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La llamada divina

 

 

 

 

1.1.            Un día —no quiero generalizar, abre tu corazón al Señor y cuéntale tu historia—, quizá un amigo, un cristiano corriente igual a ti, te descubrió un panorama profundo y nuevo, siendo al mismo tiempo viejo como el Evangelio.

     Te sugirió la posibilidad de empeñarte seriamente en seguir a Cristo, en ser apóstol de apóstoles. Tal vez perdiste entonces la tranquilidad y no la recuperaste, convertida en paz, hasta que libremente, porque te dio la gana —que es la razón más sobrenatural—, respondiste que sí a Dios. Y vino la alegría, recia, constante, que sólo desaparece cuando te apartas de El. (Es Cristo que pasa, n. 1)

 

1.2.            Si me preguntáis cómo se nota la llamada divina, cómo se da uno cuenta, os diré que es una visión nueva de la vida. Es como si se encendiera una luz dentro de nosotros; es un impulso misterioso, que empuja al hombre a dedicar sus más nobles energías a una actividad que, con la práctica, llega a tomar cuerpo de oficio.  Esa fuerza vital, que tiene algo de alud arrollador, es lo que otros llaman vocación.  (El Fundador del Opus Dei, pag 302)

 

1.3.            La vocación nos lleva –sin darnos cuenta- a tomar una posición en la vida, que mantendremos con ilusión y alegría, llenos de esperanza hasta en el trance mismo de la muerte. Es un fenómeno que comunica al trabajo un sentido de misión, que ennoblece y da valor a nuestra existencia. Jesús se mete con un acto de autoridad en el alma, en la tuya, en la mía: esa es la llamada.  (El Fundador del Opus Dei, pag 303)

 

1.4.            Dios necesita mujeres y hombres seguros, firmes, en quienes sea posible apoyarse. (Forja 850)

 

1.5.            "Id, predicad el Evangelio... Yo estaré con vosotros..." —Esto ha dicho Jesús... y te lo ha dicho a ti. (Camino 904)

 

1.6.            Ojalá pueda decirse que la característica que define tu vida es "amar la Voluntad de Dios". (Forja 48)

 

1.7.            Yo tampoco pensaba que Dios me cogiera como lo hizo. Pero el Señor —déjame que te lo repita— no nos pide permiso para "complicarnos la vida". Se mete y... ¡ya está! (Forja 902)

 

1.8.            La vocación es lo primero; Dios nos ama antes de que sepamos dirigirnos a El, y pone en nosotros el amor con el que podemos corresponderle. La paternal bondad de Dios nos sale al encuentro. Nuestro Señor no sólo es justo, es mucho más: misericordioso. No espera que vayamos a El; se anticipa, con muestras inequívocas de paternal cariño. (Es Cristo que pasa 33)

 

1.9.            Aún resuena en el mundo aquel grito divino: "Fuego he venido a traer a la tierra, ¿y qué quiero sino que se encienda?" —Y ya ves: casi todo está apagado...

  ¿No te animas a propagar el incendio? (Camino 801)

 

1.10.        Considerad con qué finura nos invita el Señor. Se expresa con palabras humanas, como un enamorado: Yo te he llamado por tu nombre... Tú eres mío. Dios, que es la hermosura, la grandeza, la sabiduría, nos anuncia que somos suyos, que hemos sido escogidos como término de su amor infinito. Hace falta una recia vida de fe para nos desvirtuar esta maravilla, que la Providencia divina pone en nuestras manos. (Es Cristo que pasa 32)

 

1.11.        Escribías: "yo te oigo clamar, Rey mío, con viva voz, que aún vibra: “ignem veni mittere in terram, et quid volo nisi ut accendatur? —he venido a traer fuego a la tierra, ¿y qué quiero sino que arda?"

     Después añadías: "Señor, te respondo —todo yo— con mis sentidos y potencias: “ecce ego quia vocasti me! —¡aquí me tienes porque me has llamado!"

     —Que sea esta respuesta tuya una realidad cotidiana. (Forja 52)

 

1.12.        Elección divina significa —¡y exige!— santidad personal. (Forja 58)

 

1.13.        Ha llegado para nosotros un día de salvación, de eternidad. Una vez más se oyen esos silbidos del Pastor Divino, esas palabras cariñosas, “vocavi te nomine tuo” —te he llamado por tu nombre.

    -Como nuestra madre, El nos invita por el nombre. Más: por el apelativo cariñoso, familiar. —Allá, en la intimidad del alma, llama, y hay que contestar: “ecce ego, quia vocasti me” —aquí estoy, porque me has llamado, decidido a que esta vez no pase el tiempo como el agua sobre los cantos rodados, sin dejar rastro. (Forja 7)

 

1.14.        No tengas miedo, ni te asustes, ni te asombres, ni te dejes llevar por una falsa prudencia.

     La llamada a cumplir la Voluntad de Dios —también la vocación— es repentina, como la de los Apóstoles: encontrar a Cristo y seguir su llamamiento...

     —Ninguno dudó: conocer a Cristo y seguirle fue todo uno. (Forja 6)

 

1.15.        “Sabed que fuisteis rescatados de vuestra vana conducta..., no con plata u oro, que son cosas perecederas, sino con la sangre preciosa de Cristo” (1 Pet I,18-19).

     No nos pertenecemos. Jesucristo nos ha comprado con su Pasión y con su Muerte. Somos vida suya. (Via Crucis XIV-2)

 

1.16.        Parece que os han escogido uno a uno..., decía.

     ¡Y así es! (Surco 220)

 

1.17.        Un secreto. —Un secreto, a voces: estas crisis mundiales son crisis de santos.

    —Dios quiere un puñado de hombres "suyos" en cada actividad humana. —Después... "pax Christi in regno Christi" —la paz de Cristo en el reino de Cristo. (Camino 301)

 

1.18.        Con la frente pegada al suelo y puesto en la presencia de Dios, considera (porque es así) que eres una cosa más sucia y despreciable que las barreduras recogidas por la escoba.

     —Y, a pesar de todo, el Señor te ha elegido. (Forja 363)

 

1.19.        ¡Comprometido! ¡Cómo me gusta esta palabra! —Los hijos de Dios nos obligamos —libremente— a vivir dedicados al Señor, con el empeño de que El domine, de modo soberano y completo, en nuestras vidas. (Forja 855)

 

1.20.        El fervor patriótico —laudable— lleva a muchos hombres a hacer de su vida un "servicio", una "milicia". —No me olvides que Cristo tiene también "milicias" y gente escogida a su "servicio". (Camino 905)

 

1.21.        Cristo, que subió a la Cruz con los brazos abiertos de par en par, con gesto de Sacerdote Eterno, quiere contar con nosotros —¡que no somos nada!—, para llevar a "todos" los hombres los frutos de su Redención. (Forja 4)

 

1.22.        Una ola sucia y podrida —roja y verde— se empeña en sumergir la tierra, escupiendo su puerca saliva sobre la Cruz del Redentor...

     Y El quiere que de nuestras almas salga otra oleada —blanca y poderosa, como la diestra del Señor—, que anegue, con su pureza, la podredumbre de todo materialismo y neutralice la corrupción, que ha inundado el Orbe: a eso vienen —y a más— los hijos de Dios. (Forja 23)

 

1.23.        No es tarde, ni todo está perdido... Aunque te lo parezca. Aunque lo repitan mil voces agoreras. Aunque te asedien miradas burlonas e incrédulas... Has llegado en un buen momento para cargar con la Cruz: la Redención se está haciendo —¡ahora!—, y Jesús necesita muchos cirineos. (Via Crucis V-2)

 

1.24.        No me explico tu concepto de cristiano.

     ¿Crees que es justo que el Señor haya muerto crucificado y que tú te conformes con “ir tirando”?

     Ese “ir tirando ¿es el camino áspero y estrecho de que hablaba Jesús? (Via Crucis XIII-2)

 

1.25.        El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir. Eso requiere la entereza de someter la propia voluntad al modelo divino, trabajar por todos, luchar por la felicidad eterna y el bienestar de los demás. No conozco mejor camino para ser justo que el de una vida de entrega y de servicio. (Amigos de Dios 173)

 

1.26.        ¿Es posible que lleve Cristo tantos años —veinte siglos— actuando en la tierra, y que el mundo esté así?, me preguntabas. ¿Es posible que aún haya gente que no conozca al Señor?, insistías.

     —Y te contesté seguro: ¡tenemos la culpa nosotros!, que hemos sido llamados a ser corredentores, y a veces, ¡quizá muchas!, no correspondemos a esa Voluntad de Dios. (Forja 55)

 

1.27.        Te decidiste, más por reflexión que por fuego y entusiasmo. Aunque deseabas tenerlo, no hubo lugar para el sentimiento: te entregaste, al convencerte de que Dios lo quería.

     Y, desde aquel instante, no has vuelto a "sentir" ninguna duda seria; sí, en cambio, una alegría tranquila, serena, que en ocasiones se desborda. Así paga Dios las audacias del Amor. (Surco 98)

 

1.28.        Recordad a todos —y de modo especial a tantos padres y a tantas madres de familia, que se dicen cristianos— que la "vocación", la llamada de Dios, es una gracia del Señor, una elección hecha por la bondad divina, un motivo de santo orgullo, un servir a todos gustosamente por amor de Jesucristo. (Forja 17)

 

1.29.        Hazme eco: no es un sacrificio, para los padres, que Dios les pida sus hijos; ni, para los que llama el Señor, es un sacrificio seguirle.

     Es, por el contrario, un honor inmenso, un orgullo grande y santo, una muestra de predilección, un cariño particularísimo, que ha manifestado Dios en un momento concreto, pero que estaba en su mente desde toda la eternidad. (Forja 18)

    

1.30.        Si alguno de los que me siguen no aborrece a su padre y madre, y a la mujer y a los hijos, y a los hermanos y hermanas, y aun a su vida misma, no puede ser mi discípulo. Son términos duros. Ciertamente, ni el odiar ni el aborrecer castellanos expresan bien el pensamiento original de Jesús. De todas maneras, fuertes fueron las palabras del Señor, ya que tampoco se reducen a un amar menos, como a veces se interpreta templadamente, para suavizar la frase. Es tremenda esa expresión tan tajante no porque implique una actitud negativa o despiadada, ya que el Jesús que habla ahora es el mismo que ordena amar a los demás como a la propia alma, y que entrega su vida por los hombres: esta locución indica, sencillamente, que ante Dios no caben medias tintas. Se podrían traducir las palabras de Cristo por amar más, amar mejor, más bien, por no amar con un amor egoísta ni tampoco con un amor a corto alcance: debemos amar con el Amor de Dios. (Es Cristo que pasa, n. 97)

 

1.31.        El demonio padre de la mentira y víctima de su soberbia intenta remedar al Señor hasta en el modo de hacer prosélitos. ¿Te has fijado?: lo mismo que Dios se vale de los hombres para salvar almas y llevarlas a la santidad, satanás se sirve de otras personas, para entorpecer esa labor y aun para perderlas. Y no te asustes de la misma manera que Jesús busca, como instrumentos, a los más próximos parientes, amigos, colegas, etc., el demonio también intenta, con frecuencia, mover a esos seres más queridos, para inducir al mal.

Por eso, si los lazos de la sangre se convierten en ataduras, que te impiden seguir los caminos de Dios, córtalos con decisión. Y quizá tu determinación desate también a quienes estaban enredados en las mallas de Lucifer. (Surco 812)

 

1.32.        "Nesciebatis quia in his quæ Patris mei sunt oportet me esse?" —¿No sabíais que yo debo emplearme en las cosas que miran al servicio de mi Padre?

     Respuesta de Jesús adolescente. Y respuesta a una madre como su Madre, que hace tres días que va en su busca, creyéndole perdido. —Respuesta que tiene por complemento aquellas palabras de Cristo, que transcribe San Mateo: "El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí". (Camino 907)


 

 

 

 

 

 

 

Generosidad para responder

 

 

 

2.1.            ¿Por qué no te entregas a Dios de una vez..., de verdad... ¡ahora!? (Camino 902)

 

2.2.            Si el Señor te ha llamado "amigo", has de responder a la llamada, has de caminar a paso rápido, con la urgencia necesaria, ¡al paso de Dios! De otro modo, corres el riesgo de quedarte en simple espectador. (Surco 629)

 

2.3.            Si ves claramente tu camino, síguelo. —¿Cómo no desechas la cobardía que te detiene? (Camino 903)

 

2.4.            El Reino de Jesucristo. ¡Esto es lo nuestro! —Por eso, hijo, ¡con generosidad!, no quieras saber ninguna de las muchas razones que tiene para reinar en ti.

     Si le miras, te bastará contemplar cómo te ama..., sentirás hambres de corresponder, gritándole a voces que "le amas actualmente", y comprenderás que, si tú no le dejas, El no te dejará. (Forja 857)

 

2.5.            Meus es tu —eres mío, te ha manifestado el Señor.

     —¡Que ese Dios, que es toda la hermosura y toda la sabiduría, toda la grandeza y toda la bondad, te diga a ti que eres suyo!..., ¡y que tú no le sepas responder! (Forja 123)

 

2.6.            ¡Qué poco es una vida, para ofrecerla a Dios!... (Camino 420)

 

2.7.            —¡Dios es mi Padre! —Si lo meditas, no saldrás de esta consoladora consideración.

     —¡Jesús es mi Amigo entrañable! (otro Mediterráneo), que me quiere con toda la divina locura de su Corazón.

     —¡El Espíritu Santo es mi Consolador!, que me guía en el andar de todo mi camino.

     Piénsalo bien. —Tú eres de Dios..., y Dios es tuyo. (Forja 2)

 

2.8.            Te has quedado muy serio cuando te he confiado: a mí, para el Señor, todo me parece poco. (Forja 47)

 

2.9.            El Señor —Maestro de Amor— es un amante celoso que pide todo lo nuestro, todo nuestro querer. Espera que le ofrezcamos lo que tenemos, siguiendo el camino que a cada uno nos ha marcado. (Forja 45)

 

2.10.        Vuelve las espaldas al infame cuando susurra en tus oídos: ¿para qué complicarte la vida? (Camino 6)

 

2.11.        Dile: "ecce ego quia vocasti me!" —¡aquí me tienes, porque me has llamado! (Camino 984)

 

2.12.        Así concluía su oración aquel amigo nuestro: "amo la Voluntad de mi Dios: por eso, en completo abandono, que El me lleve como y por donde quiera". (Forja 40)

 

 

2.13.        ¡Cómo te reías, noblemente, cuando te aconsejé que pusieras tus años mozos bajo la protección de San Rafael!: para que te lleve a un matrimonio santo, como al joven Tobías, con una mujer buena y guapa y rica —te dije, bromista.

 

Y luego, ¡qué pensativo te quedaste!, cuando seguí aconsejándote que te pusieras también bajo el patrocinio de aquel apóstol adolescente, Juan: por si el Señor te pedía más. (Camino 360)

 

2.14.        Parecía plenamente determinado...; pero, al tomar la pluma para romper con su novia, pudo más la indecisión y le faltó valentía: muy humano y comprensible, comentaban otros. Por lo visto, según algunos, los amores terrenos no están entre lo que se ha de dejar para seguir plenamente a Jesucristo, cuando El lo pide. (Surco 41)

 

2.15.        Fiat mihi secundum verbum tuum. —Hágase en mí según tu palabra. (Luc., I, 38.) Al encanto de estas palabras virginales el Verbo se hizo carne. (Santo Rosario, Primer Misterio Gozoso)

 

2.16.        Cristo ha muerto por ti. —Tú... ¿qué debes hacer por Cristo? (Forja 299)

 

2.17.        ¿Qué hombre no lloraría si viera a la Madre de Cristo en tan atroz suplicio?

     Su Hijo herido... Y nosotros lejos, cobardes, resistiéndonos a la Voluntad divina.

     Madre y Señora mía, enséñame a pronunciar un que, como el tuyo, se identifique con el clamor de Jesús ante su Padre: non mea voluntas... (Lc XXII,42): no se haga mi voluntad, sino la de Dios. (Via Crucis, IV Estación, n. 1)

 

2.18.        ¿Quieres saber cómo agradecer al Señor lo que ha hecho por nosotros?... ¡Con amor! No hay otro camino.

     Amor con amor se paga. Pero la certeza del cariño la da el sacrificio. De modo que ¡ánimo!: niégate y toma su Cruz. Entonces estarás seguro de devolverle amor por Amor. (Via Crucis, V Estación, n. 1)

 

2.19.        Me explico el sufrimiento tuyo cuando en medio de tu forzosa inactividad consideras la tarea que falta por hacer. —No te cabe el corazón en el planeta, y tiene que amoldarse... a una labor oficial minúscula.

     Pero, ¿para cuándo dejamos el "fiat"?... (Camino 912)

 

2.20.        Tu barca —tus talentos, tus aspiraciones, tus logros— no vale para nada, a no ser que la dejes a disposición de Jesucristo, que permitas que El pueda entrar ahí con libertad, que no la conviertas en un ídolo. Tú solo, con tu barca, si prescindes del Maestro, sobrenaturalmente hablando, marchas derecho al naufragio. Unicamente si admites, si buscas, la presencia y el gobierno del Señor, estarás a salvo de las tempestades y de los reveses de la vida. Pon todo en las manos de Dios: que tus pensamientos, las buenas aventuras de tu imaginación, tus ambiciones humanas nobles, tus amores limpios, pasen por el corazón de Cristo. De otro modo, tarde o temprano, se irán a pique con tu egoísmo. (Amigos de Dios, n. 21)

 

2.21.        ¡Mi libertad, mi libertad! La tienen, y no la siguen; la miran, la ponen como un ídolo de barro dentro de su entendimiento mezquino. ¿Es eso libertad? ¿Qué aprovechan de esa riqueza sin un compromiso serio, que oriente toda la existencia? (Amigos de Dios, n. 29)

 

2.22.        Si nos damos, El se nos da. Hay que confiar plenamente en el Maestro, hay que abandonarse en sus manos sin cicaterías; manifestarle, con nuestras obras, que la barca es suya; que queremos que disponga a su antojo de todo lo que nos pertenece. (Amigos de Dios, n. 22)

 

2.23.        Recordad la parábola de los talentos. Aquel siervo que recibió uno, podía —como sus compañeros— emplearlo bien, ocuparse de que rindiera, aplicando la cualidades que poseía. ¿Y qué delibera? Le preocupa el miedo a perderlo. Bien. Pero, ¿después? ¡Lo entierra!. Y aquello no da fruto.

     No olvidemos este caso de temor enfermizo a aprovechar honradamente la capacidad de trabajo, la inteligencia, la voluntad, todo el hombre. ¡Lo entierro —parece afirmar ese desgraciado—, pero mi libertad queda a salvo! No. La libertad se ha inclinado hacia algo muy concreto, hacia la sequedad más pobre y árida. Ha tomado partido, porque no tenía más remedio que elegir: pero ha elegido mal. (Amigos de Dios, n. 30)

 

2.24.        ¿Tu vida para ti? Tu vida para Dios, para el bien de todos los hombres, por amor al Señor. ¡Desentierra ese talento! Hazlo productivo: y saborearás la alegría de que, en este negocio sobrenatural, no importa que el resultado no sea en la tierra una maravilla que los hombres puedan admirar. Lo esencial es entregar todo lo que somos y poseemos, procurar que el talento rinda, y empeñarnos continuamente en producir buen fruto. (Amigos de Dios, n. 47)

 

2.25.        Magnanimidad: ánimo grande, alma amplia en la que caben muchos. Es la fuerza que nos dispone a salir de nosotros mismos, para prepararnos a emprender obras valiosas, en beneficio de todos. No anida la estrechez en el magnánimo; no media la cicatería, ni el cálculo egoísta, ni la trapisonda interesada. El magnánimo dedica sin reservas sus fuerzas a lo que vale la pena; por eso es capaz de entregarse él mismo. No se conforma con dar: se da. Y logra entender entonces la mayor muestra de magnanimidad: darse a Dios. (Amigos de Dios, n. 80)

 

2.26.        El amor de Dios es celoso; no se satisface si se acude a su cita con condiciones: espera con impaciencia que nos demos del todo, que no guardemos en el corazón recovecos oscuros, a los que no logra llegar el gozo y la alegría de la gracia y de los dones sobrenaturales. (Amigos de Dios, n. 28)

 

2.27.        Si somos fatuos, si nos preocupamos sólo de nuestra personal comodidad, si centramos la existencia de los demás y aun la del mundo en nosotros mismos, no tenemos derecho a llamarnos cristianos, a considerarnos discípulos de Cristo. (Es Cristo que pasa, n. 97)

 

2.28.        Para llegar a Dios, Cristo es el camino; pero Cristo está en la Cruz, y para subir a la Cruz hay que tener el corazón libre, desasido de las cosas de la tierra. (Via Crucis, X Estación)

 

2.29.        Ciertamente que el día de hoy ha sido de salvación para esta casa, pues que también éste es hijo de Abrahám. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que había perecido (Lc XIX,9-10).

     Zaqueo, Simón de Cirene, Dimas, el centurión...

     Ahora ya sabes por qué te ha buscado el Señor. ¡Agradéceselo!... Pero opere et veritate, con obras y de verdad. (Via Crucis, V Estación, n. 4)

 

2.30.        Me decías, con desconsuelo: ¡hay muchos caminos! —Debe haberlos: para que todas las almas puedan encontrar el suyo, en esa variedad admirable.

     ¿Confusionismo? —Escoge de una vez para siempre: y la confusión se convertirá en seguridad. (Camino 964)

 

2.31.        Son muchos los cristianos persuadidos de que la Redención se realizará en todos los ambientes del mundo, y de que debe haber algunas almas —no saben quiénes— que con Cristo contribuyen a realizarla. Pero la ven a un plazo de siglos, de muchos siglos...: serían una eternidad, si se llevara a cabo al paso de su entrega.

     Así pensabas tú, hasta que vinieron a "despertarte". (Surco 1)

 

2.32.        ¡Qué deuda la tuya con tu Padre-Dios! —Te ha dado el ser, la inteligencia, la voluntad...; te ha dado la gracia: el Espíritu Santo; Jesús, en la Hostia; la filiación divina; la Santísima Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra; te ha dado la posibilidad de participar en la Santa Misa y te concede el perdón de tus pecados, ¡tantas veces su perdón!; te ha dado dones sin cuento, algunos extraordinarios...

     —Dime, hijo: ¿cómo has correspondido?, ¿cómo correspondes? (Forja 11)

 

2.33.        Es preciso ofrecer al Señor el sacrificio de Abel. Un sacrificio de carne joven y hermosa, lo mejor del rebaño: de carne sana y santa; de corazones que sólo tengan un amor: ¡Tú, Dios mío!; de inteligencias trabajadas por el estudio profundo, que se rendirán ante tu Sabiduría; de almas infantiles, que no pensarán más que en agradarte.

     —Recibe, desde ahora, Señor, este sacrificio en olor de suavidad.  (Forja 43)

 

2.34.        Medítalo con frecuencia: ¡soy católico, hijo de la Iglesia de Cristo! El me ha hecho nacer en un hogar "suyo", sin ningún merecimiento de mi parte.