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Homilía de Benedicto XVI en la Basílica de San Pablo Extramuros

 

Homilía que pronunció el Papa Benedicto XVI en la tarde del lunes 25 de abril al visitar el sepulcro del apóstol de las gentes en la Basílica de San Pablo Extramuros.

Señores cardenales,
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, queridos hermanos y hermanas:
Doy gracias a Dios porque al inicio de mi ministerio de sucesor de Pedro me concede
detenerme en oración ante el sepulcro del apóstol Pablo. Para mí es una
peregrinación sumamente deseada, un gesto de fe que realizo en mi nombre, pero
también en nombre de la amada diócesis de Roma, de la que el Señor me ha
constituido obispo y pastor, y de la Iglesia universal confiada a mi solicitud pastoral.
Una peregrinación por así decir a las raíces de la misión, de esa misión que Cristo
resucitado confío a Pedro, a los apóstoles y, en particular también a Pablo, llevándole
a anunciar el Evangelio a las gentes, hasta llegar a esta ciudad, donde después de
haber predicado durante mucho tiempo el Reino de Dios (Hechos 28, 31), rindió con la
sangre el último testimonio de su Señor, que le había «conquistado» (Filipenses 3, 12) y
enviado.
Ya antes de que la Providencia le llevara a Roma, el apóstol escribió a los cristianos de
esta ciudad, capital del Imperio, su carta más importante desde el punto de vista
doctrinal. Se acaba de proclamar su inicio, un denso preámbulo en el que el apóstol
saluda a la comunidad de Roma presentándose como «siervo de Cristo Jesús, apóstol
por vocación» (Romanos 1,1). Y luego añade: «por [Cristo] recibimos la gracia y el
apostolado, para predicar la obediencia de la fe a gloria de su nombre entre todos los
gentiles» (Romanos 1,5).
Queridos amigos, como sucesor de Pedro, estoy aquí para reavivar en la fe esta
«gracia del apostolado», pues Dios, según otra expresión del apóstol de las gentes, me
ha confiado «la preocupación por todas las Iglesias» (2 Corintios 11, 28). Ante nuestros
ojos está el ejemplo de mi amado y venerado predecesor Juan Pablo II, un Papa
misionero cuya actividad entendida de este modo, testimoniada en más de cien viajes
apostólicos más allá de los confines de Italia, es verdaderamente inimitable. ¿Qué es lo
que le llevaba a un dinamismo así si no es el mismo amor de Cristo que transformó la
existencia de san Pablo (Cf. 2 Corintios 5, 14)? Que el Señor infunda también en mí un
amor así para que no me quede tranquilo ante las urgencias del anuncio evangélico
en el mundo de hoy. La Iglesia es por su naturaleza misionera, su tarea primaria es la
evangelización. El Concilio Ecuménico Vaticano II ha dedicado a la actividad
misionera el decreto denominado precisamente «Ad gentes», en el que se recuerda
que «los apóstoles… siguiendo las huellas de Cristo, predicaron la palabra de la verdad
y engendraron las Iglesias». «Obligación de sus sucesores es dar perpetuidad a esta
obra para que la palabra de Dios sea difundida y glorificada y se anuncie y establezca
el reino de Dios en toda la tierra» (n. 1).
Al inicio del tercer milenio, la Iglesia siente con renovada fuerza que el mandato
misionero de Cristo es más actual que nunca. El gran Jubileo del año 2000 la ha
llevado a «recomenzar a partir de Cristo», contemplado en la oración, para que la luz
de su verdad se irradie a todos los hombres, ante todo con el testimonio de la
santidad. Me gusta recordar el lema que san Benito propuso en su «Regla», al exhortar
a sus monjes a «no anteponer nada al amor de Cristo» (capítulo 4). De hecho, la
llamada en el camino de Damasco llevó a Pablo precisamente a esto: a hacer de
Cristo el centro de su vida, dejando todo por el sublime conocimiento de Él y de su
misterio de amor, comprometiéndose después a anunciarlo a todos, en especial a los
paganos «a gloria de su nombre» (Romanos 1, 5). La pasión por Cristo le llevó a
predicar el Evangelio no sólo con la palabra, sino también con la misma vida, que
cada vez se conformó más a la de su Señor. Al final, Pablo anunció a Cristo con el
martirio, y su sangre, junto a la de Pedro y a la de tantos testigos del Evangelio, irrigó
esta tierra e hizo fecunda a la Iglesia de Roma, que preside la comunión de la caridad
(Cf. san Ignacio Antioquía, Carta a los Romanos, 1, 1).
El siglo XX ha sido un tiempo de martirio. Lo puso claramente de relieve el Papa Juan
Pablo II, quien pidió a la Iglesia «actualizar el martirologio» y canonizó y beatificó a
numerosos mártires de la historia reciente. Por tanto, si la sangre de los mártires es
semilla de nuevos cristianos, al inicio del tercer milenio es lícito esperarse un nuevo
florecimiento de la Iglesia, especialmente allí donde más ha sufrido por la fe y el
testimonio del Evangelio.
Confiamos este deseo a la intercesión de san Pablo. Que alcance para la Iglesia de
Roma, en particular para su obispo, y para todo el pueblo de Dios, la alegría de
anunciar y testimoniar a todos la Buena Noticia de Cristo Salvador.