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Meditaciones del Vía
Crucis en el Coliseo
Meditaciones a propósito
del Via Crucis redactadas por el Cardenal Ratzinger para el acto celebrado
en el Coliseo en 2005.
(Viernes
Santo de 2005)
27 de marzo de 2005
Introducción
El tema central de este Vía crucis se indica ya al comienzo, en la oración
inicial, y después de nuevo en la XIV estación. Es lo que dijo Jesús el
Domingo de Ramos, inmediatamente después de su ingreso en Jerusalén,
respondiendo a la solicitud de algunos griegos que deseaban verle: «Si el
grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere,
dará mucho fruto» (Jn 12, 24). De este modo, el Señor interpreta todo su
itinerario terrenal como el proceso del grano de trigo, que solamente
mediante la muerte llega a producir fruto. Interpreta su vida terrenal, su
muerte y resurrección, en la perspectiva de la Santísima Eucaristía, en la
cual se sintetiza todo su misterio. Puesto que ha consumado su muerte como
ofrecimiento de sí, como acto de amor, su cuerpo ha sido transformado en
la nueva vida de la resurrección. Por eso él, el Verbo hecho carne, es
ahora el alimento de la auténtica vida, de la vida eterna. El Verbo eterno
–la fuerza creadora de la vida– ha bajado del cielo, convirtiéndose así en
el verdadero maná, en el pan que se ofrece al hombre en la fe y en el
sacramento. De este modo, el Vía crucis es un camino que se adentra en el
misterio eucarístico: la devoción popular y la piedad sacramental de la
Iglesia se enlazan y compenetran mutuamente. La oración del Vía crucis
puede entenderse como un camino que conduce a la comunión profunda,
espiritual, con Jesús, sin la cual la comunión sacramental quedaría vacía.
El Vía crucis se muestra, pues, como recorrido «mistagógico».
A esta visión del Vía crucis se contrapone una concepción meramente
sentimental, de cuyos
riesgos el Señor, en la VIII estación, advierte a las mujeres de Jerusalén
que lloran por él. No
basta el simple sentimiento; el Vía crucis debería ser una escuela de fe,
de esa fe que por su
propia naturaleza «actúa por la caridad» (Ga 5, 6). Lo cual no quiere
decir que se deba
excluir el sentimiento. Para los Padres de la Iglesia, una carencia básica
de los paganos era
precisamente su insensibilidad; por eso les recuerdan la visión de
Ezequiel, el cual anuncia al
pueblo de Israel la promesa de Dios, que quitaría de su carne el corazón
de piedra y les daría
un corazón de carne (cf. Ez 11, 19). El Vía crucis nos muestra un Dios que
padece él mismo
los sufrimientos de los hombres, y cuyo amor no permanece impasible y
alejado, sino que
viene a estar con nosotros, hasta su muerte en la cruz (cf. Flp 2, 8). El
Dios que comparte
nuestras amarguras, el Dios que se ha hecho hombre para llevar nuestra
cruz, quiere
transformar nuestro corazón de piedra y llamarnos a compartir también el
sufrimiento de los
demás; quiere darnos un «corazón de carne» que no sea insensible ante la
desgracia ajena,
sino que sienta compasión y nos lleve al amor que cura y socorre. Esto nos
hace pensar de
nuevo en la imagen de Jesús acerca del grano, que él mismo trasforma en la
fórmula básica
de la existencia cristiana: «El que se ama a sí mismo se pierde, y el que
se aborrece a sí
mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna» (Jn 12, 25; cf. Mt
16, 25; Mc 8, 35; Lc
9, 24; 17, 33: «El que pretenda guardarse su vida, la perderá; y el que la
pierda, la
recobrará»). Así se explica también el significado de la frase que, en los
Evangelios
sinópticos, precede a estas palabras centrales de su mensaje: «El que
quiera venir conmigo,
que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga» (Mt 16, 24).
Con todas estas
expresiones, Jesús mismo ofrece la interpretación del Vía crucis, nos
enseña cómo hemos de
rezarlo y seguirlo: es el camino del perderse a sí mismo, es decir, el
camino del amor
verdadero. Él ha ido por delante en este camino, el que nos quiere enseñar
la oración del Vía
crucis. Volvemos así al grano de trigo, a la santísima Eucaristía, en la
cual se hace
continuamente presente entre nosotros el fruto de la muerte y resurrección
de Jesús. En ella
Jesús camina con nosotros, en cada momento de nuestra vida de hoy, como
aquella vez con
los discípulos de Emaús.
ORACIÓN INICIAL
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
R. Amen.
Señor Jesucristo, has aceptado por nosotros correr la suerte del grano de
trigo que cae en
tierra y muere para producir mucho fruto (Jn 12, 24). Nos invitas a
seguirte cuando dices: «El
que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este
mundo, se
guardará para la vida eterna» (Jn 12, 25). Sin embargo, nosotros nos
aferramos a nuestra
vida. No queremos abandonarla, sino guardarla para nosotros mismos.
Queremos poseerla,
no ofrecerla. Tú te adelantas y nos muestras que sólo entregándola
salvamos nuestra vida.
Mediante este ir contigo en el Vía crucis quieres guiarnos hacia el
proceso del grano de trigo,
hacia el camino que conduce a la eternidad. La cruz –la entrega de
nosotros mismos– nos
pesa mucho. Pero en tu Vía crucis tú has cargado también con mi cruz, y no
lo has hecho en
un momento ya pasado, porque tu amor es por mi vida de hoy. La llevas hoy
conmigo y por
mí y, de una manera admirable, quieres que ahora yo, como entonces Simón
de Cirene, lleve
contigo tu cruz y que, acompañándote, me ponga contigo al servicio de la
redención del
mundo. Ayúdame para que mi Vía crucis sea algo más que un momentáneo
sentimiento de
devoción. Ayúdanos a acompañarte no sólo con nobles pensamientos, sino a
recorrer tu
camino con el corazón, más aún, con los pasos concretos de nuestra vida
cotidiana. Que nos
encaminemos con todo nuestro ser por la vía de la cruz y sigamos siempre
tu huellas.
Líbranos del temor a la cruz, del miedo a las burlas de los demás, del
miedo a que se nos
pueda escapar nuestra vida si no aprovechamos con afán todo lo que nos
ofrece. Ayúdanos
a desenmascarar las tentaciones que prometen vida, pero cuyos resultados,
al final, sólo nos
dejan vacíos y frustrados. Que en vez de querer apoderarnos de la vida, la
entreguemos.
Ayúdanos, al acompañarte en este itinerario del grano de trigo, a
encontrar, en el «perder la
vida», la vía del amor, la vía que verdaderamente nos da la vida, y vida
en abundancia (Jn
10, 10).
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PRIMERA ESTACIÓN
Jesús es condenado a muerte
V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.
Lectura del Evangelio según San Mateo 27, 22-23.26
Pilato les preguntó: «¿y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?»
Contestaron todos: «¡que
lo crucifiquen!» Pilato insistió :«pues ¿qué mal ha hecho?» Pero ellos
gritaban más fuerte:
«¡que lo crucifiquen!» Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después
de azotarlo, lo
entregó para que lo crucificaran.
MEDITACIÓN
El Juez del mundo, que un día volverá a juzgarnos, está allí, humillado,
deshonrado e
indefenso delante del juez terreno. Pilato no es un monstruo de maldad.
Sabe que este
condenado es inocente; busca el modo de liberarlo. Pero su corazón está
dividido. Y al final
prefiere su posición personal, su propio interés, al derecho. Tampoco los
hombres que gritan
y piden la muerte de Jesús son monstruos de maldad. Muchos de ellos, el
día de
Pentecostés, sentirán «el corazón compungido» (Hch 2, 37), cuando Pedro
les dirá: «Jesús
Nazareno, que Dios acreditó ante vosotros [...], lo matasteis en una
cruz...» (Hch 2, 22 ss).
Pero en aquel momento están sometidos a la influencia de la muchedumbre.
Gritan porque
gritan los demás y como gritan los demás. Y así, la justicia es pisoteada
por la bellaquería,
por la pusilaminidad, por miedo a la prepotencia de la mentalidad
dominante. La sutil voz de
la conciencia es sofocada por el grito de la muchedumbre. La indecisión,
el respeto humano
dan fuerza al mal.
ORACIÓN
Señor, has sido condenado a muerte porque el miedo al «qué dirán» ha
sofocado la voz de la
conciencia. Sucede siempre así a lo largo de la historia; los inocentes
son maltratados,
condenados y asesinados. Cuántas veces hemos preferido también nosotros el
éxito a la
verdad, nuestra reputación a la justicia. Da fuerza en nuestra vida a la
sutil voz de la
conciencia, a tu voz. Mírame como lo hiciste con Pedro después de la
negación. Que tu
mirada penetre en nuestras almas y nos indique el camino en nuestra vida.
El día de
Pentecostés has conmovido el corazón e infundido el don de la conversión a
los que el
Viernes Santo gritaron contra ti. De este modo nos has dado esperanza a
todos. Danos
también a nosotros de nuevo la gracia de la conversión.
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SEGUNDA ESTACIÓN
Jesús con la cruz a cuestas
V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.
Lectura del Evangelio según San Mateo 27, 27-31
Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron
alrededor de él a
toda la compañía: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y
trenzando una
corona de espinas se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la
mano derecha. Y
doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo: «¡Salve, Rey de
los judíos!». Luego lo
escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella en la cabeza. Y
terminada la burla, le
quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.
MEDITACIÓN
Jesús, condenado por declararse rey, es escarnecido, pero precisamente en
la burla emerge
cruelmente la verdad. ¡Cuántas veces los signos de poder ostentados por
los potentes de
este mundo son un insulto a la verdad, a la justicia y a la dignidad del
hombre! Cuántas veces
sus ceremonias y sus palabras grandilocuentes, en realidad, no son más que
mentiras
pomposas, una caricatura de la tarea a la que se deben por su oficio, el
de ponerse al
servicio del bien. Jesús, precisamente por ser escarnecido y llevar la
corona del sufrimiento,
es el verdadero rey. Su cetro es la justicia (Sal 44, 7). El precio de la
justicia es el sufrimiento
en este mundo: él, el verdadero rey, no reina por medio de la violencia,
sino a través del amor
que sufre por nosotros y con nosotros. Lleva sobre sí la cruz, nuestra
cruz, el peso de ser
hombres, el peso del mundo. Así es como nos precede y nos muestra cómo
encontrar el
camino para la vida eterna.
ORACIÓN
Señor, te has dejado escarnecer y ultrajar. Ayúdanos a no unirnos a los
que se burlan de
quienes sufren o son débiles. Ayúdanos a reconocer tu rostro en los
humillados y
marginados. Ayúdanos a no desanimarnos ante las burlas del mundo cuando se
ridiculiza la
obediencia a tu voluntad. Tú has llevado la cruz y nos has invitado a
seguirte por ese camino
(Mt 10, 38). Danos fuerza para aceptar la cruz, sin rechazarla; para no
lamentarnos ni dejar
que nuestros corazones se abatan ante las dificultades de la vida.
Anímanos a recorrer el
camino del amor y, aceptando sus exigencias, alcanzar la verdadera
alegría.
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TERCERA ESTACIÓN
Jesús cae por primera vez
V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R /. Quia por sanctam crucem tuam redemisti mundum.
Lectura del libro del profeta Isaías 53, 4-6
Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo
estimamos leproso,
herido de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado
por nuestros
crímenes. Nuestro castigo saludable vino sobre él, sus cicatrices nos
curaron. Todos
errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino, y el Señor cargó
sobre él todos
nuestros crímenes.
MEDITACIÓN
El hombre ha caído y cae siempre de nuevo: cuántas veces se convierte en
una caricatura de
sí mismo y, en vez de ser imagen de Dios, ridiculiza al Creador. ¿No es
acaso la imagen por
excelencia del hombre la de aquel que, bajando de Jerusalén a Jericó, cayó
en manos de los
salteadores que lo despojaron dejándolo medio muerto, sangrando al borde
del camino?
Jesús que cae bajo la cruz no es sólo un hombre extenuado por la
flagelación. El episodio
resalta algo más profundo, como dice Pablo en la carta a los Filipenses:
«Él, a pesar de su
condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se
despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando
como un hombre
cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de
cruz» (Flp 2, 6-8).
En su caída bajo el peso de la cruz aparece todo el itinerario de Jesús:
su humillación
voluntaria para liberarnos de nuestro orgullo. Subraya a la vez la
naturaleza de nuestro
orgullo: la soberbia que nos induce a querer emanciparnos de Dios, a ser
sólo nosotros
mismos, sin necesidad del amor eterno y aspirando a ser los únicos
artífices de nuestra vida.
En esta rebelión contra la verdad, en este intento de hacernos dioses,
nuestros propios
creadores y jueces, nos hundimos y terminamos por autodestruirnos. La
humillación de Jesús
es la superación de nuestra soberbia: con su humillación nos ensalza.
Dejemos que nos
ensalce. Despojémonos de nuestra autosuficiencia, de nuestro engañoso afán
de autonomía
y aprendamos de él, del que se ha humillado, a encontrar nuestra verdadera
grandeza,
humillándonos y dirigiéndonos hacia Dios y los hermanos oprimidos.
ORACIÓN
Señor Jesús, el peso de la cruz te ha hecho caer. El peso de nuestro
pecado, el peso de
nuestra soberbia, te derriba. Pero tu caída no es signo de un destino
adverso, no es la pura y
simple debilidad de quien es despreciado. Has querido venir a socorrernos
porque a causa
de nuestra soberbia yacemos en tierra. La soberbia de pensar que podemos
forjarnos a
nosotros mismos lleva a transformar al hombre en una especie de mercancía,
que puede ser
comprada y vendida, una reserva de material para nuestros experimentos,
con los cuales
esperamos superar por nosotros mismos la muerte, mientras que, en
realidad, no hacemos
más que mancillar cada vez más profundamente la dignidad humana. Señor,
ayúdanos
porque hemos caído. Ayúdanos a renunciar a nuestra soberbia destructiva y,
aprendiendo de
tu humildad, a levantarnos de nuevo.
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CUARTA ESTACIÓN
Jesús se encuentra con su Madre
V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.
Lectura del Evangelio según San Lucas 2, 34-35.51
Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «Mira, éste está puesto para
que muchos en
Israel caigan y se levanten; será una bandera discutida: así quedará clara
la actitud de
muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma». Su madre
conservaba todo
esto en su corazón.
MEDITACIÓN
En el Vía crucis de Jesús está también María, su Madre. Durante su vida
pública debía
retirarse para dejar que naciera la nueva familia de Jesús, la familia de
sus discípulos.
También hubo de oír estas palabras: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis
hermanos?...
El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi
hermana, y mi
madre» (Mt 12, 48-50). Y esto muestra que ella es la Madre de Jesús no
solamente en el
cuerpo, sino también en el corazón. Porque incluso antes de haberlo
concebido en el vientre,
con su obediencia lo había concebido en el corazón. Se le había dicho:
«Concebirás en tu
vientre y darás a luz un hijo... Será grande..., el Señor Dios le dará el
trono de David su
padre» (Lc 1, 31 ss). Pero poco más tarde el viejo Simeón le diría
también: «y a ti, una
espada te traspasará el alma» (Lc 2, 35). Esto le haría recordar palabras
de los profetas
como éstas: «Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría boca;
como un cordero
llevado al matadero» (Is 53, 7). Ahora se hace realidad. En su corazón
habrá guardado
siempre la palabra que el ángel le había dicho cuando todo comenzó: «No
temas, María» (Lc
1, 30). Los discípulos han huido, ella no. Está allí, con el valor de la
madre, con la fidelidad de
la madre, con la bondad de la madre, y con su fe, que resiste en la
oscuridad: «Bendita tú
que has creído» (Lc 1, 45). «Pero cuando venga el Hijo del hombre,
¿encontrará esta fe en la
tierra?» (Lc 18, 8). Sí, ahora ya lo sabe: encontrará fe. Éste es su gran
consuelo en aquellos
momentos.
ORACIÓN
Santa María, Madre del Señor, has permanecido fiel cuando los discípulos
huyeron. Al igual
que creíste cuando el ángel te anunció lo que parecía increíble –que
serías la madre del
Altísimo– también has creído en el momento de su mayor humillación. Por
eso, en la hora de
la cruz, en la hora de la noche más oscura del mundo, te han convertido en
la Madre de los
creyentes, Madre de la Iglesia. Te rogamos que nos enseñes a creer y nos
ayudes para que
la fe nos impulse a servir y dar muestras de un amor que socorre y sabe
compartir el
sufrimiento.
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QUINTA ESTACIÓN
El Cireneo ayuda a Jesús a llevar la cruz
V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.
Lectura Evangelio según San Mateo 27, 32; 16, 24
Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron
a que llevara la
cruz.
Jesús había dicho a sus discípulos: «El que quiera venir conmigo, que se
niegue a sí mismo,
que cargue con su cruz y me siga».
MEDITACIÓN
Simón de Cirene, de camino hacia casa volviendo del trabajo, se encuentra
casualmente con
aquella triste comitiva de condenados, un espectáculo quizás habitual para
él. Los soldados
usan su derecho de coacción y cargan al robusto campesino con la cruz.
¡Qué enojo debe
haber sentido al verse improvisamente implicado en el destino de aquellos
condenados! Hace
lo que debe hacer, ciertamente con mucha repugnancia. El evangelista
Marcos menciona
también a sus hijos, seguramente conocidos como cristianos, como miembros
de aquella
comunidad (Mc 15, 21). Del encuentro involuntario ha brotado la fe.
Acompañando a Jesús y
compartiendo el peso de la cruz, el Cireneo comprendió que era una gracia
poder caminar
junto a este Crucificado y socorrerlo. El misterio de Jesús sufriente y
mudo le ha llegado al
corazón. Jesús, cuyo amor divino es lo único que podía y puede redimir a
toda la humanidad,
quiere que compartamos su cruz para completar lo que aún falta a sus
padecimientos (Col 1,
24). Cada vez que nos acercamos con bondad a quien sufre, a quien es
perseguido o está
indefenso, compartiendo su sufrimiento, ayudamos a llevar la misma cruz de
Jesús. Y así
alcanzamos la salvación y podemos contribuir a la salvación del mundo.
ORACIÓN
Señor, a Simón de Cirene le has abierto los ojos y el corazón, dándole, al
compartir la cruz, la
gracia de la fe. Ayúdanos a socorrer a nuestro prójimo que sufre, aunque
esto contraste con
nuestros proyectos y nuestras simpatías. Danos la gracia de reconocer como
un don el poder
compartir la cruz de los otros y experimentar que así caminamos contigo.
Danos la gracia de
reconocer con gozo que, precisamente compartiendo tu sufrimiento y los
sufrimientos de este
mundo, nos hacemos servidores de la salvación, y que así podemos ayudar a
construir tu
cuerpo, la Iglesia.
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SEXTA ESTACIÓN
La Verónica enjuga el rostro de Jesús
V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R /. Quia por sanctam crucem tuam redemisti mundum.
Lectura del libro del profeta Isaías 53, 2-3
No tenía figura ni belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y
evitado por los
hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el
cual se ocultan
los rostros; despreciado y desestimado.
Del libro de los Salmos 26, 8-9
Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro». Tu rostro buscaré, Señor, no me
escondas tu rostro.
No rechaces con ira a tu siervo, que tú eres mi auxilio; no me deseches,
no me abandones,
Dios de mi salvación.
MEDITACIÓN
«Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro » (Sal 26, 8-9).
Verónica –Berenice,
según la tradición griega– encarna este anhelo que acomuna a todos los
hombres píos del
Antiguo Testamento, el anhelo de todos los creyentes de ver el rostro de
Dios. Ella, en
principio, en el Vía crucis de Jesús no hace más que prestar un servicio
de bondad femenina:
ofrece un paño a Jesús. No se deja contagiar ni por la brutalidad de los
soldados, ni
inmovilizar por el miedo de los discípulos. Es la imagen de la mujer buena
que, en la
turbación y en la oscuridad del corazón, mantiene el brío de la bondad,
sin permitir que su
corazón se oscurezca. «Bienaventurados los limpios de corazón –había dicho
el Señor en el
Sermón de la montaña–, porque verán a Dios» (Mt 5, 8). Inicialmente,
Verónica ve solamente
un rostro maltratado y marcado por el dolor. Pero el acto de amor imprime
en su corazón la
verdadera imagen de Jesús: en el rostro humano, lleno de sangre y heridas,
ella ve el rostro
de Dios y de su bondad, que nos acompaña también en el dolor más profundo.
Únicamente
podemos ver a Jesús con el corazón. Solamente el amor nos deja ver y nos
hace puros. Sólo
el amor nos permite reconocer a Dios, que es el amor mismo.
ORACIÓN
Danos, Señor, la inquietud del corazón que busca tu rostro. Protégenos de
la oscuridad del
corazón que ve solamente la superficie de las cosas. Danos la sencillez y
la pureza que nos
permiten ver tu presencia en el mundo. Cuando no seamos capaces de cumplir
grandes
cosas, danos la fuerza de una bondad humilde. Graba tu rostro en nuestros
corazones, para
que así podamos encontrarte y mostrar al mundo tu imagen.
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SÉPTIMA ESTACIÓN
Jesús cae por segunda vez
V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.
Lectura del libro de las Lamentaciones 3, 1-2.9.16
Yo soy el hombre que ha visto la miseria bajo el látigo de su furor. El me
ha llevado y me ha
hecho caminar en tinieblas y sin luz. Ha cercado mis caminos con piedras
sillares, ha torcido
mis senderos. Ha quebrado mis dientes con guijarro, me ha revolcado en la
ceniza.
MEDITACIÓN
La tradición de las tres caídas de Jesús y del peso de la cruz hace pensar
en la caída de
Adán –en nuestra condición de seres caídos– y en el misterio de la
participación de Jesús en
nuestra caída. Ésta adquiere en la historia formas siempre nuevas. En su
primera carta, san
Juan habla de tres obstáculos para el hombre: la concupiscencia de la
carne, la
concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida. Interpreta de este
modo, desde la
perspectiva de los vicios de su tiempo, con todos sus excesos y
perversiones, la caída del
hombre y de la humanidad. Pero podemos pensar también en cómo la
cristiandad, en la
historia reciente, como cansándose de tener fe, ha abandonado al Señor:
las grandes
ideologías y la superficialidad del hombre que ya no cree en nada y se
deja llevar
simplemente por la corriente, han creado un nuevo paganismo, un paganismo
peor que,
queriendo olvidar definitivamente a Dios, ha terminado por desentenderse
del hombre. El
hombre, pues, está sumido en la tierra. El Señor lleva este peso y cae y
cae, para poder venir
a nuestro encuentro; él nos mira para que despierte nuestro corazón; cae
para levantarnos.
ORACIÓN
Señor Jesucristo, has llevado nuestro peso y continúas llevándolo. Es
nuestra carga la que te
hace caer. Pero levántanos tú, porque solos no podemos reincorporarnos.
Líbranos del poder
de la concupiscencia. En lugar de un corazón de piedra danos de nuevo un
corazón de
carne, un corazón capaz de ver. Destruye el poder de las ideologías, para
que los hombres
puedan reconocer que están entretejidas de mentiras. No permitas que el
muro del
materialismo llegue a ser insuperable. Haz que te reconozcamos de nuevo.
Haznos sobrios y
vigilantes para poder resistir a las fuerzas del mal y ayúdanos a
reconocer las necesidades
interiores y exteriores de los demás, a socorrerlos. Levántanos para poder
levantar a los
demás. Danos esperanza en medio de toda esta oscuridad, para que seamos
portadores de
esperanza para el mundo.
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OCTAVA ESTACIÓN
Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén
V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.
Lectura del Evangelio según San Lucas 23, 28-31
Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por
mí, llorad por vosotras
y por vuestros hijos, porque mirad que llegará el día en que dirán:
«dichosas las estériles y
los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado».
Entonces empezarán a
decirles a los montes: «Desplomaos sobre nosotros»; y a las colinas:
«Sepultadnos»; porque
si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?
MEDITACIÓN
Oír a Jesús cuando exhorta a las mujeres de Jerusalén que lo siguen y
lloran por él, nos hace
reflexionar. ¿Cómo entenderlo? ¿Se tratará quizás de una advertencia ante
una piedad
puramente sentimental, que no llega a ser conversión y fe vivida? De nada
sirve compadecer
con palabras y sentimientos los sufrimientos de este mundo, si nuestra
vida continúa como
siempre. Por esto el Señor nos advierte del riesgo que corremos nosotros
mismos. Nos
muestra la gravedad del pecado y la seriedad del juicio. No obstante todas
nuestras palabras
de preocupación por el mal y los sufrimientos de los inocentes, ¿no
estamos tal vez
demasiado inclinados a dar escasa importancia al misterio del mal? En la
imagen de Dios y
de Jesús al final de los tiempos, ¿no vemos quizás únicamente el aspecto
dulce y amoroso,
mientras descuidamos tranquilamente el aspecto del juicio? ¿Cómo podrá
Dios –pensamos–
hacer de nuestra debilidad un drama? ¡Somos solamente hombres! Pero ante
los
sufrimientos del Hijo vemos toda la gravedad del pecado y cómo debe ser
expiado del todo
para poder superarlo. No se puede seguir quitando importancia al mal
contemplando la
imagen del Señor que sufre. También él nos dice: «No lloréis por mí;
llorad más bien por
vosotros... porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?»
ORACIÓN
Señor, a las mujeres que lloran les has hablado de penitencia, del día del
Juicio cuando nos
encontremos en tu presencia, en presencia del Juez del mundo. Nos llamas a
superar un
concepción del mal como algo banal, con la cual nos tranquilizamos para
poder continuar
nuestra vida de siempre. Nos muestras la gravedad de nuestra
responsabilidad, el peligro de
encontrarnos culpables y estériles en el Juicio. Haz que caminemos junto a
ti sin limitarnos a
ofrecerte sólo palabras de compasión. Conviértenos y danos una vida nueva;
no permitas
que, al final, nos quedemos como el leño seco, sino que lleguemos a ser
sarmientos vivos en
ti, la vid verdadera, y que produzcamos frutos para la vida eterna (cf. Jn
15, 1-10).
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NOVENA ESTACIÓN
Jesús cae por tercera vez
V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.
Lectura del libro de las Lamentaciones 3, 27-32
Bueno es para el hombre soportar el yugo desde su juventud. Que se sienta
solitario y
silencioso, cuando el Señor se lo impone; que ponga su boca en el polvo:
quizá haya
esperanza; que tienda la mejilla a quien lo hiere, que se harte de
oprobios. Porque el Señor
no desecha para siempre a los humanos: si llega a afligir, se apiada luego
según su inmenso
amor.
MEDITACIÓN
¿Qué puede decirnos la tercera caída de Jesús bajo el peso de la cruz?
Quizás nos hace
pensar en la caída de los hombres, en que muchos se alejan de Cristo, en
la tendencia a un
secularismo sin Dios. Pero, ¿no deberíamos pensar también en lo que debe
sufrir Cristo en
su propia Iglesia? En cuántas veces se abusa del sacramento de su
presencia, y en el vacío
y maldad de corazón donde entra a menudo. ¡Cuántas veces celebramos sólo
nosotros sin
darnos cuenta de él! ¡Cuántas veces se deforma y se abusa de su Palabra!
¡Qué poca fe hay
en muchas teorías, cuántas palabras vacías! ¡Cuánta suciedad en la Iglesia
y entre los que,
por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta
soberbia, cuánta
autosuficiencia! ¡Qué poco respetamos el sacramento de la Reconciliación,
en el cual él nos
espera para levantarnos de nuestras caídas! También esto está presente en
su pasión. La
traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su
Sangre, es ciertamente
el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón. No nos queda
más que gritarle
desde lo profundo del alma: Kyrie, eleison – Señor, sálvanos (cf Mt 8,25).
ORACIÓN
Señor, frecuentemente tu Iglesia nos parece una barca a punto de hundirse,
que hace aguas
por todas partes. Y también en tu campo vemos más cizaña que trigo. Nos
abruman su
atuendo y su rostro tan sucios. Pero los empañamos nosotros mismos.
Nosotros quienes te
traicionamos, no obstante los gestos ampulosos y las palabras
altisonantes. Ten piedad de tu
Iglesia: también en ella Adán, el hombre, cae una y otra vez. Al caer,
quedamos en tierra y
Satanás se alegra, porque espera que ya nunca podremos levantarnos; espera
que tú,
siendo arrastrado en la caída de tu Iglesia, quedes abatido para siempre.
Pero tú te
levantarás. Tú te has reincorporado, has resucitado y puedes levantarnos.
Salva y santifica a
tu Iglesia. Sálvanos y santifícanos a todos.
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DÉCIMA ESTACIÓN
Jesús es despojado de sus vestiduras
V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.
Lectura del Evangelio según San Mateo 27, 33 -36
Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir «La Calavera»),
le dieron a beber
vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de
crucificarlo, se
repartieron su ropa echándola a suertes y luego se sentaron a custodiarlo.
MEDITACIÓN
Jesús es despojado de sus vestiduras. El vestido confiere al hombre una
posición social;
indica su lugar en la sociedad, le hace ser alguien. Ser desnudado en
público significa que
Jesús no es nadie, no es más que un marginado, despreciado por todos. El
momento de
despojarlo nos recuerda también la expulsión del paraíso: ha desaparecido
en el hombre el
esplendor de Dios y ahora se encuentra en mundo desnudo y al descubierto,
y se
avergüenza. Jesús asume una vez más la situación del hombre caído. Jesús
despojado nos
recuerda que todos nosotros hemos perdido la «primera vestidura» y, por
tanto, el esplendor
de Dios. Al pie de la cruz los soldados echan a suerte sus míseras
pertenencias, sus
vestidos. Los evangelistas lo relatan con palabras tomadas del Salmo 21,
19 y nos indican
así lo que Jesús dirá a los discípulos de Emaús: todo se cumplió «según
las Escrituras».
Nada es pura coincidencia, todo lo que sucede está dicho en la Palabra de
Dios, confirmado
por su designio divino. El Señor experimenta todas las fases y grados de
la perdición de los
hombres, y cada uno de ellos, no obstante su amargura, son un paso de la
redención: así
devuelve él a casa la oveja perdida. Recordemos también que Juan precisa
el objeto del
sorteo: la túnica de Jesús, «tejida de una pieza de arriba abajo» (Jn 19,
23). Podemos
considerarlo una referencia a la vestidura del sumo sacerdote, que era «de
una sola pieza»,
sin costuras (Flavio Josefo, Ant. jud., III, 161). Éste, el Crucificado,
es de hecho el verdadero
sumo sacerdote.
ORACIÓN
Señor Jesús, has sido despojado de tus vestiduras, expuesto a la deshonra,
expulsado de la
sociedad. Te has cargado de la deshonra de Adán, sanándolo. Te has cargado
con los
sufrimientos y necesidades de los pobres, aquellos que están excluidos del
mundo. Pero es
exactamente así como cumples la palabra de los profetas. Es así como das
significado a lo
que aparece privado de significado. Es así como nos haces reconocer que tu
Padre te tiene
en sus manos, a ti, a nosotros y al mundo. Concédenos un profundo respeto
hacia el hombre
en todas las fases de su existencia y en todas las situaciones en las
cuales lo encontramos.
Danos el traje de la luz de tu gracia.
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UNDÉCIMA ESTACIÓN
Jesús clavado en la cruz
V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.
Lectura del Evangelio según San Mateo 7, 37-42
Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Este es Jesús,
el Rey de los
judíos». Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la
izquierda. Los que
pasaban, lo injuriaban y decían meneando la cabeza: «Tú que destruías el
templo y lo
reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja
de la cruz». Los
sumos sacerdotes con los letrados y los senadores se burlaban también
diciendo: «A otros
ha salvado y él no se puede salvar. ¿No es el Rey de Israel? Que baje
ahora de la cruz y le
creeremos».
MEDITACIÓN
Jesús es clavado en la cruz. La Sábana Santa de Turín nos permite hacernos
una idea de la
increíble crueldad de este procedimiento. Jesús no bebió el calmante que
le ofrecieron:
asume conscientemente todo el dolor de la crucifixión. Su cuerpo está
martirizado; se han
cumplido las palabras del Salmo: «Yo soy un gusano, no un hombre,
vergüenza de la gente,
desprecio del pueblo» (Sal 21, 27). «Como uno ante quien se oculta el
rostro, era
despreciado... Y con todo eran nuestros sufrimientos los que él llevaba y
nuestros dolores los
que soportaba» (Is 53, 3 ss). Detengámonos ante esta imagen de dolor, ante
el Hijo de Dios
sufriente. Mirémosle en los momentos de satisfacción y gozo, para aprender
a respetar sus
límites y a ver la superficialidad de todos los bienes puramente
materiales. Mirémosle en los
momentos de adversidad y angustia, para reconocer que precisamente así
estamos cerca de
Dios. Tratemos de descubir su rostro en aquellos que tendemos a
despreciar. Ante el Señor
condenado, que no quiere usar su poder para descender de la cruz, sino que
más bien
soportó el sufrimiento de la cruz hasta el final, podemos hacer aún otra
reflexión. Ignacio de
Antioquia, encadenado por su fe en el Señor, elogió a los cristianos de
Esmirna por su fe
inamovible: dice que estaban, por así decir, clavados con la carne y la
sangre a la cruz del
Señor Jesucristo (1,1). Dejémonos clavar a él, no cediendo a ninguna
tentación de
apartarnos, ni a las burlas que nos inducen a darle la espalda.
ORACIÓN
Señor Jesucristo, te has dejado clavar en la cruz, aceptando la terrible
crueldad de este dolor,
la destrucción de tu cuerpo y de tu dignidad. Te has dejado clavar, has
sufrido sin evasivas ni
compromisos. Ayúdanos a no desertar ante lo que debemos hacer. A unirnos
estrechamente
a ti. A desenmascarar la falsa libertad que nos quiere alejar de ti.
Ayúdanos a aceptar tu
libertad «comprometida» y a encontrar en la estrecha unión contigo la
verdadera libertad.
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DUODÉCIMA ESTACIÓN
Jesús muere en la cruz
V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.
Lectura del Evangelio según San Juan 19, 19-20
Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba
escrito: «Jesús el
Nazareno, el Rey de los judíos». Leyeron el letrero muchos judíos, estaba
cerca el lugar
donde crucificaron a Jesús y estaba escrito en hebreo, latín y griego.
Del Evangelio según San Mateo 27, 45-50. 54
Desde el mediodía hasta la media tarde vinieron tinieblas sobre toda
aquella región. A media
tarde Jesús gritó: «Elí, Elí lamá sabaktaní», es decir: «Dios mío, Dios
mío, ¿por qué me has
abandonado?» Al oírlo algunos de los que estaban por allí dijeron: «A
Elías llama éste». Uno
de ellos fue corriendo; enseguida cogió una esponja empapada en vinagre y,
sujetándola en
una caña, le dio de beber. Los demás decían: «Déjalo, a ver si viene Elías
a salvarlo». Jesús,
dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu. El centurión y sus hombres,
que custodiaban a Jesús,
al ver el terremoto y lo que pasaba dijeron aterrorizados: «Realmente éste
era Hijo de Dios».
MEDITACIÓN
Sobre la cruz –en las dos lenguas del mundo de entonces, el griego y el
latín, y en la lengua
del pueblo elegido, el hebreo– está escrito quien es Jesús: el Rey de los
judíos, el Hijo
prometido de David. Pilato, el juez injusto, ha sido profeta a su pesar.
Ante la opinión pública
mundial se proclama la realeza de Jesús. Él mismo había declinado el
título de Mesías
porque habría dado a entender una idea errónea, humana, de poder y
salvación. Pero ahora
el título puede aparecer escrito públicamente encima del Crucificado.
Efectivamente, él es
verdaderamente el rey del mundo. Ahora ha sido realmente «ensalzado». En
su
descendimiento, ascendió. Ahora ha cumplido radicalmente el mandamiento
del amor, ha
cumplido el ofrecimiento de sí mismo y, de este modo, manifiesta al
verdadero Dios, al Dios
que es amor. Ahora sabemos que es Dios. Sabemos cómo es la verdadera
realeza. Jesús
recita el Salmo 21, que comienza con estas palabras: «Dios mío, Dios mío,
¿por qué me has
abandonado?» (Sal 21, 2). Asume en sí a todo el Israel sufriente, a toda
la humanidad que
padece, el drama de la oscuridad de Dios, manifestando de este modo a Dios
justamente
donde parece estar definitivamente vencido y ausente. La cruz de Jesús es
un
acontecimiento cósmico. El mundo se oscurece cuando el Hijo de Dios padece
la muerte. La
tierra tiembla. Y junto a la cruz nace la Iglesia en el ámbito de los
paganos. El centurión
romano reconoce y entiende que Jesús es el Hijo de Dios. Desde la cruz, él
triunfa siempre
de nuevo.
ORACIÓN
Señor Jesucristo, en la hora de tu muerte se oscureció el sol.
Constantemente estás siendo
clavado en la cruz. En este momento histórico vivimos en la oscuridad de
Dios. Por el gran
sufrimiento, y por la maldad de los hombres, el rostro de Dios, tu rostro,
aparece difuminado,
irreconocible. Pero en la cruz te has hecho reconocer. Porque eres el que
sufre y el que ama,
eres el que ha sido ensalzado. Precisamente desde allí has triunfado. En
esta hora de
oscuridad y turbación, ayúdanos a reconocer tu rostro. A creer en ti y a
seguirte en el
momento de la necesidad y de las tinieblas. Muéstrate de nuevo al mundo en
esta hora. Haz
que se manifieste tu salvación.
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DECIMOTERCERA ESTACIÓN
Jesús es bajado de la cruz y entregado a su Madre
V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.
Lectura del Evangelio según San Mateo 27, 54-55
El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y
lo que pasaba
dijeron aterrorizados: «Realmente éste era Hijo de Dios». Había allí
muchas mujeres que
miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea
para atenderle.
MEDITACIÓN
Jesús está muerto, de su corazón traspasado por la lanza del soldado
romano mana sangre y
agua: misteriosa imagen del caudal de los sacramentos, del Bautismo y de
la Eucaristía, de
los cuales, por la fuerza del corazón traspasado del Señor, renace siempre
la Iglesia. A él no
le quiebran las piernas como a los otros dos crucificados; así se
manifiesta como el
verdadero cordero pascual, al cual no se le debe quebrantar ningún hueso (cf
Ex 12, 46). Y
ahora que ha soportado todo, se ve que, a pesar de toda la turbación del
corazón, a pesar del
poder del odio y de la ruindad, él no está solo. Están los fieles. Al pie
de la cruz estaba María,
su Madre, la hermana de su Madre, María, María Magdalena y el discípulo
que él amaba.
Llega también un hombre rico, José de Arimatea: el rico logra pasar por el
ojo de la aguja,
porque Dios le da la gracia. Entierra a Jesús en su tumba aún sin
estrenar, en un jardín:
donde Jesús es enterrado, el cementerio se transforma en un vergel, el
jardín del que había
sido expulsado Adán cuando se alejó de la plenitud de la vida, de su
Creador. El sepulcro en
el jardín manifiesta que el dominio de la muerte está a punto de terminar.
Y llega también un
miembro del Sanedrín, Nicodemo, al que Jesús había anunciado el misterio
del rena-cer por
el agua y el Espíritu. También en el sanedrín, que había decidido su
muerte, hay alguien que
cree, que conoce y reconoce a Jesús después de su muerte. En la hora del
gran luto, de la
gran oscuridad y de la desesperación, surge misteriosamente la luz de la
esperanza. El Dios
escondido permanece siempre como Dios vivo y cercano. También en la noche
de la muerte,
el Señor muerto sigue siendo nuestro Señor y Salvador. La Iglesia de
Jesucristo, su nueva
familia, comienza a formarse.
ORACIÓN
Señor, has bajado hasta la oscuridad de la muerte. Pero tu cuerpo es
recibido por manos
piadosas y envuelto en una sábana limpia (Mt 27, 59). La fe no ha muerto
del todo, el sol no
se ha puesto totalmente. Cuántas veces parece que estés durmiendo. Qué
fácil es que
nosotros, los hombres, nos alejemos y nos digamos a nosotros mismos: Dios
ha muerto. Haz
que en la hora de la oscuridad reconozcamos que tú estás presente. No nos
dejes solos
cuando nos aceche el desánimo. Y ayúdanos a no dejarte solo. Danos una
fidelidad que
resista en el extravío y un amor que te acoja en el momento de tu
necesidad más extrema,
como tu Madre, que te arropa de nuevo en su seno. Ayúdanos, ayuda a los
pobres y a los
ricos, a los sencillos y a los sabios, para poder ver por encima de los
miedos y prejuicios, y te
ofrezcamos nuestros talentos, nuestro corazón, nuestro tiempo, preparando
así el jardín en el
cual puede tener lugar la resurrección.
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DECIMOCUARTA ESTACIÓN
Jesús es puesto en el sepulcro
V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.
Lectura del Evangelio según San Mateo 27, 59-61
José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo
puso en el sepulcro
nuevo que se había excavado en una roca, rodó una piedra grande a la
entrada del sepulcro
y se marchó. María Magdalena y la otra María se quedaron allí sentadas
enfrente del
sepulcro.
MEDITACIÓN
Jesús, deshonrado y ultrajado, es puesto en un sepulcro nuevo con todos
los honores.
Nicodemo lleva una mezcla de mirra y áloe de cien libras para difundir un
fragante perfume.
Ahora, en la entrega del Hijo, como ocurriera en la unción de Betania, se
manifiesta una
desmesura que nos recuerda el amor generoso de Dios, la «sobreabundancia»
de su amor.
Dios se ofrece generosamente a sí mismo. Si la medida de Dios es la
sobreabundancia,
también para nosotros nada debe ser demasiado para Dios. Es lo que Jesús
nos ha
enseñado en el Sermón de la montaña (Mt 5, 20). Pero es necesario recordar
también lo que
san Pablo dice de Dios, el cual «por nuestro medio difunde en todas partes
el olor de su
conocimiento. Pues nosotros somos [...] el buen olor de Cristo» (2 Co 2,
14-15). En la
descomposición de las ideologías, nuestra fe debería ser una vez más el
perfume que
conduce a las sendas de la vida. En el momento de su sepultura, comienza a
realizarse la
palabra de Jesús: « Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda
infecundo; pero si
muere, dará mucho fruto» (Jn 12, 24). Jesús es el grano de trigo que
muere. Del grano de
trigo enterrado comienza la gran multiplica-ción del pan que dura hasta el
fin de los tiempos:
él es el pan de vida capaz de saciar sobreabundantemente a toda la
humanidad y de darle el
sustento vital: el Verbo de Dios, que es carne y también pan para
nosotros, a través de la
cruz y la resurrección. Sobre el sepulcro de Jesús resplandece el misterio
de la Eucaristía.
ORACIÓN
.
Señor Jesucristo, al ser puesto en el sepulcro has hecho tuya la muerte
del grano de trigo, te
has hecho el grano de trigo que muere y produce fruto con el paso del
tiempo hasta la
eternidad. Desde el sepulcro iluminas para siempre la promesa del grano de
trigo del que
procede el verdadero maná, el pan de vida en el cual te ofreces a ti
mismo. La Palabra
eterna, a través de la encarnación y la muerte, se ha hecho Palabra
cercana; te pones en
nuestras manos y entras en nuestros corazones para que tu Palabra crezca
en nosotros y
produzca fruto. Te das a ti mismo a través de la muerte del grano de
trigo, para que también
nosotros tengamos el valor de perder nuestra vida para encontrarla; a fin
de que también
nosotros confiemos en la promesa del grano de trigo. Ayúdanos a amar cada
vez más tu
misterio eucarístico y a venerarlo, a vivir verdaderamente de ti, Pan del
cielo. Auxílianos para
que seamos tu perfume y hagamos visible la huella de tu vida en este
mundo. Como el grano
de trigo crece de la tierra como retoño y espiga, tampoco tú podías
permanecer en el
sepulcro: el sepulcro está vacío porque él –el Padre– no te «entregó a la
muerte, ni tu carne
conoció la corrupción» (Hch 2, 31; Sal 15, 10). No, tú no has conocido la
corrupción. Has
resucitado y has abierto el corazón de Dios a la carne transformada. Haz
que podamos
alegrarnos de esta esperanza y llevarla gozosamente al mundo, para ser de
este modo
testigos de tu resurrección.
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BENDICIÓN
V /. Dominus vobiscum.
R /. Et cum spiritu tuo.
V /. Sit nomen Domini benedictum.
R /. Ex hoc nunc et usque in sæculum.
V /. Adiutorium nostrum nomine Domini.
R /. Qui fecit cælum et terram.
V /. Benedicat vos omnipotens Deus,
Pater, et Filius, et, Spiritus Sanctus.
R /. Amen.
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