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DIOS
Y EL MUNDO Joseph
Ratzinger Una
conversación con Meter Seewald PREFACIO En
11996, Peter Seewald me propuso conversar sobre las cuestiones que el hombre
actual plantea a la Iglesia y que a menudo le cierran el acceso a la fe. De ahí
surgió el libro Salz der Erde (Sal de la tierra), que para muchos se convirtió
en una contribución a la orientación que aceptaron con agradecimiento. El
enorme eco, asombrosamente positivo, que despertó el libro animó al señor
Seewald a proponer una segunda ronda de conversaciones en la que se
esclarecerían las cuestiones internas de la propia fe, que a muchos cristianos
les parece una selva tan impenetrable que apenas son capaces de orientarse en
ella; muchos aspectos de la misma, algunos importantes, resultan difícilmente
comprensibles y aceptables para el pensamiento actual. A
este proyecto se oponía en principio mi sobrecarga profesional. En el escaso
tiempo libre del que dispongo deseaba escribir, por fin, el libro sobre el
espíritu de la liturgia que tenía proyectado desde comienzos de los años
ochenta, pero que nunca había podido trasladar al papel. A lo largo de tres
vacaciones de verano surgió finalmente la obra, que se publicó a comienzos de
este año. El camino a la segunda conversación con Seewald quedaba por fin
despejado, y él propuso celebrarla en una sede preñada de simbolismo: la casa
matriz de la orden benedictina, la abadía de Montecassino. Allí,
fortalecidos por la hospitalidad benedictina, sostuvimos del 7 al 11 de febrero
de este año nuestro último diálogo, que el señor Seewald había preparado con
sumo cuidado. Yo tuve que confiar en la inspiración del momento. La
tranquilidad del monasterio, la amabilidad de los monjes y del abad, el
ambiente de oración y la celebración respetuosa de la liturgia nos ayudaron
mucho; la suerte quiso que también pudiéramos celebrar allí, con la brillantez
debida, la fiesta de la hermana de san Benito, santa Escolástica. Ambos
autores, que tomaron ese lugar venerable como un lugar de inspiración, expresan
su cordial agradecimiento a los monjes de Montecassino. Huelga
decir que cada uno de los dos autores habla por sí mismo y ofrece su propia
aportación. Al igual que en Sal de la tierra, también esta obra -me parece- ha
propiciado, precisamente por los diferentes orígenes y formas de pensar, un
auténtico diálogo, en el que el carácter directo de preguntas y respuestas se
revela fructífero. El señor Seewald, que grabó mis respuestas en cinta
magnetofónica, se encargó de trasladarlas al papel y de realizar las
correcciones estilísticas necesarias. Yo mismo las leí con ojos críticos y,
cuando lo juzgué necesario, las pulí lingüísticamente o incluí con cuidado
algún que otro añadido, aunque dejando en conjunto la palabra hablada tal como
había surgido en su momento. Espero que este segundo libro de conversaciones
encuentre una acogida de amabilidad similar a Sal de la tierra, y ayude a
muchas personas a comprender la fe cristiana. Roma,
22 de agosto de 2000 PRÓLOGO por
Peter Seewald Montecassino
en primavera. El sinuoso camino que conducía al monasterio de San Benito era
angosto y empinado, y cuanto más subíamos, más fresco se tornaba el aire. Nadie
decía una palabra, ni siquiera Alfredo, el chófer del cardenal. No sé, habíamos
dejado atrás definitivamente el invierno, pero en cierto modo teníamos miedo de
las frías noches que aún nos esperaban. Cuando
publiqué junto con el cardenal Ratzinger el libro de entrevistas Sal de la
tierra, muchos lo consideraron una oportunidad para adentrarse en una temática
hasta entonces inaccesible. Aunque el nombre de Dios se usa con más frecuencia
que nunca, en el fondo nadie sabe ya de qué habla cuando se refiere a
cuestiones religiosas. Yo lo había comprobado con amigos o en las redacciones
de las revistas para las que trabajaba. En un plazo de tiempo brevísimo amplios
sectores de la sociedad habían sufrido una especie de ataque nuclear
espiritual, una especie de big bang en la cultura cristiana que hasta entonces
constituía nuestro fundamento. Aunque las personas no negasen a Dios, nadie
contaba ya con que ejerciera poder sobre el mundo y pudiera hacer algo de
verdad. Durante
esa época visité en numerosas ocasiones una iglesia. A pesar de que albergaba
dudas y desconfiaba de los mensajes de la revelación, me parecía incuestionable
que el mundo no era una casualidad, ni el resultado de una explosión o algo
parecido, como sostenían Marx y otros. Y menos aún una creación del ser humano,
que no es capaz de curar un simple catarro ni de impedir la rotura de un dique.
Tomé conciencia de que, tras el entramado de liturgia, rezos y preceptos, debía
de existir una causa, una verdad. «Nosotros no hemos seguido unas historias
inteligentemente inventadas», dice la epístola de uno de los apóstoles. Pero me
habría parecido absurdo hacer la señal de la cruz o siquiera manifestar
humildad, como es habitual en las misas. Y por más que contemplase la iglesia a
mi alrededor, era incapaz de descifrar nada. El auténtico sentido del conjunto
parecía ocultarse tras un muro de niebla. Abandonar
la Iglesia, que desde hacía muchos años me parecía vacía y reaccionaria, no es
fácil, pero regresar es mucho más difícil aún. Uno no sólo desea creer lo que
sabe, sino también saber lo que cree. Montañas de preguntas insolubles
obstaculizan el camino. ¿Es Cristo de verdad el hijo de Dios, que nos trajo la
redención? Y en caso afirmativo, ¿de qué Dios se trata? ¿Uno bondadoso que nos
ayuda? ¿Un cínico, que, aburrido, sigue escribiendo línea a línea su gran libro
de la vida? ¿Qué propósito alberga respecto a las personas que pueden incluso
caer víctimas del poder del maligno? ¿Para qué estamos aquí? ¿Qué hay de los
mandamientos? ¿Siguen siendo válidos hoy? ¿Qué significan los siete
sacramentos? ¿Se oculta realmente en ellos, según se dice, el plan de toda la
existencia? ¿Son todavía conciliables en el siglo XXI la fe y la vida, para
aprovechar en el mundo moderno algo de los conocimientos básicos del legado de
la humanidad? En
fin, demasiadas cuestiones para responderlas o experimentarlas en poco tiempo.
Muchas jamás podrán expresarse del todo con palabras. Pero cuando el cardenal
Joseph Ratzinger, gran sabio de la Iglesia, se sentó frente a mí en el
monasterio y me contó con paciencia el evangelio, la fe cristiana desde la
creación del mundo hasta su final, logré vislumbrar cada vez con mayor claridad
algo del misterio que proporciona la coherencia más profunda al mundo. En el
fondo, acaso sea muy sencillo. «La creación misma», dice el sabio, «entraña un
orden en sí. A partir de él podemos leer los pensamientos de Dios... e incluso
el modo correcto en que deberíamos vivir. » Múnich,
15 de agosto de 2000 INTRODUCCIÓN Fe,
esperanza, amor Eminencia,
¿también usted tiene a veces miedo de Dios? Yo
no lo llamaría miedo. Sabemos por Cristo cómo es Dios, que nos ama. Y Él sabe
cómo somos nosotros. Sabe que somos carne. Y polvo. Por eso acepta nuestra
debilidad. No
obstante, una y otra vez me acomete esa ardiente sensación de defraudar mi
destino. La idea que Dios tiene de mí, de lo que yo debería hacer. ¿Tiene
usted a veces la sensación de que Dios critica o considera incorrecta alguna de
sus decisiones? Dios
no es un gendarme o un juez que te imponga una sanción. Pero dentro del espejo
de la Ve y también de la misión que me ha sido encomendada, he de reflexionar
cada día en lo que está bien y cuándo he cometido una equivocación. Como es
natural, entonces me apercibo de que he fallado en algo. Pero para eso existe
el sacramento de la penitencia. Se
dice que los católicos rebosan sentimientos de culpa frente a Dios. Yo
creo que los católicos están invadidos sobre todo por el gran sentimiento de
indulgencia de Dios. Observemos el arte del barroco o del rococó. Desprenden
una gran alegría. De típicas naciones católicas como Italia o España se dice,
no sin razón, que poseen una ligereza interna. Quizás en algunas zonas de la
cristiandad haya habido también una cierta educación deformada donde lo
aterrador, lo oneroso, lo severo tengan primacía, pero eso no es auténtico
catolicismo. En mi opinión, en las personas que viven la fe de la Iglesia
predomina en última instancia la conciencia de la salvación: ¡Dios no nos
abandonará! ¿Existe
un lenguaje que Dios use para decirnos a veces de forma muy concreta: «Sí,
hazlo». O: «¡Alto, último aviso! ¡Será mejor que no lo hagas!»? El
lenguaje de Dios es silencioso. Pero nos ofrece numerosas señales. Si lanzamos
una ojeada retrospectiva, comprobaremos que nos ha dado un empujoncito mediante
amigos, un libro, o un supuesto fracaso, incluso mediante accidentes. En
realidad, la vida está llena de estas mudas indicaciones. Despacio, si
permanezco alerta, a partir de todo esto se va conformando el conjunto y
empiezo a percibir cómo Dios me guía. Para
usted, que habla personalmente con Dios, ¿es tan natural como hablar por teléfono? En
cierto modo, es una posible comparación. Yo sé que Él está siempre ahí. Y Él
sabe sin duda alguna quién y qué soy. De ahí que aumente la necesidad de
llamarle, de comunicarme, de hablar con Él. Con Él puedo intercambiar tanto lo
más sencillo e íntimo, como lo más agobiante y trascendental. Para mí, en
cierto sentido, es normal tener la posibilidad de hablarle en la vida
cotidiana. Entonces,
¿Dios se muestra siempre lleno de respeto o también manifiesta humor? Personalmente
creo que tiene un gran sentido del humor. A veces le da a uno un empellón y le
dice: « ¡No te des tanta importancia!». En realidad, el humor es un componente
de la alegría de la creación. En muchas cuestiones de nuestra vida se nota que
Dios también nos quiere impulsar a ser un poco más ligeros; a percibir la
alegría; a descender de nuestro pedestal y a no olvidar el gusto por lo
divertido. Y
en ocasiones, ¿se enfada usted con Dios sin poder evitarlo? Naturalmente,
de vez en cuando pienso: «¿Por qué no me ayudará más? ». A veces también me
resulta enigmático. En los casos que me enfado percibo su misterio, su
naturaleza ignota. Pero enfadarse directamente con Dios significaría rebajarlo
demasiado. Muchas veces la culpa de un enfado la tienen cuestiones muy
evidentes. Y cuando el enfado está realmente justificado, uno ha de preguntarse
siempre si tal vez no le habrá comunicado algo importante a través de él y de
las cosas y de las personas que le irritan. Con Dios mismo, yo no me enfado
jamás. ¿Cómo
comienza usted el día? Antes
de levantarme rezo primero una breve oración. El día parece diferente cuando
uno no se adentra directamente en él. Después vienen todas esas actividades que
se realizan temprano: lavarse, desayunar. A continuación, la santa misa y el
breviario. Ambos son para mí los actos fundamentales del día. La misa es el
encuentro real con la presencia de Cristo resucitado, y el breviario, la
entrada en la gran plegaria de toda la historia sagrada. Aquí los salmos son la
pieza esencial. Aquí se reza con los milenios y se oyen las voces de los
Padres. Todo eso le abre a uno la puerta para iniciar el día. A continuación
viene el trabajo normal. ¿Y
con que frecuencia reza? Los
momentos fijos de oración son a mediodía, cuando, según la tradición católica,
rezamos al ángel del Señor. Por la tarde están las vísperas, y por la noche las
completas, el rezo eclesiástico nocturno. Y entremedias, cuando siento que
necesito ayuda, siempre es posible deslizar breves plegarias. ¿Reza
usted siempre una oración distinta antes de levantarse? No,
es una oración fija; en realidad una suma de distintas pequeñas plegarias,
pero, en conjunto, una fórmula fija. ¿Alguna
recomendación al respecto? Seguro
que todo el mundo puede escoger algo del tesoro de la Iglesia. Por
la noche, cuando uno no logra encontrar la paz... ...
yo recomendaría el rosario. Es un rezo que, además de su significado
espiritual, ejerce una fuerza anímicamente tranquilizadora. En él, al atenerse
siempre a las palabras, te vas liberando poco a poco de los pensamientos que te
atormentan. ¿Cómo
aborda personalmente los problemas (presuponiendo que los tenga)? ¿Cómo
no iba a tenerlos? Por una parte, intento introducirlos en la oración y
afianzarme en mi interior. Por otra, procuro ser exigente, consagrarme de
verdad a una tarea que me exija y al mismo tiempo me agrade. Y por último,
reunirme con los amigos me permite olvidarme un poquito de lo que siempre está
ahí. Estos tres componentes son importantes. Yo
creo que en algún momento todos estamos cansados, y destrozados, y sin fuerzas,
y desesperados, y furiosos por nuestro destino, que parece completamente
torcido e injusto. Usted hablaba de introducir los problemas en la oración,
¿eso cómo se hace? Quizás
haya que empezar como Job. Primero, por ejemplo, hay que gritarle en tu
interior a Dios, decirle sin rodeos: « ¡¿Pero qué estás haciendo conmigo?! ».
Pues la voz de Job sigue siendo una voz auténtica, que también nos dice que
tenemos esa posibilidad -y que tal vez incluso debamos utilizarla-. A pesar de
que Job se mostró ante Dios realmente quejumbroso, al final Dios le da la
razón. Dios dice que ha hecho bien, y que los demás, que lo han explicado todo,
no han hablado bien de Él. Job
se enzarza en una lucha y enumera sus quejas ante Él. Poco a poco va oyendo
hablar a Dios, las cosas cambian de rumbo y se ven bajo otra perspectiva. Así
salgo de ese estado de tortura y sé que, aunque en ese momento no pueda
entender que Él es amor, puedo confiar sin embargo en que todo está bien como
está. Acaso
deberíamos simplemente manejar con más rigor los problemas, no permitirlos en
absoluto. Los
problemas existen. Determinadas decisiones, el fracaso, las tiranteces humanas,
las decepciones, todo eso te afecta y además así debe ser. Pero los problemas
también tienen que enseñarte a elaborar esas cuestiones. Rodearse de una coraza
de acero, hacerse impenetrable, implicaría una pérdida de humanidad y de
sensibilidad, incluso para con los demás. El estoico Séneca dijo: «La compasión
es algo abominable». Por el contrario, si contemplamos a Cristo, Él es el que
compadece, y eso nos lo hace valioso. La compasión, la vulnerabilidad también
forman parte del cristiano. Hay que aprender a aceptar las heridas, a vivir
herido y a encontrar finalmente en ellas una salvación más profunda. Muchos
sabían rezar de pequeños, pero en cierto momento lo olvidaron. ¿Hay que
aprender a hablar con Dios? El
órgano de Dios puede atrofiarse hasta el punto de que las palabras de la fe se
tornen completamente carentes de sentido. Y quien no tiene oído tampoco puede
hablar, porque sordera y mudez van unidas. Es
como si uno tuviera que aprender su lengua materna. Poco a poco se aprende a
leer la escritura cifrada de Dios, a hablar su lenguaje y a entender a Dios,
aunque nunca del todo. Poco a poco uno mismo podrá rezar y hablar con Dios, al
principio de manera muy infantil -en cierto modo siempre seremos niños-, pero
después cada vez mejor, con sus propias palabras. Usted
dijo una vez: «Si el ser humano sólo confía en lo que ven sus ojos, en realidad
está ciego...». ...
porque limita su horizonte de manera que se le escapa precisamente lo esencial.
Porque tampoco tiene en cuenta su inteligencia. Las cosas realmente importantes
no las ve con los ojos de los sentidos, y en esa medida aún no se apercibe bien
de que es capaz de ver más allá de lo directamente perceptible. Alguien
me dijo que tener fe era como saltar de un acuario al océano. ¿Recuerda usted
su primera gran vivencia de la fe? Yo
diría que en mi caso fue más bien un crecimiento tranquilo. Como es natural,
hay puntos culminantes en que uno descubre algo, en la teología, en el primer
indicio de comprensión teológica, algo que de repente se vuelve amplio y
sustentador y que ya no es mera transmisión. Yo
no podría identificar en mi vida el gran salto del que usted habla, un
acontecimiento especial. Más bien me fui aventurando despacio y con mucha
cautela desde aguas poco profundas hacia mar adentro y fui percibiendo
lentamente algo del océano que sale a nuestro encuentro. También
creo que uno nunca termina con la fe. La fe ha de ser vivida siempre en el
sufrimiento y en la vida, al igual que en las grandes alegrías que Dios nos
regala. Nunca es algo que se pueda guardar como una simple moneda. UNA
IMAGEN DE DIOS Mi
hijo pequeño me pregunta a veces: «Oye, papá, ¿cómo es Dios?». Yo
le contestaría diciendo que uno se puede imaginar a Dios tal como lo conocemos
a través de Jesucristo. Cristo dijo una vez: «Quien me ve a mí, ve al Padre». Y
si después se analiza toda la historia de Jesús, empezando por el pesebre, por
su actuación pública, por sus grandes y conmovedoras palabras, hasta llegar a
la última cena, a la cruz, a la resurrección y a la misión del apostolado...
entonces uno puede atisbar el rostro de Dios. Un rostro por una parte serio y
grande. Que desborda con creces nuestra medida. Pero, en última instancia, el
rasgo característico en Él es la bondad; Él nos acepta y nos quiere. ¿Pero
no dicen también que no deberíamos forjarnos ninguna imagen de Dios? Este
precepto se ha transformado en la medida en que Dios se dio a sí mismo una
imagen. La Epístola a los Efesios dice de Cristo: «Él es la imagen de Dios». Y
en Él se cumple plenamente lo que se dice del ser humano en la creación. Cristo
es la imagen original del ser humano. Eso ciertamente no nos permite
representar a Dios mismo en su eterna infinitud, pero sí contemplar la imagen
que Él se dio a sí mismo. Desde entonces no nos forjamos ninguna imagen de
Dios, sino que es Dios mismo quien nos la muestra. Aquí nos mira y nos habla. Ciertamente,
la imagen de Cristo no es una simple foto de Dios. Esta imagen del crucificado
trasluce más bien la biografía entera de Jesús, sobre todo la biografía íntima.
Con ello se nos proporciona una visión que abre y trasciende los sentidos. ¿Cómo
caracterizar a Jesús en unas cuantas frases? Aquí
nuestras palabras están siempre sometidas a una sobreexigencia. Lo importante
es que Jesús es el Hijo de Dios, que es Dios y al mismo tiempo verdadero
hombre. Que en Él no sólo sale a nuestro encuentro la genialidad o la
heroicidad humanas, sino que también trasluce a Dios. Puede decirse que en el
cuerpo desgarrado de Jesús en la cruz vemos cómo es Dios, en concreto Aquel que
se entrega por nosotros hasta ese punto. ¿Era
Jesús católico? No
podemos afirmarlo con mucha seguridad, porque Él está por encima de nosotros.
Hoy se oye la formulación inversa, es decir, que Jesús no era cristiano, sino
judío. Y también es cierto, pero con limitaciones. Por su nacionalidad era
judío. Lo era porque adoptó y vivió la ley, y fue también, pese a todas las
críticas, un judío piadoso que mantuvo el orden en el templo. Y a pesar de todo
infringió y trascendió el Antiguo Testamento -desde su poder de Hijo. Jesús
se concebía a sí mismo como el nuevo y más grande Moisés que ya no se limita a
interpretar sino que renueva. En ese sentido, trascendió lo existente y creó
algo nuevo, es decir, condujo el Antiguo Testamento hasta la universalidad de
un pueblo que se extiende por toda la tierra y que ha de crecer aún más. Él es,
pues, el origen de la fe, el que crea intencionadamente la Iglesia católica,
pero no es uno más de nosotros. ¿Cómo
y cuándo supo personalmente lo que Dios quería de usted? Creo
que eso siempre hay que aprenderlo de nuevo. Porque Dios desea siempre lo
trascendente. Sin embargo, si usted se refiere a la decisión profesional, a la
dirección fundamental que yo quise y tuve que tomar, fue un proceso de
maduración intenso y, en parte, también complejo durante mi época universitaria.
Este camino me llevó a acercarme a la Iglesia, a guías y compañeros sacerdotes
y, naturalmente, a las Sagradas Escrituras. Este conglomerado de relaciones fue
luego clarificándose paulatinamente. Pero
también mencionó en una ocasión que en su decisión de optar por el sacerdocio
existió un «auténtico encuentro» entre Dios y usted. ¿Cómo podemos imaginar ese
encuentro entre Dios y el cardenal Ratzinger? Desde
luego, no al estilo de una cita entre dos personas. A lo mejor se puede
describir como algo que sientes en la piel y después se adentra y arde en tu
alma. Uno siente sencillamente que eso tiene que ser así, que es el camino
acertado. No fue un encuentro en el sentido de una iluminación mística. No es
éste un ámbito de experiencias del que pueda vanagloriarme. Sin embargo, puedo
decir que el conjunto de la lucha desembocó en un conocimiento claro y
exigente, de forma que también se manifestó en mi interior la voluntad de Dios. «Dios
te amó primero», dice la doctrina cristiana. Y te ama sin tener en cuenta tu
origen o tu importancia. ¿Qué significa eso? Esta
frase debe tomarse en el sentido más literal posible y así intento hacerlo.
Porque es realmente el gran motor de nuestra vida y el consuelo que
necesitamos. Lo cual no es en absoluto tan extraño. Él
me amó primero, antes de que yo mismo fuese capaz de amar. Fui creado sólo
porque ya me conocía y me amaba. Así que no he sido lanzado al mundo por azar,
como dice Heidegger, ni me veo obligado a advertir que voy nadando por ese
océano, sino que me precede un conocimiento, una idea y un amor que constituyen
el fundamento de mi existencia. Lo
importante para cualquier persona, lo primero que da importancia a su vida, es
saber que es amada. Precisamente quien se encuentra en una situación difícil
resiste si sabe que alguien le espera, que es deseado y necesitado. Dios está
ahí primero y me ama. Ésta es la razón segura sobre la que se asienta mi vida,
y a partir de la cual yo mismo puedo proyectarla. CRISIS
DE FE Señor
cardenal, en la mayoría de los continentes de la tierra, la fe cristiana es más
requerida que nunca. Sólo en los últimos cincuenta años, el número de católicos
en todo el mundo se ha duplicado hasta superar los mil millones. Sin embargo,
en numerosos países del llamado Viejo Mundo estamos viviendo una secularización
cada vez más amplia. Parece como si grandes sectores de la sociedad europea
quisieran desligarse paulatina y totalmente de su herencia. Los enemigos de la
fe hablan de una «maldición del cristianismo» de la que es preciso liberarse al
fin. En
nuestro primer libro Sal de la tierra abordamos ampliamente esta temática.
Muchas personas están dispuestas a seguir estereotipos anticristianos o
anticlericales sin reflexión personal. Con frecuencia se debe a que hemos
perdido los contenidos y signos de la fe. Ya no sabemos lo que significan.
¿Tiene la Iglesia algo que decir? Vivimos
sin duda en un momento histórico en el que la tentación de querer crear sin
Dios se ha vuelto muy grande. Nuestra cultura de la técnica y del bienestar se
basa en la convicción de que, en el fondo, todo es factible. Naturalmente, si
pensamos así, la vida termina en lo que nosotros podemos hacer, construir y
demostrar. Por tanto, la cuestión divina queda relegada a un segundo término. Si
se generaliza esa actitud -y la tentación para que eso ocurra es muy grande,
porque buscar a Dios significa realmente adentrarse en otro plano que antes
quizá fuese más accesible-, la respuesta es palmaria: lo que no es obra
nuestra, no existe. Entretanto
se dan bastantes intentos de construir éticas sin Dios. Sin
duda, y en ese sentido el cálculo consiste en buscar lo que, al parecer, más
conviene al ser humano. Por otra parte, observamos también intentos de
convertir la realización íntima de la persona, la felicidad, en un producto
construible. O el entregarse a formas religiosas que aparentemente pueden
prescindir de la fe, ofertas esotéricas que, a menudo, son simples técnicas
fortuitas. Todos
estos modos de querer mantener el mundo en equilibrio y arreglárselas con la
propia vida son muy naturales debido al actual modelo vivencial y existencial.
La palabra de la Iglesia, por el contrario, procede del pasado, ya sea porque
sucedió hace mucho y no pertenece a nuestro tiempo, o porque proviene de una
forma de vida completamente distinta que ya no parece actual. Sin duda la
Iglesia aún no ha conseguido del todo dar el salto al presente. Volver a llenar
de experiencia y vitalidad las antiguas palabras, verdaderamente vigentes y
grandes, hasta que se tornen audibles es la gran tarea que nos espera. Tenemos
mucho que hacer al respecto. La
imagen de Dios basada en el esoterismo presenta la idea de un Dios
completamente diferente, cuyos nuevos mensajes se van distanciando de la
doctrina judía y cristiana. Ni rabinos, ni sacerdotes, ni siquiera la Biblia,
dicen, son fuentes de su mensaje. En lugar de eso las personas deberían
orientarse por sus propios sentimientos y liberarse de una vez de las
coacciones de esas religiones tradicionales, más aún, ridículas, y de sus
poderosas castas sacerdotales, para volver a ser íntegras y felices, tal como
fueron concebidas al principio. Gran parte de este mensaje suena muy alentador. Eso
responde punto por punto a nuestras necesidades religiosas actuales y también a
la necesidad de simplificación. En ese sentido tiene en sí algo convincente que
augura el éxito. Pero ciertamente también es preciso preguntarse quién o qué
legitima este mensaje. ¿Está suficientemente legitimado como para parecernos
plausible? ¿Basta la plausibilidad como criterio para aceptar un mensaje sobre
Dios? ¿O es precisamente la plausibilidad una tentación que nos halaga? Pues
nos muestra el camino más fácil, pero también nos impide descubrir la realidad. En
última instancia, con ello convertimos nuestros sentimientos en la pauta de
quién es Dios y de cómo deberíamos vivir. Pero los sentimientos son cambiantes,
y pronto nos damos cuenta nosotros mismos de que de ese modo estamos edificando
sobre una base engañosa. Por convincente que pueda parecernos al principio, ahí
vuelvo a toparme con ideas humanas que, en última instancia, siguen siendo
cuestionables. Sin embargo, lo esencial de la fe es que en ella no me encuentro
con algo inventado, sino que lo que sale a mi encuentro supera con creces todo
cuanto nosotros, los hombres, podemos inventar. Objeción:
¡eso lo dice la Iglesia! Está
probado por la historia. En ella Dios, en cierto sentido, se ha sometido a
prueba una y otra vez y seguirá haciéndolo en el futuro. Creo que en este libro
conoceremos muchas cosas más al respecto. Pero,
en última instancia, a las personas no les basta con que Dios haya expresado
esto ó aquello, o con que nos imaginemos esto o aquello sobre Él, sino que sólo
cuando Él ha hecho algo por nosotros, sucede lo que necesitamos y sobre lo que
puede fundamentarse una vida. Así
podemos darnos cuenta de que no sólo existen palabras sobre Dios, sino también
una realidad de Él. Que las personas no sólo han inventado algo, sino que ha
pasado algo; pasado en el sentido literal de pasión. Esta realidad trasciende
las palabras, aunque sea menos accesible. Para
muchos no sólo es increíble, sino que constituye una jactancia, una enorme
provocación, creer que una persona que fue ejecutada alrededor del año 3 o en
Palestina es el ungido y elegido de Dios, precisamente el «Cristo». Que un
único personaje sea el centro de la historia. En
Asia cientos de teólogos afirman que Dios es demasiado grande y vasto como para
haberse encarnado en una sola persona. De hecho, ¿no se reduce la fe si la
salvación de todo el mundo ha de estar orientada según un único punto? Esa
experiencia religiosa asiática considera a Dios tan inconmensurable y nuestra
comprensión tan limitada, que Dios sólo puede representarse a través de una
infinitud de reflejos. En ese caso Cristo acaso sea un elevado símbolo de Dios,
pero sólo un reflejo que no capta en absoluto el conjunto. En
apariencia, esto revela la sumisión del ser humano ante Dios. Se juzga
absolutamente imposible que Dios pueda pasar a formar parte de una sola
persona. Y desde una perspectiva exclusivamente humana, quizá tampoco podamos
esperar otra cosa que vislumbrar alguna chispa, un pequeño detalle de Dios. No
suena descabellado. Sí.
Desde la óptica racional deberíamos decir de hecho que Dios es demasiado grande
como para pasar a formar parte de la pequeñez de una persona. Dios es demasiado
grande como para que una idea o un escrito pueda abarcar su palabra; sólo puede
reflejarse en experiencias diversas, incluso contradictorias. Por otra parte,
la sumisión se convertiría en orgullo si negáramos a Dios la posibilidad de
tener la libertad y el poder amoroso de hacerse tan pequeño. La
fe cristiana nos ofrece precisamente el consuelo de que Dios es tan grande que
puede hacerse pequeño. En realidad aquí radica para mí la grandeza inesperada e
inconcebible de Dios, en que disfrute de la posibilidad de rebajarse tanto; en
que Él mismo pase de verdad a formar parte de una persona, en que no se limite
a disfrazarse para luego quitarse el disfraz y vestirse con otros ropajes, sino
que Él sea esa persona. Sólo ahí captamos la verdadera infinitud de Dios,
porque eso lo hace más poderoso, inimaginable y al mismo tiempo más salvador. De
otra manera, tendríamos que vivir siempre con un cúmulo de mentiras. Los
pasajes contradictorios que existen en el budismo y en el hinduismo sugieren
realmente la solución de la mística negativa. Pero entonces Dios se convierte
en negación, y ya nada positivo, y en última instancia constructivo, tiene que
proponer a este mundo. Y
viceversa: precisamente ese Dios que tiene el poder de plasmar en una persona
el amor que Él es, que está ahí y se nos da a conocer, que acepta la afinidad
con nosotros, es justo lo que necesitamos para no tener que vivir hasta el
final con fragmentos, con medias verdades. Eso
no significa que no podamos aprender de las demás religiones, o que el canon de
lo cristiano esté tan acabado y cimentado que imposibilite cualquier avance. La
aventura de la fe cristiana es siempre nueva y su inconmensurabilidad deriva
precisamente de atribuir esas posibilidades a Dios. El
ser humano ¿es creyente de por sí? A
juzgar por los datos que nos proporcionan las excavaciones de la historia de la
humanidad desde la prehistoria más remota, cabe afirmar que la idea de Dios
siempre ha existido. Los marxistas predijeron el fin de la religión. Decían que
con el final de la opresión ya no se necesitaría la medicina llamada Dios. Pero
se vieron obligados a reconocer que la religión no acaba nunca, porque
realmente es consustancial al ser humano. Sin
embargo, este sensor interno no funciona con el automatismo de un aparato
técnico, sino que es algo vivo que puede ir creciendo con el ser humano o
adormecerse casi hasta morir. Esa acción conjunta agudiza cada vez más el
sensor, reavivándolo e intensificando su reacción -en caso contrario se queda
romo y casi sepultado bajo la anestesia-. Y no obstante, en la persona
incrédula de alguna manera subsiste la pregunta residual de si, pese a todo, no
existirá algo. Sin este órgano íntimo, la historia de la humanidad resultaría
ininteligible. Por
otra parte hay montones de libros y teorías importantes que intentan rebatir
esa fe. Así que la lucha de un credo contra otro también parece existir en
principio, y posee incluso algo de espíritu misionero. Los mayores experimentos
humanos de la historia hasta la fecha, el nacionalsocialismo y el comunismo,
intentaron llevar ad absurdum y arrancar del corazón de los hombres la fe en
Dios. Y no será el último intento. Por
eso la fe en Dios no es una ciencia que se pueda estudiar, como la química o
las matemáticas, sino que sigue siendo fe. Aunque posee una estructura muy
racional; volveremos más adelante sobre este punto. No es simplemente un oscuro
asunto cualquiera del que me fío. Me proporciona claridad de juicio. Y existen
bastantes razones juiciosas para entregarse a ella. Sin embargo, jamás se
convierte en pura ciencia. Pero
como la fe exige toda la existencia, la voluntad, el amor, el desprendimiento,
también necesita superar siempre el mero conocimiento, la pura demostración.
Por ello, también puedo vivir siempre lejos de la fe y hallar razones para
refutarla. Porque,
como usted mismo sabe, hay numerosas razones contrarias. Basta con analizar el
enorme sufrimiento existente en el mundo. Este simple hecho parece una
refutación de Dios. O tomemos esa pequeñez, la sencillez de Dios. Para aquel
que ha abierto los ojos a la fe, aquí radica precisamente toda su grandeza; sin
embargo, el que no puede o no quiere dar el salto convierte a Dios en cierto
modo en refutable. También se puede disolver todo en numerosos detalles. Las
Sagradas Escrituras, el Nuevo Testamento pueden hacerse añicos a fuerza de
leerlos hasta dejarlos reducidos a un montón de trocitos, de manera que luego
un erudito diga que la resurrección es una invención posterior, que todo se
añadió más tarde, que carece de fundamento. Todo
esto es posible. Precisamente porque la historia y la fe son algo humano. En
este sentido, el debate sobre la fe no concluirá nunca. Además, este debate
supone una lucha de la persona consigo misma y con Dios que perdurará hasta los
albores del fin de la historia. La
sociedad moderna duda de que pueda existir siquiera una verdad. Esto se refleja
también en la Iglesia, que se aferra imperturbable a ese concepto. Usted llegó
a comentar en cierta ocasión que la profunda crisis actual del cristianismo en
Europa se debía esencialmente a la crisis de su reivindicación de la verdad.
¿Por qué? Porque
ya nadie se atreve a decir que lo que afirma la fe es cierto, pues se teme ser
intolerante, incluso frente a otras religiones o concepciones del mundo. Y los
cristianos se dicen que nos atemoriza esa elevada reivindicación de la verdad. Por
una parte esto, en cierto modo, es saludable. Porque si uno se dedica a asestar
golpes a su alrededor con demasiada rapidez e imprudencia con la pretensión de
la verdad y se instala en ella demasiado tranquilo y relajado, no sólo puede
volverse despótico sino también etiquetar con enorme facilidad como verdad algo
que es secundario y pasajero. La
cautela a la hora de reivindicar la verdad es muy adecuada, pero no debe
provocar el abandono generalizado de dicha pretensión, pues entonces nos
moveremos a tientas en diferentes modelos de tradición. De
todos modos, las fronteras se tornan realmente más imprecisas. Muchos sueñan
con una especie de religión a la carta, aunque con ingredientes escogidos y muy
acomodados al gusto. Cada vez se diferencia más entre religión «mala» y
«buena». Es
interesante que el concepto de tradición haya sustituido al concepto de
religión y de confesión -y con ello también al concepto de verdad-. Las
distintas religiones se consideran tradiciones. Entonces se juzgan
«venerables», «hermosas», y se afirma que quien está dentro de una tradición
debe respetarla, así como debe respetar las tradiciones ajenas. Pero contar
sólo con tradiciones provoca también, es lógico, una pérdida de la verdad. Y en
cierto momento uno se preguntará por qué ha de existir tradición siquiera. Y
entonces la rebelión contra la tradición quedará justificada. Recuerdo
siempre las palabras de Tertuliano, que comentó una vez: «Cristo no ha dicho:
"Yo soy la costumbre, sino yo soy la Verdad"». Y es que Cristo no
sanciona simplemente la costumbre; al contrario, él nos arranca de las
costumbres. Él desea que las abandonemos, nos exige que busquemos la verdad, lo
que nos introduce en la realidad del Creador, del Salvador, de nuestro propio
ser. En ese sentido, hemos de ser cautelosos con la reivindicación de la verdad
en cuanto gran compromiso, pero también tener el valor de no perder la verdad,
de tender hacia ella y aceptarla con agradecimiento y humildad cuando nos sea
ofrecida. SOBRE
LA DUDA En
cierta ocasión usted refirió la historia de Martin Buber sobre un rabino judío.
En ella, el rabino recibe un buen día la visita de un racionalista. Se trata de
un hombre culto. Quiere demostrar al rabino que no existe verdad alguna en la
fe, que la fe es incluso retrógrada, una reliquia del pasado. Cuando el erudito
entra en el cuarto del religioso lo ve con un libro en la mano, caminando,
meditabundo, de un lado a otro. El rabino no presta atención al ilustrado. Pero
al cabo de un rato se detiene y, dirigiéndole una mirada fugaz, se limita a
decir: «Pero a lo mejor es verdad». Eso bastó. Al erudito le temblaron las
piernas y abandonó la casa a la desbandada. Una bonita historia, pero también
los clérigos vuelven la espalda a su Iglesia una y otra vez, los monjes huyen
de sus monasterios. Usted mismo habló en una ocasión del «poder opresivo de la
falta de fe». La
fe nunca está sencillamente ahí, de forma que yo pueda decir a partir de un
momento determinado que yo la tengo y otros no. Ya lo hemos comentado. Es algo
vivo que incluye a la persona entera -razón, voluntad, sentimientoen toda su
dimensión. Entonces cada vez puede arraigar más profundamente en la vida, de
forma que mi existencia se torne más y más idéntica a mi fe, pero a pesar de
todo nunca es una mera posesión. La persona conserva siempre la posibilidad de
ceder a la tendéncia opuesta y caer. La
fe sigue siendo un camino. Mientras vivimos estamos de camino, de ahí que se
vea amenazada y acosada una y otra vez. Y también es curativo que no se
convierta en una ideología manipulable. Que no me endurezca ni me incapacite
para pensar y padecer junto al hermano que pregunta, que duda. La fe sólo puede
madurar soportando de nuevo y aceptando en todas las etapas de la vida el acoso
y el poder de la falta de fe y, en definitiva, trascendiéndolos para transitar
por una nueva época. ¿Qué
sucede en su caso? ¿Conoce usted personalmente ese poder opresivo de la falta
de fe? Por
supuesto. Cuando uno, en su calidad de catedrático o maestro de la fe, intenta
comprender la situación espiritual de nuestro siglo tiene que dejarse asaltar
por los interrogantes que dificultan esa tarea. Y entonces, lógicamente,
también te asaltan esos modelos vitales que nos presentan con la promesa de
sustituir o tornar innecesaria la fe. En este sentido, la aceptación, la
resistencia íntima y el ser acosado por todos los argumentos contrarios a la fe
constituye una parte esencial de mi labor. Pero,
aunque no quisiera, también me asaltarían datos, acontecimientos, todas las
experiencias que te proporciona la vida. Todo eso hace por una parte fatigoso
el camino de la fe. Pero después, cuando uno retorna a la luz, comprueba
también que es como ascender a una montaña, y que ésa es la manera de acercarse
al Señor. ¿
Y eso finaliza en algún momento? Nunca
del todo. ¿Es
concebible que también el Papa se vea acosado por la duda o incluso por la
falta de fe? Por
la falta de fe, no, pero uno debería ya imaginarse que también sufre por las
cuestiones que obstaculizan la fe. Para mí resultó inolvidable un pequeño
encuentro en Múnich, cuando era capellán. Blumscheid, mi párroco de entonces,
era amigo del párroco de la vecina parroquia evangélica. Un día vino Romano
Guardini a impartir una conferencia y los dos párrocos lograron hablar con él.
Ignoro cómo transcurrió la conversación, pero después, Blumscheid me contó,
estupefacto, que Guardini había dicho que cuando uno se hace mayor la fe no se
vuelve más fácil, sino más difícil. Guardini debía de tener por entonces unos
sesenta y cinco o setenta años. Como es natural, la suya era la esperanza específica
de una persona melancólica y que había sufrido mucho. Pero, como he dicho, la
situación nunca se resuelve del todo. Por otra parte se torna algo más fácil
porque también la llama de la vida se empequeñece. Pero mientras uno está de
camino, está de camino. >>> NO SE MUESTRAN COMPLETOS LOS LIBROS CUYOS DERECHOS DE AUTOR ESTÁN VIGENTES, COMO OCURRE CON ESTE <<<
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