[¿?] página principal

 

Dudas y textos

Recursos para la formación católica 

Escríbeme

Quiénes somos

Mi perfil de facebook

Benedicto XVI

 Juan Pablo II

Clásicos de espiritualidad

Obras actuales variadas

Sobre el Opus Dei

 Oraciones y Biblia

Más magisterio de la Iglesia y Teología

Recursos formativos

Noticias

Citas escogidas

Imágenes

Enlaces

 

 

 

   

ÚLTIMAS CONVERSACIONES

SANTA TERESA DE LISIEUX

 

EL «CUADERNO AMARILLO» DE LA MADRE INÉS (del 6 de abril de 1897 al 30 de septiembre)

ÚLTIMOS DICHOS DE TERESA A CELINA (del 12 de julio de 1897 al 30 de septiembre)

Últimos dichos de nuestra querida Teresita  (30 de septiembre de 1897, por la noche)

ÚLTIMAS PALABRAS DE SOR TERESA DEL NIÑO JESÚS RECOGIDAS POR SOR MARÍA DEL SAGRADO CORAZÓN

OTROS DICHOS DE TERESA A:

LA MADRE INÉS DE JESÚS

SOR GENOVEVA

SOR MARÍA DEL SAGRADO CORAZÓN

SOR MARÍA DE LA EUCARISTÍA

SOR MARÍA DE LA TRINIDAD

SOR TERESA DE SAN AGUSTÍN

SOR MARÍA DE LOS ÁNGELES

SOR AMADA DE JESÚS

 

SISTEMA DE REFERENCIAS

Cada uno de los dichos de una misma jornada irá numerado con 1. 2.

etc. antes del texto de cada dicho. En el caso de un solo dicho en una

jornada, no se pondrá esta numeración. Ejemplos (para el Cuaderno

amarillo):

CA 12.7.3 indica el tercer dicho del 12 de julio;

CA 10.6 indica el único dicho del 10 de junio.

 

EL «CUADERNO AMARILLO» DE LA MADRE INÉS

Dichos recogidos durante los últimos meses de nuestra santa Teresita

Sor Inés de Jesús

c.d.i.

6 de abril de 1897

6.4.1

Cuando no se nos comprende o se nos juzga desfavorablemente, ¿a qué

defendernos o dar explicaciones? Dejémoslo pasar, no digamos nada, ¡es

tan bueno no decir nada, dejarse juzgar, digan lo que digan...! En el

Evangelio no vemos que santa María Magdalena haya dado explicaciones

cuando su hermana la acusaba de estarse a los pies de Jesús sin hacer

nada. No dijo: «¡Si supieras, Marta, lo feliz que soy, si escucharas las

palabras que yo escucho! Además, es Jesús quien me ha dicho que me

esté aquí». No, prefirió callarse. ¡Venturoso silencio, que da al alma tanta

paz <1>!

6.4.2

«Que la espada del espíritu, que es la palabra de Dios, esté siempre en

nuestra boca y en nuestros corazones». Cuando nos encontremos con un

alma poco agraciada, o nos desanimemos, no la abandonemos nunca.

Tengamos siempre en la boca «la espada del espíritu» para reprenderle

sus faltas, no dejemos pasar las cosas por conservar nuestra paz,

luchemos siempre, aun sin esperanzas de ganar la batalla. ¿Qué importa

el triunfo? Lo que Dios nos pide es que no nos detengamos por las fatigas

de la lucha, que no nos desanimemos diciendo: «¡Peor para ella! No se

puede conseguir nada, hay que dejarla por imposible». No, eso es

cobardía, hay que cumplir con el deber hasta el final <2>.

6,4,3*

¡Qué importante es no hacer juicios sobre nada aquí en la tierra! Mirad lo

que me sucedió, hace algunos meses <3>, en la recreación. Fue una

nadería, pero me enseñó mucho:

Sonaron dos golpes de campana, y, como la depositaria <4> estaba

ausente, sor Teresa de San Agustín necesitaba de una tercera <5>.

Ordinariamente resulta enojoso hacer de tercera, pero en esa ocasión más

bien me atraía porque había que abrir la puerta para recibir unas ramas de

árbol para el belén.

Sor María de San José estaba a mi lado, e intuí que compartía mi deseo

infantil. «¿Quién me va a servir de tercera?», dijo sor Teresa de San

Agustín. Inmediatamente me puse a desatarme el delantal, pero

lentamente con el fin de que sor María de San José estuviese lista antes

que yo para cubrir la plaza, como ocurrió. Entonces sor Teresa de San

Agustín dijo, riéndose y mirándome a mí: «Seguro que va a ser sor María

de San José quien añadirá esta perla a su corona. ¡Vuestra Caridad <6> iba

demasiado lentamente!». Yo sólo contesté con una sonrisa y volví a mi

trabajo, pensando en mi interior: «¡Qué diferentes, Dios mío, son tus juicios

a los de los hombres! Por eso nosotros nos equivocamos muchas veces

en la tierra, tomando por imperfección en nuestras hermanas lo que es

mérito ante tus ojos».

7 de abril

7.4

Le preguntaba de qué manera moriría yo, haciéndole ver mis aprensiones.

Me contestó, con una sonrisa llena de ternura:

«Dios te absorberá como a una gotita de rocío...» <7>.

18 de abril

18.4.1

Acababa de confiarme ciertas humillaciones muy penosas que le habían

infligido algunas hermanas.

Dios me proporciona así todos los medios para permanecer muy pequeña;

pero eso es lo que hace falta. Yo estoy siempre contenta. Me las arreglo,

aun en medio de la tempestad, para mantenerme en una gran paz interior.

Si me hablan de disensiones entre las hermanas, yo procuro no excitarme

a mi vez contra ésta o contra aquélla. Necesito, por ejemplo, sin dejar de

escuchar, mirar por la ventana y gozar interiormente de la vista del cielo,

de los árboles... Hace poco, durante mi conflicto con sor X, yo miraba con

gran placer cómo retozaban las hermosas picazas en el prado, y me sentía

tan en paz como en la oración... He discutido mucho con..., estoy muy

cansada pero no temo la guerra. Es voluntad de Dios que luche hasta la

muerte. ¡Madrecita, reza por mí!

18.4.2

Cuando rezo por ti, no digo el Padrenuestro o el Avemaría; digo

simplemente, en un arranque del corazón: «Dios mío, colma a mi

Madrecita de toda clase de bienes, ámala aún más si puedes».

18.4.3

Era yo todavía muy pequeña cuando nuestra tía ame dio a leer un cuento

que me extrañó mucho. Pues en el se alababa a una directora de

internado porque sabía salir airosamente de cualquier apuro, sin herir a

nadie. Me fijé sobre todo en esta frase: «A ésta le decía: tú no tienes la

culpa; a aquélla: tienes razón!». Yo pensaba para mí: eso no está bien.

Aquella directora no debería haber tenido miedo de nada y tendría que

haber dicho a las niñas que habían actuado mal, cuando era así.

Hoy no he cambiado de opinión. Me cuesta mucho actuar así, lo confieso,

pues siempre lo más fácil es echar la culpa a los ausentes, y eso aplaca

enseguida a la que se lamenta. Sí, pero... <8> yo hago todo lo contrario. Si

no me quieren, ¡peor para ellas! Yo digo siempre toda la verdad; si no

quieren saberla, que no vengan a buscarme.

18.4.4.

No hay que dejar que la bondad degenere en debilidad. Cuando se ha

reprendido a alguien justamente, hay que mantenerse firmes, sin dejarse

ablandar hasta el punto de acongojarse por haber causado dolor, por ver

sufrir y llorar. Correr tras la afligida para consolarla es hacerle más daño

que provecho. Dejarla consigo misma es obligarla a recurrir a Dios para

reconocer sus faltas y humillarse <9>. De otra manera, se acostumbraría a

recibir consuelo después de una reprimenda merecida y, en las mismas

circunstancias, actuaría siempre como una niña mimada que grita y

patalea hasta que su madre viene a enjugarle las lágrimas.

NOTAS

Abril

Los ocho dichos fechados en abril de 1897 son expresión principalmente

de la experiencia adquirida por Teresa en la formación de las novicias.

Estas palabras tienen una gran semejanza con las de los «Consejos y

Recuerdos» publicados en la Historia de un alma.

Las escasas cartas de la familia (UC pp. 604-606) dan fe de una reiterada

aplicación de vegigatorios, que no logran cortar la tos. Hacia finales de

mes, se registran varias hemoptisis por la mañana. El estado general es

muy precario.

1 Cf Ms C 36rº y RP 4.

2 Idéntico sentido del deber en Ms C 23vº; CA 18.4.1 y 18.4.4.

3 En diciembre de 1896; cf Ms C 13rº.

4 La hermana ecónoma, que entonces lo era la madre Inés de Jesús.

5 Religiosa que acompañaba a la procuradora cuando ésta hacía entrar

obreros en clausura. Teresa fue «tercera de la procuradora» (13.7.18) en

junio-julio de 1893 (CG p. 728+g).

6 Fórmula de trato que, hasta hace poco tiempo, era habitual entre las

carmelitas, en vez del tú o del usted. La conservamos porque, a nuestro

entender, es la que mejor traduce el sentido de la frase [N. del T.].

7 Cf Cta 141,2vº. La madre Inés morirá el 28 de julio de 1951 al cabo de

varios días de coma.

8 Cf Cta 204, n. 2.

9 La misma línea de conducta en Ms C 24rº.

1 de mayo

1.5.1

No es «la muerte» quien vendrá a buscarme, será Dios. La muerte no es

un fantasma ni un espectro horrible, como se la representa en las

estampas. En el catecismo se dice que la «la muerte es la separación del

alma y el cuerpo», ¡no es más que eso <1>!

1.5.2

Hoy he tenido el corazón totalmente inundado de paz celestial. ¡Había

rezado tanto ayer noche a la Santísima Virgen, pensando que su hermoso

mes iba a comenzar!

Tú no estabas esta noche en la recreación. Nuestra Madre nos dijo que

uno de los misioneros <2> que se embarcaron con el P. Roulland <3> había

muerto antes de llegar a la misión. Este joven misionero había comulgado

en el navío con las hostias del Carmelo que le dimos al P. Roulland... Y

ahora ha muerto sin haber hecho ningún apostolado, sin haberse tomado

ninguna molestia, por ejemplo la de aprender el chino. Dios le ha

concedido el martirio de deseo; ya ves cómo El no necesita de nadie.

Yo no sabía entonces que la madre María de Gonzaga le había dado por

segundo hermano espiritual al P. Roulland. Lo que acabo de referir se lo

había escrito a ella el P. R., pero como nuestra Madre le había prohibido

decírmelo, sólo me habló de lo que había oído en la recreación...

Para ella constituyó un gran sacrificio este silencio, de cerca de dos años,

sobre sus relaciones con dicho misionero <4>...

Nuestra Madre le había pedido que pintase para él una estampa en

pergamino. Como yo era su primera de oficio en la pintura, hubiera podido

aprovechar la ocasión para pedirme consejo y así hacerme adivinar todo el

asunto. Pero, muy al contrario, se ocultaba de mí lo mejor que podía y

venía a buscar a hurtadillas _lo supe más tarde_ el bruñidor para sacar

brillo al oro, que yo guardaba en mi mesa. Luego lo devolvía cuando yo no

estaba.

Sólo tres meses antes de su muerte le dijo nuestra Madre, por propia

iniciativa, que me hablase libremente sobre ese tema y sobre cualquier

otro.

7 de mayo

7.5.1

7 de la mañana

Hoy es día de licencia <5>. Mientras me vestía, he cantado «Mi alegría» <6>

7.5.2

Nuestra familia no permanecerá mucho tiempo en la tierra... Cuando yo

esté en el cielo, os llamaré muy pronto... ¡Y qué felices seremos! Todas

nosotras hemos nacido coronadas...

7.5.3.

¡Toso! ¡Toso! Hago como la locomotora de un tren cuando llega a la

estación. Yo también estoy llegando a una estación: a la estación del cielo,

¡y lo anuncio!

9 de mayo

9.5.1

Podemos decir muy bien, sin vanagloria, que hemos recibido gracias y

luces muy especiales. Vivimos en la verdad; vemos las cosas bajo su

verdadera luz.

9.5.2

A propósito de esos sentimientos que una a veces no puede evitar,

cuando, después de haber prestado un servicio, no se recibe ninguna

muestra de gratitud.

Te aseguro que también yo experimento ese sentimiento de que me

hablas. Pero no me dejo nunca atrapar por él, pues no espero ninguna

recompensa aquí en la tierra: lo hago todo por Dios; y de esta manera,

nada puedo perder y siempre me doy por bien pagada del trabajo que me

tomo por servir al prójimo.

9.5.3

Si, por un imposible, ni el mismo Dios viese mis buenas acciones, no me

afligiría por ello lo más mínimo. Le amo tanto, que quisiera darle gusto sin

ni que él mismo supiese que soy yo <7>. Al verlo y al saberlo, está como

obligado a «pagármelo», y yo no quisiera causarle esa molestia...

15 de mayo

15.5.1

Me siento muy contenta de irme pronto al cielo. Pero cuando pienso en

aquellas palabras del Señor: «Traigo conmigo mi salario, para pagar a

cada uno según sus obras», me digo a mí misma que en mi caso Dios va a

verse en un gran apuro: ¡Yo no tengo obras! Así que no podrá pagarme

«según mis obras»... Pues bien, me pagará «según sus propias obras...»

15.5.2

Me he formado una idea tan alta del cielo, que a veces me pregunto cómo

se las arreglará Dios, después de mi muerte, para sorprenderme. Mi

esperanza es tan grande y es para mí motivo de tanta alegría _no por el

sentimiento, sino por la fe_, que necesitaré algo por encima de todo

pensamiento para saciarme plenamente. Preferiría vivir en eterna

esperanza a sentirme decepcionada.

En fin, pienso ya desde ahora que, si no me siento suficientemente

sorprendida, aparentaré estarlo por complacer a Dios. No habrá peligro

alguno de que le haga ver mi decepción; sabré ingeniármelas para que él

no se dé cuenta. Por lo demás, me las arreglaré siempre para ser feliz.

Para lograrlo, tengo mis pequeños trucos, que tú ya conoces y que son

infalibles... Además, con sólo ver feliz Dios bastará para que yo me sienta

plenamente feliz.

15.5.3

Le había hablado de ciertos ejercicios de devoción y de perfección

aconsejados por los santos y que a mí me desanimaban.

Yo ya no encuentro nada en los libros, a no ser en el Evangelio <8>. Este

libro me basta. Escucho con verdadera delicia estas palabras de Jesús

que me dicen todo lo que tengo que hacer: «Aprended de mí, que soy

mando y humilde de corazón»; y encuentro la paz, según su promesa: «...

y encontraréis descanso para vuestras almas».

Esta última frase me la dijo levantando los ojos con una expresión

celestial. Añadió la palabra «pequeñas» a la frase de Nuestro Señor, lo

cual le dio todavía más encanto:

«... y encontraréis descanso para vuestras pequeñas almas...»

15.5.4

Le habían dado un hábito nuevo (el que aún se conserva). Se lo había

puesto por primera vez en Navidad de 1896. Este hábito, el segundo

después de su toma de hábito, le caía muy mal. Le pregunté si eso la

disgustaba:

¡Ni pizca! No más que si fuese el de un chino, allá a 2.000 leguas de

nosotras.

15.5.5

Echo a mis pajaritos, a derecha y a izquierda, los granos buenos que Dios

pone en mi manita. Y luego, ¡que sea lo que Dios quiera! No vuelvo a

ocuparme más de ello. Unas veces, es como si no hubiera echado nada;

otras, ayuda. Pero Dios me dice: «Da, da siempre, sin preocuparte del

resultado».

15.5.6

Me encantaría ir a Hanoi <10> para sufrir mucho por Dios. Quisiera ir allá

para estar completamente sola, para no tener consuelo alguno en la tierra.

En cuanto a la idea de ser útil allí, ni siquiera se me pasa por el

pensamiento, estoy completamente segura de que no haría absolutamente

nada.

15.5.7

En realidad, me da igual vivir que morir. No entiendo bien qué podré tener

después de la muerte que no tenga ya en esta vida. Veré a Dios, es cierto,

pero en cuanto a estar con él, ya lo estoy completamente en la tierra <11>.

18 de mayo

18.5.1

Me han liberado de todos los oficios. Y pensé que mi muerte no causaría el

menor trastorno a la comunidad.

¿Te apena el pasar por un miembro inútil ante las hermanas?

No, ésa es la menor de mis preocupaciones, ¡me da exactamente igual!

18.5.2

Al verla tan enferma, había hecho todo lo posible para conseguir que

nuestra Madre la dispensase de rezar los oficios de difuntos.

Por favor, no me impidas rezar mis «pequeños» oficios de difuntos. Es lo

único que puedo ya hacer por las hermanas que están en el purgatorio, y

eso no me cansa lo más mínimo. A veces, al final del silencio <13>, tengo un

momentito libre, y eso más bien me relaja.

18.5.3

Necesito tener siempre algo que hacer; de esa manera, no estoy

preocupada ni pierdo nunca el tiempo.

18.5.4

Había pedido a Dios poder seguir los actos de comunidad hasta mi muerte.

¡Pero él no quiere! Estoy segura de que podría muy bien asistir a todos los

oficios divinos, no moriría por ello ni un minuto antes. A veces pienso que,

si no hubiera dicho nada, no me creerían enferma.

19 de mayo

19.5.

¿Por qué estás hoy tan alegre?

Porque esta mañana he tenido dos «pequeñas» penas. ¡Muy agudas, sí...!

Nada como las «pequeñas» penas me produce «pequeñas» alegrías...

20 de mayo

20.5.1

Me dicen que tendré miedo a la muerte. Puede ser. No hay nadie aquí que

desconfíe más que yo de sus sentimientos. Yo nunca me apoyo en mi

parecer; sé muy bien cuán débil soy. Pero quiero disfrutar del sentimiento

que Dios me da ahora. Siempre habrá tiempo de sufrir por lo contrario <14>.

20.5.2

Le estaba enseñando su fotografía:

Sí, pero... eso es el sobre. ¿Cuándo se podrá ver la carta? ¡Cuánto me

gustaría ver la carta <15>...

Del 21 al 26 de mayo

21/26.5.1

Teófano Vénard <16> me gusta todavía más que san Luis Gonzaga, porque

la vida de san Luis Gonzaga es extraordinaria, y la suya totalmente

ordinaria. Además, es él quien habla, mientras que en caso del santo es

otro el que escribe y el que le hace hablar; ¡y entonces, no se sabe casi

nada de su «pequeña» alma!

Teófano Vénard quería mucho a su familia, y yo también quiero mucho a

mi «pequeña» familia. No entiendo a los santos que no quieren a su

familia... ¡Sí, a mi pequeña familia de aquí, yo la quiero mucho! Quiero

mucho, mucho a mi Madrecita.

21/26.5.2

Voy a morir pronto, pero ¿cuándo? Sí, ¿cuándo...? ¡Nunca acaba de

llegar! Soy como un niñito al que se le está prometiendo siempre un pastel:

se lo enseñan desde lejos, y luego, cuando él se acerca para cogerlo,

retiran la mano... Pero, en el fondo, estoy totalmente resignada a vivir, a

morir, a recobrar la salud o a ir a Cochinchina, si Dios así lo quiere.

21/26.5.3

Después de mi muerte, no hace falta que me rodeéis de coronas, como a

la madre Genoveva <18>. A las personas que quieran traerlas, podréis

decirles que prefiero que empleen ese dinero en rescatar a algunos

negritos. Eso sí que me gustaría.

21/26.5.4

Hace algún tiempo, sentía mucho tomar remedios caros; pero al presente

no me preocupa lo más mínimo, al contrario. Es así desde que leí en la

vida de santa Gertrudis que ella se alegraba en su interior, diciéndose que

todo redundaría en provecho de los que nos hacen el bien. Y se apoyaba

ene estas palabras de Nuestro Señor: "¡Todo lo que hicisteis con uno de

mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis!".

21/26.5.5

Estoy convencida de la inutilidad de los remedios que tomo para curarme;

pero me las he arreglado con Dios para que haga que se aprovechen de

ellos los pobres misioneros enfermos que no tienen ni tiempo ni medios

para curarse. Le pido que los cure a ellos, en vez de a mí, por medio de los

medicamentos y del reposo que a mí me obligan a tomar.

21/26.5.6

Me ha repetido tantas veces que soy valiente, y esto responde tan poco a

la verdad, que me he dicho a mí misma: ¡Qué se va a hacer, no hay que

dejar por mentiroso a todo el mundo! Y me he puesto, con la ayuda de la

gracia, a trabajar por adquirir esa valentía. He hecho como el guerrero,

que, al oírse felicitar por su bravura, sabiendo muy bien que no es más que

un cobarde, acaba por sentir vergüenza de los elogios y quiere merecerlos.

21/26.5.7

Cuando esté en el cielo, ¡cuántas gracias pediré para ti! Sí, importunaré

tanto a Dios, que si al principio quisiera negarse a lo que le pido, mi

insistencia lo obligará a satisfacer mis deseos. Esta historia está en el

Evangelio.

21/26.5.8

...Si los santos me demuestran menos cariño que mis hermanitas, será

muy duro para mí..., y me iré a llorar en un rinconcito...

21/26.5.9

Los santos inocentes no serán niñitos en el cielo; sólo tendrán los

encantos indefinibles de la infancia <19>. Se los representa como "niños"

porque nosotros tenemos necesidad de imágenes para comprender las

cosas del espíritu.

...Sí, yo espero unirme a ellos. Si quieren, seré su pajecito y llevaré la cola

de sus trajes...

21/26.5.10

Si no tuviese esta prueba del alma <20>, que no se puede comprender,

estoy segura que moriría de alegría al pensar que pronto dejaré la tierra.

Del 21 al 26 de mayo <*>

21/26.5.11*

Esta noche estaba un poco triste, preguntándome si Dios estaría

realmente contento de mí. Pensaba en que cada una de las hermanas

diría de mí, si se lo preguntasen. Una diría: «Es un alma buena, puede

llegar a ser santa». Otra: «Es muy amable, muy piadosa, pero esto..., y lo

de más allá...». Y otras tendrían también otros pareceres; muchas me

juzgarían muy imperfecta, lo cual es verdad... Mi Madrecita me quiere

tanto, que el amor la ciega, así que no puedo creerla. ¿Y quién me dirá lo

que piensa Dios? Estaba en estos pensamientos cuando me llegó tu

billetito. Me decías que todo en mí te gustaba, que Dios me amaba de

manera muy especial, que él no me había hecho subir como a las demás

la áspera escalera de la perfección sino que me había puesto en un

ascensor para que llegase antes a Él <21>. Todo eso me emocionaba, pero

el pensamiento de que tu amor te hacía ver lo que en realidad no existía

me impedía gozar en plenitud. Entonces tomé en mis manos el Evangelio,

pidiendo a Dios que me consolase, que él mismo me respondiera... Y he

aquí que mis ojos se posaron en este pasaje que nunca me había llamado

la atención: «El que Dios envió habla las palabras de Dios, porque no le

comunicó su Espíritu con medida». Entonces derramé lágrimas de alegría,

y esta mañana, al despertarme, me encontraba todavía inundada de gozo.

Eres tú, Madrecita querida, la que Dios me ha enviado, eres tú quien me

educó, eres tú quien me ha traído al Carmelo; todas las grandes gracias de

mi vida las he recibido a través de ti. Por eso, tú dices las mismas cosas

que Dios, y ahora creo que Dios está muy contento de mí, ya que tú me lo

dices.

(*) Ya no recuerdo la fecha exacta.

26 de mayo

_ Víspera de la Ascensión. _

Esta mañana, durante la procesión <22>, estaba y en la ermita de san José

y miraba de lejos por la ventana a la comunidad en la huerta. Era

fantástica esa procesión de religiosas con capas blancas; me hacía pensar

en el cortejo de las vírgenes en el cielo. Al doblar el paseo de los castaños,

os veía a todas medio tapadas por las altas hierbas y por los capullos

dorados del prado. Era cada vez más delicioso.

Y de pronto, entre esas religiosas veo a una, de las más elegantes, que

mira hacia mí y se inclina sonriendo para hacerme una seña de que me

había visto. ¡Era mi Madrecita! Inmediatamente me acordé de mi sueño: la

sonrisa y las caricias de la madre Ana de Jesús <23>, y sentí que me

invadía la misma impresión de dulzura que entonces. Y pensé: ¡De modo

que los santos me conocen, me aman, me sonríen desde lo alto y me

invitan a reunirme con ellos!

Entonces se me saltaron las lágrimas... Hace muchos años que no había

llorado tanto. ¡Y qué dulces eran esas lágrimas!

27 de mayo

27.5.1

_ Ascensión _

Yo quiero un «circular» <24>, porque siempre he pensado que deberé

corresponder al oficio de difuntos que cada carmelita dirá por mí. No

comprendo muy bien cómo hay quienes no quieren circular; es tan

hermoso conocerse, saber un poco con quiénes vamos a vivir

eternamente.

27.5.2

No tengo absolutamente ningún miedo a los últimos combates, ni a los

sufrimientos de la enfermedad, por grandes que sean. Dios me ha

socorrido siempre, me ha ayudado y me ha llevado de la mano desde mi

más tierna infancia..., cuento con él. Estoy segura de que continuará

ayudándome hasta el fin. Tal vez llegue a no poder más, pero nunca

tendré demasiado, de esto estoy segura.

27.5.3

No sé cuándo moriré, pero creo que será pronto. Tengo muchas razones

para esperarlo así.

27.5.4

No deseo más morir que vivir. Es decir: si tuviese que escoger, preferiría

morir; pero como es Dios quien escoge por mí, prefiero lo que quiera él.

Me gusta siempre lo que él hace <25>.

27.5.5

Que no piensen que, si me curo, eso me va a desconcertar o desbaratar

mis humildes planes. ¡En absoluto! La edad no es nada a los ojos de Dios,

y yo me las arreglaré para seguir siendo una niña aunque viva mucho

tiempo <26>.

27.5.6

Siempre miro el lado bueno de las cosas. Hay quienes se lo toman todo de

la manera que más les hace sufrir. A mí me ocurre todo lo contrario.

Cuando no tengo más que el sufrimiento puro, cuando el cielo se vuelve

tan negro que no veo ni un solo claro entre las nubes, pues bien, hago de

ello mi alegría... ¡Me pavoneo <27>! Como en las humillaciones de papá <28>,

que hacen que me sienta más gloriosa que una reina.

27.5.7

¿Te has fijado, en la lectura del refectorio, en esa carta dirigida a la madre

de san Luis Gonzaga, en la que se dice de él que no habría podido

aprender más ni ser más santo aunque hubiera llegado a la edad de Noé

<29>?

27.5.8

A propósito de su muerte.

Soy como una persona que, al tener un billete de lotería, tiene más

posibilidades de que le toque que otra que no lo tiene. Sin embargo,

tampoco ella está segura de conseguir un premio. A fin de cuentas, yo

tengo un billete, que es mi enfermedad, y puedo abrigar esperanzas.

27.5.9

Me acuerdo de una vecinita de los Buissonnets, de 3 años de edad, que, al

oír que las otras niñas la llamaban, decía a su madre: "¡Mamá, me

necesitan allí!, déjame ir, por favor..., ¡"me necesitan allí...!

Pues bien, me parece que hoy los angelitos me llaman, y yo te digo como

aquella niñita: «¡Déjame partir, me necesitan allí!».

No los oigo, pero los siento.

27.5.10

Cuando hacia el mes de noviembre <30> se había proyectado mi partida

para Tonkín, ¿te acuerdas que comenzamos una novena a Teófano

Vénard para obtener una señal de la voluntad de Dios? En aquel entonces

y volvía a asistir a todos los actos de comunidad, incluso a Maitines. Pues

bien, justo durante la novena comencé de nuevo a toser, y desde entonces

sólo voy de mal en peor. Es él quien me llama. Me gustaría mucho tener

su retrato. Es un alma que me encanta. San Luis Gonzaga estaba serio

incluso en la recreación, pero Teófano Vénard estaba siempre alegre.

Por aquellos días estábamos leyendo en el refectorio la vida de san Luis

Gonzaga.

29 de mayo

29.5

Botones de fuego por segunda vez. Por la noche yo estaba triste, y abrí el

Evangelio delante de ella para consolarme. Mis ojos se posaron sobre

estas palabras, que le leí: «Ha resucitado, no está aquí, mirad el sitio

donde lo pusieron».

¡Sí, así es! En efecto, yo ya no soy, como en mi infancia, accesible a

cualquier sufrimiento. Estoy como resucitada, no estoy ya en el sitio en que

me creen... ¡Pero no te aflijas por mí! He llegado a no poder ya sufrir,

porque cualquier sufrimiento me resulta agradable.

30 de mayo

30.5.1

Ese día, se le dio permiso para que me contara su vómito de sangre del

Viernes Santo de 1896. Como le manifesté mi gran pesar por no haber

sido avisada enseguida, me consoló lo mejor que pudo y por la noche me

envió este billete:

«No sufras, Madrecita querida, porque parezca que tu hijita te ha ocultado

algo, pues tú sabes muy bien que si te ha ocultado una esquinita del sobre,

nunca te ha ocultado ni una sola línea de la carta. ¿Pues quién conoce

mejor que tú esta cartita que tanto amas? A las demás se les puede

enseñar el sobre por todos sus lados, pues no pueden ver más que eso,

¡¡¡pero a ti...!!! Tú sabes ya, Madrecita, que fue el día de Viernes Santo

cuando Jesús comenzó a rasgar un poco el sobre de TU cartita. ¿No te

alegra que él se disponga a leer esta carta que tú estás escribiendo desde

hace 24 años? ¡Si supieras qué bien sabrá ella decirle tu amor durante

toda la eternidad!» <31>.

30.5.2

¡Tal vez sufras mucho antes de morir...!

No te aflijas por eso, ¡lo deseo tanto!

30.5.3

¡No sé cómo haré en el cielo para vivir sin ti!

NOTAS

Mayo

La correspondencia de mayo 1907 no dice nada acerca del estado físico

de Teresa. Los parcos datos del Cuaderno amarillo indican que la tos

persiste, agotadora, sobre todo por la noche. A los vegigatorios se añaden

las sesiones de botones de fuego. La resistencia de la enferma se va

debilitando. A partir de la segunda quincena, Teresa se ve obligada a

renunciar progresivamente a la vida comunitaria.

Sin embargo, aún no se ha perdido toda esperanza de curación. En medio

de esta incertidumbre, el abandono de la santa muestra su verdadera

dimensión: es ésta una de las notas dominantes de este mes de mayo. La

poesía Una hoja deshojada (PN 51) es una prueba patética de ello.

En este mes Teresa escribe ocho cartas o billetes (Cta 225 a 232) y cinco

poesías (PN 50; PN 51 a 54), coronadas por su testamento mariano: Por

qué te amo, María.

1 La madre Inés transcribe una frase análoga en una carta del 16 de julio

(UC p. 636); cf 11.9.4.

2 El P. Mazel; cf Cta 226, n. 3.

3 Sobre este segundo hermano espiritual de Teresa, cf Ms C 33rº.

4 En realidad un año.

5 Día de recreación extraordinaria; las hermanas podían conversar

libremente entre ellas, y cantar en su celda en ciertos momentos de la

jornada; cf Ms A 20vº; Ms C 19rº y 28rº; Cta 225.

6 PN 45.

7 Pensamiento análogo al de san Juan de la Cruz a sor Magdalena del

Espíritu Santo; cf CRISÓGONO DE JESÚS SACRAMENTADO, Vida de

san Juan de la Cruz, 11ª ed. Madrid, BAC, 1982, p. 193. [SAN JUAN DE

LA CRUZ, Obras Completas 4ª ed., Burgos, Monte Carmelo, 1983, p. 108.

N. del T.]

8 Cf Ms A 83vº; Ms C 36vº; y BT.

9 Las novicias.

10 Al Carmelo, fundado por el de Saigón en 1895; cf Ms A 84vº; Ms C 9rº;

Cta 221; PN 47,6.

11 Cf Cta 56, n. 2.

12 Oficio que se rezaba en privado a la muerte de cada carmelita (durante

la vida religiosa de Teresa murieron cerca de quinientas en Francia). Cf

27.5.1; 6.8.4.

13 Tiempo libre durante el «silencio riguroso», desde las 12 del mediodía a

la 1 de la tarde en verano y de 8 a 9 de la noche durante todo el año; cf UC

p. 725.

14 Cf 9.7.6.

15 Cf 30.5.1.

16 Sobre este joven mártir cf Cta 221 y 245; PN 47; diecisiete veces

aparece nombrado en CA, una de ellas en 27.5.10.

17 Al Carmelo de Saigón; cf 2.9.5.

18 Fundadora de Lisieux; cf Ms A 78rº/79rº.

19 Cf PN 44 y Or 18.

20 Tentación respecto a la existencia del cielo (3.7.3); cf Ms C 5vº/7rº.

21 Cf Cta 229; Ms C 3rº; Cta 258.

22 Procesión de las Rogativas.

23 Cf Ms B 2rº/vº.

24 Reseña biográfica que se envía a todos los monasterios de la Orden

después del fallecimiento de una hermana. En el caso de Teresa, hizo sus

veces la Historia de un alma (30 de septiembre de 1898).

25 Cf 2.8.4; 30.8.2; 4.9.7; 5.9.2.

26 Cf 25.9.1.

27 [La santa usa la expresión] «Faire jabot: familiarmente, sacar hacia

fuera el cuello de la camisa para pavonearse» (Littré).

28 La enfermedad mental del señor Martin.

29 Histoire de saint Louis de Gonzague, por J.-M. Daurignac, (París,

Douniol, 1864), p. 346.

30 En 1896.

31 Cf el texto exacto en Cta 231.

4 de junio

4.6.1

Se despidió de nosotras (*) en la celda de sor Genoveva de la Santa Faz,

que daba a la terraza, del lado de la sala capitular. Estaba acostada en el

jergón de sor Genoveva. Ese día parecía no sufrir ya y tenía el rostro como

transfigurado. No nos cansábamos de mirarla y de escuchar sus dulces

palabras.

Le he pedido a la Santísima Virgen no seguir estando amodorrada y

enajenada, como me encontraba todos estos días; me daba cuenta de que

eso te apenaba. Y esta noche me ha escuchado.

¡Hermanitas mías, qué feliz me siento! Veo que voy a morir pronto, ahora

estoy segura de ello.

No os extrañéis si no me aparezco a vosotras después de la muerte y si no

veis ninguna cosa extraordinaria como señal de mi felicidad. Acordaos de

que mi «caminito» es no desear ver nada <1>. Sabéis bien lo que tantas

veces he dicho a Dios, a los ángeles y a los santos:

que no es mi deseo

aquí en la tierra verles <2>...

Los ángeles vendrán a buscarte, dijo sor Genoveva. ¡Cómo nos gustaría

verlos!

No creo que los veáis, pero no por eso dejarán de estar allí...

Sin embargo, por complaceros, me gustaría tener una hermosa muerte. Se

lo he pedido a la Santísima Virgen. No se lo he pedido a Dios porque

quiero dejarle hacer lo que él quiera. Pedirle a la Santísima Virgen no es lo

mismo. Ella sabe bien lo que ha de hacer con mis pequeños deseos, si

tiene que decirlos o no... En definitiva, ella es la que tiene que juzgar, para

no obligar a Dios a escucharme, para dejarle hacer en todo su voluntad.

Esta noche he logrado poder consolaros un poco y estar muy amable, pero

no debéis esperar verme así en el momento de la muerte... ¡No lo sé!

Quizás, de repente, la Santísima Virgen ha hecho esto por su cuenta, sin

decírselo a Dios; y en ese caso, eso no prueba nada para más tarde.

No sé si iré al purgatorio, y no me preocupa en absoluto <3>; pero si voy, no

lamentaré no haber hecho nada por evitarlo. Nunca me arrepentiré de

haber trabajado únicamente por salvar almas. ¡Cuánto me alegra saber

que N.M. santa Teresa pensaba lo mismo <4>!

Madrecita querida, si algún día vuelves a ser priora <5>, no te preocupes, ya

verás cómo no te va a costar tanto como la otra vez. Estarás por encima

de todo. Dejarás que piensen y que digan lo que quieran, cumplirás en paz

con tu deber... etc. ... etc.

No hagas nunca nada por serlo, ni nada tampoco por no serlo... Por lo

demás, te prometo que yo no dejaré que te elijan para serlo si eso es

perjudicial para tu alma.

Cuando la abracé:

¡Ya lo he dicho todo! En especial a mi Madrecita, para más tarde...

Hermanitas, no os aflijáis si sufro mucho y si no veis en mí, como ya os he

dicho, ninguna señal de felicidad en el momento de mi muerte. Nuestro

Señor murió ciertamente víctima de amor, ¡y ya veis qué agonía fue la

suya <6>...! Todo eso no significa nada.

(*) Era durante la novena a Nuestra Señora de las Victorias para obtener

su curación.

4.6.2

Un poco más tarde, al verla sufrir otra vez mucho, le dije: «Bueno,

deseabas sufrir; pues Dios no lo ha olvidado».

Deseaba sufrir y he sido escuchada. Desde hace varios días estoy

sufriendo mucho. Una mañana, durante la acción de gracias después de la

comunión, sentí unas angustias como de muerte... ¡y sin una pizca de

consuelo!

4.6.3

Lo acepto todo por amor de Dios, hasta toda esa serie de pensamientos

extravagantes que me vienen a la mente.

5 de junio

5.6.1

(Durante Maitines)

Madrecita, he visto que me quieres con un amor desinteresado. Pues bien,

si yo sé que tú eres mi madrecita, ¡un día tú sabrás que yo soy tú hijita! ¡Sí,

cuánto te quiero!

5.6.2

He vuelto a leer la obra que compuse sobre Juana de Arco <7>. En ella

podrás ver cuáles son mis sentimientos sobre la muerte; todos están allí

expresados. Te gustará. Pero no creas que me parezco a Juana de Arco

cuando por un momento tuvo miedo... Ella se mesaba los cabellos <8>... Yo

no me tiro de mis «pequeños» cabellos...

5.6.3

Madrecita, tú fuiste quien me preparó para la primera comunión <9>,

prepárame ahora para morir...

5.6.4

Si una mañana me encuentras muerta, no sufras: será que papá Dios

habrá venido a buscarme con la mayor sencillez. Sin duda es una gracia

muy grande recibir los sacramentos; pero cuando Dios no lo permite,

también está bien, todo es gracia.

6 de junio

6.6.1

Te agradezco que hayas pedido que me diesen una partícula de la

sagrada hostia. Aun así me ha costado mucho pasarla. ¡Pero qué feliz me

sentía de tener a Dios en mi corazón! He llorado como el día de mi primera

comunión <10>.

6.6.2

El Sr. Youf <11> me ha dicho acerca de mis tentaciones contra la fe: «No se

detenga usted en eso, es muy peligroso». No es muy consolador oír una

cosa así, pero afortunadamente no me impresiono por ello. Pero estáte

tranquila, que no voy a devanarme los «sesitos» atormentándome.

El Sr. Youf me ha dicho también: «¿Está usted resignada a morir?" Y yo le

contesté: "Padre, me parece que sólo se necesita resignación para vivir;

para morir, lo que yo siento es alegría».

6.6.3

Me pregunto cómo haré para morir. Sin embargo, quisiera salir de ese

trance ¡«con honor»! En fin, creo que eso no depende de uno.

(Pensaba en nosotras)

6.6.4

Cuando era niña, los grandes acontecimientos de mi vida me parecían

montañas inalcanzables. Al ver a las niñas hacer la primera comunión, me

decía a mí misma: ¿Cómo haré yo en mi primera comunión...? Más tarde:

¿Cómo haré para entrar en el Carmelo...? Y luego: ¿para tomar el hábito?,

¿para hacer la profesión? ¡Actualmente, es para morir <12>!

6.6.5

«Voy a hacerte fotografiar para complacer a nuestra Madre»<13>. Sonrió

con aire travieso:

Di más bien que es por ti... «¡Ciercecito, deja de soplar! No es por mí, es

por mi compañero que no lleva chaqueta...».

Me recordaba con ello una historieta de auverneses que papá nos

contaba. Le ponía entonación, y venía muy a cuento, pues el compañero,

aparentemente tan caritativo, en realidad abogaba en su favor.

6.6.6

Por miedo a producirle náuseas, no queríamos decirle que el jarabe que

tomaba era jarabe de caracoles, pero ella se dio cuenta y se rió de

nuestros temores.

¡Qué me importa tomar jarabe de caracoles, con tal que no vea los

cuernos! ¡Ahora como caracoles, como los patitos! Ayer hacía como las

avestruces: ¡comía huevos crudos!

6.6.7

¡Te quiero mucho, mucho!

6.6.8

Le dije: «Los ángeles te llevarán en sus palmas, para que tu pie no

tropiece en la piedra». Respondió:

Sí, eso está bien para ahora mismo; pues más tarde, después de mi

muerte, ¡¡¡ya no encontraré ningún obstáculo!!!

6.6.9

Tras la visita del Dr. de Cornière <14>, que la había encontrado mejor, le

dije: «¿Estás triste?».

No, no... He encontrado en el Evangelio: «Pronto veréis al Hijo del Hombre

sentado sobre las nubes del cielo».

Yo respondí: «¿Cuándo, Señor?». Y en la página de enfrente leí estas

palabras: «Hoy mismo».

Pero todo esto... es para que no nos inquietemos por nada, ni por querer

vivir ni morir...

Y unos instantes después:

¡Sin embargo, tengo muchas ganas de irme! Le digo a la Santísima Virgen

que haga ella lo que quiera.

7 de junio

7.6.1

_ Domingo _ <15>

Durante algún tiempo estuvo sentada a mi lado en el banco al fondo del

cementerio. Al final, apoyó tiernamente la cabeza sobre mi pecho y cantó a

media voz:

¿Olvidarme de ti, Madre querida?

¡No, no, jamás! <16>

Al bajar las escaleras, vio a la derecha, bajo el níspero, la gallinita blanca

que tenía a todos sus polluelos recogidos bajo sus alas. Algunos sólo

enseñaban su cabecita. Se paró a contemplarlos, muy pensativa. Al cabo

de un poco, yo le hice señas de que era hora de volver. Tenía los ojos

llenos de lágrimas. Le dije: «¡Estás llorando!». Entonces se cubrió los ojos

con la mano, llorando más todavía, y me respondió:

En este momento no puedo decirte por qué, estoy demasiado

emocionada...

Por la noche, en su celda, me dijo con una expresión celestial:

He llorado al pensar que Dios escogió esa comparación para hacernos

creer en su ternura. ¡Eso es lo que ha hecho conmigo durante toda mi

vida! ¡Me ha escondido totalmente bajo sus alas...! Luego, al separarnos,

lloraba mientras subía la escalera, sin poder ya contenerme, y tenía prisa

por volver a la celda. Mi corazón rebosaba de amor y de gratitud.

7.6.2

Hoy hace diez años que papá me dio esta florecita blanca cuando le hablé

por primera vez de mi vocación <17>.

(Y me enseñó la florecita).

7.6.3

Si no me hubieses educado bien, habrías visto cosas muy tristes <18>. Y no

hubiera llorado hoy al ver la gallinita blanca...

8 de junio

8.6.1

Pronto vendréis todas conmigo; ¡ea, esto no durará mucho!

A sor María de la Trinidad, que le pedía que se acordase de ella en el

cielo:

Aún no has visto más que el cascarón; pronto verás el pollito.

8.6.2

Le decía que yo no tenía ya apoyo alguno en la tierra.

¿Cómo que no? Sí que tienes un apoyo: me tienes a mí.

8.6.3

Habíamos hablado de esas largas enfermedades que con frecuencia

cansan a las enfermeras, lo cual constituye un gran sufrimiento para las

enfermas que se dan cuenta de ello.

Yo acepto seguir como estoy hasta el final de una vida muy muy larga. Y si

eso le agrada a Dios, acepto incluso que «me tomen ojeriza».

9 de junio

9.6.1

Se dice en el Evangelio que Dios vendrá como un ladrón. A mí vendrá a

robarme con gran delicadeza. ¡Cómo me gustaría ayudar al Ladrón!

9.6.2

¡Qué feliz me siento hoy!

_ ¿Es que ha pasado ya la prueba <19>?

No, pero hay como una especie de tregua. Las serpientes malignas ya no

silban en mis oídos...

9.6.3

¡Con qué paz dejo que digan a mi alrededor que estoy mejor! La semana

pasada estaba levantada, y me creían muy enferma. Esta semana no

puedo tenerme en pie, estoy agotada, ¡y mira por dónde me creen ya

sana! ¡Pero qué importa!

_ Sin embargo, ¿tú crees que morirás pronto?

Sí, espero irme pronto. La verdad es que no estoy mejor; me duele mucho

el costado. Pero _siempre lo diré_ si Dios me cura, no sufriré la menor

decepción.

A sor María del Sagrado Corazón, que le decía: «¡Qué tristes nos vamos a

quedar cuando nos dejes!».

No, ya veréis, será como una lluvia de rosas <20>.

9.6.4

No tengo miedo al Ladrón... Lo veo a lo lejos y me guardo muy bien de

gritar: ¡Al ladrón! Al contrario, lo llamo diciéndole: ¡Por aquí, por aquí!

9.6.5

Soy como un niñito en la estación del ferrocarril, que espera a sus papás

para que lo suban al tren. ¡Pero ellos no vienen y el tren se va! Bueno, hay

otros trenes y no todos los voy a perder...

10 de junio

10.6

Había mejorado, y le extrañaba. Tenía que esforzar por no dejarse llevar

de la tristeza.

...La Santísima Virgen cumple bien mis encargos, ¡volveré a dárselos!

Le repito con frecuencia: «Dile que por mí nunca se moleste»<21>.

El ha comprendido, y eso es lo que hace. Yo ya no entiendo nada de mi

enfermedad. ¡Ahora resulta que he mejorado! Sin embargo, me abandono

y me siento feliz. ¡Qué sería de mí si abrigase la esperanza de morir

pronto! ¡Cuántas decepciones! Pero no llevo ninguna, porque me contento

con todo lo que Dios hace y sólo deseo su voluntad.

11 de junio

11.6.1

Había arrojado flores al San José de la huerta (al fondo del paseo de los

castaños), diciendo con tono infantil y gracioso: «¡Toma!».

_ ¿Por qué arrojas flores a san José? ¿Para obtener alguna gracia?

¡No...! Es por complacerle... Yo no quiero dar para recibir.

11.6.2

Para escribir mi «pequeña» vida <22>, no me devano los sesos. Es como si

estuviera pescando a caña: escribo lo que me sale.

12 de junio

12.6.1

No me creen tan enferma como estoy en realidad. Por eso me resulta más

penoso verme privada de la comunión y del oficio divino. Pero mejor que

nadie se preocupe ya por eso. Yo sufría mucho por ello, y había pedido a

la Santísima Virgen que arreglase las cosas para que nadie sufriese. Y me

escuchó.

En cuanto a mí, no me importa que piensen o que digan lo que quieran. No

veo razón para desconsolarme.

12.6.2

¡Mañana no comulgaré! ¡Y tantas niñas recibirán a Dios <23>!

(Había primeras comuniones en la parroquia de Santiago).

13 de junio

13.6

(En la huerta)

Me da la impresión de ser una tela atirantada en el bastidor para que la

borden, y que nadie viene a bordarla. ¡Espero y espero! Pero en vano... En

fin..., no es nada extraño: ¡los niñitos no saben lo que quieren!

Digo esto porque pienso en el Niño Jesús: él es quien me ha atirantado en

el bastidor del sufrimiento para darse el gusto de bordarme y luego el de

aflojarme para ir a mostrar allá arriba su precioso trabajo.

Cuando hablo del Ladrón, no me refiero al Niño Jesús, me refiero al Dios

«grande».

14 de junio

14.6

Ultimo día de la novena <24>. Se encontraba mucho mejor, nuevo motivo de

decepción para ella, que sin embargo me dijo con una sonrisa:

¡Soy una niña curada!

_ ¿Y eso te entristece?

No..., momento a momento se puede soportar mucho.

15 de junio

15.6.1

El día 9, veía muy claramente a lo lejos el faro que me anunciaba el puerto

del cielo, pero ahora ya no veo nada, tengo los ojos como vendados. Ese

día veía al Ladrón; ahora ya no le veo en absoluto. Lo que me dicen sobre

la muerte ya no penetra en mi interior; es como si resbalase sobre una

losa. ¡Se acabó! La esperanza de la muerte se ha gastado. Sin duda es

que Dios no quiere que piense en ella como antes de caer enferma.

Entonces, ese pensamiento me era necesario y muy provechoso, y así lo

sentía. Pero hoy ocurre lo contrario. Dios quiere que me abandone como

un niñito que no se preocupa de lo que harán con él.

15.6.2

¿Estás cansada de ver que tu estado se prolonga? ¡Debes de estar

sufriendo mucho!

Sí, pero «me place».

_ ¿Por qué?

Porque «le place» a Dios.

(Empleaba esta palabra y algunas otras que no iban con su manera

sencilla de expresarse normalmente, cuando quería encubrir su

pensamiento de una manera que fuese entretenida para nosotras.

Había adoptado también ciertas expresiones ingenuas, de las que se

servía en la intimidad, y que en sus labios tenían mucha gracia.)

15.6.3

No sé cuándo moriré; ya no tengo la menor confianza en la enfermedad.

Aun cuando me administrasen los sacramentos, seguiría creyendo que

aún puedo dar marcha atrás. No estaré realmente segura de que me ha

llegado el turno hasta que haya dado el paso y me vea en los brazos de

Dios.

15.6.4

(Por la noche)

¡Cómo me gustaría decirte algo agradable!

Sólo dime solamente si me olvidarás cuando estés en el cielo.

¡Si te olvidase, me parece que todos los santos me echarían del paraíso

como a un búho feo! Madrecita, cuando esté allá arriba, "vendré y te

llevaré conmigo, para que donde yo esté estés también tú".

15.6.5

Estoy contenta, no ofendo a Dios lo más mínimo durante mi enfermedad.

Hace un poco, estaba yo escribiendo sobre la caridad (en el cuaderno de

su Vida <25>), y con mucha frecuencia venían a interrumpirme; entonces, he

procurado no impacientarme y poner en práctica lo que estaba

escribiendo.

19 de junio*

19.6

Nuestra prima, la madre Margarita (superiora general en París de las

religiosas Auxiliadoras del Inmaculado Corazón, enfermeras) me había

enviado una preciosa canastilla repleta de lirios artificiales, para el día 21,

fiesta de la madre María de Gonzaga. Le llevé la canastilla, diciéndole muy

alegre: «¡Me la envía la Superiora General de las Auxiliadoras!».

Me respondió de repente, en un arranque y con cariño:

¡La Superiora General de mi corazón eres tú!

20 de junio

20.6

Le estaba enseñando las pequeñas fotografías de la Virgen Madre que yo

había pintado para el santo de nuestra Madre <26>. Puso las manos sobre

las miniaturas extendidas ante sus ojos y, separando los dedos, consiguió

tocar todas las cabecitas del Niño Jesús. Entonces me dijo:

Los tengo a todos bajo mi dominio...

22 de junio

22.6

Estaba en la huerta, en el coche <27>. Cuando me acerqué a ella por la

tarde, me dijo:

¡Qué bien que entiendo las palabras de Nuestro Señor a nuestra Madre

santa Teresa! «¿Sabes, hija mía, quiénes son los que aman de verdad?

Los que reconocen que todo lo que no se refiere a mí no es más que

mentira» <28>.

¡Qué gran verdad me parece esto, Madrecita! Sí, fuera de Dios, todo es

vanidad.

23 de junio

23.6

Le decía yo: «¡Ay, yo no tendré nada que dar a Dios a mi muerte: tengo las

manos vacías! Y eso me entristece mucho.

Claro, tú no eres como «el bebé» <29> (algunas veces se daba a sí misma

este nombre), que sin embargo se encuentra también en esas mismas

condiciones... Aunque yo hubiese realizado todas las obras de san Pablo,

seguiría creyéndome un «siervo inútil»; y eso es precisamente lo que

constituye mi alegría, pues, al no tener nada, lo recibiré todo de Dios».

25 de junio

25.6.1

Fiesta del Sagrado Corazón.

La habíamos instalado en la biblioteca porque en su celda daba mucho el

sol. Durante el sermón, había cogido un libro de la Propagación de la Fe. A

continuación, me mostró un pasaje en el que se hablaba de la aparición de

una hermosa Señora, vestida de blanco, al lado de un niño recién

bautizado, y me dijo:

Más tarde, también yo iré así junto a los niños recién bautizados...

25.6.2

Durante el sermón he hecho novillos, sentía que era fiesta. No todos los

días me puedo permitir eso. Considero mi cuaderno (su Vida) como mi

pequeña tarea escolar.

26 de junio

26.6

Ayer me dolió mucho el costado, luego... ¡esta mañana cesó el dolor! ¡Ay,

cuándo me iré con Dios! ¡Cómo me gustaría irme al cielo!

27 de junio

27.6

Cuando esté en el cielo, les diré a todos los santos tantas cosas hermosas

sobre mi Madrecita, que les entrarán muchas ganas de llevársela. Estaré

siempre con mi Madrecita; les pediré a los santos que vengan conmigo a

los lóbregos sótanos para protegerla, y si no quieren, pues bueno, vendré

yo solita.

Se refería con eso a una pequeña aventura que me había acaecido ese

mismo día en la bodega de la sacristía.

29 de junio

29.6.1

... Mira lo que ha pasado: como yo estaba a punto de morir, los angelitos

hicieron toda clase de hermosos preparativos para recibirme; pero se

cansaron y se quedaron dormidos. ¡Ay, los niñitos duermen mucho!, no se

sabe cuándo despertarán...

(Nos contaba con frecuencia historietas de éstas para distraernos de sus

sufrimientos de alma y de cuerpo)<30>.

29.6.2

¡Me sentiré muy desdichada en el cielo si no puedo dar pequeñas alegrías

en la tierra a los que amo!

29.6.3

Por la noche se acentuó más su prueba interior, y ciertos comentarios la

habían hecho sufrir. Me dijo:

Mi alma está desterrada, el cielo está cerrado para mí, y aquí en la tierra,

también la prueba.

... Ya veo que no me creen enferma, pero es Dios quien lo permite.

29.6.4

Estaré contenta en el cielo si compones unos bonitos versos para mí; me

parece que eso les va a gustar los santos.

30 de junio

30.6.1

Le hablaba de ciertos santos que llevaron una vida extraordinaria, como

san Simón Estilita <31>. Me dijo:

Yo prefiero a los santos que no tienen miedo a nada, como santa Cecilia,

que se casa sin temer nada...

31.6.2

Mi tío había pedido que bajase con nosotras al locutorio, y, como de

costumbre, ella no había hablado casi nada.

¡Qué acobardada me sentía con mi tío en el locutorio! Al volver, reñí

mucho a una novicia, no me conocía a mí misma. ¡Qué contrastes hay en

mi carácter! Mi timidez proviene del gran malestar que experimento cuando

se ocupan de mí <32>.

NOTAS

Junio

Los primeros días del mes de junio están marcados por un empeoramiento

brusco de la enferma. El día 5, víspera de Pentecostés, es grande la

inquietud. La comunidad está consternada, y la madre priora empieza una

novena a Nuestra Señora de las Victorias.

Para suplir la alimentación, que es casi nula, el médico prescribe un

régimen a base de leche. Hasta el 15 de junio, Teresa habla una veintena

de veces sobre su muerte como muy próxima. Luego, la situación se

estabiliza: junio aparece como el mes de la espera dolorosa.

La madre Inés de Jesús consigue de la madre María de Gonzaga que

Teresa complete su autobiografía. Así pues, a partir del 4 de junio la

enferma consagra el resto de sus fuerzas a la redacción del Manuscrito C.

Las que la rodean apenas sospechan que está redactando, a punta de

pluma, su testamento espiritual que, a partir del año siguiente, llevará a

cabo la conquista del mundo.

El lunes de Pentecostés, día 7 de junio, en previsión del santo de la madre

María de Gonzaga, y «en vista de la proximidad de mi muerte» (Cta 258),

sor Genoveva fotografió a su hermana en tres poses sucesivas, tres

documentos de incomparable valor para la historia (cf VTL nn. 41, 42, 43).

Dieciséis cartas o billetes de Teresa llevan la fecha de este mes de junio

(Cta 233 a 248).

1 Cf nota 37 del mes de agosto.

2 PN 24,27.

3 Acerca del purgatorio cf 8.7.15; 30.7.3; Ms A 84rº/vº; Cta 226; PN 17,6;

23,8; UC p. 615; y deposiciones en los Procesos.

4 Cf SANTA TERESA DE JESÚS, C 3,6.

5 La madre Inés fue priora desde 1902 hasta su muerte (1951), con una

interrupción de dieciocho meses en 1908-1909.

6 Cf 4.7.2. Y sobre la muerte de amor: Ms C 7vº/8rº; Cta 242 y 255; PN

17,14; 18,52; 24,26; 31,6; Or 6; CA 27.7.5; 15.8.1; 30.9 (Apéndice).

7 RP 3.

8 Teresa pudo leer este detalle en Jeanne d'Arc de H. Wallon, p. 343.

Sobre el miedo de Juana de Arco ante la muerte, cf RP 3,16vº/19rº. Teresa

volverá a evocar a su heroína en 20.7.6; 27.7.6; 10.8.4.

9 Cf Ms A 33rº.

10 Cf Ms A 35rº/vº.

11 El capellán del Carmelo.

12 Cf 6.6.3; 31.7.4; 29.9.2; 30.9 (Apéndice).

13 La madre María de Gonzaga, priora.

14 El médico.

15 Domingo de Pentecostés, en realidad el 6 de junio.

16 Pasaje de un canto de la época, titulado: «Nous t'oublier, Mère cherie?»

17 El 29 de mayo de 1887, día de Pentecostés; cf Ms A 50rº/vº.

18 Teresa escribió «tistes», en vez de «tristes».

19 Cf la nota 20 del mes de mayo.

20 Comparación tomada de la Histoire de saint Louis de Gonzaga (que se

estaba leyendo en el refectorio), p. 411.

21 PN 54,16.

22 El Manuscrito C.

23 Aunque todavía se levanta un poco, Teresa ya casi no asiste a Misa ni

al Oficio divino (12.6.1). Pero su estado no se considera todavía lo

suficientemente grave como para que el sacerdote entre en clausura a

llevarle la Eucaristía.

24 En realidad, se terminó el domingo día 13.

25 Cf Ms C 17rº.

26 Fiesta de san Luis Gonzaga, el 21 de junio. Para esta ocasión Teresa

compuso aún algunos versos: PS 6.

27 Coche de enfermo utilizado por el señor Martin y más tarde donado al

Carmelo.

28 Sainte Thérèse d'Avila, Vie par elle-même, chap. XI. [Las palabras

textuales de la Santa son: «¿Sabes qué es amarme con verdad? Entender

que todo es mentira lo que no es agradable a mí», y se encuentran en V

40,1. N. del T.]

29 Cf Cta 237, 254, 255, 257; CA 7.7.1; 29.7.8; 31.7.4; 2.8.5; 18.8.2;

19.8.4; 20.8.1; 21.8.2; 30.9. Pero a sor María del Sagrado Corazón Teresa

le precisará: «Un bebé que es un anciano» (PA 231). En ese mismo

sentido encontraremos «infantil» en CA 11.6.1; 10.7.3; 25.8.3; 5.9.1;

29.9.3. Pero, como se ha señalado (Prières, p. 129), en esa actitud no

existe la más mínima cursilería.

30 Cf 9.7.9.

31 Santo del Oriente que vivió largos años en lo alto de una columna, y de

ahí su nombre.

32 Cf Ms A 13rº/vº.

2 de julio

Por la tarde, fue por última vez al oratorio a orar ante el Santísimo; pero

estaba al límite de sus fuerzas. Yo la veía mirar largamente a la hostia, y

adiviné que lo hacía sin experimentar ningún consuelo pero con una gran

paz en el fondo del alma.

Recuerdo que por la mañana, después de Misa, cuando la comunidad se

dirigía al oratorio para la acción de gracias, nadie pensó en sostenerla.

Caminaba muy despacito, arrimada a la pared. No me atreví a ofrecerle el

brazo.

3 de julio

3.7.1

Había muerto una de nuestras amigas <1>, y el doctor de Cornière había

hablado delante de ella de su enfermedad, una especie de tumor que no

había podido definir exactamente. Aquel caso le interesaba vivamente

desde el punto de vista médico. «Qué lástima _dijo_ que no haya podido

hacerle la autopsia!».

Ella me dijo más tarde:

¡Ay, así de indiferentes somos los unos con los otros en la tierra! ¿Se diría

eso mismo si se tratase de una madre o de una hermana? ¡Qué ganas

tengo de irme de este triste mundo!

3.7.2

Le confiaba mis sentimientos de tristeza y desaliento después de una falta.

... Tú no haces como yo. Cuando yo cometo una falta que me pone triste,

sé muy bien que esa tristeza es la consecuencia de mi debilidad. ¿Pero

crees que me quedo en eso? ¡No, no soy tan tonta! Corro a decirle Dios:

Dios mío, sé que he merecido este sentimiento de tristeza, pero déjame

que te lo ofrezca igualmente como una prueba que me envías con amor.

Lamento mi pecado, pero me alegro de poder ofrecerte este sufrimiento.

3.7.3

¿Cómo es que deseas morir con esa prueba contra la fe que nunca

acaba?

¡Ya! ¡Pero creo en el Ladrón! Es sobre el cielo sobre lo que recaen todas

las dudas. ¡Qué extraño e incoherente!

3.7.4

Como la leche le sentaba mal y de momento no podía tomar ninguna otra

cosa, el Sr. de C.<2> había prescrito una especie de leche condensada que

se vendía en las farmacias con el nombre de "leche maternizada". Por

diversas razones, esta prescripción la apenó, y cuando vio llegar las

botellas se echó a llorar a lágrima viva.

Por la tarde sintió necesidad de desahogarse, y nos dijo con expresión

triste y dulce a la vez:

Necesito un alimento para el alma; leedme la vida de un santo.

¿Quieres la vida de san Francisco de Asís? Te distraerá cuando habla de

los pajarillos.

No, no para distraerme, sino para ver ejemplos de humildad.

3.7.5

Cuando estés muerta, te pondrán una palma en la mano <3>.

Si, pero tendré que poder soltarla cuando quiera, para poder dar a mi

Madrecita gracias a manos llenas. Tengo que poder hacer todo lo que me

guste.

3.7.6

(Por la noche)

¡Hasta los santos me abandonan! Durante Maitines le pedí a san Antonio

que me ayudase a encontrar el pañuelo que había perdido. ¿Crees que me

ha escuchado? ¡Se guardó <4> muy bien de hacerlo! Pero no importa: le he

dicho que, a pesar de todo, lo quiero mucho.

3.7.7

Durante Maitines, veía brillar las estrellas, y además escuchaba el Oficio

divino. Y me gustaba.

(La ventana de su celda estaba abierta.)

4 de julio

4.7.1

Dios me ha ayudado y he superado mi tristeza a propósito de la leche

maternizada...

4.7.2

(Por la noche)

Nuestro Señor murió en la cruz entre angustias, y sin embargo la suya fue

la más hermosa muerte de amor. Es la única que se ha visto; la de la

Santísima Virgen no se vio. Morir de amor <5> no es morir entre

arrobamientos. Te lo confieso francamente: me parece que eso es lo que

yo estoy viviendo.

4.7.3

¡Presiento que vas a sufrir mucho!

¿Y qué importa? El sufrimiento podrá llegar a límites extremos, pero estoy

segura de que Dios nunca me abandonará.

4.7.4

Estoy muy agradecida al P. Alejo <6>, me ha hecho mucho bien. El P.

Pichon <7> me trataba demasiado como a una niña; con todo, también él

me hizo mucho bien cuando me dijo que no había cometido ningún pecado

mortal.

5 de julio

5.7.1

Le hablaba de mis debilidades, y me dijo:

También yo tengo debilidades, pero me alegro de ello. Tampoco yo estoy

siempre por encima de las naderías de la tierra. Por ejemplo, si me da

rabia por una tontería que he dicho o que he hecho, me recojo en mi

interior y me digo a mí misma: ¡Vaya, sigo todavía en el mismo punto que

antes! Pero me lo digo con gran suavidad y sin tristeza. ¡Es tan bueno

sentirse uno débil y pequeño!

5.7.2

No estés triste por verme enferma, Madrecita, pues ya vez lo feliz que me

hace Dios. Yo estoy siempre alegre y contenta <8>.

5.7.3

Después de mirar una estampa que representaba a Nuestro Señor con dos

niñitos, el más pequeño de los cuales está sobre sus rodillas y el otro a sus

pies, besándole la mano:

Yo soy ese pequeñito que se ha subido a las rodillas de Jesús, que estira

tan graciosamente su piernecita, que levanta la cabecita y le acaricia sin

temor. El otro pequeño no me gusta tanto. Se comporta como una persona

mayor; le han dicho algo..., sabe que hay que tratar con respeto a Jesús...

6 de julio

6.7.1

Acababa de expectorar sangre. Yo le dije: ¿Así que vas a dejarnos?

¡Qué va! El Sr. abate <9> me ha dicho: «Será para ti un gran sacrificio dejar

a tus hermanas» Yo le he contestado: «Pero, Padre, creo que no las

dejaré; al contrario, después de mi muerte estaré mucho más cerca de

ellas» <10>.

6.7.2

Creo que ante la muerte tendré que tener la misma paciencia que para los

demás acontecimientos importantes de mi vida. Fíjate: entré joven en el

Carmelo, y, sin embargo, cuando todo estaba ya decidido, tuve que

esperar tres meses; para la toma de hábito, lo mismo; para la profesión,

otra vez lo mismo <11>. Pues bien, para mi muerte será también lo mismo:

llegará pronto, pero tendré todavía que esperar.

6.7.3

Cuando esté en el cielo, me acercaré a Dios, como la sobrinita de sor

Isabel <12> ante la reja del locutorio. Ya sabes, cuando recitaba su

felicitación y terminaba con una reverencia, levantando los brazos y

diciendo: "Felicidad para todos los que amo".

Dios me preguntará: "¿Qué quieres, hijita?" Y yo contestaré: "Felicidad

para todos los que amo". Y haré lo mismo ante delante de todos los

santos.

Estás hoy muy alegre, parece que ves al Ladrón.

Sí, cada vez que me pongo peor, le vuelvo a ver. Pero aun cuando no lo

viese, lo quiero tanto que estoy siempre contenta con lo que hace. No le

amaría menos si no viniese a robarme, al contrario... Cuando me engaña,

le hago toda suerte de cumplidos; ya no sabe qué hacer conmigo.

6.7.4

He leído un pasaje precioso en los Comentarios sobre la Imitación <13>. Es

un pensamiento del Sr. de Lamennais _¡mala suerte!_, pero es precioso a

pesar de todo. (Ella creía, y nosotras también, que el abate Lamennais

había muerto impenitente.)

Nuestro Señor, en el Huerto de los Olivos, gozaba de todas las delicias de

la Trinidad, y si embargo su agonía no fue por eso menos cruel. Es un

misterio, pero os aseguro que comprendo algo de él por lo que yo misma

estoy viviendo.

6.7.5

Estaba poniendo yo una lámpara ante la Virgen de la Sonrisa <14>, para

conseguir que dejase de expectorar sangre.

¿No te alegras, pues, de que me muera? Para alegrarme yo, tendría que

seguir expectorando sangre. ¡Pero, por hoy, se acabó!.

6.7.6

Ocho y cuarto de la mañana. Le llevé su lámpara, que se habían olvidado

de subirle. Le había prestado otros pequeños servicios. Se mostró muy

emocionada y me dijo:

Siempre te has portado así conmigo... No sé expresarte mi gratitud.

Y secándose las lágrimas:

Lloro porque me siento muy conmovida por todo lo que has hecho por mí

desde mi infancia. ¡Cuantísimo te debo! Pero cuando esté en el cielo, diré

la verdad, diré a los santos: todo lo que os gusta de mí me lo ha dado mi

Madrecita.

6.7.7

¿Cuándo llegará el juicio final? ¡Cómo me gustaría estar y en ese

momento! ¡¿Y después, qué habrá...?!

6.7.8

Hago muchos pequeños sacrificios...

7 de julio

7.7.1

Después de haber vuelto a expectorar sangre:

El bebé va a ir pronto a ver a Dios...

¿Tienes miedo a la muerte, ahora que la ves tan de cerca?

¡No, cada vez menos!

¿Tienes miedo al Ladrón? ¡Esta vez está a la puerta!

No, no está a la puerta, ya ha entrado. ¿Pero qué estás diciendo,

Madrecita? ¿Que si tengo miedo al Ladrón? ¡¿Cómo quieres que tenga

miedo a alguien a quien amo tanto?!

7.7.2

Le pedí que me volviera a contar lo que le había ocurrido después de su

ofrenda al Amor <15>. Empezó diciéndome:

Madrecita, te lo confié aquel mismo día, pero no me prestaste atención.

(En efecto, había aparentado no darle a la cosa ninguna importancia.)

Comenzaba a hacer viacrucis cuando de pronto me sentí presa de un

amor tan intenso hacia Dios, que no lo puedo explicar sino diciendo que

era como si me hubiesen metido toda entera en el fuego. ¡Qué fuego aquél

y al mismo tiempo qué dulzura! Me abrasaba de amor, y sentía que un

minuto, un segundo más, y no hubiese podido soportar aquel ardor sin

morir. Entonces comprendí lo que dicen los santos sobre esos estados que

ellos experimentaron tantas veces. Yo no lo probé más que una vez, y un

solo instante, y luego volví a caer enseguida en mi habitual sequedad.

Un poco más tarde:

A partir de los 14 años, he tenido también otros ímpetus de amor. ¡Ay,

cómo amaba a Dios <16>! Pero no era, en absoluto, como después de mi

ofrenda al Amor, no era una verdadera llama que me quemase.

7.7.3

Desde niña, me encantaban estas palabras de Job: «Aunque Dios me

matara, seguiría esperando en él» <17>. Pero he tardado mucho tiempo en

llegar a este grado de abandono. Ahora ya estoy en él; Dios me ha

introducido en él, me ha instalado en él...

7.7.4

Le pedía que dijese algunas palabras amables y edificantes al Dr. de

Cornière.

Madrecita, no es ése mi estilo... Que el Sr. de Cornière piense lo que

quiera. Sólo amo la sencillez y aborrezco el «fingimiento». Te aseguro que

si hiciera lo que deseas estaría mal por mi parte.

7.7.5

En fin, tengo la impresión de que estoy realmente muy enferma. No

olvidaré nunca la escena de esta mañana mientras expectoraba sangre: el

Sr. de Cornière parecía consternado.

7.7.6

Ya ves, Dios me trata tan dulcemente en atención a ti. Nada de

vejigatorios, sólo remedios suaves. Sufro, pero no como para gritar.

Tras un momento, con aire travieso:

Sin embargo, Dios nos ha mandado pruebas como para «gritar»..., y, no

obstante, no hemos «gritado»...

(Aludía a nuestra gran tribulación familiar <19>.9

En cuanto a los «remedios suaves», no siempre lo fueron, y sus

sufrimientos llegaron a ser terribles.

7.7.7

Soy como un pobre «lobito gris» que tiene muchas ganas de volver a su

selva y que se le obliga a vivir en las casas.

(En los Buissonnets, nuestro padre la llamaba algunas veces «mi lobito

gris»).

7.7.8

Acabo de ver sobre el muro un gorrioncillo que esperaba pacientemente,

lanzando de vez en cuando un gritito de llamada, a que su padre viniera a

buscarlo para darle de comer. Y he pensado que yo me parecía a él.

7.7.9

Le decía que me gustaban mucho los cumplidos.

Me acordaré en el cielo...

8 de julio

8.7.1

Se encontraba tan enferma, que se hablaba ya de administrarle la

extremaunción. Aquel día, la bajaron de su celda a la enfermería. Ya no

podía sostenerse y tuvieron que llevarla. Estando todavía en su celda, y

viendo que se pensaba en darla la extremaunción, dijo con un tono de

gozosa sorpresa:

¡Me parece estar soñando...! En fin, no están locos... (El Sr. abate Youf y

el Sr. de Cornière.)

Sólo tengo miedo de una cosa; de que esto vaya a cambiar.

8.7.2

Quiso examinarse conmigo de los pecados que hubiese podido cometer

con los sentidos, para acusarse de ellos antes de recibir la extremaunción.

Estábamos en el olfato, y me dijo:

Recuerdo que en mi último viaje de Alençon a Lisieux <20>, me serví de un

frasco de agua de Colonia que la Sra. Tifenne (*) me había regalado, y lo

hice sintiendo placer.

(*) (Una amiga de la familia.)

8.7.3

Queríamos hablarle todas a la vez.

¡Mucha gente tiene algo que decir!

8.7.4

Estaba rebosante de alegría y se esforzaba por comunicárnosla.

Si cuando esté en el cielo no puedo volver a la tierra para haceros algunas

«bromitas», me iré a llorar a un «rincón» <21>.

8.7.5

A mí:

Tienes larga la nariz, más tarde tendrás buen olfato <22>...

8.7.6

Mirando sus manos enflaquecidas:

Esto se está convirtiendo ya en un esqueleto, y «me pace» <23>.

8.7.7

¿Sabes?, pronto seré una «moribunda».

... Y eso me produce la impresión de que fuera una cucaña: he dado más

de un resbalón, pero luego, de pronto, ¡ya estoy arriba!

8.7.8

Prefiero ser reducida a polvo a conservarme incorrupta como santa

Catalina de Bolonia <24>. No conozco más que a san Crispín que haya

salido con honor del sepulcro.

El cuerpo de este santo se encuentra admirablemente conservado en su

convento de los franciscanos de Roma.

8.7.9

Hablando consigo misma:

¿"No hay más que hacer que estarse ahí agonizando..."? Pero a fin de

cuentas, ¡qué importa! Ya alguna vez me he visto cubierta de injurias por

tonterías <25>.

8.7.10

Con expresión seria y dulce a la vez, ya no me acuerdo por qué razón pero

sé que había sido incomprendida:

La Santísima Virgen hizo muy guardándolo todo en su "pequeño"

corazón... No se me puede reprochar a mí que quiera actuar como ella...

8.7.11

Los angelitos se han divertido mucho gastándome pequeñas bromas. Se

han dedicado a esconderme la luz que me señalaba mi cercano final.

¿Han escondido también a la Santísima Virgen?

No, la Santísima Virgen nunca estará escondida para mía, pues la quiero

demasiado.

8.7.12

Tengo grandes de recibir la extremaunción; si luego se ríen de mí, ¡lo

siento!

(Si recobraba la salud, pues sabía que algunas hermanas no la creían en

peligro de muerte.)

8.7.13

Seguro que lloraré al ver a Dios... Pero no, en el cielo no se puede llorar...

O sí, ya él mismo ha dicho: «Enjugaré las lágrimas de vuestros ojos».

8.7.14

Te ofrezco los pequeños frutos de mi alegría tal como Dios me los da <26>.

En el cielo alcanzaré muchas gracias para todos los que me han ayudado.

Para la Madrecita, todo. Aunque no todo te sirva, habrá mucho para

divertirte <27>.

8.7.15

¡Si supieras lo bondadoso que va a ser Dios conmigo! Pero si es un

poquito menos bondadoso, a mí me seguirá pareciendo bondadoso... Si

voy al purgatorio, me sentiré muy contenta, haré como los tres hebreos en

el horno: me pasearé por entre las llamas cantando el cántico del amor.

¡Qué feliz me sentiría si, yendo al purgatorio, pudiese librar a otras almas y

sufrir en su lugar, pues entonces haría el bien, libertaría a los cautivos!

8.7.16

Me previno de que, más tarde, un gran número de jóvenes sacerdotes, al

saber que ella había sido dada por hermana espiritual a dos misioneros

<28>, nos pedirían ese mismo favor. Y me advirtió que esto podría constituir

un gran peligro.

Cualquiera podría escribir lo que yo escribo, y recibiría los mismos

cumplidos y la misma confianza. Nosotras sólo podemos ser útiles a la

Iglesia con la oración y el sacrificio. La correspondencia epistolar debe ser

muy muy rara, y no se debe permitir en absoluto a ciertas religiosas que

vivirían pendientes de ella, creerían hacer maravillas, y en realidad no

harían más que perjudicar a su alma y tal vez caer en los lazos sutiles del

demonio <29>.

Insistiendo aún más en ello:

Madre mía, lo que acabo de decirte es muy importante, te pido por favor

que no lo olvides más tarde. En e Carmelo, no se ha de acuñar moneda

falsa para comprar almas... Y con frecuencia las bellas palabras que se

escriben y las bellas palabras que se reciben son moneda falsa.

8.7.17

Para hacernos reír:

Quisiera que me pusiesen en una cajita de Gennin, y no en el ataúd.

Jugaba con la palabra «ataúd». Habían enviado al Carmelo unas preciosas

flores artificiales en cajas de madera, alargadas y muy bien

acondicionadas, de la Casa Gennin de París.

8.7.18

... Trae mucho bien consigo el sufrimiento. Nos lleva a ser observantes y

caritativas.

9 de julio

9.7.1

No quería caras tristes a su alrededor, y tampoco en casa de mi tío.

Quiero que en La Musse estén todos «de boda». Yo lo estoy

espiritualmente todo el día.

No es una boda muy alegre, que digamos.

Pues a mí me parece muy alegre.

9.7.2

Sor Genoveva me va a necesitar... Pero volveré.

9.7.3

Tras la visita de Nuestro Padre <30>, le comenté que no las había ingeniado

para conseguir que le administraran los últimos sacramentos, que cuando

tenía visitas no daba la impresión de estar muy enferma.

¡No conozco el oficio <31>!

9.7.4

.¡...Quisiera irme ya...!

9.7.5

Seguramente morirás el 16 de julio, fiesta de Nuestra Señora del Carmen,

o el 6 de agosto, fiesta de la Santa Faz <32>.

Come todos los «dátiles» <31a> que quieras, yo no quiero ya comerlos... Ya

me he engañado demasiado con las fechas.

9.7.6

... ¿Por qué iba a estar yo más a cubierto que cualquier otra de tener

miedo a la muerte? Yo no digo, como san Pedro: «Yo nunca te negaré».

9.7.7

Hablábamos de la santa pobreza:

¡Santa Pobreza! ¡Qué curioso, una santa que no irá al cielo!

9.7.8

Yo había estado triste:

Mi amor debería consolarte.

Y a las que estaban presentes:

Ya me pondré de acuerdo con mi Madrecita.

Por la noche, a mí sola:

Vamos, yo no me engaño, sé muy bien que todo lo que haces por mí lo

haces por amor...

9.7.9

Habían cogido un ratón en la enfermería. Ella nos inventó toda una

historieta, pidiéndonos que le trajésemos el ratón herido, que ella lo

acostaría a su lado y lo haría auscultar por el médico. Nos reímos de

buena gana, y estaba contenta de habernos distraído.

10 de julio

10.7.1

... Los niñitos no se condenan.

10.7.2

Lo que has escrito <32> podría muy bien llegar un día hasta el Santo Padre.

Riéndose:

Et nunc et semper!

10.7.3

Señalándome con gesto infantil la estampa de la Santísima Virgen

amamantando a Niño Jesús <34>:

¡Esa leche sí que es buena! Habrá que decírselo al Sr. de Cornière <35>.

10.7.4

Era sábado, y a medianoche noche había expectorado sangre.

El Ladrón ha convertido en ladrona a su mamá... Y entonces ella vino a

medianoche para obligar al Ladrón a descubrirse... O a lo mejor vino ella

sola, si el Ladrón no quiso venir.

10.7.5

No me prolongarán la vida ni un minuto más de lo que quiera el Ladrón.

10.7.6

A mí sola:

Te preocupas demasiado por cosas que no valen la pena.

10.7.7

Sonriendo:

... Cuando has hecho algo así, es todavía peor que temas demasiado las

consecuencias...

10.7.8

Eres como un pajarillo miedoso que nunca ha vivido entre la gente,

siempre tienes miedo a que te atrapen. Yo nunca he tenido miedo a nadie;

he ido siempre adonde he querido... Yo me habría deslizado entre sus

piernas...

10.7.9

Tenía el crucifijo entre las manos, y después de besarlo a las 3 de la tarde

<36>, hizo ademán de querer quitarle la corona y los clavos.

10.7.10

Volviendo sobre el percance de la noche anterior <37>, dijo con gran salero,

mirando a la estampa de la Virgen Madre que estaba prendida en la

cortina al fondo de su lecho:

La Santísima Virgen no es ladrona de nacimiento... pero desde que tuvo a

su Hijo él le enseñó el oficio...

10.7.11

Hablábamos de la muerte y de las contracciones que en ese momento se

producen con frecuencia en el rostro. Ella replicó:

Si me ocurre a mí eso, no os entristezcáis, pues inmediatamente después

no tendré más que sonrisas.

Sor Genoveva estaba mirando la tapa de una caja_regalo de bautismo, y

dijo que la linda cabecita que veía en ella le podría servir de modelo para

una cabeza de ángel. Nuestra Teresita mostró deseos de verla, pero a

nadie se le ocurrió enseñársela, y ella no dijo nada. Yo lo supe más tarde.

10.7.12

¿Qué pensaré al mirar la ventana de tu celda cuando hayas dejado la

tierra? Se me partirá el corazón.

Pensarás que soy muy feliz, que allí yo he luchado y sufrido mucho... Me

habría gustado morir en ella.

10.7.13

(Durante Maitines)

Le viene a la mente que no está gravemente en enferma, que el doctor se

equivoca acerca de su estado de salud. Me confía sus temores y añade:

Si mi alma no estuviese de antemano totalmente dominada por el

abandono a la voluntad de Dios, si tuviese que dejarse inundar por los

sentimientos de alegría o de tristeza que se suceden tan rápidamente unos

a otros en la tierra, sería una oleada de dolor muy amarga y no podría

soportarla. Pero estas alteraciones sólo llegan a rozar la superficie de mi

alma... ¡Sin embargo, son pruebas muy duras!

10.7.14

... Creo que no es la Santísima Virgen la que me hace esas jugarretas...

Más bien, se ve obligada a ello por Dios... Él le dice que me pruebe para

que yo le dé más pruebas de abandono y de amor.

10.7.15

A mí sola:

... Tú estás siempre ahí para consolarme... Tú llenas mis últimos días de

ternura.

11 de julio

11.7.1

Recita toda esta estrofa:

«Puesto que el Rey del cielo

quiso ver a su Madre

sometida a la noche,

sometida a la angustia

del corazón,

¿será, acaso, merced

sufrir aquí en la tierra»<38>?

etc..........................

¿Así que ya no ves a la «Ladrona»?

¡Sí, sí que la veo! ¡Tú no lo entiendes! Ella es muy libre de no robarme...

«Miro a la derecha..., y nadie me conoce» ...Sólo Dios puede

comprenderme.

11.7.2

Durante Maitines.

Me habló de sus oraciones de antaño, por la noche durante el silencio del

verano, y me dijo que entonces había sabido por experiencia los que es un

«vuelo del espíritu» <39>. Me habló también de otra gracia de este género

que recibió en la gruta de santa María Magdalena <40>, en el mes de julio

de 1889, gracia a la que siguieron varios días de «quietud» <41>.

... Era como si me hubiesen corrido un velo sobre todas las cosas de la

tierra... Estaba totalmente escondida bajo el mando de la Santísima

Virgen. En esos días yo estaba encargada del refectorio, y recuerdo que

hacía las cosas como si no las hiciese, era como si me hubiesen prestado

un cuerpo. Estuve así durante toda una semana.

11.7.3

Le hablaba yo del manuscrito de su vida y del bien que iba a hacer a las

almas.

...¡Pero qué bien se verá que todo viene de Dios! Y lo que a mí me quepa

de gloria, será un don gratuito que no me pertenecerá. Todos lo

entenderán así...

11.7.4

Me habló de la comunión de los santos, y me explicó cómo los bienes de

los unos serán los bienes de los otros <42>.

... Como una madre está orgullosa de sus hijos, así lo estaremos nosotros

unos de otros, sin la menor envidia.

11.7.4

¡Ay, qué poco he vivido! Siempre me ha parecido muy corta la vida. Me

parece que fueron ayer los días de mi niñez <43>.

11.7.6

Podría creerse que si tengo una confianza tan grande en Dios es porque

no he pecado <44>. Madre mía, di muy claro que, aunque hubiera cometido

todos los crímenes posibles, seguiría teniendo la misma confianza; sé que

toda esa multitud de ofensas sería como una gota de agua arrojada en una

hoguera encendida. Y luego cuenta la historia de la pecadora convertida

que murió de amor. Las almas comprenderán enseguida, pues es un

ejemplo palpable de lo que quiero decir. Pero estas cosas no pueden

explicarse (*).

(*) En las Novissima Verba se completa de esta manera:

Este es el dato que me dictó textualmente:

«Se cuenta en la vida de los Padres del desierto que uno de ellos convirtió

a una pecadora pública cuyos desórdenes escandalizaban a toda la

comarca. Esta pecadora, tocada por la gracia, seguía al santo al desierto

para hacer allí una rigurosa penitencia, cuando, la primera noche del viaje,

antes incluso de haber llegado al lugar de su retiro, sus lazos mortales se

rompieron por la impetuosidad de su arrepentimiento lleno de amor, y en

aquel mismo instante el solitario vio cómo su alma era llevada por los

ángeles al seno de Dios. Este es un ejemplo palpable de lo que quiero

decir, pero estas cosas no pueden explicarse...». [Cf UC, II, Anexos, p.

145. El texto completo de la "historia" puede verse en SANTA TERESA

DEL NIÑO JESUS Manuscritos autobiográficos, Burgos, Monte Carmelo,

1958, Apéndice V, pp. 394_396. N. del T.]

11.7.7

Durante la charla de la noche, me repitió estos versos de «La joven

tuberculosa», según creo <45>. Y lo hizo con una expresión tan dulce...

... Mis días están contados,

la tierra voy a dejar,

voy a deciros adiós

sin esperanza posible

de volver.

Tú que me amaste y que fuiste

mi buen ángel tutelar,

deja caer sobre mí

dulces miradas de amor.

Y cuando veas que caen,

que caen ya las hojas muertas,

si me amaste,

reza por mí al Señor.

11.7.8

... Una gran paz en mi alma... Mi barquilla ha sido puesta a flote. Sé que no

me repondré, pero estoy resignada a seguir enferma varios meses, todo el

tiempo que Dios quiera.

11.7.9

¡Cómo te ha favorecido Dios! ¿Qué piensas de esa predilección?

Pienso que «el Espíritu de Dios sopla conde quiere».

12 de julio

12.7.1

Me contó que en una ocasión había tenido que librar un duro combate

interior a propósito de una lamparilla que tenía que preparar para la familia

de la madre María de Gonzaga que acababa de llegar de improviso a

dormir en la casa de las hermanas torneras. La lucha fue tan violenta, y le

venían tales pensamientos contra la autoridad <46>, que para no sucumbir

hubo de implorar insistentemente la ayuda de Dios. Al mismo tiempo, se

aplicaba lo mejor que podía a lo que le habían encomendado. Era durante

el silencio nocturno. Ella era la portera, y sor San Rafael su primera de

oficio.

Para vencerme, pensé que estaba preparando la lamparilla para la

Santísima Virgen y el Niño Jesús. Entonces, lo hice con increíble esmero,

no dejando ni una sola mota de polvo, y poco a poco fui sintiendo un gran

sosiego y una gran calma interior. Tocaron a Maitines y no pude ir

enseguida, pero me sentía en una tal disposición interior, había recibido

una gracia tan grande, que si la hermana San Rafael, por ejemplo, hubiese

venido a decirme que me había equivocado de lámpara y que había que

preparar otra, la habría obedecido con la mayor alegría. A partir de aquel

día, hice el propósito de no pararme nunca más a pensar si lo que me

mandaban me parecía útil o no.

12.7.2

Sor María de la Eucaristía <47> decía que yo era admirable...

...¡Madre admirable! No, mejor Madre amable <48>, pues el amor vale más

que la admiración.

12.7.3

A la madre María de Gonzaga:

Nada me para entre las manos. Todo lo que tengo y todo lo que gano es

para la Iglesia y para las almas. Aun cuando llegue a vivir 80 años, seguiré

siendo así de pobre.

13 de julio

13.7.1

Veo que tendré que, cuando esté en el cielo, tendré que vigilar la fruta;

pero no tenéis que matar a los pajarillos, de lo contrario no recibiréis

limosnas.

Y blandiendo graciosamente los brazos hacia la estampa del Niño Jesús:

¡Sí, sí...!

13.7.2

Dios tendrá que satisfacer todos mis caprichos en el cielo, porque yo no he

hecho nunca mi voluntad aquí en la tierra.

13.7.3

Nos mirarás desde lo alto del cielo, ¿no?

No, ¡bajaré!

13.7.4

Durante la noche había compuesto para la comunión <49> la copla «Tú que

conoces», etc. (*).

A propósito de eso me dijo:

Es curioso, la he compuesto con gran facilidad. Creía que ya no podría

hacer versos.

(*) El Proceso Ordinario completa así:

Durante la noche del 12, compuso esta copla para prepararse para la

comunión:

Tú que conoces mi infinita nada

y no vacilas en bajarte a mí,

ven a mi corazón, ¡oh blanca hostia!,

ven a mi corazón que aspira a ti.

De tu bondad, Señor, yo solicito

morir de amor tras tanta dignación.

Oye, Jesús, de mi ternura el grito.

¡Ven a mi corazón!

13.7.5

Yo no digo: «Si es duro vivir en el Carmelo, es dulce vivir en él», sino: «Si

es dulce vivir en el Carmelo, más dulce aún es morir en él».

13.7.6

El médico la había encontrado mejor que de ordinario.

Tocándose luego el costado, del que sufría mucho:

¡Sí, sí, esto va mejor de que ordinario...!

13.7.7

Me parecía que tenía el alma triste, a pesar de su aire alegre y satisfecho,

y le dije:

Pones esa cara y dices palabras alegres para no entristecernos, ¿no es

cierto?

... Yo obro siempre sin «fingimientos».

13.7.8

Le ofrecían vino de Baudon <50>.

Ya no quiero vino de la tierra... Quiero beber el vino nuevo en el reino de

mi Padre.

13.7.9

... Cuando sor Genoveva venía al locutorio, yo no podía decirle en media

hora todo lo que quería. Entonces, durante la semana, cuando me venía

una idea, o cuando lamentaba haberme olvidado de decirle algo, le pedía a

Dios que le hiciese saber y comprender lo que yo pensaba, y en la visita

siguiente ella me decía justamente lo que yo le había pedido a Dios que le

hiciese saber <51>.

... Al principio, cuando ella estaba triste y yo no había logrado consolarla,

me iba con el corazón desconsolado. Pero pronto comprendí que no era yo

quién para consolar a un alma; y en adelante, ya no sentía pena cuando

ella se iba toda triste. Le pedía a Dios que supliese él mi impotencia, y

sentía que me escuchaba, me daba cuanta de ello en la visita siguiente...

Desde entonces, cuando hago sufrir involuntariamente a alguien, le pido a

Dios que lo arregle, y ya no me preocupo.

13.7.10

Te pido que hagas un acto de amor a Dios y una invocación a todos los

santos; todos ellos son mis «pequeños» parientes en el cielo.

13.7.11

... Deseo que me compren a tres pequeños salvajes: un Luis María Martin,

un Teófano María, y medio de los dos una niña que se llame María Cecilia.

Después de un momento:

Y además una María Teresa.

(En vez de que gastasen el dinero en coronas después de su muerte.)

13.7.12

Volvió a hablarme de la comunión de los santos.

... Con las vírgenes, seremos vírgenes; con los doctores, doctores; y con

los mártires, mártires, pues todos los santos son parientes nuestros. Pero

lo que hayan seguido el camino de la infancia espiritual conservarán

siempre los encantos de la infancia.

Y me desarrolló esos pensamientos.

13.7.13

... Dios me dio desde la niñez la profunda convicción de que moriría joven

<52>.

13.7.14

... Mirándome con cariño:

¡Tienes una cara...! Después <53>... la tendrás siempre así... ¡Te reconoceré

muy bien, ya verás!

13.7.15

Dios me ha hecho siempre desear lo que quería darme <54>.

13.7.16

A nosotras tres:

No penséis que cuando esté en el cielo os dejaré caer alondras asadas en

el pico... No es eso lo que yo he tenido ni lo que he deseado tener. Quizás

tengáis grandes pruebas, pero os enviaré luces que os las harán apreciar y

amar. Os veréis obligadas a decir como yo: «Tus acciones, Señor, son

nuestra alegría».

13.7.17

No creáis que siento una intensa alegría de morir, como la sentía antaño,

por ejemplo, cuando iba a pasar un mes a Trouville o a Alençon; ya no sé

lo que es eso de las alegrías intensas. Es más, para mí la alegría no es

precisamente una fiesta, no es eso lo que me atrae. No puedo pensar

mucho en la dicha que me espera en el cielo; sólo una esperanza hace ya

palpitar mi corazón, y es el amor que recibiré y el que yo misma podré dar.

Además, pienso en todo el bien que podré hacer después de la muerte:

hacer que se bauticen niñitos, ayudar a los sacerdotes, a los misioneros, a

toda la Iglesia...

... Pero, sobre todo, consolar a mis hermanas...

... Esta noche pasada escuchaba una música lejana, y pensaba que pronto

escucharía melodías incomparables. Pero este sentimiento de alegría fue

pasajero.

13.7.18

Le pedía que me detallase los oficios que había tenido en el Carmelo.

A entrar en el Carmelo, me destinaron a la ropería con la madre subpriora

(sor María de los Angeles), y además tenía que barrer la escalera y el

dormitorio.

... Recuerdo que me costaba mucho pedir permiso a la maestra de

novicias para hacer mortificaciones en el refectorio, pero nunca cedí a mi

penitencia; me parecía que el crucifijo del patio, que yo veía por la ventana

de la ropería, se volvía hacia mí pidiéndome ese sacrificio.

Fue por esa época cuando iba a segar la hierba, a las cuatro y media, cosa

que no le gustaba a nuestra Madre.

Después de la toma de hábito, me destinaron al refectorio hasta la edad de

18 años; lo barría y ponía el agua y la cerveza. En las Cuarenta Horas <55>

de 1891, me pusieron en la sacristía con sor San Estanislao. A partir del

mes de junio del año siguiente <56>, estuve dos meses sin oficio, es decir,

durante ese tiempo pinté los ángeles del oratorio e hice de tercera de la

procuradora <57>. Después de esos dos meses, me pusieron en el torno

con sor San Rafael, sin dejar la pintura. Estos dos oficios duraron hasta las

elecciones de 1896, fecha en que pedí ayudar a sor María de San José en

la ropería, en las circunstancias que tú ya conoces...

Luego me contó cómo la consideraban lenta, poco diligente en los oficios,

y yo misma lo creía así; y, en efecto, las dos juntas recordamos cuánto la

reñí un día por un mantel del refectorio que ella había guardado mucho

tiempo en su cesta, sin repasar. Yo la acusaba de negligencia, y me

equivocaba, pues era que no le había dado tiempo. En aquella ocasión, sin

excusarse en absoluto, había llorado mucho al verme enfadada y

descontenta... ¡¡¡Que haya sido posible!!!

Me dijo también lo que había sufrido conmigo en el refectorio (yo era

entonces su primera de oficio) al no poder hablarme de sus cosillas, como

en otros tiempos, porque no tenía permiso y por otras razones...

Hasta tal punto, que tú habías llegado a no conocerme ya, añadió.

Me habló de lo que tenía que violentarse para quitar las telas de araña del

cuarto oscuro de San Alejo, debajo de la escalera (tenía varadero horror a

las arañas <58>) y otros mil detalles que me hacían ver lo fiel que había sido

en todo y lo que había sufrido sin que nadie lo sospechara.

14 de julio

14.7.1

Leí una vez que los israelitas construyeron las murallas de Jerusalén

trabajando con una mano y sosteniendo la espada con la otra. Eso es lo

que nosotras debemos hacer: no entregarnos totalmente al trabajo..., etc.

14.7.2

Si hubiese sido rica, me habría sido imposible ver a un pobre sin darle

enseguida parte de mis bienes. De la misma manera, medida que gano

algún tesoro espiritual, sabiendo que en ese mismo instante hay almas que

están en peligro de perderse y de caer en el infierno, les doy todo lo que

tengo, y todavía no he encontrado un solo momento para decirme: Ahora

voy a trabajar por mí.

14.7.3

Se puso a repetir, con semblante y acento celestiales, la estrofa de

"Acuérdate" que empieza con estas palabras:

Acuérdate, Señor,

de que es tu santa voluntad mi dicha

y mi único reposo <59>.

14.7.4

Lo importante no es que lo parezca (morir de amor), sino que lo sea.

14.7.5

Siempre me ha gustado lo que Dios me daba. Hasta el punto de que, si me

hubiese dado a escoger, yo habría escogido precisamente aquello, incluso

las cosas que me parecían menos buenas y menos bonitas que las que

tenían las demás.

14.7.6

¡Qué veneno de alabanzas he visto que servían a la madre priora! ¡Y qué

desprendida y elevada sobre sí misma tiene que estar un alma para no

salir de ello perjudicada!

14.7.7

En su visita, el doctor había vuelto a darnos un poco de esperanza, pero

ella ya no se apenó y nos dijo:

¡Ya estoy acostumbrada! ¡No me importa seguir enferma durante mucho

tiempo! Si deseo que esto se acabe pronto, es por evitaros angustias a

vosotras.

14.7.8

¡Te quiero mucho, Madrecita!

14.7.9

Mi corazón está lleno de la voluntad de Dios, y así, cuando se le echa algo

encima, no penetra en el interior: es como una nadería que resbala

fácilmente, como el aceite, que no puede mezclarse con el agua. Allá en lo

hondo vivo siempre en una paz profunda, que nada puede turbar.

14.7.10

Mirando sus manos enflaquecidas <60>:

¡Qué alegría siento al ver cómo me voy destruyendo!

15 de julio

15.7.1

Tal vez mueras mañana (fiesta de la Virgen del Carmen) después de la

comunión.

No, eso no encajaría en mi caminito. ¿Voy a salirme de él para morir?

Morir de amor después de la comunión es algo demasiado hermoso para

mí, las almas pequeñas no podrían imitar eso.

¡Y ojalá que mañana por la mañana no me ocurra algún percance! <61>.

Cosas así sólo a mí pueden ocurrirme: que sea imposible darme la

comunión y que Dios se vea obligado a volverse..., ¿qué te parece?

15.7.2

Me habló del beato Teófano Vénard, que no había podido recibir la

sagrada comunión en el momento de la muerte, y lanzó un profundo

suspiro.

15.7.3

Habíamos hecho los preparativos para que comulgara al día siguiente. El

sobrino de sor María Filomena <62> iba a entrar después de su primera

Misa en el Carmelo para darle la comunión. Pero al verla peor, temíamos

que escupiese sangre después de medianoche y le pedíamos que rezase

para que nada desagradable viniese a estropear nuestro proyecto. Ella

respondió:

Sabéis bien que yo no puedo pedir eso..., pero pedidlo vosotras por mí...

Sin embargo, esta noche acabé pidiéndoselo a Dios por complacer a mis

hermanas y para que la comunidad no quedara decepcionada; pero en el

fondo le dije todo lo contrario, le dije que hiciese lo que quisiera...

15.7.4

Al vernos adornar la enfermería:

¡Cuánto trabajo os tomáis para preparar todo lo necesario! ¡Así son las

fiestas de la tierra! A las niñas que van a hacer la primera comunión se les

lleva por la mañana su hermoso vestido blanco, y sólo tienen que

ponérselo <63>; nada saben del trabajo que los suyos se han tomado por

ellas, sólo saben de alegría. No pasa lo mismo cuando se es mayor...

15.7.5

Me contó el siguiente episodio, cuyo recuerdo guardaba como una gracia:

Sor María de la Eucaristía quería encender las velas para una procesión.

No tenía cerillas, pero al ver la lamparilla que arde ante las reliquias, se

acercó; pero, ¡ay!, la encontró medio apagada, no quedaba más que un

débil destello en la mecha carbonizada. Sin embargo, consiguió encender

su vela, y, gracias a su vela, se fueron encendiendo todas las de la

comunidad. Fue aquella lamparita medio apagada la que produjo aquellas

hermosas llamas que, a su vez, hubieran podido producir infinidad de otras

e incluso incendiar el universo. Sin embargo, la causa primera de ese

incendio se debería siempre a aquella lamparita. ¿Podrán entonces las

hermosas llamas, sabiendo esto, gloriarse de haber provocado semejante

incendio, cuando ellas mismas sólo se encendieron gracias a aquella

centellita...?

Lo mismo ocurre con la comunión de los santos. Muchas veces, sin que

nosotros lo sepamos, las gracias y las luces que recibimos las debemos a

un alma escondida, porque Dios quiere que los santos se comuniquen la

gracia unos a otros por medio de la oración, para que en el cielo se amen

con un gran amor, con un amor todavía mucho mayor que el amor de la

familia, hasta el de la familia más ideal de la tierra. ¡Cuántas veces he

pensado si no podría yo deber todas las gracias que he recibido a las

oraciones de un alma que haya pedido por mí a Dios y a la que no

conoceré más que en el cielo!

Sí, una centellita muy pequeña puede hacer brotar grandes lumbreras en

la toda la Iglesia, como doctores y mártires, que estarán muy por encima

de ella en el cielo; ¿pero quién podrá decir que su gloria no se tornará la

de ella?

En el cielo no habrá miradas de indiferencia, porque todos los elegidos

reconocerán que se deben mutuamente las gracias que les han merecido

la corona.

(La conversación fue muy larga y no pude recogerlo todo, ni palabra por

palabra.)

16 de julio

16.7.1

_ Tengo miedo de que sufras mucho para morir...

_ ¿Por qué tienes miedo por adelantado? Espera al menos a que ocurra,

para sufrir. ¿Acaso ves que yo empiece a atormentarme pensando que si

sobrevienen las persecuciones y las matanzas que dicen, quizás te

arranquen los ojos?

16.7.2

Había hecho el sacrificio completo de sor Genoveva <64>, pero no puedo

decir que no deseara ya tenerla aquí a mi lado. Muchas veces, en verano,

durante la hora de silencio antes de Maitines, sentada en la terraza, me

decía a mí misma: ¡Si estuviera aquí Celina junto a mí! ¡Pero no, esa será

una dicha demasiado grande para la tierra!

... Y me parecía un sueño irrealizable. Sin embargo, no deseaba esa dicha

por un sentimiento natural; era por su alma, para que caminase por

nuestro mismo camino... Y cuando la vi entrar aquí, y no sólo entrar sino

que me la confiaban enteramente a mí para que yo la instruyese en todas

las cosas; cuando vi que Dios hacía eso, rebasando así mis deseos,

comprendí la inmensidad del amor que él me tiene...

... Pues bien, Madrecita, si un deseo apenas esbozado fue escuchado de

esa manera, es imposible que no sean completamente escuchados todos

esos mis grandes deseos de los que hablo a Dios con tanta frecuencia.

16.7.3

Me repitió con expresión convencida esta frase que había leído en las

"Florecillas", un libro del abate Bourb <65>.

Los santos de los últimos tiempos superarán a los de primeros como los

cedros superan a los demás árboles.

16.7.4

Tú conoces todos los rincones de mi alma, tú sola... (*)

(+) El 28 de agosto de 1940, al final del Cuaderno amarillo, añadió este

texto:

Advertencia importante

Cuando santa Teresita me dijo, el 16 de julio de 1897, "Tú conoces todos

los rincones de mi alma, tú sola...", estoy segura de que, en su

pensamiento, no excluía de este conocimiento completo de su alma a sor

María del Sagrado Corazón y a sor Genoveva de la Santa Faz. A sor María

del Sagrado Corazón, a quien debía la sonrisa de la Santísima Virgen, que

la había preparado para la primera comunión, y a quien debemos además

la respuesta maravillosa de su ahijada [el Manuscrito B], del 17 de

septiembre de 1896. A sor Genoveva de la Santa Faz, su Celina, a quien

ella llamaba tan tiernamente "el dulce eco de su alma".

Pero se sintió inspirada por Dios para decirme eso a mí personalmente

para que más tarde, en razón de la autoridad que se me iba a conferir,

pudieran confiar plenamente en lo que yo dijese y escribiese sobre ella.

Sor Inés de Jesús

c.d.i.

28 de agosto de 1940

16.7.5

Con la expresión de un niño al que le está rondando la cabeza una

graciosa travesura:

Quisiera darte una prueba de amor que nadie te haya dado nunca...

Yo me preguntaba qué iría a hacer... Y entonces... <66>

16.7.6*

Si Dios me dijera: Si mueres ahora, tendrás una gloria muy grande; si

mueres a los 80 años, la gloria será mucho menor, pero eso me agradará

mucho más, no dudaría en responder: "Dios mío, quiero morir a los 80

años, pues no busco mi gloria, sino tan sólo agradarte a ti.

Los grandes santos trabajaron por la gloria de Dios, pero yo, que no soy

más que un alma muy pequeña, sólo trabajo por complacerle, y me sentiría

feliz de soportar los mayores sufrimientos aunque sólo fuese para hacerle

sonreír una sola vez.

17 de julio

17.7

Sábado. A las 2 de la mañana había expectorado sangre.

Presiento que voy a entrar en el descanso... Pero presiento, sobre todo,

que mi misión va a comenzar: mi misión de hacer amar a Dios como yo le

amo, de dar mi caminito a las almas. Si Dios escucha mis deseos, pasaré

mi cielo en la tierra hasta el fin del mundo. Sí, yo quiero pasar mi cielo

haciendo el bien en la tierra. Y eso no es algo imposible, pues, desde el

mismo seno de la visión beatífica, los ángeles velan por nosotros. <67>.

Yo no puedo convertir mi cielo en una fiesta, no puedo descansar mientras

haya almas que salvar... Pero cuando el ángel diga: «¡El tiempo se ha

terminado!», entonces descansaré y podré gozar, porque estará completo

el número de los elegidos y todos habrán entrado en el gozo y en el

descanso. Mi corazón se estremece de alegría al pensar en esto...

18 de julio

18.7.1

... Dios no me daría este deseo de hacer el bien en la tierra después de mi

muerte, si no quisiera hacerlo realidad. Me daría más bien el deseo de

descansar en él.

18.7.2

No tengo sufrimientos, sólo molestias.

19 de julio

19.7.1

«Esta noche voy a regar». (Era al comenzar la recreación.)

¡Tendrías que regarme también a mí!

¿Qué eres tú?

Yo soy un granito, y no sé todavía sabe lo que saldrá de él...

19.7.2

Hace un momento tenía muchas ganas de preguntarle a sor María del

Sagrado Corazón, que venía de estar con el Sr. Youf en el locutorio, lo que

éste había dicho acerca de mi estado después de su visita. Pensaba para

mis adentros: quizás me haga bien y me consuele el saberlo. Pero,

reflexionando, me dije: No, eso es curiosidad, no quiero hacer nada por

saberlo; ya que Dios no permite que ella misma me lo diga, es señal de

que no quiere que lo sepa. Y evité llevar la conversación a ese tema, por

miedo a que sor María del Sagrado Corazón me lo dijese como a la fuerza;

no me habría sentido feliz...

19.7.3

Me dijo que se había buscado a sí misma enjugándose el rostro una vez

más de lo necesario, para que sor María del Sagrado Corazón se diera

cuenta de que estaba sudando mucho,

20 de julio

20.7.1

(A las 3 de la mañana había expectorado sangre.)

«¿Qué harías tú si una de nosotras estuviese enferma en tu lugar?

¿Vendrías a la enfermería durante las recreaciones?».

_ Iría derecha a la recreación, sin preguntar por vosotras; y lo haría con

toda naturalidad, para que nadie se diese cuenta de lo que me costaba. Y

si viniera a la enfermería, lo haría por complacer, nunca por darme gusto a

mí misma...

... y todo por cumplir con mi deber y para alcanzaros gracias que

seguramente no os conseguiría buscándome a mí misma. Y yo misma

sacaría una gran fortaleza de estos sacrificios. Pero si alguna vez, por

debilidad, hiciese lo contrario de lo que quisiera, no me desanimaría, sino

que trataría de reparar mis fallos privándome todavía más sin que se me

notase.

20.7.2

Dios se hace representar por quien quiere, pero eso no tiene importancia...

Contigo, habría habido un lado humano, y yo prefiero que no haya más

que el divino. Sí, lo digo de corazón, estoy contenta de morir entre los

brazos de nuestra Madre, porque ella representa a Dios.

20.7.3

... El pecado mortal no me quitaría la confianza <68>.

... ¡Y, sobre todo, no te olvides de contar la historia de la pecadora! Eso

demostrará que no me equivoco.

20.7.4

Le decía que temía mucho para ella las angustias de la muerte.

Si por angustias de la muerte entiendes esos sufrimientos terribles que se

manifiestan en los últimos momentos con señales que causa horror a las

demás, yo nunca los he visto aquí en las que han muerto en mi presencia.

La madre Genoveva los tuvo en el alma, pero no en el cuerpo.

20.7.5

No sabes cuánto te quiero, y te lo demostraré...

20.7.6

Me acosan a preguntas, lo cual me hace pensar en Juana de Arco ante el

tribunal... Y me parece que respondo con la misma sinceridad que ella.

21 de julio

21.7.1

Cuando te miro, Madrecita, me siento muy feliz; tú nunca me cansas, al

contrario. Lo decía hace poco: cada vez que me veo obligada a dar algo, y

esas veces son muchas, eres tú quien me lo proporciona...

21.7.2

Si Dios me riñe, aunque sólo sea un poquito, no lloraré lastimeramente...;

pero si no me riñe en absoluto, si me acoge con una sonrisa, entonces sí

que lloraré...

21.7.3

¡Cómo me gustará conocer en el cielo la historia de todos los santos! Pero

no tendrán que contármela, pues resultaría demasiado largo. Cuando me

acerque a un santo, tendré que poder conocer su nombre y toda su vida

con una sola mirada <69>.

21.7.4

Yo nunca he obrado como Pilato, que se negó a escuchar la verdad. Yo

siempre he dicho a Dios: Dios mío, yo quiero escucharte; por favor,

respóndeme cuando te digo humildemente: ¿Qué es la verdad? Haz que

yo vea las cosas tal cual son y que nunca me deje engañar por las

apariencias <70>.

21.7.5

Le decíamos que podía sentirse muy dichosa de haber sido escogida por

Dios para enseñar a las almas el camino de la confianza. Respondió:

¡Qué importa que sea yo o que sea otra quien muestre este camino a las

almas! Con tal que se enseñe, ¡qué importa el instrumento!

22 de julio

22.7.1

Sor María del Sagrado Corazón le decía: «¡Vaya, se te cuida con mucho

amor...!».

Sí, así es... Y es una imagen del amor que Dios me tiene. Yo nunca le he

dado más que amor, por eso él me devuelve amor; y esto todavía no ha

terminado, pronto me devolverá mucho más...

Estoy hondamente conmovida, es como un rayo de luz, o, mejor, como un

relámpago en medio de mis tinieblas..., ¡pero sólo como un relámpago!

22.7.2

Me repitió sonriendo estas palabras que el Sr. Youf le había dicho después

de la confesión:

Si los ángeles barrieran el cielo, el polvo sería de diamantes.

23 de julio

23.7.1

Le hablaban de asociaciones <71>:

Estoy tan cerca del cielo, que todo eso me parece triste.

23.7.2

Una de nosotras le había dicho y leído algo, y pensaba haberla consolado

y alegrado mucho en su gran prueba.

_ ¿Verdad que tu prueba ha cesado un momento?

¡No! ¡Ha sido como si cantaras!

23.7.3

Le hablaba incesantemente de ese miedo, que nunca me abandonaba, a

verla sufrir todavía más.

Los que corremos por el camino del amor creo que no debemos pensar en

lo que pueda ocurrirnos de doloroso en el futuro, porque eso es faltar a la

confianza y meternos a creadores.

23.7.4

... Cuando las pruebas de papá, yo tenía un vehemente deseo de sufrir...

Una noche en que sabía que había empeorado <72>, sor María de los

Angeles <73>, al verme muy triste, intentaba consolarme lo mejor que podía;

pero yo le dije: «Sor María de los Angeles, creo que puedo sufrir todavía

más». Ella me miró muy sorprendida y luego me lo recordó muchas veces.

Sor María de los Angeles, en efecto, no olvidó nunca aquella noche.

Nuestra santita, todavía postulante, estaba a punto de acostarse, sentada

sobre el jergón, en camisón y con sus hermosos cabellos cayéndole sobre

los hombros. «Su mirada, dice ella, y toda su persona tenían un algo de

tan noble y de tan bello, que creí estar viendo a una virgen del cielo».

23.7.5

Recuerdo que un día, en lo más recio de nuestras pruebas, me encontré

con sor María del Sagrado Corazón después de barrer la escalera del

dormitorio (del lado de la ropería). Teníamos permiso para hablar y me

paró. Entonces yo le dije que me sentía con muchas fuerzas y que en ese

momento estaba pensando en estas palabras de Mme. Swetchine que me

calaban de tal manera que me sentía como abrasada: «La resignación es

todavía distinta de la voluntad de Dios; existe entre ellas la misma

diferencia que entre la unión y la unidad. En la unión sigue habiendo

todavía dos, en la unidad ya no hay más que uno solo»<74>.

(No sé si es completamente textual.)

23.7.6

Me habían obligado a pedir la curación de papá el día de mi profesión <75>;

pero no logré decir más que esto: Dios mío, por favor, que sea tu voluntad

que papá se cure.

23.7.7

... «In te, Domine, speravi» <76>. En los días de nuestras grandes pruebas,

¡cómo me gustaba recitar este versículo en el coro!

24 de julio

24.7.1

Le habían mandado unas frutas preciosas, pero no podía comerlas. Las

fue cogiendo una tras otra, haciendo ademán de ofrecérselas a alguien, y

dijo:

La Sagrada Familia ha quedado bien servida: a san José y al Niño Jesús le

han tocado un melocotón y dos ciruelas a cada uno.

Preguntándome a media voz:

Tal vez no esté bien, pero las he tocado con satisfacción. Me gusta mucho

tocar la fruta, sobre todo los melocotones <77>, y verla de cerca.

Yo la tranquilicé, y prosiguió:

La Santísima Virgen también ha tenido su parte. Cuando me dan leche con

ron, se la ofrezco a san José, pensando: ¡Qué bien le va a venir esto al

pobre san José!

En el refectorio, pensaba siempre a quién tenía que darle cada cosa. Lo

dulce era para el Niño Jesús, los platos fuertes para san José, y tampoco

me olvidaba de la Santísima Virgen. Pero cuando me faltaba algo, por

ejemplo cuando se olvidaban de pasarme la salsa o la ensalada, estaba

mucho más contenta, pues me parecía que entonces se lo daba de verdad

a la Sagrada Familia viéndome realmente privada de lo que le ofrecía.

24.7.2

... Cuando Dios quiere que nos veamos privadas de algo, no hay más

remedio que aceptarlo. A veces, sor María del Sagrado Corazón ponía mi

plato de ensalada tan cerca de sor María de le Encarnación, que yo no

podía ya considerarlo como mío, y no lo tocaba.

¡Ay, Madrecita, y qué tortillas, duras como suelas de zapato, me han

servido en mi vida! Creían que me gustaban así, totalmente resecas.

Después de mi muerte habrá que poner mucho cuidado en no dar esa

porquería a las pobres hermanas <78>.

25 de julio

25.7.1

Le decía yo que acabaría por desearle la muerte para no verla ya sufrir

tanto.

... Sí, pero no hay que decir eso, Madrecita, porque lo que me gusta de la

vida es precisamente sufrir <79>.

25.7.2

¿Es que estamos ya de lleno en la estación de los melocotones? ¿Se

pregonan las ciruelas por las calles? Ya no entiendo lo que pasa.

«Cuando se llega a la tarde de la vida,

se pierden la memoria y la cabeza».

25.7.3

Nuestro tío le había mandado uvas. Comió unas pocas y dijo:

¡Qué ricas están estas uvas! Pero no me gusta lo que envía mi familia...

Antes, cuando me traían de su parte ramos de flores para el Niño Jesús

<80>, nunca quería recibirlos sin antes estar bien segura de que nuestra

Madre lo había permitido.

25.7.4

A petición suya, le di a besar el crucifijo, y se lo presenté en la manera

acostumbrada <81>.

¡... No, y lo beso en la cara!

Y mirando la estampa del Niño Jesús (que sor María de la Trinidad había

traído del Carmelo de [rue] Mesina) <82>:

Ese Niño Jesús parece que me está diciendo: «Vendrás al cielo, te lo digo

yo».

25.7.5

¿Y dónde está ahora el Ladrón? Ya no se habla más de él. Contestó,

poniendo la mano sobre el corazón:

¡Está aquí! Está en mi corazón.

25.7.6

Le decía yo que la muerte, en apariencia, era muy triste y que sentiría

mucha pena al verla muerta. Me contestó con voz enternecida:

La Santísima Virgen tuvo a Jesús muerto sobre sus rodillas, desfigurado,

ensangrentado. ¡Lo que tú veas será algo bien distinto! ¡Yo no sé lo que

ella habrá hecho...! Suponte que me traen a tus brazos en ese estado: ¿tú

qué harías? Responde mihi <83>...

25.7.7

Después de contarme varias cosillas que se reprochaba a sí misma, me

preguntó si habría ofendido a Dios. Le contesté sencillamente que todos

aquellos pecadillos no lo eran en realidad, y que me había hecho mucho

bien contándomelos. Entonces, pareció emocionarse mucho, y más tarde

me dijo:

Al oírte, me acordé del P.Alejo. Tus palabras han calado también

profundamente en mi corazón.

25.7.8

Se echó a llorar; yo recogí sus lágrimas, secándolas con un paño fino (sor

Genoveva conserva esta reliquia).

Sor Genoveva le presentó una florecita de geranio, que estaba sobre la

mesa desde hacía mucho tiempo, para que la arrojase a sus estampas

prendidas con alfileres en la cortina de su cama.

... No arrojar nunca flores marchitas..., sólo florecitas lozanas «recién

abiertas».

25.7.9

Le proponíamos una distracción, pero que era demasiado ruidosa. Y

respondió sonriendo:

¡... Nada de juegos de muchachos! ...Nada tampoco de juegos de niñas.

Sólo juegos de angelitos.

25.7.10

... Miro las uvas y me digo: Son bonitas, y tienen buen aspecto. Luego

como un grano: éste no se lo doy yo al Niño Jesús, me lo da él a mí.

25.7.11

En mi enfermedad soy como un auténtico niño: no pienso en nada, estoy

contenta de ir al cielo, y eso es todo.

25.7. 12

... La primera vez que me dieron uvas en la enfermería, le dije al Niño

Jesús: ¡Qué ricas son las uvas! No entiendo por qué esperas tanto para

cogerme, pues soy un pequeño racimo de uvas <84> y dicen que estoy tan

madura...

25.7.13

A propósito de la dirección espiritual:

... Pienso que hay que tener mucho cuidado con no buscarse una a sí

misma, pues pronto quedaría herido el corazón y podría decirse con razón:

«Los centinelas me quitaron el manto y me hirieron...; pero apenas los

dejé, encontré al Amor de mi alma».

Pienso que si el alma hubiese preguntado humildemente a los centinelas

dónde estaba el Amor de su alma, ellos le habrían indicado dónde se

encontraba; pero por haber querido atraer su admiración, cayó en la

turbación y perdió la sencillez del corazón.

25.7.14

... Tú eres mi luz.

25.7.15

Escucha una historia muy divertida: Un día, después de mi toma de hábito

<85>, sor San Vicente de Paúl me encontró en la celda de nuestra Madre y

exclamó: «¡Pero qué cara de bienestar! ¡Qué fuerte está esta chica! ¡Y qué

gorda!». Yo me fui toda confusa por el cumplido, cuando hete aquí que sor

Magdalena me para delante de la cocina y me dice: «¡Pero en qué te estás

convirtiendo, mi pobrecita sor Teresa del Niño Jesús! ¡Estás adelgazando

a ojos vista! A ese paso, con ese semblante que hace temblar a

cualquiera, no podrás guardar mucho tiempo la Regla». Yo no salía de mi

asombro al escuchar, una tras otra, opiniones tan opuestas. Desde aquel

momento, dejé de prestar la menor importancia a la opinión de las

criaturas, y esta impresión se ha desarrollado en mí de tal manera, que

actualmente tanto las censuras como los elogios resbalan sobre mí sin

dejar la menor huella.

NOTAS

Julio

Dos fuentes nos suministran una rica información sobre el mes de julio: los

238 dichos, o sea casi una tercera parte del Cuaderno amarillo, y 34 cartas

que hablan de Teresa, en su mayor parte dirigidas a la familia Guérin que

estaba de vacaciones en La Musse (cf UC p. 611s). Dichas fuentes nos

permiten seguir paso a paso el curso de la tuberculosis.

Tras la aparente mejoría de finales de junio, se declaran dos hemoptisis

abundantes y repetidas, los días 6 y 7 de julio. Reposo absoluto, hielo y

otros cuidados conjuran por el momento el peligro. Al atardecer del 8 de

julio, bajan a la enferma a la enfermería de la planta baja.

Pronto vuelven las hemoptisis. El Dr. de Cornière no espera ya la curación.

El 29 de julio, se agrava de tal manera, que al día siguiente administran la

Unción de los enfermos a la moribunda: se piensa que no pasará de la

noche.

A comienzos de mes, Teresa ha tenido que abandonar la redacción de su

manuscrito. Su tarea ha terminado. Y comienza la de la madre Inés de

Jesús. A la cabecera de su hijita, el futuro «historiador» (CA 29.7.7)

pregunta y recibe explicaciones. Recuerdos de la infancia que evoca la

enferma, comentarios espontáneos sobre su experiencia religiosa,

reacciones ante los sufrimientos del cuerpo y del alma. Teresa, en su

espontaneidad, es veraz. Su «caminito» deberá transmitirse al mayor

número posible de almas. Julio es el mes de las intuiciones proféticas

sobre su misión póstuma.

Trece cartas y billetes fueron redactados (a lápiz) por Teresa a lo largo de

este mes (Cta 249 a 261).

1 Juana María Primois, fallecida el 1 de julio a los 43 años.

2 El Dr. de Cornière.

3 La palma puede verse en la foto VTL nº 46, y se encontró intacta a la

hora de exhumarla el 6/9/1910.

4 [Teresa dice: «bien guetté». N. del T.], expresión normanda por «bien

gardé».

5 Ver la nota 6 del mes de junio.

6 Cf Ms A 80rº/vº; y 25.7.7.

7 Cf Ms A 70rº y LC 151; para sus otras quince cartas a Teresa, véase CG

p. 1438.

8 Sobre la alegría de Teresa enferma, cf 19.5; 6.7.3; 9.7.1; 13.7.7; 10.8.3;

20.8.4; 5.9.3; 6.9.2; Cta 255; UC p. 620-621, 656.

9 El abate Youf.

10 Cf 27.8.6; Cta 229 y 253; UC p. 664.

11 Sobre todos esos retrasos, cf Ms A 68rº, 72rº y 73vº.

12 Tornera del Carmelo.

13 Cf Im II, 9, Reflexiones.

14 La estatua que Teresa, siendo niña y estando gravemente enferma, vio

que le sonreía el 13 de mayo de 1883, cf Ms A 30rº.

15 Ofrenda del 9 de junio de 1895; cf Ms A 84rº y Or 6; vuelve a evocarse

en 29.7.9; 8.8.2; y el 30.9.

16 Cf Ms A 52rº.

17 Traducción de la Vulgata.

18 Cf 13.7.7; 11.8.6; 15.8.7.

19 La enfermedad del señor Martin.

20 En octubre de 1886; cf Ms A 43rº.

21 Teresa escribe «toin» en vez de «coin» [rincón].

22 «Papá decía esto algunas veces, era una frase conocida», anotó la

madre Inés. Sobre la nariz de ésta, cf Cta 219.

23 Cf 15.6.2; sobre la delgadez de la enferma, 14.7.10; 20.9.2; 24.9.3.

24 Cf Ms A 59vº.

25 Cf Ms C 27rº. [En el original, Teresa hace un juego de palabras

intraducible al español, incurriendo en un barbarismo francés: «agoniser»

= agonizar, y «agoniser», que, usado como barbarismo en lugar de

«agonir», significa colmar, cubrir de injurias. N. del T.]

26 Cf Cta 260.

27 Teresa escribe «éjouir» en vez de «réjuir» [gozarte].

28 El abate Bellière (cf 30.7.4; 12.8.2; 4.9.4; 21.9.3) y el P. Roulland (cf

1.5.2; 30.7.4; 4.9.4).

29 Cf Ms C 32rº/vº.

30 El canónigo Maupas.

31 «De la astucia», precisa en otra parte la madre Inés.

31ª Teresa juega con las palabras «dattes» (= dátiles) y «dates» (=

fechas), que se pronuncian lo mismo.

32 Cf Or 12. Y sobre los pronósticos acerca de la fecha de su muerte, cf

15.7.1; 31.7.1; 25.8.1; 2.9.1; 23.9.2.

33 Su autobiografía.

34. Reproducción de un cuadro pintado por Celina (1894); cf 10.7.10.

35 Cf 3.7.4 y 20.8.6.

36 Era costumbre en el Carmelo tocar la campana a las 3 de la tarde, en

recuerdo de la muerte de Cristo. Al oírla, todas las religiosas besaban su

crucifijo.

37 Una hemoptisis.

38 Cf el texto original en PN 54,16.

39 Cf SANTA TERESA DE JESÚS, M6, 5.

40 Una ermita en la huerta del Carmelo.

41 Cf TERESA DE JESÚS, Camino de perfección, cap. 32. [En realidad,

cap. 31. N. del T.]

42 Cf 13.7.12; 15.7.5; Cta 185.

43 Cf Ms A 11vº.

44 Cf Ms A 70rº; Ms C 36vº; y 20.7.3; así como Prières. pp. 62 y 66.

45 En realidad, de Las hojas muertas de L. Abadie.

46 Esto le sucedió bajo el priorato de la madre Inés (1893-1896).

47 María Guérin.

48 Alusión a las letanías de la Santísima Virgen.

49 Cf PS 8.

50 Vino tonificante.

51 Cf Cta 144,rºtv y 149, párr. 2.

52 Cf Cta 258; CA 27.7.14.

53 Teresa escribe «pis» en vez de «puis».

54 Cf Cta 253, de esta misma fecha; véase también Ms A 71rº y 84vº; Ms

C 31rº; Cta 201; Or 6; CA 16.7.2; 18.7.1; etc. Ya hemos indicado en otra

parte el fundamento sanjuanista de esta afirmación.

55 Es decir, los tres días que precedían al miércoles de Ceniza, que en

1891 cayeron en los días 8-11 de febrero.

56 En realidad, en la primavera de 1893; cf CG p. 1172.

57 Cf nota 5 del mes de abril.

58 Cf 18.8.7.

59 Cf PN 24,32.

60 Cf 8.7.6.

61 Una hemoptisis.

62 El abate Troude.

63 Cf Ms A 35rº.

64 Cf Ms A 82rº.

65 Abate Bourbonne.

66 Siguen tres líneas raspadas ilegibles.

67 Cf Cta 254, párr. 2.

68 Cf 11.7.6.

69 Cf Cta 106 y 163.

70 Sobre esta exigencia de veracidad en Teresa, cf por ejemplo 9.5.1;

4.8.3; 5.8.4; 3.9.1; 30.9.

71 Asociaciones piadosas.

72 En junio de 1888; cf Ms A 73rº.

73 Su maestra de novicias.

74 La misma cita en Cta 65.

75 El 8 de septiembre de 1890; cf Ms A 76vº.

76 «A ti, Señor, me acojo».

77 Cf Cta 147; fruta preferida de Teresa.

78 Cf también 20.8.18.

79 Sobre este amor al sufrimiento, cf Ms A 36rº y 69vº; Ms C 7rº, 10vº; Cta

253, 254, 258; PN 10,8; 54,16; PN 50,5; CA 23.7.4; 31.7.13; 24.9.1; 25.9.2;

30.9; etc.

80 Estatua del claustro que Teresa adornó durante toda su vida religiosa;

cf Ms A 72vº.

81 Se presentan los pies para besar; cf 2.8.5; 19.8.3.

82 Cf Or 13, descripción del documento.

83 «Respóndeme».

84 Cf RP 5,9; Ms A 85vº; PN 5,9 y 10; 25,7; CA 27.7.10.

85 El jueves 10 de enero de 1889; cf Ms A 72rº.

26 de julio

26.7.1

Esta noche he soñado que estaba con papá en un bazar, y veía allí unas

preciosas pelotitas blancas que me hacían ilusión para clavar en ellas mis

alfileres; pero finalmente me dije a mí misma que en el Carmelo las hacían

parecidas y pedí una musiquilla.

26.7.2

Me dijo que alrededor del 8 de diciembre de 1892 se había encargado de

sor Marta; que en 1893 había ayudado en el noviciado a la madre María de

Gonzaga; y que en la última elección, la de 1896, se había visto encargada

totalmente, por así decirlo, de las novicias <86>.

26.7.3

... La virtud brilla naturalmente; en cuanto desaparece, lo noto enseguida.

27 de julio

27.7.1

No quería que me olvidase de las gotas de un medicamento que me

habían prescrito.

... Tienes que fortalecerte. Esta noche 30 gotas, no lo olvides.

27.7.2

¿No te cansamos?

No, porque sois gente muy amable.

27.7.3

Nos contó, riéndose, que había soñado que la llevaban al «calefactorio»

<87> entre dos candeleros para el santo de Nuestro Padre <88>.

27.7.4

La comunidad estaba en la colada.

... Hacia la una de la tarde, pensé: ¡Qué cansadas estarán en la colada! Y

pedí a Dios que os aliviase a todas y que el trabajo se hiciera con paz y

caridad. Y al verme tan enferma, me alegré de poder sufrir como vosotras.

27.7.5

Por la noche me recordó las palabras de san Juan de la Cruz:

«Rompe la tela de este dulce encuentro» <89. Yo siempre he aplicado

estas palabras a la muerte de amor que deseo para mí. El amor no gastará

la tela de mi vida: la romperá de repente.

¡Y con qué deseos y con qué alegría me he repetido, desde los mismos

comienzos de la mi vida religiosa, estas otras palabras de N.P. san Juan

de la Cruz: «Es gran negocio para el alma ejercitar en esta vida los actos

de amor, porque consumándose en breve, no se detenga mucho acá o allá

sin ver a Dios»! <90>.

Al repetir estas últimas palabras, levantó el dedo y adoptó una expresión

celestial.

27.7.6

A propósito de las dificultades que yo preveía para la publicación de su

vida:

... Pues bien, yo digo como Juana de Arco: «... Y se cumplirá la voluntad

de Dios, a pesar de la envidia de los hombres» <91>.

27.7.7

_ ¡Ya pronto no volveré a ver tu rostro tan querido! ¡Tan sólo veré ya tu

alma!

¡Que es mucho más hermosa!

27.7.8

_ ¡Pensar que vamos a perderte!

_ ¡Pero si no me perderéis...! ¡Qué poco agudas sois...!

27.7.9

A sor Genoveva, que lloraba:

¡Se ve bien que es eso lo que le cuelga de la punta de la nariz (la muerte)!

¡Miradla ahí, sobrecogida de miedo!

27.7.10

Tras ofrecer un racimo de uvas al Niño Jesús:

Le he ofrecido ese racimo para ver si le dan ganas de cogerme, porque

creo que yo soy de esa clase...

El pellejo no era duro y estaba muy dorado. Saboreando un grano:

Sí, yo soy de esa clase...

27.7.11

La Madrecita es mi teléfono. No tengo más que aguzar el oído cuando

llega, y me entero de todo.

27.7.12

... No soy egoísta, es a Dios a quien amo, no a mí misma.

27.7.13

... Si escucho a mi natural, prefiero morir; pero sólo me alegro de la muerte

porque ésa es la voluntad de Dios para mí.

27.7.14

Nunca he pedido a Dios morir joven; por eso estoy convencida de que en

estos momentos él sólo está cumpliendo su voluntad <93>.

27.7.15

Se ahogaba <94>, y yo le manifestaba mi compasión y mi tristeza.

¡Vamos, no sufras! Si me ahogo, Dios me dará fuerzas. ¡Lo amo! El nunca

me abandonará.

27.7.16

Me contó que había llevado durante mucho tiempo una crucecita de hierro

y que a causa de ello había caído enferma. Me dijo que Dios no quería que

ni ella ni nosotras nos entregásemos a grandes mortificaciones, y que

aquello se lo había demostrado <95>.

27.7.17

A propósito de las fricciones prescritas por el médico:

¡Eso de ser «almohazada» es peor que cualquier otra cosa! <96>

27.7.18

... Desde el 9 de junio he estado segura de que moriría pronto <97>.

29 de julio

29.7.1

¡...Quisiera irme!

_ ¿Adónde?

¡Allá arriba, al cielo azul <98>!

29.7.2

Una hermana le había referido este comentario que habían hecho en la

recreación: «¿Por qué se habla de sor Teresa del Niño Jesús como de una

santa? Es cierto que ha practicado la virtud, pero no ha sido una virtud

adquirida en las humillaciones y, sobre todo, en los sufrimientos». Ella me

dijo después:

... ¡Y yo, que he sufrido tanto desde mi más tierna infancia! <99> ¡Pero

cuánto bien me hacer saber la opinión de las criaturas en el momento de la

muerte!

29.7.3

Pensábamos darle gusto llevándole cierto objeto <100>, pero sucedió todo lo

contrario. Se mostró disgustada, sospechando que habíamos dejado a

alguien sin el objeto en cuestión; pero se arrepintió enseguida y pidió

perdón con lágrimas en los ojos.

¡Os pido perdón, he actuado por un impulso natural, rezad por mí!

Y un poco más tarde:

¡Qué feliz me siento de verme imperfecta y con tanta necesidad de la

misericordia de Dios en el momento de la muerte!

29.7.4

Expectoró sangre por la mañana y a las tres de la tarde.

29.7.5

Le expresábamos nuestro temor de que muriese durante la noche.

No moriré durante la noche, creedme; he deseado no morir durante la

noche.

29.7.6

... Dos días después de la entrada de sor María de la Trinidad <101>, me

curaron la garganta... Dios permitió que las novicias me agotaran. Sor

María de la Eucaristía me dijo que me sucedía lo que a los predicadores.

29.7.7

... Para ser mi historiador, habrá que entrenarte.

29.7.8

¡Pues bien, el «bebé» se va a morir! La verdad es que desde hace tres

días estoy sufriendo mucho. Esta noche estoy como en el purgatorio.

29.7.9

Con mucha frecuencia, siempre que puedo, repito mi ofrenda al Amor <102>.

29.7.10

Le confiaba una turbación interior.

... Fuiste tú quien sembró en mi alma la semilla de la confianza, ¿ya no te

acuerdas?

29.7.11

La sostenía mientras le arreglaban las almohadas.

Tengo apoyada la cabeza sobre el corazón de mi Madrecita <103>.

29.7.12

No había pedido cierto alivio, y creíamos que era por virtud; pero ella no

había pensado en mortificarse en eso. Como admiráramos su acto:

¡Estoy cansada de la tierra! Se hacen elogios cuando no se merecen, y

reproches cuando tampoco se merecen. ¡Así es...! ¡Así es...!

29.7.13

Lo que de momento constituye nuestra humillación constituye luego

nuestra gloria, incluso en esta vida.

29.7.14

No tengo capacidad para gozar, siempre he sido así; pero la tengo muy

grande para sufrir. Antes, cuando me apretaba el sufrimiento, tenía apetito

en el refectorio, pero cuando estaba alegre me ocurría todo lo contrario:

imposible comer.

30 de julio

30.7.1

El cuerpo ha sido siempre un engorro para mí, no me he encontrado a

gusto dentro de él... Incluso de pequeñita, me avergonzaba de él.

30.7.2

Por haberle prestado un pequeño servicio:

¡Gracias, mamá! <104>.

30.7.3

No hubiera querido ni recoger del suelo un alfiler por evitar el purgatorio.

Todo lo que he hecho ha sido por agradar a Dios y para salvarle almas.

30.7.4

Mirando la fotografía de los PP. Bellière y Roulland:

¡Yo soy más elegante que ellos!

30.7.5

Le prometían rescatarle algunos chinitos.

¡No son chinos lo que quiero, son negros <105>!

30.7.6

Me resulta amargo cuando no me miras.

30.7.7

Las moscas la molestaban mucho, pero no quería matarlas.

Siempre las perdono. Y eso que son las únicas que me han dado la lata

durante mi enfermedad. No tengo más enemigos que ellas, y como Dios

nos ha mandado perdonar a los enemigos, me alegro de tener esta

pequeña ocasión de hacerlo.

30.7.8

Es muy duro sufrir tanto; eso debe impedirte pensar en nada, ¿verdad?

Pues no, todavía puedo decirle a Dios que lo amo, y creo que con eso

basta.

30.7.9

Señalándome un vaso que contenía una medicina muy desagradable bajo

el aspecto de un delicioso licor de grosellas:

Ese vasito es la imagen de mi vida. Ayer sor Teresa de San Agustín me

decía: «¡Espero que estés bebiendo exquisitos licores!». Y yo le contesté:

«¡Ay, sor Teresa de San Agustín, todo lo que bebo es de lo más

desagradable!».

Pues bien, Madrecita, esto es lo que han visto los ojos de las criaturas.

Siempre les ha parecido que yo estaba bebiendo licores exquisitos, y era

amargura. Digo amargura, pero no, porque mi vida no ha sido amarga, ya

que he sabido convertir todas las amarguras en gozo y dulzura.

30.7.10

Si quieres dar un recuerdo mío al Sr. de Cornière, hazle una estampa con

estas palabras: «Todo lo que hicisteis al más pequeño de los míos, a mí

me lo hicisteis».

30.7.11

Le habían dado un abanico, que había llegado del Carmelo de Saigón, y lo

usaba para espantar las moscas <106>. Como hacía mucho calor, se volvió

hacia las estampas prendidas con alfileres en la cortina de la cama y se

puso a abanicarlas con el abanico, y luego a nosotras.

Abanico a los santos, en vez de abanicarme a mí; y os abanico a vosotras

para aliviaros y porque también vosotras sois santas.

30.7.12

El Sr. de Cornière había dicho que le diésemos 5 ó 6 cucharadas de agua

de Tisserand. Ella le pidió a sor Genoveva que no le diese más que 5, y

luego, volviéndose hacia mí:

Siempre lo menos posible, ¿verdad, mamá?

3.7.13

No digáis al Sr. Ducellier <107> que no me quedan más que unos días;

todavía no estoy tan débil como para morir, y además, mientras se vive, se

encuentra una muy azarada <108>.

30.7.14

(Las 4). Después que salió una hermana me sonrió. Yo le dije: Descansa

ahora, cierra los ojos.

... No, ¡me gusta tanto mirarte!

30.7.15

Yo quería coger una mosca que la estaba molestando.

¿Qué le vas a hacer?

Voy a matarla.

No, no, por favor.

30.7.16

¿Quieres prepararme para la extremaunción?

Mirándome con una sonrisa:

¡No pienso en nada!

Pídele a Dios que la reciba todo lo bien que se puede recibir.

30.7.17

Me contó lo que le había dicho Nuestro Padre antes de la ceremonia:

«... Vas a quedar como un niñito que acaba de recibir el bautismo». Y no

me habló más que de amor. ¡Cómo me emocioné!

30.7.18

Después de la extremaunción nos enseñaba sus manos con respeto.

Yo solía recoger los trocitos de piel de sus labios resecos; pero ese día me

dijo:

Hoy voy a tragar esos pellejitos, porque he recibido la extremaunción y el

santo viático.

Era por la tarde. Apenas había hecho una breve acción de gracias, cuando

varias hermanas vinieron a hablar con ella. Por la noche me dijo:

¡Cómo me molestó que vinieran después de la comunión! Me miraban

como a un bicho raro... Pero para no irritarme, yo pensaba en Nuestro

Señor, que se retiraba a la soledad sin poder evitar que lo siguiera allí la

gente, y él no la despedía. Yo he querido imitarle recibiendo bien a las

hermanas.

31 de julio

31.7.1

Seguíamos pensando en un día de fiesta para su muerte, como el 6 de

agosto (la Transfiguración) o el 15 (la Asunción).

No habléis de una fecha, ¡siempre será un día de fiesta!

31.7.2

Después de contarnos la fábula de La Fontaine (*) «El molinero y sus tres

hijos»:

¡Tengo las botas, pero todavía no tengo el saco! Esto quiere decir que no

estoy para morir.

(Es el cuento del «Gato con botas», no una fábula de La Fontaine.)

31.7.3

Habían bajado su jergón para exponerla después de su muerte. Ella lo vio

cuando abrían la puerta de la celda contigua a la enfermería, y exclamó

alegremente:

¡Mira, mi jergón! Va a estar bien preparado para colocar en él mi cadáver.

... ¡Mi naricita ha tenido siempre suerte!

31.7.4

¿Cómo hará el bebé para morir? ¿Y de qué moriré?

31.7.5

... Sí, robaré... Desaparecerán muchas cosas del cielo, que yo os traeré...

Seré una ladronzuela, cogeré todo lo que me plazca...

31.7.6

Mirando la estatua de la Santísima Virgen y señalándole con el dedo su

platito <109>:

Cuando vino eso esta noche (un gran vómito de sangre), ¡creí que me ibas

a llevar!

31.7.7

Nos habíamos quedado dormidas mientras la velábamos.

... ¡Pedro, Santiago y Juan!

31.7.8

... Os aseguro que, si la Santísima Virgen no interviene, tengo para largo.

31.7.9

Amablemente:

No conversemos, basta con mirarnos unas a otras de hurtadillas <110>.

31.7.10

El Ladrón vendrá

y me llevará.

¡aleluya!

31.7.11

Discutíamos sobre los pocos días que le quedaban de vida.

Al fin y al cabo, es la enferma quien lo sabe mejor. Y me parece que tengo

todavía para mucho tiempo.

31.7.12

He pensado que tendré que ser muy buenecita y esperar al Ladrón muy

apuesta

31.7.13

He encontrado la felicidad y la alegría aquí en la tierra, pero únicamente en

el sufrimiento, pues sufrido mucho aquí abajo. Habrá que hacerlo saber a

las almas...

Desde mi primera comunión, cuando pedí a Jesús que me cambiara en

amargura todas las alegrías de la tierra <111>, he tenido un deseo continuo

de sufrir. Pero no pensaba cifrar en ello mi alegría; ésta es una gracia que

no se me concedió hasta más tarde. Hasta entonces, no era más que una

centella cubierta por la ceniza, o como las flores de un árbol destinadas a

convertirse en fruto a su tiempo. Pero al ver caerse mis flores sin cesar, es

decir, al abandonarme al llanto cada vez que sufría, me decía a mí misma

extrañada y con tristeza: ¡Esto no pasará nunca de simples deseos!

31.7.14

Esta noche, cuando me dijiste que el Sr. de Cornière creía que tenía

todavía para un mes o incluso más, no me lo podía creer: ¡había una

diferencia tan grande con lo de ayer, cuando decía que había que

sacramentarme ese mismo día! Pero esto me ha dejado sumida en una

profunda calma. ¡Qué me importa seguir viviendo aún mucho tiempo en la

tierra! Aunque sufra mucho, y cada día más, no tengo miedo: Dios me dará

fuerzas y no me abandonará.

31.7.15

Si vives todavía mucho tiempo, nadie entenderá nada.

¡Y eso qué importa! ¡Que todo el mundo me desprecie, enhorabuena! Es lo

que siempre he deseado <112>. ¡Lo habré conseguido al final de mi vida!

31.7.16

... Ahora que Dios ha hecho lo que quería, que los ha engañado a todos...,

vendrá como un ladrón a la hora en que nadie lo espera. Esto es lo que

pienso.

NOTAS

86 Acerca de estas fechas, cf Ms C 20rº, 3vº, 22rº.

87 Sala de recreación [en la que en invierno se encendía una estufa de

leña. N. del T.]

88 El canónigo Maupas.

89 Ll canción 1.

90 Ibid., 1, 6, 34; cf Cta 245; Or 12 (y Prières, p. 121s); Or 16; y 31.8.

91 Palabras que Teresa pone en boca de Juana de Arco en RP 3,9rº.

92 [Teresa escribe, abreviando, «point fines»], en lugar de «Vous n'êtes

point fines».

93 Cf 13.7.13; 27.7.13; Ms C 8vº; Cta 253 y 258.

94 Sobre la angustia de la asfixia, cf 20.8.10; 21.8.2; 25.8.9; 26.8.5; 29.9.5;

30.9.

95 Cf 3.8.5. Sobre la cruz de hierro (otoño de 1896), cf CG p. 1189.

96 Cf Cta 208 y CG p. 1189, +d.

97 Cf 15.6.1.

98 Poesía aprendida en su infancia; cf Ms A 11rº.

99 Cf 30.7.9; 31.7.13; Cta 253.

100 Podría tratarse de una caja de música.

101 Sor María de la Trinidad había entrado en el Carmelo el 16 de junio de

1894.

102 Cf Or 6.

103 Cf 10.9.2.

104 Cf Ms A 13 rº y 80vº; Cta 76, 106, 110, 252; CA 30.7.12; 18.8.3;

23.8.7; 23.8.10; 4.9.4; 28.9.1.

105 Cf 21/26.5.3.

106 Cf 20.8.10.

107 Este sacerdote había escuchado la primera confesión de Teresa; cf

Ms A 16vº.

108 [Teresa usa la expresión «capot» ], «Familiarmente: confuso,

impedido, azarado» (Littré).

109 Platito en el suelo que servía de escupidera a Teresa.

110 [Teresa usa la expresión «s'entre-guigner»]. «Gigner: entrecerrar los

ojos mirando por el rabillo del ojo» (Littré).

111 Cf Ms A 36vº, en que cita a Im III, 36, 3.

112 Al igual que san Juan de la Cruz; cf Ms A 73vº; Cta 81 y 188.

1 de agosto

1.8.1

A propósito de la gracia tan señalada que había recibido tiempo atrás,

cuando su misal se cerró sobre una estampa de Nuestro Señor crucificado,

de la que sobresalía sólo una mano. Me repitió lo que se había dicho a sí

misma en aquella ocasión:

No quiero dejar que se pierda esa sangre preciosa. Pasaré mi vida

recogiéndola para las almas.

1.8.2

Durante Maitines, a propósito del manuscrito de su vida:

Después de mi muerte, no habrá que hablar a nadie de mi manuscrito

antes de que se publique; únicamente a nuestra Madre habrá que hablar

de él. Si no lo haces así, el demonio te tenderá más de una trampa para

echar a perder la obra de Dios..., ¡una obra muy importante (*)!

(*) En las Novissima Verba se añade (la autenticidad de este texto es

dudosa):

Algunos días más tarde, le había yo pedido que releyera un pasaje de su

manuscrito que me parecía incompleto, y la encontré con los ojos

arrasados en lágrimas. Al preguntarle el porqué, me respondió con

sencillez angelical:

«Lo que he vuelto a leer en este cuaderno es realmente mi alma... Estas

páginas, Madre, harán mucho bien. Más tarde, gracias a ellas, se conocerá

mejor la ternura de Dios...».

Y añadió, con tono inspirado:

«Sí, lo sé muy bien, todo el mundo me amará...». [Cf UC, II, Anexos, p.

243. N. del T.]

1.8.3

¡... Ahora ya no escribiré más <2>!

1.8.4

¡Qué enferma estoy...! Porque ya ves..., contigo...

Porque no podía ya hablarme.

1.8.5

... Estoy totalmente entregada a su voluntad, esperaré todo lo que él

quiera.

1.8.6

¡Qué bien ha hecho el Señor en decirnos: «En la casa de mi Padre hay

muchas estancias!».

(Hizo este comentario a propósito de un sacerdote muy mortificado que

sufría unas picazones insoportables y se privaba incluso de aliviarlas.)

Yo prefiero mortificarme de otra manera, y no en cosas tan molestas; no

hubiera sido capaz de contenerme de ese modo.

1.8.7

Se había originado un disgusto a propósito del hielo <3>, y yo había llorado.

Le pregunté si había actuado mal, y para consolarme me dijo:

¡Tú eres siempre un encanto!

1.8.8

¿Piensas en tus hermanos misioneros?

Pensaba mucho en ellos; pero desde que estoy enferma, ya no pienso en

casi nada.

1.8.9

Uno de esos misioneros <4> le había prometido celebrar por ella una Misa

el día de Navidad de 1896. Y me contaba la decepción que sufrió al

enterarse de que no había podido decirla ese día.

¡... Y yo que me había unido a él tan contenta a la misma hora! ¡No hay

nada seguro en la tierra!

2 de agosto

2.8.1

Me encantaría guardar tu corazón, como el de la madre Genoveva.

Haz lo que quieras.

Yo había cambiado de opinión, porque me repugnaba mucho hacer una

cosa así, y se lo dije. Se puso un poco triste. Yo adiviné su pensamiento:

nos privaríamos de un consuelo que ella no nos daría milagrosamente,

pues sabía que no se iba a conservar incorrupta. Finalmente me dijo:

Cambias mucho de opinión, Madrecita; lo he observado muchas veces a lo

largo de mi vida...

2.8.2

Habíamos hablado juntas, íntimamente, del poco caso que muchas veces

se hace de la virtud escondida.

... Eso es algo que me ha llamado la atención en la vida de N.P. san Juan

de la Cruz, de quien decían: «¡Fray Juan de la Cruz! ¡Pero si es un

religioso mediocre!» <5>.

2.8.3

No tengo grandes deseos del cielo; simplemente estaré muy contenta de ir

allá.

2.8.4

De mí no podrán decir: «Muere porque no muere» <6>. Ya te lo he dicho:

por inclinación natural, sí, el cielo; pero la gracia ha adquirido en mi alma

un gran dominio sobre la naturaleza, y ahora sólo puedo repetirle a Dios:

Quiero seguir viviendo largo tiempo en la tierra,

si ése es tu deseo, mi Señor.

Quiero seguirte al cielo,

si te complace a ti.

El fuego de la patria,

que es el Amor,

sin cesar me consume.

¿Qué me importa la vida? ¿Qué me importa la muerte?

¡Amarte a ti es mi única alegría! <7>.

2.8.5

A sor Genoveva:

Todo pasa en este mundo mortal <8>, incluso el «bebé». Pero él volverá.

Sor Genoveva estaba besando los pies del crucifijo.

Tú no sigues la doctrina del «bebé». Bésalo enseguida en las dos mejillas

y déjate besar por él.

2.8.6

Experimento una vivísima alegría no sólo cuando me consideran

imperfecta las demás, sino sobre todo cuando yo misma me veo así. Esto

supera a todos los elogios, que me desagradan.

3 de agosto

3.8.1

¿Cómo has logrado llegar a esa paz inalterable que posees?

Me he olvidado de mí y he procurado no buscarme a mí misma en nada.

3.8.2

Le decía yo que mucho tenía que haber luchado ella para llegar a ser

perfecta.

No, la cosa no va por ahí... (*)

Las Novissima Verba añaden (la autenticidad de este texto es dudosa):

Y un poco más tarde:

«La santidad no consiste en tal o cual práctica. Consiste en una

disposición del corazón que nos vuelve humildes y pequeños en los brazos

de Dios, conscientes de nuestra debilidad y confiados hasta la audacia en

su bondad de Padre» [Cf UC, II, Anexos, p. 251. N. del T.].

3.8.3

Se había disgustado con una hermana y me dijo con semblante grave y

tierno a la vez:

Te lo digo francamente: necesito verte cerca de mí en los últimos días de

mi vida.

3.8.4

Hermanitas queridas, rezad por los pobres moribundos. ¡Si supierais lo

que se sufre! ¡Qué poco basta para perder la paciencia! Hay que ser

caritativa con todas, sean quienes sean... Yo no lo hubiera creído antes.

3.8.5

Le hablaba yo de la mortificación con instrumentos de penitencia.

... En ese campo hay que ser muy moderadas, pues con frecuencia me

mezcla en ello más de inclinación natural que de otra cosa (*).

(*) Las Novissima Verba añaden:

En otra ocasión me había dicho acerca de esto:

En la vida del beato Enrique Suson me llamó la atención un pasaje

referente a las penitencias corporales. Había hecho algunas espantosas,

que arruinaron su salud, cuando se le apareció un ángel que le dijo que

dejara de hacerlas, y añadió: «Hasta ahora sólo has combatido como

simple soldado, hoy te voy a armar caballero». E hizo comprender al santo

la superioridad del combate espiritual sobre las mortificaciones corporales.

Pues bien, Madrecita, Dios no me ha querido a mí de simple soldado, yo

he sido armada enseguida caballero, y partí para la guerra contra mí

misma en el campo del espíritu por medio de la abnegación y de los

pequeños sacrificios escondidos; y en este combate oscuro, en que la

naturaleza no tiene parte alguna, he hallado la paz y la humildad [cf CA, II,

Anexos, p. 253].

3.8.6

A nosotras tres:

Hay que poner mucho cuidado en la regularidad. Después de una visita en

el locutorio, no os detengáis para hablar entre vosotras, pues eso sería

como estar en la propia casa, donde no se priva una de nada.

Y volviéndose hacia mí:

Eso, Madre, es lo más acertado.

3.8.7

¡Si supieras qué doloridos tengo los hombros!

Te pondremos guata.

No, no me quitéis esta pequeña cruz.

3.8.8

Hace mucho tiempo que sufro, pero antes eran pequeños sufrimientos;

desde el 28 de julio los sufrimientos son grandes.

3.8.9

Estábamos desorientadas ante el curso de la enfermedad, y una de

nosotras le dijo: «Entonces, ¿de qué morirás?».

Pues moriré de muerte... ¿No le dijo Dios a Adán de qué moriría cuando le

dijo: «Morirás de muerte?». Sencillamente así.

4 de agosto

4.8.1

Esta noche he tenido muchas pesadillas, unas pesadillas espantosas; pero

en el peor momento, tú te acercabas a mí y ya no tenía miedo.

4.8.2

... no, no me creo una gran santa. Me creo una santa muy pequeña. Pero

pienso que Dios ha querido poner en mí algunas cosas que me hacen bien

a mí y a los demás <9>.

4.8.3

Le habían traído un manojo de espigas. Separó la más bonita y me dijo:

Madre, esta espiga es la imagen de mi alma: Dios me ha cargado de

gracias para mí y para el bien de otros...

Luego, temiendo haber tenido un pensamiento de orgullo <10>:

¡Cómo me gustaría ser humillada y maltratada para ver si poseo realmente

la humildad del corazón...! Con todo, cuando en otras ocasiones me

humillaban, me sentía muy feliz... Sí, me parece que soy humilde... Dios

me enseña la verdad. Sé muy bien que todo viene de él.

4.8.4

¡Qué fácil es desalentarse cuando uno está muy enfermo...! ¡Y qué bien

comprendo que yo me desalentaría si no tuviese fe! O mejor, si no amase

a Dios.

4.8.5

Sólo en el cielo veremos la verdad de todas las cosas. En la tierra es

imposible. Por ejemplo, en la misma Sagrada Escritura, ¿no resulta triste

ver tantas diferencias de traducción? Si yo hubiese sido sacerdote, habría

aprendido el hebreo y el griego, y no me habría contentado con el latín, y

así habría podido conocer el verdadero texto dictado por el Espíritu Santo.

4.8.6

Me quedé dormida un segundo durante la oración. Y soñé que hacían falta

soldados para una guerra.

Tú dijiste: Hay que manda a sor Teresa del Niño Jesús. Yo respondí que

hubiera preferido mucho más que fuera para una guerra santa. Finalmente,

partí, lo mismo.

No, yo no hubiera tenido miedo de ir a la guerra. ¡Qué feliz hubiera partido,

por ejemplo, en tiempos de las cruzadas para combatir a los herejes! ¡Ya

lo creo! ¡No hubiera tenido miedo a toparme con una bala!

4.8.7

¿Es posible que yo, que deseaba el martirio <11>, me muera en una cama?

4.8.8

¿Y cómo llevas ahora tu vidita?

¡Mi vidita es sufrir, y nada más! No puedo decir: Dios mío, esto por la

Iglesia, Dios mío, esto por Francia... etc.... Dios sabe muy bien lo que tiene

que hacer con ello; yo se lo he dado todo por complacerle. Además, me

cansaría demasiado diciéndole: dale esto a Pedro, dale esto a Pablo. Sólo

lo hago de inmediato cuando me lo pide alguna hermana, y luego ya no

vuelvo a pensar en ello. Cuando rezo por mis hermanos misioneros, no

ofrezco mis sufrimientos, sino que digo simplemente: Dios mío, dales a

ellos todo lo que deseo para mí.

5 de agosto

5.8.1

Hacía mucho calor, y el sacristán nos compadecía por llevar hábitos

gruesos.

En el cielo Dios nos recompensará por haber llevado por su amor hábitos

gruesos en la tierra.

5.8.2

Al comprobar que ya casi no podía moverse:

David decía en los salmos: «Soy como el saltamontes, que cambia

continuamente de lugar». ¡Pues yo no puedo decir lo mismo! Me gustaría

pasearme, pero estoy atada de pies y manos.

5.8.3

...Cuando los santos hayan cerrado tras de mí la puerta del cielo, cantarán:

Por fin te tenemos,

ratoncito gris,

por fin te tenemos

y te retendremos.

(Una cancioncilla que le vino a la memoria.)

5.8.4

Sor María del Sagrado Corazón le dijo que, a su muerte, los ángeles

vendrían acompañando a Nuestro Señor, y que ella los vería

resplandecientes de luz y de hermosura <12>.

... Ninguna de esas imaginaciones me hace el menor bien, sólo puedo vivir

de la verdad. Precisamente por eso, nunca he deseado tener visiones. En

la tierra no se puede ver el cielo ni a los ángeles tal como son. Yo prefiero

esperar a después de la muerte.

5.8.5

Durante las Vísperas, Madrecita, he pensado que tú eres mi sol.

5.8.6

Me quedé dormida y soñé que tú te inclinabas sobre mí para darme un

beso; yo quise devolvértelo, pero de pronto me desperté, toda extrañada

de que mi beso cayera en el vacío.

5.8.7

Su cama no había sido colocada todavía en medio de la enfermería, sino

al fondo, en un ángulo. Para celebrar al día siguiente, de agosto, la fiesta

de la Transfiguración de Nuestro Señor, habíamos cogido del coro la Santa

Faz, que a ella le gustaba mucho, y habíamos colgado el cuadro, rodeado

de flores y de luces, a su derecha, en la pared. Me dijo, mirando la imagen:

¡Qué bien hizo Nuestro Señor en bajar los ojos al dejarnos su retrato!

Como los ojos son el espejo del alma, si hubiésemos entrevisto su alma

habríamos muerto de alegría.

¡Y cuánto bien me ha hecho esa Santa Faz a lo largo de mi vida! Cuando

componía mi cántico «Vivir de amor», me ayudó a hacerlo con gran

facilidad. Durante el silencio de la noche, escribí de memoria las quince

estrofas que había compuesto, sin borrador, durante el día. Ese día, al ir al

refectorio después del examen de conciencia, acababa de componer la

estrofa:

Vivir de amor es enjugar tu rostro,

es de los pecadores alcanzar el perdón <13>.

Al pasar junto a ella, se le repetí con gran amor. Y mirándola, lloré de

amor.

5.8.8

Yo repito, como Job: «Pero la mañana no espero llegar a la noche, y por la

noche no espero volver a ver la mañana».

5.8.9

... Estas palabras de Isaías. «¿Quién creyó nuestro anuncio?... Lo vimos

sin belleza ni esplendor...» etc. <14>, han constituido todo el fondo de mi

devoción a la Santa Faz, o, por mejor decirlo, el fondo de toda mi piedad.

También yo deseaba estar sin belleza, pisar sola el vino en lagar, ignorada

por todas las criaturas...

5.8.10

A propósito de una confidencia que yo le había hecho, me dijo:

Una madre priora siempre debería hacer pensar que ella está libre de toda

pena. ¡Hace tanto bien y proporciona tanta fortaleza no hablar en absoluto

de las propias penas! Por ejemplo, hay que evitar expresarse así: Tú

tienes, sí, problemas y dificultades, pero yo tengo los mismos que tú y

muchos más, etc.

6 de agosto

6.8.1

Había esperado morir durante la noche, y por la mañana me dijo:

Me he pasado toda la noche acechando, como la niña de la canción del

zapatito de Navidad <15>...

No he dejado de mirar a la Santa Faz... He rechazado muchas

tentaciones... ¡Y he hecho muchos actos de fe...!

Yo también puedo decir: «Miré a la derecha, me fijé, y no había nadie que

me conociera...». Quiero decir: nadie que conociera el momento de mi

muerte... Me imagino la derecha como el lado donde tú estás con respecto

a mí.

Miró luego la estatua de la Santísima Virgen y cantó suavemente:

¿Cuándo llegará, mi tierna madre,

sí, cuándo llegará el hermoso día

en que, desde el destierro de esta tierra,

alce mi vuelo a la eternal morada? <16>

6.8.2

El intenso dolor del costado había cesado durante la noche. El Sr. de

Cornière, al auscultarla, la encontró igual de mal, pero ella dudaba de la

proximidad de su muerte.

Estoy como un pobre Robinson en su isla. Hasta que no me prometieron

nada, estaba desterrada, es verdad, pero no pensaba en abandonar mi

isla. Pero un buen día me anuncian la llegada segura de un navío que

pronto me conducirá a mi patria. Entonces me quedo en la playa, miro a lo

lejos, no dejo de mirar..., y, al no ver aparecer nada en el horizonte, me

digo: ¡Me han engañado! ¡No voy a irme!

6.8.3

Me enseñó, en el breviario del Sagrado Corazón, estas palabras de

Nuestro Señor a la beata Margarita María, que ella había encontrado allí al

azar el día de la Ascensión:

«La cruz es el lecho de mis esposas, en ella te haré consumar las delicias

de mi amor».

Y me contó que, un día, una hermana había abierto al azar ese mismo

libro y que, al toparse con un pasaje muy exigente, le había pedido que

probase ella también. Y se encontró con estas palabras:

«Abandónate en mí <17>...».

6.8.4

... No puedo apoyarme en nada, en ninguna de mis obras, para tener

confianza. Por ejemplo, me habría gustado poder decirme a mí misma: he

cumplido con todos mis oficios de difuntos. Pero esta pobreza fue para mí

una verdadera luz, una verdadera gracia. Pensé que en toda mi vida nunca

había podido pagar, una sola de mis deudas para con Dios, pero que, si

quería, esto podía ser para mí una verdadera riqueza y una fuerza. Y

entonces hice esta oración: Dios mío, te suplico que pagues tú la deuda

que tengo contraída con las almas del purgatorio; pero hazlo a lo Dios,

para que de ese modo sea infinitamente mejor que si yo hubiese rezado

mis oficios de difuntos. Y me acordé con gran dulzura de estas palabras

del cántico de san Juan de la Cruz: «Y toda deuda paga» <18>. Yo siempre

las había aplicado al amor... Sé que esta gracia no se puede expresar con

palabras... ¡Es demasiado exquisita para ello! ¡Se siente una paz tan

grande al saberse uno tan absolutamente pobre y al no contar más que

con Dios!

6.8.5

¡... Ay, qué pocas son las religiosas perfectas!, las que no hacen las cosas

por hacerlas y de cualquier manera, diciéndose a sí mismas: «a fin de

cuentas, no estoy obligada a esto...; no hay mayor mal en hablar aquí, en

darme gusto en esto...». ¡Qué raras son las que lo hacen todo lo mejor

posible! Y sin embargo, son las más felices. Por ejemplo, el silencio:

¡cuánto bien hace al alma, cuántas faltas de caridad evita y cuántos

disgustos de toda clase! Hablo en especial del silencio porque es el punto

en que más se falta!

6.8.6

¡Qué ufana me sentía cuando hacia de hebdomadaria en el Oficio divino y

rezaba bien alto las oraciones en medio del coro!. Porque pensaba que el

sacerdote rezaba en la Misa esas mismas oraciones y que yo tenía, igual

que él, el derecho de rezar en voz alta ante el Santísimo Sacramento, de

dar las bendiciones y las absoluciones, y de leer el Evangelio cuando

hacía de primera cantora.

... Pero tengo que decir que el oficio divino ha sido, al mismo tiempo, mi

dicha y mi martirio, por el gran deseo que tenía de recitarlo y bien y de no

cometer faltas; y a veces me ocurría que, después de haber previsto un

minuto antes lo que tenía que decir, lo dejaba pasar sin abrir la boca a

causa de una distracción del todo involuntaria. Sin embargo, no creo que

se pueda desear más de lo que yo lo he deseado recitar con toda

perfección el oficio divino y asistir a él en el coro.

... Disculpo mucho a las hermanas que tienen olvidos o que se equivocan.

6.8.7

Sor San Estanislao, primera enfermera, la había dejado sola durante todo

el tiempo de Vísperas, dejando la puerta y la ventana de la enfermería

abiertas; la corriente de aire era muy fuerte. Al encontrarla nuestra Madre

en este estado, mostró su descontento y pidió explicaciones (*). Ella me

dijo:

Yo conté a nuestra Madre la verdad. Pero al hablar, me vino al

pensamiento una expresión más caritativa de la que iba a emplear y que,

por otra parte, seguramente no estaba mal; seguí mi inspiración, y Dios me

recompensó con una gran paz interior.

Los Cuadernos verdes precisan:

Una de las enfermeras la había dejado durante todo el tiempo de Vísperas

expuesta a una corriente de aire. Sor Teresa del Niño Jesús le había

hecho señas de que cerrase la puerta. En lugar de entenderlo así, la

hermana creyó que la enferma pedía una manta, y se la puso sobre los

pies. Teresa trató de hablar, pero respiraba con tanto ahogo que tampoco

pudo hacerse comprender, y la buena de la hermana le trajo otra manta,

una almohada, etc., creyendo que tenía frío. La pobrecita se asfixiaba,

pero ya no trató de seguir explicándose.

Al volver de Vísperas, sor xxx, al darse cuenta de la corriente de aire y del

ahogo de la mansa enferma bajo el peso de todas aquellas mantas,

expresó en voz alta su enojo. Vino nuestra Madre y pidió una explicación a

sor Teresa del Niño Jesús, quien en esta ocasión dio pruebas tanto de

caridad como de paciencia [Cf UC, II, Anexos, p. 274].

6.8.8

Por la noche, durante Maitines, le pregunté qué entendía ella por «ser

siempre una niñita <20> delante de Dios». Me respondió:

Es reconocer la propia nada y esperarlo todo de Dios, como un niñito lo

espera todo de su padre; es no preocuparse por nada, ni siquiera por

ganar dinero. Hasta en las casas de los pobres se da al niño todo lo que

necesita; pero en cuanto se hace mayor, su padre se niega ya a

alimentarlo y le dice. Ahora trabaja, ya puedes arreglártelas tú solito.

Precisamente por no oír eso, yo no he querido hacerme mayor,

sintiéndome incapaz de ganarme la vida, la vida eterna del cielo. Así que

seguí siendo pequeñita, sin otra ocupación que la de recoger flores <21>, las

flores del amor y del sacrificio, y ofrecérselas a Dios para su recreo.

Ser pequeño es también no atribuirse a sí mismo las virtudes que se

practican, creyéndose capaz de algo <22>, sino reconocer que Dios pone

ese tesoro en la mano de su hijito para que se sirva de él cuando lo

necesite; pero es siempre el tesoro de Dios. Por último, es no desanimarse

por las propias faltas <23>, pues los niños caen a menudo, pero son

demasiado pequeños para hacerse mucho daño.

7 de agosto

7.8.1

Sor X., que se ha salido <24>, quería hacerme sus confidencias, aunque yo

ya no soy priora.

... Ni se te ocurra escucharla, aunque fuese como un ángel.

Serías muy desdichada, porque no cumpliría así con tu deber. Sería una

debilidad que, ciertamente, desagradaría a Dios.

7.8.2

¡Qué poco amado es Dios en la tierra...! Incluso por los sacerdotes y los

religiosos... No, Dios no es muy amado...

7.8.3

Me enseñó la fotografía de Nuestra Señora de las Victorias en la que había

pegado la florecita que la había dado papá en los Buissonnets el día que

ella le comunicó su vocación <25>. La raíz estaba desprendida, y el Niño

Jesús parece que la tiene en la mano y le sonríe, igual que la Santísima

Virgen.

... El que la florecita haya perdido la raíz te está diciendo que yo estoy ya

en el cielo... Por eso los dos me tratan tan amablemente... (la Santísima

Virgen y el Niño Jesús.)

7.8.4

Si fuese infiel, si cometiese la más pequeña infidelidad, sé que lo pagaría

con turbaciones espantosas y ya no podría aceptar la muerte. Por eso, no

ceso de decirle a Dios: «Dios mío, por favor, líbrame de la desgracia de ser

infiel».

¿A qué infidelidad te refieres?

A alimentar voluntariamente un pensamiento de orgullo. Si, por ejemplo,

me dijese a mí misma: He adquirido tal virtud y estoy segura de poder

practicarla. Pues eso sería apoyarse en las propias fuerzas, y cuando se

hace eso, se corre el peligro de caer al abismo. Pero si soy humilde, si soy

siempre pequeñita, tendré el derecho de hacer pequeñas travesuras hasta

el día de mi muerte sin ofender a Dios. Mira a los niños: están siempre

rompiendo cosas, rasgándolas, cayéndose, a pesar de querer muchísimo a

sus padres. Cuando yo caigo de esa manera, compruebo todavía más mi

propia nada y me digo a mí misma: ¿Qué no haría yo, a qué extremos no

llegaría si me apoyase en mis propias fuerzas...?

Comprendo muy bien que san Pedro cayera. El pobre san Pedro confiaba

en sí mismo, en vez de confiar únicamente en la fuerza de Dios. Y saco

para mí la conclusión de que si yo dijera: «Dios mío, tú sabes que te amo

demasiado para detenerme en un solo pensamiento contra la fe», mis

tentaciones se harían más violentas y ciertamente sucumbiría a ellas.

Estoy convencida de que si san Pedro hubiese dicho humildemente a

Jesús: «Concédeme fuerzas para seguirte hasta la muerte», las habría

obtenido inmediatamente.

Estoy convencida también de que Nuestro Señor no hablaba más a sus

discípulos con sus enseñanzas y con su presencia sensible, de lo que hoy

nos habla a nosotros con las inspiraciones de su gracia. Él podía muy bien

haber dicho a san Pedro: Pídeme fuerzas para cumplir lo que quieres.

Pero no lo hizo así, porque quería hacerle ver su debilidad, y porque, antes

de gobernar a toda la Iglesia, que está llena de pecadores, le convenía

experimentar en su propia carne lo poco que puede el hombre sin la ayuda

de Dios.

... Antes de su caída, Nuestro Señor le dijo: «Cuando te recobres, da

firmeza a tus hermanos». Con lo cual quería decirle: Persuádeles con tu

propia experiencia de la debilidad de las fuerzas humanas.

7.8.5

Yo quisiera que estuvieses siempre a mi lado, tú eres mi sol <26>.

8 de agosto

8.8.1

Le decía que más tarde yo pregonaría sus virtudes.

Sólo a Dios hay que pregonar, pues en mi pequeña nada nada hay que

pregonar <27>.

8.8.2

Estaba mirando al cielo por la ventana de la enfermería, y sor María del

Sagrado Corazón le dijo: «¡Con cuánto amor miras al cielo!». En ese

momento estaba más fatigada y sólo contestó con una sonrisa. Más tarde

me confió lo que había pensado:

Ella cree que miro el firmamento pensando en el cielo de verdad. Pero no

es así: es simplemente porque admiro el cielo material; el otro está cada

vez más cerrado para mí. Pero inmediatamente después me dije a mí

misma con gran paz: Sí, es una gran verdad que miro al cielo por amor; sí,

lo miro por amor a Dios, puesto que, desde mi ofrenda <28>, todo lo que

hago, mis gestos, mis miradas, todo lo hago por amor.

8.8.3

Hoy he estado pensando en mi vida pasada y en el acto de valor que

realicé en aquella Navidad <29>, y me vino a la memoria la alabanza

tributada a Judit: «Has obrado varonilmente y tu corazón se ha

fortalecido». Muchas almas dicen: No tengo fuerzas para realizar tal

sacrificio. Pues que hagan lo que yo hice: un gran sacrificio. Dios nunca

niega esta primera gracia que da el valor para actuar; después, el corazón

se fortalece y vamos de victoria en victoria.

8.8.4

Si Nuestro Señor y la Santísima Virgen no hubiesen asistido a banquetes,

yo nunca habría entendido la costumbre de invitar a los amigos a comer.

Me parecía que, para comer, habría que ocultarse, o por lo menos hacerlo

en familia. Invitarse sí, pero sólo para conversar, para contarse viajes,

recuerdos, en fin, para cosas del espíritu.

Siempre me dieron mucha lástima las personas que servían en los

grandes banquetes. Si, por desgracia, les sucedía que dejaban caer

algunas gotas sobre el mantel o sobre alguno de los comensales, veía al

ama de casa mirarles severamente, mientras los pobrecillos enrojecían de

vergüenza; y yo me decía interiormente: Estas diferencias que existen en

la tierra entre amos y criados ¡qué bien prueban que hay un cielo en el que

cada cual será colocado según su valía interior y en el que todos

estaremos sentados al banquete del Padre de familia! Y entonces ¡qué

Servidor tendremos, pues Jesús dijo que él mismo "se pondrá a servirnos"!

Ese será el momento en que sobre todo los pobres y los pequeños se

verán ampliamente recompensados de sus humillaciones.

9 de agosto

9.8.1

Yo decía de ella: ¡Nuestro guerrero está derribado!

Yo no soy un guerrero que haya combatido con armas de la tierra, sino con

«la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios». Por eso, la

enfermedad no ha podido derribarme, y ayer tarde, sin ir más lejos, me

serví de mi espada con una novicia. Le dije: Moriré con las armas en la

mano <30>.

9.8.2

A propósito de su manuscrito:

Habrá en él para todos los gustos, excepto para los que van por caminos

extraordinarios.

9.8.3

Has vuelto a ser para mí lo que eras en mi niñez... ¡Me es imposible decir

lo que eres para mí!

9.8.4

Le decían que era una santa:

No, no soy una santa; yo nunca he realizado las acciones de los santos.

Soy un alma muy pequeña a la que Dios ha colmado de gracias, eso es lo

que soy. Lo que digo es la verdad, ya lo veréis en el cielo.

10 de agosto

10.8.1

Estaba mirando la estampa de Teófano Vénard, prendida con alfileres en

la cortina de su lecho. Esa estampa representaba al misionero señalando

el cielo con el dedo.

¿Crees que me conoce? Mira lo que me enseña... Hubiera podido muy

bien no adoptar esa postura...

10.8.2

Le decían que las almas que habían llegado, como ella, al amor perfecto

podían ver su propia hermosura <31>, y que ella pertenecía a ese número.

¿Qué hermosura...? Yo no veo, en absoluto, mi hermosura; lo único que

veo son las gracias que he recibido de Dios. Estáis muy equivocadas, no

sabéis que yo no soy más que un huesecito <32> ..., que una pepita

insignificante...

(Vinieron a molestarme y no pude escuchar la explicación que siguió.)

10.8.3

Con semblante alegre y simpático, mirando el retrato de Teófano Vénard:

¡Ah..., pero...!

¡Por qué dices: ¡Ah..., pero...!, preguntó sor Genoveva.

Porque cada vez que lo miro, me mira también él a mí; y además, parece

espiarme por el rabillo del ojo con aire maliciosillo.

10.8.4

Le enseñaban una fotografía de Juana de Arco en su prisión <33>.

También a mí me animan los santos en mi prisión. Me dicen: Mientras

estés entre rejas, no puedes cumplir tu misión; pero más tarde, después de

tu muerte, llegará la hora de sus trabajos y de tus conquistas.

10.8.5

Pienso en las palabras de san Ignacio de Antioquía: «También yo he de

ser triturada por el sufrimiento para convertirme en trigo de Dios» <34>.

10.8.6

Durante Maitines:

¡Si supieras lo que eres para mí! Pero siempre te estoy diciendo lo mismo.

10.8.7

Le hablaba yo del cielo, de Nuestro Señor, de la Santísima Virgen, que

están allí en cuerpo y alma.

Lanzó un profundo suspiro y esta exclamación:

¡Ay...!

¿Quieres darme a entender con eso que estás sufriendo mucho a causa

de tu prueba <35>?

¡Sí...! ¡Que ame tanto tanto a Dios y a la Santísima Virgen, y tenga estos

pensamientos...! Pero no me detengo en ellos.

11 de agosto

11.8.1

... Siempre me ha parecido, Madrecita, que te tomas demasiado a pechos

la labor.

(A propósito del lavado.)

11.8.2

Le decía que después de su muerte seríamos muy buenas y que la

comunidad se renovaría.

«... Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda

infecundo; pero si muere, da mucho fruto».

11.8.3

No esperaba sufrir así; sufro como un niñito.

... No quisiera pedir nunca a Dios mayores sufrimientos. Si él hace que

sean mayores, los soportaré gustosa y alegre, pues vendrán de su mano.

Pero soy demasiado pequeña para tener fuerzas por mí misma. Si pidiese

sufrimientos, serían sufrimientos míos, y tendría que soportarlos yo sola, y

yo nunca he podido hacer nada sola.

11.8.4

... La Santísima Virgen no tiene una Santísima Virgen a quien amar; es

menos feliz que nosotras <36>.

(Ya me había dicho eso mismo en otra ocasión en la recreación.)

11.8.5

Muchas veces rezo a los santos sin ser escuchada; pero cuanto más

sordos parecen a mis ruegos, más los amo.

¿Por qué?

Porque he deseado no ver a Dios ni a los santos y vivir en la noche de la

fe, con mucha mayor intensidad con que otros desean ver y comprender

<37>.

11.8.6

Nos había contado una gran cantidad de cosas sobre la época de la gripe

<38>. Cuando acabó, le dije: ¡Cuánto trabajo te has tomado! ¡Y qué atenta y

simpática que has sido! Seguro que toda esa alegría no es sincera, pues

estás sufriendo enormemente en el alma y en el cuerpo.

Riéndose:

Yo no «finjo» nunca, no soy como la mujer de Jeroboam <39>.

12 de agosto

12.8.1

(Comulgó.)

«...Adiós, hermanas queridas, parto para un largo viaje».

(Alusión a mi «partida» para mi retiro de profesión.)

12.8.2

Mirando la fotografía del P. Bellière vestido de soldado:

A ese soldado de aire tan marcial, yo le doy consejos como a una niña...

Le señalo el camino del amor y la confianza <40>.

12.8.3

Desde lo de la espiga, siento más bajamente de mí misma. ¡Pero qué

grande es la nueva gracia que recibí esta mañana, cuando el sacerdote

comenzó a rezar el Confiteor antes de darme la comunión y todas las

hermanas lo continuaron. Veía a Jesús a punto de entregarse a mí, y

aquella confesión me parecía una humillación absolutamente necesaria.

«Yo confieso ante Dios todopoderoso, ante la bienaventurada Virgen María

y ante todos los santos, que he pecado mucho...». Sí, me decía en mi

interior, hacen bien en pedir perdón por mí en este momento a Dios y a

todos los santos... Al igual que el publicano, yo me sentía una gran

pecadora. ¡Y Dios me parecía tan misericordioso! Era enormemente

conmovedor dirigirse a toda la corte celestial para obtener por su

intercesión el perdón de Dios. Poco me faltó para llorar, y cuando la

sagrada hostia se posó sobre mis labios me sentí profundamente

emocionada.

... ¡Qué fantástico haber experimentado aquello en el Confiteor! Creo que

se debió a la situación actual de mi espíritu: ¡me siento tan miserable! Mi

confianza no ha disminuido, al contrario; y «miserable» no es la palabra

exacta, pues soy rica en todos los tesoros divinos; pero precisamente por

eso, me humillo más. Cuando pienso en todas las gracias que Dios me ha

concedido, tengo que contenerme para no derramar incesantes lágrimas

de gratitud.

... Creo que las lágrimas que derramé esta mañana eran lágrimas de

contrición perfecta. ¡Y qué difícil es producir una misma esa clase de

sentimientos! Es el Espíritu Santo quien los da, él, «que sopla donde

quiere».

12.8.4

Le hablábamos de las resistencias que en otro tiempo había opuesto

cuando le insistíamos en que se cuidase, en que no se levantase a la

misma hora que la comunidad, en que no fuese a Maitines. Nos dijo:

Vosotras no me comprendíais cuando yo insistía en que sí; pero lo hacía

porque veía muy claro que con ello se trataba de influenciar a nuestra

Madre. Yo quería decir a nuestra Madre toda la verdad, a fin de que ella

decidiera libremente. Os aseguro que si ella me hubiese pedido, por propia

iniciativa, incluso no ir a Misa, ni a comulgar, ni al Oficio divino, habría

obedecido con gran docilidad.

12.8.5

Es increíble: ahora que ya no puedo comer, me apetece toda clase de

cosas sabrosas. Por ejemplo, pollo, chuletas, arroz con acederas de los

domingos, atún <41>...

12.8.6

... Podrás decir de mí: «No vivía en este mundo, sino en el cielo, donde

estaba su tesoro».

13 de agosto

13.8

Le dije un pensamiento sobre el cielo, que había tenido durante

Completas.

... Yo ya sólo tengo luces para ver mi nada. Y eso me hace mayor bien que

las luces sobre la fe.

14 de agosto

14.8

(Comunión)

... Muchas pequeñas cruces durante la jornada... ¡Ay, cuánto trabajo os

doy!

Durante Maitines le dije: Has tenido muchos sufrimientos hoy.

Sí, pero como me gustan... Todo lo que Dios me da me gusta.

15 de agosto

15.8.1

(Comunión)

Le recordaba yo lo que dice san Juan de la Cruz sobre la muerte de las

almas transformadas en amor <42>. Suspiró y me dijo:

Habrá que decir que donde se dan «el gozo y los transportes» es en el

fondo de mi alma. Pero eso no animaría tanto a las almas si se pensase

que no he sufrido mucho.

¡Ya veo que estás muy angustiada! Y sin embargo, hace un mes me

decías cosas tan bellas sobre la muerte de amor...

Pues lo que entonces te decía, volvería a decírtelo también ahora.

15.8.2

Se ahogaba mucho, y como el ahogo iba en aumento me dijo:

¡No sé qué será de mí!

¿Y te preocupa lo que será de ti?

Con acento inefable y con una sonrisa:

No, no...

15.8.3

Durante el silencio <43> soñé que me decías: Cuando venga la comunidad,

va a cansarte mucho que todas las hermanas te miren y te obliguen a

decirles algo a cada una. Y que yo te respondía: Sí, pero cuando esté allá

arriba, descansaré de todo.

15.8.4

Anteanoche le pedí a la Santísima Virgen no toser, para que sor Genoveva

pudiera dormir <44>, pero añadí: Si no lo haces, te querré todavía más.

15.8.5

Nuestras nuevas campanas tocaban a Vísperas; abrí la puerta para las

oyera bien y le dije: Escucha cómo suenan nuestras flamantes campanas.

Después de escucharlas:

¡No demasiado flamantes todavía <45>!

15.8.6

Dios me da el valor en proporción a mis sufrimientos. Creo que de

momento no podría soportar más, pero no tengo miedo, pues si los

sufrimientos aumentan, Dios aumentará al mismo tiempo mi valor.

15.8.7

Me pregunto cómo puede Dios contenerse tanto tiempo sin tomarme...

... Además, ¡se diría que quiere hacerme creer que no existe el cielo...!

... Y todos los santos, a los que tanto quiero, ¿dónde se han «metido...?».

... No, no finjo, la verdad es que no entiendo ni jota. Pero, en fin..., tendré

que cantar muy fuerte en mi corazón:

«Después de la muerte la vida es inmortal» <46>;

de lo contrario, nada tendría sentido...

15.8.8

Después de Maitines estaba agotada, y cuando nos disponíamos a mullirle

las almohadas nos dijo:

Ahora haced de mí lo que queráis.

16 de agosto

16.8.1

Ya no podía hablar, de débil y sofocada que estaba.

¡No... poder... ya hablarte... ni siquiera... a ti...! ¡Ay, si pudieran saberlo...!

¡Si no amase a Dios...! Sí, pero...

16.8.2

En el locutorio no se debe hablar de cualquier cosa, por ejemplo del

aderezo personal y de vestidos...

16.8.3

«Tú no tendrás una «Teresita» que venga a buscarte».

Sonrió, y mirando la estatua de la Santísima Virgen y la estampa de

Teófano Vénard, me las señaló una tras otra con el dedo.

16.8.4

Los ángeles no pueden sufrir, no son tan afortunados como yo. ¡Pero qué

maravillados quedarían si sufriesen y sintiesen lo que yo siento...! Sí, se

quedarían atónitos, pues yo misma lo estoy.

16.8.5

Durante Maitines, se despertó de repente, y mirándome con una dulce

sonrisa:

¡Madrecita linda!

17 de agosto

17.8.1

(Comunión)

Estoy segura de que Dios quiere que sufra. Los remedios que deberían

ayudarme y que alivian a los demás enfermos, a mí me perjudican.

17.8.2

Acababan de levantarla y le habían hecho daño, y como la habían hecho

sufrir también al dispensarle ciertos cuidados, pidió un pañito. Dudaban si

dárselo o no, por no saber para qué lo quería. Entonces, dijo mansamente:

Deberíais creerme cuando pido algo, pues soy un sol de criatura...

(Es decir, que sólo pide lo indispensable.)

Una vez vuelta a la cama, sintiéndose al límite de sus fuerzas:

Soy una "niña" muy enferma, ¡sí, muy enferma!

17.8.3

Puso una vincapervinca en la estampa de Teófano Vénard. Yo guardé esa

vincapervinca.

17.8.4

Voy a rezar a la Santísima Virgen para que disminuya tu opresión.

No, hay que dejarles las manos libres allá arriba.

17.8.5

Durante Maitines, mirando la estampa de Teófano Vénard:

No sé qué me pasa, ya no puedo mirarlo sin llorar.

17.8.6

Después de Maitines se encontraba menos sofocada, y dijo a sor

Genoveva señalándome a mí:

Le rezó a María, y ya no he vuelto a hipar.

(Usaba esta palabra en plan de broma y con un soniquete muy gracioso,

cuando quería decir que tosía hasta ahogarse.)

18 de agosto

18.8.1

Sufro mucho, ¿pero sufro bien? Esa es la cuestión.

18.8.2

¡El "bebé" está agotado...!

Durante el silencio del mediodía, yo me había escondido un poco detrás de

la cama, para escribir.

Vuélvete de lado para que te vea.

18.8.3

Mamá, tienes que leerme la carta que has recibido para mí <47>. No quise

pedírtela durante la oración, para prepararme para la comunión de mañana

y porque no está permitido.

(Era durante la recreación.)

Y al ver que yo cogía el lápiz para escribirlo:

¿Perderé acaso el mérito por habértelo dicho y por escribirlo tú?

¿O sea, que quieres adquirir méritos?

Sí, pero no para mí: para los pobres pecadores, por las necesidades de

toda la Iglesia, en una palabra, para arrojar flores a todo el mundo, a justos

y a pecadores.

18.8.4

Le decía que tenía mucha paciencia.

Todavía no he tenido ni un minuto de paciencia. Mi paciencia no es mía...

¡Siempre os equivocáis!

18.8.5

Ya que dicen que todas las almas sufren las tentaciones del demonio en el

momento de la muerte, también yo tendré que pasar por ello. Pero no, yo

soy demasiado pequeña. Y con los pequeñitos no puede <48>...

18.8.6

Yo le decía: ¡Qué extraño te parecería, si recobrases la salud!

Si ésa fuese la voluntad de Dios, me sentiría muy feliz de ofrecerle ese

sacrificio. Pero te aseguro que me costaría mucho, porque haber ido tan

lejos para tener que volver... ¡Vamos...!

18.8.7

En el estado de debilidad en que me encuentro, me pregunto qué sería de

mí si viese una araña grande en la cama. Pero, en fin, quiero aceptar

también ese miedo por Dios

¿... Y si tú le pides a la Santísima Virgen que no suceda eso?

19 de agosto

19.8.1

Poco faltó para que se desmayase antes de la comunión al oír salmodiar,

aunque en voz baja, el Miserere. Más tarde me dijo, derramando lágrimas:

¡A ver si pierdo el conocimiento...! Si supiesen la debilidad que tengo <49>...

Esta noche ya no podía más. Le pedí a la Santísima Virgen que me

cogiese la cabeza entre sus manos para poder soportar esa debilidad.

19.8.2

Quédate conmigo, Madrecita, que sólo tenerte a mi lado me resulta ya una

ayuda.

19.8.3

Sor Genoveva le presentó el crucifijo, y ella lo besó tiernamente en la cara.

En ese momento era hermosa como un ángel. El crucifijo tenía caída la

cabeza, y ella dijo contemplándolo:

¡Está muerto... ! Prefiero que lo representen muerto, porque pienso que ya

no sufre.

19.8.4

Pidió ciertos cuidados que le costaban mucho, pero que el doctor y nuestra

Madre había recomendado. Sor Genoveva le dijo como a un niñito: ¿Quién

ha pedido eso a la «chacha» <50>?

Ha sido el «bebé», por fidelidad.

19.8.5

Acariciaba en las dos mejillas a Teófano Vénard. (La estampa estaba

prendida en la cortina, un poco lejos de ella.)

¿Por qué la acaricias así?

Porque no puedo besarle.

19.8.6

A sor María de la Eucaristía:

NO hay que sentarse así, de través, en las sillas; está escrito.

19.8.7

A sor Genoveva, que le arreglaba las almohadas sin tener cuidado con las

estampas de las cortinas:

¡Cuidado con Teofanito!

19.8.8

Cuando estábamos las tres juntas a su lado, hablábamos demasiado. Esto

la cansaba, porque le hacíamos demasiadas preguntas a la vez.

«¿Qué quieres que digamos hoy?».

Será mejor no decir absolutamente nada, porque a decir verdad no hay

nada que decir.

«Todo está ya dicho, ¿no?».

Con una graciosa inclinación de cabeza:

Sí.

19.8.9

No importa lo que me digas, aunque sean las cosas más insignificantes.

Me haces el efecto de un gracioso trovador que canta sus leyendas con

melodías siempre nuevas.

Y daba sorbitos para hacerme ver que se bebía mis palabras.

19.8.10

Sólo sufro en este momento. Si alguien se desalienta y se desespera, es

porque piensa en el pasado y en el futuro.

20 de agosto

20.8.1

A sor Genoveva, con tono infantil:

Tú sabes muy bien que estás cuidando a un "bebé" que se está

muriendo... Así que (mostrando el vaso) habría que echar un buen vaso de

algo bueno, pues el «bebé» tiene mal muy sabor de boca.

20.8.2

Había pedido que la besasen poco, pues, al estar tan débil, el aliento la

fatigaba.

¿Podemos por lo menos hacerte una caricia?

Sí, las manos no respiran.

20.8.3

Le hablaban de la lata que daba a las enfermeras la pobre madre Corazón

de Jesús <51>.

¡Cómo me habría gustado ser enfermera! No por motivos naturales, «sino

por razones de gracia». Y creo que hubiera hecho muy feliz a la madre

Corazón de Jesús. Sí, me hubiera gustado... Y habría puesto en ello

mucho amor, pensando en las palabras de Dios. «Estuve enfermo, y me

aliviasteis». Hasta en el Carmelo es difícil encontrar ocasiones tan

hermosas como éstas.

20.8.4

Con aire alegre y travieso:

¡Pronto estaré sumida en los horrores del sepulcro! Y también tú,

Madrecita, estarás un día allí... Y cuando te vea llegar junto a mí, «se

estremecerán de alegría mis huesos quebrantados».

20.8.5

En cuanto veo algo de beber, me pasa esto. (Tose y le dice al vaso de

agua de Bottot): ¡No es para beber! (Aparte:) No me entiende... (Más alto:)

¡Te he dicho que no es para beber!

20.8.6

Ya no podía ni ver la leche, que, por otra parte, nunca le había gustado, y

que entonces le causaba una enorme repugnancia. Yo le dije: «¿Beberías

esta taza por salvarme la vida?».

¡Claro que sí...! ¿Y crees que no la tomaría por amor de Dios?

Y se bebió la taza de un trago.

20.8.7

Hacíamos comentarios acerca de la marca que tenía la capa de la

enfermería: «+.F.».

No, no significa lo que decís. Quiere decir que hay que llevar la cruz (+)

para poder llegar más allá del firmamento (F).

20.8.8

Cuando sufro mucho, estoy contenta de ser yo quien sufre, y me alegro de

que no seáis una de vosotras.

20.89

«Contigo, Clarita, es con quien me encuentro más a gusto».

(Frase que decía a la madre Genoveva <52> su hermanito.)

20.8.10

A causa de lo mucho que sentía no poder recibir ya la comunión, y como

consecuencia de los muchos comentarios que tuvo que oír a este

respecto, pasó un día de angustias y de tentaciones que a mi entender

debieron de ser terribles (*). Por la tarde me pidió que estuviera un rato en

silencio y que ni siquiera la mirara. Me dijo muy bajito:

Si ahora mismo te contara mis pesares, no pararía de llorar, y estoy tan

agotada, que sin duda me ahogaría.

Tras un silencio que duró más de una hora, me habló, pero poniendo

delante de los ojos el abanico que le habían dado para las moscas, pues

estaba todavía muy emocionada.

(*) Los Cuadernos verdes aclaran:

Aquel día sufrió angustias muy agudas. He aquí por qué:

La comunión, que tanto deseaba antes, se convirtió para ella en un motivo

de tormento durante su enfermedad. A causa de los vómitos, de la

opresión y de la debilidad, temía que le sobreviniese algún percance, y

hubiese querido que fuéramos nosotras quienes le dijésemos que no la

recibiera. Ella no quería cargar por propia iniciativa con esa

responsabilidad, pero, como no decía nada, nosotras pensábamos darle

gusto insistiendo en que comulgase. Ella seguía callando, pero aquel día

ya no pudo más y estalló en lágrimas.

No sabíamos a qué atribuir aquel disgusto y le rogábamos

encarecidamente que nos lo dijese. Pero la opresión que le producían los

sollozos era tan fuerte, que no sólo no pudo respondernos sino que nos

hizo señas de que no le dijésemos ni una sola palabra y de que ni siquiera

la miráramos.

Al cabo de varias horas que pasé sola a su lado, me atreví a acercarme y

le dije que había adivinado muy bien el motivo de sus lágrimas. La consolé

lo mejor que pude; parecía estar a punto de morir de dolor. Nunca la había

visto sumida en semejantes angustias.

Ya no volvió a comulgar hasta su muerte. El 19 de agosto, día de su última

comunión y fiesta de san Jacinto, la había ofrecido por la conversión del

desventurado P. Jacinto. A esta conversión se había dedicado durante

toda su vida [Cf UC, II, Anexos, p. 324. N. del T.]

20.8.11

Me habló de la carta de un sacerdote que decía que la Santísima Virgen

no conocía por experiencia los sufrimientos físicos.

Al mirar esta noche a la Santísima Virgen, comprendí que eso no es

verdad. Comprendí que ella no sólo sufrió en el alma, sino también en el

cuerpo. Sufrió mucho en los viajes, de frió, de calor, de cansancio. Ayunó

muchas veces.

... Sí, ella sabe bien lo que es sufrir.

... Pero ¿acaso está mal querer que la Santísima Virgen haya sufrido? ¡Yo,

que tanto la quiero!

20.8.12

Se ahogaba mucho.

Desde hacía algún tiempo, encontraba un cierto alivio para sus opresiones,

tan penosas, emitiendo algo así como un gritito acompasado <53>, algo así

como: «¡Oh, là là!», o bien «¡Agne! Agne!».

Cuando la opresión viene desde abajo, es cuando digo: «¡Agne! ¡Agne!».

Pero eso no es de buena educación, y no me gusta. Ahora diré: «Anne!

¡Anne!».

Pondrán eso en tu circular.

¡Parecerá una receta de cocina!

20.8.13

Tú fuiste quien me dio la alegría de tener el retrato de Teófano Vénard,

una alegría inmensamente grande. ¡Y eso que pudiera muy bien no

haberme gustado...! Pero es muy coquetón, es muy mono (*).

(*) Expresiones que ella había oído y que le hacían gracia.

20.8.14

¡Qué hermoso será conocer en el cielo todo lo que ocurrió en el seno de la

Sagrada Familia! Cuando el Niño Jesús empezó a ser mayorcito, al ver

ayunar a la Santísima Virgen, tal vez le diría: «A mí también me gustaría

ayunar». Y la Santísima Virgen le contestaría: «No, Jesusito, tú eres

todavía demasiado pequeño, no tienes fuerzas». O quizás no se atrevía a

negárselo.

¿Y san José? ¡Ay, cuánto lo quiero! El no podía ayunar, debido a su

trabajo.

Lo veo acepillar, y después secarse la frente de vez en cuando. ¡Qué

lástima me da de él! ¡Qué sencilla me parece que debió de ser la vida de

los tres!

Las mujeres la aldea irían a charlar familiarmente con la Santísima Virgen.

A veces le pedirían que dejase que el Niño Jesús fuese a jugar con sus

hijos. Y el Niño Jesús miraría a la Virgen para saber si debía ir o no. Otras

veces, aquellas buenas mujeres irían directamente al Niño Jesús y le

dirían sin ninguna clase de ceremonias: «Ven a jugar con mi niño», etc.

... Lo que me hace mucho bien, cuando pienso en la Sagrada Familia, es

imaginármela llevando una vida totalmente ordinaria. No todo eso que se

nos cuenta y todo eso que se supone. Por ejemplo, que el niño Jesús

hacía pajaritos de barro y después, soplando sobre ellos, les daba la vida.

No, el Niño Jesús no hacía milagros inútiles como ésos, ni siquiera por

complacer a su Madre. Y si no, ¿por qué no fueron transportados a Egipto

en virtud de un milagro, que, por lo demás, habría sido más necesario y

tan fácil para Dios? En un abrir y cerrar de ojos habrían sido llevados allá.

Pero no, en su vida todo discurrió como en la nuestra.

¡Y cuántas penas, cuántas decepciones! ¡Cuántas veces se le habrán

hecho reproches al bueno de san José! ¡Cuántas veces se habrán negado

a pagarle su trabajo! ¡Qué sorprendidos quedaríamos si supiésemos todo

lo que sufrieron!, etc. etc.

Me habló largo y tendido sobre este tema y no pude escribirlo todo <54>.

20.8.15

Quisiera estar segura de que la Santísima Virgen me ama.

20.8.16

¡Y pensar que toda la vida me ha costado tanto rezar el rosario <55>!

20.8.17

Después de recibir la absolución, en vez de perderme en oraciones para

dar gracias a Dios, pienso sencillamente con gratitud que él me ha puesto

un vestido muy blanco y me ha cambiado el delantal. Ni uno ni otro

estaban muy sucios, pero es igual: mis vestiditos son más brillantes y todo

el cielo me mira con mejores ojos

20.8.18

No cabe duda que cuando sor María del Sagrado Corazón fue procuradora

me hizo hacer muchas mortificaciones. Me quiere tanto, que yo parecía su

niña mimada; pero en estos casos la mortificación mucho mayor todavía.

Me cuidaba según sus gustos, completamente opuestos a los míos...

21 de agosto

21.8.1

Sufría mucho, y yo la estaba mirando de rodillas y con el alma a los pies.

_ Ojitos tristes, ¿por qué?

_ Porque estás sufriendo mucho.

_ Sí, pero también paz, paz...

21.8.2

Ya no hay más que cama para el bebé..., ¡todo, todo hace sufrir!

Casi enseguida empezó de nuevo a toser y no pudo dormirse.

¡Ni siquiera cama ya para el bebé! ¡Se acabó! ¡Cualquier noche me

ahogaré, lo sé!.

21.8.3*

¡Cuánto me hubiera gustado ser sacerdote para predicar sobre la

Santísima Virgen! Un solo sermón me habría bastado para decir todo lo

que pienso al respecto.

Ante todo, hubiera hecho ver qué poco se conoce su vida.

No habría que decir de ella cosas inverosímiles o que no sabemos; por

ejemplo que de muy pequeñita, a los tres años, la Santísima Virgen fue al

templo para ofrecerse a Dios con ardientes sentimientos de amor,

totalmente extraordinarios, cuando tal vez fue allá sencillamente por

obedecer a sus padres.

¿Y por qué decir también, al hablar de las palabras proféticas del anciano

Simeón, que la Santísima Virgen, a partir de ese momento, tuvo

constantemente ante los ojos la pasión del Señor? "Una espada te

atravesará el alma", le dijo el anciano. Por lo tanto, no se trataba del

presente, ¿te das cuenta, Madrecita?; era una predicción genérica para el

futuro <56>.

Para que un sermón sobre la Virgen me guste y me aproveche, tiene que

hacerme ver su vida real, no su vida supuesta; y estoy segura de que su

vida real fue extremadamente sencilla. Nos la presentan inaccesible,

habría que presentarla imitable, hacer resaltar sus virtudes, decir que ella

vivía de fe igual que nosotros, probarlo por el Evangelio, donde leemos.

«No comprendieron lo que quería decir». Y esta otra frase, no menos

misteriosa: «Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía

del niño». Esta admiración supone una cierta extrañeza, ¿no te parece,

Madrecita?

Sabemos muy bien que la Santísima Virgen es la Reina del cielo y de la

tierra, pero es más madre que reina; y no se debe decir que a causa de

sus prerrogativas eclipsa la gloria de todos los santos, como el sol al

amanecer hace que desaparezcan las estrellas. ¡Dios mío, que cosa más

extraña! ¡Una madre que hace desaparecer la gloria de sus hijos...!Yo

pienso todo lo contrario, yo creo que ella aumentará con mucho el

esplendor de los elegidos.

Está bien hablar de sus privilegios, pero no hay que quedarse ahí; y si en

un sermón nos vemos obligados a exclamar desde el principio hasta el

final «¡oh! ¡oh!», acaba uno harto. ¡Y quién sabe si en ese caso algún alma

no llegará incluso a sentir cierto distanciamiento de una criatura tan

superior y a decir: «Si eso es así, mejor irse a brillar como se pueda en un

rincón».

Lo que la Santísima Virgen tiene sobre nosotros es que ella no podía pecar

y que estaba exenta del pecado original. Pero por otra parte, tuvo menos

suerte que nosotros, porque ella no tuvo una Santísima Virgen a quien

amar, y eso es una dulzura más para nosotros y una dulzura menos para

ella.

Finalmente, en mi cántico «Por qué te amo, María» he dicho todo lo que

predicaría sobre ella.

22 de agosto

22.8.1

Hoy es el santo del abuelito.

(San Joaquín.)

22.8.2

¿Qué sería de mí, Madrecita, si Dios no me diese fuerzas? ¡Ya no tengo

más que manos <58>...!. Nadie sabe lo que es sufrir así. No, hay que

pasarlo.

22.8.3

... En tal ocasión te tuvieron por imperfecta.

Con satisfacción: Bueno, ¡tanto mejor!

22.8.4

Del lado de los intestinos y... en otras partes sufría intensamente; se temió

la gangrena (*).

Bueno, al fin y al cabo, es preferible sufrir mucho y en todo el cuerpo y

tener varias enfermedades juntas. Es como un viaje, en el que se soportan

toda clase de incomodidades sabiendo que pronto todo pasará y que, en

cuanto se llegue al final, ya todo será disfrutar.

(*) Los Cuadernos verdes precisan (CV. I, pp. 8_9):

(...) Sufre terribles dolores en los intestinos, tiene el vientre duro como una

piedra, y no puede realizar sus funciones sino entre horrorosos

sufrimientos. Si la sentamos, para evitar una opresión mayor cuando tose

mucho, le parece estar sentada «sobre clavos». Nos conjura a que

recemos por ella, porque, dice, «es como para perder la razón». No quiere

que se dejan a su alcance los medicamentos para uso externo que

contengan veneno, y aconseja que no se dejen nunca cerca de los

enfermos que padezcan esas mismas torturas; y siempre por la misma

razón: porque «es como para perder la razón», y porque, al no saber lo

que hacen, podrían incluso quitarse la vida. Y que ella misma, si no tuviese

fe, no habría dudado un instante en quitarse la vida.

22.8.5

A propósito de un comentario que le hacían (ya no recuerdo con qué

motivo):

¿Tú crees que la Santísima Virgen se deshizo en contorsiones como san

María Magdalena <59>? Pues no, no habría estado bien. ¡Me hace bien

hipar!

22.8.6

Había derramado tila sobre la cama, y para consolarla le decíamos que no

tenía importancia.

Como queriendo decir que tenía que sufrir por todo:

¡No tiene importancia, qué va!

22.8.7

Me miró durante la oración, y luego miró la estampa de Teófano Vénard

con su mirada serena y profunda.

Poco después quiso hablar para complacerme, pues apenas podía

respirar. Yo le dije que se callara.

¿No, no tengo que hablar...? Pues... yo creía... ¡Te quiero tanto...! ¡Voy a

portarme bien..., Madrecita!

22.8.8

Querían impedirle que se esforzase por consolarnos.

Tenéis que dejarme hacer mis «monadas».

22.8.9

Me alegré al pensar que rezan por mí, y entonces le dije a Dios que quería

que esas oraciones se aplicasen por los pecadores.

_ ¿Entonces no quieres que sirvan para aliviarte a tí?

No.

22.8.10

Sufría mucho y se quejaba.

¡Madrecita...! ¡Sí...! ¡Lo acepto...!

... No tengo que quejarme más, no sirve de nada. Rezad por mí,

hermanitas queridas, pero no de rodillas, sentadas.

(Estábamos de rodillas.)

23 de agosto

23.8.1

No había pasado nunca una noche tan mala. ¡Qué bueno tiene que ser

Dios para que yo pueda resistir todo lo que sufro! Nunca creí que pudiera

sufrir tanto. Y no obstante, creo que todavía no he llegado al límite del

sufrimiento. Pero él no me abandonará.

23.8.2

Tú cantaste a la Santísima Virgen:

«Puede tomar de nuevo Jesús lo que me ha dado,

dile que por mí nunca se moleste» <60>.

Ella se lo ha dicho y él te coge la palabra.

Me alegro, y no me arrepiento.

23.8.3

No, Dios no me da el presentimiento de una muerte próxima, sino el de

sufrimientos mucho mayores... Pero no me preocupo, sólo quiero pensar

en el momento presente.

23.8.4

Le decía que me habían dado una manta grande para el invierno, y que la

verdad es que era demasiado grande.

No, no, nunca se tiene demasiado calor en invierno.

... Tú tendrás frío cuando yo ya no tenga frío. ¡Qué lástima!

23.8.5

Bésame en la frente.

A sor Genoveva:

Reza mucho por mí a la Santísima Virgen, tú que eres mi enfermera, pues

si tú estuvieses enferma, yo rezaría mucho por ti a la Santísima Virgen.

Por una misma no se atreve una a hacerlo.

23.8.6

Había ofrecido sus sufrimientos por el Sr. abate de Cornière, que todavía

era seminarista <61> y se encontraba muy tentado. Él lo supo y escribió una

carta de lo más humilde y emotiva.

¡Qué consuelo me ha proporcionado esta carta! He visto que mis pobres

sufrimientos han dado su fruto. ¿Te has fijado en los sentimientos de

humildad que en ella se expresan? Eso es precisamente lo que yo

esperaba.

... ¡Y cuánto bien me ha hecho ver cómo en tan poco tiempo se puede

sentir tanto amor y tanta gratitud hacia un alma que te ha ayudado y a la

que hasta entonces no conocías! ¡Qué será, pues, en el cielo cuando las

almas conozcan a quienes las salvaron!

23.8.7

En medio de sus grandes sufrimientos:

¡Mamaíta...! ¡Mamaíta...! ¡Ah...! ¡Ah...! ¡Sí...! ¡Mamá! ¡mamá! ¡mamá!

23.8.8

Cuando se ha pedido algo a la Santísima Virgen y no nos escucha, es

señal de que no quiere. Entonces hay que dejarla a su aire y no

preocuparse.

23.8.9

Me decía que todo lo que había oído predicar sobre la Virgen la había

dejado indiferente.

Que los sacerdotes nos presenten virtudes practicables. Está bien hablar

de sus privilegios, pero sobre todo es necesario que podamos imitarla. Ella

prefiere la imitación a la admiración, ¡y su vida fue tan sencilla! Por

hermoso que sea un sermón sobre la Virgen, si nos vemos obligados a

exclamar continuamente «¡oh! ¡oh!», acaba uno harto.

Me encanta cantarle:

«Nos has hecho visible (ella decía: fácil)

el estrecho camino que va al cielo

con el constante empleo de virtudes humildes» <62>.

23.8.10

¡Mamá...! ¡Ay, no paro de quejarme...! ¡Pero vamos...! Acepto, sí, estar

enferma..., pero cuando toso continuamente y no puedo más...

(Hoy ha terminado el régimen de leche)

Acariciaba yo su frente después de Maitines:

¡Qué gusto da!

24 de agosto

24.8.1

¿Estás desanimada?

¡No...! Sin embargo, esto va cada vez peor. Con cada respiración sufro

intensamente. De todas formas, todavía no es como para gritar.

(Aquella mañana tenía una expresión muy dulce y serena.)

24.8.2

... ¡Cómo me gustaría hablarte...! ¡Qué sacrificio...! ¡Pero me cuesta!

24.8.3

... Mamaíta, a pesar de todo, ¿quieres que te hable?

(Yo llevaba ya mucho tiempo mirándola en silencio.)

Una media hora más tarde, durante la recreación:

¡Mamaíta...!, ¡yo que te quiero tanto...!

Despertándose durante Maitines:

¡Ay, el tiempo que hace que te estoy hablando! ¡Y veo que no te has

enterado de nada!

(Me había explicado su enfermedad durante una pesadilla.)

... ¡Y ahora siento que me amenaza la tos! ¡En fin...!

_ Todo va peor, ¿verdad?

_ No, va mejor.

24.8.4

Yo la había compadecido, y ante el comentario de sor Genoveva de que

con eso no se arreglaba nada:

¡Al contrario!, es eso justamente lo que alivia a los enfermos.

25 de agosto

25.8.1

Le expresaba mi deseo de conocer la fecha de su muerte.

¡Pues yo no lo deseo! Siento una gran paz. Eso apenas me preocupa.

Durante el silencio, la puerta de la enfermería estaba abierta, y sor San

Juan de la Cruz entraba todas las noches y poniéndose a los pies de la

cama la miraba riéndose durante un buen rato <63>.

_ ¡Qué visita más indiscreta y cómo debe de cansarte!

Pues sí, cuando se sufre resulta muy penoso que te miren riéndose. Pero

pienso que a Nuestro Señor, en medio de sus padecimientos, también lo

miraban así en la cruz. Y aquello era todavía peor, pues se burlaban de él

de verdad: ¿no se dice en el Evangelio que lo miraban meneando la

cabeza? Este pensamiento me ayuda a ofrecerle gustosa ese sacrificio.

25.8.2

¡Cuánto sufres! ¡Y qué duro es! ¿Estás triste?

No. No me siento en absoluto desdichada. Dios me da justamente lo que

puedo soportar <64>.

25.8.3

Le habían traído de parte de nuestra tía unos preciosos ramos de miosotis

artificiales. Los pusieron para adornar sus estampas.

Durante el silencio, con expresión infantil y muy graciosa:

Tenía ganas de que me regalaran algo, no sabía muy bien qué ni por qué,

pero lo estaba deseando; y van y me regalan esto.

25.8.4

¡Pobre hija mía!, bien puedes decir: «¡Ay, qué largo es mi destierro!».

_ Pues a mí no me parece largo. Porque sufra, no es más largo.

25.8.5

Gemía suavemente:

¡Ay, cómo me quejo! Y sin embargo, no quisiera sufrir menos <65>.

25.8.6

Nos pedía insistentemente que rezáramos y que hiciéramos rezar por ella.

¡Cuánto se debe rezar por los agonizantes! Si se supiera...

Creo que el demonio ha pedido permiso a Dios para tentarme con

sufrimientos extremados, para hacerme faltar a la paciencia y a la fe.

A sor María del Sagrado Corazón le habló del himno de Completas, a

propósito de las tentaciones del espíritu de las tinieblas y de los fantasmas

de la noche <66>.

25.8.7

Era la fiesta de san Luis, y había hecho una ferviente oración a papá sin

ser escuchada.

... A pesar de lo que me dolió en un primer momento, le repetí a Dios que

lo amaba todavía más, y a todos los santos también.

25.8.8

Le hablaba de mi tristeza al pensar en lo que todavía tendría que sufrir:

Estoy dispuesta a todo... Sin embargo, ya ves que hasta ahora no me ha

pasado nada que fuera superior a mis fuerzas.

... Hay que abandonarse. Y quisiera que tú te alegraras.

25.8.9

¡Sí, sí, lo acepto! ¡Sí! ¡Pero es eso...!

¿El qué?

¡Que me ahogaré!

26 de agosto

26.8.1

Le habían dejado toda la noche encendido el cirio bendito.

Gracias al cirio bendito no he pasado demasiado mala noche.

26.8.2

A nuestra madre, durante la oración:

Me alegro mucho de no haber pedido nada a Dios; así, él está obligado a

darme valor <67>.

26.8.3

Yo le decía que estaba hecha para sufrir mucho, que su alma tenía temple

para eso:

Para el sufrimiento del alma, sí, puedo mucho...; pero para los sufrimientos

del cuerpo soy como un niño pequeñito. No me doy cuenta, sufro minuto a

minuto <68>.

26.8.4

Tenía que confesarse:

Madrecita, tendría que hablarte, si pudiese. No sé si ser necesario que

diga al Sr. Youf que he tenido pensamientos de gula, porque he pensado

en cosas que me gustan, pero se las ofrezco a Dios.

26.8.5

Se ahogaba.

... ¡Ay, me ahogaré...! ¡Sí...!

(ese "sí", dicho con voz suave y lastimera, era como un gritito.)

26.8.6

Durante Maitines, le dije que se moviera a su antojo para ver si encontraba

un poquito de alivio.

... ¡Qué difícil es, con lo que tengo, encontrar alivio!

26.8.7

Se le había saltado un punto en el ribete de la túnica y yo intentaba

cogerlo, pero era muy difícil y no acababa de acertar, cansándola mucho;

ella ya no podía más, y luego me dijo:

Madrecita, no hay que extrañarse de que una pobre enfermera se enfade a

veces con las enfermas. ¡Ya ves lo difícil que soy! ¡Cuánto te quiero...!

Eres muy dulce. ¡Te estoy muy agradecida, lloraría de buena gana!

26.8.8

¡Qué larga es tu enfermedad, pobrecita!

No, no, a mí no me parece larga. Cuando todo haya acabado, ya verás

cómo no te parece larga.

26.8.9

Mamaíta, ¡qué necesaria es la ayuda de Dios cuando se sufre tanto!

27 de agosto

27.8.1

¡Qué desgraciado es uno cuando está enfermo!

¡Qué va!, uno no es desgraciado cuando se va a morir. ¡Qué curioso tener

miedo a morir!

A fin de cuentas, cuando una está casada, cuando se tiene un marido y

unos hijos, se comprende; pero yo, que no tengo nada...

27.8.2

Me gustaría mucho que Monseñor no viniera a verme. De todas formas,

siempre es una gracia la bendición de un obispo.

Riéndose:

¡Si al menos fuera san Nicolás, que resucitó a tres niños...!

(Mons. Hugonin se encontraba en Lisieux.)

27.8.3

¿No estás admirada, Madrecita, de cómo llevo mis sufrimientos?

... A fin de cuentas, en el fondo del alma tengo una gran paz.

27.8.4

No has tomado nada desde esta mañana.

¿Que no he tomado nada? Tomé dos tazas de leche. Estoy atiborrada.

Soy un haz de leña <69>, ya no hace falta comprarla.

27.8.5

¡Hago pasar las noches en blanco a la pobrecita sor Genoveva!

27.8.6

Durante la recreación del mediodía:

Esta mañana me decías que no tenías a nadie, y tienes unas hermanitas y

una Madrecita.

No, no tengo a nadie a quien dejar, porque a ellas no las dejo.

Con aire travieso:

¡Anda, que si pensase que las dejo...!

27.8.7

¿Y si tuvieras que seguir enferma hasta la próxima primavera? Yo tengo

miedo, ¿tú qué dirías?

Bueno, pues diría que tanto mejor.

27.8.8

Por la tarde pasó un rato muy aliviada y nos hizo toda clase de monerías.

27.8.9

Sufría continuamente de sed (*). Sor María del Sagrado Corazón le dijo:

¿Quieres agua bien fría?

_ Sí, ¡qué ganas tengo!

_ Nuestra Madre te ha mandado pedir todo lo que necesites.

_ Ya pido todo lo que necesito.

_ ¿No pides más que lo necesario? ¿Nunca lo que te puede aliviar?

_ No, sólo lo necesario. Por eso, cuando no tengo uvas, no las pido.

Poco después de haber bebido, miraba el vaso de agua fría.

_ Bebe un poco más, le dijeron.

_ No, no tengo la lengua demasiado seca.

(*) Los Cuadernos verdes matizan:

Seguía sufriendo extremadamente a causa de la sed. "Nunca se me quita

la sed, decía. Cuando bebo, la sed aumenta. Es como si echase fuego

dentro". Por las mañanas tenía la lengua tan reseca, que parecía una

escofina o un pedazo de madera.

28 de agosto

28.8.1

Le habían vuelto la cama hacia la ventana.

¡Qué contenta estoy! Ponte ahí en frente, Mamaíta, para que te vea bien.

28.8.2

Nuestra madre y otras hermanas decían que era muy guapa, y se lo

contaron.

¡Y eso qué me importa! No me importa nada, me molesta. Cuando una

está tan cerca de la muerte, no puede alegrarse por cosas así.

28.8.3

Durante el silencio del mediodía:

¡Fíjate!, ¿ves allá abajo aquel agujero negro (debajo de los castaños, cerca

del cementerio) en el que no se puede distinguir nada? Pues en un agujero

como ése me encuentro yo, tanto en el alma como en el cuerpo. ¡Sí, qué

tinieblas! Pero siento paz.

28.8.4

Ya no aguantaba más, y se quejaba.

Creo que Dios estaría más contento si no dijese nada.

28.8.5

Mamaíta, cógeme esa preciosa cosita blanca.

¿El qué?

Ya se fue. Era una preciosa cosita de ésas que vuelan en verano.

(Un gusano de seda.)

28.8.6

Mirando por una pequeña abertura de la cortina la estatua de la Santísima

Virgen, que estaba frente a ella <70>:

¡Fíjate, me está vigilando!

28.8.7

Me gustan mucho las flores, las rosas, las flores rojas y las preciosas

margaritas rosadas.

28.8.8

Cuando tosía o hacía el menor movimiento en la cama, los ramos de

miosotis se agitaban en torno a las estampas.

Las flores tiemblan conmigo, me gusta.

28.8.9

Querida Santísima Virgen, ¿sabes por qué tengo ganas de irme? Porque

canso demasiado a mis hermanitas, y además las hago sufrir al estar tan

enferma... ¡Sí, quisiera irme!

28.8.10

Después de Maitines:

Querida Santísima Virgen, ten compasión de mí... «¡por esta vez!».

29 de agosto

29.8.1

Le leía el Evangelio del domingo: la parábola del buen samaritano.

Yo estoy como ese pobre caminante "semivivo": medio viva, medio muerta.

29.8.2

Es muy duro sufrir sin ningún consuelo interior.

Sí, pero es un sufrimiento sin inquietud. Me alegro de sufrir, ya que Dios lo

quiere.

29.8.3

¿Mamaíta?

(Me llamaba.)

¿Qué quieres?

Acabo de contar 9 peras en el peral que está junto a la ventana. Debe de

haber muchas más. Me alegro, las comerás. ¡Qué buena es la fruta!

29.8.4

Esta noche nos dio un beso.

30 de agosto

30.8.1

Pasó la noche muy tranquila, como la noche de 6 de agosto, feliz de

pensar que quizás moriría.

... Juntaba las manos con mucha gracia esperando a la muerte.

30.8.2

¿Estarías contenta si te anunciasen que ibas a morir indefectiblemente

dentro de unos días a más tardar? ¿Preferirías eso a que te anunciasen

que ibas a sufrir cada vez más durante meses y aun durante años?

No, no estaría en modo alguno más contenta. Lo único que me contenta es

cumplir la voluntad de Dios.

30.8.3

La pusieron en la cama plegable y la llevaron hasta la puerta del coro que

da al claustro. Allí la dejaron sola un largo rato. Rezaba con una mirada

muy profunda hacia la reja. Luego arrojó hacia allá pétalos de rosa.

Antes de volverla a meter, la fotografiaron <71>.

Vino el doctor La Néele y le dijo: «Es para pronto, hermanita, estoy

seguro». Y ella lo miró con una sonrisa de felicidad.

También vino el Sr. Youf y le dijo estas palabras que ella me refirió: «Ha

sufrido más de que le queda por sufrir. ... Terminamos al mismo tiempo

nuestro ministerio, usted como carmelita y yo como sacerdote».

31 de agosto

31.8.1

Nueva visita del Dr. La Néele.

31.8.2

Si murieses mañana, ¿no tendrías un poco de miedo? ¡Sería tan pronto!

No, aunque fuese esta misma noche, no tendría nada de miedo, sólo

tendría alegría.

31.8.3

¡Cuánto me cuesta hacer la señal de la cruz!

... ¡Ay, hermanitas! ¡Ay, Dios mío, Dios mío! ... ¡Dios mío, ten compasión

de mí! ... Ya no sé decir otra cosa.

31.8.4

Pronto esta cama en la que te vemos estará vacía, ¡qué dolor para

nosotras!

Pues yo, en vuestro lugar, estaría muy contenta.

31.8.5

... Tengo más hambre que en toda mi vida. Siempre he comido como un

pajarito, y ahora lo devoraría todo. Me parece que me estoy muriendo de

hambre.

... ¡Cuánto debió de sufrir santa Verónica!

(Había leído que esta santa había muerto de hambre.)

31.8.6

Una de nosotras decía: "¡Qué ahogada está! Podría muy bien morir hoy".

¡Qué felicidad!

31.8.7

Por la tarde. Me decían que estaba dormida; ella abrió los ojos y me dijo:

Que no. Acércate, ¡me gusta tanto verte!

31.8.8

¡Qué necesidad tengo de ver las maravillas del cielo! Ya nada me

impresiona en la tierra.

31.8.9

Durante Maitines:

¡Es increíble cómo se han realizado todas mis esperanzas! Cuando leía a

san Juan de la Cruz <71>, le pedía a Dios que obrase en mí lo que él dice,

es decir, lo mismo que si llegara a la vejez; en una palabra, que me

consumara rápidamente en el amor. ¡Y he sido escuchada!

31.8.10

Tras haber mirado largamente la estatua de la Santísima Virgen:

... ¿Quién hubiera podido inventar a la Santísima Virgen?

31.8.11

A mí:

... Si es verdad que tú me quieres, ¡cuánto te quiero yo también a ti!

31.8.12

Me contó que en otro tiempo, para mortificarse, mientras comía pensaba

en cosas repugnantes.

... Pero después, me pareció más sencillo ofrecerle a Dios lo que me

gustaba.

31.8.13

Hace un rato quise darme un auténtico banquete: tomé un grano de uva y

un sorbito de vino, y se los ofrecí a la Santísima Virgen. Luego hice lo

mismo con el Niño Jesús, y se acabó mi banquete.

NOTAS

Agosto

Las hemoptisis diarias cesan el 5 de agosto. A partir de esa fecha, su

estado, caracterizado por una fuerte opresión, se estabiliza. El domingo 15

marcará una nueva fase en la enfermedad. En el costado izquierdo

comienza a asentarse un dolor agudo. Al estar ausente el médico de

cabecera, el 17 de agosto se llama al Dr. La Néele, quien comprueba que

«la tuberculosis ha llegado al último grado» (UC p. 669). El 22 de agosto,

se produce un nuevo agravamiento.

El gráfico médico de este mes se refleja en el período correspondiente del

Cuaderno amarillo. La primera quincena aparece como una continuidad de

julio: alusiones al manuscrito y a la misión futura de la carmelita, recuerdos

biográficos, reflexiones de orden doctrinal precisando el «caminito».

Luego, a partir del 15, declina notablemente la resistencia de Teresa. Lo

que de ahí en adelante nos van a pintar las Ultimas Conversaciones será a

la gran enferma: a una enferma heroica.

Hay que verla sufriendo, sonriendo, ahogándose, llorando. En cada gesto,

en cada palabra, vemos a Teresa dar toda la talla de su amor. Los últimos

días del mes están marcados por declaraciones de angustia física que

dejan traslucir un sufrimiento extremo. En esa misma época, la prueba

espiritual dura todavía.

En este contexto, se aprecia mejor la fuerza de voluntad de una Teresa

que nos dejó cinco autógrafos escritos a lápiz, el último de los cuales la

larga y última carta al abata Bellière, del 10 de agosto (Cta 262-266).

1 En la catedral de San Pedro; cf Ms A 45vº. — En NV 1.8.1, la madre Inés

sitúa esta gracia en el mes de julio de 1887.

2 En su Manuscrito C, inconcluso.

3 Que desde el 7 de julio se utilizaba contra las hemoptisis.

4 El P. Roulland; cf Cta 221, nota 1.

5 Biografía y cita no identificadas.

6 SAINTE THERESE D'AVILA, Poésie-Glose [SANTA TERESA, Obras

Completas, 7ª ed. Burgos, Monte Carmelo, 1994, «Poesías» 1, p. 1324. N.

del T.]; cf 4.9.7.

7 Cf el texto original en PN 45,7.

8 Reminiscencia de un cántico a san José: «La gloria humana es pasajera.

Todo pasa en este mundo mortal», cf UC p. 523.

9 Cf 9.8.4; 3.9.2.

10 Cf 12.8.3.

11 Sobre este deseo, cf, entre otros, Ms A 61rº; Ms B 3rº; Cta 132, 192,

197, 224; PN 35,10; RP 6,11vº; Or 2; etc.

12 Cf 4.6.1; y la nota 70 del mes de julio,

13 Cf PN 17,11.

14 Cf Cta 108.

15 Canción de O. Pradère, melodía utilizada para PN 23.

16 Cántico titulado «Suspiros de un desterrado».

17 Estas palabras aparecen en las pp. 39 y 7 del opúsculo que se cita en

la Cta 196, n. 3.

18 Llama de amor viva, canc. 2ª, verso 5.

19 Hebdomadaria: hermana que presidía el oficio coral durante una

semana.

20 Cf Ms B 3vº/4vº; Ms C 3rº; Cta 178, 226, 261; PN 11,3; PN 13,5; 24,9;

31,4; 36,3; 45,4; 54,6; RP 7, estr. final; Or 14; CA 27.5.5.

21 Cf Ms B 4rº/vº; Cta 194; PN 34.

22 Cf 7.8.4; Cta 259; SANTA TERESA DE JESÚS, C, c. 40. [Así en la

edición francesa. En el texto original de la Santa, C 38, passim. N. del T.]

23 Cf Ms B 5rº; Ms C 31rº; Cta 143, 202; Or 7 y 20; CA 5.7.1; 7.8.4; etc.

24 Sor María de San José, que salió en 1909.

25 Cf 7.6.2; Ms A 50vº; Or 21, documento.

26 Cf 5.8.5.

27 Cf 6.8.8; 7.8.4; 13.8.1; Ms C 2rº; Cta 197; PN 53,1.

28 Cf Or 6.

29 En 1886; cf Ms A 45rº; Cta 201.

30 Cf PN 48,5 final.

31 Cf Ll 1,6,31.

32 Cf Cta 147, 2rº/vº.

33 Fotografía de Teresa en el papel de Juana de Arco consolada por santa

Catalina (VTL nº 14); cf RP 3,19vº; y Récréations, p. 334.

34 En su Carta a los Romanos, 4,1.

35 La madre Inés señaló en otra parte (NPPA): «Una noche, en la

enfermería, se encontraba más inclinada que de costumbre a hablarme de

sus sufrimientos. Nunca hasta entonces se había desahogado conmigo de

esta manera sobre este punto. Hasta entonces yo sólo conocía su prueba

vagamente.

«¡Si supieses —me dijo— los horribles pensamientos que me acosan! Pide

mucho por mí, para que no haga caso al demonio que quiere convencerme

de tantas mentiras. El razonamiento de los peores materialistas se impone

a mi espíritu: algún día, la ciencia, haciendo sin cesar nuevos progresos, lo

explicará todo naturalmente, y conoceremos la razón suprema de todo lo

que existe y que sigue siendo hoy un problema, pues aún quedan muchas

cosas por descubrir..., etc. etc.

Yo quiero hacer el bien después de mi muerte, ¡pero no podré! Ocurrirá

como con la madre Genoveva: esperábamos verla hacer milagros, y un

silencio total cayó sobre su tumba...

¡Ay, Madrecita!, ¿cómo se puede tener esa clase de pensamientos cuando

se ama tanto a Dios?

En fin..., ofrezco esos sufrimientos tan grandes para alcanzar la luz de la fe

a los pobres incrédulos, y por todos los que viven alejados del credo de la

Iglesia".

Y añadió que ella nunca entraba en discusión con esos pensamientos

tenebrosos:

Los sufro a la fuerza —me dijo—, pero mientras los sufro no ceso de hacer

continuos actos de fe».

36 Cf 21.8.3* final; y Cta 137.

37 Cf 4.6.1; 5.8.4; 11.8.5; 11.9.7; RP 7,1vº; Or 16; pero en cambio, Cta 56,

n. 2.

38 Invierno 1891-1892; cf Ms A 79rº.

39 La mujer de Jeroboam se había disfrazado para ir a consultar al profeta

Ajías.

40 Cf el final del Ms C.

41 Sobre estos antojos de enferma, cf 26.8.4; 31.8.5; 4.9.5; UC p. 687.

42 Cf Ll 1,6,30; un pasaje éste que, en la enfermería, Teresa había

señalado con varias crucecitas a lápiz en su ejemplar (UC p. 419).

43 Entre el mediodía y la una de la tarde.

44 Sor Genoveva dormía en una celdita contigua a la enfermería.

45 [Teresa dice «pas cor»], expresión popular normanda por «pas

encore».

46 Tomado del «Credo» de Herculano, ópera de F. David.

47 Sin duda, la carta del abate Bellière, del 17 de agosto (LC 194, en CG

p. 1063s).

48 Cf 25.8.6; 29.9.3; Ms A 10vº; y el estudio sobre el demonio en TrH pp.

128-135.

49 Debido a esta debilidad, Teresa ya no volverá a comulgar hasta su

muerte; cf 20.8.10 y la nota a la misma a pie de página.

50 Sobrenombre que Teresa daba, en los últimos meses de su vida, a su

hermana Celina; cf 22.9.4; 23.9.3.

51 Cf 3.9.3.

52 Su nombre civil era Clara Bertrand. Sobre esa frase, cf «Escritos

Varios», p. 1009.

53 Sobre estos gemidos, cf UC p. 677.

54 Teresa habla también de la vida de la Sagrada Familia en Ms A 59vº, y

RP 6, Acto I.

55 Cf Ms C 25vº.

56 Cf sin embargo RP 6,2vº.

57 Cf PN 54.

58 «Libres», especifica en otra parte la madre Inés.

59 Alusión a las posturas atormentadas con que la iconografía presenta a

menudo a esta santa.

60 PN 54,16; cf CA 10.6.

61 Cf Cta 167, P.D. párr. 1, y sus notas 1 y 9.

62 PN 54,6.

63 «Lo hacía con buena intención», señala la madre Inés.

64 Cf 14.6; 11.8.3; 15.8.6; 23.8.1; 25.8.8; 29.9.11.

65 Sobre esas «quejas» y esa aceptación, cf 22.8.10; 23.8.10; 28.8.4;

5.9.3; 20.9.1; 30.9.

66 Compárese con la escena que sor Genoveva sitúa en el 16 de agosto

(infra).

67 Ese mismo dicho, en una carta de sor María de la Eucaristía a su

padre, del 27 de agosto (UC p. 680).

68 Sobre esa capacidad de sufrimiento, cf Ms C 10rº; 29.7.14.

69 Teresa hace aquí un juego de palabras: «Je suis bourrée» («bourrée»:

p.p. del verbo «Bourrer» = atiborrar, atracar, comer en exceso), y «Je suis

une bourrée» («Bourrée»: sustantivo fem., que significa haz de leña

menuda de baja calidad) [Nota retocada por el traductor].

70 La Virgen de la Sonrisa.

71 Foto VTL nº 45.

72 Cf Ms A 83rº; Ll 1,6,30; y nota 90 de julio.

2 de septiembre

2.9.1

Morirás con toda seguridad en un día de fiesta.

_ ¡Ese día será una fiesta muy hermosa! Nunca he deseado morir en un

día de fiesta <1>.

2.9.2

... Hacía tal vez dos años que estaba aquí cuando el Señor hizo que

cesase mi prueba respecto a sor María de los Angeles <2> y que pudiese

abrirle mi alma... Por fin pudo realmente consolarme.

1.9.3

... Una cosa que me costaba mucho era pedir permiso para hacer

mortificaciones en el refectorio, porque era muy tímida y me ponía

colorada; pero lo hacía fielmente mis dos días por semana. Cuando esta

prueba de la timidez se pasó, ponía menos cuidado, y seguro que más de

una vez me olvidé de mis dos mortificaciones.

1.9.4

Le decíamos que ella era el jefe de la banda, que había vencido a todos

los enemigos, y que sólo teníamos que seguirla. Entonces hizo el gesto,

tan familiar para nosotras, de poner las manos una sobre otra a una

distancia muy pequeña, diciendo:

«¡Así de encumbrada en la familia!».

Luego, haciendo ademán de sembrar algo:

¡Pulgarcito!

1.9.5

Le decía sor Genoveva: «¡Y pensar que aún te esperan en Saigón!».

Iré, iré dentro de poco; ¡si supieras qué pronto haré ese viaje!

1.9.6

Cuando una acepta el disgusto de haber sido mala, Dios vuelve

enseguida.

1.9.7

He ofrecido muy especialmente mi prueba interior contra la fe por un

allegado de nuestra familia que no tiene fe <3>.

(El Sr. Tostain.)

1.9.8

... ¡Sí, sí, deseo el cielo! «¡Rompe la tela de este dulce encuentro» <4>,

Dios mío!

3 de septiembre

3.9.1

Le contaba lo que me había dicho acerca de los honores rendidos en

Francia al zar de Rusia.

¡Nada de eso me deslumbra! Háblame de Dios, del ejemplo de los santos,

de todo lo que es verdad...

3.9.2

¡Y pensar que estamos cuidando a una santita!

¡Bien, pues tanto mejor! Pero querría que fuera Dios quien lo dijese.

3.9.3

La pobre madre Corazón de Jesús <5> se volvía cada vez más exigente, y

las enfermeras se quejaban de verse obligadas a ceder a sus manías.

¡Cómo me hubiera atraído todo eso!

4 de septiembre

4.9.1

Comentaban que sor San Estanislao decía de ella que era «un ángel»

debido a las sonrisas y a las caricias <6> que ella le hacía a cambio del

menor servicio.

... Así es como he conquistado a Dios, y por eso me va a recibir él tan bien

a la hora de mi muerte.

4.9.2

Me alegro mucho de que me repugne la carne, porque así, al menos, no

siento gusto al comerla.

(Se le servía un poco de carne).

4.9.3

En el momento en que yo salía de la enfermería para ir al refectorio:

¡Te quiero!

4.9.4

Tocaban al ángelus.

¿Tengo que abrir las manitas?

No, hasta para rezar el ángelus estás demasiado débil. Basta con que

invoques a la Santísima Virgen diciendo: «¡Virgen María!». Ella prosiguió:

Virgen María, te quiero con todo el corazón.

Sor Genoveva le dijo: «Dile que la quieres también por mí». Entonces

añadió muy bajito:

Por «la señorita Lilí», por la mamá, por la madrina, por Leonia, por Mariíta,

por mi tío, por mi tía, por Juana, por Francis, por «Mauricio», por «el

pequeño Roulland» y por todos los que amo <7>.

4.9.5

Le apetecía cierto plato, por cierto muy sencillo, y una de nosotras se lo

hizo saber a nuestro tío.

¡Tiene gracia que hagamos saber esto a los del mundo! En fin, se lo he

ofrecido a Dios.

Le dije que no era culpa mía, pues de hecho yo lo había prohibido. Ella,

tomando el platito, replicó:

Ya está ofrecido a Dios. No me importa nada. Que piensen lo que quieran.

4.9.6

Durante Maitines:

Mamaíta ¡cuánto te quiero!

Con una hermosa sonrisa, haciendo esfuerzos por hablar:

Digamos algo, sin embargo, digamos...

... ¡Si supieras la paz que me produce el pensamiento de que pronto me iré

al cielo! Me siento muy feliz, sí, pero no puedo decir que experimente una

intensa alegría y transportes de júbilo, no.

4.9.7

No obstante, ¿prefieres morir a seguir viviendo?

No, mamaíta, no prefiero ni una cosa ni otra. Yo no puedo decir como

nuestra Madre santa Teresa: «Que muero porque no muero» <8>. Lo que

más me gusta es lo que Dios prefiera y elija para mí.

5 de septiembre

5.9.1

¿No sientes, entonces, dejar a "mamá"?

(con aire infantil.)

No... Si no hubiese vida eterna, entonces sí... Pero la hay, tal vez...

¡Seguro que la hay!

5.9.2

Si te dijeran que vas morir de repente, en este mismo instante, ¿sentirías

algo de miedo?

... ¡Ay, qué felicidad! ¡Querría irme!

¿Entonces prefieres morir a seguir viviendo?

No, de ninguna manera. Si me curase, los médicos me mirarían

boquiabiertos y yo les diría: «Señores, estoy muy contenta de haberme

curado para seguir sirviendo a Dios en la tierra, ya ésa es su voluntad. He

sufrido como si fuera a morir; pues bien, volveré a comenzar otra vez».

5.9.3

Señalándome con el dedo el vaso de agua un poco coloreada de vino, con

semblante alegre y muy gracioso:

Dame de beber, mamaíta, por favor. Tiene hielo, está buena.

Después de un trago:

¡He bebido sin sed! Son un pequeño «bebe sin sed».

Le decía que durante el silencio había sufrido menos:

No, lo mismo. ¡Mucho, he sufrido mucho! Pero sólo me he quejado a la

Santísima Virgen.

5.9.4

Visita del Dr. La Néele, que después de haberle dicho en la consulta

anterior que estaba a las puertas de la muerte y que incluso podía morir de

repente al darse vuelta en la cama, hoy le dijo: «Eres como un buque que

ni avanza ni retrocede».

Ella, de momento, se quedó estupefacta.

¡Ya lo has oído, me dijo, ya ves cómo cambia esto! Pero yo no quiero

cambiar, yo quiero seguir totalmente abandonada en las manos de Dios.

6 de septiembre

6.9.1

Después de lo que me pasó ayer <9>, dime algunas palabras tiernas.

¿Qué puedo hacer para consolarte, criatura? Me siento totalmente

incapaz.

... con semblante apacible:

No necesito que me consuelen...

6.9.2

Por la tarde lloró de alegría cuando le llevaron una reliquia del venerable

Teófano Vénard.

Me ofreció con mucho cariño una pequeña margarita por mi cumpleaños.

Durante toda la tarde estuvo muy cariñosa con nosotras tres, y

extraordinariamente encantadora. Yo le dije:

He observado que en cuanto puedes, vuelves a ser la misma de siempre.

Es verdad. Sí, cuando puedo hago todo lo posible por estar alegre y por

agradar.

6.9.3

Esperaba al Sr. Youf para confesarse; pero no pudo venir, lo cual fue para

ella una verdadera decepción. Pero recobró enseguida su semblante

sereno.

6.9.4

Le trajeron algo de comer; estaba mejor del estómago.

¡Ay!, ¿qué se ha hecho de mi enfermedad? ¡Ahora resulta que voy a

comer!

7 de septiembre

7.9

No me había dicho ni una sola palabra en todo el día, y por la tarde yo

pensaba: hoy no voy a tener nada que escribir.

Pero casi enseguida me dijo:

¡No hay nadie como tú!

Y a continuación comenzó a derramar gruesas lágrimas por el miedo que

tenía de haberme hecho sufrir por algo en lo que yo mi siquiera me había

fijado.

8 de septiembre

8.9

Entró un pequeño petirrojo y se puso a dar saltitos sobre su cama.

Leonia le envió la caja de música que aún se conserva, y las melodías,

aunque profanas, son tan tiernas, que las escuchó con auténtico placer.

Por último, le trajeron un manojo de flores silvestres para festejar el

aniversario de su profesión. Al verse tan colmada de atenciones, lloró de

agradecimiento y nos dijo:

Lloro por las delicadezas que Dios tiene conmigo. Por fuera me veo

colmada de ellas, pero por dentro sigo en la prueba..., pero también en la

paz.

9 de septiembre

9.9.1

Habíamos dado demasiada cuerda a la caja de música y parecía

estropeada. Augusto <10> la arregló, pero desde entonces falló (durante un

tiempo) la nota más bonita. Yo estaba disgustada y le pregunté si ella

también lo estaba.

En absoluto. Sólo lo estoy porque tú lo estás.

9.9.2

¡Sé muy bien lo que es sufrir!

10 de septiembre

10.9.1

En la consulta, el Sr. de Cornière quedó consternado ante su estado.

Bueno, ¿estás contenta?, le dije una vez que se fue el doctor.

Sí, pero ya estoy un poco acostumbrada. Dicen y se desdicen.

10.8.2

Mientras le arreglaban, por la noche, las almohadas, apoyó en mí la

cabeza mirándome con ternura. Aquello me recordó la mirada del Niño

Jesús a la Santísima Virgen cuando escucha la música del ángel, en la

estampa de la que ella decía refiriéndose a la Virgen: «Es Paulina en

ideal» <11>.

11 de septiembre

11.9.1

La mamaíta morirá la última. Vendremos a buscarla Teófano y yo cuando

haya terminado de trabajar para mí...

... a no ser que las almas la necesiten.

11.9.2

¡Te quiero mucho, pero que mucho!

Cuando oigo abrir la puerta, siempre creo que eres tú, y si no vienes, me

quedo muy triste.

Dame un beso, pero un beso que haga ruido; o sea, que los labios hagan

«¡pit!».

Sólo en el cielo sabrás lo que eres para mí... Eres una lira, un cántico...,

muchísimo más que una caja de música, ¡que sí!, incluso cuando estás

callada.

11.9.3

Había hecho (Teresa) dos coronas de acianos para la Santísima Virgen, y

ésta las tenía una a sus pies y otra en la mano. Le dije:

Seguro que piensas que la que tiene en la mano es para dártela a ti.

No, que haga con ella lo que quiera. Lo que yo le doy es para que se

deleite.

11.9.4

... Temo haber tenido miedo a la muerte... Pero no tengo miedo a lo que

haya después, ¡eso no! Y no lamento la vida, no. Sólo me he preguntado:

¿qué será esa misteriosa separación del alma y del cuerpo? Es la primera

vez que me ha sucedido eso, pero me he abandonado enseguida a Dios.

11.9.5

¿Quieres darme el crucifijo para besarlo después del acto de contrición y

ganar la indulgencia plenaria en favor de las almas del purgatorio? ¡No les

doy más que eso!

Dame ahora el agua bendita. Acércame las reliquias de la madre Ana de

Jesús y de Teófano Vénard, que quiero besarlas.

Luego hizo una leve caricia a la estampa de la Virgen Madre: primero al

Niño Jesús y después a la Santísima Virgen.

No lograba dormirse y me dijo:

Yo sé lo que pasa, es la maldad del demonio. Está furioso porque no me

he olvidado de mis devociones. Cuando por un motivo u otro no las hago,

me duermo, y luego me despierto algunos minutos después de la media

noche. Es como si quisiera burlarse de mí porque he dejado de ganar la

indulgencia plenaria.

11.9.6

¿He de tener miedo al demonio? Me parece que no, pues todo lo hago por

obediencia.

11.9.7

No, no deseo ver a Dios en la tierra. Y sin embargo, ¡le amo! También amo

mucho a la Santísima Virgen y a los santos, y tampoco deseo verlos <12>.

12 de septiembre

12.9

Era la fiesta del Santísimo Nombre de María, y me pidió que le leyera el

Evangelio del domingo. No tenía a mano el misal y le dije sencillamente:

Es el evangelio el que el Nuestro Señor nos advierte que «nadie puede

servir a dos señores». Entonces puso una vocecita de niño que recita la

lección y me lo dijo de punta a rabo.

13 de septiembre

13.9.1

Estaba mucho peor y tenía los pies hinchados desde el día anterior. No se

podía hacer el menor movimiento a su alrededor, como arreglarle un poco

la cama y sobre todo tocarla, sin hacerle mucho daño, de débil que estaba.

No suponíamos que estuviese tan mal, y sor María del Sagrado Corazón,

después de mí, le había tomado el pulso durante un buen rato. Al principio,

no manifestó ninguna señal de cansancio, por no apenarnos, pero al final

ya no pudo más y se echó a llorar. Y luego, cuando le arreglaban las

almohadas y el almohadón, sollozó diciendo dulcemente:

Quisiera... quisiera...

_ ¿Qué?

No hacer sufrir a mis hermanitas, y para eso, irme muy pronto.

En ese momento, miró a sor María del Sagrado Corazón y le dirigió una

sonrisa encantadora; era a ella a quien más temía haber hecho sufrir.

Como no conseguíamos poner bien el almohadón, pues no nos atrevíamos

a moverla mucho, dijo con mucho salero, apoyándose en las manos y

tratando de hacerlo ella misma:

Esperad, voy a correrme a los pies de la cama, saltando como un

saltamontes.

13.9.2

Una hermana <13> había cogido para ella en la huerta una violeta. Se la

ofreció y se retiró. Entonces Teresita me dijo, mirando a la flor:

¡Ay, el perfume de las violetas!

Luego me hizo una seña, como para saber si podía olerla sin faltar a la

mortificación.

14 de septiembre

14.9.1

Le llevaron una rosa. La deshojó sobre su crucifijo con una gran piedad y

amor, cogiendo uno a uno los pétalos y acariciando con ellos las llagas de

Nuestro Señor.

En el mes de septiembre, dijo, Teresita sigue deshojando «la rosa

primavera»:

Quiero...

deshojarte mi rosa

_mi rosa primavera_

y enjugar con sus pétalos

tu llanto, mi Señor <14>.

Y como los pétalos se caían de la cama al suelo de la enfermería, dijo con

gran seriedad:

Recoged cuidadosamente esos pétalos, hermanitas, más tarde os servirán

para hacer obsequios... No perdáis ni uno...

14.9.2

¡Ay, ahora...!

«¡Mi destierro, lo espero, será breve!» <15>.

14.9.3

El Dr. La Néele le había asegurado que no tendría agonía, y como sufría

cada vez más:

... ¡Sin embargo, me habían dicho que no tendría agonía...!

... Pero, a fin de cuentas, acepto tenerla.

¿Y si te dieran a elegir entre tenerla o no tenerla?

No eligiría nada.

15 de septiembre

15.9.1

Cuando estés en el cielo, tus grandes sufrimientos de ahora te parecerán

poca cosa.

Ya aquí en la tierra me parecen muy poca cosa.

15.9.2

Durante la recreación de la noche:

Cuando sor Genoveva decía hace un poco a sor Marta, que preguntaba

por mí: "Está muy cansada", yo pensaba para mis adentros: ¡Qué verdad

es, tiene razón! Sí, soy como un viajero cansado y agotado, que cae sin

fuerzas al llegar al término de su viaje.

... Sí, ¡pero caigo en los brazos de Dios!

15.9.3

Nuestra Madre me ha dicho que no tenía que hacer nada para prepararme

para la muerte, porque ya estaba preparada por adelantado <16>.

16 de septiembre

16.9

A mí sola, a preguntas que yo le hacía:

Una cosa que nos atrae las luces y la ayuda de Dios para guiar y consolar

a las almas es el no contar nuestras propias penas en busca de consuelo.

Y es que, además, eso no es un verdadero consuelo: en vez de calmar,

excita.

17 de septiembre

17.9.1

Junto a las enfermas hay que estar alegres.

(Y es que le manifestábamos nuestra tristeza)

Vamos a ver: No tenéis que lamentaros como los que no tienen esperanza.

Con un aire un poco travieso:

Acabaréis por hacerme lamentar la vida.

_ ¡No, lo sentiríamos mucho!

¡Es verdad! Lo dije para meteros miedo.

17.9.2

Hablándome de su niñez, me contó que un día le regalaron un canastillo y

que había exclamado, loca de alegría:

¡Ahora ya no deseo nada más en la tierra!

Y que luego había cambiado de opinión y que había dicho a toda prisa:

Sí, todavía deseo algo: ¡el cielo!

18 de septiembre

18.9.1

Le decía yo que tenía miedo a cansarla con mi charla:

Madrecita, tu conversación me es muy agradable. No, no me cansa. Es

para mí como una música... No hay dos como tú en la tierra. ¡Cuánto te

quiero!

18.9.2

Mirando por la ventana la viña loca, toda roja, sobre la ermita de la Santa

Faz:

La Santa Faz está en todo su esplendor. Fíjate, hay ramas de viña loca

hasta por encima de los castaños.

18.9.3

Esta tarde estoy mejor.

En efecto, se interesaba por todo. Miraba con verdadero gusto el mantel

que estaba haciendo sor Genoveva para el altar del oratorio, y luego los

ornamentos para el señor abate Denis <7>.

Pero por la mañana, cuando sor Amada de Jesús la había cogido en

brazos para arreglarle un poco la cama, creí que se moría.

19 de septiembre

19.9

Habían traído de fuera un ramo de dalias. Las miró con gusto y pasó los

dedos muy delicadamente por sus pétalos.

Después de la primera Misa del señor abate Denis, pidió que le enseñaran

el cáliz. Como mirara largo rato el fondo de la copa, le dijeron: ¿Por qué

miras tan atentamente el fondo del cáliz?

Porque me reflejo en él. En la sacristía, me gustaba hacerlo. Me sentía

feliz al pensar: mis facciones se han reflejado en el mismo lugar donde ha

reposado y adonde volverá a bajar la sangre de Jesús.

¡Cuántas veces he pensado también que en Roma mi rostro se reprodujo

en los ojos del Santo Padre <18>!

20 de septiembre

20.9.1

Visita del Dr. de Cornière, que nos dice que debe de estar sufriendo un

verdadero martirio. Al salir, se hacía lenguas de su heroica paciencia. Le

repetí a ella algo de esto.

¿Cómo puede decir que tengo paciencia? ¡Eso no es cierto! No paro de

quejarme, suspiro, exclamo continuamente: ¡Ay, ay!. Y también: ¡Dios mío,

no puedo más! ¡Ten compasión, ten compasión de mí!

20.9.2

Por la tarde le cambiaron la túnica, y nos impresionó su delgadez, pues la

cara era la misma. Yo fui a pedirle a nuestra Madre que viniera a verle la

espalda. Tardó mucho en venir, y me admiró la expresión tan dulce y

paciente de nuestra enfermita mientras la esperaba. Nuestra Madre quedó

penosamente sorprendida, y dijo con bondad: «¿Pero qué es una niña tan

delgada?».

¡Un esqueleto!

21 de septiembre

21.9.1

Había estado yo vaciando la escupidera, sin decir nada, y la dejé a su

lado, pensando en mi interior: ¡Qué feliz me sentiría si me dijese en el cielo

me lo pagará! E inmediatamente, volviéndose hacia mí, me dijo:

En el cielo te lo pagaré.

21.9.2

¡Cuando pienso que se va a morir...!, dijo sor Genoveva.

¡Claro que sí! ¡Y de resultas de esto, según creo!

21.9.3

¡Y pensar que ella no tiene una Teresita a quien amar!

... ¡Él me llama su Teresita!

¿Quién?

¡Pues el P. Bellière!

El Padre acababa de escribir <19>, y quise volver a leerle su carta,

pensando que le gustaría volver a encontrarse con esa expresión, pero

estaba demasiado cansada y me dijo:

¡No, basta! ¡Estoy harta <20> de Teresita!

Luego, volviéndose hacia mí con aire zalamero:

¡Pero no harta de mi Paulinita! ¡Eso no!

21.9.4

Me voy a fregar los platos, tengo doble turno <21>.

¡Muy duro para mí, sí!

21.9.5

Sor Genoveva me pedía un lápiz, yo también lo necesitaba, pero no

obstante le di el mío. Entonces dijo con tono claro y preciso:

Es un gesto muy bonito.

21.9.6

¡Ay! ¿Qué es la agonía? ¡Me parece estar en ella de continuo...!

21.9.7

Al secarse los ojos, se le desprendieron algunas pestañas de los

párpados:

Recoge esas pestañas, sor Genoveva querida, hay que entregar lo menos

posible a la tierra...

E hizo un juego de palabras con el nombre del P. Alaterre <21a> (un obrero),

hermano de sor San Vicente de Paúl:

De todas formas, si eso le gusta al pobre...

Así de alegre estaba siempre, a pesar de sus grandes sufrimientos

anímicos y corporales.

22 de septiembre

22.9.1

Después de recordarle varias ocasiones en las que había sido muy

humillada durante su vida religiosa, añadí: ¡Cuántas veces te tuve lástima!

Te aseguro que no tenías por qué tenerme tanta lástima. ¡Si supieras

cómo sobrevolaba por encima de todo eso! Salía fortalecida de las

humillaciones. No había nadie más valiente que yo en la familia.

22.9.2

Quería decirme algo y no podía.

... ¡Qué duro es verse en semejante impotencia!

... ¡Y precisamente contigo! ¡Era tan bonito cuando podía hablarte! Esto es

lo más duro.

22.9.3

Decía yo, mirando la estampa de Teófano Vénard: ¡Ahí lo tienes, con su

sombrero en la mano, y, para colmo de males, no viene a buscarte!

Sonriendo:

Yo no me burlo de los santos... Los quiero mucho... Ellos quieren ver...

¿Qué? ¿Si vas a perder la paciencia?

Con aire travieso y profundo a la vez:

Sí..., pero sobre todo si voy a perder la confianza..., hasta dónde voy a

llevar mi confianza...

22.9.4

Llamaba a sor Genoveva su "chacha", y a sor María de la Trinidad su

"muñeca" porque le parecía que tenía cara de muñeca. Lo hacía por

entretenernos, y nunca por disipación o por infantilismo. Pero abusábamos

de esos apelativos, y nos dijo:

No hay que llamarse de cualquier forma. No es religioso <22>.

22.9.5

Se te tiene que hacer muy largo el tiempo...

No, el tiempo no se me hace largo. Me parece que fue ayer cuando

todavía seguía los actos de comunidad u cuando escribía el cuaderno. (Su

vida).

22.9.6

¡Qué enfermedad tan terrible y cuánto llevas sufrido!

¡¡¡Sí!!! ¡Y qué gracia tener fe! Si no hubiese tenido fe, me habría quitado la

vida sin dudarlo un instante <23>.

23 de septiembre

23.9.1

... ¡Cuánto te debo! ¡Por eso te quiero tanto...! Pero no quiero hablar más

de ello, porque me echaría a llorar...

(Llorar la perjudicaba mucho.)

23.9.2

Mañana será el aniversario de tu toma de velo, y seguramente el día de tu

muerte.

No sé cuando será, lo espero de continuo, pero sé muy bien que no puede

tardar.

23.9.3

Nos sonreía con frecuencia, a una o a otra, pero no siempre nos dábamos

cuenta.

... Muchas veces he dirigido radiantes sonrisas a la "chacha" y a otras,

pero se han perdido...

23.9.4

Por la noche se había oído como el arrullo de un pájaro en la ventana

cerrada, y nos preguntábamos qué podría ser aquello. Una decía: es una

tórtola; otra: es un ave de rapiña.

Bueno, si es un ave de rapiña, ¡peor para mí! Las aves de rapiña venían

precisamente a comer a los mártires.

23.9.5

A propósito de una confidencia de poca importancia que una hermana le

había hecho pidiéndole que guardara el secreto:

... Cuando las hermanas lo imponen, el secreto es sagrado... Aunque se

tratase de cosa más insignificante, no habría que decirlo.

23.9.6

Después de un silencio muy largo, mirándonos a sor María del Sagrado

Corazón y a mí, que en aquel momento estábamos solas con ella:

¡Hermanitas queridas, vosotras me habéis educado...!

y los ojos se le llenaron de lágrimas.

24 de septiembre

24.9.1

En el aniversario de su toma de velo, yo había encargado la Misa por ella.

¡Gracias por la Misa!

Como la veía sufrir tanto, contesté con tristeza: ¿Pero ya ves que te

encuentras más aliviada?

¿O sea, que has obtenido permiso para mandar decir la Misa para

aliviarme?

Lo hice por tu bien.

Mi bien consiste, sin duda alguna, en sufrir <24>...

24.9.2

Me contó un disgusto que había tenido tiempo atrás, un año en que

habíamos podado demasiado tarde los castaños.

Al principio fue una amarga tristeza, acompañada de grandes combates.

¡Me gustaban tanto las sombras! Y ese año no las íbamos a tener. Las

ramas, ya verdes, estaban en gavillas en el suelo, ¡y no quedaban más

que troncos! Luego, de pronto, me sobrepuse, diciéndome: Si estuviera en

otro Carmelo, ¿qué me importaría que cortasen aunque fuera todos los

castaños del Carmelo de Lisieux? Y sentí una gran paz y una alegría de

cielo.

24.9.3

Visita del Sr. de Cornière, que está cada vez más edificado. Le dice a

nuestra Madre: «¡Es un ángel! Tiene cara de ángel, su rostro no se ha

alterado lo más mínimo, a pesar de sus enormes sufrimientos. Nunca he

visto cosa igual. Dado su estado de adelgazamiento general, es cosa

sobrenatural».

24.9.4

... Quisiera correr por las praderas del cielo...

... Quisiera correr por praderas donde la hierba no se aplastara, donde

hubiera hermosas flores que no se marchitaran y preciosos niños que

fuesen ángeles <25>.

No pareces nunca cansada de sufrir. ¿Lo estás en realidad?

Pues no. Cuando no puedo más, no puedo más, eso es todo.

24.9.5

Me daban ganas de decirle al Sr. de Cornière: Me río porque, a pesar de

todo, usted no ha podido impedirme ir al cielo. Pero en castigo, cuando yo

esté allá, no le dejaré a usted ir tan pronto <26>.

24.9.6

Dentro de poco ya sólo hablaré el lenguaje de los ángeles.

24.9.7

En el cielo tú estarás entre los serafines.

Puede... Pero si estoy entre ellos, no haré como ellos. Ellos se cubren con

las alas delante de Dios; yo me guardaré muy bien de cubrirme con las

alas.

24.9.8

... ¡Dios mío..., ten piedad de la ni... ni...ña!

(Dándose vuelta con gran dificultad.)

24.9.9

_ Cuando Teresa acaricia a su "Teófano", él se siente muy honrado.

_ No se trata de honores...

_ ¿Entonces de qué se trata?

_ Simplemente de caricias.

(Estaba acariciando el retrato de Teófano Vénard.)

24.9.10

¿Así que no tienes ninguna intuición sobre el día de tu muerte?

¿Intuiciones yo? ¡Si supieras la pobreza en que me encuentro! Yo no sé

más de lo que sabes tú; yo no adivino nada a no ser por lo que veo y por lo

que siento. Pero mi alma, a pesar de las tinieblas, goza de una paz

asombrosa.

24.9.11

¡Quién te quiere como nadie en la tierra...!

25 de septiembre

25.9.1

Le conté lo que habían dicho en la recreación a propósito del Sr. Youf, que

tenía mucho miedo a la muerte. Las hermanas habían estado hablando de

la responsabilidad de los que tienen cura de almas y han vivido mucho

tiempo.

... Los pequeños serán juzgados con gran benignidad. Y se puede muy

bien ser pequeño hasta en los cargos más temibles, aun viviendo muchos

años. Si yo muriese a los 80 años, si hubiese estado en China, o en

cualquier otra arte, estoy segura de que moriría tan pequeña como hoy. Y

está escrito que al final «el Señor se pondrá en pie para salvar a los

humildes de la tierra». No dice juzgar, sino salvar.

25.9.2

Uno de estos últimos días, de terribles sufrimientos, me había dicho:

Madre, es muy fácil escribir cosas bonitas sobre el sufrimiento. Pero

escribir no significa nada, ¡nada! ¡Hay que pasar por él para saber...!

Guardaba yo de estas palabras una impresión dolorosa, cuando, ese

mismo día, como si recordase lo que me había dicho, me miró de una

manera muy especial, y hasta solemne, y pronunció estas palabras:

Ahora sé que lo que he dicho y escrito es todo verdad... Es verdad que

deseaba sufrir mucho por Dios, y es verdad que sigo deseándolo.

25.9.3

Le decían: ¡Es horroroso lo que estás sufriendo!

No, no es horroroso. A una víctima de amor no puede parecerle horroroso

lo que su Esposo le envía por amor.

26 de septiembre

26.9

Estaba ya sin fuerzas.

¡Ay, qué acabada estoy...!

Mirando por la ventana una hoja muerta desprendida del árbol y

suspendida en el aire por un ligero hilo:

Mira, ésa es mi imagen, mi vida sólo pende de un ligero hilo.

Después de su muerte, la noche misma del 30 de septiembre, la hoja, que

hasta entonces había estado balanceándose a merced del viento, cayó al

suelo, y yo la recogí con el hilo de araña que todavía estaba adherido a

ella.

27 de septiembre

27.9

Entre las dos y las tres de la tarde, le ofrecimos de beber. Nos pidió agua

de Lourdes, diciendo:

Hasta las tres, prefiero el agua de Lourdes; es más piadoso.

28 de septiembre

28.9.1

...¡Mamá...! Me falta el aire de la tierra, ¿cuándo me dará Dios el aire del

cielo...?

¡... Nunca esto ha sido tan escaso!

(Su respiración.)

28.9.2

¡Pobrecita mía, estás como los mártires en el anfiteatro: ya no podemos

hacer nada por ti!

Sí, sí, el solo hecho de veros me hace mucho bien.

Toda la tarde estuvo prodigándonos sus sonrisas.

Me escuchó con atención cuando le leí estos pasajes del Oficio de San

Miguel:

«Vino el arcángel Miguel con una multitud de ángeles. A él le ha confiado

Dios las almas de los santos para que las haga llegar a los gozos del

paraíso».

«Arcángel Miguel, yo te he constituido príncipe entre todos los elegidos».

Me hizo una seña, extendiendo la mano hacia mí y posándola luego sobre

el pecho, para darme a entender que yo estaba allí, en su corazón.

29 de septiembre

29.9.1

Desde la madrugada, parecía estar en agonía. Tenía un estertor muy

penoso y no podía respirar. Fue llamada la comunidad, que se reunió

alrededor de su cama para recitar las preces del Manual. Al cabo de una

hora, poco más o menos, nuestra Madre despidió a las hermanas.

29.9.2

A mediodía, dijo a nuestra Madre:

Madre, ¿es esto la agonía...? ¿Cómo haré para morir? ¡No voy a saber

morir...!

29.93

Volví a leerle algunos pasajes del Oficio de San Miguel y las preces de los

agonizantes en francés <28>. Cuando mencioné a los demonios, hizo un

gesto infantil, como para amenazarles, y exclamó sonriendo:

¡Oh! ¡Oh!,

con un tono de voz que quería decir: No les tengo miedo.

29.9.4

Después de la visita del doctor, le dijo a nuestra Madre:

¿Es para hoy, Madre?

_Sí, hijita.

Una de nosotras dijo entonces: Hoy Dios está muy alegre.

¡Y yo también!

¡Qué felicidad si muriese ahora mismo!

29.9.5

... ¡Cuándo me ahogaré del todo...! ¡No puedo más! ¡Que recen por mí...!

¡Jesús! ¡María!

¡Sí! Quiero..., acepto...

29.9.6

Vino sor María de la Trinidad, y, al cabo de unos instantes, ella le pidió con

mucha amabilidad que se retirara. Cuando se marchó, yo le dije:

¡Pobrecita! ¡Te quería tanto!

¿He hecho mal diciéndole que se fuera?

Y su rostro cobró una expresión de tristeza, pero yo la tranquilicé

inmediatamente.

29.9.7

(6 de la tarde). Se le había metido en una manga una especie de insecto, y

la molestaban para sacarlo:

Dejadlo, no importa.

_Sí, que te va a picar...

No, dejadlo, dejadlo, os aseguro que conozco bien a esos animalitos.

29.9.8

Yo tenía un fuerte dolor de cabeza y cerraba los ojos, muy a pesar mío, al

mirarla.

Duérmete... y yo también.

Pero ella no podía dormir, y me dijo:

¡Ay, Madre, cómo me duelen los nervios!

29.9.9

Durante la recreación de la noche:

... ¡Ay, si supierais!

(Si supierais cómo sufro.)

29.9.10

Quisiera sonreíros continuamente, ¡y os doy la espalda! ¿Os disgusta?

(Era durante el silencio.)

29.9.11

Después de Maitines, cuando nuestra Madre vino a verla, tenía las manos

juntas, y dijo con voz dulce y resignada:

Sí, Dios mío, sí, Dios mío, lo acepto todo...

Es atroz lo que estás sufriendo, ¿verdad?, dijo nuestra Madre.

_ No, Madre, no es atroz, pero es mucho, mucho..., justo lo que puedo

soportar.

Pidió quedarse sola durante la noche, pero nuestra Madre no quiso. Sor

María del Sagrado Corazón y sor Genoveva se repartieron el consuelo de

velarla (*). Yo me quedé en la celda contigua a la enfermería, que da al

claustro.

(*) Los Cuadernos verdes añaden:

No había consentido que pasasen las noches junto a ella durante su

enfermedad. La noche del 29 al 30 de septiembre, que fue la última de su

vida, insistió aún en que la dejaran sola. Por fin, sor María del Sagrado

Corazón y sor Genoveva consiguieron compartir ese consuelo... La vieron

atenta únicamente a no turbar el descanso de la que la velaba. ¡Y sin

embargo, ¡qué sufrimientos soportó!

Sor María del Sagrado Corazón, después de darle una poción, se durmió,

¡y cuál no sería su enternecimiento cuando, al despertarse, vio que la

pobrecita seguía sosteniendo en sus manos, temblorosas de fiebre, el

vasito, esperando pacientemente a que su hermana se despertase para

que volviera a ponerlo sobre la mesa!

+

30 de septiembre

Jueves,

día de su preciosa muerte.

Por la mañana, estuve velándola durante la Misa. No me decía ni una

palabra. Estaba agotada, jadeante. Adivinaba que sus sufrimientos eran

indecibles. Juntó un momento las manos, y mirando la estatua de la

Santísima Virgen:

¡Con qué fervor la he invocado! Pero es la agonía pura, sin mezcla alguna

de consuelo.

Le dije algunas palabras de compasión y de cariño, y añadí que me había

edificado mucho durante su enfermedad.

_ ¿Y tú? ¡Todos los consuelos que me has proporcionado...! ¡Han sido

muy grandes!

Se puede decir sin exagerar que pasó todo el día, sin un solo instante de

respiro, entre verdaderos tormentos.

Parecía estar al límite de sus fuerzas, y sin embargo, con gran sorpresa

nuestra, podía moverse y sentarse en la cama.

... ¡Ya veis, nos decía, con cuántas fuerzas me encuentro hoy! ¡No, no

estoy para morir! ¡Tengo todavía para meses, tal vez para años!

_ Y si Dios así lo quisiera, dijo nuestra Madre, ¿lo aceptarías?

Comenzó a contestar, sumida en la angustia:

No habría más remedio...

Pero rehaciéndose enseguida, dijo con acento de resignación sublime,

dejándose caer sobre las almohadas:

¡Lo acepto!

Pude recoger las siguientes exclamaciones, pero es imposible reproducir

el acento con que las dijo:

Ya no creo en mi muerte... Ya no creo más que en el sufrimiento... Pues

bien, ¡mejor que mejor!

¡Dios mío...!

¡Amo a Dios!

¡Querida Virgen Santísima, ven en mi ayuda!

Si esto es la agonía, ¿qué será la muerte?

¡Ay, mi buen Dios...! Sí, es muy bueno, me parece muy bueno...

Mirando a la Santísima Virgen:

¡Tú sabes que me estoy ahogando!

A mí:

¡Si supieras lo que es ahogarse!

_ Dios te ayudará, pobrecita, y pronto terminará todo.

Sí, ¿pero cuándo?

... ¡Dios mío, ten compasión de tu pobre hijita! ¡Ten compasión de ella!

A nuestra Madre:

¡Ay, Madre, le aseguro que el cáliz está lleno hasta los bordes...!

... Pero Dios no me abandonará, seguro...

... Nunca me ha abandonado.

... Sí, Dios mío, todo lo que quieras, ¡pero ten piedad de mí!

... Hermanitas, hermanitas, ¡rezad por mí!

... ¡Dios mío, Dios mío! ¡¡Tú que eres tan bueno!!

... ¡Sí, eres bueno! Lo sé...

Después de Vísperas, nuestra Madre le puso sobre las rodillas una

estampa de Nuestra Señora del Carmen.

La miró un instante y, cuando nuestra Madre le dijo que pronto acariciaría

a la Santísima Virgen como el Niño Jesús lo hacía en aquella estampa,

dijo:

Madre, presénteme pronto a la Santísima Virgen, ¡que soy un bebé que no

puede más...! Prepáreme a bien morir.

Nuestra Madre le contestó que, como ella siempre había comprendido y

practicado la humildad, ya estaba preparada. Reflexionó un instante y

pronunció humildemente estas palabras:

Sí, me parece que nunca he buscado más que la verdad. Sí, he

comprendido la humildad del corazón... Me parece que soy humilde.

Y volvió a repetir:

Todo lo que he escrito sobre mis deseos de sufrir es, con todo, una gran

verdad.

... Y no me arrepiento de haberme entregado al Amor.

Con insistencia:

No, no me arrepiento, ¡al contrario!

Un poco más tarde:

¡Nunca hubiera creído que fuese posible sufrir tanto (*)! ¡Nunca! ¡Nunca!

No puedo explicármelo, a no ser por los ardientes deseos que he tenido de

salvar almas.

(*) No se le administró ni una sola inyección de morfina.

Hacia las cinco, yo estaba sola a su lado. Su semblante cambió de pronto

y comprendí que era la última agonía.

Cuando la comunidad entró en la enfermería, acogió a todas las hermanas

con una dulce sonrisa. Tenía en las manos el crucifijo y lo miraba sin

cesar.

Durante más de dos horas, desgarró su pecho un terrible estertor. Tenía el

rostro congestionado, las manos amoratadas, los pies helados y le

temblaban todos los miembros. Un sudor abundante perlaba su frente con

gotas enormes y le resbalaba por las mejillas. La opresión era creciente y

de vez en cuando, para respirar, emitía débiles gritos involuntarios.

Durante todo este tiempo, tan cargado de angustia para nosotras, entraba

por la ventana _y me hacía sufrir mucho_ todo un gorjeo de petirrojos y de

otros pajarillos, ¡pero tan fuerte, tan cerca y tan largo rato! Yo pedía a Dios

que los hiciese callar, pues aquel concierto me traspasaba el corazón y

temía que fatigase a nuestra pobre Teresita.

En un determinado momento, parecía tener tan reseca la boca, que sor

Genoveva, pensando aliviarla, le puso en los labios un trocito de hielo. Ella

lo aceptó, dirigiéndole una sonrisa que jamás olvidaré. Era como un

supremo adiós.

A las seis, cuando sonó el ángelus, miró largamente la estatua de la

Santísima Virgen.

Por fin, a las siete y algunos minutos, habiendo despedido nuestra Madre a

la comunidad, suspiró:

Madre, ¿no es esto aún la agonía...? ¿No me voy a morir...?

_ Sí, pobrecita mía, es la agonía, pero tal vez Dios quiera prolongarla

algunas horas.

Ella continuó valientemente:

Pues bien... ¡adelante...! ¡adelante...!

No quisiera sufrir menos tiempo...

Y mirando al crucifijo:

¡Lo amo...!

....................................................................

¡Dios mío..., te amo!

.....................................................................

Y de pronto, tras pronunciar estas palabras, cayó suavemente hacia atrás,

con la cabeza inclinada hacia la derecha. Nuestra Madre mandó que

tocasen a toda prisa la campana de la enfermería, para llamar a la

comunidad.

_ «Abrid todas las puertas», decía al mismo tiempo. Estas palabras tenían

un no sé qué de solemne, y me hicieron pensar que en el cielo Dios se las

decía también a los ángeles.

Las hermanas tuvieron tiempo de arrodillarse en torno a su lecho y fueron

testigos del éxtasis de la santa moribunda. Su rostro había recuperado el

color de azucena que tenía cuando gozaba de plena salud, sus ojos

estaban fijos en lo alto, refulgentes de paz y de alegría. Hacía unos

movimientos de cabeza como si Alguien la hubiera herido divinamente con

una flecha de amor y luego retirase la flecha para volver a herirla de

nuevo...

Sor María de la Eucaristía se acercó con un cirio para ver más de cerca su

sublime mirada. A la luz de aquel cirio, no se percibió movimiento alguno

en sus pupilas. Este éxtasis duró aproximadamente el espacio de un

credo, y exhaló el último suspiro.

Después de su muerte conservó una sonrisa celestial. La suya era una

belleza encantadora. Tenía tan fuertemente asido el crucifijo, que hubo

que arrancárselo de las manos para amortajarla. Sor María del Sagrado

Corazón y yo cumplimos este oficio con sor Amada de Jesús y nos dimos

cuenta al hacerlo de que no aparentaba tener más de 12 ó 13 años.

Sus miembros permanecieron flexibles hasta su inhumación, que tuvo

lugar el lunes 4 de octubre de 1897.

Sor Inés de Jesús

r.c.i.

APÉNDICE

30 de septiembre

... Todos mis pequeños deseos se han realizado... Por tanto, este gran

deseo (morir de amor) tendrá también que realizarse.

Por la tarde:

¡Con cuántas fuerzas me encuentro hoy...! ¡Tengo para meses! ¡Y

mañana, y todos los días, será todavía peor...!

... Bueno, ¡pues mejor que mejor!

¡No puedo respirar, no puedo morir...! (*)

... ¡Nunca sabré morir...!

(*) No respiró nunca con oxígeno; creo que entonces no se conocía.

... ¡Sí, Dios mío...! ¡Sí!

... Acepto seguir sufriendo…

Hacia las cinco, la madre María de Gonzaga hizo caer las reliquias del

beato Teófano Vénard y de la madre Ana de Jesús, que estaban prendidas

con alfileres en la cortina, a su derecha. Las recogieron, y ella les hizo una

pequeña caricia.

NOTAS Septiembre

Los comienzos de este mes ven cómo se prolonga la mejoría momentánea

—muy relativa— que sucedió a los terribles sufrimientos del período

comprendido entre el 22 y el 27 de agosto. Teresa come un poco y la

familia Guérin se esfuerza por satisfacer sus antojos de enferma. Pero los

síntomas no permiten albergar ninguna esperanza: adelgazamiento

constante, debilidad extrema. Ni siquiera puede ya mover las manos y

tiene muchos dolores. Ya no la pueden tocar. El 12 de septiembre

comienzan a hinchársele los pies. El 14, el Dr. de Cornière no le da más de

quince días de vida. A partir del 21, Teresa confiesa que le parece estar

continuamente en la agonía. No entrará en ella de verdad hasta el 29,

víspera de su muerte.

El contenido del Cuaderno Amarillo en este mes tiene tanto valor por los

gestos que describe como por las palabras que refiere. Ahora más que

nunca, Teresa es maestra experiencial. Sus breves frases llevan el sello

de la autenticidad e incluso el de la literalidad. Temas dominantes: la

enfermedad, el sufrimiento, la muerte. La prueba de la fe continúa

presente. La oración de la enferma se apoya en las estampas y la estatua

que la rodean. Teresa mira la naturaleza con verdadero placer, y a veces

sigue bromeando. Aún podrá celebrar dos aniversarios: el 8, el de su

profesión (ese día escribirá su último autógrafo, Or 21), y el 24 el de su

toma de velo (cf Ms A 77rº).

El gran número de testimonios sobre el 30 de septiembre nos permite

reconstruir casi hora a hora la agonía de Teresa.

1 Ver la nota 32 del mes de julio.

2 Su maestra de novicias; cf Ms A 70vº.

3 Cf Cta 126, n. 1.

4 SAN JUAN DE LA CRUZ, Ll 1,6.

5 La madre Hermancia del Corazón de Jesús; cf 20.8.3.

6 Sor San Estanislao era sorda. Teresa le mostraba su gratitud

acariciándole la mano.

7 Es fácil identificar a los personajes de esta letanía: sor Genoveva, la

madre Inés de Jesús, sor María del Sagrado Corazón, Leonia Martin, sor

María de la Eucaristía, el señor y la señora Guérin, la señora de Néele y el

Doctor, el abate Bellière y el P. Roulland.

8 SAINTE THERESE D'AVILA, Poésie–Glose. [SANTA TERESA DE

JESÚS, Obras Completas. Burgos, Monte Carmelo, 1994, «Poesías» 1, p.

1324. N. del T.]

9 Sin duda, la decepción causada por el diagnóstico del Dr. La Néele.

10 Augusto Acard.

11 Se trata de la «Sagrada Familia» de Müller; cf Cta 264.

12 Cf la nota 37 del mes de agosto.

13 Sor María de San José.

14 PN 34,1.

15 PN 17,9 según la primera versión (Poésies, II, pp. 102s); Cf Cta 220.

16 Cf 30.9.

17 El abate Denis, que se ordenó de sacerdote el 18 de septiembre,

celebraría su primera Misa al día siguiente en el Carmelo de Lisieux.

18 En la audiencia del 20 de noviembre de 1887; cf Ms A 63vº.

19 Carta a la madre María de Gonzaga, del 19 de septiembre; puede verse

un extracto en CG p. 1163.

20 [La expresión que usa la santa es «fûtée]», «cansada», en lenguaje

popular.

21 La madre Inés tenía que fregar los platos dos días a la semana, lo cual

la privaba de la recreación con su hermana.

21a He aquí en qué basaba el juego de palabras: «à la terre» (a la tierra)

— «Alaterre» (apellido del sacerdote). N. del T.

22 Sobre el apelativo «muñeca» que Teresa daba a sor María de la

Trinidad, cf Cta 236 y 249; y CSM nº 56 en VT nº 77, pp. 66s.

23 Cf CG p. 1192.

24 Cf PN 54,16; y la nota 79 del mes de julio.

25 Cf el tema de sus sueños en Ms A 79rº; y PN 18, estr. 33.

26 El Dr de Cornière murió a los 80 años (1922).

27 La madre Inés; cf nota 104 de julio.

28 Traducción de las oraciones que la comunidad había rezado esa misma

mañana en latín, y que se encontraban en el libro Prières de la

Recommandation de l'âme (L.-J. Biton, 1894).

ÚLTIMAS CONVERSACIONES

ÚLTIMOS DICHOS DE TERESA A CELINA

Julio _ Septiembre de 1897

+

12 de julio

1

En medio de una conversación Teresa se interrumpió de repente

mirándome con compasión y con ternura, y dijo:

«... Sor Genoveva será la que más va a sentir mi partida; y me parece que

ella es ciertamente la más digna de compasión, pues, en cuanto tiene un

problema, viene a buscarme, y ya no va a tener a nadie...

... Sí, pero Dios le dará fuerzas... Y además, ¡yo volveré!» <1>.

Y dirigiéndose a mí:

«Vendré a buscarte lo antes posible, y haré que papá forme parte de la

comitiva; ya sabes que siempre tenía prisa... (*)».

(*) (Con eso no quería decir que fuese un precipitado, sino que aludía a su

temperamento que no le permitía dejar para el día siguiente lo que podía

hacer la víspera. Una vez que tomaba una decisión, nunca se le quedaba

mucho tiempo entre las manos.)

2

Más tarde, mientras yo desempeñaba a su lado mi oficio de enfermera,

hablando como siempre de la cercana separación, se puso a canturrear,

poniéndose en mi lugar, esta coplilla que iba componiendo a medida que

cantaba (melodía del cántico «Il est à moi»):

«Es mía aquella a quien el mismo cielo,

el cielo entero vino a arrebatarme.

Es mí, y yo la quiero, sí, la quiero.

Nada podrá nunca separarnos».

3

Yo le decía: «Dios no podrá llevarme inmediatamente después de tu

muerte, pues no habré tenido tiempo de ser buena». Contestó:

_ «Eso no importa. Acuérdate de san José de Cupertino: tenía una

inteligencia mediocre, era ignorante y no conocía a fondo más que este

evangelio: Beatus venter qui te portavit. Le preguntaron precisamente por

este tema, y respondió tan bien que todos se quedaron admirados y fue

admitido con grandes honores al sacerdocio, junto con sus tres

compañeros, sin más examen. Pues, juzgaron, de sus sublimes

respuestas, que sus compañeros debían de saber tanto como él.

Así que yo responderé por ti y Dios te dará gratis todo lo que me haya

dado a mí».

4

Ese mismo día, mientras yo iba de acá para allá por la enfermería, dijo

mirándome:

«Mi pequeño Valeriano...».

(Algunas veces comparaba nuestra unión a la de santa Cecilia y Valeriano

<2>.)

Julio

1

Al mirarme, le brotaban espontáneamente comentarios como éstos:

«Seremos como dos patitos, ya sabes qué de cerca se siguen uno a otro».

«¡Qué disgusto me voy a llevar si veo a cualquier otro sentado en las

rodillas de Dios! Me pasaré todo el día llorando...».

A mi Teresita le había impresionado mucho el pasaje del Evangelio en que

Jesús niega a los hijos del Zebedeo el estar en el cielo a su derecha y a su

izquierda, y decía: «Me imagino que Dios tiene reservados esos lugares

para «dos niños»... Y esperaba que esos dos niños privilegiados fuésemos

ella y yo... (Eso es lo que explica mis reiteradas preguntas reveladoras del

temor, ¡por cierto, fundado!, de no ser nunca digna de esa merced.) La

gracia del Haec facta est mihi, acaecida unas tres semanas después de su

muerte, fue la respuesta a la siguiente pregunta íntima que le formulé de

pronto durante el Oficio de Tercia: «Teresa no me ha dicho si ha recibido el

sitio que esperaba: estar sobre las rodillas de Dios...». En ese preciso

momento el coro estaba diciendo: «Haec facta est mihi»... Y no entendía

estas palabras, cuya traducción busqué una vez terminado el Oficio:

«Haec facta est mihi»... «Esto es lo que a mi me toca...».

2

Yo había dicho que, al perderla, me volvería loca. Respondió:

«Si te vuelves loca, chacha, el «Bon_Sauveur» [el Salvador] vendrá a

buscarte» <3>.

(«Chacha» era un sobrenombre que ella me daba, con permiso de nuestra

Madre, porque yo la atendía y porque, al tener que llamarme

continuamente, la cansaba menos pronunciar ese nombre que el mío.)

3

Al ver que la madre Inés de Jesús escribía todos los preciosos dichos de

nuestro Angel, mientras que yo sólo podía anotar a toda prisa los que se

referían personalmente a mí, manifesté así mi pesar por no poder escribirlo

todo:

«Yo no hago como las otras, no tomo nota de lo que dices». Ella respondió

inmediatamente:

«Tú no lo necesitas, yo vendré a buscarte...».

(Antes de que la bajasen a la enfermería, allá por el mes de junio,

viéndome un día desolada ante la perspectiva de su cercana partida, se

dirigió al Niño Jesús y, apuntándole con el dedo en un gesto encantador, le

dijo como si quisiera leerle la cartilla:

«Jesusito, Jesusito, si me llevas a mí, tendrás que llevarte también a la

Señorita Lili (*). Estas son mis condiciones, así que mira bien lo que

haces... Nada de términos medios: o lo tomas o lo dejas.

(*) Sobrenombre familiar que se remontaba a nuestra niñez y que ella me

daba en la intimidad. Nos lo había inspirado un cuento infantil titulado «El

señor Totó y la señorita Lilí»: ella era el Sr. Totó y yo la Srta. Lilí.

4

El 22 de julio escribía yo a mi tía, la señora de Guérin:

... El otro día le leía yo a mi enfermita un pasaje sobre la bienaventuranza

del cielo (*), y me interrumpió para decirme:

«No es eso lo que me atrae...».

_ ¿Pues qué es?, le contesté.

_ «¡El amor! Amar, ser amada y volver a la tierra para hacer amar al amor»

<4>.

(esto no está en el autógrafo.)

(*) Yo estaba sentada junto a la ventana.

5

Por la noche había expectorado sangre. De tanto en tanto, con sus

modales infantiles, me enseñaba toda contenta el plato <5>. Con frecuencia,

me señalaba el borde con cierto aire de tristeza que quería decir: «yo lo

quisiera lleno hasta aquí».

Yo le contesté también tristemente:

_«¿Qué importa que haya mucho o que haya poco? El hecho en sí es ya

una señal de tu muerte...».

Y luego añadí: «¡Ay, tú tienes más suerte que yo, pues yo no tengo

ninguna señal de la mía!

Ella replicó de inmediato:

¡Sí, tienes una señal! Mi muerte es señal de la tuya...

21 de julio

Mientras cumplía mi oficio en la enfermería, ordenando la habitación, ella

me seguía con la mirada, y de pronto rompió el silencio con una frase que

nada había provocado:

«En el cielo tú te sentarás a mi lado».

Y más tarde, citando un pasaje de una hermosa poesías sobre Luis VXVII

<6>:

«Pronto vendrás conmigo

... a acunar al niño que llora,

y, en su ardiente morada,

con soplo luminoso, a renovar los soles...».

«Y después te pondré las alas azul marino de un rojo querubín... Te las

sujetaré yo misma, pues tú no vas a saber, tú te las pondrías o demasiado

bajas o demasiado altas».

24 de julio

1

Conocía multitud de historietas, y recordaba cantidad de anécdotas, de las

que se servía en el momento oportuno, lo cual hacía que su conversación

fuera muy gráfica y aguda.

«Eres un alma de buena voluntad; no temas, tienes una "perrita" que te

salvará de todos los peligros...».

(Alusión a la confesión que el demonio había hecho al P. Surin en el curso

de un exorcismo: «Salgo adelante con todo; excepto con esta perra de

buena voluntad, contra la que nada puedo»).

2

Yo le decía: «Tú eres mi ideal, y ese ideal no puedo alcanzarlo, ¡qué

horrible! Creo que no tengo lo que se necesita para ello. Soy como un niño

pequeño que no tiene conciencia de las distancias: desde los brazos de su

madre tiende la manita para coger la cortina o cualquier otro objeto..., ¡sin

darse cuenta de que están muy lejos!».

«Sí, pero en el último día, Jesús acercará su Celinita a todo lo que había

deseado, y entonces lo cogerá todo».

3 de agosto

«Tú eres pequeñita, no lo olvides, y cuando uno es pequeñito no tiene

grandes pensamientos» <7>.

4 de agosto

1

En mis primeros años de vida religiosa asistí a una verdadera destrucción

de mi naturaleza; no veía en torno a mí más que ruinas, y esto hacía que

me lamentase con frecuencia. En una de esas ocasiones, la oí cantar

(melodía) (*):

«Chacha imperfecta en la tierra,

¡serás perfecta en el cielo!» (ter).

(*) La melodía de estas dos últimas líneas es la de un canto a san José:

«José, desconocido en la tierra,

¡qué grande eres en el cielo!» (ter).

La primera estrofa de este canto comenzaba así: «Sangre noble corría por

tus venas...», y el primer verso del estribillo: «La gloria del hombre es

pasajera»).

2

Para aliviar un dolor muy fuerte que mi hermanita tenía en el hombro y en

el brazo derechos, se me ocurrió sujetar en el dosel de su cama una larga

cinta, que hice doblando una tela, dentro de la cual el brazo le quedaba

suspendido en el vacío. Este alivio no duró mucho; ella, sin embargo,

quedó muy agradecida y me dijo con cariño:

«Dios hará también colgaderos para la chacha».

3

Interrumpiendo una conversación, exclamé con tristeza, pensando en su

muerte:

«¡Yo no podré vivir sin ella!».

«Tienes razón, contestó con viveza, por eso te traeré dos» <7a> ... (alas).

4

Cuando me encontré a solas con Teresa, le dije: «Quieres que de un

huevo de gorrión salga un pájaro precioso como tú, y eso ¡es imposible!».

«Sí, pero haré un experimento de física para divertir a los santos. Cogeré

ese huevecito y diré a los santos: Fijaos bien, voy a hacer un juego de

manos:

Aquí tenéis un huevecito de gorrión; bueno, pues yo voy a hacer salir de él

un hermoso pajarito como yo.

Entonces le diré muy bajito a Dios, presentándole el huevecito, pero muy

bajito, muy bajito: «Cambia la naturaleza del huevecito soplando sobre

él...». Luego, cuando me lo devuelva, se lo daré a la Santísima Virgen y le

pediré que lo bese... Después se lo pasaré a san José y le rogaré que lo

acaricie... Y por último diré muy alto a todos los santos:

_ ¡Decid todos que queréis tanto como yo al pajarito que va a salir de este

huevecito!

Y todos los santos exclamarán: ¡Queremos tanto como tú al pajarito que va

a salir de ese huevecito!

Entonces, con aire triunfal, yo romperé el huevecito, y un precioso pajarito

vendrá a ponerse a mi lado sobre las rodillas de Dios, y todos los santos

estallaron en un alborozo imposible de describir, al oír cantar a los dos

pajaritos...».

5 de agosto

1

Sobre este pasaje del Evangelio: «Dos mujeres estarán moliendo juntas: a

una se la llevarán y a la otra la dejarán...».

«Nosotras dos llevamos juntas el negocio. Yo veré que tú no puedes moler

el trigo sola, así que vendré a buscarte... Por lo tanto, estáte en vela,

porque no sabes a qué hora vendrá tu Señor».

Me recordaba con frecuencia que éramos como dos socios. ¿Qué importa

que uno de los dos sea insolvente? Mientras no se separen, un día

participarán de los mismos beneficios.

Mi Teresita siempre me decía que en su metáfora del pajarillo que a la

puerta del nido espera al Aguila Divina <8>, y que no cesa de mirarla con

amor, no se imaginaba sola sino que allí había dos pajaritos...

2

Con dichos como éste, se esforzaba por inculcarme la pobreza de espíritu

y de corazón:

«La chacha debe mantenerse en su posición social, y no tratar nunca de

ser una gran dama».

Y como me faltaba por rezar una de las Horas Menores del Oficio divino,

me dijo con tono infantil:

«Vete a rezar Nona. Y recuerda que eres una monja muy pequeña, la

última de las monjas» <8a>.

3

_ ¡Así que vas a dejarme!

_ «¡Ni a sol ni a sombra!».

Y volviendo a mi tema favorito: «¿Crees que puedo seguir esperando estar

contigo en el cielo? Me parece imposible, es como si se hiciera concursar

a un manco para coger algo que está en lo alto de una cucaña» <9>.

Sí, pero... ¿y si hay allí un gigante que coge en brazos al manco lo levanta

muy alto y él mismo le da el objeto deseado?

Pues eso es lo que Dios hará contigo. Pero no tienes que preocuparte por

ello, basta que digas a Dios: «Sé muy bien que nunca seré digna de lo que

espero, pero te tiendo la mano como un pobre mendigo y estoy segura de

que me escucharás plenamente, ¡pues eres tan bueno...!».

8 de agosto

_ Si, una vez que te vayas, se escribe tu vida <10>, yo quisiera irme antes...,

¿lo crees?

_ «Sí, lo creo, pero no tendrás que perder la paciencia; mírame a mí que

buenecita soy, tú tendrás que hacer lo mismo».

Agosto

[estampa]

1

Mi querida hermanita, en todas las reuniones que teníamos, se esforzaba

por desasirme de mí misma y comparaba nuestra carrera a la de los dos

niños pintados en esta estampa: ella camina despojada de todo, sin llevar

encima nada más que una túnica, y sin nada en las manos, a no ser la

mano de su hermanita a la que arrastra tras de sí; ésta opone resistencia,

tiene que coger flores y cargarse con un enorme ramo que le ocupa las

dos manos...

2

Un día me contó esta historieta alegórica:

«Había una vez una «señorita» que tenía muchas riquezas de esas que

hacen al hombre injusto, y a las que daba mucha importancia.

Tenía un hermanito que no poseía nada y que, sin embargo, nadaba en la

abundancia. El niño cayó enfermo y dijo a su hermana:

_ «Señorita», si quisieras, arrojarías al fuego todas esas riquezas que no

sirven más que para crearte preocupaciones, te convertirías en mi chacha

renunciando a tu título de «señorita»; y cuando yo llegue al país

encantador al que pronto voy a ir, volveré a buscarte pues habrás vivido

pobre como yo y sin preocuparte por el día de mañana.

La «señorita» comprendió que su hermanito tenía razón, se hizo pobre

como él, se convirtió en su chacha y ya nunca más se vio atormentada por

la preocupación de aquellas riquezas perecederas que había arrojado al

fuego...

Su hermanito cumplió su palabra y vino a buscarla una vez que llegó al

país encantador en el que Dios es el Rey y la Santísima Virgen la Reina, y

los dos vivirán eternamente sobre las rodillas de Dios, pues éste es el

lugar que ellos escogieron porque, siendo tan pobres, no pudieron merecer

unos tronos...».

3

En otra ocasión, haciendo de nuevo alusión a la imagen de los dos niños,

y, además, a un ama de casa a la que no le falta de nada en los armarios,

dijo:

«Señorita demasiado rica: varios capullos de rosa, varios pájaros

cantándole al oído (*), unas enaguas, una batería de cocina, pequeños

paquetes...».

(*) Tomado de un pasaje que había leído, en el que el autor ensalzaba así

a su héroe: «Tenía un capullo de rosa en los labios y un pájaro cantándole

al oído».

4

Una noche que me vio desnudarme, sintió lástima ante la miseria de

nuestros vestidos, y sirviéndose de una expresión cómica que había oído,

exclamó:

«¡Pobre, pobre! (*) ¡Estás envuelta en cuerdas (**)! Pero no siempre vas a

estar así, ¡te lo digo yo!».

(*) Sobrenombre que me daba con frecuencia.

(*) «Torée» [dice Teresa], del latín torus = cuerda.

5

«Cuando esté en el cielo, iré a meter m`no en los tesoros de Dios y diré:

Esto para María, esto para Paulina, esto para Leonia, esto para la

chiquitita de Celina.... Y haciéndole señas a papá: «Ahora es la más

pequeña, tenemos que darnos prisa por ir a buscarla».

6

Me contó este sueño que había tenido poco antes de caer enferma:

«Tú estabas a la orilla del mar con dos personas que yo no conocía. Una

de ellas propuso dar un paseo, pero ella y su compañera eran muy avaras

y dijeron que había que alquilar un cordero en vez de un burro para

montaros las tres juntas en él. Pero cuando tú lo viste cargado con ellas

dos, dijiste que tú irías a pie.

El pobre cordero fue salvando a duras penas todos los obstáculos y, no

pudiendo más, cayó agotado bajo la carga.

Entonces, en un recodo del camino, se presentó ante ti un precioso

corderito todo blanco que se ofreció a llevarte. Y entonces comprendiste

que él te sostendría durante el viaje de la vida. Luego, el corderito añadió:

«¿Y sabes?, quiero palpitar también dentro de ti...».

Después comprendí que aquella era la recompensa por la caridad que

habías tenido con aquellas dos personas al soportarlas sin quejarte. Por

eso el mismo Jesús vino a entregarse a ti».

16 de agosto

Habiéndome levantado muy de madrugada, encontré a mi querida

hermanita pálida y desfigurada por el sufrimiento y por la angustia. Me dijo:

«El demonio ronda a mi alrededor. No lo veo, pero lo siento... Me

atormenta, me agarra como con una mano de hierro para impedirme tener

el más ligero alivio, aumenta mis dolores para que me desespere... ¡Y no

puedo rezar! Sólo puedo mirar a la Santísima Virgen y decir: ¡Jesús...!

¡Cuán necesaria es la oración de Completas: «Procul recedant somnia el

noctium fantasmata»! Líbranos de los fantasmas de la noche <12>.

Siento algo misterioso... Hasta ahora me dolía sobre todo el costado

derecho; pero Dios me preguntó si quería sufrir por ti, y yo le contesté

inmediatamente que sí... En ese mismo momento, comenzó a dolerme el

costado izquierdo con increíble intensidad... ¡Sufro por ti, y el demonio no

lo quiere!».

Profundamente impresionada, encendí un cirio bendito y poco después

recobró la calma, pero sin que se le pasara ese nuevo sufrimiento físico.

Desde entonces, llamaba al costado derecho «el costado de Teresa» y al

costado izquierdo «el costado de Celina».

20 de agosto

«Sí, vendré a buscarte, porque cuando eres buenecita, pones unos ojos

que no son para seguir viviendo en la tierra».

21 de agosto

«Cuando yo te diga: «Sufro», tú responderás: «Me alegro». Yo no tengo

valor para hacerlo, así que tú terminarás lo que quiero decir».

La opresión en aquel momento era muy fuerte, y, para ayudarse a respirar,

decía, como si desgranase un rosario: «Sufro, sufro...»; pero pronto se lo

reprochó, como si hubiera sido una queja, y me dijo eso que acabo de

escribir.

22 de agosto

«¿Señorita? Te quiero mucho, y es una delicia ser cuidada por ti».

Me había llamado para decírmelo.

24 de agosto

Hablábamos entre nosotras una especie de jerga infantil que las demás no

podían entender. Sor San Estanislao, la primera enfermera, dijo un día con

tono de admiración: «¡Qué graciosas son estas dos jovencitas con su jerga

ininteligible!».

Un poco mas tarde, yo le dije a Teresa: «Sí, ¡qué graciosas somos las dos!

Pero tú eres graciosa sola, mientras que yo sólo soy graciosa contigo».

Ella replicó vivamente:

«¡Por eso vendré a buscarte!» <13>.

31 de agosto

«¡Chacha, te quiero mucho!».

3 de septiembre

1

Estaba yo delante de la chimenea de la enfermería, yendo y viniendo para

arreglar la habitación y me desesperaba por algo que no marchaba como

yo quería... Me dijo:

«Chacha, ¡nada de inquietud de espíritu!».

2

Ese mismo día, pero no en la misma ocasión, le hice yo este comentario:

«Las criaturas nunca sabrán que nos hemos querido tanto». Me contestó:

«No vale la pena querer que lo sepan las criaturas, lo realmente importante

es que sea así...».

Y en un tono de absoluta seguridad:

«Sí, pero... porque las dos estaremos sentadas en las rodillas de Dios».

(Tenía una forma deliciosa de decir ese «sí, pero...», expresión que era

muy peculiar de ella.)

5 de septiembre

1

«¡Yo te protegeré!».

2

Yo era muy avara con los domingos, tiempo libre de que disponía para

pasar a limpio las notas que iba tomando a toda prisa en papeles sueltos.

Y dije:

«Hoy ha sido un domingo perdido. No he escrito nada en la celda» <14>.

Contestó:

«Esa es la medida de Lilí, pero no la de Jesús».

11 de septiembre

1

«Chacha, ya no eres mi chacha, eres mi nodriza..., y estás cuidando a un

bebé que está para morir».

Y volviéndose hacia la estampa que representaba a su amigo Teófano, dijo

hablándole a él:

«La chacha me cuida muy bien; así que, cuando yo esté allá arriba,

vendremos los dos a buscarla, ¿verdad?».

2

«Quiero mucho a mi chacha, pero que mucho... Por eso, cuando me vaya,

vendré a buscarla para darle gracias por haberme cuidado tan bien».

3

Mirándome con cariño:

«... ¡Pero volveré a verte y se alegrará tu corazón y nadie te quitará tu

alegría!».

16 de septiembre

1

Acababa yo de cometer una imperfección, y me dijo, abriendo unos ojos

como platos:

«¡A pesar de todo, estarás junto a mí!» <15>.

2

Conmovida hasta las lágrimas por los cuidados que le dispensaba,

exclamó:

«¡Cuánto tengo que agradecerte, mi chacha querida...! ¡Ya verás todo lo

que te voy a hacer!».

3

Temía que tuviese frío y le dije:

_ «Voy a buscarte un «alivio» (*). Pero me contestó rápidamente:

_ «No, mi alivio eres tú...».

(*) (Los «alivios» eran simples trozos de lana que la encargada de la

ropería daba junto con las ropas de invierno.)

19 de septiembre

«¡Qué dulce es mi chacha, qué bien me cuida...! ¡Yo se lo pagaré!».

21 de septiembre

«Para amarte, estoy yo; para no amarte no está Dios..., está el diablo».

23 de septiembre

«Tú no necesitas entender, eres demasiado pequeña...».

(Entender lo que Dios hace en mí.)

25 de septiembre

«Voy a morirme, esto es seguro... No sé cuándo, ¡pero es seguro!».

Septiembre

1

Un día le dije. «Nos mirarás desde lo alto del cielo, ¿no?». Entonces

respondió con total espontaneidad:

_ «No, ¡bajaré!» <16>.

2

Durante la noche me levantaba varias veces, a pesar de su insistencia en

que no lo hiciera. En una de aquellas visitas encontré a mi querida

hermanita con las manos juntas y los ojos alzados al cielo:

«¿Qué estás haciendo así? _le dije_ Deberías tratar de dormir».

_ «No puedo, sufro demasiado, así que rezo...».

_ «¿Y qué le dices a Jesús?».

_ «No le digo nada, ¡lo amo!» <17>.

3

Uno de los últimos días de su vida, en un momento de grandes

sufrimientos, me suplicó:

¡Ay, hermanita Genoveva, reza por mí a la Santísima Virgen! Si tu

estuvieses enferma, yo le rezaría mucho. Una misma no se atreve a

pedir...».

(«Una no se atreve a pedir por sí misma...», éste es el sentido.)

Y suspiró de nuevo, dirigiéndose a mí:

«¡Cuánto hay que rezar por los agonizantes! Si se supiera...» <18>.

(Yo oí estos dichos y la mayoría de los que escribió la madre Inés de

Jesús a medida que los iba pronunciando; si no los escribía, era porque

veía que ya los estaban anotando. Yo he sido testigo de todos ellos, a

excepción de los que fueron pronunciados durante el rezo de las Horas del

Oficio divino en que la madre Inés de Jesús se quedaba sola con ella.)

Para más detalles, véase también mi Deposición manuscrita <19>.

27 de septiembre

¡Chacha, mi corazón siente por ti un cariño enorme...!».

30 de septiembre

Ultimo día del destierro de mi querida Teresita...

El día de su muerte por la tarde, estando solas con ella la madre Inés de

Jesús y yo, nuestra querida santita, temblorosa y deshecha, nos llamó en

su ayuda... Le dolían terriblemente todos los músculos, y apoyando uno de

sus brazos en el hombro de la madre Inés de Jesús y el otro en el mío, se

estuvo así, con los brazos en cruz. En aquel preciso momento dieron las

tres y nos vino a la mente el pensamiento de la Jesús en la cruz: ¿no era

la pobrecita de nuestra mártir su viva imagen...?

A nuestra pregunta «¿para quién sería su última mirada?», nos había

respondido unos días antes de morir: «Si Dios me deja elegir, será para

nuestra Madre» (la madre María de Gonzaga).

Pues bien, durante su agonía, tan sólo unos minutos ante de expirar, y

pasé por sus labios encendidos un pedacito de hielo, y en ese momento

alzó los ojos hacia mí y me miró con una insistencia profética.

*

Su mirada estaba llena de cariño; tenía a la vez una expresión

sobrehumana, hecha de aliento y de promesas, como si quisiese decirme:

«¡Bueno, bueno, Celina! ¡Yo estaré contigo...!».

¿Le reveló Dios en ese momento la larga y laboriosa carrera que, por su

causa, tendría yo que recorrer aquí en la tierra, y quiso consolarme así de

mi destierro? Pues el recuerdo de esa última mirada, que todas tanto

deseábamos y que fue para mí, ese recuerdo me sigue sosteniendo y

constituye para mí una fuerza indecible.)

La comunidad allí presente estaba como en suspenso ante aquel

espectáculo grandioso. Pero de repente nuestra santita bajó los ojos

buscando a nuestra Madre, que estaba arrodillada a su lado, mientras su

mirada velada recobraba la expresión de sufrimiento que tenía antes.

Últimos dichos de nuestra querida Teresita. 30 de septiembre de 1897

«¡Sí, es el sufrimiento puro, pues no hay en él el menor consuelo! ¡No, ni el

más mínimo!

¡¡¡Ay, Dios mío!!! Sin embargo, sí, lo amo a Dios... ¡Querida Virgen

Santísima, ven en mi auxilio!

Si esto es la agonía, ¿qué será la muerte...?

¡Madre, le aseguro que el vaso está lleno hasta el borde!

¡Sí, Dios mío, todo lo que quieras..., pero ten compasión de mí!

Hermanitas... hermanitas... ¡Dios mío, Dios mío, ten compasión de mí!

¡No puedo más..., no puedo más! Sin embargo, tengo que resistir...

Estoy... estoy vencida... No, nunca hubiera creído que se pudiese sufrir

tanto..., ¡nunca, nunca!

Madre, ya no creo en la muerte para mí... ¡ya no creo más que en el

sufrimiento!

¡Y mañana será todavía peor! Bueno, ,¡pues mejor que mejor!».

Por la noche

(Nuestra Madre acababa de despedir a la comunidad, diciendo que la

agonía iba a prolongarse todavía, y nuestra santa enfermita contestó):

«Pues bien, ¡adelante, adelante! ¡No quisiera sufrir menos!».

«Sí, le amo...».

«¡Dios mío... te... amo!».

NOTAS ÚLTIMAS CONVERSACIONES CON CELINA (UC/G)

1 Cf CA 9.7.2.

2 Cf Ms A 61 vº; PN 3; Cta 149 y 161.

3 Juego de palabras con «Bon Sauveur», nombre de la casa de salud de

Caen en la que estuvo ingresado el señor Martin.

4 «Para hacer amar al Amor». Sor Genoveva tachó estas palabras y

añadió la frase : «(esto no está en el autógrafo)». El autógrafo quiere decir

su carta del 22 de julio a la señora de Guérin. Sobre este tema puede

consultarse la edición crítica de las Ultimas Conversaciones: UC, pp. 647-

649.

5 Platito que estaba en el suelo y que le servía de escupidera; cf CA

31.7.6.

6 Poesía de Víctor Hugo.

7 Sobre los «grandes pensamientos», cf Ms C 19rº/vº; Cta 89 y 141 a

Celina.

7a Teresa hace un juego de palabras con la frase de Celina: «sans elle»

(sin ella), que dice Celina, se pronuncia igual que «sans aille» (sin ala); por

eso la santa le contesta que le traerá dos (alas). N. del T.

8 Cf Ms B 4vº/5vº.

8a Nuevo juego de palabras entre «None» (Hora litúrgica de Nona) y

«nonne» (monja), que se pronuncian igual. N. del T.

9 Cf CA 8.7.7.

10 Publicando la Historia de un alma.

11 Evocación de la niñez vivida con Celina y afirmación de un destino

común, que podemos encontrar a lo largo de todos los DE/G (Ultimas

Conversaciones con Celina) (—.7.1; 12.7.4; 5.8.1; —.8.1; —7.3). Cf «las

dos gallinitas» del Ms A 9rº.

12 Cf CA 25.8.6.

13 [Teresa dice «vous cri» = «buscar»], en vez de «vous quérir».

14 En «el cuaderno», escribe en otra parte sor Genoveva.

15 Se sobreentiende: «en el regazo de Dios».

16 Cf CA 13.7.3.

17 Dicho transmitido únicamente por sor Genoveva, y publicado a partir de

HA 98 (p. 243).

18 Cf CA 25.8.6.

19 Las notas preparatorias para el Proceso Apostólico (NPPA).

ÚLTIMAS PALABRAS DE SOR TERESA DEL NIÑO JESÚS

RECOGIDAS POR SOR MARÍA DEL SAGRADO CORAZÓN

8 de julio

1

Le dije, a propósito de una novicia que la cansaba mucho: «¡Menudo

combate el que tienes con ella! ¿Te da miedo?».

_ Un soldado nunca tiene miedo al combate, y yo soy un soldado.

(Después de haber reprendido a la novicia:)

¿No he dicho que moriré con las armas en la mano <1>?

2

El «Ladrón» <2> está muy lejos, ¡se ha ido a robar a otros niños!

3

Estamos a 8 de julio, y el 9 de junio yo veía al Ladrón. Si es así como

actúa, no está a punto de robarme...

4

Me han puesto en «la cama de la mala suerte», en una cama que te hace

perder el tren.

Aludía a la madre Genoveva, que en aquella misma cama había recibido

por tres veces la Unción de los Enfermos.

9 de julio

Después de la visita del médico, que la había encontrado mejor.

¡El «Ladrón» se ha vuelto a marchar! ¡Que sea lo que Dios quiera!

12 de julio

Si tuvieras que empezar a vivir otra vez, ¿qué harías?

Haría lo mismo que he hecho <3>.

13 de julio

1

¡Si supieras cuántos proyectos he hecho y cuántas cosas haré cuando

esté en el cielo...! Comenzaré mi misión <4>...

_ ¿Y cuáles son tus proyectos?

_ Los proyectos de volver al lado de mis hermanitas, y de irme allá lejos a

ayudar a los misioneros, y además el de impedir que los niños salvajes

mueran sin bautizar.

2

Le decía yo que, cuando ella se fuera, yo ya no tendría ánimos, a mi

parecer, para dirigir a nadie una palabra, que caería en un estado de

depresión.

Eso no está de acuerdo con la ley evangélica. Hay que hacerse todo a

todos.

3

¡Alégrate, pronto te verás libre de los trabajos de la vida!

¿Yo, un soldado tan valiente?

4

¿Y que tendrá que hacer tu madrinita?

Elevarse por encima de todo lo que dicen las hermanas y de todo lo que

hacen. Tendrás que vivir como si no estuvieras en el monasterio, como si

no tuvieras que pasar aquí más que dos días. Si fuera así, te guardarías

muy bien de decir lo que te desagrada, ya que tendrías que dejarlo.

(Como estaba terminando de escribir estas palabras mientras tocaban

para la Salve:)

Sería mejor, muchísimo mejor, perderte eso, y ser fiel al toque de la

campana. ¡Si supierais qué importante es esto!

16 de julio

Si Dios me dijese: "Si mueres ahora mismo, tendrás una gloria muy

grande, pero si mueres a los 80 años tu gloria será mucho menor pero a

mí me gustará mucho más", no vacilaría en contestarle: Dios mío, quiero

morir a los 80 años, pues no busco mi gloria sino complacerte a ti.

Los grandes santos trabajaron por la gloria de Dios, pero yo, que no soy

más que un alma pequeñita, sólo trabajo por complacerle y por satisfacer

sus caprichos, y sería feliz de soportar los mayores sufrimientos _aun

cuando él no lo supiera, si eso fuese posible_, y no por darle una gloria

pasajera sino únicamente por saber que sólo con ello haría aflorar a su

labios una sonrisa <5>.

25 de julio

Inclinándome un poco, veía por la ventana el sol poniente que lanzaba sus

últimos rayos sobre la naturaleza, y la cima de los árboles aparecía toda

dorada. Y pensé: ¡Qué diferencia entre estar a la sombra o, al contrario,

exponerse al sol del amor!...! En este último caso, todo parece dorado. En

realidad, yo no lo soy, y dejaría inmediatamente de serlo si me alejase del

Amor.

28 de julio

1

Comentábamos que nos costaría mucho perder la recreación por cualquier

otra que no fuera ella. Respondió sin pensárselo dos veces:

¡Pues yo me sentiría feliz de hacer lo contrario! ¿No estamos en la tierra

para sufrir? Pues entonces, cuanto más sufrimos, más felices somos... Se

practica mucho mejor la caridad sirviendo a quien te cae menos simpático

<6>.

¡Qué mal sabemos llevar nuestros negocios en la tierra!

2

Le decía: ¡Qué felicidad morir después de haber pasado la vida en el amor!

Sí, pero también es necesario no faltar a la caridad con el prójimo.

29 de julio

Yo le decía que una cierta musiquilla de santa Marta le había dado ocasión

de merecer. Y me contestó enseguida:

¡Nada de merecer! Dar gusto a Dios... Si hubiese atesorado méritos,

habría perdido muy pronto la esperanza.

1 de agosto

No sé cómo haré para morir... Pero me abandono totalmente... ¡Que sea lo

que Dios quiera!

10 de agosto

Le decía: ¡Con todo lo que he pedido que no sufras mucho, y estás

sufriendo tanto!

Me contestó:

Le he pedido a Dios que no escuche las oraciones que puedan suponer un

obstáculo al cumplimiento de sus designios sobre mí y que haga

desaparecer todos los obstáculos que se opongan a ellos.

11 de agosto

¿O sea que no podré desahogarme con la madre Inés de Jesús?

Sólo tendrías que hacerlo en el caso en que ella tenga necesidad de

consuelo. Tú no debes hablarle nunca buscando tu consuelo mientras no

sea ella la priora. Te aseguro que esto es lo yo he hecho siempre. Por

ejemplo, nuestra Madre le había dado permiso a ella para hablar conmigo,

pero yo no lo tenía, así que no le decía nada sobre mi alma. Creo que

precisamente esto es lo que convierte la vida religiosa en un martirio. Sin

ello, sería una vida fácil y sin méritos.

15 de agosto

1

El día 13 <8>, antes de recibir la sagrada comunión, se había emocionado

mucho con el Confíteor que recitaba la comunidad. Y me dijo:

Cuando oía a todas las hermanas decir en mi lugar: Yo confieso a Dios,

Padre todopoderoso, a la Bienaventurada Virgen María y a todos los

santos, pensaba: Sí, es bueno pedir perdón a todos los santos... No puedo

explicar mis sentimientos. Dios me hace sentir así lo pequeña que soy. ¡Y

esto me hace tan feliz...!

2

Le decía: Lo que más me duele es pensar que aún vas a sufrir mucho.

Pues a mí no, porque Dios me da lo que necesito.

3

Decíamos: "Si Dios la llevase esta noche, se iría sin que nos diésemos

cuenta... ¡ ¡Cómo lo sentiríamos!

¡Y a mí que me parecería muy gracioso que hiciera eso! Sería como

robarme...

20 de agosto

Nadie sabe lo que es sufrir así... No, hay que pasar por ello...

Después de esta misma jornada, de continuos sufrimientos:

¡Ved qué bueno es Dios! Hoy no tenía fuerzas para toser, y casi no he

tosido. Ahora que estoy un poco mejor, la tos va a empezar de nuevo.

27 de agosto

Le pregunté: ¿Quieres agua helada?

_ Sí, ¡me gustaría tanto...!

_ Nuestra Madre te ha mandado pedir todo lo que necesites. Hazlo por

obediencia.

_ Ya pido todo lo que necesito.

_ ¿Y no lo que te gusta?

_ No, sólo lo que necesito. Por eso, si no tengo uvas no las pediré.

_ Un poco después de haber bebido, seguía mirando el vaso de agua. Yo

le dije: Bebe un poco.

_ No, no tengo la lengua seca <9>.

_ Cuando pienso que, estando tan enferma como estás, todavía

encuentras la manera de mortificarte...

_ ¡Y qué quieres! Si me escuchase a mí misma, estará todo el día

bebiendo.

1 de septiembre

(A propósito de la madre H. del Sagrado Corazón, a quien había que

prestarle numerosos pequeños servicios.)

¡Cómo me hubiera gustado ser su enfermera! Tal vez me hubiese costado

según la naturaleza, pero creo que la habría cuidado con mucho amor,

porque pienso en aquello que dijo Nuestro Señor: "Estuve enfermo y me

aliviasteis".

8 de septiembre

¡Ah, la Santísima Virgen...! ¡No ha venido a buscarme...!

17 de septiembre

(A propósito del cementerio):

A vosotras comprendo que os impresione un poco. ¡Pero a mí...! ¿Cómo

me va a impresionar...? Meterán en la tierra algo simplemente muerto. No

es como si estuviese en estado letárgico, eso sería cruel.

21 de septiembre

Yo deseaba oírle una palabra, algo así como se acordase del pasado y del

cariño con que yo la había rodeado en su niñez. Apenas había cruzado por

mi mente este pensamiento, cuando nos miró a la madre Inés y a mí con

los ojos llenos de lágrimas, diciendo:

¡Hermanitas..., vosotras sois las que me educasteis...!

25 de septiembre

Yo la estaba mirando con ternura.

Madrina, ¡qué preciosa eres cuando tu rostro se ilumina con un rayo de

amor...! ¡Es tan puro!

30 de septiembre

Sí, es el sufrimiento puro, pues no hay en él el menor consuelo... ¡No, ni el

más mínimo!

¡¡¡Dios mío!!! Sin embargo, sí, lo amo a Dios... ¡Querida Santísima Virgen,

ven en mi auxilio!

Si esto es la agonía, ¡qué será la muerte...!

¡Madrecita querida, te aseguro que el vaso está lleno hasta el borde!

¡Sí, Dios mío, todo lo que quieras...! ¡Pero ten compasión de mí!

Hermanitas..., hermanitas... ¡Dios mío...! ¡Dios mío, ten compasión de mí!

¡No puedo más..., no puedo más! Y sin embargo, tengo que resistir...

Estoy... estoy vencida... No, nunca hubiera creído que se pudiese sufrir

tanto... ¡Nunca! ¡Nunca!

Madre, ya no creo en la muerte para mí... ¡Creo en el sufrimiento!

¿Y mañana será todavía peor? Bueno, ¡pues mejor que mejor!

Ultimas palabras, mirando al crucifijo:

¡Sí!, lo amo...

¡Dios mío..., te amo!

NOTAS ÚLTIMAS CONVERSACIONES CON SOR MARÍA DEL

SAGRADO CORAZÓN (UC/MSC)

1 PN 48,5,11-12.

2 Cf CA 9.6.1.

3 Dicho referido en HA 98, p. 227, y en NV 12.7.3.

4 Cf CA 13.7.17.

5 Cf CA 16.7.6*.

6 Cf Ms C 13vº/14rº.

7 Cf CA 6.6.4; 31.7.4; 1.8.5; 29.9.2; 30.9.

8 En realidad el 12 de agosto.

9 Cf CA 27.8.9.

10 Cf UC p. 573s, 19.7+a.

OTROS DICHOS DE TERESA A LA MADRE INÉS DE JESÚS

Mayo

Un día que fue a Misa y comulgó, aunque acababan de quitarle un

vejigatorio, yo me eché a llorar y no pude ir a las Horas. La seguí su celda,

y siempre la veré sentada en su banquito y con la espalda apoyada en la

pobre pared de tablas. Estaba extenuada, y me miraba con expresión

triste, ¡pero tan dulce a la vez! Mis lágrimas arreciaron, y, adivinando cómo

la estaba haciendo sufrir, le pedí perdón de rodillas. Ella me respondió

simplemente:

No es demasiado sufrir a cambio de una comunión...

Pero repetir la frase es lo de menos: ¡hay que haber escuchado el acento

con que la pronunció <1>!

*

Tosía mucho aquellos días, sobre todo por la noche. Y en esos momentos

se veía obligada a sentarse en el jergón para reducir la opresión y poner

recobrar el aliento. Yo hubiera deseado que bajase a la enfermería para

poder darle un colchón, pero ella insistía tanto en que le gustaba más estar

en su celda, que la dejaron allí hasta que ya no había nada que hacer.:

Aquí no me oyen toser, no molesto a nadie _decía_, y además si me

cuidan demasiado ya no disfruto.

*

Para ponerle otro vejigatorio, la enfermera, una anciana venerable, muy

bondadosa y abnegada, la había instalado esta vez en la enfermería en un

sillón. Pero a fuerza de poner almohada tras almohada sobre el respaldo

de aquel asiento para que estuviese más blando, la pobre enfermita pronto

se encontró sentada en el borde del sillón, corriendo peligro de caerse en

cualquier momento. En lugar de quejarse, le dio efusivamente las gracias a

la buena de la hermana, y así estuvo todo el día escuchando los elogios de

las caritativas visitas que recibía: «¡Bueno, ya veo que está cómoda!

¡Cuántas almohadas tiene! ¡Bien se ve que la cuida una verdadera mamá,

etc.».

También yo caí en la trampa, hasta que una sonrisa que yo conocía muy

bien me hizo comprender..., pero ya era demasiado tarde para remediarlo.

Junio

El 9 de junio de 1897, sor María del Sagrado Corazón le decía que

después de su muerte nos quedaríamos muy tristes. Ella respondió:

No, no, ya veréis..., será como una lluvia de rosas...

Y añadió:

Después de mi muerte, iréis al buzón y allí encontraréis consuelos <2>.

*

(La madre Inés de Jesús anotó este recuerdo, que data de junio de 1897,

relativo a las botellas de leche:)

Este dibujo (descrito aquí debajo), recortado de una hoja de periódico

encontrada por casualidad, me lo trajo con una sonrisa maliciosa sor

Teresa del Niño Jesús en un momento en que yo estaba desolada porque

ella, que estaba muy enferma, no tomaba más que leche.

Era una manera de hacerme reír. Me dijo:

Mi botella de leche me sigue tan fielmente como la suya a este borracho,

de quien no se ve más que la punta del bastón, ¡fíjate!

Así de alegre era nuestra querida Santita.

(Hoja suelta manuscrita, en la que está envuelto el dibujo en cuestión. Este

representa a un perro que llega al galope, estimulado por el bastón de un

amo invisible, con una botella en la boca <2b>.

Julio

El cielo, para ella, la visión y la posesión plena de Dios. A ejemplo de

varios santos, particularmente de santo Tomás de Aquino, no aspiraba a

otra recompensa que el mismo Dios.

Recordaba las palabras de Nuestro Señor: «La vida eterna consiste en

conocerte a ti...»; y como, para ella, conocer a Dios era amarlo, podía

decir:

Una única esperanza hace latir mi corazón: el amor que recibiré y el que

yo podré dar <3>.

*

Le pedía yo explicaciones sobre el camino que decía que quería enseñar a

las almas después de su muerte.

Madre, es el camino de la infancia espiritual, el camino de la confianza y

del total abandono. Quiero enseñarles los medios tan sencillos que a mí

me han dado tan buen resultado, decirles que aquí en la tierra sólo hay

que hacer una cosa: arrojarle a Jesús las flores de los pequeños

sacrificios, ganarle a base de caricias. Así le he ganado yo, y por eso seré

tan bien recibida <4>.

Agosto

Una noche, en la enfermería, se sintió animada a confiarme sus penas

más que de costumbre. Nunca se había desahogado sobre ese tema de

esa manera. Hasta entonces yo sólo conocía su prueba muy vagamente.

¡Si supieras _me dijo_ qué espantosos pensamientos me asedian! Pide

mucho por mí para que no escuche al demonio que intenta convencerme

de tantas mentiras. Se impone a mi espíritu el razonamiento de los peores

racionalistas: más adelante, la ciencia, al hacer nuevos e incesantes

progresos, lo explicará todo de manera natural, descubriremos la razón

absoluta de todo lo que existe y que hoy aún constituye para nosotros un

problema, pues quedan todavía muchas cosas por descubrir..., etc., etc.

Quiero hacer el bien después de mi muerte, ¡pero no podré! Pasará como

con la madre Genoveva: esperábamos verla hacer milagros, y un completo

silencio cayó sobre su tumba...

Madrecita, ¿por qué se han de tener tales pensamientos cuando se ama

tanto a Dios?

En fin..., ofrezco estos tormentos tan grandes para alcanzar la luz de la fe

a los pobres incrédulos y por todos los que viven alejados del credo de la

Iglesia.

Y añadió que nunca discutía con esos pensamientos tenebrosos:

Los sufro a la fuerza _dijo_, pero mientras los sufro no ceso de hacer actos

de fe <5>.

*

En el Carmelo he sufrido de frío hasta morir.

Me extrañó orla hablar así, pues en invierno su porte no revelaba en

absoluto su sufrimiento. Nunca, ni durante los fríos más intensos, la vi

frotarse las manos o caminar más ligera o más encorvada que de

costumbre, como se hace tan espontáneamente cuando se tiene frío <6>.

*

Durante este período de su enfermedad, ¡cuántas veces debió de hacer

sonreír a Dios con su paciencia! ¡Qué sufrimientos tuvo que soportar! A

veces se quejaba como un pobre corderito al que están inmolando:

Madre _me dijo un día_, cuando tengas enfermas víctimas de tan violentos

dolores, ten mucho cuidado con no dejar cerca de ellas medicamentos que

contengan veneno. Te aseguro que, cuando se llega a este grado de

sufrimiento, basta un solo momento para perder la razón. Y entonces es

muy fácil envenenarse <7>.

Septiembre

Un día, la madre priora le hablaba al doctor, en su presencia, de la compra

que acabábamos de hacer de un nuevo terreno en el cementerio de la

ciudad, porque ya no quedaba lugar en el antiguo. Añadió que, en

adelante, las fosas se excavarían lo suficientemente hondas como para

poder sobreponer en ellas tres féretros.

Sor Teresa del Niño Jesús dijo riendo:

¿Entonces seré yo quien estrene ese nuevo cementerio?

El doctor, asombrado, le dijo que no pensase aún en su inhumación.

Sin embargo, es un pensamiento muy alegre _respondió ella_. Pero me

preocupa que el pozo sea tan profundo, pues podría ocurrirles alguna

desgracia a los que tengan que bajarme.

Y prosiguió en son de broma:

Ya me parece estar oyendo a un sepulturero que grita: ¡No tires tanto por

aquí de la cuerda!, y a otro que le responde: ¡Tira de allá! ¡Eh, cuidado!

¡Bueno, ya está! Echan tierra sobre mi féretro y todos se van.

Cuando se marchó el Sr. de Cornière, yo le pregunté si de verdad no le

impresionaba la idea de que la iban a meter tan profundamente en la tierra.

Me contestó, con aire de extrañeza:

¡No te entiendo! ¿Por qué me a impresionar? Ni siquiera sentiría la menor

repulsión si supiese que iba a ser echada en la fosa común.

SOR GENOVEVA

Junio

Durante su enfermedad, había acompañado a la comunidad con gran

dificultad a la ermita del Sagrado Corazón, y se había sentado mientras

entonábamos un canto. Una hermana le hizo señas de que se uniese al

coro. Estaba agotada y no podía tenerse de pie. Sin embargo, se levantó

enseguida, y como yo la critiqué por ello después de la reunión, me dijo

simplemente:

He cogido la costumbre de obedecerlas a todas como si fuese Dios quien

me manifestase así su voluntad <9>.

*

En el curso del año 1897, sor Teresa del Niño Jesús me dijo, mucho antes

de caer enferma, que esperaba morir ese año. He aquí la razón que me

dio en el mes de junio: cuando se sintió presa de una tuberculosis

pulmonar:

Ya ve _me dijo-, Dios va a llevarme a una edad en que no habría tenido

tiempo de ser sacerdote... Si hubiera podido ser sacerdote, habría recibido

las sagradas Ordenes en este mes de junio, en esta ordenación. Pues

bien, para que no tenga ningún pesar, Dios ha permitido que me encuentre

enferma, así que no habría podido acudir a la ordenación y moriría antes

de ejercer el ministerio <10>.

Julio

Una hermana le decía que podría tener una hora de temor antes de morir,

para expiar sus pecados.

¡El temor de la muerte para expiar mis pecados...! ¡Eso no tendría más

eficacia que un poco de agua cenagosa! Por eso, si llego a tener esos

temores, los ofreceré a Dios por los pecadores, y como será un acto de

caridad, ese sufrimiento será para los demás mucho más eficaz que el

agua. A mí lo único que me purifica es el fuego del amor de Dios <11>.

*

Un día, después de la comunión.

Era como si hubiesen puesto juntos a dos niñitos, y los niñitos no se

dijesen nada el uno al otro. Sin embargo, yo Le dije algunas cosillas, pero

él no me contestó; seguro que estaba dormido.

*

Cuando esté muerta, no diré nada, no daré ningún consejo. Si me colocan

del lado izquierdo o del derecho, no ayudaré. Dirán: está mejor de este

lado; hasta podrán poner fuego cerca de mí, yo no diré nada.

*

(Un día en que se encontraba delante de una biblioteca)

_ ¡Cómo me pesaría haber leído todos esos libros!

_ ¿Por qué? Haberlos leído sería una riqueza que habrías adquirido.

Entiendo que resulte pesado leerlos, pero no el haberlos leído.

_ Si los hubiese leído, me habría roto la cabeza y habría perdido un tiempo

precioso que hubiese podido emplear sencillamente en amar a Dios...

*

_ Me encuentro en un estado de ánimo en que me parece que ya no sé ni

pensar.

_ No importa, Dios conoce tus intenciones. Cuanto más humilde seas,

tanto más feliz serás.

*

Una vez, en que sonó el reloj y yo no me movía del sitio con la suficiente

rapidez, me dijo:

Vete a tu obligación...

Y corrigiéndose:

No, a tu amor.

Y en otra ocasión yo le decía: Tengo que trabajar, porque, si no, Jesús se

pondría triste. Y ella me respondió:

No, no, tú te pondrías triste. El no puede entristecerse por nuestras

componendas. ¡Pero qué pena la nuestra, de no darle todo lo que

podemos!

*

Cuando se presentaban las hemorragias, se alegraba, pensando que

estaba derramando su sangre por Dios:

No podía ser de otra manera _decía_, yo sabía que tendría el consuelo de

ver derramada mi sangre, pues muero mártir de amor.

*

En otra ocasión le decía: Ya que querías ir a Saigón, tal vez cuando estés

el cielo iré yo en tu lugar para completar tu labor, y entre las dos

realizaremos una obra perfecta.

Si algún día vas allá, no pienses que es para completar nada. No hace

ninguna falta. Todo está bien, todo es perfecto, todo está consumado, sólo

cuenta el amor... Si vas allá, será por un capricho de Jesús, nada más. No

pienses que será una obra útil, será un capricho de Jesús <12>.

SOR MARÍA DEL SAGRADO CORAZÓN

Mayo

La enfermera le había aconsejado darse todos los días un paseíto de un

cuarto de hora por la huerta. Yo me la encontré caminando penosamente

y, por así decirlo, al límite de sus fuerzas. "Harías mucho mejor

descansando _le dije_; en las condiciones en que estás, este paseo no

puede hacerte ningún bien; te estás agotando, y basta.

Es verdad _me contestó_, ¿pero sabes lo que me da fuerzas? Pues

camino por un misionero. Pienso que allá lejos, muy lejos, tal vez alguno

de ellos esté agotado en sus correrías apostólicas, y para aminorar sus

fatigas ofrezco yo las mías a Dios <13>.

Julio

Su gran sufrimiento en el Carmelo fue el no poder comulgar todos los días.

Un poco antes de su muerte decía a la madre María de Gonzaga, la cual

tenía miedo a la comunión diaria:

Madre, cuando esté en el cielo le haré cambiar de opinión.

Y así sucedió. Después de la muerte de la Sierva de Dios, el Sr. capellán

nos dio la sagrada comunión todos los días, y la madre María de Gonzaga,

en lugar de rebelarse como antes, se sentía muy dichosa.

*

Un día le decía yo: ¡Si fuese yo la única que va a sufrir con tu partida...!

¿Pero cómo voy a poder consolar a la madre Inés de Jesús, que te quiere

tanto?

Estáte tranquila _me dijo_, no tendrá tiempo para pensar en su sufrimiento,

pues estará ocupada conmigo hasta el fin de su vida, y no podrá dar

abasto con todo <15>

*

Hacia el mes de agosto de 1897, unas tres semanas antes de su muerte,

yo estaba junto a su lecho con la madre Inés de Jesús y sor Genoveva. De

pronto, sin que ninguna conversación provocara esta frase, nos miró con

una expresión celestial y nos dijo muy claramente:

Sabéis bien que estáis cuidando a una pequeña santa...

Interrogata a R.D. Judice Vicario Generali an Serva Dei aliquam hujusce

sermonis explicationem vel correctionem addiderit? _ Respondit:

Quedé muy emocionada ante esas palabras, como si hubiese oído a un

santo predecir lo que acontecería después de su muerte. Dominada por

esa emoción, me alejé un poco de la enfermería, y no recuerdo haber oído

nada más.

SOR MARÍA DE LA EUCARISTÍA

11 de Julio

Cuando tengas tentaciones contra la caridad, te aconsejo que leas este

capítulo de la Imitación: «De cómo se han de soportar los defectos

ajenos». Verás cómo tus tentaciones se desvanecen. Siempre me ha

ayudado mucho; es muy bueno y muy verdadero <17>.

18 de julio

Le pedía que, cuando estuviera en el cielo, me alcanzara muchas gracias,

y me respondió:

Cuando esté en el cielo, haré muchas cosas, grandes cosas... Es

imposible que no sea Dios mismo quien me da este deseo, ¡y estoy segura

de que me escuchará! Y además, cuando esté allá arriba, te seguiré de

cerca...

Y como le dijese que a lo mejor me daba miedo:

¿Te da miedo el ángel de la guarda...? Sin embargo, te sigue de continuo.

Bueno, pues yo te seguiré lo mismo, ¡y mucho más de cerca todavía!, no

te dejaré pasar ni una...

Julio

Siempre que se razona un poquito sobre lo que dice la madre priora, se le

da a Dios un poquito de pena; y se le da mucha pena cuando se razona

mucho, aunque sea interiormente.

2 de agosto

No encuentro ningún placer natural en que me quieran y me mimen, pero

lo encuentro muy grande en que me humillen. Cuando hago alguna

tontería que me humilla y me hace ver lo que soy, entonces sí que siento

un placer natural y experimento una verdadera alegría, como la que tú

experimentarás cuando te sientes amada.

11 de septiembre

Tendrías que hacerte muy dulce: nunca palabras duras, tono duro, nunca

adoptes una expresión dura. Sé siempre dulce.

Por ejemplo, ayer le diste un disgusto a sor XXX; un momento después,

otra hermana hizo lo mismo. ¿Y qué pasó...? ¡Pues que acabó llorando...!

Si tú no la hubieses tratado con dureza, habría aceptado mejor el segundo

disgusto, que le hubiera pasado desapercibido. Pero dos disgustos tan

seguidos la sumieron en un estado de tristeza muy grande; mientras que si

tú hubieses sido tierna con ella, nada de eso habría ocurrido.

*

Un día me hizo prometer que sería santa. Me preguntó si hacía progresos,

y yo le contesté: Te prometo ser santa cuando tú te hayas ido al cielo; en

ese momento pondré manos a la obra con toda el alma.

No, no esperes hasta entonces _me contestó_. Comienza ahora mismo. El

mes que precedió a mi entrada en el Carmelo se me ha quedado grabado

como un dulce recuerdo. Al principio, me decía a mí misma, como tú

ahora: «Seré santa cuando esté en el Carmelo; mientras tanto, no pienso

molestarme». Pero Dios me hizo ver el valor del tiempo, e hice todo lo

contrario de lo que pensaba. Quise prepararme para entrar, siendo muy

fiel. Y fue ése uno de los meses más hermosos de mi vida.

Créeme, nunca esperes a mañana para empezar a ser santa.

SOR MARÍA DE LA TRINIDAD

Abril

Me contó la siguiente anécdota, que ocurrió cinco meses antes de su

muerte:

Una tarde, vino la enfermera a ponerme una botella de agua caliente a los

pies y tintura de yodo en el pecho. Yo estaba consumida por la fiebre y una

sed ardiente me devoraba. Mientras soportaba esos remedios, no pude por

menos de quejarme a Nuestro Señor: «Jesús mío, le dije, tú eres testigo

de que estoy ardiendo, ¡y encima me traen calor y fuego! ¡Si en vez de

todo eso, me diesen medio vaso de agua...! ¡Jesús mío, tu hijita tiene

mucha sed! Pero, no obstante, se siente feliz de encontrar la ocasión de

que le falte lo necesario, a fin de parecerse más a ti y salvar almas». Al

poco, me dejó la enfermera, y yo ya no contaba con volverla a ver hasta el

día siguiente por la mañana, cuando, con gran sorpresa de mi parte, volvió

pocos minutos después trayéndome una bebida refrescante... ¡Qué bueno

es nuestro Jesús! ¡Y qué dulce confiar en él! <18>.

Mayo

Ayer, el canto de la «Rosa deshojada» me trajo a la memoria un grato

recuerdo. La madre María Enriqueta, del Carmelo de París, avenida de

Mesina, me había pedido que pidiera a santa Teresa del Niño Jesús que le

compusiese una poesía sobre este tema. Como el tema respondía a los

sentimientos de nuestra querida santa, puso en ello toda el alma. La madre

Enriqueta quedó muy contenta; únicamente me escribió diciéndome que le

faltaba una última estrofa explicando que, a la hora de la muerte, Dios

recogerá esos pétalos deshojados para formar con ellos una rosa preciosa

que brillará por toda la eternidad. Entonces sor Teresa del Niño Jesús me

dijo:

Que esa buena Madre haga ella misma esa estrofa como quiera, pues yo

no me siento inspirada en absoluto para hacerlo. Mi deseo es ser

deshojada por siempre jamás, para alegrar a Dios. ¡Y punto... <19>!

Junio

Tengo siempre presentes los tres largos meses de agonía de nuestro

Angel (...) Tenía prohibición de hablarle, bajo el pretexto de que, al ser

joven, ¡podía contraer su enfermedad! (Sin embargo, yo estaba segura de

todo lo contrario, pues sor Teresa del Niño Jesús me había asegurado que

nadie cogería su enfermedad, que así se lo había pedido a Dios.) Las

noticias sobre su salud eran cada día más tristes; yo me ahogaba de

pena... Un día que salí a tomar el aire a la huerta, la vi en su coche de

enferma, debajo de los castaños. Estaba sola, y me hizo señas de que me

acercase: "No, le dije, pueden vernos, y no tengo permiso". Entré en la

ermita de Santa Faz, donde me eché a llorar. Al levantar la cabeza, vi con

sorpresa a mi hermanita sor Teresa del Niño Jesús sentada en un tronco

de árbol a mi lado. Me dijo:

Yo no tengo prohibido acercarme a ti, y aunque tuviese que morir, quiero

consolarte.

Me secó las lágrimas, apoyando mi cabeza sobre su pecho. Le supliqué

que volviera al coche, pues estaba temblando de fiebre:

Sí, pero antes tienes que sonreírme.

Lo hice inmediatamente, por miedo a que se pusiese peor, y la ayudé a

llegar hasta el coche <20>.

*

Yo sentía mucha pena de verla enferma, y le repetía con frecuencia: «¡Qué

triste es la vida!». Pero ella me corregía inmediatamente, diciendo:

¡La vida no es triste! Al contrario, es muy alegre. Si dijeses: «El destierro

es triste», te entendería. Se comete un error al dar el nombre de vida a lo

que tiene que acabar. Sólo se puede dar de verdad ese nombre a las

cosas del cielo, a lo que nunca jamás morirá; y bajo este aspecto, la vida

no es triste, es alegre, muy alegre <21>.

Julio_agosto

Un día de fiesta, en el refectorio, se habían olvidado de ponerme el postre.

Después de comer, fui a la enfermería, a ver a sor Teresa del Niño Jesús,

y al encontrar allí a mi vecina de mesa, le di a entender bastante

sutilmente que se habían olvidado de mí. Cuando me oyó sor Teresa del

Niño Jesús, me obligó a que fuera yo misma a decírselo a la hermana

encargada del refectorio, y como yo le suplicaba que no me obligase a

eso:

No, _me dijo_, ésa será tu penitencia, no eres digna de los sacrificios que

Dios te pide. El te pedía que te privaras del postre, pues fue él quien

permitió que se olvidaran de ti. Te creía suficientemente generosa para

hacer ese sacrificio, ¡y tú has defraudado sus esperanzas viniendo a

reclamarlo!

Puedo decir que la lección dio frutos y que me curé para siempre de querer

volver a las andadas <22>.

Agosto

Esto me trae a la memoria el recuerdo de un momento de intimidad con mi

hermanita sor Teresa del Niño Jesús. Fue, poco más o menos, un mes

antes de su muerte. Toda la comunidad estaba triste, y yo ciertamente no

le iba a la zaga a nadie en la pena. Fui a verla a la enfermería y descubrí al

pie de la cama un gran balón rojo que habían traído para que se

entretuviese. Aquel balón me despertó las ganas de jugar, y no pude por

menos de decirle: «¡Cómo me gustaría jugar con él!». Ella sonrió, pero

como su debilidad era tan grande que no podía soportar el menor ruido,

me dijo:

Ponte detrás de mí mientras no haya nadie, y juega con él; yo cerraré los

ojos para que el ruido no me aturda.

Cogí encantada el balón, y le sacaba tanto gusto al juego, que Teresita

parpadeaba una y otra vez por verme sin aparentarlo y no podía contener

la risa. Entonces le dije: «¡No soporto estar triste tanto tiempo! ¡Ya no

puedo más! Me vienen tentaciones de distraerme, ganas de jugar a la

trompa que me regalaste por Navidad; pero si alguien me ve, es capaz de

escandalizarse y de decir que no tengo corazón».

No, no _me respondió_, yo misma te mando coger la trompa e ir a jugar

durante una hora en el desván del noviciado. Allí nadie te oirá, y si alguien

se da cuenta le dirás que te lo he mandado yo. Vete ya, me gusta mucho

pensar que vas a divertirte <23>.

*

Cuando esté en el cielo _me dijo_, tendréis que llenar a menudo mis

manos de oraciones y de sacrificios, para darme el gusto de arrojarlos en

lluvia de gracias sobre las almas <24>.

Septiembre

Ocho días antes de su muerte, yo había estado llorando durante toda la

recreación de la noche, pensando en su próxima partida. Ella se dio cuenta

y me dijo:

Has estado llorando. ¿Lo has hecho en la concha <25>?

No podía mentirle..., y mi confesión la entristeció. Continuó:

Me voy a morir, y no me quedaré tranquila respecto a ti si no me prometes

que vas a seguir fielmente mi consejo. Lo considero de capital importancia

para tu alma.

No tuve más remedio que rendirme, y le di mi palabra, pidiéndole sin

embargo, como una gracia, permiso para llorar libremente su muerte <26>.

*

El día de su muerte, después de Vísperas, fui a la enfermería, donde

encontré a las Sierva de Dios sosteniendo, con ánimo invencible, las

últimas luchas de la más terrible agonía. Tenía las manos completamente

amoratadas, las juntaba angustiosamente y exclamaba con una voz que la

sobreexcitación de un intenso sufrimiento hacía clara y fuerte:

¡Dios mío..., ten compasión de mí...! ¡María, venid en mi ayuda...! ¡Ay, Dios

mío, cuánto sufro...! El cáliz está lleno... ¡Lleno hasta los bordes...! ¡Nunca

voy a saber morir...!

_ ¡Animo!, le dijo nuestra Madre, estás llegando al final. Un poco más y

todo habrá terminado.

_ ¡No, Madre, todavía no ha terminado...! Estoy segura de que seguiré

sufriendo así durante meses.

_ Y si fuera la voluntad de Dios dejarte así un largo tiempo en la cruz, ¿lo

aceptarías?

Con un acento de extraordinario heroísmo contestó:

¡Lo acepto!

Y su cabeza volvió a caer sobre la almohada con una expresión tan

tranquila y resignada, que no podíamos contener las lágrimas. Era

exactamente idéntica a una mártir a la espera de nuevos suplicios. Yo

abandoné la enfermería, incapaz de soportar por más tiempo tan doloroso

espectáculo. Ya sólo volví con la comunidad para los últimos momentos, y

fui testigo de su hermosa y prolongada mirada extática en el momento en

que murió, el jueves 30 de septiembre de 1897 a las 7 de la tarde <27>.

SOR TERESA DE SAN AGUSTÍN

Junio

_ Dime si has tenido luchas interiores.

_ Pues sí, las he tenido. Tenía un temperamento nada fácil; no lo parecía,

pero yo lo sabía muy bien. Y puedo asegurarle que no he pasado un solo

día sin sufrir, ni uno solo.

_ Pues creen que no los has tenido.

_ ¡Ay, los juicios de las criaturas! Si no ven, no creen <28>.

*

_ Hay hermanas que piensan que sufrirás los espantos de la muerte.

_ Todavía no han llegado. Si llegan, los soportaré; pero si los sufro, no

bastarán para purificarme, no pasarán de ser una simple lejía... Lo que

necesito es el fuego del amor <29>.

SOR MARÍA DE LOS ÁNGELES

La madre Inés de Jesús le decía, un día en que la comunidad estaba

reunida en torno a su lecho: «¿Y si arrojaras flores a la comunidad?».

No, mamaíta _respondió_, no me pidas eso, por favor; no quiero arrojar

flores a las criaturas. Quiero, sí, arrojárselas a la Santísima Virgen y a san

José, pero no a las demás criaturas <30>.

*

Algunos días antes de la muerte de la Sierva de Dios, habían llevado la

cama, que tenía ruedas, al claustro.

Sor María del Sagrado Corazón, jardinera del patio, que estaba a su lado,

le dijo: «Mira este retoño de rododendro que se está muriendo, voy a

arrancarlo».

Sor María del Sagrado Corazón _le contestó, con voz lastimera y

suplicante_, no te entiendo... Te pido por mí, que voy a morir, que

perdones la vida a ese pobre rododendro.

Tuvo que seguir insistiendo, pero su deseo fue respetado <31>.

SOR AMADA DE JESÚS

En los últimos días de septiembre de 1897, en que la debilidad de nuestra

querida Santa no le permitía ya moverse, tuvimos que colocarla

momentáneamente en una cama provisoria, para arreglar su cama de

enferma. Viendo el apuro de las enfermeras, que temían hacerle daño,

dijo:

Creo que sor Amada de Jesús podría cogerme fácilmente en brazos. Es

alta y fuerte, y muy tierna con las enfermas.

Llamamos, pues, a la hermana, que levantó a la santa enfermita como si

fuese una ligera carga, sin darle la menor sacudida. En aquel momento,

con los brazos alrededor de su cuello, nuestro ángel le dio las gracias con

tal sonrisa de cariñosa gratitud, que la hermana no olvidó nunca aquella

sublime sonrisa. Y hasta llegó a ser para ella una especie de

compensación por el pesar que sintió de haber sido la única que no oyó la

campana de la enfermería que convocaba a las hermanas en el momento

supremo de la muerte más bella que jamás se vio en el Carmelo de Lisieux

<32>.

ANÓNIMO

Le preguntaban bajo qué nombre habría que invocarla cuando estuviese

en el cielo.

Me llamaréis Teresita, respondió humildemente <33>.

NOTAS A OTRAS CONVERSACIONES DE TERESA

1 Este texto y los dos siguientes figuran en los Cuadernos verdes, en los

días 21/26 de mayo; cf UC II, p. 42 y 44.

2 PA p. 199 (UC p. 371).

2ª UC p. 382.

3 NPPA Esperanza del cielo (UC II, p. 516).

4 Novissima Verba, 17 de julio (UC II, p. 179-180).

5 NPPA, Su prueba contra la fe (UC p. 449).

6 NPPA, Templanza (UC p. 459).

7 Cuadernos verdes, 30 de agosto (UC II, p. 374).

8 NPPA, Humildad. Un ejemplo de su desprecio de sí misma (UC p. 573s).

9 PA p. 306.

10 PO p. 305 (UC p. 539s, Varia 4).

11 Para la fuente de este texto y de los seis siguientes, cf UC p. 514, Varia

3 y 5 (texto en p. 536-540).

12 CMG II p. 73 (UC II, p. 592).

13 Cf UC p 554, Varia 2 (el texto, p. 565).

14 PO p. 249 (UC p. 372).

15 NPPO 1908, p. 14 (UC p. 572).

16 PA p. 245 (UC p. 566).

17 Cf UC p. 697.

18 NPPA (Cuaderno rojo, pp. 21-22; cf UC p. 702s..

19 Billete de sor María de la Trinidad a la madre Inés de Jesús, del 17 de

enero de 1935.

20 Carta a la madre Inés de Jesús, del 27 de noviembre de 1934 (UC p.

699).

21 Histoire d'une âme, 1907, p. 296 (UC p. 700).

22 NPPA (Cuaderno rojo, p. 48); UC p. 700.

23 Carta a la madre Inés de Jesús, Viernes Santo 1906 (UC p. 700s).

24 NPPA (Cuaderno rojo, p. 102); UC p. 506.

25 Una concha de mejillón que Teresa utilizaba para sus trabajos de

pintura. Había mandado a su novicia, sor María de la Trinidad, que cada

vez que le vinieran ganas de llorar recogiera en ella las lágrimas.

26 Conseils et Souvenirs, de la Histoire d'une âme, 1899, pp. 280-281 (UC

p. 701).

27 PO p. 472 (UC II, p. 581s).

28 Souvenirs d’une sainte amitié, p. 12; UC p. 706.

29 Ibid. (UC p. 354).

30 PO p. 415 (UC p. 708).

31 Hojas sueltas añadidas al NPPA (UC p. 466s).

32 Circular de sor Amada de Jesús, 17 de enero de 1930; cf PO p. 573 y

PA p. 408 (UC p. 481s).

33 Conseils et Souvenirs , de la Histoire d'une âme, 1953, p. 248.