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LAS «RELACIONES»

SANTA TERESA DE JESÚS O DE ÁVILA

 

LAS «RELACIONES»

CAPÍTULO 1*

Jhs

1. La manera de proceder en la oración que ahora tengo, es la

presente; pocas veces son las que estando en oración puedo tener

discurso de entendimiento, porque luego comienza a recogerse el

alma y estar en quietud o arrobamiento, de tal manera que ninguna

cosa puedo usar de los sentidos, tanto que, si no es oír -y eso no

para entender-, otra cosa no aprovecha.

2. Acaéceme muchas veces (sin querer pensar en cosas de Dios,

sino tratando de otras cosas, y pareciéndome que, aunque mucho

procurase tener oración, no lo podría hacer por estar con gran

sequedad, ayudando a esto los dolores corporales) darme tan de

presto este recogimiento y levantamiento de espíritu, que no me

puedo valer, y en un punto dejarse con los efectos y

aprovechamientos que después trae. Y esto sin haber tenido visión,

ni entendido cosa, ni sabiendo dónde estoy, sino que,

pareciéndome se pierde el alma, la veo con ganancias, que aunque

en un año quisiera ganarlas yo, me parece no fuera posible según

quedo con ganancias.

3. Otras veces me dan unos ímpetus muy grandes, con un

deshacimiento por Dios que no me puedo valer. Parece se me va a

acabar la vida y así me hace dar voces y llamar a Dios, y esto con

gran furor me da. Algunas veces no puedo estar sentada según me

dan las bascas, y esta pena me viene sin procurarla, y es tal, que el

alma nunca querría salir de ella mientras viviese, y son las ansias

que tengo por no vivir y parecer que se vive, sin poderse remediar,

pues el remedio para ver a Dios es la muerte, y ésta no puedo

tomarla. Y con esto parece a mi alma que todos están

consoladísimos sino ella, y que todos hallan remedio para sus

trabajos sino ella. Es tanto lo que aprieta esto, que si el Señor no lo

remediase con algún arrobamiento, donde todo se aplaca y el alma

queda con gran quietud y satisfecha -algunas veces con ver algo de

lo que desea, otras con entender otras cosas-, sin nada de esto era

imposible salir de aquella pena.

4. Otras veces me vienen unos deseos de servir a Dios con unos

ímpetus tan grandes, que no lo sé encarecer, y con una pena de ver

de cuán poco provecho soy. Paréceme entonces que ningún trabajo

ni cosa se me pondría delante, ni muerte ni martirio, que no los

pasase con facilidad. Esto es también sin consideración, sino en un

punto, que me revuelve toda, y no sé [de] dónde me viene tanto

esfuerzo. Paréceme que querría dar voces y dar a entender a todos

lo que les va en no se contentar con cosas pocas y cuánto bien hay

que nos dará Dios en disponiéndonos nosotros. Digo que son estos

deseos de manera que me deshago entre mí; que quiero lo que no

puedo. Paréceme me tiene atada este cuerpo, por no ser para

servir a Dios en nada, y el estado; porque a no le tener, haría cosas

muy señaladas en lo que mis fuerzas pueden; así, de verme sin

ningún poder para servir a Dios, siento de manera esta pena, que

no lo puedo encarecer. Acabo con regalo y recogimiento y

consuelos de Dios.

5. Otras veces me ha acaecido, cuando me dan estas ansias por

servirle, querer hacer penitencias; mas no puedo. Esto me aliviaría

mucho y alivia y alegra, aunque no son casi nada, por flaqueza de

mi cuerpo; aunque si me dejase con estos deseos, creo haría

demasiado.

6. Algunas veces me da gran pena haber de tratar con nadie, y me

aflige tanto, que me hace llorar harto, porque toda mi ansia es por

estar sola, y aunque algunas veces no rezo ni leo, me consuela la

soledad; y la conversación, especial de parientes y deudos, me

parece pesada y que estoy como vendida, salvo con los que trato

cosas de oración y de alma, que con éstos me consuelo y alegro,

aunque algunas veces éstos me hartan y no querría verlos, sino

irme adonde estuviese sola, aunque esto pocas veces;

especialmente con los que trato mi conciencia, siempre me

consuelan.

7. Otras veces me da gran pena haber de comer y dormir, y ver que

yo, más que nadie, no lo puedo dejar; hágolo por servir a Dios, y así

se lo ofrezco. Todo el tiempo me parece breve y que me falta para

rezar, porque de estar sola nunca me cansaría. Siempre tengo

deseo de tener tiempo para leer, porque a esto he sido muy

aficionada. Leo muy poco, porque en tomando el libro me recojo en

contentándome, y así se va la lección en oración, y es poco, porque

tengo muchas ocupaciones, y aunque buenas, no me dan el

contento que me daría esto y así ando siempre deseando tiempo, y

esto me hace serme todo desabrido, según creo, ver que no se

hace lo que quiero y deseo.

8. Todos estos deseos y más de virtud, me ha dado nuestro Señor

después que me dio esta oración quieta con estos arrobamientos, y

hállome tan mejorada, que me parece era antes una perdición.

Déjanme estos arrobamientos y visiones con las ganancias que

aquí diré, y digo que si algún bien tengo de aquí me ha venido.

9. Hame venido una determinación muy grande de no ofender a

Dios ni venialmente, que antes moriría mil muertes que tal hiciese,

entendiendo que lo hago. Determinación de que ninguna cosa que

yo pensase ser más perfección y que haría más servicio a nuestro

Señor, diciéndolo quien de mí tiene cuidado y me rige, que no

hiciese, sintiese cualquiera cosa, que por ningún tesoro lo dejaría

de hacer. Y si lo contrario hiciese, me parece no tendría cara para

pedir nada a Dios nuestro Señor, ni para tener oración, aunque en

todo esto hago muchas faltas e imperfecciones.

Obediencia a quien me confiesa, aunque con imperfección; pero

entendiendo yo que quiere una cosa o me la manda, según

entiendo, no la dejaría de hacer, y si la dejase pensaría andaba

muy engañada.

Deseo de pobreza, aunque con imperfección; mas paréceme que

aunque tuviese muchos tesoros, no tendría renta particular, ni

dineros para mí sola, ni se me da nada; sólo querría tener lo

necesario. Con todo, siento tengo harta falta en esta virtud; porque

aunque para mí no lo deseo, querríalo tener para dar, aunque no

deseo renta ni cosa para mí.

10. Casi con todas las visiones que he tenido me he quedado con

aprovechamiento, si no es engaño del demonio. En esto remítome a

mis confesores.

11. Cuando veo alguna cosa hermosa, rica, como agua, campos,

flores, olores, músicas, etc., paréceme no lo querría ver ni oír; tanta

es la diferencia de ello a lo que yo suelo ver; y así se me quita la

gana de ellas. Y de aquí he venido a dárseme tan poco por estas

cosas, que si no es primer movimiento, otra cosa no me ha quedado

de ello, y esto me parece basura.

12. Si hablo o trato con algunas personas profanas porque no

puede ser menos, y aunque sea de cosas de oración, si mucho lo

trato, aunque sea por pasatiempo si no es necesaria, me estoy

forzando, porque me da gran pena. Cosas de regocijo, de que solía

ser amiga, y de cosas del mundo, todo me da en rostro y no lo

puedo ver.

13. Estos deseos de amar y servir a Dios y verle, que he dicho que

tengo, no son ayudados con consideración, como tenía antes

cuando me parecía que estaba muy devota y con muchas lágrimas;

mas con una inflamación y hervor tan excesivo, que torno a decir

que si Dios no me remediase con algún arrobamiento, donde me

parece queda el alma satisfecha, me parece sería para acabar

presto la vida.

14. A los que veo más aprovechados y con estas determinaciones,

y desasidos y animosos, los amo mucho, y con tales querría yo

tratar, y parece que me ayudan. Las personas que veo tímidas, que

me parece a mí van atentando en las cosas que conforme a razón

acá se pueden hacer, parece que me congojan y me hacen llamar a

Dios y a los santos que estas tales cosas, que ahora nos espantan,

acometieron; no porque yo sea para nada, pero porque me parece

que ayuda Dios a los que por El se ponen a mucho, y que nunca

falta a quien en El solo confía, y querría hallar quien me ayudase a

creerlo así, y no tener cuidado de lo que he de comer y vestir, sino

dejarlo a Dios. No se entiende que este dejar a Dios lo que he

menester, es de manera que no lo procure, mas no con cuidado

que me dé cuidado, digo. Y después que me ha dado esta libertad,

vame bien con esto y procuro olvidarme de mi cuanto puedo. Esto

no me parece habrá un año que me lo ha dado nuestro Señor.

15. Vanagloria, gloria a Dios, que yo entienda, no hay por qué la

tener; porque veo claro en estas cosas que Dios da, no poner nada

de mí, antes me da Dios a sentir mis miserias, que con cuanto yo

pudiera pensar, no pudiera ver tantas verdades como en un rato

conozco.

16. Cuando hablo de estas cosas, de pocos días acá, paréceme

son como de otra persona. Antes me parecía algunas veces era

afrenta que las supiesen de mí, mas ahora paréceme que no soy

por esto mejor, sino más ruin, pues tan poco me aprovecho con

tantas mercedes. Y, cierto, por todas partes me parece no ha

habido otra peor en el mundo que yo, y así las virtudes de los otros

me parecen de harto más merecimiento, y que yo no hago sino

recibir mercedes, y que a los otros les ha de dar Dios por junto lo

que aquí me quiere dar a mí, y suplícole no me quiera pagar en

esta vida, y así creo que de flaca y ruin me ha llevado Dios por este

camino.

17. Estando en oración y aun casi siempre que yo pueda considerar

un poco, aunque yo lo procurase, no puedo pedir descansos, ni

desearlos de Dios, porque veo que no vivió El sino con trabajos, y

éstos le suplico me dé dándome primero gracia para sufrirlos.

18. Todas las cosas de esta suerte y de muy subida perfección

parece se me imprimen en la oración, tanto, que me espanto de ver

tantas verdades y tan claras, que me parecen desatino las cosas

del mundo, y así he menester cuidado para pensar cómo me había

antes en las cosas del mundo, que me parece que sentir las

muertes y trabajos de él es desatino, a lo menos que dure mucho el

dolor o el amor de los parientes, amigos, etc.; digo que ando con

cuidado considerándome la que era y lo que solía sentir.

19. Si veo en algunas personas algunas cosas que a la clara

parecen pecados, no me puedo determinar que aquéllos hayan

ofendido a Dios, y si algo me detengo en ello -que es poco o nada-,

nunca me determinaba, aunque lo veía claro; y parecíame que el

cuidado que yo traigo de servir a Dios, traen todos. Y en esto me ha

hecho gran merced, que nunca me detengo en cosa mala, que se

me acuerde después, y si se me acuerda, siempre veo otra virtud

en la tal persona; así que nunca me fatigan estas cosas, si no es lo

común, y las herejías, que muchas veces me afligen, y casi siempre

que pienso en ellas me parece que sólo este trabajo es de sentir. Y

también siento si veo algunos que trataban en oración y tornan

atrás; esto me da pena, mas no mucha, porque procuro no

detenerme.

20. También me hallo mejorada en curiosidades que solía tener,

aunque no del todo, que no me veo estar en esto siempre

mortificada, aunque algunas veces sí.

21. Esto todo que he dicho es lo ordinario que pasa en mi alma,

según puedo entender, y muy continuo tener el pensamiento en

Dios, y aunque trate de otras cosas, sin querer yo -como digo- no

entiendo quién me despierta, y esto no siempre, sino cuando trato

algunas cosas de importancia; y esto, gloria a Dios, es a ratos el

pensarlo, y no me ocupa siempre.

22. Viéneme algunos días -aunque no son muchas veces, y dura

como tres o cuatro o cinco días-, que me parece que todas las

cosas buenas y hervores y visiones se me quitan, y aun de la

memoria, que aunque quiera no sé que cosa buena haya habido en

mí; todo me parece sueño, a lo menos no me puedo acordar de

nada. Apriétanme los males corporales en junto; túrbaseme el

entendimiento, que ninguna cosa de Dios puedo pensar, ni sé en

qué ley vivo. Si leo, no lo entiendo; paréceme estoy llena de faltas,

sin ningún ánimo para la virtud, y el grande ánimo que suelo tener

queda en esto, que me parece a la menor tentación y murmuración

del mundo no podría resistir. Ofréceseme entonces que no soy para

nada, que quién me mete en más de en lo común; tengo tristeza;

paréceme tengo engañados a todos los que tienen algún crédito de

mí; querríame esconder donde nadie me viese, no deseo entonces

soledad para virtud, sino de pusilanimidad; paréceme, querría reñir

con todos los que me contradijesen. Traigo esta batería, salvo que

me hace Dios esta merced que no le ofendo más que suelo ni le

pido me quite esto, mas que si es su voluntad que esté así siempre,

que me tenga de su mano para que no le ofenda, y confórmome

con El de todo corazón, y creo que el no me tener siempre así es

merced grandísima que me hace.

23. Una cosa me espanta, que estando de esta suerte, una sola

palabra de las que suelo entender, o una visión, o un poco de

recogimiento, que dure un Avemaría, o en llegándome a comulgar,

queda el alma y el cuerpo tan quieto, tan sano y tan claro el

entendimiento, con toda la fortaleza y deseos que suelo. Y tengo

experiencia de esto, que son muchas veces, a lo menos cuando

comulgo, ha más de medio año que notablemente siento clara salud

corporal, y con los arrobamientos algunas veces, y dúrame más de

tres horas algunas veces y otras todo el día estoy con gran mejoría,

y a mi parecer no es antojo, porque lo he echado de ver y he tenido

cuenta de ello. Así que, cuando tengo este recogimiento, no tengo

miedo a ninguna enfermedad. Verdad es que cuando tengo la

oración como solía antes, no tengo esta mejoría.

24. Todas estas cosas que he dicho me hacen a mí creer que estas

cosas son de Dios; porque como conozco quién yo era, que llevaba

camino de perderme, y en poco tiempo con estas cosas, es cierto

que mi alma se espantaba, sin entender por dónde me venían estas

virtudes; no me conocía, y veía ser cosa dada y no ganada por

trabajo. Entiendo con toda verdad y claridad, y sé que no me

engaño, que no sólo ha sido medio para traerme Dios a su servicio,

pero para sacarme del infierno, lo cual saben mis confesores a

quien me he confesado generalmente.

25. También cuando veo alguna persona que sabe alguna cosa de

mí, le querría dar a entender mi vida; porque me parece ser honra

mía que nuestro Señor sea alabado, y ninguna cosa se me da por

lo demás. Esto sabe El bien, o yo estoy muy ciega, que ni honra, ni

vida, ni gloria, ni bien ninguno en cuerpo ni alma hay que me

detenga ni quiera ni desee mi provecho, sino su gloria. No puedo yo

creer que el demonio ha buscado tantos bienes para ganar mi alma

por después perderla, que no le tengo por tan necio; ni puedo creer

de Dios que, ya que por mis pecados mereciese andar engañada,

haya dejado tantas oraciones de tan buenos como dos años ha se

hacen -que yo no hago otra cosa sino rogarlo a todos- para que el

Señor me dé a conocer si es esto su gloria, o me lleve por otro

camino. No creo permitiera su divina Majestad que siempre fuesen

adelante estas cosas si no fueran suyas.

26. Estas cosas y razones de tantos santos me esfuerzan cuando

traigo estos temores de si no es Dios, siendo yo tan ruin. Mas

cuando estoy en oración, y los días que ando quieta y el

pensamiento en Dios, aunque se junten cuantos letrados y santos

hay en el mundo y me diesen todos los tormentos imaginables y yo

quisiese creerlo, no me podrían hacer creer que esto es demonio,

porque no puedo. Y cuando me quisieron poner en que lo creyese,

temía viendo quién lo decía, y pensaba que ellos debían de decir

verdad, y que yo, siendo la que era, debía de estar engañada; mas

a la primera palabra o recogimiento o visión era deshecho todo lo

que me habían dicho; yo no podía más y creía que era Dios.

27. Aunque puedo pensar que podría mezclarse alguna vez

demonio -y esto es así, como lo he dicho y visto-, mas trae

diferentes efectos, y quien tiene experiencia no le engañará, a mi

parecer. Con todo esto digo, que aunque creo que es Dios

ciertamente, yo no haría cosa alguna, si no le pareciese a quien

tiene cargo de mí que es más servicio de nuestro Señor, por

ninguna cosa; y nunca he entendido sino que obedezca y que no

calle nada, que esto me conviene.

28. Soy muy ordinario reprendida de mis faltas -y de manera que

llega a las entrañas-, y avisos cuando hay o puede haber algún

peligro en cosa que trato, que me han hecho harto provecho,

trayéndome los pecados pasados a la memoria muchas veces, que

me lastima harto.

29. Mucho me he alargado, mas es así, cierto, que en los bienes

que me veo cuando salgo de oración, me parece quedo corta;

después, con muchas imperfecciones y sin provecho y harto ruin. Y

por ventura las cosas buenas no las entiendo, mas que me engaño;

empero la diferencia de mi vida es notoria, y me lo hace pensar. En

todo lo dicho digo lo que me parece que es verdad haber sentido.

Estas son las perfecciones que siento haber el Señor obrado en mí

tan ruin e imperfecta. Todo lo remito al juicio de vuestra merced,

pues sabe toda mi alma.

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CAPÍTULO 2

1. Paréceme ha más de un año que escribí esto que aquí está.

Hame tenido Dios de su mano en todo él, que no he andado peor,

antes veo mucha mejoría en lo que diré. Sea alabado por todo.

2. Las visiones y revelaciones no han cesado, mas son más

subidas mucho. Hame enseñado el Señor un modo de oración, que

me hallo en él más aprovechada, y con muy mayor desasimiento en

las cosas de esta vida, y con más ánimo y libertad. Los

arrobamientos han crecido, porque a veces es con un ímpetu y de

suerte que, sin poderme valer exteriormente, se conoce, y aun

estando en compañía, porque es de manera que no se puede

disimular, si no es con dar a entender -como soy enferma del

corazón- que es algún desmayo. Aunque traigo gran cuidado de

resistir al principio, algunas veces no puedo.

3. En lo de la pobreza, me parece me ha hecho Dios mucha

merced, porque aun lo necesario no querría tener, si no fuese de

limosna, y así deseo en extremo estar donde no se coma de otra

cosa.

Paréceme a mí que estar donde estoy cierta que no me ha de faltar

de comer y de vestir, que no se cumple con tanta perfección el voto

ni el consejo de Cristo como donde no hay renta, que alguna vez

faltará, y los bienes que con la verdadera pobreza se ganan

parécenme muchos y no los quisiera perder. Hállome con una fe tan

grande muchas veces en parecerme no puede faltar Dios a quien le

sirve, y no teniendo ninguna duda que hay ni ha de haber ningún

tiempo en que falten sus palabras, que no puedo persuadirme a

otra cosa, ni puedo temer, y así siento mucho cuando me aconsejan

tenga renta, y tórnome a Dios.

4. Paréceme tengo mucha más piedad de los pobres, que solía.

Entiendo yo una lástima grande y deseo de remediarlos, que, si

mirase a mi voluntad, les daría lo que traigo vestido. Ningún asco

tengo de ellos, aunque los trate y llegue a las manos. Y esto veo es

ahora don dado de Dios, que aunque por amor de El hacía limosna,

piedad natural no la tenía. Bien conocida mejoría siento en esto.

5. En cosas que dicen de mí de murmuración, que son hartas y en

mi perjuicio, y hartos, también me siento mejorada; no parece, me

hace casi impresión más que a un bobo, y paréceme algunas veces

tienen razón, y casi siempre. Siéntolo tan poco que aun no me

parece tengo que ofrecer a Dios, como tengo experiencia que gana

mi alma mucho, antes me parece me hacen bien, y así ninguna

enemistad me queda con ellos en llegándome la primera vez a la

oración; que luego que lo oigo, un poco de contradicción me hace,

no con inquietud ni alteración; antes, como veo algunas veces otras

personas me han lástima, es así que entre mí me río, porque

parecen todos los agravios de tan poco tomo, los de esta vida, que

no hay que sentir; porque me figuro andar en un sueño, y veo que

en despertando no será todo nada.

6. Dame Dios más vivos deseos, más gana de soledad, muy mayor

desasimiento -como he dicho- con visiones, que se me ha hecho

entender lo que es todo, aunque deje cuantos amigos y amigas y

deudos, que esto es lo de menos, antes me cansan mucho

parientes; como sea por un tantito de servir más a Dios, los dejo

con toda libertad y contento, y así en cada parte hallo paz.

7. Algunas cosas que en oración he sido aconsejada, me han salido

muy verdaderas; así que de parte de hacerme Dios merced,

hállome muy más mejorada; de servirle yo de mi parte, harto más

ruin; porque el regalo he tenido más -que se ha ofrecido-, aunque

hartas veces me da harta pena; la penitencia, poca; la honra que

me hacen, mucha, bien contra mi voluntad hartas veces.

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CAPÍTULO 3

1. Esto que está aquí de mi letra, ha nueve meses, poco más o

menos, que lo escribí. Después acá, no tornando atrás de las

mercedes que Dios me ha hecho, me parece he recibido de nuevo,

a lo que entiendo, mucha mayor libertad. Hasta ahora parecíame

había menester a otros y tenía más confianza en ayudas del

mundo; ahora entiendo claro ser todos unos palillos de romero

seco, y que asiéndose a ellos no hay seguridad, que en habiendo

algún peso de contradicciones o murmuraciones se quiebran. Y así

tengo experiencia que el verdadero remedio para no caer es asirnos

a la cruz y confiar en el que en ella se puso. Hállole amigo

verdadero, y hállome con esto con un señorío que me parece

podría resistir a todo el mundo que fuese contra mí, con no me faltar

Dios.

2. Entendiendo esta verdad tan clara, solía ser muy amiga de que

me quisiesen bien; ya no se me da nada, antes me parece en parte

me cansa, salvo con los que trato mi alma o yo pienso aprovechar,

que los unos porque me sufran y los otros porque con más afición

crean lo que les digo de la vanidad que es todo, querría me la

tuviesen.

3. En muy grandes trabajos y persecuciones y contradicciones que

he tenido estos meses hame dado Dios gran ánimo; y cuando

mayores mayor, sin cansarme en padecer, y con las personas que

decían mal de mí, no sólo no estaba mal con ellas, sino que me

parece las cobraba amor de nuevo. No sé cómo era esto, bien dado

de la mano del Señor.

4. De mi natural suelo, cuando deseo una cosa, ser impetuosa en

desearla. Ahora van mis deseos con tanta quietud, que cuando los

veo cumplidos, aun no entiendo si me huelgo. Que pesar y placer,

si no es en cosas de oración, todo va templado, que parezco boba y

como tal ando algunos días.

5. Los ímpetus que me dan algunas veces y han dado de hacer

penitencia, son grandes, y si alguna hago, siéntola tan poco con

aquel gran deseo, que alguna vez me parece -y siempre casi- que

es regalo particular, aunque hago poca, por ser muy enferma.

6. Es grandísima [pena] para mí muchas veces, y ahora más

excesiva, el haber de comer, en especial si estoy en oración. Debe

ser grande, porque me hace llorar mucho y decir palabras de

aflicción casi sin sentirme, lo que yo no suelo hacer. Por

grandísimos trabajos que yo he tenido en esta vida, no me acuerdo

haberlas dicho, que no soy nada mujer en estas cosas, que tengo

recio corazón.

7. Deseo grandísimo, más que suelo, siento en mí, que tenga Dios

personas que con todo desasimiento le sirvan y que en nada de lo

de acá se detengan -como veo es todo burla-, en especial letrados;

que, como veo las grandes necesidades de la Iglesia, que éstas me

afligen tanto, que me parece cosa de burla tener por otra cosa

pena, y así no hago sino encomendarlos a Dios; porque veo yo que

haría más provecho una persona del todo perfecta, con hervor

verdadero de amor de Dios, que muchas con tibieza.

8. En cosas de la fe me hallo, a mi parecer, con muy mayor

fortaleza. Paréceme a mí que contra todos los luteranos me pondría

yo sola a hacerles entender su yerro. Siento mucho la perdición de

tantas almas. Veo muchas aprovechadas, que conozco claro ha

querido Dios que sea por mis medios, y conozco que por su bondad

va en crecimiento mi alma en amarle cada día más.

9. Paréceme que, aunque con estudio quisiese tener vanagloria,

que no podría, ni veo cómo pudiese pensar que ninguna de estas

virtudes es mía; porque ha poco que me vi sin ninguna muchos

años, y ahora de mi parte no hago más de recibir mercedes, sin

servir, sino como la cosa más sin provecho del mundo. Y es así que

considero algunas veces cómo todos aprovechan sino yo, que para

ninguna cosa valgo. Esto no es, cierto, humildad, sino verdad, y

conocerme tan sin provecho me trae con temores algunas veces de

pensar no sea engañada. Así que veo claro que de estas

revelaciones y arrobamientos -que yo ninguna parte soy, ni hago

para ellos más que una tabla- me vienen estas ganancias. Esto me

hace asegurar y traer más sosiego, y póngome en los brazos de

Dios, y fío de mis deseos, que éstos, cierto, entiendo son morir por

El y perder todo el descanso, y venga lo que viniere.

10. Viénenme días que me acuerdo infinitas veces de lo que dice

San Pablo -aunque a buen seguro que no sea así en mí-, que ni me

parece vivo yo, ni hablo, ni tengo querer, sino que está en mí quien

me gobierna y da fuerza, y ando como casi fuera de mí, y así me es

grandísima pena la vida. Y la mayor cosa que yo ofrezco a Dios por

gran servicio, es cómo siéndome tan penoso estar apartada de El,

por su amor quiero vivir. Esto querría yo fuese con grandes trabajos

y persecuciones; ya que yo no soy para aprovechar, querría ser

para sufrir, y cuantos hay en el mundo pasaría por un tantito de más

mérito, digo en cumplir más su voluntad.

11. Ninguna cosa he tenido en la oración, aunque sea de hartos

años antes, que no la haya visto cumplida. Son tantas las que veo,

y lo que entiendo de las grandezas de Dios, y cómo las ha guiado,

que casi ninguna vez comienzo a pensar en ello que no me falte el

entendimiento, como quien ve cosas que van muy adelante de lo

que puede entender, y quedo en recogimiento.

12. Guárdame tanto Dios en ofenderle, que, cierto, algunas veces

me espanto, que me parece veo el gran cuidado que trae de mí, sin

poner yo en ello casi nada, siendo un piélago de pecados y de

maldades antes de estas cosas, y sin parecerme era señora de mí

para dejarlas de hacer. Y para lo que yo querría se supiesen, es

para que se entienda el gran poder de Dios. Sea alabado por

siempre jamás, amén.

Jhs

13. Esta relación, que no es de mi letra, que va al principio, es que

la di yo a mi confesor, y él sin quitar ni poner cosa, la sacó de la

suya. Era muy espiritual y teólogo -con quien trataba todas las

cosas de mi alma-, y él las trató con otros letrados, y entre ellos fue

el Padre Mancio. Ninguna han hallado que no sea muy conforme a

la Sagrada Escritura. Esto me hace estar ya muy sosegada, aunque

entiendo he menester, mientras Dios me llevare por este camino, no

fiar de mí en nada, y así lo he hecho siempre, aunque siento

mucho.

Mire vuestra merced que todo esto va debajo de confesión, como lo

supliqué a vuestra merced.

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CAPÍTULO 4 a)

Jhs

1. Esta monja ha cuarenta años que tomó el hábito y desde el

primero comenzó a pensar en la Pasión de nuestro Señor por los

misterios y en sus pecados, sin nunca pensar en cosa que fuese

sobrenatural, sino en las criaturas o cosas de que sacaba cuán

presto se acaba todo, y en esto gastaba algunos ratos del día sin

pasarle por pensamiento desear más, porque se tenía por tal, que

aun pensar en Dios veía que no merecía.

2. En esto pasó como veintidós años con grandes sequedades,

leyendo también en buenos libros. Habrá como dieciocho, cuando

se comenzó a tratar del primer monasterio que fundó en Avila de

Descalzas (como tres años antes), que comenzó a parecerle que le

hablaban interiormente algunas veces y a ver algunas visiones y

tener revelaciones. Esto jamás vio nada ni lo ha visto con los ojos

corporales, sino una representación como un relámpago, mas

quedábasele tan imprimido y con tantos efectos, como si lo viera

con los ojos corporales, y más.

3. Ella era temerosísima, que aun algunas veces de día no osaba

estar sola; y como aunque más hacía no podía excusar esto,

andaba afligidísima, temiendo no fuese engaño del demonio; y

comenzó a tratar con personas espirituales de la Compañía de

Jesús, entre los cuales fue el Padre Araoz, que acertó a ir allí, que

era Comisario de la Compañía, y el Padre Francisco -que fue duque

de Gandía- trató dos veces, y a un provincial de la Compañía -que

está ahora en Roma, de los cuatro-, llamado Gil González, y aun al

que ahora lo es en Castilla, aunque a éste no tanto; a Baltasar

Alvarez, que es ahora Rector de Salamanca: la confesó seis años;

al Rector de Cuenca, llamado Salazar, y al de Segovia, llamado

Santander, éste no tanto tiempo; al Rector de Burgos, que llaman

Ripalda, y aun estaba harto mal con ella hasta que la trató; al doctor

Pablo Hernández en Toledo, que era Consultor de la Inquisición; a

otro Ordóñez, que fue Rector en Avila. Como estaba en los lugares,

así procuraba los que de ellos eran más estimados.

4. A fray Pedro de Alcántara trató mucho, y fue el que mucho puso

por ella.

5 Estuvieron más de seis años en este tiempo haciendo hartas

pruebas, y ella con hartas lágrimas y aflicción, y mientras más

pruebas se hacían, más tenía, y suspensiones hartas veces en la

oración y aun fuera de ella. Hacíanse hartas oraciones y decíanse

misas porque Dios la llevase por otro camino, porque su temor era

grandísimo cuando no estaba en la oración, aunque en todas las

cosas que tocaban al servicio de Dios se entendía clara mejoría y

ninguna vanagloria ni soberbia, antes se corría de los que lo sabían,

y sentía más tratarlo que si fueran pecados, porque le parecía que

se reirían de ella y que eran cosas de mujercillas.

6. Habrá como trece años, poco más o menos, que fue allí el

Obispo de Salamanca, que era Inquisidor creo en Toledo, y lo había

sido aquí; ella procuró de hablarle para asegurarse más y diole

cuenta de todo. El le dijo que todo esto no era cosa que tocaba a su

oficio, porque todo lo que veía y entendía siempre la afirmaba más

en la fe católica, que ella siempre estuvo y está firme y con

grandísimos deseos de la honra de Dios y bien de las almas, que

por una se dejara matar muchas veces. Díjole, como la vio tan

fatigada, que escribiese al Maestro Avila, que era vivo, una larga

relación de todo, que era hombre que entendía mucho de oración, y

que con lo que la escribiese, se sosegase. Ella lo hizo así; y él la

escribió asegurándola mucho. Fue de suerte esta relación, que

todos los letrados que la han visto -que eran sus confesores-,

decían era de gran provecho para aviso de cosas espirituales, y

mandáronla que lo trasladase e hiciese otro librillo para sus hijas,

que era priora, adonde las diese algunos avisos.

7. Con todo esto, a tiempos no le faltaban temores, y parecióle que

a gente espiritual también podían estar engañados como ella, que

quería tratar con grandes letrados, aunque no fuesen muy dados a

oración, porque ella no quería sino saber si eran conforme a la

Sagrada Escritura todo lo que tenía. Y algunas veces se consolaba

pareciéndole que, aunque por sus pecados mereciese ser

engañada, que a tantos buenos como deseaban darle luz, que no

permitiría Dios se engañasen.

8. Con este intento comenzó a tratar con padres de Santo Domingo

en estas cosas, que antes que las tuviese muchas veces se

confesaba con ellos. Son éstos los que ha tratado: fray Vicente

Barrón la confesó un año y medio en Toledo, yendo a fundar allí,

que era consultor de la Inquisición y gran letrado; éste la aseguró

mucho. Y todos le decían que como no ofendiese a Dios y se

conociese por ruin, que de qué temía. Con el Maestro fray Domingo

Bañes, -que es consultor del Santo Oficio ahora en Valladolid- me

confesé seis años, y siempre trata con él por cartas, cuando algo de

nuevo se le ha ofrecido. Con el Maestro Chaves. Con el segundo

fue fray Pedro Ibáñez, que era entonces lector en Avila y

grandísimo letrado, y con otro dominico que llaman fray García de

Toledo. Con el P. Maestro fray Bartolomé de Medina, catedrático de

Salamanca, y sabía que estaba muy mal con ella, porque había

oído de estas cosas; y parecióle que éste la diría mejor si iba

engañada, que ninguno (esto ha poco más de dos años), y

procuróse confesar con él, y diole larga relación de todo, lo que allí

estuvo, y procuró que viese lo que había escrito para que

entendiese mejor su vida. El la aseguró tanto y más que todos, y

quedó muy su amigo. También se confesó algún tiempo con el

Padre Maestro Fray Felipe de Meneses que estuvo en Valladolid a

fundar, y era el Prior o Rector de aquel Colegio de San Gregorio, y

habiendo oído estas cosas, la había ido a hablar en Avila con harta

caridad, queriendo saber si estaba engañada, y que si no era razón

no la murmurasen tanto; y se satisfizo mucho. También trató

particularmente con un Provincial de Santo Domingo, llamado

Salinas, hombre muy espiritual y gran siervo de Dios; y con otro

lector que es ahora en Segovia, llamado fray Diego de Yanguas,

harto de agudo ingenio.

9. Otros algunos, que en tantos años y con temor ha habido lugar

para ello, en especial como andaba en tantas partes a fundar,

hanse hecho hartas pruebas, porque todos deseaban acertar a

darla luz, por donde la han asegurado y se han asegurado.

10. Siempre jamás estaba sujeta y lo está a todo lo que tiene la

santa fe católica, y toda su oración y de las casas que ha fundado,

es porque vaya en aumento. Decía ella, que cuando alguna cosa de

éstas la indujera contra lo que es fe católica y la ley de Dios, que no

hubiera menester andar a buscar pruebas, que luego viera era

demonio.

11. Jamás hizo cosa por lo que entendía en la oración, antes si le

decían sus confesores al contrario, lo hacía luego, y siempre daba

parte de todo. Nunca creyó tan determinadamente que era Dios -

con cuanto le decían que sí-, que lo jurara, aunque por los efectos y

las grandes mercedes que le ha hecho en algunas cosas, le parecía

buen espíritu; mas siempre deseaba virtudes, y en esto ha puesto a

sus monjas, diciendo que la más humilde y mortificada sería la más

espiritual.

12. Esto que ha escrito dio al Padre Maestro fray Domingo Bañes,

que está en Valladolid, que es con quien más ha tratado y trata.

Piensa que los habrá presentado al Santo Oficio en Madrid. En todo

ello se sujeta a la corrección de la fe católica y de la Iglesia.

Ninguno la ha puesto culpa, porque son éstas cosas que no están

en mano de nadie, y nuestro Señor no pide lo imposible.

13. Como se ha dado cuenta a tantos por el gran temor que traía,

hanse divulgado mucho estas cosas, que ha sido para ella harto

grandísimo tormento y cruz; dice ella que no por humildad, sino

porque siempre aborrecía estas cosas que decían de mujeres.

Tenía extremo a no se sujetar a quien le parecía que creía era todo

de Dios, porque luego temía los había de engañar a entrambos el

demonio. Como quien veía temeroso, trataba su alma de mejor

gana; aunque también le daba pena con los que del todo

despreciaban estas cosas -era por probarla-, porque le parecían

algunas muy de Dios, y no quisiera, que pues no veían causa las

condenaran determinadamente, tampoco como que creyeran que

todo era de Dios, porque entendía ella muy bien que podía haber

engaño, y por esto jamás le pareció asegurarse del todo en lo que

podía haber peligro. Procuraba lo más que podía en ninguna cosa

ofender a Dios y siempre obedecer; y con estas dos cosas se

pensaba librar, aunque fuese demonio.

14. Desde que tuvo cosas sobrenaturales, siempre se inclinaba su

espíritu a buscar lo más perfecto, y casi ordinario traía grandes

deseos de padecer; y en las persecuciones -que tuvo hartas-, se

hallaba consolada y con amor particular a quien la perseguía. Gran

deseo de pobreza y soledad, y de salir de este destierro por ver a

Dios. Por estos efectos y otros semejantes se comenzó a sosegar,

pareciéndole que espíritu que la dejaba con estas virtudes no sería

malo, y así se lo decían con los que lo trataba, aunque para dejar

de temer no, sino para no andar tan fatigada. Jamás su espíritu la

persuadía a que encubriese nada, sino a que obedeciese siempre.

15. Nunca con los ojos del cuerpo vio nada, como está dicho, sino

con una delicadez y cosa tan intelectual, que algunas veces

pensaba a los principios se le había antojado, otras no lo podía

pensar. Tampoco oyó jamás con los oídos corporales, si no fueron

dos veces, y éstas no entendió cosa de las que decían, ni sabía

quién.

16. Estas cosas no eran continuas, sino en alguna necesidad

algunas veces, como fue una que había estado algunos días con

unos tormentos interiores incomportables y un desasosiego interior

de temor si la traía engañada el demonio, como más largamente

está en aquella Relación, y también están sus pecados, que así han

sido públicos, como estotras cosas, porque el miedo que traía le ha

hecho olvidar su crédito; y estando así con aflicción que no se

puede decir, con sólo entender esta palabra en lo interior; Yo soy,

no tengas miedo, quedaba el alma tan quieta y animosa y confiada,

que no podía entender de dónde le había venido tan gran bien;

pues no había bastado confesor, ni bastaran muchos letrados con

muchas palabras para ponerle aquella paz y quietud que con una

se le había puesto, y así otras veces que con alguna visión

quedaba fortalecida; porque a no ser esto, no pudiera haber pasado

tan grandes trabajos y contradicciones y enfermedades -que han

sido sin cuento-, y pasa, que jamás anda sin algún género de

padecer. Hay más y menos, mas lo ordinario es siempre dolores

con otras hartas enfermedades, aunque después que es monja la

han apretado más.

17. Si en algo sirve al Señor y las mercedes que le hace, pasa de

presto por su memoria, aunque de las mercedes muchas veces se

acuerda, mas no puede detenerse allí mucho, como en los

pecados, que siempre están atormentándola como un cieno de mal

olor. El haber tenido tantos pecados y servido a Dios tan poco, debe

ser causa de no ser tentada de vanagloria.

18. Jamás con cosa de su espíritu tuvo persuasión, ni cosa sino de

toda limpieza y castidad, y sobre todo un gran temor de no ofender

a Dios nuestro Señor y de hacer en todo su voluntad. Esto le

suplica siempre, y a su parecer está tan determinada a no salir de

ella, que no la dirían cosa en que pensase servir más a Dios los que

la tratan -confesores y prelados- que la dejase de poner por obra,

confiada en que el Señor ayuda a los que se determinan por su

servicio y gloria.

19. No se acuerda más de sí, ni de su provecho -en comparación

de esto-, que si no fuese, a cuanto ella puede entender de sí y

entienden sus confesores. Es todo gran verdad lo que va en este

papel, y lo puede probar con ellos vuestra merced, si quiere, y con

todas las personas que la han tratado de veinte años a esta parte.

Muy ordinario la mueve su espíritu a alabanzas de Dios, y querría

que todo el mundo entendiese en esto, aunque a ella le costase

muy mucho. De aquí le viene el deseo del bien de las almas; y de

ver cuán basuras son las cosas exteriores de este mundo y cuán

preciosas las interiores -que no tienen comparación-, ha venido a

tener en poco las cosas de él.

20. La manera de visión que vuestra merced me preguntó es que

no se ve cosa ni interior ni exteriormente, porque no es imaginaria;

mas sin verse nada, entiende el alma quién es, y hacia dónde se le

representa, más claramente que si lo viese, salvo que no se le

representa cosa particular, sino como si una persona sintiese que

está otra cabe ella, y porque estuviese a oscuras no la ve, más

cierto entiende que está allí, salvo que no es comparación ésta

bastante; porque el que está a oscuras, por alguna vía, u oyendo

ruido, o habiendo visto antes la persona, entiende que está allí o la

conoce de antes. Acá no hay nada de eso, sino que sin palabra

exterior ni interior entiende el alma clarísimamente quién es, y hacia

qué parte está, y a las veces lo que quiere significar. Por dónde o

cómo, no lo sabe; mas ello pasa así, y lo que dura no puede

ignorarlo; y cuando se quita, aunque más quiere imaginarlo como

antes, no aprovecha, porque se ve que es imaginación y no

presencia, que ésta no está en su mano; y así son todas las cosas

sobrenaturales. Y de aquí viene no tenerse en nada a quien Dios

hace esta merced, porque ve que es cosa dada y que ella allí ni

puede quitar ni poner; y esto hace quedar con mucha más humildad

y amor de servir siempre a este Señor tan poderoso, que puede

hacer lo que acá no podemos aun entender; como aunque más

letras tengan, hay cosas que no se alcanzan.

Sea bendito el que lo da, amén, para siempre jamás.

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CAPÍTULO 4 b)

Jesús

1. Esta monja ha cuarenta años que tomó el hábito y desde el

primero comenzó a pensar en la Pasión de nuestro Señor por los

misterios algunos ratos del día, y en sus pecados, sin nunca pensar

en cosa que fuese sobrenatural, sino en las criaturas o cosas de

que sacaba cuán presto se acaba todo; en mirar por las criaturas la

grandeza de Dios y el amor que nos tiene; esto le hacía mucha más

gana de servirle (que por el temor nunca fue ni le hacía al caso);

siempre con gran deseo de que fuese alabado y su Iglesia

aumentada; por esto era cuanto rezaba, sin hacer nada por sí, que

le parecía que iba poco en que padeciese en purgatorio a trueque

de que ésta se acrecentase, aunque fuese en muy poquito.

2. En esto pasó como veinte y dos años con grandes sequedades,

que jamás le pasó por pensamiento desear más, porque se tenía

por tal que aun pensar en Dios le parecía no merecía, sino que la

hacía Su Majestad mucha merced en dejarla estar delante de El

rezando, leyendo también en buenos libros.

Habrá como dieciocho años, cuando se comenzó a tratar del primer

monasterio que fundó de descalzas, que fue en Avila (tres años o

dos antes, creo son tres), que comenzó a parecerle que la hablaban

interiormente algunas veces y ver algunas visiones y revelaciones

interiormente con los ojos del alma, que jamás vio cosa con los ojos

corporales ni la oyó. Dos veces le parece que oyó hablar, mas no

entendió ninguna cosa. Era una representación, cuando estas

cosas veía interiormente, que no duraba sino como un relámpago lo

más ordinario, mas quedábasele tan imprimido y con tanto efecto

como si lo viera con los ojos corporales, y más.

3. Ella era entonces tan temerosísima de su natural, que aun de día

no osaba estar sola algunas veces; y como aunque más lo

procuraba no podía excusar esto, andaba afligida muy mucho,

temiendo no fuese engañado del demonio, y comenzólo a tratar con

personas espirituales de la Compañía de Jesús, entre los cuales

fueron: el padre Araoz -que era comisario de la Compañía- que

acertó a ir allí; el padre Francisco, que fue el duque de Gandía, trató

dos veces; y a un provincial, que está ahora en Roma, que es uno

de los cuatro señalados, llamado Gil González; y aun al que ahora

lo es en Castilla, aunque a éste no trató tanto; al padre Baltasar

Alvarez, que es ahora rector en Salamanca y la confesó seis años

en este tiempo; y al rector que es ahora de Cuenca, llamado

Salazar; y al de Segovia, llamado Santander; al rector de Burgos,

que se llama Ripalda, y aun estaba mal con ella de que había oído

estas cosas hasta después que la trató; al doctor Pablo Hernández

en Toledo, que era consultor de la Inquisición; al rector que era de

Salamanca cuando le habló, el doctor Gutiérrez; y a otros padres

algunos de la Compañía, que se entendía ser espirituales, que

como estaba en los lugares que iba a fundar los procuraba.

4. Y al padre fray Pedro de Alcántara, que era un santo varón de los

descalzos de san Francisco, trató mucho y fue el que mucho puso

por que se entendiese que era buen espíritu.

5. Estuvieron más de seis años haciendo hartas pruebas -como

largamente tiene escrito y adelante se dirá- y ella con hartas

lágrimas y aflicciones: mientras más pruebas se hacían, más tenía,

y suspensiones o arrobamientos hartas veces, aunque no sin

sentido.

Hacíanse hartas oraciones y decíanse misas por que el Señor la

llevase por otro camino, porque su temor era grandísimo cuando no

estaba en la oración; aunque en todas las cosas que tocaban a

estar su alma mucho más aprovechada se veía gran diferencia y

ninguna vanagloria ni tentación de ella ni de soberbia, antes

afrentaba mucho y se corría de ver que se entendía, y aunque si no

era a confesores y personas que le habían de dar luz jamás trataba

nada -y a estos sentía más decirlo que si fueran grandes pecados-,

porque le parecía que se reirían de ella y que eran cosas de

mujercillas, que siempre las había aborrecido oír.

6. Habrá como trece años, poco más o menos, después de fundado

San José de Avila -adonde ella ya se había pasado del otro

monasterio- que fue allí el obispo que es ahora de Salamanca, que

era inquisidor (no sé si en Toledo o en Madrid, y lo había sido en

Sevilla) que se llama Soto; ella procuró de hablarle para asegurarse

más y diole cuenta de todo, y él dijo que no era todo cosa que

tocaba a su oficio, porque todo lo que ella veía y entendía, siempre

la afirmaba más en la fe católica, que siempre estuvo y está firme y

con grandísimos deseos de la honra de Dios y bien de las almas,

que por una se dejara matar muchas veces. Y díjole también, como

la vio tan fatigada, que lo escribiese todo y toda su vida, sin dejar

nada, al maestro Avila, que era hombre que entendía mucho de

oración, y que con lo que le escribiese se sosegase. Y ella lo hizo

así y escribió sus pecados y vida. El la escribió y consoló

asegurándola mucho. Fue de suerte esta relación, que todos los

letrados que la han visto -que eran sus confesores- decían que era

de gran provecho para aviso de cosas espirituales, y mandáronla

que la trasladase e hiciese otro librillo para sus hijas (que era priora)

adonde les diese algunos avisos.

7. Con todo esto, a tiempos no le faltaban temores, y pareciéndole

que personas espirituales también podían estar engañadas como

ella, dijo a su confesor que si quería tratase algunos letrados

aunque no fuesen muy dados a la oración; porque ella no quería

saber sino si era conforme a la sagrada Escritura todo lo que tenía.

Algunas veces se consolaba pareciéndole que, aunque por sus

pecados merecía ser engañada, que tantos buenos como deseaban

darle luz, no permitiría el Señor fuesen engañados.

8. Con este intento comenzó a tratar con padres de la Orden del

glorioso santo Domingo, con quien antes de estas cosas se había

confesado, y en esta Orden son éstos los que después ha tratado:

el padre fray Vicente Barrón la confesó año y medio en Toledo -que

era confesor entonces del Santo Oficio- y antes de estas cosas le

había comunicado muy muchos años y era gran letrado. Este la

aseguró mucho, y también los de la Compañía: todos la decían que,

si no ofendía a Dios, si se conocía por ruin, que de qué temía. Con

el padre presentado Domingo Báñez -que ahora está en Valladolid

por regente en el Colegio de San Gregorio- que la confesó seis

años y siempre trataba con él por cartas cuando se le ofrecía algo;

con el maestro Chaves; con el padre maestro fray Bartolomé de

Medina, catedrático de prima de Salamanca, el cual sabía que

estaba muy mal con ella por lo que de esto había oído, y parecióle

que éste la diría mejor si iba engañada, por tener tan poco crédito, y

esto ha poco más de dos años; procuró de confesar con él y

dándole de todo grande relación todo el tiempo que allí estuvo, y vio

lo que había escrito, para que mejor lo entendiese, y él la aseguró

tanto y más que todos los demás y quedó muy su amigo. También

se confesaba con fray Felipe de Meneses algún tiempo, cuando

fundó en Valladolid y era el Rector de aquel Colegio de San

Gregorio, y antes había ido a Avila, habiendo oído estas cosas,

para hablarla con harta caridad, queriendo ver si iba engañada,

para darle luz, y si no para tornar por ella cuando oyese murmurar;

y se satisfizo mucho. Particularmente con un Provincial de Santo

Domingo que se llamaba Salinas, hombre muy espiritual; y con otro

presentado llamado Lunar, que era prior en Santo Tomás de Avila;

y otro en Segovia, llamado fray Diego de Yanguas, lector, también

la trató. Y entre estos padres de Santo Domingo no dejaban de

tener algunos harta oración, y aún quizás todos.

9. Y otros algunos, que en tantos años ha habido lugar para ello; en

especial, como andaba en tantas partes a fundar, hanse hecho

hartas pruebas, porque todos deseaban acertar a darla luz, por

donde la han asegurado y se han asegurado.

10. Siempre jamás deseaba estar sujeta a lo que la mandaban, y

así se afligía cuando en estas cosas sobrenaturales no podía

obedecer. Y su oración y la de las monjas que ha fundado, siempre

es con gran cuidado por el aumento de la santa fe católica, y por

esto comenzó el primer monasterio, junto con el bien de su Orden.

Decía ella que, cuando algunas cosas de estas le indujeran contra

lo que es fe católica y ley de Dios, que no hubiera menester andar a

buscar letrados ni hacer pruebas, porque luego viera que era

demonio.

11. Jamás hizo cosa por lo que entendía en la oración; antes

cuando le decían sus confesores que hiciese lo contrario, lo hacía

sin ninguna pesadumbre, y siempre les daba parte de todo. Nunca

creyó tan determinadamente que era Dios -con todo cuanto le

decían que sí- que lo jurara, aunque por los efectos y las grandes

mercedes que le ha hecho en algunas cosas le parecía buen

espíritu: mas siempre deseaba virtudes más que nada, y en esto ha

puesto a sus monjas, diciéndoles que la más humilde y mortificada

aquélla será la más espiritual.

12. Todo lo que está dicho y está escrito dio al padre fray Domingo

Bañes que es el que está en Valladolid, que es con quien más

tiempo ha tratado. El los ha presentado al Santo Oficio en Madrid.

En todo lo que se ha dicho, se sujeta a la fe católica e Iglesia

romana. Ninguno le ha puesto culpa, porque estas cosas no están

en manos de nadie y nuestro Señor no pide lo imposible.

13. La causa de haberse divulgado tanto es que, como andaba con

temor y lo ha comunicado a tantos, unos lo decían a otros; y

también un desmán que acaeció con esto que había escrito; hale

sido tan grandísimo tormento y cruz y le cuesta muchas lágrimas;

dice ella que no por humildad sino por lo que queda dicho; y parecía

permisión de Dios para atormentarla, porque mientras uno más mal

decía de lo que los otros habían dicho, desde a poco decía él más.

Tenía extremo de no se sujetar a quien le parecía que creía todo

era de Dios, porque luego temía los había de engañar a entrambos

el demonio; y con quien veía temeroso trataba su alma de mejor

gana, aunque también le daban pena cuando, por probarla, del todo

despreciaban estas cosas, porque le parecían algunas muy de Dios

y no quisiera que, pues no veía causa, las condenaran tan

determinadamente, tampoco como que creyeran que todo era Dios,

porque ella entendía muy bien que podía haber engaño. Jamás

podía asegurarse del todo en lo que podía haber peligro. Procuraba

lo más que podía en ninguna cosa ofender a Dios y siempre

obedecer, y con estas dos cosas se pensaba librar con el favor

divino, aunque fuese demonio.

14. Desde que tuvo cosas sobrenaturales siempre se inclinaba su

espíritu a buscar lo más perfecto, y casi ordinario tenía gran deseo

de padecer; y en las tribulaciones que ha tenido, que son muchas,

se hallaba consolada y con amor particular a quien la perseguía.

Gran deseo de pobreza y soledad y de salir de este destierro por

ver a Dios. Por estos efectos y otros semejantes se comenzó a

sosegar, pareciéndole que espíritu que la dejaba con estas virtudes,

que no sería malo, y así lo decían los que la trataban, aunque para

dejar de temer no, sino para no andar tan fatigada como estaba.

Jamás su espíritu la persuadía que encubriese cosa alguna, sino a

que obedeciese siempre.

15. Nunca con los ojos del cuerpo vio nada, como ya está dicho,

sino con una delicadeza y cosa tan intelectual, que algunas veces

pensaba a los principios si se le había antojado: otras no lo podía

pensar.

16. Y estas cosas no eran continuas, sino por la mayor parte de

alguna necesidad, como fue una vez que había estado unos días

con unos tormentos interiores intolerables y un desasosiego en el

alma de temor si la traía engañada el demonio, como muy

largamente está escrito en aquella relación, que tan públicos han

sido sus pecados; porque están allí como lo demás, porque el

miedo que traía la ha hecho olvidar su crédito. Estando así con esta

aflicción, tal que no se puede encarecer, con sólo entender esta

palabra en lo interior: Yo soy, no hayas miedo, quedaba el alma tan

quieta, animosa y confiada, que no podía entender de dónde le

había venido tan grande bien, pues no había bastado confesores, ni

bastaban muchos letrados con muchas palabras para ponerle

aquella paz y quietud que con una se le había puesto; y así otras

veces le acontecía que con alguna visión quedaba fortalecida,

porque a no ser esto no pudiera haber pasado tan grandes trabajos

y contradicciones y enfermedades (que han sido sin cuento) y pasa,

aunque no tantas, porque jamás anda sin algún género de padecer.

Hay más y menos; lo ordinario es siempre dolores con otras hartas

enfermedades, aunque después que es monja la apretaron más.

17. Si en algo sirve al Señor y las mercedes que la hace, pasan de

presto por su memoria, aunque de las mercedes muchas veces se

acuerda, mas no puede mucho detenerse allí como en los pecados,

que siempre la están atormentando lo más ordinario como un cieno

de mal olor. El haber tenido tantos pecados debe ser causa de no

ser tentada de vanagloria.

18. Jamás con cosa de su espíritu tuvo cosa que no fuese toda

limpia y casta, ni le parece, si es buen espíritu y tiene cosa

sobrenatural, se podría tener, porque queda todo descuido de su

cuerpo ni hay memoria de él, que todo se emplea en Dios. También

tiene un gran temor de no ofender a Dios nuestro Señor y desea

hacer en todo su voluntad. Esto le suplica siempre, y a su parecer

está tan determinada a no salir de ella, que jamás le dirían cosa los

confesores que la tratan de que pensase más servir a Dios, que no

la hiciese con el favor de Dios y confiada en que Su Majestad ayuda

a los que se determinan para su servicio y para gloria suya.

19. No se acuerda de sí más ni de su provecho, en comparación de

esto, que si no fuese, en cuanto puede entender de sí y entienden

sus confesores. Es todo gran verdad lo que va en este papel y se

puede probar con ellos y con todas las personas que la tratan de

veinte años a esta parte. Muy ordinario la mueve su espíritu a

alabanzas de Dios, y querría que todo el mundo entendiese en esto,

aunque a ella le costase mucho. De aquí le nace el deseo del bien

de las almas; y viendo cuán basura son las cosas de este mundo y

cuán preciosas las interiores, que no tienen comparación, ha venido

a tener en poco las cosas de él.

20. La manera de visión que vuestra merced quiere saber es que no

se ve ninguna cosa exterior ni interiormente, porque no es

imaginaria; mas sin verse nada, entiende el alma lo que es y hacia

dónde se le representa, más claramente que si lo viese, salvo que

no se le representa cosa particular, sino como si una persona -

pongamos- que sintiese que está otra persona cabe ella y porque

está a oscuras no la ve, mas cierto entiende que está allí, salvo que

no es ésta bastante comparación; porque el que está a oscuras, por

alguna vía, oyendo ruido o habiéndola visto antes, entiende que

está allí, o la conoce de antes; pero acá no hay nada de eso, sino

que sin palabra interior ni exterior entiende el alma clarísimamente

quién es y hacia qué parte está, y a las veces lo que quiere

significar.

Por dónde o cómo lo entiende ella no lo sabemos. Ello pasa así, y

lo que dura no puede ignorarlo; y cuando se quita, aunque más

quiere imaginarlo como antes, no aprovecha, porque se ve que es

imaginación y no representación, que esto no está en su mano, y

así son todas las cosas sobrenaturales. Y de aquí viene no tenerse

en nada a quien Dios hace estas mercedes, sino muy mayor

humildad que antes, porque ve que es cosa dada y que ella allí no

puede quitar ni poner, y queda más amor y deseo de servir a Señor

tan poderoso que puede lo que acá no podemos entender; así

como, aunque más letras tengan, hay cosas que no se alcanzan.

Sea bendito el que lo da, amén, para siempre.

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CAPÍTULO 5

1. Son tan dificultosas de decir, y más de manera que se puedan

entender, estas cosas del espíritu interiores cuanto más con

brevedad pasan, que si la obediencia no lo hace, será dicha atinar,

especial en cosas tan dificultosas. Mas poco va en que desatine,

pues va a manos que otros mayores habrá entendido de mí.

En todo lo que dijere, suplico a vuestra merced que entienda que no

es mi intento pensar es acertado, que yo podré no entenderlo; mas

lo que puedo certificar es que no diré cosa que no haya

experimentado algunas y muchas veces. Si es bien o mal, vuestra

merced lo verá y me avisará de ello.

2. Paréceme será dar a vuestra merced gusto comenzar a tratar

desde el principio de cosas sobrenaturales, que en devoción y

ternura y lágrimas y meditaciones que acá podemos adquirir con

ayuda del Señor, entendidas están.

3. La primera oración que sentí, a mi parecer, sobrenatural (que

llamo yo lo que con mi industria ni diligencia no se puede adquirir

aunque mucho se procure, aunque disponer para ello sí y debe

hacer mucho al caso), es un recogimiento interior que se siente en

el alma, que parece ella tiene allá otros sentidos, como acá los

exteriores, que ella en sí parece se quiere apartar de los bullicios

exteriores; y así, algunas veces los lleva tras sí, que le da gana de

cerrar los ojos y no oír ni ver ni entender sino aquello en que el

alma entonces se ocupa, que es poder tratar con Dios a solas. Aquí

no se pierde ningún sentido ni potencia, que todo está entero, mas

estálo para emplearse en Dios. Y esto, a quien nuestro Señor lo

hubiere dado, será fácil de entender; y a quien no, a lo menos será

menester muchas palabras y comparaciones.

4. De este recogimiento viene algunas veces una quietud y paz

interior muy regalada, que está el alma que no le parece le falta

nada, que aun el hablar le cansa, digo el rezar y el meditar; no

querría sino amar. Dura rato y aun ratos.

5. De esta oración suele proceder un sueño que llaman de las

potencias, que ni están absortas ni tan suspensas, que se pueda

llamar arrobamiento. Aunque no es del todo unión, alguna vez y aun

muchas, entiende el alma que está unida sola la voluntad, y se

entiende muy claro; digo claro, a lo que parece. Está empleada toda

en Dios, y que ve el alma la falta de poder estar ni obrar en otra

cosa; y las otras dos potencias están libres para negocios y obras

del servicio de Dios. En fin, andan juntas Marta y María. Yo

pregunté al Padre Francisco si sería engaño esto, porque me traía

boba, y me dijo que muchas veces acaecía.

6. Cuando es unión de todas las potencias, es muy diferente,

porque ninguna cosa puede obrar; porque el entendimiento está

como espantado; la voluntad ama más que entiende, mas ni

entiende si ama, ni qué hace, de manera que lo pueda decir; la

memoria, a mi parecer, que no hay ninguna, ni pensamiento, ni aun

por entonces son los sentidos despiertos, sino como quien los

perdió para más emplear el alma en lo que goza, a mi parecer, que

por aquel breve espacio se pierden. Pasa presto. En la riqueza que

queda en el alma de humildad y otras virtudes y deseos, se

entiende el gran bien que le vino de aquella merced; mas no se

puede decir lo que es, porque aunque el alma se da a entender, no

sabe cómo lo entiende, ni decirlo. A mi parecer, si ésta es

verdadera, es la mayor merced que nuestro Señor hace en este

camino espiritual, a lo menos de las grandes.

7. Arrobamientos y suspensión, a mi parecer, todo es uno, sino que

yo acostumbro a decir suspensión, por no decir arrobamiento, que

espanta; y, verdaderamente, también se puede llamar suspensión

esta unión que queda dicha. La diferencia que hay del arrobamiento

a ella, es ésta: que dura más y siéntese más en esto exterior,

porque se va acortando el huelgo de manera que no se puede

hablar, ni los ojos abrir. Aunque esto mismo se hace en la unión, es

acá con mayor fuerza, porque el calor natural se va no sé yo

adónde; que cuando es grande el arrobamiento, que en todas estas

maneras de oración hay más y menos, cuando es grande, como

digo, quedan las manos heladas, y algunas veces extendidas como

unos palos; y el cuerpo, si toma en pie, así se queda, o de rodillas.

Y es tanto lo que se emplea en el gozo de lo que el Señor le

representa, que parece se olvida de animar en el cuerpo y le deja

desamparado, y si dura, quedan los nervios con sentimiento.

8. Paréceme que quiere aquí el Señor que el alma entienda más de

lo que goza que en la unión, y así se le descubren algunas cosas

de Su Majestad en el rapto muy ordinariamente; y los efectos con

que queda el alma son grandes y el olvidarse a sí por querer que

sea conocido y alabado tan gran Dios y Señor. A mi parecer, si es

de Dios, que no puede quedar sin un gran conocimiento de que ella

allí no pudo nada y de su miseria e ingratitud de no haber servido a

quien por solo su bondad le hace tan gran merced. Porque el

sentimiento y suavidad es tan excesivo, que todo lo que acá se

puede comparar, que si aquella memoria no se le pasase, siempre

habría asco de los contentos de acá, y así viene a tener todas las

cosas del mundo en poco.

9. La diferencia que hay de arrobamiento y arrebatamiento, es que

el arrobamiento va poco a poco muriéndose a estas cosas

exteriores y perdiendo los sentidos y viviendo a Dios. El

arrebatamiento viene con una sola noticia que Su Majestad da en lo

muy íntimo del alma, con una velocidad que la parece que la

arrebata a lo superior de ella, que, a su parecer, se le va del cuerpo;

y así es menester ánimo a los principios para entregarse en los

brazos del Señor, llévela a do quiere. Porque, hasta que su

Majestad la pone en paz adonde quiere llevarla (digo llevarla, que

entienda cosas altas), cierto es menester a los principios estar bien

determinada a morir por El; porque la pobre alma no sabe qué ha

de ser aquello, digo a los principios.

10. Quedan las virtudes, a mi parecer, de esto más fuertes, porque

deséase más y dase más a entender el poder de este gran Dios

para temerle y amarle, pues así, sin ser más en nuestra mano,

arrebata el alma, bien como Señor de ella. Queda gran

arrepentimiento de haberle ofendido, y espanto de cómo osó

ofender tan gran Majestad y grandísima ansia porque no haya quien

le ofenda, sino que todos le alaben. Pienso que deben venir de aquí

estos deseos tan grandísimos de que se salven las almas y de ser

alguna parte para ello y para que este Dios sea alabado como

merece.

11. El vuelo de espíritu es un no sé cómo le llame, que sube de lo

más íntimo del alma. Sola esta comparación se me acuerda, que

puse adonde vuestra merced sabe que están largamente

declaradas estas maneras de oración y otras, y es tal mi memoria,

que luego se me olvida. Paréceme que el alma y el espíritu debe

ser una cosa, sino que, como un fuego, que si es grande y ha

estado disponiéndose para arder, así el alma, de la disposición que

tiene con Dios, como el fuego, ya que de presto arde, echa una

llama que llega a lo alto, aunque tan fuego es como el otro que está

en lo bajo, y no porque esta llama suba deja de quedar el fuego. Así

acá en el alma, parece que produce de sí una cosa tan de presto y

tan delicada, que sube a la parte superior y va donde el Señor

quiere; que no se puede declarar más, y parece vuelo, que yo no sé

otra cosa cómo compararlo. Sé que se entiende muy claro y que no

se puede estorbar.

12. Parece que aquella avecica del espíritu se escapó de esta

miseria de esta carne y cárcel de este cuerpo, y así puede más

emplearse en lo que le da el Señor. Es cosa tan delicada y tan

preciosa, a lo que entiende el alma, que no le parece hay en ello

ilusión, ni aun en ninguna cosa de éstas, cuando pasan. Después

eran los temores, por ser tan ruin quien lo recibe, que todo le

parecía había razón de temer, aunque en lo interior del alma queda

una certidumbre y seguridad con que se podía vivir, mas no para

dejar de poner diligencias para no ser engañada.

13. Impetus llamo yo a un deseo que da al alma algunas veces, sin

haber precedido antes oración, y aun lo más continuo; sino una

memoria que viene de presto de que está ausente de Dios, o de

alguna palabra que oye, que vaya a esto. Es tan poderosa esta

memoria y de tanta fuerza algunas veces, que en un instante

parece que desatina; como cuando se da una nueva de presto muy

penosa que no sabía, o un gran sobresalto, que parece quita el

discurso al pensamiento para consolarse, sino que se queda como

absorta. Así es acá, salvo que la pena es por tal causa, que queda

al alma un conocer que es bien empleado morir por ella.

14. Ello es que parece que todo lo que el alma entiende entonces

es para más pena, y que no quiere el Señor que todo su ser le

aproveche de otra cosa, ni acordarse es su voluntad que viva; sino

parécele que está en una tan gran soledad y desamparo de todo,

que no se puede escribir. Porque todo el mundo y sus cosas le dan

pena y que ninguna cosa criada le hace compañía, ni quiere el alma

sino al Criador, y esto velo imposible si no muere. Y como ella no se

ha de matar, muere por morir, de tal manera que verdaderamente

es peligro de muerte, y vese como colgada entre cielo y tierra, que

no sabe qué se hacer de sí. Y de poco en poco, dale Dios una

noticia de sí para que vea lo que pierde, de una manera tan

extraña, que no se puede decir; porque ninguna hay en la tierra, a

lo menos de cuantas yo he pasado, que le iguale. Baste que de

media hora que dure, deja tan descoyuntado el cuerpo y tan

abiertas las canillas que aun no quedan las manos para poder

escribir, y con grandísimos dolores.

15. De esto ninguna cosa siente hasta que se pasa aquel ímpetu.

Harto tiene que hacer en sentir lo interior, ni creo sentiría graves

tormentos, y está con todos sus sentidos y puede hablar y aun

mirar; andar no, que la derrueca el gran golpe del amor. Esto,

aunque se muera por tenerlo, si no es cuando lo da Dios, no

aprovecha. Deja grandísimos efectos y ganancia en el alma. Unos

letrados dicen que es uno; otros, otro; nadie lo condena. El Maestro

Avila me escribió era bueno, y así lo dicen todos. El alma bien

entiende es gran merced del Señor. A ser muy a menudo, poco

duraría la vida.

16. El ordinario ímpetu es que viene este deseo de servir a Dios con

una gran ternura y lágrimas por salir de este destierro; mas como

hay libertad para considerar el alma que es la voluntad del Señor

que viva, con eso se consuela, y le ofrece el vivir, suplicándole no

sea sino para su gloria. Con esto pasa.

17. Otra manera harto ordinaria de oración es una manera de

herida, que parece al alma como si una saeta la metiesen por el

corazón, o por ella misma. Así causa un dolor grande que hace

quejar, y tan sabroso, que nunca querría le faltase. Este dolor no es

en el sentido, ni tampoco es llaga material, sino en lo interior del

alma, sin que parezca dolor corporal; sino que, como no se puede

dar a entender sino por comparaciones, pónense estas groseras,

que para lo que ello es lo son, mas no sé yo decirlo de otra suerte.

Por eso, no son estas cosas para escribir ni decir, porque es

imposible entenderlo sino quien lo ha experimentado. Digo adonde

llega esta pena, porque las penas del espíritu son diferentísimas de

las de acá. Por aquí saco yo cómo padecen más las almas en el

infierno y purgatorio que acá se puede entender por estas penas

corporales.

18. Otras veces parece que esta herida del amor sale de lo íntimo

del alma. Los efectos son grandes, y cuando el Señor no lo da, no

hay remedio aunque más se procure, ni tampoco dejarlo de tener

cuando El es servido de darlo. Son como unos deseos de Dios, tan

vivos y tan delgados, que no se pueden decir; y como el alma se ve

atada para no gozar como querría de Dios, dale un aborrecimiento

grande con el cuerpo, y parécele como una gran pared que la

estorba para que no goce su alma de lo que entiende entonces, a

su parecer, que goza en sí, sin embarazo del cuerpo. Entonces ve

el gran mal que nos vino por el pecado de Adán en quitar esta

libertad.

19. Esta oración, antes de los arrobamientos y los ímpetus grandes

que he dicho, se tuvo. Olvidéme de decir que casi siempre no se

quitan aquellos ímpetus grandes si no es con un arrobamiento y

regalo grande del Señor, adonde consuela el alma y la anima para

vivir por El.

20. Todo esto que está dicho no puede ser antojo, por algunas

causas que sería largo de decir. Si es bueno o no, el Señor lo sabe.

Los efectos y cómo deja aprovechada el alma no se puede dejar de

entender, a todo mi parecer.

21. Las Personas veo claro ser distintas, como lo veía ayer, cuando

hablaba vuestra merced con el Provincial, salvo que no veo nada, ni

oigo, como ya a vuestra merced he dicho; mas es con una

certidumbre extraña, aunque no vean los ojos del alma, y en

faltando aquella presencia, se ve que falta. El cómo, yo no lo sé,

mas muy bien sé que no es imaginación; porque, aunque después

me deshaga para tornarlo a representar, no puedo aunque lo he

probado; y así es todo lo que aquí va, a lo que yo puedo entender.

Que como ha tantos años, hase podido ver para decirlo con esta

determinación.

22. Verdad es, y advierta vuestra merced esto, que la Persona que

habla siempre, bien puedo afirmar la que me parece que es; las

demás no podría así afirmarlo. La una bien sé que nunca ha sido.

La causa jamás lo he entendido, ni yo me ocupo más en pedir de lo

que Dios quiere; porque luego me parece me había de engañar el

demonio, y tampoco lo pediré ahora, que habría temor de ello.

23. La principal paréceme que alguna vez; mas como ahora no me

acuerdo bien, ni lo que era, no lo osaré afirmar. Todo está escrito

adonde vuestra merced sabe, y esto muy más largamente que aquí

va, aunque no sé si por estas palabras. Aunque se dan a entender

estas Personas distintas por una manera extraña, entiende el alma

ser un solo Dios. No me acuerdo haberme parecido que habla

nuestro Señor, si no es la Humanidad, y ya digo, esto puedo afirmar

que no es antojo.

24. Lo que dice vuestra merced del agua, yo no lo sé, ni tampoco

he entendido adónde está el paraíso terrenal. Ya he dicho que lo

que el Señor me da a entender, que yo no puedo excusar,

entiéndolo porque no puedo más. Mas pedir yo a su Majestad que

me dé a entender ninguna cosa, jamás lo he hecho, que luego me

parecería que yo lo imaginaba y que me había de engañar el

demonio; y jamás, gloria a Dios, fui curiosa en desear saber cosas,

ni se me da nada de saber más. Harto trabajo me ha costado esto,

que sin querer, como digo, he entendido, aunque pienso ha sido

medio que tomó el Señor para mi salvación, como me vio tan ruin,

que los buenos no han menester tanto para servir a su Majestad.

25. Otra oración me acuerdo, que es primero que la primera que

dije, que es una presencia de Dios que no es visión de ninguna

manera, sino que parece que, cada y cuando (al menos cuando no

hay sequedades) que una persona se quiere encomendar a su

Majestad, aunque sea rezar vocalmente, le halla.

Plega a El que no pierda yo tantas mercedes por mi culpa y que

haya misericordia de mí.

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CAPÍTULO 6

1. ¡Oh, quién pudiera dar a entender bien a vuestra señoría la

quietud y sosiego con que se halla mi alma!; porque de que ha de

gozar de Dios tiene ya tanta certidumbre, que le parece goza el

alma que ya le ha dado la posesión aunque no el gozo; como si uno

hubiese dado una gran renta a otro con muy firmes escrituras para

que la gozara de aquí a cierto tiempo y llevara los frutos; mas hasta

entonces no goza sino de la posesión que ya le han dado de que

gozará esta renta. Y con el agradecimiento que le queda, ni la

querría gozar, porque le parece no ha merecido, sino servir, aunque

sea padeciendo mucho, y aun algunas veces parece que de aquí al

fin del mundo sería poco para servir a quien le dio esta posesión.

Porque, a la verdad, ya en parte no está sujeta a las miserias del

mundo como solía; porque aunque pasa más, no parece sino que

es como en la ropa, que el alma está como en un castillo con

señorío, y así no pierde la paz, aunque esta seguridad no quita un

gran temor de no ofender a Dios y quitar todo lo que le puede

impedir a no le servir, antes anda con más cuidado, mas anda tan

olvidada de su propio provecho, que le parece ha perdido en parte

el ser, según anda olvidada de sí. En esto todo va a la honra de

Dios y cómo haga más su voluntad y sea glorificado.

2. Conque esto es así, de lo que toca a su salud y cuerpo me

parece se trae más cuidado y menos mortificación en comer, y en

hacer penitencia no los deseos que tenía, mas al parecer todo va a

fin de poder más servir a Dios en otras cosas, que muchas veces le

ofrece como un gran sacrificio el cuidado del cuerpo, y cansa harto,

y algunas se prueba en algo; mas a todo su parecer no lo puede

hacer sin daño de su salud, y pónesele delante lo que los prelados

la mandan. En esto y el deseo que tiene de su salud, también debe

entremeterse harto amor propio. Mas a mi parecer, entiendo me

daría mucho más gusto, y me le daba, cuando podía hacer mucha

penitencia, porque siquiera parecía hacia algo y daba buen ejemplo

y andaba sin este trabajo que da el no servir a Dios en nada.

Vuestra señoría mire lo que en esto será mejor hacer.

3. Lo de las visiones imaginarias ha cesado; mas parece que

siempre se anda esta visión intelectual de estas tres Personas y de

la Humanidad, que es, a mi parecer, cosa muy más subida. Y ahora

entiendo, a mi parecer, que eran de Dios las que he tenido, porque

disponían el alma para el estado en que ahora está, sino como tan

miserable y de poca fortaleza íbala Dios llevando como veía era

menester; mas, a mi parecer, son de preciar cuando son de Dios,

mucho.

4. Las hablas interiores no se han quitado, que cuando es

menester, me da nuestro Señor algunos avisos, y aun ahora en

Palencia se hubiera hecho un buen borrón, aunque no de pecado,

si no fuera por esto.

5. Los actos y deseos no parece llevan la fuerza que solían, que

aunque son grandes, es tan mayor la que tiene el que se haga la

voluntad de Dios y lo que sea más su gloria, que como el alma tiene

bien entendido que Su Majestad sabe lo que para esto conviene y

está tan apartada de interés propio, acábanse presto estos deseos

y actos, y a mi parecer no llevan fuerza. De aquí procede el miedo

que traigo algunas veces, aunque no con inquietud y pena como

solía, de que está el alma embobada, y yo sin hacer nada, porque

penitencia no puedo. Actos de padecer y martirio y de ver a Dios,

no llevan fuerza, y lo más ordinario no puedo. Parece vivo sólo para

comer y dormir y no tener pena de nada, y aun esto no me la da,

sino que algunas veces, como digo, temo no sea engaño; mas no lo

puedo creer, porque a todo mi parecer no reina en mí con fuerza

asimiento de ninguna criatura ni de toda la gloria del cielo, sino

amar a este Dios, que esto no se menoscaba, antes, a mi parecer,

crece y el desear que todos le sirvan.

6. Mas con esto me espanta una cosa, que aquellos sentimientos

tan excesivos e interiores que me solían atormentar de ver perder

las almas y de pensar si hacía alguna ofensa a Dios, tampoco lo

puedo sentir ahora así, aunque, a mi parecer, no es menor el deseo

de que no sea ofendido.

7. Ha de advertir vuestra señoría que en todo esto ni en lo que

ahora tenga, ni en lo pasado, puedo poder más ni es en mi mano;

servir más sí podría si no fuese ruin; mas digo que si ahora con

gran cuidado procurase desear morirme, no podría, ni hacer los

actos como solía, ni tener las penas por las ofensas de Dios, ni

tampoco los temores tan grandes que traje tantos años, que me

parecía si andaba engañada, y así ya no he menester andar con

letrados ni decir a nadie nada, sólo satisfacerme si voy bien ahora y

puedo hacer algo. Y esto he tratado con algunos que había tratado

lo demás, que es fray Domingo y el Maestro Medina y unos de la

Compañía. Con lo que vuestra señoría ahora me dijere acabaré, por

el gran crédito que tengo de él. Mírelo mucho por amor de Dios.

Tampoco se me ha quitado entender están en el cielo algunas

almas que se mueren, de las que me tocan; otras, no.

8. La soledad que hace pensar no se puede dar aquel sentido a «el

que mama los pechos de mi madre». La ida de Egipto...

9. La paz interior y la poca fuerza que tienen contentos ni

descontentos por quitarla de manera que dure... Esta presencia tan

sin poderse dudar de las tres Personas, que parece claro se

experimenta lo que dice San Juan, «que haría morada con el

alma», esto no sólo por gracia, sino porque quiere dar a sentir esta

presencia, y trae tantos bienes, que no se pueden decir, en especial

que no es menester andar a buscar consideraciones para conocer

que está allí Dios.

Esto es casi ordinario, si no es cuando la mucha enfermedad

aprieta; que algunas veces parece quiere Dios se padezca sin

consuelo interior, mas nunca, ni por primer movimiento, tuerce la

voluntad de que se haga en ella la de Dios.

Tiene tanta fuerza este rendimiento a ella, que la muerte ni la vida

se quiere, si no es por poco tiempo cuando desea ver a Dios; mas

luego se le representa con tanta fuerza estar presentes estas tres

Personas, que con esto se ha remediado la pena de esta ausencia

y queda el deseo de vivir, si El quiere, para servirle más; y si

pudiese, ser parte que siquiera un alma le amase más y alabase

por mi intercesión, que aunque fuese por poco tiempo, le parece

importa más que estar en la gloria.

Teresa de Jesús

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CAPÍTULO 7

A diecisiete días de noviembre, octava de San Martín, año de 1569,

vi para lo que yo sé haber pasado 12 años. Para 33, que es lo que

vivió el Señor, faltan 21.

Es en Toledo, en el monasterio del glorioso San José del Carmen.

Yo por ti y tú por mí.

Vida 33.

Doce por mí y no por mi voluntad se han vivido.

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CAPÍTULO 8

Estando en el monasterio de Toledo y aconsejándome algunos que

no diese el enterramiento de él a quien no fuese caballero, díjome

el Señor: «Mucho te desatinará, hija, si miras las leyes del mundo.

Pon los ojos en mí, pobre y despreciado de él. ¿Por ventura serán

los grandes del mundo, grandes delante de mí? ¿O habéis vosotras

de ser estimadas por linajes o por virtudes?».

(Esto era sobre que me aconsejaban que no diese el enterramiento

de Toledo, de que no era caballero).

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CAPÍTULO 9

Acabando de comulgar, segundo día de cuaresma en San José de

Malagón, se me representó nuestro Señor Jesucristo en visión

imaginaria como suele, y estando yo mirándole, vi que en la

cabeza, en lugar de corona de espinas, en toda ella -que debía ser

adonde hicieron llaga- tenía una corona de gran resplandor.

Como yo soy devota de este paso, consoléme mucho y comencé a

pensar qué gran tormento debía ser, pues había hecho tantas

heridas, y a darme pena. Díjome el Señor que no le hubiese lástima

por aquellas heridas, sino por las muchas que ahora le daban. Y yo

le dije que qué podía hacer para remedio de esto, que determinada

estaba a todo. Díjome que no era ahora tiempo de descansar, sino

que me diese prisa a hacer estas casas, que con las almas de ellas

tenía él descanso; que tomase cuantas me diesen, porque había

muchas que por no tener adónde no le servían, y que las que

hiciese en lugares pequeños fuesen como ésta, que tanto podían

merecer con deseo de hacer lo que en las otras, y que procurase

anduviesen todas debajo de un gobierno de prelado, y que pusiese

mucho que por cosa de mantenimiento corporal no se perdiese la

paz interior, que El nos ayudaría para que nunca faltase; en

especial tuviesen cuenta con las enfermas, que la prelada que no

proveyese y regalase a las enfermas era como los amigos de Job,

que El daba el azote para bien de sus almas, y ellas ponían en

aventura la paciencia; que escribiese la fundación de estas casas.

Yo pensaba cómo en la de Medina nunca había entendido nada

para escribir su fundación. Díjome que qué más quería de ver que

su fundación había sido milagrosa. Quiso decir que haciéndolo sólo

El, pareciendo ir sin ningún camino, y determinarme yo a ponerlo

por obra.

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CAPÍTULO 10

Estando yo pensando cómo en un aviso que me había dado el

Señor que diese, no entendía yo nada, aunque se lo suplicaba y

pensaba debía ser demonio, díjome que no era, que El me avisaría

cuando fuese tiempo.

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CAPÍTULO 11

Estando pensando una vez con cuánta más limpieza se vive

estando apartada de negocios, y cómo cuando yo ando en ellos

debo andar mal y con muchas faltas, entendí: «No puede ser

menos, hija; procura en todo recta intención y desasimiento, y

mirarme a mí, que vaya lo que hicieres conforme a lo que yo hice».

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CAPÍTULO 12

Estando pensando qué seria la causa de no tener ahora casi nunca

arrobamientos en público, entendí: «No conviene ahora; bastante

crédito tienes para lo que Yo pretendo; vamos mirando la flaqueza

de los maliciosos».

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CAPÍTULO 13

Estando un día muy penada por el remedio de la Orden, me dijo el

Señor: «Haz lo que es en ti y déjame tú a Mí y no te inquietes por

nada; goza del bien que te ha sido dado, que es muy grande; mi

Padre se deleita contigo y el Espíritu Santo te ama».

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CAPÍTULO 14

Un día me dijo el Señor: «Siempre deseas los trabajos, y por otra

parte los rehusas: Yo dispongo las cosas conforme a lo que sé de

tu voluntad y no conforme a tu sensualidad y flaqueza. Esfuérzate,

pues ves lo que te ayudo. He querido que ganes tú esta corona. En

tus días, verás muy adelantada la Orden de la Virgen».

Esto entendí del Señor mediado febrero, año de 1571.

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CAPÍTULO 15

1. Todo ayer me hallé con gran soledad, que, si no fue cuando

comulgué, no hizo en mí ninguna operación ser día de la

Resurrección. Anoche estando con todas dijeron un cantarcillo de

cómo era recio de sufrir vivir sin Dios. Como estaba ya con pena,

fue tanta la operación que me hizo, que se me comenzaron a

entumecer las manos, y no bastó resistencia, sino que como salgo

de mí por los arrobamientos de contento, de la misma manera se

suspende el alma con la grandísima pena, que queda enajenada, y

hasta hoy no lo he entendido; antes, de unos días acá, me parecía

no tener tan grandes ímpetus como solía, y ahora me parece que

es la causa esto que he dicho, no sé yo si puede ser, que antes no

llegaba la pena a salir de mí, y como es tan intolerable, y yo me

estaba en mis sentidos, hacíame dar gritos grandes sin poderlo

excusar; ahora, como ha crecido, ha llegado a términos de este

traspasamiento y entendiendo más el que nuestra Señora tuvo, que

hasta hoy -como digo- no he entendido qué es traspasamiento.

Quedó tan quebrantado el cuerpo, que aun esto escribo hoy con

harta pena, que quedan como descoyuntadas las manos y con

dolor.

2. Diráme vuestra merced de que me vea, si puede ser este

enajenamiento de pena, y si lo siento como es o me engaño.

3. Hasta esta mañana estaba con esta pena, que estando en

oración tuve un gran arrobamiento y parecíame que nuestro Señor

me había llevado el espíritu junto a su Padre y díjole: «Esta que me

diste te doy», y parecíame que me llegaba a sí. Esto no es cosa

imaginaria, sino con una certeza grande y una delicadeza tan

espiritual, que todo no se sabe decir. Díjome algunas palabras, que

no se me acuerdan; de hacerme merced eran algunas. Duró algún

espacio tenerme cabe sí.

4. Como vuestra merced se fue ayer tan presto y yo veo las muchas

ocupaciones que tiene para poderme yo consolar con él aun lo

necesario, porque veo son más necesarias las ocupaciones de

vuestra merced, quedé un rato con pena y tristeza. Como yo tenía

la soledad que he dicho, ayudaba; y como criatura de la tierra no

me parece me tiene asida, diome algún escrúpulo, temiendo no

comenzase a perder esta libertad. Esto era anoche. Y respondióme

hoy nuestro Señor a ello, y díjome que no me maravillase, que así

como los mortales desean compañía para comunicar sus contentos

sensuales, así el alma la desea -cuando haya quien la entiendacomunicar

sus gozos y penas y se entristece no tener con quién.

Díjome: «El va ahora bien y me agradan sus obras».

5. Como estuvo algún espacio conmigo, acordóseme que había yo

dicho a vuestra merced que pasaban de presto estas visiones.

Díjome que había diferencia de esto a las imaginarias y que no

podía en las mercedes que nos hacía haber regla cierta, porque

unas veces convenía de una manera y otras de otra.

6. Un día, después de comulgar, me parece clarísimamente se

sentó cabe mí nuestro Señor y comenzóme a consolar con grandes

regalos, y díjome entre otras cosas: «Vesme aquí, hija, que yo soy;

muestra tus manos», y parecíame que me las tomaba y llegaba a su

costado, y dijo: «Mira mis llagas. No estás sin mí. Pasa la brevedad

de la vida».

En algunas cosas que me dijo, entendí que después que subió a los

cielos, nunca bajó a la tierra, si no es en el Santísimo Sacramento,

a comunicarse con nadie.

Díjome que en resucitando había visto a nuestra Señora, porque

estaba ya con gran necesidad, que la pena la tenía tan absorta y

traspasada, que aún no tornaba luego en sí para gozar de aquel

gozo (por aquí entendí esotro mi traspasamiento, bien diferente;

mas ¡cuál debía ser el de la Virgen!); y que había estado mucho con

ella; porque había sido menester hasta consolarla.

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CAPÍTULO 16

1. El martes después de la Ascensión, habiendo estado un rato en

oración después de comulgar con pena, porque me divertía de

manera que no podía estar en una cosa, quejábame al Señor de

nuestro miserable natural. Comenzó a inflamarse mi alma,

pareciéndome que claramente entendía tener presente a toda la

Santísima Trinidad en visión intelectual, adonde entendió mi alma

por cierta manera de representación, como figura de la verdad, para

que lo pudiese entender mi torpeza, cómo es Dios trino y uno; y así

me parecía hablarme todas tres Personas, y que se representaban

dentro en mi alma distintamente, diciéndome que desde este día

vería mejoría en mí en tres cosas, que cada una de estas Personas

me hacían merced: la una en la caridad y en padecer con contento,

en sentir esta caridad con encendimiento en el alma. Entendí

aquellas palabras que dice el Señor: que estarán con el alma que

está en gracia las tres divinas Personas, porque las veía dentro de

mí por la manera dicha.

2. Estando yo después agradeciendo al Señor tan gran merced,

hallándome indigna de ella, decía a Su Majestad con harto

sentimiento, que, pues me había de hacer semejantes mercedes,

que por qué me había dejado de su mano para que fuese tan ruin,

porque el día antes había tenido gran pena por mis pecados,

teniéndolos presentes. Veía claramente lo mucho que el Señor

había puesto de su parte, desde que era muy niña, para allegarme

a sí con medios harto eficaces y cómo todos no me aprovecharon.

Por donde claro se me representó el excesivo amor que Dios nos

tiene en perdonar todo esto, cuando nos queremos tornar a El, y

más conmigo que con nadie, por muchas causas.

Parece quedaron en mi alma tan imprimidas aquellas tres Personas

que vi, siendo un solo Dios, que a durar así imposible sería dejar de

estar recogida con tan divina compañía.

Otras algunas cosas y palabras que aquí se pasaron, no hay para

qué escribir.

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CAPÍTULO 17

Una vez poco antes de esto, yendo a comulgar, estando la Forma

en el relicario -que aún no se me había dado-, vi una manera de

paloma que meneaba las alas con ruido. Turbóme tanto y

suspendióme, que con harta fuerza tomé la forma. Esto era todo en

San José de Avila. Dábame el Santísimo Sacramento el Padre

Francisco de Salcedo.

Otro día, oyendo su misa, vi al Señor glorificado en la Hostia.

Díjome que le era aceptable su sacrificio.

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CAPÍTULO 18

Esta presencia de las tres Personas que dije al principio, he traído

hasta hoy -que es día de la Conmemoración de San Pablopresentes

en mi alma muy ordinario, y como yo estaba mostrada a

traer sólo a Jesucristo siempre, parece me hacía algún impedimento

ver tres Personas, aunque entiendo es un solo Dios, y díjome hoy el

Señor, pensando yo en esto: que erraba en imaginar las cosas del

alma con la representación que las del cuerpo; que entendiese que

eran muy diferentes, y que era capaz el alma para gozar mucho.

Parecióme se me representó como cuando en una esponja se

incorpora y embebe el agua; así me parecía mi alma que se

henchía de aquella divinidad y por cierta manera gozaba en sí y

tenía las tres Personas.

También entendí: «No trabajes tú de tenerme a Mí encerrado en ti,

sino de encerrarte tú en Mí». Parecíame que de dentro de mi alma -

que estaban y vía yo estas tres Personas- se comunicaban a todo

lo criado, no haciendo falta ni faltando de estar conmigo.

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CAPÍTULO 19

Estando, pocos días después de esto que digo, pensando si tenían

razón los que les parecía mal que yo saliese a fundar, y que estaría

yo mejor empleándome siempre en oración, entendí: «Mientras se

vive, no está la ganancia en procurar gozarme más, sino en hacer

mi voluntad».

Parecíame a mí que, pues San Pablo dice del encerramiento de las

mujeres -que me han dicho poco ha y aun antes lo había oído-, que

ésta sería la voluntad de Dios. Díjome: «Diles que no se sigan por

sola una parte de la Escritura, que miren otras, y que si podrán por

ventura atarme las manos».

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CAPÍTULO 20

Estando yo un día después de la octava de la Visitación

encomendando a Dios a un hermano mío en una ermita del Monte

Carmelo, dije al Señor, no sé si en mi pensamiento: «¿Por qué está

este mi hermano adonde tiene peligro su salvación? Si yo viera,

Señor, un hermano vuestro en este peligro, ¿qué hiciera por

remediarle? » Parecíame a mí que no me quedara cosa que

pudiera, por hacer.

Díjome el Señor: «¡Oh, hija, hija!; hermanas son mías éstas de la

Encarnación, ¿y te detienes? Pues ten ánimo; mira lo quiero Yo, y

no es tan dificultoso como te parece, y por donde pensáis perderán

estotras casas, ganará lo uno y lo otro; no resistas, que es grande

mi poder».

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CAPÍTULO 21

El deseo e ímpetus tan grandes de morir se me han quitado, en

especial desde el día de la Magdalena, que determiné de vivir de

buena gana por servir mucho a Dios, si no es algunas veces, que

todavía el deseo de verle, aunque más le desecho, no puedo.

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CAPÍTULO 22

Una vez entendí: «Tiempo vendrá que en esta iglesia se hagan

muchos milagros; llamarla han la iglesia santa». Es en San José de

Avila, año de 1571.

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CAPÍTULO 23

Estando pensando una vez en la gran penitencia que hacía doña

Catalina de Cardona y cómo yo pudiera haber hecho más, según

los deseos me da alguna vez el Señor de hacerlo, si no fuere por

obedecer a los confesores, que si sería mejor no les obedecer de

aquí adelante en eso, me dijo: «Eso no, hija; buen camino llevas y

seguro. ¿Ves toda la penitencia que hace? En más tengo tu

obediencia».

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CAPÍTULO 24

Una vez estando en oración, me mostró el Señor por una extraña

manera de visión intelectual cómo estaba el alma que está en

gracia, en cuya compañía vi la Santísima Trinidad por visión

intelectual, de cuya compañía venía al alma un poder que

señoreaba toda la tierra. Diéronseme a entender aquellas palabras

de los Cantares que dice: Veniat dilectus meus in hortum suum et

comedat.

Mostróme también cómo está el alma que está en pecado, sin

ningún poder, sino como una persona que estuviese del todo atada

y liada y tapados los ojos, que aunque quiere ver, no puede, ni

andar, ni oír y en gran obscuridad. Hiciéronme tanta lástima las

almas que están así que cualquier trabajo me parece ligero por

librar una. Parecióme que a entender esto como yo lo vi -que se

puede mal decir-, que no era posible querer ninguno perder tanto

bien ni estar en tanto mal.

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CAPÍTULO 25

1. La víspera de San Sebastián, el primer año que vine a ser Priora

en la Encarnación, comenzando la Salve, vi en la silla prioral,

adonde está puesta nuestra Señora, bajar con gran multitud de

ángeles la Madre de Dios y ponerse allí. A mi parecer, no vi la

imagen entonces, sino esta Señora que digo. Parecióme se parecía

algo a la imagen que me dio la Condesa aunque fue de presto el

poderla determinar, por suspenderme luego mucho. Parecíame

encima de las comas de las sillas y sobre los antepechos, ángeles,

aunque no con forma corporal, que era visión intelectual.

Estuvo así toda la Salve, y díjome: «Bien acertaste en ponerme

aquí; yo estaré presente a las alabanzas que hicieren a mi Hijo, y se

las presentaré».

2. Después de esto quedéme yo en la oración que traigo de estar el

alma con la Santísima Trinidad, y parecíame que la persona del

Padre me llegaba a Sí y decía palabras muy agradables. Entre ellas

me dijo, mostrándome lo que quería: «Yo te di a mi Hijo y al Espíritu

Santo y a esta Virgen. ¿Qué me puedes tú dar a mí?».

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CAPÍTULO 26

1. El día de Ramos, acabando de comulgar, quedé con gran

suspensión, de manera que aun no podía pasar la Forma, y

teniéndomela en la boca verdaderamente me pareció, cuando torné

un poco en mí, que toda la boca se me había henchido de sangre; y

parecíame estar también el rostro y toda yo cubierta de ella, como

que entonces acabara de derramarla el Señor. Me parece estaba

caliente, y era excesiva la suavidad que entonces sentía, y díjome

el Señor: «Hija, yo quiero que mi sangre te aproveche, y no hayas

miedo que te falte mi misericordia; Yo la derramé con muchos

dolores, y gózasla tú con tan gran deleite como ves; bien te pago el

convite que me hacías este día».

Esto dijo porque ha más de treinta años que yo comulgaba este día,

si podía, y procuraba aparejar mi alma para hospedar al Señor;

porque me parecía mucha la crueldad que hicieron los judíos,

después de tan gran recibimiento, dejarle ir a comer tan lejos, y

hacía yo cuenta de que se quedase conmigo, y harto en mala

posada, según ahora veo; y así hacía unas consideraciones bobas

y debíalas admitir el Señor; porque ésta es de las visiones que yo

tengo por muy ciertas, y así para la comunión me ha quedado

aprovechamiento.

2. Antes de esto había estado, creo tres días, con aquella gran

pena que traigo más unas veces que otras, de que estoy ausente

de Dios, y estos días había sido bien grande, que parecía no lo

podía sufrir; y habiendo estado así harto fatigada, vi que era tarde

para hacer colación y no podía y, a causa de los vómitos, háceme

mucha flaqueza no la hacer un rato antes, y así con harta fuerza

puse el pan delante para hacérmela para comerlo, y luego se me

representó allí Cristo, y parecíame que me partía del pan y me lo

iba a poner en la boca, y díjome: «Come, hija, y pasa como

pudieres; pésame de lo que padeces, mas esto te conviene ahora».

Quedé quitada aquella pena y consolada, porque verdaderamente

me pareció se estaba conmigo, y todo otro día, y con esto se

satisface el deseo por entonces.

Esto decir «pésame» me hizo reparar, porque ya no me parece

puede tener pena de nada.

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CAPÍTULO 27

«¿De qué te afliges, pecadorcilla? ¿Yo no soy tu Dios? ¿No ves

cuán mal allí soy tratado? Si me amas, ¿por qué no te dueles de

mí?» .

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CAPÍTULO 28

Sobre el temor de pensar si no están en gracia: «Hija, muy diferente

es la luz de las tinieblas. Yo soy fiel. Nadie se perderá sin

entenderlo. Engañarse ha quien se asegure por regalos

espirituales. La verdadera seguridad es el testimonio de la buena

conciencia; mas nadie piense que por sí puede estar en luz, así

como no podría hacer que no viniese la noche, porque depende de

mí la gracia. El mejor remedio que puede haber para detener la luz,

es entender que no puede nada y que le viene de mí; porque

aunque esté en ella, en un punto que yo me aparte, vendrá la

noche. Esta es la verdadera humildad, conocer lo que puede y lo

que yo puedo.

No dejes de escribir los avisos que te doy, porque no se te olviden;

pues quieres por escrito los de los hombres, ¿por qué piensas

pierdes tiempo en escribir los que te doy?; tiempo vendrá que los

hayas todos menester».

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CAPÍTULO 29

Sobre darme a entender qué es unión:

1. «No pienses, hija, que es unión estar muy junta conmigo, porque

también lo están los que me ofenden, aunque no quieren; ni los

regalos y gustos de la oración, aunque sea en muy subido grado,

aunque sean míos, medios son para ganar las almas muchas

veces, aunque no estén en gracia».

Estaba yo cuando esto entendía en gran manera levantado el

espíritu. Diome a entender el Señor qué era espíritu y cómo estaba

el alma entonces y cómo se entienden las palabras del Magnificat:

Exultavit spiritus meus. No lo sabré decir; paréceme se me dio a

entender que el espíritu era lo superior de la voluntad.

2. Tornando a la unión, entendí que era este espíritu limpio y

levantado de todas las cosas de la tierra, no quedar cosa de él que

quiera salir de la voluntad de Dios, sino que de tal manera esté un

espíritu y una voluntad conforme con la suya, y un desasimiento de

todo, empleado en Dios, que no haya memoria de amor en sí ni en

ninguna cosa criada.

3. He yo pensado: si esto es unión, luego un alma que siempre está

en esta determinación, siempre podemos decir está en oración de

unión; y es verdad que ésta no puede durar sino muy poco.

Ofréceseme que cuanto a andar justamente y mereciendo y

ganando, sí hará; mas no se puede decir anda unida el alma como

en la contemplación. Paréceme entendí, aunque no por palabras,

que es tanto el polvo de nuestra miseria y faltas y estorbos en que

nos tornamos a enfoscar, que no seria posible estar con la limpieza

que está el espíritu cuando se junta con el de Dios, que va ya fuera

y levantando de nuestra miserable miseria. Y paréceme a mí que si

ésta es unión, estar tan hecha una nuestra voluntad y espíritu con el

de Dios, que no es posible tenerla quien no esté en estado de

gracia, que me habían dicho que sí. Así me parece a mí será bien

dificultoso entender cuándo es unión, sino por particular gracia de

Dios, pues no se puede entender cuándo estamos en ella.

4. Escríbame vuestra merced su parecer y en lo que desatino, y

tórneme a enviar este papel.

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CAPÍTULO 30

Había leído en un libro que era imperfección tener imágenes

curiosas, y así quería no tener en la celda una que tenía, y también

antes que leyese esto me parecía pobreza no tener ninguna sino de

papel; y como después un día de estos leí esto, ya no las tuviera de

otra cosa. Y entendí esto estando descuidada de ello: que no era

buena mortificación, que cuál era mejor: la pobreza o la caridad;

que pues era lo mejor el amor, que todo lo que me despertase a él,

no lo dejase, ni lo quitase a mis monjas; que las muchas molduras y

cosas curiosas en las imágenes, decía el libro, que no la imagen;

que lo que el demonio hacía en los luteranos era quitarles todos los

medios para más despertar, y así iban perdidos. «Mis cristianos,

hija, han de hacer, ahora más que nunca, al contrario de lo que

ellos hacen».

Entendí que tenía mucha obligación de servir a nuestra Señora y a

san José; porque muchas veces yendo perdida del todo, por sus

ruegos me tornaba Dios a dar salud.

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CAPÍTULO 31

Octava del Espíritu Santo me hizo el Señor una merced y me dio

esperanza de que esta casa se iría mejorando; digo las almas de

ella.

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CAPÍTULO 32

Día de la Magdalena, me tornó el Señor a confirmar una merced

que me había hecho en Toledo, eligiéndome en ausencia de cierta

persona en su lugar.

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CAPÍTULO 33

1. Un día después de san Mateo, estando como suelo después que

vi la visión de la Santísima Trinidad y cómo está con el alma que

está en gracia, se me dio a entender muy claramente, de manera

que por ciertas maneras y comparaciones por visión imaginaria lo

vi. Y aunque otras veces se me ha dado a entender por visión la

Santísima Trinidad intelectual, no me ha quedado después algunos

días la verdad, como ahora, digo para poderlo pensar y consolarme

en esto. Y ahora veo que de la misma manera lo he oído a letrados,

y no lo he entendido como ahora, aunque siempre sin detenimiento

lo creía, porque no he tenido tentaciones de la fe.

2. A las personas ignorantes parécenos que las Personas de la

Santísima Trinidad todas tres están -como lo vemos pintado- en una

Persona, a manera de cuando se pinta en un cuerpo tres rostros; y

ansí nos espanta tanto, que parece cosa imposible y que no hay

quien ose pensar en ello, porque el entendimiento se embaraza y

teme no quede dudoso de esta verdad y quita una gran ganancia.

3. Lo que a mí se me representó, son tres Personas distintas, que

cada una se puede mirar y hablar por sí. Y después he pensado

que sólo el Hijo tomó carne humana, por donde se ve esta verdad.

Estas Personas se aman y comunican y se conocen. Pues si cada

una es por sí, ¿cómo decimos que todas tres son una esencia, y lo

creemos, y es muy gran verdad y por ella moriría yo mil muertes?

En todas tres Personas no hay más de un querer y un poder y un

señorío, de manera que ninguna cosa puede una sin otra, sino que

de cuantas criaturas hay es sólo un Criador. ¿Podría el Hijo criar

una hormiga sin el Padre? No, que es todo un poder, y lo mismo el

Espíritu Santo; así que es un solo Dios todopoderoso, y todas tres

Personas una Majestad. ¿Podría uno amar al Padre sin querer al

Hijo y al Espíritu Santo? No, sino quien contentare a la una de estas

tres Personas divinas, contenta a todas tres, y quien la ofendiere, lo

mismo. ¿Podrá el Padre estar sin el Hijo y sin el Espíritu Santo? No,

porque es una esencia, y adonde está el uno están todas tres, que

no se pueden dividir. ¿Pues cómo vemos que están divisos tres

Personas, y cómo tomó carne humana el Hijo y no el Padre ni el

Espíritu Santo?

Esto no lo entendí yo; los teólogos lo saben. Bien sé yo que en

aquella obra tan maravillosa que estaban todas tres, y no me ocupo

en pensar mucho esto. Luego se concluye mi pensamiento con ver

que es Dios todopoderoso, y como lo quiso lo pudo, y así podrá

todo lo que quisiere; y mientras menos lo entiendo, más lo creo y

me hace mayor devoción. Sea por siempre bendito. Amén.

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CAPÍTULO 34

Si no me hubiera nuestro Señor hecho las mercedes que me ha

hecho, no me parece tuviera ánimo para las obras que se han

hecho ni fuerzas para los trabajos que se han padecido y

contradicciones y juicios. Y así después que se comenzaron las

fundaciones se me quitaron los temores que antes traía de pensar

ser engañada, y se me puso certidumbre que era Dios, y con esto

me arrojaba a cosas dificultosas, aunque siempre con consejo y

obediencia. Por donde entiendo que, como quiso nuestro Señor

despertar el principio de esta orden y por su misericordia me tomó

por medio, había Su Majestad de poner lo que me faltaba, que era

todo, para que hubiese efecto y se mostrase mejor su grandeza en

cosa tan ruin.

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CAPÍTULO 35

Estando en la Encarnación el segundo año que tenía el priorato,

octava de San Martín, estando comulgando, partió la Forma el

Padre fray Juan de la Cruz, que me daba el Santísimo Sacramento,

para otra hermana. Yo pensé que no era falta de Forma, sino que

me quería mortificar, porque yo le había dicho que gustaba mucho

cuando eran grandes las Formas (no porque no entendía no

importaba para dejar de estar el Señor entero, aunque fuese muy

pequeño pedacico). Díjome Su Majestad: «No hayas miedo, hija,

que nadie sea parte para quitarte de Mí»; dándome a entender que

no importaba. Entonces representóseme por visión imaginaria,

como otras veces, muy en lo interior, y dióme su mano derecha, y

díjome: «Mira este clavo, que es señal que serás mi esposa desde

hoy. Hasta ahora no lo habías merecido; de aquí adelante, no sólo

como Criador y como Rey y tu Dios mirarás mi honra, sino como

verdadera esposa mía: mi honra es ya tuya y la tuya mía». Hízome

tanta operación esta merced, que no podía caber en mí, y quedé

como desatinada, y dije al Señor que o ensanchase mi bajeza o no

me hiciese tanta merced; porque, cierto, no me parecía lo podía

sufrir el natural. Estuve así todo el día muy embebida. He sentido

después gran provecho, y mayor confusión y afligimiento de ver que

no sirvo en nada tan grandes mercedes.

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CAPÍTULO 36

1. Esto me dijo el Señor otro día: «¿Piensas, hija, que está el

merecer en gozar? No está sino en obrar y en padecer y en amar.

No habrás oído que San Pablo estuviese gozando de los gozos

celestiales más de una vez, y muchas que padeció, y ves mi vida

toda llena de padecer y sólo en el monte Tabor habrás oído mi

gozo. No pienses, cuando ves a mi Madre que me tiene en los

brazos, que gozaba de aquellos contentos sin grave tormento.

Desde que le dijo Simeón aquellas palabras, la dio mi Padre clara

luz para que viese lo que Yo había de padecer. Los grandes santos

que vivieron en los desiertos, como eran guiados por Dios, así

hacían graves penitencias, y sin esto tenían grandes batallas con el

demonio y consigo mismos; mucho tiempo se pasaban sin ninguna

consolación espiritual. Cree, hija, que a quien mi Padre más ama,

da mayores trabajos, y a éstos responde el amor. ¿En qué te le

puedo más mostrar que querer para ti lo que quise para Mí? Mira

estas llagas, que nunca llegaron aquí tus dolores. Este es el camino

de la verdad. Así me ayudarás a llorar la perdición que traen los del

mundo, entendiendo tú esto, que todos sus deseos y cuidados y

pensamientos se emplean en cómo tener lo contrario».

2. Cuando empecé a tener oración, estaba con tan gran mal de

cabeza, que me parecía casi imposible poderla tener. Díjome el

Señor: «Por aquí verás el premio del padecer, que como no estabas

tú con salud para hablar conmigo, he Yo hablado contigo y

regaládote». Y es así cierto, que sería como hora y media, poco

menos, el tiempo que estuve recogida. En él me dijo las palabras

dichas y todo lo demás. Ni yo me divertía, ni sé adónde estaba, y

con tan gran contento que no sé decirlo, y quedóme buena la

cabeza -que me ha espantado- y harto deseo de padecer.

Es verdad que al menos yo no he oído que el Señor tuviese otro

gozo en la vida sino esa vez, ni San Pablo. También me dijo que

trajese mucho en la memoria las palabras que el Señor dijo a sus

Apóstoles, «que no había de ser más el siervo que el Señor».

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CAPÍTULO 37

Vi una gran tempestad de trabajos, y que como los egipcios

perseguían a los hijos de Israel, así habíamos de ser perseguidos;

mas que Dios nos pasaría a pie enjuto y los enemigos serían

envueltos en las olas.

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CAPÍTULO 38

Estando un día en el convento de Beas, me dijo nuestro Señor, que

pues era su esposa, que le pidiese, que me prometía que todo me

lo concedería cuanto yo le pidiese. Y por señas me dio un anillo

hermoso, con una piedra a modo de amatista, mas con un

resplandor muy diferente de acá, y me lo puso en el dedo. Esto

escribo por mi confusión viendo la bondad de Dios y mi ruin vida,

que merecía estar en los infiernos. Mas ¡ay, hijas!, encomiéndenme

a Dios y sean devotas de San José, que puede mucho. Esta

bobería escribo...

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CAPÍTULO 39 (= 41)

Jhs.

1. Una persona, día de Pascua del Espíritu Santo, estando en Écija,

acordándose de una merced grande que había recibido de nuestro

Señor una víspera de esta fiesta, deseando hacer una cosa muy

particular por su servicio, le pareció sería bueno prometer de no

encubrir ninguna cosa de falta o pecado que hiciese en toda su vida

desde aquel punto, teniéndole en lugar de Dios, porque esta

obligación no se tiene a los prelados; aunque ya esta persona tenía

hecho voto de obediencia, parecía que era esto más; y también

hacer todo lo que le dijese, que no fuese contra la obediencia que

tenía prometida, en cosas graves se entiende. Y aunque se le hizo

áspero al principio, lo prometió.

2. La primera cosa que la hizo determinar fue entender hacía algún

servicio al Espíritu Santo; la segunda, tener por tan gran siervo de

Dios y letrado a la persona que escojo, que daría luz a su alma y la

ayudaría a más servir a nuestro Señor.

De esto no supo nada la misma persona hasta después de algunos

días que estaba hecha la promesa. Es esta persona el Padre fray

Jerónimo Gracián de la Madre de Dios.

Son cosas de conciencia

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CAPÍTULO 40 (=39-40)

Es cosa de mi alma y conciencia. Nadie la lea aunque me muera,

sino dése al Padre Maestro Gracián

Jhs

1. Año de 1575 en el mes de abril, estando yo en la fundación de

Beas, acertó a venir allí el Maestro fray Jerónimo de la Madre de

Dios Gracián, y habiéndome yo confesado con él algunas veces,

aunque no teniéndole en el lugar que a otros confesores había

tenido para del todo gobernarme por él, estando un día comiendo

sin ningún recogimiento interior, se comenzó mi alma a suspender y

recoger de suerte que pensé me quería venir algún arrobamiento, y

representóseme esta visión con la brevedad ordinaria, que es como

un relámpago.

2. Parecióme que estaba junto a mí nuestro Señor Jesucristo de la

forma que Su Majestad se me suele representar, y hacia el lado

derecho estaba el mismo maestro Gracián y yo al izquierdo.

Tomónos el Señor las manos derechas y juntólas y díjome que éste

quería tomase en su lugar mientras viviese, y que entrambos nos

conformásemos en todo, porque convenía así.

3. Quedé con una seguridad tan grande de que era de Dios, que

aunque se me ponían delante dos confesores que había tenido

mucho tiempo y a quien había seguido y debido mucho, que me

hacían resistencia harta (en especial el uno me la hacía muy

grande, pareciéndome le hacía agravio; era el gran respeto y amor

que le tenía), la seguridad con que de aquí quedé de que me

convenía aquello y el alivio de parecer que había ya acabado de

andar a cada cabo que iba con diferentes pareceres y algunos que

me hacían padecer harto por no me entender, aunque jamás dejé a

ninguno pareciéndome estaba la falta en mí, hasta que se iba o yo

me iba. Tornóme otras dos veces a decir el Señor que no temiese

pues él me le daba, con diferentes palabras. Y así me determiné a

no hacer otra cosa, y propuse en mí llevarlo adelante mientras

viviese, siguiendo en todo su parecer como no fuese notablemente

contra Dios, de lo que estoy bien cierta no será, porque el mismo

propósito que yo tengo de seguir en todo lo más perfecto, creo

tiene, según por algunas cosas he entendido.

4. He quedado con una paz y alivio tan grande que me ha

espantado y certificado lo quiere el Señor, porque esta paz tan

grande del alma y consuelo no me parece podría ponerla el

demonio. Paréceme he quedado sin mí, de un arte que no lo sé

decir, sino que cada vez que se me acuerda alabo de nuevo a

nuestro Señor, y se me acuerda de aquel verso que dice: «Qui

posuit fines suos in pace», y querríame deshacer en alabanzas de

Dios.

Paréceme ha de ser para gloria suya, y así torno a proponer ahora

de no hacer jamás mudanza.

5. El segundo día de Pascua del Espíritu Santo, después de esta mi

determinación, viniendo yo a Sevilla, oímos misa en una ermita en

Ecija, y en ella nos quedamos la siesta; estando mis compañeras

en la ermita y yo sola en una sacristía que allí había, comencé a

pensar la gran merced que me había hecho el Espíritu Santo una

víspera de esta Pascua, y diéronme grandes deseos de hacerle un

señalado servicio; y no hallaba cosa que no estuviese hecha. Y

acordé que, puesto que el voto de la obediencia tenía hecho, no en

la manera que se podía hacer de perfección, y representóseme que

le sería agradable prometer lo que ya tenía propuesto con el Padre

fray Jerónimo: y por una parte me parecía no hacía en ello nada,

por otra se me hacia una cosa muy recia, considerando que con los

prelados no se descubre lo interior, y que en fin se mudan y viene

otro si con uno no se hallan bien, y que era quedar sin ninguna

libertad interior y exteriormente toda la vida. Y apretóme un poco y

aun harto para no lo hacer.

6. Esta misma resistencia que hizo a mi voluntad, me causó afrenta

y parecerme ya había algo que no hacía por Dios ofreciéndoseme,

de lo que yo he huido siempre. El caso es que apretó de manera la

dificultad que no me parece he hecho cosa en mi vida, ni el hacer

profesión que me hiciese mas resistencia, fuera de cuando salí de

casa de mi padre para ser monja. Y fue la causa que no se me

ponía delante lo que le quiero, antes entonces como a extraño le

consideraba, ni las partes que tiene, sino sólo si sería bien hacer

aquello por el Espíritu Santo. En las dudas que se me

representaban si sería servicio de Dios o no, creo estaba el

detenerme.

7. Al cabo de un rato de batalla, dióme el Señor una gran confianza,

pareciéndome que yo hacía aquella promesa por el Espíritu Santo,

que obligado quedaba a darle luz para que me la diese, junto con

acordarme que me le había dado Jesucristo nuestro Señor; y con

esto me hinqué de rodillas y prometí de hacer todo cuanto me

dijese por toda mi vida, como no fuese contra Dios ni los prelados a

quien tenía obligación. Advertí que no fuese sino en cosas graves,

por quitar escrúpulos, como si importunándole una cosa me dijese

no le hablase en ello más o algunas de mi regalo o el suyo, que son

niñerías, que no se quiere dejar de obedecer, y que de todas mis

faltas y pecados no le encubriría cosa a sabiendas, que también es

esto más que lo que se hace con las prelados; en fin, tenerle en

lugar de Dios interior y exteriormente.

8. Ni sé si merecí, mas gran cosa me parecía había hecho por el

Espíritu Santo, al menos todo lo que supe, y así quedé con gran

satisfacción y alegría, y lo he estado después acá; y pensando

quedar apretada, con mayor libertad y muy confiada le ha de hacer

nuestro Señor nuevas mercedes por este servicio que yo le he

hecho para que a mí me alcance parte y en todo me dé luz.

Bendito sea el que crió persona que me satisficiese de manera que

yo me atreviese a hacer esto.

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CAPÍTULO 41

Jhs

1. Año de 1575 en el mes de abril. Estando yo en la fundación de

Veas, acertó a venir allí el maestro fray Jerónimo de la Madre de

Dios Gracián. Comencéme a confesar con él algunas veces,

aunque no teniéndole en el lugar que a otros confesores había

tenido para del todo gobernarme por él. Estando yo un día

comiendo, sin ningún recogimiento interior, se comenzó mi alma a

suspender y recoger de suerte que pensé me quería venir algún

arrobamiento, y representóseme esta visión con la brevedad

ordinaria, que es como un relámpago:

2. Parecióme ver junto a mí a nuestro Señor Jesucristo de la forma

que su Majestad se me suele representar, y hacia su lado derecho

estaba el mismo maestro Gracián: tomó el Señor su mano derecha

y la mía y juntólas y díjome que éste quería tomase en su lugar toda

mi vida y que entrambos nos conformásemos en todo, porque

convenía así.

3. Quedé con una seguridad tan grande de que era Dios, que

aunque se me ponían delante dos confesores que había en veces

tenido mucho tiempo y seguido y a quien he debido mucho (en

especial el uno a quien tengo gran voluntad, me hacía terrible

resistencia), con todo no me pudiendo persuadir a que esta visión

era engaño, porque hizo en mí gran operación y fuerza, junto con

decirme otras dos veces que no temiese, que él quería esto, por

diferentes palabras, que en fin me determiné a hacerlo, entendiendo

era voluntad del Señor, y seguir aquel parecer todo lo que viviese,

lo que jamás había hecho con nadie, habiendo tratado con hartas

personas de grandes letras y santidad y que miraban por mi alma

con gran cuidado. Mas tampoco había yo entendido cosa semejante

para que no hiciese mudanza, que el tomarlos por confesores, de

algunos había entendido que me convenía y a ellos también.

4. Determinada a eso, quedé con una paz y alivio tan grande que

me ha espantado y certificado lo quiere el Señor; porque esta paz y

consuelo tan grande del alma no me parece le puede poner el

demonio. Y así cuando se me acuerda alabo al Señor y se me

representa aquel verso: «qui posuit fines suos in pace», y

querríame deshacer en alabanzas de Dios.

5. Debía ser como un mes después de esta mi determinación,

segundo día de Pascua del Espíritu Santo, viniendo yo a la

fundación de Sevilla, oímos misa en una ermita en Ecija, y allí nos

quedamos la siesta. Estando mis compañeras en la ermita, yo me

quedé sola en una sacristía que había en ella; comencé a pensar

una gran merced que me había hecho el Espíritu Santo una víspera

de esta fiesta, y vínome gran deseo de hacerle un muy señalado

servicio; y no hallaba cosa que no la tuviese hecha, al menos

determinada, que hecho todo debe ser falto. Y acordé que, puesto

que el voto de obediencia tenía hecho, que se podía hacer con más

perfección, y representóseme que le sería agradable prometer lo

que ya tenía propuesto de obedecer al padre maestro fray

Jerónimo: y por una parte me parecía no hacía en ello nada, porque

ya estaba determinada a hacerlo. Por otra se me hacía una cosa

recísima, considerando que con los prelados que se hace voto no

se descubre el interior, y se mudan y, si con uno no se halla bien,

viene otro, y que era quedar sin ninguna libertad exterior e

interiormente toda la vida. Y apretóme esto harto para no lo hacer.

6. Esta misma resistencia que hizo mi voluntad me causó afrenta y

parecerme que ya se ofrecía algo que hacer por Dios que no lo

hacía, que era cosa recia para la determinación que tengo de

servirle. El caso es que apretó de manera la dificultad que no me

parece he hecho cosa en mi vida, ni el hacer profesión, que se me

hiciese tan grave, salvo cuando salí de casa de mi padre para ser

monja. Y fue la causa que se me olvidó lo que le quiero y las partes

que tiene para mi propósito, antes entonces como a extraño le

consideraba, que me ha espantado; sino un gran temor si no era

servicio de Dios, y el natural que es amigo de libertad debía hacer

su oficio, aunque yo ha años que no gusto de tenerla, mas otra

cosa me parecía era por voto, como a la verdad lo es.

7. A cabo de un rato de batalla, diome el Señor una gran confianza,

pareciéndome era mejor mientras más sentía, y que pues yo hacía

aquella promesa por el Espíritu Santo. que obligado quedaba a

darle luz para que me la diese, junto con acordarme que me la

había dado nuestro Señor; y con esto me hinqué de rodillas y

prometí de hacer todo cuanto me dijese toda mi vida, por hacer este

servicio al Espíritu Santo, como no fuese contra Dios y contra los

prelados que tengo más obligación. Advertí que no me obligaba a

cosas de poco momento, como es si yo le importuno una cosa y me

dice que lo deje, y me descuido y torno, y en cosas de mi regalo; en

fin, que no sean naderías que se hacen sin advertencia, y que de

todas mis faltas y pecados e interior no le encubriría cosa a

sabiendas, que esto también es más que lo que se hace con los

prelados; en fin tenerle en lugar de Dios exterior e interiormente.

8. No sé si es así, mas gran cosa me parecía haber hecho por el

Espíritu Santo, al menos todo lo que supe, y bien poco para lo que

le debo. Alabo a Dios que crió persona en quien quepa, que de esto

quedé confiadísima que le ha de hacer su Majestad mercedes

nuevas; y yo tan alegre y contenta que de todo punto me parece

había quedado libre de mí; y pensando quedar apretada con la

sujeción, he quedado con muy mayor libertad. Sea el Señor por

todo alabado.

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CAPÍTULO 42

Estando el día de la Magdalena considerando la amistad que estoy

obligada a tener a nuestro Señor conforme a las palabras que me

ha dicho sobre esta Santa, y teniendo grandes deseos de imitarla, y

me hizo el Señor una gran merced y me dijo: que de aquí adelante

me esforzase, que le había de servir más que hasta aquí. Dióme

deseo de no me morir tan presto, porque hubiese tiempo para

emplearme en esto, y quedé con gran determinación de padecer.

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CAPÍTULO 43

Estaba un día muy recogida encomendando a Dios a Eliseo.

Entendí: «Es mi verdadero hijo, no le dejare de ayudar», o una

palabra de esta suerte, que no me acuerdo bien.

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CAPÍTULO 44

1. Acabando la víspera de San Lorenzo de comulgar, estaba el

ingenio tan distraído y divertido, que no me podía valer, y comencé

a haber envidia de los que están en los desiertos, pareciéndome

que como no oyesen ni viesen nada, estaban libres de este

divertimiento. Entendí: «Mucho te engañas, hija, antes allí tienen

más fuertes las tentaciones de los demonios; ten paciencia, que

mientras se vive no se excusa».

2. Estando en esto, súbitamente me vino un recogimiento con una

luz tan grande interior que me parece estaba en otro mundo, y

hallóse el espíritu dentro de sí en una floresta y huerto muy

deleitoso tanto, que me hizo acordar de lo que se dice en los

Cantares: Veniat dilectus meus in hortum suum. Vi allí a mi Eliseo,

cierto nonada negro, sino con una hermosura extraña; encima de la

cabeza tenía como una guirnalda de gran pedrería, y muchas

doncellas que andaban allí delante de él con ramas en las manos,

todas cantando cánticos de alabanzas de Dios. Yo no hacía sino

abrir los ojos para si me distraía, y no bastaba a quitar esta

atención, sino que me parecía había una música de pajaritos y

ángeles, de que el alma gozaba, aunque yo no la oía, mas ella

estaba en aquel deleite. Yo miraba cómo no había allí otro hombre

ninguno. Dijéronme: «Este mereció estar entre vosotras, y toda esta

fiesta que ves habrá en el día que estableciere en alabanzas de mi

Madre, y date prisa si quieres llegar a donde está él».

3. Esto duró más de hora y media -que no me podía divertir-, con

gran deleite, cosa diferente de otras visiones; y lo que de aquí

saqué fue amor a Eliseo y tenerle más presente en aquella

hermosura. He habido miedo si fue tentación, que imaginación no

fue posible.

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CAPÍTULO 45

Una vez entendí cómo estaba el Señor en todas las cosas y cómo

en el alma, y púsoseme comparación de una esponja que embebe

el agua en si.

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CAPÍTULO 46

Como vinieron mis hermanos y yo debo al uno tanto, no dejé de

estar con él y tratar lo que conviene a su alma y asiento, y todo me

daba cansancio y pena; y estándole ofreciendo al Señor y

pareciéndome lo hacía por estar obligada, acordóseme que está en

las Constituciones nuestras que nos dicen que nos desviemos de

deudos, y estando pensando si estaba obligada, me dijo el Señor:

«No, hija, que vuestros institutos no son de ir sino conforme a mi

Ley». Verdad es que el intento de las Constituciones son porque no

se asgan a ellos; y esto, a mi parecer, antes me cansa y deshace

más tratarlos.

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CAPÍTULO 47

Habiendo acabado de comulgar el día de San Agustín -yo no sabré

decir cómo-, se me dio a entender, y casi a ver (sino que fue cosa

intelectual y que pasó presto) cómo las Tres Personas de la

Santísima Trinidad que yo traigo en mi alma esculpidas, son una

cosa. Por una pintura tan extraña se me dio a entender y por una

luz tan clara, que ha hecho bien diferente operación que de sólo

tenerlo por fe. He quedado de aquí a no poder pensar ninguna de

las Tres Personas divinas, sin entender que son todas tres, de

manera que estaba yo hoy considerando cómo siendo tan una

cosa, había tomado carne humana el Hijo solo, y diome el Señor a

entender cómo con ser una cosa eran divisas. Son unas grandezas

que de nuevo desea el alma de salir de este embarazo que hace el

cuerpo para no gozar de ellas, que aunque parece no son para

nuestra bajeza entender algo de ellas, queda una ganancia en el

alma -con pasar en un punto-, sin comparación mayor que con

muchos años de meditación y sin saber entender cómo.

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CAPÍTULO 48

El día de nuestra Señora de la Natividad tengo particular alegría.

Cuando este día viene, parecíame seria bien renovar los votos. Y

queriéndolo hacer se me representó la Virgen Señora nuestra por

visión iluminativa y parecióme los hacía en sus manos y que le eran

agradables. Quedóme esta visión por algunos días, como estaba

junto conmigo, hacia el lado izquierdo.

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CAPÍTULO 49

Un día, acabando de comulgar, me pareció verdaderamente que mi

alma se hacia una cosa con aquel cuerpo sacratísimo del Señor,

cuya presencia se me representó e hízome gran operación y

aprovechamiento.

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CAPÍTULO 50

Estaba una vez pensando si me habían de mandar ir a reformar

cierto monasterio, y dábame pena. Entendí: «¿De qué teméis?

¿Qué podéis perder sino las vidas que tantas veces me las habéis

ofrecido? Yo os ayudaré». Fue en una ocasión de suerte que me

satisfizo el alma mucho.

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CAPÍTULO 51

Habiendo un día hablado a una persona que había mucho dejado

por Dios y acordándome cómo nunca yo dejé nada por El, ni en

cosa le he servido como estoy obligada, y mirando las muchas

mercedes que ha hecho a mi alma, comencéme a fatigar mucho, y

díjome el Señor: «Ya sabes el desposorio que hay entre ti y Mí, y

habiendo esto, lo que Yo tengo es tuyo, y así te doy todos los

trabajos y dolores que pasé, y con esto puedes pedir a mi Padre

como cosa propia». Aunque yo he oído decir que somos

participantes de esto, ahora fue tan de otra manera, que pareció

había quedado con gran señorío, porque la amistad con que se me

hizo esta merced, no se puede decir aquí. Parecióme lo admitía el

Padre, y desde entonces miro muy de otra suerte lo que padeció el

Señor, como cosa propia, y dame gran alivio.

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CAPÍTULO 52

Estando yo una vez deseando de hacer algo en servicio de nuestro

Señor, pensé qué apocadamente podía yo servirle, y dije entre mí:

«¿Para qué, Señor. queréis Vos mis obras?» Díjome: «Para ver tu

voluntad, hija».

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CAPÍTULO 53

Diome una vez el Señor una luz en una cosa que yo gusté

entenderla, y olvidóseme luego desde a poco, que no he podido

más tornar a caer en lo que era. Y estando yo procurando se me

acordase, entendí esto: «Ya sabes que te hablo algunas veces; no

dejes de escribirlo; porque, aunque a ti no aproveche, podrá

aprovechar a otros». Yo estaba pensando si por mis pecados había

de aprovechar a otros y perderme yo. Díjome: «No hayas miedo».

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CAPÍTULO 54

Estaba una vez recogida con esta compañía que traigo siempre en

el alma y parecióme estar Dios de manera en ella, que me acordé

de cuando San Pedro dijo: «Tú eres Cristo, hijo de Dios vivo»;

porque así estaba Dios vivo en mi alma. Esto no es como otras

visiones, porque lleve fuerza con la fe; de manera que no se puede

dudar que está la Trinidad por presencia y por potencia y esencia

en nuestras almas. Es cosa de grandísimo provecho entender esta

verdad. Y como estaba espantada de ver tanta majestad en cosa

tan baja como mi alma, entendí: «No es baja, hija, pues está hecha

a mi imagen». También entendí algunas cosas de la causa por qué

Dios se deleita con las almas más que con otras criaturas, tan

delicadas que, aunque el entendimiento las entendió, de presto no

las sabré decir.

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CAPÍTULO 55

Habiendo estado con tanta pena del mal de nuestro Padre, que no

sosegaba, y suplicando al Señor un día acabando de comulgar muy

encarecidamente que pues El me le había dado, no me viese yo sin

él, me dijo: «No hayas miedo».

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CAPÍTULO 56

Estando una vez con esta presencia de las tres Personas que traigo

en el alma, era con tanta luz que no se puede dudar el estar allí

Dios vivo y verdadero, y allí se me daban a entender cosas que yo

no las sabré decir después. Entre ellas era cómo había la Persona

del Hijo tomado carne humana y no las demás. No sabré, como

digo, decir cosa de esto, que pasan algunas tan en secreto del

alma, que parece el entendimiento entiende como una persona que,

durmiendo o medio dormida, le parece entiende lo que se habla. Yo

estaba pensando cuán recio era el vivir que nos privaba de no estar

así siempre en aquella admirable compañía, y dije entre mí: Señor,

dadme algún medio para que yo pueda llevar esta vida. Díjome:

«Piensa, hija, cómo después de acaba no me puedes servir en lo

que ahora, y come Mí y duerme por Mí, y todo lo que hicieres sea

por Mí, como si no lo vivieses tú ya, sino Yo, que esto es lo que

decía San Pablo».

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CAPÍTULO 57

Una vez acabando de comulgar, se me dio a entender cómo este

santísimo Cuerpo de Cristo le recibe su Padre dentro de nuestra

alma, como yo entiendo y he visto están estas divinas Personas, y

cuán agradable le es esta ofrenda de su Hijo porque se deleita y

goza con El -digamos- acá en la tierra; porque su Humanidad no

está con nosotros el alma, sino la Divinidad, y así le es tan acepto y

agradable y nos hace tan grandes mercedes; entendí que también

recibe este sacrificio aunque esté en pecado el sacerdote, salvo

que no se comunican las mercedes a su alma como a los que están

en gracia: y no porque dejen de estar estas influencias en su fuerza,

que proceden de esta comunicación con que el Padre recibe este

sacrificio, sino por falta de quien le ha de recibir; como no es por

falta del sol no resplandecer cuando da en un pedazo de pez, como

en uno de cristal. Si yo ahora lo dijera, me diera mejor a entender.

Importa saber cómo es esto, porque hay grandes secretos en lo

interior cuando se comulga. Es lástima que estos cuerpos no nos lo

dejan gozar.

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CAPÍTULO 58

1. Octava de Todos los Santos, tuve dos o tres días muy trabajosos

de la memoria de mis grandes pecados, y unos temores de

persecuciones que no se fundaban sino en que me habían de

levantar falsos testimonios, y todo el ánimo que suelo tener a

padecer me faltaba. Aunque yo me quería animar y hacía actos y

veía que sería gran ganancia a mi alma, aprovechábame poco, que

no se quitaba el temor y era una guerra desabrida. Topé con una

letra donde dice mi buen Padre que dice San Pablo que no permite

Dios que seamos tentados más de lo que podemos sufrir. Aquello

me alivió harto, mas no bastaba, antes otro día me dio una aflicción

grande de verme sin él, como no tenía a quién acudir con esta

tribulación, que me parecía vivir en gran soledad, y ayudaba el ver

que no hallaba ya quien me diese alivio sino él, y que lo más había

de estar ausente, que me fue harto gran tormento.

2. Otra noche después, leyendo en un libro otro dicho de San Pablo

que me comenzó a consolar, estaba pensando cuán presente había

traído de antes a nuestro Señor, que tan verdaderamente me

parecía ser Dios vivo. Pensando en esto, me dijo y parecióme muy

dentro de mí, como al lado del corazón, por visión intelectual: «Aquí

estoy, sino que quiero que veas lo poco que puedes sin Mí».

3. Luego me aseguré y se quitaron todos los miedos, y estando la

misma noche en maitines, el mismo Señor, por visión intelectual,

tan grande que casi parecía imaginaria, se me puso en los brazos a

manera de como se pinta la «Quinta angustia». Hízome temor harto

esta visión, porque era muy patente y tan junta a mí, que me hizo

pensar si era ilusión. Díjome: «No te espantes de esto, que con

mayor unión, sin comparación, está mi Padre con tu ánima».

Háseme así quedado esta visión hasta ahora representada. Lo que

dije de nuestro Señor, me duró más de un mes. Ya se me ha

quitado.

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CAPÍTULO 59

1. Estando una noche con harta pena porque había mucho que no

sabía de mi Padre, y aún no estaba bueno cuando me escribió la

postrera vez, aunque no era como la primera pena de su mal, que

era confiada y de aquella manera nunca la tuve después, mas el

cuidado impedía la oración; parecióme de presto, y fue así que no

pudo ser imaginación, que en lo interior se me representó una luz, y

vi que venía por el camino alegre y rostro blanco, aunque de la luz

que vi debió de hacer el rostro blanco, que así me parece lo están

todos en el cielo, y he pensado si del resplandor y luz que sale de

nuestro Señor les hace estar blancos. Entendí: «Dile que sin temor

comience luego, que suya es la victoria».

2. Un día después que vino, estando yo a la noche alabando a

nuestro Señor por tantas mercedes como me había hecho, me dijo:

«¿Qué me pides tú que no haga yo, hija mía?»

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CAPÍTULO 60

El día que se presentó el Breve, como yo estuviese con grandísima

atención, que me tenía toda turbada, que aun rezar no podía,

porque me habían venido a decir que nuestro Padre estaba en gran

aprieto, porque no le dejaban salir y había gran ruido, entendí estas

palabras: «¡Oh mujer de poca fe!; sosiégate, que muy bien se va

haciendo».

2. Era día de la Presentación de nuestra Señora, año de mil y

quinientos y setenta y cinco. Propuse en mí si la Virgen acababa

con su Hijo que viésemos a nuestro Padre libre de estos frailes, y a

nosotras, pedir ordenase que en cada cabo se celebrase con

solemnidad esta fiesta en nuestros monasterios de Descalzas.

3. Cuando esto propuse no se me acordaba de lo que entendí, que

había el Padre de establecer fiesta, de la visión que vi. Ahora,

tornando a leer este cuadernillo, he pensado si ha de ser ésta la

fiesta.

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CAPÍTULO 61

Estando un día en oración, sentí estar el alma tan dentro de Dios,

que no me parecía había mundo, sino embebida en él dióseme aquí

a entender aquel verso de Magnificat: «Et exultavit spiritus», de

manera que no se me puede olvidar.

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CAPÍTULO 62

Estaba una vez pensando sobre el querer deshacer este

monasterio de Descalzas, si era el intento poco a poco irlas

acabando todas. Entendí: «Eso pretenden, mas no lo verán, sino

muy al contrario».

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CAPÍTULO 63

Habiendo comenzado a confesarme con una persona en una

ciudad que al presente estoy, y ella con haberme tenido mucha

voluntad y tenerla después que admitió el gobierno de mi alma, se

apartaba de venir acá. Estando yo en oración una noche, pensando

en la falta que me hacía, entendí que le tenía Dios para que no

viniese, porque me convenía tratar mi alma con una persona del

mismo lugar. A mí me pesó por haber de conocer condición nueva,

que podía ser no me entendiese e inquietase y por tener amor a

quien me hacía esta caridad -aunque siempre que veía u oía

predicar a esta persona me hacia contento espiritual-, y por tener

muchas ocupaciones esta persona también, me parecía

inconveniente. Díjome el Señor: «Yo haré que te oiga y te entienda.

Declárate con él, que algún remedio será de tus trabajos». Esto

postrero fue, según pienso, porque estaba yo entonces fatigadísima

de estar ausente de Dios. También me dijo entonces Su Majestad

que bien veía el trabajo que tenía, mas que no podía ser menos

mientras viviese en este destierro, que todo era para más bien mío,

y me consoló mucho.

Así me ha acaecido, que huelga de oírme, y busca tiempo y me ha

entendido y dado gran alivio. Es muy letrado y santo.

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CAPÍTULO 64

Estando un día de la Presentación encomendando mucho a Dios a

una persona, y parecíame que todavía era inconveniente el tener

renta y libertad para la gran santidad que yo le deseaba; púsoseme

delante su poca salud y la mucha luz que daba a las almas, y

entendí: «Mucho me sirve, mas gran cosa es seguirme desnudo de

todo como yo me puse en la cruz. Dile que se fíe de Mí». Esto

postrero fue porque me acordé yo que no podría con su poca salud

llevar tanta perfección.

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CAPÍTULO 65

Estando una vez pensando en la pena que me daba el comer carne

y no hacer penitencia, entendí que algunas veces era más amor

propio que deseo de ella.

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CAPÍTULO 66

Estando una vez con mucha pena de haber ofendido a Dios, me

dijo: «Todos tus pecados son delante de mí como si no fueran; en lo

porvenir te esfuerza, que no son acabados tus trabajos»

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CAPÍTULO 67

Estando en San José de Avila, víspera de Pascua del Espíritu

Santo, en la ermita de Nazaret, considerando en una grandísima

merced que nuestro Señor me había hecho en tal día como éste,

veinte años había, poco más o menos, me comenzó un ímpetu y

hervor grande de espíritu, que me hizo suspender. En este gran

recogimiento entendí de nuestro Señor lo que ahora diré:

Que dijese a estos Padres Descalzos de su parte que procurasen

guardar esas cuatro cosas, y que mientras las guardasen siempre

iría en más crecimiento esta religión, y cuando en ellas faltasen

entendiesen que iban menoscabando de su principio. La primera,

que las cabezas estuviesen conformes. La segunda, que aunque

tuviesen muchas casas, en cada una hubiese pocos frailes. La

tercera, que tratasen poco con seglares, y esto para bien de sus

almas. La cuarta, que enseñasen más con obras que con palabras.

Esto fue año de 1579. Y porque es gran verdad, lo firmo de mi

nombre.

Teresa de Jesús

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FIN DE LAS «RELACIONES»