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Homilía de Benedicto XVI
en San Juan de Letrán
Ofrecemos la homilía
completa que el Santo Padre pronunció en la Basílica de san Juan de Letrán
en la toma de posesión de la cátedra romana. 10 de
mayo de 2005
Este día,
en el que por primera vez puedo sentarme en la cátedra del obispo de Roma,
como sucesor de Pedro, es el día en el que en Italia la Iglesia celebra la
fiesta de la Ascensión del Señor. En el centro de este día, encontramos a
Cristo. Y sólo gracias a Él, gracias al misterio de su ascensión, logramos
comprender el significado de la cátedra, que a su vez es el símbolo de la
potestad y de la responsabilidad del obispo.
Entonces, ¿qué nos quiere decir la fiesta de la Ascensión del Señor? No
nos quiere decir que el
Señor se ha ido a algún lugar alejado de los hombres y del mundo. La
Ascensión de Cristo no es un viaje en el espacio hacia los astros más
remotos; pues en el fondo, también los astros están constituidos de
elementos físicos como la tierra. La Ascensión de Cristo significa que ya
no pertenece al mundo de la corrupción y de la muerte, que condiciona
nuestra vida. Significa que pertenece completamente a Dios. Él, el Hijo
Eterno, ha llevado nuestro ser humano a la presencia de Dios, ha llevado
consigo la carne y la sangre de forma transfigurada.
El hombre encuentra espacio en Dios, a través de Cristo; el ser humano ha
sido llevado hasta
dentro de la vida misma de Dios. Y, dado que Dios abraza y sostiene a todo
el cosmos, la
Ascensión del Señor significa que Cristo no se ha alejado de nosotros,
sino que ahora,
gracias al hecho de estar con el Padre, está cerca de cada uno de
nosotros, para siempre.
Cada uno de nosotros puede tutearle, cada uno puede dirigirse a Él. El
Señor se encuentra
siempre al alcance de nuestra voz. Podemos alejarnos de Él interiormente.
Podemos vivir
dándole las espaldas. Pero Él nos espera siempre, y siempre está cerca de
nosotros.
De las lecturas de la liturgia de hoy aprendemos también algo más sobre la
manera concreta
en la que el Señor se encuentra junto a nosotros. El Señor promete a sus
discípulos su
Espíritu Santo. La primera lectura nos dice que el Espíritu Santo será
«fuerza» para los
discípulos; el Evangelio añade que será guía hacia la Verdad plena. Jesús
les dijo todo a sus
discípulos, pues él es la Palabra viviente de Dios, y Dios no puede dar
algo más que a sí
mismo. En Jesús, Dios se nos dio totalmente a sí mismo, es decir, nos dio
todo.
Además de esto, o junto a esto, no puede haber otra revelación capaz de
comunicar algo
más o de completar, en cierto sentido, la Revelación de Cristo. En Él, en
el Hijo, se nos dijo
todo, se nos dio todo. Pero nuestra capacidad de comprender es limitada;
por este motivo la
misión del Espíritu consiste en introducir a la Iglesia de manera siempre
nueva, de
generación en generación, en la grandeza del misterio de Cristo.
La Iglesia no presenta nada diferente o nuevo junto a Cristo; no hay
ninguna revelación
pneumática junto a la de Cristo, como algunos creen, no hay un segundo
nivel de Revelación.
No: «recibirá de lo mío», dice Cristo en el Evangelio (Juan 16, 14). Y, al
igual que Cristo, sólo
dice lo que escucha y recibe del Padre, el Espíritu Santo es intérprete de
Cristo. «Recibirá de
lo mío». No nos lleva a otros lugares, alejados de Cristo, sino que nos
hace penetrar cada
vez más adentro de la luz de Cristo. Por este motivo, la revelación
cristiana es, al mismo
tiempo, siempre antigua y siempre nueva. Por este motivo, todo se nos ha
dado siempre y ya.
Al mismo tiempo, toda generación, en el inagotable encuentro con el Señor,
encuentro
mediado por el Espíritu Santo, aprende siempre algo nuevo.
De este modo, el Espíritu Santo es la fuerza por la que Cristo nos hace
experimentar su
cercanía. Pero la primera lectura deja también un segundo mensaje: seréis
mis testigos.
Cristo resucitado tiene necesidad de testigos que se hayan encontrado con
él, que le hayan
conocido íntimamente a través de la fuerza del Espíritu Santo. Hombres
que, habiéndole
tocado con la mano, por así decir, puedan testimoniarle. Fue así como la
Iglesia, familia de
Cristo, creció desde «Jerusalén… hasta los confines de la tierra», como
dice la lectura. A
través de testigos se construyó la Iglesia, comenzando por Pedro y Pablo,
por los Doce,
hasta todos los hombres y mujeres que, llenos de Cristo, en el transcurso
de los siglos, han
vuelto a encender y encenderán de nuevo de manera siempre nueva la llama
de la fe.
Todo cristiano, a su manera, puede y debe ser testigo del Señor
resucitado. Cuando leemos
los nombres de los santos, podemos ver cuántas veces ante todo han sido
--y siguen siendo-
- hombres sencillos, hombres de los que surgía --y surge-- una luz
resplandeciente capaz de
llevar a Cristo.
Pero esta sinfonía de testimonios está dotada también de una estructura
claramente definida:
a los sucesores de los apóstoles, es decir, a los obispos, les corresponde
la responsabilidad
pública de hacer que la red de estos testimonios permanezca con el pasar
del tiempo. En el
sacramento de la ordenación episcopal se les confiere la potestad y la
gracia necesarias para
ejercer este servicio. En esta red de testigos, al sucesor de Pedro le
corresponde una tarea
especial. Pedro expresó en primer lugar, en nombre de los apóstoles, la
profesión de fe: «Tú
eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mateo 16, 16). Esta es la tarea de
todos los sucesores
de Pedro: ser la guía en la profesión de fe en Cristo, el Hijo del Dios
vivo. La cátedra de
Roma es, ante todo, cátedra de este credo.
Desde lo alto de esta cátedra, el obispo de Roma está obligado a repetir
constantemente:
«Dominus Iesus». «Jesús es el Señor», como escribió Pablo en sus cartas a
los Romanos
(10, 9) a los Corintios (1 Cor 12, 3). A los corintios, con particular
énfasis, les dijo: «aun
cuando se les dé el nombre de dioses, bien en el cielo bien en la tierra…
para nosotros no
hay más que un solo Dios, el Padre…; y un solo Señor, Jesucristo, por
quien son todas las
cosas y por el cual somos nosotros» (1 Cor 8, 5).
La cátedra de Pedro obliga a sus titulares a decir, como hizo Pedro en un
momento de crisis
de los discípulos, cuando muchos querían irse: «Señor, ¿donde quién vamos
a ir? Tú tienes
palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo
de Dios» (Juan
6, 68 y siguientes). Quien se sienta en la cátedra de Pedro tiene que
recordar las palabras
que el Señor dijo a Simón Pedro en la Última Cena: «… Y tú, cuando hayas
vuelto, confirma
a tus hermanos…» (Lucas 22, 32). El titular del ministerio petrino tiene
que tener la
conciencia de ser un hombre frágil y débil, como son frágiles y débiles
sus propias fuerzas,
necesitado constantemente de purificación y conversión.
Pero puede también tener la conciencia de que del Señor le viene la fuerza
para confirmar a
sus hermanos en la fe y mantenerles unidos en la confesión de Cristo,
crucificado y
resucitado. En la primera carta de san Pablo a los Corintios, encontramos
la narración más
antigua de la resurrección con que contamos. Pablo la retomó fielmente de
los testigos. Esta
narración habla en primer lugar de la muerte del Señor por nuestros
pecados, de su
sepultura, de su resurrección, que tuvo lugar al tercer día, y después
dice: «se apareció a
Cefas y luego a los Doce…» (1 Cor 15, 5). Una vez más, se resume así el
significado del
mandato conferido a Pedro hasta el final de los tiempos: ser testigo de
Cristo resucitado.
El obispo de Roma se sienta en su cátedra para dar testimonio de Cristo.
De este modo, la
cátedra es el símbolo de la «potestas docendi», esa potestad de enseñanza
que constituye
una parte esencial del mandato de atar y desatar conferido por el Señor a
Pedro y, después
de él, a los Doce. En la Iglesia, la Sagrada Escritura, cuya comprensión
crece bajo la
inspiración del Espíritu Santo, y el ministerio de la interpretación
auténtica, conferido a los
apóstoles, se pertenecen mutuamente de manera indisoluble.
Allí donde la Sagrada Escritura es extraída de la voz viva de la Iglesia,
se convierte en
víctima de las disputas de los expertos. Ciertamente todo lo que éstos
pueden decirnos es
importante y precioso; el trabajo de los sabios nos es de notable ayuda
para poder
comprender el proceso vivo con el que creció la Escritura y comprender así
su riqueza
histórica. Pero la ciencia por sí sola no puede ofrecernos una
interpretación definitiva y
vinculante; nos es capaz de darnos, en la interpretación, esa certeza con
la que podemos
vivir y por la que también podemos morir. Para ello se necesita la voz de
la Iglesia viva, de
esa Iglesia confiada a Pedro y al colegio de los apóstoles hasta el final
de los tiempos. Esta
potestad de enseñanza da miedo a muchos hombres dentro y fuera de la
Iglesia. Se
preguntan si no es una amenaza a la libertad de conciencia, si no es una
presunción que se
opone a la libertad de pensamiento. No es así. El poder conferido por
Cristo a Pedro y a sus
sucesores es, en sentido absoluto, un mandato a servir. La potestad de
enseñar, en la
Iglesia, comporta un compromiso al servicio de la obediencia a la fe.
El Papa no es un soberano absoluto, cuyo pensamiento y voluntad son ley.
Por el contrario,
el ministerio del Papa es garantía de la obediencia a Cristo y a su
Palabra. Él no debe
proclamar sus propias ideas, sino vincularse constantemente y vincular a
la Iglesia a la
obediencia a la Palabra de Dios, ante los intentos de adaptarse y aguarse,
así como ante
todo oportunismo. Lo hizo el Papa Juan Pablo II, cuando ante todos los
intentos,
aparentemente benévolos, ante las erradas interpretaciones de la libertad,
subrayó de
manera inequívoca la inviolabilidad del ser humano, la inviolabilidad de
la vida humana desde
su concepción hasta la muerte natural. La libertad de matar no es una
verdadera libertad,
sino una tiranía que reduce el ser humano a la esclavitud. En sus grandes
decisiones, el
Papa es consciente de estar ligado a la gran comunidad de la fe de todos
los tiempos, a las
interpretaciones vinculantes desarrolladas a través del camino de
peregrinación de la Iglesia.
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De este modo, su poder no está por encima, sino que está al servicio de la
Palabra de Dios, y
sobre él pesa la responsabilidad de hacer que esta Palabra siga haciéndose
presente en su
grandeza y resonando en su pureza, de manera que no se haga añicos con los
continuos
cambios de las modas.
La cátedra es --digámoslo una vez más-- símbolo de la potestad de
enseñanza, que es una
potestad de obediencia y de servicio, para que la Palabra de Dios --¡su
verdad!-- pueda
resplandecer entre nosotros, indicándonos el camino. Pero, al hablar de la
cátedra del obispo
de Roma, ¿cómo es posible dejar de recordar las palabras que san Ignacio
de Antioquia
escribió a los romanos? Pedro, procedente de Antioquia, su primera sede,
se dirigió a Roma,
su sede definitiva. Una sede que se convirtió en definitiva con el
martirio que unió para
siempre su sucesión con Roma.
Ignacio, por su parte, siendo obispo de Antioquia, se dirigía hacia el
martirio que habría
tenido que sufrir en Roma. En su Carta a los Romanos, se refiere a la
Iglesia de Roma como
la «que preside en el amor», expresión sumamente significativa. No sabemos
con certeza lo
que realmente quería decir Ignacio al utilizar estas palabras. Pero para
la antigua Iglesia, la
palabra amor, «ágape», hacía referencia al misterio de la Eucaristía. En
este misterio, el
amor de Cristo siempre se hace tangible entre nosotros. Aquí, Él se
entrega siempre de
nuevo. Aquí, Él se hace traspasar el corazón siempre de nuevo; Aquí, Él
mantiene su
promesa, la promesa según la cual, desde la Cruz, habría atraído a todos
hacía sí. En la
Eucaristía, nosotros mismos aprendemos el amor de Cristo.
Gracias a este centro y corazón, gracias a la Eucaristía, los santos han
vivido, llevando el
amor de Dios al mundo de formas y maneras siempre nuevas. ¡Gracias a la
Eucaristía, la
Iglesia renace siempre de nuevo! La Iglesia no es más que esa red --¡la
comunidad
eucarística!-- en la que todos nosotros, al recibir al mismo Señor, nos
convertimos en un solo
cuerpo y abrazamos a todo el mundo. Presidir en la doctrina y presidir en
el amor, al final,
tienen que ser una sola cosa: toda la doctrina de la Iglesia, al final,
lleva al amor. Y la
Eucaristía, como amor presente de Jesucristo, es el criterio de toda
doctrina. Del amor
dependen toda la ley y los profetas, dice el Señor (Mateo 22, 40). El amor
es el cumplimiento
de la ley, escribía san Pablo a los romanos (13, 10).
Queridos romanos, ahora soy vuestro obispo. ¡Gracias por vuestra
generosidad, gracias por
vuestra simpatía, gracias por vuestra paciencia! Como católicos, en cierto
sentido, todos
somos también romanos. Con las palabras del salmo 87, un himno de alabanza
a Sión,
madre de todos los pueblos, cantaba Israel y canta la Iglesia: «Se dirá de
Sión: "uno por uno
todos han nacido en ella"» (v. 5).
Del mismo modo, también nosotros podríamos decir: como católicos, en
cierto sentido, todos
hemos nacido en Roma. De modo que quiero tratar de ser, con todo el
corazón, vuestro
obispo, el obispo de Roma. Y todos nosotros queremos tratar de ser cada
vez más católicos,
más hermanos y hermanas en la gran familia de Dios, esa familia en la que
no existen
extranjeros.
Por último, quisiera dar las gracias de corazón al vicario para la
diócesis de Roma, el
cardenal Camillo Ruini, así como a los obispos auxiliares y a todos sus
colaboradores. Doy
las gracias de corazón a los párrocos, al clero de Roma, y a todos los
que, como fieles,
ofrecen su contribución para construir aquí la casa viva de Dios. Amén.
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