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San Agustín de Hipona

SOLILOQUIOS

 

LIBRO PRIMERO

 

CAPÍTULO I

 

PLEGARIA A DIOS

 

1. Durante largo tiempo anduve considerando en mi interior muchos y diferentes asuntos, y tratando con empeño durante días de conocerme a mí mismo, qué debo hacer y qué he de evitar; de improviso me dijo una voz, no sé si mía o de otro, de fuera o de dentro (pues eso mismo es lo que principalmente quiero esclarecer); me dijo, pues, aquella voz:

 

Razón.– Veamos, pon que has hallado ya alguna verdad. ¿A quién la encomendarás para seguir adelante?

Agustín. –A la memoria.

 

R.– Pero ¿es lo bastante firme para retener bien tus pensamientos?

 

A.– Difícil me parece, o más bien, imposible.

 

R.– Luego es necesario escribir. Mas ¿qué te ocurre, que por tu salud te resistes al trabajo de escribir? Mira: estas cosas no se pueden dictar, pues requieren completa soledad.

 

A.– Verdad dices. Y por eso no sé qué hacer

 

R.– Pide fuerza y ayuda para lograrlo, y pon esa misma petición por escrito, para que escribiendo aumenten tus bríos. Después resume lo que vayas descubriendo en conclusiones breves. No te inquietes por lo que pida una masa de lectores; esto bastará para tus escasos conciudadanos.

 

A.– Lo haré así.

 

2. Dios, Creador de todas las cosas, dame primero la gracia de rogarte bien, después hazme digno de ser escuchado y, por último, líbrame. Oh Dios, por quien todas las cosas que por sí mismas no existirían, tienden al ser. Dios, que no permites que perezca ni lo que se destruye a sí mismo. Dios, que creaste de la nada este mundo, lo más bello que contemplan los ojos. Dios, que no eres autor de ningún mal y haces que lo malo no empeore. Dios, que a los pocos que en el verdadero ser buscan refugio les muestras que el mal sólo es privación de ser. Dios, por quien la universalidad de las cosas es perfecta, aun con los defectos que tiene. Dios, por quien hasta el confín del mundo nada es disonante, pues las cosas peores hacen armonía con las mejores. Dios, a quien ama todo lo que es capaz de amar, sea consciente o inconscientemente. Dios, en quien están todas las cosas, pero sin afearte con su fealdad ni dañarte con su malicia o extraviarte con su error. Dios, que sólo los limpios has querido que posean la verdad. Dios, Padre de la Verdad, Padre de la Sabiduría y de la vida verdadera y suma, Padre de la bienaventuranza, Padre de lo bueno y hermoso, Padre de la luz inteligible, Padre que nos despiertas y nos iluminas; Padre de la Prenda que nos enseña a volver a ti.

 

3. A ti te invoco, Dios Verdad, en quien, de quien y por quien son verdaderas todas las cosas verdaderas. Dios, Sabiduría, en ti, de ti y por ti saben todos los que saben. Dios, verdadera y suma vida, en quien, de quien y por quien viven las cosas que suma y verdaderamente viven. Dios bienaventuranza, en quien, de quien y por quien son bienaventurados cuantos hay bienaventurados. Dios, Bondad y Hermosura, principio, causa y fuente de todo lo bueno y hermoso. Dios, Luz inteligible, en ti, de ti y por ti luce inteligiblemente todo cuanto inteligiblemente luce. Dios, cuyo reino es todo el mundo, que no alcanzan los sentidos. Dios, la ley de cuyo reino también en estos reinos se describe. Dios, de quien separarse es caer; a quien volver es levantarse; permanecer en ti es hallarse firme. Dios, darte a ti la espalda es morir, volver a ti es revivir, morar en ti es vivir. Dios, a quien nadie pierde sino engañado, a quien nadie busca sino avisado: a quien nadie halla sino purificado. Dios, dejarte a ti es perderse; seguirte a ti es amar; verte es poseerte. Dios, a quien nos despierta la fe, levanta la esperanza, une la caridad. Te invoco a ti, Dios, por quien vencemos al enemigo. Dios, por cuyo favor no hemos perecido nosotros totalmente. Dios que nos exhortas para que vigilemos. Dios, por quien discernimos los bienes de los males. Dios, por quien evitamos el mal y seguimos el bien. Dios, por quien no sucumbimos a las adversidades. Dios, a quien se debe nuestra buena obediencia y buen gobierno. Dios, por quien aprendemos que es ajeno lo que alguna vez creímos nuestro y nuestro lo que creímos ajeno. Dios, gracias a ti superamos los estímulos y halagos de los malos. Dios, por quien las cosas pequeñas no nos empequeñecen. Dios, por quien lo mejor de nosotros no está sujeto a lo peor. Dios, por quien la muerte será absorbida con la victoria. Dios, que nos conviertes. Dios, que nos desnudas de lo que no es y vistes de lo que es. Dios, que nos haces dignos de ser oídos. Dios, que nos defiendes. Dios, que nos guías a toda verdad. Dios, que nos muestras todo bien, dándonos la cordura y librándonos de la estulticia ajena. Dios, que nos vuelves al camino. Dios, que nos llevas hasta la puerta. Dios, que haces que sea abierta a los que llaman. Dios, que nos das el Pan de la vida. Dios, que nos das la sed de la bebida que nos sacia. Dios, que arguyes al mundo de pecado, de justicia y juicio. Dios, por quien no nos arrastran los que no creen. Dios, por quien reprobamos el error de los que piensan que las almas no tienen ningún mérito delante de ti. Dios, por quien no somos esclavos de los serviles y pobres elementos. Dios, que nos purificas y preparas para el divino premio, acude propicio en mi ayuda.

 

4. Todo cuanto he dicho eres tú, mi Dios único. Ven Tú en mi socorro, una, eterna y verdadera sustancia, donde no hay ninguna discordancia, ni confusión, ni mudanza, ni indigencia, ni muerte, donde hay suma concordia, suma evidencia, soberano reposo, soberana plenitud y suma vida; donde nada falta ni sobra: donde el progenitor y el unigénito son una misma sustancia. Dios, a quien sirve todo lo que sirve, a quien obedece toda alma buena. Según tus leyes giran los cielos y los astros realizan sus movimientos, el sol produce el día, la luna templa la noche, y todo el mundo, según lo permite su condición material, conserva una gran constancia con las regularidades y revoluciones de los tiempos; durante los días, con el cambio de la luz y las tinieblas; durante los meses, con los crecientes y menguantes lunares; durante los años, con la sucesión de la primavera, verano, otoño e invierno; durante los lustros, con la perfección del curso solar; durante grandes ciclos, por el retorno de los astros a sus puntos de partida. Dios, por cuyas leyes eternas no se perturba el movimiento vario de las cosas mudables y con el freno de los siglos que corren se reduce siempre a cierta semejanza de estabilidad; por cuyas leyes es libre el albedrío humano y se distribuyen los premios a los buenos y los castigos a los malos, siguiendo en todo un orden fijo. Dios, de ti proceden hasta nosotros todos los bienes, tú apartas todos los males. Dios, nada existe sobre ti, nada fuera de ti, nada sin ti. Dios, todo se halla bajo tu imperio, todo está en ti, todo está contigo. Tú creaste al hombre a tu imagen y semejanza, como reconoce quien se conoce a sí mismo. Óyeme, escúchame, atiéndeme, Dios mío, Señor mío, Rey mío, Padre mío, principio y creador mío, esperanza mía, herencia mía, mi honor, mi casa, mi patria, mi salud, mi luz, mi vida. Escúchame, escúchame, escúchame según tu estilo, de tan pocos conocido.

 

5. Ahora te amo a ti solo, a ti solo sigo y busco, a ti solo estoy dispuesto a servir, porque tú solo riges con justicia; quiero pertenecer a tu jurisdicción. Manda y ordena, te ruego, lo que quieras, pero sana mis oídos para oír tu voz; sana y abre mis ojos para ver tus signos; destierra de mí toda ignorancia para que te reconozca a ti. Dime adónde debo dirigir la mirada para verte a ti, y espero hacer todo lo que mandares. Recibe, te pido, a tu fugitivo, Señor, clementísimo Padre; basta ya con lo que he sufrido; basta con mis servicios a tu enemigo, hoy puesto bajo tus pies; basta ya de ser juguete de las apariencias falaces. Recíbeme ya siervo tuyo, que vengo huyendo de tus contrarios, que me retuvieron sin pertenecerles, cuando vivía lejos de ti. Ahora comprendo la necesidad de volver a ti; ábreme la puerta, porque estoy llamando; enséñame el camino para llegar hasta ti. Sólo tengo voluntad; sé que lo caduco y transitorio debe despreciarse para ir en pos de lo seguro y eterno. Esto hago, Padre, porque esto sólo sé y todavía no conozco el camino que lleva hasta ti. Enséñamelo tú, muéstramelo tú, dame tú la fuerza para el viaje. Si con la fe llegan a ti los que te buscan, no me niegues la fe; si con la virtud, dame la virtud; si con la ciencia, dame la ciencia. Aumenta en mí la fe, aumenta la esperanza, aumenta la caridad. ¡Oh qué admirable y singular es tu bondad!

 

6.A ti vuelvo y torno a pedirte los medios para llegar hasta ti. Si tú abandonas, la muerte se cierne sobre mí: pero tú no abandonas, porque eres el sumo Bien, y nadie te buscó debidamente sin hallarte. Y debidamente te buscó el que recibió de ti el don de buscarte como se debe. Que te busque, Padre mío, sin caer en ningún error; que al buscarte a ti, nadie me salga al encuentro en vez de ti. Pues mi único deseo es poseerte; ponte a mi alcance, te ruego, Padre mío; y si ves en mí algún apetito superfluo, límpiame para que pueda verte. En cuanto a la salud corporal, no sabiendo qué utilidad puedo recabar de ella para mí o para bien de los amigos, a quienes amo, la dejo en tus manos, Padre sapientísimo y óptimo, y rogaré por esta necesidad, según oportunamente me indicares. Sólo ahora imploro tu nobilísima clemencia para que me conviertas plenamente a ti y destierres todas las repugnancias que a ello se opongan, y en el tiempo que lleve la carga de este cuerpo, haz que sea puro, magnánimo, justo y prudente, perfecto amante y conocedor de tu sabiduría y digno de habitar y habitante de tu beatísimo reino. Amen, amen


 

 

 

CAPÍTULO II

 

QUÉ SE HA DE AMAR

 

7. A.– He rogado a Dios.

 

R.– ¿Qué quieres, pues, saber?

 

A.– Todo cuanto he pedido.

 

R.– Resúmelo brevemente.

 

A.– Deseo conocer a Dios y al alma.

 

R.– ¿Nada más?

 

A.– Nada más.

 

R.– Empieza, pues, a investigar. Pero dime antes a qué grado de conocimiento quieres llegar hasta decir: «basta ya».

 

A.– No sé cómo debe manifestárseme Dios hasta decir: «ya es suficiente», porque no creo que conozca ninguna cosa como deseo conocerlo a Él.

 

R.– Entonces, ¿qué hacemos? ¿No crees que primero debe determinarse el grado del saber divino a que aspiras, para que una vez logrado cese tu investigación?

 

A.– Así opino; pero no veo el modo de conseguirlo. ¿Acaso conozco algo semejante a Dios para poder decir: «tal como conozco esto, así quiero conocer a Dios»?

 

R.– Si todavía no conoces a Dios, ¿cómo sabes que no conoces nada semejante a Él?

 

A.– Porque si conociera algo semejante, lo amaría sin duda ninguna; y ahora sólo amo a Dios y al alma, dos cosas que ignoro.

 

R.– Entonces, ¿no amas a tus amigos?

 

A.– Amando el alma, ¿cómo no voy a amarlos?

 

R .– ¿Luego por esa razón, también amarás a los insectos?

 

A.– He dicho que amo a las almas, no a los animales.

 

R.– O tus amigos no son hombres o tú no los amas, pues todo hombre es animal, y tú dices que no amas a los animales.

 

A.– Hombres son y no los amo por ser animales, sino por ser hombres, esto es, porque tienen almas racionales, cosa que aprecio hasta en los ladrones. Porque puedo amar la razón en cada uno, aun cuando aborrezca justamente al que usa mal de lo que amo en ellos. Así, amo más a mis amigos cuanto mejor usan del alma racional, o ciertamente, cuanto mejor desean usar de ella

 


 

 

CAPÍTULO III

 

CONOCIMIENTO DE DIOS

 

8.R.– Está bien; pero, si alguien te dijese: «te haré conocer a Dios como conoces a Alipio», ¿no se lo agradecerías, diciendo: «Me contento con eso»?

 

A.– Se lo agradecería, pero no me daría por satisfecho.

 

R.– ¿Por qué?

 

A.– Porque no conozco a Dios como a Alipio, y tampoco estoy satisfecho de mi conocimiento de éste.

 

R.– Mira bien, pues, si no será una insolencia querer conocer suficientemente a Dios, cuando no conoces a Alipio.

 

A.– No vale el argumento; pues en comparación de los astros, ¿qué cosa hay más vil que mi cena? Y aun con todo, no sé qué cenaré mañana pero sí la fase lunar en que estaremos.

 

R.– ¿Te satisfarías, pues, con conocer a Dios como conoces el signo del curso lunar de mañana?

 

A.– No es bastante, porque eso pertenece a la esfera de la percepción sensible, y no sé si Dios o alguna causa natural desconocida cambiará el orden y curso lunar; y si esto acaece, se derriba en tierra toda mi previsión.

 

R.– ¿Y crees que eso es posible?

 

A.– No, pero ahora busco el saber, no la fe. Y lo que sabemos decimos bien que lo creemos; mas no todo lo que creemos lo sabemos.

 

R.– Entonces ¿rechazas en este asunto el testimonio de los sentidos?

 

A.– Totalmente,

 

R.– Pues a aquel amigo tuyo, todavía desconocido para ti, según afirmas, ¿cómo quieres conocerlo: con los sentidos o con el entendimiento?

 

A.– Lo que por los sentidos conozco de él –si es que por ellos se puede conocer algo– es de poco valor y me basta; mas aquella parte por la que le amo, esto es, el alma, quiero alcanzarla con el entendimiento.

 

R.– ¿Puede conocerse de otra manera?

 

A.– No.

 

R.– ¿Y te atreves a decir que desconoces a un amigo tan íntimo y familiar?

 

A.– ¿Por qué no? Considero ley justísima de la amistad la que prescribe amar al amigo como a sí mismo. Y como yo tampoco me conozco a mí mismo, no es ninguna injuria decir que desconozco a un amigo, sobre todo cuando ni él mismo se conoce, según creo.

 

R.– Si, pues, lo que quieres indagar ahora es de naturaleza intelectual, cuando te reproché como una presunción el desear conocer a Dios sin conocer a Alipio, no venía a propósito aquello de la cena y de la luna como ejemplo, por ser cosas pertenecientes al dominio de los sentidos, según dices.


 

 

CAPÍTULO IV

 

LA VERDADERA CIENCIA

 

9. R.– Pero dejemos esto a un lado; ahora respóndeme a esto: Suponiendo que sea verdad lo que de Dios han dicho Platón y Plotino, ¿te bastaría su ciencia divina?

 

A.– No por ser verdaderas las cosas que ellos dijeron de Dios se concluye que las poseyeran con ciencia. Pues muchos copiosamente hablan de lo que no saben, como yo mismo las cosas que expresé en la plegaria las he formulado como un deseo, lo cual sería irracional si tuviera ciencia de todo aquello; pero ¿acaso por eso no debí expresarlo? Saqué a la luz tantos conceptos sin comprenderlos, recogidos de aquí y allá, depositados en la memoria y armonizándolos con la fe, según me era posible: pero el saber es otra cosa.

 

R.– Dime, pues, ¿sabes en geometría lo que es una línea?

 

A– Ciertamente lo sé.

 

R.– ¿No temes a los académicos en esta persuasión?

 

A.– No en absoluto. Porque ellos no quieren que yerre el sabio, y yo no pertenezco a esta categoría. No temo, pues, confesar la ciencia de las cosas que conozco. Pero si, como deseo, después llego a la sabiduría, haré lo que ella me aconseje.

 

R.– Nada rechazo; mas para continuar nuestra indagación, como conoces la línea, ¿sabes lo que es la figura redonda que se llama esfera?

 

A.– Lo sé.

 

R.– ¿Conoces por igual la línea y la esfera, o una cosa más que otra?

 

A.– Igualmente las dos, pues en ninguna me engaño.

 

R.– ¿Y ambas las has percibido con los sentidos o con la inteligencia?

 

A.– Los sentidos en este punto me han servido como nave. Pues cuando me llevaron al punto que me dirigía, allí los dejé; y ya, como asentado en tierra firme, cuando comencé a pensar en estas cosas, me vacilaron por largo tiempo los pies. Por lo cual, antes me parece que se podrá navegar por tierra que alcanzar la ciencia geométrica con los sentidos, aunque a los principiantes les prestan alguna ayuda.

 

R.– ¿No dudas, pues, en llamar ciencia al conocimiento que tienes de estas cosas?

 

A.– No, con tal me lo permitan los estoicos, pues según ellos sólo el sabio posee la ciencia. Tengo la percepción de estas cosas, que se compaginan con la estulticia; pero tampoco temo a los estoicos, y afirmo que tengo ciencia de las verdades sobre las cuales me has interrogado. Sigue, pues, adelante y veamos adónde me llevas.

 

R.– No te apresures, pues tenemos tiempo. Procede con cautela para no hacer concesiones temerarias. Quisiera verte gozar de la posesión de algunas verdades ciertas sin temor a errar, y como si fuera poca ganancia, ¿me espoleas a acelerar la marcha?

 

A.– Haga Dios lo que pides y, según tu prudencia, corrígeme acremente si otra vez incurro en semejantes faltas.

 

10. R.– ¿Es evidente para ti que la línea longitudinalmente no puede dividirse en dos?

 

A.– No hay lugar a duda.

 

R.– ¿Y se puede cortar en sentido transversal?

 

A.– Mil intersecciones se pueden hacer en ella.

 

R.– ¿No es también evidente que del centro de la esfera no se pueden trazar ni dos círculos iguales?

 

A.– La misma evidencia tengo de esa verdad.

 

R.– Y la línea y la esfera, ¿son cosas idénticas o diversas?

 

A.– Muy diversas.

 

R.– Si, pues, igualmente conoces ambas cosas y tanto difieren entre sí, según afirmas, luego hay una ciencia indiferente de cosas diferentes.

 

A.– ¿Quien lo niega?

 

R.– Tú lo has negado hace poco pues preguntándote cómo quieres conocer a Dios hasta decir basta, me respondiste que no podías explicarlo, por no conocer ninguna cosa con que se midiera el conocimiento de Dios, pues nada semejante a Él te ofrecía la ciencia. Ahora bien ¿la línea y la esfera son semejantes?

 

A.– ¿Quién dice eso?

 

R.– Pues yo no te he preguntado si conoces algo parecido a Dios, sino si conoces algo con una ciencia tan perfecta como la que quisieras tener de Dios. Lo mismo conoces la línea que la esfera, siendo cosas diferentes entre sí. Dime, pues, si te bastará conocer a Dios como conoces una esfera geométrica, esto es, con un conocimiento cierto y seguro

 


 

 

CAPÍTULO V

 

CÓMO UNA MISMA CIENCIA PUEDE ABARCAR COSAS DIVERSAS

 

11. A.– Por mucho que me apremies y convenzas, no me atrevo a decir que deseo conocer a Dios como estas verdades. Porque no sólo ellas, sino la misma ciencia, me parecen diferentes. Primero, porque ni la línea ni la esfera difieren tanto entre sí que no sean abarcadas ambas por una misma disciplina. En cambio, ningún geómetra se precia de explicar a Dios. Además, si de cosas tan diversas, como son ellas y Dios, fuera idéntica la ciencia, el gozo de su conocimiento se igualaría con el gozo de conocer a Dios. Ahora bien: todo lo menosprecio en comparación de Dios, y a veces creo que, si llegase a conocerle y verle del modo que es posible, desaparecerán de mi mente todas las otras noticias de las cosas, pues ya ahora, por el amor que le tengo, apenas me vienen a la memoria.

 

R.– Te concedo que con el conocimiento de Dios sentirás un gozo que no te dará el de las cosas, pero eso se debe a la naturaleza de las mismas, no a la diversidad de noticia. ¿O tal vez abrazas con diferente mirada la tierra y la serenidad del cielo, aunque te agrade más la vista de la una que de la otra? Y si no se engañan los ojos, te he preguntado si es igual la certeza de tu visión del cielo y de la tierra, y tu respuesta debe ser afirmativa, aunque no te deleite la tierra como el esplendor y magnificencia del cielo.

 

A.– Me interesa esa analogía y me mueve a afirmar que cuanto distan en su esfera el cielo de la tierra, otro tanto aquellas verdades seguras y ciertas de las disciplinas distan de la majestad inteligible de Dios.


 

 

CAPÍTULO VI

 

LOS OJOS DEL ALMA CON QUE SE PERCIBE A DIOS

 

12. R.– Es razonable tu interés. Pues te promete la razón, que habla contigo, mostrarte a Dios como se muestra el sol a los ojos. Porque las potencias del alma son como los ojos de la mente; y los axiomas de las ciencias se asemejan a los objetos, iluminados por el sol para que puedan ser vistos, como la tierra y todo lo terreno. Y Dios es el sol que los baña con su luz. Y yo, la razón, soy para la mente como el rayo de la mirada para los ojos. No es lo mismo tener ojos que mirar, ni mirar que ver. Luego el alma necesita tres cosas: tener ojos, mirar, ver. El ojo del alma es la mente pura de toda mancha corporal, esto es, alejada y limpia del apetito de las cosas corruptibles. Y esto principalmente se consigue con la fe; porque nadie se esforzará por conseguir la salud de los ojos si no la cree indispensable para ver lo que no puede mostrársele por hallarse inquinada y débil. Y si cree que realmente, sanando de su enfermedad alcanzará la visión, pero le falta la esperanza de lograr la salud, ¿no es verdad que rechazará todo remedio, resistiéndose a los mandatos del médico?

 

A.– Así es ciertamente, sobre todo porque tales preceptos son difíciles para los enfermos.

 

R.– Ha de añadirse, pues, la esperanza a la fe.

 

A.– Sigo la misma opinión.

 

R.– Y si admite todo eso, animándole la esperanza de poderse curar, pero no desea la luz prometida y anda contenta en sus tinieblas, que con la costumbre se le han hecho agradables, ¿no es verdad que aborrecerá al médico?

 

A.– Ciertamente.

 

R.– Se requiere, pues, la tercera cosa, que es la caridad.

 

A.– Nada es tan necesario.

 

R.– Luego sin las tres cosas, ningún alma puede sanarse y habilitarse para ver, es decir, entender a Dios.

 

13. Así, pues, cuando ya tenga sanos los ojos, ¿qué le faltará?

 

A.– Mirar.

 

R.– La mirada del alma es la razón; pero como no todo el que mira ve, la mirada buena y perfecta, seguida de la visión, se llama virtud; así, la virtud es la recta y perfecta razón. Con todo, la misma mirada de los ojos ya sanos no puede volverse a la luz, si no permanecen las tres virtudes: la fe, haciéndole creer que en el objeto de su visión está la vida feliz; la esperanza, confiando en que lo verá, si mira bien; la caridad, queriendo contemplarlo y gozar de él. A la mirada sigue la visión misma de Dios, que es el fin de la mirada (no porque ésta cese ya, sino porque no hay más que mirar). Esta es la verdadera y perfecta virtud: la razón que llega a su fin, premiada con la vida feliz. Y la visión es un acto intelectual que se verifica en el alma como resultado de la unión del entendimiento y del, lo mismo que para la visión ocular concurren el sentido y el objeto visible, y ninguno de ellos se puede eliminar, so pena de anularla.


 

 

CAPÍTULO VII

 

HASTA CUÁNDO SON NECESARIAS LA FE, ESPERANZA Y CARIDAD

 

14. Indaguemos también si las tres cosas le serán necesarias al alma una vez lograda la visión o intelección de Dios. La fe, ¿cómo puede serle necesaria, pues lo ve? Ni la esperanza, cuando ya posee. En cambio, la caridad, lejos de perecer, está robustecida grandemente. Pues contemplando aquella hermosura soberana y verdadera le crecerá el amor, y si no fijara sus ojos con poderosa fuerza, sin retirarlos de allí para mirar a otra parte, no podría permanecer en aquella dichosísima contemplación. Pero mientras el alma habite en este cuerpo mortal, aun viendo o entendiendo perfectamente a Dios, con todo, porque también los sentidos se emplean en sus operaciones, si bien no le seduzcan, aunque sí le hagan vacilar, puede llamarse todavía fe la que se resiste a sus halagos y se adhiere al sumo Bien.

 

Asimismo, en esta vida, aun siendo el alma bienaventurada con el conocimiento de Dios, no obstante padece muchas molestias y espera que todas se acabarán con la muerte. Luego también la esperanza acompaña al alma mientras peregrina por este mundo. Y cuando después de la vida presente toda se recoja en Dios, quedará la caridad con que se permanece allí. Pues no puede llamarse fe aquella adhesión a la verdad, libre ya de todo peligro de error, ni se ha de esperar algo, donde todo se posee. Luego tres condiciones son necesarias al alma: que esté sana, que mire, que vea. Las otras tres, fe, esperanza y caridad, son indispensables para lo primero y segundo. Para conocer a Dios en esta vida, igualmente las tres son necesarias; y en la otra vida sólo subsiste la caridad.

 


 

 

CAPÍTULO VIII

 

CONDICIONES PARA CONOCER A DIOS

 

15. Y ahora, según nos permite el tiempo, recibe sobre Dios alguna enseñanza derivada de aquella analogía de las cosas sensibles. Ciertamente Dios es inteligible, y también son inteligibles aquellos objetos del saber; sin embargo, difieren mucho entre sí. Pues también la tierra es visible, y la luz; pero la tierra no puede verse si no está iluminada por la luz. Luego lo que se enseña en las ciencias –y que sin ninguna duda tenemos como verdades certísimas–, hay que pensar que no se puede entender sin la iluminación de otra especie de sol que le es propia. Así pues, tal como en el sol visible podemos notar tres cosas: que existe, que esplende, que ilumina; del mismo modo, en aquel secretísimo Dios, a cuyo conocimiento aspiras, tres se han de considerar: que existe, que es inteligible y que hace que las demás cosas se entiendan. Me atrevo, pues, a enseñarte estas dos cosas: tú mismo y Dios que te hace entender. Pero antes respóndeme qué te parece lo dicho, ¿lo consideras cosa probable o verdadera?

 

A.– Claramente probable; pero confieso que alcanzo una esperanza mayor; pues a parte de aquellas proposiciones relativas a la línea y la esfera, nada me has dicho, a lo que me atreva dar el nombre de ciencia.

 

R.– No es de extrañar, porque hasta ahora no te he ofrecido ninguna cosa que se te imponga con esa clase de percepción.

 


 

 

CAPÍTULO IX

 

EL AMOR PROPIO

 

16. Pero ¿por qué nos detenemos? Emprendamos la marcha y primero veamos si estamos sanos.

 

A.– A ti te corresponde examinar, si puedes echar alguna mirada sobre ti o sobre mí. Yo iré respondiendo a tus preguntas lo que pienso.

 

R.– ¿Amas alguna cosa fuera del conocimiento de tu alma y Dios?

 

A.– Podría responderte que no amo nada más, según mi sentimiento actual; pero me parece más seguro decir que no lo sé. Pues por repetida experiencia sé que cosas que tenía por indiferentes, cuando me vinieron a la mente me impresionaron mucho más de lo que presumía; y otras que en el pensamiento no me hacían mella, en la realidad me han perturbado más de lo que pensaba. En el estado actual, a mi parecer, sólo me turbarían tres cosas: el miedo a perder a quienes amo, el miedo al dolor y el miedo a la muerte.

 

R.– Amas, pues, la vida en compañía de tus seres más queridos, la buena salud y la vida temporal del cuerpo, pues de lo contrario no temerías perderlas.

 

A.– Reconozco que es así.

 

R.– Luego ahora el no hallarse presentes todos tus amigos ni ser satisfactoria tu salud causan turbación a tu alma; creo que también esto se sigue lógicamente.

 

A.– Discurres bien; no lo puedo negar.

 

R.– Y si de improviso experimentases una mejoría corporal y vieses aquí a todos los amigos disfrutando de libre reposo, ¿no te gozarás y darás saltos de alegría? A.– ¿Por qué negarlo? Sobre todo si, como dices todo llega de improviso, ¿cómo podría contenerme, cómo disimular esa alegría?

 

R.– Luego todavía eres movido por todas las pasiones y perturbaciones del alma. ¿No será, pues, un atrevimiento mirar con tales ojos al sol?

 

A.– Me arguyes como si no reconociera ningún progreso en el estado de mi salud ni supiera cuánta enfermedad contagiosa se ha curado y cuánta queda todavía. Permíteme hacer esta concesión.

 


 

 

CAPÍTULO X

 

EL AMOR DE LAS COSAS CORPORALES Y EXTERNAS

 

17. R.– ¿No has notado cómo aun los ojos sanos del cuerpo se ofuscan y retroceden con el reverbero del sol para buscar el alivio de la obscuridad? Tú pones los ojos en lo que has adelantado, mas no piensas en lo que deseas ver. Pero examinemos los progresos que piensas haber realizado. ¿No deseas poseer algunas riquezas?

 

A.– No es de ahora mi renuncia a ellas. Ya tengo treinta y tres años, y hace unos catorce que dejé de desearlas. Si acaso se me ofrecieran, sólo me serviría de ellas para mi sustento necesario y el uso liberal. Un libro de Cicerón me persuadió fácilmente de que no se deben desear las riquezas, y en caso de que lleguen, se han de administrar con suma cautela y prudencia.

 

R.– ¿Y los honores?

 

A.– Confieso que ahora he dejado de ambicionarlos, casi en estos días.

 

R.– ¿Y qué me dices de la mujer? ¿No te complacería tener una esposa bella, modesta, complaciente, instruida o tal que pudieras tú fácilmente instruirla; y que te trajese al matrimonio una dote suficiente, no para enriquecerte, pues aborreces las riquezas, pero sí para llevar una vida desahogada, libre de molestias y cargas?

 

A.– Por muy bien que me la pintes, enjoyándola de mil prendas, nada tan lejos de mi propósito como la vida conyugal, pues siento que nada derriba la fortaleza viril tanto como los halagos femeninos y aquel contacto corporal sin el que no se puede tener esposa. Y si al oficio del sabio incumbe la formación de los hijos –cosa que no he averiguado todavía–, y con este fin solamente busca el blando yugo, eso me parece cosa de admirar, pero no de imitar. Hay más peligro en intentarlo que dicha en lograrlo. Por lo cual, mirando por la libertad de mi espíritu, justa y útilmente me he impuesto no desear, no buscar, no tomar mujer.

 

R.– No te pregunto por tus decisiones, sino si luchas todavía o has vencido la pasión sensual. Estoy explorando si están sanos tus ojos.

 

A.– En este punto nada deseo, nada solicito; y desprecio con horror tales cosas. ¿Qué más quieres? Y noto en mí un progreso creciente todos los días, pues cuanto más ardo en deseos de contemplar aquella soberana hermosura incorruptible, tanto más se vuelven a ella todo mi amor y mis deseos.

 

R.– ¿Y qué hay del gusto de los manjares? ¿Cuánto ocupa tu atención?

 

A.– No me inquietan nada aquellos de que no tengo intención de privarme. Los que tomo en efecto me deleita saborearlos; pero sin ninguna afección de mi parte, se retiran de la mesa después de vistos o gustados. Cuando no los tengo presentes, no se mezcla este apetito ni viene a turbar mis pensamientos. No preguntes, pues, nada de manjares, bebidas, baños y otras cosas pertenecientes al deleite corporal; sólo las deseo en cuanto contribuyen a la salud del cuerpo.

 


 

 

CAPÍTULO XI

 

EL USO DE LOS BIENES EXTERIORES

 

18. R.– Mucho has progresado; con todo, los apegos que aún tienes te impiden mucho ver aquella luz. Y ahora aplico un medio fácil para demostrar una de estas dos cosas: o que nada nos resta por refrenar o que nada hemos aprovechado, quedando aún toda la corrupción interior que creíamos extirpada. Porque te pregunto: Si te persuaden de que es imposible consagrarse al estudio de la sabiduría con tus más queridos amigos sin una buena base económica, ¿no desearás las riquezas?

 

A.– Convengo en ello.

 

R.– Y si te convencen igualmente de que, para comunicar a muchos tu sabiduría, te conviene reforzar tu autoridad con un cargo honroso, y que tus mismos familiares, para moderarse en sus costumbres y dedicarse intensamente a la investigación de la verdad divina, han de ser también honrados, y que todo esto sólo se puede lograr con su honor y dignidad, ¿no ambicionarás estas ventajas, trabajando por lograrlas?

 

A.– Así es, como dices.

 

R.– Acerca de la mujer ya no insisto, pues tal vez no hay necesidad de llegar al vínculo matrimonial; con todo, si con el generoso y rico patrimonio de tu mujer pueden sustentarse todos los que en tu compañía viven, dando ella su consentimiento para ese fin de la vida común, y si, además, aporta la nobleza del linaje, tan útil para los honores, según me has concedido, ¿tendrás entonces fuerza para renunciar a estas ventajas?

 

A.– Pero ¿cuándo puedo yo esperar estas cosas?

 

19. R.– Me replicas como si yo inspeccionara tus esperanzas. Y no te pregunto por lo que, siéndote negado, no te seduce, sino por lo que te deleitaría en caso de ofrecérsete; pues una cosa es la infección extirpada, otra la adormecida. A este propósito vale lo de algún sabio que dice: los necios son insensatos, como el cieno es fétido, aunque no hiede si no se revuelve. Importa mucho saber si la codicia de espíritu queda marginada por desesperación, o eliminada por la fuerza de la salud.

 

A.– Aunque no puedo responderte, nunca me persuadirás según la disposición interior que ahora tengo de no haber adelantado nada.

 

R.– Discurres así porque, aunque pudieras desear esas cosas, no te parecen apetecibles por sí mismas, sino por otros bienes ajenos a ellas.

 

A.– Eso mismo quería decirte, porque cuando deseé las riquezas, mi corazón se iba tras ellas para ser rico, y los honores, que ahora me dejan indiferente, por no sé qué brillo suyo, me seducían; y en el deseo y atractivo de la mujer busqué siempre el deleite con la buena fama. Sentía entonces verdadera pasión por estas cosas; ahora las menosprecio; con todo, si se me ofrecen como un camino necesario para ir a donde quiero, entonces, más bien que desearse, han de tolerarse.

 

R.– Muy bien; también yo creo que no debe llamarse codicia el deseo de las cosas que se buscan como medio para lograr otras.


 

 

CAPÍTULO XII

 

CÓMO TODOS LOS DESEOS Y PASIONES DEBEN ORDENARSE AL SUMO BIEN

 

20. Pero te pregunto: ¿por qué quieres que vivan o permanezcan contigo tus amigos, a quienes amas?

 

A.– Para buscar en amistosa concordia el conocimiento de Dios y del alma. De este modo, los primeros en llegar a la verdad pueden comunicarla sin trabajo a los otros.

 

R.– ¿Y si ellos no quieren dedicarse a estas ocupaciones?

 

A.– Les moveré con razones a dedicarse.

 

R.– ¿Y si no puedes lograr tu deseo, sea porque creen que ya lo hallaron, sea porque tienen por imposible su hallazgo, o porque andan con otras preocupaciones y cuidados?

 

A.– Entonces viviré con ellos y ellos conmigo, según podamos.

 

R.– ¿Y si te distraen de la indagación de la verdad con su presencia? Si no logras cambiarlos, ¿no trabajarás y preferirás estar sin ellos que con ellos de esa manera?

 

A.– Ciertamente.

 

R.– Luego no quieres su vida y compañía por sí misma, sino como medio de alcanzar con ellos la verdad.

 

A.– Lo mismo pienso yo.

 

R.– Y si tuvieras certeza de que tu misma vida era un obstáculo al alcance de la sabiduría, ¿querrías prolongarla?

 

A.– Antes bien, querría desprenderme de ella.

 

R.– Y si te convencieran de que tanto abandonando cl cuerpo como viviendo con él, se puede llegar al ideal de la sabiduría, ¿procurarías disfrutar de lo que anhelas aquí o en el más allá?

 

A.– Me tendría sin cuidado, con tal de saber que ningún mal puede sobrevenirme, haciéndome retroceder en el progreso que tengo hecho.

 

R.– Luego ahora temes la muerte, porque no te venga mayor daño que te impida el conocimiento de Dios.

 

A.– No sólo temo que se me arrebate lo ganado, sino que se me cierre el acceso a nuevos hallazgos a que aspiro, si bien creo que nadie me arrebatará lo que ya poseo.

 

R.– Luego esta misma vida no la deseas por sí misma, sino como un medio para la sabiduría.

 

A.– Así es.

 

21. R.– Resta ahora examinar el dolor corporal que tal vez te conturbe.

 

A.– No lo temo, sino porque me impide la investigación de la verdad. En efecto, estos días, acometido de un agudísimo dolor de dientes, sólo podía ocupar el pensamiento en cosas sabidas, impedido para dedicarme a la búsqueda de otras nuevas para las cuales era necesaria toda la atención de ánimo; no obstante eso, opinaba que si el fulgor de aquella Verdad se hubiera derramado en mi mente, no hubiera sentido el dolor o lo hubiera tolerado como poca cosa. Pero como ninguno he padecido hasta ahora tan fuerte, pensando en otros más agudos que pueden venir, me arrimo a Cornelio Celso, según el cual el sumo Bien es la sabiduría y el sumo mal el dolor del cuerpo. Y discurre él así: de dos partes estamos compuestos: de alma y cuerpo, y la mejor es el alma, y la más vil el cuerpo; y el sumo Bien es lo mejor de la porción excelente, y el sumo mal lo peor de la porción inferior; y es lo mejor en el alma la sabiduría y lo pésimo en el cuerpo el dolor. Conclúyese, pues, evidentemente que el sumo Bien lo constituye la sabiduría y el sumo mal los padecimientos corporales.

 

R.– Más tarde volveremos a este punto. Tal vez nos persuadirá de otra cosa la misma sabiduría que es nuestro ideal. No obstante, si demuestra esta verdad acerca del soberano Bien y del sumo mal, la abrazaremos sin titubeos.

 


 

 

CAPÍTULO XIII

 

CÓMO Y POR QUÉ GRADOS SE ESCALA A LA SABIDURÍA. EL AMOR VERDADERO

 

22. Indagamos ahora cuánto amas la sabiduría, a la que deseas contemplar y abrazar sin ningún velo, tal como se ofrece sólo a sus muy raros y privilegiados amantes. Si amaras a una mujer hermosa y ella averiguase que tenías puesto el amor en otras cosas, fuera de su persona, con razón se te negaría; ¿crees que la hermosura castísima de la sabiduría se te mostrará si no es el objeto único de tu deseo?

 

A.– ¡Miserable de mí! ¿Por qué, pues, se me priva de su vista, prolongándose el tormento de mi deseo? Ya he demostrado que ningún otro amor me domina, porque lo que no se ama por sí mismo, no se ama. Yo amo sólo la sabiduría por sí misma, y las demás cosas deseo poseerlas o temo que me falten sólo por ella: la vida, el reposo, los amigos. ¿Y qué límite puede haber en el amor de aquella Hermosura, por la cual no sólo no envidio a los demás, sino deseo multiplicar a sus amadores que conmigo la pretendan, conmigo la busquen, conmigo la posean, conmigo la gocen, siendo para mí tanto más amigos cuanto mas común nos sea nuestra amada?

 

23. R.– Tales deben ser los aspirantes a la Sabiduría. A tales busca ella para su casta y limpia unión. Pero no es único el camino que allí conduce, pues cada cual, según su estado de salud y de fuerza, abraza aquel singular y verdadero bien. Ella es cierta luz inefable e incomprensible de las inteligencias. Que la luz ordinaria nos enseñe, en lo que puede, cómo es aquella. Hay ojos tan sanos y vigorosos que, después de abrirse, pueden mirar de hito en hito sin parpadear al mismo sol. Para éstos, la misma luz es salud, no necesitan magisterio, sino tan sólo alguna amonestación. Bástales creer, esperar y amar. Otros, al contrario, se deslumbran con la misma luz que desean contemplar tan ardientemente, y sin conseguir lo que quieren, muchas veces vuelven a la sombra con gusto. A éstos, aunque se mejoren, hasta considerarse sanos, es peligroso mostrarles lo que no pueden ver aún. Hay que ejercitarlos pues antes, su amor debe nutrirse con una conveniente dilación. Primero se les mostrarán objetos opacos, pero bañados con la luz, como un vestido, un muro, algo semejante. Han de pasar después a fijar la vista en cosas que brillan con mayor belleza no por sí mismas, sino con el reverbero solar, como el oro, la plata y cosas similares, cuyo reflejo no dañe a los ojos. Entonces, con moderación, se les podrá mostrar el fuego terreno, y sucesivamente los astros, la luna, el rosicler de la aurora y el cándido resplandor celeste. Habituándose cada cual más pronto o más tarde según su disposición a este orden de cosas en su integridad o parcialmente, podrá ya carearse con el mismo sol sin titubeo y con gran deleite. Así proceden algunos muy buenos maestros con los muy amantes de la sabiduría, capaces ya de ver, pero faltos de agudeza. La buena disciplina lleva a la sabiduría por grados, aunque llegar sin orden es de una inefable dicha. Mas hoy bastante hemos escrito, según creo; hay que mirar también por la salud

 


 

 

CAPÍTULO XIV

 

CÓMO LA SABIDURÍA CURA LOS OJOS DEL ALMA Y LOS DISPONE A LA VISIÓN

 

24. A.– Y otro día dije: Manifiéstame, si puedes ya, ese orden. ¡Ea!, arrebátame por el camino que quieras, por las cosas que quieras, como quieras. Impérame acciones difíciles, arduas, pero realizables; que por ellas vaya seguro a donde deseo.

 

R.– Sólo una cosa puedo mandarte; no conozco otra: la fuga radical de las cosas sensibles. Esfuérzate con ahínco, durante esta vida terrena, por no enviscar las alas del espíritu; es necesario que estén íntegras y perfectas para volar de estas tinieblas a aquella luz que no se digna mostrarse a los encerrados en esta prisión a no ser tales que, desmoronada ésta, puedan gozar a su aire. Así, pues, cuando fueres tal que nada terreno re atraiga ni deleite, entonces mismo, en aquel momento, créeme, verás lo que deseas.

 

A.– ¡Ah! ¿Cuándo llegará ese momento?, dime. Pues opino que nunca alcanzaré una renuncia tan omnímoda sin ver antes aquello, a cuya luz todo se eclipse.

 

25. R.– Discurriendo de ese modo, lo mismo podría decir el ojo corporal: «Dejaré de amar las sombras cuando viere el sol». Como si eso perteneciera al orden que indagamos, y no es así. Se complace en las sombras, porque no está sano; únicamente puede encararse con el sol el ojo sano. Y aquí se engaña mucho el alma, creyéndose sana sin estarlo, y por no admitírsela a la contemplación, cree que tiene derecho a lamentarse. Mas aquella divina Hermosura sabe cuándo se ha de mostrar, porque ejerce profesión de médico, y conoce bien quiénes son sanos, aun mejor que los mismos que se ponen en sus manos para curarse. A nosotros nos parece ver la altura de nuestra emersión; pero no nos es dado concebir ni sondear la profundidad de nuestra inmersión y la hondura a que habíamos llegado, y así, en comparación con más graves enfermedades, nos consideramos sanos. ¿Recuerdas la seguridad con que ayer decíamos que ninguna infección nos contagiaba y que sólo amábamos la sabiduría, supeditando lo demás a su logro? ¡Qué sórdido, feo, execrable y horrible te parecía el abrazo conyugal cuando discutíamos acerca de la servidumbre de la carne! Pero en la vela de la pasada noche, revolviendo los temas del examen anterior, sentiste, contra lo que presumías, cómo te cosquilleaba el apetito de imaginadas caricias femeninas y su amarga suavidad –mucho menos ciertamente de lo acostumbrado, pero también mucho más de lo que habías creído. Y así, aquel secretísimo Médico te ha hecho ver dos cosas: la enfermedad de que te ha librado con sus atenciones y cuánto resta para la curación.

 

26. A.– ¡Silencio, por favor, silencio! ¿Por qué me atormentas, por qué ahondas tanto y hurgas en mis males? No resisto el llanto de mis ojos. No más promesas, ni presunción, ni examen acerca de tales cosas. Muy bien dices que el Médico, a cuya visión aspiro, sabrá cuándo estoy sano; cúmplase su voluntad y manifiéstese cuando le plazca; me entrego enteramente a su clemencia y cuidado. Ya tengo por cierto que a los dispuestos de ese modo no cesará de levantarlos. Nada diré de mi salud hasta que logre ver aquella Hermosura.

 

R.– Obra como dices, y cesen ya de correr tus lágrimas, y anímate. Mucho has llorado, y eso mismo agrava la enfermedad de tu pecho.

 

A.– ¿Cómo quieres que tenga término mi llanto, cuando no lo tiene mi miseria? ¿Me aconsejas que mire por la salud física, cuando soy víctima de esta peste? Mas te ruego –si algo puedes sobre mí– que intentes guiarme por algún atajo, aproximándome un poco a la luz que ya puedo resistir, si algo he adelantado, y así no tornarán los ojos a las tinieblas abandonadas, si pueden llamarse abandonadas, pues todavía halagan mi ceguera

 


 

 

CAPÍTULO XV

 

CONOCIMIENTO DEL ALMA Y CONFIANZA EN DIOS

 

27. R.– Acabemos, si te place, este primer libro, para emprender en el segundo algún camino conducente a nuestro fin. Pues siendo tal tu estado de ánimo, no se ha de dejar el ejercicio moderado.

 

A.– No permitiré se acabe este libro si antes no me descubres algo de la proximidad de la luz a que aspiro.

 

R.– Tu Médico te complace, pues no sé qué vislumbre me invita y presiona para guiarte en tu deseo. Escucha, pues, atento.

 

A.– Llévame, te ruego; arrebátame adonde quieras.

 

R.– ¿Dices que quieres conocer a Dios y al alma?

 

A.– Tal es mi único anhelo.

 

R.– ¿Nada más deseas?

 

A.– Nada absolutamente.

 

R.– ¿Y no quieres comprender la verdad?

 

A.– ¡Como si pudiera conocer estas cosas sino por ella!

 

R.– Luego primero es conocer a la que nos guía al conocimiento de lo demás.

 

A.– No me opongo a ello.

 

R.– Veamos, pues, primeramente, si las dos palabras diferentes, lo «verdadero» y la «verdad», significan dos cosas o una sola.

 

A.– Parecen ser dos cosas. Porque una cosa es la castidad y otra el casto, y en este sentido se pueden multiplicar los ejemplos. También una cosa es la verdad y otra lo que se llama verdadero.

 

R.– ¿Y cuál de estas dos te parece más excelente?

 

A.– Sin duda, la verdad, porque no hace el casto a la castidad, sino la castidad al casto. Igualmente, todo lo verdadero lo es por la verdad.

 

28. R.– Y dime: cuando acaba su vida un hombre casto, ¿piensas que acaba la castidad?

 

A.– De ningún modo.

 

R.– Luego tampoco, cuando muere algo verdadero, fenece la verdad.

 

A.– Pero ¿cómo lo verdadero puede morir? No lo entiendo.

 

R.– Me maravillo de tu pregunta. ¿No vemos perecer miles de cosas ante nuestros ojos? O tal vez piensas que este árbol es árbol, pero no verdadero, o que no puede morir? Pues aun sin dar crédito a los sentidos y respondiéndome que no sabes si es árbol, no me negarás que, si es árbol, es un árbol verdadero, porque no se juzga eso con los sentidos, sino con la inteligencia. Si es un árbol falso, no es árbol; si es árbol, necesariamente es verdadero árbol.

 

A.– Estoy de acuerdo.

 

R.– ¿Y qué respondes a esto? Los árboles, ¿pertenecen al género de cosas que nacen y fenecen?

 

A.– Tampoco puedo negarlo.

 

R.– Luego se deduce que cosas verdaderas pueden morir.

 

A.– No digo lo contrario.

 

R.– ¿Y no crees que, aun feneciendo cosas verdaderas, no fenece la verdad, como con la muerte del casto no muere la castidad?

 

A.– Todo te lo concedo; pero me intriga saber adónde quieres llevarme por aquí.

 

R.– Sigue escuchando.

 

A.– Atento estoy.

 

29. R.– ¿Aceptas por verdadero aquel dicho: «Todo lo que existe, en alguna parte debe existir»?

 

A.– No hallo nada que oponer a él.

 

R.– ¿Confiesas, pues, que existe la verdad?

 

A.– Sí.

 

R.– Luego indaguemos dónde se halla; pero no está en ningún lugar, pues no ocupa espacio lo que no es cuerpo, a no ser que la verdad sea un cuerpo.

 

A.– Rechazo ambas hipótesis.

 

R.– ¿Dónde piensas, pues, que estará? En alguna parte se halla la que sabemos que existe.

 

A.– ¡Ah!, si supiera dónde se halla, no buscaría otra cosa.

 

R.– ¿Puedes saber, a lo menos, dónde no está?

 

A.– Si me ayudas con tus preguntas, tal vez daré con ello.

 

R.– No está, ciertamente, en las cosas mortales. Porque lo que está en un sujeto no puede subsistir si no subsiste el mismo sujeto. Mas hemos concluido que la verdad subsiste, aun pereciendo las cosas verdaderas. Luego no está en las cosas que fenecen. Existe la verdad, y no se halla en ningún lugar. Luego hay cosas inmortales. Pero nada hay verdadero si no es por la verdad. De donde se concluye que sólo son verdaderas las cosas inmortales. Y todo árbol falso no es árbol, y el leño falso no es leño, y la plata falsa no es plata, y todo lo que es falso no es. Pero todo lo no verdadero es falso. Luego ninguna cosa puede decirse en verdad que es, salvo las inmortales. Pondera bien este breve razonamiento, por si contiene tal vez algún paso insostenible. Pues si fuera concluyente habríamos logrado casi todo nuestro intento, según se verá mejor en el siguiente volumen.

 

30. A.– Te lo agradezco; y al amparo del silencio, discutiré con diligencia y cautela contigo, y, por tanto, conmigo, estos argumentos, aunque mucho temo se interpongan algunas tinieblas, que me halaguen con su deleite.

 

R.– Cree firmemente en Dios y arrójate en sus brazos cuanto puedas. No quieras depender de ti mismo, sal de tu propia potestad y confiesa que eres siervo de tu clementísimo y generosísimo Señor. El te atraerá a sí y no cesará de colmarte de sus favores, aun sin tú saberlo.

 

A.– Oigo, creo y obedezco como puedo, y le ruego con todo mi corazón aumente mi capacidad y fuerza, a no ser que tú exijas de mí algo más.

 

R.– Me contento con eso ahora; después harás lo que mandare Él mismo una vez que se te muestre.


 

 

LIBRO SEGUNDO

 

CAPÍTULO I

 

DE LA INMORTALIDAD DEL ALMA

 

1. A.– Bastante se ha interrumpido nuestra obra, el amor es impaciente, y las lágrimas no cesan hasta que no se le da lo que pide; emprendamos, pues, el segundo libro.

 

R.– Comencemos, pues.

 

A.– Y confiemos que Dios nos asistirá.

 

R.– Confiemos, si esto mismo está en nuestra potestad.

 

A.– Nuestra fuerza es Él mismo.

 

R.– Ora, pues, con la máxima brevedad y perfección que te sea posible.

 

A.– ¡Oh Dios, siempre el mismo!, que me conozca, que te conozca. He aquí mi plegaria.

 

R.– Tú que deseas conocerte, ¿sabes que existes?

 

A.– Lo sé.

 

R.– ¿De dónde lo sabes?

 

A.– No lo sé.

 

R.– ¿Eres un ser simple o compuesto?

 

A.– No lo sé.

 

R.– ¿Sabes que te mueves?

 

A.– No lo sé.

 

R.– ¿Sabes que piensas?

 

A.– Lo sé.

 

R.– Luego es verdad que piensas.

 

A.– Ciertamente.

 

R.– ¿Sabes que eres inmortal?

 

A.– No lo sé.

 

R.– De todas estas cosas que ignoras, ¿cuál prefieres saber antes?

 

A.– Si soy inmortal.

 

R.– ¿Amas, pues, la vida?

 

A.– Lo confieso.

 

R.– Y si supieras que eres inmortal, ¿te darías ya por satisfecho?

 

A.– Será una gran satisfacción, pero insuficiente aún para mí.

 

R.– Y con este hallazgo insuficiente, ¿cuánto será tu gozo?

 

A.– Sin duda, muy grande.

 

R.– ¿Ya no habrá lugar a lágrimas?

 

A.– Ninguno en absoluto.

 

R.– Y si resulta de la indagación que en la vida ya no progresarás en el conocimiento que posees, ¿podrás moderar tus lágrimas?

 

A.– Me haré un mar de lágrimas y la vida misma perderá todo valor para mi.

 

R.– Luego amas la vida, no por sí misma, sino por la sabiduría.

 

A.– Apruebo la conclusión.

 

R.– ¿Y si la misma ciencia te sirve para hacerte desgraciado?

 

A.– No admito de ningún modo lo que dices; pero si así fuera, nadie podría ser feliz, porque la ignorancia es lo que me hace desgraciado ahora. Si, pues, la ciencia hace miserable, eterna será la miseria.

 

R.– Ya veo adónde vas. Pues como piensas que nadie es desdichado por la sabiduría, es probable que la inteligencia haga bienaventurado. Pero sólo es bienaventurado el que vive, y nadie vive si no existe; tú quieres ser, vivir, entender, y existir para vivir, y vivir para entender. Luego sabes que existes, sabes que vives, sabes que entiendes. Y aún quieres ensanchar tu saber y averiguar si estas cosas han de sobrevivir siempre, o si han de perecer, o si permanecerá alguna de ellas para siempre y alguna otra no, o si admiten aumento y disminución, suponiendo que sean eternas.

 

A.– Así es.

 

R.– Luego, probando que siempre hemos de vivir, se concluirá que existiremos siempre.

 

A.– Se sigue de ello.

 

R.– Queda, pues, por averiguar el problema del entender.

 


 

 

CAPÍTULO II

 

LA VERDAD ES ETERNA

 

2.A.– Me parece un orden muy claro y breve.

 

R.– Concentra, pues, tu atención y responde con cautela y firmeza a mis cuestiones.

 

A.– Estoy dispuesto.

 

R.– Si dura siempre este mundo, ¿será verdad que siempre durará?

 

A.– ¿Quién lo dudará?

 

R.– Y si no durase, ¿será igualmente verdad que no durará?

 

A.– No tengo nada que oponer.

 

R.– Y si el mundo debe perecer, después del final, ¿no será verdad que ha perecido? Mientras es verdadera la proposición: «el mundo no ha perecido», realmente continúa existiendo; pero hay una contradicción en decir: «el mundo se ha acabado», y «no es verdad que se ha acabado el mundo».

 

A.– Todo te lo concedo.

 

R.– Y de esto, ¿qué te parece? ¿Puede existir algo verdadero sin que exista la verdad?

 

A.– De ningún modo.

 

R.– Luego la verdad subsistirá, aunque se aniquile el mundo.

 

A.– No puedo negarlo.

 

R.– Y si pereciera la verdad, ¿no será verdad que ella ha perecido?

 

A.– Me parece legítima la consecuencia.

 

R.– Mas no puede haber algo verdadero sin verdad.

 

A.– Ya lo he admitido poco antes.

 

R.– Luego de ningún modo puede morir la verdad.

 

A.– Sigue adelante, porque todas son consecuencias verdaderas.


 

 

CAPÍTULO III

 

SI HABRÁ SIEMPRE FALSEDAD Y PERCEPCIÓN SENSIBLE, SÍGUESE QUE NUNCA DEJARÁ DE EXISTIR ALGÚN ALMA

 

3. R.– Ahora te propongo esta cuestión: según tu parecer, ¿siente el cuerpo o el alma?

 

A.– Creo que el alma.

 

R.– Y el entendimiento, ¿crees que pertenece al alma?

 

A.– Sin duda alguna.

 

R.– ¿Sólo al alma, o tal vez también a alguna otra cosa?

 

A.– Fuera del alma no veo ningún sujeto inteligente, exceptuando a Dios.

 

R.– Examinemos ahora esta cuestión: si alguien te dijese que esta pared no es pared, sino un árbol, ¿qué pensarías?

 

A.– Pues que le engañaban los sentidos, o a mí los míos, o que él llamaba «árbol» a lo que se llama «pared».

 

R.– Y si a él se le muestra la pared con apariencias de árbol y a ti con figura de pared, ¿no podrán ser verdaderas ambas cosas?

 

A.– De ningún modo, porque una misma cosa no puede ser árbol y pared a la vez. Y aunque a cada uno de nosotros se presente en esa forma singular, uno de los dos padecemos error de imaginación.

 

R.– ¿Y si no es árbol ni pared y os engañáis los dos?

 

A.– También pudiera suceder eso.

 

R.– No se te había ocurrido esa suposición.

 

A.– Es verdad.

 

R.– Y si reconocéis que es cosa diversa de lo que parece, ¿seréis víctima de error?

 

A.– No.

 

R.– Luego puede haber una apariencia engañosa, sin que origine un error.

 

A.– Admito esa posibilidad.

 

R.– En resumen, pues, yerra no el que ve apariencias engañosas, sino el que asiente a ellas.

 

A.– Conforme con lo que dices.

 

R.– Pero lo falso, ¿por qué es falso?

 

A.– Porque es diferente de lo que parece.

 

R.– No habiendo, pues, alguien a quien parezca, no hay falsedad.

 

A.– Concluyes bien.

 

R.– Luego la falsedad no está en las cosas, sino en el sentido, y no se engaña quien no asiente a cosas aparentes. Una cosa, pues, somos nosotros y otra los sentidos, porque, engañándose ellos, podemos evitar el error nosotros.

 

A.– Nada tengo que objetarte.

 

R.– ¿Y acaso cuando se engaña el alma te atreverás a decir que no hay falsedad en ti?

 

A.– ¿Cómo voy a decir yo tal cosa?

 

R.– Ahora bien: no hay sentidos sin alma ni falsedad sin sentidos. El alma, pues, es causa o cooperadora de la falsedad.

 

A.– Las premisas anteriores me obligan a aceptar la consecuencia.

 

4. R.– Ahora respóndeme: ¿Te parece posible que alguna vez no haya falsedad o error?

 

A.– ¿Cómo me lo va a parecer, siendo tan difícil el hallazgo de la verdad, que sería más absurdo decir que es imposible lo falso que lo verdadero?

 

R.– ¿Crees que quien no vive puede sentir?

 

A.– De ningún modo.

 

R.– Por consiguiente, el alma es inmortal.

 

A.– Muy pronto me introduces en este gozo: vamos despacio, te ruego.

 

R.– Si están bien concatenadas tus concesiones, no hay lugar a duda, según veo.

 

A.– Muy pronto me parece, te repito. Por lo cual me inclino más a creer que he sido imprudente en algunas afirmaciones que profesar con certeza la inmortalidad del alma. Con todo, desarrolla esta conclusión y muéstrame el enlace de todas las proposiciones.

 

R.– Has reconocido que no puede haber falsedad sin los sentidos y que siempre habrá falsedad; luego siempre habrá sentidos. Es así que no puede haber sentidos sin un alma; luego el alma es inmortal, pues no puede sentir sin vivir. Vive, pues, siempre el alma.


 

 

CAPÍTULO IV

 

¿SE PUEDE DEDUCIR DE LA PERPETUIDAD DE LO FALSO O VERDADERO LA INMORTALIDAD DEL ALMA?

 

5. A.– ¡Vaya un puñal de plomo! Podrías concluir que es inmortal el hombre si te hubiera concedido que el mundo no puede existir sin el hombre y que el mundo es sempiterno.

 

R.– Despierto te veo. Con todo, no es poco lo alcanzado, a saber: que el alma no puede menos que coexistir con la naturaleza de las cosas, si no puede faltar de ella alguna vez la falsedad.

 

A.– En ésa sí veo una legítima consecuencia. Pero me parece que hay que volver más atrás para asegurar nuestras posiciones, sin negar que hemos dado algunos pasos para la inmortalidad del alma.

 

R.– ¿Lo has mirado bien, por si has hecho alguna concesión a la ligera?

 

A.– Creo que sí, y no hallo afirmación que pueda tildarse de temeraria.

 

R.– Está, pues, demostrado que la naturaleza no puede subsistir sin almas vivas.

 

A.– Conforme, pero con tal que puedan nacer unas y morir otras.

 

R.– Y si suprimimos de la naturaleza toda falsedad, ¿no serán todas las cosas verdaderas?

 

A.– También eres consecuente en esa ilación.

 

R.– Respóndeme, pues: ¿por qué esa pared te parece verdadera?

 

A.– Porque no me engaña su aspecto.

 

R.– Luego porque es tal como te parece.

 

A.– Así es.

 

R.– Luego si una cosa es falsa porque es diversa de lo que parece, la verdad de una cosa consistirá en ser lo que parece; pero suprimido el sujeto que la percibe, no hay verdad ni falsedad. Mas si no hay falsedad en la naturaleza de las cosas, todas serán verdaderas. Sin embargo, no puede aparecer algo más que a los ojos del alma viva. Luego el alma permanece en la naturaleza de las cosas, si no puede quitarse la falsedad; y permanece si puede quitarse.

 

A.– Veo que has robustecido más la conclusión, pero nada hemos adelantado con lo añadido, porque, a pesar de ello, me inquieta una objeción, y es que las almas nacen y mueren, de suerte que su supervivencia en el mundo no proviene de su inmortalidad, sino de la sucesión de unas a otras.

 

6. R.– ¿Te parece que las cosas corporales, es decir las sensibles, las puede comprender el entendimiento?

 

A.– No me lo parece.

 

R.– ¿Y crees que Dios usa sentidos para conocer las cosas?

 

A.– No quiero afirmar nada temerariamente acerca de este punto; pero, según conjeturo, de ningún modo necesita sentidos para lo que dices.

 

R.– Luego concluimos que sólo las almas pueden sentir.

 

A.– Admite esa proposición como probable.

 

R.– Pues bien, ¿concedes que esta pared, si no es verdadera pared, no es pared?

 

A.– Nada más fácil de conceder.

 

R.– ¿Me concedes igualmente que nada es cuerpo si no es verdadero cuerpo?

 

A.– También te lo concedo.

 

R.– Siendo, pues, lo verdadero lo que es realmente tal como parece, y lo corpóreo sólo puede manifestarse a los sentidos, y los sentidos son propios del alma, y si el cuerpo no es verdadero si no es cuerpo, resulta que no puede haber cuerpo si no hay alma.

 

A.– Mucho me apremias y no puedo resistir a tus razonamientos.

 


 

 

CAPÍTULO V

 

QUÉ ES LA VERDAD

 

R.– Aguza ahora tu atención para lo que viene.

 

A.– A tus órdenes estoy.

 

R.– Ciertamente esto es una piedra, y lo es en verdad si no es diferente de lo que parece; y no es piedra, si no es verdad; y no puede captarse más que con los sentidos.

 

A.– Es verdad.

 

R.– Luego no habrá piedras en los escondidos senos de la tierra ni tampoco allí donde nadie puede verlas; y no sería piedra, si no la viéramos; y dejará de serlo cuando no estemos y ningún otro que esté presente la vea. Y cerrando bien los armarios, por muchas cosas que en ellos hayas metido, nada contienen. La madera tampoco será madera en lo oculto, pues escapa a la percepción sensible todo lo que está en lo más profundo de los cuerpos que no son transparentes; todo ello, por fuerza carece de ser. Porque si existiese, sería verdadero; pero no es verdadero sino lo que es tal como parece; ahora bien, todo aquello no se manifiesta ni aparece, luego no es verdadero. ¿Tienes algo que responder a esto?

 

A.– Veo que proviene de lo que concedí; pero es tan absurdo que antes negaré cualquiera de aquellas cosas que conceder la verdad de estas.

 

R.– Nada opongo. Concreta, pues, lo que quieres decir: si los cuerpos sólo pueden percibirse con los sentidos, si no siente más que el alma, si hay piedras y otras cosas semejantes no verdaderas, o si la verdad debe definirse de otro modo.

 

A.– Discutamos, te ruego, este último punto.

 

8.R.– Define, entonces, la verdad.

 

A.– Es verdadero lo que es tal como parece al que conoce, si quiere y puede conocerlo.

 

R.– Luego, ¿no será verdadero lo que nadie puede conocer? Además, si lo falso es lo que parece lo que no es, supongamos que a uno le parece esto piedra y a otro madera, ¿no será una misma cosa falsa y verdadera a la vez?

 

A.– Lo primero me persuade más; pues si una cosa no puede ser conocida, resulta que tampoco es verdadera. Pero que una cosa sea verdadera y falsa a la vez no me preocupa demasiado, pues noto que una misma magnitud comparada con otra diversa resulta mayor y menor a la vez. De donde se sigue que nada de suyo es mayor o menor, por ser éstos términos de comparación.

 

R.– Pero si dices que nada es verdadero por sí mismo, ¿no temes que de ahí se siga que nada es por sí mismo? Por lo mismo que esto es madera, es verdadera madera. Pero no puede ser que por sí misma, esto es, sin relación a un sujeto conocedor sea madera y que no lo sea en verdad.

 

A.– Pues eso digo y así defino, sin temor a que mi definición sea rechazada por demasiado breve. La verdad me parece que es «lo que es».

 

R.– Nada, pues, habrá falso, pues todo lo que es, es verdadero.

 

A.– En gran aprieto me pones y ya no sé que responder. De tal modo que, no queriendo ser enseñado sin preguntas, empiezo a temerlas.

 


 

 

CAPÍTULO VI

 

DE DÓNDE VIENE Y DONDE SE HALLA LA FALSEDAD

 

9. R.– Dios, en cuyas manos nos hemos puesto, sin duda nos asistirá y librará de estos cepos, con tal que creamos y le invoquemos con devoción.

 

A.– Nada más grato que hacer esto en tales aprietos, pues nunca me he encontrado con tanta niebla. Dios, Padre nuestro, que nos exhortas a la oración y concedes lo que se te pide, de modo que cuando te rogamos vivimos mejor y somos mejores: escúchame, porque voy tanteando en estas tinieblas; dame tu diestra, socórreme con tu luz y líbrame de los errores; que con tu dirección llegue a mí mismo y a Ti. Así sea.

 

R.– Concéntrate, pues, y presta mucha atención.

 

A.– Dime, te ruego, si se te ocurre algo, para que no nos perdamos.

 

R.– Estate atento.

 

A.– Otra cosa no hago.

 

10. R.– Discutamos primero con seriedad qué es lo falso.

 

A.– Me maravillo si no puede definirse así: lo que no es tal como parece.

 

R.– Atiende antes y preguntemos a los sentidos. Pues lo que los ojos ven no se llama falso, si no tiene alguna apariencia de verdad. Por ejemplo: el hombre a quien vemos en sueños no es verdadero hombre, sino falso, porque tiene semejanza de verdadero. Pues ¿quién viendo en sueños un perro dice que ha visto un hombre? Luego aquél también es perro falso, por tener parecido con el verdadero.

 

A.– Así es como dices.

 

R.– ¿Y si a uno que está despierto, un caballo le parece un hombre? ¿No se engaña al percibir alguna apariencia de hombre? Pues si sólo percibe la forma de caballo, no puede parecerle hombre.

 

A.– De nuevo concedo.

 

R.– Llamamos también falso árbol al pintado, y falsa la cara reflejada en el espejo, y falso el movimiento de las torres vistas cuando se navega, y falsa la rotura de un remo en el agua; todas esas cosas se llaman falsas por ser semejantes a las verdaderas.

 

A.– Lo admito.

 

R.– Así también nos engañamos con los gemelos, con los huevos, y los sellos impresos con un mismo anillo y otras cosas semejantes.

 

A.– Completamente de acuerdo, lo concedo.

 

R.– La semejanza, pues, de las cosas en lo que toca a los ojos, es origen de la falsedad.

 

A.– No puedo negarlo.

 

11. R.– Toda esa multitud de objetos, si no me engaño, puede dividirse en dos géneros: uno lo forman las cosas iguales y otro las desiguales. Iguales llamo a dos cosas cuando se parecen entre sí, como los gemelos o las impresiones de un anillo. Mas en cosas desiguales, el objeto menos bueno se dice semejante a lo mejor. ¿Quién, mirándose en el espejo, dirá con razón que se parece a la imagen, y no al contrario, que la imagen se parece a él? Y este género consta en parte de las impresiones que recibe el alma, y en parte de las semejanzas que se ven en la naturaleza. Y lo que el alma experimenta o recibe en los sentidos, como el movimiento ilusorio de las torres que están quietas, o dentro de sí misma por medio de imágenes sensoriales, como ocurre en los que sueñan y tal vez en los alienados. Y respecto a las semejanzas que se ven en la misma realidad, unas son de la naturaleza, otras son expresión y hechura de seres animales. La naturaleza produce semejanzas inferiores por generación o por reflexión. El primer caso tiene lugar en los padres, que engendran hijos semejantes; el segundo, en toda clase de espejos. Pues aunque los hombres fabrican espejos, no son ellos los que producen las imágenes que resultan. Las obras de los seres animados están en las pinturas y otras ficciones del mismo género; y allí también puede incluirse lo que hacen los demonios, si realmente lo hacen. Mas en cuanto a las sombras de los cuerpos, no está fuera de la verdad decir que son semejantes a los cuerpos y como cuerpos falsos, y toca a los ojos el juzgar de ellas, y deben colocarse en el género de semejanza por resultado que tiene lugar en la naturaleza, porque resulta de oponer a la luz un cuerpo que proyecta una sombra en la parte opuesta. ¿Tienes algo que oponer a esto?

 

A.– Nada, pero espero ansiosamente ver adónde me llevas por estos caminos.

 

12. R.– Ten paciencia hasta que los demás sentidos nos informen y digan que la falsedad está en la verosimilitud. En lo tocante al oído, casi las mismas semejanzas valen, como cuando oímos a alguien que nos habla, pero sin verlo, y atribuimos la voz a otro por parecérsele. Y en las cosas inferiores, tenemos el ejemplo del eco, o el del zumbido de los mismos oídos, o en la imitación del grito del mirlo o del cuervo, que dan algunos relojes, o en los sonidos que creen percibir los que sueñan y deliran. Y las que llaman los músicos falsas vocecillas confirman nuestras aserciones, como veremos después, y basta observar que aun aquellas inflexiones imitan las voces verdaderas. ¿Sigues el hilo de mi discurso?

 

A.– Con mucho gusto, porque no me cuesta trabajo entenderte.

 

R.– Para no detenernos, pues, aquí, ¿te parece que se puede distinguir un lirio de otro por el olor, o por el sabor la miel de tomillo de un enjambre de la miel de tomillo de otro, o con el tacto la suavidad de las plumas de cisne de las de ganso?

 

A.– No me parece.

 

R.– Y cuando soñamos que estamos oliendo, gustando o tocando tal o cual objeto, ¿no nos engaña la semejanza de una imagen, que cuanto más imperfecta es más irreal?

 

A.– Verdad dices.

 

R.– Luego se ve claro que en todas las cosas, sean iguales o desiguales, se engañan los sentidos por el atractivo de las semejanzas; y si no nos engañamos por suspender el juicio o por reconocer las diferencias, aun con todo, se llaman falsas las cosas por cierta semejanza que tienen con las verdaderas.

 

A.– No hay lugar a duda.


 

 

CAPITULO VII

 

DE LO VERDADERO Y LO SEMEJANTE. EL NOMBRE DE «SOLILOQUIOS»

 

13. R.– Sígueme con atención, porque voy a volver a las mismas afirmaciones, para aclarar más lo que pretendemos.

 

A.– A tus órdenes; dime lo que te plazca. Estoy resuelto a seguirte por estos ambages sin sentir fatiga, con la esperanza tan grande de llegar a la meta adonde veo que vamos.

 

R.– Haces bien; pero dime: ¿No te parece que cuando vemos huevos semejantes, ninguno de ellos en verdad puede llamarse falso?

 

A.– Cierto, porque todos son verdaderos, si son huevos.

 

R.– Y la semejanza que resulta en el espejo, ¿por qué señales decimos que es falsa?

 

A.– Porque no se puede palpar, no suena, no se mueve por sí, no vive, y por otras cosas que sería largo enumerar.

 

R.– Veo que no te quieres detener, y hay que acceder a tus deseos. Así, pues, para abreviar, si aquellas figuras de hombres que vemos en los sueños viviesen, hablasen, tuviesen corpulencia real para los que están despiertos, sin diferencia entre ellos y los que vemos y tratamos, estando sanos y en vela, ¿los tomaríamos por falsos?

 

A.– ¿Cómo podría decirse eso con verdad?

 

R.– Luego si habían de ser tanto más verdaderos cuanto mas semejantes a los hombres reales, sin haber diferencia entre los unos y los otros, y si, al contrario, habían de ser falsos por la diferencia o disimilitud que hemos apuntado, resulta que la semejanza es la madre de la verdad, y la desemejanza, fuente de ilusiones.

 

A.– No sé qué replicarte, y me ruborizo de las afirmaciones tan temerarias hechas anteriormente.

 

14. R.– No me parece justificable tu rubor, como si estas conversaciones tuviesen otro fin. Se llaman «Soliloquios», y con este nombre quiero designarlas, porque hablamos a solas. Nombre tal vez nuevo y duro, pero muy propio para significar lo que estamos haciendo. Pues siendo el mejor método de investigación de la verdad el de las preguntas y respuestas, apenas se halla uno que no se ruborice al ser vencido en una discusión, y casi siempre sucede que conclusiones ya llevadas casi al término, se desechan por el apasionado griterío de la terquedad, y quedan heridos los ánimos, disimulada o abiertamente; por eso, con plena calma y tranquilidad, me plugo investigar la verdad con la ayuda de Dios, preguntándome y respondiéndome a mí mismo; no hay lugar, pues, a rubores, si en alguna parte, por concesiones temerarias, te has visto forzado a volver atrás, en busca de mejores soluciones, pues no hay otro medio de salir de aquí.

 


 

 

CAPÍTULO VIII

 

ORIGEN DE LO FALSO Y LO VERDADERO

 

15. A.– Muy bien discurres; pero no veo aún lo que erradamente he podido conceder, a no ser aquello de que lo falso es lo que tiene alguna verosimilitud, pues ninguna otra cosa se me ocurre digna del nombre de falso; por otra parte, tengo que confesar que lo falso es tal por su desemejanza o desacuerdo con lo verdadero. De donde resulta que la desemejanza engendra falsedad. Y por esta razón vacilo, pues nada se me ocurre que sea originado de causas contrarias.

 

R.– ¿Y si este género es único y singular en la naturaleza de las cosas? ¿No sabes que entre la multitud de los animales, solamente el cocodrilo mueve la mandíbula superior para comer y, sobre todo, no reparas en que ninguna cosa puede hallarse semejante a otra sin que difiera de ella en algo?

 

A.– Te concedo lo que dices; con todo, cuando considero que lo falso tiene algo semejante y desemejante a lo verdadero, no acierto a discernir por cuál de esas propiedades recibió su nombre. Pues si digo que es por la disimilitud, todas las cosas podrán decirse falsas, pues no hay ninguna que no sea disímil con otra, considerada como verdadera. Y si digo que lo falso recibe su nombre por la semejanza, no sólo clamarán los huevos, que son verdaderos, siendo semejantísimos entre sí, sino que no podré rebatir al que me obligue a confesar que todo es falso, pues todas las cosas se hallan vinculadas entre sí por alguna semejanza. Pero imagínate que no me arredra decir que la similitud y disimilitud dan juntamente origen a lo falso; ¿tendré entonces un camino para salir? Se me instará que proclamo falsas todas las cosas, por ser todas entre sí semejantes y desemejantes. Podría llamar falso a lo que es diverso de lo que parece, y volvamos otra vez a la definición, rechazada por sus disparatadas consecuencias, de que ya me creía libre, dando por aquí en aquel inesperado remolino que me obliga a decir que la verdad es lo que aparece. De donde resulta que sin un sujeto conocedor, nada puede ser verdad, y aquí es de temer un naufragio en escollos secretísimos, que no son menos verdaderos por estar ocultos. O si digo que la verdad es lo que es, se concluirá, discrepando de todos, que lo falso no está en ninguna parte. Así que vuelven las fatigas pasadas y veo que nada hemos ganado con tantos rodeos y pausadas marchas del pensamiento

 


 

 

CAPÍTULO IX

 

LO FALSO, LO FALAZ Y LO MENTIROSO

 

16. R.– Redobla la atención, pues de ningún modo me inducirás a creer que hemos invocado en vano el auxilio de Dios. Veo que examinando bien todo, según hemos podido, no hay más recurso que definir lo falso así: lo falso, o se finge lo que no es o tiende absolutamente a ser y no es. Pero el primer género de falso se llama más bien lo falaz o mentiroso. El falaz tiene deseo de engañar, y esto supone alma, y se verifica en parte con la razón, en parte con la naturaleza. Con la razón, en los animales racionales, como el hombre; con la naturaleza, en los irracionales, como el zorro. Mendaces son los que mienten y difieren de los falaces, porque todo el que es falaz quiere engañar, pero no todos los que mienten pretenden engañar, pues las farsas y las comedias y muchos poemas contienen mentiras o ficciones, imaginadas para deleite, no para engaño, y así también las chanzas están entreveradas de mentiras. Al contrario, el falaz todo lo dispone para el logro de su fin, que es producir engaño. Mas los que hacen esto sin ánimo de engañar, fingiendo alguna cosa, o son simplemente mendaces o ni siquiera merecen este nombre, pero tampoco dicen la verdad. ¿Hallas algo que oponer a esto?

 

17. A.– Sigue adelante, porque ahora creo que has comenzado a decir verdades acerca de lo falso; espero la explicación del segundo género acerca de lo que tiende a ser y no es.

 

R.– Pues ¿qué esperas? Son las mismas cosas mencionadas arriba las que te servirán de aclaración. ¿No te parece que la imagen del espejo quiere como ser lo que tú eres, y es falsa, porque no lo consigue?

 

A.– Me agrada tu observación.

 

R.– Y toda pintura, estatua y otros géneros de arte, ¿no aspiran a ser aquello cuya semejanza remedan?

 

A.– Justamente

 

R.– Concederás también, según opino, que al mismo género pertenecen las imágenes engañosas dibujadas en la fantasía de los soñadores y delirantes.

 

A.– Con más derecho que ninguna, porque ninguna tiende más a remedar lo que ven los sanos y despiertos; y precisamente son falsas porque no pueden ser lo que imitan.

 

R.– Hablemos ahora del movimiento de las torres, y del remo sumergido en el agua, y de las sombras de los cuerpos. Me parece que con la misma regla se puede medir todo ello.

 

A.– Evidente cosa me parece.

 

R.– Callo de los otros sentidos, pues todo el que reflexione sobre este punto, convendrá en que lo falso se llama en las cosas que sentimos aquello que tiende a ser algo y no lo es.


 

 

CAPÍTULO X

 

CÓMO ALGUNAS COSAS SON VERDADERAS EN CUANTO FALSAS

 

18. A.– Discurres bien; pero me admiro de que excluyas de este género los poemas, los juegos y demás falacias.

 

R.– Porque una cosa es ser falso y otra no poder ser verdadero. Y así, aquellas obras de los hombres, como las comedias y tragedias o las farsas y ficciones de este género, podemos unirlas o las obras de los pintores y demás clases de arte. Porque tan imposible es que sea verdadero un hombre pintado, aunque propenda a remedar al ser humano, como aquellas ficciones escritas en los libros de los cómicos. Las cuales no intentan ser falsas o por alguna tendencia suya lo son, sino por cierta necesidad de seguir la ficción del artista. Así, Roscio en la escena representa voluntariamente una falsa Hécuba, siendo en realidad un verdadero hombre por naturaleza. Mas por aquella voluntad resultaba un verdadero actor trágico, por ejecutar bien su papel; pero era un falso Príamo, por parecerse a él, sin serlo de veras. De donde resulta una cosa maravillosa, admitida por todos.

 

A.– ¿Cuál es?

 

R.– ¿Cuál ha de ser sino que todas estas cosas en tanto son verdaderas en algunos en cuanto son falsas en otros, y para su verdad sólo les aprovecha el ser falsas con relación a lo demás? Y por eso, si dejan de ser falsas o de fingir, no logran lo que quieren y deben ser. Pues ¿cómo el actor mencionado podría ser verdadero trágico si no consintiera en ser un falso Héctor, una falsa Andrómaca, un falso Hércules, etc.? Y ¿cómo sería un verdadero caballo pintado si no fuera un caballo falso? Y ¿cómo en el espejo resultaría una verdadera imagen de hombre si no fuera un hombre falso? Por eso, si a algunos favorece la falsedad, dando realce a la verdad de otros, ¿por qué la tememos tanto y vamos en pos de la verdad como un gran bien?

 

A.– No lo sé; y mucho me admiro, si no es porque en los ejemplos aducidos no veo cosa digna de imitación. Pues nosotros no somos como los histriones, ni como las figuras que relucen en los espejos, ni como las terneras de bronce de Mirón, ni debemos para ser verdaderos en nuestro ser imitar y asimilarnos el porte ajeno, siendo falsos por eso; nosotros debemos buscar aquella verdad, que no es bifronte ni contradictoria, de modo que por un lado sea verdadera y por otro falsa.

 

R.– Grande y divina cosa pides. Pero si logramos hallarla, ¿habremos de confesar que con estos esfuerzos hemos conseguido y formado el concepto de la misma verdad, de la que toma denominación todo lo verdadero?

 

A.– Asiento con gusto.


 

 

CAPÍTULO XI

 

LA VERDAD DE LAS CIENCIAS.– LA FÁBULA Y LA GRAMÁTICA

 

19. R.– Luego qué te parece: el arte de disputar, ¿es verdadero o falso?

 

A.– ¿Quién duda de que es verdadero? Pero también es verdadera la gramática.

 

R.– ¿Tanto como aquél?

 

A.– No veo qué puede haber más verdadero que la verdad.

 

R.– Lo que nada tiene de falso; viendo lo cual, poco antes te extrañabas de las cosas que no podían ser verdaderas sino a condición de ser falsas. ¿O no sabes que todas las fábulas y otras ficciones abiertamente irreales pertenecen al dominio de la gramática?

 

A.– No ignoro lo que dices; pero a mi parecer, no son falsas por la gramática, sino que ella se limita a enseñarlas como son. Porque la fábula es una ficción o mentira compuesta con fines recreativos y educativos. Y la gramática es el arte de conservar y ordenar las palabras articuladas; con esta mira recoge todas las ficciones del lenguaje humano que se han conservado por tradición o escrito, no falsificándolas, sino buscando en ellas provecho para la enseñanza.

 

R.– Muy bien; no me importa ahora si estas definiciones y divisiones están bien hechas; pero dime: ¿cuál de las dos disciplinas, la gramática o el arte de disputar, te enseña todo esto?

 

A.– No niego que el arte y la agudeza de definir, con que he querido discernir ambas cosas, pertenecen a la dialéctica.

 

20. R.– Y la gramática, ¿no es tal vez verdadera por lo que tiene de disciplina? Porque «disciplina» viene de discere, aprender, y nadie puede decirse que ignora lo que aprendió y conserva en la memoria, ni que sabe cosas falsas. Toda disciplina es pues, verdadera.

 

A.– No veo que este breve razonamiento esté hecho a la ligera. Pero me hace fuerza el pensar que por esta razón alguien pueda creer que las fábulas son verdaderas, porque también las aprendemos y guardamos en la memoria.

 

R.– Pero ¿acaso nuestro maestro no quería que aprendiésemos y conociésemos las cosas que nos enseñaba?

 

A.– Con empeño nos apremiaba a aprenderlas.

 

R.– Pero ¿insistió tal vez en hacernos creer en la verdad del vuelo de Dédalo?

 

A.– Eso nunca. Pero si no sabíamos la fábula, apenas nos permitían tener cosa alguna en las manos.

 

R.– ¿Niegas tú, pues, que sea esta una fábula y que dio renombre a Dédalo?

 

A.– No niego que eso sea verdad.

 

R.– Luego no niegas que has aprendido una cosa verdadera al aprender esta fábula. Pues si fuera verdad que Dédalo se remontó a los aires volando y este hecho fuera enseñado y admitido por los niños como una fábula, por lo mismo aprenderían una falsedad, dándoseles como fingido un hecho real. Y de aquí resulta lo que antes nos pareció admirable, a saber: que la fábula del vuelo de Dédalo no pudo ser verdadera sino a condición de ser falso su vuelo.

 

A.– Estoy ya conforme con eso, pero espero el resultado.

 

R.– ¿Cuál ha de ser sino rebatir aquella afirmación tuya, esto es, que la disciplina, si no enseña verdades, no puede ser disciplina?

 

A.– Y ¿a dónde quieres ir a parar?

 

R.– A que me digas por qué la gramática es disciplina, pues por serlo es verdadera.

 

A.– No sé qué responderte.

 

R.– ¿No te parece que si en ella no hubiera definiciones, distinciones y divisiones en géneros y partes, no sería disciplina?

 

A.– Ahora veo a lo que vas; porque yo tampoco concibo una disciplina donde no haya tales elementos y discursos para declarar la naturaleza de las cosas, dando a cada una lo que se le debe, sin omitir nada de lo que le pertenece ni añadirle lo que sea extraño; tal es el oficio de la disciplina.

 

R.– Pues ahí tienes el fundamento de la verdad de la disciplina.

 

A.– Todo es consecuencia de los asertos anteriores.

 

21. R.– Ahora dime: ¿a qué arte corresponde definir, dividir y distribuir?

 

A.– Ya te he dicho que a la que regula los razonamientos.

 

R.– Luego la gramática ha recibido su ser de disciplina verdadera de la dialéctica, a la que has defendido de todo reproche de falsedad; y esto no debe limitarse a la gramática, sino extenderse también a las demás artes liberales. Porque has dicho, y con verdad, que ninguna disciplina se dispensa de definir y dividir, y eso mismo le da la dignidad de tal. Si, pues, ellas son verdaderas por ser disciplinas, ¿negará alguien que es la misma verdad la que hace verdaderas a todas?

 

A.– Estoy por asentir a tus afirmaciones, pero me detiene el pensar que la misma dialéctica la contamos entre las disciplinas. Por lo cual creo que, gracias a aquella verdad, tiene razón de verdadera disciplina.

 

R.– Muy aguda es tu respuesta, pero con eso no niegas, según opino, que ella también es verdadera por ser disciplina.

 

A.– Es precisamente la razón que me hace fuerza, pues he advertido que es disciplina, y por eso es verdadera.

 

R.– Entonces, ¿crees que ésta pudo ser disciplina por otra causa que por las definiciones y divisiones en ella introducidas?

 

A.– Nada tengo que oponerte.

 

R.– Luego si a la dialéctica pertenece tal oficio, es por sí misma disciplina verdadera. ¿Quién se maravillará, pues, de que aquella ciencia por la que son verdaderas las demás sea por sí misma y en sí misma la verdad verdadera?

 

A.– No hallo dificultad en admitir lo que dices.


 

 

CAPÍTULO XII

 

DE CUÁNTOS MODOS ESTÁN UNAS COSAS EN OTRAS

 

22. R.– Atiende ahora a lo poco que falta.

 

A.– Di lo que quieras, con tal que lo entienda y te lo conceda gratamente.

 

R.– De dos modos sabemos que una cosa puede hallarse en otra; uno de modo separable, pudiendo hallarse en otra parte como la madera en este lugar o el sol en el Oriente. Otro es de modo inseparable, como en esta madera la forma y la naturaleza que le es propia; en el sol, la luz; en el fuego, el calor; en el alma, las artes, y en otras cosas semejantes. ¿No estás de acuerdo?

 

A.– Esa distinción me es muy conocida y entendida desde los primeros años de la adolescencia; por lo que si se me pregunta sobre eso no puedo sino asentir sin dudar.

 

R.– ¿No me concedes igualmente que lo que inseparablemente se halla unido a un sujeto, en faltando éste, no puede subsistir?

 

A.– También me parece una consecuencia necesaria; pues permaneciendo el sujeto, puede realizarse lo que hay en él, como es notorio al que bien considera estas cosas. Así, por ejemplo, el color de un cuerpo humano puede cambiarse por enfermedad o por los años, sin que él perezca. Pero no ocurre lo mismo con todas las propiedades inherentes a un sujeto, sino en aquellos para cuya existencia no son necesarias. Para la existencia de esta pared no es necesario el color que tiene, y por eso, aunque se blanquee o pinte de negro o de otro color, seguirá siendo y llamándose pared. Pero el fuego, si pierde su calor, dejará de ser fuego; ni podemos llamar nieve a lo que no es blanco.

 


 

 

CAPÍTULO XIII

 

DONDE SE COLIGE LA INMORTALIDAD DEL ALMA

 

23. Sobre tu pregunta: «¿Cómo es posible que lo que va unido a un sujeto permanezca dejando de existir éste?», te diré que es absurdo y falsísimo sostener que puede subsistir una cosa faltándole el soporte, al que va ligada indefectiblemente su existencia.

 

R.– Luego hemos llegado adonde queríamos.

 

A.– ¿Qué me dices?

 

R.– Lo que oyes.

 

A.– ¿Luego se colige ya la inmortalidad del alma?

 

R.– Clarísimamente, si lo que me has concedido es verdad, a no ser que sostengas que el alma, aun después de muerta, sigue siendo alma.

 

A.– Lejos de mí asentar tal proposición, pues al perecer, deja de ser alma. Ni me aparta de esta sentencia lo que han dicho grandes filósofos, a saber: que todo principio vivificante, doquiera se halle, no puede ser sujeto de muerte. Pues aunque la luz, entrando donde quiera, ilumina un lugar, y por la maravillosa fuerza de los contrarios no admite en sí tinieblas, sin embargo puede apagarse, quedando a obscuras el lugar. Así, lo que resistía a la oscuridad, sin admitirla de algún modo en sí, extinguiéndose, da lugar a su contrario, como podía haberle dado retirándose. Por lo cual temo que la muerte sobrevenga al cuerpo, como la oscuridad a un lugar, sea retirándose de él el alma igual que una luz o extinguiéndose allí mismo. No hay, pues, seguridad alguna contra la muerte corporal, y ha de desearse cierto género de muerte con que se separe el alma viva del cuerpo para ir a un lugar donde no pueda morir, si es posible esto. Y si ni aun esto puede ocurrir, porque el alma se enciende en el mismo cuerpo, como una luz, sin poder subsistir sola en otra parte, y toda muerte consiste en la extinción del alma o de la vida en el cuerpo, entonces habrá de escogerse, según lo permite la humana condición, un género de vida tranquila y segura, lo cual no sé cómo puede lograrse, siendo el alma mortal. Dichosos mil veces los que lograron la certeza por convicción propia o autoridad ajena de que no se debe temer la muerte, aun cuando sea mortal el alma. Pero yo, desgraciado, no he podido conquistar esta certeza con ningún razonamiento ni autoridad.

 

24. R.– ¡Deja todo lamento! Inmortal es el alma humana.

 

A.– Pero ¿cómo lo demuestras?

 

R.– Con las premisas que tú me has concedido muy cautamente.

 

A.– No recuerdo haberte hecho ninguna afirmación imprudente; con todo, hazme un resumen, te ruego; veamos adónde hemos llegado con tantos rodeos, ni quiero ya que me interrogues más. Para sintetizar el resumen de mis concesiones ya no hacen falta preguntas. ¿O es que quieres retardar mi gozo por el éxito de nuestro discurso?

 

R.– Te daré gusto, pero atiéndeme con mucha vigilancia.

 

A.– Habla ya, atento estoy, ¿a qué me atormentas?

 

R.– Si lo que pertenece a un sujeto permanece siempre, necesariamente ha de permanecer el sujeto donde se halla. Es así que toda disciplina está en el alma como en un sujeto. Luego es necesario que subsista siempre el alma, si debe subsistir la disciplina. Mas la disciplina es la verdad, y la verdad, según se demostró al principio de este libro, es inmortal. Luego siempre ha de permanecer el alma, y no puede llamarse mortal. Luego sólo podrá con fundamento rechazar la inmortalidad del alma quien no admita la verdad de las proposiciones arriba sentadas.

 


 

 

CAPÍTULO XIV

 

EXAMEN DEL SILOGISMO ANTERIOR

 

25. A– Ya quiero soltar la rienda a mi gozo; pero dos motivos me detienen un poco. Lo primero, me sorprende el largo rodeo que hemos estado haciendo con no sé qué cadena de razonamientos, cuando todo podía presentarse tan concisamente como se ha hecho ahora. Por lo cual me angustia el pensar que acaso tales ambages discursivos sólo han servido para ocultarnos alguna celada. En segundo lugar, no veo cómo la disciplina pueda subsistir siempre en el alma, sobre todo la dialéctica, cuando tantos hay que no la conocen, y aun los que se habilitan para ella, la ignoraron tanto tiempo desde la infancia. Pues no podemos decir que no son almas las de los ignorantes o que reside en ellas una disciplina desconocida. Si esto es absurdo, síguese que o no está siempre la verdad en el alma o que aquella disciplina no es la verdad.

 

26. R.– Ya ves que no en balde ha dado tantos rodeos nuestro discurso. Porque indagábamos qué es la verdad, y esto creo que ni aun ahora en esta maraña de cosas, después de tan largo recorrido, hubiéramos podido lograrlo. ¿Pero qué vamos a hacer? ¿Dejaremos todo lo comenzado, esperando que venga a nuestras manos algún libro que satisfaga nuestras ansias? Ya sé que hay muchos escritos anteriores a esta época que no hemos leído y tenemos noticia de que en nuestros días se continúa escribiendo en prosa y en verso sobre este tema; y lo hacen hombres cuyos libros e ingenio no pueden sernos desconocidos, y nos alienta la esperanza de hallar en ellos lo que buscamos aquí; sobre todo sabiendo que ante nuestros mismos ojos brilla aquel ingenio en quien revive la elocuencia que lamentábamos como muerta. ¿Permitirá él, después de enseñarnos el modo de vivir, que ignoremos la naturaleza de la vida?

 

A.– No lo creo; y mucho espero de él, si bien me apena el ver que no podemos descubrirle nuestra adhesión a su persona ni nuestro deseo de sabiduría. Seguramente se compadecería él de mi alma, atormentada y sedienta, para colmarla pronto con el agua viva de su fuente. Él vive tranquilo en la convicción de la inmortalidad del alma, y no sabe que hay quienes soportan la miseria de esta ignorancia, y sería una crueldad no satisfacer a su necesidad y demanda. Y aquel otro conoce tal vez nuestros deseos, pero se halla tan lejos y estamos en un punto tal, que apenas tenemos facilidad de comunicación epistolar. El cual, con el ocio de que disfruta más allá de los Alpes, creo que habrá terminado ya el poema escrito para disipar el temor de la muerte y el pavor y frío del alma aterida por un antiguo hielo. Pero mientras no llegan estos socorros, tan lejanos a nosotros ¿no es una gran torpeza el malograr nuestro ocio llevando el alma pendiente y cautiva de tan penosa incertidumbre?

 


 

 

CAPÍTULO XV

 

NATURALEZA DE LO VERDADERO Y LO FALSO

 

27. ¿Dónde está, pues, el fruto de nuestras plegarias, pasadas y presentes, a Dios para pedirle, no riquezas ni deleites carnales, ni honores y estimación popular, sino para que nos abra el camino del conocimiento de Dios y de nuestra alma? ¿Nos dejará tal vez Él de su mano o le abandonaremos nosotros?

 

R.– Muy ajeno es a su clemencia abandonar a los que indagan la verdad; lejos también de nosotros abandonar a tan seguro guía. Por lo cual repitamos, brevemente si te parece, las dos partes de nuestra argumentación, a saber: la verdad siempre subsiste y la dialéctica es la verdad. Me has dicho que dudabas de ellas, impidiéndonos tener la completa seguridad de nuestras conclusiones. ¿O quieres que indaguemos cómo puede hallarse un arte en el alma de un hombre inculto, pues no podemos negar que es verdadera alma la suya? También tus dudas hacían hincapié en este punto, retrayéndote de conceder valor a los discursos anteriores.

 

A.– Discutamos ahora lo primero, dejando para después lo que hay de esto; así todo quedará expuesto.

 

R.– Hagamos lo que quieres, pero presta suma atención, pues sé lo que te sucede cuando escuchas, y es que estás demasiado pendiente de la conclusión, y por esperar de un momento para otro las últimas ilaciones, pasas sin examinar bien lo que se pregunta.

 

A.– Tal vez tienes razón; lucharé, pues, contra esta ligereza mía como pueda; y empieza a investigar, no perdamos tiempo en cosas superfluas.

 

28. R.– Si mal no recuerdo, hemos llegado a la conclusión siguiente: la verdad no puede morir, aun pereciendo el mundo o la misma verdad, pues sería verdadera la proposición: «el mundo y la verdad han perecido». Pero nada hay verdadero sin la verdad; luego de ningún modo puede perecer la verdad.

 

A.– Admito esas afirmaciones y mucho me maravillo si son falsas.

 

R.– Vamos, pues, al otro punto.

 

A.– Permíteme antes una pausa de reflexión sobre lo dicho para que no tenga que volver atrás.

 

R.– Entonces, ¿no será verdad que ha perecido la verdad? Pues si no lo es, entonces la verdad subsiste. Si lo es, ¿cómo desaparecida la verdad puede haber algo verdadero, no existiendo aquélla?

 

A.– Nada tengo que oponerte ni advertir; adelante, pues. Haremos lo posible para que los hombres doctos y prudentes lean esto y corrijan, si merece, nuestra temeridad, pues no veo ni ahora ni nunca qué pueda alegarse contra lo dicho.

 

29. R.– ¿Puede llamarse verdad la que no es fundamento de todo lo verdadero?

 

A.– De ningún modo.

 

R.– ¿Y no se llama verdadero lo que no es falso?

 

A.– Sería locura dudar de eso.

 

R.– ¿Acaso lo falso no es lo que remeda a otro, sin ser aquello a que se asemeja?

 

A.– Ninguna otra cosa es más digna de ese nombre. Pero también se llama falso lo que dista mucho de asemejarse a lo verdadero.

 

R.– ¿Quién lo niega? Mas alguna semejanza de verdad ha de tener.

 

A.– ¿Cómo? Pues cuando se dice que Medea voló en un atelaje de serpientes, de ningún modo esta ficción imita la verdad, por tratarse de una cosa enteramente irreal.

 

R.– Exacta es tu observación; pero ¿no adviertes que a lo que es nada tampoco puede darse el nombre de falso? Lo falso existe; si no existiera no sería falso.

 

A.– Luego ¿no llamaremos falso al imaginario prodigio atribuido a Medea?

 

R.– De ningún modo; porque si es falso, ¿cómo es un prodigio o monstruo?

 

A.– Estoy asombrado. Es decir, que cuando yo oigo: Engancho a mi carro grandes serpientes aladas uncidas a un yugo, ¿no digo una falsedad?

 

R.– Sin duda la dices. Pues hay algo falso que enuncias.

 

A.– Pues ¿qué es?

 

R.– La proposición enunciada en el verso.

 

A.– Pues ¿en qué imita ella a la verdad?

 

R.– En que no se expresaría de otro modo si realmente hubiese volado Medea. Una falsa proposición remeda en su forma a una proposición verdadera. Si no se le da crédito sólo imita en su expresión lo verdadero, y es falsa, pero sin producir engaño. Si se le da crédito, entonces imita también a las sentencias verdaderas.

 

A.– Ahora advierto la gran diferencia entre lo que decimos y las cosas de que lo decimos, por lo cual asiento a lo dicho, pues me detenía el creer que todo lo falso presenta cierta imitación de lo verdadero. Pues ¿quien no se ríe del que dice que la piedra es una falsa plata?; y, sin embargo, si alguien asegura que la piedra es plata, le respondemos que profiere una falsa proposición. En cambio, con alguna razón, según opino, llamamos plata falsa al estaño y al plomo, porque de algún modo la imitan, y entonces no es falsa nuestra proposición, sino el objeto mismo.


 

 

CAPÍTULO XVI

 

SI COSAS MÁS EXCELENTES PUEDEN LLAMARSE CON NOMBRES DE LAS QUE SON MENOS

 

30. R.– Veo que me has comprendido. Pero examina ahora si podría llamarse la plata con el nombre de falso plomo.

 

A.– No; va contra mi gusto.

 

R.– ¿Por qué?

 

A.– No lo sé; sólo veo que me repugna.

 

R.– ¿Será tal vez porque la plata es de mejor calidad y con aquel nombre se le rebaja; en cambio, el plomo sale ventajoso y honrado cuando se le llama plata falsa?

 

A.– Creo que has atinado en la explicación que yo quería. Y esta es la razón por la que se consideran abominables y execrables e incapaces de testar los hombres que se visten de mujeres, a quienes no sé si llamarlos falsas mujeres o más bien hombres falsos. Pero podemos llamarlos verdaderos histriones y verdaderos infames, o si son ocultos –pues todo lo infame se relaciona con la fama–, justamente los llamaremos verdaderos viciosos, según opino.

 

R.– Dejemos para otra ocasión el discutir de estos puntos, porque muchas cosas se hacen, al parecer, indecorosas a la faz del pueblo y un fin honesto y laudable las justifica. Así, se ventila una grave discusión sobre si con el fin de librar la patria puede uno, disfrazado de mujer, engañar al enemigo, exhibiéndose como mujer falsa para ser tal vez más verdadero varón, o si el sabio que comprende que su vida es necesaria para el bien común debe preferir morirse de frío a ponerse vestidos femeninos por falta de otros. Pero de estas cuestiones se tratará en otra parte. Ahora se ve cuántas investigaciones deben hacerse para que nuestro trabajo siga adelante sin incurrir en ciertas inevitables torpezas. Mas por lo que atañe a la presente cuestión, me parece ya indubitable y evidente que lo falso se dice por imitación de lo verdadero.

 

CAPÍTULO XVII

 

¿HAY COSAS ENTERAMENTE FALSAS O VERDADERAS?

 

31. A.– Pasa adelante; estoy persuadido ya de esa verdad.

 

R.– Ahora te pregunto si fuera de las ciencias en que nos instruimos –y entre ellas debe incluirse el deseo mismo y esfuerzo de la sabiduría– podemos hallar alguna cosa tan verdadera que no sea como el Aquiles del teatro, el cual ha de ser en parte falso para que pueda ser verdadero.

 

A.– Creo que hay muchas cosas de ese género. Esta piedra, por ejemplo, no es objeto de las disciplinas, y, sin embargo, para ser verdadera, no imita a ninguna otra cosa con respecto a la cual sea falsa. Y con ésta acuden al pensamiento un tropel de infinitas cosas.

 

R.– Admito la observación; pero no te parece que todas ellas están comprendidas en la categoría de los cuerpos?

 

A.– Opinaría como tú si tuviera certeza de que el vacío no es nada, o creyera que el alma ha de contarse entre las cosas corpóreas, o que Dios es un cuerpo. Si existen todas estas cosas, no son falsas o verdaderas por ningún linaje de imitación.

 

R.– Muy lejos me quieres llevar, mas procuraré buscar un atajo. Pues una cosa es el vacío y otra la verdad.

 

A.– Muy grande es su diferencia ciertamente. ¿Qué cosa más vacía que yo mismo, si creo que la verdad es irreal y me pierdo tan afanosamente buscando el vacío? Pues ¿qué deseo hallar sino la verdad?

 

R.– Luego ya me concedes que no hay cosas verdaderas sino por la verdad.

 

A.– Tengo ya formulada esa persuasión.

 

R.– ¿Dudas de que fuera del vacío no hay vacío o de que ciertamente es un cuerpo?

 

A.– No dudo de ningún modo.

 

R.– ¿O piensas tal vez que la verdad es realidad corporal?

 

A.– Tampoco.

 

R– ¿O cosa inherente a algún cuerpo?

 

A.– No lo sé; nada se me ocurre a este propósito; pero tú sabes que si existe el vacío, se da donde no hay cuerpo alguno.

 

R.– Es evidente.

 

A.– ¿A qué nos detenemos, pues?

 

R.– ¿Acaso crees que la verdad hizo el vacío o que puede haber algo verdadero donde falta la verdad?

 

A.– No.

 

R.– No es, pues, la verdad una manía, ni el vacío puede hacerlo sino la carencia de entidad; por otra parte, es manifiesto que lo que carece de verdad no es verdadero; y absolutamente hablando, el vacío se llama así por su privación de ser. ¿Cómo, pues, puede ser verdadero lo que no es o cómo puede serlo lo que es nada?

 

A.– Adelante, pues, y dejemos el vacío como una inania.


 

 

CAPÍTULO XVIII

 

SI LOS CUERPOS SON VERDADEROS

 

32. R.– ¿Qué piensas de las demás cosas?

 

A.– ¿A qué te refieres?

 

R.– A lo que favorece a mi causa, pues restan Dios y el alma, y si los dos son verdaderos, porque en ellos está la verdad, ya nadie duda de la inmortalidad de Dios. Y también el alma deberá tenerse por inmortal si se prueba que es sede de una verdad que no muere. Veamos, pues, ya la última cuestión, a saber: si el cuerpo es en verdad verdadero, esto es, si no está en él la verdad, sino más bien una imagen de la misma. Porque si los cuerpos, que muy bien sabemos están sometidos a la muerte, poseen la verdad en la misma forma que las ciencias, ya habrá que privar a la dialéctica de su privilegio de reguladora de las demás artes. Porque también parecen poseer su verdad las realidades materiales que no han sido efecto del arte de disputar. Y si ellos son verdaderos por algún género de imitación, y por lo mismo, distan de la verdad pura, nada impedirá a la dialéctica para que sea considerada como la misma verdad.

 

A.– Entre tanto indaguemos la naturaleza de lo material; y veo que llegando aquí a una conclusión, nuestra controversia no se acaba.

 

R.– ¿Cómo sabes lo que quiere Dios? Atiende, pues; yo creo que todo cuerpo está limitado y contenido por una forma y especie, sin la cual no sería cuerpo. Y si la tuviese verdadera, sería alma. ¿Opinas de otro modo?

 

A.– Asiento en parte; de lo demás, dudo; concedo que para ser cuerpo se requiere una figura. Pero no entiendo lo que añades: si la tuviera verdadera, sería alma.

 

R.– ¿No recuerdas ya lo que dijimos al principio del libro primero acerca de las figuras geométricas?

 

A.– Bien haces en recordármelo; lo recuerdo, y muy a gusto.

 

R.– ¿Se hallan las figuras en los cuerpos tales como las concibe aquella disciplina?

 

A.– No; antes son mucho menos perfectas.

 

R.– ¿Y cuáles te parecen las verdaderas?

 

A.– No me hagas tales preguntas. Pues ¿quién es tan ciego que no vea que las figuras concebidas por la ciencia geométrica están en la misma verdad y la verdad en ellas, mientras las figuras de los cuerpos aspiran a ser lo que ellas, con cierto remedo de la verdad, y en este aspecto son falsas? Ya entiendo, pues, cuanto querías demostrarme.

 


 

 

CAPÍTULO XIX

 

DE LAS VERDADES ETERNAS SE ARGUYE LA INMORTALIDAD DEL ALMA

 

33. R.– ¿Qué necesidad, pues, tenemos ya de investigar más sobre el arte de la dialéctica? Porque ya sea que las figuras geométricas estén en la verdad, o la verdad en ellas, nadie duda de que se contienen en nuestra alma o en nuestra inteligencia, y, por tanto, se concluye necesariamente que en ella está la verdad. Y si por una parte toda disciplina está en nuestro ánimo adherida inseparablemente a él y por otra no puede morir la verdad, ¿por qué dudamos de la vida imperecedera del alma sin duda influidos por no sé qué familiaridad con la muerte? ¿Acaso aquellas líneas o un cuadrado, o esfera, imitan algo extraño para ser verdaderas?

 

A.– De ningún modo puedo creer tal cosa, pues habría que suponer que una línea no es una longitud sin latitud ni la circunferencia una curva cerrada cuyos puntos equidistan del centro.

 

R.– Entonces, ¿por qué dudamos? Donde están ellas, ¿no está la verdad?

 

A.– Dios me libre del disparate de negarlo.

 

R.– ¿Acaso, pues, la disciplina no está en el alma?

 

A.– ¿Quién ha dicho tal cosa?

 

R.– ¿Y acaso puede, pereciendo un sujeto, permanecer lo que se halla con él?

 

A.– ¿Y cuándo se me persuade a mí de tal afirmación?

 

R.– Luego ¿debe fenecer la verdad?

 

A.– No es posible eso.

 

R.– Pues entonces es inmortal el alma; ríndete ya a tus razones, cree a la verdad, porque ella clama que habita en ti y es inmortal, y no puede derrocársele de su sede con la muerte del cuerpo. Aléjate ya de tu propia sombra, entra dentro de ti mismo; no debes temer ninguna muerte en ti, sino el olvido de que eres inmortal.

 

A.– Oigo, me reanimo, comienzo a retornar en mí. Pero antes, te ruego, resuélveme la dificultad propuesta ya: cómo en el alma de los indoctos, que también debe gozar del mismo privilegio de inmortalidad, está la verdad de las disciplinas.

 

R.– Esa dificultad pide la redacción de otro volumen, si se ha de discutir ampliamente; ahora veo que te conviene pasar revista a la conclusión a que hemos llegado, pues si no te acometen dudas sobre las afirmaciones hechas, hemos cosechado mucho fruto y con no poca seguridad podemos seguir adelante.


 

 

CAPÍTULO XX

 

COSAS VERDADERAS Y COSAS RECORDADAS. PERCEPCIÓN SENSIBLE E INTELIGIBLE

 

34. A.– Me atengo a lo que dices y haré con gusto lo que me mandas. Pero declárame con brevedad antes de terminar este volumen la diferencia que hay entre la verdadera figura, tal como es concebida por la inteligencia, y la que se forja con la imaginación, fantasía o «fantasma» que dicen los griegos.

 

R.– Pides la comprensión de una cosa para la cual se requiere una gran pureza intelectual, y no te hallas suficientemente ejercitado para ello, si bien sólo buscamos con estos mismos rodeos tu preparación y ejercicio, a fin de que te habilites para contemplar la verdad. Sin embargo, brevemente te expondrá cómo puede demostrarse la diferencia que hay. Figúrate que te has olvidado de una cosa y otros quieren traértela a la memoria y te dicen: «¿Es esto o aquello?», profiriendo cosas diversas como si fueran semejantes. Y tú no atinas en lo que deseas recordar, y con todo, ves que no es lo que te sugieren. Cuando ocurre esto, ¿se trata de un olvido completo en ti? ¿No forma parte de cierto recuerdo el mismo discernimiento que haces entre lo que buscas y lo que te proponen?

 

A.– Así parece.

 

R.– Todavía éstos no ven la verdad, pero están libres del engaño y del error y saben lo que buscan. Pero si alguien te dice que tú a los pocos días de nacer te reíste, no tendrás por falso lo que te dicen, y si el testigo merece fe, no lo recordarás, pero lo creerás, pues el tiempo de tu infancia está sepultado bajo un pesadísimo olvido. ¿No es así?

 

A.– Ciertamente.

 

R.– Este olvido se diferencia mucho de aquel otro, el cual ocupa como un término medio. Pues todavía hay otro más vecino y próximo al recuerdo y reconocimiento de la verdad. Se asemeja a lo que nos ocurre cuando vemos alguna cosa y reconocemos ciertamente que la hemos visto alguna vez y aseguramos que la conocemos; nos esforzamos por recordar dónde, cuándo y cómo y con quién ha llegado a nuestra noticia. ¿Se trata de una persona? Buscamos también dónde la hemos conocido; y cuando ella nos lo recuerda, de repente, todo nos vuelve a la memoria como una luz, y sin ningún esfuerzo todo lo reproducimos. Esta clase de hechos, ¿te es desconocida u oscura?

 

A.– Nada más manifiesto, porque han sido objeto de repetida experiencia.

 

35. R.– Tales son los que están bien instruidos en las artes liberales, las cuales, al aprenderlas, las extraen y desentrañan, en cierto modo, de donde estaban soterradas por el olvido, y no se contentan ni descansan hasta contemplar en toda su extensión y plenitud la hermosa faz de la verdad que en ellas resplandece. Pero de allí se levantan y se mezclan ciertos falsos colores y formas, con que se empaña el espejo del pensamiento, engañando a los que indagan la verdad y haciéndoles creer que allí está todo cuanto buscaban. Son ilusiones que se han de evitar con suma cautela, porque son falaces y cambian al variar el espejo del pensamiento, mientras que la faz de la verdad es única e invariable. Así, por ejemplo, la imaginación te pintará, cuadrados de diferente magnitud, como presentándolos ante los ojos; pero la mente interior, amiga de la verdad, debe volverse, si puede, a aquella razón según la cual juzga de la cuadratura de las figuras.

 

A.– ¿Y si nos dice alguien que ella juzga también según lo que ve por los sentidos?

 

R.– Entonces, ¿por qué juzga, si está bien instruida, que una esfera perfecta sólo tiene un punto de contacto con un plano ideal? ¿Quién ha visto o puede ver con los ojos semejante cosa, pues ni con la misma imaginación puede representarse? ¿Y no experimentamos las mismas dificultades cuando pretendemos pintar en la imaginación un círculo inconcebiblemente pequeño y en él trazamos los radios al centro? Pues si trazamos dos, separados por una distancia que apenas puede punzarse con la punta de una aguja, ya nuestra imaginación se declara incapaz de representarse otras que sin ninguna confusión lleguen al centro; pero la razón enseña que pueden trazarse otras innumerables, pasando por increíbles angosturas de espacio y sin tocarse más que en el centro, de modo que en el intervalo de cada línea podría inscribirse un círculo. A esto no llega la imaginación, que falla aún más que los ojos, por donde han entrado en el alma; por tanto, cosa manifiesta es que las imágenes de la fantasía difieren grandemente de la verdad y que aquélla es objeto de visión sensible y ésta no.

 

36. Todo esto se tratará más copiosa y sutilmente cuando discurramos acerca de la inteligencia, empeño que hemos acometido y se realizará cuando queden discutidos y declarados los temas que nos atraen acerca de la vida del alma. Pues tengo para mí que te causaría grande pena que la muerte humana, aun sin acabar con el alma, la redujese al olvido de todas las cosas y hasta de la verdad que hemos averiguado.

 

A.– No se puede ponderar bastante lo temible de ese mal. Porque ¿cuál sería la vida eterna o qué muerte no habría de preferirse a ella, si allí se vive como el alma, por ejemplo, de un recién nacido, para no hablar de la vida uterina, pues también hay vida allí?

 

R.– Anímate; Dios nos asistirá, como ya lo experimentamos, a quienes buscamos y promete después de la muerte corporal un reposo beatísimo y la posesión completa de la verdad sin engaño.

 

A.– Cúmplase nuestra esperanza.