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LA VOCACIÓN EXPLICADA POR JUAN PABLO II SUMARIO 1. ¿A OUÉ TE LLAMA DIOS? 2. ¿CUÁNDO Y COMO LLAMA DIOS? 3. VOCACIÓN A UNA ENTREGA TOTAL
A CRISTO.
3a)
3b) VOCACIÓN MATRIMONIAL... 3c) VOCACIÓN SACERDOTAL... 3d) Vocación RELIGIOSA... 4.
EL EJEMPLO DE MARÍA.
1.
¿A QUÉ TE LLAMA DIOS? Me dirijo sobre todo a vosotros, queridísimos
chicos y chicas, jóvenes y menos jóvenes, que os halláis en el momento decisivo
de vuestra elección. Quisiera encontrarme con cada uno de vosotros
personalmente, llamaros por vuestro nombre, hablaros de corazón a corazón de
cosas extremadamente importantes, no sólo para vosotros individualmente, sino
para la humanidad entera. Quisiera preguntaros a cada uno de vosotros: ¿Qué
vas a hacer de tu vida? ¿Cuáles son tus proyectos? ¿Has pensado alguna vez en
entregar tu existencia totalmente a Cristo? ¿Crees que pueda haber algo más
grande que llevar a Jesús a los hombres y los hombres a Jesús?. Os halláis en la encrucijada de vuestras vidas y
debéis decidir cómo podéis vivir un futuro feliz, aceptando las
responsabilidades del mundo que os rodea. Me habéis pedido que os dé ánimos y
orientaciones, y con mucho gusto os ofrezco algunas palabras en el nombre de
Jesucristo. En primer lugar os digo: no penséis que estáis
solos en esa decisión vuestra y en segundo lugar que cuando decidáis vuestro
futuro, no debéis decidirlo sólo pensando en vosotros. La convicción que debemos compartir y extender es
que la llamada a la santidad está dirigida a todos los cristianos. No se trata
del privilegio de una élite espiritual. No se trata
de que algunos se sientan con una audacia heroica. No se trata de un tranquilo
refugio adaptado a cierta forma de piedad o a ciertos temperamentos naturales.
Se trata de una gracia propuesta a todos los bautizados, según modalidades y
grados diversos. La santidad cristiana no consiste en ser
impecables, sino en la lucha por no ceder y volver a levantarse siempre,
después de cada caída. Y no deriva tanto de la fuerza de voluntad del hombre,
sino más bien del esfuerzo por no obstaculizar nunca la acción de la gracia en
la propia alma, y ser, más bien, sus humildes «colaboradores». Cada laico cristiano es una obra extraordinaria de
la gracia de Dios y está llamado a las más altas cimas de santidad. A veces
éstos no parecen apreciar totalmente la divinidad de su vocación. Su específica
vocación y misión consiste en -como levadura- meter el Evangelio en la realidad
del mundo en que viven. ¡Seguid a Cristo: vosotros, los solteros todavía, o
los que os estáis preparando para el matrimonio! ¡Seguid a Cristo! Vosotros
jóvenes o viejos. ¡Seguid a Cristo! Vosotros enfermos o ancianos, los que
sentís la necesidad de un amigo: ¡Seguid a Cristo! 2. ¿CUÁNDO Y
CóMO LLAMA DIOS? ¡Cuántos jóvenes no poseen la verdad, y arrastran
su existencia sin un «para qué»!;
¡Cuántos, quizá después de vanas y extenuantes búsquedas, desilusionados
y amargados se han abandonado, y se abandonan todavía en la desesperación! ¡Y cuántos han logrado encontrar la verdad después
de angustiosos años llenos de interrogantes y experiencias tristes! Pensad, por ejemplo, en el dramático itinerario de
San Agustín, para llegar a la luz de la verdad y a la paz de la inocencia
reconquistada. ¡Y qué suspiro lanzó cuando, finalmente, alcanzó la
luz! Y exclama con nostalgia: «¡Qué tarde te amé! » i
Pensad en la fatiga que tuvo que pasar el célebre Cardenal Newman
para llegar, con la fuerza de la lógica, al catolicismo! ¡Qué larga y dolorosa
agonía espiritual! Es verdaderamente impresionante saber que poseemos
la verdad. Él os ha elegido, de modo misterioso, pero leal,
para haceros con Él como Él, salvadores; Quiere
transformaros en Él. Cristo
os llama de verdad. Su llamada es exigente porque os invita a dejaros «pescar»
por Él completamente, de modo que vuestra existencia se contemple bajo una luz
diversa Tratad de vivir sólo para Él. Hay un modo maravilloso de realizar el amor en la
vida: se trata de la vocación de seguir a Cristo en el celibato libremente
elegido o en la virginidad por amor del reino de los cielos. Pido a cada uno
de vosotros que se interrogue seriamente sobre si Dios no lo llama hacia uno
de estos caminos. Y a todos los que sospechan tener esta posible vocación
personal, les digo: rezad tenazmente para tener la claridad necesaria, pero
luego decid un alegre sí. En efecto, Dios ha pensado en nosotros desde la
eternidad y nos ha amado como personas únicas e irrepetibles, llamándonos a
cada uno por nuestro nombre, como el Buen Pastor que «a sus ovejas las llama a
cada una por su nombre». 3. VOCACIÓN A UNA ENTREGA TOTAL A CRISTO Dios llama desde muy jóvenes Durante los años de la juventud se va configurando
en cada uno la propia personalidad. El futuro comienza ya a hacerse presente y
el porvenir se ve como algo que está ya al alcance de las manos. Es el período
en que se ve la vida como un proyecto prometedor a realizar del cual cada uno
es y quiere ser protagonista. Es también el tiempo adecuado para discernir y
tomar conciencia con más radicalidad de que la vida no puede desarrollarse al
margen de Dios y de los demás. Es la hora de afrontar las grandes cuestiones,
de la opción entre el egoísmo o la generosidad. Cada uno de vosotros está enfrentado ante el reto
de dar pleno sentido a su vida, a la vida que se os ha concedido vivir. Sois jóvenes y queréis vivir. Pero debéis vivir
plenamente y con una meta. Debéis vivir para Dios; para los demás. Y nadie
puede vivir esta vida para sí mismo. El futuro es vuestro, pero el futuro es
sobre todo una llamada y un reto a «encontrar» vuestra vida entregándola,
«perdiéndola», compartiéndola mediante la amorosa entrega a los demás. Dice
Cristo: «El que ama su vida la pierde; pero el que aborrece su vida en este
mundo, la encontrará para la vida eterna»'. Y la medida del éxito de vuestra vida dependerá de
vuestra generosidad. Cristo dispone de toda la terapia para curar los
males del mundo. Él, que ha querido considerarse médico a Sí mismo', nos ha
enseñado que, si se quiere cambiar el mundo, hay que cambiar antes de nada el
corazón del hombre. Es
Dios quien llama y lo hizo desde la eternidad. Todos hemos sido llamados -cada uno de un modo
concreto- para ir y dar fruto. Los discípulos fueron elegidos por el
Maestro, no se presentaron voluntarios, al menos en su inicio, porque la
amistad que ofrece Jesús es completamente gratuita. Y el que se siente querido
de Jesús también se siente a su vez obligado a ser un discípulo fiel y activo.
Y esto es dar fruto. En la raíz de toda vocación no se da una iniciativa
humana o personal con sus inevitables limitaciones, sino una misteriosa
iniciativa de Dios. Desde la eternidad, desde que comenzamos a existir
en los designios del Creador y Él nos quiso criaturas, también nos quiso llamados,
preparándonos con dones y condiciones para la respuesta personal,
consciente y oportuna a la llamada de Cristo o de
La vocación es un misterio que el hombre -acoge y
vive en lo más íntimo de su ser. Depende de su soberana libertad y escapa a
nuestra comprensión. No tenemos que exigirle explicaciones, decirle: «¿por qué me haces esto?»2, puesto que Quien llama es el
Dador de todos los bienes. Por eso ante su llamada, adoramos el misterio,
respondemos con amor a su iniciativa amorosa y decimos sí a la vocación. Experimentar la vocación es un acontecimiento
único, indecible, que sólo se percibe como suave soplo a través del toque
esclarecedor de la gracia; un soplo del Espíritu Santo que, al mismo tiempo que
perfila de verdad nuestra frágil realidad humana, enciende en nuestros
corazones una luz nueva. Infunde una fuerza extraordinaria que incorpora
nuestra existencia al quehacer divino. El proceso de la vocación Una vocación en
Después del inicial descubrimiento, sobreviene un
diálogo en la oración, un diálogo entre Jesús y el que ha sido llamado, un
diálogo que va más allá de las palabras y se expresa en el amor. Ciertas experiencias de entusiasmo religioso que a
veces concede el Señor son únicamente gracias iniciales y pasajeras que tienen
por objeto empujar hacia una decidida voluntad de conversión caminando con
generosidad en fe, esperanza y amor. La
llamada del hombre está primero en Dios: en su mente y en la elección
que Dios mismo realiza y que el hombre tiene que leer en su propio corazón. Al
percibir con claridad esta vocación que viene de Dios, el hombre experimenta la
sensación de su propia insuficiencia. Trata incluso de defenderse ante
la responsabilidad de la llamada. Y así, como sin querer, la llamada se
convierte en el fruto de un diálogo interior con Dios y es, incluso, hasta a
veces como el resultado de una batalla con Él. Ante las reservas y dificultades que con la razón
el hombre opone, Dios aporta el poder de su gracia. Y con el poder de
esta gracia consigue el hombre la realización de su llamada. La
respuesta a la vocación es siempre un Sí lleno de fe La fe y el amor no se reducen a palabras o a
sentimientos vagos. Creer en Dios y amar a Dios significa vivir toda la vida
con coherencia a la luz del Evangelio, y esto no es fácil. ¡Sí! Muchas veces se
necesita mucho coraje para ir contra la corriente de la moda o la mentalidad de
este mundo. Pero, lo repito, éste es el único camino para edificar una vida
bien acabada y plena. Y si a pesar de vuestro esfuerzo personal por
seguir a Cristo, alguna vez sois débiles no cumpliendo... sus mandamientos, ¡no
os desaniméis! ¡Cristo os sigue esperando! Él, Jesús, es el Buen pastor que
carga con la oveja perdida sobre sus hombros y la cuida con cariño para que
sane'. Cristo es amigo que nunca defrauda. El joven del Evangelio añade: «¿Qué
me falta?». Aquél corazón joven movido por la gracia de Dios, siente un deseo
de más generosidad, de más entrega, de más amor. Un deseo que es propio
de la juventud; porque un corazón enamorado no calcula, no regatea, quiere
darse sin medida. «Jesús fijando en él la mirada, lo amó y le dijo)
ven y sígueme». A los que han entrado por la senda de la vida en el
cumplimiento de los mandamientos el Señor les propone nuevos horizontes; el
Señor les propone metas más elevadas y los llama a entregarse a ese amor sin
reservas. Descubrir esta llamada, esta vocación, es caer en
la cuenta de que Cristo tiene fijos los ojos en ti y que te invita con la mirada
a la entrega total en el amor. Ante esa mirada, ante ese amor suyo, el corazón
abre las puertas de par en par y es capaz de decirle que sí. Si algunos de vosotros siente una llamada a
seguirle más de cerca, a dedicarle el corazón por entero como los apóstoles
Juan y Pablo, que sea generoso, que no tenga miedo, porque
no hay nada que temer cuando el premio que espera es Dios mismo, a quien, a
veces sin saberlo, todo joven busca. Jóvenes que me escucháis, jóvenes que sobre todo,
queréis saber lo que habéis de hacer para alcanzar la vida eterna decid
siempre que sí a Dios y Él os llenará de su alegría. «Una sola cosa te falta: ven y sígueme» ¿Quizá hoy Jesús os está repitiendo a cada uno de
vosotros: «Una sola cosa te falta»? ¿Quizá os está pidiendo más amor aún, más
generosidad, más sacrificio? Sí, el amor de Cristo exige generosidad y
sacrificio. Seguir a y servir al mundo en su nombre requiere coraje y fuerza.
Ahí no hay lugar para el egoísmo ni para el miedo. No tengáis miedo, por tanto,
cuando el amor sea exigente. No temáis cuando el amor requiera sacrificio. Por esto os digo a cada uno de vosotros: escuchad
la llamada de Cristo, cuando sintáis que os dice: «Sígueme.» Camina sobre mis
pasos. ¡Ven a mi lado, permanece en mi amor! Te pide que optes por Cristo. ¡La
opción por Cristo y su modelo de vida; Por su mandamiento de amor! El amor verdadero es exigente. No cumpliría mi
misión si no os lo hubiera dicho con toda claridad. El amor exige esfuerzo y
compromiso personal para cumplir la voluntad de Dios. Dificultades para la vocación Desdichadamente vivimos en una época en la que el
pecado se ha convertido hasta en una industria, que produce dinero, mueve
planos económicos, da bienestar. Esta situación es realmente impresionante y
terrible. ¡Es necesario no dejarse asustar ni presionar! ¡Cualquier época exige
del cristiano «coherencia»! Sed valientes. El mundo necesita testigos,
convencidos e intrépidos. No basta discutir, hay que actuar, vivir en gracia,
practicar toda la ley moral, alimentad vuestra alma con el cuerpo de Cristo,
recibiendo seria y periódicamente el Sacramento de
Meditad también con seriedad y generosidad, si el
Señor llama a alguno de vosotros. ¿Cómo es posible esto? Buena pregunta. Nuestra
bendita Madre, María de Nazaret hizo la misma
pregunta por primera vez ante el extraordinario plan al que Dios la había
destinado. Y la respuesta que recibió María de Dios Todopoderoso es la misma
que os da a vosotros: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti porque para Dios nada
es imposible». Conociendo bien la doctrina de Jesús es fácil
actuar ante los retos de la vida sin miedo a equivocarnos o a estar solos, pues
lo haremos, en todo momento y circunstancia, bajo la influyente guía de su
propio Espíritu Santo, sea grande o pequeña. Os dirán que el sentido de la vida está en el mayor
número de placeres posibles; intentarán convenceros de que este mundo es
el único que existe y que vosotros debéis atrapar todo lo que podáis para
vosotros mismos, ahora. Oiréis a la gente que os dirá: vuestra felicidad está
en acumular dinero y en consumir tantas cosas como podáis, y
cuando os sintáis infelices acudid a la evasión del alcohol o de la droga. Nada de esto es verdadero. Y nada de esto
proporciona auténtica felicidad a vuestras vidas. Quizá venís de familias católicas asistís a Misa el
domingo o incluso entre semana, rezáis en familia todos los días y espero que
lo continuéis haciendo así toda la vida, pero puede acosaros la tentación de
alejaros de Cristo. Oiréis decir a muchos que vuestras prácticas
religiosas están irremediablemente desfasadas, fuera del estilo vuestro, fuera
del estilo del futuro y que podéis organizar vuestras propias vidas y que ya
Dios no cuenta. Incluso muchas personas religiosas seguirán esas
actitudes arrastrados por la atmósfera circundante. Una sociedad así, perdidos sus más altos valores
morales y religiosos es presa fácil para la manipulación y dominación de
fuerzas que, so pretexto de liberar, esclavizan más aún. ¡Jesús tiene la respuesta a vuestras preguntas y la
clave de la historia! En Cristo descubriréis la verdadera grandeza de vuestra
propia humanidad. ¡Él sigue llamándoos, Él sigue invitándoos! Sí.
Cristo os llama, pero Él os llama de verdad. Su llamada es exigente, porque os
invita a dejaros «pescar» completamente por Él, de modo que veréis toda vuestra
vida bajo una luz nueva. Es el amigo que dice a sus discípulos: «Ya no os llamo
siervos..., sino que os llamo amigos»
demuestra su amistad entregando su vida por nosotros. La auténtica vida no se encuentra en uno mismo o en
las cosas materiales. Se encuentra en otro, en Aquel que ha creado todo lo que
de bueno, verdadero y hermoso hay en el mundo. La auténtica vida se
encuentra en Dios, y vosotros descubriréis a Dios en la persona de Jesucristo. Para ver claro el camino: oración, sacramentos y
dirección espiritual Tratad de conocer a Jesús de modo auténtico, profundizad
en su conocimiento para entrar en su amistad. El
conocimiento de Jesús, rompe la soledad, supera la tristeza y la duda, da
sentido a la vida, frena las pasiones, eleva los ideales, capacita para ayudar
a acertar en las decisiones. Dejad que Cristo sea para vosotros el camino, la
verdad y la vida. Buscadlo a través de la oración, en el diálogo
sincero y asiduo con Él. Hacedle partícipe de los interrogantes que os van
planteando los problemas y proyectos propios. Buscadle en su Palabra, en los
santos Evangelios, y en la vida litúrgica de
Madurad en el recogimiento y la oración la elección
que vais a hacer: si la voz del Señor resuena en lo más íntimo de vuestro
corazón, quered escuchadle. «Si escucháis hoy mi voz: no endurezcáis vuestro
corazón». ¿Quién se atreverá a decir que no al Señor que te
llama? Nadie puede permitirse equivocar el camino de su vida. Por tanto, meditadlo bien, rezad para tener la luz
necesaria en vuestra elección y hecha la elección rezad todavía más para tener
la fortaleza de permanecer, caminando siempre «de manera digna del Señor,
procurando serle grato en todo». «Señor, que vea»; que vea, Señor, cual es tu
voluntad para mí en cada momento, y sobre todo que vea en qué consiste ese
designio de amor para toda mi vida, que es mi vocación. Y dame generosidad para
decirte que sí y serte fiel, en el camino que quieras indicarme para que sea
sal y luz en mi trabajo, en mi familia, en todo el mundo. El sacramento de la penitencia, es un medio
singularmente eficaz para el crecimiento espiritual. Indispensable para el fiel
que habiendo caído en pecado grave quiere retornar a la vida de Dios. La dirección espiritual, que puede llevarse fuera
del contexto del sacramento de la penitencia e incluso ser llevada por quien no
tiene el orden sagrado, ayuda a superar el peligro de la arbitrariedad a la
hora de conocer y decidir la propia vocación a la luz de Dios. Prontitud
para decir Sí ante la grandeza de la llamada ¡Ánimo, jóvenes! ¡Cristo os llama y el mundo os
espera! Recordad que el Reino de Dios necesita vuestra generosa y total
entrega. No seáis como el joven rico, que invitado por Cristo, no supo
decidirse y permaneció con sus bienes y con su tristeza, él, que había sido
preguntado con una mirada de amor.`Sed como
aquellos pescadores que llamados por Jesús, dejaron todo inmediatamente y
llegaron a ser pescadores de hombres'. Sentid la grandeza de esta misión, dejaos arrastrar
del todo por el torbellino en cuyo centro actúa Dios mismo, tened plena
conciencia de realizar una misión insustituible. No permitáis que la insidia de
la duda, del cansancio o de la desilusión empañen el
frescor de la entrega. La alegría de ser generosos Queridísimos: comprendéis que os hablo de cosas muy
importantes. Se trata de dedicar la vida entera al servicio de Dios y de
Abrid vuestro corazón al encuentro gozoso con
Cristo. Pedid consejo. Estad
seguros de que si le escuchaseis y le siguieseis os sentiríais llenos de gozo y
alegría. Sed generosos, tened valor y recordad su promesa: «mi yugo es suave y
mi carga ligera». Jóvenes: Cristo necesita de vosotros y os llama
para ayudar a millones de hermanos vuestros a salvarse. Abrid vuestro corazón a
Cristo, a su ley de amor; sin condicionar vuestra disponibilidad, sin miedos a
respuestas definitivas, porque el amor y la amistad no tienen ocaso. Perseverancia y fidelidad Es fácil ser coherente por un día o algunos días.
Difícil e importante es ser coherente toda la vida. Es fácil ser coherente a la
hora de la exaltación, difícil serio a la hora de la tribulación. Y sólo puede
llamarse fidelidad a una coherencia que dure toda la vida. Su llamada es una declaración de amor. Vuestra
respuesta es entrega, amistad, amor manifestado en la donación de la propia
vida, como seguimiento definitivo. Ser fieles a Cristo es amarlo con toda el alma y
con todo el corazón de forma que ese amor sea la norma y el motor de todas
nuestras acciones. La fidelidad de Cristo alcanza en
Permitidme que os abra mi corazón para deciros que
la principal preocupación ha de ser la fidelidad, la lealtad a la propia
vocación, como discípulo que quiere seguir al Señor con una entrega total y con
una disponibilidad apostólica sin condicionamientos ni fronteras. Sólo a la luz
de esta entrega se pueden afrontar los demás problemas. La vocación es siempre apostólica Dios llama a quien quiere, por libre iniciativa de
su amor. Pero quiere llamar a través de otras personas. Así quiere hacerlo el
Señor Jesús. Fue Andrés quien condujo a Jesús a su hermano Pedro. Jesús llamó a
Felipe, pero Felipe a Natanael… No debe existir ningún temor en proponer
directamente a una persona joven o menos joven la llamada del Señor. Es un acto
de estima y de confianza. Puede ser un momento de luz y de gracia. Ningún cristiano está exento de su responsabilidad
apostólica, ninguno puede ser sustituido en las exigencias de su apostolado
personal. ¡Ninguna actividad humana puede quedar ajena a vuestra pasión
apostólica!. Son muchos vuestros coetáneos que no conocen a
Cristo, o no lo conocen lo suficiente. Por consiguiente, no podéis permanecer
callados e indiferentes. Ciertamente, la mies es mucha, y se necesitan
obreros en abundancia. Cristo confía en vosotros y cuenta con vuestra
colaboración. Os invito, pues, a renovar vuestro compromiso apostólico. ¡Cristo
tiene necesidad de vosotros! Responded a su llamamiento con el valor y el
entusiasmo característicos de vuestra edad.
3a)
No hay vocación más religiosa que el trabajo. Un
laico católico, hombre o mujer, es alguien que toma el trabajo en serio. Sólo
el cristianismo ha dado un sentido religioso al trabajo y reconoce el valor
espiritual del progreso tecnológico. Tenéis como finalidad la santificación de la vida
permaneciendo en el mundo, en el propio puesto de trabajo y de profesión: vivir
el Evangelio en el mundo, viviendo verdaderamente inmersos en el mundo, pero
para transformarlo y redimirlo con el propio amor de Cristo. Realmente es una
gran ideal el vuestro. Tal es vuestro mensaje y vuestra espiritualidad:
vivir unidos a Dios en medio del mundo, en cualquier situación, cada uno
luchando por ser mejor con la ayuda de la gracia, y dando a conocer a
Jesucristo con el testimonio de la propia vida. ¿Hay algo más bello y más apasionante que este
ideal? Vosotros, insertos y mezclados en esta humanidad alegre y dolorosa,
queréis amarla, iluminarla, salvarla: ¡benditos seáis y siempre animosos en
este vuestro intento! Vale la pena dedicarse al hombre por Cristo, para
llevarle a Él, para elevarlo, para ayudarle en el camino hacia la eternidad;
vale la pena por el Reino del Señor vivir ese precioso valor del cristianismo:
el celibato apostólico. Sed testigos de Cristo frente a vuestros coetáneos.
De este modo fortaleceréis vuestra vida de creyentes seguros de comprometeros
en una causa grande y podréis seguir la voz del Espíritu Santo. Y si esta voz
os llama a un amor más elevado y generoso no tengáis miedo. Con el corazón encendido, dialogando con el Señor,
tal vez alguno de vosotros se dé cuenta de que Jesús le pide más, de que le
llama a que, por su amor, se lo entregue todo. Queridos jóvenes, quisiera
deciros a cada uno: Si tal llamada llega a tu corazón, no la acalles. Deja que
se desarrolle hasta la madurez de una auténtica vocación. Colabora con esa
llamada a través de la oración y la fidelidad a los mandamientos. Hay -lo
sabéis bien- una gran necesidad de vocaciones de laicos comprometidos que sigan
más de cerca a Jesús. «La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, pues,
al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies». Con este programa
3b) VOCACIÓN MATRIMONIAL Toda la historia de la humanidad es la historia de
la necesidad de amar y de ser amado. El corazón -símbolo de la amistad y del amor- tiene
también sus normas, su ética y... nada tiene que ver con la sensiblería y menos
aún con el sentimentalismo. Jóvenes, ¡alzad con frecuencia los ojos a
Jesucristo! ¡No tengáis miedo! Jesús no vino a condenar el amor, sino a liberar
el amor de sus equívocos y falsificaciones. El ser humano es un ser corporal no es un objeto
cualquiera. Es, ante todo, alguien; en el sentido de que es una
manifestación de la persona, un medio de presencia entre los demás, de
comunicación. El cuerpo es una palabra, un lenguaje. ¡Qué maravilla y qué
riesgo al mismo tiempo! ¡Tened un gran respeto de vuestro cuerpo y del de los
demás! ¡Que vuestros gestos, vuestras miradas, sean siempre el reflejo de
vuestra alma! Jóvenes, la unión de los cuerpos ha sido siempre el
lenguaje más fuerte con el que dos seres pueden comunicarse entre sí. Y por eso
mismo, un lenguaje semejante, que afecta al misterio sagrado del hombre y de la
mujer, exige que no se realicen jamás los gestos del amor sin que se
aseguren las condiciones de una posesión total y definitiva de la pareja, y
que la decisión sea tomada públicamente mediante el matrimonio. Y a aquellos a los que Cristo llama a la vocación
matrimonial les digo: estad seguros del amor de
Escucha, en el fondo del corazón a tu conciencia
que te llama a ser puro: al serio compromiso del matrimonio que es cimiento de
un sólido edificio. No se puede alimentar un hogar con el fuego del placer que
se consume rápidamente, como un puñado de hierba seca. Los encuentros
ocasionales son simples caricaturas del amor, hierven los corazones y descarnan
el plan divino. ¿Qué quiere Jesús de mí? ¿A qué me llama? ¿Cuál es
el sentido de su llamada para mí? Para la gran mayoría de vosotros, el amor humano se
presenta corno una forma de autorrealización en la formación de una familia.
Por eso, en el nombre de Cristo deseo preguntaros: ¿Estáis dispuestos a seguir
la llamada de Cristo a través del sacramento del matrimonio, para ser
procreadores de nuevas vidas, formadores de nuevos peregrinos hacia la ciudad
celeste? La familia es un misterio de amor, al colaborar
directamente en la obra creadora de Dios. Amadísimos jóvenes, un gran sector de
la sociedad no acepta las enseñanzas de Cristo, y, en consecuencia toma otros
derroteros: el hedonismo, el divorcio, el aborto, control de la natalidad, los
medios contraceptivos. Estas formas de entender la vida están en claro
contraste con Viendo el «permisivismo» del mundo moderno, que
niega o minimiza la autenticidad de los principios cristianos, es fácil y
atrayente respirar esta mentalidad contaminada y sucumbir al deseo pasajero.
Pero tened en cuenta que los que actúan de este modo no siguen ni aman a
Cristo. En esta decisión cristiana, el amor es más fuerte que la muerte. Por
eso os pregunto nuevamente: ¿Estáis dispuestos y dispuestas a salvaguardar la
vida humana con el máximo cuidado en todos los instantes, aún en los más difíciles?
¿Estáis dispuestos corno jóvenes cristianos a vivir y a defender el amor a
través del matrimonio indisoluble, a proteger la estabilidad de la familia, la
educación equilibrada de los hijos, al amparo del amor paterno y materno que se
complementan mutuamente? Este es el testimonio cristiano que se espera de la
mayoría de vosotros y de vosotras. 3c) VOCACIÓN SACERDOTAL Muchas veces me preguntan, sobre todo la gente
joven, por qué me hice sacerdote. Quizá alguno de vosotros queráis hacerme la
misma pregunta. Os contestaré brevemente. Pero tengo que empezar por decir que es imposible
explicarla por completo. Porque no deja de ser un misterio hasta para mí mismo.
¿Cómo se pueden explicar los caminos del Señor? Con todo, sé que en cierto
momento de mi vida me convencí de que Cristo me decía lo que había dicho a
miles de jóvenes antes que a mí: «¡Ven y sígueme!»
Sentí muy claramente que la voz que oía en mi corazón no era humana ni una
ocurrencia mía. Cristo me llamaba para servirle como sacerdote. Y como ya lo habréis adivinado, estoy profundamente
agradecido a Dios por mi vocación al sacerdocio. Nada tiene para mí mayor
sentido ni me da mayor alegría que celebrar
Recuerdo con profunda emoción el encuentro que tuvo
lugar en Nagasaki entre un misionero que acababa de
llegar y un grupo de personas que, una vez convencidas de que era un sacerdote
católico, le dijeron: «Hemos estado esperándote durante siglos». Habían estado
sin sacerdote, sin iglesias y sin culto durante más de doscientos años. Y sin
embargo, a pesar de circunstancias adversas, la fe cristiana no había
desaparecido; se había transmitido dentro de la familia de generación en
generación. La vocación sacerdotal es esencialmente una llamada
a la santidad según la forma que nace del sacramento del Orden. Santidad es
intimidad con Dios, es imitación de Cristo pobre, casto y humilde, es amor sin
reservas a las almas y entrega a un bien verdadero, es amor a
Deseáis descubrir si verdaderamente sois llamados
al sacerdocio. La cuestión es seria, porque requiere prepararse bien, con
rectitud de intención y exige una seria formación. Su llamada es una declaración de amor. Vuestra
respuesta es entrega, amistad, amor manifestado en la donación de la propia
vida, como seguimiento definitivo y como participación permanente en su misión
y en su consagración. Decidirse es amarlo con toda el alma y con todo el
corazón, de forma que ese amor sea la norma y el motor de vuestras acciones.
Vivid desde ahora plenamente
¡El mundo mira al sacerdote porque mira a Jesús! ¡Nadie puede ver a Cristo, pero todos ven al
sacerdote y por medio de él quieren ver al Señor! ¡Qué inmensa la grandeza y dignidad del sacerdote! «Orad, pues, al dueño de la mies para que mande
obreros a su mies... » Considerando que
Llamados, consagrados, enviados. Esta
triple dimensión explica y determina vuestra conducta y vuestro estilo de vida.
Estáis «puestos aparte»; «segregados», pero «no separados». Más bien os separaría
olvidar o descuidar el sentido de la consagración que distingue vuestro
sacerdocio. Ser uno más en la profesión, en el estilo de vida, en el modo de
vivir, en el compromiso político, no os ayudaría a realizar plenamente vuestra
misión; defraudaríais a vuestros propios fieles, que os quieren sacerdotes de
cuerpo entero. 3d) VOCACIÓN RELIGIOSA Y si alguno o alguna de vosotros advierte la
llamada de Cristo al don total de sí en la vida religiosa, no rechace una
propuesta tan elevada, aunque sea exigente. Que encuentre la valentía de un sí
generoso y fuerte, que pueda dar una inigualable plenitud de sentido a toda la
vida. La vocación religiosa es un don libremente ofrecido
y libremente aceptado. Es una profunda expresión del amor de Dios hacia
vosotros y, por vuestra parte, requiere a cambio un amor total a Cristo. Por
tanto toda la vida de un religioso está encaminada a estrechar el lazo de amor
que fue primero forjado en el sacramento del bautismo. Estáis llamados a realizar esto en la consagración
religiosa mediante la profesión de los consejos evangélicos de castidad,
pobreza y obediencia. Me es grato reafirmar con fuerza el papel
eminentemente apostólico de las monjas de clausura. Dejar el mundo para
dedicarse -en la soledad- a una oración más profunda y constante no es más que
una forma particular... de ser apóstol. Sería un error considerar a las monjas de clausura
como criaturas separadas de sus contemporáneos, aisladas y como apartadas del
mundo y de La juventud contemporánea no está cerrada al
llamamiento evangélico, como se afirma con excesiva facilidad. Claro está que
puede encaminarse espontáneamente a caminos nuevos; de todos modos se siente
igualmente atraída por las congregaciones antiguas que les presentan un rostro
vivo y siguen fieles a exigencias radicales y presentadas con sensatez. Basta consultar la historia de
Quiero recordar aquí de modo particular a las 400
jóvenes religiosas de vida contemplativa de España que me han manifestado sus
deseos de estar con nosotros. Sé ciertamente que están muy unidas a todos
nosotros a través de la oración en el silencio del claustro. Hace siete años,
muchas de ellas asistieron al encuentro que tuve con los jóvenes en el estadio
Santiago Bernabéu de Madrid. Después respondiendo
generosamente a la llamada de Cristo, le han seguido de por vida. Ahora se
dedican a rezar por 4. EL EJEMPLO DE MARÍA Para los jóvenes sobre todo, mi mensaje se hace
invitación y exhortación. Quisiera que la juventud del mundo entero se
acercase más a María. Ella es portadora de un signo indeleble de juventud y
belleza que no pasan jamás. Que los jóvenes tengan cada vez más su confianza en
Ella y que confíen a Ella la vida que se abre ante ellos. ¿Qué nos dirá María, nuestra Madre y Maestra? En el
Evangelio encontramos una frase en la que María se manifiesta realmente como
Maestra. Es la frase que pronunció en las bodas de Caná.
Después de haber dicho a su Hijo: «No tienen vino», dice a los sirvientes:
«Haced lo que Él os diga». Y estas palabras encierran un mensaje muy
importante, válido para todos los hombres de todos los tiempos. Ese «Haced lo
que Él os diga» significa: escuchad a Jesús, mi Hijo; actuad según su palabra y
confiad en Él. Aprended a decir que «Sí» al Señor en cada circunstancia de
vuestra vida. Es un mensaje muy reconfortante, del cual todos tenemos
necesidad. «Haced lo que Él os diga.» En estas palabras María
expresa, sobre todo, el secreto más profundo de su vida. En estas palabras está
toda Ella. Su vida, de hecho, ha sido un «Sí» profundo al Señor. Un «Sí» lleno de
gozo y de confianza. Es preciso, pues, que acojáis a María en vuestras
jóvenes vidas, igual que el Apóstol Juan la acogió «en su casa». Que le
permitáis ser vuestra Madre. Que abráis ante Ella vuestros corazones y vuestras
conciencias. Que Ella os ayude a encontrar siempre a Cristo, para «seguirlo»,
por cada uno de los caminos de vuestra vida. «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según
tu palabra». Este fue el momento de la vocación de María. Y de
ese momento dependió la posibilidad misma de
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