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LAS «EXCLAMACIONES DEL ALMA A DIOS»

SANTA TERESA DE JESÚS O DE ÁVILA

 

EXCLAMACIONES DEL ALMA A DIOS

CAPÍTULO 1

1. ¡Oh vida, vida!, ¿cómo puedes sustentarte estando ausente de tu

Vida? En tanta soledad, ¿en qué te empleas? ¿Qué haces, pues

todas tus obras son imperfectas y faltas? ¿Qué te consuela, oh

ánima mía, en este tempestuoso mar? Lástima tengo de mí y mayor

del tiempo que no viví lastimada. ¡Oh Señor, que vuestros caminos

son suaves! Mas ¿quién caminará sin temor? Temo de estar sin

serviros, y cuando os voy a servir no hallo cosa que me satisfaga

para pagar algo de lo que debo. Parece que me querría emplear

toda en esto, y cuando bien considero mi miseria veo que no puedo

hacer nada que sea bueno, si no me lo dais Vos.

2. ¡Oh Dios mío y misericordia mía!, ¿qué haré para que no

deshaga yo las grandezas que Vos hacéis conmigo? Vuestras

obras son santas, son justas, son de inestimable valor y con gran

sabiduría, pues la misma sois Vos, Señor. Si en ella se ocupa mi

entendimiento, quéjase la voluntad, porque querría que nadie la

estorbase a amaros, pues no puede el entendimiento en tan

grandes grandezas alcanzar quién es su Dios, y deséale gozar y no

ve cómo, puesta en cárcel tan penosa como esta mortalidad. Todo

la estorba, aunque primero fue ayudada en la consideración de

vuestras grandezas, adonde se hallan mejor las innumerables

bajezas mías.

3. ¿Para qué he dicho esto, mi Dios? ¿A quién me quejo? ¿Quién

me oye sino Vos, Padre y Criador mío? Pues para entender Vos mi

pena, ¿qué necesidad tengo de hablar, pues tan claramente veo

que estáis dentro de mí? Este es mi desatino. Mas ¡ay Dios mío!,

¿cómo podré yo saber cierto que no estoy apartada de Vos? ¡Oh

vida mía, que has de vivir con tan poca seguridad de cosa tan

importante! ¿Quién te deseará, pues la ganancia que de ti se puede

sacar o esperar, que es contentar en todo a Dios, está tan incierta y

llena de peligros?

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CAPÍTULO 2

1. Muchas veces, Señor mío, considero que si con algo se puede

sustentar el vivir sin Vos, es en la soledad, porque descansa el

alma con su descanso, puesto que, como no se goza con entera

libertad, muchas veces se dobla el tormento; mas el que da el haber

de tratar con las criaturas y dejar de entender el alma a solas con su

Criador, hace tenerle por deleite. Mas ¿qué es esto, mi Dios, que el

descanso cansa al alma que sólo pretende contentaros? ¡Oh, amor

poderoso de Dios, cuán diferentes son tus efectos del amor del

mundo! Este no quiere compañía por parecerle que le han de quitar

de lo que posee; el de mi Dios mientras más amadores entiende

que hay, más crece, y así sus gozos se templan en ver que no

gozan todos de aquel bien. ¡Oh Bien mío, que esto hace, que en los

mayores regalos y contentos que se tienen con Vos, lastima la

memoria de los muchos que hay que no quieren estos contentos, y

de los que para siempre los han de perder! Y así el alma busca

medios para buscar compañía, y de buena gana deja su gozo

cuando piensa será alguna parte para que otros le procuren gozar.

2. Mas, Padre celestial mío, ¿no valdría más dejar estos deseos

para cuando esté el alma con menos regalos vuestros y ahora

emplearse toda en gozaros? ¡Oh Jesús mío!, cuán grande es el

amor que tenéis a los hijos de los hombres, que el mayor servicio

que se os puede hacer es dejaros a Vos por su amor y ganancia y

entonces sois poseído más enteramente; porque aunque no se

satisface tanto en gozar la voluntad, el alma se goza de que os

contenta a Vos y ve que los gozos de la tierra son inciertos, aunque

parezcan dados de Vos, mientras vivimos en esta mortalidad, si no

van acompañados con el amor del prójimo. Quien no le amare, no

os ama, Señor mío; pues con tanta sangre vemos mostrado el amor

tan grande que tenéis a los hijos de Adán.

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CAPÍTULO 3

1. Considerando la gloria que tenéis, Dios mío, aparejada a los que

perseveran en hacer vuestra voluntad, y con cuántos trabajos y

dolores la ganó vuestro Hijo, y cuán mal lo teníamos merecido, y lo

mucho que merece que no se desagradezca la grandeza de amor

que tan costosamente nos ha enseñado a amar, se ha afligido mi

alma en gran manera. ¿Cómo es posible, Señor se olvide todo esto

y que tan olvidados estén los mortales de Vos cuando os ofenden?

¡Oh Redentor mío, y cuán olvidados se olvidan de sí! ¡Y que sea tan

grande vuestra bondad, que entonces os acordéis Vos de nosotros,

y que habiendo caído por heriros a Vos de golpe mortal, olvidado de

esto nos tornéis a dar la mano y despertéis de frenesí tan incurable,

para que procuremos y os pidamos salud! ¡Bendito sea tal Señor,

bendita tan gran misericordia, y alabado sea por siempre por tan

piadosa piedad!

2. ¡Oh ánima mía!, bendice para siempre a tan gran Dios. ¿Cómo

se puede tornar contra El? ¡Oh, que a los que son desagradecidos

la grandeza de la merced les daña! Remediadlo Vos, mi Dios. ¡Oh

hijos de los hombres!, ¿hasta cuándo seréis duros de corazón y le

tendréis para ser contra este mansísimo Jesús? ¿Qué es esto?

¿Por ventura permanecerá nuestra maldad contra El? No, que se

acaba la vida del hombre como la flor del heno y ha de venir el Hijo

de la Virgen a dar aquella terrible sentencia. ¡Oh poderoso Dios

mío! Pues aunque no queramos nos habéis de juzgar, ¿por qué no

miramos lo que nos importa teneros contento para aquella hora?

Mas ¿quién, quién no querrá Juez tan justo? ¡Bienaventurados los

que en aquel temeroso punto se alegraren con Vos, oh Dios y

Señor mío! Al que Vos habéis levantado, y él ha conocido cuán

míseramente se perdió por ganar un muy breve contento y está

determinado a contentaros siempre, y ayudándole vuestro favor

(pues no faltáis, bien mío de mi alma, a los que os quieren ni dejáis

de responder a quien os llama), ¿qué remedio, Señor, para poder

después vivir, que no sea muriendo con la memoria de haber

perdido tanto bien como tuviera estando en la inocencia que quedó

del bautismo? La mejor vida que puede tener es morir siempre con

este sentimiento. Mas el alma que tiernamente os ama, ¿cómo lo ha

de poder sufrir?

3. ¡Mas qué desatino os pregunto, Señor mío! Parece que tengo

olvidadas vuestras grandezas y misericordias y cómo vinisteis al

mundo por los pecadores, y nos comprasteis por tan gran precio, y

pagasteis nuestros falsos contentos con sufrir tan crueles tormentos

y azotes. Remediasteis mi ceguedad con que tapasen vuestros

divinos ojos, y mi vanidad con tan cruel corona de espinas.

¡Oh Señor, Señor! Todo esto lastima más a quien os ama. Sólo

consuela que será alabada para siempre vuestra misericordia

cuando se sepa mi maldad; y, con todo, no sé si quitarán esta fatiga

hasta que con veros a Vos se quiten todas las miserias de esta

mortalidad.

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CAPÍTULO 4

1. Parece, Señor mío, que descansa mi alma considerando el gozo

que tendrá, si por vuestra misericordia le fuere concedido gozar de

Vos. Mas querría primero serviros, pues ha de gozar de lo que Vos,

sirviéndola a ella, le ganasteis. ¿Qué haré, Señor mío? ¿Qué haré,

mi Dios? ¡Oh, qué tarde se han encendido mis deseos y qué

temprano andabais Vos Señor, granjeando y llamando para que

toda me emplease en Vos! ¿Por ventura, Señor, desamparasteis al

miserable, o apartasteis al pobre mendigo cuando se quiere llegar a

Vos? ¿Por ventura Señor, tienen término vuestras grandezas o

vuestras magnificas obras? ¡Oh Dios mío y misericordia mía!, ¡y

cómo las podréis mostrar ahora en vuestra sierva! Poderoso sois,

gran Dios. Ahora se podrá entender si mi alma se entiende a sí

mirando el tiempo que ha perdido y cómo en un punto podéis Vos,

Señor que le torne a ganar. Paréceme que desatino, pues el tiempo

perdido suelen decir que no se puede tornar a cobrar. ¡Bendito sea

mi Dios!

2. ¡Oh Señor!, confieso vuestro gran poder. Si sois poderoso, como

lo sois, ¿qué hay imposible al que todo lo puede? Quered Vos,

Señor mío, quered, que aunque soy miserable, firmemente creo que

podéis lo que queréis, y mientras mayores maravillas oigo vuestras

y considero que podéis hacer más, más se fortalece mi fe y con

mayor determinación creo que lo haréis Vos. ¿Y qué hay que

maravillar de lo que hace el Todopoderoso? Bien sabéis Vos, mi

Dios, que entre todas mis miserias nunca dejé de conocer vuestro

gran poder y misericordia. Válgame, Señor, esto en que no os he

ofendido.

Recuperad, Dios mío, el tiempo perdido con darme gracia en el

presente y porvenir, para que parezca delante de Vos con

vestiduras de bodas, pues si queréis podéis.

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CAPÍTULO 5

1. ¡Oh Señor mío!, ¿cómo os osa pedir mercedes quien tan mal os

ha servido y ha sabido guardar lo que le habéis dado? ¿Qué se

puede confiar de quien muchas veces ha sido traidor? Pues ¿qué

haré, consuelo de los desconsolados y remedio de quien se quiere

remediar de Vos? ¿Por ventura será mejor callar con mis

necesidades, esperando que Vos las remediéis? No, por cierto; que

Vos, Señor mío y deleite mío, sabiendo las muchas que habían de

ser y el alivio que nos es contarlas a Vos, decís que os pidamos y

que no dejaréis de dar

2. Acuérdome algunas veces de la queja de aquella santa mujer,

Marta, que no sólo se quejaba de su hermana, antes tengo por

cierto que su mayor sentimiento era pareciéndole no os dolíais Vos,

Señor, del trabajo que ella pasaba, ni se os daba nada que ella

estuviese con Vos. Por ventura le pareció no era tanto el amor que

la teníais como a su hermana; que esto le debía hacer mayor

sentimiento que el servir a quien ella tenía tan gran amor, que éste

hace tener por descanso el trabajo. Y parécese en no decir nada a

su hermana, antes con toda su queja fue a Vos, Señor, que el amor

la hizo atrever a decir que cómo no teníais cuidado. Y aun en la

respuesta parece ser y proceder la demanda de lo que digo; que

sólo amor es el que da valor a todas las cosas; y que sea tan

grande que ninguna le estorbe a amar, es lo más necesario. Mas

¿cómo le podremos tener, Dios mío, conforme a lo que merece el

amado, si el que Vos me tenéis no le junta consigo? ¿Quejaréme

con esta santa mujer? ¡Oh, que no tengo ninguna razón, porque

siempre he visto en mi Dios harto mayores y más crecidas muestras

de amor de lo que yo he sabido pedir ni desear! Si no me quejo de

lo mucho que vuestra benignidad me ha sufrido, no tengo de qué.

Pues ¿qué podrá pedir una cosa tan miserable como yo? Que me

deis, Dios mío, qué os dé con San Agustín para pagar algo de lo

mucho que os debo; que os acordéis que soy vuestra hechura y

que conozca yo quién es mi Criador para que le ame.

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CAPÍTULO 6

1. ¡Oh deleite mío, Señor de todo lo criado y Dios mío! ¿Hasta

cuándo esperaré ver vuestra presencia? ¿Qué remedio dais a quien

tan poco tiene en la tierra para tener algún descanso fuera de Vos?

¡Oh vida larga!, ¡oh vida penosa!, ¡oh vida que no se vive!, ¡oh qué

sola soledad!, ¡qué sin remedio! Pues, ¿cuándo, Señor, cuándo?,

¿hasta cuándo? ¿qué haré, Bien mío, qué haré? ¿Por ventura

desearé no desearos? ¡Oh mi Dios y mi Criador, que llagáis y no

ponéis la medicina; herís y no se ve la llaga; matáis, dejando con

más vida! En fin, Señor mío, hacéis lo que queréis como poderoso.

Pues un gusano tan despreciado, mi Dios, ¿queréis sufra estas

contrariedades? Sea así, mi Dios, pues Vos lo queréis, que yo no

quiero sino quereros.

2. Mas ¡ay, ay, Criador mío, que el dolor grande hace quejar y decir

lo que no tiene remedio hasta que Vos queráis! Y alma tan

encarcelada desea su libertad, deseando no salir un punto de lo

que Vos queréis. Quered, gloria mía, que crezca su pena, o

remediadla del todo. ¡Oh muerte, muerte, no sé quién te teme, pues

está en ti la vida! Mas ¿quién no temerá habiendo gastado parte de

ella en no amar a su Dios? Y pues soy ésta, ¿qué pido y qué

deseo? ¿Por ventura el castigo tan bien merecido de mis culpas?

No lo permitáis Vos, bien mío, que os costó mucho mi rescate.

3. ¡Oh ánima mía! Deja hacerse la voluntad de tu Dios; eso te

conviene. Sirve y espera en su misericordia, que remediará tu pena,

cuando la penitencia de tus culpas haya ganado algún perdón de

ellas; no quieras gozar sin padecer. ¡Oh verdadero Señor y Rey

mío!, que aun para esto no soy, si no me favorece vuestra soberana

mano y grandeza, que con esto todo lo podré.

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CAPÍTULO 7

1. ¡Oh esperanza mía y Padre mío y mi Criador y mi verdadero

Señor y Hermano! Cuando considero en cómo decís que son

vuestros deleites con los hijos de los hombres mucho se alegra mi

alma. ¡Oh Señor del cielo y de la tierra!, ¡y qué palabras éstas para

no desconfiar ningún pecador! ¿Fáltaos, Señor, por ventura, con

quién os deleitéis, que buscáis un gusanillo tan de mal olor como

yo? Aquella voz que se oyó cuando el Bautismo, dice que os

deleitáis con vuestro Hijo. ¿Pues hemos de ser todos iguales,

Señor? ¡Oh, qué grandísima misericordia, y qué favor tan sin

poderlo nosotras merecer! ¡Y que todo esto olvidemos los mortales!

Acordaos Vos, Dios mío, de tanta miseria, y mirad nuestra flaqueza,

pues de todo sois sabedor.

2. ¡Oh ánima mía! considera el gran deleite y gran amor que tiene el

Padre en conocer a su Hijo, y el Hijo en conocer a su Padre, y la

inflamación con que el Espíritu Santo se junta con ellos, y cómo

ninguna se puede apartar de este amor y conocimiento, porque son

una misma cosa. Estas soberanas Personas se conocen, éstas se

aman y unas con otras se deleitan. Pues ¿qué menester es mi

amor? ¿Para qué le queréis, Dios mío, o qué ganáis? ¡Oh, bendito

seáis Vos! ¡Oh, bendito seáis Vos, Dios mío para siempre! Alaben

os todas las cosas, Señor, sin fin, pues no lo puede haber en Vos.

3. Alégrate, ánima mía, que hay quien ame a tu Dios como El

merece. Alégrate, que hay quien conoce su bondad y valor. Dale

gracias que nos dio en la tierra quien así le conoce, como a su

único Hijo. Debajo de este amparo podrás llegar y suplicarle que,

pues Su Majestad se deleita contigo, que todas las cosas de la

tierra no sean bastante a apartarte de deleitarte tú y alegrarte en la

grandeza de tu Dios y en cómo merece ser amado y alabado y que

te ayude para que tú seas alguna partecita para ser bendecido su

nombre, y que puedas decir con verdad: Engrandece y loa mi ánima

al Señor.

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CAPÍTULO 8

1. ¡Oh Señor, Dios mío, y cómo tenéis palabras de vida adonde

todos los mortales hallarán lo que desean, si lo quisiéremos buscar!

Mas ¡qué maravilla, Dios mío, que olvidemos vuestras palabras con

la locura y enfermedad que causan nuestras malas obras! ¡Oh Dios

mío, Dios, Dios hacedor de todo lo criado! ¿Y qué es lo criado, si

Vos, Señor, quisiéreis criar más? Sois todopoderoso; son

incomprensibles vuestras obras. Pues haced, Señor, que no se

aparten de mi pensamiento vuestras palabras.

2. Decís Vos: Venid a mí todos los que trabajáis y estáis cargados,

que yo os consolaré. ¿Qué más queremos, Señor? ¿Qué pedimos?

¿Qué buscamos? ¿Por qué están los del mundo perdidos, sino por

buscar descanso? ¡Válgame Dios, oh, válgame Dios! ¿Qué es esto,

Señor? ¡Oh, qué lástima! ¡Oh, qué gran ceguedad, que le

busquemos en lo que es imposible hallarle! Habed piedad, Criador,

de estas vuestras criaturas. Mirad que no nos entendemos, ni

sabemos lo que deseamos, ni atinamos lo que pedimos. Dadnos,

Señor, luz; mirad que es más menester que al ciego que lo era de

su nacimiento, que éste deseaba ver la luz y no podía. Ahora,

Señor, no se quiere ver. ¡Oh, qué mal tan incurable! Aquí, Dios mío,

se ha de mostrar vuestro poder, aquí vuestra misericordia.

3. ¡Oh, qué recia cosa os pido, verdadero Dios mío, que queráis a

quien no os quiere, que abráis a quien no os llama, que deis salud a

quien gusta de estar enfermo y anda procurando la enfermedad!

Vos decís, Señor mío, que venís a buscar los pecadores; éstos,

Señor, son los verdaderos pecadores. No miréis nuestra ceguedad,

mi Dios, sino a la mucha sangre que derramó vuestro Hijo por

nosotros. Resplandezca vuestra misericordia en tan crecida maldad;

mirad, Señor, que somos hechura vuestra. Válganos vuestra

bondad y misericordia.

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CAPÍTULO 9

1. ¡Oh piadoso y amoroso Señor de mi alma! También decís Vos:

Venid a mí todos los que tenéis sed, que yo os daré a beber Pues

¿cómo puede dejar de tener gran sed el que se está ardiendo en

vivas llamas en las codicias de estas cosas miserables de la tierra?

Hay grandísima necesidad de agua para que en ella no se acabe de

consumir. Ya sé yo, Señor mío, de vuestra bondad que se lo daréis;

Vos mismo lo decís; no pueden faltar vuestras palabras. Pues si de

acostumbrados a vivir en este fuego y de criados en él, ya no lo

sienten ni atinan de desatinados a ver su gran necesidad, ¿qué

remedio, Dios mío? Vos vinisteis al mundo para remediar tan

grandes necesidades como éstas. Comenzad, Señor; en las cosas

más dificultosas se ha de mostrar vuestra piedad. Mirad, Dios mío,

que van ganando mucho vuestros enemigos. Habed piedad de los

que no la tienen de sí; ya que su desventura los tiene puestos en

estado que no quieren venir a Vos, venid Vos a ellos, Dios mío. Yo

os lo pido en su nombre, y sé que, como se entiendan y tornen en

sí, y comiencen a gustar de Vos, resucitarán estos muertos.

2. ¡Oh Vida, que la dais todos! No me neguéis a mí esta agua

dulcísima que prometéis a los que la quieren. Yo la quiero, Señor, y

la pido, y vengo a Vos. No os escondáis, Señor, de mí, pues sabéis

mi necesidad y que es verdadera medicina del alma llagada por

Vos. ¡Oh Señor, qué de maneras de fuegos hay en esta vida! ¡Oh,

con cuánta razón se ha de vivir con temor! ¡Unos consumen el

alma, otros la purifican para que viva para siempre gozando de Vos.

¡Oh fuentes vivas de las llagas de mi Dios, cómo manaréis siempre

con gran abundancia para nuestro mantenimiento y qué seguro irá

por los peligros de esta miserable vida el que procurare sustentarse

de este divino licor.

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CAPÍTULO 10

1. ¡Oh Dios de mi alma, qué prisa nos damos a ofenderos y cómo

os la dais Vos mayor a perdonarnos! ¿Qué causa hay, Señor, para

tan desatinado atrevimiento? ¿Si es el haber ya entendido vuestra

gran misericordia y olvidarnos de que es justa vuestra justicia?

Cercáronme los dolores de la muerte ¡Oh, oh, oh, qué grave cosa

es el pecado, que bastó para matar a Dios con tantos dolores! ¡Y

cuán cercado estáis, mi Dios, de ellos! ¿Adónde podéis ir que no os

atormenten? De todas partes os dan heridas los mortales.

2. ¡Oh cristianos!, tiempo es de defender a vuestro Rey y de

acompañarle en tan gran soledad; que son muy pocos los vasallos

que le han quedado y mucha la multitud que acompaña a Lucifer. Y

lo que peor es, que se muestran amigos en lo público y véndenle en

lo secreto; casi no halla de quién se fiar. ¡Oh amigo verdadero, qué

mal os paga el que os es traidor! ¡Oh cristianos verdaderos!, ayudad

a llorar a vuestro Dios, que no es por solo Lázaro aquellas piadosas

lágrimas, sino por los que no habían de querer resucitar, aunque Su

Majestad los diese voces. ¡Oh bien mío, qué presentes teníais las

culpas que he cometido contra Vos! Sean ya acabadas, Señor,

sean acabadas, y las de todos. Resucitad a estos muertos; sean

vuestras voces, Señor, tan poderosas que, aunque no os pidan la

vida, se la deis para que después, Dios mío, salgan de la

profundidad de sus deleites.

3. No os pidió Lázaro que le resucitaseis. Por una mujer pecadora

lo hicisteis; véisla aquí, Dios mío, y muy mayor; resplandezca

vuestra misericordia. Yo, aunque miserable, lo pido por las que no

os lo quieren pedir. Ya sabéis, Rey mío, lo que me atormenta verlos

tan olvidados de los grandes tormentos que han de padecer para

sin fin, si no se tornan a Vos.

¡Oh, los que estáis mostrados a deleites y contentos y regalos y

hacer siempre vuestra voluntad, habed lástima de vosotros!

Acordaos que habéis de estar sujetos siempre, siempre, sin fin, a

las furiasinfernales. Mirad, mirad, que os ruega ahora el Juez que

os ha de condenar, y que no tenéis un solo momento segura la

vida; ¿por qué no queréis vivir para siempre? ¡Oh dureza de

corazones humanos! Ablándelos vuestra inmensa piedad mi Dios.

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CAPÍTULO 11

1. ¡Oh, válgame Dios! ¡Oh, válgame Dios! ¡Qué gran tormento es

para mí, cuando considero qué sentirá un alma que siempre ha sido

acá tenida y querida y servida y estimada y regalada, cuando, en

acabando de morir, se vea ya perdida para siempre, y entienda

claro que no ha de tener fin (que allí no le valdrá querer no pensar

las cosas de la fe, como acá ha hecho), y se vea apartar de lo que

le parecerá que aun no había comenzado a gozar (y con razón,

porque todo lo que con la vida se acaba es un soplo), y rodeado de

aquella compañía disforme y sin piedad, con quien siempre ha de

padecer, metida en aquel lago hediondo lleno de serpientes, que la

que más pudiere la dará mayor bocado; en aquella miserable

oscuridad, adonde no verán sino lo que la dará tormento y pena, sin

ver luz sino de una llama tenebrosa! ¡Oh, qué poco encarecido va

para lo que es!

2. ¡Oh Señor!, ¿quién puso tanto lodo en los ojos de esta alma, que

no haya visto esto hasta que se vea allí? ¡Oh Señor!, ¿quién ha

tapado sus oídos para no oír las muchas veces que se le había

dicho esto y la eternidad de estos tormentos? ¡Oh vida que no se

acabará! ¡Oh tormento sin fin!, ¡oh tormento sin fin! ¿Cómo no os

temen los que temen dormir en una cama dura por no dar pena a su

cuerpo?

3. ¡Oh Señor, Dios mío! Lloro el tiempo que no lo entendí; y pues

sabéis, mi Dios, lo que me fatiga ver los muy muchos que hay que

no quieren entenderlo, siquiera uno, Señor, siquiera uno que ahora

os pido alcance luz de Vos, que sería para tenerla muchos. No por

mí, Señor, que no lo merezco, sino por los méritos de vuestro Hijo.

Mirad sus llagas, Señor, y pues El perdonó a los que se las

hicieron, perdonadnos Vos a nosotros.

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CAPÍTULO 12

1. ¡Oh mi Dios y mi verdadera fortaleza! ¿Qué es esto, Señor, que

para todo somos cobardes, si no es para contra Vos? Aquí se

emplean todas las fuerzas de los hijos de Adán. Y si la razón no

estuviese tan ciega, no bastarían las de todos juntos para atreverse

a tomar armas contra su Criador y sustentar guerra continua contra

quien los puede hundir en los abismos en un momento; sino, como

está ciega, quedan como locos que buscan la muerte, porque en su

imaginación les parece con ella ganar la vida. En fin, como gente

sin razón. ¿Qué podemos hacer, Dios mío, a los que están con esta

enfermedad de locura? Dicen que el mismo mal les hace tener

grandes fuerzas; así es los que se apartan de mi Dios: gente

enferma, que toda su furia es con Vos que les hacéis más bien.

2. ¡Oh Sabiduría que no se puede comprender! ¡Cómo fue

necesario todo el amor que tenéis a vuestras criaturas para poder

sufrir tanto desatino y aguardar a que sanemos, y procurarlo con mil

maneras de medios y remedios! Cosa es que me espanta cuando

considero que falta el esfuerzo para irse a la mano de una cosa

muy leve, y que verdaderamente se hacen entender a sí mismos

que no pueden, aunque quieren, quitarse de una ocasión y

apartarse de un peligro adonde pierdan el alma y que tengamos

esfuerzo y ánimo para acometer a una tan gran Majestad como sois

Vos. ¿Qué es esto, bien mío, qué es esto? ¿Quién da estas

fuerzas? ¿Por ventura el capitán a quien siguen en esta batalla

contra Vos no es vuestro siervo y puesto en fuego eterno? ¿Por qué

se levanta contra Vos? ¿Cómo da ánimo el vencido? ¿Cómo siguen

al que es tan pobre, que le echaron de las riquezas celestiales?

¿Qué puede dar quien no tiene nada para sí, sino mucha

desventura? ¿Qué es esto, mi Dios?, ¿qué es esto, mi Criador?

¿De dónde vienen estas fuerzas contra Vos y tanta cobardía contra

el demonio? Aun si Vos, Príncipe mío, no favorecierais a los

vuestros, aun si debiéramos algo a este príncipe de las tinieblas, no

llevaba camino por lo que para siempre nos tenéis guardado y ver

todos sus gozos y prometimientos falsos y traidores. ¿Qué ha de

hacer con nosotros quien lo fue contra Vos?

3. ¡Oh ceguedad grande, Dios mío! ¡Oh, qué grande ingratitud, Rey

mío! ¡Oh, qué incurable locura, que sirvamos al demonio con lo que

nos dais Vos, Dios mío! ¡Que paguemos el gran amor que nos

tenéis, con amar a quien así os aborrece y ha de aborrecer para

siempre! ¡Que la sangre que derramasteis por nosotros, y los

azotes y grandes dolores que sufristeis, y los grandes tormentos

que pasasteis, en lugar de vengar a vuestro Padre Eterno (ya que

Vos no queréis venganza y lo perdonasteis de tan gran desacato

como se usó con su Hijo, tomamos por compañeros y por amigos a

los que así le trataron! Pues seguimos a su infernal capitán, claro

está que hemos de ser todos unos, y vivir para siempre en su

compañía, si vuestra piedad no nos remedia de tornarnos el seso y

perdonarnos lo pasado.

4. ¡Oh mortales, volved, volved en vosotros! Mirad a vuestro Rey,

que ahora le hallaréis manso; acábese ya tanta maldad; vuélvanse

vuestras furias y fuerzas contra quien os hace la guerra y os quiere

quitar vuestro mayorazgo. Tornad, tornad en vosotros, abrid los

ojos, pedid con grandes clamores y lágrimas luz a quien la dio al

mundo. Entendeos, por amor de Dios, que vais a matar con todas

vuestras fuerzas a quien por daros vida perdió la suya; mirad que

es quien os defiende de vuestros enemigos. Y si todo esto no basta,

básteos conocer que no podéis nada contra su poder y que tarde o

temprano habéis de pagar con fuego eterno tan gran desacato y

atrevimiento. ¿Es porque veis a esta Majestad atado y ligado con el

amor que nos tiene? ¿Qué más hacían los que le dieron la muerte,

sino después de atado darle golpes y heridas?

5. ¡Oh, mi Dios, cómo padecéis por quien tan poco se duele de

vuestras penas! Tiempo vendrá Señor, donde haya de darse a

entender vuestra justicia y si es igual de la misericordia. Mirad,

cristianos, considerémoslo bien, y jamás podremos acabar de

entender lo que debemos a nuestro Señor Dios y las magnificencias

de sus misericordias. Pues si es tan grande su justicia, ¡ay dolor!,

¡ay dolor!, ¿qué será de los que hayan merecido que se ejecute y

resplandezca en ellos?

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CAPÍTULO 13

1. ¡Oh almas que ya gozáis sin temor de vuestro gozo y estáis

siempre embebidas en alabanzas de mi Dios! Venturosa fue vuestra

suerte. Qué gran razón tenéis de ocuparos siempre en estas

alabanzas y qué envidia os tiene mi alma, que estáis ya libres del

dolor que dan las ofensas tan grandes que en estos desventurados

tiempos se hacen a mi Dios, y de ver tanto desagradecimiento, y de

ver que no se quiere ver esta multitud de almas que lleva Satanás.

¡Oh bienaventuradas ánimas celestiales! Ayudad a nuestra miseria

y sednos intercesores ante la divina misericordia, para que nos dé

algo de vuestro gozo y reparta con nosotras de ese claro

conocimiento que tenéis.

2. Dadnos, Dios mío, Vos a entender qué es lo que se da a los que

pelean varonilmente en este sueño de esta miserable vida.

Alcanzadnos, oh ánimas amadoras, a entender el gozo que os da

ver la eternidad de vuestros gozos, y cómo es cosa tan deleitosa

ver cierto que no se han de acabar. ¡Oh desventurados de nosotros,

Señor mío!, que bien lo sabemos y creemos; sino que con la

costumbre tan grande de no considerar estas verdades, son tan

extrañas ya de las almas, que ni las conocen ni las quieren conocer.

¡Oh gente interesal, codiciosa de sus gustos y deleites, que por no

esperar un breve tiempo a gozarlos tan en abundancia, por no

esperar un año, por no esperar un día, por no esperar una hora, y

por ventura no será más que un momento, lo pierden todo por gozar

de aquella miseria que ven presente!

3. ¡Oh, oh, oh, qué poco fiamos de Vos, Señor! ¡Cuántas mayores

riquezas y tesoros fiasteis Vos de nosotros, pues treinta y tres años

de grandes trabajos, y después muerte tan intolerable y lastimosa,

nos disteis y a vuestro Hijo, y tantos años antes de nuestro

nacimiento! Y aun sabiendo que no os lo habíamos de pagar, no

quisisteis dejarnos de fiar tan inestimable tesoro, porque no

quedase por Vos, lo que nosotros granjeando con El podemos

ganar con Vos, Padre piadoso.

4. ¡Oh ánimas bienaventuradas, que tan bien os supisteis

aprovechar, y comprar heredad tan deleitosa y permaneciente con

este precioso precio!, decidnos: ¿cómo granjeabais con él bien tan

sin fin? Ayudadnos, pues estáis tan cerca de la fuente; coged agua

para los que acá perecemos de sed.

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CAPÍTULO 14

1. ¡Oh Señor y verdadero Dios mío! Quien no os conoce, no os

ama. ¡Oh, qué gran verdad es ésta! Mas ¡ay dolor, ay dolor, Señor,

de los que no os quieren conocer! Temerosa cosa es la hora de la

muerte. Mas ¡ay, ay, Criador mío, cuán espantoso será el día

adonde se haya de ejecutar vuestra justicia! Considero yo muchas

veces, Cristo mío, cuán sabrosos y cuán deleitosos se muestran

vuestros ojos a quien os ama y Vos, bien mío, queréis mirar con

amor. Paréceme que sola una vez de este mirar tan suave a las

almas que tenéis por vuestras, basta por premio de muchos años

de servicio. ¡Oh válgame Dios, qué mal se puede dar esto a

entender, sino a los que ya han entendido cuán suave es el Señor!

2. ¡Oh cristianos, cristianos!, mirad la hermandad que tenéis con

este gran Dios; conocedle y no le menospreciéis, que así como este

mirar es agradable para sus amadores, es terrible con espantable

furia para sus perseguidores. ¡Oh, que no entendemos que es el

pecado una guerra campal contra Dios de todos nuestros sentidos y

potencias del alma! El que más puede, más traiciones inventa

contra su Rey. Ya sabéis, Señor mío, que muchas veces me hacía

a mí más temor acordarme si había de ver vuestro divino rostro

airado contra mí en este espantoso día del juicio final que todas las

penas y furias del infierno que se me representaban; y os suplicaba

me valiese vuestra misericordia de cosa tan lastimosa para mí, y así

os lo suplico ahora, Señor. ¿Qué me puede venir en la tierra que

llegue a esto? Todo junto lo quiero, mi Dios, y libradme de tan

grande aflicción. No deje yo, mi Dios, no deje de gozar de tanta

hermosura en paz. Vuestro Padre nos dio a Vos, no pierda yo,

Señor mío, joya tan preciosa. Confieso, Padre Eterno, que la he

guardado mal; mas aún remedio hay, Señor, remedio hay, mientras

vivimos en este destierro.

3. ¡Oh hermanos, oh hermanos e hijos de este Dios! Esforcémonos,

esforcémonos, pues sabéis que dice Su Majestad que en

pesándonos de haberle ofendido no se acordará de nuestras culpas

y maldades (3.) ¡Oh piedad tan sin medida! ¿Qué más queremos?

¿Por ventura hay quien no tuviera vergüenza de pedir tanto? Ahora

es tiempo de tomar lo que nos da este Señor piadoso y Dios

nuestro. Pues quiere amistades ¿quién las negará a quien no negó

derramar toda su sangre y perder la vida por nosotros? Mirad que

no es nada lo que pide, que por nuestro provecho nos está bien el

hacerlo.

4. ¡Oh, válgame Dios, Señor! ¡Oh, qué dureza! ¡Oh, qué desatino y

ceguedad! Que si se pierde una cosa, una aguja o un gavilán, que

no aprovecha de más de dar un gustillo a la vista de verle volar por

el aire, nos da pena, ¡y que no la tengamos de perder esta águila

caudalosa de la majestad de Dios y un reino que no ha de tener fin

el gozarle! ¿Qué es esto? ¿Qué es esto? Yo no lo entiendo.

Remediad, Dios mío, tan gran desatino y ceguedad.

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CAPÍTULO 15

1. ¡Ay de mí, ay de mí, Señor, que es muy largo este destierro y

pásase con grandes penalidades del deseo de mi Dios! Señor,

¿qué hará un alma metida en esta cárcel? ¡Oh Jesús, qué larga es

la vida del hombre aunque se dice que es breve! Breve es, mi Dios,

para ganar con ella vida que no se puede acabar; mas muy larga

para el alma que se desea ver en la presencia de su Dios. ¿Qué

remedio dais a este padecer? No le hay, sino cuando se padece por

Vos.

2. ¡Oh, mi suave descanso de los amadores de mi Dios! No faltéis a

quien os ama, pues por Vos ha de crecer y mitigarse el tormento

que causa el Amado al alma que le desea. Deseo yo, Señor,

contentaros; mas mi contento bien sé que no está en ninguno de los

mortales. Siendo esto así, no culparéis a mi deseo. Véisme aquí,

Señor; si es necesario vivir para haceros algún servicio, no rehuso

todos cuantos trabajos en la tierra me puedan venir, como decía

vuestro amador San Martín.

3. Mas ¡ay dolor, ay dolor de mí, Señor mío, que él tenía obras, y yo

tengo solas palabras, que no valgo para más! Valgan mis deseos,

Dios mío, delante de vuestro divino acatamiento, y no miréis a mi

poco merecer. Merezcamos todos amaros, Señor; ya que se ha de

vivir, vívase para Vos, acábense ya los deseos e intereses nuestros.

¿Qué mayor cosa se puede ganar que contentaros a Vos? ¡Oh

contento mío y Dios mío!, ¿qué haré yo para contentaros?

Miserables son mis servicios, aunque hiciese muchos a mi Dios.

Pues ¿para qué tengo de estar en esta miserable miseria? Para

que se haga la voluntad del Señor. ¿Qué mayor ganancia, ánima

mía? Espera, espera, que no sabes cuándo vendrá el día ni la hora.

Vela con cuidado, que todo se pasa con brevedad, aunque tu deseo

hace lo cierto dudoso, y el tiempo breve largo. Mira que mientras

más peleares, más mostrarás el amor que tienes a tu Dios y más te

gozarás con tu Amado con gozo y deleite que no puede tener fin.

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CAPÍTULO 16

1. ¡Oh verdadero Dios y Señor mío! Gran consuelo es para el alma

que le fatiga la soledad de estar ausente de Vos, ver que estáis en

todos cabos. Mas cuando la reciedumbre del amor y los grandes

ímpetus de esta pena crece, ¿qué aprovecha, Dios mío?, que se

turba el entendimiento y se esconde la razón para conocer esta

verdad, de manera que no puede entender ni conocer. Sólo se

conoce estar apartada de Vos, y ningún remedio admite; porque el

corazón que mucho ama no admite consejo ni consuelo, sino del

mismo que le llagó; porque de ahí espera que ha de ser remediada

su pena. Cuando Vos queréis, Señor, presto sanáis la herida que

habéis dado; antes no hay que esperar salud ni gozo, sino el que se

saca de padecer tan bien empleado.

2. ¡Oh verdadero Amador, con cuánta piedad, con cuánta suavidad,

con cuánto deleite, con cuánto regalo y con qué grandísimas

muestras de amor curáis estas llagas, que con las saetas del mismo

amor habéis hecho! ¡Oh Dios mío y descanso de todas las penas,

qué desatinada estoy! ¿Cómo podía haber medios humanos que

curasen los que ha enfermado el fuego divino? ¿Quién ha de saber

hasta dónde llega esta herida, ni de qué procedió, ni cómo se

puede aplacar tan penoso y deleitoso tormento? Sin razón sería tan

precioso mal poder aplacarse por cosa tan baja como es los medios

que pueden tomar los mortales. Con cuánta razón dice la Esposa

en los «Cantares»: Mi amado a mí, y yo a mi Amado y mi Amado a

mí porque semejante amor no es posible comenzarse de cosa tan

baja como el mío.

3. Pues si es bajo, Esposo mío, ¿cómo no para en cosa criada

hasta llegar a su Criador? ¡Oh mi Dios!, ¿por qué yo a mi Amado?

Vos, mi verdadero Amador, comenzáis esta guerra de amor, que no

parece otra cosa un desasosiego y desamparo de todas las

potencias y sentidos, que salen por las plazas y por los barrios

conjurando a las hijas de Jerusalén que le digan de su Dios. Pues,

Señor comenzada esta batalla, ¿a quién han de ir a combatir, sino a

quien se ha hecho señor de esta fortaleza adonde moraban, que es

lo más superior del alma y echádolas fuera a ellas para que tornen

a conquistar a su conquistador? Y ya, cansadas de haberse visto

sin El, presto se dan por vencidas y se emplean perdiendo todas

sus fuerzas y pelean mejor; y, en dándose por vencidas, vencen a

su vencedor.

4. ¡Oh ánima mía, qué batalla tan admirable has tenido en esta

pena, y cuán al pie de la letra pasa así! Pues mi Amado a mí, y yo a

mi Amado: ¿quién será el que se meta a despartir y a matar dos

fuegos tan encendidos? Será trabajar en balde, porque ya se ha

tornado en uno.

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CAPÍTULO 17

1. ¡Oh Dios mío y mi sabiduría infinita, sin medida y sin tasa y sobre

todos los entendimientos angélicos y humanos! ¡Oh Amor, que me

amas más de lo que yo me puedo amar, ni entiendo! ¿Para que

quiero, Señor, desear más de lo que Vos quisiereis darme? ¿Para

qué me quiero cansar en pediros cosa ordenada por mi deseo, pues

todo lo que mi entendimiento puede concertar, y mi deseo desear,

tenéis Vos ya entendido sus fines, y yo no entiendo cómo me

aprovechar? En esto que mi alma piensa salir con ganancia, por

ventura estará mi pérdida. Porque, si os pido que me libréis de un

trabajo y en aquél está el fin de mi mortificación, ¿qué es lo que

pido, Dios mío? Si os suplico me le deis, no conviene por ventura a

mi paciencia, que aún está flaca y no puede sufrir tan gran golpe; y

si con ella le paso y no estoy fuerte en la humildad, podrá ser que

piense he hecho algo, y hacéislo Vos todo, mi Dios. Si quiero

padecer, mas no querría en cosas en que parece no conviene para

vuestro servicio perder el crédito, ya que por mí no entienda en mí

sentimiento de honra, y podrá ser que por la misma causa que

pienso se ha de perder se gane más para lo que pretendo, que es

serviros.

2. Muchas cosas más pudiera decir en esto, Señor, para darme a

entender que no me entiendo; mas como sé que las entendéis,

¿para qué hablo? Para que cuando veo despierta mi miseria, Dios

mío, y ciega mi razón, pueda ver si la hallo aquí en esto escrito de

mi mano. Que muchas veces me veo mi Dios, tan miserable y flaca

y pusilánime, que ando a buscar qué se hizo vuestra sierva, la que

ya le parecía tenía recibidas mercedes de Vos para pelear contra

las tempestades de este mundo. Que no, mi Dios, no; no más

confianza en cosa que yo pueda querer para mí. Quered Vos de mí

lo que quisiereis querer, que eso quiero, pues está todo mi bien en

contentaros. Y si Vos, Dios mío, quisiereis contentarme a mí,

cumpliendo todo lo que pide mi deseo, veo que iría perdida.

3. ¡Qué miserable es la sabiduría de los mortales e incierta su

providencia! Proveed Vos por la vuestra los medios necesarios para

que mi alma os sirva más a vuestro gusto que al suyo. No me

castiguéis en darme lo que yo quiero o deseo, si vuestro amor (que

en mí viva siempre), no lo deseare. Muera ya este yo, y viva en mí

otro que es más que yo y para mí mejor que yo, para que yo le

pueda servir. El viva y me dé vida; El reine, y sea yo cautiva, que no

quiere mi alma otra libertad. ¿Cómo será libre el que del Sumo

estuviere ajeno? ¿Qué mayor ni más miserable cautiverio que estar

el alma suelta de la mano de su Criador? Dichosos los que con

fuertes grillos y cadenas de los beneficios de la misericordia de Dios

se vieren presos e inhabilitados para ser poderosos para soltarse.

Fuerte es como la muerte el amor, y duro como el infierno.

¡Oh, quién se viese ya muerto de sus manos y arrojado en este

divino infierno, de donde ya no se esperase poder salir, o por mejor

decir, no se temiese verse fuera! Mas ¡ay de mí, Señor, que

mientrasdura esta vida mortal siempre corre peligro la eterna!

4. ¡Oh vida enemiga de mi bien, y quién tuviese licencia de

acabarte! Súfrote, porque te sufre Dios; manténgote porque eres

suya; no me seas traidora ni desagradecida.

Con todo esto, ¡ay de mí, Señor, que mi destierro es largo! Breve es

todo tiempo para darle por vuestra eternidad; muy largo es un solo

día y una hora para quien no sabe y teme si os ha de ofender. ¡Oh

libre albedrío, tan esclavo de tu libertad, si no vives enclavado con

el temor y amor de quien te crió! ¡Oh, cuándo será aquel dichoso

día que te has de ver ahogado en aquel mar infinito de la suma

Verdad, donde ya no serás libre para pecar ni lo querrás ser,

porque estarás seguro de toda miseria, naturalizado con la vida de

tu Dios!

5. El es bienaventurado, porque se conoce y ama y goza de sí

mismo, sin ser posible otra cosa; no tiene ni puede tener, ni fuera

perfección de Dios poder tener libertad para olvidarse de sí y

dejarse de amar. Entonces, alma mía, entrarás en tu descanso

cuando te entrañares con este sumo bien, y entendieres lo que

entiende, y amares lo que ama, y gozares lo que goza. Ya que

vieres perdida tu mudable voluntad, ya ya no más mudanza; porque

la gracia de Dios ha podido tanto que te ha hecho particionera de su

divina naturaleza con tanta perfección que ya no puedas ni desees

poder olvidarte del sumo bien ni dejar de gozarle junto con su amor.

6. Bienaventurados los que están escritos en el libro de esta vida.

Mas tú, alma mía, si lo eres, ¿por qué estás triste y me coturbas?

Espera en Dios, que aun ahora me confesaré a El mis pecados y

sus misericordias, y de todo junto haré cantar de alabanza con

suspiros perpetuos al Salvador mío y Dios mío. Podrá ser venga

algún día cuando le cante mi gloria, y no sea compungida mi

conciencia, donde ya cesarán todos los suspiros y miedos; mas

entretanto, en esperanza y silencio será mi fortaleza. Más quiero

vivir y morir en pretender y esperar la vida eterna, que poseer todas

las criaturas y todos sus bienes, que se han de acabar. No me

desampares, Señor, porque en Ti espero, no sea confundida mi

esperanza; sírvate yo siempre y haz de mí lo que quisieres.

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FIN DEL LIBRO DE LAS «EXCLAMACIONES»