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LA PASIÓN DEL SEÑOR

LUIS DE LA PALMA

 

PREAMBULO

DESPUÉS DE LA RESURRECCIÓN DE LÁZARO

DEL DOMINGO DE RAMOS AL MIERCOLES SANTO

SE REUNEN EN CONSEJO CONTRA EL SALVADOR, Y JUDAS LE VENDE

JUEVES SANTO

El Salvador llega a Jerusalén para celebrar la Pascua

El Salvador lava los pies a sus apóstoles

El Señor instituye el Santísimo Sacramento

Jesús dice a Juan quién es el traidor

Jesús se despide de su Madre

El Señor sale hacia el Huerto de los Olivos

El Señor busca el consuelo de sus amigos

La tristeza de nuestro Salvador

Tanto fue su dolor como su amor infinito

El Salvador hace oración en el Huerto

Sudor de sangre

Jesús es entregado y preso

El Salvador es presentado a los pontífices

Los sacerdotes condenan al Salvador y le llaman blasfemo

Pedro dice que no conoce a Jesús

Cristo padeció por los hombres con amor

VIERNES SANTO

Jesús, condenado a muerte, es entregado a Pilatos

Judas se ahorca

Pilatos recibe al Salvador

Herodes se burla de Jesús como si estuviera loco

Pilatos juzga otra vez a Jesús inocente

Prefieren a Barrabás que a Jesús

Pilatos manda azotar al Salvador

Los soldados se burlan del Señor

Pilatos presenta al Salvador al pueblo y piden su muerte

Pilatos habla otra vez con Jesús para librarle de la muerte

Pilatos sentencia a muerte al Salvador

Llevan a crucificar a Jesús con su cruz a cuestas

Jesús se encuentra con su Madre

Jesús llega al Calvario

La crucifixión del Señor

El Salvador es crucificado entre dos ladrones

Los judíos y romanos se burlan del Salvador

Jesús crucificado es el ejemplo de los cristianos

Jesús ante su Padre Dios

Padre, perdónales

Hoy estarás conmigo en el Paraiso

Se extendieron las tinieblas sobre la tierra

Su Madre se acercó a la cruz

“Esta es tu Madre”

Jesús en la cruz se ofreció por cada uno de nosotros

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

“Tengo sed

“Consummatum est”

“¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!”

Después de la muerte del Salvador

Atravesaron su costado con una lanza

De su costado abierto salió sangre y agua

Pilatos permite que bajen a Jesús de la cruz

Sepultan el cuerpo de Jesús

El Señor baja a librar las almas de los justos

SABADO  SANTO

La Virgen María espera la Resurrección de su Hijo

 

PREAMBULO

 

DESPUÉS DE LA RESURRECCIÓN DE LÁZARO

 

            La Pasión y Muerte con que nuestro Rey y Salvador Jesucristo dio fin a su vida y predicación en el mundo es la cosa más alta y divina que ha sucedido jamás desde la creación. Vivió, padeció y murió para redimir a los hombres de sus pecados y darles la gracia y la salvación eterna. Por cualquier parte que se mire es así, por parte de la persona que padece o mirando la razón por la que sufre es tan grande el misterio que nada igual puede ya suceder hasta el fin del mundo.

            Para mayor claridad, me parece conveniente exponer antes de un modo breve el motivo por el que los pontífices y fariseos determinaron en consejo dar una muerte tan humillante a un Señor que, aunque no se quisiera ver lo demás, fue, innegablemente, un gran profeta y un gran bienhechor de su pueblo.

            Fue tan evidente y se divulgó de tal modo el milagro de la resurrección de Lázaro, fue tanta su luz, que aquellos judíos acabaron por volverse ciegos del todo. Aunque “muchos creyeron”, otros, movidos por la envidia, fueron a Jerusalén para contar y murmurar de lo que en Betania había sucedido. Por este motivo “se reunieron los pontífices y fariseos en consejo”, y decidieron poner fin a la actuación del Señor porque, de no hacerlo así, “todos creerían en Él”, y decidieron poner fin a la actuación del Señor porque, de no hacerlo así, “todos creerían en Él”, y los romanos podrían pensar que el pueblo se amotinaba y se rebelaba contra ellos y, en represalia, “destruirían el Templo y la ciudad”.

            Con este miedo, o quizá disimulando su envidia y su odio hacia Jesús con falsas razones de interés público, no encontraron otro camino para atajar aquellos milagros que acabar con Él y, así, decidieron dar muerte al Salvador. El Espíritu Santo movió a Caifás, por respeto a su oficio y dignidad de sumo sacerdote, quien promulgó la resolución a la que había llegado el Consejo: “Es conveniente que muera un hombre solo para que no sea aniquilada toda la nación”. “Y este dictamen no lo dio él por cuenta propia, sino que, como era pontífice aquel año, profetizó que Cristo nuestro Señor había de morir por su pueblo: y no solamente por el pueblo judío, sino también por reunir a las ovejas que estaban disgregadas” y llamar a la fe a los que estaban destinados a ser “hijos de Dios”. Desde este día estuvieron ya decididos a matarle; y como si fuera un enemigo público, hicieron un llamamiento general diciendo que “todos los que sepan dónde está lo digan, para que sea encarcelado” y se ejecute la sentencia.

            Queda bien patente la maldad de estos llamados jueces, porque primero dieron la sentencia, y sólo después hicieron el proceso. Dieron la sentencia de muerte en este Consejo y el acusado estaba ausente, no le tomaron declaración ni le oyeron en descargo del delito que se le imputaba; y es que solamente les movía la envidia por los milagros que el Señor hacía, y el miedo a perder su posición económica y su poder político y religioso.

            Después, en el proceso, aunque hubo acusadores y testigos, y le preguntaron sobre “sus discípulos y su doctrina”, todo fue un simulacro y una comedia: forzaron las cosas de tal modo que coincieran con la sentencia tomada de antemano. Así suelen ser muchas veces nuestras decisiones: nacen de una intención torcida, y luego intentamos acomodar la razón para que coincida con ella.

            Al saber el Salvador esta sentencia y el tipo de orden de encarcelamiento que los pontífices dieron contra El para que cualquiera tuviera obligación de acusarle, “se escondió, por la parte cercana al desierto, en una ciudad llamada Efrén, y allí se estuvo con los discípulos”. Quiso dar tiempo a que llegara el día señalado por su Padre Eterno: con esto nos dio también ejemplo a nosotros de que es necesario prepararse antes de morir. Estos días el Salvador pensaría en su muerte, ya tan cercana para El. Sus discípulos se entristecerían, y El les hablaría del cielo y  les animaría a tener fe.

            Llegó el día señalado, y el Señor salió del desierto y de Efrén hacia la Ciudad Santa, para padecer y morir en ella. Y caminaba con tanta prisa y decisión que llevaba a todos la delantera, de modo que los mismos discípulos “estaban admirados” de su comportamiento, porque ellos tenían miedo.

            Durante el viaje reunió a los doce y, en privado y a solas, les hizo saber las injurias, la tortura y la muerte que les esperaba en Jerusalén.

            Poco después escuchó la petición de la madre de los hijos de Zebedeo, que pretendía para ellos los dos mejores puestos en el reino de Dios.

            Siguieron caminando y, al llegar a Jericó, dio la vista a un ciego que se lo pedía a gritos. Entraron en la ciudad y fue a hospedarse a casa de Zaqueo, invitándose Él mismo; se dio a conocer a aquel hombre que tanto deseaba conocerle y convidarle, y, con su presencia, “trajo la salvación a toda aquella casa”, pues Zaqueo, pecador y jefe de publicanos, se convirtió. Al salir de Jericó le seguía mucha gente y, como de paso, sanó a otros dos ciegos que desde el borde del camino, al oír que pasaba, le suplicaban a gritos que se compadeciese de ellos. Mientras iba a padecer y a morir, por cualquier lugar donde pasara hacía favores, se compadecía de todos, dejaba señales y huellas de quien era.

            Terminado su viaje, llegó a Betania “seis días antes de la Pascua”. El Señor solía hospedarse habitualmente en este pueblo, donde tenía muchos conocidos y amigos; por otra parte, como era tan reciente el milagro de la resurrección de Lázaro, todos deseaban convidarle y agradecérselo; pero era sábado.

 

DEL DOMINGO DE RAMOS AL MIERCOLES SANTO

 

            Al día siguiente, domingo, salió el Salvador de Betania y fue a Jerusalén, donde se le tributó aquel solemne recibimiento de los ramos, y se le aclamó como hijo de David. Toda la gente “iba diciendo cómo resucitó a Lázaro cuando estaba en la sepultura, y ésta fue la razón por la que salieron a recibirle”. Cerca ya de Jerusalén, “al ver la ciudad, lloró sobre ella”, y anunció la destrucción que iba a sufrir como castigo, por no saber a tiempo lo que de verdad le hubiera traído la paz.

            Con el alboroto y ruido de esta entrada solemne del Señor “toda la ciudad se puso en pie”; y se preguntaban unos a otros: “¿Quién es éste?”. Jesús, que había sido aclamado como rey, entró en el Templo y, como Rey de Misericordia, “curó a todos los ciegos y cojos que allí estaban”. También esto fue un nuevo motivo de disgusto e indignación por parte de sacerdotes y escribas: le acusaban de que permitiera a los niños vitorearle como hijo de David, de que no hiciera callar a los que creían en Él y le llamaban rey de Israel. El Salvador no les hizo caso; les dijo que, aunque callaran los hombres, “las mismas piedras hablarían”. El Señor oía complacido las voces de los niños porque “de su boca saca Dios las alabanzas”. Después de toda esta fiesta, “como era ya tarde, mirándolos a todos” y no habiendo nadie que le invitase a cenar ni a dormir, se volvió con sus discípulos a Betania aquella noche.

 

* * *

 

Al día siguiente, lunes, salió el Señor de Betania por la mañana para volver a Jerusalén. “Sintió hambre”, y vio a lo lejos una higuera junto al camino, toda verde y llena de hojas; se acercó “por si veía algo que comer” y no encontró más que hojas. Entonces maldijo a la higuera: “Que nunca más des fruto y nadie coma ya de ti” y los discípulos lo oyeron. Llegó a la Ciudad, entró en el Templo, y “echó de allí a los que vendían y compraban, y tiró las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas”, e impidió con gran energía “que cruzase nadie con ninguna cosa por el Templo”. No pudieron vencer la fuerza y majestad con que había actuado, pero redoblaron su odio contra El y “buscaban el modo de quitarle la vida porque estaban asustados de que tanta gente del pueblo le siguiera, y escuchara su doctrina con admiración”. “Al hacerse tarde, salió de la Ciudad y fue al Monte de los Olivos”, como solía hacer por las noches. Luego fue a Betania, que está en la falda de este monte.

 

* * *

 

            “Al día siguiente por la mañana”, martes, volvió a la Ciudad. Pasó por el mismo camino de antes, y los discípulos vieron que la higuera maldita se había secado. El Señor no maldijo la higuera en un momento de ira ni tampoco lo hizo como castigo, “porque no era tiempo de higos”; el Señor lo hizo simbolizando con eso a la sinagoga judía, llena de verdes hojas de apariencias y ceremonias, pero sin el fruto que esperaba de ella el que la plantó; y era tiempo ya, y tenía obligación de llevar fruto, por eso quedó maldita y seca para no dar fruto nunca jamás.

            Llegó al Templo y le rodearon los escribas, fariseos, sacerdotes y ancianos. Le hicieron preguntas y les respondió; lo que había ocurrido con la higuera se lo aplicó a ellos, y les dio a entender que iban a ser maldecidos por Dios. Luego: con mucha claridad, les reprendió duramente por sus abusos y pecados. Y se despidió de ellos con unas palabras muy tristes: “Vuestra casa quedará desierta”, que es lo mismo que decir: vuestro Templo se quedará muy pronto sin morador, porque Dios se irá de él, y, como toda casa abandonada y vacía, se vendrá abajo. “Os digo de verdad, que no me veréis ya más hasta que digáis: Bendito sea el que viene en nombre del Señor”: les emplazó para el último día del juicio, donde, por grado o por fuerza, todos reconocerán la divinidad de Jesucristo. Después los dejó y se fue del Templo. Era el martes por la tarde.

            Quizá saliera del Templo indignado ante la dureza de la gente de su pueblo; los discípulos, que habían estado presentes y oído todo, “se acercaron” suavemente al Señor y “le enseñaban” e indicaban que mirase el imponente edificio del Templo y su riqueza. El Salvador les respondió otra vez que sería destruido, “y no quedará ni una piedra sobre otra”. Siguieron caminando y, “sentados en el Monte de los Olivos”, de cara a la Ciudad y al Templo, “le volvieron a preguntar sobre el tiempo en que todo eso iba a suceder, y también por las señales de su última venida”. El Salvador les habló del juicio final y de los signos anunciadores de aquel día. Terminó su explicación diciendo: “Dentro de dos días” me matarán en la cruz.

 

* * *

 

            Parece que al día siguiente, miércoles, el Señor se quedó en Betania todo el día, porque no se sabe que volviese a Jerusalén hasta el jueves en que fue a celebrar la Pascua.

            Aquella noche en Betania ocurrió una cosa que acabó por perder a Judas. Prepararon un banquete “a Jesús; Lázaro era uno de los invitados que se sentaron a la mesa”, sin duda para dar un más claro testimonio del milagro, y honrar así al Señor. “Había venido mucha gente de Jerusalén, no sólo por ver a Jesús, sino también para ver a Lázaro”. Las dos hermanas de Lázaro, Marta y María, fueron también al banquete, y cada una demostraba a su manera lo agradecidas que estaban al Señor.

            Marta, aunque estuviera en casa ajena, en casa de Simón el leproso, quiso servir la cena ella misma, y traía la comida y servía los platos; y, llena de alegría, se ocupaba de servir al Señor.

            María guardaba un frasco de perfume “muy bueno, y de mucho precio” porque “era de nardo auténtico”; y no era una cantidad pequeña, sino “una libra” entera. Aquello le pareció a Judas un despilfarro intolerable. Pero a María todo lo que fuera para el Señor le parecía poco; así que: entró en el comedor, “perfumó los pies de Jesús y se los secó con sus cabellos”. Es de suponer que también le besaría los pies. Después se levantó y, como si quisiera demostrar la grandeza de su amor y lo poco que le importaba gastar su perfume, “quebró el frasco, que era de alabastro, y lo derramó todo sobre la cabeza de Jesús, y toda la casa se llenó de olor del perfume”.

            Jesús lo agradeció mucho a María, por el amor que le demostraba y también por hacerlo tan oportunamente: estaba tan cercana la muerte del Salvador que esa unción casi pudo servir para su sepultura, como era costumbre enterrar entre los judíos. El Señor quiso dar a entender esto al defender tan cortésmente a María: “¿Por qué molestáis a esta mujer?” con vuestras murmuraciones. “Está muy bien lo que ha hecho conmigo: se ha adelantado a ungir mi cuerpo para la sepultura. Y os digo que en cualquier parte del mundo en que se predique este Evangelio, se hablará también de lo que  ella ha hecho, en recuerdo suyo”.

            Judas, a pesar de haber motivos más que suficientes para alabar a María y para alegrarse de que hubiera honrado así al Maestro, no pudo soportar que se echase a perder un perfume tan caro, y dijo que con lo que valía podían haber resuelto las necesidades de muchos pobres. Pero en realidad decía esto no porque “le importaran los pobres, sino porque era ladrón y, como llevaba la bolsa, hurtaba de lo que echaba en ella”; por eso hubiera preferido que el dinero que valía el perfume se echara en su bolsa. Lo que hace el mal ejemplo: los apóstoles también murmuraron, no con la misma malicia que Judas, pero sí movidos por las aparentes razones que él dio en favor de los pobres. Suele suceder así: por ignorancia muchas veces se defiende la maldad.

            Judas estaba ya en contra del Salvador y de la doctrina que predicaba. Parece -como hemos visto- que la perdición de este hombre empezó por la codicia; llevaba él la bolsa del dinero que daban al Salvador y, como “era ladrón..., hurtaba de lo que echaba en ella” para sus gastos personales. Al acostumbrarse a esa situación, poco a poco llegó hasta odiar a Jesús, que enseñaba el amor a la pobreza y condenaba la codicia.

            Endureció su corazón de tal manera que culpaba al Señor de su propia inquietud y malestar, murmurandode Él y censurando todo lo que hacía en vez de reconocerse a sí mismo culpable; hasta que por fin, dejó de creer en Él: calificaba su doctrina de embuste y mentira; y a sus milagros, de hechicerías; y hacía daño a los demás con sus palabras y su mal ejemplo. En aquella predicación en que Jesucristo prometió dar a comer su Cuerpo y a beber su Sangre, Judas debió de ser, es probable que lo fuera, uno de los principales murmuradores: “Es demasiado duro este discurso, ¿quién es capaz de seguir escuchándolo?”. Debió de ser el cabecilla de aquel revuelo, motivo por el que muchos discípulos se volvieron atrás y abandonaron la doctrina del Salvador; porque, entre otras cosas, Jesús había dicho en ese discurso: “Hay algunos entre vosotros que no me creen”; y afirma el evangelista San Juan que el Salvador dijo esto porque “sabía desde el principio quiénes eran los que no creían, y quién era el que le había de traicionar”. Sin embargo, Judas se quedó disimulado, por decirlo así, entre los apóstoles. El Señor sabía bien que Judas era tan desleal y tan incrédulo como los que le habían abandonado, pero a pesar de eso, y para no humillarle delante de los otros, preguntó a los doce: “¿Es que os queréis ir vosotros también?” Y Pedro, que pensaba que los demás eran tan nobles como él, respondió por todos: “Señor, ¿a quién vamor a ir? Tus palabras son vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios” Y el Salvador, al responder, dio otra oportunidad a Judas para que se arrepintiera: “¿No os elegí Yo a los doce? Sin embargo, uno de vosotros es un demonio” Y a este demonio tuvo que sufrir el Salvador mucho tiempo todavía, y lo hizo con paciencia y cariño, y mantuvo el secreto de su traición hasta que, de hecho, le entregó.

 

SE REUNEN EN CONSEJO CONTRA EL SALVADOR, Y JUDAS LE VENDE

 

            Los sacerdotes principales y los ancianos del pueblo, indignados porque días antes el Salvador les había reprendido con dureza por sus vicios y errores, se habían reunido otra vez en el Palacio del Pontífice, que se llamaba Caifás, y tomaron dos determinaciones: prender a Jesús sin violencia ni publicidad, y hacerlo después de la Pascua; esto último no porque tuvieran en cuenta que iba a ser un día de fiesta importante, sino porque vendría mucha gente a Jerusalén que conocía a Jesús, y que había recibido favores de El y le querían y, si llegaban a saber que estaba preso, quizá se amotinaran y le libertaran. Pero todo lo hicieron al revés: prendieron al Salvador con violencia y a mano armada, y le mataron durante la fiesta. Es evidente que los propósitos humanos son nada frente a las decisiones de Dios. El motivo por el que cambiaron la determinación que habían tomado, pudo muy bien ser éste: Judas.

            Judas estaba ya sólo con el cuerpo entre los apóstoles, porque en su interior se había puesto de parte de los enemigos de Cristo. Salió tan enfadado del banquete de Betania porque, además, sabía que los fariseos buscaban a Jesús para matarle, y pensó que no le convenía en esas circunstancias seguir apareciendo como discípulo del Señor; así que decidió asegurarse y ganar de una sola jugada amigos poderosos y dinero. “Se fue entonces a hablar con los sacerdotes principales” y, por lo que parece, les animó en sus planes de matar al Salvador, diciendo que él había vivido largo tiempo con El y que merecía la muerte que pretendían. Se ofreció como aliado, y hasta les prometió entregarles a Jesús si le pagaban.

            “Se alegraron” mucho de que también Judas, un discípulo, le juzgara como ellos. Prometieron pagarle treinta monedas de plata, y Judas consideró que era suficiente ese precio para vender al Señor, Divina Majestad. Traidor a Dios, Justicia y Verdad, fue fiel a los enemigos de Dios, a la injusticia y a la mentira; y “desde aquel momento andaba buscando la ocasión oportuna para entregarle”.

            Pero Jesucristo se entregó a la muerte porque quiso, y no fue la violencia o el engaño lo que le puso en la cruz, sino su libre voluntad. Por eso, cuanto más se acercaba el momento de su muerte, también El se había ido acercando al lugar de su Pasión. Vimos cómo había llegado a Jerusalén en la Fiesta de los Ramos, y cómo en los días siguientes hizo algunas idas y venidas desde Betania al Templo y a la Ciudad. Después, como punto final de su predicación, avisó a sus discípulos del día, tan próximo ya, de su humillante muerte; parece como si, cumplido su oficio de Maestro, les anunciara el comienzo de su tarea de Redentor. “Sabéis bien -les había dicho- que dentro de dos días es la Pascua; quiero haceros saber que, ese mismo día, voy a ser entregado a los judíos y gentiles para que me crucifiquen”

 

* * *

 

            Estas son las cosas que me ha parecido necesario resumir previamente para, así, poder entender con más claridad la historia de la sa+++grada Pasión.

 

JUEVES SANTO

 

            Por la mañana del jueves, primer día de los panes ácimos, estando el Salvador en Betania o quizá ya camino de Jerusalén, los discípulos le preguntaron dónde le gustaría que prepararan lo necesario para preparar la Pascua. El Salvador encargó a Pedro y a Juan de los preparativos, y les dijo: “Adelantaos vosotros dos a Jerusalén y, al entrar, encontraréis un hombre con un cántaro de agua en la cabeza; seguidle hasta la casa donde vaya, y al dueño le dais este recado de mi parte: El Maestro te envía a decir: El momento está muy cerca, quiero celebrar en tu casa la Pascua con mis discípulos. Y él os enseñará una sala grande, amueblada; preparad allí las cosas”, y sucedió como el Salvador les había dicho; y prepararon lo necesario para la fiesta en casa de aquel hombre afortunado a quien Jesús, con un recado tan amistoso, pidió su casa.

 

El Salvador llega a Jerusalén para celebrar la Pascua

 

            Después, llegó el Señor “con los otros discípulos” a Jerusalén y fue a casa de su amigo, que le estaba esperando. Encontraron todo preparado: el cordero, las lechugas amargas, los panes sin levadura, los bastones y las demás cosas necesarias para celebrar la Pascua[1]. A la hora indicada inició el Señor la ceremonia: sacrificaron el cordero, rociaron con su sangre el umbral de  la casa, y lo asaron al fuego; luego el Señor se calzó, se ciñó el vestido, tomó el bastón y se puso en pie junto a la mesa, y los apóstoles hicieron lo mismo: después comieron el cordero con pan sin levadura y lechuga amarga, de pie y de prisa, como quien está de paso. Los judíos hacían todo esto en recuerdo de su liberación y salida de Egipto, y era también como una figura o símbolo de la liberación del pecado que habíamos de conseguir gracias a la sangre derramada por Jesucristo Nuestro Salvador, en aquel momento, y con una gran entereza, estaba comenzando su Pasión.

            Terminada la ceremonia, dejaron los bastones y se sentaron a la mesa para la cena ordinaria. Mientras comían, el Salvador, con toda su ternura, puso de manifiesto el tremendo amor que sentía por sus apóstoles, diciéndoles cuánto había deseado cenar con ellos antes de morir. “He deseado ardientemente comer esta Pascua con vosotros antes de padecer”. El misterio que iba a suceder en aquella cena era tan grande, que necesitaba para realizarse del infinito deseo del Hijo de Dios. Les dijo también que aquélla era su última cena, y que ya no cenaría más con ellos hasta que sen viesen juntos en el Banquete del Cielo, donde todo deseo se cumple. “Vosotros habéis estado conmigo y no me habéis abandonado en los momentos de prueba”, por eso estaréis también conmigo cuando yo triunfe: “Yo dispongo que mi reino sea para vosotros, como mi Padre ha dispuesto que su reino sea para Mí, para que os sentéis conmigo a mi mesa y comáis y bebáis; y luego os sentaré sobre tronos como jueces de las doce tribus de Israel”. Esto decía el Salvador a sus amigos, consolándoles, porque quedaban huérfanos, y les prometía una gran herencia para después de su muerte.

            Judas estaba entre ellos disimulando su traición. Y el Salvador, con su inimitable misericordia, comía a la mesa y en el mismo plato con un hombre de quien sabía que trataba de venderle, y que había señalado ya el precio, y que no pensaba en otra cosa sino en encontrar la ocasión oportuna para entregarle. El Señor, para hacerle ver que sabía su secreto, que iba a morir voluntariamente, y para ablandar su corazón, se quejó: “Ciertamente os digo que uno de vosotros me va a traicionar”. Al oír esto, todos se entristecieron, y se miraban unos a otros asustados; y examinaban su propia conciencia por ver si había en ella algún rastro de esa traición. Aunque su conciencia no les acusara, por temor y para tranquilizarse a sí mismo y a los demás, cada uno preguntaba con humildad: “Señor, ¿soy acaso yo?”

            Siguieron cenando: estaban trece a la mesa y, es probable, mojarían el pan tres y hasta cuatro personas en un mismo plato.Los apóstoles insistían al Señor para que dijese quién era el traidor, y les librase así de la sospecha de los demás y de su propio temor. Pero el Salvador quería salvar a Judas, y no descubrió del todo el secreto, no fuera a ocurrir que el odio de sus compañeros terminara de hundirle del todo. Jesús, al contrario, recalcó más la amistad, que despreciaba Judas con su traición: “De verdad os digo que el que me ha de vender” no sólo está a la mesa conmigo, sino que “moja en pan en mi mismo plato. “El Hijo del Hombre sigue su camino” hacia la cruz; pero va porque quiere, y por obedecer a su Padre, y para salvar a los hombres; “así está escrito; pero ¡desdichado del que entrega al Hijo del Hombre!”; ahora se cree que triunfa y que va a ganar amigos y dinero, pero en realidad va hacia el tormento eterno, tan grande, que “más le valiera no haber nacido”...

            Judas, al verse descubierto, y que la señal de mojar en el plato iba por él, con tan poca vergüenza en la cara como poco era el temor de Dios que tenía en el corazón, preguntó: “¿Soy yo acaso, Señor?” Y el Salvador, en voz baja, para que los demás no lo oyeran, respondió: “Tú lo has “dicho, que según el modo de hablar de los hebreos es lo mismo que decir: Sí.


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