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LIBRO DE LA VIDA

SANTA TERESA DE JESÚS O DE ÁVILA

 

INTRODUCCIÓN

PRÓLOGO

CAPÍTULO 1

En que trata cómo comenzó el Señor a despertar esta alma en su

niñez a cosas virtuosas, y la ayuda que es para esto serlo los

padres.

CAPÍTULO 2

Trata cómo fue perdiendo estas virtudes y lo que importa en la

niñez tratar con personas virtuosas.

CAPÍTULO 3

En que trata cómo fue parte la buena compañía para tornar a

despertar sus deseos, y por qué manera comenzó el Señor a darla

alguna luz del engaño que había traído.

CAPÍTULO 4

Dice cómo la ayudó el Señor para forzarse a sí misma para tomar

hábito, y las muchas enfermedades que Su Majestad la comenzó a

dar.

CAPÍTULO 5

Prosigue en las grandes enfermedades que tuvo y la paciencia que

el Señor le dio en ellas, y cómo saca de los males bienes, según se

verá en una cosa que le acaeció en este lugar que se fue a curar.

CAPÍTULO 6

Trata de lo mucho que debió al Señor en darle conformidad con tan

grandes trabajos, y cómo tomó por medianero y abogado al glorioso

San José, y lo mucho que le aprovechó.

CAPÍTULO 7

Trata por los términos que fue perdiendo las mercedes que el Señor

le había hecho, y cuán perdida vida comenzó a tener. -. Dice los

daños que hay en noser muy encerrados los monasterios de

monjas.

CAPÍTULO 8

Trata del gran bien que le hizo no se apartar del todo de la oración

para no perder el alma, y cuán excelente remedio es para ganar lo

perdido. - Persuade a que todos la tengan.- Dice cómo es tan gran

ganancia y que, aunque la tornen a dejar, es gran bien usar algún

tiempo de tan gran bien.

CAPÍTULO 9

Trata por qué términos comenzó el Señor a despertar su alma y

darla luz en tan grandes tinieblas y a fortalecer sus virtudes para no

ofenderle.

CAPÍTULO 10

Comienza a declarar las mercedes que el Señor la hacía en la

oración, y en lo que nos podemos nosotros ayudar, y lo mucho que

importa que entendamos las mercedes que el Señor nos hace. -

Pide a quien esto envía que de aquí adelante sea secreto lo que

escribiere, pues la mandan diga tan particularmente las mercedes

que la hace el Señor.

CAPÍTULO 11

Dice en qué está la falta de no amara Dios con perfección en breve

tiempo. - Comienza a declarar, por una comparación que pone,

cuatro grados de oración. -Va tratando aquí del primero. - Es muy

provechoso para los que comienzan y para los que no tienen gustos

en la oración.

CAPÍTULO 12

Prosigue en este primer estado. - Dice hasta dónde podemos llegar

con el favor de Dios por nosotros mismos, y el daño que es querer,

hasta que el Señor lo haga, subir el espíritu a cosas sobrenaturales.

CAPÍTULO 13

Prosigue en este primer estado y pone avisos paraalgunas

tentaciones que el demonio suele poner algunas veces. - Da

avisospara ellas. - Es muy provechoso.

CAPÍTULO 14

Comienza a declarar el segundo grado de oración, que es ya dar el

Señor al alma a sentir gustos más particulares.- Decláralo para dar

a entender cómo son ya sobrenaturales.- Es harto de notar.

CAPÍTULO 15

Prosigue en la misma materia y da algunos avisos de cómo se han

de haber en esta oración de quietud. – Trata de cómo hay muchas

almas que lleguen a tener esta oración y pocas que pasen adelante.

- Son muy necesarias y provechosas las cosas que aquí se tocan.

CAPÍTULO 16

Trata tercer grado de oración, y va declarando cosas muy subidas,

y lo que puede el alma que llega aquí, y los efectos que hacen

estas mercedes tan grandes del Señor. - Es muy para levantar el

espíritu en alabanzas de Dios y para gran consuelo de quien llegare

aquí.

CAPÍTULO 17

Prosigue en la misma materia de declarar este tercer grado de

oración. - Acaba de declarar los efectos que hace. -Dice el daño

que aquí hace la imaginación y memoria.

CAPÍTULO 18

En que trata del cuarto grado de oración. *- Comienza a declarar

por excelente manera la gran dignidad en que el Señor pone al

alma que está en este estado. - Es para animar mucho a los que

tratan oración, para que se esfuercen a llegara tan alto estado, pues

se puede alcanzar en la tierra, aunque no por merecerlo, sino por la

bondad del Señor. - Léase con advertencia, porque se declara por

muy delicado modo y tiene cosas mucho de notar.

CAPÍTULO 19

Prosigue en la misma materia. - Comienza a declararlos efectos que

hace en el alma este grado de oración. – Persuade mucho a que no

tornen atrás, aunque después de esta merced tornen a caer, ni

dejen la oración. - Dice los daños que vendrán de no hacer esto. -

Es mucho de notar y de gran consolación para los flacos y

pecadores.

CAPÍTULO 20

En que trata la diferencia que hay de unión a arrobamiento. -

Declara qué cosa es arrobamiento, y dice algo del bien que tiene el

alma que el Señor por su bondad llega a él.- Dice los efectos que

hace. - Es de mucha admiración.

CAPÍTULO 21

Prosigue y acaba este postrer grado de oración.* - Dice lo que

siente el alma que está en él de tornara vivir en el mundo, y de la

luz que la da el Señor de los engaños de él. - Tiene buena doctrina.

CAPÍTULO 22

En que trata cuán seguro camino es para los contemplativos no

levantar el espíritu a cosas altas si el Señor no le levanta, y cómo

ha de ser el medio para la más subida contemplación la Humanidad

de Cristo. - Dice de un engaño en que ella estuvo un tiempo. - Es

muy provechoso este capítulo. *

CAPÍTULO 23

En que torna a tratar del discurso de su vida, y cómo comenzó a

tratar de más perfección, y porqué medios. - Es provechoso para las

personas que tratan de gobernar almas que tienen oración saber

cómo se han de haber en los principios, y el provecho que le hizo

saberla llevar. *

CAPÍTULO 24

Prosigue en lo comenzado, y dice cómo fue aprovechándose su

alma después que comenzó a obedecer, y lo poco que le

aprovechaba el resistir las mercedes de Dios, y cómo Su Majestad

se las iba dando más cumplidas.

CAPÍTULO 25

En que trata el modo y manera cómo se entienden estas hablas que

hace Dios al alma sin oírse, y de algunos engaños que puede haber

en ello, y en qué se conocerá cuándo lo es. - Es de mucho

provecho para quien se viere en este grado de oración, porque se

declara muy bien, y de harta doctrina.*

CAPÍTULO 26

Prosigue en la misma materia. - Va declarando y diciendo cosas

que le han acaecido, que la hacían perder el temor y afirmar que

era buen espíritu el que la hablaba.

CAPÍTULO 27

En que trata otro modo con que enseña el Señor al alma y sin

hablarla la da a entender su voluntad por una manera admirable. -

Trata también de declarar una visión y gran merced que la hizo el

Señor no imaginaria. - Es mucho de notar este capítulo. *

CAPÍTULO 28

En que trata las grandes mercedes que la hizo el Señor y cómo le

apareció la primera vez. – Declara qué es visión imaginaria. - Dice

los grandes efectos yseñales que deja cuando es de Dios. - Es muy

provechosocapítulo y mucho de notar. *

CAPÍTULO 29

Prosigue en lo comenzado y dice algunas mercedes grandes que la

hizo el Señor y las cosas que Su Majestad la decía para asegurarla

y para que respondiese a los que la contradecían.*

CAPÍTULO 30

Torna a contar el discurso de su vida y cómo remedió el Señor

mucho de sus trabajos con traer al lugar adonde estaba el santo

Fray Pedro de Alcántara, de la orden del glorioso San Francisco. -

Trata de grandes tentaciones y trabajos interiores que pasaba

algunas veces.

CAPÍTULO 31

Trata de algunas tentaciones exteriores y representaciones que la

hacía el demonio, y tormentos que la daba. – Trata también algunas

cosas harto buenas para aviso de personas que van camino de

perfección. *

CAPÍTULO 32 *

En que trata cómo quiso el Señor ponerla en espíritu en un lugar del

infierno que tenía por sus pecados merecido. - Cuenta una cifra de

lo que allí se lo representó para lo que fue. - Comienza a tratar la

manera y modo cómo se fundó el monasterio, adonde ahora está,

de San José.

CAPÍTULO 33

Procede en la misma materia de la fundación del glorioso San José.

- Dice cómo le mandaron que no entendiese en ella y el tiempo que

lo dejó y algunos trabajos que tuvo, y cómo la consolaba en ellos el

Señor.

CAPÍTULO 34

Trata cómo en este tiempo convino que se ausentase de este lugar.

- Dice la causa y cómo la mandó ir su prelado para consuelo de una

señora muy principal que estaba muy afligida.- Comienza a tratar lo

que allá le sucedió y la gran merced que el Señor la hizo de ser

medio para que Su Majestad despertase a una persona muy

principal para servirle muy de veras, y que ella tuviese favor y

amparo después en él. - Es mucho de notar.

CAPÍTULO 35

Prosigue en la misma materia de la fundación de esta casa de

nuestro glorioso Padre San José. - Dice por los términos que

ordenó el Señor viniese a guardarse en ella la santa pobreza, y la

causa por qué se vino de con aquella señora que estaba, y otras

algunas cosas que le sucedieron.

CAPÍTULO 36

Prosigue en la materia comenzada y dice cómo se acabó de

concluir y se fundó este monasterio del glorioso San José y las

grandes contradicciones y persecuciones que después de tomar

hábito las religiosas hubo, y los grandes trabajos y tentaciones que

ella pasó, y cómo de todo la sacó el Señor con victoria y en gloria y

alabanza suya.

CAPÍTULO 37 *.

Trata de los efectos que le quedaban cuando el Señor le había

hecho alguna merced. - Junta con esto harto buena doctrina.- Dice

cómo se ha de procurar y tener en mucho ganar algún grado más

de gloria, y que por ningún trabajo dejemos bienes que son

perpetuos.

CAPÍTULO 38

En que trata de algunas grandes mercedes que el Señor la hizo, así

en mostrarle algunos secretos del cielo, como otras grandes

visiones y revelaciones que Su Majestad tuvo por bien viese. -. Dice

los efectos con que la dejaban y el gran aprovechamiento que

quedaba en su alma.

CAPÍTULO 39

Prosigue en la misma materia de decir las grandes mercedes que le

ha hecho el Señor. - Trata de cómo le prometió de hacer por las

personas que ella le pidiese. – Dice algunas cosas señaladas en

que le ha hecho Su Majestad este favor.

CAPÍTULO 40

Prosigue en la misma materia de decir las grandes mercedes que el

Señor la ha hecho. - De algunas se puede tomar harto buena

doctrina, que éste ha sido, según ha dicho, su principal intento,

después de obedecer: poner las que son para provecho de las

almas. - Con este capítulo se acaba el discurso de su vida que

escribió. - Sea para gloria del Señor, amén.

EPÍLOGO

 

 

PRÓLOGO

JHS

1. Quisiera yo que, como me han mandado y dado larga licencia

para que escriba el modo de oración y las mercedes que el Señor

me ha hecho, me la dieran para que muy por menudo y con claridad

dijera mis grandes pecados y ruin vida. Diérame gran consuelo.

Mas no han querido, antes atádome mucho en este caso. Y por

esto pido, por amor del Señor, tenga delante de los ojos quien este

discurso de mi vida leyere, que ha sido tan ruin que no he hallado

santo de los que se tornaron a Dios con quien me consolar. Porque

considero que, después que el Señor los llamaba, no le tornaban a

ofender. Yo no sólo tornaba a ser peor, sino que parece traía

estudio a resistir las mercedes que Su Majestad me hacía, como

quien se veía obligada a servir más y entendía de sí no podía pagar

lo menos de lo que debía.

2. Sea bendito por siempre, que tanto me esperó, a quien con todo

mi corazón suplico me dé gracia para que con toda claridad y

verdad yo haga esta relación que mis confesores me mandan (y

aun el Señor sé yo lo quiere muchos días ha, sino que yo no me he

atrevido) y que sea para gloria y alabanza suya y para quede aquí

adelante, conociéndome ellos mejor, ayuden a mi flaqueza para que

pueda servir algo de lo que debo al Señor, a quien siemprealaben

todas las cosas, amén.

CAPÍTULO 1

En que trata cómo comenzó el Señor a despertar esta alma en su

niñez a cosas virtuosas, y la ayuda que es para esto serlo los

padres.

1. El tener padres virtuosos y temerosos de Dios me bastara, si yo

no fuera tan ruin, con lo que el Señor me favorecía, para ser buena.

Era mi padre aficionado a leer buenos libros y así los tenía de

romance para que leyesen sus hijos. Esto, con el cuidado que mi

madre tenía de hacernos rezar y ponernos en ser devotos de

nuestra Señora y de algunos santos, comenzó a despertarme de

edad, a mi parecer, de seis o siete años. Ayudábame no ver en mis

padres favor sino para la virtud. Tenían muchas.

Era mi padre hombre de mucha caridad con los pobres y piedad

con los enfermos y aun con los criados; tanta, que jamás se pudo

acabar con él tuviese esclavos, porque los había gran piedad, y

estando una vez en casa una de un su hermano, la regalaba como

a sus hijos. Decía que, de que no era libre, no lo podía sufrir de

piedad. Era de gran verdad. Jamás nadie le vio jurar ni murmurar.

Muy honesto en gran manera.

2. Mi madre también tenía muchas virtudes y pasó la vida con

grandes enfermedades. Grandísima honestidad. Con ser de harta

hermosura, jamás se entendió que diese ocasión a que ella hacía

caso de ella, porque con morir de treinta y tres años, ya su traje era

como de persona de mucha edad. Muy apacible y de harto

entendimiento. Fueron grandes los trabajos que pasaron el tiempo

que vivió. Murió muy cristianamente.

3. Eramos tres hermanas y nueve hermanos. Todos parecieron a

sus padres, por la bondad de Dios, en ser virtuosos, si no fui yo,

aunque era la más querida de mi padre. Y antes que comenzase a

ofender a Dios, parece tenía alguna razón; porque yo he lástima

cuando me acuerdo las buenas inclinaciones que el Señor me

había dado y cuán mal me supe aprovechar de ellas.

4. Pues mis hermanos ninguna cosa me desayudaban a servir a

Dios. Tenía uno casi de mi edad, juntábamonos entrambos a leer

vidas de Santos, que era el que yo más quería, aunque a todos

tenía gran amor y ellos a mí. Como veía los martirios que por Dios

las santas pasaban, parecíame compraban muy barato el ir a gozar

de Dios y deseaba yo mucho morir así, no por amor que yo

entendiese tenerle, sino por gozar tan en breve de los grandes

bienes que leía haber en el cielo, y juntábame con este mi hermano

a tratar qué medio habría para esto. Concertábamos irnos a tierra

de moros, pidiendo por amor de Dios, para que allá nos

descabezasen. Y paréceme que nos daba el Señor ánimo en tan

tierna edad, si viéramos algún medio, sino que el tener padres nos

parecía el mayor embarazo.

Espantábanos mucho el decir que pena y gloria era para siempre,

en lo que leíamos. Acaecíanos estar muchos ratos tratando de esto

y gustábamos de decir muchas veces: ¡para siempre, siempre,

siempre! En pronunciar esto mucho rato era el Señor servido me

quedase en esta niñez imprimido el camino de la verdad.

5. De que vi que era imposible ir a donde me matasen por Dios,

ordenábamos ser ermitaños; y en una huerta que había en casa

procurábamos, como podíamos, hacer ermitas, poniendo unas

pedrecillas que luego se nos caían, y así no hallábamos remedio en

nada para nuestro deseo; que ahora me pone devoción ver cómo

me daba Dios tan presto lo que yo perdí por mi culpa.

6. Hacía limosna como podía, y podía poco. Procuraba soledad

para rezar mis devociones, que eran hartas, en especial el rosario,

de que mi madre era muy devota, y así nos hacía serlo. Gustaba

mucho, cuando jugaba con otras niñas, hacer monasterios, como

que éramos monjas, y yo me parece deseaba serlo, aunque no

tanto como las cosas que he dicho.

7. Acuérdome que cuando murió mi madre quedé yo de edad de

doce años, poco menos. Como yo comencé a entender lo que

había perdido, afligida fuime a una imagen de nuestra Señora y

supliquéla fuese mi madre, con muchas lágrimas. Paréceme que,

aunque se hizo con simpleza, que me ha valido; porque

conocidamente he hallado a esta Virgen soberana en cuanto me he

encomendado a ella y, en fin, me ha tornado a sí.

Fatígame ahora ver y pensar en qué estuvo el no haber yo estado

entera en los buenos deseos que comencé.

8. ¡Oh Señor mío!, pues parece tenéis determinado que me salve,

plega a Vuestra Majestad sea así; y de hacerme tantasmercedes

como me habéis hecho, ¿no tuvierais por bien -no por mi ganancia,

sino por vuestro acatamiento- que no se ensuciara tanto posada

adonde tan continuo habíais de morar? Fatígame, Señor, aun decir

esto, porque sé que fue mía toda la culpa; porque no me parece os

quedó a Vos nada por hacer para que desde esta edad no fuera

toda vuestra.

Cuando voy a quejarme de mis padres, tampoco puedo, porque no

veía en ellos sino todo bien y cuidado de mi bien.

Pues pasando de esta edad, que comencé a entender las gracias

de naturaleza que el Señor me había dado, que según decían eran

muchas, cuando por ellas le había de dar gracias, de todas me

comencé a ayudar para ofenderle, como ahora diré.

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CAPÍTULO 2

Trata cómo fue perdiendo estas virtudes y lo que importa en la

niñez tratar con personas virtuosas.

1. Paréceme que comenzó a hacerme mucho daño lo que ahora

diré. Considero algunas veces cuán mal lo hacen los padres que no

procuran que vean sus hijos siempre cosas de virtud de todas

maneras; porque, con serlo tanto mi madre como he dicho, de lo

bueno no tomé tanto en llegando a uso de razón, ni casi nada, y lo

malo me dañó mucho. Era aficionada a libros de caballerías y no

tan mal tomaba este pasatiempo como yo le tomé para mí, porque

no perdía su labor, sino desenvolvíamonos para leer en ellos, y por

ventura lo hacía para no pensar en grandes trabajos que tenía, y

ocupar sus hijos, que no anduviesen en otras cosas perdidos. De

esto le pesaba tanto a mi padre, que se había de tener aviso a que

no lo viese. Yo comencé a quedarme en costumbre de leerlos; y

aquella pequeña falta que en ella vi, me comenzó a enfriar los

deseos y comenzar a faltar en lo demás; y parecíame no era malo,

con gastar muchas horas del día y de la noche en tan vano

ejercicio, aunque escondida de mi padre. Era tan en extremo lo que

en esto me embebía que, si no tenía libro nuevo, no me parece

tenía contento.

2. Comencé a traer galas y a desear contentar en parecer bien, con

mucho cuidado de manos y cabello y olores y todas las vanidades

que en esto podía tener, que eran hartas, por ser muy curiosa. No

tenía mala intención, porque no quisiera yo que nadie ofendiera a

Dios por mí. Duróme mucha curiosidad de limpieza demasiada y

cosas que me parecía a mí no eran ningún pecado, muchos años.

Ahora veo cuán malo debía ser.

Tenía primos hermanos algunos, que en casa de mi padre no

tenían otros cabida para entrar, que era muy recatado, y pluguiera a

Dios que lo fuera de éstos también. Porque ahora veo el peligro que

es tratar en la edad que se han de comenzar a criar virtudes con

personas que no conocen la vanidad del mundo, sino que antes

despiertan para meterse en él. Eran casi de mi edad, poco mayores

que yo. Andábamos siempre juntos. Teníanme gran amor, y en

todas las cosas que les daba contento los sustentaba plática y oía

sucesos de sus aficiones y niñerías nonada buenas; y lo que peor

fue, mostrarse el alma a lo que fue causa de todo su mal.

3. Si yo hubiera de aconsejar, dijera a los padres que en esta edad

tuviesen gran cuenta con las personas que tratan sus hijos, porque

aquí está mucho mal, que se va nuestro natural antes a lo peor que

a lo mejor.

Así me acaeció a mí, que tenía una hermana de mucha más edad

que yo, de cuya honestidad y bondad -que tenía mucha- de ésta no

tomaba nada, y tomé todo el daño de una parienta que trataba

mucho en casa. Era de tan livianos tratos, que mi madre la había

mucho procurado desviar que tratase en casa; parece adivinaba el

mal que por ella me había de venir, y era tanta la ocasión que había

para entrar, que no había podido. A ésta que digo, me aficioné a

tratar. Con ella era mi conversación y pláticas, porque me ayudaba

a todas las cosas de pasatiempos que yo quería, y aun me ponía en

ellas y daba parte de sus conversaciones y vanidades.

Hasta que traté con ella, que fue de edad de catorce años, y creo

que más (para tener amistad conmigo -digo- y darme parte de sus

cosas), no me parece había dejado a Dios por culpa mortal ni

perdido el temor de Dios, aunque le tenía mayor de la honra. Este

tuvo fuerza para no la perder del todo, ni me parece por ninguna

cosa del mundo en esto me podía mudar, ni había amor de persona

de él que a esto me hiciese rendir. ¡Así tuviera fortaleza en no ir

contra la honra de Dios, como me la daba mi natural para no perder

en lo que me parecía a mí está la honra del mundo! ¡Y no miraba

que la perdía por otras muchas vías!

4. En querer ésta vanamente tenía extremo. Los medios que eran

menester para guardarla, no ponía ninguno. Sólo para no perderme

del todo tenía gran miramiento.

Mi padre y hermana sentían mucho esta amistad. Reprendíanmela

muchas veces. Como no podían quitar la ocasión de entrar ella en

casa, no les aprovechaban sus diligencias, porque mi sagacidad

para cualquier cosa mala era mucha. Espántame algunas veces el

daño que hace una mala compañía, y si no hubiera pasado por ello,

no lo pudiera creer. En especial en tiempo de mocedad debe ser

mayor el mal que hace. Querría escarmentasen en mí los padres

para mirar mucho en esto. Y es así que de tal manera me mudó

esta conversación, que de natural y alma virtuoso no me dejó casi

ninguna, y me parece me imprimía sus condiciones ella y otra que

tenía la misma manera de pasatiempos.

5. Por aquí entiendo el gran provecho que hace la buena compañía,

y tengo por cierto que, si tratara en aquella edad con personas

virtuosas, que estuviera entera en la virtud. Porque si en esta edad

tuviera quien me enseñara a temer a Dios, fuera tomando fuerzas el

alma para no caer. Después, quitado este temor del todo, quedóme

sólo el de la honra, que en todo lo que hacía me traía atormentada.

Con pensar que no se había de saber, me atrevía a muchas cosas

bien contra ella y contra Dios.

6. Al principio dañáronme las cosas dichas, a lo que me parece, y

no debía ser suya la culpa, sino mía. Porque después mi malicia

para el mal bastaba, junto con tener criadas, que para todo mal

hallaba en ellas buen aparejo; que si alguna fuera en aconsejarme

bien, por ventura me aprovechara; mas el interés las cegaba, como

a mí la afición. Y pues nunca era inclinada a mucho mal -porque

cosas deshonestas naturalmente las aborrecía-, sino a pasatiempos

de buena conversación, mas puesta en la ocasión, estaba en la

mano el peligro, y ponía en él a mi padre y hermanos. De los cuales

me libró Dios de manera que se parece bien procuraba contra mi

voluntad que del todo no me perdiese, aunque no pudo ser tan

secreto que no hubiese harta quiebra de mi honra y sospecha en mi

padre.

Porque no me parece había tres meses que andaba en estas

vanidades, cuando me llevaron a un monasterio que había en este

lugar, adonde se criaban personas semejantes, aunque no tan

ruines en costumbres como yo; y esto con tan gran disimulación,

que sola yo y algún deudo lo supo; porque aguardaron a coyuntura

que no pareciese novedad: porque, haberse mi hermana casado y

quedar sola sin madre, no era bien.

7. Era tan demasiado el amor que mi padre me tenía y la mucha

disimulación mía, que no había creer tanto mal de mí, y así no

quedó en desgracia conmigo. Como fue breve el tiempo, aunque se

entendiese algo, no debía ser dicho con certinidad. Porque como yo

temía tanto la honra, todas mis diligencias eran en que fuese

secreto, y no miraba que no podía serlo a quien todo lo ve.

¡Oh Dios mío! ¡Qué daño hace en el mundo tener esto en poco y

pensar que ha de haber cosa secreta que sea contra Vos! Tengo

por cierto que se excusarían grandes males si entendiésemos que

no está el negocio en guardarnos de los hombres, sino en no nos

guardar de descontentaros a Vos.

8. Los primeros ocho días sentí mucho, y más la sospecha que tuve

se había entendido la vanidad mía, que no de estar allí. Porque ya

yo andaba cansada y no dejaba de tener gran temor de Dios

cuando le ofendía, y procuraba confesarme con brevedad. Traía un

desasosiego, que en ocho días -y aun creo menos- estaba muy

más contenta que en casa de mi padre. Todas lo estaban conmigo,

porque en esto me daba el Señor gracia, en dar contento

adondequiera que estuviese, y así era muy querida. Y puesto que

yo estaba entonces ya enemiguísima de ser monja, holgábame de

ver tan buenas monjas, que lo eran mucho las de aquella casa, y de

gran honestidad y religión y recatamiento.

Aun con todo esto no me dejaba el demonio de tentar, y buscar los

de fuera cómo me desasosegar con recaudos. Como no había

lugar, presto se acabó, y comenzó mi alma a tornarse a

acostumbrar en el bien de mi primera edad y vi la gran merced que

hace Dios a quien pone en compañía de buenos.

Paréceme andaba Su Majestad mirando y remirando por dónde me

podía tornar a sí. ¡Bendito seáis Vos, Señor, que tanto me habéis

sufrido! Amén.

9. Una cosa tenía que parece me podía ser alguna disculpa, si no

tuviera tantas culpas; y es que era el trato con quien por vía de

casamiento me parecía podía acabar en bien; e informada de con

quien me confesaba y de otras personas, en muchas cosas me

decían no iba contra Dios.

10. Dormía una monja con las que estábamos seglares, que por

medio suyo parece quiso el Señor comenzar a darme luz, como

ahora diré.

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CAPÍTULO 3

En que trata cómo fue parte la buena compañía para tornar a

despertar sus deseos, y por qué manera comenzó el Señor a darla

alguna luz del engaño que había traído.

1. Pues comenzando a gustar de la buena y santa conversación de

esta monja, holgábame de oírla cuán bien hablaba de Dios, porque

era muy discreta y santa. Esto, a mi parecer, en ningún tiempo dejé

de holgarme de oírlo. Comenzóme a contar cómo ella había venido

a ser monja por sólo leer lo que dice el evangelio: Muchos son los

llamados y pocos los escogidos. Decíame el premio que daba el

Señor a los que todo lo dejan por El.

Comenzó esta buena compañía a desterrar las costumbres que

había hecho la mala y a tornar a poner en mi pensamiento deseos

de las cosas eternas y a quitar algo la gran enemistad que tenía con

ser monja, que se me había puesto grandísima. Y si veía alguna

tener lágrimas cuando rezaba, u otras virtudes, habíala mucha

envidia; porque era tan recio mi corazón en este caso que, si leyera

toda la Pasión, no llorara una lágrima. Esto me causaba pena.

2. Estuve año y medio en este mnnasterio harto mejorada.

Comencé a rezar muchas oraciones vocales y a procurar con todas

me encomendasen a Dios, que me diese el estado en que le había

de servir. Mas todavía deseaba no fuese monja, que éste no fuese

Dios servido de dármele, aunque también temía el casarme.

A cabo de este tiempo que estuve aquí, ya tenía más amistad de

ser monja, aunque no en aquella casa, por las cosas más virtuosas

que después entendí tenían, que me parecían extremos

demasiados; y había algunas de las más mozas que me ayudaban

en esto, que si todas fueran de un parecer, mucho me aprovechara.

También tenía yo una grande amiga en otro monasterio, y esto me

era parte para no ser monja, si lo hubiese de ser, sino adonde ella

estaba. Miraba más el gusto de mi sensualidad y vanidad que lo

bien que me estaba a mi alma. Estos buenos pensamientos de ser

monja me venían algunas veces y luego se quitaban, y no podía

persuadirme a serlo.

3. En este tiempo, aunque yo no estaba descuidada de mi remedio,

andaba más ganoso el Señor de disponerme para el estado que me

estaba mejor. Diome una gran enfermedad, que hube de tornar en

casa de mi padre. En estando buena, lleváronme en casa de mi

hermana -que residía en una aldea- para verla, que era extremo el

amor que me tenía y, a su querer, no saliera yo de con ella; y su

marido también me amaba mucho, al menos mostrábame todo

regalo, que aun esto debo más al Señor, que en todas partes

siempre le he tenido, y todo se lo servía como la que soy.

4. Estaba en el camino un hermano de mi padre, muy avisado y de

grandes virtudes, viudo, a quien también andaba el Señor

disponiendo para sí, que en su mayor edad dejó todo lo que tenía y

fue fraile y acabó de suerte que creo goza de Dios. Quiso que me

estuviese con él unos días. Su ejercicio era buenos libros de

romance, y su hablar era -lo más ordinario- de Dios y de la vanidad

del mundo. Hacíame le leyese y, aunque no era amiga de ellos,

mostraba que sí. Porque en esto de dar contento a otros he tenido

extremo, aunque a mí me hiciese pesar; tanto, que en otras fuera

virtud y en mí ha sido gran falta, porque iba muchas veces muy sin

discreción.

¡Oh, válgame Dios, por qué términos me andaba Su Majestad

disponiendo para el estado en que se quiso servir de mí, que, sin

quererlo yo, me forzó a que me hiciese fuerza! Sea bendito por

siempre, amén.

5. Aunque fueron los días que estuve pocos, con la fuerza que

hacían en mi corazón las palabras de Dios, así leídas como oídas, y

la buena compañía, vine a ir entendiendo la verdad de cuando niña,

de que no era todo nada, y la vanidad del mundo, y cómo acababa

en breve, y a temer, si me hubiera muerto, cómo me iba al infierno.

Y aunque no acababa mi voluntad de inclinarse a ser monja, vi era

el mejor y más seguro estado. Y así poco a poco me determiné a

forzarme para tomarle.

6. En esta batalla estuve tres meses, forzándome a mí misma con

esta razón: que los trabajos y pena de ser monja no podía ser

mayor que la del purgatorio, y que yo había bien merecido el

infierno; que no era mucho estar lo que viviese como en purgatorio,

y que después me iría derecha al cielo, que éste era mi deseo.

Y en este movimiento de tomar estado, más me parece me movía

un temor servil que amor. Poníame el demonio que no podría sufrir

los trabajos de la religión, por ser tan regalada. A esto me defendía

con los trabajos que pasó Cristo, porque no era mucho yo pasase

algunos por El; que El me ayudaría a llevarlos -debía pensar-, que

esto postrero no me acuerdo. Pasé hartas tentaciones estos días.

7. Habíanme dado, con unas calenturas, unos grandes desmayos,

que siempre tenía bien poca salud. Diome la vida haber quedado ya

amiga de buenos libros. Leía en las Epístolas de San Jerónimo, que

me animaban de suerte que me determiné a decirlo a mi padre, que

casi era como a tomar el hábito, porque era tan honrosa que me

parece no tornara atrás por ninguna manera, habiéndolo dicho una

vez. Era tanto lo que me quería, que en ninguna manera lo pude

acabar con él, ni bastaron ruegos de personas que procuré le

hablasen. Lo que más se pudo acabar con él fue que después de

sus días haría lo que quisiese. Yo ya me temía a mí y a mi flaqueza

no tornase atrás, y así no me pareció me convenía esto, y procurélo

por otra vía, como ahora diré.

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CAPÍTULO 4

Dice cómo la ayudó el Señor para forzarse a sí misma para tomar

hábito, y las muchas enfermedades que Su Majestad la comenzó a

dar.

1. En estos días que andaba con estas determinaciones, había

persuadido a un hermano mío a que se metiese fraile (*,1)

diciéndole la vanidad del mundo. Y concertamos entrambos de

irnos un día muy de mañana al monasterio adonde estaba aquella

mi amiga, que era al que yo tenía mucha afición, puesto que ya en

esta postrera determinación ya yo estaba de suerte, que a

cualquiera que pensara servir más a Dios o mi padre quisiera, fuera;

que más miraba ya el remedio de mi alma, que del descanso ningún

caso hacía de él.

Acuérdaseme, a todo mi parecer y con verdad, que cuando salí de

casa de mi padre no creo será más el sentimiento cuando me

muera. Porque me parece cada hueso se me apartaba por sí, que,

como no había amor de Dios que quitase el amor del padre y

parientes, era todo haciéndome una fuerza tan grande que, si el

Señor no me ayudara, no bastaran mis consideraciones para ir

adelante. Aquí me dio ánimo contra mí, de manera que lo puse por

obra.

2. En tomando el hábito, luego me dio el Señor a entender cómo

favorece a los que se hacen fuerza para servirle, la cual nadie no

entendía de mí, sino grandísima voluntad. A la hora me dio un tan

gran contento de tener aquel estado, que nunca jamás me faltó

hasta hoy, y mudó Dios la sequedad que tenía mi alma en

grandísima ternura. Dábanme deleite todas las cosas de la religión,

y es verdad que andaba algunas veces barriendo en horas que yo

solía ocupar en mi regalo y gala, y acordándoseme que estaba libre

de aquello, me daba un nuevo gozo, que yo me espantaba y no

podía entender por dónde venía.

Cuando de esto me acuerdo, no hay cosa que delante se me

pusiese, por grave que fuese, que dudase de acometerla. Porque

ya tengo experiencia en muchas que, si me ayudo al principio a

determinarme a hacerlo, que, siendo sólo por Dios, hasta

comenzarlo quiere -para que más merezcamos- que el alma sienta

aquel espanto, y mientras mayor, si sale con ello, mayor premio y

más sabroso se hace después. Aun en esta vida lo paga Su

Majestad por unas vías que sólo quien goza de ello lo entiende.

Esto tengo por experiencia, como he dicho, en muchas cosas harto

graves. Y así jamás aconsejaría -si fuera persona que hubiera de

dar parecer- que, cuando una buena inspiración acomete muchas

veces, se deje, por miedo, de poner por obra; que si va

desnudamente por solo Dios, no hay que temer sucederá mal, que

poderoso es para todo. Sea bendito por siempre, amén.

3. Bastara, ¡oh sumo Bien y descanso mío!, las mercedes que me

habíais hecho hasta aquí, de traerme por tantos rodeos vuestra

piedad y grandeza a estado tan seguro y a casa adonde había

muchas siervas de Dios, de quien yo pudiera tomar, para ir

creciendo en su servicio. No sé cómo he de pasar de aquí, cuando

me acuerdo la manera de mi profesión y la gran determinación y

contento con que la hice y el desposorio que hice con Vos. Esto no

lo puedo decir sin lágrimas, y habían de ser de sangre y

quebrárseme el corazón, y no era mucho sentimiento para lo que

después os ofendí.

Paréceme ahora que tenía razón de no querer tan gran dignidad,

pues tan mal había de usar de ella. Mas Vos, Señor mío, quisisteis

ser -casi veinte años que usé mal de esta merced- ser el agraviado,

porque yo fuese mejorada. No parece, Dios mío, sino que prometí

no guardar cosa de lo que os había prometido, aunque entonces no

era esa mi intención. Mas veo tales mis obras después, que no sé

qué intención tenía, para que más se vea quién Vos sois, Esposo

mío, y quién soy yo. Que es verdad, cierto, que muchas veces me

templa el sentimiento de mis grandes culpas el contento que me da

que se entienda la muchedumbre de vuestras misericordias.

4. ¿En quién, Señor, pueden así resplandecer como en mí, que

tanto he oscurecido con mis malas obras las grandes mercedes que

me comenzasteis a hacer? ¡Ay de mí, Criador mío, que si quiero dar

disculpa, ninguna tengo! Ni tiene nadie la culpa sino yo. Porque si

os pagara algo del amor que me comenzasteis a mostrar, no le

pudiera yo emplear en nadie sino en Vos, y con esto se remediaba

todo. Pues no lo merecí ni tuve tanta ventura, válgame ahora,

Señor, vuestra misericordia.

5. La mudanza de la vida y de los manjares me hizo daño a la

salud, que, aunque el contento era mucho, no bastó.

Comenzáronme a crecer los desmayos y diome un mal de corazón

tan grandísimo, que ponía espanto a quien le veía, y otros muchos

males juntos, y así pasé el primer año con harta mala salud, aunque

no me parece ofendí a Dios en él mucho. Y como era el mal tan

grave que casi me privaba el sentido siempre y algunas veces del

todo quedaba sin él, era grande la diligencia que traía mi padre para

buscar remedio; y como no le dieron los médicos de aquí, procuró

llevarme a un lugar adonde había mucha fama de que sanaban allí

otras enfermedades, y así dijeron harían la mía. Fue conmigo esta

amiga que he dicho que tenía en casa, que era antigua. En la casa

que era monja no se prometía clausura.

6. Estuve casi un año por allá, y los tres meses de él padeciendo

tan grandísimo tormento en las curas que me hicieron tan recias,

que yo no sé cómo las pude sufrir; y en fin, aunque las sufrí, no las

pudo sufrir mi sujeto, como diré.

Había de comenzarse la cura en el principio del verano, y yo fui en

el principio del invierno. Todo este tiempo estuve en casa de la

hermana que he dicho que estaba en la aldea, esperando el mes de

abril, porque estaba cerca, y no andar yendo y viniendo.

7. Cuando iba, me dio aquel tío mío que tengo dicho que estaba en

el camino, un libro: llámase Tercer Abecedario, que trata de

enseñar oración de recogimiento; y puesto que este primer año

había leído buenos libros (que no quise más usar de otros, porque

ya entendía el daño que me habían hecho), no sabía cómo

proceder en oración ni cómo recogerme, y así holguéme mucho con

él y determinéme a seguir aquel camino con todas mis fuerzas. Y

como ya el Señor me había dado don de lágrimas y gustaba de

leer, comencé a tener ratos de soledad y a confesarme a menudo y

comenzar aquel camino, teniendo a aquel libro por maestro. Porque

yo no hallé maestro, digo confesor, que me entendiese, aunque le

busqué, en veinte años después de esto que digo, que me hizo

harto daño para tornar muchas veces atrás y aun para del todo

perderme; porque todavía me ayudara a salir de las ocasiones que

tuve para ofender a Dios.

Comenzóme Su Majestad a hacer tantas mercedes en los

principios, que al fin de este tiempo que estuve aquí (que era casi

nueve meses en esta soledad, aunque no tan libre de ofender a

Dios como el libro me decía, mas por esto pasaba yo; parecíame

casi imposible tanta guarda; teníala de no hacer pecado mortal, y

pluguiera a Dios la tuviera siempre; de los veniales hacía poco

caso, y esto fue lo que me destruyó...), comenzó el Señor a

regalarme tanto por este camino, que me hacía merced de darme

oración de quietud, y alguna vez llegaba a unión, aunque yo no

entendía qué era lo uno ni lo otro y lo mucho que era de preciar,

que creo me fuera gran bien entenderlo. Verdad es que duraba tan

poco esto de unión, que no sé si era Avemaría; mas quedaba con

unos efectos tan grandes que, con no haber en este tiempo veinte

años, me parece traía el mundo debajo de los pies, y así me

acuerdo que había lástima a los que le seguían, aunque fuese en

cosas lícitas.

Procuraba lo más que podía traer a Jesucristo, nuestro bien y

Señor, dentro de mí presente, y ésta era mi manera de oración. Si

pensaba en algún paso, le representaba en lo interior; aunque lo

más gastaba en leer buenos libros, que era toda mi recreación;

porque no me dio Dios talento de discurrir con el entendimiento ni

de aprovecharme con la imaginación, que la tengo tan torpe, que

aun para pensar y representar en mí -como lo procuraba traer- la

Humanidad del Señor, nunca acababa. Y aunque por esta vía de no

poder obrar con el entendimiento llegan más presto a la

contemplación si perseveran, es muy trabajoso y penoso. Porque si

falta la ocupación de la voluntad y el haber en qué se ocupe en

cosa presente el amor, queda el alma como sin arrimo ni ejercicio, y

da gran pena la soledad y sequedad, y grandísimo combate los

pensamientos.

8. A personas que tienen esta disposición les conviene más pureza

de conciencia que a las que con el entendimiento pueden obrar.

Porque quien va discurriendo en lo que es el mundo y en lo que

debe a Dios y en lo mucho que sufrió y lo poco que le sirve y lo que

da a quien le ama, saca doctrina para defenderse de los

pensamientos y de las ocasiones y peligros. Pero quien no se

puede aprovechar de esto, tiénele mayor y conviénele ocuparse

mucho en lección, pues de su parte no puede sacar ninguna.

Es tan penosísima esta manera de proceder, que si el maestro que

enseña aprieta en que sin lección, que ayuda mucho para recoger

(a quien de esta manera procede le es necesario, aunque sea poco

lo que lea, sino en lugar de la oración mental que no puede tener);

digo que si sin esta ayuda le hacen estar mucho rato en la oración,

que será imposible durar mucho en ella y le hará daño a la salud si

porfía, porque es muy penosa cosa.

9. Ahora me parece que proveyó el Señor que yo no hallase quien

me enseñase, porque fuera imposible, -me parece-, perseverar

dieciocho años que pasé este trabajo, y en éstos grandes

sequedades, por no poder, como digo, discurrir. En todos éstos, si

no era acabando de comulgar, jamás osaba comenzar a tener

oración sin un libro; que tanto temía mi alma estar sin él en oración,

como si con mucha gente fuera a pelear. Con este remedio, que era

como una compañía o escudo en que había de recibir los golpes de

los muchos pensamientos, andaba consolada. Porque la sequedad

no era lo ordinario, mas era siempre cuando me faltaba libro, que

era luego desbaratada el alma, y los pensamientos perdidos; con

esto los comenzaba a recoger y como por halago llevaba el alma. Y

muchas veces, en abriendo el libro, no era menester más. Otras leía

poco, otras mucho, conforme a la merced que el Señor me hacía.

Parecíame a mí, en este principio que digo, que teniendo yo libros y

cómo tener soledad, que no habría peligro que me sacase de tanto

bien; y creo con el favor de Dios fuera así, si tuviera maestro o

persona que me avisara de huir las ocasiones en los principios y me

hiciera salir de ellas, si entrara, con brevedad. Y si el demonio me

acometiera entonces descubiertamente, parecíame en ninguna

manera tornara gravemente a pecar; mas fue tan sutil y yo tan ruin,

que todas mis determinaciones me aprovecharon poco, aunque

muy mucho los días que serví a Dios, para poder sufrir las terribles

enfermedades que tuve, con tan gran paciencia como Su Majestad

me dio.

10. Muchas veces he pensado espantada de la gran bondad de

Dios, y regaládose mi alma de ver su gran magnificencia y

misericordia. Sea bendito por todo, que he visto claro no dejar sin

pagarme, aun en esta vida, ningún deseo bueno. Por ruines e

imperfectas que fuesen mis obras, este Señor mío las iba

mejorando y perfeccionando y dando valor, y los males y pecados

luego los escondía. Aun en los ojos de quien los ha visto, permite

Su Majestad se cieguen y los quita de su memoria. Dora las culpas.

Hace que resplandezca una virtud que el mismo Señor pone en mí

casi haciéndome fuerza para que la tenga.

11. Quiero tornar a lo que me han mandado. Digo que, si hubiera de

decir por menudo de la manera que el Señor se había conmigo en

estos principios, que fuera menester otro entendimiento que el mío

para saber encarecer lo que en este caso le debo y mi gran

ingratitud y maldad, pues todo esto olvidé. Sea por siempre bendito,

que tanto me ha sufrido. Amén.

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CAPÍTULO 5

Prosigue en las grandes enfermedades que tuvo y la paciencia que

el Señor le dio en ellas, y cómo saca de los males bienes, según se

verá en una cosa que le acaeció en este lugar que se fue a curar.

1. Olvidé de decir cómo en el año del noviciado pasé grandes

desasosiegos con cosas que en sí tenían poco tomo; mas

culpábanme sin tener culpa hartas veces. Yo lo llevaba con harta

pena e imperfección, aunque con el gran contento que tenía de ser

monja todo lo pasaba. Como me veían procurar soledad y me veían

llorar por mis pecados algunas veces, pensaban era descontento, y

así lo decían.

Era aficionada a todas las cosas de religión, mas no a sufrir ninguna

que pareciese menosprecio. Holgábame de ser estimada. Era

curiosa en cuanto hacía. Todo me parecía virtud, aunque esto no

me será disculpa, porque para todo sabía lo que era procurar mi

contento, y así la ignorancia no quita la culpa. Alguna tiene no estar

fundado el monasterio en mucha perfección; yo, como ruin, íbame a

lo que veía falta y dejaba lo bueno.

2. Estaba una monja entonces enferma de grandísima enfermedad

y muy penosa, porque eran unas bocas en el vientre, que se le

habían hecho de opilaciones, por donde echaba lo que comía.

Murió presto de ello. Yo veía a todas temer aquel mal. A mí

hacíame gran envidia su paciencia. Pedía a Dios que, dándomela

así a mí, me diese las enfermedades que fuese servido. Ninguna

me parece temía, porque estaba tan puesta en ganar bienes

eternos, que por cualquier medio me determinaba a ganarlos. Y

espántome, porque aún no tenía -a mi parecer- amor de Dios, como

después que comencé a tener oración me parecía a mí le he tenido,

sino una luz de parecerme todo de poca estima lo que se acaba y

de mucho precio los bienes que se pueden ganar con ello, pues son

eternos.

Tan bien me oyó en esto Su Majestad, que antes de dos años

estaba tal, que aunque no el mal de aquella suerte, creo no fue

menos penoso y trabajoso el que tres años tuve, como ahora diré.

3. Venido el tiempo que estaba aguardando en el lugar que digo

que estaba con mi hermana para curarme, lleváronme con harto

cuidado de mi regalo mi padre y hermana y aquella monja mi amiga

que había salido conmigo, que era muy mucho lo que me quería.

Aquí comenzó el demonio a descomponer mi alma, aunque Dios

sacó de ello harto bien. Estaba una persona de la iglesia, que

residía en aquel lugar adonde me fui a curar, de harto buena

calidad y entendimiento. Tenía letras, aunque no muchas. Yo

comencéme a confesar con él, que siempre fui amiga de letras,

aunque gran daño hicieron a mi alma confesores medio letrados,

porque no los tenía de tan buenas letras como quisiera.

He visto por experiencia que es mejor, siendo virtuosos y de santas

costumbres, no tener ningunas; porque ni ellos se fían de sí sin

preguntar a quien las tenga buenas, ni yo me fiara. Y buen letrado

nunca me engañó. Estotros tampoco me debían de querer engañar,

sino no sabían más. Yo pensaba que sí y que no era obligada a

más de creerlos, como era cosa ancha lo que me decían y de más

libertad; que si fuera apretada, yo soy tan ruin que buscara otros. Lo

que era pecado venial decíanme que no era ninguno; lo que era

gravísimo mortal, que era venial. Esto me hizo tanto daño que no es

mucho lo diga aquí para aviso de otras de tan gran mal; que para

delante de Dios bien veo no me es disculpa, que bastaban ser las

cosas de su natural no buenas para que yo me guardara de ellas.

Creo permitió Dios, por mis pecados, ellos se engañasen y me

engañasen a mí. Yo engañé a otras hartas con decirles lo mismo

que a mí me habían dicho.

Duré en esta ceguedad creo más de diecisiete años, hasta que un

Padre dominico, gran letrado, me desengañó en cosas, y los de la

Compañía de Jesús del todo me hicieron tanto temer,

agraviándome tan malos principios, como después diré.

4. Pues comenzándome a confesar con este que digo, él se aficionó

en extremo a mí, porque entonces tenía poco que confesar para lo

que después tuve, ni lo había tenido después de monja. No fue la

afición de éste mala; mas de demasiada afición venía a no ser

buena. Tenía entendido de mí que no me determinaría a hacer cosa

contra Dios que fuese grave por ninguna cosa, y él también me

aseguraba lo mismo, y así era mucha la conversación. Mas mis

tratos entonces, con el embebecimiento de Dios que traía, lo que

más gusto me daba era tratar cosas de El; y como era tan niña,

hacíale confusión ver esto, y con la gran voluntad que me tenía,

comenzó a declararme su perdición. Y no era poca, porque había

casi siete años que estaba en muy peligroso estado, con afición y

trato con una mujer del mismo lugar, y con esto decía misa. Era

cosa tan pública, que tenía perdida la honra y la fama, y nadie le

osaba hablar contra esto.

A mí hízoseme gran lástima, porque le quería mucho; que esto

tenía yo de gran liviandad y ceguedad, que me parecía virtud ser

agradecida y tener ley a quien me quería. ¡Maldita sea tal ley, que

se extiende hasta ser contra la de Dios! Es un desatino que se usa

en el mundo, que me desatina; que debemos todo el bien que nos

hacen a Dios, y tenemos por virtud, aunque sea ir contra El, no

quebrantar esta amistad. ¡Oh ceguedad del mundo! ¡Fuerais Vos

servido, Señor, que yo fuera ingratísima contra todo él, y contra Vos

no lo fuera un punto! Mas ha sido todo al revés, por mis pecados.

5. Procuré saber e informarme más de personas de su casa. Supe

más la perdición, y vi que el pobre no tenía tanta culpa; porque la

desventurada de la mujer le tenía puestos hechizos en un idolillo de

cobre que le había rogado le trajese por amor de ella al cuello, y

éste nadie había sido poderoso de podérsele quitar.

Yo no creo es verdad esto de hechizos determinadamente; mas diré

esto que yo vi, para aviso de que se guarden los hombres de

mujeres que este trato quieren tener, y crean que, pues pierden la

vergüenza a Dios (que ellas más que los hombres son obligadas a

tener honestidad), que ninguna cosa de ellas pueden confiar; que a

trueco de llevar adelante su voluntad y aquella afición que el

demonio les pone, no miran nada. Aunque yo he sido tan ruin, en

ninguna de esta suerte yo no caí, ni jamás pretendí hacer mal ni,

aunque pudiera, quisiera forzar la voluntad para que me la tuvieran,

porque me guardó el Señor de esto; mas si me dejara, hiciera el mal

que hacía en lo demás, que de mí ninguna cosa hay que fiar.

6. Pues como supe esto, comencé a mostrarle más amor. Mi

intención buena era, la obra mala, pues por hacer bien, por grande

que sea, no había de hacer un pequeño mal. Tratábale muy

ordinario de Dios. Esto debía aprovecharle, aunque más creo le

hizo al caso el quererme mucho; porque, por hacerme placer, me

vino a dar el idolillo, el cual hice echar luego en un río. Quitado éste,

comenzó -como quien despierta de un gran sueño- a irse

acordando de todo lo que había hecho aquellos años; y

espantándose de sí, doliéndose de su perdición, vino a comenzar a

aborrecerla. Nuestra Señora le debía ayudar mucho, que era muy

devoto de su Concepción, y en aquel día hacía gran fiesta. En fin,

dejó del todo de verla y no se hartaba de dar gracias a Dios por

haberle dado luz.

A cabo de un año en punto desde el primer día que yo le vi, murió.

Y había estado muy en servicio de Dios, porque aquella afición

grande que me tenía nunca entendí ser mala, aunque pudiera ser

con más puridad; mas también hubo ocasiones para que, si no se

tuviera muy delante a Dios, hubiera ofensas suyas más graves.

Como he dicho, cosa que yo entendiera era pecado mortal no la

hiciera entonces. Y paréceme que le ayudaba a tenerme amor ver

esto en mí; que creo todos los hombres deben ser más amigos de

mujeres que ven inclinadas a virtud; y aun para lo que acá

pretenden deben de ganar con ellos más por aquí, según después

diré.

Tengo por cierto está en carrera de salvación. Murió muy bien y

muy quitado de aquella ocasión. Parece quiso el Señor que por

estos medios se salvase.

7. Estuve en aquel lugar tres meses con grandísimos trabajos,

porque la cura fue más recia que pedía mi complexión. A los dos

meses, a poder de medicinas, me tenía casi acabada la vida, y el

rigor del mal de corazón de que me fui a curar era mucho más recio,

que algunas veces me parecía con dientes agudos me asían de él,

tanto que se temió era rabia. Con la falta grande de virtud (porque

ninguna cosa podía comer, si no era bebida, de grande hastío)

calentura muy continua, y tan gastada, porque casi un mes me

había dado una purga cada día, estaba tan abrasada, que se me

comenzaron a encoger los nervios con dolores tan incomportables,

que día ni noche ningún sosiego podía tener. Una tristeza muy

profunda.

8. Con esta ganancia me tornó a traer mi padre adonde tornaron a

verme médicos. Todos me desahuciaron, que decían sobre todo

este mal, decían estaba hética. De esto se me daba a mí poco. Los

dolores eran los que me fatigaban, porque eran en un ser desde los

pies hasta la cabeza; porque de nervios son intolerables, según

decían los médicos, y como todos se encogían, cierto -si yo no lo

hubiera por mi culpa perdido- era recio tormento.

En esta reciedumbre no estaría más de tres meses, que parecía

imposible poderse sufrir tantos males juntos. Ahora me espanto, y

tengo por gran merced del Señor la paciencia que Su Majestad me

dio, que se veía claro venir de El. Mucho me aprovechó para tenerla

haber leído la historia de Job en los Morales de San Gregorio, que

parece previno el Señor con esto, y con haber comenzado a tener

oración, para que yo lo pudiese llevar con tanta conformidad. Todas

mis pláticas eran con El. Traía muy ordinario estas palabras de Job

en el pensamiento y decíalas: Pues recibimos los bienes de la

mano del Señor, ¿por qué no sufriremos los males? Esto parece me

ponía esfuerzo.

9. Vino la fiesta de nuestra Señora de Agosto, que hasta entonces

desde abril había sido el tormento, aunque los tres postreros meses

mayor. Di prisa a confesarme, que siempre era muy amiga de

confesarme a menudo. Pensaron que era miedo de morirme y, por

no me dar pena, mi padre no me dejó. ¡Oh amor de carne

demasiado, que aunque sea de tan católico padre y tan avisado -

que lo era harto, que no fue ignorancia- me pudiera hacer gran

daño! Diome aquella noche un paraxismo que me duró estar sin

ningún sentido cuatro días, poco menos. En esto me dieron el

Sacramento de la Unción y cada hora o momento pensaban

expiraba y no hacían sino decirme el Credo, como si alguna cosa

entendiera. Teníanme a veces por tan muerta, que hasta la cera me

hallé después en los ojos.

10. La pena de mi padre era grande de no me haber dejado

confesar; clamores y oraciones a Dios, muchas. Bendito sea El que

quiso oírlas, que teniendo día y medio abierta la sepultura en mi

monasterio, esperando el cuerpo allá y hechas las honras en uno

de nuestros frailes fuera de aquí, quiso el Señor tornase en mí.

Luego me quise confesar. Comulgué con hartas lágrimas; mas a mi

parecer que no eran con el sentimiento y pena de sólo haber

ofendido a Dios, que bastara para salvarme, si el engaño que traía

de los que me habían dicho no eran algunas cosas pecado mortal,

que cierto he visto después lo eran, no me aprovechara. Porque los

dolores eran incomportables, con que quedé; el sentido poco,

aunque la confesión entera, a mi parecer, de todo lo que entendí

había ofendido a Dios; que esta merced me hizo Su Majestad, entre

otras, que nunca, después que comencé a comulgar, dejé cosa por

confesar que yo pensase era pecado, aunque fuese venial, que le

dejase de confesar. Mas sin duda me parece que lo iba harto mi

salvación si entonces me muriera, por ser los confesores tan poco

letrados por una parte, y por otra ser yo ruin, y por muchas.

11. Es verdad, cierto, que me parece estoy con tan gran espanto

llegando aquí y viendo cómo parece me resucitó el Señor, que

estoy casi temblando entre mí. Paréceme fuera bien, oh ánima mía,

que miraras del peligro que el Señor te había librado y, ya que por

amor no le dejabas de ofender, lo dejaras por temor que pudiera

otras mil veces matarte en estado más peligroso. Creo no añado

muchas en decir otras mil, aunque me riña quien me mandó

moderase el contar mis pecados, y harto hermoseados van.

Por amor de Dios le pido de mis culpas no quite nada, pues se ve

más aquí la magnificencia de Dios y lo que sufre a un alma. Sea

bendito para siempre. Plega a Su Majestad que antes me consuma

que le deje yo más de querer.

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CAPÍTULO 6

Trata de lo mucho que debió al Señor en darle conformidad con tan

grandes trabajos, y cómo tomó por medianero y abogado al glorioso

San José, y lo mucho que le aprovechó.

1. Quedé de estos cuatro días de paroxismo de manera que sólo el

Señor puede saber los incomportables tormentos que sentía en mí:

la lengua hecha pedazos de mordida; la garganta, de no haber

pasado nada y de la gran flaqueza que me ahogaba, que aun el

agua no podía pasar; toda me parecía estaba descoyuntada; con

grandísimo desatino en la cabeza; toda encogida, hecha un ovillo,

porque en esto paró el tormento de aquellos días, sin poderme

menear, ni brazo ni pie ni mano ni cabeza, más que si estuviera

muerta, si no me meneaban; sólo un dedo me parece podía menear

de la mano derecha. Pues llegar a mí no había cómo, porque todo

estaba tan lastimado que no lo podía sufrir. En una sábana, una de

un cabo y otra de otro, me meneaban.

Esto fue hasta Pascua Florida. Sólo tenía que, si no llegaban a mí,

los dolores me cesaban muchas veces y, a cuento de descansar un

poco, me contaba por buena, que traía temor me había de faltar la

paciencia; y así quedé muy contenta de verme sin tan agudos y

continuos dolores, aunque a los recios fríos de cuartanas dobles

con que quedé, recísimas, los tenía incomportables; el hastío muy

grande.

2. Di luego tan gran prisa de irme al monasterio, que me hice llevar

así. A la que esperaban muerta, recibieron con alma; mas el cuerpo

peor que muerto, para dar pena verle. El extremo de flaqueza no se

puede decir, que solos los huesos tenía ya. Digo que estar así me

duró más de ocho meses; el estar tullida, aunque iba mejorando,

casi tres años. Cuando comencé a andar a gatas, alababa a Dios.

Todos los pasé con gran conformidad y, si no fue estos principios,

con gran alegría; porque todo se me hacía nonada comparado con

los dolores y tormentos del principio. Estaba muy conforme con la

voluntad de Dios, aunque me dejase así siempre.

Paréceme era toda mi ansia de sanar por estar a solas en oración

como venía mostrada, porque en la enfermería no había aparejo.

Confesábame muy a menudo. Trataba mucho de Dios, de manera

que edificaba a todas, y se espantaban de la paciencia que el Señor

me daba; porque, a no venir de mano de Su Majestad, parecía

imposible poder sufrir tanto mal con tanto contento.

3. Gran cosa fue haberme hecho la merced en la oración que me

había hecho, que ésta me hacía entender qué cosa era amarle;

porque de aquel poco tiempo vi nuevas en mí esta virtudes, aunque

no fuertes, pues no bastaron a sustentarme en justicia: no tratar mal

de nadie por poco que fuese, sino lo ordinario era excusar toda

murmuración; porque traía muy delante cómo no había de querer ni

decir de otra persona lo que no quería dijesen de mí. Tomaba esto

en harto extremo para las ocasiones que había, aunque no tan

perfectamente que algunas veces, cuando me las daban grandes,

en algo no quebrase; mas lo continuo era esto; y así, a las que

estaban conmigo y me trataban persuadía tanto a esto, que se

quedaron en costumbre. Vínose a entender que adonde yo estaba

tenían seguras las espaldas, y en esto estaban con las que yo tenía

amistad y deudo, y enseñaba; aunque en otras cosas tengo bien

que dar cuenta a Dios del mal ejemplo que les daba.

Plega a Su Majestad me perdone, que de muchos males fui causa,

aunque no con tan dañada intención como después sucedía la

obra.

4. Quedóme deseo de soledad; amiga de tratar y hablar en Dios,

que si yo hallara con quién, más contento y recreación me daba que

toda la policía -o grosería, por mejor decir- de la conversación del

mundo; comulgar y confesar muy más a menudo, y desearlo;

amiguísima de leer buenos libros; un grandísimo arrepentimiento en

habiendo ofendido a Dios, que muchas veces me acuerdo que no

osaba tener oración, porque temía la grandísima pena que había de

sentir de haberle ofendido, como un gran castigo. Esto me fue

creciendo después en tanto extremo, que no sé yo a qué compare

este tormento. Y no era poco ni mucho por temor jamás, sino como

se me acordaba los regalos que el Señor me hacía en la oración y

lo mucho que le debía, y veía cuán mal se lo pagaba, no lo podía

sufrir, y enojábame en extremo de las muchas lágrimas que por la

culpa lloraba, cuando veía mi poca enmienda, que ni bastaban

determinaciones ni fatiga en que me veía para no tornar a caer en

poniéndome en la ocasión. Parecíanme lágrimas engañosas y

parecíame ser después mayor la culpa, porque veía la gran merced

que me hacía el Señor en dármelas y tan gran arrepentimiento.

Procuraba confesarme con brevedad y, a mi parecer, hacía de mi

parte lo que podía para tornar en gracia.

Estaba todo el daño en no quitar de raíz las ocasiones y en los

confesores, que me ayudaban poco; que, a decirme en el peligro

que andaba y que tenía obligación a no traer aquellos tratos, sin

duda creo se remediara; porque en ninguna vía sufriera andar en

pecado mortal sólo un día, si yo lo entendiera.

Todas estas señales de temer a Dios me vinieron con la oración, y

la mayor era ir envuelto en amor, porque no se me ponía delante el

castigo. Todo lo que estuve tan mala, me duró mucha guarda de mi

conciencia cuanto a pecados mortales. ¡Oh, válgame Dios, que

deseaba yo la salud para más servirle, y fue causa de todo mi daño!

5. Pues como me vi tan tullida y en tan poca edad y cuál me habían

parado los médicos de la tierra, determiné acudir a los del cielo para

que me sanasen; que todavía deseaba la salud, aunque con mucha

alegría lo llevaba, y pensaba algunas veces que, si estando buena

me había de condenar, que mejor estaba así; mas todavía pensaba

que serviría mucho más a Dios con la salud. Este es nuestro

engaño, no nos dejar del todo a lo que el Señor hace, que sabe

mejor lo que nos conviene.

6. Comencé a hacer devociones de misas y cosas muy aprobadas

de oraciones, que nunca fui amiga de otras devociones que hacen

algunas personas, en especial mujeres, con ceremonias que yo no

podía sufrir y a ellas les hacía devoción; después se ha dado a

entender no convenían, que eran supersticiosas. Y tomé por

abogado y señor al gloriosoSan José y encomendéme mucho a él.

Vi claro que así de esta necesidad como de otras mayores de honra

y pérdida de alma este padre y señor mío me sacó con más bien

que yo le sabía pedir. No me acuerdo hasta ahora haberle

suplicado cosa que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta

las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este

bienaventurado Santo, de los peligros que me ha librado, así de

cuerpo como de alma; que a otros santos parece les dio el Señor

gracia para socorrer en una necesidad, a este glorioso Santo tengo

experiencia que socorre en todas y que quiere el Señor darnos a

entender que así como le fue sujeto en la tierra -que como tenía el

nombre de padre, siendo ayo, le podía mandar-, así en el cielo hace

cuanto le pide.

Esto han visto otras algunas personas, a quien yo decía se

encomendasen a él, también por experiencia; y aun hay muchas

que le son devotas de nuevo, experimentando esta verdad.

7. Procuraba yo hacer su fiesta con toda la solemnidad que podía,

más llena de vanidad que de espíritu, queriendo se hiciese muy

curiosamente y bien, aunque con buen intento. Mas esto tenía

malo, si algún bien el Señor me daba gracia que hiciese, que era

lleno de imperfecciones y con muchas faltas. Para el mal y

curiosidad y vanidad tenía gran maña y diligencia. El Señor me

perdone.

Querría yo persuadir a todos fuesen devotos de este glorioso Santo,

por la gran experiencia que tengo de los bienes que alcanza de

Dios. No he conocido persona que de veras le sea devota y haga

particulares servicios, que no la vea más aprovechada en la virtud;

porque aprovecha en gran manera a las almas que a él se

encomiendan. Paréceme ha algunosaños que cada año en su día le

pido una cosa, y siempre la veo cumplida. Si va algo torcida la

petición, él la endereza para más bien mío.

8. Si fuera persona que tuviera autoridad de escribir, de buena gana

me alargara en decir muy por menudo las mercedes que ha hecho

este glorioso Santo a mí y a otras personas; mas por no hacer más

de lo que me mandaron, en muchas cosas seré corta más de lo que

quisiera, en otras más larga que era menester; en fin, como quien

en todo lo bueno tiene poca discreción. Sólo pido por amor de Dios

que lo pruebe quien no me creyere, y verá por experiencia el gran

bien que es encomendarse a este glorioso Patriarca y tenerle

devoción. En especial, personas de oración siempre le habían de

ser aficionadas; que no sé cómo se puede pensar en la Reina de

los ángeles en el tiempo que tanto pasó con el Niño Jesús, que no

den gracias a San José por lo bien que les ayudó en ellos. Quien no

hallare maestro que le enseñe oración, tome este glorioso Santo

por maestro y no errará en el camino. Plega al Señor no haya yo

errado en atreverme a hablar en él; porque aunque publico serle

devota, en los servicios y en imitarle siempre he faltado.

Pues él hizo como quien es en hacer de manera que pudiese

levantarme y andar y no estar tullida; y yo como quien soy, en usar

mal de esta merced.

9. ¡Quién dijera que había tan presto de caer, después de tantos

regalos de Dios, después de haber comenzado Su Majestad a

darme virtudes, que ellas mismas me despertaban a servirle,

después de haberme visto casi muerta y en tan gran peligro de ir

condenada, después de haberme resucitado alma y cuerpo, que

todos los que me vieron se espantaban de verme viva! ¡Qué es

esto, Señor mío! ¿En tan peligrosa vida hemos de vivir? Que

escribiendo esto estoy y me parece que con vuestro favor y por

vuestra misericordia podría decir lo que San Pablo, aunque no con

esa perfección, que no vivo yo ya sino que Vos, Criador mío, vivís

en mí, según ha algunos años que, a lo que puedo entender, me

tenéis de vuestra mano y me veo con deseos y determinaciones y

en alguna manera probado por experiencia en estos años en

muchas cosas, de no hacer cosa contra vuestra voluntad, por

pequeña que sea, aunque debo hacer hartas ofensas a Vuestra

Majestad sin entenderlo. Y también me parece que no se me

ofrecerá cosa por vuestro amor, que con gran determinación me

deje de poner a ella, y en algunas me habéis Vos ayudado para que

salga con ellas, y no quiero mundo ni cosa de él, ni me parece me

da contento cosa que salga de Vos, y lo demás me parece pesada

cruz.

Bien me puedo engañar, y así será que no tengo esto que he dicho;

mas bien veis Vos, mi Señor, que a lo que puedo entender no

miento, y estoy temiendo -y con mucha razón- si me habéis de

tornar a dejar; porque ya sé a lo que llega mi fortaleza y poca virtud

en no me la estando Vos dando siempre y ayudando para que no

os deje; y plega a Vuestra Majestad que aun ahora no esté dejada

de Vos, pareciéndome todo esto de mí.

No sé cómo queremos vivir, pues es todo tan incierto. Parecíame a

mí, Señor mío, ya imposible dejaros tan del todo a Vos; y como

tantas veces os dejé, no puedo dejar de temer, porque, en

apartándoos un poco de mí, daba con todo en el suelo.

Bendito seáis por siempre, que aunque os dejaba yo a Vos, no me

dejasteis Vos a mí tan del todo, que no me tornase a levantar, con

darme Vos siempre la mano; y muchas veces, Señor, no la quería,

ni quería entender cómo muchas veces me llamabais de nuevo,

como ahora diré.

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CAPÍTULO 7

Trata por los términos que fue perdiendo las mercedes que el Señor

le había hecho, y cuán perdida vida comenzó a tener. - Dice los

daños que hay en no ser muy encerrados los monasterios de

monjas.

1. Pues así comencé, de pasatiempo en pasatiempo, de vanidad en

vanidad, de ocasión en ocasión, a meterme tanto en muy grandes

ocasiones y andar tan estragada mi alma en muchas vanidades,

que ya yo tenía vergüenza de en tan particular amistad como es

tratar de oración tornarme a llegar a Dios. Y ayudóme a esto que,

como crecieron los pecados, comenzóme a faltar el gusto y regalo

en las cosas de virtud. Veía yo muy claro, Señor mío, que me

faltaba esto a mí por faltaros yo a Vos.

Este fue el más terrible engaño que el demonio me podía hacer

debajo de parecer humildad, que comencé a temer de tener

oración, de verme tan perdida; y parecíame era mejor andar como

los muchos, pues en ser ruin era de los peores, y rezar lo que

estaba obligada y vocalmente, que no tener oración mental y tanto

trato con Dios la que merecía estar con los demonios, y que

engañaba a la gente, porque en lo exterior tenía buenas

apariencias.

Y así no es de culpar a la casa adonde estaba, porque con mi maña

procuraba me tuviesen en buena opinión, aunque no de advertencia

fingiendo cristiandad; porque en esto de hipocresía y vanagloria,

gloria a Dios, jamás me acuerdo haberle ofendido que yo entienda;

que en viniéndome primer movimiento, me daba tanta pena, que el

demonio iba con pérdida y yo quedaba con ganancia, y así en esto

muy poco me ha tentado jamás. Por ventura si Dios permitiera me

tentara en esto tan recio como en otras cosas, también cayera; mas

Su Majestad hasta ahora me ha guardado en esto, sea por siempre

bendito; antes me pesaba mucho de que me tuviesen en buena

opinión, como yo sabía lo secreto de mí.

2. Este no me tener por tan ruin venía que, como me veían tan

moza y en tantas ocasiones y apartarme muchas veces a soledad a

rezar y leer, mucho hablar de Dios, amiga de hacer pintar su

imagen en muchas partes y de tener oratorio y procurar en él cosas

que hiciesen devoción, no decir mal, otras cosas de esta suerte que

tenían apariencia de virtud, y yo que de vana me sabía estimar en

las cosas que en el mundo se suelen tener por estima, con esto me

daban tanta y más libertad que a las muy antiguas y tenían gran

seguridad de mí. Porque tomar yo libertad ni hacer cosas sin

licencia, digo por agujeros o paredes o de noche, nunca me parece

lo pudiera acabar conmigo en monasterio hablar de esta suerte, ni

lo hice, porque me tuvo el Señor de su mano. Parecíame a mí -que

con advertencia y de propósito miraba muchas cosas- que poner la

honra de tantas en aventura, por ser yo ruin, siendo ellas buenas,

que era muy mal hecho; como si fuera bien otras cosas que hacía.

A la verdad, no iba el mal de tanto acuerdo como esto fuera,

aunque era mucho.

3. Por esto me parece a mí me hizo harto daño no estar en

monasterio encerrado; porque la libertad que las que eran buenas

podían tener con bondad (porque no debían más, que no se

prometía clausura), para mí, que soy ruin, hubiérame cierto llevado

al infierno, si con tantos remedios y medios el Señor con muy

particulares mercedes suyas no me hubiera sacado de este peligro.

Y así me parece lo es grandísimo, monasterio de mujeres con

libertad, y que más me parece es paso para caminar al infierno las

que quisieren ser ruines, que remedio para sus flaquezas.

Esto no se tome por el mío, porque hay tantas que sirven muy de

veras y con mucha perfección al Señor, que no puede Su Majestad

dejar, según es bueno, de favorecerlas, y no es de los muy abiertos,

y en él se guarda toda religión, sino de otros que yo sé y he visto.

4. Digo que me hace gran lástima; que ha menester el Señor hacer

particulares llamamientos -y no una vez sino muchas- para que se

salven, según están autorizadas las honras y recreaciones del

mundo, y tan mal entendido a lo que están obligadas, que plega a

Dios no tengan por virtud lo que es pecado, como muchas veces yo

lo hacía. Y hay tan gran dificultad en hacerlo entender, que es

menester el Señor ponga muy de veras en ello su mano.

Si los padres tomasen mi consejo, ya que no quieran mirar a poner

sus hijas adonde vayan camino de salvación sino con más peligro

que en el mundo, que lo miren por lo que toca a su honra; y quieran

más casarlas muy bajamente, que meterlas en monasterios

semejantes, si no son muy bien inclinadas -y plega a Dios

aproveche-, o se las tenga en su casa. Porque, si quiere ser ruin, no

se podrá encubrir sino poco tiempo, y acá muy mucho, y en fin lo

descubre el Señor; y no sólo daña a sí, sino a todas; y a las veces

las pobrecitas no tienen culpa, porque se van por lo que hallan; y es

lástima de muchas que se quieren apartar del mundo y, pensando

que se van a servir al Señor y a apartar de los peligros del mundo,

se hallan en diez mundos juntos, que ni saben cómo se valer ni

remediar; que la mocedad y sensualidad y demonio las convida e

inclina a seguir algunas cosas que son del mismo mundo. Ve allí

que lo tienen por bueno, a manera de decir.

Paréceme como los desventurados de los herejes, en parte, que se

quieren cegar y hacer entender que es bueno aquello que siguen, y

que lo creen así sin creerlo, porque dentro de sí tienen quien les

diga que es malo.

5. Oh grandísimo mal, grandísimo mal de religiosos -no digo ahora

más mujeres que hombres- adonde no se guarda religión, adonde

en un monasterio hay dos caminos: de virtud y religión, y falta de

religión, y todos casi se andan por igual; antes mal dije, no por

igual, que por nuestros pecados camínase más el más imperfecto; y

como hay más de él, es más favorecido. Usase tan poco el de la

verdadera religión, que más ha de temer el fraile y la monja que ha

de comenzar de veras a seguir del todo su llamamiento a los

mismos de su casa, que a todos los demonios; y más cautela y

disimulación ha de tener para hablar en la amistad que desea tener

con Dios, que en otras amistades y voluntades que el demonio

ordena en los monasterios. Y no sé de qué nos espantamos haya

tantos males en la Iglesia, pues los que habían de ser los dechados

para que todos sacasen virtudes tienen tan borrada la labor que el

espíritu de los santos pasados dejaron en las religiones.

Plega a la divina Majestad ponga remedio en ello, como ve que es

menester, amén.

6. Pues comenzando yo a tratar estas conversaciones, no me

pareciendo - como veía que se usaban- que había de venir a mi

alma el daño y distraimiento que después entendí era semejantes

tratos, pareciéndome que cosa tan general como es este visitar en

muchos monasterios que no me haría a mí más mal que a las otras

que yo veía eran buenas -y no miraba que eran muy mejores, y que

lo que en mí fue peligro en otras no lo sería tanto, que alguno dudo

yo le deja de haber, aunque no sea sino tiempo malgastado-,

estando con una persona, bien al principio del conocerla, quiso el

Señor darme a entender que no me convenían aquellas amistades,

y avisarme y darme luz en tan gran ceguedad: representóseme

Cristo delante con mucho rigor, dándome a entender lo que de

aquello le pesaba. Vile con los ojos del alma más claramente que le

pudiera ver con los del cuerpo, y quedóme tan imprimido, que ha

esto más de veinte y seis años y me parece lo tengo presente. Yo

quedé muy espantada y turbada, y no quería ver más a con quien

estaba.

7. Hízome mucho daño no saber yo que era posible ver nada si no

era con los ojos del cuerpo, y el demonio que me ayudó a que lo

creyese así y hacerme entender era imposible y que se me había

antojado y que podía ser el demonio y otras cosas de esta suerte,

puesto que siempre me quedaba un parecerme era Dios y que no

era antojo. Mas, como no era a mi gusto, yo me hacía a mí misma

desmentir; y yo como no lo osé tratar con nadie y tornó después a

haber gran importunación asegurándome que no era mal ver

persona semejante ni perdía honra, antes que la ganaba, torné a la

misma conversación y aun en otros tiempos a otras, porque fue

muchos años los que tomaba esta recreación pestilencial; que no

me parecía a mí -como estaba en ello- tan malo como era, aunque

a veces claro veía no era bueno; mas ninguna no me hizo el

distraimiento que ésta que digo, porque la tuve mucha afición.

8. Estando otra vez con la misma persona, vimos venir hacia

nosotros -y otras personas que estaban allí también lo vieron- una

cosa a manera de sapo grande, con mucha más ligereza que ellos

suelen andar. De la parte que él vino no puedo yo entender pudiese

haber semejante sabandija en mitad del día ni nunca la habido, y la

operación que hizo en mí me parece no era sin misterio. Y tampoco

esto se me olvidó jamás. ¡Oh grandeza de Dios, y con cuánto

cuidado y piedad me estábais avisando de todas maneras, y qué

poco me aprovechó a mí!

9. Tenía allí una monja que era mi parienta, antigua y gran sierva de

Dios y de mucha religión. Esta también me avisaba algunas veces,

y no sólo no la creía, mas disgustábame con ella y parecíame se

escandalizaba sin tener por qué.

He dicho esto para que se entienda mi maldad y la gran bondad de

Dios y cuán merecido tenía el infierno por tan grande ingratitud; y

también porque si el Señor ordenare y fuere servido en algún

tiempo lea esto alguna monja, escarmienten en mí; y les pido yo por

amor de nuestro Señor huyan de semejantes recreaciones. Plega a

Su Majestad se desengañe alguna por mí de cuantas he engañado

diciéndoles que no era mal y asegurando tan gran peligro con la

ceguedad que yo tenía, que de propósito no las quería yo engañar;

y por el mal ejemplo que las di -como he dicho- fui causa de hartos

males, no pensando hacía tanto mal.

10. Estando yo mala en aquellos primeros días, antes que supiese

valerme a mí, me daba grandísimo deseo de aprovechar a los otros;

tentación muy ordinaria de los que comienzan, aunque a mí me

sucedió bien.

Como quería tanto a mi padre, deseábale con el bien que yo me

parecía tenía con tener oración -que me parecía que en esta vida

no podía ser mayor que tener oración-, y así por rodeos, como

pude, comencé a procurar con él la tuviese. Dile libros para este

propósito. Como era tan virtuoso como he dicho, asentóse tan bien

en él este ejercicio, que en cinco o seis años -me parece seríaestaba

tan adelante, que yo alababa mucho al Señor, y dábame

grandísimo consuelo. Eran grandísimos los trabajos que tuvo de

muchas maneras. Todos los pasaba con grandísima conformidad.

Iba muchas veces a verme, que se consolaba en tratar cosas de

Dios.

11. Ya después que yo andaba tan destraída y sin tener oración,

como veía pensaba que era la que solía, no lo pude sufrir sin

desengañarle; porque estuve un año y más sin tener oración,

pareciéndome más humildad. Y ésta, como después diré, fue la

mayor tentación que tuve, que por ella me iba a acabar de perder;

que con la oración un día ofendía a Dios, y tornaba otros a

recogerme y apartarme más de la ocasión.

Como el bendito hombre venía con esto, hacíaseme recio verle tan

engañado en que pensase trataba con Dios como solía, y díjele que

ya yo no tenía oración, aunque no la causa. Púsele mis

enfermedades por inconveniente; que, aunque sané de aquella tan

grave, siempre hasta ahora las he tenido y tengo bien grandes,

aunque de poco acá no con tanta reciedumbre, mas no se quitan,

de muchas maneras. En especial tuve veinte años vómito por las

mañanas, que hasta más de mediodía me acaecía no poder

desayunarme; algunas veces, más tarde. Después acá que

frecuento más a menudo las comuniones, es a la noche, antes que

me acueste, con mucha más pena, que tengo yo de procurarle con

plumas y otras cosas, porque si lo dejo, es mucho el mal que siento.

Y casi nunca estoy, a mi parecer, sin muchos dolores, y algunas

veces bien graves, en especial en el corazón, aunque el mal que

me tomaba muy continuo es muy de tarde en tarde. Perlesía recia y

otras enfermedades de calenturas que solía tener muchas veces,

me hallo buena ocho años ha. De estos males se me da ya tan

poco, que muchas veces me huelgo, pareciéndome en algo se sirve

el Señor.

12. Y mi padre me creyó que era ésta la causa, como él no decía

mentira y ya, conforme a lo que yo trataba con él, no la había yo de

decir. Díjele, porque mejor lo creyese (que bien veía yo que para

esto no había disculpa), que harto hacía en poder servir el coro; y

aunque tampoco era causa bastante para dejar cosa que no son

menester fuerzas corporales para ella, sino sólo amar y costumbre;

que el Señor da siempre oportunidad, si queremos.

Digo «siempre,» que, aunque con ocasiones y aun enfermedad

algunos ratos impida para muchos ratos de soledad, no deja de

haber otros que hay salud para esto; y en la misma enfermedad y

ocasiones es la verdadera oración, cuando es alma que ama, en

ofrecer aquello y acordarse por quién lo pasa y conformarse con

ello y mil cosas que se ofrecen. Aquí ejercita el amor, que no es por

fuerza que ha de haberla cuando hay tiempo de soledad, y lo

demás no ser oración. Con un poquito de cuidado, grandes bienes

se hallan en el tiempo que con trabajos el Señor nos quita el tiempo

de la oración, y así los había yo hallado cuando tenía buena

conciencia.

13. Mas él, con la opinión que tenía de mí y el amor que me tenía,

todo me lo creyó; antes me hubo lástima. Mas como él estaba ya en

tan subido estado, no estaba después tanto conmigo, sino como me

había visto, íbase, que decía era tiempo perdido. Como yo le

gastaba en otras vanidades, dábaseme poco.

No fue sólo a él, sino a otras algunas personas las que procuré

tuviesen oración. Aun andando yo en estas vanidades, como las

veía amigas de rezar, las decía cómo tendrían meditación, y les

aprovechaba, y dábales libros. Porque este deseo de que otros

sirviesen a Dios, desde que comencé oración, como he dicho, le

tenía. Parecíame a mí que, ya que yo no servía al Señor como lo

entendía, que no se perdiese lo que me había dado Su Majestad a

entender, y que le sirviesen otros por mí. Digo esto para que se vea

la gran ceguedad en que estaba, que me dejaba perder a mí y

procuraba ganar a otros.

14. En este tiempo dio a mi padre la enfermedad de que murió, que

duró algunos días. Fuile yo a curar, estando más enferma en el

alma que él en el cuerpo, en muchas vanidades, aunque no de

manera que -a cuanto entendía- estuviese en pecado mortal en

todo este tiempo más perdido que digo; porque entendiéndolo yo,

en ninguna manera lo estuviera.

Pasé harto trabajo en su enfermedad. Creo le serví algo de los que

él había pasado en las mías. Con estar yo harto mala, me

esforzaba, y con que en faltarme él me faltaba todo el bien y regalo,

porque en un ser me le hacía, tuve tan gran ánimo para no le

mostrar pena y estar hasta que murió como si ninguna cosa sintiera,

pareciéndome se arrancaba mi alma cuando veía acabar su vida,

porque le quería mucho.

15. Fue cosa para alabar al Señor la muerte que murió y la gana

que tenía de morirse, los consejos que nos daba después de haber

recibido la Extremaunción, el encargarnos le encomendásemos a

Dios y le pidiésemos misericordia para él y que siempre le

sirviésemos, que mirásemos se acababa todo. Y con lágrimas nos

decía la pena grande que tenía de no haberle él servido, que

quisiera ser un fraile, digo, haber sido de los más estrechos que

hubiera.

Tengo por muy cierto que quince días antes le dio el Señor a

entender no había de vivir; porque antes de éstos, aunque estaba

malo, no lo pensaba; después, con tener mucha mejoría y decirlo

los médicos, ningún caso hacía de ello, sino entendía en ordenar su

alma.

16. Fue su principal mal de un dolor grandísimo de espaldas que

jamás se le quitaba. Algunas veces le apretaba tanto, que le

congojaba mucho. Díjele yo que, pues era tan devoto de cuando el

Señor llevaba la cruz a cuestas, que pensase Su Majestad le quería

dar a sentir algo de lo que había pasado con aquel dolor. Consolóse

tanto, que me parece nunca más le oí quejar.

Estuvo tres días muy falto el sentido. El día que murió se le tornó el

Señor tan entero, que nos espantábamos, y le tuvo hasta que a la

mitad del Credo, diciéndole él mismo, expiró. Quedó como un ángel.

Así me parecía a mí lo era él -a manera de decir- en alma y

disposición, que la tenía muy buena.

No sé para qué he dicho esto, si no es para culpar más mi ruin vida

después de haber visto tal muerte y entender tal vida,que por

parecerme en algo a tal padre la había yo de mejorar. Decía su

confesor -que era dominico, muy gran letrado- que no dudaba de

que se iba derecho al cielo, porque había algunos años que le

confesaba, y loaba su limpieza de conciencia.

17. Este padre dominico, que era muy bueno y temeroso de Dios,

me hizo harto provecho; porque me confesé con él, y tomó a hacer

bien a mi alma con cuidado y hacerme entender la perdición que

traía. Hacíame comulgar de quince a quince días. Y poco a poco,

comenzándole a tratar, tratéle de mi oración. Díjome que no la

dejase, que en ninguna manera me podía hacer sino provecho.

Comencé a tornar a ella, aunque no a quitarme de las ocasiones, y

nunca más la dejé.

Pasaba una vida trabajosísima, porque en la oración entendía más

mis faltas. Por una parte me llamaba Dios; por otra, yo seguía al

mundo. Dábanme gran contento todas las cosas de Dios; teníanme

atada las del mundo. Parece que quería concertar estos dos

contrarios -tan enemigo uno de otro- como es vida espiritual y

contentos y gustos y pasatiempos sensuales. En la oración pasaba

gran trabajo, porque no andaba el espíritu señor sino esclavo; y así

no me podía encerrar dentro de mí (que era todo el modo de

proceder que llevaba en la oración) sin encerrar conmigo mil

vanidades.

Pasé así muchos años, que ahora me espanto qué sujeto bastó a

sufrir que no dejase lo uno o lo otro. Bien sé que dejar la oración no

era ya en mi mano, porque me tenía con las suyas el que me quería

para hacerme mayores mercedes.

18. ¡Oh, válgame Dios, si hubiera de decir las ocasiones que en

estos años Dios me quitaba, y cómo me tornaba yo a meter en

ellas, y de los peligros de perder del todo el crédito que me libró! Yo

a hacer obras para descubrir la que era, y el Señor encubrir los

males y descubrir alguna pequeña virtud, si tenía, y hacerla grande

en los ojos de todos, de manera que siempre me tenían en mucho.

Porque aunque algunas veces se traslucían mis vanidades, como

veían otras cosas que les parecían buenas, no lo creían.

Y era que había ya visto el Sabedor de todas las cosas que era

menester así, para que en las que después he hablado de su

servicio me diesen algún crédito, y miraba su soberana largueza, no

los grandes pecados, sino los deseos que muchas veces tenía de

servirle y la pena por no tener fortaleza en mí para ponerlo por obra.

19. ¡Oh Señor de mi alma! ¡Cómo podré encarecer las mercedes

que en estos años me hicisteis! ¡Y cómo en el tiempo que yo más

os ofendía, en breve me disponíais con un grandísimo

arrepentimiento para que gustase de vuestros regalos y mercedes!

A la verdad, tomabais, Rey mío, el más delicado y penoso castigo

por medio que para mí podía ser, como quien bien entendía lo que

me había de ser más penoso. Con regalos grandes castigábais mis

delitos.

Y no creo digo desatino, aunque sería bien que estuviese

desatinada tornando a la memoria ahora de nuevo mi ingratitud y

maldad.

Era tan más penoso para mi condición recibir mercedes, cuando

había caído en graves culpas, que recibir castigos, que una de ellas

me parece, cierto, me deshacía y confundía más y fatigaba, que

muchas enfermedades con otros trabajos hartos, juntas. Porque lo

postrero veía lo merecía y parecíame pagaba algo de mis pecados,

aunque todo era poco, según ellos eran muchos; mas verme recibir

de nuevo mercedes, pagando tan mal las recibidas, es un género

de tormento para mí terrible, y creo para todos los que tuvieren

algún conocimiento o amor de Dios, y esto por una condición

virtuosa lo podemos acá sacar. Aquí eran mis lágrimas y mi enojo

de ver lo que sentía, viéndome de suerte que estaba en víspera de

tornar a caer, aunque mis determinaciones y deseos entonces -por

aquel rato, digo- estaban firmes.

20. Gran mal es un alma sola entre tantos peligros. Paréceme a mí

que si yo tuviera con quién tratar todo esto, que me ayudara a no

tornar a caer, siquiera por vergüenza, ya que no la tenía de Dios.

Por eso, aconsejaría yo a los que tienen oración, en especial al

principio, procuren amistad y trato con otras personas que traten de

lo mismo. Es cosa importantísima, aunque no sea sino ayudarse

unos a otros con sus oraciones, ¡cuánto más que hay muchas más

ganancias! Y no sé yo por qué (pues de conversaciones y

voluntades humanas, aunque no sean muy buenas se procuran

amigos con quien descansar, y para más gozar de contar aquellos

placeres vanos) no se ha de permitir que quien comenzare de veras

a amar a Dios y a servirle, deje de tratar con algunas personas sus

placeres y trabajos, que de todo tienen los que tienen oración.

Porque si es de verdad la amistad que quiere tener con Su

Majestad, no haya miedo de vanagloria; y cuando el primer

movimiento le acometa, salga de ello con mérito. Y creo que el que

tratando con esta intención lo tratare, que aprovechará a sí y a los

que le oyeren y saldrá más enseñado; aun sin entender cómo,

enseñará a sus amigos.

21. El que de hablar en esto tuviere vanagloria, también la tendrá

en oír misa con devoción, si le ven, y en hacer otras cosas que, so

pena de no ser cristiano, las ha de hacer y no se han de dejar por

miedo de vanagloria.

Pues es tan importantísimo esto para almas que no están

fortalecidas en virtud -como tienen tantos contrarios, y amigos para

incitar al mal- que no sé cómo lo encarecer. Paréceme que el

demonio ha usado de este ardid como cosa que muy mucho le

importa: que se escondan tanto de que se entienda que de veras

quieren procurar amar y contentar a Dios, como ha incitado se

descubran otras voluntades malhonestas, con ser tan usadas, que

ya parece se toma por gala y se publican las ofensas que en este

caso se hacen a Dios.

22. No sé si digo desatinos. Si lo son, vuestra merced los rompa; y

si no lo son, le suplico ayude a mi simpleza con añadir aquí mucho.

Porque andan ya las cosas del servicio de Dios tan flacas, que es

menester hacerse espaldas unos a otros los que le sirven para ir

adelante, según se tiene por bueno andar en las vanidades y

contentos del mundo. Y para estos hay pocos ojos; y si uno

comienza a darse a Dios, hay tantos que murmuren, que es

menester buscar compañía para defenderse, hasta que ya estén

fuertes en no les pesar de padecer; y si no, veránse en mucho

aprieto.

Paréceme que por esto debían usar algunos santos irse a los

desiertos; y es un género de humildad no fiar de sí, sino creer que

para aquellos con quien conversa le ayudará Dios, y crece la

caridad con ser comunicada, y hay mil bienes que no los osaría

decir, si no tuviese gran experiencia de lo mucho que va en esto.

Verdad es que yo soy más flaca y ruin que todos los nacidos; mas

creo no perderá quien, humillándose, aunque sea fuerte, no lo crea

de sí, y creyere en esto a quien tiene experiencia. De mí sé decir

que, si el Señor no me descubriera esta verdad y diera medios para

que yo muy ordinario tratara con personas que tienen oración, que

cayendo y levantando iba a dar de ojos en el infierno. Porque para

caer había muchos amigos que me ayudasen; para levantarme

hallábame tan sola, que ahora me espanto cómo no me estaba

siempre caída, y alabo la misericordia de Dios, que era sólo el que

me daba la mano.

Sea bendito por siempre jamás, amén.

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CAPÍTULO 8

Trata del gran bien que le hizo no se apartar del todo de la oración

para no perder el alma, y cuán excelente remedio es para ganar lo

perdido. - Persuade a que todos la tengan. - Dice cómo es tan gran

ganancia y que, aunque la tornen a dejar, es gran bien usar algún

tiempo de tan gran bien.

1. No sin causa he ponderado tanto este tiempo de mi vida, que

bien veo no dará a nadie gusto ver cosa tan ruin; que, cierto,

querría me aborreciesen los que esto leyesen, de ver un alma tan

pertinaz e ingrata con quien tantas mercedes le ha hecho. Y

quisiera tener licencia para decir las muchas veces que en este

tiempo falté a Dios.

2. Por estar arrimada a esta fuerte columna de la oración, pasé este

mar tempestuoso casi veinte años, con estas caídas y con

levantarme y mal -pues tornaba a caer- y en vida tan baja de

perfección, que ningún caso casi hacía de pecados veniales, y los

mortales, aunque los temía, no como había de ser, pues no me

apartaba de los peligros. Sé decir que es una de las vidas penosas

que me parece se puede imaginar; porque ni yo gozaba de Dios ni

traía contento en el mundo. Cuando estaba en los contentos del

mundo, en acordarme lo que debía a Dios era con pena; cuando

estaba con Dios, las aficiones del mundo me desasosegaban. Ello

es una guerra tan penosa, que no sé cómo un mes la pude sufrir,

cuánto más tantos años.

Con todo, veo claro la gran misericordia que el Señor hizo conmigo:

ya que había de tratar en el mundo, que tuviese ánimo para tener

oración. Digo ánimo, porque no sé yo para qué cosa de cuantas hay

en él es menester mayor, que tratar traición al rey y saber que lo

sabe y nunca se le quitar de delante. Porque, puesto que siempre

estamos delante de Dios, paréceme a mí es de otra manera los que

tratan de oración, porque están viendo que los mira; que los demás

podrá ser estén algunos días que aun no se acuerden que los ve

Dios.

3. Verdad es que en estos años hubo muchos meses, y creo alguna

vez año, que me guardaba de ofender al Señor y me daba mucho a

la oración y hacía algunas y hartas diligencias para no le venir a

ofender. Porque va todo lo que escribo dicho con toda verdad, trato

ahora esto. Mas acuérdaseme poco de estos días buenos, y así

debían ser pocos, y mucho de los ruines. Ratos grandes de oración

pocos días se pasaban sin tenerlos, si no era estar muy mala o muy

ocupada. Cuando estaba mala, estaba mejor con Dios; procuraba

que las personas que trataban conmigo lo estuviesen, y suplicábalo

al Señor; hablaba muchas veces en El.

Así que, si no fue el año que tengo dicho, en veinte y ocho que ha

que comencé oración, más de los dieciocho pasé esta batalla y

contienda de tratar con Dios y con el mundo. Los demás que ahora

me quedan por decir, mudóse la causa de la guerra, aunque no ha

sido pequeña; mas con estar, a lo que pienso, en servicio de Dios y

con conocimiento de la vanidad que es el mundo, todo ha sido

suave, como diré después.

4. Pues para lo que he tanto contado esto es, como he ya dicho,

para que se vea la misericordia de Dios y mi ingratitud; lo otro, para

que se entienda el gran bien que hace Dios a un alma que la

dispone para tener oración con voluntad, aunque no esté tan

dispuesta como es menester, y cómo si en ella persevera, por

pecados y tentaciones y caídas de mil manera que ponga el

demonio, en fin tengo por cierto la saca el Señor a puerto de

salvación, como -a lo que ahora parece- me ha sacado a mí. Plega

a Su Majestad no me torne yo a perder.

5. El bien que tiene quien se ejercita en oración hay muchos santos

y buenos que lo han escrito, digo oración mental: ¡gloria sea a Dios

por ello! Y cuando no fuera esto, aunque soy poco humilde, no tan

soberbia que en esto osara hablar.

De lo que yo tengo experiencia puedo decir, y es que por males que

haga quien la ha comenzado, no la deje, pues es el medio por

donde puede tornarse a remediar, y sin ella será muy más

dificultoso. Y no le tiente el demonio por la manera que a mí, a

dejarla por humildad; crea que no pueden faltar sus palabras, que

en arrepintiéndonos de veras y determinándose a no le ofender, se

torna a la amistad que estaba y hacer las mercedes que antes

hacía y a las veces mucho más si el arrepentimiento lo merece.

Y quien no la ha comenzado, por amor del Señor le ruego yo no

carezca de tanto bien. No hay aquí que temer, sino que desear;

porque, cuando no fuere adelante y se esforzare a ser perfecto, que

merezca los gustos y regalos que a estos da Dios, a poco ganar irá

entendiendo el camino para el cielo; y si persevera, espero yo en la

misericordia de Dios, que nadie le tomó por amigo que no se lo

pagase; que no es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino

tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien

sabemos nos ama. Y si vos aún no le amáis (porque, para ser

verdadero el amor y que dure la amistad, hanse de encontrar las

condiciones: la del Señor ya se sabe que no puede tener falta, la

nuestra es ser viciosa, sensual, ingrata), no podéis acabar con vos

de amarle tanto, porque no es de vuestra condición; mas viendo lo

mucho que os va en tener su amistad y lo mucho que os ama,

pasáis por esta pena de estar mucho con quien es tan diferente de

vos.

6. ¡Oh bondad infinita de mi Dios, que me parece os veo y me veo

de esta suerte! ¡Oh regalo de los ángeles, que toda me querría,

cuando esto veo, deshacer en amaros! ¡Cuán cierto es sufrir Vos a

quien os sufre que estéis con él! ¡Oh, qué buen amigo hacéis,

Señor mío! ¡Cómo le vais regalando y sufriendo, y esperáis a que

se haga a vuestra condición y tan de mientras le sufrís Vos la suya!

¡Tomáis en cuenta, mi Señor, los ratos que os quiere, y con un

punto de arrepentimiento olvidáis lo que os ha ofendido!

He visto esto claro por mí, y no veo, Criador mío, por qué todo el

mundo no se procure llegar a Vos por esta particular amistad: los

malos, que no son de vuestra condición, para que nos hagáis

buenos con que os sufran estéis con ellos siquiera dos horas cada

día, aunque ellos no estén con Vos sino con mil revueltas de

cuidados y pensamientos de mundo, como yo hacía. Por esta

fuerza que se hacen a querer estar en tan buena compañía, miráis

que en esto a los principios no pueden más, ni después algunas

veces; forzáis vos, Señor, los demonios para que no los acometan y

que cada día tengan menos fuerza contra ellos, y dáisselas a ellos

para vencer. Sí, que no matáis a nadie -¡vida de todas las vidas!- de

los que se fían de Vos y de los que os quieren por amigo; sino

sustentáis la vida del cuerpo con más salud y dáisla al alma.

7. No entiendo esto que temen los que temen comenzar oración

mental, ni sé de qué han miedo. Bien hace de ponerle el demonio

para hacernos él de verdad mal, si con miedos me hace no piense

en lo que he ofendido a Dios y en lo mucho que le debo y en que

hay infierno y hay gloria y en los grandes trabajos y dolores que

pasó por mí.

Esta fue toda mi oración y ha sido cuando anduve en estos peligros,

y aquí era mi pensar cuando podía; y muy muchas veces, algunos

años, tenía más cuenta con desear se acabase la hora que tenía

por mí de estar, y escuchar cuándo daba el reloj, que no en otras

cosas buenas; y hartas veces no sé qué penitencia grave se me

pusiera delante que no la acometiera de mejor gana que recogerme

a tener oración.

Y es cierto que era tan incomportable la fuerza que el demonio me

hacía o mi ruin costumbre que no fuese a la oración, y la tristeza

que me daba en entrando en el oratorio, que era menester

ayudarme de todo mi ánimo (que dicen no le tengo pequeño y se ha

visto me le dio Dios harto más que de mujer, sino que le he

empleado mal) para forzarme, y en fin me ayudaba el Señor.

Y después que me había hecho esta fuerza, me hallaba con más

quietud y regalo que algunas veces que tenía deseo de rezar.

8. Pues si a cosa tan ruin como yo tanto tiempo sufrió el Señor, y se

ve claro que por aquí se remediaron todos mis males, ¿qué

persona, por malo que sea, podrá temer? Porque por mucho que lo

sea, no lo será tantos años después de haber recibido tantas

mercedes del Señor. Ni ¿quién podrá desconfiar, pues a mí tanto

me sufrió, sólo porque deseaba y procuraba algún lugar y tiempo

para que estuviese conmigo, y esto muchas veces sin voluntad, por

gran fuerza que me hacía o me la hacía el mismo Señor? Pues si a

los que no le sirven sino que le ofenden les está tan bien la oración

y les es tan necesaria, y no puede nadie hallar con verdad daño que

pueda hacer, que no fuera mayor el no tenerla, los que sirven a

Dios y le quieren servir ¿por qué lo han de dejar? Por cierto, si no

es por pasar con más trabajo los trabajos de la vida, yo no lo puedo

entender, y por cerrar a Dios la puerta para que en ella no les dé

contento. Cierto, los he lástima, que a su costa sirven a Dios;

porque a los que tratan la oración el mismo Señor les hace la costa,

pues por un poco de trabajo da gusto para que con él se pasen los

trabajos.

9. Porque de estos gustos que el Señor da a los que perseveran en

la oración se tratará mucho, no digo aquí nada. Sólo digo que para

estas mercedes tan grandes que me ha hecho a mí, es la puerta la

oración. Cerrada ésta, no sé cómo las hará; porque, aunque quiera

entrar a regalarse con un alma y regalarla, no hay por dónde, que la

quiere sola y limpia y con gana de recibirlos. Si le ponemos muchos

tropiezos y no ponemos nada en quitarlos, ¿cómo ha de venir a

nosotros? ¡Y queremos nos haga Dios grandes mercedes!

10. Para que vean su misericordia y el gran bien que fue para mí no

haber dejada la oración y lección, diré aquí -pues va tanto en

entender- la batería que da el demonio a un alma para ganarla, y el

artificio y misericordia con que el Señor procura tornarla a Sí, y se

guarden de los peligros que yo no me guardé. Y sobre todo, por

amor de nuestro Señor y por el grande amor con que anda

granjeando tornarnos a Sí, pido yo se guarden de las ocasiones;

porque, puestos en ellas, no hay que fiar donde tantos enemigos

nos combaten y tantas flaquezas hay en nosotros para

defendernos.

11. Quisiera yo saber figurar la cautividad que en estos tiempos

traía mi alma, porque bien entendía yo que lo estaba, y no acababa

de entender en qué ni podía creer del todo que lo que los

confesores no me agraviaban tanto, fuese tan malo como yo lo

sentía en mi alma. Díjome uno, yendo yo a él con escrúpulo, que

aunque tuviese subida contemplación, no me eran inconveniente

semejantes ocasiones y tratos.

Esto era ya a la postre, que yo iba con el favor de Dios

apartándome más de los peligros grandes; mas no me quitaba del

todo de la ocasión. Como me veían con buenos deseos y ocupación

de oración, parecíales hacía mucho; mas entendía mi alma que no

era hacer lo que era obligada por quien debía tanto. Lástima la

tengo ahora de lo mucho que pasó y el poco socorro que de

ninguna parte tenía, sino de Dios, y la mucha salida que le daban

para sus pasatiempos y contentos con decir eran lícitos.

12. Pues el tormento en los sermones no era pequeño, y era

aficionadísima a ellos, de manera que si veía a alguno predicar con

espíritu y bien, un amor particular le cobraba, sin procurarle yo, que

no sé quién me le ponía. Casi nunca me parecía tan mal sermón,

que no le oyese de buena gana, aunque al dicho de los que le oían

no predicase bien. Si era bueno, érame muy particular recreación.

De hablar de Dios u oír de El casi nunca me cansaba, y esto

después que comencé oración. Por un cabo tenía gran consuelo en

los sermones, por otro me atormentaba, porque allí entendía yo que

no era la que había de ser, con mucha parte. Suplicaba al Señor me

ayudase; mas debía faltar -a lo que ahora me parece- de no poner

en todo la confianza en Su Majestad y perderla de todo punto de

mí. Buscaba remedio; hacía diligencias; mas no debía entender que

todo aprovecha poco si, quitada de todo punto la confianza de

nosotros, no la ponemos en Dios.

Deseaba vivir, que bien entendía que no vivía, sino que peleaba

con una sombra de muerte, y no había quien me diese vida, y no la

podía yo tomar; y quien me la podía dar tenía razón de no

socorrerme, pues tantas veces me había tornado a Sí y yo dejádole.

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CAPÍTULO 9

Trata por qué términos comenzó el Señor a despertar su alma y

darla luz en tan grandes tinieblas y a fortalecer sus virtudes para no

ofenderle.

1. Pues ya andaba mi alma cansada y, aunque quería, no le

dejaban descansar las ruines costumbres que tenía. Acaecióme

que, entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían traído

allá a guardar, que se había buscado para cierta fiesta que se hacía

en casa. Era de Cristo muy llagado y tan devota que, en mirándola,

toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó

por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido

aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía, y arrojéme

cabe El con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole

me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle.

2. Era yo muy devota de la gloriosa Magdalena y muy muchas

veces pensaba en su conversión, en especial cuando comulgaba,

que como sabía estaba allí cierto el Señor dentro de mí, poníame a

sus pies, pareciéndome no eran de desechar mis lágrimas. Y no

sabía lo que decía, que harto hacía quien por sí me las consentía

derramar, pues tan presto se me olvidaba aquel sentimiento. Y

encomendábame a aquesta gloriosa Santa para que me alcanzase

perdón.

3. Mas esta postrera vez de esta imagen que digo, me parece me

aprovechó más, porque estaba ya muy desconfiada de mí y ponía

toda mi confianza en Dios. Paréceme le dije entonces que no me

había de levantar de allí hasta que hiciese lo que le suplicaba. Creo

cierto me aprovechó, porque fui mejorando mucho desde entonces.

4. Tenía este modo de oración: que, como no podía discurrir con el

entendimiento, procuraba representar a Cristo dentro de mí, y

hallábame mejor -a mi parecer- de las partes adonde le veía más

solo. Parecíame a mí que, estando solo y afligido, como persona

necesitada me había de admitir a mí. De estas simplicidades tenía

muchas.

En especial me hallaba muy bien en la oración del Huerto. Allí era

mi acompañarle. Pensaba en aquel sudor y aflicción que allí había

tenido, si podía. Deseaba limpiarle aquel tan penoso sudor. Mas

acuérdome que jamás osaba determinarme a hacerlo, como se me

representaban mis pecados tan graves. Estábame allí lo más que

me dejaban mis pensamientos con El, porque eran muchos los que

me atormentaban. Muchos años, las más noches antes que me

durmiese, cuando para dormir me encomendaba a Dios, siempre

pensaba un poco en este paso de la oración del Huerto, aun desde

que no era monja, porque me dijeron se ganaban muchos

perdones. Y tengo para mí que por aquí ganó muy mucho mi alma,

porque comencé a tener oración sin saber qué era, y ya la

costumbre tan ordinaria me hacía no dejar esto, como el no dejar de

santiguarme para dormir.

5. Pues tornando a lo que decía del tormento que me daban los

pensamientos, esto tiene este modo de proceder sin discurso del

entendimiento, que el alma ha de estar muy ganada o perdida, digo

perdida la consideración. En aprovechando, aprovecha mucho,

porque es en amar. Mas para llegar aquí es muy a su costa, salvo a

personas que quiere el Señor muy en breve llegarlas a oración de

quietud, que yo conozco a algunas. Para las que van por aquí es

bueno un libro para presto recogerse. Aprovechábame a mí también

ver campo o agua, flores. En estas cosas hallaba yo memoria del

Criador, digo que me despertaban y recogían y servían de libro; y

en mi ingratitud y pecados. En cosas del cielo ni en cosas subidas,

era mi entendimiento tan grosero que jamás por jamás las pude

imaginar, hasta que por otro modo el Señor me las representó.

6. Tenía tan poca habilidad para con el entendimiento representar

cosas, que si no era lo que veía, no me aprovechaba nada de mi

imaginación, como hacen otras personas que pueden hacer

representaciones adonde se recogen. Yo sólo podía pensar en

Cristo como hombre. Mas es así que jamás le pude representar en

mí, por más que leía su hermosura y veía imágenes, sino como

quien está ciego o a oscuras, que aunque habla con una persona y

ve que está con ella porque sabe cierto que está allí (digo que

entiende y cree que está allí, mas no la ve), de esta manera me

acaecía a mí cuando pensaba en nuestro Señor. A esta causa era

tan amiga de imágenes. ¡Desventurados de los que por su culpa

pierden este bien! Bien parece que no aman al Señor, porque si ld

amaran, holgáranse de ver su retrato, como acá aun da contento

ver el de quien se quiere bien.

7. En este tiempo me dieron las Confesiones de San Agustín, que

parece el Señor lo ordenó, porque yo no las procuré ni nunca las

había visto. Yo soy muy aficionada a San Agustín, porque el

monasterio adonde estuve seglar era de su Orden y también por

haber sido pecador, que en los santos que después de serlo el

Señor tornó a Sí hallaba yo mucho consuelo, pareciéndome en ellos

había de hallar ayuda y que como los había el Señor perdonado,

podía hacer a mí; salvo que una cosa me desconsolaba, como he

dicho, que a ellos sola una vez los había el Señor llamado y no

tornaban a caer, y a mí eran ya tantas, que esto me fatigaba. Mas

considerando en el amor que me tenía, tornaba a animarme, que de

su misericordia jamás desconfié. De mí muchas veces.

8. ¡Oh, válgame Dios, cómo me espanta la reciedumbre que tuvo mi

alma, con tener tantas ayudas de Dios! Háceme estar temerosa lo

poco que podía conmigo y cuán atada me veía para no me

determinar a darme del todo a Dios.

Como comencé a leer las Confesiones, paréceme me veía yo allí.

Comencé a encomendarme mucho a este glorioso Santo. Cuando

llegué a su conversión y leí cómo oyó aquella voz en el huerto, no

me parece sino que el Señor me la dio a mí, según sintió mi

corazón. Estuve por gran rato que toda me deshacía en lágrimas, y

entre mí misma con gran aflicción y fatiga.

¡Oh, qué sufre un alma, válgame Dios, por perder la libertad que

había de tener de ser señora, y qué de tormentos padece! Yo me

admiro ahora cómo podía vivir en tanto tormento. Sea Dios alabado,

que me dio vida para salir de muerte tan mortal.

9. Paréceme que ganó grandes fuerzas mi alma de la divina

Majestad, y que debía oír mis clamores y haber lástima de tantas

lágrimas. Comenzóme a crecer la afición de estar más tiempo con

El y a quitarme de los ojos las ocasiones, porque, quitadas, luego

me volvía a amar a Su Majestad; que bien entendía yo, a mi

parecer, le amaba, mas no entendía en qué está el amar de veras a

Dios como lo había de entender.

No me parece acababa yo de disponerme a quererle servir, cuando

Su Majestad me comenzaba a tornar a regalar. No parece sino que

lo que otros procuran con gran trabajo adquirir, granjeaba el Señor

conmigo que yo lo quisiese recibir, que era ya en estos postreros

años darme gustos y regalos. Suplicar yo me los diese, ni ternura

de devoción, jamás a ello me atreví; sólo le pedía me diese gracia

para que no le ofendiese, y me perdonase mis grandes pecados.

Como los veía tan grandes, aun desear regalos ni gustos nunca de

advertencia osaba. Harto me parece hacía su piedad, y con verdad

hacía mucha misericordia conmigo en consentirme delante de sí y

traerme a su presencia; que veía yo, si tanto El no lo procurara, no

viniera.

Sola una vez en mi vida me acuerdo pedirle gustos, estando con

mucha sequedad; y como advertí lo que hacía, quedé tan confusa

que la misma fatiga de verme tan poco humilde me dio lo que me

había atrevido a pedir. Bien sabía yo era lícito pedirla, mas

parecíame a mí que lo es a los que están dispuestos con haber

procurado lo que es verdadera devoción con todas sus fuerzas, que

es no ofender a Dios y estar dispuestos y determinados para todo

bien.

Parecíame que aquellas mis lágrimas eran mujeriles y sin fuerza,

pues no alcanzaba con ellas lo que deseaba. Pues con todo, creo

me valieron; porque, como digo, en especial después de estas dos

veces de tan gran compunción de ellas y fatiga de mi corazón,

comencé más a darme a oración y a tratar menos en cosas que me

dañasen, aunque aún no las dejaba del todo, sino -como digofueme

ayudando Dios a desviarme.

Como no estaba Su Majestad esperando sino algún aparejo en mí,

fueron creciendo las mercedes espirituales de la manera que diré;

cosa no usada darlas el Señor, sino a los que están en más

limpieza de conciencia.

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CAPÍTULO 10

Comienza a declarar las mercedes que el Señor la hacía en la

oración, y en lo que nos podemos nosotros ayudar, y lo mucho que

importa que entendamos las mercedes que el Señor nos hace. -

Pide a quien esto envía que de aquí adelante sea secreto lo que

escribiere, pues la mandan diga tan particularmente las mercedes

que la hace el Señor.

1. Tenía yo algunas veces, como he dicho, aunque con mucha

brevedad pasaba, comienzo de lo que ahora diré: acaecíame en

esta representación que hacía de ponerme cabe Cristo, que he

dicho, y aun algunas veces leyendo, venirme a deshora un

sentimiento de la presencia de Dios que en ninguna manera podía

dudar que estaba dentro de mí o yo toda engolfada en El.

Esto no era manera de visión; creo lo llaman mística teología.

Suspende el alma de suerte, que toda parecía estar fuera de sí:

ama la voluntad, la memoria me parece está casi perdida, el

entendimiento no discurre, a mi parecer, mas no se pierde; mas,

como digo, no obra, sino está como espantado de lo mucho que

entiende, porque quiere Dios entienda que de aquello que Su

Majestad le representa ninguna cosa entiende.

2. Primero había tenido muy continuo una ternura, que en parte

algo de ella me parece se puede procurar: un regalo, que ni bien es

todo sensual ni bien espiritual. Todo es dado de Dios; mas parece

para esto nos podemos mucho ayudar con considerar nuestra

bajeza y la ingratitud que tenemos con Dios, lo mucho que hizo por

nosotros, su Pasión con tan graves dolores, su vida tan afligida; en

deleitarnos de ver sus obras, su grandeza, lo que nos ama, otras

muchas cosas, que quien con cuidado quiera aprovechar tropieza

muchas veces en ellas, aunque no ande con mucha advertencia. Si

con esto hay algún amor, regálase el alma, enternécese el corazón,

vienen lágrimas; algunas veces parece las sacamos por fuerza,

otras el Señor parece nos la hace para no podernos resistir. Parece

nos paga Su Majestad aquel cuidadito con un don tan grande como

es el consuelo que da a un alma ver que llora por tan gran Señor; y

no me espanto, que le sobra la razón de consolarse: regálase allí,

huélgase allí.

3. Paréceme bien esta comparación que ahora se me ofrece: que

son estos gozos de oración como deben ser los que están en el

cielo, que como no han visto más de lo que el Señor, conforme a lo

que merecen, quiere que vean, y ven sus pocos méritos, cada uno

está contento con el lugar en que está, con haber tan grandísima

diferencia de gozar a gozar en el cielo, mucho más que acá hay de

unos gozos espirituales a otros, que es grandísima.

Y verdaderamente un alma en sus principios, cuando Dios la hace

esta merced, ya casi le parece no hay más que desear, y se da por

bien pagada de todo cuanto ha servido. Y sóbrale la razón, que una

lágrima de éstas que, como digo, casi nos las procuramos -aunque

sin Dios no se hace cosa-, no me parece a mí que con todos los

trabajos del mundo se puede comprar, porque se gana mucho con

ellas; y ¿qué más ganancia que tener algún testimonio que

contentamos a Dios? Así que quien aquí llegare, alábele mucho,

conózcase por muy deudor; porque ya parece le quiere para su

casa y escogido para su reino, si no torna atrás.

4. No cure de unas humildades que hay, de que pienso tratar, que

les parece humildad no entender que el Señor les va dando dones.

Entendamos bien bien, como ello es, que nos los da Dios sin ningún

merecimiento nuestro, y agradezcámoslo a Su Majestad; porque si

no conocemos que recibimos, no despertamos a amar. Y es cosa

muy cierta que mientras más vemos estamos ricos, sobre conocer

somos pobres, más aprovechamiento nos viene y aun más

verdadera humildad. Lo demás es acobardar el ánimo a parecer

que no es capaz de grandes bienes, si en comenzando el Señor a

dárselos comienza él a atemorizarse con miedo de vanagloria.

Creamos que quien nos da los bienes, nos dará gracia para que, en

comenzando el demonio a tentarle en este caso, lo entienda, y

fortaleza para resistir; digo, si andamos con llaneza delante de Dios,

pretendiendo contentar sólo a El y no a los hombres.

5. Es cosa muy clara que amamos más a una persona cuando

mucho se nos acuerda las buenas obras que nos hace. Pues si es

lícito y tan meritorio que siempre tengamos memoria que tenemos

de Dios el ser y que nos crió de nonada y que nos sustenta y todos

los demás beneficios de su muerte y trabajos, que mucho antes que

nos criase los tenía hechos por cada uno de los que ahora viven,

¿por qué no será lícito que entienda yo y vea y considere muchas

veces que solía hablar en vanidades, y que ahora me ha dado el

Señor que no querría sino hablar sino en El? He aquí una joya que,

acordándonos que es dada y ya la poseemos, forzado convida a

amar, que es todo el bien de la oración fundada sobre humildad.

Pues ¿qué será cuando vean en su poder otras joyas más

preciosas, como tienen ya recibidas algunos siervos de Dios, de

menosprecio de mundo, y aun de sí mismos? Está claro que se han

de tener por más deudores y más obligados a servir, y entender que

no teníamos nada de esto, y a conocer la largueza del Señor, que a

un alma tan pobre y ruin y de ningún merecimiento como la mía,

que bastaba la primera joya de éstas y sobraba para mí, quiso

hacerme con más riquezas que yo supiera desear.

6. Es menester sacar fuerzas de nuevo para servir y procurar no ser

ingratos; porque con esa condición las da el Señor, que si no

usamos bien del tesoro y del gran estado en que pone, nos lo

tornará a tomar y quedarnos hemos muy más pobres, y dará Su

Majestad las joyas a quien luzca y aproveche con ellas a sí y a los

otros.

Pues ¿cómo aprovechará y gastará con largueza el que no

entiende que está rico? Es imposible conforme a nuestra naturaleza

-a mi parecer- tener ánimo para cosas grandes quien no entiende

está favorecido de Dios. Porque somos tan miserables y tan

inclinados a cosas de tierra, que mal podrá aborrecer todo lo de acá

de hecho con gran desasimiento quien no entiende tiene alguna

prenda de lo de allá. Porque con estos dones es adonde el Señor

nos da la fortaleza que por nuestros pecados nosotros perdimos. Y

mal deseará se descontenten todos de él y le aborrezcan y todas

las demás virtudes grandes que tienen los perfectos, si no tiene

alguna prenda del amor que Dios le tiene, y juntamente fe viva.

Porque es tan muerto nuestro natural, que nos vamos a lo que

presente vemos; y así estos mismos favores son los que despiertan

la fe y la fortalecen. Ya puede ser que yo, como soy tan ruin, juzgo

por mí, que otros habrá que no hayan menester más de la verdad

de la fe para hacer obras muy perfectas, que yo, como miserable,

todo lo he habido menester.

7. Estos, ellos lo dirán. Yo digo lo que ha pasado por mí, como me

lo mandan. Y si no fuere bien, romperálo a quien lo envío, que

sabrá mejor entender lo que va mal que yo; a quien suplico por

amor del Señor, lo que he dicho hasta aquí de mi ruin vida y

pecados lo publiquen. Desde ahora doy licencia, y a todos mis

confesores, que así lo es a quien esto va. Y si quisieren, luego en

mi vida; porque no engañe más el mundo, que piensan hay en mí

algún bien. Y cierto cierto, con verdad digo, a lo que ahora entiendo

de mí, que me dará gran consuelo.

Para lo que de aquí adelante dijere, no se la doy. Ni quiero, si a

alguien lo mostraren, digan quién es por quien pasó ni quién lo

escribió; que por esto no me nombro ni a nadie, sino escribirlo he

todo lo mejor que pueda para no ser conocida, y así lo pido por

amor de Dios. Bastan personas tan letradas y graves para autorizar

alguna cosa buena, si el Señor me diere gracia para decirla, que si

lo fuere, será suya y no mía, porque yo sin letras ni buena vida ni

ser informada de letrado ni de persona ninguna (porque solos los

que me lo mandan escribir saben que lo escribo, y al presente no

están aquí) y casi hurtando el tiempo, y con pena porque me

estorbo de hilar, por estar en casa pobre y con hartas ocupaciones.

Así que, aunque el Señor me diera más habilidad y memoria, que

aun con ésta me pudiera aprovechar de lo que he oído o leído, es

poquísima la que tengo; así que si algo bueno dijere, lo quiere el

Señor para algún bien; lo que fuere malo será de mí, y vuestra

merced lo quitará.

Para lo uno ni para lo otro, ningún provecho tiene decir mi nombre:

en vida está claro que no se ha de decir de lo bueno; en muerte no

hay para qué, sino para que pierda la autoridad el bien, y no la dar

ningún crédito, por ser dicho de persona tan baja y tan ruin.

8. Y por pensar vuestra merced hará esto que por amor del Señor le

pido y los demás que lo han de ver, escribo con libertad; de otra

manera sería con gran escrúpulo, fuera de decir mis pecados, que

para esto ninguno tengo; para lo demás basta ser mujer para

caérseme las alas, cuánto más mujer y ruin. Y así lo que fuere más

de decir simplemente el discurso de mi vida, tome vuestra merced

para sí -pues tanto me ha importunado escriba alguna declaración

de las mercedes que me hace Dios en la oración-, si fuere conforme

a las verdades de nuestra santa fe católica; y si no, vuestra merced

lo queme luego, que yo a esto me sujeto. Y diré lo que pasa por mí,

para que, cuando sea conforme a esto, podrá hacer a vuestra

merced algún provecho; y si no, desengañará mi alma, para que no

gane el demonio adonde me parece gano yo; que ya sabe el Señor,

como después diré, que siempre he procurado buscar quién me dé

luz.

9. Por claro que yo quiera decir estas cosas de oración, será bien

oscuro para quien no tuviere experiencia. Algunos impedimentos

diré, que a mi entender lo son para ir adelante en este camino, y

otras cosas en que hay peligro, de lo que el Señor me ha enseñado

por experiencia y después tratádolo yo con grandes letrados y

personas espirituales de muchos años, y ven que en solos veinte y

siete años que ha que tengo oración, me ha dado Su Majestad la

experiencia -con andar en tantos tropiezos y tan mal este caminoque

a otros en cuarenta y siete y en treinta y siete, que con

penitencia y siempre virtud han caminado por él.

Sea bendito por todo y sírvase de mí, por quien Su Majestad es,

que bien sabe mi Señor que no pretendo otra cosa en esto, sino

que sea alabado y engrandecido un poquito de ver que en un

muladar tan sucio y de mal olor hiciese huerto de tan suaves flores.

Plega a Su Majestad que por mi culpa no las torne yo a arrancar y

se torne a ser lo que era. Esto pido yo por amor del Señor le pida

vuestra merced, pues sabe la que soy con más claridad que aquí

me lo ha dejado decir.

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CAPÍTULO 11

Dice en qué está la falta de no amar a Dios con perfección en breve

tiempo. - Comienza a declarar, por una comparación que pone,

cuatro grados de oración. - Va tratando aquí del primero. - Es muy

provechoso para los que comienzan y para los que no tienen gustos

en la oración.

1. Pues hablando ahora de los que comienzan a ser siervos del

amor (que no me parece otra cosa determinarnos a seguir por este

camino de oración al que tanto nos amó), es una dignidad tan

grande, que me regalo extrañamente en pensar en ella. Porque el

temor servil luego va fuera, si en este primer estado vamos como

hemos de ir. ¡Oh Señor de mi alma y bien mío! ¿Por qué no

quisisteis que en determinándose un alma a amaros, con hacer lo

que puede en dejarlo todo para mejor se emplear en este amor de

Dios, luego gozase de subir a tener este amor perfecto? Mal he

dicho: había de decir y quejarme porque no queremos nosotros;

pues toda la falta nuestra es, en no gozar luego de tan gran

dignidad, pues en llegando a tener con perfección este verdadero

amor de Dios, trae consigo todos los bienes. Somos tan caros y tan

tardíos de darnos del todo a Dios, que, como Su Majestad no quiere

gocemos de cosa tan preciosa sin gran precio, no acabamos de

disponernos.

2. Bien veo que no le hay con qué se pueda comprar tan gran bien

en la tierra; mas si hiciésemos lo que podemos en no nos asir a

cosa de ella, sino que todo nuestro cuidado y trato fuese en el cielo,

creo yo sin duda muy en breve se nos daría este bien, si en breve

del todo nos dispusiésemos, como algunos santos lo hicieron. Mas

parécenos que lo damos todo, y es que ofrecemos a Dios la renta o

los frutos y quedámonos con la raíz y posesión. Determinámonos a

ser pobres, y es de gran merecimiento; mas muchas veces

tornamos a tener cuidado y diligencia para que no nos falte no sólo

lo necesario sino lo superfluo, y a granjear los amigos que nos lo

den y ponernos en mayor cuidado, y por ventura peligro, porque no

nos falte, que antes teníamos en poseer la hacienda.

Parece también que dejamos la honra en ser religiosos o en haber

ya comenzado a tener vida espiritual y a seguir perfección, y no nos

han tocado en un punto de honra, cuando no se nos acuerda la

hemos ya dado a Dios, y nos queremos tornar a alzar con ella y

tomársela -como dicen- de las manos, después de haberle de

nuestra voluntad, al parecer, hecho de ella señor. Así son todas las

otras cosas.

3. ¡Donosa manera de buscar amor de Dios! Y luego le queremos a

manos llenas, a manera de decir. Tenernos nuestras aficiones (ya

que no procuramos efectuar nuestros deseos y no acabarlos de

levantar de la tierra) y muchas consolaciones espirituales con esto,

no viene bien, ni me parece se compadece esto con estotro. Así

que, porque no se acaba de dar junto, no se nos da por junto este

tesoro. Plega al Señor que gota a gota nos le dé Su Majestad,

aunque sea costándonos todos los trabajos del mundo.

4. Harto gran misericordia hace a quien da gracia y ánimo para

determinarse a procurar con todas sus fuerzas este bien. Porque si

persevera, no se niega Dios a nadie. Poco a poco va habilitando él

el ánimo para que salga con esta victoria. Digo ánimo, porque son

tantas las cosas que el demonio pone delante a los principios para

que no comiencen este camino de hecho, como quien sabe el daño

que de aquí le viene, no sólo en perder aquel alma sino muchas. Si

el que comienza se esfuerza con el fervor de Dios a llegar a la

cumbre de la perfección, creo jamás va solo al cielo; siempre lleva

mucha gente tras sí. Como a buen capitán, le da Dios quien vaya

en su compañía.

Póneles tantos peligros y dificultades delante, que no es menester

poco ánimo para no tornar atrás, sino muy mucho y mucho favor de

Dios.

5. Pues hablando de los principios de los que ya van determinados

a seguir este bien y a salir con esta empresa (que de lo demás que

comencé a decir de mística teología, que creo se llama así, diré

más adelante), en estos principios está todo el mayor trabajo;

porque son ellos los que trabajan dando el Señor el caudal; que en

los otros grados de oración lo más es gozar, puesto que primeros y

medianos y postreros, todos llevan sus cruces, aunque diferentes;

que por este camino que fue Cristo han de ir los que le siguen, si no

se quieren perder. ¡Y bienaventurados trabajos, que aun acá en la

vida tan sobradamente se pagan!

6. Habré de aprovecharme de alguna comparación, aunque yo las

quisiera excusar por ser mujer y escribir simplemente lo que me

mandan. Mas este lenguaje de espíritu es tan malo de declarar a

los que no saben letras, como yo, que habré de buscar algún modo,

y podrá ser las menos veces acierte a que venga bien la

comparación. Servirá de dar recreación a vuestra merced de ver

tanta torpeza.

Paréceme ahora a mí que he leído u oído esta comparación -que

como tengo mala memoria, ni sé adónde ni a qué propósito, mas

para el mío ahora conténtame-: ha de hacer cuenta el que

comienza, que comienza a hacer un huerto en tierra muy

infructuosa que lleva muy malas hierbas, para que se deleite el

Señor. Su Majestad arranca las malas hierbas y ha de plantar las

buenas. Pues hagamos cuenta que está ya hecho esto cuando se

determina a tener oración un alma y lo ha comenzado a usar. Y con

ayuda de Dios hemos de procurar, como buenos hortelanos, que

crezcan estas plantas y tener cuidado de regarlas para que no se

pierdan, sino que vengan a echar flores que den de sí gran olor

para dar recreación a este Señor nuestro, y así se venga a deleitar

muchas veces a esta huerta y a holgarse entre estas virtudes.

7. Pues veamos ahora de la manera que se puede regar, para que

entendamos lo que hemos de hacer y el trabajo que nos ha de

costar, si es mayor que la ganancia, o hasta qué tanto tiempo se ha

de tener.

Paréceme a mí que se puede regar de cuatro maneras:

o con sacar el agua de un pozo, que es a nuestro gran trabajo;.

o con noria y arcaduces, que se saca con un torno; yo lo he sacado

algunas veces: es a menos trabajo que estotro y sácase más agua;

o de un río o arroyo: esto se riega muy mejor, que queda más harta

la tierra de agua y no se ha menester regar tan a menudo y es a

menos trabajo mucho del hortelano;

o con llover mucho, que lo riega el Señor sin trabajo ninguno

nuestro, y es muy sin comparación mejor que todo lo que queda

dicho.

8. Ahora, pues, aplicadas estas cuatro maneras de agua de que se

ha de sustentar este huerto -porque sin ella perderse ha-, es lo que

a mí me hace al caso y ha parecido que se podrá declarar algo de

cuatro grados de oración, en que el Señor, por su bondad, ha

puesto algunas veces mi alma. Plega a su bondad atine a decirlo de

manera que aproveche a una de las personas que esto me

mandaron escribir, que la ha traído el Señor en cuatro meses harto

más adelante que yo estaba en diecisiete años. Hase dispuesto

mejor, y así sin trabajo suyo riega este vergel con todas estas

cuatro aguas, aunque la postrera aún no se le da sino a gotas; mas

va de suerte que presto se engolfará en ella con ayuda del Señor. Y

gustaré se ría, si le pareciere desatino la manera del declarar.

9. De los que comienzan a tener oración podemos decir son los que

sacan el agua del pozo, que es muy a su trabajo, como tengo dicho,

que han de cansarse en recoger los sentidos, que, como están

acostumbrados a andar derramados, es harto trabajo. Han

menester irse acostumbrando a no se les dar nada de ver ni oír, y

aun ponerlo por obra las horas de la oración, sino estar en soledad

y, apartados, pensar su vida pasada. Aunque esto primeros y

postreros todos lo han de hacer muchas veces, hay más y menos

de pensar en esto, como después diré. Al principio aún da pena,

que no acaban de entender que se arrepienten de los pecados; y sí

hacen, pues se determinan a servir a Dios tan de veras. Han de

procurar tratar de la vida de Cristo, y cánsase el entendimiento en

esto.

Hasta aquí podemos adquirir nosotros, entiéndese con el favor de

Dios, que sin éste ya se sabe no podemos tener un buen

pensamiento. Esto es comenzar a sacar agua del pozo, y aun plega

a Dios lo quiera tener. Mas al menos no queda por nosotros, que ya

vamos a sacarla y hacemos lo que podemos para regar estas flores.

Y es Dios tan bueno que, cuando por lo que Su Majestad sabe -por

ventura para gran provecho nuestro- quiere que esté seco el pozo,

haciendo lo que es en nosotros como buenos hortelanos, sin agua

sustenta las flores y hace crecer las virtudes. Llamo «agua» aquí las

lágrimas y, aunque no las haya, la ternura y sentimiento interior de

devoción.

10. Pues ¿qué hará aquí el que ve que en muchos días no hay sino

sequedad y disgusto y dessabor y tan mala gana para venir a sacar

el agua, que si no se le acordase que hace placer y servicio al

Señor de la huerta y mirase a no perder todo lo servido y aun lo que

espera ganar del gran trabajo que es echar muchas veces el

caldero en el pozo y sacarle sin agua, lo dejaría todo? Y muchas

veces le acaecerá aun para esto no se le alzar los brazos, ni podrá

tener un buen pensamiento: que este obrar con el entendimiento,

entendido va que es el sacar agua del pozo.

Pues, como digo, ¿qué hará aquí el hortelano? Alegrarse y

consolarse y tener por grandísima merced de trabajar en huerto de

tan gran Emperador. Y pues sabe le contenta en aquello y su

intento no ha de ser contentarse a sí sino a El, alábele mucho, que

hace de él confianza, pues ve que sin pagarle nada tiene tan gran

cuidado de lo que le encomendó. Y ayúdele a llevar la cruz y piense

que toda la vida vivió en ella y no quiera acá su reino ni deje jamás

la oración. Y así se determine, aunque para toda la vida le dure esta

sequedad, no dejar a Cristo caer con la cruz. Tiempo vendrá que se

lo pague por junto. No haya miedo que se pierda el trabajo. A buen

amo sirve. Mirándole está. No haga caso de malos pensamientos.

Mire que también los representaba el demonio a San Jerónimo en

el desierto.

11. Su precio se tienen estos trabajos, que, como quien los pasó

muchos años (que cuando una gota de agua sacaba de este

bendito pozo pensaba me hacía Dios merced), sé que son

grandísimos y me parece es menester más ánimo que para otros

muchos trabajos del mundo. Mas he visto claro que no deja Dios sin

gran premio, aun en esta vida; porque es así, cierto, que una hora

de las que el Señor me ha dado de gusto de Sí después acá, me

parece quedan pagadas todas las congojas que en sustentarme en

la oración mucho tiempo pasé.

Tengo para mí que quiere el Señor dar muchas veces al principio, y

otras a la postre, estos tormentos y otras muchas tentaciones que

se ofrecen, para probar a sus amadores y saber si podrán beber el

cáliz y ayudarle a llevar la cruz, antes que ponga en ellos grandes

tesoros. Y para bien nuestro creo nos quiere Su Majestad llevar por

aquí, para que entendamos bien lo poco que somos; porque son de

tan gran dignidad las mercedes de después, que quiere por

experiencia veamos antes nuestra miseria primero que nos las dé,

por que no nos acaezca lo que a Lucifer.

12. ¿Qué hacéis Vos, Señor mío, que no sea para mayor bien del

alma que entendéis que es ya vuestra y que se pone en vuestro

poder para seguiros por donde fuereis hasta muerte de cruz y que

está determinada a ayudárosla a llevar y a no dejaros solo con ella?

Quien viere en sí esta determinación, no, no hay que temer. Gente

espiritual, no hay por qué se afligir. Puesto ya en tan alto grado

como es querer tratar a solas con Dios y dejar los pasatiempos del

mundo, lo más está hecho. Alabad por ello a Su Majestad y fiad de

su bondad, que nunca faltó a sus amigos. Tapaos los ojos de

pensar por qué da a aquél de tan pocos días devoción, y a mí no en

tantos años. Creamos es todo para más bien nuestro. Guíe Su

Majestad por donde quisiere. Ya no somos nuestros, sino suyos.

Harta merced nos hace en querer que queramos cavar en su huerto

y estarnos cabe el Señor de él, que cierto está con nosotros. Si El

quiere que crezcan estas plantas y flores a unos con dar agua que

saquen de este pozo, a otros sin ella, ¿qué se me da mí? Haced

vos, Señor, lo que quisiereis. No os ofenda yo. No se pierdan las

virtudes, si alguna me habéis ya dado por sola vuestra bondad.

Padecer quiero, Señor, pues Vos padecisteis. Cúmplase en mí de

todas maneras vuestra voluntad. Y no plega a Vuestra Majestad

que cosa de tanto precio como vuestro amor se dé a gente que os

sirve sólo por gustos.

13. Hase de notar mucho -y dígolo porque lo sé por experienciaque

el alma que en este camino de oración mental comienza a

caminar con determinación y puede acabar consigo de no hacer

mucho caso ni consolarse ni desconsolarse mucho porque falten

estos gustos y ternura o la dé el Señor, que tiene andado gran parte

del camino. Y no haya miedo de tornar atrás, aunque más tropiece,

porque va comenzado el edificio en firme fundamento. Sí, que no

está el amor de Dios en tener lágrimas ni estos gustos y ternura,

que por la mayor parte los deseamos y consolamos con ellos, sino

en servir con justicia y fortaleza de ánima y humildad. Recibir, más

me parece a mí eso, que no dar nosotros nada.

14. Para mujercitas como yo, flacas y con poca fortaleza, me parece

a mí conviene, como Dios ahora lo hace, llevarme con regalos,

porque pueda sufrir algunos trabajos que ha querido Su Majestad

tenga; mas para siervos de Dios, hombres de tomo, de letras, de

entendimiento, que veo hacer tanto caso de que Dios no los da

devoción, que me hace disgusto oírlo. No digo yo que no la tomen,

si Dios se la da, y la tengan en mucho, porque entonces verá Su

Majestad que conviene; mas que cuando no la tuvieren, que no se

fatiguen y que entiendan que no es menester, pues Su Majestad no

la da, y anden señores de sí mismos. Crean que es falta. Yo lo he

probado y visto. Crean que es imperfección y no andar con libertad

de espíritu, sino flacos para acometer.

15. Esto no lo digo tanto por los que comienzan (aunque pongo

tanto en ello, porque les importa mucho comenzar con esta libertad

y determinación), sino por otros; que habrá muchos que lo ha que

comenzaron y nunca acaban de acabar. Y creo es gran parte este

no abrazar la cruz desde el principio, que andarán afligidos

pareciéndoles no hacen nada. En dejando de obrar el

entendimiento, no lo pueden sufrir y por ventura entonces engorda

la voluntad y toma fuerza, y no lo entienden ellos.

Hemos de pensar que no mira el Señor en estas cosas, que,

aunque a nosotros nos parecen faltas, no lo son. Ya sabe Su

Majestad nuestra miseria y bajo natural mejor que nosotros mismos,

y sabe que ya estas almas desean siempre pensar en El y amarle.

Esta determinación es la que quiere. Estotro afligimiento que nos

damos no sirve de más de inquietar el alma, y si había de estar

inhábil para aprovechar una hora, que lo esté cuatro. Porque muy

muchas veces (yo tengo grandísima experiencia de ello, y sé que

es verdad, porque lo he mirado con cuidado y tratado después a

personas espirituales) que viene de indisposición corporal, que

somos tan miserables que participa esta encarceladita de esta

pobre alma de las miserias del cuerpo. Y las mudanzas de los

tiempos y las vueltas de los humores muchas veces hacen que sin

culpa suya no pueda hacer lo que quiere, sino que padezca de

todas maneras. Y mientras más la quieren forzar en estos tiempos,

es peor y dura más el mal; sino que haya discreción para ver

cuándo es de esto, y no la ahoguen a la pobre. Entiendan son

enfermos. Múdese la hora de la oración, y hartas veces será

algunos días. Pasen como pudieren este destierro, que harta

malaventura es de un alma que ama a Dios ver que vive en esta

miseria y que no puede lo que quiere, por tener tan mal huésped

como este cuerpo.

16. Dije «con discreción», porque alguna vez el demonio lo hará; y

así es bien ni siempre dejar la oración cuando hay gran

distraimiento y turbación en el entendimiento, ni siempre atormentar

el alma a lo que no puede.

Otras cosas hay exteriores de obras de caridad y de lección,

aunque a veces aun no estará para esto. Sirva entonces al cuerpo

por amor de Dios, porque otras veces muchas sirva él al alma, y

tome algunos pasatiempos santos de conversaciones que lo sean,

o irse al campo, como aconsejare el confesor. Y en todo es gran

cosa la experiencia, que da a entender lo que nos conviene. Y en

todo se sirve Dios. Suave es su yugo, y es gran negocio no traer el

alma arrastrada, como dicen, sino llevarla con suavidad para su

mayor aprovechamiento.

17. Así que torno a avisar -y aunque lo diga muchas veces no va

nada- que importa mucho que de sequedades ni de inquietud y

distraimiento en los pensamientos nadie se apriete ni aflija. Si

quiere ganar libertad de espíritu y no andar siempre atribulado,

comience a no se espantar de la cruz, y verá cómo se la ayuda

también a llevar el Señor y con el contento que anda y el provecho

que saca de todo. Porque ya se ve que, si el pozo no mana, que

nosotros no podemos poner el agua. Verdad es que no hemos de

estar descuidados para que, cuando la haya, sacarla; porque

entonces ya quiere Dios por este medio multiplicar las virtudes.

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CAPÍTULO 12

Prosigue en este primer estado. - Dice hasta dónde podemos llegar

con el favor de Dios por nosotros mismos, y el daño que es querer,

hasta que el Señor lo haga, subir el espíritu a cosas sobrenaturales.

1. Lo que he pretendido dar a entender en este capítulo pasado -

aunque me he divertido mucho en otras cosas por parecerme muy

necesarias- es decir hasta lo que podemos nosotros adquirir, y

cómo en esta primera devoción podemos nosotros ayudarnos algo.

Porque en pensar y escudriñar lo que el Señor pasó por nosotros,

muévenos a compasión, y es sabrosa esta pena y las lágrimas que

proceden de aquí. Y de pensar la gloria que esperamos y el amor

que el Señor nos tuvo y su resurrección, muévenos a gozo que ni

es del todo espiritual ni sensual, sino gozo virtuoso y la pena muy

meritoria. De esta manera son todas las cosas que causan

devoción adquirida con el entendimiento en parte, aunque no

podida merecer ni ganar si no la de Dios. Estále muy bien a un alma

que no la ha subido de aquí, no procurar subir ella; y nótese esto

mucho, porque no le aprovechará más de perder.

2. Puede en este estado hacer muchos actos para determinarse a

hacer mucho por Dios y despertar el amor, otros para ayudar a

crecer las virtudes, conforme a lo que dice un libro llamado Arte de

servir a Dios, que es muy bueno y apropiado para los que están en

este estado, porque obra el entendimiento. Puede representarse

delante de Cristo y acostumbrarse a enamorarse mucho de su

sagrada Humanidad y traerle siempre consigo y hablar con El,

pedirle para sus necesidades y quejársele de sus trabajos,

alegrarse con El en sus contentos y no olvidarle por ellos, sin

procurar oraciones compuestas, sino palabras conforme a sus

deseos y necesidad.

Es excelente manera de aprovechar y muy en breve; y quien

trabajare a traer consigo esta preciosa compañía y se aprovechare

mucho de ella y de veras cobrare amor a este Señor a quien tanto

debemos, yo le doy por aprovechado.

3. Para esto no se nos ha de dar nada de no tener devoción -como

tengo dicho-, sino agradecer al Señor que nos deja andar deseosos

de contentarle, aunque sean flacas las obras. Este modo de traer a

Cristo con nosotros aprovecha en todos estados, y es un medio

segurísimo para ir aprovechando en el primero y llegar en breve al

segundo grado de oración, y para los postreros andar seguros de

los peligros que el demonio puede poner.

4. Pues esto es lo que podemos. Quien quisiere pasar de aquí y

levantar el espíritu a sentir gustos que no se los dan, es perder lo

uno y lo otro, a mi parecer, porque es sobrenatural; y perdido el

entendimiento, quédase el alma desierta y con mucha sequedad. Y

como este edificio todo va fundado en humildad, mientras más

llegados a Dios, más adelante ha de ir esta virtud, y si no, va todo

perdido. Y parece algún género de soberbia querer nosotros subir a

más, pues Dios hace demasiado, según somos, en allegarnos cerca

de Sí.

No se ha de entender que digo esto por el subir con el pensamiento

a pensar cosas altas del cielo o de Dios y las grandezas que allá

hay y su gran sabiduría; porque, aunque yo nunca lo hice (que no

tenía habilidad -como he dicho- y me hallaba tan ruin, que aun para

pensar cosas de la tierra me hacía Dios merced de que entendiese

esta verdad, que no era poco atrevimiento, cuánto más para las del

cielo), otras personas se aprovecharán, en especial si tienen letras,

que es un gran tesoro para este ejercicio, a mi parecer, si son con

humildad. De unos días acá lo he visto por algunos letrados, que ha

poco que comenzaron y han aprovechado muy mucho; y esto me

hace tener grandes ansias porque muchos fuesen espirituales,

como adelante diré.

5. Pues lo que digo «no se suban sin que Dios los suba», es

lenguaje de espíritu. Entenderme ha quien tuviere alguna

experiencia, que yo no lo sé decir si por aquí no se entiende. En la

mística teología que comencé a decir, pierde de obrar el

entendimiento, porque le suspende Dios, como después declararé

más, si supiere y El me diere para ello su favor. Presumir ni pensar

de suspenderle nosotros, es lo que digo no se haga, ni se deje de

obrar con él, porque nos quedaremos bobos y fríos, y ni haremos lo

uno ni lo otro; que cuando el Señor le suspende y hace parar, dale

de qué se espante y se ocupe, y que sin discurrir entienda más en

un «credo» que nosotros podemos entender con todas nuestras

diligencias de tierra en muchos años. Ocupar las potencias del alma

y pensar hacerlas estar quedas, es desatino.

Y torno a decir que, aunque no se entiende, es de no gran

humildad; aunque no con culpa, con pena sí, que será trabajo

perdido, y queda el alma con un disgustillo como quien va a saltar y

la asen por detrás, que ya parece ha empleado su fuerza, y hállase

sin efectuar lo que con ella quería hacer; y en la poca ganancia que

queda verá quien lo quisiere mirar esto poquillo de falta de humildad

que he dicho. Porque esto tiene excelente esta virtud, que no hay

obra a quien ella acompañe, que deje el alma disgustada.

Paréceme lo he dado a entender, y por ventura será sola para mí.

Abra el Señor los ojos de los que lo leyeren, con la experiencia;

que, por poca que sea, luego lo entenderán.

6. Hartos años estuve yo que leía muchas cosas y no entendía

nada de ellas; y mucho tiempo que, aunque me lo daba Dios,

palabra no sabía decir para darlo a entender, que no me ha costado

esto poco trabajo. Cuando Su Majestad quiere, en un punto lo

enseña todo, de manera que yo me espanto.

Una cosa puedo decir con verdad: que, aunque hablaba con

muchas personas espirituales que querían darme a entender lo que

el Señor me daba, para que se lo supiese decir, y es cierto que era

tanta mi torpeza, que poco ni mucho me aprovechaba; o quería el

Señor, como Su Majestad fue siempre mi maestro (sea por todo

bendito, que harta confusión es para mí poder decir esto con

verdad), que no tuviese a nadie que agradecer. Y sin querer ni

pedirlo (que en esto no he sido nada curiosa -porque fuera virtud

serlo- sino en otras vanidades), dármelo Dios en un punto a

entender con toda claridad y para saberlo decir, de manera que se

espantaban y yo más que mis confesores, porque entendía mejor

mi torpeza. Esto ha poco. Y así lo que el Señor no me ha enseñado

no lo procuro, si no es lo que toca a mi conciencia.

7. Torno otra vez a avisar que va mucho en «no subir el espíritu si el

Señor no le subiere». Qué cosa es, se entiende luego. En especial

para mujeres es más malo, que podrá el demonio causar alguna

ilusión; aunque tengo por cierto no consiente el Señor dañe a quien

con humildad se procura llegar a El, antes sacará más provecho y

ganancia por donde el demonio le pensare hacer perder.

Por ser este camino de los primeros más usado, e importan mucho

los avisos que he dado, me he alargado tanto. Y habránlos escrito

en otras partes muy mejor, yo lo confieso, y que con harta confusión

y vergüenza lo he escrito, aunque no tanta como había de tener.

Sea el Señor bendito por todo, que a una como yo quiere y

consiente hable en cosas suyas, tales y tan subidas.

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CAPÍTULO 13

Prosigue en este primer estado y pone avisos para algunas

tentaciones que el demonio suele poner algunas veces. - Da avisos

para ellas. - Es muy provechoso.

1. Hame parecido decir algunas tentaciones que he visto que se

tienen a los principios, y algunas tenido yo, y dar algunos avisos de

cosas que me parecen necesarias.

Pues procúrese a los principios andar con alegría y libertad, que

hay algunas personas que parece se les ha de ir la devoción si se

descuidan un poco. Bien es andar con temor de sí para no se fiar

poco ni mucho de ponerse en ocasión donde suele ofender a Dios,

que esto es muy necesario hasta estar ya muy enteros en la virtud;

y no hay muchos que lo puedan estar tanto, que en ocasiones

aparejadas a su natural se puedan descuidar, que siempre,

mientras vivimos, aun por humildad, es bien conocer nuestra

miserable naturaleza. Mas hay muchas cosas adonde se sufre,

como he dicho, tomar recreación aun para tornar a la oración más

fuertes. En todo es menester discreción.

2. Tener gran confianza, porque conviene mucho no apocar los

deseos, sino creer de Dios que, si nos esforzamos, poco a poco,

aunque no sea luego, podremos llegar a lo que muchos santos con

su favor; que si ellos nunca se determinaran a desearlo y poco a

poco a ponerlo por obra, no subieran a tan alto estado. Quiere Su

Majestad y es amigo de ánimas animosas, como vayan con

humildad y ninguna confianza de sí. Y no he visto a ninguna de

éstas que quede baja en este camino; ni ninguna alma cobarde, con

amparo de humildad, que en muchos años ande lo que estotros en

muy pocos. Espántame lo mucho que hace en este camino

animarse a grandes cosas; aunque luego no tenga fuerzas el alma,

da un vuelo y llega a mucho, aunque -como avecita que tiene pelo

malo- cansa y queda.

3. Otro tiempo traía yo delante muchas veces lo que dice San

Pablo, que todo se puede en Dios. En mí bien entendía no podía

nada. Esto me aprovechó mucho, y lo que dice San Agustín: Dame,

Señor, lo que me mandas, y manda lo que quisieres. Pensaba

muchas veces que no había perdido nada San Pedro en arrojarse

en la mar, aunque después temió. Estas primeras determinaciones

son gran cosa, aunque en este primer estado es menester irse más

deteniendo y atados a la discreción y parecer de maestro; mas han

de mirar que sea tal, que no los enseñe a ser sapos, ni que se

contente con que se muestre el alma a sólo cazar lagartijas.

¡Siempre la humildad delante, para entender que no han de venir

estas fuerzas de las nuestras!

4. Mas es menester entendamos cómo ha de ser esta humildad,

porque creo el demonio hace mucho daño para no ir muy adelante

gente que tiene oración, con hacerlos entender mal de la humildad,

haciendo que nos parezca soberbia tener grandes deseos y querer

imitar a los santos y desear ser mártires. Luego nos dice o hace

entender que las cosas de los santos son para admirar, mas no

para hacerlas los que somos pecadores.

Esto también lo digo yo; mas hemos de mirar cuál es de espantar y

cuál de imitar. Porque no sería bien si una persona flaca y enferma

se pusiese en muchos ayunos y penitencias ásperas, yéndose a un

desierto adonde ni pudiese dormir ni tuviese qué comer, o casas

semejantes. Mas pensar que nos podemos esforzar con el favor de

Dios a tener un gran desprecio de mundo, un no estimar honra, un

no estar atado a la hacienda; que tenemos unos corazones tan

apretados, que parece nos ha de faltar la tierra en queriéndonos

descuidar un poco del cuerpo y dar al espíritu; luego parece ayuda

al recogimiento tener muy bien lo que es menester, porque los

cuidados inquietan a la oración.

De esto me pesa a mí, que tengamos tan poca confianza de Dios y

tanto amor propio, que nos inquiete ese cuidado. Y es así que

adonde está tan poco medrado el espíritu como esto, unas naderías

nos dan tan gran trabajo como a otros cosas grandes y de mucho

tomo. ¡Y en nuestro seso presumimos de espirituales!

5. Paréceme ahora a mí esta manera de caminar un querer

concertar cuerpo y alma para no perder acá el descanso y gozar

allá de Dios. Y así será ello si se anda en justicia y vamos asidos a

virtud. Mas es paso de gallina. Nunca con él se llegará a la libertad

de espíritu. Manera de proceder muy buena me parece para estado,

de casados, que han de ir conforme a su llamamiento; mas para

otro estado, en ninguna manera deseo tal manera de aprovechar ni

me harán creer es buena, porque la he probado, y siempre me

estuviera así si el Señor por su bondad no me enseñara otro atajo.

6. Aunque en esto de deseos siempre los tuve grandes, mas

procuraba esto que he dicho: tener oración, mas vivir a mi placer.

Creo si hubiera quien me sacara a volar, más me hubiera puesto en

que estos deseos fueran con obra. Mas hay -por nuestros pecadostan

pocos, tan contados, que no tengan discreción demasiada en

este caso, que creo es harta causa para que los que comienzan no

vayan más presto a gran perfección. Porque el Señor nunca falta ni

queda por El; nosotros somos los faltos y miserables.

7. También se pueden imitar los santos en procurar soledad y

silencio y otras muchas virtudes, que no nos matarán estos negros

cuerpos que tan concertadamente se quieren llevar para

desconcertar el alma, y el demonio ayuda mucho a hacerlos

inhábiles, cuando ve un poco de temor; no quiere él más para

hacernos entender que todo nos ha de matar y quitar la salud; hasta

tener lágrimas nos hace temer de cegar. He pasado por esto y por

eso lo sé; y no sé yo qué mejor vista ni salud podemos desear que

perderla por tal causa.

Como soy tan enferma, hasta que me determiné en no hacer caso

del cuerpo ni de la salud, siempre estuve atada, sin valer nada; y

ahora hago bien poco. Mas como quiso Dios entendiese este ardid

del demonio, y como me ponía delante el perder la salud, decía yo:

«poco va en que me muera»; si el descanso: «no he ya menester

descanso, sino cruz»; así otras cosas. Vi claro que en muy muchas,

aunque yo de hecho soy harto enferma, que era tentación del

demonio o flojedad mía; que después que no estoy tan mirada y

regalada, tengo mucha más salud.

Así que va mucho a los principios de comenzar oración a no

amilanar los pensamientos, y créanme esto, porque lo tengo por

experiencia. Y para que escarmienten en mí, aun podría aprovechar

decir estas mis faltas.

8. Otra tentación es luego muy ordinaria, que es desear que todos

sean muy espirituales, como comienzan a gustar del sosiego y

ganancia que es. El desearlo no es malo; el procurarlo podría ser

no bueno, si no hay mucha discreción y disimulación en hacerse de

manera que no parezca enseñan; porque quien hubiere de hacer

algún provecho en este caso, es menester que tenga las virtudes

muy fuertes para que no dé tentación a los otros.

Acaecióme a mí -y por eso lo entiendo- cuando, como he dicho,

procuraba que otras tuviesen oración, que, como por una parte me

veían hablar grandes cosas del gran bien que era tener oración, y

por otra parte me veían con gran pobreza de virtudes, tenerla yo

traíalas tentadas y desatinadas; y ¡con harta razón!, que después

me lo han venido a decir, porque no sabían cómo se podía

compadecer lo uno con lo otro; y era causa de no tener por malo lo

que de suyo lo era, por ver que lo hacía yo algunas veces, cuando

les parecía algo bien de mí.

9. Y esto hace el demonio, que parece se ayuda de las virtudes que

tenemos buenas para autorizar en lo que puede el mal que

pretende, que, por poco que sea, cuando es en una comunidad,

debe ganar mucho; cuánto más que lo que yo hacía malo era muy

mucho. Y así, en muchos años solas tres se aprovecharon de lo

que les decía, y después que ya el Señor me había dado más

fuerzas en la virtud, se aprovecharon en dos o tres años muchas,

como después diré.

Y, sin esto, hay otro gran inconveniente, que es perder el alma;

porque lo más que hemos de procurar al principio es sólo tener

cuidado de sí sola, y hacer cuenta que no hay en la tierra sino Dios

y ella; y esto es lo que le conviene mucho.

10. Da otra tentación (y todas van con un celo de virtud que es

menester entenderse y andar con cuidado) de pena de los pecados

y faltas que ven en los otros: pone el demonio que es sólo la pena

de querer que no ofendan a Dios y pesarle por su honra, y luego

querrían remediarlo. Inquieta esto tanto, que impide la oración; y el

mayor daño es pensar que es virtud y perfección y gran celo de

Dios.

Dejo las penas que dan pecados públicos -si los hubiese en

costumbre- de una congregación, o daños de la Iglesia de estas

herejías, adonde vemos perder tantas almas; que ésta es muy

buena, y como lo es buena, no inquieta. Pues lo seguro será del

alma que tuviere oración descuidarse de todo y de todos, y tener

cuenta consigo y con contentar a Dios. Esto conviene muy mucho,

porque ¡si hubiese de decir los yerros que he visto suceder fiando

en la buena intención!....

Pues procuremos siempre mirar las virtudes y cosas buenas que

viéremos en los otros, y tapar sus defectos con nuestros grandes

pecados. Es una manera de obrar que, aunque luego no se haga

con perfección, se viene a ganar una gran virtud, que es tener a

todos por mejores que nosotros, y comiénzase a ganar por aquí con

el favor de Dios, que es menester en todo y, cuando falta,

excusadas son las diligencias, y suplicarle nos dé esta virtud, que

con que las hagamos no falta a nadie.

11. Miren también este aviso los que discurren mucho con el

entendimiento, sacando muchas cosas de una cosa y muchos

conceptos; que de los que no pueden obrar con él, como yo hacía,

no hay que avisar, sino que tengan paciencia, hasta que el Señor

les dé en qué se ocupen y luz, pues ellos pueden tan poco por sí,

que antes los embaraza su entendimiento que los ayuda.

Pues tornando a los que discurren, digo que no se les vaya todo el

tiempo en esto; porque, aunque es muy meritorio, no les parece -

como es oración sabrosa- que ha de haber día de domingo, ni rato

que no sea trabajar. Luego les parece es perdido el tiempo, y tengo

yo por muy ganada esta pérdida; sino que -como he dicho- se

representen delante de Cristo, y sin cansancio del entendimiento se

estén hablando y regalando con El, sin cansarse en componer

razones, sino presentar necesidades y la razón que tiene para no

nos sufrir allí: lo uno un tiempo, y lo otro otro, porque no se canse el

alma de comer siempre un manjar. Estos son muy gustosos y

provechosos, si el gusto se usa a comer de ellos; traen consigo

gran sustentamiento para dar vida al alma, y muchas ganancias.

12. Quiérome declarar más, porque estas cosas de oración todas

son dificultosas y, si no se halla maestro, muy malas de entender; y

esto hace que, aunque quisiera abreviar y bastaba para el

entendimiento bueno de quien me mandó escribir estas cosas de

oración sólo tocarlas, mi torpeza no da lugar a decir y dar a

entender en pocas palabras cosa que tanto importa declararla bien;

que como yo pasé tanto, he lástima a los que comienzan con solos

libros, que es cosa extraña cuán diferentemente se entiende de lo

que después de experimentado se ve.

Pues tornando a lo que decía, ponémonos a pensar un paso de la

Pasión, digamos el de cuando estaba el Señor a la columna: anda

el entendimiento buscando las causas que allí da a entender, los

dolores grandes y pena que Su Majestad tendría en aquella soledad

y otras muchas cosas que, si el entendimiento es obrador, podrá

sacar de aquí. ¡Oh que si es letrado!.... Es el modo de oración en

que han de comenzar y demediar y acabar todos, y muy excelente y

seguro camino, hasta que el Señor los lleve a otras cosas

sobrenaturales.

13. Digo «todos», porque hay muchas almas que aprovechan más

en otras meditaciones que en la de la sagrada Pasión; que así

como hay muchas moradas en el cielo, hay muchos caminos.

Algunas personas aprovechan considerándose en el infierno, y

otras en el cielo y se afligen en pensar en el infierno, otras en la

muerte. Algunas, si son tiernas de corazón, se fatigan mucho de

pensar siempre en la Pasión, y se regalan y aprovechan en mirar el

poder y grandeza de Dios en las criaturas y el amor que nos tuvo,

que en todas las cosas se representa, y es admirable manera de

proceder, no dejando muchas veces la Pasión y vida de Cristo, que

es de donde nos ha venido y viene todo el bien.

14. Ha menester aviso el que comienza, para mirar en lo que

aprovecha más. Para esto es muy necesario el maestro, si es

experimentado; que si no, mucho puede errar y traer un alma sin

entenderla ni dejarla a sí misma entender; porque, como sabe que

es gran mérito estar sujeta a maestro, no osa salir de lo que le

manda. Yo he topado almas acorraladas y afligidas por no tener

experiencia quien las enseñaba, que me hacían lástima, y alguna

que no sabía ya qué hacer de sí; porque, no entendiendo el espíritu,

afligen alma y cuerpo, y estorban el aprovechamiento. Una trató

conmigo, que la tenía el maestro atada ocho años había a que no la

dejaba salir de propio conocimiento, y teníala ya el Señor en

oración de quietud, y así pasaba mucho trabajo.

15. Y aunque esto del conocimiento propio jamás se ha de dejar, ni

hay alma, en este camino, tan gigante que no haya menester

muchas veces tornar a ser niño y a mamar (y esto jamás se olvide,

quizás lo diré más veces, porque importa mucho); porque no hay

estado de oración tan subido, que muchas veces no sea necesario

tornar al principio, y en esto de los pecados y conocimiento propio,

es el pan con que todos los manjares se han de comer, por

delicados que sean, en este camino de oración, y sin este pan no

se podrían sustentar; mas hase de comer con tasa, que después

que un alma se ve ya rendida y entiende claro no tiene cosa buena

de sí y se ve avergonzada delante de tan gran Rey y ve lo poco que

le paga lo mucho que le debe, ¿qué necesidad hay de gastar el

tiempo aquí?, sino irnos a otras cosas que el Señor pone delante y

no es razón las dejemos, que Su Majestad sabe mejor que nosotros

de lo que nos conviene comer.

16. Así que importa mucho ser el maestro avisado -digo de buen

entendimiento- y que tenga experiencia. Si con esto tiene letras, es

grandísimo negocio. Mas si no se pueden hallar estas tres cosas

juntas, las dos primeras importan más; porque letrados pueden

procurar para comunicarse con ellos cuando tuvieren necesidad.

Digo que a los principios, si no tienen oración, aprovechan poco

letras; no digo que no traten con letrados, porque espíritu que no

vaya comenzado en verdad yo más le querría sin oración; y es gran

cosa letras, porque éstas nos enseñan a los que poco sabemos y

nos dan luz y, llegados a verdades de la Sagrada Escritura,

hacemos lo que debemos: de devociones a bobas nos libre Dios.

17. Quiérome declarar más, que creo me meto en muchas cosas.

Siempre tuve esta falta de no me saber dar a entender -como he

dicho- sino a costa de muchas palabras. Comienza una monja a

tener oración; si un simple la gobierna y se le antoja, harála

entender que es mejor que le obedezca a él que a su superior, y sin

malicia suya, sino pensando acierta; porque si no es de religión,

parecerle ha es así. Y si es mujer casada, dirála que es mejor,

cuando ha de entender en su casa, estarse en oración, aunque

descontente a su marido. Así que no sabe ordenar el tiempo ni las

cosas para que vayan conforme a verdad. Por faltarle a él la luz, no

la da a los otros aunque quiere. Y aunque para esto parece no son

menester letras, mi opinión ha sido siempre y será que cualquier

cristiano procure tratar con quien las tenga buenas, si puede, y

mientras más, mejor; y los que van por camino de oración tienen de

esto mayor necesidad, y mientras más espirituales, más.

18. Y no se engañe con decir que letrados sin oración no son para

quien la tiene. Yo he tratado hartos, porque de unos años acá lo he

más procurado con la mayor necesidad, y siempre fui amiga de

ellos, que aunque algunos no tienen experiencia, no aborrecen al

espíritu ni le ignoran; porque en la Sagrada Escritura que tratan,

siempre hallan la verdad del buen espíritu. Tengo para mí que

persona de oración que trate con letrados, si ella no se quiere

engañar, no la engañará el demonio con ilusiones, porque creo

temen en gran manera las letras humildes y virtuosas, y saben

serán descubiertos y saldrán con pérdida.

19. He dicho esto porque hay opiniones de que no son letrados

para gente de oración, si no tienen espíritu. Ya dije es menester

espiritual maestro; mas si éste no es letrado, gran inconveniente es.

Y será mucha ayuda tratar con ellos, como sean virtuosos. Aunque

no tenga espíritu, me aprovechará, y Dios le dará a entender lo que

ha de enseñar y aun le hará espiritual para que nos aproveche. Y

esto no lo digo sin haberlo probado y acaecídome a mí con más de

dos. Digo que para rendirse un alma del todo a estar sujeta a solo

un maestro, que yerra mucho en no procurar que sea tal, si es

religioso, pues ha de estar sujeto a su prelado, que por ventura le

faltarán todas tres cosas -que no será pequeña cruz- sin que él de

su voluntad sujete su entendimiento a quien no le tenga bueno. Al

menos esto no lo he yo podido acabar conmigo ni me parece

conviene. Pues si es seglar, alabe a Dios que puede escoger a

quien ha de estar sujeto, y no pierda esta tan virtuosa libertad;

antes esté sin ninguno hasta hallarle, que el Señor se le dará, como

vaya fundado todo en humildad y con deseo de acertar. Yo le alabo

mucho, y las mujeres y los que no saben letras le habíamos

siempre de dar infinitas gracias, porque haya quien con tantos

trabajos haya alcanzado la verdad que los ignorantes ignoramos.

20. Espántanme muchas veces letrados, religiosos en especial, con

el trabajo que han ganado lo que sin ninguno, más que preguntarlo,

me aproveche a mí. ¡Y que haya personas que no quieran

aprovecharse de esto! ¡No plega a Dios! Véolos sujetos a los

trabajos de la religión, que son grandes, con penitencias y mal

comer, sujetos a la obediencia, que algunas veces me es gran

confusión, cierto; con esto, mal dormir, todo trabajo, todo cruz.

Paréceme sería gran mal que tanto bien ninguno por su culpa lo

pierda. Y podrá ser que pensemos algunos que estamos libres de

estos trabajos, y nos lo dan guisado, como dicen, y viviendo a

nuestro placer, que por tener un poco de más oración nos hemos

de aventajar a tantos trabajos.

21. ¡Bendito seáis vos, Señor, que tan inhábil y sin provecho me

hicisteis! Mas aláboos muy mucho, porque despertáis a tantos que

nos despierten. Había de ser muy continua nuestra oración por

estos que nos dan luz. ¿Qué seríamos sin ellos entre tan grandes

tempestades como ahora tiene la Iglesia? Si algunos ha habido

ruines, más resplandecerán los buenos. Plega al Señor los tenga de

su mano y los ayude para que nos ayuden, amén.

22. Mucho he salido de propósito de lo que comencé a decir; mas

todo es propósito para los que comienzan, que comiencen camino

tan alto de manera que vayan puestos en verdadero camino. Pues

tornando a lo que decía de pensar a Cristo a la columna, es bueno

discurrir un rato y pensar las penas que allí tuvo y por qué las tuvo y

quién es el que las tuvo y el amor con que las pasó. Mas que no se

canse siempre en andar a buscar esto, sino que se esté allí con El,

acallado el entendimiento. Si pudiere, ocuparle en que mire que le

mira, y le acompañe y hable y pida y se humille y regale con El, y

acuerde que no merecía estar allí. Cuando pudiere hacer esto,

aunque sea al principio de comenzar oración, hallará grande

provecho, y hace muchos provechos esta manera de oración; al

menos hallóle mi alma.

No sé si acierto a decirlo. Vuestra merced lo verá. Plega al Señor

acierte a contentarle siempre, amén.

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CAPÍTULO 14

Comienza a declarar el segundo grado de oración, que es ya dar el

Señor al alma a sentir gustos más particulares. - Decláralo para dar

a entender cómo son ya sobrenaturales. - Es harto de notar.

1. Pues ya queda dicho con el trabajo que se riega este vergel y

cuán a fuerza de brazos sacando el agua del pozo, digamos ahora

el segundo modo de sacar el agua que el Señor del huerto ordenó

para que con artificio de con un torno y arcaduces sacase el

hortelano más agua y a menos trabajo, y pudiese descansar sin

estar continuo trabajando.

Pues este modo, aplicado a la oración que llaman de quietud, es lo

que yo ahora quiero tratar.

2. Aquí se comienza a recoger el alma, toca ya aquí cosa

sobrenatural, porque en ninguna manera ella puede ganar aquello

por diligencias que haga. Verdad es que parece que algún tiempo

se ha cansado en andar el torno y trabajar con el entendimiento y

henchídose los arcaduces; mas aquí está el agua más alto y así se

trabaja muy menos que en sacarlo del pozo. Digo que está más

cerca el agua, porque la gracia dase más claramente a conocer al

alma.

Esto es un recogerse las potencias dentro de sí para gozar de aquel

contento con más gusto; mas no se pierden ni se duermen; sola la

voluntad se ocupa de manera que, sin saber cómo, se cautiva; sólo

da consentimiento para que la encarcele Dios, como quien bien

sabe ser cautivo de quien ama. ¡Oh Jesús y Señor mío! ¡qué nos

vale aquí vuestro amor!, porque éste tiene al nuestro tan atado que

no deja libertad para amar en aquel punto a otra cosa sino a Vos.

3. Las otras dos potencias ayudan a la voluntad para que vaya

haciéndose hábil para gozar de tanto bien, puesto que algunas

veces, aun estando unida la voluntad, acaece desayudar harto; mas

entonces no haga caso de ellas, sino estése en su gozo y quietud;

porque, si las quiere recoger, ella y ellas perderán, que son

entonces como unas palomas que no se contentan con el cebo que

les da el dueño del palomar sin trabajarlo ellas, y van a buscar de

comer por otras partes, y hallan tan mal que se tornan; y así van y

vienen a ver si les da la voluntad de lo que goza. Si el Señor quiere

echarles cebo, detiénense, y si no, tornan a buscar; y deben pensar

que hacen a la voluntad provecho, y a las veces en querer la

memoria o imaginación representarla lo que goza, la dañará. Pues

tenga aviso de haberse con ellas como diré.

4. Pues todo esto que pasa aquí es con grandísimo consuelo y con

tan poco trabajo, que no cansa la oración, aunque dure mucho rato;

porque el entendimiento obra aquí muy paso a paso y saca muy

mucha más agua que no sacaba del pozo. Las lágrimas que Dios

aquí da, ya van con gozo; aunque se sienten, no se procuran.

5. Este agua de grandes bienes y mercedes que el Señor da aquí,

hacen crecer las virtudes muy más sin comparación que en la

oración pasada, porque se va ya esta alma subiendo de su miseria

y dásele ya un poco de noticia de los gustos de la gloria. Esto creo

las hace más crecer y también llegar más cerca de la verdadera

virtud, de donde todas las virtudes vienen, que es Dios; porque

comienza Su Majestad a comunicarse a esta alma y quiere que

sienta ella cómo se le comunica.

Comiénzase luego, en llegando aquí, a perder la codicia de lo de

acá, ¡y pocas gracias! Porque ve claro que un momento de aquel

gusto no se puede haber acá, ni hay riquezas ni señoríos ni honras

ni deleites que basten a dar un cierra ojo y abre de este

contentamiento, porque es verdadero y contento que se ve que nos

contenta. Porque los de acá, por maravilla me parece entendemos

adónde está este contento, porque nunca falta un «sí-no». Aquí

todo es «sí» en aquel tiempo; el «no» viene después, por ver que

se acabó y que no lo puede tornar a cobrar ni sabe cómo; porque si

se hace pedazos a penitencias y oración y todas las demás cosas,

si el Señor no le quiere dar, aprovecha poco. Quiere Dios por su

grandeza que entienda esta alma que está Su Majestad tan cerca

de ella que ya no ha menester enviarle mensajeros, sino hablar ella

misma con El, y no a voces, porque está ya tan cerca que en

meneando los labios la entiende.

6. Parece impertinente decir esto, pues sabemos que siempre nos

entiende Dios y está con nosotros. En esto no hay que dudar que

es así, mas quiere este Emperador y Señor nuestro que

entendamos aquí que nos entiende, y lo que hace su presencia, y

que quiere particularmente comenzar a obrar en el alma, en la gran

satisfacción interior y exterior que la da, y en la diferencia que,

como he dicho, hay de este deleite y contento a los de acá, que

parece hinche el vacío que por nuestros pecados teníamos hecho

en el alma. Es en lo muy íntimo de ella esta satisfacción, y no sabe

por dónde ni cómo le vino, ni muchas veces sabe qué hacer ni qué

querer ni qué pedir. Todo parece lo halla junto y no sabe lo que ha

hallado, ni aun yo sé cómo darlo a entender, porque para hartas

cosas eran menester letras. Porque aquí viniera bien dar aquí a

entender qué es auxilio general o particular -que hay muchos que lo

ignoran-, y cómo este particular quiere el Señor aquí que casi le vea

el alma por vista de ojos, como dicen, y también para muchas cosas

que irán erradas. Mas, como lo han de ver personas que entiendan

si hay yerro, voy descuidada; porque así de letras como de espíritu

sé que lo puedo estar, yendo a poder de quien va, que entenderán

y quitarán lo que fuere mal.

7. Pues querría dar a entender esto, porque son principios, y

cuando el Señor comienza a hacer estas mercedes, la misma alma

no las entiende ni sabe qué hacer de sí. Porque, si la lleva Dios por

camino de temor, como hizo a mí, es gran trabajo, si no hay quien la

entienda; y esle gran gusto verse pintada, y entonces ve claro va

por allí. Y es gran bien saber lo que ha de hacer, para ir

aprovechando en cualquier estado de estos. Porque he yo pasado

mucho y perdido harto tiempo por no saber qué hacer y he gran

lástima a almas que se ven solas cuando llegan aquí; porque

aunque he leído muchos libros espirituales, aunque tocan en lo que

hace al caso, decláranse muy poco, y si no es alma muy ejercitada,

aun declarándose mucho, tendrá harto que hacer en entenderse.

8. Querría mucho el Señor me favoreciese para poner los efectos

que obran en el alma estas cosas, que ya comienzan a ser

sobrenaturales, para que se entienda por los efectos cuándo es

espíritu de Dios. Digo «se entienda», conforme a lo que acá se

puede entender, aunque siempre es bien andemos con temor y

recato; que, aunque sea de Dios, alguna vez podrá transfigurarse el

demonio en ángel de luz, y si no es alma muy ejercitada, no lo

entenderá: y tan ejercitada, que para entender esto es menester

llegar muy en la cumbre de la oración.

Ayúdame poco el poco tiempo que tengo, y así ha menester Su

Majestad hacerlo; porque he de andar con la comunidad y con otras

hartas ocupaciones (como estoy en casa que ahora se comienza,

como después se verá), y así es muy sin tener asiento lo que

escribo, sino a pocos a pocos, y esto quisiérale, porque cuando el

Señor da espíritu, pónese con facilidad y mejor: parece como quien

tiene un dechado delante, que está sacando aquella labor; mas si el

espíritu falta, no hay más concertar este lenguaje que si fuese

algarabía, a manera de decir, aunque hayan muchos años pasado

en oración. Y así me parece es grandísima ventaja, cuando lo

escribo estar en ello; porque veo claro no soy yo quien lo dice, que

ni lo ordeno con el entendimiento ni sé después cómo lo acerté a

decir. Esto me acaece muchas veces.

9. Ahora tornemos a nuestra huerta o vergel, y veamos cómo

comienzan estos árboles a empreñarse para florecer y dar después

fruto, y las flores y claveles lo mismo para dar olor. Regálame esta

comparación, porque muchas veces en mis principios (y plega al

Señor haya yo ahora comenzado a servir a Su Majestad; digo

«principio» de lo que diré de aquí adelante de mi vida) me era gran

deleite considerar ser mi alma un huerto y al Señor que se paseaba

en él. Suplicábale aumentase el olor de las florecitas de virtudes

que comenzaban, a lo que parecía, a querer salir y que fuese para

su gloria y las sustentase, pues yo no quería nada para mí, y

cortase las que quisiese, que ya sabía habían de salir mejores. Digo

«cortar», porque vienen tiempos en el alma que no hay memoria de

este huerto: todo parece está seco y que no ha de haber agua para

sustentarle, ni parece hubo jamás en el alma cosa de virtud. Pásase

mucho trabajo, porque quiere el Señor que le parezca al pobre

hortelano que todo el que ha tenido en sustentarle y regarle va

perdido. Entonces es el verdadero escardar y quitar de raíz las

hierbecillas -aunque sean pequeñas- que han quedado malas. Con

conocer no hay diligencia que baste si el agua de la gracia nos quita

Dios, y tener en poco nuestra nada, y aun menos que nada, gánase

aquí mucha humildad; tornan de nuevo a crecer las flores.

10. ¡Oh Señor mío y bien mío! ¡Que no puedo decir esto sin

lágrimas y gran regalo de mi alma! ¡Que queráis Vos, Señor, estar

así con nosotros, y estáis en el Sacramento (que con toda verdad

se puede creer, pues lo es, y con gran verdad podemos hacer esta

comparación), y si no es por nuestra culpa nos podemos gozar con

Vos, y que Vos os holgáis con nosotros, pues decís ser vuestro

deleite estar con los hijos de los hombres! ¡Oh Señor mío! ¿Qué es

esto? Siempre que oigo esta palabra me es gran consuelo, aun

cuando era muy perdida. ¿Es posible, Señor, que haya alma que

llegue a que Vos la hagáis mercedes semejantes y regalos, y a

entender que Vos os holgáis con ella, que os torne a ofender

después de tantos favores y tan grandes muestras del amor que la

tenéis, que no se puede dudar, pues se ve clara la obra?

Sí hay, por cierto, y no una vez sino muchas, que soy yo. Y plega a

vuestra bondad, Señor, que sea yo sola la ingrata y la que haya

hecho tan gran maldad y tenido tan excesiva ingratitud: porque aun

ya de ella algún bien ha sacado vuestra infinita bondad; y mientras

mayor mal, más resplandece el gran bien de vuestras misericordias.

¡Y con cuánta razón las puedo yo para siempre cantar!.

11. Suplícoos yo, Dios mío, sea así y las cante yo sin fin, ya que

habéis tenido por bien de hacerlas tan grandísimas conmigo, que

espantan los que las ven y a mí me saca de mí muchas veces, para

poderos mejor alabar a Vos. Que estando en mí, sin Vos, no podría,

Señor mío, nada, sino tornar a ser cortadas estas flores de este

huerto, de suerte que esta miserable tierra tornase a servir de

muladar como antes. No lo permitáis, Señor, ni queráis se pierda

alma que con tantos trabajos comprasteis y tantas veces de nuevo

la habéis tornado a rescatar y quitar de los dientes del espantoso

dragón.

12. Vuestra merced me perdone, que salgo de propósito; y como

hablo a mi propósito, no se espante, que es como toma el alma lo

que se escribe, que a las veces hace harto de dejar de ir adelante

en alabanzas de Dios, como se le representa, escribiendo, lo

mucho que le debe. Y creo no le hará a vuestra merced mal gusto,

porque entrambos, me parece, podemos cantar una cosa, aunque

en diferente manera; porque es mucho más lo que yo debo a Dios,

porque me ha perdonado más, como vuestra merced sabe.

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CAPÍTULO 15

Prosigue en la misma materia y da algunos avisos de cómo se han

de haber en esta oración de quietud. - Trata de cómo hay muchas

almas que lleguen a tener esta oración y pocas que pasen adelante.

- Son muy necesarias y provechosas las cosas que aquí se tocan.

1. Ahora tornemos al propósito. Esta quietud y recogimiento del

alma es cosa que se siente mucho en la satisfacción y paz que en

ella se pone, con grandísimo contento y sosiego de las potencias y

muy suave deleite. Parécele -como no ha llegado a más- que no le

queda qué desear y que de buena gana diría con San Pedro que

fuese allí su morada. No osa bullirse ni menearse, que de entre las

manos le parece se le ha de ir aquel bien; ni resolgar algunas veces

no querría. No entiende la pobrecita que, pues ella por sí no pudo

nada para traer a sí aquel bien, que menos podrá detenerle más de

lo que el Señor quisiere.

Ya he dicho que en este primer recogimiento y quietud no faltan las

potencias del alma, mas está tan satisfecha con Dios que mientras

aquello dura, aunque las dos potencias se desbaraten, como la

voluntad está unida con Dios, no se pierde la quietud y el sosiego,

antes ella poco a poco torna a recoger el entendimiento y memoria.

Porque, aunque ella aún no está de todo punto engolfada, está tan

bien ocupada sin saber cómo, que por mucha diligencia que ellas

pongan, no la pueden quitar su contento y gozo, antes muy sin

trabajo se va ayudando para que esta centellica de amor de Dios no

se apague.

2. Plega a Su Majestad me dé gracia para que yo dé esto a

entender bien, porque hay muchas, muchas almas que llegan a

este estado y pocas las que pasan adelante, y no sé quién tiene la

culpa. A buen seguro que no falta Dios, que ya que Su Majestad

hace merced que llegue a este punto, no creo cesará de hacer

muchas más, si no fuese por nuestra culpa. Y va mucho en que el

alma que llega aquí conozca la dignidad grande en que está y la

gran merced que le ha hecho el Señor y cómo de buena razón no

había de ser de la tierra, porque ya parece la hace su bondad

vecina del cielo, si no queda por su culpa; y desventurada será si

torna atrás. Yo pienso será para ir hacia abajo, como yo iba, si la

misericordia del Señor no me tornara. Porque, por la mayor parte,

será por graves culpas, a mi parecer, ni es posible dejar tan gran

bien sin gran ceguedad de mucho mal.

3. Y así ruego yo, por amor del Señor, a las almas a quien Su

Majestad ha hecho tan gran merced de que lleguen a este estado,

que se conozcan y tengan en mucho, con una humilde y santa

presunción para no tornar a las ollas de Egipto Y si por su flaqueza

y maldad y ruin y miserable natural cayeren, como yo hice, siempre

tengan delante el bien que perdieron, y tengan sospecha y anden

con temor (que tienen razón de tenerle) que, si no tornan a la

oración, han de ir de mal en peor. Que ésta llamo yo verdadera

caída, la que aborrece el camino por donde ganó tanto bien, y con

estas almas hablo; que no digo que no han de ofender a Dios y caer

en pecados, aunque sería razón se guardase mucho de ellos quien

ha comenzado a recibir estas mercedes, mas somos miserables. Lo

que aviso mucho es que no deje la oración, que allí entenderá lo

que hace y ganará arrepentimiento del Señor y fortaleza para

levantarse; y crea que, si de ésta se aparta, que lleva, a mi parecer,

peligro. No sé si entiendo lo que digo, porque -como he dicho- juzgo

por mí...

4. Es, pues, esta oración una centellica que comienza el Señor a

encender en el alma del verdadero amor suyo, y quiere que el alma

vaya entendiendo qué cosa es este amor con regalo, esta quietud y

recogimiento y centellica, si es espíritu de Dios y no gusto dado del

demonio o procurado por nosotros. Aunque a quien tiene

experiencia es imposible no entender luego que no es cosa que se

puede adquirir, sino que este natural nuestro es tan ganoso de

cosas sabrosas que todo lo prueba. Mas quédase muy en frío bien

en breve, porque, por mucho que quiera comenzar a hacer arder el

fuego para alcanzar este gusto, no parece sino que le echa agua

para matarle. Pues esta centellica puesta por Dios, por pequeñita

que es, hace mucho ruido, y si no la mata por su culpa, ésta es la

que comienza a encender el gran fuego que echa llamas de sí,

como diré en su lugar, del grandísimo amor de Dios que hace Su

Majestad tengan las almas perfectas.

5. Es esta centella una señal o prenda que da Dios a esta alma de

que la escoge ya para grandes cosas, si ella se apareja para

recibirlas. Es gran don, mucho más de lo que yo podré decir.

Esme gran lástima, porque -como digo- conozco muchas almas que

llegan aquí, y que pasen de aquí como han de pasar, son tan

pocas, que se me hace vergüenza decirlo. No digo yo que hay

pocas, que muchas debe haber, que por algo nos sustenta Dios.

Digo lo que he visto. Querríalas mucho avisar que miren no

escondan el talento, pues que parece las quiere Dios escoger para

provecho de otras muchas, en especial en estos tiempos que son

menester amigos fuertes de Dios para sustentar los flacos. Y los

que esta merced conocieren en sí, ténganse por tales, si saben

responder con las leyes que aun la buena amistad del mundo pide;

y si no -como he dicho-, teman y hayan miedo no se hagan a sí mal

y ¡plega a Dios sea a sí solos!

6. Lo que ha de hacer el alma en los tiempos de esta quietud, no es

más de con suavidad y sin ruido. Llamo «ruido» andar con el

entendimiento buscando muchas palabras y consideraciones para

dar gracias de este beneficio y amontonar pecados suyos y faltas

para ver que no lo merece. Todo esto se mueve aquí, y representa

el entendimiento, y bulle la memoria, que cierto estas potencias a

mí me cansan a ratos, que con tener poca memoria no la puedo

sojuzgar. La voluntad, con sosiego y cordura, entienda que no se

negocia bien con Dios a fuerza de brazos, y que éstos son unos

leños grandes puestos sin discreción para ahogar esta centella, y

conózcalo y con humildad diga: «Señor, ¿qué puedo yo aquí? ¿Qué

tiene que ver la sierva con el Señor, y la tierra con el cielo?», o

palabras que se ofrecen aquí de amor, fundada mucho en conocer

que es verdad lo que dice, y no haga caso del entendimiento, que

es un moledor. Y si ella le quiere dar parte de lo que goza, o trabaja

por recogerle, que muchas veces se verá en esta unión de la

voluntad y sosiego, y el entendimiento muy desbaratado, y vale más

que le deje que no que vaya ella tras él, digo la voluntad, sino

estése ella gozando de aquella merced y recogida como sabia

abeja; porque si ninguna entrase en la colmena, sino que por

traerse unas a otras se fuesen todas, mal se podría labrar la miel.

7. Así que perderá mucho el alma si no tiene aviso en esto; en

especial si es el entendimiento agudo, que cuando comienza a

ordenar pláticas y buscar razones, en tantito, si son bien dichas,

pensará hace algo. La razón que aquí ha de haber es entender

claro que no hay ninguna para que Dios nos haga tan gran merced,

sino sola su bondad, y ver que estamos tan cerca, y pedir a Su

Majestad mercedes y rogarle por la Iglesia y por los que se nos han

encomendado y por las ánimas de purgatorio, no con ruido de

palabras, sino con sentimiento de desear que nos oiga. Es oración

que comprende mucho y se alcanza más que por mucho relatar el

entendimiento. Despierte en sí la voluntad algunas razones que de

la misma razón se representarán de verse tan mejorada, para avivar

este amor, y haga algunos actos amorosos de qué hará por quien

tanto debe, sin -como he dicho- admitir ruido del entendimiento a

que busque grandes cosas. Más hacen aquí al caso unas pajitas

puestas con humildad (y menos serán que pajas, si las ponemos

nosotros) y más le ayudan a encender, que no mucha leña junta de

razones muy doctas, a nuestro parecer, que en un credo la

ahogarán.

Esto es bueno para los letrados que me lo mandan escribir; porque,

por la bondad de Dios, todos llegan aquí, y podrá ser se les vaya el

tiempo en aplicar Escrituras. Y aunque no les dejarán de

aprovechar mucho las letras antes y después, aquí en estos ratos

de oración poca necesidad hay de ellas, a mi parecer, si no es para

entibiar la voluntad; porque el entendimiento está entonces, de

verse cerca de la luz, con grandísima claridad, que aun yo, con ser

la que soy, parezco otra.

8. Y es así que me ha acaecido estando en esta quietud, con no

entender casi cosa que rece en latín, en especial del Salterio, no

sólo entender el verso en romance, sino pasar adelante en

regalarme de ver lo que el romance quiere decir.

Dejemos si hubiesen de predicar o enseñar, que entonces bien es

ayudarse de aquel bien para ayudar a los pobres de poco saber,

como yo, que es gran cosa la caridad y este aprovechar almas

siempre, yendo desnudamente por Dios.

Así que en estos tiempos de quietud, dejar descansar el alma con

su descanso. Quédense las letras a un cabo. Tiempo vendrá que

aprovechen al Señor y las tengan en tanto, que por ningún tesoro

quisieran haberlas dejado de saber, sólo para servir a Su Majestad,

porque ayudan mucho. Mas delante de la Sabiduría infinita,

créanme que vale más un poco de estudio de humildad y un acto de

ella, que toda la ciencia del mundo. Aquí no hay que argüir, sino

que conocer lo que somos con llaneza, y con simpleza

representarnos delante de Dios, que quiere se haga el alma boba,

como a la verdad lo es delante de su presencia, pues Su Majestad

se humilla tanto que la sufre cabe sí siendo nosotros lo que somos.

9. También se mueve el entendimiento a dar gracias muy

compuestas; mas la voluntad, con sosiego, con un no osar alzar los

ojos con el publicano, hace más hacimiento de gracias que cuanto

el entendimiento, con trastornar la retórica, por ventura puede

hacer. En fin, aquí no se ha de dejar del todo la oración mental ni

algunas palabras aun vocales, si quisieren alguna vez o pudieren;

porque, si la quietud es grande, puédese mal hablar, si no es con

mucha pena.

Siéntese, a mi parecer, cuándo es espíritu de Dios, o procurado de

nosotros con comienzo de devoción que da Dios y queremos -como

he dicho- pasar nosotros a esta quietud de la voluntad: no hace

efecto ninguno, acábase presto, deja sequedad.

10. Si es del demonio, alma ejercitada paréceme lo entenderá;

porque deja inquietud y poca humildad y poco aparejo para los

efectos que hace el de Dios. No deja luz en el entendimiento ni

firmeza en la verdad. Puede hacer aquí poco daño o ninguno, si el

alma endereza su deleite y suavidad, que allí siente, a Dios, y poner

en El sus pensamientos y deseos, como queda avisado; no puede

ganar nada el demonio, antes permitirá Dios que con el mismo

deleite que causa en el alma pierda mucho; porque éste ayudará a

que el alma, como piense que es Dios, venga muchas veces a la

oración con codicia de El; y si es alma humilde y no curiosa ni

interesal de deleites, aunque sean espirituales, sino amiga de cruz,

hará poco caso del gusto que da el demonio; lo que no podrá así

hacer si es espíritu de Dios, sino tenerlo en muy mucho. Mas cosa

que pone el demonio, como él es todo mentira, con ver que el alma

con el gusto y deleite se humilla (que en esto ha de tener mucho: en

todas las cosas de oración y gustos procurar salir humilde), no

tornará muchas veces el demonio, viendo su pérdida.

11. Por esto y por otras muchas cosas, avisé yo en el primer modo

de oración, en la primera agua, que es gran negoción comenzar las

almas oración comenzándose a desasir de todo género de

contentos, y entrar determinadas a sólo ayudar a llevar la cruz a

Cristo, como buenos caballeros que sin sueldo quieren servir a su

rey, pues le tienen bien seguro. Los ojos en el verdadero y perpetuo

reino que pretendemos ganar. Es muy gran cosa traer esto siempre

delante, en especial en los principios; que después tanto se ve

claro, que antes es menester olvidarlo para vivir, que procurarlo:

traer a la memoria lo poco que dura todo y cómo no es todo nada y

en lo nonada que se ha de estimar el descanso.

12. Parece que esto es cosa muy baja, y así es verdad, que los que

están adelante en más perfección tendrían por afrenta y entre sí se

correrían si pensasen que porque se han de acabar los bienes de

este mundo los dejan, sino que, aunque durasen para siempre, se

alegran de dejarlos por Dios. Y mientras más perfectos fueren, más;

y mientras más duraren, más. Aquí en estos está ya crecido el

amor, y él es el que obra. Mas a los que comienzan esles cosa

importantísima, y no lo tengan por bajo, que es gran bien el que se

gana, y por eso lo aviso tanto; que les será menester, aun a los muy

encumbrados en oración, algunos tiempos que los quiere Dios

probar, y parece que Su Majestad los deja. Que, como ya he dicho

y no querría esto se olvidase, en esta vida que vivimos no crece el

alma como el cuerpo, aunque decimos que sí, y de verdad crece.

Mas un niño, después que crece y echa gran cuerpo y ya le tiene de

hombre, no torna a descrecer y a tener pequeño cuerpo; acá quiere

el Señor que sí, a lo que yo he visto por mí, que no lo sé por más.

Debe ser por humillarnos para nuestro gran bien y para que no nos

descuidemos mientras estuviéremos en este destierro, pues el que

más alto estuviere, más se ha de temer y fiar menos de sí. Vienen

veces que es menester, para librarse de ofender a Dios estos que

ya están tan puesta su voluntad en la suya, que por no hacer una

imperfección se dejarían atormentar y pasarían mil muertes, que

para no hacer pecados -según se ven combatidos de tentaciones y

persecuciones- sea menester aprovecharse de las primeras armas

de la oración y tornen a pensar que todo se acaba y que hay cielo e

infierno y otras cosas de esta suerte.

13. Pues tornando a lo que decía, gran fundamento es, para librarse

de los ardides y gustos que da el demonio, el comenzar con

determinación de llevar camino de cruz desde el principio y no los

desear, pues el mismo Señor mostró ese camino de perfección

diciendo: Toma tu cruz y sígueme. El es nuestro dechado; no hay

que temer quien por sólo contentarle siguiere sus consejos.

14. En el aprovechamiento que vieren en sí entenderán que no es

demonio; que, aunque tornen a caer, queda una señal de que

estuvo allí el Señor, que es levantarse presto, y éstas que ahora

diré: -cuando es espíritu de Dios, no es menesterandar rastreando

cosas para sacar humildad y confusión, porque el mismo Señor la

da de manera bien diferente de la que nosotros podemos ganar con

nuestras consideracioncillas, que no son nada en comparación de

una verdadera humildad con luz que enseña aquí el Señor, que

hace una confusión que hace deshacer. Esto es cosa muy

conocida, el conocimiento que da Dios para que conozcamos que

ningún bien tenemos de nosotros, y mientras mayores mercedes,

más.

-Pone un gran deseo de ir adelante en la oración y no la dejar por

ninguna cosa de trabajo que le pudiese suceder.

-A todo se ofrece.

-Una seguridad, con humildad y temor, de que ha de salvarse.

-Echa luego el temor servil del alma y pónele el fiel temor muy más

crecido.

-Ve que se le comienza un amor con Dios muy sin interés suyo.

-Desea ratos de soledad para gozar más de aquel bien.

15. - En fin, por no me cansar, es un principio de todos los bienes,

un estar ya las flores en término que no les falta casi nada para

brotar. Y esto verá muy claro el alma, y en ninguna manera por

entonces se podrá determinar a que no estuvo Dios con ella, hasta

que se torna a ver con quiebras e imperfecciones, que entonces

todo lo teme. Y es bien que tema. Aunque almas hay que les

aprovecha más creer cierto que es Dios, que todos los temores que

la puedan poner; porque, si de suyo es amorosa y agradecida, más

la hace tornar a Dios la memoria de la merced que la hizo, que

todos los castigos del infierno que la representen. Al menos la mía,

aunque tan ruin, esto me acaecía.

16. Porque las señales del buen espíritu se irán diciendo, mas como

a quien le cuestan muchos trabajos sacarlas en limpio, no las digo

ahora aquí. Creo, con el favor de Dios, en esto atinaré algo; porque,

dejado la experiencia en que he mucho entendido, sélo de algunos

letrados muy letrados y personas muy santas, a quien es razón se

dé crédito, y no anden las almas tan fatigadas, cuando llegaren aquí

por la bondad del Señor, como yo he andado.

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CAPÍTULO 16

Trata tercer grado de oración, y va declarando cosas muy subidas,

y lo que puede el alma que llega aquí, y los efectos que hacen

estas mercedes tan grandes del Señor. - Es muy para levantar el

espíritu en alabanzas de Dios y para gran consuelo de quien llegare

aquí.

1. Vengamos ahora a hablar de la tercera agua con que se riega

esta huerta, que es agua corriente de río o de fuente, que se riega

muy a menos trabajo, aunque alguno da el encaminar el agua.

Quiere el Señor aquí ayudar al hortelano de manera que casi El es

el hortelano y el que lo hace todo.

Es un sueño de las potencias, que ni del todo se pierden ni

entienden cómo obran. El gusto y suavidad y deleite es más sin

comparación que lo pasado; es que da el agua a la garganta, a esta

alma, de la gracia, que no puede ya ir adelante, ni sabe cómo, ni

tornar atrás. Querría gozar de grandísima gloria. Es como uno que

está, la candela en la mano(3), que le falta poco para morir muerte

que la desea; está gozando en aquella agonía con el mayor deleite

que se puede decir. No me parece que es otra cosa sino un morir

casi del todo a todas las cosas del mundo y estar gozando de Dios.

Yo no sé otros términos cómo lo decir ni cómo lo declarar, ni

entonces sabe el alma qué hacer; porque ni sabe si hable ni si calle,

ni si ría, ni si llore. Es un glorioso desatino, una celestial locura,

adonde se deprende la verdadera sabiduría, y es deleitosísima

manera de gozar el alma.

2. Y es así que ha que me dio el Señor en abundancia esta oración

creo cinco y aun seis años, muchas veces, y que ni yo la entendía

ni la supiera decir; y así tenía por mí, llegada aquí, decir muy poco o

nonada. Bien entendía que no era del todo unión de todas las

potencias y que era más que la pasada, muy claro; mas yo confieso

que no podía determinar ni entender cómo era esta diferencia.

Creo por la humildad que vuestra merced ha tenido en quererse

ayudar de una simpleza tan grande como la mía, me dio el Señor

hoy, acabando de comulgar, esta oración, sin poder ir adelante, y

me puso estas comparaciones y enseñó la manera de decirlo y lo

que ha de hacer aquí el alma; que, cierto, yo me espanté y entendí

en un punto.

Muchas veces estaba así como desatinada y embriagada en este

amor, y jamás había podido entender cómo era. Bien entendía que

era Dios, mas no podía entender cómo obraba aquí; porque en

hecho de verdad están casi del todo unidas las potencias, mas no

tan engolfadas que no obren. Gustado he en extremo de haberlo

ahora entendido. ¡Bendito sea el Señor, que así me ha regalado!

3. Sólo tienen habilidad las potencias para ocuparse todas en Dios.

No parece se osa bullir ninguna ni la podemos hacer menear, si con

mucho estudio no quisiéramos divertirnos, y aun no me parece que

del todo se podría entonces hacer. Háblanse aquí muchas palabras

en alabanzas de Dios sin concierto, si el mismo Señor no las

concierta. Al menos el entendimiento no vale aquí nada. Querría dar

voces en alabanzas el alma, y está que no cabe en sí; un

desasosiego sabroso. Ya ya se abren las flores, ya comienzan a dar

olor. Aquí querría el alma que todos la viesen y entendiesen su

gloria para alabanzas de Dios, y que la ayudasen a ella, y darles

parte de su gozo, porque no puede tanto gozar. Paréceme que es

como la que dice el Evangelio que quería llamar o llamaba a sus

vecinas. Esto me parece debía sentir el admirable espíritu del real

profeta David, cuando tañía y cantaba con el arpa en alabanzas de

Dios. De este glorioso Rey soy yo muy devota y querría todos lo

fuesen, en especial los que somos pecadores.

4. ¡Oh, válgame Dios! ¡Cuál está un alma cuando está así! Toda ella

querría fuese lenguas para alabar al Señor. Dice mil desatinos

santos, atinando siempre a contentar a quien la tiene así. Yo sé

persona que, con no ser poeta, que le acaecía hacer de presto

coplas muy sentidas declarando su pena bien, no hechas de su

entendimiento, sino que, para más gozar la gloria que tan sabrosa

pena le daba, se quejaba de ella a su Dios. Todo su cuerpo y alma

querría se despedazase para mostrar el gozo que con esta pena

siente. ¿Qué se le pondrá entonces delante de tormentos, que no le

fuese sabroso pasarlos por su Señor? Ve claro que no hacían nada

los mártires de su parte en pasar tormentos, porque conoce bien el

alma viene de otra parte la fortaleza. Mas ¿qué sentirá de tornar a

tener seso para vivir en el mundo, y de haber de tornar a los

cuidados y cumplimientos de él?

Pues no me parece he encarecido cosa que no quede baja en este

modo de gozo que el Señor quiere en este destierro que goce un

alma. ¡Bendito seáis por siempre, Señor! ¡Alaben os todas las cosas

por siempre! ¡Quered ahora, Rey mío, suplícooslo yo, que, pues

cuando esto escribo, no estoy fuera de esta santa locura celestial

por vuestra bondad y misericordia -que tan sin méritos míos me

hacéis esta merced-, que o estén todos los que yo tratare locos de

vuestro amor, o permitáis que no trate yo con nadie, u ordenad,

Señor, cómo no tenga ya cuenta en cosa del mundo o me sacad de

él! ¡No puede ya, Dios mío, esta vuestra sierva sufrir tantos trabajos

como de verse sin Vos le vienen, que si ha de vivir, no quiere

descanso en esta vida, ni se le deis Vos! Querría ya esta alma

verse libre: el comer la mata; el dormir la congoja; ve que se le pasa

el tiempo de la vida pasar en regalos, y que nada ya la puede

regalar fuera de Vos; que parece vive contra natura, pues ya no

querría vivir en sí sino en Vos.

5. ¡Oh verdadero Señor y gloria mía! ¡Qué delgada y pesadísima

cruz tenéis aparejada a los que llegan a este estado! Delgada,

porque es suave; pesada, porque vienen veces que no hay

sufrimiento que la sufra, y no se querría jamás ver libre de ella, si no

fuese para verse ya con Vos. Cuando se acuerda que no os ha

servido en nada, y que viviendo os puede servir, querría cargarse

muy más pesada y nunca hasta el fin del mundo morirse. No tiene

en nada su descanso, a trueco de haceros un pequeño servicio. No

sabe qué desee, mas bien entiende que no desea otra cosa sino a

Vos.

6. ¡Oh hijo mío! (que es tan humilde, que así se quiere nombrar a

quien va esto dirigido y me lo mandó escribir), sea sólo para vos

algunas cosas de las que viere vuestra merced salgo de términos;

porque no hay razón que baste a no me sacar de ella, cuando me

saca el Señor de mí, ni creo soy yo la que hablo desde esta

mañana que comulgué. Parece que sueño lo que veo y no querría

ver sino enfermos de este mal que estoy yo ahora. Suplico a

vuestra merced seamos todos locos por amor de quien por nosotros

se lo llamaron. Pues dice vuestra merced que me quiere, en

disponerse para que Dios le haga esta merced quiero que me lo

muestre, porque veo muy pocos que no los vea con seso

demasiado para lo que les cumple. Ya puede ser que tenga yo más

que todos. No me lo consienta vuestra merced, Padre mío, pues

también lo es como hijo, pues es mi confesor y a quien he fiado mi

alma. Desengáñeme con verdad, que se usan muy poco estas

verdades.

7. Este concierto querría hiciésemos los cinco que al presente nos

amamos en Cristo, que como otros en estos tiempos se juntaban en

secreto para contra Su Majestad y ordenar maldades y herejías,

procurásemos juntarnos alguna vez para desengañar unos a otros,

y decir en lo que podríamos enmendarnos y contentar más a Dios;

que no hay quien tan bien se conozca a sí como conocen los que

nos miran, si es con amor y cuidado de aprovecharnos.

Digo «en secreto», porque no se usa ya este lenguaje. Hasta los

predicadores van ordenando sus sermones para no descontentar.

Buena intención tendrán y la obra lo será; mas ¡así se enmiendan

pocos! Mas ¿cómo no son muchos los que por los sermones dejan

los vicios públicos? ¿Sabe qué me parece? Porque tienen mucho

seso los que los predican. No están sin él, con el gran fuego de

amor de Dios, como lo estaban los Apóstoles, y así calienta poco

esta llama. No digo yo sea tanta como ellos tenían, mas querría que

fuese más de lo que veo. ¿Sabe vuestra merced en qué debe ir

mucho? En tener ya aborrecida la vida y en poca estima la honra;

que no se les daba más -a trueco de decir una verdad y sustentarla

para gloria de Dios- perderlo todo, que ganarlo todo; que a quien de

veras lo tiene todo arriscado por Dios, igualmente lleva lo uno que

lo otro. No digo yo que soy ésta, mas querríalo ser.

8. ¡Oh gran libertad, tener por cautiverio haber de vivir y tratar

conforme a las leyes del mundo!, que como ésta se alcance del

Señor, no hay esclavo que no lo arrisque todo por rescatarse y

tornar a su tierra. Y pues éste es el verdadero camino, no hay que

parar en él, que nunca acabaremos de ganar tan gran tesoro, hasta

que se nos acabe la vida. El Señor nos dé para esto su favor.

Rompa vuestra merced esto que he dicho, si le pareciere, y tómelo

por carta para sí, y perdóneme, que he estado muy atrevida.

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CAPÍTULO 17

Prosigue en la misma materia de declarar este tercer grado de

oración. - Acaba de declarar los efectos que hace. - Dice el daño

que aquí hace la imaginación y memoria.

1. Razonablemente está dicho de este modo de oración y lo que ha

de hacer el alma o, por mejor decir, hace Dios en ella, que es el que

toma ya el oficio de hortelano y quiere que ella huelgue. Sólo

consiente la voluntad en aquellas mercedes que goza. Y se ha de

ofrecer a todo lo que en ella quisiere hacer la verdadera sabiduría,

porque es menester ánimo, cierto. Porque es tanto el gozo, que

parece algunas veces no queda un punto para acabar el ánima de

salir de este cuerpo. ¡Y qué venturosa muerte sería!

2. Aquí me parece viene bien, como a vuestra merced se dijo,

dejarse del todo en los brazos de Dios. Si quiere llevarla al cielo,

vaya; si al infierno, no tiene pena, como vaya con su Bien; si acabar

del todo la vida, eso quiere; si que viva mil años, también. Haga Su

Majestad como de cosa propia; ya no es suya el alma de sí misma;

dada está del todo al Señor; descuídese del todo.

Digo que en tan alta oración como ésta, que cuando la da Dios al

alma puede hacer todo esto. Y mucho más que éstos son sus

efectos. Y entiende que lo hace sin ningún cansancio del

entendimiento. Sólo me parece está como espantada de ver cómo

el Señor hace tan buen hortelano y no quiere que tome él trabajo

ninguno, sino que se deleite en comenzar a oler las flores; que en

una llegada de éstas, por poco que dure, como es tal el hortelano,

en fin criador del agua, dala sin medida, y lo que la pobre del alma

con trabajo por ventura de veinte años de cansar el entendimiento

no ha podido acaudalar, hácelo este hortelano celestial en un punto,

y crece la fruta y madúrala de manera que se puede sustentar de su

huerto, queriéndolo el Señor. Mas no le da licencia que reparta la

fruta, hasta que él esté tan fuerte con lo que ha comido de ella, que

no se le vaya en gustaduras y no dándole nada de provecho ni

pagándosela a quien la diere, sino que los mantenga y dé de comer

a su costa, y quedarse ha él por ventura muerto de hambre.

Esto bien entendido va para tales entendimientos, y sabránlo aplicar

mejor que yo lo sabré decir, y cánsome.

3. En fin, es que las virtudes quedan ahora más fuertes que en la

oración de quietud pasada, que el alma no las puede ignorar,

porque se ve otra y no sabe cómo. Comienza a obrar grandes

cosas con el olor que dan de sí las flores, que quiere el Señor se

abran para que ella vea que tiene virtudes, aunque ve muy bien que

no las podía ella -ni ha podido- ganar en muchos años, y que en

aquello poquito el celestial hortelano se las dio. Aquí es muy mayor

la humildad y más profunda que al alma queda, que en lo pasado;

porque ve más claro que poco ni mucho hizo, sino consentir que la

hiciese el Señor mercedes y abrazarlas la voluntad.

Paréceme este modo de oración unión muy conocida de toda el

alma con Dios, sino que parece quiere Su Majestad dar licencia a

las potencias para que entiendan y gocen de lo mucho que obra allí.

4. Acaece algunas y muy muchas veces, estando unida la voluntad

(para que vea vuestra merced puede ser esto, y lo entienda cuando

lo tuviere; al menos a mí trájome tonta, y por eso lo digo aquí), vese

claro y entiéndese que está la voluntad atada y gozando; digo que

«se ve claro», y en mucha quietud está sola la voluntad, y está por

otra parte el entendimiento y memoria tan libres, que pueden tratar

en negocios y entender en obras de caridad.

Esto, aunque parece todo uno, es diferente de la oración de quietud

que dije, en parte, porque allí está el alma que no se querría bullir ni

menear, gozando en aquel ocio santo de María; en esta oración

puede también ser Marta. Así que está casi obrando juntamente en

vida activa y contemplativa, y entender en obras de caridad y

negocios que convengan a su estado, y leer, aunque no del todo

están señores de sí, y entienden bien que está la mejor parte del

alma en otro cabo. Es como si estuviésemos hablando con uno y

por otra parte nos hablase otra persona, que ni bien estaremos en

lo uno ni bien en lo otro.

Es cosa que se siente muy claro y da mucha satisfacción y contento

cuando se tiene, y es muy gran aparejo para que, en teniendo

tiempo de soledad o desocupación de negocios, venga el alma a

muy sosegada quietud. Es un andar como una persona que está en

sí satisfecha, que no tiene necesidad de comer, sino que siente el

estómago contento, de manera que no a todo manjar arrostraría;

mas no tan harta que, si los ve buenos, deje de comer de buena

gana. Así, no le satisface ni querría entonces contento del mundo,

porque en sí tiene el que le satisface más: mayores contentos de

Dios, deseos de satisfacer su deseo, de gozar más, de estar con El.

Esto es lo que quiere.

5. Hay otra manera de unión, que aún no es entera unión, mas es

más que la que acabo de decir, y no tanto como la que se ha dicho

de esta tercera agua.

Gustará vuestra merced mucho, de que el Señor se las dé todas si

no las tiene ya, de hallarlo escrito y entender lo que es. Porque una

merced es dar el Señor la merced, y otra es entender qué merced

es y qué gracia, otra es saber decirla y dar a entender cómo es. Y

aunque no parece es menester más de la primera, para no andar el

alma confusa y medrosa e ir con más ánimo por el camino del

Señor llevando debajo de los pies todas las cosas del mundo, es

gran provecho entenderlo y merced; que por cada una es razón

alabe mucho al Señor quien la tiene, y quien no, porque la dio Su

Majestad a alguno de los que viven, para que nos aprovechase a

nosotros.

Ahora pues, acaece muchas veces esta manera de unión que

quiero decir (en especial a mí, que me hace Dios esta merced de

esta suerte muy muchas), que coge Dios la voluntad y aun el

entendimiento, a mi parecer, porque no discurre, sino está ocupado

gozando de Dios, como quien está mirando y ve tanto que no sabe

hacia dónde mirar; uno por otro se le pierde de vista, que no dará

señas de cosa. La memoria queda libre, y junto con la imaginación

debe ser; y ella, como se ve sola, es para alabar a Dios la guerra

que da y cómo procura desasosegarlo todo. A mí cansada me tiene

y aborrecida la tengo, y muchas veces suplico al Señor, si tanto me

ha de estorbar, me la quite en estos tiempos. Alguna veces le digo:

«¿Cuándo, mi Dios, ha de estar ya toda junta mi alma en vuestra

alabanza y no hecha pedazos, sin poder valerse a sí?». Aquí veo el

mal que nos causa el pecado, pues así nos sujetó a no hacer lo que

queremos de estar siempre ocupados en Dios.

6. Digo que me acaece a veces -y hoy ha sido la una, y así lo tengo

bien en la memoria- que veo deshacerse mi alma, por verse junta

donde está la mayor parte, y ser imposible, sino que le da tal guerra

la memoria e imaginación que no la dejan valer; y como faltan las

otras potencias, no valen, aun para hacer mal, nada. Harto hacen

en desasosegar. Digo «para hacer mal», porque no tienen fuerza ni

paran en un ser. Como el entendimiento no la ayuda poco ni mucho

a lo que le representa, no para en nada, sino de uno en otro, que no

parece sino de estas maripositas de las noches, importunas y

desasosegadas: así anda de un cabo a otro. En extremo me parece

le viene al propio esta comparación, porque aunque no tiene fuerza

para hacer ningún mal, importuna a los que la ven.

Para esto no sé qué remedio haya, que hasta ahora no me le ha

dado Dios a entender; que de buena gana le tomaría para mí, que

me atormenta, como digo, muchas veces. Represéntase aquí

nuestra miseria, y muy claro el gran poder de Dios; pues ésta, que

queda suelta, tanto nos daña y nos cansa, y las otras que están con

Su Majestad, el descanso que nos dan.

7. El postrer remedio que he hallado, a cabo de haberme fatigado

hartos años, es lo que dije en la oración de quietud: que no se haga

caso de ella más que de un loco, sino dejarla con su tema, que sólo

Dios se la puede quitar; y, en fin, aquí por esclava queda. Hémoslo

de sufrir con paciencia, como hizo Jacob a Lía, porque harta

merced nos hace el Señor que gocemos de Raquel. Digo que

«queda esclava», porque, en fin, no puede -por mucho que hagatraer

a sí las otras potencias; antes ellas, sin ningún trabajo, la

hacen venir muchas veces a sí. Algunas, es Dios servido de haber

lástima de verla tan perdida y desasosegada, con deseo de estar

con las otras, y consiéntela Su Majestad se queme en el fuego de

aquella vela divina, donde las otras están ya hechas polvo, perdido

su ser natural, casi estando sobrenatural, gozando tan grandes

bienes.

8. En todas estas maneras que de esta postrera agua de fuente he

dicho, es tan grande la gloria y descanso del alma, que muy

conocidamente aquel gozo y deleite participa de él el cuerpo, y esto

muy conocidamente, y quedan tan crecidas las virtudes como he

dicho.

Parece ha querido el Señor declarar estos estados en que se ve el

alma, a mi parecer, lo más que acá se puede dar a entender.

Trátelo vuestra merced con persona espiritual que haya llegado

aquí y tenga letras. Si le dijere que está bien, crea que se lo ha

dicho Dios y téngalo en mucho a Su Majestad; porque, como he

dicho, andando el tiempo se holgará mucho de entender lo que es,

mientras no le diere la gracia (aunque se la dé de gozarlo) para

entenderlo. Como le haya dado Su Majestad la primera, con su

entendimiento y letras lo entenderá por aquí.

Sea alabado por todos los siglos de los siglos por todo, amén.

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CAPÍTULO 18

En que trata del cuarto grado de oración. * - Comienza a declarar

por excelente manera la gran dignidad en que el Señor pone al

alma que está en este estado. - Es para animar mucho a los que

tratan oración, para que se esfuercen a llegar a tan alto estado,

pues se puede alcanzar en la tierra, aunque no por merecerlo, sino

por la bondad del Señor. - Léase con advertencia, porque se

declara por muy delicado modo y tiene cosas mucho de notar.

1. El Señor me enseñe palabras cómo se pueda decir algo de la

cuarta agua. Bien es menester su favor, aun más que para la

pasada; porque en ella aún siente el alma no está muerta del todo,

que así lo podemos decir, pues lo está al mundo; mas, como dije,

tiene sentido para entender que está en él y sentir su soledad, y

aprovéchase de lo exterior para dar a entender lo que siente,

siquiera por señas.

En toda la oración y modos de ella que queda dicho, alguna cosa

trabaja el hortelano; aunque en estas postreras va el trabajo

acompañado de tanta gloria y consuelo del alma, que jamás querría

salir de él, y así no se siente por trabajo, sino por gloria.

Acá no hay sentir, sino gozar sin entender lo que se goza.

Entiéndese que se goza un bien, adonde juntos se encierran todos

los bienes, mas no se comprende este bien. Ocúpanse todos los

sentidos en este gozo, de manera que no queda ninguno

desocupado para poder en otra cosa, exterior ni interiormente.

Antes dábaseles licencia para que, como digo, hagan algunas

muestras del gran gozo que sienten; acá el alma goza más sin

comparación, y puédese dar a entender muy menos, porque no

queda poder en el cuerpo, ni el alma le tiene para poder comunicar

aquel gozo. En aquel tiempo todo le sería gran embarazo y

tormento y estorbo de su descanso; y digo que si es unión de todas

las potencias, que, aunque quiera -estando en ello digo- no puede,

y si puede, ya no es unión.

2. El cómo es ésta que llaman unión y lo que es, yo no lo sé dar a

entender. En la mística teología se declara, que yo los vocablos no

sabré nombrarlos, ni sé entender qué es mente, ni qué diferencia

tenga del alma o espíritu tampoco; todo me parece una cosa, bien

que el alma alguna vez sale de sí misma, a manera de un fuego

que está ardiendo y hecho llama, y algunas veces crece este fuego

con ímpetu; esta llama sube muy arriba del fuego, mas no por eso

es cosa diferente, sino la misma llama que está en el fuego.

Esto vuestras mercedes lo entenderán -que yo no lo sé más decircon

sus letras. Lo que yo pretendo declarar es qué siente el alma

cuando está en esta divina unión.

3. Lo que es unión ya se está entendido, que es dos cosas divisas

hacerse una. ¡Oh Señor mío, qué bueno sois! ¡Bendito seáis para

siempre! ¡Alaben os, Dios mío, todas las cosas, que así nos

amasteis, de manera que con verdad podamos hablar de esta

comunicación que aun en este destierro tenéis con las almas!; y

aun con las que son buenas es gran largueza y magnanimidad. En

fin, vuestra, Señor mío, que dais como quien sois. ¡Oh largueza

infinita, cuán magníficas son vuestras obras! Espanta a quien no

tiene ocupado el entendimiento en cosas de la tierra, que no tenga

ninguno para entender verdades. Pues que hagáis a almas que

tanto os han ofendido mercedes tan soberanas, cierto, a mí me

acaba el entendimiento, y cuando llego a pensar en esto, no puedo

ir adelante. ¿Dónde ha de ir que no sea tornar atrás? Pues daros

gracias por tan grandes mercedes, no sabe cómo. Con decir

disparates me remedio algunas veces.

4. Acaéceme muchas, cuando acabo de recibir estas mercedes o

me las comienza Dios a hacer (que estando en ellas ya he dicho

que no hay poder hacer nada), decir: «Señor, mirad lo que hacéis,

no olvidéis tan presto tan grandes males míos; ya que para

perdonarme lo hayáis olvidado, para poner tasa en las mercedes os

suplico se os acuerde. No pongáis, Criador mío, tan precioso licor

en vaso tan quebrado, pues habéis ya visto de otras veces que le

torno a derramar. No pongáis tesoro semejante adonde aún no está

-como ha de estar- perdida del todo la codicia de consolaciones de

la vida, que lo gastará mal gastado. ¿Cómo dais la fuerza de esta

ciudad y llaves de la fortaleza de ella a tan cobarde alcaide, que al

primer combate de los enemigos los deja entrar dentro? No sea

tanto el amor, oh Rey eterno, que pongáis en aventura joyas tan

preciosas. Parece, Señor mío, se da ocasión para que se tengan en

poco, pues las ponéis en poder de cosa tan ruin, tan baja, tan flaca

y miserable, y de tan poco tomo, que ya que trabaje por no las

perder con vuestro favor (y no es menester pequeño, según yo

soy), no puede dar con ellas a ganar a nadie; en fin, mujer, y no

buena, sino ruin. Parece que no sólo se esconden los talentos, sino

que se entierran, en ponerlos en tierra tan astrosa. No soléis Vos

hacer, Señor, semejantes grandezas y mercedes a un alma, sino

para que aproveche a muchas. Ya sabéis, Dios mío, que de toda

voluntad y corazón os lo suplico y he suplicado algunas veces, y

tengo por bien de perder el mayor bien que se posee en la tierra,

por que las hagáis Vos a quien con este bien más aproveche,

porque crezca vuestra gloria».

5. Estas y otras cosas me ha acaecido decir muchas veces. Veía

después mi necedad y poca humildad. Porque bien sabe el Señor lo

que conviene, y que no había fuerzas en mi alma para salvarse, si

Su Majestad con tantas mercedes no se las pusiera.

6. También pretendo decir las gracias y efectos que quedan en el

alma, y qué es lo que puede de suyo hacer, o si es parte para llegar

a tan gran estado.

7. Acaece venir este levantamiento de espíritu o juntamiento con el

amor celestial: que, a mi entender, es diferente la unión del

levantamiento en esta misma unión. A quien no lo hubiere probado

lo postrero, parecerle ha que no; y a mi parecer, que con ser todo

uno, obra el Señor de diferente manera; y en el crecimiento del

desasir de las criaturas, más mucho en el vuelo del espíritu. Yo he

visto claro ser particular merced, aunque, como digo, sea todo uno

o lo parezca; mas un fuego pequeño también es fuego como un

grande, y ya se ve la diferencia que hay de lo uno a lo otro: en un

fuego pequeño, primero que un hierro pequeño se hace ascua,

pasa mucho espacio; mas si el fuego es grande, aunque sea mayor

el hierro, en muy poquito pierde del todo su ser, al parecer. Así me

parece es en estas dos maneras de mercedes del Señor, y sé que

quien hubiere llegado a arrobamientos lo entenderá bien. Si no lo

ha probado, parecerle ha desatino, y ya puede ser; porque querer

una como yo hablar en una cosa tal y dar a entender algo de lo que

parece imposible aun haber palabras con que lo comenzar, no es

mucho que desatine.

8. Mas creo esto del Señor (que sabe Su Majestad que, después de

obedecer, es mi intención engolosinar las almas de un bien tan alto)

que me ha en ello de ayudar. No diré cosa que no la haya

experimentado mucho. Y es así que cuando comencé esta postrera

agua a escribir, que me parecía imposible saber tratar cosa más

que hablar en griego, que así es ello dificultoso. Con esto, lo dejé y

fui a comulgar. ¡Bendito sea el Señor que así favorece a los

ignorantes! ¡Oh virtud de obedecer, que todo lo puedes!: aclaró

Dios mi entendimiento, unas veces con palabras y otras

poniéndome delante cómo lo había de decir, que, como hizo en la

oración pasada, Su Majestad parece quiere decir lo que yo no

puedo ni sé.

Esto que digo es entera verdad, y así lo que fuere bueno es suya la

doctrina; lo malo, está claro es del piélago de los males, que soy yo.

Y así, digo que si hubiere personas que hayan llegado a las cosas

de oración que el Señor ha hecho merced a esta miserable -que

debe haber muchas- y quisiesen tratar estas cosas conmigo,

pareciéndoles descaminadas, que ayudara el Señor a su sierva

para que saliera con su verdad adelante.

9. Ahora, hablando de esta agua que viene del cielo para con su

abundancia henchir y hartar todo este huerto de agua, si nunca

dejara, cuando lo hubiera menester, de darlo el Señor, ya se ve qué

descanso tuviera el hortelano. Y a no haber invierno, sino ser

siempre el tiempo templado, nunca faltaran flores y frutas; ya se ve

qué deleite tuviera; mas mientras vivimos es imposible: siempre ha

de haber cuidado de cuando faltare la una agua procurar la otra.

Esta del cielo viene muchas veces cuando más descuidado está el

hortelano. Verdad es que a los principios casi siempre es después

de larga oración mental, que de un grado en otro viene el Señor a

tomar esta avecita y ponerla en el nido para que descanse. Como la

ha visto volar mucho rato, procurando con el entendimiento y

voluntad y con todas sus fuerzas buscar a Dios y contentarle,

quiérela dar el premio aun en esta vida. ¡Y qué gran premio!, que

basta un momento para quedar pagados todos los trabajos que en

ella puede haber.

10. Estando así el alma buscando a Dios, siente con un deleite

grandísimo y suave casi desfallecer toda con una manera de

desmayo que le va faltando el huelgo y todas las fuerzas

corporales, de manera que, si no es con mucha pena, no puede aun

menear las manos; los ojos se le cierran sin quererlos cerrar, o si

los tiene abiertos, no ve casi nada; ni, si lee, acierta a decir letra, ni

casi atina a conocerla bien; ve que hay letra, mas, como el

entendimiento no ayuda, no la sabe leer aunque quiera; oye, mas

no entiende lo que oye. Así que de los sentidos no se aprovecha

nada, si no es para no la acabar de dejar a su placer; y así antes la

dañan. Hablar es por demás, que no atina a formar palabra, ni hay

fuerza, ya que atinase, para poderla pronunciar; porque toda la

fuerza exterior se pierde y se aumenta en las del alma para mejor

poder gozar de su gloria. El deleite exterior que se siente es grande

y muy conocido.

11. Esta oración no hace daño, por larga que sea. Al menos a mí

nunca me le hizo, ni me acuerdo hacerme el Señor ninguna vez

esta merced, por mala que estuviese, que sintiese mal, antes

quedaba con gran mejoría. Mas ¿qué mal puede hacer tan gran

bien? Es cosa tan conocida las operaciones exteriores, que no se

puede dudar que hubo gran ocasión, pues así quitó las fuerzas con

tanto deleite para dejarlas mayores.

12. Verdad es que a los principios pasa en tan breve tiempo -al

menos a mí así me acaecía-, que en estas señales exteriores ni en

la falta de los sentidos no se da tanto a entender cuando pasa con

brevedad. Mas bien se entiende en la sobra de las mercedes que

ha sido grande la claridad del sol que ha estado allí, pues así la ha

derretido. Y nótese esto, que a mi parecer por largo que sea el

espacio de estar el alma en esta suspensión de todas las potencias,

es bien breve: cuando estuviese media hora, es muy mucho; yo

nunca, a mi parecer, estuve tanto. Verdad es que se puede mal

sentir lo que se está, pues no se siente; mas digo que de una vez

es muy poco espacio sin tornar alguna potencia en sí. La voluntad

es la que mantiene la tela, mas las otras dos potencias presto

tornan a importunar. Como la voluntad está queda, tórnalas a

suspender y están otro poco y tornan a vivir.

13. En esto se puede pasar algunas horas de oración y se pasan.

Porque, comenzadas las dos potencias a emborrachar y gustar de

aquel vino divino, con facilidad se tornan a perder de sí para estar

muy más ganadas, y acompañan a la voluntad y se gozan todas

tres. Mas este estar perdidas del todo y sin ninguna imaginación en

nada -que a mi entender también se pierde del todo- digo que es

breve espacio; aunque no tan del todo tornan en sí que no pueden

estar algunas horas como desatinadas, tornando de poco en poco a

cogerlas Dios consigo.

14. Ahora vengamos a lo interior de lo que el alma aquí siente.

¡Dígalo quien lo sabe, que no se puede entender, cuánto más decir!

Estaba yo pensando cuando quise escribir esto, acabando de

comulgar y de estar en esta misma oración que escribo, qué hacía

el alma en aquel tiempo. Díjome el Señor estas palabras:

Deshácese toda, hija, para ponerse más en Mí. Ya no es ella la que

vive, sino Yo. Como no puede comprender lo que entiende, es no

entender entendiendo.

Quien lo hubiere probado entenderá algo de esto, porque no se

puede decir más claro, por ser tan oscuro lo que allí pasa. Sólo

podré decir que se representa estar junto con Dios, y queda una

certidumbre que en ninguna manera se puede dejar de creer. Aquí

faltan todas las potencias y se suspenden de manera que en

ninguna manera -como he dicho- se entiende que obran. Si estaba

pensando en un paso, así se pierde de la memoria como si nunca la

hubiera habido de él. Si lee, en lo que leía no hay acuerdo, ni parar.

Si rezar, tampoco. Así que a esta mariposilla importuna de la

memoria aquí se le queman las alas: ya no puede más bullir. La

voluntad debe estar bien ocupada en amar, mas no entiende cómo

ama. El entendimiento, si entiende, no se entiende cómo entiende;

al menos no puede comprender nada de lo que entiende. A mí no

me parece que entiende, porque -como digo- no se entiende. ¡Yo

no acabo de entender esto!

15. Acaecióme a mí una ignorancia al principio, que no sabía que

estaba Dios en todas las cosas. Y como me parecía estar tan

presente, parecíame imposible. Dejar de creer que estaba allí no

podía, por parecerme casi claro había entendido estar allí su misma

presencia. Los que no tenían letras me decían que estaba sólo por

gracia. Yo no lo podía creer; porque, como digo, parecíame estar

presente, y así andaba con pena. Un gran letrado de la Orden del

glorioso Santo Domingo me quitó de esta duda, que me dijo estar

presente, y cómo se comunicaba con nosotros, que me consoló

harto.

Es de notar y entender que siempre esta agua del cielo, este

grandísimo favor del Señor, deja el alma con grandísimas

ganancias, como ahora diré.

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CAPÍTULO 19

Prosigue en la misma materia. - Comienza a declarar los efectos

que hace en el alma este grado de oración. - Persuade mucho a

que no tornen atrás, aunque después de esta merced tornen a caer,

ni dejen la oración. - Dice los daños que vendrán de no hacer esto. -

Es mucho de notar y de gran consolación para los flacos y

pecadores.

1. Queda el alma de esta oración y unión con grandísima ternura,

de manera que se querría deshacer, no de pena, sino de unas

lágrimas gozosas. Hállase bañada de ellas sin sentirlo ni saber

cuándo ni cómo las lloró; mas dale gran deleite ver aplacado aquel

ímpetu del fuego con agua que le hace más crecer.

Parece esto algarabía, y pasa así. Acaecídome ha algunas veces

en este término de oración estar tan fuera de mí, que no sabía si

era sueño o si pasaba en verdad la gloria que había sentido; y de

verme llena de agua que sin pena destilaba con tanto ímpetu y

presteza que parece lo echaba de sí aquella nube del cielo, veía

que no había sino sueño. Esto era a los principios, que pasaba con

brevedad.

2. Queda el ánima animosa, que si en aquel punto la hiciesen

pedazos por Dios, le sería gran consuelo. Allí son las promesas y

determinaciones heroicas, la viveza de los deseos, el comenzar a

aborrecer el mundo, el ver muy claro su vanidad, esto muy más

aprovechada y altamente que en las oraciones pasadas, y la

humildad más crecida; porque ve claro que para aquella excesiva

merced y grandiosa no hubo diligencia suya, ni fue parte para

traerla ni para tenerla. Vese claro indignísima, porque en pieza

adonde entra mucho sol no hay telaraña escondida: ve su miseria.

Va tan fuera la vanagloria, que no le parece la podría tener, porque

ya es por vista de ojos lo poco o ninguna cosa que puede, que allí

no hubo casi consentimiento, sino que parece, aunque no quiso, le

cerraron la puerta a todos los sentidos para que más pudiese gozar

del Señor. Quédase sola con El, ¿qué ha de hacer sino amarle? Ni

ve ni oye, si no fuese a fuerza de brazos: poco hay que la

agradecer. Su vida pasada se le representa después y la gran

misericordia de Dios, con gran verdad y sin haber menester andar a

caza el entendimiento, que allí ve guisado lo que ha de comer y

entender. De sí ve que merece el infierno y que le castigan con

gloria. Deshácese en alabanzas de Dios, y yo me querría deshacer

ahora. ¡Bendito seáis, Señor mío, que así hacéis de pecina tan

sucia como yo, agua tan clara que sea para vuestra mesa! ¡Seáis

alabado, oh regalo de los ángeles, que así queréis levantar un

gusano tan vil!

3. Queda algún tiempo este aprovechamiento en el alma: puede ya,

con entender claro que no es suya la fruta, comenzar a repartir de

ella, y no le hace falta a sí. Comienza a dar muestras de alma que

guarda tesoros del cielo, y a tener deseo de repartirlos con otros, y

suplicar a Dios no sea ella sola la rica. Comienza a aprovechar a los

prójimos casi sin entenderlo ni hacer nada de sí; ellos lo entienden,

porque ya las flores tienen tan crecido el olor, que les hace desear

llegarse a ellas. Entienden que tiene virtudes y ven la fruta que es

codiciosa. Querríanle ayudar a comer.

Si esta tierra está muy cavada con trabajos y persecuciones y

murmuraciones y enfermedades -que pocos deben llegar aquí sin

esto- y si está mullida con ir muy desasida de propio interés, el agua

se embebe tanto, que casi nunca se seca; mas si es tierra que aun

se está en la tierra y con tantas espinas como yo al principio estaba,

y aun no quitada de las ocasiones ni tan agradecida como merece

tan gran merced, tórnase la tierra a secar.

Y si el hortelano se descuida y el Señor por sola su bondad no torna

a querer llover, dad por perdida la huerta, que así me acaeció a mí

algunas veces; que, cierto, yo me espanto y, si no hubiera pasado

por mí, no lo pudiera creer.

Escríbolo para consuelo de almas flacas, como la mía, que nunca

desesperen ni dejen de confiar en la grandeza de Dios. Aunque

después de tan encumbradas, como es llegarlas el Señor aquí,

caigan, no desmayen, si no se quieren perder del todo; que

lágrimas todo lo ganan: un agua trae otra.

4. Una de las cosas por que me animé -siendo la que soy- a

obedecer en escribir esto y dar cuenta de mi ruin vida y de las

mercedes que me ha hecho el Señor, con no servirle sino ofenderle,

ha sido ésta. Que cierto, yo quisiera aquí tener gran autoridad para

que se me creyera esto. Al Señor suplico Su Majestad la dé. Digo

que no desmaye nadie de los que han comenzado a tener oración,

con decir: «si torno a ser malo, es peor ir adelante con el ejercicio

de ella». Yo lo creo, si se deja la oración y no se enmienda del mal;

mas, si no la deja, crea que la sacará a puerto de luz. Hízome en

esto gran batería el demonio, y pasé tanto en parecerme poca

humildad tenerla, siendo tan ruin, que, como ya he dicho, la dejé

año y medio -al menos un año, que del medio no me acuerdo bien-

Y no fuera más, ni fue, que meterme yo misma sin haber menester

demonios que me hiciesen ir al infierno. ¡Oh, válgame Dios, qué

ceguedad tan grande! ¡Y qué bien acierta el demonio para su

propósito en cargar aquí la mano! Sabe el traidor que alma que

tenga con perseverancia oración la tiene perdida y que todas las

caídas que la hace dar la ayudan, por la bondad de Dios, a dar

después mayor salto en lo que es su servicio: ¡algo le va en ello!

5. ¡Oh Jesús mío! ¡Qué es ver un alma que ha llegado aquí, caída

en un pecado, cuando Vos por vuestra misericordia la tornáis a dar

la mano y la levantáis! ¡Cómo conoce la multitud de vuestras

grandezas y misericordias y su miseria! Aquí es el deshacerse de

veras y conocer vuestras grandezas; aquí el no osar alzar los ojos;

aquí es el levantarlos para conocer lo que os debe; aquí se hace

devota de la Reina del Cielo para que os aplaque; aquí invoca los

Santos que cayeron después de haberlos Vos llamado, para que la

ayuden; aquí es el parecer que todo le viene ancho lo que le dais,

porque ve no merece la tierra que pisa; el acudir a los Sacramentos;

la fe viva que aquí le queda de ver la virtud que Dios en ellos puso;

el alabaros porque dejasteis tal medicina y ungüento para nuestras

llagas, que no las sobresanan, sino que del todo las quitan.

Espántanse de esto. Y ¿quién, Señor de mi alma, no se ha de

espantar de misericordia tan grande y merced tan crecida a traición

tan fea y abominable? Que no sé cómo no se me parte el corazón,

cuando esto escribo; porque soy ruin.

6. Con estas lagrimillas que aquí lloro, dadas de Vos -agua de tan

mal pozo en lo que es de mi parte- parece que os hago pago de

tantas traiciones, siempre haciendo males y procurando deshacer

las mercedes que Vos me habéis hecho. Ponedlas Vos, Señor mío,

valor; aclarad agua tan turbia, siquiera porque no dé a alguno

tentación en echar juicios, como me la ha dado a mí, pensando por

qué, Señor, dejáis unas personas muy santas, que siempre os han

servido y trabajado, criadas en religión y siéndolo, y no como yo

que no tenía más del nombre, y ver claro que no las hacéis las

mercedes que a mí. Bien veía yo, Bien mío, que les guardáis Vos el

premio para dársele junto, y que mi flaqueza ha menester esto. Ya

ellos, como fuertes, os sirven sin ello y los tratáis como a gente

esforzada y no interesal.

7. Mas con todo, sabéis Vos, mi Señor, que clamaba muchas veces

delante de Vos, disculpando a las personas que me murmuraban,

porque me parecía les sobraba razón. Esto era ya, Señor, después

que me teníais por vuestra bondad para que tanto no os ofendiese,

y yo estaba ya desviándome de todo lo que me parecía os podía

enojar; que en haciendo yo esto, comenzasteis, Señor, a abrir

vuestros tesoros para vuestra sierva. No parece esperabais otra

cosa sino que hubiese voluntad y aparejo en mí para recibirlos,

según con brevedad comenzasteis a no sólo darlos, sino a querer

entendiesen me los dabais.

8. Esto entendido, comenzó a tenerse buena opinión de la que

todas aún no tenían bien entendido cuán mala era, aunquemucho

se traslucía. Comenzó la murmuración y persecución de golpe y, a

mi parecer, con mucha causa; y así no tomaba con nadie

enemistad, sino suplicábaos a Vos miraseis la razón que tenían.

Decían que me quería hacer santa y que inventaba novedades no

habiendo llegado entonces con gran parte aun a cumplir toda mi

Regla, ni a las muy buenas y santas monjas que en casa había (ni

creo llegaré, si Dios por su bondad no lo hace todo de su parte),

sino antes lo era yo para quitar lo bueno y poner costumbres que no

lo eran; al menos hacía lo que podía para ponerlas, y en el mal

podía mucho. Así que sin culpa suya me culpaban. No digo eran

sólo monjas, sino otras personas; descubríanme verdades, porque

lo permitíais Vos.

9. Una vez rezando las Horas, como yo algunas tenía esta

tentación, llegué al verso que dice: Justus es, Domine, y tus juicios;

comencé a pensar cuán gran verdad era, que en esto no tenía el

demonio fuerza jamás para tentarme de manera que yo dudase

tenéis Vos, mi Señor, todos los bienes, ni en ninguna cosa de la fe,

antes me parecía mientras más sin camino natural iban, más firme

la tenía, y me daba devoción grande: en ser todopoderoso

quedaban conclusas en mí todas las grandezas que hicierais Vos, y

en esto -como digo- jamás tenía duda. Pues pensando cómo con

justicia permitíais a muchas que había -como tengo dicho- muy

vuestras siervas, y que no tenían los regalos y mercedes que me

hacíais a mí, siendo la que era, respondísteisme, Señor: Sírveme tú

a Mí, y no te metas en eso. Fue la primera palabra que entendí

hablarme Vos, y así me espantó mucho.

Porque después declararé esta manera de entender, con otras

cosas, no lo digo aquí, que es salir del propósito, y creo harto he

salido: casi no sé lo que me he dicho. No puede ser menos, mi hijo,

sino que ha vuestra merced de sufrir estos intervalos; porque

cuando veo lo que Dios me ha sufrido y me veo en este estado, no

es mucho pierda el tino de lo que digo y he de decir. Plega al Señor

que siempre sean esos mis desatinos y que no permita ya Su

Majestad tengayo poder para ser contra El un punto, antes en éste

que estoy me consuma.

10. Basta ya para ver sus grandes misericordias, no una sino

muchas veces que ha perdonado tanta ingratitud. A San Pedro una

vez que lo fue, a mí muchas; que con razón me tentaba el demonio

no pretendiese amistad estrecha con quien trataba enemistad tan

pública. ¡Qué ceguedad tan grande la mía! ¿Adónde pensaba,

Señor mío, hallar remedio sino en Vos? ¡Qué disparate huir de la

luz para andar siempre tropezando! ¡Qué humildad tan soberbia

inventaba en mí el demonio: apartarme de estar arrimada a la

columna y báculo que me ha de sustentar para no dar tan gran

caída! Ahora me santiguo y no me parece que he pasado peligro

tan peligroso como esta invención que el demonio me enseñaba por

vía de humildad. Poníame en el pensamiento que cómo cosa tan

ruin y habiendo recibido tantas mercedes, había de llegarme a la

oración; que me bastaba rezar lo que debía, como todas; mas que

aun pues esto no hacía bien, cómo quería hacer más; que era poco

acatamiento y tener en poco las mercedes de Dios.

Bien era pensar y entender esto; mas ponerlo por obra fue el

grandísimo mal. Bendito seáis Vos, Señor, que así me remediasteis.

11. Principio de la tentación que hacía a Judas me parece ésta, sino

que no osaba el traidor tan al descubierto; mas él viniera de poco

en poco a dar conmigo adonde dio con él. Miren esto, por amor de

Dios, todos los que tratan oración. Sepan que el tiempo que estuve

sin ella era mucho más perdida mi vida; mírese qué buen remedio

me daba el demonio y qué donosa humildad; un desasosiego en mí

grande. Mas ¿cómo había de sosegar mi alma? Apartábase la

cuitada de su sosiego; tenía presentes las mercedes y favores; veía

los contentos de acá ser asco. Cómo pudo pasar, me espanto. Era

con esperanza que nunca yo pensaba (a lo que ahora me acuerdo,

porque debe haber esto más de veinte y un años), dejaba de estar

determinada de tornar a la oración; mas esperaba a estar muy

limpia de pecados. ¡Oh, qué mal encaminada iba en esta

esperanza! Hasta el día del juicio me la libraba el demonio, para de

allí llevarme al infierno.

12. Pues teniendo oración y lección -que era ver verdades y el ruin

camino que llevaba- e importunando al Señor con lágrimas muchas

veces, era tan ruin que no me podía valer, apartada de esto, puesta

en pasatiempos con muchas ocasiones y pocas ayudas -y osaré

decir ninguna sino para ayudarme a caer-, ¿qué esperaba sino lo

dicho?

Creo tiene mucho delante de Dios un fraile de Santo Domingo, gran

letrado, que él me despertó de este sueño; él me hizo, como creo

he dicho, comulgar de quince a quince días; y del mal, no tanto.

Comencé a tornar en mí, aunque no dejaba de hacer ofensas al

Señor; mas como no había perdido el camino, aunque poco a poco,

cayendo y levantando, iba por él; y el que no deja de andar e ir

adelante, aunque tarde, llega. No me parece es otra cosa perder el

camino sino dejar la oración. ¡Dios nos libre, por quien El es!

13. Queda de aquí entendido -y nótese mucho, por amor del Señorque

aunque un alma llegue a hacerla Dios tan grandes mercedes

en la oración, que no se fíe de sí, pues puede caer, ni se ponga en

ocasiones en ninguna manera. Mírese mucho, que va mucho; que

el engaño que aquí puede hacer el demonio después, aunque la

merced sea cierto de Dios, es aprovecharse el traidor de la misma

merced en lo que puede, y a personas no crecidas en las virtudes,

ni mortificadas, ni desasidas; porque aquí no quedan fortalecidas

tanto que baste, como adelante diré, para ponerse en las ocasiones

y peligros, por grandes deseos y determinaciones que tengan... Es

excelente doctrina ésta, y no mía, sino enseñada de Dios; y así

querría que personas ignorantes, como yo, la supiesen. Porque

aunque esté un alma en este estado, no ha de fiar de sí para salir a

combatir, porque hará harto en defenderse. Aquí son menester

armas para defenderse de los demonios, y aún no tienen fuerzas

para pelear contra ellos y traerlos debajo de los pies, como hacen

los que están en el estado que diré después.

14. Este es el engaño con que coge el demonio: que, como se ve

un alma tan llegada a Dios y ve la diferencia que hay del bien del

cielo al de la tierra y el amor que la muestra el Señor, de este amor

nace confianza y seguridad de no caer de lo que goza; parécele

que ve claro el premio, que no es posible ya en cosa que aun para

la vida es tan deleitosa y suave, dejarla por cosa tan baja y sucia

como es el deleite; y con esta confianza quítale el demonio la poca

que ha de tener de sí; y, como digo, pónese en los peligros y

comienza con buen celo a dar de la fruta sin tasa, creyendo que ya

no hay que temer de sí. Y esto no va con soberbia, que bien

entiende el alma que no puede de sí nada, sino de mucha confianza

de Dios sin discreción, porque no mira que aún tiene pelo malo.

Puede salir del nido, y sácala Dios; mas aún no están para volar;

porque las virtudes aún no están fuertes, ni tiene experiencia para

conocer los peligros, ni sabe el daño que hace en confiar de sí.

15. Esto fue lo que a mí me destruyó. Y para esto y para todo hay

gran necesidad de maestros y trato con personas espirituales. Bien

creo que alma que llega Dios a este estado, si muy del todo no deja

a Su Majestad, que no la dejará de favorecer ni la dejará perder.

Mas cuando, como he dicho, cayere, mire, mire por amor del Señor

no la engañe en que deje la oración, como hacía a mí con humildad

falsa, como ya lo he dicho y muchas veces lo querría decir.

Fíe de la bondad de Dios, que es mayor que todos los males que

podemos hacer, y no se acuerda de nuestra ingratitud, cuando

nosotros, conociéndonos, queremos tornar a su amistad, ni de las

mercedes que nos ha hecho para castigarnos por ellas; antes

ayudan a perdonarnos más presto, como a gente que ya era de su

casa y ha comido, como dicen, de su pan.

Acuérdense de sus palabras y miren lo que ha hecho conmigo, que

primero me cansé de ofenderle, que Su Majestad dejó de

perdonarme. Nunca se cansa de dar ni se pueden agotar sus

misericordias; no nos cansemos nosotros de recibir.

Sea bendito para siempre, amén, y alábenle todas las cosas.

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CAPÍTULO 20

En que trata la diferencia que hay de unión a arrobamiento. -

Declara qué cosa es arrobamiento, y dice algo del bien que tiene el

alma que el Señor por su bondad llega a él. - Dice los efectos que

hace. - Es de mucha admiración.

1. Querría saber declarar con el favor de Dios la diferencia que hay

de unión a arrobamiento o elevamiento o vuelo que llaman de

espíritu o arrebatamiento, que todo es uno. Digo que estos

diferentes nombres todo es una cosa, y también se llama éxtasis.

Es grande la ventaja que hace a la unión. Los efectos muy mayores

hace y otras hartas operaciones, porque la unión parece principio y

medio y fin, y lo es en lo interior; mas así como estotros fines son en

más alto grado, hace los efectos interior y exteriormente. Declárelo

el Señor, como ha hecho lo demás, que, cierto, si Su Majestad no

me hubiera dado a entender por qué modos y maneras se puede

algo decir, yo no supiera.

2. Consideremos ahora que esta agua postrera, que hemos dicho,

es tan copiosa que, si no es por no lo consentir la tierra, podemos

creer que se está con nosotros esta nube de la gran Majestad acá

en esta tierra. Mas cuando este gran bien le agradecemos,

acudiendo con obras según nuestras fuerzas, coge el Señor el

alma, digamos ahora, a manera que las nubes cogen los vapores

de la tierra, y levántala toda de ella (helo oído así esto de que

cogen las nubes los vapores, o el sol), y sube la nube al cielo y

llévala consigo, y comiénzala a mostrar cosas del reino que le tiene

aparejado. No sé si la comparación cuadra, mas en hecho de

verdad ello pasa así.

3. En estos arrobamientos parece no anima el alma en el cuerpo, y

así se siente muy sentido faltar de él el calor natural; vase

enfriando, aunque con grandísima suavidad y deleite. Aquí no hay

ningún remedio de resistir, que en la unión, como estamos en

nuestra tierra, remedio hay: aunque con pena y fuerza, resistir se

puede casi siempre. Acá, las más veces, ningún remedio hay, sino

que muchas, sin prevenir el pensamiento ni ayuda ninguna, viene

un ímpetu tan acelerado y fuerte, que veis y sentís levantarse esta

nube o esta águila caudalosa y cogeros con sus alas.

4. Y digo que se entiende y veisos llevar, y no sabéis dónde.

Porque, aunque es con deleite, la flaqueza de nuestro natural hace

temer a los principios, y es menester ánima determinada y animosa

-mucho más que para lo que queda dicho- para arriscarlo todo,

venga lo que viniere, y dejarse en las manos de Dios e ir adonde

nos llevaren, de grado, pues os llevan aunque os pese. Y en tanto

extremo, que muy muchas veces querría yo resistir, y pongo todas

mis fuerzas, en especial algunas que es en público y otras hartas

en secreto, temiendo ser engañada. Algunas podía algo, con gran

quebrantamiento: como quien pelea con un jayán fuerte, quedaba

después cansada; otras era imposible, sino que me llevaba el alma

y aun casi ordinario la cabeza tras ella, sin poderla tener, y algunas

toda el cuerpo, hasta levantarle.

5. Esto ha sido pocas, porque como una vez fuese adonde

estábamos juntas en el coro y yendo a comulgar, estando de

rodillas, dábame grandísima pena, porque me parecía cosa muy

extraordinaria y que había de haber luego mucha nota; y así mandé

a las monjas (porque es ahora después que tengo oficio de Priora),

no lo dijesen. Mas otras veces, como comenzaba a ver que iba a

hacer el Señor lo mismo (y una estando personas principales de

señoras, que era la fiesta de la vocación, en un sermón), tendíame

en el suelo y allegábanse a tenerme el cuerpo, y todavía se echaba

de ver. Supliqué mucho al Señor que no quisiese ya darme más

mercedes que tuviesen muestras exteriores; porque yo estaba

cansada ya de andar en tanta cuenta y que aquella merced podía

Su Majestad hacérmela sin que se entendiese. Parece ha sido por

su bondad servido de oírme, que nunca más hasta ahora lo he

tenido; verdad es que ha poco.

6. Es así que me parecía, cuando quería resistir, que desde debajo

de los pies me levantaban fuerzas tan grandes que no sé cómo lo

comparar, que era con mucho más ímpetu que estotras cosas de

espíritu, y así quedaba hecha pedazos; porque es una pelea grande

y, en fin, aprovecha poco cuando el Señor quiere, que no hay poder

contra su poder. Otras veces es servido de contentarse con que

veamos nos quiere hacer la merced y que no queda por Su

Majestad, y resistiéndose por humildad, deja los mismos efectos

que si del todo se consintiese.

7. A los que esto hace son grandes: lo uno, muéstrase el gran

poder del Señor y cómo no somos parte, cuando Su Majestad

quiere, de detener tan poco el cuerpo como el alma, ni somos

señores de ello; sino que, mal que nos pese, vemos que hay

superior y que estas mercedes son dadas de El y que nosotros no

podemos en nada nada, e imprímese mucha humildad. Y aun yo

confieso que gran temor me hizo; al principio, grandísimo; porque

verse así levantar un cuerpo de la tierra, que aunque el espíritu le

lleva tras sí y es con suavidad grande si no se resiste, no se pierde

el sentido; al menos yo estaba de manera en mí, que podía

entender era llevada. Muéstrase una majestad de quien puede

hacer aquello, que espeluza los cabellos, y queda un gran temor de

ofender a tan gran Dios; éste, envuelto en grandísimo amor que se

cobra de nuevo a quien vemos le tiene tan grande a un gusano tan

podrido, que no parece se contenta con llevar tan de veras el alma

a Sí, sino que quiere el cuerpo, aun siendo tan mortal y de tierra tan

sucia como por tantas ofensas se ha hecho.

8. También deja un desasimiento extraño, que yo no podré decir

cómo es. Paréceme que puedo decir es diferente en alguna

manera, -digo, más que estotras cosas de sólo espíritu-; porque ya

que estén cuanto al espíritu con todo desasimiento de las cosas,

aquí parece quiere el Señor el mismo cuerpo lo ponga por obra, y

hácese una extrañeza nueva para con las cosas de la tierra, que es

muy penosa la vida.

9. Después da una pena, que ni la podemos traer a nosotros ni

venida se puede quitar. Yo quisiera harto dar a entender esta gran

pena y creo no podré, mas diré algo si supiere. Y hase de notar,

que estas cosas son ahora muy a la postre, después de todas las

visiones y revelaciones que escribiré; y el tiempo que solía tener

oración, adonde el Señor me daba tan grandes gustos y regalos,

ahora, ya que eso no cesa algunas veces, las más y lo más

ordinario es esta pena que ahora diré.

Es mayor y menor. De cuando es mayor quiero ahora decir, porque,

aunque adelante diré de estos grandes ímpetus que me daban

cuando me quiso el Señor dar los arrobamientos, no tiene más que

ver, a mi parecer, que una cosa muy corporal a una muy espiritual,

y creo no lo encarezco mucho. Porque aquella pena parece,

aunque la siente el alma, es en compañía del cuerpo; entrambos

parece participan de ella, y no es con el extremo del desamparo

que en ésta.

Para la cual -como he dicho- no somos parte, sino muchas veces a

deshora viene un deseo que no sé cómo se mueve, y de este

deseo, que penetra toda el alma en un punto, se comienza tanto a

fatigar, que sube muy sobre sí y de todo lo criado, y pónela Dios tan

desierta de todas las cosas, que por mucho que ella trabaje,

ninguna que la acompañe le parece hay en la tierra, ni ella la

querría, sino morir en aquella soledad. Que la hablen y ella se

quiera hacer toda la fuerza posible a hablar, aprovecha poco; que

su espíritu, aunque ella más haga, no se quita de aquella soledad.

Y con parecerme que está entonces lejísimo Dios, a veces

comunica sus grandezas por un modo el más extraño que se puede

pensar; y así no se sabe decir, ni creo lo creerá ni entenderá sino

quien hubiere pasado por ello; porque no es la comunicación para

consolar, sino para mostrar la razón que tiene de fatigarse de estar

ausente de bien que en sí tiene todos los bienes.

10. Con esta comunicación crece el deseo y el extremo de soledad

en que se ve, con una pena tan delgada y penetrativa que, aunque

el alma se estaba puesta en aquel desierto, que al pie de la letra me

parece se puede entonces decir (y por ventura lo dijo el real Profeta

estando en la misma soledad, sino que como a santo se la daría el

Señor a sentir en más excesiva manera): Vigilavi, et factus sum

sicut passer solitarius in tecto; y así, se me representa este verso

entonces que me parece lo veo yo en mí, y consuélame ver que

han sentido otras personas tan gran extremo de soledad, cuánto

más tales.

Así parece que está el alma no en sí, sino en el tejado o techo de sí

misma y de todo lo criado; porque aun encima de lo muy superior

del alma me parece que está.

11. Otras veces parece anda el alma como necesitadísima, diciendo

y preguntando a sí misma: ¿Dónde está tu Dios? Es de mirar que el

romance de estos versos yo no sabía bien el que era, y después

que lo entendía me consolaba de ver que me los había traído el

Señor a la memoria sin procurarlo yo. Otras me acordaba de lo que

dice San Pablo, que está crucificado al mundo. No digo yo que sea

esto así, que ya lo veo; mas paréceme que está así el alma, que ni

del cielo le viene consuelo ni está en él, ni de la tierra le quiere ni

está en ella, sino como crucificada entre el cielo y la tierra,

padeciendo sin venirle socorro de ningún cabo. Porque el que le

viene del cielo (que es, como he dicho, una noticia de Dios tan

admirable, muy sobre todo lo que podemos desear), es para más

tormento; porque acrecienta el deseo de manera que, a mi parecer,

la gran pena algunas veces quita el sentido, sino que dura poco sin

él.

Parecen unos tránsitos de la muerte, salvo que trae consigo un tan

gran contento este padecer, que no sé yo a qué lo comparar. Ello

es un recio martirio sabroso, pues todo lo que se le puede

representar al alma de la tierra, aunque sea lo que le suele ser más

sabroso, ninguna cosa admite; luego parece lo lanza de sí.

Bien entiende que no quiere sino a su Dios; mas no ama cosa

particular de El, sino todo junto le quiere y no sabe lo que quiere.

Digo «no sabe», porque no representa nada la imaginación; ni, a mi

parecer, mucho tiempo de lo que está así no obran las potencias.

Como en la unión y arrobamiento el gozo, aquí la pena las

suspende.

12. ¡Oh Jesús! ¡Quién pudiera dar a entender bien a vuestra

merced esto, aun para que me dijera lo que es, porque es en lo que

ahora anda siempre mi alma!

Lo más ordinario, en viéndose desocupada, es puesta en estas

ansias de muerte, y teme, cuando ve que comienzan, porque no se

ha de morir; mas llegada a estar en ello, lo que hubiese de vivir

querría en este padecer; aunque es tan excesivo, que el sujeto le

puede mal llevar, y así algunas veces se me quitan todos los pulsos

casi, según dicen las que algunas veces se llegan a mí de las

hermanas que ya más lo entienden, y las canillas muy abiertas, y

las manos tan yertas que yo no las puedo algunas veces juntar; y

así me queda dolor hasta otro día en los pulsos y en el cuerpo, que

parece me han descoyuntado.

13. Yo bien pienso alguna vez ha de ser el Señor servido, si va

adelante como ahora, que se acabe con acabar la vida, que, a mi

parecer, bastante es tan gran pena para ello, sino que no lo

merezco yo. Toda la ansia es morirme entonces. Ni me acuerdo de

purgatorio, ni de los grandes pecados que he hecho, por donde

merecía el infierno. Todo se me olvida con aquella ansia de ver a

Dios; y aquel desierto y soledad le parece mejor que toda la

compañía del mundo.

Si algo la podría dar consuelo, es tratar con quien hubiese pasado

por este tormento; y ver que, aunque se queje de él, nadie le parece

la ha de creer, [14] también la atormenta; que esta pena es tan

crecida que no querría soledad como otras, ni compañía sino con

quien se pueda quejar. Es como uno que tiene la soga a la garganta

y se está ahogando, que procura tomar huelgo. Así me parece que

este deseo de compañía es de nuestra flaqueza; que como nos

pone la pena en peligro de muerte (que esto sí, cierto, hace; yo me

he visto en este peligro algunas veces con grandes enfermedades y

ocasiones, como he dicho, y creo podría decir es éste tan grande

como todos), así el deseo que el cuerpo y alma tienen de no se

apartar es el que pide socorro para tomar huelgo y, con decirlo y

quejarse y divertirse, buscar remedio para vivir muy contra voluntad

del espíritu o de lo superior del alma, que no querría salir de esta

pena.

15. No sé yo si atino a lo que digo o si lo sé decir, mas, a todo mi

parecer, pasa así. Mire vuestra merced qué descanso puede tener

en esta vida, pues el que había -que era la oración y soledad,

porque allí me consolaba el Señor- es ya lo más ordinario este

tormento, y es tan sabroso y ve el alma que es de tanto precio, que

ya le quiere más que todos los regalos que solía tener. Parécele

más seguro, porque es camino de cruz, y en sí tiene un gusto muy

de valor, a mi parecer, porque no participa con el cuerpo sino pena,

y el alma es la que padece y goza sola del gozo y contento que da

este padecer.

No sé yo cómo puede ser esto, mas así pasa, que, a mi parecer, no

trocaría esta merced que el Señor me hace (que bien de su mano -y

como he dicho- nonada adquirida de mí, porque es muy muy

sobrenatural) por todas las que después diré; no digo juntas, sino

tomada cada una por sí. Y no se deje de tener acuerdo que es

después de todo lo que va escrito en este libro y en lo que ahora

me tiene el Señor.

Digo que estos ímpetus es después de las mercedes que aquí van,

que me ha hecho el Señor.

16. Estando yo a los principios con temor (como me acaece casi en

cada merced que me hace el Señor, hasta que con ir adelante Su

Majestad asegura), me dijo que no temiese y que tuviese en más

esta merced que todas las que me había hecho; que en esta pena

se purificaba el alma, y se labra o purifica como el oro en el crisol,

para poder mejor poner los esmaltes de sus dones, y que se

purgaba allí lo que había de estar en purgatorio.

Bien entendía yo era gran merced, mas quedé con mucha más

seguridad, y mi confesor me dice que es bueno. Y aunque yo temí,

por ser yo tan ruin, nunca podía creer que era malo; antes, el muy

sobrado bien me hacía temer, acordándome cuán mal lo tengo

merecido. Bendito sea el Señor que tan bueno es. Amén.

17. Parece que he salido de propósito, porque comencé a decir de

arrobamientos y esto que he dicho aun es más que arrobamiento, y

así deja los efectos que he dicho.

18. Ahora tornemos a arrobamiento, de lo que en ellos es más

ordinario.

Digo que muchas veces me parecía me dejaba el cuerpo tan ligero,

que toda la pesadumbre de él me quitaba, y algunas era tanto, que

casi no entendía poner los pies en el suelo. Pues cuando está en el

arrobamiento, el cuerpo queda como muerto, sin poder nada de sí

muchas veces, y como le toma se queda: si en pie, si sentado, si las

manos abiertas, si cerradas. Porque aunque pocas veces se pierde

el sentido, algunas me ha acaecido a mí perderle del todo, pocas y

poco rato. Mas lo ordinario es que se turba y aunque no puede

hacer nada de sí cuanto a lo exterior, no deja de entender y oír

como cosa de lejos.

No digo que entiende y oye cuando está en lo subido de él (digo

subido, en los tiempos que se pierden las potencias, porque están

muy unidas con Dios), que entonces no ve ni oye ni siente, a mi

parecer; mas, como dije en la oración de unión pasada, este

transformamiento del alma del todo en Dios dura poco; mas eso

que dura, ninguna potencia se siente, ni sabe lo que pasa allí.

No debe ser para que se entienda mientras vivimos en la tierra, al

menos no lo quiere Dios, que no debemos ser capaces para ello.

Yo esto he visto por mí.

19. Diráme vuestra merced que cómo dura alguna vez tantas horas

el arrobamiento, y muchas veces. Lo que pasa por mí es que -como

dije en la oración pasada- gózase con intervalos. Muchas veces se

engolfa el alma o la engolfa el Señor en sí, por mejor decir, y

teniéndola así un poco, quédase con sola la voluntad. Paréceme es

este bullicio de estotras dos potencias como el que tiene una

lengüecilla de estos relojes de sol, que nunca para; mas cuando el

sol de justicia quiere, hácelas detener.

Esto digo que es poco rato. Mas como fue grande el ímpetu, y

levantamiento de espíritu, y aunque éstas tornen a bullirse, queda

engolfada la voluntad, hace, como señora del todo, aquella

operación en el cuerpo; porque, ya que las otras dos potencias

bullidoras la quieren estorbar, de los enemigos los menos: no la

estorben también los sentidos; y así hace que estén suspendidos,

porque lo quiere así el Señor. Y por la mayor parte están cerrados

los ojos, aunque no queramos cerrarlos; y si abiertos alguna vez,

como ya dije, no atina ni advierte lo que ve.

20. Aquí es mucho menos lo que puede hacer de sí, para que

cuando se tornaren las potencias a juntar no haya tanto que hacer.

Por eso, a quien el Señor diere esto, no se desconsuele cuando se

vea así atado el cuerpo muchas horas, y a veces el entendimiento y

memoria divertidos. Verdad es que lo ordinario es estar embebidas

en alabanzas de Dios o en querer comprender y entender lo que ha

pasado por ellas; y aun para esto no están bien despiertas, sino

como una persona que ha mucho dormido y soñado, y aún no

acaba de despertar.

21. Declárome tanto en esto, porque sé que hay ahora, aun en este

lugar, personas a quien el Señor hace estas mercedes, y si los que

las gobiernan no han pasado por esto, por ventura les parecerá que

han de estar como muertas en arrobamiento, en especial si no son

letrados, y lastima lo que se padece con los confesores que no lo

entienden, como yo diré después. Quizá yo no sé lo que digo.

Vuestra merced lo entenderá, si atino en algo, pues el Señor le ha

ya dado experiencia de ello, aunque como no es de mucho tiempo,

quizá no habrá mirádolo tanto como yo.

Así que, aunque mucho lo procuro, por buenos ratos no hay fuerza

en el cuerpo para poderse menear; todas las llevó el alma consigo.

Muchas veces queda sano -que estaba bien enfermo y lleno de

grandes dolores- y con más habilidad, porque es cosa grande lo

que allí se da, y quiere el Señor algunas veces -como digo- lo goce

el cuerpo, pues ya obedece a lo que quiere el alma. Después que

torna en sí, si ha sido grande el arrobamiento, acaece andar un día

o dos y aun tres tan absortas las potencias, o como embobecida,

que no parece anda en sí.

22. Aquí es la pena de haber de tornar a vivir. Aquí le nacieron las

alas para bien volar. Ya se le ha caído el pelo malo. Aquí se levanta

ya del todo la bandera por Cristo, que no parece otra cosa sino que

este alcaide de esta fortaleza se sube o le suben a la torre más alta

a levantar la bandera por Dios. Mira a los de abajo como quien está

en salvo. Ya no teme los peligros, antes los desea, como quien por

cierta manera se le da allí seguridad de la victoria. Vese aquí muy

claro en lo poco que todo lo de acá se ha de estimar y lo nonada

que es. Quien está de lo alto, alcanza muchas cosas. Ya no quiere

querer, ni tener libre albedrío no querría, y así lo suplica al Señor.

Dale las llaves de su voluntad.

Hele aquí el hortelano hecho alcaide. No quiere hacer cosa, sino la

voluntad del Señor, ni serlo él de sí ni de nada ni de un pero de esta

huerta, sino que, si algo bueno hay en ella, lo reparta Su Majestad;

que de aquí adelante no quiere cosa propia, sino que haga de todo

conforme a su gloria y a su voluntad.

23. Y en hecho de verdad pasa así todo esto, si los arrobamientos

son verdaderos, que queda el alma con los efectos y

aprovechamiento que queda dicho. Y si no son estos, dudaría yo

mucho serlos de parte de Dios, antes temería no sean los

rabiamientos que dice San Vicente. Esto entiendo yo y he visto por

experiencia: quedar aquí el alma señora de todo y con libertad en

una hora y menos, que ella no se puede conocer. Bien ve que no es

suyo, ni sabe cómo se le dio tanto bien, mas entiende claro el

grandísimo provecho que cada rapto de estos trae.

No hay quien lo crea si no ha pasado por ello; y así no creen a la

pobre alma, como la han visto ruin y tan presto la ven pretender

cosas tan animosas; porque luego da en no se contentar con servir

en poco al Señor, sino en lo más que ella puede. Piensan es

tentación y disparate. Si entendiesen no nace de ella sino del Señor

a quien ya ha dado las llaves de su voluntad, no se espantarían.

24. Tengo para mí que un alma que allega a este estado, que ya

ella no habla ni hace cosa por sí, sino que de todo lo que ha de

hacer tiene cuidado este soberano Rey. ¡Oh, válgame Dios, qué

claro se ve aquí la declaración del verso, y cómo se entiende tenía

razón y la tendrán todos de pedir alas de paloma! Entiéndese claro

es vuelo el que da el espíritu para levantarse de todo lo criado, y de

sí mismo el primero; mas es vuelo suave, es vuelo deleitoso, vuelo

sin ruido.

25. ¡Qué señorío tiene un alma que el Señor llega aquí, que lo mire

todo sin estar enredada en ello! ¡Qué corrida está del tiempo que lo

estuvo! ¡Qué espantada de su ceguedad! ¡Qué lastimada de los que

están en ella, en especial si es gente de oración y a quien Dios ya

regala! Querría dar voces para dar a entender qué engañados

están, y aun así lo hace algunas veces, y lluévenle en la cabeza mil

persecuciones. Tiénenla por poco humilde y que quiere enseñar a

de quien había de aprender, en especial si es mujer. Aquí es el

condenar -y con razón-, porque no saben el ímpetu que la mueve,

que a veces no se puede valer, ni puede sufrir no desengañar a los

que quiere bien y desea ver sueltos de esta cárcel de esta vida, que

no es menos ni le parece menos en la que ella ha estado.

26. Fatígase del tiempo en que miró puntos de honra y en el

engaño que traía de creer que era honra lo que el mundo llama

honra; ve que es grandísima mentira y que todos andamos en ella;

entiende que la verdadera honra no es mentirosa, sino verdadera,

teniendo en algo lo que es algo, y lo que no es nada tenerlo en

nonada, pues todo es nada y menos que nada lo que se acaba y no

contenta a Dios.

27. Ríese de sí, del tiempo que tenía en algo los dineros y codicia

de ellos, aunque en ésta nunca creo -y es así verdad- confesé

culpa; harta culpa era tenerlos en algo. Si con ellos se pudiera

comprar el bien que ahora veo en mí, tuviéralos en mucho; mas ve

que este bien se gana con dejarlo todo. ¿Qué es esto que se

compra con estos dineros que deseamos? ¿Es cosa de precio? ¿Es

cosa durable? ¿O para qué los queremos? Negro descanso se

procura, que tan caro cuesta. Muchas veces se procura con ellos el

infierno y se compra fuego perdurable y pena sin fin. ¡Oh, si todos

diesen en tenerlos por tierra sin provecho, qué concertado andaría

el mundo, qué sin tráfagos! ¡Con qué amistad se tratarían todos si

faltase interés de honra y de dineros! Tengo para mí se remediaría

todo.

28. Ve de los deleites tan gran ceguedad, y cómo con ellos compra

trabajo, aun para esta vida, y desasosiego. ¡Qué inquietud! ¡Qué

poco contento! ¡Qué trabajar en vano!

Aquí no sólo las telarañas ve de su alma y las faltas grandes, sino

un polvito que haya, por pequeño que sea, porque el sol está muy

claro; y así, por mucho que trabaje un alma en perfeccionarse, si de

veras la coge este Sol, toda se ve muy turbia. Es como el agua que

está en un vaso, que si no le da el sol está muy claro; si da en él,

vese que está todo lleno de motas. Al pie de la letra es esta

comparación. Antes de estar el alma en este éxtasis, parécele que

trae cuidado de no ofender a Dios y que conforme a sus fuerzas

hace lo que puede; mas llegada aquí, que le da este sol de justicia

que la hace abrir los ojos, ve tanta motas, que los querría tornar a

cerrar; porque aún no es tan hija de esta águila caudalosa, que

pueda mirar este sol de en hito en hito; mas, por poco que los tenga

abiertos, vese toda turbia. Acuérdase del verso que dice; ¿Quién

será justo delante de Ti?.

29. Cuando mira este divino sol, deslúmbrale la claridad. Como se

mira a sí, el barro la tapa los ojos: ciega está esta palomita. Así

acaece muy muchas veces quedarse así ciega del todo, absorta,

espantada, desvanecida de tantas grandezas como ve.

Aquí se gana la verdadera humildad, para no se le dar nada de

decir bienes de sí, ni que lo digan otros. Reparte el Señor del huerto

la fruta y no ella, y así no se le pega nada a las manos. Todo el bien

que tiene va guiado a Dios. Si algo dice de sí, es para su gloria.

Sabe que no tiene nada él allí y, aunque quiera, no puede ignorarlo,

porque lo ve por vista de ojos, que, mal que le pese, se los hace

cerrar a las cosas del mundo, y que los tenga abiertos para

entender verdades.

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CAPÍTULO 21

Prosigue y acaba este postrer grado de oración. * - Dice lo que

siente el alma que está en él de tornar a vivir en el mundo, y de la

luz que la da el Señor de los engaños de él. - Tiene buena doctrina.

1. Pues acabando en lo que iba, digo que no ha menester aquí

consentimiento de esta alma; ya se le tiene dado, y sabe que con

voluntad se entregó en sus manos y que no le puede engañar,

porque es sabedor de todo. No es como acá, que está toda la vida

llena de engaños y dobleces: cuando pensáis tenéis una voluntad

ganada, según lo que os muestra, venís a entender que todo es

mentira. No hay ya quien viva en tanto tráfago, en especial si hay

algún poco de interés.

¡Bienaventurada alma que la trae el Señor a entender verdades!

¡Oh, qué estado éste para los reyes! ¡Cómo les valdría mucho más

procurarle, que no gran señorío! ¡Qué rectitud habría en el reino!

¡Qué de males se excusarían y habrían excusado! Aquí no se teme

perder vida ni honra por amor de Dios. ¡Qué gran bien éste para

quien está más obligado a mirar la honra del Señor, que todos los

que son menos, pues han de ser los reyes a quien sigan! Por un

punto de aumento en la fe y de haber dado luz en algo a los

herejes, perdería mil reinos, y con razón. Otro ganar es. Un reino

que no se acaba. Que con sola una gota que gusta un alma de esta

agua de él, parece asco todo lo de acá. Pues cuando fuere estar

engolfada en todo ¿qué será?

2. ¡Oh Señor! Si me dierais estado para decir a voces esto, no me

creyeran, como hacen a muchos que lo saben decir de otra suerte

que yo; mas al menos satisficiérame yo. Paréceme que tuviera en

poco la vida por dar a entender una sola verdad de éstas; no sé

después lo que hiciera, que no hay que fiar de mí. Con ser la que

soy, me dan grandes ímpetus por decir esto a los que mandan, que

me deshacen. De que no puedo más, tórnome a Vos, Señor mío, a

pediros remedio para todo; y bien sabéis Vos que muy de buena

gana me desposeería yo de las mercedes que me habéis hecho,

con quedar en estado que no os ofendiese, y se las daría a los

reyes; porque sé que sería imposible consentir cosas que ahora se

consienten, ni dejar de haber grandísimos bienes.

3. ¡Oh Dios mío! Dadles a entender a lo que están obligados, pues

los quisisteis Vos señalar en la tierra de manera, que aun he oído

decir hay señales en el cielo cuando lleváis a alguno. Que, cierto,

cuando pienso esto, me hace devoción que queráis Vos, Rey mío,

que hasta en esto entiendan os han de imitar en vida, pues en

alguna manera hay señal en el cielo, como cuando moristeis Vos,

en su muerte.

4. Mucho me atrevo. Rómpalo vuestra merced si mal le parece, y

crea se lo diría mejor en presencia, si pudiese o pensase me han de

creer, porque los encomiendo a Dios mucho, y querría me

aprovechase. Todo lo hace aventurar la vida, que deseo muchas

veces estar sin ella, y era por poco precio aventurar a ganar mucho.

Porque no hay ya quien viva, viendo por vista de ojos el gran

engaño en que andamos y la ceguedad que traemos.

5. Llegada un alma aquí, no es sólo deseos los que tiene por Dios;

Su Majestad la da fuerzas para ponerlos por obra. No se le pone

cosa delante, en que piense le sirve, a que no se abalance; y no

hace nada, porque -como digo- ve claro que no es todo nada, sino

contentar a Dios. El trabajo es que no hay qué se ofrezca a las que

son de tan poco provecho como yo. Sed Vos, Bien mío, servido

venga algún tiempo en que yo pueda pagar algún cornado de lo

mucho que os debo. Ordenad Vos, Señor, como fuereis servido,

cómo esta vuestra sierva os sirva en algo. Mujeres eran otras y han

hecho cosas heroicas por amor de Vos. Yo no soy para más de

parlar, y así no queréis Vos, Dios mío, ponerme en obras. Todo se

va en palabras y deseos cuanto he de servir, y aun para esto no

tengo libertad, porque por ventura faltara en todo. Fortaleced Vos

mi alma y disponedla primero, Bien de todos los bienes y Jesús

mío, y ordenad luego modos cómo haga algo por Vos, que no hay

ya quien sufra recibir tanto y no pagar nada. Cueste lo que costare,

Señor, no queráis que vaya delante de Vos tan vacías las manos,

pues conforme a las obras se ha de dar el premio. Aquí está mi

vida, aquí está mi honra y mi voluntad; todo os lo he dado, vuestra

soy, disponed de mí conforme a la vuestra. Bien veo yo, mi Señor,

lo poco que puedo; mas llegada a Vos, subida en esta atalaya

adonde se ven verdades, no os apartando demí, todo lo podré; que

si os apartáis, por poco que sea, iré adonde estaba, que era al

infierno.

6. ¡Oh, qué es un alma que se ve aquí, haber de tornar a tratar con

todos, a mirar y ver esta farsa de esta vida tan mal concertada, a

gastar el tiempo en cumplir con el cuerpo, durmiendo y comiendo!

Todo la cansa, no sabe cómo huir, vese encadenada y presa.

Entonces siente más verdaderamente el cautiverio que traemos con

los cuerpos, y la miseria de la vida. Conoce la razón que tenía San

Pablo de suplicar a Dios le librase de ella. Da voces con él. Pide a

Dios libertad, como otras veces he dicho; mas aquí es con tan gran

ímpetu muchas veces, que parece se quiere salir el alma del cuerpo

a buscar esta libertad, ya que no la sacan. Anda como vendida en

tierra ajena, y lo que más la fatiga es no hallar muchos que se

quejen con ella y pidan esto, sino lo más ordinario es desear vivir.

¡Oh, si no estuviésemos asidos a nada ni tuviésemos puesto

nuestro contento en cosa de la tierra, cómo la pena que nos daría

vivir siempre sin él templaría el miedo de la muerte con el deseo de

gozar de la vida verdadera!

7. Considero algunas veces cuando una como yo, por haberme el

Señor dado esta luz, con tan tibia caridad y tan incierto el descanso

verdadero por no lo haber merecido mis obras, siento tanto verme

en este destierro muchas veces, ¿qué sería el sentimiento de los

santos? ¿Qué debía de pasar San Pablo y la Magdalena y otros

semejantes, en quien tan crecido estaba este fuego de amor de

Dios? Debía ser un continuo martirio.

Paréceme que quien me da algún alivio y con quien descanso de

tratar, son las personas que hallo de estos deseos; digo deseos con

obras; digo con obras, porque hay algunas personas que, a su

parecer, están desasidas, y así lo publican y había ello de ser, pues

su estado lo pide y los muchos años que ha que algunas han

comenzado camino de perfección, mas conoce bien esta alma

desde muy lejos los que lo son de palabras, o los que ya estas

palabras han confirmado con obras; porque tiene entendido el poco

provecho que hacen los unos y el mucho los otros, y es cosa que a

quien tiene experiencia lo ve muy claramente.

8. Pues dicho ya estos efectos que hacen los arrobamientos que

son de espíritu de Dios..., verdad es que hay más o menos. Digo

menos, porque a los principios, aunque hace estos efectos, no

están experimentados con obras, y no se puede así entender que

los tiene. Y también va creciendo la perfección y procurando no

haya memoria de telaraña, y esto requiere algún tiempo. Y mientras

más crece el amor y humildad en el alma, mayor olor dan de sí

estas flores de virtudes, para sí y para los otros.

Verdad es que de manera puede obrar el Señor en el alma en un

rapto de estos, que quede poco que trabajar al alma en adquirir

perfección, porque no podrá nadie creer, si no lo experimenta, lo

que el Señor la da aquí, que no hay diligencia nuestra que a esto

llegue, a mi parecer. No digo que con el favor del Señor,

ayudándose muchos años, por los términos que escriben los que

han escrito de oración, principios y medios, no llegarán a la

perfección y desasimiento mucho con hartos trabajos; mas no en

tan breve tiempo como, sin ninguno nuestro, obra el Señor aquí y

determinadamente saca el alma de la tierra y le da señorío sobre lo

que hay en ella, aunque en esta alma no haya más merecimientos

que había en la mía, que no lo puedo más encarecer, porque era

casi ninguno.

9. El por qué lo hace Su Majestad, es porque quiere, y como quiere

hácelo, y aunque no haya en ella disposición, la dispone para recibir

el bien que Su Majestad le da. Así que no todas veces los da

porque se lo han merecido en granjear bien el huerto -aunque es

muy cierto a quien esto hace bien y procura desasirse, no dejar de

regalarle-, sino que es su voluntad mostrar su grandeza algunas

veces en la tierra que es más ruin, como tengo dicho, y dispónela

para todo bien, de manera que parece no es ya parte en cierta

manera para tornar a vivir en las ofensas de Dios que solía. Tiene el

pensamiento tan habituado a entender lo que es verdadera verdad,

que todo lo demás le parece juego de niños. Ríese entre sí algunas

veces cuando ve a personas graves de oración y religión hacer

mucho caso de unos puntos de honra que esta alma tiene ya

debajo de los pies. Dicen que es discreción y autoridad de su

estado para más aprovechar. Sabe ella muy bien que aprovecharía

más en un día que pospusiese aquella autoridad de estado por

amor de Dios, que con ella en diez años.

10. Así vive vida trabajosa y con siempre cruz, mas va en gran

crecimiento. Cuando parece a los que la tratan, están muy en la

cumbre. Desde a poco están muy más mejoradas, porque siempre

las va favoreciendo más Dios. Es alma suya. Es El que la tiene ya a

cargo, y así le luce. Porque parece asistentemente la está siempre

guardando para que no le ofenda, y favoreciendo y despertando

para que le sirva.

En llegando mi alma a que Dios la hiciese esta tan gran merced,

cesaron mis males y me dio el Señor fortaleza para salir de ellos, y

no me hacía más estar en las ocasiones y con gente que me solía

distraer, que si no estuviera, antes me ayudaba lo que me solía

dañar. Todo me era medios para conocer más a Dios y amarle y ver

lo que le debía y pesarme de la que había sido.

11. Bien entendía yo no venía aquello de mí ni lo había ganado con

mi diligencia, que aún no había habido tiempo para ello. Su

Majestad me había dado fortaleza para ello por su sola bondad.

Hasta ahora, desde que me comenzó el Señor a hacer esta merced

de estos arrobamientos, siempre ha ido creciendo esta fortaleza, y

por su bondad me ha tenido de su mano para no tornar atrás. Ni me

parece, como es así, hago nada casi de mi parte, sino que entiendo

claro el Señor es el que obra.

Y por esto me parece que a almas que el Señor hace estas

mercedes que, yendo con humildad y temor, siempre entendiendo

el mismo Señor lo hace y nosotros casi nonada, que se podía poner

entre cualquiera gente; aunque sea más distraída y viciosa, no le

hará al caso, ni moverá en nada; antes, como he dicho, le ayudará

y serle ha modo para sacar muy mayor aprovechamiento. Son ya

almas fuertes que escoge el Señor para aprovechar a otras; aunque

esta fortaleza no viene de sí. De poco en poco, en llegando el

Señor aquí un alma, le va comunicando muy grandes secretos.

12. Aquí son las verdaderas revelaciones en este éxtasis y las

grandes mercedes y visiones, y todo aprovecha para humillar y

fortalecer el alma y que tenga en menos las cosas de esta vida y

conozca más claro las grandezas del premio que el Señor tiene

aparejado a los que le sirven.

Plega a Su Majestad sea alguna parte la grandísima largueza que

con esta miserable pecadora ha tenido, para que se esfuercen y

animen los que esto leyeren a dejarlo todo del todo por Dios. Pues

tan cumplidamente paga Su Majestad, que aun en esta vida se ve

claro el premio y la ganancia que tienen los que le sirven, ¿qué será

en la otra?

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CAPÍTULO 22

En que trata cuán seguro camino es para los contemplativos no

levantar el espíritu a cosas altas si el Señor no le levanta, y cómo

ha de ser el medio para la más subida contemplación la Humanidad

de Cristo. - Dice de un engaño en que ella estuvo un tiempo. - Es

muy provechoso este capítulo. *

1. Una cosa quiero decir, a mi parecer importante; si a vuestra

merced le pareciere bien, servirá de aviso, que podría ser haberle

menester; porque en algunos libros que están escritos de oración

tratan que, aunque el alma no puede por sí llegar a este estado,

porque es todo obra sobrenatural que el Señor obra en ella, que

podrá ayudarse levantando el espíritu de todo lo criado y subiéndole

con humildad, después de muchos años que haya ido por la vida

purgativa, y aprovechando por la iluminativa.

No sé yo bien por qué dicen «iluminativa»; entiendo que de los que

van aprovechando.

Y avisan mucho que aparten de sí toda imaginación corpórea y que

se lleguen a contemplar en la Divinidad; porque dicen que, aunque

sea la Humanidad de Cristo, a los que llegan ya tan adelante, que

embaraza o impide a la más perfecta contemplación.

Traen lo que dijo el Señor a los Apóstoles cuando la venida del

Espíritu Santo -digo cuando subió a los cielos- para este propósito.

Paréceme a mí que si tuvieran la fe, como la tuvieron después que

vino el Espíritu Santo, de que era Dios y hombre, no les impidiera,

pues no se dijo esto a la Madre de Dios, aunque le amaba más que

todos.

Porque les parece que como esta obra toda es espíritu, que

cualquier cosa corpórea la puede estorbar o impedir; y que

considerarse en cuadrada manera, y que está Dios de todas partes

y verse engolfado en El, es lo que han de procurar.

Esto bien me parece a mí, algunas veces; mas apartarse del todo

de Cristo y que entre en cuenta este divino Cuerpo con nuestras

miserias ni con todo lo criado, no lo puedo sufrir. Plega a Su

Majestad que me sepa dar a entender.

2. Yo no lo contradigo, porque son letrados y espirituales, y saben

lo que dicen, y por muchos caminos y vías lleva Dios las almas.

Cómo ha llevado la mía quiero yo ahora decir -en lo demás no me

entremeto- y en el peligro en que me vi por querer conformarme con

lo que leía. Bien creo que quien llegare a tener unión y no pasare

adelante -digo a arrobamientos y visiones y otras mercedes que

hace Dios a las almas-, que tendrá lo dicho por lo mejor, como yo lo

hacía; y si me hubiera estado en ello, creo nunca hubiera llegado a

lo que ahora, porque a mi parecer es engaño. Ya puede ser yo sea

la engañada; mas diré lo que me acaeció.

3. Como yo no tenía maestro y leía en estos libros, por donde poco

a poco yo pensaba entender algo (y después entendí que, si el

Señor no me mostrara, yo pudiera poco con los libros deprender,

porque no era nada lo que entendía hasta que Su Majestad por

experiencia me lo daba a entender, ni sabía lo que hacía), en

comenzando a tener algo de oración sobrenatural, digo de quietud,

procuraba desviar toda cosa corpórea, aunque ir levantando el alma

yo no osaba, que, como era siempre tan ruin, veía que era

atrevimiento. Mas parecíame sentir la presencia de Dios, como es

así, y procuraba estarme recogida con El; y es oración sabrosa, si

Dios allí ayuda, y el deleite mucho. Y como se ve aquella ganancia

y aquel gusto, ya no había quien me hiciese tornar a la Humanidad,

sino que, en hecho de verdad, me parecía me era impedimento.

¡Oh Señor de mi alma y Bien mío, Jesucristo crucificado! No me

acuerdo vez de esta opinión que tuve, que no me da pena, y me

parece que hice una gran traición, aunque con ignorancia.

4. Había sido yo tan devota toda mi vida de Cristo. Porque esto era

ya a la postre (digo a la postre de antes que el Señor me hiciese

estas mercedes de arrobamientos y visiones), y en tanto extremo

duró muy poco estar en esta opinión. Y así siempre tornaba a mi

costumbre de holgarme con este Señor, en especial cuando

comulgaba. Quisiera yo siempre traer delante de los ojos su retrato

e imagen, ya que no podía traerle tan esculpido en mi alma como

yo quisiera. ¿Es posible, Señor mío, que cupo en mi pensamiento ni

una hora que Vos me habíais de impedir para mayor bien? ¿De

dónde me vinieron a mí todos los bienes sino de Vos?

No quiero pensar que en esto tuve culpa, porque me lastimo

mucho, que cierto era ignorancia; y así quisisteis Vos, por vuestra

bondad, remediarla con darme quien me sacase de este yerro, y

después con que os viese yo tantas veces, como adelante diré,

para que más claro entendiese cuán grande era, y que lo dijese a

muchas personas que lo he dicho, y para que lo pusiese ahora

aquí.

5. Tengo para mí que la causa de no aprovechar más muchas

almas y llegar a muy gran libertad de espíritu, cuando llegan a tener

oración de unión, es por esto.

Paréceme que hay dos razones en que puedo fundar mi razón, y

quizá no digo nada, mas lo que dijere helo visto por experiencia,

que se hallaba muy mal mi alma hasta que el Señor la dio luz;

porque todos sus gozos eran a sorbos, y salida de allí, no se

hallaba con la compañía que después para los trabajos y

tentaciones.

La una es, que va un poco de poca humildad tan solapada y

escondida, que no se siente. Y ¿quién será el soberbio y miserable,

como yo, que cuando hubiere trabajado toda su vida con cuantas

penitencias y oraciones y persecuciones se pudieren imaginar, no

se halle por muy rico y muy bien pagado, cuando le consienta el

Señor estar al pie de la Cruz con San Juan? No sé en qué seso

cabe no se contentar con esto, sino en el mío que de todas

maneras fue perdido en lo que había de ganar.

6. Pues si todas veces la condición o enfermedad, por ser penoso

pensar en la Pasión, no se sufre, ¿quién nos quita estar con El

después de resucitado, pues tan cerca le tenemos en el

Sacramento, adonde ya está glorificado, y no le miraremos tan

fatigado y hecho pedazos, corriendo sangre, cansado por los

caminos, perseguido de los que hacía tanto bien, no creído de los

Apóstoles? Porque, cierto, no todas veces hay quien sufra pensar

en tantos trabajos como pasó. Hele aquí sin pena, lleno de gloria,

esforzando a los unos, animando a los otros, antes que subiese a

los cielos, compañero nuestro en el Santísimo Sacramento, que no

parece fue en su mano apartarse un momento de nosotros. ¡Y que

haya sido en la mía apartarme yo de Vos, Señor mío, por más

serviros! Que ya cuando os ofendía, no os conocía; ¡mas que,

conociéndoos, pensase ganar más por este camino! ¡Oh, qué mal

camino llevaba, Señor! Ya me parece iba sin camino, si Vos no me

tornarais a él, que en veros cabe mí, he visto todos los bienes. No

me ha venido trabajo que, mirándoos a Vos cuál estuvisteis delante

de los jueces, no se me haga bueno de sufrir. Con tan buen amigo

presente, con tan buen capitán que se puso en lo primero en el

padecer, todo se puede sufrir: es ayuda y da esfuerzo; nunca falta;

es amigo verdadero. Y veo yo claro, y he visto después, que para

contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes, quiere sea por

manos de esta Humanidad sacratísima, en quien dijo Su Majestad

se deleita. Muy muy muchas veces lo he visto por experiencia.

Hámelo dicho el Señor. He visto claro que por esta puerta hemos

de entrar, si queremos nos muestre la soberana Majestad grandes

secretos.

7. Así que vuestra merced, señor, no quiera otro camino, aunque

esté en la cumbre de contemplación; por aquí va seguro. Este

Señor nuestro es por quien nos vienen todos los bienes. El le

enseñará. Mirando su vida, es el mejor dechado. ¿Qué más

queremos de un tan buen amigo al lado, que no nos dejará en los

trabajos y tribulaciones, como hacen los del mundo?

Bienaventurado quien de verdad le amare y siempre le trajere cabe

sí. Miremos al glorioso San Pablo, que no parece se le caía de la

boca siempre Jesús, como quien le tenía bien en el corazón. Yo he

mirado con cuidado, después que esto he entendido, de algunos

santos, grandes contemplativos, y no iban por otro camino. San

Francisco da muestra de ello en las llagas; San Antonio de Padua,

el Niño; San Bernardo se deleitaba en la Humanidad; Santa

Catalina de Sena... otros muchos que vuestra merced sabrá mejor

que yo.

8. Esto de apartarse de lo corpóreo, bueno debe ser, cierto, pues

gente tan espiritual lo dice; mas, a mi parecer, ha de ser estando el

alma muy aprovechada, porque hasta esto, está claro, se ha de

buscar al Criador por las criaturas. Todo es como la merced el

Señor hace a cada alma; en eso no me entremeto. Lo que querría

dar a entender es que no ha de entrar en esta cuenta la sacratísima

Humanidad de Cristo. Y entiéndase bien este punto, que querría

saberme declarar.

9. Cuando Dios quiere suspender todas las potencias, como en los

modos de oración que quedan dichos hemos visto, claro está que,

aunque no queramos, se quita esta presencia. Entonces vaya

enhorabuena; dichosa tal pérdida que es para gozar más de lo que

nos parece se pierde; porque entonces se emplea el alma toda en

amar a quien el entendimiento ha trabajado conocer, y ama lo que

no comprendió, y goza de lo que no pudiera tan bien gozar si no

fuera perdiéndose a sí, para, como digo, más ganarse.

Mas que nosotros de maña y con cuidado nos acostumbremos a no

procurar con todas nuestras fuerzas traer delante siempre -y

pluguiese al Señor fuese siempre- esta sacratísima Humanidad,

esto digo que no me parece bien y que es andar el alma en el aire,

como dicen; porque parece no trae arrimo, por mucho que le parece

anda llena de Dios. Es gran cosa, mientras vivimos y somos

humanos, traerle humano, que éste es el otro inconveniente que

digo hay. El primero, ya comencé a decir es un poco de falta de

humildad de quererse levantar el alma hasta que el Señor la

levante, y no contentarse con meditar cosa tan preciosa, y querer

ser María antes que haya trabajado con Marta. Cuando el Señor

quiere que lo sea, aunque sea desde el primer día, no hay que

temer; mas comidámonos nosotros, como ya creo otra vez he dicho.

Esta motita de poca humildad, aunque no parece es nada, para

querer aprovechar en la contemplación hace mucho daño.

10. Tornando al segundo punto, nosotros no somos ángeles, sino

tenemos cuerpo. Querernos hacer ángeles estando en la tierra -y

tan en la tierra como yo estaba- es desatino, sino que ha menester

tener arrimo el pensamiento para lo ordinario. Ya que algunas

veces el alma salga de sí o ande muchas tan llena de Dios que no

haya menester cosa criada para recogerla, esto no es tan ordinario,

que en negocios y persecuciones y trabajos, cuando no se puede

tener tanta quietud, y en tiempo de sequedades, es muy buen

amigo Cristo, porque le miramos Hombre y vémosle con flaquezas y

trabajos, y es compañía y, habiendo costumbre, es muy fácil hallarle

cabe sí, aunque veces vendrán que lo uno ni lo otro se pueda.

Para esto es bien lo que ya he dicho: no nos mostrar a procurar

consolaciones de espíritu; venga lo que viniere, abrazado con la

cruz, es gran cosa. Desierto quedó este Señor de toda consolación;

solo le dejaron en los trabajos; no le dejemos nosotros, que, para

más sufrir, El nos dará mejor la mano que nuestra diligencia, y se

ausentará cuando viere que conviene y que quiere el Señor sacar el

alma de sí, como he dicho.

11. Mucho contenta a Dios ver un alma que con humildad pone por

tercero a su Hijo y le ama tanto, que aun queriendo Su Majestad

subirle a muy gran contemplación -como tengo dicho-, se conoce

por indigno, diciendo con San Pedro: Apartaos de mí, que soy

hombre pecador.

Esto he probado. De este arte ha llevado Dios mi alma. Otros irán -

como he dicho- por otro atajo. Lo que yo he entendido es que todo

este cimiento de la oración va fundado en humildad y que mientras

más se abaja un alma en la oración, más la sube Dios. No me

acuerdo haberme hecho merced muy señalada, de las que adelante

diré, que no sea estando deshecha de verme tan ruin. Y aun

procuraba Su Majestad darme a entender cosas para ayudarme a

conocerme, que yo no las supiera imaginar.

Tengo para mí que cuando el alma hace de su parte algo para

ayudarse en esta oración de unión, que aunque luego luego parece

la aprovecha, que como cosa no fundada se tornará muy presto a

caer; y he miedo que nunca llegará a la verdadera pobreza de

espíritu, que es no buscar consuelo ni gusto en la oración -que los

de la tierra ya están dejados-, sino consolación en los trabajos por

amor de El que siempre vivió en ellos, y estar en ellos y en las

sequedades quieta. Aunque algo se sienta, no para dar inquietud y

la pena que a algunas personas, que, si no están siempre

trabajando con el entendimiento y con tener devoción, piensan que

va todo perdido, como si por su trabajo se mereciese tanto bien.

No digo que no se procure y estén con cuidado delante de Dios;

mas que si no pudieren tener aun un buen pensamiento, como otra

vez he dicho, que no se maten; siervos sin provecho somos, ¿qué

pensamos poder?

12. Más quiere el Señor que conozcamos esto y andemos hechos

asnillos para traer la noria del agua que queda dicha, que, aunque

cerrados los ojos y no entendiendo lo que hacen, sacarán más que

el hortelano con toda su diligencia. Con libertad se ha de andar en

este camino, puestos en las manos de Dios. Si Su Majestad nos

quisiere subir a ser de los de su cámara y secreto, ir de buena

gana; si no, servir en oficios bajos y no sentarnos en el mejor lugar,

como he dicho alguna vez. Dios tiene cuidado más que nosotros y

sabe para lo que es cada uno. ¿De qué sirve gobernarse a sí quien

tiene dada ya toda su voluntad a Dios?

A mi parecer, muy menos se sufre aquí que en el primer grado de la

oración, y mucho más daña. Son bienes sobrenatural. Si uno tiene

mala voz, por mucho que se esfuerce a cantar no se le hace buena;

si Dios quiere dársela, no ha él menester antes dar voces. Pues

supliquemos siempre nos haga mercedes, rendida el alma, aunque

confiada de la grandeza de Dios. Pues para que esté a los pies de

Cristo la dan licencia, que procure no quitarse de allí, esté como

quiera; imite a la Magdalena, que de que esté fuerte, Dios la llevará

al desierto.

13. Así que vuestra merced, hasta que halle quien tenga más

experiencia que yo y lo sepa mejor, estése en esto. Si son personas

que comienzan a gustar de Dios, no las crea, que les parece les

aprovecha y gustan más ayudándose. ¡Oh, cuando Dios quiere,

cómo viene al descubierto sin estas ayuditas!; que, aunque más

hagamos, arrebata el espíritu, como un gigante tomaría una paja, y

no basta resistencia. ¡Qué manera para creer que, cuando El

quiere, espera a que vuele el sapo por sí mismo! Y aun más

dificultoso y pesado me parece levantarse nuestro espíritu, si Dios

no le levanta; porque está cargado de tierra y de mil impedimentos,

y aprovéchale poco querer volar; que, aunque es más su natural

que del sapo, está ya tan metido en el cieno, que lo perdió por su

culpa.

14. Pues quiero concluir con esto: que siempre que se piense de

Cristo, nos acordemos del amor con que nos hizo tantas mercedes

y cuán grande nos le mostró Dios en darnos tal prenda del que nos

tiene; que amor saca amor. Y aunque sea muy a los principios y

nosotros muy ruines, procuremos ir mirando esto siempre y

despertándonos para amar; porque si una vez nos hace el Señor

merced que se nos imprima en el corazón este amor, sernos ha

todo fácil y obraremos muy en breve y muy sin trabajo. Dénosle Su

Majestad -pues sabe lo mucho que nos conviene- por el que El nos

tuvo y por su glorioso Hijo, a quien tan a su costa nos le mostró,

amén.

15. Una cosa querría preguntar a vuestra merced: cómo en

comenzando el Señor a hacer mercedes a un alma, tan subidas,

como es ponerla en perfecta contemplación, que de razón había de

quedar perfecta del todo luego (de razón, sí por cierto, porque quien

tan gran merced recibe no había más de querer consuelos de la

tierra), pues ¿por qué en arrobamiento y en cuando está ya el alma

más habituada a recibir mercedes, parece que trae consigo los

efectos tan más subidos, y mientras más, más desasida, pues en un

punto que el Señor llega la puede dejar santificada, como después,

andando el tiempo, la deja el mismo Señor con perfección en las

virtudes?.

Esto quiero yo saber, que no lo sé. Mas bien sé es diferente lo que

Dios deja de fortaleza cuando al principio no dura más que cerrar y

abrir los ojos y casi no se siente sino en los efectos que deja, o

cuando va más a la larga esta merced. Y muchas veces paréceme

a mí si es el no se disponer del todo luego el alma, hasta que el

Señor poco a poco la cría y la hace determinar y da fuerzas de

varón, para que dé del todo con todo en el suelo. Como lo hizo con

la Magdalena con brevedad, hácelo en otras personas, conforme a

lo que ellas hacen en dejar a Su Majestad hacer. No acabamos de

creer que aun en esta vida da Dios ciento por uno.

16. También pensaba yo esta comparación: que puesto que sea

todo uno lo que se da a los que más adelante van que en el

principio, es como un manjar que comen de él muchas personas, y

las que comen poquito, quédales sólo buen sabor por un rato; las

que más, ayuda a sustentar; las que comen mucho, da vida y

fuerza; y tantas veces se puede comer y tan cumplido de este

manjar de vida, que ya no coman cosa que les sepa bien sino él;

porque ve el provecho que le hace, y tiene ya tan hecho el gusto a

esta suavidad, que querría más no vivir que haber de comer otras

cosas que no sean sino para quitar el buen sabor que el buen

manjar dejó.

También una compañía santa no hace su conversación tanto

provecho de un día como de muchos; y tantos pueden ser los que

estemos con ella, que seamos como ella, si nos favorece Dios. Y en

fin, todo está en lo que Su Majestad quiere y a quien quiere darlo;

mas mucho va en determinarse, a quien ya comienza a recibir esta

merced, en desasirse de todo y tenerla en lo que es razón.

17. También me parece que anda Su Majestad a probar quién le

quiere, si no uno, si no otro, descubriendo quién es con deleite tan

soberano, por avivar la fe -si está muerta- de lo que nos ha de dar,

diciendo: «Mirad, que esto es una gota del mar grandísimo de

bienes», por no dejar nada por hacer con los que ama, y como ve

que le reciben, así da y se da. Quiere a quien le quiere. Y ¡qué bien

querido! Y ¡qué buen amigo!

¡Oh Señor de mi alma, y quién tuviera palabras para dar a entender

qué dais a los que se fían de Vos, y qué pierden los que llegan a

este estado, y se quedan consigo mismos! No queréis Vos esto,

Señor, pues más que esto hacéis Vos, que os venís a una posada

tan ruin como la mía. ¡Bendito seáis por siempre jamás!

18.-Torno a suplicar a vuestra merced que estas cosas que he

escrito de oración, si las tratare con personas espirituales, lo sean.

Porque si no saben más de un camino o se han quedado en el

medio, no podrán así atinar. Y hay algunas que desde luego las

lleva Dios por muy subido camino, y paréceles que así podrán los

otros aprovechar allí y quietar el entendimiento y no se aprovechar

de medios de cosas corpóreas, y quedarse han secos como un

palo. Y algunos que hayan tenido un poco de quietud, luego

piensan que como tienen lo uno pueden hacer lo otro; y en lugar de

aprovechar, desaprovecharán, como he dicho. Así que en todo es

menester experiencia y discreción. El Señor nos la dé por su

bondad.

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CAPÍTULO 23

En que torna a tratar del discurso de su vida, y cómo comenzó a

tratar de más perfección, y por qué medios. - Es provechoso para

las personas que tratan de gobernar almas que tienen oración

saber cómo se han de haber en los principios, y el provecho que le

hizo saberla llevar. *

1. Quiero ahora tornar adonde dejé de mi vida, -que me he

detenido, creo, más de lo que me había de detener-, porque se

entienda mejor lo que está por venir. Es otro libro nuevo de aquí

adelante, digo otra vida nueva. La de hasta aquí era mía; la que he

vivido desde que comencé a declarar estas cosas de oración, es

que vivía Dios en mí, a lo que me parecía; porque entiendo yo era

imposible salir en tan poco tiempo de tan malas costumbres y

obras. Sea el Señor alabado que me libró de mí.

2. Pues comenzando a quitar ocasiones y a darme más a la

oración, comenzó el Señor a hacerme las mercedes, como quien

deseaba, a lo que pareció, que yo las quisiese recibir. Comenzó Su

Majestad a darme muy ordinario oración de quietud, y muchas

veces de unión, que duraba mucho rato.

Yo, como en estos tiempos habían acaecido grandes ilusiones en

mujeres y engaños que las había hecho el demonio, comencé a

temer, como era tan grande el deleite y suavidad que sentía, y

muchas veces sin poderlo excusar, puesto que veía en mí por otra

parte una grandísima seguridad que era Dios, en especial cuando

estaba en la oración, y veía que quedaba de allí muy mejorada y

con más fortaleza. Mas en distrayéndome un poco, tornaba a temer

y a pensar si quería el demonio, haciéndome entender que era

bueno, suspender el entendimiento para quitarme la oración mental

y que no pudiese pensar en la Pasión ni aprovecharme del

entendimiento, que me parecía a mí mayor pérdida, como no lo

entendía.

3. Mas como Su Majestad quería ya darme luz para que no le

ofendiese ya y conociese lo mucho que le debía, creció de suerte

este miedo, que me hizo buscar con diligencia personas espirituales

con quien tratar, que ya tenía noticia de algunos, porque habían

venido aquí los de la Compañía de Jesús, a quien yo -sin conocer a

ninguno- era muy aficionada, de sólo saber el modo que llevaban

de vida y oración; mas no me hallaba digna de hablarlos ni fuerte

para obedecerlos, que esto me hacía más temer, porque tratar con

ellos y ser la que era hacíaseme cosa recia.

4. En esto anduve algún tiempo, hasta que ya, con mucha batería

que pasé en mí y temores, me determiné a tratar con una persona

espiritual para preguntarle qué era la oración que yo tenía, y que

me diese luz, si iba errada, y hacer todo lo que pudiese por no

ofender a Dios. Porque la falta -como he dicho- que veía en mí de

fortaleza me hacía estar tan tímida.

¡Qué engaño tan grande, válgame Dios, que para querer ser buena

me apartaba del bien! En esto debe poner mucho el demonio en el

principio de la virtud, porque yo no podía acabarlo conmigo. Sabe él

que está todo el medio de un alma en tratar con amigos de Dios, y

así no había término para que yo a esto me determinase.

Aguardaba a enmendarme primero, como cuando dejé la oración, y

por ventura nunca lo hiciera, porque estaba ya tan caída en cosillas

de mala costumbre que no acababa de entender eran malas, que

era menester ayuda de otros y darme la mano para levantarme.

Bendito sea el Señor que, en fin, la suya fue la primera.

5. Como yo vi iba tan adelante mi temor, porque crecía la oración,

parecióme que en esto había algún gran bien o grandísimo mal.

Porque bien entendía ya era cosa sobrenatural lo que tenía, porque

algunas veces no lo podía resistir. Tenerlo cuando yo quería, era

excusado. Pensé en mí que no tenía remedio si no procuraba tener

limpia conciencia y apartarme de toda ocasión, aunque fuese de

pecados veniales, porque, siendo espíritu de Dios, clara estaba la

ganancia; si era demonio, procurando yo tener contento al Señor y

no ofenderle, poco daño me podía hacer, antes él quedaría con

pérdida. Determinada en esto y suplicando siempre a Dios me

ayudase, procurando lo dicho algunos días, vi que no tenía fuerza

mi alma para salir con tanta perfección a solas, por algunas

aficiones que tenía a cosas que, aunque de suyo no eran muy

malas, bastaban para estragarlo todo.

6. Dijéronme de un clérigo letrado que había en este lugar, que

comenzaba el Señor a dar a entender a la gente su bondad y buena

vida. Yo procuré por medio de un caballero santo que hay en este

lugar. Es casado, mas de vida tan ejemplar y virtuosa, y de tanta

oración y caridad, que en todo él resplandece su bondad y

perfección. Y con mucha razón, porque grande bien ha venido a

muchas almas por su medio, por tener tantos talentos, que, aun con

no le ayudar su estado, no puede dejar con ellos de obrar. Mucho

entendimiento y muy apacible para todos. Su conversación no

pesada, tan suave y agraciada, junto con ser recta y santa, que da

contento grande a los que trata. Todo lo ordena para gran bien de

las almas que conversa, y no parece trae otro estudio sino hacer

por todos los que él ve se sufre y contentar a todos.

7. Pues este bendito y santo hombre, con su industria, me parece

fue principio para que mi alma se salvase. Su humildad a mí

espántame, que con haber, a lo que creo, poco menos de cuarenta

años que tiene oración -no sé si son dos o tres menos-, y lleva toda

la vida de perfección, que, a lo que parece, sufre su estado. Porque

tiene una mujer tan gran sierva de Dios y de tanta caridad, que por

ella no se pierde; en fin, como mujer de quien Dios sabía había de

ser tan gran siervo suyo, la escogió. Estaban deudos suyos

casados con parientes míos. Y también con otro harto siervo de

Dios, que estaba casado con una prima mía, tenía mucha

comunicación.

8. Por esta vía procuré viniese a hablarme este clérigo que digo tan

siervo de Dios, que era muy su amigo, con quien pensé confesarme

y tener por maestro. Pues trayéndole para que me hablase, y yo

con grandísima confusión de verme presente de hombre tan santo,

dile parte de mi alma y oración, que confesarme no quiso: dijo que

era muy ocupado, y era así. Comenzó con determinación santa a

llevarme como a fuerte, que de razón había de estar según la

oración vio que tenía, para que en ninguna manera ofendiese a

Dios.

Yo, como vi su determinación tan de presto en cosillas que, como

digo, yo no tenía fortaleza para salir luego con tanta perfección,

afligíme; y como vi que tomaba las cosas de mi alma como cosa

que en una vez había de acabar con ella, yo veía que había

menester mucho más cuidado.

9. En fin, entendí no eran por los medios que él me daba por donde

yo me había de remediar, porque eran para alma más perfecta; y

yo, aunque en las mercedes de Dios estaba adelante, estaba muy

en los principios en las virtudes y mortificación. Y cierto, si no

hubiera de tratar más de con él, yo creo nunca medrara mi alma;

porque de la aflicción que me daba de ver cómo yo no hacía -ni me

parece podía- lo que él me decía, bastaba para perder la esperanza

y dejarlo todo.

Algunas veces me maravillo, que siendo persona que tiene gracia

particular en comenzar a llegar almas a Dios, cómo no fue servido

entendiese la mía ni se quisiese encargar de ella, y veo fue todo

para mayor bien mío, porque yo conociese y tratase gente tan santa

como la de la Compañía de Jesús.

10. De esta vez quedé concertada con este caballero santo, para

que alguna vez me viniese a ver. Aquí se vio su gran humildad,

querer tratar con persona tan ruin como yo. Comenzóme a visitar y

a animarme y decirme que no pensase que en un día me había de

apartar de todo, que poco a poco lo haría Dios; que en cosas bien

livianas había él estado algunos años, que no las había podido

acabar consigo. ¡Oh humildad, qué grandes bienes haces adonde

estás y a los que se llegan a quien la tiene! Decíame este santo

(que a mi parecer con razón le puedo poner este nombre)

flaquezas, que a él le parecían que lo eran, con su humildad, para

mi remedio; y mirado conforme a su estado, no era falta ni

imperfección, y conforme al mío, era grandísima tenerlas.

Yo no digo esto sin propósito, porque parece me alargo en

menudencias, e importan tanto para comenzar a aprovechar un

alma y sacarla a volar (que aún no tiene plumas, como dicen), que

no lo creerá nadie, sino quien ha pasado por ello. Y porque espero

yo en Dios vuestra merced ha de aprovechar muchas, lo digo aquí,

que fue toda mi salud saberme curar y tener humildad y caridad

para estar conmigo, y sufrimiento de ver que no en todo me

enmendaba. Iba con discreción, poco a poco dando maneras para

vencer el demonio. Yo le comencé a tener tan grande amor, que no

había para mí mayor descanso que el día que le veía, aunque eran

pocos. Cuando tardaba, luego me fatigaba mucho, pareciéndome

que por ser tan ruin no me veía.

11. Como él fue entendiendo mis imperfecciones tan grandes, y aun

serían pecados (aunque después que le traté, más enmendada

estaba), y como le dije las mercedes que Dios me hacía, para que

me diese luz, díjome que no venía lo uno con lo otro, que aquellos

regalos eran ya de personas que estaban muy aprovechadas y

mortificadas, que no podía dejar de temer mucho, porque le parecía

mal espíritu en algunas cosas, aunque no se determinaba, mas que

pensase bien todo lo que entendía de mi oración y se lo dijese. Y

era el trabajo que yo no sabía poco ni mucho decir lo que era mi

oración; porque esta merced de saber entender qué es, y saberlo

decir, ha poco que me lo dio Dios.

12. Como me dijo esto, con el miedo que yo traía, fue grande mi

aflicción y lágrimas. Porque, cierto, yo deseaba contentar a Dios y

no me podía persuadir a que fuese demonio; mas temía por mis

grandes pecados me cegase Dios para no lo entender.

Mirando libros para ver si sabría decir la oración que tenía, hallé en

uno que se llama Subida del Monte, en lo que toca a unión del alma

con Dios, todas las señales que yo tenía en aquel no pensar nada,

que esto era lo que yo más decía: que no podía pensar nada

cuando tenía aquella oración; y señalé con unas rayas las partes

que eran, y dile el libro para que él y el otro clérigo que he dicho,

santo y siervo de Dios, lo mirasen y me dijesen lo que había de

hacer; y que, si les pareciese, dejaría la oración del todo, que para

qué me había yo de meter en esos peligros; pues a cabo de veinte

años casi que había que la tenía, no había salido con ganancia,

sino con engaños del demonio, que mejor era no la tener; aunque

también esto se me hacía recio, porque ya yo había probado cuál

estaba mi alma sin oración.

Así que todo lo veía trabajoso, como el que está metido en un río,

que a cualquier parte que vaya de él teme más peligro, y él se está

casi ahogando.

Es un trabajo muy grande éste, y de éstos he pasado muchos,

como diré adelante; que aunque parece no importa, por ventura

hará provecho entender cómo se ha de probar el espíritu.

13. Y es grande, cierto, el trabajo que se pasa, y es menester tiento,

en especial con mujeres, porque es mucha nuestra flaqueza y

podría venir a mucho mal diciéndoles muy claro es demonio; sino

mirarlo muy bien, y apartarlas de los peligros que puede haber, y

avisarlas en secreto pongan mucho y le tengan ellos, que conviene.

Y en esto hablo como quien le cuesta harto trabajo no le tener

algunas personas con quien he tratado mi oración, sino

preguntando unos y otros, por bien me han hecho harto daño, que

se han divulgado cosas que estuvieran bien secretas -pues no son

para todos- y parecía las publicaba yo. Creo sin culpa suya lo ha

permitido el Señor para que yo padeciese. No digo que decían lo

que trataba con ellos en confesión; mas, como eran personas a

quien yo daba cuenta por mis temores para que me diesen luz,

parecíame a mí habían de callar. Con todo, nunca osaba callar cosa

a personas semejantes.

Pues digo que se avise con mucha discreción, animándolas y

aguardando tiempo, que el Señor las ayudará como ha hecho a mí;

que si no, grandísimo daño me hiciera, según era temerosa y

medrosa. Con el gran mal de corazón que tenía, espántome cómo

no me hizo mucho mal.

14. Pues como di el libro, y hecha relación de mi vida y pecados lo

mejor que pude por junto (que no confesión, por ser seglar, mas

bien di a entender cuán ruin era), los dos siervos de Dios miraron

con gran caridad y amor lo que me convenía.

Venida la respuesta que yo con harto temor esperaba, y habiendo

encomendado a muchas personas que me encomendasen a Dios y

yo con harta oración aquellos días, con harta fatiga vino a mí y

díjome que, a todo su parecer de entrambos, era demonio; que lo

que me convenía era tratar con un padre de la Compañía de Jesús,

que como yo le llamase diciendo tenía necesidad vendría, y que le

diese cuenta de toda mi vida por una confesión general, y de mi

condición, y todo con mucha claridad; que por la virtud del

sacramento de la confesión le daría Dios más luz; que eran muy

experimentados en cosas de espíritu; que no saliese de lo que me

dijese en todo, porque estaba en mucho peligro si no había quien

me gobernase.

15. A mí me dio tanto temor y pena, que no sabía qué me hacer.

Todo era llorar. Y estando en un oratorio muy afligida, no sabiendo

qué había de ser de mí, leí en un libro -que parece el Señor me lo

puso en las manos- que decía San Pablo: Que era Dios muy fiel,

que nunca a los que le amaban consentía ser del demonio

engañados. Esto me consoló mucho.

Comencé a tratar de mi confesión general y poner por escrito todos

los males y bienes, un discurso de mi vida lo más claramente que

yo entendí y supe, sin dejar nada por decir.

Acuérdome que como vi, después que lo escribí, tantos males y

casi ningún bien, que me dio una aflicción y fatiga grandísima.

También me daba pena que me viesen en casa tratar con gente tan

santa como los de la Compañía de Jesús, porque temía mi ruindad

y parecíame quedaba obligada más a no lo ser y quitarme de mis

pasatiempos, y si esto no hacía, que era peor; y así, procuré con la

sacristana y portera no lo dijesen a nadie. Aprovechóme poco, que

acertó a estar a la puerta, cuando me llamaron, quien lo dijo por

todo el convento. Mas ¡qué de embarazos pone el demonio y qué

de temores a quien se quiere llegar a Dios!

16. Tratando con aquel siervo de Dios -que lo era harto y bien

avisado- toda mi alma, como quien bien sabía este lenguaje, me

declaró lo que era y me animó mucho. Dijo ser espíritu de Dios muy

conocidamente, sino que era menester tornar de nuevo a la oración:

porque no iba bien fundada, ni había comenzado a entender

mortificación (y era así, que aun el nombre no me parece entendía),

y que en ninguna manera dejase la oración, sino que me esforzase

mucho, pues Dios me hacía tan particulares mercedes; que qué

sabía si por mis medios quería el Señor hacer bien a muchas

personas, y otras cosas (que parece profetizó lo que después el

Señor ha hecho conmigo); que tendría mucha culpa si no respondía

a las mercedes que Dios me hacía.

En todo me parecía hablaba en él el Espíritu Santo para curar mi

alma, según se imprimía en ella.

17. Hízome gran confusión. Llevóme por medios que parecía del

todo me tornaba otra. ¡Qué gran cosa es entender un alma! Díjome

tuviese cada día oración en un paso de la Pasión, y que me

aprovechase de él, y que no pensase sino en la Humanidad, y que

aquellos recogimientos y gustos resistiese cuanto pudiese, de

manera que no los diese lugar hasta que él me dijese otra cosa.

18. Dejóme consolada y esforzada, y el Señor que me ayudó y a él

para que entendiese mi condición y cómo me había de gobernar.

Quedé determinada de no salir de lo que me mandase en ninguna

cosa, y así lo hice hasta hoy. Alabado sea el Señor, que me ha

dado gracia para obedecer a mis confesores, aunque

imperfectamente; y casi siempre han sido de estos benditos

hombres de la Compañía de Jesús; aunque imperfectamente, como

digo, los he seguido.

Conocida mejoría comenzó a tener mi alma, como ahora diré.

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CAPÍTULO 24

Prosigue en lo comenzado, y dice cómo fue aprovechándose su

alma después que comenzó a obedecer, y lo poco que le

aprovechaba el resistir las mercedes de Dios, y cómo Su Majestad

se las iba dando más cumplidas.

1. Quedó mi alma de esta confesión tan blanda, que me parecía no

hubiera cosa a que no me dispusiera; y así comencé a hacer

mudanza en muchas cosas, aunque el confesor no me apretaba,

antes parecía hacía poco caso de todo. Y esto me movía más,

porque lo llevaba por modo de amar a Dios y como que dejaba

libertad y no apremio, si yo no me le pusiese por amor.

Estuve así casi dos meses, haciendo todo mi poder en resistir los

regalos y mercedes de Dios. Cuanto a lo exterior, veíase la

mudanza, porque ya el Señor me comenzaba a dar ánimo para

pasar por algunas cosas que decían personas que me conocían,

pareciéndoles extremos, y aun en la misma casa. Y de lo que antes

hacía, razón tenían, que era extremo; mas de lo que era obligada al

hábito y profesión que hacía, quedaba corta.

2. Gané de este resistir gustos y regalos de Dios, enseñarme Su

Majestad. Porque antes me parecía que para darme regalos en la

oración era menester mucho arrinconamiento, y casi no me osaba

bullir. Después vi lo poco que hacía al caso; porque cuando más

procuraba divertirme, más me cubría el Señor de aquella suavidad y

gloria, que me parecía toda me rodeaba y que por ninguna parte

podía huir, y así era. Yo traía tanto cuidado, que me daba pena. El

Señor le traía mayor a hacerme mercedes y a señalarse mucho

más que solía en estos dos meses, para que yo mejor entendiese

no era más en mi mano.

Comencé a tomar de nuevo amor a la sacratísima Humanidad.

Comenzóse a asentar la oración como edificio que ya llevaba

cimiento, y a aficionarme a más penitencia, de que yo estaba

descuidada por ser tan grandes mis enfermedades. Díjome aquel

varón santo que me confesó, que algunas cosas no me podrían

dañar; que por ventura me daba Dios tanto mal, porque yo no hacía

penitencia, me la quería dar Su Majestad. Mandábame hacer

algunas mortificaciones no muy sabrosas para mí. Todo lo hacía,

porque parecíame que me lo mandaba el Señor, y dábale gracia

para que me lo mandase de manera que yo le obedeciese. Iba ya

sintiendo mi alma cualquiera ofensa que hiciese a Dios, por

pequeña que fuese, de manera que si alguna cosa superflua traía,

no podía recogerme hasta que me la quitaba. Hacía mucha oración

porque el Señor me tuviese de su mano; pues trataba con sus

siervos, permitiese no tornase atrás, que me parecía fuera gran

delito y que habían ellos de perder crédito por mí.

3. En este tiempo vino a este lugar el padre Francisco, que era

duque de Gandía y había algunos años que, dejándolo todo, había

entrado en la Compañía de Jesús. Procuró mi confesor, y el

caballero que he dicho también vino a mí, para que le hablase y

diese cuenta de la oración que tenía, porque sabía iba adelante en

ser muy favorecido y regalado de Dios, que como quien había

mucho dejado por El, aun en esta vida le pagaba.

Pues después que me hubo oído, díjome que era espíritu de Dios y

que le parecía que no era bien ya resistirle más, que hasta

entonces estaba bien hecho, sino que siempre comenzase la

oración en un paso de la Pasión, y que si después el Señor me

llevase el espíritu, que no lo resistiese, sino que dejase llevarle a Su

Majestad, no lo procurando yo. Como quien iba bien adelante, dio la

medicina y consejo, que hace mucho en esto la experiencia. Dijo

que era yerro resistir ya más.

Yo quedé muy consolada, y el caballero también holgábase mucho

que dijese era de Dios, y siempre me ayudaba y daba avisos en lo

que podía, que era mucho.

4. En este tiempo mudaron a mi confesor de este lugar a otro, lo

que yo sentí muy mucho, porque pensé me había de tornar a ser

ruin y no me parecía posible hallar otro como él. Quedó mi alma

como en un desierto, muy desconsolada y temerosa. No sabía qué

hacer de mí. Procuróme llevar una parienta mía a su casa, y yo

procuré ir luego a procurar otro confesor en la Compañía. Fue el

Señor servido que comencé a tomar amistad con una señora viuda,

de mucha calidad y oración, que trataba con ellos mucho. Hízome

confesar a su confesor, y estuve en su casa muchos días. Vivía

cerca. Yo me holgaba por tratar mucho con ellos, que, de sólo

entender la santidad de su trato, era grande el provecho que mi

alma sentía.

5. Este Padre me comenzó a poner en más perfección. Decíame

que para del todo contentar a Dios no había de dejar nada por

hacer; también con harta maña y blandura, porque no estaba aún

mi alma nada fuerte, sino muy tierna, en especial en dejar algunas

amistades que tenía. Aunque no ofendía a Dios con ellas, era

mucha afición, y parecíame a mí era ingratitud dejarlas, y así le

decía que, pues no ofendía a Dios, que por qué había de ser

desagradecida. El me dijo que lo encomendase a Dios unos días y

rezase el himno de Veni, Creator, porque me diese luz de cuál era

lo mejor. Habiendo estado un día mucho en oración y suplicando al

Señor me ayudase a contentarle en todo, comencé el himno, y

estándole diciendo, vínome un arrebatamiento tan súbito que casi

me sacó de mí, cosa que yo no pude dudar, porque fue muy

conocido. Fue la primera vez que el Señor me hizo esta merced de

arrobamientos. Entendí estas palabras: Ya no quiero que tengas

conversación con hombres, sino con ángeles. A mí me hizo mucho

espanto, porque el movimiento del ánima fue grande, y muy en el

espíritu se me dijeron estas palabras, y así me hizo temor, aunque

por otra parte gran consuelo, que en quitándoseme el temor que -a

mi parecer- causó la novedad, me quedó.

6. Ello se ha cumplido bien, que nunca más yo he podido asentar

en amistad ni tener consolación ni amor particular sino a personas

que entiendo le tienen a Dios y le procuran servir, ni ha sido en mi

mano, ni me hace el caso ser deudos ni amigos. Si no entiendo esto

o es persona que trata de oración, esme cruz penosa tratar con

nadie. Esto es así, a todo mi parecer, sin ninguna falta.

7. Desde aquel día yo quedé tan animosa para dejarlo todo por Dios

como quien había querido en aquel momento -que no me parece

fue más- dejar otra a su sierva. Así que no fue menester

mandármelo más; que como me veía el confesor tan asida en esto,

no había osado determinadamente decir que lo hiciese. Debía

aguardar a que el Señor obrase, como lo hizo. Ni yo pensé salir con

ello, porque ya yo misma lo había procurado, y era tanta la pena

que me daba, que como cosa que me parecía no era inconveniente,

lo dejaba; ya aquí me dio el Señor libertad y fuerza para ponerlo por

obra. Así se lo dije al confesor y lo dejé todo conforme a como me lo

mandó. Hizo harto provecho a quien yo trataba ver en mí esta

determinación.

8. Sea Dios bendito por siempre, que en un punto me dio la libertad

que yo, con todas cuantas diligencias había hecho muchos años

había, no pude alcanzar conmigo, haciendo hartas veces tan gran

fuerza, que me costaba harto de mi salud. Como fue hecho de

quien es poderoso y Señor verdadero de todo, ninguna pena me

dio.

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CAPÍTULO 25

En que trata el modo y manera cómo se entienden estas hablas que

hace Dios al alma sin oírse, y de algunos engaños que puede haber

en ello, y en qué se conocerá cuándo lo es. - Es de mucho

provecho para quien se viere en este grado de oración, porque se

declara muy bien, y de harta doctrina. *

1. Paréceme será bien declarar cómo es este hablar que hace Dios

al alma y lo que ella siente, para que vuestra merced lo entienda.

Porque desde esta vez que he dicho que el Señor me hizo esta

merced, es muy ordinario hasta ahora, como se verá en lo que está

por decir.

Son unas palabras muy formadas, mas con los oídos corporales no

se oyen, sino entiéndense muy más claro que si se oyesen; y

dejarlo de entender, aunque mucho se resista, es por demás.

Porque cuando acá no queremos oír, podemos tapar los oídos o

advertir a otra cosa, de manera que, aunque se oiga, no se

entienda. En esta plática que hace Dios al alma no hay remedio

ninguno, sino que, aunque me pese, me hacen escuchar y estar el

entendimiento tan entero para entender lo que Dios quiere

entendamos, que no basta querer ni no querer. Porque el que todo

lo puede, quiere que entendamos se ha de hacer lo que quiere y se

muestra señor verdadero de nosotros. Esto tengo muy

experimentado, porque me duró casi dos años el resistir, con el

gran miedo que traía, y ahora lo pruebo algunas veces, mas poco

me aprovecha.

2. Yo querría declarar los engaños que puede haber aquí (aunque a

quien tiene mucha experiencia paréceme será poco o ninguno, mas

ha de ser mucha la experiencia) y la diferencia que hay cuando es

espíritu bueno o cuando es malo, o cómo puede también ser

aprensión del mismo entendimiento -que podría acaecer- o hablar el

mismo espíritu a sí mismo. Esto no sé yo si puede ser, mas aún hoy

me ha parecido que sí.

Cuando es de Dios, tengo muy probado en muchas cosas que se

me decían dos o tres años antes, y todas se han cumplido, y hasta

ahora ninguna ha salido mentira, y otras cosas adonde se ve claro

ser espíritu de Dios, como después se dirá.

3. Paréceme a mí que podría una persona, estando encomendando

una cosa a Dios con gran afecto y aprensión, parecerle entiende

alguna cosa si se hará o no, y es muy posible; aunque a quien ha

entendido de estotra suerte, verá claro lo que es, porque es mucha

la diferencia, y si es cosa que el entendimiento fabrica, por

delegado que vaya, entiende que ordena él algo y que habla; que

no es otra cosa sino ordenar uno la plática, o escuchar lo que otro

le dice; y verá el entendimiento que entonces no escucha, pues que

obra; y las palabras que él fabrica son como cosa sorda,

fantaseada, y no con la claridad que estotras. Y aquí está en

nuestra mano divertirnos, como callar cuando hablamos; en estotro

no hay términos.

Y otra señal más que todas: que no hace operación. Porque estotra

que habla el Señor es palabras y obras; y aunque las palabras no

sean de devoción, sino de reprensión, a la primera disponen un

alma, y la habilita y enternece y da luz y regala y quieta; y si estaba

con sequedad o alboroto y desasosiego de alma, como con la mano

se le quita, y aun mejor, que parece quiere el Señor se entienda

que es poderoso y que sus palabras son obras.

4. Paréceme que hay la diferencia que si nosotros hablásemos u

oyésemos, ni más ni menos. Porque lo que hablo, como he dicho,

voy ordenando con el entendimiento lo que digo. Mas si me hablan,

no hago más de oír sin ningún trabajo.

Lo uno va como una cosa que no nos podemos bien determinar si

es, como uno que está medio dormido; estotro es voz tan clara que

no se pierde una sílaba de lo que se dice. Y acaece ser a tiempos

que está el entendimiento y alma tan alborotada y distraída, que no

acertaría a concertar una buena razón, y halla guisadas grandes

sentencias que le dicen, que ella, aun estando muy recogida, no

pudiera alcanzar, y a la primera palabra, como digo, la mudan toda.

En especial si está en arrobamiento, que las potencias están

suspendidas, ¿cómo se entenderán cosas que no habían venido a

la memoria aun antes? ¿Cómo vendrán entonces, que no obra casi,

y la imaginación está como embobada?

5. Entiéndase que cuando se ven visiones o se entienden estas

palabras, a mi parecer, nunca es en tiempo que está unida el alma

en el mismo arrobamiento; que en este tiempo -como ya dejo

declarado, creo en la segunda agua- del todo se pierden todas las

potencias y a mi parecer allí ni se puede ver ni entender ni oír: está

en otro poder toda, y en este tiempo, que es muy breve, no me

parece la deja el Señor para nada libertad. Pasado este breve

tiempo, que se queda aún en el arrobamiento el alma, es esto que

digo; porque quedan las potencias de manera que, aunque no están

perdidas, casi nada obran; están como absortas y no hábiles para

concertar razones. Hay tantas para entender la diferencia, que si

una vez se engañase, no serán muchas.

6. Y digo que si es alma ejercitada y está sobre aviso, lo verá muy

claro; porque dejadas otras cosas por donde se ve lo que he dicho,

ningún efecto hace, ni el alma lo admite (porque estotro, mal que

nos pese), y no se da crédito, antes se entiende que es devanear

del entendimiento, casi como no se haría caso de una persona que

sabéis tiene frenesí.

Estotro es como si lo oyésemos a una persona muy santa o letrada

y de gran autoridad, que sabemos no nos ha de mentir. Y aun es

baja comparación, porque traen algunas veces una majestad

consigo estas palabras, que, sin acordarnos quién las dicen, si son

de reprensión hacen temblar, y si son de amor, hacen deshacerse

en amar. Y son cosas, como he dicho, que estaban bien lejos de la

memoria, y dícense tan de presto sentencias tan grandes, que era

menester mucho tiempo para haberlas de ordenar, y en ninguna

manera me parece se puede entonces ignorar no ser cosa

fabricada de nosotros.

Así que en esto no hay que me detener, que por maravilla me

parece puede haber engaño en persona ejercitada, si ella misma de

advertencia no se quiere engañar.

7. Acaecídome ha muchas veces, si tengo alguna duda, no creer lo

que me dicen, y pensar si se me antojó (esto después de pasado,

que entonces es imposible), y verlo cumplido desde a mucho

tiempo; porque hace el Señor que quede en la memoria, que no se

puede olvidar. Y lo que es del entendimiento es como primer

movimiento del pensamiento, que pasa y se olvida. Estotro es como

obra que, aunque se olvide algo y pase tiempo, no tan del todo que

se pierda la memoria de que, en fin, se dijo, salvo si no ha mucho

tiempo o son palabras de favor o doctrina; mas de profecía no hay

olvidarse, a mi parecer, al menos a mí, aunque tengo poca

memoria.

8. Y torno a decir que me parece si un alma no fuese tan

desalmada que lo quiera fingir (que sería harto mal) y decir que lo

entiende no siendo así; mas dejar de ver claro que ella lo ordena y

lo parla entre sí, paréceme no lleva camino, si ha entendido el

espíritu de Dios, que si no, toda su vida podrá estarse en ese

engaño y parecerle que entiende, aunque yo no sé cómo. O esta

alma lo quiere entender, o no: si se está deshaciendo de lo que

entiende y en ninguna manera querría entender nada por mil

temores y otras muchas causas que hay para tener deseo de estar

quieta en su oración sin estas cosas, ¿cómo da tanto espacio al

entendimiento que ordene razones? Tiempo es menester para esto.

Acá sin perder ninguno, quedamos enseñadas y se entienden

cosas que parece era menester un mes para ordenarlas, y el mismo

entendimiento y alma quedan espantadas de algunas cosas que se

entienden.

9. Esto es así, y quien tuviere experiencia verá que es al pie de la

letra todo lo que he dicho. Alabo a Dios porque lo he sabido así

decir. Y acabo con que me parece, siendo del entendimiento,

cuando lo quisiésemos lo podríamos entender, y cada vez que

tenemos oración nos podría parecer entendemos. Mas en estotro

no es así, sino que estaré muchos días que aunque quiera entender

algo es imposible, y cuando otras veces no quiero, como he dicho,

lo tengo de entender.

Paréceme que quien quisiese engañar a los otros, diciendo que

entiende de Dios lo que es de sí, que poco le cuesta decir que lo

oye con los oídos corporales; y es así cierto con verdad, que jamás

pensé había otra manera de oír ni entender hasta que lo vi por mí; y

así, como he dicho, me cuesta harto trabajo.

10. Cuando es demonio, no sólo no deja buenos efectos, mas

déjalos malos. Esto me ha acaecido no más de dos o tres veces, y

he sido luego avisada del Señor cómo era demonio. Dejado la gran

sequedad que queda, es una inquietud en el alma a manera de

otras muchas veces que ha permitido el Señor que tenga grandes

tentaciones y trabajos de alma de diferentes maneras; y aunque me

atormenta hartas veces, como adelante diré, es una inquietud que

no se sabe entender de dónde viene, sino que parece resiste el

alma y se alborota y aflige sin saber de qué, porque lo que él dice

no es malo sino bueno. Pienso si siente un espíritu a otro. El gusto

y deleite que él da, a mi parecer, es diferente en gran manera.

Podrá él engañar con estos gustos a quien no tuviere o hubiere

tenido otros de Dios.

11. De veras digo gustos, una recreación suave, fuerte, impresa,

deleitosa, quieta; que unas devocioncitas del alma, de lágrimas y

otros sentimientos pequeños, que al primer airecito de persecución

se pierden estas florecitas, no las llamo devociones, aunque son

buenos principios y santos sentimientos, mas no para determinar

estos efectos de buen espíritu o malo. Y así es bien andar siempre

con gran aviso, porque cuando a personas que no están más

adelante en la oración que hasta esto, fácilmente podrían ser

engañadas si tuviesen visiones o revelaciones.

Yo nunca tuve cosa de estas postreras hasta haberme Dios dado,

por sólo su bondad, oración de unión, si no fue la primera vez que

dije, que ha muchos años, que vi a Cristo, que pluguiera a Su

Majestad entendiera yo era verdadera visión como después lo he

entendido, que no me fuera poco bien. Ninguna blandura queda en

el alma, sino como espantada y con gran disgusto.

12. Tengo por muy cierto que el demonio no engañará -ni lo

permitirá Dios- a alma que de ninguna cosa se fía de sí y está

fortalecida en la fe, que entienda ella de sí que por un punto de ella

morirá mil muertes. Y con este amor a la fe, que infunde luego Dios,

que es una fe viva, fuerte, siempre procura ir conforme a lo que

tiene la Iglesia, preguntando a unos y a otros, como quien tiene ya

hecho asiento fuerte en estas verdades, que no la moverían

cuantas revelaciones pueda imaginar -aunque viese abiertos los

cielos- un punto de lo que tiene la Iglesia

Si alguna vez se viese vacilar en su pensamiento contra esto, o

detenerse en decir: «pues si Dios me dice esto, también puede ser

verdad, como lo que decía a los santos» (no digo que lo crea, sino

que el demonio la comience a tentar por primer movimiento; que

detenerse en ello ya se ve que es malísimo, mas aun primeros

movimientos muchas veces en este caso creo no vendrán si el alma

está en esto tan fuerte como la hace el Señor a quien da estas

cosas, que le parece desmenuzaría los demonios sobre una verdad

de lo que tiene la Iglesia, muy pequeña), [13] digo que si no viere en

sí esta fortaleza grande y que ayude a ella la devoción o visión, que

no la tenga por segura.

Porque, aunque no se sienta luego el daño, poco a poco podría

hacerse grande. Que, a lo que yo veo y sé de experiencia, de tal

manera queda el crédito de que es Dios, que vaya conforme a la

Sagrada Escritura, y como un tantico torciese de esto, mucha más

firmeza sin comparación me parece tendría en que es demonio que

ahora tengo de que es Dios, por grande que la tenga. Porque

entonces no es menester andar a buscar señales ni qué espíritu es,

pues está tan clara esta señal para creer que es demonio, que si

entonces todo el mundo me asegurase que es Dios, no lo creería.

El caso es que, cuando es demonio parece que se esconden todos

los bienes y huyen del alma, según queda desabrida y alborotada y

sin ningún efecto bueno. Porque aunque parece pone deseos, no

son fuertes. La humildad que deja es falsa, alborotada y sin

suavidad. Paréceme que a quien tiene experiencia del buen

espíritu, lo entenderá.

14. Con todo, puede hacer muchos embustes el demonio, y así no

hay cosa en esto tan cierta que no lo sea más temer e ir siempre

con aviso, y tener maestro que sea letrado y no le callar nada, y con

esto ningún daño puede venir; aunque a mí hartos me han venido

por estos temores demasiados que tienen algunas personas.

En especial me acaeció una vez que se habían juntado muchos a

quien yo daba gran crédito -y era razón se le diese- que, aunque yo

ya no trataba sino con uno, y cuando él me lo mandaba hablaba a

otros, unos con otros trataban mucho de mi remedio, que me tenían

mucho amor y temían no fuese engañada. Yo también traía

grandísimo temor cuando no estaba en la oración, que estando en

ella y haciéndome el Señor alguna merced, luego me aseguraba.

Creo eran cinco o seis, todos muy siervos de Dios. Y díjome mi

confesor que todos se determinaban en que era demonio, que no

comulgase tan a menudo y que procurase distraerme de suerte que

no tuviese soledad.

Yo era temerosa en extremo, como he dicho. Ayudábame el mal de

corazón, que aun en una pieza sola no osaba estar de día muchas

veces. Yo, como vi que tantos lo afirmaban y yo no lo podía creer,

diome grandísimo escrúpulo, pareciendo poca humildad; porque

todos eran más de buena vida sin comparación que yo, y letrados,

que por qué no los había de creer. Forzábame lo que podía para

creerlo, y pensaba que mi ruin vida y que conforme a esto debían

de decir verdad.

15. Fuime de la iglesia con esta aflicción y entréme en un oratorio,

habiéndome quitado muchos días de comulgar, quitada la soledad,

que era todo mi consuelo, sin tener persona con quien tratar,

porque todos eran contra mí: unos me parecía burlaban de mí

cuando de ello trataba, como que se me antojaba; otros avisaban al

confesor que se guardase de mí; otros decían que era claro

demonio; sólo el confesor, que, aunque conformaba con ellos por

probarme -según después supe-, siempre me consolaba y me decía

que, aunque fuese demonio, no ofendiendo yo a Dios, no me podía

hacer nada, que ello se me quitaría, que lo rogase mucho a Dios. Y

él y todas las personas que confesaba lo hacían harto, y otras

muchas, y yo toda mi oración, y cuantos entendía eran siervos de

Dios, porque Su Majestad me llevase por otro camino. Y esto me

duró no sé si dos años, que era continuo pedirlo al Señor.

16. A mí ningún consuelo me bastaba, cuando pensaba que era

posible que tantas veces me había de hablar el demonio. Porque de

que no tomaba horas de soledad para oración, en conversación me

hacía el Señor recoger y, sin poderlo yo excusar, me decía lo que

era servido y, aunque me pesaba, lo había de oír.

17. Pues estándome sola, sin tener una persona con quien

descansar, ni podía rezar ni leer, sino como persona espantada de

tanta tribulación y temor de si me había de engañar el demonio,

toda alborotada y fatigada, sin saber qué hacer de mí. En esta

aflicción me vi algunas y muchas veces, aunque no me parece

ninguna en tanto extremo. Estuve así cuatro o cinco horas, que

consuelo del cielo ni de la tierra no había para mí, sino que me dejó

el Señor padecer, temiendo mil peligros. ¡Oh Señor mío, cómo sois

Vos el amigo verdadero; y como poderoso, cuando queréis podéis,

y nunca dejáis de querer si os quieren! ¡Alaben os todas las cosas,

Señor del mundo! ¡Oh, quién diese voces por él, para decir cuán fiel

sois a vuestros amigos! Todas las cosas faltan; Vos Señor de todas

ellas, nunca faltáis. Poco es lo que dejáis padecer a quien os ama.

¡Oh Señor mío!, ¡qué delicada y pulida y sabrosamente los sabéis

tratar! ¡Quién nunca se hubiera detenido en amar a nadie sino a

Vos! Parece, Señor, que probáis con rigor a quien os ama, para que

en el extremo del trabajo se entienda el mayor extremo de vuestro

amor. ¡Oh Dios mío, quién tuviera entendimiento y letras y nuevas

palabras para encarecer vuestras obras como lo entiende mi alma!

Fáltame todo, Señor mío; mas si Vos no me desamparáis, no os

faltaré yo a Vos. Levántense contra mí todos los letrados;

persíganme todas las cosas criadas, atorméntenme los demonios,

no me faltéis Vos, Señor, que ya tengo experiencia de la ganancia

con que sacáis a quien sólo en Vos confía.

18. Pues estando en esta gran fatiga (aún entonces no había

comenzado a tener ninguna visión), solas estas palabras bastaban

para quitármela y quietarme del todo: No hayas miedo, hija, que Yo

soy y no te desampararé; no temas. Paréceme a mí, según estaba,

que era menester muchas horas para persuadirme a que me

sosegase y que no bastara nadie.

Heme aquí con solas estas palabras sosegada, con fortaleza, con

ánimo, con seguridad, con una quietud y luz que en un punto vi mi

alma hecha otra, y me parece que con todo el mundo disputara que

era Dios. ¡Oh, qué buen Dios! ¡Oh, qué buen Señor y qué poderoso!

No sólo da el consejo, sino el remedio. Sus palabras son obras.

¡Oh, válgame Dios, y cómo fortalece la fe y se aumenta el amor!

19. Es así, cierto, que muchas veces me acordaba de cuando el

Señor mandó a los vientos que estuviesen quedos, en la mar,

cuando se levantó la tempestad y así decía yo: ¿Quién es éste que

así le obedecen todas mis potencias, y da luz en tan gran oscuridad

en un momento, y hace blando un corazón que parecía piedra, da

agua de lágrimas suaves adonde parecía había de haber mucho

tiempo sequedad? ¿Quién pone estos deseos? ¿Quién da este

ánimo? Que me acaeció pensar: ¿de qué temo? ¿Qué es esto? Yo

deseo servir a este Señor. No pretendo otra cosa sino contentarle.

No quiero contento ni descanso ni otro bien sino hacer su voluntad

(que de esto bien cierta estaba, a mi parecer, que lo podía afirmar).

Pues si este Señor es poderoso, como veo que lo es y sé que lo es,

y que son sus esclavos los demonios (y de esto no hay que dudar,

pues es fe), siendo yo sierva de este Señor y Rey, ¿qué mal me

pueden ellos hacer a mí? ¿Por qué no he yo de tener fortaleza para

combatirme con todo el infierno?

Tomaba una cruz en la mano y parecía verdaderamente darme Dios

ánimo, que yo me vi otra en un breve tiempo, que no temiera

tomarme con ellos a brazos, que me parecía fácilmente con aquella

cruz los venciera a todos. Y así dije: «ahora venid todos, que siendo

sierva del Señor yo quiero ver qué me podéis hacer».

20. Es sin duda que me parecía me habían miedo, porque yo quedé

sosegada y tan sin temor de todos ellos, que se me quitaron todos

los miedos que solía tener, hasta hoy. Porque, aunque algunas

veces los veía, como diré después, no los he habido más casi

miedo, antes me parecía ellos me le habían a mí.

Quedóme un señorío contra ellos bien dado del Señor de todos,

que no se me da más de ellos que de moscas. Parécenme tan

cobardes que, en viendo que los tienen en poco, no les queda

fuerza. No saben estos enemigos de hecho acometer, sino a quien

ven que se les rinde, o cuando lo permite Dios para más bien de

sus siervos que los tienten y atormenten.

Pluguiese a Su Majestad temiésemos a quien hemos de temer y

entendiésemos nos puede venir mayor daño de un pecado venial

que de todo el infierno junto, pues es ello así.

21. ¡Qué espantados nos traen estos demonios, porque nos

queremos nosotros espantar con otros asimientos de honras y

haciendas y deleites!, que entonces, juntos ellos con nosotros

mismos que nos somos contrarios amando y queriendo lo que

hemos de aborrecer, mucho daño nos harán. Porque con nuestras

mismas armas les hacemos que peleen contra nosotros, poniendo

en sus manos con las que nos hemos de defender. Esta es la gran

lástima. Mas si todo lo aborrecemos por Dios, y nos abrazamos con

la cruz, y tratamos servirle de verdad, huye él de estas verdades

como de pestilencia. Es amigo de mentiras, y la misma mentira; no

hará pacto con quien anda en verdad.

Cuando él ve oscurecido el entendimiento, ayuda lindamente a que

se quiebren los ojos; porque si a uno ve ya ciego en poner su

descanso en cosas vanas, y tan vanas que parecen las de este

mundo cosa de juego de niños, ya él ve que éste es niño, pues trata

como tal, y atrévese a luchar con él una y muchas veces.

22. Plega al Señor que no sea yo de éstos, sino que me favorezca

Su Majestad para entender por descanso lo que es descanso, y por

honra lo que es honra, y por deleite lo que es deleite, y no todo al

revés, y ¡una higa para todos los demonios!, que ellos me temerán

a mí. No entiendo estos miedos: «¡demonio! ¡demonio!», adonde

podemos decir: «¡Dios ¡Dios!», y hacerle temblar. Sí, que ya

sabemos que no se puede menear si el Señor no lo permite. ¿Qué

es esto? Es sin duda que tengo ya más miedo a los que tan grande

le tienen al demonio que a él mismo; porque él no me puede hacer

nada, y estotros, en especial si son confesores, inquietan mucho, y

he pasado algunos años de tan gran trabajo, que ahora me espanto

cómo lo he podido sufrir. ¡Bendito sea el Señor que tan de veras me

ha ayudado!.

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CAPÍTULO 26

Prosigue en la misma materia. - Va declarando y diciendo cosas

que le han acaecido, que la hacían perder el temor y afirmar que

era buen espíritu el que la hablaba.

1. Tengo por una de las grandes mercedes que me ha hecho el

Señor este ánimo que me dio contra los demonios. Porque andar un

alma acobardada y temerosa de nada sino de ofender a Dios, es

grandísimo inconveniente. Pues tenemos Rey todopoderoso y tan

gran Señor que todo lo puede y a todos sujeta, no hay qué temer,

andando -como he dicho- en verdad delante de Su Majestad y con

limpia conciencia. Para esto, como he dicho, querría yo todos los

temores: para no ofender en un punto a quien en el mismo punto

nos puede deshacer; que contento Su Majestad, no hay quien sea

contra nosotros que no lleve las manos en la cabeza.

Podráse decir que así es, mas que ¿quién será esta alma tan recta

que del todo le contente?, y que por eso teme. -No la mía, por

cierto, que es muy miserable y sin provecho y llena de mil miserias.

Mas no ejecuta Dios como las gentes, que entiende nuestras

flaquezas. Mas por grandes conjeturas siente el alma en sí si le

ama de verdad, porque las que llegan a este estado no anda el

amor disimulado como a los principios, sino con tan grandes

ímpetus y deseo de ver a Dios, como después diré o queda ya

dicho: todo cansa, todo fatiga, todo atormenta. Si no es con Dios o

por Dios, no hay descanso que no canse, porque se ve ausente de

su verdadero descanso, y así es cosa muy clara que, como digo, no

pasa en disimulación.

2. Acaecióme otras veces verme con grandes tribulaciones y

murmuraciones sobre cierto negocio que después diré, de casi todo

el lugar adonde estoy y de mi Orden, y afligida con muchas

ocasiones que había para inquietarme, y decirme el Señor: ¿De qué

temes? ¿No sabes que soy todopoderoso? Yo cumpliré lo que te he

prometido (y así se cumplió bien después), y quedar luego con una

fortaleza, que de nuevo me parece me pusiera en emprender otras

cosas, aunque me costasen más trabajos, para servirle, y me

pusiera de nuevo a padecer.

Es esto tantas veces, que no lo podría yo contar. Muchas las que

me hacía reprensiones y hace, cuando hago imperfecciones, que

bastan a deshacer un alma; al menos traen consigo el enmendarse,

porque Su Majestad -como he dicho- da el consejo y el remedio.

Otras, traerme a la memoria mis pecados pasados, en especial

cuando el Señor me quiere hacer alguna señalada merced, que

parece ya se ve el alma en el verdadero juicio; porque le

representan la verdad con conocimiento claro, que no sabe adónde

se meter. Otras avisarme de algunos peligros míos y de otras

personas, cosas por venir, tres o cuatro años antes muchas, y todas

se han cumplido. Algunas podrá ser señalar.

Así que hay tantas cosas para entender que es Dios, que no se

puede ignorar, a mi parecer.

3. Lo más seguro es (yo así lo hago, y sin esto no tendría sosiego,

ni es bien que mujeres le tengamos, pues no tenemos letras) y aquí

no puede haber daño sino muchos provechos, como muchas veces

me ha dicho el Señor, que no deje de comunicar toda mi alma y las

mercedes que el Señor me hace, con el confesor, y que sea letrado,

y que le obedezca. Esto muchas veces.

Tenía yo un confesor que me mortificaba mucho y algunas veces

me afligía y daba gran trabajo, porque me inquietaba mucho, y era

el que más me aprovechó, a lo que me parece. Y aunque le tenía

mucho amor, tenía algunas tentaciones por dejarle, y parecíame me

estorbaban aquellas penas que me daba de la oración. Cada vez

que estaba determinada a esto, entendía luego que no lo hiciese, y

una reprensión que me deshacía más que cuanto el confesor hacía.

Algunas veces me fatigaba: cuestión por un cabo y reprensión por

otro, y todo lo había menester, según tenía poco doblada la

voluntad.

Díjome una vez que no era obedecer si no estaba determinada a

padecer; que pusiese los ojos en lo que El había padecido, y todo

se me haría fácil.

4. Aconsejóme una vez un confesor que a los principios me había

confesado, que ya que estaba probado ser buen espíritu, que

callase y no diese ya parte a nadie, porque mejor era ya estas

cosas callarlas. A mí no me pareció mal, porque yo sentía tanto

cada vez que las decía al confesor, y era tanta mi afrenta, que

mucho más que confesar pecados graves lo sentía algunas veces;

en especial si eran las mercedes grandes, parecíame no me habían

de creer y que burlaban de mí. Sentía yo tanto esto, que me parecía

era desacato a las maravillas de Dios, que por esto quisiera callar.

Entendí entonces que había sido muy mal aconsejada de aquel

confesor, que en ninguna manera callase cosa al que me

confesaba, porque en esto había gran seguridad, y haciendo lo

contrario podría ser engañarme alguna vez.

5. Siempre que el Señor me mandaba una cosa en la oración, si el

confesor me decía otra, me tornaba el mismo Señor a decir que le

obedeciese; después Su Majestad le volvía para que me lo tornase

a mandar.

Cuando se quitaron muchos libros de romance, que no se leyesen,

yo sentí mucho, porque algunos me daba recreación leerlos y yo no

podía ya, por dejarlos en latín; me dijo el Señor. No tengas pena,

que Yo te daré libro vivo. Yo no podía entender por qué se me

había dicho esto, porque aún no tenía visiones. Después, desde a

bien pocos días, lo entendí muy bien, porque he tenido tanto en qué

pensar y recogerme en lo que veía presente, y ha tenido tanto amor

el Señor conmigo para enseñarme de muchas maneras, que muy

poca o casi ninguna necesidad he tenido de libros; Su Majestad ha

sido el libro verdadero adonde he visto las verdades ¡Bendito sea

tal libro, que deja imprimido lo que se ha de leer y hacer, de manera

que no se puede olvidar! ¿Quién ve al Señor cubierto de llagas y

afligido con persecuciones que no las abrace y las ame y las

desee? ¿Quién ve algo de la gloria que da a los que le sirven que

no conozca es todo nonada cuanto se puede hacer y padecer, pues

tal premio esperamos? ¿Quién ve los tormentos que pasan los

condenados, que no se le hagan deleites los tormentos de acá en

su comparación, y conozcan lo mucho que deben al Señor en

haberlos librado tantas veces de aquel lugar?

6. Porque con el favor de Dios se dirá más de algunas cosas, quiero

ir adelante en el proceso de mi vida. Plega al Señor haya sabido

declararme en esto que he dicho. Bien creo que quien tuviere

experiencia lo entenderá y verá que he atinado a decir algo; quien

no, no me espanto le parezca desatino todo. Basta decirlo yo para

quedar disculpado, ni yo culparé a quien lo dijere.

El Señor me deje atinar en cumplir su voluntad. Amén.

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CAPÍTULO 27

En que trata otro modo con que enseña el Señor al alma y sin

hablarla la da a entender su voluntad por una manera admirable. -

Trata también de declarar una visión y gran merced que la hizo el

Señor no imaginaria. - Es mucho de notar este capítulo. *

1. Pues tornando al discurso de mi vida, yo estaba con esta

aflicción de penas y con grandes oraciones como he dicho que se

hacían porque el Señor me llevase por otro camino que fuese más

seguro, pues éste me decían era tan sospechoso. Verdad es que,

aunque yo lo suplicaba a Dios, por mucho que quería desear otro

camino, como veía tan mejorada mi alma, si no era alguna vez

cuando estaba muy fatigada de las cosas que me decían y miedos

que me ponían, no era en mi mano desearlo, aunque siempre lo

pedía. Yo me veía otra en todo. No podía, sino poníame en las

manos de Dios, que El sabía lo que me convenía, que cumpliese en

mí lo que era su voluntad en todo.

Veía que por este camino le llevaba para el cielo, y que antes iba al

infierno. Que había de desear esto ni creer que era demonio, no me

podía forzar a mí, aunque hacía cuanto podía por creerlo y

desearlo, mas no era en mi mano.

Ofrecía lo que hacía, si era alguna buena obra, por eso. Tomaba

santos devotos porque me librasen del demonio. Andaba novenas.

Encomendábame a San Hilarión, a San Miguel Angel, con quien por

esto tomé nuevamente devoción; y otros muchos santos

importunaba mostrase el Señor la verdad, digo que lo acabasen con

Su Majestad.

2. A cabo de dos años que andaba con toda esta oración mía y de

otras personas para lo dicho, o que el Señor me llevase por otro

camino, o declarase la verdad, porque eran muy continuo las hablas

que he dicho me hacía el Señor, me acaeció esto: estando un día

del glorioso San Pedro en oración, vi cabe mí o sentí, por mejor

decir, que con los ojos del cuerpo ni del alma no vi nada, mas

parecíame estaba junto cabe mi Cristo y veía ser El el que me

hablaba, a mi parecer. Yo, como estaba ignorantísima de que podía

haber semejante visión, diome gran temor al principio, y no hacía

sino llorar, aunque, en diciéndome una palabra sola de asegurarme,

quedaba como solía, quieta y con regalo y sin ningúntemor.

Parecíame andar siempre a mi lado Jesucristo, y como no era visión

imaginaria, no veía en qué forma; mas estar siempre al lado

derecho, sentíalo muy claro, y que era testigo de todo lo que yo

hacía, y que ninguna vez que me recogiese un poco o no estuviese

muy divertida podía ignorar que estaba cabe mí.

3. Luego fui a mi confesor, harto fatigada, a decírselo. Preguntóme

que en qué forma le veía. Yo le dije que no le veía. Díjome que

cómo sabía yo que era Cristo. Yo le dije que no sabía cómo, mas

que no podía dejar de entender estaba cabe mí y lo veía claro y

sentía, y que el recogimiento del alma era muy mayor, en oración

de quietud y muy continua, y los efectos que eran muy otros que

solía tener, y que era cosa muy clara.

No hacía sino poner comparaciones para darme a entender; y,

cierto, para esta manera de visión, a mi parecer, no la hay que

mucho cuadre. Así como es de las más subidas (según después me

dijo un santo hombre y de gran espíritu, llamado Fray Pedro de

Alcántara, de quien después haré mención, y me han dicho otros

letrados grandes, y que es adonde menos se puede entremeter el

demonio de todas), así no hay términos para decirla acá las que

poco sabemos, que los letrados mejor lo darán a entender. Porque

si digo que con los ojos del cuerpo ni del alma no lo veo, porque no

es imaginaria visión, ¿cómo entiendo y me afirmo con más claridad

que está cabe mí que si lo viese? Porque parecer que es como una

persona que está a oscuras, que no ve a otra que está cabe ella, o

si es ciega, no va bien. Alguna semejanza tiene, mas no mucha,

porque siente con los sentidos, o la oye hablar o menear, o la toca.

Acá no hay nada de esto, ni se ve oscuridad, sino que se

representa por una noticia al alma más clara que el sol. No digo que

se ve sol ni claridad, sino una luz que, sin ver luz, alumbra el

entendimiento, para que goce el alma de tan gran bien. Trae

consigo grandes bienes.

4. No es como una presencia de Dios que se siente muchas veces,

en especial los que tienen oración de unión y quietud, que parece

en queriendo comenzar a tener oración hallamos con quién hablar,

y parece entendemos nos oye por los efectos y sentimientos

espirituales que sentimos de gran amor y fe, y otras

determinaciones, con ternura. Esta gran merced es de Dios, y

téngalo en mucho a quien lo ha dado, porque es muy subida

oración, mas no es visión, que entiéndese que está allí Dios por los

efectos que, como digo, hace al alma, que por aquel modo quiere

Su Majestad darse a sentir. Acá vese claro que está aquí

Jesucristo, hijo de la Virgen. En estotra oración represéntanse unas

influencias de la Divinidad; aquí, junto con éstas, se ve nos

acompaña y quiere hacer mercedes también la Humanidad

Sacratísima.

5. Pues preguntóme el confesor: ¿quién dijo que era Jesucristo? -

.El me lo dice muchas veces, respondí yo; mas antes que me lo

dijese se imprimió en mi entendimiento que era El, y antes de esto

me lo decía y no le veía. Si una persona que yo nunca hubiese visto

sino oído nuevas de ella, me viniese a hablar estando ciega o en

gran oscuridad, y me dijese quién era, lo creería, mas no tan

determinadamente lo podría afirmar ser aquella persona como si la

hubiera visto. Acá sí, que sin verse, se imprime con una noticia tan

clara que no parece se puede dudar; que quiere el Señor esté tan

esculpido en el entendimiento, que no se puede dudar más que lo

que se ve, ni tanto. Porque en esto algunas veces nos queda

sospecha, si se nos antojó; acá, aunque de presto dé esta

sospecha, queda por una parte gran certidumbre que no tiene

fuerza la duda.

6. Así es también en otra manera que Dios enseña el alma y la

habla de la manera que queda dicha. Es un lenguaje tan del cielo,

que acá se puede mal dar a entender aunque más queramos decir,

si el Señor por experiencia no lo enseña. Pone el Señor lo que

quiere que el alma entienda, en lo muy interior del alma, y allí lo

representa sin imagen ni forma de palabras, sino a manera de esta

visión que queda dicha. Y nótese mucho esta manera de hacer Dios

que entienda el alma lo que El quiere y grandes verdades y

misterios; porque muchas veces lo que entiendo cuando el Señor

me declara alguna visión que quiere Su Majestad representarme es

así, y paréceme que es adonde el demonio se puede entremeter

menos, por estas razones. Si ellas no son buenas, yo me debo

engañar.

7. Es una cosa tan de espíritu esta manera de visión y de lenguaje,

que ningún bullicio hay en las potencias ni en los sentidos, a mi

parecer, por donde el demonio pueda sacar nada. Esto es alguna

vez y con brevedad, que otras bien me parece a mí que no están

suspendidas las potencias ni quitados los sentidos, sino muy en sí;

que no es siempre esto en contemplación, antes muy pocas veces;

mas éstas que son, digo que no obramos nosotros nada ni

hacemos nada. Todo parece obra el Señor.

Es como cuando ya está puesto el manjar en el estómago, sin

comerle, ni saber nosotros cómo se puso allí, mas entiende bien

que está, aunque aquí no se entiende el manjar que es, ni quién le

puso. Acá sí; mas cómo se puso no lo sé, que ni se vio, ni se

entiende, ni jamás se había movido a desearlo, ni había venido a mi

noticia podía ser.

8. En la habla que hemos dicho antes, hace Dios al entendimiento

que advierta, aunque le pese, a entender lo que se dice, que allá

parece tiene el alma otros oídos con que oye, y que la hace

escuchar y que no se divierta; como a uno que oyese bien y no le

consistiesen tapar los oídos y le hablasen junto a voces, aunque no

quisiese, lo oiría; y, en fin, algo hace, pues está atento a entender lo

que le hablan. Acá, ninguna cosa; que aun esto poco que es sólo

escuchar, que hacía en lo pasado, se le quita. Todo lo halla guisado

y comido; no hay más que hacer de gozar, como uno que sin

deprender ni haber trabajado nada para saber leer ni tampoco

hubiese estudiado nada, hallase toda la ciencia sabida ya en sí, sin

saber cómo ni dónde, pues aun nunca había trabajado aun para

desprender el abecé.

9. Esta comparación postrera me parece declara algo de este don

celestial, porque se ve el alma en un punto sabia, y tan declarado el

misterio de la Santísima Trinidad y de otras cosas muy subidas, que

no hay teólogo con quien no se atreviese a disputar la verdad de

estas grandezas. Quédase tan espantada, que basta una merced

de éstas para trocar toda un alma y hacerla no amar cosa, sino a

quien ve que, sin trabajo ninguno suyo, la hace capaz de tan

grandes bienes y le comunica secretos y trata con ella con tanta

amistad y amor que no se sufre escribir. Porque hace algunas

mercedes que consigo traen la sospecha, por ser de tanta

admiración y hechas a quien tan poco las ha merecido, que si no

hay muy viva fe no se podrán creer. Y así yo pienso decir pocas de

las que el Señor me ha hecho a mí -si no me mandaren otra cosa-,

si no son algunas visiones que pueden para alguna cosa

aprovechar, o para que, a quien el Señor las diere, no se espante

pareciéndole imposible, como hacía yo, o para declararle el modo y

camino por donde el Señor me ha llevado, que es lo que me

mandan escribir.

10. Pues tornando a esta manera de entender, lo que me parece es

que quiere el Señor de todas maneras tenga esta alma alguna

noticia de lo que pasa en el cielo, y paréceme a mí que así como

allá sin hablar se entiende (lo que yo nunca supe cierto es así,

hasta que el Señor por su bondad quiso que lo viese y me lo mostró

en un arrobamiento), así es acá, que se entienden Dios y el alma

con sólo querer Su Majestad que lo entienda, sin otro artificio para

darse a entender el amor que se tienen estos dos amigos. Como

acá si dos personas se quieren mucho y tienen buen entendimiento,

aun sin señas parece que se entienden con sólo mirarse. Esto debe

ser aquí, que sin ver nosotros cómo, de en hito en hito se miran

estos dos amantes, como lo dice el Esposo a la Esposa en los

Cantares; a lo que creo, lo he oído que es aquí.

11. ¡Oh benignidad admirable de Dios, que así os dejáis mirar de

unos ojos que tan mal han mirado como los de mi alma! ¡Queden

ya, Señor, de esta vista acostumbrados en no mirar cosas bajas, ni

que les contente ninguna fuera de Vos! ¡Oh ingratitud de los

mortales! ¿Hasta cuándo ha de llegar? Que sé yo por experiencia

que es verdad esto que digo, y que es lo menos de lo que Vos

hacéis con un alma que traéis a tales términos, lo que se puede

decir. ¡Oh almas que habéis comenzado a tener oración y las que

tenéis verdadera fe!, ¿qué bienes podéis buscar aun en esta vida -

dejemos lo que se gana para sin fin-, que sea como el menor de

éstos?

12. Mirad que es así cierto, que se da Dios a Sí a los que todo lo

dejan por El. No es aceptador de personas; a todos ama. No tiene

nadie excusa por ruin que sea, pues así lo hace conmigo

trayéndome a tal estado. Mirad que no es cifra lo que digo, de lo

que se puede decir; sólo va dicho lo que es menester para darse a

entender esta manera de visión y merced que hace Dios al alma;

mas no puedo decir lo que se siente cuando el Señor la da a

entender secretos y grandezas suyas, el deleite tan sobre cuantos

acá se pueden entender, que bien con razón hace aborrecer los

deleites de la vida, que son basura todos juntos. Es asco traerlos a

ninguna comparación aquí, aunque sea para gozarlos sin fin, y de

estos que da el Señor sola una gota de agua del gran río caudaloso

que nos está aparejado.

13. ¡Vergüenza es y yo cierto la he de mí y, si pudiera haber afrenta

en el cielo, con razón estuviera yo allá más afrentada que nadie!

¿Por qué hemos de querer tantos bienes y deleites y gloria para sin

fin, todos a costa del buen Jesús? ¿No lloraremos siquiera con las

hijas de Jerusalén, ya que no le ayudemos a llevar la cruz con el

Cirineo? ¿Que con placeres y pasatiempos hemos de gozar lo que

El nos ganó a costa de tanta sangre? -Es imposible. ¿Y con honras

vanas pensamos remedar un desprecio como El sufrió para que

nosotros reinemos para siempre?-No lleva camino, errado, errado

va el camino. Nunca llegaremos allá.

Dé voces vuestra merced en decir estas verdades, pues Dios me

quitó a mi esta libertad. A mí me las querría dar siempre, y óigome

tan tarde y entendí a Dios, como se verá por lo escrito, que me es

gran confusión hablar en esto, y así quiero callar. Sólo diré lo que

algunas veces considero. Plega al Señor me traiga a términos que

yo pueda gozar de este bien.

14. ¡Qué gloria accidental será y qué contento de los

bienaventurados que ya gozan de esto, cuando vieren que, aunque

tarde, no les quedó cosa por hacer por Dios de las que le fue

posible, ni dejaron cosa por darle de todas las maneras que

pudieron, conforme a sus fuerzas y estado, y el que más, más! ¡Qué

rico se hallará el que todas las riquezas dejó por Cristo! ¡Qué

honrado el que no quiso honra por El, sino que gustaba de verse

muy abatido! ¡Qué sabio el que se holgó de que le tuviesen por

loco, pues lo llamaron a la misma Sabiduría! ¡Qué pocos hay ahora,

por nuestros pecados! Ya, ya parece se acabaron los que las

gentes tenían por locos, de verlos hacer obras heroicas de

verdaderos amadores de Cristo. ¡Oh mundo, mundo, cómo vas

ganando honra en haber pocos que te conozcan!

15. Mas ¡si pensamos se sirve ya más Dios de que nos tengan por

sabios y por discretos! -Eso, eso debe ser, según se usa discreción.

Luego nos parece es poca edificación no andar con mucha

compostura y autoridad cada uno en su estado. Hasta el fraile y

clérigo y monja nos parecerá que traer cosa vieja y remendada es

novedad y dar escándalo a los flacos; y aun estar muy recogidos y

tener oración, según está el mundo y tan olvidadas las cosas de

perfección de grandes ímpetus que tenían los santos, que pienso

hace más daño a las desventuras que pasan en estos tiempos, que

no haría escándalo a nadie dar a entender los religiosos por obras,

como lo dicen por palabras, en lo poco que se ha de tener el

mundo; que de estos escándalos el Señor saca de ellos grandes

provechos. Y si unos se escandalizan, otros se remuerden. Siquiera

que hubiese un dibujo de lo que pasó por Cristo y sus Apóstoles,

pues ahora más que nunca es menester.

16. ¡Y qué bueno nos le llevó Dios ahora en el bendito Fray Pedro

de Alcántara! No está ya el mundo para sufrir tantaperfección. Dicen

que están las saludes más flacas y que no son los tiempos

pasados. Este santo hombre de este tiempo era; estaba grueso el

espíritu como en los otros tiempos, y así tenía el mundo debajo de

los pies. Que, aunque no anden desnudos, ni hagan tan áspera

penitencia como él, muchas cosas hay -como otras veces he dichopara

repisar el mundo, y el Señor las enseña cuando ve ánimo. ¡Y

cuán grande le dio Su Majestad a este santo que digo, para hacer

cuarenta y siete años tan áspera penitencia, como todos saben!

Quiero decir algo de ella, que sé es toda verdad.

17. Díjome a mí y a otra persona, de quien se guardaba poco (y a

mí el amor que me tenía era la causa, porque quiso el Señor le

tuviese para volver por mí y animarme en tiempo de tanta

necesidad, como he dicho y diré), paréceme fueron cuarenta años

los que me dijo había dormido sola hora y media entre noche y día,

y que éste era el mayor trabajo de penitencia que había tenido en

los principios, de vencer el sueño, y para esto estaba siempre o de

rodillas o en pie. Lo que dormía era sentado, y la cabeza arrimada a

un maderillo que tenía hincado en la pared. Echado, aunque

quisiera, no podía, porque su celda -como se sabe- no era más

larga de cuatro pies y medio.

En todos estos años jamás se puso la capilla, por grandes soles y

aguas que hiciese, ni cosa en los pies ni vestida; sino un hábito de

sayal, sin ninguna otra cosa sobre las carnes, y éste tan angosto

como se podía sufrir, y un mantillo de lo mismo encima. Decíame

que en los grandes fríos se le quitaba, y dejaba la puerta y

ventanilla abierta de la celda, para que con ponerse después el

manto y cerrar la puerta, contentaba al cuerpo, para que sosegase

con más abrigo. Comer a tercer día era muy ordinario; y díjome que

de qué me espantaba, que muy posible era a quien se

acostumbraba a ello. Un su compañero me dijo que le acaecía estar

ocho días sin comer. Debía ser estando en oración, porque tenía

grandes arrobamientos e ímpetus de amor de Dios, de que una vez

yo fui testigo.

18. Su pobreza era extrema y mortificación en la mocedad, que me

dijo que le había acaecido estar tres años en una casa de su Orden

y no conocer fraile, si no era por el habla; porque no alzaba los ojos

jamás, y así a las partes que de necesidad había de ir no sabía,

sino íbase tras los frailes. Esto le acaecía por los caminos. A

mujeres jamás miraba; esto muchos años. Decíame que ya no se le

daba más ver que no ver. Mas era muy viejo cuando le vine a

conocer, y tan extrema su flaqueza, que no parecía sino hecho de

raíces de árboles.

Con toda esta santidad era muy afable, aunque de pocas palabras,

si no era con preguntarle. En éstas era muy sabroso, porque tenía

muy lindo entendimiento. Otras cosas muchas quisiera decir, sino

que he miedo dirá vuestra merced que para qué me meto en esto, y

con él lo he escrito. Y así lo dejo con que fue su fin como la vida,

predicando y amonestando a sus frailes. Como vio ya se acababa,

dijo el salmo de Laetatus sum in his quae dicta sunt mihi, e, hincado

de rodillas, murió.

19. Después ha sido el Señor servido yo tenga más en él que en la

vida, aconsejándome en muchas cosas. Hele visto muchas veces

con grandísima gloria. Díjome la primera que me apareció, que

bienaventurada penitencia que tanto premio había merecido y otras

muchas cosas. Un año antes que muriese, me apareció estando

ausente, y supe se había de morir, y se lo avisé. Estando algunas

leguas de aquí cuando expiró, me apareció y dijo cómo se iba a

descansar. Yo no lo creí, y díjelo a algunas personas, y desde a

ocho días vino la nueva cómo era muerto, o comenzado a vivir para

siempre, por mejor decir.

20. Hela aquí acabada esta aspereza de vida con tan gran gloria.

Paréceme que mucho más me consuela que cuando acá estaba.

Díjome una vez el Señor que no le pedirían cosa en su nombre que

no la oyese. Muchas que le he encomendado pida al Señor, las he

visto cumplidas. Sea bendito por siempre, amén.

21. Mas ¡qué hablar he hecho, para despertar a vuestra merced a

no estimar en nada cosa de esta vida, como si no lo supiese, o no

estuviera ya determinado a dejarlo todo y puéstolo por obra! Veo

tanta perdición en el mundo, que, aunque no aproveche más decirlo

yo de cansarme de escribirlo, me es descanso; que todo es contra

mí lo que digo. El Señor me perdone lo que en este caso le he

ofendido, y vuestra merced, que le canso sin propósito. Parece que

quiero haga penitencia de lo que yo en esto pequé.

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CAPÍTULO 28

En que trata las grandes mercedes que la hizo el Señor y cómo le

apareció la primera vez. - Declara qué es visión imaginaria. - Dice

los grandes efectos y señales que deja cuando es de Dios. - Es

muy provechoso capítulo y mucho de notar. *

1 Tornando a nuestro propósito, pasé algunos días, pocos, con esta

visión muy continua, y hacíame tanto provecho, que no salía de

oración, y aun cuanto hacía, procuraba fuese de suerte que no

descontentase al que claramente veía estaba por testigo. Y aunque

a veces temía, con lo mucho que me decían, durábame poco el

temor, porque el Señor me aseguraba.

Estando un día en oración, quiso el Señor mostrarme solas las

manos con tan grandísima hermosura que no lo podría yo

encarecer. Hízome gran temor, porque cualquier novedad me le

hace grande en los principios de cualquiera merced sobrenatural

que el Señor me haga. Desde a pocos días, vi también aquel divino

rostro, que del todo me parece me dejó absorta. No podía yo

entender por qué el Señor se mostraba así poco a poco, pues

después me había de hacer merced de que yo le viese del todo,

hasta después que he entendido que me iba Su Majestad llevando

conforme a mi flaqueza natural. ¡Sea bendito por siempre!, porque

tanta gloria junta, tan bajo y ruin sujeto no la pudiera sufrir. Y como

quien esto sabía, iba el piadoso Señor disponiendo.

2. Parecerá a vuestra merced que no era menester mucho esfuerzo

para ver unas manos y rostro tan hermoso. -Sonlo tanto los cuerpos

glorificados, que la gloria que traen consigo ver cosa tan

sobrenatural hermosa desatina; y así me hacía tanto temor, que

toda me turbaba y alborotaba, aunque después quedaba con

certidumbre y seguridad y con tales efectos, que presto se perdía el

temor.

3. Un día de San Pablo, estando en misa, se me representó toda

esta Humanidad sacratísima como se pinta resucitado, con tanta

hermosura y majestad como particularmente escribí a vuestra

merced cuando mucho me lo mandó, y hacíaseme harto de mal,

porque no se puede decir que no sea deshacerse; mas lo mejor que

supe, ya lo dije, y así no hay para qué tornarlo a decir aquí. Sólo

digo que, cuando otra cosa no hubiese para deleitar la vista en el

cielo sino la gran hermosura de los cuerpos glorificados, es

grandísima gloria, en especial ver la Humanidad de Jesucristo,

Señor nuestro, aun acá que se muestra Su Majestad conforme a lo

que puede sufrir nuestra miseria; ¿qué será adonde del todo se

goza tal bien?

4. Esta visión, aunque es imaginaria, nunca la vi con los ojos

corporales, ni ninguna, sino con los ojos del alma.

Dicen los que lo saben mejor que yo, que es más perfecta la

pasada que ésta, y ésta más mucho que las que se ven con los ojos

corporales. Esta dicen que es la más baja y adonde más ilusiones

puede hacer el demonio, aunque entonces no podía yo entender tal,

sino que deseaba, ya que se me hacía esta merced, que fuese

viéndola con los ojos corporales, para que no me dijese el confesor

se me antojaba. Y también después de pasada me acaecía -esto

era luego luego- pensar yo también esto: que se me había antojado.

Y fatigábame de haberlo dicho al confesor, pensando si le había

engañado. Este era otro llanto, e iba a él y decíaselo.

Preguntábame que si me parecía a mí así o si había querido

engañar. Yo le decía la verdad, porque, a mi parecer, no mentía, ni

tal había pretendido, ni por cosa del mundo dijera una cosa por otra.

Esto bien lo sabía él, y así procuraba sosegarme, y yo sentía tanto

en irle con estas cosas, que no sé cómo el demonio me ponía lo

había de fingir para atormentarme a mí misma.

Mas el Señor se dio tanta prisa a hacerme esta merced y declarar

esta verdad, que bien presto se me quitó la duda de si era antojo, y

después veo muy claro mi bobería; porque, si estuviera muchos

años imaginando cómo figurar cosa tan hermosa, no pudiera ni

supiera, porque excede a todo lo que acá se puede imaginar, aun

sola la blancura y resplandor.

5. No es resplandor que deslumbre, sino una blancura suave y el

resplandor infuso, que da deleite grandísimo a la vista y no la

cansa, ni la claridad que se ve para ver esta hermosura tan divina.

Es una luz tan diferente de las de acá, que parece una cosa tan

deslustrada la claridad del sol que vemos, en comparación de

aquella claridad y luz que se representa a la vista, que no se

querrían abrir los ojos después. Es como ver un agua clara, que

corre sobre cristal y reverbera en ello el sol, a una muy turbia y con

gran nublado y corre por encima de la tierra. No porque se

representa sol, ni la luz es como la del sol; parece, en fin, luz natural

y estotra cosa artificial. Es luz que no tiene noche, sino que, como

siempre es luz, no la turba nada. En fin, es de suerte que, por gran

entendimiento que una persona tuviese, en todos los días de su

vida podría imaginar cómo es. Y pónela Dios delante tan presto,

que aun no hubiera lugar para abrir los ojos, si fuera menester

abrirlos; mas no hace más estar abiertos que cerrados, cuando el

Señor quiere; que, aunque no queramos, se ve. No hay

divertimiento que baste, ni hay poder resistir, ni basta diligencia ni

cuidado para ello. Esto tengo yo bien experimentado, como diré.

6. Lo que yo ahora querría decir es el modo cómo el Señor se

muestra por estas visiones. No digo que declararé de qué manera

puede ser poner esta luz tan fuerte en el sentido interior, y en el

entendimiento imagen tan clara, que parece verdaderamente está

allí, porque esto es de letrados. No ha querido el Señor darme a

entender el cómo, y soy tan ignorante y de tan rudo entendimiento,

que, aunque mucho me lo han querido declarar, no he aun acabado

de entender el cómo. Y esto es cierto, que aunque a vuestra

merced le parezca que tengo vivo entendimiento, que no le tengo;

porque en muchas cosas lo he experimentado, que no comprende

más de lo que le dan de comer, como dicen. Algunas veces se

espantaba el que me confesaba de mis ignorancias; y jamás me di

a entender, ni aun lo deseaba, cómo hizo Dios esto o pudo ser esto,

ni lo preguntaba, aunque -como he dicho- de muchos años acá

trataba con buenos letrados. Si era una cosa pecado o no, esto sí;

en lo demás no era menester más para mí de pensar hízolo Dios

todo, y veía que no había de qué me espantar, sino por qué le

alabar; y antes me hacen devoción las cosas dificultosas, y mientras

más, más.

7. Diré, pues, lo que he visto por experiencia. El cómo el Señor lo

hace, vuestra merced lo dirá mejor, y declarará todo lo que fuere

oscuro y yo no supiere decir.

Bien me parecía en algunas cosas que era imagen lo que veía, mas

por otras muchas no, sino que era el mismo Cristo, conforme a la

claridad con que era servido mostrárseme. Unas veces era tan en

confuso, que me parecía imagen, no como los dibujos de acá, por

muy perfectos que sean, que hartos he visto buenos; es disparate

pensar que tiene semejanza lo uno con lo otro en ninguna manera,

no más ni menos que la tiene una persona viva a su retrato, que por

bien que esté sacado no puede ser tan al natural, que, en fin, se ve

es cosa muerta. Mas dejemos esto, que aquí viene bien y muy al

pie de la letra.

8. No digo que es comparación, que nunca son tan cabales, sino

verdad, que hay la diferencia que de lo vivo a lo pintado, no más ni

menos. Porque si es imagen, es imagen viva; no hombre muerto,

sino Cristo vivo; y da a entender que es hombre y Dios; no como

estaba en el sepulcro, sino como salió de él después de resucitado;

y viene a veces con tan grande majestad, que no hay quien pueda

dudar sino que es el mismo Señor, en especial en acabando de

comulgar, que ya sabemos que está allí, que nos lo dice la fe.

Represéntase tan señor de aquella posada, que parece toda

deshecha el alma se ve consumir en Cristo. ¡Oh Jesús mío!, ¡quién

pudiese dar a entender la majestad con que os mostráis! Y cuán

Señor de todo el mundo y de los cielos y de otros mil mundos y sin

cuento mundos y cielos que Vos crearais, entiende el alma, según

con la majestad que os representáis, que no es nada para ser Vos

señor de ello.

9. Aquí se ve claro, Jesús mío, el poco poder de todos los demonios

en comparación del vuestro, y cómo quien os tuvierecontento puede

repisar el infierno todo. Aquí ve la razón que tuvieron los demonios

de temer cuando bajasteis al limbo, y tuvieran de desear otros mil

infiernos más bajos para huir de tan gran majestad, y veo que

queréis dar a entender al alma cuán grande es, y el poder que tiene

esta sacratísima Humanidad junto con la Divinidad. Aquí se

representa bien qué será el día del juicio ver esta majestad de este

Rey, y verle con rigor para los malos. Aquí es la verdadera humildad

que deja en el alma, de ver su miseria, que no la puede ignorar.

Aquí la confusión y verdadero arrepentimiento de los pecados, que

aun con verle que muestra amor, no sabe adonde se meter, y así se

deshace toda.

Digo que tiene tan grandísima fuerza esta visión, cuando el Señor

quiere mostrar al alma mucha parte de su grandeza y majestad, que

tengo por imposible, si muy sobrenatural no la quisiese el Señor

ayudar con quedar puesta en arrobamiento y éxtasis (que pierde el

ver la visión de aquella divina presencia con gozar), sería, como

digo, imposible sufrirla ningún sujeto.

¿Es verdad que se olvida después? -Tan imprimida queda aquella

majestad y hermosura, que no hay poderlo olvidar, si no es cuando

quiere el Señor que padezca el alma una sequedad y soledad

grande que diré adelante, que aun entonces de Dios parece se

olvida. Queda el alma otra, siempre embebida. Parécele comienza

de nuevo amor vivo de Dios en muy alto grado, a mi parecer; que,

aunque la visión pasada que dije que representa Dios sin imagen es

más subida, que para durar la memoria conforme a nuestra

flaqueza, para traer bien ocupado el pensamiento, es gran cosa el

quedar representado y puesta en la imaginación tan divina

presencia. Y casi vienen juntas estas dos maneras de visión

siempre; y aun es así que lo vienen, porque con los ojos del alma

vese la excelencia y hermosura y gloria de la santísima Humanidad,

y por estotra manera que queda dicha se nos da a entender cómo

es Dios y poderoso y que todo lo puede y todo lo manda y todo lo

gobierna y todo lo hinche su amor.

10. Es muy mucho de estimar esta visión, y sin peligro, a mi

parecer, porque en los efectos se conoce no tiene fuerza aquí el

demonio. Paréceme que tres o cuatro veces me ha querido

representar de esta suerte al mismo Señor en representación falsa:

toma la forma de carne, mas no puede contrahacerla con la gloria

que cuando es de Dios. Hace representaciones para deshacer la

verdadera visión que ha visto el alma; mas así la resiste de sí y se

alborota y se desabre e inquieta, que pierde la devoción y gusto que

antes tenía, y queda sin ninguna oración.

A los principios fue esto -como he dicho- tres o cuatro veces. Es

cosa tan diferentísima, que, aun quien hubiere tenido sola oración

de quietud, creo lo entenderá por los efectos que quedan dichos en

las hablas. Es cosa muy conocida y, si no se quiere dejar engañar

un alma, no me parece la engañará, si anda con humildad y

simplicidad. A quien hubiere tenido verdadera visión de Dios, desde

luego casi se siente; porque, aunque comienza con regalo y gusto,

el alma lo lanza de sí; y aun, a mi parecer, debe ser diferente el

gusto; y no muestra apariencia de amor puro y casto. Muy en breve

da a entender quién es. Así que, adonde hay experiencia, a mi

parecer, no podrá el demonio hacer daño.

11. Pues ser imaginación esto, es imposible de toda imposibilidad.