|
|
|
INTRODUCCIÓN AL
CRISTIANISMO
Por Joseph Ratzinger
INDICE GENERAL
PROLOGO
LA FE EN EL MUNDO DE HOY
DIOS: CREO EN DIOS PADRE, TODOPODEROSO, CREADOR DEL
CIELO Y DE LA TIERRA
EL ESPÍRITU Y LA IGLESIA
INDICE GENERAL
PROLOGO
INTRODUCCIÓN
1. LA FE EN EL MUNDO DE HOY:
Duda y fe: la situación del hombre ante EL MUNDO DE HOY: el problema de
Dios.
El salto de la fe: determinación preliminar del contenido de la fe.
El dilema de la fe en el mundo de hoy.
Los límites de la comprensión moderna de la realidad y el lugar de la fe.
a).- Primer estadio: nacimiento del historicismo.
b).- Segundo estadio: el paso al pensar técnico.
c).- El problema del lugar de la fe.
La fe como permanecer y comprender.
La razón de la fe
Creo en ti..
Notas de este capítulo:
2.- La forma eclesial de la fe.
Notas sobre la historia y estructura de la profesión de fe apostólica1.
Límites y significado del texto.
Profesión de fe y dogma.
El símbolo como expresión de la estructura de la fe.
a).- Fe y palabra.
b).- La fe como símbolo.
Notas de este capítulo:
I. DIOS: CREO EN DIOS PADRE, TODOPODEROSO, CREADOR DEL CIELO Y DE LA TIERRA
3.- El tema de Dios.
Cuestiones preliminares.
Amplitud del problema.
La confesión en el Dios único.
Notas
4.- La fe bíblica en Dios.
El problema de la historia de la zarza ardiente.
El presupuesto íntimo de la fe en Yavé: el Dios de los Padres.
Yavé, el Dios de los Padres y el Dios de Jesucristo.
La idea del nombre.
Los dos aspectos del concepto bíblico de Dios.
Notas de este capítulo:
5.- El Dios de la fe y el Dios de los filósofos.
La decisión de la primitiva Iglesia en favor de la filosofía..
La transformación del Dios de los filósofos.
a).- El Dios filosófico está esencial y solamente relacionado consigo mismo.
b).- El Dios filosófico es puro pensar.
El problema reflejado en el texto del Credo.
Notas de este capítulo:
6.- La profesión de fe en Dios, hoy.
El primado del Logos.
El Dios personal.
Notas de este capítulo:
7.- Fe en el Dios uno y trino.
El comienzo de la comprensión.
a).- El punto de partida de la fe en el Dios uno y trino.
b).- Los motivos conductores.
c).- Soluciones sin salida.
d).- La doctrina sobre la Trinidad como doctrina negativa.
Aspecto positivo.
a).- El dogma como regulación terminológica.
b).- El concepto de persona.
c).- La relación retrospectiva con lo bíblico y el problema de la existencia
cristiana.
Notas de este capítulo:
II - JESUCRISTO.
8.- Creo en Jesucristo, su único hijo, nuestro Señor.
EL PROBLEMA DE LA PROFESIÓN DE FE EN JESÚS, HOY.
Notas de este capítulo:
JESÚS, EL CRISTO. FORMA FUNDAMENTAL DE LA PROFESIÓN DE FE CRISTOLÓGICA.
El dilema de la teología moderna: ¿Jesús o Cristo?
La imagen de Cristo de la profesión de fe
El punto de partida de la profesión de fe: la cruz.
Jesús, el Cristo.
JESUCRISTO, VERDADERO DIOS Y VERDADERO HOMBRE
El problema.
El clisé moderno del Jesús histórico..
Legitimidad del dogma cristológico.
a).- El problema del hombre divino..
b).- La terminología bíblica y su relación con el dogma.
b.).- El Hijo..
LAS SOLUCIONES DE LA CRISTOLOGIA
Las teologías de la encarnación y de la cruz.
Cristología y doctrina de la redención.
Cristo, el último hombre.
Notas de este capítulo:
NOTA: ESTRUCTURAS DE LO CRISTIANO
El individuo y el todo.
El principio para..
La ley del incógnito.
La ley de lo abundante.
Lo definitivo y la esperanza.
El primado de la recepción y el positivismo cristiano.
Síntesis: La esencia del cristianismo.
Notas:
9.- El desarrollo de la profesión cristiana en los artículos de fe
cristológica
Concebido por obra y gracia del Espíritu Santo; y nació de santa María,
virgen.
Padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y
sepultado..
a).- Justificación y gracia.
b).- La cruz como adoración y sacrificio.
c).- La esencia del culto cristiano.
Ahora podemos responder brevemente a algunas cuestiones que surgen en
nuestro camino:
Descendió a los infiernos..
Resucitó de entre los muertos.
Subió a los cielos, y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso.
Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.
Notas:
III - EL ESPÍRITU Y LA IGLESIA.
10.- La unidad de las últimas expresiones del Símbolo.
Notas:
11.- Dos problemas fundamentales del artículo de fe sobre el Espíritu y la
Iglesia.
La santa Iglesia católica.
La resurrección de la carne.
a).- Contenido de la esperanza neotestamentaria en la resurrección 5.
b).- La inmortalidad esencial del hombre.
c).- El problema de la resurrección del cuerpo.
Notas:
PROLOGO
El problema del auténtico contenido y sentido de la fe cristiana está hoy,
mucho más que en tiempos pasados, rodeado de incertidumbre. Quien ha seguido
el movimiento teológico de las últimas décadas y no pertenece al grupo de
quienes, sin reflexionar, creen sin reparo que lo nuevo de todas las épocas
es siempre lo mejor, podría repasar en su memoria el cuento titulado "La
dicha de Hans". Hans convertía las pepitas de oro, que tanto le molestaban,
en caballo, vaca, ganso y, por fin, en una piedra de afilar que acabó por
tirar al mar. Con ello no perdió mucho, sino que, por el contrario, adquirió
el precioso don de una libertad más amplia, a la que siempre aspiró. El
cuento deja a la fantasía de los lectores las consideraciones sobre la
duración de su embriaguez y sobre lo difícil que fue para él el momento en
que despertó del sueño de una deseada libertad.
A los cristianos de hoy les acucian no raras veces problemas como éste: ¿no
ha seguido la teología en los últimos años un camino semejante? ¿No ha dado
interpretaciones progresivamente descendientes de la pretensión de la fe que
a menudo se recibió de manera sofocante? ¿Y no se tiene la impresión de que
tales interpretaciones han suprimido tan pocas cosas que no se ha perdido
nada importante, y al mismo tiempo tantas, que el hombre siempre se ha
atrevido a dar un paso más hacia adelante? ¿Y no tendrá al fin el pobre Hans,
el cristianismo que se ha dejado llevar de cambio a cambio, de
interpretación a interpretación, en vez de la pepita de oro, con la que
empezó, la piedra de afilar que, por consejo ajeno, debe tirar?
Es cierto que tales preguntas, en su formulación global, son injustificadas,
ya que solamente en cierto sentido puede afirmarse que .la teología moderna.
ha seguido ese camino. Pero tampoco puede negarse que una amplia rama de
ella ha tendido un puente que lleva desde la pepita de oro a la piedra de
afilar. En verdad no se puede impugnar esta rama defendiendo una ciega
conservación del metal precioso de formas fijas del pasado, ya que siguen
siendo solamente pepitas de metal precioso: un peso que, en virtud de su
valor, conserva siempre la posibilidad de una verdadera libertad.
El propósito de este libro es el siguiente: quiere llegar a comprender y
explicar la fe como la realidad que posibilita el verdadero ser humano en
nuestro mundo de hoy, y no reducirla a simples palabras que difícilmente
pueden ocultar un gran vacío espiritual.
Este libro nació de las conferencias que di en el verano de 1967 a los
estudiantes de todas las facultades, en Tübingen. La tarea que
magistralmente realizó Karl Adam en esta misma universidad, hace casi medio
siglo, con su Esencia del cristianismo, debía emprenderse de nuevo teniendo
en cuenta las condiciones nuevas creadas por nuestra generación.
El estilo del libro se ha reelaborado con vistas a su publicación. La
disposición y la extensión siguen siendo las mismas, pero he añadido algunas
notas científicas al manuscrito que me servía para la preparación de las
conferencias.
El libro, dedicado a mis alumnos, quiere expresarles las gracias por sus
preguntas y sugerencias, sin las que no hubiese visto la luz. También doy
las gracias al editor, Dr. Heinrich Wild, sin cuyo paciente y constante
apremio no hubiese yo terminado una empresa tan temeraria como lo era la
tarea emprendida. Por último, doy las gracias a todos los que con su
esfuerzo han contribuido, de una manera o de otra, a la publicación del
libro.
+ Joseph Ratzinger
1. LA FE EN EL MUNDO DE HOY:
Duda y fe: la situación del hombre ante EL MUNDO DE HOY: el problema de
Dios.
Quien intente hoy día hablar del problema de la fe cristiana a los hombres
que ni por vocación ni por convicción se hallan dentro de la temática
eclesial, notará al punto la ardua dificultad de tal empresa. Probablemente
tendrá en seguida la impresión de que su situación ha sido descrita con
bastante acierto en la conocida narración parabólica de Kierkegaard sobre el
payaso de la aldea en llamas, narración que Harvey Cox ha resumido
brevemente en su libro La ciudad secular1 . El relato cuenta cómo un circo
de Dinamarca fue presa de las llamas. El director del circo envió a un
payaso, que ya estaba preparado para actuar, a la aldea vecina para pedir
auxilio, ya que existía el peligro de que las llamas se extendiesen incluso
hasta la aldea, arrastrando a su paso los campos secos y toda la cosecha. El
payaso corrió a la aldea y pidió a sus habitantes que fuesen con la mayor
urgencia al circo para extinguir el fuego. Pero los aldeanos creyeron que se
trataba solamente de un excelente truco ideado para que en gran número
asistiesen a la función; aplaudieron y hasta lloraron de risa. Pero al
payaso le daban más ganas de llorar que de reír. En vano trataba de
persuadirlos y de explicarles que no se trataba ni de un truco ni de una
broma, que la cosa había que tomarla en serio y que el circo estaba ardiendo
realmente. Sus súplicas no hicieron sino aumentar las carcajadas; creían los
aldeanos que había desempeñado su papel de maravilla, hasta que por fin las
llamas llegaron a la aldea. La ayuda llegó demasiado tarde, y tanto el circo
como la aldea fueron consumidos por las llamas.
Con esta narración ilustra Cox la situación de los teólogos modernos, y ve
en el payaso, que no puede conseguir que los hombres escuchen su mensaje,
una imagen del teólogo a quien no se le toma en serio si viste los atuendos
de un payaso de la edad media o de cualquier otra época pasada. Ya puede
decir lo que quiera, lleva siempre la etiqueta del papel que desempeña. Y,
aunque se esfuerce por presentarse con toda seriedad, se sabe de antemano lo
que es: un payaso. Se conoce lo que dice y se sabe también que sus ideas no
tienen nada que ver con la realidad. Se le puede escuchar confiado, sin
temor al peligro de tener que preocuparse seriamente por algo. Sin duda
alguna, en esta imagen puede contemplarse la situación en que se encuentra
el pensamiento teológico actual: en la agobiante imposibilidad de romper las
formas fijas del pensamiento y del lenguaje, y en la de hacer ver que la
teología es algo sumamente serio en la vida de los hombres.
Pero quizá debamos sondear las conciencias de modo más radical. Quizá la
irritante imagen que hemos pintado, aun conteniendo parte de verdad y cosas
que han de tenerse muy en cuenta, simplifique las cosas, ya que da la
impresión de que el payaso, es decir, el teólogo que todo lo sabe, llega a
nosotros con un mensaje bien definido. Los aldeanos a los que se dirige, es
decir, los que no creen, serían, por el contrario, los que no saben nada,
los que deben ser instruidos en todo. En ese caso, el payaso tendría
solamente que quitarse sus vestiduras y lavarse para que todo se arreglase.
Pero ¿puede resolverse el problema tan fácilmente? ¿Basta que realicemos el
aggiornamento, que nos lavemos y que, vestidos de paisano, presentemos en
lenguaje profano un cristianismo arreligioso para que todo se arregle? ¿Es
suficiente mudar espiritualmente los vestidos para que los hombres vengan a
ayudarnos a extinguir el fuego que, según predica el teólogo, existe y
constituye un peligro para nosotros?
Me atrevería incluso a decir que de hecho la teología moderna, vestida de
paisano y después de quitarse todos sus pinturetes, alimenta como justa esta
esperanza. Es cierto que quien quiera predicar la fe a los hombres de hoy,
pueda presentarse ante ellos con las vestiduras de un payaso, o quizá como
alguien que, salido de un sarcófago, pretende entrar en nuestro mundo de hoy
con las aspiraciones y formas de pensar de la antigüedad. Ni le entenderá el
mundo de hoy ni lo entenderá él. En verdad, quien quiere predicar la fe y al
mismo tiempo se somete a autocrítica, pronto se dará cuenta de que no es una
forma o crisis exterior lo que amenaza a la teología. Al querer llevar a
cabo la difícil empresa de hablar teológicamente a los hombres de nuestro
tiempo, quien tome la cosa en serio se dará cuenta que no sólo la dificultad
de la traducción, sino también de la vulnerabilidad de su propia fe que, al
querer creer, puede experimentar en sí misma el poder amenazador de la
incredulidad. Por eso quien hoy día quiera instruirse a sí mismo o a otros
sobre la fe cristiana, debe antes darse cuenta de que él no es el único que
anda vestido y que sólo necesita mudarse para poder después amaestrar con
éxito a todos los demás. Por el contrario, debe hacerse a la idea de que su
situación no es tan diferente de la de los demás como él creyó al principio.
Debe darse cuenta de que en ambos grupos obran fuerzas semejantes, aunque de
modo diverso.
En los creyentes existe ante todo la amenaza de la inseguridad que en el
momento de la impugnación muestra de repente y de modo insospechado la
fragilidad de todo el edificio que antes parecía tan firme. Vamos a ilustrar
esto con un par de ejemplos. Teresa de Lisieux, una santa al parecer ingenua
y sin problemas, creció en un ambiente de seguridad religiosa. Su existencia
estuvo siempre tan impregnada de la fe de la iglesia que el mundo de lo
invisible se convirtió para ella en un pedazo de su vida cotidiana, mejor
dicho, se convirtió en su misma vida cotidiana, parecía casi palparlo y no
podía prescindir de él. La .religión. era para ella una evidente pretensión
de su vida diaria, formaba parte de su vivir cotidiano, lo mismo que
nuestras costumbres son parte integrante de nuestra vida. Pero precisamente
ella, la que al parecer estaba escondida en completa seguridad, en los
últimos días de su pasión nos dejó escritas sus sorprendentes confesiones.
Sus hermanas en religión, escandalizadas, mitigaron las expresiones de su
herencia literaria, pero hoy día han aparecido en su forma original. En una
de ellas dice así: .Me importunan las ideas de los materialistas peores.. Su
entendimiento se vio acosado por todos los argumentos que pueden formularse
en contra de la fe; parece haber pasado el sentimiento de la fe; se siente
metida .en el pellejo de los pecadores.2. Es decir, en un mundo que al
parecer no tiene grietas, aparece ante los ojos del hombre un abismo que le
acecha con una serie de convenciones fundamentales fijas. En esta situación
uno ya no se plantea el problema de sobre qué hay que discutir .defender o
negar la asunción de María, la confesión, etc.. Todo esto aparece como
secundario. En realidad se trata de un todo, o todo o nada. Esta es la única
alternativa que dura. Y no se ve en ningún sitio un posible clavo al que el
hombre, al caer, pueda agarrarse. Sólo puede contemplarse la infinita
profundidad de la nada a la que el hombre mira.
Paul Claudel ha descrito esta situación del creyente en el preludio de su
obra El zapato de raso. El náufrago es un misionero jesuita, hermano del
héroe Rodrigo, el caballero, el errante e inconsciente aventurero entre Dios
y el mundo. Los piratas habían hundido la barca del misionero y lo habían
atado a un madero que lo llevaba a merced de las olas del océano3. El drama
comienza con el último monólogo del jesuita:
Señor, os agradezco que me hayáis atado así. A veces he encontrado penosos
vuestros mandamientos. Mi voluntad, en presencia de vuestra regla, perpleja,
reacia. Pero hoy no hay manera de estar más apretado con vos que lo estoy, y
por más que examine cada uno de mis miembros, no hay ni uno solo que de vos
sea capaz de separarse. Verdad es que estoy atado a la cruz, pero la cruz no
está atada a soporte alguno. Flota en el mar4.
Clavado en la cruz, pero la cruz en el aire, sobre el abismo. No puede
describirse con precisión más incisiva la situación del creyente de hoy.
Parece que lo único que le sujeta es un madero desnudo situado sobre el
abismo. Y parece que llega el momento de hundirse para siempre. Un madero
parece atarlo a Dios, pero, a decir verdad, le ata inevitablemente y él sabe
que en último término el madero es más fuerte que la nada, que está a sus
pies, pero que sigue siendo el poder que amenaza su existencia actual.
El cuadro presenta además otra dimensión más amplia que, a mi modo de ver,
es la más importante. El jesuita náufrago no está solo, en él se anuncia la
suerte de su hermano, en él se refleja el destino de su hermano, del hermano
que él tiene por incrédulo, a quien Dios ha vuelto la espalda porque no
considera como algo propio la espera, sino .la posesión de lo que puede
alcanzarse, como si él pudiera ser de otro modo al que tú eres..
Observemos, aun sin querer seguir en todos sus pormenores la trama de la
obra de Claudel, cómo destinos, al parecer contrarios, se unen, hasta el
punto de que, al fin, el destino de Rodrigo se asemeja al de su hermano: al
final el caballero se convierte en esclavo del barco y se regocija de que
una monja, vestida de harapos y con una herrumbrosa sartén en la mano, le
tome consigo como despreciable mercancía.
Dejemos la imagen y volvamos a la situación de la que veníamos hablando: el
creyente sólo puede realizar su fe en el océano de la nada, de la
impugnación y de lo problemático; el océano de la inseguridad es el único
lugar donde puede recibir su fe; pero no pensemos que el no creyente es el
que, sin problema alguno, carece de fe. Como hemos notado antes, el creyente
no vive sin problemática alguna, sino que siempre está amenazado por la
caída en la nada. Pero los destinos de los hombres se entrelazan: tampoco el
no-creyente vive dentro de una existencia cerrada en sí misma, ya que
incluso a aquel que se comporta como positivista puro, a aquel que ha
vencido la tentación e incitación de lo sobrenatural y que ahora vive una
conciencia directa, siempre le acuciará la misteriosa inseguridad de si el
positivismo siempre tiene la última palabra. Como el creyente se esfuerza
siempre por no tragar el agua salada de la duda que el océano continuamente
le lleva a la boca, así el no creyente duda siempre de su incredulidad, de
la real totalidad del mundo en la que él cree. La separación de lo que él ha
considerado y explicado como un todo, no le dejará tranquilo. Siempre le
acuciará la pregunta de si la fe no es lo real. De la misma manera que el
creyente se siente continuamente amenazado por la incredulidad, que es para
él su más seria tentación, así también la fe siempre será tentación para el
no- creyente y amenaza para su mundo al parecer cerrado para siempre. En una
palabra: nadie puede sustraerse al dilema del ser humano. Quien quiera
escapar de la incertidumbre de la fe, caerá en la incertidumbre de la
incredulidad que no puede negar de manera definitiva que la fe sea la
verdad. Sólo al rechazar la fe se da uno cuenta de que es irrechazable.
Quizá sea oportuno traer a colación la historia judía narrada por Martín
Buber; gráficamente se describe en ella el dilema en que se encuentra el ser
humano.
Un racionalista, un hombre muy entendido, fue un día a disputar con un
Zaddik con la idea de destruir sus viejas pruebas en favor de la verdad de
su fe. Cuando entró en su aposento, lo vio pasear por la habitación con un
libro en las manos y sumido en profunda meditación. Ni siquiera se dio
cuenta de la llegada del forastero. Por fin, lo miró ligeramente y le dijo:
.Quizá sea verdad.. El entendido intentó en vano conservar la serenidad: el
Zaddik le parecía tan terrible, su frase le pareció tan tremenda, que
empezaron a temblarle las piernas. El rabí Levi Jizchak se volvió hacia él,
le miró fija y tranquilamente, y le dijo: .Amigo mío, los grandes de la Tora,
con los que has disputado, se han prodigado en palabras; tú te has echado a
reír. Ni ellos ni yo podemos poner a Dios y a su reino sobre el tapete de la
mesa. Pero piensa en esto: .quizá sea verdad.. El racionalista movilizó
todas sus fuerzas para contrarrestar el ataque; pero aquel .quizá., que de
vez en cuando retumbaba en sus oídos, oponía resistencia5.
Prescindamos del ropaje literario. Creo que en esa historia se describe con
mucha precisión la situación del hombre de hoy ante el problema de Dios.
Nadie, ni siquiera el creyente, puede servir a otro Dios y su reino en una
bandeja. El que no cree puede sentirse seguro en su incredulidad, pero
siempre le atormenta la sospecha de que .quizá sea verdad.. El .quizá. es
siempre tentación ineludible a la que uno no puede sustraerse; al
rechazarla, se da uno cuenta de que la fe no puede rechazarse. Digámoslo de
otro modo: tanto el creyente como el no creyente participan, cada uno a su
modo, en la duda y en la fe, siempre y cuando no se oculten a sí mismos y a
la verdad de su ser. Nadie puede sustraerse totalmente a la duda o a la fe.
Para uno la fe estará presente a pesar de la duda, para el otro mediante la
duda o en forma de duda. Es ley fundamental del destino humano encontrar lo
decisivo de su existencia en la perpetua rivalidad entre la duda y la fe,
entre la impugnación y la certidumbre. La duda impide que ambos se encierren
herméticamente en su yo y tiende al mismo tiempo un puente que los comunica.
Impide a ambos que se cierren en sí mismos: al creyente lo acerca al que
duda y al que duda lo lleva al creyente; para uno es participar en el
destino del no creyente; para el otro la duda es la forma en la que la fe, a
pesar de todo, subsiste en él como exigencia.
El salto de la fe: determinación preliminar del contenido de la fe.
Lo que hemos dicho hasta ahora muestra que para describir la mutua relación
entre la fe y la incredulidad no basta la simple imagen del payaso
incomprendido y de los aldeanos desaprensivos. Pero lo que no ha de ponerse
en tela de juicio es que da expresión a un problema específico de la fe, ya
que la cuestión fundamental que ha de resolver una introducción al
cristianismo es qué significa .yo creo., pronunciada por un ser humano. Pero
esa cuestión aparece ante nuestros ojos rodeada de un determinado contorno
temporal. Dada nuestra conciencia histórica, que se ha convertido en una
parte de nuestra autoconciencia y de la comprensión fundamental de lo
humano, la frase suena necesariamente así: ¿qué es y que significa hoy la
profesión de fe cristiana .yo creo., habida cuenta de las condiciones de
nuestra existencia actual y, en general, de la relación actual con lo real?
Esto nos lleva a un análisis del texto que será la médula de nuestras
reflexiones: el .credo apostólico. que es, ya desde su origen, .introducción
al cristianismo. y síntesis de su contenido esencial. El texto comienza
sintomáticamente con las palabras .yo creo.... Por el momento renunciamos al
intento de explicarlo partiendo de su contenido material. Veremos antes qué
significa ese .yo creo. fundamental, encerrado en una fórmula fija,
relacionado con un determinado contenido y separado de un contexto cúltico.
Ambos contextos .la época cúltica y un determinado contenido. condicionan
por otra parte el sentido de la palabra .creo., lo mismo que, a su vez, la
palabra .creo. arrastra tras sí y condiciona tanto el contenido posterior
como el marco cúltico. Pero dejemos estos problemas a un lado para
preguntarnos más radicalmente y reflexionar sobre qué actitud se nos pide al
definir la existencia cristiana con la palabra .credo. y al definir .cosa en
sí no evidente. el núcleo de lo cristiano con la palabra .fe..
Sin darnos cuenta, suponemos que .religión. y .fe. son lo mismo y que todas
las religiones pueden definirse también como .fe.. Pero esto es sólo verdad
en cierto sentido, ya que muy a menudo otras religiones no se denominan así,
y gravitan en torno a otros puntos. El Antiguo Testamento, por ejemplo,
considerado como un todo, no se ha definido a sí mismo como .fe., sino como
.ley.. Es, ante todo, una regla de vida en la que el acto de la fe adquiere
cada vez mayor importancia. La religio expresa principalmente, según la
religiosidad romana, la suma de determinados ritos y obligaciones. Para ella
no es decisivo un acto de fe en lo sobrenatural. El hombre puede con todo
derecho olvidarse completamente de él, sin que por ello pueda decirse que es
infiel a su religión. Al ser esencialmente un sistema de ritos, lo
importante es que se observen meticulosamente. Así podríamos recorrer toda
la historia de las religiones. Nos bastan estos apuntes para darnos cuenta
de que no es evidente que el ser cristiano se exprese con la palabra
.credo., ni que se califique su forma por la posición ante lo real en la
actitud de la fe. Con esto el problema se hace apremiante: ¿qué actitud
indica esa palabra? Además, ¿por qué nos es tan difícil meter nuestro yo
personal en ese .yo creo.? ¿Por qué nos parece casi imposible identificar
nuestro yo actual .cada uno el suyo, separado irremisiblemente del de los
demás. con el del .yo creo. de las generaciones pasadas, de fisionomía
particular?
Entrar en ese yo del credo, transformar el yo esquemático de la fórmula en
carne y hueso del yo personal, fue siempre una tarea ardua y al parecer
imposible, en cuya realización muchas veces en vez de rellenar el esquema
con carne y hueso, se ha transformado el yo en esquema. Nosotros, como
creyentes de nuestro tiempo, afirmamos quizá un poco celosamente que
nuestros antepasados de la edad media eran, sin excepción, creyentes;
haríamos muy bien en echar una mirada detrás de los bastidores, guiados por
la moderna investigación histórica. Esta nos dice que también entonces había
un gran número de simpatizantes, pero que también entonces eran
relativamente pocos los que habían entrado realmente en ese movimiento
interno de la fe; la investigación histórica nos enseña que para muchos la
fe era solamente un sistema preconcebido de vida que no incitaba a la ardua
y auténtica aventura del .credo., sino que más bien la impedía. Y todo esto
por la sencilla razón de que entre Dios y el hombre hay un abismo infinito;
porque el hombre ha sido creado de tal manera que sus ojos sólo pueden ver
lo que no es de Dios, y Dios es, por tanto, esencialmente invisible para los
hombres, el que cae y siempre caerá fuera del campo visual humano.
Dios es esencialmente invisible. Esta expresión de la fe bíblica en Dios que
niega la visibilidad de los dioses es a un tiempo, mejor dicho, es ante todo
una afirmación sobre el hombre: el hombre es la esencia vidente que parece
reducir el espacio de su existencia al espacio de su ver y comprender. Pero
en ese campo visual humano, que determina el lugar existencial del hombre,
Dios no aparece ni puede aparecer por mucho que se ensanche el campo visual.
A mi modo de ver es importante que estas líneas aparezcan, en principio, en
el Antiguo Testamento: Dios no es el que de hecho queda fuera del campo
visual humano, pero el que podría verse si ese campo se ensanchase. No. Dios
es aquel que queda esencialmente fuera de nuestro campo visual, por mucho
que se extiendan sus límites.
Con esto se dibuja la silueta de la actitud expresada en la palabra .credo..
Significa que el hombre no ve en su ver, oír y comprender la totalidad de lo
que le concierne; significa que el hombre no identifica el espacio de su
mundo con lo que él puede ver y comprender, sino que busca otra forma de
acceso a la realidad; a esta forma la llama fe y en ella encuentra la
abertura decisiva de su concepción del mundo. Si esto es así, la palabra
credo encierra una opción fundamental ante la realidad como tal; no
significa comprender esto o aquello, sino una forma primaria de proceder
ante el ser, la existencia, lo propio y todo lo real. Es una opción en la
que lo que no se ve, lo que en modo alguno cae dentro de nuestro campo
visual, no se considera como irreal sino como lo auténticamente real, como
lo que sostiene y posibilita toda la realidad restante. Es una opción por la
que lo que posibilita toda la realidad otorga verdaderamente al hombre su
existencia humana, le hace posible como hombre y como ser humano. Digámoslo
de otro modo: la fe es una decisión por la que afirmamos que en lo íntimo de
la existencia humana hay un punto que no puede ser sustentado ni sostenido
por lo visible y comprensible, sino que choca con lo que no se ve de tal
modo que esto le afecta y aparece como algo necesario para su existencia.
A esta actitud sólo se llega por lo que la Biblia llama .conversión. o
.arrepentimiento.. El hombre tiende por inercia natural a lo visible, a lo
que puede coger con la mano, a lo que puede comprender como propio. Ha de
dar un cambio interior para ver cómo descuida su verdadero ser al dejarse
llevar por esa inercia natural. Ha de dar un cambio para darse cuenta de lo
ciego que es al fiarse solamente de lo que pueden ver sus ojos. Sin este
cambio de la existencia, sin oponerse a la inercia natural, no hay fe. Sí,
la fe es la conversión en la que el hombre se da cuenta de que va detrás de
una ilusión al entregarse a lo visible. He aquí la razón profunda por la que
la fe es in demostrable: es un cambio del ser, y sólo quien cambia la
recibe. Y porque nuestra inercia natural nos empuja en otra dirección, la fe
es un cambio diariamente nuevo; sólo en una conversión prolongada a lo largo
de toda nuestra vida podemos percatarnos de lo que significa la frase .yo
creo..
He aquí la razón por la que la fe es hoy día, bajo las condiciones
específicas que nos impone nuestro mundo moderno, problemática y, al
parecer, casi imposible. Pero no sólo hoy, ya que la fe siempre ha sido, mas
o menos veladamente, un salto sobre el abismo infinito desde el mundo
visible que importuna al hombre. La fe siempre tiene algo de ruptura
arriesgada y de salto, porque en todo tiempo implica la osadía de ver en lo
que no se ve lo auténticamente real, lo auténticamente básico. La fe siempre
fue una decisión que solicitaba la profundidad de la existencia, un cambio
continuo del ser humano al que sólo se puede llegar mediante una resolución
firme.
El dilema de la fe en el mundo de hoy.
Nos hemos hecho una idea de la aventura que implica la actitud de fe. Vamos
a hacer otra reflexión que nos mostrará la aguda dificultad con que nos
enfrentamos hoy día. Al abismo entre .lo visible. y .lo invisible. hemos de
añadir, agravando la situación, otro: el de lo .pasado. y lo .actual.. La
gran paradoja que implica la fe se nos agranda al ver que se presenta ante
nosotros con la vestimenta del pasado, parece ser el mismo pasado, sus
formas de vida y existencia. La actualización, llámese .desmitologización.,
desde el punto de vista academico-intelectual, o agggiornamento, desde el
eclesial-pragmático, no cambia para nada el problema. Al contrario, todos
esos esfuerzos de actualización no hacen sino aumentar en nosotros la
sospecha de que se califica con toda seriedad de actual lo que en realidad
es pasado. Estos esfuerzos de actualización nos ponen bien de manifiesto que
todo eso es .de ayer.; la fe ya no se considera como una valentía temeraria
del hombre, pero valentía, que pide un salto desde nuestro mundo de lo
visible al mundo de lo invisible e incomprensible que es al parecer nada;
antes bien, la vemos como exigencia de obligarnos hoy a lo pasado, de juzgar
lo pasado como lo imperecederamente definitivo. Pero ¿quién puede hacer eso
en una época en la que, en vez del concepto de .tradición., se abre paso la
idea de .progreso.?
De refilón topamos con lo específico de nuestra situación actual, de gran
importancia para nuestro problema. Para el espíritu de generaciones pasadas
el concepto .tradición. pudo ser un programa a seguir; parecía el lugar de
refugio donde uno se podía cobijar; quien invocaba la tradición, se sentía
seguro, a salvo. Hoy día las cosas han cambiado: la tradición es algo
superado, algo pasado de moda, de ayer; el progreso, en cambio, es la
auténtica promesa del ser. El ser humano ya no se avecinda en la tradición,
en el pasado, sino en el espacio del progreso y del futuro6.
A quien considera el futuro como su propio deber y posibilidad, la fe,
presentada con la etiqueta de .tradición., le parecerá una cosa superada; la
fe no podrá, por tanto, abrirle su lugar existencial. Esto quiere decir que
el primer escándalo de la fe, la distancia entre lo visible y lo invisible,
entre Dios y lo que no es Dios, se agudiza mediante un segundo escándalo,
mediante la antítesis entre ayer y hoy, entre tradición y progreso, y por la
vinculación con el pasado que parece suponer la fe.
Ni el sutil intelectualismo de la desmitologización ni el pragmatismo del
aggiornamento pueden convencernos realmente, ya que a la desfiguración del
escándalo de la fe cristiana, problema de amplias proporciones, no puede
llegarse ni con teorías ni con obras sin más. En cierto sentido aparece aquí
una propiedad del escándalo cristiano, lo que podríamos llamar positivismo
cristiano o el imprescindible carácter positivo del cristiano.
Con esto quiero decir que la fe cristiana no trata simplemente .como a
primera vista pudiera pensarse. de lo eterno que queda fuera del mundo y del
tiempo humano como cosa totalmente distinta de ellos. La fe trata más bien
de Dios en la historia, de Dios como hombre.
La fe pretende ser revelación, ya que parece superar el abismo que yace
entre lo eterno y lo temporal, entre lo visible y lo invisible, y porque a
Dios nos lo presenta como un hombre, al eterno como temporal, como uno de
nosotros. Funda su pretensión de ser revelación en que ha introducido lo
eterno en nuestro mundo: Qeon' oudeiz evracen pvpte monoyeuhz... exhghsatn.
(Jn 1,18); apoyándonos en el texto griego, podríamos decir que se ha hecho
exégesis de Dios7 . Pero sigamos con nuestro idioma. El original nos
autoriza a afirmar literalmente que Jesucristo se ha explicado a Dios, que
lo ha sacado de sí mismo o, como dice más drásticamente la primera carta de
Juan, que lo ha expuesto a nuestra vista y a nuestros gustos, que aquel
quien nadie vio, entra en contacto histórico con nosotros8.
A primera vista parece ser en realidad el supremo revelador, el supremo
explicador de Dios. El salto que antes nos llevaba a lo infinito, parece
reducirse a una grandeza humanamente posible, ya que basta que nos
acerquemos a ese hombre de Palestina para que nos encontremos con Dios. Pero
las cosas tienen una extraña duplicidad: lo que a primera vista nos parecía
la revelación más radical, lo que en cierto sentido siempre permanecerá
revelación, la revelación, es al mismo tiempo el oscurecimiento y
encubrimiento exterior. Nos pareció en un principio que Dios se acercaba a
nosotros, que podía mezclarse con nosotros los hombres, que podíamos seguir
sus huellas; pero todo esto, en el sentido más profundo, es el pre requisito
para la .muerte de Dios. que condiciona irrevocablemente el curso de la
historia y de las relaciones del hombre con Dios. Dios se ha acercado tanto
a nosotros que hemos podido matarle e impedir, al parecer, que fuese nuestro
Dios, el Dios para nosotros.
Por eso ante la revelación nos encontramos hoy día desconcertados,
perplejos; y ante ella nos preguntamos, sobre todo cuando estudiamos la
religiosidad de Asia, si no hubiese sido mucho más sencillo creer en lo
eterno y escondido, fiarse de él a conciencia; si no hubiese sido mejor que
Dios nos hubiese dejado en una lejanía infinita; si no hubiese sido más
realizable escuchar, separados de lo mundano y en tranquila contemplación,
el misterio eternamente incomprensible, que entregarnos al positivismo de la
fe en una persona y vincular la salvación del hombre y del mundo a una
cabeza de aguja. A un Dios reducido a un punto, ¿no debemos eliminarlo de
una concepción del mundo que ha reducido al hombre y a su historia a un
grano insignificante de arena dentro del todo que el mismo hombre en los
ingenuos años de su infancia ha considerado como el centro del universo? ¿No
ha llegado la hora de que el hombre superada la infancia despierte del
sueño, se restriegue los ojos, rechace ese sueño tonto por muy bonito que
fuese, y entre sin duda en ese potente conjunto en el que está metida su
vida que, al aceptar su insignificancia, adquirirá un nuevo sentido?
El problema así formulado, nos dice que detrás del escándalo al parecer
secundario, entre lo .pasado. y lo .actual., está el escándalo más serio del
.positivismo. cristiano. Con esto abordamos el problema de la fe cristiana
en toda su profundidad, como debe hacerse hoy día. ¿Podemos todavía creer?
La pregunta ha de ser más radical todavía: ¿no debemos, no tenemos la
obligación de despertar del sueño y entrar en la realidad? El cristiano de
hoy tiene que hacerse estas preguntas y no debe contentarse con comprobar
que, a pesar de las amenazas y cambios, siempre hay a la mano una
interpretación del cristianismo que no escandaliza. Si la teología nos dice
un día, por ejemplo, que la .resurrección de los muertos. significa que el
hombre nueva, diaria e infatigablemente tiene que ir a la obra del futuro,
hemos eliminado el escándalo, ¿pero hemos sido fieles? ¿No hay deslealtad en
querer mantener en pie el cristianismo en base de interpretaciones como las
actuales? Cuando nos amenaza la idea de refugiarnos en esas
interpretaciones, ¿no debemos más bien confesar que estamos acogotándonos?
¿No tenemos entonces que entrar sencilla e indudablemente en la realidad
duradera? Digámoslo abiertamente: un cristianismo interpretado de manera que
se le prive de la realidad, es una falta de sinceridad ante lo problemas de
los no cristianos, cuyo .quizá no. nos amenaza tan seriamente como
quisiéramos que nuestro .quizá. cristiano les amenazase a ellos.
Si aceptamos así los problemas de los demás .problemas que no pueden
sintetizarse ni rechazarse en un tratado. como perpetua cuestionabilidad de
nuestro propio ser, podemos con razón afirmar que surge aquí otro problema.
De antemano somos propensos hoy día a aceptar como auténticamente real lo
incomprensible, lo .demostrable.. ¿No debemos estudiar más cuidadosamente
qué es en realidad .lo real.? ¿Es sólo lo demostrado y demostrable? O
demostrar es un determinado modo de comportarse ante la realidad, modo que
de ninguna manera abarca el todo y que conduce a una falsificación de la
verdad y del ser humano si lo tomamos como lo único decisivo?
Al hacer estas preguntas, abandonamos la problemática específica de nuestro
mundo actual y volvemos al dilema de lo .pasado. y de lo .actual.. Vamos a
explicar ahora los elementos esenciales de nuestra problemática actual.
Los límites de la comprensión moderna de la realidad y el lugar de la fe.
Al considerar en visión sintética los caminos del espíritu humano, tal como
nos los presentan nuestros conocimientos históricos actuales, observaremos
que en los diversos períodos de desarrollo del espíritu humano hay tres
formas diversas de ponerse en relación con la realidad: la mágica, la
metafísica y por último la científica (nótese que cuando se dice
.científico. se piensa en ciencias naturales). Cada una de estas
orientaciones fundamentales tiene a su modo algo que ver con la fe, pero
cada una, también a su modo, se opone a ella. Ninguna se defiende con ella,
y ninguna le es sencillamente neutral; todas pueden prestarle servicio, pero
todas pueden también ocultarla. La limitación de los .fenómenos. a lo que se
ve y puede captarse es una nota característica de nuestra actitud
fundamental y científica, que condiciona necesariamente todo nuestro
sentimiento existencial y nos asigna un lugar en lo real. Ya nos hemos
cansado de estudiar las cosas en sí, de sondear en la esencia del ser; hacer
eso nos parece tarea inútil, creemos que nunca llegaremos a la profundidad
del ser. Nos hemos colocado en la perspectiva de lo visible, de lo que
podemos abarcar y medir. Los métodos de las ciencias naturales se apoyan en
la limitación a lo aparente. Esto nos basta. Podemos trabajar con ello y
crearnos así un mundo en que podamos vivir como hombres. Con esto ha entrado
en la vida y en las ideas de la época moderna un nuevo concepto de verdad y
de realidad que, las más veces inconscientemente, es el requisito
indispensable de nuestro pensamiento, pero que solo puede ser válido si se
le somete al juicio crítico de la conciencia. La función del pensar no
científico natural será, pues, clara: considerar lo desconsiderado,
presentar a la conciencia la problemática humana de tal orientación.
a).- Primer estadio: nacimiento del historicismo.
A mi juicio, para ver cómo se ha llegado a la actitud mencionada, antes
hemos de considerar otros dos estadios de la transformación espiritual. El
primero, preparado por Descartes, fue modelado por Kant y ya antes de él,
con principios diversos, por el filósofo italiano Giambattista Vico
(1688-1744), que fue el primero en formular una idea completamente nueva de
la verdad y del conocimiento y condicionó, anticipándola atrevidamente, la
fórmula típica del espíritu moderno sobre el problema de la verdad y de la
realidad. Los escolásticos decían: Verum est ens .el ser es la verdad., a
esto se opone Vico con otra fórmula: Verum quia factum; esto quiere decir
que lo único que podemos reconocer como verdadero es lo que nosotros mismos
hemos hecho. A mi juicio esta fórmula marca el fin de la vieja metafísica y
el comienzo del auténtico espíritu moderno. Se actualiza aquí, con precisión
inimitable, la revolución que el pensamiento moderno supuso para todo lo
anterior. Para antiguos y medievales el ser mismo es verdadero, es decir, se
puede conocer porque Dios, el entendimiento por esencia, lo ha hecho; pero
lo ha hecho porque lo ha pensado. Pensar y hacer son una misma cosa para el
Creator Spiritus, para el espíritu creador. Su pensar es crear. Las cosas
existen porque han sido pensadas. Para antiguos y medievales el ser es
serpensado, pensamiento del espíritu absoluto. Con otras palabras: todo ser
es idea, todo ser es pensamiento, logos, verdad9. Consiguientemente es pos
pensar del ser mismo, pos pensar de la idea que es el ser mismo. El hombre
puede pensar porque su propio logos, su propia razón, es logos del logos,
pensamiento del pensador, del espíritu creador que impregna el ser.
Para los antiguos y medievales la obra humana es, por el contrario, algo
contingente y efímero. El ser es idea, por tanto es pensable, objeto del
pensamiento y de la ciencia que busca el conocimiento. La obra del hombre es
mezcla de logos y de no logos, mezcla que con el tiempo se hunde en el
pasado. No tiene plena comprensibilidad porque le falta actualidad,
requisito de la contemplación, y logos, inteligibilidad ininterrumpida. Por
eso la ciencia antigua y medieval creía que el saber de las cosas humanas
era solamente techne, poder de artesano, no verdadero conocer ni por tanto
verdadera ciencia. Por eso en las universidades medievales florecían las
artes, preludios de ciencia propiamente dicha que reflexiona sobre el ser.
Esta tesis se encuentra ya en Descartes, al comienzo de la época moderna,
por ejemplo cuando niega a la historia el carácter de ciencia: el
historiador, después de sus muchos esfuerzos por conocer la historia de
Roma, sabe menos que una cocinera romana; saber latín significaba hablarlo
tan bien como las criadas de Cicerón. Unos cien años después Visco cambió
radicalmente el concepto de verdad de la edad media, dando expresión al
cambio fundamental del espíritu moderno. Ahora comienza la actitud que da
origen a la época .científica. en la que nos encontramos10.
Vamos a reflexionar un poco más sobre esto, ya que es importante para
nuestro problema. Descartes creyó que la verdadera certeza era la certeza
formal, la de la razón, purificada de las inseguridades de lo positivo. Se
anuncia el cambio a la época moderna cuando la certeza matemática se
convierte en modelo de certeza de la razón, cuando la matemática pasa a ser
la forma primaria del pensar racional11. Aquí quien quiera seguridad puede
agarrarse todavía a los hechos, pero Vivo propone la tesis contraria.
Siguiendo formalmente a Aristóteles dice que el saber real es conocer las
causas de las cosas. Conozco una cosa si conozco su causa; si conozco el
fundamento, conozco lo que en él se funda. Sin embargo, de estas ideas saca
una conclusión nueva: si el conocer real implica el conocimiento de las
causas, sólo podemos conocer verdaderamente lo que nosotros hemos hecho, ya
que sólo nosotros nos conocemos a nosotros mismos. La identidad entre la
verdad y el ser queda suplantada por la identidad entre la verdad y la
facticidad; puede conocerse el .hecho., lo que nosotros hemos hecho. La
tarea y posibilidad del espíritu humano no es la de reflexionar sobre el
ser, sino sobre el hecho, sobre el mundo exclusivo de los hombres que es lo
que nosotros podemos comprender verdaderamente. El hombre no ha creado el
cosmos, por eso no puede comprenderlo en su profundidad más íntima. El
conocer pleno y demostrable sólo es posible para él dentro de las ficciones
matemáticas y en lo concerniente a la historia que es el campo de la
actividad humana y por lo tanto de lo comprensible. En medio del océano de
la duda que amenaza a la humanidad después de la caída de la vieja
metafísica, al comienzo de la época moderna, se re descubre tierra firme en
la que el hombre puede intentar construirse una existencia nueva. Comienza
el dominio del hecho, es decir, la radical conversión del hombre hacia su
propia obra como a lo único que puede conocer.
A esto va unida la transmutación de todos los valores, transmutación que
conviene a la historia subsiguiente en tiempo .nuevo. opuesto al antiguo. La
historia, que antes se despreció y se consideró a científica se convierte,
junto con la matemática, en la única ciencia verdadera. Estudiar el ser, de
lo que se sentía honrado antes el espíritu libre, se considera ahora una
tarea ociosa e inútil que no puede dar por resultado un conocer propiamente
dicho. En las universidades dominan la matemática y la historia, la historia
que incluye en sí todo el mundo de las ciencias y las transforma
radicalmente. Con Hegel y, aunqe de modo diverso, también con Comte, la
filosofía pasa a ser un problema de la historia en la que el ser mismo ha de
estudiarse como proceso histórico. En F. Chr. Baur la teología se hace
historia, en su investigación utiliza métodos propiamente históricos,
estudia lo que pasó en el pretérito y cree así poder examinar a fondo todo
el problema. La economía nacional se considera históricamente y la tendencia
histórica afecta también a las ciencias naturales en general: según Darwin
el sistema de lo vivo es una historia de la vida. A la idea de que las cosas
siguen tan y como fueron creadas la sustituye Darwin con una idea de origen:
unas cosas proceden de otras, descienden de ellas12.
El mundo ya no es sólido edificio del ser, sino un proceso cuya evolución
continua es el movimiento del ser mismo. Esto quiere decir que el mundo,
hecho por los hombres, sólo es inteligible para ellos. El hombre ya no es
capaz de contemplarse a sí mismo; está en la cima de lo hecho, no es sino un
producto secundario de antiquísimas evoluciones. Se crea así una situación
muy particular. Cuando surge un antropocentrismo radical, el hombre puede
considerarse como algo que se ha originado casualmente, como puro .hecho..
El cielo, del que parecía proceder, se le viene abajo; la tierra de los
hechos sigue a su alcance, pero tiene que excavarla para descifrar la
fatigosa historia de su hacerse.
b).- Segundo estadio: el paso al pensar técnico.
Verum quia factum: este programa, que hace de la historia el lugar de la
verdad de los hombres, no es suficiente en sí mismo. Sólo se hizo plenamente
efectivo cuando se unió a otro motivo formulado por Karl Marx, unos 100 años
más tarde, en su clásica expresión: .en el pasado los filósofos
interpretaron el mundo, ahora tienen que ir a cambiarlo.. Esta máxima,
traducida al lenguaje de la tradición filosófica, significa que el lugar del
verum quia factum . es cognoscible y portador de verdad sólo lo que el
hombre ha hecho y puede considerar. entra un nuevo programa: verum quia
faciendum: la verdad en la que se estará en adelante es la factibilidad. Con
otras palabras, no es la verdad del ser, ni a fin de cuenta la verdad de sus
acciones, sino la de la transformación del mundo, la de la configuración del
mismo; una verdad, pues, que mira al futuro y a la acción.
Verum quia faciendum. A partir de la mitad del siglo XIX comenzó a diluirse
progresivamente, por obra del faciendum, de lo factible, el predominio del
factum. La techne suplanta a la historia, la reina hasta entonces, ya que a
medida que el hombre transita por el camino que le lleva a la concentración
en el factum, la obra de sus manos se le escapa. La demostrabilidad que
busca el historiador, y que en los comienzos del siglo XIX apareció como la
gran victoria de la historia sobre la especulación, siempre tiene en sí algo
problemático: el momento de la reconstrucción, de la explicación y de la
ambigüedad; al comienzo del siglo XX la historia sufre una crisis, y el
historicismo, con su orgullosa exigencia del saber, se hace problemático.
Cada vez se da más cuenta de que no existe ni el puro hecho ni su
inconmovible seguridad, de que el factum debe ser explicado, de que es
ambiguo. Cada día es más notorio que no se posee aún la certeza que la
investigación de los hechos prometió a quienes rechazaban la especulación.
Por eso cada día se fortaleció más la convicción de que el hombre, a fin de
cuentas, sólo puede conocer lo repetible, lo que, al hacer experimentos,
aparece ante nuestros ojos. Todo lo que nos trasmiten los testigos
secundarios es puro pasado, no puede conocerse plenamente a pesar de todas
las pruebas imaginables. El transmisor real de auténtica seguridad es sólo
el método científico natural nacido, a guisa de experimento repetible, de la
unión de la matemática y del interés por la factibilidad. Del matrimonio del
pensar matemático con el pensar factible nace la posición espiritual del
hombre moderno, condicionada por las ciencias naturales, que significa al
mismo tiempo, en cuanto es factibilidad, inclinación a la realidad13. El
factum ha dado lugar al faciendum, lo hecho ha originado lo factible, lo
repetible, lo comprobable, y ahí está. Se llega así al primado de lo
factible sobre el hecho, porque ¿qué es lo que puede hacer el hombre con lo
sucedido?; no puede encontrar ahí su sentido, no puede convertirse en
guardián del museo de su propio pasado, si quiere dominar su actualidad.
Como antes la historia, ahora la techne deja de ser un primer estadio
inferior del desarrollo espiritual de la humanidad, aun cuando siempre
contenga cierta barbarie en una conciencia orientada decididamente hacia las
ciencias del espíritu. La orientación cambia radicalmente la situación: la
techne no queda confinada en los sótanos de las ciencias, o mejor dicho, el
sótano es también aquí lo propiamente decisivo, ante quien la parte superior
del edificio puede parecer solamente una residencia de pensionistas
aristocráticos. La techne se convierte en la auténtica posibilidad y en el
auténtico deber del hombre. Lo que antes estaba subordinado, ahora
prevalece.
Con esto la perspectiva cambia una vez más: en la antigüedad y en la edad
media el hombre estaba orientado a lo eterno; después de un corto período en
el que reinó el historicismo, a lo pasado, ahora la factibilidad, lo
faciendum, le orienta al futuro que él mismo pueda crear. Antes, los
resultados de la doctrina de los orígenes le llevaron a afirmar,
resignadamente que partiendo de su pasado no era sino tierra, puro azar de
la evolución; pero todo esto ya no le molesta porque ahora, proceda de donde
proceda, puede enfrentarse decididamente a su futuro para convertirse a sí
mismo en lo que quiera; ya no le parece imposible hacerse igual a Dios, el
faciendum, el factible del final, no el logos, la inteligencia del
principio. Por lo demás, todo esto sale hoy día a la luz de la problemática
antropológica. Mucho más importante que la doctrina de los orígenes, que
prácticamente queda ya en nuestras espaldas como algo evidente, es la
cibernética, los planes que se hacen sobre el nuevo hombre que se va a
crear, de tal manera que el hecho de que el hombre pueda ser manejado por
sus propios planes presenta un problema mucho más serio que el del pasado
humano, aunque ambos son inseparables y se determinan mutuamente: la
reducción del hombre al factum es el requisito de su comprensión como
faciendum que le conducirá expontáneamente hacia un nuevo futuro.
c).- El problema del lugar de la fe.
Con este segundo paso del espíritu moderno, con el paso a la factibilidad,
se va a pique el primer intento de la teología de dar respuesta a las nuevas
circunstancias. La teología había querido dar buena acogida a la
problemática del historicismo, de su reducción de la verdad al factum,
construyendo la misma fe como historia. A primera vista con este cambio
podía darse por contenta. El contenido de la fe cristiana es esencialmente
histórico; las expresiones bíblicas no son metafísicas, sino históricas. Por
eso la teología podía gozarse de que la hora de la metafísica quedase
suplantada por la de la historia; así llegaría su hora. Y quizá tuviese
también que registrar la nueva evolución como resultado se sus propios
principios.
El subsiguiente destronamiento de la historia por la techne sofocó
rápidamente tales esperanzas. Otra idea nos importuna ahora: uno se siente
tentado de avecindar la fe no en el campo del factum, sino en el del
faciendum, y de interpretarla, en medio de una .teología política., como
medio de transformación del mundo14. A mi modo de ver, en la situación
actual sólo se haría lo que, por su parte, ya emprendió el pensar histórico-salvífico
en la época del historicismo. Observamos que el mundo está obsesionado por
la perspectiva de lo factible; a esto se responde colocando la fe en ese
plano. A estos dos intentos no quiero calificarlos de solución sin sentido.
No sería justo. Lo que tanto uno como otro sacan a la luz es más bien lo que
en otras épocas pasó más o menos inadvertido.
La fe cristiana tiene algo que ver con el factum; de una manera muy peculiar
vive en el plano de la historia, y no es por pura casualidad el que tanto el
historicismo como la historia hayan nacido en el campo de la fe cristiana.
La fe participa también en la trasformación del mundo, en su configuración,
en la oposición a la indolencia de las instituciones humanas y de lo que de
ahí saca partido. Difícilmente puede considerarse como casualidad el que la
comprensión del mundo como factibilidad naciese dentro de las tradiciones
judeo-cristianas y el que Marx la pensase y formulase inspirado en ellas,
aunque en oposición a las mismas. Por eso no hemos de negar que en ambos
casos sale a la luz algo de la fe cristiana que antes permanecía oculto. La
fe cristiana está decisivamente comprometida en los esfuerzos de la época
moderna. La hora histórica actual nos brinda la oportunidad de poder
comprender, partiendo de ella, la estructura de la fe entre el factum y el
facendum. Es tarea de la teología tomar en serio esta exigencia y
posibilidad, y hallar los períodos oscuros y aciagos del pasado para
rellenarlos.
Pero no hagamos juicios demasiado rápidos. Quien crea que los intentos antes
mencionados se excluyen mutuamente, quien coloque la fe o en el plano del
factum o en el del facendum, no descubrirá el significado de la frase .yo
creo. .credo., pronunciada por un ser humano. Ya que, quien así se expresa,
por de pronto no idea un programa de activa transformación del mundo ni se
asocia a una cadena de acontecimientos históricos. A modo de ensayo, y para
poner de relieve lo más característico, diría yo que el acontecimiento de la
fe no pertenece a la relación saber-hacer, nota que designa la coyuntura
espiritual del pensar factible; el acontecimiento de la fe se expresa mejor
con la relación permanecer-comprender. A mi juicio, se ponen así de
manifiesto dos conceptos relacionados entre sí, pero que se distinguen, y
dos posibilidades del ser humano.
La fe como permanecer y comprender.
Una vez que he contrapuesto los conceptos permanecer-comprender a
saber-hacer, voy a referirme a un texto bíblico intraductible sobre la fe.
Lutero intentó expresar su profundo sentido con la frase .si no creéis (si
no os apoyáis en Yavé), no tendréis apoyo. (Is 7,9). Una única raíz, .mn
(amen) tiene multiplicidad de significados que se entremezclan y
diferencian, formando la magnífica grandeza de esta frase. La raíz citada
expresa la idea de verdad, solidez, firmeza, fundamento; y también la de
confiar, fiarse, abandonarse a algo, creer. La fe es un sujetarse a Dios, en
quien tiene el hombre un firme apoyo para toda su vida. La fe se describe,
pues, como un agarrarse firmemente, como un permanecer en pie confiadamente
sobre el suelo de la palabra de Dios.
La traducción griega del Antiguo Testamento, llamada de los Setenta, ha
expresado muy bien el sentido de la frase mencionada desde el punto de vista
tanto lingüístico como conceptual, al traducirla así: .si no creéis, no
comprendéis.. Se ha dicho muchas veces que en esta traducción obra ya el
proceso de la helenización, que aquí comenzamos a apartarnos de lo bíblico
original. La fe se intelectualiza. En vez de expresar la firme permanencia
en el firme fundamento de la palabra fidedigna de Dios, indica comprensión y
entendimiento, y queda así colocada en un plano completamente distinto. En
eso hay parte de verdad. Sin embargo, yo creo que con palabras diversas se
ha conservado en líneas generales lo decisivo. El permanecer, que en hebreo
especifica el contenido de la fe, tiene mucho que ver con el comprender.
Sobre ello hablaremos un poco más adelante. Mientras tanto sigamos el hilo
de lo que hemos venido diciendo: la fe indica un plano completamente
distinto del hacer y de la factibilidad; es esencialmente confiarse a lo que
no se ha hecho a si mismo, a lo no factible, a lo que lleva y posibilita
nuestro hacer. Esto significa además que la fe no aparece ni aparecerá en el
plano del saber de la factibilidad, en el plano del verum quia factum seu
faciendum; todo intento de .ponerla sobre el tapete. , de querer probarla en
el sentido del saber factible, fracasará necesariamente. No se la puede
hallar en la estructura de esa forma de saber, y quien así la ponga sobre el
tapete la concibe falsamente. El penetrante .quizá. con el que la fe
cuestiona al hombre de todo tiempo y lugar, no alude a la inseguridad dentro
del saber factible, sino que es poner en tela de juicio lo absoluto de ese
círculo, es su relativización como único plano del ser humano y del ser en
general, que sólo puede ser algo penúltimo. Es decir, nuestras reflexiones
nos han llevado a afirmar claramente que existen dos formas de actitud ante
la realidad; ninguna de ellas se refiere a la otra, porque ambas tienen
lugar en un plano completamente distinto.
Recordemos la contraposición que establece Martin Heidegger al hablar de la
dualidad entre el pensamiento aritmético y el conceptual. Ambas formas de
pensar son legítimas y necesarias, pero precisamente por ello ninguna de
ellas puede disolverse en la otra. Deben existir las dos: el pensar
aritmético subordinado a la factibilidad, y el pensar conceptual, que quiere
comprender. No creemos que se equivoca el filósofo de Friburgo cuando da
expresión al temor de que, en el tiempo en que el pensar aritmético celebra
su triunfo extraordinario, el hombre se sienta amenazado por la falta de
ideas, por la evasión del pensar. Cierto que esto es tentación de todos los
tiempos; por ejemplo, en el siglo XIII san Buenaventura, gran teólogo
franciscano, echaba en cara a sus colegas de la facultad de París que habían
aprendido a medir el mundo, pero se habían olvidado de medirse a sí mismos.
Con otras palabras podemos afirmar que la fe, en el sentido del credo, no es
una imperfecta forma de saber, una opinión que el hombre puede o debe
remover con el saber factible. Es esencialmente una forma de actitud
intelectual que existe como propia y autónoma junto al saber factible, pero
que no se refiere ni se deduce de él. La fe no está subordinada a lo
factible ni a lo hecho, aunque con ambos tenga algo que ver, sino al campo
de las grandes decisiones a cuya responsabilidad no puede sustraerse el
hombre; en rigor tales decisiones solo pueden hacerse en una forma, a esta
forma la llamamos fe. Me parece esencial ver cómo cada hombre tiene que
referirse de alguna forma al campo de las decisiones fundamentales; y esto
sólo puede hacerse en forma de fe. Hay un campo en el que no cabe otra
respuesta que la de la fe, de la que no puede sustraerse nadie. Todo ser
humano tiene que .creer. de algún modo.
El marxismo, sin embargo, ha hecho el esfuerzo antes mencionado de
subordinar la forma de actitud de fe a la del saber factible, ya que aquí el
faciendum, el futuro que se crea a sí mismo, presenta a la vez la finalidad
del hombre, de tal forma que la orientación que se realiza en la fe o que
ella acepta parece trasponerse al plano de lo factible. Llegamos así, sin
duda alguna, a la última consecuencia del pensar moderno; a primera vista
parece afortunada la idea de incluir la inteligencia del hombre en lo
factible, más aún, de identificarla con él. Pero al considerarla más de
cerca, observamos que tampoco el marxismo ha tenido éxito en la cuadratura
del círculo. Porque no puede hacer lo factible comprensible como
inteligencia, sino sólo prometerlo y hacer así que la fe decida. Lo que hace
tan atractiva y accesible la fe marxista es la impresión de armonía con el
saber factible que él pone de manifiesto.
Después de esta corta disgresión, volvamos una vez más a nuestro problema
que en síntesis podemos enunciar así: ¿qué es propiamente la fe? Nuestra
respuesta es esta: es la forma de permanecer del hombre en toda la realidad,
forma que no se reduce al saber ni que el saber puede medir; es la
orientación sin la que el hombre estaría sin patria, la orientación que
precede al calcular y actuar humanos, y sin la que no podría ni calcular ni
actuar, porque eso sólo puede hacerlo en el sentido de la inteligencia que
lo lleva. De hecho, el hombre no vive solo del pan de la factibilidad; como
hombre, y en lo más propio de su ser humano, vive de la palabra, del amor,
de la inteligencia. La inteligencia es el pan del que se alimenta el hombre
en lo más propio de su ser. Sin la palabra, sin la inteligencia, sin el
amor, llega pronto a la situación del .ya no puedo más. aunque viva en medio
de un confort extraordinario. ¿Quién duda de que esta situación del .ya no
puedo más. puede surgir también en medio de la comodidad exterior? Pero la
inteligencia no procede del saber; querer establecerla así, a base del saber
demostrable de la factibilidad, sería el absurdo intento de Münchhaus de
querer salir del pantano tirándose de los pelos. A mi juicio, lo absurdo de
este cuento pone de manifiesto la situación del hombre de hoy. Del pantano
de la inseguridad, del no-poder-más, no se sale espontáneamente, ni nos
sacamos nosotros mismos con una cadena de conclusiones lógicas, como haría
Descartes con su cogito ergo sum. La inteligencia que se ha hecho a sí misma
no es en último término inteligencia. La inteligencia, es decir, el suelo en
el que nuestra existencia puede permanecer y vivir, no puede ser construido,
hay que recibirlo.
Hemos partido de un análisis general de la actitud de fe; ahora llegamos a
la forma cristiana de fe. Creer cristianamente significa confiarse a la
inteligencia que me lleva a mí y al mundo, considerarla como el fundamento
firme sobre el que puedo permanecer sin miedo alguno. En lenguaje más
tradicional podemos afirmar que creer cristianamente significa comprender
nuestra existencia como respuesta a la palabra, al logos que lleva y
sostiene todo. Significa decir sí a la inteligencia que nosotros no podemos
hacer, pero sí recibir; a la inteligencia que se nos da para que sólo
tengamos que aceptarla y fiarnos de ella. Según eso, la fe cristiana es una
opción en pro de que lo recibido precede al hacer. Esto no quiere decir que
el hacer se desprecie o se considere superfluo. Sólo por que hemos recibido,
podemos .hacer.. La fe cristiana significa también, como hemos dicho, una
opción en pro de que lo invisible es más real que lo visible. Es afirmación
de la supremacía de lo invisible como propiamente real, lo cual nos lleva y
autoriza a colocarnos ante lo invisible con tranquilidad impertérrita y en
la responsabilidad que dimana del verdadero fundamento de todo, de lo
invisible.
Por eso no puede negarse que la fe cristiana se oponga a la actitud a la que
parece inclinarnos la orientación actual del mundo. Como positivismo y
fenomenologismo nos invita a limitarnos a lo .visible., a lo .aparente. en
el más amplio sentido de la palabra; nos invita a hacer extensiva la actitud
metódica fundamental a la que las ciencias naturales deben sus resultados,
al todo de nuestra relación con la realidad. Y como techne nos exige contar
con lo factible y hacer de eso el suelo que nos soporte. El primado de lo
invisible sobre lo visible, el de lo recibido sobre el hacer, corre en
sentido totalmente opuesto a esta orientación. Aquí radica la dificultad del
salto por el que nos confiamos a lo invisible. Y con todo, la libertad de
hacer y la de aceptar lo visible por la investigación metódica se hacen
posibles en primer lugar por la fe cristiana, porque la fe cristiana los
califica de provisionales, y por la jerarquía que así se inicia.
La razón de la fe
Quien reflexione sobre esto se dará cuenta de que la primera y la última
palabra del credo . .creo. y .amén.. se entrelazan mutuamente, encierran
todas las demás expresiones y constituyen el contexto de todo lo que se
halla entre ellas. La resonancia de las palabras .creo. y .amén. muestra el
sentido de todo el movimiento espiritual del que tratamos. Ya dijimos antes
que la palabra .amen. pertenece a la misma raíz que la palabra .fe.. .Amén.
dice, a su modo, lo que significa creer: permanecer firme y confiadamente en
el fundamento que nos sostiene, no porque yo lo he hecho o lo he examinado,
sino precisamente porque no lo he hecho ni lo he examinado. Expresa la
entrega de sí mismo a lo que nosotros no podemos ni tenemos que hacer, la
entrega de sí mismo al fundamento del mundo como inteligencia que me abre en
primer lugar la libertad de hacer.
Esto no quiere decir que lo que aquí sucede sea un entregarse a lo
irracional. Es, por el contrario, un acercarse al .logos., a la ratio, a la
inteligencia, y así a la verdad misma, ya que el fundamento sobre el que se
sostiene el hombre no puede ni debe ser a fin de cuentas sino la verdad.
Llegamos así un punto en el que por lo menos sospechamos una última
antítesis entre el saber de lo factible y la fe. El saber de lo factible, ya
lo hemos visto, tiene que ser, porque él así lo ha querido, positivístico;
tiene que limitarse al dato, a lo mesurable. La consecuencia es clara: no
busca la verdad. Consigue sus propósitos mediante la renuncia al problema de
la verdad misma y mediante la limitación a lo .determinado., a la
.exactitud. del sistema cuyos planes hipotéticos deben conservarse en el
experimento. El saber factible no investiga, digámoslo otra vez, cómo son
las cosas en sí y para sí, sino la función que tienen para nosotros. El paso
al saber factible se da cuando el ser ya no se considera en sí mismo, sino
en función de nuestra obra. Esto supone que al desaparecer el problema de la
verdad y al trasmutarse en el factum y faciendum se cambia totalmente el
concepto de la verdad. En lugar de la verdad del ser en sí entra la utilidad
de las cosas para nosotros, que se confirma en la exactitud de los
resultados. Es incuestionable que sólo esta actitud se nos brinda como
posibilidad de cálculo, mientras que la verdad del ser mismo escapa al saber
como cálculo.
La palabra .amén. expresa la idea de confiar, fidelidad, firmeza, firme
fundamento, permanecer, verdad. Pues bien, la actitud cristiana expresada
con esa palabra significa que aquello en lo que el hombre permanece y que
puede ser para él inteligencia, sólo puede ser la verdad misma. Sólo la
verdad que es fundamento adecuado de la permanencia del hombre. Por eso el
acto de fe cristiana incluye esencialmente la convicción de que el
fundamento inteligente, el .logos. en el que nos mantenemos, en cuanto
inteligencia es también verdad15. La inteligencia que no fuese verdad sería
no inteligencia. La inseparabilidad de la inteligencia, del fundamento y de
la verdad, expresada tanto en la palabra hebrea .amén. como en la griega .logos.,
supone toda una concepción del mundo. La inseparabilidad de la inteligencia,
del fundamento y de la verdad, expresada con palabras para nosotros
inimitables, muestra la red de coordenadas en las que la fe cristiana
considera el mundo y se coloca ante él.
Esto supone también que la fe originalmente no es un montón de paradojas
incomprensibles. Supone también que es un abuso alegar el misterio, como
sucede no pocas veces, como pretexto para negar la compresión. Cuando la
teología dice tales disparates y cuando quiere no sólo justificarse, sino
canonizarse aludiendo al misterio, no se entiende lo que es la verdadera
idea del .misterio.; el misterio no quiere destruir la comprensión, sino
posibilitar la fe como comprensión. Con otras palabras decimos que la fe no
es saber en el sentido del saber factible y de su forma de posibilidad de
cálculo. Esto no puede hacerse, y la fe hará el ridículo si quiere
establecerse en tales formas. Pero, por el contrario, también cabe decir que
el saber factible y calculable se limita esencialmente a lo aparente y
funcional y que no se abre el camino que busca la verdad, a la que ha
renunciado por su propio método. La forma con la que el hombre entra en
contacto con la verdad del ser no es la forma del saber, sino la del
comprender: comprender la inteligencia a la que uno se ha entregado. Y
podemos añadir que sólo en la permanencia se abre la comprensión, no fuera
de ella. Una cosa no tiene lugar sin la otra, ya que comprender significa
agarrar y entender la inteligencia que se ha recibido como fundamento, como
inteligencia. Creo que este es el sentido de lo que llamamos comprender:
entender la inteligencia sobre la que nos mantenemos, como inteligencia y
como verdad; darnos cuenta de que el fundamento es inteligencia.
Si esto es así, la comprensión no supone una contradicción de la fe, sino
que presenta su auténtico contenido. Ya que el saber lo funcional del mundo,
cosa que nos brinda el pensamiento técnico-científico-natural, no aporta
ninguna comprensión del mundo ni del ser. La comprensión nace de la fe. Por
eso, una tarea primordial de la fe cristiana es la teología, discurso
comprensible, lógico (rationale, racional-inteligible) de Dios. Aquí radica
el derecho inamovible de lo griego en lo cristiano. Estoy plenamente
convencido de no fue pura casualidad el que el mensaje cristiano, en su
primera configuración, entrase en el mundo griego y que se mezclase así con
el problema de la comprensión, de la verdad 16. La fe y la comprensión van
tan juntas como la fe y la permanencia, porque permanecer y comprender son
inseparables. La traducción griega del pasaje de Isaías sobre la fe y la
permanencia incluye una dimensión imprescindible de lo bíblico, si no quiere
caer en lo fanático y lo sectario.
Por otra parte, la comprensión supera cada día más nuestra concepción y
llega al conocimiento de nuestro ser comprendidos.; nosotros no podemos
comprenderla; tiene para nosotros sentido en cuanto nos comprende. En este
sentido podemos hablar en rigor del misterio como fundamento que nos
precede, que siempre nos supera, que nunca podemos alcanzar ni superar. Pero
precisamente en el ser comprendidos por lo que no puede ser comprendido se
realiza la responsabilidad de la comprensión, sin la que la fe sería cosa
despreciable y quedaría destruida.
Creo en ti..
Todavía no hemos hablado del rango más fundamental de la fe cristiana: su
carácter personal. La fe cristiana es mucho más que una opción en favor del
fundamento espiritual del mundo. Su fórmula central reza así: .creo en tí.,
no .creo en algo.17. Es encuentro con el hombre Jesús; en tal encuentro
siente la inteligencia como persona. En su vivir mediante el Padre, en la
inmediación y fuerza de su unión suplicante y contemplativa con el Padre, es
Jesús el testigo de Dios, por quien lo intangible se hace tangible, por
quien lo lejano se hace cercano. Más aún, no es puro testigo al que creemos
lo que ha visto en una existencia en la que se realiza el paso de la
limitación a lo aparente a la profundidad de toda la verdad. No. Él mismo es
la presencia de lo eterno en este mundo. En su vida, en la entrega sin
reservas de su ser a los hombres, la inteligencia del mundo se hace
actualidad, se nos brinda como amor que ama y que hace la vida digna de
vivirse mediante el don incomprensible de un amor que no está amenazado por
el ofuscamiento egoísta. La inteligencia del mundo es el tú, ese tú que no
es problema abierto, sino fundamento de todo, fundamento que no necesita a
su vez ningún otro fundamento.
La fe es, pues, encontrar un tú que me sostiene y que en la imposibilidad de
realizar un movimiento humano da la promesa de un amor indestructible que no
sólo solicita la eternidad, sino que la otorga. la fe cristiana vive de
esto: de que no existe la pura inteligencia, sino la inteligencia que me
conoce y me ama, de que puedo confiarme a ella con la seguridad de un niño
que en el tú de su madre ve resueltos todos sus problemas. Por eso la fe, la
confianza y el amor son, a fin de cuentas, un misma cosa, y todos los
contenidos alrededor de los que gira la fe, no son sino concretizaciones del
cambio radical, del .yo creo en tí., del descubrimiento de Dios en la faz de
Jesús de Nazaret, hombre.
Como hemos visto anteriormente, esto no elimina la reflexión. Al que sus
discípulos llamaban rabí de Nazaret, al más grande, a aquél de quien era
mensajero, preguntó Juan Bautista en una hora oscura, angustiosa: ¿eres tú
el profeta? ¿lo era realmente? El creyente vivirá siempre en esa oscuridad
en la que le rodea, como prisión de la que no puede huir, la oposición del
no creyente. La indiferencia del mundo que continúa como si nada hubiera
sucedido, parece ser sólo una burla de sus esperanzas. ¿Lo eres realmente? A
hacernos estas preguntas nos obliga la honradez del pensamiento y la
responsabilidad de la razón, y también la ley interna del amor que quisiera
conocer más y más a aquel a quien han dado su sí para amarle más y más. ¿Lo
eres realmente? Todas las reflexiones de este libro están subordinadas a
esta pregunta y giran en torno a la forma fundamental de la confesión: yo
creo en tí, Jesús de Nazaret, como inteligencia (.Logos.) del mundo y de mi
vida.
Notas de este capítulo:
1.- H Cox, La ciudad secular. Península, Barcelona 1968, 269.
2.- Véase un resumen informativo bajo el título Die echten Texte der kleinen
heiligen Therese: Herderskorres pondenz 7 3 (1962) 561-565; la cita es de la
página 564. Muchas ideas están tomadas del artículo de M. Morée, La table
des pécheurs: Dieu vivant 24, 13-104. Morés remite a los estudios y
ediciones de A. Combes, especialmente a su obra Le probleme de l.Histoir
d.une ame y a las obras completas de santa Teresa de Lisieux. Burgos 1943.
Más bibliografía en A. Combes, Theresia von Lisieux; LTK X, 102-104.
3.- Esto nos recuerda el texto de Sab 10,4, texto importantísimo en la
teología de la cruz de la Iglesia primitiva: .Inundó luego la tierra el
furor de éste, y de nuevo la salvó la sabiduría, rigiendo al justo en leño
deleznble.. Sobre la importancia del texto en la teología de los Padres, cf.
H. Rahner, Symbole der Kirche. Salzburg 1964, 504-547.
4.- P. Claudel, El zapato de razo. Editora Nacional, Madrid 1965, 7.
5.- M. Buber, Werke III. München-Heidelberg 1963, 348.
6.- Me parece interesante un frase que leí en un periódico: .No quieren
comprar la tradición, sino el progreso racional.. He aquí un hecho
interesante. Desde hace un siglo aproximadamente, la reflexión de la
teología católica sobre el concepto de tradición tiende cada vez más a
identificarla tácitamente con la idea de pro-greso, es decir, a intepretar
la idea de tradición por la de progreso, ya que la tradición no se concibe
como un depósito fijo sino como el dinamismo de la inteligencia de la fe que
la hace avanzar. Véase J. Ratzinger, Tradición: LTK X, 293-299; Id.,
Kommentar zur Offenbarungskonstitution: LTK Erganzungsband II, 498 s y
515-528.
7.- A Dios nadie le vio jamás; el Unigénio, que está en el seno del Padre,
ése nos lo ha revelado.
8.- I Jn 1,1-3.
9.- Esta expresión es plenamente válida para el pensamiento cristiano que
con su idea de la creatio ex nihilo relaciona la materia con Dios. Para los
antiguos, en cambio, la materia era lo alógico, el substrato mundano extraño
a lo divino que así señalaba los límites de la comprensibilidad de lo real.
10.- Para la cuestión histórica véase la síntesis de K. Löwith,
Weltgeschichte und Heilsgescchehen. Stuttgart 1953, 109-128, y la obra
posterior de N. Schiffers, Anfragen der Physik an die Theologie. Düsseldorf
1968.
11.- N. Schiffers, id.
12.- K. Löwith, o. c., 38. Sobre la trasformación realizada en la mitad del
siglo XIX véase el estudio instructivo de J. Dörman, War J. J. Bachofen
Evolutionist?: Anthropos 60 (1965) I-48.
13.- Véase H. Freyer, Theorie des gegenwärtigen Zeitalers, Stuttgart 1958,
especialmente 15-78.
14.- Véase la obra de H. Cox, La ciudad secular; piénsese también en la
.teología de la revolución. que está hoy de moda; cf. T. Rendtorff- H. E.
Tödt, Theologie der Revolution. Analysen und Materialem. Frankfurt 1968. En
esta dirección apunta también J. Moltmann, Teología de la esperanza.
Sígueme, Salamanca 1969 y J. B. Metz, Teología del mundo. Sígueme, Salamanca
1970.
15.- La palabra griega logos, en su sentido más amplio, corresponde en
cierto modo a la raíz hebrea .mn (amén) y significa palabra, inteligencia,
razón, verdad.
16.- Hagamos referencia a la significativa perícopa de Hech 16,6-10 donde se
nos dice que el Espíritu Santo prohibió a Pablo predicar en Asia y el
espíritu de Jesús no le permitió dirigirse a Bitinia; después se narra la
visión de Pablo en la que un macedonio le dice: .Pasa a Macedonia y
ayúdanos.. Este texto misterioso quiere presentarnos
.histórico-teológicamente. la predicación del mensaje en Europa, .a los
griegos., como algo motivado por Dios; véase E. Peterson, La Iglesia:
Tratados teológicos. Cristiandad, Madrid 1966, 193-201.
17.- Véase H. Fries, Glauben-Wissen. Berlín 1960, especialmente 84-95; J.
Mouroux, Creo en tí. Flors, Barcelona 1964; C. Cirne-Lima, Der personale
Glaube. Innsbruck 1959.
2.- La forma eclesial de la fe.
Notas sobre la historia y estructura de la profesión de fe apostólica1.
Las páginas anteriores se han ocupado del problema formal, y solamente de
él: ¿Qué es la fe? ¿Cuál es su punto de partida en el mundo del pensamiento
moderno? ¿Dónde puede ejercitarse? Muchas y grandes cuestiones sobre el
contenido de la fe permanecen todavía abiertas. Quizá el problema haya
quedado un poco descolorido e indeterminado.
La respuesta a esos problemas sólo nos la puede dar una ojeada a la forma
concreta de la fe cristiana. Es lo que vamos a hacer a continuación,
siguiendo el hilo de la llamada profesión de fe apostólica. Pero antes creo
oportuno dar algunas notas sobre su origen y estructura, que a mi modo de
ver iluminan el porqué de esa manera de proceder. La forma de nuestra
profesión se elaboró en el transcurso de los siglos II y III en conexión con
el rito bautismal; por lo que atañe a su origen local es un texto romano,
pero su origen interno es el culto divino, más en concreto, la
administración del bautismo; ésta, a su vez, se refiere en su forma
fundamental a las palabras del Resucitado relatadas en Mateo 28,19: Id y
haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre
y del Hijo y del Espíritu Santo.
Por eso al bautizado se le hacen tres preguntas: .Crees en Dios, Padre
todopoderoso? ¿Crees en Jesucristo, Hijo de Dios...? ¿Crees en el Espíritu
Santo...?.2 A las tres preguntas contesta en bautizado .credo. .creo.;
después se le sumerge en el agua. La forma primitiva de la profesión de fe
es, pues, un triple diálogo, pregunta y respuesta, y tiene lugar en el rito
bautismal.
Probablemente ya en el transcurso de los siglos II y III la triple fórmula,
tomada simplemente de Mateo 28, se amplió en el centro, es decir, en la
cuestión cristológica. Se trata aquí de lo cristiano que se diferencia de
todo lo demás; por eso uno se siente con el derecho de añadir, dentro de
esta cuestión, una pequeña suma de lo que Cristo significa para los
cristianos; así mismo la tercera cuestión, la confesión de fe en el Espíritu
Santo, se explica y amplía como confesión en la actualidad y en el futuro de
lo cristiano.
En el siglo IV nos encontramos con un texto seguido, liberado del esquema
pregunta-respuesta. El texto se recita todavía en griego, cosa que hace
probable tanto su origen en el siglo III como el hecho de que en el siglo IV
se traducía al latín. Pronto nació una traducción latina, en el siglo IV.
Gracias a la preeminencia que la Iglesia de Roma había ganado en todo el
occidente, la profesión de fe romana (llamada symbolum, símbolo) se extendió
a todas las regiones de habla latina. Hubo al principio una serie de textos
distintos, hasta que por fin Carlomagno aceptó para su reino un texto que
.sobre el antiguo texto romano. había recibido en Francia. En Roma esta
símbolo unitario se aceptó en el siglo IX. Hacia el siglo V, y quizá ya en
el IV, nace la leyenda sobre el origen apostólico del texto, y pronto
(todavía en el siglo V) se concretiza esta leyenda diciendo que los doce
artículos, en los que se divide el credo, procedían de cada uno de los doce
apóstoles.
En oriente no se conocía el símbolo romano. Para los representantes de Roma
fue una gran sorpresa ver en el concilio de Florencia en el siglo XV que los
griegos no rezaban el símbolo que, según ellos, procedía de los apóstoles.
En oriente no había un símbolo unitario, ya que allí ninguna Iglesia
particular alcanzó una posición privilegiada semejante a la de Roma como
.sede apostólica. en occidente. Característica de oriente fue la
multiplicidad de símbolos diversos del símbolo romano en el terreno
teológico. El credo romano (y por tanto, el occidental) es mas histórico-salvífico-cristológico.
Permanece, por así decirlo, dentro del positivismo de la historia cristiana.
Recoge sencillamente el hecho de que Dios se hizo hombre por nosotros, y no
busca detrás de esa historia sus fundamentos y su vinculación con el ser
mismo. Oriente, en cambio, quiso comprender la fe cristiana dentro de una
perspectiva cósmico-metafísica; en la profesión de fe aparece ante todo ese
precipitado en el hecho de que se relacionan entre sí cristología y
creación, y en que así lo singular de esa historia y lo permanente y
comprensible de la creación aparecen estrechamente vinculados. Más adelante
volveremos sobre esta idea que, a raíz del escándalo producido por las obras
de Teilhard de Chardín, comienza actualmente a ganar terreno en la
conciencia occidental. >>> NO SE MUESTRAN COMPLETOS LOS LIBROS CUYOS DERECHOS DE AUTOR ESTÁN VIGENTES, COMO OCURRE CON ESTE <<<
|