[¿?] página principal

 

Dudas y textos

Recursos para la formación católica 

Escríbeme

Quiénes somos

Mi perfil de facebook

Benedicto XVI

 Juan Pablo II

Clásicos de espiritualidad

Obras actuales variadas

Sobre el Opus Dei

 Oraciones y Biblia

Más magisterio de la Iglesia y Teología

Recursos formativos

Noticias

Citas escogidas

Imágenes

Enlaces

 

 

 

   

LIBRO DE LAS «FUNDACIONES»

SANTA TERESA DE JESÚS O DE ÁVILA

 

PRÓLOGO

CAPÍTULO 1

De los medios por donde se comenzó a tratar de esta fundación y

de las demás.

CAPÍTULO 2

Cómo nuestro padre General vino a Avila, y lo que de su venida

sucedió.

CAPÍTULO 3

Por qué medios se comenzó a tratar de hacer el monasterio de San

José en Medina del Campo.

CAPÍTULO 4

En que trata de algunas mercedes que el Señor hace a las monjas

de estos monasterios, y dase aviso a las prioras de cómo se ha de

haber en ellas.

CAPÍTULO 5

En que se dicen algunos avisos para cosas de oración y

revelaciones. Es muy provechoso para los que andan en cosas

activas.

CAPÍTULO 6

Avisa los daños que puede causar a gente espiritual no entender

cuándo ha de resistir al espíritu. Trata de los deseos que tiene el

alma de comulgar. El engaño que puede haber en esto. Hay cosas

importantes para las que gobiernan estas casas.

CAPÍTULO 7

De cómo se han de haber con las que tienen melancolía. Es

necesario para las preladas.

CAPÍTULO 8

Trata de algunos avisos para revelaciones y visiones.

CAPÍTULO 9

Trata de cómo salió de Medina del Campo para la fundación de San

José de Malagón.

CAPÍTULO 10

En que se trata de la fundación de la casa de Valladolid. Llámase

este monasterio la Concepción de Nuestra Señora del Carmen.

CAPÍTULO 11

Prosíguese en la materia comenzada del orden que tuvo doña

Casilda de Padilla para conseguir sus santos deseos de entrar en

religión.

CAPÍTULO 12

En que trata de la vida y muerte de una religiosa que trajo nuestro

Señor a esta misma casa, llamada Beatriz de la Encarnación, que

fue en su vida de tanta perfección, y su muerte tal, que es justo se

haga de ella memoria.

CAPÍTULO 13

En que trata cómo se comenzó la primera casa de la Regla

primitiva, y por quién, de los descalzos carmelitas. Año de 1568.

CAPÍTULO 14

Prosigue en la fundación de la primera casa de los descalzos

carmelitas. Dice algo de la vida que allí hacían, y del provecho que

comenzó a hacer nuestro Señor en aquellos lugares, a honra y

gloria de Dios.

CAPÍTULO 15

En que se trata de la fundación del monasterio del glorioso San

José en la ciudad de Toledo, que fue el año de 1569.

CAPÍTULO 16

En que se tratan algunas cosas sucedidas en este convento de San

José de Toledo, para honra y gloria de Dios.

CAPÍTULO 17

Que trata de la fundación de los monasterios de Pastrana, así de

frailes como de monjas. Fue en el mismo año de 1570, digo 1569.

CAPÍTULO 18

Trata de la fundación del monasterio de San José de Salamanca,

que fue año de 1570. Trata de algunos avisos para las prioras,

importantes.

CAPÍTULO 19

Prosigue en la fundación del monasterio de San José de la ciudad

de Salamanca.

CAPÍTULO 20

En que se trata la fundación del monasterio de Nuestra Señora de

la Anunciación, que está en Alba de Tormes. Fue año de 1571.

CAPÍTULO 21

En que se trata la fundación del Glorioso San José del Carmen de

Segovia. Fundóse el mismo día de San José, año de 1574.

CAPÍTULO 22

En que se trata de la fundación del glorioso San José del Salvador,

en el lugar de Beas, año de 1575, día de Santo Matía.

CAPÍTULO 23

En que trata de la fundación del monasterio del Glorioso San José

del Carmen en la ciudad de Sevilla. Díjose la primera misa día de la

Santísima Trinidad, en el año de 1575.

CAPÍTULO 24

Prosigue en la fundación de San José del Carmen en la ciudad de

Sevilla.

CAPÍTULO 25

Prosíguese en la fundación del glorioso San José de Sevilla, y lo

que se pasó en tener casa propia.

CAPÍTULO 26

Prosigue en la misma fundación del monasterio de San José de la

ciudad de Sevilla. Trata algunas cosas de la primera monja que

entró en él, que son harto de notar.

CAPÍTULO 27

En que trata de la fundación de la villa de Caravaca. - Púsose el

Santísimo Sacramento, día de año nuevo del mismo año de 1576. -

Es la vocación del glorioso San José.

CAPÍTULO 28

La fundación de Villanueva de la Jara.

CAPÍTULO 29

Trátase de la fundación de San José de nuestra Señora de la Calle

en Palencia, que fue año de 1580, día del Rey David.

CAPÍTULO 30

Comienza la fundación del monasterio de la Santísima Trinidad en

la ciudad de Soria. Fundóse el año de 1581. Díjose la primera misa

día de nuestro padre San Eliseo.

CAPÍTULO 31

Comiénzase a tratar en este capítulo de la fundación del glorioso

San José de Santa Ana en la ciudad de Burgos. Díjose la primera

misa a 8 días del mes de abril, octava de Pascua de Resurrección,

año de 1582.

EPÍLOGO

 

 

PRÓLOGO

LAS FUNDACIONES

JHS

1. Por experiencia he visto, dejando lo que en muchas partes he

leído, el gran bien que es para un alma no salir de la obediencia. En

esto entiendo estar el irse adelantando en la virtud y el ir cobrando

la de la humildad; en esto está la seguridad de la sospecha que los

mortales es bien que tengamos mientras se vive en esta vida, de

errar el camino del cielo. Aquí se halla la quietud que tan preciada

es en las almas que desean contentar a Dios. Porque si de veras se

han resignado en esta santa obediencia y rendido el entendimiento

a ella, no queriendo tener otro parecer del de su confesor y, si son

religiosos, el de su prelado, el demonio cesa de acometer con sus

continuas inquietudes, como tiene visto que antes sale con pérdida

que con ganancia; y también nuestros bulliciosos movimientos,

amigos de hacer su voluntad y aun de sujetar la razón en cosas de

nuestro contento, cesan, acordándose que determinadamente

pusieron su voluntad en la de Dios, tomando por medio sujetarse a

quien en su lugar toman.

Habiéndome Su Majestad, por su bondad, dado luz de conocer el

gran tesoro que está encerrado en esta preciosa virtud, he

procurado -aunque flaca e imperfectamente- tenerla; aunque

muchas veces repugna la poca virtud que veo en mí, porque para

algunas cosas que me mandan entiendo que no llega. La divina

Majestad provea lo que falta para esta obra presente.

2. Estando en San José de Avila, año de mil y quinientos y sesenta

y dos, que fue el mismo que se fundó este monasterio, fui mandada

del padre fray García de Toledo, dominico, que al presente era mi

confesor, que escribiese la fundación de aquel monasterio, con

otras muchas cosas, que quien la viere, si sale a luz, verá. Ahora

estando en Salamanca, año de mil y quinientos y setenta y tres, que

son once años después, confesándome con un padre rector de la

Compañía, llamado el maestro Ripalda, habiendo visto este libro de

la primera fundación, le pareció sería servicio de nuestro Señor que

escribiese de otros siete monasterios que después acá, por la

bondad de nuestro Señor, sehan fundado, junto con el principio de

los monasterios de los padres Descalzos de esta primera Orden, y

así me lo ha mandado. Pareciéndome a mí ser imposible (a causa

de los muchos negocios, así de cartas, como de otras ocupaciones

forzosas, por ser en cosas mandadas por los prelados), me estaba

encomendando a Dios y algo apretada, por ser yo para tan poco y

con tan mala salud que, aun sin esto, muchas veces me parecía no

se poder sufrir el trabajo conforme a mi bajo natural, me dijo el

Señor: Hija, la obediencia da fuerzas.

3. Plega a Su Majestad que sea así y dé gracia para que acierte yo

a decir para gloria suya las mercedes que en estas fundaciones ha

hecho a esta Orden. Puédese tener por cierto que se dirá con toda

verdad, sin ningún encarecimiento, a cuanto yo entendiere, sino

conforme a lo que ha pasado. Porque en cosa muy poco importante

yo no trataría mentira por ninguna de la tierra; en esto, que se

escribe para que nuestro Señor sea alabado, haríaseme gran

conciencia, y creería no sólo era perder tiempo, sino engañar con

las cosas de Dios, y en lugar de ser alabado por ellas, ser ofendido.

Sería una gran traición. No plega a Su Majestad me deje de su

mano, para que yo la haga.

Irá señalada cada fundación, y procuraré abreviar, si supiere,

porque mi estilo es tan pesado, que, aunque quiera, temo que no

dejaré de cansar y cansarme. Mas con el amor que mis hijas me

tienen, a quien ha de quedar esto después de mis días, se podrá

tolerar.

4. Plega a nuestro Señor, que, pues en ninguna cosa yo procuro

provecho mío ni tengo por qué, sino su alabanza y gloria, pues se

verán muchas cosas para que se le den, esté muy lejos de quien lo

leyere atribuirme a mí ninguna, pues sería contra la verdad; sino

que pidan a Su Majestad que me perdone lo mal que me he

aprovechado de todas estas mercedes. Mucho más hay de qué se

quejar de mí mis hijas por esto, que por qué me dar gracias de lo

que en ello está hecho. Démoslas todas, hijas mías, a la divina

bondad por tantas mercedes como nos ha hecho. Una avemaría

pido por su amor a quien esto leyere, para que sea ayuda a salir del

purgatorio y llegar a ver a Jesucristo nuestro Señor, que vive y reina

con el Padre y el Espíritu Santo por siempre jamás, amén.

5. Por tener yo poca memoria, creo que se dejarán de decir muchas

cosas muy importantes, y otras que se pudieran excusar, se dirán.

En fin, conforme a mi poco ingenio y grosería, y también al poco

sosiego que para esto hay. También me mandan, si se ofreciere

ocasión, trate algunas cosas de oración y del engaño que podría

haber para no ir más adelante las que la tienen.

6. En todo me sujeto a lo que tiene la madre santa Iglesia Romana,

y con determinación que antes que venga a vuestras manos,

hermanas e hijas mías, lo verán letrados y personas espirituales.

Comienzo en nombre del Señor, tomando por ayuda a su gloriosa

Madre, cuyo hábito tengo, aunque indigna de él, y a mi glorioso

padre y señor San José, en cuya casa estoy, que así es la vocación

de este monasterio de Descalzas, por cuyas oraciones he sido

ayudada continuo.

7. Año de 1573, día de San Luis, rey de Francia, que son 24 días de

agosto. Sea Dios alabado.

------------------------------------------------------------------------

COMIENZA LA FUNDACIÓN DE SAN JOSÉ DEL CARMEN DE

MEDINA DEL CAMPO

CAPÍTULO 1

De los medios por donde se comenzó a tratar de esta fundación y

de las demás.

1. Cinco años después de la fundación de San José de Avila estuve

en él, que, a lo que ahora entiendo, me parece serán los más

descansados de mi vida, cuyo sosiego y quietud echa harto menos

muchas veces mi alma. En este tiempo entraron algunas doncellas

religiosas de poca edad, a quien el mundo, a lo que parecía, tenía

ya para sí según las muestras de su gala y curiosidad. Sacándolas

el Señor bien apresuradamente de aquellas vanidades, las trajo a

su casa dotándolas de tanta perfección, que eran harta confusión

mía, llegando al número de trece, que es el que estaba determinado

para no pasar más adelante.

2. Yo me estaba deleitando entre almas tan santas y limpias,

adonde sólo era su cuidado de servir y alabar a nuestro Señor. Su

Majestad nos enviaba allí lo necesario sin pedirlo; y cuando nos

faltaba, que fue harto pocas veces, era mayor su regocijo. Alababa

a nuestro Señor de ver tantas virtudes encumbradas, en especial el

descuido que tenían de todo, mas de servirle. Yo, que estaba allí

por mayor, nunca me acuerdo ocupar el pensamiento en ello; tenía

muy creído que no había de faltar el Señor a las que no traían otro

cuidado, sino en cómo contentarle. Y si alguna vez no había para

todas el mantenimiento, diciendo yo fuese para las más

necesitadas, cada una le parecía no ser ella, y así se quedaba

hasta que Dios enviaba para todas.

3. En la virtud de la obediencia, de quien yo soy muy devota

(aunque no sabía tenerla hasta que estas siervas de Dios me

enseñaron, para no lo ignorar si yo tuviera virtud), pudiera decir

muchas cosas que allí en ella vi. Una se me ofrece ahora, y es que

estando un día en refectorio, diéronnos raciones de cohombro. A mí

cupo una muy delgada y por de dentro podrida. Llamé con

disimulación a una hermana de las de mejor entendimiento y

talentos que allí había, para probar su obediencia, y díjela que

fuese a sembrar aquel cohombro a un huertecillo que teníamos. Ella

me preguntó si le había de poner alto o tendido. Yo le dije que

tendido. Ella fue y púsole, sin venir a su pensamiento que era

imposible dejarse de secar; sino que el ser por obediencia le cegó

la razón natural para creer era muy acertado.

4. Acaecíame encomendar a una seis o siete oficios contrarios, y

callando tomarlos, pareciéndole posible hacerlos todos. Tenían un

pozo, a dicho de los que le probaron, de harto mal agua, y parecía

imposible correr por estar muy hondo. Llamando yo oficiales para

procurarlo, reíanse de mí de que quería echar dineros en balde. Yo

dije a las hermanas, que ¿qué les parecía? Dijo una: «que se

procure; nuestro Señor nos ha de dar quien nos traiga agua, y para

darles de comer; pues más barato sale a Su Majestad dárnoslo en

casa y así no lo dejará de hacer». - Mirando yo con la gran fe y

determinación con que lo decía, túvelo por cierto, y contra voluntad

del que entendía en las fuentes, queconocía de agua, lo hice. Y fue

el Señor servido que sacamos un caño de ello bien bastante para

nosotras, y de beber, como ahora le tienen.

5. No lo cuento por milagro, que otras cosas pudiera decir; sino por

la fe que tenían estas hermanas, puesto que pasa así como lo digo,

y porque no es mi primer intento loar las monjas de estos

monasterios; que, por la bondad del Señor, todas hasta ahora van

así. Y de estas cosas y otras muchas sería escribir muy largo,

aunque no sin provecho; porque, a las veces, se animan las que

vienen a imitarlas. Mas, si el Señor fuere servido que esto se

entienda, podrán los prelados mandar a las prioras que lo escriban.

6. Pues estando esta miserable entre estas almas de ángeles (que

a mí no me parecían otra cosa, porque ninguna falta, aunque fuese

interior, me encubrían, y las mercedes y grandes deseos y

desasimiento que el Señor les daba, eran grandísimas; su consuelo

era su soledad, y así me certificaban que jamás de estar solas se

hartaban, y así tenían por tormento que las viniesen a ver, aunque

fuesen hermanos; la que más lugar tenía de estarse en una ermita,

se tenía por más dichosa)..., considerando yo el gran valor de estas

almas y el ánimo que Dios las daba para padecer y servirle, no

cierto de mujeres, muchas veces me parecía que era para algún

gran fin las riquezas que el Señor ponía en ellas; no porque me

pasase por pensamiento lo que después ha sido, porque entonces

parecía cosa imposible, por no haber principio para poderse

imaginar, puesto que mis deseos, mientras más el tiempo iba

adelante, eran muy más crecidos de ser alguna parte para bien de

algún alma; y muchas veces me parecía como quien tiene un gran

tesoro guardado y desea que todos gocen de él, y le atan las

manos para distribuirle; así me parecía estaba atada mi alma,

porque las mercedes que el Señor en aquellos años la hacía eran

muy grandes y todo me parecía mal empleado en mí. Servía al

Señor con mis pobres oraciones; siempre procuraba con las

hermanas hiciesen lo mismo y se aficionasen al bien de las almas y

al aumento de su Iglesia; y a quien trataba con ellas siempre se

edificaban. Y en esto embebía mis grandes deseos.

7. A los cuatro años, (me parece era algo más), acertó a venirme a

ver un fraile francisco, llamado fray Alonso Maldonado, harto siervo

de Dios y con los mismos deseos del bien de las almas que yo, y

podíalos poner por obra, que le tuve yo harta envidia. Este venía de

las Indias poco había. Comenzóme a contar de los muchos millones

de almas que allí se perdían por falta de doctrina, e hízonos un

sermón y plática animando a la penitencia, y fuese. Yo quedé tan

lastimada de la perdición de tantas almas, que no cabía en mí.

Fuime a una ermita con hartas lágrimas. Clamaba a nuestro Señor,

suplicándole diese medio cómo yo pudiese algo para ganar algún

alma para su servicio, pues tantas llevaba el demonio, y que

pudiese mi oración algo, ya que yo no era para más. Había gran

envidia a los que podían por amor de nuestro Señor emplearse en

esto, aunque pasasen mil muertes. Y así me acaece que cuando en

las vidas de los santos leemos que convirtieron almas, mucha más

devoción me hace y más ternura y más envidia que todos los

martirios que padecen, por ser ésta la inclinación que nuestro Señor

me ha dado, pareciéndome que precia más un alma que por

nuestra industria y oración le ganásemos, mediante su misericordia,

que todos los servicios que le podemos hacer.

8. Pues andando yo con esta pena tan grande, una noche, estando

en oración, representóseme nuestro Señor de la manera que suele,

y mostrándome mucho amor, a manera de quererme consolar, me

dijo: Espera un poco, hija, y verás grandes cosas.

Quedaron tan fijadas en mi corazón estas palabras, que no las

podía quitar de mí. Y aunque no podía atinar, por mucho que

pensaba en ello, qué podría ser, ni veía camino para poderlo

imaginar, quedé muy consolada y con gran certidumbre que serían

verdaderas estas palabras; mas el medio cómo, nunca vino a mi

imaginación. Así se pasó, a mi parecer, otro medio año, y después

de éste sucedió lo que ahora diré.

------------------------------------------------------------------------

CAPÍTULO 2

Cómo nuestro padre General vino a Avila, y lo que de su venida

sucedió.

1. Siempre nuestros Generales residen en Roma, y jamás ninguno

vino a España, y así parecía cosa imposible venir ahora. Mas como

para lo que nuestro Señor quiere no hay cosa que lo sea, ordenó

Su Majestad que lo que nunca había sido fuese ahora. Yo cuando

lo supe, paréceme que me pesó; porque, como ya se dijo en la

fundación de San José, no estaba aquella casa sujeta a los frailes,

por la causa dicha. Temí dos cosas: la una, que se había de enojar

conmigo y, no sabiendo las cosas cómo pasaban, tenía razón; la

otra, si me había de mandar tornar al monasterio de la Encarnación,

que es de la Regla mitigada, que para mí fuera desconsuelo, por

muchas causas, que no hay para qué decir. Una bastaba, que era

no poder yo allá guardar el rigor de la Regla primera y ser de más

de ciento y cincuenta el número, y todavía adonde hay pocas, hay

más conformidad y quietud. Mejor lo hizo nuestro Señor que yo

pensaba; porque el General es tan siervo suyo y tan discreto y

letrado, que miró ser buena la obra, y por lo demás ningún

desabrimiento me mostró. Llámase fray Juan Bautista Rubeo de

Ravena, persona muy señalada en la Orden y con mucha razón.

2. Pues, llegado a Avila, yo procuré fuese a San José, y el Obispo

tuvo por bien se le hiciese toda la cabida que a su misma persona.

Yo le di cuenta con toda verdad y llaneza, porque es mi

inclinacióntratar así con los prelados, suceda lo que sucediere, pues

están en lugar de Dios, y con los confesores lo mismo; y si esto no

hiciese, no me parecería tenía seguridad mi alma; y así le di cuenta

de ella y casi de toda mi vida, aunque es harto ruin. El me consoló

mucho y aseguró que no me mandaría salir de allí.

3. Alegróse de ver la manera de vivir y un retrato, aunque

imperfecto, del principio de nuestra Orden, y cómo la Regla primera

se guardaba en todo rigor, porque en toda la Orden no se guardaba

en ningún monasterio, sino la mitigada. Y con la voluntad que tenía

de que fuese muy adelante este principio, diome muy cumplidas

patentes para que se hiciesen más monasterios, con censuras para

que ningún provincial me pudiese ir a la mano. Estas yo no se las

pedí, puesto que entendió de mi manera de proceder en la oración

que eran los deseos grandes de ser parte para que algún alma se

llegase más a Dios.

4. Estos medios yo no los procuraba, antes me parecía desatino,

porque una mujercilla tan sin poder como yo bien entendía que no

podía hacer nada; mas cuando al alma vienen estos deseos no es

en su mano desecharlos. El amor de contentar a Dios y la fe hacen

posible lo que por razón natural no lo es; y así, en viendo yo la gran

voluntad de nuestro Reverendísimo General para que hiciese más

monasterios, me pareció los veía hechos. Acordándome de las

palabras que nuestro Señor me había dicho, veía ya algún principio

de lo que antes no podía entender.

Sentí muy mucho cuando vi tornar a nuestro padre General a

Roma; habíale cobrado gran amor y parecíame quedar con gran

desamparo. El me le mostraba grandísimo y mucho favor, y las

veces que se podía desocupar se iba allá a tratar cosas

espirituales, como a quien el Señor debe hacer grandes mercedes:

en este caso nos era consuelo oírle. Aun antes que se fuese, el

Obispo (que es don Alvaro de Mendoza), muy aficionado a

favorecer a los que ve que pretenden servir a Dios con más

perfección, y así procuró que le dejase licencia para que en su

obispado se hiciesen algunos monasterios de frailes descalzos de

la primera Regla. También otras personas se lo pidieron. El lo

quisiera hacer, mas halló contradicción en la Orden; y así, por no

alterar la Provincia, lo dejó por entonces.

5. Pasados algunos días, considerando yo cuán necesario era, si se

hacían monasterios de monjas, que hubiese frailes de la misma

Regla, y viendo ya tan pocos en esta Provincia, que aun me parecía

se iban a acabar, encomendándolo mucho a nuestro Señor, escribí

a nuestro P. General una carta suplicándoselo lo mejor que yo

supe, dando las causas por donde sería gran servicio de Dios; y los

inconvenientes que podía haber no eran bastantes para dejar tan

buena obra, y poniéndole delante el servicio que haría a nuestra

Señora, de quien era muy devoto. Ella debía ser la que lo negoció;

porque esta carta llegó a su poder estando en Valencia, y desde allí

me envió licencia para que se fundasen dos monasterios, como

quien deseaba la mayor religión de la Orden. Porque no hubiese

contradicción, remitiólo al provincial que era entonces, y al pasado,

que era harto dificultoso de alcanzar. Mas como vi lo principal, tuve

esperanza el Señor haría lo demás; y así fue, que con el favor del

Obispo, que tomaba este negocio muy por suyo, entrambos vinieron

en ello.

6. Pues estando yo ya consolada con las licencias, creció más mi

cuidado, por no haber fraile en la Provincia, que yo entendiese, para

ponerlo por obra, ni seglar que quisiese hacer tal comienzo. Yo no

hacía sino suplicar a nuestro Señor que siquiera una persona

despertase. Tampoco tenía casa, ni cómo la tener. Hela aquí una

pobre monja descalza, sin ayuda de ninguna parte, sino del Señor,

cargada de patentes y buenos deseos y sin ninguna posibilidad

para ponerlo por obra. El ánimo no desfallecía ni la esperanza, que,

pues el Señor había dado lo uno, daría lo otro. Ya todo me parecía

muy posible, y así lo comencé a poner por obra.

7. ¡Oh grandeza de Dios! ¡Y cómo mostráis vuestro poder en dar

osadía a una hormiga! ¡Y cómo, Señor mío, no queda por Vos el no

hacer grandes obras los que os aman, sino por nuestra cobardía y

pusilanimidad! Como nunca nos determinamos, sino llenos de mil

temores y prudencias humanas, así, Dios mío, no obráis vos

vuestras maravillas y grandezas. ¿Quién más amigo de dar, si

tuviese a quién, ni de recibir servicios a su costa? Plega a Vuestra

Majestad que os haya yo hecho alguno y no tenga más cuenta que

dar de lo mucho que he recibido, amén.

------------------------------------------------------------------------

CAPÍTULO 3

Por qué medios se comenzó a tratar de hacer el monasterio de San

José en Medina del Campo.

1. Pues estando yo con todos estos cuidados, acordé de ayudarme

de los padres de la Compañía, que estaban muy aceptos en aquel

lugar, en Medina, con quien -como ya tengo escrito en la primera

fundación- traté mi alma muchos años, y por el gran bien que la

hicieron siempre los tengo particular devoción. Escribí lo que

nuestro padre General me había mandado al rector de allí, que

acertó a ser el que me confesó muchos años, como queda dicho,

aunque no el nombre. Llámase Baltasar Alvarez, que al presente es

provincial. El y los demás dijeron que harían lo que pudiesen en el

caso, y así hicieron mucho para recaudar la licencia de los del

pueblo y del prelado, que por ser monasterio de pobreza en todas

partes es dificultoso; y así se tardó algunos días en negociar.

2. A esto fue un clérigo muy siervo de Dios y bien desasido de

todas las cosas del mundo, y de mucha oración. Era capellán en el

monasterio adonde yo estaba, al cual le daba el Señor los mismos

deseos que a mí, y así me ha ayudado mucho, como se verá

adelante. Llámase Julián de Avila.

Pues ya que tenía la licencia, no tenía casa ni blanca para

comprarla. Pues crédito para fiarme en nada, si el Señor no le diera,

¿cómo le había de tener una romera como yo? Proveyó el Señor

que una doncella muy virtuosa, para quien no había habido lugar en

San José que entrase, sabiendo se hacía otra casa, me vino a rogar

la tomase en ella. Esta tenía unas blanquillas, harto poco, que no

era para comprar casa, sino para alquilarla (y así procuramos una

de alquiler) y para ayuda al camino. Sin más arrimo que éste,

salimos de Avila dos monjas de San José y yo, y cuatro de la

Encarnación (que es el monasterio de la Regla mitigada, adonde yo

estaba antes que se fundase San José), con nuestro padre

capellán, Julián de Avila.

3. Cuando en la ciudad se supo, hubo mucha murmuración: unos

decían que yo estaba loca; otros esperaban el fin de aquel desatino.

Al Obispo -según después me ha dicho- le parecía muy grande,

aunque entonces no me lo dio a entender ni quiso estorbarme,

porque me tenía mucho amor y no me dar pena. Mis amigos harto

me habían dicho, mas yo hacía poco caso de ello; porque me

parecía tan fácil lo que ellos tenían por dudoso, que no podía

persuadirme a que había de dejar de suceder bien.

Ya cuando salimos de Avila, había yo escrito a un padre de nuestra

Orden, llamado fray Antonio de Heredia, que me comprase una

casa, que era entonces prior del monasterio de frailes que allí hay

de nuestra Orden, llamado Santa Ana, para que me comprase una

casa. El lo trató con una señora que le tenía devoción, que tenía

una que se le había caído toda, salvo un cuarto, y era muy buen

puesto. Fue tan buena, que prometió de vendérsela, y así la

concertaron sin pedirle fianzas, ni más fuerza de su palabra;

porque, a pedirlas, no tuviéramos remedio. Todo lo iba disponiendo

el Señor. Esta casa estaba tan si paredes, que a esta causa

alquilamos estotra, mientras que aquélla se aderezaba, que había

harto que hacer.

4. Pues llegando la primera jornada, noche y cansadas por el mal

aparejo que llevábamos, yendo a entrar por Arévalo, salió un clérigo

nuestro amigo que nos tenía una posada en casa de unas devotas

mujeres, y díjome en secreto cómo no teníamos casa; porque

estaba cerca de un monasterio de agustinos, y que ellos resistían

que no entrásemos ahí, y que forzado había de haber pleito. ¡Oh,

válgame Dios! Cuando Vos, Señor, queréis dar ánimo, ¡qué poco

hacen todas las contradicciones! Antes parece me animó,

pareciéndome, pues ya se comenzaba a alborotar el demonio, que

se había de servir el Señor de aquel monasterio. Con todo, le dije

que callase, por no alborotar a las compañeras, en especial a las

dos de La Encarnación, que las demás por cualquier trabajo

pasaran por mí. La una de estas dos era supriora entonces de allí, y

defendiéronle mucho la salida; entrambas de buenos deudos, y

venían contra su voluntad, porque a todos les parecía disparate, y

después vi yo que les sobraba la razón, que, cuando el Señor es

servido yo funde una casa de éstas, paréceme que ninguna admite

mi pensamiento que me parezca bastante para dejarlo de poner por

obra, hasta después de hecho. Entonces se me ponen juntas las

dificultades, como después se verá.

5. Llegando a la posada, supe que estaba en el lugar un fraile

dominico, muy gran siervo de Dios, con quien yo me había

confesado el tiempo que había estado en San José. Porque en

aquella fundación traté mucho de su virtud, aquí no diré más del

nombre, que es el maestro fray Domingo Bañes. Tiene muchas

letras y discreción, por cuyo parecer yo me gobernaba, y al suyo no

era tan dificultoso, como en todos, lo que iba a hacer; porque, quien

más conoce de Dios, más fácil se le hacen sus obras, y de algunas

mercedes que sabía Su Majestad me hacía y por lo que había visto

en la fundación de San José, todo le parecía muy posible. Diome

gran consuelo cuando le vi; porque con su parecer todo me parecía

iría acertado. Pues, venido allí, díjele muy en secreto lo que

pasaba. A él le pareció que presto podríamos concluir el negocio de

los agustinos; mas a mí hacíaseme recia cosa cualquier tardanza,

por no saber qué hacer de tantas monjas; y así pasamos todas con

cuidado aquella noche, que luego lo dijeron en la posada a todas.

6. Luego, de mañana, llegó allí el prior de nuestra Orden fray

Antonio, y dijo que la casa que tenía concertado de comprar era

bastante y tenía un portal adonde se podía hacer una iglesia

pequeña, aderezándole con algunos paños. En esto nos

determinamos; al menos a mí parecióme muy bien, porque la más

brevedad era lo que mejor nos convenía, por estar fuera de

nuestros monasterios, y también porque temía alguna

contradicción, como estaba escarmentada de la fundación primera.

Y así quería que, antes que se entendiese, estuviese ya tomada la

posesión, y así nos determinamos a que luego se hiciese. En esto

mismo vino el padre maestro fray Domingo.

7. Llegamos a Medina del Campo, víspera de nuestra Señora de

agosto, a las doce de la noche. Apeámonos en el monasterio de

Santa Ana, por no hacer ruido, y a pie nos fuimos a la casa. Fue

harta misericordia del Señor, que aquella hora encerraban toros

para correr otro día, no nos topar alguno. Con el embebecimiento

que llevábamos, no había acuerdo de nada; mas el Señor que

siempre le tiene de los que desean su servicio, nos libró, que cierto

allí no se pretendía otra cosa.

8. Llegadas a la casa, entramos en un patio. Las paredes harto

caídas me parecieron, mas no tanto como cuando fue de día se

pareció. Parece que el Señor había querido se cegase aquel

bendito padre para ver que no convenía poner allí Santísimo

Sacramento. Visto el portal, había bien que quitar tierra de él, a teja

vana, las paredes sin embarrar, la noche era corta, y no traíamos

sino unos reposteros, creo eran tres: para toda la largura que tenía

el portal era nada. Yo no sabía qué hacer, porque vi no convenía

poner allí altar. Plugo al Señor, que quería luego se hiciese, que el

mayordomo de aquella señora tenía muchos tapices de ella en

casa, y una cama de damasco azul, y había dicho nos diesen lo que

quisiésemos, que era muy buena.

9. Yo, cuando vi tan buen aparejo, alabé al Señor, y así harían las

demás; aunque no sabíamos qué hacer de clavos, ni era hora de

comprarlos. Comenzáronse a buscar de las paredes; en fin, con

trabajo, se halló recaudo. Unos a entapizar, nosotras a limpiar el

suelo, nos dimos tan buena prisa, que cuando amanecía, estaba

puesto el altar, y la campanilla en un corredor, y luego se dijo la

misa. Esto bastaba para tomar la posesión. No se cayó en ello, sino

que pusimos el Santísimo Sacramento, y desde unas resquicias de

una puerta que estaba frontero, veíamos misa, que no había otra

parte.

10. Yo estaba hasta esto muy contenta, porque para mí es

grandísimo consuelo ver una iglesia más adonde haya Santísimo

Sacramento. Mas poco me duró. Porque, como se acabó misa,

llegué por un poquito de una ventana a mirar el patio y vi todas las

paredes por algunas partes en el suelo, que para remediarlo era

menester muchos días. ¡Oh válgame Dios! Cuando yo vi a Su

Majestad puesto en la calle, en tiempo tan peligroso como ahora

estamos por estos luteranos, ¡qué fue la congoja que vino a mi

corazón!

11. Con esto se juntaron todas las dificultades que podían poner los

que mucho lo habían murmurado, y entendí claro que tenían razón.

Parecíame imposible ir adelante con lo que había comenzado,

porque así como antes todo me parecía fácil mirando a que se

hacía por Dios, así ahora la tentación estrechaba de manera su

poder, que no parecía haber recibido ninguna merced suya; sólo mi

bajeza y poco poder tenía presente. Pues arrimada a cosa tan

miserable, ¿qué buen suceso podía esperar? Y a ser sola,

paréceme lo pasara mejor; mas pensar habían de tornar las

compañeras a su casa, con la contradicción que habían salido,

hacíaseme recio. También me parecía que, errado este principio, no

había lugar todo lo que yo tenía entendido había de hacer el Señor

adelante. Luego se añadía el temor si era ilusión lo que en la

oración había entendido, que no era la menor pena, sino la mayor;

porque me daba grandísimo temor si me había de engañar el

demonio.

¡Oh Dios mío! ¡Qué cosa es ver un alma, que Vos queréis dejar que

pene! Por cierto, cuando se me acuerda esta aflicción y otras

algunas que he tenido en estas fundaciones, no me parece hay que

hacer caso de los trabajos corporales, aunque han sido hartos, en

esta comparación.

12. Con toda esta fatiga que me tenía bien apretada, no daba a

entender ninguna cosa a las compañeras, porque no las quería

fatigar más de lo que estaban. Pasé con este trabajo hasta la tarde,

que envió el rector de la Compañía a verme con un padre que me

animó y consoló mucho. Yo no le dije todas las penas que tenía,

sino sólo la que me daba vernos en la calle. Comencé a tratar de

que se nos buscase casa alquilada, costase lo que costase, para

pasarnos a ella, mientras aquello se remediaba, y comencéme a

consolar de ver la mucha gente que venía, y ninguno cayó en

nuestro desatino, que fue misericordia de Dios, porque fuera muy

acertado quitarnos el Santísimo Sacramento. Ahora considero yo mi

bobería y el poco advertir de todos en no consumirle; sino que me

parecía, si esto se hiciera, era todo deshecho.

13. Por mucho que se procuraba, no se halló casa alquilada en todo

el lugar; que yo pasaba harto penosas noches y días. Porque,

aunque siempre dejaba hombres que velasen el Santísimo

Sacramento, estaba con cuidado si se dormían; y así me levantaba

a mirarlo de noche por una ventana, que hacía muy clara luna, y

podíalo bien ver. Todos estos días era mucha la gente que venía, y

no sólo no les parecía mal, sino poníales devoción de ver a nuestro

Señor otra vez en el portal. Y Su Majestad, como quien nunca se

cansa de humillarse por nosotros, no parece quería salir de él.

14. Ya después de ocho días, viendo un mercader la necesidad

(que posaba en una muy buena casa), díjonos fuésemos a lo alto

de ella, que podíamos estar como en casa propia. Tenía una sala

muy grande y dorada, que nos dio para iglesia. Y una señora que

vivía junto a la casa que compramos, llamada doña Elena de

Quiroga, gran sierva de Dios, dijo que me ayudaría para que luego

se comenzase a hacer una capilla para donde estuviese el

Santísimo Sacramento y también para acomodarnos cómo

estuviésemos encerradas. Otras personas nos daban harta limosna

para comer, mas esta señora fue la que más me socorrió.

15. Ya con esto comencé a tener sosiego, porque adonde nos

fuimos estábamos con todo encerramiento, y comenzamos a decir

las horas, y en la casa se daba el buen prior mucha prisa, que pasó

harto trabajo. Con todo tardaría dos meses; más púsose de

manera, que pudimos estar algunos años razonablemente.

Después lo ha ido nuestro Señor mejorando.

16. Estando aquí yo, todavía tenía cuidado de los monasterios de

los frailes, y como no tenía ninguno -como he dicho- no sabía qué

hacer; y así me determiné muy en secreto a tratarlo con el prior de

allí, para ver qué me aconsejaba, y así lo hice. El se alegró mucho

cuando lo supo y me prometió que sería el primero. Yo lo tuve por

cosa de burla, y así se lo dije; porque, aunque siempre fue buen

fraile y recogido y muy estudioso y amigo de su celda, que era

letrado, para principio semejante no me pareció sería, ni tendría

espíritu ni llevaría adelante el rigor que era menester, por ser

delicado y no mostrado a ello. El me aseguraba mucho, y certificó

que había muchos días que el Señor le llamaba para vida más

estrecha; y así tenía ya determinado de irse a los cartujos y le

tenían ya dicho le recibirían. Con todo esto, no estaba muy

satisfecha, aunque me alegraba de oírle, y roguéle que nos

detuviésemos algún tiempo y él se ejercitase en las cosas que

había de prometer. Y así se hizo, que se pasó un año, y en éste le

sucedieron tantos trabajos y persecuciones de muchos testimonios,

que parece el Señor le quería probar; y él lo llevaba todo tan bien y

se iba aprovechando tanto, que yo alababa a nuestro Señor, y me

parecía le iba Su Majestad disponiendo para esto.

17. Poco después acertó a venir allí un padre de poca edad, que

estaba estudiando en Salamanca, y él fue con otro por compañero,

el cual me dijo grandes cosas de la vida que este padre hacía.

Llámase fray Juan de la Cruz. Yo alabé a nuestro Señor, y

hablándole, contentóme mucho, y supe de él cómo se quería

también ir a los cartujos. Yo le dije lo que pretendía y le rogué

mucho esperase hasta que el Señor nos diese monasterio, y el gran

bien que sería, si había de mejorarse, ser en su misma Orden, y

cuánto más serviría al Señor. El me dio la palabra de hacerlo, con

que no se tardase mucho. Cuando yo vi ya que tenía dos frailes

para comenzar, parecióme estaba hecho el negocio, aunque

todavía no estaba tan satisfecha del prior, y así aguardaba algún

tiempo y también por tener adonde comenzar.

18. Las monjas iban ganando crédito en el pueblo y tomando con

ellas mucha devoción, y, a mi parecer, con razón; porque no

entendían sino en cómo pudiese cada una más servir a nuestro

Señor. En todo iban con la manera del proceder que en San José

de Avila, por ser una misma la Regla y Constituciones.

Comenzó el Señor a llamar a algunas para tomar el hábito; y eran

tantas las mercedes que les hacía, que yo estaba espantada. Sea

por siempre bendito, amén; que no parece aguarda más de a ser

querido para querer.

------------------------------------------------------------------------

CAPÍTULO 4

En que trata de algunas mercedes que el Señor hace a las monjas

de estos monasterios, y dase aviso a las prioras de cómo se ha de

haber en ellas.

1. Hame parecido, antes que vaya más adelante (porque no sé el

tiempo que el Señor me dará de vida ni de lugar, y ahora parece

tengo un poco), de dar algunos avisos para que las prioras se

sepan entender y lleven las súbditas con más aprovechamiento de

sus almas, aunque no con tanto gusto suyo.

Hase de advertir que cuando me han mandado escribir estas

fundaciones (dejado la primera de San José de Avila, que se

escribió luego), están fundados, con el favor del Señor, otros siete

hasta el de Alba de Tormes, que es el postrero de ellos; y la causa

de no se haber fundado más, ha sido el atarme los prelados en otra

cosa, como adelante se verá.

2. Pues mirando a lo que sucede de cosas espirituales en estos

años en estos monasterios, he visto la necesidad que hay de lo que

quiero decir. Plega a nuestro Señor que acierte conforme a lo que

veo es menester. Y pues no son engaños, es menester no estén los

espíritus amedrentados. Porque, como en otras partes he dicho, en

algunas cosillas que para las hermanas he escrito, yendo con limpia

conciencia y con obediencia, nunca el Señor permite que el

demonio tenga tanta mano que nos engañe de manera que pueda

dañar el alma; antes viene él a quedar engañado. Y como esto

entiende, creo no hace tanto mal como nuestra imaginación y malos

humores, en especial si hay melancolía; porque el natural de las

mujeres es flaco, y el amor propio que reina en nosotras muy sutil.

Y así han venido a mí personas, así hombres como mujeres,

muchas, junto con las monjas de estas casas, adonde claramente

he conocido que muchas veces se engañan a sí mismas sin querer.

Bien creo que el demonio se debe entremeter para burlarnos; mas

de muy muchas que, como digo, he visto, por la bondad del Señor

no he entendido que las haya dejado de su mano. Por ventura

quiere ejercitarlas en estas quiebras para que salgan

experimentadas.

3. Están, por nuestros pecados, tan caídas en el mundo las cosas

de oración y perfección, que es menester declararme de esta

suerte; porque, aun sin ver peligro, temen de andar este camino,

¿qué sería si dijésemos alguno? Aunque, a la verdad, en todo le

hay y para todo es menester, mientras vivimos, ir con temor y

pidiendo al Señor nos enseñe y no desampare. Mas, como creo dije

una vez, si en algo puede dejar de haber muy menos peligro es en

los que más se llegan a pensar en Dios y procuran perfeccionar su

vida.

4. Como, Señor mío, vemos que nos libráis muchas veces de los

peligros en que nos ponemos, aun para ser contra Vos, ¿cómo es

de creer que no nos libraréis, cuando no se pretende cosa más que

contentaros y regalarnos con Vos? Jamás esto puedo creer. Podría

ser que por otros juicios secretos de Dios permitiese algunas cosas

que así como así habían de suceder; mas el bien nunca trajo mal.

Así que esto sirva de procurar caminar mejor el camino, para

contentar mejor a nuestro Esposo y hallarle más presto, mas no de

dejarle de andar; y para animarnos a andar con fortaleza camino de

puertos tan ásperos, como es el de esta vida, mas no para

acobardarnos en andarle. Pues, en fin, fin, yendo con humildad,

mediante la misericordia de Dios, hemos de llegar a aquella ciudad

de Jerusalén, adonde todo se nos hará poco lo que se ha padecido,

o nonada, en comparación de lo que se goza.

5. Pues comenzando a poblarse estos palomarcitos de la Virgen

nuestra Señora, comenzó la divina Majestad a mostrar sus

grandezas en esta mujercitas flacas, aunque fuertes en los deseos

y en el desasirse de todo lo criado, que debe ser lo que más junta el

alma con su Criador, yendo con limpia conciencia. Esto no había

menester señalar, porque si el desasimiento es verdadero,

paréceme no es posible sin él no ofender al Señor. Como todas las

pláticas y trato no salen de él, así Su Majestad no parece se quiere

quitar de con ellas. Esto es lo que veo ahora y con verdad puedo

decir. Teman las que están por venir y esto leyeren; y si no vieren lo

que ahora hay, no lo echen a los tiempos, que para hacer Dios

grandes mercedes a quien de veras le sirve, siempre es tiempo, y

procuren mirar si hay quiebra en esto y enmendarla.

6. Oigo algunas veces de los principios de las órdenes decir que,

como eran los cimientos, hacía el Señor mayores mercedes a

aquellos santos nuestros pasados. Y es así. Mas siempre habíamos

de mirar que son cimientos de los que están por venir. Porque si

ahora los que vivimos, no hubiésemos caído de lo que los pasados,

y los que viniesen después de nosotros hiciesen otro tanto, siempre

estaría firme el edificio. ¿Qué me aprovecha a mí que los santos

pasados hayan sido tales, si yo soy tan ruin después, que dejo

estragado con la mala costumbre el edificio? Porque está claro que

los que vienen no se acuerdan tanto de los que ha muchos años

que pasaron, como de los que ven presentes. Donosa cosa es que

lo eche yo a no ser de las primeras, y no mire la diferencia que hay

de mi vida y virtudes a la de aquéllos a quien Dios hacía tan

grandes mercedes.

No trato de los que fundan las Religiones, que como los escogió

Dios para gran oficio, dioles más gracia.

7. ¡Oh válgame Dios! ¡Qué disculpas tan torcidas y qué engaños tan

manifiestos! Pésame a mí, mi Dios, de ser tan ruin y tan poco en

vuestro servicio; mas bien sé que está la falta en mí, de no me

hacer las mercedes que a mis pasados. Lastímame mi vida, Señor,

cuando la cotejo con la suya y no lo puedo decir sin lágrimas. Veo

que he perdido yo lo que ellos trabajaron y que en ninguna manera

me puedo quejar de Vos; ni ninguna es bien que se queje, sino que,

si viere va cayendo en algo su Orden, procure ser piedra tal con

que se torne a levantar el edificio, que el Señor ayudará para ello.

8. Pues tornando a lo que decía -que me he divertido mucho- son

tantas las mercedes que el Señor hace en estas casas, que si hay

una o dos en cada una que la lleve Dios ahora por meditación,

todas las demás llegan a contemplación perfecta; algunas van tan

adelante, que llegan a arrobamiento. A otras hace el Señor merced

por otra suerte, junto con esto de darles revelaciones, y visiones,

que claramente se entiende ser de Dios; no hay ahora casa que no

haya una o dos o tres de éstas. Bien entiendo que no está en esto

la santidad, ni es mi intención loarlas solamente; sino para que se

entienda que no es sin propósito los avisos que quiero decir.

------------------------------------------------------------------------

CAPÍTULO 5

En que se dicen algunos avisos para cosas de oración y

revelaciones. Es muy provechoso para los que andan en cosas

activas.

1. No es mi intención ni pensamiento que será tan acertado lo que

yo dijere aquí que se tenga por regla infalible, que sería desatino en

cosas tan dificultosas. Como hay muchos caminos en este camino

del espíritu, podrá ser acierte a decir de alguno de ellos algún

punto. Si los que no van por él no lo entendieren, será que van por

otro. Y si no aprovechare a ninguno, tomará el Señor mi voluntad,

pues entiende que, aunque no todo he experimentado yo, en otras

almas sí lo he visto.

2. Lo primero quiero tratar, según mi pobre entendimiento, en qué

está la sustancia de la perfecta oración. Porque algunos he topado

que les parece está todo el negocio en el pensamiento, y si éste

pueden tener mucho en Dios, aunque sea haciéndose gran fuerza,

luego les parece que son espirituales; y si se divierten, no pudiendo

más, aunque sea para cosas buenas, luego les viene gran

desconsuelo y les parece que están perdidos. Estas cosas e

ignorancias no las tendrán los letrados, aunque ya he topado con

alguno en ellas: mas para nosotras las mujeres, de todas estas

ignorancias nos conviene ser avisadas. No digo que no es merced

del Señor quien siempre puede estar meditando en sus obras, y es

bien que se procure; mas hase de entender que no todas las

imaginaciones son hábiles de su natural para esto, mas todas las

almas lo son para amar. Ya otra vez escribí las causas de este

desvarío de nuestra imaginación, a mi parecer; no todas, que será

imposible, mas algunas. Y así no trato ahora de esto, sino querría

dar a entender que el alma no es el pensamiento, ni la voluntad es

mandada por él, que tendría harta mala ventura; por donde el

aprovechamiento del alma no está en pensar mucho, sino en amar

mucho.

3. ¿Cómo se adquirirá este amor? - Determinándose a obrar y

padecer, y hacerlo cuando se ofreciere. Bien es verdad que del

pensar lo que debemos al Señor y quién es y lo que somos, se

viene a hacer una alma determinada y que es gran mérito, y para

los principios muy conveniente; mas entiéndese cuando no hay de

por medio cosas que toquen en obediencia y aprovechamiento de

los prójimos. Cualquiera de estas dos cosas que se ofrezcan, piden

tiempo para dejar el que nosotros tanto deseamos dar a Dios, que a

nuestro parecer es estarnos a solas pensando en El y regalándonos

con los regalos que nos da. Dejar esto por cualquiera de estas dos

cosas, es regalarle y hacer por El, dicho por su boca: Lo que

hicisteis por uno de estos pequeñitos, hacéis por mí. Y en lo que

toca a la obediencia, no querrá que vaya por otro camino que El,

quien bien le quisiere: obediens usque ad mortem.

4. Pues si esto es verdad, ¿de qué procede el disgusto que por la

mayor parte da, cuando no se ha estado mucha parte del día muy

apartados y embebidos en Dios, aunque andemos empleados en

estotras cosas? - A mi parecer, por dos razones: la una y más

principal, por un amor propio que aquí se mezcla, muy delicado; y

así no se deja entender que es querernos más contentar a nosotros

que a Dios. Porque está claro que, después que una alma

comienza a gustar cuán suave es elSeñor, que es más gusto

estarse descansando el cuerpo sin trabajar y regalada el alma.

5. ¡Oh caridad de los que verdaderamente aman este Señor y

conocen su condición! ¡Qué poco descanso podrán tener si ven que

son un poquito de parte para que una alma sola se aproveche y

amemás a Dios, o para darle algún consuelo, o para quitarla de

algún peligro! ¡Qué mal descansará con este descanso particular

suyo! Y cuando no puede con obras, con oración, importunando al

Señor por las muchas almas que la lastima de ver que se pierden.

Pierde ella su regalo, y lo tiene por bien perdido, porque no se

acuerda de su contento, sino en cómo hacer más la voluntad del

Señor. Y así es en la obediencia. Sería recia cosa que nos

estuviese claramente diciendo Dios que fuésemos a alguna cosa

que le importa, y no quisiésemos, sino estarle mirando, porque

estamos más a nuestro placer. ¡Donoso adelantamiento en el amor

de Dios! Es atarle las manos con parecer que no nos puede

aprovechar sino por un camino.

6. Conozco a algunas personas que de vista (dejado, como he

dicho, lo que yo he experimentado), que me han hecho entender

esta verdad, cuando yo estaba con pena grande de verme con poco

tiempo, y así las había lástima de verlas siempre ocupadas en

negocios y cosas muchas les mandaba la obediencia; y pensaba yo

en mí, y aun se lo decía, que no era posible entre tanta baraúnda

crecer el espíritu, porque entonces no tenían mucho. ¡Oh Señor,

cuán diferentes son vuestros caminos de nuestras torpes

imaginaciones! ¡Y cómo de un alma que está ya determinada a

amaros y dejada en vuestras manos, no queréis otra cosa sino que

obedezca y se informe bien de lo que es más servicio vuestro, y eso

desee! No ha menester ella buscar los caminos ni escogerlos, que

ya su voluntad es vuestra. Vos, Señor mío, tomáis ese cuidado de

guiarla por donde más se aproveche. Y aunque el prelado no ande

con este cuidado de aprovecharnos el alma, sino de que se hagan

los negocios, que le parece conviene a la comunidad, Vos, Dios

mío, le tenéis y vais disponiendo el alma y las cosas que se tratan

de manera que, sin entender cómo, nos hallamos con espíritu y

gran aprovechamiento, que nos deja después espantadas.

7. Así lo estaba una persona que ha pocos días que hablé, que la

obediencia le había traído cerca de quince años tan trabajado en

oficios y gobiernos, que en todos éstos no se acordaba de haber

tenido un día para sí, aunque él procuraba lo mejor que podía

algunos ratos al día de oración y de traer limpia conciencia. Es un

alma de las más inclinadas a obediencia que yo he visto, y así la

pega a cuantas trata. Hale pagado bien el Señor, que, sin saber

cómo, se halló con aquella libertad de espíritu tan preciada y

deseada que tienen los perfectos, adonde se halla toda la felicidad

que en esta vida se puede desear; porque, no queriendo nada, lo

poseen todo. Ninguna cosa temen ni desean de la tierra, ni los

trabajos las turban, ni los contentos las hacen movimiento. En fin,

nadie la puede quitar la paz, porque ésta de sólo Dios depende. Y

como a El nadie le puede quitar, sólo temor de perderle puede dar

pena, que todo lo demás de este mundo es, en su opinión, como si

no fuese, porque ni le hace ni le deshace para su contento. ¡Oh

dichosa obediencia y distracción por ella, que tanto pudo alcanzar!

8. No es sola esta persona, que otras he conocido de la misma

suerte, que no las había visto algunos años había y hartos; y

preguntándoles en qué se habían pasado, era todo en ocupaciones

de obediencia y caridad. Por otra parte, veíalos tan medrados en

cosas espirituales, que me espantaban. Pues ¡ea, hijas mías!, no

haya desconsuelo cuando la obediencia os trajere empleadas en

cosas exteriores; entended que si es en la cocina, entre los

pucheros anda el Señor ayudándoos en lo interior y exterior.

9. Acuérdome que me contó un religioso que había determinado y

puesto muy por sí que ninguna cosa le mandase el prelado que

dijese de no, por trabajo que le diese; y un día estaba hecho

pedazos de trabajar, y ya tarde, que no se podía tener, e iba a

descansar sentándose un poco, y topóle el prelado y díjole que

tomase el azadón y fuese a cavar a la huerta. El calló, aunque bien

afligido el natural, que no se podía valer; tomó su azadón, y yendo a

entrar por un tránsito que había en la huerta (que yo vi muchos

años después que él me lo había contado, que acerté a fundar en

aquel lugar una casa), se le apareció nuestro Señor con la cruz a

cuestas, tan cansado y fatigado, que le dio bien a entender que no

era nada el que él tenía en aquella comparación.

10. Yo creo que, como el demonio ve que no hay camino que más

presto lleve a la suma perfección que el de la obediencia, pone

tantos disgustos y dificultades debajo de color de bien. Y esto se

note bien y verán claro que digo verdad. En lo que está la suma

perfección, claro está que no es en regalos interiores ni en grandes

arrobamientos ni visiones ni en espíritu de profecía; sino en estar

nuestra voluntad tan conforme con la de Dios, que ninguna cosa

entendamos que quiere, que no la queramos con toda nuestra

voluntad, y tan alegremente tomemos lo sabroso como lo amargo,

entendiendo que lo quiere Su Majestad. Esto parece dificultosísimo,

no el hacerlo, sino este contentarnos con lo que de en todo en todo

nuestra voluntad contradice conforme a nuestro natural; y así es

verdad que lo es. Mas esta fuerza tiene el amor, si es perfecto, que

olvidamos nuestro contento por contentar a quien amamos. Y

verdaderamente es así que, aunque sean grandísimos trabajos,

entendiendo contentamos a Dios, se nos hacen dulces. Y de esta

manera aman los que han llegado aquí, las persecuciones y

deshonras y agravios. Esto es tan cierto y está tan sabido y llano,

que no hay para qué me detener en ello.

11. Lo que pretendo dar a entender es la causa que la obediencia, a

mi parecer, hace más presto, o es el mayor medio que hay para

llegar a este tan dichoso estado. Es que como en ninguna manera

somos señores de nuestra voluntad, para pura y limpiamente

emplearla toda en Dios, hasta que la sujetamos a la razón, es la

obediencia el verdadero camino para sujetarla. Porque esto no se

hace con buenas razones; que nuestro natural y amor propio tiene

tantas, que nunca llegaríamos allá. Y muchas veces, lo que es

mayor razón, si no lo hemos gana, nos hace parecer disparate con

la gana que tenemos de hacerlo.

12. Había tanto que decir aquí, que no acabaríamos de esta batalla

interior, y tanto lo que pone el demonio y el mundo y nuestra

sensualidad para hacernos torcer la razón.

¿Pues qué remedio? - Que así como acá en un pleito muy dudoso

se toma un juez y lo ponen en manos las partes, cansados de

pleitear, tome nuestra alma uno, que sea el prelado o confesor, con

determinación de no traer más pleito ni pensar más en su causa,

sino fiar de las palabras del Señor que dice: A quien a vosotros oye,

a mí me oye, y descuidar de su voluntad. Tiene el Señor en tanto

este rendimiento (y con razón, porque es hacerle señor del libre

albedrío que nos ha dado), que ejercitándonos en esto, una vez

deshaciéndonos, otra vez con mil batallas, pareciéndonos desatino

lo que se juzga en nuestra causa, venimos a conformarnos con lo

que nos mandan, con este ejercicio penoso; mas con pena o sin

ella, en fin, lo hacemos, y el Señor ayuda tanto de su parte, que por

la misma causa que sujetamos nuestra voluntad y razón por El, nos

hace señores de ella. Entonces, siendo señores de nosotros

mismos, nos podemos con perfección emplear en Dios, dándole la

voluntad limpia para que la junte con la suya, pidiéndole que venga

fuego del cielo de amor suyo que abrase este sacrificio, quitando

todo lo que le puede descontentar; pues ya no ha quedado por

nosotros, que, aunque con hartos trabajos, le hemos puesto sobre

el altar, que, en cuanto ha sido en nosotros, no toca en la tierra.

13. Está claro que no puede uno dar lo que no tiene, sino que es

menester tenerlo primero. Pues, créanme que, para adquirir este

tesoro, que no hay mejor camino que cavar y trabajar para sacarle

de esta mina de la obediencia; que mientras más caváremos,

hallaremos más, y mientras más nos sujetáremos a los hombres, no

teniendo otra voluntad sino la de nuestros mayores, más estaremos

señores de ella para conformarla con la de Dios.

Mirad, hermanas, si quedará bien pagado el dejar el gusto de la

soledad. Yo os digo que no por falta de ella dejaréis de disponeros

para alcanzar esta verdadera unión que queda dicha, que es hacer

mi voluntad una con la de Dios. Esta es la unión que yo deseo y

querría en todas, que no unos embebecimientos muy regalados que

hay, a quien tienen puesto nombre de unión, y será así siendo

después de ésta que dejo dicha. Mas si después de esa suspensión

queda poca obediencia y propia voluntad, unida con su amor propio

me parece a mí que estará, que no con la voluntad de Dios. Su

Majestad sea servido de que yo lo obre como lo entiendo.

14. La segunda causa que me parece causa este sinsabor, es que

como en la soledad hay menos ocasiones de ofender al Señor (que

algunas, como en todas partes están los demonios y nosotros

mismos, no pueden faltar), parece anda el alma más limpia; que si

es temerosa de ofenderle,es grandísimo consuelo no haber en qué

tropezar. Y, cierto, ésta me parece a mí más bastante razón para

desear no tratar con nadie que la de grandes regalos y gustos de

Dios.

15. Aquí, hijas mías, se ha de ver el amor, que no a los rincones,

sino en mitad de las ocasiones. Y creedme que, aunque haya más

faltas y aun algunas pequeñas quiebras, que sin comparación es

mayor ganancia nuestra. Miren que siempre hablo presuponiendo

andar en ellas por obediencia o caridad; que a no haber esto de por

medio, siempre me resumo en que es mejor la soledad, y aun que

hemos de desearla, aun andando en lo que digo; a la verdad, este

deseo él anda continuo en las almas que de veras aman a Dios. Por

lo que digo que es ganancia, es porque se nos da a entender quién

somos y hasta dónde llega nuestra virtud. Porque una persona

siempre recogida, por santa que a su parecer sea, no sabe si tiene

paciencia ni humildad, ni tiene cómo lo saber. Como si un hombre

fuese muy esforzado, ¿cómo se ha de entender si no se ha visto en

batalla? San Pedro harto le parecía que era, mas miren lo que fue

en la ocasión; mas salió de aquella quiebra no confiando nada de

sí, y de allí vino a ponerla en Dios y pasó después el martirio que

vimos.

16. ¡Oh válgame Dios, si entendiésemos cuánta miseria es la

nuestra! En todo hay peligro, si no la entendemos. Y a esta causa

nos es gran bien que nos manden cosas para ver nuestra bajeza. Y

tengo por mayor merced del Señor un día de propio y humilde

conocimiento, aunque nos haya costado muchas aflicciones y

trabajos, que muchos de oración. ¡Cuánto más que el verdadero

amante en toda parte ama y siempre se acuerda del amado! Recia

cosa sería que sólo en los rincones se pudiese traer oración. Ya

veo yo que no puede ser muchas horas; mas, ¡oh Señor mío!, ¡qué

fuerza tiene con Vos un suspiro salido de las entrañas, de pena por

ver que no basta que estamos en este destierro, sino que aun no

nos den lugar para eso que podríamos estar a solas gozando de

Vos! (14

17. Aquí se ve bien que somos esclavos suyos, vendidos por su

amor de nuestra voluntad a la virtud de la obediencia, pues por ella

dejamos, en alguna manera, de gozar al mismo Dios. Y no es nada,

si consideramos que El vino del seno del Padre por obediencia, a

hacerse esclavo nuestro. ¿Pues con qué se podrá pagar ni servir

esta merced? Es menester andar con aviso de no descuidarse de

manera en las obras, aunque sean de obediencia y caridad, que

muchas veces no acudan a lo interior a su Dios. Y créanme que no

es el largo tiempo el que aprovecha el alma en la oración; que

cuando le emplean tan bien en obras, gran ayuda es para que en

muy poco espacio tenga mejor disposición para encender el amor,

que en muchas horas de consideración. Todo ha de venir de su

mano. Sea bendito por siempre jamás.

------------------------------------------------------------------------

CAPÍTULO 6

Avisa los daños que puede causar a gente espiritual no entender

cuándo ha de resistir al espíritu. Trata de los deseos que tiene el

alma de comulgar. El engaño que puede haber en esto. Hay cosas

importantes para las que gobiernan estas casas.

1. Yo he andado con diligencia procurando entender de dónde

procede un embebecimiento grande que he visto tener a algunas

personas a quien el Señor regala mucho en la oración, y por ellas

no queda el disponerse a recibir mercedes. No trato ahora de

cuando un alma es suspendida y arrebatada de Su Majestad, que

mucho he escrito en otras partes de esto, y en cosa semejante no

hay que hablar, porque nosotros no podemos nada, aunque

hagamos más por resistir, si es verdadero arrobamiento. Hase de

notar que en éste dura poco la fuerza que nos fuerza a no ser

señores de nosotros. Mas acaece muchas veces comenzar una

oración de quietud, a manera de sueño espiritual, que embebece el

alma de manera que, si no entendemos cómo se ha de proceder

aquí, se puede perder mucho tiempo y acabar la fuerza por nuestra

culpa y con poco merecimiento.

2. Querría saberme dar aquí a entender, y es tan dificultoso, que no

sé si saldré con ello; mas bien sé que, si quieren creerme, lo

entenderán las almas que anduvieren en este engaño. Algunas sé

que se estaban siete u ocho horas, y almas de gran virtud, y todo

les parecía era arrobamiento; y cualquier ejercicio virtuoso las cogía

de tal manera que luego se dejaban a sí mismas, pareciendo no era

bien resistir al Señor; y así poco a poco se podrán morir o tornar

tontas, si no procuran el remedio. Lo que entiendo en este caso es,

que como el Señor comienza a regalar el alma y nuestro natural es

tan amigo de deleite, empléase tanto en aquel gusto, que ni se

querría menear ni por ninguna cosa perderle. Porque, a la verdad,

es más gustoso que los del mundo, y cuando acierta en natural

flaco o de su mismo natural el ingenio (o por mejor decir, la

imaginación) no variable, sino que aprehendiendo en una cosa se

queda en ella sin más divertir, como muchas personas, que

comienzan a pensar en una cosa, aunque no sea de Dios, se

quedan embebidas o mirando una cosa sin advertir lo que miran:

una gente de condición pausada, que parece de descuido se les

olvida lo que van a decir; así acaece acá, conforme a los naturales

o complexión o flaqueza, o que si tienen melancolía, harálas

entender mil embustes gustosos.

3. De este humor hablaré un poco adelante; mas aunque no le

haya, acaece lo que he dicho, y también en personas que de

penitencia están gastadas, que -como he dicho- en comenzando el

amor a dar gusto en el sentido, se dejan tanto llevar de él, como

tengo dicho. Y a mi parecer, amarían muy mejor no dejándose

embobar, que en este término de oración pueden muy bien resistir.

Porque como cuando hay flaqueza se siente un desmayo que ni

deja hablar ni menear, así es acá si no se resiste; que la fuerza del

espíritu, si está flaco el natural, le coge y sujeta.

4. Podránme decir que qué diferencia tiene esto de arrobamiento,

que lo mismo es, al menos al parecer. Y no les falta razón, mas no

al ser. Porque en arrobamiento o unión de todas las potenciascomo

digo- dura poco y deja grandes efectos y luz interior en el

alma con otras muchas ganancias, y ninguna cosa obra el

entendimiento, sino el Señor es el que obra en la voluntad. Acá es

muy diferente; que, aunque el cuerpo está preso, no lo está la

voluntad, ni la memoria ni entendimiento, sino que harán su

operación desvariada, y por ventura, si han asentado en una cosa,

aquí darán y tomarán.

5. Yo ninguna ganancia hallo en esta flaqueza corporal -que no es

otra cosa-, salvo que tuvo buen principio; mas sirva para emplear

bien este tiempo, que tanto tiempo embebidas; mucho más se

puede merecer con un acto y con despertar muchas veces la

voluntad para que ame más a Dios, que no dejarla pausada. Así

aconsejo a las prioras que pongan toda la diligencia posible en

quitar estos pasmos tan largos; que no es otra cosa, a mi parecer,

sino dar lugar a que se tullan las potencias y sentidos para no hacer

lo que su alma les manda; y así la quitan la ganancia que, andando

cuidadosos, le suelen acarrear. Si entiende que es flaqueza, quitar

los ayunos y disciplinas (digo los que no son forzosos, y a tiempo

puede venir que se puedan todos quitar con buena conciencia),

darle oficios para que se distraiga.

6. Y aunque no tenga estos amortecimientos, si trae muy empleada

la imaginación, aunque sea en cosas muy subidas de oración, es

menester esto, que acaece algunas veces no ser señoras de sí. En

especial, si han recibido del Señor alguna merced trasordinaria o

visto alguna visión, queda el alma de manera que le parecerá

siempre la está viendo, y no es así, que no fue más de una vez. Es

menester quien se viere con este embebecimiento muchos días,

procurar mudar la consideración; que, como sea en cosas de Dios,

no es inconveniente más que estén en uno que en otro, como se

empleen en cosas suyas, y tanto se huelga algunas veces que

consideren sus criaturas y el poder que tuvo en criarlas, como

pensar en el mismo Criador.

7. ¡Oh desventurada miseria humana, que quedaste tal por el

pecado, que aun en lo bueno hemos menester tasa y medida para

no dar con nuestra salud en el suelo de manera que no lo podamos

gozar! Y verdaderamente conviene a muchas personas, en especial

a las de flacas cabezas o imaginación, y es servir más a nuestro

Señor y muy necesario entenderse. Y cuando una viere que se le

pone en la imaginación un misterio de la Pasión o la gloria del cielo

o cualquier cosa semejante, y que está muchos días que, aunque

quiere, no puede pensar en otra cosa ni quitar de estar embebida

en aquello, entienda que le conviene distraerse como pudiere; si no,

que vendrá por tiempo a entender el daño, y que esto nace de lo

que tengo dicho: o flaqueza grande corporal, o de la imaginación,

que es muy peor. Porque así como un loco si da en una cosa no es

señor de sí, ni puede divertirse ni pensar en otra, ni hay razones

que para esto le muevan, porque no es señor de la razón, así

podría suceder acá, aunque es locura sabrosa, o que si tiene humor

de melancolía, puédele hacer muy gran daño. Yo no hallo por

dónde sea bueno, porque el alma es capaz para gozar del mismo

Dios. Pues si no fuese alguna cosa de las que he dicho, pues Dios

es infinito, ¿por qué ha de estar el alma cautiva a sola una de sus

grandezas o misterios, pues hay tanto en que nos ocupar? Y

mientras en más cosas quisiéremos considerar suyas, más se

descubren sus grandezas.

8. No digo que en una hora ni aun en un día piensen en muchas

cosas, que esto sería no gozar por ventura de ninguna bien; que

como es cosas tan delicadas, no querría que pensasen lo que no

me pasa por pensamiento decir, ni entendiesen uno por otro. Cierto,

es tan importante entender este capítulo bien, que aunque sea

pesada en escribirle, no me pesa, ni querría le pesase a quien no le

entendiere de una vez, leerle muchas, en especial las prioras y

maestras de novicias que han de guiar en oración a las hermanas.

Porque verán, si no andan con cuidado al principio, el mucho

tiempo que será después menester para remediar semejantes

flaquezas.

9. Si hubiera de escribir lo mucho de este daño que ha venido a mi

noticia, vieran tengo razón de poner en esto tanto. Una sola quiero

decir y por ésta sacarán las demás: están en un monasterio de

éstos una monja y una lega, la una y la otra de grandísima oración,

acompañada de mortificación y humildad y virtudes, muy regaladas

del Señor, y a quien comunica de sus grandezas; particularmente

tan desasidas y ocupadas en su amor, que no parece, aunque

mucho las queramos andar a los alcances, que dejan de responder,

conforme a nuestra bajeza, a las mercedes que nuestro Señor les

hace. He tratado tanto de su virtud, porque teman más las que no la

tuvieren. Comenzáronles unos ímpetus grandes de deseo del

Señor, que no se podían valer. Parecíales se les aplacaba cuando

comulgaban, y así procuraban con los confesores fuese a menudo,

de manera que vino tanto a crecer esta su pena, que si no las

comulgaban cada día, parecía que se iban a morir. Los confesores,

como veían tales almas y con tan grandes deseos, aunque el uno

era bien espiritual, parecióle convenía este remedio para su mal.

10. No paraba sólo en esto, sino que a la una eran tantas sus

ansias, que era menester comulgar de mañana para poder vivir, a

su parecer; que no eran almas que fingieran cosa, ni por ninguna de

las del mundo dijeran mentira. Yo no estaba allí y la priora

escribióme lo que pasaba y que no se podía valer con ellas, y que

personas tales decían que, pues no podían más, se remediasen

así. Yo entendí luego el negocio, que lo quiso el Señor; con todo,

callé hasta estar presente, porque temí no me engañase, y a quien

lo aprobaba era razón no contradecir hasta darle mis razones.

11. El era tan humilde, que luego como fui allá y le hablé, me dio

crédito. El otro no era tan espiritual, ni casi nada en su

comparación; no había remedio de poderle persuadir. Mas de éste

se me dio poco, por no le estar tan obligada. Yo las comencé a

hablar y a decir muchas razones, a mi parecer bastantes para que

entendiesen era imaginación el pensar se morirían sin este

remedio. Teníanla tan fijada en esto, que ninguna cosa bastó ni

bastara llevándose por razones. Ya yo vi era excusado, y díjeles

que yo también tenía aquellos deseos y dejaría de comulgar,

porque creyesen que ellas no lo habían de hacer sino cuando

todas; que nos muriésemos todas tres, que yo tendría esto por

mejor que no que semejante costumbre se pusiese en estas casas,

adonde había quien amaba a Dios tanto como ellas, y querrían

hacer otro tanto.

12. Era en tanto extremo el daño que ya había hecho la costumbre,

y el demonio debía entremeterse, que verdaderamente, como no

comulgaron, parecía que se morían. Yo mostré gran rigor, porque

mientras más veía que no se sujetaban a la obediencia (porque, a

su parecer, no podían más), más claro vi que era tentación. Aquel

día pasaron con harto trabajo; otro, con un poco menos, y así fue

disminuyendo de manera que, aunque yo comulgaba, porque me lo

mandaron (que veíalas tan flacas que no lo hiciera), pasaba muy

bien por ello.

13. Desde a poco, entendieron ellas y todas la tentación y el bien

que fue remediarlo con tiempo; porque de aquí a poco más

sucedieron cosas en aquella casa de inquietud con los prelados (no

a culpa suya; adelante podrá ser diga algo de ello), que no tomaran

a bien semejante costumbre, ni la sufrieran.

14. ¡Oh, cuántas cosas pudiera decir de éstas! Sola otra diré. No

era en monasterio de nuestra Orden, sino de bernardas. Estaba una

monja, no menos virtuosa que las dichas; ésta con muchas

disciplinas y ayunos vino a tanta flaqueza, que cada vez que

comulgaba o había ocasión de encenderse en devoción, luego era

caída en el suelo, y así se estaba ocho o nueve horas, pareciendo a

ella y a todas era arrobamiento. Esto le acaecía tan a menudo, que

si no se remediara, creo viniera en mucho mal. Andaba por todo el

lugar la fama de los arrobamientos; a mí me pesaba de oírlo,

porquequiso el Señor entendiese lo que era, y temía en lo que

había de parar. Quien la confesaba a ella era muy padre mío, y

fuémelo a contar. Yo le dije lo que entendía y cómo era perder

tiempo e imposible ser arrobamiento, sino flaqueza; que la quitase

los ayunos y disciplinas y la hiciese divertir. Ella era obediente;

hízolo así. Desde a poco que fue tomando fuerza, no había

memoria de arrobamiento; y si de verdad lo fuera, ningún remedio

bastara hasta que fuera la voluntad de Dios; porque es tan grande

la fuerza del espíritu, que no bastan las nuestras para resistir, y -

como he dicho- deja grandes efectos en el alma; esotro, no más

que si no pasase, y cansancio en el cuerpo.

15. Pues quede entendido de aquí que todo lo que nos sujetare de

manera que entendamos no deja libre la razón, tengamos por

sospechoso y que nunca por aquí se ganará la libertad de espíritu;

que una de las cosas que tiene es hallar a Dios en todas las cosas

y poder pensar en ellas. Lo demás es sujeción de espíritu y, dejado

el daño que hace al cuerpo, ata al alma para no crecer; sino como

cuando van en un camino y entran en un trampal o atolladero, que

no pueden pasar de allí, en parte hace así el alma, la cual, para ir

adelante, no sólo ha menester andar sino volar; o que cuando dicen

y les parece andan embebidas en la divinidad y que no pueden

valerse, según andan suspendidas, ni hay remedio de divertirse,

que acaece muchas veces.

16. Miren que torno a avisar que por un día ni cuatro ni ocho no hay

que temer, que no es mucho un natural flaco quede espantado por

estos días. (Entiéndese alguna vez). Si pasa de aquí, es menester

remedio. El bien que todo esto tiene es que no hay culpa de pecado

ni dejarán de ir mereciendo; mas hay los inconvenientes que tengo

dichos, y hartos más. En lo que toca a las comuniones será muy

grande, por amor que tenga un alma, no esté sujeta también en

esto al confesor y a la priora; aunque sienta soledad, no con

extremos. Para no venir a ellos, es menester también en esto, como

en otras cosas, las vayan mortificando, y las den a entender

conviene más no hacer su voluntad, que no su consuelo.

17. También puede entremeterse en esto nuestro amor propio. Por

mí ha pasado, que me acaecía algunas veces que, en acabando de

comulgar (casi que aun la forma no podía dejar de estar entera), si

veía comulgar a otras, quisiera no haber comulgado por tornar a

comulgar. Como me acaecía tantas veces, he venido después a

advertir (que entonces no me parecía había en qué reparar) cómo

era más por mi gusto que por amor de Dios; que como, cuando

llegamos a comulgar, por la mayor parte, se siente ternura y gusto,

aquello me llevaba a mí: que si fuera por tener a Dios en mi alma,

ya le tenía; si por cumplir lo que nos manda de que lleguemos a la

sacra comunión, ya lo había hecho; si por recibir las mercedes que

con el Santísimo Sacramento se dan, ya las había recibido. En fin,

he venido claro a entender que no había en ello más de tornar a

tener aquel gusto sensible.

18. Acuérdome que en un lugar que estuve, adonde había

monasterio nuestro, conocí una mujer, grandísima sierva de Dios, a

dicho de todo el pueblo, y debíalo de ser. Comulgaba cada día y no

tenía confesor particular, sino una vez iba a una iglesia a comulgar,

otra a otra. Yo notaba esto, y quisiera más verla obedecer a una

persona, que no tanta comunión. Estaba en casa por sí, y a mi

parecer haciendo lo que quería; sino que, como era buena, todo era

bueno. Yo se lo decía algunas veces; mas no hacía caso de mí, y

con razón, porque era muy mejor que yo; mas en esto no me

parecía errara. Fue allí el santo fray Pedro de Alcántara; procuré

que la hablase, y no quedé contenta de la relación que la dio; y en

ello no debía haber más, sino que somos tan miserables, que nunca

nos satisfacemos mucho, sino de los que van por nuestro camino;

porque yo creo que había ésta servido más al Señor y hecho más

penitencia en un año que yo en muchos.

19. Vínole a dar el mal de la muerte, que a esto voy; ella tuvo

diligencia para procurar le dijesen misa en su casa cada día y le

diesen el Santísimo Sacramento. Como duró la enfermedad, un

clérigo harto siervo de Dios, que se la decía muchas veces,

parecióle no se sufría de que en su casa comulgase cada día.

Debía ser tentación del demonio, porque acertó a ser el postrero,

que murió. Ella, como vio acabar la misa y quedarse sin el Señor,

diole tan gran enojo y estuvo con tanta cólera con el clérigo, que él

vino bien escandalizado a contármelo a mí. Yo sentí harto, porque

aun no sé si se reconcilió; que me parece murió luego.

20. De aquí vine a entender el daño que hace hacer nuestra

voluntad en nada, y en especial en una cosa tan grande; que quien

tan a menudo se llega al Señor, es razón que entienda tanto su

indignidad, que no sea por su parecer, sino que lo que nos falta

para llegar a tan gran Señor -que, forzado, será mucho-, supla la

obediencia de ser mandadas. A esta bendita ofreciósele ocasión de

humillarse mucho, y por ventura mereciera más que comulgando,

entendiendo que no tenía culpa el clérigo, sino que el Señor, viendo

su miseria y cuán indigna estaba, lo había ordenado así, para entrar

en tan ruin posada; como hacía una persona, que la quitaban

muchas veces los discretos confesores la comunión, porque era a

menudo; ella, aunque lo sentía muy tiernamente, por otra parte

deseaba más la honra de Dios que la suya, y no hacía sino

alabarle, porque había despertado el confesor para que mirase por

ella y no entrase Su Majestad en tan ruin posada. Y con estas

consideraciones obedecía con gran quietud de su alma, aunque con

pena tierna y amorosa; mas por todo el mundo junto no fuera contra

lo que la mandaban.

21. Créanme, que amor de Dios (no digo que lo es, sino a nuestro

parecer) que menea las pasiones de suerte que para en alguna

ofensa suya o en alterar la paz del alma enamorada de manera que

no entienda la razón, es claro que nos buscamos a nosotros, y que

no dormirá el demonio, para apretarnos cuando más daño nos

piense hacer, como hizo a esta mujer, que, cierto, me espantó

mucho, aunque no porque dejo de creer que no sería parte para

estorbar su salvación, que es grande la bondad de Dios; mas fue a

recio tiempo la tentación.

22. Helo dicho aquí, porque las prioras estén advertidas, y las

hermanas teman y consideren y se examinen de la manera que

llegan a recibir tan gran merced. Si es por contentar a Dios, ya

saben que se contenta más con la obediencia que con el sacrificio.

Pues si esto es y merezco más, ¿qué me altera? No digo que

queden sin pena humilde, porque no todas han llegado a perfección

de no tenerla, por sólo hacer lo que entienden que agrada más a

Dios; que si la voluntad está muy desasida de todo su propio

interés, está claro que no sentirá ninguna cosa; antes se alegrará

de que se le ofrece ocasión de contentar al Señor en cosa tan

costosa, y se humillará y quedará tan satisfecha comulgando

espiritualmente.

23. Mas porque a los principios es mercedes que hace el Señor

estos grandes deseos de llegarse a El (y aun a los fines, mas digo a

los principios porque es de tener en más) y en lo demás de la

perfección que he dicho no están tan enteras, bien se les concede

que sientan ternura y pena cuando se lo quitare, con sosiego del

alma y sacando actos de humildad de aquí. Mas cuando fuere con

alguna alteración o pasión, y tentándose con la prelada o con el

confesor, crean que es conocida tentación, o que si alguno se

determina, aunque le diga el confesor que no comulgue, a

comulgar. Yo no querría el mérito que de allí sacará, porque en

cosas semejantes no hemos de ser jueces de nosotros. El que tiene

las llaves para atar y desatar, lo ha de ser. Plega al Señor que, para

entendernos en cosas tan importantes, nos dé luz y no nos falte su

favor, para que de las mercedes que nos hace no saquemos darle

disgusto.

------------------------------------------------------------------------

CAPÍTULO 7

De cómo se han de haber con las que tienen melancolía. Es

necesario para las preladas.

1. Estas mis hermanas de San José de Salamanca -adonde estoy

cuando esto escribo- me han mucho pedido diga algo de cómo se

han de haber con las que tienen humor de melancolía. Y porque,

por mucho que andamos procurando no tomar las que le tienen, es

tan sutil que se hace mortecino para cuando es menester y así no lo

entendemos hasta que no se puede remediar; paréceme que en un

librico pequeño dije algo de esto, no me acuerdo; poco se pierde en

decir algo aquí, si el Señor fuese servido que acertase. Ya puede

ser que esté dicho otra vez; otras ciento lo diría, si pensase atinar

alguna en algo que aprovechase. Son tantas las invenciones que

busca este humor para hacer su voluntad, que es menester

buscarlas para cómo lo sufrir y gobernar sin que haga daño a las

otras.

2. Hase de advertir que no todos los que tienen este humor son tan

trabajosos, que cuando cae en un sujeto humilde y en condición

blanda, aunque consigo mismos traen trabajo, no dañan a los otros,

en especial si hay buen entendimiento. Y también hay más y menos

de este humor. Cierto, creo que el demonio en algunas personas le

toma por medianero para si pudiese ganarlas; y si no andan con

gran aviso, sí hará. Porque, como lo que más este humor hace es

sujetar la razón, ésta obscura, ¿qué no harán nuestras pasiones?

Parece que si no hay razón, que es ser locos, y es así; mas en las

que ahora hablamos, no llega a tanto mal, que harto menos mal

sería. Mas haber de tenerse por persona de razón y tratarla como

tal no teniéndola, es trabajo intolerable; que los que están del todo

enfermos de este mal, es para haberlos piedad, mas no dañan y, si

algún medio hay para sujetarlos, es que hayan temor.

3. En los que sólo ha comenzado este tan dañoso mal, aunque no

esté tan confirmado, en fin es de aquel humor y raíz, y nace de

aquella cepa; y así, cuando no bastaren otros artificios, el mismo

remedio ha menester, y que se aprovechen las preladas de las

penitencias de la Orden y procuren sujetarlas de manera que

entiendan no han de salir con todo ni con nada de lo que quieren.

Porque, si entienden que algunas veces han bastado sus clamores

y las desesperaciones que dice el demonio en ellos, por si pudiese

echarlos a perder, ellos van perdidos, y una basta para traer

inquieto un monasterio; porque, como la pobrecita en sí misma no

tiene quien la valga para defenderse de las cosas que la pone el

demonio, es menester que la prelada ande con grandísimo aviso

para su gobierno, no sólo exterior, sino interior; que la razón que en

la enferma está obscurecida, es menester esté más clara en la

prelada, para que no comience el demonio a sujetar aquel alma,

tomando por medio este mal. Porque es cosa peligrosa, que, como

es a tiempos el apretar este humor tanto que sujete la razón (y

entonces no será culpa, como no lo es a los locos, por desatinos

que hagan; mas a los que no lo están, sino enferma la razón,

todavía hay alguna, y otros tiempos están buenos), es menester

que no comiencen en los tiempos que están malos a tomar libertad,

para que cuando están buenos no sean señores de sí, que es

terrible ardid del demonio. Y así, si lo miramos, en lo que más dan

es en salir con lo que quieren y decir todo lo que se les viene a la

boca y mirar faltas en los otros con que encubrir las suyas, y

holgarse en lo que les da gusto; en fin, como quien no tiene en sí

quien la resista. Pues las pasiones no mortificadas y que cada una

de ellas querría salir con lo que quiere, ¿qué será, si no hay quien

las resista?

4. Torno a decir, como quien ha visto y tratado muchas personas de

este mal, que no hay otro remedio para él, si no es sujetarlas por

todas las vías y maneras que pudieren. Si no bastaren palabras,

sean castigos; si no bastaren pequeños, sean grandes; si no

bastare un mes de tenerlas encarceladas, sean cuatro: que no

pueden hacer mayor bien a sus almas. Porque, como queda dicho y

lo torno a decir (porque importa para las mismas entenderlo,

aunque alguna vez, o veces, no puedan más consigo), como no es

locura confirmada de suerte que disculpe para la culpa, aunque

algunas veces lo sea, no es siempre, y queda el alma en mucho

peligro; sino estando -como digo- la razón tan quitada que la haga

fuerza, hace lo que, cuando no podía más, hacía o decía. Gran

misericordia es de Dios a los que da este mal, sujetarse a quien los

gobierne, porque aquí está todo su bien, por este peligro que he

dicho. Y, por amor de Dios, si alguna leyere esto, mire que le

importa por ventura la salvación.

5. Yo conozco algunas personas que no les falta casi nada para del

todo perder el juicio; mas tienen almas humildes y tan temerosas de

ofender a Dios, que, aunque se están deshaciendo en lágrimas y

entre sí mismas, no hacen más de lo que les mandan y pasan su

enfermedad como otras hacen, aunque esto es mayor martirio, y así

tendrán mayor gloria, y acá el purgatorio para no le tener allá. Mas

torno a decir, que las que no hicieren esto de grado, que sean

apremiadas de las preladas; y no se engañen con piedades

indiscretas, para que se vengan a alborotar todas con sus

desconciertos.

6. Porque hay otro daño grandísimo, dejado el peligro que queda

dicho de la misma: que como la ven -a su parecer- buena, como no

entienden la fuerza que le hace el mal en lo interior, es tan

miserable nuestro natural que cada una le parecerá es melancólica

para que la sufran; y aun en hecho de verdad se lo hará entender el

demonio así, y vendrá a hacer el demonio un estrago que cuando

se venga a entender sea dificultoso de remediar, e importa tanto

esto, que en ninguna manera se sufre haya en ello descuido; sino

que si la que es melancólica resistiere al prelado, que lo pague

como la sana, y ninguna cosa se le perdone. Si dijere mala palabra

a su hermana, lo mismo. Así en todas las cosas semejantes que

éstas.

7. Parece injusticia que, si no puede más, castiguen a la enferma

como a la sana. - Luego también lo sería atar a los locos y

azotarlos, sino dejarlos matar a todos. Créanme que lo he probado,

y que, a mi parecer, intentado hartos remedios, y que no hallo otro.

Y la priora que por piedad dejare comenzar a tener libertad a las

tales, en fin fin, no se podrá sufrir, y cuando se venga a remediar,

será habiendo hecho mucho daño a las otras. Si, porque no maten

los locos, los atan y castigan, y es bien, aunque parece hace gran

piedad pues ellos no pueden más, ¿cuánto más se ha de mirar que

no hagan daño a las almas con sus libertades? Y verdaderamente

creo que muchas veces es -como he dicho- de condiciones libres y

poco humildes y mal domadas, y que no les hace tanta fuerza el

humor como esto. Digo «en algunas», porque he visto que cuando

hay a quien temer, se van a la mano y pueden; pues ¿por qué no

podrán por Dios? Yo he miedo que el demonio, debajo de color de

este humor -comohe dicho- quiere ganar muchas almas.

8. Porque ahora se usa más que suele, y es que toda la propia

voluntad y libertad llaman ya melancolía. Y es así que he pensado

que en estas casas y en todas las de Religión no se había de tomar

este nombre en la boca, porque parece que trae consigo libertad,

sino que se llame enfermedad grave - ¡y cuánto lo es!- y se cure

como tal. Que a tiempos es muy necesario adelgazar el humor con

alguna cosa de medicina para poderse sufrir; y estése en la

enfermería, y entienda que, cuando saliere a andar en comunidad,

que ha de ser humilde como todas y obedecer como todas; y

cuando no lo hiciere que no le valdrá el humor; porque, por las

razones que tengo dichas conviene, y más se pudieran decir. Las

prioras han menester, sin que las mismas lo entiendan, llevarlas con

mucha piedad, así como verdadera madre, y buscar los medios que

pudiere para su remedio.

9. Parece que me contradigo, porque hasta aquí he dicho que se

lleven con rigor. -Así lo torno a decir: que no entiendan que han de

salir con lo que quieren, ni salgan, puesto en término de que hayan

de obedecer; que en sentir que tienen esta libertad está el daño.

Mas puede la priora no las mandar lo que ve han de resistir, pues

no tienen en sí fuerza para hacerse fuerza; sino llevarlas por maña

y amor todo lo que fuere menester, para que, si fuese posible, por

amor se sujetasen, que sería muy mejor y suele acaecer,

mostrando que las ama mucho, y dárselo a entender por obras y

palabras. Y han de advertir que el mayor remedio que tienen es

ocuparlas mucho en oficios para que no tengan lugar de estar

imaginando, que aquí está todo su mal; y aunque no los hagan tan

bien, súfranlas algunas faltas, por no las sufrir otras mayores

estando perdidas, porque entiendo que es el más suficiente

remedio que se les puede dar, y procurar que no tengan muchos

ratos de oración, aun de lo ordinario; que, por la mayor parte, tienen

la imaginación flaca y haráles mucho daño, y sin eso se les

antojarán cosas que ellas ni quien las oyere no lo acaben de

entender. Téngase cuenta con que no coman pescado, sino pocas

veces; y también en los ayunos es menester no ser tan continuos

como las demás.

10. Demasía parece dar tanto aviso para este mal y no para otro

ninguno, habiéndolos tan graves en nuestra miserable vida, en

especial en la flaqueza de las mujeres. - Es por dos cosas: la una,

que parece están buenas, porque ellas no quieren conocer tienen

este mal; y como no las fuerza a estar en cama, porque no tienen

calentura, ni a llamar médico, es menester lo sea la priora; pues es

más perjudicial mal para toda la perfección, que los que están con

peligro de la vida en la cama. La otra es, porque con otras

enfermedades o sanan o se mueren; de ésta, por maravilla sanan,

ni de ella se mueren, sino vienen a perder del todo el juicio, que es

morir para matar a todas. Ellas pasan harta muerte consigo mismas

de aflicciones e imaginaciones y escrúpulos, y así tendrán harto

gran mérito, aunque ellas siempre las llaman tentaciones; que si

acabasen de entender es del mismo mal, tendrían gran alivio, si no

hiciesen caso de ello.

Por cierto, yo las tengo gran piedad, y así es razón todas se la

tengan las que están con ellas, mirando que se le podrá dar el

Señor, y sobrellevándolas sin que ellas lo entiendan, como tengo

dicho. Plega al Señor que haya atinado a lo que conviene hacer

para tan gran enfermedad.

------------------------------------------------------------------------

CAPÍTULO 8

Trata de algunos avisos para revelaciones y visiones.

1. Parece hace espanto a algunas personas sólo en oír nombrar

visiones o revelaciones. No entiendo la causa por qué tienen por

camino tan peligroso el llevar Dios un alma por aquí, ni de dónde ha

procedido este pasmo. No quiero ahora tratar cuáles son buenas o

malas, ni las señales que he oído a personas muy doctas para

conocer esto; sino de lo que será bien que haga quien se viere en

semejante ocasión, porque a pocos confesores irá que no la dejen

atemorizada; que, cierto, no espanta tanto decir que les representa

el demonio muchos géneros de tentaciones y de espíritu de

blasfemia y disparatadas y deshonestas cosas, cuanto se

escandalizará de decirle que ha visto o habládola algún ángel, o

que se le ha representado Jesucristo crucificado, Señor nuestro.

2. Tampoco quiero ahora tratar de cuándo las revelaciones son de

Dios (que esto está entendido ya los grandes bienes que hacen al

alma), mas que son representaciones que hace el demonio para

engañar, y que se aprovecha de la imagen de Cristo nuestro Señor

o de sus santos para esto. Tengo para mí que no permitirá Su

Majestad ni le dará poder para que con semejantes figuras engañe

a nadie, si no es por su culpa, sino que él quedará engañado. Digo

que no engañará si hay humildad; y así no hay para qué andar

asombradas, sino fiar del Señor y hacer poco caso de estas cosas,

si no es para alabarle más.

3. Yo sé de una persona que la trajeron harto apretada los

confesores por cosas semejantes, que después, a lo que se pudo

entender por los grandes efectos y buenas obras que de esto

procedieron, era de Dios; y harto tenía, cuando veía su imagen en

alguna visión, que santiguarse y dar higas, porque se lo mandaban

así. Después, tratando con un gran letrado dominico, el maestro

fray Domingo Báñez, le dijo que era mal hecho que ninguna

persona hiciese esto, porque adonde quiera que veamos la imagen

de nuestro Señor, es bien reverenciarla, aunque el demonio la haya

pintado; porque él es gran pintor, y antes nos hace buena obra,

queriéndonos hacer mal, si nos pinta un crucifijo u otra imagen tan

al vivo, que la deje esculpida en nuestro corazón. Cuadróme mucho

esta razón, porque cuando vemos una imagen muy buena, aunque

supiésemos la ha pintado un mal hombre, no dejaríamos de estimar

la imagen ni haríamos caso del pintor para quitarnos la devoción.

Porque el bien o el mal no está en la visión, sino en quien la ve y no

se aprovecha con humildad de ellas; que si ésta hay, ningún daño

podrá hacer aunque sea demonio; y si no la hay, aunque sean de

Dios, no hará provecho. Porque, si lo que ha de ser para humillarse

viendo que no merece aquella merced, la ensoberbece, será como

la araña que todo lo que come convierte en ponzoña; o la abeja,

que lo convierte en miel.

4. Quiérome declarar más: si nuestro Señor, por su bondad, quiere

representarse a un alma para que más le conozca o ame, o

mostrarla algún secreto suyo, o hacerla algunos particulares regalos

y mercedes, y ella -como he dicho- con esto que (había de

confundirse y conocer cuán poco lo merece su bajeza) se tiene

luego por santa y le parece por algún servicio que ha hecho le viene

esta merced, claro está que el bien grande que de aquí la podía

venir convierte en mal, como la araña. Pues digamos ahora que el

demonio, por incitar a soberbia, hace estas apariciones: si entonces

el alma, pensando son de Dios, se humilla y conoce no ser

merecedora de tan gran merced y se esfuerza a servir más, porque

viéndose rica, mereciendo aún no comer las migajas que caen de

las personas que ha oído hacer Dios estas mercedes (quiero decir,

ni ser sierva de ninguna), humíllase y comienza a esforzarse a

hacer penitencia y a tener más oración y a tener más cuenta con no

ofender a este Señor, que piensa es el que la hace esta merced, y a

obedecer con más perfección, yo aseguro que no torne el demonio,

sino que se vaya corrido, y que ningún daño deje en el alma.

5. Cuando dice algunas cosas que hagan, o por venir, aquí es

menester tratarlo con confesor discreto y letrado, y no hacer ni creer

cosa sino lo que aquél la dijere. Puédelo comunicar con la priora,

para que le dé confesor que sea tal. Y téngase este aviso, que si no

obedeciere a lo que el confesor le dijere y se dejare guiar por él,

que o es mal espíritu, o terrible melancolía. Porque, puesto que el

confesor no atinase, ella atinará más en no salir de lo que le dice,

aunque sea ángel de Dios el que la habla; porque Su Majestad le

dará luz u ordenará cómo se cumpla, y es sin peligro hacer esto, y

en hacer otra cosa puede haber muchos peligros y muchos daños.

6. Téngase aviso que la flaqueza natural es muy flaca, en especial

en las mujeres, y en este camino de oración se muestra más; y así

es menester que a cada cosita que se nos antoje, no pensemos

luego es cosa de visión; porque crean que cuando lo es, que se da

bien a entender. Adonde hay algo de melancolía, es menester

mucho más aviso; porque cosas han venido a mí, de estos antojos,

que me han espantado cómo es posible que tan verdaderamente

les parezca que ven lo que no ven.

7. Una vez vino a mí un confesor, muy admirado, que confesaba

una persona, y decíale que venía muchos días nuestra Señora y se

sentaba sobre su cama y estaba hablando más de una hora y

diciendo cosas por venir y otras muchas. Entre tantos desatinos,

acertaba alguno, y con esto teníase por cierto. Yo entendí luego lo

que era, aunque no lo osé decir; porque estamos en un mundo que

es menester pensar lo que pueden pensar de nosotros para que

hayan efecto nuestras palabras; y así dije que se esperase aquellas

profecías si eran verdad, y preguntase otros efectos y se informase

de la vida de aquella persona. En fin, venido a entender, era todo

desatino.

8. Pudiera decir tantas cosas de éstas, que hubiera bien en qué

probar el intento que llevo a que no se crea luego un alma, sino que

vaya esperando tiempo y entendiéndose bien antes que lo

comunique, para que no engañe al confesor, sin querer engañarle;

porque si no tiene experiencia de estas cosas, por letrado que sea,

no bastará para entenderlo. No ha muchos años, sino harto poco

tiempo, que un hombre desatinó harto a algunos bien letrados y

espirituales con cosas semejantes, hasta que vino a tratar con

quien tenía esta experiencia de mercedes del Señor, y vio claro que

era locura junto con ilusión, aunque no estaba entonces

descubierto, sino muy disimulado; desde a poco lo descubrió el

Señor claramente, aunque pasó harto primero esta persona que lo

entendió en no ser creída.

9. Por estas cosas y otras semejantes, conviene mucho que se trate

claridad de su oración cada hermana con la priora, y ella tenga

mucho aviso de mirar la complexión y perfección de aquella

hermana, para que avise al confesor, porque mejor se entienda, y le

escoja a propósito, si el ordinario no fuere bastante para cosas

semejantes. Tengan mucha cuenta en que cosas como éstas no se

comuniquen, -aunque sean muy de Dios, ni mercedes conocidas

milagrosas-, con los de fuera, ni con confesores que no tengan

prudencia para callar, porque importa mucho esto, más de lo que

podrán entender, y que unas con otras no lo traten. Y la priora, con

prudencia, siempre la entiendan inclinada más a loar a las que se

señalan en cosas de humildad y mortificación y obediencia, que a

las que Dios llevare por este camino de oración muy sobrenatural,

aunque tengan todas estotras virtudes. Porque si es espíritu del

Señor, humildad trae consigo para gustar de ser despreciada, y a

ella no hará daño y a las otras hace provecho. Porque, como a esto

no pueden llegar, que lo da Dios a quien quiere, desconsolarse hían

para tener estotras virtudes; aunque también las da Dios, puédense

más procurar y son de gran precio para la religión. Su Majestad nos

las dé. Con ejercicio y cuidado y oración no las negará a ninguna

que con confianza de su misericordia las procurare.

------------------------------------------------------------------------

CAPÍTULO 9

Trata de cómo salió de Medina del Campo para la fundación de San

José de Malagón.

1. ¡Qué fuera he salido del propósito! Y podrá ser hayan sido más a

propósito algunos de estos avisos que quedan dichos, que el contar

las fundaciones.

Pues estando en San José de Medina del Campo con harto

consuelo de ver cómo aquellas hermanas iban por los mismos

pasos que las de San José de Avila, de toda religión y hermandad y

espíritu, y cómo iba nuestro Señor proveyendo su casa, así para lo

que era necesario en la iglesia, como para las hermanas, fueron

entrando algunas, que parece las escogía el Señor cuales convenía

para cimiento de semejante edificio, que en estos principios

entiendo está todo el bien para lo de adelante; porque, como hallan

el camino, por él se van las de después.

2. Estaba una señora en Toledo, hermana del duque de Medinaceli,

en cuya casa yo había estado por mandado de los prelados, como

más largamente dije en la fundación de San José, adonde me cobró

particular amor, que debía ser algún medio para despertarla a lo

que hizo; que éstos toma Su Majestad muchas veces en cosas que,

a los que no sabemos lo por venir, parecen de poco fruto. Como

esta señora entendió que yo tenía licencia para fundar monasterios,

comenzóme mucho a importunar hiciese uno en una villa suya

llamada Malagón. Yo no le quería admitir en ninguna manera, por

ser lugar tan pequeño que forzado había de tener renta para

poderse mantener, de lo que yo estaba muy enemiga.

3. Tratado con letrados y confesor mío me dijeron que hacía mal,

que pues el santo concilio daba licencia de tenerla, que no se había

de dejar de hacer un monasterio adonde se podía tanto el Señor

servir, por mi opinión. Con esto se juntaron las muchas

importunaciones de esta señora, por donde no pude hacer menos

de admitirle. Dio bastante renta; porque siempre soy amiga de que

sean los monasterios, o del todo pobres, o que tengan de manera

que no hayan menester las monjas importunar a nadie para todo lo

que fuere menester.

4. Pusiéronse todas las fuerzas que pude para que ninguna

poseyese nada, sino que guardasen las Constituciones en todo,

como en estotros monasterios de pobreza. Hechas todas las

escrituras, envié por algunas hermanas para fundarle, y fuimos con

aquella señora a Malagón, adonde aún no estaba la casa

acomodada para entrar en ella; y así nos detuvimos más de ocho

días en un aposento de la fortaleza.

5. Día de Ramos, año de 1568, yendo la procesión del lugar por

nosotras, con los velos delante del rostro y capas blancas, fuimos a

la iglesia del lugar, adonde se predicó, y desde ahí se llevó el

Santísimo Sacramento a nuestro monasterio. Hizo mucha devoción

a todos. Allí me detuve algunos días. Estando uno, después de

haber comulgado, en oración, entendí de nuestro Señor que se

había de servir en aquella casa. Paréceme que estaría allí aún no

dos meses, porque mi espíritu daba prisa para que fuese a fundar la

casa de Valladolid, y la causa era lo que ahora diré.

------------------------------------------------------------------------

CAPÍTULO 10

En que se trata de la fundación de la casa de Valladolid. Llámase

este monasterio la Concepción de Nuestra Señora del Carmen.

1. Antes que se fundase este monasterio de San José en Malagón,

cuatro o cinco meses, tratando conmigo un caballero principal,

mancebo, me dijo que, si quería hacer monasterio en Valladolid,

que él daría una casa que tenía, con una huerta muy buena y

grande, que tenía dentro una gran viña, de muy buena gana, y

quiso dar luego la posesión; tenía harto valor. Yo la tomé, aunque

no estaba muy determinada a fundarle allí, porque estaba casi un

cuarto de legua del lugar. Mas parecióme que se podría pasar a él,

como allí se tomase la posesión. Y como él lo hacía tan de gana, no

quise dejar de admitir su buena obra, ni estorbar su devoción.

2. Desde a dos meses, poco más o menos, le dio un mal tan

acelerado que le quitó el habla, y no se pudo bien confesar, aunque

tuvo muchas señales de pedir al Señor perdón. Murió muy en

breve, harto lejos de donde yo estaba. Díjome el Señor que había

estado su salvación en harta aventura, y que había habido

misericordia de él por aquel servicio que había hecho a su Madre

en aquella casa que había dado para hacer monasterio de su

orden, y que no saldría de purgatorio hasta la primera misa que allí

se dijese, que entonces saldría. Yo traía tan presente las graves

penas de esta alma, que aunque en Toledo deseaba fundar, lo dejé

por entonces y me di toda la prisa que pude para fundar como

pudiese en Valladolid.

3. No pudo ser tan presto como yo deseaba, porque forzado me

hube de detener en San José de Avila, que estaba a mi cargo,

hartos días, y después en San José de Medina del Campo, que fui

por allí, adonde estando un día en oración, me dijo el Señor que me

diese prisa, que padecía mucho aquel alma; que, aunque no tenía

mucho aparejo, lo puse por obra y entré en Valladolid día de San

Lorenzo. Y como vi la casa, diome harta congoja, porque entendí

era desatino estar allí monjas sin muy mucha costa; y aunque era

de gran recreación, por ser la huerta tan deleitosa, no podía dejar

de ser enfermo, que estaba cabe el río.

4. Con ir cansada, hube de ir a misa a un monasterio de nuestra

Orden, que vi que estaba a la entrada del lugar, y era tan lejos, que

me dobló más la pena. Con todo, no lo decía a mis compañeras por

no las desanimar. Aunque flaca, tenía alguna fe que el Señor, que

me había dicho lo pasado, lo remediaría. Hice muy secretamente

venir oficiales y comenzar a hacer tapias para lo que tocaba al

recogimiento, y lo que era menester. Estaba con nosotras el clérigo

que he dicho, llamado Julián de Avila, y uno de los dos frailes que

queda dicho, que quería ser descalzo, que se informaba de nuestra

manera de proceder en estas casas. Julián de Avila entendía en

sacar la licencia del Ordinario, que ya había dado buena esperanza

antes que yo fuese. No se pudo hacer tan presto que no viniese un

domingo antes que estuviese alcanzada la licencia; mas

diéronnosla para decir misa adonde teníamos para iglesia, y así nos

la dijeron.

5. Yo estaba bien descuidada de que entonces se había de cumplir

lo que se me había dicho de aquel alma; porque, aunque se me dijo

«a la primera misa», pensé que había de ser a la que se pusiese el

Santísimo Sacramento. Viniendo el sacerdote adonde habíamos de

comulgar, con el Santísimo Sacramento en las manos, llegando yo

a recibirle, junto al sacerdote se me representó el caballero que he

dicho, con rostro resplandeciente y alegre; puestas las manos, me

agradeció lo que había puesto por él para que saliese del purgatorio

y fuese aquel alma al cielo. Y cierto que la primera vez que entendí

estaba en carrera de salvación, que yo estaba bien fuera de ello y

con harta pena, pareciéndome que era menester otra muerte para

su manera de vida; que aunque tenía buenas cosas, estaba metido

en las del mundo. Verdad es que había dicho a mis compañeras

que traía muy delante la muerte. Gran cosa es lo que agrada a

nuestro Señor cualquier servicio que se haga a su Madre, y grande

es su misericordia. Sea por todo alabado y bendito, que así paga

con eterna vida y gloria la bajeza de nuestras obras y las hace

grandes siendo de pequeño valor.

6. Pues llegado el día de nuestra Señora de la Asunción, que es a

quince de agosto, año de 1568, se tomó la posesión de este

monasterio.

Estuvimos allí poco, porque caímos casi todas muy malas. Viendo

esto una señora de aquel lugar, llamada doña María de Mendoza,

mujer del comendador Cobos, madre del marqués de Camarasa,

muy cristiana y de grandísima caridad (sus limosnas en gran

abundancia la daban bien a entender), hacíame mucha caridad de

antes que yo la había tratado, porque es hermana del obispo de

Avila que en el primer monasterio nos favoreció mucho y en todo lo

que toca a la Orden. Como tiene tanta caridad y vio que allí no se

podrían pasar sin gran trabajo, así por ser lejos para las limosnas,

como por ser enfermo, díjonos que le dejásemos aquella casa y nos

compraría otra. Y así lo hizo, que valía mucho más la que nos dio,

con dar todo lo que era menester hasta ahora, y lo hará mientras

viviere.

7. Día de San Blas, nos pasamos a ella con gran procesión y

devoción del pueblo; y siempre la tiene, porque hace el Señor

muchas misericordias en aquella casa, y ha llevado a ella almas,

que a su tiempo se pondrá su santidad, para que sea alabado el

Señor, que por tales medios quiere engrandecer sus obras y hacer

merced a sus criaturas. Porque entró allí una que dio a entender lo

que es el mundo en despreciarle, de muy poca edad. Me ha

parecido decirlo aquí, para que se confundan los que mucho le

aman, y tomen ejemplo las doncellas a quien el Señor diere buenos

deseos e inspiraciones, para ponerlos por obra.

8. Está en este lugar una señora, que llaman doña María de Acuña,

hermana del conde de Buendía. Fue casada con el Adelantado de

Castilla. Muerto él, quedó con un hijo y dos hijas, y harto moza.

Comenzó a hacer vida de tanta santidad y a criar sus hijos en tanta

virtud, que mereció que el Señor los quisiese para sí. No dije bien,

que tres hijas la quedaron: la una fue luego monja; otra no se quiso

casar, sino hacía vida con su madre de gran edificación; el hijo de

poca edad comenzó a entender lo que era el mundo y a llamarle

Dios para entrar en religión, de tal suerte que no bastó nadie a

estorbárselo, aunque su madre holgaba tanto de ello, que con

nuestro Señor le debía ayudar mucho, aunque no lo mostraba, por

los deudos. En fin, cuando el Señor quiere para sí un alma, tienen

poca fuerza las criaturas para estorbarlo; así acaeció aquí, que con

detenerle tres años con hartas persuasiones, se entró en la

Compañía de Jesús. Díjome un confesor de esta señora, que le

había dicho que en su vida había llegado gozo a su corazón como

el día que hizo profesión su hijo.

9. ¡Oh Señor! ¡Qué gran merced hacéis a los que dais tales padres,

que aman tan verdaderamente a sus hijos, que sus estados y

mayorazgos y riquezas quieren que los tengan en aquella

bienaventuranza que no ha de tener fin! Cosa es de gran lástima

que está el mundo ya con tanta desventura y ceguedad, que les

parece a los padres que está su honra en que no se acabe la

memoria de este estiércol de los bienes de este mundo y que no la

haya de que tarde o temprano se ha de acabar. Y todo lo que tiene

fin, aunque dure, se acaba, y hay que hacer poco caso de ello, y

que a costa de los pobres hijos quieran sustentar sus vanidades y

quitar a Dios, con mucho atrevimiento, las almas que quiere para sí,

y a ellas un tan gran bien que, aunque no hubiera el que ha de

durar para siempre, que les convida Dios con él, es grandísimo

verse libre de los cansancios y leyes del mundo, y mayor es para

los que más tienen. Abridles, Dios mío, los ojos; dadles a entender

qué es el amor que están obligados a tener a sus hijos, para que no

los hagan tanto mal y no se quejen delante de Dios, en aquel juicio

final, de ellos, adonde, aunque no quieran, entenderán el valor de

cada cosa.

10. Pues como, por la misericordia de Dios, sacó a este caballero,

hijo de esta señora doña María de Acuña (él se llama don Antonio

de Padilla), de edad de diecisiete años, del mundo, poco más o

menos, quedaron los estados en la hija mayor, llamada doña Luisa

de Padilla; porque el conde de Buendía no tuvo hijos, y heredaba

don Antonio este condado y el ser Adelantado de Castilla. Porque

no hace a mi propósito, no digo lo mucho que padeció con sus

deudos hasta salir con su empresa. Bien se entenderá a quien

entendiere lo que precian los del mundo que haya sucesor de sus

casas.

11. ¡Oh Hijo del Padre Eterno, Jesucristo, Señor nuestro, Rey

verdadero de todo! ¿Qué dejasteis en el mundo? ¿Qué pudimos

heredar de Vos vuestros descendientes? ¿Qué poseísteis, Señor

mío, sino trabajos y dolores y deshonras, y aun no tuvisteis sino un

madero en que pasar el trabajoso trago de la muerte? En fin, Dios

mío, que los que quisiéremos ser vuestros hijos verdaderos y no

renunciar la herencia, no nos conviene huir del padecer. Vuestras

armas son cinco llagas.

¡Ea, pues, hijas mías!, ésta ha de ser nuestra divisa, si hemos de

heredar su reino; no con descansos, no con regalos, no con honras,

no con riquezas se ha de ganar lo que El compró con tanta sangre.

¡Oh gente ilustre! Abrid por amor de Dios los ojos. Mirad que los

verdaderos caballeros de Jesucristo y los príncipes de su Iglesia, un

San Pedro y San Pablo, no llevaban el camino que lleváis.

¿Pensáis por ventura que ha de haber nuevo camino para

vosotros? No lo creáis. Mirad que comienza el Señor a mostrárosle

por personas de tan poca edad como de los que ahora hablamos.

12. Algunas veces he visto y hablado a este don Antonio. Quisiera

tener mucho más para dejarlo todo. Bienaventurado mancebo y

bienaventurada doncella, que han merecido tanto con Dios, que en

la edad que el mundo suele señorear a sus moradores le repisasen

ellos. Bendito sea el que los hizo tanto bien.

13. Pues como quedasen los estados en la hermana mayor, hizo el

caso de ellos que su hermano; porque desde niña se había dado

tanto a la oración -que es adonde el Señor da luz para entender las

verdades-, que lo estimó tan poco como su hermano. ¡Oh, válgame

Dios a qué de trabajos y tormentos y pleitos y aun a aventurar las

vidas y las honras se pusieran muchos por heredar esta herencia!

No pasaron pocos en que se la consintiesen dejar. Así es este

mundo, que él nos da bien a entender sus desvaríos si no

estuviésemos ciegos. Muy de buena gana, porque la dejasen libre

de esta herencia, la renunció en su hermana, que ya no había otra,

que era de edad de diez u once años. Luego, porque no se

perdiese la negra memoria, ordenaron los deudos de casar esta

niña con un tío suyo, hermano de su padre, y trajeron del Sumo

Pontífice dispensación, y desposáronlos.

14. No quiso el Señor que hija de tal madre y hermana de tales

hermanos quedase más engañada que ellos, y así sucedió lo que

ahora diré. Comenzando la niña a gozar de los trajes y atavíos del

mundo que, conforme a la persona, serían para aficionar en tan

poca edad como ella tenía, aun no había dos meses que era

desposada cuando comenzó el Señor a darla luz, aunque ella

entonces no lo entendía. Cuando había estado el día con mucho

contento con su esposo, que le quería con más extremo que pedía

su edad, dábale una tristeza muy grande viendo cómo se había

acabado aquel día, y que así se habían de acabar todos. ¡Oh

grandeza de Dios, que del mismo contento que le daban los

contentos de las cosas perecederas, le vino a aborrecer!

Comenzóle a dar una tristeza tan grande que no la podía encubrir a

su esposo, ni ella sabía de qué ni qué le decir, aunque él se lo

preguntaba.

15. En este tiempo ofreciósele un camino adonde no pudo dejar de

ir, lejos del lugar. Ella sintió mucho, como le quería tanto. Mas luego

le descubrió el Señor la causa de su pena, que era inclinarse su

alma a lo que no se ha de acabar, y comenzó a considerar cómo

sus hermanos habían tomado lo más seguro y dejádola a ella en los

peligros del mundo. Por una parte esto; por otra, parecerle que no

tenía remedio (porque no había venido a su noticia que siendo

desposada podía ser monja, hasta que lo preguntó), traíala

fatigada; y, sobre todo, el amor que tenía a su esposo no la dejaba

determinar, y así pasaba con harta pena.

16. Como el Señor la quería para sí, fuela quitando este amor y

creciendo el deseo de dejarlo todo. En este tiempo sólo la movía el

deseo de salvarse y de buscar los mejores medios; que le parecía

que, metida más en las cosas del mundo, se olvidaría de procurar lo

que es eterno, que esta sabiduría le infundió Dios en tan poca edad,

de buscar cómo ganar lo que no se acaba. ¡Dichosa alma que tan

presto salió de la ceguedad en que acaban muchos viejos! Como se

vio libre la voluntad, determinóse del todo de emplearla en Dios,

que hasta esto había callado, y comenzó a tratarlo con su hermana.

Ella, pareciéndole niñería, la desviaba de ello y le decía algunas

cosas para esto, que bien se podía salvar siendo casada. Ella le

respondió que por qué lo había dejado ella. Y pasaron algunos días.

Siempre iba creciendo su deseo, aunque a su madre no osaba decir

nada, y por ventura era ella la que la daba la guerra con sus santas

oraciones.

------------------------------------------------------------------------

CAPÍTULO 11

Prosíguese en la materia comenzada del orden que tuvo doña

Casilda de Padilla para conseguir sus santos deseos de entrar en

religión.

1. En este tiempo ofrecióse dar un hábito a una freila en este

monasterio de la Concepción, cuyo llamamiento podrá ser que diga,

porque aunque diferentes en calidad, porque es una labradorcita,

en las mercedes grandes que la ha hecho Dios, la tiene de manera,

que merece, para ser Su Majestad alabado, que se haga de ella

memoria. Y yendo doña Casilda (que así se llamaba esta amada

del Señor), con una abuela suya a este hábito, que era madre de su

esposo, aficionóse en extremo a este monasterio, pareciéndole que

por ser pocas y pobres podían servir mejor al Señor; aunque

todavía no estaba determinada a dejar a su esposo, que -como he

dicho- era lo que más la detenía.

2. Consideraba que solía antes que se desposase, tener ratos de

oración; porque la bondad y santidad de su madre las tenía, y a su

hijo, criados en esto, que desde siete años los hacía entrar a

tiempos en un oratorio y los enseñaban cómo habían de considerar

en la pasión del Señor y los hacía confesar a menudo; y así ha visto

tan buen suceso de sus deseos, que eran quererlos para Dios. Y

así me ha dicho ella que siempre se los ofrecía y suplicaba los

sacase del mundo, porque ya ella estaba desengañada de en lo

poco que se ha de estimar. Considero yo algunas veces, cuando

ellos se vean gozar de los gozos eternos y que su madre fue el

medio, las gracias que le darán y el gozo accidental que ella tendrá

de verlos; y cuán al contrario será los que, por no los criar sus

padres como a hijos de Dios (que lo son más que no suyos), se ven

los unos y los otros en el infierno, las maldiciones que se echarán y

las desesperaciones que tendrán.

3. Pues tornando a lo que decía, como ella viese que aun rezar ya

el rosario hacía de mala gana, hubo gran temor que siempre sería

peor, y parecíale que veía claro que viniendo a esta casa tenía

asegurada su salvación. Y así, se determinó del todo; y viniendo

una mañana su hermana y ella con su madre acá, ofrecióse que

entraron en el monasterio dentro, bien sin cuidado que ella haría lo

que hizo. Como se vio dentro, no bastaba nadie a echarla de casa.

Sus lágrimas eran tantas porque la dejasen, y las palabras que

decía, que a todas tenía espantadas. Su madre, aunque en lo

interior se alegraba, temía a los deudos y no quisiera se quedara

así, porque no dijesen había sido persuadida de ella, y la priora

también estaba en lo mismo, que le parecía era niña y que era

menester más prueba. Esto era por la mañana. Hubiéronse de

quedar hasta la tarde, y enviaron a llamar a su confesor y al padre

maestro fray Domingo, que lo era mío, dominico, de quien hice al

principio mención, aunque yo no estaba entonces aquí. Este padre

entendió luego que era espíritu del Señor, y la ayudó mucho,

pasando harto con sus deudos (¡así habían de hacer todos los que

le pretenden servir, cuando ven un alma llamada de Dios, no mirar

tanto las prudencias humanas!), prometiéndola de ayudarla para

que tornase otro día.

4. Con hartas persuasiones, porque no echasen culpa a su madre,

se fue esta vez. Ella iba siempre más adelante en sus deseos.

Comenzaron secretamente su madre a dar parte a sus deudos;

porque no lo supiese el esposo, se traía este secreto. Decían que

era niñería y que esperase hasta tener edad, que no tenía

cumplidos doce años. Ella decía que como la hallaron con edad

para casarla y dejarla al mundo, ¿cómo no se la hallaban para

darse a Dios? Decía cosas que se parecía bien no era ella la que

hablaba en esto.

5. No pudo ser tan secreto que no se avisase a su esposo. Como

ella lo supo, parecióle no se sufría aguardarle, y un día de la

Concepción, estando en casa de su abuela, que también era su

suegra, que no sabía nada de esto, rogóla mucho la dejase ir al

campo con su aya a holgar un poco; ella lo hizo por hacerla placer,

en un carro con sus criados. Ella dio a uno dinero, y rogóle la

esperase a la puerta de este monasterio con unos manojos o

sarmientos, y ella hizo rodear de manera que la trajeron por esta

casa. Como llegó a la puerta, dijo que pidiesen al torno un jarro de

agua, que no dijesen para quién y apeóse muy aprisa. Dijeron que

allí se le darían; ella no quiso. Ya los manojos estaban allí. Dijo que

dijesen viniesen a la puerta a tomar aquellos manojos, y ella juntóse

allí, y en abriendo entróse dentro, y fuese a abrazar con nuestra

Señora, llorando y rogando a la priora no la echase. Las voces de

los criados eran grandes y los golpes que daban a la puerta. Ella los

fue a hablar a la red y les dijo que por ninguna manera saldría, que

lo fuesen a decir a su madre. Las mujeres que iban con ella hacían

grandes lástimas. A ella se le daba poco de todo. Como dieron la

nueva a su abuela, quiso ir luego allá.

6. En fin, ni ella ni su tío ni su esposo, que había venido y procuró

mucho de hablarla por la red, hacían más de darla tormento cuando

estaba con ella, y después quedar con mayor firmeza. Decíala el

esposo después de muchas lástimas, que podría más servir a Dios

haciendo limosnas. Ella le respondía que las hiciese él; y a las

demás cosas le decía que más obligada estaba a su salvación y

que veía que era flaca y que en las ocasiones del mundo no se

salvaría, y que no tenía que se quejar de ella, pues no le había

dejado sino por Dios, que en esto no le hacía agravio. De que vio

que no se satisfacía con nada, levantóse y dejóle.

7. Ninguna impresión la hizo, antes del todo quedó disgustada con

él, porque al alma que Dios da luz de la verdad, las tentaciones y

estorbos que pone el demonio la ayudan más; porque es Su

Majestad el que pelea por ella, y así se veía claro aquí que no

parecía era ella la que hablaba.

8. Como su esposo y deudos vieron lo poco que aprovechaba

quererla sacar de grado, procuraron fuese por fuerza; y así trajeron

una provisión real para sacarla fuera del monasterio y que la

pusiesen en libertad. En todo este tiempo, que fue desde la

Concepción hasta el día de los Inocentes, que la sacaron, se estuvo

sin darle el hábito en el monasterio, haciendo todas las cosas de la

religión como sile tuviera y con grandísimo contento. Este día la

llevaron en casa de un caballero, viniendo la justicia por ella.

Lleváronla con hartas lágrimas, diciendo que para qué la

atormentaban, pues no les había de aprovechar nada. Aquí fue

harto persuadida así, de religiosos como de otras personas; porque

a unos les parecía que era niñería, otros deseaban gozase su

estado. Sería alargarme mucho si dijese las disputas que tuvo y de

la manera que se libraba de todos. Dejábalos espantados de las

cosas que decía.

9. Ya que vieron no aprovechaba, pusiéronla en casa de su madre

para detenerla algún tiempo, la cual estaba ya cansada de ver tanto

desasiego y no la ayudaba en nada; antes, a lo que parecía, era

contra ella. Podía ser que fuese para probarla más; al menos así

me lo ha dicho después, que es tan santa que no se ha de creer

sino lo que dice; mas la niña no lo entendía. Y también un confesor

que la confesaba le era en extremo contrario, de manera que no

tenía sino a Dios y a una doncella de su madre, que era con quien

descansaba. Así pasó con harto trabajo y fatiga hasta cumplir los

doce años, que entendió que se trataba de llevarla a ser monja al

monasterio que estaba su hermana, ya que no la podían quitar de

que lo fuese, por no haber en él tanta aspereza.

10. Ella, como entendió esto, determinó de procurar, por cualquier

medio que pudiese, procurar su contento con llevar su propósito

adelante. Y así, un día, yendo a misa con su madre, estando en la

iglesia, entróse su madre a confesar en un confesonario, y ella rogó

a su aya que fuese a uno de los padres a pedir que le dijesen una

misa; y en viéndola ida, metió sus chapines en la manga y alzó la

saya y vase con la mayor prisa que pudo a este monasterio, que

era harto lejos. Su aya, como no la halló, fuese tras ella; y ya que

llegaba cerca, rogó a un hombre que se la tuviese. El dijo después

que no había podido menearse, y así la dejó. Ella, como entró a la

puerta del monasterio primera y cerró la puerta y comenzó a llamar,

cuando llegó la aya ya estaba dentro en el monasterio, y diéronle

luego el hábito, y así dio fin a tan buenos principios como el Señor

había puesto en ella. Su Majestad la comenzó bien en breve a

pagar con mercedes espirituales, y ella a servirle con grandísimo

contento y grandísima humildad y desasimiento de todo.

11. ¡Sea bendito por siempre!, que así da gusto con los vestidos

pobres de sayal a la que tan aficionada estaba a los muy curiosos y

ricos, aunque no eran parte para encubrir su hermosura, que estas

gracias naturales repartió el Señor con ella como las espirituales, de

condición y entendimiento tan agradable que a todas es

despertador para alabar a Su Majestad. Plega a El haya muchas

que así respondan a su llamamiento.

------------------------------------------------------------------------

CAPÍTULO 12

En que trata de la vida y muerte de una religiosa que trajo nuestro

Señor a esta misma casa, llamada Beatriz de la Encarnación, que

fue en su vida de tanta perfección, y su muerte tal, que es justo se

haga de ella memoria.

1. Entró en este monasterio por monja una doncella llamada doña

Beatriz Oñez, algo deudo de doña Casilda. Entró algunos años

antes, cuya alma tenía a todas espantada por ver lo que el Señor

obraba en ella de grandes virtudes; y afirman las monjas y priora

que en todo cuanto vivió jamás entendieron en ella cosa que se

pudiese tener por imperfección, ni jamás por cosa la vieron de

diferente semblante, sino con una alegría modesta, que daba bien a

entender el gozo interior que traía su alma. Un callar sin

pesadumbre, que con tener gran silencio, era de manera que no se

le podía notar por cosa particular. No se halla haber jamás hablado

palabra que hubiese en ella que reprender, ni en ella se vio porfía ni

una disculpa, aunque la priora, por probarla, la quisiese culpar de lo

que no había hecho, como en estas casas se acostumbra para

mortificar. Nunca jamás se quejó de cosa ni de ninguna hermana, ni

por semblante ni palabra dio disgusto a ninguna con oficio que

tuviese, ni ocasión para que de ella se pensase ninguna

imperfección, ni se hallaba por qué acusarla ninguna falta en

capítulo, con ser cosas bien menudas las que allí las celadoras

dicen que han notado. En todas las cosas era extraño su concierto

interior y exteriormente. Esto nacía de traer muy presente la

eternidad y para lo que Dios nos había criado. Siempre traía en la

boca alabanzas de Dios y un agradecimiento grandísimo. En fin,

una perpetua oración.

2. En lo de la obediencia jamás tuvo falta, sino con una prontitud y

perfección y alegría a todo lo que se le mandaba. Grandísima

caridad con los prójimos, de manera que decía que por cada uno se

dejaría hacer mil pedazos a trueco de que no perdiesen el alma y

gozasen de su hermano Jesucristo, que así llamaba a nuestro

Señor. En sus trabajos, los cuales con ser grandísimos, de terribles

enfermedades -como adelante diré- y de gravísimos dolores, los

padecía con tan grandísima voluntad y contento, como si fueran

grandes regalos y deleites. Debíasele nuestro Señor dar en el

espíritu, porque no es posible menos, según con la alegría los

llevaba.

3. Acaeció que en este lugar de Valladolid llevaban a quemar a

unos por grandes delitos. Ella debía saber no iban a la muerte con

tan buen aparejo como convenía, y diole tan grandísima aflicción,

que con gran fatiga se fue a nuestro Señor y le suplicó muy

ahincadamente por la salvación de aquellas almas; y que a trueco

de lo que ellos merecían, o porque ella mereciese alcanzar esto -

que las palabras puntualmente no me acuerdo-, le diese toda su

vida todos los trabajos y penas que ella pudiese llevar. Aquella

misma noche le dio la primera calentura, y hasta que murió siempre

fue padeciendo. Ellos murieron bien, por donde parece que oyó

Dios su oración.

4. Diole luego una postema dentro de las tripas con tan gravísimos

dolores, que era bien menester para sufrirlos con paciencia lo que

el Señor había puesto en su alma. Esta postema era por la parte de

adentro, adonde cosa de las medicinas que la hacían no la

aprovechaba; hasta que el Señor quiso que se la viniese a abrir y

echar la materia, y así mejoró algo de este mal. Con aquella gana

que le daba de padecer, no se contentaba con poco; y así oyendo

un sermón un día de la Cruz, creció tanto este deseo, que, como

acabaron, con un ímpetu de lágrimas se fue sobre su cama y,

preguntándole qué había, dijo que rogasen a Dios la diese muchos

trabajos y que con esto estaría contenta.

5. Con la priora trataba ella todas las cosas interiores y se

consolaba en esto. En toda la enfermedad jamás dio la menor

pesadumbre del mundo, ni hacía más de lo que quería la

enfermera, aunque fuese beber un poco de agua. Desear trabajos

almas que tienen oración es muy ordinario, estando sin ellos; mas,

estando en los mismos trabajos, alegrarse de padecerlos no es de

muchas. Y así, ya que estaba tan apretada, que duró poco y con

dolores muy excesivos y una postema que le dio dentro de la

garganta que no la dejaba tragar, estaban allí algunas de las

hermanas, y dijo a la priora (como la debía consolar y animar a

llevar tanto mal), que ninguna pena tenía, ni se trocaría por ninguna

de las hermanas que estaban muy buenas. Tenía tan presente a

aquel Señor por quien padecía, que todo lo más que ella podía

rodear para que no entendiesen lo mucho que padecía. Y así, si no

era cuando el dolor la apretaba mucho, se quejaba muy poco.

6. Parecíale que no había en la tierra cosa más ruin que ella, y así,

en todo lo que se podía entender, era grande su humildad. En

tratando de virtudes de otras personas, se alegraba muy mucho. En

cosas de mortificación era extremada. Con una disimulación se

apartaba de cualquiera cosa que fuese de recreación, que, si no era

quien andaba sobre aviso, no lo entendían. No parecía que vivía ni

trataba con las criaturas según se le daba poco de todo; que de

cualquiera manera que fuesen las cosas, las llevaba con una paz,

que siempre la veían estar en un ser; tanto que le dijo una vez una

hermana que parecía de unas personas que hay muy honradas,

que aunque mueran de hambre, lo quieren más que no que lo

sientan los de fuera, porque no podían creer que ella dejaba de

sentir algunas cosas, aunque tan poco se le parecía.

7. Todo lo que hacía de labor y de oficios era con un fin que no

dejaba perder el mérito, y así decía a las hermanas: «No tiene

precio la cosa más pequeña que se hace, si va por amor de Dios;

no habíamos de menear los ojos, hermanas, si no fuese por este fin

y por agradarle». Jamás se entremetía en cosa que no estuviese a

su cargo; así no veía falta de nadie, sino de sí. Sentía tanto que de

ella se dijese ningún bien, que así traía cuenta con no le decir de

nadie en su presencia, por no las dar pena. Nunca procuraba

consuelo, ni en irse a la huerta ni en cosa criada; porque, según ella

dijo, grosería sería buscar alivio de los dolores que nuestro Señor le

daban; y así nunca pedía cosa, sino lo que le daban: con eso

pasaba. También decía que antes le sería cruz tomar consuelo en

cosa que no fuese Dios. El caso es que, informándome yo de las de

casa, no hubo ninguna que hubiese visto en ella cosa que

pareciese sino de alma de gran perfección.

8. Pues venido el tiempo en que nuestro Señor la quiso llevar de

esta vida, crecieron los dolores y tantos males juntos, que, para

alabar a nuestro Señor de ver el contento como lo llevaba, la iban a

ver algunas veces. En especial tuvo gran deseo de hallarse a su

muerte el capellán que confiesa en aquel monasterio, que es harto

siervo de Dios; que, como él la confesaba, teníala por santa. Fue

servido que se le cumplió este deseo, que como estaba con tanto

sentido y ya oleada, llamáronle para que, si hubiese menester

aquella noche reconciliarla o ayudarla a morir. Un poco antes de las

nueve, estando todas con ella y él lo mismo, como un cuarto de

hora antes que muriese, se le quitaron todos los dolores; y con una

paz muy grande, levantó los ojos y se le puso una alegría de

manera en el rostro, que pareció como un resplandor; y ella estaba

como quien mira a alguna cosa que la da gran alegría, porque así

se sonrió por dos veces. Todas las que estaban allí y el mismo

sacerdote, fue tan grande el gozo espiritual y alegría que recibieron,

que no saben decir más de que les parecía que estaban en el cielo.

Y con esta alegría que digo, los ojos en el cielo, expiró, quedando

como un ángel, que así podemos creer, según nuestra fe y según

su vida, que la llevó Dios a descanso en pago de lo mucho que

había deseado padecer por El.

9. Afirma el capellán, y así lo dijo a muchas personas, que al tiempo

de echar el cuerpo en la sepultura, sintió en él grandísimo y muy

suave olor. También afirma la sacristana que de toda la cera que en

su enterramiento y honras ardió, no halló cosa desminuída de la

cera. Todo se puede creer de la misericordia de Dios. Tratando

estas cosas con un confesor suyo de la Compañía de Jesús, con

quien había muchos años confesado y tratado su alma, dijo que no

era mucho ni él se espantaba, porque sabía que tenía nuestro

Señor mucha comunicación con ella.

10. Plega a Su Majestad, hijas mías, que nos sepamos aprovechar

de tan buena compañía como ésta y otras muchas que nuestro

Señor nos da en estas casas. Podrá ser que diga alguna cosa de

ellas, para que se esfuercen a imitar las que van con alguna tibieza,

y para que alabemos todas al Señor que así resplandece su

grandeza en unas flacas mujercitas.

------------------------------------------------------------------------

CAPÍTULO 13

En que trata cómo se comenzó la primera casa de la Regla

primitiva, y por quién, de los descalzos carmelitas. Año de 1568.

1. Antes que yo fuese a esta fundación de Valladolid, como ya tenía

concertado con el padre fray Antonio de Jesús, que era entonces

prior en Medina, en Santa Ana, que es de la Orden del Carmen, y

con fray Juan de la Cruz -como ya tengo dicho- de que serían los

primeros que entrasen, si se hiciese monasterio de la primera Regla

de Descalzos, y como yo no tuviese remedio para tener casa, no

hacía sino encomendarlo a nuestro Señor; porque -como he dichoya

estaba satisfecha de estos padres. Porque al padre fray Antonio

de Jesús había el Señor bien ejercitado un año que había que yo lo

había tratado con él, en trabajos y llevádolo con mucha perfección.

Del padre fray Juan de la Cruz ninguna prueba había menester,

porque aunque estaba entre los del paño, calzados, siempre había

hecho vida de mucha perfección y religión. Fue nuestro Señor

servido que como me dio lo principal, que eran frailes que

comenzasen, ordenó lo de demás.

2. Un caballero de Avila, llamado don Rafael, con quien yo jamás

había tratado, no sé cómo -que no me acuerdo- vino a entender que

se quería hacer un monasterio de Descalzos; y vínome a ofrecer

que me daría una casa que tenía en un lugarcillo de hartos pocos

vecinos, que me parece no serían veinte -que no me acuerdo

ahora-, que la tenía allí para un rentero que recogía el pan de renta

que tenía allí. Yo, aunque vi cuál debía ser, alabé a nuestro Señor y

agradecíselo mucho. Díjome que era camino de Medina del Campo,

que iba yo por allí para ir a la fundación de Valladolid, que es

camino derecho y que la vería. Yo dije que lo haría, y aun así lo

hice, que partí de Avila por junio con una compañera y con el padre

Julián Dávila, que era el sacerdote que he dicho que me ayudaba a

estos caminos, capellán de San José de Avila.

3. Aunque partimos de mañana, como no sabíamos el camino,

errámosle; y como el lugar es poco nombrado, no se hallaba mucha

relación de él. Así anduvimos aquel día con harto trabajo, porque

hacía muy recio sol. Cuando pensábamos estábamos cerca, había

otro tanto que andar. Siempre se me acuerda del cansancio y

desvarío que traíamos en aquel camino. Así llegamos poco antes

de la noche.

Como entramos en la casa, estaba de tal suerte, que no nos

atrevimos a quedar allí aquella noche por causa de la demasiada

poca limpieza que tenía y mucha gente del agosto. Tenía un portal

razonable y una cámara doblada con su desván, y una cocinilla.

Este edificio todo tenía nuestro monasterio. Yo consideré que en el

portal se podía hacer iglesia y en el desván coro, que venía bien, y

dormir en la cámara.

Mi compañera, aunque era harto mejor que yo y muy amiga de

penitencia, no podía sufrir que yo pensase hacer allí monasterio, y

así me dijo: «cierto, madre, que no haya espíritu, por bueno que

sea, que lo pueda sufrir. Vos no tratéis de esto». El padre que iba

conmigo, aunque le pareció lo que a mi compañera, como le dije

mis intentos, no me contradijo. Fuímonos a tener la noche en la

iglesia, que para el cansancio grande que llevábamos no

quisiéramos tenerla en vela.

4. Llegados a Medina, hablé luego con el padre fray Antonio, y

díjele lo que pasaba y que si tendría corazón para estar allí algún

tiempo, que tuviese cierto que Dios lo remediaría presto, que todo

era comenzar (paréceme tenía tan delante lo que el Señor ha

hecho, y tan cierto -a manera de decir- como ahora que lo veo, y

aun mucho más de lo que hasta ahora he visto; que al tiempo que

ésta escribo, hay diez monasterios de Descalzos por la bondad de

Dios), y que creyese que no nos daría la licencia el provincial

pasado ni el presente (que había de ser con su consentimiento,

según dije al principio), si nos viesen en casa muy medrada, dejado

que no teníamos remedio de ella, y que en aquel lugarcillo y casa

que no harían caso de ellos. A él le había puesto Dios más ánimo

que a mí; y así dijo que no sólo allí, mas que estaría en una pocilga.

Fray Juan de la Cruz estaba en lo mismo.

5. Ahora nos quedaba alcanzar la voluntad de los dos padres que

tengo dichos, porque con esa condición había dado la licencia

nuestro padre General. Yo esperaba en nuestro Señor de

alcanzarla, y así dejé al padre fray Antonio que tuviese cuidado de

hacer todo lo que pudiese en allegar algo para la casa. Yo me fui

con fray Juan de la Cruz a la fundación que queda escrita de

Valladolid. Y como estuvimos algunos días con oficiales para

recoger la casa, sin clausura, había lugar para informar al padre fray

Juan de la Cruz de toda nuestra manera de proceder, para que

llevase bien entendidas todas las cosas, así de mortificación como

del estilo de hermandad y recreación que tenemos juntas, que todo

es con tanta moderación, que sólo sirve de entender allí las faltas

de las hermanas y tomar un poco de alivio para llevar el rigor de la

Regla. El era tan bueno, que al menos yo podía mucho más

deprender de él que él de mí; mas esto no era lo que yo hacía, sino

el estilo del proceder las hermanas.

6. Fue Dios servido que estaba allí el provincial de nuestra Orden,

de quien yo había de tomar el beneplácito, llamado fray Alonso

González. Era viejo y harto buena cosa y sin malicia. Yo le dije

tantas cosas y de la cuenta que daría a Dios si tan buena obra

estorbaba, cuando se la pedí, y Su Majestad que le dispuso -como

quería que se hiciese-, que se ablandó mucho. Venida la señora

doña María de Mendoza y el obispo de Avila, su hermano, que es

quien siempre nos ha favorecido y amparado, lo acabaron con él y

con el padre fray Angel de Salazar, que era el Provincial pasado, de

quien yo temía toda la dificultad. Mas ofrecióse entonces cierta

necesidad que tuvo menester el favor de la señora doña María de

Mendoza, y esto creo ayudó mucho, dejado que, aunque no hubiera

esta ocasión, se lo pusiera nuestro Señor en corazón, como al

padre General, que estaba bien fuera de ello.

7. ¡Oh, válgame Dios, qué de cosas he visto en estos negocios, que

parecían imposibles y cuán fácil ha sido a Su Majestad allanarlas!

¡Y qué confusión mía es, viendo lo que he visto, no ser mejor de lo

que soy! Que ahora que lo voy escribiendo, me estoy espantando y

deseando que nuestro Señor dé a entender a todos cómo en estas

fundaciones no es casi nada lo que hemos hecho las criaturas.

Todo lo ha ordenado el Señor por unos principios tan bajos, que

sólo Su Majestad lo podía levantar en lo que ahora está. Sea por

siempre bendito, amén.

------------------------------------------------------------------------

CAPÍTULO 14

Prosigue en la fundación de la primera casa de los descalzos

carmelitas. Dice algo de la vida que allí hacían, y del provecho que

comenzó a hacer nuestro Señor en aquellos lugares, a honra y

gloria de Dios.

1. Como yo tuve estas dos voluntades, ya me parecía no me faltaba

nada. Ordenamos que el padre fray Juan de la Cruz fuese a la

casa, y lo acomodase de manera que comoquiera pudiesen entrar

en ella; que toda mi prisa era hasta que comenzasen, porque tenía

gran temor no nos viniese algún estorbo; y así se hizo. El padre fray

Antonio ya tenía algo allegado de lo que era menester;

ayudábamosle lo que podíamos, aunque era poco. Vino allí a

Valladolid a hablarme con gran contento y díjome lo que tenía

allegado, que era harto poco; sólo de relojes iba proveído, que

llevaba cinco, que me cayó en harta gracia. Díjome que para tener

las horas concertadas, que no quería ir desapercibido; creo aún no

tenía en qué dormir.

2. Tardóse poco en aderezar la casa, porque no había dinero,

aunque quisieran hacer mucho. Acabado, el padre fray Antonio

renunció su priorazgo con harta voluntad y prometió la primera

Regla; que aunque le decían lo probase primero, no quiso. Ibase a

su casita con el mayor contento del mundo. Ya fray Juan estaba

allá.

3. Dicho me ha el padre fray Antonio que cuando llegó a vista del

lugarcillo, le dio un gozo interior muy grande y le pareció que había

ya acabado con el mundo en dejarlo todo y meterse en aquella

soledad; adonde al uno y al otro no se les hizo la casa mala, sino

que les parecía estaban en grandes deleites.

4. ¡Oh, válgame Dios! ¡Qué poco hacen estos edificios y regalos

exteriores para lo interior! Por su amor os pido, hermanas y padres

míos, que nunca dejéis de ir muy moderados en esto de casas

grandes y suntuosas. Tengamos delante nuestros fundadores

verdaderos, que son aquellos santos padres de donde

descendimos, que sabemos que por aquel camino de pobreza y

humildad gozan de Dios.

5. Verdaderamente he visto haber más espíritu y aun alegría interior

cuando parece que no tienen los cuerpos cómo estar acomodados,

que después que ya tienen mucha casa y lo están. Por grande que

sea, ¿qué provecho nos trae, pues sólo de una celda es lo que

gozamos continuo? Que ésta sea muy grande y bien labrada, ¿qué

nos va? Sí, que no hemos de andar mirando las paredes.

Considerado que no es la casa que nos ha de durar para siempre,

sino tan breve tiempo como es el de la vida por larga que sea, se

nos hará todo suave viendo que mientras menos tuviéremos acá,

más gozaremos en aquella eternidad, adonde son las moradas

conforme al amor con que hemos imitado la vida de nuestro buen

Jesús. Si decimos que son estos principios para renovar la Regla de

la Virgen su Madre, y Señora y Patrona nuestra, no la hagamos

tanto agravio, ni a nuestros santos padres pasados, que dejemos

de conformarnos con ellos. Ya que por nuestra flaqueza en todo no

podamos, en las cosas que no hace ni deshace para sustentar la

vida habíamos de andar con gran aviso; pues todo es un poquito de

trabajo sabroso, como le tenían estos dos padres; y en

determinándonos de pasarlo, es acabada la dificultad, que toda es

la pena un poquito al principio.

6. Primero o segundo domingo de adviento de este año de 1568

(que no me acuerdo cuál de estos domingos fue), se dijo la primera

misa en aquel portalito de Belén, que no me parece era mejor. La

cuaresma adelante, viniendo a la fundación de Toledo, me vine por

allí. Llegué una mañana. Estaba el padre fray Antonio de Jesús

barriendo la puerta de la iglesia, con un rostro de alegría que tiene

él siempre. Yo le dije: «¿qué es esto, mi padre?, ¿qué se ha hecho

la honra?». Díjome estas palabras, dociéndome el gran contento

que tenía: «Yo maldigo el tiempo que la tuve».

Como entré en la iglesia, quedéme espantada de ver el espíritu que

el Señor había puesto allí. Y no era yo sola, que dos mercaderes

que habían venido de Medina hasta allí conmigo, que eran mis

amigos, no hacían otra cosa sino llorar. ¡Tenía tantas cruces, tantas

calaveras! Nunca se me olvida una cruz pequeña de palo que tenía

para el agua bendita, que tenía en ella pegada una imagen de papel

con un Cristo que parecía ponía más devoción que si fuera de cosa

muy bien labrada.

7. El coro era el desván, que por mitad estaba alto, que podían

decir las horas; mas habíanse de abajar mucho para entrar y para

oír misa. Tenían a los dos rincones, hacia la iglesia, dos ermitillas,

adonde no podían estar sino echados o sentados, llenas de heno

(porque el lugar era muy frío y el tejado casi les daban sobre las

cabezas), con dos ventanillas hacia el altar y dos piedras por

cabeceras, y allí sus cruces y calaveras. Supe que después que

acababan maitines hasta prima no se tornaban a ir, sino allí se

quedaban en oración, que la tenían tan grande, que les acaecía ir

con harta nieve las hábitos cuando iban a prima y no lo haber

sentido. Decían sus horas con otro padre de los del paño, que se

fue con ellos a estar, aunque no mudó hábito, porque era muy

enfermo, y otro fraile mancebo, que no era ordenado, que también

estaba allí.

8. Iban a predicar a muchos lugares que están por allí comarcanos

sin ninguna doctrina, que por esto también me holgué se hiciese allí

la casa; que me dijeron, que ni había cerca monasterio ni de dónde

la tener, que era gran lástima. En tan poco tiempo era tanto el

crédito que tenían, que a mí me hizo grandísimo consuelo cuando

lo supe. Iban -como digo- a predicar legua y media, dos leguas,

descalzos (que entonces no traían alpargatas, que después se las

mandaron poner), y con harta nieve y frío; y después que habían

predicado y confesado, se tornaban bien tarde a comer a su casa.

Con el contento, todo se les hacía poco.

9. De esto de comer tenían muy bastante, porque de los lugares

comarcanos los proveían más de lo que habían menester; y venían

allí a confesar algunos caballeros que estaban en aquellos lugares,

adonde los ofrecían ya mejores casas y sitios. Entre éstos fue uno

don Luis, Señor de las Cinco Villas. Este caballero había hecho una

iglesia para una imagen de nuestra Señora, cierto bien digna de

poner en veneración. Su padre la envió desde Flandes a su abuela

o madre (que no me acuerdo cuál), con un mercader. El se aficionó

tanto a ella, que la tuvo muchos años, y después, a la hora de la

muerte mandó se la llevasen. Es un retablo grande, que yo no he

visto en mi vida (y otras muchas personas dicen lo mismo) cosa

mejor. El padre fray Antonio de Jesús, como fue a aquel lugar a

petición de este caballero y vio la imagen; aficionóse tanto a ella, y

con mucha razón, que aceptó de pasar allí el monasterio. Llámase

este lugar Mancera. Aunque no tenía ningún agua de pozo, ni de

ninguna manera parecía la podían tener allí, labróles este caballero

un monasterio conforme a su profesión, pequeño, y dio ornamentos.

Hízolo muy bien.

10. No quiero dejar de decir cómo el Señor les dio agua, que se

tuvo por cosa de milagro. Estando un día después de cenar el

padre fray Antonio, que era prior, en la claustra con sus frailes

hablando en la necesidad de agua que tenían, levantóse el prior y

tomó un bordón que traía en las manos e hizo en una parte de él la

señal de la cruz, a lo que me parece, aunque no me acuerdo bien si

hizo cruz; mas, en fin, señaló con el palo y dijo: «ahora, cavad

aquí». A muy poco que cavaron, salió tanta agua, que aun para

limpiarle es dificultoso de agotar; y agua de beber muy bueno, que

toda la obra han gastado de allí, y nunca -como digo- se agota.

Después que cercaron una huerta, han procurado tener agua en

ella y hecho noria y gastado harto. Hasta ahora, cosa que sea nada,

no la han podido hallar.

11. Pues como yo vi aquella casita, que poco antes no se podía

estar en ella, con un espíritu, que a cada parte, -me parece-, que

miraba, hallaba con qué me edificar, y entendí de la manera que

vivían y con la mortificación y oración y el buen ejemplo que daban,

porque allí me vino a ver un caballero y su mujer que yo conocía,

que estaba en un lugar cerca, y no me acababan de decir de su

santidad y el gran bien que hacían en aquellos pueblos, no me

hartaba de dar gracias a nuestro Señor, con un gozo interior

grandísimo, por parecerme que veía comenzado un principio para

gran aprovechamiento de nuestra Orden y servicio de nuestro

Señor. Plega a Su Majestad que lleve adelante, como ahora van,

que mi pensamiento será bien verdadero.

Los mercaderes que habían ido conmigo me decían que por todo el

mundo no quisieran haber dejado de venir allí. ¡Qué cosa es la

virtud, que más les agradó aquella pobreza que todas las riquezas

que ellos tenían, y les hartó y consoló su alma!

12. Después que tratamos aquellos padres y yo algunas cosas, en

especial -como soy flaca y ruin- les rogué mucho no fuesen en las

cosas de penitencia con tanto rigor, que le llevaban muy grande; y

como me había costado tanto de deseo y oración que me diese el

Señor quien lo comenzase y veía tan buen principio, temía no

buscase el demonio cómo los acabar antes que se efectuase lo que

yo esperaba. Como imperfecta y de poca fe, no miraba que era

obra de Dios y Su Majestad la había de llevar adelante. Ellos, como

tenían estas cosas que a mí me faltaban, hicieron poco caso de mis

palabras para dejar sus obras; y así me fui con harto grandísimo

consuelo, aunque no daba a Dios las alabanzas que merecía tan

gran merced.

Plega a Su Majestad, por su bondad, sea yo digna de servir en algo

lo muy mucho que le debo, amén; que bien entendía era ésta muy

mayor merced que la que me hacía en fundar casas de monjas.

------------------------------------------------------------------------

CAPÍTULO 15

En que se trata de la fundación del monasterio del glorioso San

José en la ciudad de Toledo, que fue el año de 1569.

1. Estaba en la ciudad de Toledo un hombre honrado y siervo de

Dios, mercader, el cual nunca se quiso casar, sino hacía una vida

como muy católico, hombre de gran verdad y honestidad. Con trato

lícito allegaba su hacienda con intento de hacer de ella una obra

que fuese muy agradable al Señor. Diole el mal de la muerte.

Llamábase Martín Ramírez. Sabiendo un padre de la Compañía de

Jesús, llamado Pablo Hernández, con quien yo estando en este

lugar me había confesado cuando estaba concertando la fundación

de Malagón, el cual tenía mucho deseo de que se hiciese un

monasterio de éstos en este lugar, fuele a hablar, y díjole el servicio

que sería de nuestro Señor tan grande, y cómo los capellanes y

capellanías que quería hacer las podía dejar en este monasterio, y

que se harían en él ciertas fiestas y todo lo demás que él estaba

determinado dejar en una parroquia de este lugar.

2. El estaba ya tan malo, que para concertar esto vio no había

tiempo, y dejólo todo en las manos de un hermano que tenía,

llamado Alonso Alvarez Ramírez, y con esto le llevó Dios. Acertó

bien; porque es este Alonso Alvarez hombre harto discreto y

temeroso de Dios y de mucha verdad y limosnero y llegado a toda

razón, que de él, que le he tratado mucho, como testigo de vista,

puedo decir esto con gran verdad.

3. Cuando murió Martín Ramírez, aún me estaba yo en la fundación

de Valladolid, adonde me escribió el padre Pablo Hernández, de la

Compañía, y el mismo Alonso Alvarez, dándome cuenta de lo que

pasaba y que si quería aceptar esta fundación me diese prisa a

venir; y así me partí poco después que se acabó de acomodar la

casa. Llegué a Toledo víspera de nuestra Señora de la

Encarnación, y fuime en casa de la señora doña Luisa, que es

adonde había estado otras veces, y la fundadora de Malagón. Fui

recibida con gran alegría, porque es mucho lo que me quiere.

Llevaba dos compañeras de San José de Avila, harto siervas de

Dios. Diéronnos luego un aposento, como solían, adonde

estábamos con el recogimiento que en un monasterio.

4. Comencé luego a tratar de los negocios con Alonso Alvarez y un

yerno suyo, llamado Diego Ortiz, que era, aunque muy bueno y

teólogo, más entero en su parecer que Alonso Alvarez; no se ponía

tan presto en la razón. Comenzáronme a pedir muchas condiciones,

que yo no me parecía convenía otorgar. Andando en los conciertos

y buscando una casa alquilada para tomar la posesión, nunca la

pudieron hallar -aunque se buscó mucho- que conviniese; ni yo

tampoco podía acabar con el gobernador que me diese la licencia

(que en este tiempo no había Arzobispo), aunque esta señora

adonde estaba lo procuraba mucho y un caballero que era canónigo

en esta iglesia, llamado don Pedro Manrique, hijo del Adelantado de

Castilla: era muy siervo de Dios, y lo es, que aún es vivo, y con

tener bien poca salud, unos años después que se fundó esta casa

se entró en la Compañía de Jesús, adonde está ahora; era mucha

cosa en este lugar, porque tiene mucho entendimiento y valor; con

todo, no podía acabar que me diesen esta licencia, porque cuando

tenía un poco blando el Gobernador, no lo estaban los del Consejo.

Por otra parte, no nos acabábamos de concertar Alonso Alvarez y

yo, a causa de su yerno, a quien él daba mucha mano. En fin,

vinimos a desconcertarnos del todo.

5. Yo no sabía qué me hacer, porque no había venido a otra cosa y

veía que había de ser mucha nota irme sin fundar. Con todo, tenía

más pena de no me dar la licencia que de lo demás; porque

entendía que, tomada la posesión, nuestro Señor lo proveería,

como había hecho en otras partes. Y así me determiné de hablar al

Gobernador, y fuime a una iglesia que está junto con su casa y

enviéle a suplicar que tuviese por bien de hablarme. Había ya más

de dos meses que se andaba en procurarlo y cada día era peor.

Como me vi con él, díjele que era recia cosa que hubiese mujeres

que querían vivir en tanto rigor y perfección y encerramiento, y que

los que no pasaban nada de esto, sino que se estaban en regalos,

quisiesen estorbar obras de tanto servicio de nuestro Señor. Estas y

otras hartas cosas le dije con una determinación grande que me

daba el Señor. De manera le movió el corazón, que antes que me

quitase de con él, me dio la licencia.

6. Yo me fui muy contenta, que me parecía ya lo tenía todo, sin

tener nada; porque debían ser hasta tres o cuatro ducados lo que

tenía, con que compré dos lienzos (porque ninguna cosa tenía de

imagen para poner en el altar) y dos jergones y una manta. De casa

no había memoria. Con Alonso Alvarez ya estaba desconcertada.

Un mercader, amigo mío, del mismo lugar, que nunca se ha querido

casar, ni entiende sino en hacer buenas obras con los presos de la

cárcel, y otras muchas obras buenas que hace, y me había dicho

que no tuviese pena, que él me buscaría casa (llámase Alonso de

Avila), cayóme malo. Algunos días antes había venido a aquel lugar

un fraile francisco, llamado fray Martín de la Cruz, muy santo.

Estuvo algunos días y cuando se fue, envióme un mancebo que él

confesaba, llamado Andrada, nonada rico, sino harto pobre, a quien

él rogó hiciese todo lo que yo le dijese. El, estando un día en una

iglesia en misa, me fue a hablar y a decir lo que le había dicho

aquel bendito, y que estuviese cierta que en todo lo que él podía

que lo haría por mí, aunque sólo con su persona podía ayudarnos.

Yo se lo agradecí, y me cayó harto en gracia y a mis compañeras

más ver el ayuda que el santo nos enviaba, porque su traje no era

para tratar con Descalzas.

7. Pues como yo me vi con la licencia y sin ninguna persona que

me ayudase, no sabía qué hacer ni a quién encomendar que me

buscase una casa alquilada. Acordóseme del mancebo que me

había enviado fray Martín de la Cruz y díjelo a mis compañeras.

Ellas se rieron mucho de mí y dijeron que no hiciese tal, que no

serviría de más de descubrirlo. Yo no las quise oír, que, por ser

enviado de aquel siervo de Dios, confiaba había de hacer algo y

que no había sido sin misterio. Y así le envié a llamar y le conté con

todo el secreto que yo le pude encargar, lo que pasaba, y que para

este fin le rogaba me buscase una casa, que yo daría fiador para el

alquiler. Este era el buen Alonso de Avila, que he dicho que me

cayó malo. A él se le hizo muy fácil y me dijo que la buscaría.

Luego, otro día de mañana, estando en misa en la Compañía de

Jesús, me vino a hablar y dijo que ya tenía la casa, que allí traía las

llaves, que cerca estaba, que la fuésemos a ver, y así lo hicimos; y

era tan buena, que estuvimos en ella un año casi.

8. Muchas veces, cuando considero en esta fundación, me

espantan las trazas de Dios; que había casi tres meses -al menos

más de dos, que no me acuerdo bien- que habían andado dando

vuelta a Toledo para buscarla personas tan ricas y, como si no

hubiera casas en él, nunca la pudieron hallar, y vino luego este

mancebo, que no lo era, sino harto pobre, y quiere el Señor que

luego la halla; y que pudiéndose fundar sin trabajo estando

concertada con Alonso Alvarez, que no lo estuviese, sino bien fuera

de serlo, para que fuese la fundación con pobreza y trabajo.

9. Pues como nos contentó la casa, luego di orden para que se

tomase la posesión antes que en ella se hiciese ninguna cosa,

porque no hubiese algún estorbo; y bien en breve me vino a decir el

dicho Andrada que aquel día se desembarazaba la casa, que

llevásemos nuestro ajuar. Yo le dije que poco había que hacer, que

ninguna cosa teníamos sino dos jergones y una manta. El se debía

espantar. A mis compañeras les pesó de que se lo dije, y me dijeron

que cómo lo había dicho, que de que nos viese tan pobres no nos

querría ayudar. Yo no advertí en eso y a él le hizo poco al caso;

porque quien le daba aquella voluntad, había de llevarla adelante

hasta hacer su obra; y es así que con la que él anduvo en

acomodar la casa y traer oficiales, no me parece le hacíamos

ventaja. Buscamos prestado aderezo para decir misa, y con un

oficial nos fuimos, a boca de noche, con una campanilla, para tomar

la posesión, de las que se tañen para alzar, que no teníamos otra; y

con harto miedo mío anduvimos toda la noche aliñándolo, y no hubo

adónde hacer la iglesia, sino en una pieza, que la entrada era por

otra casilla, que estaba junto, que tenían unas mujeres, y su dueño

también nos la había alquilado.

10. Ya que lo tuvimos todo a punto que quería amanecer y no

habíamos osado decir nada a las mujeres porque no nos

descubriesen, comenzamos a abrir la puerta, que era de un tabique,

y salía a un patiecillo bien pequeño. Como ellas oyeron golpes, que

estaban en la cama, levantáronse despavoridas. Harto tuvimos que

hacer en aplacarlas, mas ya era a hora que luego se dijo la misa y

aunque estuvieran recias, no nos hicieran daño; y como vieron para

lo que era, el Señor las aplacó.

11. Después veía yo cuán mal lo habíamos hecho, que entonces

con el embebecimiento que Dios pone para que se haga la obra, no

se advierten los inconvenientes. Pues, cuando el dueño de la casa

supo que estaba hecha iglesia, fue el trabajo, que era mujer de un

mayorazgo. Era mucho lo que hacía. Con parecerle que se la

compraríamos bien, si nos contentaba, quiso el Señor que se

aplacó. Pues cuando los del Consejo supieron que estaba hecho el

monasterio, que ellos nunca habían querido dar licencia, estaban

muy bravos, y fueron en casa de un señor de la iglesia (a quien yo

había dado parte en secreto), diciendo que querían hacer y

acontecer. Porque el Gobernador habíasele ofrecido un camino

después que me dio la licencia y no estaba en el lugar. Fuéronlo a

contar a éste que digo, espantados de tal atrevimiento que una

mujercilla, contra su voluntad, les hiciese un monasterio. El hizo que

no sabía nada y aplacólos lo mejor que pudo, diciendo que en otros

cabos lo había hecho y que no sería sin bastantes recaudos.

12. Ellos, desde a no sé cuántos días, nos enviaron una

descomunión para que no se dijese misa hasta que mostrase los

recaudos con que se había hecho. Yo les respondí muy

mansamente que haría lo que mandaban, aunque no estaba

obligada a obedecer en aquello. Y pedí a don Pedro Manrique, el

caballero que he dicho, que los fuese a hablar y a mostrar los

recaudos. El los allanó, como ya estaba hecho; que si no,

tuviéramos trabajo.

13. Estuvimos algunos días con los jergones y la manta, sin más

ropa, y aun aquel día ni una seroja de leña no teníamos para asar

una sardina, y no sé a quién movió el Señor que nos pusieron en la

iglesia un hacecito de leña, con que nos remediamos. A las noches

se pasaba algún frío, que le hacía; aunque con la manta y las capas

de sayal que traemos encima nos abrigábamos, que muchas veces

nos aprovechan. Parecerá imposible, estando en casa de aquella

señora que me quería tanto, entrar con tanta pobreza. No sé la

causa, sino que quiso Dios que experimentásemos el bien de esta

virtud. Yo no se lo pedí, que soy enemiga de dar pesadumbre; y ella

no advirtió, por ventura; que más que lo que nos podía dar, le soy a

cargo.

14. Ello fue harto bien para nosotras, porque era tanto el consuelo

interior que traíamos y la alegría, que muchas veces se me acuerda

lo que el Señor tiene encerrada en las virtudes: como una

contemplación suave me parece causaba esta falta que teníamos,

aunque duró poco, que luego nos fueron proveyendo más de lo que

quisiéramos el mismo Alonso Alvarez y otros. Y es cierto que era

tanta mi tristeza, que no me parecía sino como si tuviera muchas

joyas de oro y me las llevaran y dejaran pobre; así sentía pena de

que se nos iba acabando la pobreza y mis compañeras lo mismo;

que como las vi mustias, les pregunté qué habían, y me dijeron:

«¡qué hemos de haber, Madre!: que ya no parece somos pobres».

15. Desde entonces me creció deseo de serlo mucho, y me quedó

señorío para tener en poco las cosas de bienes temporales; pues

su falta hace crecer el bien interior, que cierto trae consigo otra

hartura y quietud.

En los días que había tratado de la fundación con Alonso Alvarez,

eran muchas las personas a quien parecía mal, y me lo decían, por

parecerles que no eran ilustres y caballeros, aunque harto buenos

en su estado -como he dicho-, y que en un lugar tan principal como

éste de Toledo que no me faltaría comodidad. Yo no reparaba

mucho en esto, porque, gloria sea a Dios, siempre he estimado en

más la virtud que el linaje; mas habían ido tantos dichos al

Gobernador, que me dio la licencia con esta condición que fundase

yo como en otras partes.

16. Yo no sabía qué hacer, porque hecho el monasterio, tornaron a

tratar del negocio; mas como ya estaba fundado, tomé este medio

de darles la capilla mayor y que en lo que toca al monasterio no

tuviesen ninguna cosa, como ahora está. Ya había quien quisiese la

capilla mayor, persona principal, y había hartos pareceres, no

sabiendo a qué me determinar. Nuestro Señor me quiso dar luz en

este caso, y así me dijo una vez cuán poco al caso harían delante

del juicio de Dios estos linajes y estados; y me hizo una reprensión

grande porque daba oídos a los que me hablaban en esto, que no

eran cosas para los que ya tenemos despreciado el mundo.

17. Con estas y otras razones yo me confundí harto y determiné

concertar lo que estaba comenzado de darles la capilla, y nunca me

ha pesado; porque hemos visto claro el mal remedio que tuviéramos

para comprar casa, porque con su ayuda compramos en la que

ahora están, que es de las buenas de Toledo, que costó doce mil

ducados y, como hay tantas misas y fiestas, está muy a consuelo

de las monjas, y hácele a los del pueblo. Si hubiera mirado a las

opiniones vanas del mundo, a lo que podemos entender, era

imposible tener tan buena comodidad, y hacíase agravio a quien

con tan buena voluntad nos hizo esta caridad.

------------------------------------------------------------------------

CAPÍTULO 16

En que se tratan algunas cosas sucedidas en este convento de San

José de Toledo, para honra y gloria de Dios.

1. Hame parecido decir alguna cosa de lo que en servicio de

nuestro Señor algunas monjas se ejercitaban, para que las que

vinieren procuren siempre imitar estos buenos principios.

Antes que se comprase la casa entró aquí una monja llamada Ana

de la Madre de Dios, de edad de cuarenta años, y toda su vida

había gastado en servir a Su Majestad. Aunque en su trato y casa

no le faltaba regalo, porque era sola y tenía bien, quiso más

escoger la pobreza y sujeción de la Orden, y así me vino a hablar.

Tenía harto poca salud; mas, como yo vi alma tan buena y

determinada, parecióme buen principio para fundación y así la

admití. Fue Dios servido de darla mucha más salud en la aspereza

y sujeción, que la que tenía con la libertad y regalo.

2. Lo que me hizo devoción, y por lo que la pongo aquí, es que

antes que hiciese profesión hizo donación de todo lo que tenía, que

era muy rica, y lo dio en limosna para la casa. A mí me pesó de esto

y no se lo quería consentir, diciéndole que por ventura o ella se

arrepentiría, o nosotras no la querríamos dar profesión, y que era

recia cosa hacer aquello (puesto que cuando esto fuera, no la

habíamos de dejar sin lo que nos daba), mas quise yo agraviárselo

mucho: uno, porque no fuese ocasión de alguna tentación; lo otro,

por probar más su espíritu. Ella me respondió que, cuando eso

fuese, lo pediría por amor de Dios, y nunca con ella pude acabar

otra cosa. Vivió muy contenta y con mucha más salud.

3. Era mucho lo que en este monasterio se ejercitaban en

mortificación y obediencia, de manera que algún tiempo que estuve

en él, en veces, había de mirar lo que hablaba la prelada; que,

aunque fuese con descuido, ellas lo ponían luego por obra. Estaban

una vez mirando una balsa de agua que había en el huerto, y dijo:

«mas ¿qué sería si dijese (a una monja que estaba allí junto) que

se echase aquí?». No se lo hubo dicho, cuando ya la monja estaba

dentro, que, según se paró, fue menester vestirse de nuevo. Otra

vez, estando yo presente, estábanse confesando, y la que esperaba

a otra, que estaba allá, llegó a hablar con la prelada. Díjole que

cómo hacía aquello; si era buena manera de recogerse; que

metiese la cabeza en un pozo que estaba allí y pensase allí sus

pecados. La otra entendió que se echase en el pozo, y fue con

tanta prisa a hacerlo, que si no acudieran presto, se echara,

pensando hacía a Dios el mayor servicio del mundo. Otras cosas

semejantes y de gran mortificación, tanto que ha sido menester que

las declaren las cosas en que han de obedecer algunas personas

de letras e irlas a la mano; porque hacían algunas bien recias, que,

si su intención no las salvara, fuera desmerecer más que merecer.

Y esto no es en solo este monasterio (sino que se me ofreció decirlo

aquí), sino en todos hay tantas cosas, que quisiera yo no ser parte,

para decir algunas, para que se alabe nuestro Señor en sus siervas.

4. Acaeció, estando yo aquí, darle el mal de la muerte a una

hermana. Recibidos los sacramentos y después de dada la

Extremaunción, era tanta su alegría y contento, que así se le podía

hablar en cómo nos encomendase en el cielo a Dios y a los santos

que tenemos devoción, como si fuera a otra tierra. Poco antes que

expirase, entré yo a estar allí, que me había ido delante del

Santísimo Sacramento a suplicar al Señor la diese buena muerte; y

así como entré, vi a Su Majestad a su cabecera, en mitad de la

cabecera de la cama. Tenía algo abiertos los brazos, como que la

estaba amparando, y díjome: que tuviese por cierto que a todas las

monjas que muriesen en estos monasterios, que El las ampararía

así, y que no hubiesen miedo de tentaciones a la hora de la muerte.

Yo quedé harto consolada y recogida. Desde a un poquito, lleguéla

a hablar, y díjome: «¡Oh Madre, qué grandes cosas tengo de ver!».

Así murió, como un ángel.

5. Y algunas que mueren después acá he advertido que es con una

quietud y sosiego, como si les diese un arrobamiento o quietud de

oración, sin haber habido muestra de tentación ninguna. Así espero

en la bondad de Dios que nos ha de hacer en esto merced, y por

los méritos de su Hijo y de la gloriosa Madre suya, cuyo hábito

traemos. Por eso, hijas mías, esforcémonos a ser verdaderas

carmelitas, que presto se acabará la jornada. Y si entendiésemos la

aflicción que muchos tienen en aquel tiempo y las sutilezas y

engaños con que los tienta el demonio, tendríamos en mucho esta

merced.

6. Una cosa se me ofrece ahora, que os quiero decir, porque conocí

a la persona y aun era casi deudo de deudos míos. Era gran

jugador y había aprendido algunas letras, que por éstas le quiso el

demonio comenzar a engañar con hacerle creer que la enmienda a

la hora de la muerte no valía nada. Tenía esto tan fijo, que en

ninguna manera podían con él que se confesase, ni bastaba cosa, y

estaba el pobre en extremo afligido y arrepentido de su mala vida;

mas decía que para qué se había de confesar, que él veía que

estaba condenado. Un fraile dominico que era su confesor y letrado,

no hacía sino argüirle; mas el demonio le enseñaba tantas

sutilezas, que no bastaba. Estuvo así algunos días, que el confesor

no sabía qué se hacer, y debíale de encomendar harto al Señor, él

y otros, pues tuvo misericordia de él.

7. Apretándole ya el mal mucho, que era dolor de costado, torna

allá el confesor, y debía de llevar pensadas más cosas con que le

argüir; y aprovechara poco, si el Señor no hubiera piedad de él para

ablandarle el corazón. Y como lo comenzó a hablar y a darle

razones, sentóse sobre la cama, como si no tuviera mal, y díjole:

«que, en fin, ¿decís que me puede aprovechar mi confesión? Pues

yo la quiero hacer». E hizo llamar un escribano o notario, que de

esto no me acuerdo, e hizo un juramento muy solemne de no jugar

más y de enmendar su vida, que lo tomasen por testimonio, y

confesóse muy bien y recibió los Sacramentos con tal devoción,

que, a lo que se puede entender según nuestra fe, se salvó. Plega a

nuestro Señor, hermanas, que nosotras hagamos la vida como

verdaderas hijas de la Virgen y guardemos nuestra profesión, para

que nuestro Señor nos haga la merced que nos ha prometido.

Amén.

------------------------------------------------------------------------

CAPÍTULO 17

Que trata de la fundación de los monasterios de Pastrana, así de

frailes como de monjas. Fue en el mismo año de 1570, digo 1569.

1. Pues habiendo -luego que se fundó la casa de Toledo, desde a

quince días, víspera de Pascua del Espíritu Santo- de acomodar la

iglesia y poner redes y cosas, que había habido harto que hacer

(porque, como he dicho, casi un año estuvimos en esta casa), y

cansada aquellos días de andar con oficiales, había acabádose

todo. Aquella mañana, sentándonos en refectorio a comer, me dio

tan gran consuelo de ver que ya no tenía qué hacer y que aquella

Pascua podía gozarme con nuestro Señor algún rato, que casi no

podía comer, según se sentía mi alma regalada.

2. No merecí mucho este consuelo, porque, estando en esto, me

vienen a decir que está allí un criado de la princesa de Eboli, mujer

de Ruy Gómez de Silva. Yo fui allá, y era que enviaba por mí,

porque había mucho que estaba tratado entre ella y mí de fundar un

monasterio en Pastrana. Yo no pensé que fuera tan presto. A mí me

dio pena, porque tan recién fundado el monasterio y con

contradicción, era mucho peligro dejarle, y así me determiné luego a

no ir y se lo dije. El díjome que no se sufría, porque la princesa

estaba ya allá y no iba a otra cosa, que era hacerle afrenta. Con

todo eso, no me pasaba por pensamiento de ir, y así le dije que se

fuese a comer y que yo escribiría a la princesa y se iría. El era

hombre muy honrado y, aunque se le hacía de mal, como yo le dije

las razones que había, pasaba por ello.

3. Las monjas para estar en el monasterio acababan de venir. En

ninguna manera veía cómo se poder dejar tan presto. Fuime

delante del Santísimo Sacramento para pedir al Señor escribiese de

suerte que no se enojase, porque nos estaba muy mal, a causa de

comenzar entonces los frailes, y para todo era bueno tener a Ruy

Gómez, que tanta cabida tenía con el Rey y con todos; aunque de

esto no me acuerdo si se me acordaba, mas bien sé que no la

quería disgustar. Estando en esto, fueme dicho de parte de nuestro

Señor que no dejase de ir, que a más iba que a aquella fundación, y

que llevase la Regla y Constituciones.

4. Yo, como esto entendí, aunque veía grandes razones para no ir,

no osé sino hacer lo que solía en semejantes cosas, que era

regirme por el consejo del confesor. Y así le envié a llamar, sin

decirle lo que había entendido en la oración (porque con esto quedo

más satisfecha siempre), sino suplicando al Señor les dé luz,

conforme a lo que naturalmente pueden conocer; y Su Majestad,

cuando quiere se haga una cosa, se lo pone en corazón. Esto me

ha acaecido muchas veces. Así fue en esto, que, mirándolo todo, le

pareció fuese, y con eso me determiné a ir.

5. Salí de Toledo segundo día de Pascua de Espíritu Santo. Era el

camino por Madrid, y fuímonos a posar mis compañeras y yo a un

monasterio de franciscas con una señora que le hizo y estaba en él,

llamada doña Leonor Mascareñas, aya que fue del rey, muy sierva

de nuestro Señor, adonde yo había posado otras veces por algunas

ocasiones que se había ofrecido pasar por allí, y siempre me hacía

mucha merced.

6. Esta señora me dijo que se holgaba viniese a tal tiempo, porque

estaba allí un ermitaño que me deseaba mucho conocer, y que le

parecía que la vida que hacían él y sus compañeros conformaba

mucho con nuestra Regla. Yo, como tenía solos dos frailes, vínome

el pensamiento, que si pudiese que éste lo fuese, que sería gran

cosa; y así la supliqué procurase que nos hablásemos. El posaba

en un aposento que esta señora le tenía dado, con otro hermano

mancebo, llamado fray Juan de la Miseria, gran siervo de Dios y

muy simple en las cosas del mundo. Pues comunicándonos

entrambos, me vino a decir que quería ir a Roma.

7. Antes que pase adelante, quiero decir lo que sé de este Padre,

llamado Mariano de San Benito. Era de nación italiana, doctor y de

muy gran ingenio y habilidad. Estando con la Reina de Polonia, que

era el gobierno de toda su casa, nunca se habiendo inclinado a

casar, sino tenía una encomienda de San Juan, llamóle nuestro

Señor a dejarlo todo para mejor procurar su salvación. Después de

haber pasado algunos trabajos, que le levantaron había sido en una

muerte de un hombre, y le tuvieron dos años en la cárcel, adonde

no quiso letrado, ni que nadie volviese por él, sino Dios y su justicia,

habiendo testigos que decían que él los había llamado para que le

matasen, casi como a los viejos de Santa Susana acaeció que,

preguntado a cada uno adónde estaba entonces, el uno dijo que

sentado sobre una cama; el otro, que a una ventana; en fin, vinieron

a confesar cómo lo levantaban, y él me certificaba que le había

costado hartos dineros librarlos para que no los castigasen, y que el

mismoque le hacía la guerra, había venido a sus manos que hiciese

cierta información contra él, y que por el mismo caso había puesto

cuanto había podido por no le hacer daño.

8. Estas y otras virtudes -que es hombre limpio y casto, enemigo de

tratar con mujeres- debían de merecer con nuestro Señor que le

diese conocimiento de lo que era el mundo, para procurar apartarse

de él; y así comenzó a pensar qué Orden tomaría; e intentando las

unas y las otras, en todas debía hallar inconveniente para su

condición, según me dijo. Supo que cerca de Sevilla estaban juntos

unos ermitaños en un desierto, que llamaban el Tardón, teniendo un

hombre muy santo por mayor, que llamaban el padre Mateo. Tenía

cada uno su celda y aparte, sin decir oficio divino, sino un oratorio

adonde se juntaban a misa. Ni tenían renta ni querían recibir

limosna ni la recibían; sino de la labor de sus manos se mantenían,

y cada uno comía por sí, harto pobremente. Parecióme, cuando lo

oí, el retrato de nuestros santos Padres. En esta manera de vivir

estuvo ocho años. Como vino el santo concilio de Trento, como

mandaron reducir a las Ordenes los ermitaños, él quería ir a Roma

a pedir licencia para que los dejasen estar así, y este intento tenía

cuando yo le hablé.

9. Pues como me dijo la manera de su vida, yo le mostré nuestra

Regla primitiva y le dije que sin tanto trabajo podía guardar todo

aquello, pues era lo mismo, en especial de vivir de la labor de sus

manos, que era a lo que él mucho se inclinaba, diciéndome que

estaba el mundo perdido de codicia y que esto hacía no tener en

nada a los religiosos. Como yo estaba en lo mismo, en esto presto

nos concertamos y aun en todo; que, dándole yo razones de lo

mucho que podía servir a Dios en este hábito, me dijo que pensaría

en ello aquella noche. Ya yo le vi casi determinado, y entendí que lo

que yo había entendido en oración «que iba a más que al

monasterio de las monjas», era aquélla. Diome grandísimo

contento, pareciendo se había mucho de servir el Señor, si él

entraba en la Orden. Su Majestad, que lo quería, le movió de

manera aquella noche, que otro día me llamó ya muy determinado y

aun espantado de verse mudado tan presto, en especial por una

mujer, que aun ahora algunas veces me lo dice, como si fuera eso

la causa, sino el Señor que puede mudar los corazones.

10. Grandes son sus juicios, que habiendo andado tantos años sin

saber a qué se determinar de estado (porque el que entonces tenía

no lo era, que no hacían votos, ni cosa que los obligase, sino

estarse allí retirados), y que tan presto le moviese Dios y le diese a

entender lo mucho que le había de servir en este estado, y que Su

Majestad le había menester para llevar adelante lo que estaba

comenzado, que ha ayudado mucho y hasta ahora le cuesta hartos

trabajos y costará más hasta que se asiente (según se puede

entender de las contradicciones que ahora tiene esta primera

Regla); porque por su habilidad e ingenio y buena vida tiene cabida

con muchas personas que nos favorecen y amparan.

11. Pues díjome cómo Ruy Gómez en Pastrana, que es el mismo

lugar adonde yo iba, le había dado una buena ermita y sitio para

hacer allí asiento de ermitaños, y que él quería hacerla de esta

Orden y tomar el hábito. Yo se lo agradecí y alabé mucho a nuestro

Señor; porque de las dos licencias que me había enviado nuestro

padre General Reverendísimo para dos monasterios, no estaba

hecho más del uno. Y desde allí hice mensajero a los dos padres

que quedan dichos, el que era Provincial y lo había sido, pidiéndole

mucho me diesen licencia, porque no se podía hacer sin su

consentimiento; y escribí al obispo de Avila, que era don Alvaro de

Mendoza, que nos favorecía mucho, para que lo acabase con ellos.

12. Fue Dios servido que lo tuvieron por bien. Les parecería que en

lugar tan apartado les podía hacer poco perjuicio. Diome la palabra

de ir allá en siendo venida la licencia. Con esto fui en extremo

contenta. Hallé allá a la princesa y al príncipe Ruy Gómez, que me

hicieron muy buen acogimiento. Diéronnos un aposento apartado,

adonde estuvimos más de lo que yo pensé; porque la casa estaba

tan chica, que la princesa la había mandado derrocar mucho de ella

y tornar a hacer de nuevo, aunque no las paredes, mas hartas

cosas.

13. Estaría allí tres meses, adonde se pasaron hartos trabajos, por

pedirme algunas cosas la princesa que no convenían a nuestra

religión, y así me determiné a venir de allí sin fundar, antes que

hacerlo. El príncipe Ruy Gómez, con su cordura, que lo era mucho y

llegado a razón, hizo a su mujer que se allanase; y yo llevaba

algunas cosas, porque tenía más deseo de que se hiciese el

monasterio de los frailes que el de las monjas, por entender lo

mucho que importaba, como después se ha visto.

14. En este tiempo vino Mariano y su compañero, los ermitaños que

quedan dichos, y traída la licencia, aquellos señores tuvieron por

bien que se hiciese la ermita que le había dado para ermitaños de

frailes Descalzos, enviando yo a llamar al padre fray Antonio de

Jesús, que fue el primero, que estaba en Mancera, para que

comenzase a fundar el monasterio. Yo les aderecé hábitos y capas,

y hacía todo lo que podía para que ellos tomasen luego el hábito.

15. En esta sazón había yo enviado por más monjas al monasterio

de Medina del Campo, que no llevaba más de dos conmigo; y

estaba allí un padre, ya de días, que aunque no era muy viejo, no

era mozo, muy buen predicador, llamado fray Baltasar de Jesús.

Como supo que se hacía aquel monasterio, vínose con las monjas

con intento de tornarse Descalzo; y así lo hizo cuando vino, que,

como me lo dijo, yo alabé a Dios. El dio el hábito al padre Mariano y

a su compañero, para legos entrambos, que tampoco el padre

Mariano quiso ser de misa, sino entrar para ser el menor de todos,

ni yo lo pude acabar con él. Después, por mandato de nuestro

Reverendísimo Padre General, se ordenó de misa. Pues fundados

entrambos monasterios y venido el padre fray Antonio de Jesús,

comenzaron a entrar novicios tales cuales adelante se dirá de

algunos, y a servir a nuestro Señor tan de veras, como -si El es

servido- escribirá quien lo sepa mejor decir que yo, que en este

caso, cierto quedo corta.

16. En lo que toca a las monjas, estuvo el monasterio allí de ellas

en mucha gracia de estos señores y con gran cuidado de la

princesa en regalarlas y tratarlas bien, hasta que murió el príncipe

Ruy Gómez, que el demonio, o por ventura porque el Señor lo

permitió -Su Majestad sabe por qué- con la acelerada pasión de su

muerte entró la princesa allí monja. Con la pena que tenía, no le

podían caer en mucho gusto las cosas a que no estaba usada de

encerramiento, y por el santo concilio la priora no podía dar las

libertades que quería.

17. Vínose a disgustar con ella y con todas de tal manera, que aun

después que dejó el hábito, estando ya en su casa, le daban enojo,

y las pobres monjas andaban con tanta inquietud, que yo procuré

con cuantas vías pude, suplicándolo a los prelados, que quitasen de

allí el monasterio, fundándose uno en Segovia, como adelante se

dirá, adonde se pasaron, dejando cuanto les había dado la

princesa, y llevando consigo algunas monjas que ella había

mandado tomar sin ninguna cosa. Las camas y cosillas que las

mismas monjas habían traído llevaron consigo, dejando bien

lastimados a los del lugar. Yo con el mayor contento del mundo de

verlas en quietud, porque estaba muy bien informada que ellas

ninguna culpa habían tenido en el disgusto de la princesa; antes, lo

que estuvo con hábito, la servían como antes que le tuviese. Sólo

en lo que tengo dicho fue la ocasión y la misma pena que esta

señora tenía y una criada que llevó consigo, que, a lo que se

entiende, tuvo toda la culpa. En fin, el Señor que lo permitió. Debía

ver que no convenía allí aquel monasterio, que sus juicios son

grandes y contra todos nuestros entendimientos. Yo, por solo el

mío, no me atreviera, sino por el parecer de personas de letras y

santidad.

------------------------------------------------------------------------

CAPÍTULO 18

Trata de la fundación del monasterio de San José de Salamanca,

que fue año de 1570. Trata de algunos avisos para las prioras,

importantes.

1. Acabadas estas dos fundaciones, torné a la ciudad de Toledo,

adonde estuve algunos meses, hasta comprar la casa que queda

dicha y dejarlo todo en orden. Estando entendiendo en esto, me

escribió un rector de la Compañía de Jesús de Salamanca,

diciéndome que estaría allí muy bien un monasterio de éstos,

dándome de ello razones; aunque por ser muy pobre el lugar, me

había detenido a hacer allí fundación de pobreza. Mas

considerando que lo es tanto Avila y nunca le falta, ni creo faltará

Dios a quien le sirviere, puestas las cosas tan en razón como se

pone, siendo tan pocas y ayudándose del trabajo de sus manos, me

determiné a hacerlo. Y yéndome desde Toledo a Avila, procuré

desde allí la licencia del Obispo que era entonces..., el cual lo hizo

tan bien que como el padre rector le informó de esta Orden y que

sería servicio de Dios, la dio luego.

2. Parecíame a mí que en teniendo la licencia del Ordinario tenía

hecho el monasterio, según se me hacía fácil. Y así luego procuré

alquilar una casa que me hizo haber una señora que yo conocía, y

era dificultoso por no ser tiempo en que se alquilan y tenerla unos

estudiantes, con los cuales acabaron de darla cuando estuviese allí

quien había de entrar en ella. Ellos no sabían para lo que era, que

de esto traía yo grandísimo cuidado, que hasta tomar la posesión

no se entendiese nada; porque ya tengo experiencia lo que el

demonio pone por estorbar uno de estos monasterios. Y aunque en

éste no le dio Dios licencia para ponerlo a los principios, porque

quiso que se fundase, después han sido tantos los trabajos y

contradicciones que se han pasado que aún no está acabado del

todo de allanar, con haber algunos años que está fundado cuando

esto escribo, y así creo se sirve Dios en él mucho, pues el demonio

no le puede sufrir.

3. Pues habida la licencia y teniendo cierta la casa, confiada de la

misericordia de Dios, porque allí ninguna persona había que me

pudiese ayudar con nada para lo mucho que era menester para

acomodar la casa, me partí para allá, llevando sola una compañera,

por ir más secreta, que hallaba por mejor esto y no llevar las monjas

hasta tomar la posesión; que estaba escarmentada de lo que me

había acaecido en Medina del Campo, que me vi allí en mucho

trabajo; porque, si hubiese estorbo, le pasase yo sola el trabajo, con

no más de la que no podía excusar. Llegamos víspera de Todos

Santos, habiendo andado harto del camino la noche antes con harto

frío, y dormido en un lugar, estando yo bien mala.

4. No pongo en estas fundaciones los grandes trabajos de los

caminos, con fríos, con soles, con nieves, que venía vez no

cesarnos en todo el día de nevar, otras perder el camino, otras con

hartos males y calenturas, porque, gloria a Dios, de ordinario es

tener yo poca salud, sino que veía claro que nuestro Señor me

daba esfuerzo. Porque me acaecía algunas veces que se trataba de

fundación, hallarme con tantos males y dolores, que yo me

congojaba mucho, porque me parecía que aun para estar en la

celda sin acostarme no estaba; y tornarme a nuestro Señor,

quejándome a Su Majestad y diciéndole que cómo quería hiciese lo

que no podía, y después, aunque con trabajo, Su Majestad daba

fuerzas, y con el hervor que me ponía y el cuidado, parece que me

olvidaba de mí.

5. A lo que ahora me acuerdo nunca dejé fundación por miedo del

trabajo, aunque de los caminos, en especial largos, sentía gran

contradicción; mas en comenzándolos a andar me parecía poco,

viendo en servicio de quién se hacía y considerando que en aquella

casa se había de alabar el Señor y haber Santísimo Sacramento.

Esto es particular consuelo para mí, ver una iglesia más, cuando me

acuerdo de las muchas que quitan los luteranos: no sé qué trabajos,

por grandes que fuesen, se habían de temer a trueco de tan gran

bien para la cristiandad; que aunque muchos no lo advertimos,

estar Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, como está en

el Santísimo Sacramento en muchas partes, gran consuelo nos

había de ser. Por cierto así me le da a mí muchas veces en el coro

cuando veo estas almas tan limpias en alabanzas de Dios, que esto

no se deja de entender en muchas cosas, así de obediencia como

de ver el contento que les da tanto encerramiento y soledad y la

alegría cuando se ofrecen algunas cosas de mortificación: adonde

el Señor da más gracia a la priora para ejercitarlas en esto, veo

mayor contento; y es así que las prioras se cansan más de

ejercitarlas que ellas de obedecer, que nunca en este caso acaban

de tener deseos.

6. Aunque vaya fuera de la fundación que se ha comenzado a

tratar, se me ofrecen aquí ahora algunas cosas sobre esto de la

mortificación, y quizá, hijas, hará al caso a las prioras; y porque no

se me olvide, lo diré ahora. Porque como hay diferentes talentos y

virtudes en las preladas, por aquel camino quieren llevar a sus

monjas: la que está muy mortificada, parécele fácil cualquiera cosa

que mande para doblar la voluntad, como lo sería para ella, y aun

por ventura se le haría muy de mal. Esto hemos de mirar mucho,

que lo que a nosotras se nos haría áspero no lo hemos de mandar.

La discreción es gran cosa para el gobierno, y en estas casas muy

necesaria; estoy por decir «mucho más que en otras», porque es

mayor la cuenta que se tiene con las súbditas, así de lo interior

como de lo exterior.

Otras prioras que tienen mucho espíritu todo, gustarían que fuese

rezar. En fin, lleva el Señor por diferentes caminos. Mas las

preladas han de mirar que no las ponen allí para que escojan el

camino a su gusto, sino para que lleven a las súbditas por el camino

de su Regla y Constitución, aunque ellas se fuercen y querrían

hacer otra cosa.

7. Estuve una vez en una de estas casas con una priora que era

amiga de penitencia. Por aquí llevaba a todas. Acaecíale darse

disciplina de una vez todo el convento siete salmos penitenciales

con oraciones y cosas de esta manera. Así les acaece, si la priora

se embebe en oración, aunque no sea en la hora de oración sino

después de maitines, allí tiene todo el convento, cuando sería muy

mejor que se fuesen a dormir. Si -como digo- es amiga de

mortificación, todo ha de ser bullir, y estas ovejitas de la Virgen

callando, como unos corderitos; que a mí, cierto, me hace gran

devoción y confusión, y, a las veces, harta tentación. Porque las

hermanas no lo entienden, como andan todas embebidas en Dios;

mas yo temo su salud y querría cumpliesen la Regla, que hay harto

que hacer, y lo demás fuese con suavidad. En especial esto de la

mortificación importa muy mucho y, por amor de nuestro Señor, que

adviertan en ello las preladas, que es cosa muy importante la

discreción en estas cosas y conocer los talentos, y si en esto no van

muy advertidas, en lugar de aprovecharlas las harán gran daño y

traerán en desasosiego.

8. Han de considerar que esto de mortificación no es de obligación:

esto es lo primero que han de mirar. Aunque es muy necesario para

ganar el alma libertad y subida perfección, no se hace esto en breve

tiempo, sino que poco a poco vayan ayudando a cada una, según el

talento les da Dios de entendimiento, y el espíritu. Parecerles ha

que para esto no es menester entendimiento, y engáñanse; que los

habrá que primero que vengan a entender la perfección, y aun el

espíritu de nuestra Regla, pase harto y quizá serán éstas después

las más santas; porque ni sabrán cuándo es bien disculparse, ni

cuándo no, ni otras menudencias que, entendidas, quizá las harían

con facilidad, y no las acaban de entender, ni aun les parece que

son perfección, que es lo peor.

9. Una está en estas casas, que es de las más siervas de Dios que

hay en ellas, a cuanto yo puedo alcanzar, de gran espíritu y

mercedes que le hace Su Majestad, y penitencia y humildad, y no

acaba de entender algunas cosas de las Constituciones. El acusar

las culpas en capítulo le parece poca caridad y dice que cómo han

de decir nada de las hermanas, y cosas semejantes de éstas, que

podría decir algunas de algunas hermanas harto siervas de Dios y

que en otras cosas veo yo que hacen ventaja a las que mucho lo

entienden. No ha de pensar la priora que conoce luego las almas.

Deje esto para Dios, que es solo quien puede entenderlo; sino

procure llevar a cada una por donde Su Majestad la lleva,

presupuesto que no falta en la obediencia ni en las cosas de la

Regla y Constitución más esenciales. No dejó de ser santa y mártir

aquella virgen que se escondió, de las once mil, antes por ventura

padeció más que las demás vírgenes en venirse después sola a

ofrecer al martirio.

10. Ahora pues, tornando a la mortificación, manda la priora una

cosa a una monja, que aunque sea pequeña, para ella es grave,

para mortificarla; y puesto que lo hace, queda tan inquieta y

tentada, que sería mejor que no se lo mandaran. Luego se entiende

esté advertida la priora a no la perfeccionar a fuerza de brazos, sino

disimule y vaya poco a poco hasta que obre en ella el Señor;

porque lo que se hace por aprovecharla, que sin aquella perfección

sería muy buena monja, no sea causa de inquietarla y traerle

afligido el espíritu, que es muy terrible cosa. Viendo a las otras,

poco a poco hará lo que ellas, como lo hemos visto; y cuando no,

sin esta virtud se salvará. Que yo conozco una de ellas que toda la

vida la ha tenido grande, y ha ya hartos años y de muchas maneras

servido a nuestro Señor, y tiene unas imperfecciones y sentimientos

muchas veces que no puede más consigo; y ella se aflige conmigo

y lo conoce. Yo pienso que Dios la deja caer en estas faltas sin

pecado, que en ellas no le hay, para que se humille y tenga por

dónde ver que no está del todo perfecta.

Así que unas sufrirán grandes mortificaciones, y mientras mayores

se las mandaren gustarán más, porque ya les ha dado el Señor

fuerza en el alma para rendir su voluntad; otras no las sufrirán aun

pequeñas y será como si a un niño cargan dos hanegas de trigo, no

sólo no las llevará, mas quebrantarse ha y caeráse en el suelo. Así

que, hijas mías (con las prioras hablo), perdonadme, que las cosas

que he visto en algunas me hace alargarme tanto en esto.

11. Otra cosa os aviso, y es muy importante, que aunque sea por

probar la obediencia, no mandéis cosa que pueda ser, haciéndola,

pecado, ni venial; que algunas he sabido que fuera mortal, si las

hicieran. Al menos ellas quizá se salvarán con inocencia, mas no la

priora, porque ninguna les dice, que no la ponen luego por obra;

que, como oyen y leen de los santos del yermo las cosas que

hacían, todo les parece bien hecho cuanto les mandan, al menos

hacerlo ellas. Y también estén avisadas las súbditas, que cosa que

sería pecado mortal hacerla sin mandársela, que no la pueden

hacer mandándosela, salvo si no fuese dejar misa o ayunos de la

Iglesia, o cosas así, que podría la priora tener causas; mas como

echarse en el pozo y cosas de esta suerte, es mal hecho; porque no

ha de pensar ninguna que ha de hacer Dios milagro, como le hacía

con los santos: hartas cosas hay en que ejercite la perfecta

obediencia.

12. Todo lo que no fuere con estos peligros, yo lo alabo. Como una

vez una hermana en Malagón pidió licencia para tomar una

disciplina, y la priora (debía haberle pedido otras) y dijo: «Déjeme».

Como la importunó, dijo: «Váyase a pasear; déjeme». La otra, con

gran sencillez, se anduvo paseando algunas horas, hasta que una

hermana le dijo que cómo se paseaba tanto, o así una palabra; y

ella le dijo que se lo habían mandado. En esto tañeron a maitines, y

como preguntase la priora cómo no iba allá, díjole la otra lo que

pasaba.

13. Así que es menester, como otra vez he dicho, estar avisadas las

prioras, con almas que ya tienen visto ser tan obedientes, a mirar lo

que hacen. Que otra fuele a mostrar una monja uno de estos

gusanos muy grandes, diciéndole que mirase cuán lindo era. Díjole

la priora burlando; pues cómasele ella. Fue y frióle muy bien. La

cocinera díjole que para qué le freía. Ella le dijo que para comerle, y

así lo quería hacer, y la priora muy descuidada y pudiérale hacer

mucho daño.

Yo más me huelgo que tengan en esto de obediencia demasía,

porque tengo particular devoción a esta virtud, y así he puesto todo

lo que he podido para que la tengan; mas poco me aprovechara si

el Señor no hubiera por su grandísima misericordia dado gracia

para que todas en general se inclinasen a esto. Plegua a Su

Majestad lo lleve muy adelante, amén.

------------------------------------------------------------------------

CAPÍTULO 19

Prosigue en la fundación del monasterio de San José de la ciudad

de Salamanca.

1. Mucho me he divertido. Cuando se me ofrece alguna cosa que

con la experiencia quiere el Señor que haya entendido, háceseme

de mal no lo advertir. Podrá ser que lo que yo pienso lo es, sea

bueno. Siempre os informad, hijas, de quien tenga letras, que en

éstas hallaréis el camino de la perfección con discreción y verdad.

Esto han menester mucho las preladas, si quieren hacer bien su

oficio, confesarse con letrado, y si no hará hartos borrones

pensando que es santidad, y aun procurar que sus monjas se

confiesen con quien tenga letras.

2. Pues, víspera de Todos Santos, el año que queda dicho, a

mediodía, llegamos a la ciudad de Salamanca. Desde una posada

procuré saber de un buen hombre de allí, a quien tenía

encomendado me tuviese desembarazada la casa, llamado Nicolás

Gutiérrez, harto siervo de Dios. Había ganado de Su Majestad con

su buena vida una paz y contento en los trabajos grande, que había

tenido muchos y vístose en gran prosperidad y había quedado muy

pobre, y llevábalo con tanta alegría como la riqueza. Este trabajó

mucho en aquella fundación, con harta devoción y voluntad. Como

vino, díjome que la casa no estaba desembarazada, que no había

podido acabar con los estudiantes que saliesen de ella. Yo le dije lo

que importaba que luego nos la diesen, antes que se entendiese

que yo estaba en el lugar; que siempre andaba con miedo no

hubiese algún estorbo, como tengo dicho. El fue a cuya era la casa,

y tanto trabajó, que se la desembarazaron aquella tarde. Ya casi

noche, entramos en ella.

3. Fue la primera que fundé sin poner el Santísimo Sacramento,

porque yo no pensaba era tomar la posesión si no se ponía; y había

ya sabido que no importaba, que fue harto consuelo para mí, según

había mal aparejo de los estudiantes. Como no deben tener esa

curiosidad, estaba de suerte toda la casa, que no se trabajó poco

aquella noche. Otro día por la mañana se dijo la primera misa, y

procuré que fuesen por más monjas que habían de venir de Medina

del Campo. Quedamos la noche de Todos Santos mi compañera y

yo solas. Yo os digo, hermanas, que cuando se me acuerda el

miedo de mi compañera, que era María del Sacramento, una monja

de más edad que yo, y harto sierva de Dios, que me da gana de

reír.

4. La casa era muy grande y desbaratada y con muchos desvanes,

y mi compañera no había quitársele del pensamiento los

estudiantes, pareciéndole que como se habían enojado tanto de

que salieron de la casa, que alguno se había escondido en ella;

ellos lo pudieran muy bien hacer, según había adónde.

Encerrámonos en una pieza adonde estaba paja, que era lo primero

que yo proveía para fundar la casa, porque teniéndola no nos

faltaba cama; en ello dormimos esa noche con unas dos mantas

que nos prestaron. Otro día, unas monjas que estaban junto, que

pensamos les pesara mucho, nos prestaron ropa para las

compañeras que habían de venir y nos enviaron limosna.

Llamábase Santa Isabel, y todo el tiempo que estuvimos en aquélla

nos hicieron harto buenas obras y limosnas.

5. Como mi compañera se vio cerrada en aquella pieza, parece

sosegó algo cuanto a lo de los estudiantes, aunque no hacía sino

mirar a una parte y a otra, todavía con temores, y el demonio que la

debía ayudar con representarla pensamientos de peligro para

turbarme a mí, que con la flaqueza de corazón que tengo, poco me

solía bastar. Yo la dije que qué miraba, que cómo allí no podía

entrar nadie. Díjome: «Madre, estoy pensando, si ahora me muriese

yo aquí, ¿qué haríais vos sola?». Aquello,si fuera, me parecía recia

cosa; y comencé a pensar un poco en ello, y aun haber miedo;

porque siempre los cuerpos muertos, aunque yo no le he, me

enflaquecen el corazón, aunque no esté sola. Y como el doblar de

las campanas ayudaba, que -como he dicho- era noche de las

Animas, buen principio llevaba el demonio para hacernos perder el

pensamiento con niñerías; cuando entiende que de él no se ha

miedo, busca otros rodeos. Yo la dije: «Hermana, de que eso sea,

pensaré lo que he de hacer; ahora déjeme dormir». Como

habíamos tenido dos noches malas, presto quitó el sueño los

miedos. Otro día vinieron más monjas, con que se nos quitaron.

6. Estuvo el monasterio en esta casa cerca de tres años, y aun no

me acuerdo si cuatro, que había poca memoria de él, porque me

mandaron ir a la Encarnación de Avila; que nunca hasta dejar casa

propia y recogida y acomodada a mi querer, dejara ningún

monasterio, ni le he dejado. Que en esto me hacía Dios mucha

merced, que en el trabajo gustaba ser la primera, y todas las cosas

para su descanso y acomodamiento procuraba hasta las muy

menudas, como si toda mi vida hubiera de vivir en aquella casa, y

así me daba gran alegría cuando quedaban muy bien. Sentí harto

ver lo que estas hermanas padecieron aquí, aunque no de falta de

mantenimiento (que de esto yo tenía cuidado desde donde estaba,

porque estaba muy desviada la casa para las limosnas), sino de

poca salud, porque era húmeda y muy fría, que como era tan

grande, no se podía reparar; y lo peor, que no tenían Santísimo

Sacramento, que para tanto encerramiento es harto desconsuelo.

Este no tuvieron ellas, sino todo lo llevaban con un contento que era

para alabar al Señor; y me decían algunas, que les parecía

imperfección desear casa, que ellas estaban allí muy contentas,

como tuvieran Santísimo Sacramento.

7. Pues visto el prelado su perfección y el trabajo que pasaban,

movido de lástima, me mandó venir de la Encarnación. Ellas se

habían ya concertado con un caballero de allí que les diese una;

sino que era tal, que fue menester gastar más de mil ducados para

entrar en ella. Era de mayorazgo y él quedó que nos dejaría pasar a

ella, aunque no fuese traída la licencia del rey, y que bien podíamos

subir paredes. Yo procuré que el padre Julián de Avila, que es el

que he dicho andaba conmigo en estas fundaciones y había ido

conmigo, y vimos la casa, para decir lo que se había de hacer, que

la experiencia hacía que entendiese yo bien de estas cosas.

8. Fuimos por agosto, y con darse toda la prisa posible, se

estuvieron hasta San Miguel, que es cuando allí se alquilan las

casas, y aun no estaba bien acabada, con mucho; mas como no

habíamos alquilado en la que estábamos para otro año, teníala ya

otro morador; dábannos gran prisa. La iglesia estaba casi acabada

de enlucir. Aquel caballero que nos la había vendido no estaba allí.

Algunas personas que nos querían bien, decían que hacíamos mal

en irnos tan presto; mas adonde hay necesidad puédense mal

tomar los consejos, si no dan remedio.

9. Pasámonos víspera de San Miguel, un poco antes que

amaneciese. Ya estaba publicado que había de ser el día de San

Miguel el que se pusiese el Santísimo Sacramento, y el sermón que

había de haber. Fue nuestro Señor servido que el día que nos

pasamos, por la tarde, hizo un agua tan recia, que para traer las

cosas que eran menester se hacía con dificultad. La capilla habíase

hecho nueva, y estaba tan mal tejada, que lo más de ella se llovía.

Yo os digo, hijas, que me vi harto imperfecta aquel día. Por estar ya

divulgado, yo no sabía qué hacer, sino que me estaba deshaciendo,

y dije a nuestro Señor, casi quejándome, que o no me mandase

entender en estas obras, o remediase aquella necesidad. El buen

hombre de Nicolás Gutiérrez, con su igualdad, como si no hubiera

nada, me decía muy mansamente que no tuviese pena, que Dios lo

remediaría. Y así fue, que el día de San Miguel, al tiempo de venir

la gente, comenzó a hacer sol, que me hizo harta devoción y vi

cuán mejor había hecho aquel bendito en confiar de nuestro Señor

que no yo con mi pena.

10. Hubo mucha gente, y música, y púsose el Santísimo

Sacramento con gran solemnidad. Y como esta casa está en buen

puesto, comenzaron a conocerla y tener devoción; en especial nos

favorecía mucho la condesa de Monterrey, doña María Pimentel, y

una señora, cuyo marido era el corregidor de allí, llamada doña

Mariana. Luego otro día, porque se nos templase el contento de

tener el Santísimo Sacramento, viene el caballero cuya era la casa

tan bravo, que yo no sabía qué hacer con él, y el demonio hacía

que no se llegase a razón, porque todo lo que estaba concertado

con él cumplíamos. Hacía poco al caso querérselo decir.

Hablándole algunas personas se aplacó un poco; mas después

tornaba a mudar parecer. Yo ya me determinaba a dejarle la casa.

Tampoco quería esto, porque él quería que se le diese luego el

dinero. Su mujer, que era suya la casa, habíala querido vender para

remediar dos hijas, y con este título se pedía la licencia y estaba

depositado el dinero en quien él quiso.

11. El caso es que, con haber esto más de tres años, no está

acabada la compra, ni sé si quedará allí el monasterio, que a este

fin he dicho esto, digo en aquella casa, o en qué parará.

12. Lo que sé es que en ningún monasterio de los que el Señor

ahora ha fundado de esta primera Regla no han pasado las monjas,

con mucha parte, tan grandes trabajos. Haylas allí tan buenas, por

la misericordia de Dios, que todo lo llevan con alegría. Plega a Su

Majestad esto les lleve adelante, que en tener buena casa o no la

tener, va poco; antes es gran placer cuando nos vemos en casa

que nos pueden echar de ella, acordándonos cómo el Señor del

mundo no tuvo ninguna. Esto de estar en casa no propia, como en

estas fundaciones se ve, nos ha acaecido algunas veces; y es

verdad que jamás he visto a monja con pena de ello. Plega a la

divina Majestad que no nos falten las moradas eternas, por su

infinita bondad y misericordia. Amén, amén.

------------------------------------------------------------------------

CAPÍTULO 20

En que se trata la fundación del monasterio de Nuestra Señora de

la Anunciación, que está en Alba de Tormes. Fue año de 1571.

1. No había dos meses que se había tomado la posesión, el día de

Todos Santos, en la casa de Salamanca, cuando de parte del

contador del duque de Alba y de su mujer fui importunada que en

aquella villa hiciese una fundación y monasterio. Yo no lo había

mucha gana a causa que, por ser lugar pequeño, era menester que

tuviese renta, que mi inclinación era a que ninguna tuviese. El padre

maestro fray Domingo Bañes, que era mi confesor, de quien traté al

principio de las fundaciones, que acertó a estar en Salamanca, me

riñó y dijo que, pues el Concilio daba licencia para tener renta, que

no sería bien dejase de hacer un monasterio por eso; que yo no lo

entendía, que ninguna cosa hacía para ser las monjas pobres y

muy perfectas.

Antes que más diga, diré quién era la fundadora y cómo el Señor la

hizo fundarle.

2. Fue hija Teresa de Layz, la fundadora del monasterio de la

Anunciación de nuestra Señora de Alba de Tormes, de padres

nobles, y muy hijosdealgo y de limpia sangre. Tenían su asiento,

por no ser tan ricos como pedía la nobleza de sus padres, en un

lugar llamado Tordillos, que es dos leguas de la dicha villa de Alba.

Es harta lástima que, por estar las cosas del mundo puestas en

tanta vanidad, quieren más pasar la soledad que hay en estos

lugares pequeños de doctrina y otras muchas cosas que son

medios para dar luz a las almas, que caer un punto de los puntos

que esto que ellos llaman honra traen consigo. Pues habiendo ya

tenido cuatro hijas, cuando vino a nacer Teresa de Layz, dio mucha

pena a sus padres de ver que también era hija.

3. Cosa cierto mucho para llorar, que sin entender los mortales lo

que les está mejor, como los que del todo ignoran los juicios de

Dios, no sabiendo los grandes bienes que pueden venir de las hijas

ni los grandes males de los hijos, no parece que quieren dejar al

que todo lo entiende y los cría, sino que se matan por lo que se

habían de alegrar. Como gente que tiene dormida la fe, no van

adelante con la consideración, ni se acuerdan que es Dios el que

así lo ordena, para dejarlo todo en sus manos. Y ya que están tan

ciegos que no hagan esto, es gran ignorancia no entender lo poco

que les aprovecha estas penas. ¡Oh, válgame Dios!, ¡cuán diferente

entenderemos estas ignorancias en el día adonde se entenderá la

verdad de todas las cosas!, y ¡cuántos padres se verán ir al infierno

por haber tenido hijos y cuántas madres, y también se verán en el

cielo por medio de sus hijas!

4. Pues, tornando a lo que decía, vienen las cosas a términos, que,

como cosa que les importaba poco la vida de la niña, a tercer día de

su nacimiento se la dejaron sola y sin acordarse nadie de ella desde

la mañana hasta la noche. Una cosa habían hecho bien, que la

habían hecho bautizar a un clérigo luego en naciendo. Cuando a la

noche vino una mujer, que tenía cuenta con ella y supo lo que

pasaba, fue corriendo a ver si era muerta, y con ella otras algunas

personas que habían ido a visitar a la madre, que fueron testigos de

lo que ahora diré. La mujer la tomó llorando en los brazos, y le dijo:

«¡Cómo, mi hija! ¿vos no sois cristiana?», a manera de que había

sido crueldad. Alzó la cabeza la niña y dijo: «Sí soy», y no habló

más hasta la edad que suelen hablar todos. Los que la oyeron,

quedaron espantados, y su madre la comenzó a querer y regalar

desde entonces, y así decía muchas veces que quisiera vivir hasta

ver lo que Dios hacía de esta niña. Criábalas muy honestamente,

enseñándolastodas las cosas de virtud.

5. Venido el tiempo que la querían casar, ella no quería, ni lo tenía

deseo. Acertó a saber cómo la pedía Francisco Velázquez, que es

el fundador también de esta casa, marido suyo; y, en

nombrándosele, se determinó de casarse si la casaban con él, no le

habiendo visto en su vida; mas veía el Señor que convenía esto

para que se hiciese la buena obra que entrambos han hecho para

servir a Su Majestad. Porque, dejado de ser hombre virtuoso y rico,

quiere tanto a su mujer, que la hace placer en todo y con mucha

razón; porque todo lo que se puede pedir en una mujer casada, se

lo dio el Señor muy cumplidamente. Que, junto con el gran cuidado

que tiene de su casa, es tanta su bondad, que, como su marido la

llevase a Alba de donde era natural y acertasen a aposentar en su

casa los aposentadores del duque un caballero mancebo, sintió

tanto, que comenzó a aborrecer el pueblo; porque ella, siendo moza

y de muy buen parecer, a no ser tan buena, según el demonio

comenzó a poner en él malos pensamientos, pudiera suceder algún

mal.

6. Ella, en entendiéndolo, sin decir nada a su marido, le rogó la

sacase de allí; y él hízolo así y llevóla a Salamanca, adonde estaba

con gran contento y muchos bienes del mundo, por tener un cargo

que todos los deseaban mucho contentar, y regalaban. Sólo tenían

una pena, que era no les dar nuestro Señor hijos, y para que se los

diese eran grandes las devociones y oraciones que ella hacía, y

nunca suplicaba al Señor otra cosa sino que le diese generación,

para que, acabada ella, alabasen a Su Majestad; que le parecía

recia cosa que se acabase en ella y no tuviese quien después de

sus días alabase a Su Majestad. Y decíame ella a mí que jamás

otra cosa se le ponía delante para desearlo; y es mujer de gran

verdad y tanta cristiandad y virtud como tengo dicho, que muchas

veces me hace alabar a nuestro Señor ver sus obras, y alma tan

deseosa de siempre contentarle y nunca dejar de emplear bien el

tiempo.

7. Pues andando muchos años con este deseo, y encomendándolo

a San Andrés, que le dijeron era abogado para esto, después de

otras muchas devociones que había hecho, dijéronle una noche,

estando acostada: «No quieras tener hijos, que te condenarás».

Ella quedó muy espantada y temerosa, mas no por eso se le quitó

el deseo, pareciéndole que pues su fin era tan bueno, que por qué

se había de condenar. Y así, iba adelante con pedirlo a nuestro

Señor, en especial hacía particular oración a San Andrés. Una vez,

estando con este mismo deseo, ni sabe si despierta o dormida (de

cualquier manera que sea, se ve fue visión buena por lo que

sucedió), parecióle que se hallaba en una casa, adonde en el patio,

debajo del corredor, estaba un pozo; y vio en aquel lugar un prado y

verdura, con unas flores blancas por él de tanta hermosura que no

sabe ella encarecer de la manera que lo vio. Cerca del pozo se le

apareció San Andrés de forma de una persona muy venerable y

hermosa, que le dio gran recreación mirarle, y díjole: «otros hijos

son éstos que los que tú quieres». Ella no quisiera que se acabara

el consuelo grande que tenía en aquel lugar; mas no duró más. Y

ella entendió claro que era aquel santo San Andrés, sin decírselo

nadie; y también que era la voluntad de nuestro Señor que hiciese

monasterio. Por donde se da a entender que también fue visión

intelectual como imaginaria y que ni pudo ser antojo ni ilusión del

demonio.

8. Lo primero, no fue antojo, por el gran efecto que hizo, que desde

aquel punto nunca más deseó hijos, sino que quedó tan asentado

en su corazón que era aquella la voluntad de Dios, que ni se los

pidió más ni los deseó. Así comenzó a pensar qué modo tendría

para hacer lo que el Señor quería. No ser demonio, también se

entiende, así por el efecto que hizo, porque cosa suya no puede

hacer bien, como por estar hecho ya el monasterio, adonde se sirve

mucho nuestro Señor; y también porque era esto más de seis años

antes que se fundase el monasterio, y él no puede saber lo por

venir.

9. Quedando ella muy espantada de esta visión, dijo a su marido

que pues Dios no era servido de darles hijos, que hiciesen un

monasterio de monjas. El, como es tan bueno y la quería tanto,

holgó de ello y comenzaron a tratar adónde le harían. Ella quería en

el lugar que había nacido; él le puso justos impedimentos para que

entendiese no estaba bien allí.

10. Andando tratando esto, envió la duquesa de Alba a llamarle; y

como fue, mandóle se tornase a Alba a tener un cargo y oficio que

le dio en su casa. El, como fue a ver lo que le mandaba y se lo dijo,

aceptólo, aunque era de muy menos interés que el que tenía en

Salamanca. Su mujer, de que lo supo, afligióse mucho, porque,

como he dicho, tenía aborrecido aquel lugar. Con asegurarle él que

no le darían más huésped, se aplacó algo, aunque todavía estaba

muy fatigada, por estar más a su gusto en Salamanca. El compró

una casa y envió por ella. Vino con gran fatiga, y más la tuvo

cuando vio la casa; porque aunque era en muy buen puesto y de

anchura, no tenía edificios, y así estuvo aquella noche muy

fatigada. Otro día en la mañana, como entró en el patio, vio al

mismo lado el pozo, adonde había visto a San Andrés, y todo, ni

más ni menos que lo había visto, se le representó; digo el lugar, que

no el Santo, ni prado, ni flores, aunque ella lo tenía y tiene bien en

la imaginación.

11. Ella, como vio aquello, quedó turbada y determinada a hacer allí

el monasterio y con gran consuelo y sosiego ya para no querer ir a

otra parte. Y comenzaron a comprar más casas juntas, hasta que

tuvieron sitio muy bastante. Ella andaba cuidadosa de qué Orden le

haría, porque quería fuesen pocas y muy encerradas, y tratándolo

con dos religiosos de diferentes Ordenes, muy buenos y letrados,

entrambos le dijeron sería mejor hacer otras obras; porque las

monjas las más estaban descontentas, y otras cosas hartas; que,

como al demonio le pesaba, queríalo estorbar, y así les hacía

parecer era gran razón las razones que le decían. Y como pusieron

tanto en que no era bien, y el demonio que ponía más en

estorbarlo, hízola temer y turbar y determinar de no hacerlo; y así lo

dijo a su marido, pareciéndoles, que pues personas tales les decían

que no era bien y su intento era servir a nuestro Señor, de dejarlo.

Y así concertaron de casar un sobrino que ella tenía, hijo de una

hermana suya, que quería mucho, con una sobrina de su marido, y

darles mucha parte de su hacienda y lo demás hacer bien por sus

almas; porque el sobrino era muy virtuoso y mancebo de poca

edad. En este parecer quedaron entrambos resueltos y ya muy

asentado.

12. Mas como nuestro Señor tenía ordenada otra cosa, aprovechó

poco su concierto, que antes de quince días le dio un mal tan tecio

que en muy pocos días le llevó consigo nuestro Señor. A ella se le

asentó en tanto extremo que había sido la causa de su muerte la

determinación que tenían de dejar lo que Dios quería que hiciese

por dárselo a él, que hubo gran temor. Acordábasele de Jonás

profeta, lo que le había sucedido por no querer obedecer a Dios; y

aun le parecía la había castigado a ella quitándole aquel sobrino

que tanto quería. Desde este día se determinó de no dejar por

ninguna cosa de hacer el monasterio, y su marido lo mismo, aunque

no sabían cómo ponerlo por obra. Porque a ella parece la ponía

Dios en el corazón lo que ahora está hecho, y a los que ella lo decía

y les figuraba cómo quería el monasterio, reíanse de ello,

pareciéndoles no hallaría las cosas que ella pedía, en especial un

confesor que tenía, fraile de San Francisco, hombre de letras y

calidad. Ella se desconsolaba mucho.

13. En este tiempo acertó a ir este fraile a cierto lugar, adonde le

dieron noticia de estos monasterios de nuestra Señora del Carmen

que ahora se fundaban. El, informado muy bien, tornó a ella y díjole

que ya había hallado que podía hacer el monasterio como quería;

díjole lo que pasaba, y que procurase tratarlo conmigo. Así se hizo.

Harto trabajo se pasó en concertarnos, porque yo siempre he

pretendido que los monasterios que fundaba con renta la tuviesen

tan bastante, que no hayan menester las monjas a sus deudos ni a

ninguno, sino que de comer y vestir les den todo lo necesario en la

casa, y las enfermas muy bien curadas; porque de faltarles lo

necesario vienen muchos inconvenientes. Y para hacer muchos

monasterios de pobreza sin renta, nunca me falta corazón y

confianza, con certidumbre que no les ha Dios de faltar. Y para

hacerlos de renta y con poca, todo me falta. Por mejor tengo que no

se funden.

14. En fin, vinieron a ponerse en razón y dar bastante renta para el

número; y lo que les tuve en mucho, que dejaron su propia casa

para darnos y se fueron a otra harto ruin. Púsose el Santísimo

Sacramento e hízose la fundación día de la Conversión de San

Pablo, año de 1571, para gloria y honra de Dios, adonde, a mi

parecer, es Su Majestad muy servido. Plega a El lo lleve siempre

adelante.

15. Comencé a decir algunas cosas particulares de algunas

hermanas de estos monasterios, pareciéndome cuando esto

viniesen a leer no estarían vivas las que ahora son, y para que las

que vinieren se animen a llevar adelante tan buenos principios.

Después me ha parecido que habrá quien lo diga mejor y más por

menudo y sin ir con el miedo que yo he llevado, pareciéndome les

parecerá ser parte; y así he dejado hartas cosas que quien las ha

visto y sabido no las pueden dejar de tener por milagrosas, porque

son sobrenaturales; de éstas no he querido decir ningunas, y de las

que conocidamente se ha visto hacerlas nuestro Señor por sus

oraciones.

En la cuenta de los años en que se fundaron, tengo alguna

sospecha si yerro alguno, aunque pongo la diligencia que puedo

porque se me acuerde. Como no importa mucho, que se puede

enmendar después, dígolos conforme a lo que puedo advertir con la

memoria; poco será la diferencia, si hay algún yerro.

------------------------------------------------------------------------

CAPÍTULO 21

En que se trata la fundación del Glorioso San José del Carmen de

Segovia. Fundóse el mismo día de San José, año de 1574.

1. Ya he dicho cómo después de haber fundado el monasterio de

Salamanca y el de Alba y antes que quedase con casa propia el de

Salamanca, me mandó el padre maestro fray Pedro Fernández, que

era comisario apostólico entonces, ir por tres años a La

Encarnación de Avila, y cómo viendo la necesidad de la casa de

Salamanca, me mandó ir allá para que se pasasen a casa propia.

Estando allíun día en oración, me fue dicho de nuestro Señor que

fuese a fundar a Segovia. A mí me pareció cosa imposible, porque

yo no había de ir sin que me lo mandasen, y tenía entendido del

padre comisario apostólico, el maestro fray Pedro Fernández, que

no había gana que fundase más; y también veía que no siendo

acabados los tres años que había de estar en la Encarnación, que

tenía gran razón de no lo querer. Estando pensando esto, díjome el

Señor que se lo dijese, que El lo haría.

2. A la sazón estaba en Salamanca, y escribíle que ya sabía cómo

yo tenía precepto de nuestro reverendísimo General de que cuando

viese cómodo en alguna parte para fundar, que no lo dejase. Que

en Segovia estaba admitido un monasterio de éstos, de la ciudad y

del Obispo; que si mandaba Su Paternidad, que le fundaría; que se

lo significaba por cumplir con mi conciencia; y con lo que mandase

quedaría segura o contenta. Creo estas eran las palabras, poco

más o menos, y que me parecía sería servicio de Dios. Bien parece

que lo quería Su Majestad, porque luego dijo que le fundase, y me

dio licencia; que yo me espanté harto, según lo que había entendido

de él en este caso. Y desde Salamanca procuré me alquilasen una

casa, porque, después de la de Toledo y Valladolid, había

entendido era mejor buscársela propia después de haber tomado la

posesión, por muchas causas: la principal, porque yo no tenía

blanca para comprarlas, y estando ya hecho el monasterio luego lo

proveía el Señor; y, también, escogíase sitio más a propósito.

3. Estaba allí una señora, mujer que había sido de un mayorazgo,

llamada doña Ana de Jimena. Esta me había ido una vez a ver a

Avila y era muy sierva de Dios, y siempre su llamamiento había sido

para monja. Así, en haciéndose el monasterio, entró ella y una hija

suya de harto buena vida, y el descontento que había tenido casada

y viuda le dio el Señor de doblado contento en viéndose en la

religión. Siempre habían sido madre e hija muy recogidas y siervas

de Dios.

4. Esta bendita señora tomó la casa y de todo lo que vio habíamos

menester, así para la iglesia como para nosotras, la proveyó, que

para eso tuve poco trabajo. Mas porque no hubiese fundación sin

alguno, dejado el ir yo allí con harta calentura y hastío y males

interiores de sequedad y oscuridad en el alma, grandísima, y males

de muchas maneras corporales, que lo recio me duraría tres meses,

y medio año que estuve allí siempre fue mala.

5. El día de San José, que pusimos el Santísimo Sacramento, que,

aunque había del Obispo licencia y de la ciudad, no quise sino

entrar la víspera secretamente de noche...; había mucho tiempo

que estaba dada la licencia, y como estaba en la Encarnación y

había otro prelado que el Generalísimo nuestro padre, no había

podido fundarla, y tenía la licencia del Obispo que estaba entonces,

cuando lo quiso el lugar, de palabra, que lo dijo a un caballero que

lo procuraba por nosotras, llamado Andrés de Jimena, y no se le dio

nada tenerla por escrito, ni a mí me pareció que importaba. Y

engañéme, que como vino a noticia del Provisor que estaba hecho

el monasterio, vino luego muy enojado y no consintió decir más

misa y quería llevar preso a quien la había hecho, que era un fraile

Descalzo que iba con el padre Julián de Avila y otro siervo de Dios

que andaba conmigo, llamado Antonio Gaytán.

6. Este era un caballero de Alba, y habíale llamado nuestro Señor,

andando muy metido en el mundo, algunos años había; teníale tan

debajo de los pies, que sólo entendía en cómo le hacer más

servicio. Porque en las fundaciones de adelante se ha de hacer

mención de él, que me ha ayudado mucho y trabajado mucho, he

dicho quién es; y si hubiese de decir sus virtudes, no acabara tan

presto. La que más nos hacía al caso es estar tan mortificado, que

no había criado de los que iban con nosotras que así hiciese cuanto

era menester. Tiene gran oración, y hale hecho Dios tantas

mercedes, que todo lo que a otros sería contradicción le daba

contento y se le hacía fácil, y así lo es todo lo que trabaja en estas

fundaciones. Que parece bien que a él y al padre Julián de Avila los

llamaba Dios para esto, aunque al padre Julián de Avila fue desde

el primer monasterio. Por tal compañía debía nuestro Señor querer

que me sucediese todo bien. Su trato por los caminos era tratar de

Dios y enseñar a los que iban con nosotras y encontraban, y así de

todas maneras iban sirviendo a Su Majestad.

7. Bien es, hijas mías, las que leyereis estas fundaciones, sepáis lo

que se les debe, para que, pues sin ningún interés trabajaban tanto

en este bien que vosotras gozáis de estar en estos monasterios, los

encomendéis a nuestro Señor y tengan algún provecho de vuestras

oraciones; que si entendieseis las malas noches y días que

pasaron, y los trabajos en los caminos, lo haríais de muy buena

gana.

8. No se quiso ir el Provisor de nuestra iglesia sin dejar un alguacil a

la puerta, yo no sé para qué. Sirvió de espantar un poco a los que

allí estaban. A mí nunca se me daba mucho de cosa que acaeciese

después de tomada la posesión; antes eran todos mis miedos.

Envié a llamar a algunas personas, deudos de una compañera que

llevaba de mis hermanas, que eran principales del lugar, para que

hablasen al Provisor y le dijesen cómo tenía licencia del Obispo. El

lo sabía muy bien, según dijo después, sino que quisiera le

diéramos parte, y creo yo que fuera muy peor. En fin, acabaron con

él que nos dejase el monasterio, y quitó el Santísimo Sacramento.

De esto no se nos dio nada. Estuvimos así algunos meses, hasta

que se compró una casa, y con ella hartos pleitos. Harto le

habíamos tenido con los frailes franciscos por otra que se compraba

cerca. Con estotra le hubo con los de la Merced y con el Cabildo,

porque tenía un censo la casa suyo.

9. ¡Oh Jesús!, ¡qué trabajo es contender con muchos pareceres!

Cuando ya parecía que estaba acabado, comenzaba de nuevo;

porque no bastaba darles lo que pedían, que luego había otro

inconveniente. Dicho así no parece nada, y el pasarlo fue mucho.

10. Un sobrino del Obispo hacía todo lo que podía por nosotras,

que era prior y canónigo de aquella iglesia, y un licenciado Herrera,

muy gran siervo de Dios. En fin, con dar hartos dineros se vino a

acabar aquello. Quedamos con el pleito de los Mercedarios, que

para pasarnos a la casa nueva fue menester harto secreto. En

viéndonos allá, que nos pasamos uno o dos días antes de San

Miguel, tuvieron por bien de concertarse con nosotras por dineros.

La mayor pena que estos embarazos me daban, era que no

faltaban ya sino siete u ocho días para acabarse los tres años de la

Encarnación, y había de estar allá por fuerza al fin de ellos.

11. Fue nuestro Señor servido que se acabó todo tan bien, que no

quedó ninguna contienda, y desde a dos o tres días me fui a La

Encarnación. Sea su nombre por siempre bendito, que tantas

mercedes me ha hecho siempre, y alábenle todas sus criaturas.

Amén.

------------------------------------------------------------------------

CAPÍTULO 22

En que se trata de la fundación del glorioso San José del Salvador,

en el lugar de Beas, año de 1575, día de Santo Matía.

1. En el tiempo que tengo dicho que me mandaron ir a Salamanca

desde La Encarnación, estando allí, vino un mensajero de la villa de

Beas, con cartas para mí de una señora de aquel lugar y del

beneficiado de él y de otras personas, pidiéndome fuese a fundar

un monasterio, porque ya tenían casa para él, que no faltaba sino

irle a fundar.

2. Yo me informé del hombre. Díjome grandes bienes de la tierra, y

con razón, que es muy deleitosa y de buen temple. Mas mirando las

muchas leguas que había desde allí allá, parecióme desatino; en

especial habiendo de ser con mandado del Comisario Apostólico,

que -como he dicho- era enemigo, o al menos no amigo, de que

fundase. Y así quise responder que no podía, sin decirle nada.

Después me pareció que, pues estaba a la sazón en Salamanca,

que no era bien hacerlo sin su parecer, por el precepto que me

tenía puesto nuestro reverendísimo padre General de que no

dejase fundación.

3. Como él vio las cartas, envióme a decir que no le parecía cosa

desconsolarlas, que se había edificado de su devoción; que les

escribiese que, como tuviesen la licencia de su Orden, que se

proveería para fundar; que estuviese segura que no se la darían,

que él sabía de otras partes de los Comendadores que en muchos

años no la habían podido alcanzar, y que no las respondiese mal.

Algunas veces pienso en esto y cómo lo que nuestro Señor quiere,

aunque nosotros no queramos, se viene a que, sin entenderlo,

seamos el instrumento, como aquí fue el padre Maestro fray Pedro

Fernández, que era el Comisario; y así, cuando tuvieron la licencia

no la pudo él negar, sino que se fundó de esta suerte:

4. Fundóse este monasterio del bienaventurado San José de la villa

de Beas, día de Santo Matía, año de 1575. Fue su principio de la

manera que se sigue, para honra y gloria de Dios:

Había en esta villa un caballero que se llamaba Sancho Rodríguez

de Sandoval, de noble linaje, con hartos bienes temporales. Fue

casado con una señora llamada doña Catalina Godínez. Entre otros

hijos que nuestro Señor les dio, fueron dos hijas, que son las que

han fundado el dicho monasterio, llamadas la mayor Doña Catalina

Godínez, y la menor Doña María de Sandoval. Habría la mayor

catorce años, cuando nuestro Señor la llamó para sí. Hasta esta

edad estaba muy fuera de dejar el mundo; antes tenía una estima

de sí de manera, que le parecía todo era poco lo que su padre

pretendía en casamientos que la traían.

5. Estando un día en una pieza que estaba después de la que su

padre estaba, aun no siendo levantado, acaso llegó a leer en un

crucifijo que allí estaba el título que se pone sobre la cruz, y

súbitamente, en leyéndole, la mudó toda el Señor; porque ella había

estado pensando en un casamiento que la traían, que le estaba

demasiado bien, y diciendo entre sí: «¡con qué poco se contenta mi

padre, con que tenga un mayorazgo, y pienso yo que ha de

comenzar mi linaje en mí!». No era inclinada a casarse, que le

parecía cosa baja estar sujeta a nadie, ni entendía por dónde le

venía esta soberbia. Entendió el Señor por dónde la había de

remediar. Bendita sea su misericordia.

6. Así como leyó el título, le pareció había venido una luz a su alma

para entender la verdad, como si en una pieza oscura entrara el sol;

y con esta luz puso los ojos en el Señor que estaba en la cruz

corriendo sangre, y pensó cuán maltratado estaba, y en su gran

humildad, y cuán diferente camino llevaba ella yendo por soberbia.

En esto debía estar algún espacio, que la suspendió el Señor. Allí le

dio Su Majestad un propio conocimiento grande de su miseria, y

quisiera que todos lo entendieran. Diole un deseo de padecer por

Dios tan grande, que todo lo que pasaron los mártires quisiera ella

padecer junto, una humillación tan profunda de humildad y

aborrecimiento de sí, que, si no fuera por no haber ofendido a Dios,

quisiera ser una mujer muy perdida para que todos la aborrecieran.

Y así se comenzó a aborrecer con grandes deseos de penitencia,

que después puso por obra. Luego prometió allí castidad y pobreza,

y quisiera verse tan sujeta, que a tierra de moros se holgara

entonces la llevaran por estarlo. Todas estas virtudes le han durado

de manera que se vio bien ser merced sobrenatural de nuestro

Señor, como adelante se dirá para que todos le alaben.

7. Seáis Vos bendito, mi Dios, por siempre jamás, que en un

momento deshacéis un alma y la tornáis a hacer. ¿Qué es esto,

Señor? Querría yo preguntar aquí lo que los Apóstoles cuando

sanasteis el ciego os preguntaron, diciendo si lo habían pecado sus

padres. Yo digo que quién había merecido tan soberana merced. -

Ella no, porque ya está dicho de los pensamientos que la sacasteis

cuando se la hicisteis. ¡Oh, grandes son vuestros juicios, Señor!

Vos sabéis lo que hacéis, y yo no sé lo que me digo, pues son

incomprensibles vuestras obras y juicios. Seáis por siempre

glorificado, que tenéis poder para más. ¿Qué fuera de mí, si esto no

fuera? Mas... si fue alguna parte su madre, que era tanta su

cristiandad, que sería posible quisiese vuestra bondad, como

piadoso, que viese en su vida tan gran virtud en las hijas. Algunas

veces pienso hacéis semejantes mercedes a los que os aman, y

vos les hacéis tanto bien como es darles con qué os sirvan.

8. Estando en esto, vino un ruido tan grande encima en la pieza,

que parecía toda se venía abajo. Pareció que por un rincón bajaba

todo aquel ruido adonde ella estaba, y oyó unos grandes bramidos

que duraron algún espacio, de manera que a su padre, que aun -

como he dicho- no era levantado, le dio tan gran temor, que

comenzó a temblar y, como desatinado, tomó una ropa y su espada

y entró allá, y muy demudado le preguntó qué era aquello. Ella le

dijo que no había visto nada. El miró otra pieza más adentro, y

como no vio nada, díjola que se fuese con su madre, y a ella le dijo

que no la dejase estar sola, y le contó lo que había oído.

9. Bien se da a entender de aquí lo que el demonio debe sentir

cuando ve perder un alma de su poder que él tiene ya por ganada.

Como es tan enemigo de nuestro bien, no me espanto que viendo

hacer al piadoso Señor tantas mercedes juntas, se espantase él e

hiciese tan gran muestra de su sentimiento; en especial, que

entendería que con la riqueza que quedaba en aquel alma había de

quedar él sin algunas otras que tenía por suyas. Porque tengo para

mí que nunca nuestro Señor hace merced tan grande, sin que

alcance parte a más que la misma persona. Ella nunca dijo de esto

nada; mas quedó con grandísima gana de religión y lo pidió mucho

a sus padres. Ellos nunca se lo consintieron.

10. A cabo de tres años que mucho lo había pedido, como vio que

esto no querían, se puso en hábito honesto, día de San José. Díjolo

a sola su madre, con la cual fuera fácil de acabar que la dejara ser

monja. Por su padre no osaba. Y fuese así a la iglesia, porque

como la hubiesen visto en el pueblo, no se lo qutasen. Y así fue,

que pasó por ello. En estos tres años tenía horas de oración, y

mortificarse en todo lo que podía, que el Señor la enseñaba. No

hacía sino entrarse a un corral y mojarse el rostro y ponerse al sol,

para que por parecer mal la dejasen los casamientos que todavía la

importunaban.

11. Quedó de manera en no querer mandar a nadie, que, como

tenía cuenta con la casa de su padre, le acaecía, de ver que había

mandado a las mujeres, que no podía menos, aguardar a que

estuviesen dormidas y besarlas los pies, fatigándose porque siendo

mejores que ella la servían. Como de día andaba ocupada con sus

padres, cuando había de dormir, era toda la noche gastarla en

oración, tanto que mucho tiempo se pasaba con tan poco sueño

que parecía imposible, si no fuera sobrenatural. Las penitencias y

disciplinas eran muchas, porque no tenía quien la gobernase, ni lo

trataba con nadie. Entre otras, le duró una cuaresma traer una cota

de malla de su padre a raíz de las carnes. Iba a una parte a rezar

desviada, adonde le hacía el demonio notables burlas. Muchas

veces comenzaba a las diez de la noche la oración, y no se sentía

hasta que era de día.

12. En estos ejercicios pasó cerca de cuatro años, que comenzó el

Señor a que le sirviese en otros mayores, dándole grandísimas

enfermedades y muy penosas, así de estar con calentura continua y

con hidropesía y mal de corazón; un zaratán que le sacaron. En fin,

duraron estas enfermedades casi diecisiete años, que pocos días

estaba buena. Después de cinco años que Dios le hizo esta

merced, murió su padre. Y su hermana, en habiendo catorce años

(que fue uno después que su hermana hizo esta mudanza), se puso

también hábito honesto, con ser muy amiga de galas, y comenzó

también a tener oración. Y su madre ayudaba a todos sus buenos

ejercicios y deseos, y así tuvo por bien que ellas se ocupasen en

uno harto virtuoso y bien fuera de quien eran: fue en enseñar niñas

a labrar y a leer, sin llevarles nada, sino sólo por enseñarlas a rezar

y la doctrina. Hacíase mucho provecho, porque acudían muchas,

que aun ahora se ve en ellas las buenas costumbres que

deprendieron cuando pequeñas. No duró mucho, porque el

demonio, como le pesaba de la buena obra, hizo que sus padres

tuviesen por poquedad que les enseñasen las hijas de balde. Esto,

junto con que la comenzaron a apretar las enfermedades, hizo que

cesase.

13. Cinco años después que murió su padre de estas señoras,

murió su madre y, como el llamamiento de la doña Catalina había

sido siempre para monja, sino que no lo había podido acabar con

ellos, y luego se quiso ir a ser monja, porque allí no había

monasterio en Beas. Sus parientes la aconsejaron que, pues ellas

tenían para fundar monasterio razonablemente, que procurasen

fundarle en su pueblo, que sería más servicio de nuestro Señor.

Como es lugar de la Encomienda de Santiago, era menester

licencia del Consejo de las Ordenes, y así comenzó a poner

diligencia en pedirla.

14. Fue tan dificultoso de alcanzar, que pasaron cuatro años,

adonde pasaron hartos trabajos y gastos; y hasta que se dio una

petición, suplicándolo al mismo Rey, ninguna cosa les había

aprovechado. Y fue de esta manera, que, como era la dificultad

tanta, sus deudos le decían que era desatino, que se dejase de ello;

y como estaba casi siempre en la cama con tan grandes

enfermedades como está dicho, decían que ningún monasterio la

admitirían para monja. Ella dijo que, si en un mes la daba nuestro

Señor salud, que entenderían era servido de ello y que ella misma

iría a laCorte a procurarlo. Cuando esto dijo, había más de medio

año que no se levantaba de la cama, y había casi ocho que casi no

se podía menear de ella. En este tiempo tenía calentura continua

ocho años había, hética y tísica, hidrópica, con un fuego en el

hígado que se abrasaba, de suerte que aun sobre la ropa era el

fuego de suerte, que se sentía y le quemaba la camisa, cosa que

parece no creedera, y yo misma me informé del médico de estas

enfermedades que a la sazón tenía, que estaba harto espantado.

Tenía también gota artética y ciática.

15. Una víspera de San Sebastián, que era sábado, la dio nuestro

Señor tan entera salud, que ella no sabía cómo encubrirlo para que

no se entendiese el milagro. Dice que cuando nuestro Señor la

quiso sanar le dio un temblor interior, que pensó iba ya a acabar la

vida. Su hermana y ella vio en sí grandísima mudanza, y en el alma

dice que se sintió otra, según quedó aprovechada. Y mucho más

contento le daba la salud por poder procurar el negocio del

monasterio, que de padecer ninguna cosa se le daba. Porque

desde el principio que Dios la llamó, le dio un aborrecimiento

consigo, que todo se le hacía poco. Dice que le quedó un deseo de

padecer tan poderoso, que suplicaba a Dios muy de corazón que de

todas maneras la ejercitase en esto.

16. No dejó Su Majestad de cumplirle este deseo, que en estos

ocho años la sangraron más de quinientas veces, sin tantas

ventosas sajadas, que tiene el cuerpo de suerte que lo da a

entender. Algunas le echaban sal en ellas, que dijo un médico era

bueno para sacar la ponzoña de un dolor de costado, que éstos

tuvo más de veinte veces. Lo que es más de maravillar, que así

como le decían un remedio de éstos el médico, estaba con gran

deseo de que viniese la hora en que le habían de ejecutar, sin

ningún temor, y ella animaba los médicos para los cauterios, que

fueron muchos, por el zaratán y otras ocasiones que hubo para

dárselos. Dice que lo que la hacía desearlo, era para probar si los

deseos que tenía de ser mártir eran ciertos.

17. Como ella se vio súbitamente buena, trató con su confesor y

con el médico que la llevasen a otro pueblo, para que pudiesen

decir que la mudanza de la tierra lo había hecho. Ellos no quisieron;

antes los médicos lo publicaron, porque ya la tenían por incurable, a

causa que echaba sangre por la boca, tan podrida, que decían era

ya los pulmones. Ella se estuvo tres días en la cama, que no se

osaba levantar, porque no se entendiese su salud; mas, como tan

poco se puede encubrir como la enfermedad, aprovechó poco.

18. Díjome que el agosto antes, suplicando un día a nuestro Señor

que o le quitase aquel deseo tan grande que tenía de ser monja y

hacer el monasterio, o le diese medios para hacerle, con mucha

certidumbre le fue asegurado que estaría buena a tiempo que

pudiese ir a la cuaresma para procurar la licencia. Y así, dice que

en aquel tiempo, aunque las enfermedades cargaron mucho más,

nunca perdió la esperanza que le había el Señor de hacer esta

merced. Y aunque la olearon dos veces, tan al cabo la una, que

decía el médico que no había para qué ir por el óleo, que antes

moriría, nunca dejaba de confiar del Señor que había de morir

monja. No digo que en este tiempo la olearon las dos veces, que

hay de agosto a San Sebastián, sino antes.

Sus hermanos y deudos, como vieron la merced y el milagro que el

Señor había hecho en darle tan súbita salud, no osaron estorbarle

la idea, aunque parecía desatino. Estuvo tres meses en la Corte, y

al fin no se la daban. Como dio esta petición al Rey y supo que era

de Descalzas del Carmen, mandóla luego dar.

19. Al venir a fundar el monasterio, se pareció bien que lo tenía

negociado con Dios en quererlo aceptar los prelados, siendo tan

lejos y la renta muy poca. Lo que Su Majestad quiere no se puede

dejar de hacer. Así vinieron las monjas al principio de cuaresma,

año de 1575. Recibiólas el pueblo con gran solemnidad y alegría y

procesión. En lo general fue grande el contento; hasta los niños

mostraban ser obra de que se servía nuestro Señor. Fundóse el

monasterio, llamado San José del Salvador, esta misma cuaresma,

día de Santo Matía.

20. En el mismo tomaron hábito las dos hermanas, con gran

contento. Iba adelante la salud de doña Catalina. Su humildad y

obediencia y deseo de que la desprecien da bien a entender haber

sido sus deseos verdaderos, para servicio de nuestro Señor. ¡Sea

glorificado por siempre jamás!

21. Díjome esta hermana, entre otras cosas, que habrá casi viente

años que se acostó una noche deseando hallar la más perfecta

Religión que hubiese en la tierra para ser en ella monja, y que

comenzó a soñar, a su parecer, que iba por un camino muy

estrecho y angosto y muy peligroso para caer en unos grandes

barrancos que parecían, y vio un fraile Descalzo, que en viendo a

fray Juan de la Miseria (un frailecico lego de la Orden, que fue a

Beas estando yo allí), dice que le pareció el mismo que había visto;

le dijo: «Ven conmigo, hermana»; y la llevó a una casa de gran

número de monjas, y no había en ella otra luz sino de unas velas

encendidas que traían en las manos. Ella preguntó qué Orden era,

y todas callaron y alzaron los velos y los rostros alegres y riendo. Y

certifica que vio los rostros de las hermanas mismas que ahora ha

visto, y que la priora la tomó de la mano y la dijo: «Hija, para aquí os

quiero yo», y mostróle las Constituciones y Regla. Y, cuando

despertó de este sueño, fue con un contento que le parecía haber

estado en el cielo, y escribió lo que se le acordó de la Regla, y pasó

mucho tiempo que no lo dijo a confesor ni a ninguna persona, y

nadie no le sabía decir de esta Religión.

22. Vino allí un padre de la Compañía, que sabía sus deseos, y

mostróle el papel, y díjole que si ella hallase aquella Religión que

estaría contenta porque entraría luego en ella. El tenía noticia de

estos monasterios, y díjole cómo era aquella Regla de la Orden de

nuestra Señora del Carmen, aunque no dio, para dársela a

entender, esta claridad, sino de los monasterios que fundaba yo; y

así procuró hacerme mensajero, como está dicho.

23. Cuando trajeron la respuesta, estaba ya tan mala, que le dijo su

confesor que se sosegase, que aunque estuviera en el monasterio

la echaran, cuánto más tomarla ahora. Ella se afligió mucho, y

volvióse a nuestro Señor con grandes ansias y díjole: «Señor mío y

Dios mío: yo sé por la fe que Vos sois el que todo lo podéis; pues,

vida de mi alma, o haced que se me quiten estos deseos, o me dad

medios para cumplirlos». Esto decía con una confianza muy

grande, suplicando a nuestra Señora, por el dolor que tuvo cuando

a su Hijo vio muerto en sus brazos, le fuese intercesora. Oyó una

voz en lo interior que le dijo: «Cree y espera, que Yo soy el que

todo lo puede; tú tendrás salud; porque el que tuvo poder para que

de tantas enfermedades, todas mortales de suyo, y les mandó que

no hiciesen su efecto, más fácil le será quitarlas». Dice que fueron

con tanta fuerza y certidumbre estas palabras, que no podía dudar

de que no se había de cumplir su deseo, aunque cargaron muchas

más enfermedades, hasta que el Señor le dio la salud que hemos

dicho. Cierto, parece cosa increíble lo que ha pasado. A no me

informar yo del médico y de las que estaban en su casa y de otras

personas, según soy ruin, no fuera mucho pensar que era alguna

cosa encarecimiento.

24. Aunque está flaca, tiene ya salud para guardar la Regla, y buen

sujeto; una alegría grande, y en todo -como tengo dicho- una

humildad que a todas nos hacía alabar a nuestro Señor. Dieron lo

que tenían de hacienda entrambas, sin ninguna condición, a la

Orden; que si no las quisieran recibir por monjas, no pusieron

ningún apremio. Es un desasimiento grande el que tiene de sus

deudos y tierra, y siempre gran deseo de irse lejos de allí, y así

importuna harto a los prelados, aunque la obediencia que tiene es

tan grande, que así está allí con algún contento. Y por lo mismo

tomó velo, que no había remedio con ella que fuese del coro, sino

freila; hasta que yo la escribí diciéndola muchas cosas y riñéndola

porque quería otra cosa de lo que era voluntad del padre provincial,

que aquello no era merecer más, y otras cosas, tratándola

ásperamente. Y éste es su mayor contento, cuando así la hablan.

Con esto se pudo acabar con ella, harto contra su voluntad.

Ninguna cosa entiendo de esta alma que no sea para ser agradable

a Dios, y así lo es con todas. Plega a Su Majestad la tenga de su

mano, y la aumente las virtudes y gracia que le ha dado para mayor

servicio y honra suya. Amén.

------------------------------------------------------------------------

CAPÍTULO 23

En que trata de la fundación del monasterio del Glorioso San José

del Carmen en la ciudad de Sevilla. Díjose la primera misa día de la

Santísima Trinidad, en el año de 1575.

1. Pues estando en esta villa de Beas esperando licencia del

Consejo de las Ordenes para la fundación de Caravaca, vino a

verme allí un padre de nuestra Orden, de los Descalzos, llamado el

maestro fray Jerónimo de la Madre de Dios, Gracián, que había

pocos años que tomó nuestro hábito estando en Alcalá, hombre de

muchas letras y entendimiento y modestia, acompañado de grandes

virtudes toda su vida, que parece nuestra Señora le escogió para

bien de esta Orden primitiva, estando él en Alcalá, muy fuera de

tomar nuestro hábito, aunque no de ser religioso. Porque aunque

sus padres tenían otros intentos, por tener mucho favor con el Rey y

su gran habilidad, él estaba muy fuera de eso. Desde que comenzó

a estudiar, le quería su padre poner a que estudiase leyes. El, con

ser de harta poca edad, sentía tanto, que a poder de lágrimas

acabó con él que le dejase oír teología.

2. Ya que estaba graduado de maestro, trató de entrar en la

Compañía de Jesús, y ellos le tenían recibido, y por cierta ocasión

dijeron que se esperase unos días. Díceme él a mí que todo el

regalo que tenía le daba tormento, pareciéndole que no era aquél

buen camino para el cielo. Siempre tenía horas de oración y su

recogimiento y honestidad en gran extremo.

3. En este tiempo entróse un gran amigo suyo por fraile de nuestra

Orden en el monasterio de Pastrana, llamado fray Juan de Jesús,

también maestro. No sé si por esta ocasión de una carta que le

escribió de la grandeza y antigüedad de nuestra Orden, o qué fue el

principio, que le daba tan gran gusto leer todas las cosas de ella y

probarlo con grandes autores, que dice que muchas veces tenía

escrúpulo de dejar de estudiar otras cosas por no poder salir de

éstas; y las horas que tenía recreación era ocuparse en esto. ¡Oh

sabiduría de Dios y poder!, ¡cómo no podemos nosotros huir de lo

que es su voluntad! Bien veía nuestro Señor la gran necesidad que

había en esta obra que Su Majestad había comenzado, de persona

semejante. Yo le alabo muchas veces por la merced que en esto

nos hizo; que si yo mucho quisiera pedir a Su Majestad una

persona para que pusiera en orden todas las cosas de la Orden en

estos principios, no acertara a pedir tanto como Su Majestad en

esto nos dio. Sea bendito por siempre.

4. Pues teniendo él bien apartado de su pensamiento tomar este

hábito, rogáronle que fuese a tratar a Pastrana con la Priora del

monasterio de nuestra Orden, que aun no era quitado de allí, para

que recibiese una monja. ¡Qué medios toma la divina Majestad!,

que para determinarse a ir de allí a tomar el hábito tuviera por

ventura tantas personas que se lo contradijeran, que nunca lo

hiciera. Mas la Virgen nuestra Señora, cuyo devoto es en gran

extremo, le quiso pagar con darle su hábito; y así pienso que fue la

medianera para que Dios le hiciese esta merced; y aun la causa de

tomarle él y haberse aficionado tanto a la Orden era esta gloriosa

Virgen; no quiso que a quien tanto la deseaba servir le faltase

ocasión para ponerlo por obra, porque es su costumbre favorecer a

los que de ella se quieren amparar.

5. Estando muchacho en Madrid, iba muchas veces a una imagen

de nuestra Señora que él tenía gran devoción, no me acuerdo

adónde era: llamábala «su enamorada», y era muy ordinario lo que

la visitaba. Ella le debía alcanzar de su Hijo la limpieza con que

siempre ha vivido. Dice que algunas veces le parecía que tenía

hinchados los ojos de llorar por las muchas ofensas que se hacían

a su Hijo. De aquí le nacía un ímpetu grande y deseo del remedio

de las almas y un sentimiento, cuando veía ofensas de Dios, muy

grande. A este deseo del bien de las almas tiene tan gran

inclinación, que cualquier trabajo se le hace pequeño si piensa

hacer con él algún fruto. Esto he visto yo por experiencia en hartos

que ha pasado.

6. Pues llevándole la Virgen a Pastrana como engañado, pensando

él que iba a procurar el hábito de la monja, y llevábale Dios para

dársele a él. ¡Oh secretos de Dios! Y cómo, sin que lo queramos,

nos va disponiendo para hacernos mercedes y para pagar a esta

alma las buenas obras que había hecho y el buen ejemplo que

siempre había dado y lo mucho que deseaba servir a su gloriosa

Madre; que siempre debe Su Majestad de pagar esto con grandes

premios.

7. Pues llegado a Pastrana, fue a hablar a la priora, para que

tomase aquella monja, y parece que la habló para que procurase

con nuestro Señor que entrase él. Como ella le vio, que es

agradable su trato, de manera que, por la mayor parte, los que le

tratan le aman (es gracia que da nuestro Señor), y así de todos sus

súbditos y súbditas es en extremo amado; porque aunque no

perdona ninguna falta (que en esto tiene extremo, en mirar el

aumento de la religión), es con una suavidad tan agradable, que

parece no se ha de poder quejar ninguno de él..

8. Pues acaeciéndole a esta priora lo que a los demás, diole

grandísima gana de que entrase en la Orden, y díjolo a las

hermanas, que mirasen lo que les importaba, porque entonces

había muy pocos o casi ninguno semejante, y que todas pidiesen a

nuestro Señor que no le dejase ir, sino que tomase el hábito.

Es esta priora grandísima sierva de Dios, que aun su oración sola

pienso sería oída de Su Majestad, ¡cuánto más las de almas tan

buenas como allí estaban! Todas lo tomaron muy a su cargo, y con

ayunos, disciplinas y oración lo pedían continuo a Su Majestad, y

así fue servido de hacernos esta merced. Que, como el padre

Gracián fue al monasterio de los frailes y vio tanta religión y aparejo

para servir a nuestro Señor, y sobre todo ser Orden de su gloriosa

Madre que él tanto deseaba servir, comenzó a moverse su corazón

para no tornar al mundo. Aunque el demonio le ponía hartas

dificultades, en especial de la pena que había de ser para sus

padres, que le amaban mucho y tenían gran confianza había de

ayudar a remediar sus hijos, que tenían hartas hijas e hijos, él,

dejando este cuidado a Dios, por quien lo dejaba todo, se determinó

a ser súbdito de la Virgen y tomar su hábito. Y así se le dieron con

gran alegría de todos, en especial de las monjas y priora, que

daban grandes alabanzas a nuestro Señor, pareciéndole que las

había Su Majestad hecho esta merced por sus oraciones.

9. Estuvo el año de probación con la humildad que uno de los más

pequeños novicios. En especial se probó su virtud en un tiempo

que, faltando de allí el prior, quedó por mayor un fraile harto mozo y

sin letras y de poquísimo talento ni prudencia para gobernar;

experiencia no la tenía, porque había poco que había entrado. Era

cosa excesiva de la manera que los llevaba y las mortificaciones

que les hacía hacer; que cada vez me espanto cómo lo podían

sufrir, en especial semejantes personas, que era menester el

espíritu que le daba Dios para sufrirlo. Y hase visto bien después

que tenía mucha melancolía y en ninguna parte, aun por súbdito

hay trabajo con él, cuánto más para gobernar; porque le sujeta

mucho el humor, que él buen religioso es, y Dios permite algunas

veces que se haga este yerro de poner personas semejantes para

perfeccionar la virtud de la obediencia en los que ama.

10. Así debió ser aquí, que en mérito de esto ha dado Dios al padre

fray Jerónimo de la Madre de Dios grandísima luz en las cosas de

obediencia para enseñar a sus súbditos, como quien tan buen

principio tuvo en ejercitarse en ella. Y para que no le faltase

experiencia en todo lo que hemos menester, tuvo tres meses antes

de la profesión grandísimas tentaciones. Mas él, como buen capitán

que había de ser de los hijos de la Virgen, se defendía bien de

ellas; que cuando el demonio más le apretaba para que dejase el

hábito, con prometer de no le dejar y prometer los votos, se

defendía. Diome cierta obra que escribió con aquellas grandes

tentaciones, que me puso harta devoción y se ve bien la fortaleza

que le daba el Señor.

11. Parecerá cosa impertinente haberme comunicado él tantas

particularidades de su alma; quizá lo quiso el Señor para que yo lo

pusiese aquí, porque sea El alabado en sus criaturas; que sé yo

que con confesor ni con ninguna persona se ha declarado tanto.

Algunas veces había ocasión, por parecerle que con los muchos

años y lo que oía de mí tendría yo alguna experiencia. A vueltas de

otras cosas que hablábamos, decíame éstas y otras que no son

para escribir, que harto más me alargara.

12. Idome he, cierto, mucho a la mano, porque si viniese algún

tiempo a las suyas, no le dar pena. No he podido más, ni me ha

parecido (pues esto, si se hubiere de ver, será a muy largos

tiempos), que se deje de hacer memoria de quien tanto bien ha

hecho a esta renovación de la Regla primera. Porque, aunque no

fue él el primero que la comenzó, vino a tiempo que algunas veces

me pesara de que se había comenzado si no tuviera tan gran

confianza de la misericordia de Dios. Digo las casas de los frailes,

que las de las monjas, por su bondad, siempre hasta ahora han ido

bien; y las de los frailes no iban mal, mas llevaba principio de caer

muy presto; porque, como no tenían Provincia por sí, eran

gobernados por los Calzados. A los que pudieran gobernar, que era

el padre fray Antonio de Jesús, el que lo comenzó, no le daban esa

mano, ni tampoco tenían constituciones dadas por nuestro

reverendísimo padre General. En cada casa hacían como les

parecía. Hasta que vinieran, o se gobernaran de ellos mismos,

hubiera harto trabajo, porque a unos les parecía uno y a otros otro.

Harto fatigada me tenían algunas veces.

13. Remediólo nuestro Señor por el padre maestro fray Jerónimo de

la Madre de Dios, porque le hicieron Comisario Apostólico y le

dieron autoridad y gobierno sobre los Descalzos y Descalzas. Hizo

constituciones para los frailes, que nosotras ya las teníamos de

nuestro reverendísimo padre General, y así no las hizo para

nosotras, sino para ellos con el poder apostólico que tenía y con las

buenas partes que le ha dado el Señor, como tengo dicho. La

primera vez que los visitó, lo puso todo en tanta sazón y concierto,

que se parecía bien ser ayudado de la divina Majestad y que

nuestra Señora le había escogido para remedio de su Orden, a

quien suplico yo mucho acabe con su Hijo siempre le favorezca y dé

gracia para ir muy adelante en su servicio. Amén.

------------------------------------------------------------------------

CAPÍTULO 24

Prosigue en la fundación de San José del Carmen en la ciudad de

Sevilla.

1. Cuando he dicho que el padre maestro fray Jerónimo Gracián me

fue a ver a Beas, jamás nos habíamos visto, aunque yo lo deseaba

harto; escrito, sí algunas veces. Holguéme en extremo cuando supe

que estaba allí, porque lo deseaba mucho por las buenas nuevas

que de él me habían dado; mas muy mucho más me alegré cuando

le comencé a tratar, porque, según me contentó, no me parecía le

habían conocido los que me le habían loado.

2. Y como yo estaba con tanta fatiga, en viéndole, parece que me

representó el Señor el bien que por él nos había de venir; y así

andaba aquellos días con tan excesivo consuelo y contento, que es

verdad que yo misma me espantaba de mí. Entonces aún no tenía

comisión más de para la Andalucía, que estando en Beas le envió a

mandar el Nuncio que le viese, y entonces se la dio para Descalzos

y Descalzas de la Provincia de Castilla. Era tanto el gozo que tenía

mi espíritu, que no me hartaba de dar gracias a nuestro Señor

aquellos días, ni quisiera hacer otra cosa.

3. En este tiempo trajeron la licencia para fundar en Caravaca,

diferente de lo que era menester para mi propósito; y así fue

menester que tornasen a enviar a la Corte, porque yo escribí a las

fundadoras que en ninguna manera se fundaría si no se pedía

cierta particularidad que faltaba, y así fue menester tornar a la

Corte. A mí se me hacía mucho esperar allí tanto y queríame tornar

a Castilla; mas como estaba allí el padre fray Jerónimo, a quien

estaba ya sujeto aquel monasterio, por ser comisario de toda la

Provincia de Castilla, no podía hacer nada sin su voluntad, y así lo

comuniqué con él.

4. Parecióle que ida una vez, se quedaba la fundación de Caravaca,

y también que sería gran servicio de Dios fundar en Sevilla, que le

pareció muy fácil, porque se lo habían pedido algunas personas que

podían y tenían muy bien para dar luego casa; y el Arzobispo de

Sevilla favorecía tanto a la Orden, que tuvo creído se le haría gran

servicio; y así se concertó que la priora y monjas que llevaba para

Caravaca, fuese para Sevilla. Yo, aunque siempre había rehusado

mucho hacer monasterio de estos en Andalucía por algunas causas

(que cuando fui a Beas, si entendiera que era provincia de

Andalucía, en ninguna manera fuera, y fue el engaño que la tierra

aún no es del Andalucía, de creo cuatro o cinco leguas adelante

comienza, mas la provincia sí), como vi ser aquélla la determinación

del prelado, luego me rendí (que esta merced me hace nuestro

Señor, de parecerme que en todo aciertan), aunque yo estaba

determinada a otra fundación, y aun tenía algunas causas que

tenía, bien graves, para no ir a Sevilla.

5. Luego se comenzó a aparejar para el camino, porque la calor

entraba mucha, y el padre comisario apostólico, Gracián, se fue al

llamado del Nuncio, y nosotras a Sevilla con mis buenos

compañeros,el Padre Julián de Avila y Antonio Gaytán y un fraile

Descalzo. Ibamos en carros muy cubiertas, que siempre era esta

nuestra manera de caminar; y, entradas en la posada, tomábamos

un aposento, bueno o malo, como le había, y a la puerta tomaba

una hermana lo que habíamos menester, que aun los que iban con

nosotras no entraban allá.

6. Por prisa que nos dimos, llegamos a Sevilla el jueves antes de la

Santísima Trinidad, habiendo pasado grandísimo calor en el

camino; porque, aunque no se caminaba las siestas, yo os digo,

hermanas, que como había dado todo el sol a los carros, que era

entrar en ellos como en un purgatorio. Unas veces con pensar en el

infierno, otras pareciendo se hacía algo y padecía por Dios, iban

aquellas hermanas con gran contento y alegría. Porque seis que

iban conmigo eran tales almas, que me parece me atreviera a ir con

ellas a tierra de turcos, y que tuvieran fortaleza o, por mejor decir,

se la diera nuestro Señor para padecer por El, porque estos eran

sus deseos y pláticas, muy ejercitadas en oración y mortificación,

que como habían de quedar tan lejos, procuré que fuesen de las

que me parecían más a propósito. Y todo fue menester, según se

pasó de trabajos; que algunos, y los mayores, no los diré, porque

podrían tocar en alguna persona.

7. Un día antes de Pascua de Espíritu Santo les dio Dios un trabajo

harto grande, que fue darme a mí una muy recia calentura. Yo creo

que sus clamores a Dios fueron bastantes para que no fuese

adelante el mal; que jamás de tal manera en mi vida me ha dado

calentura que no pase muy más adelante. Fue de tal suerte, que

parecía tenía modorra, según iba enajenada. Ellas a echarme agua

en el rostro, tan caliente del sol, que daba poco refrigerio.

8. No os dejaré de decir la mala posada que hubo para esta

necesidad: fue darnos una camarilla a teja vana; ella no tenía

ventana, y si se abría la puerta, toda se henchía de sol. Habéis de

mirar que no es como el de Castilla por allá, sino muy más

importuno. Hiciéronme echar en una cama, que yo tuviera por mejor

echarme en el suelo; porque era de unas partes tan alta y de otras

tan baja, que no sabía cómo poder estar, porque parecía de piedras

agudas. ¡Qué cosa es la enfermedad!, que con salud todo es fácil

de sufrir. En fin, tuve por mejor levantarme, y que nos fuésemos,

que mejor me parecía sufrir el sol del campo, que no de aquella

camarilla.

9. ¡Qué será de los pobres que están en el infierno, que no se han

de mudar para siempre!, que aunque sea de trabajo a trabajo,

parece es algún alivio. A mí me ha acaecido tener un dolor en una

parte muy recio, y aunque me diese en otra otro tan penoso, me

parece era alivio mudarse; así fue aquí. A mí ninguna pena, que me

acuerde, me daba verme mala; las hermanas lo padecían harto más

que yo. Fue el Señor servido que no duró más de aquel día lo muy

recio.

10. Poco antes, no sé si dos días, nos acaeció otra cosa que nos

puso en un poco de aprieto, pasando por un barco a Guadalquivir:

que al tiempo del pasar los carros no era posible por donde estaba

la maroma, sino que habían de torcer el río, aunque algo ayudaba

la maroma, torciéndola también; mas acertó a que la dejasen los

que la tenían, o no sé cómo fue, que la barca iba sin maroma ni

remos con el carro. El barquero me hacía mucha más lástima verle

tan fatigado, que no el peligro. Nosotras a rezar. Todos voces

grandes.

11. Estaba un caballero mirándonos en un castillo que estaba

cerca, y movido de lástima envió quien ayudase, que aun entonces

no estaba sin maroma y tenían de ella nuestros hermanos,

poniendo todas sus fuerzas; mas la fuerza del agua los llevaba a

todos de manera, que daba con alguno en el suelo. Por cierto que

me puso gran devoción un hijo del barquero, que nunca se me

olvida: paréceme debía haber como diez u once años, que lo que

aquél trabajaba de ver a su padre con pena, me hacía alabar a

nuestro Señor. Mas como Su Majestad da siempre los trabajos con

piedad, así fue aquí; que acertó a detenerse la barca en un arenal,

y estaba hacia una parte el agua poca, y así pudo haber remedio.

Tuviéramosle malo de saber salir al camino, por ser ya noche, si no

nos guiaran quien vino del castillo.

No pensé tratar de estas cosas, que son de poca importancia, que

hubiera dicho hartas de malos sucesos de caminos. He sido

importunada para alargarme más en éste.

12. Harto mayor trabajo fue para mí que los dichos lo que nos

acaeció el postrer día de Pascua de Espíritu Santo. Dímonos

mucha prisa por llegar de mañana a Córdoba para oír misa sin que

nos viese nadie. Guiábannos a una iglesia que está pasada la

puente, por más soledad. Ya que íbamos a pasar, no había licencia

para pasar por allí carros,que la ha de dar el corregidor. De aquí a

que se trajo, pasaron más de dos horas, por no estar levantados, y

mucha gente que se llegaba a procurar saber quién iba ahí. De esto

no se nos daba mucho, porque no podían, que iban muy cubiertos.

Cuando ya vino la licencia, no cabían los carros por la puerta de la

puente; fue menester aserrarlos, o no sé qué, en que se pasó otro

rato. En fin, cuando llegamos a la iglesia, que había de decir misa el

padre Julián de Avila, estaba llena de gente; porque era la vocación

del Espíritu Santo, lo que no habíamos sabido, y había gran fiesta y

sermón.

13. Cuando yo esto vi, diome mucha pena, y, a mi parecer, era

mejor irnos sin oír misa que entrar entre tanta baraúnda. Al padre

Julián de Avila no le pareció; y como era teólogo, hubímonos todas

de llegar a su parecer; que los demás compañeros quizá siguieran

el mío, y fuera más mal acertado, aunque no sé si yo me fiara de

solo mi parecer. Apeámonos cerca de la iglesia, que aunque no nos

podía ver nadie los rostros, porque siempre llevábamos delante de

ellos velos grandes, bastaba vernos con ellos y capas blancas de

sayal, como traemos, y alpargatas, para alterar a todos, y así lo fue.

Aquel sobresalto me debía quitar la calentura del todo; que cierto, lo

fue grande para mí y para todos.

14. Al principio de entrar por la iglesia, se llegó a mí un hombre de

bien a apartar la gente. Yo le rogué mucho nos llevase a alguna

capilla. Hízolo así, y cerróla, y no nos dejó hasta tornarnos a sacar

de la iglesia. Después de pocos días vino a Sevilla y dijo a un padre

de nuestra Orden, que por aquella buena obra que había hecho

pensaba que había Dios héchole merced que le habían proveído de

una gran hacienda, o dado, de que él estaba descuidado.

Yo os digo, hijas, que aunque esto no os parecerá quizá nada, que

fue para mí uno de los malos ratos que he pasado, porque el

alboroto de la gente era como si entraran toros. Así no vi la hora

que salir de allí de aquel lugar; aunque no le había para pasar la

siesta cerca, tuvímosla debajo de una puente.

15. Llegadas a Sevilla a una casa que nos tenía alquilada el padre

fray Mariano, que estaba avisado de ello, yo pensé que estaba todo

hecho; porque -como digo- era mucho lo que favorecía el Arzobispo

a los Descalzos y habíame escrito algunas veces a mí

mostrándome mucho amor. No bastó para dejarme de dar harto

trabajo, porque lo quería Dios así. El es muy enemigo de

monasterios de monjas con pobreza, y tiene razón. Fue el daño, o

por mejor decir, el provecho, para que se hiciese aquella obra;

porque si antes que yo estuviera en el camino se lo dijeran, tengo

por cierto no viniera en ello. Mas teniendo por certísimo el padre

comisario y el padre Mariano (que también fue mi ida de grandísimo

contento para él) que le hacían grandísimo servicio en mi ida, no se

lo dijeron antes; y, como digo, pudiera ser mucho yerro, pensando

que acertaban. Porque en los demás monasterios, lo primero que

yo procuraba era la licencia del Ordinario como manda el santo

Concilio; acá no sólo la teníamos por dada, sino, como digo, por

que se le hacía gran servicio, como a la verdad lo era, y así lo

entendió después; sino que ninguna fundación ha querido el Señor

que se haga sin mucho trabajo mío: unos de una manera, otros de

otra.

16. Pues llegadas a la casa, que, como digo, nos tenían de alquiler,

yo pensé luego tomar la posesión, como lo solía hacer, para que

dijésemos oficio divino; y comenzóme a poner dilaciones el padre

Mariano, que era el que estaba allí, que, por no me dar pena, no me

lo quería decir del todo. Mas no siendo razones bastantes, yo

entendí en qué estaba la dificultad, que era en no dar licencia; y así

me dijo que tuviese por bien que fuese el monasterio de renta, u

otra cosa así, que no me acuerdo. En fin, me dijo que no gustaba

de hacer monasterios de monjas por su licencia, ni desde que era

Arzobispo jamás la había dado para ninguno, que lo había sido

hartos años allí y en Córdoba, y es harto siervo de Dios; en especial

de pobreza, que no la daría.

17. Esto era decir que no se hiciese el monasterio: lo uno, ser en la

ciudad de Sevilla a mí se me hiciera muy de mal, aunque lo pudiera

hacer; porque en las partes que he fundado con renta es en lugares

pequeños, que, o no se ha de hacer, o ha de ser así, porque no hay

cómo se pueda sustentar. Lo otro, porque sola una blanca nos

había sobrado del gasto del camino, sin traer cosa ninguna con

nosotras, sino lo que traíamos vestido y alguna túnica y toca, y lo

que venía para venir cubiertos y bien en los carros; que, para

haberse de tornar los que venían con nosotras se hubo de buscar

prestado: un amigo que tenía allí Antonio Gaytán le prestó de ello, y

para acomodar la casa el Padre Mariano lo buscó; ni casa propia

había. Así que era cosa imposible.

18. Con mucha importunidad debía ser del padre dicho, nos dejó

decir misa para el día de la Santísima Trinidad, que fue la primera, y

envió a decir que ni se tañese campana, ni se pusiese, decía, sino

que estaba ya puesta. Y así estuve más de quince días, que yo sé

de mi determinación que si no fuera por el padre comisario y el

padre Mariano, que yo me tornara con mis monjas, con harta poca

pesadumbre, a Beas, para la fundación de Caravaca. Harta más

tuve aquellos días, que, como tengo mala memoria, no me acuerdo,

mas creo fue más de un mes; porque ya sufríase peor la ida que

luego luego, por publicarse ya el monasterio. Nunca me dejó el

padre Mariano escribirle, sino poco a poco le iba ablandando y con

cartas de Madrid del padre comisario.

19. A mí una cosa me sosegaba para no tener mucho escrúpulo, y

era haberse dicho misa con su licencia, y siempre decíamos en el

coro el oficio divino. No dejaba de enviarme a visitar y a decir me

vería presto, y un criado suyo envió a que dijese la primera misa;

por donde veía yo claro que no parecía servía de más aquello que

de tenerme con pena. Aunque la causa de tenerla yo no era por mí

ni por mis monjas, sino por la que tenía el padre comisario; que,

como él me había mandado ir, estaba con mucha pena y diérasela

grandísima si hubiera algún desmán, y tenía hartas causas para

ello.

20. En este tiempo vinieron también los padres Calzados a saber

por dónde se había fundado. Yo les mostré las patentes que tenía

de nuestro reverendísimo padre General. Ya con esto sosegaron,

que si supieran lo que hacía el Arzobispo, no creo bastara; mas

esto no se entendía, sino todos creían que era muy a su gusto y

contento. Ya fue Dios servido que nos fue a ver. Yo le dije el

agravio que nos hacía. En fin, me dijo que fuese lo que quisiese y

como lo quisiese. Y desde ahí adelante, siempre nos hacía merced

en todo lo que se nos ofrecía, y favor.

------------------------------------------------------------------------

CAPÍTULO 25

Prosíguese en la fundación del glorioso San José de Sevilla, y lo

que se pasó en tener casa propia.

1. Nadie pudiera juzgar que en una ciudad tan caudalosa como

Sevilla y de gente tan rica había de haber menos aparejo de fundar

que en todas las partes que había estado. Húbole tan menos, que

pensé algunas veces que no nos estaba bien tener monasterio en

aquel lugar. No sé si el mismo clima de la tierra, que he oído

siempre decir los demonios tienen más mano allí para tentar, que se

la debe dar Dios, y en esto me apretaron a mí, que nunca me vi

más pusilánime y cobarde en mi vida que allí me hallé. Yo, cierto, a

mí misma no me conocía. Bien que la confianza que suelo tener en

nuestro Señor no se me quitaba; mas el natural estaba tan diferente

del que yo suelo tener después que ando en estas cosas, que

entendía apartaba en parte el Señor su mano para que él se

quedase en su ser y viese yo que, si había tenido ánimo, no era

mío.

2. Pues habiendo estado allí desde este tiempo que digo hasta

poco antes de cuaresma, que ni había memoria de comprar casa ni

con qué, ni tampoco quien nos fiase como en otras partes (que las

que mucho habían dicho al padre Visitador Apostólico que entrarían

y rogádole llevase allí monjas, después les debía parecer mucho el

rigor y que no lo podían llevar; sola una, que diré adelante, entró),

ya era tiempo de mandarme a mí venir de la Andalucía, porque se

ofrecían otros negocios por acá. A mí dábame grandísima pena

dejar las monjas sin casa, aunque bien veía que yo no hacía nada

allí; porque la merced que Dios me hace por acá de haber quien

ayude a estas obras, allí no la tenía.

3. Fue Dios servido que viniese entonces de las Indias un hermano

mío que había más de treinta y cuatro años que estaba allá,

llamado Lorenzo de Cepeda, que aun tomaba peor que yo en que

las monjas quedasen sin casa propia. El nos ayudó mucho, en

especial en procurar que se tomase en la que ahora están. Ya yo

entonces ponía mucho con nuestro Señor, suplicándole que no me

fuese sin dejarlas casa y hacía a las hermanas se lo pidiesen y al

glorioso San José, y hacíamos muchas procesiones y oración a

nuestra Señora. Y con esto, y con ver a mi hermano determinado a

ayudarnos, comencé a tratar de comprar algunas casas. Ya que

parecía se iba a concertar, todo se deshacía.

4. Estando un día en oración, pidiendo a Dios, pues eran sus

esposas y le tenían tanto deseo de contentar, les diese casa, me

dijo: ya os he oído; déjame a Mí. Yo quedé muy contenta,

pareciéndome la tenía ya, y así fue, y librónos Su Majestad de

comprar una que contentaba a todos por estar en buen puesto, y

era tan vieja y malo lo que tenía, que se compraba sólo el sitio en

poco menos que la que ahora tienen; y estando ya concertada, que

no faltaba sino hacer las escrituras, yo no estaba nada contenta.

Parecíame que no venía esto con la postrera palabra que había

entendido en la oración; porque era aquella palabra, a lo que me

pareció, señal de darnos buena casa; y así fue servido que el

mismo que la vendía, con ganar mucho en ello, puso inconveniente

para hacer las escrituras cuando había quedado; y pudimos, sin

hacer ninguna falta, salirnos del concierto, que fue harta merced de

nuestro Señor. Porque en toda la vida de las que estaban se

acabara de labrar la casa, y tuvieran harto trabajo y poco con qué.

5. Mucha parte fue un siervo de Dios, que casi desde luego que

fuimos allí, como supo que no teníamos misa, cada día nos la iba a

decir, con tener harto lejos su casa y hacer grandísimos soles.

Llámase Garciálvarez, persona muy de bien y tenida en la ciudad

por sus buenas obras, que siempre no entiende en otra cosa; y a

tener él mucho, no nos faltara nada. El, como sabía bien la casa,

parecíale gran desatino dar tanto por ella, y así cada día nos lo

decía, y procuró no se hablase en ella más; y fueron él y mi

hermano a ver en la que ahora están. Vinieron tan aficionados, y

con razón, y nuestro Señor que lo quería, que en dos o tres días se

hicieron las escrituras.

6. No se pasó poco en pasarnos a ella, porque quien la tenía no la

quería dejar, y los frailes franciscos, como estaban junto, vinieron

luego a requerirnos que en ninguna manera nos pasásemos a ella;

que a no estar hechas con tanta firmeza las escrituras, alabara yo a

Dios que se pudieran deshacer; porque nos vimos a peligro de

pagar seis mil ducados que costaba la casa, sin poder entrar en

ella. Esto no quisiera la priora, sino que alababa a Dios de que no

se pudiesen deshacer; que le daba Su Majestad mucha más fe y

ánimo que a mí en lo que tocaba a aquella casa, y en todo le debe

tener, que es harto mejor que yo.

7. Estuvimos más de un mes con esta pena. Ya fue Dios servido

que nos pasamos la priora y yo y otras dos monjas una noche,

porque no lo entendiesen los frailes hasta tomar la posesión, con

harto miedo. Decían los que iban con nosotras, que cuantas

sombras veían les parecían frailes. En amaneciendo, dijo el buen

Garciálvarez, que iba con nosotros, la primera misa en ella, y así

quedamos sin temor.

8. ¡Oh Jesús!, ¡qué de ellos he pasado al tomar de las posesiones!

Considero yo si yendo a no hacer mal, sino en servicio de Dios, se

siente tanto miedo, ¿qué será de las personas que le van a hacer,

siendo contra Dios y contra el prójimo? No sé qué ganancia pueden

tener ni qué gusto pueden buscar con tal contrapeso.

9. Mi hermano aún no estaba allí, que estaba retraído por cierto

yerro que se hizo en la escritura, como fue tan aprisa, y era en

mucho daño del monasterio y, como era fiador, queríanle prender; y

como era extranjero, diéranos harto trabajo, y aun así nos le dio,

que hasta que dio hacienda en que tomaron seguridad hubo

trabajo. Después se negoció bien, aunque no faltó algún tiempo de

pleito, porque hubiese más trabajo. Estábamos encerradas en unos

cuartos bajos, y él estaba allí todo el día con los oficiales y nos

daba de comer, y aun harto tiempo antes. Porque aun como no se

entendía de todos ser monasterio, por estar en una casa particular,

había poca limosna, si no era de un santo viejo prior de las Cuevas,

que es de los cartujos, grandísimo siervo de Dios. Era de Avila, de

los Pantojas. Púsole Dios tan grande amor con nosotras, que desde

que fuimos, y creo le durará hasta que se le acabe la vida, el

hacernos bien de todas maneras. Porque es razón, hermanas, que

encomendéis a Dios a quien tan bien nos ha ayudado, si leyereis

esto, sean vivos o muertos, lo pongo aquí. A este santo debemos

mucho.

10. Estúvose más de un mes, a lo que creo (que en esto de los días

tengo mala memoria, y así podría errar; siempre entended «poco

más o menos», pues en ello no va nada). Este mes trabajó mi

hermano harto en hacer la iglesia de algunas piezas y en

acomodarlo todo, que no teníamos nosotras que hacer.

11. Después de acabado, yo quisiera no hacer ruido en poner el

Santísimo Sacramento, porque soy muy enemiga de dar

pesadumbre en lo que se puede excusar, y así lo dije al padre

Garciálvarez y él lo trató con el padre prior de las Cuevas, que si

fueran cosas propias suyas, no lo miraran más que las nuestras. Y

parecióles que para que fuese conocido el monasterio en Sevilla, no

se sufría sino ponerse con solemnidad, y fuéronse al Arzobispo.

Entre todos concertaron que se trajese de una parroquia el

Santísimo Sacramento con mucha solemnidad, y mandó el

Arzobispo se juntasen los clérigos y algunas cofradías, y se

aderezasen las calles.

12. El buen Garciálvarez aderezó nuestra claustra, que -como he

dicho- servía entonces de calle, y la iglesia extremadísimamente y

con muy buenos altares e invenciones. Entre ellas tenía una fuente,

que el agua era de azahar, sin procurarlo nosotras ni aun quererlo,

aunque después mucha devoción nos hizo. Y nos consolamos

ordenasen nuestra fiesta con tanta solemnidad y las calles tan

aderezadas y con tanta música y ministriles, que me dijo el santo

prior de las Cuevas que nunca tal había visto en Sevilla, que

conocidamente se vio ser obra de Dios. Fue él en la procesión, que

no lo acostumbraba. El Arzobispo puso el Santísimo Sacramento.

Veis aquí, hijas, las pobres Descalzas honradas de todos; que no

parecía, aquel tiempo antes, que había de haber agua para ellas,

aunque hay harto en aquel río. La gente que vino fue cosa

excesiva.

13. Acaeció una cosa de notar, a dicho de todos los que la vieron:

como hubo tantos tiros de artillería y cohetes, después de acabada

la procesión, que era casi noche, antojóseles de tirar más, y no sé

cómo se prende un poco de pólvora, que tienen a gran maravilla no

matar al que lo tenía. Subió gran llama hasta lo alto de la clausura,

que tenían los arcos cubiertos con unos tafetanes, que pensaron se

habían hecho polvo, y no les hizo daño poco ni mucho, con ser

amarillos y de carmesí. Y lo que digo que es de espantar, es que la

piedra que estaba en los arcos, debajo del tafetán, quedó negra del

humo, y el tafetán, que estaba encima, sin ninguna cosa más que si

no hubiera llegado allí el fuego.

14. Todos se espantaron cuando lo vieron. Las monjas alabaron al

Señor por no tener que pagar otros tafetanes. El demonio debía

estar tan enojado de la solemnidad que se había hecho y ver ya

otra casa de Dios, que se quiso vengar en algo y Su Majestad no le

dio lugar. Sea bendito por siempre jamás, amén.

------------------------------------------------------------------------

CAPÍTULO 26

Prosigue en la misma fundación del monasterio de San José de la

ciudad de Sevilla. Trata algunas cosas de la primera monja que

entró en él, que son harto de notar.

1. Bien podéis considerar, hijas mías, el consuelo que teníamos

aquel día. De mí os sé decir que fue muy grande. En especial me le

dio ver que dejaba a las hermanas en casa tan buena y en buen

puesto, y conocido el monasterio, y en casa monjas que tenían para

pagar la más parte de la casa; de manera que con las que faltaban

del número, por poco que trajesen, podían quedar sin deuda. Y,

sobre todo, me dio alegría haber gozado de los trabajos, y cuando

había de tener algún descanso, me iba, porque esta fiesta fue el

domingo antes de Pascua del Espíritu Santo, año 1576, y luego el

lunes siguiente me partí yo, porque la calor entraba grande y por si

pudiese ser no caminar la Pascua y tenerla en Malagón, que bien

quisiera poderme detener algún día, y por esto me había dado harta

prisa.

2. No fue el Señor servido que siquiera oyese un día misa en la

iglesia. Harto se les aguó el contento a las monjas con mi partida,

que sintieron mucho, como habíamos estado aquel año juntas y

pasado tantos trabajos, que -como he dicho- los más graves no

pongo aquí; que, a lo que me parece, dejada la primera fundación

de Avila -que aquí no hay comparación-, ninguna me ha costado

tanto como ésta, por ser trabajos, los más, interiores. Plega a la

divina Majestad que sea siempre servido en ella, que, con esto, es

todo poco, como yo espero que será. Que comenzó Su Majestad a

traer buenas almas a aquella casa, que las que quedaron de las

que llevé conmigo, que fueron cinco, ya os he dicho cuán buenas

eran algo de lo que se puede decir, que lo menos es. De la primera

que aquí entró quiero tratar, por ser cosa que os dará gusto.

3. Es una doncella, hija de padres muy cristianos, montañés el

padre. Esta, siendo de muy pequeña edad, como de siete años,

pidióla a su madre una tía suya para tenerla consigo, que no tenía

hijos. Llevada a su casa, como la debía regalar y mostrar el amor

que era razón, ellas debían tener esperanza que les había de dar

su hacienda, antes que la niña fuese a su casa; y estaba claro que,

tomándola amor, lo había de querer más para ella. Acordaron quitar

aquella ocasión con un hecho del demonio, que fue levantar a la

niña que quería matar a su tía y que para esto había dado a la una

no sé qué maravedís que la trajese de solimán. Dicho a la tía, como

todas tres decían una cosa, luego las creyó, y la madre de la niña

también, que es una mujer harto virtuosa.

4. Toma la niña y llévala a su casa, pareciéndole se criaba en ella

una muy mala mujer. Díceme la Beatriz de la Madre de Dios, que

así se llama, que pasó más de un año que cada día la azotaba y

atormentaba y hacíala dormir en el suelo, porque le había de decir

tan gran mal. Como la muchacha decía que no lo había hecho ni

sabía qué cosa era solimán, parecióle muy peor, viendo que tenía

ánimo para encubrirlo. Afligíase la pobre madre de verla tan recia

en encubrirlo, pareciéndole nunca se había de enmendar. Harto fue

no se lo levantar la muchacha para librarse de tanto tormento; mas

Dios la tuvo, como era inocente, para decir siempre verdad. Y como

Su Majestad torna por los que están sin culpa, dio tan gran mal a

las dos de aquellas mujeres, que parecía tenían rabia, y

secretamente enviaron por la niña, la tía, y la pidieron perdón, y

viéndose a punto de muerte, se desdijeron; y la otra hizo otro tanto,

que murió de parto. En fin, todas tres murieron con tormento en

pago del que habían hecho pasar a aquella inocente.

5. Esto no lo sé de sola ella, que su madre, fatigada, después que

la vio monja, de los malos tratamientos que la había hecho, me lo

contó con otras cosas, que fueron hartos sus martirios; y no

teniendo su madre más y siendo harto buena cristiana, permitía

Dios que ella fuese el verdugo de su hija, queriéndola muy mucho.

Es mujer de mucha verdad y cristiandad.

6. Habiendo la niña como poco más de doce años, leyendo en un

libro que trata de la vida de Santa Ana, tomó gran devoción con los

santos del Monte Carmelo, que dice allí que su madre de Santa Ana

que iba a tratar con ellos muchas veces (creo se llama Merenciana),

y de aquí fue tanta la devoción que tomó con esta Orden de

Nuestra Señora, que luego prometió ser monja de ella, y castidad.

Tenía muchos ratos de soledad, cuando ella podía, y oración. En

ésta le hacía Dios grandes mercedes, y nuestra Señora, y muy

particulares. Ella quisiera luego ser monja. No osaba por sus

padres, ni tampoco sabía adónde hallar esta Orden, que fue cosa

para notar, que con haber en Sevilla monasterio de ella de la Regla

mitigada, jamás vino a su noticia, hasta que supo de estos

monasterios, que fue después de muchos años.

7. Como ella llegó a edad para poderla casar, concertaron sus

padres con quién casarla, siendo harto muchacha; mas como no

tenían más de aquella, que aunque tuvo otros hermanos

muriéronse todos, y ésta, que era la menos querida, les quedó (que

cuando le acaeció lo que he dicho, un hermano tenía, que éste

tornaba por ella, diciendo no lo creyesen), muy concertado ya el

casamiento, pensando ella no hiciera otra cosa, cuando se lo

vinieron a decir dijo el voto que tenía hecho de no se casar, que por

ningún arte, aunque la matasen, no lo haría.

8. El demonio que los cegaba, o Dios que lo permitía para que ésta

fuese mártir (que ellos pensaron que tenía hecho algún mal recaudo

y por eso no se quería casar), como ya habían dado la palabra, ver

afrentado al otro, diéronla tantos azotes, hicieron en ella tantas

justicias, hasta quererla colgar, que la ahogaban, que fue ventura

no la matar. Dios que la quería para más, le dio la vida. Díceme ella

a mí que ya a la postre casi ninguna cosa sentía, porque se

acordaba de lo que había padecido santa Inés, que se lo trajo el

Señor a la memoria, y que se holgaba de padecer algo por El, y no

hacía sino ofrecérselo. Pensaron que muriera, que tres meses

estuvo en la cama que no se podía menear.

9. Parece cosa muy para notar una doncella que no se quitaba de

cabe su madre, con un padre harto recatado, según yo supe, cómo

podían pensar de ella tanto mal; porque siempre fue santa y

honesta y tan limosnera, que cuanto ella podía alcanzar era para

dar limosna. A quien nuestro Señor quiere hacer mercedes de que

padezca, tiene muchos medios, aunque desde algunos años les fue

descubriendo la virtud de su hija, de manera que cuanto quería dar

limosna la daban, y las persecuciones se tornaron en regalos;

aunque con la gana que ella tenía de ser monja, todo se le hacía

trabajoso, y así andaba harto desabrida y penada, según me

contaba.

10 Acaeció trece o catorce años antes que el Padre Gracián fuese a

Sevilla (que no había memoria de Descalzos Carmelitas), estando

ella con su padre y con su madre y otras dos vecinas, entró un fraile

de nuestra Orden vestido de sayal, como ahora andan, descalzo.

Dicen que tenía un rostro fresco y venerable, aunque tan viejo que

parecía la barba como hilos de plata, y era larga, y púsose cabe ella

y comenzóla a hablar un poco en lengua que ni ella ni ninguno lo

entendió; y acabado de hablar, santiguóla tres veces, diciéndole:

«Beatriz, Dios te haga fuerte», y fuése. Todos no se meneaban

mientras estuvo allí, sino como espantados. El padre la preguntó

que quién era. Ella pensó que él le conocía. Levantáronse muy

presto para buscarle y no pareció más. Ella quedó muy consolada,

y todos espantados, que vieron era cosa de Dios, y así ya la tenían

en mucho, como está dicho. Pasaron todos estos años que creo

fueron catorce, después de esto, sirviendo ella siempre a nuestro

Señor, pidiéndole que cumpliese su deseo.

11. Estaba harto fatigada, cuando fue allá el padre maestro fray

Jerónimo Gracián. Yendo un día a oír un sermón en una iglesia de

Triana, adonde su padre vivía, sin saber ella quién predicaba, que

era el padre maestro Gracián, viole salir a tomar la bendición. Como

ella le vio el hábito, y descalzo, luego se le representó el que ella

había visto, que era así el hábito, aunque el rostro y edad era

diferente, que no había el padre Gracián aún treinta años. Díceme

ella que, de grandísimo contento, se quedó como desmayada; que

aunque había oído que habían allí hecho monasterio en Triana, no

entendía era de ellos. Desde aquel día fue luego a procurar

confesarse con el padre Gracián, y aun esto quiso Dios que le

costase mucho, que fue más, o al menos tantas, doce veces, que

nunca la quiso confesar. Como era moza y de buen parecer, que no

debía haber entonces veinte y siete años, él apartábase de

comunicar con personas semejantes, que es muy recatado.

12. Ya un día, estando ella llorando en la iglesia, que también era

muy encogida, díjole una mujer, que qué había. Ella le dijo que

había tanto que procuraba hablar a aquel padre y que no tenía

remedio, que estaba a la sazón confesando. Ella llevóla allá y

rogóle que oyese a aquella doncella, y así se vino a confesar

generalmente con él. El, como vio alma tan rica, consolóse mucho y

consolóla con decirla que podría ser fuesen monjas Descalzas, y

que él haría que la tomasen luego. Y así fue, que lo primero que me

mandó fue que fuese ella la primera que recibiese, porque él estaba

satisfecho de su alma, y así se le dijo a ella cuando íbamos. Puso

mucho en que no lo supiesen sus padres, porque no tuviera

remedio de entrar. Y así, el mismo día de la Santísima Trinidad deja

unas mujeres que iban con ella (que para confesarse no iba su

madre, que era lejos el monasterio de los Descalzos, adonde

siempre se confesaba y hacía mucha limosna y sus padres por

ella); tenía concertado con una muy sierva de Dios que la llevase y

dice a las mujeres que iban con ella (que era muy conocida aquella

mujer por sierva de Dios en Sevilla, que hace grandes obras), que

luego vendría; y así la dejaron. Toma su hábito y manto de jerga,

que yo no sé cómo se pudo menear, sino con el contento que

llevaba todo se le hizo poco. Sólo temía si la habían de estorbar y

conocer cómo iba cargada, que era muy fuera de como ella andaba.

¡Qué hace el amor de Dios!, ¡cómo ya ni tenía honra, ni se

acordaba sino de que no impidiesen su deseo! Luego la abrimos la

puerta. Yo lo envié a decir a su madre. Ella vino como fuera de sí;

mas dijo que ya veía la merced que hacía Dios a su hija; y, aunque

con fatiga, lo pasó, no con extremos de no hablarla como otras

hacen, antes en un ser nos hacía grandes limosnas.

13. Comenzó a gozar de su contento tan deseado la esposa de

Jesucristo, tan humilde y amiga de hacer cuanto había, que

teníamos harto que hacer en quitarle la escoba. Estando en su casa

tan regalada, todo su descanso era trabajar. Con el contento

grande, fue mucho lo que luego engordó. Esto se le dio a sus

padres de manera, que ya se holgaban de verla allí.

14. Al tiempo que hubo de profesar, dos o tres meses antes, porque

no gozase tanto bien sin padecer, tuvo grandísimas tentaciones; no

porque ella se determinase a no la hacer, mas parecíale cosa muy

recia. Olvidados todos los años que había padecido por el bien que

tenía, la traía el demonio tan atormentada, que no se podía valer.

Con todo, haciéndose grandísima fuerza, le venció, de manera que

en mitad de los tormentos concertó su profesión. Nuestro Señor,

que no debía de aguardar a más de probar su fortaleza, tres días

antes de la profesión la visitó y consoló muy particularmente e hizo

huir el demonio. Quedó tan consolada, que parecía aquellos tres

días que estaba fuera de sí de contenta, y con mucha razón, porque

la merced había sido grande.

15. Desde a pocos días que entró en el monasterio, murió su padre,

y su madre tomó el hábito en el mismo monasterio, y le dio todo lo

que tenía en limosna, y está con grandísimo contento madre e hija,

y edificación de todas las monjas, sirviendo a quien tan gran

merced las hizo.

16. Aun no pasó un año, cuando se vino otra doncella harto sin

voluntad de sus padres, y así va el Señor poblando esta su casa de

almas tan deseosas de servirle, que ningún rigor se les pone

delante, ni encerramiento. Sea por siempre jamás bendito, y

alabado por siempre jamás, amén.

------------------------------------------------------------------------

CAPÍTULO 27

En que trata de la fundación de la villa de Caravaca. - Púsose el

Santísimo Sacramento, día de año nuevo del mismo año de 1576. -

Es la vocación del glorioso San José.

1. Estando en San José de Avila para partirme a la fundación que

queda dicha de Beas, que no faltaba sino aderezar en lo que

habíamos de ir, llega un mensajero propio, que le enviaba una

señora de allí, llamada doña Catalina, porque se habían ido a su

casa -desde un sermón que oyeron a un padre de la Compañía de

Jesús- tres doncellas con determinación de no salir hasta que se

fundase un monasterio en el mismo lugar. Debía ser cosa que

tenían tratada con esta señora, que es la que les ayudó para la

fundación. Eran de los más principales caballeros de aquella villa.

La una tenía padre, llamado Rodrigo de Moya, muy gran siervo de

Dios y de mucha prudencia. Entre todas tenían bien para pretender

semejante obra. Tenían noticia de ésta que ha hecho nuestro Señor

en fundar estos monasterios, que se la habían dado de la

Compañía de Jesús, que siempre han favorecido y ayudado a ella.

2. Yo, como vi el deseo y hervor de aquellas almas, y que de tan

lejos iban a buscar la Orden de nuestra Señora, hízome devoción y

púsome deseo de ayudar a su buen intento. Informada que era

cerca de Beas, llevé más compañía de monjas de la que llevaba -

porque, según las cartas, me pareció no se dejaría de concertar-,

con intento de, en acabando la fundación de Beas, ir allá. Mas

como el Señor tenía determinado otra cosa, aprovecharon poco mis

trazas, como queda dicho en la fundación de Sevilla; que trajeron la

licencia del Consejo de las Ordenes de manera que, aunque ya

estaba determinada a ir, se dejó.

3. Verdad es que, como yo me informé en Beas de adónde era y vi

ser tan a trasmano y de allí allá tan mal camino, que habían de

pasar trabajo los que fuesen a visitar las monjas, y que a los

prelados se les haría de mal, tenía bien poca gana de ir a fundarle.

Mas porque había dado buenas esperanzas, pedí al padre Julián de

Avila y a Antonio Gaytán fuesen allá para ver qué cosa era, y si les

pareciesen, lo deshiciesen. Hallaron el negocio muy tibio, no de

parte de las que habían de ser monjas, sino de la doña Catalina,

que era el todo del negocio, y las tenía en un cuarto por sí, ya como

cosa de recogimiento.

4. Las monjas estaban tan firmes, en especial las dos, digo las que

lo habían de ser, que supieron tan bien granjear al padre Julián de

Avila y Antonio Gaytán, que antes que se vinieron dejaron hechas

las escrituras, y se vinieron dejándolas muy contentas; y ellos lo

vinieron tanto de ellas y de la tierra, que no acababan de decirlo,

también como del mal camino. Yo, como lo vi ya concertado y que

la licencia tardaba, torné a enviar allá al buen Antonio Gaytán, que

por amor de mí todo el trabajo pasaba de buena gana, y ellos

tenían afición a que la fundación se hiciese. Porque, a la verdad, se

les puede a ellos agradecer esta fundación, porque si no fueran allá

y lo concertaran, yo pusiera poco en ella.

5. Dile que fuese para que pusiese torno y redes, adonde se había

de tomar la posesión y estar las monjas hasta buscar casa a

propósito. Así estuvo allá muchos días, que en la de Rodrigo de

Moya, que -como he dicho- era padre de la una de estas doncellas,

les dio parte de su casa muy de buena gana. Estuvo allá muchos

días haciendo esto.

6. Cuando trajeron la licencia y yo estaba ya para partirme allá,

supe que venía en ella que fuese la casa sujeta a los

Comendadores y las monjas les diesen la obediencia, lo que yo no

podía hacer, por ser la Orden de nuestra Señora del Carmen. Y así

tornaron de nuevo a pedir la licencia, que en ésta y la de Beas no

hubiera remedio. Mas hízome tanta merced el Rey, que en

escribiéndole yo, mandó que se diese, que es al presente Don

Felipe, tan amigo de favorecer los religiosos que entienden que

guardan su profesión, que, como hubiese sabido la manera del

proceder de estos monasterios, y ser de la primera Regla, en todo

nos ha favorecido. Y así, hijas, os ruego yo mucho, que siempre se

haga particular oración por Su Majestad, como ahora la hacemos.

7. Pues como se hubo de tornar por la licencia, partíme yo para

Sevilla, por mandado del Padre Provincial, que era entonces y es

ahora, el maestro fray Jerónimo Gracián de la Madre de Dios -como

queda dicho- y estuviéronse las pobres doncellas encerradas hasta

el día de año nuevo adelante; y cuando ellas enviaron a Avila era

por febrero. La licencia luego se trajo con brevedad. Mas como yo

estaba tan lejos y con tantos trabajos, no podía remediarlas, y

habíales harta lástima, porque me escribían muchas veces con

mucha pena, y así ya no se sufría detenerlas más.

8. Como ir yo era imposible, así por estar tan lejos, como por no

estar acabada aquella fundación, acordó el padre maestro fray

Jerónimo Gracián, que era Visitador Apostólico -como está dicho-,

que fuesen las monjas que allí habían de fundar, aunque no fuese

yo, que se habían quedado en San José de Malagón. Procuré que

fuese priora de quien yo confiaba lo haría muy bien, porque es harto

mejor que yo. Y llevando todo recaudo, se partieron con dos padres

Descalzos de los nuestros, que ya el padre Julián de Avila y Antonio

Gaytán había días que se habían tornado a sus tierras; y por ser tan

lejos no quise viniesen, y tan mal tiempo, que era en fin de

diciembre.

9. Llegadas allá, fueron recibidas con gran contento del pueblo, en

especial de las que estaban encerradas. Fundaron el monasterio,

poniendo el Santísimo Sacramento día del Nombre de Jesús, añode

1576. Luego tomaron las dos hábito. La otra tenía mucho humor de

melancolía, y debíale de hacer mal estar encerrada, cuánto más

tanta estrechura y penitencia. Acordó de tornarse a su casa con una

hermana suya.

10. Mirad, mis hijas, los juicios de Dios y la obligación que tenemos

de servirle las que nos ha dejado perseverar hasta hacer profesión

y quedar para siempre en la casa de Dios y por hijas de la Virgen,

que se aprovechó Su Majestad de la voluntad de esta doncella y de

su hacienda para hacer este monasterio, y al tiempo que había de

gozar de lo que tanto había deseado, faltóle la fortaleza y sujetóla el

humor, a quien muchas veces, hijas, echamos la culpa de nuestras

imperfecciones y mudanzas.

11. Plega a Su Majestad que nos dé abundantemente su gracia,

que con esto no habrá cosa que nos ataje los pasos para ir siempre

adelante en su servicio, y que a todas nos ampare y favorezca para

que no se pierda por nuestra flaqueza un tan gran principio como ha

sido servido que comience en unas mujeres tan miserables como

nosotras. En su nombre os pido, hermanas e hijas mías, que

siempre lo pidáis a nuestro Señor, y que cada una haga cuenta de

las que vinieren que en ella torna a comenzar esta primera Regla

de la Orden de la Virgen nuestra Señora, y en ninguna manera se

consienta en nada relajación. Mirad que de muy pocas cosas se

abre puerta para muy grandes, y que sin sentirlo se os irá entrando

el mundo. Acordaos con la pobreza y trabajo que se ha hecho lo

que vosotras gozáis con descanso; y si bien lo advertís, veréis que

estas casas en parte no las han fundado hombres las más de ellas,

sino la mano poderosa de Dios, y que es muy amigo Su Majestad

de llevar adelante las obras que El hace, si no queda por nosotras.

¿De dónde pensáis que tuviera poder una mujercilla como yo para

tan grandes obras, sujeta, sin solo un maravedí, ni quien con nada

me favoreciese? Que este mi hermano, que ayudó en la fundación

de Sevilla, que tenía algo y ánimo y buen alma para ayudar algo,

estaba en las Indias.

12. Mirad, mirad, mis hijas, la mano de Dios. Pues no sería por ser

de sangre ilustre el hacerme honra. De todas cuantas maneras lo

queráis mirar, entenderéis ser obra suya. No es razón que nosotras

la disminuyamos en nada, aunque nos costase la vida y la honra y

el descanso; cuánto más que todo lo tenemos aquí junto. Porque

vida es vivir de manera que no se tema la muerte ni todos los

sucesos de la vida, y estar con esta ordinaria alegría que ahora

todas traéis y esta prosperidad, que no puede ser mayor que no

temer la pobreza, antes desearla. ¿Pues a qué se puede comparar

la paz interior y exterior con que siempre andáis? En vuestra mano

está vivir y morir con ella, como veis que mueren las que hemos

visto morir en estas casas. Porque, si siempre pedís a Dios lo lleve

adelante y no fiáis nada de vosotras, no os negará su misericordia;

si tenéis confianza en El y ánimos animosos -que es muy amigo Su

Majestad de esto-, no hayáis miedo que os falte nada. Nunca dejéis

de recibir las que vinieren a querer ser monjas (como os contenten

sus deseos y talentos, y que no sea por sólo remediarse, sino por

servir a Dios con más perfección), porque no tenga bienes de

fortuna, si los tiene de virtudes; que por otra parte remediará Dios lo

que por ésta os habíais de remediar, con el doblo.

13. Gran experiencia tengo de ello. Bien sabe Su Majestad que -a

cuanto me puedo acordar- jamás he dejado de recibir ninguna por

esta falta, como me contentase lo demás. Testigos son las muchas

que están recibidas sólo por Dios, como vosotras sabéis. Y

puédoos certificar que no me daba tan gran contento cuando recibía

la que traía mucho, como las que tomaba sólo por Dios; antes las

había miedo, y las pobres me dilataban el espíritu y daba un gozo

tan grande, que me hacía llorar de alegría. Esto es verdad.

14. Pues si cuando estaban las casas por comprar y por hacer, nos

ha ido tan bien con esto, después de tener adónde vivir ¿por qué no

se ha de hacer? Creedme, hijas, que por donde pensáis acrecentar,

perderéis. Cuando la que viene lo tuviere, no teniendo otras

obligaciones, como lo ha de dar a otros que no lo han por ventura

menester, bien es os lo dé en limosna; que yo confieso que me

pareciera desamor, si esto no hicieran. Mas siempre tened delante

a que la que entrare haga de lo que tuviere conforme a lo que le

aconsejaren letrados, que es más servicio de Dios; porque harto

mal sería que pretendiésemos bien de ninguna que entra, sino

yendo por este fin. Mucho más ganamos en que ella haga lo que

debe a Dios -digo, con más perfección-, que en cuanto puede traer,

pues no pretendemos todas otra cosa, ni Dios nos dé tal lugar, sino

que sea Su Majestad servido en todo y por todo.

15. Y aunque yo soy miserable y ruin, para honra y gloria suya lo

digo, y para que os holguéis de cómo se han fundado estas casas

suyas. Que nunca en negocio de ellas, ni en cosa que se me

ofreciese para esto, si pensara no salir con ninguna si no era

torciendo en algo este intento, en ninguna manera hiciera cosa, ni la

he hecho -digo en estas fundaciones- que yo entendiese torcía de

la voluntad del Señor un punto, conforme a lo que me aconsejaban

mis confesores (que siempre han sido, después que ando en esto,

grandes letrados y siervos de Dios, como sabéis), ni -que me

acuerde- llegó jamás a mi pensamiento otra cosa.

16. Quizá me engaño y habré hecho muchas que no entienda, e

imperfecciones serán sin cuento. Esto sabe nuestro Señor, que es

verdadero juez -a cuanto yo he podido entender de mí, digo- y

también veo muy bien que no venía esto de mí, sino de querer Dios

se hiciese esta obra, y como cosa suya me favorecía y hacía esta

merced. Que para este propósito lo digo, hijas mías, de que

entendáis estar más obligadas y sepáis que no se han hecho con

agraviar a ninguno hasta ahora. Bendito sea el que todo lo ha

hecho, y despertado la caridad de las personas que nos han

ayudado. Plega a Su Majestad que siempre nos ampare y dé

gracia, para que no seamos ingratas a tantas mercedes, amén.

17. Ya habéis visto, hijas, que se han pasado algunos trabajos,

aunque creo son los menos los que he escrito; porque si se

hubieran de decir por menudo, era gran cansancio, así de los

caminos, con aguas y nieves y con perderlos, y sobre todo muchas

veces con tan poca salud, que alguna me acaeció -no sé si lo he

dicho- que era en la primera jornada que salimos de Malagón para

Beas, que iba con calentura y tantos males juntos, que me acaeció,

mirando lo que tenía por andar y viéndome así, acordarme de

nuestro Padre Elías, cuando iba huyendo de Jezabel y decir:

«Señor, ¿cómo tengo yo de poder sufrir esto? ¡Miradlo Vos!»

Verdad es que, como Su Majestad me vio tan flaca, repentinamente

me quitó la calentura y el mal; tanto, que hasta después que he

caído en ello, pensé que era porque había entrado allí un siervo de

Dios, un clérigo, y quizá sería ello; al menos fue repentinamente

quitarme el mal exterior e interior. En teniendo salud, con alegría

pasaba los trabajos corporales.

18. Pues en llevar condiciones de muchas personas, que era

menester en cada pueblo, no se trabajaba poco. Y en dejar las hijas

y hermanas mías cuando me iba de una parte a otra, yo os digo

que, como yo las amo tanto, que no ha sido la más pequeña cruz,

en especial cuando pensaba que no las había de tornar a ver y veía

su gran sentimiento y lágrimas. Que aunque están de otras cosas

desasidas, ésta no se lo ha dado Dios, por ventura para que me

fuese a mí más tormento, que tampoco lo estoy de ellas, aunque

me esforzaba todo lo que podía para no se lo mostrar, y las reñía;

mas poco me aprovechaba, que es grande el amor que me tienen y

bien se ve en muchas cosas ser verdadero.

19. También habéis oído cómo era, no sólo con licencia de nuestro

Reverendísimo Padre General, sino dada debajo de precepto un

mandamiento después; y no sólo esto, sino que cada casa que se

fundaba me escribía recibir grandísimo contento, habiendo fundado

las dichas; que, cierto, el mayor alivio que yo tenía en los trabajos

era ver el contento que le daba por parecerme que en dársele

servía a nuestro Señor, por ser mi prelado, y, dejado de eso, yo le

amo mucho.

O es que Su Majestad fue servido de darme ya algún descanso, o

que al demonio le pesó porque se hacían tantas casas adonde se

servía nuestro Señor (bien se ha entendido no fue por voluntad de

nuestro Padre General, porque me había escrito -suplicándole yo

no me mandase ya fundar más casas- que no lo haría, porque

deseaba fundase tantas como tengo cabellos en la cabeza, y esto

no había muchos años), antes que me viniese de Sevilla, de un

Capítulo General que se hizo, adonde parece se había de tener en

servicio lo que se había acrecentado la Orden, tráenme un

mandamiento dado en Definitorio, no sólo para que no fundase

más, sino para que por ninguna vía saliese de la casa que eligiese

para estar, que es como manera de cárcel; porque no hay monja

que para cosas necesarias al bien de la Orden no la pueda mandar

ir el Provincial de una parte a otra, digo de un monasterio a otro. Y

lo peor era estar disgustado conmigo nuestro Padre General, que

era lo que a mí me daba pena, harto sin causa, sino con

informaciones de personas apasionadas. Con esto me dijeron

juntamente otras dos cosas de testimonios bien graves que me

levantaban.

20. Yo os digo, hermanas, para que veáis la misericordia de nuestro

Señor y cómo no desampara Su Majestad a quien desea servirle,

que no sólo no me dio pena, sino un gozo tan accidental que no

cabía en mí, de manera que no me espanto de lo que hacía el rey

David cuando iba delante del arca del Señor, porque no quisiera yo

entonces hacer otra, según el gozo, que no sabía cómo le encubrir.

No sé la causa, porque en otras grandes murmuraciones y

contradicciones en que me he visto no me ha acaecido tal. Mas al

menos la una cosa de éstas que me dijeron, era gravísima. Que

esto del no fundar, si no era por el disgusto del Reverendísimo

General era gran descanso para mí, y cosa que yo deseaba

muchas veces: acabar la vida en sosiego; aunque no pensaban

esto los que lo procuraban, sino que me hacían el mayor pesar del

mundo, y otros buenos intentos tendrían quizá.

21. También algunas veces me daban contento las grandes

contradicciones y dichos que en este andar a fundar ha habido, con

buena intención unos, otros por otros fines. Mas tan gran alegría

como de esto sentí no me acuerdo, por trabajo que me venga,

haberla sentido. Que yo confieso que en otro tiempo cualquiera

cosa de las tres que me vinieron juntas, fuera harto trabajo para mí.

Creo fue mi gozo principal parecerme que, pues las criaturas me

pagaban así, que tenía contento al Criador. Porque tengo entendido

que el que le tomare por cosas de la tierra o dichos de alabanzas

de los hombres, está muy engañado; dejado de la poca ganancia

que en esto hay, una cosa les parece hoy, otra mañana; de lo que

una vez dicen bien, presto tornan a decir mal. Bendito seáis Vos,

Dios y Señor mío, que sois inmutable por siempre jamás, amén.

Quien os sirviere hasta el fin, vivirá sin fin, en vuestra eternidad.

22. Comencé a escribir estas fundaciones por mandato del padre

maestro Ripalda, de la Compañía de Jesús -como dije al principio-,

que era entonces rector del Colegio de Salamanca, con quien yo

entonces me confesaba. Estando en el monasterio del glorioso San

José, que está allí, año de 1573, escribí algunas de ellas, y con las

muchas ocupaciones habíalas dejado, y no quería pasar adelante,

por no me confesar ya con el dicho a causa de estar en diferentes

partes, y también por el gran trabajo y trabajos que me cuesta lo

que he escrito, aunque, como ha siempre sido mandado por

obediencia, yo los doy por bien empleados. Estando muy

determinada a esto, me mandó el padre Comisario Apostólico (que

es ahora el maestro fray Jerónimo Gracián de la Madre de Dios)

que las acabase. Diciéndole yo el poco lugar que tenía y otras

cosas que se me ofrecieron -que como ruin obediente le dije,

porque también se me hacía gran cansancio, sobre otros que tenía-

, con todo, me mandó, poco a poco o como pudiese las acabase.

23. Así lo he hecho, sujetándome en todo a que quiten los que

entienden lo que es mal dicho: que lo quiten, que por ventura lo que

a mí me parece mejor, irá mal.

Hase acabado hoy, víspera de San Eugenio, a catorce días del mes

de noviembre, año de 1576 en el Monasterio de San José de

Toledo, adonde ahora estoy por mandato del padre Comisario

Apostólico, el maestro fray Jerónimo Gracián de la Madre de Dios, a

quien ahora tenemos por Prelado Descalzos y Descalzas de la

primitiva Regla, siendo también Visitador de los de la Mitigada de la

Andalucía, a gloria y honra de nuestro Señor Jesucristo, que reina y

reinará para siempre. Amén.

24. Por amor de nuestro Señor pido a las hermanas y hermanos

que esto leyeren me encomienden a nuestro Señor para que haya

misericordia de mí y me libre de las penas del purgatorio y me deje

gozar de sí, si hubiere merecido estar en él. Pues mientras fuere

viva no lo habéis de ver, séame alguna ganancia para después de

muerta lo que me he cansado en escribir esto y el gran deseo con

que lo heescrito de acertar a decir algo que os dé consuelo, si

tuvieren por bien que lo leáis.

------------------------------------------------------------------------

JHS

CAPÍTULO 28

La fundación de Villanueva de la Jara.

1. Acabada la fundación de Sevilla, cesaron las fundaciones por

más de cuatro años. La causa fue que comenzaron grandes

persecuciones muy de golpe a los Descalzos y Descalzas, que

aunque ya había habido hartas, no en tanto extremo, que estuvo a

punto de acabarse todo. Mostróse bien lo que sentía el demonio

este santo principio que nuestro Señor había comenzado y ser obra

suya, pues fue adelante. Padecieron mucho los Descalzos, en

especial las cabezas, de graves testimonios y contradicción de casi

todos los Padres calzados.

2. Estos informaron a nuestro reverendísimo padre General de

manera que, con ser muy santo y el que había dado la licencia para

que se fundasen todos los monasterios (fuera de San José de Avila,

que fue el primero, que éste se hizo con licencia del Papa), le

pusieron de suerte que ponía mucho porque no pasasen adelante

los Descalzos, que con los monasterios de las monjas siempre

estuvo bien. Y porque yo no ayudaba a esto, le pusieron desabrido

conmigo, que fue el mayor trabajo que yo he pasado en estas

fundaciones, aunque he pasado hartos. Porque dejar de ayudar a

que fuese adelante obra adonde yo claramente veía servirse

nuestro Señor y acrecentarse nuestra Orden, no me lo consentían

muy grandes letrados con quien me confesaba y aconsejaba, e ir

contra lo que veía quería mi prelado, érame una muerte. Porque,

dejada la obligación que le tenía por serlo, amábale muy

tiernamente y debíaselo bien debido. Verdad es que aunque yo

quisiera darle en esto contento no podía, por haber Visitadores

Apostólicos a quien forzado había de obedecer.

3. Murió un Nuncio santo que favorecía mucho la virtud, y así

estimaba los Descalzos. Vino otro que parecía le había enviado

Dios para ejercitarnos en padecer. Era algo deudo del Papa, y debe

ser siervo de Dios, sino que comenzó a tomar muy a pechos a

favorecer a los Calzados; y conforme a la información que le hacían

de nosotros, enteróse mucho en que era bien no fuesen adelante

estos principios, y así comenzó a ponerlo por obra con grandísimo

rigor, condenando a los que le pareció le podían resistir,

encarcelándolos, desterrándolos.

4. Los que más padecieron fue el padre fray Antonio de Jesús, que

es el que comenzó el primer monasterio de Descalzos, y el padre

fray Jerónimo Gracián, a quien había hecho el Nuncio pasado

Visitador Apostólico de los del Paño, con el cual fue grande el

disgusto que tuvo, y con el padre Mariano de San Benito. De estos

Padres he dicho ya quién son en las fundaciones pasadas; otros de

los más graves penitenció, aunque no tanto. A éstos ponía muchas

censuras, que no tratasen de ningún negocio.

5. Bien se entendía venir todo de Dios y que lo permitía Su

Majestad para mayor bien y para que fuese más entendida la virtud

de estos Padres, como lo ha sido. Puso prelado del Paño, para que

visitase nuestros monasterios de monjas y de los frailes; que, a

haber lo que él pensaba, fuera harto trabajo. Y así se pasó

grandísimo, como se escribirá de quien lo sepa mejor decir; que yo

no hago sino tocar en ello, para que entiendan las monjas que

vinieren cuán obligadas están a llevar adelante la perfección, pues

hallan llano lo que tanto ha costado a las de ahora; que algunas de

ellas han padecido muy mucho en estos tiempos de grandes

testimonios, que me lastimaba a mí muy mucho más que lo que yo

pasaba, que esto antes me era gran gusto. Parecíame ser yo la

causa de toda esta tormenta, y que si me echasen en la mar, como

a Jonás, cesaría la tempestad.

6. Sea Dios alabado, que favorece la verdad. Y así sucedió en esto

que, como nuestro católico rey Don Felipe supo lo que pasaba y

estaba informado de la vida y religión de los Descalzos, tomó la

mano a favorecernos, de manera que no quiso juzgase sólo el

Nuncio nuestra causa, sino diole cuatro acompañados, personas

graves y las tres religiosos, para que se mirase bien nuestra justicia.

Era el uno de ellos el padre maestro fray Pedro Fernández, persona

de muy santa vida y grandes letras y entendimiento. Había sido

Comisario Apostólico y Visitador de los del Paño de la Provincia de

Castilla, a quien los Descalzos estuvimos también sujetos, y sabía

bien la verdad de cómo vivían los unos y los otros; que no

deseábamos todos otra cosa, sino que esto se entendiese. Y así,

en viendo yo que el Rey le había nombrado, di el negocio por

acabado, como por la misericordia de Dios lo está. Plega a Su

Majestad sea para honra y gloria suya.

Aunque eran muchos le señores del reino y obispos que se daban

prisa a informar de la verdad al Nuncio, todo aprovechara poco, si

Dios no tomara por medio al Rey.

7. Estamos todas, hermanas, muy obligadas a siempre en nuestras

oraciones encomendarle a nuestro Señor, y a los que han

favorecido su causa y de la Virgen nuestra Señora, y así os lo

encomiendo mucho.

¡Ya veréis, hermanas, el lugar que había para fundar! Todas nos

ocupábamos en oraciones y penitencias sin cesar, para que lo

fundado llevase Dios adelante, si se había de servir de ello.

8. En el principio de estos grandes trabajos (que dichos tan en

breve os parecerán poco, y padecido tanto tiempo ha sido muy

mucho), estando yo en Toledo, que venía de la fundación de

Sevilla, año de 1576, me llevó cartas un clérigo de Villanueva de la

Jara del ayuntamiento de este lugar, que iba a negociar conmigo

admitiese para monasterio nueve mujeres que se habían entrado

juntas en una ermita de la gloriosa Santa Ana que había en aquel

pueblo, con una casa pequeña cabe ella, algunos años había, y

vivían con tanto recogimiento y santidad, que convidaba a todo el

pueblo a procurar cumplir sus deseos, que eran ser monjas.

Escribióme también un doctor, cura que es de este lugar, llamado

Agustín de Ervías, hombre docto y de mucha virtud. Esta le hacía

ayudar cuanto podía a esta santa obra.

9. A mí me pareció cosa que en ninguna manera convenía admitirla

por estas razones: la primera, por ser tantas, y parecíame cosa muy

dificultosa, mostradas a su manera de vivir, acomodarse a la

nuestra. La segunda, porque no tenía casi nada para poderse

sustentar, y el lugar no es poco más de mil vecinos, que para vivir

de limosna es poca ayuda; aunque el ayuntamiento se ofrecía a

sustentarlas, no me parecía cosa durable. La tercera, que no tenían

casa. La cuarta, lejos de estotros monasterios. Quinta, y que

aunque me decían eran muy buenas, como no las había visto no

podía entender si tenían los talentos que pretendemos en estos

monasterios; y así me determiné a despedirlo del todo.

10. Para esto quise primero hablar a mi confesor, que era el Doctor

Velázquez, canónigo y catedrático de Toledo, hombre muy letrado y

virtuoso, que ahora es obispo de Osma; porque siempre tengo de

costumbre no hacer cosa por mi parecer, sino de personas

semejantes. Como vio las cartas y entendió el negocio, díjome que

no lo despidiese, sino que respondiese bien; porque cuando tantos

corazones juntaba Dios en una casa, que se entendía se había de

servir de ella. Yo lo hice así, que ni lo admití del todo ni lo despedí.

En importunar por ello y procurar personas por quien yo lo hiciese,

se pasó hasta este año de 80, con parecerme siempre que era

desatino admitirlo. Cuando respondía, nunca podía responder del

todo mal.

11. Acertó a venir a cumplir su destierro el padre fray Antonio de

Jesús al monasterio de nuestra Señora del Socorro, que está tres

leguas de este lugar de Villanueva, y viniendo a predicar a él y el

prior de este monasterio, que al presente es el padre fray Gabriel de

la Asunción, persona muy avisada y siervo de Dios, venía también

mucho al mismo lugar, que eran amigos del doctor Ervías, y

comenzaron a tratar con estas santas hermanas. Y aficionados de

su virtud y persuadidos del pueblo y del doctor, tomaron este

negocio por propio y comenzaron a persuadirme con mucha fuerza

con cartas. Y estando yo en San José de Malagón, que es 26

leguas y más de Villanueva, fue el mismo Padre Prior a hablarme

sobre ello, dándome cuenta de lo que se podía hacer y cómo

después de hecho daría el doctor Ervías trescientos ducados de

renta, sobre la que él tiene de su beneficio; que se procurase de

Roma.

12. Esto se me hizo muy incierto, pareciéndome habría flojedad

después de hecho; que con lo poco que ellas tenían, bien bastaba.

Y así dije muchas razones al Padre Prior para que viese no

convenía hacerse y, a mi parecer, bastantes, y dije que lo mirasen

mucho él y el padre fray Antonio, que yo lo dejaba sobre su

conciencia, pareciéndome que con lo que yo les decía bastaba para

no hacerse.

13. Después de ido, consideré cuán aficionado estaba a ello y que

había de persuadir al prelado que ahora tenemos, que es el

Maestro fray Angel de Salazar, para que lo admitiese; y dime mucha

prisa a escribirle, suplicándole que no diese esta licencia, diciéndole

las causas; y según después me escribió, no la había querido dar si

no era pareciéndome a mí bien.

14. Pasaron como mes y medio, no sé si algo más. Cuando ya

pensé lo tenía estorbado, envíanme un mensajero con cartas del

ayuntamiento, adonde se obligaban que no les faltaría lo que

hubiese menester, y el doctor Ervías a lo que tengo dicho, y cartas

de estos dos reverendos Padres con mucho encarecimiento. Era

tanto lo que yo temía el admitir tantas hermanas, pareciéndome

había de haber algún bando contra las que fuesen, como suele

acaecer, y también en no ver cosa segura para su mantenimiento,

porque lo que ofrecían no era cosa que hacía fuerza, que me vi en

harta confusión. Después he entendido era el demonio, que con

haberme el Señor dado ánimo, me tenía con tanta pusilanimidad

entonces, que no parece confiaba nada de Dios. Mas las oraciones

de aquellas benditas almas, en fin, pudieron más.

15. Acabando un día de comulgar y estándolo encomendando a

Dios, como hacía muchas veces, que lo que me hacía responderlos

antes bien era temer si estorbaba algún aprovechamiento de

algunas almas (que siempre mi deseo es ser algún medio para que

se alabase nuestro Señor y hubiese más quien le sirviese), me hizo

Su Majestad una gran reprensión, diciéndome que con qué tesoros

se había hecho lo que estaba hecho hasta aquí; que no dudase de

admitir esta casa, que sería para mucho servicio suyo y

aprovechamiento de las almas.

16. Como son tan poderosas estas palabras de Dios, que no sólo

las entiende el entendimiento, sino que le alumbra para entender la

verdad, y dispone la voluntad para querer obrarlo, así me acaeció a

mí;que no sólo gusté de admitirlo, sino que me pareció había sido

culpa tanto detenerme y estar tan asida a razones humanas, pues

tan sobre razón he visto lo que Su Majestad ha obrado por esta

sagrada Religión.

17. Determinada en admitir esta fundación, me pareció sería

necesario ir yo con las monjas que en ella habían de quedar, por

muchas cosas que se me representaron, aunque el natural sentía

mucho por haber venido bien mala hasta Malagón y andarlo

siempre. Mas pareciéndome se serviría nuestro Señor, lo escribí al

prelado para que me mandase lo que mejor le pareciese, el cual

envió la licencia para la fundación y precepto de que me hallase

presente y llevase las monjas que me pareciese, que me puso en

harto cuidado, por haber de estar con las que allá estaban.

Encomendándolo mucho a nuestro Señor, saqué dos del

monasterio de San José de Toledo, la una para priora; y dos del de

Malagón, y la una para supriora. Y como tanto se había pedido a Su

Majestad, acertóse muy bien, que no lo tuve en poco; porque en las

fundaciones que solas nosotras comienzan, todas se acomodan

bien.

18. Vinieron por nosotras el padre fray Antonio de Jesús y el padre

prior fray Gabriel de la Asunción. Dado todo recaudo del pueblo,

partimos de Malagón, sábado antes de Cuaresma, a trece días de

febrero, año de 1580. Fue Dios servido de hacer tan buen tiempo y

darme tanta salud, que parecía nunca había tenido mal; que yo me

espantaba y consideraba lo mucho que importa no mirar nuestra

flaca disposición cuando entendemos se sirve el Señor, por

contradicción que se nos ponga delante, pues es poderoso de

hacer de los flacos fuertes y de los enfermos sanos. Y cuando esto

no hiciere, será lo mejor padecer para nuestra alma, y puestos los

ojos en su honra y gloria olvidarnos a nosotros. ¿Para qué es la

vida y la salud, sino para perderla por tan gran Rey y Señor?

Creedme, hermanas, que jamás os irá mal en ir por aquí.

19. Yo confieso que mi ruindad y flaqueza muchas veces me ha

hecho temer y dudar; mas no me acuerdo ninguna, después que el

Señor me dio hábito de Descalza, ni algunos años antes, que no me

hiciese merced, por su sola misericordia, de vencer estas

tentaciones y arrojarme a lo que entendía era mayor servicio suyo,

por dificultoso que fuese. Bien claro entiendo que era poco lo que

hacía de mi parte, mas no quiere más Dios de esta determinación

para hacerlo todo de la suya. Sea por siempre bendito y alabado,

amén.

20. Habíamos de ir al monasterio de nuestra Señora del Socorro,

que ya queda dicho que está tres leguas de Villanueva, y

detenernos allí para avisar cómo íbamos, que lo tenían así

concertado, y yo era razón obedeciese a estos Padres, con quien

íbamos, en todo. Está esta casa en un desierto y soledad harto

sabrosa; y como llegamos cerca, salieron los frailes a recibir a su

Prior con mucho concierto. Como iban descalzos y con sus capas

pobres de sayal, hiciéronnos a todas devoción, y a mí me

enterneció mucho pareciéndome estar en aquel florido tiempo de

nuestros santos Padres. Parecían en aquel campo unas flores

blancas olorosas, y así creo yo lo son a Dios, porque, a mi parecer,

es allí servido muy a las veras. Entraron en la iglesia con un Te

Deum y voces muy mortificadas. La entrada de ella es debajo de

tierra, como por una cueva, que representaba la de nuestro Padre

Elías. Cierto, yo iba con tanto gozo interior, que diera por muy bien

empleado más largo camino; aunque me hizo harta lástima ser ya

muerta la santa por quien nuestro Señor fundó esta casa, que no

merecí verla, aunque lo deseé mucho.

21. Paréceme no será cosa ociosa tratar aquí algo de su vida y por

los términos que nuestro Señor quiso se fundase allí este

monasterio, que tanto provecho ha sido para muchas almas de los

lugares del rededor, según soy informada; y para que viendo la

penitencia de esta santa, veáis, mis hermanas, cuán atrás

quedamos nosotras, y os esforcéis para de nuevo servir a nuestro

Señor; pues no hay por qué seamos para menos, pues no venimos

de gente tan delicada y noble; que aunque esto no importe, dígolo

porque había tenido vida regalada, conforme a quien era, que venía

de los Duques de Cardona, y así se llamaba ella doña Catalina de

Cardona. Después de algunas veces que me escribió, sólo firmaba

«la Pecadora».

22. De su vida, antes que el Señor la hiciese tan grandes mercedes,

dirán los que escribieren su vida, y más particularmente lo mucho

que hay que decir de ella. Por si no llegare a vuestra noticia, diré

aquí lo que me han dicho algunas personas que la trataban, dignas

de creer.

23. Estando esta santa entre personas y señores de mucha calidad,

siempre tenía mucha cuenta con su alma y hacía penitencia. Creció

tanto el deseo de ella y de irse adonde sola pudiese gozar de Dios y

emplearse en hacer penitencia, sin que ninguno la estorbase. Esto

trataba con sus confesores y no se lo consentían, que, como está

ya el mundo tan puesto en discreción y casi olvidadas las grandes

mercedes que hizo Dios a los santos y santas que en los desiertos

le sirvieron, no me espanto les pareciese desatino. Mas como no

deja Su Majestad de favorecer a los verdaderos deseos para que se

pongan en obra, ordenó que se viniese a confesar con un padre

francisco, que llaman fray Francisco de Torres, a quien yo conozco

muy bien, y le tengo por santo, y con grande hervor de penitencia y

oración ha muchos años que vive y con hartas persecuciones. Debe

bien de saber la merced que Dios hace a los que se esfuerzan a

recibirlas, y así le dijo que no se detuviese, sino que siguiese el

llamamiento que Su Majestad le hacía. No sé yo si fueron éstas las

palabras, mas entiéndese, pues luego lo puso por obra.

24. Descubrióse a un ermitaño que estaba en Alcalá, y rogóle se

fuese con ella, sin que jamás lo dijese a ninguna persona. Y

aportaron adonde está este monasterio, adonde halló una

covezuela, que apenas cabía. Aquí la dejó. Mas ¡qué amor debía

llevar, pues ni tenía cuidado de lo que había de comer, ni los

peligros que le podían suceder, ni la infamia que podía haber

cuando no pareciese! ¡Qué borracha debía de ir esta santa alma,

embebida en que ninguno la estorbase de gozar de su Esposo, y

qué determinada a no querer más mundo, pues así huía de todos

sus contentos!

25. Consideremos esto bien, hermanas, y miremos cómo de un

golpe lo venció todo. Porque aunque no sea menos lo que vosotras

hacéis en entraros en esta sagrada Religión y ofrecer a Dios

vuestra voluntad y profesar tan continuo encerramiento, no sé si se

pasan estos hervores del principio a algunas, y tornamos a

sujetarnos en algunas cosas de nuestro amor propio. Plega a la

divina Majestad que no sea así, sino que, ya que remedamos a esta

santa en querer huir del mundo, estemos en todo muy fuera de él

en lo interior.

26. Muchas cosas he oído de la grande aspereza de su vida, y

débese de saber lo menos. Porque en tantos años como estuvo en

aquella soledad con tan grandes deseos de hacerla, no habiendo

quien a ellos le fuese a la mano, terriblemente debía tratar su

cuerpo. Diré lo que a ella misma oyeron algunas personas y las

monjas de San José de Toledo, adonde ella entró a verlas, y como

con hermanas hablaba con llaneza, y así lo hacía con otras

personas, porque era grande su sencillez y debíalo ser la humildad.

Y como quien tenía entendido que no tenía ninguna cosa de sí,

estaba muy lejos de vanagloria, y gozábase de decir las mercedes

que Dios la hacía para que por ellas fuese alabado y glorificado su

nombre: cosa peligrosa para los que no han llegado a este estado,

que, por lo menos, les parece alabanza propia; aunque la llaneza y

santa simplicidad la debía librar de esto, porque nunca oí ponerle

esta falta.

27. Dijo que había estado ocho años en aquella cueva, y muchos

días pasando con las hierbas del campo y raíces; porque, como se

le acabaron tres panes que le dejó el que fue con ella, no lo tenía

hasta que fue por allí un pastorcico. Este la proveía después de pan

y harina, que era lo que ella comía: unas tortillas cocidas en la

lumbre, y no otra cosa; esto, a tercer día, y es muy cierto, que aun

los frailes que están allí son testigos, y era ya después que ella

estaba muy gastada. Algunas veces la hacían comer una sardina, u

otras cosas, cuando ella fue a procurar cómo hacer el monasterio, y

antes sentía daño que provecho. Vino nunca lo bebió, que yo haya

sabido. Las disciplinas eran con una gran cadena, y duraban

muchas veces dos horas, y hora y media. Los cilicios tan

asperísimos, que me dijo una persona, mujer, que viniendo de

romería se había quedado a dormir con ella una noche, y héchose

dormida, y que la vio quitar los cilicios llenos de sangre y limpiarlos.

Y más era lo que pasaba -según ella decía a estas monjas que he

dicho- con los demonios, que le aparecían como unos alanos

grandes, y se la subían por los hombros, y otras como culebras. Ella

no les había ningún miedo.

28. Después que hizo el monasterio, todavía se iba, y estaba y

dormía, a su cueva, si no era ir a los Oficios Divinos. Y antes que se

hiciese, iba a misa a un monasterio de Mercedarios, que está un

cuarto de legua, y algunas veces de rodillas. Su vestido era buriel y

túnica de sayal, y de manera hecho, que pensaban era hombre.

Después de estos años que aquí estuvo tan a solas, quiso el Señor

se divulgase, y comenzaron a tener tanta devoción con ella, que no

se podía valer de la gente. A todos hablaba con mucha caridad y

amor. Mientras más iba el tiempo, mayor concurso de gente acudía;

y quien la podía hablar, no pensaba tenía poco. Ella estaba tan

cansada de esto, que decía la tenían muerta. Venía día estar todo

el campo lleno de carros casi. Después que estuvieron allí los

frailes, no tenían otro remedio sino levantarla en alto para que les

echase la bendición, y con eso se libraban.

Después de los ocho años que estuvo en la cueva, que ya era

mayor, porque se la habían hecho los que allí iban, diole una

enfermedad muy grande, que pensó morirse, y todo lo pasaba en

aquella cueva.

29. Comenzó a tener deseos de que hubiese allí un monasterio de

frailes, y con éste estuvo algún tiempo no sabiendo de qué orden le

haría; y estando una vez rezando a un crucifijo que siempre traía

consigo, le mostró nuestro Señor una capa blanca, y entendió que

fuese de los Descalzos Carmelitas, y nunca había venido a su

noticia que los había en el mundo. Entonces estaban hechos solos

dos monasterios, el de Mancera y Pastrana. Debíase después de

esto de informar, y como supo que le había en Pastrana y ella tenía

mucha amistad con la Princesa de Eboli, de tiempos pasados, mujer

del príncipe Ruy Gómez, cuya era Pastrana, partióse para allá a

procurar cómo hacer este monasterio, que ella tanto deseaba.

30. Allí, en el monasterio de Pastrana, en la iglesia de San Pedro -

que así se llama- tomó el hábito de nuestra Señora; aunque no con

intento de ser monja ni profesar, que nunca a ser monja se inclinó,

como el Señor la llevaba por otro camino; parecíale le quitaran por

obediencia sus intentos de asperezas y soledad. Estando presentes

todos los frailes, recibió el hábito de nuestra Señora del Carmen.

31. Hallóse allí el padre Mariano -de quien ya he hecho mención en

estas fundaciones-, el cual me dijo a mí misma que le había dado

una suspensión o arrobamiento, que del todo le enajenó; y que

estando así, vio muchos frailes y monjas muertos; unos

descabezados, otros cortadas las piernas y los brazos, como que

los martirizaban, que esto se da a entender en esta visión. Y no es

hombre que dirá sino lo que viere, ni tampoco está acostumbrado

su espíritu a estas suspensiones, que no le lleva Dios por este

camino. Rogad a Dios, hermanas, que sea verdad y que en

nuestros tiempos merezcamos ver tan gran bien y ser nosotras de

ellas.

32. De aquí de Pastrana comenzó a procurar la santa Cardona con

qué hacer su monasterio, y para esto tornó a la Corte, de donde con

tanta gana había salido, que no le sería pequeño tormento, adonde

no le faltaron hartas murmuraciones y trabajos; porque cuando salía

de casa no se podía valer de gente. Esto en todas las partes que

fue. Unos le cortaban del hábito, otros de la capa. Entonces fue a

Toledo, adonde estuvo con nuestras monjas. Todas me han

afirmado que era tan grande el olor que tenía de reliquias, que

hasta el hábito y la cinta, después que le dejó, porque le dieron otro

y se le quitaron, era para alabar a nuestro Señor el olor. Y mientras

más a ella se llegaban, era mayor, con ser los vestidos de suerte

con la calor, que hacía mucha, que antes le habían de tener malo.

Sé que no dirán sino toda verdad, y así quedaron con mucha

devoción.

33. En la Corte y otras partes le dieron para poder hacer su

monasterio y, llevando licencia, se fundó. Hízose la iglesia adonde

era su cueva, y a ella le hicieron otra desviada, adonde tenía un

sepulcro de bulto y se estaba noche y día lo más del tiempo. Duróle

poco, que no vivió sino cerca de cinco años y medio después que

tuvo allí el monasterio, que con la vida tan áspera que hacía, aun lo

que había vivido parecía sobrenatural. Su muerte fue año de 1577,

a lo que ahora me parece. Hiciéronle las honras con grandísima

solemnidad; porque un caballero que llaman fray Juan de León,

tenía gran devoción con ella, y puso en esto mucho. Está ahora

enterrada en depósito en una capilla de nuestra Señora, de quien

ella era en extremo devota, hasta hacer mayor iglesia de la que

tienen, para poner su bendito cuerpo como es razón.

34. Es grande la devoción que tienen en este monasterio por su

causa, y así parece quedó en él y en todo aquel término, en

especial mirando aquella soledad y cueva, adonde estuvo. Antes

que determinase hacer el monasterio, me han certificado que

estaba tan cansada y afligida de ver la mucha gente que la venía a

ver, que se quiso ir a otra parte adonde nadie supiese de ella; y

envió por el ermitaño que la había traído allí para que la llevase, y

era ya muerto. Y nuestro Señor, que tenía determinado se hiciese

allí esta casa de nuestra Señora, no la dio lugar a que se fuese;

porque -como he dicho- entiendo se sirve mucho allí. Tienen gran

aparejo, y vese bien en ellos que gustan de estar apartados de

gente; en especial el prior, que también le sacó Dios, para tomar

este hábito, de harto regalo, y así le ha pagado bien con hacérselos

espirituales.

35. Hízonos allí mucha caridad. Diéronnos de lo que tenían en la

iglesia, para la que íbamos a fundar, que, como esta santa era

querida de tantas personas principales, estaba bien proveída de

ornamentos. Yo me consolé muy mucho lo que allí estuve, aunque

con harta confusión, y me dura; porque veía que la que había hecho

allí la penitencia tan áspera era mujer como yo, y más delicada, por

ser quien era y no tan gran pecadora como yo soy; que en esto, de

la una a la otra no se sufre comparación, y he recibido muy mayores

mercedes de nuestro Señor de muchas maneras, y no me tener ya

en el infierno, según mis grandes pecados, es grandísima. Sólo el

deseo de remedarla, si pudiera, me consolaba, mas no mucho;

porque toda mi vida se me ha ido en deseos y las obras no lashago.

Válgame la misericordia de Dios, en quien yo he confiado siempre

por su Hijo sacratísimo y la Virgen nuestra Señora, cuyo hábito por

la bondad del Señor traigo.

36. Acabando de comulgar un día en aquella santa iglesia, me dio

un recogimiento muy grande con una suspensión que me enajenó.

En ella se me representó esta santa mujer por visión intelectual,

como cuerpo glorificado, y algunos ángeles con ella. Díjome que no

me cansase, sino que procurase ir adelante en estas fundaciones.

Entiendo yo, aunque no lo señaló, que ella me ayudaba delante de

Dios. También me dijo otra cosa que no hay para qué la escribir. Yo

quedé harto consolada y con deseo de trabajar. Y espero en la

bondad del Señor, que con tan buena ayuda como estas oraciones,

podré servirle en algo.

Veis aquí, hermanas mías, cómo ya acabaron estos trabajos, y la

gloria que tiene será sin fin. Esforcémonos ahora, por amor de

nuestro Señor, a seguir esta hermana nuestra. Aborreciéndonos a

nosotras mismas, como ella se aborreció, acabaremos nuestra

jornada, pues se anda con tanta brevedad y se acaba todo.

37. Llegamos el domingo primero de la cuaresma, que era víspera

de la Cátedra de San Pedro, día de San Barbaciani, año de 1580, a

Villanueva de la Jara. Este mismo día se puso el Santísimo

Sacramento en la iglesia de la gloriosa Santa Ana, a la hora de

misa mayor. Saliéronnos a recibir todo el ayuntamiento y otros

algunos con el doctor Ervías, y fuímonos a apear a la iglesia del

pueblo, que estaba bien lejos de la de Santa Ana. Era tanta la

alegría de todo el pueblo, que me hizo harta consolación ver con el

contento que recibían la Orden de la sacratísima Virgen Señora

nuestra. Desde lejos oíamos el repicar de las campanas. Entradas

en la iglesia, comenzaron el Te Deum, un verso la capilla de canto

de órgano, y otro el órgano. Acabado, tenían puesto el Santísimo

Sacramento en unas andas y a nuestra Señora en otras, con cruces

y pendones. Iba la procesión con harta autoridad. Nosotras, con

nuestras capas blancas y velos delante del rostro, íbamos en mitad,

cabe el Santísimo Sacramento, y junto a nosotras nuestros frailes

Descalzos, que fueron hartos del monasterio, y los franciscos (que

hay monasterio en el lugar, de San Francisco) iban allí, y un fraile

dominico, que se halló en el lugar, que aunque era solo me dio

contento ver allí aquel hábito. Como era lejos, había muchos

altares. Deteníanse algunas veces diciendo letras de nuestra

Orden, que nos hacía harta devoción y ver que todos iban alabando

al gran Dios que llevábamos presente, y que por El se hacía tanto

caso de siete pobrecillas Descalzas que íbamos allí. Con todo esto

que yo consideraba, me hacía harta confusión, acordándome iba yo

entre ellas, y cómo, si se hubiera de hacer como yo merecía, fuera

volverse todos contra mí.

38. Heos dado tan larga cuenta de esta honra que se hizo al hábito

de la Virgen para que alabéis a nuestro Señor y le supliquéis se

sirva de esta fundación; porque con más contento estoy cuando es

con mucha persecución y trabajos, y con más gana os los cuento.

Verdad es que estas hermanas que estaban aquí los han pasado

casi seis años; al menos más de cinco y medio que ha que entraron

en esta casa de la gloriosa Santa Ana, dejada la mucha pobreza y

trabajo que tenían en ganar de comer, porque nunca quisieron pedir

limosna (la causa era porque no les pareciese estaban allí para que

las diesen de comer), y la gran penitencia que hacían, así en

ayunar mucho y comer poco, malas camas y muy poquita casa, que

para tanto encerramiento como siempre tuvieron era harto trabajo.

39. El mayor que me dijeron habían tenido era el grandísimo deseo

de verse con el hábito, que éste noche y día las atormentaba

grandísimamente, pareciéndoles nunca lo habían de ver, y así toda

su oración era porque Dios las hiciese esta merced, con lágrimas

muy ordinarias. Y en viendo que había algún desvío, se afligían en

extremo y crecía la penitencia. De lo que ganaban, dejaban de

comer para pagar los mensajeros que iban a mí, y mostrar la gracia

que ellas podían con su pobreza a los que las podían ayudar en

algo. Bien entiendo yo, después que las traté y vi su santidad, que

sus oraciones y lágrimas habían negociado para que la Orden las

admitiese. Y así he tenido por muy mayor tesoro que estén en ella

tales almas, que si tuvieran mucha renta, y espero irá la casa muy

adelante.

40. Pues como entramos en la casa, estaban todas a la puerta de

adentro cada una de su librea; porque como entraron se estaban,

que nunca habían querido tomar traje de beatas, esperando esto,

aunque el que tenían era harto honesto; que bien parecía en él

tener poco cuidado de sí, según estaban mal aliñadas, y casi todas

tan flacas, que se mostraba haber tenido vida de harta penitencia.

41. Recibiéronnos con hartas lágrimas del gran contento, y hase

parecido no ser fingidas y su mucha virtud en la alegría que tienen y

la humildad y obediencia a la Priora; y a todas las que vinieron a

fundar no saben placeres que les hacer. Todo su miedo era si se

habían de tornar a ir, viendo su pobreza y poca casa. Ninguna

había mandado, sino, con gran hermandad, cada una trabajaba lo

más que podía. Dos, que eran de más edad, negociaban cuando

era menester; las otras jamás hablaban con ninguna, persona, ni

querían. Nunca tuvieron llave a la puerta, sino una aldaba; ni

ninguna osaba llegar a ella, sino la más vieja respondía. Dormían

muy poco, por ganar de comer y por no perder la oración, que

tenían hartas horas; los días de fiesta, todo el día. Por los libros de

fray Luis de Granada y de fray Pedro de Alcántara se gobernaban.

42. El más tiempo rezaban el Oficio Divino, con un poco que sabían

leer, que sola una lee bien, y no con breviarios conformes. Unos les

habían dado de lo viejo romano algunos clérigos, como no se

aprovechaban de ellos; otros, como podían. Y como no sabían leer,

estábanse muchas horas. Esto no lo rezaban adonde de fuera las

oyesen. Dios tomaría su intención y trabajo, que pocas verdades

debían decir. Como el padre fray Antonio de Jesús las comenzó a

tratar, hizo que no rezasen sino el oficio de nuestra Señora. Tenían

su horno en que cocían el pan, y todo con un concierto como si

tuvieran quien las mandara.

43. A mí me hizo alabar a nuestro Señor, y mientras más las trataba

más contento me daba haber venido. Paréceme que por muchos

trabajos que hubiera de pasar, no quisiera haber dejado de consolar

estas almas. Y las que quedan de mis compañeras me decían que

luego a los primeros días les hizo alguna contradicción, mas que

como las fueron conociendo y entendiendo su virtud, estaban

alegrísimas de quedar con ellas y las tenían mucho amor. Gran

cosa puede la santidad y virtud. Verdad es que eran tales, que

aunque hallaran muchas dificultades y trabajos los llevaran bien con

el favor del Señor, porque desean padecer en su servicio. Y la

hermana que no sintiere en sí este deseo, no se tenga por

verdadera Descalza, pues no han de ser nuestros deseos

descansar, sino padecer por imitar en algo a nuestro verdadero

Esposo. Plega a Su Majestad nos dé gracia para ello, amén.

44. De donde comenzó esta ermita de Santa Ana, fue de esta

manera: vivía aquí en este dicho lugar de Villanueva de la Jara un

clérigo natural, de Zamora, que había sido fraile de nuestra Señora

del Carmen. Era devoto de la gloriosa Santa Ana. Llamábase Diego

de Guadalajara, y así hizo cabe su casa esta ermita, y tenía por

donde oír misa; y con la gran devoción que tenía, fue a Roma y

trajo una bula con muchos perdones para esta iglesia o ermita. Era

hombre virtuoso y recogido. Cuando murió, mandó en su

testamento que esta casa y todo lo que tenía fuese para un

monasterio de monjas de nuestra Señora del Carmen; y si esto no

hubiese efecto, que lo tuviese un capellán que dijese algunas misas

cada semana, y que cada y cuando que fuese monasterio, no se

tuviese obligación de decir las misas.

45. Estuvo así con un capellán más de veinte años, que tenía la

hacienda bien desmedrada, porque, aunque estas doncellas

entraron en la casa, sola la casa tenían. El capellán estaba en otra

casa de la misma capellanía, que dejará ahora con lo demás, que

es bien poco; mas la misericordia de Dios es tan grande que no

dejará de favorecer la casa de su gloriosa abuela. Plega a Su

Majestad que sea siempre servido en ella, y le alaben todas las

criaturas por siempre jamás, amén.

------------------------------------------------------------------------

CAPÍTULO 29

Trátase de la fundación de San José de nuestra Señora de la Calle

en Palencia, que fue año de 1580, día del Rey David.

1. Habiendo venido de la fundación de Villanueva de la Jara,

mandóme el prelado ir a Valladolid a petición del obispo de

Palencia, que es don Alvaro de Mendoza, que el primer monasterio

que fue San José de Avila admitió y favoreció (3,) y siempre, en

todo lo que toca a esta Orden, favorece. Y como había dejado el

obispado de Avila y pasádose a Palencia, púsole nuestro Señor en

voluntad que allí hiciese otro de esta sagrada Orden.

Llegada a Valladolid, diome una enfermedad tan grande que

pensaron muriera. Quedé tan desganada y tan fuera de parecerme

podría hacer nada, que aunque la priora de nuestro monasterio de

Valladolid, que deseaba mucho esta fundación, me importunaba, no

podía persuadirme, ni hallaba principio; porque el monasterio había

de ser de pobreza, y decíanme no se podría sustentar, que era

lugar muy pobre.

2. Había casi un año que se trataba hacerle junto con el de Burgos,

y antes no estaba yo tan fuera de ello. Mas entonces eran muchos

los inconvenientes que hallaba, no habiendo venido a otra cosa a

Valladolid. No sé si era el mucho mal y flaqueza que me había

quedado, o el demonio que quería estorbar el bien que se ha hecho

después. Verdad es que a mí me tiene espantada y lastimada, que

hartas veces me quejo a nuestro Señor lo mucho que participa la

pobre alma de la enfermedad del cuerpo; que no parece sino que

ha de guardar sus leyes, según las necesidades y cosas que le

hacen parecer.

3. Uno de los grandes trabajos y miserias de la vida me parece

éste, cuando no hay espíritu grande que le sujete; porque tener mal

y padecer grandes dolores, aunque es trabajo, si el alma está

despierta, no lo tengo en nada, porque está alabando a Dios, y con

considerar viene de su mano. Mas por una parte padeciendo y por

otra no obrando, es terrible cosa, en especial si es alma que se ha

visto con grandes deseos de no descansar interior ni exteriormente,

sino emplearse toda en servicio de su gran Dios. Ningún otro

remedio tiene aquí sino paciencia y conocer su miseria y dejarse en

la voluntad de Dios, que se sirva de ella en lo que quisiere y como

quisiere. De esta manera estaba yo entonces, aunque ya en

convalecencia; mas la flaqueza era tanta, que aun la confianza que

me solía dar Dios en haber de comenzar estas fundaciones tenía

perdida. Todo se me hacía imposible, y si entonces acertara con

alguna persona que me animara, hiciérame mucho provecho; mas

unos me ayudaban a temer, otros, aunque me daban alguna

esperanza, no bastaba para mi pusilanimidad.

4. Acertó a venir allí un padre de la Compañía, llamado el maestro

Ripalda, con quien yo me había confesado un tiempo, gran siervo

de Dios. Yo le dije cuál estaba y que a él le quería tomar en lugar

de Dios, que me dijese lo que le parecía. El comenzóme a animar

mucho y díjome que de vieja tenía ya esa cobardía. Mas bien veía

yo que no era eso, que más vieja soy ahora y no la tengo; y aun él

también lo debía entender, sino para reñirme, que no pensase era

de Dios. Andaba entonces esta fundación de Palencia y la de

Burgos juntamente, y para la una ni la otra yo no tenía nada; mas

no era esto, que con menos suelo comenzar. El me dijo que en

ninguna manera lo dejase. Lo mismo me había dicho poco había,

en Toledo, un provincial de la Compañía, llamado Baltasar Alvarez,

mas entonces estaba yo buena.

5. Aquello no bastó para determinarme, aunque me hizo harto al

caso; no acabé del todo de determinarme, porque, o el demonio, o -

como he dicho- la enfermedad me tenía atada; mas quedémuy

mejor. La priora de Valladolid ayudaba cuanto podía, porque tenía

gran deseo de la fundación de Palencia; mas como me veía tan

tibia, también temía.

Ahora venga el verdadero calor, pues no bastan las gentes ni los

siervos de Dios; adonde se entenderá muchas veces no ser yo

quien hace nada en estas fundaciones, sino quien es poderoso para

todo.

[6]. Estando yo un día, acabando de comulgar, puesta en estas

dudas y no determinada a hacer ninguna fundación, había

suplicado a nuestro Señor me diese luz para que en todo hiciese yo

su voluntad; que la tibieza no era de suerte que jamás un punto me

faltaba este deseo. Díjome nuestro Señor con una manera de

reprensión: ¿Qué temes? ¿Cuándo te he yo faltado? El mismo que

he sido, soy ahora; no dejes de hacer estas dos fundaciones.

¡Oh gran Dios!, ¡y cómo son diferentes vuestras palabras de las de

los hombres! Así quedé determinada y animada, que todo el mundo

no bastara a ponerme contradicción, y comencé luego a tratar de

ello, y comenzó nuestro Señor a darme medios.

7. Tomé dos monjas para comprar la casa. Ya, aunque me decían

no era posible vivir de limosna en Palencia, era como no me lo

decir; porque haciéndola de renta, ya veía yo que por entonces no

podía ser; y pues Dios decía que se hiciese, que Su Majestad lo

proveería. Y así, aunque no estaba del todo tornada en mí, me

determiné a ir, con ser el tiempo recio; porque partí de Valladolid el

día de los Inocentes, en el año que he dicho, que por aquel año que

entraba, hasta San Juan, un caballero de allí nos había dado una

casa que él tenía alquilada, que se había ido a vivir de allí.

8. Yo escribí a un canónigo de la misma ciudad, aunque no le

conocía; mas un amigo suyo me dijo que era siervo de Dios, y a mí

se me asentó nos había de ayudar mucho, porque el mismo Señor,

como se ha visto en las demás fundaciones, toma en cada parte

quien le ayude, que ya ve Su Majestad lo poco que yo puedo hacer.

Yo le envié a suplicar que lo más secretamente que pudiese me

desembarazase la casa, porque estaba allí un morador, y que no le

dijese para lo que era; porque, aunque habían mostrado algunas

personas principales voluntad y el Obispo la tenía tan grande, yo

veía era lo más seguro que no se supiese.

9. El canónigo Reinoso (que así se llamaba a quien escribí) lo hizo

tan bien, que no sólo la desembarazó, mas teníamos camas y

muchos regalos harto cumplidamente; y habíamoslo menester,

porque el frío era mucho y el día de antes había sido trabajoso, con

una gran niebla, que casi no nos veíamos. A la verdad, poco

descansamos hasta tener acomodado adonde decir otro día misa;

porque antes que nadie supiesen, estábamos allí; (que esto he

hallado ser lo que conviene en estas fundaciones, porque si

comienza a andar en pareceres, el demonio lo turba todo, aunque él

no puede salir con nada, mas inquieta). Así se hizo, que luego de

mañana, casi en amaneciendo, dijo misa un clérigo que iba con

nosotras, llamado Porras, harto siervo de Dios, y otro amigo de las

monjas de Valladolid, llamado Agustín de Victoria, que me había

prestado dineros para acomodar la casa, y regalado harto por el

camino.

10. Ibamos, conmigo, cinco monjas y una compañera que ha días

que anda conmigo, freila, mas tan gran sierva de Dios y discreta,

que me puede ayudar más que otras que son del coro. Aquella

noche poco dormimos, aunque -como digo- había sido trabajoso el

camino, por las aguas que había habido.

11. Yo gusté mucho se fundase aquel día, por ser el rezado del rey

David, de quien yo soy devota. Luego esa mañana lo envié a decir

al ilustrísimo Obispo, que aún no sabía iba aquel día. El fue luego

allá con una caridad grande, que siempre la ha tenido con nosotras.

Dijo nos daría todo el pan que fuese menester, y mandó al Provisor

nos proveyese de muchas cosas. Es tanto lo que esta Orden le

debe, que quien leyere estas fundaciones de ella está obligado a

encomendarle a nuestro Señor, vivo o muerto, y así se lo pido por

caridad. Fue tanto el contento que mostró el pueblo y tan general,

que fue cosa muy particular, porque ninguna persona hubo que le

pareciese mal. Mucho ayudó saber lo quería el Obispo, por ser allí

muy amado. Mas toda la gente es de la mejor masa y nobleza que

yo he visto, y así cada día me alegro más de haber fundado allí.

12. Como la casa no era nuestra, luego comenzamos a tratar de

comprar otra, que aunque aquella se vendía, estaba en muy mal

puesto, y con la ayuda que yo llevaba de las monjas que habían de

ir, parece podíamos hablar con algo, que, aunque era poco, para

allí era mucho; aunque, si Dios no diera los buenos amigos que nos

dio, todo no era nada; que el buen canónigo Reinoso trajo otro

amigo suyo, llamado el canónigo Salinas, de gran caridad y

entendimiento, y entre entrambos tomaron el cuidado como si fuera

para ellos propios, y aun creo más, y le han tenido siempre de

aquella casa.

13. Está en el pueblo una casa de mucha devoción de nuestra

Señora, como ermita, llamada nuestra Señora de la Calle. En toda

la comarca y ciudad es grande la devoción que se le tiene y la

gente que acude allí. Parecióle a Su Señoría y a todos, que

estaríamos bien cerca de aquella iglesia. Ella no tenía casa, mas

estaban dos juntas, que, comprándolas, eran bastantes para

nosotras, junto con la iglesia. Esta nos había de dar el cabildo y

unos cofrades de ella, y así se comenzó a procurar. El cabildo luego

nos hizo merced de ella, y aunque hubo harto en qué entender con

los cofrades, también lo hicieron bien; que, como he dicho, es gente

virtuosa la de aquel lugar, si yo la he visto en mi vida.

14. Como los dueños de las casas vieron que las habíamos gana,

comienzan a estimarlas más, y con razón. Yo las quise ir a ver, y

pareciéronme tan mal, que en ninguna manera las quisiera, y a las

que iban con nosotras. Después se ha visto claro que el demonio

hizo mucho de su parte, porque le pesaba de que fuésemos allí.

Los dos canónigos que andaban en ello, parecíales lejos de la

iglesia mayor, como lo está, mas en donde hay más gente en la

ciudad. En fin, nos determinamos todos de que no convenía aquella

casa, que se buscase otra. Esto comenzaron a hacer aquellos dos

señores canónigos con tanto cuidado y diligencia, que me hacía

alabar a nuestro Señor, sin dejar cosa que les pareciese podía

convenir. Vinieron a contentarse de una, que era de uno que llaman

Tamayo. Estaba con algunas partes muy aparejadas para venirnos

bien y cerca de la casa de un caballero principal, llamado Suero de

Vega, que nos favorece mucho y tenía gran gana que fuésemos allí

y otras personas del barrio.

15. Aquella casa no era bastante, mas dábannos con ella otra,

aunque no estaba de manera que nos pudiésemos una con otra

bien acomodar. En fin, por las nuevas que de ella me daban yo lo

deseaba que se efectuase, mas no quisieron aquellos señores sino

que la viese primero. Yo siento tanto salir por el pueblo, y fiaba

tanto de ellos, que no había remedio. En fin, fui y también a las de

nuestra Señora, aunque no con intento de tomarlas, sino porque al

de la otra no le pareciese no teníamos remedio sino la suya, y

parecióme tan mal como he dicho y a las que iban allí, que ahora

nos espantamos cómo nos pudo parecer tan mal. Y con aquello

fuimos a la otra ya con determinación que no había de ser otra; y

aunque hallábamos hartas dificultades, pasábamos por ellas,

aunque se podían harto mal remediar, que para hacer la iglesia, y

aun no buena, se quitaba todo lo que había bueno para vivir.

16. Cosa extraña es ir ya determinada a una cosa: a la verdad,

diome la vida para fiar poco de mí, aunque entonces no era yo sola

la engañada. En fin, nos fuimos ya determinadas de que no fuese

otra y de dar lo que había pedido, que era harto, y escribirle, que no

estaba en la ciudad, mas cerca.

17. Parecerá cosa impertinente haberme detenido tanto en el

comprar de la casa, hasta que se vea el fin que debía llevar el

demonio para que no fuésemos a la de nuestra Señora, que cada

vez que se me acuerda me hace temer.

18. Idos todos determinados -como he dicho- a no tomar otra, otro

día en misa comiénzame un cuidado grande de si hacía bien, y con

desasosiego que casi no me dejó estar quieta en toda la misa. Fui a

recibir el Santísimo Sacramento, y luego en tomándole entendí

estas palabras, de tal manera que me hizo determinar del todo a no

tomar la que pensaba, sino la de nuestra Señora: Esta te conviene.

Yo comencé a parecerme cosa recia en negocio tan tratado y que

tanto querían los que lo miraban con tanto cuidado.

Respondióme el Señor: No entienden ellos lo mucho que soy

ofendido allí, y esto será gran remedio.

Pasóme por pensamiento no fuese engaño, aunque no para creerlo,

que bien conocía en la operación que hizo en mí, que era espíritu

de Dios. Díjome luego: Yo soy.

19. Quedé muy sosegada y quitada la turbación que antes tenía,

aunque no sabía cómo remediar lo que estaba hecho y el mucho

mal que había dicho de aquella casa, y a mis hermanas, que les

había encarecido cuán mala era y que no quisiera hubiéramos ido

allí sin verla, por nada; aunque de esto no se me daba tanto, que ya

sabía tendrían por bueno lo que yo hiciese, sino de los demás que

lo deseaban: parecía me tendrían por vana y movible, pues tan

presto mudaba, cosa que yo aborrezco mucho. No eran todos estos

pensamientos para que me moviesen poco ni mucho en dejar de ir

a la casa de nuestra Señora, ni me acordaba ya que no era buena;

porque, a trueco de estorbar las monjas un pecado venial, era cosa

de poco momento todo lo demás, y cualquiera de ellas que supiera

lo que yo, estuviera en esto mismo, a mi parecer.

20. Tomé este remedio: yo me confesaba con el canónigo Reinoso,

que era uno de estos dos que me ayudaban, aunque no le había

dado parte de cosas de espíritu de esta suerte, porque no se había

ofrecido ocasión adonde hubiese sido menester; y como lo he

acostumbrado siempre en estas cosas hacer lo que el confesor me

aconsejare, por ir camino más seguro, determiné de decírselo

debajo de mucho secreto, aunque no me hallaba yo determinada en

dejar de hacer lo que había entendido sin darme harta pesadumbre.

Mas, en fin, lo hiciera, que yo fiaba de nuestro Señor lo que otras

veces he visto, que Su Majestad muda al confesor, aunque esté de

otra opinión, para que haga lo que El quiere.

21. Díjele primero las muchas veces que nuestro Señor

acostumbraba enseñarme así y que hasta entonces se habían visto

muchas cosas en que se entendía ser espíritu suyo, y contéle lo

que pasaba; mas que yo haría lo que a él le pareciese, aunque me

sería pena. El es muy cuerdo y santo y de buen consejo en

cualquiera cosa, aunque es mozo; y aunque vio había de ser nota,

no se determinó a que se dejase de hacer lo que se había

entendido. Yo le dije que esperásemos al mensajero, y as&iabute;

le pareció; que yo confiaba en Dios que El lo remediaría. Y así fue,

que, con haberle dado todo lo que quería y había pedido, tornó a

pedir otros trescientos ducados más, que parecía desatino, porque

se le pagaba demasiado. Con esto vimos lo hacía Dios, porque a él

le estaba muy bien vender, y estando concertado, pedir más no

llevaba camino.

22. Con esto se remedió harto, que dijimos que nunca acabaríamos

con él, mas no del todo; porque estaba claro que por trescientos

ducados no se había de dejar casa que parecía convenir a un

monasterio. Yo dije a mi confesor que de mi crédito no se le diese

nada, pues a él le parecía se hiciese; sino que dijese a su

compañero que yo estaba determinada a que cara o barata, ruin o

buena, se comprase la de nuestra Señora. El tiene un ingenio en

extremo vivo, y aunque no se le dijo nada, de ver mudanza tan

presto, creo lo imaginó, y así no me apretó más en ello.

23. Bien hemos visto todos después el gran yerro que hacíamos en

comprar la otra, porque ahora nos espantamos de ver las grandes

ventajas que la hace, dejado lo principal, que se echa bien de ver

se sirven nuestro Señor y su gloriosa Madre allí y que se quitan

hartas ocasiones. Porque eran muchas las velas de noche, adonde,

como no era sino sola ermita, podían hacer muchas cosas que el

demonio le pesaba se quitasen, y nosotras nos alegramos de poder

en algo servir a nuestra Madre y Señora y Patrona. Y era harto mal

hecho no lo haber hecho antes, porque no habíamos de mirar más.

Ello se ve claro ponía en muchas cosas ceguedad el demonio,

porque hay allí muchas comodidades que no se hallaran en otra

parte y grandísimo contento de todo el pueblo, que lo deseaban, y

aun los que querían fuésemos a la otra, les parecía después muy

bien.

24. Bendito sea el que me dio luz en esto, para siempre jamás; y

así me la da en si alguna cosa acierto a hacer bien, que cada día

me espanta más el poco talento que tengo en todo. Y esto no se

entienda que es humildad, sino que cada día lo voy viendo más:

que parece quiere nuestro Señor conozca yo y todos que sólo es

Su Majestad el que hace estas obras, y que, como dio vista al ciego

con lodo, quiere que a cosa tan ciega como yo haga cosa que no lo

sea. Por cierto, en esto había cosas -como he dicho- de harta

ceguedad, y cada vez que se me acuerda, querría alabar a nuestro

Señor de nuevo por ello; sino que aun para esto no soy, ni sé cómo

me sufre. Bendita sea su misericordia, amén.

25. Pues luego se dieron prisa estos santos amigos de la Virgen a

concertar las casas, y, a mi parecer, las dieron baratas. Trabajaron

harto, que en cada una quiere Dios haya qué merecer en estas

fundaciones a los que nos ayudan, y yo soy la que no hago nada,

como otras veces he dicho, y nunca lo querría dejar de decir,

porque es verdad. Pues lo que ellos trabajaron en acomodar la casa

y dando también dineros para ello, porque yo no los tenía, fue muy

mucho, junto con fiarla; que primero que en otras partes hallo un

fiador, no de tanta cantidad, me veo afligida; y tienen razón, porque

si no lo fiasen de nuestro Señor, yo no tengo blanca. Mas Su

Majestad me ha hecho siempre tanta merced, que nunca por

hacérmela perdieron nada, ni se dejó de pagar muy bien, que la

tengo por grandísima.

26. Como no se contentaron los de las casas con ellos dos por

fiadores, fuéronse a buscar el Provisor, que había nombre

Prudencio, y aun no sé si me acuerdo bien; así me lo dicen ahora,

que, como le llamábamos provisor, no lo sabía. Es de tanta caridad

con nosotras, que era mucho lo que le debíamos y le debemos.

Preguntóles adónde iban; díjoles que a buscarle para que firmase

aquella fianza. El se rió. Dijo: «¿pues a fianza de tantos dineros me

decís de esa manera?». Y luego, desde la mula, la firmó, que para

los tiempos de ahora es de ponderar.

27. Yo no querría dejar de decir muchos loores de la caridad que

hallé en Palencia, en particular y general. Es verdad que me

parecía cosa de la primitiva Iglesia, al menos no muy usada ahora

en el mundo, ver que no llevábamos renta y que nos habían de dar

de comer, y no sólo no defenderlo, sino decir que les hacía Dios

merced grandísima. Y si se mirase con luz, decían verdad; porque,

aunque no sea sino haber otra iglesia adonde está el Santísimo

Sacramento más, es mucho.

28. ¡Sea por siempre bendito, amén!, que bien se va entendiendo

se ha servido de que esté allí y que debía haber algunas cosas de

impertinencias que ahora no se hacen; porque, como velaban allí

mucha gente y la ermita estaba sola, no todos iban por devoción.

Ello se va remediando. La imagen de nuestra Señora estaba puesta

muy indecentemente. Hale hecho capilla por sí el obispo Don Alvaro

de Mendoza, y poco a poco se van haciendo cosas en honra y

gloria de esta gloriosa Virgen y su Hijo. ¡Sea por siempre alabado,

amén, amén!

29. Pues acabada de aderezar la casa para el tiempo de pasar allá

las monjas, quiso el obispo fuese con gran solemnidad. Y así fue un

día de la octava del Santísimo Sacramento, que él mismo vino de

Valladolid, y se juntó al Cabildo con las Ordenes, y casi todo el

lugar. Mucha música. Fuimos, desde la casa adonde estábamos

todas, en procesión, con nuestras capas blancas y velos delante del

rostro, a una parroquia que estaba cerca de la casa de nuestra

Señora, que la misma imagen vino también por nosotras, y de allí

tomamos el Santísimo Sacramento y se puso en la iglesia con

mucha solemnidad y concierto. Hizo harta devoción. Iban más

monjas, que habían venido allí para la fundación de Soria, y con

candelas en las manos. Yo creo fue el Señor harto alabado aquel

día en aquel lugar. Plega a El para siempre lo sea de todas las

criaturas, amén, amén.

30. Estando en Palencia, fue Dios servido que se hizo el

apartamiento de los Descalzos y Calzados, haciendo provincia por

sí, que era todo lo que deseábamos para nuestra paz y sosiego.

Trájose, por petición de nuestro católico rey Don Felipe, de Roma,

un Breve muy copioso para esto, y Su Majestad nos favoreció

mucho en este fin, como lo había comenzado. Hízose capítulo en

Alcalá por mano de un reverendo padre, llamado fray Juan de las

Cuevas, que era entonces prior de Talavera. Es de la Orden de

Santo Domingo, que vino señalado de Roma, nombrado por Su

Majestad, persona muy santa y cuerda, como era menester para

cosa semejante. Allí les hizo la costa el Rey, y por su mandato los

favoreció toda la Universidad. Hízose en el Colegio de Descalzos

que hay allí nuestro, de San Cirilo, con mucha paz y concordia.

Eligieron por provincial al padre maestro fray Jerónimo Gracián de

la Madre de Dios.

31. Porque esto escribirán estos Padres en otra parte como pasó,

no había para qué tratar yo de ello. Helo dicho, porque estando en

esta fundación acabó nuestro Señor cosa tan importante a la honra

y gloria de su gloriosa Madre, pues es de su Orden, como Señora y

Patrona que es nuestra; y me dio a mí uno de los grandes gozos y

contentos que podía recibir en esta vida, que más había de 25 años

que los trabajos y persecuciones y aflicciones que había pasado,

sería largo de contar y sólo nuestro Señor lo puede entender. Y

verlo ya acabado, si no es quien sabe los trabajos que se ha

padecido, no puede entender el gozo que vino a mi corazón y el

deseo que yo tenía que todo el mundo alabase a nuestro Señor y le

ofreciésemos a este nuestro santo rey don Felipe, por cuyo medio lo

había Dios traído a tan buen fin. Que el demonio se había dado tal

maña, que ya iba todo por el suelo, si no fuera por él.

32. Ahora estamos todos en paz, Calzados y Descalzos. No nos

estorba nadie a servir a nuestro Señor. Por eso, hermanos y

hermanas mías, pues tan bien ha oído sus oraciones, prisa a servir

a Su Majestad. Miren los presentes que son testigos de vista, las

mercedes que nos ha hecho y de los trabajos y desasosiegos que

nos ha librado; y los que están por venir, pues lo hallan llano todo,

no dejen caer ninguna cosa de perfección, por amor de nuestro

Señor. No se diga por ellos lo que de algunas Ordenes, que loan

sus principios. Ahora comenzamos y procuren ir comenzando

siempre de bien en mejor. Miren que por muy pequeñas cosas va el

demonio barrenando agujeros por donde entren las muy grandes.

No les acaezca decir: «En esto no va nada, que son extremos». ¡Oh

hijas mías, que en todo va mucho, como no sea ir adelante!

33. Por amor de nuestro Señor les pido se acuerden cuán presto se

acaba todo y la merced que nos ha hecho nuestro Señor a traernos

a esta Orden, y la gran pena que tendrá quien comenzare alguna

relajación. Sino que pongan siempre los ojos en la casta de donde

venimos, de aquellos santos Profetas. ¡Qué de santos tenemos en

el cielo que trajeron este hábito! Tomemos una santa presunción,

con el favor de Dios, de ser nosotros como ellos. Poco durará la

batalla, hermanas mías, y el fin es eterno. Dejemos estas cosas que

en sí no son, si no es las que nos allegan a este fin que no tiene fin,

para más amarle y servirle, pues ha de vivir para siempre jamás,

amén, amén.

A Dios sean dadas gracias.

------------------------------------------------------------------------

JHS

CAPÍTULO 30

Comienza la fundación del monasterio de la Santísima Trinidad en

la ciudad de Soria. Fundóse el año de 1581. Díjose la primera misa

día de nuestro padre San Eliseo.

1. Estando yo en Palencia, en la fundación que queda dicha de allí,

me trajeron una carta del obispo de Osma, llamado el Doctor

Velázquez, a quien, siendo él canónigo y catedrático en la iglesia

mayor de Toledo y andando yo todavía con algunos temores,

procuré tratar, porque sabía era muy gran letrado y siervo de Dios; y

así le importuné mucho tomase cuenta con mi alma y me

confesase. Con ser muy ocupado, como se lo pedí por amor de

nuestro Señor y vio mi necesidad, lo hizo de tan buena gana, que

yo me espanté, y me confesó y trató todo el tiempo que yo estuve

en Toledo, que fue harto. Yo le traté con toda llaneza mi alma,

como tengo de costumbre. Hízome tan grandísimo provecho, que

desde entonces comenzé a andar sin tantos temores. Verdad es

que hubo otra ocasión, que no es para aquí. Mas, en efecto, me

hizo gran provecho, porque me aseguraba con cosas de la Sagrada

Escritura, que es lo que más a mí me hace al caso cuando tengo la

certidumbre de que lo sabe bien, que la tenía de él, junto con su

buena vida.

2. Esta carta me escribía desde Soria, adonde estaba al presente.

Decíame cómo una señora que allí confesaba le había tratado de

una fundación de monasterio de monjas nuestras que le parecía

bien; que él había dicho acabaría conmigo que fuese allá a

fundarla; que no le echase en falta, y que, como me pareciese era

cosa que convenía, se lo hiciese saber, que él enviaría por mí. Yo

me holgué harto, porque, dejado ser buena la fundación, tenía

deseo de comunicar con él algunas cosas de mi alma, y de verle;

que, del gran provecho que la hizo, le había yo cobrado mucho

amor.

3. Llámase esta señora fundadora Doña Beatriz de Beamonte y

Navarra, porque viene de los reyes de Navarra, hija de Don Francés

de Beamonte, de claro linaje y muy principal. Fue casada algunos

años y no tuvo hijos y quedóle mucha hacienda y había mucho que

tenía por sí de hacer un monasterio de monjas. Como lo trató con el

Obispo y él le dio noticia de esta Orden de nuestra Señora de

Descalzas, cuadróle tanto, que le dio gran prisa para que se

pusiese en efecto.

4. Es una persona de blanda condición, generosa, penitente; en fin,

muy sierva de Dios. Tenía en Soria una casa buena, fuerte, en

harto buen puesto; y dijo que nos daría aquélla con todo lo que

fuese menester para fundar, y ésta dio con quinientos ducados de

juro de a 25 el millar. El Obispo se ofreció a dar una iglesia harto

buena, toda de bóveda, que era de una parroquia que estaba cerca,

que con un pasadizo nos ha podido aprovechar. Y púdolo hacer

bien, porque era pobre, y allí hay muchas iglesias, y así la pasó a

otra parte. De todo esto me dio relación en su carta. Yo lo traté con

el padre Provincial, que fue entonces allí; y a él y a todos los

amigos les pareció escribiese con un propio viniesen por mí; porque

ya estaba la fundación de Palencia acabada, y yo que me holgué

harto de ello, por lo dicho.

5. Yo comencé a traer las monjas que había de llevar allá conmigo,

que fueron siete, porque aquella señora antes quisiera más que

menos, y una freila, y mi compañera y yo. Vino persona por

nosotras bien para el propósito, en diligencia, porque yo le dije

había de llevar dos padres conmigo, Descalzos; y así llevé al padre

Nicolás de Jesús María, hombre de mucha perfección y discreción,

natural de Génova. Tomó el hábito ya de más de cuarenta años, a

mi parecer (al menos los ha ahora y ha pocos que le tomó), mas ha

aprovechado tanto en poco tiempo, que bien parece le escogió

nuestro Señor para que en estos tan trabajosos de persecuciones

ayudase a la Orden, que ha hecho mucho; porque los demás que

podían ayudar, unos estaban desterrados, otros encarcelados. De

él, como no tenía oficio, que había poco -como digo- que estaba en

la Orden, no hacían tanto caso, o lo hizo Dios para que me quedase

tal ayuda.

6. Es tan discreto, que se estaba en Madrid en el monasterio de los

Calzados, como para otros negocios, con tanta disimulación, que

nunca le entendieron trataba de éstos, y así le dejaban estar.

Escribíamonos a menudo, que estaba yo en el monasterio de San

José de Avila, y tratábamos lo que convenía, que esto le daba

consuelo. Aquí se verá la necesidad en que estaba la Orden, pues

de mí se hacía tanto caso, a falta como dicen, de hombres buenos.

En todos estos tiempos experimenté su perfección y discreción; y

así es de los que yo amo mucho en el Señor y tengo en mucho, de

esta Orden. Pues él y un compañero lego fueron con nosotras.

7. Tuvo poco trabajo en este camino; porque el que envió el Obispo

nos llevaba con harto regalo y ayudó a poder dar buenas posadas,

que en entrando en el obispado de Osma querían tanto al Obispo,

que, en decir que era cosa suya, nos las daban buenas. El tiempo

lo hacía. Las jornadas no eran grandes. Así poco trabajo se pasó en

este camino, sino contento; porque en oír yo los bienes que decían

de la santidad del Obispo, me le daba grandísimo. Llegamos al

Burgo, miércoles antes del día octavo del Santísimo Sacramento.

Comulgamos allí el jueves, que era la octava. Otro día, como

llegamos y comimos allí, porque no se podía llegar a Soria otro día,

aquella noche tuvimos en una iglesia, que no hubo otra posada, y

no se nos hizo mala. Otro día oímos allí misa y llegamos a Soria

como a las cinco de la tarde. Estaba el santo Obispo a una ventana

de su casa, que pasamos por allí, de donde nos echó su bendición,

que no me consoló poco, porque de prelado y santo, tiénese en

mucho.

8. Estaba aquella señora, nuestra fundadora esperándonos a la

puerta de su casa, que era adonde se había de fundar el

monasterio. No vimos la hora que entrar en ella, porque era mucha

la gente. Esto no era cosa nueva, que en cada parte que vamos,

como el mundo es tan amigo de novedades, hay tanto, que a no

llevar velos delante del rostro, sería trabajo grande; con esto se

puede sufrir. Tenía aquella señora aderezada una sala muy grande

y muy bien, adonde se había de decir la misa, porque se había de

hacer pasadizo para la que nos daba el Obispo, y luego otro día,

que era de nuestro Padre San Eliseo, se dijo.

9. Todo lo que habíamos menester tenía muy cumplido aquella

señora, y dejónos en aquel cuarto, adonde estuvimos recogidas,

hasta que se hizo el pasadizo, que duró hasta la Transfiguración.

Aquel día se dijo la primera misa en la iglesia con harta solemnidad

y gente. Predicó un Padre de la Compañía, que el Obispo era ya ido

al Burgo, porque no pierde día ni hora sin trabajar, aunque no

estaba bueno, que le había faltado la vista de un ojo; que esta pena

tuve allí, que se me hacía gran lástima que vista que tanto

aprovechaba en el servicio de nuestro Señor se perdiese. Juicios

son suyos. Para dar más a ganar a su siervo debía ser, porque él

no dejaba de trabajar como antes y para probar la conformidad que

tenía con su voluntad. Decíame que no le daba más pena que si lo

tuviera su vecino, que algunas veces pensaba que no le parecía le

pesaría si se le perdía la vista del otro; porque se estaría en una

ermita sirviendo a Dios, sin más obligación. Siempre fue éste su

llamamiento antes que fuese obispo, y me lo decía algunas veces, y

estuvo casi determinado a dejarlo todo e irse.

10. Yo no lo podía llevar, por parecerme que sería de gran

provecho en la Iglesia de Dios, y así deseaba lo que ahora tiene,

aunque el día que le dieron el obispado, como me lo envió a decir

luego, me dio un alboroto muy grande, pareciéndome le veía con

una grandísima carga y no me podía valer ni sosegar, y fuile a

encomendar al coro a nuestro Señor. Su Majestad me sosegó

luego, que me dijo que sería muy en servicio suyo, y vase

pareciendo bien. Con el mal del ojo que tiene y otros algunos bien

penosos, y el trabajo que es ordinario, ayuna cuatro días a la

semana, y otras penitencias. Su comer es de bien poco regalo.

Cuando anda a visitar, es a pie, que sus criados no lo pueden

llevar, y se me quejaban. Estos han de ser virtuosos, o no estar en

su casa. Fía poco de que negocios graves pasen por provisores, y

aun pienso todos, sino que pase por su mano. Tuvo dos años allí al

principio las más bravas persecuciones de testimonios, que yo me

espantaba; porque en caso de hacer justicia, es entero y recto. Ya

éstas iban cesando; aunque han ido a corte y adonde pensaban le

podían hacer mal. Mas como se va ya entendiendo el bien en todo

el obispado, tienen poca fuerza, y él lo ha llevado todo con tanta

perfección, que los ha confundido, haciendo bien a los que sabía le

hacían mal. Por mucho que tenga que hacer, no deja de procurar

tiempo para tener oración.

11. Parece que me voy embebiendo en decir bien de este santo, y

he dicho poco. Mas para que se entienda quién es el principio de la

fundación de la Santísima Trinidad de Soria y se consuelen las que

hubiere de haber en él, no se ha perdido nada, que las de ahora

bien entendido lo tienen. Aunque él no dio la renta, dio la iglesia, y

fue -como digo- quien puso a esta señora en ello, a quien, como he

dicho, no le falta mucha cristiandad y virtud y penitencia.

12. Pues acabadas de pasarnos a la iglesia y de aderezar lo que

era menester para la clausura, había necesidad que yo fuese al

monasterio de San José de Avila, y así me partí luego con harta

gran calor. Y el camino que había era muy malo para carro. Fue

conmigo un racionero de Palencia, llamado Ribera, que fue en

extremo lo que me ayudó en la labor del pasadizo y en todo, porque

el padre Nicolás de Jesús María fuese luego en haciéndose las

escrituras de la fundación, que era mucho menester en otra parte.

Este Ribera tenía cierto negocio en Soria cuando fuimos, y fue con

nosotras. De allí le dio Dios tanta voluntad de hacernos bien, que se

puede encomendar a Su Majestad con los bienhechores de la

Orden.

13. Yo no quise viniese otro con mi compañera y conmigo, porque

es tan cuidadoso que me bastaba, y mientras menos ruido, mejor

me hallo por los caminos. En éste pagué lo bien que había ídome

en la ida. Porque, aunque quien iba con nosotras sabía el camino

hasta Segovia, no el camino de carro. Y así nos llevaba este mozo

por partes que veníamos a apearnos muchas veces, y llevaban el

carro casi en peso por unos despeñaderos grandes. Si tomábamos

guías, llevábannos hasta adonde sabían había buen camino, y un

poco antes que viniese el malo, dejábannos, que decían tenían que

hacer. Primero que llegásemos a una posada, como no había

certidumbre, habíamos pasado mucho sol y aventura de

trastornarse el carro muchas veces. Yo tenía pena por el que iba

con nosotras, porque ya que nos habían dicho que íbamos bien, era

menester tornar a desandar lo andado. Mas él tenía la virtud tan de

raíz, que nunca me parece le vi enojado, que me hizo espantar

mucho y alabar a nuestro Señor; que adonde hay virtud de raíz,

hacen poco las ocasiones. Yo le alabo de cómo fue servido

sacarnos de aquel camino.

14. Llegamos a San José de Segovia víspera de San Bartolomé,

adonde estaban nuestras monjas penadas por lo que tardaba, que,

como el camino era tal, fue mucho. Allí nos regalaron, que nunca

Dios me da trabajo que no le pague luego, y descansé ocho y más

días. Mas esta fundación fue tan sin ningún trabajo, que de éste no

hay que hacer caso, porque no es nada. Vine contenta por

parecerme tierra adonde espero en la misericordia de Dios se ha de

servir de que esté allí, como ya se va viendo. Sea para siempre

bendito y alabado por todos los siglos de los siglos, amén. Deo

gracias.

------------------------------------------------------------------------

CAPÍTULO 31

Comiénzase a tratar en este capítulo de la fundación del glorioso

San José de Santa Ana en la ciudad de Burgos. Díjose la primera

misa a 8 días del mes de abril, octava de Pascua de Resurrección,

año de 1582.

1. Había más de seis años que algunas personas de mucha religión

de la Compañía de Jesús, antiguas y de letras y espíritu, me decían

que se serviría mucho nuestro Señor de que una casa de esta

sagrada Religión estuviese en Burgos, dándome algunas razones

para ello que me movían a desearlo. Con los muchos trabajos de la

Orden y otras fundaciones, no había habido lugar de procurarlo.

2. El año de 1580, estando yo en Valladolid pasó por allí el

Arzobispo de Burgos, que habían dádole entonces el obispado, que

lo era antes de Canaria y venía entonces. Supliqué al obispo de

Palencia, don Alvaro de Mendoza (de quien ya he dicho lo mucho

que favorece esta Orden, porque fue el primero que admitió el

monasterio de San José de Avila, siendo allí Obispo, y siempre

después nos ha hecho mucha merced y toma las cosas de esta

Orden como propias, en especial las que yo le suplico), y muy de

buena gana dijo se la pediría; porque como le parece se sirve

nuestro Señor en estas casas, gusta mucho cuando alguna se

funda.

3. No quiso entrar el Arzobispo en Valladolid, sino posó en el

monasterio de San Jerónimo, adonde le hizo mucha fiesta el obispo

de Palencia, y se fue a comer con él y a darle un cinto o no sé qué

ceremonia, que lo había de hacer Obispo. Allí le pidió la licencia