[¿?] página principal

 

Dudas y textos

Recursos para la formación católica 

Escríbeme

Quiénes somos

Mi perfil de facebook

Benedicto XVI

 Juan Pablo II

Clásicos de espiritualidad

Obras actuales variadas

Sobre el Opus Dei

 Oraciones y Biblia

Más magisterio de la Iglesia y Teología

Recursos formativos

Noticias

Citas escogidas

Imágenes

Enlaces

 

 

 

 

La oración incesante

Jean Lafrance

 

Introducción del libro DÍA Y NOCHE

Ediciones Paulinas. Madrid 1993. Págs. 7-17

 

He vacilado mucho en decidirme a escribir estas páginas, aunque hacía unos meses que el título se me había impuesto. La vacilación se debía a que no sabía qué género asignarles.

¿Debía compartir una experiencia de oración que forzosamente había de tener connotaciones personales, y por tanto autobiográficas, o convenía escribir un libro de carácter más bien general sobre la oración incesante, según las palabras de Lucas?

La cuestión era para mí más crucial porque acababa de someterme a una segunda intervención quirúrgica y me sentía incierto sobre mi porvenir.

En aquel momento sentía el deseo de dar a conocer "la esperanza que llevaba dentro" y decirles a mis hermanos por qué había deseado consagrar toda mi vida a la oración. Al mismo tiempo están también las palabras de Jesús que llaman la atención de sus discípulos sobre la necesidad de mantener su oración en secreto y oculta, a pesar de que en otra parte afirma que hay que poner la lámpara sobre el candelero a fin de que los que entran vean la luz. Y añade: Porque nada hay oculto que no sea descubierto, ni secreto que no sea conocido y puesto en claro (Lc 8,17).

Como siempre en caso de duda, no sabiendo dónde encontrar la luz, he recurrido a lo que hago habitualmente: "mi oración", a fin de recibir de lo alto la decisión que he de tomar. Como san Ignacio, he dirigido numerosas oraciones a la Santísima Trinidad y a cada una de sus personas. He rezado mucho también a la virgen María en el rosario, con la absoluta seguridad de que ella se dignaría escucharme no obstante mis muchos pecados. Poco a poco se ha hecho la luz, y he sentido que había llegado el momento de escribir. No por ello se había desvanecido la vacilación; no obstante, veía lo que debía decir, que tenía tanto de testimonio como de enseñanza.

Ante todo me pareció que las palabras de Lucas citadas como lema contenían la clave de mi existencia. Varias veces, al recitar el oficio del tiempo ordinario habían calado en mí cuando las leía antes del salmo 53 (martes de la 2ª. semana a mitad del día). ¿Y no hará justicia Dios a sus elegidos, que claman a él día y noche? (Lc 18,7). ¡De ahí había nacido el título!

Estaba persuadido de que debía contarme entre los hombres que claman a Dios día y noche. Lo mismo hubiera podido decir -y me sentía ahí más en lo cierto-: ¿No tendrá Dios misericordia de los pecadores que claman a él día y noche? Pues sentía que era pecador y que tenía necesidad de misericordia más que de justicia. Al mismo tiempo, el final del texto me daba aún más la clave de mi vocación a la oración, pues sentía que era más urgente todavía interceder por todos mis hermanos los hombres, a fin de que el Hijo del hombre encuentre fe cuando vuelva a la tierra.

 

UN ITINERARIO

Esta llamada a interceder por mis hermanos, y en especial por todos los hombres, data sólo de hace unos años. Si hubiera de resumir en unas líneas la andadura de mi oración y, por tanto, esbozar la historia de mi vida, pues mi oración se confunde con mi existencia, diría que al principio, en los años de la infancia, me sentí atraído sobre todo por las "cosas religiosas". Luego, muy pronto, en la adolescencia y durante mi vida de profesor, fue el aspecto de la vida solitaria lo que me fascinó. Había leído por entonces La vida oculta en Dios, de Robert de Langeac, y me había reconocido en aquel hombre que quería ser una persona de oración y orar por las almas interiores.

Cuando miro hoy, en la perspectiva del tiempo, mi entrada en el seminario, tengo que confesar que fue el atractivo de la vida de oración mucho más que el sacerdocio lo que motivó mi vocación. Y no lo lamento; pues, poco después de mi ordenación, el Señor, a través de la Iglesia, me asignó un ministerio que me permitía orar y enseñar la oración. Recuerdo, sin embargo, muy bien que, después de mi primer libro, Aprender a rezar con sor Isabel de la Trinidad, mi superior me dijo: "Ese no es un estilo de oración para sacerdotes diocesanos". Y en parte tenía razón. Pero, ¿qué otra cosa podía hacer yo si me sentía llamado a aquella vida de oración según el Carmelo?

Debo reconocer también que los ejercicios hechos con el padre Laplace (4 días, 8 días, 10 días y 30 días) me iniciaron en la espiritualidad y en la oración ignaciana, centrada en la contemplación en la acción. A ello se debe que todos mis retiros presenten el esquema y la estructura de los Ejercicios. Mis maestros de oración han sido sobre todo san Ignacio y los santos del Carmelo.

 

ZONA DE TURBULENCIA

Brevemente, y para no extenderme, debo decir que hacia los cuarenta años entré en un período de gran turbulencia, como dicen los aviadores, período que se prolongó una docena de años. Fue entonces cuando descubrí la oración de súplica bajo la presión "atmosférica" de la tribulación y de la gracia. El descubrimiento no lo hice solo; mi director espiritual, el padre Marie-Dominique Molinié, fue mi iniciador. Debo confesar aquí que, después del Espíritu Santo, cuanto sé de la oración de súplica y de intercesión me viene de él, tanto de sus enseñanzas orales como de sus escritos. Una vez que se ha sumergido uno en la súplica hasta el cuello, no se puede menos de enseñarlo, de repetirlo oportuna e importunamente, hasta romper los tímpanos de los oyentes.

Unas palabras pusieron fin a este período de turbulencia: "Te curaré por la oración, y únicamente por la oración". No me pronuncio sobre el origen de estas palabras que surgieron en mí en el momento en que menos lo pensaba. Lo cierto es que progresivamente, incluso rápidamente, me encontré en una zona atmosférica mucho más serena y tranquila. Pero si las pruebas morales y espirituales tocaban a su fin, no podía imaginarme que me esperaban grandes sufrimientos físicos. Es curioso; unas horas antes de escribir esto, una religiosa me decía: "El que ha escrito sobre la oración debe rezar mucho y esperar sufrir mucho". Es exactamente lo que decía santa Rosa de Lima a su médico Castillo: "Cuanto más aumentan los carismas en un hombre, más aumentan las cruces al mismo tiempo". Yo no creo haber tenido carismas; en cuanto a cruces, me parece que he tenido mi ración.

 

LAS HERIDAS

Tampoco aquí quiero entrar en detalles, pero la extracción de un pulmón y las sesiones de rayos que siguieron me hicieron sufrir mucho. Comprendo las palabras de Teresa de Lisieux: "Sufrir pasa, pero haber sufrido queda". Por no hablar de la angustia moral de quien ha tenido un cáncer y siente perpetuamente sobre su cabeza la espada de Damocles. Unas palabras me sostuvieron durante aquellos meses de prueba; las escribió la madre Marie-Denyse, antigua superiora general de las religiosas de la Asunción. Después de haber pasado varios meses internada en un hospital de Burdeos, sabía que padecía una leucemia, a la que sobrevivió aún cuatro o cinco años. En sus notas escribió: "No se muere de enfermedad, sino que se muere porque Dios dice: 'Te ha llegado la hora; ven"'. Teresa de Lisieux dijo unas palabras muy parecidas.

¿Necesito decir que en aquellos momentos supliqué? Por lo demás, la súplica se había convertido en algo instintivo en mí. Cuando se ha suplicado una vez de veras, es imposible olvidarlo, aunque ese grito se difumine a veces en los momentos de calma. Se convierte en nosotros como en una segunda naturaleza. Más aún, la súplica se convierte en nuestra misma naturaleza, pues nuestro ser es orar. Eso debió ser la súplica permanente de los santos; súplica que franqueó la barrera del sonido para entrar en la velocidad infinita de la danza trinitaria. No obstante, deseo hacer aquí una observación que estimo fundamental: no existe proporción alguna entre la súplica, ni siquiera la suscitada por una gran desgracia humana, sea física o moral, que brota de nuestro corazón y puede ser permanente, y la súplica que enciende en nosotros el Espíritu Santo en el momento en que menos lo pensamos. Pasamos entonces de la tercera velocidad a directa. Vivimos entonces una súplica que el hombre no puede expresar, porque semejante oración no viene de la tierra, sino del cielo. No es frecuente, ni depende de nuestra capacidad; es un puro don de Dios. No afirmo que se la pueda olvidar, pues deja en el corazón una herida, una quemadura, una nostalgia incurable; pero cuando desaparece, se vuelve a la súplica humana habitual, en la que se es un hombre cualquiera, como dice el autor anónimo del siglo IV. Sólo queda pedirla, desearla, suspirar por ella, pues no depende de nosotros hacer que nazca en nuestro corazón la súplica del Espíritu Santo.

 

LA ORACIÓN CURA

Después de la operación, la vida continuó. Hube de abandonar no pocas actividades, porque estaba singularmente disminuido y no pasaba un solo día sin sufrir de una cosa o de otra; pero, poco a poco, se habitúa uno a todo; incluso a sufrir. Felizmente estaba la oración. Prácticamente no tenía otra cosa que hacer, y ella constituía toda mi fuerza y mi sostén.

Repetidas veces me he preguntado incluso si el Señor no iba a llamarme. Pero he predicado dos retiros, y en cada momento el Señor me ha dado las fuerzas necesarias, mostrándome claramente que me quería aún en este ministerio. Esta iluminación la he tenido hace un mes durante mi último retiro.

Vino luego la segunda operación, el 25 de mayo pasado. Ya antes de la operación del pulmón se había detectado un bocio tiroideo; pero como no me molestaba, no se le prestó atención. Un buen día afectó a mis cuerdas vocales, apagándose mi voz. Se decidió la intervención. Todo salió bien, a pesar de mis temores. Así es. La intervención fue un éxito, pero los inevitables análisis descubrían algunas células no identificadas, como dicen elegantemente los laboratorios. Ello movió a mi cirujano a pedirme un pequeño tratamiento complementario de rayos, lo que no me encantaba en absoluto.

Y fue entonces cuando ocurrió un pequeño milagro, sin hablar de los restantes que me habían mantenido con vida hasta entonces. Un amigo me había indicado que el padre Tardif venía para una jornada de retiro en Nouan-le-Fuzelier. Me fui, pues, cerca de Orléans: cinco horas de coche para la ida, y otras tantas para la vuelta en un día. Participé bajo la lluvia en la asamblea de oración; no pensaba encontrarme con el padre de tanta gente como había (cinco mil personas). Mas he aquí que, después del mediodía, cuando me dirigía a la plataforma en espera de la segunda enseñanza sobre la intercesión, que ha ejercido una gran influencia en mí, me encuentro con el padre. Había recibido una carta referente a mí, y sabía de qué se trataba. Me acogió muy fraternalmente y fue muy bueno conmigo.

Ya me conocía algo por mis libros, traducidos al español en Santo Domingo. Le había gustado El poder de la oración. Me llevó aparte a la iglesia y rezó por mí con una oración de alabanzas en lenguas. Yo permanecí a su lado para la enseñanza y concelebré la eucaristía, en la que hubo una solemne oración de curación y muchos testigos. No me sentía cansado, y era como si todos mis dolores hubieran desaparecido.

Fue a la vuelta cuando, me parece, se produjo el milagro. Varias veces había él anunciado que en la próxima visita al médico se produciría una señal: el tratamiento previsto sería inútil. A la semana siguiente tenía que ir a ver a mi radiólogo para establecer el tratamiento de rayos. Después de examinarme, me anunció que los rayos no eran necesarios, puesto que ya había sido irradiado; no obstante, me pidió algunos exámenes complementarios. Me sentía lleno de gozo y de acción de gracias en aquel momento, pues tocaba con el dedo el poder del Resucitado. La oración que salía de mis labios era la de Jesús a propósito de la resurrección de Lázaro; pero yo la dirigía a Jesús: Señor Jesús, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sé bien que tú me escuchas siempre.

Fuera de hechos notables como este, he de confesar que a menudo (por no decir siempre) he experimentado el poder de la oración para aliviar el dolor y el sufrimiento. En los momentos en que todo me abrumaba, me ponía a rezar (también eso es una gracia), y terminaba siempre sereno; el sufrimiento había desaparecido como por ensalmo

En el momento en que escribo estas líneas tienen lugar los funerales por mi amigo Jean-Pierre Leclerq (cincuenta y dos años). Le habían extraído un pulmón hace cuatro o cinco meses, y en junio se le declaró un tumor en el cerebro. Le había visitado recientemente y con mucho pudor y discreción, no me había ocultado su estado. Este sacerdote era un hombre auténtico, rebosante de humanidad y de amistad, y al mismo tiempo un hombre de Dios. Le he invocado anoche y esta mañana, y he experimentado su presencia y su intercesión, porque me ha afianzado en mi vocación profunda dándome la gracia de la oración.

 

¿QUIÉN ME ENSEÑÓ A ORAR?

Después de este rodeo biográfico, es hora de volver a las palabras de Lucas, que explican mi vida hoy. Sin embargo, era importante dar este rodeo para comprender cómo el Espíritu Santo forma a un hombre en la oración y le hace descubrir en esta oración su vocación última. A menudo se piensa que basta ser llamado a la oración, tener el deseo y la voluntad de orar, para ser hombre de oración. En esto nos equivocamos rotundamente; son las pruebas sobre todo las que nos enseñan a orar.

Nunca tocamos suficientemente a fondo la miseria para clamar a Dios, pues el grito que llega de lo profundo es siempre escuchado.

Todavía hoy, después de haber suplicado tanto y de encontrarme en un estado en el que no tengo más solución de recambio que la oración, estoy íntimamente persuadido de que apenas he comenzado a suplicar. Cualesquiera que sean los gritos de angustia arrancados a nuestro corazón de piedra, no son nada al lado de lo que el Señor espera de nosotros en materia de súplica. Con un toque de humor, casi podríamos decir que ni siquiera hemos comenzado a suplicar. No soy yo quien lo dice, sino el mismo Jesús, que amonesta a sus apóstoles con estas palabras: Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestra dicha sea completa (Jn 16,24).

Pero reconozco también que no sabría nada de la oración de súplica, de la que tantos religiosos, e incluso sacerdotes, no conocen gran cosa, cuando no la critican incluso, si no hubiera pasado por las pruebas que he experimentado. Y en este sentido doy gracias a Dios por haberme hecho pasar por ahí, pues era el único medio de sumirme en la oración. Una historia que ya he contado en La oración del corazón permitirá comprenderlo.

Se trata de Máximo, un joven griego, que oye la llamada a ir al desierto para realizar las palabras de Jesús: Hay que orar siempre sin desfallecer. Se va, y el primer día todo marcha bien. Se pasa el día rezando el padrenuestro y el avemaría. Pero se pone el día, oscurece y comienza a ver surgir formas y brillar ojos en la espesura. Entonces le invade el miedo, y su oración se hace más insistente: Jesús, hijo de David, ten compasión de mi, pecador. Y se duerme. Al despertarse por la mañana, se pone a rezar como la víspera; pero, como es joven, siente hambre y sed, y ha de alimentarse. Entonces comienza a pedir a Dios que le proporcione alimento; y cada vez que encuentra una baya, dice: "Gracias, Dios mío". Vuelve la tarde con los terrores de la noche, y se pone a rezar la oración de Jesús. Poco a poco se habitúa a los peligros exteriores: el hambre, el frío y el sol; pero, como es joven, siente tentaciones de todas clases en su corazón, en su alma y en su espíritu. Habituado ya a la lucha, repite la oración de Jesús. Se suceden los días, los meses y los años, y también el mismo ritmo de tentaciones, de oración, de pruebas, de caídas y de levantarse. Un buen día, al cabo de catorce años, van a verle sus amigos, y comprueban con estupefacción que está siempre orando. Le preguntan: "¿Quién te ha enseñado la oración continua?". Y Máximo les responde: "Sencillamente, los demonios".

Al contar esta historia, monseñor Antoine Bloom decía: "En este sentido, la oración continua es más fácil en una vida activa, en la que uno se siente hostigado por todas partes, que en una vida contemplativa, donde no existen preocupaciones". Las pruebas, las angustias, los sufrimientos y los peligros es lo que engendra la perseverancia, la cual nos impulsa a la oración incesante.

Pero queda otro paso por dar. Nos puede gustar rezar, e incluso rezar mucho, como el joven Máximo, bajo el peso de las tribulaciones y de la gracia; pero de ahí a ser de los elegidos que claman a Dios día y noche hay todavía un abismo. El impulso a hacerlo no proviene de nosotros, sino de una llamada especial del Espíritu, que, a menudo sin nosotros saberlo, nos coloca en un estado en el que no se puede hacer otra cosa que orar. Los que son llamados a ello actualizan hoy un aspecto muy preciso de la vida de Jesús: su oración apartada, de noche como de día, por la mañana antes del alba o entrada la noche. Lo mismo que otros se sienten llamados a actualizar su ministerio de anuncio del reino mediante la palabra y los signos de curación y de liberación realizados en los enfermos y los posesos. Ningún apóstol puede pretender reproducir él solo la vida total de Cristo. El que lo pretendiera no haría nada en absoluto. Al cristiano adulto se lo reconoce en que, deseando abarcar lo universal, encuentra la alegría y el descanso del corazón en limitarse a una tarea precisa, por ínfima que sea, como lo decía san Ignacio.