[¿?] página principal

 

Dudas y textos

Recursos para la formación católica 

 

Página principal de Dudas y textos

Preguntas y dudas

Quiénes somos

Mi blog

   

Benedicto XVI

 Juan Pablo II

Clásicos de espiritualidad

Obras actuales variadas

Sobre el Opus Dei

 Oraciones y Biblia

Más magisterio de la Iglesia y Teología

Recursos formativos

Noticias

Citas escogidas

Imágenes

Enlaces

 

 

 

 

ÚLTIMAS CONVERSACIONES

SANTA TERESA DE LISIEUX

 

EL «CUADERNO AMARILLO» DE LA MADRE INÉS (del 6 de abril de 1897 al 30 de septiembre)

ÚLTIMOS DICHOS DE TERESA A CELINA (del 12 de julio de 1897 al 30 de septiembre)

Últimos dichos de nuestra querida Teresita  (30 de septiembre de 1897, por la noche)

ÚLTIMAS PALABRAS DE SOR TERESA DEL NIÑO JESÚS RECOGIDAS POR SOR MARÍA DEL SAGRADO CORAZÓN

OTROS DICHOS DE TERESA A:

LA MADRE INÉS DE JESÚS

SOR GENOVEVA

SOR MARÍA DEL SAGRADO CORAZÓN

SOR MARÍA DE LA EUCARISTÍA

SOR MARÍA DE LA TRINIDAD

SOR TERESA DE SAN AGUSTÍN

SOR MARÍA DE LOS ÁNGELES

SOR AMADA DE JESÚS

 

SISTEMA DE REFERENCIAS

Cada uno de los dichos de una misma jornada irá numerado con 1. 2.

etc. antes del texto de cada dicho. En el caso de un solo dicho en una

jornada, no se pondrá esta numeración. Ejemplos (para el Cuaderno

amarillo):

CA 12.7.3 indica el tercer dicho del 12 de julio;

CA 10.6 indica el único dicho del 10 de junio.

 

EL «CUADERNO AMARILLO» DE LA MADRE INÉS

Dichos recogidos durante los últimos meses de nuestra santa Teresita

Sor Inés de Jesús

c.d.i.

6 de abril de 1897

6.4.1

Cuando no se nos comprende o se nos juzga desfavorablemente, ¿a qué

defendernos o dar explicaciones? Dejémoslo pasar, no digamos nada, ¡es

tan bueno no decir nada, dejarse juzgar, digan lo que digan...! En el

Evangelio no vemos que santa María Magdalena haya dado explicaciones

cuando su hermana la acusaba de estarse a los pies de Jesús sin hacer

nada. No dijo: «¡Si supieras, Marta, lo feliz que soy, si escucharas las

palabras que yo escucho! Además, es Jesús quien me ha dicho que me

esté aquí». No, prefirió callarse. ¡Venturoso silencio, que da al alma tanta

paz <1>!

6.4.2

«Que la espada del espíritu, que es la palabra de Dios, esté siempre en

nuestra boca y en nuestros corazones». Cuando nos encontremos con un

alma poco agraciada, o nos desanimemos, no la abandonemos nunca.

Tengamos siempre en la boca «la espada del espíritu» para reprenderle

sus faltas, no dejemos pasar las cosas por conservar nuestra paz,

luchemos siempre, aun sin esperanzas de ganar la batalla. ¿Qué importa

el triunfo? Lo que Dios nos pide es que no nos detengamos por las fatigas

de la lucha, que no nos desanimemos diciendo: «¡Peor para ella! No se

puede conseguir nada, hay que dejarla por imposible». No, eso es

cobardía, hay que cumplir con el deber hasta el final <2>.

6,4,3*

¡Qué importante es no hacer juicios sobre nada aquí en la tierra! Mirad lo

que me sucedió, hace algunos meses <3>, en la recreación. Fue una

nadería, pero me enseñó mucho:

Sonaron dos golpes de campana, y, como la depositaria <4> estaba

ausente, sor Teresa de San Agustín necesitaba de una tercera <5>.

Ordinariamente resulta enojoso hacer de tercera, pero en esa ocasión más

bien me atraía porque había que abrir la puerta para recibir unas ramas de

árbol para el belén.

Sor María de San José estaba a mi lado, e intuí que compartía mi deseo

infantil. «¿Quién me va a servir de tercera?», dijo sor Teresa de San

Agustín. Inmediatamente me puse a desatarme el delantal, pero

lentamente con el fin de que sor María de San José estuviese lista antes

que yo para cubrir la plaza, como ocurrió. Entonces sor Teresa de San

Agustín dijo, riéndose y mirándome a mí: «Seguro que va a ser sor María

de San José quien añadirá esta perla a su corona. ¡Vuestra Caridad <6> iba

demasiado lentamente!». Yo sólo contesté con una sonrisa y volví a mi

trabajo, pensando en mi interior: «¡Qué diferentes, Dios mío, son tus juicios

a los de los hombres! Por eso nosotros nos equivocamos muchas veces

en la tierra, tomando por imperfección en nuestras hermanas lo que es

mérito ante tus ojos».

7 de abril

7.4

Le preguntaba de qué manera moriría yo, haciéndole ver mis aprensiones.

Me contestó, con una sonrisa llena de ternura:

«Dios te absorberá como a una gotita de rocío...» <7>.

18 de abril

18.4.1

Acababa de confiarme ciertas humillaciones muy penosas que le habían

infligido algunas hermanas.

Dios me proporciona así todos los medios para permanecer muy pequeña;

pero eso es lo que hace falta. Yo estoy siempre contenta. Me las arreglo,

aun en medio de la tempestad, para mantenerme en una gran paz interior.

Si me hablan de disensiones entre las hermanas, yo procuro no excitarme

a mi vez contra ésta o contra aquélla. Necesito, por ejemplo, sin dejar de

escuchar, mirar por la ventana y gozar interiormente de la vista del cielo,

de los árboles... Hace poco, durante mi conflicto con sor X, yo miraba con

gran placer cómo retozaban las hermosas picazas en el prado, y me sentía

tan en paz como en la oración... He discutido mucho con..., estoy muy

cansada pero no temo la guerra. Es voluntad de Dios que luche hasta la

muerte. ¡Madrecita, reza por mí!

18.4.2

Cuando rezo por ti, no digo el Padrenuestro o el Avemaría; digo

simplemente, en un arranque del corazón: «Dios mío, colma a mi

Madrecita de toda clase de bienes, ámala aún más si puedes».

18.4.3

Era yo todavía muy pequeña cuando nuestra tía ame dio a leer un cuento

que me extrañó mucho. Pues en el se alababa a una directora de

internado porque sabía salir airosamente de cualquier apuro, sin herir a

nadie. Me fijé sobre todo en esta frase: «A ésta le decía: tú no tienes la

culpa; a aquélla: tienes razón!». Yo pensaba para mí: eso no está bien.

Aquella directora no debería haber tenido miedo de nada y tendría que

haber dicho a las niñas que habían actuado mal, cuando era así.

Hoy no he cambiado de opinión. Me cuesta mucho actuar así, lo confieso,

pues siempre lo más fácil es echar la culpa a los ausentes, y eso aplaca

enseguida a la que se lamenta. Sí, pero... <8> yo hago todo lo contrario. Si

no me quieren, ¡peor para ellas! Yo digo siempre toda la verdad; si no

quieren saberla, que no vengan a buscarme.

18.4.4.

No hay que dejar que la bondad degenere en debilidad. Cuando se ha

reprendido a alguien justamente, hay que mantenerse firmes, sin dejarse

ablandar hasta el punto de acongojarse por haber causado dolor, por ver

sufrir y llorar. Correr tras la afligida para consolarla es hacerle más daño

que provecho. Dejarla consigo misma es obligarla a recurrir a Dios para

reconocer sus faltas y humillarse <9>. De otra manera, se acostumbraría a

recibir consuelo después de una reprimenda merecida y, en las mismas

circunstancias, actuaría siempre como una niña mimada que grita y

patalea hasta que su madre viene a enjugarle las lágrimas.

NOTAS

Abril

Los ocho dichos fechados en abril de 1897 son expresión principalmente

de la experiencia adquirida por Teresa en la formación de las novicias.

Estas palabras tienen una gran semejanza con las de los «Consejos y

Recuerdos» publicados en la Historia de un alma.

Las escasas cartas de la familia (UC pp. 604-606) dan fe de una reiterada

aplicación de vegigatorios, que no logran cortar la tos. Hacia finales de

mes, se registran varias hemoptisis por la mañana. El estado general es

muy precario.

1 Cf Ms C 36rº y RP 4.

2 Idéntico sentido del deber en Ms C 23vº; CA 18.4.1 y 18.4.4.

3 En diciembre de 1896; cf Ms C 13rº.

4 La hermana ecónoma, que entonces lo era la madre Inés de Jesús.

5 Religiosa que acompañaba a la procuradora cuando ésta hacía entrar

obreros en clausura. Teresa fue «tercera de la procuradora» (13.7.18) en

junio-julio de 1893 (CG p. 728+g).

6 Fórmula de trato que, hasta hace poco tiempo, era habitual entre las

carmelitas, en vez del tú o del usted. La conservamos porque, a nuestro

entender, es la que mejor traduce el sentido de la frase [N. del T.].

7 Cf Cta 141,2vº. La madre Inés morirá el 28 de julio de 1951 al cabo de

varios días de coma.

8 Cf Cta 204, n. 2.

9 La misma línea de conducta en Ms C 24rº.

1 de mayo

1.5.1

No es «la muerte» quien vendrá a buscarme, será Dios. La muerte no es

un fantasma ni un espectro horrible, como se la representa en las

estampas. En el catecismo se dice que la «la muerte es la separación del

alma y el cuerpo», ¡no es más que eso <1>!

1.5.2

Hoy he tenido el corazón totalmente inundado de paz celestial. ¡Había

rezado tanto ayer noche a la Santísima Virgen, pensando que su hermoso

mes iba a comenzar!

Tú no estabas esta noche en la recreación. Nuestra Madre nos dijo que

uno de los misioneros <2> que se embarcaron con el P. Roulland <3> había

muerto antes de llegar a la misión. Este joven misionero había comulgado

en el navío con las hostias del Carmelo que le dimos al P. Roulland... Y

ahora ha muerto sin haber hecho ningún apostolado, sin haberse tomado

ninguna molestia, por ejemplo la de aprender el chino. Dios le ha

concedido el martirio de deseo; ya ves cómo El no necesita de nadie.

Yo no sabía entonces que la madre María de Gonzaga le había dado por

segundo hermano espiritual al P. Roulland. Lo que acabo de referir se lo

había escrito a ella el P. R., pero como nuestra Madre le había prohibido

decírmelo, sólo me habló de lo que había oído en la recreación...

Para ella constituyó un gran sacrificio este silencio, de cerca de dos años,

sobre sus relaciones con dicho misionero <4>...

Nuestra Madre le había pedido que pintase para él una estampa en

pergamino. Como yo era su primera de oficio en la pintura, hubiera podido

aprovechar la ocasión para pedirme consejo y así hacerme adivinar todo el

asunto. Pero, muy al contrario, se ocultaba de mí lo mejor que podía y

venía a buscar a hurtadillas _lo supe más tarde_ el bruñidor para sacar

brillo al oro, que yo guardaba en mi mesa. Luego lo devolvía cuando yo no

estaba.

Sólo tres meses antes de su muerte le dijo nuestra Madre, por propia

iniciativa, que me hablase libremente sobre ese tema y sobre cualquier

otro.

7 de mayo

7.5.1

7 de la mañana

Hoy es día de licencia <5>. Mientras me vestía, he cantado «Mi alegría» <6>

7.5.2

Nuestra familia no permanecerá mucho tiempo en la tierra... Cuando yo

esté en el cielo, os llamaré muy pronto... ¡Y qué felices seremos! Todas

nosotras hemos nacido coronadas...

7.5.3.

¡Toso! ¡Toso! Hago como la locomotora de un tren cuando llega a la

estación. Yo también estoy llegando a una estación: a la estación del cielo,

¡y lo anuncio!

9 de mayo

9.5.1

Podemos decir muy bien, sin vanagloria, que hemos recibido gracias y

luces muy especiales. Vivimos en la verdad; vemos las cosas bajo su

verdadera luz.

9.5.2

A propósito de esos sentimientos que una a veces no puede evitar,

cuando, después de haber prestado un servicio, no se recibe ninguna

muestra de gratitud.

Te aseguro que también yo experimento ese sentimiento de que me

hablas. Pero no me dejo nunca atrapar por él, pues no espero ninguna

recompensa aquí en la tierra: lo hago todo por Dios; y de esta manera,

nada puedo perder y siempre me doy por bien pagada del trabajo que me

tomo por servir al prójimo.

9.5.3

Si, por un imposible, ni el mismo Dios viese mis buenas acciones, no me

afligiría por ello lo más mínimo. Le amo tanto, que quisiera darle gusto sin

ni que él mismo supiese que soy yo <7>. Al verlo y al saberlo, está como

obligado a «pagármelo», y yo no quisiera causarle esa molestia...

15 de mayo

15.5.1

Me siento muy contenta de irme pronto al cielo. Pero cuando pienso en

aquellas palabras del Señor: «Traigo conmigo mi salario, para pagar a

cada uno según sus obras», me digo a mí misma que en mi caso Dios va a

verse en un gran apuro: ¡Yo no tengo obras! Así que no podrá pagarme

«según mis obras»... Pues bien, me pagará «según sus propias obras...»

15.5.2

Me he formado una idea tan alta del cielo, que a veces me pregunto cómo

se las arreglará Dios, después de mi muerte, para sorprenderme. Mi

esperanza es tan grande y es para mí motivo de tanta alegría _no por el

sentimiento, sino por la fe_, que necesitaré algo por encima de todo

pensamiento para saciarme plenamente. Preferiría vivir en eterna

esperanza a sentirme decepcionada.

En fin, pienso ya desde ahora que, si no me siento suficientemente

sorprendida, aparentaré estarlo por complacer a Dios. No habrá peligro

alguno de que le haga ver mi decepción; sabré ingeniármelas para que él

no se dé cuenta. Por lo demás, me las arreglaré siempre para ser feliz.

Para lograrlo, tengo mis pequeños trucos, que tú ya conoces y que son

infalibles... Además, con sólo ver feliz Dios bastará para que yo me sienta

plenamente feliz.

15.5.3

Le había hablado de ciertos ejercicios de devoción y de perfección

aconsejados por los santos y que a mí me desanimaban.

Yo ya no encuentro nada en los libros, a no ser en el Evangelio <8>. Este

libro me basta. Escucho con verdadera delicia estas palabras de Jesús

que me dicen todo lo que tengo que hacer: «Aprended de mí, que soy

mando y humilde de corazón»; y encuentro la paz, según su promesa: «...

y encontraréis descanso para vuestras almas».

Esta última frase me la dijo levantando los ojos con una expresión

celestial. Añadió la palabra «pequeñas» a la frase de Nuestro Señor, lo

cual le dio todavía más encanto:

«... y encontraréis descanso para vuestras pequeñas almas...»

15.5.4

Le habían dado un hábito nuevo (el que aún se conserva). Se lo había

puesto por primera vez en Navidad de 1896. Este hábito, el segundo

después de su toma de hábito, le caía muy mal. Le pregunté si eso la

disgustaba:

¡Ni pizca! No más que si fuese el de un chino, allá a 2.000 leguas de

nosotras.

15.5.5

Echo a mis pajaritos, a derecha y a izquierda, los granos buenos que Dios

pone en mi manita. Y luego, ¡que sea lo que Dios quiera! No vuelvo a

ocuparme más de ello. Unas veces, es como si no hubiera echado nada;

otras, ayuda. Pero Dios me dice: «Da, da siempre, sin preocuparte del

resultado».

15.5.6

Me encantaría ir a Hanoi <10> para sufrir mucho por Dios. Quisiera ir allá

para estar completamente sola, para no tener consuelo alguno en la tierra.

En cuanto a la idea de ser útil allí, ni siquiera se me pasa por el

pensamiento, estoy completamente segura de que no haría absolutamente

nada.

15.5.7

En realidad, me da igual vivir que morir. No entiendo bien qué podré tener

después de la muerte que no tenga ya en esta vida. Veré a Dios, es cierto,

pero en cuanto a estar con él, ya lo estoy completamente en la tierra <11>.

18 de mayo

18.5.1

Me han liberado de todos los oficios. Y pensé que mi muerte no causaría el

menor trastorno a la comunidad.

¿Te apena el pasar por un miembro inútil ante las hermanas?

No, ésa es la menor de mis preocupaciones, ¡me da exactamente igual!

18.5.2

Al verla tan enferma, había hecho todo lo posible para conseguir que

nuestra Madre la dispensase de rezar los oficios de difuntos.

Por favor, no me impidas rezar mis «pequeños» oficios de difuntos. Es lo

único que puedo ya hacer por las hermanas que están en el purgatorio, y

eso no me cansa lo más mínimo. A veces, al final del silencio <13>, tengo un

momentito libre, y eso más bien me relaja.

18.5.3

Necesito tener siempre algo que hacer; de esa manera, no estoy

preocupada ni pierdo nunca el tiempo.

18.5.4

Había pedido a Dios poder seguir los actos de comunidad hasta mi muerte.

¡Pero él no quiere! Estoy segura de que podría muy bien asistir a todos los

oficios divinos, no moriría por ello ni un minuto antes. A veces pienso que,

si no hubiera dicho nada, no me creerían enferma.

19 de mayo

19.5.

¿Por qué estás hoy tan alegre?

Porque esta mañana he tenido dos «pequeñas» penas. ¡Muy agudas, sí...!

Nada como las «pequeñas» penas me produce «pequeñas» alegrías...

20 de mayo

20.5.1

Me dicen que tendré miedo a la muerte. Puede ser. No hay nadie aquí que

desconfíe más que yo de sus sentimientos. Yo nunca me apoyo en mi

parecer; sé muy bien cuán débil soy. Pero quiero disfrutar del sentimiento

que Dios me da ahora. Siempre habrá tiempo de sufrir por lo contrario <14>.

20.5.2

Le estaba enseñando su fotografía:

Sí, pero... eso es el sobre. ¿Cuándo se podrá ver la carta? ¡Cuánto me

gustaría ver la carta <15>...

Del 21 al 26 de mayo

21/26.5.1

Teófano Vénard <16> me gusta todavía más que san Luis Gonzaga, porque

la vida de san Luis Gonzaga es extraordinaria, y la suya totalmente

ordinaria. Además, es él quien habla, mientras que en caso del santo es

otro el que escribe y el que le hace hablar; ¡y entonces, no se sabe casi

nada de su «pequeña» alma!

Teófano Vénard quería mucho a su familia, y yo también quiero mucho a

mi «pequeña» familia. No entiendo a los santos que no quieren a su

familia... ¡Sí, a mi pequeña familia de aquí, yo la quiero mucho! Quiero

mucho, mucho a mi Madrecita.

21/26.5.2

Voy a morir pronto, pero ¿cuándo? Sí, ¿cuándo...? ¡Nunca acaba de

llegar! Soy como un niñito al que se le está prometiendo siempre un pastel:

se lo enseñan desde lejos, y luego, cuando él se acerca para cogerlo,

retiran la mano... Pero, en el fondo, estoy totalmente resignada a vivir, a

morir, a recobrar la salud o a ir a Cochinchina, si Dios así lo quiere.

21/26.5.3

Después de mi muerte, no hace falta que me rodeéis de coronas, como a

la madre Genoveva <18>. A las personas que quieran traerlas, podréis

decirles que prefiero que empleen ese dinero en rescatar a algunos

negritos. Eso sí que me gustaría.

21/26.5.4

Hace algún tiempo, sentía mucho tomar remedios caros; pero al presente

no me preocupa lo más mínimo, al contrario. Es así desde que leí en la

vida de santa Gertrudis que ella se alegraba en su interior, diciéndose que

todo redundaría en provecho de los que nos hacen el bien. Y se apoyaba

ene estas palabras de Nuestro Señor: "¡Todo lo que hicisteis con uno de

mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis!".

21/26.5.5

Estoy convencida de la inutilidad de los remedios que tomo para curarme;

pero me las he arreglado con Dios para que haga que se aprovechen de

ellos los pobres misioneros enfermos que no tienen ni tiempo ni medios

para curarse. Le pido que los cure a ellos, en vez de a mí, por medio de los

medicamentos y del reposo que a mí me obligan a tomar.

21/26.5.6

Me ha repetido tantas veces que soy valiente, y esto responde tan poco a

la verdad, que me he dicho a mí misma: ¡Qué se va a hacer, no hay que

dejar por mentiroso a todo el mundo! Y me he puesto, con la ayuda de la

gracia, a trabajar por adquirir esa valentía. He hecho como el guerrero,

que, al oírse felicitar por su bravura, sabiendo muy bien que no es más que

un cobarde, acaba por sentir vergüenza de los elogios y quiere merecerlos.

21/26.5.7

Cuando esté en el cielo, ¡cuántas gracias pediré para ti! Sí, importunaré

tanto a Dios, que si al principio quisiera negarse a lo que le pido, mi

insistencia lo obligará a satisfacer mis deseos. Esta historia está en el

Evangelio.

21/26.5.8

...Si los santos me demuestran menos cariño que mis hermanitas, será

muy duro para mí..., y me iré a llorar en un rinconcito...

21/26.5.9

Los santos inocentes no serán niñitos en el cielo; sólo tendrán los

encantos indefinibles de la infancia <19>. Se los representa como "niños"

porque nosotros tenemos necesidad de imágenes para comprender las

cosas del espíritu.

...Sí, yo espero unirme a ellos. Si quieren, seré su pajecito y llevaré la cola

de sus trajes...

21/26.5.10

Si no tuviese esta prueba del alma <20>, que no se puede comprender,

estoy segura que moriría de alegría al pensar que pronto dejaré la tierra.

Del 21 al 26 de mayo <*>

21/26.5.11*

Esta noche estaba un poco triste, preguntándome si Dios estaría

realmente contento de mí. Pensaba en que cada una de las hermanas

diría de mí, si se lo preguntasen. Una diría: «Es un alma buena, puede

llegar a ser santa». Otra: «Es muy amable, muy piadosa, pero esto..., y lo

de más allá...». Y otras tendrían también otros pareceres; muchas me

juzgarían muy imperfecta, lo cual es verdad... Mi Madrecita me quiere

tanto, que el amor la ciega, así que no puedo creerla. ¿Y quién me dirá lo

que piensa Dios? Estaba en estos pensamientos cuando me llegó tu

billetito. Me decías que todo en mí te gustaba, que Dios me amaba de

manera muy especial, que él no me había hecho subir como a las demás

la áspera escalera de la perfección sino que me había puesto en un

ascensor para que llegase antes a Él <21>. Todo eso me emocionaba, pero

el pensamiento de que tu amor te hacía ver lo que en realidad no existía

me impedía gozar en plenitud. Entonces tomé en mis manos el Evangelio,

pidiendo a Dios que me consolase, que él mismo me respondiera... Y he

aquí que mis ojos se posaron en este pasaje que nunca me había llamado

la atención: «El que Dios envió habla las palabras de Dios, porque no le

comunicó su Espíritu con medida». Entonces derramé lágrimas de alegría,

y esta mañana, al despertarme, me encontraba todavía inundada de gozo.

Eres tú, Madrecita querida, la que Dios me ha enviado, eres tú quien me

educó, eres tú quien me ha traído al Carmelo; todas las grandes gracias de

mi vida las he recibido a través de ti. Por eso, tú dices las mismas cosas

que Dios, y ahora creo que Dios está muy contento de mí, ya que tú me lo

dices.

(*) Ya no recuerdo la fecha exacta.

26 de mayo

_ Víspera de la Ascensión. _

Esta mañana, durante la procesión <22>, estaba y en la ermita de san José

y miraba de lejos por la ventana a la comunidad en la huerta. Era

fantástica esa procesión de religiosas con capas blancas; me hacía pensar

en el cortejo de las vírgenes en el cielo. Al doblar el paseo de los castaños,

os veía a todas medio tapadas por las altas hierbas y por los capullos

dorados del prado. Era cada vez más delicioso.

Y de pronto, entre esas religiosas veo a una, de las más elegantes, que

mira hacia mí y se inclina sonriendo para hacerme una seña de que me

había visto. ¡Era mi Madrecita! Inmediatamente me acordé de mi sueño: la

sonrisa y las caricias de la madre Ana de Jesús <23>, y sentí que me

invadía la misma impresión de dulzura que entonces. Y pensé: ¡De modo

que los santos me conocen, me aman, me sonríen desde lo alto y me

invitan a reunirme con ellos!

Entonces se me saltaron las lágrimas... Hace muchos años que no había

llorado tanto. ¡Y qué dulces eran esas lágrimas!

27 de mayo

27.5.1

_ Ascensión _

Yo quiero un «circular» <24>, porque siempre he pensado que deberé

corresponder al oficio de difuntos que cada carmelita dirá por mí. No

comprendo muy bien cómo hay quienes no quieren circular; es tan

hermoso conocerse, saber un poco con quiénes vamos a vivir

eternamente.

27.5.2

No tengo absolutamente ningún miedo a los últimos combates, ni a los

sufrimientos de la enfermedad, por grandes que sean. Dios me ha

socorrido siempre, me ha ayudado y me ha llevado de la mano desde mi

más tierna infancia..., cuento con él. Estoy segura de que continuará

ayudándome hasta el fin. Tal vez llegue a no poder más, pero nunca

tendré demasiado, de esto estoy segura.

27.5.3

No sé cuándo moriré, pero creo que será pronto. Tengo muchas razones

para esperarlo así.

27.5.4

No deseo más morir que vivir. Es decir: si tuviese que escoger, preferiría

morir; pero como es Dios quien escoge por mí, prefiero lo que quiera él.

Me gusta siempre lo que él hace <25>.

27.5.5

Que no piensen que, si me curo, eso me va a desconcertar o desbaratar

mis humildes planes. ¡En absoluto! La edad no es nada a los ojos de Dios,

y yo me las arreglaré para seguir siendo una niña aunque viva mucho

tiempo <26>.

27.5.6

Siempre miro el lado bueno de las cosas. Hay quienes se lo toman todo de

la manera que más les hace sufrir. A mí me ocurre todo lo contrario.

Cuando no tengo más que el sufrimiento puro, cuando el cielo se vuelve

tan negro que no veo ni un solo claro entre las nubes, pues bien, hago de

ello mi alegría... ¡Me pavoneo <27>! Como en las humillaciones de papá <28>,

que hacen que me sienta más gloriosa que una reina.

27.5.7

¿Te has fijado, en la lectura del refectorio, en esa carta dirigida a la madre

de san Luis Gonzaga, en la que se dice de él que no habría podido

aprender más ni ser más santo aunque hubiera llegado a la edad de Noé

<29>?

27.5.8

A propósito de su muerte.

Soy como una persona que, al tener un billete de lotería, tiene más

posibilidades de que le toque que otra que no lo tiene. Sin embargo,

tampoco ella está segura de conseguir un premio. A fin de cuentas, yo

tengo un billete, que es mi enfermedad, y puedo abrigar esperanzas.

27.5.9

Me acuerdo de una vecinita de los Buissonnets, de 3 años de edad, que, al

oír que las otras niñas la llamaban, decía a su madre: "¡Mamá, me

necesitan allí!, déjame ir, por favor..., ¡"me necesitan allí...!

Pues bien, me parece que hoy los angelitos me llaman, y yo te digo como

aquella niñita: «¡Déjame partir, me necesitan allí!».

No los oigo, pero los siento.

27.5.10

Cuando hacia el mes de noviembre <30> se había proyectado mi partida

para Tonkín, ¿te acuerdas que comenzamos una novena a Teófano

Vénard para obtener una señal de la voluntad de Dios? En aquel entonces

y volvía a asistir a todos los actos de comunidad, incluso a Maitines. Pues

bien, justo durante la novena comencé de nuevo a toser, y desde entonces

sólo voy de mal en peor. Es él quien me llama. Me gustaría mucho tener

su retrato. Es un alma que me encanta. San Luis Gonzaga estaba serio

incluso en la recreación, pero Teófano Vénard estaba siempre alegre.

Por aquellos días estábamos leyendo en el refectorio la vida de san Luis

Gonzaga.

29 de mayo

29.5

Botones de fuego por segunda vez. Por la noche yo estaba triste, y abrí el

Evangelio delante de ella para consolarme. Mis ojos se posaron sobre

estas palabras, que le leí: «Ha resucitado, no está aquí, mirad el sitio

donde lo pusieron».

¡Sí, así es! En efecto, yo ya no soy, como en mi infancia, accesible a

cualquier sufrimiento. Estoy como resucitada, no estoy ya en el sitio en que

me creen... ¡Pero no te aflijas por mí! He llegado a no poder ya sufrir,

porque cualquier sufrimiento me resulta agradable.

30 de mayo

30.5.1

Ese día, se le dio permiso para que me contara su vómito de sangre del

Viernes Santo de 1896. Como le manifesté mi gran pesar por no haber

sido avisada enseguida, me consoló lo mejor que pudo y por la noche me

envió este billete:

«No sufras, Madrecita querida, porque parezca que tu hijita te ha ocultado

algo, pues tú sabes muy bien que si te ha ocultado una esquinita del sobre,

nunca te ha ocultado ni una sola línea de la carta. ¿Pues quién conoce

mejor que tú esta cartita que tanto amas? A las demás se les puede

enseñar el sobre por todos sus lados, pues no pueden ver más que eso,

¡¡¡pero a ti...!!! Tú sabes ya, Madrecita, que fue el día de Viernes Santo

cuando Jesús comenzó a rasgar un poco el sobre de TU cartita. ¿No te

alegra que él se disponga a leer esta carta que tú estás escribiendo desde

hace 24 años? ¡Si supieras qué bien sabrá ella decirle tu amor durante

toda la eternidad!» <31>.

30.5.2

¡Tal vez sufras mucho antes de morir...!

No te aflijas por eso, ¡lo deseo tanto!

30.5.3

¡No sé cómo haré en el cielo para vivir sin ti!

NOTAS

Mayo

La correspondencia de mayo 1907 no dice nada acerca del estado físico

de Teresa. Los parcos datos del Cuaderno amarillo indican que la tos

persiste, agotadora, sobre todo por la noche. A los vegigatorios se añaden

las sesiones de botones de fuego. La resistencia de la enferma se va

debilitando. A partir de la segunda quincena, Teresa se ve obligada a

renunciar progresivamente a la vida comunitaria.

Sin embargo, aún no se ha perdido toda esperanza de curación. En medio

de esta incertidumbre, el abandono de la santa muestra su verdadera

dimensión: es ésta una de las notas dominantes de este mes de mayo. La

poesía Una hoja deshojada (PN 51) es una prueba patética de ello.

En este mes Teresa escribe ocho cartas o billetes (Cta 225 a 232) y cinco

poesías (PN 50; PN 51 a 54), coronadas por su testamento mariano: Por

qué te amo, María.

1 La madre Inés transcribe una frase análoga en una carta del 16 de julio

(UC p. 636); cf 11.9.4.

2 El P. Mazel; cf Cta 226, n. 3.

3 Sobre este segundo hermano espiritual de Teresa, cf Ms C 33rº.

4 En realidad un año.

5 Día de recreación extraordinaria; las hermanas podían conversar

libremente entre ellas, y cantar en su celda en ciertos momentos de la

jornada; cf Ms A 20vº; Ms C 19rº y 28rº; Cta 225.

6 PN 45.

7 Pensamiento análogo al de san Juan de la Cruz a sor Magdalena del

Espíritu Santo; cf CRISÓGONO DE JESÚS SACRAMENTADO, Vida de

san Juan de la Cruz, 11ª ed. Madrid, BAC, 1982, p. 193. [SAN JUAN DE

LA CRUZ, Obras Completas 4ª ed., Burgos, Monte Carmelo, 1983, p. 108.

N. del T.]

8 Cf Ms A 83vº; Ms C 36vº; y BT.

9 Las novicias.

10 Al Carmelo, fundado por el de Saigón en 1895; cf Ms A 84vº; Ms C 9rº;

Cta 221; PN 47,6.

11 Cf Cta 56, n. 2.

12 Oficio que se rezaba en privado a la muerte de cada carmelita (durante

la vida religiosa de Teresa murieron cerca de quinientas en Francia). Cf

27.5.1; 6.8.4.

13 Tiempo libre durante el «silencio riguroso», desde las 12 del mediodía a

la 1 de la tarde en verano y de 8 a 9 de la noche durante todo el año; cf UC

p. 725.

14 Cf 9.7.6.

15 Cf 30.5.1.

16 Sobre este joven mártir cf Cta 221 y 245; PN 47; diecisiete veces

aparece nombrado en CA, una de ellas en 27.5.10.

17 Al Carmelo de Saigón; cf 2.9.5.

18 Fundadora de Lisieux; cf Ms A 78rº/79rº.

19 Cf PN 44 y Or 18.

20 Tentación respecto a la existencia del cielo (3.7.3); cf Ms C 5vº/7rº.

21 Cf Cta 229; Ms C 3rº; Cta 258.

22 Procesión de las Rogativas.

23 Cf Ms B 2rº/vº.

24 Reseña biográfica que se envía a todos los monasterios de la Orden

después del fallecimiento de una hermana. En el caso de Teresa, hizo sus

veces la Historia de un alma (30 de septiembre de 1898).

25 Cf 2.8.4; 30.8.2; 4.9.7; 5.9.2.

26 Cf 25.9.1.

27 [La santa usa la expresión] «Faire jabot: familiarmente, sacar hacia

fuera el cuello de la camisa para pavonearse» (Littré).

28 La enfermedad mental del señor Martin.

29 Histoire de saint Louis de Gonzague, por J.-M. Daurignac, (París,

Douniol, 1864), p. 346.

30 En 1896.

31 Cf el texto exacto en Cta 231.

4 de junio

4.6.1

Se despidió de nosotras (*) en la celda de sor Genoveva de la Santa Faz,

que daba a la terraza, del lado de la sala capitular. Estaba acostada en el

jergón de sor Genoveva. Ese día parecía no sufrir ya y tenía el rostro como

transfigurado. No nos cansábamos de mirarla y de escuchar sus dulces

palabras.

Le he pedido a la Santísima Virgen no seguir estando amodorrada y

enajenada, como me encontraba todos estos días; me daba cuenta de que

eso te apenaba. Y esta noche me ha escuchado.

¡Hermanitas mías, qué feliz me siento! Veo que voy a morir pronto, ahora

estoy segura de ello.

No os extrañéis si no me aparezco a vosotras después de la muerte y si no

veis ninguna cosa extraordinaria como señal de mi felicidad. Acordaos de

que mi «caminito» es no desear ver nada <1>. Sabéis bien lo que tantas

veces he dicho a Dios, a los ángeles y a los santos:

que no es mi deseo

aquí en la tierra verles <2>...

Los ángeles vendrán a buscarte, dijo sor Genoveva. ¡Cómo nos gustaría

verlos!

No creo que los veáis, pero no por eso dejarán de estar allí...

Sin embargo, por complaceros, me gustaría tener una hermosa muerte. Se

lo he pedido a la Santísima Virgen. No se lo he pedido a Dios porque

quiero dejarle hacer lo que él quiera. Pedirle a la Santísima Virgen no es lo

mismo. Ella sabe bien lo que ha de hacer con mis pequeños deseos, si

tiene que decirlos o no... En definitiva, ella es la que tiene que juzgar, para

no obligar a Dios a escucharme, para dejarle hacer en todo su voluntad.

Esta noche he logrado poder consolaros un poco y estar muy amable, pero

no debéis esperar verme así en el momento de la muerte... ¡No lo sé!

Quizás, de repente, la Santísima Virgen ha hecho esto por su cuenta, sin

decírselo a Dios; y en ese caso, eso no prueba nada para más tarde.

No sé si iré al purgatorio, y no me preocupa en absoluto <3>; pero si voy, no

lamentaré no haber hecho nada por evitarlo. Nunca me arrepentiré de

haber trabajado únicamente por salvar almas. ¡Cuánto me alegra saber

que N.M. santa Teresa pensaba lo mismo <4>!

Madrecita querida, si algún día vuelves a ser priora <5>, no te preocupes, ya

verás cómo no te va a costar tanto como la otra vez. Estarás por encima

de todo. Dejarás que piensen y que digan lo que quieran, cumplirás en paz

con tu deber... etc. ... etc.

No hagas nunca nada por serlo, ni nada tampoco por no serlo... Por lo

demás, te prometo que yo no dejaré que te elijan para serlo si eso es

perjudicial para tu alma.

Cuando la abracé:

¡Ya lo he dicho todo! En especial a mi Madrecita, para más tarde...

Hermanitas, no os aflijáis si sufro mucho y si no veis en mí, como ya os he

dicho, ninguna señal de felicidad en el momento de mi muerte. Nuestro

Señor murió ciertamente víctima de amor, ¡y ya veis qué agonía fue la

suya <6>...! Todo eso no significa nada.

(*) Era durante la novena a Nuestra Señora de las Victorias para obtener

su curación.

4.6.2

Un poco más tarde, al verla sufrir otra vez mucho, le dije: «Bueno,

deseabas sufrir; pues Dios no lo ha olvidado».

Deseaba sufrir y he sido escuchada. Desde hace varios días estoy

sufriendo mucho. Una mañana, durante la acción de gracias después de la

comunión, sentí unas angustias como de muerte... ¡y sin una pizca de

consuelo!

4.6.3

Lo acepto todo por amor de Dios, hasta toda esa serie de pensamientos

extravagantes que me vienen a la mente.

5 de junio

5.6.1

(Durante Maitines)

Madrecita, he visto que me quieres con un amor desinteresado. Pues bien,

si yo sé que tú eres mi madrecita, ¡un día tú sabrás que yo soy tú hijita! ¡Sí,

cuánto te quiero!

5.6.2

He vuelto a leer la obra que compuse sobre Juana de Arco <7>. En ella

podrás ver cuáles son mis sentimientos sobre la muerte; todos están allí

expresados. Te gustará. Pero no creas que me parezco a Juana de Arco

cuando por un momento tuvo miedo... Ella se mesaba los cabellos <8>... Yo

no me tiro de mis «pequeños» cabellos...

5.6.3

Madrecita, tú fuiste quien me preparó para la primera comunión <9>,

prepárame ahora para morir...

5.6.4

Si una mañana me encuentras muerta, no sufras: será que papá Dios

habrá venido a buscarme con la mayor sencillez. Sin duda es una gracia

muy grande recibir los sacramentos; pero cuando Dios no lo permite,

también está bien, todo es gracia.

6 de junio

6.6.1

Te agradezco que hayas pedido que me diesen una partícula de la

sagrada hostia. Aun así me ha costado mucho pasarla. ¡Pero qué feliz me

sentía de tener a Dios en mi corazón! He llorado como el día de mi primera

comunión <10>.

6.6.2

El Sr. Youf <11> me ha dicho acerca de mis tentaciones contra la fe: «No se

detenga usted en eso, es muy peligroso». No es muy consolador oír una

cosa así, pero afortunadamente no me impresiono por ello. Pero estáte

tranquila, que no voy a devanarme los «sesitos» atormentándome.

El Sr. Youf me ha dicho también: «¿Está usted resignada a morir?" Y yo le

contesté: "Padre, me parece que sólo se necesita resignación para vivir;

para morir, lo que yo siento es alegría».

6.6.3

Me pregunto cómo haré para morir. Sin embargo, quisiera salir de ese

trance ¡«con honor»! En fin, creo que eso no depende de uno.

(Pensaba en nosotras)

6.6.4

Cuando era niña, los grandes acontecimientos de mi vida me parecían

montañas inalcanzables. Al ver a las niñas hacer la primera comunión, me

decía a mí misma: ¿Cómo haré yo en mi primera comunión...? Más tarde:

¿Cómo haré para entrar en el Carmelo...? Y luego: ¿para tomar el hábito?,

¿para hacer la profesión? ¡Actualmente, es para morir <12>!

6.6.5

«Voy a hacerte fotografiar para complacer a nuestra Madre»<13>. Sonrió

con aire travieso:

Di más bien que es por ti... «¡Ciercecito, deja de soplar! No es por mí, es

por mi compañero que no lleva chaqueta...».

Me recordaba con ello una historieta de auverneses que papá nos

contaba. Le ponía entonación, y venía muy a cuento, pues el compañero,

aparentemente tan caritativo, en realidad abogaba en su favor.

6.6.6

Por miedo a producirle náuseas, no queríamos decirle que el jarabe que

tomaba era jarabe de caracoles, pero ella se dio cuenta y se rió de

nuestros temores.

¡Qué me importa tomar jarabe de caracoles, con tal que no vea los

cuernos! ¡Ahora como caracoles, como los patitos! Ayer hacía como las

avestruces: ¡comía huevos crudos!

6.6.7

¡Te quiero mucho, mucho!

6.6.8

Le dije: «Los ángeles te llevarán en sus palmas, para que tu pie no

tropiece en la piedra». Respondió:

Sí, eso está bien para ahora mismo; pues más tarde, después de mi

muerte, ¡¡¡ya no encontraré ningún obstáculo!!!

6.6.9

Tras la visita del Dr. de Cornière <14>, que la había encontrado mejor, le

dije: «¿Estás triste?».

No, no... He encontrado en el Evangelio: «Pronto veréis al Hijo del Hombre

sentado sobre las nubes del cielo».

Yo respondí: «¿Cuándo, Señor?». Y en la página de enfrente leí estas

palabras: «Hoy mismo».

Pero todo esto... es para que no nos inquietemos por nada, ni por querer

vivir ni morir...

Y unos instantes después:

¡Sin embargo, tengo muchas ganas de irme! Le digo a la Santísima Virgen

que haga ella lo que quiera.

7 de junio

7.6.1

_ Domingo _ <15>

Durante algún tiempo estuvo sentada a mi lado en el banco al fondo del

cementerio. Al final, apoyó tiernamente la cabeza sobre mi pecho y cantó a

media voz:

¿Olvidarme de ti, Madre querida?

¡No, no, jamás! <16>

Al bajar las escaleras, vio a la derecha, bajo el níspero, la gallinita blanca

que tenía a todos sus polluelos recogidos bajo sus alas. Algunos sólo

enseñaban su cabecita. Se paró a contemplarlos, muy pensativa. Al cabo

de un poco, yo le hice señas de que era hora de volver. Tenía los ojos

llenos de lágrimas. Le dije: «¡Estás llorando!». Entonces se cubrió los ojos

con la mano, llorando más todavía, y me respondió:

En este momento no puedo decirte por qué, estoy demasiado

emocionada...

Por la noche, en su celda, me dijo con una expresión celestial:

He llorado al pensar que Dios escogió esa comparación para hacernos

creer en su ternura. ¡Eso es lo que ha hecho conmigo durante toda mi

vida! ¡Me ha escondido totalmente bajo sus alas...! Luego, al separarnos,

lloraba mientras subía la escalera, sin poder ya contenerme, y tenía prisa

por volver a la celda. Mi corazón rebosaba de amor y de gratitud.

7.6.2

Hoy hace diez años que papá me dio esta florecita blanca cuando le hablé

por primera vez de mi vocación <17>.

(Y me enseñó la florecita).

7.6.3

Si no me hubieses educado bien, habrías visto cosas muy tristes <18>. Y no

hubiera llorado hoy al ver la gallinita blanca...

8 de junio

8.6.1

Pronto vendréis todas conmigo; ¡ea, esto no durará mucho!

A sor María de la Trinidad, que le pedía que se acordase de ella en el

cielo:

Aún no has visto más que el cascarón; pronto verás el pollito.

8.6.2

Le decía que yo no tenía ya apoyo alguno en la tierra.

¿Cómo que no? Sí que tienes un apoyo: me tienes a mí.

8.6.3

Habíamos hablado de esas largas enfermedades que con frecuencia

cansan a las enfermeras, lo cual constituye un gran sufrimiento para las

enfermas que se dan cuenta de ello.

Yo acepto seguir como estoy hasta el final de una vida muy muy larga. Y si

eso le agrada a Dios, acepto incluso que «me tomen ojeriza».

9 de junio

9.6.1

Se dice en el Evangelio que Dios vendrá como un ladrón. A mí vendrá a

robarme con gran delicadeza. ¡Cómo me gustaría ayudar al Ladrón!

9.6.2

¡Qué feliz me siento hoy!

_ ¿Es que ha pasado ya la prueba <19>?

No, pero hay como una especie de tregua. Las serpientes malignas ya no

silban en mis oídos...

9.6.3

¡Con qué paz dejo que digan a mi alrededor que estoy mejor! La semana

pasada estaba levantada, y me creían muy enferma. Esta semana no

puedo tenerme en pie, estoy agotada, ¡y mira por dónde me creen ya

sana! ¡Pero qué importa!

_ Sin embargo, ¿tú crees que morirás pronto?

Sí, espero irme pronto. La verdad es que no estoy mejor; me duele mucho

el costado. Pero _siempre lo diré_ si Dios me cura, no sufriré la menor

decepción.

A sor María del Sagrado Corazón, que le decía: «¡Qué tristes nos vamos a

quedar cuando nos dejes!».

No, ya veréis, será como una lluvia de rosas <20>.

9.6.4

No tengo miedo al Ladrón... Lo veo a lo lejos y me guardo muy bien de

gritar: ¡Al ladrón! Al contrario, lo llamo diciéndole: ¡Por aquí, por aquí!

9.6.5

Soy como un niñito en la estación del ferrocarril, que espera a sus papás

para que lo suban al tren. ¡Pero ellos no vienen y el tren se va! Bueno, hay

otros trenes y no todos los voy a perder...

10 de junio

10.6

Había mejorado, y le extrañaba. Tenía que esforzar por no dejarse llevar

de la tristeza.

...La Santísima Virgen cumple bien mis encargos, ¡volveré a dárselos!

Le repito con frecuencia: «Dile que por mí nunca se moleste»<21>.

El ha comprendido, y eso es lo que hace. Yo ya no entiendo nada de mi

enfermedad. ¡Ahora resulta que he mejorado! Sin embargo, me abandono

y me siento feliz. ¡Qué sería de mí si abrigase la esperanza de morir

pronto! ¡Cuántas decepciones! Pero no llevo ninguna, porque me contento

con todo lo que Dios hace y sólo deseo su voluntad.

11 de junio

11.6.1

Había arrojado flores al San José de la huerta (al fondo del paseo de los

castaños), diciendo con tono infantil y gracioso: «¡Toma!».

_ ¿Por qué arrojas flores a san José? ¿Para obtener alguna gracia?

¡No...! Es por complacerle... Yo no quiero dar para recibir.

11.6.2

Para escribir mi «pequeña» vida <22>, no me devano los sesos. Es como si

estuviera pescando a caña: escribo lo que me sale.

12 de junio

12.6.1

No me creen tan enferma como estoy en realidad. Por eso me resulta más

penoso verme privada de la comunión y del oficio divino. Pero mejor que

nadie se preocupe ya por eso. Yo sufría mucho por ello, y había pedido a

la Santísima Virgen que arreglase las cosas para que nadie sufriese. Y me

escuchó.

En cuanto a mí, no me importa que piensen o que digan lo que quieran. No

veo razón para desconsolarme.

12.6.2

¡Mañana no comulgaré! ¡Y tantas niñas recibirán a Dios <23>!

(Había primeras comuniones en la parroquia de Santiago).

13 de junio

13.6

(En la huerta)

Me da la impresión de ser una tela atirantada en el bastidor para que la

borden, y que nadie viene a bordarla. ¡Espero y espero! Pero en vano... En

fin..., no es nada extraño: ¡los niñitos no saben lo que quieren!

Digo esto porque pienso en el Niño Jesús: él es quien me ha atirantado en

el bastidor del sufrimiento para darse el gusto de bordarme y luego el de

aflojarme para ir a mostrar allá arriba su precioso trabajo.

Cuando hablo del Ladrón, no me refiero al Niño Jesús, me refiero al Dios

«grande».

14 de junio

14.6

Ultimo día de la novena <24>. Se encontraba mucho mejor, nuevo motivo de

decepción para ella, que sin embargo me dijo con una sonrisa:

¡Soy una niña curada!

_ ¿Y eso te entristece?

No..., momento a momento se puede soportar mucho.

15 de junio

15.6.1

El día 9, veía muy claramente a lo lejos el faro que me anunciaba el puerto

del cielo, pero ahora ya no veo nada, tengo los ojos como vendados. Ese

día veía al Ladrón; ahora ya no le veo en absoluto. Lo que me dicen sobre

la muerte ya no penetra en mi interior; es como si resbalase sobre una

losa. ¡Se acabó! La esperanza de la muerte se ha gastado. Sin duda es

que Dios no quiere que piense en ella como antes de caer enferma.

Entonces, ese pensamiento me era necesario y muy provechoso, y así lo

sentía. Pero hoy ocurre lo contrario. Dios quiere que me abandone como

un niñito que no se preocupa de lo que harán con él.

15.6.2

¿Estás cansada de ver que tu estado se prolonga? ¡Debes de estar

sufriendo mucho!

Sí, pero «me place».

_ ¿Por qué?

Porque «le place» a Dios.

(Empleaba esta palabra y algunas otras que no iban con su manera

sencilla de expresarse normalmente, cuando quería encubrir su

pensamiento de una manera que fuese entretenida para nosotras.

Había adoptado también ciertas expresiones ingenuas, de las que se

servía en la intimidad, y que en sus labios tenían mucha gracia.)

15.6.3

No sé cuándo moriré; ya no tengo la menor confianza en la enfermedad.

Aun cuando me administrasen los sacramentos, seguiría creyendo que

aún puedo dar marcha atrás. No estaré realmente segura de que me ha

llegado el turno hasta que haya dado el paso y me vea en los brazos de

Dios.

15.6.4

(Por la noche)

¡Cómo me gustaría decirte algo agradable!

Sólo dime solamente si me olvidarás cuando estés en el cielo.

¡Si te olvidase, me parece que todos los santos me echarían del paraíso

como a un búho feo! Madrecita, cuando esté allá arriba, "vendré y te

llevaré conmigo, para que donde yo esté estés también tú".

15.6.5

Estoy contenta, no ofendo a Dios lo más mínimo durante mi enfermedad.

Hace un poco, estaba yo escribiendo sobre la caridad (en el cuaderno de

su Vida <25>), y con mucha frecuencia venían a interrumpirme; entonces, he

procurado no impacientarme y poner en práctica lo que estaba

escribiendo.

19 de junio*

19.6

Nuestra prima, la madre Margarita (superiora general en París de las

religiosas Auxiliadoras del Inmaculado Corazón, enfermeras) me había

enviado una preciosa canastilla repleta de lirios artificiales, para el día 21,

fiesta de la madre María de Gonzaga. Le llevé la canastilla, diciéndole muy

alegre: «¡Me la envía la Superiora General de las Auxiliadoras!».

Me respondió de repente, en un arranque y con cariño:

¡La Superiora General de mi corazón eres tú!

20 de junio

20.6

Le estaba enseñando las pequeñas fotografías de la Virgen Madre que yo

había pintado para el santo de nuestra Madre <26>. Puso las manos sobre

las miniaturas extendidas ante sus ojos y, separando los dedos, consiguió

tocar todas las cabecitas del Niño Jesús. Entonces me dijo:

Los tengo a todos bajo mi dominio...

22 de junio

22.6

Estaba en la huerta, en el coche <27>. Cuando me acerqué a ella por la

tarde, me dijo:

¡Qué bien que entiendo las palabras de Nuestro Señor a nuestra Madre

santa Teresa! «¿Sabes, hija mía, quiénes son los que aman de verdad?

Los que reconocen que todo lo que no se refiere a mí no es más que

mentira» <28>.

¡Qué gran verdad me parece esto, Madrecita! Sí, fuera de Dios, todo es

vanidad.

23 de junio

23.6

Le decía yo: «¡Ay, yo no tendré nada que dar a Dios a mi muerte: tengo las

manos vacías! Y eso me entristece mucho.

Claro, tú no eres como «el bebé» <29> (algunas veces se daba a sí misma

este nombre), que sin embargo se encuentra también en esas mismas

condiciones... Aunque yo hubiese realizado todas las obras de san Pablo,

seguiría creyéndome un «siervo inútil»; y eso es precisamente lo que

constituye mi alegría, pues, al no tener nada, lo recibiré todo de Dios».

25 de junio

25.6.1

Fiesta del Sagrado Corazón.

La habíamos instalado en la biblioteca porque en su celda daba mucho el

sol. Durante el sermón, había cogido un libro de la Propagación de la Fe. A

continuación, me mostró un pasaje en el que se hablaba de la aparición de

una hermosa Señora, vestida de blanco, al lado de un niño recién

bautizado, y me dijo:

Más tarde, también yo iré así junto a los niños recién bautizados...

25.6.2

Durante el sermón he hecho novillos, sentía que era fiesta. No todos los

días me puedo permitir eso. Considero mi cuaderno (su Vida) como mi

pequeña tarea escolar.

26 de junio

26.6

Ayer me dolió mucho el costado, luego... ¡esta mañana cesó el dolor! ¡Ay,

cuándo me iré con Dios! ¡Cómo me gustaría irme al cielo!

27 de junio

27.6

Cuando esté en el cielo, les diré a todos los santos tantas cosas hermosas

sobre mi Madrecita, que les entrarán muchas ganas de llevársela. Estaré

siempre con mi Madrecita; les pediré a los santos que vengan conmigo a

los lóbregos sótanos para protegerla, y si no quieren, pues bueno, vendré

yo solita.

Se refería con eso a una pequeña aventura que me había acaecido ese

mismo día en la bodega de la sacristía.

29 de junio

29.6.1

... Mira lo que ha pasado: como yo estaba a punto de morir, los angelitos

hicieron toda clase de hermosos preparativos para recibirme; pero se

cansaron y se quedaron dormidos. ¡Ay, los niñitos duermen mucho!, no se

sabe cuándo despertarán...

(Nos contaba con frecuencia historietas de éstas para distraernos de sus

sufrimientos de alma y de cuerpo)<30>.

29.6.2

¡Me sentiré muy desdichada en el cielo si no puedo dar pequeñas alegrías

en la tierra a los que amo!

29.6.3

Por la noche se acentuó más su prueba interior, y ciertos comentarios la

habían hecho sufrir. Me dijo:

Mi alma está desterrada, el cielo está cerrado para mí, y aquí en la tierra,

también la prueba.

... Ya veo que no me creen enferma, pero es Dios quien lo permite.

29.6.4

Estaré contenta en el cielo si compones unos bonitos versos para mí; me

parece que eso les va a gustar los santos.

30 de junio

30.6.1

Le hablaba de ciertos santos que llevaron una vida extraordinaria, como

san Simón Estilita <31>. Me dijo:

Yo prefiero a los santos que no tienen miedo a nada, como santa Cecilia,

que se casa sin temer nada...

31.6.2

Mi tío había pedido que bajase con nosotras al locutorio, y, como de

costumbre, ella no había hablado casi nada.

¡Qué acobardada me sentía con mi tío en el locutorio! Al volver, reñí

mucho a una novicia, no me conocía a mí misma. ¡Qué contrastes hay en

mi carácter! Mi timidez proviene del gran malestar que experimento cuando

se ocupan de mí <32>.

NOTAS

Junio

Los primeros días del mes de junio están marcados por un empeoramiento

brusco de la enferma. El día 5, víspera de Pentecostés, es grande la

inquietud. La comunidad está consternada, y la madre priora empieza una

novena a Nuestra Señora de las Victorias.

Para suplir la alimentación, que es casi nula, el médico prescribe un

régimen a base de leche. Hasta el 15 de junio, Teresa habla una veintena

de veces sobre su muerte como muy próxima. Luego, la situación se

estabiliza: junio aparece como el mes de la espera dolorosa.

La madre Inés de Jesús consigue de la madre María de Gonzaga que

Teresa complete su autobiografía. Así pues, a partir del 4 de junio la

enferma consagra el resto de sus fuerzas a la redacción del Manuscrito C.

Las que la rodean apenas sospechan que está redactando, a punta de

pluma, su testamento espiritual que, a partir del año siguiente, llevará a

cabo la conquista del mundo.

El lunes de Pentecostés, día 7 de junio, en previsión del santo de la madre

María de Gonzaga, y «en vista de la proximidad de mi muerte» (Cta 258),

sor Genoveva fotografió a su hermana en tres poses sucesivas, tres

documentos de incomparable valor para la historia (cf VTL nn. 41, 42, 43).

Dieciséis cartas o billetes de Teresa llevan la fecha de este mes de junio

(Cta 233 a 248).

1 Cf nota 37 del mes de agosto.

2 PN 24,27.

3 Acerca del purgatorio cf 8.7.15; 30.7.3; Ms A 84rº/vº; Cta 226; PN 17,6;

23,8; UC p. 615; y deposiciones en los Procesos.

4 Cf SANTA TERESA DE JESÚS, C 3,6.

5 La madre Inés fue priora desde 1902 hasta su muerte (1951), con una

interrupción de dieciocho meses en 1908-1909.

6 Cf 4.7.2. Y sobre la muerte de amor: Ms C 7vº/8rº; Cta 242 y 255; PN

17,14; 18,52; 24,26; 31,6; Or 6; CA 27.7.5; 15.8.1; 30.9 (Apéndice).

7 RP 3.

8 Teresa pudo leer este detalle en Jeanne d'Arc de H. Wallon, p. 343.

Sobre el miedo de Juana de Arco ante la muerte, cf RP 3,16vº/19rº. Teresa

volverá a evocar a su heroína en 20.7.6; 27.7.6; 10.8.4.

9 Cf Ms A 33rº.

10 Cf Ms A 35rº/vº.

11 El capellán del Carmelo.

12 Cf 6.6.3; 31.7.4; 29.9.2; 30.9 (Apéndice).

13 La madre María de Gonzaga, priora.

14 El médico.

15 Domingo de Pentecostés, en realidad el 6 de junio.

16 Pasaje de un canto de la época, titulado: «Nous t'oublier, Mère cherie?»

17 El 29 de mayo de 1887, día de Pentecostés; cf Ms A 50rº/vº.

18 Teresa escribió «tistes», en vez de «tristes».

19 Cf la nota 20 del mes de mayo.

20 Comparación tomada de la Histoire de saint Louis de Gonzaga (que se

estaba leyendo en el refectorio), p. 411.

21 PN 54,16.

22 El Manuscrito C.

23 Aunque todavía se levanta un poco, Teresa ya casi no asiste a Misa ni

al Oficio divino (12.6.1). Pero su estado no se considera todavía lo

suficientemente grave como para que el sacerdote entre en clausura a

llevarle la Eucaristía.

24 En realidad, se terminó el domingo día 13.

25 Cf Ms C 17rº.

26 Fiesta de san Luis Gonzaga, el 21 de junio. Para esta ocasión Teresa

compuso aún algunos versos: PS 6.

27 Coche de enfermo utilizado por el señor Martin y más tarde donado al

Carmelo.

28 Sainte Thérèse d'Avila, Vie par elle-même, chap. XI. [Las palabras

textuales de la Santa son: «¿Sabes qué es amarme con verdad? Entender

que todo es mentira lo que no es agradable a mí», y se encuentran en V

40,1. N. del T.]

29 Cf Cta 237, 254, 255, 257; CA 7.7.1; 29.7.8; 31.7.4; 2.8.5; 18.8.2;

19.8.4; 20.8.1; 21.8.2; 30.9. Pero a sor María del Sagrado Corazón Teresa

le precisará: «Un bebé que es un anciano» (PA 231). En ese mismo

sentido encontraremos «infantil» en CA 11.6.1; 10.7.3; 25.8.3; 5.9.1;

29.9.3. Pero, como se ha señalado (Prières, p. 129), en esa actitud no

existe la más mínima cursilería.

30 Cf 9.7.9.

31 Santo del Oriente que vivió largos años en lo alto de una columna, y de

ahí su nombre.

32 Cf Ms A 13rº/vº.

2 de julio

Por la tarde, fue por última vez al oratorio a orar ante el Santísimo; pero

estaba al límite de sus fuerzas. Yo la veía mirar largamente a la hostia, y

adiviné que lo hacía sin experimentar ningún consuelo pero con una gran

paz en el fondo del alma.

Recuerdo que por la mañana, después de Misa, cuando la comunidad se

dirigía al oratorio para la acción de gracias, nadie pensó en sostenerla.

Caminaba muy despacito, arrimada a la pared. No me atreví a ofrecerle el

brazo.

3 de julio

3.7.1

Había muerto una de nuestras amigas <1>, y el doctor de Cornière había

hablado delante de ella de su enfermedad, una especie de tumor que no

había podido definir exactamente. Aquel caso le interesaba vivamente

desde el punto de vista médico. «Qué lástima _dijo_ que no haya podido

hacerle la autopsia!».

Ella me dijo más tarde:

¡Ay, así de indiferentes somos los unos con los otros en la tierra! ¿Se diría

eso mismo si se tratase de una madre o de una hermana? ¡Qué ganas

tengo de irme de este triste mundo!

3.7.2

Le confiaba mis sentimientos de tristeza y desaliento después de una falta.

... Tú no haces como yo. Cuando yo cometo una falta que me pone triste,

sé muy bien que esa tristeza es la consecuencia de mi debilidad. ¿Pero

crees que me quedo en eso? ¡No, no soy tan tonta! Corro a decirle Dios:

Dios mío, sé que he merecido este sentimiento de tristeza, pero déjame

que te lo ofrezca igualmente como una prueba que me envías con amor.

Lamento mi pecado, pero me alegro de poder ofrecerte este sufrimiento.

3.7.3

¿Cómo es que deseas morir con esa prueba contra la fe que nunca

acaba?

¡Ya! ¡Pero creo en el Ladrón! Es sobre el cielo sobre lo que recaen todas

las dudas. ¡Qué extraño e incoherente!

3.7.4

Como la leche le sentaba mal y de momento no podía tomar ninguna otra

cosa, el Sr. de C.<2> había prescrito una especie de leche condensada que

se vendía en las farmacias con el nombre de "leche maternizada". Por

diversas razones, esta prescripción la apenó, y cuando vio llegar las

botellas se echó a llorar a lágrima viva.

Por la tarde sintió necesidad de desahogarse, y nos dijo con expresión

triste y dulce a la vez:

Necesito un alimento para el alma; leedme la vida de un santo.

¿Quieres la vida de san Francisco de Asís? Te distraerá cuando habla de

los pajarillos.

No, no para distraerme, sino para ver ejemplos de humildad.

3.7.5

Cuando estés muerta, te pondrán una palma en la mano <3>.

Si, pero tendré que poder soltarla cuando quiera, para poder dar a mi

Madrecita gracias a manos llenas. Tengo que poder hacer todo lo que me

guste.

3.7.6

(Por la noche)

¡Hasta los santos me abandonan! Durante Maitines le pedí a san Antonio

que me ayudase a encontrar el pañuelo que había perdido. ¿Crees que me

ha escuchado? ¡Se guardó <4> muy bien de hacerlo! Pero no importa: le he

dicho que, a pesar de todo, lo quiero mucho.

3.7.7

Durante Maitines, veía brillar las estrellas, y además escuchaba el Oficio

divino. Y me gustaba.

(La ventana de su celda estaba abierta.)

4 de julio

4.7.1

Dios me ha ayudado y he superado mi tristeza a propósito de la leche

maternizada...

4.7.2

(Por la noche)

Nuestro Señor murió en la cruz entre angustias, y sin embargo la suya fue

la más hermosa muerte de amor. Es la única que se ha visto; la de la

Santísima Virgen no se vio. Morir de amor <5> no es morir entre

arrobamientos. Te lo confieso francamente: me parece que eso es lo que

yo estoy viviendo.

4.7.3

¡Presiento que vas a sufrir mucho!

¿Y qué importa? El sufrimiento podrá llegar a límites extremos, pero estoy

segura de que Dios nunca me abandonará.

4.7.4

Estoy muy agradecida al P. Alejo <6>, me ha hecho mucho bien. El P.

Pichon <7> me trataba demasiado como a una niña; con todo, también él

me hizo mucho bien cuando me dijo que no había cometido ningún pecado

mortal.

5 de julio

5.7.1

Le hablaba de mis debilidades, y me dijo:

También yo tengo debilidades, pero me alegro de ello. Tampoco yo estoy

siempre por encima de las naderías de la tierra. Por ejemplo, si me da

rabia por una tontería que he dicho o que he hecho, me recojo en mi

interior y me digo a mí misma: ¡Vaya, sigo todavía en el mismo punto que

antes! Pero me lo digo con gran suavidad y sin tristeza. ¡Es tan bueno

sentirse uno débil y pequeño!

5.7.2

No estés triste por verme enferma, Madrecita, pues ya vez lo feliz que me

hace Dios. Yo estoy siempre alegre y contenta <8>.

5.7.3

Después de mirar una estampa que representaba a Nuestro Señor con dos

niñitos, el más pequeño de los cuales está sobre sus rodillas y el otro a sus

pies, besándole la mano:

Yo soy ese pequeñito que se ha subido a las rodillas de Jesús, que estira

tan graciosamente su piernecita, que levanta la cabecita y le acaricia sin

temor. El otro pequeño no me gusta tanto. Se comporta como una persona

mayor; le han dicho algo..., sabe que hay que tratar con respeto a Jesús...

6 de julio

6.7.1

Acababa de expectorar sangre. Yo le dije: ¿Así que vas a dejarnos?

¡Qué va! El Sr. abate <9> me ha dicho: «Será para ti un gran sacrificio dejar

a tus hermanas» Yo le he contestado: «Pero, Padre, creo que no las

dejaré; al contrario, después de mi muerte estaré mucho más cerca de

ellas» <10>.

6.7.2

Creo que ante la muerte tendré que tener la misma paciencia que para los

demás acontecimientos importantes de mi vida. Fíjate: entré joven en el

Carmelo, y, sin embargo, cuando todo estaba ya decidido, tuve que

esperar tres meses; para la toma de hábito, lo mismo; para la profesión,

otra vez lo mismo <11>. Pues bien, para mi muerte será también lo mismo:

llegará pronto, pero tendré todavía que esperar.

6.7.3

Cuando esté en el cielo, me acercaré a Dios, como la sobrinita de sor

Isabel <12> ante la reja del locutorio. Ya sabes, cuando recitaba su

felicitación y terminaba con una reverencia, levantando los brazos y

diciendo: "Felicidad para todos los que amo".

Dios me preguntará: "¿Qué quieres, hijita?" Y yo contestaré: "Felicidad

para todos los que amo". Y haré lo mismo ante delante de todos los

santos.

Estás hoy muy alegre, parece que ves al Ladrón.

Sí, cada vez que me pongo peor, le vuelvo a ver. Pero aun cuando no lo

viese, lo quiero tanto que estoy siempre contenta con lo que hace. No le

amaría menos si no viniese a robarme, al contrario... Cuando me engaña,

le hago toda suerte de cumplidos; ya no sabe qué hacer conmigo.

6.7.4

He leído un pasaje precioso en los Comentarios sobre la Imitación <13>. Es

un pensamiento del Sr. de Lamennais _¡mala suerte!_, pero es precioso a

pesar de todo. (Ella creía, y nosotras también, que el abate Lamennais

había muerto impenitente.)

Nuestro Señor, en el Huerto de los Olivos, gozaba de todas las delicias de

la Trinidad, y si embargo su agonía no fue por eso menos cruel. Es un

misterio, pero os aseguro que comprendo algo de él por lo que yo misma

estoy viviendo.

6.7.5

Estaba poniendo yo una lámpara ante la Virgen de la Sonrisa <14>, para

conseguir que dejase de expectorar sangre.

¿No te alegras, pues, de que me muera? Para alegrarme yo, tendría que

seguir expectorando sangre. ¡Pero, por hoy, se acabó!.

6.7.6

Ocho y cuarto de la mañana. Le llevé su lámpara, que se habían olvidado

de subirle. Le había prestado otros pequeños servicios. Se mostró muy

emocionada y me dijo:

Siempre te has portado así conmigo... No sé expresarte mi gratitud.

Y secándose las lágrimas:

Lloro porque me siento muy conmovida por todo lo que has hecho por mí

desde mi infancia. ¡Cuantísimo te debo! Pero cuando esté en el cielo, diré

la verdad, diré a los santos: todo lo que os gusta de mí me lo ha dado mi

Madrecita.

6.7.7

¿Cuándo llegará el juicio final? ¡Cómo me gustaría estar y en ese

momento! ¡¿Y después, qué habrá...?!

6.7.8

Hago muchos pequeños sacrificios...

7 de julio

7.7.1

Después de haber vuelto a expectorar sangre:

El bebé va a ir pronto a ver a Dios...

¿Tienes miedo a la muerte, ahora que la ves tan de cerca?

¡No, cada vez menos!

¿Tienes miedo al Ladrón? ¡Esta vez está a la puerta!

No, no está a la puerta, ya ha entrado. ¿Pero qué estás diciendo,

Madrecita? ¿Que si tengo miedo al Ladrón? ¡¿Cómo quieres que tenga

miedo a alguien a quien amo tanto?!

7.7.2

Le pedí que me volviera a contar lo que le había ocurrido después de su

ofrenda al Amor <15>. Empezó diciéndome:

Madrecita, te lo confié aquel mismo día, pero no me prestaste atención.

(En efecto, había aparentado no darle a la cosa ninguna importancia.)

Comenzaba a hacer viacrucis cuando de pronto me sentí presa de un

amor tan intenso hacia Dios, que no lo puedo explicar sino diciendo que

era como si me hubiesen metido toda entera en el fuego. ¡Qué fuego aquél

y al mismo tiempo qué dulzura! Me abrasaba de amor, y sentía que un

minuto, un segundo más, y no hubiese podido soportar aquel ardor sin

morir. Entonces comprendí lo que dicen los santos sobre esos estados que

ellos experimentaron tantas veces. Yo no lo probé más que una vez, y un

solo instante, y luego volví a caer enseguida en mi habitual sequedad.

Un poco más tarde:

A partir de los 14 años, he tenido también otros ímpetus de amor. ¡Ay,

cómo amaba a Dios <16>! Pero no era, en absoluto, como después de mi

ofrenda al Amor, no era una verdadera llama que me quemase.

7.7.3

Desde niña, me encantaban estas palabras de Job: «Aunque Dios me

matara, seguiría esperando en él» <17>. Pero he tardado mucho tiempo en

llegar a este grado de abandono. Ahora ya estoy en él; Dios me ha

introducido en él, me ha instalado en él...

7.7.4

Le pedía que dijese algunas palabras amables y edificantes al Dr. de

Cornière.

Madrecita, no es ése mi estilo... Que el Sr. de Cornière piense lo que

quiera. Sólo amo la sencillez y aborrezco el «fingimiento». Te aseguro que

si hiciera lo que deseas estaría mal por mi parte.

7.7.5

En fin, tengo la impresión de que estoy realmente muy enferma. No

olvidaré nunca la escena de esta mañana mientras expectoraba sangre: el

Sr. de Cornière parecía consternado.

7.7.6

Ya ves, Dios me trata tan dulcemente en atención a ti. Nada de

vejigatorios, sólo remedios suaves. Sufro, pero no como para gritar.

Tras un momento, con aire travieso:

Sin embargo, Dios nos ha mandado pruebas como para «gritar»..., y, no

obstante, no hemos «gritado»...

(Aludía a nuestra gran tribulación familiar <19>.9

En cuanto a los «remedios suaves», no siempre lo fueron, y sus

sufrimientos llegaron a ser terribles.

7.7.7

Soy como un pobre «lobito gris» que tiene muchas ganas de volver a su

selva y que se le obliga a vivir en las casas.

(En los Buissonnets, nuestro padre la llamaba algunas veces «mi lobito

gris»).

7.7.8

Acabo de ver sobre el muro un gorrioncillo que esperaba pacientemente,

lanzando de vez en cuando un gritito de llamada, a que su padre viniera a

buscarlo para darle de comer. Y he pensado que yo me parecía a él.

7.7.9

Le decía que me gustaban mucho los cumplidos.

Me acordaré en el cielo...

8 de julio

8.7.1

Se encontraba tan enferma, que se hablaba ya de administrarle la

extremaunción. Aquel día, la bajaron de su celda a la enfermería. Ya no

podía sostenerse y tuvieron que llevarla. Estando todavía en su celda, y

viendo que se pensaba en darla la extremaunción, dijo con un tono de

gozosa sorpresa:

¡Me parece estar soñando...! En fin, no están locos... (El Sr. abate Youf y

el Sr. de Cornière.)

Sólo tengo miedo de una cosa; de que esto vaya a cambiar.

8.7.2

Quiso examinarse conmigo de los pecados que hubiese podido cometer

con los sentidos, para acusarse de ellos antes de recibir la extremaunción.

Estábamos en el olfato, y me dijo:

Recuerdo que en mi último viaje de Alençon a Lisieux <20>, me serví de un

frasco de agua de Colonia que la Sra. Tifenne (*) me había regalado, y lo

hice sintiendo placer.

(*) (Una amiga de la familia.)

8.7.3

Queríamos hablarle todas a la vez.

¡Mucha gente tiene algo que decir!

8.7.4

Estaba rebosante de alegría y se esforzaba por comunicárnosla.

Si cuando esté en el cielo no puedo volver a la tierra para haceros algunas

«bromitas», me iré a llorar a un «rincón» <21>.

8.7.5

A mí:

Tienes larga la nariz, más tarde tendrás buen olfato <22>...

8.7.6

Mirando sus manos enflaquecidas:

Esto se está convirtiendo ya en un esqueleto, y «me pace» <23>.

8.7.7

¿Sabes?, pronto seré una «moribunda».

... Y eso me produce la impresión de que fuera una cucaña: he dado más

de un resbalón, pero luego, de pronto, ¡ya estoy arriba!

8.7.8

Prefiero ser reducida a polvo a conservarme incorrupta como santa

Catalina de Bolonia <24>. No conozco más que a san Crispín que haya

salido con honor del sepulcro.

El cuerpo de este santo se encuentra admirablemente conservado en su

convento de los franciscanos de Roma.

8.7.9

Hablando consigo misma:

¿"No hay más que hacer que estarse ahí agonizando..."? Pero a fin de

cuentas, ¡qué importa! Ya alguna vez me he visto cubierta de injurias por

tonterías <25>.

8.7.10

Con expresión seria y dulce a la vez, ya no me acuerdo por qué razón pero

sé que había sido incomprendida:

La Santísima Virgen hizo muy guardándolo todo en su "pequeño"

corazón... No se me puede reprochar a mí que quiera actuar como ella...

8.7.11

Los angelitos se han divertido mucho gastándome pequeñas bromas. Se

han dedicado a esconderme la luz que me señalaba mi cercano final.

¿Han escondido también a la Santísima Virgen?

No, la Santísima Virgen nunca estará escondida para mía, pues la quiero

demasiado.

8.7.12

Tengo grandes de recibir la extremaunción; si luego se ríen de mí, ¡lo

siento!

(Si recobraba la salud, pues sabía que algunas hermanas no la creían en

peligro de muerte.)

8.7.13

Seguro que lloraré al ver a Dios... Pero no, en el cielo no se puede llorar...

O sí, ya él mismo ha dicho: «Enjugaré las lágrimas de vuestros ojos».

8.7.14

Te ofrezco los pequeños frutos de mi alegría tal como Dios me los da <26>.

En el cielo alcanzaré muchas gracias para todos los que me han ayudado.

Para la Madrecita, todo. Aunque no todo te sirva, habrá mucho para

divertirte <27>.

8.7.15

¡Si supieras lo bondadoso que va a ser Dios conmigo! Pero si es un

poquito menos bondadoso, a mí me seguirá pareciendo bondadoso... Si

voy al purgatorio, me sentiré muy contenta, haré como los tres hebreos en

el horno: me pasearé por entre las llamas cantando el cántico del amor.

¡Qué feliz me sentiría si, yendo al purgatorio, pudiese librar a otras almas y

sufrir en su lugar, pues entonces haría el bien, libertaría a los cautivos!

8.7.16

Me previno de que, más tarde, un gran número de jóvenes sacerdotes, al

saber que ella había sido dada por hermana espiritual a dos misioneros

<28>, nos pedirían ese mismo favor. Y me advirtió que esto podría constituir

un gran peligro.

Cualquiera podría escribir lo que yo escribo, y recibiría los mismos

cumplidos y la misma confianza. Nosotras sólo podemos ser útiles a la

Iglesia con la oración y el sacrificio. La correspondencia epistolar debe ser

muy muy rara, y no se debe permitir en absoluto a ciertas religiosas que

vivirían pendientes de ella, creerían hacer maravillas, y en realidad no

harían más que perjudicar a su alma y tal vez caer en los lazos sutiles del

demonio <29>.

Insistiendo aún más en ello:

Madre mía, lo que acabo de decirte es muy importante, te pido por favor

que no lo olvides más tarde. En e Carmelo, no se ha de acuñar moneda

falsa para comprar almas... Y con frecuencia las bellas palabras que se

escriben y las bellas palabras que se reciben son moneda falsa.

8.7.17

Para hacernos reír:

Quisiera que me pusiesen en una cajita de Gennin, y no en el ataúd.

Jugaba con la palabra «ataúd». Habían enviado al Carmelo unas preciosas

flores artificiales en cajas de madera, alargadas y muy bien

acondicionadas, de la Casa Gennin de París.

8.7.18

... Trae mucho bien consigo el sufrimiento. Nos lleva a ser observantes y

caritativas.

9 de julio

9.7.1

No quería caras tristes a su alrededor, y tampoco en casa de mi tío.

Quiero que en La Musse estén todos «de boda». Yo lo estoy

espiritualmente todo el día.

No es una boda muy alegre, que digamos.

Pues a mí me parece muy alegre.

9.7.2

Sor Genoveva me va a necesitar... Pero volveré.

9.7.3

Tras la visita de Nuestro Padre <30>, le comenté que no las había ingeniado

para conseguir que le administraran los últimos sacramentos, que cuando

tenía visitas no daba la impresión de estar muy enferma.

¡No conozco el oficio <31>!

9.7.4

.¡...Quisiera irme ya...!

9.7.5

Seguramente morirás el 16 de julio, fiesta de Nuestra Señora del Carmen,

o el 6 de agosto, fiesta de la Santa Faz <32>.

Come todos los «dátiles» <31a> que quieras, yo no quiero ya comerlos... Ya

me he engañado demasiado con las fechas.

9.7.6

... ¿Por qué iba a estar yo más a cubierto que cualquier otra de tener

miedo a la muerte? Yo no digo, como san Pedro: «Yo nunca te negaré».

9.7.7

Hablábamos de la santa pobreza:

¡Santa Pobreza! ¡Qué curioso, una santa que no irá al cielo!

9.7.8

Yo había estado triste:

Mi amor debería consolarte.

Y a las que estaban presentes:

Ya me pondré de acuerdo con mi Madrecita.

Por la noche, a mí sola:

Vamos, yo no me engaño, sé muy bien que todo lo que haces por mí lo

haces por amor...

9.7.9

Habían cogido un ratón en la enfermería. Ella nos inventó toda una

historieta, pidiéndonos que le trajésemos el ratón herido, que ella lo

acostaría a su lado y lo haría auscultar por el médico. Nos reímos de

buena gana, y estaba contenta de habernos distraído.

10 de julio

10.7.1

... Los niñitos no se condenan.

10.7.2

Lo que has escrito <32> podría muy bien llegar un día hasta el Santo Padre.

Riéndose:

Et nunc et semper!

10.7.3

Señalándome con gesto infantil la estampa de la Santísima Virgen

amamantando a Niño Jesús <34>:

¡Esa leche sí que es buena! Habrá que decírselo al Sr. de Cornière <35>.

10.7.4

Era sábado, y a medianoche noche había expectorado sangre.

El Ladrón ha convertido en ladrona a su mamá... Y entonces ella vino a

medianoche para obligar al Ladrón a descubrirse... O a lo mejor vino ella

sola, si el Ladrón no quiso venir.

10.7.5

No me prolongarán la vida ni un minuto más de lo que quiera el Ladrón.

10.7.6

A mí sola:

Te preocupas demasiado por cosas que no valen la pena.

10.7.7

Sonriendo:

... Cuando has hecho algo así, es todavía peor que temas demasiado las

consecuencias...

10.7.8

Eres como un pajarillo miedoso que nunca ha vivido entre la gente,

siempre tienes miedo a que te atrapen. Yo nunca he tenido miedo a nadie;

he ido siempre adonde he querido... Yo me habría deslizado entre sus

piernas...

10.7.9

Tenía el crucifijo entre las manos, y después de besarlo a las 3 de la tarde

<36>, hizo ademán de querer quitarle la corona y los clavos.

10.7.10

Volviendo sobre el percance de la noche anterior <37>, dijo con gran salero,

mirando a la estampa de la Virgen Madre que estaba prendida en la

cortina al fondo de su lecho:

La Santísima Virgen no es ladrona de nacimiento... pero desde que tuvo a

su Hijo él le enseñó el oficio...

10.7.11

Hablábamos de la muerte y de las contracciones que en ese momento se

producen con frecuencia en el rostro. Ella replicó:

Si me ocurre a mí eso, no os entristezcáis, pues inmediatamente después

no tendré más que sonrisas.

Sor Genoveva estaba mirando la tapa de una caja_regalo de bautismo, y

dijo que la linda cabecita que veía en ella le podría servir de modelo para

una cabeza de ángel. Nuestra Teresita mostró deseos de verla, pero a

nadie se le ocurrió enseñársela, y ella no dijo nada. Yo lo supe más tarde.

10.7.12

¿Qué pensaré al mirar la ventana de tu celda cuando hayas dejado la

tierra? Se me partirá el corazón.

Pensarás que soy muy feliz, que allí yo he luchado y sufrido mucho... Me

habría gustado morir en ella.

10.7.13

(Durante Maitines)

Le viene a la mente que no está gravemente en enferma, que el doctor se

equivoca acerca de su estado de salud. Me confía sus temores y añade:

Si mi alma no estuviese de antemano totalmente dominada por el

abandono a la voluntad de Dios, si tuviese que dejarse inundar por los

sentimientos de alegría o de tristeza que se suceden tan rápidamente unos

a otros en la tierra, sería una oleada de dolor muy amarga y no podría

soportarla. Pero estas alteraciones sólo llegan a rozar la superficie de mi

alma... ¡Sin embargo, son pruebas muy duras!

10.7.14

... Creo que no es la Santísima Virgen la que me hace esas jugarretas...

Más bien, se ve obligada a ello por Dios... Él le dice que me pruebe para

que yo le dé más pruebas de abandono y de amor.

10.7.15

A mí sola:

... Tú estás siempre ahí para consolarme... Tú llenas mis últimos días de

ternura.

11 de julio

11.7.1

Recita toda esta estrofa:

«Puesto que el Rey del cielo

quiso ver a su Madre

sometida a la noche,

sometida a la angustia

del corazón,

¿será, acaso, merced

sufrir aquí en la tierra»<38>?

etc..........................

¿Así que ya no ves a la «Ladrona»?

¡Sí, sí que la veo! ¡Tú no lo entiendes! Ella es muy libre de no robarme...

«Miro a la derecha..., y nadie me conoce» ...Sólo Dios puede

comprenderme.

11.7.2

Durante Maitines.

Me habló de sus oraciones de antaño, por la noche durante el silencio del

verano, y me dijo que entonces había sabido por experiencia los que es un

«vuelo del espíritu» <39>. Me habló también de otra gracia de este género

que recibió en la gruta de santa María Magdalena <40>, en el mes de julio

de 1889, gracia a la que siguieron varios días de «quietud» <41>.

... Era como si me hubiesen corrido un velo sobre todas las cosas de la

tierra... Estaba totalmente escondida bajo el mando de la Santísima

Virgen. En esos días yo estaba encargada del refectorio, y recuerdo que

hacía las cosas como si no las hiciese, era como si me hubiesen prestado

un cuerpo. Estuve así durante toda una semana.

11.7.3

Le hablaba yo del manuscrito de su vida y del bien que iba a hacer a las

almas.

...¡Pero qué bien se verá que todo viene de Dios! Y lo que a mí me quepa

de gloria, será un don gratuito que no me pertenecerá. Todos lo

entenderán así...

11.7.4

Me habló de la comunión de los santos, y me explicó cómo los bienes de

los unos serán los bienes de los otros <42>.

... Como una madre está orgullosa de sus hijos, así lo estaremos nosotros

unos de otros, sin la menor envidia.

11.7.4

¡Ay, qué poco he vivido! Siempre me ha parecido muy corta la vida. Me

parece que fueron ayer los días de mi niñez <43>.

11.7.6

Podría creerse que si tengo una confianza tan grande en Dios es porque

no he pecado <44>. Madre mía, di muy claro que, aunque hubiera cometido

todos los crímenes posibles, seguiría teniendo la misma confianza; sé que

toda esa multitud de ofensas sería como una gota de agua arrojada en una

hoguera encendida. Y luego cuenta la historia de la pecadora convertida

que murió de amor. Las almas comprenderán enseguida, pues es un

ejemplo palpable de lo que quiero decir. Pero estas cosas no pueden

explicarse (*).

(*) En las Novissima Verba se completa de esta manera:

Este es el dato que me dictó textualmente:

«Se cuenta en la vida de los Padres del desierto que uno de ellos convirtió

a una pecadora pública cuyos desórdenes escandalizaban a toda la

comarca. Esta pecadora, tocada por la gracia, seguía al santo al desierto

para hacer allí una rigurosa penitencia, cuando, la primera noche del viaje,

antes incluso de haber llegado al lugar de su retiro, sus lazos mortales se

rompieron por la impetuosidad de su arrepentimiento lleno de amor, y en

aquel mismo instante el solitario vio cómo su alma era llevada por los

ángeles al seno de Dios. Este es un ejemplo palpable de lo que quiero

decir, pero estas cosas no pueden explicarse...». [Cf UC, II, Anexos, p.

145. El texto completo de la "historia" puede verse en SANTA TERESA

DEL NIÑO JESUS Manuscritos autobiográficos, Burgos, Monte Carmelo,

1958, Apéndice V, pp. 394_396. N. del T.]

11.7.7

Durante la charla de la noche, me repitió estos versos de «La joven

tuberculosa», según creo <45>. Y lo hizo con una expresión tan dulce...

... Mis días están contados,

la tierra voy a dejar,

voy a deciros adiós

sin esperanza posible

de volver.

Tú que me amaste y que fuiste

mi buen ángel tutelar,

deja caer sobre mí

dulces miradas de amor.

Y cuando veas que caen,

que caen ya las hojas muertas,

si me amaste,

reza por mí al Señor.

11.7.8

... Una gran paz en mi alma... Mi barquilla ha sido puesta a flote. Sé que no

me repondré, pero estoy resignada a seguir enferma varios meses, todo el

tiempo que Dios quiera.

11.7.9

¡Cómo te ha favorecido Dios! ¿Qué piensas de esa predilección?

Pienso que «el Espíritu de Dios sopla conde quiere».

12 de julio

12.7.1

Me contó que en una ocasión había tenido que librar un duro combate

interior a propósito de una lamparilla que tenía que preparar para la familia

de la madre María de Gonzaga que acababa de llegar de improviso a

dormir en la casa de las hermanas torneras. La lucha fue tan violenta, y le

venían tales pensamientos contra la autoridad <46>, que para no sucumbir

hubo de implorar insistentemente la ayuda de Dios. Al mismo tiempo, se

aplicaba lo mejor que podía a lo que le habían encomendado. Era durante

el silencio nocturno. Ella era la portera, y sor San Rafael su primera de

oficio.

Para vencerme, pensé que estaba preparando la lamparilla para la

Santísima Virgen y el Niño Jesús. Entonces, lo hice con increíble esmero,

no dejando ni una sola mota de polvo, y poco a poco fui sintiendo un gran

sosiego y una gran calma interior. Tocaron a Maitines y no pude ir

enseguida, pero me sentía en una tal disposición interior, había recibido

una gracia tan grande, que si la hermana San Rafael, por ejemplo, hubiese

venido a decirme que me había equivocado de lámpara y que había que

preparar otra, la habría obedecido con la mayor alegría. A partir de aquel

día, hice el propósito de no pararme nunca más a pensar si lo que me

mandaban me parecía útil o no.

12.7.2

Sor María de la Eucaristía <47> decía que yo era admirable...

...¡Madre admirable! No, mejor Madre amable <48>, pues el amor vale más

que la admiración.

12.7.3

A la madre María de Gonzaga:

Nada me para entre las manos. Todo lo que tengo y todo lo que gano es

para la Iglesia y para las almas. Aun cuando llegue a vivir 80 años, seguiré

siendo así de pobre.

13 de julio

13.7.1

Veo que tendré que, cuando esté en el cielo, tendré que vigilar la fruta;

pero no tenéis que matar a los pajarillos, de lo contrario no recibiréis

limosnas.

Y blandiendo graciosamente los brazos hacia la estampa del Niño Jesús:

¡Sí, sí...!

13.7.2

Dios tendrá que satisfacer todos mis caprichos en el cielo, porque yo no he

hecho nunca mi voluntad aquí en la tierra.

13.7.3

Nos mirarás desde lo alto del cielo, ¿no?

No, ¡bajaré!

13.7.4

Durante la noche había compuesto para la comunión <49> la copla «Tú que

conoces», etc. (*).

A propósito de eso me dijo:

Es curioso, la he compuesto con gran facilidad. Creía que ya no podría

hacer versos.

(*) El Proceso Ordinario completa así:

Durante la noche del 12, compuso esta copla para prepararse para la

comunión:

Tú que conoces mi infinita nada

y no vacilas en bajarte a mí,

ven a mi corazón, ¡oh blanca hostia!,

ven a mi corazón que aspira a ti.

De tu bondad, Señor, yo solicito

morir de amor tras tanta dignación.

Oye, Jesús, de mi ternura el grito.

¡Ven a mi corazón!

13.7.5

Yo no digo: «Si es duro vivir en el Carmelo, es dulce vivir en él», sino: «Si

es dulce vivir en el Carmelo, más dulce aún es morir en él».

13.7.6

El médico la había encontrado mejor que de ordinario.

Tocándose luego el costado, del que sufría mucho:

¡Sí, sí, esto va mejor de que ordinario...!

13.7.7

Me parecía que tenía el alma triste, a pesar de su aire alegre y satisfecho,

y le dije:

Pones esa cara y dices palabras alegres para no entristecernos, ¿no es

cierto?

... Yo obro siempre sin «fingimientos».

13.7.8

Le ofrecían vino de Baudon <50>.

Ya no quiero vino de la tierra... Quiero beber el vino nuevo en el reino de

mi Padre.

13.7.9

... Cuando sor Genoveva venía al locutorio, yo no podía decirle en media

hora todo lo que quería. Entonces, durante la semana, cuando me venía

una idea, o cuando lamentaba haberme olvidado de decirle algo, le pedía a

Dios que le hiciese saber y comprender lo que yo pensaba, y en la visita

siguiente ella me decía justamente lo que yo le había pedido a Dios que le

hiciese saber <51>.

... Al principio, cuando ella estaba triste y yo no había logrado consolarla,

me iba con el corazón desconsolado. Pero pronto comprendí que no era yo

quién para consolar a un alma; y en adelante, ya no sentía pena cuando

ella se iba toda triste. Le pedía a Dios que supliese él mi impotencia, y

sentía que me escuchaba, me daba cuanta de ello en la visita siguiente...

Desde entonces, cuando hago sufrir involuntariamente a alguien, le pido a

Dios que lo arregle, y ya no me preocupo.

13.7.10

Te pido que hagas un acto de amor a Dios y una invocación a todos los

santos; todos ellos son mis «pequeños» parientes en el cielo.

13.7.11

... Deseo que me compren a tres pequeños salvajes: un Luis María Martin,

un Teófano María, y medio de los dos una niña que se llame María Cecilia.

Después de un momento:

Y además una María Teresa.

(En vez de que gastasen el dinero en coronas después de su muerte.)

13.7.12

Volvió a hablarme de la comunión de los santos.

... Con las vírgenes, seremos vírgenes; con los doctores, doctores; y con

los mártires, mártires, pues todos los santos son parientes nuestros. Pero

lo que hayan seguido el camino de la infancia espiritual conservarán

siempre los encantos de la infancia.

Y me desarrolló esos pensamientos.

13.7.13

... Dios me dio desde la niñez la profunda convicción de que moriría joven

<52>.

13.7.14

... Mirándome con cariño:

¡Tienes una cara...! Después <53>... la tendrás siempre así... ¡Te reconoceré

muy bien, ya verás!

13.7.15

Dios me ha hecho siempre desear lo que quería darme <54>.

13.7.16

A nosotras tres:

No penséis que cuando esté en el cielo os dejaré caer alondras asadas en

el pico... No es eso lo que yo he tenido ni lo que he deseado tener. Quizás

tengáis grandes pruebas, pero os enviaré luces que os las harán apreciar y

amar. Os veréis obligadas a decir como yo: «Tus acciones, Señor, son

nuestra alegría».

13.7.17

No creáis que siento una intensa alegría de morir, como la sentía antaño,

por ejemplo, cuando iba a pasar un mes a Trouville o a Alençon; ya no sé

lo que es eso de las alegrías intensas. Es más, para mí la alegría no es

precisamente una fiesta, no es eso lo que me atrae. No puedo pensar

mucho en la dicha que me espera en el cielo; sólo una esperanza hace ya

palpitar mi corazón, y es el amor que recibiré y el que yo misma podré dar.

Además, pienso en todo el bien que podré hacer después de la muerte:

hacer que se bauticen niñitos, ayudar a los sacerdotes, a los misioneros, a

toda la Iglesia...

... Pero, sobre todo, consolar a mis hermanas...

... Esta noche pasada escuchaba una música lejana, y pensaba que pronto

escucharía melodías incomparables. Pero este sentimiento de alegría fue

pasajero.

13.7.18

Le pedía que me detallase los oficios que había tenido en el Carmelo.

A entrar en el Carmelo, me destinaron a la ropería con la madre subpriora

(sor María de los Angeles), y además tenía que barrer la escalera y el

dormitorio.

... Recuerdo que me costaba mucho pedir permiso a la maestra de

novicias para hacer mortificaciones en el refectorio, pero nunca cedí a mi

penitencia; me parecía que el crucifijo del patio, que yo veía por la ventana

de la ropería, se volvía hacia mí pidiéndome ese sacrificio.

Fue por esa época cuando iba a segar la hierba, a las cuatro y media, cosa

que no le gustaba a nuestra Madre.

Después de la toma de hábito, me destinaron al refectorio hasta la edad de

18 años; lo barría y ponía el agua y la cerveza. En las Cuarenta Horas <55>

de 1891, me pusieron en la sacristía con sor San Estanislao. A partir del

mes de junio del año siguiente <56>, estuve dos meses sin oficio, es decir,

durante ese tiempo pinté los ángeles del oratorio e hice de tercera de la

procuradora <57>. Después de esos dos meses, me pusieron en el torno

con sor San Rafael, sin dejar la pintura. Estos dos oficios duraron hasta las

elecciones de 1896, fecha en que pedí ayudar a sor María de San José en

la ropería, en las circunstancias que tú ya conoces...

Luego me contó cómo la consideraban lenta, poco diligente en los oficios,

y yo misma lo creía así; y, en efecto, las dos juntas recordamos cuánto la

reñí un día por un mantel del refectorio que ella había guardado mucho

tiempo en su cesta, sin repasar. Yo la acusaba de negligencia, y me

equivocaba, pues era que no le había dado tiempo. En aquella ocasión, sin

excusarse en absoluto, había llorado mucho al verme enfadada y

descontenta... ¡¡¡Que haya sido posible!!!

Me dijo también lo que había sufrido conmigo en el refectorio (yo era

entonces su primera de oficio) al no poder hablarme de sus cosillas, como

en otros tiempos, porque no tenía permiso y por otras razones...

Hasta tal punto, que tú habías llegado a no conocerme ya, añadió.

Me habló de lo que tenía que violentarse para quitar las telas de araña del

cuarto oscuro de San Alejo, debajo de la escalera (tenía varadero horror a

las arañas <58>) y otros mil detalles que me hacían ver lo fiel que había sido

en todo y lo que había sufrido sin que nadie lo sospechara.

14 de julio

14.7.1

Leí una vez que los israelitas construyeron las murallas de Jerusalén

trabajando con una mano y sosteniendo la espada con la otra. Eso es lo

que nosotras debemos hacer: no entregarnos totalmente al trabajo..., etc.

14.7.2

Si hubiese sido rica, me habría sido imposible ver a un pobre sin darle

enseguida parte de mis bienes. De la misma manera, medida que gano

algún tesoro espiritual, sabiendo que en ese mismo instante hay almas que

están en peligro de perderse y de caer en el infierno, les doy todo lo que

tengo, y todavía no he encontrado un solo momento para decirme: Ahora

voy a trabajar por mí.

14.7.3

Se puso a repetir, con semblante y acento celestiales, la estrofa de

"Acuérdate" que empieza con estas palabras:

Acuérdate, Señor,

de que es tu santa voluntad mi dicha

y mi único reposo <59>.

14.7.4

Lo importante no es que lo parezca (morir de amor), sino que lo sea.

14.7.5

Siempre me ha gustado lo que Dios me daba. Hasta el punto de que, si me

hubiese dado a escoger, yo habría escogido precisamente aquello, incluso

las cosas que me parecían menos buenas y menos bonitas que las que

tenían las demás.

14.7.6

¡Qué veneno de alabanzas he visto que servían a la madre priora! ¡Y qué

desprendida y elevada sobre sí misma tiene que estar un alma para no

salir de ello perjudicada!

14.7.7

En su visita, el doctor había vuelto a darnos un poco de esperanza, pero

ella ya no se apenó y nos dijo:

¡Ya estoy acostumbrada! ¡No me importa seguir enferma durante mucho

tiempo! Si deseo que esto se acabe pronto, es por evitaros angustias a

vosotras.

14.7.8

¡Te quiero mucho, Madrecita!

14.7.9

Mi corazón está lleno de la voluntad de Dios, y así, cuando se le echa algo

encima, no penetra en el interior: es como una nadería que resbala

fácilmente, como el aceite, que no puede mezclarse con el agua. Allá en lo

hondo vivo siempre en una paz profunda, que nada puede turbar.

14.7.10

Mirando sus manos enflaquecidas <60>:

¡Qué alegría siento al ver cómo me voy destruyendo!

15 de julio

15.7.1

Tal vez mueras mañana (fiesta de la Virgen del Carmen) después de la

comunión.

No, eso no encajaría en mi caminito. ¿Voy a salirme de él para morir?

Morir de amor después de la comunión es algo demasiado hermoso para

mí, las almas pequeñas no podrían imitar eso.

¡Y ojalá que mañana por la mañana no me ocurra algún percance! <61>.

Cosas así sólo a mí pueden ocurrirme: que sea imposible darme la

comunión y que Dios se vea obligado a volverse..., ¿qué te parece?

15.7.2

Me habló del beato Teófano Vénard, que no había podido recibir la

sagrada comunión en el momento de la muerte, y lanzó un profundo

suspiro.

15.7.3

Habíamos hecho los preparativos para que comulgara al día siguiente. El

sobrino de sor María Filomena <62> iba a entrar después de su primera

Misa en el Carmelo para darle la comunión. Pero al verla peor, temíamos

que escupiese sangre después de medianoche y le pedíamos que rezase

para que nada desagradable viniese a estropear nuestro proyecto. Ella

respondió:

Sabéis bien que yo no puedo pedir eso..., pero pedidlo vosotras por mí...

Sin embargo, esta noche acabé pidiéndoselo a Dios por complacer a mis

hermanas y para que la comunidad no quedara decepcionada; pero en el

fondo le dije todo lo contrario, le dije que hiciese lo que quisiera...

15.7.4

Al vernos adornar la enfermería:

¡Cuánto trabajo os tomáis para preparar todo lo necesario! ¡Así son las

fiestas de la tierra! A las niñas que van a hacer la primera comunión se les

lleva por la mañana su hermoso vestido blanco, y sólo tienen que

ponérselo <63>; nada saben del trabajo que los suyos se han tomado por

ellas, sólo saben de alegría. No pasa lo mismo cuando se es mayor...

15.7.5

Me contó el siguiente episodio, cuyo recuerdo guardaba como una gracia:

Sor María de la Eucaristía quería encender las velas para una procesión.

No tenía cerillas, pero al ver la lamparilla que arde ante las reliquias, se

acercó; pero, ¡ay!, la encontró medio apagada, no quedaba más que un

débil destello en la mecha carbonizada. Sin embargo, consiguió encender

su vela, y, gracias a su vela, se fueron encendiendo todas las de la

comunidad. Fue aquella lamparita medio apagada la que produjo aquellas

hermosas llamas que, a su vez, hubieran podido producir infinidad de otras

e incluso incendiar el universo. Sin embargo, la causa primera de ese

incendio se debería siempre a aquella lamparita. ¿Podrán entonces las

hermosas llamas, sabiendo esto, gloriarse de haber provocado semejante

incendio, cuando ellas mismas sólo se encendieron gracias a aquella

centellita...?

Lo mismo ocurre con la comunión de los santos. Muchas veces, sin que

nosotros lo sepamos, las gracias y las luces que recibimos las debemos a

un alma escondida, porque Dios quiere que los santos se comuniquen la

gracia unos a otros por medio de la oración, para que en el cielo se amen

con un gran amor, con un amor todavía mucho mayor que el amor de la

familia, hasta el de la familia más ideal de la tierra. ¡Cuántas veces he

pensado si no podría yo deber todas las gracias que he recibido a las

oraciones de un alma que haya pedido por mí a Dios y a la que no

conoceré más que en el cielo!

Sí, una centellita muy pequeña puede hacer brotar grandes lumbreras en

la toda la Iglesia, como doctores y mártires, que estarán muy por encima

de ella en el cielo; ¿pero quién podrá decir que su gloria no se tornará la

de ella?

En el cielo no habrá miradas de indiferencia, porque todos los elegidos

reconocerán que se deben mutuamente las gracias que les han merecido

la corona.

(La conversación fue muy larga y no pude recogerlo todo, ni palabra por

palabra.)

16 de julio

16.7.1

_ Tengo miedo de que sufras mucho para morir...

_ ¿Por qué tienes miedo por adelantado? Espera al menos a que ocurra,

para sufrir. ¿Acaso ves que yo empiece a atormentarme pensando que si

sobrevienen las persecuciones y las matanzas que dicen, quizás te

arranquen los ojos?

16.7.2

Había hecho el sacrificio completo de sor Genoveva <64>, pero no puedo

decir que no deseara ya tenerla aquí a mi lado. Muchas veces, en verano,

durante la hora de silencio antes de Maitines, sentada en la terraza, me

decía a mí misma: ¡Si estuviera aquí Celina junto a mí! ¡Pero no, esa será

una dicha demasiado grande para la tierra!

... Y me parecía un sueño irrealizable. Sin embargo, no deseaba esa dicha

por un sentimiento natural; era por su alma, para que caminase por

nuestro mismo camino... Y cuando la vi entrar aquí, y no sólo entrar sino

que me la confiaban enteramente a mí para que yo la instruyese en todas

las cosas; cuando vi que Dios hacía eso, rebasando así mis deseos,

comprendí la inmensidad del amor que él me tiene...

... Pues bien, Madrecita, si un deseo apenas esbozado fue escuchado de

esa manera, es imposible que no sean completamente escuchados todos

esos mis grandes deseos de los que hablo a Dios con tanta frecuencia.

16.7.3

Me repitió con expresión convencida esta frase que había leído en las

"Florecillas", un libro del abate Bourb <65>.

Los santos de los últimos tiempos superarán a los de primeros como los

cedros superan a los demás árboles.

16.7.4

Tú conoces todos los rincones de mi alma, tú sola... (*)

(+) El 28 de agosto de 1940, al final del Cuaderno amarillo, añadió este

texto:

Advertencia importante

Cuando santa Teresita me dijo, el 16 de julio de 1897, "Tú conoces todos

los rincones de mi alma, tú sola...", estoy segura de que, en su

pensamiento, no excluía de este conocimiento completo de su alma a sor

María del Sagrado Corazón y a sor Genoveva de la Santa Faz. A sor María

del Sagrado Corazón, a quien debía la sonrisa de la Santísima Virgen, que

la había preparado para la primera comunión, y a quien debemos además

la respuesta maravillosa de su ahijada [el Manuscrito B], del 17 de

septiembre de 1896. A sor Genoveva de la Santa Faz, su Celina, a quien

ella llamaba tan tiernamente "el dulce eco de su alma".

Pero se sintió inspirada por Dios para decirme eso a mí personalmente

para que más tarde, en razón de la autoridad que se me iba a conferir,

pudieran confiar plenamente en lo que yo dijese y escribiese sobre ella.

Sor Inés de Jesús

c.d.i.

28 de agosto de 1940

16.7.5

Con la expresión de un niño al que le está rondando la cabeza una

graciosa travesura:

Quisiera darte una prueba de amor que nadie te haya dado nunca...

Yo me preguntaba qué iría a hacer... Y entonces... <66>

16.7.6*

Si Dios me dijera: Si mueres ahora, tendrás una gloria muy grande; si

mueres a los 80 años, la gloria será mucho menor, pero eso me agradará

mucho más, no dudaría en responder: "Dios mío, quiero morir a los 80

años, pues no busco mi gloria, sino tan sólo agradarte a ti.

Los grandes santos trabajaron por la gloria de Dios, pero yo, que no soy

más que un alma muy pequeña, sólo trabajo por complacerle, y me sentiría

feliz de soportar los mayores sufrimientos aunque sólo fuese para hacerle

sonreír una sola vez.

17 de julio

17.7

Sábado. A las 2 de la mañana había expectorado sangre.

Presiento que voy a entrar en el descanso... Pero presiento, sobre todo,

que mi misión va a comenzar: mi misión de hacer amar a Dios como yo le

amo, de dar mi caminito a las almas. Si Dios escucha mis deseos, pasaré

mi cielo en la tierra hasta el fin del mundo. Sí, yo quiero pasar mi cielo

haciendo el bien en la tierra. Y eso no es algo imposible, pues, desde el

mismo seno de la visión beatífica, los ángeles velan por nosotros. <67>.

Yo no puedo convertir mi cielo en una fiesta, no puedo descansar mientras

haya almas que salvar... Pero cuando el ángel diga: «¡El tiempo se ha

terminado!», entonces descansaré y podré gozar, porque estará completo

el número de los elegidos y todos habrán entrado en el gozo y en el

descanso. Mi corazón se estremece de alegría al pensar en esto...

18 de julio

18.7.1

... Dios no me daría este deseo de hacer el bien en la tierra después de mi

muerte, si no quisiera hacerlo realidad. Me daría más bien el deseo de

descansar en él.

18.7.2

No tengo sufrimientos, sólo molestias.

19 de julio

19.7.1

«Esta noche voy a regar». (Era al comenzar la recreación.)

¡Tendrías que regarme también a mí!

¿Qué eres tú?

Yo soy un granito, y no sé todavía sabe lo que saldrá de él...

19.7.2

Hace un momento tenía muchas ganas de preguntarle a sor María del

Sagrado Corazón, que venía de estar con el Sr. Youf en el locutorio, lo que

éste había dicho acerca de mi estado después de su visita. Pensaba para

mis adentros: quizás me haga bien y me consuele el saberlo. Pero,

reflexionando, me dije: No, eso es curiosidad, no quiero hacer nada por

saberlo; ya que Dios no permite que ella misma me lo diga, es señal de

que no quiere que lo sepa. Y evité llevar la conversación a ese tema, por

miedo a que sor María del Sagrado Corazón me lo dijese como a la fuerza;

no me habría sentido feliz...

19.7.3

Me dijo que se había buscado a sí misma enjugándose el rostro una vez

más de lo necesario, para que sor María del Sagrado Corazón se diera

cuenta de que estaba sudando mucho,

20 de julio

20.7.1

(A las 3 de la mañana había expectorado sangre.)

«¿Qué harías tú si una de nosotras estuviese enferma en tu lugar?

¿Vendrías a la enfermería durante las recreaciones?».

_ Iría derecha a la recreación, sin preguntar por vosotras; y lo haría con

toda naturalidad, para que nadie se diese cuenta de lo que me costaba. Y

si viniera a la enfermería, lo haría por complacer, nunca por darme gusto a

mí misma...

... y todo por cumplir con mi deber y para alcanzaros gracias que

seguramente no os conseguiría buscándome a mí misma. Y yo misma

sacaría una gran fortaleza de estos sacrificios. Pero si alguna vez, por

debilidad, hiciese lo contrario de lo que quisiera, no me desanimaría, sino

que trataría de reparar mis fallos privándome todavía más sin que se me

notase.

20.7.2

Dios se hace representar por quien quiere, pero eso no tiene importancia...

Contigo, habría habido un lado humano, y yo prefiero que no haya más

que el divino. Sí, lo digo de corazón, estoy contenta de morir entre los

brazos de nuestra Madre, porque ella representa a Dios.

20.7.3

... El pecado mortal no me quitaría la confianza <68>.

... ¡Y, sobre todo, no te olvides de contar la historia de la pecadora! Eso

demostrará que no me equivoco.

20.7.4

Le decía que temía mucho para ella las angustias de la muerte.

Si por angustias de la muerte entiendes esos sufrimientos terribles que se

manifiestan en los últimos momentos con señales que causa horror a las

demás, yo nunca los he visto aquí en las que han muerto en mi presencia.

La madre Genoveva los tuvo en el alma, pero no en el cuerpo.

20.7.5

No sabes cuánto te quiero, y te lo demostraré...

20.7.6

Me acosan a preguntas, lo cual me hace pensar en Juana de Arco ante el

tribunal... Y me parece que respondo con la misma sinceridad que ella.

21 de julio

21.7.1

Cuando te miro, Madrecita, me siento muy feliz; tú nunca me cansas, al

contrario. Lo decía hace poco: cada vez que me veo obligada a dar algo, y

esas veces son muchas, eres tú quien me lo proporciona...

21.7.2

Si Dios me riñe, aunque sólo sea un poquito, no lloraré lastimeramente...;

pero si no me riñe en absoluto, si me acoge con una sonrisa, entonces sí

que lloraré...

21.7.3

¡Cómo me gustará conocer en el cielo la historia de todos los santos! Pero

no tendrán que contármela, pues resultaría demasiado largo. Cuando me

acerque a un santo, tendré que poder conocer su nombre y toda su vida

con una sola mirada <69>.

21.7.4

Yo nunca he obrado como Pilato, que se negó a escuchar la verdad. Yo

siempre he dicho a Dios: Dios mío, yo quiero escucharte; por favor,

respóndeme cuando te digo humildemente: ¿Qué es la verdad? Haz que

yo vea las cosas tal cual son y que nunca me deje engañar por las

apariencias <70>.

21.7.5

Le decíamos que podía sentirse muy dichosa de haber sido escogida por

Dios para enseñar a las almas el camino de la confianza. Respondió:

¡Qué importa que sea yo o que sea otra quien muestre este camino a las

almas! Con tal que se enseñe, ¡qué importa el instrumento!

22 de julio

22.7.1

Sor María del Sagrado Corazón le decía: «¡Vaya, se te cuida con mucho

amor...!».

Sí, así es... Y es una imagen del amor que Dios me tiene. Yo nunca le he

dado más que amor, por eso él me devuelve amor; y esto todavía no ha

terminado, pronto me devolverá mucho más...

Estoy hondamente conmovida, es como un rayo de luz, o, mejor, como un

relámpago en medio de mis tinieblas..., ¡pero sólo como un relámpago!

22.7.2

Me repitió sonriendo estas palabras que el Sr. Youf le había dicho después

de la confesión:

Si los ángeles barrieran el cielo, el polvo sería de diamantes.

23 de julio

23.7.1

Le hablaban de asociaciones <71>:

Estoy tan cerca del cielo, que todo eso me parece triste.

23.7.2

Una de nosotras le había dicho y leído algo, y pensaba haberla consolado

y alegrado mucho en su gran prueba.

_ ¿Verdad que tu prueba ha cesado un momento?

¡No! ¡Ha sido como si cantaras!

23.7.3

Le hablaba incesantemente de ese miedo, que nunca me abandonaba, a

verla sufrir todavía más.

Los que corremos por el camino del amor creo que no debemos pensar en

lo que pueda ocurrirnos de doloroso en el futuro, porque eso es faltar a la

confianza y meternos a creadores.

23.7.4

... Cuando las pruebas de papá, yo tenía un vehemente deseo de sufrir...

Una noche en que sabía que había empeorado <72>, sor María de los

Angeles <73>, al verme muy triste, intentaba consolarme lo mejor que podía;

pero yo le dije: «Sor María de los Angeles, creo que puedo sufrir todavía

más». Ella me miró muy sorprendida y luego me lo recordó muchas veces.

Sor María de los Angeles, en efecto, no olvidó nunca aquella noche.

Nuestra santita, todavía postulante, estaba a punto de acostarse, sentada

sobre el jergón, en camisón y con sus hermosos cabellos cayéndole sobre

los hombros. «Su mirada, dice ella, y toda su persona tenían un algo de

tan noble y de tan bello, que creí estar viendo a una virgen del cielo».

23.7.5

Recuerdo que un día, en lo más recio de nuestras pruebas, me encontré

con sor María del Sagrado Corazón después de barrer la escalera del

dormitorio (del lado de la ropería). Teníamos permiso para hablar y me

paró. Entonces yo le dije que me sentía con muchas fuerzas y que en ese

momento estaba pensando en estas palabras de Mme. Swetchine que me

calaban de tal manera que me sentía como abrasada: «La resignación es

todavía distinta de la voluntad de Dios; existe entre ellas la misma

diferencia que entre la unión y la unidad. En la unión sigue habiendo

todavía dos, en la unidad ya no hay más que uno solo»<74>.

(No sé si es completamente textual.)

23.7.6

Me habían obligado a pedir la curación de papá el día de mi profesión <75>;

pero no logré decir más que esto: Dios mío, por favor, que sea tu voluntad

que papá se cure.

23.7.7

... «In te, Domine, speravi» <76>. En los días de nuestras grandes pruebas,

¡cómo me gustaba recitar este versículo en el coro!

24 de julio

24.7.1

Le habían mandado unas frutas preciosas, pero no podía comerlas. Las

fue cogiendo una tras otra, haciendo ademán de ofrecérselas a alguien, y

dijo:

La Sagrada Familia ha quedado bien servida: a san José y al Niño Jesús le

han tocado un melocotón y dos ciruelas a cada uno.

Preguntándome a media voz:

Tal vez no esté bien, pero las he tocado con satisfacción. Me gusta mucho

tocar la fruta, sobre todo los melocotones <77>, y verla de cerca.

Yo la tranquilicé, y prosiguió:

La Santísima Virgen también ha tenido su parte. Cuando me dan leche con

ron, se la ofrezco a san José, pensando: ¡Qué bien le va a venir esto al

pobre san José!

En el refectorio, pensaba siempre a quién tenía que darle cada cosa. Lo

dulce era para el Niño Jesús, los platos fuertes para san José, y tampoco

me olvidaba de la Santísima Virgen. Pero cuando me faltaba algo, por

ejemplo cuando se olvidaban de pasarme la salsa o la ensalada, estaba

mucho más contenta, pues me parecía que entonces se lo daba de verdad

a la Sagrada Familia viéndome realmente privada de lo que le ofrecía.

24.7.2

... Cuando Dios quiere que nos veamos privadas de algo, no hay más

remedio que aceptarlo. A veces, sor María del Sagrado Corazón ponía mi

plato de ensalada tan cerca de sor María de le Encarnación, que yo no

podía ya considerarlo como mío, y no lo tocaba.

¡Ay, Madrecita, y qué tortillas, duras como suelas de zapato, me han

servido en mi vida! Creían que me gustaban así, totalmente resecas.

Después de mi muerte habrá que poner mucho cuidado en no dar esa

porquería a las pobres hermanas <78>.

25 de julio

25.7.1

Le decía yo que acabaría por desearle la muerte para no verla ya sufrir

tanto.

... Sí, pero no hay que decir eso, Madrecita, porque lo que me gusta de la

vida es precisamente sufrir <79>.

25.7.2

¿Es que estamos ya de lleno en la estación de los melocotones? ¿Se

pregonan las ciruelas por las calles? Ya no entiendo lo que pasa.

«Cuando se llega a la tarde de la vida,

se pierden la memoria y la cabeza».

25.7.3

Nuestro tío le había mandado uvas. Comió unas pocas y dijo:

¡Qué ricas están estas uvas! Pero no me gusta lo que envía mi familia...

Antes, cuando me traían de su parte ramos de flores para el Niño Jesús

<80>, nunca quería recibirlos sin antes estar bien segura de que nuestra

Madre lo había permitido.

25.7.4

A petición suya, le di a besar el crucifijo, y se lo presenté en la manera

acostumbrada <81>.

¡... No, y lo beso en la cara!

Y mirando la estampa del Niño Jesús (que sor María de la Trinidad había

traído del Carmelo de [rue] Mesina) <82>:

Ese Niño Jesús parece que me está diciendo: «Vendrás al cielo, te lo digo

yo».

25.7.5

¿Y dónde está ahora el Ladrón? Ya no se habla más de él. Contestó,

poniendo la mano sobre el corazón:

¡Está aquí! Está en mi corazón.

25.7.6

Le decía yo que la muerte, en apariencia, era muy triste y que sentiría

mucha pena al verla muerta. Me contestó con voz enternecida:

La Santísima Virgen tuvo a Jesús muerto sobre sus rodillas, desfigurado,

ensangrentado. ¡Lo que tú veas será algo bien distinto! ¡Yo no sé lo que

ella habrá hecho...! Suponte que me traen a tus brazos en ese estado: ¿tú

qué harías? Responde mihi <83>...

25.7.7

Después de contarme varias cosillas que se reprochaba a sí misma, me

preguntó si habría ofendido a Dios. Le contesté sencillamente que todos

aquellos pecadillos no lo eran en realidad, y que me había hecho mucho

bien contándomelos. Entonces, pareció emocionarse mucho, y más tarde

me dijo:

Al oírte, me acordé del P.Alejo. Tus palabras han calado también

profundamente en mi corazón.

25.7.8

Se echó a llorar; yo recogí sus lágrimas, secándolas con un paño fino (sor

Genoveva conserva esta reliquia).

Sor Genoveva le presentó una florecita de geranio, que estaba sobre la

mesa desde hacía mucho tiempo, para que la arrojase a sus estampas

prendidas con alfileres en la cortina de su cama.

... No arrojar nunca flores marchitas..., sólo florecitas lozanas «recién

abiertas».

25.7.9

Le proponíamos una distracción, pero que era demasiado ruidosa. Y

respondió sonriendo:

¡... Nada de juegos de muchachos! ...Nada tampoco de juegos de niñas.

Sólo juegos de angelitos.

25.7.10

... Miro las uvas y me digo: Son bonitas, y tienen buen aspecto. Luego

como un grano: éste no se lo doy yo al Niño Jesús, me lo da él a mí.

25.7.11

En mi enfermedad soy como un auténtico niño: no pienso en nada, estoy

contenta de ir al cielo, y eso es todo.

25.7. 12

... La primera vez que me dieron uvas en la enfermería, le dije al Niño

Jesús: ¡Qué ricas son las uvas! No entiendo por qué esperas tanto para

cogerme, pues soy un pequeño racimo de uvas <84> y dicen que estoy tan

madura...

25.7.13

A propósito de la dirección espiritual:

... Pienso que hay que tener mucho cuidado con no buscarse una a sí

misma, pues pronto quedaría herido el corazón y podría decirse con razón:

«Los centinelas me quitaron el manto y me hirieron...; pero apenas los

dejé, encontré al Amor de mi alma».

Pienso que si el alma hubiese preguntado humildemente a los centinelas

dónde estaba el Amor de su alma, ellos le habrían indicado dónde se

encontraba; pero por haber querido atraer su admiración, cayó en la

turbación y perdió la sencillez del corazón.

25.7.14

... Tú eres mi luz.

25.7.15

Escucha una historia muy divertida: Un día, después de mi toma de hábito

<85>, sor San Vicente de Paúl me encontró en la celda de nuestra Madre y

exclamó: «¡Pero qué cara de bienestar! ¡Qué fuerte está esta chica! ¡Y qué

gorda!». Yo me fui toda confusa por el cumplido, cuando hete aquí que sor

Magdalena me para delante de la cocina y me dice: «¡Pero en qué te estás

convirtiendo, mi pobrecita sor Teresa del Niño Jesús! ¡Estás adelgazando

a ojos vista! A ese paso, con ese semblante que hace temblar a

cualquiera, no podrás guardar mucho tiempo la Regla». Yo no salía de mi

asombro al escuchar, una tras otra, opiniones tan opuestas. Desde aquel

momento, dejé de prestar la menor importancia a la opinión de las

criaturas, y esta impresión se ha desarrollado en mí de tal manera, que

actualmente tanto las censuras como los elogios resbalan sobre mí sin

dejar la menor huella.

NOTAS

Julio

Dos fuentes nos suministran una rica información sobre el mes de julio: los

238 dichos, o sea casi una tercera parte del Cuaderno amarillo, y 34 cartas

que hablan de Teresa, en su mayor parte dirigidas a la familia Guérin que

estaba de vacaciones en La Musse (cf UC p. 611s). Dichas fuentes nos

permiten seguir paso a paso el curso de la tuberculosis.

Tras la aparente mejoría de finales de junio, se declaran dos hemoptisis

abundantes y repetidas, los días 6 y 7 de julio. Reposo absoluto, hielo y

otros cuidados conjuran por el momento el peligro. Al atardecer del 8 de

julio, bajan a la enferma a la enfermería de la planta baja.

Pronto vuelven las hemoptisis. El Dr. de Cornière no espera ya la curación.

El 29 de julio, se agrava de tal manera, que al día siguiente administran la

Unción de los enfermos a la moribunda: se piensa que no pasará de la

noche.

A comienzos de mes, Teresa ha tenido que abandonar la redacción de su

manuscrito. Su tarea ha terminado. Y comienza la de la madre Inés de

Jesús. A la cabecera de su hijita, el futuro «historiador» (CA 29.7.7)

pregunta y recibe explicaciones. Recuerdos de la infancia que evoca la

enferma, comentarios espontáneos sobre su experiencia religiosa,

reacciones ante los sufrimientos del cuerpo y del alma. Teresa, en su

espontaneidad, es veraz. Su «caminito» deberá transmitirse al mayor

número posible de almas. Julio es el mes de las intuiciones proféticas

sobre su misión póstuma.

Trece cartas y billetes fueron redactados (a lápiz) por Teresa a lo largo de

este mes (Cta 249 a 261).

1 Juana María Primois, fallecida el 1 de julio a los 43 años.

2 El Dr. de Cornière.

3 La palma puede verse en la foto VTL nº 46, y se encontró intacta a la

hora de exhumarla el 6/9/1910.

4 [Teresa dice: «bien guetté». N. del T.], expresión normanda por «bien

gardé».

5 Ver la nota 6 del mes de junio.

6 Cf Ms A 80rº/vº; y 25.7.7.

7 Cf Ms A 70rº y LC 151; para sus otras quince cartas a Teresa, véase CG

p. 1438.

8 Sobre la alegría de Teresa enferma, cf 19.5; 6.7.3; 9.7.1; 13.7.7; 10.8.3;

20.8.4; 5.9.3; 6.9.2; Cta 255; UC p. 620-621, 656.

9 El abate Youf.

10 Cf 27.8.6; Cta 229 y 253; UC p. 664.

11 Sobre todos esos retrasos, cf Ms A 68rº, 72rº y 73vº.

12 Tornera del Carmelo.

13 Cf Im II, 9, Reflexiones.

14 La estatua que Teresa, siendo niña y estando gravemente enferma, vio

que le sonreía el 13 de mayo de 1883, cf Ms A 30rº.

15 Ofrenda del 9 de junio de 1895; cf Ms A 84rº y Or 6; vuelve a evocarse

en 29.7.9; 8.8.2; y el 30.9.

16 Cf Ms A 52rº.

17 Traducción de la Vulgata.

18 Cf 13.7.7; 11.8.6; 15.8.7.

19 La enfermedad del señor Martin.

20 En octubre de 1886; cf Ms A 43rº.

21 Teresa escribe «toin» en vez de «coin» [rincón].

22 «Papá decía esto algunas veces, era una frase conocida», anotó la

madre Inés. Sobre la nariz de ésta, cf Cta 219.

23 Cf 15.6.2; sobre la delgadez de la enferma, 14.7.10; 20.9.2; 24.9.3.

24 Cf Ms A 59vº.

25 Cf Ms C 27rº. [En el original, Teresa hace un juego de palabras

intraducible al español, incurriendo en un barbarismo francés: «agoniser»

= agonizar, y «agoniser», que, usado como barbarismo en lugar de

«agonir», significa colmar, cubrir de injurias. N. del T.]

26 Cf Cta 260.

27 Teresa escribe «éjouir» en vez de «réjuir» [gozarte].

28 El abate Bellière (cf 30.7.4; 12.8.2; 4.9.4; 21.9.3) y el P. Roulland (cf

1.5.2; 30.7.4; 4.9.4).

29 Cf Ms C 32rº/vº.

30 El canónigo Maupas.

31 «De la astucia», precisa en otra parte la madre Inés.

31ª Teresa juega con las palabras «dattes» (= dátiles) y «dates» (=

fechas), que se pronuncian lo mismo.

32 Cf Or 12. Y sobre los pronósticos acerca de la fecha de su muerte, cf

15.7.1; 31.7.1; 25.8.1; 2.9.1; 23.9.2.

33 Su autobiografía.

34. Reproducción de un cuadro pintado por Celina (1894); cf 10.7.10.

35 Cf 3.7.4 y 20.8.6.

36 Era costumbre en el Carmelo tocar la campana a las 3 de la tarde, en

recuerdo de la muerte de Cristo. Al oírla, todas las religiosas besaban su

crucifijo.

37 Una hemoptisis.

38 Cf el texto original en PN 54,16.

39 Cf SANTA TERESA DE JESÚS, M6, 5.

40 Una ermita en la huerta del Carmelo.

41 Cf TERESA DE JESÚS, Camino de perfección, cap. 32. [En realidad,

cap. 31. N. del T.]

42 Cf 13.7.12; 15.7.5; Cta 185.

43 Cf Ms A 11vº.

44 Cf Ms A 70rº; Ms C 36vº; y 20.7.3; así como Prières. pp. 62 y 66.

45 En realidad, de Las hojas muertas de L. Abadie.

46 Esto le sucedió bajo el priorato de la madre Inés (1893-1896).

47 María Guérin.

48 Alusión a las letanías de la Santísima Virgen.

49 Cf PS 8.

50 Vino tonificante.

51 Cf Cta 144,rºtv y 149, párr. 2.

52 Cf Cta 258; CA 27.7.14.

53 Teresa escribe «pis» en vez de «puis».

54 Cf Cta 253, de esta misma fecha; véase también Ms A 71rº y 84vº; Ms

C 31rº; Cta 201; Or 6; CA 16.7.2; 18.7.1; etc. Ya hemos indicado en otra

parte el fundamento sanjuanista de esta afirmación.

55 Es decir, los tres días que precedían al miércoles de Ceniza, que en

1891 cayeron en los días 8-11 de febrero.

56 En realidad, en la primavera de 1893; cf CG p. 1172.

57 Cf nota 5 del mes de abril.

58 Cf 18.8.7.

59 Cf PN 24,32.

60 Cf 8.7.6.

61 Una hemoptisis.

62 El abate Troude.

63 Cf Ms A 35rº.

64 Cf Ms A 82rº.

65 Abate Bourbonne.

66 Siguen tres líneas raspadas ilegibles.

67 Cf Cta 254, párr. 2.

68 Cf 11.7.6.

69 Cf Cta 106 y 163.

70 Sobre esta exigencia de veracidad en Teresa, cf por ejemplo 9.5.1;

4.8.3; 5.8.4; 3.9.1; 30.9.

71 Asociaciones piadosas.

72 En junio de 1888; cf Ms A 73rº.

73 Su maestra de novicias.

74 La misma cita en Cta 65.

75 El 8 de septiembre de 1890; cf Ms A 76vº.

76 «A ti, Señor, me acojo».

77 Cf Cta 147; fruta preferida de Teresa.

78 Cf también 20.8.18.

79 Sobre este amor al sufrimiento, cf Ms A 36rº y 69vº; Ms C 7rº, 10vº; Cta

253, 254, 258; PN 10,8; 54,16; PN 50,5; CA 23.7.4; 31.7.13; 24.9.1; 25.9.2;

30.9; etc.

80 Estatua del claustro que Teresa adornó durante toda su vida religiosa;

cf Ms A 72vº.

81 Se presentan los pies para besar; cf 2.8.5; 19.8.3.

82 Cf Or 13, descripción del documento.

83 «Respóndeme».

84 Cf RP 5,9; Ms A 85vº; PN 5,9 y 10; 25,7; CA 27.7.10.

85 El jueves 10 de enero de 1889; cf Ms A 72rº.

26 de julio

26.7.1

Esta noche he soñado que estaba con papá en un bazar, y veía allí unas

preciosas pelotitas blancas que me hacían ilusión para clavar en ellas mis

alfileres; pero finalmente me dije a mí misma que en el Carmelo las hacían

parecidas y pedí una musiquilla.

26.7.2

Me dijo que alrededor del 8 de diciembre de 1892 se había encargado de

sor Marta; que en 1893 había ayudado en el noviciado a la madre María de

Gonzaga; y que en la última elección, la de 1896, se había visto encargada

totalmente, por así decirlo, de las novicias <86>.

26.7.3

... La virtud brilla naturalmente; en cuanto desaparece, lo noto enseguida.

27 de julio

27.7.1

No quería que me olvidase de las gotas de un medicamento que me

habían prescrito.

... Tienes que fortalecerte. Esta noche 30 gotas, no lo olvides.

27.7.2

¿No te cansamos?

No, porque sois gente muy amable.

27.7.3

Nos contó, riéndose, que había soñado que la llevaban al «calefactorio»

<87> entre dos candeleros para el santo de Nuestro Padre <88>.

27.7.4

La comunidad estaba en la colada.

... Hacia la una de la tarde, pensé: ¡Qué cansadas estarán en la colada! Y

pedí a Dios que os aliviase a todas y que el trabajo se hiciera con paz y

caridad. Y al verme tan enferma, me alegré de poder sufrir como vosotras.

27.7.5

Por la noche me recordó las palabras de san Juan de la Cruz:

«Rompe la tela de este dulce encuentro» <89. Yo siempre he aplicado

estas palabras a la muerte de amor que deseo para mí. El amor no gastará

la tela de mi vida: la romperá de repente.

¡Y con qué deseos y con qué alegría me he repetido, desde los mismos

comienzos de la mi vida religiosa, estas otras palabras de N.P. san Juan

de la Cruz: «Es gran negocio para el alma ejercitar en esta vida los actos

de amor, porque consumándose en breve, no se detenga mucho acá o allá

sin ver a Dios»! <90>.

Al repetir estas últimas palabras, levantó el dedo y adoptó una expresión

celestial.

27.7.6

A propósito de las dificultades que yo preveía para la publicación de su

vida:

... Pues bien, yo digo como Juana de Arco: «... Y se cumplirá la voluntad

de Dios, a pesar de la envidia de los hombres» <91>.

27.7.7

_ ¡Ya pronto no volveré a ver tu rostro tan querido! ¡Tan sólo veré ya tu

alma!

¡Que es mucho más hermosa!

27.7.8

_ ¡Pensar que vamos a perderte!

_ ¡Pero si no me perderéis...! ¡Qué poco agudas sois...!

27.7.9

A sor Genoveva, que lloraba:

¡Se ve bien que es eso lo que le cuelga de la punta de la nariz (la muerte)!

¡Miradla ahí, sobrecogida de miedo!

27.7.10

Tras ofrecer un racimo de uvas al Niño Jesús:

Le he ofrecido ese racimo para ver si le dan ganas de cogerme, porque

creo que yo soy de esa clase...

El pellejo no era duro y estaba muy dorado. Saboreando un grano:

Sí, yo soy de esa clase...

27.7.11

La Madrecita es mi teléfono. No tengo más que aguzar el oído cuando

llega, y me entero de todo.

27.7.12

... No soy egoísta, es a Dios a quien amo, no a mí misma.

27.7.13

... Si escucho a mi natural, prefiero morir; pero sólo me alegro de la muerte

porque ésa es la voluntad de Dios para mí.

27.7.14

Nunca he pedido a Dios morir joven; por eso estoy convencida de que en

estos momentos él sólo está cumpliendo su voluntad <93>.

27.7.15

Se ahogaba <94>, y yo le manifestaba mi compasión y mi tristeza.

¡Vamos, no sufras! Si me ahogo, Dios me dará fuerzas. ¡Lo amo! El nunca

me abandonará.

27.7.16

Me contó que había llevado durante mucho tiempo una crucecita de hierro

y que a causa de ello había caído enferma. Me dijo que Dios no quería que

ni ella ni nosotras nos entregásemos a grandes mortificaciones, y que

aquello se lo había demostrado <95>.

27.7.17

A propósito de las fricciones prescritas por el médico:

¡Eso de ser «almohazada» es peor que cualquier otra cosa! <96>

27.7.18

... Desde el 9 de junio he estado segura de que moriría pronto <97>.

29 de julio

29.7.1

¡...Quisiera irme!

_ ¿Adónde?

¡Allá arriba, al cielo azul <98>!

29.7.2

Una hermana le había referido este comentario que habían hecho en la

recreación: «¿Por qué se habla de sor Teresa del Niño Jesús como de una

santa? Es cierto que ha practicado la virtud, pero no ha sido una virtud

adquirida en las humillaciones y, sobre todo, en los sufrimientos». Ella me

dijo después:

... ¡Y yo, que he sufrido tanto desde mi más tierna infancia! <99> ¡Pero

cuánto bien me hacer saber la opinión de las criaturas en el momento de la

muerte!

29.7.3

Pensábamos darle gusto llevándole cierto objeto <100>, pero sucedió todo lo

contrario. Se mostró disgustada, sospechando que habíamos dejado a

alguien sin el objeto en cuestión; pero se arrepintió enseguida y pidió

perdón con lágrimas en los ojos.

¡Os pido perdón, he actuado por un impulso natural, rezad por mí!

Y un poco más tarde:

¡Qué feliz me siento de verme imperfecta y con tanta necesidad de la

misericordia de Dios en el momento de la muerte!

29.7.4

Expectoró sangre por la mañana y a las tres de la tarde.

29.7.5

Le expresábamos nuestro temor de que muriese durante la noche.

No moriré durante la noche, creedme; he deseado no morir durante la

noche.

29.7.6

... Dos días después de la entrada de sor María de la Trinidad <101>, me

curaron la garganta... Dios permitió que las novicias me agotaran. Sor

María de la Eucaristía me dijo que me sucedía lo que a los predicadores.

29.7.7

... Para ser mi historiador, habrá que entrenarte.

29.7.8

¡Pues bien, el «bebé» se va a morir! La verdad es que desde hace tres

días estoy sufriendo mucho. Esta noche estoy como en el purgatorio.

29.7.9

Con mucha frecuencia, siempre que puedo, repito mi ofrenda al Amor <102>.

29.7.10

Le confiaba una turbación interior.

... Fuiste tú quien sembró en mi alma la semilla de la confianza, ¿ya no te

acuerdas?

29.7.11

La sostenía mientras le arreglaban las almohadas.

Tengo apoyada la cabeza sobre el corazón de mi Madrecita <103>.

29.7.12

No había pedido cierto alivio, y creíamos que era por virtud; pero ella no

había pensado en mortificarse en eso. Como admiráramos su acto:

¡Estoy cansada de la tierra! Se hacen elogios cuando no se merecen, y

reproches cuando tampoco se merecen. ¡Así es...! ¡Así es...!

29.7.13

Lo que de momento constituye nuestra humillación constituye luego

nuestra gloria, incluso en esta vida.

29.7.14

No tengo capacidad para gozar, siempre he sido así; pero la tengo muy

grande para sufrir. Antes, cuando me apretaba el sufrimiento, tenía apetito

en el refectorio, pero cuando estaba alegre me ocurría todo lo contrario:

imposible comer.

30 de julio

30.7.1

El cuerpo ha sido siempre un engorro para mí, no me he encontrado a

gusto dentro de él... Incluso de pequeñita, me avergonzaba de él.

30.7.2

Por haberle prestado un pequeño servicio:

¡Gracias, mamá! <104>.

30.7.3

No hubiera querido ni recoger del suelo un alfiler por evitar el purgatorio.

Todo lo que he hecho ha sido por agradar a Dios y para salvarle almas.

30.7.4

Mirando la fotografía de los PP. Bellière y Roulland:

¡Yo soy más elegante que ellos!

30.7.5

Le prometían rescatarle algunos chinitos.

¡No son chinos lo que quiero, son negros <105>!

30.7.6

Me resulta amargo cuando no me miras.

30.7.7

Las moscas la molestaban mucho, pero no quería matarlas.

Siempre las perdono. Y eso que son las únicas que me han dado la lata

durante mi enfermedad. No tengo más enemigos que ellas, y como Dios

nos ha mandado perdonar a los enemigos, me alegro de tener esta

pequeña ocasión de hacerlo.

30.7.8

Es muy duro sufrir tanto; eso debe impedirte pensar en nada, ¿verdad?

Pues no, todavía puedo decirle a Dios que lo amo, y creo que con eso

basta.

30.7.9

Señalándome un vaso que contenía una medicina muy desagradable bajo

el aspecto de un delicioso licor de grosellas:

Ese vasito es la imagen de mi vida. Ayer sor Teresa de San Agustín me

decía: «¡Espero que estés bebiendo exquisitos licores!». Y yo le contesté:

«¡Ay, sor Teresa de San Agustín, todo lo que bebo es de lo más

desagradable!».

Pues bien, Madrecita, esto es lo que han visto los ojos de las criaturas.

Siempre les ha parecido que yo estaba bebiendo licores exquisitos, y era

amargura. Digo amargura, pero no, porque mi vida no ha sido amarga, ya

que he sabido convertir todas las amarguras en gozo y dulzura.

30.7.10

Si quieres dar un recuerdo mío al Sr. de Cornière, hazle una estampa con

estas palabras: «Todo lo que hicisteis al más pequeño de los míos, a mí

me lo hicisteis».

30.7.11

Le habían dado un abanico, que había llegado del Carmelo de Saigón, y lo

usaba para espantar las moscas <106>. Como hacía mucho calor, se volvió

hacia las estampas prendidas con alfileres en la cortina de la cama y se

puso a abanicarlas con el abanico, y luego a nosotras.

Abanico a los santos, en vez de abanicarme a mí; y os abanico a vosotras

para aliviaros y porque también vosotras sois santas.

30.7.12

El Sr. de Cornière había dicho que le diésemos 5 ó 6 cucharadas de agua

de Tisserand. Ella le pidió a sor Genoveva que no le diese más que 5, y

luego, volviéndose hacia mí:

Siempre lo menos posible, ¿verdad, mamá?

3.7.13

No digáis al Sr. Ducellier <107> que no me quedan más que unos días;

todavía no estoy tan débil como para morir, y además, mientras se vive, se

encuentra una muy azarada <108>.

30.7.14

(Las 4). Después que salió una hermana me sonrió. Yo le dije: Descansa

ahora, cierra los ojos.

... No, ¡me gusta tanto mirarte!

30.7.15

Yo quería coger una mosca que la estaba molestando.

¿Qué le vas a hacer?

Voy a matarla.

No, no, por favor.

30.7.16

¿Quieres prepararme para la extremaunción?

Mirándome con una sonrisa:

¡No pienso en nada!

Pídele a Dios que la reciba todo lo bien que se puede recibir.

30.7.17

Me contó lo que le había dicho Nuestro Padre antes de la ceremonia:

«... Vas a quedar como un niñito que acaba de recibir el bautismo». Y no

me habló más que de amor. ¡Cómo me emocioné!

30.7.18

Después de la extremaunción nos enseñaba sus manos con respeto.

Yo solía recoger los trocitos de piel de sus labios resecos; pero ese día me

dijo:

Hoy voy a tragar esos pellejitos, porque he recibido la extremaunción y el

santo viático.

Era por la tarde. Apenas había hecho una breve acción de gracias, cuando

varias hermanas vinieron a hablar con ella. Por la noche me dijo:

¡Cómo me molestó que vinieran después de la comunión! Me miraban

como a un bicho raro... Pero para no irritarme, yo pensaba en Nuestro

Señor, que se retiraba a la soledad sin poder evitar que lo siguiera allí la

gente, y él no la despedía. Yo he querido imitarle recibiendo bien a las

hermanas.

31 de julio

31.7.1

Seguíamos pensando en un día de fiesta para su muerte, como el 6 de

agosto (la Transfiguración) o el 15 (la Asunción).

No habléis de una fecha, ¡siempre será un día de fiesta!

31.7.2

Después de contarnos la fábula de La Fontaine (*) «El molinero y sus tres

hijos»:

¡Tengo las botas, pero todavía no tengo el saco! Esto quiere decir que no

estoy para morir.

(Es el cuento del «Gato con botas», no una fábula de La Fontaine.)

31.7.3

Habían bajado su jergón para exponerla después de su muerte. Ella lo vio

cuando abrían la puerta de la celda contigua a la enfermería, y exclamó

alegremente:

¡Mira, mi jergón! Va a estar bien preparado para colocar en él mi cadáver.

... ¡Mi naricita ha tenido siempre suerte!

31.7.4

¿Cómo hará el bebé para morir? ¿Y de qué moriré?

31.7.5

... Sí, robaré... Desaparecerán muchas cosas del cielo, que yo os traeré...

Seré una ladronzuela, cogeré todo lo que me plazca...

31.7.6

Mirando la estatua de la Santísima Virgen y señalándole con el dedo su

platito <109>:

Cuando vino eso esta noche (un gran vómito de sangre), ¡creí que me ibas

a llevar!

31.7.7

Nos habíamos quedado dormidas mientras la velábamos.

... ¡Pedro, Santiago y Juan!

31.7.8

... Os aseguro que, si la Santísima Virgen no interviene, tengo para largo.

31.7.9

Amablemente:

No conversemos, basta con mirarnos unas a otras de hurtadillas <110>.

31.7.10

El Ladrón vendrá

y me llevará.

¡aleluya!

31.7.11

Discutíamos sobre los pocos días que le quedaban de vida.

Al fin y al cabo, es la enferma quien lo sabe mejor. Y me parece que tengo

todavía para mucho tiempo.

31.7.12

He pensado que tendré que ser muy buenecita y esperar al Ladrón muy

apuesta

31.7.13

He encontrado la felicidad y la alegría aquí en la tierra, pero únicamente en

el sufrimiento, pues sufrido mucho aquí abajo. Habrá que hacerlo saber a

las almas...

Desde mi primera comunión, cuando pedí a Jesús que me cambiara en

amargura todas las alegrías de la tierra <111>, he tenido un deseo continuo

de sufrir. Pero no pensaba cifrar en ello mi alegría; ésta es una gracia que

no se me concedió hasta más tarde. Hasta entonces, no era más que una

centella cubierta por la ceniza, o como las flores de un árbol destinadas a

convertirse en fruto a su tiempo. Pero al ver caerse mis flores sin cesar, es

decir, al abandonarme al llanto cada vez que sufría, me decía a mí misma

extrañada y con tristeza: ¡Esto no pasará nunca de simples deseos!

31.7.14

Esta noche, cuando me dijiste que el Sr. de Cornière creía que tenía

todavía para un mes o incluso más, no me lo podía creer: ¡había una

diferencia tan grande con lo de ayer, cuando decía que había que

sacramentarme ese mismo día! Pero esto me ha dejado sumida en una

profunda calma. ¡Qué me importa seguir viviendo aún mucho tiempo en la

tierra! Aunque sufra mucho, y cada día más, no tengo miedo: Dios me dará

fuerzas y no me abandonará.

31.7.15

Si vives todavía mucho tiempo, nadie entenderá nada.

¡Y eso qué importa! ¡Que todo el mundo me desprecie, enhorabuena! Es lo

que siempre he deseado <112>. ¡Lo habré conseguido al final de mi vida!

31.7.16

... Ahora que Dios ha hecho lo que quería, que los ha engañado a todos...,

vendrá como un ladrón a la hora en que nadie lo espera. Esto es lo que

pienso.

NOTAS

86 Acerca de estas fechas, cf Ms C 20rº, 3vº, 22rº.

87 Sala de recreación [en la que en invierno se encendía una estufa de

leña. N. del T.]

88 El canónigo Maupas.

89 Ll canción 1.

90 Ibid., 1, 6, 34; cf Cta 245; Or 12 (y Prières, p. 121s); Or 16; y 31.8.

91 Palabras que Teresa pone en boca de Juana de Arco en RP 3,9rº.

92 [Teresa escribe, abreviando, «point fines»], en lugar de «Vous n'êtes

point fines».

93 Cf 13.7.13; 27.7.13; Ms C 8vº; Cta 253 y 258.

94 Sobre la angustia de la asfixia, cf 20.8.10; 21.8.2; 25.8.9; 26.8.5; 29.9.5;

30.9.

95 Cf 3.8.5. Sobre la cruz de hierro (otoño de 1896), cf CG p. 1189.

96 Cf Cta 208 y CG p. 1189, +d.

97 Cf 15.6.1.

98 Poesía aprendida en su infancia; cf Ms A 11rº.

99 Cf 30.7.9; 31.7.13; Cta 253.

100 Podría tratarse de una caja de música.

101 Sor María de la Trinidad había entrado en el Carmelo el 16 de junio de

1894.

102 Cf Or 6.

103 Cf 10.9.2.

104 Cf Ms A 13 rº y 80vº; Cta 76, 106, 110, 252; CA 30.7.12; 18.8.3;

23.8.7; 23.8.10; 4.9.4; 28.9.1.

105 Cf 21/26.5.3.

106 Cf 20.8.10.

107 Este sacerdote había escuchado la primera confesión de Teresa; cf

Ms A 16vº.

108 [Teresa usa la expresión «capot» ], «Familiarmente: confuso,

impedido, azarado» (Littré).

109 Platito en el suelo que servía de escupidera a Teresa.

110 [Teresa usa la expresión «s'entre-guigner»]. «Gigner: entrecerrar los

ojos mirando por el rabillo del ojo» (Littré).

111 Cf Ms A 36vº, en que cita a Im III, 36, 3.

112 Al igual que san Juan de la Cruz; cf Ms A 73vº; Cta 81 y 188.

1 de agosto

1.8.1

A propósito de la gracia tan señalada que había recibido tiempo atrás,

cuando su misal se cerró sobre una estampa de Nuestro Señor crucificado,

de la que sobresalía sólo una mano. Me repitió lo que se había dicho a sí

misma en aquella ocasión:

No quiero dejar que se pierda esa sangre preciosa. Pasaré mi vida

recogiéndola para las almas.

1.8.2

Durante Maitines, a propósito del manuscrito de su vida:

Después de mi muerte, no habrá que hablar a nadie de mi manuscrito

antes de que se publique; únicamente a nuestra Madre habrá que hablar

de él. Si no lo haces así, el demonio te tenderá más de una trampa para

echar a perder la obra de Dios..., ¡una obra muy importante (*)!

(*) En las Novissima Verba se añade (la autenticidad de este texto es

dudosa):

Algunos días más tarde, le había yo pedido que releyera un pasaje de su

manuscrito que me parecía incompleto, y la encontré con los ojos

arrasados en lágrimas. Al preguntarle el porqué, me respondió con

sencillez angelical:

«Lo que he vuelto a leer en este cuaderno es realmente mi alma... Estas

páginas, Madre, harán mucho bien. Más tarde, gracias a ellas, se conocerá

mejor la ternura de Dios...».

Y añadió, con tono inspirado:

«Sí, lo sé muy bien, todo el mundo me amará...». [Cf UC, II, Anexos, p.

243. N. del T.]

1.8.3

¡... Ahora ya no escribiré más <2>!

1.8.4

¡Qué enferma estoy...! Porque ya ves..., contigo...

Porque no podía ya hablarme.

1.8.5

... Estoy totalmente entregada a su voluntad, esperaré todo lo que él

quiera.

1.8.6

¡Qué bien ha hecho el Señor en decirnos: «En la casa de mi Padre hay

muchas estancias!».

(Hizo este comentario a propósito de un sacerdote muy mortificado que

sufría unas picazones insoportables y se privaba incluso de aliviarlas.)

Yo prefiero mortificarme de otra manera, y no en cosas tan molestas; no

hubiera sido capaz de contenerme de ese modo.

1.8.7

Se había originado un disgusto a propósito del hielo <3>, y yo había llorado.

Le pregunté si había actuado mal, y para consolarme me dijo:

¡Tú eres siempre un encanto!

1.8.8

¿Piensas en tus hermanos misioneros?

Pensaba mucho en ellos; pero desde que estoy enferma, ya no pienso en

casi nada.

1.8.9

Uno de esos misioneros <4> le había prometido celebrar por ella una Misa

el día de Navidad de 1896. Y me contaba la decepción que sufrió al

enterarse de que no había podido decirla ese día.

¡... Y yo que me había unido a él tan contenta a la misma hora! ¡No hay

nada seguro en la tierra!

2 de agosto

2.8.1

Me encantaría guardar tu corazón, como el de la madre Genoveva.

Haz lo que quieras.

Yo había cambiado de opinión, porque me repugnaba mucho hacer una

cosa así, y se lo dije. Se puso un poco triste. Yo adiviné su pensamiento:

nos privaríamos de un consuelo que ella no nos daría milagrosamente,

pues sabía que no se iba a conservar incorrupta. Finalmente me dijo:

Cambias mucho de opinión, Madrecita; lo he observado muchas veces a lo

largo de mi vida...

2.8.2

Habíamos hablado juntas, íntimamente, del poco caso que muchas veces

se hace de la virtud escondida.

... Eso es algo que me ha llamado la atención en la vida de N.P. san Juan

de la Cruz, de quien decían: «¡Fray Juan de la Cruz! ¡Pero si es un

religioso mediocre!» <5>.

2.8.3

No tengo grandes deseos del cielo; simplemente estaré muy contenta de ir

allá.

2.8.4

De mí no podrán decir: «Muere porque no muere» <6>. Ya te lo he dicho:

por inclinación natural, sí, el cielo; pero la gracia ha adquirido en mi alma

un gran dominio sobre la naturaleza, y ahora sólo puedo repetirle a Dios:

Quiero seguir viviendo largo tiempo en la tierra,

si ése es tu deseo, mi Señor.

Quiero seguirte al cielo,

si te complace a ti.

El fuego de la patria,

que es el Amor,

sin cesar me consume.

¿Qué me importa la vida? ¿Qué me importa la muerte?

¡Amarte a ti es mi única alegría! <7>.

2.8.5

A sor Genoveva:

Todo pasa en este mundo mortal <8>, incluso el «bebé». Pero él volverá.

Sor Genoveva estaba besando los pies del crucifijo.

Tú no sigues la doctrina del «bebé». Bésalo enseguida en las dos mejillas

y déjate besar por él.

2.8.6

Experimento una vivísima alegría no sólo cuando me consideran

imperfecta las demás, sino sobre todo cuando yo misma me veo así. Esto

supera a todos los elogios, que me desagradan.

3 de agosto

3.8.1

¿Cómo has logrado llegar a esa paz inalterable que posees?

Me he olvidado de mí y he procurado no buscarme a mí misma en nada.

3.8.2

Le decía yo que mucho tenía que haber luchado ella para llegar a ser

perfecta.

No, la cosa no va por ahí... (*)

Las Novissima Verba añaden (la autenticidad de este texto es dudosa):

Y un poco más tarde:

«La santidad no consiste en tal o cual práctica. Consiste en una

disposición del corazón que nos vuelve humildes y pequeños en los brazos

de Dios, conscientes de nuestra debilidad y confiados hasta la audacia en

su bondad de Padre» [Cf UC, II, Anexos, p. 251. N. del T.].

3.8.3

Se había disgustado con una hermana y me dijo con semblante grave y

tierno a la vez:

Te lo digo francamente: necesito verte cerca de mí en los últimos días de

mi vida.

3.8.4

Hermanitas queridas, rezad por los pobres moribundos. ¡Si supierais lo

que se sufre! ¡Qué poco basta para perder la paciencia! Hay que ser

caritativa con todas, sean quienes sean... Yo no lo hubiera creído antes.

3.8.5

Le hablaba yo de la mortificación con instrumentos de penitencia.

... En ese campo hay que ser muy moderadas, pues con frecuencia me

mezcla en ello más de inclinación natural que de otra cosa (*).

(*) Las Novissima Verba añaden:

En otra ocasión me había dicho acerca de esto:

En la vida del beato Enrique Suson me llamó la atención un pasaje

referente a las penitencias corporales. Había hecho algunas espantosas,

que arruinaron su salud, cuando se le apareció un ángel que le dijo que

dejara de hacerlas, y añadió: «Hasta ahora sólo has combatido como

simple soldado, hoy te voy a armar caballero». E hizo comprender al santo

la superioridad del combate espiritual sobre las mortificaciones corporales.

Pues bien, Madrecita, Dios no me ha querido a mí de simple soldado, yo

he sido armada enseguida caballero, y partí para la guerra contra mí

misma en el campo del espíritu por medio de la abnegación y de los

pequeños sacrificios escondidos; y en este combate oscuro, en que la

naturaleza no tiene parte alguna, he hallado la paz y la humildad [cf CA, II,

Anexos, p. 253].

3.8.6

A nosotras tres:

Hay que poner mucho cuidado en la regularidad. Después de una visita en

el locutorio, no os detengáis para hablar entre vosotras, pues eso sería

como estar en la propia casa, donde no se priva una de nada.

Y volviéndose hacia mí:

Eso, Madre, es lo más acertado.

3.8.7

¡Si supieras qué doloridos tengo los hombros!

Te pondremos guata.

No, no me quitéis esta pequeña cruz.

3.8.8

Hace mucho tiempo que sufro, pero antes eran pequeños sufrimientos;

desde el 28 de julio los sufrimientos son grandes.

3.8.9

Estábamos desorientadas ante el curso de la enfermedad, y una de

nosotras le dijo: «Entonces, ¿de qué morirás?».

Pues moriré de muerte... ¿No le dijo Dios a Adán de qué moriría cuando le

dijo: «Morirás de muerte?». Sencillamente así.

4 de agosto

4.8.1

Esta noche he tenido muchas pesadillas, unas pesadillas espantosas; pero

en el peor momento, tú te acercabas a mí y ya no tenía miedo.

4.8.2

... no, no me creo una gran santa. Me creo una santa muy pequeña. Pero

pienso que Dios ha querido poner en mí algunas cosas que me hacen bien

a mí y a los demás <9>.

4.8.3

Le habían traído un manojo de espigas. Separó la más bonita y me dijo:

Madre, esta espiga es la imagen de mi alma: Dios me ha cargado de

gracias para mí y para el bien de otros...

Luego, temiendo haber tenido un pensamiento de orgullo <10>:

¡Cómo me gustaría ser humillada y maltratada para ver si poseo realmente

la humildad del corazón...! Con todo, cuando en otras ocasiones me

humillaban, me sentía muy feliz... Sí, me parece que soy humilde... Dios

me enseña la verdad. Sé muy bien que todo viene de él.

4.8.4

¡Qué fácil es desalentarse cuando uno está muy enfermo...! ¡Y qué bien

comprendo que yo me desalentaría si no tuviese fe! O mejor, si no amase

a Dios.

4.8.5

Sólo en el cielo veremos la verdad de todas las cosas. En la tierra es

imposible. Por ejemplo, en la misma Sagrada Escritura, ¿no resulta triste

ver tantas diferencias de traducción? Si yo hubiese sido sacerdote, habría

aprendido el hebreo y el griego, y no me habría contentado con el latín, y

así habría podido conocer el verdadero texto dictado por el Espíritu Santo.

4.8.6

Me quedé dormida un segundo durante la oración. Y soñé que hacían falta

soldados para una guerra.

Tú dijiste: Hay que manda a sor Teresa del Niño Jesús. Yo respondí que

hubiera preferido mucho más que fuera para una guerra santa. Finalmente,

partí, lo mismo.

No, yo no hubiera tenido miedo de ir a la guerra. ¡Qué feliz hubiera partido,

por ejemplo, en tiempos de las cruzadas para combatir a los herejes! ¡Ya

lo creo! ¡No hubiera tenido miedo a toparme con una bala!

4.8.7

¿Es posible que yo, que deseaba el martirio <11>, me muera en una cama?

4.8.8

¿Y cómo llevas ahora tu vidita?

¡Mi vidita es sufrir, y nada más! No puedo decir: Dios mío, esto por la

Iglesia, Dios mío, esto por Francia... etc.... Dios sabe muy bien lo que tiene

que hacer con ello; yo se lo he dado todo por complacerle. Además, me

cansaría demasiado diciéndole: dale esto a Pedro, dale esto a Pablo. Sólo

lo hago de inmediato cuando me lo pide alguna hermana, y luego ya no

vuelvo a pensar en ello. Cuando rezo por mis hermanos misioneros, no

ofrezco mis sufrimientos, sino que digo simplemente: Dios mío, dales a

ellos todo lo que deseo para mí.

5 de agosto

5.8.1

Hacía mucho calor, y el sacristán nos compadecía por llevar hábitos

gruesos.

En el cielo Dios nos recompensará por haber llevado por su amor hábitos

gruesos en la tierra.

5.8.2

Al comprobar que ya casi no podía moverse:

David decía en los salmos: «Soy como el saltamontes, que cambia

continuamente de lugar». ¡Pues yo no puedo decir lo mismo! Me gustaría

pasearme, pero estoy atada de pies y manos.

5.8.3

...Cuando los santos hayan cerrado tras de mí la puerta del cielo, cantarán:

Por fin te tenemos,

ratoncito gris,

por fin te tenemos

y te retendremos.

(Una cancioncilla que le vino a la memoria.)

5.8.4

Sor María del Sagrado Corazón le dijo que, a su muerte, los ángeles

vendrían acompañando a Nuestro Señor, y que ella los vería

resplandecientes de luz y de hermosura <12>.

... Ninguna de esas imaginaciones me hace el menor bien, sólo puedo vivir

de la verdad. Precisamente por eso, nunca he deseado tener visiones. En

la tierra no se puede ver el cielo ni a los ángeles tal como son. Yo prefiero

esperar a después de la muerte.

5.8.5

Durante las Vísperas, Madrecita, he pensado que tú eres mi sol.

5.8.6

Me quedé dormida y soñé que tú te inclinabas sobre mí para darme un

beso; yo quise devolvértelo, pero de pronto me desperté, toda extrañada

de que mi beso cayera en el vacío.

5.8.7

Su cama no había sido colocada todavía en medio de la enfermería, sino

al fondo, en un ángulo. Para celebrar al día siguiente, de agosto, la fiesta

de la Transfiguración de Nuestro Señor, habíamos cogido del coro la Santa

Faz, que a ella le gustaba mucho, y habíamos colgado el cuadro, rodeado

de flores y de luces, a su derecha, en la pared. Me dijo, mirando la imagen:

¡Qué bien hizo Nuestro Señor en bajar los ojos al dejarnos su retrato!

Como los ojos son el espejo del alma, si hubiésemos entrevisto su alma

habríamos muerto de alegría.

¡Y cuánto bien me ha hecho esa Santa Faz a lo largo de mi vida! Cuando

componía mi cántico «Vivir de amor», me ayudó a hacerlo con gran

facilidad. Durante el silencio de la noche, escribí de memoria las quince

estrofas que había compuesto, sin borrador, durante el día. Ese día, al ir al

refectorio después del examen de conciencia, acababa de componer la

estrofa:

Vivir de amor es enjugar tu rostro,

es de los pecadores alcanzar el perdón <13>.

Al pasar junto a ella, se le repetí con gran amor. Y mirándola, lloré de

amor.

5.8.8

Yo repito, como Job: «Pero la mañana no espero llegar a la noche, y por la

noche no espero volver a ver la mañana».

5.8.9

... Estas palabras de Isaías. «¿Quién creyó nuestro anuncio?... Lo vimos

sin belleza ni esplendor...» etc. <14>, han constituido todo el fondo de mi

devoción a la Santa Faz, o, por mejor decirlo, el fondo de toda mi piedad.

También yo deseaba estar sin belleza, pisar sola el vino en lagar, ignorada

por todas las criaturas...

5.8.10

A propósito de una confidencia que yo le había hecho, me dijo:

Una madre priora siempre debería hacer pensar que ella está libre de toda

pena. ¡Hace tanto bien y proporciona tanta fortaleza no hablar en absoluto

de las propias penas! Por ejemplo, hay que evitar expresarse así: Tú

tienes, sí, problemas y dificultades, pero yo tengo los mismos que tú y

muchos más, etc.

6 de agosto

6.8.1

Había esperado morir durante la noche, y por la mañana me dijo:

Me he pasado toda la noche acechando, como la niña de la canción del

zapatito de Navidad <15>...

No he dejado de mirar a la Santa Faz... He rechazado muchas

tentaciones... ¡Y he hecho muchos actos de fe...!

Yo también puedo decir: «Miré a la derecha, me fijé, y no había nadie que

me conociera...». Quiero decir: nadie que conociera el momento de mi

muerte... Me imagino la derecha como el lado donde tú estás con respecto

a mí.

Miró luego la estatua de la Santísima Virgen y cantó suavemente:

¿Cuándo llegará, mi tierna madre,

sí, cuándo llegará el hermoso día

en que, desde el destierro de esta tierra,

alce mi vuelo a la eternal morada? <16>

6.8.2

El intenso dolor del costado había cesado durante la noche. El Sr. de

Cornière, al auscultarla, la encontró igual de mal, pero ella dudaba de la

proximidad de su muerte.

Estoy como un pobre Robinson en su isla. Hasta que no me prometieron

nada, estaba desterrada, es verdad, pero no pensaba en abandonar mi

isla. Pero un buen día me anuncian la llegada segura de un navío que

pronto me conducirá a mi patria. Entonces me quedo en la playa, miro a lo

lejos, no dejo de mirar..., y, al no ver aparecer nada en el horizonte, me

digo: ¡Me han engañado! ¡No voy a irme!

6.8.3

Me enseñó, en el breviario del Sagrado Corazón, estas palabras de

Nuestro Señor a la beata Margarita María, que ella había encontrado allí al

azar el día de la Ascensión:

«La cruz es el lecho de mis esposas, en ella te haré consumar las delicias

de mi amor».

Y me contó que, un día, una hermana había abierto al azar ese mismo

libro y que, al toparse con un pasaje muy exigente, le había pedido que

probase ella también. Y se encontró con estas palabras:

«Abandónate en mí <17>...».

6.8.4

... No puedo apoyarme en nada, en ninguna de mis obras, para tener

confianza. Por ejemplo, me habría gustado poder decirme a mí misma: he

cumplido con todos mis oficios de difuntos. Pero esta pobreza fue para mí

una verdadera luz, una verdadera gracia. Pensé que en toda mi vida nunca

había podido pagar, una sola de mis deudas para con Dios, pero que, si

quería, esto podía ser para mí una verdadera riqueza y una fuerza. Y

entonces hice esta oración: Dios mío, te suplico que pagues tú la deuda

que tengo contraída con las almas del purgatorio; pero hazlo a lo Dios,

para que de ese modo sea infinitamente mejor que si yo hubiese rezado

mis oficios de difuntos. Y me acordé con gran dulzura de estas palabras

del cántico de san Juan de la Cruz: «Y toda deuda paga» <18>. Yo siempre

las había aplicado al amor... Sé que esta gracia no se puede expresar con

palabras... ¡Es demasiado exquisita para ello! ¡Se siente una paz tan

grande al saberse uno tan absolutamente pobre y al no contar más que

con Dios!

6.8.5

¡... Ay, qué pocas son las religiosas perfectas!, las que no hacen las cosas

por hacerlas y de cualquier manera, diciéndose a sí mismas: «a fin de

cuentas, no estoy obligada a esto...; no hay mayor mal en hablar aquí, en

darme gusto en esto...». ¡Qué raras son las que lo hacen todo lo mejor

posible! Y sin embargo, son las más felices. Por ejemplo, el silencio:

¡cuánto bien hace al alma, cuántas faltas de caridad evita y cuántos

disgustos de toda clase! Hablo en especial del silencio porque es el punto

en que más se falta!

6.8.6

¡Qué ufana me sentía cuando hacia de hebdomadaria en el Oficio divino y

rezaba bien alto las oraciones en medio del coro!. Porque pensaba que el

sacerdote rezaba en la Misa esas mismas oraciones y que yo tenía, igual

que él, el derecho de rezar en voz alta ante el Santísimo Sacramento, de

dar las bendiciones y las absoluciones, y de leer el Evangelio cuando

hacía de primera cantora.

... Pero tengo que decir que el oficio divino ha sido, al mismo tiempo, mi

dicha y mi martirio, por el gran deseo que tenía de recitarlo y bien y de no

cometer faltas; y a veces me ocurría que, después de haber previsto un

minuto antes lo que tenía que decir, lo dejaba pasar sin abrir la boca a

causa de una distracción del todo involuntaria. Sin embargo, no creo que

se pueda desear más de lo que yo lo he deseado recitar con toda

perfección el oficio divino y asistir a él en el coro.

... Disculpo mucho a las hermanas que tienen olvidos o que se equivocan.

6.8.7

Sor San Estanislao, primera enfermera, la había dejado sola durante todo

el tiempo de Vísperas, dejando la puerta y la ventana de la enfermería

abiertas; la corriente de aire era muy fuerte. Al encontrarla nuestra Madre

en este estado, mostró su descontento y pidió explicaciones (*). Ella me

dijo:

Yo conté a nuestra Madre la verdad. Pero al hablar, me vino al

pensamiento una expresión más caritativa de la que iba a emplear y que,

por otra parte, seguramente no estaba mal; seguí mi inspiración, y Dios me

recompensó con una gran paz interior.

Los Cuadernos verdes precisan:

Una de las enfermeras la había dejado durante todo el tiempo de Vísperas

expuesta a una corriente de aire. Sor Teresa del Niño Jesús le había

hecho señas de que cerrase la puerta. En lugar de entenderlo así, la

hermana creyó que la enferma pedía una manta, y se la puso sobre los

pies. Teresa trató de hablar, pero respiraba con tanto ahogo que tampoco

pudo hacerse comprender, y la buena de la hermana le trajo otra manta,

una almohada, etc., creyendo que tenía frío. La pobrecita se asfixiaba,

pero ya no trató de seguir explicándose.

Al volver de Vísperas, sor xxx, al darse cuenta de la corriente de aire y del

ahogo de la mansa enferma bajo el peso de todas aquellas mantas,

expresó en voz alta su enojo. Vino nuestra Madre y pidió una explicación a

sor Teresa del Niño Jesús, quien en esta ocasión dio pruebas tanto de

caridad como de paciencia [Cf UC, II, Anexos, p. 274].

6.8.8

Por la noche, durante Maitines, le pregunté qué entendía ella por «ser

siempre una niñita <20> delante de Dios». Me respondió:

Es reconocer la propia nada y esperarlo todo de Dios, como un niñito lo

espera todo de su padre; es no preocuparse por nada, ni siquiera por

ganar dinero. Hasta en las casas de los pobres se da al niño todo lo que

necesita; pero en cuanto se hace mayor, su padre se niega ya a

alimentarlo y le dice. Ahora trabaja, ya puedes arreglártelas tú solito.

Precisamente por no oír eso, yo no he querido hacerme mayor,

sintiéndome incapaz de ganarme la vida, la vida eterna del cielo. Así que

seguí siendo pequeñita, sin otra ocupación que la de recoger flores <21>, las

flores del amor y del sacrificio, y ofrecérselas a Dios para su recreo.

Ser pequeño es también no atribuirse a sí mismo las virtudes que se

practican, creyéndose capaz de algo <22>, sino reconocer que Dios pone

ese tesoro en la mano de su hijito para que se sirva de él cuando lo

necesite; pero es siempre el tesoro de Dios. Por último, es no desanimarse

por las propias faltas <23>, pues los niños caen a menudo, pero son

demasiado pequeños para hacerse mucho daño.

7 de agosto

7.8.1

Sor X., que se ha salido <24>, quería hacerme sus confidencias, aunque yo

ya no soy priora.

... Ni se te ocurra escucharla, aunque fuese como un ángel.

Serías muy desdichada, porque no cumpliría así con tu deber. Sería una

debilidad que, ciertamente, desagradaría a Dios.

7.8.2

¡Qué poco amado es Dios en la tierra...! Incluso por los sacerdotes y los

religiosos... No, Dios no es muy amado...

7.8.3

Me enseñó la fotografía de Nuestra Señora de las Victorias en la que había

pegado la florecita que la había dado papá en los Buissonnets el día que

ella le comunicó su vocación <25>. La raíz estaba desprendida, y el Niño

Jesús parece que la tiene en la mano y le sonríe, igual que la Santísima

Virgen.

... El que la florecita haya perdido la raíz te está diciendo que yo estoy ya

en el cielo... Por eso los dos me tratan tan amablemente... (la Santísima

Virgen y el Niño Jesús.)

7.8.4

Si fuese infiel, si cometiese la más pequeña infidelidad, sé que lo pagaría

con turbaciones espantosas y ya no podría aceptar la muerte. Por eso, no

ceso de decirle a Dios: «Dios mío, por favor, líbrame de la desgracia de ser

infiel».

¿A qué infidelidad te refieres?

A alimentar voluntariamente un pensamiento de orgullo. Si, por ejemplo,

me dijese a mí misma: He adquirido tal virtud y estoy segura de poder

practicarla. Pues eso sería apoyarse en las propias fuerzas, y cuando se

hace eso, se corre el peligro de caer al abismo. Pero si soy humilde, si soy

siempre pequeñita, tendré el derecho de hacer pequeñas travesuras hasta

el día de mi muerte sin ofender a Dios. Mira a los niños: están siempre

rompiendo cosas, rasgándolas, cayéndose, a pesar de querer muchísimo a

sus padres. Cuando yo caigo de esa manera, compruebo todavía más mi

propia nada y me digo a mí misma: ¿Qué no haría yo, a qué extremos no

llegaría si me apoyase en mis propias fuerzas...?

Comprendo muy bien que san Pedro cayera. El pobre san Pedro confiaba

en sí mismo, en vez de confiar únicamente en la fuerza de Dios. Y saco

para mí la conclusión de que si yo dijera: «Dios mío, tú sabes que te amo

demasiado para detenerme en un solo pensamiento contra la fe», mis

tentaciones se harían más violentas y ciertamente sucumbiría a ellas.

Estoy convencida de que si san Pedro hubiese dicho humildemente a

Jesús: «Concédeme fuerzas para seguirte hasta la muerte», las habría

obtenido inmediatamente.

Estoy convencida también de que Nuestro Señor no hablaba más a sus

discípulos con sus enseñanzas y con su presencia sensible, de lo que hoy

nos habla a nosotros con las inspiraciones de su gracia. Él podía muy bien

haber dicho a san Pedro: Pídeme fuerzas para cumplir lo que quieres.

Pero no lo hizo así, porque quería hacerle ver su debilidad, y porque, antes

de gobernar a toda la Iglesia, que está llena de pecadores, le convenía

experimentar en su propia carne lo poco que puede el hombre sin la ayuda

de Dios.

... Antes de su caída, Nuestro Señor le dijo: «Cuando te recobres, da

firmeza a tus hermanos». Con lo cual quería decirle: Persuádeles con tu

propia experiencia de la debilidad de las fuerzas humanas.

7.8.5

Yo quisiera que estuvieses siempre a mi lado, tú eres mi sol <26>.

8 de agosto

8.8.1

Le decía que más tarde yo pregonaría sus virtudes.

Sólo a Dios hay que pregonar, pues en mi pequeña nada nada hay que

pregonar <27>.

8.8.2

Estaba mirando al cielo por la ventana de la enfermería, y sor María del

Sagrado Corazón le dijo: «¡Con cuánto amor miras al cielo!». En ese

momento estaba más fatigada y sólo contestó con una sonrisa. Más tarde

me confió lo que había pensado:

Ella cree que miro el firmamento pensando en el cielo de verdad. Pero no

es así: es simplemente porque admiro el cielo material; el otro está cada

vez más cerrado para mí. Pero inmediatamente después me dije a mí

misma con gran paz: Sí, es una gran verdad que miro al cielo por amor; sí,

lo miro por amor a Dios, puesto que, desde mi ofrenda <28>, todo lo que

hago, mis gestos, mis miradas, todo lo hago por amor.

8.8.3

Hoy he estado pensando en mi vida pasada y en el acto de valor que

realicé en aquella Navidad <29>, y me vino a la memoria la alabanza

tributada a Judit: «Has obrado varonilmente y tu corazón se ha

fortalecido». Muchas almas dicen: No tengo fuerzas para realizar tal

sacrificio. Pues que hagan lo que yo hice: un gran sacrificio. Dios nunca

niega esta primera gracia que da el valor para actuar; después, el corazón

se fortalece y vamos de victoria en victoria.

8.8.4

Si Nuestro Señor y la Santísima Virgen no hubiesen asistido a banquetes,

yo nunca habría entendido la costumbre de invitar a los amigos a comer.

Me parecía que, para comer, habría que ocultarse, o por lo menos hacerlo

en familia. Invitarse sí, pero sólo para conversar, para contarse viajes,

recuerdos, en fin, para cosas del espíritu.

Siempre me dieron mucha lástima las personas que servían en los

grandes banquetes. Si, por desgracia, les sucedía que dejaban caer

algunas gotas sobre el mantel o sobre alguno de los comensales, veía al

ama de casa mirarles severamente, mientras los pobrecillos enrojecían de

vergüenza; y yo me decía interiormente: Estas diferencias que existen en

la tierra entre amos y criados ¡qué bien prueban que hay un cielo en el que

cada cual será colocado según su valía interior y en el que todos

estaremos sentados al banquete del Padre de familia! Y entonces ¡qué

Servidor tendremos, pues Jesús dijo que él mismo "se pondrá a servirnos"!

Ese será el momento en que sobre todo los pobres y los pequeños se

verán ampliamente recompensados de sus humillaciones.

9 de agosto

9.8.1

Yo decía de ella: ¡Nuestro guerrero está derribado!

Yo no soy un guerrero que haya combatido con armas de la tierra, sino con

«la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios». Por eso, la

enfermedad no ha podido derribarme, y ayer tarde, sin ir más lejos, me

serví de mi espada con una novicia. Le dije: Moriré con las armas en la

mano <30>.

9.8.2

A propósito de su manuscrito:

Habrá en él para todos los gustos, excepto para los que van por caminos

extraordinarios.

9.8.3

Has vuelto a ser para mí lo que eras en mi niñez... ¡Me es imposible decir

lo que eres para mí!

9.8.4

Le decían que era una santa:

No, no soy una santa; yo nunca he realizado las acciones de los santos.

Soy un alma muy pequeña a la que Dios ha colmado de gracias, eso es lo

que soy. Lo que digo es la verdad, ya lo veréis en el cielo.

10 de agosto

10.8.1

Estaba mirando la estampa de Teófano Vénard, prendida con alfileres en

la cortina de su lecho. Esa estampa representaba al misionero señalando

el cielo con el dedo.

¿Crees que me conoce? Mira lo que me enseña... Hubiera podido muy

bien no adoptar esa postura...

10.8.2

Le decían que las almas que habían llegado, como ella, al amor perfecto

podían ver su propia hermosura <31>, y que ella pertenecía a ese número.

¿Qué hermosura...? Yo no veo, en absoluto, mi hermosura; lo único que

veo son las gracias que he recibido de Dios. Estáis muy equivocadas, no

sabéis que yo no soy más que un huesecito <32> ..., que una pepita

insignificante...

(Vinieron a molestarme y no pude escuchar la explicación que siguió.)

10.8.3

Con semblante alegre y simpático, mirando el retrato de Teófano Vénard:

¡Ah..., pero...!

¡Por qué dices: ¡Ah..., pero...!, preguntó sor Genoveva.

Porque cada vez que lo miro, me mira también él a mí; y además, parece

espiarme por el rabillo del ojo con aire maliciosillo.

10.8.4

Le enseñaban una fotografía de Juana de Arco en su prisión <33>.

También a mí me animan los santos en mi prisión. Me dicen: Mientras

estés entre rejas, no puedes cumplir tu misión; pero más tarde, después de

tu muerte, llegará la hora de sus trabajos y de tus conquistas.

10.8.5

Pienso en las palabras de san Ignacio de Antioquía: «También yo he de

ser triturada por el sufrimiento para convertirme en trigo de Dios» <34>.

10.8.6

Durante Maitines:

¡Si supieras lo que eres para mí! Pero siempre te estoy diciendo lo mismo.

10.8.7

Le hablaba yo del cielo, de Nuestro Señor, de la Santísima Virgen, que

están allí en cuerpo y alma.

Lanzó un profundo suspiro y esta exclamación:

¡Ay...!

¿Quieres darme a entender con eso que estás sufriendo mucho a causa

de tu prueba <35>?

¡Sí...! ¡Que ame tanto tanto a Dios y a la Santísima Virgen, y tenga estos

pensamientos...! Pero no me detengo en ellos.

11 de agosto

11.8.1

... Siempre me ha parecido, Madrecita, que te tomas demasiado a pechos

la labor.

(A propósito del lavado.)

11.8.2

Le decía que después de su muerte seríamos muy buenas y que la

comunidad se renovaría.

«... Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda

infecundo; pero si muere, da mucho fruto».

11.8.3

No esperaba sufrir así; sufro como un niñito.

... No quisiera pedir nunca a Dios mayores sufrimientos. Si él hace que

sean mayores, los soportaré gustosa y alegre, pues vendrán de su mano.

Pero soy demasiado pequeña para tener fuerzas por mí misma. Si pidiese

sufrimientos, serían sufrimientos míos, y tendría que soportarlos yo sola, y

yo nunca he podido hacer nada sola.

11.8.4

... La Santísima Virgen no tiene una Santísima Virgen a quien amar; es

menos feliz que nosotras <36>.

(Ya me había dicho eso mismo en otra ocasión en la recreación.)

11.8.5

Muchas veces rezo a los santos sin ser escuchada; pero cuanto más

sordos parecen a mis ruegos, más los amo.

¿Por qué?

Porque he deseado no ver a Dios ni a los santos y vivir en la noche de la

fe, con mucha mayor intensidad con que otros desean ver y comprender

<37>.

11.8.6

Nos había contado una gran cantidad de cosas sobre la época de la gripe

<38>. Cuando acabó, le dije: ¡Cuánto trabajo te has tomado! ¡Y qué atenta y

simpática que has sido! Seguro que toda esa alegría no es sincera, pues

estás sufriendo enormemente en el alma y en el cuerpo.

Riéndose:

Yo no «finjo» nunca, no soy como la mujer de Jeroboam <39>.

12 de agosto

12.8.1

(Comulgó.)

«...Adiós, hermanas queridas, parto para un largo viaje».

(Alusión a mi «partida» para mi retiro de profesión.)

12.8.2

Mirando la fotografía del P. Bellière vestido de soldado:

A ese soldado de aire tan marcial, yo le doy consejos como a una niña...

Le señalo el camino del amor y la confianza <40>.

12.8.3

Desde lo de la espiga, siento más bajamente de mí misma. ¡Pero qué

grande es la nueva gracia que recibí esta mañana, cuando el sacerdote

comenzó a rezar el Confiteor antes de darme la comunión y todas las

hermanas lo continuaron. Veía a Jesús a punto de entregarse a mí, y

aquella confesión me parecía una humillación absolutamente necesaria.

«Yo confieso ante Dios todopoderoso, ante la bienaventurada Virgen María

y ante todos los santos, que he pecado mucho...». Sí, me decía en mi

interior, hacen bien en pedir perdón por mí en este momento a Dios y a

todos los santos... Al igual que el publicano, yo me sentía una gran

pecadora. ¡Y Dios me parecía tan misericordioso! Era enormemente

conmovedor dirigirse a toda la corte celestial para obtener por su

intercesión el perdón de Dios. Poco me faltó para llorar, y cuando la

sagrada hostia se posó sobre mis labios me sentí profundamente

emocionada.

... ¡Qué fantástico haber experimentado aquello en el Confiteor! Creo que

se debió a la situación actual de mi espíritu: ¡me siento tan miserable! Mi

confianza no ha disminuido, al contrario; y «miserable» no es la palabra

exacta, pues soy rica en todos los tesoros divinos; pero precisamente por

eso, me humillo más. Cuando pienso en todas las gracias que Dios me ha

concedido, tengo que contenerme para no derramar incesantes lágrimas

de gratitud.

... Creo que las lágrimas que derramé esta mañana eran lágrimas de

contrición perfecta. ¡Y qué difícil es producir una misma esa clase de

sentimientos! Es el Espíritu Santo quien los da, él, «que sopla donde

quiere».

12.8.4

Le hablábamos de las resistencias que en otro tiempo había opuesto

cuando le insistíamos en que se cuidase, en que no se levantase a la

misma hora que la comunidad, en que no fuese a Maitines. Nos dijo:

Vosotras no me comprendíais cuando yo insistía en que sí; pero lo hacía

porque veía muy claro que con ello se trataba de influenciar a nuestra

Madre. Yo quería decir a nuestra Madre toda la verdad, a fin de que ella

decidiera libremente. Os aseguro que si ella me hubiese pedido, por propia

iniciativa, incluso no ir a Misa, ni a comulgar, ni al Oficio divino, habría

obedecido con gran docilidad.

12.8.5

Es increíble: ahora que ya no puedo comer, me apetece toda clase de

cosas sabrosas. Por ejemplo, pollo, chuletas, arroz con acederas de los

domingos, atún <41>...

12.8.6

... Podrás decir de mí: «No vivía en este mundo, sino en el cielo, donde

estaba su tesoro».

13 de agosto

13.8

Le dije un pensamiento sobre el cielo, que había tenido durante

Completas.

... Yo ya sólo tengo luces para ver mi nada. Y eso me hace mayor bien que

las luces sobre la fe.

14 de agosto

14.8

(Comunión)

... Muchas pequeñas cruces durante la jornada... ¡Ay, cuánto trabajo os

doy!

Durante Maitines le dije: Has tenido muchos sufrimientos hoy.

Sí, pero como me gustan... Todo lo que Dios me da me gusta.

15 de agosto

15.8.1

(Comunión)

Le recordaba yo lo que dice san Juan de la Cruz sobre la muerte de las

almas transformadas en amor <42>. Suspiró y me dijo:

Habrá que decir que donde se dan «el gozo y los transportes» es en el

fondo de mi alma. Pero eso no animaría tanto a las almas si se pensase

que no he sufrido mucho.

¡Ya veo que estás muy angustiada! Y sin embargo, hace un mes me

decías cosas tan bellas sobre la muerte de amor...

Pues lo que entonces te decía, volvería a decírtelo también ahora.

15.8.2

Se ahogaba mucho, y como el ahogo iba en aumento me dijo:

¡No sé qué será de mí!

¿Y te preocupa lo que será de ti?

Con acento inefable y con una sonrisa:

No, no...

15.8.3

Durante el silencio <43> soñé que me decías: Cuando venga la comunidad,

va a cansarte mucho que todas las hermanas te miren y te obliguen a

decirles algo a cada una. Y que yo te respondía: Sí, pero cuando esté allá

arriba, descansaré de todo.

15.8.4

Anteanoche le pedí a la Santísima Virgen no toser, para que sor Genoveva

pudiera dormir <44>, pero añadí: Si no lo haces, te querré todavía más.

15.8.5

Nuestras nuevas campanas tocaban a Vísperas; abrí la puerta para las

oyera bien y le dije: Escucha cómo suenan nuestras flamantes campanas.

Después de escucharlas:

¡No demasiado flamantes todavía <45>!

15.8.6

Dios me da el valor en proporción a mis sufrimientos. Creo que de

momento no podría soportar más, pero no tengo miedo, pues si los

sufrimientos aumentan, Dios aumentará al mismo tiempo mi valor.

15.8.7

Me pregunto cómo puede Dios contenerse tanto tiempo sin tomarme...

... Además, ¡se diría que quiere hacerme creer que no existe el cielo...!

... Y todos los santos, a los que tanto quiero, ¿dónde se han «metido...?».

... No, no finjo, la verdad es que no entiendo ni jota. Pero, en fin..., tendré

que cantar muy fuerte en mi corazón:

«Después de la muerte la vida es inmortal» <46>;

de lo contrario, nada tendría sentido...

15.8.8

Después de Maitines estaba agotada, y cuando nos disponíamos a mullirle

las almohadas nos dijo:

Ahora haced de mí lo que queráis.

16 de agosto

16.8.1

Ya no podía hablar, de débil y sofocada que estaba.

¡No... poder... ya hablarte... ni siquiera... a ti...! ¡Ay, si pudieran saberlo...!

¡Si no amase a Dios...! Sí, pero...

16.8.2

En el locutorio no se debe hablar de cualquier cosa, por ejemplo del

aderezo personal y de vestidos...

16.8.3

«Tú no tendrás una «Teresita» que venga a buscarte».

Sonrió, y mirando la estatua de la Santísima Virgen y la estampa de

Teófano Vénard, me las señaló una tras otra con el dedo.

16.8.4

Los ángeles no pueden sufrir, no son tan afortunados como yo. ¡Pero qué

maravillados quedarían si sufriesen y sintiesen lo que yo siento...! Sí, se

quedarían atónitos, pues yo misma lo estoy.

16.8.5

Durante Maitines, se despertó de repente, y mirándome con una dulce

sonrisa:

¡Madrecita linda!

17 de agosto

17.8.1

(Comunión)

Estoy segura de que Dios quiere que sufra. Los remedios que deberían

ayudarme y que alivian a los demás enfermos, a mí me perjudican.

17.8.2

Acababan de levantarla y le habían hecho daño, y como la habían hecho

sufrir también al dispensarle ciertos cuidados, pidió un pañito. Dudaban si

dárselo o no, por no saber para qué lo quería. Entonces, dijo mansamente:

Deberíais creerme cuando pido algo, pues soy un sol de criatura...

(Es decir, que sólo pide lo indispensable.)

Una vez vuelta a la cama, sintiéndose al límite de sus fuerzas:

Soy una "niña" muy enferma, ¡sí, muy enferma!

17.8.3

Puso una vincapervinca en la estampa de Teófano Vénard. Yo guardé esa