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JACQUES PHILIPPE

TIEMPO PARA DIOS

Guía para la vida de oración

 

Título original: Du Temps pour Dieu

Primera edición española: septiembre 2001

Segunda edición española: marzo 2001

 

ÍNDICE

 

I. INTRODUCCIÓN

1. LA ORACIÓN NO ES UNA TÉCNICA, SINO UNA GRACIA

1. La oración no es un «yoga» cristiano

2. Algunas consecuencias inmediatas

3. La fe y la confianza, bases de la oración

4. Fidelidad y perseverancia

5. Pureza de intención

6. Humildad y pobreza de corazón

7. La determinación de perseverar

8. Entregarse enteramente a Dios

 

II. CÓMO EMPLEAR EL TIEMPO DE LA ORACIÓN

1. Introducción

2. Cuando no se plantea la cuestión

3. Primacía de la acción divina

4. Primacía del amor

5. Dios se nos da a través de la humanidad de Jesucristo

6. Dios habita en nuestro corazón

 

III. EVOLUCIÓN DE LA VIDA DE ORACIÓN

1. De la inteligencia al corazón

2. El corazón herido

3. Nuestro corazón y el corazón de la Iglesia

 

IV. LAS CONDICIONES MATERIALES DE LA ORACIÓN

1. Tiempo

2. Lugar

3. La postura

 

V. ALGUNOS MÉTODOS DE ORACIÓN

1. Introducción

2. La meditación

3. La oración del corazón

4. El rosario

5. Cómo reaccionar ante determinadas dificultades

 

Apéndice I: Método de meditación propuesto por el padre Libermann

Apéndice II: La práctica de la presencia de Dios, según las cartas del hermano Laurent de la Résurrection (1614-1691)

 

 INTRODUCCIÓN

 

En la tradición católica occidental llamamos «oración» a esa forma de plegaria que consiste en ponerse en la presencia de Dios durante un tiempo más o menos largo, con el deseo de entrar en una íntima comunión de amor con El en medio de la soledad y del silencio. Todos los maestros de vida espiritual consideran que «hacer oración», es decir, practicar regularmente esta forma de plegaria, es el medio privilegiado e indispensable para acceder a una auténtica vida cristiana, para conocer y amar a Dios y para estar en condiciones de responder a la llamada a la santidad que El dirige a cada uno.

Hoy, muchas personas —y es un motivo de alegría— tienen sed de Dios y sienten el deseo de esta vida de oración personal profunda e intensa; y quieren «hacer oración», pero encuentran distintos obstáculos para comprometerse seriamente en esta vía, y sobre todo para perseverar en ella. Con frecuencia carecen del valor necesario para decidirse a empezar, o se sienten desamparadas por no saber muy bien cómo hacerlo; quizá, después de repetidas tentativas  se descorazonan ante las dificultades y abandonan la práctica habitual de la oración. Ahora bien, esta actitud es infinitamente lamentable, pues la perseverancia en la oración —según el testimonio unánime de todos los santos— es la puerta estrecha que nos abre el Reino de los Cielos; por ella, y sólo por ella, recibimos todos los bienes que «ni ojo vio, ni oído oyó, ni llegó al corazón del hombre, eso preparó Dios para los que le aman» (1 Cor 2, 9). Es la fuente de la auténtica felicidad, pues quien la practica no dejará de «gustar y ver qué bueno es el Señor» (Sal 34) y encontrará el agua viva prometida por Jesús: «Quien beba del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás» (Jn4, 14).

Convencidos de esta verdad, deseamos ofrecer en esta obra algunas orientaciones y unos consejos, lo más sencillos y concretos posible, con el fin de ayudar a toda persona de buena voluntad y deseosa de hacer oración, para que no se deje abatir por las dificultades que, inevitablemente, ha de encontrar.

Son numerosas las obras que tratan de oración. Todos los grandes contemplativos han hablado de ella mejor que podamos hacerlo nosotros y, por supuesto, los citaremos frecuentemente. Sin embargo, creemos que la enseñanza tradicional de la Iglesia sobre este tema debería ser planteada a los creyentes de un modo sencillo, accesible a todos, adaptado a la sensibilidad y al lenguaje actual, teniendo en cuenta que la pedagogía que Dios, en su sabiduría, pone hoy por obra para conducir a las almas a la santidad, no es la misma que en siglos pasados. Esta es la intención que nos ha guiado en la redacción de este librito.

 

 

I. LA ORACIÓN NO ES UNA TÉCNICA, SINO UNA GRACIA

 

LA ORACIÓN NO ES UN «YOGA» CRISTIANO

Para perseverar en la vida de oración, es necesario evitar extraviarse partiendo de pistas falsas. Es indispensable, pues, comprender lo que es específico de la oración cristiana y la distingue de otras actividades espirituales. Y es tanto más necesario, cuanto que el materialismo de nuestra cultura provoca como reacción una sed de absoluto, de mística, de comunicación con lo Invisible que es buena, pero que suele derivar hacia experiencias decepcionantes e incluso destructivas.

La primera verdad fundamental que hemos de captar, sin la que no podemos ir muy lejos, es que la vida de oración —la oración contemplativa, por emplear otro término— no es fruto de una técnica, sino un don que recibimos. Santa Juana Chantal decía:

«El mejor método de oración es no tenerlo, porque la oración no se obtiene por artificio (por técnica, diríamos hoy) sino por gracia». En ese sentido no hay  método de oración, como no hay un conjunto de recetas, de procedimientos que bastara aplicar para orar bien. La verdadera oración contemplativa es un don que Dios nos concede gratuitamente, pero hemos de aprender a recibirlo.

Es necesario insistir sobre este punto. Hoy sobre todo, a causa de la amplia difusión de los métodos orientales de meditación como el Yoga, el Zen, etc.; a causa también de nuestra mentalidad moderna que pretende reducir todo a técnicas; a causa, en fin, de esa tentación del espíritu humano por hacer de la vida —incluso de la vida espiritual— algo que se puede manejar a voluntad, se suele tener, más o menos conscientemente, una imagen de la vida de oración como de una especie de «Yoga» cristiano. El progre so en la oración se lograría gracias a procesos de concentración mental y de recogimiento, de técnicas de respiración adecuadas, de posturas corporales, de repetición de ciertas fórmulas, etc. Una vez dominados estos elementos por medio del hábito, el individuo podría acceder a un estado de consciencia superior. Esta visión de las cosas que subyace en las técnicas orientales influye a veces en un concepto de la oración y de la vida mística en el cristianismo que da de ellas una visión completamente errónea.

Errónea, porque se refiere a métodos en los que, a fin de cuentas, lo determinante es el esfuerzo del hombre, mientras que en el cristianismo todo es gracia, don gratuito de Dios. Es cierto que puede haber algún parentesco entre el asceta o «espiritual» oriental y el contemplativo cristiano, pero este parentesco es superficial; en lo que se refiere a la esencia de las  cosas, se trata de dos universos absolutamente distintos e incluso incompatibles[1].

La diferencia esencial es la que ya hemos expuesto; en un caso se trata de una técnica, de una actividad que depende esencialmente del hombre y de sus aptitudes (esas aptitudes particulares que hubieran quedado en barbecho en el común de los mortales y que el «método de meditación» se propone descubrir y desarrollar), mientras que en el otro, al contrario, se trata de Dios, que se da libre y gratuitamente al hombre. Aunque —como veremos más adelante— cierta iniciativa y cierta actividad del hombre tienen su papel, todo el edificio de la vida de oración des cansa en la iniciativa de Dios y en su Gracia. No hay  que perderlo nunca de vista, pues, aun sin caer en la confusión descrita anteriormente, una de las tentaciones permanentes y a veces más sutiles en la vida espiritual es la de basarla en nuestros propios esfuerzos y no en la misericordia gratuita de Dios.

Las consecuencias de lo que acabamos de afirmar son numerosas y muy importantes. Veamos algunas.


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