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La llamada divina

 

 

 

 

1.1.            Un día —no quiero generalizar, abre tu corazón al Señor y cuéntale tu historia—, quizá un amigo, un cristiano corriente igual a ti, te descubrió un panorama profundo y nuevo, siendo al mismo tiempo viejo como el Evangelio.

     Te sugirió la posibilidad de empeñarte seriamente en seguir a Cristo, en ser apóstol de apóstoles. Tal vez perdiste entonces la tranquilidad y no la recuperaste, convertida en paz, hasta que libremente, porque te dio la gana —que es la razón más sobrenatural—, respondiste que sí a Dios. Y vino la alegría, recia, constante, que sólo desaparece cuando te apartas de El. (Es Cristo que pasa, n. 1)

 

1.2.            Si me preguntáis cómo se nota la llamada divina, cómo se da uno cuenta, os diré que es una visión nueva de la vida. Es como si se encendiera una luz dentro de nosotros; es un impulso misterioso, que empuja al hombre a dedicar sus más nobles energías a una actividad que, con la práctica, llega a tomar cuerpo de oficio.  Esa fuerza vital, que tiene algo de alud arrollador, es lo que otros llaman vocación.  (El Fundador del Opus Dei, pag 302)

 

1.3.            La vocación nos lleva –sin darnos cuenta- a tomar una posición en la vida, que mantendremos con ilusión y alegría, llenos de esperanza hasta en el trance mismo de la muerte. Es un fenómeno que comunica al trabajo un sentido de misión, que ennoblece y da valor a nuestra existencia. Jesús se mete con un acto de autoridad en el alma, en la tuya, en la mía: esa es la llamada.  (El Fundador del Opus Dei, pag 303)

 

1.4.            Dios necesita mujeres y hombres seguros, firmes, en quienes sea posible apoyarse. (Forja 850)

 

1.5.            "Id, predicad el Evangelio... Yo estaré con vosotros..." —Esto ha dicho Jesús... y te lo ha dicho a ti. (Camino 904)

 

1.6.            Ojalá pueda decirse que la característica que define tu vida es "amar la Voluntad de Dios". (Forja 48)

 

1.7.            Yo tampoco pensaba que Dios me cogiera como lo hizo. Pero el Señor —déjame que te lo repita— no nos pide permiso para "complicarnos la vida". Se mete y... ¡ya está! (Forja 902)

 

1.8.            La vocación es lo primero; Dios nos ama antes de que sepamos dirigirnos a El, y pone en nosotros el amor con el que podemos corresponderle. La paternal bondad de Dios nos sale al encuentro. Nuestro Señor no sólo es justo, es mucho más: misericordioso. No espera que vayamos a El; se anticipa, con muestras inequívocas de paternal cariño. (Es Cristo que pasa 33)

 

1.9.            Aún resuena en el mundo aquel grito divino: "Fuego he venido a traer a la tierra, ¿y qué quiero sino que se encienda?" —Y ya ves: casi todo está apagado...

  ¿No te animas a propagar el incendio? (Camino 801)

 

1.10.        Considerad con qué finura nos invita el Señor. Se expresa con palabras humanas, como un enamorado: Yo te he llamado por tu nombre... Tú eres mío. Dios, que es la hermosura, la grandeza, la sabiduría, nos anuncia que somos suyos, que hemos sido escogidos como término de su amor infinito. Hace falta una recia vida de fe para nos desvirtuar esta maravilla, que la Providencia divina pone en nuestras manos. (Es Cristo que pasa 32)

 

1.11.        Escribías: "yo te oigo clamar, Rey mío, con viva voz, que aún vibra: “ignem veni mittere in terram, et quid volo nisi ut accendatur? —he venido a traer fuego a la tierra, ¿y qué quiero sino que arda?"

     Después añadías: "Señor, te respondo —todo yo— con mis sentidos y potencias: “ecce ego quia vocasti me! —¡aquí me tienes porque me has llamado!"

     —Que sea esta respuesta tuya una realidad cotidiana. (Forja 52)

 

1.12.        Elección divina significa —¡y exige!— santidad personal. (Forja 58)

 

1.13.        Ha llegado para nosotros un día de salvación, de eternidad. Una vez más se oyen esos silbidos del Pastor Divino, esas palabras cariñosas, “vocavi te nomine tuo” —te he llamado por tu nombre.

    -Como nuestra madre, El nos invita por el nombre. Más: por el apelativo cariñoso, familiar. —Allá, en la intimidad del alma, llama, y hay que contestar: “ecce ego, quia vocasti me” —aquí estoy, porque me has llamado, decidido a que esta vez no pase el tiempo como el agua sobre los cantos rodados, sin dejar rastro. (Forja 7)

 

1.14.        No tengas miedo, ni te asustes, ni te asombres, ni te dejes llevar por una falsa prudencia.

     La llamada a cumplir la Voluntad de Dios —también la vocación— es repentina, como la de los Apóstoles: encontrar a Cristo y seguir su llamamiento...

     —Ninguno dudó: conocer a Cristo y seguirle fue todo uno. (Forja 6)

 

1.15.        “Sabed que fuisteis rescatados de vuestra vana conducta..., no con plata u oro, que son cosas perecederas, sino con la sangre preciosa de Cristo” (1 Pet I,18-19).

     No nos pertenecemos. Jesucristo nos ha comprado con su Pasión y con su Muerte. Somos vida suya. (Via Crucis XIV-2)

 

1.16.        Parece que os han escogido uno a uno..., decía.

     ¡Y así es! (Surco 220)

 

1.17.        Un secreto. —Un secreto, a voces: estas crisis mundiales son crisis de santos.

    —Dios quiere un puñado de hombres "suyos" en cada actividad humana. —Después... "pax Christi in regno Christi" —la paz de Cristo en el reino de Cristo. (Camino 301)

 

1.18.        Con la frente pegada al suelo y puesto en la presencia de Dios, considera (porque es así) que eres una cosa más sucia y despreciable que las barreduras recogidas por la escoba.

     —Y, a pesar de todo, el Señor te ha elegido. (Forja 363)

 

1.19.        ¡Comprometido! ¡Cómo me gusta esta palabra! —Los hijos de Dios nos obligamos —libremente— a vivir dedicados al Señor, con el empeño de que El domine, de modo soberano y completo, en nuestras vidas. (Forja 855)

 

1.20.        El fervor patriótico —laudable— lleva a muchos hombres a hacer de su vida un "servicio", una "milicia". —No me olvides que Cristo tiene también "milicias" y gente escogida a su "servicio". (Camino 905)

 

1.21.        Cristo, que subió a la Cruz con los brazos abiertos de par en par, con gesto de Sacerdote Eterno, quiere contar con nosotros —¡que no somos nada!—, para llevar a "todos" los hombres los frutos de su Redención. (Forja 4)

 

1.22.        Una ola sucia y podrida —roja y verde— se empeña en sumergir la tierra, escupiendo su puerca saliva sobre la Cruz del Redentor...

     Y El quiere que de nuestras almas salga otra oleada —blanca y poderosa, como la diestra del Señor—, que anegue, con su pureza, la podredumbre de todo materialismo y neutralice la corrupción, que ha inundado el Orbe: a eso vienen —y a más— los hijos de Dios. (Forja 23)

 

1.23.        No es tarde, ni todo está perdido... Aunque te lo parezca. Aunque lo repitan mil voces agoreras. Aunque te asedien miradas burlonas e incrédulas... Has llegado en un buen momento para cargar con la Cruz: la Redención se está haciendo —¡ahora!—, y Jesús necesita muchos cirineos. (Via Crucis V-2)

 

1.24.        No me explico tu concepto de cristiano.

     ¿Crees que es justo que el Señor haya muerto crucificado y que tú te conformes con “ir tirando”?

     Ese “ir tirando ¿es el camino áspero y estrecho de que hablaba Jesús? (Via Crucis XIII-2)

 

1.25.        El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir. Eso requiere la entereza de someter la propia voluntad al modelo divino, trabajar por todos, luchar por la felicidad eterna y el bienestar de los demás. No conozco mejor camino para ser justo que el de una vida de entrega y de servicio. (Amigos de Dios 173)

 

1.26.        ¿Es posible que lleve Cristo tantos años —veinte siglos— actuando en la tierra, y que el mundo esté así?, me preguntabas. ¿Es posible que aún haya gente que no conozca al Señor?, insistías.

     —Y te contesté seguro: ¡tenemos la culpa nosotros!, que hemos sido llamados a ser corredentores, y a veces, ¡quizá muchas!, no correspondemos a esa Voluntad de Dios. (Forja 55)

 

1.27.        Te decidiste, más por reflexión que por fuego y entusiasmo. Aunque deseabas tenerlo, no hubo lugar para el sentimiento: te entregaste, al convencerte de que Dios lo quería.

     Y, desde aquel instante, no has vuelto a "sentir" ninguna duda seria; sí, en cambio, una alegría tranquila, serena, que en ocasiones se desborda. Así paga Dios las audacias del Amor. (Surco 98)

 

1.28.        Recordad a todos —y de modo especial a tantos padres y a tantas madres de familia, que se dicen cristianos— que la "vocación", la llamada de Dios, es una gracia del Señor, una elección hecha por la bondad divina, un motivo de santo orgullo, un servir a todos gustosamente por amor de Jesucristo. (Forja 17)

 

1.29.        Hazme eco: no es un sacrificio, para los padres, que Dios les pida sus hijos; ni, para los que llama el Señor, es un sacrificio seguirle.

     Es, por el contrario, un honor inmenso, un orgullo grande y santo, una muestra de predilección, un cariño particularísimo, que ha manifestado Dios en un momento concreto, pero que estaba en su mente desde toda la eternidad. (Forja 18)

    

1.30.        Si alguno de los que me siguen no aborrece a su padre y madre, y a la mujer y a los hijos, y a los hermanos y hermanas, y aun a su vida misma, no puede ser mi discípulo. Son términos duros. Ciertamente, ni el odiar ni el aborrecer castellanos expresan bien el pensamiento original de Jesús. De todas maneras, fuertes fueron las palabras del Señor, ya que tampoco se reducen a un amar menos, como a veces se interpreta templadamente, para suavizar la frase. Es tremenda esa expresión tan tajante no porque implique una actitud negativa o despiadada, ya que el Jesús que habla ahora es el mismo que ordena amar a los demás como a la propia alma, y que entrega su vida por los hombres: esta locución indica, sencillamente, que ante Dios no caben medias tintas. Se podrían traducir las palabras de Cristo por amar más, amar mejor, más bien, por no amar con un amor egoísta ni tampoco con un amor a corto alcance: debemos amar con el Amor de Dios. (Es Cristo que pasa, n. 97)

 

1.31.        El demonio padre de la mentira y víctima de su soberbia intenta remedar al Señor hasta en el modo de hacer prosélitos. ¿Te has fijado?: lo mismo que Dios se vale de los hombres para salvar almas y llevarlas a la santidad, satanás se sirve de otras personas, para entorpecer esa labor y aun para perderlas. Y no te asustes de la misma manera que Jesús busca, como instrumentos, a los más próximos parientes, amigos, colegas, etc., el demonio también intenta, con frecuencia, mover a esos seres más queridos, para inducir al mal.

Por eso, si los lazos de la sangre se convierten en ataduras, que te impiden seguir los caminos de Dios, córtalos con decisión. Y quizá tu determinación desate también a quienes estaban enredados en las mallas de Lucifer. (Surco 812)

 

1.32.        "Nesciebatis quia in his quæ Patris mei sunt oportet me esse?" —¿No sabíais que yo debo emplearme en las cosas que miran al servicio de mi Padre?

     Respuesta de Jesús adolescente. Y respuesta a una madre como su Madre, que hace tres días que va en su busca, creyéndole perdido. —Respuesta que tiene por complemento aquellas palabras de Cristo, que transcribe San Mateo: "El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí". (Camino 907)


 

 

 

 

 

 

 

Generosidad para responder

 

 

 

2.1.            ¿Por qué no te entregas a Dios de una vez..., de verdad... ¡ahora!? (Camino 902)

 

2.2.            Si el Señor te ha llamado "amigo", has de responder a la llamada, has de caminar a paso rápido, con la urgencia necesaria, ¡al paso de Dios! De otro modo, corres el riesgo de quedarte en simple espectador. (Surco 629)

 

2.3.            Si ves claramente tu camino, síguelo. —¿Cómo no desechas la cobardía que te detiene? (Camino 903)

 

2.4.            El Reino de Jesucristo. ¡Esto es lo nuestro! —Por eso, hijo, ¡con generosidad!, no quieras saber ninguna de las muchas razones que tiene para reinar en ti.

     Si le miras, te bastará contemplar cómo te ama..., sentirás hambres de corresponder, gritándole a voces que "le amas actualmente", y comprenderás que, si tú no le dejas, El no te dejará. (Forja 857)

 

2.5.            Meus es tu —eres mío, te ha manifestado el Señor.

     —¡Que ese Dios, que es toda la hermosura y toda la sabiduría, toda la grandeza y toda la bondad, te diga a ti que eres suyo!..., ¡y que tú no le sepas responder! (Forja 123)

 

2.6.            ¡Qué poco es una vida, para ofrecerla a Dios!... (Camino 420)

 

2.7.            —¡Dios es mi Padre! —Si lo meditas, no saldrás de esta consoladora consideración.

     —¡Jesús es mi Amigo entrañable! (otro Mediterráneo), que me quiere con toda la divina locura de su Corazón.

     —¡El Espíritu Santo es mi Consolador!, que me guía en el andar de todo mi camino.

     Piénsalo bien. —Tú eres de Dios..., y Dios es tuyo. (Forja 2)

 

2.8.            Te has quedado muy serio cuando te he confiado: a mí, para el Señor, todo me parece poco. (Forja 47)

 

2.9.            El Señor —Maestro de Amor— es un amante celoso que pide todo lo nuestro, todo nuestro querer. Espera que le ofrezcamos lo que tenemos, siguiendo el camino que a cada uno nos ha marcado. (Forja 45)

 

2.10.        Vuelve las espaldas al infame cuando susurra en tus oídos: ¿para qué complicarte la vida? (Camino 6)

 

2.11.        Dile: "ecce ego quia vocasti me!" —¡aquí me tienes, porque me has llamado! (Camino 984)

 

2.12.        Así concluía su oración aquel amigo nuestro: "amo la Voluntad de mi Dios: por eso, en completo abandono, que El me lleve como y por donde quiera". (Forja 40)

 

 

2.13.        ¡Cómo te reías, noblemente, cuando te aconsejé que pusieras tus años mozos bajo la protección de San Rafael!: para que te lleve a un matrimonio santo, como al joven Tobías, con una mujer buena y guapa y rica —te dije, bromista.

 

Y luego, ¡qué pensativo te quedaste!, cuando seguí aconsejándote que te pusieras también bajo el patrocinio de aquel apóstol adolescente, Juan: por si el Señor te pedía más. (Camino 360)

 

2.14.        Parecía plenamente determinado...; pero, al tomar la pluma para romper con su novia, pudo más la indecisión y le faltó valentía: muy humano y comprensible, comentaban otros. Por lo visto, según algunos, los amores terrenos no están entre lo que se ha de dejar para seguir plenamente a Jesucristo, cuando El lo pide. (Surco 41)

 

2.15.        Fiat mihi secundum verbum tuum. —Hágase en mí según tu palabra. (Luc., I, 38.) Al encanto de estas palabras virginales el Verbo se hizo carne. (Santo Rosario, Primer Misterio Gozoso)

 

2.16.        Cristo ha muerto por ti. —Tú... ¿qué debes hacer por Cristo? (Forja 299)

 

2.17.        ¿Qué hombre no lloraría si viera a la Madre de Cristo en tan atroz suplicio?

     Su Hijo herido... Y nosotros lejos, cobardes, resistiéndonos a la Voluntad divina.

     Madre y Señora mía, enséñame a pronunciar un que, como el tuyo, se identifique con el clamor de Jesús ante su Padre: non mea voluntas... (Lc XXII,42): no se haga mi voluntad, sino la de Dios. (Via Crucis, IV Estación, n. 1)

 

2.18.        ¿Quieres saber cómo agradecer al Señor lo que ha hecho por nosotros?... ¡Con amor! No hay otro camino.

     Amor con amor se paga. Pero la certeza del cariño la da el sacrificio. De modo que ¡ánimo!: niégate y toma su Cruz. Entonces estarás seguro de devolverle amor por Amor. (Via Crucis, V Estación, n. 1)

 

2.19.        Me explico el sufrimiento tuyo cuando en medio de tu forzosa inactividad consideras la tarea que falta por hacer. —No te cabe el corazón en el planeta, y tiene que amoldarse... a una labor oficial minúscula.

     Pero, ¿para cuándo dejamos el "fiat"?... (Camino 912)

 

2.20.        Tu barca —tus talentos, tus aspiraciones, tus logros— no vale para nada, a no ser que la dejes a disposición de Jesucristo, que permitas que El pueda entrar ahí con libertad, que no la conviertas en un ídolo. Tú solo, con tu barca, si prescindes del Maestro, sobrenaturalmente hablando, marchas derecho al naufragio. Unicamente si admites, si buscas, la presencia y el gobierno del Señor, estarás a salvo de las tempestades y de los reveses de la vida. Pon todo en las manos de Dios: que tus pensamientos, las buenas aventuras de tu imaginación, tus ambiciones humanas nobles, tus amores limpios, pasen por el corazón de Cristo. De otro modo, tarde o temprano, se irán a pique con tu egoísmo. (Amigos de Dios, n. 21)

 

2.21.        ¡Mi libertad, mi libertad! La tienen, y no la siguen; la miran, la ponen como un ídolo de barro dentro de su entendimiento mezquino. ¿Es eso libertad? ¿Qué aprovechan de esa riqueza sin un compromiso serio, que oriente toda la existencia? (Amigos de Dios, n. 29)

 

2.22.        Si nos damos, El se nos da. Hay que confiar plenamente en el Maestro, hay que abandonarse en sus manos sin cicaterías; manifestarle, con nuestras obras, que la barca es suya; que queremos que disponga a su antojo de todo lo que nos pertenece. (Amigos de Dios, n. 22)

 

2.23.        Recordad la parábola de los talentos. Aquel siervo que recibió uno, podía —como sus compañeros— emplearlo bien, ocuparse de que rindiera, aplicando la cualidades que poseía. ¿Y qué delibera? Le preocupa el miedo a perderlo. Bien. Pero, ¿después? ¡Lo entierra!. Y aquello no da fruto.

     No olvidemos este caso de temor enfermizo a aprovechar honradamente la capacidad de trabajo, la inteligencia, la voluntad, todo el hombre. ¡Lo entierro —parece afirmar ese desgraciado—, pero mi libertad queda a salvo! No. La libertad se ha inclinado hacia algo muy concreto, hacia la sequedad más pobre y árida. Ha tomado partido, porque no tenía más remedio que elegir: pero ha elegido mal. (Amigos de Dios, n. 30)

 

2.24.        ¿Tu vida para ti? Tu vida para Dios, para el bien de todos los hombres, por amor al Señor. ¡Desentierra ese talento! Hazlo productivo: y saborearás la alegría de que, en este negocio sobrenatural, no importa que el resultado no sea en la tierra una maravilla que los hombres puedan admirar. Lo esencial es entregar todo lo que somos y poseemos, procurar que el talento rinda, y empeñarnos continuamente en producir buen fruto. (Amigos de Dios, n. 47)

 

2.25.        Magnanimidad: ánimo grande, alma amplia en la que caben muchos. Es la fuerza que nos dispone a salir de nosotros mismos, para prepararnos a emprender obras valiosas, en beneficio de todos. No anida la estrechez en el magnánimo; no media la cicatería, ni el cálculo egoísta, ni la trapisonda interesada. El magnánimo dedica sin reservas sus fuerzas a lo que vale la pena; por eso es capaz de entregarse él mismo. No se conforma con dar: se da. Y logra entender entonces la mayor muestra de magnanimidad: darse a Dios. (Amigos de Dios, n. 80)

 

2.26.        El amor de Dios es celoso; no se satisface si se acude a su cita con condiciones: espera con impaciencia que nos demos del todo, que no guardemos en el corazón recovecos oscuros, a los que no logra llegar el gozo y la alegría de la gracia y de los dones sobrenaturales. (Amigos de Dios, n. 28)

 

2.27.        Si somos fatuos, si nos preocupamos sólo de nuestra personal comodidad, si centramos la existencia de los demás y aun la del mundo en nosotros mismos, no tenemos derecho a llamarnos cristianos, a considerarnos discípulos de Cristo. (Es Cristo que pasa, n. 97)

 

2.28.        Para llegar a Dios, Cristo es el camino; pero Cristo está en la Cruz, y para subir a la Cruz hay que tener el corazón libre, desasido de las cosas de la tierra. (Via Crucis, X Estación)

 

2.29.        Ciertamente que el día de hoy ha sido de salvación para esta casa, pues que también éste es hijo de Abrahám. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que había perecido (Lc XIX,9-10).

     Zaqueo, Simón de Cirene, Dimas, el centurión...

     Ahora ya sabes por qué te ha buscado el Señor. ¡Agradéceselo!... Pero opere et veritate, con obras y de verdad. (Via Crucis, V Estación, n. 4)

 

2.30.        Me decías, con desconsuelo: ¡hay muchos caminos! —Debe haberlos: para que todas las almas puedan encontrar el suyo, en esa variedad admirable.

     ¿Confusionismo? —Escoge de una vez para siempre: y la confusión se convertirá en seguridad. (Camino 964)

 

2.31.        Son muchos los cristianos persuadidos de que la Redención se realizará en todos los ambientes del mundo, y de que debe haber algunas almas —no saben quiénes— que con Cristo contribuyen a realizarla. Pero la ven a un plazo de siglos, de muchos siglos...: serían una eternidad, si se llevara a cabo al paso de su entrega.

     Así pensabas tú, hasta que vinieron a "despertarte". (Surco 1)

 

2.32.        ¡Qué deuda la tuya con tu Padre-Dios! —Te ha dado el ser, la inteligencia, la voluntad...; te ha dado la gracia: el Espíritu Santo; Jesús, en la Hostia; la filiación divina; la Santísima Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra; te ha dado la posibilidad de participar en la Santa Misa y te concede el perdón de tus pecados, ¡tantas veces su perdón!; te ha dado dones sin cuento, algunos extraordinarios...

     —Dime, hijo: ¿cómo has correspondido?, ¿cómo correspondes? (Forja 11)

 

2.33.        Es preciso ofrecer al Señor el sacrificio de Abel. Un sacrificio de carne joven y hermosa, lo mejor del rebaño: de carne sana y santa; de corazones que sólo tengan un amor: ¡Tú, Dios mío!; de inteligencias trabajadas por el estudio profundo, que se rendirán ante tu Sabiduría; de almas infantiles, que no pensarán más que en agradarte.

     —Recibe, desde ahora, Señor, este sacrificio en olor de suavidad.  (Forja 43)

 

2.34.        Medítalo con frecuencia: ¡soy católico, hijo de la Iglesia de Cristo! El me ha hecho nacer en un hogar "suyo", sin ningún merecimiento de mi parte.

     —¡Cuánto te debo, Dios mío! (Forja 16)

 

2.35.        Te hablaba del horizonte, que se abre a nuestros ojos, y del camino que debemos recorrer. ¡No tengo pegas!, declaraste, como extrañado de "no tenerlas"...

     Grábate bien esto en la cabeza: ¡¡es que no debe haberlas!! (Surco 560)

 

2.36.        Es demasiada simplicidad la tuya cuando juzgas el valor de las empresas de apostolado por lo que de ellas se ve. —Con ese criterio habrías de preferir un quintal de carbón a un puñado de diamantes. (Camino 908)

 

2.37.        Nunca te habías sentido más absolutamente libre que ahora, que tu libertad está tejida de amor y de desprendimiento, de seguridad y de inseguridad: porque nada fías de ti y todo de Dios. (Surco 787)

 

 


 

 

 

 

 

 

 

Vale la pena

 

 

 

3.1.            Si respondes a la llamada que te ha hecho el Señor, tu vida —¡tu pobre vida!— dejará en la historia de la humanidad un surco hondo y ancho, luminoso y fecundo, eterno y divino. (Forja 59)

 

3.2.            No lo dudes: tu vocación es la gracia mayor que el Señor ha podido hacerte. —Agradécesela. (Camino 913)

 

3.3.            Al decidirnos por Dios, no perdemos nada, lo ganamos todo: quien a costa de su alma conserva su vida, la perderá; y quien perdiere su vida por amor mío, la volverá a hallar. (Amigos de Dios, n. 38)

 

3.4.            "Et regni ejus non erit finis". —¡Su Reino no tendrá fin!

     ¿No te da alegría trabajar por un reinado así? (Camino 906)

 

3.5.            Dios ama al que da con alegría, con la espontaneidad que nace de un corazón enamorado, sin los aspavientos de quien se entrega como si prestara un favor. (Amigos de Dios, n. 140)

 

3.6.            Procura que tu hacimiento de gracias, diario, salga impetuoso de tu corazón. (Forja 866)

 

3.7.            Ego sum via, veritas et vita, Yo soy el camino, la verdad y la vida. Con estas inequívocas palabras, nos ha mostrado el Señor cuál es la vereda auténtica que lleva a la felicidad eterna. (Amigos de Dios, n. 127)

 

 

3.8.            Agradezcamos mucho y con frecuencia esta llamada maravillosa que hemos recibido de Dios: que sea una gratitud real y profunda, estrechamente unida a la humildad. (Forja 904)

 

3.9.            El privilegio de contarnos entre los hijos de Dios, felicidad suma, es siempre inmerecido. (Forja 905)

 

3.10.        La llamada del Señor la vocación se presenta siempre así: "si alguno quiere venir detrás de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame".

     Sí: la vocación exige renuncia, sacrificio. Pero ¡qué gustoso resulta el sacrificio gaudium cum pace, alegría y paz, si la renuncia es completa! (Surco 8)

                                                                        

3.11.        Quizá ayer eras una de esas personas amargadas en sus ilusiones, defraudadas en sus ambiciones humanas. Hoy, desde que El se metió en tu vida ¡gracias, Dios mío! ríes y cantas, y llevas la sonrisa, el Amor y la felicidad dondequiera que vas. (Surco 81)

 

3.12.        Ese camino es muy difícil, te ha dicho. Y, al oírlo, has asentido ufano, recordando aquello de que la Cruz es la señal cierta del camino verdadero... Pero tu amigo se ha fijado sólo en la parte áspera del sendero, sin tener en cuenta la promesa de Jesús: "mi yugo es suave".

     Recuérdaselo, porque quizá cuando lo sepa se entregará. (Surco 198)

 

3.13.        Agradece al Señor el enorme bien que te ha otorgado, al hacerte comprender que “sólo una cosa es necesaria”. ―Y, junto a la gratitud, que no falte a diario tu súplica, por los que aún no le conocen o no le han entendido. (Surco 454)

 

3.14.        Duele ver que, después de dos mil años, haya tan pocos que se llamen cristianos en el mundo. Y que, de los que se llaman cristianos, haya tan pocos que vivan la verdadera doctrina de Jesucristo.

     ¡Vale la pena jugarse la vida entera!: trabajar y sufrir, por Amor, para llevar adelante los designios de Dios, para corredimir. (Forja 26)

 

3.15.        Algunas veces –me lo has oído comentar con frecuencia- se habla del amor como si fuera un impulso hacia la propia satisfacción, o un mero recurso para completar de modo egoísta la propia personalidad.

     —Y siempre te he dicho que no es así: el amor verdadero exige salir de sí mismo, entregarse. El auténtico amor trae consigo la alegría: una alegría que tiene sus raíces en forma de Cruz. (Forja 28)

 

3.16.        Aspiración: ¡ojalá queramos usar los días, que el Señor nos da, sólo para agradarle! (Forja 35)

 

 


 

 

 

 

 

 

 

Fidelidad

 

 

 

 

4.1.            ¿Qué cuál es el secreto de la perseverancia? El amor. ―Enamórate, y no “le” dejarás. (Camino 999)

 

4.2.            Si no le dejas, El no te dejará (Camino 730)

 

4.3.            Siente la responsabilidad de tu misión: ¡te está contemplando el Cielo entero! (Forja 50)

 

4.4.            Fomenta y preserva ese ideal nobilísimo que acaba de nacer en ti. —Mira que se abren muchas flores en la primavera, y son pocas las que cuajan en fruto. (Camino 987)

 

4.5.            ¡Dios te espera! —Por eso, ahí donde estás, tienes que comprometerte a imitarle, a unirte a El, con alegría, con amor, con ilusión, aunque se presente la circunstancia —o una situación permanente— de ir a contrapelo.

     ¡Dios te espera..., y te necesita fiel! (Forja 53)

 

4.6.            Inconmovible: así has de ser. —Si hacen vacilar tu perseverancia las miserias ajenas o las propias, formo un triste concepto de tu ideal.

     Decídete de una vez para siempre. (Camino 995)

 

4.7.            Tu felicidad en la tierra se identifica con tu fidelidad a la fe, a la pureza y al camino que el Señor te ha marcado. (Surco 84)

 

4.8.            Oyes dentro de ti: “¡cómo pesa ese yugo que tomaste libremente!... Es la voz del diablo; el fardo... de tu soberbia.

     Pide al Señor humildad, y entenderás tú también aquellas palabras de Jesús: iugum enim meum suave est, et onus meum leve (Mt XI,30), que a mí me gusta traducir libremente así: mi yugo es la libertad, mi yugo es el amor, mi yugo es la unidad, mi yugo es la vida, mi yugo es la eficacia. (Via Crucis, II Estación, n. 4)

 

4.9.            ¡Oh, Señor!, ¿por qué me has buscado a mí —que soy la negación—, habiendo tantos santos, sabios, ricos y llenos de prestigio?

     —Tienes razón..., precisamente por esto, agradéceselo con obras y con amor. (Forja 365)

 

4.10.        Me gusta ese lema: "cada caminante siga su camino", el que Dios le ha marcado, con fidelidad, con amor, aunque cueste. (Surco 231)

 

4.11.        Después del entusiasmo inicial, han comenzado las vacilaciones, los titubeos, los temores. Te preocupan los estudios, la familia, la cuestión económica y, sobre todo, el pensamiento de que no puedes, de que quizá no sirves, de que te falta experiencia de la vida.

     Te daré un medio seguro para superar esos temores ¡tentaciones del diablo o de tu falta de generosidad!: "desprécialos", quita de tu memoria esos recuerdos. Ya lo predicó de modo tajante el Maestro hace veinte siglos: "¡no vuelvas la cara atrás!" (Surco 133)

 

4.12.        Como necesariamente, antes o después, has de tropezar con la evidencia de tu propia miseria personal, quiero prevenirte contra algunas tentaciones, que te insinuará entonces el diablo y que has de rechazar enseguida: el pensamiento de que Dios se ha olvidado de ti, de que tu llamada al apostolado es vana, o de que el peso del dolor y de los pecados del mundo son superiores a tus fuerzas de apóstol...

     ¡Nada de eso es verdad! (Surco 141)

                                                                 

4.13.        Discurres... bien, fríamente: cuántos motivos para abandonar la tarea! –Y alguno, al parecer, capital. Veo, sin duda, que tienes razones.

-Pero no tienes razón.  (Camino, 993)

 

4.14.        “Se me ha pasado el entusiasmo”, me has escrito. –Tú no has de trabajar por entusiasmo, sino por Amor: con conciencia del deber, que es abnegación. (Camino 994)

 

4.15.        En tu vida hay dos piezas que no encajan: la cabeza y el sentimiento.

     La inteligencia iluminada por la fe te muestra claramente no sólo el camino, sino la diferencia entre la manera heroica y la estúpida de recorrerlo. Sobre todo, te pone delante la grandeza y la hermosura divina de las empresas que la Trinidad deja en nuestras manos.

     El sentimiento, en cambio, se apega a todo lo que desprecias, incluso mientras lo consideras despreciable. Parece como si mil menudencias estuvieran esperando cualquier oportunidad, y tan pronto como por cansancio físico o por pérdida de visión sobrenatural tu pobre voluntad se debilita, esas pequeñeces se agolpan y se agitan en tu imaginación, hasta formar una montaña que te agobia y te desalienta: las asperezas del trabajo; la resistencia a obedecer; la falta de medios; las luces de bengala de una vida regalada; pequeñas y grandes tentaciones repugnantes; ramalazos de sensiblería; la fatiga; el sabor amargo de la mediocridad espiritual... Y, a veces, también el miedo: miedo porque sabes que Dios te quiere santo y no lo eres.

     Permíteme que te hable con crudeza. Te sobran "motivos" para volver la cara, y te faltan arrestos para corresponder a la gracia que El te concede, porque te ha llamado a ser otro Cristo, ipse Christus! el mismo Cristo. Te has olvidado de la amonestación del Señor al Apóstol: "¡te basta mi gracia!", que es una confirmación de que, si quieres, puedes. (Surco 166)

 

4.16.        Así discurría tu oración: ‘me pesan mis miserias, pero no me agobian porque soy hijo de Dios. Expiar. Amar… Y ―añadías― deseo servirme de mi debilidad, como San Pablo, persuadido de que el Señor no abandona a los que en Él confían.

     Sigue así, te confirmé, porque ―con la gracia de Dios― podrás, y superarás tus miserias y tus pequeñeces. (Forja 294)

 

4.17.        Te apartaste del camino, y no volvías porque te daba vergüenza.

-Es más lógico que te diera vergüenza no rectificar. (Camino 985)

 

4.18.        Sabes que no te faltará la gracia de Dios, porque te ha escogido desde la eternidad. Y, si te ha tratado así, te concederá todos los auxilios, para que le seas fiel, como hijo suyo.

     —Camina, pues, con seguridad y con correspondencia actual. (Forja 280)

 

4.19.        No podía ser más sencilla la manera de llamar Jesús a los primeros doce: "ven y sígueme".

     Para ti, que buscas tantas excusas con el fin de no continuar esa tarea, se acomoda como el guante a la mano la consideración de que muy pobre era la ciencia humana de aquellos primeros; y, sin embargo, ¡cómo removieron a quienes les escuchaban!

     No me lo olvides: la labor la sigue haciendo El, a través de cada uno de nosotros. (Surco 189)

 

4.20.        ¿Que la carga es pesada? ¡No, y mil veces no! Esas obligaciones, que aceptaste libremente, son alas que te levantan sobre el cieno vil de las pasiones.

     ¿Acaso sienten los pájaros el peso de sus alas? Córtalas, ponlas en el platillo de una balanza: ¡pesan! ¿Puede, sin embargo, volar el ave si se las arrancan? Necesita esas alas así; y no advierte su pesantez porque la elevan sobre el nivel de las otras criaturas.

     ¡También tus "alas" pesan! Pero, si te faltaran, caerías en las más sucias ciénagas. (Surco 414)

 

4.21.        Dile despacio al Maestro: ¡Señor, sólo quiero servirte! ¡Sólo quiero cumplir mis deberes, y amarte con alma enamorada! Hazme sentir tu paso firme a mi lado. Sé Tú mi único apoyo.

     ―Díselo despacio…, ¡y díselo de veras! (Forja 449)

 

4.22.        En el reverso de una vocación "perdida" o de una respuesta negativa a esas llamadas constantes de la gracia, se debe ver la voluntad permisiva de Dios. Ciertamente: pero, si somos sinceros, bien nos consta que no constituye eximente ni atenuante, porque apreciamos, en el anverso, el personal incumplimiento de la Voluntad divina, que nos ha buscado para Sí, y no ha encontrado correspondencia. (Surco 961)

 

4.23.         Hay muchas personas a tu alrededor, y no tienes derecho a ser obstáculo para su bien espiritual, para su felicidad eterna.

     —Estás obligado a ser santo: a no defraudar a Dios, por la elección de que te ha hecho objeto; ni tampoco a esas criaturas, que tanto esperan de tu vida de cristiano. (Forja 20)

 

4.24.        Et inclinato capite, tradidit spiritum (Ioh XIX,30).

     Ha exhalado el Señor su último aliento. Los discípulos le habían oído decir muchas veces: meus cibus est..., mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y dar cumplimiento a su obra (Ioh IV,34). Lo ha hecho hasta el fin, con paciencia, con humildad, sin reservarse nada... Oboediens usque ad mortem (Phil II,8): obedeció hasta la muerte, ¡y muerte de Cruz! (Via Crucis, XII Estación, n. 1)

 

4.25.        Hay que saber entregarse, arder delante de Dios como esa luz, que se pone sobre el candelero, para iluminar a los hombres que andan en tinieblas; como esas lamparillas que se queman junto al altar, y se consumen alumbrando hasta gastarse. (Forja 44)

 

4.26.        Orad los unos por los otros. —¿Que aquél flaquea?... —¿Que el otro?...

     Seguid orando, sin perder la paz. —¿Que se van? ¿Que se pierden?... ¡El Señor os tiene contados desde la eternidad! (Camino 927)

 

4.27.        Nicodemo y José de Arimatea —discípulos ocultos de Cristo— interceden por Él desde los altos cargos que ocupan. En la hora de la soledad, del abandono total y del desprecio..., entonces dan la cara audacter (Mc XV,43)...: ¡valentía heroica!

     Yo subiré con ellos al pie de la Cruz, me apretaré al Cuerpo frío, cadáver de Cristo, con el fuego de mi amor..., lo desclavaré con mis desagravios y mortificaciones..., lo envolveré con el lienzo nuevo de mi vida limpia, y lo enterraré en mi pecho de roca viva, de donde nadie me lo podrá arrancar, ¡y ahí, Señor, descansad!

     Cuando todo el mundo os abandone y desprecie..., serviam!, os serviré, Señor. (Via Crucis, XIV Estación, n. 1)

 

4.28.        Persevera, voluntariamente y con amor ―aunque estés seco―, en tu vida de piedad. Y no te importe si te sorprendes contando los minutos o los días que faltan para acabar esa norma de piedad o ese trabajo, con el turbio regocijo que pone, en semejante operación, el chico mal estudiante, que sueña con que termine el curso; o el quincenario, que espera volver a sus andadas, al abrirle las puertas de la cárcel.

     Persevera ―insisto― con eficaz y actual voluntad, sin dejar ni un instante de querer hacer y aprovechar esos medios de piedad. (Forja 447)

 

4.29.        Se entregó porque quiso; maltratado, no abrió boca, como cordero llevado al matadero, como oveja muda ante los trasquiladores (Is LIII,7).

     Todos contra El...: los de la ciudad y los extranjeros, y los fariseos y los soldados y los príncipes de los sacerdotes... Todos verdugos. Su Madre —mi Madre—, María, llora.

     ¡Jesús cumple la voluntad de su Padre! Pobre: desnudo. Generoso: ¿qué le falta por entregar? Dilexit me, et tradidit semetipsum pro me (Gal II,20), me amó y se entregó hasta la muerte por mí.

     ¡Dios mío!, que odie el pecado, y me una a Ti, abrazándome a la Santa Cruz, para cumplir a mi vez tu Voluntad amabilísima..., desnudo de todo afecto terreno, sin más miras que tu gloria..., generosamente, no reservándome nada, ofreciéndome contigo en perfecto holocausto. (Via Crucis, IX Estación, n. 3)

 

4.30.        Si quieres ser fiel, sé muy mariano.

     Nuestra Madre —desde la embajada del Angel, hasta su agonía al pie de la Cruz— no tuvo más corazón ni más vida que la de Jesús.

     Acude a María con tierna devoción de hijo, y Ella te alcanzará esa lealtad y abnegación que deseas. (Via Crucis, XIII Estación, n. 4)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Apostolado

 

 

 

 

5.1.            Eso —tu ideal, tu vocación— es... una locura. —Y los otros —tus amigos, tus hermanos— unos locos...

     ¿No has oído este grito alguna vez muy dentro de ti? —Contesta, con decisión, que agradeces a Dios el honor de pertenecer al "manicomio".
(Camino 910)

 

5.2.            Señor, haznos locos, con esa locura pegadiza que atraiga a muchos a tu apostolado. (Camino 916)

 

5.3.            Dulce Madre..., llévanos hasta la locura que haga, a otros, locos de nuestro Cristo.

     Dulce Señora María: que el Amor no sea, en nosotros, falso incendio de fuegos fatuos, producto a veces de cadáveres descompuestos...: que sea verdadero incendio voraz, que prenda y queme cuanto toque. (Forja 57)

 

5.4.            Hijos de Dios. —Portadores de la única llama capaz de iluminar los caminos terrenos de las almas, del único fulgor, en el que nunca podrán darse oscuridades, penumbras ni sombras.

     —El Señor se sirve de nosotros como antorchas, para que esa luz ilumine... De nosotros depende que muchos no permanezcan en tinieblas, sino que anden por senderos que llevan hasta la vida eterna. (Forja 1)

                                                        

5.5.            Ve al apostolado a darlo todo, y no a buscar nada terreno. (Camino 919)

 

5.6.            Ten presente, hijo mío, que no eres solamente un alma que se une a otras almas para hacer una cosa buena.
     Esto es mucho..., pero es poco. —Eres el Apóstol que cumple un mandato imperativo de Cristo. 
(Camino 942)

 

5.7.            Al quererte apóstol, te ha recordado el Señor, para que nunca lo olvides, que eres "hijo de Dios". (Camino 919)

 

5.8.            Cada uno de vosotros ha de procurar ser un apóstol de apóstoles. (Camino 920)

 

5.9.            El día que "sientas" bien tu apostolado, ese apostolado será para ti una coraza donde se embotarán todas las asechanzas de tus enemigos de la tierra y del infierno.  (Camino 923)

 

5.10.        Me escribes: "el deseo tan grande que todos tenemos de que 'esto' marche y se dilate parece que se va a convertir en impaciencia. ¿Cuándo salta, cuándo rompe..., cuándo veremos nuestro al mundo?"
     Y añades: "el deseo no será inútil si lo desfogamos en 'coaccionar', en importunar al Señor: entonces tendremos un tiempo formidablemente ganado". 
(Camino 911)

 

5.11.        La mano de Cristo nos ha cogido de un trigal: el sembrador aprieta en su mano llagada el puñado de trigo. La sangre de Cristo baña la simiente, la empapa. Luego, el Señor echa al aire ese trigo, para que muriendo, sea vida y, hundiéndose en la tierra, sea capaz de multiplicarse en espigas de oro. (Es Cristo que pasa, n. 3)

 

5.12.        Cada uno de vosotros ha de ser no sólo apóstol, sino apóstol de apóstoles, que arrastre a otros, que mueva a los demás para que también ellos den a conocer a Jesucristo. (Es Cristo que pasa, n. 147)   

 

5.13.        "Nonne cor nostrum ardens erat in nobis, dum loqueretur in via?" —¿Acaso nuestro corazón no ardía en nosotros cuando nos hablaba en el camino?
     Estas palabras de los discípulos de Emaús debían salir espontáneas, si eres apóstol, de labios de tus compañeros de profesión, después de encontrarte a ti en el camino de su vida. 
(Camino 917)

 

5.14.        Por mucho que ames, nunca querrás bastante.

     El corazón humano tiene un coeficiente de dilatación enorme. Cuando ama, se ensancha en un crescendo de cariño que supera todas las barreras.

     Si amas al Señor, no habrá criatura que no encuentre sitio en tu corazón. (Via Crucis VIII-5)

 

5.15.        Tú eres sal, alma de apóstol. —"Bonum est sal" —la sal es buena, se lee en el Santo Evangelio, "si autem sal evanuerit" —pero si la sal se desvirtúa..., nada vale, ni para la tierra, ni para el estiércol; se arroja fuera como inútil.                                     
     Tú eres sal, alma de apóstol. —Pero, si te desvirtúas... 
(Camino 921)

 

5.16.        Hijo mío: si amas tu apostolado, está seguro de que amas a Dios. (Camino 922)

 

5.17.        Agradece al Señor la continua delicadeza, paternal y maternal, con que te trata.

     Tú, que siempre soñaste con grandes aventuras, te has comprometido en una empresa estupenda..., que te lleva a la santidad.

     Insisto: agradéceselo a Dios, con una vida de apostolado. (Surco 184)

 

5.18.        Sé claro. Si te dicen que vas "a pescarlos", responde que sí, que eso deseas... Pero..., ¡que no se preocupen! Porque, si no tienen vocación si El no les llama, no vendrán; y si la tienen, qué bochorno acabar como el joven rico del Evangelio: solos y tristes. (Surco 218)

 

5.19.        No te sorprendas y no te amilanes porque te ha reprochado que le hayas puesto frente a frente con Cristo, ni porque te haya añadido, indignado: "ya no puedo vivir tranquilo sin tomar una decisión..."

     Encomiéndale... Es inútil que trates de tranquilizarle: quizá se le ha puesto en primer plano una antigua inquietud, la voz de su conciencia. (Surco 201)

 

5.20.        Has de tener la mesura, la fortaleza, el sentido de responsabilidad que adquieren muchos a la vuelta de los años, con la vejez. Alcanzarás todo esto, siendo joven, si no me pierdes el sentido sobrenatural de hijo de Dios: porque El te dará, más que a los ancianos, esas condiciones convenientes para hacer tu labor de apóstol. (Forja 53)

 

5.21.        Padre mío —¡trátale así, con confianza!—, que estás en los Cielos, mírame con compasivo Amor, y haz que te corresponda.

     —Derrite y enciende mi corazón de bronce, quema y purifica mi carne inmortificada, llena mi entendimiento de luces sobrenaturales, haz que mi lengua sea pregonera del Amor y de la Gloria de Cristo. (Forja 3)

 

5.22.        Estamos, Señor, gustosamente en tu mano llagada. ¡Apriétanos fuerte!, ¡estrújanos!, ¡que perdamos toda la miseria terrena!, ¡que nos purifiquemos, que nos encendamos, que nos sintamos empapados en tu Sangre!

     —Y luego, ¡lánzanos lejos!, lejos, con hambres de mies, a una siembra cada día más fecunda, por Amor a Ti. (Forja 5)

 

5.23.         “Qui sunt isti, qui ut nubes volant, et quasi columbæ ad fenestras suas?” —¿quiénes son ésos que vuelan como nubes, como las palomas hacia sus nidos?, pregunta el Profeta. Y comenta un autor: "las nubes traen su origen del mar y de los ríos, y después de una circulación o carrera más o menos larga, vuelven otra vez a su fuente".

     Y te añado: así has de ser tú: nube que fecunde el mundo, haciéndole vivir vida de Cristo... Estas aguas divinas bañarán —empapándolas— las entrañas de la tierra; y, en lugar de ensuciarse, se filtrarán al atravesar tanta impureza, y manarán fuentes limpísimas, que luego serán arroyos y ríos inmensos para saciar la sed de la humanidad. —Después, retírate a tu Refugio, a tu Mar inmenso, a tu Dios, sabiendo que seguirán madurando más frutos, con el riego sobrenatural de tu apostolado, con la fecundidad de las aguas de Dios, que durarán hasta el fin de los tiempos. (Forja 927)

 

 

5.24.        Tienes razón. —Desde la cumbre —me escribes— en todo lo que se divisa —y es un radio de muchos kilómetros—, no se percibe ni una llanura: tras de cada montaña, otra. Si en algún sitio parece suavizarse el paisaje, al levantarse la niebla, aparece una sierra que estaba oculta.

     Así es, así tiene que ser el horizonte de tu apostolado: es preciso atravesar el mundo. Pero no hay caminos hechos para vosotros... Los haréis, a través de las montañas, al golpe de vuestras pisadas. (Camino 928)

 

5.25.        Me parece tan bien tu devoción por los primeros cristianos, que haré lo posible por fomentarla, para que ejercites —como ellos—, cada día con más entusiasmo, ese Apostolado eficaz de discreción y de confidencia.  (Camino 971)

 

5.26.        Muchos, con aire de autojustificación, se preguntan: yo, ¿por qué me voy a meter en la vida de los demás?

     —¡Porque tienes obligación, como cristiano, de meterte en la vida de los otros, para servirles!

     —¡Porque Cristo se ha metido en tu vida y en la mía! (Forja 24)

 

5.27.        ¡Oh Jesús..., fortalece nuestras almas, allana el camino y, sobre todo, embriáganos de Amor!: haznos así hogueras vivas, que enciendan la tierra con el divino fuego que Tú trajiste. (Forja 31)

 

5.28.        Veías tu vocación como esas cápsulas que encierran la semilla. Ya llegará el momento de la expansión, y habrá arraigo múltiple y simultáneo. (Forja 972)