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EL SERCRETO ADMIRABLE DEL SANTÍSIMO ROSARIO San Luis María Grignon de Monfort
Rosa Blanca
A los sacerdotes.
1) Ministros del Altísimo, predicadores de la verdad, clarines del Evangelio, permitidme que os presente la rosa blanca de este librito para introducir en vuestro corazón y en vuestra boca las verdades que en él se exponen sencillamente y sin aparato. En vuestro corazón, para que vosotros mismos emprendáis la práctica santa del Rosario y gustéis sus frutos. En vuestra boca para que prediquéis a los demás la excelencia de esta santa práctica y los convirtáis por este medio. Guardaos, si no lo lleváis a mal, de mirar esta práctica como insignificante y de escasas consecuencias, como hace el vulgo y aun muchos sabios orgullosos; es verdaderamente grande, sublime, divina. El cielo es quien os la ha dado para convertir a los pecadores más endurecidos y los herejes más obstinados. Dios ha vinculado a ella la gracia en esta vida y la gloria en la otra. Los santos la han ejercitado y los Soberanos Pontífices la han autorizado. ¡Oh, cuán feliz es el sacerdote y director de almas a quien el Espíritu Santo ha revelado este secreto, desconocido de la mayor parte de los hombres o sólo conocido superficialmente! Si logra su conocimiento práctico, lo recitará todos los días y lo hará recitar a los otros. Dios y su Santísima Madre derramarán copiosamente la gracia en su alma para que sea instrumento de su gloria; y producirá más fruto con su palabra, aunque sencilla, en un mes que los demás predicadores en muchos años.
2) No nos contentemos, pues, mis queridos compañeros, en aconsejarlo a los demás: es necesario que lo practiquemos. Bien podremos estar convencidos de la excelencia del Santo Rosario, mas si no lo practicamos, poco empeño se tomará quien nos oiga en cumplir lo que aconsejamos, porque nadie da lo que no tiene "Coepit Jesus facere et docere" (1). Imitemos a Jesucristo, que comenzó por hacer aquello que enseñaba. Imitemos al Apóstol, que no conocía ni predicaba más que a Jesucristo crucificado: y eso es lo que haréis al predicar el Santo Rosario, que, según más abajo veréis, no es sólo un compuesto de padrenuestros y avemarías, sino un divino compendio de los misterios de la vida, pasión, muerte y gloria de Jesús y de María. Si creyera yo que la experiencia que Dios me ha dado de la eficacia de la predicación del Santo Rosario para convertir a las almas os pudiera determinar a predicarlo, a pesar de la moda contraria de los predicadores, os diría las conversiones maravillosas que he visto venir con la predicación del Santo Rosario; pero me contentaré con relatar en este compendio algunas historias antiguas y bien probadas. Y solamente en servicio vuestro he insertado también algunos textos latinos de buenos autores que prueban lo que explico al pueblo en francés.
Rosa Encarnada
A los pecadores.
3) A vosotros, pobres pecadores y pecadoras, un pecador mayor todavía os ofrece esta rosa enrojecida con la Sangre de Jesucristo, para haceros florecer y para salvaros. Los impíos y los pecadores impenientes claman todos los días: "Coronemus nos rosis" (1): Coronémonos de rosas. Cantemos también nosotros, coronémonos con las rosas del Santo Rosario. ¡Ah, qué diferentes son sus rosas de las nuestras! Son las rosas de ellos sus placeres carnales, sus vanos honores y sus riquezas perecederas, que muy pronto se marchitarán y perecerán; mas las nuestras (nuestros padrenuestros y avemarías bien dichos, junto con nuestras obras de penitencia) no se marchitarán ni pasarán jamás y su resplandor brillará de aquí a cien mil años como al presente. Las pretendidas rosas de ellos no tienen sino la apariencia de tales, en realidad no son otra cosa que espinas punzantes durante la vida por los remordimientos de conciencia, que los atormentarán en la hora de la muerte (con el arrepentimiento) y los quemarán durante toda la eternidad, por la rabia y la desesperación. Si nuestras rosas tienen espinas, son espinas de Jesucristo que Él convierte en rosas. Si punzan nuestras espinas, es sólo por algún tiempo; no punzan sino para curarnos del pecado y salvarnos.
4) Coronémonos a porfía de estas rosas del paraíso recitando diariamente el Rosario; es decir tres Rosarios de cinco decenas cada uno o tres ramos de flores o coronas: 1) para honrar las tres coronas de Jesús y de María, la corona de gracia de Jesús en su encarnación, su corona de espinas en su pasión y su corona de gloria en el cielo, y la triple corona que María recibió en el cielo de la Santísima Trinidad; 2) para recibir de Jesús y de María tres coronas, la primera de mérito durante la vida, la segunda de paz a la hora de la muerte, y la tercera de gloria en el paraíso. Si sois fieles en rezarle devotamente hasta la muerte, a pesar de la enormidad de vuestros pecados, creedme: "Percipietis coronam immarcescibilem" (2), recibiréis una corona de gloria que no se marchitará jamás. Aun cuando os hallaseis en el borde del abismo, o tuvieseis ya un pie en el infierno; aunque hubieseis vendido vuestra alma al diablo, aun cuando fueseis unos herejes endurecidos y obstinados como demonios, tarde o temprano os convertiréis y os salvaréis, con tal que (lo repito y notad las palabras y los términos de mi consejo) recéis devotamente todos los días el Santo Rosario hasta la muerte, para conocer la verdad y obtener la contrición y el perdón de vuestros pecados. Ya veréis en esta obra muchas historias de grandes pecadores convertidos por virtud del Santo Rosario. Leedlas para meditarlas. Dios solo.
Rosal Místico
A las almas devotas.
5) No llevaréis a mal, almas devotas, alumbradas por el Espíritu Santo, que os dé un pequeño rosal místico, bajado del cielo para ser plantado en el jardín de vuestra alma: en nada perjudicará las flores odoríferas de vuestra contemplación. Es muy oloroso y enteramente divino, no destruirá en lo más mínimo el orden de vuestro jardín; es muy puro, bien ordenado y lo conduce todo al orden y a la pureza; crece hasta una altura tan prodigiosa, adquiere una tan vasta extensión, si se le riega y cultiva como conviene todos los días, que no sólo no estorba, antes conserva y perfecciona todas las restantes devociones. Vosotros que sois espirituales me comprendéis bien; este rosal es Jesús y María en la vida, en la muerte y en la eternidad.
6) Las hojas verdes de este rosal místico representan los misterios gozosos de Jesús y de María; las espinas, los dolorosos; y las flores, los gloriosos; los capullos son la infancia de Jesús y de María; las rosas entreabiertas representan a Jesús y a María en los sufrimientos; las abiertas del todo muestran a Jesús y a María en su gloria y en su triunfo. La rosa alegra con su hermosura: Ved aquí a Jesús y María en sus misterios gozosos, pica con sus espinas; ved aquí a Jesús y María en sus misterios dolorosos; regocija con la suavidad de su aroma: vedlos, en fin, en sus misterios gloriosos. No despreciéis, pues, mi planta excelente y divina: plantadla en vuestra alma, adoptando la resolución de rezar el Rosario. Cultivadla y regadla rezando fielmente todos los días y haciendo buenas obras y veréis cómo este grano que parecía tan pequeño llegará a ser con el tiempo un árbol grande, donde las almas predestinadas y elevadas a la contemplación harán sus nidos y morada para guardarse a la sombra de sus hojas de los ardores del sol, para preservarse en su altura de las bestias feroces de la tierra y para ser, en fin, delicadamente alimentadas con su fruto, que no es otro que el adorable Jesús, a quien sea honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén. Dios solo.
Capullo de Rosa
A los niños.
7) A vosotros, amiguitos míos, os ofrezco un hermoso capullo de rosa; es el granito de vuestro Rosario, que os parecerá tan insignificante. Mas ¡oh, qué precioso es ese granito! ¡Qué admirable es ese capullo! ¡Cómo se desarrollará si rezáis devotamente vuestra avemaría! Mucho sería pediros que rezarais el Rosario todos los días; rezad por lo menos diariamente un tercio del Rosario con devoción, y será una linda corona de rosas que colocaréis en las sienes de Jesús y de María. Creedme; y escuchad una hermosa historia, y no la olvidéis.
8) Dos niñas, hermanitas, estaban a la puerta de su casa rezando devotamente el Santo Rosario. Aparéceseles una hermosa Señora, la cual se aproxima a la más pequeña, que tenía de seis a siete años, la toma de la mano y se la lleva. Su hermana mayor la busca llena de turbación y, desesperada de poder encontrarla, vuelve a su casa llorando. El padre y la madre la buscan tres días sin encontrarla. Pasado este tiempo, la encuentran a la puerta con el rostro alegre y gozoso. Le preguntan de dónde viene y contesta que la Señora a quien rezaba el Rosario la había llevado a un lugar muy hermoso y le había dado a comer cosas muy buenas y había colocado en sus brazos a un Niño bellísimo. El padre y la madre, recién convertidos a la fe, llamaron al Padre Jesuita que los había instruido en ella y en la devoción del Rosario y le contaron lo que había ocurrido. De sus propios labios lo hemos sabido nosotros. Aconteció en el Paraguay (1). Imitad, amados niños, a estas dos fervorosas niñas; rezad todos los días, como ellas, el Rosario, y mereceréis así ver a Jesús y a María: si no en esta vida, después de la muerte, durante la eternidad. Amén. Sabios e ignorantes, justos y pecadores, grandes y pequeños, alaben y saluden día y noche con el Santo Rosario a Jesús y a María. "Salutate Mariam, quae multum laboravit in vobis" (2). Primera Decena
Excelencia del Santísimo Rosario en su origen y en su nombre. 1a Rosa
2a Rosa
3a Rosa
4a Rosa
5a Rosa 21) No hay, hablando con propiedad, más que una Cofradía del Rosario, compuesta de 150 avemarías; pero con relación al fervor de las distintas personas que lo practican hay tres clases, a saber: el Rosario común u ordinario, el Rosario perpetuo y el Rosario cotidiano. La Cofradía del Rosario ordinario sólo exige que se rece una vez por semana, y la del Rosario perpetuo, una vez al año; pero la del Rosario cotidiano exige rezarlo entero -es decir, las 150 avemarías- diariamente. Ninguno de estos Rosarios implica obligación bajo pecado, ni aun venial; porque la promesa de rezarlo es completamente voluntaria y de supererogación; pero no debe alistarse en la Cofradía quien no tenga voluntad de cumplir esa promesa, según lo exige la Cofradía, siempre que pueda sin faltar a las obligaciones de su estado. Así, cuando el rezo del Rosario coincida con una acción que por nuestro estado es obligatoria, debe preferirse esta acción al Rosario por santo que sea. Cuando en la enfermedad no pueda rezarse en todo ni en parte sin exacerbar el padecimiento, no obliga. Cuando por legítima obediencia, olvido involuntario o necesidad apremiante no ha podido rezarse, no hay ningún pecado, ni aun venial; y no deja por eso de participarse de las gracias y méritos de los otros hermanos y hermanas que lo rezan en todo el mundo. Cristianos: si faltáis a este rezo por pura negligencia, sin ningún motivo formal, absolutamente hablando tampoco pecáis, pero perdéis la participación en las oraciones, buenas obras y méritos de la Cofradía, y, por vuestra infidelidad en cosas pequeñas y de supererogación, caeréis insensiblemente en la infidelidad a las cosas grandes y de obligación esencial; porque: "Qui spernit modica paulatim decidet" (4). 6a Rosa
El sabio Cartagena refiere al respecto: Sapientissimus Aquensis, libro ejus de Rosacea Corona ad Imperatorem Maximilianum conscripto, dicit: "Salutandae Mariae ritus novitiis inventis haud quaquam adscribitur. Si quidem cum ipsa pene ecclesia pullulavit; nam cum inter ipsa nascentis ecclesiae primordia, perfectiores quoque fideles tribus illis Davidicorum psalmorum quinquagenis, divinas laudes assidue celebrarent, ad rudiores quoque qui modo arctius divinis vacabant piis moris aemulatio est derivata... rati id quod erat, cuncta illorum sacramenta psalmorum in coelesti hoc elogio delitescere, si quidem eum quem psalmi venturum concinunt, hunc jam adesse, haec formula nuntiavit; sicque trinas salutationum quinquagenas "Mariae Psalterium" appellare coeperunt, oratione utique dominica in singulas decades ubique praeposita prout a psalmidicis observari ante adverterunt (5)."
7a Rosa
Las crónicas de San Francisco cuentan que un joven religioso tenía la buena costumbre de rezar todos los días antes de la comida la corona de la Santísima Virgen. Un día, no se sabe por qué, faltó a ella, y estando servida la cena rogó a su superior que le permitiese rezarla antes de ir a la mesa. Con este permiso se retiró a su habitación; pero como tardaba mucho, el superior envió un religioso a llamarle. Éste le encontró iluminado con celestes resplandores y a la Santísima Virgen con dos ángeles cerca de él. Cada vez que decía un avemaría, una rosa salía de su boca, y los ángeles cogían las rosas una tras otra y las colocaban sobre la cabeza de la Santísima Virgen, que les testimoniaba su consentimiento. Otros dos religiosos, enviados para saber la causa del retraso de sus compañeros, vieron este misterio, y no desapareció la Santísima Virgen hasta que terminó el rezo de la corona. El Rosario es, pues, una gran corona, y el de cinco decenas, una guirnalda de flores o coronilla de rosas celestes que se coloca sobre las cabezas de Jesús y María. La rosa es la reina de las flores, y del mismo modo el Rosario es la rosa y la primera de las devociones. 8a Rosa
A Alfonso, rey de León y Galicia, que deseaba que todos sus criados honrasen a la Santísima Virgen con el Santo Rosario, se le ocurrió, para animarles con su ejemplo, llevar ostensiblemente un gran Rosario, aunque sin rezarlo, lo que bastó a obligar a todos sus cortesanos a que lo rezaran devotamente.
El rey cayó gravemente enfermo y cuando le creían muerto fue
transportado en espíritu al tribunal de Jesucristo, vio allí a los demonios,
que le acusaban de todos los crímenes que había cometido, y cuando iba a ser
condenado a las penas eternas, se presentó a su favor la Santísima Virgen
delante de su divino Hijo; se trajo entonces una balanza, se colocaron todos
los pecados del rey en un platillo, y la Santísima Virgen colocó en el otro
el gran Rosario que él había llevado en su honor, juntamente con los que,
gracias a su ejemplo, habían rezado otras personas, y esto pesaba más que
todos sus pecados. Y después, mirándole con ojos compasivos, le dijo: "He
obtenido de mi Hijo, como recompensa del pequeño servicio que me hiciste
llevando el Rosario, la prolongación de tu vida por algunos años. Empléalos
bien y haz penitencia." El rey, vuelto en sí de este éxtasis, exclamó: "¡Oh
bendito Rosario de la Santísima Virgen, por el que fui librado de la
condenación eterna!" Después que recobró la salud pasó el resto de su vida
con gran devoción al Santo Rosario y lo rezó todos los días. 9a Rosa
el criterio, reprobado, de los herejes, que tienen horror al Rosario. Aborrecer las cofradías es alejarse de Dios y de la piedad, puesto que Jesucristo nos asegura que se encuentra en medio de los que se reúnen en su nombre. No es ser buen católico despreciar tantas y tan grandes indulgencias como la Iglesia concede a las cofradías. Disuadir a los fieles de que pertenezcan a la del Santo Rosario es ser enemigo de la salvación de las almas, que por este medio dejan el partido del pecado para abrazar la piedad. San Buenaventura dijo con razón que morirá en pecado y se condenará quien haya despreciado a la Santísima Virgen: "Qui negligerit illam morietur in peccatis suis." ¡Qué castigos aguardan a los que apartan a otros de la devoción a Nuestra Señora! 10a Rosa
Es el lazo de Satanás, en que han caído los herejes que niegan la tradición y donde los críticos de hoy caen insensiblemente, no creyendo porque no comprenden o cuando no les agrada, sin otra razón que el orgullo y su propia suficiencia. (1) El Beato Alano afirma que Santo Domingo le dijo un día en una revelación: "Hijo mío, tú predicas, pero, para que no busques las alabanzas de los hombres antes que la salvación de las almas, escucha lo que me sucedió en París. Debía predicar en la magnífica iglesia dedicada a la bienaventurada María y quería hacerlo de un modo ingenioso, no por orgullo, sino por la influencia y dignidad del auditorio. Según mi costumbre, oraba recitando mi salterio (es decir, el Rosario), durante la hora que precedía a mi sermón, en cierta capilla tras el altar mayor, y tuve un rapto. Veía a mi amada Señora la Madre de Dios, que trayéndome un libro me decía: "Domingo, aunque el sermón que has decidido predicar es bueno, te traigo aquí otro mejor." Muy gozoso, cogí el libro, lo leí entero y, como María había dicho, comprendí bien que aquello era lo que convenía predicar. Le di gracias con todo mi corazón. Llegada la hora del sermón, tenía delante de mi la Universidad de París en masa y un gran número de señores. Ellos oían y veían las grandes señales que por mediación mía les hacía el Señor. Subo al púlpito. Era la fiesta de San Juan, pero de tal apóstol me contenté con decir que mereció ser escogido para custodio singular de la Reina del cielo; y después digo así a mi auditorio: Señores y Maestros ilustres, estáis acostumbrados a escuchar sermones elegantes y sabios; pero yo no quiero dirigiros las doctas palabras de la sabiduría humana, sino mostraros el Espíritu de Dios y su virtud." Y entonces -dice Cartagena siguiendo al Beato Alano- Santo Domingo explicó la salutación angélica por comparaciones y semejanzas familiares.
Segunda Decena
Excelencia del Santo Rosario por las oraciones de que está compuesto.
11a Rosa
34) El Credo o Símbolo de los Apóstoles -que se reza sobre la cruz del Rosario- por ser un santo resumen y compendio de las verdades cristianas, es una oración de gran mérito, porque la fe es la base, el fundamento y el principio de todas las virtudes cristianas, de todas las virtudes eternas y de todas las oraciones agradables a Dios. "Accedentem ad Deum credere oportet" (1). Quien se acerca a Dios ha de empezar por creer, y cuanto mayor sea su fe, tanta más fuerza y mérito en sí misma tendrá la oración y tanta más gloria dará a Dios. No me detendré a explicar las palabras del Símbolo de los Apóstoles; pero no puedo menos de aclarar estas tres primeras palabras: "Credo in unum Deum", "Creo en Dios", que encierran los actos de las tres virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad. Tienen maravillosa eficacia para santificar el alma y abatir a los demonios. Con estas palabras han vencido muchos santos las tentaciones, principalmente las que iban contra la fe, la esperanza y la caridad durante su vida o en la hora de la muerte. Éstas fueron las últimas palabras que San Pedro mártir escribió con el dedo sobre la arena lo mejor que pudo, cuando rota la cabeza por un sablazo de un hereje estaba a punto de expirar.
35) Como la fe es la única llave para entrar en todos los misterios de Jesús y María encerrados en el Santo Rosario, conviene empezarlo rezando el Credo con muy devota atención, y cuanto mayor y más viva sea nuestra fe, tanto más meritorio será el Rosario. Es preciso que la fe sea viva y animada por la caridad: es decir, que para rezar bien el Rosario es necesario estar en gracia de Dios o en busca de esta gracia; es necesario que la fe sea fuerte y constante; es decir, que no hay que buscar en la práctica del Santo Rosario solamente el gusto sensible y el consuelo espiritual, o -lo que es lo mismo- que no hay que dejarlo porque se tenga una enormidad de distracciones involuntarias en el espíritu, un inexplicable tedio en el alma, un pesado fastidio y un sopor casi continuo en el cuerpo. No son precisos gusto, ni consuelo, ni suspiros, fervor y lágrimas, ni aplicación continua de la imaginación, para rezar bien el Rosario. Bastan la fe pura y la buena intención. "Sola fides sufficit" (2).
12a Rosa
36) El padrenuestro u oración dominical tiene la primera excelencia en su autor, que no es hombre ni ángel, sino el Rey de los ángeles y de los hombres, Jesucristo. Convenía -dice San Cipriano- que aquel que venía a darnos la vida de la gracia como Salvador nos enseñase el modo de orar como celestial Maestro. La sabiduría de este divino Maestro se manifiesta bien en el orden, la dulzura, la fuerza y la claridad de esta oración divina; es corta, pero rica en enseñanzas, inteligible para la gente sencilla y llena de misterios para los sabios. El padrenuestro encierra todos los deberes que tenemos para con Dios, los actos de todas las virtudes y la súplica de todos nuestros bienes espirituales y corporales. Contiene, dice Tertuliano, el compendio del Evangelio. Aventaja, dice Tomás de Kempis, a todos los deseos de los santos, contiene en compendio todas las dulces sentencias de los salmos y de los cánticos; pide cuanto necesitamos, alaba a Dios de un modo excelente, eleva el alma de la tierra al cielo y la une estrechamente con Dios.
37) San Crisóstomo dice que quien no ora como el divino Maestro ha orado y enseñado a orar no es su discípulo, y Dios Padre no escucha con agrado las oraciones que compuso el espíritu humano, sino las de su Hijo, que Él nos ha enseñado. Debemos rezar la oración dominical con la certeza de que el Eterno Padre la oirá favorablemente, puesto que es la oración de su Hijo, al que siempre atiende, y nosotros miembros de Cristo. ¿Cómo ha de negarse tan buen Padre a una súplica tan bien fundada, apoyada como está en los méritos e intercesión de tan digno Hijo? San Agustín asegura que el padrenuestro bien rezado quita los pecados veniales. El justo cae siete veces cada día. La oración dominical contiene siete peticiones por las cuales podemos remediar estas caídas y fortificarnos contra los enemigos. Es oración corta y fácil para que, como somos frágiles y estamos sujetos a muchas miserias, recibamos rápido auxilio, rezándola frecuente y devotamente.
38) Salid de vuestro error, almas devotas que despreciáis la oración que el mismo Hijo de Dios ha compuesto y ordenado para todos los fieles; vosotros, que sólo estimáis las oraciones compuestas por los hombres, como si el hombre, aun el más esclarecido, supiese mejor que Jesucristo cómo debemos orar. Buscáis en los libros de los hombres el modo de alabar y orar a Dios, como si os avergonzaseis del que su Hijo nos ha prescrito. Os persuadís de que las oraciones que están en los libros son para los sabios y para los ricos y el Rosario es sólo para las mujeres, para los niños, para el pueblo, como si las alabanzas y oraciones que leéis fueran más hermosas y agradables a Dios que las contenidas en la oración dominical. Es peligrosa tentación sentir hastío de la oración que Jesucristo nos ha recomendado para aficionarse a las oraciones compuestas por los hombres. No desaprobamos las compuestas por los santos para excitar a los fieles a alabar a Dios, pero no podemos sufrir que las prefieran a la oración que salió de la boca de la Sabiduría Encarnada y que dejen el manantial para correr tras los arroyos y que desdeñen el agua clara para beber la turbia. Porque al fin el Rosario, compuesto de la oración dominical y de la salutación angélica, es esa agua clara y perpetua que brota del manantial de la gracia, mientras que las otras oraciones que buscan en los libros no son sino pequeños arroyos que se derivan de ella.
39) Podemos llamar dichoso a quien, rezando la oración del Señor, pese atentamente cada palabra; ahí encuentra cuanto necesita y cuanto pueda desear. Cuando rezamos esta admirable oración, cautivamos desde el primer momento el corazón de Dios, al invocarle con el dulce nombre de Padre. "Padre nuestro", el más tierno de todos los padres, todopoderoso en la creación, admirabilísimo en la conservación del universo, amabilísimo en su Providencia, bonísimo e infinitamente bueno en la Redención. Dios es nuestro Padre, nosotros somos hermanos, el cielo es nuestra patria y nuestra herencia. ¿No nos inspirará esto, al mismo tiempo, el amor a Dios, el amor al prójimo y el desprendimiento de todo lo terreno? Amemos, pues, a un Padre como ése, y digámosle mil y mil veces: "Padre nuestro, que estás en el cielo." Vos que llenáis el cielo y la tierra por la inmensidad de vuestra esencia, que estáis presente en todas partes; Vos que estáis en los santos por vuestra gloria, en los condenados por vuestra justicia, en los justos por vuestra gracia y en los pecadores por vuestra paciencia que los sufre, haced que recordemos siempre nuestro origen celestial, que vivamos como verdaderos hijos vuestros, que tendamos siempre hacia Vos solamente con todo el ardor de nuestros deseos. "Santificado sea tu nombre." El nombre del Señor es santo y temible, dice el profeta-rey, y en el cielo, según Isaías, resuenan las alabanzas con que los serafines aclaman sin cesar la santidad del Señor Dios de los ejércitos. Deseamos que toda la tierra conozca y adore los atributos de este Dios tan grande y tan santo: que sea conocido, amado y adorado de los paganos, de los turcos, de los judíos, de los bárbaros y de todos los infieles; que todos los hombres le sirvan y glorifiquen con fe viva, firme esperanza y ardiente caridad, renunciando a todos los errores; en una palabra, que todos los hombres sean santos porque Él lo es. "Venga a nosotros tu reino." Es decir, que reinéis en nuestras almas por vuestra gracia, durante la vida, a fin de que merezcamos después de nuestra muerte reinar con Vos en vuestro reino, que es la soberana y eterna felicidad que creemos, esperamos y deseamos, esa felicidad que nos está prometida por la bondad del Padre, que nos fue adquirida por los méritos del Hijo y que nos es revelada por las luces del Espíritu Santo. "Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo." Sin duda, nada puede sustraerse a las disposiciones de la divina Providencia, que tiene todo previsto y arreglado antes del suceso, ningún obstáculo es capaz de impedirle el fin que se ha propuesto, y cuando pedimos a Dios que se haga su voluntad, no es que temamos, dice Tertuliano, que alguno se oponga eficazmente a la ejecución de sus designios, sino que aceptamos humildemente cuanto le plugo ordenar respecto a nosotros; que cumplimos siempre y en todas las cosas su santa voluntad, manifiesta en sus mandamientos, con tanta prontitud, amor y constancia como los ángeles y bienaventurados le obedecen en el cielo.
40) "Danos hoy nuestro pan de cada día." Jesucristo nos enseña a pedir a Dios cuanto necesitamos para la vida del cuerpo y la del alma. Por estas palabras de la oración dominical confesamos humildemente nuestra miseria y rendimos homenaje a la Providencia, declarando que creemos y queremos obtener de su bondad todos los bienes temporales. Bajo el nombre de pan pedimos lo que es indispensable para la vida, excluyendo lo superfluo. Este pan lo pedimos hoy, es decir, que limitamos al día nuestras solicitudes, confiando a la Providencia el mañana. Pedimos el pan de cada día, confesando así nuestras necesidades que siempre renacen y mostrando la continua dependencia en que estamos de la protección y socorro de Dios. "Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden." Nuestros pecados -dicen San Agustín y Tertuliano- son deudas que contraemos con Dios, y su justicia exige el pago hasta el último céntimo. Por tanto tenemos todas esas tristes deudas. A pesar del número de nuestras iniquidades, acerquémonos a Él confiadamente y digámosle con verdadero arrepentimiento: Padre nuestro, que estás en el cielo, perdónanos los pecados de nuestro corazón y de nuestra boca, los pecados de acción y de omisión que nos hacen infinitamente culpables a los ojos de vuestra justicia; porque, como hijos de un padre clemente y misericordioso, perdonamos por obediencia y por caridad a nuestros ofensores. Y "no permitas que", por infidelidad a vuestras gracias, "sucumbamos a las tentaciones" del mundo, del demonio y de la carne. Y "líbranos del mal", que es el pecado, del mal de la pena temporal y de la pena eterna que hemos merecido. "¡Amén!" Palabra de gran consuelo que es, dice San Jerónimo, como el sello que Dios pone al fin de nuestras súplicas para asegurarnos de que nos ha escuchado, como si Él mismo nos respondiese: ¡Amén! Sea como pedís, ciertamente lo habéis conseguido, pues tal es el significado de la palabra ¡Amén!
13a Rosa
41) Honramos las perfecciones de Dios en cada palabra que decimos de la oración dominical. Honramos su fecundidad con el nombre de Padre. Padre que tenéis desde la eternidad un Hijo que es Dios como Vos mismo, eterno, consubstancial, que es una misma esencia, una misma potencia, una misma bondad, una misma sabiduría con Vos, Padre e Hijo que amándoos producís al Espíritu Santo, que es Dios, tres personas adorables que son un solo Dios. ¡Padre nuestro! Es decir, Padre de los hombres por la creación, por la conservación y por la redención. Padre misericordioso de los pecadores. Padre amigo de los justos, Padre magnífico de los bienaventurados. Que estás. Por esta palabra admiramos la inmensidad, la grandeza y la plenitud de la esencia de Dios, que se llama con verdad "El que es" (3): es decir, que existe esencialmente, necesariamente y eternamente, que es el Ser de los seres, la causa de todos los seres; que encierra eminentemente en sí mismo las perfecciones de todos los seres; que está en todos por su esencia, presencia y potencia, sin estar encerrado en ellos. Honramos su sublimidad, su gloria y majestad en estas palabras: que estás en el cielo, es decir, como sentado en vuestro trono, ejerciendo vuestra justicia sobre todos los hombres. Adoramos su santidad deseando que su nombre sea santificado. Reconocemos su soberanía y la justicia de sus leyes ansiando la llegada de su reino y que le obedezcan los hombres en la tierra como lo hacen los ángeles en el cielo. Creemos en su Providencia rogándole que nos dé nuestro de pan de cada día. Invocamos su clemencia pidiéndole el perdón de nuestros pecados. Reconocemos su poder al rogarle que no nos deje caer en la tentación. Nos confiamos a su bondad esperando que nos librará del mal. El Hijo de Dios, que glorificó siempre a su Padre por sus obras, ha venido al mundo para que le glorifiquen los hombres y les enseñó la manera de honrarle con esta oración que Él mismo se dignó dictarles. Debemos, pues, rezarla con frecuencia, con atención y con el mismo espíritu que Él la ha compuso.
14a Rosa
42) Cuando rezamos atentamente esta divina oración, hacemos tantos actos de las más elevadas virtudes cristianas cuantas palabras pronunciamos. Diciendo: Padre nuestro, que estás en el cielo, hacemos actos de fe, adoración y humildad; y deseando que su nombre sea santificado y glorificado, aparece en nosotros un celo ardiente por su gloria. Pidiéndole la posesión de su reino, practicamos la esperanza. Deseando que se cumpla su voluntad en la tierra como en el cielo, mostramos espíritu de perfecta obediencia. Al pedirle el pan nuestro de cada día, practicamos la pobreza de espíritu y el desasimiento de los bienes de la tierra. Rogándole que nos perdone nuestros pecados, hacemos un acto de arrepentimiento; y perdonando a los que nos ofendieron, ejercitamos la misericordia en su más alta perfección. Pidiéndole socorro en las tentaciones, hacemos actos de humildad, de prudencia y de fortaleza. Esperando que nos libre del mal, practicamos la paciencia. En fin, pidiéndole todas estas cosas no solamente para nosotros, sino también para el prójimo y para todos los fieles de la Iglesia, hacemos oficio de verdaderos hijos de Dios, le imitamos en la caridad, que alcanza a todos los hombres, y cumplimos el mandamiento de amar al prójimo.
43) Detestamos todos los pecados y observamos todos los mandamientos de Dios cuando al rezar esta oración siente nuestro corazón de acuerdo con la lengua y no tenemos ninguna intención contraria al sentido de estas divinas palabras. Pues cuando reflexionamos que Dios está en el cielo -es decir, infinitamente elevado sobre nosotros por la grandeza de su majestad-, entramos en los sentimientos del más profundo respeto en su presencia; y, sobrecogidos de temor, huimos del orgullo, abatiéndonos hasta el anonadamiento. Al pronunciar el nombre del Padre recordamos que debemos la existencia a Dios por medio de nuestros padres, y del mismo modo nuestra instrucción por medio de los maestros, que representan aquí, para nosotros, a Dios, de quien son vivas imágenes; y nos sentimos obligados a honrarles, o -por mejor decir- a honrar a Dios en sus personas, y nos guardamos muy bien de despreciarlos y afligirlos. Cuando deseamos que el santo nombre de Dios sea glorificado, estamos muy lejos de profanarlo. Cuando miramos el reino de Dios como nuestra herencia, renunciamos en absoluto a los bienes de este mundo; cuando sinceramente rogamos para nuestro prójimo los bienes que deseamos para nosotros mismos, renunciamos al odio, a la disensión y a la envidia. Pidiendo a Dios nuestro pan de cada día, detestamos la gula y la voluptuosidad que se nutren de la abundancia. Rogando a Dios verdaderamente que nos perdone como nosotros perdonamos a nuestros deudores, reprimimos nuestra cólera y nuestra venganza, devolvemos bien por mal y amamos a nuestros enemigos. Pidiendo a Dios que no nos deje caer en el pecado en el momento de la tentación, demostramos huir de la pereza y que buscamos los medios de combatir los vicios y buscar nuestra salvación. Rogando a Dios que nos libre del mal, tememos su justicia y somos felices por que el temor de Dios es el principio de la sabiduría. Por el temor de Dios evita el hombre el pecado.
15a Rosa
44) La salutación angélica es tan sublime, tan elevada, que el Beato Alano de la Roche ha creído que ninguna criatura puede comprenderla y que sólo Jesucristo, hijo de la Santísima Virgen, puede explicarla. Tiene origen su principal excelencia en la Santísima Virgen, a quien se dirigió, de su fin, que fue la Encarnación del Verbo -para la cual se trajo del cielo- y del arcángel San Gabriel, que la pronunció el primero. La salutación resume en la síntesis más concisa toda la teología cristiana sobre la Santísima Virgen. Se encuentra en ella una alabanza y una invocación. Encierra la alabanza cuanto forma la verdadera grandeza de María; la invocación comprende todo lo que debemos pedirle y lo que de su bondad podemos alcanzar. La Santísima Trinidad ha revelado la primera parte; Santa Isabel, iluminada por el Espíritu Santo, añadió la segunda; y la Iglesia en el primer Concilio de Éfeso en 430, ha puesto la conclusión, después de condenar el error de Nestorio y de definir que la Santísima Virgen es verdaderamente Madre de Dios. El Concilio ordenó que se invocase a la Santísima Virgen bajo esta gloriosa cualidad, expresada por estas palabras: "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte."
45) La Santísima Virgen María fue aquella a quien se hizo esta divina salutación para llevar a cabo el asunto más grande e importante del mundo, la Encarnación del Verbo Eterno, la paz entre Dios y los hombres y la redención del género humano. Embajador de tan dichosa nueva fue el arcángel Gabriel, uno de los primeros príncipes de la corte celestial. La salutación angélica contiene la fe y la esperanza de los patriarcas, de los profetas y de los apóstoles; es la constancia y la fuerza de los mártires, la ciencia de los doctores, la perseverancia de los confesores y la vida de los religiosos. Es el cántico nuevo de la ley de gracia, la alegría de los ángeles y de los hombres, el terror y la confusión de los demonios. Por la salutación angélica, Dios se hizo hombre, y la Virgen Madre de Dios; las almas de los justos salieron del limbo, las ruinas del cielo se repararon y los tronos vacíos se ocuparon de nuevo, se perdonó el pecado, se nos dio la gracia, curáronse las enfermedades, resucitaron los muertos, se llamó a los desterrados, se aplacó la Santísima Trinidad y obtuvieron los hombres la vida eterna. En fin, la salutación angélica es el arco iris, el emblema de la clemencia y de la gracia dadas al mundo por Dios.
16a Rosa
46) Aun cuando no hay nada tan grande como la Majestad Divina, ni nada tan abyecto como el hombre -considerado como pecador-, sin embargo, esta Majestad Suprema no desdeña nuestros homenajes; se complace cuando cantamos sus alabanzas. Y la salutación del ángel es uno de los cánticos más hermosos que podemos dirigir a la gloria del Altísimo. "Canticum novum cantabo tibi" (4): Entonaré un cántico nuevo. Este cántico nuevo que David predijo se cantaría a la venida del Mesías es la salutación del Arcángel. Hay un cántico antiguo y un cántico nuevo. El antiguo es el que cantaron los israelitas en reconocimiento de la creación, la conservación, la libertad de su esclavitud, el paso del Mar Rojo, el maná y todos los demás favores del cielo. El cántico nuevo es el que cantan los cristianos en acción de gracias por la Encarnación y por la Redención. Como estos prodigios se realizaron por la salutación del ángel, repetimos esta salutación para agradecer a la Santísima Trinidad estos beneficios inestimables. Alabamos a Dios Padre, porque tanto amó al mundo que llegó a darle su único Hijo para salvarle. Bendecimos al Hijo porque descendió del cielo a la tierra, porque se hizo hombre y porque nos ha redimido. Glorificamos al Espíritu Santo porque ha formado el cuerpo purísimo de Jesús, que fue la víctima de nuestros pecados. Con este espíritu de agradecimiento debemos rezar la salutación angélica, acompañándola de actos de fe, esperanza, amor y acción de gracias por el beneficio de nuestra salvación.
47) Aunque este cántico nuevo se dirige directamente a la Madre de Dios y encierra sus elogios, es, no obstante, muy glorioso para la Santísima Trinidad, porque todo el honor que rendimos a la Santísima Virgen vuelve a Dios, causa de todas sus perfecciones y virtudes. Dios Padre es glorificado porque honramos a la más perfecta de sus criaturas. El Hijo es glorificado porque alabamos a su purísima Madre. El Espíritu Santo es glorificado porque admiramos las gracias de que fue colmada su Esposa. Del mismo modo que la Santísima Virgen, con su hermoso Magnificat, dedica a Dios las alabanzas y bendiciones que le tributa Santa Isabel por su eminente dignidad de Madre del Señor, envía también inmediatamente a Dios los elogios y bendiciones que le hacemos por la salutación angélica.
48) Si la salutación angélica da gloria a la Santísima Trinidad, es también la más perfecta alabanza que podemos dirigir a María. Santa Matilde, deseando saber por qué medio podría testimoniar mejor la ternura de su devoción a la Madre de Dios, fue arrebatada en espíritu, y se le apareció la Santísima Virgen llevando sobre el pecho la salutación angélica escrita en letras de oro, y le dijo: "Sabe, hija mía, que nadie puede honrarme con una salutación más agradable que la que me ofreció la Beatísima Trinidad, por la cual me elevó a la dignidad de Madre de Dios. Por la palabra "Ave", que es el nombre de Eva, supe que Dios, con su omnipotencia, me había preservado de todo pecado y de las miserias a que estuvo sujeta la primera mujer. El nombre de "María", que significa Señora de luz, indica que Dios me llenó de sabiduría y de luz, como astro brillante, para iluminar el cielo y la tierra. Las palabras: "llena de gracia", expresan que el Espíritu Santo me colmó de tantas gracias, que puedo comunicarlas con abundancia a quienes las piden por mediación mía. Diciendo: "el Señor es contigo", se me recuerda el gozo inefable que sentí en la Encarnación del Verbo divino. Cuando se me dice: "bendita tú eres entre todas las mujeres", alabo a la divina misericordia, que me elevó a tan alto grado de felicidad. A las palabras: "bendito es el fruto de tu vientre, Jesús", todo el cielo se regocija de ver a Jesús, Hijo mío, adorado y glorificado por haber salvado a los hombres."
17a Rosa
49) Entre las cosas admirables que la Santísima Virgen reveló al Beato Alano de la Roche -y sabemos que este gran devoto de María confirmó con juramento sus revelaciones-, hay tres más notables: la primera, que es señal probable y próxima de eterna reprobación tener negligencia, tibieza y aversión a la salutación angélica, que ha reparado el mundo; la segunda, que los que sienten devoción a esta salutación divina poseen una gran señal de predestinación; la tercera, que los que han recibido del cielo el favor de amar a la Santísima Virgen y servirla por afecto deben cuidar con el mayor esmero de continuar amándola y sirviéndola hasta que Ella los coloque en el cielo, por medio de su Hijo, en el grado de gloria conveniente a sus méritos.
50) Todos los herejes, que son hijos del diablo, y que llevan las señales evidentes de la reprobación, tienen horror al avemaría; aprenden el padrenuestro, pero no el avemaría y preferirían llevar sobre sí una serpiente antes que un Rosario. Entre los católicos, los que llevan el signo de la reprobación no se cuidan apenas del Rosario, son negligentes en rezarlo o lo rezan con fastidio y precipitadamente. Aunque yo no aceptara con fe piadosa lo revelado al Beato Alano de la Roche, mi experiencia me basta para estar persuadido de esta terrible y dulce verdad. Yo no sé, ni veo con claridad cómo es que una devoción aparentemente tan pequeña puede ser señal infalible de eterna salvación, y su defecto, signo de reprobación; y no obstante, nada más cierto. Nosotros mismos vemos que quienes en nuestros días profesan las doctrinas nuevas condenadas por la Iglesia, a pesar de su piedad aparente, descuidan la devoción del Rosario y con frecuencia lo separan del corazón de quienes les rodean, con los pretextos más hermosos del mundo. Se guardan muy bien de condenar abiertamente el Rosario y el escapulario, como hicieron los calvinistas; pero su manera de conducirse es tanto más perniciosa cuanto más sutil. Hablaremos de ello a continuación.
51) Mi avemaría, mi Rosario, son mi oración y mi muy segura piedra de toque para distinguir a los que van dirigidos por el espíritu de Dios de los que están bajo la ilusión del espíritu maligno. He conocido almas que parecían volar, como las águilas, hasta las nubes, por su sublime contemplación, y que, no obstante, eran desdichadamente engañadas por el demonio, y sólo pude descubrir sus ilusiones al verlas rechazar el avemaría como algo que resultaba poco para ellas. El avemaría es un rocío celeste y divino que, al caer en el alma de un predestinado, le comunica admirable fecundidad para producir toda clase de virtudes; y cuanto más regada está el alma por esta oración, más se ilumina su espíritu, más se abrasa su corazón y fortifica contra sus enemigos. El avemaría es un dardo penetrante e inflamado, que, unido por un predicador a la palabra de Dios que anuncia, le da fuerza para atravesar y convertir los corazones más duros, aun cuando no tenga el orador extraordinario talento natural para la predicación. Ésta fue la secreta arma que, como dejo dicho, enseño la Santísima Virgen a Santo Domingo y al Beato Alano para convertir a los herejes y a los pecadores. Éste es el origen de la práctica de los predicadores de rezar un avemaría al principio de sus predicaciones, según asegura San Antonino.
18a Rosa
52) Esta divina salutación atrae sobre nosotros la bendición abundante de Jesús y María, porque es principio infalible que Jesús y María recompensan magnánimamente a quienes les glorifican: devuelven centuplicadas las bendiciones que reciben. "Ego diligentes me diligo... ut ditem diligentes me et thesauros eorum repleam" (5). Es lo que claman claramente Jesús y María: "Amamos a quienes nos aman, los enriquecemos y henchimos sus tesoros." "Qui seminat in benedictionibus, in benedictionibus et metet" (6): Los que siembran bendiciones, recogerán bendiciones. Ahora bien, rezar debidamente la salutación angélica ¿no es amar, bendecir y glorificar a Jesús y María? En cada avemaría decimos una bendición doble, una a Jesús y otra a María: "Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús." Por cada avemaría rendimos a María el mismo honor que Dios le rindió, saludándola con el arcángel Gabriel. ¿Quién podrá creer que Jesús y María -que tantas veces hacen bien a quienes les maldicen- lancen maldición contra quienes les honran y bendicen con el avemaría? La Reina de los cielos, dicen San Bernardo y San Buenaventura, no es menos agradecida y cortés que las personas de más alta condición del mundo; las aventaja en tal virtud como en todas las demás perfecciones y no dejará que la honremos respetuosamente sin darnos el ciento por uno. María -dice San Buenaventura- nos saluda con la gracia si la saludamos con el avemaría: "Ipsa salutabit nos cum gratia si salutaverimus eam cum Ave Maria." ¿Quién podrá comprender las gracias y bendiciones que operan en nosotros el saludo y las miradas benignas de la Santísima Virgen? Desde el momento en que oyó Santa Isabel el saludo que le hacía la Madre de Dios, fue llena del Espíritu Santo, y su niño saltaba de gozo. Si nos hacemos dignos del saludo y la bendición recíprocos de la Santísima Virgen, seremos sin duda llenos de gracia, y un torrente de consuelos espirituales inundará nuestras almas.
19a Rosa
53) Está escrito: "Dad y se os dará" (7). Tomemos la comparación del Beato Alano: "Si yo os diese cada día ciento cincuenta diamantes, ¿no me perdonaríais aunque fuerais mi enemigo? ¿No me otorgaríais como a amigo todas las gracias posibles? ¿Queréis enriqueceros con bienes de gracia y de gloria? Saludad a la Santísima Virgen, honrad a vuestra bondadosa Madre." "Sicut qui thesaurizat, ita et qui honorificat matrem" (8). El que honra a su Madre, la Santísima Virgen, es como el que atesora. Presentadle, al menos, cincuenta avemarías diariamente, cada una de las cuales contiene quince piedras preciosas, que le son más agradables que todas las riquezas de la tierra. ¿Qué no podréis esperar de su liberalidad? Ella es nuestra Madre y nuestra amiga. Es la Emperatriz del Universo, que nos ama más que todas las madres y reinas reunidas amaron a hombre alguno, porque, como dice San Agustín, la caridad de la Virgen María excede a todo el amor natural de todos los hombres y de todos los ángeles.
54) Nuestro Señor se apareció un día a Santa Gertrudis contando monedas de oro; ella tuvo curiosidad de preguntarle qué contaba. "Cuento -respondió Jesucristo- tus avemarías: son la moneda con que se compra mi paraíso." El devoto y docto Suárez, de la Compañía de Jesús, estimaba de tal modo la salutación angélica, que decía que con gusto daría toda su ciencia por el precio de un avemaría bien dicha.
55) El Beato Alano de la Roche se dirige así a la Santísima Virgen: "Que quien te ama, oh excelsa María, escuche esto y se llene de gozo: El cielo exulta de dicha, y de admiración la tierra, cuando digo Ave María. Mientras aborrezco al mundo, en amor de Dios me inundo cuando digo Ave María. Mis temores se disipan, mis pasiones se apaciguan, cuando digo Ave María. Se aumenta mi devoción y alcanzo la contrición cuando digo Ave María. Se confirma mi esperanza, mi consuelo se agiganta, cuando digo Ave María. Mi alma de gozo palpita, mi tristeza se disipa, cuando digo Ave María, porque la dulzura de esta suavísima salutación es tan grande que no hay término apropiado para explicarla debidamente, y después que hubiera uno dicho de ella maravillas, resultaría aún tan escondida y profunda que no podríamos descubrirla. Es corta en palabras, pero grande en misterios; es más dulce que la miel y más preciosa que el oro. Es preciso tenerla frecuentemente en el corazón para meditarla y en la boca para leerla y repetirla devotamente." "Auscultet tui nominis amator, o Maria, coelum gaudet, omnis terra stupet cum dico Ave Maria; Satan fugit, infernus contremiscit, cum dico Ave Maria; mundus vilescit, cor in amore liquescit, cum dico Ave Maria; terror evanescit, caro marcescit, cum dico Ave Maria; crescit devotio, oritur compunctio, cum dico Ave Maria; spes proficit, augetur consolatio, cum dico Ave Maria; recreatur animus, et in bono confortatur aeger affectus, cum dico Ave Maria. Siquidem tanta suavitas hujus benignae salutationis | |||