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Obras completas de San Francisco de Asís

 

Índice:

Admoniciones

Alabanzas del Dios Altísimo

Alabanzas en todas las Horas

Audite, Poverelle

Bendición a fray Bernardo

Benedición a fray León

Cántico del Hermano Sol

Carta a San Antonio

Carta a las Autoridades

Carta a los Clerigos I

Carta a los Clerigos II

Carta a los Custodios I

Carta a los Custodios II

Carta a los Fieles I

Carta a los Fieles II

Carta a fray León

Carta a un Ministro

Carta a toda la orden

Exhortacion a la Alabanza de Dios

Exposición del Padre nuestro

Forma de Vida de Santa Clara

Oficio de la Pasión del Señor

Oración ante el Crucifijo

Regla Bulada

Regla no Bulada

Regla para los Eremitorios

Saludo a la B. Virgen María

Saludo a las Virtudes

Testamento

Testamento de Siena

Última Voluntad a Santa Clara

Verdadera Alegría

 

A D M O N I C I O N E S [Adm]

Cap. I: Del cuerpo del Señor

1Dice el Señor Jesús a sus discípulos: Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie

va al Padre sino por mí. 2Si me conocierais a mí, ciertamente conoceríais también a mi

Padre; y desde ahora lo conoceréis y lo habéis visto. 3Le dice Felipe: Señor, muéstranos

al Padre y nos basta. 4Le dice Jesús: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no

me habéis conocido? Felipe, el que me ve a mí, ve también a mi Padre (Jn 14,6-9). 5El

Padre habita en una luz inaccesible (cf. 1 Tim 6,16), y Dios es espíritu (Jn 4,24), y a

Dios nadie lo ha visto jamás (Jn 1,18). 6Por eso no puede ser visto sino en el espíritu,

porque el espíritu es el que vivifica; la carne no aprovecha para nada (Jn 6,64). 7Pero ni

el Hijo, en lo que es igual al Padre, es visto por nadie de otra manera que el Padre, de otra

manera que el Espíritu Santo. 8De donde todos los que vieron al Señor Jesús según la

humanidad, y no vieron y creyeron según el espíritu y la divinidad que él era el

verdadero Hijo de Dios, se condenaron. 9Así también ahora, todos los que ven el

sacramento, que se consagra por las palabras del Señor sobre el altar por mano del

sacerdote en forma de pan y vino, y no ven y creen, según el espíritu y la divinidad, que

sea verdaderamente el santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, se

condenan, 10como lo atestigua el mismo Altísimo, que dice: Esto es mi cuerpo y mi

sangre del nuevo testamento, [que será derramada por muchos] (cf. Mc 14,22.24); 11y:

Quien come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna (cf. Jn 6,55). 12De donde el

espíritu del Señor, que habita en sus fieles, es el que recibe el santísimo cuerpo y sangre

del Señor. 13Todos los otros que no participan del mismo espíritu y se atreven a

recibirlo, comen y beben su condenación (cf. 1 Cor 11,29).

14De donde: Hijos de los hombres, ¿hasta cuándo seréis de pesado corazón? (Sal

4,3). 15¿Por qué no reconocéis la verdad y creéis en el Hijo de Dios? (cf. Jn 9,35).

16Ved que diariamente se humilla (cf. Fil 2,8), como cuando desde el trono real (Sab

18,15) vino al útero de la Virgen; 17diariamente viene a nosotros él mismo apareciendo

humilde; 18diariamente desciende del seno del Padre (cf. Jn 1,18) sobre el altar en las

manos del sacerdote. 19Y como se mostró a los santos apóstoles en carne verdadera, así

también ahora se nos muestra a nosotros en el pan sagrado. 20Y como ellos, con la

mirada de su carne, sólo veían la carne de él, pero, contemplándolo con ojos espirituales,

creían que él era Dios, 21así también nosotros, viendo el pan y el vino con los ojos

corporales, veamos y creamos firmemente que es su santísimo cuerpo y sangre vivo y

verdadero. 22Y de este modo siempre está el Señor con sus fieles, como él mismo dice:

Ved que yo estoy con vosotros hasta la consumación del siglo (cf. Mt 28,20).

Cap. II: Del mal de la propia voluntad

1Dijo el Señor a Adán: Come de todo árbol, pero del árbol de la ciencia del bien y

del mal no comas (cf. Gén 2,16.17). 2Podía comer de todo árbol del paraíso, porque,

mientras no contravino a la obediencia, no pecó. 3Come, en efecto, del árbol de la ciencia

del bien, aquel que se apropia su voluntad y se enaltece del bien que el Señor dice y obra

en él; 4y así, por la sugestión del diablo y la transgresión del mandamiento, vino a ser la

manzana de la ciencia del mal. 5De donde es necesario que sufra la pena.

Cap. III: De la perfecta obediencia

1Dice el Señor en el Evangelio: El que no renuncie a todo lo que posee, no puede

ser discípulo mío (Lc 14,33); 2y: El que quiera salvar su vida, la perderá (Lc 9,24). 3Deja

todo lo que posee y pierde su cuerpo el hombre que se ofrece a sí mismo todo entero a la

obediencia en manos de su prelado. 4Y todo lo que hace y dice que él sepa que no es

contra la voluntad del prelado, mientras sea bueno lo que hace, es verdadera obediencia.

5Y si alguna vez el súbdito ve cosas mejores y más útiles para su alma que aquellas que

le ordena el prelado, sacrifique voluntariamente sus cosas a Dios, y aplíquese en cambio

a cumplir con obras las cosas que son del prelado. 6Pues ésta es la obediencia caritativa

(cf. 1 Pe 1,22), porque satisface a Dios y al prójimo.

7Pero si el prelado le ordena algo que sea contra su alma, aunque no le obedezca,

sin embargo no lo abandone. 8Y si a causa de eso sufriera la persecución de algunos,

ámelos más por Dios. 9Pues quien sufre la persecución antes que querer separarse de

sus hermanos, verdaderamente permanece en la perfecta obediencia, porque da su vida

(cf. Jn 15,13) por sus hermanos. 10Pues hay muchos religiosos que, so pretexto de que

ven cosas mejores que las que les ordenan sus prelados, miran atrás (cf. Lc 9,62) y

vuelven al vómito de la propia voluntad (cf. Prov 26,11; 2 Pe 2,22); 11éstos son

homicidas y, a causa de sus malos ejemplos, hacen que se pierdan muchas almas.

Cap. IV: Que nadie se apropie la prelacía

1No he venido a ser servido, sino a servir, dice el Señor (cf. Mt 20,28). 2Aquellos

que han sido constituidos sobre los otros, gloríense de esa prelacía tanto, cuanto si

hubiesen sido destinados al oficio de lavar los pies a los hermanos. 3Y cuanto más se

turban por la pérdida de la prelacía que por la pérdida del oficio de lavar los pies, tanto

más acumulan en la bolsa para peligro de su alma (cf. Jn 12,6).

Cap. V: Que nadie se ensoberbezca, sino que se gloríe en la cruz del Señor

1Considera, oh hombre, en cuán grande excelencia te ha puesto el Señor Dios,

porque te creó y formó a imagen de su amado Hijo según el cuerpo, y a su semejanza (cf.

Gén 1,26) según el espíritu. 2Y todas las criaturas que hay bajo el cielo, de por sí, sirven,

conocen y obedecen a su Creador mejor que tú. 3Y aun los demonios no lo crucificaron,

sino que tú, con ellos, lo crucificaste y todavía lo crucificas deleitándote en vicios y

pecados. 4¿De qué, por consiguiente, puedes gloriarte? 5Pues, aunque fueras tan sutil y

sabio que tuvieras toda la ciencia (cf. 1 Cor 13,2) y supieras interpretar todo género de

lenguas (cf. 1 Cor 12,28) e investigar sutilmente las cosas celestiales, de ninguna de estas

cosas puedes gloriarte; 6porque un solo demonio supo de las cosas celestiales y ahora

sabe de las terrenas más que todos los hombres, aunque hubiera alguno que hubiese

recibido del Señor un conocimiento especial de la suma sabiduría. 7De igual manera,

aunque fueras más hermoso y más rico que todos, y aunque también hicieras maravillas,

de modo que ahuyentaras a los demonios, todas estas cosas te son contrarias, y nada te

pertenece, y no puedes en absoluto gloriarte en ellas; 8por el contrario, en esto podemos

gloriarnos: en nuestras enfermedades (cf. 2 Cor 12,5) y en llevar a cuestas a diario la

santa cruz de nuestro Señor Jesucristo (cf. Lc 14,27).

Cap. VI: De la imitación del Señor

1Consideremos todos los hermanos al buen pastor, que por salvar a sus ovejas

sufrió la pasión de la cruz. 2Las ovejas del Señor le siguieron en la tribulación y la

persecución, en la vergüenza y el hambre, en la enfermedad y la tentación, y en las

demás cosas; y por esto recibieron del Señor la vida sempiterna. 3De donde es una gran

vergüenza para nosotros, siervos de Dios, que los santos hicieron las obras y nosotros,

recitándolas, queremos recibir gloria y honor.

Cap. VII: Que el buen obrar siga a la ciencia

1Dice el Apóstol: La letra mata, pero el espíritu vivifica (2 Cor 3,6). 2Son

matados por la letra aquellos que únicamente desean saber las palabras solas, para ser

tenidos por más sabios entre los otros y poder adquirir grandes riquezas que dar a

consanguíneos y amigos. 3Y son matados por la letra aquellos religiosos que no quieren

seguir el espíritu de la divina letra, sino que desean más bien saber únicamente las

palabras e interpretarlas para los otros. 4Y son vivificados por el espíritu de la divina

letra aquellos que no atribuyen al cuerpo toda la letra que saben y desean saber, sino

que, con la palabra y el ejemplo, la devuelven al altísimo Señor Dios, de quien es todo

bien.

Cap. VIII: Del pecado de envidia, que se ha de evitar

1Dice el Apóstol: Nadie puede decir: Señor Jesús, sino en el Espíritu Santo (1 Cor

12,3); 2y: No hay quien haga el bien, no hay ni siquiera uno (Rom 3,12). 3Por

consiguiente, todo el que envidia a su hermano por el bien que el Señor dice y hace en él,

incurre en el pecado de blasfemia, porque envidia al mismo Altísimo (cf. Mt 20,15), que

dice y hace todo bien.

Cap. IX: Del amor

1Dice el Señor: Amad a vuestros enemigos, [haced el bien a los que os odian, y

orad por los que os persiguen y calumnian] (Mt 5,44). 2En efecto, ama de verdad a su

enemigo aquel que no se duele de la injuria que le hace, 3sino que, por amor de Dios, se

consume por el pecado del alma de su enemigo. 4Y muéstrele su amor con obras.

Cap. X: Del castigo del cuerpo

1Hay muchos que, cuando pecan o reciben una injuria, con frecuencia acusan al

enemigo o al prójimo. 2Pero no es así, porque cada uno tiene en su poder al enemigo, es

decir, al cuerpo, por medio del cual peca. 3Por eso, bienaventurado aquel siervo (Mt

24,46) que tiene siempre cautivo a tal enemigo entregado en su poder, y se guarda

sabiamente de él; 4porque, mientras haga esto, ningún otro enemigo, visible o invisible,

podrá dañarle.

Cap. XI: Que nadie se altere por el pecado de otro

1Al siervo de Dios nada debe desagradarle, excepto el pecado. 2Y de cualquier

modo que una persona peque, si por esto el siervo de Dios se turba y se encoleriza, y no

por caridad, atesora para sí una culpa (cf. Rom 2,5). 3El siervo de Dios que no se

encoleriza ni se conturba por cosa alguna, vive rectamente sin propio. 4Y

bienaventurado aquel que no retiene nada para sí, devolviendo al César lo que es del

César, y a Dios lo que es de Dios (Mt 22,21).

Cap. XII: De cómo conocer el espíritu del Señor

1Así se puede conocer si el siervo de Dios tiene el espíritu del Señor: 2si, cuando

el Señor obra por medio de él algún bien, no por eso su carne se exalta, porque siempre

es contraria a todo lo bueno, 3sino que, más bien, se tiene por más vil ante sus propios

ojos y se estima menor que todos los otros hombres.

Cap. XIII: De la paciencia

1Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios (Mt 5,9). El

siervo de Dios no puede conocer cuánta paciencia y humildad tiene en sí, mientras todo

le suceda a su satisfacción. 2Pero cuando venga el tiempo en que aquellos que deberían

causarle satisfacción, le hagan lo contrario, cuanta paciencia y humildad tenga entonces,

tanta tiene y no más.

Cap. XIV: De la pobreza de espíritu

1Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos

(Mt 5,3). 2Hay muchos que, perseverando en oraciones y oficios, hacen muchas

abstinencias y mortificaciones corporales, 3pero, por una sola palabra que les parezca

injuriosa para sus cuerpos o por alguna cosa que se les quite, escandalizados enseguida

se perturban. 4Estos no son pobres de espíritu, porque quien es de verdad pobre de

espíritu, se odia a sí mismo y ama a aquellos que lo golpean en la mejilla (cf. Mt 5,39).

Cap. XV: De la paz

1Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios (Mt 5,9).

2Son verdaderamente pacíficos aquellos que, con todo lo que padecen en este siglo, por

el amor de nuestro Señor Jesucristo, conservan la paz en el alma y en el cuerpo.

Cap. XVI: De la limpieza del corazón

1Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt 5,8).

2Son verdaderamente limpios de corazón quienes desprecian las cosas terrenas, buscan

las celestiales y no dejan nunca de adorar y ver, con corazón y alma limpios, al Señor

Dios vivo y verdadero.

Cap. XVII: Del humilde siervo de Dios

1Bienaventurado aquel siervo (Mt 24,46) que no se exalta más del bien que el

Señor dice y obra por medio de él, que del que dice y obra por medio de otro. 2Peca el

hombre que quiere recibir de su prójimo más de lo que él no quiere dar de sí al Señor

Dios.

Cap. XVIII: De la compasión del prójimo

1Bienaventurado el hombre que soporta a su prójimo según su fragilidad en

aquello en que querría ser soportado por él, si estuviera en un caso semejante (Gál 6,2;

Mt 7,12). 2Bienaventurado el siervo que devuelve todos los bienes al Señor Dios,

porque quien retiene algo para sí, esconde en sí el dinero de su Señor Dios (Mt 25,18), y

lo que creía tener se le quitará (Lc 8,18).

Cap. XIX: Del humilde siervo de Dios

1Bienaventurado el siervo que no se tiene por mejor cuando es engrandecido y

exaltado por los hombres, que cuando es tenido por vil, simple y despreciado, 2porque

cuanto es el hombre delante de Dios, tanto es y no más. 3¡Ay de aquel religioso que ha

sido puesto en lo alto por los otros, y por su voluntad no quiere descender! 4Y

bienaventurado aquel siervo (Mt 24,46) que no es puesto en lo alto por su voluntad, y

siempre desea estar bajo los pies de los otros.

Cap. XX: Del religioso bueno y del religioso vano

1Bienaventurado aquel religioso que no encuentra placer y alegría sino en las

santísimas palabras y obras del Señor, 2y con ellas conduce a los hombres al amor de

Dios con gozo y alegría (cf. Sal 50,10). 3¡Ay de aquel religioso que se deleita en las

palabras ociosas y vanas y con ellas conduce a los hombres a la risa!

Cap. XXI: Del religioso frívolo y locuaz

1Bienaventurado el siervo que, cuando habla, no manifiesta todas sus cosas con

miras a la recompensa, y no es ligero para hablar (cf. Prov 29,20), sino que prevé

sabiamente lo que debe hablar y responder. 2¡Ay de aquel religioso que no guarda en su

corazón los bienes que el Señor le muestra (cf. Lc 2,19.51) y no los muestra a los otros

con obras, sino que, con miras a la recompensa, ansía más bien mostrarlos a los hombres

con palabras! 3Él recibe su recompensa (cf. Mt 6,2.16), y los oyentes sacan poco fruto.

Cap. XXII: De la corrección

1Bienaventurado el siervo que soporta tan pacientemente la advertencia, acusación

y reprensión que procede de otro, como si procediera de sí mismo. 2Bienaventurado el

siervo que, reprendido, benignamente asiente, con vergüenza se somete, humildemente

confiesa y gozosamente satisface. 3Bienaventurado el siervo que no es ligero para

excusarse, sino que humildemente soporta la vergüenza y la reprensión de un pecado,

cuando no incurrió en culpa.

Cap. XXIII: De la humildad

1Bienaventurado el siervo a quien se encuentra tan humilde entre sus súbditos,

como si estuviera entre sus señores. 2Bienaventurado el siervo que permanece siempre

bajo la vara de la corrección. 3Es siervo fiel y prudente (cf. Mt 24,45) el que, en todas

sus ofensas, no tarda en castigarse interiormente por la contrición y exteriormente por la

confesión y la satisfacción de obra.

Cap. XXIV: Del verdadero amor

Bienaventurado el siervo que ama tanto a su hermano cuando está enfermo, que no

puede recompensarle, como cuando está sano, que puede recompensarle.

Cap. XXV: De nuevo sobre lo mismo

Bienaventurado el siervo que ama y respeta tanto a su hermano cuando está lejos

de él, como cuando está con él, y no dice nada detrás de él, que no pueda decir con

caridad delante de él.

Cap. XXVI: Que los siervos de Dios honren a los clérigos

1Bienaventurado el siervo que tiene fe en los clérigos que viven rectamente según

la forma de la Iglesia Romana. 2Y ¡ay de aquellos que los desprecian!; pues, aunque sean

pecadores, nadie, sin embargo, debe juzgarlos, porque solo el Señor en persona se

reserva el juzgarlos. 3Pues cuanto mayor es el ministerio que ellos tienen del santísimo

cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, que ellos reciben y ellos solos administran

a los demás, 4tanto más pecado tienen los que pecan contra ellos, que los que pecan

contra todos los demás hombres de este mundo.

Cap. XXVII: De la virtud que ahuyenta al vicio

1Donde hay caridad y sabiduría, allí no hay temor ni ignorancia.

2Donde hay paciencia y humildad, allí no hay ira ni perturbación.

3Donde hay pobreza con alegría, allí no hay codicia ni avaricia.

4Donde hay quietud y meditación, allí no hay preocupación ni vagancia.

5Donde está el temor de Dios para custodiar su atrio (cf. Lc 11,21), allí el enemigo

no puede tener un lugar para entrar.

6Donde hay misericordia y discreción, allí no hay superfluidad ni endurecimiento.

Cap. XXVIII: Hay que esconder el bien para que no se pierda

1

1Bienaventurado el siervo que atesora en el cielo (cf. Mt 6,20) los bienes que el

Señor le muestra, y no ansía manifestarlos a los hombres con la mira puesta en la

recompensa, 2porque el Altísimo en persona manifestará sus obras a todos aquellos a

quienes le plazca. 3Bienaventurado el siervo que guarda en su corazón los secretos del

Señor (cf. Lc 2,19.51).

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ALABANZAS DEL DIOS ALTÍSIMO [AlD]

1Tú eres santo, Señor Dios único, que haces maravillas (Sal 76,15). 2Tú eres

fuerte, tú eres grande (cf. Sal 85,10), tú eres altísimo, tú eres rey omnipotente, tú, Padre

santo (Jn 17,11), rey del cielo y de la tierra (cf. Mt 11,25). 3Tú eres trino y uno, Señor

Dios de dioses (cf. Sal 135,2), tú eres el bien, todo el bien, el sumo bien, Señor Dios vivo

y verdadero (cf. 1 Tes 1,9). 4Tú eres amor, caridad; tú eres sabiduría, tú eres humildad,

tú eres paciencia (Sal 70,5), tú eres belleza, tú eres mansedumbre, tú eres seguridad, tú

eres quietud, tú eres gozo, tú eres nuestra esperanza y alegría, tú eres justicia, tú eres

templanza, tú eres toda nuestra riqueza a satisfacción. 5Tú eres belleza, tú eres

mansedumbre; tú eres protector (Sal 30,5), tú eres custodio y defensor nuestro; tú eres

fortaleza (cf. Sal 42,2), tú eres refrigerio. 6Tú eres esperanza nuestra, tú eres fe nuestra,

tú eres caridad nuestra, tú eres toda dulzura nuestra, tú eres vida eterna nuestra: Grande

y admirable Señor, Dios omnipotente, misericordioso Salvador.

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ALABANZAS QUE SE HAN DE DECIR EN TODAS LAS HORAS [ALHOR]

1Santo, santo, santo Señor Dios omnipotente, el que es y el que era y el que ha de

venir (cf. Ap 4,8):

Y alabémoslo y ensalcémoslo por los siglos.

2Digno eres, Señor Dios nuestro, de recibir la alabanza, la gloria y el honor y la

bendición (cf. Ap 4,11):

Y alabémoslo y ensalcémoslo por los siglos.

3Digno es el cordero, que ha sido degollado, de recibir el poder y la divinidad y la

sabiduría y la fortaleza y el honor y la gloria y la bendición (Ap 5,12):

Y alabémoslo y ensalcémoslo por los siglos.

4Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo:

Y alabémoslo y ensalcémoslo por los siglos.

5Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor (Dan 3,57):

Y alabémoslo y ensalcémoslo por los siglos.

6Alabad a nuestro Dios, todos sus siervos y los que teméis a Dios, pequeños y

grandes (cf. Ap 19,5):

Y alabémoslo y ensalcémoslo por los siglos.

7Los cielos y la tierra alábenlo a él que es glorioso (cf. Sal 68,35; Sal Rom):

Y alabémoslo y ensalcémoslo por los siglos.

8Y toda criatura que hay en el cielo y sobre la tierra, y las que hay debajo de la

tierra y del mar, y las que hay en él (cf. Ap 5,13):

Y alabémoslo y ensalcémoslo por los siglos.

9Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo:

Y alabémoslo y ensalcémoslo por los siglos.

10Como era en el principio y ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

Amén.

Y alabémoslo y ensalcémoslo por los siglos.

11Oración: Omnipotente, santísimo, altísimo y sumo Dios, todo bien, sumo bien,

total bien, que eres el solo bueno (cf. Lc 18,19), a ti te ofrezcamos toda alabanza, toda

gloria, toda gracia, todo honor, toda bendición y todos los bienes. Hágase. Hágase.

Amén.

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"AUDITE": CANTO DE EXHORTACIÓN PARA LAS DAMAS POBRES DE

SAN DAMIÁN [AUDITE]

1Escuchad, pobrecillas, por el Señor llamadas,

que de muchas partes y provincias habéis sido congregadas:

vivid siempre en la verdad,

que en obediencia muráis.

2No miréis a la vida de fuera,

porque la del espíritu es mejor.

Yo os ruego con gran amor

que tengáis discreción de las limosnas que os da el Señor.

3Las que están por enfermedad gravadas

y las otras que por ellas están fatigadas,

unas y otras soportadlo en paz,

4porque muy cara venderéis esta fatiga,

porque cada una será reina en el cielo coronada

con la Virgen María.

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BENDICIÓN A Fr. BERNARDO [BenBer]

1Escribe como te digo: 2El primer hermano que me dio el Señor fue fray Bernardo,

y él fue el que primero comenzó y cumplió perfectísimamente la perfección del santo

Evangelio distribuyendo todos sus bienes a los pobres; 3por lo cual y por otras muchas

prerrogativas, estoy obligado a amarlo más que a ningún otro hermano de toda la

Religión. 4Por eso, quiero y mando, como puedo, que, quienquiera que sea ministro

general, lo ame y honre como a mí mismo, 5y que también los otros ministros

provinciales y los hermanos de toda la Religión lo tengan en vez de mí.

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BENDICIÓN A Fr. LEÓN (BenL)

1El Señor te bendiga y te guarde; te muestre su faz y tenga misericordia de ti.

2Vuelva su rostro a ti y te dé la paz (Núm 6,24-26). 3El Señor te bendiga, hermano León

(cf. Núm 6,27b).

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CÁNTICO DEL HERMANO SOL [Cánt]

o

ALABANZAS DE LAS CRIATURAS

1Altísimo, omnipotente, buen Señor,

tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor y toda bendición.

2A ti solo, Altísimo, corresponden,

y ningún hombre es digno de hacer de ti mención.

3Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas,

especialmente el señor hermano sol,

el cual es día, y por el cual nos alumbras.

4Y él es bello y radiante con gran esplendor,

de ti, Altísimo, lleva significación.

5Loado seas, mi Señor, por la hermana luna y las estrellas,

en el cielo las has formado luminosas y preciosas y bellas.

6Loado seas, mi Señor, por el hermano viento,

y por el aire y el nublado y el sereno y todo tiempo,

por el cual a tus criaturas das sustento.

7Loado seas, mi Señor, por la hermana agua,

la cual es muy útil y humilde y preciosa y casta.

8Loado seas, mi Señor, por el hermano fuego,

por el cual alumbras la noche,

y él es bello y alegre y robusto y fuerte.

9Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la madre tierra,

la cual nos sustenta y gobierna,

y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba.

10Loado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor,

y soportan enfermedad y tribulación.

11Bienaventurados aquellos que las soporten en paz,

porque por ti, Altísimo, coronados serán.

12Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal,

de la cual ningún hombre viviente puede escapar.

13¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal!:

bienaventurados aquellos a quienes encuentre en tu santísima voluntad,

porque la muerte segunda no les hará mal.

14Load y bendecid a mi Señor,

y dadle gracias y servidle con gran humildad.

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CARTA A SAN ANTONIO [CtaAnt]

1A fray Antonio, mi obispo, el hermano Francisco, salud. 2Me agrada que enseñes

sagrada teología a los hermanos, con tal que, en el estudio de la misma, no apagues el

espíritu de oración y devoción, como se contiene en la Regla.

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CARTA A LAS AUTORIDADES DE LOS PUEBLOS [CtaA]

1A todos los "podestà" y cónsules, jueces y gobernantes de toda la tierra y a

todos los demás a quienes lleguen estas letras, el hermano Francisco, vuestro pequeñuelo

y despreciable siervo en el Señor Dios, os desea a todos vosotros salud y paz.

2Considerad y ved que el día de la muerte se aproxima (cf. Gén 47,29). 3Os ruego,

por tanto, con la reverencia que puedo, que no echéis en olvido al Señor ni os apartéis de

sus mandamientos a causa de los cuidados y preocupaciones de este siglo que tenéis,

porque todos aquellos que lo echan al olvido y se apartan de sus mandamientos, son

malditos (cf. Sal 118,21), y serán echados por él al olvido (Ez 33,13). 4Y cuando llegue

el día de la muerte, todo lo que creían tener, se les quitará (cf. Lc 8,18). 5Y cuanto más

sabios y poderosos hayan sido en este siglo, tanto mayores tormentos sufrirán en el

infierno (cf. Sab 6,7). 6Por lo que os aconsejo firmemente, como a señores míos, que,

habiendo pospuesto todo cuidado y preocupación, recibáis benignamente el santísimo

cuerpo y la santísima sangre de nuestro Señor Jesucristo en santa memoria suya. 7Y

tributad al Señor tanto honor en medio del pueblo que os ha sido encomendado, que cada

tarde se anuncie por medio de pregonero o por medio de otra señal, que se rindan

alabanzas y gracias por el pueblo entero al Señor Dios omnipotente. 8Y si no hacéis

esto, sabed que tendréis que dar cuenta ante el Señor Dios vuestro, Jesucristo, en el día

del juicio (cf. Mt 12,36).

9Los que guarden consigo este escrito y lo observen, sepan que son benditos del

Señor Dios.

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CARTA A LOS CLÉRIGOS I [CtaCle1]

Primera redacción

1Consideremos todos los clérigos el gran pecado e ignorancia que tienen algunos

acerca del santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, y de sus sacratísimos

nombres, y de sus palabras escritas que consagran el cuerpo. 2Sabemos que no puede

existir el cuerpo, si antes no es consagrado por la palabra. 3Nada, en efecto, tenemos ni

vemos corporalmente en este siglo del Altísimo mismo, sino el cuerpo y la sangre, los

nombres y las palabras, por las cuales hemos sido hechos y redimidos de la muerte a la

vida (1 Jn 3,14). 4Por consiguiente, todos aquellos que administran tan santísimos

misterios, y sobre todo quienes los administran indebidamente, consideren en su interior

cuán viles son los cálices, los corporales y los manteles donde se sacrifica el cuerpo y la

sangre del mismo. 5Y hay muchos que lo colocan y lo abandonan en lugares viles, lo

llevan miserablemente, y lo reciben indignamente, y lo administran a los demás sin

discernimiento. 6Asimismo, sus nombres y sus palabras escritas son a veces hollados

con los pies; 7porque el hombre animal no percibe las cosas que son de Dios (1 Cor

2,14). 8¿No nos mueven a piedad todas estas cosas, siendo así que el mismo piadoso

Señor se entrega en nuestras manos, y lo tocamos y tomamos diariamente por nuestra

boca? 9¿Acaso ignoramos que tenemos que caer en sus manos? 10Por consiguiente,

enmendémonos de todas estas cosas y de otras pronta y firmemente; 11y dondequiera

que estuviese indebidamente colocado y abandonado el santísimo cuerpo de nuestro

Señor Jesucristo, que se retire de aquel lugar y que se ponga en un lugar precioso y que

se cierre. 12Del mismo modo, dondequiera que se encuentren los nombres y las palabras

escritas del Señor en lugares inmundos, que se recojan y se coloquen en lugar decoroso.

13Todos los clérigos están obligados por encima de todo a observar todas estas cosas

hasta el fin. 14Y los que no lo hagan, sepan que tendrán que dar cuenta ante nuestro

Señor Jesucristo en el día del juicio (cf. Mt 12,36). 15Quienes hagan copiar este escrito,

para que sea mejor observado, sepan que son benditos del Señor Dios.

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CARTA A LOS CLÉRIGOS II [CtaCle2]

Segunda redacción

1Consideremos todos los clérigos el gran pecado e ignorancia que tienen algunos

acerca del santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, y de sus sacratísimos

nombres, y de sus palabras escritas que consagran el cuerpo. 2Sabemos que no puede

existir el cuerpo, si antes no es consagrado por la palabra. 3Nada, en efecto, tenemos ni

vemos corporalmente en este siglo del Altísimo mismo, sino el cuerpo y la sangre, los

nombres y las palabras, por las cuales hemos sido hechos y redimidos de la muerte a la

vida (1 Jn 3,14). 4Por consiguiente, todos aquellos que administran tan santísimos

ministerios, y sobre todo quienes los administran sin discernimiento, consideren en su

interior cuán viles son los cálices, los corporales y los manteles donde se sacrifica el

cuerpo y la sangre de nuestro Señor. 5Y hay muchos que lo abandonan en lugares viles,

lo llevan miserablemente, y lo reciben indignamente, y lo administran a los demás sin

discernimiento. 6Asimismo, sus nombres y sus palabras escritas son a veces hollados

con los pies; 7porque el hombre animal no percibe las cosas que son de Dios (1 Cor

2,14). 8¿No nos mueven a piedad todas estas cosas, siendo así que el mismo piadoso

Señor se entrega en nuestras manos, y lo tocamos y tomamos diariamente por nuestra

boca? 9¿Acaso ignoramos que tenemos que caer en sus manos? 10Por consiguiente,

enmendémonos de todas estas cosas y de otras pronta y firmemente; 11y dondequiera

que estuviese indebidamente colocado y abandonado el santísimo cuerpo de nuestro

Señor Jesucristo, que se retire de aquel lugar y que se ponga en un lugar precioso y que

se cierre. 12Del mismo modo, dondequiera que se encuentren los nombres y las palabras

escritas del Señor en lugares inmundos, que se recojan y se coloquen en un lugar

decoroso. 13Y sabemos que estamos obligados por encima de todo a observar todas

estas cosas según los preceptos del Señor y las constituciones de la santa madre Iglesia.

14Y el que no lo haga, sepa que tendrá que dar cuenta ante nuestro Señor Jesucristo en el

día del juicio (cf. Mt 12,36). 15Quienes hagan copiar este escrito, para que sea mejor

observado, sepan que son benditos del Señor Dios.

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CARTA A LOS CUSTODIOS I [CtaCus1]

1A todos los custodios de los hermanos menores a quienes lleguen estas letras, el

hermano Francisco, vuestro siervo y pequeñuelo en el Señor Dios, os desea salud con los

nuevos signos del cielo y de la tierra, que son grandes y muy excelentes ante Dios, pero

que son estimados en muy poco por muchos religiosos y por otros hombres.

2Os ruego, más que si se tratara de mí mismo, que, cuando os parezca bien y veáis

que conviene, supliquéis humildemente a los clérigos que veneren sobre todas las cosas

el santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo y sus santos nombres y sus

palabras escritas que consagran el cuerpo. 3Los cálices, los corporales, los ornamentos

del altar y todo lo que concierne al sacrificio, deben tenerlos preciosos. 4Y si el

santísimo cuerpo del Señor estuviera colocado en algún lugar paupérrimamente, que ellos

lo pongan y lo cierren en un lugar precioso según el mandato de la Iglesia, que lo lleven

con gran veneración y que lo administren a los otros con discernimiento. 5También los

nombres y las palabras escritas del Señor, dondequiera que se encuentren en lugares

inmundos, que se recojan y que se coloquen en un lugar decoroso. 6Y en toda

predicación que hagáis, recordad al pueblo la penitencia y que nadie puede salvarse, sino

quien recibe el santísimo cuerpo y sangre del Señor (cf. Jn 6,54). 7Y cuando es

consagrado por el sacerdote sobre el altar y cuando es llevado a alguna parte, que todas

las gentes, de rodillas, rindan alabanzas, gloria y honor al Señor Dios vivo y verdadero.

8Y que de tal modo anunciéis y prediquéis a todas las gentes su alabanza, que, a toda

hora y cuando suenan las campanas, siempre se tributen por el pueblo entero alabanzas

y gracias al Dios omnipotente por toda la tierra.

9Y sepan que tienen la bendición del Señor Dios y la mía todos mis hermanos

custodios a los que llegue este escrito y lo copien y lo tengan consigo, y lo hagan copiar

para los hermanos que tienen el oficio de la predicación y la custodia de los hermanos, y

prediquen hasta el fin todo lo que se contiene en este escrito. 10Y que esto sea para ellos

como verdadera y santa obediencia. Amén.

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CARTA A LOS CUSTODIOS II [CtaCus2]

1A todos los custodios de los hermanos menores a quienes lleguen estas letras, el

hermano Francisco, el más pequeño de los siervos de Dios, os desea salud y santa paz

en el Señor.

2Sabed que a los ojos de Dios hay algunas cosas extremadamente altas y sublimes,

que a veces son estimadas entre los hombres como viles y abyectas; 3y otras, que ante

Dios son tenidas como vilísimas y abyectas, son apreciadas y extraordinarias entre los

hombres. 4Os ruego ante el Señor Dios nuestro, cuanto puedo, que deis a los obispos y

a los otros clérigos las letras que tratan del santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor;

5y que retengáis en la memoria lo que os recomendamos acerca de esto. 6De las otras

letras que os envío para que las deis a los "podestà", cónsules y gobernadores, y en las

que se contiene que se publiquen por pueblos y plazas las alabanzas de Dios, haced en

seguida muchas copias, 7y con gran diligencia ofrecédselas a aquellos a quienes deban

darse.

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CARTA A LOS FIELES I [CtaF1]

(Primera redacción)

(Exhortación a los hermanos y hermanas de la penitencia)

¡En el nombre del Señor!

Cap. I: De aquellos que hacen penitencia

1Todos los que aman al Señor con todo el corazón, con toda el alma y con toda la

mente, con todas las fuerzas, y aman a sus prójimos como a sí mismos (cf. Mt 22,37.39;

Mc 12,30), 2y odian a sus cuerpos con sus vicios y pecados, 3y reciben el cuerpo y la

sangre de nuestro Señor Jesucristo, 4y hacen frutos dignos de penitencia: 5¡Oh cuán

bienaventurados y benditos son ellos y ellas, mientras hacen tales cosas y en tales cosas

perseveran!, 6porque descansará sobre ellos el espíritu del Señor (cf. Is 11,2) y hará en

ellos habitación y morada (cf. Jn 14,23), 7y son hijos del Padre celestial (cf. Mt 5,45),

cuyas obras hacen, y son esposos, hermanos y madres de nuestro Señor Jesucristo (cf.

Mt 12,50). 8Somos esposos cuando, por el Espíritu Santo, el alma fiel se une a nuestro

Señor Jesucristo. 9Somos para él hermanos cuando hacemos la voluntad del Padre que

está en los cielos (Mt 12,50); 10madres, cuando lo llevamos en nuestro corazón y en

nuestro cuerpo (cf. 1 Cor 6,20), por el amor divino y por una conciencia pura y sincera;

y lo damos a luz por medio de obras santas, que deben iluminar a los otros como

ejemplo (cf. Mt 5,16). 11¡Oh cuán glorioso, santo y grande es tener un Padre en los

cielos! 12¡Oh cuán santo, consolador, bello y admirable, tener un tal esposo! 13¡Oh

cuán santo y cuán amado, placentero, humilde, pacífico, dulce, amable y sobre todas las

cosas deseable, tener un tal hermano y un tal hijo: Nuestro Señor Jesucristo!, quien dio

la vida por sus ovejas (cf. Jn 10,15) y oró al Padre diciendo:

14Padre santo, guarda en tu nombre a los que me has dado en el mundo; tuyos

eran y tú me los has dado (Jn 17,11 y 6). 15Y las palabras que tú me diste, se las he

dado a ellos, y ellos las han recibido y han creído de verdad que salí de ti, y han conocido

que tú me has enviado (Jn 17,8). 16Ruego por ellos y no por el mundo (cf. Jn 17,9).

17Bendícelos y santifícalos, y por ellos me santificó a mí mismo (Jn 17,17.19). 18No

ruego sólo por ellos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, han de

creer en mí (Jn 17,20), para que sean santificados en la unidad (cf. Jn 17,23), como

nosotros (Jn 17,11). 19Y quiero, Padre, que, donde yo esté, estén también ellos

conmigo, para que vean mi gloria (Jn 17,24) en tu reino (Mt 20,21). Amén.

Cap. II: De aquellos que no hacen penitencia

1Pero todos aquellos y aquellas que no viven en penitencia, 2y no reciben el

cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo, 3y se dedican a vicios y pecados, y que

andan tras la mala concupiscencia y los malos deseos de su carne, 4y no guardan lo que

prometieron al Señor, 5y sirven corporalmente al mundo con los deseos carnales y las

preocupaciones del siglo y los cuidados de esta vida: 6Apresados por el diablo, cuyos

hijos son y cuyas obras hacen (cf. Jn 8,41), 7están ciegos, porque no ven la verdadera

luz, nuestro Señor Jesucristo. 8No tienen la sabiduría espiritual, porque no tienen al Hijo

de Dios, que es la verdadera sabiduría del Padre; 9de ellos se dice: Su sabiduría ha sido

devorada (Sal 106,27), y: Malditos los que se apartan de tus mandatos (Sal 118,21).

10Ven y conocen, saben y hacen el mal, y ellos mismos, a sabiendas, pierden sus almas.

11Ved, ciegos, engañados por vuestros enemigos, por la carne, el mundo y el diablo, que

al cuerpo le es dulce hacer el pecado y le es amargo hacerlo servir a Dios; 12porque

todos los vicios y pecados salen y proceden del corazón de los hombres, como dice el

Señor en el Evangelio (cf. Mc 7,21). 13Y nada tenéis en este siglo ni en el futuro. 14Y

pensáis poseer por largo tiempo las vanidades de este siglo, pero estáis engañados,

porque vendrá el día y la hora en los que no pensáis, no sabéis e ignoráis; enferma el

cuerpo, se aproxima la muerte y así se muere de muerte amarga. 15Y dondequiera,

cuando quiera, como quiera que muere el hombre en pecado mortal sin penitencia ni

satisfacción, si puede satisfacer y no satisface, el diablo arrebata su alma de su cuerpo

con tanta angustia y tribulación, que nadie puede saberlo sino el que las sufre. 16Y todos

los talentos y poder y ciencia y sabiduría (2 Par 1,12) que pensaban tener, se les quitará

(cf. Lc 8,18; Mc 4,25). 17Y lo dejan a parientes y amigos; y ellos toman y dividen su

hacienda, y luego dicen: Maldita sea su alma, porque pudo darnos más y adquirir más de

lo que adquirió. 18Los gusanos comen el cuerpo, y así aquéllos perdieron el cuerpo y el

alma en este breve siglo, e irán al infierno, donde serán atormentados sin fin.

19A todos aquellos a quienes lleguen estas letras, les rogamos, en la caridad que es

Dios (cf. 1 Jn 4,16), que reciban benignamente, con amor divino, las susodichas

odoríferas palabras de nuestro Señor Jesucristo. 20Y los que no saben leer, hagan que se

las lean muchas veces; 21y reténganlas consigo junto con obras santas hasta el fin,

porque son espíritu y vida (Jn 6,64). 22Y los que no hagan esto, tendrán que dar cuenta

en el día del juicio (cf. Mt 12,36), ante el tribunal de nuestro Señor Jesucristo (cf. Rom

14,10).

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CARTA A LOS FIELES II [CtaF2]

(Segunda redacción)

En el nombre del Señor, Padre e Hijo y Espíritu Santo. Amén.

1A todos los cristianos religiosos, clérigos y laicos, hombres y mujeres, a todos

los que habitan en el mundo entero, el hermano Francisco, su siervo y súbdito: obsequio

con reverencia, paz verdadera del cielo y sincera caridad en el Señor.

2Puesto que soy siervo de todos, estoy obligado a serviros a todos y a

administraros las odoríferas palabras de mi Señor. 3Por eso, considerando en mi espíritu

que no puedo visitaros a cada uno personalmente a causa de la enfermedad y debilidad

de mi cuerpo, me he propuesto anunciaros, por medio de las presentes letras y de

mensajeros, las palabras de nuestro Señor Jesucristo, que es la Palabra del Padre, y las

palabras del Espíritu Santo, que son espíritu y vida (Jn 6,64).

[La Palabra del Padre encarnada: el Señor Jesucristo]

4El altísimo Padre anunció desde el cielo, por medio de su santo ángel Gabriel, esta

Palabra del Padre, tan digna, tan santa y gloriosa, en el seno de la santa y gloriosa Virgen

María, de cuyo seno recibió la verdadera carne de nuestra humanidad y fragilidad. 5Él,

siendo rico (2 Cor 8,9), quiso sobre todas las cosas elegir, con la beatísima Virgen, su

Madre, la pobreza en el mundo. 6Y cerca de la pasión, celebró la Pascua con sus

discípulos y, tomando el pan, dio las gracias y lo bendijo y lo partió diciendo: Tomad y

comed, éste es mi cuerpo (Mt 26,26). 7Y tomando el cáliz dijo: Ésta es mi sangre del

Nuevo Testamento, que será derramada por vosotros y por muchos para remisión de los

pecados (Mt 26,27). 8Después oró al Padre diciendo: Padre, si es posible, que pase de

mí este cáliz (Mt 26,39). 9Y se hizo su sudor como gotas de sangre que caían en tierra

(Lc 22,44). 10Puso, sin embargo, su voluntad en la voluntad del Padre, diciendo: Padre,

hágase tu voluntad (Mt 26,42); no como yo quiero, sino como quieras tú (Mt 26,39).

11Y la voluntad del Padre fue que su Hijo bendito y glorioso, que él nos dio y que nació

por nosotros, se ofreciera a sí mismo por su propia sangre como sacrificio y hostia en el

ara de la cruz; 12no por sí mismo, por quien fueron hechas todas las cosas (cf. Jn 1,3),

sino por nuestros pecados, 13dejándonos ejemplo, para que sigamos sus huellas (cf. 1

Pe 2,21). 14Y quiere que todos nos salvemos por él y que lo recibamos con nuestro

corazón puro y nuestro cuerpo casto. 15Pero son pocos los que quieren recibirlo y ser

salvos por él, aunque su yugo sea suave y su carga ligera (cf. Mt 11,30).

[Práctica de la vida cristiana]

16Los que no quieren gustar cuán suave sea el Señor (cf. Sal 33,9) y aman las

tinieblas más que la luz (Jn 3,19), no queriendo cumplir los mandamientos de Dios, son

malditos; 17de ellos se dice por el profeta: Malditos los que se apartan de tus mandatos

(Sal 118,21). 18Pero, ¡oh cuán bienaventurados y benditos son aquellos que aman a Dios

y hacen como dice el mismo Señor en el Evangelio: Amarás al Señor tu Dios con todo el

corazón y con toda la mente, y a tu prójimo como a ti mismo (Mt 22,37.39)!

19Por consiguiente, amemos a Dios y adorémoslo con corazón puro y mente pura,

porque él mismo, buscando esto sobre todas las cosas, dijo: Los verdaderos adoradores

adorarán al Padre en espíritu y verdad (Jn 4,23). 20Pues todos los que lo adoran, lo

deben adorar en el Espíritu de la verdad (cf. Jn 4,24). 21Y digámosle alabanzas y

oraciones día y noche (Sal 31,4) diciendo: Padre nuestro, que estás en el cielo (Mt 6,9),

porque es preciso que oremos siempre y que no desfallezcamos (cf. Lc 18,1).

22Ciertamente debemos confesar al sacerdote todos nuestros pecados; y

recibamos de él el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo. 23Quien no come su

carne y no bebe su sangre (cf. Jn 6,55. 57), no puede entrar en el reino de Dios (Jn 3,5).

24Sin embargo, que coma y beba dignamente, porque quien lo recibe indignamente, come

y bebe su propia condenación, no distinguiendo el cuerpo del Señor (1 Cor 11,29), esto

es, que no lo discierne. 25Además, hagamos frutos dignos de penitencia (Lc 3,8). 26Y

amemos al prójimo como a nosotros mismos (cf. Mt 22,39). 27Y si alguno no quiere

amarlo como a sí mismo, al menos no le cause mal, sino que le haga bien.

28Y los que han recibido la potestad de juzgar a los otros, ejerzan el juicio con

misericordia, como ellos mismos quieren obtener del Señor misericordia. 29Pues habrá

un juicio sin misericordia para aquellos que no hayan hecho misericordia (Sant 2,13).

30Así pues, tengamos caridad y humildad; y hagamos limosnas, porque la limosna lava

las almas de las manchas de los pecados (cf. Tob 4,11; 12,9). 31En efecto, los hombres

pierden todo lo que dejan en este siglo; llevan consigo, sin embargo, el precio de la

caridad y las limosnas que hicieron, por las que tendrán del Señor premio y digna

remuneración.

32Debemos también ayunar y abstenernos de los vicios y pecados (cf. Eclo 3,32),

y de lo superfluo en comidas y bebida, y ser católicos. 33Debemos también visitar las

iglesias frecuentemente y venerar y reverenciar a los clérigos, no tanto por ellos mismos

si fueren pecadores, sino por el oficio y administración del santísimo cuerpo y sangre de

Cristo, que sacrifican en el altar, y reciben, y administran a los otros. 34Y sepamos

todos firmemente que nadie puede salvarse sino por las santas palabras y por la sangre

de nuestro Señor Jesucristo, que los clérigos dicen, anuncian y administran. 35Y ellos

solos deben administrar, y no otros. 36Y especialmente los religiosos, que han

renunciado al siglo, están obligados a hacer más y mayores cosas, pero sin omitir éstas

(cf. Lc 11,42).

37Debemos tener odio a nuestro cuerpo con sus vicios y pecados, porque dice el

Señor en el Evangelio: Todos los males, vicios y pecados salen del corazón (Mt 15,18-

19; Mc 7,23). 38Debemos amar a nuestros enemigos y hacer bien a los que nos tienen

odio (cf. Mt 5,44; Lc 6,27). 39Debemos observar los preceptos y consejos de nuestro

Señor Jesucristo. 40Debemos también negarnos a nosotros mismos (cf. Mt 16,24) y

poner nuestro cuerpo bajo el yugo de la servidumbre y de la santa obediencia, como cada

uno lo haya prometido al Señor. 41Y que ningún hombre esté obligado por obediencia a

obedecer a nadie en aquello en que se comete delito o pecado.

42Mas aquel a quien se ha encomendado la obediencia y que es tenido como el

mayor, sea como el menor (Lc 22,26) y siervo de los otros hermanos. 43Y haga y tenga

para con cada uno de sus hermanos la misericordia que querría se le hiciera a él, si

estuviese en un caso semejante (cf. Mt 7,12). 44Y no se irrite contra el hermano por el

delito del mismo hermano, sino que, con toda paciencia y humildad, amonéstelo

benignamente y sopórtelo.

45No debemos ser sabios y prudentes según la carne, sino que, por el contrario,

debemos ser sencillos, humildes y puros. 46Y tengamos nuestro cuerpo en oprobio y

desprecio, porque todos, por nuestra culpa, somos miserables y pútridos, hediondos y

gusanos, como dice el Señor por el profeta: Yo soy gusano y no hombre, oprobio de los

hombres y desprecio de la plebe (Sal 21,7). 47Nunca debemos desear estar por encima

de los otros, sino que, por el contrario, debemos ser siervos y estar sujetos a toda

humana criatura por Dios (1 Pe 2,13).

[Bienaventuranza de la vida teologal]

48Y sobre todos ellos y ellas, mientras hagan tales cosas y perseveren hasta el fin,

descansará el espíritu del Señor (Is 11,2) y hará en ellos habitación y morada (cf. Jn

14,23). 49Y serán hijos del Padre celestial (cf. Mt 5,45), cuyas obras hacen. 50Y son

esposos, hermanos y madres de nuestro Señor Jesucristo (cf. Mt 12,50). 51Somos

esposos cuando, por el Espíritu Santo, el alma fiel se une a Jesucristo. 52Somos

ciertamente hermanos cuando hacemos la voluntad de su Padre, que está en el cielo (cf.

Mt 12,50); 53madres, cuando lo llevamos en nuestro corazón y en nuestro cuerpo (cf. 1

Cor 6,20), por el amor y por una conciencia pura y sincera; y lo damos a luz por medio

de obras santas, que deben iluminar a los otros como ejemplo (cf. Mt 5,16).

54¡Oh cuán glorioso y santo y grande, tener un Padre en los cielos! 55¡Oh cuán

santo, consolador, bello y admirable, tener un esposo! 56¡Oh cuán santo y cuán amado,

placentero, humilde, pacífico, dulce, amable y sobre todas las cosas deseable, tener un tal

hermano y un tal hijo!, que dio su vida por sus ovejas (cf. Jn 10,15) y oró al Padre por

nosotros diciendo: Padre santo, guarda en tu nombre a los que me has dado (Jn 17,11).

57Padre, todos los que me has dado en el mundo eran tuyos y tú me los has dado (Jn

17,6). 58Y las palabras que tú me diste se las he dado a ellos; y ellos las han recibido y

han reconocido verdaderamente que salí de ti, y han creído que tú me has enviado (Jn

17,8); ruego por ellos y no por el mundo (cf. Jn 17,9); bendícelos y santifícalos (Jn

17,17). 59Y por ellos me santifico a mí mismo, para que sean santificados en (Jn 17,19)

la unidad, como también nosotros (Jn 17,11) lo somos. 60Y quiero, Padre, que, donde

yo esté, estén también ellos conmigo, para que vean mi gloria (Jn 17,24) en tu reino (Mt

20,21).

61Y a aquel que tanto ha soportado por nosotros, que tantos bienes nos ha traído

y nos traerá en el futuro, y a Dios, toda criatura que hay en los cielos, en la tierra, en el

mar y en los abismos rinda alabanza, gloria, honor y bendición (cf. Ap 5,13), 62porque

él es nuestro poder y nuestra fortaleza, y sólo él es bueno, sólo él altísimo, sólo él

omnipotente, admirable, glorioso y sólo él santo, laudable y bendito por los infinitos

siglos de los siglos. Amén.

[De los que no hacen penitencia]

63Pero todos aquellos que no viven en penitencia, y no reciben el cuerpo y la

sangre de nuestro Señor Jesucristo, 64y se dedican a vicios y pecados; y los que andan

tras la mala concupiscencia y los malos deseos, y no guardan lo que prometieron, 65y

sirven corporalmente al mundo con los deseos carnales, los cuidados y preocupaciones

de este siglo y los cuidados de esta vida, 66engañados por el diablo, cuyos hijos son y

cuyas obras hacen (cf. Jn 8,41), están ciegos, porque no ven la verdadera luz, nuestro

Señor Jesucristo. 67No tienen la sabiduría espiritual, porque no tienen en sí al Hijo de

Dios, que es la verdadera sabiduría del Padre; de ellos se dice: Su sabiduría ha sido

devorada (Sal 106,27). 68Ven, conocen, saben y hacen el mal; y ellos mismos, a

s