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Sobre ruedas
Luis de Moya
Autobiografía
Dedicatoria
EL
GOLPE
Un
viaje a La Mancha
En
la Clínica Universitaria de Navarra
Esta historia
Razones para escribir
CUIDADOS INTENSIVOS
Despertar en la Unidad
Un
día en la UCI
Conchita
Rehabilitación
El
aseo diario
Hacia la planta
EN
LA TERCERA
Un
tubo menos
Pensando en l
tercera
El
mundo de las enfermeras
Un
día en la tercera
Amigos y hermanos
Una pregunta fundamental
La
vuelta al trabajo
Un
buen descubrimiento
La
tarea de un buen oculista
Mirando con gafas se ve
Soy multimillonario
Sentado de nuevo
Visita a la quinta
EN
LA QUINTA
Traslado de planta
Vivir es siempre fascinante
Vuelvo a celebrar Misa
Organizándome en la quinta
Primera meditación
Médicos jóvenes
Para evitar infecciones
Primeras confesiones
Dos visitas del Padre
El
de siempre
Meditación en la Torre
Dos molestias
Operan a mi padre
En
casa de Chente
La
silla motorizada
Magdalena
Viajes y visitas
Mi
silla y la Escuela
Setas
Con la gente de siempre
Unos días en casa
Un
buen regalo de salida
VUELTA AL TRABAJO
Aralar
Mis manos y mis pies
Intimidad
Paseos por Pamplona
Primer verano en Sanse
Ingreso en septiembre de 1992
La
emoción de las plaquetas
Desconciertos
Interrupción de la Novena
OTRA VEZ EN LA CLINICA
Ingreso dramático
La
UCI de cerca
Presencia del Padre
Navidades en la Clínica
Una UCI en la quinta
Otra vez ingresado
Reunión familiar
LA
CALLE
Mi cuarenta cumpleaños
El
tío Ramón
Se
consolida la normalidad
En
Torre I
Muerte de papá
Números rojos
Romerías
En
la peluquería
Una noticia en Redacción
Pensando después de tres años
Unos mejor y otros peor
Alrededor de la silla
Me
escriben
Un
futuro incierto
Para saber más:
A mi madre, que
no leerá esta historia... y es, como siempre, sencillamente buena.
A cuantos -sin
saberlo quizás-, como ella, son una ocasión para que muchos sean mejores.
Y a tantos, que
saben aprovechar las deficiencias de los demás para ser grandes en la vida.
El
domingo de Resurrección de 1991 hice un viaje desde Pamplona a La Mancha
para visitar a mis padres. Aprovechaba un par de días entre el fin de la
Semana Santa, siempre ocupada para un sacerdote, y la vuelta a las clases de
ética y moral que impartía a los alumnos de la Escuela de Arquitectura de la
Universidad de Navarra. Yo vivía entonces en uno de los alojamientos
universitarios del Colegio Mayor Belagua, conocido como "Torre I". Es uno de
los dos edificios gemelos que se levantan junto al edificio Central de la
Universidad.
Salí de casa después de comer y pasé a recoger a Pedro Rodríguez, decano de
la Facultad de Teología, que viajaba a Madrid por otros motivos. Habíamos
quedado en salir pronto: la carretera posiblemente estaría complicada por el
regreso multitudinario a Madrid después de las vacaciones de Semana Santa.
El coche en el que íbamos era un Clio granate recién estrenado que le había
regalado su padre a Pipo, secretario de Torre I. Iba muy bien.
En
Medinaceli paramos con intención de tomar algo: el bar estaba bastante
concurrido y coincidimos con varios alumnos de la Facultad de Teología, que
también estaban de viaje. Saludaron alegremente a don Pedro, su decano. En
diez minutos o poco más merendamos y continuamos el trayecto.
A
medida que nos aproximábamos a Madrid el tráfico fue haciéndose cada vez más
lento por la excesiva circulación. Más que escuchar música o la radio
charlábamos -yo con interés por aprender de un sacerdote docto y experto- de
nuestras ocupaciones respectivas: él como decano y yo como capellán de la
Escuela de Arquitectura y de un Colegio Mayor femenino. Recordamos viejos
tiempos, cuando coincidimos en el mismo centro del Opus Dei y me introdujo
en la afición que, desde entonces, compartimos: las setas. Me considero
discípulo aventajado de Pedro Rodríguez, aunque sólo sea en esta materia.
Llegamos a Madrid ya de noche y dejé a Pedro junto a la casa de su madre.
Seguí para Ciudad Real y fui directamente a la granja donde vivían mis
padres, muy cerca de la capital. Pedro les llamaría desde Madrid para que no
se preocuparan por la hora. Me gustaba la granja casi tanto como a mi padre.
Allí nacimos los tres primeros hermanos, cuando casi sólo había unos
gallineros y estaban sin plantar los miles de almendros que hay en la
actualidad. Luego han ido construyendo alrededor y hoy ya no tendría sentido
decir, como antes, que "vamos al campo", cuando vamos a la granja.
Pasé casi todo el día siguiente con ellos. Traté de aprovechar intensamente
aquellas pocas horas haciéndoles compañía. Ya estaban acostumbrados a estas
visitas relámpago desde mi época de estudiante de medicina en Madrid. Siendo
el mayor de los hijos, fui el primero en irme de casa. Con el paso de los
años todos habíamos crecido -yo tenía entonces treinta y ocho años-,
vivíamos en diversas ciudades y mis padres seguían en la casa de siempre,
que era para una familia numerosa. Ahora íbamos pasando periódicamente por
la granja los ocho hermanos; solos o acompañados de hijos y cónyuge, según
los casos. Charlé con mis padres sobre todo de nosotros, de la familia: ya
no se complicaba mi padre con proyectos agrícolas o ganaderos, que hubieran
dado mucha materia de conversación en otro tiempo.
A
última hora me despedí hasta la próxima ocasión y me marché al centro de la
Obra de Ciudad Real para dormir. Sin embargo, acariciaba la idea de darles
una sorpresa a la mañana siguiente antes de emprender la vuelta.
Pudo ser, porque quedé con mi hermano Jose -me interesaba verlo- para comer
a la entrada de Madrid. Así que volví a la granja por la mañana, después de
la Misa. Aquella fue la última Misa que celebré solo.
Tras la comida con mi hermano emprendí el viaje de regreso a Pamplona.
Eludiendo Madrid, seguí hacia el norte. En Medinaceli recordé la breve
parada de dos días antes. Y, salvo alguna vaguísima imagen de obras en la
calzada, sin ninguna relación con el accidente, no recuerdo nada más del
viaje. Mis recuerdos saltan de un punto indeterminado de la carretera a una
cama en la Clínica Universitaria.
Según me contaron después, me salí de la carretera a unos cincuenta
kilómetros de Pamplona, seguramente a causa del sueño. El automóvil atravesó
la valla de la autopista y arrolló tres pequeños árboles. Enseguida me
recogieron y me llevaron al centro sanitario más próximo, en Tudela. Desde
allí, contactaron con la Clínica Universitaria de Pamplona para concretar mi
traslado. Quizás supusieron, viendo que era sacerdote y de Pamplona -por la
matrícula y mi documentación- que pertenecía al Opus Dei y tenía relación,
por tanto, con la Universidad de Navarra y la Clínica Universitaria. >>> NO SE MUESTRAN COMPLETOS LOS LIBROS CUYOS DERECHOS DE AUTOR ESTÁN VIGENTES, COMO OCURRE CON ESTE <<<
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