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AUDI,
FILIA
San Juan de Ávila
Índice
o Preliminares
o I. Audi, filia
§ A) A quién no debemos oír
Tres lenguajes en el pecador. El primero es de cosas vanas; el segundo, de
cosas muelles; el tercero, de cosas malas y amargas
§ 1. Lenguaje del mundo y honra vana
§ 2. El lenguaje de la carne
§ 3. Lenguaje del demonio
§ B) A quién debemos oír
§ 1. Palabra primera. De cómo hemos de oír a solo Dios
§ 2. Este oír es por la fe
o II. Et vide
Palabra segunda. Que es ver y que cosa hemos de ver
§ A) Con los ojos del cuerpo
§ B) Con los ojos del ánima
§ 1. Del proprio conocimiento
§ 2. Del poco conocimiento de sí mismo y del verdadero, de Jesucristo
§ 3. Con que ojos hemos de mirar los prójimos
o III. Et inclina aurem tuam
Tercera palabra. Como hemos de inclinar nuestras orejas y de las malas
revelaciones del demonio
§ A) Positivamente
§ B) Negativamente
§ 1. Malas revelaciones del demonio
§ 2. Avisos de discreción de espíritus aviso primero para conocer las
revelaciones
§ 3. La soberbia, causa de engaños. El director espiritual
§ c) El Señor nos da ejemplo
§ 1. Cómo ninguna criatura oye ni inclina su oreja a Dios con tanta
diligencia como Él la inclina a sus criaturas
§ 2.La mirada de Dios sobre nosotros
o IV. Et Obliviscere populum tuum
Cuarta palabra. Cómo hemos de olvidar nuestro pueblo
o V. Et Domum patris tui
Quinta palabra. Cómo hemos de olvidar la casa de nuestro padre para hallar
la de Dios
o VI. Et concupiscet rex decorem tuum
Que tal ha de ser nuestra alma, para que
el Señor codicie su hermosura
AUDI, FILIA,
Avisos y reglas cristianas para los que desean servir a Dios, aprovechando
en el camino espiritual. Compuestas por el maestro Ávila sobre aquel verso
de David:
audi, filia, et vide, et inclina aurem tuam.
De San Juan de Ávila
Preliminares
AL MUY ILUSTRE SEÑOR DON LUIS PUERTO CARRERO, CONDE DE PALMA, EL MAESTRO
ÁVILA
La causa, muy ilustre señor, porque, siéndome por Vuestra Señoría
mandado muchas veces por palabras y cartas que imprimiese el presente
tratado, no lo he hecho, no ha sido por falta de voluntad de obedecerle y
servirle, como creo que de mí tiene conocido, mas haber temido de mi
insuficiencia que, imprimiendo el libro con intención de aprovechar a los
que le leyesen, se les tornase impedimento de leer otros muchos, de los
cuales mayor erudición y santo calor pudiesen sacar. Y con pensar esto, me
he estado hasta ahora y me estuviera de aquí adelante en lo que toca a la
impresión de este libro, sino que los días pasados vino a mis manos, y,
leyendo en él, vilo trastrocado, borrado y al revés del como yo le escribí:
que, siendo por mí compuesto, yo mismo no le entendía. Y parecióme que ya
que no se perdiese mucho en estar tan depravado que ninguno pudiese
aprovecharse de él, mas no era cosa de sufrir que sacasen daño de él, por
las muchas mentiras peligrosas que en él había, y cada día acaecieran más,
porque cada uno que trasladaba añadía errores a los pasados. Lo cual visto,
quise tornar a trabajarlo de nuevo e imprimirlo, para avisar a los que
tenían los otros traslados llenos de mentiras de manos de ignorantes
escriptores, no les den crédito, mas los rompan luego; y, en lugar de ellos,
puedan leer éste de molde y verdadero. Y lo que primero iba brevemente dicho
y casi por señas (porque la persona a quien se escribió era muy enseñada y
en pocas palabras entendía mucho), ahora, pues, para todos, va copiosa y
llanamente declarado, para que cualquiera, por principiante que sea, lo
pueda fácilmente entender.
El intento del libro es dar algunas enseñanzas y reglas cristianas,
para que las personas que comienzan a servir a Dios, por su gracia sepan
efectuar su deseo. Y estas reglas quise más que fuesen seguras que altas,
porque, según la soberbia de nuestro tiempo, de esto me pareció haber más
necesidad. Danse primero algunos avisos, con que nos defendamos de nuestros
especiales enemigos, y después gástase lo demás en dar camino para
ejercitarnos en el conocimiento de nuestra miseria y poquedad, y en el
conocimiento de nuestro bien y remedio, que está en Jesucristo. Las cuales
dos cosas son las que en esta vida más provechosa y seguramente podemos
pensar.
Reciba, pues, Vuestra Señoría, el presente tratado, a él por muchas
partes justísimamente debido, porque el amor entrañable y dulce benignidad
con que su generoso corazón sé que lo ha de recebir, y el mucho provecho que
por la bondad de Dios espero que de la lección de él ha de sacar, y el tan
perseverante deseo con que siempre me ha puesto espuelas para lo imprimir,
lo han hecho tan suyo, que sería gravísimo hierro quererlo hurtar.
Plega a Cristo hable a Vuestra Señoría en él, y le dé fuerzas para que
oya y obre lo ansí hablado, para que los buenos principios que, por su
gracia, en Vuestra Señoría ha puesto, vayan continuamente adelante, hasta
que sean colmados en la eternidad de la gloria. Amén.
LUIS GUTIÉRREZ, LIBRERO, AL DEVOTO LECTOR
Estoy tan confiado, devoto lector, que ha de agradar y aprovechar muy
mucho esta obra a quien con buen deseo y ánimo afectuoso en las cosas de
Dios la leyere, que me pareció, presupuesta la voluntad de su autor, que
hacía yo algún servicio a nuestro Señor, y ayuda a mis prójimos, en hacer
imprimir obra tan espiritual y tan excelente, y de muchos y muy grandes
juicios muy estimada. Que, cierto, yo no me fiara en esta parte del mío, si
no viera a muchos hombres muy sabios y muy espirituales tener en tanto las
obras de un tan santo varón, como es el padre Ávila, que no hay ninguno de
ellos que no las haya hecho trasladar para tenerlas, siendo ellos tales que
podían escrebir otras muchas; y porque espero en Nuestro Señor que de esta
obra así pública se ha de seguir muy mucho servicio suyo.
Espero también en su misericordia que me dará gracia para que haga
imprimir otras del mismo autor y de otros hombres espirituales, que puedan
servir para los mismos efectos.
BREVE REGLA DE VIDA CRISTIANA COMPUESTA POR EL REVERENDO PADRE MAESTRO ÁVILA
Lo primero que debe hacer el que desea agradar a nuestro Señor, es
tener dos ratos buenos entre día y noche diputados para oración. El de la
mañana, para pensar en el misterio de la pasión; y el de la noche, para
acordarse de la muerte, considerando muy despacio y con mucha atención, cómo
se ha de acabar esta vida y cómo ha de dar cuenta de la más chica palabra
ociosa que hobiere hablado, con otras cosas semejantes. Y así cumplirá el
consejo de la santa Escriptura que dice: Acuérdate de tus postrimerías, y no
pecarás jamás.
Lo segundo sea que trabaje por traer siempre su memoria en algun buen
pensamiento, porque el demonio le halle siempre ocupado, y ande siempre con
una memoria que Dios le mira, trabajando de andar siempre compuesto con
reverencia delante tan gran Señor, gozándose de que su Majestad sea en sí
mismo tan lleno de gloria como es. De esta manera le traían presente
aquellos padres del Testamento Viejo, los cuales juraban diciendo: Vive el
Señor delante de quien estoy. Por do parece que traían consigo esta memoria.
Y es mucha razón que así la traya él, pues trae consigo un ángel que está
siempre delante de Dios, cuya Majestad hinche todo lo criado; diciendo el
mismo Dios: Yo hincho el cielo y la tierra. Y pues en todo lugar está Dios
tan poderoso y tan sabio y tan glorioso como en el cielo, en todo lugar es
razón que nuestra alma le adore, para que ninguna criatura nos mueva a
ofenderle.
El tercero sea que trabaje de confesar y comulgar a menudo, por imitar
aquel santo tiempo de la primitiva Iglesia, cuando comulgaban de ocho a ocho
días los fieles. De cuya memoria quedó agora el pan bendito que dan a los
domingos con la paz, para que, cuando vea sacar aquel pan, se acuerde que la
frialdad nuestra causó que se diese aquel pan bendito, y no el mismo
Santísimo Sacramento, como antes daban, según parece por muchas historias.
El cuarto documento sea que asiente en su corazón muy fijo que si al
cielo quiere ir, que ha de pasar muchos trabajos, y que ha de ser
escarnecido y perseguido de muchos, conforme a aquel dicho de nuestro
Redentor: Si a mí persiguieron, a vosotros perseguirán; para que, estando
así armado, no le aparten de sus buenos ejercicios las malas lenguas, ni los
contrarios que dondequiera ha de hallar; sino, como hombre que ya lo sabe,
no se le haga nueva una cosa tan cierta a todos los que sirven a Dios, sino
mire a Cristo nuestro Redentor y a todos los santos que fueron por aquí, y
baje la cabeza sin alboroto ninguno, dejando los perros que ladren cuanto
quisieren.
Sea el quinto, que ponga siempre sus ojos en sus faltas, y deje de
mirar las ajenas, conforme aquel dicho de nuestro Señor: Hipócrita, ¿por qué
miras la paja en el ojo de tu hermano, y no consideras tú la viga que tienes
atravesada en el tuyo? No tenga cuenta más de con sus propios defectos, y si
algo viere en el prójimo digno de reprehensión, no se indigne contra él,
sino compadézcase de él, porque la santidad verdadera, dice San Gregorio que
es compadecerse de los pecados, y la falsa, indignarse contra ellos. Si son
personas que tomarán su corrección, corríjales caritativamente conociéndose
por hombre de la misma masa de Adán, y si no lo son, vuélvase a Dios,
suplicándole que los remedie, y dándole gracias porque ha guardado a él de
pecado semejante; hallándose muy obligado a servir al Señor, que de este mal
le libró, en el cual él también cayera, si el Señor no le guardara.
Sea el sexto, que trabaje lo más que pudiere por hacer alguna caridad
cada día a algún prójimo, acordándose de aquella sentencia del Redemptor que
dice: En esto conocerán todos si sois mis discípulos, si os amáredes unos a
otros. Y conforme a esto debe también tener memoria cada día de rogar a Dios
por la Iglesia, que con tanta costa redimió.
Sea el séptimo, que pida siempre a Dios perseverancia, acordándose del
dicho de nuestro Redemptor, que el que perseverare hasta el fin será salvo.
Y así ponga sus ojos en la muerte, teniendo delante que si hasta allí no
durare en la virtud, que todo lo que hiciere se perderá. Y así quite siempre
los ojos del bien que hiciere, y póngalos en lo que le quedaba por hacer,
para que lo hecho no le ensoberbezca, y lo por hacer le ponga humildad y
cuidado de pedir a Dios gracia para cumplirlo. Y tema siempre no sea él uno
de aquellos que dijo el Salvador que se habían de resfriar en la caridad,
porque había de abundar la malicia; como vemos que muchos hacen, que la
mucha maldad que ven por ese mundo en tanta abundancia, les es ocasión de
dejar los buenos ejercicios que comenzaron, y saliéndose de Sodoma, como la
mujer de Lot, por tornar la cabeza atrás, se quedan hechos estatuas de sal,
su alma endurecida para el bien, y sabrosa y apetitosa para el mal.
Sea el octavo, que en todas su obras busque la gloria de Dios, y no su
consuelo ni su provecho, para que, aunque se halle seca su alma y
desconsolada, no por eso deje sus santos ejercicios, con que Dios se
glorifica y se sirve. Y así ordene cuanto hiciere a que Dios sea
glorificado, conforme al consejo de san Pablo que dice: Ahora comáis o
bebáis o hagáis otra cualquier cosa, todo lo haced para la gloria de Dios. Y
pues las obras naturales, como el comer y beber, dice el Apóstol que se
hagan para gloria de Dios, mucha más razón es que se haga la oración y lo
demás. Y así, pretendiendo sólo esto, no le desconsolará mucho la sequedad
que a muchos desconsuela, y hace aflojar en el servicio de Dios, habiendo de
ser entonces más diligentes en la guarda de si mismos, y más solícitos en
escudriñar si han hecho algún pecado por el cual el Señor los dejase así
desconsolados, y proveer en esto con diligencia, pues las más veces nace el
tal desconsuelo de soberbia o murmuración o pláticas vanas, que, aunque
parecen pequeña culpa, todavía desconsuelan el alma.
Sea el nono, que huiga muy de raíz toda compañía que no le trajere
provecho, porque de ella sale todo el mal que a nuestra ánima lastima.
Porque, como dice el Profeta, la garganta de los malos es como una sepultura
abierta, de donde siempre salen hedores de muerte. Y por esto siempre debe
huir la compañía de los tales, porque, si en ello mira, nunca hablan sino
palabras conformes a la muerte que sus ánimas dentro de sí tienen, y a mejor
librar, cuando las palabras son cuerdas al parecer de ellos, entonces son
nocivas al prójimo, diciendo mal y murmurando. Lo cual debe él con gran
cuidado huir, reprehendiéndolo, si es persona que aprovechará, y si no,
mostrándole un semblante triste, porque dice san Bernardo que dubda cuál
peca más, el que murmura o el que oye de buena gana murmurar. Debe luego,
por no caer en este pecado, mostrar mala cara y no oír al murmurador,
porque, viendo su semblante, cesará su murmuración, porque, como dice san
Hierónimo, pocas veces uno murmura, cuando ve que el oyente oye de mala
gana.
El décimo y último sea que de tal manera obre bien, que ponga sus ojos
y confianza en los merecimientos de Jesucristo, no mirando a lo que hace,
sino a la muerte y pasión del Redentor, porque sin él todo es poco lo que
hacemos. Quiero decir, que el valor de nuestras obras nace de los
merecimientos de Jesucristo, y de la gracia que por él se nos da. Así debe
lanzar toda soberbia y vanagloria de su corazón, por muchas obras buenas que
le parecía hacer, porque, si bien mira en ello, hallará que por la mayor
parte todo cuanto hace va mezclado de mil imperfecciones, por donde más
tenemos por qué pedir perdón al Señor por la mala manera de obrar, que por
donde esperar galardón por la substancia de las obras. Porque mirando su
Majestad, delante cuyo acatamiento tiemblan los serafines, van nuestras
obras tan tibias, tan sin reverencia, y con tanta mezcla de imperfecciones,
que está muy claro acetarlas Dios por el amor de su unigénito Hijo. Y así,
quitada toda liviandad de corazón, acabada la buena obra, preséntese delante
de Dios, pidiéndole perdón del desacato y poca reverencia con que la hizo, y
ofrezca a Jesucristo al Eterno Padre, confiado que por amor de aquel Señor,
el Padre Eterno acetará aquella obra con que le hobiere servido. De esta
manera vivirá humilde y confiado, porque el verdadero camino para el cielo
dice un dotor que es obrar bien, y no presumir de sí, sino poner su
confianza en Cristo.
AUDI, FILIA, ET VIDE, ET INCLINA AUREM TUAM, ET OBLIVISCERE POPULUM TUUM ET
DOMUM PATRIS TUI. ET CONCUPISCET REX DECOREM TUUM
Oye, hija, y ve, e inclina tu oreja, y olvida tu pueblo y la casa de tu
padre. Y cobdiciará el rey tu hermosura.
Estas palabras, devota esposa de Jesucristo, dice el profeta David, o,
por mejor decir, Dios en él, a la Iglesia cristiana, amonestándola de lo que
ha de hacer para que el gran rey Jesucristo la ame, de lo cual a ella se le
siguen todos los bienes. Y porque vuestra ánima es una de las de esta
Iglesia, por la grande misericordia de Dios, parecióme escrebíroslas y
declarároslas, invocando primero el favor del Espíritu Santo, para que rija
mi péñola y apareje vuestro corazón, para que ni yo la hable mal, ni vos
oyáis sin fruto; mas lo uno y lo otro sea a perpetua honra de Dios, y
aplacimiento de su santa voluntad.
I. AUDI, FILIA
Lo primero que nos es amonestado en estas palabras es que oyamos. Y es
la causa, porque, como todo el fundamento de la vida espiritual sea la fe, y
ésta entre en la ánima por el instrumento de la voz, mediante el oír, razón
es que seamos amonestados primero de lo que primero nos conviene hacer;
porque muy poco aprovecha que suene la voz de la verdad divina en lo de
fuera, si no hay orejas que la quieran oír en lo de dentro, ni nos basta
que, cuando fuimos baptizados, nos metiese los dedos el sacerdote en los
oídos, diciendo que fuesen abiertos, si los tenemos cerrados a la palabra de
Dios, cumpliéndose de nosotros lo que de los ídolos dice el profeta: Ojos
tienen y no ven, orejas tienen y no oyen.
A las palabras que algunos hablan tan mal, que oírlos es oír sirenas,
que matan a sus oyentes, es bien que veamos a quién tenemos de oír. Para lo
cual es de notar que Adán y Eva, cuando fueron criados, un solo lenguaje
hablaban, y aquél duró en el mundo hasta que la soberbia de los hombres, que
quisieron edificar la torre de la confusión, fue castigada, con que, en
lugar de un lenguaje con que todos se entendían, sucediese muchedumbres de
lenguajes, con los cuales no se entendiesen unos a otros. En lo cual se nos
da a entender que nuestros primeros padres, antes que se levantasen contra
el que los crió, quebrantando su mandamiento con mala soberbia, un solo
lenguaje espiritual hablaban en su ánima, el cual era una perfecta concordia
que tenían uno con otro, y cada uno en sí mismo, y con Dios, viviendo en el
quieto y pacífico estado de la inocencia. Mas, como edificaron torre de
soberbia, ensalzándose contra el Señor de los cielos, fueron castigados, y
nosotros en ellos, en que, en lugar de un lenguaje, y con que bien se
entendían, sucedan otros muy malos e innumerables, que nos molestan con su
fatiga y no nos entendemos con ellos, con su gran confusión y tiniebla. Y
aunque ellos en sí no tengan orden en su hablar, recojámoslos, para hablar
de ellos, al número de tres, que son lenguaje de mundo y carne y diablo.
A) A quién no debemos oír
Tres lenguajes en el pecador. El primero es de cosas vanas; el segundo, de
cosas muelles; el tercero, de cosas malas y amargas
1. Lenguaje del mundo y honra vana
Al lenguaje del mundo no le hemos de oír, porque es todo mentiras, y
muy perjudiciales a quien las cree, haciéndole que no siga la verdad que es,
sino la mentira que tiene apariencia y se usa. E así engañado echa atrás sus
espaldas a Dios y a su santo agradamiento, y ordena su vida por el ciego
norte del aplacimiento del mundo. Semejante a los soberbios romanos, que por
la honra mundana deseaban vivir y por ella no temían morir. Y así, hecho el
hombre esclavo de la vanidad, pierde la amistad del Señor, cumpliéndose lo
que Santiago dice: El amistad de este mundo enemistad es con Dios. Y si
alguno quisiere ser amigo del mundo, constituido es enemigo de Dios.
Mas mirad que el mundo malo, a quien no hemos de oír, no es este mundo
que vemos y que Dios creó, mas es la ceguedad y maldad y vanidad, que los
hombres apartados de Dios inventaron, rigiéndose por su parecer y no por la
lumbre y gracia de Dios, siguiendo su voluntad propria y no sujetándose a la
de su Criador; y poniendo su amor en las honras y deleites y bienes
presentes, siéndoles dados no para pegarse al corazón en ellos, mas para
usar de ellos recibiéndolos y sirviendo con ellos al Señor que los dio.
Éstos son los mundanos tan miserables que de ellos dice Cristo nuestro
Señor: El mundo no puede recebir el espíritu de la verdad, porque, si este
corazón malo y vano no echa de sí, no podrá recebir la verdad del Señor.
Porque es tan grande la contrariedad que hay del uno al otro, que quien de
Cristo y de su espíritu quisiere ser, es necesario que no sea del mundo; y
quien del mundo quisiere ser, a Cristo ha perdido. Y pues cualquier hombre
bueno debe aborrecer el hablar mentidas y oírlas aunque sea sin perjuicio
ajeno o suyo, ¡cuánto deben ser aborrecidas aquellas que llegan hasta privar
al hombre de la virtud y verdad, y desnudarle de la rica joya de la amistad
del Señor! Y también porque, después que el mundo despreció al bendito Hijo
de Dios, que es eterna Verdad, no hay por qué cristiano ninguno le crea, mas
antes viendo que fue engañado, no conociendo una tan clara luz, aquello
repruebe que el mundo aprueba, y aquello ame que el mundo aborrece, huyendo
con mucho cuidado de ser preciado de aquel que a su Señor despreció, y
teniendo por cierta señal [de] ser amado de Cristo, ser despreciado del
mundo.
Remedios
Y si el tropel de la humana mentira quisiere cegar o hacer desmayar al
caballero cristiano, alce sus ojos a su Señor, y pídale fuerzas, y oya sus
palabras que dicen así: Confiad, que yo vencí al mundo. Como si dijese:
«Antes que yo acá viniese, cosa muy recia era tornarse contra este mundo
engañoso y desechar lo que en él florece, abrazar lo que él desecha; mas,
después que contra mí puso todas sus fuerzas, inventando nuevos géneros de
tormentos y deshonras, los cuales yo sufrí sin volverles el rostro, ya no
sólo pareció flaco, pues encontró quien pudo más sufrir que él perseguir,
mas aún queda vencido para vuestro provecho, pues, con mi ejemplo que os di
y mi fortaleza que os gané, ligeramente lo podréis vencer, sobrepujar y
hollar.» Pues mire el cristiano que como los que son del mundo no tienen
orejas para escuchar la verdad de Dios, antes la desprecian, así el que es
del bando de Cristo no las ha de tener para escuchar las mentiras del mundo,
ni curar de ellas, porque ahora halague ahora persiga, ahora prometa ahora
amenace, ahora espante ahora parezca blando, en todo se engaña y quiere
engañar. Y en tal posesión le debemos tener, pues en tantas mentiras lo
hemos tomado que, las medias que un hombre dijese, en ninguna cosa nos
fiaríamos de él, ni aún en las verdades no le daríamos crédito.
2. El lenguaje de la carne
La carne habla regalos y deleites, unas veces claramente, y otras
debajo de título de necesidad. Y la guerra de esta enemiga, allende de ser
muy enojosa, es más peligrosa, porque combate con deleites, que son armas
más fuertes que otras. Lo cual parece en que muchos han sido de deleites
vencidos, que no lo fueron por riquezas ni honras ni recios tormentos, y
según sentencia del Salvador, los enemigos del hombre son los de su casa.
¡Cuán de verdad es nuestra enemiga la carne, pues que, de dos partes que nos
constituyen, la una es ella! Por tanto, quien de esta batalla quisiere salir
vencedor, de muchas y muy fuertes armas le conviene ir armado, porque la
preciosa joya de la castidad no se da a todos, mas a los que con muchos
sudores de importunas oraciones la alcanzan de nuestro Señor, el cual quiso
ser envuelto en sábana de lienzo limpia, para reposar en el sepulcro; a dar
a entender que, como el lienzo pasa por muchas asperezas para venir a ser
blanco, así el varón que desea alcanzar o conservar el bien de la castidad,
y aposentar a Cristo en sí, como en otro sepulcro, conviene con mucha costa
y trabajos ganar esta limpieza, la cual es tan rica que, por mucho que
cueste, siempre cuesta barata.
Remedios
a) CASTIGAR LA CARNE
Debe pues el tal hombre, especialmente si se siente tentado de la
carne, primeramente tratar con aspereza su carne, en cuanto le fuere
posible, sin muy gran daño de su salud. Que, aunque la carne padezca alguna
flaqueza por apagar las tentaciones, más vale, como dice San Hierónimo, que
te duela el estómago que no el ánima, y mejor que mandes al cuerpo que no
que le sirvas; y más provechoso es que tiemblen las piernas de flaqueza, que
no que vacile la castidad. El siervo de Cristo que sintiere a su carne
rebelde, debe quitarle la cebada y trabajarla con carga. Como San Hilario
decía a su propia carne: Yo te domaré, y haré que no tires coces, sino que
pienses antes en comer que no en retozar. Y pues San Pablo, vaso de
escogimiento, no se fía de su carne, mas dice que la castiga, y la hace
servir, porque, predicando él a los otros, no sea hallado malo, cayendo en
algún pecado, ¿cómo pensaremos nosotros que seremos castos sin trabajar
nuestro cuerpo, pues tenemos menos virtud que él y mayores causas para
temer? Muy mal se guarda humildad entre honras, y temperanza entre la
abundancia, y castidad entre regalos; y sería digno de escarnio quien
quisiese apagar el fuego que arde en su casa y él mismo le echase leña muy
seca. Muy más digno de escarnio es quien por una parte desea la castidad, y
por otra hinche de manjares y regalos su carne y se da a la ociosidad,
porque estas cosas no sólo no apagan el fuego encendido, mas bastan a
encenderlo en quien muy apagado le tuviese. Y pues el profeta Ezequiel da
testimonio que la causa porque aquella desventurada ciudad, Sodoma, llegó a
la cumbre de tan abominable pecado, fue la hartura y abundancia de pan y la
ociosidad, que tenían, ¿quién osará vivir en regalos, en ocio, ni aun verlos
de lejos, pues que los que fueron bastantes a hacer el mayor mal, con más
facilidad harán los menores? Ame, pues, la templanza quien es amador de la
castidad; porque, si la una quiere tener sin la otra, no saldrá con ella,
mas antes se quedará sin entrambas, que a las que Dios juntó, ni las debe el
hombre querer apartar, ni puede, aunque quiera.
Mas habéis de mirar que este remedio de afligir la carne es bueno
cuando la tentación nace de la misma carne. Y conocerlo héis en que viene a
los que tienen regalada su carne, o crece con el holgar y regalo, y trae
muchos movimientos de la misma carne. Entonces aprovecha refrenarla y
castigarla, pues el principio del mal viene de ella.
b) BUENAS OCUPACIONES
Mas otras veces viene esta tentación de parte del demonio. Lo cual
veréis en que más combate al hombre con pensamientos y feas imaginaciones
del ánima que con consentimientos feos de la misma carne; o, si los hay en
ella, no es porque la tentación comienza en alteraciones de carne, mas
comienzan en pensamientos y de ellos resultan a la carne; la cual algunas
veces es flaquísima y como muerta, y los pensamientos vivísimos. Y tienen
otra señal, que son del demonio, en venir importunamente, sin catar
reverencia a tiempos santos ni a lugares sagrados, en los cuales un hombre,
por malo que sea, suele tener reverencia. Y éstos entonces le combaten más;
y algunas veces son tantos y tales que el hombre nunca oyó ni imaginó tales
cosas, y parece que otro es el que las dice y que no nacen de él. Cuando
éstas y otras semejables vierdes, creed que es persecución del demonio en la
carne, y que no nace de ella, aunque se padece en ella.
Y el remedio no es afligirla, porque muchas veces suele crecer mientras
más la afligen; más debéis de orar, y daros a buenas ocupaciones, y hablar
con buenas personas, para apartar el pensamiento de aquellas imaginaciones;
las cuales son tan importunas y peligrosas que conviene, cuando mucho
combaten, tener por peligrosa la soledad y el ejercicio de los buenos
pensamientos, y es más seguro rezar vocalmente o leer, y otras honestas
ocupaciones, por el gran peligro que traen, hallando aparejo de ser
escuchados. De manera que el mal que nace de carne, con afligimiento de
carne, y el mal que nace de pensamientos malos, con buenas ocupaciones y
oraciones se deben curar. Y, si con todo esto no cesare esta tentación, no
debéis desmayar, mas sufrirla con paciencia y creer que nuestro Señor
permite que te atormente como ángel de Satanás, para que no te ensalces, o
para otros provechos que su sabiduría suele sacar de los males.
e) EVITAR FAMILIARIDAD DE MUJERES CON HOMBRES
Es también menester para guarda de la castidad que se evite la
conversación familiar de mujeres con hombres, por santos y parientes que
sean, porque las feas caídas que en el mundo han pasado acerca de aquesto,
nos deben ser un perpetuo amonestador de nuestra flaqueza y un escarmiento
en ajena cabeza, con el cual nos desengañemos de cualquier falso
prometimiento que nuestra soberbia nos hiciere, queriéndonos asegurar que
pasaremos sin herida nosotros flacos, en lo que tan fuertes, tan sabios, y,
lo que más es, tan grandes santos fueron muy gravemente heridos. ¿Quién se
fiará de parentesco, leyendo la torpe caída de Amón con su hermana Thamar;
con otras muchas, tan feas y más, que en el mundo han acaecido a personas
que las ha cegado esta bestial pasión de la carne, por cercanas que fuesen
en parentesco? ¿Y quién fiará en santidad suya o ajena, viendo a David, que
fue conforme al corazón de Dios, ser tan feamente derribada en muchos y feos
pecados por sólo mirar a una mujer? Ninguno en esto se engañe ni se fíe por
castidad pasada o presente, que, puesto que sienta su ánima muy fuerte y
dura contra este vicio como una piedra, aun debe huir las ocasiones, porque
gran verdad dijo el experimentado San Hierónimo: que a ánimas de hierro la
lujuria las doma.
Por tanto, toda mujer, y especialmente doncella de Cristo, ha de ser
tan recatada y sospechosa en aquesto que de ninguna persona se fíe mas oiga
con atención lo que San Bernardo dice: que las vírgines, que verdaderamente
son vírgines, en todas las cosas temen, aun en las seguras. Y las que no lo
hacen, presto se verán tan miserables con la caída, cuanto primero estaban
con falsa seguridad miserablemente engañadas.
Este mal no combate abiertamente al principio a las personas devotas;
mas primero les parece que de comunicarse sienten provecho en sus ánimas, y
fiados de aquesto osan, como cosa segura, frecuentar más veces la
conversación, y de ella se engendra en sus corazones un amor que los cautiva
algún tanto, y los hace tomar pena cuando no se ven, y descansar con verse y
hablarse. Y tras esto viene el dar a entender el uno al otro el amor que se
tienen; en lo cual y en otras pláticas, ya no tan espirituales como las
primeras, se huelgan de estar hablando algún rato, y poco a poco la
conversación que primero aprovechaba a sus ánimas, ya sienten que las tiene
cautivas, con acordarse muchas veces uno de otro, y con el cuidado y deseo
de verse, y algunas veces de enviarse amorosos presentes y dulces
encomiendas. Y de estos eslabones suelen venir tales fines que les dan, muy
a su costa, a entender que los principios y medios de la conversación, que
primero tenían por cosa de Dios, no eran otros que falsos engaños del astuto
demonio, que por allí los aseguraba, para después tomarlos en el lazo que
les tenía ascondido. Y así, después de caídos, aprenden que hombre y mujer
no son sino fuego y estopa, y que el demonio trabaja por los juntar; y,
juntos, soplarlos con mil maneras, para encender en ellos el fuego de carne,
y después llevarlos al fuego del infierno.
Por tanto, doncella, huid la familiaridad de todo varón, y guardad
hasta el fin la buena costumbre que habéis tomado de nunca estar sola con
hombre ninguno, salvo con vuestro confesor, y esto no más de cuanto os
confesáis, y aun entonces sin meter otras pláticas. Y la esposa de Cristo no
como quiera ha de escoger confesor, mas mirando mucho que sea de muy buena
vida y de muy buena fama, y, si ser pudiere, de madura edad. Y de esta
manera estará vuestra conciencia segura delante de Dios, y vuestra fama
limpia y sin mancha delante los hombres; porque entrambas cosas habéis
menester. Y aunque de las comunicaciones no se sigan siempre los mayores
males que pueden venir, todavía es bien que se eviten, por evitar el
escándalo que de ello puede nacer acerca de quien lo sabe, y por evitar
tentaciones y muchedumbre de pensamientos [que], aunque no traigan a
consentimiento, quitan al ánima su pureza y libertad para pensar en Dios. Y
parece que aquel secreto lugar del corazón, donde, como en tálamo, quiere
Cristo solo morar, no está tan solo y cerrado a toda criatura como a tálamo
de tan alto esposo conviene, ni de todo parece estar casto, pues hay en él
memoria de hombre.
d) DEVOTA ORACIÓN
Habéis de saber que una de las principales cosas que aprovechan para
poseer castidad, es el gusto de la suavidad divinal, que comunica Dios en el
ejercicio de la devota oración; en la cual, luchando el ánima a solas con
Dios con los brazos de pensamientos devotos, alcanza de él, como otro Jacob,
que la bendiga con muchedumbre de gracias y entrañable suavidad; y hiérela
en el muslo, que quiere decir el sensual apetito, mortificándoselo de arte
que de allí adelante cosquea de él, andando viva y fuerte en las afecciones
espirituales, significadas por el otro muslo que queda sano. Porque, así
como el gusto de la carne hace perder el gusto y fuerzas del espíritu, así
con el gusto del espíritu nos es desabrida toda la carne, y queda tan sin
fuerzas que algunas veces es tanta la dulcedumbre que el ánima gusta, siendo
visitada de Dios, que la carne con su flaqueza queda tan desmayada y caída
como lo podría estar habiendo pasado alguna larga y grave enfermedad.
Por tanto quien quisiere gozar de la excelencia de la castidad ame el
ejercicio de la devota oración; porque allí recibirá rocío del cielo y
beberá de una agua tan poderosa que le apague de raíz los apetitos carnales.
Y quien quisiere gozar de la devota oración, ame el recogimiento y hallarla
ha. De aquí podréis conocer claramente cuánto mal causa la comunicación que
hemos dicho, pues hace derramar el corazón y perder la devoción, que eran
medios tan provechosos para alcanzar la castidad.
e) DESCONFIANZA EN SÍ Y CONFIANZA EN DIOS
Todo lo dicho, y más que se pudiera decir, suele ser medio para
alcanzar esta preciosa limpieza; mas muchas veces acaece que así como
teniendo piedra y madera, y todo lo necesario para edificar una casa, nunca
se nos adereza el edificarla, así también acaece que, haciendo todos estos
remedios, no alcancemos la castidad deseada. Antes hay muchos que, después
de vivos deseos y grandes trabajos pasados para que alcanzasen esta joya, se
ven miserablemente caídos en el lodoso cieno de su carne, y dicen con gran
dolor: Trabajado hemos toda la noche y ninguna cosa hemos tomado, y
paréceles que se cumple en ellos lo que dice el Sabio: Cuando yo más lo
buscaba, tanto más lejos huyó de mí.
Lo cual muchas veces suele venir de una secreta fiucia que en sí mesmos
estos trabajadores tenían, pensando que la castidad era fruto que nacía de
sus trabajos y no dádiva graciosa de Dios. Y por no saber a quién se había
de pedir, justamente se quedaban sin ella; porque mejor daño les fuera
tenerla y ser soberbios e ingratos a su dador, que estar sin ella llorosos y
humildes y avergonzados, viendo que no la pueden haber, sabiendo que no es
pequeña sabiduría saber cuya dádiva es la castidad; y no tiene poco camino
andado para alcanzarla quien de verdad siente que no es fuerza de hombre
sino dádiva de nuestro Señor. Lo cual nos enseña el Sabio, diciendo: Como yo
supiese que yo no podía ser continente, si Dios no me lo diese, y esto era
suma sabiduría, saber cuyo es este don, fuí al Señor y hícele oración con
todas mis entrañas.
f) ACUDIR A LA VIRGEN Y A LOS SANTOS
Y aunque los remedios ya dichos para alcanzar este bien sean
provechosos, y debemos ejercitar nuestras manos en ellos, ha de ser con
condición que no pongamos nuestra fiucia en ellos, mas hagamos con devota
oración lo que David hacía y nos aconseja, diciendo: Alcé mis ojos a los
montes, donde me venía mi socorro. Mi socorro es del Señor, que hizo el
cielo y la tierra, Estos montes a los santos significan, a los cuales
conviene invocar con oraciones, para que nos alcancen de Dios esta merced.
Que [si] para sanar de corporales enfermedades, visitamos sus casas,
ayunamos sus vigilias, celebramos sus fiestas y los invocamos con oraciones,
¿cuánto con más razón debemos hacer todo esto, para que nos alcancen de Dios
remedio contra este fuego infernal? Principalmente y particularmente se debe
hacer esto en el servicio de la castísima Virgen María, importunándola con
servicios y oraciones por esta merced, las cuales ella oye y recibe de muy
buena gana, y por ser muy amadora de limpieza y verdadera abogada de los que
la quieren tener. Porque, si hallamos en las mujeres de acá algunas tan
amigas de honestidad que ampara[n] con todas sus fuerzas a quien quiere
apartarse de la vileza de este vicio y caminar por la limpieza de la
castidad, ¿cuánto más se debe esperar de esta limpísima Virgen de vírgines
que pondrá sus ojos y orejas en los servicios y oraciones del que quisiere
la castidad que ella tan de corazón ama?
No te falte, pues, deseo de haber este bien; no te falte fiucia en
Cristo, ni importunas oraciones a sus santos y a su Madre, y a Él, que no
faltará en ellos cuidado ni amor para orar por ti, ni en él misericordia
para te conceder este don, que él solo lo da; y quiere que todo hombre a
quien lo da así lo conozca, pues así es la verdad.
Es don sobrenatural que no se da a todos igualmente
a) A UNOS SE DA CASTIDAD EN EL ÁNIMA SOLA
Y es de mirar que este don no lo da por un igual, mas según a su santa
voluntad place. A unos da más y a otros menos. Porque a algunos da castidad
en la ánima sola, que es un propósito firme y deliberado de no caer en este
vicio por cosa que sea; mas con este propósito bueno tienen en su carne y
parte sensitiva tentaciones penosas, que, aunque no hagan consentir la razón
en el mal, aflígenla y danla que hacer en defenderse de sus importunidades.
Lo cual es semejable a Moisén y a su pueblo, que estando él en lo alto del
monte en compañía de Dios, estaba el vulgo del pueblo, adorando ídolos en el
valle. Y quien en este estado está debe hacer gracias a nuestro Señor por el
bien que le ha dado en su ánima, y sufrir con paciencia la poca obediencia
que su parte sensitiva le tiene, porque así como, si Eva sola comiera del
árbol vedado, no se cometiera el pecado original, si Adán, su varón, no
consintiera, así, mientras aquel propósito bueno de no consentir cosa mala
estuviere vivo en lo más alto de la ánima, no puede hacer la parte
sensitiva, por mucho que coma, que haya pecado mortal, pues el varón no
consiente con ella, antes le desplace y la reprende.
Y si se te hiciere de mal sufrir guerra tan continua dentro de ti, mira
que con el trabajo de la tentación se purgan los pecados pasados y se anima
el hombre a servir más a Dios, viendo que le ha más menester; y conocemos
nuestra flaqueza, por locos que seamos, viéndonos andar a tanto peligro, y a
los cuernos del toro, que, a dejarnos Dios un poquito de su mano, caeríamos
en la espantable hondura del pecado mortal. Y si fueres fiel siervo de Dios,
mientra más tu carne te combatiere, tanto más tú con tu ánima te esforzarás
a guardar la castidad, y las tentaciones te serán como golpes que ayudarán a
arraigar más en ti la limpieza; y verás las maravillas de Dios, que así como
por nuestra maldad parece mayor su bondad, así por la flaqueza de nuestra
carne obra fortaleza en nuestra ánima. Y acuérdate que vale más buena guerra
que mala paz. Y que es mejor trabajar nosotros por no consentir, y dar en
ello placer a nuestro Señor, que, por tomar un poco de placer bestial, que
en pasando deja doblado dolor, dar enojos a quien con todas nuestras fuerzas
debemos amar y agradar. Llámale con humildad y con fe, que no dejará de
socorrer a quien por su honra pelea; que al fin hará que salgas con ganancia
de la pelea, y te contará este trabajo en semejanza de martirio, pues como
los mártires querían antes morir que negar la fe, así tú padeces lo que
padeces por no quebrantar su santa voluntad, y hacerte ha compañero en la
gloria con ellos, pues lo eres acá en el trabajar.
b) A OTROS TAMBIÉN EN SU PARTE SENSITIVA
A otros da nuestro Señor este bien de la castidad más copiosamente,
porque no sólo les da en el ánima este aborrecimiento de sucios deleites,
mas tienen tanta templanza en su parte sensitiva y carne que gozan de grande
paz, y casi no saben qué es tentación que les dé pena. Y esto suele ser en
dos maneras: unos tienen esta paz en limpieza por natural complexión, otros
por elección y merced de Dios.
Los que por complexión natural, no deben engreírse mucho con la paz que
sienten, ni despreciar a quien ven tentado; porque no se mide la virtud de
la castidad por tener esta paz, mas por tener propósito en el ánima de no
ofender en este pecado a nuestro Señor. Y si uno, siendo tentado y guerreado
en su carne, tiene este propósito bueno en su ánima, con mayor firmeza que
el que no tiene ni siente tentaciones, más casto será éste combatido que el
otro con la paz. Ni tampoco deben estos bien acomplexionados desmayarse,
diciendo: «Poco gano en ser casto, pues lo tengo de complexión», mas deben
aprovecharse de la buena complexión que tienen, queriendo con la razón la
castidad, que su inclinación les convida, suplicando a nuestro Señor les
ponga mucha firmeza en sus ánimos, y de esta manera servirán a Dios con el
ánima por el don suyo, y en la carne por su buena inclinación.
Otros hay que no por inclinación natural, mas por merced de nuestro
Señor, son tan cumplidamente castos que en su ánima tienen muy quitada la
gana, y sienten entrañable aborrecimiento de esta vileza; y en su parte
sensiva, tanta obediencia que no solamente va arrastrando a lo que la razón
manda, mas obedécela con deleite y presteza, concertándose en uno ella con
la razón, y teniendo entre sí entrañable paz y sosiego. Este excelente
estado rastrearon algunos filósofos, los cuales dijeron que había algunos
varones tan excelentes que tenían sus ánimos tan purgados que obraban las
virtudes con facilidad y deleite, sin que se levantasen pasiones, o si
vencidas se levantaban, eran ligeramente y sin pena vencidas. Mas esto que
ellos hablaban e quizá no tenían -o, si lo tenían, era por inclinación
natural; o, si era por elección, era a cabo de mucho tiempo que se
ejercitaban en estas buenas costumbres, y lo que obraban era a fuerzas de
sus proprios brazos-, tiénenlo los bienaventurados cristianos, a los que
Cristo les quiere conceder este don, no ganado por fuerza de ellos, mas
infundido por el fuerte Espíritu de él, el cual es de tanta eficacia, cuando
perfectamente obra en ánima y carne, que así como hace que lo superior del
ánima está con perfecta obediencia sujetísimo a Dios, y recibe de Él
poderosas fuerzas y excelentísima lumbre, estando unido tan perfectamente
con Él y tan regido por la voluntad de Él, que diga el Apóstol: El que se
llega a Dios, un espíritu es con Él, así esta eficacia de Dios que obra en
la parte sensitiva hace que, dejada la bestialidad y fiereza que de su
naturaleza tiene, obedezca con deleite a la razón y se le dé muy sujeta. Y
aunque en la naturaleza sean diversas, por ser una espiritual y otra
sensual, mas allégase tanto la parte sensitiva a la razón que toma también
su freno, que anda domada y doméstica, y, aunque no es razón, anda como
razonada,no impidiendo, mas ayudando, como fiel mujer a su marido. Y así
como hay ánimas de algunos tan miserablemente dadas a la voluntad de su
carne que no se rigen por otro norte sino por el apetito de ella y, siendo
su naturaleza espiritual, se abate a la miserable sujección de su cuerpo,
tan transformadas en carne, que se tornan encarnizadas, y parecen, en su
voluntad y pensamientos, un puro pedazo de carne; así la sensualidad de
estos otros se junta tanto con la razón que parece más razonal que las
mismas ánimas de los otros.
Dificultosa cosa de haber parecerá ésta; mas, en fin, es obra y dádiva
de Dios, concedida por Jesucristo, su único Hijo, en el tiempo del cual
estaba profetizado que habían de comer juntos lobo y cordero, oso y león;
porque las afecciones irracionales de la parte sensitiva, que como fieros
animales quieren tragar y maltratar la ánima, son pacificadas por el don de
Jesucristo, y dejada su guerra viven en paz, como se dice en Job: Las
bestias de la tierra te serán pacíficas, y con las bestias de la región
tendrás amistad. Y entonces se cumple lo que está escrito en el Psalmo que
dice: Tú, hombre unánime conmigo, guía mía, y conocido mío, que comiste
conmigo los dulces manjares, y anduvimos en la casa de Dios de un
consentimiento. Las cuales palabras dice el hombre interior a su exterior,
teniéndolo tan sujeto que lo llama de un ánima, y tan conforme a su querer
que dice que comen entrambos dulces manjares y andan en uno en la casa de
Dios; porque están tan amigos que, si el interior come castidad, orar,
ayunar y velar, y otros santos ejercicios, hallando mucha dulzura en ellos,
también el hombre exterior hace estas obras, y le saben como dulce manjar.
c) SÓLO CRISTO Y SU MADRE, LIBRES DE TODO MOVIMIENTO PECAMINOSO
Mas no entendáis que venga uno en este destierro a tener tanta
abundancia de paz que no sienta alguna vez movimientos contra su razón,
porque, sacando a Cristo Redemptor nuestro, y a su Madre sagrada, no fue a
otros concedido este privilegio; mas habéis de entender que, aunque haya
estos movimientos en las personas a quien Dios concede este don, no son
tales ni tantos que les den pena, antes, sin ponerlos en estrecho de guerra
ni quitarles la paz, son ligeramente por ellos vencidos. Como si viésemos en
una ciudad a dos muchachos reñir, y luego se apaciguasen, no decíamos que,
por aquella breve guerra, faltaba paz en la ciudad, si la hobiese en los
principales del pueblo.
Y pues esta alteza de virtud confesaban los filósofos, con no conocer
las fuerzas del Espíritu Santo, no debe ser dificultoso al cristiano
confesar esto, y desearlo, a gloria de la redempción de Cristo, y de su
poder, al cual no hay cosa imposible, cuya paz, es tanta que sobrepuja a
todo sentido, como dice San Pablo. Pues, cuando la carne así estuviere
obediente y templada, estonces estamos bien lejos de oír su lenguaje y
seguros de caer en la terrible maldición que echó Dios a Adán, nuestro
padre, porque oyó la voz de su mujer; antes nosotros hacemos a ella que nos
sirva y oya, y, como a pájaro encerrado en jaula, la enseñamos a hablar
nuestro lenguaje, y que con alegría nos obedezca. De la cual luenga
obediencia, que a la razón tiene, queda tan bien acostumbrada que, si algo
pide, no es deleite mas necesidad; y entonces bien la podemos oír, según
Dios mandó a Abraham que oyese la voz de su mujer Sara, la cual era ya muy
vieja, y con su carne tan enflaquecida y mortificada que no tenía las
superfluidades de otras mujeres. Y de esta tal carne algo más nos podemos
fiar, oyendo lo que nos dice, aunque no debemos tanto creerla que su solo
dicho nos baste, mas debemos examinarlo con razón y con el espíritu, porque
la que pensábamos estar muerta no se haga engañosamente mortecina, y tanto
más peligrosamente nos derribe cuanto por más fiel la teníamos.
3. Lenguaje del demonio
Los lenguajes del demonio son tantos cuantas son sus malicias para
engañar, que son innumerables. Porque así como Cristo es causa de todos los
bienes, que se comunican a las ánimas de los que se sujetan a Él, así el
demonio es padre de pecados y tinieblas, porque, instigando y aconsejando a
sus miserables ovejas, las induce a mal y mentira, con que eternamente sean
perdidas, y porque sus astucias son tantas que sólo el Espíritu del Señor
basta a descubrirlas, hablaremos pocas palabras, remitiendo lo demás a
Cristo, que es verdadero enseñador de las ánimas.
a) SECRETAMENTE PONE ASECHANZAS
De muchos nombres es llamado el demonio, para alcanzar los males que
tiene, mas entre todos hablemos de dos, que son ser llamado león y dragón.
Dice San Agustín: dragón, porque secretamente pone asechanzas; león, porque
abiertamente se enoja.
1) Ensoberbeciendo al hombre
Y la asechanza que tiene para enseñar es aquesta: alzarnos con la
vanidad y mentiras, y después derribarnos con verdadera y miserable caída.
Ensálzanos con pensamientos que nos inclinan a estimarnos en algo,
haciéndonos caer en soberbia. Y como él sepa este mal, por experiencia, ser
tan grande que bastó a hacer de ángel demonio, trabaja con todas sus fuerzas
hacernos participantes en él, porque también lo seamos en los tormentos que
tiene. Sabe él muy bien cuánto desagrada la soberbia a Dios, y cómo ella
sola basta a hacer inútiles todas las otras virtudes que un hombre tenga; y
trabaja tanto por sembrar esta mala semilla en el ánima que muchas veces
deja de tentar a uno y le dice algunas verdades, y le da algunos buenos
consejos y espirituales consolaciones, para inducirle a soberbia, y así
derribarlo y dejarlo, vacío.
Remedios:
a)MIRAR NUESTROS MALES PASADOS, PRESENTES Y POR VENIR
Mas cuanto él con más diligencia nos hablare este engañoso lenguaje,
tanto con mayor diligencia debemos nosotros hacernos sordos a él, que si el
profeta dice que debajo de la lengua de los malos hay ponzoña, ¿cuánto mayor
pensamos que la habrá en el lenguaje del mismo demonio, más malo que los
malos todos? Y si él nos ensalzare de los bienes que tenernos, humillémonos
nosotros mirando los males que hacemos y hecimos, los cuales son tantos,
que, si el Señor no nos fuera a la mano, y no nos quitara del camino que tan
de corazón caminábamos, fueramos creciendo en maldades como en la edad,
hasta que los infernales tormentos fueran pequeños para nuestro castigo. ¡Oh
abismo de misericordia!, y ¿qué te movió a llamar a los que tan lejos iban
de ti? ¿Qué te movió a mirar cara a cara a los que tan vueltas tenían a ti
las espaldas? Acordástete de los olvidados de ti, haciendo mercedes a los
que merecían tormentos, y tomaste por hijos a los que habían sido malos
esclavos, aposentando tu natural persona en las que primero habían sido
hediondo establo de suciedades. Estos males que entonces hecimos, nuestros
eran, y, si otra cosa ahora somos, en Dios lo somos, como dice el Apóstol:
Erades algún tiempo tinieblas, mas ahora luz en el Señor.
Conviene, pues, acordarnos del miserable estado en que por nuestra
flaqueza nos metimos, si queremos estar seguros en el dichoso estado en que
por su misericordia Dios nos ha puesto, creyendo muy de verdad que lo mismo
haríamos que antes hecimos, si la poderosa y piadosa mano de Dios de nos se
apartase. Y si miramos a los muchos peligros a que estamos sujetos por
nuestra flaqueza, no osaremos del todo alegrarnos con el bien que de
presente tenemos, con el temor de los pecados que podemos hacer. Grande
alegría mostraron los hijos de Israel y devotos cantares hicieron a Dios,
cuando tan gran maravilla hizo con ellos que los pasó por el mar a pie
enjuto, y parecíales que, pues en tan gran peligro no habían peligrado,
ninguna cosa había de ser bastante para los derribar ni impedir que
alcanzasen la tierra por Dios prometida; mas la esperanza salió de otra
manera porque, después de aquel gran favor, sucedieron tentaciones y
pruebas, y fueron hallados flacos e impacientes en la prueba y pelea los que
habían sido devotos y alegres después de la pasada del mar. Y porque no
alcanzan la corona prometida por Dios, sino los que son hallados fieles en
las pruebas que él les invía, éstos no la alcanzaron; mas que quedaron
muertos en el desierto por sus pecados.
¿Quién será, pues, tan desatinado que ahora mire a la vida pasada,
ahora a la que resta por venir, ose alzar su cabeza a tomar alguna soberbia,
pues en lo pasado ve cuán miserable cayó, y en lo por venir a tantos temores
está sujeto? Y, si bien conociere la verdad de cómo todo lo bueno viene de
Dios, verá que el tener dones de Dios no ha de ensalzar vanamente a los que
los tienen, mas abajarlos más, como a quien más agradecimiento y servicio
debe. Y cuando piensa que creciendo las mercedes, crece la cuenta que ha de
dar de ellas, parécenle los bienes que tiene una carga pesadísima, que le
hace gemir y ser más cuidadosa y humilde que antes.
b) PEDIR A DIOS HUMILDAD: CONOCER A DIOS Y A SÍ
Y porque es tanta nuestra liviandad, y tenemos tan metida en los huesos
la secreta soberbia, que fuerzas humanas no bastan del todo a limpiarnos de
este pecado, debemos pedir a Dios este don, suplicándole importunamente no
nos permita caer en tan gran traición, que nosotros seamos robadores de la
honra que de todo lo bueno a él es debida. Con el ayuno se sanan
pestilencias de la carne, y la oración las de la ánima; y por eso conviene
al que esta pestilencia siente en su ánima, orar con toda diligencia y
continuación, presentarse delante el acatamiento de Dios, suplicándole abra
los ojos para conocer la verdad de quién sea Dios, y quién sea él, para que
ni atribuya a Dios algún mal, ni tampoco a sí algún bien.
Y cuando Dios es servido de hacernos esta merced, invía una celestial
lumbre en el ánima, con que, quitadas unas gruesas tinieblas, conoce ningún
bien, ni ser, ni fuerzas haber en todo lo criado mas de aquello que la
bendita y graciosa voluntad de Dios ha querido dar y quiere conservar. Y
conoce entonces cuán verdadero cantar es aquél: Llenos son los cielos y la
tierra de tu gloria.
Porque en todo lo creado no ve cosa que buena sea, cuya gloria no sea a
Dios. Y entiende con cuanta verdad dijo Dios a Moisén, que dijese a los
hombres, que el que es me invío a vosotros; y lo que dijo el Señor en el
evangelio: Ninguno es bueno, si no sólo Dios, porque, como todo el ser que
tengan las cosas y todo el bien, ahora sea del libre albedrío ahora de la
gracia, sea dado y conservado de la mano de Jesucristo, conoce que más se
puede decir que Dios es en ellas y obra el bien ellas, más que ellas de sí
mesmas. No porque ellas no obren, mas porque obran como causas segundas
movidas por Dios, principal y universal hacedor, del cual ellas tienen la
virtud para obrar. Y así, mirando a ellas, en cuanto de sí mismas, no les
hallan tomo ni arrimo en si proprias, sino en aquel infinito ser que las
sustenta, en cuya comparación parecen todas ellas, por grandes que sean,
como una pequeña aguja en un infinito mar.
Y de este conocimiento de Jesucristo queda en el ánima una profunda
reverencia a la sobreexcelente majestad divinal que le pone tanto
aborrecimiento de atribuir a sí misma ni a otra criatura algún bien, que ni
aún pensar en ello no quiere, considerando que así como el casto de Josef no
quiso hacer traición a su señor, aunque fue requerido de la mujer de él, así
no debe el hombre alzarse con la honra de Dios, la cual él quiere para sí
como el marido a su propria mujer, según está escripto: Mi gloria no la daré
yo a otro. Y está el hombre entonces tan fundado en esta verdad, que aunque
todo el mundo lo ensalzase, él no se ensalzaría, mas, como verdadero justo,
desnúdase de la honra, pues ve no ser suya, y dala al Señor, cuya es. Y en
esta luz ve que cuanto más alto está, más ha recebido de Dios y más le debe,
y más pequeño y abajado es en sí mismo; porque quien tan de verdad crece en
otras virtudes, también ha de crecer en la humildad, diciendo a Dios:
Conviene crecer en ti, y a mi ser abajado cada día más en mí mismo.
Y entonces no oye el ánima el falso lenguaje del demonio soberbio, que
con la propria estima la quería engañar; mas oye la verdad de Dios, que dice
que la verdadera honra y estima de la criatura no consiste en sí misma, mas
en recebir y ser estimada y amada de su Criador.
2. Desesperándole:
1. Con la memoria de sus pecados
Otra arte suele tener el demonio contraria a esta pasada, la cual es,
no haciendo ensalzar el corazón, mas abajándole y desmayándolo, y así
traello a desesperación. Y esto hace trayendo a la memoria no los bienes que
el hombre ha hecho, mas sus pecados, gravándoselos cuanto puede, para que,
espantado con la muchedumbre y graveza de ellos, caya desmayado como debajo
de carga pesada, y así desespere. De esta manera hizo con Judas, que, al
hacer del pecado, quitóle delante la graveza de él, y después trájole a la
memoria cuán grave mal era haber vendido a su maestro y por tan poco precio,
y para tan mala muerte. Cególe los ojos con la grandeza del pecado, y dió
con él en el lazo, y de allí en el infierno.
De manera que a unos ciega con las buenas obras poniéndoselas delante y
escondiéndoles sus señales, y así los engaña haciéndolos ensoberbecer; y a
otros escóndeles que no se acuerden de sus bienes que por la gracia de Dios
ha hecho, y tráeles a la memoria sus males, y así los derriba. A los unos
díceles que sus bienes son muchos y sus pecados pocos y livianos; a los
otros, que los bienes que han hecho son pocos y llenos de falta, y sus males
muchos y grandes.
Remedio:
PONER LOS OJOS EN LOS BIENES HECHOS
Y EN LA MISERICORDIA DE DIOS Y BENEFICIO DE CRISTO
Mas así como el remedio es, porque él nos quiere alzar de la tierra,
asirnos más a la tierra y tener los pies más hincados en ella, y
considerando, no nuestras plumas de pavo, mas nuestros lodosos pies de
pecados que hemos hecho o haríamos, si Dios no nos guardase, así en este
otro engaño es el remedio quitar los ojos de nuestros pecados y ponerlos en
los bienes que hemos hecho y en la misericordia de Dios, de donde nos
vinieron. No es esto para poner confianza en las obras nuestras, porque no
cayamos en un lazo, huyendo de otro; mas para creer que, pues nos dio gracia
para las hacer, no las dejará de galardonar, y, pues nos ha puesto en la
carrera, no nos dejará en la mitad de ella, pues sus obras son acabadas como
él lo es; y más hizo en sacarnos de enemistad que en conservarnos en su
amistad. Lo cual nos amonesta San Pablo diciendo. Si cuando éramos enemigos
fuimos reconciliados a Dios por la muerte de su Hijo, mucho más ahora que
somos reconciliados seremos salvos en la vida de Él.
Cierto, pues su muerte fue poderosa para resucitar a los muertos,
también lo será su vida para conservar en vida a los vivos. Hízonos de
enemigos amigos, pues no nos desamparará siendo amigos. Si nos amó
desamándole, no nos desamará amándole. De manera que osemos decir lo que
dijo San Pablo: Confío que aquel que comenzó en vosotros el bien, lo acabará
hasta el día de Jesucristo.
Si el demonio nos quisiere turbar con gravarnos los pecados que hemos
hecho, miremos que ni él es la parte ofendida, ni tampoco el juez. Dios es a
quien ofendemos cuando pecamos, y él es el que ha de juzgar a hombres y
demonios, y, por tanto, no nos turbe que el acusador acuse, mas consuélenos
que el que es parte y juez nos perdona y absuelve. Y esto dice San Pablo
así: Si Dios con nos, ¿quién será contra nos? El cual a su proprio Hijo no
perdonó, mas por todos nosotros lo entregó. Pues, ¿cómo es posible que
dándonos a su Hijo, no nos haya dado todas las cosas? ¿Quién acusará contra
los hijos de Dios? Dios es el que justifica, ¿quién habrá que condene? Todo
esto dice San Pablo. Lo cual, bien considerado, debe esforzar a nuestro
corazón a esperar lo que falta, pues tales prendas de lo pasado tenemos. No
nos espanten nuestros pecados, pues el eterno Padre castigó a su Hijo
unigénito por ellos para que así viniese el perdón sobre nos, que merecemos
el castigo. Y pues Dios nos perdona, ¿qué aprovecha que el demonio dé voces,
pidiendo justicia? Ya una vez fue hecha justicia de todos los pecados del
mundo; la cual cayó sobre el inocente cordero, que es Jesucrito, para que
todo culpado que quisiese llegarse a él sea perdonado. Pues, ¿qué justicia
sería castigar otra vez los pecados del penitente con infierno, pues ya una
vez fueron suficientemente castigados en Jesucristo? Él nos es dado por la
misericordia del Padre, y en él tenemos todas las cosas; porque, en
comparación de tal persona divina, como es el Hijo, ¿qué es todo lo demás
sino menos que él? Y quien dio el Señor, también dio el señorío; y quien dio
el sacrificio, dio el perdón; y quien dio al Hijo, dará todo cuanto
quisiéremos.
Así que, doncella de Cristo, si nos quisiere el demonio cegar en
nuestros pecados, digamos que no son sino pocos y chicos, y nuestros bienes
muchos y grandes. Pocos son nuestros pecados, no en sí, mas comparados a los
muchos merecimientos de Jesucristo. Muchos son nuestros bienes, no en
nosotros, mas en Cristo, que nos dio lo que él ayunó, oró, y caminó y
trabajó; y sus espinas y sus azotes, y clavos y lanza, muerte y vida,
haciéndonos participantes en todo mediante los sacramentos y fe. Cuantas son
las misericordias del Señor, tantos podemos decir que son nuestros
merecimientos; y cuantos son los bienes de Cristo, en tantos tenemos parte
nosotros. Y así como en el mar Bermejo fueron ahogados Faraón y los suyos,
que perseguían a Israel por las espaldas, así, en la sangre y merecimientos
de Cristo, son los pecados que hemos hecho ahogados, que ninguno queda. Por
tanto, cerremos las orejas a este lenguaje, y hagamos ir avergonzado al
demonio, como lo fué de unos, de los cuales dijo: «Estos me han vencido,
porque cuando yo los quiero ensalzar, ellos se abajan, y cuando yo los
quiero abajar ellos se ensalzan.» Y digamos con David: Siendo el Señor mi
ayudador, yo despreciaré a mis enemigos.
2. Con pensamientos contra Dios
Otras veces suele hacer desmayar, trayendo pensamientos muy sucios y
abominables aun contra las cosas de Dios, y hace entender al que los tiene
que de él salen y que él los quiere tener y con esto atribúlale de tal
manera que le quita toda el alegría del ánima, y le hace entender que está
muy desechado de Dios y condenado de él, y dale gana de desesperar, creyendo
que no puede parar en otra parte sino en el infierno, pues ya le parece
tener blasfemias semejantes a las de allá. No es tan necio el demonio que no
se le entiende que el tentando no ha de venir a consentir en cosas tan
abominables, mas es su intento asombrarle y desmayarle, para que así pierda
la confianza que en Dios tenía, y trabajarlo tanto con sus importunidades e
frialdades que le haga perder la paciencia y sosiego, y así ganar él; como
dicen: A río vuelto, ganancia de pescadores.
Gran merced hace Dios a muchas personas, que por mucho tiempo les
guarda y esconde dentro de sí, para que no sepan qué guerra es aquesta ni
oigan aqueste espantable lenguaje; mas otras veces permite que aquel malvado
turbe con sus voces importunas nuestro silencio, y en lugar del gozo, que
teníamos en pensar cosas de Dios, nos hagan sus tentaciones echar lágrimas
de muy gran tristeza.
Remedios:
a) NO DIALOGAR CON EL DEMONIO
Entonces hemos de hacer lo que hacía David: Yo, como sordo, no oía; y
como mudo, que no abre su boca. Hecho soy como hombre que no oye y que no
tiene en su boca reprehensiones. Y pues no podemos dejar de oír este
lenguaje, pues que el demonio, aunque no queramos, nos trae estos
pensamientos y hablas tan malas, seamos a lo menos como quien no oye. Lo
cual hacemos cuando no nos turbamos ni entristecemos con ellos, mas estamos
en nuestra paz como de antes, no curando de tomarnos a palabras ni
respuestas con el demonio ni sus asechanzas, mas estamos como sordos y
mudos, no haciendo caso de todo cuanto nos dice. Dificultoso es creer
aquesto a los que poco saben de las astucias del demonio, los cuales piensan
que, si no dejan de hacer lo que hacían y se ocupan en ojear y andar matando
las moscas de los tales pensamientos, ya han consentido en ellos, creyendo
que es todo uno: sentir pensamientos y consentir en ellos. En la verdad,
mientras los tales pensamientos son más abominales, más seguro está el
hombre que no consentirá en ellos. Y basta no curar de ellos con una
sosegada disimulación, porque no hay cosa que al demonio más lastime que el
despreciarlo tan despreciado que ningún caso hagan de él ni hay cosa tan
peligrosa como trabar razones con quien tan presto nos puede engañar.
Y por esto la mejor respuesta es no responder, aunque nos parezca que
teníamos qué, mas una vez al día decir que creemos lo que cree la santa
Iglesia Romana, y que no queremos consentir en pensamiento falso ni sucio; y
decir al Señor lo que está escripto: Señor, fuerza padezco, responded vos
por mí; y sosegarnos, creyendo que él lo hará con condición que tengamos
esperanza en él y callemos nosotros. Porque, si tenemos muchas respuestas
nosotros, ¿cómo le diremos que responda por nos? Por lo cual dice la sagrada
Escriptura: Vosotros callaréis y el Señor peleará por vosotros. De manera
que nuestro pelear no es a solas manos, mas muy más principalmente con
invocar al Señor todopoderoso, el cual por nosotros pelea. Y esto es lo que
dice el profeta Esaías: En silencio y esperanza será vuestra fortaleza.
Porque uno de estos dos que falte, luego el hombre se turba y enflaquece.
b) CRECER EN EL BIEN OBRAR, AUNQUE SEA SIN DEVOCIÓN
Mas dirá alguno: «Quítanme estos pensamientos la devoción, y suélenme
venir cuando yo me llego a las buenas obras, y por no oír tales cosas, estoy
determinado muchas veces de no las hacer.» A esto digo: que esto es por lo
cual el demonio andaba, por con sus importunidades estorbar el bien obrar;
aunque parece que a otra parte tiraba. Mas debes tú antes crecer en el bien
que menguar, como persona que adrede lo hace, por hacer ir al demonio con
pérdida de lo que pensaba llevar ganancia.
E si falta la devoción no te penes, pues no se miden nuestros servicios
por devoción, mas por amor; y el amor no es devoción tierna, mas un
ofrecimiento de voluntad a lo que Dios quiere que hagamos y padezcamos,
tengamos voluntad o no, y si algunos, que parece dejan el mundo por servir a
Dios, dejasen también la desordenada codicia de los devotos sentimientos del
ánima, como dejan la codicia de los bienes temporales, vivirían más alegres
de lo que viven, y no hallaría el demonio codicia en que asir, como en
cabellos, con sus engaños, y lastimarles con ellos. Desnudo murió
Jesucristo, y desnudos nos hemos de ofrecer a él, y sola nuestra vestidura
ha de ser su santísima voluntad, sin mirar a otra parte. Igualmente hemos de
tomar la tentación que la consolación de su mano, y oír demonios como oír
ángeles, y ser tentados y azotados como ser abrazados. Finalmente, no estar
asidos a los flacos ramos de nuestros quereres, aunque nos parezcan buenos,
mas a aquella fuerte columna de la divina voluntad, que nunca se muda. Para
que así no vivamos en mudanzas, mas participemos a nuestro modo de aquella
immutabilidad y sosiego que la divina voluntad tiene, haciendo siempre lo
que quiere, y tomando lo que nos invía.
Decidme, doncella, ¿qué más hace al caso servir uno a Cristo por
consolaciones y gustos de ánima que servirle por dinero, qué más por cielo
que por tierra, si el postrer paradero es mi codicia? Lucifer, según muchos
doctores dicen, la bienaventuranza deseó, mas, porque no la deseó como debía
y de quien debía, y que se le diese cuando Dios quería, no aprovechó que lo
que deseaba era bueno, mas pecó por no desearlo bien; y así fué su deseo
codicia, y no buen deseo.
C) CONFORMAR NUESTRA VOLUNTAD CON LA DE DIOS
Pues de esta manera digo que no hemos de estar atados a desear nuestros
consuelos o devociones, o sosiego, o semejantes cosas, parando en ellas,
mas, libres de estas cosas, asestar nuestro querer en aquel norte inmutable
de la divina voluntad, tomando lo que nos diere, y cuando y como; y no
holgarnos por lo que nos da, principalmente por nuestro provecho, mas porque
se huelga él en dárnoslo, aparejados a carecer de ello, si supiésemos que él
es servido. Y no digo yo esto, porque se puede excusar el gozo cuando el
Señor nos visita, o la pena, cuando nos deja en manos de nuestros enemigos
para ser de ellos tentados, mas porque, en cuanto pudiéremos, nos mostremos
a no hacer mucho caso del consuelo, porque no sintamos las mudanzas que
necesariamente hemos de sentir, si a estas cosas nos arrimamos.
Suplicad al Señor que nos abra los ojos, que más claro que la luz del
sol veríamos que todas las cosas de la tierra y del cielo son muy poca cosa
para desear ni gozar, si de ellas se apartase la voluntad del Señor. Más
vale sin comparación comer o dormir, si el Señor lo manda, que estar en el
cielo sin su querer. No estemos pues tanto asidos de las cosas, por buenas
que nos parezcan, más de cuanto fuere siempre la voluntad buena de nuestro
Señor Dios. Y así ligeramente tendremos sosiego entre los alborotos que el
demonio causa, porque estará mortificada nuestra voluntad, que es la que
causaba el descontento, y viviremos siempre en una continua paz, según en
este destierro se puede haber, por estar conformes con la voluntad de
nuestro Señor Dios, la cual tan bien se cumple en nosotros cuando somos
atribulados, como cuando somos consolados. Echemos, de nosotros tanta fruta
perdida, que estaba colgada de nuestra secreta codicia, y cogeremos otros
nuevos frutos de gozo y paz, que de esta unión con la divina voluntad suelen
venir.
Esta es el arte con que se engaña el arte que el demonio traía. El
quería hacernos enojar, aunque a otra parte parecía que tiraba. Nosotros
guardámosle el golpe y cobrímonos con paciencia, conformándonos con la
voluntad divina, y así quedamos sin llaga y aún con corona, porque, no
curando de lo que en nos pasa, por penoso que sea, mas de la voluntad del
que lo invía, vencemos nuestra propria voluntad; lo cual es la causa de
nuestra corona.
Y porque el vencimiento de esta batalla más se hace por arte de
contentarnos con lo que viene, y de tener confianza, mientra más el demonio
nos la quiere quitar, que por vía de fuerza, queriendo evitar que no nos
vengan estos pensamientos, pues que no son en nuestra mano, por eso dice el
esposo a la esposa en los Cantares: Cazadnos las pequeñuelas zorras, que
destruyen las viñas, porque nuestra viña ha florecido. La viña de Cristo
nuestra ánima es, plantada con su mano y regada con su sangre. Esta
florececuando, pasado el tiempo en que fue estéril y seca, comienza nueva
vida y fructifera al que la plantó. Mas porque a los tales principios suelen
acechar estas y otras tentaciones del astuto demonio, y les suelen dañar con
hacerles desmayar, trayéndoles pensamientos tan feos estando ella ternecica
y en flor, por eso nos amonesta el esposo florido, que pues nuestra ánima,
viña suya, ha florecido,que tengamos manera para cercar estas importunas
tentaciones. En decir cazar,da a entender que ha de ser por maña y no por
fuerza. Y en decir que son zorras,da a entender que son tentaciones
solapadas, que pareciendo ir a herir en una parte, hieren en otra. En decir
pequeñas, da a entender que para quien las conoce no son grandes, porque el
solo conocerlas es vencerlas; y a quien le parecen grandes, es el que con su
temor y poco saber las hace grandes. Y en decir que destruyen las viñas, da
a entender cuánto daño hacen en los hombres que no las conocen, hasta
traerlos algunas veces a tanto enojo, que de enojados, como no les quita
Dios las tales tentaciones, vienen por miserable consejo a consentir o casi
consentir en ellas, y algunas veces pasa tan adelante este mal que, por no
sufrir guerra tan cruda en el camino de Dios, lo dejan y se dan abiertamente
a pecar, pensando por allí huir de ellas; o, si esto no hacen, algunos
suelen venir a desesperar, por no sufrir guerra tan cruda.
d) BUSCAR UN BUEN CONFESOR
Y suele a los que tales tentaciones tienen, dar mucha pena, el haberlas
de decir abiertamente a su confesor, por ser cosas tan feas que no merecen
ser tomadas en lengua, y que dan gran desmayo, por su abominación, cuando se
cuentan. Y, por otra parte, si no se las dicen, paréceles no ir bien
confesados, y así nunca salen satisfechos de la confesión por el callar, o
salen muy penados por haber dicho cosas que tanta pena les dan. Lo que estas
personas cerca de esto deben hacer es buscar un confesor sabio,
experimentado en las cosas de Dios, y darle a entender las tentaciones que
pasan, de arte que, aunque no se digan los pensamientos de la misma manera
que se piensan, porque esto no es menester y muchas veces daña y no se puede
hacer, mas dígase de manera que el confesor pueda entender la enfermedad que
es, y esto basta.
Y el tal confesor no debe ser áspero, ni importunarse por muchas veces
que el penitente le pregunte una misma cosa, ni por otras flaquezas que
estas personas escrupulosas y tentadas pueden tener; mas antes se acuerde de
lo que el Apóstol dice: Corrígele en espíritu de blandura, considerándote a
ti mismo, y no seas también tentado. Y por graves cosas que en estas
personas vea, no desmaye, porque no suele el Señor olvidar sus ovejas en
aquestos peligros, mas socórrelas cuando más desesperado parece estar el
remedio, según yo he visto en muy muchas personas afligidas gravísimamente
con estas tentaciones, aun hasta trance de desesperar. De las cuales ninguna
he visto parar en mal, mas ser socorridas de Dios con entera sanidad de
estos trabajos.
Ore, pues, el confesor, y busque oraciones ajenas; y encomiende al
penitente la enmienda de su vida; y déle buena esperanza de parte de nuestro
Señor, que él cumplirá las promesas que de su parte le dieren con fe; y
enseñe al penitente que ningún pensamiento, por sucio y malo que sea, no
puede ensuciar el ánima, cuando no es consentido. Y pues el penitente no
consiente, mas toma mucho desplacer en aquestas cosas, antes las debe tomar
en purgatorio de sus pecados y en ejercicio de paciencia, como quien está
padeciendo martirio en manos de crueles sayones, que pensar que ofende a
Dios en ello, o que va camino de perdición.
Y con esta cordura y sabiduría engañará el arte que el demonio como
zorra trae, que era amagar para hacernos caer en infidelidad o blasfemias, o
suciedades o cosas semejantes; y cuando nosotros íbamos a escudarnos de
aquel golpe, penándonos mucho, desmayándonos con los tales pensamientos,
descubríamos el ánima una vez o otra por la parte de la paciencia, y allí
nos hería en descubierto muy a su placer como quien amaga a la cabeza y
hiere a los pies. Mas contra este arte usemos de otro arte, y es no
asombrarnos ni desmayarnos, ni perder la paciencia, mas cubrirnos de pies a
cabeza y en todo tiempo con la fe y conformidad de la voluntad del Señor; y
estar contentos de tener aquello, si el Señor es servido que lo tengamos,
toda la vida.
Y así ganamos más con aquella paciencia que ganáramos con la devoción
que nos quitó, y ayúdanos a crecer en el servicio de Dios el que pensaba
estorbarnos. E hizo por su ocasión que, estando nuestra ánima en flor de
principios, comience a dar frutos de hombres perfectos, porque nos hace
desnudar de nosotros mismos y que, comiendo antes leche de devoción tierna,
comemos ya pan con corteza, manteniéndonos con las duras piedras de las
tentaciones; las cuales él nos traía para probarnos si éramos hijos de Dios,
y sacamos de la ponzoña miel, de las llagas salud; y así de la tentación
salimos probados y aprovechados.
Los cuales bienes no hemos de agradecer al demonio, cuya voluntad no es
fabricarnos coronas, mas cadenas; sino a aquel sumo y omnipotente Bien,
Dios, el cual no dejaría acaecer mal ninguno, sino para sacar mayor bien; ni
dejaría a nuestro enemigo y suyo, el demonio, atribular a nosotros, sino
para gran confusión del que atribula y bien del atribulado; y esto es lo que
dice David: Este dragón que formaste para que hiciesen burla de él. Dragón
llama al demonio por sus asechanzas, al cual crió Dios bueno y él se hizo
malo y tentador de los buenos; mas permítelo Dios así, sacando bien de sus
males, porque mientras más piensa dañar a los buenos, más provecho les hace,
y queriéndolos abatir al infierno, les da ocasión que ganen el cielo; de lo
cual él queda tan corrido y burlado que no quisiera haber comenzado el
juego. Y esto es en lo que todos harán burla de él, pues por sus tentaciones
aprovechó a los que pensaba dañar, cayendo sobre su cabeza la maldad que a
otros urdía, y cayendo en el lazo que armó; y, quedando él con tristeza
muerto de invidia, verá ir a los amigos de Dios, que él, tentó, cantando con
alegría: El lazo ha sido quebrado, y nosotros quedamos libres; nuestra ayuda
es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra.
b. ABIERTAMENTE SE ENOJA
Remedios:
a) TENER FE: DIOS ES NUESTRO AYUDADOR
Es tanta la invidia que de nuestro bien tienen los demonios que por
todas las vías tientan que no gocemos lo que ellos perdieron; y cuando en
una batalla van de nosotros vencidos o, por mejor decir, de Dios en
nosotros, mueven otras y otras, para si alguna vez hallaren algún descuidado
a quien traguen; mudan armas y género de batalla, pensando que a los que no
vencieron en una vencerán en otra. Por lo cual, después que han visto que
por astucia no han podido empecer, por estar enseñados por la verdadera
doctrina cristiana, que nos enseña a ponernos en el justísimo querer del
Señor, intentan guerra más descubierta, haciéndose león feroz, el cual antes
era dragón ascondido. Ya no tienta de uno y va a parar en otro, mas
claramente se quiere hacer temer, pensando de alcanzar por espanto lo que
por arte no pudo. Aquí no le verán hecho raposa, mas león fiero, que con su
bramido quiere espantar, como dice San Pedro: Hermanos, sed templados y
velad, porque vuestro adversario el diablo, como león bramando, rodea,
buscando a quien trague; al cual resistid fuertes en la fe. No deben ser
destempladosni descuidados los que tal enemigo tienen, ni deben dejar de
orar al verdadero pastor, las ovejas que se ven cercadas de boca tan mala.
Mas, ¿cuáles son las armas con que se vence este bravo león, para que de
esta guerra, como de la pasada, vaya confundido el que pensó confundirnos?
Estas son la fe, según dice San Pedro. Porque cuando una ánima desprecia lo
que ve y confía en Dios, al cual no ve, no hay por donde el demonio le
entre; mas este firme crédito y confianza en Dios la guarda muy firme y sin
temor, y le hace despreciar las amenazas de los demonios, porque, como una
de las principales, cosas en que él ponga sus fuerzas sea en hacer los
corazones pusilánimes y desmayados, es eficacísimo remedio contra él la
firme confianza en Dios, como leemos haber dicho aquel gran vencedor de
demonios San Antón: La señal de la Cruz y la fe con el Señor nos es a
nosotros inexpugnable muro. ¿Cómo temerá al demonio quien cree que ninguna
cosa puede sin darle Dios el poder? ¿Pudieron quizá los demonios tocar en
Job, o en su hacienda, o siquiera ahogar los puercos de los genesarios, sin
tener licencia primero de Dios? Pues quien no puede tocar a los puercos,
¿podía tocar a los hijos?
Si el consejo de Cristo tomamos, muy seguros viviremos de este temor,
porque él nos le quita diciendo: Yo os enseñaré a quien temáis: Temed a
aquel que, después de haber muerto el cuerpo, tiene poder para echar en el
infierno: a éste temed. Y quien a Dios no teme, aunque le pese, ha de temer
a mundo y demonios. De manera que, creyendo muy firmemente que el demonio no
puede llegar al cabello de nuestra cabeza, porque todos los tiene Cristo
contados, haremos burla de los fieros del demonio, y decirle hemos que se
vaya a hacer cocos a niños, que acá no conocemos sino a Dios por Señor. El
temor a uno es hacerle un modo de reverencia y darle sujeción, y por esto ni
en poco ni en mucho debemos temer al demonio, pues Cristo nos libertó y nos
le puso debajo los pies; y debemos estar siempre delante de Dios humillados
con su santo temor; mas para con el demonio, muy esforzados y llenos de una
santa soberbia. Cosa es muy probada que a los que el demonio temen les hace
mil befas, y a los que le desprecian huye, y tanto cuanto él más braveza
mostrare tanto menos se debe temer. Por costumbre de meter a voces y guerra
a quien le falta justicia, y querer alcanzar por amenazas lo que no ha
podido por arte.
Creedme, doncella de Cristo, que cuando el demonio asombra, tomando
figura de serpiente, o de toro o de león, o de otras bestias, y estorbando
la oración con sonidos, y hace crujir toda la casa; y cuando impide el
reposo del sueño con espanto, como al santo Job se lee que hacía; cuando en
estas y otras bregas anda el demonio, no se debe temer, porque de puro
vencido y temeroso lo hace, mas decirles como San Antón: «Si tuviésedes
algunas fuerzas, uno solo de vosotros bastaría para pelear; mas, porque sois
quebrantados de Dios, trabajáis por atemorizar, juntándoos muchos a una. Si
el Señor os ha dado poder sobre mí, veísme aquí, tragadme; mas si no podéis,
¿por qué trabajáis en balde?». Verdad es que nuestras fuerzas, cotejadas con
las suyas, son muy pequeñas; mas la fe nos dice, si sordos no estamos, que
el Señor es delendedor de todos los que esperan con Él. Y si tenemos un
enemigo muy sabio para hacer mal, muy fuerte, y que tanto nos aborrece,
tenemos un amigo más sabio, más fuerte, y que más nos ama sin comparación.
Mucho dicen que sabe el demonio, según el mismo nombre lo dice -quieren
decir resabido-, pues ¿qué es su saber en comparación del abismo de la
sabiduría divina que no tiene fin? Si el poder del demonio no tiene igual
sobre la tierra, según se escribe en Job, el poder divino no tiene igual en
el cielo ni en tierra. Muy mal nos quiere el demonio, mas mucho más nos ama
Dios que él nos desama. No duerme el demonio, buscando cómo nos dañe más.
Mucho velan los benditos ojos de Dios guardándonos como a sus ovejas, por
las cuales derramó su preciosa sangre. Pues, si tenemos el brazo del
Omnipotente con nos, ¿qué temeremos al demonio, cuyo poder es flaqueza en
comparación del divino?, ¿qué temeremos de este león que busca a quien
trague, pues nos defiende el fuerte león de Judá, el cual siempre vence? Y
si el demonio nos cerca, Cristo está aparejado para pelear por nosotros;
empero, si no perdemos la fe, como se escribe en la Santa Escriptura, la
cual cuenta que, como contra el rey Josafat viniese innumerable copia de
gente, tanto que él fue lleno de miedo, y dejando sus pocas fuerzas por las
muchas de sus enemigos, dióse a pedir favor al Omnipotente. Y respondióle
Dios por boca de un profeta de esta manera: Esto dice el Señor Dios: No
queráis temer ni haber miedo de esta muchedumbre, porque no es la guerra
vuestra mas del Señor. No seréis vosotros los que habéis de pelear, mas
solamente estad con confianza, y veréis el socorro del Señor sobre vosotros.
¡Oh Judea y Hierusalem, no queráis temer ni haber miedo, que mañana saldréis
y el Señor será con vosotros!
Si bien hemos oído esta divina respuesta, que a todos los que pelean en
la guerra del Señor se da, veremos que, resistiendo nosotros en fe, el Señor
ha de hacer la victoria, y que es gran maldad haber miedo los que tan
mandados están que no lo tengan, y los que tal favor tienen. No sienten bien
del poder de Dios los que, teniéndole a Él sólo por ayudador, tienen temor
del cielo o tierra; ni siente bien de su verdad quien no cree esta promesa;
ni siente bien de su bondad quien no cree que tiene sus ojos y su corazón
puesto en nosotros. Aún cuando nos parece que más olvidados estamos,
acordémonos de cómo San Antón, siendo reciamente azotado de los demonios y
acoceado, alzando los ojos arriba, vio abrirse la techumbre de su celda, y
entra por allí un rayo de luz, tras del cual huyeron todos los demonios, y
el dolor de las llagas de él fue quitado. Y, viendo a Jesucristo nuestro
Señor, díjole con entrañables sospiros: «¿Adónde estabas, buen Jesú, adónde
estabas? ¿Por qué no estuviste aquí al principio, para que sanaras todas mis
llagas?». A lo cual respondió el Señor diciendo: «Antón, aquí estaba, mas
esperaba ver tu pelea, y porque varonilmente peleaste, siempre te ayudaré, y
te haré ser nombrado por toda la redondez de la tierra.» Con las cuales
palabras, y con la virtud de Cristo, se levantó tan esforzado que entendió
haber recobrado más fuerza que primero había perdido.
b) PENSAR LAS MUCHAS VECES QUE NOS SACÓ VICTORIOSOS
E ya que nuestra flaqueza nos hiciese sordos a todas estas
consideraciones, debemos mirar las muchas veces que nos ha sacado
victoriosos, y nos ha defendido de semejantes peleas. En lo cual nos da
crédito que así lo hará adelante. No deja el Señor a los suyos venir a
riesgo de extremos peligros, sino para que vean que nada son de sí y como no
hay en ellos ni un cabello de fortaleza, ni se pueden aprovechar de los
favores que en tiempos pasados de Dios han recebido; y quedan desnudos y en
unas escuras tinieblas, sin hallar en qué hacer pie, mas súbitamente los
levanta y fortalece más que antes estaban. Porque vean cuán fuerte es Dios
en librarlos de tanta flaqueza; cuán bueno, en acordarse de los que están
extremamente fatigados; cuán verdadero, en sus promesas, que promete, de no
desmamparar a los que le sirven. Para que, conociendo el hombre por
experiencia su propria flaqueza, no le engañe la mentira de su estimación; y
experimentando la fortaleza y bondad divina, le adore y le crea, y espere en
él, cuando en otro peligro se viere. Y esto afirma San Pablo haberle
acaecido, diciendo: No quiero que ignoréis, hermanos, nuestra tribulación en
Asia, en que sobremanera y sobre nuestras fuerzas fuimos atribulados, tanto
que nos daba pena el vivir, y nosotros, dentro de nosotros, tuvimos por
cierto que no habíamos de escapar de la muerte. Y esto acaeció así, para que
no tengamos fiucia en nosotros, mas en Dios, que da vida a los muertos; el
cual nos libró de tan grandes peligros, y en el que esperamos que también
nos librará de aquí adelante.
Y en esto no se hace mucho con Dios, porque cualquier hombre que diez o
doce veces nos hobiese enseñado su amor y favor en nuestros trabajos,
creeríamos que nos amaba y que nos lo enseñaría también otra vez, si en
trabajos nos viésemos. Y pues tan muchas veces hemos a Dios experimentado en
fidelísimo en no dejarnos caer el tiempo de la tribulación, ¿por qué no le
ternemos en posesión de fiel amigo para todo lo que nos puede venir? Extrema
incredulidad es, y digna de grande castigo, no creer más de Dios de lo que
presente con nosotros hace y nunca de lo pasado cobrar fe que no nos asegure
de lo por venir, pues esta fe es la que nos hace victoriosos, la cual no nos
engañará, porque los que en el Señor esperan nunca serán confundidos, y así
como cuando el demonio nos quiere alzar, le vencemos abajándonos, así,
mientra más él se hiciere temer, más lo despreciemos; y, mientra más nos
quisiere abajar, más nos levantemos en el favor de aquel que es todo nuestro
y cuyos ángeles pelean por nos. Como fue enseñado el criado del gran Eliseo,
el cual tenía mucho temor de gran compaña de gente que venía a prender a su
señor. Al cual dijo Eliseo: No quieras temer, porque más son con nosotros
que contra nosotros. Y como orase Eliseo: Abre, Señor, los ojos de este mozo
porque vea, abrió Dios los ojos del mozo, y vio que estaba un monte lleno de
caballería y carros enderredor de Eliseo, los cuales eran ángeles del Señor,
venidos a defender al profeta de Dios. De manera que tenemos de nuestra
parte muchedumbre de ángeles, uno de los cuales puede más que todos los
infernales poderes, y, lo que más es, tenemos al Señor de los ángeles, el
cual, solo, puede más que los infernales y celestiales poderes, y, por
tanto, abastarnos debe tanto favor para despreciar al demonio, dejado todo
temor; hacernos fuertes leones contra él en virtud de Cristo, que fue manso
cordero en entregarse por nosotros, y fue león fuerte en despojar los
infiernos, y vencer y atar los demonios, y en defendernos como a sus amadas
ovejas.
B) A quién debemos oír
1. Palabra primera. De cómo hemos de oír a solo Dios
Mucho nos hemos detenido en avisar que cerremos nuestras orejas de
estas malas hablas; queda ahora de oír la primera palabra, en que el profeta
David nos amonesta que oyamos. Y pues no hemos de oír a la diversidad de los
ya dichos lenguajes, desearéis saber a quién hemos de oír. Brevemente digo
que a solo Dios, que es suma verdad y es oído con gran provecho del que le
oye, según él dice: Oyéndome, oíme; y comed del bien, y deleitarse ha en
grosura vuestra ánima; inclinad a vuestra oreja, y venir a mí. Oíd y vivirá
vuestra ánima, y haré con vosotros un sempiterno concierto.
Grandes promesas son éstas, las cuales ninguno otro que Dios basta a
cumplir; y dichoso es aquel a quien les cumple y con quien hace este
sempiterno concierto, el cual es que el Señor sea Dios del hombre, y el
hombre tenga al Señor por Dios y por Padre. Y esto declara San Pablo
diciendo: Vosotros sois templo de Dios vivo.Como le dice Dios: Yo moraré
entre ellos, y andaré entre ellos, y seré Dios de ellos, y ellos me serán
pueblo. Por lo cual, salid de en medio de los malos, y apartaos, dice el
Señor; y no toquéis cosa sucia, e yo os recibiré, y os seré Padre, y
vosotros me seréis hijos y hijas, dice el Señor todopoderoso.
No puede haber duda en estas promesas, pues el Señor todopoderoso lo
dice; ni hay lengua que pueda explicar cuánta sea la merced que Dios hace en
querer ser Dios de alguna persona, porque es tener un particular cuidado de
ella, defendiéndola, guiándola, favoreciéndola, y capitular con ella de
serle su amparo, como buen rey con sus vasallos o padre con hijos, y
tornando por ella, como dicen, en presencia y ausencia con gran fidelidad,
y, después de todo, darle su hacienda, para que en el cielo le herede como
hijo a Padre. Por todo lo cual decía David: Bienaventurada la gente, de la
cual el Señor es Dios, y el pueblo al cual él escogió para heredad para sí.
Y así como Dios tiene cuidado de rey y de padre de aquellos de quien él es
Dios, así el tener uno al Señor por Dios es reverenciar y adorar su Majestad
infinita, y obedecerla como a padre y señor, y vivir confiado debajo del
amparo de él, creyendo que, teniendo su Dios lo que tiene, no le podrá a él
ir mal; y en fin, esperar de Dios lo que un hijo espera de su Padre.
Este concierto no es temporal, mas llámase sempiterno, porque no se
acaba aunque muera la una parte, mas, comenzándose en esta temporal vida,
durará en el cielo muy más perfectamente para siempre jamás.
2. Este oír es por la fe
Veis aquí cuán grandes bienes nos trae el oír a Dios, y con cuánta
atención debemos oír esta palabra que nos manda que oyamos. Este oír a Dios
es por la fe;la cual no es enseñanza humana, mas divina, porque no creemos a
las Escripturas como a palabras de Esaías o Jeremías, o de San Pablo o de
San Pedro, ni creemos más al evangelista que fue testigo de vista de lo que
escribió que al que no lo fue, mas recibimos estas palabras como dichas de
Dios por la boca de ellos, y a Dios creemos en ellos. Y por eso nuestra fe
imposible es dejar de ser verdadera, como es imposible la suma verdad de
Dios dejar de ser.
1) La fe, fundamento de todo bien
Esta fe es fundamento de todos los bienes, y la primera reverencia que
el hombre hace al Señor cuando le toma por Dios; y es fundamento tan firme
de todo el edificio de Dios que no le pueden derribar vientos de
persecuciones, ni ríos de deleites carnales, ni lluvias de espirituales
tentaciones, mas entre todos los peligros tiene el ánima en mucha firmeza
como el áncora tiene a la nao en las mudanzas del mar. Y es tanta su firmeza
que las puertas de los infiernos, que son errores y pecados, y hombres malos
y demonios, no prevalecerán contra ella; porque no la enseñó carne ni
sangre, mas el Padre que está en los cielos, a cuyas obras y poder no hay
quien resista. Esta hace a los creyentes hijos de Dios, como dice san Pablo:
Todos vosotros sois hijos de Dios por la fe que tenéis en Jesucristo; y por
ella alcanzan el cielo, pues, siendo hijos, han de ser herederos. Ésta
incorpora al hombre en el cuerpo de Jesucristo, y le hace ser hermano y
compañero de Él, y ser participante en la justicia y merecimientos y bienes
de Cristo, a lo cual no hay igual bien.
2) Es don de Dios
Y cuando hablamos de fe, no entendáis de fe muerta, mas de la viva, la
cual dice San Pablo que es fe que obra mediante el amor. Como cuando
hablamos de hombres o de caballos, no entendemos de los muertos, mas de los
que viven y sienten, y obran obras de vida. Y esta fe no es de nuestras
fuerzas ni se hereda de nuestros pasados, mas obra de divina inspiración,
como lo afirma en el evangelio Jesucristo nuestro Señor, diciendo: Ninguno
puede venir a mí, si mi Padre no le trajere, y yo le resucitaré en el día
postrero. Escripto está en los profetas: Serán todos enseñados de Dios. Todo
aquel que oyó y aprendió de mi Padre viene a mí.
La verdadera fe cristiana no está arrimada a decir: «nací de
cristianos», o «veo a otros ser cristianos, y por eso soy cristiano», y «oyo
decir a otros que la fe es verdadera y por eso la creo»; porque a hombre
principalmente cree, no mirando a Dios. Mas esta otra es un atraimiento
divino que hace el Eterno Padre, haciendo creer con gran firmeza y
certidumbre, que Jesucristo es su único Hijo, con todo lo demás que de él
cree su esposa la Iglesia, en la cual está el verdadero conocimiento y culto
de Dios, y fuera de ella no hay sino error y muerte y condenación. Y el que
así cree es el que oyó y aprendió del Padre, y el que dicen los profetas que
es enseñado por Dios. Y por eso, aunque viese titubear o caer a todos los
hombres, no se turbaría él por las caídas de ellos, pues que no creía por
ellos; mas, arrimándose a Dios, cree su fe con mucho deleite, aun hasta
derramar de buena gana la sangre en confirmación de esta verdad. De la cual
está tan cierto que ni aun por pensamiento cosa contraria le pasa, o, si
pasa, es tan de paso que ninguna pena da en el corazón de quien así cree.
Esta fe debemos pedir con mucha instancia al Señor, si no la tenemos
con la certidumbre ya dicha; o, si la tenemos, pedir que la conserve y
acreciente, como la pedían los apóstoles diciendo: Acreciéntanos, Señor, la
fe. Y si algún rato se atibiare, debemos convertir los ojos del
entendimiento a la cierta y suma verdad de Dios, que es el sol de donde ella
nace, para que sus rayos calienten y alumbren y esfuercen nuestra flaqueza y
tinieblas, y nos confirmen más y más en esta verdad, con condición que,
teniendo esta fe, seamos fieles al dador de ella, conociendo que lo somos
por él, y no por nosotros ni por nuestros merecimientos, como lo amonesta
San Pablo, diciendo: Por gracia sois hechos salvos mediante la fe. Y
entonces no es de vosotros, porque don de Dios es, no de vuestras obras,
porque ninguno se gloríe. De lo cual parece que ningún achaque ni ocasión
pueden tener los hombres vanos para atribuir a sí mismos la gloria de este
divino edificio, que somos nosotros; el cual consiste en fe y caridad, pues
que la fe, que es el principio de todo el bien, es atraimiento de Dios, como
dice el Evangelio, y don gracioso de él, como dice el bienaventurado San
Pablo, y la caridad, que es el fin y perfección de la obra, tampoco es de
nuestra cosecha, mas como dice el Apóstol: es derramado en nuestros
corazones por el Espíritu Santo, que nos es dado.
3) Y obra del libre albedrío
Mas dirá alguno: Pues Dios es el que infunde la fe y caridad, ¿para qué
nos amonesta la Escriptura que creamos y amemos? A esto digo que para que
conozcamos nuestra flaqueza e invoquemos la gracia de Dios, que por
Jesucristo se da. Porque, viendo un hombre que le es puesto un mandamiento
muy alto, y sus pocas fuerzas para cumplillo, aunque, cuando no había
mandamiento, pensaba que podría mucho, mas ya conoce por experiencia su
mucha flaqueza, y acuerda de quitar la confianza de sí, y humillarse a
nuestro Señor, pidiéndole con oraciones devotas que, pues él le puso la ley,
él mismo le dé la gracia y fuerza para cumplirla. No debe, pues, desmayar el
hombre por la grandeza de los mandamientos de Dios, por sentir su
inclinación ser contraria a ellos, mas debe trabajar con ayuno, limosnas y
otros buenos ejercicios, y principalmente con importuna oración a Dios,
invocando el nombre de Jesucristo, su unigénito Hijo, y pedir el don de la
gracia, con que cumpla provechosamente los mandamientos de Dios, como lo
aconseja San Agustín diciendo: «Si no sientes que eres traído de Dios,
suplícale que traya». Y como Dios sea sumamente bueno, da de buena gana su
espíritu bueno a quien se lo pide; y trae para sí al que estaba caído debajo
de la pesadumbre de su propria flaqueza. Y este atraer no es forzar, mas
suavemente convidar, y instigar y mover, de arte que el libre albedrío del
hombre es ayudado por el movimiento de Dios a consentir y a obrar lo que
Dios le inspira; mas no de tal arte forzado, que, si él quisiese contradecir
el llamamiento de Dios, hobiese quien le fuese a la mano. De manera que, si
el hombre consiente, Dios le instigó y le puso gana para consentir, y a él
se debe la gloria; y si no consiente, a su propria flaqueza se ha de
imputar, que quiso con su libertad escoger la peor parte, que fue no seguir
a Dios que le llamaba. Así como si tú quisieses traer hacia ti un hombre, y
le echases cuerdas tirándole hacia ti, no tan recio que lo lleves por
fuerza, mas tirando algún tanto, de manera que, si él quisiere libremente
seguir a tu traimiento, puédelo hacer, y diremos que tú le trajiste, porque
tú le tiraste y fuiste causa que libremente fuese para ti; mas, si él no lo
quisiese hacer, y tirase hacia tras, contradiciendo a tu tirar, podríalo
hacer, y la culpa de ello sería propria suya, sin que de ti se pudiese
quejar. Porque, según dice el Señor: Tu perdición es de ti, y tu remedio
está en mí solamente.
II. ET VIDE
Palabra segunda. Que es ver y que cosa hemos de ver
Si bien habéis oído las palabras ya dichas, veréis cuán necesario es el
oír para agradar a Dios nuestro Señor. Ahora escuchad la segunda palabra,
que dice: Ve. No basta estar atento a las divinas palabras de fuera y
inspiraciones de dentro, que es el oír; mas conviene también tener sano el
otro sentido que es ver, porque no menos son reprehendidos de Cristo los
ciegos que no ven la luz, que los sordos que no oyen.
A) Con los ojos del cuerpo
Mas no penséis que, amonestándoos que veáis, os quiere decir fiestas o
mundo, porque aquel ver, ¿qué otra cosa es sino cegar, pues impide la vista
del ánima? Los ojos del cuerpo basta que miren la tierra, en que se han de
tornar; mas los espirituales pasen adelante y deseen el cielo donde está su
deseo, según dice David: Veré tus cielos, obra de tus dedos, la luna y
estrellas que Tú fundaste. E, si más criaturas quisiere ver, no lo
impedimos, con tal que sea la vista para pasar de ellas a Dios, no para
perder y olvidar a Dios en ellas; porque de esta vista dice David al Señor:
Aparta, Señor, mis ojos, porque no vean las vanidades; en el camino tuyo
anímame. Bien sabía este santo rey que el demasiado mirar es impedimento
para correr con ligereza la carrera de Dios, y suele entibiar el corazón
encendido y por eso dice: Avívame en tu carrera. Porque, según está claro a
los experimentados, cuanto más recogidos tienen estos ojos exteriores tanto
más ven con los interiores, cuya vista es más alegre y más provechosa. Lo
cual es justo que fácilmente crea un cristiano, pues leemos de algunos
filósofos haberse sacado los ojos del cuerpo por tener más recogido su
entendimiento para contemplar. En el cual hecho debemos burlar de su error
en sacarse los ojos, y aprovecharnos de su buen deseo en tener recogimiento
en ellos.
Así con toda guarda debemos guardar nuestros ojos, porque no nos
acaezcan los males que de la soltura suelen venir. ¿De dónde pensáis que
vino la causa de la perdición al mundo? Por cierto, no de más que de una
vista desordenada. MiróEva al árbol vedado, dióle gana de comer de su fruto,
porque le parecía hermoso, comió y hizo comer a su marido y la comida fue
muerte para ellos y cuantos de ellos vinieron. No es cordura mirar lo que no
es lícito desear, como parece en el santo rey David, cuyos ojos se
deleitaron en mirar la mujer que se lavaba en su huerto; y tuvo después que
mirar noches y días, lavando su cama y estrado con lágrimas, en tanta
abundancia que sus ojos estaban carcomidos, como de polilla, de mucho
llorar; y él dice: Arroyos de aguas corrieron de mis ojos, porque no
guardaron tu ley. Buen consejo hobiera sido a sus ojos no deleitarse en lo
que después tan caro les costó, y también lo será a nosotros pecadores, pues
tan livianos somos que, tras los ojos, se nos va el corazón. Pongamos, pues,
un velo entre nosotros y toda criatura, no hincando los ojos del todo en
ella; por ocupallos allí, no perdamos la vista del Criador, quiero decir,
nuestras devotas consideraciones que de Dios teníamos.
Y creed, por cierto, que una de las más ciertas señales de corazón
recogido es la mortificación en el mirar, y del corazón disoluto, la
disolución del mirar. No hay pulso que tan cierto declare lo que hay en el
cuerpo cuanto el ojo declara lo que hay en el ánima, de bien o de mal. Por
lo cual el esposo alaba a la esposa de los ojos, diciendo: Tus ojos son de
paloma, dando a entender que son honestos como los de la paloma, que suelen
ser negros. Miremos, pues, cómo miramos, si no queremos pagar llorando lo
que pecamos mirando.
B) Con los ojos del ánima
E si esto conviene mirar en los ojos de fuera, ¿cuánto más en los
interiores,en los cuales verdaderamente está el bien o el mal mirar, y por
los cuales es uno juzgado que tiene vista o que es ciego? Claro está que los
fariseos a quien Jesucristo nuestro Señor hablaba, ojos tenían en la cara,
mas, porque no veían con los del ánima, llámalos ciegos, y guías de ciegos.
Y, por el contrario, el patriarca Isaac y Tobías muy clara vista tenían en
los ojos del ánima, y por eso poco les dañaba estar ciegos en los ojos del
cuerpo. Porque, como dijo San Antón a un ciego llamado Dídimo, que era muy
sabio en las Escripturas divinas. «No es razón que toméis pena por no tener
ojos del cuerpo, los cuales tienen también los gatos y los perros, y otros
menores animales, pues tenéis claros los ojos del ánima, con los cuales
podéis ver a Dios.»
Pues de esta vista debéis de entender lo que se amonesta en la segunda
palabra, que dice: Ve. Si la queréis cumplir, ojos tenéis que es vuestro
entendimiento, que para ver a Dios os fue dado. No lo hincháis de polvo de
tierra y de honras, ni lo atapéis con gruesos humores de pensamientos de
cuerpo, mas sacudido de estas poquedades, que ocupan la vista, tened vuestro
entendimiento claro, para emplearlo en aquel que os le dio, y que os le pide
para haceros bienaventurados en él. No penséis que os desocupó Cristo en
balde de las ocupaciones del mundo, y hizo que no entrásedes a moler en la
tahona de las cargas del matrimonio, cuyos cuidados suelen turbar los ojos
de quien anda en ellos, si muy especial gracia del Señor no tienen para
cumplir bien con dos partes; mas libertóos el Señor, para que fuésedes toda
suya, y vuestros ojos a Él solo mirasen, como la esposa casta a su solo
esposo suele mirar.
1. Del proprio conocimiento
1) Necesidad del propio conocimiento
Ternéis, pues, este orden en el mirar: que primero os miraréis a vos, y
después a Dios, y después a los prójimos. Miradvos porque os conozcáis y
tengáis en poco; porque no hay peor engaño que ser uno engañado en sí mesmo,
teniéndose por otro del que es. Lodo sois de parte del cuerpo, pecadora de
parte del ánima. Si en más que esto os tenéis, ciega estáis y deciros ha
vuestro esposo: Si te conoces, hermosa entre las mujeres, salte y vete tras
las pisadas de tus manadas, y apacienta tus cabritos par de las moradas.
No hay cosa tan de temer y temblar, como oír de la boca de Dios: Salte
y vete. Porque si la más recia palabra de un padre para su hijo, o marido
con su mujer, que la tiene en grande abundancia, es apartarla de su amparo y
riquezas, diciendo: «Vete de mí, y de mi casa», ¿qué será salirse el ánima y
irse de Dios, sino desterrarse de todos los bienes, y caer en todos los
males? ¿Dónde iremos, dijo San Pedro a Cristo, que palabras de vida tenéis?
¿Dónde iremos, Señor, que fuente de vida tienes, y tú solo la tienes? ¿Dónde
iremos, alegre luz, sin la cual hay tinieblas? ¿Dónde, pan y vino, sin el
cual hay hombre mortal? ¿Dónde, firmísimo amparo, sin el cual la seguridad
es peligro? ¿Dónde irá la oveja, estando en todas partes cercada de los
lobos, si el pastor la desabriga y alanza de sí? Recia palabra es: Salte y
vete. Y semeja aquella que Cristo ha de decir el día postrero a los malos:
Idos, malditos, al fuego que os está aparejado. Otra vez digo que no hay
cosa que más deba temer, ni tanto deba trabajar por evitar quien está en la
abundante y alegre casa del Señor, y debajo de su fortísimo amparo. ¿Cómo
oirán sus ovejas: Salte y vete? Y esta salida no es cosa liviana, mas es
causa de todos los males. Porque, desmamparado el hombre del amparo divino,
¿qué hará, como dice San Augustin, sino lo que hizo San Pedro cuando negó a
nuestro Señor, sin conocer ni arrepentirse del mal que había hecho, hasta
que el amparo y mirar divino tornó sobre Pedro caído en pecado, y olvidado
en él? Y conoció que había hecho mal y haber caído, y que la causa de su
cuidado había sido haber confiado de sí.
De manera que la causa porque el benigno Señor se torna riguroso en
echar de casa sus hijos, es porque no se conocen, atribuyendo a sí los
bienes que de él venían. Así a esta ánima dice el esposo: Salte y vete tras
las pisadas de tus manadas; que quiere decir, que la deja ir perdida,
siguiendo las obras o rastros de los pecadores, que andan juntos en sus
pecados, como manadas, ayudándose en ellos unos a otros. Los cuales también
serán en el día postrero atados como manojos, para ser en el infernal fuego
juntamente quemados los que fueron juntos en los pecados. Dice el esposo a
la tal ánima: manadas tuyas, porque el pecado es de nosotros, no de Dios; y
el bien es de Dios y no nuestro, pues por su virtud lo hacemos. Lo cual Él
quiere muy de hecho que conozcamos ser así, no tanto por lo que a Él toca,
cuya gloria conoce en sí mesmo, aunque nosotros no le glorifiquemos; mas por
lo que toca a nosotros, cuyo bien es muy grande conocer que de todo el bien
que tenemos, no a nosotros, sino a él se debe la honra. Y si de lo que Él
puso en nosotros para su alabanza, queremos edificar ídolo, atribuyendo la
gloria del incorruptible Dios a nosotros, corruptibles hombres, no lo dejará
Él sin castigo, mas dirá: «Razón es que te quedes con lo que es tuyo, y te
pierdes, pues no quesiste permanecer en mí para salvarte.» ¡Oh cuán de
verdad se cumplen en los soberbios estas palabras, y cuán presto de
espirituales se hacen carnales, de recogidos disolutos, de oro lodo; y los
que solían comer con sabor pan celestial, deléitanse después en comer
manjares de puercos, siéndoles cosa muy pesada no sólo obrar las obras de
Dios, más aún oír hablar de Él! ¿Dónde pensáis que ha venido haber sido
algunas personas castos en el tiempo de su mocedad, aunque fueron combatidos
de graves tentaciones, y, venidos a la vejez, haber miserablemente caído en
vilezas tan feas que ellos mismos se espantan de sí y se abominan? La causa
fue que en la mocedad vivían con santo temor y humildad, y, viéndose tan al
canto de caer, invocaban a Dios y eran defendidos por Él. Mas después que,
con la larga posesión de la castidad, comenzaron a engreírse y confiar de sí
mismos, en aquel punto fueron desamparados de la mano de Dios y hicieron lo
que era proprio suyo, que es el caer.
Y entonces se cumple que apacientan sus cabritos, que son sus livianos
y deshonestos sentidos, cerca de las tiendas de los pastores, que son los
cuerpos, porque en ellos están los siervos de Dios como en cabaña de campo,
que presto se muda, y no comen en casa o ciudad de reposo; y así, con mucha
razón, en cuerpos y en cosas de cuerpos apacientan sus sentidos, porque
perdieron por su soberbia el verdadero sentido, sintiendo de sí otra cosa
que es ser nada y pecadores, robando a Dios la gloria que tan de verdad se
le debe a todo lo bueno que, por libre albedrío o por gracia, hemos.
Despertad, pues, doncella, y escarmentad, como dicen, en ajena cabeza,
y aprovechaos de la amenaza, porque no probéis el castigo. Sed semejable a
la esposa, a la cual fueron dichas estas palabras, la cual, oída la palabra,
y de boca de quien son todos los bienes: Salte y vete, miróse, y conocióse,
y quitó de sí algunas osadías que antes tenía. Y hecha humilde con la
reprehensión, consuélala el esposo, diciendo: A mi caballería en los carros
de Faraón te he asemejado, amiga mía. Hermosas son tus mejillas, como de
tórtola. Por la soberbia es una ánima semejable al demonio, el cual, como
dice el evangelio, no estuvo en la verdad, que es Dios, mas quiso estar en
sí, poniendo a sí por su arrimo y descanso. Por eso cayó; porque la criatura
no puede estar en sí, sino en Dios. Mas por el conocimiento de sí es un
ánima semejable a los buenos ángeles, que se arrimaron a Dios y desasiéronse
de sí; porque se veían ser caña quebrada. Y túvolos Dios, y confirmólos,
porque dieron voces diciendo: Michael?, que quiere decir: ¿Quién como Dios?,
en lo cual contradecían al malaventurado Lucifer y los suyos, que se querían
hacer ídolos, atribuyendo a sí lo que era de Dios, que es ser principio,
arrimo y descanso de toda criatura; no porque éstos creyesen que lo podían
ser, pues que se conocían ser criaturas; mas porque se deleitan en ello,
como si lo tuvieran, como suelen hacer los soberbios, que, aunque su boca y
entendimiento diga a voces que de Dios tienen y esperan todo su bien, más
con la voluntad ensálzanse y gózanse vanamente en sí mismos, como si de suyo
tuviesen el bien; confesando con el entendimiento que la gloria se debe a
Dios, y robándosela con la voluntad. Mas los buenos ángeles claman con el
entendimiento y voluntad: ¿Quién como Dios?, porque de corazón se humillaron
y desestimaron, según por el entendimiento lo conocían. Y por esto fueron
ensalzados a ser participantes de Dios. Pues a esta caballería, que es el
angélico ejército, que destruyó a Faraón y sus carros en el mar Bermejo,
asemeja Cristo a su esposa cuando se conoce y se mide por cosa baja.
Y alábale las mejillas donde suele estar la vergüenza, porque hubo
vergüenza la esposa de la tal reprehensión, por haber perdido cosas mayores
que a su poquedad convenían; y de mejillas deslavadas tornáronsele
vergonzosas y honestas, como de tórtola, que es ave honesta. Y por eso decía
aquel devoto Bernardo que había hallado por experiencia no haber cosa tan
provechosa para alcanzar y conservar la gracia, y recobrarla, como vivir
siempre en un temor y santo recelo. Recelo cuando no la tenemos, porque
estamos aparejados a todas caídas; recelo cuando la tenemos, porque hemos de
obrar conforme al talento que nos es dado con ella; más recelo cuando la
perdemos, porque por nuestro descuido se ha ido nuestro favor. Y por eso
dice la Escriptura: Bienaventurado el varón que siempre está temeroso.
De lo ya dicho, y de muchas otras cosas que los santos dotores han
hablado en alabanza del proprio conocimiento, veréis cuán necesaria es
aquesta joya para venir al conocimiento de Dios. Y pues queréis edificar
casa en vuestra ánima para este tan alto Señor, sabed que no los altos, mas
los hum |