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CAMINO DE PERFECCIÓN

SANTA TERESA DE JESÚS O DE ÁVILA

 

PRÓLOGO

CAPÍTULO 1

De la causa que me movió a hacer con tanta estrechura este

monasterio.

CAPÍTULO 2

Que trata cómo se han de descuidar de las necesidades corporales,

y del bien que hay en la pobreza.

CAPÍTULO 3

Prosigue lo que en el primero comencé a tratar, y persuade a las

hermanas a que se ocupen siempre en suplicar a Dios favorezca a

los que trabajan por la Iglesia. -Acaba con una exclamación.

CAPÍTULO 4

En que persuade la guarda de la Regla, y de tres cosas importantes

para la vida espiritual. Declara la primera de estas tres cosas, que

es amor del prójimo, y lo que dañan amistades particulares.

CAPÍTULO 5

Prosigue en los confesores. Dice lo que importa sean letrados.

CAPÍTULO 6

Torna a la materia que comenzó del amor perfecto.

CAPÍTULO 7

En que trata de la misma materia de amor espiritual, y da algunos

avisos para ganarle.

CAPÍTULO 8

Trata del gran bien que es desasirse de todo lo criado interior y

exteriormente.

CAPÍTULO 9

Que trata del gran bien que hay en huir los deudos los que han

dejado el mundo, y cuán más verdaderos amigos hallan.

CAPÍTULO 10

Trata cómo no basta desasirse de lo dicho, si no nos desasimos de

nosotras mismas, y cómo están juntas esta virtud y la humildad.

CAPÍTULO 11

Prosigue en la mortificación, y dice la que se ha de adquirir en las

enfermedades.

CAPÍTULO 12

Trata de cómo ha de tener en poco la vida el verdadero amador de

Dios, y la honra.

CAPÍTULO 13

Prosigue en la mortificación, y cómo ha de huir de los puntos y

razones del mundo para llegarse a la verdadera razón.

CAPÍTULO 14

En que trata lo mucho que importa no dar profesión a ninguna que

vaya contrario su espíritu de las cosas que quedan dichas.

CAPÍTULO 15

Que trata del gran bien que hay en no disculparse, aunque se vean

condenar sin culpa.

CAPÍTULO 16

De la diferencia que ha de haber en la perfección de la vida de los

contemplativos a los que se contentan con oración mental, y cómo

es posible algunas veces subir Dios un alma distraída a perfecta

contemplación y la causa de ello. -Es mucho de notar este capítulo

y el que viene cabe él.

CAPÍTULO 17

De cómo no todas las almas son para contemplación, y cómo

algunas llegan a ella tarde, y que el verdadero humilde ha de ir

contento por el camino que le llevare el Señor.

CAPÍTULO 18

Que prosigue en la misma materia y dice cuánto mayores son los

trabajos de los contemplativos que de los activos. -Es de mucha

consolación para ellos.

CAPÍTULO 19

Que comienza a tratar de la oración. -Habla con almas que no

pueden discurrir con el entendimiento.

CAPÍTULO 20

Trata cómo por diferentes vías nunca falta consolación en el camino

de la oración, y aconseja a las hermanas de esto sean sus pláticas

siempre.

CAPÍTULO 21

Que dice lo mucho que importa comenzar con gran determinación a

tener oración, y no hacer caso de los inconvenientes que el

demonio pone.

CAPÍTULO 22

En que declara qué es oración mental.

CAPÍTULO 23

Trata de lo que importa no tornar atrás quien ha comenzado camino

de oración, y torna a hablar de lo mucho que va en que sea con

determinación.

CAPÍTULO 24

Trata cómo se ha de rezar oración vocal con perfección, y cuán

junta anda con ella la mental.

CAPÍTULO 25

En que dice lo mucho que gana un alma que reza con perfección

vocalmente, y cómo acaece levantarla Dios de allí a cosas

sobrenaturales.

CAPÍTULO 26

En que va declarando el modo para recoger el pensamiento. -Pone

medios para ello. -Es capítulo muy provechoso para los que

comienzan oración.

CAPÍTULO 27

En que trata el gran amor que nos mostró el Señor en las primeras

palabras del Paternóster, y lo mucho que importa no hacer caso

ninguno del linaje las que de veras quieren ser hijas de Dios.

CAPÍTULO 28

En que declara qué es oración de recogimiento, y pónense algunos

medios para acostumbrarse a ella.

CAPÍTULO 29

Prosigue en dar medios para procurar esta oración de recogimiento.

-Dice lo poco que se nos ha de dar de ser favorecidas de los

prelados.

CAPÍTULO 30

Dice lo que importa entender lo que se pide en la oración. -Trata de

estas palabras del paternóster: «Sanctificetur nomen tuum, adveniat

regnum tuum». -Aplícalas a oración de quietud y comiénzala a

declarar.

CAPÍTULO 31

Que prosigue en la misma materia. -Declara qué es oración de

quietud. -Pone algunos avisos para los que la tienen. -Es mucho de

notar.

CAPÍTULO 32

Que trata de estas palabras del Paternóster: «Fiat voluntas tua sicut

in coelo et in terra», y lo mucho que hace quien dice estas palabras

con toda determinación, y cuán bien se lo paga el Señor.

CAPÍTULO 33

En que trata la gran necesidad que tenemos de que el Señor nos dé

lo que pedimos en estas palabras del Paternóster: «Panem nostrum

quotidianum da nobis hodie».

CAPÍTULO 34

Prosigue en la misma materia. -Es muy bueno para después de

haber recibido el Santísimo Sacramento.

CAPÍTULO 35

Acaba la materia comenzada con una exclamación al Padre Eterno.

CAPÍTULO 36

Trata de estas palabras del paternóster: «Dimitte nobis debita

nostra».

CAPÍTULO 37

Dice la excelencia de esta oración del Paternóster, y cómo

hallaremos de muchas maneras consolación en ella.

CAPÍTULO 38

Que trata de la gran necesidad que tenemos de suplicar al Padre

eterno nos conceda lo que pedimos en estas palabras: «Et ne nos

inducas in tentationem, sed libera nos a malo», y declara algunas

tentaciones. -Es de notar.

CAPÍTULO 39

Prosigue la misma materia, y da avisos de tentaciones algunas de

diferentes maneras, y pone los remedios para que se puedan librar

de ellas.

CAPÍTULO 40

Dice cómo procurando siempre andar en amor y temor de Dios,

iremos seguras entre tantas tentaciones.

CAPÍTULO 41

Que habla del temor de Dios, y cómo nos hemos de guardar de

pecados veniales.

CAPÍTULO 42

En que trata de estas postreras palabras del Paternóster: «Sed

libera nos a malo. Amen». Mas líbranos del mal. Amén.

 

 

INTRODUCCIÓN

JHS

Este libro trata de avisos y consejos que da Teresa de Jesús a las

hermanas religiosas e hijas suyas de los monasterios que con el

favor de nuestro Señor y de la gloriosa Virgen Madre de Dios,

Señora nuestra, ha fundado de la Regla primera de nuestra Señora

del Carmen. En especial le dirige a las hermanas del monasterio de

San José de Avila, que fue el primero, de donde ella era priora

cuando le escribió.

En todo lo que en él dijere, me sujeto a lo que tiene la madre Santa

Iglesia Romana, y si alguna cosa fuere contraria a esto, es por no lo

entender. Y así, a los letrados que lo han de ver, pido, por amor de

nuestro Señor, que muy particularmente lo miren y enmienden si

alguna falta en esto hubiere, y otras muchas que tendrá en otras

cosas. Si algo hubiere bueno, sea para gloria y honor de Dios y

servicio de su sacratísima Madre, Patrona y Señora nuestra, cuyo

hábito yo tengo, aunque harto indigna de él.

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JHS

PRÓLOGO

1. Sabiendo las hermanas de este monasterio de San José cómo

tenía licencia del Padre Presentado Fray Domingo Bañes, de la

Orden del glorioso Santo Domingo, que al presente es mi confesor,

para escribir algunas cosas de oración en que parece podré atinar

por haber tratado con muchas personas espirituales y santas, me

han tanto importunado les diga algo de ella, que me he determinado

a las obedecer, viendo que el amor grande que me tienen puede

hacer más acepto lo imperfecto y por mal estilo que yo les dijere,

que algunos libros que están muy bien escritos de quien sabía lo

que escribe. Y confío en sus oraciones que podrá ser por ellas el

Señor se sirva acierte a decir algo de lo que al modo y manera de

vivir que se lleva en esta casa conviene. Y si fuere mal acertado, el

Padre Presentado que lo ha de ver primero, lo remediará o lo

quemará, y yo no habré perdido nada en obedecer a estas siervas

de Dios, y verán lo que tengo de mí cuando Su Majestad no me

ayuda.

2. Pienso poner algunos remedios para algunas tentaciones

menudas que pone el demonio, que -por serlo tanto- por ventura no

hacen caso de ellas, y otras cosas, como el Señor me diere a

entender y se me fueren acordando, que como no sé lo que he de

decir, no puedo decirlo con concierto; y creo es lo mejor no le llevar,

pues es cosa tan desconcertada hacer yo esto. El Señor ponga en

todo lo que hiciere sus manos para que vaya conforme a su santa

voluntad, pues son éstos mis deseos siempre, aunque las obras tan

faltas como yo soy.

3. Sé que no falta el amor y deseo en mí para ayudar en lo que yo

pudiere para que las almas de mis hermanas vayan muy adelante

en el servicio del Señor. Y este amor, junto con los años y

experiencia que tengo de algunos monasterios, podrá ser

aproveche para atinar en cosas menudas más que los letrados, que

por tener otras ocupaciones más importantes y ser varones fuertes

no hacen tanto caso de cosas que en sí no parecen nada, y a cosa

tan flaca como somos las mujeres todo nos puede dañar; porque

las sutilezas del demonio son muchas para las muy encerradas, que

ven son menester armas nuevas para dañar. Yo, como ruin, heme

sabido mal defender, y así querría escarmentasen mis hermanas en

mí. No diré cosa que en mí, o por verla en otras, no la tenga por

experiencia.

4. Pocos días ha me mandaron escribiese cierta relación de mi vida,

adonde también traté algunas cosas de oración. Podrá ser no

quiera mi confesor le veáis, y por esto pondré aquí alguna cosa de

lo que allí va dicho y otras que también me parecerán necesarias.

El Señor lo ponga por su mano, como le he suplicado, y lo ordene

para su mayor gloria, amén.

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CAPÍTULO 1

De la causa que me movió a hacer con tanta estrechura este

monasterio.

1. Al principio que se comenzó este monasterio a fundar (por las

causas que en el libro tengo escrito están dichas, con algunas

grandezas del Señor, en que dio a entender se había mucho de

servir en esta casa), no era mi intención hubiera tanta aspereza en

lo exterior ni que fuese sin renta, antes quisiera hubiera posibilidad

para que no faltara nada. En fin, como flaca y ruin; aunque algunos

buenos intentos llevaba más que mi regalo.

2. En este tiempo vinieron a mi noticia los daños de Francia y el

estrago que habían hecho estos luteranos y cuánto iba en

crecimiento esta desventurada secta. Dime gran fatiga, y como si yo

pudiera algo o fuera algo, lloraba con el Señor y le suplicaba

remediase tanto mal. Parecíame que mil vidas pusiera yo para

remedio de un alma de las muchas que allí se perdían. Y como me

vi mujer y ruin e imposibilitada de aprovechar en lo que yo quisiera

en el ser servicio del Señor, y toda mi ansia era, y aún es, que pues

tiene tantos enemigos y tan pocos amigos, que ésos fuesen

buenos, determiné a hacer eso poquito que era en mí, que es

seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que yo

pudiese y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo

mismo, confiada en la gran bondad de Dios, que nunca falta de

ayudar a quien por él se determina a dejarlo todo; y que siendo

tales cuales yo las pintaba en mis deseos, entre sus virtudes no

tendrían fuerza mis faltas, y podría yo contentar en algo al Señor, y

que todas ocupadas en oración por los que son defendedores de la

Iglesia y predicadores y letrados que la defienden, ayudásemos en

lo que pudiésemos a este Señor mío, que tan apretado le traen a

los que ha hecho tanto bien, que parece le querrían tornar ahora ala

cruz estos traidores y que no tuviese adonde reclinar la cabeza.

3. ¡Oh Redentor mío, que no puede mi corazón llegar aquí sin

fatigarse mucho! ¿Qué es esto ahora de los cristianos? ¿Siempre

han de ser los que más os deben los que os fatiguen? ¿A los que

mejores obras hacéis, a los que escogéis para vuestros amigos,

entre los que andáis y os comunicáis por los sacramentos? ¿No

están hartos de los tormentos que por ellos habéis pasado?

4. Por cierto, Señor mío, no hace nada quien ahora se aparta del

mundo. Pues a Vos os tienen tan poco ley, ¿qué esperamos

nosotros? ¿Por ventura merecemos nosotros mejor nos la tengan?

¿por ventura hémosles hecho mejores obras para que nos guarden

amistad? ¿qué es esto? ¿qué esperamos yo los que por la bondad

del Señor estamos sin aquella roña pestilencial, que ya aquéllos

son del demonio? Buen castigo han ganado por sus manos y bien

han granjeado con sus deleites fuego eterno. ¡Allá se lo hayan!,

aunque no me deja de quebrar el corazón ver tantas almas como se

pierden. Mas del mal no tanto: querría no ver perder más cada día.

5. ¡Oh hermanas mías en Cristo! ayudadme a suplicar esto al

Señor, que para eso os juntó aquí; éste es vuestro llamamiento,

éstos han de ser vuestros negocios, éstos han de ser vuestros

deseos, aquí vuestras lágrimas, éstas vuestras peticiones; no,

hermanas mías, por negocios del mundo; que yo me río y aun me

congojo de las cosas que aquí nos vienen a encargar supliquemos

a Dios, de pedir a Su Majestad rentas y dineros, y algunas personas

que querría yo suplicasen a Dios los repisasen todos. Ellos buena

intención tienen y, en fin, se hace por ver su devoción, aunque

tengo para mí que en estas cosas nunca me oye. Estáse ardiendo

el mundo, quieren tornar a sentenciar a Cristo, como dicen, pues le

levantan mil testimonios, quieren poner su Iglesia por el suelo, ¿y

hemos de gastar tiempo en cosas que por ventura, si Dios se las

diese, tendríamos un alma menos en el cielo? No, hermanas mías,

no es tiempo de tratar con Dios negocios de poca importancia.

6. Por cierto que, si no mirase a la flaqueza humana, que se

consuela que las ayuden en todo (y) es bien si fuésemos algo), que

holgaría se entendiese no son éstas las cosas que se han de

suplicar a Dios con tanto cuidado.

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CAPÍTULO 2

Que trata cómo se han de descuidar de las necesidades corporales,

y del bien que hay en la pobreza.

1. No penséis, hermanas mías, que por no andar a contentar a los

del mundo os ha de faltar de comer, yo os aseguro. Jamás por

artificios humanos pretendáis sustentaros, que moriréis de hambre,

y con razón. Los ojos en vuestro esposo; él os ha de sustentar.

Contento él, aunque no quieran, os darán de comer los menos

vuestros devotos, como lo habéis visto por experiencia. Si haciendo

vosotras esto muriereis de hambre, ¡bienaventuradas las monjas de

San José! Esto no se os olvide, por amor del Señor. Pues dejáis la

renta, dejad el cuidado de la comida; si no, todo va perdido. Los que

quiere el Señor que la tengan, tengan enhorabuena esos cuidados,

que es mucha razón, pues es su llamamiento; mas nosotras,

hermanas, es disparate.

2. Cuidado de rentas ajenas, me parece a mí sería estar pensando

en lo que los otros gozan. Sí, que por vuestro cuidado no muda el

otro su pensamiento ni se le pone deseo de dar limosna. Dejad ese

cuidado a quien los puede mover a todos, que es el Señor de las

rentas y de los renteros. Por su mandamiento venimos aquí;

verdaderas son sus palabras; no pueden faltar; antes faltarán los

cielos y la tierra (1.) No le faltemos nosotras, que no hayáis miedo

que falte. Y si alguna vez os faltare, será para mayor bien, como

faltaban las vidas a los santos cuando los mataban por el Señor, y

era para aumentarles la gloria por el martirio. Buen trueco sería

acabar presto con todo y gozar de la hartura perdurable.

3. Mirad, hermanas, que va mucho en esto muerta yo, que para

esto os lo dejo escrito; que mientras yo viviere os lo acordaré, que

por experiencia veo la gran ganancia: cuando menos hay, más

descuidada estoy, y sabe el Señor que, a mi parecer, me da más

pena cuando mucho sobra que cuando nos falta. No sé si lo hace

como ya tengo visto nos lo da luego el Señor. Sería engañar el

mundo otra cosa, hacernos pobres no lo siendo de espíritu, sino en

lo exterior. Conciencia se me haría, a manera de decir, y parecerme

hía era pedir limosna las ricas, y plega a Dios no sea así, que

adonde hay estos cuidados demasiados de que den, una vez u otra

se irán por la costumbre, o podrían ir y pedir lo que no han

menester, por ventura a quien tiene más necesidad. Y aunque ellos

no pueden perder nada sino ganar, nosotras perderíamos. No plega

a Dios, mis hijas. Cuando esto hubiera de ser, más quisiera

tuvierais renta.

4. En ninguna manera se ocupe en esto el pensamiento, os pido por

amor de Dios en limosna. Y la más chiquita, cuando esto

entendiese alguna vez en esta casa, clame a Su Majestad y

acuérdelo a la mayor. Con humildad le diga que va errada; y valo

tanto, que poco a poco se va perdiendo la verdadera pobreza. Yo

espero en el Señor no será así ni dejará a sus siervas. Y para esto,

aunque no sea para más, aproveche esto que me habéis mandado

escribir por despertador.

5. Y crean, mis hijas, que para vuestro bien me ha dado el Señor un

poquito a entender los bienes que hay en la santa pobreza, y las

que lo probaren lo entenderán, quizá no tanto como yo; porque no

sólo no había sido pobre de espíritu, aunque lo tenía profesado,

sino loca de espíritu. Ello es un bien que todos los bienes del

mundo encierra en sí. Es un señorío grande. Digo que es señorear

todos los bienes de él otra vez a quien no se le da nada de ellos.

¿Qué se me da a mí de los reyes y señores, si no quiero sus rentas,

ni de tenerlos contentos, si un tantito se atraviesa haber de

descontentar en algo por ellos a Dios? ¿Ni qué se me da de sus

honras, si tengo entendido en lo que está ser muy honrado un

pobre, que es en ser verdaderamente pobre?

6. Tengo para mí que honras y dineros casi siempre andan juntos, y

que quien quiere honra no aborrece dineros, y que quien los

aborrece que se le da poco de honra. Entiéndase bien esto, que me

parece que esto de honra siempre trae consigo algún interés de

rentas o dineros; porque por maravilla hay honrado en el mundo si

es pobre; antes, aunque lo sea en sí, le tienen en poco. La

verdadera pobreza trae una honraza consigo que no hay quien la

sufra; la pobreza que es tomada por solo Dios, digo, no ha

menester contentar a nadie, sino a él. Y es cosa muy cierta, en no

habiendo menester a nadie, tener muchos amigos. Yo lo tengo bien

visto por experiencia.

7. Porque hay tanto escrito de esta virtud que no lo sabré yo

entender, cuánto más decir, y por no la agraviar en loarla yo, no

digo más de ella. Sólo he dicho lo que he visto por experiencia, y yo

confieso que he ido tan embebida, que no me he entendido hasta

ahora. Mas, pues está dicho, por amor del Señor, pues son

nuestras armas la santa pobreza y lo que al principio de la

fundación de nuestra Orden tanto se estimaba y guardaba en

nuestros santos Padres (que) me ha dicho quien la sabe, que de un

día para otro no guardaban nada), ya que en tanta perfección en lo

exterior no se guarde, en lo interior procuremos tenerla. Dos horas

son de vida, grandísimo el premio; y cuando no hubiera ninguno

sino cumplir lo que nos aconsejó el Señor, era grande la paga imitar

en algo a Su Majestad.

8. Estas armas han de tener nuestras banderas, que de todas

maneras lo queramos guardar: en casa, en vestidos, en palabras y

mucho más en el pensamiento. Y mientras esto hicieren, no hayan

miedo caiga la religión de esta casa, con el favor de Dios; que,

como decía Santa Clara, grandes muros son los de la pobreza. De

éstos, decía ella, y de humildad quería cercar sus monasterios. Y a

buen seguro, si se guarda de verdad, que esté la honestidad y todo

lo demás fortalecido mucho mejor que con muy suntuosos edificios.

De esto se guarden; por amor de Dios y por su sangre se lo pido yo;

y si con conciencia puedo decir, que el día que tal hicieren se torne

a caer.

9. Muy mal parece, hijas mías, de la hacienda de los pobrecitos se

hagan grandes casas. No lo permita Dios, sino pobre en todo y

chica. Parezcámonos en algo a nuestro Rey, que no tuvo casa, sino

en el portal de Belén adonde nació, y la cruz adonde murió. Casas

eran éstas adonde se podía tener poca recreación. Los que las

hacen grandes, ellos se entenderán; llevan otros intentos santos.

Mas trece pobrecitas, cualquier rincón les basta. Si porque es

menester por el mucho encerramiento tuvieren campo (y) aun

ayuda a la oración y devoción) con algunas ermitas para apartarse

a orar, enhorabuena; mas edificios y casa grande ni curioso nada,

¡Dios nos libre! Siempre os acordad se ha de caer todo el día del

juicio; ¿qué sabemos si será presto?

10. Pues hacer mucho ruido al caerse casa de trece pobrecillas no

es bien, que los pobres verdaderos no han de hacer ruido; gente sin

ruido ha de ser para que los hayan lástima. Y cómo se holgarán si

ven alguno por la limosna que les ha hecho librarse del infierno; que

todo es posible, porque están muy obligadas a rogar por sus almas

muy continuamente, pues os dan de comer; que también quiere el

Señor que, aunque viene de su parte, lo agradezcamos a las

personas por cuyo medio nos lo da; y de esto no haya descuido.

11. No sé lo que había comenzado a decir, que me he divertido.

Creo lo ha querido el Señor, porque nunca pensé escribir lo que

aquí he dicho. Su Majestad nos tenga siempre de su mano para

que no se caiga de ello, amén.

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CAPÍTULO 3

Prosigue lo que en el primero comencé a tratar, y persuade a las

hermanas a que se ocupen siempre en suplicar a Dios favorezca a

los que trabajan por la Iglesia. -Acaba con una exclamación.

1. Tornando a lo principal para lo que el Señor nos juntó en esta

casa y por lo que yo mucho deseo seamos algo para que

contentemos a Su Majestad, digo que viendo tan grandes males

que fuerzas humanas no bastan a atajar este fuego de estos

herejes, con que se ha pretendido hacer gente para si pudieran a

fuerza de armas remediar tan gran mal y que va tan adelante, hame

parecido es menester como cuando los enemigos en tiempo de

guerra han corrido toda la tierra, y viéndose el Señor de ella

apretado se recoge a una ciudad, que hace muy bien fortalecer, y

desde allí acaece algunas veces dar en los contrarios y ser tales los

que están en la ciudad, como es gente escogida, que pueden más

ellos a solas que con muchos soldados, si eran cobardes, pudieron,

y muchas veces se gana de esta manera victoria; al menos, aunque

no se gane, no los vencen; porque, como no haya traidor, si no es

por hambre, no los pueden ganar. Acá esta hambre no la puede

haber que baste a que se rindan; a morir sí, mas no a quedar

vencidos.

2. Mas ¿para qué he dicho esto? Para que entendáis, hermanas

mías, que lo que hemos de pedir a Dios es que en este castillito que

hay ya de buenos cristianos no se nos vaya ya ninguno con los

contrarios, y a los capitanes de este castillo o ciudad, los haga muy

aventajados en el camino del Señor, que son los predicadores y

teólogos; y pues los más están en las religiones, que vayan muy

adelante en su perfección y llamamiento, que es muy necesario;

que ya ya, como tengo dicho, nos ha de valer el brazo eclesiástico y

no el seglar. Y pues para lo uno ni lo otro no valemos nada para

ayudar a nuestro Rey, procuremos ser tales que valgan nuestras

oraciones para ayudar a estos siervos de Dios, que con tanto

trabajo se han fortalecido con letras y buena vida y trabajado para

ayudar ahora al Señor.

3. Podrá ser digáis que para qué encarezco tanto esto y digo hemos

de ayudar a los que son mejores que nosotras. Yo os lo diré,

porque aún no creo entendéis bien lo mucho que debéis al Señor

en traeros adonde tan quitadas estáis de negocios y ocasiones y

tratos: es grandísima merced ésta; lo que no están los que digo, ni

es bien que estén, en estos tiempos menos que en otros; porque

han de ser los que esfuercen la gente flaca y pongan ánimo a los

pequeños. ¡Buenos quedarían los soldados sin capitanes! Han de

vivir entre los hombres y tratar con los hombres y estar en los

palacios y aun hacerse algunas veces con ellos en lo exterior.

¿Pensáis, hijas mías, que es menester poco para tratar con el

mundo y vivir en el mundo y tratar negocios del mundo y hacerse,

como he dicho, a la conversación del mundo, y ser en lo interior

extraños del mundo y enemigos del mundo y estar como quien está

en destierro y, en fin, no ser hombres sino ángeles?

Porque a no ser esto así, ni merecen nombre de capitanes, ni

permita el Señor salgan de sus celdas, que más daño harán que

provecho. Porque no es ahora tiempo de ver imperfecciones en los

que han de enseñar; [4] y si en lo interior no están fortalecidos en

entender lo mucho que va en tenerlo todo debajo de los pies y estar

desasidos de las cosas que se acaban y asidos a las eternas, por

mucho que lo quieran encubrir, han de dar señal. Pues ¿con quién

lo han sino con el mundo? No hayan miedo se lo perdone, ni que

ninguna imperfección dejen de entender. Cosas buenas, muchas se

les pasarán por alto, y aun por ventura no las tendrán por tales; mas

mala o imperfecta, no hayan miedo. Ahora yo me espanto quién los

muestra la perfección, no para guardarla (que) de esto ninguna

obligación les parece tienen, harto les parece hacen si guardan

razonablemente los mandamientos), sino para condenar, y a las

veces lo que es virtud les parece regalo.

Así que no penséis es menester poco favor de Dios para esta gran

batalla adonde se meten, sino grandísimo.

5. Para estas dos cosas os pido yo procuréis ser tales que

merezcamos alcanzarlas de Dios: la una, que haya muchos, de los

muy muchos letrados y religiosos que hay, que tengan las partes

que son menester para esto, como he dicho, y a los que no están

muy dispuestos, los disponga el Señor; que más hará uno perfecto

que muchos que no lo estén. La otra, que después de puestos en

esta pelea, que -como digo- no es pequeña, los tenga el Señor de

su mano para que puedan librarse de tantos peligros como hay en

el mundo y tapar los oídos, en este peligroso mar, del canto de las

sirenas. Y si en esto podemos algo con Dios, estando encerradas

peleamos por El, y daré yo por muy bien empleados los trabajos

que he pasado por hacer este rincón, adonde también pretendí se

guardase esta Regla de nuestra Señora y Emperadora con la

perfección que se comenzó.

6. No os parezca inútil ser continua esta petición, porque hay

algunas personas que les parece recia cosa no rezar mucho por su

alma; y ¿qué mejor oración que ésta? Si tenéis pena porque no se

os descontará la pena del purgatorio, también se os quitará por esta

oración, y lo que más faltare, falte. ¿Qué va en que esté yo hasta el

día del juicio en el purgatorio, si por mi oración se salvase sola un

alma? ¡Cuánto más el provecho de muchas y la honra del Señor!

De penas que se acaban no hagáis caso de ellas cuando

interviniere algún servicio mayor al que tantas pasó por nosotros.

Siempre os informad lo que es más perfecto.

Así que os pido por amor del Señor pidáis a Su Majestad nos oiga

en esto. Yo, aunque miserable, lo pido a Su Majestad, pues es para

gloria suya y bien de su Iglesia, que aquí van mis deseos.

7. Parece atrevimiento pensar yo he de ser alguna parte para

alcanzar esto. Confío yo, Señor mío, en estas siervas vuestras que

aquí están, que veo y sé no quieren otra cosa ni la pretenden sino

contentaros. Por Vos han dejado lo poco que tenían, y quisieran

tener más para serviros con ello. Pues no sois Vos, Criador mío,

desagradecido para que piense yo dejaréis de hacer lo que os

suplican. Ni aborrecisteis, Señor, cuando andabais en el mundo, las

mujeres, antes las favorecisteis siempre con mucha piedad. Cuando

os pidiéremos honras no nos oigáis, o rentas, o dineros, o cosa que

sepa a mundo; mas para honra de vuestro Hijo, ¿por qué no nos

habéis de oír, Padre eterno, a quien perdería mil honras y mil vidas

por Vos? No por nosotras, Señor, que no lo merecemos, sino por la

sangre de vuestro Hijo y sus merecimientos.

8. ¡Oh Padre eterno! mirad que no son de olvidar tantos azotes e

injurias y tan gravísimos tormentos. Pues, Criador mío, ¿cómo

pueden sufrir unas entrañas tan amorosas como las vuestras que lo

que se hizo con tan ardiente amor de vuestro Hijo y por más

contentaros a Vos (que) mandasteis nos amase) sea tenido en tan

poco como hoy día tienen esos herejes el Santísimo Sacramento,

que le quitan sus posadas deshaciendo las iglesias? ¡Si le faltara

algo por hacer para contentaros! Mas todo lo hizo cumplido. No

bastaba, Padre eterno, que no tuvo adonde reclinar la cabeza

mientras vivió, y siempre en tantos trabajos, sino que ahora las que

tiene para convidar sus amigos (por) vernos flacos y saber que es

menester que los que han de trabajar se sustenten de tal manjar) se

las quiten? ¿Ya no había pagado bastantísimamente por el pecado

de Adán? ¿Siempre que tornamos a pecar lo ha de pagar este

amantísimo Cordero? No lo permitáis, Emperador mío. Apláquese

ya Vuestra Majestad. No miréis a los pecados nuestros, sino a que

nos redimió vuestro sacratísimo Hijo, y a los merecimientos suyos y

de su Madre gloriosa y de tantos santos y mártires como han

muerto por Vos.

9. ¡Ay dolor, Señor, y quién se ha atrevido a hacer esta petición en

nombre de todas! ¡Qué mala tercera, hijas mías, para ser oídas, y

que echase por vosotras la petición! ¡Si ha de indignar más a este

soberano Juez verme tan atrevida, y con razón y justicia! Mas

mirad, Señor, que ya sois Dios de misericordia; habedla de esta

pecadorcilla, gusanillo que así se os atreve. Mirad, Dios mío, mis

deseos y las lágrimas con que esto os suplico, y olvidad mis obras,

por quien Vos sois, y habed lástima de tantas almas como se

pierden, y favoreced vuestra Iglesia. No permitáis ya más daños en

la cristiandad, Señor. Dad ya luz a estas tinieblas.

10. Pídoos yo, hermanas mías, por amor del Señor, encomendéis a

Su Majestad esta pobrecilla y le supliquéis la dé humildad, como

cosa a que tenéis obligación. No os encargo particularmente los

reyes y prelados de la Iglesia, en especial nuestro obispo; veo a las

de ahora tan cuidadosas de ello, que así me parece no es menester

más. Vean las que vinieren que teniendo santo prelado lo serán las

súbditas, y como cosa tan importante la poned siempre delante del

Señor. Y cuando vuestras oraciones y deseos y disciplinas y

ayunos no se emplearen por esto que he dicho, pensad que no

hacéis ni cumplís el fin para que aquí os juntó el Señor.

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CAPÍTULO 4

En que persuade la guarda de la Regla, y de tres cosas importantes

para la vida espiritual. Declara la primera de estas tres cosas, que

es amor del prójimo, y lo que dañan amistades particulares.

1. Ya, hijas, habéis visto la gran empresa que pretendemos ganar.

¿Qué tales habremos de ser para que en los ojos de Dios y del

mundo no nos tengan por muy atrevidas? Está claro que hemos

menester trabajar mucho, y ayuda mucho tener altos pensamientos

para que nos esforcemos a que lo sean las obras. Pues con que

procuremos guardar cumplidamente nuestra Regla y Constituciones

con gran cuidado, espero en el Señor admitirá nuestros ruegos; que

no os pido cosa nueva, hijas mías, sino que guardemos nuestra

profesión, pues es nuestro llamamiento y a lo que estamos

obligadas, aunque de guardar a guardar va mucho.

2. Dice en la primera Regla nuestra que oremos sin cesar. Con que

se haga esto con todo el cuidado que pudiéremos, que es lo más

importante, no se dejarán de cumplir los ayunos y disciplinas y

silencio que manda la Orden. Porque ya sabéis que para ser la

oración verdadera se ha de ayudar con esto; que regalo y oración

no se compadece.

3. En esto de oración es lo que me habéis pedido diga alguna cosa,

y lo dicho hasta ahora, para en pago de lo que dijere, os pido yo

cumpláis y leáis muchas veces de buena gana.

Antes que diga de lo interior, que es la oración, diré algunas cosas

que son necesarias tener las que pretenden llevar camino de

oración, y tan necesarias que, sin ser muy contemplativas, podrán

estar muy adelante en el servicio del Señor, y es imposible si no las

tienen ser muy contemplativas, y cuando pensaren lo son, están

muy engañadas. El Señor me dé el favor para ello y me enseñe lo

que tengo de decir, porque sea para su gloria, amén.

4. No penséis, amigas y hermanas mías, que serán muchas las

cosas que os encargaré, porque plega al Señor hagamos las que

nuestros santos Padres ordenaron y guardaron, que por este

camino merecieron este nombre. Yerro sería buscar otro ni

deprenderle de nadie. Solas tres me extenderé en declarar, que son

de la misma Constitución, porque importa mucho entendamos lo

muy mucho que nos va en guardarlas para tener la paz que tanto

nos encomendó el Señor, interior y exteriormente: la una es amor

unas con otras; otra, desasimiento de todo lo criado; la otra,

verdadera humildad, que aunque la digo a la postre, es la principal y

las abraza todas.

5. Cuanto a la primera, que es amaros mucho unas a otras, va muy

mucho; porque no hay cosa enojosa que no se pase con facilidad

en los que se aman y recia ha de ser cuando dé enojo. Y si este

mandamiento se guardase en el mundo como se ha de guardar,

creo aprovecharía mucho para guardar los demás; mas, más o

menos, nunca acabamos de guardarle con perfección.

Parece que lo demasiado entre nosotras no puede ser malo, y trae

tanto mal y tantas imperfecciones consigo, que no creo lo creerá

sino quien ha sido testigo de vista. Aquí hace el demonio muchos

enredos, que en conciencias que tratan groseramente de contentar

a Dios se sienten poco y les parece virtud, y las que tratan de

perfección lo entienden mucho, porque poco a poco quita la fuerza

a la voluntad para que del todo se emplee en amar a Dios.

6. Y en mujeres creo debe ser esto aun más que en hombres; y

hace daños para la comunidad muy notorios; porque de aquí viene

el no se amar tanto todas, el sentir el agravio que se hace a la

amiga, el desear tener para regalarla, el buscar tiempo para

hablarla, y muchas veces más para decirle lo que la quiere y otras

cosas impertinentes que lo que ama a Dios. Porque estas

amistades grandes pocas veces van ordenadas a ayudarse a amar

más a Dios, antes creo las hace comenzar el demonio para

comenzar bandos en las religiones; que cuando es para servir a Su

Majestad, luego se parece, que no va la voluntad con pasión, sino

procurando ayuda para vencer otras pasiones.

7. Y de estas amistades querría yo muchas donde hay gran

convento, que en esta casa, que no son más de trece ni lo han de

ser, aquí todas han de ser amigas, todas se han de amar, todas se

han de querer, todas se han de ayudar; y guárdense de estas

particularidades, por amor del Señor, por santas que sean, que aun

entre hermanos suele ser ponzoña y ningún provecho en ello veo; y

si son deudos, muy peor, ¡es pestilencia! Y créanme, hermanas,

que aunque os parezca es éste extremo, en él está gran perfección

y gran paz, y se quitan muchas ocasiones a las que no están muy

fuertes; sino que, si la voluntad se inclinare más a una que a otra

(que) no podrá ser menos, que es natural, y muchas veces nos lleva

a amar lo más ruin si tiene más gracias de naturaleza), que nos

vayamos mucho a la mano a no nos dejar enseñorear de aquella

afección. Amemos las virtudes y lo bueno interior, y siempre con

estudio traigamos cuidado de apartarnos de hacer caso de esto

exterior.

8. No consintamos, oh hermanas, que sea esclava de nadie nuestra

voluntad, sino del que la compró por su sangre. Miren que, sin

entender cómo, se hallarán asidas que no se puedan valer. ¡Oh,

válgame Dios!, las niñerías que vienen de aquí no tienen cuento. Y

porque son tan menudas que sólo las que lo ven lo entenderán y

creerán, no hay para qué las decir aquí más de que en cualquiera

será malo y en la prelada pestilencia.

9. En atajar estas parcialidades es menester gran cuidado desde el

principio que se comience la amistad; esto más con industria y amor

que con rigor. Para remedio de esto es gran cosa no estar juntas

sino las horas señaladas, ni hablarse, conforme a la costumbre que

ahora llevamos, que es no estar juntas, como manda la Regla, sino

cada una apartada en su celda. Líbrense en San José de tener

casa de labor; porque, aunque es loable costumbre, con más

facilidad se guarda el silencio cada una por sí, y acostumbrarse a

soledad es gran cosa para la oración; y pues éste ha de ser el

cimiento de esta casa, es menester traer estudio en aficionarnos a

lo que a esto más nos ayuda.

10. Tornando al amarnos unas a otras, parece cosa impertinente

encomendarlo, porque ¿qué gente hay tan bruta que tratándose

siempre y estando en compañía y no habiendo de tener otras

conversaciones ni otros tratos ni recreaciones con personas de

fuera de casa, y creyendo nos ama Dios y ellas a él pues por Su

Majestad lo dejan todo, que no cobre amor? En especial, que la

virtud siempre convida a ser amada; y ésta, con el favor de Dios,

espero en Su Majestad siempre la habrá en las de esta casa. Así

que en esto no hay que encomendar mucho, a mi parecer.

11. En cómo ha de ser este amarse y qué cosa es amor virtuoso -el

que yo deseo haya aquí- y en qué veremos tenemos esta virtud,

que es bien grande, pues nuestro Señor tanto nos la encomendó y

tan encargadamente a sus Apóstoles, de esto querría yo decir

ahora un poquito conforme a mi rudeza. Y si en otros libros tan

menudamente lo hallareis, no toméis nada de mí, que por ventura

no sé lo que digo.

12. De dos maneras de amor es lo que trato: una es espiritual,

porque ninguna cosa parece toca a la sensualidad ni la ternura de

nuestra naturaleza, de manera que quite su puridad; otra es

espiritual, y junto con ella nuestra sensualidad y flaqueza o buen

amor, que parece lícito, como el de los deudos y amigos. De éste ya

queda algo dicho.

13. Del que es espiritual, sin que intervenga pasión ninguna, quiero

ahora hablar, porque, en habiéndola, va todo desconcertado este

concierto; y si con templanza y discreción tratamos personas

virtuosas, especialmente confesores, es provechoso. Mas si en el

confesor se entendiere va encaminado a alguna vanidad, todo lo

tengan por sospechoso, y en ninguna manera, aunque sean buenas

pláticas, las tengan con él, sino con brevedad confesarse y concluir.

Y lo mejor sería decir a la prelada que no se halla bien su alma con

él y mudarle. Esto es lo más acertado, si se puede hacer sin tocarle

en la honra.

14. En caso semejante y otros que podría el demonio en cosas

dificultosas enredar y no se sabe qué consejo tomar, lo más

acertado será procurar hablar a alguna persona que tenga letras; -

que habiendo necesidad dase libertad para ello-, y confesarse con

él y hacer lo que le dijere en el caso; porque, ya que no se pueda

dejar de dar algún medio, podíase errar mucho; y ¡cuántos yerros

pasan en el mundo por no hacer las cosas con consejo, en especial

en lo que toca a dañar a nadie! Dejar de dar algún medio, no se

sufre; porque cuando el demonio comienza por aquí, no es por

poco, si no se ataja con brevedad; y así lo que tengo dicho de

procurar hablar con otro confesor es lo más acertado, si hay

disposición, y espero en el Señor sí habrá.

15. Miren que va mucho en esto, que es cosa peligrosa y un infierno

y daño para todas. Y digo que no aguarden a entender mucho mal,

sino que al principio lo atajen por todas las vías que pudieren y

entendieren con buena conciencia lo pueden hacer. Mas espero yo

en el Señor no permitirá que personas que han de tratar siempre en

oración puedan tener voluntad sino a quien sea muy siervo de Dios,

que esto es muy cierto, o lo es que no tienen oración ni perfección,

conforme a lo que aquí se pretende; porque, si no ven que entiende

su lenguaje y es aficionado a hablar en Dios, no le podrán amar,

porque no es su semejante. Si lo es, con las poquísimas ocasiones

que aquí habrá, o será muy simple o no querrá desasosegarse y

desasosegar a las siervas de Dios.

16. Ya que he comenzado a hablar en esto, que -como he dicho- es

gran daño el que el demonio puede hacer y muy tardío en

entenderse, y así se puede ir estragando la perfección sin saber por

dónde. Porque si éste quiere dar lugar a vanidad por tenerla él, lo

hace todo poco aun para las otras. Dios nos libre, por quien Su

Majestad es, de cosas semejantes. A todas las monjas bastaría a

turbar, porque sus conciencias les dice al contrario de lo que el

confesor y si las aprietan en que tengan uno solo, no saben qué

hacer ni cómo se sosegar; porque quien lo había de quietar y

remediar es quien hace el daño. Hartas aflicciones debe haber de

éstas en algunas partes. Háceme gran lástima, y así no os

espantéis ponga mucho en daros a entender este peligro.

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CAPÍTULO 5

Prosigue en los confesores. Dice lo que importa sean letrados.

1. No dé el Señor a probar a nadie en esta casa el trabajo que

queda dicho, por quien Su Majestad es, de verse alma y cuerpo

apretadas, o que si la prelada está bien con el confesor, que ni a él

de ella ni a ella de él no osan decir nada. Aquí vendrá la tentación

de dejar de confesar pecados muy graves, por miedo de no estar en

desasosiego. ¡Oh, válgame Dios, qué daño puede hacer aquí el

demonio y qué caro les cuesta el apretamiento y honra! Que porque

no traten más de un confesor, piensan granjean gran cosa de

religión y honra del monasterio, y ordena por esta vía el demonio

coger las almas, como no puede por otra. Si piden otro, luego

parece va perdido el concierto de la religión, o que si no es de la

Orden, aunque sea un santo, aun tratar con él les parece les hace

afrenta.

2. Esta santa libertad pido yo por amor del Señor a la que estuviere

por mayor: procure siempre con el obispo o provincial que, sin los

confesores ordinarios, procure algunas veces tratar ella y todas y

comunicar sus almas con personas que tengan letras, en especial si

los confesores no las tienen, por buenos que sean. Son gran cosa

letras para dar en todo luz. Será posible hallar lo uno y lo otro junto

en algunas personas. Y mientras más merced el Señor os hiciere en

la oración, es menester más ir bien fundadas sus obras y oración.

3. Ya sabéis que la primera piedra ha de ser buena conciencia y

con todas vuestras fuerzas libraros aun de pecados veniales y

seguir lo más perfecto. Parecerá que esto cualquier confesor lo

sabe, y es engaño. A mí me acaeció tratar con uno cosas de

conciencia que había oído todo el curso de teología, y me hizo harto

daño en cosas que me decía no eran nada; y sé que no pretendía

engañarme ni tenía para qué, sino que no supo más. Y con otros

dos o tres, sin éste, me acaeció.

4. Este tener verdadera luz para guardar la ley de Dios con

perfección es todo nuestro bien. Sobre ésta asienta bien la oración.

Sin este cimiento fuerte, todo el edificio va falso. Si no les dieren

libertad para confesarse, para tratar cosas de su alma con personas

semejantes a lo que he dicho. Y atrévome más a decir, que aunque

el confesor lo tenga todo, algunas veces se haga lo que digo;

porque ya puede ser él se engañe, y es bien no se engañen todas

por él; procurando siempre no sea cosa contra la obediencia, que

medios hay para todo, y vale mucho a las almas, y así es bien por

las maneras que pudiere lo procure.

5. Todo esto que he dicho toca a la prelada. Y así la torno a pedir

que, pues aquí no se pretende tener otra consolación sino la del

alma, procure en esto su consolación, que hay diferentes caminos

por donde lleva Dios y no por fuerza los sabrá todos un confesor;

que yo aseguro no les falten personas santas que quieran tratarlas

y consolar sus almas, si ellas son las que han de ser, aunque seáis

pobres; que el que las sustenta los cuerpos despertará y pondrá

voluntad a quien con ella dé luz a sus almas, y remédiase este mal,

que es el que yo temo; que cuando el demonio tentase al confesor

en engañarle en alguna doctrina, como sepa trata con otros iráse a

la mano y mirará mejor, en todo, lo que hace.

Quitada esta entrada al demonio, yo espero en Dios no la tendrá en

esta casa; y así pido por amor del Señor al obispo que fuere, que

deje a las hermanas esta libertad y que no se la quite, cuando las

personas fueren tales que tengan letras y bondad, que luego se

entiende en lugar tan chico como éste.

6. Esto que aquí he dicho, téngolo visto y entendido y tratado con

personas doctas y santas, que han mirado lo que más convenía a

esta casa para que la perfección de esta casa fuese adelante. Y

entre los peligros -que en todo le hay mientras vivimos- éste

hallamos ser el menor; y que nunca haya vicario que tenga mano

de entrar y salir, ni confesor que tenga esta libertad; sino que éstos

sean para celar el recogimiento y honestidad de la casa y

aprovechamiento interior y exterior, para decirlo al prelado cuando

hubiere falta; mas no que sea él superior.

7. Y esto es lo que se hace ahora, y no por solo mi parecer; porque

el obispo que ahora tenemos, debajo de cuya obediencia estamos

(que) por causas muchas que hubo, no se dio la obediencia a la

Orden), que es persona amiga de toda religión y santidad y gran

siervo de Dios (llámase) Don Alvaro de Mendoza, de gran nobleza

de linaje, y muy aficionado a favorecer esta casa de todas

maneras), hizo juntar personas de letras y espíritu y experiencia

para este punto, y se vino a determinar esto. Razón será que los

prelados que vinieren se lleguen a este parecer, pues por tan

buenos está determinado y con hartas oraciones pedido al Señor

alumbrase lo mejor; y, a lo que se entiende hasta ahora, cierto esto

lo es. El Señor sea servido llevarlo siempre adelante como más sea

para su gloria, amén.

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CAPITULO 6

Torna a la materia que comenzó del amor perfecto.

1. Harto me he divertido; mas importa tanto lo que queda dicho, que

quien lo entendiere no me culpará. Tornemos ahora al amor que es

bien y lícito nos tengamos, del que digo es puro espiritual. No sé si

sé lo que me digo. Al menos paréceme no es menester mucho

hablar en él, porque le tienen pocos. A quien el Señor se le hubiere

dado, alábele mucho, porque debe ser de grandísima perfección.

En fin, quiero tratar algo de él. Por ventura hará algún provecho,

que poniéndonos delante de los ojos la virtud, aficiónase a ella

quien la desea y pretende ganar.

2. Plega a Dios yo sepa entenderle, cuánto más decirle, que ni creo

sé cuál es espiritual, ni cuándo se mezcla sensual, ni sé cómo me

pongo a hablar en ello. Es como quien oye hablar de lejos, que no

entiende lo que dicen; así soy yo, que algunas veces no debo

entender lo que digo y quiere el Señor sea bien dicho; si otras fuere

dislate, es lo más natural a mí no acertar en nada.

3. Paréceme ahora a mí que cuando una persona ha llegádola Dios

a claro conocimiento de lo que es el mundo, y qué cosa es mundo,

y que hay otro mundo, y la diferencia que hay de lo uno a lo otro, y

que lo uno es eterno y lo otro soñado, o qué cosa es amar al

Criador o a la criatura (esto) visto por experiencia, que es otro

negocio que sólo pensarlo y creerlo), o ver y probar qué se gana

con lo uno y se pierde con lo otro, y qué cosa es Criador y qué cosa

es criatura, y otras muchas cosas que el Señor enseña a quien se

quiere dar a ser enseñado de él en la oración o a quien Su

Majestad quiere, que aman muy diferentemente de los que no

hemos llegado aquí.

4. Podrá ser, hermanas, que os parezca tratar en esto impertinente

y que digáis que estas cosas que he dicho ya todas las sabéis.

Plega al Señor sea así que lo sepáis de la manera que hace al

caso, imprimido en las entrañas; pues si lo sabéis, veréis que no

miento en decir que a quien el Señor llega aquí tiene este amor.

Son estas personas que Dios las llega a este estado almas

generosas, almas reales; no se contentan con amar cosa tan ruin

como estos cuerpos, por hermosos que sean, por muchas gracias

que tengan, bien que place a la vista y alaban al Criador; mas para

detenerse en ello, no. Digo «detenerse», de manera que por estas

cosas los tengan amor; parecerles hía que aman cosa sin tomo y

que se ponen a querer sombra; correrse hían de sí mismos y no

tendrían cara, sin gran afrenta suya, para decir a Dios que le aman.

5. Diréisme: «esos tales no sabrán querer ni pagar la voluntad que

se les tuviere».

-Al menos dáseles poco de que se la tengan. Ya que de presto

algunas veces el natural lleva a holgarse de ser amados, en

tornando sobre sí ven que es disparate, si no son personas que las

ha de aprovechar su alma o con doctrina o con oración. Todas las

otras voluntades les cansan, que entienden ningún provecho les

hace y les podría dañar, no porque las dejan de agradecer y pagar

con encomendarlos a Dios. Tómanlo como cosa que echan carga al

Señor los que las aman, que entienden viene de allí, porque en sí

no les parece que hay qué querer, y luego les parece las quieren

porque las quiere Dios, y dejan a Su Majestad lo pague y se lo

suplican, y con esto quedan libres, que les parece no les toca. Y

bien mirado, si no es con las personas que digo que nos pueden

hacer bien para ganar bienes perfectos, yo pienso algunas veces

cuán gran ceguedad se trae en este querer que nos quieran.

6. Ahora noten que, como el amor, cuando de alguna persona le

queremos, siempre se pretende algún interés de provecho o

contento nuestro, y estas personas perfectas ya todos los tienen

debajo de los pies los bienes que en el mundo les pueden hacer y

regalos, los contentos ya están de suerte, que, aunque ellos

quieran, a manera de decir, no le pueden tener que lo sea fuera de

con Dios o en tratar de Dios. Pues ¿qué provecho les puede venir

de ser amados?

7. Como se les representa esta verdad, de sí mismos se ríen de la

pena que algún tiempo les ha dado si era pagada o no su voluntad.

Aunque sea buena la voluntad, luego nos es muy natural querer ser

pagada. Venido a cobrar esta paga, es en pajas, que todo es aire y

sin tomo, que se lo lleva el viento. Porque, cuando mucho nos

hayan querido, ¿qué es esto que nos queda? Así que, si no es para

provecho de su alma con las personas que tengo dichas, porque

ven ser tal nuestro natural que si no hay algún amor luego se

cansan, no se les da más ser queridas que no.

Pareceros ha que estos tales no quieren a nadie, ni saben, sino a

Dios.

-Mucho más, y con más verdadero amor, y con más pasión y más

provechoso amor: en fin, es amor. Y estas tales almas son siempre

aficionadas a dar, mucho más que no a recibir; aun con el mismo

Criador les acaece esto. Digo que merece éste nombre de amor,

que esotras aficiones bajas le tienen usurpado el nombre.

8. También os parecerá, que si no aman por las cosas que ven, que

¿a qué se aficionan?

-Verdad es que lo que ven aman y a lo que oyen se aficionan; mas

es a cosas que ven son estables. Luego éstos, si aman, pasan por

los cuerpos y ponen los ojos en las almas y miran si hay qué amar;

y si no lo hay y ven algún principio o disposición para que, si cavan,

hallarán oro en esta mina, si la tienen amor, no les duele el trabajo;

ninguna cosa se les pone delante que de buena gana no la hiciesen

por el bien de aquel alma, porque desean durar en amarla y saben

muy bien que, si no tiene bienes y ama mucho a Dios, que es

imposible. Y digo que es imposible, aunque más la obligue y se

muera queriéndola y la haga todas las buenas obras que pueda y

tenga todas las gracias de naturaleza juntas; no tendrá fuerza la

voluntad ni la podrá hacer estar con asiento. Ya sabe y tiene

experiencia de lo que es todo; no le echarán dado falso; ve que no

son para en uno, y que es imposible durar a quererse el uno al otro,

porque es amor que se ha de acabar con la vida si el otro no va

guardando la ley de Dios y entiende que no le ama y que han de ir a

diferentes partes.

9. Y este amor que sólo acá dura, alma de éstas a quien el Señor

ya ha infundido verdadera sabiduría, no le estima en más de lo que

vale, ni en tanto. Porque para los que gustan de gustar de cosas del

mundo, deleites y honras y riquezas, algo valdrá, si es rico o tiene

partes para dar pasatiempo y recreación; mas quien todo esto

aborrece ya, poco o nonada se le dará de aquello.

Ahora, pues, aquí -si tiene amor- es la pasión para hacer esta alma

para ser amada de él; porque, como digo, sabe que no ha de durar

en quererla. Es amor muy a su costa. No deja de poner todo lo que

puede porque se aproveche. Perdería mil vidas por un pequeño

bien suyo.

¡Oh precioso amor, que va imitando al capitán del amor, Jesús,

nuestro bien!

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CAPITULO 7

En que trata de la misma materia de amor espiritual, y da algunos

avisos para ganarle.

1. Es cosa extraña qué apasionado amor es éste, qué de lágrimas

cuesta, qué de penitencias y oración, qué cuidado de encomendar a

todos los que piensa le han de aprovechar con Dios para que se le

encomienden, qué deseo ordinario, un no traer contento si no le ve

aprovechar. Pues si le parece está mejorado y le ve que torna algo

atrás, no parece ha de tener placer en su vida; ni come ni duerme

sino con este cuidado, siempre temerosa si alma que tanto quiere

se ha de perder, y si se han de apartar para siempre, que la muerte

de acá no la tienen en nada, que no quiere asirse a cosa que en un

soplo se le va de entre las manos sin poderla asir. Es -como he

dicho- amor sin poco ni mucho de interés propio. Todo lo que desea

y quiere es ver rica aquella alma de bienes del cielo.

Esta es voluntad, y no estos quereres de por acá desastrados, aun

no digo los malos, que de ésos Dios nos libre: [2] en cosa que es

infierno no hay que nos cansar en decir mal, que no se puede

encarecer el menor mal de él. Este no hay para qué tomarle

nosotras, hermanas, en la boca, ni pensar le hay en el mundo, en

burlas ni en veras oírle, ni consentir que delante de vosotras se

trate ni cuente de semejantes voluntades. Para ninguna cosa es

bueno, y podría dañar aun oírlo. Sino de estotros lícitos, como he

dicho, que nos tenemos unas a otras, o de deudos y amigas. Toda

la voluntad es que no se nos muera: si les duele la cabeza, parece

nos duele el alma; si los vemos con trabajos, no queda -como

dicen- paciencia; todo de esta manera.

3. Estotra voluntad no es así. Aunque con la flaqueza natural se

siente algo de presto, luego la razón mira si es bien para aquel

alma, si se enriquece más en virtud y cómo lo lleva, el rogar a Dios

la dé paciencia y merezca en los trabajos. Si ve que la tiene,

ninguna pena siente, antes se alegra y consuela; bien que lo

pasaría de mejor gana que vérselo pasar, si el mérito y ganancia

que hay en padecer pudiese todo dársele, mas no para que se

inquiete ni desasosiegue.

4. Torno otra vez a decir, que se parece y va imitando este amor al

que nos tuvo el buen amador Jesús; y así aprovechan tanto, porque

no querrían ellos sino abrazar todos los trabajos, y que los otros sin

trabajar se aprovechasen de ellos. Así ganan muy mucho los que

tienen su amistad; y crean que, o los dejarán de tratar -con

particular amistad, digo- o acabarán con nuestro Señor que vayan

por su camino, pues van a una tierra, como hizo Santa Mónica con

San Agustín. No les sufre el corazón tratar con ellos doblez, porque

si les ven torcer el camino, luego se lo dicen, o algunas faltas. No

pueden consigo acabar otra cosa. Y como de esto no se

enmendarán ni tratan de lisonja con ellos ni de disimularles nada, o

ellos se enmendarán o apartarán de la amistad; porque no podrán

sufrirlo, ni es de sufrir; para el uno y para el otro es continua guerra.

Con andar descuidados de todo el mundo y no trayendo cuenta si

sirven a Dios o no porque sólo consigo mismos la tienen, con sus

amigos no hay poder hacer esto, ni se les encubre cosa. Las

motitas ven. Digo que traen bien pesada cruz.

5. Esta manera de amar es la que yo querría tuviésemos nosotras.

Aunque a los principios no sea tan perfecta, el Señor la irá

perfeccionando. Comencemos en los medios, que aunque lleve

algo de ternura, no dañará, como sea en general. Es bueno y

necesario algunas veces mostrar ternura en la voluntad, y aun

tenerla, y sentir algunos trabajos y enfermedades de las hermanas,

aunque sean pequeños; que algunas veces acaece dar una cosa

muy liviana tan gran pena como a otra daría un gran trabajo, y a

personas que tienen de natural apretarle mucho pocas cosas. Si

vos le tenéis al contrario, no os dejéis de compadecer; y por ventura

quiere nuestro Señor reservarnos de esas penas y las tendremos

en otras cosas, y de las que para nosotras son graves -aunque de

suyo lo sean- para la otra serán leves. Así que en estas cosas no

juzguemos por nosotras ni nos consideremos en el tiempo que, por

ventura sin trabajo nuestro, el Señor nos ha hecho más fuertes, sino

considerémonos en el tiempo que hemos estado más flacas.

6. Mirad que importa este aviso para sabernos condoler de los

trabajos de los prójimos, por pequeños que sean, en especial a

almas de las que quedan dichas; que ya éstas, como desean los

trabajos, todo se les hace poco, y es muy necesario traer cuidado

de mirarse cuando era flaca y ver que si no lo es, no viene de ella;

porque podría por aquí el demonio ir enfriando la caridad con los

prójimos y hacernos entender es perfección lo que es falta. En todo

es menester cuidado y andar despiertas, pues él no duerme, y en

los que van en más perfección, más; porque son muy más

disimuladas las tentaciones, que no se atreve a otra cosa, que no

parece se entiende el daño hasta que está ya hecho, si -como digono

se trae cuidado. En fin, que es menester siempre velar y orar,

que no hay mejor remedio para descubrir estas cosas ocultas del

demonio y hacerle dar señal que la oración.

7. Procurar también holgaros con las hermanas cuando tienen

recreación con necesidad de ella y el rato que es de costumbre,

aunque no sea a vuestro gusto, que yendo con consideración todo

es amor perfecto. Así que es muy bien las unas se apiaden de las

necesidades de las otras. Miren no sea con falta de discreción en

cosas que sea contra la obediencia. Aunque le parezca áspero

dentro en sí lo que mandare la prelada, no lo muestre ni dé a

entender a nadie, si no fuere a la misma priora con humildad, que

haréis mucho daño. Y sabed entender cuáles son las cosas que se

han de sentir y apiadar de las hermanas, y siempre sientan mucho

cualquiera falta, si es notoria, que veáis en la hermana. Y aquí se

muestra y ejercita bien el amor en sabérsela sufrir y no se espantar

de ella, que así harán las otras las que vos tuviereis, que aun de las

que no entendéis deben ser muchas más; y encomendarla mucho a

Dios, y procurar hacer vos con gran perfección la virtud contraria de

la falta que le parece en la otra. Esforzarse a esto, para que enseñe

a aquélla por obra lo que por palabra por ventura no lo entenderá, ni

le aprovechará, ni castigo. Y esto de hacer una lo que ve

resplandecer de virtud en otra, pégase mucho. Este es buen aviso;

no se os olvide.

8. ¡Oh, qué bueno y verdadero amor será el de la hermana que

puede aprovechar a todas, dejado su provecho por los de las otras,

ir muy adelante en todas las virtudes y guardar con gran perfección

su Regla! Mejor amistad será ésta que todas las ternuras que se

pueden decir, que éstas no se usan ni han de usar en esta casa, tal

como «mi vida», «mi alma», «mi bien», y otras cosas semejantes,

que a las unas llaman uno y a las otras otro. Estas palabras

regaladas déjenlas para con su Esposo, pues tanto han de estar

con El y tan a solas, que de todo se habrán menester aprovechar,

pues Su Majestadlo sufre, y muy usadas acá no enternecen tanto

con el Señor; y sin esto, no hay para qué; es muy de mujeres y no

querría yo, hijas mías, lo fueseis en nada, ni lo parecieseis, sino

varones fuertes: que si ellas hacen lo que es en sí, el Señor las

hará tan varoniles que espanten a los hombres. ¡Y qué fácil es a Su

Majestad, pues nos hizo de nonada!

9. Es también muy buena muestra de amor en procurar quitarlas de

trabajo y tomarle ella para sí en los oficios de casa, y también de

holgarse y alabar mucho al Señor del acrecentamiento que viere en

sus virtudes. Todas estas cosas, dejado el gran bien que traen

consigo, ayudan mucho a la paz y conformidad de unas con otras,

como ahora lo vemos por experiencia, por la bondad de Dios. Plega

a Su Majestad lo lleve siempre adelante, porque sería cosa terrible

ser al contrario, y muy recio de sufrir, pocas y mal avenidas; no lo

permita Dios.

10. Si por dicha alguna palabrilla de presto se atravesare,

remédiese luego y hagan gran oración. Y en cualquiera de estas

cosas que dure, o bandillos, o deseo de ser más, o puntito de honra

(que) parece se me hiela la sangre, cuando esto escribo, de pensar

que puede en algún tiempo venir a ser, porque veo es el principal

mal de los monasterios), cuando esto hubiese, dense por perdidas.

Piensen y crean han echado a su Esposo de casa y que le

necesitan a ir a buscar otra posada, pues le echan de su casa

propia. Clamen a Su Majestad. Procuren remedio. Porque, si no le

pone confesar y comulgar tan a menudo, teman si hay algún Judas.

11. Mire mucho la priora, por amor de Dios, en no dar lugar a esto,

atajando mucho los principios, que aquí está todo el daño o

remedio; y la que entendiere lo alborota, procure se vaya a otro

monasterio, que Dios las dará con qué la doten. Echen de sí esta

pestilencia. Corten como pudieren las ramas. Y si no bastare,

arranquen la raíz. Y cuando no pudiesen esto, no salga de una

cárcel quien de estas cosas tratare: mucho más vale, antes que

pegue a todas tan incurable pestilencia. ¡Oh, que es gran mal! Dios

nos libre de monasterio donde entra. Yo más querría entrase en

éste un fuego que nos abrasase a todas.

Porque en otra parte creo diré algo más de esto -como en cosa que

nos va tanto- no me alargo más aquí

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CAPITULO 8

Trata del gran bien que es desasirse de todo lo criado interior y

exteriormente.

1. Ahora vengamos al desasimiento que hemos de tener, porque en

esto está el todo, si va con perfección. Aquí digo está el todo,

porque abrazándonos con solo el Criador y no se nos dando nada

por todo lo criado, Su Majestad infunde de manera las virtudes, que

trabajando nosotros poco a poco lo que es en nosotros, no

tendremos mucho más que pelear, que el Señor toma la mano

contra los demonios y contra todo el mundo en nuestra defensa.

¿Pensáis, hermanas, que es poco bien procurar este bien de

darnos todas al Todo sin hacernos partes? Y pues en él están todos

los bienes, como digo, alabémosle mucho, hermanas, que nos juntó

aquí adonde no se trata de otra cosa sino de esto. Y así no sé para

qué lo digo, pues todas las que aquí estáis me podéis enseñar a mí;

que confieso en este caso tan importante no tener la perfección

como la deseo y entiendo conviene, y en todas las virtudes; y lo que

aquí digo, lo mismo, que es más fácil de escribir que de obrar; y aun

a esto no atinara, porque algunas veces consiste en experiencia el

saberlo decir, y debo atinar por el contrario de estas virtudes que he

tenido.

2. Cuanto a lo exterior, ya se ve cuán apartadas estamos aquí de

todo. Oh hermanas, entended, por amor de Dios, la gran merced

que el Señor ha hecho a las que trajo aquí, y cada una lo piense

bien en sí, pues en solas doce quiso Su Majestad fueseis una. Y

qué de ellas mejores que yo, sé que tomaran este lugar de buena

gana, y diómele el Señor a mí, mereciéndole tan mal. Bendito seáis

Vos, mi Dios, y alábeos todo lo criado, que esta merced tampoco se

puede servir, como otras muchas que me habéis hecho, que darme

estado de monja fue grandísima. Y como lo he sido tan ruin, no os

fiasteis, Señor, de mí, porque adonde había muchas juntas buenas

no se echara de ver así mi ruindad hasta que se me acabara la

vida, y trajísteisme adonde, por ser tan pocas que parece imposible

dejarse de entender, porque ande con más cuidado, quitáisme

todas las ocasiones. Ya no hay disculpa para mí, Señor, yo lo

confieso, y así he más menester vuestra misericordia, para que

perdonéis la que tuviere.

3. Lo que os pido mucho es que la que viere en sí no es para llevar

lo que aquí se acostumbra, lo diga. Otros monasterios hay adonde

se sirve tan bien el Señor. No turben estas poquitas que aquí Su

Majestad ha juntado. En otras partes hay libertad para consolarse

con deudos; aquí, si algunos se admiten, es para consuelo de los

mismos. Mas la monja que deseare ver deudos para su consuelo, si

no son espirituales, téngase por imperfecta; crea no está desasida,

no está sana, no tendrá libertad de espíritu, no tendrá entera paz,

menester ha médico, y digo que, si no se le quita y sana, que no es

para esta casa.

4. El remedio que veo mejor es no los ver hasta que se vea libre y lo

alcance del Señor con mucha oración. Cuando se vea de manera

que lo tome por cruz, véalos enhorabuena, que entonces les hará

provecho a ellos y no daño a sí.

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CAPITULO 9

Que trata del gran bien que hay en huir los deudos los que han

dejado el mundo, y cuán más verdaderos amigos hallan.

1. ¡Oh, si entendiésemos las religiosas el daño que nos viene de

tratar mucho con deudos, cómo huiríamos de ellos! Yo no entiendo

qué consolación es ésta que dan, aun dejado lo que toca a Dios,

sino para solo nuestro sosiego y descanso, que de sus

recreaciones no podemos ni es lícito gozar, y sentir sus trabajos sí;

ninguno dejan de llorar, y algunas veces más que los mismos. A

usadas, que si algún regalo hacen al cuerpo, que lo paga bien el

espíritu. De eso estáis aquí quitadas, que como todo es en común y

ninguna puede tener regalo particular, así la limosna que las hacen

es en general, y queda libre de contentarlos por esto, que ya sabe

que el Señor las ha de proveer por junto.

2. Espantada estoy el daño que hace tratarlos; no creo lo creerá

sino quien lo tuviere por experiencia. ¡Y qué olvidada parece está el

día de hoy en las religiones esta perfección! No sé yo qué es lo que

dejamos del mundo las que decimos que todo lo dejamos por Dios,

si no nos apartamos de lo principal, que son los parientes. Viene ya

la cosa a estado, que tienen por falta de virtud no querer y tratar

mucho los religiosos a sus deudos, y como que lo dicen ellos y

alegan sus razones.

3. En esta casa, hijas, mucho cuidado de encomendarlos a Dios,

que es razón; en lo demás, apartarlos de la memoria lo más que

podamos, porque es cosa natural asirse a ellos nuestra voluntad

más que a otras personas.

Yo he sido querida mucho de ellos, a lo que decían, y yo los quería

tanto, que no los dejaba olvidarme. Y tengo por experiencia, en mí y

en otras, que dejados padres (que) por maravilla dejan de hacer por

los hijos, y es razón con ellos cuando tuvieren necesidad de

consuelo, si viéremos no nos hace daño a lo principal, no seamos

extraños, que con desasimiento se puede hacer, y con hermanos),

en los demás, aunque me he visto en trabajos, mis deudos han sido

y quien menos ha ayudado en ellos; los siervos de Dios, sí.

4. Creed, hermanas, que sirviéndole vosotras como debéis, que no

hallaréis mejores deudos que los que Su Majestad os enviare. Yo

sé que es así, y puestas en esto -como lo vais- y entendiendo que

en hacer otra cosa faltáis al verdadero amigo y esposo vuestro,

creed que muy en breve ganaréis esta libertad, y que de los que por

solo él os quisieren, podéis fiar más que de todos vuestros deudos,

y que no os faltarán; y en quien no pensáis, hallaréis padres y

hermanos. Porque como éstos pretenden la paga de Dios, hacen

por nosotras; los que la pretenden de nosotras, como nos ven

pobres y que en nada les podemos aprovechar, cánsanse presto. Y

aunque esto no sea en general, es lo más usado ahora en el

mundo, porque, en fin, es mundo.

Quien os dijere otra cosa y que es virtud hacerla, no los creáis, que

si dijese todo el daño que trae consigo, me había de alargar mucho;

y porque otros, que saben lo que dicen mejor, han escrito en esto,

baste lo dicho. Paréceme que, pues con ser tan imperfecta lo he

entendido tanto, ¿qué harán los que son perfectos?

5. Todo este decirnos que huyamos del mundo, que nos aconsejan

los Santos, claro está que es bueno. Pues creedme que lo que,

como he dicho, más se apega de él son los deudos y más malo de

desapegar. Por eso hacen bien los que huyen de sus tierras; si les

vale, digo, que no creo va en huir el cuerpo, sino en que

determinadamente se abrace el alma con el buen Jesús, Señor

nuestro, que como allí lo halla todo, lo olvida todo; aunque ayuda es

apartarnos muy grande hasta que ya tengamos conocida esta

verdad; que después podrá ser quiera el Señor, por darnos cruz en

lo que solíamos tener gusto, que tratemos con ellos.

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NOTAS

1 A usadas, escribe la Santa, deformando la expresión clásica «a

osadas», que equivale a «con resolución, sin miedo o bien a

«ciertamente». Cobarruvias la explica así: de osadía «se forma una

manera de decir antigua aosadas, que vale tanto como 'osaría yo

apostar» (s. v. «osar»).

2 ... al menos en las más, aunque no en todos los santos que

escribieron, o muchos (1ª redacción). -Sigue una alusión a los

consejos evangélicos (Lc 14, 33).

3 ... después de los dicho que toca a su Iglesia (1ª redacción).

4 Las últimas frases han sido retocadas en los autógrafos y en las

ediciones. En la primera redacción escribió «En los demás, aunque

me he visto en trabajos, mis deudos han sido; y quien me ha

ayudado en ellos, los siervos de Dios». En la nueva redacción,

copió materialmente esa frase. Luego la enmendó, no muy

certeramente, tal como se transcribe en el texto. Tanto la edición

príncipe (f 31r) como fray Luis de León (p. 55) deforman el texto.

Aunque la frase es poco feliz, el sentido es claro: en los trabajos,

sus deudos (parientes) la han ayudado menos que los siervos de

Dios.

5 Lo ha dicho en el n. 2.

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CAPITULO 10

Trata cómo no basta desasirse de lo dicho, si no nos desasimos de

nosotras mismas, y cómo están juntas esta virtud y la humildad.

1. Desasiéndonos del mundo y deudos y encerradas aquí con las

condiciones que están dichas, ya parece lo tenemos todo hecho y

que no hay que pelear con nada. ¡Oh hermanas mías!, no os

aseguréis ni os echéis a dormir, que será como el que se acuesta

muy sosegado habiendo muy bien cerrado sus puertas por miedo

de ladrones, y se los deja en casa. Y ya sabéis que no hay peor

ladrón, pues quedamos nosotras mismas, que si no se anda con

gran cuidado y cada una -como en negocio más importante que

todos- no se mira mucho en andar contradiciendo su voluntad, hay

muchas cosas para quitar esta santa libertad de espíritu, que pueda

volar a su Hacedor sin ir cargada de tierra y de plomo.

2. Gran remedio es para esto traer muy continuo en el pensamiento

la vanidad que es todo y cuán presto se acaba, para quitar las

afecciones de las cosas que son tan baladíes y ponerla en lo que

nunca se ha de acabar. Y aunque parece flaco medio, viene a

fortalecer mucho el alma, y en las muy pequeñas cosas traer gran

cuidado; en aficionándonos a alguna, procurar apartar el

pensamiento de ella y volverle a Dios, y Su Majestad ayuda. Y

hanos hecho gran merced, que en esta casa lo más está hecho,

puesto que este apartarnos de nosotras mismas y ser contra

nosotras, es recia cosa, porque estamos muy juntas y nos amamos

mucho.

3. Aquí puede entrar la verdadera humildad, porque esta virtud y

estotra paréceme andan siempre juntas. Son dos hermanas que no

hay para qué las apartar. No son éstos los deudos de que yo aviso

se aparten, sino que los abracen, y las amen y nunca se vean sin

ellas. ¡Oh soberanas virtudes, señoras de todo lo criado,

emperadoras del mundo, libradoras de todos los lazos y enredos

que pone el demonio, tan amadas de nuestro enseñador Cristo, que

nunca un punto se vio sin ellas! Quien las tuviere, bien puede salir y

pelear con todo el infierno junto y contra todo el mundo y sus

ocasiones. No haya miedo de nadie, que suyo es el reino de los

cielos. No tiene a quién temer, porque nada no se le da de perderlo

todo ni lo tiene por pérdida; sólo teme descontentar a su Dios; y

suplicarle las sustente en ellas porque no las pierda por su culpa.

4. Verdad es que estas virtudes tienen tal propiedad, que se

esconden de quien las posee, de manera que nunca las ve ni acaba

de creer que tiene ninguna, aunque se lo digan; mas tiénelas en

tanto, que siempre anda procurando tenerlas, y valas

perfeccionando en sí más, aunque bien se señalan los que las

tienen; luego se da a entender a los que los tratan, sin querer ellos.

Mas ¡qué desatino ponerme yo a loar humildad y mortificación,

estando tan loadas del Rey de la gloria y tan confirmadas con

tantos trabajos suyos! Pues, hijas mías, aquí es el trabajar por salir

de tierra de Egipto, que en hallándolas hallaréis el maná; todas las

cosas os sabrán bien; por mal sabor que al gusto de los del mundo

tengan, se os harán dulces.

5. Ahora, pues, lo primero que hemos de procurar es quitar de

nosotras el amor de este cuerpo, que somos algunas tan regaladas

de nuestro natural, que no hay poco que hacer aquí, y tan amigas

de nuestra salud, que es cosa para alabar a Dios la guerra que dan,

a monjas en especial, y aun a los que no lo son. Mas algunas

monjas no parece que venimos a otra cosa al monasterio, sino a

procurar no morirnos. Cada una lo procura como puede. Aquí, a la

verdad, poco lugar hay de eso con la obra, mas no querría yo

hubiese el deseo. Determinaos, hermanas, que venís a morir por

Cristo, y no a regalaros por Cristo; que esto pone el demonio «que

para llevar y guardar la Orden»; y tanto enhorabuena se quiere

guardar la Orden con procurar la salud para guardarla y

conservarla, que se muere sin cumplirla enteramente un mes, ni por

ventura un día. Pues no sé yo a qué venimos.

6. No hayan miedo nos falte discreción en este caso por maravilla,

que luego temen los confesores nos hemos de matar con

penitencias. Y es tan aborrecido de nosotras esta falta de

discreción, que así lo cumpliésemos todo. Las que lo hicieren al

contrario, yo sé que no se les dará nada de que diga esto, ni a mí

de que digan juzgo por mí, que dicen verdad. Tengo para mí que

así quiere el Señor seamos más enfermas; al menos a mí hízome

en serlo gran misericordia, porque como me había de regalar así

como así, quiso fuese con causa.

Pues es cosa donosa las que andan con este tormento que ellas

mismas se dan, y algunas veces dales un deseo de hacer

penitencias sin camino ni concierto, que duran dos días, a manera

de decir. Después pónelas el demonio en la imaginación que las

hizo daño; hácelas temer de la penitencia y no osar después

cumplir la que manda la Orden, «que ya lo probaron». No

guardamos unas cosas muy bajas de la Regla -como el silencio,

que no nos ha de hacer mal- y no nos ha dolido la cabeza, cuando

dejamos de ir al coro, -que tampoco nos mata-, y queremos inventar

penitencias de nuestra cabeza para que no podamos hacer lo uno

ni lo otro. Y a las veces es poco el mal, y nos parece no estamos

obligadas a hacer nada, que con pedir licencia cumplimos.

7. Diréis ¿que por qué la da la priora? -A saber lo interior, por

ventura no haría; mas como le hacéis información de necesidad y

no falta un médico que ayuda por la misma que vos le hacéis, y una

amiga que llore al lado, o parienta, ¿qué ha de hacer? Queda con

escrúpulo si falta en la caridad. Quiere más faltéis vos que ella.

8. Estas son cosas que puede ser pasen alguna vez, y porque os

guardéis de ellas las pongo aquí. Porque si el demonio nos

comienza a amedrentar con que nos faltará la salud, nunca

haremos nada. El Señor nos dé luz para acertar en todo, amén.

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NOTAS

1 Puesto que, en acepción de aunque. -El pasaje es más claro en la

1ª redacción: Y hanos hecho gran merced, que en esta casa lo más

está hecho; mas queda desasirnos de nosotros mismos. Este es

recio apartar...

2 estotra: la virtud del desasimiento, de que viene hablando.

3 Suplícale debió escribir. En la 1ª redacción concluía así: No tiene

a quién temer, sino suplicar a Dios le sustente en ellas para que no

las pierda por su culpa.

4 Alusión a Sab 16, 20, y al Ex c. 16.

5 Un corrector enmendó sin motivo el autógrafo: «que esto pone el

demonio que es menester para llevar y guardar la orden». -

Recuérdese que pone equivale a sugiere. - Guardar la orden

equivale a guardar la observancia de la Orden. -Tanto

enhorabuena: tan enhorabuena.

6 En la 1ª redacción escribió más lacónicamente: Creo, y sélo

cierto, que tengo más compañeras que tendré injuriadas por hacer

lo contrario.

7 En la 1ª redacción era más fina la ironía y fuerza de este pasaje.

Algunas veces dales un frenesí de hacer penitencias sin camino ni

concierto.... La imaginación que les pone el demonio 'que las hizo

daño' 'que ¡nunca más penitencia!, ni la que manda la orden que ya

lo probaron'. No guardan unas cosas muy bajas de la Regla -como

es el silencio, que no nos ha de hacer mal-, y no nos ha venido la

imaginación de que nos duele la cabeza, cuando dejamos de ir al

coro -que tampoco nos mata-, un día porque nos dolió, y otro

porque nos ha dolido, y otros tres porque no nos duela.

8 Y no le parece justo juzgarnos mal -añadía la 1ª redacción-. -En

lugar del n. siguiente, la redacción primitiva concluía así: ¡Oh, este

quejar -válgame Dios- entre monjas!; que El me lo perdone, que

temo es ya costumbre. A mí me acaeció una vez ver esto: que la

tenía una de quejarse de la cabeza, y quejábaseme mucho de ella.

Venido a averiguar, poco ni mucho le dolía, sino en otra parte tenía

algún dolor. -Todo este capítulo es mucho más espontáneo y

finamente cáustico en la redacción escurialense.

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CAPITULO 11

Prosigue en la mortificación, y dice la que se ha de adquirir en las

enfermedades.

1. Cosa imperfecta me parece, hermanas mías, este quejarnos

siempre con livianos males; si podéis sufrirlo, no lo hagáis. Cuando

es grave el mal, él mismo se queja; es otro quejido y luego se

parece. Mirad que sois pocas, y si una tiene esta costumbre es para

traer fatigadas a todas, si os tenéis amor y hay caridad; sino que la

que estuviere de mal que sea de veras, lo diga y tome lo necesario;

que si perdéis el amor propio, sentiréis tanto cualquier regalo, que

no hayáis miedo le toméis sin necesidad ni os quejéis sin causa.

Cuando la hay, sería muy peor no decirlo que tomarle sin ella, y

muy malo si no os apiadasen.

2. Mas de eso, a buen seguro que adonde hay caridad y tan pocas,

que nunca falte el cuidado de curaros. Mas unas flaquezas y

malecillos de mujeres, olvidaos de quejarlas, que algunas veces

pone el demonio imaginación de esos dolores; quítanse y pónense.

Si no se pierde la costumbre de decirlo y quejaros de todo si no

fuere a Dios, nunca acabaréis. Porque este cuerpo tiene una falta,

que mientras más le regalan, más necesidades descubre. Es cosa

extraña lo que quiere ser regalado; y como tiene aquí algún buen

color, por poca que sea la necesidad, engaña a la pobre del alma

para que no medre.

3. Acordaos qué de pobres enfermos habrá que no tengan a quién

se quejar. Pues pobres y regaladas, no lleva camino. Acordaos

también de muchas casadas; -yo sé que las hay- y personas de

suerte, que con graves males, por no dar enfado a sus maridos, no

se osan quejar, y con graves trabajos. Pues ¡pecadora de mí!, sí,

que no venimos aquí a ser más regaladas que ellas. ¡Oh, que estáis

libres de grandes trabajos del mundo, sabed sufrir un poquito por

amor de Dios sin que lo sepan todos! Pues es una mujer muy

malcasada, y porque no sepa su marido lo dice y se queja, pasa

mucha malaventura sin descansar con nadie, ¿y no pasaremos algo

entre Dios y nosotras de los males que nos da por nuestros

pecados? ¡Cuánto más que es nonada lo que se aplaca el mal!

4. En todo esto que he dicho, no trato de males recios, cuando hay

calentura mucha, aunque pido haya moderación y sufrimiento

siempre, sino unos malecillos que se pueden pasar en pie. Mas

¿qué fuera si éste se hubiera de ver fuera de esta casa?, ¿qué

dijeran todas las monjas de mí? Y ¡qué de buena gana, si alguna se

enmendara, lo sufriera yo! Porque por una que haya de esta suerte,

viene la cosa a términos que, por la mayor parte, no creen a

ninguna, por graves males que tenga.

Acordémonos de nuestros Padres santos pasados ermitaños, cuya

vida pretendemos imitar: ¡qué pasarían de dolores, y qué a solas, y

de fríos y hambre y sol y calor, sin tener a quién se quejar sino a

Dios! ¿Pensáis que eran de hierro? Pues tan delicados eran como

nosotras. Y creed, hijas, que en comenzando a vencer estos

corpezuelos, no nos cansan tanto. Hartas habrá que miren lo que

es menester; descuidaos de vosotras, si no fuere a necesidad

conocida. Si no nos determinamos a tragar de una vez la muerte y

la falta de salud, nunca haremos nada.

5. Procurad de no temerla, y dejaros toda en Dios, venga lo que

viniere. ¿Qué va en que muramos? De cuantas veces nos ha

burlado el cuerpo, ¿no burlaríamos alguna de él? Y creed que esta

determinación importa más de lo que podemos entender; porque de

muchas veces que poco a poco lo vayamos haciendo, con el favor

del Señor, quedaremos señoras de él. Pues vencer un tal enemigo,

es gran negocio para pasar en la batalla de esta vida. Hágalo el

Señor como puede. Bien creo no entiende la ganancia sino quien ya

goza de la victoria, que es tan grande, a lo que creo, que nadie

sentiría pasar trabajo por quedar en este sosiego y señorío.

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NOTAS

1 Luego se parece: se pone de manifiesto. -En la 1ª redacción el

capítulo comenzaba en términos más perentorios: Cosa

imperfectísima me parece, hermanas mías, este aullar y quejar

siempre y enflaquecer la habla haciéndola de enferma...

2 ... adonde hay «oración» y caridad y tan pocas... -había escrito en

la 1ª redacción.

3 En la 1ª redacción añadía: Pongo tanto en esto, porque tengo

para mí importa y que es una cosa que tiene muy relajados los

monasterios.

4 Malcasada: en la acepción de desafortunada en el matrimonio, o -

como dice la Santa- «que pasa mucha malaventura».

5 La 1ª redacción proseguía: En fín, viene la cosa a términos, que

pierden unas por otras; y si alguna hay sufrida, aún los mismos

médicos no la creen, como han visto a otras con poco mal quejarse

tanto. (Como es para solas mis hijas, todo puede pasar).

6 Vamos, escribió la Santa, contracción frecuente en su pluma

(como hais por hayais; cf. este mismo cap. en la 1ª red. n. 1).

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CAPÍTULO 12

Trata de cómo ha de tener en poco la vida el verdadero amador de

Dios, y la honra.

1. Vamos a otras cosas que también importan harto, aunque

parecen menudas. Trabajo grande parece todo, y con razón, porque

es guerra contra nosotros mismos; mas comenzándose a obrar,

obra Dios tanto en el alma y hácela tantas mercedes, que todo le

parece poco cuanto se puede hacer en esta vida. Y pues las

monjas hacemos lo más, que es dar la libertad por amor de Dios

poniéndola en otro poder, y pasan tantos trabajos, ayunos, silencio,

encerramiento, servir el coro, que por mucho que nos queramos

regalar es alguna vez, y por ventura sola yo en muchos monasterios

que he visto, pues ¿por qué nos hemos de detener en mortificar lo

interior, pues en esto está el ir todo estotro muy más meritorio y

perfecto, y después obrarlo con más suavidad y descanso? Esto se

adquiere con ir -como he dicho- poco a poco, no haciendo nuestra

voluntad y apetito, aun en cosas menudas, hasta acabar de rendir

el cuerpo al espíritu.

2. Torno a decir que está el todo o gran parte en perder cuidado de

nosotros mismos y nuestro regalo; que quien de verdad comienza a

servir al Señor, lo menos que le puede ofrecer es la vida. Pues le ha

dado su voluntad, ¿qué teme? Claro está que si es verdadero

religioso o verdadero orador, y pretende gozar regalos de Dios, que

no ha de volver las espaldas a desear morir por él y pasar martirio.

Pues ¿ya no sabéis, hermanas, que la vida del buen religioso y que

quiere ser de los allegados amigos de Dios es un largo martirio?

Largo, porque para compararle a los que de presto los degollaban,

puédese llamar largo; mas toda es corta la vida, y algunas

cortísimas. ¿Y qué sabemos si seremos de tan corta, que desde

una hora o momento que nos determinemos a servir del todo a Dios

se acabe? Posible sería; que, en fin, todo lo que tiene fin no hay

que hacer caso de ello; y pensando que cada hora es la postrera,

¿quién no la trabajará? Pues creedme que pensar esto es lo más

seguro.

3. Por eso mostrémonos a contradecir en todo nuestra voluntad;

que si traéis cuidado, como he dicho, sin saber cómo, poco a poco

os hallaréis en la cumbre. Mas ¡qué gran rigor parece decir no nos

hagamos placer en nada, como no se dice qué gustos y deleites

trae consigo esta contradicción y lo que se gana con ella! Aun en

esta vida, ¡qué seguridad! Aquí, como todas lo usáis, estáse lo más

hecho; unas a otras se despiertan y ayudan; en esto ha cada una

procurar ir adelante de las otras.

4. En los movimientos interiores se traiga mucha cuenta, en

especial si tocan en mayorías. Dios nos libre, por su Pasión, de

decir ni pensar para detenerse en ello «si soy más antigua», «si he

más años», «si he trabajado más», «si tratan a la otra mejor». Estos

pensamientos, si vinieren, es menester atajarlos con presteza; que

si se detienen en ellos, o lo ponen en plática, es pestilencia y de

donde nacen grandes males. Si tuvieren priora que consiente cosa

de éstas, por poco que sea, crean por sus pecados ha permitido

Dios la tengan para comenzarse a perder, y hagan gran oración

porque dé el remedio, porque están en gran peligro.

5. Podrá ser que digan «que para qué pongo tanto en esto» y «que

va con rigor»; «que regalos hace Dios a quien no está tan

desasido».

-Yo lo creo, que con su sabiduría infinita ve que conviene para

traerlos a que lo dejen todo por El. No llamo «dejarlo», entrar en

religión, que impedimentos puede haber, y en cada parte puede el

alma perfecta estar desasida y humilde; ello a más trabajo suyo,

que gran cosa es el aparejo. Mas créanme una cosa, que si hay

punto de honra o de hacienda (y) esto tan bien puede haberlo en

los monasterios como fuera, aunque más quitadas están las

ocasiones y mayor sería la culpa), que aunque tengan muchos años

de oración (o,) por mejor decir, consideración, porque oración

perfecta, en fin, quita estos resabios), que nunca medrarán mucho

ni llegarán a gozar el verdadero fruto de la oración.

6. Mirad si os va algo, hermanas, en estas cosas, pues no estáis

aquí a otra cosa. Vosotras no quedáis más honradas, y el provecho

perdido para lo que podríais más ganar; así que deshonra y pérdida

cabe aquí junto.

Cada una mire en sí lo que tiene de humildad y verá lo que está

aprovechada. Paréceme que al verdadero humilde aun de primer

movimiento no osará el demonio tentarle en cosa de mayorías;

porque, como es tan sagaz, teme el golpe. Es imposible, si uno es

humilde, que no gane más fortaleza en esta virtud, y

aprovechamiento, si el demonio le tienta por ahí; porque está claro

que ha de dar vuelta sobre su vida, y mirar lo que ha servido con lo

que debe al Señor, y las grandezas que hizo en bajarse a sí para

dejarnos ejemplo de humildad, y mirar sus pecados y adónde

merecía estar por ellos. Sale el alma tan gananciosa, que no osa

tornar otro día por no ir quebrada la cabeza.

7. Este consejo tomad de mí y no se os olvide: que no sólo en lo

interior -que sería gran mal no quedar con ganancia-, mas en lo

exterior procurad la saquen las hermanas de vuestra tentación; si

queréis vengaros del demonio y libraros más presto de la tentación,

que así como os venga pidáis a la prelada que os mande hacer

algún oficio bajo o, como pudiereis, los hagáis vos, y andéis

estudiando en esto cómo doblar vuestra voluntad en cosas

contrarias, que el Señor os las descubrirá, y con esto durará poco la

tentación. Dios nos libre de personas que le quieren servir

acordarse de honra. Mirad que es mala ganancia, y -como he dichola

misma honra se pierde con desearla, en especial en las

mayorías, que no hay tóxico en el mundo que así mate como estas

cosas la perfección.

8. Diréis «que son cosillas naturales, que no hay que hacer caso».

-No os burléis con eso, que crece como espuma, y no hay cosa

pequeña en tan notable peligro como son estos puntos de honra y

mirar si nos hicieron agravio. ¿Sabéis por qué, sin otras hartas

cosas? -Por ventura en una comienza por poco y no es casi nada, y

luego mueve el demonio a que al otro le parezca mucho, y aun

pensará es caridad decirle que cómo consiente aquel agravio, que

Dios le dé paciencia, que se lo ofrezcáis, que no sufriera más un

santo. Pone un caramillo en la lengua de la otra, que ya que

acabáis con vos de sufrir, quedáis aún tentada de vanagloria de lo

que no sufristeis con la perfección que se había de sufrir.

9. Y es esta nuestra naturaleza tan flaca, que aun diciéndonos que

no hay qué sufrir, pensamos hemos hecho algo y lo sentimos,

cuánto más ver que lo sienten por nosotras. Y así va perdiendo el

alma las ocasiones que había tenido para merecer, y queda más

flaca y abierta la puerta al demonio para que otra vez venga con

otra cosa peor; y aun podrá acaecer, aun cuando vos queráis

sufrirlo, que vengan a vos y os dirán «que si sois bestia», «que bien

es que se sientan las cosas». ¡Oh, por amor de Dios, hermanas

mías!, que a ninguna le mueva indiscreta caridad para mostrar

lástima de la otra en cosa que toque a estos fingidos agravios, que

es como la que tuvieron los amigos del santo Job con él, y su mujer.

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NOTAS

1 En el c. 11, n. 5. -Los pensamientos que preceden tenían otro

matiz en la 1ª redacción: Pues ¿por qué nos detenemos en

mortificar estos cuerpos en naderías, que es no hacerlos placer en

nada, sino andar en cuidado llevándolos por donde no quieren

hasta tenerlos rendidos al espíritu?

2 Cf. c. 11, n. 4.

3 Verdadero orador: verdadera persona de oración.

4 En el n. 1 y en el c. 11, n. 5. -Uno de los censores acotó este

pasaje con una larga nota, que luego fue introducida en el texto por

el amanuense del ms. de Salamanca. Dice así: No nos hagamos

placer etc.: en esta mortificación parece que en todo se huelgan y

hacen placer queriéndolo todo; porque tienen lo que quieren y

quieren lo que tienen, en lo cual consiste nuestro contentamiento

siendo bueno lo que se quiere».

5 En esto ha cada una de procurar...

6 En la 1ª redacción: ...de donde nacen grandes males en los

monasterios. ¡Miren que lo sé mucho!

7 En la 1ª redacción: ... clamen a él y toda su oración sea porque dé

el remedio en religioso o persona de oración; que quien de veras la

tiene con determinación de gozar de las mercedes que hace Dios y

regalos en ella, esto del desasimiento a todos conviene.

8 Punto de honra o de hacienda: vana estima o deseo de una u

otra. En la 1ª redacción había escrito: punto de honra o deseo de

hacienda.

9 Alusión a una especie de ley del código del honor. En la 1ª

redacción la alusión es explícita.

10 Mirar (comparar) lo que ha servido con lo que debe. Al margen

anotó uno de los censores: «remedio de humildes contra la

soberbia».

11 No osa tornar «el demonio», añadió la Santa en el ms. de

Madrid.

12 La 1ª redacción añadía: (en cosas contrarias...) y con

mortificaciones públicas, pues se usan en esta casa. Como de

pestilencia huid de tales tentaciones del demonio, y procurad que

esté poco con vos».

13 En el n. 6.

14 Caramillo era una flautilla de caña, y en sentido figurado,

«chisme o enredo». «Poner un caramillo en la lengua» es «inducir a

algo seduciendo».

15 En la 1ª redacción añadía una de sus típicas exclamaciones

finamente irónica: ¡Uh, que si hay alguna amiga!

16 Job 2, 11. -En el ms. de Toledo la Santa enmendó la frase final,

equívoca: ... y la que tuvo su mujer.

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CAPÍTULO 13

Prosigue en la mortificación, y cómo ha de huir de los puntos y

razones del mundo para llegarse a la verdadera razón.

1. Muchas veces os lo digo, hermanas, y ahora lo quiero dejar

escrito aquí, porque no se os olvide, que en esta casa, y aun toda

persona que quisiere ser perfecta, huya mil leguas de «razón tuve»,

«hiciéronme sinrazón», «no tuvo razón quien esto hizo conmigo»...

De malas razones nos libre Dios. ¿Parece que había razón para

que nuestro buen Jesús sufriese tantas injurias y se las hiciesen y

tantas sinrazones? La que no quisiere llevar cruz sino la que le

dieren muy puesta en razón, no sé yo para qué está en el

monasterio; tórnese al mundo, adonde aun no le guardarán esas

razones. ¿Por ventura podéis pasar tanto que no debáis más?

¿Qué razón es ésta? Por cierto, yo no la entiendo.

2. Cuando nos hicieren alguna honra o regalo o buen tratamiento,

saquemos esas razones, que cierto es contra razón nos le hagan

en esta vida. Mas cuando agravios -que así los nombran sin

hacernos agravio-, yo no sé qué hay que hablar. O somos esposas

de tan gran rey, o no. Si lo somos, ¿qué mujer honrada hay que no

participe de las deshonras que a su esposo hacen? Aunque no lo

quiera por su voluntad, en fin, de honra o deshonra participan

entrambos. Pues tener parte en su reino y gozarle, y de las

deshonras y trabajos querer quedar sin ninguna parte, es disparate.

3. No nos lo deje Dios querer, sino que la que le pareciere es tenida

entre todas en menos, se tenga por más bienaventurada; y así lo

es, si lo lleva como lo ha de llevar, que no le faltará honra en esta

vida ni en la otra. Créanme esto a mí. Mas qué disparate he dicho,

que me crean a mí, diciéndolo la verdadera Sabiduría.

Parezcámonos, hijas mías, en algo a la gran humildad de la Virgen

Sacratísima, cuyo hábito traemos, que es confusión nombrarnos

monjas suyas; que por mucho que nos parezca nos humillamos,

quedamos bien cortas para ser hijas de tal Madre y esposas de tal

Esposo.

Así que si las cosas dichas no se atajan con diligencia, lo que hoy

no parece nada mañana por ventura será pecado venial; y es de tan

mala digestión, que si os dejáis no quedará solo. Es cosa muy mala

para congregaciones.

4. En esto habíamos de mirar mucho las que estamos en ella, por

no dañar a las que trabajan por hacernos bien y darnos buen

ejemplo. Y si entendiésemos cuán gran daño se hace en que se

comience una mala costumbre, más querríamos morir que ser

causa de ello; porque es muerte corporal, y pérdidas en las almas

es gran pérdida y que no parece se acaba de perder; porque

muertas unas vienen otras, y a todas por ventura les cabe más

parte de una mala costumbre que pusimos, que de muchas

virtudes; porque el demonio no la deja caer, y las virtudes la misma

flaqueza natural las hace perder.

5. ¡Oh, qué grandísima caridad haría y qué gran servicio a Dios la

monja que en sí viese que no puede llevar las costumbres que hay

en esta casa, conocerlo e irse! Y mire que le cumple, si no quiere

tener un infierno acá y plega a Dios no sea otro allá, porque hay

muchas causas para temer esto, y por ventura ella ni las demás no

lo entenderán como yo.

6. Créanme en esto, y si no, el tiempo les doy por testigo. Porque el

estilo que pretendemos llevar es no sólo de ser monjas, sino

ermitañas, y así se desasen de todo lo criado, y a quien el Señor ha

escogido para aquí, particularmente veo la hace esta merced.

Aunque ahora no sea en toda perfección, vese que va ya a ella por

el gran contento que le da y alegría ver que no ha de tornar a tratar

con cosa de la vida, y el sabor todas las de la Religión.

Torno a decir que si inclina a cosas del mundo, que se vaya si no se

ve ir aprovechando; e irse, si todavía quiere ser monja, a otro

monasterio, y si no, verá cómo le sucede. No se queje de mí, que

comencé éste, porque no la aviso.

7. Esta casa es un cielo, si le puede haber en la tierra, para quien

se contenta sólo de contentar a Dios y no hace caso de contento

suyo; tiénese muy buena vida; en queriendo algo más, se perderá

todo, porque no lo puede tener; y alma descontenta es como quien

tiene gran hastío, que por bueno que sea el manjar, la da en rostro,

y de lo que los sanos toman gran gusto comer, le hace asco en el

estómago.En otra parte se salvará mejor, y podrá ser que poco o

poco llegue a la perfección que aquí no pudo sufrir por tomarse por

junto. Que aunque en lo interior se aguarde tiempo para del todo

desasirse y mortificarse, en lo exterior ha de ser luego. Y a quien

con ver que todas lo hacen y con andar en tan buena compañía

siempre, no le aprovecha en un año, temo que no aprovechará en

muchos, más, sino menos. No digo sea tan cumplidamente como en

las otras, mas que se entienda va cobrando salud, que luego se ve

cuándo el mal es mortal.

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CAPÍTULO 14

En que trata lo mucho que importa no dar profesión a ninguna que

vaya contrario su espíritu de las cosas que quedan dichas.

1. Bien creo que favorece el Señor mucho a quien bien se

determina, y por eso se ha de mirar qué intento tiene la que entra,

no sea sólo por remediarse (como) acaecerá a muchas), puesto que

el Señor puede perfeccionar este intento, si es persona de buen

entendimiento, que si no, en ninguna manera se tome; porque ni

ella se entenderá cómo entra, ni después a las que la quisieren

poner en lo mejor. Porque, por la mayor parte, quien esta falta tiene,

siempre les parece atinan más lo que les conviene que los más

sabios; y es mal que le tengo por incurable, porque por maravilla

deja de traer consigo malicia. Adonde hay muchas, podráse tolerar,

y entre tan pocas no se podrá sufrir.

2. Un buen entendimiento, si se comienza a aficionar al bien, ásese

a él con fortaleza, porque ve es lo más acertado; y cuando no

aproveche para mucho espíritu, aprovechará para buen consejo y

para hartas cosas, sin cansar a nadie. Cuando éste falta, yo no sé

para qué puede aprovechar en comunidad, y podría dañar harto.

Esta falta no se ve muy en breve, porque muchas hablan bien y

entienden mal, y otras hablan corto y no muy cortado, y tienen

entendimiento para mucho bien. Que hay unas simplicidades santas

que saben poco para negocios y estilo de mundo, y mucho para

tratar con Dios. Por eso es menester gran información para

tomarlas y larga probación para hacerlas profesas. Entienda una

vez el mundo que tenéis libertad para echarlas, que en monasterio

donde hay asperezas, muchas ocasiones hay, y como se use, no lo

tendrán por agravio.

3. Digo esto, porque son tan desventurados estos tiempos y tanta

nuestra flaqueza, que no basta tenerlo por mandamiento de

nuestros pasados, para que dejemos de mirar lo que han tomado

por honra los presentes para no agraviar los deudos. Plega a Dios

no lo paguemos en la otra vida las que las admitimos, que nunca

falta un color con que nos hacemos entender se sufre hacerlo.

4. Y éste es un negocio que cada una por sí le había de mirar y

encomendar a Dios y animar a la prelada, pues es cosa que tanto

importa. Y así suplico a Dios en ello os dé luz, que harto bien tenéis

en no recibir dotes, que adonde se toman podría acaecer que por

no tornar a dar el dinero -que ya no lo tienen- dejen el ladrón en

casa que les robe el tesoro, que no es pequeña lástima. Vosotras,

para en este caso, no la tengáis de nadie, porque será dañar a

quien pretendéis hacer provecho.

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CAPÍTULO 15

Que trata del gran bien que hay en no disculparse, aunque se vean

condenar sin culpa.

1. Confusión grande me hace lo que os voy a persuadir, porque

había de haber obrado siquiera algo de lo que os digo en esta

virtud; es así que yo confieso haber aprovechado muy poco. Jamás

me parece me falta una causa para parecerme mayor virtud dar

disculpa. Como algunas veces es lícito y sería mal no lo hacer, no

tengo discreción -o, por mejor decir, humildad- para hacerlo cuando

conviene. Porque, verdaderamente, es de gran humildad verse

condenar sin culpa y callar, y es gran imitación del Señor que nos

quitó todas las culpas. Y así os ruego mucho traigáis en esto gran

estudio, porque trae consigo grandes ganancias, y en procurar

nosotras mismas librarnos de culpa, ninguna, ninguna veo, si no es

-como digo- en algunos casos que podría causar enojo o escándalo

no decir la verdad. Esto quien tuviere más discreción que yo lo

entenderá.

2. Creo va mucho en acostumbrarse a esta virtud, o en procurar

alcanzar del Señor verdadera humildad, que de aquí debe venir;

porque el verdadero humilde ha de desear con verdad ser tenido en

poco y perseguido y condenado sin culpa, aun en cosas graves.

Porque si quiere imitar al Señor, ¿en qué mejor puede que en esto?

Que aquí no son menester fuerzas corporales ni ayuda de nadie,

sino de Dios.

3. Estas virtudes grandes, hermanas mías, querría yo estudiásemos

mucho e hiciésemos penitencia, que en demasiadas penitencias ya

sabéis os voy a la mano, porque pueden hacer daño a la salud si

son sin discreción. En estotro no hay que temer, porque por

grandes que sean las virtudes interiores, no quitan las fuerzas del

cuerpo para servir la religión, sino fortalecen el alma; y de cosas

muy pequeñas se pueden -como he dicho otras veces- acostumbrar

para salir con victoria en las grandes. En éstas no he yo podido

hacer esta prueba, porque nunca oí decir cosa mala de mí que no

viese quedaban cortos; porque, aunque no era en las mismas

cosas, tenía ofendido a Dios en otras muchas, y parecíame habían

hecho harto en dejar aquéllas, y siempre me huelgo yo más que

digan de mí lo que no es, que no las verdades.

4. Ayuda mucho traer consideración de lo mucho que se gana por

todas vías y cómo nunca -bien mirado- nunca nos culpan sin

culpas, que siempre andamos llenas de ellas, pues cae siete veces

al día el justo, y sería mentira decir no tenemos pecado. Así que,

aunque no sea en lo mismo que nos culpan, nunca estamos sin

culpa del todo, como lo estaba el buen Jesús.

5. ¡Oh Señor mío!, cuando pienso por qué de maneras padecisteis y

cómo por ninguna lo merecíais, no sé qué me diga de mí, ni dónde

tuve el seso cuando no deseaba padecer, ni adónde estoy cuando

me disculpo. Ya sabéis Vos, Bien mío, que si tengo algún bien, que

no es dado por otras manos sino por las vuestras. Pues ¿qué os va,

Señor, más en dar mucho que poco? Si es por no lo merecer yo,

tampoco merecía las mercedes que me habéis hecho. ¿Es posible

que he yo de querer que sienta nadie bien de cosa tan mala,

habiendo dicho tantos males de Vos, que sois bien sobre todos los

bienes? No se sufre, no se sufre, Dios mío -ni querría yo lo

sufrieseis Vos- que haya en vuestra sierva cosa que no contente a

vuestros ojos. Pues mirad, Señor, que los míos están ciegos y se

contentan de muy poco. Dadme Vos luz y haced que con verdad

desee que todos me aborrezcan, pues tantas veces os he dejado a

Vos, amándome con tanta fidelidad.

6. ¿Qué es esto, mi Dios? ¿Qué pensamos sacar de contentar a las

criaturas? ¿Qué nos va en ser muy culpadas de todas ellas, si

delante del Señor estamos sin culpa? ¡Oh hermanas mías, que

nunca acabamos de entender esta verdad, y así nunca acabamos

de estar perfectas, si mucho no la andamos considerando y

pensando qué es lo que es y qué es lo que no es!

Pues cuando no hubiese otra ganancia sino la confusión que le

quedará a la persona que os hubiere culpado de ver que vos sin

ella os dejáis condenar, es grandísimo. Más levanta una cosa de

éstas a las veces el alma que diez sermones. Pues todas hemos de

procurar de ser predicadoras de obras, pues el Apóstol y nuestra

inhabilidad nos quita que lo seamos en las palabras.

7. Nunca penséis ha de estar secreto el mal o el bien que hiciereis,

por encerradas que estéis. Y ¿pensáis que aunque vos, hija, no os

disculpéis, ha de faltar quien torne de vos? Mirad cómo respondió el

Señor por la Magdalena en casa del Fariseo y cuando su hermana

la culpaba. No os llevará por el rigor que a sí, que ya al tiempo que

tuvo un ladrón que tornase por El, estaba en la cruz; así que Su

Majestad moverá a quien torne por vosotras, y cuando no, no será

menester. Esto yo lo he visto y es así, aunque no querría se os

acordase, sino que os holgaseis de quedar culpadas, y el provecho

que veréis en vuestra alma, el tiempo os doy por testigo. Porque se

comienza a ganar libertad y no se da más que digan mal que bien,

antes parece es negocio ajeno. Y es como cuando están hablando

dos personas, y como no es con nosotras mismas, estamos

descuidadas de la respuesta. Así es acá: con la costumbre que está

hecha de que no hemos de responder, no parece hablan con

nosotras.

Parecerá esto imposible a los que somos muy sentidos y poco

mortificados. A los principios dificultoso es; mas yo sé que se puede

alcanzar esta libertad y negación y desasimiento de nosotros

mismos con el favor del Señor.

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CAPÍTULO 16

De la diferencia que ha de haber en la perfección de la vida de los

contemplativos a los que se contentan con oración mental, y cómo

es posible algunas veces subir Dios un alma distraída a perfecta

contemplación y la causa de ello. -Es mucho de notar este capítulo

y el que viene cabe él.

1. Y no os parezca mucho todo esto, que voy entablando el juego,

como dicen. Pedísteisme os dijese el principio de oración; yo, hijas,

aunque no me llevó Dios por este principio, porque aún no le debo

tener de estas virtudes, no sé otro. Pues creed que quien no sabe

concertar las piezas en el juego de ajedrez, que sabrá mal jugar, y

si no sabe dar jaque, no sabrá dar mate. Así me habéis de

reprender porque hablo en cosa de juego, no le habiendo en esta

casa ni habiéndole de haber. Aquí veréis la madre que os dio Dios,

que hasta esta vanidad sabía; mas dicen que es lícito algunas

veces. Y cuán lícito será para nosotras esta manera de jugar, y

cuán presto, si mucho lo usamos, daremos mate a este Rey divino,

que no se nos podrá ir de las manos ni querrá.

2. La dama es la que más guerra le puede hacer en este juego, y

todas las otras piezas ayudan. No hay dama que así le haga rendir

como la humildad. Esta le trajo del cielo en las entrañas de la

Virgen, y con ella le traeremos nosotras de un cabello a nuestras

almas. Y creed que quien más tuviere, más le tendrá, y quien

menos, menos. Porque no puedo yo entender cómo haya ni pueda

haber humildad sin amor, ni amor sin humildad, ni es posible estar

estas dos virtudes sin gran desasimiento de todo lo criado.

3. Diréis, mis hijas, «que para qué os hablo en virtudes, que hartos

libros tenéis que os las enseñan, que no queréis sino

contemplación». -Digo yo que aun si pidierais meditación pudiera

hablar de ella y aconsejar a todos la tuvieran, aunque no tengan

virtudes; porque es principio para alcanzar todas las virtudes, y cosa

que nos va la vida en comenzarla todos los cristianos, y ninguno,

por perdido que sea, si Dios le despierta a tan gran bien, lo habrá

de dejar, como ya tengo escrito en otra parte, y otros muchos que

saben lo que escriben, que yo por cierto que no lo sé; Dios lo sabe.

4. Mas contemplación es otra cosa, hijas, que éste es el engaño

que todos traemos, que en llegándose uno un rato cada día a

pensar sus pecados (que) está obligado a ello si es cristiano de

más que nombre), luego dicen es muy contemplativo, y luego le

quieren con tan grandes virtudes como está obligado a tener el muy

contemplativo, y aun él se quiere, mas yerra. En los principios no

supo entablar el juego: pensó bastaba conocer las piezas para dar

mate, y es imposible, que no se da este Rey sino a quien se le da

del todo.

5. Así que, hijas, si queréis que os diga el camino para llegar a la

contemplación, sufrid que sea un poco larga en cosas aunque no os

parezcan luego tan importantes, aunque a mi parecer no lo dejan de

ser. Y si no las queréis oír ni obrar, quedaos con vuestra oración

mental toda vuestra vida, que yo os aseguro a vosotras y a todas

las personas que pretendieren este bien (ya) puede ser yo me

engañe, porque juzgo por mí que lo procuré veinte años) que no

lleguéis a verdadera contemplación.

6. Quiero ahora declarar -porque algunas no lo entenderéis- qué es

oración mental, y plega a Dios que ésta tengamos como se ha de

tener; mas también he miedo que se tiene con harto trabajo si no se

procuran las virtudes, aunque no en tan alto grado como para la

contemplación son menester. Digo que no vendrá el Rey de la

gloria a nuestra alma -digo a estar unido con ella- si no nos

esforzamos a ganar las virtudes grandes. Quiérolo declarar, porque

si en alguna cosa que no sea verdad me tomáis, no creeréis cosa, y

tendríais razón si fuese con advertencia, mas no me dé Dios tal

lugar; será no saber más, o no lo entender. Quiero, pues, decir que

algunas veces querrá Dios a personas que estén en mal estado

hacerles tan gran favor para sacarlas por este medio de las manos

al demonio.

7. ¡Oh Señor mío, qué de veces os hacemos andar a brazos con el

demonio! ¿No bastara que os dejasteis tomar en ellos cuando os

llevó al pináculo, para enseñarnos a vencerle? Mas, ¡qué sería,

hijas, ver junto a aquel Sol con las tinieblas y qué temor llevaría

aquel desventurado sin saber de qué, que no permitió Dios lo

entendiese! Bendita sea tanta piedad y misericordia; que vergüenza

habíamos de haber los cristianos de hacerle andar cada día a

brazos -como he dicho- con tan sucia bestia. Bien fue menester,

Señor, los tuvieseis tan fuertes; mas ¿cómo no os quedaron flacos

de tantos tormentos como pasasteis en la cruz? ¡Oh, que todo lo

que se pasa con amor torna a soldarse! Y así creo, si quedarais con

la vida, el mismo amor que nos tenéis tornara a soldar vuestras

llagas, que no fuera menester otra medicina. ¡Oh Dios mío, y quién

la pusiese tal en todas las cosas, que me diesen pena y trabajos!

Qué de buena gana las desearía, si tuviese cierto ser curada con

tan saludable ungüento!

8. Tornando a lo que decía, hay almas que entiende Dios que por

este medio las puede granjear para sí. Ya que las ve del todo

perdidas, quiere Su Majestad que no quede por El, y aunque estén

en mal estado y faltas de virtudes, dale gustos y regalos y ternura

que la comienza a mover los deseos, y aun pónela en

contemplación algunas veces, pocas, y dura poco. Y esto, como

digo, hace porque las prueba si con aquel favor se querrán disponer

a gozarle muchas veces. Mas si no se dispone, perdonen -o

perdonadnos Vos, Señor, por mejor decir- que harto mal es que os

lleguéis Vos a un alma de esta suerte, y se llegue ella después a

cosa de la tierra para atarse a ella.

9. Tengo para mí que hay muchos con quien Dios nuestro Señor

hace esta prueba, y pocos los que se disponen para gozar de esta

merced; que cuando el Señor la hace y no queda por nosotros,

tengo por cierto que nunca cesa de dar hasta llegar a muy alto

grado. Cuando no nos damos a Su Majestad con la determinación

que El se da a nosotros, harto hace de dejarnos en oración mental y

visitarnos de cuando en cuando, como a criados que están en su

viña. Mas estotros son hijos regalados, no los querría quitar de cabe

sí; ni los quita, porque ya ellos no se quieren quitar; siéntalos a su

mesa, dales de lo que come hasta quitar el bocado de la boca para

dársele.

10. ¡Oh dichoso cuidado, hijas mías! ¡Oh bienaventurada dejación

de cosas tan pocas y tan bajas, que llega a tan gran estado! Mirad

qué se os dará, estando en los brazos de Dios, que os culpe todo el

mundo. Poderoso es para libraros de todo, que una vez que mandó

hacer el mundo, fue hecho: su querer es obra. Pues no hayáis

miedo que si no es para más bien del que le ama, consienta hablar

contra vos: no quiere tan poco a quien le quiere. Pues ¿por qué,

mis hermanas, no le mostraremos nosotras, en cuanto podemos, el

amor? Mirad que es hermoso trueco dar nuestro amor por el suyo.

Mirad que lo puede todo y acá no podemos nada sino lo que El nos

hace poder. Pues ¿qué es esto que hacemos por Vos, Señor,

Hacedor nuestro? Que es tanto como nada, una determinacioncilla.

Pues si lo que no es nada quiere Su Majestad que merezcamos por

ello el todo, no seamos desatinadas.

11. ¡Oh Señor! que todo el daño nos viene de no tener puestos los

ojos en Vos, que si no mirásemos otra cosa sino al camino, presto

llegaríamos; mas damos mil caídas y tropiezos y erramos el camino

por no poner los ojos -como digo- en el verdadero camino. Parece

que nunca se anduvo, según se nos hace nuevo. Cosa es para

lastimar, por cierto, lo que algunas veces pasa.

Pues tocar en un puntito de ser menos, no se sufre, ni parece se ha

de poder sufrir; luego dicen: «¡no somos santos!». [12] Dios nos

libre, hermanas, cuando algo hiciéremos no perfecto decir: «no

somos ángeles», «no somos santas». Mirad que, aunque no lo

somos, es gran bien pensar, si nos esforzamos, lo podríamos ser,

dándonos Dios la mano; y no hayáis miedo que quede por El, si no

queda por nosotras. Y pues no venimos aquí a otra cosa, manos a

labor, como dicen: no entendamos cosa en que se sirve más el

Señor, que no presumamos salir con ella con su favor. Esta

presunción querría yo en esta casa, que hace siempre crecer la

humildad: tener una santa osadía, que Dios ayuda a los fuertes y no

es aceptador de personas.

13. Mucho me he divertido. Quiero tornar a lo que decía, que es

declarar qué es oración mental y contemplación. Impertinente

parece, mas para vosotras todo pasa; podrá ser lo entendáis mejor

por mi grosero estilo que por otros elegantes. El Señor me dé favor

para ello, amén.

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CAPÍTULO 17

De cómo no todas las almas son para contemplación, y cómo

algunas llegan a ella tarde, y que el verdadero humilde ha de ir

contento por el camino que le llevare el Señor.

1. Parece que me voy entrando en la oración, y fáltame un poco por

decir, que importa mucho, porque es de la humildad y es necesario

en esta casa; porque es el ejercicio principal de oración y, como he

dicho, cumple mucho tratéis de entender cómo ejercitaros mucho en

la humildad, y éste es un gran punto de ella y muy necesario para

todas las personas que se ejercitan en oración: ¿cómo podrá el

verdadero humilde pensar que es él tan bueno como los que llegan

a ser contemplativos? Que Dios le puede hacer tal, sí, por su

bondad y misericordia. Mas, de mi consejo, siempre se siente en el

más bajo lugar, que así nos dijo el Señor lo hiciésemos y nos lo

enseñó por la obra. Dispóngase para si Dios le quisiere llevar por

ese camino. Cuando no, para eso es la humildad, para tenerse por

dichosa en servir a las siervas del Señor y alabarle porque,

mereciendo ser sierva de los demonios en el infierno, la trajo Su

Majestad entre ellas.

2. No digo esto sin gran causa, porque, como he dicho, es cosa que

importa mucho entender que no a todos lleva Dios por un camino, y

por ventura el que le pareciere va por muy más bajo, está más alto

en los ojos del Señor.

Así que no porque en esta casa todas traten de oración, han de ser

todas contemplativas. Es imposible. Y será gran desconsolación

para la que no lo es, no entender esta verdad, que esto es cosa que

lo da Dios; y pues no es necesario para la salvación, ni nos lo pide

de premio, no piense se lo pedirá nadie. Que por eso no dejará de

ser muy perfecta si hace lo que queda dicho. Antes podrá ser tenga

mucho más mérito, porque es a más trabajo suyo y la lleva el Señor

como a fuerte y la tiene guardado junto todo lo que aquí no goza.

No por eso desmaye ni deje la oración y de hacer lo que todas, que

a las veces viene el Señor muy tarde y paga tan bien y tan por junto

como en muchos años ha ido dando a otros.

3. Yo estuve más de catorce que nunca podía tener aun meditación

sino junto con lección. Habrá muchas personas de este arte, y otras

que, aunque sea con la lección, no puedan tener meditación, sino

rezar vocalmente, y aquí se detienen más. Hay pensamientos tan

ligeros que no pueden estar en una cosa, sino siempre

desasosegados, y en tanto extremo que, si quieren detenerle a

pensar en Dios, se les va a mil disparates y escrúpulos y dudas.

Yo conozco una persona bien vieja, de harto buena vida, penitente

y muy sierva de Dios, y gasta hartas horas, hartos años ha, en

oración vocal, y en mental no hay remedio; cuando más puede,

poco a poco en las oraciones vocales se va deteniendo. Y otras

personas hay hartas de esta manera, y si hay humildad, no creo yo

saldrán peor libradas al cabo, sino muy en igual de los que llevan

muchos gustos, y con más seguridad en parte; porque no sabemos

si los gustos son de Dios o si los pone el demonio. Y si no son de

Dios, es más peligro, porque en lo que él trabaja aquí es en poner

soberbia; que si son de Dios, no hay que temer; consigo traen la

humildad, como escribí muy largo en el otro libro.

4. Estotros andan con humildad, sospechosos que es por su culpa,

siempre con cuidado de ir adelante. No ven a otros llorar una

lágrima, que, si ella no las tiene, no le parezca está muy atrás en el

servicio de Dios, y debe estar por ventura muy más adelante;

porque no son las lágrimas, aunque son buenas, todas perfectas; y

la humildad y mortificación y desasimiento y otras virtudes, siempre

hay más seguridad. No hay qué temer, ni hayáis miedo que dejéis

de llegar a la perfección como los muy contemplativos.

5. Santa era santa Marta, aunque no dicen era contemplativa. Pues

¿qué más queréis que poder llegar a ser como esta

bienaventurada, que mereció tener a Cristo nuestro Señor tantas

veces en su casa y darle de comer y servirle y comer a su mesa? Si

se estuviera como la Magdalena, embebidas, no hubiera quien

diera de comer a este divino Huésped. Pues pensad que es esta

congregación la casa de santa Marta y que ha de haber de todo. Y

las que fueren llevadas por la vida activa, no murmuren a las que

mucho se embebieren en la contemplación, pues saben ha de

tornar el Señor de ellas, aunque callen, que, por la mayor parte,

hace descuidar de sí y de todo.

6. Acuérdense que es menester quien le guise la comida, y

ténganse por dichosas en andar sirviendo con Marta. Miren que la

verdadera humildad está mucho en estar muy prontos en

contentarse con lo que el Señor quisiere hacer de ellos, y siempre

hallarse indignos de llamarse sus siervos. Pues si contemplar y

tener oración mental y vocal y curar enfermos y servir en las cosas

de casa y trabajar -sea en lo más bajo-, todo es servir al Huésped

que se viene con nosotras a estar y a comer y recrear, ¿qué más se

nos da en lo uno que en lo otro?

7. No digo yo que quede por nosotras, sino que lo probéis todo,

porque no está esto en vuestro escoger, sino en el del Señor. Mas

si después de muchos años quisiere a cada una para su oficio,

gentil humildad será querer vosotras escoger. Dejad hacer al Señor

de la casa. Sabio es, poderoso es, entiende lo que os conviene y lo

que le conviene a El también. Estad seguras que haciendo lo que

es en vosotras y aparejándoos para contemplación con la

perfección que queda dicha, que si El no os la da (lo) que creo no

dejará de dar, si es de veras el desasimiento y humildad), que os

tiene guardado este regalo para dároslo junto en el cielo, y que -

como otra vez he dicho- os quiere llevar como a fuertes, dándoos

acá cruz como siempre Su Majestad la tuvo. ¿Y qué mejor amistad

que querer lo que quiso para Sí para vos? Y pudiera ser no tuvierais

tanto premio en la contemplación. Juicios son suyos, no hay que

meternos en ellos. Harto bien es que no quede a nuestro escoger,

que luego -como nos parece más descanso- fuéramos todos

grandes contemplativos.

¡Oh gran ganancia, no querer ganar por nuestro parecer para no

temer pérdida, pues nunca permite Dios la tenga el bien mortificado,

sino para ganar más!

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CAPÍTULO 18

Que prosigue en la misma materia y dice cuánto mayores son los

trabajos de los contemplativos que de los activos. -Es de mucha

consolación para ellos.

1. Pues yo os digo, hijas, a las que no lleva Dios por este camino,

que a lo que he visto y entendido de los que van por él, que no

llevan la cruz más liviana y que os espantaríais por las vías y

maneras que las da Dios. Yo sé de unos y de otros, y sé claro que

son intolerables los trabajos que Dios da a los contemplativos, y son

de tal suerte, que si no les diese aquel manjar de gustos no se

podrían sufrir. Y está claro que, pues lo es que a los que Dios

mucho quiere lleva por camino de trabajos, y mientras más los ama,

mayores, no hay por qué creer que tiene aborrecidos los

contemplativos, pues por su boca los alaba y tiene por amigos.

2. Pues creer que admite a su amistad estrecha gente regalada y

sin trabajos, es disparate. Tengo por muy cierto se los da Dios

mucho mayores. Y así como los lleva por camino barrancoso y

áspero, y a las veces que les parece se pierden y han de comenzar

de nuevo a tornarle a andar, que así ha menester Su Majestad

darles mantenimiento, y no de agua, sino de vino, para que,

emborrachados, no entiendan lo que pasan, y lo puedan sufrir. Y

así pocos veo verdaderos contemplativos que no los vea animosos

y determinados a padecer; que lo primero que hace el Señor, si son

flacos, es ponerles ánimo y hacerlos que no teman trabajos.

3. Creo piensan los de la vida activa, por un poquito que los ven

regalados, que no hay más que aquello. Pues yo digo que por

ventura un día de los que pasan no lo pudieseis sufrir. Así que el

Señor, como conoce a todos para lo que son, da a cada uno su

oficio, el que más ve conviene a su alma y al mismo Señor y al bien

de los prójimos; y como no quede por no os haber dispuesto, no

hayáis miedo se pierda vuestro trabajo. Mirad que digo que todas lo

procuremos, pues no estamos aquí a otra cosa; y no un año, ni dos

solos, ni aun diez, porque no parezca lo dejamos de cobardes, y es

bien que el Señor entienda no queda por nosotras; como los

soldados que, aunque mucho hayan servido, siempre han de estar

a punto para que el capitán los mande en cualquier oficio que

quiera ponerlos, pues les ha de dar su sueldo. ¡Y cuán mejor

pagado lo paga nuestro Rey que los de la tierra!

4. Como los ve presentes y con gana de servir y tiene ya entendido

para lo que es cada uno, reparte los oficios como ve las fuerzas; y si

no estuviesen presentes, no les daría nada ni mandaría en qué

sirviesen.

Así que, hermanas, oración mental, y quien ésta no pudiere, vocal y

lección y coloquios con Dios, como después diré. No se deje las

horas de oración que todas. No sabe cuándo llamará el Esposo (no)

os acaezca como a las vírgenes locas) y la querrá dar más trabajo,

disfrazado con gusto. Si no, entiendan no son para ello y que les

conviene aquello, y aquí entra el merecer con la humildad creyendo

con verdad que aun para lo que hacen no son.

5. Andar alegres sirviendo en lo que les mandan, como he dicho; y

si es de veras esta humildad, bienaventurada tal sierva de vida

activa, que no murmurará sino de sí. Deje a las otras con su guerra,

que no es pequeña. Porque aunque en las batallas el alférez no

pelea, no por eso deja de ir en gran peligro, y en lo interior debe de

trabajar más que todos; porque como lleva la bandera, no se puede

defender, y aunque le hagan pedazos no la ha de dejar de las

manos. Así los contemplativos han de llevar levantada la bandera

de la humildad y sufrir cuantos golpes les dieren sin dar ninguno;

porque su oficio es padecer como Cristo, llevar en alto la cruz, no la

dejar de las manos por peligros en que se vean, ni que vean en él

flaqueza en padecer; para eso le dan tan honroso oficio. Mire lo que

hace, porque si él deja la bandera, perderse ha la batalla. Y así creo

que se hace gran daño en los que no están tan adelante, si a los

que tienen ya en cuento de capitanes y amigos de Dios les ven no

ser sus obras conforme al oficio que tienen.

6. Los demás soldados vanse como pueden, y a las veces se

apartan de donde ven el mayor peligro, y no los echa nadie de ver

ni pierden honra; estotros llevan todos los ojos en ellos, no se

pueden bullir.

Así que bueno es el oficio, y honra grande y merced hace el rey a

quien le da, mas no se obliga a poco en tomarle. Así que,

hermanas, no sabemos lo que pedimos; dejemos hacer al Señor;

que hay algunas personas que por justicia parece quieren pedir a

Dios regalos. ¡Donosa manera de humildad! Por eso hace bien el

conocedor de todos, que pocas veces creo lo da a éstos: ve claro

que no son para beber el cáliz.

7. Vuestro entender, hijas, si estáis aprovechadas, será en si

entendiere cada una es la más ruin de todas, y esto que se

entienda en sus obras que lo conoce así para aprovechamiento y

bien de las otras; y no en la que tiene más gustos en la oración y

arrobamientos o visiones o mercedes que hace el Señor de esta

suerte, que hemos de aguardar al otro mundo para ver su valor.

Estotro es moneda que se corre, es renta que no falta, son juros

perpetuos y no censos de al quitar, que estotro quítase y pónese;

una virtud grande de humildad y mortificación, de gran obediencia

en no ir en un punto contra lo que manda el prelado, que sabéis

verdaderamente que os lo manda Dios, pues está en su lugar.

En esto de obediencia es en lo que más había de poner, y por

parecerme que, si no la hay, es no ser monjas, no digo nada de

ello, porque hablo con monjas, y a mi parecer buenas, al menos

que lo desean ser. En cosa tan sabida e importante, no más de una

palabra porque no se olvide.

8. Digo que quien estuviere por voto debajo de obediencia y faltare

no trayendo todo cuidado en cómo cumplirá con mayor perfección

este voto, que no sé para qué está en el monasterio; al menos yo la

aseguro que mientras aquí faltare, que nunca llegue a ser

contemplativa ni aun buena activa; y esto tengo por muy muy cierto.

Y aunque no sea persona que tiene a esto obligación, si quiere o

pretende llegar a contemplación, ha menester, para ir muy

acertada, dejar su voluntad con toda determinación en un confesor

que sea tal. Porque esto es ya cosa muy sabida, que aprovechan

más de esta suerte en un año que sin esto en muchos, y para

vosotras no es menester, no hay que hablar de ello.

9. Concluyo con que estas virtudes son las que yo deseo tengáis,

hijas mías, y las que procuréis y las que santamente envidiéis.

Esotras devociones no curéis de tener pena por no tenerlas; es

cosa incierta. Podrá ser en otras personas sean de Dios, y en vos

permitirá Su Majestad sea ilusión del demonio y que os engañe,

como ha hecho a otras personas. En cosa dudosa ¿para qué

queréis servir al Señor, teniendo tanto en qué seguro? ¿Quién os

mete en esos peligros?

10. Heme alargado tanto en esto, porque sé conviene, que esta

nuestra naturaleza es flaca, y a quien Dios quisiere dar la

contemplación, Su Majestad le hará fuerte; a los que no, heme

holgado de dar estos avisos, por donde también se humillarán los

contemplativos.

El Señor, por quien es, nos dé luz para seguir en todo su voluntad,

y no habrá de qué temer.

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CAPÍTULO 19

Que comienza a tratar de la oración. -Habla con almas que no

pueden discurrir con el entendimiento.

1. Ha tantos días que escribí lo pasado sin haber tenido lugar para

tornar a ello, que si no lo tornase a leer no sé lo que decía. Por no

ocupar tiempo habrá de ir como saliere, sin concierto. Para

entendimientos concertados y almas que están ejercitadas y

pueden estar consigo mismas, hay tantos libros escritos y tan

buenos y de personas tales, que sería yerro hicieseis caso de mi

dicho en cosa de oración, pues, como digo, tenéis libros tales

adonde van por días de la semana repartidos los misterios de la

vida del Señor y de su Pasión, y meditaciones del juicio e infierno y

nuestra nonada y lo mucho que debemos a Dios, con excelente

doctrina y concierto para principio y fin de la oración. Quien pudiere

y tuviere ya costumbre de llevar este modo de oración, no hay que

decir, que por tan buen camino el Señor le sacará a puerto de luz, y

con tan buenos principios el fin lo será, y todos los que pudieren ir

por él llevarán descanso y seguridad; porque, atado el

entendimiento, vase con descanso.

Mas de lo que querría tratar y dar algún remedio, si el Señor

quisiese acertase (y) si no, al menos que entendáis hay muchas

almas que pasan este trabajo, para que no os fatiguéis las que le

tuviereis), es esto:

2. Hay unas almas y entendimientos tan desbaratados como unos

caballos desbocados, que no hay quien las haga parar. Ya van

aquí, ya van allí, siempre con desasosiego. Es su misma

naturaleza, o Dios que lo permite. Heles mucha lástima, porque me

parecen como unas personas que han mucha sed y ven el agua de

muy lejos, y cuando quieren ir allá, hallan quien las defienda el paso

al principio y medio y fin. Acaece que, cuando ya con su trabajo -y

con harto trabajo- han vencido los primeros enemigos, a los

segundos se dejan vencer y quieren más morir de sed que beber

agua que tanto ha de costar. Acabóseles el esfuerzo, faltóles

ánimo. Y ya que algunos le tienen para vencer también los

segundos enemigos, a los terceros se les acaba la fuerza, y por

ventura no estaban dos pasos de la fuente de agua viva que dijo el

Señor a la Samaritana, que quien la bebiere no tendrá sed. Y con

cuánta razón y verdad, como dicho de la boca de la misma Verdad,

que no la tendrá de cosa de esta vida, aunque crece muy mayor de

lo que acá podemos imaginar de las cosas de la otra por esta sed

natural. Mas ¡con qué sed se desea tener esta sed! Porque

entiende el alma su gran valor, y aunque es sed penosísima que

fatiga, trae consigo la misma satisfacción con que se mata aquella

sed, de manera que es una sed que no ahoga sino a las cosas

terrenas, antes da hartura, de manera que cuando Dios la satisface,

la mayor merced que puede hacer al alma es dejarla con la misma

necesidad, y mayor queda siempre de tornar a beber esta agua.

3. El agua tiene tres propiedades, que ahora se me acuerda que me

hacen al caso, que muchas más tendrá.

La una es que enfría, que, por calor que hayamos, en llegando al

agua, se quita; y si hay gran fuego, con ella se mata, salvo si no es

de alquitrán, que se enciende más. ¡Oh, válgame Dios, qué

maravillas hay en este encenderse más el fuego con el agua,

cuando es fuego fuerte, poderoso, no sujeto a los elementos, pues

éste, con ser su contrario, no le empece, antes le hace crecer!

Mucho valiera aquí poder hablar con quien supiera filosofía, porque

sabiendo las propiedades de las cosas, supiérame declarar, que me

voy regalando en ello y no lo sé decir y aun por ventura no lo sé

entender.

4. De que Dios, hermanas, os traiga a beber de esta agua y las que

ahora lo bebéis, gustaréis de esto y entenderéis cómo el verdadero

amor de Dios -si está en su fuerza, ya libre de cosas de tierra del

todo y que vuela sobre ellas- cómo es señor de todos los elementos

y del mundo. Y como el agua procede de la tierra, no hayáis miedo

que mate este fuego de amor de Dios; no es de su jurisdicción.

Aunque son contrarios, es ya señor absoluto; no le está sujeto.

Y así no os espantaréis, hermanas, de lo mucho que he puesto en

este libro para que procuréis esta libertad. ¿No es linda cosa que

una pobre monja de San José pueda llegar a señorear toda la tierra

y elementos? Y ¿qué mucho que los santos hiciesen de ellos lo que

querían, con el favor de Dios? A San Martín el fuego y las aguas le

obedecían; a San Francisco hasta las aves y los peces, y así a

otros muchos santos. Se veía claro ser tan señores de todas las

cosas del mundo, por haber bien trabajado de tenerle en poco y

sujetádose de veras con todas sus fuerzas al Señor de él. Así que,

como digo, el agua que nace en la tierra no tiene poder contra él;

sus llamas son muy altas, y su nacimiento no comienza en cosa tan

baja.

Otros fuegos hay de pequeño amor de Dios, que cualquiera suceso

los matará; mas a éste no, no: aunque toda la mar de tentaciones

venga, no le harán que deje de arder de manera que no se

enseñoree de ellas.

5. Pues si es agua de lo que llueve del cielo, muy menos le matará.

No son contrarios, sino de una tierra. No hayáis miedo se hagan

mal el un elemento al otro, antes ayuda el uno al otro a su efecto.

Porque el agua de las lágrimas verdaderas (que) son las que

proceden en verdadera oración, bien dadas del Rey del cielo) le

ayuda a encender más y hace que dure, y el fuego ayuda al agua a

enfriar. ¡Oh, válgame Dios, qué cosa tan hermosa y de tanta

maravilla, que el fuego enfría! Sí, y aun hiela todas las afecciones

del mundo, cuando se junta con el agua viva del cielo, que es la

fuente de donde proceden las lágrimas que quedan dichas, que son

dadas y no adquiridas por nuestra industria. Así que a buen seguro

que no deja calor en ninguna cosa del mundo para que se detenga

en ellas, si no es para si puede pegar este fuego, que es natural

suyo no se contentar con poco, sino que, si pudiese, abrasaría todo

el mundo.

6. Es la otra propiedad limpiar cosas no limpias. Si no hubiese agua

para lavar, ¿qué sería del mundo? ¿Sabéis qué tanto limpia esta

agua viva, esta agua celestial, esta agua clara, cuando no está

turbia, cuando no tiene lodo, sino que cae del cielo? Que de una

vez que se beba, tengo por cierto deja el alma clara y limpia de

todas las culpas. Porque -como tengo escrito- no da Dios lugar a

que beban de esta agua (que) no está en nuestro querer, por ser

cosa muy sobrenatural esta divina unión), si no es para limpiarla y

dejarla limpia y libre del lodo y miseria en que por las culpas estaba

metida. Porque otros gustos que vienen por medianería del

entendimiento, por mucho que hagan, traen el agua corriendo por la

tierra; no lo beben junto a la fuente; nunca falta en este camino

cosas lodosas en que se detengan, y no va tan puro ni tan limpio.

No llamo yo esta oración -que, como digo, va discurriendo con el

entendimiento- «agua viva», conforme a mi entender, digo; porque,

por mucho que queramos hacer, siempre se pega a nuestra alma,

ayudada de este nuestro cuerpo y bajo natural, algo de camino de

lo que no querríamos.

7. Quiérome declarar más: estamos pensando qué es el mundo y

cómo se acaba todo, para menospreciarlo. Casi sin entendernos,

nos hallamos metidos en cosas que amamos de él. Y deseándolas

huir, por lo menos nos estorba un poco pensar cómo fue y cómo

será y qué hice y qué haré. Y para pensar lo que hace al caso para

librarnos, a las veces nos metemos de nuevo en el peligro. No

porque esto se ha de dejar, mas hase de temer. Es menester no ir

descuidados.

Acá lleva este cuidado el mismo Señor, que no quiere fiarnos de

nosotros. Tiene en tanto nuestra alma, que no la deja meter en

cosas que la puedan dañar por aquel tiempo que quiere favorecerla;

sino pónela de presto junto cabe sí y muéstrale en un punto más

verdades y dala más claro conocimiento de lo que es todo, que acá

pudiéramos tener en muchos años. Porque no va libre la vista;

ciéganos el polvo como vamos caminando. Acá llévanos el Señor al

fin de la jornada sin entender cómo.

8. La otra propiedad del agua es que harta y quita la sed. Porque

sed me parece a mí quiere decir deseo de una cosa que nos hace

gran falta, que si del todo nos falta nos mata. Extraña cosa es que

si nos falta nos mata, y si nos sobra nos acaba la vida, como se ve

morir muchos ahogados. ¡Oh Señor mío, y quién se viese tan

engolfada en esta agua viva que se le acabase la vida! Mas ¿no

puede ser esto? Sí, que tanto puede crecer el amor y deseo de

Dios, que no lo pueda sufrir el sujeto natural, y así ha habido

personas que han muerto. Yo sé de una que, si no la socorriera

Dios presto con esta agua viva tan en gran abundancia, que casi la

sacaba de sí con arrobamientos. Digo que casi la sacaban de sí,

porque aquí descansa el alma. Parece que, ahogada de no poder

sufrir el mundo, resucita en Dios, y Su Majestad la habilita para que

pueda gozar lo que, estando en sí, no pudiera sin acabarse la vida.

9. Entiéndase de aquí que, como en nuestro sumo Bien no puede

haber cosa que no sea cabal, todo lo que El da es para nuestro

bien, y por mucha abundancia de esta agua que dé, no puede

haber demasía en cosa suya; porque si da mucho, hace -como he

dicho- hábil el alma para que sea capaz de beber mucho; como un

vidriero, que hace la vasija del tamaño que ve es menester para

que quepa lo que quiere echar en ella.

En el desearlo, como es de nosotros, nunca va sin falta. Si alguna

cosa buena lleva, es lo que en él ayuda el Señor. Mas somos tan

indiscretos que, como es pena suave y gustosa, nunca nos

pensamos hartar de esta pena; comemos sin tasa, ayudamos como

acá podemos a este deseo, y así algunas veces mata. ¡Dichosa tal

muerte! Mas, por ventura, con la vida ayudara a otros para morir por

deseo de esta muerte. Y esto creo hace el demonio, porque

entiende el daño que ha de hacer con vivir, y así tienta aquí de

indiscretas penitencias para quitar la salud, y no le va poco en ello.

10. Digo que quien llega a tener esta sed tan impetuosa, que se

mire mucho, porque crea que tendrá esta tentación; y aunque no

muera de sed, acabará la salud y dará muestras exteriores, aunque

no quiera, que se han de excusar por todas vías. Algunas veces

aprovechará poco nuestra diligencia, que no podremos todo lo que

se quiere encubrir. Mas estemos con cuidado, cuando vienen estos

ímpetus tan grandes de crecimiento de este deseo, para no añadir

en él, sino con suavidad cortar el hilo con otra consideración; que

nuestra naturaleza a veces podrá ser obre tanto como el amor, que

hay personas que cualquier cosa, aunque sea mala, desean con

gran vehemencia. Estas no creo serán las muy mortificadas, que

para todo aprovecha la mortificación.

Parece desatino que cosa tan buena se ataje. Pues no lo es, que yo

no digo se quite el deseo, sino que se ataje, y por ventura será con

otro que se merezca tanto.

11. Quiero decir algo para darme mejor a entender. Da un gran

deseo de verse ya con Dios y desatado de esta cárcel, como le

tenía San Pablo: pena por tal causa y que debe en sí ser muy

gustosa; no será menester poca mortificación para atajarla, y del

todo no podrá. Mas cuando viere aprieta tanto que casi va a quitar

el juicio (como) yo vi a una persona no ha mucho, y de natural

impetuosa, aunque demostrada a quebrar su voluntad -me parece

lo ha ya perdido, porque se ve en otras cosas- digo que por un rato,

que la vi como desatinada de la gran pena y fuerza que se hizo en

disimularla), digo que en caso tan excesivo, aunque fuese espíritu

de Dios, tengo por humildad temer, porque no hemos de pensar

tenemos tanta caridad, que nos pone en tan gran aprieto.

12. Y digo que no tendré por malo (si) puede -digo- que por ventura

todas veces no podrá) que mude el deseo pensando si vive servirá

más a Dios, y podrá ser a alguna alma que se había de perder la dé

luz, y que con servir más, merecerá por donde pueda gozar más de

Dios, y témase lo poco que ha servido. Y son buenos consuelos

para tan gran trabajo, y aplacará su pena y ganará mucho, pues por

servir al mismo Señor se quiere acá pasar y vivir con su pena. Es

como si uno tuviese un gran trabajo o grave dolor, consolarle con

decir tenga paciencia y se deje en las manos de Dios, y que cumpla

en él su voluntad, que dejarnos en ellas es lo más acertado en todo.

13. Y si el demonio ayudó en alguna manera a tan gran deseo, que

sería posible, como cuenta creo Casiano de un ermitaño de

asperísima vida, que le hizo entender se echase en un pozo porque

vería más presto a Dios; yo bien creo no debía haber servido con

humildad ni bien; porque fiel es el Señor y no consintiera Su

Majestad se cegara en cosa tan manifiesta. Mas está claro si el

deseo fuera de Dios, no le hiciera mal: trae consigo la luz y la

discreción y la medida. Esto es claro, sino que este adversario,

enemigo nuestro, por dondequiera que puede, procura dañar. Y

pues él no anda descuidado, no lo andemos nosotros. Este es

punto importante para muchas cosas, así para acortar el tiempo de

la oración, por gustosa que sea, cuando se ven acabar las fuerzas

corporales o hacer daño a la cabeza. En todo es muy necesario

discreción.

14. ¿Para qué pensáis, hijas, que he pretendido declarar el fin y

mostrar el premio antes de la batalla, con deciros el bien que trae

consigo llegar a beber de esta fuente celestial, de esta agua viva?

Para que no os congojéis del trabajo y contradicción que hay en el

camino, y vayáis con ánimo y no os canséis. Porque -como he

dicho- podrá ser que después de llegadas, que no os falta sino

bajaros a beber en la fuente, lo dejéis todo y perdáis este bien,

pensando no tendréis fuerza para llegar a él y que no sois para ello.

15. Mirad que convida el Señor a todos. Pues es la misma verdad,

no hay que dudar. Si no fuera general este convite, no nos llamara

el Señor a todos, y aunque los llamara, no dijera: «Yo os daré de

beber». Pudiera decir: «Venid todos, que, en fin, no perderéis nada;

y los que a mí me pareciere, yo los daré de beber». Mas como dijo,

sin esta condición, «a todos», tengo por cierto que todos los que no

se quedaren en el camino, no les faltará esta agua viva.

Dénos el Señor, que la promete, gracia para buscarla como se ha

de buscar, por quien Su Majestad es.

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CAPÍTULO 20

Trata cómo por diferentes vías nunca falta consolación en el camino

de la oración, y aconseja a las hermanas de esto sean sus pláticas

siempre.

1. Parece que me contradigo en este capítulo pasado de lo que

había dicho; porque, cuando consolaba a las que no llegaban aquí,

dije que tenía el Señor diferentes caminos por donde iban a El, así

como había muchas moradas. Así lo torno ahora a decir; porque,

como entendió Su Majestad nuestra flaqueza, proveyó como quien

es. Mas no dijo: «por este camino vengan unos y por éste otros»;

antes fue tan grande su misericordia, que a nadie quitó procurase

venir a esta fuente de vida a beber. ¡Bendito sea por siempre, y con

cuánta razón me lo quitara a mí!

2. Pues no me mandó lo dejase cuando lo comencé e hizo que me

echasen en el profundo, a buen seguro que no lo quite a nadie,

antes públicamente nos llama a voces. Mas, como es tan bueno, no

nos fuerza, antes da de muchas maneras a beber a los que le

quieren seguir, para que ninguno vaya desconsolado ni muera de

sed. Porque de esta fuente caudalosa salen arroyos, unos grandes

y otros pequeños, y algunas veces charquitos para niños, que

aquello les basta, y más sería espantarlos ver mucha agua; éstos

son los que están en los principios.

Así que, hermanas, no hayáis miedo muráis de sed en este camino.

Nunca falta agua de consolación tan falto que no se pueda sufrir. Y

pues esto es así, tomad mi consejo y no os quedéis en el camino,

sino pelead como fuertes hasta morir en la demanda, pues no

estáis aquí a otra cosa sino a pelear. Y con ir siempre con esta

determinación de antes morir que dejar de llegar al fin del camino, si

os llevare el Señor con alguna sed en esta vida, en la que es para

siempre os dará con toda abundancia de beber y sin temor que os

ha de faltar. Plega al Señor no le faltemos nosotras, amén.

3. Ahora, para comenzar este camino que queda dicho de manera

que no se yerre desde el principio, tratemos un poco de cómo se ha

de principiar esta jornada, porque es lo que más importa; digo que

importa el todo para todo. No digo que quien no tuviere la

determinación que aquí diré le deje de comenzar, porque el Señor

le irá perfeccionando; y cuando no hiciese más de dar un paso,

tiene en sí tanta virtud, que no haya miedo lo pierda ni le deje de

ser muy bien pagado.

Es -digamos- como quien tiene una cuenta de perdones, que si la

reza una vez gana, y mientras más veces, más. Mas si nunca llega

a ella, sino que se la tiene en el arca, mejor fuera no tenerla. Así

que, aunque no vaya después por el mismo camino, lo poco que

hubiere andado de él le dará luz para que vaya bien por los otros, y

si más andare, más. En fin, tenga cierto que no le hará daño el

haberle comenzado para cosa ninguna, aunque le deje, porque el

bien nunca hace mal.

Por eso todas las personas que os trataren, hijas, habiendo

disposición y alguna amistad, procurad quitarlas el miedo de

comenzar tan gran bien. Y por amor de Dios os pido que vuestro

trato sea siempre ordenado a algún bien de quien hablareis, pues

vuestra oración ha de ser para provecho de las almas. Y pues esto

habéis siempre de pedir al Señor, mal parecería, hermanas, no lo

procurar de todas maneras.

4. Si queréis ser buen deudo, ésta es la verdadera amistad. Si

buena amiga, entended que no lo podéis ser sino por este camino.

Ande la verdad en vuestros corazones, como ha de andar por la

meditación, y veréis claro el amor que somos obligadas a tener a

los prójimos.

No es ya tiempo, hermanas, de juego de niños, que no parece otra

cosa estas amistades del mundo, aunque sean buenas; ni haya

entre vosotras tal plática de «si me queréis», «no me queréis», ni

con deudos ni nadie, si no fuere yendo fundadas en un gran fin y

provecho de aquel ánima. Que puede acaecer, para que os

escuche vuestro deudo o hermano o persona semejante una verdad

y la admita, haber de disponerle con estas pláticas y muestras de

amor que a la sensualidad siempre contentan; y acaecerá tener en

más una buena palabra -que así la llaman- y disponer más que

muchas de Dios, para que después éstas quepan. Y así, yendo con

advertencia de aprovechar, no las quito. Mas si no es para esto,

ningún provecho pueden traer, y podrán hacer daño sin entenderlo

vosotras. Ya saben que sois religiosas y que vuestro trato es de

oración. No se os ponga delante: «no quiero que me tengan por

buena», porque es provecho o daño común el que en vos vieren. Y

es gran mal a las que tanta obligación tienen de no hablar sino en

Dios, como las monjas, les parezca bien disimulación en este caso,

si no fuese alguna vez para más bien.

Este es vuestro trato y lenguaje; quien os quisiere tratar,

depréndale; y si no, guardaos de deprender vosotras el suyo: será

infierno.

5. Si os tuvieren por groseras, poco va en ello; si por hipócritas,

menos. Ganaréis de aquí que no os vea sino quien se entendiere

por esta lengua. Porque no lleva camino uno que no sabe

algarabía, gustar de hablar mucho con quien no sabe otro lenguaje.

Y así, ni os cansarán ni dañarán, que no sería poco daño comenzar

a hablar nueva lengua, y todo el tiempo se os iría en eso. Y no

podéis saber como yo, que lo he experimentado, el gran mal que es

para el alma, porque por saber la una se le olvida la otra, y es un

perpetuo desasosiego, del que en todas maneras habéis de huir.

Porque lo que mucho conviene para este camino que comenzamos

a tratar es paz y sosiego en el alma.

6. Si las que os trataren quisieren deprender vuestra lengua, ya que

no es vuestro de enseñar, podéis decir las riquezas que se ganan

en deprenderla. Y de esto no os canséis, sino con piedad y amor y

oración porque le aproveche, para que, entendiendo la gran

ganancia, vaya a buscar maestro que le enseñe; que no sería poca

merced que os hiciese el Señor despertar a algún alma para este

bien.

Mas ¡qué de cosas se ofrecen en comenzando a tratar de este

camino aun a quien tan mal ha andado por él como yo! Plega al

Señor os lo sepa, hermanas, decir mejor que lo he hecho, amén.

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CAPÍTULO 21

Que dice lo mucho que importa comenzar con gran determinación a

tener oración, y no hacer caso de los inconvenientes que el

demonio pone.

1. No os espantéis, hijas, de las muchas cosas que es menester

mirar para comenzar este viaje divino, que es camino real para el

cielo. Gánase yendo por él gran tesoro, no es mucho que cueste

mucho a nuestro parecer. Tiempo vendrá que se entienda cuán

nonada es todo para tan gran precio.

2. Ahora, tornando a los que quieren ir por él y no parar hasta el fin,

que es llegar a beber de esta agua de vida, cómo han de comenzar,

digo que importa mucho, y el todo, una grande y muy determinada

determinación de no parar hasta llegar a ella, venga lo que viniere,

suceda lo que sucediere, trabájese lo que se trabajare, murmure

quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el

camino o no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera

se hunda el mundo, como muchas veces acaece con decirnos:

«hay peligros», «fulana por aquí se perdió», «el otro se engañó»,

«el otro, que rezaba mucho, cayó», «hacen daño a la virtud», «no

es para mujeres, que les podrán venir ilusiones», «mejor será que

hilen», «no han menester esas delicadeces», «basta el Paternóster

y Avemaría».

3. Esto así lo digo yo, hermanas, y ¡cómo si basta! Siempre es gran

bien fundar vuestra oración sobre oraciones dichas de tal boca

como la del Señor. En esto tienen razón, que si no estuviese ya

nuestra flaqueza tan flaca y nuestra devoción tan tibia, no eran

menester otros conciertos de oraciones, ni eran menester otros

libros. Y así me ha parecido ahora (pues,) como digo, hablo con

almas que no pueden recogerse en otros misterios, que les parece

es menester artificio y hay algunos ingenios tan ingeniosos que

nada les contenta), iré fundando por aquí unos principios y medios y

fines de oración, aunque en cosas subidas no me detendré; y no os

podrán quitar libros, que si sois estudiosas, y teniendo humildad, no

habéis menester otra cosa.

4. Siempre yo he sido aficionada y me han recogido más las

palabras de los Evangelios que libros muy concertados. En

especial, si no era el autor muy aprobado, no los había gana de

leer. Allegada, pues, a este Maestro de la sabiduría, quizá me

enseñará alguna consideración que os contente.

No digo que diré declaración de estas oraciones divinas (que) no

me atrevería y hartas hay escritas; y que no las hubiera, sería

disparate), sino consideración sobre las palabras del Paternóster.

Porque algunas veces con muchos libros parece se nos pierde la

devoción en lo que tanto nos va tenerla, que está claro que el

mismo maestro cuando enseña una cosa toma amor con el

discípulo, y gusta de que le contente lo que le enseña, y le ayuda

mucho a que lo deprenda, y así hará este Maestro celestial con

nosotras.

5. Por eso, ningún caso hagáis de los miedos que os pusieren ni de

los peligros que os pintaren. Donosa cosa es que quiera yo ir por un

camino adonde hay tantos ladrones, sin peligros, y a ganar un gran

tesoro. Pues bueno anda el mundo para que os le dejen tomar en

paz; sino que por un maravedí de interés se pondrán a no dormir

muchas noches y a desasosegaros cuerpo y alma. Pues cuando

yéndole a ganar -o a robar, como dice el Señor que le ganan los

esforzados- y por camino real y por camino seguro, por el que fue

nuestro Rey y por el que fueron todos sus escogidos y santos, os

dicen hay tantos peligros y os ponen tantos temores, los que van, a

su parecer, a ganar este bien sin camino, ¿qué son los peligros que

llevarán?

6. ¡Oh hijas mías!, que muchos más sin comparación, sino que no

los entienden hasta dar de ojos en el verdadero peligro, cuando no

hay quien les dé la mano, y pierden del todo el agua sin beber poca

ni mucha, ni de charco ni de arroyo.

Pues ya veis, sin gota de esta agua ¿cómo se pasará camino

adonde hay tantos con quien pelear? Está claro que al mejor tiempo

morirán de sed; porque, queramos que no, hijas mías, todos

caminamos para esta fuente, aunque de diferentes maneras. Pues

creedme vosotras y no os engañe nadie en mostraros otro camino

sino el de la oración. [7] Yo no hablo ahora en que sea mental o

vocal para todos; para vosotras digo que lo uno y lo otro habéis

menester. Este es el oficio de los religiosos. Quien os dijere que

esto es peligro, tenedle a él por el mismo peligro y huid de él. Y no

se os olvide, que por ventura habéis menester este consejo. Peligro

será no tener humildad y las otras virtudes; mas camino de oración

camino de peligro, nunca Dios tal quiera. El demonio parece ha

inventado poner estos miedos, y así ha sido mañoso a hacer caer a

algunos que tenían oración, al parecer.

8. Y mirad qué ceguedad del mundo, que no miran los muchos

millares que han caído en herejías y en grandes males sin tener

oración, sino distracción, y entre la multitud de éstos, si el demonio,

por hacer mejor su negocio, ha hecho caer a algunos que tenían

oración, ha hecho poner tanto temor a algunos para las cosas de

virtud. Estos que toman este amparo para librarse, se guarden;

porque huyen del bien para librarse del mal. Nunca tan mala

invención he visto: bien parece del demonio. ¡Oh Señor mío!, tornad

por Vos; mirad que entienden al revés vuestras palabras. No

permitáis semejantes flaquezas en vuestros siervos.

9. Hay un gran bien: que siempre veréis algunos que os ayuden.

Porque esto tiene el verdadero siervo de Dios, a quien Su Majestad

ha dado luz del verdadero camino, que en estos temores le crece

más el deseo de no parar. Entiende claro por dónde va a dar el

golpe el demonio, y húrtale el cuerpo y quiébrale la cabeza. Más

siente él esto, que cuantos placeres otros le hacen le contentan.

Cuando en un tiempo de alboroto, en una cizaña que ha puesto -

que parece lleva a todos tras sí medio ciegos, porque es debajo de

buen celo-, levanta Dios uno que los abra los ojos y diga que miren

los ha puesto niebla para no ver el camino, ¡qué grandeza de Dios,

que puede más a las veces un hombre solo o dos que digan

verdad, que muchos juntos!; tornan poco a poco a descubrir el

camino, dales Dios ánimo. Si dicen que hay peligro en la oración,

procura se entienda cuán buena es la oración, si no por palabras,

por obras. Si dicen que no es bien a menudo las comuniones,

entonces las frecuentan más. Así que como haya uno o dos que sin

temor sigan lo mejor, luego torna el Señor poco a poco a ganar lo

perdido.

10. Así que, hermanas, dejaos de estos miedos. Nunca hagáis caso

en cosas semejantes de la opinión del vulgo. Mirad que no son

tiempos de creer a todos, sino a los que viereis van conforme a la

vida de Cristo. Procurad tener limpia conciencia y humildad,

menosprecio de todas las cosas del mundo y creer firmemente lo

que tiene la Madre Santa Iglesia, y a buen seguro que vais buen

camino.

Dejaos -como he dicho- de temores, adonde no hay qué temer. Si

alguno os los pusiere, declaradle con humildad el camino. Decid

que Regla tenéis que os manda orar sin cesar -que así nos lo

manda- y que la habéis de guardar. Si os dijeren que sea

vocalmente, apurad si ha de estar el entendimiento y corazón en lo

que decís. Si os dijeren que sí -que no podrán decir otra cosa-, veis

adonde confiesan que habéis forzado de tener oración mental, y

aun contemplación, si os la diere Dios allí.

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CAPÍTULO 22

En que declara qué es oración mental.

1. Sabed, hijas, que no está la falta para ser o no ser oración mental

en tener cerrada la boca. Si hablando, estoy enteramente

entendiendo y viendo que hablo con Dios con más advertencia que

en las palabras que digo, junto está oración mental y vocal. Salvo si

no os dicen que estéis hablando con Dios rezando el Paternóster y

pensando en el mundo; aquí callo. Mas si habéis de estar, como es

razón se esté, hablando con tan gran Señor, que es bien estéis

mirando con quién habláis y quién sois vos, siquiera para hablar

con crianza. Porque ¿cómo podéis llamar al rey Alteza, ni saber las

ceremonias que se hacen para hablar a un grande, si no entendéis

bien qué estado tiene y qué estado tenéis vos? Porque conforme a

esto se ha de hacer el acatamiento, y conforme al uso, porque aun

esto es menester también que sepáis. Si no, enviaros han para

simple y no negociaréis cosa.

Pues ¿qué es esto, Señor mío? ¿Qué es esto, mi Emperador?

¿Cómo se puede sufrir? Rey sois, Dios mío, sin fin, que no es reino

prestado el que tenéis. Cuando en el Credo se dice «vuestro reino

no tiene fin», casi siempre me es particular regalo. Aláboos, Señor,

y bendígoos para siempre; en fin, vuestro reino durará para

siempre. Pues nunca Vos, Señor, permitáis se tenga por bueno que

quien fuere a hablar con Vos, sea sólo con la boca.

2. ¿Qué es esto, cristianos, los que decís no es menester oración

mental, entendéisos? Cierto, que pienso que no os entendéis, y así

queréis desatinemos todos: ni sabéis cuál es oración mental ni

cómo se ha de rezar la vocal ni qué es contemplación, porque si lo

supieseis no condenaríais por un cabo lo que alabáis por otro.

3. Yo he de poner siempre junta oración mental con la vocal,

cuando se me acordare, porque no os espanten, hijas; que yo sé en

qué caen estas cosas, que he pasado algún trabajo en este caso, y

así no querría que nadie os trajese desasosegadas, que es cosa

dañosa ir con miedo este camino. Importa mucho entender que vais

bien, porque en diciendo a algún caminante que va errado y que ha

perdido el camino, le hacen andar de un cabo a otro, y todo lo que

anda buscando por dónde ha de ir se cansa y gasta el tiempo y

llega más tarde.

¿Quién puede decir es mal, si comenzamos a rezar las Horas o el

rosario, que comience a pensar con quién va a hablar y quién es el

que habla, para ver cómo le ha de tratar? Pues yo os digo,

hermanas, que si lo mucho que hay que hacer en entender estos

dos puntos se hiciese bien, que primero que comencéis la oración

vocal que vais a rezar, ocupéis harto tiempo en la mental. Sí, que

no hemos de llegar a hablar a un príncipe con el descuido que a un

labrador, o como con una pobre como nosotras, que como quiera

que nos hablaren va bien.

4. Razón es que, ya que por la humildad de este Rey, si como

grosera no sé hablar con él, no por eso me deja de oír ni me deja

de llegar a sí ni me echan fuera sus guardas; porque saben bien los

ángeles que están allí la condición de su Rey, que gusta más de

estas groserías de un pastorcito humilde que ve que si más supiera

más dijera, que de los muy sabios y letrados, por elegantes

razonamientos que hagan, si no van con humildad. Así que no

porque El sea bueno, hemos de ser nosotros descomedidos.

Siquiera para agradecerle el mal olor que sufre en consentir cabe sí

una como yo, es bien que procuremos conocer su limpieza y quién

es. Es verdad que se entiende luego en llegando, como con los

señores de acá, que con que nos digan quién fue su padre y los

cuentos que tiene de renta y el dictado, no hay más que saber.

Porque acá no se hace cuenta de las personas para hacerlas

honra, por mucho que merezcan, sino de las haciendas.

5. ¡Oh miserable mundo! Alabad mucho a Dios, hijas, que habéis

dejado cosa tan ruin, adonde no hacen caso de lo que ellos en sí

tienen, sino de lo que tienen sus renteros y vasallos; y si ellos

faltan, luego falta de hacerle honra. Cosa donosa es ésta para que

os holguéis cuando hayáis todas de tomar alguna recreación, que

éste es buen pasatiempo, entender cuán ciegamente pasan su

tiempo los del mundo.

6. ¡Oh Emperador nuestro, sumo poder, suma bondad, la misma

sabiduría, sin principio, sin fin, sin haber término en vuestras obras,

son infinitas, sin poderse comprender, un piélago sin suelo de

maravillas, una hermosura que tiene en sí todas las hermosuras, la

misma fortaleza! ¡Oh, válgame Dios! ¡quién tuviera aquí junta toda

la elocuencia de los mortales, y sabiduría para saber bien -como

acá se puede saber, que todo es no saber nada, para este casodar

a entender alguna de las muchas cosas que podemos

considerar para conocer algo de quién es este Señor y bien

nuestro!

7. Sí, llegaos a pensar y entender, en llegando, con quién vais a

hablar o con quién estáis hablando. En mil vidas de las nuestras no

acabaremos de entender cómo merece ser tratado este Señor, que

los ángeles tiemblan delante de él. Todo lo manda, todo lo puede,

su querer es obrar. Pues razón será, hijas, que procuremos

deleitarnos en estas grandezas que tiene nuestro Esposo y que

entendamos con quién estamos casadas, qué vida hemos de tener.

¡Oh, válgame Dios!, pues acá, cuando uno se casa, primero sabe

con quién, quién es y qué tiene. Nosotras, ya desposadas, antes de

las bodas, que nos ha de llevar a su casa, pues acá no quitan estos

pensamientos a las que están desposadas con los hombres, ¿por

qué nos han de quitar que procuremos entender quién es este

hombre y quién es su Padre y qué tierra es ésta adonde me ha de

llevar y qué bienes son los que promete darme, qué condición tiene,

cómo podré contentarle mejor, en qué le haré placer, y estudiar

cómo haré mi condición que conforme con la suya? Pues si una

mujer ha de ser bien casada, no le avisan otra cosa sino que

procure esto, aunque sea hombre muy bajo su marido.

8. Pues, Esposo mío, ¿en todo han de hacer menos caso de Vos

que de los hombres? Si a ellos no les parece bien esto, dejen os

vuestras esposas, que han de hacer vida con Vos. Es verdad que

es buena vida. Si un esposo es tan celoso que quiere no trate con

nadie su esposa, ¡linda cosa es que no piense en cómo le hará este

placer y la razón que tiene de sufrirle y de no querer que trate con

otro, pues en él tiene todo lo que puede querer!

Esta es oración mental, hijas mías, entender estas verdades. Si

queréis ir entendiendo esto y rezando vocalmente, muy

enhorabuena. No me estéis hablando con Dios y pensando en otras

cosas, que esto hace no entender qué cosa es oración mental. Creo

va dado a entender. Plega al Señor lo sepamos obrar, amén.

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CAPÍTULO 23

Trata de lo que importa no tornar atrás quien ha comenzado camino

de oración, y torna a hablar de lo mucho que va en que sea con

determinación.

1. Pues digo que va muy mucho en comenzar con gran

determinación, por tantas causas que sería alargarme mucho si las

dijese. Solas dos o tres os quiero, hermanas, decir:

La una es que no es razón que a quien tanto nos ha dado y

continuo da, que una cosa que nos queremos determinar a darle,

que es este cuidadito (no,) cierto, sin interés, sino con tan grandes

ganancias), no se lo dar con toda determinación sino como quien

presta una cosa para tornarla a tomar. Esto no me parece a mí dar,

antes siempre queda con algún disgusto a quien han emprestado

una cosa cuando se la tornan a tomar, en especial si la ha menester

y la tenía ya como por suya, o que si son amigos y a quien la prestó

debe muchas dadas sin ningún interés: con razón le parecerá

poquedad y muy poco amor, que aun una cosita suya no quiere

dejar en su poder, siquiera por señal de amor.

2. ¿Qué esposa hay que recibiendo muchas joyas de valor de su

esposo no le dé siquiera una sortija, no por lo que vale, que ya todo

es suyo, sino por prenda que será suya hasta que muera? Pues

¿qué menos merece este Señor, para que burlemos de él, dando y

tomando una nonada que le damos? Sino que este poquito de

tiempo que nos determinamos de darle de cuanto gastamos en

nosotros mismos y en quien no nos lo agradecerá, ya que aquel

rato le queremos dar, démosle libre el pensamiento y desocupado

de otras cosas, y con toda determinación de nunca jamás se le

tornar a tomar, por trabajos que por ello nos vengan, ni por

contradicciones ni por sequedades; sino que ya como cosa no mía

tenga aquel tiempo y piense me le pueden pedir por justicia cuando

del todo no se le quisiere dar.

3. Llamo «del todo», porque no se entiende que dejarlo algún día, o

algunos, por ocupaciones justas o por cualquier indisposición, es

tomársele ya. La intención esté firme, que no es nada delicado mi

Dios: no mira en menudencias. Así tendrá qué os agradecer; es dar

algo. Lo demás, bueno es a quien no es franco, sino tan apretado

que no tiene corazón para dar; harto es que preste. En fin, haga

algo, que todo lo toma en cuenta este Señor nuestro; a todo hace

como lo queremos. Para tomarnos cuenta no es nada menudo, sino

generoso; por grande que sea el alcance, tiene El en poco

perdonarle. Para pagarnos es tan mirado, que no hayáis miedo que

un alzar de ojos con acordarnos de El deje sin premio.

4. Otra causa es porque el demonio no tiene tanta mano para

tentar. Ha gran miedo a ánimas determinadas, que tiene ya

experiencia le hacen gran daño, y cuanto él ordena para dañarlas,

viene en provecho suyo y de los otros y que sale él con pérdida. Y

ya que no hemos nosotros de estar descuidados ni confiar en esto,

porque lo habemos con gente traidora, y a los apercibidos no osan

tanto acometer, porque es muy cobarde; mas si viese descuido,

haría gran daño. Y si conoce a uno por mudable y que no está firme

en el bien y con gran determinación de perseverar, no le dejará a

sol ni a sombra. Miedos le pondrá e inconvenientes que nunca

acabe. Yo lo sé esto muy bien por experiencia, y así lo he sabido

decir, y digo que no sabe nadie lo mucho que importa.

5. La otra cosa es -y que hace mucho al caso- que pelea con más

ánimo. Ya sabe que, venga lo que viniere, no ha de tornar atrás. Es

como uno que está en una batalla, que sabe, si le vencen, no le

perdonarán la vida, y que ya que no muere en la batalla ha de morir

después; pelea con más determinación y quiere vender bien su vida

-como dicen- y no teme tanto los golpes, porque lleva adelante lo

que le importa la victoria y que le va la vida en vencer.

Es también necesario comenzar con seguridad de que, si no nos

dejamos vencer, saldremos con la empresa; esto sin ninguna duda,

que por poca ganancia que saquen, saldrán muy ricos. No hayáis

miedo os deje morir de sed el Señor que nos llama a que bebamos

de esta fuente. Esto queda ya dicho, y querríalo decir muchas

veces, porque acobarda mucho a personas que aún no conocen del

todo la bondad del Señor por experiencia, aunque le conocen por

fe. Mas es gran cosa haber experimentado con la amistad y regalo

que trata a los que van por este camino, y cómo casi les hace toda

la costa.

6. Los que esto no han probado, no me maravillo quieran seguridad

de algún interés. Pues ya sabéis que es ciento por uno, aun en esta

vida, y que dice el Señor: «Pedid y daros han». Si no creéis a Su

Majestad en las partes de su Evangelio que asegura esto, poco

aprovecha, hermanas, que me quiebre yo la cabeza a decirlo.

Todavía digo que a quien tuviere alguna duda, que poco se pierde

en probarlo; que eso tiene bueno este viaje, que se da más de lo

que se pide ni acertaremos a desear. Esto es sin falta, yo lo sé. Y a

las de vosotras que lo sabéis por experiencia, por la bondad de

Dios, puedo presentar por testigos.

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CAPÍTULO 24

Trata cómo se ha de rezar oración vocal con perfección, y cuán

junta anda con ella la mental.

1. Ahora, pues, tornemos a hablar con las almas que he dicho que

no se pueden recoger ni atar los entendimientos en oración mental

ni tener consideración. No nombremos aquí estas dos cosas, pues

no sois para ellas, que hay muchas personas en hecho de verdad

que sólo el nombre de oración mental o contemplación parece las

atemoriza, [2] y porque si alguna viene a esta casa, que también,

como he dicho, no van todos por un camino.

Pues lo que quiero ahora aconsejaros (y) aun puedo decir

enseñaros, porque, como madre, con el oficio de priora que tengo,

es lícito), cómo habéis de rezar vocalmente, porque es razón

entendáis lo que decís. Y porque quien no puede pensar en Dios

puede ser que oraciones largas también le cansen, tampoco me

quiero entremeter en ellas, sino en las que forzado habemos de

rezar, pues somos cristianos, que es el Paternóster y Avemaría;

porque no puedan decir por nosotras que hablamos y no nos

entendemos, salvo si no nos parece basta irnos por la costumbre,

con sólo pronunciar las palabras, que esto basta. Si basta o no, en

eso no me entremeto, los letrados lo dirán. Lo que yo querría

hiciésemos nosotras, hijas, es que no nos contentemos con solo

eso. Porque cuando digo «credo», razón me parece será que

entienda y sepa lo que creo; y cuando «Padre nuestro», amor será

entender quién es este Padre nuestro y quién es el maestro que

nos enseñó esta oración.

3. Si queréis decir que ya os lo sabéis y que no hay para qué se os

acuerde, no tenéis razón; que mucho va de maestro a maestro,

pues aun de los que acá nos enseñan es gran desgracia no nos

acordar; en especial, si son santos y son maestros del alma, es

imposible, si somos buenos discípulos. Pues de tal maestro como

quien nos enseñó esta oración y con tanto amor y deseo que nos

aprovechase, nunca Dios quiera que no nos acordemos de El

muchas veces cuando decimos la oración, aunque por ser flacos no

sean todas.

4. Pues cuanto a lo primero, ya sabéis que enseña Su Majestad que

sea a solas; que así lo hacía El siempre que oraba, y no por su

necesidad, sino por nuestro enseñamiento. Ya esto dicho se está

que no se sufre hablar con Dios y con el mundo, que no es otra

cosa estar rezando y escuchando por otra parte lo que están

hablando, o pensar en lo que se les ofrece sin más irse a la mano;

salvo si no es algunos tiempos que, o de malos humores -en

especial si es persona que tiene melancolía- o flaqueza de cabeza,

que aunque más lo procura no puede, o que permite Dios días de

grandes tempestades en sus siervos para más bien suyo, y aunque

se afligen y procuran quietarse, no pueden ni están en lo que dicen,

aunque más hagan, ni asienta en nada el entendimiento, sino que

parece tiene frenesí, según anda desbaratado.

5. Y en la pena que da a quien lo tiene, verá que no es a culpa

suya. Y no se fatigue, que es peor, ni se canse en poner seso a

quien por entonces no le tiene, que es su entendimiento, sino rece

como pudiere; y aun no rece, sino como enferma procure dar alivio

a su alma: entienda en otra obra de virtud.

Esto es ya para personas que traen cuidado de sí y tienen

entendido no han de hablar a Dios y al mundo junto.

Lo que podemos hacer nosotros es procurar estar a solas, y plega a

Dios que baste, como digo, para que entendamos con quién

estamos y lo que nos responde el Señor a nuestras peticiones.

¿Pensáis que está callado? Aunque no le oímos, bien habla al

corazón cuando le pedimos de corazón.

Y bien es consideremos somos cada una de nosotras a quien

enseñó esta oración y que nos la está mostrando, pues nunca el

maestro está tan lejos del discípulo que sea menester dar voces,

sino muy junto. Esto quiero yo entendáis vosotras os conviene para

rezar bien el Paternóster: no se apartar de cabe el Maestro que os

le mostró.

6. Diréis que ya esto es consideración, que no podéis ni aun queréis

sino rezar vocalmente; porque también hay personas mal sufridas y

amigas de no se dar pena, que como no lo tienen de costumbre,

esla recoger el pensamiento al principio; y por no cansarse un poco,

dicen que no pueden más ni lo saben, sino rezar vocalmente.

Tenéis razón en decir que ya es oración mental. Mas yo os digo,

cierto, que no sé cómo lo aparte, si ha de ser bien rezado lo vocal y

entendiendo con quién hablamos. Y aun es obligación que

procuremos rezar con advertencia. Y aun plega a Dios que con

estos remedios vaya bien rezado el Paternóster y no acabemos en

otra cosa impertinente. Yo lo he probado algunas veces, y el mejor

remedio que hallo es procurar tener el pensamiento en quien

enderezó las palabras. Por eso tened paciencia y procurad hacer

costumbre de cosa tan necesaria.

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CAPÍTULO 25

En que dice lo mucho que gana un alma que reza con perfección

vocalmente, y cómo acaece levantarla Dios de allí a cosas

sobrenaturales.

1. Y porque no penséis se saca poca ganancia de rezar vocalmente

con perfección, os digo que es muy posible que estando rezando el

Paternóster os ponga el Señor en contemplación perfecta, o

rezando otra oración vocal; que por estas vías muestra Su Majestad

que oye al que le habla, y le habla su grandeza, suspendiéndole el

entendimiento y atajándole el pensamiento, y tomándole -como

dicen- la palabra de la boca, que aunque quiere no puede hablar si

no es con mucha pena; [2] entiende que sin ruido de palabras le

está enseñando este Maestro divino, suspendiendo las potencias,

porque entonces antes dañarían que aprovecharían si obrasen.

Gozan sin entender cómo gozan. Está el alma abrasándose en

amor y no entiende cómo ama. Conoce que goza de lo que ama y

no sabe cómo lo goza. Bien entiende que no es gozo que alcanza el

entendimiento a desearle. Abrázale la voluntad sin entender cómo.

Mas en pudiendo entender algo, ve que no es éste bien que se

puede merecer con todos los trabajos que se pasasen juntos por

ganarle en la tierra. Es don del Señor de ella y del cielo, que en fin

da como quien es.

Esta, hijas, es contemplación perfecta.

3. Ahora entenderéis la diferencia que hay de ella a la oración

mental, que es lo que queda dicho: pensar y entender qué

hablamos y con quién hablamos y quién somos los que osamos

hablar con tan gran Señor. Pensar esto y otras cosas semejantes

de lo poco que le hemos servido y lo mucho que estamos obligados

a servir es oración mental. No penséis es otra algarabía, ni os

espante el nombre. Rezar el Paternóster y Avemaría o lo que

quisiereis, es oración vocal.

Pues mirad qué mala música hará sin lo primero: aun las palabras

no irán con concierto todas veces. En estas dos cosas podemos

algo nosotros, con el favor de Dios; en la contemplación que ahora

dije, ninguna cosa: Su Majestad es el que todo lo hace, que es obra

suya sobre nuestro natural.

4. Como está dado a entender esto de contemplación muy

largamente, lo mejor que yo lo supe declarar, en la relación que

tengo dicho escribí para que viesen mis confesores de mi vida -que

me lo mandaron-, no lo digo aquí ni hago más de tocar en ello. Las

que hubiereis sido tan dichosas que el Señor os llegue a estado de

contemplación, si le pudieseis haber, puntos tiene y avisos que el

Señor quiso acertase a decir, que os consolarían mucho y

aprovecharían, a mi parecer y al de algunos que le han visto, que le

tienen para hacer caso de él; que vergüenza es deciros yo que

hagáis caso del mío, y el Señor sabe la confusión con que escribo

mucho de lo que escribo. ¡Bendito sea que así me sufre! Las que -

como digo- tuvieren oración sobrenatural, procúrenle después de yo

muerta; las que no, no hay para qué, sino esforzarse a hacer lo que

en éste va dicho, y deje al Señor, que es quien lo ha de dar y no os

lo negará si no os quedáis en el camino, sino que os esforzáis hasta

llegar a la fin

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CAPÍTULO 26

En que va declarando el modo para recoger el pensamiento. -Pone

medios para ello. -Es capítulo muy provechoso para los que

comienzan oración.

1. Ahora, pues, tornemos a nuestra oración vocal para que se rece

de manera que, sin entendernos, nos lo dé Dios todo junto, y para -

como he dicho- rezar como es razón.

La examinación de la conciencia y decir la confesión y santiguaros,

ya se sabe ha de ser lo primero.

Procurad luego, hija, pues estáis sola, tener compañía. Pues ¿qué

mejor que la del mismo maestro que enseñó la oración que vais a

rezar? Representad al mismo Señor junto con vos y mirad con qué

amor y humildad os está enseñando. Y creedme, mientras pudiereis

no estéis sin tan buen amigo. Si os acostumbráis a traerle cabe vos

y El ve que lo hacéis con amor y que andáis procurando

contentarle, no le podréis -como dicen- echar de vos; no os faltará

para siempre; ayudaros ha en todos vuestros trabajos; tenerle heis

en todas partes: ¿pensáis que es poco un tal amigo al lado?

2. ¡Oh hermanas, las que no podéis tener mucho discurso del

entendimiento ni podéis tener el pensamiento sin divertiros!,

¡acostumbraos, acostumbraos! Mirad que sé yo que podéis hacer

esto, porque pasé muchos años por este trabajo de no poder

sosegar el pensamiento en una cosa, y eslo muy grande. Mas sé

que no nos deja el Señor tan desiertos, que si llegamos con

humildad a pedírselo, no nos acompañe. Y si en un año no

pudiéremos salir con ello, sea en más. No nos duela el tiempo en

cosa que tan bien se gasta. ¿Quién va tras nosotros? Digo que

esto, que puede acostumbrarse a ello, y trabajar andar cabe este

verdadero Maestro.

3. No os pido ahora que penséis en El ni que saquéis muchos

conceptos ni que hagáis grandes y delicadas consideraciones con

vuestro entendimiento; no os pido más de que le miréis. Pues

¿quién os quita volver los ojos del alma, aunque sea de presto si no

podéis más, a este Señor? Pues podéis mirar cosas muy feas, ¿y

no podréis mirar la cosa más hermosa que se puede imaginar?

Pues nunca, hijas, quita vuestro Esposo los ojos de vosotras. Haos

sufrido mil cosas feas y abominaciones contra El y no ha bastado

para que os deje de mirar, ¿y es mucho que, quitados los ojos de

estas cosas exteriores, le miréis algunas veces a El? Mirad que no

está aguardando otra cosa, como dice a la esposa, sino que le

miremos. Como le quisiereis, le hallaréis. Tiene en tanto que le

volvamos a mirar, que no quedará por diligencia suya.

4. Así como dicen ha de hacer la mujer, para ser bien casada, con

su marido, que si está triste, se ha de mostrar ella triste y si está

alegre, aunque nunca lo esté, alegre (mirad) de qué sujeción os

habéis librado, hermanas), esto con verdad, sin fingimiento, hace el

Señor con nosotros: que El se hace el sujeto, y quiere seáis vos la

señora, y andar El a vuestra voluntad. Si estáis alegre, miradle

resucitado; que sólo imaginar cómo salió del sepulcro os alegrará.

Mas ¡con qué claridad y con qué hermosura! ¡Con qué majestad,

qué victorioso, qué alegre! Como quien tan bien salió de la batalla

adonde ha ganado un tan gran reino, que todo le quiere para vos, y

a sí con él. Pues ¿es mucho que a quien tanto os da volváis una

vez los ojos a mirarle?

5. Si estáis con trabajos o triste, miradle camino del huerto: ¡qué

aflicción tan grande llevaba en su alma, pues con ser el mismo

sufrimiento la dice y se queja de ella! O miradle atado a la columna,

lleno de dolores, todas sus carnes hechas pedazos por lo mucho

que os ama; tanto padecer, perseguido de unos, escupido de otros,

negado de sus amigos, desamparado de ellos, sin nadie que vuelva

por El, helado de frío, puesto en tanta soledad, que el uno con el

otro os podéis consolar. O miradle cargado con la cruz, que aun no

le dejaban hartar de huelgo. Miraros ha El con unos ojos tan

hermosos y piadosos, llenos de lágrimas, y olvidará sus dolores por

consolar los vuestros, sólo porque os vayáis vos con El a consolar y

volváis la cabeza a mirarle.

6. «¡Oh Señor del mundo, verdadero Esposo mío! -le podéis vos

decir, si se os ha enternecido el corazón de verle tal, que no sólo

queráis mirarle, sino que os holguéis de hablar con El, no oraciones

compuestas, sino de la pena de vuestro corazón, que las tiene El en

muy mucho-, ¿tan necesitado estáis, Señor mío y Bien mío, que

queréis admitir una pobre compañía como la mía, y veo en vuestro

semblante que os habéis consolado conmigo? Pues ¿cómo, Señor,

es posible que os dejan solo los ángeles, y que aun no os consuela

vuestro Padre? Si es así, Señor, que todo lo queréis pasar por mí,

¿qué es esto que yo paso por Vos? ¿De qué me quejo? Que ya he

vergüenza, de que os he visto tal, que quiero pasar, Señor, todos

los trabajos que me vinieren y tenerlos por gran bien por imitaros en

algo. Juntos andemos, Señor. Por donde fuereis, tengo de ir. Por

donde pasareis, tengo de pasar».

7. Tomad, hija, de aquella cruz. No se os dé nada de que os

atropellen los judíos, porque El no vaya con tanto trabajo. No hagáis

caso de lo que os dijeren. Haceos sorda a las murmuraciones.

Tropezando, cayendo con vuestro Esposo, no os apartéis de la cruz

ni la dejéis. Mirad mucho el cansancio con que va y las ventajas

que hace su trabajo a los que vos padecéis, por grandes que los

queráis pintar. Y por mucho que los queráis sentir, saldréis

consolada de ellos, porque veréis son cosa de burla comparados a

los del Señor.

8. Diréis, hermanas, que cómo se podrá hacer esto, que si le vierais

con los ojos del cuerpo en el tiempo que Su Majestad andaba en el

mundo, que lo hicierais de buena gana y le mirarais siempre.

-No lo creáis, que quien ahora no se quiere hacer un poquito de

fuerza a recoger siquiera la vista para mirar dentro de sí a este

Señor (que) lo puede hacer sin peligro, sino con tantito cuidado),

muy menos se pusiera al pie de la cruz con la Magdalena, que veía

la muerte al ojo. Mas ¡qué debía pasar la gloriosa Virgen y esta

bendita Santa! ¡Qué de amenazas, qué de malas palabras y qué de

encontrones, y qué descomedidas! Pues ¡con qué gente lo habían

tan cortesana! Sí, lo era del infierno, que eran ministros del

demonio. Por cierto que debía ser terrible cosa lo que pasaron; sino

que, con otro dolor mayor, no sentirían el suyo.

Así que, hermanas, no creáis erais para tan grandes trabajos, si no

sois para cosas tan pocas. Ejercitándoos en ellas, podéis venir a

otras mayores.

9. Lo que podéis hacer para ayuda de esto, procurad traer una

imagen o retrato de este Señor que sea a vuestro gusto; no para

traerle en el seno y nunca le mirar, sino para hablar muchas veces

con El, que El os dará qué le decir. Como habláis con otras

personas, ¿por qué os han más de faltar palabras para hablar con

Dios? No lo creáis; al menos yo no os creeré, si lo usáis; porque si

no, el no tratar con una persona causa extrañeza y no saber cómo

nos hablar con ella, que parece no la conocemos, y aun aunque sea

deudo, porque deudo y amistad se pierde con la falta de

comunicación.

10. También es gran remedio tomar un libro de romance bueno, aun

para recoger el pensamiento, para venir a rezar bien vocalmente, y

poquito a poquito ir acostumbrando el alma con halagos y artificio

para no la amedrentar. Haced cuenta que ha muchos años que se

ha ido de con su esposo, y que hasta que quiera tornar a su casa

es menester mucho saberlo negociar, que así somos los pecadores:

tenemos tan acostumbrada nuestra alma y pensamiento a andar a

su placer, o pesar, por mejor decir, que la triste alma no se

entiende, que para que torne a tomar amor a estar en su casa es

menester mucho artificio, y si no es así y poco a poco, nunca

haremos nada.

Y tórnoos a certificar que si con cuidado os acostumbráis a lo que

he dicho, que sacaréis tan gran ganancia que, aunque yo os la

quisiera decir, no sabré. Pues juntaos cabe este buen Maestro, muy

determinadas a deprender lo que os enseña, y Su Majestad hará

que no dejéis de salir buenas discípulas, ni os dejará si no le dejáis.

Mirad las palabras que dice aquella boca divina, que en la primera

entenderéis luego el amor que os tiene, que no es pequeño bien y

regalo del discípulo ver que su maestro le ama.

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CAPÍTULO 27

En que trata el gran amor que nos mostró el Señor en las primeras

palabras del Paternóster, y lo mucho que importa no hacer caso

ninguno del linaje las que de veras quieren ser hijas de Dios.

1. «Padre nuestro que estás en los cielos».

¡Oh Señor mío, cómo parecéis Padre de tal Hijo y cómo parece

vuestro Hijo hijo de tal Padre! ¡Bendito seáis por siempre jamás!

¿No fuera al fin de la oración esta merced, Señor, tan grande? En

comenzando, nos henchís las manos y hacéis tan gran merced que

sería harto bien henchirse el entendimiento para ocupar de manera

la voluntad que no pudiese hablar palabra.

¡Oh, qué bien venía aquí, hijas, contemplación perfecta! ¡Oh, con

cuánta razón se entraría el alma en sí para poder mejor subir sobre

sí misma a que le diese este santo Hijo a entender qué cosa es el

lugar adonde dice que está su Padre, que es en los cielos!

Salgamos de la tierra, hijas mías, que tal merced como ésta no es

razón se tenga en tan poco, que después que entendamos cuán

grande es nos quedemos en la tierra.

2. ¡Oh Hijo de Dios y Señor mío!, ¿cómo dais tanto junto a la

primera palabra? Ya que os humilláis a Vos con extremo tan grande

en juntaros con nosotros al pedir y haceros hermano de cosa tan

baja y miserable, ¿cómo nos dais en nombre de vuestro Padre todo

lo que se puede dar, pues queréis que nos tenga por hijos, que

vuestra palabra no puede faltar? Obligáisle a que la cumpla, que no

es pequeña carga, pues en siendo Padre nos ha de sufrir por

graves que sean las ofensas. Si nos tornamos a El, como al hijo

pródigo hanos de perdonar, hanos de consolar en nuestros

trabajos, hanos de sustentar como lo ha de hacer un tal Padre, que

forzado ha de ser mejor que todos los padres del mundo, porque en

El no puede haber sino todo bien cumplido, y después de todo esto

hacernos participantes y herederos con Vos.

3. Mirad, Señor mío, que ya que Vos, con el amor que nos tenéis y

con vuestra humildad, no se os ponga nada delante, en fin, Señor,

estáis en la tierra y vestido de ella, pues tenéis nuestra naturaleza,

parece tenéis causa alguna para mirar nuestro provecho; mas mirad

que vuestro Padre está en el cielo; Vos lo decís; es razón que

miréis por su honra. Ya que estáis Vos ofrecido a ser deshonrado

por nosotros, dejad a vuestro Padre libre; no le obliguéis a tanto por

gente tan ruin como yo, que le ha de dar tan malas gracias.

4. ¡Oh buen Jesús, qué claro habéis mostrado ser una cosa con El,

y que vuestra voluntad es la suya y la suya vuestra! ¡Qué confesión

tan clara, Señor mío! ¡Qué cosa es el amor que nos tenéis! Habéis

andado rodeando, encubriendo al demonio que sois Hijo de Dios, y

con el gran deseo que tenéis de nuestro bien no se os pone cosa

delante por hacernos tan grandísima merced. ¿Quién la podía

hacer sino Vos, Señor? Yo no sé cómo en esta palabra no entendió

el demonio quién erais, sin quedarle duda. Al menos bien veo, mi

Jesús, que habéis hablado, como Hijo regalado, por Vos y por

nosotros, y que sois poderoso para que se haga en el cielo lo que

Vos decís en la tierra. Bendito seáis por siempre, Señor mío, que

tan amigo sois de dar, que no se os pone cosa delante.

5. Pues ¿paréceos, hijas, que es buen maestro éste, pues para

aficionarnos a que deprendamos lo que nos enseña, comienza

haciéndonos tan gran merced? Pues ¿paréceos ahora que será

razón que, aunque digamos vocalmente esta palabra, dejemos de

entender con el entendimiento, para que se haga pedazos nuestro

corazón con ver tal amor? Pues ¿qué hijo hay en el mundo que no

procure saber quién es su padre, cuando le tiene bueno y de tanta

majestad y señorío? Aun si no lo fuera, no me espantara no nos

quisiéramos conocer por sus hijos, porque anda el mundo tal que si

el padre es más bajo del estado en que está el hijo, no se tiene por

honrado en conocerle por padre.

6. Esto no viene aquí, porque en esta casa nunca plega a Dios haya

acuerdo de cosa de éstas, sería infierno; sino que la que fuere más,

tome menos a su padre en la boca. Todas han de ser iguales.

¡Oh Colegio de Cristo, que tenía más mando San Pedro con ser un

pescador y le quiso así el Señor, que San Bartolomé, que era hijo

de rey! Sabía Su Majestad lo que había de pasar en el mundo sobre

cuál era de mejor tierra, que no es otra cosa sino debatir si será

buena para adobes o para tapias. ¡Válgame Dios, qué gran trabajo

traemos! Dios os libre, hermanas, de semejantes contiendas,

aunque sea en burlas. Yo espero en Su Majestad que sí hará.

Cuando algo de esto en alguna hubiese, póngase luego remedio y

ella tema no sea estar Judas entre los Apóstoles; denla penitencias

hasta que entienda que aun tierra muy ruin no merecía ser.

Buen Padre os tenéis, que os da el buen Jesús. No se conozca

aquí otro padre para tratar de él. Y procurad, hijas mías, ser tales

que merezcáis regalaros con El, y echaros en sus brazos. Ya sabéis

que no os echará de sí, si sois buenas hijas. Pues ¿quién no

procurará no perder tal Padre?

7. ¡Oh, válgame Dios!, y que hay aquí en qué os consolar, que por

no me alargar más lo quiero dejar a vuestros entendimientos; que

por disparatado que ande el pensamiento, entre tal Hijo y tal Padre

forzado ha de estar el Espíritu Santo, que enamore vuestra voluntad

y os la ate tan grandísimo amor, ya que no baste para esto tan gran

interés.

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CAPÍTULO 28

En que declara qué es oración de recogimiento, y pónense algunos

medios para acostumbrarse a ella.

1. Ahora mirad que dice vuestro Maestro: «Que estás en los cielos».

¿Pensáis que importa poco saber qué cosa es cielo y adónde se ha

de buscar vuestro sacratísimo Padre? Pues yo os digo que para

entendimientos derramados que importa mucho, no sólo creer esto,

sino procurarlo entender por experiencia. Porque es una de las

cosas que ata mucho el entendimiento y hace recoger el alma.

2. Ya sabéis que Dios está en todas partes. Pues claro está que

adonde está el rey, allí dicen está la corte. En fin, que adonde está

Dios, es el cielo. Sin duda lo podéis creer que adonde está Su

Majestad está toda la gloria. Pues mirad que dice San Agustín que

le buscaba en muchas partes y que le vino a hallar dentro de sí

mismo. ¿Pensáis que importa poco para un alma derramada

entender esta verdad y ver que no ha menester para hablar con su

Padre Eterno ir al cielo, ni para regalarse con El, ni ha menester

hablar a voces? Por paso que hable, está tan cerca que nos oirá. Ni

ha menester alas para ir a buscarle, sino ponerse en soledad y

mirarle dentro de sí y no extrañarse de tan buen huésped; sino con

gran humildad hablarle como a padre, pedirle como a padre,

contarle sus trabajos, pedirle remedio para ellos, entendiendo que

no es digna de ser su hija.

3. Se deje de unos encogimientos que tienen algunas personas y

piensan es humildad. Sí, que no está la humildad en que si el rey os

hace una merced no la toméis, sino tomarla y entender cuán

sobrada os viene y holgaros con ella. ¡Donosa humildad, que me

tenga yo al Emperador del cielo y de la tierra en mi casa, que se

viene a ella por hacerme merced y por holgarse conmigo, y que por

humildad ni le quiera responder ni estarme con El ni tomar lo que

me da, sino que le deje solo. Y que estándome diciendo y rogando

le pida, por humildad me quede pobre, y aun le deje ir, de que ve

que no acabo de determinarme!

No os curéis, hijas, de estas humildades, sino tratad con El como

con padre y como con hermano y como con señor y como con

esposo; a veces de una manera, a veces de otra, que El os

enseñará lo que habéis de hacer para contentarle. Dejaos de ser

bobas; pedidle la palabra, que vuestro Esposo es,que os trate como

a tal.

4. Este modo de rezar, aunque sea vocalmente, con mucha más

brevedad se recoge el entendimiento, y es oración que trae consigo

muchos bienes. Llámase recogimiento, porque recoge el alma todas

las potencias y se entra dentro de sí con su Dios, y viene con más

brevedad a enseñarla su divino Maestro y a darla oración de

quietud, que de ninguna otra manera. Porque allí metida consigo

misma, puede pensar en la Pasión y representar allí al Hijo y

ofrecerle al Padre y no cansar el entendimiento andándole

buscando en el monte Calvario y al huerto y a la columna.

5. Las que de esta manera se pudieren encerrar en este cielo

pequeño de nuestra alma, adonde está el que le hizo, y la tierra, y

acostumbrar a no mirar ni estar adonde se distraigan estos sentidos

exteriores, crea que lleva excelente camino y que no dejará de

llegar a beber el agua de la fuente, porque camina mucho en poco

tiempo. Es como el que va en una nao, que con un poco de buen

viento se pone en el fin de la jornada en pocos días, y los que van

por tierra tárdanse más.

6. Estos están ya, como dicen, puestos en la mar; que, aunque del

todo no han dejado la tierra, por aquel rato hacen lo que pueden por

librarse de ella, recogiendo sus sentidos a sí mismos. Si es

verdadero el recogimiento, siéntese muy claro, porque hace alguna

operación. No sé cómo lo dé a entender. Quien lo tuviere, sí

entenderá. Es que parece se levanta el alma con el juego, que ya

ve lo es las cosas del mundo. Alzase al mejor tiempo y como quien

se entra en un castillo fuerte para no temer los contrarios: un

retirarse los sentidos de estas cosas exteriores y darles de tal

manera de mano que, sin entenderse, se le cierran los ojos por no

las ver, porque más se despierte la vista a los del alma.

Así, quien va por este camino casi siempre que reza tiene cerrados

los ojos, y es admirable costumbre para muchas cosas, porque es

un hacerse fuerza a no mirar las de acá. Esto al principio, que

después no es menester; mayor se la hace cuando en aquel tiempo

los abre. Parece que se entiende un fortalecerse y esforzarse el

alma a costa del cuerpo, y que le deja solo y desflaquecido, y ella

toma allí bastimento para contra él.

7. Y aunque al principio no se entienda esto, por no ser tanto -que

hay más y menos en este recogimiento-, si se acostumbra (aunque)

al principio dé trabajo, porque el cuerpo torna de su derecho, sin

entender que él mismo se corta la cabeza en no darse por vencido),

si se usa algunos días y nos hacemos esta fuerza, verse ha claro la

ganancia y entenderán, en comenzando a rezar, que se vienen las

abejas a la colmena y se entran en ella para labrar la miel, y esto

sin cuidado nuestro; porque ha querido el Señor que por el tiempo

que le han tenido, se haya merecido estar el alma y voluntad con

este señorío, que en haciendo una seña no más de que se quiere

recoger, la obedezcan los sentidos y se recojan a ella. Y aunque

después tornen a salir, es gran cosa haberse ya rendido, porque

salen como cautivos y sujetos y no hacen el mal que antes pudieran

hacer. Y en tornando a llamar la voluntad, vienen con más presteza,

hasta que a muchas entradas de éstas quiere el Señor se queden

ya del todo en contemplación perfecta.

8. Entiéndase mucho esto que queda dicho, porque, aunque parece

oscuro, se entenderá a quien quisiere obrarlo.

Así que caminan por mar; y pues tanto nos va no ir tan despacio,

hablemos un poco de cómo nos acostumbraremos a tan buen modo

de proceder. Están más seguros de muchas ocasiones; pégase

más presto el fuego del amor divino, porque con poquito que soplen

con el entendimiento, como están cerca del mismo fuego, con una

centellica que le toque se abrasará todo. Como no hay embarazo

de lo exterior, estáse sola el alma con su Dios: hay gran aparejo

para entenderse.

9. Pues hagamos cuenta que dentro de nosotras está un palacio de

grandísima riqueza, todo su edificio de oro y piedras preciosas, en

fin, como para tal Señor; y que sois vos parte para que este edificio

sea tal, como a la verdad es así, que no hay edificio de tanta

hermosura como una alma limpia y llena de virtudes, y mientras

mayores, más resplandecen las piedras; y que en este palacio está

este gran Rey, que ha tenido por bien ser vuestro Padre; y que está

en un trono de grandísimo precio, que es vuestro corazón.

10. Parecerá esto al principio cosa impertinente -digo, hacer esta

ficción para darlo a entender- y podráser aproveche mucho, a

vosotras en especial; porque, como no tenemos letras las mujeres,

todo esto es menester para que entendamos con verdad que hay

otra cosa más preciosa, sin ninguna comparación, dentro de

nosotras que lo que vemos por de fuera. No nos imaginemos

huecas en lo interior. Y plega a Dios sean solas mujeres las que

andan con este descuido; que tengo por imposible, si trajésemos

cuidado de acordarnos tenemos tal huésped dentro de nosotras,

nos diésemos tanto a las cosas del mundo, porque veríamos cuán

bajas son para las que dentro poseemos. Pues ¿qué máshace una

alimaña que en viendo lo que le contenta a la vista harta su hambre

en la presa? Sí, que diferencia ha de haber de ellas a nosotras.

11. Reiránse de mí, por ventura, y dirán que bien claro se está esto,

y tendrán razón; porque para mí fue oscuro algún tiempo. Bien

entendía que tenía alma; mas lo que merecía esta alma y quién

estaba dentro de ella, si yo no me tapara los ojos con las vanidades

de la vida para verlo, no lo entendía. Que, a mi parecer, si como

ahora entiendo que en este palacio pequeñito de mi alma cabe tan

gran Rey, que no le dejara tantas veces solo, alguna me estuviera

con El, y más procurara que no estuviera tan sucia. Mas ¡qué cosa

de tanta admiración, quien hinchiera mil mundos y muy mucho más

con su grandeza, encerrarse en una cosa tan pequeña! A la verdad,

como es Señor, consigo trae la libertad, y como nos ama, hácese a

nuestra medida.

12. Cuando un alma comienza, por no la alborotar de verse tan

pequeña para tener en sí cosa tan grande, no se da a conocer

hasta que va ensanchándola poco a poco, conforme a lo que es

menester para lo que ha de poner en ella. Por esto digo que trae

consigo la libertad, pues tiene el poder de hacer grande este

palacio. Todo el punto está en que se le demos por suyo con toda

determinación, y le desembaracemos para que pueda poner y quitar

como en cosa propia. Y tiene razón Su Majestad, no se lo

neguemos. Y como El no ha de forzar nuestra voluntad, toma lo que

le damos, mas no se da a Sí del todo hasta que nos damos del

todo.

Esto es cosa cierta y, porque importa tanto, os lo acuerdo tantas

veces: ni obra en el alma como cuando del todo sin embarazo es

suya, ni sé cómo ha de obrar; es amigo de todo concierto. Pues si

el palacio henchimos de gente baja y de baratijas, ¿cómo ha de

caber el Señor con su corte? Harto hace de estar un poquito entre

tanto embarazo.

13. ¿Pensáis, hijas, que viene solo? ¿No veis que dice su Hijo:

«que estás en los cielos?». Pues un tal Rey, a osadas que no le

dejen solo los cortesanos, sino que están con El rogándole por

nosotros todos para nuestro provecho, porque están llenos de

caridad. No penséis que es como acá, que si un señor o prelado

favorece a alguno por algunos fines, o porque quiere, luego hay las

envidias y el ser malquisto aquel pobre sin hacerles nada.

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CAPÍTULO 29

Prosigue en dar medios para procurar esta oración de recogimiento.

-Dice lo poco que se nos ha de dar de ser favorecidas de los

prelados.

1. Huid, por amor de Dios, hijas, de dárseos nada de estos favores.

Procure cada una hacer lo que debe, que si el prelado no se lo

agradeciere, segura puede estar lo pagará y agradecerá el Señor.

Sí, que no venimos aquí a buscar premio en esta vida. Siempre el

pensamiento en lo que dura, y de lo de acá ningún caso hagamos,

que aun para lo que se vive no es durable; que hoy está bien con la

una; mañana, si ve una virtud más en vos, estará mejor con vos, y

si no, poco va en ello. No deis lugar a estos pensamientos, que a

las veces comienzan por poco y os pueden desasosegar mucho,

sino atajadlos con que no es acá vuestro reino y cuán presto tiene

todo fin.

2. Mas aun esto es bajo remedio, y no mucha perfección. Lo mejor

es que dure, y vos desfavorecida y abatida, y lo queráis estar por el

Señor que está con vos. Poned los ojos en vos y miraos

interiormente, como queda dicho; hallaréis vuestro Maestro, que no

os faltará, antes mientras menos consolación exterior, más regalo

os hará. Es muy piadoso, y a personas afligidas y desfavorecidas

jamás falta, si confían en El solo. Así lo dice David, que está el

Señor con los afligidos. O creéis esto o no. Si lo creéis, ¿de qué os

matáis?

3. ¡Oh Señor mío, que si de veras os conociésemos, no se nos

daría nada de nada, porque dais mucho a los que de veras se

quieren fiar de Vos! Creed, amigas, que es gran cosa entender es

verdad esto, para ver que los favores de acá todos son mentira

cuando desvían algo el alma de andar dentro de sí. ¡Oh, válgame

Dios, quién os hiciese entender esto! No yo, por cierto. Sé que con

deber yo más que ninguno, no acabo de entenderlo como se ha de

entender.

4. Pues tornando a lo que decía, quisiera yo saber declarar cómo

está esta compañía santa con nuestro acompañador, Santo de los

Santos, sin impedir a la soledad que ella y su Esposo tienen,

cuando esta alma dentro de sí quiere entrarse en este paraíso con

su Dios, y cierra la puerta tras sí a todo lo del mundo. Digo

«quiere», porque entended que esto no es cosa sobrenatural, sino

que está en nuestro querer y que podemos nosotros hacerlo con el

favor de Dios, que sin éste no se puede nada, ni podemos de

nosotros tener un buen pensamiento. Porque esto no es silencio de

las potencias; es encerramiento de ellas en sí misma el alma.

5. Vase ganando esto de muchas maneras, como está escrito en

algunos libros, que nos hemos de desocupar de todo para llegarnos

interiormente a Dios, y aun en las mismas ocupaciones retirarnos a

nosotros mismos. Aunque sea por un momento solo, aquel acuerdo

de que tengo compañía dentro de mí es gran provecho. En fin, irnos

acostumbrando a gustar de que no es menester dar voces para

hablarle, porque Su Majestad se dará a sentir cómo está allí.

6. De esta suerte rezaremos con mucho sosiego vocalmente, y es

quitarnos de trabajo. Porque a poco tiempo que forcemos a

nosotros mismos para estarnos cerca de este Señor, nos entenderá

por señas, de manera que si habíamos de decir muchas veces el

Paternóster, nos entenderá de una. Es muy amigo de quitarnos de

trabajo. Aunque en una hora no le digamos más de una vez, como

entendamos estamos con El y lo que le pedimos y la gana que tiene

de darnos y cuán de buena gana se está con nosotros, no es amigo

de que nos quebremos las cabezas hablándole mucho.

7. El Señor lo enseñe a las que no lo sabéis, que de mí os confieso

que nunca supe qué cosa era rezar con satisfacción hasta que el

Señor me enseñó este modo. Y siempre he hallado tantos

provechos de esta costumbre de recogimiento dentro de mí, que

eso me ha hecho alargar tanto.

Concluyo con que quien lo quisiere adquirir -pues, como digo, está

en nuestra mano-, no se canse de acostumbrarse a lo que queda

dicho, que es señorearse poco a poco de sí mismo, no se

perdiendo en balde; sino ganarse a sí para sí, que es aprovecharse

de sus sentidos para lo interior. Si hablare, procurar acordarse que

hay con quien hable dentro de sí mismo. Si oyere, acordarse que ha

de oír a quien más cerca le habla. En fin, traer cuenta que puede, si

quiere, nunca se apartar de tan buena compañía, y pesarle cuando

mucho tiempo ha dejado solo a su Padre, que está necesitada de

él. Si pudiere, muchas veces en el día; si no, sea pocas. Como lo

acostumbrare, saldrá con ganancia, o presto o más tarde. Después

que se lo dé el Señor, no lo trocaría por ningún tesoro.

8. Pues nada se deprende sin un poco de trabajo, por amor de

Dios, hermanas, que deis por bien empleado el cuidado que en esto

gastareis. Y yo sé que, si le tenéis, en un año y quizá en medio,

saldréis con ello, con el favor de Dios. Mirad qué poco tiempo para

tan gran ganancia como es hacer buen fundamento para si quisiere

el Señor levantaros a grandes cosas, que halle en vos aparejo,

hallándoos cerca de sí. Plega a Su Majestad no consienta nos

apartemos de su presencia, amén.

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CAPÍTULO 30

Dice lo que importa entender lo que se pide en la oración. -Trata de

estas palabras del paternóster: «Sanctificetur nomen tuum, adveniat

regnum tuum». -Aplícalas a oración de quietud y comiénzala a

declarar.

1. ¿Quién hay, por disparatado que sea, que cuando pide a una

persona grave no lleva pensado cómo la pedir, para contentarle y

no serle desabrido, y qué le ha de pedir, y para qué ha menester lo

que le ha de dar, en especial si pide cosa señalada, como nos

enseña que pidamos nuestro buen Jesús? Cosa me parece para

notar. ¿No pudierais, Señor mío, concluir con una palabra y decir:

«dadnos, Padre, lo que nos conviene», pues a quien tan bien lo

entiende todo, no parece era menester más?

2. ¡Oh Sabiduría eterna! Para entre Vos y vuestro Padre esto

bastaba, que así lo pedisteis en el huerto;mostrasteis vuestra

voluntad y temor, mas dejásteisos en la suya. Mas a nosotros

conocéisnos, Señor mío, que no estamos tan rendidos como lo

estabais Vos a la voluntad de vuestro Padre, y que era menester

pedir cosas señaladas para que nos detuviésemos en mirar si nos

está bien lo que pedimos, y si no, que no lo pidamos. Porque,

según somos, si no nos dan lo que queremos, con este libre

albedrío que tenemos no admitiremos lo que el Señor nos diere;

porque, aunque sea lo mejor, como no vemos luego el dinero en la

mano, nunca nos pensamos ver ricos.

3. ¡Oh, válgame Dios, qué hace tener tan dormida la fe para lo uno

y lo otro, que ni acabamos de entender cuán cierto tendremos el

castigo ni cuán cierto el premio! Por eso es bien, hijas, que

entendáis lo que pedís en el Paternóster, para que, si el Padre

Eterno os lo diere, no se lo tornéis a los ojos, y penséis muy bien si

os está bien, y si no, no lo pidáis, sino pedid que os dé Su Majestad

luz; porque estamos ciegos y con hastío para no poder comer los

manjares que os han de dar vida, sino los que os han de llevar a la

muerte, y ¡qué muerte tan peligrosa y tan para siempre!

4. Pues dice el buen Jesús que digamos estas palabras en que

pedimos que venga en nosotros un tal reino: «Santificado sea tu

nombre, venga en nosotros tu reino».

Ahora mirad, hijas, qué sabiduría tan grande de nuestro Maestro.

Considero yo aquí, y es bien que entendamos, qué pedimos en este

reino. Mas como vio Su Majestad que no podíamos santificar ni

alabar ni engrandecer ni glorificar este nombre santo del Padre

Eterno conforme a lo poquito que podemos nosotros, de manera

que se hiciese como es razón, si no nos proveía Su Majestad con

darnos acá su reino, y así lo puso el buen Jesús lo uno cabe lo otro,

porque entendamos, hijas, esto que pedimos, y lo que nos importa

importunar por ello y hacer cuanto pudiéremos para contentar a

quien nos lo ha de dar. Os quiero decir aquí lo que yo entiendo. Si

no os contentare, pensad vosotras otras consideraciones, que

licencia nos dará nuestro Maestro, como en todo nos sujetemos a lo

que tiene la Iglesia, y así lo hago yo aquí.

5. Ahora, pues, el gran bien que me parece a mí hay en el reino del

cielo, con otros muchos, es ya no tener cuenta con cosa de la tierra,

sino un sosiego y gloria en sí mismos, un alegrarse que se alegren

todos, una paz perpetua, una satisfacción grande en sí mismos, que

les viene de ver que todos santifican y alaban al Señor y bendicen

su nombre y no le ofende nadie. Todos le aman, y la misma alma no

entiende en otra cosa sino en amarle, ni puede dejarle de amar,

porque le conoce. Y así le amaríamos acá, aunque no en esta

perfección, ni en un ser; mas muy de otra manera le amaríamos de

lo que le amamos, si le conociésemos.

6. Parece que voy a decir que hemos de ser ángeles para pedir

esta petición y rezar bien vocalmente. Bien lo quisiera nuestro

divino Maestro, pues tan alta petición nos manda pedir, y a buen

seguro que no nos dice pidamos cosas imposibles; que posible

sería, con el favor de Dios, venir un alma puesta en este destierro,

aunque no en la perfección que están salidas de esta cárcel, porque

andamos en mar y vamos este camino; mas hay ratos que, de

cansados de andar, los pone el Señor en un sosiego de las

potencias y quietud del alma, que como por señas les da claro a

entender a qué sabe lo que se da a los que el Señor lleva a su

reino. Y a los que se les da acá como le pedimos, les da prendas

para que por ellas tengan gran esperanza de ir a gozar

perpetuamente lo que acá les da a sorbos.

7. Si no dijeseis que trato de contemplación, venía aquí bien en esta

petición hablar un poco de principio de pura contemplación, que los

que la tienen la llaman oración de quietud. Mas como digo trato de

oración vocal, parece no viene lo uno con lo otro a quien no lo

supiere, y yo sé que viene. Perdonadme que lo quiero decir, porque

sé que muchas personas, rezando vocalmente -como ya queda

dicho- las levanta Dios, sin entender ellas cómo, a subida

contemplación. Conozco una persona que nunca pudo tener sino

oración vocal, y asida a ésta lo tenía todo. Y si no rezaba, íbasele el

entendimiento tan perdido que no lo podía sufrir. Mas ¡tal tengamos

todas la mental! En ciertos Paternostres que rezaba a las veces que

el Señor derramó sangre, se estaba -y en poco más rezadoalgunas

horas. Vino una vez a mí muy congojada, que no sabía

tener oración mental ni podía contemplar, sino rezar vocalmente.

Preguntéle qué rezaba; y vi que, asida al Paternóster, tenía pura

contemplación y la levantaba el Señor a juntarla consigo en unión; y

bien se parecía en sus obras recibir tan grandes mercedes, porque

gastaba muy bien su vida. Así, alabé al Señor y hube envidia a su

oración vocal.

Si esto es verdad -como lo es-, no penséis los que sois enemigos

de contemplativos que estáis libres de serlo, si las oraciones

vocales rezáis como se han de rezar, teniendo limpia conciencia.

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CAPÍTULO 31

Que prosigue en la misma materia. -Declara qué es oración de

quietud. -Pone algunos avisos para los que la tienen. -Es mucho de

notar.

1. Pues todavía quiero, hijas, declarar -como lo he oído platicar, o el

Señor ha querido dármelo a entender, por ventura para que os lo

diga- esta oración de quietud, adonde a mí me parece comienza el

Señor, como he dicho, a dar a entender que oye nuestra petición y

comienza ya a darnos su reino aquí, para que de veras le alabemos

y santifiquemos su nombre y procuremos lo hagan todos.

2. Es ya cosa sobrenatural y que no la podemos procurar nosotros

por diligencias que hagamos. Porque es un ponerse el alma en paz,

o ponerla el Señor con su presencia, por mejor decir, como hizo al

junto Simeón, porque todas las potencias se sosiegan. Entiende el

alma, por una manera muy fuera de entender con los sentidos

exteriores, que está ya junto cabe su Dios, que con poquito más

llegará a estar hecha una misma cosa con El por unión. Esto no es

porque lo ve con los ojos del cuerpo ni del alma. Tampoco no veía

el justo Simeón más del glorioso Niño pobrecito; que en lo que

llevaba envuelto y la poca gente con El que iban en la procesión,

más pudiera juzgarle por hijo de gente pobre que por Hijo del Padre

celestial; mas dióselo el mismo Niño a entender. Y así lo entiende

acá el alma, aunque no con esa claridad; porque aun ella no

entiende cómo lo entiende, más de que se ve en el reino, al menos

cabe el Rey que se le ha de dar, y parece que la misma alma está

con acatamiento aun para no osar pedir. Es como un

amortecimiento interior y exteriormente, que no querría el hombre

exterior (digo) el cuerpo, porque mejor me entendáis), que no se

querría bullir, sino como quien ha llegado casi al fin del camino

descansa para poder mejor tornar a caminar, que allí se le doblan

las fuerzas para ello.

3. Siéntese grandísimo deleite en el cuerpo y grande satisfacción en

el alma. Está tan contenta de sólo verse cabe la fuente, que aun sin

beber está ya harta. No le parece hay más que desear. Las

potencias sosegadas, que no querrían bullirse, todo parece le

estorba a amar, aunque no tan perdidas, porque pueden pensar en

cabe quién están, que las dos están libres. La voluntad es aquí la

cautiva, y si alguna pena puede tener estando así es de ver que ha

de tornar a tener libertad. El entendimiento no querría entender más

de una cosa, ni la memoria ocuparse en más. Aquí ven que ésta

sola es necesaria y todas las demás la turban. El cuerpo no

querrían se menease, porque les parece han de perder aquella paz,

y así no se osan bullir. Dales pena el hablar; en decir «Padre

nuestro» una vez, se les pasará una hora. Están tan cerca, que ven

que se entienden por señas. Están en el palacio cabe su Rey y ven

que las comienza ya a dar aquí su reino. No parece están en el

mundo ni le querrían ver ni oír, sino a su Dios. No les da pena nada,

ni parece se la ha de dar. En fin, lo que dura, con la satisfacción y

deleite que en sí tienen, están tan embebidas y absortas, que no se

acuerdan que hay más que desear, sino que de buena gana dirían

con San Pedro: «Señor, hagamos aquí tres moradas».

4. Algunas veces en esta oración de quietud hace Dios otra merced

bien dificultosa de entender si no hay gran experiencia; mas si hay

alguna, luego lo entenderéis la que la tuviere, y daros ha mucha

consolación saber qué es, y creo muchas veces hace Dios esta

merced junto con estotra. Cuando es grande y por mucho tiempo

esta quietud, paréceme a mí que si la voluntad no estuviese asida a

algo, que no podría durar tanto en aquella paz; porque acaece

andar un día o dos que nos vemos con esta satisfacción y no nos

entendemos -digo los que la tienen- y verdaderamente ven que no

están enteros en lo que hacen, sino que les falta lo mejor, que es la

voluntad, que, a mi parecer, está unida con su Dios y deja las otras

potencias libres para que entiendan en cosas de su servicio. Y para

esto tienen entonces mucha más habilidad; mas para tratar cosas

del mundo están torpes y como embobados a veces.

5. Es gran merced ésta a quien el Señor la hace, porque vida activa

y contemplativa es junta. De todo sirven entonces al Señor

juntamente; porque la voluntad estáse en su obra sin saber cómo

obra y en su contemplación; las otras dos potencias sirven en lo

que Marta; así que ella y María andan juntas.

Yo sé de una persona que la ponía el Señor aquí muchas veces, y

no se sabía entender, y preguntólo a un gran contemplativo, y dijo

que era muy posible, que a él le acaecía. Así que pienso que, pues

el alma está tan satisfecha en esta oración de quietud, que lo más

continuo debe estar unida la potencia de la voluntad con el que solo

puede satisfacerla.

6. Paréceme será bien dar aquí algunos avisos para las que de

vosotras, hermanas, el Señor ha llegado aquí por sola su bondad,

que sé que son algunas.

El primero es, que como se ven en aquel contento y no saben cómo

les vino, al menos ven que no le pueden ellas por sí alcanzar, dales

esta tentación: que les parece podrán detenerle, y aun resolgar no

querrían. Y es bobería, que así como no podemos hacer que

amanezca, tampoco podemos que deje de anochecer. No es ya

obra nuestra, que es sobrenatural y cosa muy sin poderla nosotros

adquirir. Con lo que más detendremos esta merced, es con

entender claro que no podemos quitar ni poner en ella, sino recibirla

como indignísimos de merecerla, con hacimiento de gracias, y éstas

no con muchas palabras, sino con un alzar los ojos con el

publicano.

7. Bien es procurar más soledad para dar lugar al Señor y dejar a

Su Majestad que obre como en cosa suya; y cuanto más, una

palabra de rato en rato, suave, como quien da un soplo en la vela,

cuando viere que se ha muerto, para tornarla a encender; mas si

está ardiendo, no sirve de más de matarla, a mi parecer. Digo que

sea suave el soplo, porque por concertar muchas palabras con el

entendimiento no ocupe la voluntad.

8. Y notad mucho, amigas, este aviso que ahora quiero decir,

porque os veréis muchas veces que no os podáis valer con esotras

dos potencias: que acaece estar el alma con grandísima quietud, y

andar el entendimiento tan remontado, que no parece es en su casa

aquello que pasa; y así lo parece entonces que no está sino como

en casa ajena por huésped y buscando otras posadas adonde

estar, que aquélla no le contenta, porque sabe poco estar en un ser.

Por ventura es sólo el mío, y no deben ser así otros. Conmigo

hablo, que algunas veces me deseo morir, de que no puedo

remediar esta variedad del entendimiento. Otras parece hace

asiento en su casa y acompaña a la voluntad, que cuando todas

tres potencias se conciertan, es una gloria. Como dos casados, que

si se aman, que el uno quiere lo que el otro; mas si uno es

malcasado, ya se ve el desasosiego que da a su mujer. Así que la

voluntad, cuando se ve en esta quietud, no haga caso del

entendimiento más que de un loco; porque si le quiere traer

consigo, forzado se ha de ocupar e inquietar algo. Y en este punto

de oración todo será trabajar y no ganar más, sino perder lo que le

da el Señor sin ningún trabajo suyo.

9. Y advertid mucho a esta comparación, que me parece cuadra

mucho: está el alma como un niño que aún mama cuando está a los

pechos de su madre, y ella, sin que él paladee, échale la leche en la

boca por regalarle. Así es acá, que sin trabajo del entendimiento

está amando la voluntad, y quiere el Señor que, sin pensarlo,

entienda que está con El y que sólo trague la leche que Su

Majestad le pone en la boca y goce de aquella suavidad; que

conozca le está el Señor haciendo aquella merced y se goce de

gozarla; mas no que quiera entender cómo la goza y qué es lo que

goza, sino descuídese entonces de sí, que quien está cabe ella no

se descuidará de ver lo que le conviene. Porque si va a pelear con

el entendimiento para darle parte trayéndole consigo, no puede a

todo; forzado dejará caer la leche de la boca y pierde aquel

mantenimiento divino.

10. En esto diferencia esta oración de cuando está toda el alma

unida con Dios: porque entonces aun sólo este tragar el

mantenimiento no hace; dentro de sí, sin entender cómo, le pone el

Señor. Aquí parece que quiere trabaje un poquito, aunque es con

tanto descanso que casi no se siente. Quien la atormenta es el

entendimiento; lo que no hace cuando es unión de todas tres

potencias, porque las suspende el que las crió; porque con el gozo

que da, todas las ocupa sin saber ellas cómo ni poderlo entender.

Así que, como digo, en sintiendo en sí esta oración, que es un

contento quieto y grande de la voluntad, sin saberse determinar de

qué es señaladamente, aunque bien se determina que es

diferentísimo de los contentos de acá y que no bastaría señorear el

mundo con todos los contentos de él para sentir en sí el alma

aquella satisfacción, que es en lo interior de la voluntad -que otros

contentos de la vida paréceme a mí que los goza lo exterior de la

voluntad, como la corteza de ella, digamos- ... Pues cuando se viere

en este tan subido grado de oración (que) es, como he dicho ya,

muy conocidamente sobrenatural), si el entendimiento -o

pensamiento, por más me declarar- a los mayores desatinos del

mundo se fuere, ríase de él y déjele para necio, y estése en su

quietud, que él irá y vendrá; que aquí es señora y poderosa la

voluntad, ella se le traerá sin que os ocupéis. Y si quiere a fuerza de

brazos traerle, pierde la fortaleza que tiene para contra él, que viene

de comer y admitir aquel divino sustentamiento, y ni el uno ni el otro

ganarán nada, sino perderán entrambos. Dicen que quien mucho

quiere apretar junto, lo pierde todo; así me parece será aquí.

La experiencia dará esto a entender, que quien no la tuviere no me

espanto le parezca muy oscuro esto y cosa no necesaria; mas ya

he dicho, que con poca que haya, lo entenderá y se podrá

aprovechar de ello y alabará al Señor, porque fue servido se

acertase a decir aquí.

11. Ahora, pues, concluyamos con que puesta el alma en esta

oración, ya parece le ha concedido el Padre Eterno su petición de

darle acá su reino. ¡Oh dichosa demanda, que tanto bien en ella

pedimos sin entenderlo! ¡Dichosa manera de pedir! Por eso quiero

yo, hermanas, que miremos cómo rezamos esta oración del

Paternóster y todas las demás vocales. Porque hecha Dios esta

merced, descuidarnos hemos de las cosas del mundo; porque

llegando el Señor de él, todo lo echa fuera. No digo que todos los

que la tuvieren, por fuerza estén desasidos del todo del mundo; al

menos querría que entiendan lo que les falta y se humillen y

procuren irse desasiendo del todo, porque si no, quedarse ha aquí.

Y alma a quien Dios le da tales prendas es señal que la quiere para

mucho: si no es por su culpa, irá muy adelante. Mas si ve que

poniéndola el reino del cielo en su casa se torna a la tierra, no sólo

no la mostrará los secretos que hay en su reino, mas serán pocas

veces las que le hagaeste favor, y breve espacio.

12. Ya puede ser yo me engañe en esto, mas véolo y sé que pasa

así, y tengo para mí que por eso no hay muchos más espirituales;

porque, como no responden en los servicios conforme a tan gran

merced, con no tornar a aparejarse a recibirla, sino sacar al Señor

de las manos la voluntad que ya tiene por suya y ponerla en cosas

bajas, vase a buscar adonde le quieran para dar más, aunque no

del todo quita lo dado cuando se vive con limpia conciencia.

Mas hay personas, y yo he sido una de ellas, que está el Señor

enterneciéndolas y dándolas inspiraciones santas y luz de lo que es

todo, y, en fin, dándoles este reino y poniéndolos en esta oración de

quietud, y ellos haciéndose sordos. Porque son tan amigas de

hablar y de decir muchas oraciones vocales muy apriesa, como

quien quiere acabar su tarea, como tienen ya por sí de decirlas

cada día, que aunque, -como digo- les ponga el Señor su reino en

las manos, no lo admiten; sino que ellos con su rezar piensan que

hacen mejor, y se divierten.

13. Esto no hagáis, hermanas, sino estad sobre aviso cuando el

Señor os hiciere esta merced. Mirad que perdéis un gran tesoro y

que hacéis mucho más con una palabra de cuando en cuando del

Paternóster, que con decirle muchas veces aprisa. Está muy junto a

quien pedís, no os dejará de oír. Y creed que aquí es el verdadero

alabar y santificar de su nombre, porque ya, como cosa de su casa,

glorificáis al Señor y alabáisle con más afección y deseo, y parece

no podéis dejarle de servir.

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CAPÍTULO 32

Que trata de estas palabras del Paternóster: «Fiat voluntas tua sicut

in coelo et in terra», y lo mucho que hace quien dice estas palabras

con toda determinación, y cuán bien se lo paga el Señor.

1. Ahora que nuestro buen Maestro nos ha pedido y enseñado a

pedir cosa de tanto valor, que encierra en sí todas las cosas que

acá podemos desear, y nos ha hecho tan gran merced como

hacernos hermanos suyos, veamos qué quiere que demos a su

Padre y qué le ofrece por nosotros y qué es lo que nos pide; que

razón es le sirvamos con algo tan grandes mercedes. ¡Oh buen

Jesús, que tampoco dais poco de nuestra parte como pedís para

nosotros! Dejado que ello en sí es nonada para adonde tanto se

debe y para tan gran Señor, mas cierto, Señor mío, que no nos

dejáis con nada, y que damos todo lo que podemos; si lo damos

como lo decimos, digo.

2. «Sea hecha tu voluntad; y como es hecha en el cielo, así se haga

en la tierra».

Bien hicisteis, nuestro buen Maestro, de pedir la petición pasada

para que podamos cumplir lo que dais por nosotros; porque, cierto,

Señor, si así no fuera, imposible me parece. Mas haciendo vuestro

Padre lo que Vos le pedís de darnos acá su reino, yo sé que os

sacaremos verdadero en dar lo que dais por nosotros; porque

hecha la tierra cielo, será posible hacerse en mí vuestra voluntad.

Mas sin esto, y en tierra tan ruin como la mía y tan sin fruto, yo no

sé, Señor, cómo sería posible. Es gran cosa lo que ofrecéis.

3. Cuando yo pienso esto, gusto de las personas que no osan pedir

trabajos al Señor, que piensan está en esto el dárselos luego. No

hablo en los que lo dejan por humildad, pareciéndoles no serán

para sufrirlos; aunque tengo para mí que quien les da amor para

pedir este medio tan áspero para mostrarle, le dará para sufrirlos.

Querría preguntar a los que por temor no los piden de que luego se

los han de dar, lo que dicen cuando suplican al Señor cumpla su

voluntad en ellos, o es que lo dicen por decir lo que todos, mas no

para hacerlo. Esto, hermanas, no sería bien. Mirad que parece aquí

el buen Jesús nuestro embajador y que ha querido intervenir entre

nosotros y su Padre, y no a poca costa suya; y no sería razón que

lo que ofrece por nosotros dejásemos de hacerlo verdad, o no lo

digamos.

4. Ahora quiérolo llevar por otra vía. Mirad, hijas: ello se ha de

cumplir, que queramos o no, y se ha de hacer su voluntad en el

cielo y en la tierra; creedme, tomad mi parecer, y haced de la

necesidad virtud. ¡Oh Señor mío, qué gran regalo es éste para mí,

que no dejaseis en querer tan ruin como el mío el cumplirse vuestra

voluntad! Bendito seáis por siempre y alaben os todas las cosas.

Sea glorificado vuestro nombre por siempre. ¡Buena estuviera yo,

Señor, si estuviera en mis manos el cumplirse vuestra voluntad o

no! Ahora la mía os doy libremente, aunque a tiempo que no va

libre de interés; porque ya tengo probado, y gran experiencia de

ello, la ganancia que es dejar libremente mi voluntad en la vuestra.

¡Oh amigas, qué gran ganancia hay aquí, o qué gran pérdida de no

cumplir lo que decimos al Señor en el Paternóster en esto que le

ofrecemos!

5. Antes que os diga lo que se gana, os quiero declarar lo mucho

que ofrecéis, no os llaméis después a engaño y digáis que no lo

entendisteis. No sea como algunas religiosas que no hacemos sino

prometer, y como no lo cumplimos, hay este reparo de decir que no

se entendió lo que se prometía. Y ya puede ser, porque decir que

dejamos nuestra voluntad en otra parece muy fácil, hasta que,

probándose, se entiende es la cosa más recia que se puede hacer,

si se cumple como se ha de cumplir. Mas no todas veces nos llevan

con rigor los prelados de que nos ven flacos; y a las veces flacos y

fuertes llevan de una suerte. Acá no es así, que sabe el Señor lo

que puede sufrir cada uno, y a quien ve con fuerza no se detiene en

cumplir en él su voluntad.

6. Pues quiéroos avisar y acordar qué es su voluntad. No hayáis

miedo sea daros riquezas, ni deleites, ni honras, ni todas estas

cosas de acá; no os quiere tan poco, y tiene en mucho lo que le

dais y quiéreoslo pagar bien, pues os da su reino aún viviendo.

¿Queréis ver cómo se ha con los que de veras le dicen esto? -

Preguntadlo a su Hijo glorioso, que se lo dijo cuando la oración del

Huerto. Como fue dicho con determinación y de toda voluntad,

mirad si la cumplió bien en El en lo que le dio de trabajos y dolores

e injurias y persecuciones; en fin, hasta que se le acabó la vida con

muerte de cruz.

7. Pues veis aquí, hijas, a quien más amaba lo que dio; por donde

se entiende cuál es su voluntad. Así que éstos son sus dones en

este mundo. Da conforme al amor que nos tiene: a los que ama

más, da de estos dones más; a los que menos, menos, y conforme

al ánimo que ve en cada uno y el amor que tiene a Su Majestad. A

quien le amare mucho, verá que puede padecer mucho por El; al

que amare poco, poco. Tengo yo para mí que la medida del poder

llevar gran cruz o pequeña es la del amor. Así que, hermanas, si le

tenéis, procurad no sean palabras de cumplimiento las que decís a

tan gran Señor, sino esforzaos a pasar lo que Su Majestad quisiere.

Porque si de otra manera dais la voluntad, es mostrar la joya e irla a

dar y rogar que la tomen, y cuando extienden la mano para tomarla,

tornarla Vos a guardar muy bien.

8. No son estas burlas para con quien le hicieron tantas por

nosotros. Aunque no hubiera otra cosa, no es razón burlemos ya

tantas veces, que no son pocas las que se lo decimos en el

Paternóster. Démosle ya una vez la joya del todo, de cuantas

acometemos a dársela; es verdad que no nos da primero, para que

se la demos. Los del mundo harto harán si tienen de verdad

determinación de cumplirlo. Vosotras, hijas, diciendo y haciendo,

palabras y obras, como a la verdad parece hacemos los religiosos;

sino que a las veces no sólo acometemos a dar la joya, sino

ponémossela en la mano, y tornámossela a tomar. Somos francos

de presto, y después tan escasos, que valdría en parte más que

nos hubiéramos detenido en el dar.

9. Porque todo lo que os he avisado en este libro va dirigido a este

punto de darnos del todo al Criador y poner nuestra voluntad en la

suya y desasirnos de las criaturas, y tendréis ya entendido lo mucho

que importa, no digo más en ello; sino diré para lo que pone aquí

nuestro buen Maestro estas palabras dichas, como quien sabe lo

mucho que ganaremos de hacer este servicio a su Eterno Padre.

Porque nos disponemos para que con mucha brevedad nos veamos

acabado de andar el camino y bebiendo del agua viva de la fuente

que queda dicha. Porque sin dar nuestra voluntad del todo al Señor

para que haga en todo lo que nos toca conforme a ella, nunca deja

beber de ella.

Esto es contemplación perfecta, lo que me dijisteis os escribiese.

[10] Y en esto -como ya tengo escrito- ninguna cosa hacemos de

nuestra parte, ni trabajamos, ni negociamos, ni es menester más,

porque todo lo demás estorba e impide de decir «fiat voluntas tua»:

cúmplase, Señor, en mí vuestra voluntad de todos los modos y

maneras que Vos, Señor mío, quisiereis. Si queréis con trabajos,

dadme esfuerzo y vengan; si con persecuciones y enfermedades y

deshonras y necesidades, aquí estoy, no volveré el rostro, Padre

mío, ni es razón vuelva las espaldas. Pues vuestro Hijo dio en

nombre de todos esta mi voluntad, no es razón falte por mi parte;

sino que me hagáis Vos merced de darme vuestro reino para que

yo lo pueda hacer, pues él me le pidió, y disponed en mí como en

cosa vuestra, conforme a vuestra voluntad.

11. ¡Oh hermanas mías, qué fuerza tiene este don! No puede

menos, si va con la determinación que ha de ir, de traer al

Todopoderoso a ser uno con nuestra bajeza y transformarnos en sí

y hacer una unión del Criador con la criatura. Mirad si quedaréis

bien pagadas y si tenéis buen Maestro, que, como sabe por dónde

ha de ganar la voluntad de su Padre, enséñanos a cómo y con qué

le hemos de servir.

12. Y mientras más se va entendiendo por las obras que no son

palabras de cumplimiento, más más nos llega el Señor a sí y la

levanta de todas las cosas de acá y de sí misma para habilitarla a

recibir grandes mercedes, que no acaba de pagar en esta vida este

servicio. En tanto le tiene, que ya nosotros no sabemos qué nos

pedir, y Su Majestad nunca se cansa de dar. Porque no contento

con tener hecha esta alma una cosa consigo por haberla ya unido a

sí mismo, comienza a regalarse con ella, a descubrirle secretos, a

holgarse de que entienda lo que ha ganado y que conozca algo de

lo que la tiene por dar. Hácela ir perdiendo estos sentidos

exteriores, porque no se la ocupe nada. Esto es arrobamiento. Y

comienza a tratar de tanta amistad, que no sólo la torna a dejar su

voluntad, mas dale la suya con ella; porque se huelga el Señor, ya

que trata de tanta amistad, que manden a veces -como dicen- y

cumplir El lo que ella le pide, como ella hace lo que El la manda, y

mucho mejor, porque es poderoso y puede cuanto quiere y no deja

de querer.

13. La pobre alma, aunque quiera, no puede lo que querría, ni

puede nada sin que se lo den. Y ésta es su mayor riqueza: quedar

mientras más sirve, más adeudada, y muchas veces fatigada de

verse sujeta a tantos inconvenientes y embarazos y atadura como

trae el estar en la cárcel de este cuerpo, porque querría pagar algo

de lo que debe. Y es harto boba de fatigarse; porque, aunque haga

lo que es en sí, ¿qué podemos pagar los que, como digo, no

tenemos qué dar si no lo recibimos, sino conocernos, y esto que

podemos, que es dar nuestra voluntad, hacerlo cumplidamente?

Todo lo demás, para el alma que el Señor ha llegado aquí, le

embaraza y hace daño y no provecho, porque sola humildad es la

que puede algo, y ésta no adquirida por el entendimiento, sino con

una clara verdad que comprende en un momento lo que en mucho

tiempo no pudiera alcanzar trabajando la imaginación, de lo muy

nonada que somos y lo muy mucho que es Dios.

14. Doos un aviso: que no penséis por fuerza vuestra ni diligencia

llegar aquí, que es por demás; antes si teníais devoción, quedaréis

frías; sino con simplicidad y humildad, que es la que lo acaba

todo,decir: «fiat voluntas tua».

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CAPÍTULO 33

En que trata la gran necesidad que tenemos de que el Señor nos dé

lo que pedimos en estas palabras del Paternóster: «Panem nostrum

quotidianum da nobis hodie».

1. Pues entendiendo, como he dicho, el buen Jesús cuán dificultosa

cosa era ésta que ofrece por nosotros, conociendo nuestra flaqueza

y que muchas veces hacemos entender que no entendemos cuál es

la voluntad del Señor -como somos flacos y El tan piadoso-, y que

era menester medio, porque dejar de dar lo dado vio que en

ninguna manera nos conviene, porque está en ello toda nuestra

ganancia; pues cumplirlo vio ser dificultoso, porque decir a un

regalado y rico que es la voluntad de Dios que tenga cuenta con

moderar su plato para que coman otros siquiera pan, que mueren

de hambre, sacará mil razones para no entender esto, sino a su

propósito; pues decir a un murmurador que es la voluntad de Dios

querer tanto para su prójimo como para sí, no lo puede poner a

paciencia ni basta razón para que lo entienda; pues decir a un

religioso que está mostrado a libertad y a regalo, que ha de tener

cuenta con que ha de dar ejemplo y que mire que ya no son solas

palabras con las que ha de cumplir cuando dice esta palabra, sino

que lo ha jurado y prometido, y que es voluntad de Dios que cumpla

sus votos, y mire que si da escándalo que va muy contra ellos,

aunque no del todo los quebrante; que ha prometido pobreza, que

la guarde sin rodeos, que esto es lo que el Señor quiere; no hay

remedio aun ahora de quererlo algunos, ¿qué hiciera si el Señor no

hiciera lo más con el remedio que puso? No hubiera sino muy

poquitos que cumplieran esta palabra que por nosotros dijo al

Padre, de «fiat voluntas tua».

Pues visto el buen Jesús la necesidad, buscó un medio admirable

adonde nos mostró el extremo de amor que nos tiene, y en su

nombre y en el de sus hermanos pidió esta petición: «El pan

nuestro de cada día, dánoslo hoy, Señor».

Entendamos, hermanas, por amor de Dios, esto que pide nuestro

buen Maestro, que nos va la vida en no pasar de corrida por ello, y

tened en muy poco lo que habéis dado pues tanto habéis de recibir.

2. Paréceme ahora a mí -debajo de otro mejor parecer- que visto el

buen Jesús lo que había dado por nosotros y cómo nos importa

tanto darlo y la gran dificultad que había -como está dicho- por ser

nosotros tales y tan inclinados a cosas bajas y de tan poco amor y

ánimo, que era menester ver el suyo para despertarnos, y no una

vez, sino cada día, que aquí se debía determinar de quedarse con

nosotros. Y como era cosa tan grave y de tanta importancia, quiso

que viniese de la mano del Eterno Padre. Porque, aunque son una

misma cosa, y sabía que lo que El hiciese en la tierra lo haría Dios

en el cielo y lo tendría por bueno, pues su voluntad y la de su Padre

era una, era tanta la humildad del buen Jesús que quiso como pedir

licencia, porque ya sabía era amado del Padre y que se deleitaba

en El. Bien entendió que pedía más en esto que ha pedido en lo

demás, porque ya sabía la muerte que le habían de dar, y las

deshonras y afrentas que había de padecer.

3. Pues ¿qué padre hubiera, Señor, que habiéndonos dado a su

hijo, y tal hijo, y parándole tal, quisiera consentir se quedara entre

nosotros cada día a padecer? -Por cierto, ninguno, Señor, sino el

vuestro. Bien sabéis a quién pedís.

¡Oh, válgame Dios, qué gran amor del Hijo, y qué gran amor del

Padre! Aun no me espanto tanto del buen Jesús, porque como

había ya dicho «fiat voluntas tua», habíalo de cumplir como quien

es. ¡Sí, que no es como nosotros! Pues como sabe la cumple con

amarnos como a Sí, así andaba a buscar cómo cumplir con mayor

cumplimiento, aunque fuese a su costa, este mandamiento. Mas

Vos, Padre Eterno, ¿cómo lo consentisteis? ¿Por qué queréis cada

día ver en tan ruines manos a vuestro Hijo? Ya que una vez

quisisteis lo estuviese y lo consentisteis, ya veis cómo le pararon.

¿Cómo puede vuestra piedad cada día, cada día, verle hacer

injurias? ¡Y cuántas se deben hoy hacer a este Santísimo

Sacramento! ¡En qué de manos enemigas suyas le debe de ver el

Padre! ¡Qué de desacatos de estos herejes!

4. ¡Oh Señor eterno! ¿Cómo aceptáis tal petición? ¿Cómo lo

consentís? No miréis su amor, que a trueco de hacer

cumplidamente vuestra voluntad y de hacer por nosotros, se dejará

cada día hacer pedazos. Es vuestro de mirar, Señor mío, ya que a

vuestro Hijo no se le pone cosa delante, por qué ha de ser todo

nuestro bien a su costa. ¿Porque calla a todo y no sabe hablar por

sí sino por nosotros? Pues ¿no ha de haber quien hable por este

amantísimo Cordero?

He mirado yo cómo en esta petición sola duplica las palabras,

porque dice primero y pide que le deis este pan cada día, y torna a

decir «dádnoslo hoy, Señor». Pone también delante a su Padre. Es

como decirle que ya una vez nos le dio para que muriese por

nosotros, que ya nuestro es, que no nos le torne a quitar hasta que

se acabe el mundo; que le deje servir cada día. Esto os enternezca

el corazón, hijas mías, para amar a vuestro Esposo, que no hay

esclavo que de buena gana diga que lo es, y que el buen Jesús

parece se honra de ello.

5. ¡Oh Padre Eterno! ¡Qué mucho merece esta humildad! ¿Con qué

tesoro compramos a vuestro Hijo? Venderle, ya sabemos que por

treinta dineros; mas para comprarle no hay precio que baste. Como

se hace aquí una cosa con nosotros por la parte que tiene de

nuestra naturaleza y como señor de su voluntad, lo acuerda a su

Padre, que pues es suya, que nos la puede dar. Y así dice: «pan

nuestro». No hace diferencia de El a nosotros; mas hacémosla

nosotros de El, para no nos dar cada día por Su Majestad.

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CAPÍTULO 34

Prosigue en la misma materia. -Es muy bueno para después de

haber recibido el Santísimo Sacramento.

1. Pues en esta petición, «de cada día» parece que es «para

siempre». Estando yo pensando por qué después de haber dicho el

Señor «cada día», tornó a decir «dánoslo hoy, Señor», ser nuestro

cada día, me parece a mí porque acá le poseemos en la tierra y le

poseeremos también en el cielo, si nos aprovechamos bien de su

compañía, pues no se queda para otra cosa con nosotros sino para

ayudarnos y animarnos y sustentarnos a hacer esta voluntad que

hemos dicho se cumpla en nosotros.

2. El decir «hoy», me parece es para un día, que es mientras durare

el mundo, no más. ¡Y bien un día! Y para los desventurados que se

condenan, que no le gozarán en la otra, no es a su culpa si se dejan

vencer, que El no los deja de animar hasta el fin de la batalla; no

tendrán con qué se disculpar ni quejarse del Padre porque se le

tomó al mejor tiempo. Y así le dice su Hijo que, pues no es más de

un día, se le deje ya pasar en servidumbre; que pues Su Majestad

ya nos le dio y envió al mundo por sola su voluntad, que El quiere

ahora por la suya propia no desampararnos, sino estarse aquí con

nosotros para más gloria de sus amigos y pena de sus enemigos;

que no pide más de «hoy», ahora nuevamente; que el habernos

dado este pan sacratísimo para siempre, cierto lo tenemos. Su

Majestad nos le dio -como he dicho- este mantenimiento y maná de

la Humanidad, que le hallamos como queremos, y que si no es por

nuestra culpa, no moriremos de hambre; que de todas cuantas

maneras quisiere comer el alma hallará en el Santísimo Sacramento

sabor y consolación. No hay necesidad ni trabajo ni persecución

que no sea fácil de pasar, si comenzamos a gustar de los suyos.

3. Pedid vosotras, hijas, con este Señor al Padre que os deje «hoy»

a vuestro Esposo, que no os veáis en este mundo sin El; que baste,

para templar tan gran contento, que quede tan disfrazado en estos

accidentes de pan y vino, que es harto tormento para quien no tiene

otra cosa que amar ni otro consuelo; mas suplicadle que no os falte

y que os dé aparejo para recibirle dignamente.

4. De otro pan no tengáis cuidado las que muy de veras os habéis

dejado en la voluntad de Dios; digo en estos tiempos de oración,

que tratáis cosas más importantes, que tiempos hay otros para que

trabajéis y ganéis de comer. Mas con el cuidado no curéis gastar en

eso el pensamiento en ningún tiempo; sino trabaje el cuerpo, que es

bien procuréis sustentaros, y descanse el alma. Dejad ese cuidado -

como largamente queda dicho- a vuestro Esposo, que El le tendrá

siempre.

5. Es como si entra un criado a servir; tiene cuenta con contentar a

su señor en todo. Mas él está obligado a dar de comer al siervo

mientras está en su casa y le sirve, salvo si no es tan pobre que no

tiene para sí ni para él. Acá cesa esto; siempre es y será rico y

poderoso. Pues no sería bien andar el criado pidiendo de comer,

pues sabe tiene cuidado su amo de dárselo y le ha de tener. Con

razón le dirá que se ocupe él en servirle y en cómo le contentar,

que por andar ocupado el cuidado en lo que no le ha de tener no

hace cosa a derechas.

Así que, hermanas, tenga quien quisiere cuidado de pedir ese pan;

nosotras pidamos al Padre Eterno merezcamos recibir el nuestro

pan celestial de manera que, ya que los ojos del cuerpo no se

pueden deleitar en mirarle por estar tan encubierto, se descubra a

los del alma y se le dé a conocer, que es otro mantenimiento de

contentos y regalos y que sustenta la vida.

6. ¿Pensáis que no es mantenimiento aun para estos cuerpos este

santísimo manjar, y gran medicina aun para los males corporales?

Yo sé que lo es, y conozco una persona de grandes enfermedades

que, estando muchas veces con graves dolores, como con la mano

se le quitaban y quedaba buena del todo. Esto muy ordinario, y de

males muy conocidos que no se podían fingir, a mi parecer. Y

porque de las maravillas que hace este santísimo Pan en los que

dignamente le reciben son muy notorias, no digo muchas que

pudiera decir de esta persona que he dicho, que lo podía yo saber y

sé que no es mentira. Mas ésta habíala el Señor dado tan viva fe,

que cuando oía a algunas personas decir que quisieran ser en el

tiempo que andaba Cristo nuestro bien en el mundo, se reía entre

sí, pareciéndole que, teniéndole tan verdaderamente en el

Santísimo Sacramento como entonces, que ¿qué más se les daba?

7. Mas sé de esta persona que muchos años, aunque no era muy

perfecta, cuando comulgaba, ni más ni menos que si viera con los

ojos corporales entrar en su posada el Señor, procuraba esforzar la

fe, para que, como creía verdaderamente entraba este Señor en su

pobre posada, desocupábase de todas las cosas exteriores cuanto

le era posible, y entrábase con El. Procuraba recoger los sentidos

para que todos entendiesen tan gran bien, digo, no embarazasen al

alma para conocerle. Considerábase a sus pies y lloraba con la

Magdalena, ni más ni menos que si con los ojos corporales le viera

en casa del fariseo. Y aunque no sintiese devoción, la fe la decía

que estaba bien allí.

8. Porque, si no nos queremos hacer bobos y cegar el

entendimiento, no hay que dudar; que esto no es representación de

la imaginación, como cuando consideramos al Señor en la cruz o en

otros pasos de la Pasión, que le representamos en nosotros

mismos como pasó. Esto pasa ahora y es entera verdad, y no hay

para qué le ir a buscar en otra parte mas lejos; sino que, pues

sabemos que mientras no consume el calor natural los accidentes

del pan, que está con nosotros el buen Jesús, que nos lleguemos a

El. Pues, si cuando andaba en el mundo, de sólo tocar sus ropas

sanaba los enfermos, ¿qué hay que dudar que hará milagros

estando tan dentro de mí, si tenemos fe, y nos dará lo que le

pidiéremos, pues está en nuestra casa? Y no suele Su Majestad

pagar mal la posada, si le hacen buen hospedaje.

9. Si os da pena no verle con los ojos corporales, mirad que no nos

conviene, que es otra cosa verle glorificado, o cuando andaba por el

mundo; no habría sujeto que lo sufriese, de nuestro flaco natural, ni

habría mundo ni quien quisiese parar en él; porque en ver esta

verdad eterna, se vería ser mentira y burla todas las cosas de que

acá hacemos caso. Y viendo tan gran majestad, ¿cómo osaría una

pecadorcilla como yo, que tanto le ha ofendido, estar tan cerca de

El? Debajo de aquel pan está tratable; porque si el rey se disfraza

no parece se nos daría nada de conversar sin tantos miramientos y

respetos con El; parece está obligado a sufrirlo, pues se disfrazó.

¡Quién osara llegar con tanta tibieza, tan indignamente, con tantas

imperfecciones!

10. ¡Oh, cómo no sabemos lo que pedimos, y cómo lo miró mejor su

sabiduría! Porque a los que ve se han de aprovechar de su

presencia, El se les descubre; que aunque no le vean con los ojos

corporales, muchos modos tiene de mostrarse al alma por grandes

sentimientos interiores y por diferentes vías. Estaos vos con El de

buena gana. No perdáis tan buena sazón de negociar como es la

hora después de haber comulgado. Si la obediencia os mandare,

hermanas, otra cosa, procurad dejar el alma con el Señor; que si

luego lleváis el pensamiento a otra y no hacéis caso ni tenéis

cuenta con que está dentro de vos, ¿cómo se os ha de dar a

conocer? Este, pues, es buen tiempo para que os enseñe nuestro

Maestro, y que le oigamos y besemos los pies porque nos quiso

enseñar, y le supliquéis no se vaya de con vos.

11. Si esto habéis de pedir mirando una imagen de Cristo que

estamos mirando, bobería me parece dejar la misma persona por

mirar el dibujo. ¿No lo sería, si tuviésemos un retrato de una

persona que quisiésemos mucho y la misma persona nos viniese a

ver, dejar de hablar con ella y tener toda la conversación con el

retrato? ¿Sabéis para cuándo es muy bueno y cosa en que yo me

deleito mucho? Para cuando está ausente la misma persona, o

quiere darnos a entender lo está con muchas sequedades, es gran

regalo ver una imagen de quien con tanta razón amamos. A cada

cabo que volviésemos los ojos, la querría ver. ¿En qué mejor cosa

ni más gustosa a la vista la podemos emplear, que en quien tanto

nos ama y en quien tiene en sí todos los bienes? Desventurados

estos herejes que han perdido por su culpa esta consolación, con

otras.

12. Mas acabando de recibir al Señor, pues tenéis la misma

persona delante, procurad cerrar los ojos del cuerpo y abrir los del

alma y miraros al corazón; que yo os digo, y otra vez lo digo y

muchas lo querría decir, que si tomáis esta costumbre todas las

veces que comulgareis, y procurad tener tal conciencia que os sea

lícito gozar a menudo de este bien, que no viene tan disfrazado

que, como he dicho, de muchas maneras no se dé a conocer,

conforme al deseo que tenemos de verle. Y tanto lo podéis desear,

que se os descubra del todo.

13. Mas si no hacemos caso de El, sino que en recibiéndole nos

vamos de con El a buscar otras cosas más bajas, ¿qué ha de

hacer? ¿Hanos de traer por fuerza a que le veamos que se nos

quiere dar a conocer? No, que no le trataron tan bien cuando se

dejó ver a todos al descubierto y les decía claro quién era, que muy

pocos fueron los que le creyeron. Y así harta misericordia nos hace

a todos, que quiere Su Majestad entendamos que es El el que está

en el Santísimo Sacramento. Mas que le vean descubiertamente y

comunicar sus grandezas y dar de sus tesoros, no quiere sino a los

que entiende que mucho le desean, porque éstos son sus

verdaderos amigos. Que yo os digo que quien no le fuere y no

llegare a recibirle como tal, habiendo hecho lo que es en sí, que

nunca le importune porque se le dé a conocer. No ve la hora de

haber cumplido con lo que manda la Iglesia, cuando se va de su

casa y procura echarle de sí. Así que este tal, con otros negocios y

ocupaciones y embarazos del mundo, parece que lo más presto

que puede, se da prisa a que no le ocupe la casa el Señor de él.

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CAPÍTULO 35

Acaba la materia comenzada con una exclamación al Padre Eterno.

1. Heme alargado tanto en esto, aunque había hablado en la

oración del recogimiento de lo mucho que importa este entrarnos a

solas con Dios, por ser tan importante. Y cuando no comulgareis,

hijas, y oyereis misa, podéis comulgar espiritualmente, que es de

grandísimo provecho, y hacer lo mismo de recogeros después en

vos, que es mucho lo que se imprime el amor así de este Señor.

Porque aparejándonos a recibir, jamás por muchas maneras deja

de dar que no entendemos. Es llegarnos al fuego que, aunque le

haya muy grande, si estáis desviadas y escondéis las manos, mal

os podéis calentar, aunque todavía da más calor que no estar

adonde no haya fuego. Mas otra cosa es querernos llegar a El, que

si el alma está dispuesta -digo que esté con deseo de perder el fríoy

se está allí un rato, para muchas horas queda con calor.

2. Pues mirad, hermanas, que si a los principios no os hallareis bien

(que) podrá ser, porque os pondrá el demonio apretamiento de

corazón y congoja, porque sabe el daño grande que le viene de

aquí), haraos entender que halláis más devoción en otras cosas y

aquí menos. No dejéis este modo; aquí probará el Señor lo que le

queréis. Acordaos que hay pocas almas que le acompañen y le

sigan en los trabajos; pasemos por El algo, que Su Majestad os lo

pagará. Y acordaos también qué de personas habrá que no sólo

quieran no estar con El, sino que con descomedimiento le echen de

sí. Pues algo hemos de pasar para que entienda le tenemos deseo

de ver. Y pues todo lo sufre y sufrirá por hallar sola un alma que le

reciba y tenga en sí con amor, sea ésta la vuestra. Porque, a no

haber ninguna, con razón no le consintiera quedar el Padre Eterno

con nosotros; sino que es tan amigo de amigos y tan señor de sus

siervos, que, como ve la voluntad de su buen Hijo, no le quiere

estorbar obra tan excelente y adonde tan cumplidamente muestra el

amor que tiene a su Padre.

3. Pues, Padre santo que estás en los cielos, ya que lo queréis y lo

aceptáis, y claro está no habíais de negar cosa que tan bien nos

está a nosotros, alguien ha de haber -como dije al principio- que

hable por vuestro Hijo, pues El nunca tornó de Sí. Seamos

nosotras, hijas, aunque es atrevimiento siendo las que somos; mas

confiadas en que nos manda el Señor que pidamos, llegadas a esta

obediencia, en nombre del buen Jesús supliquemos a Su Majestad

que, pues no le ha quedado por hacer ninguna cosa haciendo a los

pecadores tan gran beneficio como éste, que quiera su piedad y se

sirva de poner remedio para que no sea tan maltratado. Y que pues

su santo Hijo puso tan buen medio para que en sacrificio le

podamos ofrecer muchas veces, que valga tan precioso don para

que no vaya adelante tan grandísimo mal y desacatos como se

hacen en los lugares adonde estaba este Santísimo Sacramento

entre estos luteranos, deshechas las iglesias, perdidos tantos

sacerdotes, quitados los sacramentos.

4. Pues ¡qué es esto mi Señor y mi Dios! O dad fin al mundo, o

poned remedio en tan gravísimos males; que no hay corazón que lo

sufra, aun de los que somos ruines. Suplícoos, Padre Eterno, que

no lo sufráis ya Vos. Atajad este fuego, Señor, que si queréis

podéis. Mirad que aún está en el mundo vuestro Hijo; por su

acatamiento cesen cosas tan feas y abominables y sucias; por su

hermosura y limpieza, no merece estar en cosa adonde hay cosas

semejantes. No lo hagáis por nosotros, Señor, que no lo

merecemos; hacedlo por vuestro Hijo. Pues suplicaros que no esté

con nosotros, no os lo osamos pedir: ¿qué sería de nosotros? Que

si algo os aplaca, es tener acá tal prenda. Pues algún medio ha de

haber, Señor mío, póngale Vuestra Majestad.

5. ¡Oh mi Dios! ¡quién pudiera importunaros mucho y haberos

servido mucho para poderos pedir tan gran merced en pago de mis

servicios, pues no dejáis ninguno sin paga! Mas no lo he hecho,

Señor; antes por ventura soy yo la que os he enojado de manera

que por mis pecados vengan tantos males. Pues ¿qué he de hacer,

Criador mío, sino presentaros este Pan sacratísimo y, aunque nos

le disteis, tornárosle a dar y suplicaros, por los méritos de vuestro

Hijo, me hagáis esta merced, pues por tantas partes lo tiene

merecido? Ya, Señor, ya ¡haced que se sosiegue este mar! No

ande siempre en tanta tempestad esta nave de la Iglesia, y

salvadnos, Señor mío, que perecemos.

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CAPÍTULO 36

Trata de estas palabras del paternóster: «Dimitte nobis debita

nostra».

1. Pues viendo nuestro buen Maestro que con este manjar celestial

todo nos es fácil, si no es por nuestra culpa, y que podemos cumplir

muy bien lo que hemos dicho al Padre de que se cumpla en

nosotros su voluntad, dícele ahora que nos perdone nuestras

deudas, pues perdonamos nosotros. Y así, prosiguiendo en la

oración que nos enseña, dice estas palabras: «Y perdónanos,

Señor, nuestras deudas, así como nosotros las perdonamos a

nuestros deudores».

2. Miremos, hermanas, que no dice «como perdonaremos», porque

entendamos que quien pide un don tan grande como el pasado y

quien ya ha puesto su voluntad en la de Dios, que ya esto ha de

estar hecho, y así dice: «como nosotros las perdonamos». Así que

quien de veras hubiere dicho esta palabra al Señor, «fiat voluntas

tua», todo lo ha de tener hecho, con la determinación al menos.

Veis aquí cómo los santos se holgaban con las injurias y

persecuciones, porque tenían algo que presentar al Señor cuando

le pedían. ¿Qué hará una tan pobre como yo, que tan poco ha

tenido que perdonar y tanto hay que se me perdone?

Cosa es ésta, hermanas, para que miremos mucho en ella: que una

cosa tan grave y de tanta importancia como que nos perdone

nuestro Señor nuestras culpas, que merecían fuego eterno, se nos

perdone con tan baja cosa como es que perdonemos. Y aun de

esta bajeza tengo tan pocas que ofrecer, que de balde me habéis,

Señor, de perdonar. Aquí cabe bien vuestra misericordia. Bendito

seáis Vos, que tan pobre me sufrís, que lo que vuestro Hijo dice en

nombre de todos, por ser yo tal y tan sin caudal, me he de salir de

la cuenta.

3. Mas, Señor mío, ¿si habrá algunas personas que me tengan

compañía y no hayan entendido esto? Si las hay, en vuestro

nombre les pido yo que se les acuerde de esto y no hagan caso de

unas cositas que llaman agravios, que parece hacemos casas de

pajitas, como los niños, con estos puntos de honra. ¡Oh, válgame

Dios, hermanas, si entendiésemos qué cosa es honra y en qué está

perder la honra! Ahora no hablo con nosotras, que harto mal sería

no tener ya entendido esto, sino conmigo el tiempo que me precié

de honra sin entender qué cosa era; íbame al hilo de la gente. ¡Oh,

de qué cosas me agraviaba, que yo tengo vergüenza ahora! Y no

era, pues, de las que mucho miraban en estos puntos; mas erraba

en el punto principal, porque no miraba yo ni hacía caso de la honra

que tiene algún provecho, porque ésta es la que hace provecho al

alma. Y qué bien dijo quien dijo, que honra y provecho no podían

estar juntas, aunque no sé si lo dijo a este propósito. Y es al pie de

la letra, porque provecho del alma y esto que llama el mundo honra

nunca puede estar junto. Cosa espantosa es qué al revés anda el

mundo. Bendito sea el Señor que nos sacó de él.

4. Mas mirad, hermanas, que no nos tiene olvidadas el demonio;

también inventa sus honras en los monasterios y pone sus leyes,

que suben y bajan en dignidades como los del mundo. Los letrados

deben de ir por sus letras -que esto no lo sé-, que el que ha llegado

a leer teología, no ha de bajar a leer filosofía, que es un punto de

honra que está en que ha de subir y no bajar. Y aun si se lo

mandase la obediencia, lo tendría por agravio y habría quien

tornase de él, que es afrenta. Y luego el demonio descubre razones

que aun en ley de Dios parece lleva razón. Pues entre nosotras, la

que ha sido priora ha de quedar inhabilitada para otro oficio más

bajo; un mirar en la que es más antigua, que esto no se nos olvida,

y aun a las veces parece merecemos en ello, porque lo manda la

Orden.

5. Cosa es para reír, o para llorar, que lleva más razón. Sí, que no

manda la Orden que no tengamos humildad. Manda que haya

concierto. Mas yo no he de estar tan concertada en cosas de mi

estima, que tenga tanto cuidado en este punto de orden como de

otras cosas de ella, que por ventura guardaremos imperfectamente;

no esté toda nuestra perfección de guardarla en esto; otras lo

mirarán por mí, si yo me descuido. Es el caso que como somos

inclinadas a subir -aunque no subiremos por aquí al cielo-, no ha de

haber bajar. ¡Oh Señor, Señor! ¿Sois Vos nuestro dechado y

maestro? Sí, por cierto. ¿Pues en qué estuvo vuestra honra,

honrador nuestro? ¿No la perdisteis, por cierto, en ser humillado

hasta la muerte? No, Señor, sino que la ganasteis para todos.

6. ¡Oh, por amor de Dios, hermanas!, que llevamos perdido el

camino, porque va errado desde el principio, y plega a Dios que no

se pierda algún alma por guardar estos negros puntos de honra sin

entender en qué está la honra. Y vendremos después a pensar que

hemos hecho mucho si perdonamos una cosita de éstas, que ni era

agravio ni injuria ni nada; y muy como quien ha hecho algo,

vendremos a que nos perdone el Señor, pues hemos perdonado.

Dadnos, mi Dios, a entender que no nos entendemos y que

venimos vacías las manos, y perdonadnos Vos por vuestra

misericordia. Que en verdad, Señor, que no veo cosa (pues) todas

las cosas se acaban y el castigo es sin fin) que merezca ponérseos

delante para que nos hagáis tan gran merced, si no es por quien os

lo pide.

7. Mas ¡qué estimado debe ser este amarnos unos a otros del

Señor! Pues pudiera el buen Jesús ponerle delante otras, y decir:

«perdonadnos, Señor, porque hacemos mucha penitencia, o porque

rezamos mucho y ayunamos y lo hemos dejado todo por Vos y os

amamos mucho»; y no dijo «porque perderíamos la vida por Vos», y

-como digo- otras cosas que pudiera decir, sino sólo «porque

perdonamos». Por ventura, como nos conoce por tan amigos de

esta negra honra y como cosa más dificultosa de alcanzar de

nosotros y más agradable a su Padre, la dijo y se la ofrece de

nuestra parte.

«Efectos que deja el buen espíritu».

8. Pues tened mucha cuenta, hermanas, con que dice: «como

perdonamos»; ya como cosa hecha, como he dicho. Y advertid

mucho en esto, que cuando de las cosas que Dios hace merced a

un alma en la oración que he dicho de contemplación perfecta no

sale muy determinada y, si se le ofrece, lo pone por obra de

perdonar cualquier injuria por grave que sea, no estas naderías que

llaman injurias, no fíe mucho de su oración; que al alma que Dios

llega a Sí en oración tan subida no llegan ni se le da más ser

estimada que no. No dije bien, que sí da, que mucha más pena le

da la honra que la deshonra, y el mucho holgar con descanso que

los trabajos. Porque cuando de veras le ha dado el Señor aquí su

reino, ya no le quiere en este mundo; y para más subidamente

reinar, entiende es éste el verdadero camino, y ha ya visto por

experiencia la gran ganancia que le viene y lo que se adelanta un

alma en padecer por Dios. Porque por maravilla llega Su Majestad a

hacer tan grandes regalos sino a personas que han pasado de

buena gana muchos trabajos por El. Porque, como dije en otra

parte de este libro, son grandes los trabajos de los contemplativos,

y así los busca el Señor gente experimentada.

9. Pues entended, hermanas, que como éstos tienen ya entendido

lo que es todo, en cosa que pasa no se detienen mucho. Si de

primer movimiento da pena una gran injuria y trabajo, aún no lo ha

bien sentido cuando acude la razón por otra parte, que parece

levanta la bandera por sí y deja casi aniquilada aquella pena con el

gozo que le da ver que le ha puesto el Señor en las manos cosa

que en un día podra ganar más delante de Su Majestad de

mercedes y favores perpetuos, que pudiera ser ganará él en diez

años por trabajos que quisiera tomar por sí. Esto es muy ordinario,

a lo que yo entiendo, que he tratado muchos contemplativos y sé

cierto que pasa así; que como otros precian oro y joyas, precian

ellos los trabajos y los desean, porque tienen entendido que éstos

les han de hacer ricos.

10. De estas personas está muy lejos estima suya de nada. Gustan

entiendan sus pecados y de decirlos cuando ven que tienen estima

de ellos. Así les acaece de su linaje, que ya saben que en el reino

que no se acaba no han de ganar por aquí. Si gustasen ser de

buena casta, es cuando para más servir a Dios fuera menester;

cuando no, pésales los tengan por más de lo que son, y sin ninguna

pena desengañan, sino con gusto. Es el caso que debe ser a quien

Dios hace merced de tener esta humildad y amor grande a Dios,

que en cosa que sea servirle más ya se tiene a sí tan olvidado, que

aun no puede creer que otros sienten algunas cosas ni lo tienen por

injuria.

11. Estos efectos que he dicho a la postre son de personas ya más

llegadas a perfección, y a quien el Señor muy ordinario hace

mercedes de llegarle a Sí por contemplación perfecta. Mas lo

primero, que es estar determinados a sufrir injurias, y sufrirlas

aunque sea recibiendo pena, digo que muy en breve lo tiene quien

tiene ya esta merced del Señor de tener oración hasta llegar a

unión. Y que si no tiene estos efectos y sale muy fuerte en ellos de

la oración, crea que no era la merced de Dios, sino alguna ilusión y

regalo del demonio, porque nos tengamos por más honrados.

12. Puede ser que al principio, cuando el Señor hace estas

mercedes, no luego el alma quede con esta fortaleza; mas digo que

si las continúa a hacer, que en breve tiempo se hace con fortaleza,

y ya que no la tenga en otras virtudes, en esto de perdonar sí. No

puedo yo creer que alma que tan junto llega de la misma

misericordia, adonde conoce la que es y lo mucho que le ha

perdonado Dios, deje de perdonar luego con toda facilidad y quede

allanada en quedar muy bien con quien la injurió. Porque tiene

presente el regalo y merced que le ha hecho, adonde vio señales

de grande amor, y alégrase se le ofrezca en qué le mostrar alguno.

13. Torno a decir que conozco muchas personas que las ha hecho

el Señor merced de levantarlas a cosas sobrenaturales, dándoles

esta oración o contemplación que queda dicha, y aunque las veo

con otras faltas e imperfecciones, con ésta no he visto ninguna ni

creo la habrá, si las mercedes son de Dios, como he dicho. El que

las recibiere mayores, mire en sí cómo van creciendo estos efectos;

y si no viere en sí ninguno, témase mucho y no crea que esos

regalos son de Dios -como he dicho- que siempre enriquece el alma

adonde llega. Esto es cierto, que aunque la merced y regalo pase

presto, que se entiende despacio en las ganancias con que queda

el alma. Y como el buen Jesús sabe bien esto, determinadamente

dice a su Padre Santo que «perdonamos nuestros deudores».

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CAPÍTULO 37

Dice la excelencia de esta oración del Paternóster, y cómo

hallaremos de muchas maneras consolación en ella.

1. Es cosa para alabar mucho al Señor cuán subida en perfección

es esta oración evangelical, bien como ordenada de tan buen

Maestro, y así podemos, hijas, cada una tomarla a su propósito.

Espántame ver que en tan pocas palabras está toda la

contemplación y perfección encerrada, que parece no hemos

menester otro libro sino estudiar en éste. Porque hasta aquí nos ha

enseñado el Señor todo el modo de oración y de alta

contemplación, desde los principiantes a la oración mental y de

quietud y unión, que a ser yo para saberlo decir, se podía hacer un

gran libro de oración sobre tan verdadero fundamento. Ahora ya

comienza el Señor a darnos a entender los efectos que deja cuando

son mercedes suyas, como habéis visto.

2. Pensado he yo cómo no se había Su Majestad declarado más en

cosas tan subidas y oscuras para que todos lo entendiésemos.

Hame parecido que, como había de ser general para todos esta

oración, que porque pudiese pedir cada uno a su propósito y se

consolase, pareciéndonos le damos buen entendimiento, lo dejó así

en confuso, para que los contemplativos que ya no quieren cosas

de la tierra, y personas ya muy dadas a Dios, pidan las mercedes

del cielo que se pueden por la bondad de Dios dar en la tierra; y los

que aún viven en ella y es bien que vivan conforme a sus estados,

pidan también su pan, que se han de sustentar y sustentar sus

casas, y es muy justo y santo, y así las demás cosas, conforme a

sus necesidades.

3. Mas miren que estas dos cosas, que es darle nuestra voluntad y

perdonar, que es para todos. Verdad es que hay más y menos en

ello, como queda dicho: los perfectos darán la voluntad como

perfectos y perdonarán con la perfección que queda dicha;

nosotras, hermanas, haremos lo que pudiéremos, que todo lo recibe

el Señor. Porque parece una manera de concierto que de nuestra

parte hace con su Eterno Padre, como quien dice: «haced Vos esto,

Señor, y harán mis hermanos estotro». Pues a buen seguro que no

falte por su parte. ¡Oh, oh, que es muy buen pagador y paga muy

sin tasa!

4. De tal manera podemos decir una vez esta oración, que como

entienda no nos queda doblez, sino que haremos lo que decimos,

nos deje ricas. Es muy amigo tratemos verdad con El. Tratando con

llaneza y claridad, que no digamos una cosa y nos quede otra,

siempre da más de lo que le pedimos.

Sabiendo esto nuestro buen Maestro, y que los que de veras

llegasen a perfección en el pedir habían de quedar tan en alto grado

con las mercedes que les había de hacer el Padre, entendiendo que

los ya perfectos o que van camino de ello, -que no temen ni deben,

como dicen-, tienen el mundo debajo de los pies, contento el Señor

de él (como) por los efectos que hace en sus almas pueden tener

grandísima esperanza que Su Majestad lo está), embebidos en

aquellos regalos, no querrían acordarse que hay otro mundo ni que

tienen contrarios.

5. ¡Oh Sabiduría eterna! ¡Oh buen Enseñador! Y qué gran cosa es,

hijas, un maestro sabio, temeroso, que previene a los peligros. Es

todo el bien que un alma espiritual puede acá desear, porque es

gran seguridad. No podría encarecer con palabras lo que importa

esto. Así que viendo el Señor que era menester despertarlos y

acordarlos que tienen enemigos, y cuán más peligroso es en ellos ir

descuidados, y que mucha más ayuda han menester del Padre

Eterno, porque caerán de más alto, y para no andar sin entenderse,

engañados, pide estas peticiones tan necesarias a todos mientras

vivimos en este destierro: «Y no nos traigas, Señor, en tentación;

mas líbranos de mal.

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CAPÍTULO 38

Que trata de la gran necesidad que tenemos de suplicar al Padre

eterno nos conceda lo que pedimos en estas palabras: «Et ne nos

inducas in tentationem, sed libera nos a malo», y declara algunas

tentaciones. -Es de notar.

1. Grandes cosas tenemos aquí, hermanas, que pensar y que

entender, pues lo pedimos. Ahora mirad que tengo por muy cierto

los que llegan a la perfección que no piden al Señor los libre de los

trabajos ni de las tentaciones ni persecuciones y peleas. Que éste

es otro efecto muy cierto y grande de ser espíritu del Señor, y no

ilusión, la contemplación y mercedes que Su Majestad les diere;

porque, como poco ha dije, antes los desean y los piden y los

aman. Son como los soldados, que están más contentos cuando

hay más guerra, porque esperan salir con más ganancia. Si no la

hay, sirven con su sueldo, mas ven que no pueden medrar mucho.

2. Creed, hermanas, que los soldados de Cristo, que son los que

tienen contemplación y tratan de oración, no ven la hora que pelear;

nunca temen mucho enemigos públicos; ya los conocen y saben

que, con la fuerza que en ellos pone el Señor, no tienen fuerza, y

que siempre quedan vencedores y con gran ganancia; nunca los

vuelven el rostro. Los que temen, y es razón teman y siempre pidan

los libre el Señor de ellos, son unos enemigos que hay traidores,

unos demonios que se transfiguran en ángel de luz; vienen

disfrazados. Hasta que han hecho mucho daño en el alma, no se

dejan conocer, sino que nos andan bebiendo la sangre y acabando

las virtudes, y andamos en la misma tentación y no lo entendemos.

De éstos pidamos, hijas, y supliquemos muchas veces en el

Paternóster que nos libre el Señor y que no consienta andemos en

tentación; que no nos traigan engañadas, que se descubra la

ponzoña, que no os escondan la luz y la verdad. ¡Oh, con cuánta

razón nos enseña nuestro buen Maestro a pedir esto y lo pide por

nosotros!

3. Mirad, hijas, que de muchas maneras dañan, no penséis que es

sólo en hacernos entender que los gustos que pueden fingir en

nosotros y regalos son de Dios, que éste me parece el menos daño,

en parte, que ellos pueden hacer; antes podrá ser que con esto

hagan caminar más aprisa, porque, cebados de aquel gusto, están

más horas en la oración; y como ellos están ignorantes que es del

demonio y como se ven indignos de aquellos regalos, no acabarán

de dar gracias a Dios, quedarán más obligados a servirle,

esforzarse han a disponerse para que les haga más mercedes el

Señor, pensando son de su mano.

4. Procurad, hermanas, siempre humildad y ver que no sois dignas

de estas mercedes, y no las procuréis. Haciendo esto, tengo para

mí que muchas almas pierde el demonio por aquí, pensando hacer

que se pierdan, y que saca el Señor del mal que él pretende hacer,

nuestro bien. Porque mira SuMajestad nuestra intención, que es

contentarle y servirle estándonos con El en la oración, y fiel es el

Señor. Bien es andar con aviso no haga quiebra en la humildad o

engendrar alguna vanagloria. Suplicando al Señor os libre en esto,

no hayáis miedo, hijas, que os deje su Majestad regalar mucho de

nadie, sino de Sí.

5. Adonde el demonio puede hacer gran daño sin entenderle, es

haciéndonos creer que tenemos virtudes no las teniendo, que esto

es pestilencia. Porque en los gustos y regalos parece sólo que

recibimos y que quedamos más obligados a servir; acá parece que

damos y servimos y que está el Señor obligado a pagar, y así poco

a poco hace mucho daño. Que por una parte enflaquece la

humildad, por otra descuidámonos de adquirir aquella virtud, que

nos parece la tenemos ya ganada.

Pues ¿qué remedio, hermanas? El que a mí me parece mejor es lo

que nos enseña nuestro Maestro: oración y suplicar al Padre Eterno

que no permita que andemos en tentación.

[6]. También os quiero decir otro alguno: que, si nos parece el

Señor ya nos la ha dado, entendamos que es bien recibido y que

nos le puede tornar a quitar, como, a la verdad, acaece muchas

veces y no sin gran providencia de Dios. ¿Nunca lo habéis visto por

vosotras, hermanas? Pues yo sí: unas veces me parece que estoy

muy desasida, y en hecho de verdad, venido a la prueba, lo estoy;

otra vez me hallo tan asida y de cosas que por ventura el día de

antes burlara yo de ello, que casi no me conozco. Otras veces me

parece tengo mucho ánimo y que a cosa que fuese servir a Dios no

volvería el rostro; y probado, es así que le tengo para algunas; otro

día viene que no me hallo con él para matar una hormiga por Dios

si en ello hallase contradicción. Así, unas veces me parece que de

ninguna cosa que me murmurasen ni dijesen de mí no se me da

nada; y probado, algunas veces es así, que antes me da contento;

vienen días que sola una palabra me aflige y querría irme del

mundo, porque me parece me cansa en todo. Y en esto no soy sola

yo, que lo he mirado en muchas personas mejores que yo y sé que

pasa así.

7. Pues esto es, ¿quién podrá decir de sí que tiene virtud ni que

está rica, pues al mejor tiempo que haya menester la virtud se halla

de ella pobre? -Que no, hermanas, sino pensemos siempre lo

estamos, y no nos adeudemos sin tener de qué pagar; porque de

otra parte ha de venir el tesoro, y no sabemos cuándo nos querrá

dejar en la cárcel de nuestra miseria sin darnos nada; y si

teniéndonos por buenas nos hacen merced y honra -que es el

emprestar que digo-, quedaránse burlados ellos y nosotras. Verdad

es que, sirviendo con humildad, en fin nos socorre el Señor en las

necesidades; mas si no hay muy de veras esta virtud, a cada paso -

como dicen- os dejará el Señor. Y es grandísima merced suya, que

es para que la tengáis y entendáis con verdad que no tenemos

nada que no lo recibimos.

8. Ahora, pues, notad otro aviso: hácenos entender el demonio que

tenemos una virtud, digamos de paciencia, porque nos

determinamos y hacemos muy continuos actos de pasar mucho por

Dios; y parécenos en hecho de verdad que lo sufriríamos, y así

estamos muy contentas, porque ayuda el demonio a que lo

creamos. Yo os aviso no hagáis caso de estas virtudes, ni

pensemos las conocemos sino de nombre, ni que nos las ha dado

el Señor, hasta que veamos la prueba; porque acaecerá que a una

palabra que os digan a vuestro disgusto, vaya la paciencia por el

suelo. Cuando muchas veces sufriereis, alabad a Dios que os

comienza a enseñar esta virtud, y esforzaos a padecer, que es

señal que en eso quiere se la paguéis, pues os la da, y no la

tengáis sino como en depósito, como ya queda dicho.

9. Trae otra tentación, que nos parecemos muy pobres de espíritu, y

traemos costumbre de decirlo, que ni queremos nada ni se nos da

nada de nada. No se ha ofrecido la ocasión de darnos algo -aunque

pase de lo necesario- cuando va toda perdida la pobreza de

espíritu. Mucho ayuda el traer costumbre de decirlo, a parecer que

se tiene.

Mucho hace al caso andar siempre sobre aviso para entender esta

tentación, así en las cosas que he dicho, como en otras muchas;

porque cuando de veras da el Señor una sólida virtud de éstas,

todas parece las trae tras sí; es muy conocida cosa. Mas tórnoos a

avisar que, aunque os parezca la tenéis, temáis que os engañáis.

Porque el verdadero humilde siempre anda dudoso en virtudes

propias, y muy ordinariamente le parecen más ciertas y de más

valor las que ve en sus prójimos.

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CAPÍTULO 39

Prosigue la misma materia, y da avisos de tentaciones algunas de

diferentes maneras, y pone los remedios para que se puedan librar

de ellas.

1. Pues guardaos también, hijas, de unas humildades que pone el

demonio con gran inquietud de la gravedad de nuestros pecados,

que suele apretar aquí de muchas maneras, hasta apartarse de las

comuniones y de tener oración particular (por) no lo merecer, les

pone el demonio); y cuando llegan al Santísimo Sacramento, en si

se aparejaron bien o no, se les va el tiempo que habían de recibir

mercedes. Llega la cosa a término de hacer parecer a un alma que,

por ser tal, la tiene Dios tan dejada, que casi pone duda en su

misericordia. Todo le parece peligro lo que trata, y sin fruto lo que

sirve, por bueno que sea. Dale una desconfianza que, se le caen

los brazos para hacer ningún bien, porque le parece que lo que lo

es en los otros, en ella es mal.

2. Mirad mucho, hijas, en este punto que os diré, porque algunas

veces podrá ser humildad y virtud teneros por tan ruin, y otras

grandísima tentación. Porque yo he pasado por ella, la conozco. La

humildad no inquieta ni desasosiega ni alborota el alma, por grande

que sea; sino viene con paz y regalo y sosiego. Aunque uno, de

verse ruin, entienda claramente merece estar en el infierno, y se

aflige y le parece con justicia todos le habían de aborrecer , y que

no osa casi pedir misericordia, si es buena humildad, esta pena

viene con una suavidad en sí y contento, que no querríamos vernos

sin ella. No alborota ni aprieta el alma, antes la dilata y hace hábil

para servir más a Dios. Estotra pena todo lo turba, todo lo alborota,

toda el alma revuelve, es muy penosa. Creo pretende el demonio

que pensemos tenemos humildad, y si pudiese, a vueltas, que

desconfiásemos de Dios.

3. Cuando así os hallarais, atajad el pensamiento de vuestra

miseria lo más que pudiereis, y ponedle en la misericordia de Dios y

en lo que nos ama y padeció por nosotros. Y si es tentación, aun

esto no podréis hacer, que no os dejará sosegar el pensamiento ni

ponerle en cosa, sino para fatigaros más. Harto será si conocéis es

tentación.

Así es en penitencias desconcertadas, para hacer entendernos que

somos más penitentes que las otras y que hacéis algo. Si os andáis

escondiendo del confesor o prelada, o si diciéndoos que lo dejéis no

lo hacéis, es clara tentación. Procurad -aunque más pena os déobedecer,

pues en esto está la mayor perfección.

4. Pone otra bien peligrosa, que es una seguridad de parecernos

que en ninguna manera tornaríamos a las culpas pasadas y

contentos del mundo; «que ya le tengo entendido y sé que se acaba

todo y que más gusto me dan las cosas de Dios». Esta, si es a los

principios, es muy malo, porque con esta seguridad no se les da

nada de tornarse a poner en las ocasiones, y hácenos dar de ojos,

y plega a Dios que no sea muy peor la recaída. Porque, como el

demonio ve que es alma que le puede dañar y aprovechar a otras,

hace todo su poder para que no se levante.

Así que, aunque más gustos y prendas de amor el Señor os dé,

nunca tanto andéis seguras que dejéis de temer podéis tornar a

caer, y guardaros de las ocasiones.

5. Procurad mucho tratar esas mercedes y regalos con quien os dé

luz, sin tener cosa secreta. Y tened este cuidado: que en principio y

fin de la oración, por subida contemplación que sea, siempre

acabéis en propio conocimiento. Y si es de Dios, aunque no queráis

ni tengáis este aviso, lo haréis aun más veces, porque trae consigo

humildad y siempre deja con más luz para que entendamos lo poco

que somos.

No me quiero detener más, porque muchos libros hallaréis de estos

avisos. Lo que he dicho es porque he pasado por ello y vístome en

trabajo algunas veces. Todo cuanto se puede decir no puede dar

entera seguridad.

6. Pues, Padre Eterno, ¿qué hemos de hacer sino acudir a Vos y

suplicaros no nos traigan estos contrarios nuestros en tentación?

Cosas públicas vengan, que con vuestro favor mejor nos

libraremos. Mas esas traiciones ¿quién las entenderá, Dios mío?

Siempre hemos menester pediros remedio. Decidnos, Señor,

alguna cosa para que nos entendamos y aseguremos. Ya sabéis

que por este camino no van los muchos, y si han de ir con tantos

miedos, irán muy menos.

7. Cosa extraña es ésta, ¡como si para los que no van por camino

de oración no tentase el demonio!, y que se espanten más todos de

uno que engaña de los que van más llegados a perfección, que de

cien mil que ven en engaños y pecados públicos, que no hay que

andar a mirar si es bueno o malo, porque de mil leguas se entiende

es Satanás.

A la verdad, tienen razón, porque son tan poquísimos a los que

engaña el demonio de los que rezaren el Paternóster como queda

dicho, que como cosa nueva y no usada da admiración; que es

cosa muy de los mortales pasar fácilmente por lo continuo que ven,

y espantarse mucho de lo que es muy pocas veces o casi ninguna.

Y los mismos demonios los hacen espantar, porque les está a ellos

bien, que pierden muchos por uno que se llega a la perfección.

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CAPÍTULO 40

Dice cómo procurando siempre andar en amor y temor de Dios,

iremos seguras entre tantas tentaciones.

1. Pues, buen Maestro nuestro, dadnos algún remedio cómo vivir

sin mucho sobresalto en guerra tan peligrosa.

El que podemos tener, hijas, y nos dio Su Majestad es «amor y

temor»; que el amor nos hará apresurar los pasos; el temor nos

hará ir mirando adónde ponemos los pies para no caer por camino

adonde hay tanto en que tropezar como caminamos todos los que

vivimos. Y con esto a buen seguro que no seamos engañadas.

2. Diréisme que en qué veréis que tenéis estas dos virtudes tan

grandes. Y tenéis razón, porque cosa muy cierta y determinada no

la puede haber; porque siéndolo de que tenemos amor, lo

estaremos de que estamos en gracia. Mas mirad, hermanas: hay

unas señales que parece los ciegos las ven; no están secretas;

aunque no queráis entenderlas, ellas dan voces que hacen mucho

ruido, porque no son muchos los que con perfección las tienen, y

así se señalan más. ¡Como quien no dice nada: amor y temor de

Dios! Son dos castillos fuertes, desde donde se da guerra al mundo

y a los demonios.

3. Quien de veras aman a Dios, todo lo bueno aman, todo lo bueno

quieren, todo lo bueno favorecen, todo lo bueno loan, con los

buenos se juntan siempre y los favorecen y defienden. No aman

sino verdades y cosa que sea digna de amar. ¿Pensáis que es

posible quien muy de veras ama a Dios amar vanidades? Ni puede,

ni riquezas, ni cosas del mundo, de deleites, ni honras; ni tiene

contiendas ni envidias. Todo porque no pretende otra cosa sino

contentar al Amado. Andan muriendo porque los ame, y así ponen

la vida en entender cómo le agradarán más.

¿Esconderse? -¡Oh, que el amor de Dios, si de veras es amor, es

imposible! Si no, mirad un San Pablo, una Magdalena: en tres días

el uno comenzó a entenderse que estaba enfermo de amor; éste

fue San Pablo. La Magdalena desde el primer día, ¡y cuán bien

entendido! Que esto tiene, que hay más o menos; y así se da a

entender como la fuerza que tiene el amor: si es poco, dase a

entender poco; y si es mucho, mucho; mas poco o mucho, como

haya amor de Dios, siempre se entiende.

4. Mas de lo que ahora tratamos más, que es de los engaños e

ilusiones que hace el demonio a los contemplativos, no hay poco;

siempre es el amor mucho -o ellos no serán contemplativos-, y así

se da a entender mucho y de muchas maneras. Es fuego grande,

no puede sino dar gran resplandor. Y si esto no hay, anden con

gran recelo, crean que tienen bien que temer, procuren entender

qué es, hagan oraciones, anden con humildad y supliquen al Señor

no los traiga en tentación; que, cierto, a no haber esta señal, yo

temo que andamos en ella. Mas andando con humildad, procurando

saber la verdad, sujetas al confesor y tratando con él con verdad y

llaneza, que, -como está dicho-, con lo que el demonio os pensare

dar la muerte os da la vida, aunque más cocos e ilusiones os quiera

hacer.

5. Mas si sentís este amor de Dios que tengo dicho y el temor que

ahora diré, andad alegres y quietas, que por haceros turbar el alma

para que no goce tan grandes bienes, os pondrá el demonio mil

temores falsos y hará que otros os los pongan. Porque ya que no

puede ganaros, al menos procura hacernos algo perder, y que

pierdan los que pudieran ganar mucho creyendo son de Dios las

mercedes que hace tan grandes a una criatura tan ruin, y que es

posible hacerlas, que parece algunas veces tenemos olvidadas sus

misericordias antiguas.

6. ¿Pensáis que le importa poco al demonio poner estos temores? -

No, sino mucho, porque hace dos daños: el uno, que atemoriza a

los que lo oyen de llegarse a la oración, pensando han también de

ser engañados. El otro, que se llegarían muchos más a Dios, viendo

que es tan bueno -como he dicho-, que es posible comunicarse

ahora tanto con los pecadores. Póneles codicia -y tienen razón- que

yo conozco algunas personas que esto los animó y comenzaron

oración, y en poco tiempo salieron verdaderos, haciéndolos el

Señor grandes mercedes.

7. Así que, hermanas, cuando entre vosotras viereis hay alguna que

el Señor las haga, alabad mucho al Señor por ello, y no por eso

penséis está segura, antes la ayudad con más oración; porque

nadie lo puede estar mientras vive y anda engolfado en los peligros

de este mar tempestuoso.

Así que no dejaréis de entender este amor adonde está, ni sé cómo

se pueda encubrir. Pues si amamos acá a las criaturas, dicen ser

imposible y que mientras más hacen por encubrirlo, más se

descubre, siendo cosa tan baja que no merece nombre de amor,

porque se funda en nonada; ¿y habíase de poder encubrir un amor

tan fuerte, tan justo, que siempre va creciendo, que no ve cosa para

dejar de amar, fundado sobre tal cimiento como es ser pagado con

otro amor, que ya no puede dudar de él por estar mostrado tan al

descubierto, con tan grandes dolores y trabajos y derramamiento de

sangre, hasta perder la vida, porque no nos quedase ninguna duda

de este amor? ¡Oh, válgame Dios, qué cosa tan diferente debe ser

el un amor del otro a quien lo ha probado!

8. Plega a Su Majestad nos le dé antes que nos saque de esta vida,

porque será gran cosa a la hora de la muerte ver que vamos a ser

juzgadas de quien habemos amado sobre todas las cosas. Seguras

podremos ir con el pleito de nuestras deudas. No será ir a tierra

extraña, sino propia, pues es a la de quien tanto amamos y nos

ama. Acordaos, hijas mías, aquí de la ganancia que trae este amor

consigo y de la pérdida no le tener, que nos pone en manos del

tentador, en manos tan crueles, manos tan enemigas de todo bien y

tan amigas de todo mal.

9. ¿Qué será de la pobre alma que, acabada de salir de tales

dolores y trabajos como son los de la muerte, cae luego en ellas?

¡Qué mal descanso le viene!; ¡qué despedazada irá al infierno!;

¡qué multitud de serpientes de diferentes maneras!; ¡qué temeroso

lugar!; ¡qué desventurado hospedaje! Pues para una noche una

mala posada se sufre mal, si es persona regalada (que) son los que

más deben de ir allá), pues posada de para siempre, para sin fin,

¿qué pensais sentirá aquella triste alma?

Que no queramos regalos, hijas; bien estamos aquí; todo es una

noche la mala posada. Alabemos a Dios. Esforcémonos a hacer

penitencia en esta vida. Mas ¡qué dulce será la muerte de quien de

todos sus pecados la tiene hecha y no ha de ir al purgatorio! ¡Cómo

desde acá aun podrá ser comience a gozar de la gloria! No verá en

sí temor sino toda paz.

10. Ya que no lleguemos a esto, hermanas, supliquemos a Dios, si

vamos a recibir luego penas, sea adonde con esperanza de salir de

ellas las llevemos de buena gana, y adonde no perdamos su

amistad y gracia, y que nos la dé en esta vida para no andar en

tentación sin que lo entendamos.

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CAPÍTULO 41

Que habla del temor de Dios, y cómo nos hemos de guardar de

pecados veniales.

1. ¡Cómo me he alargado! Pues no tanto como quisiera, porque es

cosa sabrosa hablar en tal amor. ¿Qué será tenerle? El Señor me le

dé, por quien Su Majestad es.

Ahora vengamos al temor de Dios. Es cosa también muy conocida

de quien le tiene y de los que le tratan. Aunque quiero entendáis

que a los principios no está tan crecido, si no es algunas personas,

a quien -como he dicho- el Señor hace grandes mercedes, que en

breve tiempo las hace ricas de virtudes. Y así no se conoce en

todos, a los principios, digo. Vase aumentando el valor creciendo

más cada día; aunque desde luego se entiende, porque luego se

apartan de pecados y de las ocasiones y de malas compañías y se

ven otras señales. Mas cuando ya llega el alma a contemplación -

que es de lo que más ahora aquí tratamos-, el temor de Dios

también anda muy al descubierto, como el amor; no va disimulado,

aun en lo exterior. Aunque mucho con aviso se miren estas

personas, no las verán andar descuidadas, que por grande que le

tengamos a mirarlas, las tiene el Señor de manera que, si gran

interés se le ofreciese, no harán de advertencia un pecado venial.

Los mortales temen como al fuego.

Y éstas son las ilusiones que yo querría, hermanas, temiésemos

mucho, y supliquemos siempre a Dios no sea tan recia la tentación,

que le ofendamos, sino que nos la dé conforme a la fortaleza que

nos ha de dar para vencerla. Esto es lo que hace al caso; este

temor es el que yo deseo nunca se quite de nosotras, que es lo que

nos ha de valer.

2. ¡Oh, que es gran cosa no tener ofendido al Señor, para que sus

siervos y esclavos infernales estén atados!; que, en fin, todos le han

de servir, mal que les pese, sino que ellos es por fuerza y nosotros

de toda voluntad. Así que, teniéndole contento, ellos estarán a raya,

no harán cosa con que nos puedan dañar, aunque más nos traigan

en tentación y nos armen lazos secretos.

3. Tened esta cuenta y aviso -que importa mucho- que no os

descuidéis hasta que os veáis con tan gran determinación de no

ofender al Señor, que perderíais mil vidas antes que hacer un

pecado mortal, y de los veniales estéis con mucho cuidado de no

hacerlos; esto de advertencia, que de otra suerte, ¿quién estará sin

hacer muchos? Mas hay una advertencia muy pensada; otra tan de

presto, que casi haciéndose el pecado venial y advirtiendo, es todo

uno, que no nos pudimos entender. Mas pecado muy de

advertencia, por chico que sea, Dios nos libre de él. ¡Cuánto más

que no hay poco, siendo contra una tan gran Majestad y viendo que

nos está mirando! Que esto me parece a mí es pecado

sobrepensado, y como quien dice: «Señor, aunque os pese, haré

esto; ya veo que lo veis, y sé que no lo queréis y lo entiendo; mas

quiero más seguir mi antojo y apetito que no vuestra voluntad». Y

que en cosa de esta suerte hay poco, a mí no me lo parece, por

leve que sea la culpa, sino mucho y muy mucho.

4. Mirad, por amor de Dios, hermanas, si queréis ganar este temor

de Dios, que va mucho entender cuán grave cosa es ofensa de

Dios y tratarlo en vuestros pensamientos muy ordinario, que nos va

la vida y mucho más tener arraigada esta virtud en nuestras almas.

Y hasta que entendáis muy de veras que le tenéis, es menester

andar siempre con mucho mucho cuidado, y apartarnos de todas

las ocasiones y compañías que no nos ayuden a llegarnos más a

Dios. Tener gran cuenta con todo lo que hacemos, para doblar en

ello nuestra voluntad, y cuenta con que lo que hablare vaya con

edificación; huir de donde hubiere pláticas que no sean de Dios.

Ha menester mucho que en sí quede muy impreso este temor;

aunque si de veras hay amor, presto se cobra. Mas en teniendo el

alma visto con gran determinación en sí, que -como he dicho- por

cosa criada no hará una ofensa de Dios, aunque después se caiga

alguna vez, porque somos flacos y no hay que fiar de nosotros;

(cuando) más determinados, menos confiados de nuestra parte,

que de donde ha de venir la confianza ha de ser de Dios); cuando

esto que he dicho entendamos de nosotros, no es menester andar

tan encogidos ni apretados, que el Señor nos favorecerá, y ya la

costumbre nos será ayuda para no ofenderle; sino andar con una

santa libertad, tratando con quien fuere justo y aunque sean

distraídas. Porque las que antes que tuvieseis este verdadero temor

de Dios os fueran tóxico y ayuda para matar el alma, muchas veces

después os la harán para amar más a Dios y alabarle porque os

libró de aquello que veis ser notorio peligro. Y si antes fuerais parte

para ayudar a sus flaquezas, ahora lo seréis para que se vayan a la

mano en ellas por estar delante de vos, que sin quereros hacer

honra acaece esto.

5. Yo alabo al Señor muchas veces, y pensando de dónde vendrá

por qué, sin decir palabra, muchas veces un siervo de Dios ataja

palabras que se dicen contra El, debe ser que así como acá, si

tenemos un amigo, siempre se tiene respeto, -si es en su ausencia-,

a no hacerle agravio delante del que saben que lo es, y como aquél

está en gracia, la misma gracia debe hacer que, por bajo que éste

sea, se le tenga respeto y no le den pena en cosa que tanto

entienden ha de sentir, como ofender a Dios. El caso es que yo no

sé la causa, mas sé que es muy ordinario esto.

Así que no os apretéis, porque si el alma se comienza a encoger,

es muy mala cosa para todo lo bueno, y a las veces dan en ser

escrupulosas, y veisla aquí inhabilitada para sí y para los otros. Y ya

que no dé en esto, será buena para sí, mas no llegará muchas

almas a Dios, como ven tanto encogimiento y apretura. Es tal

nuestro natural, que las atemoriza y ahoga y huyen de llevar el

camino que vos lleváis, aunque conocen claro ser de más virtud.

6. Y viene otro daño de aquí, que es juzgar a otros: como no van

por vuestro camino, sino con más santidad por aprovechar el

prójimo tratan con libertad y sin esos encogimientos, luego os

parecerán imperfectos. Si tienen alegría santa, parecerá disolución,

en especial en las que no tenemos letras ni sabemos en lo que se

puede tratar sin pecado. Es muy peligrosa cosa y un andar en

tentación continuo y muy de mala digestión, porque es en perjuicio

del prójimo. Y pensar que si no van todos por el modo que vos,

encogidamente, no van tan bien, es malísimo.

Y hay otro daño: que en algunas cosas que habéis de hablar y es

razón habléis, por miedo de no exceder en algo no osaréis sino por

ventura decir bien de lo que sería muy bien abominaseis.

7. Así que, hermanas, todo lo que pudiereis sin ofensa de Dios

procurad ser afables y entender de manera con todas las personas

que os trataren, que amen vuestra conversación y deseen vuestra

manera de vivir y tratar y no se atemoricen y amedrenten de la

virtud. A religiosas importa mucho esto: mientras más santas, más

conversables con sus hermanas, y que aunque sintáis mucha pena

si no van sus pláticas todas como vos las querríais hablar, nunca os

extrañéis de ellas, si queréis aprovechar y ser amada. Que es lo

que mucho hemos de procurar: ser afables y agradar y contentar a

las personas que tratamos, en especial a nuestras hermanas.

8. Así que, hijas mías, procurad entender de Dios en verdad que no

mira a tantas menudencias como vosotras pensáis, y no dejéis que

se os encoja el ánima y el ánimo, que se podrán perder muchos

bienes. La intención recta, la voluntad determinada, como tengo

dicho, de no ofender a Dios. No dejéis arrinconar vuestra alma, que

en lugar de procurar santidad sacará muchas imperfecciones que el

demonio le pondrá por otras vías y, como he dicho, no aprovechará

a sí y a las otras tanto como pudiera.

9. Veis aquí cómo con estas dos cosas -amor y temor de Diospodemos

ir por este camino sosegados y quietos, aunque, como el

temor ha de ir siempre delante, no descuidados; que esta seguridad

no la hemos de tener mientras vivimos, porque sería gran peligro. Y

así lo entendió nuestro Enseñador cuando en el fin de esta oración

dice a su Padre estas palabras, como quien entendió bien eran

menester.

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CAPÍTULO 42

En que trata de estas postreras palabras del Paternóster: «Sed

libera nos a malo. Amen». Mas líbranos del mal. Amén.

1. Paréceme tiene razón el buen Jesús de pedir esto para Sí,

porque ya vemos cuán cansado estaba de esta vida cuando dijo en

la cena a sus Apóstoles: «Con deseo he deseado cenar con

vosotros», que era la postrera cena de su vida. Adonde se ve cuán

cansado debía ya estar de vivir. Y ahora no se cansarán los que

han cien años, sino siempre con deseo de vivir más. A la verdad, no

la pasamos tan mal ni con tantos trabajos como Su Majestad la

pasó, ni tan pobremente. ¿Qué fue toda su vida sino una continua

muerte, siempre trayendo la que le habían de dar tan cruel delante

de los ojos? Y esto era lo menos; mas ¡tantas ofensas como se

hacían a su Padre y tanta multitud de almas como se perdían! Pues

si acá una que tenga caridad le es esto gran tormento, ¿qué sería

en la caridad sin tasa ni medida de este Señor? Y ¡qué gran razón

tenía de suplicar al Padre que le librase ya de tantos males y

trabajos y le pusiese en descanso para siempre en su reino, pues

era verdadero heredero de él!

2. «Amén». Que el amén entiendo yo que pues con él se acaban

todas las cosas, que así pide el Señor seamos librados de todo mal

para siempre. Y así lo suplico yo al Señor me libre de todo mal para

siempre, pues no me desquito de lo que debo, sino que puede ser

por ventura cada día me adeudo más. Y lo que no se puede sufrir,

Señor, es no poder saber cierto que os amo, ni si son aceptos mis

deseos delante de Vos. ¡Oh Señor y Dios mío, libradme ya de todo

mal, y sed servido de llevarme adonde están todos los bienes!

¿Qué esperan ya aquí a los que Vos habéis dado algún

conocimiento de lo que es el mundo y los que tienen viva fe de lo

que el Padre Eterno les tiene guardado?

3. El pedir esto con deseo grande y toda determinación es un gran

efecto para los contemplativos de que las mercedes que en la

oración reciben son de Dios. Así que los que lo fueren, ténganlo en

mucho. El pedirlo yo no es por esta vía; digo que no se tome por

esta vía, sino que, como he tan mal vivido, temo ya de más vivir, y

cánsanme tantos trabajos. Los que participan de los regalos de

Dios, no es mucho deseen estar adonde no los gocen a sorbos y

que no quieran estar en vida que tantos embarazos hay para gozar

de tanto bien y que deseen estar adonde no se les ponga el sol de

justicia. Haráseles todo oscuro cuanto después acá ven, y de cómo

viven me espanto. No debe ser con contento quien ha comenzado a

gozar y le han dado ya acá su reino y no ha de vivir por su voluntad,

sino por la del rey.

4. ¡Oh, cuán otra vida debe ser ésta para no desear la muerte!

¡Cuán diferentemente se inclina nuestra voluntad a lo que es la

voluntad de Dios! Ella quiere queramos la verdad, nosotros

queremos la mentira; quiere que queramos lo eterno, acá nos

inclinamos a lo que se acaba; quiere queramos cosas grandes y

subidas, acá queremos bajas y de tierra; querría quisiésemos sólo

lo seguro, acá amamos lo dudoso: que es burla, hijas mías, sino

suplicar a Dios nos libre de estos peligros para siempre y nos saque

ya de todo mal. Y aunque no sea nuestro deseo con perfección,

esforcémonos a pedir la petición. ¿Qué nos cuesta pedir mucho,

pues pedimos a poderoso? Mas, por que más acertemos, dejemos

a su voluntad el dar, pues ya le tenemos dada la nuestra. Y sea

para siempre santificado su nombre en los cielos y en la tierra, y en

mí sea siempre hecha su voluntad. Amén

***

5. Ahora mirad, hermanas, cómo el Señor me ha quitado de trabajo

enseñando a vosotras y a mí el camino que comencé a deciros,

dándome a entender lo mucho que pedimos cuando decimos esta

oración evangelical. Sea bendito por siempre, que es cierto que

jamás vino a mi pensamiento que había tan grandes secretos en

ella, que ya habéis visto encierra en sí todo el camino espiritual,

desde el principio hasta engolfar Dios el alma y darla

abundosamente a beber de la fuente de agua viva que dije estaba

al fin del camino. Parece nos ha querido el Señor dar a entender,

hermanas, la gran consolación que está aquí encerrada, y es gran

provecho para las personas que no saben leer. Si lo entendiesen,

por esta oración podían sacar mucha doctrina y consolarse en ella.

6. Pues deprendamos, hermanas, de la humildad con que nos

enseña este nuestro buen Maestro, y suplicadle me perdone, que

me he atrevido a hablar en cosas tan altas. Bien sabe Su Majestad

que mi entendimiento no es capaz para ello, si El no me enseñara

lo que he dicho. Agradecédselo vosotras, hermanas, que debe

haberlo hecho por la humildad con que me lo pedisteis y quisisteis

ser enseñadas de cosa tan miserable.

7. Si el Padre Presentado Fray Domingo Báñez, que es mi confesor,

a quien le daré antes que le veáis, viere es para vuestro

aprovechamiento y os le diere, consolarme he que os consoléis. Si

no estuviere para que nadie lo vea, tomaréis mi voluntad, que con la

obra he obedecido a lo que me mandasteis; que yo me doy por bien

pagada del trabajo que he tenido en escribir, que no por cierto en

pensar lo que he dicho.

Bendito sea y alabado el Señor, de donde nos viene todo el bien

que hablamos y pensamos y hacemos. Amén.

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FIN DEL CAMINO DE PERFECCIÓN