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LIBRO DE LAS «FUNDACIONES»

SANTA TERESA DE JESÚS O DE ÁVILA

 

PRÓLOGO

CAPÍTULO 1

De los medios por donde se comenzó a tratar de esta fundación y

de las demás.

CAPÍTULO 2

Cómo nuestro padre General vino a Avila, y lo que de su venida

sucedió.

CAPÍTULO 3

Por qué medios se comenzó a tratar de hacer el monasterio de San

José en Medina del Campo.

CAPÍTULO 4

En que trata de algunas mercedes que el Señor hace a las monjas

de estos monasterios, y dase aviso a las prioras de cómo se ha de

haber en ellas.

CAPÍTULO 5

En que se dicen algunos avisos para cosas de oración y

revelaciones. Es muy provechoso para los que andan en cosas

activas.

CAPÍTULO 6

Avisa los daños que puede causar a gente espiritual no entender

cuándo ha de resistir al espíritu. Trata de los deseos que tiene el

alma de comulgar. El engaño que puede haber en esto. Hay cosas

importantes para las que gobiernan estas casas.

CAPÍTULO 7

De cómo se han de haber con las que tienen melancolía. Es

necesario para las preladas.

CAPÍTULO 8

Trata de algunos avisos para revelaciones y visiones.

CAPÍTULO 9

Trata de cómo salió de Medina del Campo para la fundación de San

José de Malagón.

CAPÍTULO 10

En que se trata de la fundación de la casa de Valladolid. Llámase

este monasterio la Concepción de Nuestra Señora del Carmen.

CAPÍTULO 11

Prosíguese en la materia comenzada del orden que tuvo doña

Casilda de Padilla para conseguir sus santos deseos de entrar en

religión.

CAPÍTULO 12

En que trata de la vida y muerte de una religiosa que trajo nuestro

Señor a esta misma casa, llamada Beatriz de la Encarnación, que

fue en su vida de tanta perfección, y su muerte tal, que es justo se

haga de ella memoria.

CAPÍTULO 13

En que trata cómo se comenzó la primera casa de la Regla

primitiva, y por quién, de los descalzos carmelitas. Año de 1568.

CAPÍTULO 14

Prosigue en la fundación de la primera casa de los descalzos

carmelitas. Dice algo de la vida que allí hacían, y del provecho que

comenzó a hacer nuestro Señor en aquellos lugares, a honra y

gloria de Dios.

CAPÍTULO 15

En que se trata de la fundación del monasterio del glorioso San

José en la ciudad de Toledo, que fue el año de 1569.

CAPÍTULO 16

En que se tratan algunas cosas sucedidas en este convento de San

José de Toledo, para honra y gloria de Dios.

CAPÍTULO 17

Que trata de la fundación de los monasterios de Pastrana, así de

frailes como de monjas. Fue en el mismo año de 1570, digo 1569.

CAPÍTULO 18

Trata de la fundación del monasterio de San José de Salamanca,

que fue año de 1570. Trata de algunos avisos para las prioras,

importantes.

CAPÍTULO 19

Prosigue en la fundación del monasterio de San José de la ciudad

de Salamanca.

CAPÍTULO 20

En que se trata la fundación del monasterio de Nuestra Señora de

la Anunciación, que está en Alba de Tormes. Fue año de 1571.

CAPÍTULO 21

En que se trata la fundación del Glorioso San José del Carmen de

Segovia. Fundóse el mismo día de San José, año de 1574.

CAPÍTULO 22

En que se trata de la fundación del glorioso San José del Salvador,

en el lugar de Beas, año de 1575, día de Santo Matía.

CAPÍTULO 23

En que trata de la fundación del monasterio del Glorioso San José

del Carmen en la ciudad de Sevilla. Díjose la primera misa día de la

Santísima Trinidad, en el año de 1575.

CAPÍTULO 24

Prosigue en la fundación de San José del Carmen en la ciudad de

Sevilla.

CAPÍTULO 25

Prosíguese en la fundación del glorioso San José de Sevilla, y lo

que se pasó en tener casa propia.

CAPÍTULO 26

Prosigue en la misma fundación del monasterio de San José de la

ciudad de Sevilla. Trata algunas cosas de la primera monja que

entró en él, que son harto de notar.

CAPÍTULO 27

En que trata de la fundación de la villa de Caravaca. - Púsose el

Santísimo Sacramento, día de año nuevo del mismo año de 1576. -

Es la vocación del glorioso San José.

CAPÍTULO 28

La fundación de Villanueva de la Jara.

CAPÍTULO 29

Trátase de la fundación de San José de nuestra Señora de la Calle

en Palencia, que fue año de 1580, día del Rey David.

CAPÍTULO 30

Comienza la fundación del monasterio de la Santísima Trinidad en

la ciudad de Soria. Fundóse el año de 1581. Díjose la primera misa

día de nuestro padre San Eliseo.

CAPÍTULO 31

Comiénzase a tratar en este capítulo de la fundación del glorioso

San José de Santa Ana en la ciudad de Burgos. Díjose la primera

misa a 8 días del mes de abril, octava de Pascua de Resurrección,

año de 1582.

EPÍLOGO

 

 

PRÓLOGO

LAS FUNDACIONES

JHS

1. Por experiencia he visto, dejando lo que en muchas partes he

leído, el gran bien que es para un alma no salir de la obediencia. En

esto entiendo estar el irse adelantando en la virtud y el ir cobrando

la de la humildad; en esto está la seguridad de la sospecha que los

mortales es bien que tengamos mientras se vive en esta vida, de

errar el camino del cielo. Aquí se halla la quietud que tan preciada

es en las almas que desean contentar a Dios. Porque si de veras se

han resignado en esta santa obediencia y rendido el entendimiento

a ella, no queriendo tener otro parecer del de su confesor y, si son

religiosos, el de su prelado, el demonio cesa de acometer con sus

continuas inquietudes, como tiene visto que antes sale con pérdida

que con ganancia; y también nuestros bulliciosos movimientos,

amigos de hacer su voluntad y aun de sujetar la razón en cosas de

nuestro contento, cesan, acordándose que determinadamente

pusieron su voluntad en la de Dios, tomando por medio sujetarse a

quien en su lugar toman.

Habiéndome Su Majestad, por su bondad, dado luz de conocer el

gran tesoro que está encerrado en esta preciosa virtud, he

procurado -aunque flaca e imperfectamente- tenerla; aunque

muchas veces repugna la poca virtud que veo en mí, porque para

algunas cosas que me mandan entiendo que no llega. La divina

Majestad provea lo que falta para esta obra presente.

2. Estando en San José de Avila, año de mil y quinientos y sesenta

y dos, que fue el mismo que se fundó este monasterio, fui mandada

del padre fray García de Toledo, dominico, que al presente era mi

confesor, que escribiese la fundación de aquel monasterio, con

otras muchas cosas, que quien la viere, si sale a luz, verá. Ahora

estando en Salamanca, año de mil y quinientos y setenta y tres, que

son once años después, confesándome con un padre rector de la

Compañía, llamado el maestro Ripalda, habiendo visto este libro de

la primera fundación, le pareció sería servicio de nuestro Señor que

escribiese de otros siete monasterios que después acá, por la

bondad de nuestro Señor, sehan fundado, junto con el principio de

los monasterios de los padres Descalzos de esta primera Orden, y

así me lo ha mandado. Pareciéndome a mí ser imposible (a causa

de los muchos negocios, así de cartas, como de otras ocupaciones

forzosas, por ser en cosas mandadas por los prelados), me estaba

encomendando a Dios y algo apretada, por ser yo para tan poco y

con tan mala salud que, aun sin esto, muchas veces me parecía no

se poder sufrir el trabajo conforme a mi bajo natural, me dijo el

Señor: Hija, la obediencia da fuerzas.

3. Plega a Su Majestad que sea así y dé gracia para que acierte yo

a decir para gloria suya las mercedes que en estas fundaciones ha

hecho a esta Orden. Puédese tener por cierto que se dirá con toda

verdad, sin ningún encarecimiento, a cuanto yo entendiere, sino

conforme a lo que ha pasado. Porque en cosa muy poco importante

yo no trataría mentira por ninguna de la tierra; en esto, que se

escribe para que nuestro Señor sea alabado, haríaseme gran

conciencia, y creería no sólo era perder tiempo, sino engañar con

las cosas de Dios, y en lugar de ser alabado por ellas, ser ofendido.

Sería una gran traición. No plega a Su Majestad me deje de su

mano, para que yo la haga.

Irá señalada cada fundación, y procuraré abreviar, si supiere,

porque mi estilo es tan pesado, que, aunque quiera, temo que no

dejaré de cansar y cansarme. Mas con el amor que mis hijas me

tienen, a quien ha de quedar esto después de mis días, se podrá

tolerar.

4. Plega a nuestro Señor, que, pues en ninguna cosa yo procuro

provecho mío ni tengo por qué, sino su alabanza y gloria, pues se

verán muchas cosas para que se le den, esté muy lejos de quien lo

leyere atribuirme a mí ninguna, pues sería contra la verdad; sino

que pidan a Su Majestad que me perdone lo mal que me he

aprovechado de todas estas mercedes. Mucho más hay de qué se

quejar de mí mis hijas por esto, que por qué me dar gracias de lo

que en ello está hecho. Démoslas todas, hijas mías, a la divina

bondad por tantas mercedes como nos ha hecho. Una avemaría

pido por su amor a quien esto leyere, para que sea ayuda a salir del

purgatorio y llegar a ver a Jesucristo nuestro Señor, que vive y reina

con el Padre y el Espíritu Santo por siempre jamás, amén.

5. Por tener yo poca memoria, creo que se dejarán de decir muchas

cosas muy importantes, y otras que se pudieran excusar, se dirán.

En fin, conforme a mi poco ingenio y grosería, y también al poco

sosiego que para esto hay. También me mandan, si se ofreciere

ocasión, trate algunas cosas de oración y del engaño que podría

haber para no ir más adelante las que la tienen.

6. En todo me sujeto a lo que tiene la madre santa Iglesia Romana,

y con determinación que antes que venga a vuestras manos,

hermanas e hijas mías, lo verán letrados y personas espirituales.

Comienzo en nombre del Señor, tomando por ayuda a su gloriosa

Madre, cuyo hábito tengo, aunque indigna de él, y a mi glorioso

padre y señor San José, en cuya casa estoy, que así es la vocación

de este monasterio de Descalzas, por cuyas oraciones he sido

ayudada continuo.

7. Año de 1573, día de San Luis, rey de Francia, que son 24 días de

agosto. Sea Dios alabado.

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COMIENZA LA FUNDACIÓN DE SAN JOSÉ DEL CARMEN DE

MEDINA DEL CAMPO

CAPÍTULO 1

De los medios por donde se comenzó a tratar de esta fundación y

de las demás.

1. Cinco años después de la fundación de San José de Avila estuve

en él, que, a lo que ahora entiendo, me parece serán los más

descansados de mi vida, cuyo sosiego y quietud echa harto menos

muchas veces mi alma. En este tiempo entraron algunas doncellas

religiosas de poca edad, a quien el mundo, a lo que parecía, tenía

ya para sí según las muestras de su gala y curiosidad. Sacándolas

el Señor bien apresuradamente de aquellas vanidades, las trajo a

su casa dotándolas de tanta perfección, que eran harta confusión

mía, llegando al número de trece, que es el que estaba determinado

para no pasar más adelante.

2. Yo me estaba deleitando entre almas tan santas y limpias,

adonde sólo era su cuidado de servir y alabar a nuestro Señor. Su

Majestad nos enviaba allí lo necesario sin pedirlo; y cuando nos

faltaba, que fue harto pocas veces, era mayor su regocijo. Alababa

a nuestro Señor de ver tantas virtudes encumbradas, en especial el

descuido que tenían de todo, mas de servirle. Yo, que estaba allí

por mayor, nunca me acuerdo ocupar el pensamiento en ello; tenía

muy creído que no había de faltar el Señor a las que no traían otro

cuidado, sino en cómo contentarle. Y si alguna vez no había para

todas el mantenimiento, diciendo yo fuese para las más

necesitadas, cada una le parecía no ser ella, y así se quedaba

hasta que Dios enviaba para todas.

3. En la virtud de la obediencia, de quien yo soy muy devota

(aunque no sabía tenerla hasta que estas siervas de Dios me

enseñaron, para no lo ignorar si yo tuviera virtud), pudiera decir

muchas cosas que allí en ella vi. Una se me ofrece ahora, y es que

estando un día en refectorio, diéronnos raciones de cohombro. A mí

cupo una muy delgada y por de dentro podrida. Llamé con

disimulación a una hermana de las de mejor entendimiento y

talentos que allí había, para probar su obediencia, y díjela que

fuese a sembrar aquel cohombro a un huertecillo que teníamos. Ella

me preguntó si le había de poner alto o tendido. Yo le dije que

tendido. Ella fue y púsole, sin venir a su pensamiento que era

imposible dejarse de secar; sino que el ser por obediencia le cegó

la razón natural para creer era muy acertado.

4. Acaecíame encomendar a una seis o siete oficios contrarios, y

callando tomarlos, pareciéndole posible hacerlos todos. Tenían un

pozo, a dicho de los que le probaron, de harto mal agua, y parecía

imposible correr por estar muy hondo. Llamando yo oficiales para

procurarlo, reíanse de mí de que quería echar dineros en balde. Yo

dije a las hermanas, que ¿qué les parecía? Dijo una: «que se

procure; nuestro Señor nos ha de dar quien nos traiga agua, y para

darles de comer; pues más barato sale a Su Majestad dárnoslo en

casa y así no lo dejará de hacer». - Mirando yo con la gran fe y

determinación con que lo decía, túvelo por cierto, y contra voluntad

del que entendía en las fuentes, queconocía de agua, lo hice. Y fue

el Señor servido que sacamos un caño de ello bien bastante para

nosotras, y de beber, como ahora le tienen.

5. No lo cuento por milagro, que otras cosas pudiera decir; sino por

la fe que tenían estas hermanas, puesto que pasa así como lo digo,

y porque no es mi primer intento loar las monjas de estos

monasterios; que, por la bondad del Señor, todas hasta ahora van

así. Y de estas cosas y otras muchas sería escribir muy largo,

aunque no sin provecho; porque, a las veces, se animan las que

vienen a imitarlas. Mas, si el Señor fuere servido que esto se

entienda, podrán los prelados mandar a las prioras que lo escriban.

6. Pues estando esta miserable entre estas almas de ángeles (que

a mí no me parecían otra cosa, porque ninguna falta, aunque fuese

interior, me encubrían, y las mercedes y grandes deseos y

desasimiento que el Señor les daba, eran grandísimas; su consuelo

era su soledad, y así me certificaban que jamás de estar solas se

hartaban, y así tenían por tormento que las viniesen a ver, aunque

fuesen hermanos; la que más lugar tenía de estarse en una ermita,

se tenía por más dichosa)..., considerando yo el gran valor de estas

almas y el ánimo que Dios las daba para padecer y servirle, no

cierto de mujeres, muchas veces me parecía que era para algún

gran fin las riquezas que el Señor ponía en ellas; no porque me

pasase por pensamiento lo que después ha sido, porque entonces

parecía cosa imposible, por no haber principio para poderse

imaginar, puesto que mis deseos, mientras más el tiempo iba

adelante, eran muy más crecidos de ser alguna parte para bien de

algún alma; y muchas veces me parecía como quien tiene un gran

tesoro guardado y desea que todos gocen de él, y le atan las

manos para distribuirle; así me parecía estaba atada mi alma,

porque las mercedes que el Señor en aquellos años la hacía eran

muy grandes y todo me parecía mal empleado en mí. Servía al

Señor con mis pobres oraciones; siempre procuraba con las

hermanas hiciesen lo mismo y se aficionasen al bien de las almas y

al aumento de su Iglesia; y a quien trataba con ellas siempre se

edificaban. Y en esto embebía mis grandes deseos.

7. A los cuatro años, (me parece era algo más), acertó a venirme a

ver un fraile francisco, llamado fray Alonso Maldonado, harto siervo

de Dios y con los mismos deseos del bien de las almas que yo, y

podíalos poner por obra, que le tuve yo harta envidia. Este venía de

las Indias poco había. Comenzóme a contar de los muchos millones

de almas que allí se perdían por falta de doctrina, e hízonos un

sermón y plática animando a la penitencia, y fuese. Yo quedé tan

lastimada de la perdición de tantas almas, que no cabía en mí.

Fuime a una ermita con hartas lágrimas. Clamaba a nuestro Señor,

suplicándole diese medio cómo yo pudiese algo para ganar algún

alma para su servicio, pues tantas llevaba el demonio, y que

pudiese mi oración algo, ya que yo no era para más. Había gran

envidia a los que podían por amor de nuestro Señor emplearse en

esto, aunque pasasen mil muertes. Y así me acaece que cuando en

las vidas de los santos leemos que convirtieron almas, mucha más

devoción me hace y más ternura y más envidia que todos los

martirios que padecen, por ser ésta la inclinación que nuestro Señor

me ha dado, pareciéndome que precia más un alma que por

nuestra industria y oración le ganásemos, mediante su misericordia,

que todos los servicios que le podemos hacer.

8. Pues andando yo con esta pena tan grande, una noche, estando

en oración, representóseme nuestro Señor de la manera que suele,

y mostrándome mucho amor, a manera de quererme consolar, me

dijo: Espera un poco, hija, y verás grandes cosas.

Quedaron tan fijadas en mi corazón estas palabras, que no las

podía quitar de mí. Y aunque no podía atinar, por mucho que

pensaba en ello, qué podría ser, ni veía camino para poderlo

imaginar, quedé muy consolada y con gran certidumbre que serían

verdaderas estas palabras; mas el medio cómo, nunca vino a mi

imaginación. Así se pasó, a mi parecer, otro medio año, y después

de éste sucedió lo que ahora diré.

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CAPÍTULO 2

Cómo nuestro padre General vino a Avila, y lo que de su venida

sucedió.

1. Siempre nuestros Generales residen en Roma, y jamás ninguno

vino a España, y así parecía cosa imposible venir ahora. Mas como

para lo que nuestro Señor quiere no hay cosa que lo sea, ordenó

Su Majestad que lo que nunca había sido fuese ahora. Yo cuando

lo supe, paréceme que me pesó; porque, como ya se dijo en la

fundación de San José, no estaba aquella casa sujeta a los frailes,

por la causa dicha. Temí dos cosas: la una, que se había de enojar

conmigo y, no sabiendo las cosas cómo pasaban, tenía razón; la

otra, si me había de mandar tornar al monasterio de la Encarnación,

que es de la Regla mitigada, que para mí fuera desconsuelo, por

muchas causas, que no hay para qué decir. Una bastaba, que era

no poder yo allá guardar el rigor de la Regla primera y ser de más

de ciento y cincuenta el número, y todavía adonde hay pocas, hay

más conformidad y quietud. Mejor lo hizo nuestro Señor que yo

pensaba; porque el General es tan siervo suyo y tan discreto y

letrado, que miró ser buena la obra, y por lo demás ningún

desabrimiento me mostró. Llámase fray Juan Bautista Rubeo de

Ravena, persona muy señalada en la Orden y con mucha razón.

2. Pues, llegado a Avila, yo procuré fuese a San José, y el Obispo

tuvo por bien se le hiciese toda la cabida que a su misma persona.

Yo le di cuenta con toda verdad y llaneza, porque es mi

inclinacióntratar así con los prelados, suceda lo que sucediere, pues

están en lugar de Dios, y con los confesores lo mismo; y si esto no

hiciese, no me parecería tenía seguridad mi alma; y así le di cuenta

de ella y casi de toda mi vida, aunque es harto ruin. El me consoló

mucho y aseguró que no me mandaría salir de allí.

3. Alegróse de ver la manera de vivir y un retrato, aunque

imperfecto, del principio de nuestra Orden, y cómo la Regla primera

se guardaba en todo rigor, porque en toda la Orden no se guardaba

en ningún monasterio, sino la mitigada. Y con la voluntad que tenía

de que fuese muy adelante este principio, diome muy cumplidas

patentes para que se hiciesen más monasterios, con censuras para

que ningún provincial me pudiese ir a la mano. Estas yo no se las

pedí, puesto que entendió de mi manera de proceder en la oración

que eran los deseos grandes de ser parte para que algún alma se

llegase más a Dios.

4. Estos medios yo no los procuraba, antes me parecía desatino,

porque una mujercilla tan sin poder como yo bien entendía que no

podía hacer nada; mas cuando al alma vienen estos deseos no es

en su mano desecharlos. El amor de contentar a Dios y la fe hacen

posible lo que por razón natural no lo es; y así, en viendo yo la gran

voluntad de nuestro Reverendísimo General para que hiciese más

monasterios, me pareció los veía hechos. Acordándome de las

palabras que nuestro Señor me había dicho, veía ya algún principio

de lo que antes no podía entender.

Sentí muy mucho cuando vi tornar a nuestro padre General a

Roma; habíale cobrado gran amor y parecíame quedar con gran

desamparo. El me le mostraba grandísimo y mucho favor, y las

veces que se podía desocupar se iba allá a tratar cosas

espirituales, como a quien el Señor debe hacer grandes mercedes:

en este caso nos era consuelo oírle. Aun antes que se fuese, el

Obispo (que es don Alvaro de Mendoza), muy aficionado a

favorecer a los que ve que pretenden servir a Dios con más

perfección, y así procuró que le dejase licencia para que en su

obispado se hiciesen algunos monasterios de frailes descalzos de

la primera Regla. También otras personas se lo pidieron. El lo

quisiera hacer, mas halló contradicción en la Orden; y así, por no

alterar la Provincia, lo dejó por entonces.

5. Pasados algunos días, considerando yo cuán necesario era, si se

hacían monasterios de monjas, que hubiese frailes de la misma

Regla, y viendo ya tan pocos en esta Provincia, que aun me parecía

se iban a acabar, encomendándolo mucho a nuestro Señor, escribí

a nuestro P. General una carta suplicándoselo lo mejor que yo

supe, dando las causas por donde sería gran servicio de Dios; y los

inconvenientes que podía haber no eran bastantes para dejar tan

buena obra, y poniéndole delante el servicio que haría a nuestra

Señora, de quien era muy devoto. Ella debía ser la que lo negoció;

porque esta carta llegó a su poder estando en Valencia, y desde allí

me envió licencia para que se fundasen dos monasterios, como

quien deseaba la mayor religión de la Orden. Porque no hubiese

contradicción, remitiólo al provincial que era entonces, y al pasado,

que era harto dificultoso de alcanzar. Mas como vi lo principal, tuve

esperanza el Señor haría lo demás; y así fue, que con el favor del

Obispo, que tomaba este negocio muy por suyo, entrambos vinieron

en ello.

6. Pues estando yo ya consolada con las licencias, creció más mi

cuidado, por no haber fraile en la Provincia, que yo entendiese, para

ponerlo por obra, ni seglar que quisiese hacer tal comienzo. Yo no

hacía sino suplicar a nuestro Señor que siquiera una persona

despertase. Tampoco tenía casa, ni cómo la tener. Hela aquí una

pobre monja descalza, sin ayuda de ninguna parte, sino del Señor,

cargada de patentes y buenos deseos y sin ninguna posibilidad

para ponerlo por obra. El ánimo no desfallecía ni la esperanza, que,

pues el Señor había dado lo uno, daría lo otro. Ya todo me parecía

muy posible, y así lo comencé a poner por obra.

7. ¡Oh grandeza de Dios! ¡Y cómo mostráis vuestro poder en dar

osadía a una hormiga! ¡Y cómo, Señor mío, no queda por Vos el no

hacer grandes obras los que os aman, sino por nuestra cobardía y

pusilanimidad! Como nunca nos determinamos, sino llenos de mil

temores y prudencias humanas, así, Dios mío, no obráis vos

vuestras maravillas y grandezas. ¿Quién más amigo de dar, si

tuviese a quién, ni de recibir servicios a su costa? Plega a Vuestra

Majestad que os haya yo hecho alguno y no tenga más cuenta que

dar de lo mucho que he recibido, amén.

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CAPÍTULO 3

Por qué medios se comenzó a tratar de hacer el monasterio de San

José en Medina del Campo.

1. Pues estando yo con todos estos cuidados, acordé de ayudarme

de los padres de la Compañía, que estaban muy aceptos en aquel

lugar, en Medina, con quien -como ya tengo escrito en la primera

fundación- traté mi alma muchos años, y por el gran bien que la

hicieron siempre los tengo particular devoción. Escribí lo que

nuestro padre General me había mandado al rector de allí, que

acertó a ser el que me confesó muchos años, como queda dicho,

aunque no el nombre. Llámase Baltasar Alvarez, que al presente es

provincial. El y los demás dijeron que harían lo que pudiesen en el

caso, y así hicieron mucho para recaudar la licencia de los del

pueblo y del prelado, que por ser monasterio de pobreza en todas

partes es dificultoso; y así se tardó algunos días en negociar.

2. A esto fue un clérigo muy siervo de Dios y bien desasido de

todas las cosas del mundo, y de mucha oración. Era capellán en el

monasterio adonde yo estaba, al cual le daba el Señor los mismos

deseos que a mí, y así me ha ayudado mucho, como se verá

adelante. Llámase Julián de Avila.

Pues ya que tenía la licencia, no tenía casa ni blanca para

comprarla. Pues crédito para fiarme en nada, si el Señor no le diera,

¿cómo le había de tener una romera como yo? Proveyó el Señor

que una doncella muy virtuosa, para quien no había habido lugar en

San José que entrase, sabiendo se hacía otra casa, me vino a rogar

la tomase en ella. Esta tenía unas blanquillas, harto poco, que no

era para comprar casa, sino para alquilarla (y así procuramos una

de alquiler) y para ayuda al camino. Sin más arrimo que éste,

salimos de Avila dos monjas de San José y yo, y cuatro de la

Encarnación (que es el monasterio de la Regla mitigada, adonde yo

estaba antes que se fundase San José), con nuestro padre

capellán, Julián de Avila.

3. Cuando en la ciudad se supo, hubo mucha murmuración: unos

decían que yo estaba loca; otros esperaban el fin de aquel desatino.

Al Obispo -según después me ha dicho- le parecía muy grande,

aunque entonces no me lo dio a entender ni quiso estorbarme,

porque me tenía mucho amor y no me dar pena. Mis amigos harto

me habían dicho, mas yo hacía poco caso de ello; porque me

parecía tan fácil lo que ellos tenían por dudoso, que no podía

persuadirme a que había de dejar de suceder bien.

Ya cuando salimos de Avila, había yo escrito a un padre de nuestra

Orden, llamado fray Antonio de Heredia, que me comprase una

casa, que era entonces prior del monasterio de frailes que allí hay

de nuestra Orden, llamado Santa Ana, para que me comprase una

casa. El lo trató con una señora que le tenía devoción, que tenía

una que se le había caído toda, salvo un cuarto, y era muy buen

puesto. Fue tan buena, que prometió de vendérsela, y así la

concertaron sin pedirle fianzas, ni más fuerza de su palabra;

porque, a pedirlas, no tuviéramos remedio. Todo lo iba disponiendo

el Señor. Esta casa estaba tan si paredes, que a esta causa

alquilamos estotra, mientras que aquélla se aderezaba, que había

harto que hacer.

4. Pues llegando la primera jornada, noche y cansadas por el mal

aparejo que llevábamos, yendo a entrar por Arévalo, salió un clérigo

nuestro amigo que nos tenía una posada en casa de unas devotas

mujeres, y díjome en secreto cómo no teníamos casa; porque

estaba cerca de un monasterio de agustinos, y que ellos resistían

que no entrásemos ahí, y que forzado había de haber pleito. ¡Oh,

válgame Dios! Cuando Vos, Señor, queréis dar ánimo, ¡qué poco

hacen todas las contradicciones! Antes parece me animó,

pareciéndome, pues ya se comenzaba a alborotar el demonio, que

se había de servir el Señor de aquel monasterio. Con todo, le dije

que callase, por no alborotar a las compañeras, en especial a las

dos de La Encarnación, que las demás por cualquier trabajo

pasaran por mí. La una de estas dos era supriora entonces de allí, y

defendiéronle mucho la salida; entrambas de buenos deudos, y

venían contra su voluntad, porque a todos les parecía disparate, y

después vi yo que les sobraba la razón, que, cuando el Señor es

servido yo funde una casa de éstas, paréceme que ninguna admite

mi pensamiento que me parezca bastante para dejarlo de poner por

obra, hasta después de hecho. Entonces se me ponen juntas las

dificultades, como después se verá.

5. Llegando a la posada, supe que estaba en el lugar un fraile

dominico, muy gran siervo de Dios, con quien yo me había

confesado el tiempo que había estado en San José. Porque en

aquella fundación traté mucho de su virtud, aquí no diré más del

nombre, que es el maestro fray Domingo Bañes. Tiene muchas

letras y discreción, por cuyo parecer yo me gobernaba, y al suyo no

era tan dificultoso, como en todos, lo que iba a hacer; porque, quien

más conoce de Dios, más fácil se le hacen sus obras, y de algunas

mercedes que sabía Su Majestad me hacía y por lo que había visto

en la fundación de San José, todo le parecía muy posible. Diome

gran consuelo cuando le vi; porque con su parecer todo me parecía

iría acertado. Pues, venido allí, díjele muy en secreto lo que

pasaba. A él le pareció que presto podríamos concluir el negocio de

los agustinos; mas a mí hacíaseme recia cosa cualquier tardanza,

por no saber qué hacer de tantas monjas; y así pasamos todas con

cuidado aquella noche, que luego lo dijeron en la posada a todas.

6. Luego, de mañana, llegó allí el prior de nuestra Orden fray

Antonio, y dijo que la casa que tenía concertado de comprar era

bastante y tenía un portal adonde se podía hacer una iglesia

pequeña, aderezándole con algunos paños. En esto nos

determinamos; al menos a mí parecióme muy bien, porque la más

brevedad era lo que mejor nos convenía, por estar fuera de

nuestros monasterios, y también porque temía alguna

contradicción, como estaba escarmentada de la fundación primera.

Y así quería que, antes que se entendiese, estuviese ya tomada la

posesión, y así nos determinamos a que luego se hiciese. En esto

mismo vino el padre maestro fray Domingo.

7. Llegamos a Medina del Campo, víspera de nuestra Señora de

agosto, a las doce de la noche. Apeámonos en el monasterio de

Santa Ana, por no hacer ruido, y a pie nos fuimos a la casa. Fue

harta misericordia del Señor, que aquella hora encerraban toros

para correr otro día, no nos topar alguno. Con el embebecimiento

que llevábamos, no había acuerdo de nada; mas el Señor que

siempre le tiene de los que desean su servicio, nos libró, que cierto

allí no se pretendía otra cosa.

8. Llegadas a la casa, entramos en un patio. Las paredes harto

caídas me parecieron, mas no tanto como cuando fue de día se

pareció. Parece que el Señor había querido se cegase aquel

bendito padre para ver que no convenía poner allí Santísimo

Sacramento. Visto el portal, había bien que quitar tierra de él, a teja

vana, las paredes sin embarrar, la noche era corta, y no traíamos

sino unos reposteros, creo eran tres: para toda la largura que tenía

el portal era nada. Yo no sabía qué hacer, porque vi no convenía

poner allí altar. Plugo al Señor, que quería luego se hiciese, que el

mayordomo de aquella señora tenía muchos tapices de ella en

casa, y una cama de damasco azul, y había dicho nos diesen lo que

quisiésemos, que era muy buena.

9. Yo, cuando vi tan buen aparejo, alabé al Señor, y así harían las

demás; aunque no sabíamos qué hacer de clavos, ni era hora de

comprarlos. Comenzáronse a buscar de las paredes; en fin, con

trabajo, se halló recaudo. Unos a entapizar, nosotras a limpiar el

suelo, nos dimos tan buena prisa, que cuando amanecía, estaba

puesto el altar, y la campanilla en un corredor, y luego se dijo la

misa. Esto bastaba para tomar la posesión. No se cayó en ello, sino

que pusimos el Santísimo Sacramento, y desde unas resquicias de

una puerta que estaba frontero, veíamos misa, que no había otra

parte.

10. Yo estaba hasta esto muy contenta, porque para mí es

grandísimo consuelo ver una iglesia más adonde haya Santísimo

Sacramento. Mas poco me duró. Porque, como se acabó misa,

llegué por un poquito de una ventana a mirar el patio y vi todas las

paredes por algunas partes en el suelo, que para remediarlo era

menester muchos días. ¡Oh válgame Dios! Cuando yo vi a Su

Majestad puesto en la calle, en tiempo tan peligroso como ahora

estamos por estos luteranos, ¡qué fue la congoja que vino a mi

corazón!

11. Con esto se juntaron todas las dificultades que podían poner los

que mucho lo habían murmurado, y entendí claro que tenían razón.

Parecíame imposible ir adelante con lo que había comenzado,

porque así como antes todo me parecía fácil mirando a que se

hacía por Dios, así ahora la tentación estrechaba de manera su

poder, que no parecía haber recibido ninguna merced suya; sólo mi

bajeza y poco poder tenía presente. Pues arrimada a cosa tan

miserable, ¿qué buen suceso podía esperar? Y a ser sola,

paréceme lo pasara mejor; mas pensar habían de tornar las

compañeras a su casa, con la contradicción que habían salido,

hacíaseme recio. También me parecía que, errado este principio, no

había lugar todo lo que yo tenía entendido había de hacer el Señor

adelante. Luego se añadía el temor si era ilusión lo que en la

oración había entendido, que no era la menor pena, sino la mayor;

porque me daba grandísimo temor si me había de engañar el

demonio.

¡Oh Dios mío! ¡Qué cosa es ver un alma, que Vos queréis dejar que

pene! Por cierto, cuando se me acuerda esta aflicción y otras

algunas que he tenido en estas fundaciones, no me parece hay que

hacer caso de los trabajos corporales, aunque han sido hartos, en

esta comparación.

12. Con toda esta fatiga que me tenía bien apretada, no daba a

entender ninguna cosa a las compañeras, porque no las quería

fatigar más de lo que estaban. Pasé con este trabajo hasta la tarde,

que envió el rector de la Compañía a verme con un padre que me

animó y consoló mucho. Yo no le dije todas las penas que tenía,

sino sólo la que me daba vernos en la calle. Comencé a tratar de

que se nos buscase casa alquilada, costase lo que costase, para

pasarnos a ella, mientras aquello se remediaba, y comencéme a

consolar de ver la mucha gente que venía, y ninguno cayó en

nuestro desatino, que fue misericordia de Dios, porque fuera muy

acertado quitarnos el Santísimo Sacramento. Ahora considero yo mi

bobería y el poco advertir de todos en no consumirle; sino que me

parecía, si esto se hiciera, era todo deshecho.

13. Por mucho que se procuraba, no se halló casa alquilada en todo

el lugar; que yo pasaba harto penosas noches y días. Porque,

aunque siempre dejaba hombres que velasen el Santísimo

Sacramento, estaba con cuidado si se dormían; y así me levantaba

a mirarlo de noche por una ventana, que hacía muy clara luna, y

podíalo bien ver. Todos estos días era mucha la gente que venía, y

no sólo no les parecía mal, sino poníales devoción de ver a nuestro

Señor otra vez en el portal. Y Su Majestad, como quien nunca se

cansa de humillarse por nosotros, no parece quería salir de él.

14. Ya después de ocho días, viendo un mercader la necesidad

(que posaba en una muy buena casa), díjonos fuésemos a lo alto

de ella, que podíamos estar como en casa propia. Tenía una sala

muy grande y dorada, que nos dio para iglesia. Y una señora que

vivía junto a la casa que compramos, llamada doña Elena de

Quiroga, gran sierva de Dios, dijo que me ayudaría para que luego

se comenzase a hacer una capilla para donde estuviese el

Santísimo Sacramento y también para acomodarnos cómo

estuviésemos encerradas. Otras personas nos daban harta limosna

para comer, mas esta señora fue la que más me socorrió.

15. Ya con esto comencé a tener sosiego, porque adonde nos

fuimos estábamos con todo encerramiento, y comenzamos a decir

las horas, y en la casa se daba el buen prior mucha prisa, que pasó

harto trabajo. Con todo tardaría dos meses; más púsose de

manera, que pudimos estar algunos años razonablemente.

Después lo ha ido nuestro Señor mejorando.

16. Estando aquí yo, todavía tenía cuidado de los monasterios de

los frailes, y como no tenía ninguno -como he dicho- no sabía qué

hacer; y así me determiné muy en secreto a tratarlo con el prior de

allí, para ver qué me aconsejaba, y así lo hice. El se alegró mucho

cuando lo supo y me prometió que sería el primero. Yo lo tuve por

cosa de burla, y así se lo dije; porque, aunque siempre fue buen

fraile y recogido y muy estudioso y amigo de su celda, que era

letrado, para principio semejante no me pareció sería, ni tendría

espíritu ni llevaría adelante el rigor que era menester, por ser

delicado y no mostrado a ello. El me aseguraba mucho, y certificó

que había muchos días que el Señor le llamaba para vida más

estrecha; y así tenía ya determinado de irse a los cartujos y le

tenían ya dicho le recibirían. Con todo esto, no estaba muy

satisfecha, aunque me alegraba de oírle, y roguéle que nos

detuviésemos algún tiempo y él se ejercitase en las cosas que

había de prometer. Y así se hizo, que se pasó un año, y en éste le

sucedieron tantos trabajos y persecuciones de muchos testimonios,

que parece el Señor le quería probar; y él lo llevaba todo tan bien y

se iba aprovechando tanto, que yo alababa a nuestro Señor, y me

parecía le iba Su Majestad disponiendo para esto.

17. Poco después acertó a venir allí un padre de poca edad, que

estaba estudiando en Salamanca, y él fue con otro por compañero,

el cual me dijo grandes cosas de la vida que este padre hacía.

Llámase fray Juan de la Cruz. Yo alabé a nuestro Señor, y

hablándole, contentóme mucho, y supe de él cómo se quería

también ir a los cartujos. Yo le dije lo que pretendía y le rogué

mucho esperase hasta que el Señor nos diese monasterio, y el gran

bien que sería, si había de mejorarse, ser en su misma Orden, y

cuánto más serviría al Señor. El me dio la palabra de hacerlo, con

que no se tardase mucho. Cuando yo vi ya que tenía dos frailes

para comenzar, parecióme estaba hecho el negocio, aunque

todavía no estaba tan satisfecha del prior, y así aguardaba algún

tiempo y también por tener adonde comenzar.

18. Las monjas iban ganando crédito en el pueblo y tomando con

ellas mucha devoción, y, a mi parecer, con razón; porque no

entendían sino en cómo pudiese cada una más servir a nuestro

Señor. En todo iban con la manera del proceder que en San José

de Avila, por ser una misma la Regla y Constituciones.

Comenzó el Señor a llamar a algunas para tomar el hábito; y eran

tantas las mercedes que les hacía, que yo estaba espantada. Sea

por siempre bendito, amén; que no parece aguarda más de a ser

querido para querer.

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CAPÍTULO 4

En que trata de algunas mercedes que el Señor hace a las monjas

de estos monasterios, y dase aviso a las prioras de cómo se ha de

haber en ellas.

1. Hame parecido, antes que vaya más adelante (porque no sé el

tiempo que el Señor me dará de vida ni de lugar, y ahora parece

tengo un poco), de dar algunos avisos para que las prioras se

sepan entender y lleven las súbditas con más aprovechamiento de

sus almas, aunque no con tanto gusto suyo.

Hase de advertir que cuando me han mandado escribir estas

fundaciones (dejado la primera de San José de Avila, que se

escribió luego), están fundados, con el favor del Señor, otros siete

hasta el de Alba de Tormes, que es el postrero de ellos; y la causa

de no se haber fundado más, ha sido el atarme los prelados en otra

cosa, como adelante se verá.

2. Pues mirando a lo que sucede de cosas espirituales en estos

años en estos monasterios, he visto la necesidad que hay de lo que

quiero decir. Plega a nuestro Señor que acierte conforme a lo que

veo es menester. Y pues no son engaños, es menester no estén los

espíritus amedrentados. Porque, como en otras partes he dicho, en

algunas cosillas que para las hermanas he escrito, yendo con limpia

conciencia y con obediencia, nunca el Señor permite que el

demonio tenga tanta mano que nos engañe de manera que pueda

dañar el alma; antes viene él a quedar engañado. Y como esto

entiende, creo no hace tanto mal como nuestra imaginación y malos

humores, en especial si hay melancolía; porque el natural de las

mujeres es flaco, y el amor propio que reina en nosotras muy sutil.

Y así han venido a mí personas, así hombres como mujeres,

muchas, junto con las monjas de estas casas, adonde claramente

he conocido que muchas veces se engañan a sí mismas sin querer.

Bien creo que el demonio se debe entremeter para burlarnos; mas

de muy muchas que, como digo, he visto, por la bondad del Señor

no he entendido que las haya dejado de su mano. Por ventura

quiere ejercitarlas en estas quiebras para que salgan

experimentadas.

3. Están, por nuestros pecados, tan caídas en el mundo las cosas

de oración y perfección, que es menester declararme de esta

suerte; porque, aun sin ver peligro, temen de andar este camino,

¿qué sería si dijésemos alguno? Aunque, a la verdad, en todo le

hay y para todo es menester, mientras vivimos, ir con temor y

pidiendo al Señor nos enseñe y no desampare. Mas, como creo dije

una vez, si en algo puede dejar de haber muy menos peligro es en

los que más se llegan a pensar en Dios y procuran perfeccionar su

vida.

4. Como, Señor mío, vemos que nos libráis muchas veces de los

peligros en que nos ponemos, aun para ser contra Vos, ¿cómo es

de creer que no nos libraréis, cuando no se pretende cosa más que

contentaros y regalarnos con Vos? Jamás esto puedo creer. Podría

ser que por otros juicios secretos de Dios permitiese algunas cosas

que así como así habían de suceder; mas el bien nunca trajo mal.

Así que esto sirva de procurar caminar mejor el camino, para

contentar mejor a nuestro Esposo y hallarle más presto, mas no de

dejarle de andar; y para animarnos a andar con fortaleza camino de

puertos tan ásperos, como es el de esta vida, mas no para

acobardarnos en andarle. Pues, en fin, fin, yendo con humildad,

mediante la misericordia de Dios, hemos de llegar a aquella ciudad

de Jerusalén, adonde todo se nos hará poco lo que se ha padecido,

o nonada, en comparación de lo que se goza.

5. Pues comenzando a poblarse estos palomarcitos de la Virgen

nuestra Señora, comenzó la divina Majestad a mostrar sus

grandezas en esta mujercitas flacas, aunque fuertes en los deseos

y en el desasirse de todo lo criado, que debe ser lo que más junta el

alma con su Criador, yendo con limpia conciencia. Esto no había

menester señalar, porque si el desasimiento es verdadero,

paréceme no es posible sin él no ofender al Señor. Como todas las

pláticas y trato no salen de él, así Su Majestad no parece se quiere

quitar de con ellas. Esto es lo que veo ahora y con verdad puedo

decir. Teman las que están por venir y esto leyeren; y si no vieren lo

que ahora hay, no lo echen a los tiempos, que para hacer Dios

grandes mercedes a quien de veras le sirve, siempre es tiempo, y

procuren mirar si hay quiebra en esto y enmendarla.

6. Oigo algunas veces de los principios de las órdenes decir que,

como eran los cimientos, hacía el Señor mayores mercedes a

aquellos santos nuestros pasados. Y es así. Mas siempre habíamos

de mirar que son cimientos de los que están por venir. Porque si

ahora los que vivimos, no hubiésemos caído de lo que los pasados,

y los que viniesen después de nosotros hiciesen otro tanto, siempre

estaría firme el edificio. ¿Qué me aprovecha a mí que los santos

pasados hayan sido tales, si yo soy tan ruin después, que dejo

estragado con la mala costumbre el edificio? Porque está claro que

los que vienen no se acuerdan tanto de los que ha muchos años

que pasaron, como de los que ven presentes. Donosa cosa es que

lo eche yo a no ser de las primeras, y no mire la diferencia que hay

de mi vida y virtudes a la de aquéllos a quien Dios hacía tan

grandes mercedes.

No trato de los que fundan las Religiones, que como los escogió

Dios para gran oficio, dioles más gracia.

7. ¡Oh válgame Dios! ¡Qué disculpas tan torcidas y qué engaños tan

manifiestos! Pésame a mí, mi Dios, de ser tan ruin y tan poco en

vuestro servicio; mas bien sé que está la falta en mí, de no me

hacer las mercedes que a mis pasados. Lastímame mi vida, Señor,

cuando la cotejo con la suya y no lo puedo decir sin lágrimas. Veo

que he perdido yo lo que ellos trabajaron y que en ninguna manera

me puedo quejar de Vos; ni ninguna es bien que se queje, sino que,

si viere va cayendo en algo su Orden, procure ser piedra tal con

que se torne a levantar el edificio, que el Señor ayudará para ello.

8. Pues tornando a lo que decía -que me he divertido mucho- son

tantas las mercedes que el Señor hace en estas casas, que si hay

una o dos en cada una que la lleve Dios ahora por meditación,