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ME LO HAN ROBADO - SOBRE LA VOCACIÓN DE LOS HIJOS INTRODUCCIÓN: EL PORQUÉ DE ESTAS LÍNEAS A QUIÉN VA DIRIGIDO CASO 1 CASO 2 A QUIÉN VA DIRIGIDO ¿POR QUÉ LLAMA DIOS? LA LLAMADA, SIGNO DE PREDILECCIÓN LA RESPUESTA LAS GRANDES PREGUNTAS ¿POR QUÉ A MI HIJA/O? ¿NO SON DEMASIADO JÓVENES? ¿Y SI SE EQUIVOCAN? ¿QUÉ HACER EN EL MOMENTO? ¿QUÉ HACER DESPUÉS? A MODO DE CONCLUSIÓN PASOS PARA CONSEGUIR LA VOCACIÓN DE LOS HIJOS CUATRO SUGERENCIAS PARA QUE DIOS NO COMPLIQUE LA
VIDA DE UN HIJO APÉNDICE: UNA GENEROSIDAD “EGOÍSTA” EPÍLOGO: CARTA A UN/UNA REBELDE INTRODUCCION: EL
PORQUÉ DE ESTAS LINEAS Las páginas que tienes entre las manos no persiguen pasar a la
historia por su calidad literaria –y mejor así, porque en caso contrario la
frustración del autor sí que sería histórica–. Tampoco pretenden ser recordadas
por su aportación al pensamiento filosófico o teológico –en este caso el
desencanto sería de grado superlativo–. Ni siquiera se busca que constituyan un
medio para el sustento de la numerosa prole del autor –no tengo intención de
que mis hijos pasen hambre, mientras Dios me de los medios para mantenerlos
dignamente, y desde luego no parece que estas líneas sean candidatas a figurar
en ningún ranking de best sellers–. El origen de lo que tienes delante es totalmente subjetivo, y se
fundamenta en aquella frase de la Sagrada Escritura: de la abundancia del corazón habla la boca. Es decir, responde a la
necesidad de todo ser humano de comunicar a quien lo quiera escuchar la inmensa
alegría que llevamos dentro. Probablemente, esta sea la palabra clave que
ilumine todo lo que sigue: alegría. La alegría de haber visto a lo largo de los últimos años cómo la
familia iba creciendo en número de componentes, con la aportación personalísima
de cada uno de ellos. La alegría de haber contemplado el crecimiento individual de cada uno
de los hijos en todos los elementos de su personalidad: como ser humano
–inteligencia, virtudes, ...– y como hijos de Dios. La alegría de haber sido testigos privilegiados del florecimiento de
decisiones libérrimas de entrega de sus propias vidas a Dios y a los demás. Por eso, existe un impulso interior que lleva necesariamente a
difundir esa alegría a los demás, a desear que otras muchas personas puedan
participar de ese gozo. Y, en ocasiones, la
boca, se queda corta para hablar de
la abundancia del corazón, y se hace necesario coger la pluma o el
tratamiento de textos para decir a quien lo quiera escuchar: ¡No seas majadero!
¡Deja a un lado ideas preconcebidas y miedos sin fundamento, y métete de lleno
en la aventura de la felicidad! A QUIEN VA
DIRIGIDO Estas ideas van dirigidas a... Podría intentar la definición de los posibles destinatarios de estas
páginas. Pero, además de que será destinatario todo aquel que lo desee,
permíteme que te hable en primer lugar de dos familias que conocí hace algún
tiempo. CASO 1: MARIA Y CARLOS María y Carlos se conocían desde muy jóvenes. Los padres de ambos eran
amigos y las familias tenían un trato frecuente. De hecho, Carlos era compañero
de curso del hermano mayor de María. Al principio, Carlos veía a la que luego
sería su mujer como “la pesada de la hermana de su amigo, que además era una
pequeñaja”. Estaba entonces bastante lejos de adivinar lo que sería el futuro. Los dos habían crecido en el ámbito de una familia profundamente
cristiana, y sus respectivos padres se habían preocupado de transmitirles una
formación completa y consistente. Para ello, habían elegido cuidadosamente un
colegio adecuado y coherente con las enseñanzas que sus hijos recibían en casa. Con el paso de los años, María dejó de ser “esa pequeñaja” para pasar
a ser “María”, y Carlos ya no era “ese chico que no me deja en paz”, sino que
era “Carlos”. Demos un salto en el tiempo: Carlos y María se casaron con veintiséis
y veinticuatro años, respectivamente. Un año después nació Santiago. Puedes imaginarte –posiblemente no sea necesaria la imaginación,
bastará con la memoria– la enorme alegría que inundó la casa: durante el
noviazgo habían hablado en muchas ocasiones de sus hijos: cómo serían, qué
nombre les pondrían, cómo les iban a educar... No siempre estaban de acuerdo,
sobre todo en los matices. Pero compartían una visión y un proyecto común. Recogiendo las enseñanzas y el ejemplo de sus familias, tanto María
como Carlos eran personas de profunda vida cristiana, así es que, de manera
natural, educaron a sus hijos en esa vida de fe. Desde muy pequeños comenzaron
a enseñarles oraciones cortas y elementales; a hablarles de la Virgen, su
Madre; de los Ángeles Custodios... A medida que iban creciendo, la formación
ganaba en consistencia. Pronto comenzaron a asistir a la Misa de los domingos
con sus padres y, aunque a los niños se les hacía larga, entendían que estaban
en la Casa de Dios y su comportamiento era absolutamente adecuado. Una de las decisión capitales en el seno del matrimonio se planteó en
el momento de escolarizar a Santiago. Cerca de casa existía un centro docente.
Ventajas: al estar tan cerca, el niño podría comer en casa e, incluso, dormir
una pequeña siesta antes de volver a clase por la tarde; además, esa cercanía
permitía a sus padres asistir con menos esfuerzo a las entrevistas con los
profesores y a las reuniones de padres; por último, aunque no por ello menos
importante, el coste del colegio era prácticamente nulo, porque se trataba de
un centro subvencionado. Inconvenientes: no existía un ideario claro –en
realidad, María y Carlos opinaban que no existía ideario– tanto en lo que se
refiere a educación de la persona como en lo tocante a formación en la fe.
Claro que, a lo mejor, esas carencias se podían suplir en casa... A través de unos amigos, conocieron otro colegio que les causó muy
buena impresión. Desde la primera entrevista con el director se dieron cuenta
de que les ofrecían lo que estaban buscando: una formación integral para su
hijo, que abarcaba la vertiente intelectual, su educación como persona y una
formación cristiana que marchaba paralela a la que ellos transmitían en su
casa. Este centro presentaba dos inconvenientes: por una parte, se encontraba
alejado de su domicilio: eso suponía que Santiago tendría que madrugar más; en
segundo lugar, era bastante más costoso porque carecía de subvención. Después de varias conversaciones, decidieron que su hijo iría al
segundo colegio. Para ello, habría que reducir gastos en la creciente familia
–para entonces ya había llegado Teresa, la segunda de los hijos–. Demos otro salto en el tiempo. Santiago tiene quince años. Desde hace
dos, suele asistir los sábados a un club juvenil con varios compañeros de
clase. María y Carlos están encantados, porque conocen el ambiente que allí se
respira y lo ven como una continuidad de lo que se vive en casa y en el
colegio. Además, Santiago va muy contento ya que practica el baloncesto, que es
su auténtica pasión. Y por si fuera poco, le hablan de ser mejor en casa, de ayudar
a sus padres y hermanos, de preocuparse por los demás... ¡Que más quieren unos
padres para un hijo en edad adolescente! Cierto día, a la vuelta del club, Santiago da a sus padres la gran
sorpresa: ellos le habían notado inquieto desde hacía algún tiempo, pero lo
habían atribuido a la edad. “Estará enamorado”, pensaban. Carlos había iniciado
alguna conversación con su hijo, pero este prefería no decir nada. Y Carlos
respetaba su intimidad. Sin embargo, ese sábado fue Santiago el que dijo a sus
padres que quería contarles algo “sin hermanos delante”. Esa fue la primera
sorpresa. La segunda era lo que les quería contar: había decidido entregar su
vida a Dios. >>> NO SE MUESTRAN COMPLETOS LOS LIBROS CUYOS DERECHOS DE AUTOR ESTÁN VIGENTES, COMO OCURRE CON ESTE <<< | |||