[¿?] página principal

 

Dudas y textos

Recursos para la formación católica 

Escríbeme

Quiénes somos

Mi perfil de facebook

Benedicto XVI

 Juan Pablo II

Clásicos de espiritualidad

Obras actuales variadas

Sobre el Opus Dei

 Oraciones y Biblia

Más magisterio de la Iglesia y Teología

Recursos formativos

Noticias

Citas escogidas

Imágenes

Enlaces

 

 

 

   

Obras completas de San Francisco de Asís

 

Índice:

Admoniciones

Alabanzas del Dios Altísimo

Alabanzas en todas las Horas

Audite, Poverelle

Bendición a fray Bernardo

Benedición a fray León

Cántico del Hermano Sol

Carta a San Antonio

Carta a las Autoridades

Carta a los Clerigos I

Carta a los Clerigos II

Carta a los Custodios I

Carta a los Custodios II

Carta a los Fieles I

Carta a los Fieles II

Carta a fray León

Carta a un Ministro

Carta a toda la orden

Exhortacion a la Alabanza de Dios

Exposición del Padre nuestro

Forma de Vida de Santa Clara

Oficio de la Pasión del Señor

Oración ante el Crucifijo

Regla Bulada

Regla no Bulada

Regla para los Eremitorios

Saludo a la B. Virgen María

Saludo a las Virtudes

Testamento

Testamento de Siena

Última Voluntad a Santa Clara

Verdadera Alegría

 

A D M O N I C I O N E S [Adm]

Cap. I: Del cuerpo del Señor

1Dice el Señor Jesús a sus discípulos: Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie

va al Padre sino por mí. 2Si me conocierais a mí, ciertamente conoceríais también a mi

Padre; y desde ahora lo conoceréis y lo habéis visto. 3Le dice Felipe: Señor, muéstranos

al Padre y nos basta. 4Le dice Jesús: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no

me habéis conocido? Felipe, el que me ve a mí, ve también a mi Padre (Jn 14,6-9). 5El

Padre habita en una luz inaccesible (cf. 1 Tim 6,16), y Dios es espíritu (Jn 4,24), y a

Dios nadie lo ha visto jamás (Jn 1,18). 6Por eso no puede ser visto sino en el espíritu,

porque el espíritu es el que vivifica; la carne no aprovecha para nada (Jn 6,64). 7Pero ni

el Hijo, en lo que es igual al Padre, es visto por nadie de otra manera que el Padre, de otra

manera que el Espíritu Santo. 8De donde todos los que vieron al Señor Jesús según la

humanidad, y no vieron y creyeron según el espíritu y la divinidad que él era el

verdadero Hijo de Dios, se condenaron. 9Así también ahora, todos los que ven el

sacramento, que se consagra por las palabras del Señor sobre el altar por mano del

sacerdote en forma de pan y vino, y no ven y creen, según el espíritu y la divinidad, que

sea verdaderamente el santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, se

condenan, 10como lo atestigua el mismo Altísimo, que dice: Esto es mi cuerpo y mi

sangre del nuevo testamento, [que será derramada por muchos] (cf. Mc 14,22.24); 11y:

Quien come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna (cf. Jn 6,55). 12De donde el

espíritu del Señor, que habita en sus fieles, es el que recibe el santísimo cuerpo y sangre

del Señor. 13Todos los otros que no participan del mismo espíritu y se atreven a

recibirlo, comen y beben su condenación (cf. 1 Cor 11,29).

14De donde: Hijos de los hombres, ¿hasta cuándo seréis de pesado corazón? (Sal

4,3). 15¿Por qué no reconocéis la verdad y creéis en el Hijo de Dios? (cf. Jn 9,35).

16Ved que diariamente se humilla (cf. Fil 2,8), como cuando desde el trono real (Sab

18,15) vino al útero de la Virgen; 17diariamente viene a nosotros él mismo apareciendo

humilde; 18diariamente desciende del seno del Padre (cf. Jn 1,18) sobre el altar en las

manos del sacerdote. 19Y como se mostró a los santos apóstoles en carne verdadera, así

también ahora se nos muestra a nosotros en el pan sagrado. 20Y como ellos, con la

mirada de su carne, sólo veían la carne de él, pero, contemplándolo con ojos espirituales,

creían que él era Dios, 21así también nosotros, viendo el pan y el vino con los ojos

corporales, veamos y creamos firmemente que es su santísimo cuerpo y sangre vivo y

verdadero. 22Y de este modo siempre está el Señor con sus fieles, como él mismo dice:

Ved que yo estoy con vosotros hasta la consumación del siglo (cf. Mt 28,20).

Cap. II: Del mal de la propia voluntad

1Dijo el Señor a Adán: Come de todo árbol, pero del árbol de la ciencia del bien y

del mal no comas (cf. Gén 2,16.17). 2Podía comer de todo árbol del paraíso, porque,

mientras no contravino a la obediencia, no pecó. 3Come, en efecto, del árbol de la ciencia

del bien, aquel que se apropia su voluntad y se enaltece del bien que el Señor dice y obra

en él; 4y así, por la sugestión del diablo y la transgresión del mandamiento, vino a ser la

manzana de la ciencia del mal. 5De donde es necesario que sufra la pena.

Cap. III: De la perfecta obediencia

1Dice el Señor en el Evangelio: El que no renuncie a todo lo que posee, no puede

ser discípulo mío (Lc 14,33); 2y: El que quiera salvar su vida, la perderá (Lc 9,24). 3Deja

todo lo que posee y pierde su cuerpo el hombre que se ofrece a sí mismo todo entero a la

obediencia en manos de su prelado. 4Y todo lo que hace y dice que él sepa que no es

contra la voluntad del prelado, mientras sea bueno lo que hace, es verdadera obediencia.

5Y si alguna vez el súbdito ve cosas mejores y más útiles para su alma que aquellas que

le ordena el prelado, sacrifique voluntariamente sus cosas a Dios, y aplíquese en cambio

a cumplir con obras las cosas que son del prelado. 6Pues ésta es la obediencia caritativa

(cf. 1 Pe 1,22), porque satisface a Dios y al prójimo.

7Pero si el prelado le ordena algo que sea contra su alma, aunque no le obedezca,

sin embargo no lo abandone. 8Y si a causa de eso sufriera la persecución de algunos,

ámelos más por Dios. 9Pues quien sufre la persecución antes que querer separarse de

sus hermanos, verdaderamente permanece en la perfecta obediencia, porque da su vida

(cf. Jn 15,13) por sus hermanos. 10Pues hay muchos religiosos que, so pretexto de que

ven cosas mejores que las que les ordenan sus prelados, miran atrás (cf. Lc 9,62) y

vuelven al vómito de la propia voluntad (cf. Prov 26,11; 2 Pe 2,22); 11éstos son

homicidas y, a causa de sus malos ejemplos, hacen que se pierdan muchas almas.

Cap. IV: Que nadie se apropie la prelacía

1No he venido a ser servido, sino a servir, dice el Señor (cf. Mt 20,28). 2Aquellos

que han sido constituidos sobre los otros, gloríense de esa prelacía tanto, cuanto si

hubiesen sido destinados al oficio de lavar los pies a los hermanos. 3Y cuanto más se

turban por la pérdida de la prelacía que por la pérdida del oficio de lavar los pies, tanto

más acumulan en la bolsa para peligro de su alma (cf. Jn 12,6).

Cap. V: Que nadie se ensoberbezca, sino que se gloríe en la cruz del Señor

1Considera, oh hombre, en cuán grande excelencia te ha puesto el Señor Dios,

porque te creó y formó a imagen de su amado Hijo según el cuerpo, y a su semejanza (cf.

Gén 1,26) según el espíritu. 2Y todas las criaturas que hay bajo el cielo, de por sí, sirven,

conocen y obedecen a su Creador mejor que tú. 3Y aun los demonios no lo crucificaron,

sino que tú, con ellos, lo crucificaste y todavía lo crucificas deleitándote en vicios y

pecados. 4¿De qué, por consiguiente, puedes gloriarte? 5Pues, aunque fueras tan sutil y

sabio que tuvieras toda la ciencia (cf. 1 Cor 13,2) y supieras interpretar todo género de

lenguas (cf. 1 Cor 12,28) e investigar sutilmente las cosas celestiales, de ninguna de estas

cosas puedes gloriarte; 6porque un solo demonio supo de las cosas celestiales y ahora

sabe de las terrenas más que todos los hombres, aunque hubiera alguno que hubiese

recibido del Señor un conocimiento especial de la suma sabiduría. 7De igual manera,

aunque fueras más hermoso y más rico que todos, y aunque también hicieras maravillas,

de modo que ahuyentaras a los demonios, todas estas cosas te son contrarias, y nada te

pertenece, y no puedes en absoluto gloriarte en ellas; 8por el contrario, en esto podemos

gloriarnos: en nuestras enfermedades (cf. 2 Cor 12,5) y en llevar a cuestas a diario la

santa cruz de nuestro Señor Jesucristo (cf. Lc 14,27).

Cap. VI: De la imitación del Señor

1Consideremos todos los hermanos al buen pastor, que por salvar a sus ovejas

sufrió la pasión de la cruz. 2Las ovejas del Señor le siguieron en la tribulación y la

persecución, en la vergüenza y el hambre, en la enfermedad y la tentación, y en las

demás cosas; y por esto recibieron del Señor la vida sempiterna. 3De donde es una gran

vergüenza para nosotros, siervos de Dios, que los santos hicieron las obras y nosotros,

recitándolas, queremos recibir gloria y honor.

Cap. VII: Que el buen obrar siga a la ciencia

1Dice el Apóstol: La letra mata, pero el espíritu vivifica (2 Cor 3,6). 2Son

matados por la letra aquellos que únicamente desean saber las palabras solas, para ser

tenidos por más sabios entre los otros y poder adquirir grandes riquezas que dar a

consanguíneos y amigos. 3Y son matados por la letra aquellos religiosos que no quieren

seguir el espíritu de la divina letra, sino que desean más bien saber únicamente las

palabras e interpretarlas para los otros. 4Y son vivificados por el espíritu de la divina

letra aquellos que no atribuyen al cuerpo toda la letra que saben y desean saber, sino

que, con la palabra y el ejemplo, la devuelven al altísimo Señor Dios, de quien es todo

bien.

Cap. VIII: Del pecado de envidia, que se ha de evitar

1Dice el Apóstol: Nadie puede decir: Señor Jesús, sino en el Espíritu Santo (1 Cor

12,3); 2y: No hay quien haga el bien, no hay ni siquiera uno (Rom 3,12). 3Por

consiguiente, todo el que envidia a su hermano por el bien que el Señor dice y hace en él,

incurre en el pecado de blasfemia, porque envidia al mismo Altísimo (cf. Mt 20,15), que

dice y hace todo bien.

Cap. IX: Del amor

1Dice el Señor: Amad a vuestros enemigos, [haced el bien a los que os odian, y

orad por los que os persiguen y calumnian] (Mt 5,44). 2En efecto, ama de verdad a su

enemigo aquel que no se duele de la injuria que le hace, 3sino que, por amor de Dios, se

consume por el pecado del alma de su enemigo. 4Y muéstrele su amor con obras.

Cap. X: Del castigo del cuerpo

1Hay muchos que, cuando pecan o reciben una injuria, con frecuencia acusan al

enemigo o al prójimo. 2Pero no es así, porque cada uno tiene en su poder al enemigo, es

decir, al cuerpo, por medio del cual peca. 3Por eso, bienaventurado aquel siervo (Mt

24,46) que tiene siempre cautivo a tal enemigo entregado en su poder, y se guarda

sabiamente de él; 4porque, mientras haga esto, ningún otro enemigo, visible o invisible,

podrá dañarle.

Cap. XI: Que nadie se altere por el pecado de otro

1Al siervo de Dios nada debe desagradarle, excepto el pecado. 2Y de cualquier

modo que una persona peque, si por esto el siervo de Dios se turba y se encoleriza, y no

por caridad, atesora para sí una culpa (cf. Rom 2,5). 3El siervo de Dios que no se

encoleriza ni se conturba por cosa alguna, vive rectamente sin propio. 4Y

bienaventurado aquel que no retiene nada para sí, devolviendo al César lo que es del

César, y a Dios lo que es de Dios (Mt 22,21).

Cap. XII: De cómo conocer el espíritu del Señor

1Así se puede conocer si el siervo de Dios tiene el espíritu del Señor: 2si, cuando

el Señor obra por medio de él algún bien, no por eso su carne se exalta, porque siempre

es contraria a todo lo bueno, 3sino que, más bien, se tiene por más vil ante sus propios

ojos y se estima menor que todos los otros hombres.

Cap. XIII: De la paciencia

1Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios (Mt 5,9). El

siervo de Dios no puede conocer cuánta paciencia y humildad tiene en sí, mientras todo

le suceda a su satisfacción. 2Pero cuando venga el tiempo en que aquellos que deberían

causarle satisfacción, le hagan lo contrario, cuanta paciencia y humildad tenga entonces,

tanta tiene y no más.

Cap. XIV: De la pobreza de espíritu

1Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos

(Mt 5,3). 2Hay muchos que, perseverando en oraciones y oficios, hacen muchas

abstinencias y mortificaciones corporales, 3pero, por una sola palabra que les parezca

injuriosa para sus cuerpos o por alguna cosa que se les quite, escandalizados enseguida

se perturban. 4Estos no son pobres de espíritu, porque quien es de verdad pobre de

espíritu, se odia a sí mismo y ama a aquellos que lo golpean en la mejilla (cf. Mt 5,39).

Cap. XV: De la paz

1Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios (Mt 5,9).

2Son verdaderamente pacíficos aquellos que, con todo lo que padecen en este siglo, por

el amor de nuestro Señor Jesucristo, conservan la paz en el alma y en el cuerpo.

Cap. XVI: De la limpieza del corazón

1Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt 5,8).

2Son verdaderamente limpios de corazón quienes desprecian las cosas terrenas, buscan

las celestiales y no dejan nunca de adorar y ver, con corazón y alma limpios, al Señor

Dios vivo y verdadero.

Cap. XVII: Del humilde siervo de Dios

1Bienaventurado aquel siervo (Mt 24,46) que no se exalta más del bien que el

Señor dice y obra por medio de él, que del que dice y obra por medio de otro. 2Peca el

hombre que quiere recibir de su prójimo más de lo que él no quiere dar de sí al Señor

Dios.

Cap. XVIII: De la compasión del prójimo

1Bienaventurado el hombre que soporta a su prójimo según su fragilidad en

aquello en que querría ser soportado por él, si estuviera en un caso semejante (Gál 6,2;

Mt 7,12). 2Bienaventurado el siervo que devuelve todos los bienes al Señor Dios,

porque quien retiene algo para sí, esconde en sí el dinero de su Señor Dios (Mt 25,18), y

lo que creía tener se le quitará (Lc 8,18).

Cap. XIX: Del humilde siervo de Dios

1Bienaventurado el siervo que no se tiene por mejor cuando es engrandecido y

exaltado por los hombres, que cuando es tenido por vil, simple y despreciado, 2porque

cuanto es el hombre delante de Dios, tanto es y no más. 3¡Ay de aquel religioso que ha

sido puesto en lo alto por los otros, y por su voluntad no quiere descender! 4Y

bienaventurado aquel siervo (Mt 24,46) que no es puesto en lo alto por su voluntad, y

siempre desea estar bajo los pies de los otros.

Cap. XX: Del religioso bueno y del religioso vano

1Bienaventurado aquel religioso que no encuentra placer y alegría sino en las

santísimas palabras y obras del Señor, 2y con ellas conduce a los hombres al amor de

Dios con gozo y alegría (cf. Sal 50,10). 3¡Ay de aquel religioso que se deleita en las

palabras ociosas y vanas y con ellas conduce a los hombres a la risa!

Cap. XXI: Del religioso frívolo y locuaz

1Bienaventurado el siervo que, cuando habla, no manifiesta todas sus cosas con

miras a la recompensa, y no es ligero para hablar (cf. Prov 29,20), sino que prevé

sabiamente lo que debe hablar y responder. 2¡Ay de aquel religioso que no guarda en su

corazón los bienes que el Señor le muestra (cf. Lc 2,19.51) y no los muestra a los otros

con obras, sino que, con miras a la recompensa, ansía más bien mostrarlos a los hombres

con palabras! 3Él recibe su recompensa (cf. Mt 6,2.16), y los oyentes sacan poco fruto.

Cap. XXII: De la corrección

1Bienaventurado el siervo que soporta tan pacientemente la advertencia, acusación

y reprensión que procede de otro, como si procediera de sí mismo. 2Bienaventurado el

siervo que, reprendido, benignamente asiente, con vergüenza se somete, humildemente

confiesa y gozosamente satisface. 3Bienaventurado el siervo que no es ligero para

excusarse, sino que humildemente soporta la vergüenza y la reprensión de un pecado,

cuando no incurrió en culpa.

Cap. XXIII: De la humildad

1Bienaventurado el siervo a quien se encuentra tan humilde entre sus súbditos,

como si estuviera entre sus señores. 2Bienaventurado el siervo que permanece siempre

bajo la vara de la corrección. 3Es siervo fiel y prudente (cf. Mt 24,45) el que, en todas

sus ofensas, no tarda en castigarse interiormente por la contrición y exteriormente por la

confesión y la satisfacción de obra.

Cap. XXIV: Del verdadero amor

Bienaventurado el siervo que ama tanto a su hermano cuando está enfermo, que no

puede recompensarle, como cuando está sano, que puede recompensarle.

Cap. XXV: De nuevo sobre lo mismo

Bienaventurado el siervo que ama y respeta tanto a su hermano cuando está lejos

de él, como cuando está con él, y no dice nada detrás de él, que no pueda decir con

caridad delante de él.

Cap. XXVI: Que los siervos de Dios honren a los clérigos

1Bienaventurado el siervo que tiene fe en los clérigos que viven rectamente según

la forma de la Iglesia Romana. 2Y ¡ay de aquellos que los desprecian!; pues, aunque sean

pecadores, nadie, sin embargo, debe juzgarlos, porque solo el Señor en persona se

reserva el juzgarlos. 3Pues cuanto mayor es el ministerio que ellos tienen del santísimo

cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, que ellos reciben y ellos solos administran

a los demás, 4tanto más pecado tienen los que pecan contra ellos, que los que pecan

contra todos los demás hombres de este mundo.

Cap. XXVII: De la virtud que ahuyenta al vicio

1Donde hay caridad y sabiduría, allí no hay temor ni ignorancia.

2Donde hay paciencia y humildad, allí no hay ira ni perturbación.

3Donde hay pobreza con alegría, allí no hay codicia ni avaricia.

4Donde hay quietud y meditación, allí no hay preocupación ni vagancia.

5Donde está el temor de Dios para custodiar su atrio (cf. Lc 11,21), allí el enemigo

no puede tener un lugar para entrar.

6Donde hay misericordia y discreción, allí no hay superfluidad ni endurecimiento.

Cap. XXVIII: Hay que esconder el bien para que no se pierda

1

1Bienaventurado el siervo que atesora en el cielo (cf. Mt 6,20) los bienes que el

Señor le muestra, y no ansía manifestarlos a los hombres con la mira puesta en la

recompensa, 2porque el Altísimo en persona manifestará sus obras a todos aquellos a

quienes le plazca. 3Bienaventurado el siervo que guarda en su corazón los secretos del

Señor (cf. Lc 2,19.51).

------------------------------------------------------------------------

ALABANZAS DEL DIOS ALTÍSIMO [AlD]

1Tú eres santo, Señor Dios único, que haces maravillas (Sal 76,15). 2Tú eres

fuerte, tú eres grande (cf. Sal 85,10), tú eres altísimo, tú eres rey omnipotente, tú, Padre

santo (Jn 17,11), rey del cielo y de la tierra (cf. Mt 11,25). 3Tú eres trino y uno, Señor

Dios de dioses (cf. Sal 135,2), tú eres el bien, todo el bien, el sumo bien, Señor Dios vivo

y verdadero (cf. 1 Tes 1,9). 4Tú eres amor, caridad; tú eres sabiduría, tú eres humildad,

tú eres paciencia (Sal 70,5), tú eres belleza, tú eres mansedumbre, tú eres seguridad, tú

eres quietud, tú eres gozo, tú eres nuestra esperanza y alegría, tú eres justicia, tú eres

templanza, tú eres toda nuestra riqueza a satisfacción. 5Tú eres belleza, tú eres

mansedumbre; tú eres protector (Sal 30,5), tú eres custodio y defensor nuestro; tú eres

fortaleza (cf. Sal 42,2), tú eres refrigerio. 6Tú eres esperanza nuestra, tú eres fe nuestra,

tú eres caridad nuestra, tú eres toda dulzura nuestra, tú eres vida eterna nuestra: Grande

y admirable Señor, Dios omnipotente, misericordioso Salvador.

------------------------------------------------------------------------

ALABANZAS QUE SE HAN DE DECIR EN TODAS LAS HORAS [ALHOR]

1Santo, santo, santo Señor Dios omnipotente, el que es y el que era y el que ha de

venir (cf. Ap 4,8):

Y alabémoslo y ensalcémoslo por los siglos.

2Digno eres, Señor Dios nuestro, de recibir la alabanza, la gloria y el honor y la

bendición (cf. Ap 4,11):

Y alabémoslo y ensalcémoslo por los siglos.

3Digno es el cordero, que ha sido degollado, de recibir el poder y la divinidad y la

sabiduría y la fortaleza y el honor y la gloria y la bendición (Ap 5,12):

Y alabémoslo y ensalcémoslo por los siglos.

4Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo:

Y alabémoslo y ensalcémoslo por los siglos.

5Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor (Dan 3,57):

Y alabémoslo y ensalcémoslo por los siglos.

6Alabad a nuestro Dios, todos sus siervos y los que teméis a Dios, pequeños y

grandes (cf. Ap 19,5):

Y alabémoslo y ensalcémoslo por los siglos.

7Los cielos y la tierra alábenlo a él que es glorioso (cf. Sal 68,35; Sal Rom):

Y alabémoslo y ensalcémoslo por los siglos.

8Y toda criatura que hay en el cielo y sobre la tierra, y las que hay debajo de la

tierra y del mar, y las que hay en él (cf. Ap 5,13):

Y alabémoslo y ensalcémoslo por los siglos.

9Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo:

Y alabémoslo y ensalcémoslo por los siglos.

10Como era en el principio y ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

Amén.

Y alabémoslo y ensalcémoslo por los siglos.

11Oración: Omnipotente, santísimo, altísimo y sumo Dios, todo bien, sumo bien,

total bien, que eres el solo bueno (cf. Lc 18,19), a ti te ofrezcamos toda alabanza, toda

gloria, toda gracia, todo honor, toda bendición y todos los bienes. Hágase. Hágase.

Amén.

------------------------------------------------------------------------

"AUDITE": CANTO DE EXHORTACIÓN PARA LAS DAMAS POBRES DE

SAN DAMIÁN [AUDITE]

1Escuchad, pobrecillas, por el Señor llamadas,

que de muchas partes y provincias habéis sido congregadas:

vivid siempre en la verdad,

que en obediencia muráis.

2No miréis a la vida de fuera,

porque la del espíritu es mejor.

Yo os ruego con gran amor

que tengáis discreción de las limosnas que os da el Señor.

3Las que están por enfermedad gravadas

y las otras que por ellas están fatigadas,

unas y otras soportadlo en paz,

4porque muy cara venderéis esta fatiga,

porque cada una será reina en el cielo coronada

con la Virgen María.

------------------------------------------------------------------------

BENDICIÓN A Fr. BERNARDO [BenBer]

1Escribe como te digo: 2El primer hermano que me dio el Señor fue fray Bernardo,

y él fue el que primero comenzó y cumplió perfectísimamente la perfección del santo

Evangelio distribuyendo todos sus bienes a los pobres; 3por lo cual y por otras muchas

prerrogativas, estoy obligado a amarlo más que a ningún otro hermano de toda la

Religión. 4Por eso, quiero y mando, como puedo, que, quienquiera que sea ministro

general, lo ame y honre como a mí mismo, 5y que también los otros ministros

provinciales y los hermanos de toda la Religión lo tengan en vez de mí.

------------------------------------------------------------------------

BENDICIÓN A Fr. LEÓN (BenL)

1El Señor te bendiga y te guarde; te muestre su faz y tenga misericordia de ti.

2Vuelva su rostro a ti y te dé la paz (Núm 6,24-26). 3El Señor te bendiga, hermano León

(cf. Núm 6,27b).

------------------------------------------------------------------------

CÁNTICO DEL HERMANO SOL [Cánt]

o

ALABANZAS DE LAS CRIATURAS

1Altísimo, omnipotente, buen Señor,

tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor y toda bendición.

2A ti solo, Altísimo, corresponden,

y ningún hombre es digno de hacer de ti mención.

3Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas,

especialmente el señor hermano sol,

el cual es día, y por el cual nos alumbras.

4Y él es bello y radiante con gran esplendor,

de ti, Altísimo, lleva significación.

5Loado seas, mi Señor, por la hermana luna y las estrellas,

en el cielo las has formado luminosas y preciosas y bellas.

6Loado seas, mi Señor, por el hermano viento,

y por el aire y el nublado y el sereno y todo tiempo,

por el cual a tus criaturas das sustento.

7Loado seas, mi Señor, por la hermana agua,

la cual es muy útil y humilde y preciosa y casta.

8Loado seas, mi Señor, por el hermano fuego,

por el cual alumbras la noche,

y él es bello y alegre y robusto y fuerte.

9Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la madre tierra,

la cual nos sustenta y gobierna,

y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba.

10Loado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor,

y soportan enfermedad y tribulación.

11Bienaventurados aquellos que las soporten en paz,

porque por ti, Altísimo, coronados serán.

12Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal,

de la cual ningún hombre viviente puede escapar.

13¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal!:

bienaventurados aquellos a quienes encuentre en tu santísima voluntad,

porque la muerte segunda no les hará mal.

14Load y bendecid a mi Señor,

y dadle gracias y servidle con gran humildad.

------------------------------------------------------------------------

CARTA A SAN ANTONIO [CtaAnt]

1A fray Antonio, mi obispo, el hermano Francisco, salud. 2Me agrada que enseñes

sagrada teología a los hermanos, con tal que, en el estudio de la misma, no apagues el

espíritu de oración y devoción, como se contiene en la Regla.

------------------------------------------------------------------------

CARTA A LAS AUTORIDADES DE LOS PUEBLOS [CtaA]

1A todos los "podestà" y cónsules, jueces y gobernantes de toda la tierra y a

todos los demás a quienes lleguen estas letras, el hermano Francisco, vuestro pequeñuelo

y despreciable siervo en el Señor Dios, os desea a todos vosotros salud y paz.

2Considerad y ved que el día de la muerte se aproxima (cf. Gén 47,29). 3Os ruego,

por tanto, con la reverencia que puedo, que no echéis en olvido al Señor ni os apartéis de

sus mandamientos a causa de los cuidados y preocupaciones de este siglo que tenéis,

porque todos aquellos que lo echan al olvido y se apartan de sus mandamientos, son

malditos (cf. Sal 118,21), y serán echados por él al olvido (Ez 33,13). 4Y cuando llegue

el día de la muerte, todo lo que creían tener, se les quitará (cf. Lc 8,18). 5Y cuanto más

sabios y poderosos hayan sido en este siglo, tanto mayores tormentos sufrirán en el

infierno (cf. Sab 6,7). 6Por lo que os aconsejo firmemente, como a señores míos, que,

habiendo pospuesto todo cuidado y preocupación, recibáis benignamente el santísimo

cuerpo y la santísima sangre de nuestro Señor Jesucristo en santa memoria suya. 7Y

tributad al Señor tanto honor en medio del pueblo que os ha sido encomendado, que cada

tarde se anuncie por medio de pregonero o por medio de otra señal, que se rindan

alabanzas y gracias por el pueblo entero al Señor Dios omnipotente. 8Y si no hacéis

esto, sabed que tendréis que dar cuenta ante el Señor Dios vuestro, Jesucristo, en el día

del juicio (cf. Mt 12,36).

9Los que guarden consigo este escrito y lo observen, sepan que son benditos del

Señor Dios.

------------------------------------------------------------------------

CARTA A LOS CLÉRIGOS I [CtaCle1]

Primera redacción

1Consideremos todos los clérigos el gran pecado e ignorancia que tienen algunos

acerca del santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, y de sus sacratísimos

nombres, y de sus palabras escritas que consagran el cuerpo. 2Sabemos que no puede

existir el cuerpo, si antes no es consagrado por la palabra. 3Nada, en efecto, tenemos ni

vemos corporalmente en este siglo del Altísimo mismo, sino el cuerpo y la sangre, los

nombres y las palabras, por las cuales hemos sido hechos y redimidos de la muerte a la

vida (1 Jn 3,14). 4Por consiguiente, todos aquellos que administran tan santísimos

misterios, y sobre todo quienes los administran indebidamente, consideren en su interior

cuán viles son los cálices, los corporales y los manteles donde se sacrifica el cuerpo y la

sangre del mismo. 5Y hay muchos que lo colocan y lo abandonan en lugares viles, lo

llevan miserablemente, y lo reciben indignamente, y lo administran a los demás sin

discernimiento. 6Asimismo, sus nombres y sus palabras escritas son a veces hollados

con los pies; 7porque el hombre animal no percibe las cosas que son de Dios (1 Cor

2,14). 8¿No nos mueven a piedad todas estas cosas, siendo así que el mismo piadoso

Señor se entrega en nuestras manos, y lo tocamos y tomamos diariamente por nuestra

boca? 9¿Acaso ignoramos que tenemos que caer en sus manos? 10Por consiguiente,

enmendémonos de todas estas cosas y de otras pronta y firmemente; 11y dondequiera

que estuviese indebidamente colocado y abandonado el santísimo cuerpo de nuestro

Señor Jesucristo, que se retire de aquel lugar y que se ponga en un lugar precioso y que

se cierre. 12Del mismo modo, dondequiera que se encuentren los nombres y las palabras

escritas del Señor en lugares inmundos, que se recojan y se coloquen en lugar decoroso.

13Todos los clérigos están obligados por encima de todo a observar todas estas cosas

hasta el fin. 14Y los que no lo hagan, sepan que tendrán que dar cuenta ante nuestro

Señor Jesucristo en el día del juicio (cf. Mt 12,36). 15Quienes hagan copiar este escrito,

para que sea mejor observado, sepan que son benditos del Señor Dios.

------------------------------------------------------------------------

CARTA A LOS CLÉRIGOS II [CtaCle2]

Segunda redacción

1Consideremos todos los clérigos el gran pecado e ignorancia que tienen algunos

acerca del santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, y de sus sacratísimos

nombres, y de sus palabras escritas que consagran el cuerpo. 2Sabemos que no puede

existir el cuerpo, si antes no es consagrado por la palabra. 3Nada, en efecto, tenemos ni

vemos corporalmente en este siglo del Altísimo mismo, sino el cuerpo y la sangre, los

nombres y las palabras, por las cuales hemos sido hechos y redimidos de la muerte a la

vida (1 Jn 3,14). 4Por consiguiente, todos aquellos que administran tan santísimos

ministerios, y sobre todo quienes los administran sin discernimiento, consideren en su

interior cuán viles son los cálices, los corporales y los manteles donde se sacrifica el

cuerpo y la sangre de nuestro Señor. 5Y hay muchos que lo abandonan en lugares viles,

lo llevan miserablemente, y lo reciben indignamente, y lo administran a los demás sin

discernimiento. 6Asimismo, sus nombres y sus palabras escritas son a veces hollados

con los pies; 7porque el hombre animal no percibe las cosas que son de Dios (1 Cor

2,14). 8¿No nos mueven a piedad todas estas cosas, siendo así que el mismo piadoso

Señor se entrega en nuestras manos, y lo tocamos y tomamos diariamente por nuestra

boca? 9¿Acaso ignoramos que tenemos que caer en sus manos? 10Por consiguiente,

enmendémonos de todas estas cosas y de otras pronta y firmemente; 11y dondequiera

que estuviese indebidamente colocado y abandonado el santísimo cuerpo de nuestro

Señor Jesucristo, que se retire de aquel lugar y que se ponga en un lugar precioso y que

se cierre. 12Del mismo modo, dondequiera que se encuentren los nombres y las palabras

escritas del Señor en lugares inmundos, que se recojan y se coloquen en un lugar

decoroso. 13Y sabemos que estamos obligados por encima de todo a observar todas

estas cosas según los preceptos del Señor y las constituciones de la santa madre Iglesia.

14Y el que no lo haga, sepa que tendrá que dar cuenta ante nuestro Señor Jesucristo en el

día del juicio (cf. Mt 12,36). 15Quienes hagan copiar este escrito, para que sea mejor

observado, sepan que son benditos del Señor Dios.

------------------------------------------------------------------------

CARTA A LOS CUSTODIOS I [CtaCus1]

1A todos los custodios de los hermanos menores a quienes lleguen estas letras, el

hermano Francisco, vuestro siervo y pequeñuelo en el Señor Dios, os desea salud con los

nuevos signos del cielo y de la tierra, que son grandes y muy excelentes ante Dios, pero

que son estimados en muy poco por muchos religiosos y por otros hombres.

2Os ruego, más que si se tratara de mí mismo, que, cuando os parezca bien y veáis

que conviene, supliquéis humildemente a los clérigos que veneren sobre todas las cosas

el santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo y sus santos nombres y sus

palabras escritas que consagran el cuerpo. 3Los cálices, los corporales, los ornamentos

del altar y todo lo que concierne al sacrificio, deben tenerlos preciosos. 4Y si el

santísimo cuerpo del Señor estuviera colocado en algún lugar paupérrimamente, que ellos

lo pongan y lo cierren en un lugar precioso según el mandato de la Iglesia, que lo lleven

con gran veneración y que lo administren a los otros con discernimiento. 5También los

nombres y las palabras escritas del Señor, dondequiera que se encuentren en lugares

inmundos, que se recojan y que se coloquen en un lugar decoroso. 6Y en toda

predicación que hagáis, recordad al pueblo la penitencia y que nadie puede salvarse, sino

quien recibe el santísimo cuerpo y sangre del Señor (cf. Jn 6,54). 7Y cuando es

consagrado por el sacerdote sobre el altar y cuando es llevado a alguna parte, que todas

las gentes, de rodillas, rindan alabanzas, gloria y honor al Señor Dios vivo y verdadero.

8Y que de tal modo anunciéis y prediquéis a todas las gentes su alabanza, que, a toda

hora y cuando suenan las campanas, siempre se tributen por el pueblo entero alabanzas

y gracias al Dios omnipotente por toda la tierra.

9Y sepan que tienen la bendición del Señor Dios y la mía todos mis hermanos

custodios a los que llegue este escrito y lo copien y lo tengan consigo, y lo hagan copiar

para los hermanos que tienen el oficio de la predicación y la custodia de los hermanos, y

prediquen hasta el fin todo lo que se contiene en este escrito. 10Y que esto sea para ellos

como verdadera y santa obediencia. Amén.

------------------------------------------------------------------------

CARTA A LOS CUSTODIOS II [CtaCus2]

1A todos los custodios de los hermanos menores a quienes lleguen estas letras, el

hermano Francisco, el más pequeño de los siervos de Dios, os desea salud y santa paz

en el Señor.

2Sabed que a los ojos de Dios hay algunas cosas extremadamente altas y sublimes,

que a veces son estimadas entre los hombres como viles y abyectas; 3y otras, que ante

Dios son tenidas como vilísimas y abyectas, son apreciadas y extraordinarias entre los

hombres. 4Os ruego ante el Señor Dios nuestro, cuanto puedo, que deis a los obispos y

a los otros clérigos las letras que tratan del santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor;

5y que retengáis en la memoria lo que os recomendamos acerca de esto. 6De las otras

letras que os envío para que las deis a los "podestà", cónsules y gobernadores, y en las

que se contiene que se publiquen por pueblos y plazas las alabanzas de Dios, haced en

seguida muchas copias, 7y con gran diligencia ofrecédselas a aquellos a quienes deban

darse.

------------------------------------------------------------------------

CARTA A LOS FIELES I [CtaF1]

(Primera redacción)

(Exhortación a los hermanos y hermanas de la penitencia)

¡En el nombre del Señor!

Cap. I: De aquellos que hacen penitencia

1Todos los que aman al Señor con todo el corazón, con toda el alma y con toda la

mente, con todas las fuerzas, y aman a sus prójimos como a sí mismos (cf. Mt 22,37.39;

Mc 12,30), 2y odian a sus cuerpos con sus vicios y pecados, 3y reciben el cuerpo y la

sangre de nuestro Señor Jesucristo, 4y hacen frutos dignos de penitencia: 5¡Oh cuán

bienaventurados y benditos son ellos y ellas, mientras hacen tales cosas y en tales cosas

perseveran!, 6porque descansará sobre ellos el espíritu del Señor (cf. Is 11,2) y hará en

ellos habitación y morada (cf. Jn 14,23), 7y son hijos del Padre celestial (cf. Mt 5,45),

cuyas obras hacen, y son esposos, hermanos y madres de nuestro Señor Jesucristo (cf.

Mt 12,50). 8Somos esposos cuando, por el Espíritu Santo, el alma fiel se une a nuestro

Señor Jesucristo. 9Somos para él hermanos cuando hacemos la voluntad del Padre que

está en los cielos (Mt 12,50); 10madres, cuando lo llevamos en nuestro corazón y en

nuestro cuerpo (cf. 1 Cor 6,20), por el amor divino y por una conciencia pura y sincera;

y lo damos a luz por medio de obras santas, que deben iluminar a los otros como

ejemplo (cf. Mt 5,16). 11¡Oh cuán glorioso, santo y grande es tener un Padre en los

cielos! 12¡Oh cuán santo, consolador, bello y admirable, tener un tal esposo! 13¡Oh

cuán santo y cuán amado, placentero, humilde, pacífico, dulce, amable y sobre todas las

cosas deseable, tener un tal hermano y un tal hijo: Nuestro Señor Jesucristo!, quien dio

la vida por sus ovejas (cf. Jn 10,15) y oró al Padre diciendo:

14Padre santo, guarda en tu nombre a los que me has dado en el mundo; tuyos

eran y tú me los has dado (Jn 17,11 y 6). 15Y las palabras que tú me diste, se las he

dado a ellos, y ellos las han recibido y han creído de verdad que salí de ti, y han conocido

que tú me has enviado (Jn 17,8). 16Ruego por ellos y no por el mundo (cf. Jn 17,9).

17Bendícelos y santifícalos, y por ellos me santificó a mí mismo (Jn 17,17.19). 18No

ruego sólo por ellos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, han de

creer en mí (Jn 17,20), para que sean santificados en la unidad (cf. Jn 17,23), como

nosotros (Jn 17,11). 19Y quiero, Padre, que, donde yo esté, estén también ellos

conmigo, para que vean mi gloria (Jn 17,24) en tu reino (Mt 20,21). Amén.

Cap. II: De aquellos que no hacen penitencia

1Pero todos aquellos y aquellas que no viven en penitencia, 2y no reciben el

cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo, 3y se dedican a vicios y pecados, y que

andan tras la mala concupiscencia y los malos deseos de su carne, 4y no guardan lo que

prometieron al Señor, 5y sirven corporalmente al mundo con los deseos carnales y las

preocupaciones del siglo y los cuidados de esta vida: 6Apresados por el diablo, cuyos

hijos son y cuyas obras hacen (cf. Jn 8,41), 7están ciegos, porque no ven la verdadera

luz, nuestro Señor Jesucristo. 8No tienen la sabiduría espiritual, porque no tienen al Hijo

de Dios, que es la verdadera sabiduría del Padre; 9de ellos se dice: Su sabiduría ha sido

devorada (Sal 106,27), y: Malditos los que se apartan de tus mandatos (Sal 118,21).

10Ven y conocen, saben y hacen el mal, y ellos mismos, a sabiendas, pierden sus almas.

11Ved, ciegos, engañados por vuestros enemigos, por la carne, el mundo y el diablo, que

al cuerpo le es dulce hacer el pecado y le es amargo hacerlo servir a Dios; 12porque

todos los vicios y pecados salen y proceden del corazón de los hombres, como dice el

Señor en el Evangelio (cf. Mc 7,21). 13Y nada tenéis en este siglo ni en el futuro. 14Y

pensáis poseer por largo tiempo las vanidades de este siglo, pero estáis engañados,

porque vendrá el día y la hora en los que no pensáis, no sabéis e ignoráis; enferma el

cuerpo, se aproxima la muerte y así se muere de muerte amarga. 15Y dondequiera,

cuando quiera, como quiera que muere el hombre en pecado mortal sin penitencia ni

satisfacción, si puede satisfacer y no satisface, el diablo arrebata su alma de su cuerpo

con tanta angustia y tribulación, que nadie puede saberlo sino el que las sufre. 16Y todos

los talentos y poder y ciencia y sabiduría (2 Par 1,12) que pensaban tener, se les quitará

(cf. Lc 8,18; Mc 4,25). 17Y lo dejan a parientes y amigos; y ellos toman y dividen su

hacienda, y luego dicen: Maldita sea su alma, porque pudo darnos más y adquirir más de

lo que adquirió. 18Los gusanos comen el cuerpo, y así aquéllos perdieron el cuerpo y el

alma en este breve siglo, e irán al infierno, donde serán atormentados sin fin.

19A todos aquellos a quienes lleguen estas letras, les rogamos, en la caridad que es

Dios (cf. 1 Jn 4,16), que reciban benignamente, con amor divino, las susodichas

odoríferas palabras de nuestro Señor Jesucristo. 20Y los que no saben leer, hagan que se

las lean muchas veces; 21y reténganlas consigo junto con obras santas hasta el fin,

porque son espíritu y vida (Jn 6,64). 22Y los que no hagan esto, tendrán que dar cuenta

en el día del juicio (cf. Mt 12,36), ante el tribunal de nuestro Señor Jesucristo (cf. Rom

14,10).

------------------------------------------------------------------------

CARTA A LOS FIELES II [CtaF2]

(Segunda redacción)

En el nombre del Señor, Padre e Hijo y Espíritu Santo. Amén.

1A todos los cristianos religiosos, clérigos y laicos, hombres y mujeres, a todos

los que habitan en el mundo entero, el hermano Francisco, su siervo y súbdito: obsequio

con reverencia, paz verdadera del cielo y sincera caridad en el Señor.

2Puesto que soy siervo de todos, estoy obligado a serviros a todos y a

administraros las odoríferas palabras de mi Señor. 3Por eso, considerando en mi espíritu

que no puedo visitaros a cada uno personalmente a causa de la enfermedad y debilidad

de mi cuerpo, me he propuesto anunciaros, por medio de las presentes letras y de

mensajeros, las palabras de nuestro Señor Jesucristo, que es la Palabra del Padre, y las

palabras del Espíritu Santo, que son espíritu y vida (Jn 6,64).

[La Palabra del Padre encarnada: el Señor Jesucristo]

4El altísimo Padre anunció desde el cielo, por medio de su santo ángel Gabriel, esta

Palabra del Padre, tan digna, tan santa y gloriosa, en el seno de la santa y gloriosa Virgen

María, de cuyo seno recibió la verdadera carne de nuestra humanidad y fragilidad. 5Él,

siendo rico (2 Cor 8,9), quiso sobre todas las cosas elegir, con la beatísima Virgen, su

Madre, la pobreza en el mundo. 6Y cerca de la pasión, celebró la Pascua con sus

discípulos y, tomando el pan, dio las gracias y lo bendijo y lo partió diciendo: Tomad y

comed, éste es mi cuerpo (Mt 26,26). 7Y tomando el cáliz dijo: Ésta es mi sangre del

Nuevo Testamento, que será derramada por vosotros y por muchos para remisión de los

pecados (Mt 26,27). 8Después oró al Padre diciendo: Padre, si es posible, que pase de

mí este cáliz (Mt 26,39). 9Y se hizo su sudor como gotas de sangre que caían en tierra

(Lc 22,44). 10Puso, sin embargo, su voluntad en la voluntad del Padre, diciendo: Padre,

hágase tu voluntad (Mt 26,42); no como yo quiero, sino como quieras tú (Mt 26,39).

11Y la voluntad del Padre fue que su Hijo bendito y glorioso, que él nos dio y que nació

por nosotros, se ofreciera a sí mismo por su propia sangre como sacrificio y hostia en el

ara de la cruz; 12no por sí mismo, por quien fueron hechas todas las cosas (cf. Jn 1,3),

sino por nuestros pecados, 13dejándonos ejemplo, para que sigamos sus huellas (cf. 1

Pe 2,21). 14Y quiere que todos nos salvemos por él y que lo recibamos con nuestro

corazón puro y nuestro cuerpo casto. 15Pero son pocos los que quieren recibirlo y ser

salvos por él, aunque su yugo sea suave y su carga ligera (cf. Mt 11,30).

[Práctica de la vida cristiana]

16Los que no quieren gustar cuán suave sea el Señor (cf. Sal 33,9) y aman las

tinieblas más que la luz (Jn 3,19), no queriendo cumplir los mandamientos de Dios, son

malditos; 17de ellos se dice por el profeta: Malditos los que se apartan de tus mandatos

(Sal 118,21). 18Pero, ¡oh cuán bienaventurados y benditos son aquellos que aman a Dios

y hacen como dice el mismo Señor en el Evangelio: Amarás al Señor tu Dios con todo el

corazón y con toda la mente, y a tu prójimo como a ti mismo (Mt 22,37.39)!

19Por consiguiente, amemos a Dios y adorémoslo con corazón puro y mente pura,

porque él mismo, buscando esto sobre todas las cosas, dijo: Los verdaderos adoradores

adorarán al Padre en espíritu y verdad (Jn 4,23). 20Pues todos los que lo adoran, lo

deben adorar en el Espíritu de la verdad (cf. Jn 4,24). 21Y digámosle alabanzas y

oraciones día y noche (Sal 31,4) diciendo: Padre nuestro, que estás en el cielo (Mt 6,9),

porque es preciso que oremos siempre y que no desfallezcamos (cf. Lc 18,1).

22Ciertamente debemos confesar al sacerdote todos nuestros pecados; y

recibamos de él el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo. 23Quien no come su

carne y no bebe su sangre (cf. Jn 6,55. 57), no puede entrar en el reino de Dios (Jn 3,5).

24Sin embargo, que coma y beba dignamente, porque quien lo recibe indignamente, come

y bebe su propia condenación, no distinguiendo el cuerpo del Señor (1 Cor 11,29), esto

es, que no lo discierne. 25Además, hagamos frutos dignos de penitencia (Lc 3,8). 26Y

amemos al prójimo como a nosotros mismos (cf. Mt 22,39). 27Y si alguno no quiere

amarlo como a sí mismo, al menos no le cause mal, sino que le haga bien.

28Y los que han recibido la potestad de juzgar a los otros, ejerzan el juicio con

misericordia, como ellos mismos quieren obtener del Señor misericordia. 29Pues habrá

un juicio sin misericordia para aquellos que no hayan hecho misericordia (Sant 2,13).

30Así pues, tengamos caridad y humildad; y hagamos limosnas, porque la limosna lava

las almas de las manchas de los pecados (cf. Tob 4,11; 12,9). 31En efecto, los hombres

pierden todo lo que dejan en este siglo; llevan consigo, sin embargo, el precio de la

caridad y las limosnas que hicieron, por las que tendrán del Señor premio y digna

remuneración.

32Debemos también ayunar y abstenernos de los vicios y pecados (cf. Eclo 3,32),

y de lo superfluo en comidas y bebida, y ser católicos. 33Debemos también visitar las

iglesias frecuentemente y venerar y reverenciar a los clérigos, no tanto por ellos mismos

si fueren pecadores, sino por el oficio y administración del santísimo cuerpo y sangre de

Cristo, que sacrifican en el altar, y reciben, y administran a los otros. 34Y sepamos

todos firmemente que nadie puede salvarse sino por las santas palabras y por la sangre

de nuestro Señor Jesucristo, que los clérigos dicen, anuncian y administran. 35Y ellos

solos deben administrar, y no otros. 36Y especialmente los religiosos, que han

renunciado al siglo, están obligados a hacer más y mayores cosas, pero sin omitir éstas

(cf. Lc 11,42).

37Debemos tener odio a nuestro cuerpo con sus vicios y pecados, porque dice el

Señor en el Evangelio: Todos los males, vicios y pecados salen del corazón (Mt 15,18-

19; Mc 7,23). 38Debemos amar a nuestros enemigos y hacer bien a los que nos tienen

odio (cf. Mt 5,44; Lc 6,27). 39Debemos observar los preceptos y consejos de nuestro

Señor Jesucristo. 40Debemos también negarnos a nosotros mismos (cf. Mt 16,24) y

poner nuestro cuerpo bajo el yugo de la servidumbre y de la santa obediencia, como cada

uno lo haya prometido al Señor. 41Y que ningún hombre esté obligado por obediencia a

obedecer a nadie en aquello en que se comete delito o pecado.

42Mas aquel a quien se ha encomendado la obediencia y que es tenido como el

mayor, sea como el menor (Lc 22,26) y siervo de los otros hermanos. 43Y haga y tenga

para con cada uno de sus hermanos la misericordia que querría se le hiciera a él, si

estuviese en un caso semejante (cf. Mt 7,12). 44Y no se irrite contra el hermano por el

delito del mismo hermano, sino que, con toda paciencia y humildad, amonéstelo

benignamente y sopórtelo.

45No debemos ser sabios y prudentes según la carne, sino que, por el contrario,

debemos ser sencillos, humildes y puros. 46Y tengamos nuestro cuerpo en oprobio y

desprecio, porque todos, por nuestra culpa, somos miserables y pútridos, hediondos y

gusanos, como dice el Señor por el profeta: Yo soy gusano y no hombre, oprobio de los

hombres y desprecio de la plebe (Sal 21,7). 47Nunca debemos desear estar por encima

de los otros, sino que, por el contrario, debemos ser siervos y estar sujetos a toda

humana criatura por Dios (1 Pe 2,13).

[Bienaventuranza de la vida teologal]

48Y sobre todos ellos y ellas, mientras hagan tales cosas y perseveren hasta el fin,

descansará el espíritu del Señor (Is 11,2) y hará en ellos habitación y morada (cf. Jn

14,23). 49Y serán hijos del Padre celestial (cf. Mt 5,45), cuyas obras hacen. 50Y son

esposos, hermanos y madres de nuestro Señor Jesucristo (cf. Mt 12,50). 51Somos

esposos cuando, por el Espíritu Santo, el alma fiel se une a Jesucristo. 52Somos

ciertamente hermanos cuando hacemos la voluntad de su Padre, que está en el cielo (cf.

Mt 12,50); 53madres, cuando lo llevamos en nuestro corazón y en nuestro cuerpo (cf. 1

Cor 6,20), por el amor y por una conciencia pura y sincera; y lo damos a luz por medio

de obras santas, que deben iluminar a los otros como ejemplo (cf. Mt 5,16).

54¡Oh cuán glorioso y santo y grande, tener un Padre en los cielos! 55¡Oh cuán

santo, consolador, bello y admirable, tener un esposo! 56¡Oh cuán santo y cuán amado,

placentero, humilde, pacífico, dulce, amable y sobre todas las cosas deseable, tener un tal

hermano y un tal hijo!, que dio su vida por sus ovejas (cf. Jn 10,15) y oró al Padre por

nosotros diciendo: Padre santo, guarda en tu nombre a los que me has dado (Jn 17,11).

57Padre, todos los que me has dado en el mundo eran tuyos y tú me los has dado (Jn

17,6). 58Y las palabras que tú me diste se las he dado a ellos; y ellos las han recibido y

han reconocido verdaderamente que salí de ti, y han creído que tú me has enviado (Jn

17,8); ruego por ellos y no por el mundo (cf. Jn 17,9); bendícelos y santifícalos (Jn

17,17). 59Y por ellos me santifico a mí mismo, para que sean santificados en (Jn 17,19)

la unidad, como también nosotros (Jn 17,11) lo somos. 60Y quiero, Padre, que, donde

yo esté, estén también ellos conmigo, para que vean mi gloria (Jn 17,24) en tu reino (Mt

20,21).

61Y a aquel que tanto ha soportado por nosotros, que tantos bienes nos ha traído

y nos traerá en el futuro, y a Dios, toda criatura que hay en los cielos, en la tierra, en el

mar y en los abismos rinda alabanza, gloria, honor y bendición (cf. Ap 5,13), 62porque

él es nuestro poder y nuestra fortaleza, y sólo él es bueno, sólo él altísimo, sólo él

omnipotente, admirable, glorioso y sólo él santo, laudable y bendito por los infinitos

siglos de los siglos. Amén.

[De los que no hacen penitencia]

63Pero todos aquellos que no viven en penitencia, y no reciben el cuerpo y la

sangre de nuestro Señor Jesucristo, 64y se dedican a vicios y pecados; y los que andan

tras la mala concupiscencia y los malos deseos, y no guardan lo que prometieron, 65y

sirven corporalmente al mundo con los deseos carnales, los cuidados y preocupaciones

de este siglo y los cuidados de esta vida, 66engañados por el diablo, cuyos hijos son y

cuyas obras hacen (cf. Jn 8,41), están ciegos, porque no ven la verdadera luz, nuestro

Señor Jesucristo. 67No tienen la sabiduría espiritual, porque no tienen en sí al Hijo de

Dios, que es la verdadera sabiduría del Padre; de ellos se dice: Su sabiduría ha sido

devorada (Sal 106,27). 68Ven, conocen, saben y hacen el mal; y ellos mismos, a

sabiendas, pierden sus almas. 69Ved, ciegos, engañados por nuestros enemigos, a saber,

por la carne, el mundo y el diablo, que al cuerpo le es dulce hacer el pecado y amargo

servir a Dios, porque todos los males, vicios y pecados salen y proceden del corazón de

los hombres, como dice el Señor en el Evangelio (cf. Mc 7,21.23). 70Y nada tenéis en

este siglo ni en el futuro. 71Pensáis poseer por largo tiempo las vanidades de este siglo,

pero estáis engañados, porque vendrá el día y la hora en los que no pensáis y no sabéis e

ignoráis.

72Enferma el cuerpo, se aproxima la muerte, vienen los parientes y amigos

diciendo: Dispón de tus bienes. 73He aquí que su mujer y sus hijos y los parientes y

amigos fingen llorar. 74Y mirando alrededor los ve llorando, se mueve por un mal

movimiento, y pensando dentro de sí dice: He aquí mi alma y mi cuerpo y todas mis

cosas, que pongo en vuestras manos. 75Verdaderamente es maldito este hombre, que

confía y expone su alma y su cuerpo y todas sus cosas en tales manos; 76por eso el

Señor dice por el profeta: Maldito el hombre que confía en el hombre (Jer 17,15). 77Y al

punto hacen venir al sacerdote; el sacerdote le dice: «¿Quieres recibir la penitencia de

todos tus pecados?» 78Responde: «Quiero». «¿Quieres satisfacer según puedes, con tus

bienes, por tus pecados y por aquello en que defraudaste y engañaste a la gente?»

79Responde: «No». Y el sacerdote le dice: «¿Por qué no?» 80«Porque lo he dejado todo

en manos de los parientes y amigos.» 81Y comienza a perder el habla, y así muere aquel

miserable.

82Y sepan todos que dondequiera y como quiera que muera el hombre en pecado

mortal sin satisfacción –si podía satisfacer y no satisfizo–, el diablo arrebata su alma de

su cuerpo con tanta angustia y tribulación, cuanta ninguno puede saberlo, sino el que las

sufre. 83Y todos los talentos y poder y ciencia que pensaba tener (cf. Lc 8,18), se le

quitará (Mc 4,25). 84Y lo deja a parientes y amigos, y ellos tomarán y dividirán su

hacienda, y luego dirán: «Maldita sea su alma, porque pudo darnos más y adquirir más

de lo que adquirió». 85Los gusanos comen el cuerpo; y así aquél pierde el cuerpo y el

alma en este breve siglo, e irá al infierno, donde será atormentado sin fin.

[Despedida]

86En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. 87Yo, el

hermano Francisco, vuestro menor siervo, os ruego y os conjuro, en la caridad que es

Dios (cf. 1 Jn 4,16) y con la voluntad de besaros los pies, que recibáis con humildad y

caridad éstas y las demás palabras de nuestro Señor Jesucristo, y que las pongáis por

obra y las observéis. 88Y a todos aquellos y aquellas que las reciban benignamente, las

entiendan y envíen copia de las mismas a otros, y si en ellas perseveran hasta el fin (Mt

24,13), bendígalos el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo. Amén.

------------------------------------------------------------------------

CARTA A Fr. LEÓN [CtaL]

1Hermano León, tu hermano Francisco te desea salud y paz. 2Así te digo, hijo

mío, como una madre, que todo lo que hemos hablado en el camino, brevemente lo

resumo y aconsejo en estas palabras, y si después tú necesitas venir a mí por consejo,

pues así te aconsejo: 3Cualquiera que sea el modo que mejor te parezca de agradar al

Señor Dios y seguir sus huellas y pobreza, hazlo con la bendición del Señor Dios y con

mi obediencia. 4Y si te es necesario en cuanto a tu alma, para mayor consuelo tuyo, y

quieres, León, venir a mí, ven.

------------------------------------------------------------------------

CARTA A UN MINISTRO [CtaM]

1A fray N., ministro: El Señor te bendiga (cf. Núm 6,24). 2Acerca del caso de tu

alma, te digo, como puedo, que todo aquello que te impide amar al Señor Dios, y

quienquiera que sea para ti un impedimento, trátese de frailes o de otros, aun cuando te

azotaran, debes tenerlo todo por gracia. 3Y así lo quieras y no otra cosa. 4Y tenlo esto

por verdadera obediencia al Señor Dios y mí, porque sé firmemente que ésta es

verdadera obediencia. 5Y ama a aquellos que te hacen esto. 6Y no quieras de ellos otra

cosa, sino cuanto el Señor te dé. 7Y ámalos en esto; y no quieras que sean mejores

cristianos. 8Y que esto sea para ti más que el eremitorio. 9Y en esto quiero conocer si tú

amas al Señor y a mí, siervo suyo y tuyo, si hicieras esto, a saber, que no haya hermano

alguno en el mundo que haya pecado todo cuanto haya podido pecar, que, después que

haya visto tus ojos, no se marche jamás sin tu misericordia, si pide misericordia. 10Y si

él no pidiera misericordia, que tú le preguntes si quiere misericordia. 11Y si mil veces

pecara después delante de tus ojos, ámalo más que a mí para esto, para que lo atraigas al

Señor; y ten siempre misericordia de tales hermanos. 12Y, cuando puedas, haz saber a

los guardianes que, por tu parte, estás resuelto a obrar así.

13Y de todos los capítulos de la Regla que hablan de los pecados mortales, con la

ayuda del Señor, en el capítulo de Pentecostés, con el consejo de los hermanos, haremos

un capítulo de este tenor: 14Si alguno de los hermanos, por instigación del enemigo,

pecara mortalmente, esté obligado por obediencia a recurrir a su guardián. 15Y todos los

hermanos que sepan que ha pecado, no lo avergüencen ni lo difamen, sino tengan gran

misericordia de él, y mantengan muy oculto el pecado de su hermano; porque no

necesitan médico los sanos sino los que están mal (Mt 9,12). 16De igual modo, estén

obligados por obediencia a enviarlo a su custodio con un compañero. 17Y el custodio

mismo que lo atienda con misericordia, como él querría que se le atendiera, si estuviese

en un caso semejante (cf. Mt 7,12). 18Y si cayera en un pecado venial, confiéselo a un

hermano suyo sacerdote. 19Y si no hubiera allí sacerdote, confiéselo a un hermano suyo,

hasta que tenga un sacerdote que lo absuelva canónicamente, como se ha dicho. 20Y

éstos no tengan en absoluto potestad de imponer otra penitencia sino ésta: Vete, y no

quieras pecar más (cf. Jn 8,11).

21Para que este escrito sea mejor observado, tenlo contigo hasta Pentecostés; allí

estarás con tus hermanos. 22Y, con la ayuda del Señor Dios, procuraréis completar estas

cosas y todas las otras que se echan de menos en la Regla.

------------------------------------------------------------------------

CARTA A TODA LA ORDEN [CtaO]

1En el nombre de la suma Trinidad y de la santa Unidad, Padre e Hijo y Espíritu

Santo. Amén.

2A todos los reverendos y muy amados hermanos, a fray A., ministro general de

la religión de los Hermanos Menores, su señor, y a los demás ministros generales que lo

serán después de él, y a todos los ministros y custodios y sacerdotes de la misma

fraternidad, humildes en Cristo, y a todos los hermanos sencillos y obedientes, primeros

y últimos, 3el hermano Francisco, hombre vil y caduco, vuestro pequeñuelo siervo, os

desea salud en aquel que nos redimió y nos lavó en su preciosísima sangre (cf. Ap 1,5);

4al oír su nombre, adoradlo con temor y reverencia, rostro en tierra (cf. 2 Esd 8,6); su

nombre es Señor Jesucristo, Hijo del Altísimo (cf. Lc 1,32), que es bendito por los siglos

(Rom 1,25).

5Oíd, señores hijos y hermanos míos, y prestad oídos a mis palabras (Hch 2,14).

6Inclinad el oído (Is 55,3) de vuestro corazón y obedeced a la voz del Hijo de Dios.

7Guardad en todo vuestro corazón sus mandamientos y cumplid perfectamente sus

consejos. 8Confesadlo, porque es bueno (Sal 135,1), y ensalzadlo en vuestras obras

(Tob 13,6); 9porque por esa razón os ha enviado al mundo entero, para que de palabra y

de obra deis testimonio de su voz y hagáis saber a todos que no hay omnipotente sino él

(cf. Tob 13,4). 10Perseverad en la disciplina (Heb 12,7) y en la santa obediencia, y lo

que le prometisteis con bueno y firme propósito cumplidlo. 11Como a hijos se nos

ofrece el Señor Dios (Heb 12,7).

12Así pues, os ruego a todos vosotros, hermanos, besándoos los pies y con la

caridad que puedo, que manifestéis toda reverencia y todo honor, tanto cuanto podáis, al

santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, 13en el cual las cosas que hay en

los cielos y en la tierra han sido pacificadas y reconciliadas con el Dios omnipotente (cf.

Col 1,20).

[A los hermanos sacerdotes]

14Ruego también en el Señor a todos mis hermanos sacerdotes, los que son y

serán y desean ser sacerdotes del Altísimo, que siempre que quieran celebrar la misa,

puros y puramente hagan con reverencia el verdadero sacrificio del santísimo cuerpo y

sangre de nuestro Señor Jesucristo, con intención santa y limpia, y no por cosa alguna

terrena ni por temor o amor de hombre alguno, como para agradar a los hombres (cf. Ef

6,6; Col 3,22); 15sino que toda la voluntad, en cuanto la gracia la ayude, se dirija a Dios,

deseando agradar al solo sumo Señor en persona, porque allí solo él mismo obra como le

place; 16porque, como él mismo dice: Haced esto en memoria mía (Lc 22,19; 1 Cor

11,24); si alguno lo hace de otra manera, se convierte en Judas el traidor, y se hace reo

del cuerpo y de la sangre del Señor (cf. 1 Cor 11,27).

17Recordad, hermanos míos sacerdotes, lo que está escrito de la ley de Moisés,

cuyo transgresor, aun en cosas materiales, moría sin misericordia alguna por sentencia

del Señor (cf. Heb 10,28). 18¡Cuánto mayores y peores suplicios merecerá padecer

quien pisotee al Hijo de Dios y profane la sangre de la alianza, en la que fue santificado,

y ultraje al Espíritu de la gracia! (Heb 10,29). 19Pues el hombre desprecia, profana y

pisotea al Cordero de Dios cuando, como dice el Apóstol, no distingue (1 Cor 11,29) ni

discierne el santo pan de Cristo de los otros alimentos y obras, y o bien lo come siendo

indigno, o bien, aunque sea digno, lo come vana e indignamente, siendo así que el Señor

dice por el profeta: Maldito el hombre que hace la obra de Dios fraudulentamente (cf. Jer

48,10). 20Y a los sacerdotes que no quieren poner esto en su corazón de veras los

condena diciendo: Maldeciré vuestras bendiciones (Mal 2,2).

21Oídme, hermanos míos: Si la bienaventurada Virgen es de tal suerte honrada,

como es digno, porque lo llevó en su santísimo seno; si el Bautista bienaventurado se

estremeció y no se atreve a tocar la cabeza santa de Dios; si el sepulcro, en el que yació

por algún tiempo, es venerado, 22¡cuán santo, justo y digno debe ser quien toca con sus

manos, toma en su corazón y en su boca y da a los demás para que lo tomen, al que ya

no ha de morir, sino que ha de vivir eternamente y ha sido glorificado, a quien los ángeles

desean contemplar! (1 Pe 1,12).

23Ved vuestra dignidad, hermanos sacerdotes (cf. 1 Cor 1,26), y sed santos,

porque él es santo (cf. Lev 19,2). 24Y así como el Señor Dios os ha honrado a vosotros

sobre todos por causa de este ministerio, así también vosotros, sobre todos, amadlo,

reverenciadlo y honradlo. 25Gran miseria y miserable debilidad, que cuando lo tenéis tan

presente a él en persona, vosotros os preocupéis de cualquier otra cosa en todo el

mundo. 26¡Tiemble el hombre entero, que se estremezca el mundo entero, y que el cielo

exulte, cuando sobre el altar, en las manos del sacerdote, está Cristo, el Hijo del Dios

vivo (Jn 11,27)! 27¡Oh admirable celsitud y asombrosa condescendencia! ¡Oh humildad

sublime! ¡Oh sublimidad humilde, pues el Señor del universo, Dios e Hijo de Dios, de tal

manera se humilla, que por nuestra salvación se esconde bajo una pequeña forma de pan!

28Ved, hermanos, la humildad de Dios y derramad ante él vuestros corazones (Sal 61,9);

humillaos también vosotros para que seáis ensalzados por él (cf. 1 Pe 5,6; Sant 4,10).

29Por consiguiente, nada de vosotros retengáis para vosotros, a fin de que os reciba todo

enteros el que se os ofrece todo entero.

30Amonesto por eso y exhorto en el Señor que, en los lugares en que moran los

hermanos, se celebre solamente una misa por día, según la forma de la santa Iglesia. 31Y

si en un lugar hubiera muchos sacerdotes, que el uno se contente, por amor de la caridad,

con oír la celebración del otro sacerdote; 32porque el Señor Jesucristo colma a los

presentes y a los ausentes que son dignos de él. 33El cual, aunque se vea que está en

muchos lugares, permanece, sin embargo, indivisible y no conoce detrimento alguno, sino

que, siendo uno en todas partes, obra como le place con el Señor Dios Padre y el

Espíritu Santo Paráclito por los siglos de los siglos. Amén.

[A todos los hermanos]

34Y, porque el que es de Dios oye las palabras de Dios (cf. Jn 8,47), debemos, en

consecuencia, nosotros, que más especialmente estamos dedicados a los divinos oficios,

no sólo oír y hacer lo que dice Dios, sino también custodiar los vasos y los demás libros

litúrgicos, que contienen sus santas palabras, para que nos penetre la celsitud de nuestro

Creador y nuestra sumisión al mismo. 35Por eso, amonesto a todos mis hermanos y los

animo en Cristo para que, en cualquier parte en que encuentren palabras divinas escritas,

las veneren como puedan, 36y, por lo que a ellos respecta, si no están bien guardadas o

se encuentran indecorosamente esparcidas en algún lugar, las recojan y las guarden,

honrando al Señor en las palabras que habló (3 Re 2,4). 37Pues muchas cosas son

santificadas por las palabras de Dios (cf. 1 Tim 4,5), y el sacramento del altar se realiza

en virtud de las palabras de Cristo.

38Además, yo confieso todos mis pecados al Señor Dios, Padre e Hijo y Espíritu

Santo, a la bienaventurada María, perpetua virgen, y a todos los santos del cielo y de la

tierra, a fray H., ministro de nuestra religión, como a venerable señor mío, y a los

sacerdotes de nuestra Orden y a todos los otros hermanos míos benditos. 39En muchas

cosas he pecado por mi grave culpa, especialmente porque no he guardado la Regla que

prometí al Señor, ni he rezado el oficio como manda la Regla, o por negligencia, o con

ocasión de mi enfermedad, o porque soy ignorante e iletrado. 40Por tanto, a causa de

todas estas cosas, ruego como puedo a fray H., mi señor ministro general, que haga que

la Regla sea observada inviolablemente por todos; 41y que los clérigos recen el oficio con

devoción en la presencia de Dios, no atendiendo a la melodía de la voz, sino a la

consonancia de la mente, de forma que la voz concuerde con la mente, y la mente

concuerde con Dios, 42para que puedan aplacar a Dios por la pureza del corazón y no

recrear los oídos del pueblo con la sensualidad de la voz. 43Pues yo prometo guardar

firmemente estas cosas, así como Dios me dé la gracia para ello; y transmitiré estas cosas

a los hermanos que están conmigo para que sean observadas en el oficio y en las demás

constituciones regulares.

44Y a cualesquiera de los hermanos que no quieran observar estas cosas, no los

tengo por católicos ni por hermanos míos; tampoco quiero verlos ni hablarles, hasta que

hagan penitencia. 45Esto lo digo también de todos los otros que andan vagando,

pospuesta la disciplina de la Regla; 46porque nuestro Señor Jesucristo dio su vida para

no perder la obediencia de su santísimo Padre (cf. Fil 2,8).

47Yo, el hermano Francisco, hombre inútil e indigna criatura del Señor Dios, digo

por el Señor Jesucristo a fray H., ministro de toda nuestra religión, y a todos los

ministros generales que lo serán después de él, y a los demás custodios y guardianes de

los hermanos, los que lo son y los que lo serán, que tengan consigo este escrito, lo

pongan por obra y lo conserven diligentemente. 48Y les suplico que guarden

solícitamente lo que está escrito en él y lo hagan observar más diligentemente, según el

beneplácito del Dios omnipotente, ahora y siempre, mientras exista este mundo.

49Benditos vosotros del Señor (Sal 113,13), los que hagáis estas cosas, y que el

Señor esté eternamente con vosotros. Amén.

[Oración]

50Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios, danos a nosotros,

miserables, hacer por ti mismo lo que sabemos que tú quieres, y siempre querer lo que te

place, 51para que, interiormente purificados, interiormente iluminados y abrasados por

el fuego del Espíritu Santo, podamos seguir las huellas (cf. 1 Pe 2,21) de tu amado Hijo,

nuestro Señor Jesucristo, 52y por sola tu gracia llegar a ti, Altísimo, que, en Trinidad

perfecta y en simple Unidad, vives y reinas y eres glorificado, Dios omnipotente, por

todos los siglos de los siglos. Amén.

------------------------------------------------------------------------

EXHORTACIÓN A LA ALABANZA DE DIOS [ExhAD]

1Temed al Señor y dadle honor (Ap 14,7).

2Digno es el Señor de recibir alabanza y honor (cf. Ap 4,11).

3Todos los que teméis al Señor, alabadlo (cf. Sal 21,24).

4Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo (Lc 1,28).

5Alabadlo, cielo y tierra (cf. Sal 68,35 - Salt. Rom.).

6Alabad todos los ríos al Señor (cf. Dan 3,78).

7Bendecid, hijos de Dios, al Señor (cf. Dan 3,82).

8Éste es el día que hizo el Señor, exultemos y alegrémonos en él (Sal 117,24 - Salt.

Rom). ¡Aleluya, aleluya,aleluya! ¡Rey de Israel! (Jn 12,13).

9Todo espíritu alabe al Señor (Sal 150,6).

10Alabad al Señor, porque es bueno (Sal 146,1); todos los que leéis esto, bendecid

al Señor

(Sal 102,21 - Salt. Rom.).

11Todas las criaturas, bendecid al Señor (cf. Sal 102,22).

12Todas las aves del cielo, alabad al Señor (cf. Dan 3,80; Sal 148,7-10). 13Todos

los niños, alabad al Señor (cf. Sal 112,1).

14Jóvenes y vírgenes, alabad al Señor (cf. Sal 148,12).

15Digno es el cordero, que ha sido sacrificado, de recibir alabanza, gloria y honor

(cf. Ap 5,12).

16Bendita sea la santa Trinidad e indivisa Unidad.

17San Miguel Arcángel, defiéndenos en el combate.

------------------------------------------------------------------------

EXPOSICIÓN DEL PADRE NUESTRO [ExpPN]

1Oh santísimo Padre nuestro: creador, redentor, consolador y salvador nuestro.

2Que estás en el cielo: en los ángeles y en los santos; iluminándolos para el

conocimiento, porque tú, Señor, eres luz; inflamándolos para el amor, porque tú, Señor,

eres amor; habitando en ellos y colmándolos para la bienaventuranza, porque tú, Señor,

eres sumo bien, eterno bien, del cual viene todo bien, sin el cual no hay ningún bien.

3Santificado sea tu nombre: clarificada sea en nosotros tu noticia, para que

conozcamos cuál es la anchura (cf. Ef 3,18) de tus beneficios, la largura de tus promesas,

la sublimidad de la majestad y la profundidad de los juicios.

4Venga a nosotros tu reino: para que tú reines en nosotros por la gracia y nos

hagas llegar a tu reino, donde la visión de ti es manifiesta, la dilección de ti perfecta, la

compañía de ti bienaventurada, la fruición de ti sempiterna.

5Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo: para que te amemos con todo el

corazón (cf. Lc 10,27), pensando siempre en ti; con toda el alma, deseándote siempre a

ti; con toda la mente, dirigiendo todas nuestras intenciones a ti, buscando en todo tu

honor; y con todas nuestras fuerzas, gastando todas nuestras fuerzas y los sentidos del

alma y del cuerpo en servicio de tu amor y no en otra cosa; y para que amemos a nuestro

prójimo como a nosotros mismos, atrayéndolos a todos a tu amor según nuestras

fuerzas, alegrándonos del bien de los otros como del nuestro y compadeciéndolos en sus

males y no dando a nadie ocasión alguna de tropiezo (cf. 2 Cor 6,3).

6Danos hoy nuestro pan de cada día: tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo:

para memoria e inteligencia y reverencia del amor que tuvo por nosotros, y de lo que por

nosotros dijo, hizo y padeció.

7Perdona nuestras ofensas: por tu misericordia inefable, por la virtud de la pasión

de tu amado Hijo y por los méritos e intercesión de la beatísima Virgen y de todos tus

elegidos.

8Como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden: y lo que no

perdonamos plenamente, haz tú, Señor, que lo perdonemos plenamente, para que, por ti,

amemos verdaderamente a los enemigos, y ante ti por ellos devotamente intercedamos,

no devolviendo a nadie mal por mal (1 Tes 5,15), y nos apliquemos a ser provechosos

para todos en ti.

9No nos dejes caer en la tentación: oculta o manifiesta, súbita o importuna.

10Y líbranos del mal: pasado, presente y futuro. Gloria al Padre, etc.

------------------------------------------------------------------------

FORMA DE VIDA PARA SANTA CLARA [FVCl]

1Ya que por divina inspiración os habéis hecho hijas y siervas del altísimo y sumo

Rey, el Padre celestial, y os habéis desposado con el Espíritu Santo, eligiendo vivir

según la perfección del santo Evangelio, 2quiero y prometo tener siempre, por mí mismo

y por mis hermanos, un cuidado amoroso y una solicitud especial de vosotras como de

ellos.

------------------------------------------------------------------------

OFICIO DE LA PASIÓN DEL SEÑOR [OfP]

[Introducción]

Comienzan los salmos que dispuso nuestro muy bienaventurado padre Francisco

para reverencia y memoria y alabanza de la pasión del Señor. Se ha de decir uno de ellos

por cada hora del día y de la noche. Y comienzan desde las completas del Viernes Santo

[que se decían al final del día del Jueves Santo], porque en aquella noche fue traicionado

y apresado nuestro Señor Jesucristo. Y adviértase que así decía el bienaventurado

Francisco este oficio: primero decía la oración que el Señor y Maestro nos enseñó:

Santísimo Padre nuestro, etc., con las alabanzas, a saber: Santo, santo, santo, como se

contiene más arriba. Terminadas las alabanzas con la oración, comenzaba esta antífona:

Santa Virgen María. Francisco decía en primer lugar los salmos de Santa María; después

decía otros salmos que había elegido y, al final de todos esos salmos, decía los salmos de

la pasión. Terminado el salmo, decía esta antífona: Santa Virgen María. Terminada la

antífona, se había concluido el oficio.

Parte I

Para el triduo sacro de la semana santa y ferias del año

Completas

Antífona: Santa Virgen María

Salmo I

1Oh Dios, te conté mi vida, * y tú pusiste mis lágrimas en tu presencia (Sal 55,8b-

9).

2Todos mis enemigos tramaban males contra mí (Sal 40,8 - Salterio Romano=R), *

y juntos celebraron consejo (cf. Sal 70,10c - Salterio Galicano=G).

3Y me devolvieron mal por bien, * y odio por mi amor (cf. Sal 108,5).

4En lugar de amarme, me criticaban, * pero yo oraba (Sal 108,4).

5Padre santo mío (Jn 17,11), rey del cielo y de la tierra, no te alejes de mí, *

porque la tribulación está cerca y no hay quien me ayude (Sal 21,12 - R).

6Retrocedan mis enemigos * el día en que te invoque; así conoceré que tú eres mi

Dios (Sal 55,10 - cf. R).

7Mis amigos y mis compañeros se acercaron y se quedaron en pie frente a mí, * y

mis allegados se quedaron lejos de pie (Sal 37,12 - R).

8Alejaste de mí a mis conocidos, * me consideraron como abominación para ellos,

fui traicionado y no huía (Sal 87,9 - cf. R).

9Padre santo (Jn 17,11), no alejes tu auxilio de mí (Sal 21,20); * Dios mío, atiende

a mi auxilio (cf. Sal 70,12).

10Ven en mi ayuda, * Señor, Dios de mi salvación (Sal 37,23).

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo: Como era en el principio, ahora y

siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Antífona:

1Santa Virgen María, no ha nacido en el mundo ninguna semejante a ti entre las

mujeres, 2hija y esclava del altísimo y sumo Rey, el Padre celestial, Madre de nuestro

santísimo Señor Jesucristo, esposa del Espíritu Santo: 3ruega por nosotros con san

Miguel arcángel y con todas las virtudes de los cielos y con todos los santos ante tu

santísimo amado Hijo, Señor y maestro.- Gloria al Padre. Como era.

Adviértase que la sobredicha antífona se dice en todas las horas; y se dice en lugar

de la antífona, de la capítula, del himno, del versículo y de la oración; y así se hace en

maitines y en todas las horas. Ninguna otra cosa decía en ellas, sino esta antífona con sus

salmos. Para terminar el oficio, el bienaventurado Francisco decía siempre:

Oración:

Bendigamos al Señor Dios vivo y verdadero: tributémosle siempre alabanza, gloria,

honor, bendición y todos los bienes. Amén. Amén. Hágase. Hágase.

Maitines

Antífona: Santa Virgen María

Salmo II

1Señor, Dios de mi salvación, * de día y de noche clamé ante ti (Sal 87,2).

2Llegue mi oración a tu presencia, * inclina tu oído a mi súplica (Sal 87,3).

3Atiende a mi alma y rescátala, * por causa de mis enemigos, líbrame (Sal 68,19).

4Porque tú eres quien me sacó (R) del vientre materno, ' mi esperanza desde los

pechos de mi madre; * desde su seno fui lanzado a ti (Sal 21,10).

5Desde el vientre de mi madre eres tú mi Dios; * no te apartes de mí (Sal 21,11).

6Tú conoces mi oprobio y mi confusión * y mi vergüenza (Sal 68,20). 7En tu

presencia están todos los que me atribulan; * improperio y miseria esperó mi corazón

(Sal 68,21).

8Y esperé que alguien se contristara conmigo, y no lo hubo; * y que alguien me

consolara, y no lo encontré (Sal 68,21).

9Oh Dios, los inicuos se alzaron contra mí, * y la sinagoga de los poderosos

anduvo buscando mi alma; y no te pusieron a ti ante sus ojos (Sal 85,14).

10Fui contado con los que bajan a la fosa; * llegué a ser como un hombre sin

ayuda, libre entre los muertos (Sal 87,5-6).

11Tú eres mi Padre santísimo, * Rey mío y Dios mío (Sal 43,5).

12Atiende a mi ayuda, * Señor, Dios de mi salvación (Sal 37,23).

Prima

Antífona: Santa Virgen María

Salmo III

1Ten piedad de mí, oh Dios, ten piedad de mí, * porque mi alma confía en ti (Sal

56,2).

2Y esperaré a la sombra de tus alas, * hasta que pase la iniquidad (Sal 56,2).

3Clamaré al santísimo Padre mío altísimo, * al Señor, que ha sido mi bienhechor

(cf. Sal 56,3).

4Envió desde el cielo y me libró, * entregó al oprobio a los que me pisoteaban (Sal

56,4).

5Envió Dios su misericordia y su verdad; * libró mi alma (Sal 56,4-5 - R) de mis

fortísimos enemigos y de aquellos que me odiaron, porque se hicieron fuertes contra mí

(Sal 17,18).

6Prepararon un lazo para mis pies, * y doblegaron mi alma (Sal 56,7).

7Cavaron ante mí una fosa, * y cayeron en ella (Sal 56,7).

8Mi corazón está preparado, oh Dios, mi corazón está preparado; * cantaré y

recitaré un salmo (Sal 56,8).

9Levántate, gloria mía, levántate, arpa y cítara; * me levantaré a la aurora (Sal

56,9).

10Te confesaré entre los pueblos, Señor, * y te recitaré un salmo entre las gentes

(Sal 56,10).

11Porque tu misericordia se ha engrandecido hasta los cielos; * y hasta las nubes,

tu verdad (Sal 56,11).

12Álzate sobre los cielos, oh Dios; * y sobre toda la tierra, tu gloria (Sal 56,12).

Adviértase que el predicho salmo se dice siempre en prima.

Tercia

Antífona: Santa Virgen María

Salmo IV

1Ten piedad de mí, oh Dios, porque me ha pisoteado el hombre, * todo el día

hostigándome me ha atribulado (Sal 55,2).

2Mis enemigos me han pisoteado todo el día, * porque son muchos los que

guerrean contra mí (Sal 55,3).

3Todos mis enemigos maquinaban males contra mí, * pronunciaron una palabra

inicua contra mí (Sal 40,8-9 - cf. R).

4Los que acechaban mi alma * celebraron consejo juntos (Sal 70,10).

5Salían fuera * y hablaban (Sal 40,7 - R) sobre eso mismo (Sal 40,8 - G).

6Todos los que me vieron se rieron de mí, * hicieron muecas y movieron la cabeza

(Sal 21,8).

7Y yo soy gusano y no hombre, * oprobio de los hombres y desecho del pueblo

(Sal 21,7).

8Me he convertido en gran oprobio para mis vecinos, más que todos mis

enemigos, * y en temor para mis conocidos (Sal 30,12).

9Padre santo (Jn 17,11), no alejes tu auxilio de mí, * mira por mi defensa (Sal

21,20).

10Atiende a mi ayuda, * Señor, Dios de mi salvación (Sal 37,23).

Sexta

Antífona: Santa Virgen María

Salmo V

1A voz en grito clamé al Señor, * a voz en grito supliqué al Señor (Sal 141,2).

2En su presencia derramo mi oración, * y ante él expongo mi tribulación (Sal

141,3).

3Cuando me va faltando el aliento, * y tú conoces mis senderos (Sal 141,4).

4En este camino por donde andaba, * los soberbios me escondieron un lazo (Sal

141,4 - cf. R).

5Yo miraba a la derecha, y veía, * y no había quien me conociese (Sal 141,5).

6No tengo adonde huir, * y no hay quien cuide de mi alma (Sal 141,5).

7Porque por ti soporté el oprobio, * la confusión cubrió mi rostro (Sal 68,8).

8Me he convertido en extraño para mis hermanos, * y en peregrino para los hijos

de mi madre (Sal 68,9).

9Padre Santo (Jn 17,11), el celo de tu casa me devoró, * y los oprobios de los que

te censuraban cayeron sobre mí (Sal 68,10).

10Y se alegraron a mi costa y se reunieron, * se acumularon sobre mí los azotes y

de improviso (Sal 34,15).

11Se multiplicaron más que los cabellos de mi cabeza * los que me odiaron sin

causa (Sal 68,5).

12Se hicieron fuertes los enemigos que me perseguían injustamente; * devolví

entonces lo que no había robado (Sal 68,5).

13Levantándose testigos inicuos, * me preguntaban lo que no sabían (Sal 34,11).

14Me devolvían mal por bien (Sal 34,12) y me criticaban, * porque seguía la

bondad (Sal 37,21).

15Tú eres mi Padre santísimo, * Rey mío y Dios mío (Sal 43,5).

16Atiende a mi ayuda, * Señor, Dios de mi salvación (Sal 37,23).

Nona

Antífona: Santa Virgen María

Salmo VI

1Oh todos vosotros los que pasáis por el camino, * atended y ved si hay dolor

como mi dolor (Lam 1,12).

2Porque me rodearon perros innumerables, * me asedió el consejo de los malvados

(Sal 21,17).

3Ellos me miraron y contemplaron, * se repartieron mis vestidos y echaron a

suerte mi túnica (Sal 21,18-19).

4Taladraron mis manos y mis pies, * y contaron todos mis huesos (Sal 21,17-18 -

R).

5Abrieron su boca contra mí, * como león que apresa y ruge (Sal 21,14).

6Estoy derramado como el agua, * y todos mis huesos están dislocados (Sal

21,15).

7Y mi corazón se ha vuelto como cera que se derrite * en medio de mis entrañas

(Sal 21,15 - R).

8Se secó mi vigor como una teja, * y mi lengua se me pegó al paladar (Sal 21,16).

9Y me dieron hiel para mi comida, * y en mi sed me dieron vinagre (Sal 68,22).

10Y me llevaron al polvo de la muerte (cf. Sal 21,16), * y aumentaron el dolor de

mis llagas (Sal 88,27).

11Yo dormí y me levanté (Sal 3,6 - R), * y mi Padre santísimo me recibió con

gloria (cf. Sal 72,24).

12Padre santo (Jn 17,11), sostuviste mi mano derecha ' y me guiaste según tu

voluntad, * y me recibiste con gloria (Sal 72,24 - R).

13Pues, ¿qué hay para mí en el cielo?; * y fuera de ti, ¿qué he querido sobre la

tierra? (Sal 72,25).

14Mirad, mirad, porque yo soy Dios, dice el Señor; * seré ensalzado entre las

gentes y seré ensalzado en la tierra (cf. Sal 45,11).

15Bendito el Señor Dios de Israel (Lc 1,68), que redimió las almas de sus siervos

con su propia santísima sangre, * y no abandonará a ninguno de los que esperan en él

(Sal 33,23 - R).

16Y sabemos que viene, * que vendrá a juzgar la justicia (cf. Sal 95,13 - R).

Vísperas

Antífona: Santa Virgen María

Salmo VII

1Pueblos todos, batid palmas, * aclamad a Dios con gritos de júbilo (Sal 46,2).

2Porque el Señor es excelso, * terrible, Rey grande sobre toda la tierra (Sal 46,3).

3Porque el santísimo Padre del cielo, nuestro Rey antes de los siglos, * envió a su

amado Hijo desde lo alto y realizó la salvación en medio de la tierra (Sal 73,12).

4Alégrense los cielos y exulte la tierra, ' conmuévase el mar y cuanto lo llena; * se

alegrarán los campos y todo lo que hay en ellos (Sal 95,11-12).

5Cantadle un cántico nuevo, * cantad al Señor, toda la tierra (Sal 95,1).

6Porque grande es el Señor y muy digno de alabanza, * más temible que todos los

dioses (Sal 95,4).

7Familias de los pueblos, ofreced al Señor, ' ofreced al Señor gloria y honor, *

ofreced al Señor gloria para su nombre (Sal 95,7-8).

8Ofreced vuestros cuerpos ' y llevad a cuestas su santa cruz, * y seguid hasta el

fin sus santísimos preceptos (cf. Lc 14,27; 1 Pe 2,21).

9Tiemble en su presencia la tierra entera; * decid entre las gentes que el Señor

reinó desde el madero (Sal 95,9-10 - G/R).

Hasta aquí se dice a diario desde el Viernes Santo hasta la fiesta de la Ascensión. Y

en la fiesta de la Ascensión se añaden estos versículos:

10Y subió al cielo, y está sentado a la derecha del santísimo Padre en el cielo;

elévate sobre el cielo, oh Dios, * y sobre toda la tierra, tu gloria (Sal 56,12).

11Y sabemos que viene, * que vendrá a juzgar la justicia (cf. Sal 95,13 - R).

Y adviértase que, desde la Ascensión hasta el Adviento del Señor, se dice a diario

y del mismo modo este salmo, a saber: Pueblos todos, con los sobredichos versículos,

diciendo Gloria al Padre allí donde se termina el salmo, a saber: que vendrá a juzgar la

justicia.

Adviértase que los sobredichos salmos se dicen desde el Viernes Santo hasta el

domingo de Resurrección. También se dicen desde la octava de Pentecostés hasta el

Adviento del Señor y desde la octava de la Epifanía hasta el domingo de Resurrección,

exceptuados los domingos y fiestas principales, en que no se dicen; por el contrario, se

dicen todos los otros días.

Parte II

Para el tiempo pascual

En el Sábado Santo, a saber, acabado el día del sábado

Completas

Antífona: Santa Virgen María

Salmo VIII

1Oh Dios, ven en mi auxilio; * Señor, date prisa en socorrerme.

2Queden confundidos y avergonzados * los que buscan mi alma.

3Que retrocedan y se ruboricen * los que me desean males.

4Que retrocedan al punto ruborizados * los que me dicen: Bravo, bravo.

5Que se gocen y se alegren en ti todos los que te buscan, * y digan siempre:

‘Magnificado sea el Señor’, los que aman tu salvación.

6Mas yo soy necesitado y pobre; * oh Dios, ayúdame.

7Mi auxilio y mi libertador eres tú; * Señor, no tardes (Sal 69,2-6).

Y se dice a diario en completas, hasta la octava de Pentecostés.

Domingo de Resurrección

Maitines

Antífona: Santa Virgen María

Salmo IX

1Cantad al Señor un cántico nuevo, * porque ha hecho maravillas (Sal 97,1).

2Su diestra ha sacrificado a su amado Hijo, * y su santo brazo (cf. Sal 97,1).

3El Señor ha dado a conocer su salvación, * ante la mirada de las gentes ha

revelado su justicia (Sal 97,2).

4En aquel día envió el Señor su misericordia, * y de noche su cántico (Sal 41,9).

5Éste es el día que hizo el Señor, * exultemos y alegrémonos en él (Sal 117,24).

6Bendito el que viene en el nombre del Señor; * Dios es Señor, y él nos iluminó

(Sal 117,26-27).

7Alégrense los cielos y exulte la tierra, ' conmuévase el mar y cuanto lo llena; * se

alegrarán los campos y todo lo que hay en ellos (Sal 95,11-12).

8Familias de los pueblos, ofreced al Señor, ' ofreced al Señor gloria y honor, *

ofreced al Señor gloria para su nombre (Sal 95,7-8).

Hasta aquí se dice a diario desde el domingo de Resurrección hasta la fiesta de la

Ascensión en todas las horas, excepto en vísperas y en completas y prima. Y la noche

de la Ascensión se añaden estos versículos:

9Reinos de la tierra, cantad a Dios, * cantad un salmo al Señor (Sal 67,33).

10Cantad un salmo a Dios, que se eleva sobre los cielos, * hacia el oriente (Sal

67,33-34).

11He aquí que lanza él su voz, su voz poderosa: ' Dad gloria a Dios en Israel; * su

magnificencia y su poder en las nubes (Sal 67,34-35).

12Admirable es Dios en sus santos; * el Dios de Israel dará poder y fortaleza a su

pueblo; bendito sea Dios (Sal 67,36). Gloria.

Y adviértase que este salmo se dice a diario desde la Ascensión del Señor hasta la

octava de Pentecostés, con los sobredichos versículos, en maitines, y en tercia y sexta y

nona, diciendo Gloria al Padre allí donde se dice: bendito sea Dios, y no en otro lugar.

Adviértase también que se dice del mismo modo sólo en maitines de los domingos

y fiestas principales, desde la octava de Pentecostés hasta el Adviento del Señor, y

desde la octava de Epifanía hasta el Jueves Santo, porque en este día el Señor comió la

pascua con sus discípulos; igualmente, cuado se quiera, se puede decir otro salmo en

maitines o en vísperas, a saber: Te ensalzaré, Señor, etc. [Sal 29], como está en el

salterio; y esto desde el domingo de Resurrección hasta la fiesta de la Ascensión, y no

más allá.

Prima

Antífona: Santa Virgen María

Salmo: Ten piedad de mí, oh Dios, como antes [Sal III]

Tercia, Sexta y Nona

Se dice el Salmo: Cantad, como antes [Sal IX]

Vísperas

Salmo: Pueblos todos, como antes [Sal VII]

Parte III

Para los domingos y fiestas principales

Comienzan otros salmos que dispuso igualmente nuestro muy bienaventurado

padre Francisco, que han de decirse, en lugar de los sobredichos salmos de la pasión del

Señor, los domingos y las fiestas principales, desde la octava de Pentecostés hasta el

Adviento, y desde la octava de Epifanía hasta el Jueves Santo; entiende bien que se han

de decir ese día porque es la pascua del Señor.

Completas

Antífona: Santa Virgen María

Salmo: Oh Dios, ven en mi auxilio, como está en el salterio [Sal VIII]

Maitines

Antífona: Santa Virgen María

Salmo: Cantad, como antes [Sal IX]

Prima

Antífona: Santa Virgen María

Salmo: Ten piedad de mí, oh Dios, como antes [Sal III]

Tercia

Antífona: Santa Virgen María

Salmo X

1Aclamad al Señor, tierra entera, ' decid un salmo en honor de su nombre, * dadle

gloria en alabanza suya (Sal 85,1-2).

2Decid a Dios: Qué terribles son tus obras, Señor; * por la grandeza de tu fuerza,

te adularán tus enemigos (Sal 65,3).

3Que toda la tierra te adore y salmodie para ti, * que diga un salmo en honor de tu

nombre (Sal 65,4).

4Venid, oíd y os contaré, todos los que teméis a Dios, * cuánto ha hecho él a mi

alma (Sal 65,16).

5A él clamé con mi boca, * y lo alabé con mi lengua (Sal 65,17 - R).

6Y desde su santo templo escuchó mi voz, * y mi clamor llegó a su presencia (Sal

17,7).

7Bendecid, pueblos, a nuestro Señor; * y haced que se oiga la voz para su alabanza

(cf. Sal 65,8).

8Y serán benditas en él todas las tribus de la tierra, * todos los pueblos lo

engrandecerán (Sal 71,17).

9Bendito el Señor, Dios de Israel (Lc 1,68), * el único que hace grandes maravillas

(Sal 71,18).

10Y bendito su nombre glorioso para siempre; * y toda la tierra se llenará de su

gloria. Amén, amén (Sal 71,19).

Sexta

Antífona: Santa Virgen María

Salmo XI

1Que te escuche el Señor en el día de la tribulación, * que te proteja el nombre del

Dios de Jacob (Sal 19,2).

2Que te envíe auxilio desde el santuario, * y que desde Sión mire por ti (Sal 19,3).

3Que se acuerde de todos tus sacrificios, * y que tu holocausto le sea grato (Sal 19,4).

4Que te conceda lo que tu corazón desea, * y que confirme todos tus designios

(Sal 19,5).

5Nos alegraremos en tu salvación, * y en el nombre del Señor Dios nuestro

seremos engrandecidos (Sal 19,6 - R).

6Que el Señor colme todas tus peticiones; ' ahora conozco que (Sal 19,7) el Señor

envió a Jesucristo, su Hijo, * y juzgará a los pueblos con justicia (Sal 9,9).

7Y el Señor se ha hecho refugio de los pobres, ' ayuda oportuna en la tribulación; *

y que esperen en ti los que conocen tu nombre (Sal 9,10-11 - R).

8Bendito el Señor, mi Dios (Sal 143,1), ' porque se ha hecho mi protector y mi

refugio * en el día de mi tribulación (Sal 58,17).

9Ayuda mía, a ti te salmodiaré, ' porque tú, oh Dios, eres mi protector, * Dios

mío, misericordia mía (Sal 58,18).

Nona

Antífona: Santa Virgen María

Salmo XII

1En ti, Señor, esperé, no sea confundido para siempre; * en tu justicia líbrame y

sálvame (Sal 70,1-2).

2Inclina a mí tu oído, * y sálvame (Sal 70,2).

3Sé tú para mí un Dios protector ' y un lugar fortificado, * para que me salves (Sal

70,3).

4Porque tú, Señor, eres mi esperanza, * mi confianza, Señor, desde mi juventud

(Sal 70,5).

5En ti estoy apoyado desde el seno materno, ' desde el vientre de mi madre eres tú

mi protector; * en ti está siempre mi canción (Sal 70,6).

6Que se llene mi boca de alabanza, ' para que yo cante tu gloria, * tu grandeza todo

el día (Sal 70,8).

7Escúchame, Señor, porque tu misericordia es benigna; * mírame según la

inmensidad de tus misericordias (Sal 68,17).

8Y no apartes tu rostro de tu siervo; * escúchame enseguida, porque estoy

atribulado (Sal 68,18).

9Bendito el Señor, mi Dios (Sal 143,1), ' porque se ha hecho mi protector y mi

refugio * en el día de mi tribulación (Sal 58,17).

10Ayuda mía, a ti te salmodiaré, ' porque tú, oh Dios, eres mi protector, * Dios

mío, misericordia mía (Sal 58,18).

Vísperas

Antífona: Santa Virgen María

Salmo: Pueblos todos, como antes [Sal VII]

Parte IV

Para el tiempo del Adviento del Señor

Comienzan otros salmos que igualmente dispuso nuestro muy bienaventurado

padre Francisco, que se han de decir, en lugar de los sobredichos salmos de la pasión del

Señor, desde el Adviento del Señor hasta la vigilia de Navidad, y no más allá.

Completas

Antífona: Santa Virgen María

Salmo XIII

1¿Hasta cuándo, Señor, me olvidarás por siempre? * ¿Hasta cuándo apartarás tu

rostro de mí?

2¿Hasta cuándo tendré congojas en mi alma, * dolor en mi corazón cada día?

3¿Hasta cuándo triunfará mi enemigo sobre mí? * Mira y escúchame, Señor, Dios

mío.

4Ilumina mis ojos para que nunca me duerma en la muerte, * para que nunca diga

mi enemigo: He prevalecido contra él.

5Los que me atribulan se alegrarían si yo cayera; * pero yo he esperado en tu

misericordia.

6Mi corazón exultará en tu salvación; cantaré al Señor que me colmó de bienes, * y

salmodiaré al nombre del Señor altísimo (Sal 12,1-6).

Maitines

Antífona: Santa Virgen María

Salmo XIV

1Te alabaré, Señor, santísimo Padre, Rey del cielo y de la tierra, * porque me has

consolado (cf. Is 12,1).

2Tú, oh Dios, eres mi salvador; * actuaré confiadamente y no temeré (cf. Is 12,2).

3Mi fuerza y mi alabanza es el Señor, * y se ha hecho salvación para mí (Is 12,2).

4Tu diestra, Señor, se ha engrandecido en la fortaleza; ' tu diestra, Señor, hirió al

enemigo, * y en la inmensidad de tu gloria derribaste a mis adversarios (Ex 15,6-7).

5Que lo vean los pobres y se alegren; * buscad a Dios y vivirá vuestra alma (Sal

68,33).

6Alábenlo el cielo y la tierra, * el mar y cuanto se mueve en ellos (Sal 68,35).

7Porque Dios salvará a Sión, * y se reconstruirán las ciudades de Judá (Sal 68,36 -

R).

8Y habitarán allí, * y la adquirirán en herencia (Sal 68,36).

9Y la estirpe de sus siervos la poseerá, * y los que aman su nombre habitarán en

ella (Sal 68,37).

Prima

Antífona: Santa Virgen María

Salmo: Ten piedad de mí, oh Dios, como antes [Sal III]

Tercia

Antífona: Santa Virgen María

Salmo: Aclamad al Señor, como antes [Sal X]

Sexta

Antífona: Santa Virgen María

Salmo: Que te escuche el Señor, como antes [Sal XI]

Nona

Antífona: Santa Virgen María

Salmo: En ti, Señor, esperé, como antes [Sal XII]

Vísperas

Antífona: Santa Virgen María

Salmo: Pueblos todos, como antes [Sal VII]

Adviértase también que no se dice todo el salmo, sino hasta el versículo [9]:

Tiemble en su presencia la tierra entera; pero entiéndase bien que se ha de decir todo el

versículo [8]: Ofreced vuestros cuerpos. Acabado este versículo, se dice allí: Gloria al

Padre, y así se dice a diario en Vísperas, desde Adviento hasta la vigilia de Navidad.

Parte V

Para el tiempo de la Navidad del Señor

hasta la octava de Epifanía

Vísperas de la Navidad del Señor

Antífona: Santa Virgen María

Salmo XV

1Gritad de gozo a Dios, nuestra ayuda (Sal 80,2); * aclamad al Señor Dios vivo y

verdadero con gritos de júbilo (cf. Sal 46,2).

2Porque el Señor es excelso, * terrible, Rey grande sobre toda la tierra (Sal 46,3).

3Porque el santísimo Padre del cielo, Rey nuestro antes de los siglos (Sal 73,12), '

envió a su amado Hijo de lo alto, * y nació de la bienaventurada Virgen santa María.

4Él me invocó: Tú eres mi Padre; * y yo lo constituiré mi primogénito, excelso

sobre los reyes de la tierra (Sal 88,27-28).

5En aquel día envió el Señor su misericordia, * y de noche su cántico (Sal 41,9).

6Éste es el día que hizo el Señor, * exultemos y alegrémonos en él (Sal 117,24).

7Porque un santísimo niño amado se nos ha dado, ' y nació por nosotros (cf. Is

9,6) de camino y fue puesto en un pesebre, * porque no tenía lugar en la posada (cf. Lc

2,7).

8Gloria al Señor Dios en las alturas, * y en la tierra, paz a los hombre de buena

voluntad (cf. Lc 2,14).

9Alégrense los cielos y exulte la tierra, ' conmuévase el mar y cuanto lo llena; * se

alegrarán los campos y todo lo que hay en ellos (Sal 95,11-12).

10Cantadle un cántico nuevo, * cantad al Señor, toda la tierra (Sal 95,1).

11Porque grande es el Señor y muy digno de alabanza, * más temible que todos los

dioses (Sal 95,4).

12Familias de los pueblos, ofreced al Señor, ' ofreced al Señor gloria y honor, *

ofreced al Señor gloria para su nombre (Sal 95,7-8).

13Ofreced vuestros cuerpos ' y llevad a cuestas su santa cruz, * y seguid hasta el

fin sus santísimos preceptos (cf. Lc 14,27; 1 Pe 2,21).

Adviértase que este salmo se dice desde la Natividad del Señor hasta la octava de

Epifanía, en todas las horas. Si alguno quiere decir este of icio del bienaventurado

Francisco, dígalo así: primero diga el Padre nuestro, con las alabanzas, a saber: Santo,

santo, santo. Acabadas las alabanzas con la oración, como está más arriba, se comienza

la antífona: Santa María, con el salmo que está establecido para cada hora del día y de la

noche. Y dígase con gran reverencia.

------------------------------------------------------------------------

ORACIÓN ANTE EL CRUCIFIJO DE SAN DAMIÁN [ORSD]

Sumo, glorioso Dios, ilumina las tinieblas de mi corazón y dame fe recta,

esperanza cierta y caridad perfecta, sentido y conocimiento, Señor, para que cumpla tu

santo y verdadero mandamiento.

------------------------------------------------------------------------

REGLA BULADA [Rb=1 R]

Capítulo I

¡En el nombre del Señor!

Comienza la vida de los Hermanos Menores:

1La regla y vida de los Hermanos Menores es ésta, a saber, guardar el santo

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, viviendo en obediencia, sin propio y en castidad.

2El hermano Francisco promete obediencia y reverencia al señor papa Honorio y a sus

sucesores canónicamente elegidos y a la Iglesia Romana. 3Y los otros hermanos estén

obligados a obedecer al hermano Francisco y a sus sucesores.

Capítulo II

De aquellos que quieren tomar esta vida, y cómo deben ser recibidos.

1Si algunos quisieran tomar esta vida y vinieran a nuestros hermanos, envíenlos a

sus ministros provinciales, a los cuales solamente y no a otros se conceda la licencia de

recibir hermanos. 2Y los ministros examínenlos diligentemente de la fe católica y de los

sacramentos de la Iglesia. 3Y si creen todo esto y quieren confesarlo fielmente y

guardarlo firmemente hasta el fin, 4y no tienen mujer o, si la tienen, también la mujer ha

entrado ya en un monasterio o, emitido ya por ella el voto de continencia, les ha dado

licencia con la autorización del obispo diocesano, y siendo de una tal edad la mujer, que

de ella no pueda originarse sospecha, 5díganles la palabra del santo Evangelio (cf. Mt

19,21, y paralelos), que vayan y vendan todas sus cosas y se apliquen con empeño a

distribuirlas a los pobres. 6Si esto no pudieran hacerlo, les basta la buena voluntad. 7Y

guárdense los hermanos y sus ministros de preocuparse de sus cosas temporales, para

que libremente hagan de sus cosas lo que el Señor les inspire. 8Con todo, si buscan

consejo, que los ministros puedan enviarlos a algunas personas temerosas de Dios, con

cuyo consejo sus bienes se distribuyan a los pobres. 9Después concédanles las ropas del

tiempo de probación, a saber, dos túnicas sin capilla, y cordón y paños menores y

caparón hasta el cordón, 10a no ser que a los mismos ministros alguna vez les parezca

otra cosa según Dios. 11Y finalizado el año de la probación, sean recibidos a la

obediencia, prometiendo guardar siempre esta vida y Regla. 12Y de ningún modo les será

lícito salir de esta religión, conforme al mandato del señor Papa, 13porque, según el

santo Evangelio, nadie que pone la mano al arado y mira atrás, es apto para el reino de

Dios (Lc 9,62). 14Y los que ya prometieron obediencia, tengan una túnica con capilla, y

otra sin capilla los que quieran tenerla. 15Y quienes se ven obligados por la necesidad,

puedan llevar calzado. 16Y todos los hermanos vístanse de ropas viles, y puedan

reforzarlas de sayal y otros retazos con la bendición de Dios. 17A los cuales amonesto y

exhorto que no desprecien ni juzguen a los hombres que ven vestidos de telas suaves y

de colores, usar manjares y bebidas delicadas, sino más bien que cada uno se juzgue y

desprecie a sí mismo.

Capítulo III

Del oficio divino y del ayuno, y cómo los hermanos deben ir por el mundo.

1Los clérigos recen el oficio divino según la ordenación de la santa Iglesia Romana,

excepto el salterio, 2por lo que podrán tener breviarios. 3Y los laicos digan veinticuatro

Padrenuestros por maitines; por laudes, cinco; por prima, tercia, sexta y nona, por cada

una de estas horas, siete; por vísperas, doce; por completas, siete; 4y oren por los

difuntos. 5Y ayunen desde la fiesta de Todos los Santos hasta la Natividad del Señor.

6Mas la santa cuaresma que comienza en la Epifanía y dura cuarenta días continuos, la

cual consagró el Señor con su santo ayuno (cf. Mt 4,2), los que voluntariamente la

ayunan, benditos sean del Señor, y los que no quieren, no estén obligados. 7Pero ayunen

la otra, hasta la Resurrección del Señor. 8Y en los otros tiempos no estén obligados a

ayunar, sino el viernes. 9Pero en tiempo de manifiesta necesidad no estén obligados los

hermanos al ayuno corporal. 10Aconsejo de veras, amonesto y exhorto a mis hermanos

en el Señor Jesucristo que, cuando van por el mundo, no litiguen ni contiendan con

palabras (cf. 2 Tim 2,14), ni juzguen a los otros; 11sino sean apacibles, pacíficos y

moderados, mansos y humildes, hablando a todos honestamente, como conviene. 12Y no

deben cabalgar, a no ser que se vean obligados por una manifiesta necesidad o

enfermedad. 13En cualquier casa en que entren, primero digan: Paz a esta casa (cf. Lc

10,5). 14Y, según el santo Evangelio, séales lícito comer de todos los manjares que les

ofrezcan (cf. Lc 10,8).

Capítulo IV

Que los hermanos no reciban dinero.

1Mando firmemente a todos los hermanos que de ningún modo reciban dinero o

pecunia por sí o por interpuesta persona. 2Sin embargo, para las necesidades de los

enfermos y para vestir a los otros hermanos, los ministros solamente y los custodios,

por medio de amigos espirituales, tengan solícito cuidado, según los lugares y tiempos y

frías regiones, como vean que conviene a la necesidad; 3esto siempre salvo que, como se

ha dicho, no reciban dinero o pecunia.

Capítulo V

Del modo de trabajar.

1Los hermanos a quienes el Señor ha dado la gracia de trabajar, trabajen fiel y

devotamente, 2de tal suerte que, desechando la ociosidad, enemiga del alma, no apaguen

el espíritu de la santa oración y devoción, al cual las demás cosas temporales deben

servir. 3Y como pago del trabajo, reciban para sí y sus hermanos las cosas necesarias al

cuerpo, excepto dinero o pecunia, 4y esto humildemente, como conviene a siervos de

Dios y seguidores de la santísima pobreza.

Capítulo VI

Que nada se apropien los hermanos, y del pedir limosna y de los hermanos

enfermos.

1Los hermanos nada se apropien, ni casa, ni lugar, ni cosa alguna. 2Y como

peregrinos y forasteros (cf. 1 Pe 2,11) en este siglo, sirviendo al Señor en pobreza y

humildad, vayan por limosna confiadamente, 3y no deben avergonzarse, porque el Señor

se hizo pobre por nosotros en este mundo (cf. 2 Cor 8,9). 4Esta es aquella eminencia de

la altísima pobreza, que a vosotros, carísimos hermanos míos, os ha constituido

herederos y reyes del reino de los cielos, os ha hecho pobres de cosas, os ha sublimado

en virtudes (cf. Sant 2,5). 5Esta sea vuestra porción, que conduce a la tierra de los

vivientes (cf. Sal 141,6). 6Adhiriéndoos totalmente a ella, amadísimos hermanos, por el

nombre de nuestro Señor Jesucristo, ninguna otra cosa jamás queráis tener debajo del

cielo. 7Y, dondequiera que estén y se encuentren los hermanos, muéstrense familiares

mutuamente entre sí. 8Y confiadamente manifieste el uno al otro su necesidad, porque, si

la madre cuida y ama a su hijo (cf. 1 Tes 2,7) carnal, ¿cuánto más amorosamente debe

cada uno amar y cuidar a su hermano espiritual? 9Y, si alguno de ellos cayera en

enfermedad, los otros hermanos le deben servir, como querrían ellos ser servidos (cf. Mt

7,12).

Capítulo VII

De la penitencia que se ha de imponer a los hermanos que pecan.

1Si algunos de los hermanos, por instigación del enemigo, pecaran mortalmente,

para aquellos pecados acerca de los cuales estuviera ordenado entre los hermanos que se

recurra a solos los ministros provinciales, estén obligados dichos hermanos a recurrir a

ellos cuanto antes puedan, sin tardanza. 2Y los ministros mismos, si son presbíteros,

con misericordia impónganles penitencia; y si no son presbíteros, hagan que se les

imponga por otros sacerdotes de la orden, como mejor les parezca que conviene según

Dios. 3Y deben guardarse de airarse y conturbarse por el pecado de alguno, porque la ira

y la conturbación impiden en sí mismos y en los otros la caridad.

Capítulo VIII

De la elección del ministro general de esta fraternidad y del capítulo de

Pentecostés.

1Todos los hermanos estén obligados a tener siempre por ministro general y

siervo de toda la fraternidad a uno de los hermanos de esta religión, y estén firmemente

obligados a obedecerle. 2En falleciendo el cual, hágase la elección del sucesor por los

ministros provinciales y custodios en el capítulo de Pentecostés, al que los ministros

provinciales estén siempre obligados a concurrir juntamente, dondequiera que fuese

establecido por el ministro general; 3y esto una vez cada tres años o en otro plazo

mayor o menor, según fuere ordenado por dicho ministro. 4Y si en algún tiempo

apareciera a la generalidad de los ministros provinciales y custodios que el dicho

ministro no es suficiente para el servicio y utilidad común de los hermanos, estén

obligados los dichos hermanos, a quienes está confiada la elección, a elegirse en el

nombre del Señor otro para custodio. 5Y después del capítulo de Pentecostés, que los

ministros y custodios puedan, cada uno, si quisieran y les pareciera que conviene,

convocar a sus hermanos a capítulo una vez ese mismo año en sus custodias.

Capítulo IX

De los predicadores.

1Los hermanos no prediquen en la diócesis de un obispo, cuando éste se lo haya

denegado. 2Y ninguno de los hermanos se atreva en absoluto a predicar al pueblo, a no

ser que haya sido examinado y aprobado por el ministro general de esta fraternidad, y

por él le haya sido concedido el oficio de la predicación. 3Amonesto también y exhorto a

los mismos hermanos a que, en la predicación que hacen, su lenguaje sea ponderado y

sincero (cf. Sal 11,7; 17,31), para provecho y edificación del pueblo, 4anunciándoles los

vicios y las virtudes, la pena y la gloria con brevedad de sermón; porque palabra

abreviada hizo el Señor sobre la tierra (cf. Rom 9,28).

Capítulo X

De la amonestación y corrección de los hermanos.

1Los hermanos que son ministros y siervos de los otros hermanos, visiten y

amonesten a sus hermanos, y corríjanlos humilde y caritativamente, no mandándoles

nada que sea contrario a su alma y a nuestra Regla. 2Mas los hermanos que son súbditos

recuerden que, por Dios, negaron sus propias voluntades. 3Por lo que firmemente les

mando que obedezcan a sus ministros en todo lo que al Señor prometieron guardar y no

es contrario al alma y a nuestra Regla. 4Y dondequiera haya hermanos que sepan y

conozcan que no pueden guardar espiritualmente la Regla, a sus ministros puedan y

deban recurrir. 5Y los ministros recíbanlos caritativa y benignamente, y tengan tanta

familiaridad para con ellos, que los hermanos puedan hablar y obrar con ellos como los

señores con sus siervos; 6pues así debe ser, que los ministros sean siervos de todos los

hermanos. 7Amonesto de veras y exhorto en el Señor Jesucristo que se guarden los

hermanos de toda soberbia, vanagloria, envidia, avaricia (cf. Lc 12,15), cuidado y

solicitud de este siglo (cf. Mt 13,22), detracción y murmuración, y los que no saben

letras, no se cuiden de aprenderlas; 8sino que atiendan a que sobre todas las cosas deben

desear tener el Espíritu del Señor y su santa operación, 9orar siempre a él con puro

corazón y tener humildad, paciencia en la persecución y en la enfermedad, 10y amar a

esos que nos persiguen, nos reprenden y nos acusan, porque dice el Señor: Amad a

vuestros enemigos y orad por los que os persiguen y os calumnian (cf. Mt 5,44).

11Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el

reino de los cielos (Mt 5,10). 12Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo (Mt

10,22).

Capítulo XI

Que los hermanos no entren en los monasterios de monjas.

1Mando firmemente a todos los hermanos que no tengan sospechosas relaciones o

consejos con mujeres, 2y que no entren en los monasterios de monjas, fuera de aquellos

a quienes les ha sido concedida una licencia especial por la Sede Apostólica; 3y no se

hagan padrinos de hombres o mujeres, para que, con esta ocasión, no se origine

escándalo entre los hermanos o respecto a los hermanos.

Capítulo XII

De los que van entre los sarracenos y otros infieles.

1Cualesquiera hermanos que, por divina inspiración, quieran ir entre los sarracenos

y otros infieles, pidan la correspondiente licencia de sus ministros provinciales. 2Pero

los ministros a ninguno le concedan la licencia de ir, sino a aquellos que vean que son

idóneos para enviar. 3Con miras a todo lo dicho, impongo por obediencia a los ministros

que pidan del señor Papa uno de los cardenales de la santa Iglesia Romana, que sea

gobernador, protector y corrector de esta fraternidad, 4para que, siempre súbditos y

sujetos a los pies de la misma santa Iglesia, estables en la fe católica (cf. Col 1,23),

guardemos la pobreza y humildad y el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, que

firmemente hemos prometido.

------------------------------------------------------------------------

REGLA NO BULADA [Rnb=1 R]

Prólogo

1¡En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo! 2Ésta es la vida del

Evangelio de Jesucristo, que el hermano Francisco pidió al señor papa que se la

concediera y confirmara; y él se la concedió y confirmó para sí y para sus hermanos,

presentes y futuros. 3El hermano Francisco y todo el que sea en el futuro cabeza de esta

religión, prometa obediencia y reverencia al señor papa Inocencio y a sus sucesores. 4Y

todos los otros hermanos estén obligados a obedecer al hermano Francisco y a sus

sucesores.

Cap. I: Que los hermanos deben vivir sin propio y en castidad y obediencia

1La regla y vida de estos hermanos es ésta, a saber, vivir en obediencia, en castidad

y sin propio, y seguir la doctrina y las huellas de nuestro Señor Jesucristo, quien dice:

2Si quieres ser perfecto, ve y vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás

un tesoro en el cielo; y ven, sígueme (Mt 19,21; cf. Lc 18,22). 3Y: Si alguno quiere venir

en pos de mí, niéguese a sí mismo y tome su cruz y sígame (Mt 16,24). 4Del mismo

modo: Si alguno quiere venir a mí y no odia padre y madre y mujer e hijos y hermanos y

hermanas, y aun hasta su vida, no puede ser discípulo mío (Lc 14,26). 5Y: Todo el que

haya dejado padre o madre, hermanos o hermanas, mujer o hijos, casas o campos por mí,

recibirá cien veces más y poseerá la vida eterna (cf. Mt 19,29; Mc 10,29; Lc 18,29).

Cap. II: De la admisión y vestidos de los hermanos

1Si alguno, queriendo por inspiración divina tomar esta vida, viene a nuestros

hermanos, sea recibido benignamente por ellos. 2Y si está decidido a tomar nuestra vida,

guárdense mucho los hermanos de entrometerse en sus negocios temporales, y

preséntenlo a su ministro cuanto antes puedan. 3El ministro, por su parte, recíbalo

benignamente y confórtelo y expóngale diligentemente el tenor de nuestra vida. 4Hecho

lo cual, el susodicho candidato, si quiere y puede espiritualmente y sin impedimento,

venda todas sus cosas y aplíquese con empeño a distribuirlas todas a los pobres.

5Guárdense los hermanos y el ministro de los hermanos de entrometerse en absoluto en

sus negocios; 6y no reciban dinero alguno ni por sí mismos ni por medio de persona

interpuesta. 7Sin embargo, si se encuentran en la indigencia, por causa de la necesidad

pueden los hermanos recibir, como los demás pobres, las cosas necesarias al cuerpo,

exceptuado el dinero. 8Y cuando el candidato regrese, el ministro concédale para un año

las ropas del tiempo de probación, a saber, dos túnicas sin capilla, y el cordón y los

paños menores y el caparón hasta el cordón. 9Y finalizado el año y término de la

probación, sea recibido a la obediencia. 10Después no le será lícito entrar en otra

religión, ni «vaguear fuera de la obediencia», conforme al mandato del señor papa y

según el Evangelio; porque nadie que pone la mano al arado y que mira atrás, es apto

para el reino de Dios (Lc 9,62). 11Y si viniera alguno que no puede dar sus bienes sin

impedimento, pero tiene voluntad espiritual, que los deje y le basta. 12Ninguno sea

recibido contra la forma e institución de la santa Iglesia.

13Mas los otros hermanos, los que ya prometieron obediencia, tengan una túnica

con capilla y otra sin capilla, si fuera necesario, y cordón y paños menores. 14Y todos

los hermanos vístanse de ropas viles, y puedan reforzarlas de sayal y otros retazos con

la bendición de Dios; porque dice el Señor en el Evangelio: Los que visten de ropa

preciosa y viven en delicias (Lc 7,25) y los que se visten con vestidos muelles, en las

casas de los reyes están (Mt 11,8). 15Y aunque se les llame hipócritas, no cesen, sin

embargo, de obrar bien, y no busquen vestidos caros en este siglo, para que puedan tener

un vestido en el reino de los cielos.

Cap. III: Del oficio divino y del ayuno

1Dice el Señor: Esta clase de demonios no puede salir sino con ayuno y oración

(cf. Mc 9,26); 2y de nuevo: Cuando ayunáis, no os pongáis tristes como los hipócritas

(Mt 6,16).

3Por eso, todos los hermanos, ya clérigos ya laicos, recen el oficio divino, las

alabanzas y las oraciones, tal como deben hacerlo. 4Los clérigos recen el oficio y oren

por los vivos y por los muertos según la costumbre de los clérigos. 5Y por los defectos

y negligencias de los hermanos digan cada día el Miserere mei Deus (Sal 50) con el

Padrenuestro; 6y por los hermanos difuntos digan el De profundis (Sal 129) con el

Padrenuestro. 7Y pueden tener solamente los libros necesarios para cumplir su oficio.

8Y también a los laicos que saben leer el salterio les sea permitido tenerlo. 9Pero a los

otros, que no saben letras, no les sea permitido tener libro alguno. 10Los laicos digan el

Credo y veinticuatro Padrenuestros con el Gloria al Padre, por maitines; y por laudes,

cinco; por prima, el Credo y siete Padrenuestros con el Gloria al Padre; por tercia, sexta

y nona, por cada una de estas horas, siete; por vísperas, doce; por completas, el Credo y

siete Padrenuestros con el Gloria al Padre; por los muertos, siete Padrenuestros con el

Requiem aeternam; y por los defectos y negligencias de los hermanos, tres

Padrenuestros cada día.

11E igualmente, todos los hermanos ayunen desde la fiesta de Todos los Santos

hasta Navidad, y desde Epifanía, cuando nuestro Señor Jesucristo comenzó a ayunar,

hasta Pascua. 12Mas en otros tiempos no estén obligados a ayunar, según esta vida, sino

el viernes. 13Y séales lícito comer de todos los manjares que les ofrezcan, según el

Evangelio (cf. Lc 10,8).

Cap. IV: De los ministros y de los otros hermanos: cómo han de organizarse

1¡En el nombre del Señor! 2Todos los hermanos que son constituidos ministros y

siervos de los otros hermanos, coloquen a sus hermanos en las provincias y en los

lugares en que estén, visítenlos con frecuencia y amonéstenlos espiritualmente y

confórtenlos. 3Y todos mis otros frailes benditos obedézcanles diligentemente en aquello

que mira a la salvación del alma y no es contrario a nuestra vida. 4Y compórtense entre

sí como dice el Señor: Todo cuanto queréis que os hagan los hombres, hacédselo también

vosotros a ellos (Mt 7,12); 5y: No hagas al otro lo que no quieres que se te haga (Tob

4,15). 6Y recuerden los ministros y siervos que dice el Señor: No he venido a ser servido

sino a servir (Mt 20,28), y que, porque les ha sido confiado el cuidado de las almas de

los hermanos, si algo de ellos se pierde por su culpa y mal ejemplo, tendrán que dar

cuenta en el día del juicio

ante el Señor Jesucristo (cf. Mt 12,36).

Cap. V: De la corrección de los hermanos que tropiezan

1Por lo tanto, custodiad vuestras almas y las de vuestros hermanos, porque es

horrendo caer en las manos del Dios vivo (Heb 10,31). 2Y si alguno de los ministros

ordenara a alguno de los hermanos algo contra nuestra vida o contra su alma, no esté

obligado a obedecerle, porque no es obediencia aquella en la que se comete delito o

pecado. 3Sin embargo, todos los hermanos que están bajo los ministros y siervos,

consideren razonable y caritativamente los hechos de los ministros y siervos. 4Y si

vieren que alguno de ellos camina carnalmente y no espiritualmente, en comparación de

la rectitud de nuestra vida, si no se enmendare después de la tercera amonestación,

denúncienlo al ministro y siervo de toda la fraternidad en el capítulo de Pentecostés, sin

que lo impida contradicción alguna. 5Y si entre los hermanos hubiera en cualquier parte

algún hermano que quiere caminar carnalmente y no espiritualmente, los hermanos con

quienes está, amonéstenlo, instrúyanlo y corríjanlo humilde y caritativamente. 6Y si

después de la tercera amonestación no quisiera enmendarse, envíenlo cuanto antes

puedan a su ministro y siervo o notifíquenselo, y que el ministro y siervo haga de él

como mejor le parezca que conviene según Dios.

7Y guárdense todos los hermanos, tanto los ministros y siervos como los otros, de

turbarse o airarse por el pecado o mal del otro, porque el diablo quiere echar a perder a

muchos por el delito de uno solo; 8por el contrario, ayuden espiritualmente como mejor

puedan al que pecó, porque no necesitan médico los sanos sino los que están mal (cf. Mt

9,12 y Mc 2,17).

9Igualmente, ninguno de los hermanos tenga en cuanto a esto potestad o dominio,

máxime entre ellos. 10Pues, como dice el Señor en el Evangelio: Los príncipes de las

naciones las dominan, y los que son mayores ejercen el poder en ellas (Mt 20,25); no

será así entre los hermanos (cf. Mt 20,26a). 11Y todo el que quiera llegar a ser mayor

entre ellos, sea su ministro (cf. Mt 20,26b) y siervo. 12Y el que es mayor entre ellos,

hágase como el menor (cf. Lc 22,26).

13Y ningún hermano haga mal o hable mal al otro; 14sino, más bien, por la caridad

del espíritu, sírvanse y obedézcanse voluntariamente los unos a los otros (cf. Gál 5,13).

15Y ésta es la verdadera y santa obediencia de nuestro Señor Jesucristo. 16Y sepan

todos los hermanos que, como dice el profeta (Sal 118,21), cuantas veces se aparten de

los mandatos del Señor y vagueen fuera de la obediencia, son malditos fuera de la

obediencia mientras permanezcan en tal pecado a sabiendas. 17Y sepan que, cuando

perseveren en los mandatos del Señor, que prometieron por el santo Evangelio y por la

vida de ellos, están en la verdadera obediencia, y benditos sean del Señor.

Cap. VI: Del recurso de los hermanos a los ministros y que ningún hermano se

llame prior

1Los hermanos, en cualquier lugar que estén, si no pueden observar nuestra vida,

recurran cuanto antes puedan a su ministro y manifiéstenselo. 2Y el ministro aplíquese a

proveerles tal como él mismo querría que se hiciese con él, si estuviera en un caso

semejante (cf. Mt 7,12). 3Y ninguno se llame prior, sino todos sin excepción llámense

hermanos menores. 4Y el uno lave los pies del otro (cf. Jn 13,14).

Cap. VII: Del modo de servir y trabajar

1Todos los hermanos, en cualquier lugar en que se encuentren en casa de otros

para servir o trabajar, no sean mayordomos ni cancilleres, ni estén al frente de las casas

en que sirven; ni acepten ningún oficio que engendre escándalo o cause detrimento a su

alma (cf. Mc 8,16); 2sino que sean menores y súbditos de todos los que están en la

misma casa.

3Y los hermanos que saben trabajar, trabajen y ejerzan el mismo oficio que

conocen, si no es contrario a la salud del alma y puede realizarse con decoro. 4Pues dice

el profeta: Comerás del fruto de tu trabajo; eres feliz y te irá bien (Sal 127,2 - R); 5y el

apóstol: El que no quiere trabajar, no coma (cf. 2 Tes 3,10); 6y: Cada uno permanezca

en el arte y oficio en que fue llamado (cf. 1 Cor 7,24). 7Y por el trabajo podrán recibir

todas las cosas necesarias, excepto dinero. 8Y cuando sea necesario, vayan por limosna

como los otros pobres. 9Y séales permitido tener las herramientas e instrumentos

convenientes para sus oficios.

10Todos los hermanos aplíquense a sudar en las buenas obras, porque está escrito:

Haz siempre algo bueno, para que el diablo te encuentre ocupado. 11Y de nuevo: La

ociosidad es enemiga del alma. 12Por eso, los siervos de Dios deben perseverar siempre

en la oración o en alguna obra buena.

13Guárdense los hermanos, dondequiera que estén, en eremitorios o en otros

lugares, de apropiarse ningún lugar ni de defenderlo contra nadie. 14Y cualquiera que

venga a ellos, amigo o adversario, ladrón o bandolero, sea recibido benignamente. 15Y

dondequiera que estén los hermanos y en cualquier lugar en que se encuentren, deben

volver a verse espiritual y caritativamente y honrarse unos a otros sin murmuración (1

Pe 4,9). 16Y guárdense de manifestarse externamente tristes e hipócritas sombríos;

manifiéstense, por el contrario, gozosos en el Señor (cf. Fil 4,4), y alegres y

convenientemente amables.

Cap. VIII: Que los hermanos no reciban dinero

1El Señor manda en el Evangelio: Mirad, guardaos de toda malicia y avaricia (cf. Lc

12,15); 2y: Guardaos de la solicitud de este siglo y de las preocupaciones de esta vida

(cf. Lc 21,34).

3Por eso, ninguno de los hermanos, dondequiera que esté y adondequiera que

vaya, en modo alguno tome ni reciba ni haga que se reciba pecunia o dinero, ni con

ocasión del vestido ni de libros, ni como precio de algún trabajo, más aún, con ninguna

ocasión, a no ser por manifiesta necesidad de los hermanos enfermos; porque no

debemos estimar y reputar de mayor utilidad la pecunia y el dinero que los guijarros. 4Y

el diablo quiere obcecar a los que codician la pecunia o la reputan mejor que los guijarros.

5Guardémonos, por tanto, los que lo dejamos todo (cf. Mt 19,27), de perder por tan

poca cosa el reino de los cielos. 6Y si en algún lugar encontramos dinero, no nos

preocupemos de él más que del polvo que hollamos con los pies, porque es vanidad de

vanidades y todo vanidad (Eclo 1,2). 7Y si por casualidad sucediera, lo que Dios no

permita, que algún hermano recogiera o tuviera pecunia o dinero, exceptuado solamente

el caso de la predicha necesidad de los enfermos, tengámoslo todos los hermanos por

falso fraile y apóstata y ladrón y bandolero y quien tiene la bolsa (cf. Jn 12,6), a no ser

que se arrepienta de veras. 8Y de ningún modo reciban los hermanos ni hagan recibir, ni

pidan ni hagan pedir como limosna pecunia ni dinero para casas o lugares; ni vayan con

nadie que pide pecunia o dinero para tales lugares. 9Pero otros servicios, que no son

contrarios a nuestra vida, pueden los hermanos prestarlos a esos lugares con la bendición

de Dios. 10Con todo, en caso de manifiesta necesidad de los leprosos, los hermanos

pueden pedir limosna para ellos. 11Guárdense mucho, no obstante, de la pecunia.

12Igualmente, guárdense todos los hermanos de ir recorriendo tierras a causa de alguna

ganancia indecorosa.

Cap. IX: Del pedir limosna

1Todos los hermanos empéñense en seguir la humildad y pobreza de nuestro

Señor Jesucristo, y recuerden que ninguna otra cosa del mundo entero debemos tener,

sino que, como dice el Apóstol: teniendo alimentos y con qué cubrirnos, estamos

contentos con eso (cf. 1 Tim 6,8). 2Y deben gozarse cuando conviven con personas de

baja condición y despreciadas, con pobres y débiles y enfermos y leprosos y los

mendigos de los caminos. 3Y cuando sea necesario, vayan por limosna. 4Y no se

avergüencen, sino más bien recuerden que nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios vivo

(Jn 11,27) omnipotente, puso su faz como roca durísima (Is 50,7), y no se avergonzó.

5Y fue pobre y huésped y vivió de limosna él y la bienaventurada Virgen y sus

discípulos. 6Y cuando la gente les ultraje y no quiera darles limosna, den gracias de ello a

Dios; porque a causa de los ultrajes recibirán gran honor ante el tribunal de nuestro Señor

Jesucristo. 7Y sepan que el ultraje no se imputa a los que lo sufren, sino a los que lo

infieren. 8Y la limosna es herencia y justicia que se debe a los pobres y que nos adquirió

nuestro Señor Jesucristo. 9Y los hermanos que trabajan adquiriéndola tendrán una gran

recompensa, y hacen que la ganen y la adquieran los que se la dan; porque todo lo que

dejarán los hombres en el mundo perecerá, pero, de la caridad y de las limosnas que

hicieron, tendrán premio del Señor.

10Y confiadamente manifieste el uno al otro su necesidad, para que le encuentre lo

necesario y se lo suministre. 11Y cada uno ame y cuide a su hermano, como la madre

ama y cuida a su hijo (cf. 1 Tes 2,7), en las cosas para las que Dios le dé su gracia. 12Y

el que no come, no juzgue al que come

(Rom 14,3).

13Y en cualquier tiempo en que sobrevenga la necesidad, sea lícito a todos los

hermanos, dondequiera que estén, servirse de todos los manjares que pueden comer los

hombres, como el Señor dice de David, el cual comió los panes de la proposición (cf. Mt

12,4), que no era lícito comer sino a los sacerdotes (Mc 2,26). 14Y recuerden lo que dice

el Señor: Velad, no sea que se sobrecarguen vuestros corazones con la crápula y la

embriaguez y las preocupaciones de esta vida, y venga sobre vosotros aquel repentino

día; 15pues vendrá como un lazo sobre todos los que habitan sobre la faz del orbe de la

tierra (cf. Lc 21,34-35). 16Igualmente, también en tiempo de manifiesta necesidad, todos

los hermanos obren, respecto a las cosas que les son necesarias, según la gracia que el

Señor les dé, porque la necesidad no tiene ley.

Cap. X: De los hermanos enfermos

1Si alguno de los hermanos, dondequiera que esté, cayera enfermo, los otros

hermanos no lo abandonen, sino designen a uno o más hermanos, si fuera necesario, que

le sirvan como querrían ellos ser servidos (cf. Mt 7,12); 2pero, en caso de extrema

necesidad, pueden confiarlo a alguna persona que se haga cargo de lo necesario para su

enfermedad. 3Y ruego al hermano enfermo que dé gracias de todo al Creador; y que desee

estar tal cual le quiere el Señor, ya sano ya enfermo, porque a todos los que Dios

predestinó a la vida eterna (cf. Hch 13,48), los instruye con el aguijón de los azotes y

enfermedades y con el espíritu de compunción, como dice el Señor: Yo a los que amo,

los corrijo y castigo (Ap 3,19). 4Y si alguno se turba o irrita, sea contra Dios sea contra

los hermanos, o si tal vez exige con inquietud medicinas, anhelando en demasía liberar la

carne que pronto morirá y que es enemiga del alma, eso le viene del malo y él es carnal, y

no parece ser de los frailes, porque ama más el cuerpo que el alma.

Cap. XI: Que los hermanos no difamen ni denigren, sino que se amen mutuamente

1Y todos los hermanos guárdense de calumniar y de contender de palabra (cf. 2

Tim 2,14); 2empéñense, más bien, en guardar silencio siempre que Dios les conceda la

gracia. 3Y no litiguen entre sí ni con otros, sino procuren responder humildemente,

diciendo: Soy un siervo inútil (cf. Lc 17,10). 4Y no se irriten, porque todo el que se irrite

contra su hermano, será reo en el juicio; el que diga a su hermano ‘raca’, será reo ante la

asamblea; el que le diga ‘fatuo’, será reo de la gehenna de fuego (Mt 5,22). 5Y ámense

mutuamente, como dice el Señor: Éste es mi mandamiento, que os améis los unos a los

otros, como os amé (Jn 15,12). 6Y muestren por las obras (cf. Sant 2,18) el amor que se

tienen mutuamente, como dice el Apóstol: No amemos de palabra y de boca, sino de

obra y de verdad (1 Jn 3,18). 7Y a nadie difamen (cf. Tit 3,2). 8No murmuren, no

denigren a otros, porque escrito está: Los murmuradores y los detractores son odiosos a

Dios (cf. Rom 1,29). 9Y sean modestos, mostrando toda mansedumbre para con todos

los hombres (cf. Tit 3,2). 10No juzguen, no condenen. 11Y, como dice el Señor, no

consideren los pecados mínimos de los otros (cf. Mt 7,3; Lc 6,41); 12al contrario,

recapaciten más bien en los suyos propios con amargura de su alma (Is 38,15). 13Y

esfuércense en entrar por la puerta angosta (Lc 13,24), porque dice el Señor: Angosta es

la puerta y estrecho el camino que conduce a la vida; y pocos son los que lo encuentran

(Mt 7,14).

Cap. XII: De las malas miradas y del trato con mujeres

1Todos los hermanos, dondequiera que estén o que vayan, guárdense de las malas

miradas y del trato con mujeres. 2Y ninguno se aconseje con ellas, o vaya de camino él

solo con ellas, o coma a la mesa en un mismo plato. 3Los sacerdotes hablen

honestamente con ellas administrándoles la penitencia u otro consejo espiritual. 4Y

ninguna mujer en absoluto sea recibida a la obediencia por hermano alguno, sino, una vez

que le haya sido dado el consejo espiritual, que ella haga penitencia donde quiera. 5Y

vigilémonos mucho todos y mantengamos puros todos nuestros miembros, porque dice

el Señor: El que mira a una mujer para desearla, ya cometió adulterio con ella en su

corazón (Mt 5,28); 6y el Apóstol: ¿O es que ignoráis que vuestros miembros son

templo del Espíritu Santo? (1 Cor 6,19); por consiguiente, al que profane el templo de

Dios, Dios lo destruirá a él (1 Cor 3,17).

Cap. XIII: Evitar la fornicación

1Si alguno de los hermanos, instigándolo el diablo, fornicara, sea despojado del

hábito que perdió por su torpe iniquidad, y que lo deje del todo y sea expulsado

absolutamente de nuestra religión. 2Y después, que haga penitencia de los pecados (cf. 1

Cor 5,4-5).

Cap. XIV: Cómo deben ir los hermanos por el mundo

1Cuando los hermanos van por el mundo, nada lleven para el camino, ni bolsa, ni

alforja, ni pan, ni pecunia, ni bastón (cf. Lc 9,3; 10,4; Mt 10,10). 2Y en cualquier casa en

que entren, digan primero: Paz a esta casa (cf. Lc 10,5). 3Y, permaneciendo en la misma

casa, coman y beban de lo que haya en ella (cf. Lc 10,7). 4No resistan al malvado, sino,

al que les pegue en una mejilla, preséntenle también la otra (cf. Mt 5,39 y Lc 6,29). 5Y al

que les quite el manto, no le prohíban que se lleve también la túnica (cf. Lc 6,29). 6Den a

todo el que les pida; y al que les quite lo que es de ellos, no se lo reclamen (cf. Lc 6,30).

Cap. XV: Que los hermanos no cabalguen

1Impongo a todos mis hermanos, tanto clérigos como laicos, sea que van por el

mundo o que moran en los lugares, que de ningún modo tengan bestia alguna ni consigo,

ni en casa de otro, ni de algún otro modo. 2Y no les sea permitido cabalgar, a no ser que

se vean precisados por enfermedad o gran necesidad.

Cap. XVI: De los que van entre sarracenos y otros infieles

1Dice el Señor: Mirad, yo os envío como ovejas en medio de lobos. 2Sed, pues,

prudentes como serpientes y sencillos como palomas (Mt 10,16). 3Por eso, cualquier

hermano que quiera ir entre sarracenos y otros infieles, vaya con la licencia de su

ministro y siervo. 4Y el ministro déles la licencia y no se oponga, si los ve idóneos para

ser enviados; pues tendrá que dar cuenta al Señor (cf. Lc 16,2), si en esto o en otras

cosas procediera sin discernimiento. 5Y los hermanos que van, pueden conducirse

espiritualmente entre ellos de dos modos. 6Un modo consiste en que no entablen litigios

ni contiendas, sino que estén sometidos a toda humana criatura por Dios (1 Pe 2,13) y

confiesen que son cristianos. 7El otro modo consiste en que, cuando vean que agrada al

Señor, anuncien la palabra de Dios, para que crean en Dios omnipotente, Padre e Hijo y

Espíritu Santo, creador de todas las cosas, y en el Hijo, redentor y salvador, y para que

se bauticen y hagan cristianos, porque el que no vuelva a nacer del agua y del Espíritu

Santo, no puede entrar en el reino de Dios (cf. Jn 3,5).

8Estas y otras cosas que agraden al Señor, pueden decirles a ellos y a otros,

porque dice el Señor en el Evangelio: Todo aquel que me confiese ante los hombres,

también yo lo confesaré ante mi Padre que está en los cielos (Mt 10,32). 9Y: El que se

avergüence de mí y de mis palabras, también el Hijo del hombre se avergonzará de él

cuando venga en su majestad y en la majestad del Padre y de los ángeles (cf. Lc 9,26).

10Y todos los hermanos, dondequiera que estén, recuerden que ellos se dieron y

que cedieron sus cuerpos al Señor Jesucristo. 11Y por su amor deben exponerse a los

enemigos, tanto visibles como invisibles; porque dice el Señor: El que pierda su alma por

mi causa, la salvará (cf. Lc 9,24) para la vida eterna (Mt 25,46). 12Bienaventurados los

que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos (Mt

5,10). 13Si me persiguieron a mí, también a vosotros os perseguirán (Jn 15,20). 14Y: Si

os persiguen en una ciudad, huid a otra (cf. Mt 10,23). 15Bienaventurados vosotros

cuando os odien los hombres y os maldigan y os perseguirán y os expulsen y os injurien

y proscriban vuestro nombre como malo, y cuando digan mintiendo toda clase de mal

contra vosotros por mi causa (Mt 5,11; Lc 6,22). 16Alegraos aquel día y saltad de gozo

(Lc 6,23), porque vuestra recompensa es mucha en los cielos (cf. Mt 5,12). 17Y yo os

digo a vosotros, amigos míos: no os aterroricéis por ellos (cf. Lc 12,4), 18y no temáis a

aquellos que matan el cuerpo (Mt 10,28) y después de esto no tienen más que hacer (Lc

12,4). 19Mirad que no os turbéis (Mt 24,6). 20Pues en vuestra paciencia poseeréis

vuestras almas (Lc 21,19); 21y el que persevere hasta el fin, éste será salvo

(Mt 10,22; 24,13).

Cap. XVII: De los predicadores

1Ningún hermano predique contra la forma e institución de la santa Iglesia y a no

ser que le haya sido concedido por su ministro. 2Y guárdese el ministro de concederlo

sin discernimiento a alguien. 3Sin embargo, todos los hermanos prediquen con las obras.

4Y ningún ministro o predicador se apropie el ministerio o servicio de los hermanos o el

oficio de la predicación, sino que, a cualquier hora que le fuere ordenado, deje su oficio

sin contradicción alguna.

5Por eso, suplico en la caridad que es Dios (cf. 1 Jn 4,16) a todos mis hermanos

predicadores, orantes, trabajadores, tanto clérigos como laicos, que se esfuercen por

humillarse en todas las cosas, 6por no gloriarse ni gozarse en sí mismos ni ensalzarse

interiormente por las palabras y obras buenas, más aún, por ningún bien, que Dios hace

o dice y obra alguna vez en ellos y por medio de ellos, según lo que dice el Señor: Pero

no os gocéis porque los espíritus se os someten (Lc 10,20). 7Y sepamos firmemente que

no nos pertenecen a nosotros sino los vicios y pecados. 8Y debemos gozarnos más bien

cuando vayamos a dar en diversas tentaciones (cf. Sant 1,2) y cuando soportemos, por

la vida eterna, cualquier clase de angustias o tribulaciones del alma o del cuerpo en este

mundo.

9Todos los hermanos, por consiguiente, guardémonos de toda soberbia y

vanagloria. 10Y protejámonos de la sabiduría de este mundo y de la prudencia de la carne

(Rom 8,6). 11Pues el espíritu de la carne quiere y se esfuerza mucho en tener palabras,

pero poco en las obras; 12y no busca la religión y santidad en el espíritu interior, sino

que quiere y desea tener una religión y santidad que aparezca exteriormente a los

hombres. 13Y éstos son aquellos de quienes dice el Señor: En verdad os digo, recibieron

su recompensa (Mt 6,2). 14Por el contrario, el espíritu del Señor quiere que la carne sea

mortificada y despreciada, vil y abyecta. 15Y se aplica con empeño a la humildad y la

paciencia y a la pura y simple y verdadera paz del espíritu. 16Y siempre desea, sobre

todas las cosas, el temor divino y la sabiduría divina y el amor divino del Padre y del

Hijo y del Espíritu Santo.

17Y devolvamos todos los bienes al Señor Dios altísimo y sumo, y reconozcamos

que todos los bienes son de él, y démosle gracias por todos a él, de quien proceden todos

los bienes. 18Y el mismo altísimo y sumo, solo Dios verdadero, tenga y a él se le

tributen y él reciba todos los honores y reverencias, todas las alabanzas y bendiciones,

todas las gracias y gloria, de quien es todo bien, solo el cual es bueno (cf. Lc 18,19).

19Y cuando veamos u oigamos decir o hacer el mal o blasfemar contra Dios,

nosotros bendigamos y hagamos bien y alabemos a Dios (cf. Rom 12,21), que es bendito

por los siglos

(Rom 1,25).

Cap. XVIII: Cómo deben reunirse los ministros

1Cada ministro podrá reunirse con sus hermanos todos los años, donde les plazca,

en la fiesta de San Miguel Arcángel, para tratar de las cosas que pertenecen a Dios.

2Ahora bien, todos los ministros que están en las regiones ultramarinas y ultramontanas

vendrán una vez cada tres años, y los otros ministros una vez cada año, al capítulo de

Pentecostés, junto a la iglesia de Santa María de la Porciúncula, a no ser que el ministro

y siervo de toda la fraternidad haya ordenado otra cosa.

Cap. XIX: Que los hermanos vivan católicamente

1Todos los hermanos sean católicos, vivan y hablen católicamente. 2Pero si alguno

se desviara de la fe y vida católica de palabra o de hecho y no se enmendara, sea

expulsado absolutamente de nuestra fraternidad. 3Y tengamos a todos los clérigos y a

todos los religiosos por señores nuestros en aquellas cosas que miran a la salud del alma

y no nos desvíen de nuestra religión; y veneremos en el Señor el orden y oficio y

ministerio de ellos.

Cap. XX: De la penitencia y de la recepción del cuerpo y de la sangre de nuestro

Señor Jesucristo

1Y mis hermanos benditos, tanto clérigos como laicos, confiesen sus pecados a

sacerdotes de nuestra religión. 2Y si no pueden, confiésenlos a otros sacerdotes discretos

y católicos, sabiendo firmemente y considerando que, de cualquier sacerdote católico que

reciban la penitencia y absolución, serán sin duda alguna absueltos de sus pecados, si

procuran cumplir humilde y devotamente la penitencia que les haya sido impuesta.

3Pero si entonces no pudieran tener sacerdote, confiésense con un hermano suyo, como

dice el apóstol Santiago: Confesaos mutuamente vuestros pecados (Sant 5,16). 4Mas no

por esto dejen de recurrir al sacerdote, porque la potestad de atar y desatar ha sido

concedida a solos los sacerdotes. 5Y así, contritos y confesados, reciban el cuerpo y la

sangre de nuestro Señor Jesucristo con gran humildad y veneración, recordando lo que

dice el Señor: El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna (cf. Jn 6,54);

6y: Haced esto en conmemoración mía (Lc 22,19).

Cap. XXI: De la alabanza y exhortación que pueden hacer todos los hermanos

1Y todos mis hermanos pueden anunciar, siempre que les plazca, esta exhortación

y alabanza, u otra semejante, entre cualesquiera hombres, con la bendición de Dios:

2Temed y honrad, alabad y bendecid, dad gracias (1 Tes 5,18) y adorad al Señor Dios

omnipotente en Trinidad y Unidad, Padre e Hijo y Espíritu Santo, creador de todas las

cosas. 3Haced penitencia (cf. Mt 3,2), haced frutos dignos de penitencia (cf. Lc 3,8),

porque pronto moriremos. 4Dad y se os dará (Lc 6,38). 5Perdonad y se os perdonará

(cf. Lc 6,37). 6Y, si no perdonáis a los hombres sus pecados (Mt 6,14), el Señor no os

perdonará vuestros pecados (Mc 11,25); confesad todos vuestros pecados (cf. Sant

5,16). 7Bienaventurados los que mueren en penitencia, porque estarán en el reino de los

cielos. 8¡Ay de aquellos que no mueren en penitencia, porque serán hijos del diablo (1 Jn

3,10), cuyas obras hacen (cf. Jn 8,41), e irán al fuego eterno (Mt 18,8; 25,41)!

9Guardaos y absteneos de todo mal y perseverad hasta el fin en el bien.

Cap. XXII: De la amonestación de los hermanos

1Consideremos todos los hermanos lo que dice el Señor: Amad a vuestros

enemigos y haced el bien a los que os odian (cf. Mt 5,44 par.), 2porque nuestro Señor

Jesucristo, cuyas huellas debemos seguir (cf. 1 Pe 2,21), llamó amigo a quien lo

traicionaba (cf. Mt 26,50) y se ofreció espontáneamente a quienes lo crucificaron. 3Por

lo tanto, son amigos nuestros todos aquellos que injustamente nos acarrean tribulaciones

y angustias, afrentas e injurias, dolores y tormentos, martirio y muerte; 4a los cuales

debemos amar mucho, porque, por lo que nos acarrean, tenemos la vida eterna.

5Y tengamos odio a nuestro cuerpo con sus vicios y pecados; porque el diablo

quiere arrebatarnos, mientras vivimos carnalmente, el amor de Jesucristo y la vida eterna,

y perderse a sí mismo junto con todos en el infierno; 6porque nosotros, por nuestra

culpa, somos hediondos, miserables y contrarios al bien, pero prontos y voluntariosos

para el mal, porque como dice el Señor en el Evangelio: 7Del corazón proceden y salen

los malos pensamientos, adulterios, fornicaciones, homicidios, hurtos, avaricia, maldad,

dolo, impudicia, envidia, falsos testimonios, blasfemia, insensatez (cf. Mc 7, 21-22; Mt

15,19). 8Todos estos males proceden de dentro, del corazón del hombre (cf. Mc 7,23), y

éstos son los que manchan al hombre (Mt 15,20).

9Pero ahora, después que hemos dejado el mundo, no tenemos ninguna otra cosa

que hacer sino seguir la voluntad del Señor y agradarle a él. 10Guardémonos mucho de

ser terreno junto al camino, o rocoso o espinoso, según lo que dice el Señor en el

Evangelio: 11La semilla es la palabra de Dios (Lc 8,11). 12Y la que cayó junto al camino

y fue pisoteada (cf. Lc 8,5), son aquellos que oyen (Lc 8,12) la palabra y no la entienden

(cf. Mt 13,10); 13y al punto (Mc 4,15) viene el diablo (Lc 8,12) y arrebata (Mt 13,19)

lo que fue sembrado en sus corazones (Mc 4,15), y quita de sus corazones la palabra, no

sea que creyendo se salven (Lc 8,12). 14Y la que cayó sobre terreno rocoso (cf. Mt

13,20), son aquellos que, al oír la palabra, al instante la reciben con gozo (Mc 4,16; Lc

8,13). 15Pero, llegada la tribulación y persecución por causa de la palabra,

inmediatamente se escandalizan (Mt 13,21), y éstos no tienen raíz en sí mismos, sino

que son inconstantes (cf. Mc 4,17), porque creen por un tiempo y en el tiempo de la

tentación retroceden (Lc 8,13). 16Y la que cayó entre espinas, son aquellos (Lc 8,14)

que oyen la palabra de Dios (cf. Mc 4,18), pero la preocupación (Mt 13,22) y las fatigas

(Mc 4,19) de este siglo y la falacia de las riquezas (Mt 13,22) y las demás

concupiscencias, entrando en ellos, sofocan la palabra y se quedan sin dar fruto (Mc

4,19). 17Y la que fue sembrada en buen terreno (Mt 13,23; Lc 8,15), son aquellos que,

oyendo la palabra con corazón bueno y óptimo (Lc 8,15), la entienden y (cf. Mt 13,23)

la retienen y producen fruto en la paciencia (Lc 8,15). 18Y por eso nosotros los

hermanos, como dice el Señor, dejemos que los muertos entierren a sus muertos (Mt

8,22).

19Y guardémonos mucho de la malicia y sutileza de Satanás, que quiere que el

hombre no tenga su mente y su corazón dirigidos a Dios. 20Y dando vueltas, desea

llevarse el corazón del hombre so pretexto de alguna recompensa o ayuda, y sofocar en

su memoria la palabra y preceptos del Señor, queriendo cegar el corazón del hombre por

medio de los negocios y cuidados del siglo, y habitar allí, como dice el Señor: 21Cuando

el espíritu inmundo sale del hombre, anda vagando por lugares áridos y secos en busca

de descanso (Mt 12,43); 22y, al no encontrarlo, dice: Volveré a mi casa, de donde salí

(Lc 11,24). 23Y al venir la encuentra desocupada, barrida y adornada (Mt 12,44). 24Y va

y toma a otros siete espíritus peores que él, y, habiendo entrado, habitan allí, y las

postrimerías de aquel hombre son peores que los principios (cf. Lc 11,26).

25Por lo tanto, hermanos todos, guardémonos mucho de perder o apartar del

Señor nuestra mente y corazón so pretexto de alguna merced u obra o ayuda. 26Mas en

la santa caridad que es Dios (cf. 1 Jn 4,16), ruego a todos los hermanos, tanto los

ministros como los otros, que, removido todo impedimento y pospuesta toda

preocupación y solicitud, del mejor modo que puedan, hagan servir, amar, honrar y

adorar al Señor Dios con corazón limpio y mente pura, que es lo que él busca sobre

todas las cosas; 27y hagámosle siempre allí habitación y morada (cf. Jn 14,23) a aquél

que es Señor Dios omnipotente, Padre e Hijo y Espíritu Santo, que dice: Vigilad, pues,

orando en todo tiempo, para que seáis considerados dignos de huir de todos los males

que han de venir, y de estar en pie ante el Hijo del Hombre (Lc 21,36). 28Y cuando

estéis de pie para orar (Mc 11,25), decid (Lc 11,2): Padre nuestro, que estás en el cielo

(Mt 6,9). 29Y adorémosle con puro corazón, porque es preciso orar siempre y no

desfallecer (Lc 18,1); 30pues el Padre busca tales adoradores. 31Dios es espíritu, y los

que lo adoran es preciso que lo adoren en espíritu y verdad (cf. Jn 4,23-24). 32Y

recurramos a él como al pastor y obispo de nuestras almas (1 Pe 2,25), que dice: Yo soy

el buen pastor, que apaciento a mis ovejas y doy mi alma por mis ovejas. 33Todos

vosotros sois hermanos; 34y no llaméis padre a ninguno de vosotros en la tierra, porque

uno es vuestro Padre, el que está en el cielo. 35Ni os llaméis maestros; porque uno es

vuestro maestro, el que está en el cielo (cf. Mt 23,8-10). 36Si permanecéis en mí, y mis

palabras permanecen en vosotros, pediréis todo lo que queráis y se os dará (Jn 15,7).

37Dondequiera que hay dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy en medio de

ellos (Mt 18,20). 38He aquí que yo estoy con vosotros hasta la consumación del siglo

(Mt 28,20). 39Las palabras que os he hablado son espíritu y vida (Jn 6,64). 40Yo soy el

camino, la verdad y la vida (Jn 14,6).

41Retengamos, por consiguiente, las palabras, la vida y la doctrina y el santo

evangelio de aquel que se dignó rogar por nosotros a su Padre y manifestarnos su

nombre diciendo: Padre, glorifica tu nombre (Jn 12,28), y glorifica a tu Hijo, para que tu

Hijo te glorifique a ti (Jn 17,1). 42Padre, manifesté tu nombre a los hombres que me

diste (Jn 17,6); porque las palabras que tú me diste se las he dado a ellos; y ellos las han

recibido, y han reconocido que salí de ti, y han creído que tú me has enviado. 43Yo ruego

por ellos, no por el mundo, 44sino por éstos que me diste, porque tuyos son y todas

mis cosas tuyas son (Jn 17,8-10). 45Padre santo, guarda en tu nombre a los que me

diste, para que ellos sean uno como también nosotros (Jn 17,11). 46Hablo estas cosas en

el mundo para que tengan gozo en sí mismos. 47Yo les he dado tu palabra; y el mundo

los ha odiado, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. 48No te

ruego que los saques del mundo, sino que los guardes del maligno (Jn 17,13-15).

49Glorifícalos en la verdad. 50Tu palabra es verdad. 51Como tú me enviaste al mundo,

también yo los envié al mundo. 52Y por éstos me santifico a mí mismo, para que sean

ellos santificados en la verdad. 53No ruego solamente por éstos, sino por aquellos que

han de creer en mí por medio de su palabra (cf. Jn 17,17-20), para que sean consumados

en la unidad, y conozca el mundo que tú me enviaste y los amaste como me amaste a mí

(Jn 17,23). 54Y les haré conocer tu nombre, para que el amor con que me amaste esté en

ellos y yo en ellos (cf. Jn 17,26). 55Padre, los que me has dado, quiero que donde yo

estoy, también ellos estén conmigo, para que vean tu gloria (Jn 17,24) en tu reino (Mt

20,21). Amén.

Cap. XXIII: Oración y acción de gracias

1Omnipotente, santísimo, altísimo y sumo Dios, Padre santo (Jn 17,11) y justo,

Señor rey del cielo y de la tierra (cf. Mt 11,25), por ti mismo te damos gracias, porque,

por tu santa voluntad y por tu único Hijo con el Espíritu Santo, creaste todas las cosas

espirituales y corporales, y a nosotros, hechos a tu imagen y semejanza, nos pusiste en

el paraíso (cf. Gn 1,26; 2,15). 2Y nosotros caímos por nuestra culpa. 3Y te damos

gracias porque, así como por tu Hijo nos creaste, así, por tu santo amor con el que nos

amaste (cf. Jn 17,26), hiciste que él, verdadero Dios y verdadero hombre, naciera de la

gloriosa siempre Virgen la beatísima santa María, y quisiste que nosotros, cautivos,

fuéramos redimidos por su cruz y sangre y muerte. 4Y te damos gracias porque ese

mismo Hijo tuyo vendrá en la gloria de su majestad a enviar al fuego eterno a los

malditos, que no hicieron penitencia y no te conocieron, y a decir a todos los que te

conocieron y adoraron y te sirvieron en penitencia: Venid, benditos de mi Padre, recibid

el reino que os está preparado desde el origen del mundo (cf. Mt 25,34).

5Y porque todos nosotros, miserables y pecadores, no somos dignos de

nombrarte, imploramos suplicantes que nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo amado, en

quien bien te complaciste (cf. Mt 17,5), junto con el Espíritu Santo Paráclito, te dé

gracias por todos como a ti y a él os place, él que te basta siempre para todo y por quien

tantas cosas nos hiciste. Aleluya.

6Y a la gloriosa madre, la beatísima María siempre Virgen, a los bienaventurados

Miguel, Gabriel y Rafael, y a todos los coros de los bienaventurados serafines,

querubines, tronos, dominaciones, principados, potestades (cf. Col 1,15), virtudes,

ángeles, arcángeles, a los bienaventurados Juan Bautista, Juan Evangelista, Pedro, Pablo,

y a los bienaventurados patriarcas, profetas, Inocentes, apóstoles, evangelistas,

discípulos, mártires, confesores, vírgenes, a los bienaventurados Elías y Enoc, y a todos

los santos que fueron y que serán y que son, humildemente les suplicamos por tu amor

que te den gracias por estas cosas como te place, a ti, sumo y verdadero Dios, eterno y

vivo, con tu Hijo carísimo, nuestro Señor Jesucristo, y el Espíritu Santo Paráclito, por

los siglos de los siglos. Amén. Aleluya

(Ap 19,3-4).

7Y a todos los que quieren servir al Señor Dios dentro de la santa Iglesia católica y

apostólica, y a todos los órdenes siguientes: sacerdotes, diáconos, subdiáconos, acólitos,

exorcistas, lectores, ostiarios y todos los clérigos, todos los religiosos y religiosas, todos

los donados y postulantes, pobres y necesitados, reyes y príncipes, trabajadores y

agricultores, siervos y señores, todas las vírgenes y continentes y casadas, laicos,

varones y mujeres, todos los niños, adolescentes, jóvenes y ancianos, sanos y enfermos,

todos los pequeños y grandes, y todos los pueblos, gentes, tribus y lenguas (cf. Ap 7,

9), y todas las naciones y todos los hombres en cualquier lugar de la tierra, que son y

que serán, humildemente les rogamos y suplicamos todos nosotros, los hermanos

menores, siervos inútiles

(Lc 17,10), que todos perseveremos en la verdadera fe y penitencia, porque de

otra manera ninguno puede salvarse.

8Amemos todos con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con

toda la fuerza (cf. Mc 12,30) y fortaleza, con todo el entendimiento (cf. Mc 12,33), con

todas las fuerzas (cf. Lc 10,27), con todo el esfuerzo, con todo el afecto, con todas las

entrañas, con todos los deseos y voluntades al Señor Dios (Mc 12,30 par), que nos dio

y nos da a todos nosotros todo el cuerpo, toda el alma y toda la vida, que nos creó, nos

redimió y por sola su misericordia nos salvará (cf. Tob 13,5), que a nosotros, miserables

y míseros, pútridos y hediondos, ingratos y malos, nos hizo y nos hace todo bien.

9Por consiguiente, ninguna otra cosa deseemos, ninguna otra queramos, ninguna

otra nos plazca y deleite, sino nuestro Creador y Redentor y Salvador, el solo verdadero

Dios, que es pleno bien, todo bien, total bien, verdadero y sumo bien, que es el solo

bueno (cf. Lc 18,19), piadoso, manso, suave y dulce, que es el solo santo, justo,

verdadero, santo y recto, que es el solo benigno, inocente, puro, de quien y por quien y

en quien (cf. Rom 11,36) es todo el perdón, toda la gracia, toda la gloria de todos los

penitentes y de todos justos, de todos los bienaventurados que gozan juntos en los

cielos. 10Por consiguiente, que nada impida, que nada separe, que nada se interponga.

11En todas partes, en todo lugar, a toda hora y en todo tiempo, diariamente y de

continuo, todos nosotros creamos verdadera y humildemente, y tengamos en el corazón

y amemos, honremos, adoremos, sirvamos, alabemos y bendigamos, glorifiquemos y

ensalcemos sobremanera, magnifiquemos y demos gracias al altísimo y sumo Dios

eterno, Trinidad y Unidad, Padre e Hijo y Espíritu Santo, creador de todas las cosas y

salvador de todos los que creen y esperan en él y lo aman a él, que es sin principio y sin

fin, inmutable, invisible, inenarrable, inefable, incomprensible, inescrutable (cf. Rom

11,33), bendito, laudable, glorioso, ensalzado sobremanera (cf. Dan 3,52), sublime,

excelso, suave, amable, deleitable y todo entero sobre todas las cosas deseable por los

siglos. Amén.

Cap. XXIV: Conclusión

1¡En el nombre del Señor! Ruego a todos los hermanos que aprendan el tenor y

sentido de las cosas que están escritas en esta vida para salvación de nuestra alma, y que

frecuentemente las traigan a la memoria. 2E imploro a Dios que Él, que es omnipotente,

trino y uno, bendiga a todos los que enseñan, aprenden, conservan, recuerdan y

practican estas cosas, cuantas veces repiten y hacen lo que allí está escrito para salud de

nuestra alma; 3y ruego a todos, besándoles los pies, que las amen mucho, las custodien y

las guarden. 4Y de parte de Dios omnipotente y del señor papa, y por obediencia, yo, el

hermano Francisco, mando firmemente e impongo que nadie suprima nada de lo que está

escrito en esta vida ni añada en la misma escrito alguno (cf. Dt 4,2; 12,32), y que no

tengan los hermanos otra regla.

5Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio y ahora y

siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

------------------------------------------------------------------------

REGLA PARA LOS EREMITORIOS [REr]

1Aquellos que quieren vivir como religiosos en los eremitorios, sean tres hermanos

o cuatro a lo más; dos de ellos sean madres, y tengan dos hijos o uno por lo menos. 2Los

dos que son madres lleven la vida de Marta, y los dos hijos lleven la vida de María (cf.

Lc 10,38-42); y tengan un cercado en el que cada uno tenga su celdilla, en la cual ore y

duerma. 3Y digan siempre las completas del día inmediatamente después de la puesta del

sol; y esfuércense por mantener el silencio; y digan sus horas; y levántense a maitines y

busquen primeramente el reino de Dios y su justicia (Mt 6,33). 4Y digan prima a la hora

que conviene, y después de tercia se concluye el silencio; y pueden hablar e ir a sus

madres. 5Y cuando les plazca, pueden pedirles limosna a ellas como pobres pequeñuelos

por amor del Señor Dios. 6Y después digan sexta y nona; y digan vísperas a la hora que

conviene. 7Y en el cercado donde moran, no permitan entrar a persona alguna, ni coman

allí. 8Los hermanos que son madres esfuércense por permanecer lejos de toda persona; y

por obediencia a su ministro guarden a sus hijos de toda persona, para que nadie pueda

hablar con ellos. 9Y los hijos no hablen con persona alguna, sino con sus madres y con

su ministro y su custodio, cuando a éstos les plazca visitarlos con la bendición del Señor

Dios. 10Y los hijos asuman de vez en cuando el oficio de madres, alternativamente, por

el tiempo que les hubiera parecido conveniente establecer, para que solícita y

esforzadamente se esfuercen en guardar todo lo sobredicho.

------------------------------------------------------------------------

SALUDO A LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA [SALVM]

1Salve, Señora, santa Reina, santa Madre de Dios, María, que eres virgen hecha

iglesia 2y elegida por el santísimo Padre del cielo, a la cual consagró Él con su santísimo

amado Hijo y el Espíritu Santo Paráclito, 3en la cual estuvo y está toda la plenitud de la

gracia y todo bien. 4Salve, palacio suyo; salve, tabernáculo suyo; salve, casa suya.

5Salve, vestidura suya; salve, esclava suya; salve, Madre suya 6y todas vosotras, santas

virtudes, que sois infundidas por la gracia e iluminación del Espíritu Santo en los

corazones de los fieles, para que de infieles hagáis fieles a Dios.

------------------------------------------------------------------------

SALUDO A LAS VIRTUDES [SalVir]

1¡Salve, reina sabiduría!, el Señor te salve con tu hermana la santa pura sencillez.

2¡Señora santa pobreza!, el Señor te salve con tu hermana la santa humildad. 3¡Señora

santa caridad!, el Señor te salve con tu hermana la santa obediencia. 4¡Santísimas

virtudes!, a todas os salve el Señor, de quien venís y procedéis.

5No hay absolutamente ningún hombre en el mundo entero que pueda tener una de

vosotras si antes él no muere. 6El que tiene una y no ofende a las otras, las tiene todas.

7Y el que ofende a una, no tiene ninguna y a todas ofende (cf. Sant 2,10). 8Y cada una

confunde a los vicios y pecados.

9La santa sabiduría confunde a Satanás y todas sus malicias. 10La pura santa

sencillez confunde a toda la sabiduría de este mundo (cf. 1 Cor 2,6) y a la sabiduría del

cuerpo. 11La santa pobreza confunde a la codicia y avaricia y cuidados de este siglo.

12La santa humildad confunde a la soberbia y a todos los hombres que hay en el mundo,

e igualmente a todas las cosas que hay en el mundo. 13La santa caridad confunde a todas

las tentaciones diabólicas y carnales y a todos los temores carnales (cf. 1 Jn 4, 18). 14La

santa obediencia confunde a todas las voluntades corporales y carnales, 15y tiene

mortificado su cuerpo para obedecer al espíritu y para obedecer a su hermano, 16y está

sujeto y sometido a todos los hombres que hay en el mundo, 17y no únicamente a solos

los hombres, sino también a todas las bestias y fieras, 18para que puedan hacer de él

todo lo que quieran, en la medida en que les fuere dado desde arriba por el Señor (cf. Jn

19,11).

------------------------------------------------------------------------

T E S T A M E N T O [Test]

1El Señor me dio de esta manera a mí, hermano Francisco, el comenzar a hacer

penitencia: porque, como estaba en pecados, me parecía extremadamente amargo ver a

los leprosos. 2Y el Señor mismo me condujo entre ellos, y practiqué la misericordia con

ellos. 3Y al apartarme de los mismos, aquello que me parecía amargo, se me convirtió en

dulzura del alma y del cuerpo; y después me detuve un poco, y salí del siglo. 4Y el

Señor me dio una tal fe en las iglesias, que así sencillamente oraba y decía: 5Te

adoramos, Señor Jesucristo, también en todas tus iglesias que hay en el mundo entero, y

te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo. 6Después, el Señor me dio

y me da tanta fe en los sacerdotes que viven según la forma de la santa Iglesia Romana,

por el orden de los mismos, que, si me persiguieran, quiero recurrir a ellos. 7Y si tuviera

tanta sabiduría cuanta Salomón tuvo, y hallara a los pobrecillos sacerdotes de este siglo

en las parroquias en que moran, no quiero predicar más allá de su voluntad. 8Y a éstos y

a todos los otros quiero temer, amar y honrar como a mis señores. 9Y no quiero en ellos

considerar pecado, porque discierno en ellos al Hijo de Dios, y son señores míos. 10Y lo

hago por esto, porque nada veo corporalmente en este siglo del mismo altísimo Hijo de

Dios, sino su santísimo cuerpo y su santísima sangre, que ellos reciben y ellos solos

administran a los otros. 11Y quiero que estos santísimos misterios sean sobre todas las

cosas honrados, venerados y colocados en lugares preciosos. 12Los santísimos nombres

y sus palabras escritas, dondequiera que los encuentre en lugares indebidos, quiero

recogerlos y ruego que se recojan y se coloquen en lugar honroso. 13Y a todos los

teólogos y a los que nos administran las santísimas palabras divinas, debemos honrar y

venerar como a quienes nos administran espíritu y vida (cf. Jn 6,64).

14Y después que el Señor me dio hermanos, nadie me ensañaba qué debería hacer,

sino que el Altísimo mismo me reveló que debería vivir según la forma del santo

Evangelio. 15Y yo hice que se escribiera en pocas palabras y sencillamente, y el señor

Papa me lo confirmó. 16Y aquellos que venían a tomar esta vida, daban a los pobres

todo lo que podían tener (Tob 1,3); y estaban contentos con una túnica, forrada por

dentro y por fuera, el cordón y los paños menores. 17Y no queríamos tener más. 18Los

clérigos decíamos el oficio como los otros clérigos; los laicos decían los Padrenuestros; y

muy gustosamente permanecíamos en las iglesias. 19Y éramos iletrados y súbditos de

todos. 20Y yo trabajaba con mis manos, y quiero trabajar; y quiero firmemente que

todos los otros hermanos trabajen en trabajo que conviene al decoro. 21Los que no

saben, que aprendan, no por la codicia de recibir el precio del trabajo, sino por el ejemplo

y para rechazar la ociosidad. 22Y cuando no se nos dé el precio del trabajo, recurramos a

la mesa del Señor, pidiendo limosna de puerta en puerta. 23El Señor me reveló que

dijésemos el saludo: El Señor te dé la paz. 24Guárdense los hermanos de recibir en

absoluto iglesias, moradas pobrecillas y todo lo que para ellos se construya, si no fueran

como conviene a la santa pobreza que hemos prometido en la Regla, hospedándose allí

siempre como forasteros y peregrinos (cf. 1 Pe 2,11). 25Mando firmemente por

obediencia a todos los hermanos que, dondequiera que estén, no se atrevan a pedir

documento alguno en la Curia romana, ni por sí mismos ni por interpuesta persona, ni

para la iglesia ni para otro lugar, ni con miras a la predicación, ni por persecución de sus

cuerpos; 26sino que, cuando en algún lugar no sean recibidos, huyan a otra tierra para

hacer penitencia con la bendición de Dios.

27Y firmemente quiero obedecer al ministro general de esta fraternidad y al

guardián que le plazca darme. 28Y del tal modo quiero estar cautivo en sus manos, que

no pueda ir o hacer más allá de la obediencia y de su voluntad, porque es mi señor. 29Y

aunque sea simple y esté enfermo, quiero, sin embargo, tener siempre un clérigo que me

rece el oficio como se contiene en la Regla. 30Y todos los otros hermanos estén

obligados a obedecer de este modo a sus guardianes y a rezar el oficio según la Regla.

31Y los que fuesen hallados que no rezaran el oficio según la Regla y quisieran variarlo

de otro modo, o que no fuesen católicos, todos los hermanos, dondequiera que estén, por

obediencia están obligados, dondequiera que hallaren a alguno de éstos, a presentarlo al

custodio más cercano del lugar donde lo hallaren. 32Y el custodio esté firmemente

obligado por obediencia a custodiarlo fuertemente día y noche como a hombre en

prisión, de tal manera que no pueda ser arrebatado de sus manos, hasta que

personalmente lo ponga en manos de su ministro. 33Y el ministro esté firmemente

obligado por obediencia a enviarlo con algunos hermanos que día y noche lo custodien

como a hombre en prisión, hasta que lo presenten ante el señor de Ostia, que es señor,

protector y corrector de toda la fraternidad. 34Y no digan los hermanos: "Esta es otra

Regla"; porque ésta es una recordación, amonestación, exhortación y mi testamento que

yo, hermano Francisco, pequeñuelo, os hago a vosotros, mis hermanos benditos, por

esto, para que guardemos más católicamente la Regla que hemos prometido al Señor.

35Y el ministro general y todos los otros ministros y custodios estén obligados

por obediencia a no añadir ni quitar en estas palabras. 36Y tengan siempre este escrito

consigo junto a la Regla. 37Y en todos los capítulos que hacen, cuando leen la Regla, lean

también estas palabras. 38Y a todos mis hermanos, clérigos y laicos, mando firmemente

por obediencia que no introduzcan glosas en la Regla ni en estas palabras diciendo: "Así

han de entenderse". 39Sino que así como el Señor me dio el decir y escribir sencilla y

puramente la Regla y estas palabras, así sencillamente y sin glosa las entendáis y con

santas obras las guardéis hasta el fin.

40Y todo el que guarde estas cosas, en el cielo sea colmado de la bendición del

altísimo Padre y en la tierra sea colmado de la bendición de su amado Hijo con el

santísimo Espíritu Paráclito y con todas las virtudes de los cielos y con todos los

santos. 41Y yo, hermano Francisco, pequeñuelo, vuestro siervo, os confirmo, todo

cuanto puedo, por dentro y por fuera, esta santísima bendición.

------------------------------------------------------------------------

TESTAMENTO DE SIENA [TestS]

1Escribe cómo bendigo a todos mis hermanos, los que están en nuestra religión y

los que vendrán a ella hasta el fin del siglo... 2Puesto que, a causa de la debilidad y

dolores de la enfermedad, no tengo fuerzas para hablar, brevemente declaro a mis

hermanos mi voluntad en estas tres palabras, a saber: 3que, en señal del recuerdo de mi

bendición y de mi testamento, siempre se amen mutuamente, 4siempre amen y guarden

la santa pobreza, nuestra señora, 5y que siempre se muestren fieles y sumisos a los

prelados y todos los clérigos de la santa madre Iglesia.

------------------------------------------------------------------------

ÚLTIMA VOLUNTAD ESCRITA A SANTA CLARA [ULTVOL]

1Yo, el hermano Francisco, pequeñuelo, quiero seguir la vida y la pobreza del

altísimo Señor nuestro Jesucristo y de su santísima Madre, y perseverar en ella hasta el

fin; 2y os ruego, mis señoras, y os doy el consejo de que siempre viváis en esta

santísima vida y pobreza. 3Y protegeos mucho, para que de ninguna manera os apartéis

jamás de ella por la enseñanza o consejo de alguien.

------------------------------------------------------------------------

DE LA VERDADERA Y PERFECTA ALEGRÍA [VerAl]

1El mismo fray Leonardo refirió allí mismo que cierto día el bienaventurado

Francisco, en Santa María, llamó a fray León y le dijo: «Hermano León, escribe». 2El

cual respondió: «Heme aquí preparado». 3«Escribe –dijo– cuál es la verdadera alegría.

4Viene un mensajero y dice que todos los maestros de París han ingresado en la Orden.

Escribe: No es la verdadera alegría. 5Y que también, todos los prelados ultramontanos,

arzobispos y obispos; y que también, el rey de Francia y el rey de Inglaterra. Escribe:

No es la verdadera alegría. 6También, que mis frailes se fueron a los infieles y los

convirtieron a todos a la fe; también, que tengo tanta gracia de Dios que sano a los

enfermos y hago muchos milagros: Te digo que en todas estas cosas no está la verdadera

alegría. 7Pero ¿cuál es la verdadera alegría? 8Vuelvo de Perusa y en una noche profunda

llegó acá, y es el tiempo de un invierno de lodos y tan frío, que se forman canelones del

agua fría congelada en las extremidades de la túnica, y hieren continuamente las piernas,

y mana sangre de tales heridas. 9Y todo envuelto en lodo y frío y hielo, llego a la puerta,

y, después de haber golpeado y llamado por largo tiempo, viene el hermano y pregunta:

¿Quién es? Yo respondo: El hermano Francisco. 10Y él dice: Vete; no es hora decente de

andar de camino; no entrarás. 11E insistiendo yo de nuevo, me responde: Vete, tú eres

un simple y un ignorante; ya no vienes con nosotros; nosotros somos tantos y tales, que

no te necesitamos. 12Y yo de nuevo estoy de pie en la puerta y digo: Por amor de Dios

recogedme esta noche. 13Y él responde: No lo haré. 14Vete al lugar de los Crucíferos y

pide allí. 15Te digo que si hubiere tenido paciencia y no me hubiere alterado, que en esto

está la verdadera alegría y la verdadera virtud y la salvación del alma.» .