres por razones académicas, de
trabajo, de amistad o de noviazgo. Y cuando Dios bendice un hogar con la
vocación de un hijo o una hija, a veces también les pide a los padres una
cierta separación física. Sería
ingenuo pensar que si esos hijos no se hubieran entregado a Dios estarían todo
el día junto a sus padres. Además, bien sabemos que la mayoría de ellos, a esas
edades, buscan de modo natural un alto nivel de independencia. Por eso, a veces
pueden confundirse las exigencias de la entrega con el natural distanciamiento
de los padres que suele traer consigo el desarrollo adolescente o, simplemente,
el paso de los años. Lo vemos quizá en la vida de otros chicos o chicas de su
edad, cuando, por unos motivos u otros, no participan en algunos planes
familiares. Cuando pasan los años y se ven las cosas con más perspectiva, suele
comprobarse que la entrega a Dios no separa a los hijos de los padres, aunque a
veces haya supuesto inicialmente una distancia física mayor. Es
verdad que, con frecuencia, la entrega a Dios supone en determinado momento
dejar el hogar paterno, y es natural que a los padres les cueste ese paso, pues
lo extraño sería que no les costara, y a veces mucho. Pero también aquí se
manifiesta el verdadero espíritu cristiano de toda una familia. En esos
momentos, los padres no deben olvidar que también a los hijos les cuesta esa
separación, y que puede resultarles tanto o más dolorosa que a ellos. Sin
darles excesivas facilidades, no harían bien en ponérselo difícil. Santa Teresa
de Ávila ofrece en esto su propio testimonio: «Cuando salí de casa de mi padre,
no creo será más el sentimiento cuando me muera; porque me parece cada hueso se
me apartaba por sí; que, como no había amor de Dios que quitase el amor del
padre y parientes, era todo haciéndome una fuerza tan grande, que si el Señor
no me ayudara, no bastaran mis consideraciones para ir adelante. Aquí me dio
ánimo, contra mí, de manera que lo puse por obra.» 46.
Es todavía un niño El
hombre inteligente habla
con autoridad cuando
dirige su propia vida. Platón Estanislao
era el segundo hijo de del príncipe Jan Kostka, un jefe militar y senador
polaco. Cuando Estanislao tenía catorce años, fue enviado a Viena, junto con su
hermano Paolo, para proseguir sus estudios. La ejemplaridad de Estanislao hizo
que enseguida fuese respetado y querido por todos los colegiales. Sin embargo,
se le hacía difícil la convivencia con su hermano Paolo, que era de
temperamento inestable y dominante, y llevaba una vida cada vez más frívola. Desde
muy pronto, Estanislao quería ingresar en la Compañía de Jesús, pero no fue
admitido por temor de indisponer a su padre contra la Compañía. Paolo se
burlaba de su hermano pequeño, y sus ironías sobre su modo cristiano de vivir
se hicieron cada vez más frecuentes y más desagradables. Considerando
insuperable la oposición de su familia, y harto del maltrato constante de su
hermano, decidió huir. Una mañana de agosto de 1567 partió a escondidas. En las
afueras de Viena, cambió sus vestidos por unas ropas de peregrino. Durante
veinte días marchó solo y a pie hasta Alemania, primero a Ausburg y después a
Dillingen. Allí fue acogido amablemente por San Pedro Canisio, que dispuso que
se dedicara a los trabajos más humildes de la casa. El joven cumplió su
cometido con tal esmero y alegría, que todos quedaron profundamente
impresionados por Estanislao y, viéndole tan convencido de su vocación, le
enviaron a Roma. En
cuanto su padre supo de la fuga, le invadió la ira y escribió cartas de amenaza
a los superiores de la Compañía, así como a obispos y cardenales, asegurando
que haría cualquier cosa para expulsar a los jesuitas de Polonia, y que,
respecto a su hijo, lo llevaría de vuelta a su patria, aunque tuviera que
atarlo de pies y manos. Entre tanto, Estanislao había recibido también una dura
carta de su padre, en la que repetía esas mismas amenazas y le reprendía por
«haber tomado una sotana despreciable y haber abrazado una profesión indigna de
tu alcurnia». Estanislao respondió con corrección, pero manifestando su firme
decisión de servir a Dios en la vocación a la que se sentía llamado. Una
vez en Roma, tras un viaje a pie de casi mil quinientos kilómetros, se
entrevistó con San Francisco de Borja, que accedió a su petición y le admitió
en el noviciado. Poco había de durar, sin embargo, la vida de Estanislao de
Kostka, pues falleció al año siguiente, con solo dieciocho años de edad. Pero
ese tiempo tan corto fue suficiente para dejar impresionados a todos los que
conocieron a aquel joven novicio polaco. Enseguida se difundió enormemente su fama
de santidad y muchas personas visitaban su tumba en Roma. Pronto se atribuyeron
a su intercesión numerosos milagros, se multiplicaron sus biografías en
diversas lenguas, así como la difusión de sus cuadros, imágenes y estatuas. Fue
canonizado, y se le venera como patrono de Polonia. En su honor se construyeron
muchas iglesias y se bautizó con su nombre a un gran número de niños. El culto
popular se extendió más allá de cualquier expectativa. Llama
la atención cómo una vida tan corta pudo dar lugar a tanta fecundidad. Y es
también una muestra de que para ser llamado por Dios no hace falta una edad muy
alta, ni haberlo probado todo. Es más, con la inocencia de su vida, alcanzó en
poco tiempo la madurez y la fecundidad de una larga existencia. —De
todas formas, si unos padres ven muy tierno a su hijo, es lógico que piensen
que necesita más tiempo y más experiencia de la vida para plantearse cuestiones
de esa trascendencia. En
unos casos, Dios llama a personas con una larga experiencia humana; en otros no.
Y de la misma manera que no hace falta haber pasado por varios noviazgos para
acercarse con madurez al matrimonio, tampoco hace falta para decidirse por
Dios. Tolstoi decía que quien ha conocido solo a su mujer y la ha amado, sabe
más sobre la mujer que quien ha conocido mil. La calidad o la madurez de un
amor no depende de las experiencias previas. Es verdad que hay que ser maduro
para emprender un noviazgo o una etapa de prueba en un camino vocacional, pero
no es preciso “haber conocido mucho mundo”, ni haber superado pruebas que quizá
es una temeridad provocar, como quizá lo habría sido ponerlas para probar el
noviazgo o el matrimonio de sus padres. Los
padres deben ayudar a los hijos a decidir con libertad. Las decisiones que
determinan el rumbo de una vida, ha de tomarlas cada uno personalmente, con
libertad, sin coacciones. Si, por la razón que sea, unos padres piensan que su
hijo carece de la madurez necesaria para la entrega, lo normal será comentarlo
con confianza con el propio interesado, y quizá también con otras personas que
le conozcan bien y posean la madurez y el sentido sobrenatural necesarios, pues
siempre es arriesgado pensar que uno mismo es el único que lo conoce bien. Hay
que discernir en cada caso concreto, sin presuponer por principio que el deseo
de entrega de un hijo es un ímpetu juvenil, pasajero y superficial. En la
actualidad es tan fuerte la presión que reciben en contra, que ellos saben bien
que entregarse les supondrá ir contra corriente, así como renuncia y
sacrificio. Por tanto, cuando un hijo está decidido a entregarse a Dios, más
bien habría que presuponer por principio que es reflejo de una actitud generosa
y madura, no un arranque infantil. «Los
padres —comentaba San Josemaría Escrivá— pueden y deben prestar a sus hijos una
ayuda preciosa, descubriéndoles nuevos horizontes, comunicándoles su
experiencia, haciéndoles reflexionar para que no se dejen arrastrar por estados
emocionales pasajeros, ofreciéndoles una valoración realista de las cosas. »Pero
el consejo no quita la libertad, sino que da elementos de juicio, y esto amplía
las posibilidades de elección, y hace que la decisión no esté determinada por
factores irracionales. Después de oír los pareceres de otros y de ponderar todo
bien, llega un momento en el que hay que escoger: y entonces nadie tiene
derecho a violentar la libertad. Los padres han de guardarse de la tentación de
querer proyectarse indebidamente en sus hijos —de construirlos según sus
propias preferencias—, han de respetar las inclinaciones y las aptitudes que
Dios da a cada uno. Si hay verdadero amor, esto resulta de ordinario sencillo.
Incluso en el caso extremo, cuando el hijo toma una decisión que los padres
tienen buenos motivos para juzgar errada, e incluso para preverla como origen
de infelicidad, la solución no está en la violencia, sino en comprender y —más
de una vez— en saber permanecer a su lado para ayudarle a superar las
dificultades y, si fuera necesario, a sacar todo el bien posible de aquel mal. »Los
padres que aman de verdad, que buscan sinceramente el bien de sus hijos,
después de los consejos y de las consideraciones oportunas, han de retirarse
con delicadeza para que nada perjudique el gran bien de la libertad, que hace
al hombre capaz de amar y de servir a Dios. »Y
no es un sacrificio para los padres que Dios les pida sus hijos. Ni para los
que llama el Señor es un sacrificio seguirle. Por el contrario, es un honor
inmenso, un orgullo grande y santo, una muestra de predilección, un cariño
particularísimo, que ha manifestado Dios en un momento concreto, pero que
estaba en su mente desde toda la eternidad...». Para
los padres, que Dios llame a sus hijos supone una muestra de especial afecto,
un verdadero privilegio. «Los padres —señala el Catecismo Iglesia Católica—
deben acoger y respetar con alegría y acción de gracias el llamamiento del
Señor a uno de sus hijos. Deben respetar esta llamada y favorecer la respuesta
de sus hijos para seguirla.» Por eso, los padres cristianos que han entendido
la vocación misionera de la Iglesia, se esfuerzan por crear en sus hogares un
clima en el que pueda germinar la llamada a una entrega total a Dios. «La
familia —explica Juan Pablo II— debe formar a los hijos para la vida, de manera
que cada uno cumpla con plenitud su cometido, de acuerdo con la vocación
recibida de Dios. Efectivamente, la familia que está abierta a los valores
trascendentes, que sirve a los demás con alegría, que cumple con generosa
fidelidad sus obligaciones y es consciente de su participación en el misterio
de la Cruz gloriosa de Cristo, se convierte en el primero y mejor semillero de
vocaciones a la vida dedicada al Reino de Dios.» El
Espíritu Santo suscita vocaciones para la Iglesia habitualmente en el seno de
las familias cristianas. Se sirve de los deseos apostólicos de esos padres
cristianos, que aspiran a salvar miles de almas gracias al apostolado de sus
hijos, muchas veces en lugares adonde ellos habrían soñado llegar. Será un
motivo particular de gozo para esos padres ver cómo la nueva evangelización que
necesita el mundo es fruto de la respuesta generosa suya y de sus hijos. —Pero
con lo mal que están las cosas en muchos ambientes, es lógico que a los padres
les dé un poco de miedo pensar en el futuro de sus hijos tan jóvenes entregados
a Dios en medio de todo eso. Es
una inquietud natural, pero no podemos quejarnos de tantos males como aquejan
al mundo, de la falta de recursos morales en la sociedad, de la falta de
ideales grandes en la vida de tantos chicos jóvenes, o de lo mal que están
determinados ambientes, si luego no ponemos de nuestra parte todo el calor y el
ánimo posibles para que haya personas que sean llamadas por Dios para regenerar
esos ambientes. La solución a esos problemas está, en gran medida, en la mano
de los padres cristianos con verdadero afán misionero y apostólico, que se
esfuerzan por dar a sus hijos una verdadera educación cristiana, procuran sembrar
en sus almas ideales de santidad, ensanchar su corazón con las obras de
misericordia y crear en torno a ellos un ambiente de sobriedad y de trabajo. —Pero
quizá no hay necesidad de que comiencen tan jóvenes su camino de entrega a
Dios. No
parece que fuera así en el caso de San Estanislao, pues, como acabamos de
recordar, solo vivió hasta los dieciocho años. Dios tiene sus tiempos, que no
siempre coinciden con los nuestros. Y hay ideales que si no prenden en la
primera juventud, se pierden. Es algo que sucede en el noviazgo, en la entrega
a Dios y en muchos otros ámbitos. Es en la juventud cuando surgen los grandes
ideales de entrega, los deseos de ayudar a otros con la propia vida, de mejorar
el mundo, de cambiarlo. Cuando
una persona joven se plantea ideales altos de santidad y de apostolado, las
familias verdaderamente cristianas lo reciben con un orgullo santo. Si has
conseguido ponerte en el lugar de tu hija o de tu hijo, ya te habrá contagiado
una pequeña parte de esa felicidad y de esa alegría difícilmente descriptibles.
Como madre, como padre, desde el primer momento has buscado lo mejor para tu
hija o para tu hijo, y debes sentir también esa satisfacción. ¿Cuál sería tu
reacción si te comunicaran que tu hija ha sido seleccionada para representar a
tu país en los juegos olímpicos? ¿Cuál si designan a tu hijo como componente
del equipo nacional en unos campeonatos del mundo? ¿Y si alguno de ellos es
elegido para desempeñar un cargo público de elevada responsabilidad? Nadie
acoge esas noticias con pesar o indiferencia. ¿Cómo deberías sentirte entonces
si el que elige no es un seleccionador deportivo, o un gobernante, sino el
mismo Dios? ¿Y si, además, la recompensa no es simplemente una medalla, unos
honores, unos ingresos, sino el ciento por uno y la vida eterna? 47.
Una incomprensión inicial El
que tiene la verdad en el corazón no
debe temer jamás que a su lengua le
falte fuerza de persuasión. John
Ruskin —Entiendo
que muchas veces es natural que haya una inicial resistencia por parte de los
padres. El hijo debe convencerlos con la madurez de su comportamiento y con la
perseverancia en su determinación. Es
verdad que los padres necesitan a veces un poco tiempo para asimilar la
vocación de sus hijos. Pero la madurez y la rectitud en el comportamiento debe
estar presente por parte de todos. Así
sucedió, por ejemplo, con San Francisco de Sales. Había decidido entregarse a
Dios, pero su padre, Francisco de Boisy, le tenía preparado un magnífico
partido: una joven llamada Francisca de Veigy, hija del consejero del Duque de
Saboya. Al pequeño Francisco le costaba mucho contrariar a su padre, pero un
día del año 1593 finalmente le hizo saber sus propósitos y estalló la tormenta:
«Pero, ¿quién te ha metido esa idea en la cabeza?», gritaba su padre. «¡Una
elección de ese tipo de vida exige más tiempo que el que tú te tomas!», tronaba
furioso. Francisco contestaba que había tenido ese deseo desde la niñez. Y así
una vez y otra. De vez en cuando, su madre intentaba ayudarle, sin que se
notase que estaba de su parte, y sugería tímidamente: «Ay, será mejor
permitirle a este hijo que siga la voz de Dios...». Finalmente, el Señor de
Sales, después de un tiempo, cedió: «Pues adelante, hijo mío, haz por Dios lo
que dices que Él te inspira.» Aunque
no todos los padres que ponen dificultades tienen ese carácter ardoroso y
rompedor. Los señores Beltrán, una de las mejores familias de Valencia, no
querían en absoluto interferir en la vocación de su hijo Luis. Solo querían
“orientarla”. Estaban acostumbrados a que su hijo les obedeciera en todo, y por
eso, se quedaron desconcertados cuando les dijo que tenía unos planes
diferentes a los que habían previsto: quería irse de casa y entregarse a Dios
como fraile dominico. ¡Qué locura! No tenía salud suficiente, no sabía lo que
hacía. Y empezaron su batalla. Aceptaban que se fuera, pero ahora no. Quizá en
un futuro. No pasaba nada por esperar. Debía comprenderlo, su postura era
razonable. Pero el joven Luis obró con la misma libertad que hubiese pedido en
el caso de elegir una mujer que no hubiera agradado a sus padres. Escuchó sus
consejos, y luego actuó con la libertad que sus padres decididamente le
negaban. Así que, un buen día del año 1544, en vista de la rotunda negativa
paterna, decidió no volver a casa. Tenía dieciocho años. Y estalló el escándalo
familiar, una pequeña tragedia que se repite con frecuencia, con rasgos
parecidos, siglo tras siglo, en algunos hogares en que un alma decide dejarlo
todo por Dios. Ni lo podían ni lo querían entender. Si hubieran vivido en
nuestra época, habrían dicho que a su hijo «le habían comido el coco».
Afortunadamente, la historia acabó como la gran mayoría de estas pequeñas
tragedias familiares: con la aceptación de la vocación por parte de sus padres,
que finalmente comprendieron que Dios quería ese camino para su hijo, que acabó
siendo un gran santo de la Iglesia, San Luis Beltrán. Aquel hijo suyo, por cuya
salud se preocupaban tanto, evangelizó durante bastantes años las regiones
selváticas más difíciles, aprendió a hablar en los idiomas de los indígenas y
convirtió miles de indios desde Panamá hasta el Golfo de Urabá. Aseguran las
crónicas que bautizó a más de quince mil, que hizo numerosos milagros y que
sirvió eficazmente y sin desfallecer a la Iglesia. Cuando su padre estaba en el
lecho de muerte, sus últimas palabras fueron: «Hijo mío, una de las cosas que
en esta vida me han dado más pena ha sido verte fraile, y lo que hoy más me
consuela es que lo seas.» San
Bernardo de Claraval consuela en una de sus cartas a los padres de un joven del
siglo XII, Godofredo, que ha decidido entregarse a Dios en Claraval, y les
dice: «Si a vuestro hijo, Dios se lo hace suyo, ¿qué perdéis vosotros en ello y
qué pierde él mismo? Si le amáis, habéis de alegraros de que vaya al Padre, y a
tal Padre. Cierto, se va a Dios; mas no por eso creáis perderlo; antes bien,
por él adquirís muchos otros hijos. Cuantos somos aquí en Claraval, y cuantos
somos de Claraval, al recibirle a él como hermano, os tomamos a vosotros como
padres. Pero quizá teméis que le perjudique el rigor de nuestra vida. Confiad,
consolaos: yo le serviré de padre y le tendré por hijo, hasta que de mis manos
lo reciba el Padre de las misericordias y el Dios de toda consolación.» En
el siglo XIX, Bernadette Soubirous, la vidente de Lourdes, escribe una carta al
padre de una amiga suya, M. Mouret, que no entiende la vocación de su hija.
Bernadette le pide que la deje ir con ella: «Sea generoso con Dios —le dice—
que nunca se deja vencer en generosidad. Algún día estará usted contento de
haberle dado su hija, a quien no puede dejar en mejores manos que las del
Señor. Quizás haría usted grandes sacrificios para confiarla a un hombre al que
no conoce y que puede hacerla desgraciada, y, no obstante, ¿quiere negarla al
que es el rey del cielo y de la tierra? ¡Oh, no, señor! Tiene usted muy buenos
sentimientos para obrar de esa manera. En cambio yo creo que debe dar gracias a
Dios por el beneficio que le concede...». Por
aquella misma época, un joven ecuatoriano llamado Miguel Febres desea ingresar
en el noviciado de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Le encanta la
enseñanza y desea dedicar a ella su vida. Sus padres se oponen frontalmente,
pues pertenecen a la alta sociedad y en cambio aquellos religiosos viven muy
austeramente y se dedican a la educación de niños pobres. Para disuadirle lo
envían a otro instituto, pero allí enferma y tiene que volver a casa.
Finalmente, cuando el chico tiene catorce años, en 1868, su madre accede a que
sea religioso. Su padre cede inicialmente, pero no deja de presionar para que
abandone ese camino y no escribe a su hijo ni una sola línea en cinco años.
Aquel chico pronto destaca como un profesor muy querido y valorado. Posee una
gran cultura, domina cinco idiomas y escribe numerosos textos escolares que
pronto se difunden por todo el país. Demuestra una enorme capacidad de querer y
de hacerse querer, adquiere una gran confianza con sus alumnos y logra
sorprendentes mejoras en las personas. Cuando muere, en 1910, su fama de
santidad se extiende por numerosos países de Europa y América. Sin su
constancia para superar la oposición familiar inicial, no tendríamos hoy a San
Miguel Febres, que la Iglesia propone como modelo de hombre culto, pero
sencillo y humilde, totalmente entregado a la obra de la evangelización a
través de la enseñanza. Son
testimonios diversos que confirman el gozo de tantos padres que inicialmente se
opusieron tenazmente a la vocación de sus hijos, pero que, al final,
comprendieron su decisión. El gozo de los padres que han sido generosos con la
vocación de sus hijos no acabará aquí en la tierra, pues será aún mayor en la
otra vida, cuando contemplen, con toda su grandeza, el influjo espiritual de la
vida de sus hijos en miles y miles de almas. Podemos
imaginar el gozo de Luis Martín, al ver desde el cielo los grandes frutos que
ha supuesto la entrega de su hija Santa Teresa de Lisieux. O la alegría de la
madre de San Juan Bosco al contemplar el crecimiento de aquel hogar espiritual
que nació gracias a su esfuerzo. O la satisfacción de Juan Bautista Sarto al
comprobar cómo él, un pobre alguacil, contribuyó sin saberlo a enriquecer la
Iglesia contemporánea con la aportación de San Pío X. También
podemos imaginarnos a Teodora Theate, a Monna Lapa, a Juan Luis Beltrán, a
Ferrante Gonzaga, a la madre de Juan Crisóstomo, a Pietro Bernardone y a tantos
y tantos otros. También ellos gozarán al ver las maravillas que ha hecho Dios
por medio de sus hijos. Y darán gracias porque, pese a sus lamentos, sus
amenazas o sus “pruebas”, sus hijos no les hicieron demasiado caso. Si hubieran
llegado a hacerlo, la Iglesia y la humanidad no contarían ni con Santo Tomás de
Aquino, ni con Santa Catalina de Siena, ni con San Luis Beltrán, ni con San
Luis Gonzaga, ni con San Juan Crisóstomo, ni con San Francisco de Asís. La
Iglesia habría sufrido enormes pérdidas, en el ámbito de la teología, del
papado, de la evangelización, de la espiritualidad, de la doctrina. Gracias
a Dios, sus hijos fueron fieles a su vocación, y las palabras de Jesús
adolescente en el Templo resonaron con fuerza en sus oídos: «¿No sabíais que yo
debo ocuparme en las cosas de mi Padre?». Con esas palabras, Jesús Niño quiso
dejar su propio testimonio para dar fortaleza a quienes debían seguirle en el
futuro. Y dejó también una referencia para los padres, pues María y José no
protestaron, sino que supieron buscar, aun en lo inicialmente incomprensible y
doloroso, la voluntad de Dios. «En
este episodio evangélico —comenta Benedicto XVI— se revela la más auténtica y
profunda vocación de la familia: la de acompañar a cada uno de sus miembros en
el camino del descubrimiento de Dios y del proyecto que Él ha dispuesto para
ellos. María y José educaron a Jesús ante todo con su ejemplo. En sus padres,
Jesús conoció toda la belleza de la fe, del amor por Dios y por su Ley, así
como las exigencias de la justicia, que halla pleno cumplimiento en el amor. De
ellos aprendió que en primer lugar hay que hacer la voluntad de Dios, y que el
vínculo espiritual vale más que el de la sangre. La Sagrada Familia de Nazaret
es verdaderamente el prototipo de cada familia cristiana, que está llamada a
llevar a cabo la estupenda vocación y misión de ser célula viva no solo de la
sociedad, sino de la Iglesia, signo e instrumento de unidad para todo el género
humano.» Porque
no siempre las cosas de Dios son fáciles de entender. Dice el Evangelio que
María guardaba todas estas cosas, ponderándolas en su corazón. Y a la Virgen no
le faltaba inteligencia, ni buena disposición, ni cercanía a Dios. Pero recibía
contestaciones que le resultaban un tanto misteriosas, no fácilmente
comprensibles, y que, sin embargo, aceptaba y meditaba en su corazón. «María y
José —explicaba Juan Pablo II— le habían buscado con angustia, y en aquel
momento no comprendieron la respuesta que Jesús les dio (...) ¡Qué dolor tan
profundo en el corazón de los padres! ¡Cuántas madres conocen dolores
semejantes! A veces porque no se entiende que un hijo joven siga la llamada de
Dios (...); una llamada que los mismos padres, con su generosidad y espíritu de
sacrificio, seguramente contribuyeron a suscitar. Ese dolor, ofrecido a Dios
por medio de María, será después fuente de un gozo incomparable para los padres
y para los hijos.» Para
quienes están en el proceso de discernimiento de su propia vocación, o para sus
padres, meditar la vida de la Virgen siempre resultará enriquecedor. Todos
obtendremos nueva luz si ponderamos en nuestro corazón esas escenas,
contemplando, por ejemplo, el momento del Nacimiento, con su esperanza alegre y
su calor humano; o la huída a Egipto, en los momentos duros de la fe o de la
vocación; o su vida en Nazaret, para que lo cotidiano de nuestra vida no se
tiña de rutina mala. La Virgen es siempre un modelo de la disposición con que
debemos escuchar a Dios, de confianza para preguntar lo que no entendemos, de
generosidad y de diligencia en la respuesta, de humildad, de perseverancia en
las horas difíciles, de fidelidad a la misión recibida. 48.
Dar la vida El
tirano muere, y
su reino termina. El
mártir muere, y
su reino comienza. Soren
Kierkegaard Maximiliano
Kolbe era hijo de unos modestos tejedores que vivían en Zdunska Wola, una
pequeña ciudad polaca. Un domingo, cuando Maximiliano tenía doce años, escucha
en la homilía de la Misa que los padres franciscanos abren un nuevo seminario
en Lvov. Aquello hace despertar y madurar su vocación, y al inicio del curso
siguiente, en octubre de 1907, marcha a ese seminario junto con su hermano
Francisco. Pasa
un tiempo y ambos hermanos entran en una fuerte crisis interior. Maximiliano se
convence y convence a su hermano de que lo mejor es abandonar el seminario y
seguir la carrera militar en aquella ciudad, que es por entonces el centro de
la resistencia polaca. Un día antes de comenzar el noviciado, el 3 de
septiembre de 1910, se disponen a comunicar su decisión al ministro provincial,
pero en ese momento suena la campanilla del recibidor: es María Dabrowka, su
madre, que viene, como otras veces, a visitar a sus hijos. Sin saber nada de
todo aquello, ella les cuenta con gran ilusión que José, el hermano pequeño,
también va a ingresar en la orden franciscana. Y como ella y su marido son
terciarios franciscanos, ahora toda la familia estará presidida por el espíritu
de San Francisco. Aquella visita disipa sus dudas. Al día siguiente, ambos
hermanos reciben el hábito negro conventual. Es entonces cuando adopta el
nombre de Fray Maximiliano María y emite su profesión simple bajo la Regla de
San Francisco, con apenas diecisiete años de edad. Ya
no tuvo más dudas. Tiempo mas tarde, en una carta a su madre, recuerda con
emoción aquel memorable episodio, que siempre considerará salvador de su
vocación: «La providencia, en su infinita misericordia, por medio de la
Inmaculada, te envió a nosotros en aquel crítico momento. Han pasado ya nueve
años desde aquel día, y pienso en ello con temor y gratitud hacia la
Inmaculada. ¿Qué habría sido de nosotros si no nos sostuviese con su mano?». En
1912, a la vista de sus excelentes cualidades intelectuales, es enviado a Roma.
Allí permanece siete años, hasta terminar sus doctorados en Filosofía y en
Teología, y es ordenado sacerdote. Son unos años muy fecundos y decisivos, en
los que funda un movimiento llamado "La Milicia de la Inmaculada". En
1919 vuelve a Polonia, con veinticinco años y bastante mala salud, aunque con
una fuerza espiritual extraordinaria. No le faltan incomprensiones, calumnias y
obstáculos. En 1922 comienza la publicación de una revista mensual llamada
"Caballero de la Inmaculada", con la que se propone «forrar el mundo
entero con papel impreso para devolver a las almas la alegría de vivir». En
1929 funda en Niepokalanów, a cuarenta kilómetros de Varsovia, un convento de
sacerdotes y hermanos franciscanos comprometidos a promover la Milicia a través
de todos los medios de comunicación. Bajo su dirección, Niepokalanów se
desarrolla con gran fuerza y en pocos años el número de frailes supera los
novecientos. La tirada de sus publicaciones supera el millón de revistas
mensuales destinados para el millón de miembros de la Milicia en todo el mundo. Pero
el padre Kolbe presiente su fin y el acercarse del calvario para sus hijos
espirituales. En marzo del 1938 les dice: «Hijos míos, sabed que un conflicto
terrible se avecina. No sabemos cuáles serán las etapas. Pero, para nosotros en
Polonia hay que esperar lo peor. En los primeros tres siglos de historia, la
Iglesia fue perseguida. La sangre de los mártires hacía germinar el
cristianismo. Cuando más tarde la persecución terminó, un Padre de la Iglesia
comenzó a lamentar la mediocridad de los fieles y no vio con malos ojos la
vuelta de las persecuciones. Debemos alegrarnos de lo que va a suceder, porque
en las pruebas nuestro celo se hará más ardiente.» Tres
días antes de estallar la Segunda Guerra Mundial, prepara de nuevo sus
corazones: «Trabajar, sufrir y morir heroicamente, y no como un burgués en la
propia cama. Recibir una bala en la cabeza para sellar el propio amor a la
Inmaculada. Derramar valientemente la sangre hasta la última gota, para
acelerar la conquista de todo el mundo para Ella. Esto os deseo y me deseo a mí
mismo. Nada más sublime puedo augurarme y auguraros. Jesús mismo lo dijo: “No
hay amor mas grande que dar la vida por el propio amigo".» Los
nazis invaden Polonia y en pocas semanas toda la nación sufre la humillación de
la derrota. La Luftwaffe alemana bombardea Niepokalanów y después las tropas lo
saquean. Destrozan imágenes, queman ornamentos sagrados y requisan la
maquinaria tipográfica. El padre Kolbe, pese al clima de odio al enemigo, no se
deja dominar por el rencor y perdona como Cristo en la Cruz. Un día se presenta
en Niepokalanow la Wehrmacht con gritos de «Todos fuera!¡Todos en marcha!». Los
frailes son reunidos en el patio y cargados en camiones rumbo a campos de
concentración: de Lamsdorf a Amtitz, y de aquí a Ostrzeszow. En mayo de 1941,
el padre Kolbe es conducido a Auschwitz, donde le corresponde trabajar como
peón en el acarreo materiales para la construcción de un muro. El
3 de agosto, un prisionero escapa. Por la tarde, al pasar lista, se descubre el
hecho. El terror hiela los corazones de aquellos hombres. Todos saben la norma
establecida como represalia: por cada evadido, diez de sus compañeros,
escogidos al azar, son condenados a morir de hambre en el bunker de la muerte.
A todos aterroriza el lento martirio del cuerpo, la tortura del hambre, la
agonía de la sed. Al día siguiente, mientras los otros grupos siguen sus faenas
diarias, el suyo queda formado en la explanada bajo el sol calcinante del
verano, sin comer ni beber. Las horas pasan con enorme lentitud. Cuando se distribuye
la comida, todos observan como sus raciones son tiradas de las ollas al
desagüe. Al romper filas van a sus catres sabiendo que pronto diez de ellos
estarán en el bunker de la muerte. Ya ha sucedido antes en dos ocasiones. Al
día siguiente, a las seis de la tarde, el coronel Fritsch, comandante del
campo, se planta de brazos cruzados ante sus víctimas. Hay un silencio de tumba
sobre la inmensa explanada, con dos mil presos formados, sucios y macilentos.
«El fugitivo no ha aparecido. De modo que diez de ustedes serán condenados al
bunker de la muerte. La próxima vez serán veinte.» Los condenados son escogidos
al azar. «¡Este! ¡Aquel!», grita el comandante. El ayudante Palitsch anota los
números de los condenados. Aterrorizado, cada uno de los señalados sale de la
formación, sabiendo que es su final. Entre ellos hay un sargento polaco llamado
Franciszek Gajowniczek, que lanza un grito de dolor: «Dios mío, tengo mujer e
hijos. ¿Quién los va a cuidar?». Las
palabras del sargento sin duda tocan el corazón de muchos presos, pero en el
corazón del padre Kolbe sucede algo más. Mientras los diez condenados se van
quitando los zapatos, pues deben ir descalzos al lugar del suplicio, de pronto
ocurre lo que nadie podía imaginar. Maximiliano Kolbe sale de su fila, se quita
la gorra y se planta delante del comandante. Señala con la mano hacia
Gajownieczek y se ofrece a morir en su lugar: «Soy un sacerdote católico
polaco, estoy ya viejo. Querría ocupar el puesto de ese hombre que tiene mujer
e hijos.» El comandante, tras un momento de duda, acepta el cambio. Después
de ordenar a los presos que se desnuden, los empujan al bunker, del que ya solo
salen cadáveres para el crematorio. Diariamente, los guardias inspeccionan el
bunker y ordenan retirar los cuerpos de los fallecidos. Son días de angustia en
los que aquel sacerdote enfermo de cuarenta y siete años anima a los demás y
reza con ellos. Poco a poco, van muriendo todos. Al final, queda solo él. Como
los guardias necesitan ese lugar para otros presos que están llegando, le ponen
una inyección de ácido fénico y muere. Es el 14 de agosto de 1941. En
1982 es canonizado por Juan Pablo II en Roma. En la ceremonia está presente un
testigo excepcional: el anciano Franciszek Gajowniczek, aquel hombre que,
cuarenta y un años antes, había salvado su vida en Auschwitz gracias al nuevo
santo. San
Maximiliano Kolbe venció al mal con el poder del perdón, el amor y la
generosidad. Murió tranquilo, rezando hasta el último momento. Cuenta un
testigo, el Doctor Stemler, que en los campos de exterminio casi no se veían
manifestaciones de amor al prójimo, y era corriente que un preso se peleara con
otro por un mendrugo de pan, pero él, en cambio, dio su vida por un
desconocido. Aquello fue la más elocuente y eficaz respuesta al odio y la
barbarie impuestos por la brutalidad nazi. De esa manera, dio un testimonio y
un ejemplo de dignidad en medio de la más terrible adversidad: «No hay amor más
grande que éste: dar la vida por sus amigos» (Jn 15, 13). Muchas
personas han sido beneficiadas por el influjo de la vida de este santo. Juan
Pablo II dejó escrita cuál fue la influencia que tuvo en su propia vocación
sacerdotal. La Milicia de la Inmaculada está hoy extendida por todo el mundo,
con más de tres millones de miembros en casi cincuenta países. Caben muchas
preguntas y reflexiones, pero hay una que quizá puede ayudar a muchos en algún
momento de dificultad al comienzo de su camino: ¿Qué habría sucedido si
Maximiliano hubiera abandonado el seminario cuando atravesó aquella crisis en
su vocación? ¿Cómo habría cambiado la historia de tantas vidas si su madre no
le hubiera impulsado hacia delante, casi sin saberlo? 49.
Dios no era invisible No
maldigas la oscuridad, enciende
una vela. Proverbio «A
mi colegio de monjas de la Congregación del Amor de Dios —escribe Juan Manuel
de Prada— iba de vez en cuando a visitarnos alguna misionera recién llegada de
Nigeria o Mozambique. Eran mujeres que habían entregado su juventud a Dios y
que, después de profesar, habían solicitado voluntariamente un traslado a
aquellas regiones fustigadas por el hambre y la pólvora y las epidemias más
feroces, para inmolarse en una tarea callada. Eran mujeres enjutas,
prematuramente encanecidas, calcinadas por un sol impío que había agostado los
últimos vestigios de su belleza, y sin embargo risueñas, como alumbradas por
unas convicciones indómitas. Habían renunciado a las ventajas de una vida
regalada, habían renunciado al regazo protector de la familia y la congregación
para agotarse en una labor tan numerosa como las arenas del desierto.
Entregaban su vida fértil en la salvación de otras vidas con un denuedo que
parecía incongruente con la fragilidad de sus cuerpecillos entecos, reducidos
casi a la osamenta. Con cuatro duros y toneladas de entusiasmo, habían puesto
en marcha comedores y hospitales y escuelas, habían repartido medicinas y
viandas y consuelo espiritual, habían enseñado a los indígenas a labrar la
tierra y a cocer el pan. También habían velado la agonía de muchos niños
famélicos, habían apaciguado el dolor de muchos leprosos besando sus llagas,
habían sentido la amenaza de un fusil encañonando su frente. ¿De dónde sacaban
fuerzas para tanto? »”Un
día descubrí que Dios no era invisible —recuerdo que me contestó una de
aquellas misioneras—. Su rostro asomaba en el rostro de cada hombre que sufre.”
Este descubrimiento las había obligado a rectificar su destino: “Si no atendía
esa llamada, no merecía la pena seguir viviendo”. Y así se fueron al África o a
cualquier otro arrabal del atlas, con el petate mínimo e inabarcable de sus
esperanzas, dispuestas a contemplar el rostro multiforme de Dios. A veces
tardaban años en volver, tantos que, cuando lo hacían, sus rasgos resultaban
irreconocibles incluso para sus familiares; luego, tras una breve visita,
regresaban a la misión, para seguir repartiendo el viático de su sonrisa, la
eucaristía de sus desvelos. Y así, en un ejercicio de caridad insomne, iban
extenuando sus últimas reservas físicas, hasta que la muerte las sorprendía
ligeras de equipaje, para llevarse tan solo su envoltura carnal, porque su alma
acérrima y abnegada se quedaba para siempre entre aquellos a quienes habían
entregado su coraje. Algunas, antes de dimitir voluntariamente de la vida, eran
despedazadas por las epidemias que trataban de sofocar, o fusiladas por una
partida de guerrilleros incontrolados. »Repartidos
por los parajes más agrestes u hostiles del mapa, una legión de hombres y
mujeres de apariencia humanísima y espíritu sobrehumano contemplan cada día el
rostro de Dios en los rostros acribillados de moscas de los moribundos, en los
rostros tumefactos de los enfermos, en los rostros llagados de los hambrientos,
en los rostros casi transparentes de quienes viven sin fe ni esperanza. Son
hombres y mujeres como aquellas monjas que iban a visitarme a mi colegio,
enjutos y prematuramente encanecidos, en cuyos cuerpecillos entecos anida una
fuerza sobrenatural, un incendio de benditas pasiones que mantiene la
temperatura del universo. Un día descubrieron que Dios no era invisible, que su
rostro se copia y multiplica en el rostro de sus criaturas dolientes, y
decidieron sacrificar su vida en la salvación de otras vidas, decidieron
ofrendar su vocación en los altares de la humanidad desahuciada. Que nos
cuenten su epopeya silenciosa y cotidiana, que divulguen su peripecia
incalculablemente hermosa, a ver si hay papel suficiente en el mundo.» —Es
un ejemplo admirable, desde luego, pero la mayoría de la gente lo ve como algo
inimitable, demasiado costoso, el sacrificio de toda una vida. Sin
duda es admirable, y es cierto que no todos, ni la mayoría, estamos llamados a
ese camino. Pero una vocación de entrega especialmente exigente no debe verse
como algo triste o negativo. La entrega supone esfuerzo, por supuesto, pero eso
sucede con cualquier gran proyecto en la vida de cualquier persona. Como ha
señalado Benedicto XVI, el esfuerzo personal es algo esencial, y eludir esa
verdad es autoengañarse: «El futuro de la Iglesia solo puede venir y solo
vendrá de la fuerza de aquellos que tienen raíces profundas y que viven la
plenitud pura de su fe. No vendrá de aquellos que hacen solo teorías. No vendrá
de aquellos que solo eligen el camino más cómodo. De los que esquivan la pasión
de la fe y declaran falso y superado todo aquello que exige el esfuerzo del
hombre, que le cuesta superarse y darse a sí mismo. El futuro de la Iglesia
está marcado, siempre, por los santos. Por personas que captan más que las
solas frases huecas que están de moda.» —Es
un ideal atractivo, sin duda, pero debe ser necesaria una ayuda especial de
Dios para vivirlo. Dios
da siempre esa ayuda. Nos da una luz que nos hace ver que nuestra misión es
necesaria, que hay muchas personas que esperan mucho de nosotros. Es una vida
de entrega a los demás, que no solo es compatible con la alegría, sino que está
en su fundamento. «Un santo triste es un triste santo», decía Santa Teresa de
Ávila. «En
los momentos de incertidumbre sobre mi vocación —decía por su parte la Madre
Teresa de Calcuta—, hubo un consejo de mi madre que me resultó muy útil:
“Cuando aceptes una tarea, hazla de buena gana, o no la aceptes”, me decía. Una
vez pedí consejo a mi director espiritual acerca de mi vocación. Le pregunté
cómo podía saber que Dios me llamaba y para qué me llamaba. Él me contestó: “Lo
sabrás por tu felicidad interior. Si te sientes feliz por la idea de que Dios
te llama para servirle a él y al prójimo, ésa es la prueba definitiva de tu
vocación. La alegría profunda del corazón es la brújula que nos marca el camino
que debemos seguir en la vida. No podemos dejar de seguirla, aunque nos
conduzca por un camino sembrado de espinas.» Todo
esto lo decía una persona que, como hemos visto, pasó por largas etapas de
aridez interior, por la famosa “noche oscura del alma”, y por eso su entrega
nos muestra que esa alegría interior no se fundamenta en la ausencia de
inquietudes o tribulaciones, sino en una convicción profunda del alma que nos
confirma que ese sacrificio merece la pena y que debemos dedicar a él nuestra
vida entera. 50.
Arreglar al hombre No
hay ningún viento favorable para
el que no sabe a
qué puerto se dirige. Arthur
Schopenhauer Un
hombre sabio vivía preocupado con los muchos problemas que aquejaban a la
humanidad, y pasaba los días en busca de respuestas para sus inquietudes sobre
cómo mejorar el mundo. Una mañana, un hijo suyo de nueve años entró en su
despacho decidido a ayudarle a trabajar. El hombre, nervioso por la
interrupción, pidió al niño que se fuese a otro sitio a jugar. Viendo que no
lograba que se marchara, pensó en algo que pudiese mantenerle ocupado durante
un rato. Vio una revista donde había un mapa del mundo, y con unas tijeras lo
recortó en numerosos pedazos. Se lo entregó a su hijo, junto con un rollo de
cinta adhesiva, y le dijo: «Como te gustan los rompecabezas, te voy a dar este
mundo roto en pedazos, que es como está, para que lo recompongas sin ayuda de nadie». Calculó
que al pequeño le podría llevar varias horas recomponer aquel mapa, si es que
llegaba a hacerlo. Sin embargo, pasados unos minutos, escuchó la voz del niño:
«Papá, ya lo he acabado». Al principio no se lo tomó en serio. Era imposible
que, a su edad, hubiese logrado recomponer un mapa que apenas había visto
antes. Levantó la vista con la certeza de que vería el trabajo propio de un
niño. Pero, para su sorpresa, el mapa estaba perfecto. Todos los pedazos
estaban en su debido lugar. ¿Cómo era posible que un niño hubiera podido
hacerlo? Le
dijo: «Hijo mío, tú no sabías cómo era el mundo, ¿cómo lograste recomponerlo?».
«Papá, yo no sabía cómo era el mundo, pero cuando sacaste el mapa de la revista
para recortarlo, vi que en la otra cara del papel estaba la figura de un
hombre. Así que di la vuelta a los recortes y comencé a recomponer al hombre,
que sí sabía como era. Cuando conseguí arreglar el hombre, di vuelta la hoja y
había arreglado el mundo.» Arreglar
el hombre es arreglar el mundo. Por eso son tan necesarios los santos. Los
santos son la salvación de la Iglesia, el verdadero honor de la cristiandad, el
hilo de oro que atraviesa la historia de los hombres, el canal limpio por el
que llega a nosotros el testimonio vivo de Dios. Los santos remueven a quienes
tienen alrededor y les ponen de cara a su responsabilidad delante de Dios. Una
tarde de noviembre de 1942, en Madrid, San Josemaría Escrivá acude al único
centro de mujeres del Opus Dei que por entonces existe. Todo el Opus Dei
femenino se reduce por entonces a diez chicas jóvenes. Se reúne con las tres
que a esa hora están en la casa. Desdobla un papel y lo extiende sobre la mesa.
Es como un cuadro, un esquema donde se exponen las diversas labores de
apostolado que habrán de realizar en el mundo entero. Al tiempo que explica con
viveza su contenido, va señalando con el dedo cada uno de los rótulos del
cuadro: escuelas para campesinas, residencias universitarias, clínicas, centros
de capacitación profesional de la mujer en distintos ámbitos, actividades en el
campo de la moda, librerías... Les dice también, antes y después, que lo más
importante ha de ser el apostolado de amistad que cada una desarrolle con sus
familias, con sus vecinas, con sus conocidas, con sus colegas. El Padre repite varias
veces: «¡Soñad y os quedaréis cortas!». Aquellas
tres le miran pasmadas, entre el asombro y el vértigo. Les parece que allí,
sobre la mesa, está desplegado un sueño. Un bello sueño para un lejano futuro.
Ellas se sienten inexpertas, sin medios, sin recursos, incapaces. No se les
ocurre pensar que todo eso tengan que hacerlo ellas mismas. San Josemaría capta
en esas miradas la ilusión y la impotencia, el deseo y el temor, un acobardado
¡ya nos gustaría...! Muy despacio, recoge el papel y comienza a doblarlo. Su
rostro ha cambiado. Ahora está serio. ¿Decepcionado? ¿Triste? Por la mente y
por el corazón de San Josemaría ha cruzado, posiblemente, como un pájaro torvo,
el pensamiento derrengador de que hace más de doce años que lucha por dar
cuerpo y vida al Opus Dei de las mujeres, tal como vio que Dios lo quería, el
14 de febrero de 1930. Primero llegaron unas que parloteaban y trajinaban, pero
no rezaban. Se fueron. Luego llegaron otras que sí rezaban, pero no trabajaban:
no eran esa clase de mujeres que han de bregar en la sociedad civil para poner
a Cristo en la cumbre de toda actividad humana. Eran muy buenas, pero de pasta
mística. Tuvo que decirles que tampoco servían. Éstas de ahora son de la
tercera hornada, ¿y es posible que, a la hora de fajarse con la verdad, se
queden ahí, paralizadas por el miedo? Sin desafíos, va a ponerlas cara a su
responsabilidad. Escogiendo muy bien las palabras, les dice: «Ante esto, se
pueden tener dos reacciones. Una, la de pensar que es algo muy bonito pero
quimérico, irrealizable. Y otra, de confianza en el Señor que, si nos pide todo
esto, nos ayudará a sacarlo adelante.» Calla.
Las mira, deteniéndose en cada una, como si con esa mirada pudiera trasvasarles
su propia fe, inundarlas con su seguridad. Después, antes de marcharse, añade:
«Espero que tengáis la segunda reacción». Y la tienen. No es una utopía.
Ciertamente, no están abiertos los caminos. Los harán ellas, al golpe de sus
pisadas. A la vuelta cuarenta años, todo aquello era una realidad extendida por
más de setenta países en los cinco continentes. Aquellas tres se han
multiplicado por más de diez mil cada una. Desplegando sueños, pero
arremangándose en la faena diaria. Sin decir basta. Sin amilanarse.
Martilleando sobre las resistencias, sin detenerse en lo fácil. Una
sociedad cristiana se mide por su capacidad de engendrar santos. Y tal vez por
eso, la gran venganza de los mediocres contra los santos sea, precisamente,
todas esas colecciones de biografías de santos en las que se les pinta
blanditos, dulcecitos, demasiado místicos. Tomados en su realidad, los santos
queman. Los santos no son como los centauros o las sirenas, no son una especie
de seres mitológicos que salen solo en los libros, sino seres normales, con
defectos, porque los santos tenían defectos, quizá más que otros que no lo
fueron, pero su santidad se plasmó sobre todo en la maravilla de dominarlos. No
nacieron santos, sino que llegaron a serlo con su lucha diaria por superarse. «Mediante
el ejemplo de los santos —decía Benedicto XVI en Colonia en 2005—, Dios nos ha
abierto a lo largo de la historia el Evangelio, hojeando sus páginas, y lo
sigue haciendo todavía. En las vidas de esas personas se revela la riqueza del
Evangelio como en un gran libro ilustrado. Son la estela luminosa que Dios ha
dejando en el transcurso de la historia, y sigue dejando aún. »Los
santos han sido personas que no han buscado obstinadamente la propia felicidad,
sino que han querido simplemente entregarse, porque han sido alcanzados por la
luz de Cristo. De este modo, ellos nos indican el camino para ser felices y nos
muestran cómo se consigue ser personas verdaderamente humanas. »En
las vicisitudes de la historia, los santos han sido los verdaderos reformadores
que tantas veces han remontado a la humanidad de los valles oscuros en los
cuales está siempre en peligro de precipitar; y la han iluminado siempre de
nuevo. Los santos son los verdaderos reformadores. Solo de los santos, solo de
Dios, proviene la verdadera revolución, el cambio decisivo del mundo.» En
el año 2005, todo el mundo asistió sobrecogido al vendaval de emoción que
supuso el fallecimiento de Juan Pablo II. Fue una extraordinaria muestra de la
fecundidad de una vida de entrega absoluta a la misión que tenía encomendada
por Dios. Fueron millones de personas que se conmovieron, que pedían su urgente
canonización, que con aquello decidieron dar un cambio en sus vidas. Toda la
biografía de Karol Wojtyla fue una lucha titánica contra las dificultades que
se afanaban en impedir su avance en el camino señalado por Dios, pero su
fidelidad inquebrantable ha dado luz y esperanza a nuestro mundo cansado. Su
vida, como la de tantos otros que han salido en estas páginas, y como la de
tantos otros millones de almas desconocidas que pueblan la tierra, son vidas
abiertas a la respuesta personal a los requerimientos de Dios. No son vidas
cerradas. Santo Tomás Moro podría haber cedido a los deseos de Enrique VIII y
hoy sería un triste personaje más de una etapa penosa de un lamentable reinado
de la Inglaterra del siglo XVI. Santo Tomás de Aquino o Santa Catalina de Siena
podrían haber cedido a los deseos de su madre, o San Luis Gonzaga o San
Estanislao de Kostka ante los de su padre. El Santo Cura de Ars o San Clemente
Hofbauer podrían haberse rendido a las dificultades que tuvieron para hacer sus
estudios sacerdotales, o Santa Jacinta ante las dificultades de su carácter.
San Maximiliano Kolbe podría no haber tenido aquel arranque de generosidad en
Auschwitz. Pero ellos, y muchos otros, fueron fieles a la llamada que Dios les
hacía y hoy el mundo es distinto gracias a ellos. Copyright
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