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Homilía de Benedicto XVI en la misa de clausura de las Jornadas de la Juventud

 

Publicamos la homilía que pronunció Benedicto XVI este domingo en la misa de clausura de las Jornadas Mundiales de la Juventud, celebrada en la explanada Marienfield, junto a Colonia.


COLONIA, domingo, 21 agosto 2005
* * *
[En alemán]
Queridos jóvenes:
Ante la sagrada Hostia, en la cual Jesús se ha hecho pan para nosotros, que
interiormente sostiene y nutre nuestra vida (cf. Jn 6,35), hemos comenzado ayer
tarde el camino interior de la adoración. En la Eucaristía la adoración debe llegar a
ser unión. Con la Celebración eucarística nos encontramos en aquella «hora» de
Jesús, de la cual habla el Evangelio de Juan. Mediante la Eucaristía, esta «hora»
suya se convierte en nuestra hora, su presencia en medio de nosotros. Junto con
los discípulos Él celebró la cena pascual de Israel, el memorial de la acción
liberadora de Dios que había guiado a Israel de la esclavitud a la libertad. Jesús
sigue los ritos de Israel. Pronuncia sobre el pan la oración de alabanza y bendición.
Sin embargo, sucede algo nuevo. Él da gracias a Dios no solamente por las grandes
obras del pasado; le da gracias por la propia exaltación que se realizará mediante
la Cruz y la Resurrección, dirigiéndose a los discípulos también con palabras que
contienen el compendio de la Ley y de los Profetas: «Esto es mi Cuerpo entregado
en sacrificio por vosotros. Este cáliz es la Nueva Alianza sellada con mi Sangre». Y
así distribuye el pan y el cáliz, y, al mismo tiempo, les encarga la tarea de volver a
decir y hacer siempre en su memoria aquello que estaba diciendo y haciendo en
aquel momento.
¿Qué está sucediendo? ¿Cómo Jesús puede repartir su Cuerpo y su Sangre?
Haciendo del pan su Cuerpo y del vino su Sangre, Él anticipa su muerte, la acepta
en lo más íntimo y la transforma en una acción de amor. Lo que desde el exterior
es violencia brutal, desde el interior se transforma en un acto de un amor que se
entrega totalmente. Esta es la transformación sustancial que se realizó en el
cenáculo y que estaba destinada a suscitar un proceso de transformaciones cuyo
último fin es la transformación del mundo hasta que Dios sea todo en todos (cf. 1
Cor 15,28). Desde siempre todos los hombres esperan en su corazón, de algún
modo, un cambio, una transformación del mundo. Este es, ahora, el acto central de
transformación capaz de renovar verdaderamente el mundo: la violencia se
transforma en amor y, por tanto, la muerte en vida. Dado que este acto convierte
la muerte en amor, la muerte como tal está ya, desde su interior, superada; en ella
está ya presente la resurrección. La muerte ha quedado, por así decir,
profundamente herida, hasta el punto de que, de ahora en adelante, no puede ser
la última palabra. Ésta es, por usar una imagen muy conocida para nosotros, la
fisión nuclear acaecida en lo más íntimo del ser; la victoria del amor sobre el odio,
la victoria del amor sobre la muerte. Solamente esta íntima explosión del bien que
vence al mal puede suscitar después la cadena de transformaciones que poco a
poco cambiarán el mundo. Todos los demás cambios son superficiales y no salvan.
Por esto hablamos de redención: lo que desde lo más íntimo era necesario ha
sucedido, y nosotros podemos entrar en este dinamismo. Jesús puede distribuir su
Cuerpo, porque se entrega realmente a sí mismo.
[En inglés]
Esta primera transformación fundamental de la violencia en amor, de la muerte en
vida lleva consigo las demás transformaciones. Pan y vino se convierten en su
Cuerpo y su Sangre. Llegados a este punto la transformación no puede detenerse,
antes bien, es aquí donde debe comenzar plenamente. El Cuerpo y la Sangre de
Cristo se nos dan para que a su vez nosotros mismos seamos transformados.
Nosotros mismos debemos llegar a ser Cuerpo de Cristo, sus consanguíneos. Todos
comemos el único pan, y esto significa que entre nosotros llegamos a ser una sola
cosa. La adoración, hemos dicho, llega a ser, de este modo, unión. Dios no
solamente está frente a nosotros, como el Totalmente otro. Está dentro de
nosotros, y nosotros estamos en Él. Su dinámica nos penetra y desde nosotros
quiere propagarse a los demás y extenderse a todo el mundo, para que su amor
sea realmente la medida dominante del mundo. Yo percibo una alusión muy bella a
este nuevo paso que la Última Cena nos indica con la diferente acepción de la
palabra «adoración» en griego y en latín. La palabra griega es proskynesis.
Significa el gesto de sumisión, el reconocimiento de Dios como nuestra verdadera
medida, cuya norma aceptamos seguir. Significa que la libertad no quiere decir
gozar de la vida, considerarse absolutamente autónomo, sino orientarse según la
medida de la verdad y del bien, para llegar a ser, de esta manera, nosotros
mismos, verdaderos y buenos. Este gesto es necesario, aun cuando nuestra ansia
de libertad se resiste, en un primer momento, a esta perspectiva. Hacerla
completamente nuestra será posible solamente en el segundo paso que nos
presenta la Última Cena. La palabra latina adoración es ad-oratio, contacto boca a
boca, beso, abrazo y, por tanto, en resumen, amor. La sumisión se hace unión,
porque aquel al cual nos sometemos es Amor. Así la sumisión adquiere sentido,
porque no nos impone cosas extrañas, sino que nos libera desde lo más íntimo de
nuestro ser.
[En francés]
Volvamos de nuevo a la Última Cena. La novedad que allí se verificó, estaba en la
nueva profundidad de la antigua oración de bendición de Israel, que ahora se hacía
palabra de transformación y nos concedía el poder participar en la hora de Cristo.
Jesús no nos ha encargado la tarea de repetir la Cena pascual que, por otra parte,
en cuanto aniversario, no es repetible a voluntad. Nos ha dado la tarea de entrar en
su «hora». Entramos en ella mediante la palabra del poder sagrado de la
consagración, una transformación que se realiza mediante la oración de alabanza,
que nos sitúa en continuidad con Israel y con toda la historia de la salvación, y al
mismo tiempo nos concede la novedad hacia la cual aquella oración tendía por su
íntima naturaleza. Esta oración, llamada por la Iglesia «oración eucarística», hace
presente la Eucaristía. Es palabra de poder, que transforma los dones de la tierra
de modo totalmente nuevo en la donación de Dios mismo y que nos compromete
en este proceso de transformación. Por esto llamamos a este acontecimiento
Eucaristía, que es la traducción de la palabra hebrea beracha, agradecimiento,
alabanza, bendición, y asimismo transformación a partir del Señor: presencia de su
«hora». La hora de Jesús es la hora en la cual vence el amor. En otras palabras: es
Dios quien ha vencido, porque Él es Amor. La hora de Jesús quiere llegar a ser
nuestra hora y lo será, si nosotros, mediante la celebración de la Eucaristía, nos
dejamos arrastrar por aquel proceso de transformaciones que el Señor pretende. La
Eucaristía debe llegar a ser el centro de nuestra vida. No se trata de positivismo o
ansia de poder, cuando la Iglesia nos dice que la Eucaristía es parte del domingo.
En la mañana de Pascua, primero las mujeres y luego los discípulos tuvieron la
gracia de ver al Señor. Desde entonces supieron que el primer día de la semana, el
domingo, sería el día de Él, de Cristo. El día del inicio de la creación sería el día de
la renovación de la creación. Creación y redención caminan juntas. Por esto es tan
importante el domingo. Es bonito que hoy, en muchas culturas, el domingo sea un
día libre o, juntamente con el sábado, constituya el denominado «fin de semana»
libre. Pero este tiempo libre permanece vacío si en él no está Dios. ¡Queridos
amigos! A veces, en principio, puede resultar incómodo tener que programar en el
domingo también la Misa. Pero si os empeñáis, constataréis más tarde que es
exactamente esto lo que le da sentido al tiempo libre. No os dejéis disuadir de
participar en la Eucaristía dominical y ayudad también a los demás a descubrirla.
Ciertamente, para que de ella emane la alegría que necesitamos, debemos
aprender a comprenderla cada vez más profundamente, debemos aprender a
amarla. Comprometámonos a ello, ¡vale la pena! Descubramos la íntima riqueza de
la liturgia de la Iglesia y su verdadera grandeza: no somos nosotros los que
hacemos fiesta para nosotros, sino que es, en cambio, el mismo Dios viviente el
que prepara una fiesta para nosotros. Con el amor a la Eucaristía redescubriréis
también el sacramento de la Reconciliación, en el cual la bondad misericordiosa de
Dios permite siempre iniciar de nuevo nuestra vida.
[En italiano]
Quien ha descubierto a Cristo debe llevar a otros hacia Él. Una gran alegría no se
puede guardar para uno mismo. Es necesario transmitirla. En numerosas partes del
mundo existe hoy un extraño olvido de Dios. Parece que todo puede funcionar del
mismo modo sin Él. Pero al mismo tiempo existe también un sentimiento de
frustración, de insatisfacción de todo y de todos. Dan ganas de exclamar: ¡No es
posible que la vida sea así! Verdaderamente no. Y de este modo, junto a olvido de
Dios existe como un «boom» de lo religioso. No quiero desacreditar todo lo que se
sitúa en este contexto. Puede darse también la alegría sincera del descubrimiento.
Pero exagerando demasiado, la religión se convierte casi en un producto de
consumo. Se escoge aquello que place, y algunos saben también sacarle provecho.
Pero la religión buscada a la «medida de cada uno» a la postre no nos ayuda. Es
cómoda, pero en el momento de crisis nos abandona a nuestra suerte. Ayudad a los
hombres a descubrir la verdadera estrella que indica el camino: ¡Jesucristo!
Tratemos nosotros mismos de conocerlo siempre mejor para poder guiar también,
de modo convincente, a los demás hacia Él. Por esto es tan importante el amor a la
Sagrada Escritura y, en consecuencia, conocer la fe de la Iglesia que nos muestra el
sentido de la Escritura. Es el Espíritu Santo el que guía a la Iglesia en su fe
creciente y la ha hecho y hace penetrar cada vez más en las profundidades de la
verdad (cf. Jn 16,13). El Papa Juan Pablo II nos ha dejado una obra maravillosa, en
la cual la fe secular se explica sintéticamente: el «Catecismo de la Iglesia Católica».
Yo mismo, recientemente, he podido presentar el «Compendio» de tal Catecismo,
que ha sido elaborado a petición del difunto Papa. Son dos libros fundamentales
que querría recomendaros a todos vosotros.
[En castellano]
Obviamente, los libros por sí solos no bastan. ¡Construid comunidades basadas en
la fe! En los últimos decenios han nacido movimientos y comunidades en los cuales
la fuerza del Evangelio se deja sentir con vivacidad. Buscad la comunión en la fe
como compañeros de camino que juntos van siguiendo el itinerario de la gran
peregrinación que primero nos señalaron los Magos de Oriente. La espontaneidad
de las nuevas comunidades es importante, pero es asimismo importante conservar
la comunión con el Papa y con los Obispos. Son ellos los que garantizan que no se
están buscando senderos particulares, sino que a su vez se está viviendo en aquella
gran familia de Dios que el Señor ha fundado con los doce Apóstoles.
[En alemán]
Aún, una vez más, debo volver a la Eucaristía. «Porque aún siendo muchos, un solo
pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan» dice san
Pablo (1 Cor 10,17). Con esto quiere decir: puesto que recibimos al mismo Señor y
Él nos acoge y nos atrae hacia sí, seamos también una sola cosa entre nosotros.
Esto debe manifestarse en la vida. Debe mostrase en la capacidad de perdón. Debe
manifestarse en la sensibilidad hacia las necesidades de los demás. Debe
manifestarse en la disponibilidad para compartir. Debe manifestarse en el
compromiso con el prójimo, tanto con el cercano como con el externamente lejano,
que, sin embargo, nos mira siempre de cerca. Existen hoy formas de voluntariado,
modelos de servicio mutuo, de los cuales justamente nuestra sociedad tiene
necesidad urgente. No debemos, por ejemplo, abandonar a los ancianos en su
soledad, no debemos pasar de largo ante los que sufren. Si pensamos y vivimos en
virtud de la comunión con Cristo, entonces se nos abren los ojos. Entonces no nos
adaptaremos más a seguir viviendo preocupados solamente por nosotros mismos,
sino que veremos donde y como somos necesarios. Viviendo y actuando así nos
daremos cuenta bien pronto que es mucho más bello ser útiles y estar a disposición
de los demás que preocuparse solo de las comodidades que se nos ofrecen. Yo sé
que vosotros como jóvenes aspiráis a cosas grandes, que queréis comprometeros
por un mundo mejor. Demostrádselo a los hombres, demostrádselo al mundo, que
espera exactamente este testimonio de los discípulos de Jesucristo y que, sobre
todo mediante vuestro amor, podrá descubrir la estrella que como creyentes
seguimos.
¡Caminemos con Cristo y vivamos nuestra vida como verdaderos adoradores de
Dios! Amén.
[Traducción del texto en varios idiomas distribuida por la Sala de Prensa de la
Santa Sede]