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POESÍAS

SANTA TERESA DE LISIEUX

 

P 1 EL ROCÍO DIVINO O LA LECHE VIRGINAL

P 2 SANTA CECILIA

P 3 CÁNTICO PARA LA CANONIZACIÓN DE JUANA DE ARCO

P 4 MI CANTO DE HOY

P 5 CANTO DE GRATITUD A LA VIRGEN DEL CARMEN

P 6 PLEGARIA DE LA HIJA DE UN SANTO

P 7 HISTORIA DE UNA PASTORA CONVERTIDA EN REINA

P 8 LA REINA DEL CIELO A MARÍA DE LA SANTA FAZ

P 9 A SAN JOSÉ

P 10 VIVIR DE AMOR

P 11 EL CÁNTICO DE CELINA

P 12 MI CIELO EN LA TIERRA

P 13 CÁNTICO DE UN ALMA

P 14 AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

P 15 JESÚS, AMADO MÍO, ACUÉRDATE

P 16 MIS DESEOS JUNTO A JESÚS ESCONDIDO

P 17 RESPONSORIO DE SANTA INÉS

P 18 EL CÁNTICO ETERNO CANTADO EN EL DESTIERRO

P 19 GLOSA A LO DIVINO

P 20 CÁNTICO DE SOR MARÍA DE LA TRINIDAD

P 21 MI CIELO

P 22 LO QUE PRONTO VERÉ POR VEZ PRIMERA

P 23 ARROJAR FLORES

P 24 SÓLO JESÚS

P 25 LAS SACRISTANAS DEL CARMELO

P 26 AL NIÑO JESÚS

P 27 LA PAJARERA DEL NIÑO JESÚS

P 28 A MIS HERMANITOS DEL CIELO

P 29 MI ALEGRÍA

P 30 A MI ÁNGEL DE LA GUARDA

P 31 A TEÓFANO VÉNARD

P 32 MIS ARMAS

P 33 UNA ROSA DESHOJADA

P 34 EL ABANDONO ES EL FRUTO DELICIOSO DEL AMOR

P 35 A SOR MARÍA DE LA TRINIDAD

P 36 POR QUE TE AMO, MARÍA

 

 

P 1

J.M.J.T.

2 de febrero de 1893

EL ROCIO (1) DIVINO

O LA LECHE (2) VIRGINAL

1 Envuelto en luz de amor,

en el blando regazo de tu Madre,

¡oh, mi dulce Jesús!, te muestras a mis ojos,

radiante de amor (3).

El amor:

misteriosa razón

que te alejó (4) de tu mansión celeste

y te trajo al destierro.

Deja que yo me esconda bajo el velo (5)

que a la humana mirada te disfraza.

Solamente a tu lado, ¡oh Estrella matutina!,

mi corazón pregusta un avance del cielo.

2 Cuando al nacer de cada nueva aurora

aparecen del sol los rayos de oro,

la tierna flor que empieza a abrir su cáliz

espera de lo alto un bálsamo precioso:

la rutilante perla matutina,

misteriosa y henchida de frescura,

es la que, produciendo rica savia,

hace abrirse a la flor muy lentamente.

3 Tú eres, Jesús, la flor que acaba de entreabrirse,

contemplando aquí estoy tu despertar primero.

Tú eres, Jesús, la encantadora rosa,

el capullito fresco, gracioso y encarnado.

Los purísimos brazos de tu Madre querida

son para ti tu cuna y trono real.

Es tu sol dulce el seno de María,

tu rocío, la leche virginal.

4 Divino Amado y hermanito mío,

columbro en tu mirada tu futuro:

¡pronto a tu Madre dejarás por mí,

pues ya el amor te empuja al sufrimiento!

Pero sobre la cruz, ¡oh flor abierta!,

reconozco tu aroma matinal,

reconozco las perlas de María:

¡es tu sangre la leche virginal!

5 Este rocío se esconde en el santuario,

hasta el ángel quisiera poder beber de él:

al ofrecer a Dios su plegaria sublime,

como san Juan repite: «¡Hele aquí!».

¡Oh sí!, miradle aquí a este Verbo hecho Hostia,

eterno Sacerdote, sacerdotal Cordero.

El que es Hijo de Dios es hijo de María...

¡Se ha hecho pan de los ángeles la leche virginal!

6 El serafín se nutre de la gloria,

del puro amor y del perfecto gozo;

yo, pobre y débil niña, sólo veo

en el copón sagrado

de la leche el color y la figura.

Mas le leche es un bien para la infancia.

Del corazón divino el amor no halla igual...

¡Oh tierno amor, potencia incalculable!

¡Mi hostia blanca es la leche virginal!

NOTAS P 1 - EL ROCÍO DIVINO

Fecha: 2 de febrero de 1893. - Compuesta para: sor Teresa de San

Agustín. - Publicación: HA 98 (once versos corregidos) - Melodía: Minuit,

chrétiens.

Un capullo de rosa que se abre con los primeros rayos del sol, bajo el

efecto del rocío de la mañana: a nadie puede sorprender el encontrarse en

el umbral de las Poesías con un símbolo tan teresiano.

Con la audacia serena de un niño, y como quien se siente a gusto en el

misterio, Teresa va siguiendo el itinerario de ese «rocío celestial».

Reconoce su «aroma matinal» en la Flor sangrante del Calvario; vuelve a

encontrar su sabor en el Pan de los ángeles», el Cuerpo eucarístico del

Señor, el «Verbo hecho Hostia» después de haberse hecho carne por la

mediación de María. En definitiva, Teresa canta, en su propio tono, y

aunque sea balbuciendo, el mismo Ave verum que santo Tomás de

Aquino.

Para quien nunca había compuesto un solo verso era una empresa

temeraria hacer sus primeros pinitos abordando un tema tan difícil. Detrás

de la inexperiencia, especialmente en la continuidad y la apropiación de las

imágenes, se revela la capacidad de la autora para hacernos entrar, a

través de la modalidad poética, en «misterios más ocultos y de un orden

superior» (Cta 134).

Sor Teresa de San Agustín ha contado cómo pidió a Teresa esta poesía

(Souvenirs d'une sainte amitié, publicados en VT nº 100, pp. 241-255),

antes de hacerla practicar la caridad de manera heroica al final de su vida

(cf Ms C 14rº)...

La lactación del Hijo de Dios por una Madre Virgen es un aspecto de la

Encarnación que ha sido cantado por la Iglesia a través de lo siglos.

Teresa recibió esa tradición de la liturgia y de diversos autores espirituales

(entre otros, a través de El Año Litúrgico de Dom Guéranger). Es también

innegable el influjo de la Vida de sor María de San Pedro, de la que Teresa

de San Agustín era una ferviente lectora.

(1) Esta palabra aparece cincuenta veces en los escritos. Como buena

normanda, Teresa toma en un principio sus imágenes de las riquezas de la

naturaleza (cf Cta 141). El rocío será una metáfora de la Sangre de Jesús

(P 15; RP 2, 8rº), del Bautismo (P 28; RP 2, 6vº), o de la Eucaristía (Cta

240).

(2) Uso más bien escaso: catorce veces (de las cuales siete aquí); Teresa

nunca digirió la leche...

(3) «Jesús, ¿quién te ha hecho tan pequeño? El amor» (San Bernardo,

citado en Cta 162).

(4) Cf P 8,9, 2+.

(5) Cf P 8,4+.

P 2 SANTA CECILIA

«Mientras sonaban los órganos,

Cecilia cantaba en su corazón»

(Oficio divino)

¡Oh santa del Señor, yo contemplo extasiada

el surco luminoso (1) que dejas al pasar;

aún me parece oír tu dulce melodía

y hasta mí llega tu celeste canto.

De mi alma desterrada escucha la plegaria,

déjame que descanse

sobre tu dulce corazón de virgen,

inmaculado lirio

que brilla en las tinieblas de la tierra

con claro resplandor maravilloso

y casi sin igual.

Castísima paloma, pasando por la vida,

no buscaste a otro esposo que no fuera Jesús.

Habiendo él escogido por esposa a tu alma,

se había unido a ella,

hallándola aromada y rica de virtud.

Sin embargo, otro amante,

radiante de hermosura y de virtud,

respiró tu perfume, blanca y celeste flor.

Por hacerte flor suya y ganar tu ternura,

el joven Valeriano

quiso darte, sin mengua, todo su corazón.

Preparó sin demora, bodas maravillosas,

retembló su palacio de cantos melodiosos;

pero tu corazón de virgen repetía

cánticos misteriosos,

cuyo divino eco se elevaba hasta el cielo.

Tan lejos de tu patria

y viendo junto a ti a este frágil mortal,

¿qué otra cosa podías tú cantar?

¿Deseabas, acaso, abandonar la vida

y unirte para siempre con Jesús en el cielo?

¡Oh no, que no era eso! Oigo vibrar tu lira,

la seráfica lira de tu amor,

la de las dulces notas,

cantando a tu Señor este sublime cántico:

«Conserva siempre puro

mi corazón, Jesús, mi tierno Esposo».

¡Inefable abandono, sublime melodía!

Revelas el amor en tu celeste canto,

el amor que no teme, que se duerme y olvida

como un niño pequeño en los brazos de Dios (2)...

En la celeste bóveda brilló la blanca estrella

que a esclarecer venía con sus tímidos rayos

la noche luminosa que nos muestra, sin velo,

el virginal amor

que en el cielo se tienen los esposos...

Entonces Valeriano se iluminó de gozo,

pues todo su deseo, Cecilia, era tu amor.

Mas halló mucho más en tu noble alianza:

¡le mostraste la vida que nunca acabará!

«¡Oh, mi joven amigo -tú misma le dijiste-,

cerca de mí está siempre un ángel del Señor

que me conserva puro el corazón!

Nunca de mí se aparta, ni aun cuando estoy dormida,

y me cubre gozoso con sus alas azules.

Yo veo por la noche brillar su amable rostro

con una luz más suave que el rayo de la aurora,

su cara me parece la transparente imagen,

el purísimo rayo de la cara de Dios».

Replicó Valeriano: «Muéstrame ese ángel bello,

así a tu juramento podré prestar yo fe;

de lo contrario, teme desde ahora

que mi amor se transforme

en terribles furores y en odio contra ti».

¡Oh paloma escondida

en las hondas cavernas de la piedra (3),

no temiste la red del cazador!

El rostro de Jesús (4) te mostraba sus luces,

el sagrado Evangelio reposaba en tu pecho (5)...,

y con dulce sonrisa al punto le dijiste:

«Mi celeste guardián escucha tu deseo,

tú le verás muy pronto, se dignará decirte

que tienes que ser mártir para volar al cielo.

Mas antes que tú veas a mi ángel,

es cosa necesaria que el bautismo

derrame por tu alma una santa blancura,

que el verdadero Dios habite en ella,

que el Espíritu Santo

le dé a tu corazón su propia vida.

El Verbo, Hijo del Padre, y el Hijo de María,

con un inmenso amor se inmola en el altar;

tienes que ir a sentarte

al sagrado convite de la vida,

para comer a Cristo, que es el pan de los cielos (6).

El serafín, entonces, te llamará su hermano,

y al ver tu corazón ya convertido

en trono de su Dios,

hará que tú abandones las playas de la tierra,

tú verás la morada

de este celeste espíritu de fuego».

«Mi corazón se quema en una nueva llama

-exclamó, transformado, el ardiente patricio-,

quiero que el Señor venga y que habite en mi alma,

¡oh, Cecilia, mi amor será digno del tuyo!»

Vestido con la blanca vestidura,

emblema de inocencia,

Valeriano vio al ángel hermoso de los cielos,

y contempló, extasiado, su sublime potencia,

vio el dulcísimo brillo que irradiaba su frente.

El serafín brillante sostenía en sus manos

frescas y bellas rosas, y blanquísimos lirios,

flores abiertas, todas, en el jardín del cielo

bajo el rato de amor del Astro creador.

«¡Oh, queridos esposos, a los que el cielo ama

-así les dijo el ángel del Señor (7)-,

las rosas del martirio

servirán de corona a vuestras frentes,

y no hay lira ni voz que cantar pueda

este inmenso favor.

Yo que vivo abismado

en mi Dios y contemplo sus encantos,

no puedo ni inmolarme ni sufrir por su amor,

ofrecerle no puedo la sangre de mis venas

ni el llanto de mis ojos,

yo no puedo morir para expresar mi amor.

La pureza es del ángel brillante patrimonio,

su inabarcable gloria nunca terminará;

¡mas vosotros, mortales,

sobre el ángel tenéis la gran ventaja

de poder ser muy puros y de poder sufrir!

....................................................

«En estos blancos lirios perfumados

estáis viendo vosotros

el misterioso símbolo de la virginidad,

que es el dulce presente del Cordero.

Coronados seréis con la blanca aureola,

por siempre y para siempre vuestro canto

será el cántico nuevo.

Vuestra unión casta engendrará a otras almas (8)

que por único esposo buscarán a Jesús;

junto al trono divino, y entre los elegidos,

vosotros las veréis alzar su lumbre

cual purísimas llamas».

¡Oh, préstame, Cecilia, tu dulce melodía!

Quisiera conquistarle a Jesús corazones,

y, como tú, quisiera sacrificar mi vida,

darle toda mi sangre y el llanto de mis ojos...

Haz que yo guste en la extranjera playa (9)

el perfecto abandono, del amor dulce fruto.

¡Oh, mi santa querida, haz que vuele a tu lado,

muy pronto y para siempre, muy lejos de la tierra...!

28 de abril de 1894

NOTAS P 2 - SANTA CECILIA

Fecha: 28 de abril de 1894. - Compuesta para: Celina al cumplir los

veinticinco años, unida a la Cta 161. - Publicación: HA 98 (diez y siete

versos corregidos). - Melodía: Himno a la Eucaristía: Dieu de paix et

d'amour, o bien Prends mon coeur, le voilà, Vierge, ma bonne Mère.

Este primer poema espontáneo de Teresa es también una especie de

«Primera Sinfonía» por su extensa composición, el entrelazado de los

temas, un cierto aire de nobleza y la disposición en grandes estrofas. Es

un mensaje para Celina, que se ha quedado sola junto a un padre anciano

y casi inconsciente. Aunque se ha consagrado a Dios con un voto privado,

Celina se siente tentada por el matrimonio. Teresa acaricia el sueño de

tenerla a su lado en el Carmelo (Ms A 82rº). Para seducirla sin violentarla,

recurre al lenguaje poético: «la historia de Cecilia» ¿no es acaso una

parábola profética de «la historia de Celina» (cf Cta 161)?

Teresa intenta «balbucir» las relaciones que descubre entre virginidad,

matrimonio y martirio. No desprestigia la admiración de su hermana por el

matrimonio; sin embargo, la orienta hacia una fecundidad espiritual todavía

mayor: la de la virginidad consagrada.

Pero este poema es también un canto personal en el que Teresa quiere

expresar su «ternura de amiga» hacia Cecilia, su «santa predilecta» (Ms A

61vº; cf Cta 149), que es por encima de todo «la santa del abandono».

Pronto hará Teresa de ese abandono una de las componentes

fundamentales de su «caminito».

Teresa toma los elementos históricos de su poema del Oficio propio del

Breviario romano (22 de noviembre) y de Sainte Cécile et la société

romaine aux deux premiers siècles de Don Guéranger (1875).

(1) Cf Ms A 22rº; P 11, 3o; y VT nº 61, p. 74.

(2) Los versos «¡Inefable abandono ... en los brazos de Dios» son ya una

especie de anticipo del «caminito».

(3) Cf el comentario de san Juan de la Cruz a la canción 35 del Cántico

Espiritual.

(4) En 1889 Teresa descubrió ya, no sólo la Faz dolorosa, sino también la

Faz luminosa de Jesús; cf Cta 95. Veintiún veces la menciona en sus

Poesías. Cf P 13.

(5) Cf Ms A 61vº. Teresa seguirá el ejemplo de Cecilia llevando

constantemente el Evangelio sobre su corazón.

(6) En estos once versos condensa Teresa lo esencial de la iniciación

cristiana.

(7) Estas palabras del ángel desarrollan una idea muy querida de Teresa, la

de la superioridad del hombre sobre el ángel (P 7,9,1; P 8,2,2; Cta 83; RP

2, final, nota; RP 5,1rº; CA 16.8.4); de ahí una cierta envidia en los

ángeles.

(8) Esta pincelada delicada y muy teresiana precisa la índole específica del

apostolado de Cecilia y Valeriano: al elegir la castidad perfecta, engendran

espiritualmente una posteridad a imagen de sí mismos, enamorada de la

virginidad (cf la exclamación de Teresa en el borrador de PN 26: Poésies

II. p. 178).

(9) Estos cuatro últimos versos datan sin duda de mayo de 1897.

P 3 CÁNTICO PARA OBTENER LA CANONIZACIÓN DE LA

VENERABLE JUANA DE ARCO

1 Dios vencedor, tu Iglesia, toda entera,

rendir pronto quisiera honor en los altares

a una virgen y mártir, a una niña guerrera,

cuyo nombre resuena ya en el cielo.

Estrib. 1 Por tu poder,

¡oh Rey del cielo!,

dale a Juana de Francia }

aureola y altar. } bis

2 Para salvar a Francia, a la Francia culpable,

no desea tu Iglesia ningún conquistador.

A Francia solamente Juana puede salvarla:

¡todos los héroes juntos pesan menos que un mártir!

3 Juana es obra maestra de tus manos, Señor.

Un corazón de fuego y un alma de guerrero

diste a la virgen tímida,

coronando su frente de lirio y de laurel.

4 En su humilde pradera oyó voces del cielo

que a los campos de lucha la llamaban.

Partió rápidamente para salvar la patria,

y, tierna jovencita, a soldados mandó.

5 De los fieros guerreros Juana ganó las almas:

el resplandor divino de este ángel de los cielos

y su mirada pura y su palabra en llamas

hicieron que las frentes atrevidas

al suelo se inclinaran.

6 Por un prodigio,entonces, que es único en la historia,

un monarca cobarde y tembloroso

reconquistó su gloria y su corona

valiéndose del brazo de una débil doncella.

7 Mas no son éstas las victorias grandes

que de Juana hoy queremos celebrar;

la verdaderas glorias que en ella celebramos

son y serán por siempre, ¡oh Dios!,

sus virtudes, su amor.

8 Salvó a Francia en los campos de batalla,

mas su grandes virtudes

necesitaban el divino sello

del sufrimiento amargo,

que fue el sello bendito de su Esposo, Jesús.

9 Sobre la pira en llamas sacrificó su vida,

y en aquel mismo instante

ella escuchó las voces de los santos,

abandonó el destierro por la Patria,

el ángel salvador se remontó a los cielos...

10 Tú eres, pura doncella, nuestra dulce esperanza,

escucha nuestras voces, ven de nuevo a nosotros.

Baja y convierte a Francia,

y por segunda vez ven a salvarla.

Estrib. 2 Por el poder

del Dios de las victorias,

¡salva, salva a tu Francia, }

ángel libertador! } bis

11 Hija de Dios, bellos fueron tus pasos,

arrojando al inglés de tu nación.

Mas no eches en olvido

que en los días primeros de tu infancia

te dedicabas a cuidar corderos.

Estrib. 3 Sé tú la defensora

de los que nada pueden,

conserva la inocencia }

en las cándidas almas }

de los niños. } bis

12 Tuyos, ¡oh dulce mártir!, son nuestros monasterios,

tú sabes que las vírgenes hermanas tuyas son;

y sabes que el objeto de sus ruegos

es, como fue el objeto de los tuyos,

ver que en todas las almas reina Dios.

Estrib. 4 Salvar las almas

es su deseo,

de apóstol mártir }

dales tu llama. } bis

13 Muy lejos de nosotros huirán temor y miedo

cuando la Iglesia ensalce la figura

de Juana, nuestra Santa,

coronando su frente, limpia y pura.

Entonces cantaremos:

Estrib. 5 En ti tenemos puesta

toda nuestra esperanza.

¡Oh, ruega por nosotros, }

santa Juana de Francia! } bis

NOTAS P 3 - CÁNTICO PARA OBTENER LA CANONIZACIÓN DE LA

VENERABLE JUANA DE ARCO

Fecha: 8 de mayo de 1894. - Compuesto para sí misma y dedicado a

Celina. - Publicación: HA 98 (quince versos corregidos). - Melodía: Pitié,

mon Dieu.

Poesía patriótica y religiosa en la que la expresión es casi trivial. Teresa

pone el acento en las virtudes cristianas y profundas de su heroína. En

algunas estrofas reúne los principales temas de sus dos obras teatrales

dedicadas a Juana de Arco: la vocación (estr. 3 y 4), tema de RP 1 (21 de

enero de 1894); la misión y la pasión (estr. 5-6 y 8-9), tema de RP 3 (21 de

enero de 1895), y la misión póstuma (estr. 10-11). La estrofa 3 recoge una

estrofa de RP 1, 5rº. Sobre las circunstancias de esta composición, véanse

las introducciones a estas dos Recreaciones.

Del entusiasmo de Teresa nos ofrecen variados matices los títulos que ella

misma puso en la copia original de su cántico - «Un soldado francés,

defensor de la Iglesia y admirador de Juana de Arco»-, que dedica a su

hermana, el «Valeroso caballero C. Martin».

P 4 MI CANTO DE HOY

1 Mi vida es un instante (1), una efímera hora,

momento que se evade y que huye veloz.

Para amarte, Dios mío, en esta pobre tierra

no tengo más que un día:

¡sólo el día de hoy!

2 ¡Oh, Jesús, yo te amo! A ti tiende mi alma.

Sé por un solo día mi dulce protección,

ven y reina en mi pecho, ábreme tu sonrisa

¡nada más que por hoy!

3 ¿Qué me importa que en sombras esté envuelto el futuro?

Nada puedo pedirte, Señor, para mañana.

Conserva mi alma pura, cúbreme con tu sombra

¡nada más que por hoy!

4 Si pienso en el mañana, me asusta mi inconstancia (2),

siento nacer tristeza, tedio en mi corazón.

Pero acepto la prueba, acepto el sufrimiento

¡nada más que por hoy!

5 ¡Oh Piloto divino, cuya mano me guía!,

en la ribera eterna pronto te veré yo.

Por el mar borrascoso gobierna en paz mi barca

¡nada más que por hoy!

6 ¡Ah, deja que me esconda en tu faz adorable (3),

allí no oiré del mundo el inútil rumor.

Dame tu amor, Señor, consérvame en tu gracia

¡nada más que por hoy!

7 Cerca yo de tu pecho, olvidada de todo,

no temo ya, Dios mío, los miedos de la noche.

Hazme un sitio en tu pecho, un sitio, Jesús mío,

¡nada más que por hoy!

8 Pan vivo, Pan del cielo, divina Eucaristía,

¡conmovedor misterio que produjo el amor!

Ven y mora en mi pecho, Jesús, mi blanca hostia,

¡nada más que por hoy!

9 Uneme a ti, Dios mío, Viña santa y sagrada,

y mi débil sarmiento dará su fruto bueno,

y yo podré ofrecerte un racimo dorado (4),

¡oh Señor, desde hoy!

10 Es de amor el racimo, sus granos son las almas,

para formarlo un día tengo, que huye veloz.

¡Oh, dame, Jesús mío, el fuego de un apóstol

nada más que por hoy!

11 ¡Virgen inmaculada, oh tú, la dulce Estrella

que irradias a Jesús y obras con él mi unión!,

deja que yo me esconda bajo tu velo, Madre,

¡nada más que por hoy!

12 ¡Oh ángel de mi guarda, cúbreme con tus alas,

que iluminen tus fuegos mi peregrinación!

Ven y guía mis pasos, ayúdame, ángel mío,

¡nada más que por hoy!

13 A mi Jesús deseo ver sin velo, sin nubes.

Mientras tanto, aquí abajo muy cerca de él estoy.

Su adorable semblante se mantendrá escondido

¡nada más que por hoy!

14 Yo volaré muy pronto para ensalzar sus glorias,

cuando el día sin noche se abra a mi corazón.

Entonces, con la lira de los ángeles puros,

¡yo cantaré el eterno, interminable hoy!

NOTAS P 4 - MI CANTO DE HOY

Fecha: 1 de junio de 1894. - Compuesto para: María del Sagrado Corazón,

a petición suya, para su santo. - Publicación: HA 98 (veintiún versos

corregidos). - Melodía: Himno a la Eucaristía «Dieu de paix et d'amour», o

bien Une religieuse à son crucifix.

Esta poesía nació de una conversación con María del Sagrado Corazón en

la primavera de 1894. Teresa expresa los pensamientos de ambas con

ocasión del onomástico de su hermana mayor. La imagen, la actitud del

alma, se va desarrollando de manera armoniosa y sin violencias a lo largo

de todo el poema: la de un ser débil que nada puede prometer ni pedir

para mañana, pero que vive entregado totalmente a Dios, confiado en su

gracia. Esta poesía, de una gran riqueza, reúne como en un manojo varios

de los grandes temas preferidos de Teresa.

El lenguaje es sencillo, con imágenes que le son familiares a Teresa, y el

entusiasmo va creciendo poco a poco, conservando sin embargo su

sencillez, gracias al estribillo: «Nada más que por hoy». La última estrofa

es típicamente teresiana con su vuelo potente y definitivo.

Es innegable una tonalidad lamartiniana, que refleja los gustos de María

del Sagrado Corazón. Pero a la observación negativa del poeta: «Sólo

tenemos el día de hoy» (L'Homme), Teresa responde de forma positiva:

«Lo que cuenta para nosotras es el día de hoy», ese día de hoy que nos

trae su gracia. Hay que subrayar la coherencia de esta poesía con toda la

vida de Teresa (cf Cta 89, 96, 169, 241 y CA 19.8.10).

Además de Lamartine, puede notarse también el parentesco con una hoja,

«Mi hoy», que Teresa conservaba en un libro de uso corriente. Pero el

enfoque supera aquí la perspectiva de paciencia en el sufrimiento a que se

limita el texto de esa hoja.

(1) Palabra muy teresiana, que encontramos ciento diez veces en sus

escritos.

(2) Unica vez que aparece en Teresa.

(3) Este versículo bíblico (Sal 30,21) volverá a repetirse cuatro veces más

en las Poesías (PN 11,3; 12,8; 16,1; 20,5 = P 12,5) y lo elegirán para el

recordatorio del señor Martin.

(4) Cf P 36,8+.

(5) Acerca de María como Estrella, cf RP 1,11rº/vº; RP 3,12vº; Ms A 85vº+.

P 5 CANTO DE GRATITUD A LA VIRGEN DEL CARMEN

1 Desde el primer instante de mi vida

me tomaste en tus brazos,

y desde aquel momento,

amada Madre mía,

me das tu protección aquí en la tierra.

Para guardar intacta mi inocencia,

me escondiste en un blando y dulce nido,

custodiaste mi infancia

a la sombra bendita

de un retirado claustro.

2 Y más tarde, al llegar

mi juventud a sus primeros días,

escuché la llamada de Jesús.

Me mostraste el Carmelo

con ternura inefable.

«Ven a inmolarte por tu Salvador

-me decías entonces con dulzura-.

Cerca de mí te sentirás dichosa,

ven a inmolarte con tu Salvador».

........................................

3 Cerca de ti, oh tierna Madre mía,

he encontrado la paz del corazón;

en esta tierra nada más deseo,

sólo Jesús es toda mi ventura.

Si alguna vez me asaltan

la tristeza o el miedo,

en mi debilidad tú me sostienes

y siempre, Madre mía, me bendices.

4 Otórgame la gracia

de mantenerme fiel

a mi divino Esposo,

Jesús.

Para que un día

su dulce voz yo escuche,

cuando a volar me invite y a sentarme

entre sus elegidos.

Entonces ya no habrá

ni más destierro ni más sufrimiento.

Ya en el cielo,

yo volveré a cantarte

mi amor y gratitud,

amable y dulce Reina del Carmelo.

16 de julio de 1894

NOTAS P 5 - CANTO DE GRATITUD A LA VÍRGEN DEL CARMEN

Fecha: 16 de julio de 1894. - Compuesta para: sor Marta de Jesús, con

motivo de sus veintinueve años. - Publicación: Poésies, 1979.

Unos versos sencillos, cuyo interés es más histórico que poético. Destacan

la delicadeza de Teresa para con su novicia (huérfana desde los ocho

años) y nos ofrecen mas información acerca de la personalidad de ésta

última que acerca de la vida mariana de la autora. Notemos, no obstante

que ya aquí María aparece como «más Madre que Reina».

P 6 PLEGARIA DE LA HIJA DE UN SANTO

1 Recuerda que en la tierra, en otro tiempo,

en querernos cifrabas tu delicia.

Dígnate ahora oír nuestra plegaria,

protégenos, y sigue bendiciéndonos.

Hoy vuelves a encontrar allá arriba, en el cielo,

a nuestra amada madre (1),

que hace tiempo llegó a la patria santa.

Allí reináis los dos (2).

Velad por vuestras hijas.

2 Acuérdate de tu María ardiente (3),

de tu fiel corazón la más querida.

Recuerda que su amor

llenó toda tu vida de encanto, gozo y gracia.

Por Dio s tú renunciaste a su dulce presencia,

y bendijiste la divina mano

que el sufrimiento en pago te ofrecía.

De tu Diamante (4) bello,

cuyos reflejos cada vez más brillan,

¡acuérdate!

3 Acuérdate de tu maravillosa Perla fina (5),

a quien tú conociste

tierno, débil y tímido cordero.

Mírale ahora fuerte, divinamente fuerte,

y conduciendo del Carmelo santo

al pequeño rebaño (6).

Hoy es ella la madre de tus hijas,

ven y conduce a la que tanto quieres...

Y, sin dejar el cielo,

de tu amado Carmelo

¡acuérdate!

4 Acuérdate de la oración ferviente

que un día formulaste por tu tercera hija (7).

¡Dios la escuchó!

Ella es, igual que sus hermanas,

un lirio que brilla sin igual.

Ya la Visitación la esconde y cela

a los ojos del mundo y su malicia.

Ama al Señor, y ya su paz la inunda,

su dulce paz y su quietud divina.

De sus ardientes

suspiros y deseos

¡acuérdate!

5 Acuérdate de tu leal Celina,

de la que fue tu ángel, como un ángel del cielo (8)

cuando en tu rostro de elegido insigne

se posó la mirada de la faz divina <9 y 10>.

Tú reinas ya en el cielo...,

su tarea a tu lado está cumplida,

y ahora (11) a Jesús consagra ella gozosa

su servicio, su amor, toda su vida.

Protege a tu hija,

que con frecuencia dice:

¡acuérdate!

6 Acuérdate también de tu Reinecita,

de la que fue «la Huérfana de la Bérézina» (12).

Recuerda que tu mano

en su camino incierto le fue guía.

Recuerda que en las horas de su infancia

para Dios conservaba su alma limpia.

De sus bucles de oro

que encantaban tus ojos,

¡acuérdate!

7 Recuerda que en la paz del mirador (13)

gustabas de sentarla en tus rodillas,

y en ellas, murmurando una plegaria,

con tus dulces canciones la mecías.

En tu rostro un reflejo del cielo ella veía

cuando, al mirar tus ojos

en el lejano espacio se perdían...

y de la eternidad

cantabas la belleza.

¡Acuérdate!

8 Recuerda aquel domingo luminoso:

unida a ti tu Reina,

en apretado y paternal abrazo,

le diste aquella florecilla blanca,

y con ella, el permiso de volar al Carmelo.

Recuerda, ¡oh padre!, que en sus grandes pruebas,

del más sincero amor pruebas le diste.

En Bayeux, luego en Roma,

le mostraste los cielos.

¡Acuérdate!

9 Recuerda que la mano del Santo Padre, en Roma,

sobre tu noble frente se posó;

mas no pudiste comprender entonces

el oscuro misterio doloroso

que aquel sello divino en ti imprimía...

Ahora tus hijas te alzan su plegaria,

y bendices tu cruz y tu dolor amargo.

En tu frente gloriosa

nueve rayos de cielo se iluminan,

¡nueve lirios (14) en flor!

NOTAS P 6 - PLEGARIA DE LA HIJA DE UN SANTO

Fecha: agosto de 1894. - Compuesta para: ella misma, en recuerdo de su

padre (fallecido el 29 de julio). - Publicación: HA 98 (veinticinco versos

corregidos). - Melodía: Rappelle-toi.

Primera poesía de Teresa para su uso personal y exclusivo. Durante las

semanas que siguen a la muerte de su padre, hay un largo fluir de

recuerdos, en medio de una gran paz (cf Cta 170). Teresa se encuentra

con él en la oración y va hojeando con él el álbum familiar.

»Recuerda», «Acuérdate» es un término importante en su vocabulario,

expresión de un temperamento apto para grabarlo todo de manera

indeleble.

En esta poesía histórico-biográfica, pequeño exvoto en el santuario

familiar, Teresa dedica una estrofa a los papás Martin, otra a cada una de

las cuatro hijas, otra a sí misma, y termina con la pasión y la glorificación

del señor Martin. No se trata de una simple evocación. el recuerdo se

desdobla ya en una interpretación, como volverá a hacerlo pronto en su

primer Manuscrito.

La desafortunada falta de sintaxis (se rappeller de), que irá repitiendo

hasta el final, desfigura algunos versos [en el original francés,

naturalmente]. En cambio, apenas hay «escoria» en esta meditación lírica,

que fluye con soltura.

Un año más tarde, Teresa retomará la misma melodía y la misma métrica

para un gran poema contemplativo en el que recuerda a Jesús todo lo que

él ha hecho por ella (P 15).

(1) La señora de Martin había fallecido diez y siete años antes, el 28 de

agosto de 1877.

(2) Sobre la certeza que tiene Teresa de que su padre está en el cielo, cf

Ms A 82vº.

(3) Que María, la hermana mayor, sea la preferida de su padre no es un

secreto para ninguna de sus hermanas.

(4) Sobrenombre que el señor Martin daba a María y que Teresa usa con

frecuencia en las cartas que escribe a su padre.

(5) Sobrenombre que el señor Martin daba a Paulina.

(6) Inés había sido elegida priora el 20 de febrero de 1893.

(7) Leonia, entonces en la Visitación de Caen.

(8) Cf Cta 142, 161, 165 y Ms A 82rº.

(9) Para Teresa, el sufrimiento nace de una «elección gloriosa», de una

mirada de la Santa Faz a una persona, una «mirada velada» (Cta 120,

127, 134, 140; Or 12), que imprime en ella la imagen del Siervo sufriente.

(10) [En el original francés, «glorieux»] que en el Ms A se aplica cuatro

veces a la enfermedad del señor Martin (20vº, 21rº, 49vº, 73rº; cf Cta 83 y

CA 27.5.6).

(11) Así pues, la decisión está tomada: Celina entrará en el Carmelo un mes

más tarde: el 14 de septiembre.

(12) Dos sobrenombres que el señor Martin daba a Teresa.

(13) El mirador de los Buissonnets; cf Ms A 18rº y P 11, estr. 12 y 13.

(14) Dado que el cabeza de familia está ya en la gloria, todos los miembros

de la misma están también potencialmente allí (cf Cta 173).

P 7 HISTORIA DE UNA PASTORA CONVERTIDA EN REINA

A sor María Magdalena

en el día de su profesión

en manos de la madre Inés de Jesús.

1 En este día feliz,

¡oh Magdalena!, a tu lado

venimos a celebrar

el maravilloso enlace,

el dulce enlace que une

con tu celestial Esposo.

Escucha con embeleso

esta encantadora historia

de una pastorcita humilde

a la que un gran Rey llamó

para colmarla de honores,

y ella respondió a su voz.

Estrib. Cantemos a la pastora,

pobrecita de la tierra,

a quien el gran Rey del cielo

en el Carmelo hoy escoge

por esposa.

2 Erase una pastorcita

que guardaba sus corderos

mientras hilaba la rueca.

Admiraba a cada flor

y escuchaba a cada pájaro,

y comprendía muy

el dulcísimo lenguaje

del bosque y del cielo azul.

en todo hallaba la imagen

que le revelaba a Dios.

3 Ella a Jesús y a María

amaba con gran ardor,

y ellos, amando a Melania,

le hablaron al corazón.

La dulce Reina divina

le dijo amorosamente:

«¿Quieres, Melania, venir

conmigo al Monte Carmelo,

y llamarte Magdalena

y no ganar más que el cielo?

4 «¡Oh, niña, deja tus campos,

tu rebaño deja, nena!

Allá arriba en mi montaña

mi Jesús y tu Jesús

será tu único Cordero» (1).

Jesús, a su vez, le dijo:

«¡Oh, ven pronto, que tu alma

ha cautivado a la mía!

Por prometida te tomo,

serás mía para siempre».

5 Dichosa, la pastorcita

oyó la dulce llamada,

y tras la Virgen, su Madre,

llegó a la cumbre del Monte

................................

¡Oh pequeña Magdalena!,

en este dichoso día

es a ti a quien festejamos.

Hoy la pastora es ya reina,

y reina junto a Jesús,

que es su Rey y que es su amor.

6 Tú lo sabes, hermanita:

servir a Dios es reinar (2).

Jesús, durante, su vida,

nos lo enseñó claramente:

«Si en la celeste patria

quieres ser el primero,

procura ser el último

en el destierro».

7 Magdalena, estás contenta

con el lugar que te toca

en este Monte Carmelo.

¿Cómo no habías de estarlo,

si estás tan cerca del cielo?

A Marta y María imitas (3):

orar y servir a Cristo.

Esta es toda nuestra vida,

nuestra dicha verdadera.

8 Si, tal vez, el sufrimiento,

el amargo sufrimiento,

visita tu corazón,

haz de él tu dicha y tu gozo:

¡qué dulce es sufrir por Dios!

Y las ternuras divinas

te harán muy pronto olvidar

que caminas sobre espinas,

te parecerá volar...

9 Hoy hasta el ángel te envidia (4),

¡quisiera gustar la dicha

que tú posees, María,

siendo esposa del Señor!

Muy pronto podrás cantar,

en el concierto glorioso

de los Tronos y Virtudes,

del Rey Jesús los loores,

del Rey Jesús, que es tu Esposo.

Estr. final Muy pronto la pastorcita,

pobrecita de la tierra,

volando, al cielo se irá

a reinar con el Eterno.

A nuestras Reverendas Madres

10 A vosotras, nuestras Madres,

a vuestro orar y desvelos,

nuestra hermana Magdalena

debe su dicha y su paz.

Ella sabrá agradeceros

vuestro tierno amor materno,

pidiéndole a su Maestro

que os dé sus dones del cielo.

Estribillo Y en vuestras coronas,

Madres tan buenas,

brillará la flor

que hoy a él ofrecéis.

NOTAS P 7 - HISTORIA DE UNA PASTORA CONVERTIDA EN REINA

Fecha: 20 de noviembre de 1894. - Compuesta para: sor María Magdalena

del Ssmo. Sacramento, para su profesión. La última estrofa está dedicada

a la madre Inés y a la madre María de Gonzaga. - Publicación: HA 98

(doce versos corregidos); la última estrofa y último estribillo, en Poésies,

1979. - Melodía: Tombé du nid.

Teresa había evocado ya, siendo novicia, la historia de «una joven aldeana

a quien un rey poderoso viniera a pedir en matrimonio» (Cta 109). «La

pastora convertida en reina» es uno de los temas más clásicos del folclore

universal en el campo de las novelas del corazón. La imagen es de lo más

apropiada para seducir a Teresa, sensible como es a la alianza del más

pequeño con el más grande, del menos-que-nada con el eterno. Y en este

caso, esa imagen se impone por sí misma, ya que María Magdalena (antes

Melania) fue efectivamente pastora (cf RP 7, escena 1).

Había que ser Teresa para escribir un poema tan libre y lleno de chispa

dedicado a una novicia de temperamento tan tenso, que se encierra en sí

misma ante la perspicacia de la Santa. Y sin embargo, María Magdalena la

quiere: su deposición en el Proceso Ordinario es uno de los más bellos

retratos de Teresa.

Esta, por su parte, nunca perdió la paciencia. En este poema no hay ni una

sombra de reticencia, nada que deje adivinar la menor irritación o el menor

esfuerzo. El poema es un misterio de amor: el del gran Rey hacia una

pobre pastora, el de Teresa hacia su prójimo a quien ama «como la amó

Jesús».

Pero es también ella misma que canta sus propias bodas: asume ya el

tono de quien va a cantar «eternamente las misericordias del Señor» en el

manuscrito A.

(1) Cf P 11, estr. 35-36; RP 5, 26; Cta 183. Teresa se acuerda de san Juan

de la Cruz: «Ya no guardo ganado» (Cántico Espiritual, canción 28), pero

la consagración exclusiva al «único cordero» es una explicitación propia de

Teresa que nos recuerda a Apocalipsis 14, 3,4.

(2) Cita de san Agustín.

(3) A Marta y a María: Teresa no se para en las distinciones de «clases»,

tan marcadas en su época. «Orar y servir» es el patrimonio de toda

carmelita. (cf RP 4).

(4) Idea que gustaba mucho a Teresa.

P 8 LA REINA DEL CIELO A SU HIJA QUERIDA MARÍA DE LA SANTA

FAZ

1 Yo buscando estoy a un niño

que a mi Jesús se parezca,

a mi único Cordero (1),

para esconder a los dos

en una misma cunita.

2 Los ángeles de la patria

envidiarían tal suerte (2);

mas yo te la doy a ti:

María, este niño Dios

tu Dios y esposo será.

3 Te escojo para que seas

de mi Jesús hermanita.

¿Deseas acompañarle?

¡Posarás en mi regazo!

4 Te esconderá bajo el manto

que cubre al Rey de los cielos.

Para tus ojos, mi Hijo

será ya brillante estrella.

5 Para que mi manto pueda

cubrirte junto a Jesús,

tienes que ser pequeñita,

con virtudes infantiles (4).

6 Quiero que en tu frente brillen

la dulzura y la pureza.

Mas sobre todo te doy

por virtud la sencillez.

7 El Dios Uno en Tres personas,

que el ángel temblando adora,

quiere que sólo le des

por nombre «Flor de los campos».

8 Como blanca margarita

que vive mirando al cielo,

tú has de ser la flor sencilla

del Niño de navidad.

9 El mundo desconocía (5)

los encantos de este Rey

que se desterró del cielo (6).

Muchas veces tú verás

cómo en sus dulces ojitos

las lágrimas brillan ya.

10 Tendrás que olvidar tus penas

para alegrar a mi Niño,

bendecir con alegría

los nobles lazos que te atan

y cantar muy suavemente...

11 El Dios todopoderoso

que calma a al mar rugiente,

tomando rasgos de niño

se ha hecho débil y pequeño.

12 El Verbo, que es la palabra,

Palabra eterna del Padre,

que por ti aquí se destierra,

mi dulce Cordero, que es

también tu pequeño hermano,

¡oh, niña, no te hablará!

13 El silencio es la primera

prenda del amor callado.

Comprendiendo su lenguaje,

deberás siempre imitarle.

14 Y si alguna vez se duerme,

cerca de él descansarás.

Su corazón vela siempre

y te servirá de apoyo

para poder descansar.

15 No te inquiete la labor

que has de cumplir cada día;

tu solo quehacer, María,

en la vida es el amor.

16 Puedes decir a quien diga

que tus obras no se ven:

«amo mucho, y en la vida

el amor es mi quehacer».

17 Jesús hará tu corona (7)

si sólo buscas su amor.

Un día te hará reinar

si le das tu corazón.

18 Tras la noche de esta vida

verás su dulce mirada,

y a aquella cumbre de arriba

volará tu alma veloz...

Noche de Navidad de 1894

(Melodía: Sur le grand mât d'une corvette)

NOTAS P 8 - LA REINA DEL CIELO A SU HIJA QUERIDA MARÍA DE LA

SANTA FAZ

Fecha: 25 de diciembre de 1894. - Compuesta para: Celina, postulante con

el nombre de María de la Santa Faz; composición espontánea. -

Publicación: HA 98 (diecisiete versos retocados). - Melodía: Le petit

mousse noir.

La frescura de una canción de Navidad, pero también una poesía

estructurada, meticulosa, de palabras escogidas, un pequeño tratado

sobre la infancia y la omnipotencia. Teresa compone esta poesía para

consolar a su hermana, cuyas cualidades no parecían reconocerse

demasiado en el Carmelo; el éxito será completo (cf los seis relatos de

Celina, especialmente CSG, pp. 50 y 151).

En realidad, Teresa apunta mucho más alto: después de María de la

Trinidad, quiere arrastrar a «María de la Santa Faz» por el camino de la

infancia. Este canto de Navidad es también un canto de Nazaret, de la vida

escondida. La presencia de María es un elemento primordial para la

iniciación en la sencillez, en el silencio del amor, en el parecido (1,1) con

«el único cordero», con el Verbo hecho niño.

(1) Cf P 7,4+.

(2) Cf P 2+.

(3) El velo -o el manto- de la Santísima Virgen, bajo el que podemos

cubrirnos (4,2; 51), o escondernos (P 1,1; aquí estr. 4; Cta 161; RP 8, 6rº),

o descansar (PN 5,11,3 = P 4,11,3), o dormirse (P 27,8; 35,12) es el

símbolo de la completa seguridad para el niño, el lugar del perfecto

abandono. Pero después de una gracia como la que Teresa recibió en el

verano de 1889 (cf CA 11.7.2), este velo pasa a tener un sentido místico.

Al igual que el manto, también el velo «virginiza» (Cta 105), sitúa a la

persona en un «silencio profundo de todos los cuidados de la tierra» (Cta

122). Bajo este velo, el alma encuentra solo a Jesús, lo mira, se une a él.

Teresa está en perfecta armonía con la tradición de la Orden: la vida

escondida del Carmelo es algo así como un desierto mariano.

(4) La estrofa 6 hablará de grandes virtudes, pero de unas virtudes que son

las de la infancia. El vocabulario no debe llamarnos a engaño: estas

«virtudes infantiles» exigen un abandono total de sí mismo. Cf Or 14, nota

4+.

(5) Las estrofas 9-14 presentan un entramado de temas bastante sutil y una

prosecución de ideas polifónicas que, tras las imágenes de la infancia,

anuncian ya el futuro trágico de Jesús. Desconocer: cf RP 2,3rº y 7vº;

4,1vº; 5,2rº; Cta 108 (Is 53,2).

(6) Excepto en P 15,5 (huída a Egipto), destierro en Teresa designa la

Encarnación (P 1,1; 15,1; 19,1; Cta 141; Ms B 5vº; RP 2,1rº; RP 5,1rº; RP

6,2vº). Teresa, al parecer, nunca tiene en cuenta que Jesús, al encarnarse,

vino a su casa.

(7) Cf Cta 143, nota 5.

P 9 A SAN JOSÉ

1 Vuestra admirable vida

en la sombra, José, se deslizó

humilde y escondida,

¡pero fue augusto privilegio vuestro

contemplar muy de cerca la belleza

de Jesús y María!

Estribillo José, tierno Padre,

protege al Carmelo.

Que en la tierra tus hijos }

gocen ya la paz del cielo } bis

2 ¡Más de una vez, el que es Hijo de Dios,

y entonces era niño

y sometido en todo a la obediencia vuestra,

sobre el dulce refugio de vuestro pecho amante

descansó con placer!

3 Y como vos, nosotros,

en la tranquila soledad, servimos

a María y Jesús,

nuestro mayor cuidado es contentarles,

no deseamos más.

4 A vos, Teresa, nuestra santa Madre,

acudía amorosa y confiada

en la necesidad,

y asegura que nunca su plegaria

dejasteis de escuchar.

5 Tenemos la esperanza de que un día,

cuando haya terminado la prueba de esta vida,

al lado de María iremos, Padre, a veros.

Estribillo Bendecid, tierno Padre,

nuestro Carmelo,

y tras el destierro de esta vida }

¡reunidnos en el cielo! }bis

NOTAS P 9 - A SAN JOSÉ

Fecha: 1894. - Compuesta para: sor María de la Encarnación (Josefina

Lecouturier), a petición de ésta. - Publicación: HA 98 (cinco versos

corregidos). - Melodía: Nous voulons Dieu.

No sabemos nada acerca de las circunstancias de esta composición, pero

data con seguridad de 1894. La vida escondida de san José, hecha de

contemplación y de servicio a Jesús y a María, en pobreza y en soledad,

es un buen ejemplo para las carmelitas (cf TERESA DE JESUS, Vida, cap.

6).

P 10 VIVIR DE AMOR

1 En la última noche, la noche del amor,

hablando claramente y sin parábolas,

Jesús decía así:

«Si alguno quiere amarme, que guarde mi palabra (1),

que la guarde fielmente. Mi Padre le amará,

y vendremos a él, moraremos en él,

será para nosotros una morada viva,

será nuestro palacio.

Pero también queremos que more él en nosotros,

lleno de paz, que more en nuestro amor.»

2 ¡Vivir de amor quiere decir guardarte

a ti, Verbo increado, Palabra de mi Dios!

Lo sabes, Jesús mío, yo te amo,

me abrasa con su fuego (2) tu Espíritu de Amor.

Amándote yo a ti, atraigo al Padre,

mi débil corazón se entrega a él sin reserva.

¡Oh augusta Trinidad,

eres la prisionera, la santa prisionera (3)

de mi amor!

3 Vivir de amor vivir es de tu vida,

glorioso Rey, delicia de los cielos.

Por mí vives oculto en una hostia,

por ti también, Jesús, vivir quiero escondida.

Soledad necesitan los amantes (4),

que hablen sus corazones noche y día.

Me hace feliz tan sólo tu mirada,

¡vivo de amor!

4 Vivir de amor

no es en la cima del Tabor su tienda

plantar el peregrino de la vida.

Es subir al Calvario

a zaga de las huellas de Jesús,

y valorar la cruz como un tesoro (5)...

En el cielo, mi vida será el gozo,

y el dolor será ido para siempre.

Mas aquí desterrada, quiero, en el sufrimiento,

¡vivir de amor!

5 Vivir de amor es darse sin medida (6),

sin reclamar salario aquí en la tierra.

¡Ah, yo me doy sin cuento, bien segura

de que en amor el cálculo no entre!

Lo he dado todo al corazón divino,

que rebosa ternura.

Nada me queda ya... Corro ligera (7).

Ya mi única riqueza es, y será por siempre

¡vivir de amor!

6 Vivir de amor es disipar el miedo,

aventar el recuerdo de pasadas caídas.

De aquellos mis pecados no veo ya la huella,

junto al fuego divino se han quemado (8)...

¡Oh dulcísima hoguera, sacratísima llama,

en tu centro yo fijo mi mansión.

Y allí, Jesús, yo canto confiada y alegre:

¡vivo de amor!

7 Vivir de amor guardar es, en sí misma,

en un vaso mortal, un inmenso tesoro.

Mi flaqueza es extrema, Amado mío,

disto mucho de ser un ángel de los cielos.

Mas si es verdad que caigo a cada paso,

lo es también que tú vienes en mi ayuda (9)

y me levantas

y tu gracia me das.

¡Vivo de amor!

8 Vivir de amor es navegar (10) sin tregua

en las almas sembrado paz y gozo.

¡Oh mi Piloto amado!, la caridad me urge,

Pues te veo en las almas, mis hermanos (11).

La caridad me guía, ella es mi estrella,

bogo siempre a su luz.

en mi vela yo llevo grabada mi divisa:

¡Vivir de amor!

9 Vivir de amor es mientras Jesús duerme

permanecer en calma

en medio de la mar aborrascada.

No temas, ¡oh Señor!, que te despierte,

espero en paz (12) la orilla de los cielos...

Pronto la fe desgarrará su velo

y habrá sido mi espera sólo un día.

La caridad me empuja, ella hinche mi vela,

¡vivo de amor!

10 Vivir de amor, Maestro amado mío,

es pedir que derrames tu luz y tu calor

del sacerdote (13) en el alma santa,

en su alma elegida.

¡Pueda ser él más puro que un serafín del cielo!

Y protege también a tu Iglesia inmortal (14),

no cierres tus oídos, Jesús, a mi clamor.

Hija suya soy yo, por mi Madre me inmolo,

¡vivo de amor!

11 Vivir de amor es enjugar tu rostro (15),

es a los pecadores (16) alcanzar el perdón.

¡Oh Dios de amor!, que vuelvan a tu gracia,

que bendigan tu nombre eternamente.

Hasta el alma me llega la blasfemia (17),

para borrarla yo canto cada día:

¡Oh nombre de mi Dios, te adoro y amo,

vivo de amor!

12 Vivir de amor

es imitar, Jesús, la hazaña de María

cuando bañó de lágrimas y perfumes preciosos

tus fatigados y divinos pies y los besó arrobada,

enjugándolos luego con sus largos cabellos...

Y alzándose del suelo, rompió el frasco

y tu cabeza María perfumó.

¡Oh Jesús, el perfume (18) que yo doy a tu rostro

es y será mi amor!

13 «¡Vivir de amor, oh qué locura extraña

-me dice el mundo-, cese ya tu canto!

¡No pierdas tus perfumes, no derroches tu vida,

aprende a utilizarlos con ganancia!»

¡Jesús, amarte es pérdida fecunda!

Tuyos son mis perfumes para siempre.

Al salir de este mundo cantar quiero:

¡muero de amor!

14 ¡Morir de amor (19), dulcísimo martirio,

y es el martirio que sufrir quisiera!

Acordad, querubines, vuestras liras,

siento que mi destierro va a acabar...

Llama de amor (20), consúmeme sin tregua.

¡Oh vida de un momento,

muy pesada tu carga se me hace!

¡Oh divino Jesús!, haz realidad mi sueño:

¡morir de amor!

15 Morir de amor, es ésta mi esperanza,

cuando vea romperse mis cadenas.

Mi Dios será mi recompensa grande (21),

otros bienes no quiero poseer.

Quiero ser abrasada por su amor,

quiero verle (22) y unirme a él para siempre.

Este será mi cielo y mi destino:

¡¡¡Vivir de amor...!!!

NOTAS P 10 - VIVIR DE AMOR

Fecha: 26 de febrero de 1895. Composición espontánea. - Publicación: HA

98 (veintiún versos corregidos). - Melodía: Il est à moi.

Uno no puede por menos de sentirse impresionado por los acentos de

gravedad dentro del tono de fervor de este poema de amor, rico, profundo,

extenso. Una verdadera «declaración» que contempla toda la envergadura

de ese amor, como se contemplan todas las consecuencias de un acto

antes de tomar una grave resolución. «Vivir de amor - morir de amor» (cf

un billete de la madre María de Gonzaga a Teresa de 1890, LC 144): ése

es el núcleo de esta gran meditación, hecha en un momento en que

Teresa adquiere la certeza de que morirá pronto y en que comienza su

autobiografía, un punto de vista privilegiado sobre el presente, el pasado y

el futuro. El hecho de que escriba espontáneamente un poema así es

significativo.

Teresa habla «sin parábolas» al menos en diez estrofas (de quince). No es

que no haya aquí imágenes simbólicas; pero son más raras que en los

demás poemas. Las ideas y las intuiciones prevalecen a veces sobre la

poesía, o al menos el pensamiento teológico es en ocasiones tan fuerte

que encuentra mayor dificultad en encarnarse en una forma poética; la

«violenta» o incluso la supera.

Vivir de amor brotó de un solo tirón durante los largos ratos de oración

ante el Santísimo Sacramento, expuesto los tres días de las Cuarenta

Horas (domingo, lunes y martes que preceden al miércoles de ceniza) para

reparar los excesos del carnaval antes de entrar en la Cuaresma.

Las monjas se turnan cada hora de dos en dos ante la custodia. Sólo está

iluminado el altar de la capilla, mientras el coro de las carmelitas

permanece en penumbra. Prácticamente no pueden leer. Y en este clima

de ferviente intimidad es donde el canto Vivir de amor fluye del alma de

Teresa: un río de paz, inmenso, tranquilo, que cada estrofa va engrosando

como un afluente sin perturbar su curso.

Las copias B y C de este poema tienen como epígrafe: «Si alguien me

ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amara, y vendremos a él y

haremos en él nuestra morada... Mi paz os doy... Permaneced en mi

amor... San Juan, c. 14, v. 23 y 27; 15, v. 9.

(1) Cf Cta 142, y sobre todo la larga paráfrasis de Cta 165.

(2) Primera de las imágenes del fuego, que darán vida al poema (estr. 6, 10,

14, 15). Cf infra, nota 8. La palabra fuego aparece diez y siete veces en las

Poesías.

(3) Probable reminiscencia de san Juan de la Cruz (Cántico Espiritual,

declaración a la canción 32). Cf P 20,5,2.

(4) Posible alusión al Cántico Espiritual, declaración a la canción 36.

(5) Cf P 30,5 y PN 50,5.

(6) El amor gratuito, generoso, es un tema que encontramos con frecuencia

en Teresa; cf, por ejemplo, Cta 142; Or 6; CSG, p. 62; CA 9.5.3; 6.8.4;

6.8.7; etc.

(7) Cf el comentario de san Juan de la Cruz en el Cántico Espiritual, canción

25: «Las jóvenes discurren al camino», que Teresa retomará (poco más

tarde) en el Ms A 47vº/48rº. Piénsese también en el salmo 118,32 (cf Ms C

16rº). Recordemos finalmente Imitación III, 5: «El que ama corre, vuela, es

alegre, es libre..., todo lo entrega», etc., que preanuncia directamente al

Ms A 80vº.

(8) La estrofa del fuego; cf Ms A 84vº. Otros textos completan e ilustran más

esta estrofa del «purgatorio»: Ms A 84rº/vº; P 14,8; Cta 226; CA 8.7.15 y

30.7.3; Ultimas Conversaciones (Burgos, Monte Carmelo, 1973) p. 615; VT

nº 99, pp. 185, 187.

(9) Cf P 29,4.

(10) Sobre el vocabulario de la navegación en Teresa puede verse un

repertorio en VT nº. 61, enero 1976, p. 80.

(11) Cf Ms C 30rº.

(12) Sobre la espera serena del cielo en 1895, cf también P 13,3; 15,32; PN

22,11.

(13) Cf Cta 94+.

(14) Cf Acto de Ofrenda, Or 6.

(15) La imagen de la Verónica «enjugando el rostro de Jesús»: símbolo del

amor que «borra» las blasfemias, y que da un bello ritmo a la estrofa; cf

RP 2,4rº; Ms A 66vº; Or 12.

(16) Cf P 13,1. Primera mención de los pecadores en las Poesías.

(17) Cf RP 2,8rº; Ms A 52rº; P 15,29. En 1885, siendo todavía una niña,

Teresa fue inscrita en la Archicofradía reparadora de las blasfemias y de la

profanación del domingo. Ya de carmelita, pudo volver a encontrar en la

Vie de soeur Marie de Saint-Pièrre la invitación constante a la reparación

de las blasfemias. Pero en sus escritos sólo aquí encontramos un eco de

ello.

(18) Cf P 23,E1+.

(19) Es ésta la primera vez que en sus escritos se manifiesta este impulso

hacia la «muerte de amor». Lo volveremos a encontrar enseguida en P

11,52; Or 6; P 15,26; 20,6; Cta 242; Ms C 7vº y 8rº; Cta 255, y más tarde

en las Ultimas Conversaciones. María de la Eucaristía cantará esta estrofa

en la enfermería el 16.7.1897 después de la comunión de Teresa: cf Cta

255. El martirio de amor aparece evocado de nuevo en Or 6; PN 29,12; P

20,última estr.; 22,4; Cta 182 y 224.

(20) Clara alusión a la Llama de amor viva, cuya operación consumante y

transformadora canta san Juan de la Cruz. (cf Cta 197).

(21) Cf Cta 182+, nota 15.

(22) Cf Cta 56+, nota 2.

P 11 EL CÁNTICO DE CELINA

1 ¡Hoy me gusta evocar

los recuerdos benditos de mi infancia!

Para guardar la flor de mi inocencia

siempre pura y sin mancha,

Dios puso en torno mío una cerca de amor (1),

2 A pesar de ser yo tan pequeña,

me hallaba rodeada de ternura,

y de mi corazón en lo más hondo

nació la fiel promesa de desposarme un día

con Jesús, Rey de los cielos, Rey de los elegidos.

3 Desde la primavera de mi vida

a la Virgen María y a san José yo amaba.

Y ya mi alma se abismaba (2) entera,

extasiada y feliz, cuando en mis ojos

el cielo reflejaba su belleza.

4 Me gustaban los campos, los trigales,

la colina lejana y la llanura.

Y era tanta mi dicha cuando con mis hermanas

cogíamos las flores,

que hasta el aliento a veces me faltaba.

5 Me gustaba coger las hierbezuelas,

las florecillas todas, los acianos.

Me gustaba muchísimo el perfume

de las moradas violetas claras,

y el de las primaveras, sobre todo.

6 Me gustaban la blanca margarita,

los hermosos paseos del domingo,

el pájaro ligero gorjeando en la rama

y el radiante color azul del cielo.

7 Me gustaba poner todos los años

junto a la chimenea mis zapatos,

y apenas despertaba, iba corriendo

y cantando canciones

de la fiesta del cielo. ¡Navidad!

8 De mamá me encantaba la sonrisa,

su mirada profunda parecía decir:

«La eternidad me atrae, me cautiva,

al cielo azul iré ¡para ver allí a Dios!

9 «Encontraré en la patria

a la Virgen María y a mis ángeles (3)...

¡Y de las hijas que en la vida dejo,

los corazones y también las lágrimas

ofreceré a Jesús.

10 Amaba a Jesús Hostia,

que vino en la mañana de mi vida (4)

a prometerse a mi alma enajenada.

¡Oh, con cuánta alegría el corazón le abrí!

11 Y más tarde amé a la criatura

que yo veía más pura,

a Dios buscando en su creación.

Y en El, sólo en él hallé la paz.

12 Y también me gustaba, en aquel mirador

inundado de luz y de alegría,

recibir de mi padre los besos y caricias,

y acariciar yo misa sus cabellos

blancos como la nieve.

13 Sentada con Teresa (5) en sus rodillas,

durante las veladas, largo rato

a las dos nos mecía, lo recuerdo muy bien,

y aún me parece oír de sus tonadas

y de su voz el dulce y grave acento.

14 ¡Recuerdos dulces, que entrañáis sosiego

y me hacéis revivir tantas cosas lejanas...,

las cenas, el perfume de las rosas,

los Buissonnets, henchidos de una limpia alegría,

y los claros veranos!

15 Al llegarse la noche,

cuando todo rumor vano se apaga,

me sentía feliz expansionando mi alma

con mi Teresa en dulce desahogo.

Mi corazón y el suyo

formaban, confundidos, uno solo.

16 Entonces se mezclaban nuestras voces,

las manos se enlazaban,

y cantábamos juntas

nuestras futuras y sagradas bodas,

soñando en el Carmelo...

y soñando en el cielo.

17 En Suiza y en Italia me encantaron (6)

los frutos de oro bajo el cielo azul.

Me gustó, sobre todo, la mirada,

toda llena de vida,

que el santo anciano, el papa,

el Pontífice Rey, me dirigió.

18 Con amor te besé,

¡oh tierra bendita del Coliseo augusto!

La bóveda sagrada y silenciosa

de las santas y oscuras catacumbas

repitió dulcemente el eco de mi canto.

19 Tras mi dicha vinieron el dolor y las lágrimas (7).

¡Muchas y amargas lágrimas!

Me vestí la armadura de mi Esposo,

y fue su cruz mi escudo y mi consuelo.

20 Durante largo tiempo estuve desterrada,

lejos, ¡ay, si, qué lejos!, de mi familia amada;

y sin tener siquiera, cual pobre cierva herida,

el refugio de un simple agavanzo en flor.

21 Mas un atardecer, mi alma enternecida

percibió la sonrisa de María (8),

y una gota bendita de su sangre

se tornó (¡ah, qué dicha!) en leche para mí

22 Gustaba, por entonces,

de apartarme del mundo y de sus ruidos,

para oír cómo el eco, desde lejos,

respondía a mi voz,

y en el fecundo, en el umbroso valle (9),

en medio de mis lágrimas, yo recogía flores.

23 Me gustaba escuchar

de la lejana iglesia la campana

tañendo vagamente.

Me sentaba en el campo

para oír el susurro de la brisa

al caer de la tarde.

24 Me embobaba mirando

las golondrinas en su raudo vuelo,

y escuchando, callada,

el plañidero canto de las tórtolas.

Me gustaba sentir el ruido de alas

y el bronco bordoneo del insecto.

25 Me gustaba la gota de rocío,

la cantora cigarra,

la virginal abeja preparando la miel

desde su mismo despertar.

26 Gustaba yo de recoger el brezo,

corriendo sobre el leve y blando musgo;

cazar las mariposas,

en frágil vuelo sobre los helechos

y pintado en sus alas el puro azul del cielo.

27 Amaba a las luciérnagas en la sombra,

y amaba las estrellas incontables.

Y, sobre todo, el disco plateado

de la luna en la noche (10).

28 En su última vejez

me gustaba rodear a mi padre de ternura.

El lo era para mí todo en la vida:

hijo, dicha, riqueza.

¡Ah, cuántas veces y con qué cariño

le estrechaba en mis brazos!

29 Nos gustaba escuchar el dulce ruido de las olas

y el retumbo encendido de la oscura tormenta,

y en la quietud profunda de la tarde

del ruiseñor la voz en el fondo del bosque.

30 Pero su hermoso rostro una mañana

la imagen, con sus ojos, buscó del crucifijo...

Al marchar, me dejó su postrera mirada,

la prenda de su amor. ¡Aquella era mi parte!

31 Con su divina mano, con su amorosa mano,

a Celina Jesús le arrebató

el único tesoro que tenía,

¡y llevándolo lejos, lejos de la colina,

lo colocó en el cielo, cerca del Dios eterno!

32 Ahora estoy prisionera (11),

muy lejos de la tierra y de sus bosques.

vi que todo es en ella efímero y caduco (12),

¡toda mi dicha, en ella, vi apagarse y morir!

33 Bajo mis pies se magulló la hierba,

y en mis manos la flor se marchitó...

Jesús, por tu pradera (13) correr quiero,

no dejarán en ella mis pies huella.

34 Como un ciervo sediento

va suspirando por las aguas vivas,

así, desfallecida, ¡oh Jesús!, a ti corro.

Para calmar mi sed y mis ardores

hacen falta tus lágrimas...

35 Sólo tu amor me arrastra. En la llanura

mi rebaño dejé, ya no lo cuido (14).

Complacer sólo quiero

a mi nuevo Cordero, a mi Cordero único.

36 El Cordero a quien amo eres tú, mi Jesús.

Me bastas, ¡bien supremo!, todo lo tengo en ti (15),

tengo la tierra y hasta tengo el cielo.

Tú eres la flor, Rey mío, que yo corto (16).

37 Jesús, Lirio del valle, me cautivó tu aroma.

Ramillete de mirra, corola perfumada,

dentro del corazón quiero guardarte

y en él darte mi amor.

38 Junto a mí va tu amor, siempre conmigo.

En ti tengo los bosques y campiñas,

los ríos, las montañas, la pradera,

la lluvia de los cielos y la nieve.

39 Todo lo tengo en ti:

los trigos y las flores entreabiertas,

los botones de oro, las miosotis y rosas.

El perfume poseo y la frescura de los blancos lirios (17).

40 En ti tengo la lira melodiosa (18),

la soledad sonora, los ríos y las rocas,

la graciosa cascada, el gamo saltador,

la gacela, los corzos y la ardilla.

41 En ti tengo también

el arco iris y la nieve pura,

el inmenso horizonte y la verdura,

las ínsulas extrañas y las maduras mieses,

las leves mariposas,

los campos y la alegre primavera.

42 En tu amor, ¡oh Jesús!, también encuentro

las palmeras esbeltas que el sol dora,

la noche en par de los levantes de la aurora (19),

las aves y el suave murmullo del arroyo.

43 Tengo en ti los racimos deliciosos,

las graciosas libélulas,

la selva virgen llena de flores misteriosas.

Tengo a todos los niños, rubios, pequeñitos,

con sus alegres cantos.

44 Tengo en ti las colinas y las fuentes,

Tengo vincapervincas, madreselvas,

agavanzos, bejucos,

flores blancas de espino y los frescos nenúfares.

45 Tengo la avena, loca y tembladora,

la voz grave y potente de los vientos,

el hilo de la Virgen,

la llama ardiente, el céfiro ligero,

los zarzales floridos y los nidos.

46 Tengo el hermoso lago,

el valle solitario, oscuro de árboles,

la ola plateada del océano,

peces dorados

y los raros tesoros de los mares.

47 Yo tengo en ti la nave que navega

por alta mar y lejos de la playa,

el surco de oro (20) y la tranquila costa.

Tengo el fuego del sol cuando se va del cielo

festoneando con su luz las nubes.

48 En ti, Jesús, yo tengo la palmera pura;

y bajo el burdo sayal de que me visto,

valiosas joyas, ricos aderezos,

anillos y diamantes, brillantes y collares.

49 Tengo en ti la brillante y clara estrella.

Muchas veces tu amor se me descubre,

y entonces yo percibo, como a través de un velo,

al declinar el día,

la caricia divina de tu mano.

50 Tú sostienes los mundos con tu mano,

tú plantas las profundas, las oscuras florestas,

y en un volver de ojos las fecundas (21).

Con mirada de amor (22) me sigues siempre.

51 Tengo tu corazón y tu adorado rostro,

y esa mirada tuya que me ha herido.

De tu sagrada boca el beso tengo.

Te amo, Jesús, y nada más deseo.

52 Iré a cantar al cielo con los ángeles

de tu sagrado amor las alabanzas.

Haz que yo vuele pronto a formar en sus filas,

¡que yo muera de amor (23), Jesús, un día.

53 La mariposa se lanza contra el fuego,

fuertemente atraída

por su encendida y clara transparencia.

De ese modo tu amor es mi esperanza,

quiero volar a él y en él quemarme 24>...

54 ¡Oigo ya que se acerca, mi Dios, tu eterna fiesta!

Tomaré de los sauces mi arpa muda

y en tus rodillas (25) a sentarme iré,

¡para allí verte...!

55 Y muy cerca de ti veré a María,

a los santos veré y a mi familia amada.

Después de este destierro de la vida,

yo volveré a encontrar allá en el cielo

el hogar (26) paternal...

NOTAS P 11 - CÁNTICO DE CELINA

Fecha: 28 de abril de 1895. - Compuesta para: sor Genoveva, a petición

de ésta, para su cumpleaños (veintiséis). - Publicación: HA 98, cincuenta y

una estrofas, dos de las cuales fueron modificadas, y treinta y cuatro

versos corregidos. - Melodía: Combien j'ai douce souvenance.

Es el «Cántico de las criaturas» de Celina, pero más aún de Teresa. Tras

la cúspide de su Vivir de amor, Teresa va recorriendo con verdadero júbilo

las riquezas de la creación, que luego volverá a descubrir, trascendidas, en

su Amado.

Esta sinfonía de flores, de perfumes, de verdor, de pájaros es toda una

orquestación a dos versos de Celina. Un domingo de 1895, cuando sor

Genoveva está a punto de cortar el primer narciso, su hermana la detiene:

«¡Hace falta permiso!» Al volver a su celda, la novicia intenta consolarse

recordando a Jesús, en una poesía, lo que ha dejado por él. Sólo una

pocas palabras consiguen traspasar la capa de tristeza:

La Flor que yo corto, Rey mío,

¡eres Tú!

Teresa viene en ayuda de Celina y, con certero instinto de maestra

espiritual, se esmera por que no quede en la sombra ninguna de las

alegrías del pasado, aun cuando esto la lleve a desleir demasiado la

poesía, que es la más larga de todo su repertorio en cuanto al número de

estrofas (cincuenta y cinco).

Y serán sus recuerdos comunes de la infancia y de la juventud (el Ms A

está en vías de redacción) lo que Teresa rememorará en este poema de

amor, de familia y sobre todo de la naturaleza. Un poema que se divide en

dos grandes partes: antes de la entrada en el Carmelo (estr. 1 a la 31), y el

«ahora» (estr. 32 hasta el final).

El influjo de san Juan de la Cruz es innegable (Cántico Espiritual, canc. 14-

15), y la propia Teresa lo indica así en una carta de 1892 (Cta 135). La

gran similitud entre los dos santos reside en una intuición fundamental

común: en Cristo se recapitula la profusión de todas las riquezas creadas.

Estrofas 1 a 9: Alençon

(1) Cf Ms A 4vº.

(2) Se plonger o être plongé (abismarse), usado de forma incorrecta, sin

complemento (lo mismo que en Cta 54; Ms A 31vº; o PN 54,18,3 = P

36,18,3) es una expresión de la familia Martin que indica asombro,

recogimiento admirativo.

(3) Sus cuatro hijos, muertos muy pequeñitos.

Estrofas 10 a 18: Los Buissonnets

(4) Primera comunión de Celina, el 13 de mayo de 1880.

(5) Teresa se pone a sí misma en escena en el mirador; cf P 6,7.

(6) El viaje a Roma en noviembre de 1887.

Estrofas 11 a 31: Celina y su padre

(7) Una secuencia propia de la vida de Celina: la enfermedad del señor

Martin (19-20) y su muerte (30-31), con los recuerdos felices de las

vacaciones en La Musse en el intervalo (22-27), y sobre todo con su padre

(28-29).

(8) Dos gracias de María a la desterrada: cf Poésies, II, pp 126s.

(9) Lugar privilegiado en la topografía teresiana; cf P 36,3; RP 3,14vº; RP

5,7; Cta 142, 146, 165; aquí se percibe una reminiscencia del Cántico

Espiritual de san Juan de la Cruz, canc. 14.

(10) Teresa, hija del sol, y que concede tanto espacio a las estrellas, muy

pocas veces habla de la luna (Ms A 48rº; Ms C 26rº; P 15,6 y 17,4).

Estrofas 32 a 36: Celina en el Carmelo

(11) El Carmelo es una «prisión bendita» (Ms A 67rº); cf Cta 106. Celina, al

igual que Teresa, se constituye voluntariamente prisionera en él (Ms A

58rº, 81vº); pero no prisionera de las rejas, sino prisionera del amor a

Jesús (P 20,E5; Cta 201), como Jesús lo está del nuestro; cf Or 17.

(12) Cf Ms A 69vº; Cta 245 y 260; P 11,32; 29,1; 31,2; PN 50,2.

(13) Cf las praderas del cielo de 24.9.4. Como hija que es de la Normandía,

es lógico que Teresa conceda mucho espacio a la pradera (veintitrés

veces en sus escritos), que pertenece también a su imaginería celestial.

También san Juan de la Cruz compara el cielo a un «prado de verduras,

de flores esmaltado» (Cántico Espiritual, canc. 4).

(14) Cf P 7,4+.

(15) Cf Oración del alma enamorada, de san Juan de la Cruz: «Míos son los

cielos y mía es la tierra (...) y todas las cosas son mías. Y el mismo Dios es

mío y para mí, porque Cristo es mío y todo para mí». Cf infra, el título de

PN 18 bis [«Quien tiene a Jesús lo tiene todo»].

(16) Los dos versos de Celina que dieron origen a la poesía; cf supra,

introducción a la misma.

Estrofas 38 a 51: Quien tiene a Jesús lo tiene todo

(17) Esta es la única vez que Teresa menciona el «muguet», el lirio de los

valles, con esa palabra, al que Celina atribuye el sentido de «amor

escondido».

(18) Símbolo que le gustaba mucho a Celina; cf Cta 149+.

(19) Cf Cántico Espiritual, canc. 15.

(20) Cf P 2,2+.

(21) Cf LAMARTINE: «Tú, que con una mirada vuelves fecunda la

inmensidad» (La Prière).

(22) La mirada de Dios, que se posa con amor sobre la criatura y le da vida

y belleza, es uno de los grandes temas sanjuanistas; cf Or 6, nota 11. ¡Qué

lejos está esto de un «vigilante» airado por el pecado! Esa mirada de amor

recíproca e incesante está en el corazón mismo de la vida contemplativa

de Teresa.

Estrofas 52 a 55: Pronto... el cielo

(23) Cf P 10,14+.

(24) Cf Ms A 38vº; estrofa que sintetiza en pocas palabras todo este largo

poema.

(25) Cf Cta 211+.

(26) El hogar [toit en el original] es una palabra rara en los escritos de

Teresa (Ms A 59vº, 65 rº, 75rº, 82rº). Pero la idea del cielo como casa y

como hogar [foyer] paterno les es familiar a los dos hermanas: cf Ms A 41º,

muy cercano a esta estrofa, y Ms A 75rº.

P 12 MI CIELO EN LA TIERRA

1 Es tu imagen inefable (1)

astro que guía mis pasos.

Tu dulce rostro, Jesús,

bien lo sabes,

es en la tierra mi cielo.

Mi amor descubre el encanto (2)

de tu rostro

embellecido de llanto.

Y a través de mis lágrimas

yo sonrío

contemplando tus dolores.

2 Quiero, para consolarte (3),

vivir ignorada (4) y sola

aquí en la tierra.

Tu hermosura,

que tan bien sabes velar,

me descubre

todo su inmenso misterio,

y a ti quisiera volar.

3 Tu faz es mi sola patria,

ella es mi reino (5) de amor,

es mi riente pradera

y mi sol de cada día.

Ella es el lirio del valle,

cuyo aroma misterioso (6)

a mi alma desterrada

en su destierro consuela,

dándole a gustar la paz

de los cielos.

4 Es mi descanso y dulzura

y mi lira melodiosa...

Es tu rostro,

¡oh mi dulce Salvador!,

el ramillete divino

de mirra, que guardar quiero

prendido sobre mi pecho (7).

5 Es tu faz

mi única y sola riqueza,

ninguna otra cosa pido.

En ella, escondida siempre (8),

a ti me pareceré (9).

Deja en mí, Jesús, la huella

de tus dulcísimos rasgos,

y muy pronto seré santa,

y hacia ti los corazones

atraeré.

6 A fin de poder juntar

abundante mies dorada,

con tu fuego quémame.

No tardes, Amado mío,

en darme tu eterno beso.

¡Con tus labios bésame!

12 de agosto de 1895

NOTAS P 12 - MI CIELO EN LA TIERRA

Fecha: 12 de agosto de 1895. - Compuesta para: sor María de la Trinidad

(entonces María Inés de la Santa Faz), para sus veintiún años. -

Publicación: HA 98, cinco versos corregidos. - Melodía: Les regrets de

Mignon.

Al día siguiente de la Transfiguración, en ese clima de resplandor del

Tabor, Teresa siente que todo su ser se dilata, seducido por el Rostro

divino. Y al igual que en la santa montaña, sus versos evocan los

«dolores» de la pasión, pero para embellecerlos enseguida y bañarlos de

dulzura. En pleno corazón del verano de 1895, este poema es como un

anticipo del Cara a cara del que hablara algunas semanas antes en el Acto

de ofrenda.

Sin embargo, no tenemos que buscar en esta composición toda la riqueza

que este tema tiene en Teresa. También otros escritos suyos aportan o

aportarán elementos complementarios, por ejemplo las Or 11, 12, 14, 16, ó

RP 2, centrada toda ella en el carácter gozoso, doloroso y glorioso de la

Faz de Jesús. También las Ultimas Conversaciones ofrecen datos del

mayor interés (por ejemplo, CA 5.8.9). Cf Poésies, II, p. 135.

(1) La representación de la Santa Faz según el modelo de Tours.

(2) Cf 15,24.

(3) Consolar es la forma teresiana de la reparación ( PN 19,2,3; 41,1,6; P

15,31; 29,5). Y se manifiesta sobre todo con la «semejanza».

(4) Cf Im I,2,3: «querer ser ignorada y tenida en nada», citado en Ms A 71rº

(escrito unas semanas después de P 12), en Cta 145 y 176. Según María

de la Trinidad, esa era la constante aspiración de Teresa: «Muchas veces,

en la recreación o en otras partes, cuando yo le decía: ¿En qué piensas?,

dime algo: -¿Que qué pienso?, respondía con un profundo suspiro, Que

quisiera ser ignorada y tenida en nada...» (PO 466).

(5) Cf Ms A 77vº.

(6) Ese aroma designa la patria con la que sueña Teresa (Ms C 6vº).

(7) Cf en Or 11 la reproducción de la Santa Faz (según el modelo de Tours)

que pronto Teresa «llevará sobre su pecho» permanentemente.

(8) Cf PN 11,3 y 12,8, compuestas para esta misma novicia.

(9) Sobre el deseo y la necesidad de parecerse a Jesús, sobre todo en su

humildad y en su anonadamiento, cf Cta 87, 145 y 201; P 8,1 y 20,E2.

P 13 CÁNTICO DE UN ALMA QUE HA ENCONTRADO EL LUGAR DE

SU REPOSO

1 ¡Hoy rompes, Jesús mis lazos <1>!

En la Orden de María

podré hallar todos los bienes

de verdad.

Si abandono a mi familia

entrañable,

de tus celestes favores tú la sabrás colmar.

Y a mí el perdón me darás de los pobres pecadores...

2 En el Carmelo, Jesús,

debo vivir, pues tu amor

a este oasis me ha llamado.

Aquí te quiero seguir,

amarte, y pronto morir <2>.

¡Aquí, mi Jesús, aquí!

3 En este día, Señor, colmas todos mis deseos.

En adelante podré, cerca de la Eucaristía <3>,

inmolarme noche y día, inmolarme silenciosa,

y esperar en paz y en calma tu llegada para el cielo.

Exponiéndome a los rayos de la hostia inmaculada,

en esta hoguera de amor pronto me iré consumiendo,

y te amaré, Jesús mío, como un serafín del cielo.

4 Cuando terminen, Señor,

mis días aquí en la tierra,

que será pronto, a la playa

eterna <4> te seguiré.

¡En el cielo vivir siempre!

¡Amarte y nunca morir!

¡Para siempre! ¡Para siempre...! <5>

NOTAS P 13 - CÁNTICO DE UN ALMA QUE HA ENCONTRADO EL

LUGAR DE SU REPOSO

Fecha: 15 de agosto de 1895. - Compuesta para: María Guérin, a su

entrada en el Carmelo (sor María de la Eucaristía). - Publicación: HA 98,

un verso corregido. - Melodía: «Connais-tu le pays» de Mignon.

Era costumbre que la postulante cantase «algo» a la comunidad la noche

de su entrada. María Guérin está dotada de una hermosa voz de soprano;

y Teresa quiere que se luzca eligiendo para ello una romanza apropiada.

Y, cosa muy extraña, la poesía plagia muy de cerca a su modelo, al menos

en el estribillo. Teresa realiza con destreza la transposición del amor

humano al amor místico. A pesar del título [según el original, Cántico de un

alma que ha encontrado el lugar de su reposo], un impulso profundo

atraviesa este poema, que presuntamente iba a ser de «reposo».

Esta palabra aparece cinco veces en las Poesías entre 1895 y 1896 (P

10,9; 12,4; aquí; 15,20 y 32; PN 27,4), y describe acertadamente el clima

espiritual de Teresa en esta época; pero a comienzos de 1896 ella misma

escribirá extrañada: «No puedo vivir siempre así, en el sosiego» (Ms C

31rº).

Teresa dedicará dos poesías más a su prima: Sólo Jesús (P 24, el 15 de

agosto de 1896) y Mis armas (P 32, para su profesión, el 25 de marzo de

1897).

<1> Partiendo de un versículo que le ofrece el salmista, Teresa juega con

una anfibología: tristeza por la separación de la familia, pero liberación del

mundo y libertad para Jesús (cf Ms A 67vº).

<2> Acerca de esta profunda aspiración de María Guérin, cf LC 114 (CG, p.

491), Cta 92 y 190.

<3> Esta estrofa -breve compendio teológico sobre la adoración ante la

hostia- demuestra la fuerte atracción de María por la Eucaristía; cf LC 113

y 130 (CG, pp. 485 y 546), Cta 109 y 234.

<4> La rivera eterna, expresión tan frecuente en Teresa (cf Ms A 41r+), es

importante en esta poesía, que habla de travesía más que de reposo.

<5> Cf Ms A 69vº, de redacción casi contemporánea.

P 14 AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

1 Junto al sepulcro santo,

María Magdalena, en lágrimas deshecha,

se arrodilló en el suelo, buscando a su Jesús.

Los ángeles vinieron a suavizar su pena,

pero no consiguieron suavizar su dolor.

Luminosos arcángeles,

Mas no era vuestro brillo, luminosos arcángeles

lo que esta alma ardiente venía aquí a buscar.

Ella quería ver al Señor de los ángeles,

tomarle en sus brazos y llevarle muy lejos.

2 Junto al sepulcro santo ella quedó la última,

y al sepulcro volvió antes de amanecer.

Su Dios se hizo también

presente, aunque velando su presencia,

no pudo ella vencerle en la lid del amor...

Cuando llegó el momento,

desvelándole él su faz bendita

envuelta en propia luz,

brotóle de los labios una sola palabra,

fruto del corazón.

Jesús el dulce nombre murmuró de: «¡María!»

y devolvió a María la alegría y la paz.

....................................................

3 Un día, mi Señor, como la Magdalena,

quise verte de cerca, y me llegué hasta ti.

Se abismó mi mirada por la inmensa llanura

a cuyo Dueño y Rey yo iba buscando.

Al ver la flor y el pájaro,

el estrellado cielo y la onda pura,

exclamé arrebatada:

«Bella naturaleza, si en ti no veo a Dios,

no serás para mí más que un sepulcro inmenso.

4 «Necesito encontrar

un corazón que arda en llamas de ternura,

que me preste su apoyo sin reserva,

que me ame como soy, pequeña y débil,

que todo lo ame en mí,

y que no me abandone de noche ni de día».

No he podido encontrar ninguna criatura

capaz de amarme siempre y de nunca morir.

Yo necesito a un Dios que, como yo, se vista

de mi misma y mi pobre naturaleza humana,

que se haga hermano mío <2> y que pueda sufrir.

5 Tú me escuchaste, amado Esposo mío.

Por cautivar mi corazón, te hiciste

igual que yo, mortal,

derramaste tu sangre, ¡oh supremo misterio!,

y, por si fuera poco,

sigues viviendo en el altar por mí.

Y si el brillo no puedo contemplar de tu rostro

ni tu voz escuchar, toda dulzura,

puedo, ¡feliz de mí!,

de tu gracia vivir, y descansar yo puedo

en tu sagrado corazón, Dios mío.

6 ¡Corazón de Jesús, tesoro de ternura,

tú eres mi dicha, mi única esperanza!

Tú que supiste hechizar mi tierna juventud,

quédate junto a mí hasta que llegue

la última tarde de mi día aquí.

Te entrego, mi Señor, mi vida entera,

y tú ya conoces todos mis deseos.

En tu tierna bondad, siempre infinita,

quiero perderme toda, Corazón de Jesús.

7 Sé que nuestras justicias y todos nuestros méritos

carecen de valor a tus divinos ojos.

Para darles un precio,

todos mis sacrificios echar quiero

en tu inefable corazón de Dios.

No encontraste a tus ángeles sin mancha.

En medio de relámpagos tú dictaste tu ley

¡Oh corazón sagrado, yo me escondo en tu seno

y ya no tengo miedo, mi virtud eres tú <3>!

8 Para poder un día contemplarte en tu gloria,

antes hay que pasar por el fuego, lo sé.

En cuanto a mi me toca, por purgatorio escojo

tu amor consumidor <4>, corazón de mi Dios.

Mi desterrada alma, al dejar esta vida,

quisiera hace un acto de purísimo amor,

y luego, dirigiendo su vuelo hacia la patria,

¡entrar ya para siempre

en tu corazón...!

NOTAS P 14 - AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Fecha: 21 de junio o de octubre de 1895. - Compuesta para: sor María del

Sagrado Corazón, a petición de ésta. - Publicación: HA 98, nueve versos

corregidos. - Melodía: Le petit soulier de Noël.

Para no alterar la nueva numeración de las Poésies de 1975, se ha

conservado en la Edición del Centenario la fecha que se conjeturaba como

más probable -octubre de 1895- y que desde 1907 atribuía generalmente a

este texto (HA 07, p. 388). Sin embargo, la fecha del 21 de junio parece

más probable. (cf Poésies, II, p. 147), lo cual nos llevaría a colocar Al

Sagrado Corazón después del Cántico de Celina.

La cuestión de este pequeño problema cronológico estriba en que la

contemplación del Sagrado Corazón -tal como la «ve» Teresa- habría

preparado y acompañado la iluminación del domingo de la Trinidad. Sea

como fuere, es innegable la similitud entre el Acto de Ofrenda (Or 6), P 14

y Ms A 84rº/vº.

Teresa no se queda en el símbolo, entonces tan en boga, del Corazón

herido por la lanza. Ella ve directamente a la realidad: al amor personal de

Jesús, a sus sentimientos profundos, al amor que llena su Corazón. Y la

manifestación suprema de este amor, Teresa la encuentra, no en la

escena de Getsemaní o en el Corazón traspasado por la lanza en el

Calvario, sino en la respuesta del Resucitado a la búsqueda apasionada

de María Magdalena: en el murmullo de su nombre.

Fortalecida con esa respuesta, que le garantizaba que «el corazón de su

Esposo era sólo para ella, como el suyo era sólo para él», la confianza de

la esposa ya no conocerá barreras. Irá cada vez más lejos en su audacia,

hasta entrar ya «sin reserva» alguna en el Corazón de su Dios. Este

extraordinario dinamismo es lo que da unida al poema. Un cuadro de gran

fuerza expresiva en el que se ve plasmado un amor a la vez humano y

sobrenatural de enorme intensidad.

<1> Cf P 15,15 y 30,3.

<2> Aquí Jesús es el Hermano-Amigo, es decir, el Esposo del Cantar de los

Cantares (Ct 4,9 ó 5,2); cf, por ejemplo, Cta 158, 164; RP 3,23rº bis; P

20,5; Or 12. Pero el sentido de nuestra fraternidad con Jesús reviste

muchos matices.

<3> Cf Ms A 32rº y Cta 197.

<4> ¿Alusión (que sólo ella entiende) a la herida de amor que ha sufrido

poco tiempo antes (14/6/1895, cf CA 7.7.2)? Es conocida la insistencia con

que san Juan de la Cruz recuerda la fuerza purificadora de la Llama de

amor viva, semejante a la del purgatorio (canción 2, explicación del verso

5). Cf P 10,6+.

P 15 JESÚS, AMADO MÍO, ACUÉRDATE

«Hija mía, busca entre mis palabras las que respiren más amor;

escríbelas, y luego, guardándolas como preciosas reliquias, procura leerlas

con frecuencia. Cuando un amigo quiere reavivar en el corazón de su

amigo el fuego de su primer afecto, le dice: Acuerdate de lo que sentiste al

decirme un día tal o cual palabra. O bien: ¿Te acuerdas de tus

sentimientos en tal época, en tal día, en tal lugar...? Créeme, hija: las

reliquias más preciosas que de mí quedan en la tierra son las palabras de

mi amor, las palabras salidas de mi dulcísimo Corazón».

(Nuestro Señor a santa Gertrudis <1>)

1 Acuérdate, Jesús, de la gloria del Padre,

del esplendor divino que dejaste en el cielo

al bajar a esta tierra, al desterrarte

de aquella eterna patria

por rescatar a todos los pobres pecadores.

Bajando a las entrañas de la Virgen María,

velaste tu grandeza y tu gloria infinita.

Del seno maternal

de tu segundo cielo

¡acuérdate!

2 Acuérdate que el día en que naciste

los ángeles bajaron a la tierra

y cantaron a coro:

«¡Gloria, honor y potencia a nuestro Dios,

y la paz a los hombres de buena voluntad!»

Tras diecinueve siglos,

sigues cumpliendo siempre tu promesa.

La paz es la riqueza de tus hijos.

Para gustar por siempre

la inefable paz tuya,

¡yo vengo a ti!

3 Yo vengo a ti, en tu cuna

quiero, Niño, quedarme para siempre,

entre esos tus pañales <2> escóndeme contigo.

Ahí podré cantar a coro con los ángeles,

recordarte las fiestas de estos días.

Acuérdate, Jesús, de los pastores,

y de los Reyes Magos,

que con gozo sus dones te ofrecieron,

corazón y homenaje.

Del cortejo inocente

que por ti dio su sangre

¡acuérdate!

4 Acuérdate de que los dulces brazos

de María, tu Madre, preferiste

a tu trono de rey.

Para sostener tu vida, pequeño Niño mío,

sólo tenías la leche virginal.

A ese festín de amor que tu madre te da,

invítame, Jesús, tú que eres mi hermanito.

De tu pequeña hermana,

que te hizo palpitar,

¡acuérdate!

5 Acuérdate de que llamaste padre

al humilde José, quien por orden del cielo

supo, sin despertarte del materno regazo,

arrancarte a las iras de un mortal.

Verbo de Dios, acuérdate de aquel misterio extraño:

¡Tú guardaste silencio e hiciste hablar a un ángel!

Del lejano destierro

a la orilla del Nilo

¡acuérdate!

6 Acuérdate, Jesús, de que en otras riberas

los mismos astros de oro y la luna de plata

que yo contemplo en el azul sin nubes

tus ojitos de niño

encendieron de gozo y maravilla.

Con la misma manita

con que a tu dulce Madre acariciabas

sostenías el mundo y le dabas la vida.

Y pensabas en mí <3>,

¡oh mi pequeño Rey!,

¡acuérdate!

7 Acuérdate, Señor, de que en la soledad

con tus divinas manos trabajaste.

Vivir en el olvido fue tu mayor cuidado,

despreciaste la ciencia de los hombres.

Tú que con sola una palabra dicha

por tu divina boca

sumir podías en asombro al mundo,

te complaciste en esconder a todos

tu profundo saber, ciencia infinita.

Pareciste ignorante,

siendo el Omnipotente,

¡acuérdate!

8 Acuérdate de haber vivido errante,

extranjero en la tierra, ¡oh Verbo eterno!

Ni una piedra tuviste ni un abrigo,

ni tan siquiera el nido que los pájaros tienen...

Ven, ¡oh Jesús!, a mí, reclina tu cabeza,

ven..., para recibirte tengo dispuesta el alma.

Sobre mi corazón

descansa, Amado mío,

¡mi corazón es tuyo!

9 Acuérdate de qué ternura inmensa

tú colmaste a los niños pequeñitos.

¡Yo deseo también recibir tus caricias,

dame tus deliciosos, suaves besos!

Para gozar un día

de tu dulce presencia allá en el cielo,

practicaré en la tierra

las pequeñas virtudes de la infancia.

Muchas veces dijiste:

«El cielo es de los niños...»,

¡acuérdate!

10 Acuérdate, Jesús: junto al brocal de un pozo,

un viajero, cansado del camino,

hizo que rebosaran <4> sobre cierta mujer samaritana

los raudales de amor que encerraba su pecho.

¡Yo sé quién es aquel que pidió de beber <5>:

él es el Don de Dios, la fuente de la gloria!

Es él,agua que brota,

Es él, que nos ha dicho:

«¡Venid a mí!

11 Venid a mí vosotras, pobres almas cargadas,

vuestras pesadas cargas pronto se harán ligeras,

y, saciada la sed ya para siempre,

de vuestro seno fuentes manarán».

YO tengo sed, Jesús, esa agua pido,

que me inunden el alma sus divinos torrentes.

Por fijar mi morada

en el mar del amor

¡yo vengo a ti!

12 Acuérdate, Jesús, de que, a pesar de ser

hija yo de la luz <6>,

¡ay!, de servir a mi Rey me olvido con frecuencia.

De mi miseria inmensa ten piedad

y en tu infinito amor perdóname.

En las cosas del cielo, Señor, hazme una experta,

muéstrame los secretos que tu Evangelio esconde.

Haz que este libro de oro

sea mi gran riqueza,

¡acuérdate!

13 Acuérdate, Jesús, del poder asombroso

que tu divina Madre tuvo y tiene

sobre tu corazón.

Acuérdate de haber cambiado un día

el agua clara en delicioso vino <7>,

obedeciendo a su sencilla súplica.

Dígnate transformar mis mortecinas obras

y a la voz de tu Madre, dales vida.

De que yo soy tu hija,

mi Jesús, con frecuencia

¡acuérdate!

14 Acuérdate, Señor: muchas veces subías

a las altas colinas al caer de la tarde.

Recuerda tu oración, tus divinas plegarias

y tus himnos de amor mientras todos dormían.

Y yo en mis oraciones, en mi oficio divino,

ofrezco con delicia mi oración, ¡oh Dios mío!

Junto a tu corazón

canto entonces gozosa,

¡acuérdate!

15 Acuérdate de que al mirar los campos,

tu corazón divino presagiaba la siega,

con los ojos alzados <8> a la santa Montaña,

murmurabas los nombres de tus predestinados...

Para que tu cosecha recoger pronto puedas,

mi Dios, todos los días me inmolo y te suplico.

Son mi llanto y mi gozo

para tus segadores,

¡acuérdate!

16 Acuérdate, Jesús, del gozo de los ángeles,

del júbilo que habrá en tu reino del cielo

entre sus elegidos moradores,

al ver que un pecador alza hacia ti sus ojos.

Yo quiero acrecentar esa gran alegría,

y por los pecadores rogaré sin cesar.

Porque al Carmelo vino

para poblar tu cielo,

¡acuérdate!

17 Acuérdate de aquella dulce llama

que hacer arder querías en nuestros corazones.

En mi alma has encendido ese fuego del cielo <9>,

y yo quiero, también, derramar sus ardores.

Una débil centella, ¡oh misterio de vida!,

levantar puede sola un grandísimo incendio <10>.

Muy lejos quiero llevar

¡oh Dios mío!, tu fuego <11>,

¡acuérdate!

18 Acuérdate de la grandiosa fiesta

que te dignaste <12> da al hijo arrepentido.

Acuérdate igualmente de que al alma que es pura

tú mismo la alimentas día a día.

Recibes con amor al hijo pródigo,

mas las olas de amor

que de tu corazón al mío vienen,

ésas no tienen número ni dique.

Tus bienes míos son,

mi Rey, Amado mío,

¡acuérdate.

19 Acuérdate de que al, obrar milagros,

despreciaste la gloria y exclamaste:

«¿Cómo podéis creer

los que buscáis la estima de los hombres?

Halláis maravillosas las obras que yo hago,

mayores las harán los que son mis amigos».

¡Qué humilde y dulce fuiste,

Jesús, mi tierno Esposo!,

¡acuérd`te!

20 Acuérdate de que, en un trance santo

de divina embriaguez, tu apóstol virgen

descansó su cabeza sobre tu corazón.

¡Señor, en su descanso

conoció tu ternura, comprendió sus secretos!

No me siento celosa del discípulo amado,

también yo tus secretos conozco, soy tu esposa.

Duermo sobre tu pecho,

divino Salvador,

¡él es mío! <13>,

¡acuérdate!

21 Acuérdate de aquella triste noche,

noche de tu agonía,

en la que con tu sangre se mezclaron tus lágrimas.

¡Perlas de amor, cuyo infinito precio

hizo que germinaran

en esta tierra virginales flores!

Un ángel, al mostrarte esta mies escogida,

renacer hizo el gozo de tu bendita alma.

Mas tú, Jesús, me viste

en medio de tus lirios,

¡acuérdate!

22 Acuérdate, Señor, que tu rocío fecundo,

virginizando el cáliz de las flores,

capaces las volvió, ya en esta vida,

de engendrar multitud de corazones.

Soy virgen, ¡oh Jesús! No obstante, ¡qué misterio!,

al unirme yo a ti, soy madre de almas <14>.

De las vírgenes flores

que salvan pecadores,

¡acuérdate!

23 Acuérdate: un Condenado a muerte,

abrevado de amargo sufrimiento,

alzó al cielo los ojos y exclamó:

«¡Un día me veréis aparecer con gloria

nimbado de poder sobre las nubes!»

Nadie creer quería que el Hijo de Dios fuese,

pues su gloria inefable permanecía oscura.

Príncipe de la paz,

yo sí te reconozco,

¡yo creo en ti...!

24 Acuérdate de que hasta entre los tuyos

siempre desconocido fue tu divino rostro.

Pero a mí me dejaste tu dulce y pura imagen,

y bien sabes, Señor, que siempre

yo te reconocí...

Te reconozco, sí, ¡oh rostro eterno!,

aun a través del velo de tus lágrimas

descubro tus encantos.

De todos los corazones

que recogen tus lágrimas, Jesús,

¡acuérdate!

25 Acuérdate de la amorosa queja

que, clavado en la cruz, se te escapó del pecho.

¡En el mío quedó, Señor, grabada,

y por eso comparte el ardor de tu sed <15>!

Y cuanto más herido se siente por tu fuego,

más sed tiene, Jesús, de darte almas.

De que una sed de amor

me quema noche y día

¡acuérdate!

26 ¡Acuérdate, Jesús, Verbo de vida,

de que tanto me amaste, que moriste por mí!

También yo quiero <16> amarte con locura,

también por ti vivir y morir quiero yo.

Bien sabes, ¡oh Dios mío!, que lo que yo deseo

es hacer que te amen y ser mártir un día.

Quiero morir de amor.

Señor, de mi deseo

¡acuérdate!

27 Acuérdate de aquello que dijiste

el día de tu triunfo:

«¡Dichoso el que sin ver en plenitud de gloria

al Hijo del Altísimo, sin embargo creyó!»

Desde la oscura noche de mi fe

yo te amo ya y te adoro.

Para verte, Jesús, espero en paz la aurora.

De que no es mi deseo

aquí en la tierra verte <17>

¡acuérdate!

28 Acuérdate de que, subiendo al Padre,

no podías dejarnos aquí huérfanos,

y haciéndote en la tierra prisionero

supiste velar bien tu resplandor divino.

Pero es pura y radiante la sombra de tu velo,

Pan vivo de la fe, alimento celeste.

¡Oh misterio de amor!

¡Mi pan de cada día

Jesús, eso eres tú!

29 No obstante las sacrílegas blasfemias

con que insultarte intentan

los enemigos que en el mundo tiene

el dulce Sacramento de tu amor,

tú me muestras, Jesús, cuánto me amas,

pues en mi corazón a morar vienes.

¡Oh Pan del desterrado! ¡Hostia santa y divina!

Ya no soy yo quien vive,

sino que vivo de tu propia vida.

¡Tu dorado copón <18>

preferido entre todos,

Jesús, soy yo!

30 Soy para ti un santuario vivo,

que los malvados profanar no pueden.

Quédate siempre en mí, ¿no es, acaso, un parterre

mi corazón

donde todas las flores se vuelven hacia ti?

Mas si tú te alejaras, blanco Lirio del valle,

tú lo sabes muy bien, mis flores

serían prestamente deshojadas.

¡Siempre, Jesús, mi Amado

y perfumado Lirio,

florece en mí!

31 Acuérdate de que en la tierra quiero

consolarte, Señor, del negro olvido

al que los pecadores te condenan.

¡Amor único mío, escucha mi plegaria,

para amarte, Jesús, dame mil corazones!

Pero no basta aún,

¡oh Belleza suprema! ¡Para amarte

dame tu propio corazón divino! <19>

De mi deseo ardiente,

Señor, a cada instante

¡acuérdate!

32 Acuérdate, Señor,

de que es tu santa voluntad mi dicha

y mi único reposo <10>.

Sin temor en tus brazos me duermo y abandono,

divino Salvador.

Si mientras ruge el huracán tú duermes,

yo seguiré sumida en una paz profunda.

Mas, Jesús, mientras duermes,

para tu despertar

¡prepárame!

33 Acuérdate, Señor,

de que vivo en la espera del gran día.

Que, por fin, aparezca

el ángel

y nos convoque a todos:

«¡El tiempo se acabó, despertad ya!»

Yo hendiré entonces rápida el espacio

y muy cerca de ti ocuparé un lugar.

En la morada eterna

mi cielo serás tú,

¡acuérdate!

NOTAS P 15 - JESÚS, AMADO MÍO, ACUÉRDATE

Fecha: 21 de octubre de 1895. - Compuesta para: sor Genoveva, con

ocasión de su santo (Celina), a petición de ésta. - Publicación: HA 98,

cuarenta y tres versos corregidos. - Melodía: Rapelle-toi.

El noviciado de Celina sigue su curso desde el 5 de febrero de 1895.

Suficientemente generoso para que Teresa proponga a su hermana, el 9

de junio, que se entregue totalmente al Amor. Y suficientemente laborioso

para que Celina sienta la necesidad de animarse haciendo un recuento de

sus méritos pasados. Y acude al genio poético de Teresa para «recordar a

Jesús (...) los inmensos sacrificios que ha hecho por él». Pero Teresa

invierte la perspectiva, enumerando «los sacrificios de Jesús» por Celina...

No por espíritu de contradicción, sino sencillamente para dar una

«pequeña lección» a su novicia (CSG, p. 73). Pero, sobre todo, porque su

inspiración la lleva en una dirección completamente distinta. El nervio vital

de su existencia se encuentra ahora en una convicción extremadamente

fuerte del amor preveniente y gratuito de Jesús hacia su criatura. En treinta

y tres estrofas (¿número intencionado para recordar los treinta y tres años

de Cristo?) va desarrollando una vida de Jesús a partir del Evangelio, en el

que «cada día descubre luces nuevas, sentidos ocultos y misteriosos» (Ms

A 83vº). Junto con P 35, este poema es un lugar privilegiado para un

estudio escriturístico en Teresa.

En esa época Teresa vive en un baño de luz. Su fe es viva y transparente.

Y sus versos son una clara expresión de su inteligencia de la fe, por la

forma tan personal de leer y releer los textos evangélicos.

<1> Este epígrafe (añadido por Teresa en julio de 1896) proviene de

L'Année de Sainte Gertrude del P. Cros (Toulouse, 1871).

<2> Cf RP 1,12rº; RP 2,2rº y 7vº; RP 5,3rº; RP 6,2vº; Or 8, de octubre de

1895; P 36,10.

<3> Teresa no habla de Jesús en tercera persona, sino en segunda persona

del singular, como lo hace habitualmente en su oración (CSG, p. 82). En

todas las estrofas, salvo alguna rara excepción, el Tú y el yo se van

conjugando en una exquisita reciprocidad de ternura. Tal vez pueda

parecer extraño que «acapare» de esa manera a su Señor; pero lo único

que hace es apropiarse las palabras de san Pablo: «Me amó hasta

entregarse por mí» (Gal 2,20).

<4> Cf estr. 18 y Or 6.

<5> En 1889-1890, la sed de Jesús que Teresa deseaba apagar era sobre

todo la del Crucificado (Jn 19,28; cf LC 145 en CG, p. 631). En 1893,

pensaba más en el episodio de la Samaritana (Cta 141). En 1895, combina

los dos temas en el Ms A (45vº y 46vº) y aquí (estr. 10 y 25). Finalmente,

en 1896 los escribirá, junto con otros textos evangélicos, en una estampa

de Cristo en la cruz, con referencias explícitas (Est 1). Cf también Cta 196

(= Ms B 1vº).

<6> Expresión que sólo se encuentra aquí y en Ms B 4rº.

<7> Junto con una furtiva alusión a la tempestad calmada, es éste el único

milagro que se menciona en la poesía. Teresa usa siempre una gran

discreción al referirse a los milagros.

<8> Teresa recoge aquí de nuevo, aplicándola a Jesús, su exégesis tan

personal, de 1892, de la invitación a «levantar los ojos»: «Levantad los

ojos y ved. Ved cómo en mi cielo hay sitios vacíos, a vosotros os toca

llenarlos...» (Cta 135).

<9> Posible alusión a la herida de amor de junio de 1895 (CA 7.7.2).

<10> Unica vez que emplea en este sentido esa expresión en sus escritos,

no obstante la importancia del fuego en el vocabulario de Teresa.

<11> La madre Inés escogió en un primer momento estos dos versos para

adornar la cruz de la tumba de Teresa y definir así su misión póstuma,

netamente apostólica; cf CSG, p. 200. Cf también RP 4,4vº y P 31,6.

<12> El padre del hijo pródigo, para Teresa, es el propio Jesús en seis de

los ocho pasajes en que ella menciona (RP 2,3rº; Cta 142; aquí; Ms C 34vº

y 36vº; Cta 261).

<13> Cf Cta 122: «El corazón de mi Esposo es sólo para mí, como el mío es

sólo para él».

<14> Los escritos de Teresa evocan con frecuencia este «misterio» de la

maternidad espiritual de la virgen consagrada que se une a Jesús; cf, por

ejemplo, Cta 124 (la flor Celina); Cta 129, 135, 182, 183, 185; Ms A 81rº y

Ms B 2vº; P 29,6; etc.

<15> De las siete palabras de Cristo en la cruz, la que más veces cita

Teresa es la queja «Tengo sed» (Ms A 45vº, 46vº, 85vº; P 20, estr. 5 y 6.

Cf supra, nota 5.

<16> «También» sugiere que la muerte de Jesús es ya una locura de amor,

que justifica el deseo de Teresa: «amarte con locura». Y esta aspiración no

es nueva: cf Cta 85, 93, 96, 169; Ms A 39rº, 82rº (finales de 1895). Y se

hace más acuciante en 1896: cf Ms B (en el que la palabra «locura»

recurre hasta diez veces) y Cta 25.

<17> A pesar de la fuerza de su amor, Teresa prefiere amar a Jesús de

acuerdo al estilo que ha elegido para sí (cf RP 7,1vº). Muy poco antes de

morir, reafirmará su deseo de «no ver» a Dios o a los santos aquí abajo (cf

CA 4.6.1; 5.8.4; 11.8.5; 11.9.7).

<18> La misma idea en Ms A 48vº y en P 16,6.

<19> Amar a Dios no sólo con «mil corazones», sino con su propio Amor,

con su «propio Corazón divino», es una aspiración que va creciendo en

Teresa hasta el final (cf Ms B 3vº y Ms C 35rº; PN 41,2,7-8).

<20> El «reposo» saboreado únicamente en la «voluntad» de Jesús, el

deseo de cumplir siempre su voluntad, es un tema teresiano del que

encontramos huellas en todos sus escritos, y muy temprano (cf Poésies, II,

p. 169). En la enfermería, Teresa repetirá esta estrofa 32 «con semblante y

acento celestiales»: cf CA 14.7.3. En ese mismo sentido, véase también

CA 10.6; 10.7.13; 14.7.9; 30.8.2.

P 16 MIS DESEOS JUNTO A JESÚS ESCONDIDO EN SU PRISIÓN <1>

DE AMOR

Compuesta a petición de sor San Vicente de Paul. La misma melodía que

la anterior, o bien la de la glosa de santa Teresa.

1 Llavecita, yo te envidio,

porque puedes cada día

abrir y cerrar la puerta

de la cárcel donde mora

el Dios hecho Eucaristía.

Mas ¡oh dichoso milagro!,

por la virtud de mi fe

y de mi amor también puedo

el tabernáculo abrir

y en él esconderme yo <2>

cerca de mi amado Rey.

2 Quisiera en el santuario

junto a mi Dios consumirme,

y, como tú, lamparilla,

brillar siempre en el misterio.

¡Oh qué dicha!, yo también

unas llamas tengo en mí,

y con ellas ganar puedo

para Jesús muchas almas

y abrasarlas en su amor...

3 En cada aurora te envidio,

piedra santa del altar.

Como un día en el establo,

veo en ti nacer a Dios.

Atiende mi humilde ruego,

ven a mi alma, mi Señor.

Lejos de hallar piedra fría,

en ella hallarás el eco

de tu propio corazón.

4 Corporales, rodeados

de ángeles, también yo

envidia os tengo a vosotros.

Como los limpios pañales,

envolvéis a mi Jesús,

mi único y solo tesoro.

Mi corazón cambia, ¡oh Virgen!,

en corporal puro y bello,

para poder recibir

la hostia blanca do se esconde

tu amado y dulce Cordero.

5 Patena santa, te envidio.

En ti viene a reposar

Jesús, el Verbo hecho carne.

¡Que su infinita grandeza

se digne abajarse a mí...!

Jesús colma mi esperanza

sin esperar a que llegue

la tarde de mi destierro.

¡Viene a mí! Con su presencia

me hace su custodia viva...

6 Yo quisiera ser el cáliz

en el que adoro la sangre

de mi Dios y Salvador.

Mas puedo en la santa Misa

recogerla cada día.

A Jesús le gusta mi alma

más que los vasos de oro.

El altar es un Calvario

donde por mí y para mí

se derrama gota a gota

toda su sangre divina.

7 ¡Oh Jesús, viña sagrada!,

lo sabes, mi Rey divino:

soy un racimo dorado <3>

que han de arrancar para ti.

Exprimida en el lagar

del oscuro sufrimiento,

yo te probaré mi amor.

Mi único gozo será

inmolarme cada día.

8 ¡Oh qué suerte para mí!

Fui contada entre los granos

de maduro y puro trigo

destinados a perder

por Jesús su ser y vida.

¡Oh exquisito arrobamiento!

Tu esposa querida soy,

ven, mi Amado, vive en mí.

¡Ven, tu belleza me encanta,

ven a transformarme en ti!

NOTAS P 16 - MIS DESEOS JUNTO A JESÚS ESCONDIDO EN SU

PRISIÓN DE AMOR

Fecha: otoño (?) 1895. - Compuesta para: sor San Vicente de Paúl, a

petición suya. - Publicación: HA 98 con el título «Mis deseos al pie del

tabernáculo»), siete versos corregidos. - Melodía: Par les chants les plus

magnifiques, o bien la Glosa de santa Teresa «Je meurs de ne point

mourir».

En este poema eucarístico-litúrgico, Teresa no deja volar la inspiración. Es

una meditación en un tono sumamente sobrio, centrada en los objetos de

culto, de los que habla como si fueran palabras o imágenes de la Sagrada

Escritura. Tan sólo en la última estrofa da rienda suelta al amor y al

entusiasmo.

La fe de Teresa la lleva a descubrir la forma de hacer realidad sus

«deseos»: «Mas yo puedo...» No tiene ningún motivo para «envidiar» a la

llave del sagrario, a la lámpara, a la piedra del altar, o a los vasos

sagrados. Ella tiene más valor, ella es incomparablemente más valiosa que

esos objetos inanimados. La «esposa» se asocia al sacrificio como

víctima, aun cuando esta palabra no se pronuncia, y con «arrobamiento».

<1> Cf Ms A 31vº; PN 19,1; P 15,28; Cta 189 y 201; Or 7.

<2> Jesús escondido en la hostia, en el sagrario, es uno de los temas

favoritos de la santa del Dios escondido: cf Cta 140; numerosas referencia

en las Poesías y en RP.

<3> Primero de los tres anuncios de la «pasión» de Teresa bajo el símbolo

del «racimo», junto con RP 5,2rº y Ms A 85vº (escudo de armas).

P 17 RESPONSORIO DE SANTA INÉS

1 Cristo es mi amor, él es toda mi vida,

él es el prometido

que enamora mis ojos.

Oigo vibrar la nota melodiosa

de su armonía suave.

2 Engalanó mi mano

con perlas nunca vistas

y colgó de mi cuello

collares de gran precio.

Los diamantes preciosos

que veis en mis orejas

regalo son de Cristo.

3 Estoy toda adornada

de rica pedrería

y fulgura en mi dedo

el anillo nupcial.

El quiso recubrir de perlas luminosas

mi manto virginal.

4 Yo soy la prometida

de aquel a quien los ángeles,

temblando, servirán eternamente,

cuya alabanza cantan sol y luna

y su belleza admiran

5 Es el cielo su imperio

y su ser es divino.

Una virgen por madre

escogió aquí en la tierra.

Su padre es el Dios vivo

que no tiene principio

y es espíritu puro.

6 Cuando amo a Cristo y cuando yo le toco,

se hace mi corazón más puro y limpio

y me vuelvo más casta.

El beso de su boca

me da el dulce tesoro

de la virginidad.

7 Sobre mi frente ha impreso ya su sello,

a fin de que otro amante

no se acerque ya a mí.

Mi amable Rey sostiene

con su divina gracia

mi débil corazón.

8 De su sangre preciosa

me siento empurpurada,

y gusto ya en mi alma

las delicias del cielo.

De sus labios sagrados

recojo leche y miel.

9 A nada tengo miedo,

ni al hierro ni a las llamas,

nada turbar ya puede

mi inexpresable paz.

Y este amor, cuyo fuego

el alma me consume,

nunca se apagará...

NOTAS P 17 - RESPONSORIO DE SANTA INÉS

Fecha: 21 de enero de 1896. - Compuesto para: madre Inés de Jesús,

priora, para su santo. Publicación: HA 98 («Cántico de santa Inés»), once

versos corregidos. - Melodía: Le Lac, o bien Himne à l'Eucharistie.

Resplandeciente como una novia que se adorna para su Esposo: así se

nos muestra Teresa a través de este poema. Con él termina un año de

paz, de amor y de luz. Ese mismo 21 de enero, entrega a la madre Inés su

primer cuaderno autobiográfico. Aunque en estilos diferentes, el

Manuscrito y el este poema no cantan sino un mismo Magnificat.

Poema de esponsales. Al leerlo, uno piensa de inmediato en la página

maravillada del Ms A en que Teresa reproduce la profecía de Ezequiel

(que ella toma del Cántico Espiritual de san Juan de la Cruz, canción 23):

«Cuando llegó para mí el tiempo de ser amada -era en 1887-, hizo alianza

conmigo y fui suya... Extendió su manto sobre mí... Me vistió con

bordados, dándome collares y aderezos inestimables... Sí, todo eso hizo

Jesús conmigo» (Ms A 47rº).

En 1887, no era más que el comienzo de los esponsales. Hoy, en 1896,

después de un año de plenitud que toca a su fin, los esponsales se

realizan en secreto. Pronto se va a escuchar la «primera llamada», trágica,

¿qué duda cabe?, pues se trata de una hemoptisis, pero gozosa «como un

dulce y lejano murmullo que me anunciaba la llegada del Esposo» (Ms C

5rº).

Teresa lo indica expresamente en el título: quiere traducir los

Responsorios del Oficio de santa Inés [El título original del poema reza así:

«Responsorios de santa Inés». N. del T.]. La liturgia de la joven mártir

(muerta hacia el 305) se remonta a una gran antigüedad: siglos VII-VIII.

Teresa asimiló el texto hasta el punto de revitalizar su simbolismo desde el

interior, como puede comprobarse haciendo una sinopsis lineal del poema

con sus diversos modelos (cf Poésies, II, p. 180ss). La transcripción de

Teresa es de especial calidad. Habría que observar cómo se transforman

las palabras al pasar del modelo al poema; como, gracias a una admirable

organización poética, Teresa va elaborando su miel sirviéndose de todas

las imágenes dispersas en el texto latino, para desplegar esa gran visión

de un movimiento armónico.

P 18 EL CÁNTICO ETERNO CANTADO EN EL DESTIERRO

1 Tu esposa, ¡oh Señor mío!, en tierra extranjera

puede cantar el cántico eterno del amor,

porque en el seno mismo de su oscuro destierro

la abrasas con el fuego de tu amor,

como lo harás un día allá en el cielo.

2 ¡Oh belleza suprema y dulce Amado mío!,

tú te entregas a mí, y yo pago tu entrega

amándote, Jesús.

Haz que toda mi vida sea un acto de amor.

3 Olvidándote tú de mi inmensa miseria,

vienes a hacer morada aquí en mi corazón.

¡Ah qué misterio grande, mi débil amor basta

para tenerte mío y encadenarte a mí!

4 Amor que me inflamas,

penetra mi alma.

Ven, yo te reclamo,

ven, consúmeme.

5 Tu llama me urge,

y quiero sin tregua

¡oh divino horno!,

abismarme en ti.

6 El sufrir me es gozo

cuando en raudo vuelo

a ti para siempre

se alza el amor.

7 ¡Oh patria celeste,

dulzura infinita,

tú día tras día

encantas mi alma!

8 ¡Oh celeste patria,

oh gozo infinito,

no eres más que Amor!

NOTAS P 18 - EL CÁNTICO ETERNO CANTADO EN EL DESTIERRO

Fecha: 1 de marzo de 1896. - Compuesta para: sor María de San José, a

petición suya (?) para su santo. - Publicación: HA 98, siete versos

corregidos. - Melodía: Mignon regrettant sa patrie.

Sin fijarse en los problemas psicológicos de su compañera (igual que

Jesús lo hace con ella, ella olvida también la «inmensa miseria» de esta

hermana), Teresa no habla más que de «amor» a esta discípula de buena

voluntad, de la que pronto será «segunda» en la lavandería.

El poema es pobre, aunque resulte precioso saber que Teresa vive al pie

de la letra lo que canta en nombre de la destinataria del mismo.

P 19 GLOSA A LO DIVINO

Compuesta por N.P. san Juan de la Cruz y puesta en verso por la más

pequeña de sus hijas para la profesión de su querida hermana sor María

de la Trinidad y de la Santa Faz.

«Sin arrimo y con arrimo,

sin luz y a oscuras viviendo,

toda me voy consumiendo».

1 Al mundo, ¡oh dicha suprema!,

yo le di un eterno adiós...

... Elevándome sobre él,

mi corazón ya no tiene

fuera de Dios otro arrimo.

Y voy a decir ahora

lo que, cerca de él, estimo:

es ver que mi corazón

y mi alma viven ya

con arrimo y sin arrimo.

2 Y aunque padezco sin luz

en este vivir de un día,

en la tierra, por lo menos,

poseo al Astro celeste

del Amor.

En el camino que sigo

los peligros no me faltan.

Pero por amor yo quiero

vivir sin luz y en destierro.

3 El amor, tengo experiencia,

el bien y el mal que halla en mí

lo aprovecha, ¡qué poder!,

y mi alma transforma en sí.

Y este fuego que arde en mí

penetra mi alma sin tregua.

Por eso, en su llama viva

toda me voy consumiendo

en el amor y de amor.

30 de abril de 1896.

Teresa del N. Jesús y de la S. Faz

rel. carm. ind.

NOTAS P 19 - GLOSA A LO DIVINO

Fecha: 30 de abril de 1896. - Compuesta para: sor María de la Trinidad,

para su profesión. - Publicación: HA 98, seis versos corregidos. - Melodía:

ninguna indicación.

Nadie como María de la Trinidad ha hablado del amor de su maestra a su

Padre san Juan de la Cruz, del cual Teresa traslada aquí, a veces

literalmente, la Glosa a lo divino según la traducción de las carmelitas de

París.

»Por amor yo quiero»: he aquí su respuesta heroica ante las pruebas más

fuertes. Ayer, en aquel gran dolor familiar («Querer todo lo que Jesús

quiere, Cta 87); hoy, al entrar en la noche «sin luz y en las tinieblas»;

pronto, enfrentada con la última agonía («Sí, Dios mío, todo lo que

quieras», CA 30.9). Tal es la fuerza del Amor.

Semejante contexto confiere a este breve poema, por lo demás muy

parecido a su modelo, un autenticidad y una intensidad realmente

conmovedoras. Pero Teresa es la única que conoce por entonces su

significado, pues vive su prueba «en silencio y esperanza».

Al entregárselo a su destinataria, el día de su profesión, únicamente le

señala «el pensamiento que a ella más le gusta (...): que el amor sabe

sacar provecho de todo: del bien y del mal que encuentra en nosotros»

(estr. 3-4; cf Cta 142 y Ms A 83rº). Esta certeza es el potente motor de su

carrera por el «caminito». Las faltas de una joven carmelita todavía débil,

la prueba purificadora de una santa que camina hacia su final, todo puede

ser asumido y superado por una confianza absoluta en el «Amor

consumidor y transformante» (Cta 197, eco del último verso de san Juan

de la Cruz).

P 20 CÁNTICO DE SOR MARÍA DE LA TRINIDAD Y DE LA SANTA FAZ

Compuesta por su hermanita sor T. del N.J.

1 Jesús, al desterrarte a nuestra tierra,

movido por tu amor,

por mí tú te inmolaste.

Toma mi vida entera, Amado mío,

yo sufrir por ti quiero,

quiero morir por ti.

E. 1 Tú mismo, mi Señor, nos lo dijiste:

«Nadie puede hacer más por los que ama

que por ellos morir».

Pues bien: mi amor supremo

eres tú, mi Jesús.

2 Se hace ya tarde, el día ya declina,

ven, Señor, a guiarme en el camino.

Con tu cruz voy trepando

por la colina arriba.

Quédate aquí conmigo,

peregrino celeste.

E. 2 En mi alma tu voz encuentra un eco,

quiero a ti parecerme.

reclamo el sufrimiento.

Tu palabra encendida me quema el corazón.

3 Tuya es para siempre la victoria,

y extasiados los ángeles la cantan.

Antes de entrar en la celeste gloria,

el Dios-Hombre tenía que sufrir.

E. 3 ¡Cuántos desprecios por mi amor sufriste

en tierra extraña!

También yo quiero oculta y despreciada

vivir y ser en todo

la última por ti.

4 Tu ejemplo, Amado mío,

a abajarme me invita y a despreciar honores.

Para encontrarte, quiero

permanecer pequeña.

Olvidándome a mí

tu dulce corazón cautivaré.

E. 4 No ambiciono otra cosa

que en soledad vivir, donde encuentro

mi paz y mi alegría.

En complacerte es sólo mi ejercicio

y mi felicidad... eres tú, mi Jesús.

5 Tú, el Dios inmenso, a quien rendido adora

el infinito cielo,

vives dentro de mí,

hecho mi prisionero noche y día.

Tu dulce voz me implora

y a cada instante me repite quedo:

«¡Yo tengo sed! ¡Yo tengo sed de amor!»

E. 5 Yo también soy, Jesús, tu prisionera,

y a mi vez quiero repetirte siempre

tu emocionada imploración divina:

«Amado mío, hermano,

¡yo tengo sed de amor!»

6 Yo tengo sed de amor, colma mis esperanzas

y aumenta en mí, Señor, tu llama viva.

Yo tengo sed de amor, mi sufrimiento es grande,

a ti volar quisiera... ¡a ti, Dios mío...!

E. 6 Tu amor es mi martirio, mi único martirio.

Cuanto más él se enciende en mis entrañas,

tanto más mis entrañas te desean...

¡¡¡Jesús, haz que yo muera

de amor por ti...!!!

NOTAS P 20 - CÁNTICO DE SOR MARÍA DE LA TRINIDAD Y DE LA

SANTA FAZ

Fecha: 31 de mayo de 1896. - Compuesta para: sor María de la Trinidad,

en su santo. Publicación: HA 98 (bajo el título «Tengo sed de amor»), seis

versos corregidos. - Melodía:ninguna indicación.

Esta poesía, de ritmo vibrante, es una especie de diálogo místico, en el

que se puede percibir como en una transparencia la voz de Jesús y la

respuesta de Teresa, y que deja una impresión bastante dramática que

expresa muy bien el título elegido para su publicación en la Histoire d'une

âme: «Tengo sed de amor».

Teresa sabe que su muerte está próxima, y la noche desciende sobre su

alma. Pero Jesús «está con ella» en el oscuro camino, en esa subida a «la

colina» del Calvario. Y como a los peregrinos de Emaús, a ella también le

dice: «¿No era necesario que el Mesías padeciera para entrar en su

gloria?» Y su «palabra encendida quema el corazón» de Teresa. Para ella

no habrá otro camino: el amor y la muerte. Por eso, «reclama» el

sufrimiento: primero el «desprecio», en el cual el «caminito» garantiza al

alma que se parecerá a Jesús; la «sed» del Crucificado, «sed de amor»

inextinguible, que implora como en un estertor y que despierta en ella una

sed semejante a la de él; y finalmente, el «martirio de amor», que repite

incansablemente la última estrofa, patética como un preanuncio de la

agonía de Teresa. En ella se pueden leer, a la vez, el amor más absoluto y

la angustia, una esperanza apasionada rayana en la desesperanza.

Esta estrofa apasionada y su estribillo, en su expresión llameante y

dramática, hace pensar en la Llama de amor viva de Juan de la Cruz: «Las

profundas cavernas del sentido» (Explicación del v. 3 de la 3ª canción).

P 21 MI CIELO

Festividad del Ssmo. Sacramento

7 de junio de 1896.

1 Para poder soportar el destierro

de este valle de lágrimas,

de mi amado Salvador necesito la mirada.

Esa mirada divina, llena de amor, me revela

sus inefables encantos, nuncios de la dicha eterna.

Y mi Jesús me sonríe cuando por él suspiro,

y entonces ya no siento la prueba de la fe.

La mirada de mi Dios y su inefable sonrisa

¡son mi cielo para mí!

2 Mi cielo es atraer sobre las almas,

sobre mi Madre la Iglesia <1> y mis hermanos,

las gracias de Jesús y sus divinas llamas

que abrasan y que alegran del hombre el corazón.

Todo puedo obtenerlo cuando, allá en lo secreto,

a mi divino Rey le hablo,

corazón a corazón.

Esta íntima oración cerquita del santuario

¡es mi cielo para mí!

3 Mi cielo está escondido en la pequeña hostia

en que Jesús, mi Esposo, se oculta por amor.

Y de este divino horno quiero sacar mi vida,

mi Salvador está en él y me escucha noche y día.

¡Oh dichosísimo instante, cuando en tu inmensa ternura

vienes a mí, Amado mío, para transformarme en ti!

Esta inefable embriaguez y esta unión de corazones

¡son mi cielo para mí!

4 Mi cielo es sentir en mí la semejanza de Dios,

que con un soplo potente <2> a su imagen me creó.

Mi cielo es permanecer en su presencia divina,

y llamarla Padre mío, y ser y sentirme su hija.

En sus divinos brazos no temo la tormenta.

¡Es toda y mi sola ley el abandono completo <3>!

Dormitar sobre su pecho, muy cerquita de su cara

¡es mi cielo para mí!

5 Mi cielo yo lo he encontrado en la santa Trinidad,

que, prisionera de amor, habita en mi corazón.

Contemplando allí a mi Dios, yo le repito, sin miedo,

que quiero amarle y servirle hasta mi postrer aliento.

Es mi cielo sonreír a ese Dios al que adoro

cuando él se quiere esconder para probar mi fe.

Sonreír mientras espero a que él mi mire otra vez

¡es mi cielo para mí!

(Pensamientos de sor san Vicente de Paul,

puestos en verso por su hermanita sor Teresa

del Niño Jesús.)

NOTAS P 21 - MI CIELO

Fecha 7 de junio de 1896. - Compuesta para: sor San vicente de Paul, a

petición suya. Publicación: HA 98, tres versos corregidos. - Melodía: Himne

à l'Eucharistie.

Poesía algo melancólica, pero iluminada por una sonrisa y llena de

confianza, sin duda para responder a los «pensamientos» de la

destinataria. La «mirada llena de amor» de Jesús, el «corazón a corazón»

con él en una oración que se hace intercesión por la Iglesia, La «unión de

corazones» en la Eucaristía transformante, la «semejanza» filial, el

«abandono completo» en el Corazón del Padre, la inhabitación de la

«santa Trinidad» en el corazón amante van siendo cantados uno tras otro

en versos alejandrinos que a veces alcanzas una hermosa solidez.

Sin embargo, Teresa desliza en ellos discretamente (y con su propio

nombre), al principio y al final, una evocación de su propia «prueba de la

fe» (única mención en los escritos). Seguir, a pesar de todo, sonriendo al

Dios que se esconde («redoblar las ternuras», P 29,4; hacerle toda suerte

de cumplidos», CA 6.7.3): ésta será su respuesta hasta el último atardecer.

<1> Primera vez que aparece esta expresión que hará famosa el Ms B 3vº y

4vº.

<2> Sólo aquí se encuentra esta bella expresión -soplo-, que para Teresa es

siempre sinónimo de suavidad y frescor primaveral.

<3> Esta palabra no había vuelto a aparecer en las Poesías desde P 2 (de

abril de 1894); la encontraremos luego en siete ocasiones (PN 38; P 26,

28, 34).

P 22 LO QUE PRONTO VERÉ POR VEZ PRIMERA

Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús

12 de junio de 1896.

1 Me encuentro en tierra extranjera

todavía, mas presiento

la futura, eterna dicha.

Quisiera dejar la tierra

para contemplar de cerca

las maravillas del cielo.

Soñando en aquella vida,

no siento de mi destierro

ni el peso ni la medida.

Pronto volaré, Dios mío,

hacia mi única patria,

¡volaré por vez primera!

2 Dame, Jesús, blancas alas

para emprender hacia ti,

rauda y alegre, mi vuelo.

Quiero verte, mi tesoro,

quiero volar a las playas

eternas de tu azul reino.

Quiero volar a los brazos

maternales de María,

y descansar en su trono,

que para mí es su regazo,

y de mi Madre querida

el dulce beso de amor

¡recibir por vez primera!

3 No tardes en descubrirme,

¡oh, mi Amado!, la dulzura

de tu primera sonrisa.

Cumple mi ardiente delirio <1>,

déjame estar escondida

en tu corazón divino.

¡Oh dichosísimo instante,

oh felicidad cumplida,

cuando escuche el dulce acento

de tu voz, y cuando pueda

de tu rostro el claro brillo

contemplar por vez primera!

4 Lo sabes bien, mi martirio,

mi único y solo martirio,

¡oh Corazón de Jesús!,

es tu amor, y si suspiro

por verte pronto en el cielo,

es para amarte, que amarte

más y más cada vez quiero.

En el cielo, emborrachada

dulcemente de ternura,

yo te amaré sin medida,

Jesús, te amaré sin ley.

Y esta mi felicidad

constante y eternamente

me parecerá tan nueva

¡como la primera vez!

La hermanita del Niño Jesús.

NOTAS P 22 - MI ESPERANZA

Fecha: 12 de junio de 1896. - Compuesta para: sor María del Sagrado

Corazón, a petición suya para su cumpleaños. - Publicación: HA 98 (bajo

el título «Mi esperanza»), seis versos corregidos. - Melodía: ninguna

indicación.

»Pronto, volar, ver, amar»: éste es el deseo apasionado de Teresa en junio

de 1896, lo que exige su amor, lo que ella «quiere». Hace un mes, la

Venerable madre Ana de Jesús, que la visitó en sueños, le dijo: «Sí,

pronto, pronto, te lo prometo».

Este sueño -«rayo de gracia en medio de la más oscura tormenta»-

encuentra un eco en esta poesía, llena de fervor, movida, orientada hacia

el más allá, y con un cierto grado de angustia o de melancolía subyacente.

El «pronto, pronto» que Teresa repite con verdadera alegría aviva el deseo

de rasgar los velos. «Pronto» no son alas de paloma lo que ella pide, como

el salmista, para «volar y descansar», sino «las propias alas del Aguila

divina» (Ms B 5vº). Y «pronto» podrá ver.

La «sonrisa», el «corazón» el «rostro» del Amado: es un amor a la vez

humano y sobrenatural el que aquí se expresa. Un amor que es fuente de

«martirio», y hay que darle toda su fuerza a esta palabra que brota de

manera espontánea (estr. 4). Teresa, cual esposa impaciente, sufre un

verdadero martirio por causa de su amor a Jesús que aún no puede

abrirse en plenitud en su presencia. Y ya sólo suspira ardientemente por

ese cielo en donde podrá «amar sin medida y sin ley» (nótese la fuerza de

la expresión).

<1> Palabra rara en Teresa, que confirma el tono apasionado de esta

estrofa.

<2> Reproche afectuoso a Jesús por dejarla tanto tiempo «en tierra

extrajera», su «único martirio», pues, en su comparación, los sufrimientos

de aquí abajo nada cuentan para Teresa: no es el deseo de verse liberada

de ellos lo que la hace «suspirar» por el cielo.

P 23 ARROJAR FLORES

1 Jesús, Amado mío,

al pie de tu calvario

quiero, todas las tardes,

arrojarte mis flores,

deshojarte mi rosa

-mi rosa primavera <1>-

y enjugar con sus pétalos

tu llanto <2>, mi Señor.

E. 1 ¡Arrojarte mis flores,

ofrecerte en primicia

sacrificios pequeños,

mis suspiros más leves,

mis dolores más hondos,

y mi dicha y mis penas...,

arrojarte mis flores <3>

y mi rosa, Señor!

2 De tu inmensa belleza

se ha prendado mi alma <4>.

Yo quiero prodigarte

mis flores y perfumes,

por tu amor arrojarlos

sobre el ala del viento

e inflamar corazones

para ti, mi Señor.

E. 2 Y cuando sufro y lucho <5>

por salvar pecadores,

arrojarte mis flores.

Mis flores son el arma

que me da la victoria.

Te desarmo y te venzo

con mis flores, Señor.

3 Mis flores con sus pétalos

acarician tu rostro

y te dicen que es tuyo

todo mi corazón.

De mi rosa en deshoje

tú entiendes el lenguaje,

miras y le sonríes

a mi amor tú, Señor.

E. 3 ¡Arrojarte mis flores,

repetir mi alabanza

es mi única alegría,

es todo mi placer

en este oscuro valle

de sombras y de lágrimas!

Al cielo pronto iré,

con los pequeños ángeles

iré a arrojarte flores

¡mis flores, oh Señor!

NOTAS P 23 - ARROJAR FLORES

Fecha: 28 de junio de 1896. - Compuesta para: la madre Inés de Jesús

para su santo (Paulina). - Publicación: HA 98, tres versos corregidos. -

Melodía: Oui, je le crois, elle est immaculée.

Todas las noches del mes de junio de 1896, Teresa y las cinco jóvenes

novicias se reúnen alrededor de la cruz de granito del patio. Recogen los

pétalos que han caído de una veintena de rosales y los arrojan al Crucifijo.

Este rito simbólico acaba gustándole a la madre Inés de Jesús.

A pesar de algunos aciertos, el texto no tiene mayores pretensiones

poéticas. Su gracia virgiliana, la ternura de la expresión, el encanto de las

imágenes pueden llamar un poco a engaño acerca de la fuerza real del

símbolo, tan rico de por sí en el caso presente. Tal vez se sienta también

excitada la sensibilidad del lector a causa de los estereotipos asociados a

esa imagen de Teresa («arrojar flores», «rosa deshojada» «angelitos»),

para la que este poema es uno de los lugares privilegiados. Sería una

pena que esto nos llevase a despreciar una poesía que es esencial en el

repertorio teresiano, tanto más cuanto que ese símbolo de arrojar flores

hunde sus raíces en la infancia de Teresa (Ms A 17rº).

La última etapa de toda su vida de amor la cantará nuestra carmelita en

Una rosa deshojada (P 33). El anuncio floreado de su misión póstuma,

«una lluvia de rosas» (CA 9.6.3) desvela -o, mejor, no debería velar- la

única pretensión de Teresa para el cielo y en la tierra: amar a Jesús y

hacerlo amar.

<1> Teresa cita estos cuatro versos en CA 14.9.1. La «rosa primavera» es

entonces ya ella misma, a quince días de la muerte.

<2> Un deseo muy antiguo en Teresa (cf Cta 74, 95, 115, 134), un gesto

que se asemeja al de la Verónica (cf Cta 98).

<3> Cf Ms B 4rº/vº y CA 6.8.8.

<4> Es ésta la primera de las once veces que se menciona la lucha en las

Poesías en las Recreaciones Piadosas hasta marzo de 1897; cf Poésies,

II, p. 260. Casi todas ellas tienen miras apostólicas. Este vocabulario

guerrero es un débil eco de la obra teatral de índole muy combativa El

triunfo de la humildad (RP 7), que había sido representada unos días antes

(21/6/1896).

P 24 SÓLO JESÚS

1 Mi corazón ardiente quiere darse sin tregua,

siente necesidad de mostrar su ternura.

Mas ¿quién comprenderá

mi amor, qué corazón

querrá corresponderme?

En vano espero y pido

que nadie pague con amor mi amor.

Sólo tú, mi Jesús,

eres capaz de contentar mi alma.

Nada puede encantarme aquí en la tierra,

no se halla aquí la verdadera dicha.

¡Mi única paz, mi amor, mi sola dicha

eres tú, mi Señor!

2 Tú supiste crear un corazón de madre,

por eso encuentro en ti

al más tierno y amable de los padres.

¡Oh, Jesús, mi único amor, Verbo eterno!,

tu corazón es para mí más dulce

que el corazón más dulce de una madre.

A cada instante y paso

me sigues en mis pasos y me guardas.

Cuando te llamo, acudes prontamente.

Y si, tal vez, parece que te escondes,

tú mismo vienes en mi ayuda luego

para poder buscarte.

3 En ti solo, Jesús, mi afición pongo,

corro a tus brazos, a esconderme en ellos.

Como un niño pequeño quiero amarte,

como un bravo soldado luchar quiero.

Como un niño, te colmo de caricias,

y de mi apostolado en la palestra

como un guerrero a combatir me lanzo...

4 Tu corazón divino,

que guarda y que devuelve la inocencia,

no es capaz de frustrar mis esperanzas.

En ti, Señor, reposan mis deseos:

después de este destierro,

al cielo a verte iré.

Cuando la tempestad se alza en mi alma,

levanto a ti mis ojos,

y en tu tierna mirada compasiva

yo leo tu respuesta:

«¡Hija mía, por ti creé los cielos!»

5 Yo sé que mis suspiros y mis lágrimas

ante ti están y te encantan, mi Señor.

Los serafines forman en el cielo

tu corte, y sin embargo

tú vienes a buscar mi pobre amor...

Quieres mi corazón, aquí lo tienes,

te entrego enteros todos mis deseos.

Y por ti, ¡oh mi Rey y Esposo mío!,

a los que amo seguiré yo amando.

NOTAS P 24 - SÓLO JESÚS

Fecha: 15 de agosto de 1896. - Compuesta para: sor María de la

Eucaristía, a petición suya, para su cumpleaños y para el primer

aniversario de su entrada en el Carmelo. - Publicación: HA 98, dos versos

corregidos. - Melodía: Près d'un berceau.

Teresa descuella por su capacidad de ponerse en el lugar de los demás,

sin dejar de ser, cuando habla, plenamente ella misma. En Sólo Jesús es

fácil, ciertamente, reconocer a la gran enamorada de Jesús en ese verano

de 1896; pero se puede leer también ahí, con la misma facilidad, una

biografía espiritual de María de la Eucaristía.

En esa época, Teresa está viviendo unas semanas de un extraordinaria

densidad espiritual. Su «noche», sin ser tan oscura como llegará a serlo en

1897, la lanza con mayor fuerza que nunca hacia la persona de Jesús. El 6

de agosto, se había consagrado a la Santa Faz (junto con dos novicias) en

una plegaria totalmente impregnada de amor (Or 12). Combatiente con el

P. Roulland, que acaba de partir para China, descubre en Isaías, con

nuevas tonalidades, los hermosos textos de la infancia espiritual (cf Cta

196). Aspira cada vez más a «amar como un niñito». En su interior bulle un

número incalculable de deseos vehementes y bien probados que logra

integrar en la sencillez de una única vocación (cf Ms B).

El poema habla el lenguaje del amor humano, al estilo del Cantar de los

Cantares. Por uno de esos cambios bruscos de dirección, tan propios de

Teresa, la última estrofa incita a una actitud completamente distinta a la del

punto de partida. Al comienzo, la criatura proponía su amor como para la

galería: «¿Quién comprenderá?», «¿Qué corazón querrá?». Ahora

descubre un corazón de una ternura mucho más desbordante aún que el

suyo: un amor que se hace pobre, pedigüeño, que «mendiga» los suspiros

y las lágrimas de su criatura. A un amor así no se puede resistir, hay que

entregarse por entero.

El amor a «Jesús solo» es el programa que Teresa propone a la

generosidad de María de la Eucaristía, a medio camino entre el

«descanso» del primer cántico que compone para su prima (P 13) y el

violento «combate» del de su profesión (P 32). La antítesis «niñoguerrero

» queda por la grafía cursiva que Teresa reserva para las palabras

importantes. El vocabulario es el del Ms B 2vº y el de Cta 194.

NOTAS P 25 - LAS SACRISTANAS DEL CARMELO

Fecha: principios de noviembre de 1896. - Compuesta para: sor María

Filomena de Jesús, a petición suya, y las demás sacristanas. - Publicación:

HA 98, cinco versos corregidos. - Melodía: ninguna indicación.

Evocaríamos aquí gustosos algo parecido a la escala de Jacob, para

expresar ese intercambio misterioso entre el cielo y la tierra, cuyos agentes

incansables son las sacristanas, y que viene expresado en unas estrofas

llenas de ternura.

Ternura callada de la «mujer de su casa», por así decirlo: esposa «más

feliz que una reina», cuyo corazón está siempre atento a su esposo,

mientras sus manos trabajan diligentemente por él. Ternura callada

también la de la carmelita, asociada al apóstol desde el lugar que a ella le

corresponde, el de acompañante escondida. En uno y otro caso,

compañera que se ha hecho semejante al hombre a quien ayuda.

A estas señas responde perfectamente la primera destinataria de la

poesía, sor María Filomena, que ha pedido a su antigua compañera de

noviciado que le componga unas coplillas para cantarlas en la soledad.

En un tono sumamente sencillo, la segunda parte (estr. 7-10) ofrece una

respuesta al aparente desafío del Manuscrito B. Allí Teresa proclamaba,

entre otros ardientes anhelos, su deseo de ser sacerdote, deseo

irrealizable debido a las circunstancias. Aquí canta su forma concreta de

tomar parte sin demora en la «sublime misión del sacerdote».

«Transformada» en Jesús por la eucaristía, «convertida» en él, ¿no acaba

siendo «otro Cristo», como entonces les gustaba definir al sacerdote? Y va

describiendo la parte que ella tiene en la misión, en la penitencia, en la

eucaristía.

Por lo tanto, ningún complejo de inferioridad frente a los «hombres», frente

a los sacerdotes. Pero tampoco la más mínima presunción: para Teresa,

quien actúa es Jesús, con la colaboración de los hombres... Y de las

mujeres.

Una bella imagen para concluir este hermoso poema: el copón se dilata

hasta alcanzar las dimensiones infinitas del cielo, que no solamente está

«poblado» de elegidos (p 15,16, sino incluso «lleno». No hay «sitios

vacíos» (cta 135). Teresa va a «luchar por ello sin tregua ni descanso» (p

29,6). Ni siquiera en el cielo habrá reposo hasta que esté «completo el

número de los elegidos» (CA 17.7).

P 26 AL NIÑO JESÚS

1. Tú, Jesús, me conoces,

tú mi nombre conoces, y me llamas

con la dulce mirada de tus ojos…

Ellos me comunican tu palabra:

«Simple abandono, conducir yo quiero,

mi amada, tu barquilla».

2. Y con tu voz de niño, ¡oh maravilla!,

sólo con tu voz débil,

calmas el mar rugiente,

pones paz en el viento.

3. Si mientras brama la tormenta, ¡oh Niño!,

tú te quieres dormir,

posa tu linda cabecita blonda

sobre mi corazón.

4. ¡Qué encantador sonríes cuando duermes!

Con mi canto más dulce

yo meceré tu cuna tiernamente,

¡Oh hermoso Niño mío!

NOTAS P 26 - AL NIÑO JESÚS

Fecha: diciembre de 1896. - Compuesta para: sor María de San José, a

petición suya. - Publicación: HA 98 (con el título de «Al Niño Jesús»), tres

versos corregidos. - Melodía: Où vas-tu quand tout est noir?

Una vez más, una poesía hecha por encargo, en la que Teresa juega al

equilibrio entre el «niño» y la «tormenta», y luego Jesús que calma la

tempestad... El niño que duerme (o, mejor, que no duerme...) durante la

tormenta forma parte de los arquetipos de la infancia. Mientras tanto,

Jesús quiere dormir, como más tarde en la barca... Un juego sutil.

Este dulce encantamiento es especialmente apropiado para la destinataria,

una compañera de carácter tormentoso que Teresa se ha propuesto

domesticar. Pues esta mujer tan dura es a la vez como la manteca, y unas

pocas palabras infantiles logran desarmarla mejor que mil razonamientos.

Y unas coplillas como éstas podían transformar un mar tempestuoso... en

madre mimosa que meza «tiernamente» la «cabecita rubia» del Niño que

se entrega a ella para llevarla a entregarse a él.

P 27 LA PAJARERA DEL NIÑO JESÚS

1 Para los desterrados de la tierra

Dios creó los graciosos pajarillos.

Ellos van gorjeando su plegaria

por bosques, valles, montes y laderas.

2 Los traviesos y alegres rapazuelos,

tras de escoger algunos preferidos,

los cazan y aprisionan

en lindas jaulas de doradas rejas.

3 ¡Oh Jesús, hermanito!,

tú abandonaste el cielo por nosotros,

pero sabes muy bien que es el Carmelo

Niño divino, tu bella pajarera.

4 Amamos nuestra jaula,

sin ser ella dorada.

Nunca de su prisión escaparemos

ni a la llanura azul ni al bosque oscuro.

5 Jesús, los bosques de este mundo

no pueden contentarnos.

En la profunda soledad queremos

cantar para ti solo.

6 Es tu blanca manita

la que orienta y atrae nuestro vuelo.

¡Qué bellos son, oh Niño, tus encantos!

En tu sonrisa quedan,

cautivos de su luz, los pajarillos.

7 Aquí el alma sencilla, pura y cándida

halla el motivo exacto de su amor.

Aquí la blanca y tímida paloma

no teme ya el ataque del buitre carnicero <1>.

8 En alas de una cálida plegaria

el corazón se eleva como alondra ligera,

como alondra que sube cantando

y sube altísima.

9 Se escucha aquí el gorjeo

del reyezuelo y del pinzón alegre.

Niño Jesús, tus pajarillos cantan,

en su jaula, tu santo y dulce nombre.

10 Vive siempre cantando el pajarillo,

su pan no le preocupa,

ni siembra ni recoge,

y un granito de mijo le contenta.

11 Y como al pajarillo,

en nuestra pajarera

todo, Divino Niño, nos viene de tu mano.

Sólo una cosa es necesaria, una,

y esta cosa es amarte.

12 Por eso, con los puros espíritus del cielo

contamos noche y día tus glorias y alabanzas.

Y sabemos con cuánto amor los ángeles <2>

nos miran a nosotras,

tus pobres pajarillos del Carmelo.

13 Para enjugar las lágrimas

que te hacen derramar los pecadores,

tus pajarillos cantarán tus gracias,

y el dulce canto de tus avecillas

te atraerá corazones.

14 Un día, lejos de la triste tierra,

al escuchar tu voz y tu llamada,

desde tu pajarera

tus pajarillos volarán al cielo.

15 Y allí, con las falanges

de pequeños y alegres querubines,

eternamente, Niño,

cantaremos tus glorias.

NOTAS P 27 - LA PAJARERA DEL NIÑO JESÚS

Fecha: Navidad de 1896. - Compuesta espontáneamente para la

comunidad en la noche de Navidad. Publicación: HA 98, cuatro versos

corregidos. - Melodía: Au Rossignol.

Una hermosa imagen es el punto de partida de esta «Navidad de los

pájaros» que estira un poco demasiado la comparación entre la pajarera y

el Carmelo. Pero para la recreación de un fiesta como Navidad, bien puede

permitirse algún exceso... Cada pájaro canta aquí en su propio registro: la

paloma, la alondra, el reyezuelo, el pinzón. Al igual que los pájaros del

Evangelio, «que no siembran ni siegan», la carmelita lo recibe «todo de la

mano» de Jesús; de ahí su alegría y su abandono y su consagración a «la

única cosa necesaria, amar». Al final, todos los pájaros, ya libres, «volarán

al cielo», en donde continuarán su canto de alabanza.

Diez años antes, una pajarera adornaba la «pobre buhardilla» de Teresa

(Ms A 42vº); en el Carmelo, los pájaros seguirán poblando sus sueños (Ms

A 79rº); en el verano de 1896, con el Ms B, el valor simbólico del pájaro

adquiere una nueva dimensión: será la señal por excelencia de la unidad

dinámica, y aun cuando «no esté en su poder el volar», como el pájaro es

canto tanto como vuelo, ni siquiera en el mismo corazón de la tormenta -

las pruebas del cuerpo y del alma- Teresa renunciará a cantar (estr. 10; cf

34,15 y Ms B 5vº).

<1> Cf Ms B 5vº y P 2,53-54.

<2> Cf Ms B 5rº/vº.

P 28 A MIS HERMANITOS DEL CIELO

«El que sea pequeñito

que venga a mí» (Proverbios)

1 Venturosos pequeñines, ¡con qué amor, con qué ternura,

en otro tiempo Jesús, el Rey del cielo, os bendijo,

y de caricias y besos vuestras frentes jubilosas

él colmó!

De todos los inocentes erais vosotros figura,

y adivino las riquezas y los gozos que en el cielo,

sin medida, a manos llenas,

os dará vuestro Jesús,

Rey de reyes.

2 Contemplasteis los encantos y las bellezas del cielo,

inmensas e innumerables,

antes de haber conocido las tristezas y amarguras

del destierro,

¡lirios blancos

pequeñitos!

¡Oh capullos perfumados,

en la virgen luz del alba <1> cortados por el Señor...!

El dulce sol del amor que vuestras tiernas corolas

un día hizo estallar <2>

¡fue, sin duda, su divino

corazón!

3 ¡Oh que inefables cuidados y qué exquisitas ternuras,

cuánto amor,

oh niños recién nacidos,

os prodiga aquí en la tierra

la Iglesia, que es nuestra Madre!

En sus brazos maternales fuisteis a Dios ofrecidos

como cándidas primicias.

Eternamente seréis del hermoso y azul cielo

las delicias.

4 Componéis vosotros, niños,

el cortejo virginal que sigue al dulce Cordero,

y podéis cantar también

-¡asombroso privilegio!-

el cántico de las vírgenes

canto nuevo.

Sin combatir ni luchar como los conquistadores,

su misma gloria alcanzasteis:

el Salvador os ganó la victoria y la corona,

¡oh graciosos

vencedores!

5 No luce en vuestras cabezas luz de brillantes preciosos,

sólo el reflejo dorado de vuestros sedosos bucles,

que a los bienaventurados

embelesa...

¡Todo es vuestro <3>, los tesoros de todos los elegidos,

sus palmas y sus coronas!

En el cielo, sus rodillas <4> son vuestros más ricos tronos,

¡niños santos!

6 Junto a los angelitos jugáis al pie del altar,

vuestros cantos infantiles, ¡oh encantadoras ras falanges!,

son el encanto del cielo,

¡dulce encanto!

Dios os cuenta cómo hizo los pájaros y los vientos <5>

y las rosas.

Ningún genio hay en la tierra que sepa lo que vosotros,

pequeñines.

7 Alzando del firmamento el velo azul, misterioso,

cogéis en vuestras manitas <6> las estrellas de mil luces.

Cuando cruzáis el espacio, a vuestro paso dejáis

una hermosísima estela

argentada.

Cuando miro por la noche la brillante Vía Láctea,

me parece en ella veros

a vosotros.

8 A los brazos de María corréis tras de vuestros juegos,

y escondiendo vuestras rubias cabecitas infantiles

bajo su velo estrellado,

os dormís...

Gusta el inmenso Señor,

¡oh pequeños traviesillos!, de vuestra infantil audacia:

¡os atrevéis a llenar de besos y caricias <7>

su augusta, adorable faz!,

¡qué favor!

9 El Señor me dio en vosotros, dulces santos inocentes,

un acabado modelo.

Yo quiero en la tierra ser

vuestra imagen,

niños míos

pequeñitos.

Ayudadme a conseguir las virtudes de la infancia:

me encanta vuestro candor,

vuestro abandono perfecto y vuestra amable inocencia

cautivan mi corazón.

10 ¡Oh, mi Señor, tú conoces estos ardientes deseos

de mi alma desterrada!

Lirio hermoso de los valles,

para ti segar quisiera lirios henchidos de luz...

Busco y quiero para ti capullos de primavera,

el agua de tu bautismo <8> vierte sobre ellos, Señor,

¡y luego ven a cortarlos!

11 Quiero aumentar la falange de los santos inocentes,

mi alegría y mis dolores cambio por almas de niños.

¡Oh Rey de los elegidos!,

quiero <9> entre esos inocentes tener también yo mi

puesto:

como ellos quiero besar tu dulce rostro, Jesús,

en el cielo.

NOTAS P 28 - A MIS HERMANITOS DEL CIELO

Fecha: 28 de diciembre de 1896. - Compuesta: espontáneamente para ella

misma. - Publicación: HA 98 (con el título de «A mis hermanitos del cielo,

los Santos Inocentes»), cuatro versos retocados, - Melodía: La rose

mousse, o bien Le fil de la Vierge.

Desde el verano de 1896, en que descubre los textos más bellos sobre la

infancia, Teresa piensa mucho en los Inocentes. Durante sus ejercicios

espirituales del mes de septiembre, pinta, en dos ejemplares, una

estampa-recuerdo de sus cuatro hermanitos y hermanitas muertos de

niños. Al dorso, escribe unos versículos de la Sagrada Escritura

sumamente significativos (cf Est 5 y 6). A la luz de estos versículos, las

estrofas de esta poesía proclaman la misericordia gratuita, incluso

escandalosa, que Dios ha desplegado en favor de unos niños que nunca

llegaron al uso de razón y para los que «el Salvador», y sólo él, «ganó la

victoria». Diez años antes, sus «hermanitos del cielo» habían liberado a

Teresa del tormento de los escrúpulos (Ms A 44rº); hoy su ejemplo la salva

de la angustia de las «manos vacías» (CA 23.6).

En un exceso de amor (Ms A 4vº), Teresa llegará incluso a «desear la

muerte» a muchos niños bautizados; pero no, en primer lugar, «para que

vayan al cielo», sino para ofrecer a Jesús esas «frescas flores abiertas»

que son las que él prefiere....

Nótese que Teresa no se deja engañar por su imaginería,un poco

exagerada (cf Ca 21/26.5.9); esas flores, esos niños y ese mundo estelar

pretenden trasladarnos a un mundo espiritual, radiante de frescor, de luz y

de alegría.

<1> El tema de esta poesía no es el de unos niños mártires: es Jesús, y no

el perseguidor, quien corta sus lirios. La referencia de HA 98 a los Santos

Inocentes es, pues, inexacta.

<2> Cf Cta 124.

<3> Cf Cta 182, que remita a la Oración del alma enamorada de san Juan

de la Cruz.

<4> Para Teresa y Celina, habrá algo mucho mejor que las «rodillas» de los

elegidos: las del propio Jesús... Cf Cta 211+, un billete contemporáneo de

P 28; y P 11,54.

<5> Preciosa imagen poética para expresar la idea de que Dios concede su

reino a los pequeños y no a los sabios...

<6> Estas imágenes cósmicas son tanto más fuertes cuanto que se está

hablando de niños; cf RP 2,7rº.

<7> Cf Ca 5.7.3.

<8> Cf RP 2, 6vº.

<9> Teresa exige mucho en sus poesías (PN 12,8; P 10,5; 15,11; 18,4; PN

29,8; P 20,2; PN 35,4; P 24,1; PN 41,2; y aquí)...

P 29 MI ALEGRÍA

1 Hay almas en la tierra

que van, en vano, en busca de la dicha.

No es ése el caso mío:

yo llevo la alegría dentro del corazón.

No es una flor efímera, la tengo para siempre,

cada día me manda al alma su sonrisa,

lo mismo que una rosa de eterna primavera.

2 Soy, en verdad, dichosa en demasía,

hago siempre y en todo lo que deseo y quiero.

¿Cómo podría yo no estar alegre,

cómo ocultar mi júbilo?

Amar el sufrimiento es mi alegría,

sonrío cuando lloro.

Con gratitud escojo la espina entre mis flores <1>.

3 Cuando el azul del cielo se oscurece

y parece que el cielo me abandona <2>,

mi alegría es quedarme en medio de la sombra,

escondida y pequeña.

Mi alegría es cumplir siempre

la santa voluntad de mi Jesús,

mi único y solo amor.

Así, vivo sin miedo,

amo el día y la noche <3> por igual.

4 Mi alegría es ser pequeña, permanecer pequeña <4>,

así, si alguna vez en el camino caigo,

me levanto enseguida,

y mi Jesús me coge de la mano.

Y colmándole entonces de caricias,

le digo que él es todo para mí...

Redoblo mis ternuras cuando él se hurta a mi fe.

5 Mi alegría es esconder a mis hermanas,

cuando lloro, mis lágrimas,

que tiene el sufrimiento sus encantos

cuando velar sabemos con flores su aridez.

Quiero sufrir, mas sin decir palabra,

para que mi Jesús se sienta consolado,

que mi alegría es ver cómo él sonríe

mientras en el destierro está mi corazón.

6 Mi alegría es luchar siempre, sin tregua ni descanso,

por poder engendrar multitud de elegidos.

Es decir, con ternura y muchas veces,

a mi dulce Jesús:

«Por ti, hermano divino, sufro gozosamente.

Mi alegría en la tierra, mi única alegría,

es poder alegrarte».

7 Quiero seguir viviendo largo tiempo en la tierra,

si ése es tu deseo, mi Señor.

Quiero seguirte al cielo,

si te complace a ti <5>.

El fuego de la patria,

que es el amor,

sin cesar me consume.

¿Qué me importa mi vida? ¿Qué me importa la muerte?

¡Amarte, ése es mi gozo!

¡Mi única dicha, amarte...!

NOTAS P 29 - MI ALEGRÍA

Fecha: 21 de enero de 1897. - Compuesta para: la madre Inés de Jesús

por su santo. - Publicación: HA 98 («Mi paz y mi alegría»), catorce versos

corregidos. - Melodía: Où vas-tu, petit oisseau?

»Ahí está toda mi alma», dice simplemente Teresa al entregar Mi alegría a

la madre Inés para su cumpleaños, en unos momentos en los que va a

abordar los pasos más terribles de su prueba de la fe y pronto los de la

agonía. Tras una expresión y unas imágenes aparentemente ingenuas,

están en juego una actitud de fe y un combate místico, que se expresan

sin refinamientos artísticos pero sí con una intensidad interior y una fuerza

vital realmente sorprendentes. Cada palabra lleva una gran carga de

experiencia y de madurez, y el fluir de las estrofas nos lleva realmente a

penetrar en el «alma» de Teresa.

Este poema anuncia ya la famosa página de junio de 1897: «Tú, Señor,

me colmas de alegría con todo lo que haces» (MS C 7rº), aun cuando en

enero esta alegría sea aún un acto de fe dictado por la voluntad.

A Teresa no le basta con creer en la alegría, con aceptar el sufrimiento,

con esconder las lágrimas, con sonreir a Jesús que se empeña en

ocultarse: su alegría consiste en «luchar sin tregua ni descanso» para

engendrar nuevos elegidos. Esta breve indicación ayuda a embellecer todo

el poema: Teresa se deja escapar que todas sus paradojas y todas sus

antítesis ella ha sabido «velarlas con flores» y que su alegría se cifra en

una dura e incesante lucha avivada por el fuego del amor (estr. 6 y 7).

<1> En la segunda estrofa continúa el paisaje aparentemente idílico de la

primera, pero el interrogante de los versos 3 y 4 muestra ya lo que esta

alegría tiene, si no de forzado, sí al menos de voluntariamente querido. En

los versos 5-7 el velo se desgarra (cf Ms C 4vº y Ms A 4vº).

<2> La prueba de la fe; cf P 21,6-8.

<3> Verso de una gran valentía, que Teresa rubricará con toda su conducta

hasta la muerte. Tras la «noche de esta vida (PN 12,9,3; P 8,18,1), se

encuentra realmente en la noche más oscura: «noche de la tierra» (P

32,4,4), «noche de la fe» (P 36,15,12 y también 36,16,2).

<4> Cf Cta 141+ y PN 11,3,5; P 8,5; 20,4; 36,6; Ms C 3rº.

<5> Cf SAN JUAN DE LA CRUZ, Cántico Espiritual, explicación de las

canciones 20 y 21: «En el vivir y en el morir está conforme y ajustada con

la voluntad de Dios» [Cánt Esp B, 21-22, nº 11. N. del T.]; y Llama de amor

viva, explicación del verso «Acaba ya si quieres» [Ll A, 1,23. N. del T.]. En

las Ultimas Conversaciones hay numerosas observaciones sobre este

abandono de Teresa ante la vida o la muerte, porque «me gusta lo que él

hace» (CA 27.5.4).

P 30 A MI ÁNGEL DE LA GUARDA

1 ¡Oh mi glorioso guardián,

guardián del cuerpo y del alma,

que en el cielo estás brillando

hecho dulce y pura llama

junto al trono del Eterno!

Por mí bajas a la tierra

y me alumbras con tu luz,

te haces mi hermano, ángel bello,

mi amigo y consolador.

2 Conociendo que soy débil,

¡gran debilidad la mía!,

tú me coges de la mano <1>,

y te veo, conmovida,

apartar de mi camino

la piedra que lo entorpece <2>.

Me invita tu dulce voz

a no mirar más que al cielo.

Y cuanto mas pequeñita

y más humilde me ves <3>,

tanto más tu clara frente

irradia de puro gozo.

3 Tú que los espacios cruzas

más rápido que el relámpago,

vuela por mí muchas veces

al lado de los que amo.

Seca el llanto de tus ojos

con la pluma de tu ala,

y cántales al oído

cuán bueno es nuestro Jesús.

¡Oh, diles que el sufrimiento

tiene también sus encantos!

Y luego, murmúrales

quedo, muy quedo, mi nombre.

4 Yo quiero en mi breve vida

salvar a los pecadores <4>,

mis hermanos.

¡Oh ángel bello de la patria!,

dame tus santos ardores,

para que en el mismo fuego

que tú te abrasas me abrase.

Fuera de mis sacrificios

y de mi austera pobreza,

nada más tengo, ángel mío.

Unelo todo a tus gracias

y ofréceselo al Dios Trino.

5 Para ti la gloria, el reino,

las riquezas del que es Rey,

Rey de los reyes del mundo.

Para mí el Pan del sagrario

y el tesoro de la cruz.

Con la cruz y con la hostia,

y con tu celeste ayuda,

espero en paz la otra vida,

la felicidad del cielo,

que nunca terminará.

(A mi querida sor Filomena,

en recuerdo de su hijita,

Teresa del Niño Jesús y de la S.F.,

rel. carm. ind.)

NOTAS P 30 - A MI ÁNGEL DE LA GUARDA

Fecha: enero de 1897. - Compuesta espontáneamente, y más tarde

dedicada a sor María Filomena de Jesús. - Publicación: HA 98, tres versos

corregidos. - Melodía: Par les chants les plus magnifiques.

El tono de sereno fervor de este poema es característico de la última

época de su vida, menos visionaria y menos rodeada de consuelos

sensibles. Son muchos los temas que se esbozan, y el centro de poema lo

constituye la estrofa 3, en la que Teresa, a lo que parece, se considera ya

a sí misma en otro mundo.

Tras esas primeras estrofas, marcadas por la humildad, el tono glorioso

desemboca en un final casi exultante, al estilo de los salmos con esos

«Para ti... Para mí... Con... Con... Con...» al comienzo del verso, y con

esas palabras tan ricas: «Reino, Gloria, Riquezas», Rey de los reyes,

Sagrario, Cruz», con frecuencia rimando entre ellas [en el original francés,

naturalmente. N. del T.]. El final del caminito puede quedar escondido;

Teresa camina hacia él en la «paz», mientras va repitiendo esta letanía

gloriosa en la que se concentran en unos pocos versos una gran cantidad

de bienes eternos, de alegrías y «felicidad que nunca terminará».

<1> El ángel de la guarda es el compañero de Teresa a lo largo del

«caminito». Esta escena familiar nos trae inevitablemente el recuerdo la

niñez de Teresa cuando su padre la llevaba de la mano (cf Ms A 18rº; P 6,

estr. 6).

<2> Comparar con Ms A 38vº/39rº.

<3> La humildad adquiere en Teresa una tonalidad y unos nuevos

desarrollos a partir del verano de 1896 y sobre todo en 1897 bajo el yugo

de la prueba de la fe.

<4> Esta es la primera vez que Teresa designa a los «pecadores» como sus

«hermanos»; preludio de la «mesa de los pecadores»del Ms C 6rº. Ver

también P 36, estr. 4 y 20.

P 31 A TEÓFANO VÉNARD

Sacerdote de las Misiones Extranjeras,

martirizado en Tonkín

a los 31 años de edad.

1 Mártir angelical, ¡oh Teófano santo!,

los elegidos cantan tus loores,

y en los coros angélicos

el encumbrado serafín se siente

honrado de servirte.

No pudiendo mezclar en el destierro

mi voz con la sublime santa voz de los cielos,

quiero, al menos, tomar mi lira en tierra extraña

para cantar con ella tus virtudes.

2 Fue tu breve destierro como un canto muy dulce

que supo conmover los corazones.

Tu alma de poeta <1>

hacía, a cada instante, brotar flores,

flores para Jesús.

Y al elevarte a la celeste esfera,

hasta tu último canto

fue un canto juvenil de primavera.

Al morir, murmuraste:

«¡Yo, que soy un efémero,

me voy al cielo azul, voy el primero <2>!»

3 ¡Afortunado mártir, al borde del suplicio

tú gustaste la dicha de sufrir!

Sufrir por Dios te pareció delicia.

Tú supiste vivir y supiste morir

alegre y sonriente.

Cuando el verdugo quiso abreviar tu tormento,

replicaste enseguida:

«¡Cuanto más largos sean mi dolor y mi martirio,

mayor valor tendrán, estaré más contento <3>!»

4 ¡Oh lirio virginal!,

en la plena y hermosa primavera

de tu vivir

escuchó el Rey del cielo tu deseo.

Tú eres «la rosa abierta

que para su recreo cortó Dios» <4>.

Ya no estás desterrado,

los bienaventurados admiran tu esplendor.

Eres rosa de amor,

la inmaculada Virgen

de tu aroma respira la frescura.

5 Apréstame tus armas, ¡oh soldado de Cristo! <5>,

yo quiero aquí en la tierra,

por salvar a los pobres pecadores,

sufrir y combatir a la sombra de tu palma.

Dame tu protección, sostén mi brazo,

por ellos luchar quiero en incesante guerra

y tomar al asalto el reino de mi Dios.

El Señor a la tierra no vino a traer paz,

sino fuego y espada.

6 Yo amo esa playa infiel,

la que fue blanco de tu amor ardiente:

hacia ella volaría gozosamente yo,

si un día mi Jesús me lo pidiese.

Mas yo sé que a sus ojos se borran las distancias

y el universo entero es sólo un punto.

Mi flaco amor y mis pequeños sufrimientos,

bendecidos por El,

hacen amar a Dios más allá de los mares.

7 ¡Ah, si yo fuese flor de primavera

que cortar pronto mi Señor quisiera!

¡Oh, mi mártir glorioso, te conjuro,

baja del cielo a mí en mi postrer momento <6>!

Que de tu amor las llamas virginales

me abrasen en la vida,

y un día pueda ser yo de las almas

que forman tu cortejo...

NOTAS P 31 - A TEÓFANO VÉNARD

Fecha: 2 de febrero de 1897. - Composición espontánea. - Publicación: HA

98, diez versos corregidos. - Melodía: Les adieux du martyr.

«Mi alma se parece a la suya», dirá Teresa a sus hermanas (Ultimas

Conversaciones, Burgos, Monte Carmelo, 1973, p. 355), y, como recuerdo

de despedida (Cta 245), les hará entrega de una antología de las cartas de

este «santito», misionero mártir en Tonkín, cuya biografía le había

recomendado el P. Roulland. A partir del 21 de noviembre de 1896, había

ido copiando en su «libreta de apuntes» tres páginas de extractos de esas

cartas (cf «Otros Escritos»).

Para cantar a su santo amigo, Teresa vuelve a encontrar los acentos que

poco antes le inspirara su «santa predilecta», santa Cecilia. Cantos y

flores, pero también sufrimiento y martirio y el apostolado enérgico y

vigoroso, «la espada y el fuego», he ahí los temas que la inspiran.

El 19 de marzo, al enviar el poema al P.Roulland (cf Cta 221), llama su

atención sobre la penúltima estrofa, desvelando así su proyecto misionero:

irse para la reciente fundación de Hanoi, si su salud no se lo impide.

Esperanza poco razonable, pero el deseo misionero no cesa de crecer en

su corazón y, en estas mismas semanas, se consolida su confianza de

«volver a la tierra» para trabajar en ella sin respiro «hasta el fin del

mundo» (CA 17.7).

En la enfermería, la imagen de Teófano Vénard ya no la abandonará y le

servirá de mucha ayuda en la prueba (CA 10.8.1; 10.8.3; 19.8.5; 20.8.13;

6.9).

<1> Al igual que Teresa, Teófano también escribía poesías.

<2> Cita de un a carta del 20./1/1861; cf Cta 245+.

<3> Respuesta auténtica de Teófano al verdugo, un cínico jorobado, que

preguntó al joven «cuánto le daría por ejecutarlo hábilmente y con

rapidez». Y la cabeza no rodó por el suelo hasta el quinto golpe de sable.

<4> Otra cita de Teófano.

<5> El vocabulario guerrero anuncia ya Mis armas, su próxima poesía.

<6> Cf Ca 16.8.3.

P 32 MIS ARMAS

(Cántico compuesto para el día de una profesión)

«Revestíos de las armas de Dios,

para poder resistir los estratagemas

del enemigo» (San Pablo).

«La esposa del rey es terrible,

como un ejército en orden de batalla.

Se parece a un coro de música

en medio de un campamento» (Cant. de los Cant.)

1 Vestí las armas <1> del Omnipotente,

y su mano divina me adornó.

Nada me hará temer en adelante,

¿quién podrá separarme de su amor?

A su lado, lanzándome al combate,

ya ni al fuego ni al hierro temeré <2>.

Sabrán mis enemigos que soy reina,

que esposa soy de un Dios <3>.

Guardaré la armadura que me ciño,

Jesús, ante tus ojos adorados,

y hasta la última tarde del destierro

serán mis votos mi mejor adorno.

2 Eres tú, ¡oh Pobreza!,

mi primer sacrificio,

te llevará conmigo hasta la muerte.

Sé que el atleta, puesto en el estadio,

para correr de todo se despoja.

Gustad, mundanos, vuestra angustia y pena,

de vuestra vanidad amargos frutos;

yo, jubilosa, alcanzaré en la arena

de la pobreza las triunfales palmas.

Jesús dijo que «por la violencia

el reino de los cielos se conquista».

Me servirá de lanza la pobreza,

y de glorioso casco.

3 Hermana de los ángeles

victoriosos y puros

la Castidad me hace.

Formar espero un día en sus falanges;

mas debo en el destierro

como lucharon ellos luchar yo.

Luchar continuamente,

sin descanso ni tregua,

por mi Esposo adorado,

el Señor de los señores.

Porque es la castidad celeste espada <4>

que puede conquistarle corazones.

La castidad será mi arma invencible,

con ella venceré a mis enemigos.

Por ella llego a ser,

¡oh inefable ventura!,

la esposa de Jesús.

4 En medio de la luz gritó, orgulloso,

el ángel:

«¡Nunca obedeceré... <5>!»

En medio de la noche de la tierra

yo grito:

«¡Siempre obedeceré <6>!»

Siento nacer en mí

una divina audacia,

al furor del infierno desafío.

Y es mi fuerte coraza

y de mi corazón escudo fuerte,

la Obediencia.

¡Oh mi Dios vencedor!,

no ambiciono otra gloria

que la de someter

mi voluntad en todo,

pues será el obediente

quien cantará victoria

en el descanso de la eternidad.

5 Si tengo del guerrero

las poderosas armas

y le imito luchando bravamente,

quiero también como graciosa virgen

cantar mientras combato.

Tú haces vibrar las cuerdas de tu lira,

¡y es tu lira, Jesús, mi corazón <7>!

Por eso, cantar puedo

la fuerza y la dulzura

de tus misericordias.

Sonriendo, yo afronto la metralla,

y en tus brazos, cantando,

¡oh --divino Esposo--, mi divino Esposo!,

moriré <8> sobre el campo de batalla,

¡las armas en la mano!

NOTAS P 32 - MIS ARMAS

Fecha: 25 de marzo de 1897. Compuesta para: sor María de la Eucaristía

con ocasión de su profesión. - Publicación: HA 98, tres versos corregidos. -

Melodía: Canto de despedida a los misioneros «Partez, hérauts de la

bonne nouvelle».

Una poesía enérgica, aguerrida, tensa, echada sobre el papel como para

entablar batalla. Una Teresa segura de sí misma y segura de Dios, que

pasa por el crisol de la prueba como Juana de Arco por la hoguera. Ella

sabe bien que es reina, una reina que lucha y que bruñe sus armas para

triunfar, y cuya primera preocupación es la eficacia.

La cita de san Pablo en el epígrafe (tomada de la Regla del Carmelo)

introduce directamente en la ceremonia de «armar caballeros»; la audaz

yuxtaposición de dos versículos independientes del Cantar de los Cantares

da la imagen de una reina imponente y de inmenso poderío, «terrible como

un ejército en orden de batalla, semejante a un coro de música en medio

de un campamento». Hay que tener verdadera mirada de poeta para

elaborar de esa manera una cita tan brillante, hermética y antitética, como

fuente de inspiración capaz de animar una profesión religiosa y de

bosquejar una alegoría completa de los votos, tema ingrato donde los haya

para hacer una poesía.

La destinataria es María Guérin, a la vez «angelito» y «mujer fuerte»,

«niñito» y «valiente guerrero» (P 24); pero también sor Genoveva, que el

año anterior había quedado defraudada [porque a Teresa no se le había

pedido componer para ella una poesía en nombre de la comunidad y tuvo

que conformarse con entregarle casi a escondidas apenas unas migajas]

(cf PN 27) y que sigue vibrando con las «imágenes de la caballería».

Pero para Teresa se trata mucho más de un romance de caballería,

aunque el lenguaje alegórico pueda llamarnos a engaño (cf Cta 224); ella

libra su batalla en «la realidad de la vida» (cf Ms A 31vº), y pronto la librará

en la de la muerte. «Sonriendo» (como su amigo Teófano), «cantando»

(como una esposa enamorada), Teresa lucha hasta el límite de sus

fuerzas, antes de caer «con las armas en la mano» (nótese la fuerza de

este final).

<1> Obsérvese el vocabulario tan paulino de esta poesía, inspirada en Ef 6,

aun cuando las alegorías sean diferentes: en Pablo, «la verdad como

cinturón, la justicia como coraza, como calzado el celo por anunciar el

Evangelio, como escudo la fe, como casco la salvación y como espada la

del Espíritu; en Teresa, «la armadura» son los «sagrados votos: la

Pobreza, lanza y casco; la espada de la Castidad; la coraza de la

Obediencia; el escudo de mi corazón».

<2> Cf P 17,9.

<3> Cf RP 7, 1rº.

<4> La espada implica en el caso de Teresa un trasfondo bíblico en el que

se mezclan Mt 10,34 y Ef 6,17; cf P 31,5 y Or 17.

<5> Cf RP 7,3rº.

<6> Teresa recobra por un momento (en estos versos) el tono de los poetas

románticos (Vigni, Lamartine, Hugo), a los que les gustan los diálogos

fantásticos a través de los espacios infinitos... La antítesis luz-noche hace

que la prueba de la fe aparezca en toda su intensidad; este enraizamiento

existencial del poema confiere un carácter de auténtica bravura a lo

hubiera podido parecer pura literatura o una simple bravata.

<7> Tras el choque del enfrentamiento, la calma. La ternura de la

femineidad recobra sus derechos, a ejemplo de santa Cecilia (la «virgen»,

con la mención de la lira; cf P 2).

<8> Esta muerte en el campo del honor le habría encantado a Teresa de

Avila: «Los defensores de la Iglesia (...) pueden morir; ser vencidos,

jamás» (Camino de perfección, cap. 3). [Las palabras originales de la

Santa son: «Porque, como no haya traidor, si no es por hambre, no los

pueden ganar. Acá esta hambre no la puede haber que baste a que se

rindan; a morir, sí, mas no a quedar vencidos», Camino 3,1.]

P 33 UNA ROSA DESHOJADA

1 Jesús, cuando te veo

que abandonas los brazos de tu Madre,

y tenido por ella,

ensayas,

vacilante,

por nuestra triste tierra

tus indecisos y primeros pasos,

yo quisiera ir delante

deshojando una rosa blanca y fresca,

y así tu piececito posaría

muy suave y dulcemente

sobre una flor.

2 La rosa deshojada,

¡oh mi Niño divino!,

es la más fiel imagen

del corazón que quiere a cada instante

por tu amor inmolarse enteramente.

Hay muchas rosas frescas

que gustan de brillar en tus altares

y se entregan a ti.

Mas yo anhelo otra cosa:

deshojarme...

3 La rosa en su esplendor

puede, mi Niño, embellecer tu fiesta.

A la rosa en deshoje se la olvida,

se la tira y arroja

al capricho del viento.

La rosa, deshojándose,

se entrega a cada instante

con ansia de no ser.

Como ella, quiero yo buscar mi dicha

dándome, mi Jesús, del todo a ti.

4 Se pasa sobre pétalos

de rosa deshojada,

y se pisan sin pena.

Y esos muertos despojos

son un simple ornamento,

dispuestos al azar,

sin arte y sin estudio,

lo comprendo...

Yo prodigué mi vida,

prodigué mi futuro

por tu amor, ¡oh Jesús!

A los ojos profanos de los hombres,

como rosa marchita para siempre

un día moriré...

5 Mas moriré por ti, ¡oh Niño mío,

hermosura <1> suprema!

¡Oh suerte venturosa!

Deshojándome quiero demostrarte

mi amor,

¡oh, mi tesoro...!

A zaga de tus pasos infantiles,

escondida vivir quiero aquí abajo.

Y aun suavizar quisiera

tus últimas pisadas

camino del Calvario...

NOTAS P 33 - UNA ROSA DESHOJADA

Fecha: 19 de mayo de 1897. - Compuesta para: María Enriqueta, del

Carmelo de París, a petición suya. - Publicación: HA 98 («La rose

effeuillée»), cinco versos corregidos. - Melodía: Le fil de la Vierge, o bien

La rosse mousse.

La verdad es que pocos místicos han llegado tan lejos como Teresa,

minada por la enfermedad, en el límite de sus fuerzas y que ofrece su

«nada» arrojándose a los pies de Jesús en un acto de amor puro y total.

Así la descubrimos aquí: no pide nada, se entrega por entero, está casi

casi al otro lado de la muerte, se diría que al otro lado del amor.

En mayo ya no está en condiciones de participar en la liturgia floral de las

novicias (cf P 23). Uno tras otro va renunciando a los actos de comunidad.

Ahora le queda una tarea suprema: «Debo morir». Morir disolviéndose al

filo de los días, como una «rosa» que se «deshoja». En la más completa

oblación: «enteramente, a cada instante, sin pena alguna», sin

escenografías («sin arte y sin estudio»). Su generosidad sólo puede

compararse con su delicadeza: que su vida así «prodigada» sea sólo

dulzura bajo el «piececito» del Niño Jesús y bajo las «últimas pisadas» del

Varón de dolores. El símbolo de la rosa deshojada, hoy aparentemente

desgastado, surge aquí en toda su patética belleza, con la autenticidad de

lo vivido.

Teresa ya no sueña siquiera con entregarse a Jesús, sino con deshojarse

bajo sus pasos, con morir disolviéndose. En las estrofas 3 y 4 desarrolla

esta idea hasta unos límites a los que antes aún no había llegado: «La

rosa en su esplendor puede embellecer tu fiesta, a la rosa en deshoje se la

tira y arroja (nótese la fuerza de esta palabra al final del verso) al capricho

del viento» (es decir, a ninguna parte, no importa dónde). La rosa

deshojada se entrega para ya no ser más («con ansias de no ser»), lo cual

es ya el colmo del abandono; ni siquiera se le presta atención (4,1-3), no

es más que unos «muertos despojos». Teresa «lo comprende»: ella

«prodigó su vida, prodigó su futuro», está «marchita para siempre, un día

morirá...». De esta manera, ofrece la prueba suprema de su amor, sin

saber lo que Jesús hará de ella. Ella es sólo una rosa deshojada, es decir,

nada.

Teresa responde a una petición de una carmelita de París, antigua priora,

que había oído hablar maravillas de sus dotes de poeta y que quiere

ponérselas a prueba: «Si es verdad que esa hermanita es una joya (...),

que me envíe una de sus poesías, y lo comprobaré por mí misma»; y,

según María de la Trinidad, proponía incluso el tema de la rosa deshojada.

»La madre Enriqueta quedó muy contenta (...), pensando únicamente que

le faltaba una última estrofa para explicar que, a la hora de mi muerte, Dios

recogería esos pétalos para volver a formar con ellos una rosa preciosa

que brillaría por toda la eternidad». ¡Qué gran error! Para Teresa, «amar

es entregarse» sin pedir nada a cambio. Y contesta: «Que esa buena

Madre haga la estrofa tal como lo dice, que yo no me encuentro en

absoluto inspirada para hacerlo. Mi deseo es ser deshojada para siempre,

para alegrar a Dios. Y se acabó».

<1> Teresa tiene un sentimiento muy agudo de la Belleza (cincuenta y seis

veces emplea esa palabra en sus escritos, y veintiocho veces ser trata de

la belleza de Jesús). Belleza suprema en P 15,31; 18,2; RP 2,1rº y 8rº; RP

4,3rº.

P 34 EL ABANDONO ES EL FRUTO DELICIOSO DEL AMOR

1 Hay en la tierra un árbol, árbol maravilloso,

cuya raíz se encuentra,¡oh misterio!, en el cielo <1>.

2 Acogido a su sombra, nada ni nadie te podrá alcanzar;

sin miedo a la tormenta, bajo él puedes descansar.

3 El árbol inefable lleva por nombre «amor».

Su fruto <2> deleitable se llama «el abandono».

4 Ya en esta misma vida este fruto me da felicidad,

mi alma se recrea con su divino aroma.

5 Al tocarlo mi mano, me parece un tesoro.

Al llevarlo a la boca, me parece más dulce todavía.

6 Un mar de paz me da ya en este mundo,

un océano de paz,

y en esta paz profunda descanso para siempre.

7 El abandono, sólo el abandono

a tus brazos me entrega, ¡oh Jesús mío!,

y es el que me hace vivir con la vida de tus elegidos.

8 A ti, divino Esposo, me abandono, y no quiero

nada más en la vida que tu dulce mirada.

9 Quiero sonreír siempre, dormirme en tu regazo

y repetirte en él que te amo, mi Señor <3>.

10 Como la margarita de amarilla corola,

yo, florecilla humilde, abro al sol mi capullo.

11 Mi dulce sol de vida, mi amadísimo Rey,

es tu divina hostia pequeña como yo...

12 El rayo luminoso de tu celeste llama

nacer hace en mi alma el perfecto abandono.

13 Todas las criaturas pueden abandonarme,

lo aceptaré sin queja y viviré a tu lado.

14 Y si tú me dejases, ¡oh divino tesoro!,

aun viéndome privada de tus dulces caricias,

seguiré sonriendo.

15 En paz yo esperará, Jesús, tu vuelta,

no interrumpiendo nunca mis cánticos de amor.

16 Nada, nada me inquieta, nada puede turbarme,

más alto que la alondra sabe volar mi alma.

17 Encima de las nubes el cielo es siempre azul,

y se tocan las playas del reino de mi Dios.

18 Espero en paz la gloria de la celeste patria,

pues hallo en el copón el suave fruto

¡el dulcísimo fruto del amor!

NOTAS P 34- EL ABANDONO ES EL FRUTO DELICIOSO DEL AMOR

Fecha: 31 de mayo de 1897. - Compuesta para: sor Teresa de San

Agustín, a petición suya. - Publicada: HA 98 («L'Abbandon»), tres versos

corregidos. - Melodía: Si j'étais grande dame.

Una canción, pero una canción que va más allá de ella misma, una

canción para capear «la tormenta» y entregarse de corazón, pero

tranquilos, seguros, «en paz» (palabra que se repite cuatro veces). La

confianza de las cuatro últimas estrofas no es fingida: es el auténtico

«abandono», por encima de los consuelos sensibles. Aunque menos

vibrante y más parco en confidencias que Una rosa deshojada, este

poema es también un poema personal.

La destinataria, una monja tan virtuosa como severa, había hecho «voto de

abandono a todos los deseos de Dios», no sin descontar del todo un cierto

complejo «de superioridad en la perfección». Para Teresa, el abandono no

es «obra del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene

misericordia». Al reconocer en sí misma ese abandono total ante la

muerte, rendirá homenaje por ello a su único autor: «Ahora ya estoy en él;

Dios me ha hecho llegar a él, me ha tomado en sus brazos y me ha puesto

en él...» (CA 7.7.3).

<1> Bella imagen de un árbol A LA CHAGALL, «cuya raíz se encuentra en

el cielo». El símbolo del árbol es muy poco frecuente en Teresa (ésta es la

única vez que se encuentra en las poesías, y en la Cta 137 el árbol de

Zaqueo).

<2> Este fruto es la antítesis del fruto del libro del Génesis (3,6): se lo puede

tocar sin temor (Gen 3,3) y comer de él; y no trae consigo el desorden del

pecado y de la muerte, sino «un mar de paz» y la felicidad ya en esta vida.

<3> En estas estrofas 7-9 volvemos a encontrar el tono y el colorido de P 2,

Santa Cecilia (vv. 29-32), «la santa del abandono».

<4> Teresa «espera en paz». Pero es una espera que no tiene nada de

ocioso: la fuga repentina de la alondra (est. 16), en una ascensión vertical

que rompe la «espesa niebla» (Ms C 5vº), lo dice bien claro. Y evoca

irresistiblemente los actos anagógicos de san Juan de la Cruz: para el

alma que se ve acosada por la tentación, lo mejor es echarse a volar de un

salto hacia Dios...Y Teresa vuela incluso «más alto que la alondra»: la

mirada puede seguir al pájaro por el cielo, pero no nos es posible ver volar

a la carmelita hasta los confines de esa tierra prometida donde hunde sus

raíces el Arbol de la vida.

P 35 A SOR MARÍA DE LA TRINIDAD

1 Señor, me has elegido

desde mi tierna infancia <1>;

puedo en verdad llamarme la obra de tu amor.

¡Cómo quisiera yo poder, Dios mío,

pagarte, agradecida,

devolviéndote amor.

Jesús, Amado mío, ¿qué privilegio es éste?

Yo, pobrecita nada <2>, ¿qué había hecho por ti?

¡Y me veo en el blanco cortejo de las vírgenes

que componen tu corte,

dulce y divino Rey!

2 Sabes que soy, Dios mío,

pura debilidad,

sabes también, Señor,

que no tengo virtud.

Pero igualmente sabes que mi único amigo <3>,

el único a quien yo amo, el que me ha cautivado,

eres tú, mi Jesús.

Cuando en mi joven corazón la llama

se encendió del amor,

tú viniste, Jesús, a quemarte en tu fuego.

¡Y sólo tú pudiste saciarme el alma entera,

pues mi urgencia de amar era infinita!

3 Cual tierno corderillo lejos de la majada,

jugueteaba alegre

ignorando el peligro.

Mas ¡oh Reina del cielo, mis pastora querida!,

tu blanca, tu invisible, dulce mano

sabía protegerme.

Y así, aunque yo jugaba

al borde de los hondos precipicios,

ya tú me señalabas la cumbre del Carmelo,

y ya yo comprendía

las austeras delicias que habría de abrazar

para volar al cielo.

4 Si amas, mi Señor, la pureza del ángel

-de ese brillante espíritu que nada en el azul-,

¿no amarás la blancura

del lirio que se eleva sobre el fango,

del lirio que tu amor

supo conservar limpio?

Si el ángel de alas rojas

goza de presentarse ante tus ojos

radiante de pureza,

yo me gozo también, porque ya en este mundo

el ropaje que visto al suyo se parece,

pues poseo el tesoro

de la virginidad <4>...

NOTAS P 35 - A SOR MARÍA DE LA TRINIDAD

Fecha: mayo de 1897. - Compuesta para: sor María de la Trinidad, a

petición suya. - Publicación: HA 98 («Un lis au milieu des épines»), trece

versos corregidos. - Melodía: L'envers du ciel.

A pesar de su tonalidad lamartiniana, este poema -de una firmeza que se

ve confirmada por la grafía, y de una energía sorprendente en una enferma

de esa índole- es sobrio, con una impronta clásica y una notable reducción

de adjetivos,

Teresa ofrece a María de la Trinidad un verdadero «canto de las

misericordias». Esta, «débil y sin virtudes», gracias al humillamiento

constante a que se somete, es una candidata de primera calidad para la

obra del «amor consumidor y transformante» (Cta 197). Y sobre todo para

Teresa, ahora más que nunca, ya sólo cuenta el amor (Cf Cta 242, final).

Un toque de travesura ilumina la estrofa 3 al evocar las escapadas de la

adolescencia al torbellino de las atracciones de París: estampa simpática y

pintoresca, con «el cordero lejos de la majada», que «retoza alegre

ignorando el peligro»..., y la Virgen Santísima como «pastora»..., una

antítesis alpestre de los «precipicios» y de la «cumbre del Carmelo»..., y

todo ello endulzando de antemano las «austeras delicias» de los dos

últimos versos.

<1> La elección divina; cf prólogo del Ms A, 2rº; PN 16,6; P 16,8; 25,6.

<2> La misma tonalidad de la Rosa deshojada. La prueba de la fe y el

debilitamiento producido por la enfermedad producen en Teresa una toma

de conciencia más aguda de su «nada». Cf Ms B (cuatro veces) y Cta 197;

y sobre todo, en la primavera de 1897: Cta 226, 243, 261 y Ms C 2rº. Lo

mismo en la enfermería: CA 6.8.8; 7.8.4; 8.8.1; 13.8.1.

<3> Cf P 14,5. La amistad con Jesús, que implica igualdad en la confianza y

en la ternura, floreció muy pronto en el alma de Teresa; cf Ms A 40vº; Cta

57 (dos veces), 74, 92, 109, 141, 157, 158, 169; Ms B 4vº; y en este mes

de mayo, el «tierno amigo» de Cta 226. En las poesías: PN 15,5 y 9; P

14,5; 25,6.

<4> Unas brillantes imágenes (estr. 4, vv. 2, 5, 7, 9, 12-13) concurren a

exaltar la «virginidad», última palabra y coronación del poema.

P 36 POR QUE TE AMO, MARÍA

1 Cantar, Madre, quisiera

por qué te amo .

Por qué tu dulce nombre

me hace saltar de gozo <1> el corazón,

y por qué el pensamiento de tu suma grandeza

a mi alma no puede inspirarle temor.

Si yo te contemplase en tu sublime gloria,

muy más brillante sola

que la gloria de todos los elegidos juntos,

no podría creer que soy tu hija,

María, en tu presencia bajaría los ojos...

2 Para que una hija pueda a su madre querer,

es necesario que ésta sepa llorar con ella,

que con ella comparta sus penas y dolores.

¡Oh dulce Reina mía,

cuántas y amargas lágrimas lloraste en el destierro

para ganar mi corazón, ¡oh Reina!

Meditando tu vida

tal como la describe el Evangelio,

yo me atrevo a mirarte y hasta a acercarme a ti.

No me cuesta creer que soy tu hija,

cuando veo que mueres,

cuando veo que sufres

como yo <2>.

3 Cuando un ángel del cielo te ofrece ser la Madre

de un Dios que ha de reinar eternamente,

veo que tú prefieres, ¡oh asombroso misterio!,

el tesoro inefable de la virginidad.

Comprendo que tu alma, inmaculada Virgen,

le sea a Dios más grata

que su propia morada de los cielos.

Comprendo que tu alma, humilde y dulce valle,

contenga a mi Jesús, océano de amor <3>.

4 Te amo cuando proclamas

que eres la siervecilla del Señor,

del Señor a quien tú con tu humildad cautivas.

Esta es la gran virtud que te hace omnipotente

y a tu corazón lleva la Santa Trinidad.

Entonces el Espíritu, Espíritu de amor,

te cubre con su sombra,

y el Hijo, igual al Padre,

se encarna en ti...

¡Muchos habrán de ser

sus hermanos

pecadores

para que se le llame: Jesús, tu primogénito!

5 María, tú lo sabes: como tú <4>,

no obstante ser pequeña, poseo y tengo en mí

al todopoderoso.

Mas no me asuste mi gran debilidad,

pues todo los tesoros de la madre

son también de la hija,

y yo soy hija tuya, Madre mía querida.

¡Acaso no son mías tus virtudes

y tu amor también mío?

Así, cuando la pura y blanca Hostia

baja a mi corazón,

tu Cordero, Jesús, sueña estar reposando

en ti misma, María.

6 Tú me haces comprender, ¡oh Reina de los santos!,

que no me es imposible caminar tras tus huellas.

Nos hiciste visible

el estrecho camino que va al cielo

con la constante práctica de virtudes humildes.

Imitándote a ti,

permanecer pequeña es mi deseo,

veo cuán vanas son las riquezas terrenas.

Al verte ir presurosa a tu prima Isabel,

de ti aprendo, María,

a practicar la caridad ardiente.

7 En casa de Isabel escucho, de rodillas,

el cántico sagrado, ¡oh Reina de los ángeles!,

que de tu corazón brota exaltado <5>.

Me enseñas a cantar los loores divinos,

a gloriarme en Jesús, mi Salvador.

Tus palabras de amor son las místicas rosas

que envolverán en su perfume vivo <6>

a los siglos futuros.

En ti el Omnipotente obró sus maravillas,

yo quiero meditarlas y bendecir a Dios.

8 A san José, que ignora

el milagro asombroso

que en tu humildad <7> quisieras ocultar,

tú le dejas llorar cerca del tabernáculo

donde se oculta y vela

la divina beldad del Salvador.

¡Oh, cuánto amo, María, tu elocuente silencio!

Es para mí un concierto muy dulce y melodioso,

que canta a mis oídos la grandeza,

y hasta la omnipotencia,

de un alma que su auxilio sólo del cielo espera...

9 Luego, en Belén, os veo, ¡oh María y José!,

rechazados por todos.

Nadie quiere acoger en su posada

a dos pobres y humildes forasteros.

¡Sólo para los grandes tienen sitio...!

Y en un establo mísero, rudo y destartalado,

tiene que dar a luz la Reina de los cielos

a su Hijo Dios.

¡Madre del Salvador,

qué amable me pareces, qué grande me pareces

en tan pobre lugar!

10 Cuando veo al Eterno en vuelto en los pañales

y oigo el tierno vagido del Verbo entre las pajas,

¿podría yo, María, en ese instante,

envidiar a los ángeles?

¡Su Señor adorable es mi hermano querido!

¡Cómo te amo, María, cuando en nuestra ribera

abres para nosotros esa divina Flor!

¡Cómo te amo, Virgen, cuando escuchas

a los simples pastores, y a los magos,

y guardas y meditas todo eso

dentro del corazón!

11 Te amo cuando te mezclas con las demás mujeres

que dirigen sus pasos al templo del Señor.

Te amo cuando presentas al Niño que nos salva

al venerable anciano que le toma en sus brazos.

Al principio yo escucho sonriendo

su cántico, mas pronto sus acentos

hacen correr mis lágrimas.

Hundiendo en el futuro su mirada profética,

Simeón te presenta la espada del dolor.

12 ¡Oh Reina de los mártires, la espada dolorosa

traspasará tu pecho

hasta la tarde misma de tu vida!

Ya te ves obligada

a abandonar el suelo de tu patria

por escapar, huyendo,

del furor sanguinario de un envidioso rey.

Jesús duerme tranquilo

bajo los suaves pliegues de tu velo

cuando José te advierte que hay que partir aprisa.

Y es pronto tu obediencia:

tú partes sin demora y sin razonamientos.

13 En la tierra de Egipto, me parece, ¡oh María!,

que, a pesar de vivir en la suma pobreza,

lleno de gozo y paz vive tu corazón.

¿Qué te importa el destierro? ¿No es, acaso, Jesús

la patria de las patrias, la más bella?

Poseyéndole a él, tú posees el cielo.

Mas en Jerusalén, una amarga tristeza

te envuelve y, como un mar, tu corazón inunda.

Por tres días Jesús se esconde a <8> tu ternura,

y entonces si, sobre tu vida cae

un oscuro, implacable, riguroso destierro.

14 Por fin logras hallarle, y al tenerle,

rompe tu corazón en transporte amoroso.

Y le dices al Niño, encanto de doctores:

«Hijo mío, ¿por qué has obrado así?

Tu padre y yo, con lágrimas, te estábamos buscando».

Y el Niño Dios responde, ¡oh profundo misterio!,

a la Madre querida que hacia él tiende los brazos:

«¿A qué buscarme, Madre? ¿No sabías, acaso,

que en las cosas que son del Padre mío

he de ocuparme ya?»

15 Me enseña el Evangelio que sumiso

a María y José permanece Jesús,

mientras crece en sabiduría.

¡Y el corazón me dice

con qué inmensa ternura a sus padre queridos

él obedece siempre!

Ahora es cuando comprendo el misterio del templo,

las palabras ocultas del amable Rey mío:

Tu dulce Niño, Madre,

quieres que seas tú el ejemplo vivo

del alma que le busca

a oscuras, en la noche de la fe.

16 Puesto que el Rey del cielo quiso ver a su Madre

sometida a la noche,

sometida a la angustia

del corazón <9>,

¿será, acaso, merced sufrir aquí en la tierra?

¡Oh, sí...! ¡Sufrir amando es la dicha más pura <10>!

Puede tomar de nuevo Jesús lo que me ha dado,

dile que por mí nunca se moleste.

Puede, si a bien lo tiene, esconderse de mí,

me resigno a esperarle

hasta que llegue el día sin ocaso

en el que para siempre se apagará mi fe <11>...

17 Yo sé que en Nazaret, Virgen llena de gracia,

viviste pobremente sin ambición de más.

Ni éxtasis ni raptos ni milagros

tu vida hermosearon, ¡Reina de los electos!

Muchos son en la tierra los pequeños,

y ellos pueden alzar, sin miedo, a ti los ojos.

Por el común camino, oh Madre incomparable,

caminas tú, guiándonos al cielo!

18 Vivir contigo quiero, Madre amada,

a la espera del cielo,

seguirte en el destierro día a día.

En tu contemplación yo me hundo absorta,

y de tu inmenso corazón descubro

los abismos de amor.

Tu maternal mirada desvanece mis miedos,

y m enseña a llorar, y me enseña a reír.

Lejos de despreciar las fiestas de la tierra,

las fiestas que son santas,

tú, Madre, las comparte y bendices.

19 Al ver que los esposos de Caná

no pueden ocultar al gran apuro

en que se encuentran por faltarles vino,

con maternal solicitud acudes

al Salvador, tu Hijo,

de su poder divino esperando la ayuda.

Jesús parece rechazar tu súplica

en un primer momento:

«Mujer, ¿qué no importa esto a ti y a mí?»

Mas de su corazón allá en el fondo

madre suya te llama,

y para ti y por ti Jesús realiza

su milagro primero.

20 Te veo un día, Madre, en la colina,

entre los pecadores <12> que escuchan la palabra

de aquel que más nadie

desea recibirles a todos en el cielo.

Alguien dice a Jesús que quieres verle.

Entonces él, Hijo divino tuyo, ante la gente

muestra lo inmensamente que nos ama:

«¿Quién es mi hermano -dice-, quién mi hermana,

y mi madre quién es, sino el que cumple

mi voluntad en todo?»

21 Al escucharle, tú, Virgen inmaculada,

¡oh Madre, la más tierna!,

no te entristeces <13>, antes bien te alegras

de que nos haga comprender entonces

que aquí abajo, en la tierra, nuestra alma

se hace familia suya.

¡Oh, sí, te alegras, Virgen, de que él nos dé su vida,

el tesoro infinito de su divinidad!

¿Cómo no amarte y bendecirte, viendo

en ti tanto amor, tanta humildad?

22 Tú nos amas, María, como Jesús nos ama,

por nosotros aceptas verte alejada de él.

Amar es darlo todo, darse incluso a sí mismo:

quisiste demostrarlo quedando con nosotros

como fuerte y visible ayuda nuestra.

¡Conocía Jesús tus íntimos secretos

y la inmensa ternura

de tu divino corazón de madre!

Te nos dejó a nosotros,

como refugio fiel de pecadores,

cuando, para esperarnos en el cielo,

abandonó la cruz.

23 Te me apareces, Virgen,

en la sombría cumbre del Calvario,

de pie junto a la cruz,

igual que un sacerdote en el altar,

ofreciendo tu Víctima,

tu Jesús amadísimo,

nuestro dulce Emmanuel,

para desenfadar la justicia del Padre.

Un profeta lo dijo, ¡oh Madre desolada!:

«¡No hay dolor semejante a tu dolor!»

¡Oh Reina de los mártires, quedando en el destierro,

prodigas por nosotros

toda la sangre de tu corazón!

24 La casa de san Juan se hace tu único asilo,

de Zebedeo el hijo reemplaza a tu Jesús...

Y es éste ya el último detalle

que nos da el Evangelio <14,

de la Virgen María no vuelve ya a hablar más.

Pero, Madre querida, su silencio profundo

¿acaso no revela

que el Verbo eterno -él mismo- cantar quiere

de tu vida los íntimos secretos,

para gozosa gloria de tus hijos,

los santos moradores de la patria del cielo?

25 Yo escucharé muy pronto esa dulce armonía,

iré muy pronto a verte en , el hermoso cielo.

Tú que viniste a sonreírme, Madre,

en la suave mañana de mi vida,

ven otra vez a sonreírme ahora...,

pues ha llegado ya de mi vida la tarde.

No temo el resplandor de tu gloria suprema <16>,

he sufrido contigo,

y ahora quiero

cantar en tus rodillas, Virgen, por qué te amo

¡y repetir por siempre y para siempre

que yo soy hija tuya...!

La pequeña Teresa...

NOTAS P 36 - POR QUE TE AMO, MARÍA

Fecha: mayo de 1897. - Compuesta espontáneamente (pero también a

petición de sor María del Sagrado Corazón). - Publicación: HA 98, treinta y

nueve versos corregidos. - Melodía: La plainte du mousse.

«Todavía tengo que hacer una cosa antes de morir», le decía Teresa a

Celina: «Siempre he soñado con exponer en un canto a la Santísima

Virgen todo lo que pienso sobre ella» (PA, Roma, p. 268). En este mes de

mayo comienza a vislumbrar la posible difusión de sus escritos. Y juzga

que sus «pensamientos» sobre María son parte integrante de la «obra

importantísima» que se está preparando (CA 1.8.2).

Ahora más que nunca, Teresa «no puede alimentarse más que de la

verdad» (5.8.4). Necesita «ver las cosas tal como son» (CA 21.7.4). Y

respecto a la Virgen María, lo único que le interesa es «su vida real, no su

vida supuesta» (CA 21.8.3*). E instintivamente vuelve su mirada al

Evangelio, su única fuente ya de inspiración.: «Este libro me basta» (CA

15.5.3 y cf Cta 226). Y nos informa incluso sobre el «método» que ella

sigue: «Me enseña el Evangelio ... y el corazón me dice» (estr. 15).

Y el corazón le hace «comprender», por connaturalidad, el sentido

escondido de los hechos y el alcance de los mismos para su vida de hoy y

muy pronto también para su eternidad. Estos últimos meses la mirada del

corazón se ha ido afinando en ella de mil maneras, pero sobre todo en dos

campos muy concretos: el misterio del sufrimiento bajo el crisol de la

prueba; la amplitud de las exigencias de la caridad, gracias a luces muy

intensas que recibió; y todo ello rodeado de silencio.

Este largo poema hay que acogerlo, ante todo, en actitud de oración: es,

en efecto, una especie de himno litúrgico, de doscientos versos

alejandrinos, que traducen a la perfección «la objetividad» a la que quiere

ceñirse la autora. Pero, no obstante, una emoción contenida recorre estas

estrofas que alcanzan momentos de gran altura (estr. 8, 16, 22...). Bellas

imágenes vienen a enriquecerlo (3,8-9; 7,6-8...); brotan fórmulas lapidarias

(10,5; 16,6, que son como el Credo de Teresa; y el famoso 22,3). Lo

corona todo una estrofa realmente magnífica.

«La pequeña Teresa» firma estas líneas con mano desfalleciente: humilde

y conmovedor punto final a toda su obra poética.

<1> Expresión fuerte que merece tanta más atención cuanto que Teresa,

acrisolada por la prueba, «ya no sabe lo que son las alegrías vivas» (CA

13.7.17); «El pensamiento de la felicidad eterna apenas si hace

estremecerse a mi corazón» (Cta 254). Ese verbo [«Tressaillir» = saltar de

gozo, estremecerse. N. del T.] aparece usado catorce veces en los escritos

(Ms A 60vº; Ms B 3rº; Cta 74, 107, 134, 254, 258, 261; y cinco veces en las

RP), y además en CA 17.7 y 20.8.4.

<2> Ese parecido en la debilidad es como una constante que tiene el don de

emocionar a Teresa; cf, por ejemplo, P 34,11. Sobre el sufrimiento de

María, cf 20.8.11.

<3> Esta hermosa imagen del «humilde y dulce valle», lecho del «océano

de amor» sugiere muy a las claras la plenitud de paz y de sosiego que

Dios pide y ofrece a la criatura que acepta recibirlo a él.

<4> Misterio de la omnipotencia que se realiza en la pequeñez de la

criatura: éste es el «tesoro» que tienen en común la madre y la hija. Una y

otra han recibido «el tesoro inefable de la virginidad» (3,4), «tierra natal de

Jesús» (Cta 122). Las dos tienen en ellas al «Hijo igual al Padre» (4,8),

una por el misterio único de la Encarnación (estr. 4), la otra por la

inhabitación trinitaria (5,2-3, que no remite a P 10,2) y especialmente por la

comunión eucarística (5,10-11). Madre e hija acogen en ellas a «Jesús, (el)

Cordero» con idénticas disposiciones.

<5> Como ya ocurría en P 15, también en este poema el corazón» ocupa un

lugar importante: catorce veces se menciones, y diez de ellas se refiere a

María.

<6> Imagen profundamente teresiana, en la que el Magnificat se compara a

una rosaleda que «envuelve en su perfume» (toda la riqueza de la rosa y

del perfume, en Teresa...).

<7> Tema difícil, que viene tratado con sobriedad. Teresa expresa con

bellas imágenes la dolorosa expectación de José y el «elocuente» silencio

de la Virgen.

<8> «Esconderse» (13,9; 16,9; y 15,6 en el original francés), «buscar» (14,5

y 7; 15,10): éste es el austero drama que describen todos esos versos

consagrados al «misterio del templo». Y la meditación se va haciendo cada

vez más profunda, hasta llegar a esa asombrosa proclama de paciencia de

la estrofa 16,7-12, cúspide del poema, en que volvemos a encontrar aquel

patético despojo de la Rosa deshojada.

<9> Estos cuatro versos (1-4) desarrollan la intuición anunciada en 15,9-12:

es el propio Jesús quien quiere la prueba para los que más ama. Esta

certeza, que es una constante en Teresa, aparece afirmada muchas veces

en las cartas; cf, entre muchas otras, Cta 190.

<10> Esta alegría en el sufrimiento está ampliamente documentada en esta

época de la vida de Teresa: Cf Ms C 7rº; Cta 253; P 31,3; y en las Ultimas

conversaciones. Podrá comprobarse el progreso realizado desde enero,

releyendo P 29, donde la «alegría» es aún un acto de fe voluntario, y se

diría que no muy alegre... Después de haber alcanzado el punto más alto

del abandono («Una rosa deshojada), la encontraremos, en la enfermería,

con una naturalidad total y con una alegría sin fisuras ya.

<11> No sólo será la fe lo que se «apagará» para ella, como para todo el

mundo, en último día, sino también «la angustia del corazón»; cf Ms C 5vº.

Teresa «se resigna» -mejor, acepta- a tener una paciencia ilimitada.

Abandono realmente heroico, admirablemente expresado por la imagen de

«la fe» (esa «antorcha de la fe» en el corazón de la noche, Ms C 6rº) que

«se apagará» cuando amanezca «el día sin ocaso» de la visión cara a

cara.

<12> La «colina» donde se reunirán los «pecadores»: una precisión que no

encontramos en ninguno de los sinópticos, pero que está acorde con el

espíritu del Ms C.

<13> María no se reserva codiciosamente su condición única de «Madre» de

Jesús. Acepta ser desapropiada de ese título, a la espera de la

desapropiación efectiva y real cuando Juan «reemplace a Jesús» (24,2).

<14> El velo vuelve a caer sobre la existencia de María. Teresa no menciona

el descendimiento de la cruz. «Ve... mira... oye... escucha» lo que relata el

evangelista, y no va más allá con la imaginación. Omite, pues, los

«misterios gloriosos». El propio Jesús se reserva para sí el ser su canto en

el cielo (cf estr. 24).

<15> La sonrisa de la Virgen en los Buissonnets, el 13 de mayo de 1883, cf

Ms A 30rº. El 8 de julio, cuando baje a la enfermería, encontrará allí, para

recibirla, a la Virgen de la Sonrisa: «Nunca me pareció tan hermosa»

(Ultimas Conversaciones, Burgos, Monte Carmelo, 1973, pp. 385s). Una

hora antes de morir, volverá a clavar largamente en ella su mirada (Ib., p

335).

<16> El poema vuelve sobre sí mismo, y el lazo se cierra con el verso 7 que

responde a la estrofa 1.