[¿?] página principal

 

Dudas y textos

Recursos para la formación católica 

Escríbeme

Quiénes somos

Mi perfil de facebook

Benedicto XVI

 Juan Pablo II

Clásicos de espiritualidad

Obras actuales variadas

Sobre el Opus Dei

 Oraciones y Biblia

Más magisterio de la Iglesia y Teología

Recursos formativos

Noticias

Citas escogidas

Imágenes

Enlaces

 

Descargar libros gratis Aborto: ¿derecho o negocio? Posicionamiento web Revaloria.org: difundiendo valores cristianos por internet CatInfor.com: información católica actualizada Foro JMJ Madrid 2011 JMJ Madrid 2011 Diseño web ¿Quieres anunciarte aquí?

 

 

   

LIBRO DE LA VIDA

SANTA TERESA DE JESÚS O DE ÁVILA

 

INTRODUCCIÓN

PRÓLOGO

CAPÍTULO 1

En que trata cómo comenzó el Señor a despertar esta alma en su

niñez a cosas virtuosas, y la ayuda que es para esto serlo los

padres.

CAPÍTULO 2

Trata cómo fue perdiendo estas virtudes y lo que importa en la

niñez tratar con personas virtuosas.

CAPÍTULO 3

En que trata cómo fue parte la buena compañía para tornar a

despertar sus deseos, y por qué manera comenzó el Señor a darla

alguna luz del engaño que había traído.

CAPÍTULO 4

Dice cómo la ayudó el Señor para forzarse a sí misma para tomar

hábito, y las muchas enfermedades que Su Majestad la comenzó a

dar.

CAPÍTULO 5

Prosigue en las grandes enfermedades que tuvo y la paciencia que

el Señor le dio en ellas, y cómo saca de los males bienes, según se

verá en una cosa que le acaeció en este lugar que se fue a curar.

CAPÍTULO 6

Trata de lo mucho que debió al Señor en darle conformidad con tan

grandes trabajos, y cómo tomó por medianero y abogado al glorioso

San José, y lo mucho que le aprovechó.

CAPÍTULO 7

Trata por los términos que fue perdiendo las mercedes que el Señor

le había hecho, y cuán perdida vida comenzó a tener. -. Dice los

daños que hay en noser muy encerrados los monasterios de

monjas.

CAPÍTULO 8

Trata del gran bien que le hizo no se apartar del todo de la oración

para no perder el alma, y cuán excelente remedio es para ganar lo

perdido. - Persuade a que todos la tengan.- Dice cómo es tan gran

ganancia y que, aunque la tornen a dejar, es gran bien usar algún

tiempo de tan gran bien.

CAPÍTULO 9

Trata por qué términos comenzó el Señor a despertar su alma y

darla luz en tan grandes tinieblas y a fortalecer sus virtudes para no

ofenderle.

CAPÍTULO 10

Comienza a declarar las mercedes que el Señor la hacía en la

oración, y en lo que nos podemos nosotros ayudar, y lo mucho que

importa que entendamos las mercedes que el Señor nos hace. -

Pide a quien esto envía que de aquí adelante sea secreto lo que

escribiere, pues la mandan diga tan particularmente las mercedes

que la hace el Señor.

CAPÍTULO 11

Dice en qué está la falta de no amara Dios con perfección en breve

tiempo. - Comienza a declarar, por una comparación que pone,

cuatro grados de oración. -Va tratando aquí del primero. - Es muy

provechoso para los que comienzan y para los que no tienen gustos

en la oración.

CAPÍTULO 12

Prosigue en este primer estado. - Dice hasta dónde podemos llegar

con el favor de Dios por nosotros mismos, y el daño que es querer,

hasta que el Señor lo haga, subir el espíritu a cosas sobrenaturales.

CAPÍTULO 13

Prosigue en este primer estado y pone avisos paraalgunas

tentaciones que el demonio suele poner algunas veces. - Da

avisospara ellas. - Es muy provechoso.

CAPÍTULO 14

Comienza a declarar el segundo grado de oración, que es ya dar el

Señor al alma a sentir gustos más particulares.- Decláralo para dar

a entender cómo son ya sobrenaturales.- Es harto de notar.

CAPÍTULO 15

Prosigue en la misma materia y da algunos avisos de cómo se han

de haber en esta oración de quietud. – Trata de cómo hay muchas

almas que lleguen a tener esta oración y pocas que pasen adelante.

- Son muy necesarias y provechosas las cosas que aquí se tocan.

CAPÍTULO 16

Trata tercer grado de oración, y va declarando cosas muy subidas,

y lo que puede el alma que llega aquí, y los efectos que hacen

estas mercedes tan grandes del Señor. - Es muy para levantar el

espíritu en alabanzas de Dios y para gran consuelo de quien llegare

aquí.

CAPÍTULO 17

Prosigue en la misma materia de declarar este tercer grado de

oración. - Acaba de declarar los efectos que hace. -Dice el daño

que aquí hace la imaginación y memoria.

CAPÍTULO 18

En que trata del cuarto grado de oración. *- Comienza a declarar

por excelente manera la gran dignidad en que el Señor pone al

alma que está en este estado. - Es para animar mucho a los que

tratan oración, para que se esfuercen a llegara tan alto estado, pues

se puede alcanzar en la tierra, aunque no por merecerlo, sino por la

bondad del Señor. - Léase con advertencia, porque se declara por

muy delicado modo y tiene cosas mucho de notar.

CAPÍTULO 19

Prosigue en la misma materia. - Comienza a declararlos efectos que

hace en el alma este grado de oración. – Persuade mucho a que no

tornen atrás, aunque después de esta merced tornen a caer, ni

dejen la oración. - Dice los daños que vendrán de no hacer esto. -

Es mucho de notar y de gran consolación para los flacos y

pecadores.

CAPÍTULO 20

En que trata la diferencia que hay de unión a arrobamiento. -

Declara qué cosa es arrobamiento, y dice algo del bien que tiene el

alma que el Señor por su bondad llega a él.- Dice los efectos que

hace. - Es de mucha admiración.

CAPÍTULO 21

Prosigue y acaba este postrer grado de oración.* - Dice lo que

siente el alma que está en él de tornara vivir en el mundo, y de la

luz que la da el Señor de los engaños de él. - Tiene buena doctrina.

CAPÍTULO 22

En que trata cuán seguro camino es para los contemplativos no

levantar el espíritu a cosas altas si el Señor no le levanta, y cómo

ha de ser el medio para la más subida contemplación la Humanidad

de Cristo. - Dice de un engaño en que ella estuvo un tiempo. - Es

muy provechoso este capítulo. *

CAPÍTULO 23

En que torna a tratar del discurso de su vida, y cómo comenzó a

tratar de más perfección, y porqué medios. - Es provechoso para las

personas que tratan de gobernar almas que tienen oración saber

cómo se han de haber en los principios, y el provecho que le hizo

saberla llevar. *

CAPÍTULO 24

Prosigue en lo comenzado, y dice cómo fue aprovechándose su

alma después que comenzó a obedecer, y lo poco que le

aprovechaba el resistir las mercedes de Dios, y cómo Su Majestad

se las iba dando más cumplidas.

CAPÍTULO 25

En que trata el modo y manera cómo se entienden estas hablas que

hace Dios al alma sin oírse, y de algunos engaños que puede haber

en ello, y en qué se conocerá cuándo lo es. - Es de mucho

provecho para quien se viere en este grado de oración, porque se

declara muy bien, y de harta doctrina.*

CAPÍTULO 26

Prosigue en la misma materia. - Va declarando y diciendo cosas

que le han acaecido, que la hacían perder el temor y afirmar que

era buen espíritu el que la hablaba.

CAPÍTULO 27

En que trata otro modo con que enseña el Señor al alma y sin

hablarla la da a entender su voluntad por una manera admirable. -

Trata también de declarar una visión y gran merced que la hizo el

Señor no imaginaria. - Es mucho de notar este capítulo. *

CAPÍTULO 28

En que trata las grandes mercedes que la hizo el Señor y cómo le

apareció la primera vez. – Declara qué es visión imaginaria. - Dice

los grandes efectos yseñales que deja cuando es de Dios. - Es muy

provechosocapítulo y mucho de notar. *

CAPÍTULO 29

Prosigue en lo comenzado y dice algunas mercedes grandes que la

hizo el Señor y las cosas que Su Majestad la decía para asegurarla

y para que respondiese a los que la contradecían.*

CAPÍTULO 30

Torna a contar el discurso de su vida y cómo remedió el Señor

mucho de sus trabajos con traer al lugar adonde estaba el santo

Fray Pedro de Alcántara, de la orden del glorioso San Francisco. -

Trata de grandes tentaciones y trabajos interiores que pasaba

algunas veces.

CAPÍTULO 31

Trata de algunas tentaciones exteriores y representaciones que la

hacía el demonio, y tormentos que la daba. – Trata también algunas

cosas harto buenas para aviso de personas que van camino de

perfección. *

CAPÍTULO 32 *

En que trata cómo quiso el Señor ponerla en espíritu en un lugar del

infierno que tenía por sus pecados merecido. - Cuenta una cifra de

lo que allí se lo representó para lo que fue. - Comienza a tratar la

manera y modo cómo se fundó el monasterio, adonde ahora está,

de San José.

CAPÍTULO 33

Procede en la misma materia de la fundación del glorioso San José.

- Dice cómo le mandaron que no entendiese en ella y el tiempo que

lo dejó y algunos trabajos que tuvo, y cómo la consolaba en ellos el

Señor.

CAPÍTULO 34

Trata cómo en este tiempo convino que se ausentase de este lugar.

- Dice la causa y cómo la mandó ir su prelado para consuelo de una

señora muy principal que estaba muy afligida.- Comienza a tratar lo

que allá le sucedió y la gran merced que el Señor la hizo de ser

medio para que Su Majestad despertase a una persona muy

principal para servirle muy de veras, y que ella tuviese favor y

amparo después en él. - Es mucho de notar.

CAPÍTULO 35

Prosigue en la misma materia de la fundación de esta casa de

nuestro glorioso Padre San José. - Dice por los términos que

ordenó el Señor viniese a guardarse en ella la santa pobreza, y la

causa por qué se vino de con aquella señora que estaba, y otras

algunas cosas que le sucedieron.

CAPÍTULO 36

Prosigue en la materia comenzada y dice cómo se acabó de

concluir y se fundó este monasterio del glorioso San José y las

grandes contradicciones y persecuciones que después de tomar

hábito las religiosas hubo, y los grandes trabajos y tentaciones que

ella pasó, y cómo de todo la sacó el Señor con victoria y en gloria y

alabanza suya.

CAPÍTULO 37 *.

Trata de los efectos que le quedaban cuando el Señor le había

hecho alguna merced. - Junta con esto harto buena doctrina.- Dice

cómo se ha de procurar y tener en mucho ganar algún grado más

de gloria, y que por ningún trabajo dejemos bienes que son

perpetuos.

CAPÍTULO 38

En que trata de algunas grandes mercedes que el Señor la hizo, así

en mostrarle algunos secretos del cielo, como otras grandes

visiones y revelaciones que Su Majestad tuvo por bien viese. -. Dice

los efectos con que la dejaban y el gran aprovechamiento que

quedaba en su alma.

CAPÍTULO 39

Prosigue en la misma materia de decir las grandes mercedes que le

ha hecho el Señor. - Trata de cómo le prometió de hacer por las

personas que ella le pidiese. – Dice algunas cosas señaladas en

que le ha hecho Su Majestad este favor.

CAPÍTULO 40

Prosigue en la misma materia de decir las grandes mercedes que el

Señor la ha hecho. - De algunas se puede tomar harto buena

doctrina, que éste ha sido, según ha dicho, su principal intento,

después de obedecer: poner las que son para provecho de las

almas. - Con este capítulo se acaba el discurso de su vida que

escribió. - Sea para gloria del Señor, amén.

EPÍLOGO

 

 

PRÓLOGO

JHS

1. Quisiera yo que, como me han mandado y dado larga licencia

para que escriba el modo de oración y las mercedes que el Señor

me ha hecho, me la dieran para que muy por menudo y con claridad

dijera mis grandes pecados y ruin vida. Diérame gran consuelo.

Mas no han querido, antes atádome mucho en este caso. Y por

esto pido, por amor del Señor, tenga delante de los ojos quien este

discurso de mi vida leyere, que ha sido tan ruin que no he hallado

santo de los que se tornaron a Dios con quien me consolar. Porque

considero que, después que el Señor los llamaba, no le tornaban a

ofender. Yo no sólo tornaba a ser peor, sino que parece traía

estudio a resistir las mercedes que Su Majestad me hacía, como

quien se veía obligada a servir más y entendía de sí no podía pagar

lo menos de lo que debía.

2. Sea bendito por siempre, que tanto me esperó, a quien con todo

mi corazón suplico me dé gracia para que con toda claridad y

verdad yo haga esta relación que mis confesores me mandan (y

aun el Señor sé yo lo quiere muchos días ha, sino que yo no me he

atrevido) y que sea para gloria y alabanza suya y para quede aquí

adelante, conociéndome ellos mejor, ayuden a mi flaqueza para que

pueda servir algo de lo que debo al Señor, a quien siemprealaben

todas las cosas, amén.

CAPÍTULO 1

En que trata cómo comenzó el Señor a despertar esta alma en su

niñez a cosas virtuosas, y la ayuda que es para esto serlo los

padres.

1. El tener padres virtuosos y temerosos de Dios me bastara, si yo

no fuera tan ruin, con lo que el Señor me favorecía, para ser buena.

Era mi padre aficionado a leer buenos libros y así los tenía de

romance para que leyesen sus hijos. Esto, con el cuidado que mi

madre tenía de hacernos rezar y ponernos en ser devotos de

nuestra Señora y de algunos santos, comenzó a despertarme de

edad, a mi parecer, de seis o siete años. Ayudábame no ver en mis

padres favor sino para la virtud. Tenían muchas.

Era mi padre hombre de mucha caridad con los pobres y piedad

con los enfermos y aun con los criados; tanta, que jamás se pudo

acabar con él tuviese esclavos, porque los había gran piedad, y

estando una vez en casa una de un su hermano, la regalaba como

a sus hijos. Decía que, de que no era libre, no lo podía sufrir de

piedad. Era de gran verdad. Jamás nadie le vio jurar ni murmurar.

Muy honesto en gran manera.

2. Mi madre también tenía muchas virtudes y pasó la vida con

grandes enfermedades. Grandísima honestidad. Con ser de harta

hermosura, jamás se entendió que diese ocasión a que ella hacía

caso de ella, porque con morir de treinta y tres años, ya su traje era

como de persona de mucha edad. Muy apacible y de harto

entendimiento. Fueron grandes los trabajos que pasaron el tiempo

que vivió. Murió muy cristianamente.

3. Eramos tres hermanas y nueve hermanos. Todos parecieron a

sus padres, por la bondad de Dios, en ser virtuosos, si no fui yo,

aunque era la más querida de mi padre. Y antes que comenzase a

ofender a Dios, parece tenía alguna razón; porque yo he lástima

cuando me acuerdo las buenas inclinaciones que el Señor me

había dado y cuán mal me supe aprovechar de ellas.

4. Pues mis hermanos ninguna cosa me desayudaban a servir a

Dios. Tenía uno casi de mi edad, juntábamonos entrambos a leer

vidas de Santos, que era el que yo más quería, aunque a todos

tenía gran amor y ellos a mí. Como veía los martirios que por Dios

las santas pasaban, parecíame compraban muy barato el ir a gozar

de Dios y deseaba yo mucho morir así, no por amor que yo

entendiese tenerle, sino por gozar tan en breve de los grandes

bienes que leía haber en el cielo, y juntábame con este mi hermano

a tratar qué medio habría para esto. Concertábamos irnos a tierra

de moros, pidiendo por amor de Dios, para que allá nos

descabezasen. Y paréceme que nos daba el Señor ánimo en tan

tierna edad, si viéramos algún medio, sino que el tener padres nos

parecía el mayor embarazo.

Espantábanos mucho el decir que pena y gloria era para siempre,

en lo que leíamos. Acaecíanos estar muchos ratos tratando de esto

y gustábamos de decir muchas veces: ¡para siempre, siempre,

siempre! En pronunciar esto mucho rato era el Señor servido me

quedase en esta niñez imprimido el camino de la verdad.

5. De que vi que era imposible ir a donde me matasen por Dios,

ordenábamos ser ermitaños; y en una huerta que había en casa

procurábamos, como podíamos, hacer ermitas, poniendo unas

pedrecillas que luego se nos caían, y así no hallábamos remedio en

nada para nuestro deseo; que ahora me pone devoción ver cómo

me daba Dios tan presto lo que yo perdí por mi culpa.

6. Hacía limosna como podía, y podía poco. Procuraba soledad

para rezar mis devociones, que eran hartas, en especial el rosario,

de que mi madre era muy devota, y así nos hacía serlo. Gustaba

mucho, cuando jugaba con otras niñas, hacer monasterios, como

que éramos monjas, y yo me parece deseaba serlo, aunque no

tanto como las cosas que he dicho.

7. Acuérdome que cuando murió mi madre quedé yo de edad de

doce años, poco menos. Como yo comencé a entender lo que

había perdido, afligida fuime a una imagen de nuestra Señora y

supliquéla fuese mi madre, con muchas lágrimas. Paréceme que,

aunque se hizo con simpleza, que me ha valido; porque

conocidamente he hallado a esta Virgen soberana en cuanto me he

encomendado a ella y, en fin, me ha tornado a sí.

Fatígame ahora ver y pensar en qué estuvo el no haber yo estado

entera en los buenos deseos que comencé.

8. ¡Oh Señor mío!, pues parece tenéis determinado que me salve,

plega a Vuestra Majestad sea así; y de hacerme tantasmercedes

como me habéis hecho, ¿no tuvierais por bien -no por mi ganancia,

sino por vuestro acatamiento- que no se ensuciara tanto posada

adonde tan continuo habíais de morar? Fatígame, Señor, aun decir

esto, porque sé que fue mía toda la culpa; porque no me parece os

quedó a Vos nada por hacer para que desde esta edad no fuera

toda vuestra.

Cuando voy a quejarme de mis padres, tampoco puedo, porque no

veía en ellos sino todo bien y cuidado de mi bien.

Pues pasando de esta edad, que comencé a entender las gracias

de naturaleza que el Señor me había dado, que según decían eran

muchas, cuando por ellas le había de dar gracias, de todas me

comencé a ayudar para ofenderle, como ahora diré.

------------------------------------------------------------------------

CAPÍTULO 2

Trata cómo fue perdiendo estas virtudes y lo que importa en la

niñez tratar con personas virtuosas.

1. Paréceme que comenzó a hacerme mucho daño lo que ahora

diré. Considero algunas veces cuán mal lo hacen los padres que no

procuran que vean sus hijos siempre cosas de virtud de todas

maneras; porque, con serlo tanto mi madre como he dicho, de lo

bueno no tomé tanto en llegando a uso de razón, ni casi nada, y lo

malo me dañó mucho. Era aficionada a libros de caballerías y no

tan mal tomaba este pasatiempo como yo le tomé para mí, porque

no perdía su labor, sino desenvolvíamonos para leer en ellos, y por

ventura lo hacía para no pensar en grandes trabajos que tenía, y

ocupar sus hijos, que no anduviesen en otras cosas perdidos. De

esto le pesaba tanto a mi padre, que se había de tener aviso a que

no lo viese. Yo comencé a quedarme en costumbre de leerlos; y

aquella pequeña falta que en ella vi, me comenzó a enfriar los

deseos y comenzar a faltar en lo demás; y parecíame no era malo,

con gastar muchas horas del día y de la noche en tan vano

ejercicio, aunque escondida de mi padre. Era tan en extremo lo que

en esto me embebía que, si no tenía libro nuevo, no me parece

tenía contento.

2. Comencé a traer galas y a desear contentar en parecer bien, con

mucho cuidado de manos y cabello y olores y todas las vanidades

que en esto podía tener, que eran hartas, por ser muy curiosa. No

tenía mala intención, porque no quisiera yo que nadie ofendiera a

Dios por mí. Duróme mucha curiosidad de limpieza demasiada y

cosas que me parecía a mí no eran ningún pecado, muchos años.

Ahora veo cuán malo debía ser.

Tenía primos hermanos algunos, que en casa de mi padre no

tenían otros cabida para entrar, que era muy recatado, y pluguiera a

Dios que lo fuera de éstos también. Porque ahora veo el peligro que

es tratar en la edad que se han de comenzar a criar virtudes con

personas que no conocen la vanidad del mundo, sino que antes

despiertan para meterse en él. Eran casi de mi edad, poco mayores

que yo. Andábamos siempre juntos. Teníanme gran amor, y en

todas las cosas que les daba contento los sustentaba plática y oía

sucesos de sus aficiones y niñerías nonada buenas; y lo que peor

fue, mostrarse el alma a lo que fue causa de todo su mal.

3. Si yo hubiera de aconsejar, dijera a los padres que en esta edad

tuviesen gran cuenta con las personas que tratan sus hijos, porque

aquí está mucho mal, que se va nuestro natural antes a lo peor que

a lo mejor.

Así me acaeció a mí, que tenía una hermana de mucha más edad

que yo, de cuya honestidad y bondad -que tenía mucha- de ésta no

tomaba nada, y tomé todo el daño de una parienta que trataba

mucho en casa. Era de tan livianos tratos, que mi madre la había

mucho procurado desviar que tratase en casa; parece adivinaba el

mal que por ella me había de venir, y era tanta la ocasión que había

para entrar, que no había podido. A ésta que digo, me aficioné a

tratar. Con ella era mi conversación y pláticas, porque me ayudaba

a todas las cosas de pasatiempos que yo quería, y aun me ponía en

ellas y daba parte de sus conversaciones y vanidades.

Hasta que traté con ella, que fue de edad de catorce años, y creo

que más (para tener amistad conmigo -digo- y darme parte de sus

cosas), no me parece había dejado a Dios por culpa mortal ni

perdido el temor de Dios, aunque le tenía mayor de la honra. Este

tuvo fuerza para no la perder del todo, ni me parece por ninguna

cosa del mundo en esto me podía mudar, ni había amor de persona

de él que a esto me hiciese rendir. ¡Así tuviera fortaleza en no ir

contra la honra de Dios, como me la daba mi natural para no perder

en lo que me parecía a mí está la honra del mundo! ¡Y no miraba

que la perdía por otras muchas vías!

4. En querer ésta vanamente tenía extremo. Los medios que eran

menester para guardarla, no ponía ninguno. Sólo para no perderme

del todo tenía gran miramiento.

Mi padre y hermana sentían mucho esta amistad. Reprendíanmela

muchas veces. Como no podían quitar la ocasión de entrar ella en

casa, no les aprovechaban sus diligencias, porque mi sagacidad

para cualquier cosa mala era mucha. Espántame algunas veces el

daño que hace una mala compañía, y si no hubiera pasado por ello,

no lo pudiera creer. En especial en tiempo de mocedad debe ser

mayor el mal que hace. Querría escarmentasen en mí los padres

para mirar mucho en esto. Y es así que de tal manera me mudó

esta conversación, que de natural y alma virtuoso no me dejó casi

ninguna, y me parece me imprimía sus condiciones ella y otra que

tenía la misma manera de pasatiempos.

5. Por aquí entiendo el gran provecho que hace la buena compañía,

y tengo por cierto que, si tratara en aquella edad con personas

virtuosas, que estuviera entera en la virtud. Porque si en esta edad

tuviera quien me enseñara a temer a Dios, fuera tomando fuerzas el

alma para no caer. Después, quitado este temor del todo, quedóme

sólo el de la honra, que en todo lo que hacía me traía atormentada.

Con pensar que no se había de saber, me atrevía a muchas cosas

bien contra ella y contra Dios.

6. Al principio dañáronme las cosas dichas, a lo que me parece, y

no debía ser suya la culpa, sino mía. Porque después mi malicia

para el mal bastaba, junto con tener criadas, que para todo mal

hallaba en ellas buen aparejo; que si alguna fuera en aconsejarme

bien, por ventura me aprovechara; mas el interés las cegaba, como

a mí la afición. Y pues nunca era inclinada a mucho mal -porque

cosas deshonestas naturalmente las aborrecía-, sino a pasatiempos

de buena conversación, mas puesta en la ocasión, estaba en la

mano el peligro, y ponía en él a mi padre y hermanos. De los cuales

me libró Dios de manera que se parece bien procuraba contra mi

voluntad que del todo no me perdiese, aunque no pudo ser tan

secreto que no hubiese harta quiebra de mi honra y sospecha en mi

padre.

Porque no me parece había tres meses que andaba en estas

vanidades, cuando me llevaron a un monasterio que había en este

lugar, adonde se criaban personas semejantes, aunque no tan

ruines en costumbres como yo; y esto con tan gran disimulación,

que sola yo y algún deudo lo supo; porque aguardaron a coyuntura

que no pareciese novedad: porque, haberse mi hermana casado y

quedar sola sin madre, no era bien.

7. Era tan demasiado el amor que mi padre me tenía y la mucha

disimulación mía, que no había creer tanto mal de mí, y así no

quedó en desgracia conmigo. Como fue breve el tiempo, aunque se

entendiese algo, no debía ser dicho con certinidad. Porque como yo

temía tanto la honra, todas mis diligencias eran en que fuese

secreto, y no miraba que no podía serlo a quien todo lo ve.

¡Oh Dios mío! ¡Qué daño hace en el mundo tener esto en poco y

pensar que ha de haber cosa secreta que sea contra Vos! Tengo

por cierto que se excusarían grandes males si entendiésemos que

no está el negocio en guardarnos de los hombres, sino en no nos

guardar de descontentaros a Vos.

8. Los primeros ocho días sentí mucho, y más la sospecha que tuve

se había entendido la vanidad mía, que no de estar allí. Porque ya

yo andaba cansada y no dejaba de tener gran temor de Dios

cuando le ofendía, y procuraba confesarme con brevedad. Traía un

desasosiego, que en ocho días -y aun creo menos- estaba muy

más contenta que en casa de mi padre. Todas lo estaban conmigo,

porque en esto me daba el Señor gracia, en dar contento

adondequiera que estuviese, y así era muy querida. Y puesto que

yo estaba entonces ya enemiguísima de ser monja, holgábame de

ver tan buenas monjas, que lo eran mucho las de aquella casa, y de

gran honestidad y religión y recatamiento.

Aun con todo esto no me dejaba el demonio de tentar, y buscar los

de fuera cómo me desasosegar con recaudos. Como no había

lugar, presto se acabó, y comenzó mi alma a tornarse a

acostumbrar en el bien de mi primera edad y vi la gran merced que

hace Dios a quien pone en compañía de buenos.

Paréceme andaba Su Majestad mirando y remirando por dónde me

podía tornar a sí. ¡Bendito seáis Vos, Señor, que tanto me habéis

sufrido! Amén.

9. Una cosa tenía que parece me podía ser alguna disculpa, si no

tuviera tantas culpas; y es que era el trato con quien por vía de

casamiento me parecía podía acabar en bien; e informada de con

quien me confesaba y de otras personas, en muchas cosas me

decían no iba contra Dios.

10. Dormía una monja con las que estábamos seglares, que por

medio suyo parece quiso el Señor comenzar a darme luz, como

ahora diré.

------------------------------------------------------------------------

CAPÍTULO 3

En que trata cómo fue parte la buena compañía para tornar a

despertar sus deseos, y por qué manera comenzó el Señor a darla

alguna luz del engaño que había traído.

1. Pues comenzando a gustar de la buena y santa conversación de

esta monja, holgábame de oírla cuán bien hablaba de Dios, porque

era muy discreta y santa. Esto, a mi parecer, en ningún tiempo dejé

de holgarme de oírlo. Comenzóme a contar cómo ella había venido

a ser monja por sólo leer lo que dice el evangelio: Muchos son los

llamados y pocos los escogidos. Decíame el premio que daba el

Señor a los que todo lo dejan por El.

Comenzó esta buena compañía a desterrar las costumbres que

había hecho la mala y a tornar a poner en mi pensamiento deseos

de las cosas eternas y a quitar algo la gran enemistad que tenía con

ser monja, que se me había puesto grandísima. Y si veía alguna

tener lágrimas cuando rezaba, u otras virtudes, habíala mucha

envidia; porque era tan recio mi corazón en este caso que, si leyera

toda la Pasión, no llorara una lágrima. Esto me causaba pena.

2. Estuve año y medio en este mnnasterio harto mejorada.

Comencé a rezar muchas oraciones vocales y a procurar con todas

me encomendasen a Dios, que me diese el estado en que le había

de servir. Mas todavía deseaba no fuese monja, que éste no fuese

Dios servido de dármele, aunque también temía el casarme.

A cabo de este tiempo que estuve aquí, ya tenía más amistad de

ser monja, aunque no en aquella casa, por las cosas más virtuosas

que después entendí tenían, que me parecían extremos

demasiados; y había algunas de las más mozas que me ayudaban

en esto, que si todas fueran de un parecer, mucho me aprovechara.

También tenía yo una grande amiga en otro monasterio, y esto me

era parte para no ser monja, si lo hubiese de ser, sino adonde ella

estaba. Miraba más el gusto de mi sensualidad y vanidad que lo

bien que me estaba a mi alma. Estos buenos pensamientos de ser

monja me venían algunas veces y luego se quitaban, y no podía

persuadirme a serlo.

3. En este tiempo, aunque yo no estaba descuidada de mi remedio,

andaba más ganoso el Señor de disponerme para el estado que me

estaba mejor. Diome una gran enfermedad, que hube de tornar en

casa de mi padre. En estando buena, lleváronme en casa de mi

hermana -que residía en una aldea- para verla, que era extremo el

amor que me tenía y, a su querer, no saliera yo de con ella; y su

marido también me amaba mucho, al menos mostrábame todo

regalo, que aun esto debo más al Señor, que en todas partes

siempre le he tenido, y todo se lo servía como la que soy.

4. Estaba en el camino un hermano de mi padre, muy avisado y de

grandes virtudes, viudo, a quien también andaba el Señor

disponiendo para sí, que en su mayor edad dejó todo lo que tenía y

fue fraile y acabó de suerte que creo goza de Dios. Quiso que me

estuviese con él unos días. Su ejercicio era buenos libros de

romance, y su hablar era -lo más ordinario- de Dios y de la vanidad

del mundo. Hacíame le leyese y, aunque no era amiga de ellos,

mostraba que sí. Porque en esto de dar contento a otros he tenido

extremo, aunque a mí me hiciese pesar; tanto, que en otras fuera

virtud y en mí ha sido gran falta, porque iba muchas veces muy sin

discreción.

¡Oh, válgame Dios, por qué términos me andaba Su Majestad

disponiendo para el estado en que se quiso servir de mí, que, sin

quererlo yo, me forzó a que me hiciese fuerza! Sea bendito por

siempre, amén.

5. Aunque fueron los días que estuve pocos, con la fuerza que

hacían en mi corazón las palabras de Dios, así leídas como oídas, y

la buena compañía, vine a ir entendiendo la verdad de cuando niña,

de que no era todo nada, y la vanidad del mundo, y cómo acababa

en breve, y a temer, si me hubiera muerto, cómo me iba al infierno.

Y aunque no acababa mi voluntad de inclinarse a ser monja, vi era

el mejor y más seguro estado. Y así poco a poco me determiné a

forzarme para tomarle.

6. En esta batalla estuve tres meses, forzándome a mí misma con

esta razón: que los trabajos y pena de ser monja no podía ser

mayor que la del purgatorio, y que yo había bien merecido el

infierno; que no era mucho estar lo que viviese como en purgatorio,

y que después me iría derecha al cielo, que éste era mi deseo.

Y en este movimiento de tomar estado, más me parece me movía

un temor servil que amor. Poníame el demonio que no podría sufrir

los trabajos de la religión, por ser tan regalada. A esto me defendía

con los trabajos que pasó Cristo, porque no era mucho yo pasase

algunos por El; que El me ayudaría a llevarlos -debía pensar-, que

esto postrero no me acuerdo. Pasé hartas tentaciones estos días.

7. Habíanme dado, con unas calenturas, unos grandes desmayos,

que siempre tenía bien poca salud. Diome la vida haber quedado ya

amiga de buenos libros. Leía en las Epístolas de San Jerónimo, que

me animaban de suerte que me determiné a decirlo a mi padre, que

casi era como a tomar el hábito, porque era tan honrosa que me

parece no tornara atrás por ninguna manera, habiéndolo dicho una

vez. Era tanto lo que me quería, que en ninguna manera lo pude

acabar con él, ni bastaron ruegos de personas que procuré le

hablasen. Lo que más se pudo acabar con él fue que después de

sus días haría lo que quisiese. Yo ya me temía a mí y a mi flaqueza

no tornase atrás, y así no me pareció me convenía esto, y procurélo

por otra vía, como ahora diré.

------------------------------------------------------------------------

CAPÍTULO 4

Dice cómo la ayudó el Señor para forzarse a sí misma para tomar

hábito, y las muchas enfermedades que Su Majestad la comenzó a

dar.

1. En estos días que andaba con estas determinaciones, había

persuadido a un hermano mío a que se metiese fraile (*,1)

diciéndole la vanidad del mundo. Y concertamos entrambos de

irnos un día muy de mañana al monasterio adonde estaba aquella

mi amiga, que era al que yo tenía mucha afición, puesto que ya en

esta postrera determinación ya yo estaba de suerte, que a

cualquiera que pensara servir más a Dios o mi padre quisiera, fuera;

que más miraba ya el remedio de mi alma, que del descanso ningún

caso hacía de él.

Acuérdaseme, a todo mi parecer y con verdad, que cuando salí de

casa de mi padre no creo será más el sentimiento cuando me

muera. Porque me parece cada hueso se me apartaba por sí, que,

como no había amor de Dios que quitase el amor del padre y

parientes, era todo haciéndome una fuerza tan grande que, si el

Señor no me ayudara, no bastaran mis consideraciones para ir

adelante. Aquí me dio ánimo contra mí, de manera que lo puse por

obra.

2. En tomando el hábito, luego me dio el Señor a entender cómo

favorece a los que se hacen fuerza para servirle, la cual nadie no

entendía de mí, sino grandísima voluntad. A la hora me dio un tan

gran contento de tener aquel estado, que nunca jamás me faltó

hasta hoy, y mudó Dios la sequedad que tenía mi alma en

grandísima ternura. Dábanme deleite todas las cosas de la religión,

y es verdad que andaba algunas veces barriendo en horas que yo

solía ocupar en mi regalo y gala, y acordándoseme que estaba libre

de aquello, me daba un nuevo gozo, que yo me espantaba y no

podía entender por dónde venía.

Cuando de esto me acuerdo, no hay cosa que delante se me

pusiese, por grave que fuese, que dudase de acometerla. Porque

ya tengo experiencia en muchas que, si me ayudo al principio a

determinarme a hacerlo, que, siendo sólo por Dios, hasta

comenzarlo quiere -para que más merezcamos- que el alma sienta

aquel espanto, y mientras mayor, si sale con ello, mayor premio y

más sabroso se hace después. Aun en esta vida lo paga Su

Majestad por unas vías que sólo quien goza de ello lo entiende.

Esto tengo por experiencia, como he dicho, en muchas cosas harto

graves. Y así jamás aconsejaría -si fuera persona que hubiera de

dar parecer- que, cuando una buena inspiración acomete muchas

veces, se deje, por miedo, de poner por obra; que si va

desnudamente por solo Dios, no hay que temer sucederá mal, que

poderoso es para todo. Sea bendito por siempre, amén.

3. Bastara, ¡oh sumo Bien y descanso mío!, las mercedes que me

habíais hecho hasta aquí, de traerme por tantos rodeos vuestra

piedad y grandeza a estado tan seguro y a casa adonde había

muchas siervas de Dios, de quien yo pudiera tomar, para ir

creciendo en su servicio. No sé cómo he de pasar de aquí, cuando

me acuerdo la manera de mi profesión y la gran determinación y

contento con que la hice y el desposorio que hice con Vos. Esto no

lo puedo decir sin lágrimas, y habían de ser de sangre y

quebrárseme el corazón, y no era mucho sentimiento para lo que

después os ofendí.

Paréceme ahora que tenía razón de no querer tan gran dignidad,

pues tan mal había de usar de ella. Mas Vos, Señor mío, quisisteis

ser -casi veinte años que usé mal de esta merced- ser el agraviado,

porque yo fuese mejorada. No parece, Dios mío, sino que prometí

no guardar cosa de lo que os había prometido, aunque entonces no

era esa mi intención. Mas veo tales mis obras después, que no sé

qué intención tenía, para que más se vea quién Vos sois, Esposo

mío, y quién soy yo. Que es verdad, cierto, que muchas veces me

templa el sentimiento de mis grandes culpas el contento que me da

que se entienda la muchedumbre de vuestras misericordias.

4. ¿En quién, Señor, pueden así resplandecer como en mí, que

tanto he oscurecido con mis malas obras las grandes mercedes que

me comenzasteis a hacer? ¡Ay de mí, Criador mío, que si quiero dar

disculpa, ninguna tengo! Ni tiene nadie la culpa sino yo. Porque si

os pagara algo del amor que me comenzasteis a mostrar, no le

pudiera yo emplear en nadie sino en Vos, y con esto se remediaba

todo. Pues no lo merecí ni tuve tanta ventura, válgame ahora,

Señor, vuestra misericordia.

5. La mudanza de la vida y de los manjares me hizo daño a la

salud, que, aunque el contento era mucho, no bastó.

Comenzáronme a crecer los desmayos y diome un mal de corazón

tan grandísimo, que ponía espanto a quien le veía, y otros muchos

males juntos, y así pasé el primer año con harta mala salud, aunque

no me parece ofendí a Dios en él mucho. Y como era el mal tan

grave que casi me privaba el sentido siempre y algunas veces del

todo quedaba sin él, era grande la diligencia que traía mi padre para

buscar remedio; y como no le dieron los médicos de aquí, procuró

llevarme a un lugar adonde había mucha fama de que sanaban allí

otras enfermedades, y así dijeron harían la mía. Fue conmigo esta

amiga que he dicho que tenía en casa, que era antigua. En la casa

que era monja no se prometía clausura.

6. Estuve casi un año por allá, y los tres meses de él padeciendo

tan grandísimo tormento en las curas que me hicieron tan recias,

que yo no sé cómo las pude sufrir; y en fin, aunque las sufrí, no las

pudo sufrir mi sujeto, como diré.

Había de comenzarse la cura en el principio del verano, y yo fui en

el principio del invierno. Todo este tiempo estuve en casa de la

hermana que he dicho que estaba en la aldea, esperando el mes de

abril, porque estaba cerca, y no andar yendo y viniendo.

7. Cuando iba, me dio aquel tío mío que tengo dicho que estaba en

el camino, un libro: llámase Tercer Abecedario, que trata de

enseñar oración de recogimiento; y puesto que este primer año

había leído buenos libros (que no quise más usar de otros, porque

ya entendía el daño que me habían hecho), no sabía cómo

proceder en oración ni cómo recogerme, y así holguéme mucho con

él y determinéme a seguir aquel camino con todas mis fuerzas. Y

como ya el Señor me había dado don de lágrimas y gustaba de

leer, comencé a tener ratos de soledad y a confesarme a menudo y

comenzar aquel camino, teniendo a aquel libro por maestro. Porque

yo no hallé maestro, digo confesor, que me entendiese, aunque le

busqué, en veinte años después de esto que digo, que me hizo

harto daño para tornar muchas veces atrás y aun para del todo

perderme; porque todavía me ayudara a salir de las ocasiones que

tuve para ofender a Dios.

Comenzóme Su Majestad a hacer tantas mercedes en los

principios, que al fin de este tiempo que estuve aquí (que era casi

nueve meses en esta soledad, aunque no tan libre de ofender a

Dios como el libro me decía, mas por esto pasaba yo; parecíame

casi imposible tanta guarda; teníala de no hacer pecado mortal, y

pluguiera a Dios la tuviera siempre; de los veniales hacía poco

caso, y esto fue lo que me destruyó...), comenzó el Señor a

regalarme tanto por este camino, que me hacía merced de darme

oración de quietud, y alguna vez llegaba a unión, aunque yo no

entendía qué era lo uno ni lo otro y lo mucho que era de preciar,

que creo me fuera gran bien entenderlo. Verdad es que duraba tan

poco esto de unión, que no sé si era Avemaría; mas quedaba con

unos efectos tan grandes que, con no haber en este tiempo veinte

años, me parece traía el mundo debajo de los pies, y así me

acuerdo que había lástima a los que le seguían, aunque fuese en

cosas lícitas.

Procuraba lo más que podía traer a Jesucristo, nuestro bien y

Señor, dentro de mí presente, y ésta era mi manera de oración. Si

pensaba en algún paso, le representaba en lo interior; aunque lo

más gastaba en leer buenos libros, que era toda mi recreación;

porque no me dio Dios talento de discurrir con el entendimiento ni

de aprovecharme con la imaginación, que la tengo tan torpe, que

aun para pensar y representar en mí -como lo procuraba traer- la

Humanidad del Señor, nunca acababa. Y aunque por esta vía de no

poder obrar con el entendimiento llegan más presto a la

contemplación si perseveran, es muy trabajoso y penoso. Porque si

falta la ocupación de la voluntad y el haber en qué se ocupe en

cosa presente el amor, queda el alma como sin arrimo ni ejercicio, y

da gran pena la soledad y sequedad, y grandísimo combate los

pensamientos.

8. A personas que tienen esta disposición les conviene más pureza

de conciencia que a las que con el entendimiento pueden obrar.

Porque quien va discurriendo en lo que es el mundo y en lo que

debe a Dios y en lo mucho que sufrió y lo poco que le sirve y lo que

da a quien le ama, saca doctrina para defenderse de los

pensamientos y de las ocasiones y peligros. Pero quien no se

puede aprovechar de esto, tiénele mayor y conviénele ocuparse

mucho en lección, pues de su parte no puede sacar ninguna.

Es tan penosísima esta manera de proceder, que si el maestro que

enseña aprieta en que sin lección, que ayuda mucho para recoger

(a quien de esta manera procede le es necesario, aunque sea poco

lo que lea, sino en lugar de la oración mental que no puede tener);

digo que si sin esta ayuda le hacen estar mucho rato en la oración,

que será imposible durar mucho en ella y le hará daño a la salud si

porfía, porque es muy penosa cosa.

9. Ahora me parece que proveyó el Señor que yo no hallase quien

me enseñase, porque fuera imposible, -me parece-, perseverar

dieciocho años que pasé este trabajo, y en éstos grandes

sequedades, por no poder, como digo, discurrir. En todos éstos, si

no era acabando de comulgar, jamás osaba comenzar a tener

oración sin un libro; que tanto temía mi alma estar sin él en oración,

como si con mucha gente fuera a pelear. Con este remedio, que era

como una compañía o escudo en que había de recibir los golpes de

los muchos pensamientos, andaba consolada. Porque la sequedad

no era lo ordinario, mas era siempre cuando me faltaba libro, que

era luego desbaratada el alma, y los pensamientos perdidos; con

esto los comenzaba a recoger y como por halago llevaba el alma. Y

muchas veces, en abriendo el libro, no era menester más. Otras leía

poco, otras mucho, conforme a la merced que el Señor me hacía.

Parecíame a mí, en este principio que digo, que teniendo yo libros y

cómo tener soledad, que no habría peligro que me sacase de tanto

bien; y creo con el favor de Dios fuera así, si tuviera maestro o

persona que me avisara de huir las ocasiones en los principios y me

hiciera salir de ellas, si entrara, con brevedad. Y si el demonio me

acometiera entonces descubiertamente, parecíame en ninguna

manera tornara gravemente a pecar; mas fue tan sutil y yo tan ruin,

que todas mis determinaciones me aprovecharon poco, aunque

muy mucho los días que serví a Dios, para poder sufrir las terribles

enfermedades que tuve, con tan gran paciencia como Su Majestad

me dio.

10. Muchas veces he pensado espantada de la gran bondad de

Dios, y regaládose mi alma de ver su gran magnificencia y

misericordia. Sea bendito por todo, que he visto claro no dejar sin

pagarme, aun en esta vida, ningún deseo bueno. Por ruines e

imperfectas que fuesen mis obras, este Señor mío las iba

mejorando y perfeccionando y dando valor, y los males y pecados

luego los escondía. Aun en los ojos de quien los ha visto, permite

Su Majestad se cieguen y los quita de su memoria. Dora las culpas.

Hace que resplandezca una virtud que el mismo Señor pone en mí

casi haciéndome fuerza para que la tenga.

11. Quiero tornar a lo que me han mandado. Digo que, si hubiera de

decir por menudo de la manera que el Señor se había conmigo en

estos principios, que fuera menester otro entendimiento que el mío

para saber encarecer lo que en este caso le debo y mi gran

ingratitud y maldad, pues todo esto olvidé. Sea por siempre bendito,

que tanto me ha sufrido. Amén.

------------------------------------------------------------------------

CAPÍTULO 5

Prosigue en las grandes enfermedades que tuvo y la paciencia que

el Señor le dio en ellas, y cómo saca de los males bienes, según se

verá en una cosa que le acaeció en este lugar que se fue a curar.

1. Olvidé de decir cómo en el año del noviciado pasé grandes

desasosiegos con cosas que en sí tenían poco tomo; mas

culpábanme sin tener culpa hartas veces. Yo lo llevaba con harta

pena e imperfección, aunque con el gran contento que tenía de ser

monja todo lo pasaba. Como me veían procurar soledad y me veían

llorar por mis pecados algunas veces, pensaban era descontento, y

así lo decían.

Era aficionada a todas las cosas de religión, mas no a sufrir ninguna

que pareciese menosprecio. Holgábame de ser estimada. Era

curiosa en cuanto hacía. Todo me parecía virtud, aunque esto no

me será disculpa, porque para todo sabía lo que era procurar mi

contento, y así la ignorancia no quita la culpa. Alguna tiene no estar

fundado el monasterio en mucha perfección; yo, como ruin, íbame a

lo que veía falta y dejaba lo bueno.

2. Estaba una monja entonces enferma de grandísima enfermedad

y muy penosa, porque eran unas bocas en el vientre, que se le

habían hecho de opilaciones, por donde echaba lo que comía.

Murió presto de ello. Yo veía a todas temer aquel mal. A mí

hacíame gran envidia su paciencia. Pedía a Dios que, dándomela

así a mí, me diese las enfermedades que fuese servido. Ninguna

me parece temía, porque estaba tan puesta en ganar bienes

eternos, que por cualquier medio me determinaba a ganarlos. Y

espántome, porque aún no tenía -a mi parecer- amor de Dios, como

después que comencé a tener oración me parecía a mí le he tenido,

sino una luz de parecerme todo de poca estima lo que se acaba y

de mucho precio los bienes que se pueden ganar con ello, pues son

eternos.

Tan bien me oyó en esto Su Majestad, que antes de dos años

estaba tal, que aunque no el mal de aquella suerte, creo no fue

menos penoso y trabajoso el que tres años tuve, como ahora diré.

3. Venido el tiempo que estaba aguardando en el lugar que digo

que estaba con mi hermana para curarme, lleváronme con harto

cuidado de mi regalo mi padre y hermana y aquella monja mi amiga

que había salido conmigo, que era muy mucho lo que me quería.

Aquí comenzó el demonio a descomponer mi alma, aunque Dios

sacó de ello harto bien. Estaba una persona de la iglesia, que

residía en aquel lugar adonde me fui a curar, de harto buena

calidad y entendimiento. Tenía letras, aunque no muchas. Yo

comencéme a confesar con él, que siempre fui amiga de letras,

aunque gran daño hicieron a mi alma confesores medio letrados,

porque no los tenía de tan buenas letras como quisiera.

He visto por experiencia que es mejor, siendo virtuosos y de santas

costumbres, no tener ningunas; porque ni ellos se fían de sí sin

preguntar a quien las tenga buenas, ni yo me fiara. Y buen letrado

nunca me engañó. Estotros tampoco me debían de querer engañar,

sino no sabían más. Yo pensaba que sí y que no era obligada a

más de creerlos, como era cosa ancha lo que me decían y de más

libertad; que si fuera apretada, yo soy tan ruin que buscara otros. Lo

que era pecado venial decíanme que no era ninguno; lo que era

gravísimo mortal, que era venial. Esto me hizo tanto daño que no es

mucho lo diga aquí para aviso de otras de tan gran mal; que para

delante de Dios bien veo no me es disculpa, que bastaban ser las

cosas de su natural no buenas para que yo me guardara de ellas.

Creo permitió Dios, por mis pecados, ellos se engañasen y me

engañasen a mí. Yo engañé a otras hartas con decirles lo mismo

que a mí me habían dicho.

Duré en esta ceguedad creo más de diecisiete años, hasta que un

Padre dominico, gran letrado, me desengañó en cosas, y los de la

Compañía de Jesús del todo me hicieron tanto temer,

agraviándome tan malos principios, como después diré.

4. Pues comenzándome a confesar con este que digo, él se aficionó

en extremo a mí, porque entonces tenía poco que confesar para lo

que después tuve, ni lo había tenido después de monja. No fue la

afición de éste mala; mas de demasiada afición venía a no ser

buena. Tenía entendido de mí que no me determinaría a hacer cosa

contra Dios que fuese grave por ninguna cosa, y él también me

aseguraba lo mismo, y así era mucha la conversación. Mas mis

tratos entonces, con el embebecimiento de Dios que traía, lo que

más gusto me daba era tratar cosas de El; y como era tan niña,

hacíale confusión ver esto, y con la gran voluntad que me tenía,

comenzó a declararme su perdición. Y no era poca, porque había

casi siete años que estaba en muy peligroso estado, con afición y

trato con una mujer del mismo lugar, y con esto decía misa. Era

cosa tan pública, que tenía perdida la honra y la fama, y nadie le

osaba hablar contra esto.

A mí hízoseme gran lástima, porque le quería mucho; que esto

tenía yo de gran liviandad y ceguedad, que me parecía virtud ser

agradecida y tener ley a quien me quería. ¡Maldita sea tal ley, que

se extiende hasta ser contra la de Dios! Es un desatino que se usa

en el mundo, que me desatina; que debemos todo el bien que nos

hacen a Dios, y tenemos por virtud, aunque sea ir contra El, no

quebrantar esta amistad. ¡Oh ceguedad del mundo! ¡Fuerais Vos

servido, Señor, que yo fuera ingratísima contra todo él, y contra Vos

no lo fuera un punto! Mas ha sido todo al revés, por mis pecados.

5. Procuré saber e informarme más de personas de su casa. Supe

más la perdición, y vi que el pobre no tenía tanta culpa; porque la

desventurada de la mujer le tenía puestos hechizos en un idolillo de

cobre que le había rogado le trajese por amor de ella al cuello, y

éste nadie había sido poderoso de podérsele quitar.

Yo no creo es verdad esto de hechizos determinadamente; mas diré

esto que yo vi, para aviso de que se guarden los hombres de

mujeres que este trato quieren tener, y crean que, pues pierden la

vergüenza a Dios (que ellas más que los hombres son obligadas a

tener honestidad), que ninguna cosa de ellas pueden confiar; que a

trueco de llevar adelante su voluntad y aquella afición que el

demonio les pone, no miran nada. Aunque yo he sido tan ruin, en

ninguna de esta suerte yo no caí, ni jamás pretendí hacer mal ni,

aunque pudiera, quisiera forzar la voluntad para que me la tuvieran,

porque me guardó el Señor de esto; mas si me dejara, hiciera el mal

que hacía en lo demás, que de mí ninguna cosa hay que fiar.

6. Pues como supe esto, comencé a mostrarle más amor. Mi

intención buena era, la obra mala, pues por hacer bien, por grande

que sea, no había de hacer un pequeño mal. Tratábale muy

ordinario de Dios. Esto debía aprovecharle, aunque más creo le

hizo al caso el quererme mucho; porque, por hacerme placer, me

vino a dar el idolillo, el cual hice echar luego en un río. Quitado éste,

comenzó -como quien despierta de un gran sueño- a irse

acordando de todo lo que había hecho aquellos años; y

espantándose de sí, doliéndose de su perdición, vino a comenzar a

aborrecerla. Nuestra Señora le debía ayudar mucho, que era muy

devoto de su Concepción, y en aquel día hacía gran fiesta. En fin,

dejó del todo de verla y no se hartaba de dar gracias a Dios por

haberle dado luz.

A cabo de un año en punto desde el primer día que yo le vi, murió.

Y había estado muy en servicio de Dios, porque aquella afición

grande que me tenía nunca entendí ser mala, aunque pudiera ser

con más puridad; mas también hubo ocasiones para que, si no se

tuviera muy delante a Dios, hubiera ofensas suyas más graves.

Como he dicho, cosa que yo entendiera era pecado mortal no la

hiciera entonces. Y paréceme que le ayudaba a tenerme amor ver

esto en mí; que creo todos los hombres deben ser más amigos de

mujeres que ven inclinadas a virtud; y aun para lo que acá

pretenden deben de ganar con ellos más por aquí, según después

diré.

Tengo por cierto está en carrera de salvación. Murió muy bien y

muy quitado de aquella ocasión. Parece quiso el Señor que por

estos medios se salvase.

7. Estuve en aquel lugar tres meses con grandísimos trabajos,

porque la cura fue más recia que pedía mi complexión. A los dos

meses, a poder de medicinas, me tenía casi acabada la vida, y el

rigor del mal de corazón de que me fui a curar era mucho más recio,

que algunas veces me parecía con dientes agudos me asían de él,

tanto que se temió era rabia. Con la falta grande de virtud (porque

ninguna cosa podía comer, si no era bebida, de grande hastío)

calentura muy continua, y tan gastada, porque casi un mes me

había dado una purga cada día, estaba tan abrasada, que se me

comenzaron a encoger los nervios con dolores tan incomportables,

que día ni noche ningún sosiego podía tener. Una tristeza muy

profunda.

8. Con esta ganancia me tornó a traer mi padre adonde tornaron a

verme médicos. Todos me desahuciaron, que decían sobre todo

este mal, decían estaba hética. De esto se me daba a mí poco. Los

dolores eran los que me fatigaban, porque eran en un ser desde los

pies hasta la cabeza; porque de nervios son intolerables, según

decían los médicos, y como todos se encogían, cierto -si yo no lo

hubiera por mi culpa perdido- era recio tormento.

En esta reciedumbre no estaría más de tres meses, que parecía

imposible poderse sufrir tantos males juntos. Ahora me espanto, y

tengo por gran merced del Señor la paciencia que Su Majestad me

dio, que se veía claro venir de El. Mucho me aprovechó para tenerla

haber leído la historia de Job en los Morales de San Gregorio, que

parece previno el Señor con esto, y con haber comenzado a tener

oración, para que yo lo pudiese llevar con tanta conformidad. Todas

mis pláticas eran con El. Traía muy ordinario estas palabras de Job

en el pensamiento y decíalas: Pues recibimos los bienes de la

mano del Señor, ¿por qué no sufriremos los males? Esto parece me

ponía esfuerzo.

9. Vino la fiesta de nuestra Señora de Agosto, que hasta entonces

desde abril había sido el tormento, aunque los tres postreros meses

mayor. Di prisa a confesarme, que siempre era muy amiga de

confesarme a menudo. Pensaron que era miedo de morirme y, por

no me dar pena, mi padre no me dejó. ¡Oh amor de carne

demasiado, que aunque sea de tan católico padre y tan avisado -

que lo era harto, que no fue ignorancia- me pudiera hacer gran

daño! Diome aquella noche un paraxismo que me duró estar sin

ningún sentido cuatro días, poco menos. En esto me dieron el

Sacramento de la Unción y cada hora o momento pensaban

expiraba y no hacían sino decirme el Credo, como si alguna cosa

entendiera. Teníanme a veces por tan muerta, que hasta la cera me

hallé después en los ojos.

10. La pena de mi padre era grande de no me haber dejado

confesar; clamores y oraciones a Dios, muchas. Bendito sea El que

quiso oírlas, que teniendo día y medio abierta la sepultura en mi

monasterio, esperando el cuerpo allá y hechas las honras en uno

de nuestros frailes fuera de aquí, quiso el Señor tornase en mí.

Luego me quise confesar. Comulgué con hartas lágrimas; mas a mi

parecer que no eran con el sentimiento y pena de sólo haber

ofendido a Dios, que bastara para salvarme, si el engaño que traía

de los que me habían dicho no eran algunas cosas pecado mortal,

que cierto he visto después lo eran, no me aprovechara. Porque los

dolores eran incomportables, con que quedé; el sentido poco,

aunque la confesión entera, a mi parecer, de todo lo que entendí

había ofendido a Dios; que esta merced me hizo Su Majestad, entre

otras, que nunca, después que comencé a comulgar, dejé cosa por

confesar que yo pensase era pecado, aunque fuese venial, que le

dejase de confesar. Mas sin duda me parece que lo iba harto mi

salvación si entonces me muriera, por ser los confesores tan poco

letrados por una parte, y por otra ser yo ruin, y por muchas.

11. Es verdad, cierto, que me parece estoy con tan gran espanto

llegando aquí y viendo cómo parece me resucitó el Señor, que

estoy casi temblando entre mí. Paréceme fuera bien, oh ánima mía,

que miraras del peligro que el Señor te había librado y, ya que por

amor no le dejabas de ofender, lo dejaras por temor que pudiera

otras mil veces matarte en estado más peligroso. Creo no añado

muchas en decir otras mil, aunque me riña quien me mandó

moderase el contar mis pecados, y harto hermoseados van.

Por amor de Dios le pido de mis culpas no quite nada, pues se ve

más aquí la magnificencia de Dios y lo que sufre a un alma. Sea

bendito para siempre. Plega a Su Majestad que antes me consuma

que le deje yo más de querer.

------------------------------------------------------------------------

CAPÍTULO 6

Trata de lo mucho que debió al Señor en darle conformidad con tan

grandes trabajos, y cómo tomó por medianero y abogado al glorioso

San José, y lo mucho que le aprovechó.

1. Quedé de estos cuatro días de paroxismo de manera que sólo el

Señor puede saber los incomportables tormentos que sentía en mí:

la lengua hecha pedazos de mordida; la garganta, de no haber

pasado nada y de la gran flaqueza que me ahogaba, que aun el

agua no podía pasar; toda me parecía estaba descoyuntada; con

grandísimo desatino en la cabeza; toda encogida, hecha un ovillo,

porque en esto paró el tormento de aquellos días, sin poderme

menear, ni brazo ni pie ni mano ni cabeza, más que si estuviera

muerta, si no me meneaban; sólo un dedo me parece podía menear

de la mano derecha. Pues llegar a mí no había cómo, porque todo

estaba tan lastimado que no lo podía sufrir. En una sábana, una de

un cabo y otra de otro, me meneaban.

Esto fue hasta Pascua Florida. Sólo tenía que, si no llegaban a mí,

los dolores me cesaban muchas veces y, a cuento de descansar un

poco, me contaba por buena, que traía temor me había de faltar la

paciencia; y así quedé muy contenta de verme sin tan agudos y

continuos dolores, aunque a los recios fríos de cuartanas dobles

con que quedé, recísimas, los tenía incomportables; el hastío muy

grande.

2. Di luego tan gran prisa de irme al monasterio, que me hice llevar

así. A la que esperaban muerta, recibieron con alma; mas el cuerpo

peor que muerto, para dar pena verle. El extremo de flaqueza no se

puede decir, que solos los huesos tenía ya. Digo que estar así me

duró más de ocho meses; el estar tullida, aunque iba mejorando,

casi tres años. Cuando comencé a andar a gatas, alababa a Dios.

Todos los pasé con gran conformidad y, si no fue estos principios,

con gran alegría; porque todo se me hacía nonada comparado con

los dolores y tormentos del principio. Estaba muy conforme con la

voluntad de Dios, aunque me dejase así siempre.

Paréceme era toda mi ansia de sanar por estar a solas en oración

como venía mostrada, porque en la enfermería no había aparejo.

Confesábame muy a menudo. Trataba mucho de Dios, de manera

que edificaba a todas, y se espantaban de la paciencia que el Señor

me daba; porque, a no venir de mano de Su Majestad, parecía

imposible poder sufrir tanto mal con tanto contento.

3. Gran cosa fue haberme hecho la merced en la oración que me

había hecho, que ésta me hacía entender qué cosa era amarle;

porque de aquel poco tiempo vi nuevas en mí esta virtudes, aunque

no fuertes, pues no bastaron a sustentarme en justicia: no tratar mal

de nadie por poco que fuese, sino lo ordinario era excusar toda

murmuración; porque traía muy delante cómo no había de querer ni

decir de otra persona lo que no quería dijesen de mí. Tomaba esto

en harto extremo para las ocasiones que había, aunque no tan

perfectamente que algunas veces, cuando me las daban grandes,

en algo no quebrase; mas lo continuo era esto; y así, a las que

estaban conmigo y me trataban persuadía tanto a esto, que se

quedaron en costumbre. Vínose a entender que adonde yo estaba

tenían seguras las espaldas, y en esto estaban con las que yo tenía

amistad y deudo, y enseñaba; aunque en otras cosas tengo bien

que dar cuenta a Dios del mal ejemplo que les daba.

Plega a Su Majestad me perdone, que de muchos males fui causa,

aunque no con tan dañada intención como después sucedía la

obra.

4. Quedóme deseo de soledad; amiga de tratar y hablar en Dios,

que si yo hallara con quién, más contento y recreación me daba que

toda la policía -o grosería, por mejor decir- de la conversación del

mundo; comulgar y confesar muy más a menudo, y desearlo;

amiguísima de leer buenos libros; un grandísimo arrepentimiento en

habiendo ofendido a Dios, que muchas veces me acuerdo que no

osaba tener oración, porque temía la grandísima pena que había de

sentir de haberle ofendido, como un gran castigo. Esto me fue

creciendo después en tanto extremo, que no sé yo a qué compare

este tormento. Y no era poco ni mucho por temor jamás, sino como

se me acordaba los regalos que el Señor me hacía en la oración y

lo mucho que le debía, y veía cuán mal se lo pagaba, no lo podía

sufrir, y enojábame en extremo de las muchas lágrimas que por la

culpa lloraba, cuando veía mi poca enmienda, que ni bastaban

determinaciones ni fatiga en que me veía para no tornar a caer en

poniéndome en la ocasión. Parecíanme lágrimas engañosas y

parecíame ser después mayor la culpa, porque veía la gran merced

que me hacía el Señor en dármelas y tan gran arrepentimiento.

Procuraba confesarme con brevedad y, a mi parecer, hacía de mi

parte lo que podía para tornar en gracia.

Estaba todo el daño en no quitar de raíz las ocasiones y en los

confesores, que me ayudaban poco; que, a decirme en el peligro

que andaba y que tenía obligación a no traer aquellos tratos, sin

duda creo se remediara; porque en ninguna vía sufriera andar en

pecado mortal sólo un día, si yo lo entendiera.

Todas estas señales de temer a Dios me vinieron con la oración, y

la mayor era ir envuelto en amor, porque no se me ponía delante el

castigo. Todo lo que estuve tan mala, me duró mucha guarda de mi

conciencia cuanto a pecados mortales. ¡Oh, válgame Dios, que

deseaba yo la salud para más servirle, y fue causa de todo mi daño!

5. Pues como me vi tan tullida y en tan poca edad y cuál me habían

parado los médicos de la tierra, determiné acudir a los del cielo para

que me sanasen; que todavía deseaba la salud, aunque con mucha

alegría lo llevaba, y pensaba algunas veces que, si estando buena

me había de condenar, que mejor estaba así; mas todavía pensaba

que serviría mucho más a Dios con la salud. Este es nuestro

engaño, no nos dejar del todo a lo que el Señor hace, que sabe

mejor lo que nos conviene.

6. Comencé a hacer devociones de misas y cosas muy aprobadas

de oraciones, que nunca fui amiga de otras devociones que hacen

algunas personas, en especial mujeres, con ceremonias que yo no

podía sufrir y a ellas les hacía devoción; después se ha dado a

entender no convenían, que eran supersticiosas. Y tomé por

abogado y señor al gloriosoSan José y encomendéme mucho a él.

Vi claro que así de esta necesidad como de otras mayores de honra

y pérdida de alma este padre y señor mío me sacó con más bien

que yo le sabía pedir. No me acuerdo hasta ahora haberle

suplicado cosa que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta

las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este

bienaventurado Santo, de los peligros que me ha librado, así de

cuerpo como de alma; que a otros santos parece les dio el Señor

gracia para socorrer en una necesidad, a este glorioso Santo tengo

experiencia que socorre en todas y que quiere el Señor darnos a

entender que así como le fue sujeto en la tierra -que como tenía el

nombre de padre, siendo ayo, le podía mandar-, así en el cielo hace

cuanto le pide.

Esto han visto otras algunas personas, a quien yo decía se

encomendasen a él, también por experiencia; y aun hay muchas

que le son devotas de nuevo, experimentando esta verdad.

7. Procuraba yo hacer su fiesta con toda la solemnidad que podía,

más llena de vanidad que de espíritu, queriendo se hiciese muy

curiosamente y bien, aunque con buen intento. Mas esto tenía

malo, si algún bien el Señor me daba gracia que hiciese, que era

lleno de imperfecciones y con muchas faltas. Para el mal y

curiosidad y vanidad tenía gran maña y diligencia. El Señor me

perdone.

Querría yo persuadir a todos fuesen devotos de este glorioso Santo,

por la gran experiencia que tengo de los bienes que alcanza de

Dios. No he conocido persona que de veras le sea devota y haga

particulares servicios, que no la vea más aprovechada en la virtud;

porque aprovecha en gran manera a las almas que a él se

encomiendan. Paréceme ha algunosaños que cada año en su día le

pido una cosa, y siempre la veo cumplida. Si va algo torcida la

petición, él la endereza para más bien mío.

8. Si fuera persona que tuviera autoridad de escribir, de buena gana

me alargara en decir muy por menudo las mercedes que ha hecho

este glorioso Santo a mí y a otras personas; mas por no hacer más

de lo que me mandaron, en muchas cosas seré corta más de lo que

quisiera, en otras más larga que era menester; en fin, como quien

en todo lo bueno tiene poca discreción. Sólo pido por amor de Dios

que lo pruebe quien no me creyere, y verá por experiencia el gran

bien que es encomendarse a este glorioso Patriarca y tenerle

devoción. En especial, personas de oración siempre le habían de

ser aficionadas; que no sé cómo se puede pensar en la Reina de

los ángeles en el tiempo que tanto pasó con el Niño Jesús, que no

den gracias a San José por lo bien que les ayudó en ellos. Quien no

hallare maestro que le enseñe oración, tome este glorioso Santo

por maestro y no errará en el camino. Plega al Señor no haya yo

errado en atreverme a hablar en él; porque aunque publico serle

devota, en los servicios y en imitarle siempre he faltado.

Pues él hizo como quien es en hacer de manera que pudiese

levantarme y andar y no estar tullida; y yo como quien soy, en usar

mal de esta merced.

9. ¡Quién dijera que había tan presto de caer, después de tantos

regalos de Dios, después de haber comenzado Su Majestad a

darme virtudes, que ellas mismas me despertaban a servirle,

después de haberme visto casi muerta y en tan gran peligro de ir

condenada, después de haberme resucitado alma y cuerpo, que

todos los que me vieron se espantaban de verme viva! ¡Qué es

esto, Señor mío! ¿En tan peligrosa vida hemos de vivir? Que

escribiendo esto estoy y me parece que con vuestro favor y por

vuestra misericordia podría decir lo que San Pablo, aunque no con

esa perfección, que no vivo yo ya sino que Vos, Criador mío, vivís

en mí, según ha algunos años que, a lo que puedo entender, me

tenéis de vuestra mano y me veo con deseos y determinaciones y

en alguna manera probado por experiencia en estos años en

muchas cosas, de no hacer cosa contra vuestra voluntad, por

pequeña que sea, aunque debo hacer hartas ofensas a Vuestra

Majestad sin entenderlo. Y también me parece que no se me

ofrecerá cosa por vuestro amor, que con gran determinación me

deje de poner a ella, y en algunas me habéis Vos ayudado para que

salga con ellas, y no quiero mundo ni cosa de él, ni me parece me

da contento cosa que salga de Vos, y lo demás me parece pesada

cruz.

Bien me puedo engañar, y así será que no tengo esto que he dicho;

mas bien veis Vos, mi Señor, que a lo que puedo entender no

miento, y estoy temiendo -y con mucha razón- si me habéis de

tornar a dejar; porque ya sé a lo que llega mi fortaleza y poca virtud

en no me la estando Vos dando siempre y ayudando para que no

os deje; y plega a Vuestra Majestad que aun ahora no esté dejada

de Vos, pareciéndome todo esto de mí.

No sé cómo queremos vivir, pues es todo tan incierto. Parecíame a

mí, Señor mío, ya imposible dejaros tan del todo a Vos; y como

tantas veces os dejé, no puedo dejar de temer, porque, en

apartándoos un poco de mí, daba con todo en el suelo.

Bendito seáis por siempre, que aunque os dejaba yo a Vos, no me

dejasteis Vos a mí tan del todo, que no me tornase a levantar, con

darme Vos siempre la mano; y muchas veces, Señor, no la quería,

ni quería entender cómo muchas veces me llamabais de nuevo,

como ahora diré.

------------------------------------------------------------------------

CAPÍTULO 7

Trata por los términos que fue perdiendo las mercedes que el Señor

le había hecho, y cuán perdida vida comenzó a tener. - Dice los

daños que hay en no ser muy encerrados los monasterios de

monjas.

1. Pues así comencé, de pasatiempo en pasatiempo, de vanidad en

vanidad, de ocasión en ocasión, a meterme tanto en muy grandes

ocasiones y andar tan estragada mi alma en muchas vanidades,

que ya yo tenía vergüenza de en tan particular amistad como es

tratar de oración tornarme a llegar a Dios. Y ayudóme a esto que,

como crecieron los pecados, comenzóme a faltar el gusto y regalo

en las cosas de virtud. Veía yo muy claro, Señor mío, que me

faltaba esto a mí por faltaros yo a Vos.

Este fue el más terrible engaño que el demonio me podía hacer

debajo de parecer humildad, que comencé a temer de tener

oración, de verme tan perdida; y parecíame era mejor andar como

los muchos, pues en ser ruin era de los peores, y rezar lo que

estaba obligada y vocalmente, que no tener oración mental y tanto

trato con Dios la que merecía estar con los demonios, y que

engañaba a la gente, porque en lo exterior tenía buenas

apariencias.

Y así no es de culpar a la casa adonde estaba, porque con mi maña

procuraba me tuviesen en buena opinión, aunque no de advertencia

fingiendo cristiandad; porque en esto de hipocresía y vanagloria,

gloria a Dios, jamás me acuerdo haberle ofendido que yo entienda;

que en viniéndome primer movimiento, me daba tanta pena, que el

demonio iba con pérdida y yo quedaba con ganancia, y así en esto

muy poco me ha tentado jamás. Por ventura si Dios permitiera me

tentara en esto tan recio como en otras cosas, también cayera; mas

Su Majestad hasta ahora me ha guardado en esto, sea por siempre

bendito; antes me pesaba mucho de que me tuviesen en buena

opinión, como yo sabía lo secreto de mí.

2. Este no me tener por tan ruin venía que, como me veían tan

moza y en tantas ocasiones y apartarme muchas veces a soledad a

rezar y leer, mucho hablar de Dios, amiga de hacer pintar su

imagen en muchas partes y de tener oratorio y procurar en él cosas

que hiciesen devoción, no decir mal, otras cosas de esta suerte que

tenían apariencia de virtud, y yo que de vana me sabía estimar en

las cosas que en el mundo se suelen tener por estima, con esto me

daban tanta y más libertad que a las muy antiguas y tenían gran

seguridad de mí. Porque tomar yo libertad ni hacer cosas sin

licencia, digo por agujeros o paredes o de noche, nunca me parece

lo pudiera acabar conmigo en monasterio hablar de esta suerte, ni

lo hice, porque me tuvo el Señor de su mano. Parecíame a mí -que

con advertencia y de propósito miraba muchas cosas- que poner la

honra de tantas en aventura, por ser yo ruin, siendo ellas buenas,

que era muy mal hecho; como si fuera bien otras cosas que hacía.

A la verdad, no iba el mal de tanto acuerdo como esto fuera,

aunque era mucho.

3. Por esto me parece a mí me hizo harto daño no estar en

monasterio encerrado; porque la libertad que las que eran buenas

podían tener con bondad (porque no debían más, que no se

prometía clausura), para mí, que soy ruin, hubiérame cierto llevado

al infierno, si con tantos remedios y medios el Señor con muy

particulares mercedes suyas no me hubiera sacado de este peligro.

Y así me parece lo es grandísimo, monasterio de mujeres con

libertad, y que más me parece es paso para caminar al infierno las

que quisieren ser ruines, que remedio para sus flaquezas.

Esto no se tome por el mío, porque hay tantas que sirven muy de

veras y con mucha perfección al Señor, que no puede Su Majestad

dejar, según es bueno, de favorecerlas, y no es de los muy abiertos,

y en él se guarda toda religión, sino de otros que yo sé y he visto.

4. Digo que me hace gran lástima; que ha menester el Señor hacer

particulares llamamientos -y no una vez sino muchas- para que se

salven, según están autorizadas las honras y recreaciones del

mundo, y tan mal entendido a lo que están obligadas, que plega a

Dios no tengan por virtud lo que es pecado, como muchas veces yo

lo hacía. Y hay tan gran dificultad en hacerlo entender, que es

menester el Señor ponga muy de veras en ello su mano.

Si los padres tomasen mi consejo, ya que no quieran mirar a poner

sus hijas adonde vayan camino de salvación sino con más peligro

que en el mundo, que lo miren por lo que toca a su honra; y quieran

más casarlas muy bajamente, que meterlas en monasterios

semejantes, si no son muy bien inclinadas -y plega a Dios

aproveche-, o se las tenga en su casa. Porque, si quiere ser ruin, no

se podrá encubrir sino poco tiempo, y acá muy mucho, y en fin lo

descubre el Señor; y no sólo daña a sí, sino a todas; y a las veces

las pobrecitas no tienen culpa, porque se van por lo que hallan; y es

lástima de muchas que se quieren apartar del mundo y, pensando

que se van a servir al Señor y a apartar de los peligros del mundo,

se hallan en diez mundos juntos, que ni saben cómo se valer ni

remediar; que la mocedad y sensualidad y demonio las convida e

inclina a seguir algunas cosas que son del mismo mundo. Ve allí

que lo tienen por bueno, a manera de decir.

Paréceme como los desventurados de los herejes, en parte, que se

quieren cegar y hacer entender que es bueno aquello que siguen, y

que lo creen así sin creerlo, porque dentro de sí tienen quien les

diga que es malo.

5. Oh grandísimo mal, grandísimo mal de religiosos -no digo ahora

más mujeres que hombres- adonde no se guarda religión, adonde

en un monasterio hay dos caminos: de virtud y religión, y falta de

religión, y todos casi se andan por igual; antes mal dije, no por

igual, que por nuestros pecados camínase más el más imperfecto; y

como hay más de él, es más favorecido. Usase tan poco el de la

verdadera religión, que más ha de temer el fraile y la monja que ha

de comenzar de veras a seguir del todo su llamamiento a los

mismos de su casa, que a todos los demonios; y más cautela y

disimulación ha de tener para hablar en la amistad que desea tener

con Dios, que en otras amistades y voluntades que el demonio

ordena en los monasterios. Y no sé de qué nos espantamos haya

tantos males en la Iglesia, pues los que habían de ser los dechados

para que todos sacasen virtudes tienen tan borrada la labor que el

espíritu de los santos pasados dejaron en las religiones.

Plega a la divina Majestad ponga remedio en ello, como ve que es

menester, amén.

6. Pues comenzando yo a tratar estas conversaciones, no me

pareciendo - como veía que se usaban- que había de venir a mi

alma el daño y distraimiento que después entendí era semejantes

tratos, pareciéndome que cosa tan general como es este visitar en

muchos monasterios que no me haría a mí más mal que a las otras

que yo veía eran buenas -y no miraba que eran muy mejores, y que

lo que en mí fue peligro en otras no lo sería tanto, que alguno dudo

yo le deja de haber, aunque no sea sino tiempo malgastado-,

estando con una persona, bien al principio del conocerla, quiso el

Señor darme a entender que no me convenían aquellas amistades,

y avisarme y darme luz en tan gran ceguedad: representóseme

Cristo delante con mucho rigor, dándome a entender lo que de

aquello le pesaba. Vile con los ojos del alma más claramente que le

pudiera ver con los del cuerpo, y quedóme tan imprimido, que ha

esto más de veinte y seis años y me parece lo tengo presente. Yo

quedé muy espantada y turbada, y no quería ver más a con quien

estaba.

7. Hízome mucho daño no saber yo que era posible ver nada si no

era con los ojos del cuerpo, y el demonio que me ayudó a que lo

creyese así y hacerme entender era imposible y que se me había

antojado y que podía ser el demonio y otras cosas de esta suerte,

puesto que siempre me quedaba un parecerme era Dios y que no

era antojo. Mas, como no era a mi gusto, yo me hacía a mí misma

desmentir; y yo como no lo osé tratar con nadie y tornó después a

haber gran importunación asegurándome que no era mal ver

persona semejante ni perdía honra, antes que la ganaba, torné a la

misma conversación y aun en otros tiempos a otras, porque fue

muchos años los que tomaba esta recreación pestilencial; que no

me parecía a mí -como estaba en ello- tan malo como era, aunque

a veces claro veía no era bueno; mas ninguna no me hizo el

distraimiento que ésta que digo, porque la tuve mucha afición.

8. Estando otra vez con la misma persona, vimos venir hacia

nosotros -y otras personas que estaban allí también lo vieron- una

cosa a manera de sapo grande, con mucha más ligereza que ellos

suelen andar. De la parte que él vino no puedo yo entender pudiese

haber semejante sabandija en mitad del día ni nunca la habido, y la

operación que hizo en mí me parece no era sin misterio. Y tampoco

esto se me olvidó jamás. ¡Oh grandeza de Dios, y con cuánto

cuidado y piedad me estábais avisando de todas maneras, y qué

poco me aprovechó a mí!

9. Tenía allí una monja que era mi parienta, antigua y gran sierva de

Dios y de mucha religión. Esta también me avisaba algunas veces,

y no sólo no la creía, mas disgustábame con ella y parecíame se

escandalizaba sin tener por qué.

He dicho esto para que se entienda mi maldad y la gran bondad de

Dios y cuán merecido tenía el infierno por tan grande ingratitud; y

también porque si el Señor ordenare y fuere servido en algún

tiempo lea esto alguna monja, escarmienten en mí; y les pido yo por

amor de nuestro Señor huyan de semejantes recreaciones. Plega a

Su Majestad se desengañe alguna por mí de cuantas he engañado

diciéndoles que no era mal y asegurando tan gran peligro con la

ceguedad que yo tenía, que de propósito no las quería yo engañar;

y por el mal ejemplo que las di -como he dicho- fui causa de hartos

males, no pensando hacía tanto mal.

10. Estando yo mala en aquellos primeros días, antes que supiese

valerme a mí, me daba grandísimo deseo de aprovechar a los otros;

tentación muy ordinaria de los que comienzan, aunque a mí me

sucedió bien.

Como quería tanto a mi padre, deseábale con el bien que yo me

parecía tenía con tener oración -que me parecía que en esta vida

no podía ser mayor que tener oración-, y así por rodeos, como

pude, comencé a procurar con él la tuviese. Dile libros para este

propósito. Como era tan virtuoso como he dicho, asentóse tan bien

en él este ejercicio, que en cinco o seis años -me parece seríaestaba

tan adelante, que yo alababa mucho al Señor, y dábame

grandísimo consuelo. Eran grandísimos los trabajos que tuvo de

muchas maneras. Todos los pasaba con grandísima conformidad.

Iba muchas veces a verme, que se consolaba en tratar cosas de

Dios.

11. Ya después que yo andaba tan destraída y sin tener oración,

como veía pensaba que era la que solía, no lo pude sufrir sin

desengañarle; porque estuve un año y más sin tener oración,

pareciéndome más humildad. Y ésta, como después diré, fue la

mayor tentación que tuve, que por ella me iba a acabar de perder;

que con la oración un día ofendía a Dios, y tornaba otros a

recogerme y apartarme más de la ocasión.

Como el bendito hombre venía con esto, hacíaseme recio verle tan

engañado en que pensase trataba con Dios como solía, y díjele que

ya yo no tenía oración, aunque no la causa. Púsele mis

enfermedades por inconveniente; que, aunque sané de aquella tan

grave, siempre hasta ahora las he tenido y tengo bien grandes,

aunque de poco acá no con tanta reciedumbre, mas no se quitan,

de muchas maneras. En especial tuve veinte años vómito por las

mañanas, que hasta más de mediodía me acaecía no poder

desayunarme; algunas veces, más tarde. Después acá que

frecuento más a menudo las comuniones, es a la noche, antes que

me acueste, con mucha más pena, que tengo yo de procurarle con

plumas y otras cosas, porque si lo dejo, es mucho el mal que siento.

Y casi nunca estoy, a mi parecer, sin muchos dolores, y algunas

veces bien graves, en especial en el corazón, aunque el mal que

me tomaba muy continuo es muy de tarde en tarde. Perlesía recia y

otras enfermedades de calenturas que solía tener muchas veces,

me hallo buena ocho años ha. De estos males se me da ya tan

poco, que muchas veces me huelgo, pareciéndome en algo se sirve

el Señor.

12. Y mi padre me creyó que era ésta la causa, como él no decía

mentira y ya, conforme a lo que yo trataba con él, no la había yo de

decir. Díjele, porque mejor lo creyese (que bien veía yo que para

esto no había disculpa), que harto hacía en poder servir el coro; y

aunque tampoco era causa bastante para dejar cosa que no son

menester fuerzas corporales para ella, sino sólo amar y costumbre;

que el Señor da siempre oportunidad, si queremos.

Digo «siempre,» que, aunque con ocasiones y aun enfermedad

algunos ratos impida para muchos ratos de soledad, no deja de

haber otros que hay salud para esto; y en la misma enfermedad y

ocasiones es la verdadera oración, cuando es alma que ama, en

ofrecer aquello y acordarse por quién lo pasa y conformarse con

ello y mil cosas que se ofrecen. Aquí ejercita el amor, que no es por

fuerza que ha de haberla cuando hay tiempo de soledad, y lo

demás no ser oración. Con un poquito de cuidado, grandes bienes

se hallan en el tiempo que con trabajos el Señor nos quita el tiempo

de la oración, y así los había yo hallado cuando tenía buena

conciencia.

13. Mas él, con la opinión que tenía de mí y el amor que me tenía,

todo me lo creyó; antes me hubo lástima. Mas como él estaba ya en

tan subido estado, no estaba después tanto conmigo, sino como me

había visto, íbase, que decía era tiempo perdido. Como yo le

gastaba en otras vanidades, dábaseme poco.

No fue sólo a él, sino a otras algunas personas las que procuré

tuviesen oración. Aun andando yo en estas vanidades, como las

veía amigas de rezar, las decía cómo tendrían meditación, y les

aprovechaba, y dábales libros. Porque este deseo de que otros

sirviesen a Dios, desde que comencé oración, como he dicho, le

tenía. Parecíame a mí que, ya que yo no servía al Señor como lo

entendía, que no se perdiese lo que me había dado Su Majestad a

entender, y que le sirviesen otros por mí. Digo esto para que se vea

la gran ceguedad en que estaba, que me dejaba perder a mí y

procuraba ganar a otros.

14. En este tiempo dio a mi padre la enfermedad de que murió, que

duró algunos días. Fuile yo a curar, estando más enferma en el

alma que él en el cuerpo, en muchas vanidades, aunque no de

manera que -a cuanto entendía- estuviese en pecado mortal en

todo este tiempo más perdido que digo; porque entendiéndolo yo,

en ninguna manera lo estuviera.

Pasé harto trabajo en su enfermedad. Creo le serví algo de los que

él había pasado en las mías. Con estar yo harto mala, me

esforzaba, y con que en faltarme él me faltaba todo el bien y regalo,

porque en un ser me le hacía, tuve tan gran ánimo para no le

mostrar pena y estar hasta que murió como si ninguna cosa sintiera,

pareciéndome se arrancaba mi alma cuando veía acabar su vida,

porque le quería mucho.

15. Fue cosa para alabar al Señor la muerte que murió y la gana

que tenía de morirse, los consejos que nos daba después de haber

recibido la Extremaunción, el encargarnos le encomendásemos a

Dios y le pidiésemos misericordia para él y que siempre le

sirviésemos, que mirásemos se acababa todo. Y con lágrimas nos

decía la pena grande que tenía de no haberle él servido, que

quisiera ser un fraile, digo, haber sido de los más estrechos que

hubiera.

Tengo por muy cierto que quince días antes le dio el Señor a

entender no había de vivir; porque antes de éstos, aunque estaba

malo, no lo pensaba; después, con tener mucha mejoría y decirlo

los médicos, ningún caso hacía de ello, sino entendía en ordenar su

alma.

16. Fue su principal mal de un dolor grandísimo de espaldas que

jamás se le quitaba. Algunas veces le apretaba tanto, que le

congojaba mucho. Díjele yo que, pues era tan devoto de cuando el

Señor llevaba la cruz a cuestas, que pensase Su Majestad le quería

dar a sentir algo de lo que había pasado con aquel dolor. Consolóse

tanto, que me parece nunca más le oí quejar.

Estuvo tres días muy falto el sentido. El día que murió se le tornó el

Señor tan entero, que nos espantábamos, y le tuvo hasta que a la

mitad del Credo, diciéndole él mismo, expiró. Quedó como un ángel.

Así me parecía a mí lo era él -a manera de decir- en alma y

disposición, que la tenía muy buena.

No sé para qué he dicho esto, si no es para culpar más mi ruin vida

después de haber visto tal muerte y entender tal vida,que por

parecerme en algo a tal padre la había yo de mejorar. Decía su

confesor -que era dominico, muy gran letrado- que no dudaba de

que se iba derecho al cielo, porque había algunos años que le

confesaba, y loaba su limpieza de conciencia.

17. Este padre dominico, que era muy bueno y temeroso de Dios,

me hizo harto provecho; porque me confesé con él, y tomó a hacer

bien a mi alma con cuidado y hacerme entender la perdición que

traía. Hacíame comulgar de quince a quince días. Y poco a poco,

comenzándole a tratar, tratéle de mi oración. Díjome que no la

dejase, que en ninguna manera me podía hacer sino provecho.

Comencé a tornar a ella, aunque no a quitarme de las ocasiones, y

nunca más la dejé.

Pasaba una vida trabajosísima, porque en la oración entendía más

mis faltas. Por una parte me llamaba Dios; por otra, yo seguía al

mundo. Dábanme gran contento todas las cosas de Dios; teníanme

atada las del mundo. Parece que quería concertar estos dos

contrarios -tan enemigo uno de otro- como es vida espiritual y

contentos y gustos y pasatiempos sensuales. En la oración pasaba

gran trabajo, porque no andaba el espíritu señor sino esclavo; y así

no me podía encerrar dentro de mí (que era todo el modo de

proceder que llevaba en la oración) sin encerrar conmigo mil

vanidades.

Pasé así muchos años, que ahora me espanto qué sujeto bastó a

sufrir que no dejase lo uno o lo otro. Bien sé que dejar la oración no

era ya en mi mano, porque me tenía con las suyas el que me quería

para hacerme mayores mercedes.

18. ¡Oh, válgame Dios, si hubiera de decir las ocasiones que en

estos años Dios me quitaba, y cómo me tornaba yo a meter en

ellas, y de los peligros de perder del todo el crédito que me libró! Yo

a hacer obras para descubrir la que era, y el Señor encubrir los

males y descubrir alguna pequeña virtud, si tenía, y hacerla grande

en los ojos de todos, de manera que siempre me tenían en mucho.

Porque aunque algunas veces se traslucían mis vanidades, como

veían otras cosas que les parecían buenas, no lo creían.

Y era que había ya visto el Sabedor de todas las cosas que era

menester así, para que en las que después he hablado de su

servicio me diesen algún crédito, y miraba su soberana largueza, no

los grandes pecados, sino los deseos que muchas veces tenía de

servirle y la pena por no tener fortaleza en mí para ponerlo por obra.

19. ¡Oh Señor de mi alma! ¡Cómo podré encarecer las mercedes

que en estos años me hicisteis! ¡Y cómo en el tiempo que yo más

os ofendía, en breve me disponíais con un grandísimo

arrepentimiento para que gustase de vuestros regalos y mercedes!

A la verdad, tomabais, Rey mío, el más delicado y penoso castigo

por medio que para mí podía ser, como quien bien entendía lo que

me había de ser más penoso. Con regalos grandes castigábais mis

delitos.

Y no creo digo desatino, aunque sería bien que estuviese

desatinada tornando a la memoria ahora de nuevo mi ingratitud y

maldad.

Era tan más penoso para mi condición recibir mercedes, cuando

había caído en graves culpas, que recibir castigos, que una de ellas

me parece, cierto, me deshacía y confundía más y fatigaba, que

muchas enfermedades con otros trabajos hartos, juntas. Porque lo

postrero veía lo merecía y parecíame pagaba algo de mis pecados,

aunque todo era poco, según ellos eran muchos; mas verme recibir

de nuevo mercedes, pagando tan mal las recibidas, es un género

de tormento para mí terrible, y creo para todos los que tuvieren

algún conocimiento o amor de Dios, y esto por una condición

virtuosa lo podemos acá sacar. Aquí eran mis lágrimas y mi enojo

de ver lo que sentía, viéndome de suerte que estaba en víspera de

tornar a caer, aunque mis determinaciones y deseos entonces -por

aquel rato, digo- estaban firmes.

20. Gran mal es un alma sola entre tantos peligros. Paréceme a mí

que si yo tuviera con quién tratar todo esto, que me ayudara a no

tornar a caer, siquiera por vergüenza, ya que no la tenía de Dios.

Por eso, aconsejaría yo a los que tienen oración, en especial al

principio, procuren amistad y trato con otras personas que traten de

lo mismo. Es cosa importantísima, aunque no sea sino ayudarse

unos a otros con sus oraciones, ¡cuánto más que hay muchas más

ganancias! Y no sé yo por qué (pues de conversaciones y

voluntades humanas, aunque no sean muy buenas se procuran

amigos con quien descansar, y para más gozar de contar aquellos

placeres vanos) no se ha de permitir que quien comenzare de veras

a amar a Dios y a servirle, deje de tratar con algunas personas sus

placeres y trabajos, que de todo tienen los que tienen oración.

Porque si es de verdad la amistad que quiere tener con Su

Majestad, no haya miedo de vanagloria; y cuando el primer

movimiento le acometa, salga de ello con mérito. Y creo que el que

tratando con esta intención lo tratare, que aprovechará a sí y a los

que le oyeren y saldrá más enseñado; aun sin entender cómo,

enseñará a sus amigos.

21. El que de hablar en esto tuviere vanagloria, también la tendrá

en oír misa con devoción, si le ven, y en hacer otras cosas que, so

pena de no ser cristiano, las ha de hacer y no se han de dejar por

miedo de vanagloria.

Pues es tan importantísimo esto para almas que no están

fortalecidas en virtud -como tienen tantos contrarios, y amigos para

incitar al mal- que no sé cómo lo encarecer. Paréceme que el

demonio ha usado de este ardid como cosa que muy mucho le

importa: que se escondan tanto de que se entienda que de veras

quieren procurar amar y contentar a Dios, como ha incitado se

descubran otras voluntades malhonestas, con ser tan usadas, que

ya parece se toma por gala y se publican las ofensas que en este

caso se hacen a Dios.

22. No sé si digo desatinos. Si lo son, vuestra merced los rompa; y

si no lo son, le suplico ayude a mi simpleza con añadir aquí mucho.

Porque andan ya las cosas del servicio de Dios tan flacas, que es

menester hacerse espaldas unos a otros los que le sirven para ir

adelante, según se tiene por bueno andar en las vanidades y

contentos del mundo. Y para estos hay pocos ojos; y si uno

comienza a darse a Dios, hay tantos que murmuren, que es

menester buscar compañía para defenderse, hasta que ya estén

fuertes en no les pesar de padecer; y si no, veránse en mucho

aprieto.

Paréceme que por esto debían usar algunos santos irse a los

desiertos; y es un género de humildad no fiar de sí, sino creer que

para aquellos con quien conversa le ayudará Dios, y crece la

caridad con ser comunicada, y hay mil bienes que no los osaría

decir, si no tuviese gran experiencia de lo mucho que va en esto.

Verdad es que yo soy más flaca y ruin que todos los nacidos; mas

creo no perderá quien, humillándose, aunque sea fuerte, no lo crea

de sí, y creyere en esto a quien tiene experiencia. De mí sé decir

que, si el Señor no me descubriera esta verdad y diera medios para

que yo muy ordinario tratara con personas que tienen oración, que

cayendo y levantando iba a dar de ojos en el infierno. Porque para

caer había muchos amigos que me ayudasen; para levantarme

hallábame tan sola, que ahora me espanto cómo no me estaba

siempre caída, y alabo la misericordia de Dios, que era sólo el que

me daba la mano.

Sea bendito por siempre jamás, amén.

------------------------------------------------------------------------

CAPÍTULO 8

Trata del gran bien que le hizo no se apartar del todo de la oración

para no perder el alma, y cuán excelente remedio es para ganar lo

perdido. - Persuade a que todos la tengan. - Dice cómo es tan gran

ganancia y que, aunque la tornen a dejar, es gran bien usar algún

tiempo de tan gran bien.

1. No sin causa he ponderado tanto este tiempo de mi vida, que

bien veo no dará a nadie gusto ver cosa tan ruin; que, cierto,

querría me aborreciesen los que esto leyesen, de ver un alma tan

pertinaz e ingrata con quien tantas mercedes le ha hecho. Y

quisiera tener licencia para decir las muchas veces que en este

tiempo falté a Dios.

2. Por estar arrimada a esta fuerte columna de la oración, pasé este

mar tempestuoso casi veinte años, con estas caídas y con

levantarme y mal -pues tornaba a caer- y en vida tan baja de

perfección, que ningún caso casi hacía de pecados veniales, y los

mortales, aunque los temía, no como había de ser, pues no me

apartaba de los peligros. Sé decir que es una de las vidas penosas

que me parece se puede imaginar; porque ni yo gozaba de Dios ni

traía contento en el mundo. Cuando estaba en los contentos del

mundo, en acordarme lo que debía a Dios era con pena; cuando

estaba con Dios, las aficiones del mundo me desasosegaban. Ello

es una guerra tan penosa, que no sé cómo un mes la pude sufrir,

cuánto más tantos años.

Con todo, veo claro la gran misericordia que el Señor hizo conmigo:

ya que había de tratar en el mundo, que tuviese ánimo para tener

oración. Digo ánimo, porque no sé yo para qué cosa de cuantas hay

en él es menester mayor, que tratar traición al rey y saber que lo

sabe y nunca se le quitar de delante. Porque, puesto que siempre

estamos delante de Dios, paréceme a mí es de otra manera los que

tratan de oración, porque están viendo que los mira; que los demás

podrá ser estén algunos días que aun no se acuerden que los ve

Dios.

3. Verdad es que en estos años hubo muchos meses, y creo alguna

vez año, que me guardaba de ofender al Señor y me daba mucho a

la oración y hacía algunas y hartas diligencias para no le venir a

ofender. Porque va todo lo que escribo dicho con toda verdad, trato

ahora esto. Mas acuérdaseme poco de estos días buenos, y así

debían ser pocos, y mucho de los ruines. Ratos grandes de oración

pocos días se pasaban sin tenerlos, si no era estar muy mala o muy

ocupada. Cuando estaba mala, estaba mejor con Dios; procuraba

que las personas que trataban conmigo lo estuviesen, y suplicábalo

al Señor; hablaba muchas veces en El.

Así que, si no fue el año que tengo dicho, en veinte y ocho que ha

que comencé oración, más de los dieciocho pasé esta batalla y

contienda de tratar con Dios y con el mundo. Los demás que ahora

me quedan por decir, mudóse la causa de la guerra, aunque no ha

sido pequeña; mas con estar, a lo que pienso, en servicio de Dios y

con conocimiento de la vanidad que es el mundo, todo ha sido

suave, como diré después.

4. Pues para lo que he tanto contado esto es, como he ya dicho,

para que se vea la misericordia de Dios y mi ingratitud; lo otro, para

que se entienda el gran bien que hace Dios a un alma que la

dispone para tener oración con voluntad, aunque no esté tan

dispuesta como es menester, y cómo si en ella persevera, por

pecados y tentaciones y caídas de mil manera que ponga el

demonio, en fin tengo por cierto la saca el Señor a puerto de

salvación, como -a lo que ahora parece- me ha sacado a mí. Plega

a Su Majestad no me torne yo a perder.

5. El bien que tiene quien se ejercita en oración hay muchos santos

y buenos que lo han escrito, digo oración mental: ¡gloria sea a Dios

por ello! Y cuando no fuera esto, aunque soy poco humilde, no tan

soberbia que en esto osara hablar.

De lo que yo tengo experiencia puedo decir, y es que por males que

haga quien la ha comenzado, no la deje, pues es el medio por

donde puede tornarse a remediar, y sin ella será muy más

dificultoso. Y no le tiente el demonio por la manera que a mí, a

dejarla por humildad; crea que no pueden faltar sus palabras, que

en arrepintiéndonos de veras y determinándose a no le ofender, se

torna a la amistad que estaba y hacer las mercedes que antes

hacía y a las veces mucho más si el arrepentimiento lo merece.

Y quien no la ha comenzado, por amor del Señor le ruego yo no

carezca de tanto bien. No hay aquí que temer, sino que desear;

porque, cuando no fuere adelante y se esforzare a ser perfecto, que

merezca los gustos y regalos que a estos da Dios, a poco ganar irá

entendiendo el camino para el cielo; y si persevera, espero yo en la

misericordia de Dios, que nadie le tomó por amigo que no se lo

pagase; que no es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino

tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien

sabemos nos ama. Y si vos aún no le amáis (porque, para ser

verdadero el amor y que dure la amistad, hanse de encontrar las

condiciones: la del Señor ya se sabe que no puede tener falta, la

nuestra es ser viciosa, sensual, ingrata), no podéis acabar con vos

de amarle tanto, porque no es de vuestra condición; mas viendo lo

mucho que os va en tener su amistad y lo mucho que os ama,

pasáis por esta pena de estar mucho con quien es tan diferente de

vos.

6. ¡Oh bondad infinita de mi Dios, que me parece os veo y me veo

de esta suerte! ¡Oh regalo de los ángeles, que toda me querría,

cuando esto veo, deshacer en amaros! ¡Cuán cierto es sufrir Vos a

quien os sufre que estéis con él! ¡Oh, qué buen amigo hacéis,

Señor mío! ¡Cómo le vais regalando y sufriendo, y esperáis a que

se haga a vuestra condición y tan de mientras le sufrís Vos la suya!

¡Tomáis en cuenta, mi Señor, los ratos que os quiere, y con un

punto de arrepentimiento olvidáis lo que os ha ofendido!

He visto esto claro por mí, y no veo, Criador mío, por qué todo el

mundo no se procure llegar a Vos por esta particular amistad: los

malos, que no son de vuestra condición, para que nos hagáis

buenos con que os sufran estéis con ellos siquiera dos horas cada

día, aunque ellos no estén con Vos sino con mil revueltas de

cuidados y pensamientos de mundo, como yo hacía. Por esta

fuerza que se hacen a querer estar en tan buena compañía, miráis

que en esto a los principios no pueden más, ni después algunas

veces; forzáis vos, Señor, los demonios para que no los acometan y

que cada día tengan menos fuerza contra ellos, y dáisselas a ellos

para vencer. Sí, que no matáis a nadie -¡vida de todas las vidas!- de

los que se fían de Vos y de los que os quieren por amigo; sino

sustentáis la vida del cuerpo con más salud y dáisla al alma.

7. No entiendo esto que temen los que temen comenzar oración

mental, ni sé de qué han miedo. Bien hace de ponerle el demonio

para hacernos él de verdad mal, si con miedos me hace no piense

en lo que he ofendido a Dios y en lo mucho que le debo y en que

hay infierno y hay gloria y en los grandes trabajos y dolores que

pasó por mí.

Esta fue toda mi oración y ha sido cuando anduve en estos peligros,

y aquí era mi pensar cuando podía; y muy muchas veces, algunos

años, tenía más cuenta con desear se acabase la hora que tenía

por mí de estar, y escuchar cuándo daba el reloj, que no en otras

cosas buenas; y hartas veces no sé qué penitencia grave se me

pusiera delante que no la acometiera de mejor gana que recogerme

a tener oración.

Y es cierto que era tan incomportable la fuerza que el demonio me

hacía o mi ruin costumbre que no fuese a la oración, y la tristeza

que me daba en entrando en el oratorio, que era menester

ayudarme de todo mi ánimo (que dicen no le tengo pequeño y se ha

visto me le dio Dios harto más que de mujer, sino que le he

empleado mal) para forzarme, y en fin me ayudaba el Señor.

Y después que me había hecho esta fuerza, me hallaba con más

quietud y regalo que algunas veces que tenía deseo de rezar.

8. Pues si a cosa tan ruin como yo tanto tiempo sufrió el Señor, y se

ve claro que por aquí se remediaron todos mis males, ¿qué

persona, por malo que sea, podrá temer? Porque por mucho que lo

sea, no lo será tantos años después de haber recibido tantas

mercedes del Señor. Ni ¿quién podrá desconfiar, pues a mí tanto

me sufrió, sólo porque deseaba y procuraba algún lugar y tiempo

para que estuviese conmigo, y esto muchas veces sin voluntad, por

gran fuerza que me hacía o me la hacía el mismo Señor? Pues si a

los que no le sirven sino que le ofenden les está tan bien la oración

y les es tan necesaria, y no puede nadie hallar con verdad daño que

pueda hacer, que no fuera mayor el no tenerla, los que sirven a

Dios y le quieren servir ¿por qué lo han de dejar? Por cierto, si no

es por pasar con más trabajo los trabajos de la vida, yo no lo puedo

entender, y por cerrar a Dios la puerta para que en ella no les dé

contento. Cierto, los he lástima, que a su costa sirven a Dios;

porque a los que tratan la oración el mismo Señor les hace la costa,

pues por un poco de trabajo da gusto para que con él se pasen los

trabajos.

9. Porque de estos gustos que el Señor da a los que perseveran en

la oración se tratará mucho, no digo aquí nada. Sólo digo que para

estas mercedes tan grandes que me ha hecho a mí, es la puerta la

oración. Cerrada ésta, no sé cómo las hará; porque, aunque quiera

entrar a regalarse con un alma y regalarla, no hay por dónde, que la

quiere sola y limpia y con gana de recibirlos. Si le ponemos muchos

tropiezos y no ponemos nada en quitarlos, ¿cómo ha de venir a

nosotros? ¡Y queremos nos haga Dios grandes mercedes!

10. Para que vean su misericordia y el gran bien que fue para mí no

haber dejada la oración y lección, diré aquí -pues va tanto en

entender- la batería que da el demonio a un alma para ganarla, y el

artificio y misericordia con que el Señor procura tornarla a Sí, y se

guarden de los peligros que yo no me guardé. Y sobre todo, por

amor de nuestro Señor y por el grande amor con que anda

granjeando tornarnos a Sí, pido yo se guarden de las ocasiones;

porque, puestos en ellas, no hay que fiar donde tantos enemigos

nos combaten y tantas flaquezas hay en nosotros para

defendernos.

11. Quisiera yo saber figurar la cautividad que en estos tiempos

traía mi alma, porque bien entendía yo que lo estaba, y no acababa

de entender en qué ni podía creer del todo que lo que los

confesores no me agraviaban tanto, fuese tan malo como yo lo

sentía en mi alma. Díjome uno, yendo yo a él con escrúpulo, que

aunque tuviese subida contemplación, no me eran inconveniente

semejantes ocasiones y tratos.

Esto era ya a la postre, que yo iba con el favor de Dios

apartándome más de los peligros grandes; mas no me quitaba del

todo de la ocasión. Como me veían con buenos deseos y ocupación

de oración, parecíales hacía mucho; mas entendía mi alma que no

era hacer lo que era obligada por quien debía tanto. Lástima la

tengo ahora de lo mucho que pasó y el poco socorro que de

ninguna parte tenía, sino de Dios, y la mucha salida que le daban

para sus pasatiempos y contentos con decir eran lícitos.

12. Pues el tormento en los sermones no era pequeño, y era

aficionadísima a ellos, de manera que si veía a alguno predicar con

espíritu y bien, un amor particular le cobraba, sin procurarle yo, que

no sé quién me le ponía. Casi nunca me parecía tan mal sermón,

que no le oyese de buena gana, aunque al dicho de los que le oían

no predicase bien. Si era bueno, érame muy particular recreación.

De hablar de Dios u oír de El casi nunca me cansaba, y esto

después que comencé oración. Por un cabo tenía gran consuelo en

los sermones, por otro me atormentaba, porque allí entendía yo que

no era la que había de ser, con mucha parte. Suplicaba al Señor me

ayudase; mas debía faltar -a lo que ahora me parece- de no poner

en todo la confianza en Su Majestad y perderla de todo punto de

mí. Buscaba remedio; hacía diligencias; mas no debía entender que

todo aprovecha poco si, quitada de todo punto la confianza de

nosotros, no la ponemos en Dios.

Deseaba vivir, que bien entendía que no vivía, sino que peleaba

con una sombra de muerte, y no había quien me diese vida, y no la

podía yo tomar; y quien me la podía dar tenía razón de no

socorrerme, pues tantas veces me había tornado a Sí y yo dejádole.

------------------------------------------------------------------------

CAPÍTULO 9

Trata por qué términos comenzó el Señor a despertar su alma y

darla luz en tan grandes tinieblas y a fortalecer sus virtudes para no

ofenderle.

1. Pues ya andaba mi alma cansada y, aunque quería, no le

dejaban descansar las ruines costumbres que tenía. Acaecióme

que, entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían traído

allá a guardar, que se había buscado para cierta fiesta que se hacía

en casa. Era de Cristo muy llagado y tan devota que, en mirándola,

toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó

por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido

aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía, y arrojéme

cabe El con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole

me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle.

2. Era yo muy devota de la gloriosa Magdalena y muy muchas

veces pensaba en su conversión, en especial cuando comulgaba,

que como sabía estaba allí cierto el Señor dentro de mí, poníame a

sus pies, pareciéndome no eran de desechar mis lágrimas. Y no

sabía lo que decía, que harto hacía quien por sí me las consentía

derramar, pues tan presto se me olvidaba aquel sentimiento. Y

encomendábame a aquesta gloriosa Santa para que me alcanzase

perdón.

3. Mas esta postrera vez de esta imagen que digo, me parece me

aprovechó más, porque estaba ya muy desconfiada de mí y ponía

toda mi confianza en Dios. Paréceme le dije entonces que no me

había de levantar de allí hasta que hiciese lo que le suplicaba. Creo

cierto me aprovechó, porque fui mejorando mucho desde entonces.

4. Tenía este modo de oración: que, como no podía discurrir con el

entendimiento, procuraba representar a Cristo dentro de mí, y

hallábame mejor -a mi parecer- de las partes adonde le veía más

solo. Parecíame a mí que, estando solo y afligido, como persona

necesitada me había de admitir a mí. De estas simplicidades tenía

muchas.

En especial me hallaba muy bien en la oración del Huerto. Allí era

mi acompañarle. Pensaba en aquel sudor y aflicción que allí había

tenido, si podía. Deseaba limpiarle aquel tan penoso sudor. Mas

acuérdome que jamás osaba determinarme a hacerlo, como se me

representaban mis pecados tan graves. Estábame allí lo más que

me dejaban mis pensamientos con El, porque eran muchos los que

me atormentaban. Muchos años, las más noches antes que me

durmiese, cuando para dormir me encomendaba a Dios, siempre

pensaba un poco en este paso de la oración del Huerto, aun desde

que no era monja, porque me dijeron se ganaban muchos

perdones. Y tengo para mí que por aquí ganó muy mucho mi alma,

porque comencé a tener oración sin saber qué era, y ya la

costumbre tan ordinaria me hacía no dejar esto, como el no dejar de

santiguarme para dormir.

5. Pues tornando a lo que decía del tormento que me daban los

pensamientos, esto tiene este modo de proceder sin discurso del

entendimiento, que el alma ha de estar muy ganada o perdida, digo

perdida la consideración. En aprovechando, aprovecha mucho,

porque es en amar. Mas para llegar aquí es muy a su costa, salvo a

personas que quiere el Señor muy en breve llegarlas a oración de

quietud, que yo conozco a algunas. Para las que van por aquí es

bueno un libro para presto recogerse. Aprovechábame a mí también

ver campo o agua, flores. En estas cosas hallaba yo memoria del

Criador, digo que me despertaban y recogían y servían de libro; y

en mi ingratitud y pecados. En cosas del cielo ni en cosas subidas,

era mi entendimiento tan grosero que jamás por jamás las pude

imaginar, hasta que por otro modo el Señor me las representó.

6. Tenía tan poca habilidad para con el entendimiento representar

cosas, que si no era lo que veía, no me aprovechaba nada de mi

imaginación, como hacen otras personas que pueden hacer

representaciones adonde se recogen. Yo sólo podía pensar en

Cristo como hombre. Mas es así que jamás le pude representar en

mí, por más que leía su hermosura y veía imágenes, sino como

quien está ciego o a oscuras, que aunque habla con una persona y

ve que está con ella porque sabe cierto que está allí (digo que

entiende y cree que está allí, mas no la ve), de esta manera me

acaecía a mí cuando pensaba en nuestro Señor. A esta causa era

tan amiga de imágenes. ¡Desventurados de los que por su culpa

pierden este bien! Bien parece que no aman al Señor, porque si ld

amaran, holgáranse de ver su retrato, como acá aun da contento

ver el de quien se quiere bien.

7. En este tiempo me dieron las Confesiones de San Agustín, que

parece el Señor lo ordenó, porque yo no las procuré ni nunca las

había visto. Yo soy muy aficionada a San Agustín, porque el

monasterio adonde estuve seglar era de su Orden y también por

haber sido pecador, que en los santos que después de serlo el

Señor tornó a Sí hallaba yo mucho consuelo, pareciéndome en ellos

había de hallar ayuda y que como los había el Señor perdonado,

podía hacer a mí; salvo que una cosa me desconsolaba, como he

dicho, que a ellos sola una vez los había el Señor llamado y no

tornaban a caer, y a mí eran ya tantas, que esto me fatigaba. Mas

considerando en el amor que me tenía, tornaba a animarme, que de

su misericordia jamás desconfié. De mí muchas veces.

8. ¡Oh, válgame Dios, cómo me espanta la reciedumbre que tuvo mi

alma, con tener tantas ayudas de Dios! Háceme estar temerosa lo

poco que podía conmigo y cuán atada me veía para no me

determinar a darme del todo a Dios.

Como comencé a leer las Confesiones, paréceme me veía yo allí.

Comencé a encomendarme mucho a este glorioso Santo. Cuando

llegué a su conversión y leí cómo oyó aquella voz en el huerto, no

me parece sino que el Señor me la dio a mí, según sintió mi

corazón. Estuve por gran rato que toda me deshacía en lágrimas, y

entre mí misma con gran aflicción y fatiga.

¡Oh, qué sufre un alma, válgame Dios, por perder la libertad que

había de tener de ser señora, y qué de tormentos padece! Yo me

admiro ahora cómo podía vivir en tanto tormento. Sea Dios alabado,

que me dio vida para salir de muerte tan mortal.

9. Paréceme que ganó grandes fuerzas mi alma de la divina

Majestad, y que debía oír mis clamores y haber lástima de tantas

lágrimas. Comenzóme a crecer la afición de estar más tiempo con

El y a quitarme de los ojos las ocasiones, porque, quitadas, luego

me volvía a amar a Su Majestad; que bien entendía yo, a mi

parecer, le amaba, mas no entendía en qué está el amar de veras a

Dios como lo había de entender.

No me parece acababa yo de disponerme a quererle servir, cuando

Su Majestad me comenzaba a tornar a regalar. No parece sino que

lo que otros procuran con gran trabajo adquirir, granjeaba el Señor

conmigo que yo lo quisiese recibir, que era ya en estos postreros

años darme gustos y regalos. Suplicar yo me los diese, ni ternura

de devoción, jamás a ello me atreví; sólo le pedía me diese gracia

para que no le ofendiese, y me perdonase mis grandes pecados.

Como los veía tan grandes, aun desear regalos ni gustos nunca de

advertencia osaba. Harto me parece hacía su piedad, y con verdad

hacía mucha misericordia conmigo en consentirme delante de sí y

traerme a su presencia; que veía yo, si tanto El no lo procurara, no

viniera.

Sola una vez en mi vida me acuerdo pedirle gustos, estando con

mucha sequedad; y como advertí lo que hacía, quedé tan confusa

que la misma fatiga de verme tan poco humilde me dio lo que me

había atrevido a pedir. Bien sabía yo era lícito pedirla, mas

parecíame a mí que lo es a los que están dispuestos con haber

procurado lo que es verdadera devoción con todas sus fuerzas, que

es no ofender a Dios y estar dispuestos y determinados para todo

bien.

Parecíame que aquellas mis lágrimas eran mujeriles y sin fuerza,

pues no alcanzaba con ellas lo que deseaba. Pues con todo, creo

me valieron; porque, como digo, en especial después de estas dos

veces de tan gran compunción de ellas y fatiga de mi corazón,

comencé más a darme a oración y a tratar menos en cosas que me

dañasen, aunque aún no las dejaba del todo, sino -como digofueme

ayudando Dios a desviarme.

Como no estaba Su Majestad esperando sino algún aparejo en mí,

fueron creciendo las mercedes espirituales de la manera que diré;

cosa no usada darlas el Señor, sino a los que están en más

limpieza de conciencia.

------------------------------------------------------------------------

CAPÍTULO 10

Comienza a declarar las mercedes que el Señor la hacía en la

oración, y en lo que nos podemos nosotros ayudar, y lo mucho que

importa que entendamos las mercedes que el Señor nos hace. -

Pide a quien esto envía que de aquí adelante sea secreto lo que

escribiere, pues la mandan diga tan particularmente las mercedes

que la hace el Señor.

1. Tenía yo algunas veces, como he dicho, aunque con mucha

brevedad pasaba, comienzo de lo que ahora diré: acaecíame en

esta representación que hacía de ponerme cabe Cristo, que he

dicho, y aun algunas veces leyendo, venirme a deshora un

sentimiento de la presencia de Dios que en ninguna manera podía

dudar que estaba dentro de mí o yo toda engolfada en El.

Esto no era manera de visión; creo lo llaman mística teología.

Suspende el alma de suerte, que toda parecía estar fuera de sí:

ama la voluntad, la memoria me parece está casi perdida, el

entendimiento no discurre, a mi parecer, mas no se pierde; mas,

como digo, no obra, sino está como espantado de lo mucho que

entiende, porque quiere Dios entienda que de aquello que Su

Majestad le representa ninguna cosa entiende.

2. Primero había tenido muy continuo una ternura, que en parte

algo de ella me parece se puede procurar: un regalo, que ni bien es

todo sensual ni bien espiritual. Todo es dado de Dios; mas parece

para esto nos podemos mucho ayudar con considerar nuestra

bajeza y la ingratitud que tenemos con Dios, lo mucho que hizo por

nosotros, su Pasión con tan graves dolores, su vida tan afligida; en

deleitarnos de ver sus obras, su grandeza, lo que nos ama, otras

muchas cosas, que quien con cuidado quiera aprovechar tropieza

muchas veces en ellas, aunque no ande con mucha advertencia. Si

con esto hay algún amor, regálase el alma, enternécese el corazón,

vienen lágrimas; algunas veces parece las sacamos por fuerza,

otras el Señor parece nos la hace para no podernos resistir. Parece

nos paga Su Majestad aquel cuidadito con un don tan grande como

es el consuelo que da a un alma ver que llora por tan gran Señor; y

no me espanto, que le sobra la razón de consolarse: regálase allí,

huélgase allí.

3. Paréceme bien esta comparación que ahora se me ofrece: que

son estos gozos de oración como deben ser los que están en el

cielo, que como no han visto más de lo que el Señor, conforme a lo

que merecen, quiere que vean, y ven sus pocos méritos, cada uno

está contento con el lugar en que está, con haber tan grandísima

diferencia de gozar a gozar en el cielo, mucho más que acá hay de

unos gozos espirituales a otros, que es grandísima.

Y verdaderamente un alma en sus principios, cuando Dios la hace

esta merced, ya casi le parece no hay más que desear, y se da por

bien pagada de todo cuanto ha servido. Y sóbrale la razón, que una

lágrima de éstas que, como digo, casi nos las procuramos -aunque

sin Dios no se hace cosa-, no me parece a mí que con todos los

trabajos del mundo se puede comprar, porque se gana mucho con

ellas; y ¿qué más ganancia que tener algún testimonio que

contentamos a Dios? Así que quien aquí llegare, alábele mucho,

conózcase por muy deudor; porque ya parece le quiere para su

casa y escogido para su reino, si no torna atrás.

4. No cure de unas humildades que hay, de que pienso tratar, que

les parece humildad no entender que el Señor les va dando dones.

Entendamos bien bien, como ello es, que nos los da Dios sin ningún

merecimiento nuestro, y agradezcámoslo a Su Majestad; porque si

no conocemos que recibimos, no despertamos a amar. Y es cosa

muy cierta que mientras más vemos estamos ricos, sobre conocer

somos pobres, más aprovechamiento nos viene y aun más

verdadera humildad. Lo demás es acobardar el ánimo a parecer

que no es capaz de grandes bienes, si en comenzando el Señor a

dárselos comienza él a atemorizarse con miedo de vanagloria.

Creamos que quien nos da los bienes, nos dará gracia para que, en

comenzando el demonio a tentarle en este caso, lo entienda, y

fortaleza para resistir; digo, si andamos con llaneza delante de Dios,

pretendiendo contentar sólo a El y no a los hombres.

5. Es cosa muy clara que amamos más a una persona cuando

mucho se nos acuerda las buenas obras que nos hace. Pues si es

lícito y tan meritorio que siempre tengamos memoria que tenemos

de Dios el ser y que nos crió de nonada y que nos sustenta y todos

los demás beneficios de su muerte y trabajos, que mucho antes que

nos criase los tenía hechos por cada uno de los que ahora viven,

¿por qué no será lícito que entienda yo y vea y considere muchas

veces que solía hablar en vanidades, y que ahora me ha dado el

Señor que no querría sino hablar sino en El? He aquí una joya que,

acordándonos que es dada y ya la poseemos, forzado convida a

amar, que es todo el bien de la oración fundada sobre humildad.

Pues ¿qué será cuando vean en su poder otras joyas más

preciosas, como tienen ya recibidas algunos siervos de Dios, de

menosprecio de mundo, y aun de sí mismos? Está claro que se han

de tener por más deudores y más obligados a servir, y entender que

no teníamos nada de esto, y a conocer la largueza del Señor, que a

un alma tan pobre y ruin y de ningún merecimiento como la mía,

que bastaba la primera joya de éstas y sobraba para mí, quiso

hacerme con más riquezas que yo supiera desear.

6. Es menester sacar fuerzas de nuevo para servir y procurar no ser

ingratos; porque con esa condición las da el Señor, que si no

usamos bien del tesoro y del gran estado en que pone, nos lo

tornará a tomar y quedarnos hemos muy más pobres, y dará Su

Majestad las joyas a quien luzca y aproveche con ellas a sí y a los

otros.

Pues ¿cómo aprovechará y gastará con largueza el que no

entiende que está rico? Es imposible conforme a nuestra naturaleza

-a mi parecer- tener ánimo para cosas grandes quien no entiende

está favorecido de Dios. Porque somos tan miserables y tan

inclinados a cosas de tierra, que mal podrá aborrecer todo lo de acá

de hecho con gran desasimiento quien no entiende tiene alguna

prenda de lo de allá. Porque con estos dones es adonde el Señor

nos da la fortaleza que por nuestros pecados nosotros perdimos. Y

mal deseará se descontenten todos de él y le aborrezcan y todas

las demás virtudes grandes que tienen los perfectos, si no tiene

alguna prenda del amor que Dios le tiene, y juntamente fe viva.

Porque es tan muerto nuestro natural, que nos vamos a lo que

presente vemos; y así estos mismos favores son los que despiertan

la fe y la fortalecen. Ya puede ser que yo, como soy tan ruin, juzgo

por mí, que otros habrá que no hayan menester más de la verdad

de la fe para hacer obras muy perfectas, que yo, como miserable,

todo lo he habido menester.

7. Estos, ellos lo dirán. Yo digo lo que ha pasado por mí, como me

lo mandan. Y si no fuere bien, romperálo a quien lo envío, que

sabrá mejor entender lo que va mal que yo; a quien suplico por

amor del Señor, lo que he dicho hasta aquí de mi ruin vida y

pecados lo publiquen. Desde ahora doy licencia, y a todos mis

confesores, que así lo es a quien esto va. Y si quisieren, luego en

mi vida; porque no engañe más el mundo, que piensan hay en mí

algún bien. Y cierto cierto, con verdad digo, a lo que ahora entiendo

de mí, que me dará gran consuelo.

Para lo que de aquí adelante dijere, no se la doy. Ni quiero, si a

alguien lo mostraren, digan quién es por quien pasó ni quién lo

escribió; que por esto no me nombro ni a nadie, sino escribirlo he

todo lo mejor que pueda para no ser conocida, y así lo pido por

amor de Dios. Bastan personas tan letradas y graves para autorizar

alguna cosa buena, si el Señor me diere gracia para decirla, que si

lo fuere, será suya y no mía, porque yo sin letras ni buena vida ni

ser informada de letrado ni de persona ninguna (porque solos los

que me lo mandan escribir saben que lo escribo, y al presente no

están aquí) y casi hurtando el tiempo, y con pena porque me

estorbo de hilar, por estar en casa pobre y con hartas ocupaciones.

Así que, aunque el Señor me diera más habilidad y memoria, que

aun con ésta me pudiera aprovechar de lo que he oído o leído, es

poquísima la que tengo; así que si algo bueno dijere, lo quiere el

Señor para algún bien; lo que fuere malo será de mí, y vuestra

merced lo quitará.

Para lo uno ni para lo otro, ningún provecho tiene decir mi nombre:

en vida está claro que no se ha de decir de lo bueno; en muerte no

hay para qué, sino para que pierda la autoridad el bien, y no la dar

ningún crédito, por ser dicho de persona tan baja y tan ruin.

8. Y por pensar vuestra merced hará esto que por amor del Señor le

pido y los demás que lo han de ver, escribo con libertad; de otra

manera sería con gran escrúpulo, fuera de decir mis pecados, que

para esto ninguno tengo; para lo demás basta ser mujer para

caérseme las alas, cuánto más mujer y ruin. Y así lo que fuere más

de decir simplemente el discurso de mi vida, tome vuestra merced

para sí -pues tanto me ha importunado escriba alguna declaración

de las mercedes que me hace Dios en la oración-, si fuere conforme

a las verdades de nuestra santa fe católica; y si no, vuestra merced

lo queme luego, que yo a esto me sujeto. Y diré lo que pasa por mí,

para que, cuando sea conforme a esto, podrá hacer a vuestra

merced algún provecho; y si no, desengañará mi alma, para que no

gane el demonio adonde me parece gano yo; que ya sabe el Señor,

como después diré, que siempre he procurado buscar quién me dé

luz.

9. Por claro que yo quiera decir estas cosas de oración, será bien

oscuro para quien no tuviere experiencia. Algunos impedimentos

diré, que a mi entender lo son para ir adelante en este camino, y

otras cosas en que hay peligro, de lo que el Señor me ha enseñado

por experiencia y después tratádolo yo con grandes letrados y

personas espirituales de muchos años, y ven que en solos veinte y

siete años que ha que tengo oración, me ha dado Su Majestad la

experiencia -con andar en tantos tropiezos y tan mal este caminoque

a otros en cuarenta y siete y en treinta y siete, que con

penitencia y siempre virtud han caminado por él.

Sea bendito por todo y sírvase de mí, por quien Su Majestad es,

que bien sabe mi Señor que no pretendo otra cosa en esto, sino

que sea alabado y engrandecido un poquito de ver que en un

muladar tan sucio y de mal olor hiciese huerto de tan suaves flores.

Plega a Su Majestad que por mi culpa no las torne yo a arrancar y

se torne a ser lo que era. Esto pido yo por amor del Señor le pida

vuestra merced, pues sabe la que soy con más claridad que aquí

me lo ha dejado decir.

------------------------------------------------------------------------

CAPÍTULO 11

Dice en qué está la falta de no amar a Dios con perfección en breve

tiempo. - Comienza a declarar, por una comparación que pone,

cuatro grados de oración. - Va tratando aquí del primero. - Es muy

provechoso para los que comienzan y para los que no tienen gustos

en la oración.

1. Pues hablando ahora de los que comienzan a ser siervos del

amor (que no me parece otra cosa determinarnos a seguir por este

camino de oración al que tanto nos amó), es una dignidad tan

grande, que me regalo extrañamente en pensar en ella. Porque el

temor servil luego va fuera, si en este primer estado vamos como

hemos de ir. ¡Oh Señor de mi alma y bien mío! ¿Por qué no

quisisteis que en determinándose un alma a amaros, con hacer lo

que puede en dejarlo todo para mejor se emplear en este amor de

Dios, luego gozase de subir a tener este amor perfecto? Mal he

dicho: había de decir y quejarme porque no queremos nosotros;

pues toda la falta nuestra es, en no gozar luego de tan gran

dignidad, pues en llegando a tener con perfección este verdadero

amor de Dios, trae consigo todos los bienes. Somos tan caros y tan

tardíos de darnos del todo a Dios, que, como Su Majestad no quiere

gocemos de cosa tan preciosa sin gran precio, no acabamos de

disponernos.

2. Bien veo que no le hay con qué se pueda comprar tan gran bien

en la tierra; mas si hiciésemos lo que podemos en no nos asir a

cosa de ella, sino que todo nuestro cuidado y trato fuese en el cielo,

creo yo sin duda muy en breve se nos daría este bien, si en breve

del todo nos dispusiésemos, como algunos santos lo hicieron. Mas

parécenos que lo damos todo, y es que ofrecemos a Dios la renta o

los frutos y quedámonos con la raíz y posesión. Determinámonos a

ser pobres, y es de gran merecimiento; mas muchas veces

tornamos a tener cuidado y diligencia para que no nos falte no sólo

lo necesario sino lo superfluo, y a granjear los amigos que nos lo

den y ponernos en mayor cuidado, y por ventura peligro, porque no

nos falte, que antes teníamos en poseer la hacienda.

Parece también que dejamos la honra en ser religiosos o en haber

ya comenzado a tener vida espiritual y a seguir perfección, y no nos

han tocado en un punto de honra, cuando no se nos acuerda la

hemos ya dado a Dios, y nos queremos tornar a alzar con ella y

tomársela -como dicen- de las manos, después de haberle de

nuestra voluntad, al parecer, hecho de ella señor. Así son todas las

otras cosas.

3. ¡Donosa manera de buscar amor de Dios! Y luego le queremos a

manos llenas, a manera de decir. Tenernos nuestras aficiones (ya

que no procuramos efectuar nuestros deseos y no acabarlos de

levantar de la tierra) y muchas consolaciones espirituales con esto,

no viene bien, ni me parece se compadece esto con estotro. Así

que, porque no se acaba de dar junto, no se nos da por junto este

tesoro. Plega al Señor que gota a gota nos le dé Su Majestad,

aunque sea costándonos todos los trabajos del mundo.

4. Harto gran misericordia hace a quien da gracia y ánimo para

determinarse a procurar con todas sus fuerzas este bien. Porque si

persevera, no se niega Dios a nadie. Poco a poco va habilitando él

el ánimo para que salga con esta victoria. Digo ánimo, porque son

tantas las cosas que el demonio pone delante a los principios para

que no comiencen este camino de hecho, como quien sabe el daño

que de aquí le viene, no sólo en perder aquel alma sino muchas. Si

el que comienza se esfuerza con el fervor de Dios a llegar a la

cumbre de la perfección, creo jamás va solo al cielo; siempre lleva

mucha gente tras sí. Como a buen capitán, le da Dios quien vaya

en su compañía.

Póneles tantos peligros y dificultades delante, que no es menester

poco ánimo para no tornar atrás, sino muy mucho y mucho favor de

Dios.

5. Pues hablando de los principios de los que ya van determinados

a seguir este bien y a salir con esta empresa (que de lo demás que

comencé a decir de mística teología, que creo se llama así, diré

más adelante), en estos principios está todo el mayor trabajo;

porque son ellos los que trabajan dando el Señor el caudal; que en

los otros grados de oración lo más es gozar, puesto que primeros y

medianos y postreros, todos llevan sus cruces, aunque diferentes;

que por este camino que fue Cristo han de ir los que le siguen, si no

se quieren perder. ¡Y bienaventurados trabajos, que aun acá en la

vida tan sobradamente se pagan!

6. Habré de aprovecharme de alguna comparación, aunque yo las

quisiera excusar por ser mujer y escribir simplemente lo que me

mandan. Mas este lenguaje de espíritu es tan malo de declarar a

los que no saben letras, como yo, que habré de buscar algún modo,

y podrá ser las menos veces acierte a que venga bien la

comparación. Servirá de dar recreación a vuestra merced de ver

tanta torpeza.

Paréceme ahora a mí que he leído u oído esta comparación -que

como tengo mala memoria, ni sé adónde ni a qué propósito, mas

para el mío ahora conténtame-: ha de hacer cuenta el que

comienza, que comienza a hacer un huerto en tierra muy

infructuosa que lleva muy malas hierbas, para que se deleite el

Señor. Su Majestad arranca las malas hierbas y ha de plantar las

buenas. Pues hagamos cuenta que está ya hecho esto cuando se

determina a tener oración un alma y lo ha comenzado a usar. Y con

ayuda de Dios hemos de procurar, como buenos hortelanos, que

crezcan estas plantas y tener cuidado de regarlas para que no se

pierdan, sino que vengan a echar flores que den de sí gran olor

para dar recreación a este Señor nuestro, y así se venga a deleitar

muchas veces a esta huerta y a holgarse entre estas virtudes.

7. Pues veamos ahora de la manera que se puede regar, para que

entendamos lo que hemos de hacer y el trabajo que nos ha de

costar, si es mayor que la ganancia, o hasta qué tanto tiempo se ha

de tener.

Paréceme a mí que se puede regar de cuatro maneras:

o con sacar el agua de un pozo, que es a nuestro gran trabajo;.

o con noria y arcaduces, que se saca con un torno; yo lo he sacado

algunas veces: es a menos trabajo que estotro y sácase más agua;

o de un río o arroyo: esto se riega muy mejor, que queda más harta

la tierra de agua y no se ha menester regar tan a menudo y es a

menos trabajo mucho del hortelano;

o con llover mucho, que lo riega el Señor sin trabajo ninguno

nuestro, y es muy sin comparación mejor que todo lo que queda

dicho.

8. Ahora, pues, aplicadas estas cuatro maneras de agua de que se

ha de sustentar este huerto -porque sin ella perderse ha-, es lo que

a mí me hace al caso y ha parecido que se podrá declarar algo de

cuatro grados de oración, en que el Señor, por su bondad, ha

puesto algunas veces mi alma. Plega a su bondad atine a decirlo de

manera que aproveche a una de las personas que esto me

mandaron escribir, que la ha traído el Señor en cuatro meses harto

más adelante que yo estaba en diecisiete años. Hase dispuesto

mejor, y así sin trabajo suyo riega este vergel con todas estas

cuatro aguas, aunque la postrera aún no se le da sino a gotas; mas

va de suerte que presto se engolfará en ella con ayuda del Señor. Y

gustaré se ría, si le pareciere desatino la manera del declarar.

9. De los que comienzan a tener oración podemos decir son los que

sacan el agua del pozo, que es muy a su trabajo, como tengo dicho,

que han de cansarse en recoger los sentidos, que, como están

acostumbrados a andar derramados, es harto trabajo. Han

menester irse acostumbrando a no se les dar nada de ver ni oír, y

aun ponerlo por obra las horas de la oración, sino estar en soledad

y, apartados, pensar su vida pasada. Aunque esto primeros y

postreros todos lo han de hacer muchas veces, hay más y menos

de pensar en esto, como después diré. Al principio aún da pena,

que no acaban de entender que se arrepienten de los pecados; y sí

hacen, pues se determinan a servir a Dios tan de veras. Han de

procurar tratar de la vida de Cristo, y cánsase el entendimiento en

esto.

Hasta aquí podemos adquirir nosotros, entiéndese con el favor de

Dios, que sin éste ya se sabe no podemos tener un buen

pensamiento. Esto es comenzar a sacar agua del pozo, y aun plega

a Dios lo quiera tener. Mas al menos no queda por nosotros, que ya

vamos a sacarla y hacemos lo que podemos para regar estas flores.

Y es Dios tan bueno que, cuando por lo que Su Majestad sabe -por

ventura para gran provecho nuestro- quiere que esté seco el pozo,

haciendo lo que es en nosotros como buenos hortelanos, sin agua

sustenta las flores y hace crecer las virtudes. Llamo «agua» aquí las

lágrimas y, aunque no las haya, la ternura y sentimiento interior de

devoción.

10. Pues ¿qué hará aquí el que ve que en muchos días no hay sino

sequedad y disgusto y dessabor y tan mala gana para venir a sacar

el agua, que si no se le acordase que hace placer y servicio al

Señor de la huerta y mirase a no perder todo lo servido y aun lo que

espera ganar del gran trabajo que es echar muchas veces el

caldero en el pozo y sacarle sin agua, lo dejaría todo? Y muchas

veces le acaecerá aun para esto no se le alzar los brazos, ni podrá

tener un buen pensamiento: que este obrar con el entendimiento,

entendido va que es el sacar agua del pozo.

Pues, como digo, ¿qué hará aquí el hortelano? Alegrarse y

consolarse y tener por grandísima merced de trabajar en huerto de

tan gran Emperador. Y pues sabe le contenta en aquello y su

intento no ha de ser contentarse a sí sino a El, alábele mucho, que

hace de él confianza, pues ve que sin pagarle nada tiene tan gran

cuidado de lo que le encomendó. Y ayúdele a llevar la cruz y piense

que toda la vida vivió en ella y no quiera acá su reino ni deje jamás

la oración. Y así se determine, aunque para toda la vida le dure esta

sequedad, no dejar a Cristo caer con la cruz. Tiempo vendrá que se

lo pague por junto. No haya miedo que se pierda el trabajo. A buen

amo sirve. Mirándole está. No haga caso de malos pensamientos.

Mire que también los representaba el demonio a San Jerónimo en

el desierto.

11. Su precio se tienen estos trabajos, que, como quien los pasó

muchos años (que cuando una gota de agua sacaba de este

bendito pozo pensaba me hacía Dios merced), sé que son

grandísimos y me parece es menester más ánimo que para otros

muchos trabajos del mundo. Mas he visto claro que no deja Dios sin

gran premio, aun en esta vida; porque es así, cierto, que una hora

de las que el Señor me ha dado de gusto de Sí después acá, me

parece quedan pagadas todas las congojas que en sustentarme en

la oración mucho tiempo pasé.

Tengo para mí que quiere el Señor dar muchas veces al principio, y

otras a la postre, estos tormentos y otras muchas tentaciones que

se ofrecen, para probar a sus amadores y saber si podrán beber el

cáliz y ayudarle a llevar la cruz, antes que ponga en ellos grandes

tesoros. Y para bien nuestro creo nos quiere Su Majestad llevar por

aquí, para que entendamos bien lo poco que somos; porque son de

tan gran dignidad las mercedes de después, que quiere por

experiencia veamos antes nuestra miseria primero que nos las dé,

por que no nos acaezca lo que a Lucifer.

12. ¿Qué hacéis Vos, Señor mío, que no sea para mayor bien del

alma que entendéis que es ya vuestra y que se pone en vuestro

poder para seguiros por donde fuereis hasta muerte de cruz y que

está determinada a ayudárosla a llevar y a no dejaros solo con ella?

Quien viere en sí esta determinación, no, no hay que temer. Gente

espiritual, no hay por qué se afligir. Puesto ya en tan alto grado

como es querer tratar a solas con Dios y dejar los pasatiempos del

mundo, lo más está hecho. Alabad por ello a Su Majestad y fiad de

su bondad, que nunca faltó a sus amigos. Tapaos los ojos de

pensar por qué da a aquél de tan pocos días devoción, y a mí no en

tantos años. Creamos es todo para más bien nuestro. Guíe Su

Majestad por donde quisiere. Ya no somos nuestros, sino suyos.

Harta merced nos hace en querer que queramos cavar en su huerto

y estarnos cabe el Señor de él, que cierto está con nosotros. Si El

quiere que crezcan estas plantas y flores a unos con dar agua que

saquen de este pozo, a otros sin ella, ¿qué se me da mí? Haced

vos, Señor, lo que quisiereis. No os ofenda yo. No se pierdan las

virtudes, si alguna me habéis ya dado por sola vuestra bondad.

Padecer quiero, Señor, pues Vos padecisteis. Cúmplase en mí de

todas maneras vuestra voluntad. Y no plega a Vuestra Majestad

que cosa de tanto precio como vuestro amor se dé a gente que os

sirve sólo por gustos.

13. Hase de notar mucho -y dígolo porque lo sé por experienciaque

el alma que en este camino de oración mental comienza a

caminar con determinación y puede acabar consigo de no hacer

mucho caso ni consolarse ni desconsolarse mucho porque falten

estos gustos y ternura o la dé el Señor, que tiene andado gran parte

del camino. Y no haya miedo de tornar atrás, aunque más tropiece,

porque va comenzado el edificio en firme fundamento. Sí, que no

está el amor de Dios en tener lágrimas ni estos gustos y ternura,

que por la mayor parte los deseamos y consolamos con ellos, sino

en servir con justicia y fortaleza de ánima y humildad. Recibir, más

me parece a mí eso, que no dar nosotros nada.

14. Para mujercitas como yo, flacas y con poca fortaleza, me parece

a mí conviene, como Dios ahora lo hace, llevarme con regalos,

porque pueda sufrir algunos trabajos que ha querido Su Majestad

tenga; mas para siervos de Dios, hombres de tomo, de letras, de

entendimiento, que veo hacer tanto caso de que Dios no los da

devoción, que me hace disgusto oírlo. No digo yo que no la tomen,

si Dios se la da, y la tengan en mucho, porque entonces verá Su

Majestad que conviene; mas que cuando no la tuvieren, que no se

fatiguen y que entiendan que no es menester, pues Su Majestad no

la da, y anden señores de sí mismos. Crean que es falta. Yo lo he

probado y visto. Crean que es imperfección y no andar con libertad

de espíritu, sino flacos para acometer.

15. Esto no lo digo tanto por los que comienzan (aunque pongo

tanto en ello, porque les importa mucho comenzar con esta libertad

y determinación), sino por otros; que habrá muchos que lo ha que

comenzaron y nunca acaban de acabar. Y creo es gran parte este

no abrazar la cruz desde el principio, que andarán afligidos

pareciéndoles no hacen nada. En dejando de obrar el

entendimiento, no lo pueden sufrir y por ventura entonces engorda

la voluntad y toma fuerza, y no lo entienden ellos.

Hemos de pensar que no mira el Señor en estas cosas, que,

aunque a nosotros nos parecen faltas, no lo son. Ya sabe Su

Majestad nuestra miseria y bajo natural mejor que nosotros mismos,

y sabe que ya estas almas desean siempre pensar en El y amarle.

Esta determinación es la que quiere. Estotro afligimiento que nos

damos no sirve de más de inquietar el alma, y si había de estar

inhábil para aprovechar una hora, que lo esté cuatro. Porque muy

muchas veces (yo tengo grandísima experiencia de ello, y sé que

es verdad, porque lo he mirado con cuidado y tratado después a

personas espirituales) que viene de indisposición corporal, que

somos tan miserables que participa esta encarceladita de esta

pobre alma de las miserias del cuerpo. Y las mudanzas de los

tiempos y las vueltas de los humores muchas veces hacen que sin

culpa suya no pueda hacer lo que quiere, sino que padezca de

todas maneras. Y mientras más la quieren forzar en estos tiempos,

es peor y dura más el mal; sino que haya discreción para ver

cuándo es de esto, y no la ahoguen a la pobre. Entiendan son

enfermos. Múdese la hora de la oración, y hartas veces será

algunos días. Pasen como pudieren este destierro, que harta

malaventura es de un alma que ama a Dios ver que vive en esta

miseria y que no puede lo que quiere, por tener tan mal huésped

como este cuerpo.

16. Dije «con discreción», porque alguna vez el demonio lo hará; y

así es bien ni siempre dejar la oración cuando hay gran

distraimiento y turbación en el entendimiento, ni siempre atormentar

el alma a lo que no puede.

Otras cosas hay exteriores de obras de caridad y de lección,

aunque a veces aun no estará para esto. Sirva entonces al cuerpo

por amor de Dios, porque otras veces muchas sirva él al alma, y

tome algunos pasatiempos santos de conversaciones que lo sean,

o irse al campo, como aconsejare el confesor. Y en todo es gran

cosa la experiencia, que da a entender lo que nos conviene. Y en

todo se sirve Dios. Suave es su yugo, y es gran negocio no traer el

alma arrastrada, como dicen, sino llevarla con suavidad para su

mayor aprovechamiento.

17. Así que torno a avisar -y aunque lo diga muchas veces no va

nada- que importa mucho que de sequedades ni de inquietud y

distraimiento en los pensamientos nadie se apriete ni aflija. Si

quiere ganar libertad de espíritu y no andar siempre atribulado,

comience a no se espantar de la cruz, y verá cómo se la ayuda

también a llevar el Señor y con el contento que anda y el provecho

que saca de todo. Porque ya se ve que, si el pozo no mana, que

nosotros no podemos poner el agua. Verdad es que no hemos de

estar descuidados para que, cuando la haya, sacarla; porque

entonces ya quiere Dios por este medio multiplicar las virtudes.

------------------------------------------------------------------------

CAPÍTULO 12

Prosigue en este primer estado. - Dice hasta dónde podemos llegar

con el favor de Dios por nosotros mismos, y el daño que es querer,

hasta que el Señor lo haga, subir el espíritu a cosas sobrenaturales.

1. Lo que he pretendido dar a entender en este capítulo pasado -

aunque me he divertido mucho en otras cosas por parecerme muy

necesarias- es decir hasta lo que podemos nosotros adquirir, y

cómo en esta primera devoción podemos nosotros ayudarnos algo.

Porque en pensar y escudriñar lo que el Señor pasó por nosotros,

muévenos a compasión, y es sabrosa esta pena y las lágrimas que

proceden de aquí. Y de pensar la gloria que esperamos y el amor

que el Señor nos tuvo y su resurrección, muévenos a gozo que ni

es del todo espiritual ni sensual, sino gozo virtuoso y la pena muy

meritoria. De esta manera son todas las cosas que causan

devoción adquirida con el entendimiento en parte, aunque no

podida merecer ni ganar si no la de Dios. Estále muy bien a un alma

que no la ha subido de aquí, no procurar subir ella; y nótese esto

mucho, porque no le aprovechará más de perder.

2. Puede en este estado hacer muchos actos para determinarse a

hacer mucho por Dios y despertar el amor, otros para ayudar a

crecer las virtudes, conforme a lo que dice un libro llamado Arte de

servir a Dios, que es muy bueno y apropiado para los que están en

este estado, porque obra el entendimiento. Puede representarse

delante de Cristo y acostumbrarse a enamorarse mucho de su

sagrada Humanidad y traerle siempre consigo y hablar con El,

pedirle para sus necesidades y quejársele de sus trabajos,

alegrarse con El en sus contentos y no olvidarle por ellos, sin

procurar oraciones compuestas, sino palabras conforme a sus

deseos y necesidad.

Es excelente manera de aprovechar y muy en breve; y quien

trabajare a traer consigo esta preciosa compañía y se aprovechare

mucho de ella y de veras cobrare amor a este Señor a quien tanto

debemos, yo le doy por aprovechado.

3. Para esto no se nos ha de dar nada de no tener devoción -como

tengo dicho-, sino agradecer al Señor que nos deja andar deseosos

de contentarle, aunque sean flacas las obras. Este modo de traer a

Cristo con nosotros aprovecha en todos estados, y es un medio

segurísimo para ir aprovechando en el primero y llegar en breve al

segundo grado de oración, y para los postreros andar seguros de

los peligros que el demonio puede poner.

4. Pues esto es lo que podemos. Quien quisiere pasar de aquí y

levantar el espíritu a sentir gustos que no se los dan, es perder lo

uno y lo otro, a mi parecer, porque es sobrenatural; y perdido el

entendimiento, quédase el alma desierta y con mucha sequedad. Y

como este edificio todo va fundado en humildad, mientras más

llegados a Dios, más adelante ha de ir esta virtud, y si no, va todo

perdido. Y parece algún género de soberbia querer nosotros subir a

más, pues Dios hace demasiado, según somos, en allegarnos cerca

de Sí.

No se ha de entender que digo esto por el subir con el pensamiento

a pensar cosas altas del cielo o de Dios y las grandezas que allá

hay y su gran sabiduría; porque, aunque yo nunca lo hice (que no

tenía habilidad -como he dicho- y me hallaba tan ruin, que aun para

pensar cosas de la tierra me hacía Dios merced de que entendiese

esta verdad, que no era poco atrevimiento, cuánto más para las del

cielo), otras personas se aprovecharán, en especial si tienen letras,

que es un gran tesoro para este ejercicio, a mi parecer, si son con

humildad. De unos días acá lo he visto por algunos letrados, que ha

poco que comenzaron y han aprovechado muy mucho; y esto me

hace tener grandes ansias porque muchos fuesen espirituales,

como adelante diré.

5. Pues lo que digo «no se suban sin que Dios los suba», es

lenguaje de espíritu. Entenderme ha quien tuviere alguna

experiencia, que yo no lo sé decir si por aquí no se entiende. En la

mística teología que comencé a decir, pierde de obrar el

entendimiento, porque le suspende Dios, como después declararé

más, si supiere y El me diere para ello su favor. Presumir ni pensar

de suspenderle nosotros, es lo que digo no se haga, ni se deje de

obrar con él, porque nos quedaremos bobos y fríos, y ni haremos lo

uno ni lo otro; que cuando el Señor le suspende y hace parar, dale

de qué se espante y se ocupe, y que sin discurrir entienda más en

un «credo» que nosotros podemos entender con todas nuestras

diligencias de tierra en muchos años. Ocupar las potencias del alma

y pensar hacerlas estar quedas, es desatino.

Y torno a decir que, aunque no se entiende, es de no gran

humildad; aunque no con culpa, con pena sí, que será trabajo

perdido, y queda el alma con un disgustillo como quien va a saltar y

la asen por detrás, que ya parece ha empleado su fuerza, y hállase

sin efectuar lo que con ella quería hacer; y en la poca ganancia que

queda verá quien lo quisiere mirar esto poquillo de falta de humildad

que he dicho. Porque esto tiene excelente esta virtud, que no hay

obra a quien ella acompañe, que deje el alma disgustada.

Paréceme lo he dado a entender, y por ventura será sola para mí.

Abra el Señor los ojos de los que lo leyeren, con la experiencia;

que, por poca que sea, luego lo entenderán.

6. Hartos años estuve yo que leía muchas cosas y no entendía

nada de ellas; y mucho tiempo que, aunque me lo daba Dios,

palabra no sabía decir para darlo a entender, que no me ha costado

esto poco trabajo. Cuando Su Majestad quiere, en un punto lo

enseña todo, de manera que yo me espanto.

Una cosa puedo decir con verdad: que, aunque hablaba con

muchas personas espirituales que querían darme a entender lo que

el Señor me daba, para que se lo supiese decir, y es cierto que era

tanta mi torpeza, que poco ni mucho me aprovechaba; o quería el

Señor, como Su Majestad fue siempre mi maestro (sea por todo

bendito, que harta confusión es para mí poder decir esto con

verdad), que no tuviese a nadie que agradecer. Y sin querer ni

pedirlo (que en esto no he sido nada curiosa -porque fuera virtud

serlo- sino en otras vanidades), dármelo Dios en un punto a

entender con toda claridad y para saberlo decir, de manera que se

espantaban y yo más que mis confesores, porque entendía mejor

mi torpeza. Esto ha poco. Y así lo que el Señor no me ha enseñado

no lo procuro, si no es lo que toca a mi conciencia.

7. Torno otra vez a avisar que va mucho en «no subir el espíritu si el

Señor no le subiere». Qué cosa es, se entiende luego. En especial

para mujeres es más malo, que podrá el demonio causar alguna

ilusión; aunque tengo por cierto no consiente el Señor dañe a quien

con humildad se procura llegar a El, antes sacará más provecho y

ganancia por donde el demonio le pensare hacer perder.

Por ser este camino de los primeros más usado, e importan mucho

los avisos que he dado, me he alargado tanto. Y habránlos escrito

en otras partes muy mejor, yo lo confieso, y que con harta confusión

y vergüenza lo he escrito, aunque no tanta como había de tener.

Sea el Señor bendito por todo, que a una como yo quiere y

consiente hable en cosas suyas, tales y tan subidas.

------------------------------------------------------------------------

CAPÍTULO 13

Prosigue en este primer estado y pone avisos para algunas

tentaciones que el demonio suele poner algunas veces. - Da avisos

para ellas. - Es muy provechoso.

1. Hame parecido decir algunas tentaciones que he visto que se

tienen a los principios, y algunas tenido yo, y dar algunos avisos de

cosas que me parecen necesarias.

Pues procúrese a los principios andar con alegría y libertad, que

hay algunas personas que parece se les ha de ir la devoción si se

descuidan un poco. Bien es andar con temor de sí para no se fiar

poco ni mucho de ponerse en ocasión donde suele ofender a Dios,

que esto es muy necesario hasta estar ya muy enteros en la virtud;

y no hay muchos que lo puedan estar tanto, que en ocasiones

aparejadas a su natural se puedan descuidar, que siempre,

mientras vivimos, aun por humildad, es bien conocer nuestra

miserable naturaleza. Mas hay muchas cosas adonde se sufre,

como he dicho, tomar recreación aun para tornar a la oración más

fuertes. En todo es menester discreción.

2. Tener gran confianza, porque conviene mucho no apocar los

deseos, sino creer de Dios que, si nos esforzamos, poco a poco,

aunque no sea luego, podremos llegar a lo que muchos santos con

su favor; que si ellos nunca se determinaran a desearlo y poco a

poco a ponerlo por obra, no subieran a tan alto estado. Quiere Su

Majestad y es amigo de ánimas animosas, como vayan con

humildad y ninguna confianza de sí. Y no he visto a ninguna de

éstas que quede baja en este camino; ni ninguna alma cobarde, con

amparo de humildad, que en muchos años ande lo que estotros en

muy pocos. Espántame lo mucho que hace en este camino

animarse a grandes cosas; aunque luego no tenga fuerzas el alma,

da un vuelo y llega a mucho, aunque -como avecita que tiene pelo

malo- cansa y queda.

3. Otro tiempo traía yo delante muchas veces lo que dice San

Pablo, que todo se puede en Dios. En mí bien entendía no podía

nada. Esto me aprovechó mucho, y lo que dice San Agustín: Dame,

Señor, lo que me mandas, y manda lo que quisieres. Pensaba

muchas veces que no había perdido nada San Pedro en arrojarse

en la mar, aunque después temió. Estas primeras determinaciones

son gran cosa, aunque en este primer estado es menester irse más

deteniendo y atados a la discreción y parecer de maestro; mas han

de mirar que sea tal, que no los enseñe a ser sapos, ni que se

contente con que se muestre el alma a sólo cazar lagartijas.

¡Siempre la humildad delante, para entender que no han de venir

estas fuerzas de las nuestras!

4. Mas es menester entendamos cómo ha de ser esta humildad,

porque creo el demonio hace mucho daño para no ir muy adelante

gente que tiene oración, con hacerlos entender mal de la humildad,

haciendo que nos parezca soberbia tener grandes deseos y querer

imitar a los santos y desear ser mártires. Luego nos dice o hace

entender que las cosas de los santos son para admirar, mas no

para hacerlas los que somos pecadores.

Esto también lo digo yo; mas hemos de mirar cuál es de espantar y

cuál de imitar. Porque no sería bien si una persona flaca y enferma

se pusiese en muchos ayunos y penitencias ásperas, yéndose a un

desierto adonde ni pudiese dormir ni tuviese qué comer, o casas

semejantes. Mas pensar que nos podemos esforzar con el favor de

Dios a tener un gran desprecio de mundo, un no estimar honra, un

no estar atado a la hacienda; que tenemos unos corazones tan

apretados, que parece nos ha de faltar la tierra en queriéndonos

descuidar un poco del cuerpo y dar al espíritu; luego parece ayuda

al recogimiento tener muy bien lo que es menester, porque los

cuidados inquietan a la oración.

De esto me pesa a mí, que tengamos tan poca confianza de Dios y

tanto amor propio, que nos inquiete ese cuidado. Y es así que

adonde está tan poco medrado el espíritu como esto, unas naderías

nos dan tan gran trabajo como a otros cosas grandes y de mucho

tomo. ¡Y en nuestro seso presumimos de espirituales!

5. Paréceme ahora a mí esta manera de caminar un querer

concertar cuerpo y alma para no perder acá el descanso y gozar

allá de Dios. Y así será ello si se anda en justicia y vamos asidos a

virtud. Mas es paso de gallina. Nunca con él se llegará a la libertad

de espíritu. Manera de proceder muy buena me parece para estado,

de casados, que han de ir conforme a su llamamiento; mas para

otro estado, en ninguna manera deseo tal manera de aprovechar ni

me harán creer es buena, porque la he probado, y siempre me

estuviera así si el Señor por su bondad no me enseñara otro atajo.

6. Aunque en esto de deseos siempre los tuve grandes, mas

procuraba esto que he dicho: tener oración, mas vivir a mi placer.

Creo si hubiera quien me sacara a volar, más me hubiera puesto en

que estos deseos fueran con obra. Mas hay -por nuestros pecadostan

pocos, tan contados, que no tengan discreción demasiada en

este caso, que creo es harta causa para que los que comienzan no

vayan más presto a gran perfección. Porque el Señor nunca falta ni

queda por El; nosotros somos los faltos y miserables.

7. También se pueden imitar los santos en procurar soledad y

silencio y otras muchas virtudes, que no nos matarán estos negros

cuerpos que tan concertadamente se quieren llevar para

desconcertar el alma, y el demonio ayuda mucho a hacerlos

inhábiles, cuando ve un poco de temor; no quiere él más para

hacernos entender que todo nos ha de matar y quitar la salud; hasta

tener lágrimas nos hace temer de cegar. He pasado por esto y por

eso lo sé; y no sé yo qué mejor vista ni salud podemos desear que

perderla por tal causa.

Como soy tan enferma, hasta que me determiné en no hacer caso

del cuerpo ni de la salud, siempre estuve atada, sin valer nada; y

ahora hago bien poco. Mas como quiso Dios entendiese este ardid

del demonio, y como me ponía delante el perder la salud, decía yo:

«poco va en que me muera»; si el descanso: «no he ya menester

descanso, sino cruz»; así otras cosas. Vi claro que en muy muchas,

aunque yo de hecho soy harto enferma, que era tentación del

demonio o flojedad mía; que después que no estoy tan mirada y

regalada, tengo mucha más salud.

Así que va mucho a los principios de comenzar oración a no

amilanar los pensamientos, y créanme esto, porque lo tengo por

experiencia. Y para que escarmienten en mí, aun podría aprovechar

decir estas mis faltas.

8. Otra tentación es luego muy ordinaria, que es desear que todos

sean muy espirituales, como comienzan a gustar del sosiego y

ganancia que es. El desearlo no es malo; el procurarlo podría ser

no bueno, si no hay mucha discreción y disimulación en hacerse de

manera que no parezca enseñan; porque quien hubiere de hacer

algún provecho en este caso, es menester que tenga las virtudes

muy fuertes para que no dé tentación a los otros.

Acaecióme a mí -y por eso lo entiendo- cuando, como he dicho,

procuraba que otras tuviesen oración, que, como por una parte me

veían hablar grandes cosas del gran bien que era tener oración, y

por otra parte me veían con gran pobreza de virtudes, tenerla yo

traíalas tentadas y desatinadas; y ¡con harta razón!, que después

me lo han venido a decir, porque no sabían cómo se podía

compadecer lo uno con lo otro; y era causa de no tener por malo lo

que de suyo lo era, por ver que lo hacía yo algunas veces, cuando

les parecía algo bien de mí.

9. Y esto hace el demonio, que parece se ayuda de las virtudes que

tenemos buenas para autorizar en lo que puede el mal que

pretende, que, por poco que sea, cuando es en una comunidad,

debe ganar mucho; cuánto más que lo que yo hacía malo era muy

mucho. Y así, en muchos años solas tres se aprovecharon de lo

que les decía, y después que ya el Señor me había dado más

fuerzas en la virtud, se aprovecharon en dos o tres años muchas,

como después diré.

Y, sin esto, hay otro gran inconveniente, que es perder el alma;

porque lo más que hemos de procurar al principio es sólo tener

cuidado de sí sola, y hacer cuenta que no hay en la tierra sino Dios

y ella; y esto es lo que le conviene mucho.

10. Da otra tentación (y todas van con un celo de virtud que es

menester entenderse y andar con cuidado) de pena de los pecados

y faltas que ven en los otros: pone el demonio que es sólo la pena

de querer que no ofendan a Dios y pesarle por su honra, y luego

querrían remediarlo. Inquieta esto tanto, que impide la oración; y el

mayor daño es pensar que es virtud y perfección y gran celo de

Dios.

Dejo las penas que dan pecados públicos -si los hubiese en

costumbre- de una congregación, o daños de la Iglesia de estas

herejías, adonde vemos perder tantas almas; que ésta es muy

buena, y como lo es buena, no inquieta. Pues lo seguro será del

alma que tuviere oración descuidarse de todo y de todos, y tener

cuenta consigo y con contentar a Dios. Esto conviene muy mucho,

porque ¡si hubiese de decir los yerros que he visto suceder fiando

en la buena intención!....

Pues procuremos siempre mirar las virtudes y cosas buenas que

viéremos en los otros, y tapar sus defectos con nuestros grandes

pecados. Es una manera de obrar que, aunque luego no se haga

con perfección, se viene a ganar una gran virtud, que es tener a

todos por mejores que nosotros, y comiénzase a ganar por aquí con

el favor de Dios, que es menester en todo y, cuando falta,

excusadas son las diligencias, y suplicarle nos dé esta virtud, que

con que las hagamos no falta a nadie.

11. Miren también este aviso los que discurren mucho con el

entendimiento, sacando muchas cosas de una cosa y muchos

conceptos; que de los que no pueden obrar con él, como yo hacía,

no hay que avisar, sino que tengan paciencia, hasta que el Señor

les dé en qué se ocupen y luz, pues ellos pueden tan poco por sí,

que antes los embaraza su entendimiento que los ayuda.

Pues tornando a los que discurren, digo que no se les vaya todo el

tiempo en esto; porque, aunque es muy meritorio, no les parece -

como es oración sabrosa- que ha de haber día de domingo, ni rato

que no sea trabajar. Luego les parece es perdido el tiempo, y tengo

yo por muy ganada esta pérdida; sino que -como he dicho- se

representen delante de Cristo, y sin cansancio del entendimiento se

estén hablando y regalando con El, sin cansarse en componer

razones, sino presentar necesidades y la razón que tiene para no

nos sufrir allí: lo uno un tiempo, y lo otro otro, porque no se canse el

alma de comer siempre un manjar. Estos son muy gustosos y

provechosos, si el gusto se usa a comer de ellos; traen consigo

gran sustentamiento para dar vida al alma, y muchas ganancias.

12. Quiérome declarar más, porque estas cosas de oración todas

son dificultosas y, si no se halla maestro, muy malas de entender; y

esto hace que, aunque quisiera abreviar y bastaba para el

entendimiento bueno de quien me mandó escribir estas cosas de

oración sólo tocarlas, mi torpeza no da lugar a decir y dar a

entender en pocas palabras cosa que tanto importa declararla bien;

que como yo pasé tanto, he lástima a los que comienzan con solos

libros, que es cosa extraña cuán diferentemente se entiende de lo

que después de experimentado se ve.

Pues tornando a lo que decía, ponémonos a pensar un paso de la

Pasión, digamos el de cuando estaba el Señor a la columna: anda

el entendimiento buscando las causas que allí da a entender, los

dolores grandes y pena que Su Majestad tendría en aquella soledad

y otras muchas cosas que, si el entendimiento es obrador, podrá

sacar de aquí. ¡Oh que si es letrado!.... Es el modo de oración en

que han de comenzar y demediar y acabar todos, y muy excelente y

seguro camino, hasta que el Señor los lleve a otras cosas

sobrenaturales.

13. Digo «todos», porque hay muchas almas que aprovechan más

en otras meditaciones que en la de la sagrada Pasión; que así

como hay muchas moradas en el cielo, hay muchos caminos.

Algunas personas aprovechan considerándose en el infierno, y

otras en el cielo y se afligen en pensar en el infierno, otras en la

muerte. Algunas, si son tiernas de corazón, se fatigan mucho de

pensar siempre en la Pasión, y se regalan y aprovechan en mirar el

poder y grandeza de Dios en las criaturas y el amor que nos tuvo,

que en todas las cosas se representa, y es admirable manera de

proceder, no dejando muchas veces la Pasión y vida de Cristo, que

es de donde nos ha venido y viene todo el bien.

14. Ha menester aviso el que comienza, para mirar en lo que

aprovecha más. Para esto es muy necesario el maestro, si es

experimentado; que si no, mucho puede errar y traer un alma sin

entenderla ni dejarla a sí misma entender; porque, como sabe que

es gran mérito estar sujeta a maestro, no osa salir de lo que le

manda. Yo he topado almas acorraladas y afligidas por no tener

experiencia quien las enseñaba, que me hacían lástima, y alguna

que no sabía ya qué hacer de sí; porque, no entendiendo el espíritu,

afligen alma y cuerpo, y estorban el aprovechamiento. Una trató

conmigo, que la tenía el maestro atada ocho años había a que no la

dejaba salir de propio conocimiento, y teníala ya el Señor en

oración de quietud, y así pasaba mucho trabajo.

15. Y aunque esto del conocimiento propio jamás se ha de dejar, ni

hay alma, en este camino, tan gigante que no haya menester

muchas veces tornar a ser niño y a mamar (y esto jamás se olvide,

quizás lo diré más veces, porque importa mucho); porque no hay

estado de oración tan subido, que muchas veces no sea necesario

tornar al principio, y en esto de los pecados y conocimiento propio,

es el pan con que todos los manjares se han de comer, por

delicados que sean, en este camino de oración, y sin este pan no

se podrían sustentar; mas hase de comer con tasa, que después

que un alma se ve ya rendida y entiende claro no tiene cosa buena

de sí y se ve avergonzada delante de tan gran Rey y ve lo poco que

le paga lo mucho que le debe, ¿qué necesidad hay de gastar el

tiempo aquí?, sino irnos a otras cosas que el Señor pone delante y

no es razón las dejemos, que Su Majestad sabe mejor que nosotros

de lo que nos conviene comer.

16. Así que importa mucho ser el maestro avisado -digo de buen

entendimiento- y que tenga experiencia. Si con esto tiene letras, es

grandísimo negocio. Mas si no se pueden hallar estas tres cosas

juntas, las dos primeras importan más; porque letrados pueden

procurar para comunicarse con ellos cuando tuvieren necesidad.

Digo que a los principios, si no tienen oración, aprovechan poco

letras; no digo que no traten con letrados, porque espíritu que no

vaya comenzado en verdad yo más le querría sin oración; y es gran

cosa letras, porque éstas nos enseñan a los que poco sabemos y

nos dan luz y, llegados a verdades de la Sagrada Escritura,

hacemos lo que debemos: de devociones a bobas nos libre Dios.

17. Quiérome declarar más, que creo me meto en muchas cosas.

Siempre tuve esta falta de no me saber dar a entender -como he

dicho- sino a costa de muchas palabras. Comienza una monja a

tener oración; si un simple la gobierna y se le antoja, harála

entender que es mejor que le obedezca a él que a su superior, y sin

malicia suya, sino pensando acierta; porque si no es de religión,

parecerle ha es así. Y si es mujer casada, dirála que es mejor,

cuando ha de entender en su casa, estarse en oración, aunque

descontente a su marido. Así que no sabe ordenar el tiempo ni las

cosas para que vayan conforme a verdad. Por faltarle a él la luz, no

la da a los otros aunque quiere. Y aunque para esto parece no son

menester letras, mi opinión ha sido siempre y será que cualquier

cristiano procure tratar con quien las tenga buenas, si puede, y

mientras más, mejor; y los que van por camino de oración tienen de

esto mayor necesidad, y mientras más espirituales, más.

18. Y no se engañe con decir que letrados sin oración no son para

quien la tiene. Yo he tratado hartos, porque de unos años acá lo he

más procurado con la mayor necesidad, y siempre fui amiga de

ellos, que aunque algunos no tienen experiencia, no aborrecen al

espíritu ni le ignoran; porque en la Sagrada Escritura que tratan,

siempre hallan la verdad del buen espíritu. Tengo para mí que

persona de oración que trate con letrados, si ella no se quiere

engañar, no la engañará el demonio con ilusiones, porque creo

temen en gran manera las letras humildes y virtuosas, y saben

serán descubiertos y saldrán con pérdida.

19. He dicho esto porque hay opiniones de que no son letrados

para gente de oración, si no tienen espíritu. Ya dije es menester

espiritual maestro; mas si éste no es letrado, gran inconveniente es.

Y será mucha ayuda tratar con ellos, como sean virtuosos. Aunque

no tenga espíritu, me aprovechará, y Dios le dará a entender lo que

ha de enseñar y aun le hará espiritual para que nos aproveche. Y

esto no lo digo sin haberlo probado y acaecídome a mí con más de

dos. Digo que para rendirse un alma del todo a estar sujeta a solo

un maestro, que yerra mucho en no procurar que sea tal, si es

religioso, pues ha de estar sujeto a su prelado, que por ventura le

faltarán todas tres cosas -que no será pequeña cruz- sin que él de

su voluntad sujete su entendimiento a quien no le tenga bueno. Al

menos esto no lo he yo podido acabar conmigo ni me parece

conviene. Pues si es seglar, alabe a Dios que puede escoger a

quien ha de estar sujeto, y no pierda esta tan virtuosa libertad;

antes esté sin ninguno hasta hallarle, que el Señor se le dará, como

vaya fundado todo en humildad y con deseo de acertar. Yo le alabo

mucho, y las mujeres y los que no saben letras le habíamos

siempre de dar infinitas gracias, porque haya quien con tantos

trabajos haya alcanzado la verdad que los ignorantes ignoramos.

20. Espántanme muchas veces letrados, religiosos en especial, con

el trabajo que han ganado lo que sin ninguno, más que preguntarlo,

me aproveche a mí. ¡Y que haya personas que no quieran

aprovecharse de esto! ¡No plega a Dios! Véolos sujetos a los

trabajos de la religión, que son grandes, con penitencias y mal

comer, sujetos a la obediencia, que algunas veces me es gran

confusión, cierto; con esto, mal dormir, todo trabajo, todo cruz.

Paréceme sería gran mal que tanto bien ninguno por su culpa lo

pierda. Y podrá ser que pensemos algunos que estamos libres de

estos trabajos, y nos lo dan guisado, como dicen, y viviendo a

nuestro placer, que por tener un poco de más oración nos hemos

de aventajar a tantos trabajos.

21. ¡Bendito seáis vos, Señor, que tan inhábil y sin provecho me

hicisteis! Mas aláboos muy mucho, porque despertáis a tantos que

nos despierten. Había de ser muy continua nuestra oración por

estos que nos dan luz. ¿Qué seríamos sin ellos entre tan grandes

tempestades como ahora tiene la Iglesia? Si algunos ha habido

ruines, más resplandecerán los buenos. Plega al Señor los tenga de

su mano y los ayude para que nos ayuden, amén.

22. Mucho he salido de propósito de lo que comencé a decir; mas

todo es propósito para los que comienzan, que comiencen camino

tan alto de manera que vayan puestos en verdadero camino. Pues

tornando a lo que decía de pensar a Cristo a la columna, es bueno

discurrir un rato y pensar las penas que allí tuvo y por qué las tuvo y

quién es el que las tuvo y el amor con que las pasó. Mas que no se

canse siempre en andar a buscar esto, sino que se esté allí con El,

acallado el entendimiento. Si pudiere, ocuparle en que mire que le

mira, y le acompañe y hable y pida y se humille y regale con El, y

acuerde que no merecía estar allí. Cuando pudiere hacer esto,

aunque sea al principio de comenzar oración, hallará grande

provecho, y hace muchos provechos esta manera de oración; al

menos hallóle mi alma.

No sé si acierto a decirlo. Vuestra merced lo verá. Plega al Señor

acierte a contentarle siempre, amén.

------------------------------------------------------------------------

CAPÍTULO 14

Comienza a declarar el segundo grado de oración, que es ya dar el

Señor al alma a sentir gustos más particulares. - Decláralo para dar

a entender cómo son ya sobrenaturales. - Es harto de notar.

1. Pues ya queda dicho con el trabajo que se riega este vergel y

cuán a fuerza de brazos sacando el agua del pozo, digamos ahora

el segundo modo de sacar el agua que el Señor del huerto ordenó

para que con artificio de con un torno y arcaduces sacase el

hortelano más agua y a menos trabajo, y pudiese descansar sin

estar continuo trabajando.

Pues este modo, aplicado a la oración que llaman de quietud, es lo

que yo ahora quiero tratar.

2. Aquí se comienza a recoger el alma, toca ya aquí cosa

sobrenatural, porque en ninguna manera ella puede ganar aquello

por diligencias que haga. Verdad es que parece que algún tiempo

se ha cansado en andar el torno y trabajar con el entendimiento y

henchídose los arcaduces; mas aquí está el agua más alto y así se

trabaja muy menos que en sacarlo del pozo. Digo que está más

cerca el agua, porque la gracia dase más claramente a conocer al

alma.

Esto es un recogerse las potencias dentro de sí para gozar de aquel

contento con más gusto; mas no se pierden ni se duermen; sola la

voluntad se ocupa de manera que, sin saber cómo, se cautiva; sólo

da consentimiento para que la encarcele Dios, como quien bien

sabe ser cautivo de quien ama. ¡Oh Jesús y Señor mío! ¡qué nos

vale aquí vuestro amor!, porque éste tiene al nuestro tan atado que

no deja libertad para amar en aquel punto a otra cosa sino a Vos.

3. Las otras dos potencias ayudan a la voluntad para que vaya

haciéndose hábil para gozar de tanto bien, puesto que algunas

veces, aun estando unida la voluntad, acaece desayudar harto; mas

entonces no haga caso de ellas, sino estése en su gozo y quietud;

porque, si las quiere recoger, ella y ellas perderán, que son

entonces como unas palomas que no se contentan con el cebo que

les da el dueño del palomar sin trabajarlo ellas, y van a buscar de

comer por otras partes, y hallan tan mal que se tornan; y así van y

vienen a ver si les da la voluntad de lo que goza. Si el Señor quiere

echarles cebo, detiénense, y si no, tornan a buscar; y deben pensar

que hacen a la voluntad provecho, y a las veces en querer la

memoria o imaginación representarla lo que goza, la dañará. Pues

tenga aviso de haberse con ellas como diré.

4. Pues todo esto que pasa aquí es con grandísimo consuelo y con

tan poco trabajo, que no cansa la oración, aunque dure mucho rato;

porque el entendimiento obra aquí muy paso a paso y saca muy

mucha más agua que no sacaba del pozo. Las lágrimas que Dios

aquí da, ya van con gozo; aunque se sienten, no se procuran.

5. Este agua de grandes bienes y mercedes que el Señor da aquí,

hacen crecer las virtudes muy más sin comparación que en la

oración pasada, porque se va ya esta alma subiendo de su miseria

y dásele ya un poco de noticia de los gustos de la gloria. Esto creo

las hace más crecer y también llegar más cerca de la verdadera

virtud, de donde todas las virtudes vienen, que es Dios; porque

comienza Su Majestad a comunicarse a esta alma y quiere que

sienta ella cómo se le comunica.

Comiénzase luego, en llegando aquí, a perder la codicia de lo de

acá, ¡y pocas gracias! Porque ve claro que un momento de aquel

gusto no se puede haber acá, ni hay riquezas ni señoríos ni honras

ni deleites que basten a dar un cierra ojo y abre de este

contentamiento, porque es verdadero y contento que se ve que nos

contenta. Porque los de acá, por maravilla me parece entendemos

adónde está este contento, porque nunca falta un «sí-no». Aquí

todo es «sí» en aquel tiempo; el «no» viene después, por ver que

se acabó y que no lo puede tornar a cobrar ni sabe cómo; porque si

se hace pedazos a penitencias y oración y todas las demás cosas,

si el Señor no le quiere dar, aprovecha poco. Quiere Dios por su

grandeza que entienda esta alma que está Su Majestad tan cerca

de ella que ya no ha menester enviarle mensajeros, sino hablar ella

misma con El, y no a voces, porque está ya tan cerca que en

meneando los labios la entiende.

6. Parece impertinente decir esto, pues sabemos que siempre nos

entiende Dios y está con nosotros. En esto no hay que dudar que

es así, mas quiere este Emperador y Señor nuestro que

entendamos aquí que nos entiende, y lo que hace su presencia, y

que quiere particularmente comenzar a obrar en el alma, en la gran

satisfacción interior y exterior que la da, y en la diferencia que,

como he dicho, hay de este deleite y contento a los de acá, que

parece hinche el vacío que por nuestros pecados teníamos hecho

en el alma. Es en lo muy íntimo de ella esta satisfacción, y no sabe

por dónde ni cómo le vino, ni muchas veces sabe qué hacer ni qué

querer ni qué pedir. Todo parece lo halla junto y no sabe lo que ha

hallado, ni aun yo sé cómo darlo a entender, porque para hartas

cosas eran menester letras. Porque aquí viniera bien dar aquí a

entender qué es auxilio general o particular -que hay muchos que lo

ignoran-, y cómo este particular quiere el Señor aquí que casi le vea

el alma por vista de ojos, como dicen, y también para muchas cosas

que irán erradas. Mas, como lo han de ver personas que entiendan

si hay yerro, voy descuidada; porque así de letras como de espíritu

sé que lo puedo estar, yendo a poder de quien va, que entenderán

y quitarán lo que fuere mal.

7. Pues querría dar a entender esto, porque son principios, y

cuando el Señor comienza a hacer estas mercedes, la misma alma

no las entiende ni sabe qué hacer de sí. Porque, si la lleva Dios por

camino de temor, como hizo a mí, es gran trabajo, si no hay quien la

entienda; y esle gran gusto verse pintada, y entonces ve claro va

por allí. Y es gran bien saber lo que ha de hacer, para ir

aprovechando en cualquier estado de estos. Porque he yo pasado

mucho y perdido harto tiempo por no saber qué hacer y he gran

lástima a almas que se ven solas cuando llegan aquí; porque

aunque he leído muchos libros espirituales, aunque tocan en lo que

hace al caso, decláranse muy poco, y si no es alma muy ejercitada,

aun declarándose mucho, tendrá harto que hacer en entenderse.

8. Querría mucho el Señor me favoreciese para poner los efectos

que obran en el alma estas cosas, que ya comienzan a ser

sobrenaturales, para que se entienda por los efectos cuándo es

espíritu de Dios. Digo «se entienda», conforme a lo que acá se

puede entender, aunque siempre es bien andemos con temor y

recato; que, aunque sea de Dios, alguna vez podrá transfigurarse el

demonio en ángel de luz, y si no es alma muy ejercitada, no lo

entenderá: y tan ejercitada, que para entender esto es menester

llegar muy en la cumbre de la oración.

Ayúdame poco el poco tiempo que tengo, y así ha menester Su

Majestad hacerlo; porque he de andar con la comunidad y con otras

hartas ocupaciones (como estoy en casa que ahora se comienza,

como después se verá), y así es muy sin tener asiento lo que

escribo, sino a pocos a pocos, y esto quisiérale, porque cuando el

Señor da espíritu, pónese con facilidad y mejor: parece como quien

tiene un dechado delante, que está sacando aquella labor; mas si el

espíritu falta, no hay más concertar este lenguaje que si fuese

algarabía, a manera de decir, aunque hayan muchos años pasado

en oración. Y así me parece es grandísima ventaja, cuando lo

escribo estar en ello; porque veo claro no soy yo quien lo dice, que

ni lo ordeno con el entendimiento ni sé después cómo lo acerté a

decir. Esto me acaece muchas veces.

9. Ahora tornemos a nuestra huerta o vergel, y veamos cómo

comienzan estos árboles a empreñarse para florecer y dar después

fruto, y las flores y claveles lo mismo para dar olor. Regálame esta

comparación, porque muchas veces en mis principios (y plega al

Señor haya yo ahora comenzado a servir a Su Majestad; digo

«principio» de lo que diré de aquí adelante de mi vida) me era gran

deleite considerar ser mi alma un huerto y al Señor que se paseaba

en él. Suplicábale aumentase el olor de las florecitas de virtudes

que comenzaban, a lo que parecía, a querer salir y que fuese para

su gloria y las sustentase, pues yo no quería nada para mí, y

cortase las que quisiese, que ya sabía habían de salir mejores. Digo

«cortar», porque vienen tiempos en el alma que no hay memoria de

este huerto: todo parece está seco y que no ha de haber agua para

sustentarle, ni parece hubo jamás en el alma cosa de virtud. Pásase

mucho trabajo, porque quiere el Señor que le parezca al pobre

hortelano que todo el que ha tenido en sustentarle y regarle va

perdido. Entonces es el verdadero escardar y quitar de raíz las

hierbecillas -aunque sean pequeñas- que han quedado malas. Con

conocer no hay diligencia que baste si el agua de la gracia nos quita

Dios, y tener en poco nuestra nada, y aun menos que nada, gánase

aquí mucha humildad; tornan de nuevo a crecer las flores.

10. ¡Oh Señor mío y bien mío! ¡Que no puedo decir esto sin

lágrimas y gran regalo de mi alma! ¡Que queráis Vos, Señor, estar

así con nosotros, y estáis en el Sacramento (que con toda verdad

se puede creer, pues lo es, y con gran verdad podemos hacer esta

comparación), y si no es por nuestra culpa nos podemos gozar con

Vos, y que Vos os holgáis con nosotros, pues decís ser vuestro

deleite estar con los hijos de los hombres! ¡Oh Señor mío! ¿Qué es

esto? Siempre que oigo esta palabra me es gran consuelo, aun

cuando era muy perdida. ¿Es posible, Señor, que haya alma que

llegue a que Vos la hagáis mercedes semejantes y regalos, y a

entender que Vos os holgáis con ella, que os torne a ofender

después de tantos favores y tan grandes muestras del amor que la

tenéis, que no se puede dudar, pues se ve clara la obra?

Sí hay, por cierto, y no una vez sino muchas, que soy yo. Y plega a

vuestra bondad, Señor, que sea yo sola la ingrata y la que haya

hecho tan gran maldad y tenido tan excesiva ingratitud: porque aun

ya de ella algún bien ha sacado vuestra infinita bondad; y mientras

mayor mal, más resplandece el gran bien de vuestras misericordias.

¡Y con cuánta razón las puedo yo para siempre cantar!.

11. Suplícoos yo, Dios mío, sea así y las cante yo sin fin, ya que

habéis tenido por bien de hacerlas tan grandísimas conmigo, que

espantan los que las ven y a mí me saca de mí muchas veces, para

poderos mejor alabar a Vos. Que estando en mí, sin Vos, no podría,

Señor mío, nada, sino tornar a ser cortadas estas flores de este

huerto, de suerte que esta miserable tierra tornase a servir de

muladar como antes. No lo permitáis, Señor, ni queráis se pierda

alma que con tantos trabajos comprasteis y tantas veces de nuevo

la habéis tornado a rescatar y quitar de los dientes del espantoso

dragón.

12. Vuestra merced me perdone, que salgo de propósito; y como

hablo a mi propósito, no se espante, que es como toma el alma lo

que se escribe, que a las veces hace harto de dejar de ir adelante

en alabanzas de Dios, como se le representa, escribiendo, lo

mucho que le debe. Y creo no le hará a vuestra merced mal gusto,

porque entrambos, me parece, podemos cantar una cosa, aunque

en diferente manera; porque es mucho más lo que yo debo a Dios,

porque me ha perdonado más, como vuestra merced sabe.

------------------------------------------------------------------------

CAPÍTULO 15

Prosigue en la misma materia y da algunos avisos de cómo se han

de haber en esta oración de quietud. - Trata de cómo hay muchas

almas que lleguen a tener esta oración y pocas que pasen adelante.

- Son muy necesarias y provechosas las cosas que aquí se tocan.

1. Ahora tornemos al propósito. Esta quietud y recogimiento del

alma es cosa que se siente mucho en la satisfacción y paz que en

ella se pone, con grandísimo contento y sosiego de las potencias y

muy suave deleite. Parécele -como no ha llegado a más- que no le

queda qué desear y que de buena gana diría con San Pedro que

fuese allí su morada. No osa bullirse ni menearse, que de entre las

manos le parece se le ha de ir aquel bien; ni resolgar algunas veces

no querría. No entiende la pobrecita que, pues ella por sí no pudo

nada para traer a sí aquel bien, que menos podrá detenerle más de

lo que el Señor quisiere.

Ya he dicho que en este primer recogimiento y quietud no faltan las

potencias del alma, mas está tan satisfecha con Dios que mientras

aquello dura, aunque las dos potencias se desbaraten, como la

voluntad está unida con Dios, no se pierde la quietud y el sosiego,

antes ella poco a poco torna a recoger el entendimiento y memoria.

Porque, aunque ella aún no está de todo punto engolfada, está tan

bien ocupada sin saber cómo, que por mucha diligencia que ellas

pongan, no la pueden quitar su contento y gozo, antes muy sin

trabajo se va ayudando para que esta centellica de amor de Dios no

se apague.

2. Plega a Su Majestad me dé gracia para que yo dé esto a

entender bien, porque hay muchas, muchas almas que llegan a

este estado y pocas las que pasan adelante, y no sé quién tiene la

culpa. A buen seguro que no falta Dios, que ya que Su Majestad

hace merced que llegue a este punto, no creo cesará de hacer

muchas más, si no fuese por nuestra culpa. Y va mucho en que el

alma que llega aquí conozca la dignidad grande en que está y la

gran merced que le ha hecho el Señor y cómo de buena razón no

había de ser de la tierra, porque ya parece la hace su bondad

vecina del cielo, si no queda por su culpa; y desventurada será si

torna atrás. Yo pienso será para ir hacia abajo, como yo iba, si la

misericordia del Señor no me tornara. Porque, por la mayor parte,

será por graves culpas, a mi parecer, ni es posible dejar tan gran

bien sin gran ceguedad de mucho mal.

3. Y así ruego yo, por amor del Señor, a las almas a quien Su

Majestad ha hecho tan gran merced de que lleguen a este estado,

que se conozcan y tengan en mucho, con una humilde y santa

presunción para no tornar a las ollas de Egipto Y si por su flaqueza

y maldad y ruin y miserable natural cayeren, como yo hice, siempre

tengan delante el bien que perdieron, y tengan sospecha y anden

con temor (que tienen razón de tenerle) que, si no tornan a la

oración, han de ir de mal en peor. Que ésta llamo yo verdadera

caída, la que aborrece el camino por donde ganó tanto bien, y con

estas almas hablo; que no digo que no han de ofender a Dios y caer

en pecados, aunque sería razón se guardase mucho de ellos quien

ha comenzado a recibir estas mercedes, mas somos miserables. Lo

que aviso mucho es que no deje la oración, que allí entenderá lo

que hace y ganará arrepentimiento del Señor y fortaleza para

levantarse; y crea que, si de ésta se aparta, que lleva, a mi parecer,

peligro. No sé si entiendo lo que digo, porque -como he dicho- juzgo

por mí...

4. Es, pues, esta oración una centellica que comienza el Señor a

encender en el alma del verdadero amor suyo, y quiere que el alma

vaya entendiendo qué cosa es este amor con regalo, esta quietud y

recogimiento y centellica, si es espíritu de Dios y no gusto dado del

demonio o procurado por nosotros. Aunque a quien tiene

experiencia es imposible no entender luego que no es cosa que se

puede adquirir, sino que este natural nuestro es tan ganoso de

cosas sabrosas que todo lo prueba. Mas quédase muy en frío bien

en breve, porque, por mucho que quiera comenzar a hacer arder el

fuego para alcanzar este gusto, no parece sino que le echa agua

para matarle. Pues esta centellica puesta por Dios, por pequeñita

que es, hace mucho ruido, y si no la mata por su culpa, ésta es la

que comienza a encender el gran fuego que echa llamas de sí,

como diré en su lugar, del grandísimo amor de Dios que hace Su

Majestad tengan las almas perfectas.

5. Es esta centella una señal o prenda que da Dios a esta alma de

que la escoge ya para grandes cosas, si ella se apareja para

recibirlas. Es gran don, mucho más de lo que yo podré decir.

Esme gran lástima, porque -como digo- conozco muchas almas que

llegan aquí, y que pasen de aquí como han de pasar, son tan

pocas, que se me hace vergüenza decirlo. No digo yo que hay

pocas, que muchas debe haber, que por algo nos sustenta Dios.

Digo lo que he visto. Querríalas mucho avisar que miren no

escondan el talento, pues que parece las quiere Dios escoger para

provecho de otras muchas, en especial en estos tiempos que son

menester amigos fuertes de Dios para sustentar los flacos. Y los

que esta merced conocieren en sí, ténganse por tales, si saben

responder con las leyes que aun la buena amistad del mundo pide;

y si no -como he dicho-, teman y hayan miedo no se hagan a sí mal

y ¡plega a Dios sea a sí solos!

6. Lo que ha de hacer el alma en los tiempos de esta quietud, no es

más de con suavidad y sin ruido. Llamo «ruido» andar con el

entendimiento buscando muchas palabras y consideraciones para

dar gracias de este beneficio y amontonar pecados suyos y faltas

para ver que no lo merece. Todo esto se mueve aquí, y representa

el entendimiento, y bulle la memoria, que cierto estas potencias a

mí me cansan a ratos, que con tener poca memoria no la puedo

sojuzgar. La voluntad, con sosiego y cordura, entienda que no se

negocia bien con Dios a fuerza de brazos, y que éstos son unos

leños grandes puestos sin discreción para ahogar esta centella, y

conózcalo y con humildad diga: «Señor, ¿qué puedo yo aquí? ¿Qué

tiene que ver la sierva con el Señor, y la tierra con el cielo?», o

palabras que se ofrecen aquí de amor, fundada mucho en conocer

que es verdad lo que dice, y no haga caso del entendimiento, que

es un moledor. Y si ella le quiere dar parte de lo que goza, o trabaja

por recogerle, que muchas veces se verá en esta unión de la

voluntad y sosiego, y el entendimiento muy desbaratado, y vale más

que le deje que no que vaya ella tras él, digo la voluntad, sino

estése ella gozando de aquella merced y recogida como sabia

abeja; porque si ninguna entrase en la colmena, sino que por

traerse unas a otras se fuesen todas, mal se podría labrar la miel.

7. Así que perderá mucho el alma si no tiene aviso en esto; en

especial si es el entendimiento agudo, que cuando comienza a

ordenar pláticas y buscar razones, en tantito, si son bien dichas,

pensará hace algo. La razón que aquí ha de haber es entender

claro que no hay ninguna para que Dios nos haga tan gran merced,

sino sola su bondad, y ver que estamos tan cerca, y pedir a Su

Majestad mercedes y rogarle por la Iglesia y por los que se nos han

encomendado y por las ánimas de purgatorio, no con ruido de

palabras, sino con sentimiento de desear que nos oiga. Es oración

que comprende mucho y se alcanza más que por mucho relatar el

entendimiento. Despierte en sí la voluntad algunas razones que de

la misma razón se representarán de verse tan mejorada, para avivar

este amor, y haga algunos actos amorosos de qué hará por quien

tanto debe, sin -como he dicho- admitir ruido del entendimiento a

que busque grandes cosas. Más hacen aquí al caso unas pajitas

puestas con humildad (y menos serán que pajas, si las ponemos

nosotros) y más le ayudan a encender, que no mucha leña junta de

razones muy doctas, a nuestro parecer, que en un credo la

ahogarán.

Esto es bueno para los letrados que me lo mandan escribir; porque,

por la bondad de Dios, todos llegan aquí, y podrá ser se les vaya el

tiempo en aplicar Escrituras. Y aunque no les dejarán de

aprovechar mucho las letras antes y después, aquí en estos ratos

de oración poca necesidad hay de ellas, a mi parecer, si no es para

entibiar la voluntad; porque el entendimiento está entonces, de

verse cerca de la luz, con grandísima claridad, que aun yo, con ser

la que soy, parezco otra.

8. Y es así que me ha acaecido estando en esta quietud, con no

entender casi cosa que rece en latín, en especial del Salterio, no

sólo entender el verso en romance, sino pasar adelante en

regalarme de ver lo que el romance quiere decir.

Dejemos si hubiesen de predicar o enseñar, que entonces bien es

ayudarse de aquel bien para ayudar a los pobres de poco saber,

como yo, que es gran cosa la caridad y este aprovechar almas

siempre, yendo desnudamente por Dios.

Así que en estos tiempos de quietud, dejar descansar el alma con

su descanso. Quédense las letras a un cabo. Tiempo vendrá que

aprovechen al Señor y las tengan en tanto, que por ningún tesoro

quisieran haberlas dejado de saber, sólo para servir a Su Majestad,

porque ayudan mucho. Mas delante de la Sabiduría infinita,

créanme que vale más un poco de estudio de humildad y un acto de

ella, que toda la ciencia del mundo. Aquí no hay que argüir, sino

que conocer lo que somos con llaneza, y con simpleza

representarnos delante de Dios, que quiere se haga el alma boba,

como a la verdad lo es delante de su presencia, pues Su Majestad

se humilla tanto que la sufre cabe sí siendo nosotros lo que somos.

9. También se mueve el entendimiento a dar gracias muy

compuestas; mas la voluntad, con sosiego, con un no osar alzar los

ojos con el publicano, hace más hacimiento de gracias que cuanto

el entendimiento, con trastornar la retórica, por ventura puede

hacer. En fin, aquí no se ha de dejar del todo la oración mental ni

algunas palabras aun vocales, si quisieren alguna vez o pudieren;

porque, si la quietud es grande, puédese mal hablar, si no es con

mucha pena.

Siéntese, a mi parecer, cuándo es espíritu de Dios, o procurado de

nosotros con comienzo de devoción que da Dios y queremos -como

he dicho- pasar nosotros a esta quietud de la voluntad: no hace

efecto ninguno, acábase presto, deja sequedad.

10. Si es del demonio, alma ejercitada paréceme lo entenderá;

porque deja inquietud y poca humildad y poco aparejo para los

efectos que hace el de Dios. No deja luz en el entendimiento ni

firmeza en la verdad. Puede hacer aquí poco daño o ninguno, si el

alma endereza su deleite y suavidad, que allí siente, a Dios, y poner

en El sus pensamientos y deseos, como queda avisado; no puede

ganar nada el demonio, antes permitirá Dios que con el mismo

deleite que causa en el alma pierda mucho; porque éste ayudará a

que el alma, como piense que es Dios, venga muchas veces a la

oración con codicia de El; y si es alma humilde y no curiosa ni

interesal de deleites, aunque sean espirituales, sino amiga de cruz,

hará poco caso del gusto que da el demonio; lo que no podrá así

hacer si es espíritu de Dios, sino tenerlo en muy mucho. Mas cosa

que pone el demonio, como él es todo mentira, con ver que el alma

con el gusto y deleite se humilla (que en esto ha de tener mucho: en

todas las cosas de oración y gustos procurar salir humilde), no

tornará muchas veces el demonio, viendo su pérdida.

11. Por esto y por otras muchas cosas, avisé yo en el primer modo

de oración, en la primera agua, que es gran negoción comenzar las

almas oración comenzándose a desasir de todo género de<