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ORAR CON EL CURA DE ARS Hablar con Jesús José Pedro Manglano
Castellary ÍNDICE El cura de Ars 1. Que
suerte vivir con Dios: vida cristiana 2. El
buen Dios: amor a Dios 3. El
pecado es el verdugo: pecado 4. Tras
Dios el sacerdote lo es todo: sacerdocio 5.
Rezar y amar: oración 6. Avaros del
cielo: cielo y pobreza 7. El cielo en la
tierra: la eucaristía 8. Combatir sin
miedo: lucha 9. Curar las
heridas de nuestra alma: la confesión 10. Mi sangre por
vosotros: caridad 11. Sufrir amando:
sacrificio y cruz 12. Somos mucho y
no somos nada: humildad 13. Conservar la
inocencia: pureza 14. La mejor de las
madres: María Sus últimos días Notas
bibliográficas El cura de Ars A Dios sí se le
puede conocer. Dios vive. En la vida de muchas personas podemos encontrar la
presencia y la acción de Dios. Es una suerte poder
entrar y pasearse por la interioridad de una persona santa, saber cómo vivía,
cómo reaccionaba en distintas situaciones, cómo veía las cosas. Y podemos
hacerlo con el Cura de Ars, un sencillo sacerdote de un pequeñísimo pueblo que,
sin pretenderlo y sin salir de allí en toda su vida, alcanzó una notable fama
en toda Francia y, más tarde, en todo el mundo. Ahora es patrono de los
sacerdotes de todo el mundo. No escribió nada:
con dificultad, y con bastantes años, aprende a leer y a escribir. Su cabeza es
torpe para los estudios y su memoria es mala; tanto es así que llegan a echarle
del seminario por suspender los estudios: consideran que no es capaz de
aprender lo mínimo imprescindible para poder ser sacerdote. Sin embargo, al
cabo de los años, personas importantes de toda Francia irán a Ars para escuchar
su consejo. Se considera
indigno de ser cura del pueblo de Ars, de tener a su cargo las pocas familias
que pueblan esa pequeña aldea. Sin embargo, al cabo de los años, el Emperador
de Francia le da el prestigioso título de Caballero de la Legión de Honor. A su llegada a Ars,
las pocas familias que habitan el pueblo no tienen especial interés por las
cosas de Dios ni del Cura: unas pocas viejas van a Misa el domingo, y nada más.
Sin embargo, al cabo de los años, el Cura -que ha acompañado en el momento de la
muerte a todos- dice emocionado que el cementerio de Ars es un 'relicario'. Y toda su fama le
vino de su actividad, como suele ocurrir. Lo llamativo es que en su caso, toda
su actividad la ejerció encerrado en una caja de madera de un metro cuadrado de
superficie: su confesionario. Él a penas salía de allá dentro -hasta dieciocho
horas al día llegaba a estar- pero muchos salían de sus ciudades para ir a
confesarse con él. El pueblo tuvo que armarse con fondas y pensiones para
albergar a tantos penitentes que, esperando su turno, a veces tenían que pasar
en el pueblo hasta seis días. *
* *
Los textos los hemos tomado, por un lado, de las notas que tomó la gente de sus
predicaciones, homilías y catequesis; y por otro, de lo que contaron los
vecinos del pueblo y muchos de los que fueron a confesarse con él. Al final del
libro, indicamos alguna fuente en la que se puede encontrar lo referido en cada
punto.
Cada capítulo empieza con algunos datos biográficos que ayudan a contextualizar
el contenido de los puntos. ¿Cómo hacer oración
con las palabras y hechos de un santo? Muy sencillo. Leer, ver cómo es
esa alma, ver cómo es la mía en situaciones similares, desear cambiar,
decírselo a Dios, hacer propósitos. 1. ¡QUÉ SUERTE
VIVIR CON DIOS!: vida cristiana.
La revolución francesa surge en 1789. En 1791 entra en vigor la Constitución
civil en la comarca de Lyon, pero en 1793 esta ciudad se alza contra la
Convención, levantamiento que lleva a las tropas de la República Francesa a
asediar la ciudad de Lyon durante dos meses. La represión es terrible, la
guillotina funciona sin parar; la sangre corre, y llegan a morir alrededor de
veintemil lyoneses. El ejército de la Convención pasa sin cesar por Dardilly,
pueblecito a las afueras de Lyon, donde el niño Juan María Vianney vive este
clima de terror a sus siete años.
La Convención exige a los sacerdotes que juren la nueva Constitución,
separándose de la iglesia Católica. Los sacerdotes que no juraban, eran encarcelados
y ejecutados en veinticuatro horas; para evitarlo, se ocultan y esconden; quien
delate o descubra a un sacerdote no juramentado recibirá cien libras de
recompensa. En la casa de los Vianney se refugian muchos sacerdotes. El cura de
Dardilly presta juramento, pero en 1794 la persecución religiosa se endurece y
es cerrada la iglesia del pueblo.
Los cristianos viven su fe en la clandestinidad. Juan María hace su primera
confesión con uno de los sacerdotes escondidos. Sus padres le envían a Ecully
-a seis kilómetros- a prepararse para la primera comunión con unas monjitas
que, en secreto, enseñan a los niños. A los trece años recibe la primera
comunión con otros catorce niños a escondidas: en la ventana ponen una carreta
cargada de heno que les oculta. Les da la comunión el sacerdote Groboz, que va
de aldea en aldea, jugándose la vida, impartiendo los sacramentos. *
* *
Con toda esta experiencia, Juan María ve el mundo dividido en dos: el bien y el
mal, la fuerza del bien y la fuerza del mal. Ve personas que hacen el bien, y
personas que hacen el mal. Las primeras crean y transmiten felicidad, amor,
paz... Las segundas, lo contrario.
Tiene la clara visión de que la bondad está en Dios y en quien vive con Dios;
su bondad le lleva a desear, para él y para todos, el vivir con Dios; desea que
todos acepten que Dios les ama, que todos sean buenos cristianos, que todos
cuiden la buena vida del alma.
Vivir con Dios o vivir para el mundo: esa es la elección. Y... ¡qué suerte
vivir con Dios! LO QUE DIJO E HIZO · "El
hombre es terrestre y animal; sólo el Espíritu Santo puede elevar su alma y
llevarla hacia lo alto. ¿Por qué los santos
estaban tan despegados de la tierra? Porque se dejaban conducir por el Espíritu
Santo. Los que son
conducidos por el Espíritu Santo tienen ideas justas. Por eso hay tantos
ignorantes que saben más que los sabios. Cuando se es conducido por un Dios de
fuerza y de luz, no hay equivocación. Como las lentes que
aumentan los objetos, el Espíritu Santo nos hace ver el bien y el mal en
grande. Con el Espíritu Santo todo se ve en grande: se ve la grandeza de las
menores acciones hechas por Dios y la grandeza de las menores faltas. Como un
relojero con sus lentes distingue los más pequeños engranajes de un reloj, con
las luces del Espíritu Santo distinguimos todos los detalles de nuestra pobre
vida. Entonces las más
pequeñas imperfecciones se agrandan, y los pecados más leves dan
pavor". (F-IV) · Aconsejaba
comenzar todos los días haciendo un sencillo ofrecimiento de todo el día a
Dios: "Hay que actuar por Dios, poner nuestras obras en sus manos. Hay que
decir despertándose: -Quiero trabajar
por ti, Dios mío ¡Me someteré a todo lo que me envíes! Me ofreceré en
sacrificio. Pero Señor, no puedo hacer nada sin ti, ¡ayúdame! Oh, en el momento
de la muerte nos arrepentiremos del tiempo que hemos dado a los placeres, a las
conversaciones inútiles, al reposo, en vez de haberlo empleado a la mortificación,
al rezo, a las buenas obras, a pensar en la miseria, a llorar los propios
pecados ¡Entonces veremos que no hemos hecho nada por el cielo! Hijos míos,
¡qué triste sería llegar a esa situación!" (P-II) · "Los
que tienen el Espíritu Santo no pueden sentirse complacidos con ellos mismos,
porque conocen su pobre miseria. Los orgullosos son los que no tienen Espíritu
Santo. Las gentes mundanas
no tienen al Espíritu Santo; o, si lo tienen, no es más que de paso: Él no se
detiene en ellos. El ruido del mundo le hace marcharse". (F-IV) · Para
llevar una buena vida cristiana, nunca es tarde: sea cual sea nuestro pasado,
nuestra edad, nuestros defectos...: "Los santos, no todos han empezado
bien, pero todos han sabido terminar bien. Si hemos empezado mal, procuremos
terminar bien e iremos al cielo junto con ellos". (P-II) · "La
gente dice que es demasiado difícil alcanzar la salvación. No hay, sin embargo,
nada más fácil: observar los mandamientos de Dios y de la Iglesia, y evitar los
siete pecados capitales; es decir, hacer el bien y evitar el mal; ¡no hay más
que eso!" (P-III) · "Los
buenos cristianos que trabajan en salvar su alma están siempre felices y
contentos; gozan por adelantado de la felicidad del cielo; serán felices toda
la eternidad. Mientras que los malos cristianos que se condenan siempre se
quejan, murmuran, están tristes... y lo estarán toda la eternidad. Un buen cristiano,
un avaro del cielo, hace poco caso de los bienes de la tierra; sólo piensa en
embellecer su alma, en obtener lo que debe contentarle siempre, lo que debe
durar siempre. Ved a los reyes,
los emperadores, los grandes de la tierra: son muy ricos; ¿están contentos? Si
aman al buen Dios, sí; si no, no están contentos. Me parece que no hay nada que
dé tanta pena como los ricos cuando no aman al buen Dios. Puedes ir de mundo
en mundo, de reino en reino, de riqueza en riqueza, de placer en placer; pero
no encontrarás tu felicidad. La tierra entera no puede contentar a un alma
inmortal, como una pizca de harina en la boca no puede saciar a un
hambriento". (P-III) · "El
ojo del mundano no ve más lejos que la vida. El ojo del cristiano ve hasta el
fondo de la eternidad. Para el hombre que
se deja conducir por el Espíritu Santo parece que no hay mundo; para el mundo,
parece que no hay Dios. Los que se dejan
conducir por el Espíritu Santo sienten toda clase de felicidad dentro de ellos
mismos; mientras que los malos cristianos ruedan sobre espinas y piedras. Un alma que tiene
al Espíritu Santo no se aburre nunca de la presencia de Dios: pues de su
corazónsale una transpiración de amor". (F-IV) · "El
corazón se dilata, se baña en amor divino. El pez no se queja nunca de tener
mucha agua: el buen cristiano no se queja nunca por estar mucho tiempo con
Dios. Hay quienes encuentran la religión aburrida, es porque no tienen al
Espíritu Santo". (F IV) · "Si
preguntáramos a los condenados: ¿Por qué estáis en el infierno?, responderían:
Por haber resistido al Espíritu Santo. Si dijéramos a los
santos: ¿Por qué estáis en el cielo?, responderían: Por haber escuchado al
Espíritu Santo." (F-IV) · "El
buen Dios, enviándonos el Espíritu Santo, ha hecho como un gran rey que encarga
a su ministro que vaya con uno de sus súbditos, diciendole: -Acompaña a este
hombre a todas partes, y me lo traes sano y salvo. ¡Qué bello es ser
acompañado por el Espíritu Santo! Es un buen guía. ¡Y... que haya quienes no
quieren seguirle!" (F-IV) · Estaba
profundamente convencido de que una persona es feliz cuando vive con Dios; y
que es infeliz sólo cuando esa persona libremente se ha separado de Dios:
porque no conoce lo que Dios dice, porque ha dejado de escucharle y hacerle
caso. "Hijos míos; ¿por qué somos tan ciegos y tan ignorantes? ¡Porque no
hacemos caso de la palabra de Dios!" Pero lo primero
para poder hacer caso a Dios es saber qué dice, estar formado: "Con una
persona formada hay siempre recursos. Una persona que no está formada en su
religión es como un enfermo agónico; no conoce ni la grandeza del pecado, ni la
belleza de su alma, ni el precio de la virtud; se arrastra de pecado en
pecado". (P-I) · "Hay
muchos cristianos que no saben por qué están en el mundo. -¿Por qué, Dios
mío, me has puesto en el mundo? -Para salvarte. -Y ¿por qué quieres
salvarme? -Porque te amo. ¡Que bello y grande
es conocer, amar y servir a Dios! Es lo único que tenemos que hacer en el
mundo. Todo lo demás es tiempo perdido." · "Muchos
cristianos no trabajan más que para satisfacer este cadáver (al cuerpo siempre
le llamaba 'cadaver') que pronto se pudrirá en la tierra; y, sin embargo, no
piensan en su pobre alma, que debe ser eternamente feliz o infeliz. Carecen de
espíritu y de buen sentido: ¡esto hace temblar! Veis, hijos, hay
que pensar que tenemos un alma que salvar y una eternidad que nos espera. El
mundo, las riquezas, los placeres, los honores pasarán; el cielo y el infierno
no pasarán nunca. ¡Tengamos cuidado!" (P-II) · "Quienes
no tienen fe, tienen el alma más ciega que los que no tienen ojos. Estamos en este
mundo como entre niebla; pero la fe es el viento que disipa esa niebla y que
hace brillar en nuestra alma un bello sol... Entre nosotros, todo es alegría,
felicidad y consuelo. Preguntemos a la
gente del mundo. ¿Cómo podrían ver ellos si son ciegos? Son ciegos. Nuestro
Señor Jesucristo haría hoy todos los milagros que hizo en Judea y no le
creerían. Cuando decimos: Dios mío, yo creo; creo firmemente, es decir, sin la
menor duda. (¡Oh! ¡si nos convenciéramos de estas palabras!). Creo firmemente
que estás presente en todas partes, que me ves, que estoy bajo tus ojos, que un
día te veré claramente yo mismo, que gozaré de todos los bienes que me has
prometido. ¡Dios mío, espero que me recompensarás de todo lo que he hecho para
agradarte! Dios mío, te amo ¡tengo un corazón para amarte! Con este acto de
fe, que es también un acto de amor, ¡bastaría para todo!" (P-V) · Cuando
citaba las palabras del evangelio: Dios dirá a los condenados: '¡Venga,
malditos!...', se conmovía: "Malditos de Dios... ¡qué horrible
desgracia! ¿Entendéis, hijos
míos? ¡Malditos de Dios! ¡De Dios... que no sabe más que bendecir! ¡Malditos de
Dios, que es todo amor! Malditos de Dios, que es la bondad personificada
¡malditos sin remisión! Malditos para siempre ¡malditos de Dios!. Si un condenado
pudiera decir una sola vez '¡Dios mío, te amo!', no habría más infierno para
él. Pero, esta pobre alma ¡ha perdido el poder de amar que ella había recibido
y del que no ha sabido servirse! Su corazón está seco como el del racimo cuando
ha pasado por la prensa. ¡No habrá más felicidad en esta alma, ni más paz,
porque no hay más amor! Hay quienes pierden
la fe y no ven el infierno más que entrando a él. Creemos que hay un infierno,
pero vivimos como si no lo hubiera; vendemos el alma por unas monedas. No es Dios quien
nos condena, somos nosotros, por nuestros pecados. Los condenados no acusan a
Dios; se acusan ellos mismos; dicen: He perdido a Dios, mi alma y el cielo por
mi culpa." (P-VII) · "Fuera
del buen Dios, nada es sólido, ¡nada! ¡nada! La vida, pasa; la fortuna, se
viene abajo; la salud, se destruye; la reputación, es atacada. Vamos como el
viento. Todo va rápido, todo se precipita. ¡Ah, Dios mío! Hay que compadecerse
de los que ponen su afecto en todas las cosas. Lo ponen porque se aman
demasiado; pero no se aman con un amor razonable; se aman con amor de ellos
mismos y del mundo; buscándose, buscando las criaturas más que a Dios. Por eso
nunca están contentos, nunca están tranquilos; siempre están inquietos, siempre
atormentados, siempre nerviosos. Ved, hijos míos, el
buen cristiano recorre el camino de este mundo subido en una bonita carroza de
triunfo; esta carroza es arrastrada por ángeles y es Nuestro Señor quien la
conduce. Mientras que el pobre pecador está enganchado al carro de la vida, y
el demonio está en el asiento y le hace avanzar a golpes de látigo."
(P-IX) · "Un
cristiano conducido por el Espíritu Santo no siente pena en dejar los bienes de
este mundo para correr tras los bienes del cielo. Él sabe ver la diferencia. Los que se dejan
conducir por el Espíritu Santo sienten toda clase de felicidad dentro de ellos
mismos; mientras que los malos cristianos se enredan con las espinas y los
guijarros. Sin el Espíritu
Santo, somos como una piedra de las que ves en el camino. Coge en una mano una
esponja empapada de agua y en la otra una piedra; apriételas igualmente. No
saldrá nada de la piedra, y de la esponja verás salir el agua en abundancia. La
esponja es el alma del Espíritu Santo; y la piedra es el corazón frío y duro donde
el Espíritu Santo no vive". (P-XIV) · Como
se dirigía en sus predicaciones a gente sencilla, analfabeta, buscaba imágenes
simples y expresivas como ésta, con la que animaba a hacer las cosas con
intención recta, por amor: "Tenemos siempre dos secretarios, el demonio
que inscribe nuestras malas acciones para acusarnos, y nuestro buen ángel que
escribe las buenas para justificarnos en el día del juicio. Cuando las buenas
nos sean presentadas, qué pocas serán agradables a Dios. Incluso entre las mejores,
encontraremos ¡tantas imperfecciones, tantos pensamientos de amor propio, de
satisfacciones humanas, de placeres sensuales, de egoísmos que se encuentran
mezclados! Tienen buena apariencia: como esas frutas que parecen más amarillas
y más maduras porque un gusano las ha picado. Habrá pocas buenas
obras recompensadas porque en vez de hacerlas por amor a Dios, las hacemos por
hábito, por rutina, por amor de nosotros mismos. ¡Qué lástima!" (P-XXIV) · "La
gracia de Dios nos ayuda a andar y nos sostiene. Nos es tan necesaria como las
muletas a un cojo". (P-XXXI) · Como
para llevar una vida cristiana es imprescindible asistir a la Eucaristía los
domingos, éste fue un tema insistente en su predicación. Argumenta de una
manera sencilla: "El domingo es el bien del buen Dios; es su día, el día
del Señor. Él ha hecho todos los días de la semana; podía guardarlos todos para
Él, pero no: nos ha dado seis; sólo se ha reservado el séptimo. ¿Con qué
derecho tú tocas lo que no te pertenece? Sabes que el bien robado no se
aprovecha jamás. El día que se roba al Señor no se aprovechará tampoco". Y concluía de forma
persuasiva y clara: "Conozco dos medios para ser pobre: trabajar el
domingo y tomar el bien del prójimo". (P-XXXI) · El
Cura de Ars fue un excelente conocedor del alma humana, pues entró en
tantísimas intimidades, escuchó tantos desahogos. Y afirmaba rotundamente que
la alegría que muestran los 'mundanos' es falsa: "No he encontrado nadie
que se queje tanto como esas pobres gentes mundanas. Tienen sobre las espaldas
un abrigo cubierto de espinas: no pueden hacer un movimiento sin pincharse;
mientras que los buenos cristianos tienen un abrigo forrado de piel".
(P-XXXI) · "¿No
es una verdadera locura poder gustar las alegrías del cielo, uniéndose a Dios
por amor, y preferir el infierno? ¡No se puede entender esta locura, no se
puede llorarla bastante!" Y repetía con
palabras parecidas esta idea para gravarla en aquellas almas: "Hay que
compadecerse de estas pobres gentes del mundo. Tienen sobre sus espaldas un
abrigo forrado de espinas: no pueden hacer un movimiento sin pincharse;
mientras que los buenos cristianos tienen un abrigo forrado de piel de
conejo". (F-IX) · Le
gustaba buscar parábolas o comparaciones cercanas a la vida de los que le
escuchaban; por ejemplo, éstas: "Dios actúa en nuestras almas según el
grado de nuestros deseos. Un vaso recibe agua de una fuente según su
capacidad". (MJ 128) · "Los
santos son como multitud de pequeños espejos en los que Jesucristo se
contempla." (MJ 128). · Quería
que quienes le escuchaban se decidiesen a ser santos. Continuamente les animaba
y les orientaba con imágenes sencillas: "Los santos tenían un buen
corazón, un corazón líquido", en el sentido de que no eran duros, de
piedra, insensibles; sino que, por el contrario, los santos se adaptan como el
líquido a cada persona con la que están. · "Para
ser santo hay que estar loco, haber perdido la cabeza. Por allí por donde
pasan los santos, Dios pasa con ellos. A los amigos del
buen Dios se les conoce a la legua". · El
Cura de Ars sabía que la grandeza del cristiano está en la felicidad íntima del
alma que elige el bien y trata con el buen Dios. Sin embargo, muchos buscaban
lo espectacular del milagro para creer. En septiembre de 1843, Margarita
Humbert, prima del Cura, le hizo una visita. En la conversación que
mantuvieron, ella se quejaba de la falta de milagros. El Cura le respondió:
"¡Dios es siempre todopoderoso; siempre puede hacer milagros; y los haría
como en los antiguos tiempos, pero falta la fe!" (MTR-591) · El
Cura de Ars hizo algunos milagros bastante evidentes en vida. La fama se corrió
por aquellos pueblos. Cuando algunos venían de otros lugares y le pedían
hiciese un milagro, lo único que pedía era fe, como lo hizo Jesucristo en sus
tres años de vida pública; pero la pedía con exigencia. Un día, una mujer de Montfreur
fue a Ars a pedirle que hiciese un milagro, pues un pariente suyo había caído
enfermo; el cura de Ars le dijo: "Bien. Haga usted una novena de
oraciones, pero no sé si Dios la escuchará, pues en esa casa hay tanta fe como
en un establo de caballos". Por desgracia, el Cura de Ars estaba en lo
cierto. Cuando la mujer acabó la novena de oraciones por su difunto, éste
murió. 2. EL BUEN DIOS:
amor a Dios Juan María Vianney
nace el 8 de mayo de 1786 en Dardilly, diez kilómetros al norte de Lyon. Es el cuarto
de siete hermanos. Su padre, Mateo, es agricultor, propietario de las doce
hectáreas que trabaja. Su madre, María, creó un hogar cristiano. Cada noche se
acerca a la cama de sus hijos y reza con ellos. Juan María era un
niño normal: ojos azules, moreno y delgado; sensible, alegre, nervioso,
impulsivo, bueno. Un niño normal. Solemos decir que
todos los niños son buenos, y así es. Pero junto la atracción del bien, va
despertándose la atracción del mal. En este aspecto empieza a distinguirse el
pequeño Juan María: procura elegir siempre el bien, con lo que cada vez le
atrae más lo bueno, y cada vez más le repele lo malo. Así se entiende que años
más tarde comentase, con toda sencillez: 'el pecado lo descubrí en el
confesionario'. >>> NO SE MUESTRAN COMPLETOS LOS LIBROS CUYOS DERECHOS DE AUTOR ESTÁN VIGENTES, COMO OCURRE CON ESTE <<<
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