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Mi vida – Joseph Ratzinguer – Recuerdos 1927-1977

 

INTRODUCCIÓN

1. Un hijo genuino del católico pueblo bávaro

La primera vez que vi al cardenal Ratzinger fue en 1971. Era Cuaresma. El recuerdo de aquel encuentro se ha ido enriqueciendo de matices que mi memoria ha reelabora­do, inevitablemente, en ocasión del setenta cumpleaños del cardenal.

Un joven profesor de derecho canónico, dos sacerdotes estudiantes de teología, que por aquel entonces no habían cumplido los 30 años, y un joven editor estaban sentados alrededor de una mesa, invitados por el profesor Ratzinger, en un típico restaurante a orillas del Danubio que, en Ratisbona, discurre ni demasiado lento ni demasiado impe­tuoso, lo que todavía permite pensar en el hermoso Danubio azul. La invitación la había procurado von Balthasar con la intención de discutir la posibilidad de hacer la edición ita­liana de una revista -que más tarde sería Communio-. Balthasar sabía arriesgar. Los mismos hombres que se senta­ban a la mesa de aquel típico mesón bávaro, unas semanas antes habían perturbado su quietud de Basilea, con un cier­to atrevimiento, pues no le conocían. Lo habían hecho inme­diatamente después de leer una breve noticia aparecida en Le Monde en la que se informaba del fracaso de una reunión de teólogos, que habían sido expertos en el Concilio, cele­brada en París con el objeto de dar vida a una nueva revis­ta. Le dijimos a Balthasar: Tenemos que hacerla, nosotros haremos la edición italiana». Balthasar no descartó de inme­diato la hipótesis, no sólo porque le cogimos un poco por sorpresa y por su buena educación, sino porque entre noso­tros estaba un pequeño editor -Balthasar era también edi­tor- y tenía un sexto sentido para percibir si una publica­ción podía o no «tirar bien». Al final, con un tono entre prudente y escéptico, Balthasar dijo: «En todo caso, yo no puedo decidir nada solo. Hay que contar con los alema­nes...; los aspectos técnicos dependen de Greiner. Además, está el problema de la teología». (Si bien nosotros teníamos en nuestro equipo algún que otro nombre de buenos teólo­gos italianos). Me acuerdo bien de su cara en aquel momen­to. La he visto después en otras ocasiones; cuando tenía que tomar una decisión arriesgada: callaba durante un tiempo que siempre parecía excesivo al interlocutor, con el rostro marcado por una mueca escéptica que no hacía presagiar consensos. Después, con una sonrisa comedida y con su tono de voz un poco jovial formulaba su propuesta en bre­ves palabras. Así, al terminar nuestro coloquio, dijo: Ratzinger, tenéis que hablar con Ratzinger. Es él el hombre decisivo hoy para la teología de Communio. Es la clave de la redacción alemana. De Lubac y yo somos viejos id a ver a Ratzinger.. Si él está de acuerdo.... De esta forma se repetía para nosotros, en pocas semanas, una experiencia estimu­lante. Nos habíamos atrevido a hablar con Balthasar, una personalidad famosa antes conocida sólo por los libros, encarando el asunto con una mezcla de temor y provoca­ción; ahora nos esperaba otro teólogo bastante más joven pero también igualmente afamado, que discutía con Rahner y Küng y que dividía -lo hablamos a fondo durante el viaje de Friburgo a Ratisbona- no sólo nuestras opiniones, sino también nuestros ánimos. Estábamos enfrentados dos a dos: dos a favor y dos en contra. Con su trato delicado, los ges­tos medidos y los ojos que no dejaban de moverse, Ratzinger nos explicaba la carta: una larga secuencia de suculentos platos bávaros... Parecía conocerlo bien, sin lugar a dudas era un habitué del restaurante. Nosotros, superado el primer embarazo, como buenos latinos y, además, jóvenes, nos lan­zamos a hacer comparaciones entre menús bávaros y lom­bardos. Alguno de nosotros había pasado suficiente tiempo en Alemania como para permitirse disertar sobre los tipos y las marcas de cervezas. Recuerdo bien que pregunté a nues­tro anfitrión qué nos aconsejaba: pacientemente empezó a ilustrarnos de nuevo sobre cada plato de la lista, animándo­nos a probar más de uno para que nos hiciésemos una idea de la cocina bávara. Desde hacía un rato el camarero espe­raba respetuoso junto a la mesa. No sin desorden y aumen­tando progresivamente el tono de nuestra conversación hasta el punto de hacer que algún comensal se volviese a mirarnos, terminamos, bajo los ojos benévolos y la sonrisa, . quizás un poco impaciente, de nuestro anfitrión, por esco­ger una amplia y exagerada variedad de platos. Ratzinger devolvió la carta diciendo al camarero algo así como: »para mí, lo de siempre». El camarero nos sirvió antes a todos nosotros, con meticulosidad alemana, y al final llevó al cono­cido teólogo un sándwich y una especie de limonada.

Nuestra sorpresa rayaba en la vergüenza. Con una sonri­sa, esta vez verdaderamente amplia y benévola, el cardenal nos liberó diciendo: «Vosotros estáis de viaje... Si yo como demasiado, ¿cómo voy a poder estudiar después?». Comentando el episodio, de vuelta en el coche, nos dimos cuenta de lo que el cardenal había dicho al camarero: «lo de siempre. »

No me he alargado en este pequeño y personal recuerdo para añadir el rasgo hagiográfico de la sobriedad a la bio­grafía del cardenal. ¡Sobre todo porque todavía no es tiem­po de panegíricos! Lo he hecho sólo porque, incluso des­pués de haberle conocido más profundamente, aquel episodio me parece que habla de su estilo, y el estilo, ya se sabe, es el hombre.

El cardenal es un verdadero católico bávaro: capaz de gozar y de hacer gozar la vida (las páginas sobre Baviera del volumen Mi vida[1] son, en algunos pasajes, verdadera poe­sía). Su secreto es que la afronta como tarea. Amante de la persona en cuanto participa de la vida del pueblo por el que es natural consumirse totalmente, es capaz de una abnegación cotidiana tenaz, nunca llamativa. La ascesis, la ética y el gobierno no son en él fines, sino medios: fin es el bienestar de la persona y de la comunidad, podríamos decir, como en la Edad Media, la conveniencia» del yo y del «nosotros con una vida plenamente realizada.»

Sus intereses teológicos, por ejemplo la vida eterna (esca­tología), la revelación en la historia, el nuevo pueblo de Dios, la liturgia, no serían adecuadamente comprendidos sin entender el orgullo apasionado por su pertenencia al pueblo católico bávaro, al que caracteriza una alegre parti­cipación en cualquier aspecto humano y un pertinaz senti­do de la tarea. De igual modo había tenido cuidado de que sus jóvenes huéspedes, después de haber admirado la belle­za de los campos de lúpulo en la autopista que va de Munich a Ratisbona y haber escuchado el vals a la orilla del Danubio, pudiésemos gozar también de los frutos de su tie­rra en la acogedora Gastätte con su rico codillo, la variedad de los Würstel y la  Fastenibier (cerveza negra de Cuaresma). Al mismo tiempo, sin afectación, intentaba mantener su ritmo habitual de vida y trabajo.

2. Un método de pensamiento

«'Suficiente' sólo es la realidad de Cristo»[2]. Esta afirmación de Ratzinger referida al problema teológico, todavía abierto, de la suficiencia material de la Sagrada Escritura, expresa el convencimiento profundo que atraviesa toda la obra de nuestro autor. En efecto, todo su itinerario eclesial y teológi­co es una afirmación enérgica de Jesucristo como « la reali­dad que acontece en la revelación cristiana»[3]. Él es el uni­cum verdaderamente suficiente, capaz de dar satisfacción última a la mirada que indaga críticamente la realidad. Ya desde los tiempos de su tesis de habilitación sobre san Buenaventura, Ratzinger madura con claridad la idea de que la revelación no se puede separar del Dios vivo, y que inter­pela siempre a la persona viva a la que alcanza. Por eso, «del concepto de 'revelación' forma siempre parte el sujeto recep­tor: donde nadie percibe la revelación, allí no se ha produci­do ninguna revelación, porque allí nada se ha desvelado. La idea misma de revelación implica un alguien que entre en su posesión[4]». De este núcleo central brota una continua aten­ción a la Iglesia, entendida como organismo vivo que obra en la historia de los hombres y de los pueblos. Una peculiar e intrínseca conexión entre Revelación e historia, experi­mentada desde niño en la fe de la familia y de la iglesia popular de Baviera, constituye, a mi juicio, la característica metodológica que hace de hilo de Ariadna a través de todos los escritos de Joseph Ratzinger y termina por caracterizar, a lo largo de los años, al joven estudioso, al profesor, al pas­tor y al prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Aquí reside, si estoy en lo cierto, el origen de la conti­nuidad y de la evolución de su pensamiento.

Me gustaría intentar identificar ahora alguno de los fac­tores que constituyen esta particular sensibilidad metodoló­gica, ya que resulta imposible presentar, aunque sea sólo sucintamente, los múltiples temas que han ocupado al car­denal Ratzinger[5] y menos aún confrontarlos con el panora­ma teológico-cultural de los últimos decenios.

a) Cultura: conexión intrínseca entre Revelación e historia

El primero de estos factores es cómo Ratzinger propo­ne, con un lenguaje accesible al hombre de hoy, el núcleo central de la fe sin abandonar el dato dogmático. Tal fac­tor se basa, sobre todo, en una concepción del dogma entendido como una “realidad capaz de infundir fuerza en la construcción de la teología y no, sobre todo, como vínculo, como negación y límite extremo[6]. La dimensión cultural propia del hecho cristiano no se concibe, por tanto, como una mediación entre Revelación e historia sino que, respetando las debidas distinciones, es intrínse­ca al movimiento con el que el acontecimiento de Cristo, al comunicarse en la realidad, interpela al hombre y a la historia. De este modo, la teología no es algo desencarna­do: «He tratado, todo lo que me ha sido posible, de poner claramente en relación lo que enseñaba con el presente y con nuestro esfuerzo personal».[7] Esta actitud lleva a Ratzinger a «exponerse»« para ponderar críticamente el pre­sente de la Iglesia y de la sociedad[8], pero no quita carác­ter científico a su trabajo teológico. Al contrario, lo llena de interés para el lector no especialista. También por esto Ratzinger figura entre los católicos más leídos en los cír­culos culturales laicos. Un buen ejemplo de esta sensibili­dad es la intervención que tuvo el cardenal el 5 de mayo de 1997 en la basílica de San Juan de Letrán en Roma, en el contexto de la misión ciudadana para la preparación al Gran jubileo. Recorriendo la narración de las tentaciones de Jesús, tuvo que explicar en un determinado momento la relacionada con el hambre. Por una parte, Ratzinger tomó muy en serio el hambre de Jesús y el problema del hambre en el mundo. Sin falsos espiritualismos, abando­nando los tópicos de la homilética clásica, Ratzinger afirmó: ¿Puede haber algo más trágico, algo que contradiga más la fe en un Dios bueno y la fe en un redentor de los hombres que el hambre de la humanidad?[9] Por otra, la respuesta final a este tremendo problema no temió exponerse a la impopularidad y Ratzinger la formuló con las palabras del jesuita alemán Alfred Delp, asesinado por los nazis: «El pan es importante, la libertad es aún más importante, pero lo más importante de todo es la adoración»[10] Jesucristo vuelve a aparecer como el unicum sufficiens.

b) La génesis de un método: mirar a Cristo

El segundo factor característico de la sensibilidad meto­dológica de nuestro autor representa, en cierto sentido, la génesis de ese método. Dicho factor se encuentra, a mi jui­cio, en un principio ascético entendido como principio sin­tético de la existencia. He pensado muy a menudo -no sé si digo bien-, fijándome en el cardenal, que para él la ascesis, es decir, la mirada y la interacción con la realidad, consiste en un trabajo de ensimismamiento con el misterio de Jesucristo. Una confirmación de esto que digo me pare­ce que se encuentra en sus obras sobre la oración, sobre la liturgia, sobre el mirar a Cristo y al Crucifijo[11]. En el libro La sal de la tierra se encuentra esta afirmación: “Tener trato con Dios es para mí una necesidad. Tan necesario como respirar todos los días... Si Dios no estuviese aquí presente, yo ya no podría respirar de manera adecuada[12]  Me parece que este ensimismamiento, que en sentido lato todo cristiano prueba, lo persigue de forma concreta y sistemática. Su fruto es un distanciamiento de los resultados que nunca pierde la alegría (frente al estereotipo del pesimismo del cardenal) y se intro­duce cada vez más en el misterio de Cristo que se ofrece, sacramental mente, a través de la trama de las circunstancias y las relaciones cotidianas. Y lo que es más importante, esta actitud no apaga nunca la pregunta que, agustinianamente, es dramática, pero está llena de deseo.

Más aún, todos sus escritos, su misma concepción de la teología, están marcados por la pregunta. Hablando de su profesor de filosofía, Arnold Wilmsen, quien, en el semina­rio de Frisinga, presentaba un “ tomismo neoescolástico que para mí estaba sencillamente demasiado lejano de mis inte­rrogantes personales., el cardenal afirma: «Nos impresiona­ban profundamente su entusiasmo y su profunda convic­ción, pero ahora no parecía ser alguien que se planteara preguntas, sino alguien que defendía con pasión, frente a cualquier interrogante, lo que ha encontrado. Como jóve­nes, nosotros éramos precisamente personas que planteába­mos preguntas» [13].

A Ratzinger, por eso, le apasiona el tema, también muy querido para Balthasar, del nexo entre teología y santidad. La teología ha alcanzado sus cimas en la historia cuando ha sabido abrevar en la fuente de la santidad: Antonio-Ata­nasio-Benito-Gregorio Magno-Francisco-Buenaventura-Do­mingo-Tomás. De este modo, por ejemplo, la cuestión sote­riológica no consiste, principalmente, en reflexionar sobre las condiciones de posibilidad del recorrido histórico a tra­vés del cual el Dios Trinitario ha salvado a la humanidad, sino hablar de nuestra salvación. Hablar de gracia no es, sobre todo, profundizar la condición trascendental de posi­bilidad de un existencial sobrenatural, sino mirar a Cristo. «Desde el momento en que asumió nuestra naturaleza humana, está presente en la carne humana y nosotros esta­mos presentes en él, el Hijo» [14]

c) El criterio de verificación: la Iglesia como ámbito de experiencia

Si la génesis del método de Ratzinger se encuentra en el ensimismamiento personal con Jesucristo como principio ascético concreto, el sentido de la Iglesia[15] representa, qui­zás, dentro de este método, el criterio para verificarla vali­dez del pensamiento y de la acción. La Iglesia misma se entiende como el lugar de un acontecimiento que se reali­za en la historia: La memoria de la Iglesia, la Iglesia corno memoria es el lugar de toda fe. Resiste todos los tiempos, ya sea creciendo o también desfalleciendo, pero siempre como común espacio de la fe›[16]. En este sentido la Iglesia no es una agregación de hambres, que tiene como pretexto el pasado. Pertenece, a su modo, al acontecimiento mismo de la Revelación. Es, como está implícito en la expresión pau­lina «cuerpo de Cristo “ la comunión de los fieles y «repre­senta en este mundo la presencia de Cristo[17]». De este modo Cristo convoca a los hombres y los reúne en un pueblo, haciéndoles partícipes de su poder redentor.

¿Cómo esta noción de Iglesia, constantemente retomada y enriquecida por los estudios del cardenal que a menudo vuelve sobre las nociones de pueblo de Dios, de nuevo pue­blo de Dios y de Cuerpo de Cristo (la última y estimulante profundización se encuentra precisamente en La sal de la tie­rra[18], se convierte en criterio de verificación de su método de pensamiento y de acción? En mi opinión, a través de la categoría de experiencia. Ratzinger habla de la “ lglesia como ámbito de experiencia[19]. A partir del estudio de los grandes padres y doctores de la Iglesia[20], el cardenal elabora un con­cepto de experiencia (experiencia del pueblo de Dios) que afina al confrontarlo con filósofos y teólogos contemporá­neos (Gadamer, Kolakowski, Mouroux, Balthasar), y que lleva consigo, sobre todo, una atención continua al modo en que se plantean los problemas, las cuestiones, las pregun­tas, las ansias, las urgencias, las esperanzas y las angustias del hombre en la concreta situación en la que se encuentra. En segundo lugar, afirma que, en la Iglesia, a esta expe­riencia vivida le corresponde una cierta primacía respecto a las instituciones y preceptos. Esta concepción de la iglesia como ámbito de experiencia la convierte, según Ratzinger, en sujeto que actúa en la historia y en prueba de la bondad de toda práctica y pensamiento cristianos[21]. Me parece que en este contexto se puede situar otra constante del pensa­miento del cardenal. Me refiero al peso de la eucaristía en su reflexión eclesiológica[22]. La celebración eucarística nos hace intuir con más precisión la naturaleza del cristianismo, la cual, como el genio católico no deja de recordarlo desde hace dos mil años, se encuentra completamente en la noción de sacramento. Precisamente porque la experiencia eclesial es una experiencia sacramental, el pro semper del acontecimiento de Cristo se encuentra, hoy, con el hombre. La Iglesia encuentra en el septenario sacramental la realiza­ción completa de la lógica de la encarnación y, al mismo tiempo, su renacer continuo en el corazón de la persona. En el sacramento se da, en efecto, la contemporaneidad entre la verdad eterna que es Dios y la naturaleza dramática; es decir, finita pero capaz de infinito, que es el hombre. En cada momento de la historia la verdad cristiana es contem­poránea de la libertad del hombre a la que se propone. Ésta es la razón por la que la fe no se experimenta nunca como algo extraño al hombre, de cualquier tiempo[23] Sólo donde se dé una reducción de la esencia del cristianismo es posi­ble el divorcio entre los dos polos.


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