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SANTO TOMÁS MORO (obras completas)

(1478-1535)

 

Mártir Inglés, patrono de los Gobernantes y Políticos - Canonizado en 1935

Fiesta 22 de junio

 

 

Agonía de Cristo

Utopía

Oración de Santo Tomás Moro

El Gusto de Vivir

Biografía

Carta apostólica de Juan Pablo II proclamando a

Santo Tomás Moro como Patrono de los gobernantes

y de los políticos

Santo Tomás Moro por Antonio Sicari

Santo Tomás Moro, político y mártir

Sobre sus escritos...

Tomás Moro, por Manuel Lizcano

  LA AGONÍA DE CRISTO

Por Santo Tomás Moro

 

I. Sobre la Tristeza, aflicción, miedo

y oración de Cristo antes de ser capturado

 

 

Oración y mortificación con Cristo

 

La Angustia de Cristo ante la muerte

 

La Humanidad de Cristo

 

¿Cómo es nuestra oración?

 

La oración de Cristo

 

La voluntad de Dios Padre

 

Para que veamos el camino

 

La perspectiva del martirio

 

Los Apóstoles se duermen mientras el traidor conspira

 

"¿Por qué dormís?"

 

"Levantaos y orad"

 

Cristo sigue siendo entregado en la historia

 

Judas, Apóstol y traidor

 

Conducta de Cristo con el traidor

 

Libertad de Cristo en su captura, pasión y muerte

 

El fin de Judas.

 

II. Sobre la oreja sajada de Malco,

la fuga de los discípulos y la captura de Cristo

 

 

Furia y celo de Pedro

 

Cristo corrige al Apóstol

 

Malco, figura de la razón humana

 

El poder de las tinieblas

 

La fuga de los discípulos

 

Desprendimiento y perseverancia

 

La captura de Cristo

  

 

Gentileza de  http://www.hernandarias.edu.ar/ceiboysur/

para la BIBLIOTECA CATÓLICA DIGITAL

 

TOMÁS MORO

 

UTOPÍA

 

 

LA MEJOR FORMA DE COMUNIDAD POLÍTICA Y LA NUEVA ISLA DE UTOPÍA

 

Librito de oro, tan saludable como festivo, compuesto por el muy ilustre

 

TOMÁS MORO

ciudadano y sheriff de la muy noble ciudad de Londres.

 

Documentos introductorios

 

Carta del editor Erasmo al impresor Juan Froben.

Carta de Guillermo Budé a Tomás Lupser.

Sexteto de Anemolio.

Alfabeto de la lengua utopiana.

Carta de Pedro Gilles, coeditor, a J. Busleiden.

Carta de Tomás Moro a Pedro Gilles.

Mapa idealizado de Utopía.

 

 ERASMO DE ROTTERDAM

Saluda a Juan Froben, padre carísimo de su ahijado

  Sabes muy bien que siempre me ha agradado sobre manera todo lo que se refiere a mi amigo Moro.  Sin embargo, la misma amistad que nos une, me obliga a desconfiar un tanto de mi propio juicio. Por otra parte, veo cómo todos los espíritus cultivados suscriben unánimemente mis palabras.  E incluso, admiran con más ardor el genio divino de este autor.  Y lo hacen movidos no por un mayor afecto, sino por un espíritu crítico más justo.  Todo lo cual me hace aplaudir sin reserva el juicio que he emitido y no dudar en proclamarlo abiertamente.

¡Que no hubieran realizado esas admirables dotes naturales, si un espíritu como el suyo se hubiere formado en Italia, se hubiera consagrado totalmente a las musas, y hubiese podido -lo diré claramente- dejar que sus frutos llegarán a la madurez del otoño! Los epigramas fueron su divertimentocuando todavía era joven, qué digo, cuando casi era un niño.  Al menos en su mayor parte. Jamás salió de Inglaterra, su patria, a excepción de dos veces, cuando, en nombre del rey, desempeñó una misión diplomática en Flandes.  Además de sus deberes de esposo, de sus cuidados domésticos, de las obligaciones impuestas por sus cargos oficiales y la avalancha de causas que instruye, su atención está dominada por los asuntos de Estado, tan numerosos e importantes que uno se maravilla de que encuentre placer en los libros.

Por este motivo te envié sus Epigramas y su Utopía.  Estoy seguro que, si es de tu gusto, la impresión con tus caracteres les dará una calidad que por sí sola será su mejor recomendación al mundo y a la posteridad.

Tal es, en efecto, la reputación de tus talleres que, si se sabe que un libro es de la Casa Froben, consiguen enseguida el favor de los eruditos.

Mis mejores deseos para ti y para tu excelente suegro, para tu mujer tan amable y tus hijos tan dulces y cariñosos.  En cuanto a Erasmo, ese ahijado que nos une, nacido, como quien dice, en el seno de las bellas artes, haz que sea instruido en las mejores letras.

 

Lovaina, 25 de agosto, 1517

 

 GUILLERMO BUDE

Saluda a su amigo inglés, Thomas Lupset

 Querido Lupset:

¿Cómo no estar infinitamente reconocido a ti, el más erudito de todos los jóvenes? Al enviarme la UTOPÍA de Thomas Moro, has hecho que fije mi atención en una obra de lectura sumamente agradable, y que, al mismo tiempo, no dudo será provechosa.

Hace ya tiempo, y correspondiendo a un vivo deseo mío, me enviaste los seis libros titulados El Arte de conservar la salud, deThomas Linacre, -Este médico, que domina a la perfección el griego y el latín, no ha mucho tradujo al latín algunas obras de Galeno.  Y lo ha hecho con tal fidelidad que, si todas las obras de este autor -que, a mi juicio, constituyen un compendio de la medicina- se tradujeran al latín, creo que la escuela de los médicos no tendría necesidad de conocer el griego.  He hojeado con avidez el manuscrito de Linacre y te estoy sumamente agradecido por habérmelo prestado el tiempo suficiente como para sacar de él gran provecho. Pero me prometo un mayor favor todavía de la edición impresa que preparas actualmente en los talleres de esta nuestra ciudad.

Sólo por este título ya me creía lo suficientemente obligado.  Pero hay más.  Como apéndice a tu anterior generosidad me das ahora la famosa Utopía de Moro, ese espíritu tan singular y penetrante, ese hombre de carácter tan afable, y sabio tan consumado en el gusto por las cosas humanas.

Mientras recorría el campo, entregado a mis negocios o dando órdenes a mis criados, no he dejado de las manos este libro. (Sabes, en parte por ti mismo y en parte por haber llegado a tus oídos, que desde hace dos años me vengo dedicando intensamente a mi labranza).  Pues bien, tan impresionado quedé por su lectura, por el conocimiento y análisis de las costumbres e instituciones de los utopianos, que comencé a descuidar mis intereses familiares estando en un tris de abandonarlos. Toda la ciencia económica y sus aplicaciones me parecían puras naderías. Y si he de decirte toda la verdad, lo mismo me parecía incluso el afán de acumular sus beneficios.  Nadie, sin embargo, deja de ver que todos los humanos están aguijoneados por este afán, como si tuvieran dentro un tábano.  Estuve a punto de decir -y nadie lo negará que la ciencia y la praxis del derecho no tiene más que este fin: excitar a unos contra otros con una habilidad movida por la envidia y provocar a aquellos que están unidos por los lazos de la convivencia y a veces también por los de la sangre. Todos parecen estar en connivencia -parte con las leyes, parte con los juristas- para robar y apropiarse lo ajeno, para arrebatar, sonsacar, roer, usurpar, estrujar, esquilmar, chupar, chantajear, raptar, saquear, escamotear, estafar, engañar, y ocultar.  Estos procedimientos han venido a ser tanto más comunes cuanto más se ha invocado la autoridad de eso que se llama derecho, tanto civil como pontificio. Nadie deja de ver que tales procedimientos y principios han contribuido a reforzar la idea de que los hombres hábiles en «cauciones» o mejor en «captaciones», los buitres al acecho de ciudadanos ingenuos, habilísimos muñidores de fórmulas hechas y de redes de incautos, los fautores de procesos y los consejeros de un derecho controvertido, pervertido e invertido, son considerados como los pontífices de la justicia y de la equidad.  Sólo ellos son dignos de formular un juicio sobre lo que es justo y bueno.  Y lo que es más absurdo todavía, de determinar con autoridad y poder públicos lo que cada uno puede o no poseer, y en qué medida y por cuánto tiempo.  Y todo ello, a juicio de un sentido común víctima de alucinaciones. Pues la mayoría de nosotros, cegados por las legañas espesas de la ignorancia, juzgamos que nuestra causa es tanto más justa cuanto mejor corresponde a los deseos de la ley y se apoya en ella.

Si quisiéramos medir los derechos según la regla de la verdad y las exigencias de la simplicidad evangélica, nadie sería tan estúpido ni tan insensato que no viera esto: hoy día, y, desde hace mucho tiempo, el derecho y la legalidad en las decisiones pontificias, en las leyes civiles y en los decretos reales se aparta tanto de los principios de Cristo, creador de las cosas humanas, como las costumbres de sus discípulos se apartan de las sentencias y decretos de los que cifran su felicidad y el bien supremo en los tesoros acumulados por Creso y Midas.

Tan es así, que, si quisiéramos, hoy día, definir la justicia -los antiguos autores se complacían en definirla como la virtud que atribuye a cada uno su derecho-, no la encontraríamos en ninguna parte de la vía pública. 0 tendríamos que admitir que es -si así puedo llamarla- una especie de distribuidora de raciones.  Para ello no tienes más que ver las costumbres de los que están en el poder. 0 las disposiciones mutuas de los habitantes de una misma ciudad o de un mismo país.

A no ser que estas personas pretendan que este derecho nace de una justicia fundamental, tan antigua como el mundo, y que llaman derecho natural.  Una justicia, según la cual, cuanto más fuerte es un hombre, más derecho tiene a poseer. ¡Y cuanto más posee, más derecho tiene a estar por encima de sus conciudadanos!  Vemos ya, en efecto, que en el Derecho de gentes se reconoce a individuos incapaces de prestar un servicio a sus conciudadanos y compatriotas en el ejercicio de una profesión digna. Pues se les considera hábiles e indispensables para mantener la trama de las obligaciones y la red de contratos que sostienen el patrimonio de los propietarios.  Mientras tanto, el pueblo ignorante y los que se dedican al cultivo de las letras alejados del foro, bien sea por sus gustos o llevados por amor a la verdad, consideran a éstos unas veces como nudos gordianos y otras como vulgares charlatanes. Estos individuos, repito, perciben los tributos de milesdesus conciudadanos, y con frecuencia los de ciudades enteras e incluso mayores.  Pues bien, estos individuos, por decirlo de alguna manera, son llamados unas veces ricos, otras gente honrada y otras hombres de negocios con talento.

Y, no sólo esto, en épocas y en pueblos en que las leyes y las costumbres han establecido que un hombre tiene tanto más crédito y autoridad cuanto más patrimonio ha acumulado, su heredero goza de los mismos favores.  Y el proceso de acumulación crece más a medida que los hijos y luego los nietos y los bisnietos rivalizan entre sí por hacer suyo con brillantes adquisiciones el patrimonio recibido de sus mayores. En otras palabras, a medida que alejan más y más a los vecinos, los allegados, los parientes y consanguíneos.

Pero Cristo, creador y dispensador de todo bien, después de haber legado a sus seguidores una comunidad pitagórica y la caridad, nos dejó un ejemplo espléndido- la pena de muerte a Ananías, culpable de haber infringido la «ley de comunión» o de la amistad.  Al instituir esta ley, Cristo abrogó, sin duda, al menos entre los suyos, todos los volúmenes de argucias de nuestro Derecho civil y canónico. Ese Derecho que es considerado hoy como la ciudadela de la sabiduría y regulador de nuestros destinos.

No sucede afortunadamente lo mismo en la isla de Utopía -llamada también Udepotía-, si es que damos crédito a lo que se nos cuenta. La isla está imbuida de los principios y normas cristianos y de la auténtica y verdadera sabiduría tanto en la vida pública como en la privada. Hasta el día de hoy ha preservado esta sabiduría en toda su integridad, pues mantiene por medio de una constante y dura batalla, los tres principios divinos siguientes: La igualdad de los bienes y de los males entre los ciudadanos. 0 si se prefiere: la ciudadanía completa de todas las clases. El amor constante y tenaz de la paz y de la tranquilidad. Finalmente, el desprecio del oro y de la plata.  Como se ve, tres antídotos contra todos los fraudes, las impostoras, los embustes, engaños y maquinaciones.

¡Ah, si los cielos -haciendo honor a su nombre- hubieran fijado con los clavos de una convicción sólida estos tres principios de la legislación utopiana en el espíritu de todos los mortales!  Entonces habrían caído por tierra impotentes el orgullo, la avaricia y la envidia insensata.  Y en pos de ellos las demás flechas mortíferas del adversario infernal.  Y la inmensa turba de libros de Derecho, que acapara hasta el ataúd la atención de tantos espíritus inteligentes y sólidos, seria devorada por la carcoma o estaría destinada a servir como papel de envolver en las tiendas.

Decidme, ¡por los dioses inmortales! ¿Cuál pudo ser la santidad de los utopianos para que pudieran merecer esa dicha de origen divino? ¿Qué hizo para no ver jamás ni la avaricia ni el ansia desmedida de las cosas? ¿Cómo pudo forzar la entrada en esa isla afortunada o introducirse furtivamente -para burlarse de la justicia y del sentido del honor y a fuerza de desvergüenza e insolencia echarlos fuera? ¡Si el Dios altísimo y bondadoso tuviera a bien conceder esto mismo a las regiones que a su nombre añaden un adjetivo derivado de su santo nombre y al que están consagradas.  Entonces, ciertamente, la avaricia y la rapacidad que envilece y degrada a tantos espíritus -sin ella tan nobles y excelentes- desaparecería para siempre y volvería la Edad de Oro, la edad de Saturno.

Hay el peligro, sin embargo, de pensar que Aratos y los poetas se equivocaron al situar en el Zodiaco el lugar de refugio de la justicia al abandonar la tierra. Ha de estar en la isla de Utopía -si hemos de creer las palabras de Hitlodeo- y que no ha llegado todavía al cielo. Por lo que a mí respecta, mis estudios me han permitido descubrir que Utopía se encuentra situada fuera de los límites del mundo conocido. Es sin duda, una de las Islas afortunadas, muy cerca, quizás, de los campos Elíseos. (El mismo Hitlodeo -según confiesa Moro- no dio a conocer su posición ni sus fronteras precisas).  Está dividida en múltiples ciudades, si bien todas ellas están animadas de un mismo espíritu y forman una única ciudad, llamada Hagnópolis. Esta se asienta sobre sus costumbres y sus bienes. Es feliz en su inocencia e, incluso, de alguna manera, en su vida celeste.  Aunque está situada bajo el cielo, no por ello se encuentra menos alejada de las bajezas del mundo conocido.  Un mundo que camina al precipicio entre el ajetreo y el afán tan febril y violento como vano e inútil de los humanos, origen de todos los desórdenes.

A Tomás Moro, en efecto, debemos esta isla. Ha sido él quien ha propuesto a nuestro tiempo el ejemplo de una vida feliz con la invitación a vivirla.  El mismo atribuye su descubrimiento a Hitlodeo, fuente principal de su relato. Hemos de suponer que este último es el arquitecto de la Ciudad de los Utopianos, y el iniciador de sus costumbres e instituciones. Es decir que fue allí para tener pruebas de que existe entre ellos esa vida feliz y transmitirla a nosotros.  Pero a Moro se debe el haber dado a la isla y a sus instituciones el lustre de su estilo y elocuencia.  Él aplicó a la ciudad de los hagnopolitanos, la regla y la plomada para darle el acabado. Ha sido él quien ha añadido todos los elementos que dan a una obra grandiosa su esplendor y su belleza, sin olvidar, claro está, el prestigio, aun cuando en su ejecución no haya reivindicado para sí mismo más que el papel de cantero.

Tenía escrúpulo, en efecto, de arrogarse en esta obra el papel principal. Y ello para que Hitlodeo no se quejara, con justicia, de que Moro se hubiera apoderado y deflorado prematuramente su gloria, caso de ocurrírsele alguna vez escribir sus aventuras. Temía, naturalmente, que -Hitlodeo -que se había decidido apermanecer en la isla de Utopía- reapareciera un día en personay quedara descontento y avergonzado por una indelicadeza que, a la postre, no te proporcionaba a él más que una gloria despojada de su flor, caso de descubrirse. ¡Así piensan los hombres honestos y sabios!

El testimonio de Pedro Gilles, de Amberes, me ha hecho confiar plenamente en Moro, persona ya de por sí grave y que goza de una gran autoridad.  Y aunque no conozco a Gilles en persona -de momento paso por alto la recomendación que le hacen su ciencia y su personalidad- le amo por la amistad que le ha jurado Erasmo.  Ese hombre ilustre, benemérito de las letras tanto sagradas como profanas, y con quien hace mucho tiempo formé una asociación de amigos, consagrada por una correspondencia recíproca.

Mis mejores deseos para ti, queridísimo Lupset. Haz también llegar, y hazlo pronto, mis saludos -sea de viva voz sea por medio de una carta- a Linacre, lumbrera británica en todo lo que se refiere a las bellas artes.  Yo espero que será tanto tuya como mía.  Es, en efecto, una de esas raras personas con cuya aprobación me gustaría contar, si la pudiera merecer.  Pues durante su estancia entre nosotros se ganó totalmente mi estima y la de Juan Ruelle, mi amigo y compañero de estudios.  Lo que más admito en él son sus conocimientos superiores y su método de trabajo riguroso, cualidades que querría imitar.

Quisiera también que presentaras a Moro mis fervientes saludos -sea por carta o, como ya dije, de viva voz-.  Su nombre ya ha sido registrado en el más sagrado libro de Minerva con mi pensamiento y mis palabras.  Y su isla de Utopía, en el Nuevo Mundo, es para mi objeto de afecto y veneración soberanos. Nuestro tiempo y los tiempos venideros encontrarán en su historia un semillero de hermosas y útiles instituciones.  De ella cada uno sacará costumbres y usos que podrá importar y adaptar a su propia ciudad.

Con mis mejores deseos.

 

París, 31 de julio 1517

 

Sexteto de Anemolio, poeta laureado, sobrino de Hitlodeo, por parte de su hermana. 

Me llamaron los antiguos,

por insólita, Utopía.

Competidora de aquella

ciudad que Platón pensara

y vencedora quizá,

pues lo que en ella tan sólo

en las letras se esbozara,

superélo yo con creces

en personas y en recursos

y al dictar mejores leyes.

Siendo así que deberían,

en justicia, desde ahora,

darme el nombre de Eutopía.

 

 

ALFABETO DE LOS UTOPIANOS

 

CUARTETO EN LENGUA VERNÁCULA DE LOS UTOPIANOS

 

TRADUCCIÓN LITERAL DE ESTE POEMA

 

No siendo ínsula, ínsula me hizo

Utopus, el que fuera mi caudillo. 

Y de todas las tierras separada,

inicié mi andadura sin doctrinas,

mas al fin conseguí dar a los hombres

la ciudad filosófica anhelada. 

Complaciente reparto yo mis dones,

y, humilde, sé aceptar de buena gana

los ajenos que estimo superiores.

 

 

PEDRO GILLES

de Amberes, saluda al muy ilustre maestro Jerónimo Busleiden,

Presbote de Aire y consejero del Rey católico, Carlos:

 

Muy honorable Busleiden: En días pasados recibí de Tomás Moro, a quien ya conoces -y gloria eximia de nuestro tiempo, como tú puedes testificar- la Isla de Utopía.  Es todavía poco conocida pero merecería serlo tanto y más que la Repúblicade Platón.  Moro la presenta, describe y ofrece a nuestras miradas con tal elocuencia que, a cada lectura, me parece varia un poco mejor que cuando, junto con el mismo Moro, oía resonar en mis oídos las palabras de Rafael Hitlodeo.

He de confesar que este último estaba dotado de rara elocuencia.  Al exponer su narración, mostraba a las claras que no refería hechos de oídas sino tomados de la realidad, como sucedidos ante sus ojos, puesto que se había visto envuelto en ellos durante mucho tiempo. A mi juicio, su conocimiento de pueblos, de hombres y de cosas le hace superior al mismo Ulises.  Pienso, en efecto, que en estos últimos ochocientos años ninguna parte del mundo ha visto nacer a nadie semejante.  Comparado con él, Vespucci no parece haya visto gran cosa. Por otra parte, si bien es cierto que contamos mejor lo que vivimos que lo que oímos, nuestro hombre poseía el don particular de los detalles.

Sin embargo, cuando aparecen ante mi vista las escenas pintadas por el pincel de Moro, quedo tan emocionado que me parece estar, realmente, en Utopía. Me inclinaría a creer, que el mismo Rafael vio menos cosas en esta isla, durante los cinco años pasados en ella, que las que nos hace ver la descripción de Moro.  No sé, en efecto, qué admirar más entre tantas maravillas: si la memoria más fiel y feliz, que ha sido capaz de repetir palabra a palabra multitud de observaciones solamente de oídas, o la sagacidad con que ha sabido descubrir las fuentes, ignoradas del vulgo, de donde nacen todos los males que aquejan a la comunidad política, o de donde podrían surgir todos los bienes. 0 la fuerza expresiva del lenguaje que, en un latín tan puro y con expresiones tan fuertes, da cohesión a tantas cosas. Y ello teniendo en cuenta que Moro es un hombre disperso en todos los sentidos, tanto por los asuntos públicos como por los cuidados domésticos.

Pero, sapientísimo Busleiden, ¿pueden extrañar todos estos que por una amistad continuada y casi familiar, conoces profundamente las dotes sobrehumanas y casi divinas de este hombre?  Nada, en efecto, puedo añadir a lo escrito por él. Solamente he añadido un cuarteto en la lengua vernáculo de los utopianos.  Este poema me lo mostró Hitlodeo, después de partir Moro.  Le he antepuesto el alfabeto de este pueblo.  Por lo demás, he añadido, también, unas pequeñas anotaciones en los márgenes.

En cuanto a la situación de la isla, que tanto preocupa a Moro, no se le olvidó a Rafael.  Hay que reconocer, sin embargo, que sólo lo hizo de pasada e incidentalmente, como si reservara este tema para otro lugar.  Un desgraciado accidente, pudo privarnos a ambos de este detalle. En efecto, cuando Rafael se disponía a hablar de él, se le acercó uno de sus criados para decirle no sé qué al oído. Y, en cuanto a mí, que era todo oídos para escuchar, alguno de los asistentes, que sin duda se había resfriado en un viaje por mar, tosió tan fuerte que me impidió percibir algunas palabras del que hablaba. No he de parar, sin embargo, hasta conseguir una información completa sobre este punto.  Ello me permitirá transmitimos con la mayor precisión, no sólo la situación de su isla, sino su altura con relación al polo. ¡Contando naturalmente, que nuestro Hitlodeo esté sano y salvo!

Varios son, en efecto, los rumores que circulan al respecto. Unos afirman que desapareció en ruta. Otros que volvió felizmente a su patria.  Otros, finalmente, sospechan que volvió otra vez a la isla, en parte porque no soportaba el estilo de vida de los suyos. Y en parte porque le atormentaba el deseo de volver a ver Utopía.

En cuanto a la objeción de que esta isla no se encuentra en ningún cosmógrafo, ya el mismo Hitlodeo dio buena cuenta de ella. Es muy posible que, según él, haya cambiado el nombre desde entonces. 0 bien, que esta isla haya escapado a su atención, de la misma manera que hoy día aparecen nuevas tierras, no conocidas de los antiguos geógrafos. Pero, ¿a qué conduce cargar con tantas razones de credibilidad de la narración, teniendo como tenernos a Moro por autor?

Por lo demás, alabo y reconozco la modestia del autor ante sus dudas por la publicación del libro.  No me parece digno que esta obra deba estar más tiempo sin imprimir.

Merece que salga y pase a manos de todos los hombres. Mayormente si es tu mecenazgo el que la recomienda, sea porque las dotes de Moro son particularmente evidentes a tus ojos, o porque nadie es más apto que tú para aportar un juicio severo a los asuntos públicos. Sabido es que desde muchos años estás entregado a ellos, y que tu prudencia e integridad te han acarreado los mejores elogios.

Mis mejores deseos para el mecenas de los estudios y la gloria de este tiempo.

 

Amberes, 1 de noviembre, 1516

 

TOMAS MORO

saluda a Pedro Gilles:

 

Mi querido Pedro Gilles:

Mucho que me avergüenza enviarte, con el retraso de casi un año, este librito sobre la república utopiana.  Sin duda lo esperabas en el plazo de seis semanas. Sabías, en efecto, que no me quedaba nada por inventar ni ordenar en esta obra.  Sólo me faltaba redactar lo que tú y yo juntos habíamos oído de labios de Rafael.

No había tampoco razón alguna para pulir el estilo. Primero, porque era imposible reproducir la palabra de un hombre que repentizaba e improvisaba.  Y después, lo sabéis muy bien, porque su léxico era más bien el de un hombre menos versado en latín que en griego.  Mi única preocupación era y sigue siendo que cuanto más me acercase en el decir a su descuidada naturalidad, más cercano estaría a la verdad.

Confesaré, pues, mi querido Pedro, que después de todos estos preparativos ya no me quedaba casi nada por hacer.  No ignoras que la invención del tema y su disposición son suficientes para ocupar el tiempo y la dedicación de cualquier espíritu brillante e ilustrado. Si además hubiera de añadir la elegancia al rigor del lenguaje, te confieso que jamás habría rematado mi intento, por mucho tiempo y dedicación que te hubiere consagrado.

Libre ya de estas tensiones que tanto hacen sudar, era mínimo lo que me quedaba. No tenía, pues, dificultad alguna para escribir con sencillez lo oído. Y sin embargo, todas las demás cosas parecen conjurarse para no dejarme un momento, ni siquiera un momento cuando trato de acabar este asuntillo. No hay día que no tenga que defender pleitos o asistir -a ellos.

Unas veces hago de árbitro, otras las resuelvo como juez. Visito a unos y a otros tanto por compromisos como en función de mi cargo.  Paso casi toda la jornada fuera de casa.  Y el resto lo dedico a los míos, sin que para mí, es decir, para mis aficiones literarias, me quede nada.

Una vez vuelto a casa hay que hablar con la mujer, hacer gracias a los hijos, cambiar impresiones con los criados.  Todo ello forma parte de mi vida, cuando hay que hacerlo, y hay que hacerlo a no ser que quieras ser extraño en tu propia casa. Hay que entregarse a aquellos que la naturaleza, el destino o uno mismo ha elegido como compañeros.  Y te has de comportar con la mayor amabilidad, atento siempre a no corromperlos por una excesiva familiaridad.  Y, si de criados se trata, evitar que una demasiada indulgencia, los convierta en señores.

Así discurren los días, los meses, los años. ¿Cuándo, pues, escribir? Y hazte cuenta que no he mencionado el sueño, ni siquiera la comida, que para muchos consume tanto tiempo como el sueño. ¡Y éste roba casi la mitad de la vida!

En cuanto a mí, sólo dispongo del tiempo que hurto al sueño y a la comida. Y esto, que aunque poco, es algo, ha hecho que terminara al fin Utopía. Ahí te la envío, mi querido Pedro, para que la leas y me digas si algo se me ha pasado por alto, Pues aunque sobre este punto no desconfío totalmente de mí -ojalá tuviera algún talento y saber, pues memoria no me falta- no llego, sin embargo, a creer que no se me haya podido escapar algo.

Mi paje Juan Clemente me ha dejado muy perplejo. (Sabes, en efecto, que él también asistió a la conversación.  No consiento que esté ausente de una conversación de la que puede sacar algún provecho.  Pues de este tallo de trigo todavía verde en las letras griegas y latinas, me prometo algún día una cosecha extremadamente hermosa.) Creo recordar que Hitlodeo nos dijo que el puente de Amaurota, que atraviesa el río Anhidro, tenía quinientos pasos de largo.  Mi paje Juan pretende que hay que quitar doscientos, pues la anchura del ríoen este lugar no pasa de los trescientos.  Recuerda este detalle, por favor.  Pues si tú estás de acuerdo con él, yo me plegaré a vosotros y reconoceré haberme equivocado.  Pero si no te acuerdas ya de nada, me atendré a mi primera redacción, que me parece más conforme a lo que yo recuerdo.  Trataré con todas mis fuerzas de evitar que el libro diga algo falso.  Por tanto, caso de dudar en algún punto, prefiero decir una mentira a mentir, pues prefiero ser honrado u honesto a prudente. De todos modos, no será difícil poner remedio, si se lo preguntas a Rafael, bien de viva voz -si todavía está por ahí-, bien por carta. -Y harás bien en hacerlo, a causa de cualquier otro detalle, y que ignoro si su falta se debe a mí, a ti o a Rafael.  No se nos ocurrió preguntar, ni Rafael pensó en decírnoslo, en qué parte del Nuevo Mundo está situada Utopía.  Daría mi modesta fortuna para que no se produjera tal omisión.

Y me avergüenza no saber en qué mar se encuentra una isla sobre la que doy tantos detalles.  Pues varias personas de estos pagos -y sobre todo un hombre piadosísimo, teólogo de profesión- arden en deseos de dirigirse a Utopía. Les arrastra no una vana curiosidad de ver cosas nuevas, sino el deseo de despertar nuestra religión que tan buenos comienzos tuvo allí.  Para proceder canónicamente, este nuestro teólogo pidió del Pontífice ser enviado y nombrado obispo de los Utopianos. No se paró en barras ante el escrúpulo de solicitar para sí mismo este episcopado.  Considera como una santa ambición un proyecto nacido no del deseo de honores o de riquezas, sino de una profunda piedad.

Por todo esto, te ruego, mi querido Pedro, insistas ante Hitlodeo, sea de viva voz, si lo puedes hacer fácilmente, sea por escrito, si está ausente, para que por todos los medios, mi obra no contenga error alguno, ni le falte nada de verdad. Me pregunto incluso si no seríaútil presentarle el libro.  Nadie más indicado que él para realizar las correcciones pertinentes. Y sólo podrá hacerlo leyendo lo que he escrito. Por ello, podrás saber además si le agrada mi idea, o si no ve con buenos ojos el que yo haya escrito esta obra. Quiero decir que si se ha decidido a escribir la historia de sus aventuras, quizás no quiera -y yo tampoco lo querría- que yo divulgue los secretos de la república de los utopianos o que estropee su historia privándose de la gloria que reporta la novedad.

Aunque, a decir verdad, ni yo mismo estoy muy seguro de quererla publicar.  Pues los paladares de los mortales son tan distintos, sus molieras tan torpes, los espíritus tan desagradecidos y los juicios tan absurdos, que no me parece descaminado imitar a aquellos que mantienen su buen humor y su sonrisa abandonándose a su inclinación natural.  Seria mejor que imitar a los que se molestan por publicar algo que pueda ser útil o agradable a seres ingratos y que no se contentan con nada.

La mayoría no conoce la literatura, y muchos la desprecian. El bárbaro rechaza como difícil lo que no es totalmente bárbaro.

Los sabihondos desprecian como vulgar lo que no está sembrado de arcaísmos. A algunos sólo les gustan las obras clásicas, y, a la mayor parte, las suyas propias.  Este es tan sombrío que no admite bromas; aquél tan insulso que carece del sentido del humor.  Los hay tan tomos que huyen -cual perro rabioso del agua- de todo lo que sabe a humor.  Otros son tan inestables que su juicio cambia de estar sentados a estar de pie.

Estos se sientan en las tabernas, y entre vaso y vaso emiten sus juicios sobre el talento de los escritores.  Desde lo alto de su autoridad y a su antojo los condenan y dan tirones a sus escritos, como si les tiraran del cabello.  Mientras tanto, ellos están bien resguardados y, como dice el proverbio, «fuera de, tiro». Pues estos hombres tienen la piel tan fina y tan afeitada que no les queda ni un pelo por donde se les pueda coger.

Hay, finalmente, seres tan desagradecidos que aunque la obra les deleite mucho, su autor les deja indiferentes.  Se parecen a esos invitados mal educados, que, después de haber comido opíparamente, se van de casa hartos sin dar las gracias a su anfitrión. ¡Y ahora disponte a preparar un banquete a tus expensas para gente con un paladar tan delicado, de sustos tan variados, y de corazón tan sensible a la gratitud y al recuerdo de las atenciones!

De todos modos, mi querido Pedro, trata con Hitlodeo lo que te acabo de decir. Tendremos tiempo después para revisar este proyecto. Aunque se hará, si este es su deseo, y, aunque tarde lo veo ahora, tenga que morir por el trabajo de redactarlo.  Por lo que respecta a editarlo, seguiré el consejo de los amigos, y sobre todo el tuyo.

Adiós, queridísimo Pedro Gilles.  Mis mejores deseos para ti y tu excelente esposa. Quiéreme como me quieres, pues mi cariño por ti es mayor cada día.

 

 

SANTO TOMÁS MORO [1]

(1478-1535)

DAME SEÑOR

 

 

 

 

Dame, Señor, un poco de sol,

algo de trabajo y un poco de alegría.

Dame el pan de cada día, un poco de mantequilla, una buena digestión y algo para digerir.

Dame una manera de ser que ignore el aburrimiento, los lamentos y los suspiros.

No permitas que me preocupe demasiado

por esta cosa embarazosa que soy yo.

Dame, Señor, la dosis de humor suficiente como para encontrar la felicidad en esta vida y ser provechoso para los demás.

Que siempre haya en mis labios una canción, una poesía o una historia para distraerme.

Enséñame a comprender los sufrimientos

y a no ver en ellos una maldición.

Concédeme tener buen sentido,

pues tengo mucha necesidad de él.

Señor, concédeme la gracia,

en este momento supremo de miedo y angustia, de recurrir al gran miedo

y a la asombrosa angustia que tú experimentaste en el Monte de los Olivos

antes de tu pasión.

Haz que a fuerza de meditar tu agonía,

reciba el consuelo espiritual necesario

para provecho de mi alma.

Concédeme, Señor, un espíritu abandonado, sosegado, apacible, caritativo, benévolo, dulce y compasivo.

Que en todas mis acciones, palabras y pensamientos experimente el gusto de tu Espíritu santo y bendito.

Dame, Señor, una fe plena, una esperanza firme y una ardiente caridad.

Que yo no ame a nadie contra tu voluntad, sino a todas las cosas en función de tu querer.

Rodéame de tu amor y de tu favor.

 

 

 

 

 

 

La despedida

de Tomás Moro a su hija,

de Edward Matthew Ward

Carol Gerten Fine Art

 

 

 

"Ten, pues, buen ánimo, hija mia, y no te preocupes por mí, sea lo que sea que me pase en este mundo. Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor".

*****

"Aunque estoy convencido, mi querida Margarita, de que la maldad de mi vida pasada es tal que merecería que Dios me abandonase del todo, ni por un momento dejaré de confiar en su inmensa bondad. Hasta ahora, su gracia santísima me ha dado fuerzas para postergarlo todo: las riquezas, las ganancias y la misma vida, antes de prestar juramento en contra de mi conciencia".

Santo Tomás Moro

Carta escrita en la cárcel a su hija Margarita

 

 

 

 

1. Santo Tomás Moro nació en Londres en 1477. De vasta cultura clásica se graduó en leyes. Contrajo matrimonio dos veces. Su brillante carrera culminó en 1529 cuando fue nombrado Canciller por Enrique VIII. Pero su oposición al divorcio del rey le obligó a renunciar al mismo tres años más tarde. Su firme rechazo a reconocer la supremacia espiritual del rey sobre el papa le condujo finalmente a la prisión en la Torre de Londres. Finalmente el 6 de julio de 1535 fue decapitado. Su fiesta se celebra el 22 de junio. Su ejemplo de político insobornable mereció que el 31 de octubre de 2000 fuera proclamado por Juan Pablo II, patrón de los gobernantes y políticos.

 

EL GUSTO DE VIVIR

                Felices los que saben reírse de sí mismos,

                porque nunca terminarán de divertirse.

                Felices los que saben distinguir una montaña de una piedrita,

                porque evitarán muchos inconvenientes.

                Felices los que saben descansar y dormir sin buscar excusas  porque

                llegarán a ser sabios.

                Felices los que saben escuchar y callar,

                porque aprenderán cosas nuevas.

                Felices los que son suficientemente inteligentes,

                como para no tomarse en serio,

                porque serán apreciados por quienes los rodean.

                Felices los que están atentos a las necesidades de los demás,

                sin sentirse indispensables,

                porque serán distribuidores de alegría.

                Felices los que saben mirar con seriedad las pequeñas cosas

                y tranquilidad las cosas grandes,

                porque irán lejos en la vida.

                Felices los que saben apreciar una sonrisa

                y olvidar un desprecio,

                porque su camino será pleno de sol.

                Felices los que piensan antes de actuar

                y rezan antes de pensar,

                porque no se turbarán por los imprevisible.

                Felices ustedes si saben callar y ójala sonreir

                cuando se les quita la palabra,

                se los contradice o cuando les pisan los pies,

                porque el Evangelio comienza a penetrar en su corazón.

                Felices ustedes si son capaces de interpretar

                siempre con benevolencia las actitudes de los demás

                aún cuando las apariencias sean contrarias.

                Pasarán por ingenuos: es el precio de la caridad.

                Felices sobretodo, ustedes,

                si saben reconocer al Señor en todos los que encuentran

                entonces habrán hallado la paz y la verdadera sabiduría. 

 

SANTO TOMAS DE MORO

Cortesía de http://www.enciclopediacatolica.com para la

BIBLIOTECA CATÓLICA DIGITAL

 

Tomás Moro, Santo

 

Santo, caballero, Lord Canciller de Inglaterra, escritor y mártir, nacido en Londres el 7 de febrero de 1477-78; ejecutado en Tower Hill, el 6 de julio de 1535.

Tomás fue el único superviviente de sir Juan Moro, abogado y luego juez, y de Agnes (Inés), su primera esposa, hija de Tomás Graunger. Siendo aún niño, Tomás ingresó al colegio de San Antonio en Threadneedle Street, el cual era conducido por Nicolás Holt, y a los trece años de edad fue colocado en la casa del cardenal Morton, Arzobispo de Canterbury, y Lord Canciller. Aquí, su carácter alegre e inteligencia atrajeron la atención del Arzobispo, que lo envió a Oxford, ingresando aproximadamente en el año 1492 a Canterbury Hall (luego absorbida por la Iglesia de Cristo). Su padre le entregó una cantidad de dinero apenas suficiente para vivir, y, por ello, no tuvo oportunidad de perder el tiempo en "vanos o perjudiciales entretenimientos" en detrimento de sus estudios. En Oxford se hizo amigo de Guillermo Grocyn y Tomás Linacre, éste último se convirtió en su primer profesor de griego. Sin ser nunca un riguroso estudiante, dominó el griego "gracias a su instinto de genio", como lo atestigua Pace (De fructu qui ex doctrina percipitur, 1517), quién agrega que "su elocuencia era incomparable y por doble partida, pues hablaba latín con la misma facilidad con el que lo hacía en su propio idioma". Además de los clásicos, estudió francés, historia y matemática, aprendiendo también a tocar la flauta y la viola. Después de dos años de residencia en Oxford, Moro fue convocado a Londres, ingresando a New Inn como estudiante de derecho, aproximadamente en 1494. En febrero de 1496 fue admitido como estudiante en Lincoln Inn, y tal como se esperaba, fue convocado a formar parte del tribunal externo, siendo luego nombrado juez de la corte. Sus grandes dotes empezaron a llamar positivamente la atención, por lo que los directores de Lincoln Inn lo nombraron "lector" o conferencista de derecho en Furnival´s Inn, siendo sus conferencias tan bien estimadas que su nombramiento fue renovado durante tres años consecutivos.

Sin embargo, queda claro que las leyes no absorbían todas las energías de Moro, pues mucho de su tiempo lo dedicó a las letras. Escribió poesías, tanto en latín como en inglés, una considerable cantidad de estas se ha conservado y son de muy buena calidad, aunque no especialmente notables. También se consagró de una manera especial a las obras de Pico de la Mirándola, cuya biografía publicó unos años después en ingles. Cultivó también el conocimiento de estudiosos y de hombres sabios y, a través de sus antiguos tutores, Grocyn y Linacre, quienes ahora vivían en Londres, hizo amistad con Colet, deán de San Pablo, y Guillermo Lilly, siendo ambos renombrados estudiosos. Colet se convirtió en el confesor de Moro, y Lilly rivalizaba con él en la traducción de epigramas de la Antología Griega al latín, luego reunidas y publicadas en 1518 (Progymnasnata T. More et Gul. Liliisodalium). En 1497 Moro conoció a Erasmo, probablemente en la casa de lord Mountjoy, alumno del gran estudioso y benefactor suyo. Esta amistad rápidamente se convirtió en íntima, y, durante su vida, Erasmo le hizo en varias ocasiones largas visita a Moro en su casa en Chelsea, y mantuvieron correspondencia de manera regular hasta que la muerte los separó. Además de leyes y de los Clásicos, Moro leyó con mucha atención a los Padres, dando en la Iglesia de San Laurencio Jewry, una serie de conferencias sobre la obra De civitate Dei de San Agustín, a las cuales asistieron muchos estudiosos, entre ellos Grocyn, el rector de la iglesia, es mencionado de manera expresa. Para estar a la altura de dicha asamblea, estas conferencias deben de haber sido preparadas con gran cuidado, pero, para nuestra mala suerte, ni siquiera un fragmento de las mismas ha llegado hasta nosotros. Estas conferencias fueron pronunciadas en algún momento entre 1499 y 1503, época en la que la mente de Moro estaba casi totalmente ocupada con la religión y la duda acerca de su propia vocación hacia el sacerdocio.

Esta época de su vida ha dado pie a muchos malentendidos entre sus varios biógrafos. Se sabe con certeza que vivió cerca de la Cartuja de Londres, y que, a menudo, se unía a los monjes en sus ejercicios espirituales. Usó un "cilicio, el cual nunca abandonó" (Cresacre Moro), y se dedicó a una vida de oración y penitencia. Su mente osciló durante un tiempo entre el unirse a los cartujos o a los franciscanos de la estricta observancia, órdenes que observaban la vida religiosa con gran exactitud y fervor. Finalmente, aparentemente con la aprobación de Colet, abandonó la idea de hacerse sacerdote o religioso, llegando a esta decisión debido a su desconfianza acerca de su perseverancia. Erasmo, su íntimo amigo y confidente, escribe acerca de esto lo siguiente (Epp. 447):

Entretanto, se aplicó por entero a los ejercicios de piedad con vistas a y considerando el sacerdocio, por medio de vigilias, ayunos, oraciones y austeridades similares. En estas materias demostró ser más prudente que la mayoría de los candidatos, que corren imprudentemente hacia esta difícil profesión sin probar antes sus capacidades. Lo único que le impidió entregarse a este tipo de vida fue el no poder sacarse de encima el deseo de la vida matrimonial. Por consiguiente, eligió ser un casto marido en vez de un sacerdote impuro.

La última frase de este pasaje ha dado pie para que algunos escritores, especialmente a Seebohm y a lord Campbell, para explayarse acerca de la supuesta corrupción de las órdenes religiosas en aquella época, diciendo que Moro, hastiado de esta corrupción, abandonó su deseo de entrar en religión. El padre Bridgett trata este tema con considerable longitud (Life and Writtings of Sir Thomas More, pp. 23-36), pero baste con decir que esta idea ha sido ahora dejada de lado, incluso por escritores no-católicos, como lo podemos ver en W.H. Hutton:

Es absurdo afirmar que Moro estaba hastiado de la corrupción monacal, y que 'consideraba a los monjes como una desgracia para la Iglesia'. Él fue durante toda su vida amigo cercano de las órdenes religiosas, y un gran admirador del ideal monástico. Él condenaba los vicios de los individuos; dijo, como su bisnieto declara, 'en esta época los religiosos en Inglaterra se han relajado un poco en la exacta observancia y fervor de espíritu'; pero no existe señal alguna de que su decisión para no optar por la vida monacal, se debiera a una ligera desconfianza a esta forma de vida, o a una aversión hacia la teología de la Iglesia.

Moro, luego de haber decidido no entrar en la vida religiosa, se dedicó a su trabajo en la corte, consiguiendo un éxito inmediato. En 1501 fue eligió como miembro del Parlamento, pero no conocemos su distrito electoral. En el abogó y se opuso a los crecidos e injustos impuestos que exigía el rey Enrique VII a sus súbditos por medio de sus agentes Empson y Dudley, siendo este último, Portavoz de la Cámara de los Comunes. A este Parlamento Enrique le exigió un impuesto de tres-quinceavos, aproximadamente 113,000 libras, pero, gracias a las protestas de Moro, los Comunes redujeron la suma a 30,000. Algunos años más tarde, Dudley dijo a Moro que su intrepidez le pudo haber costado la cabeza, pero, se salvó gracias a no haber agredido a la persona del rey. Pero, incluso así, Enrique se enfadó tanto con él que "tramó una pequeña causa en contra de su padre, encerrándolo en la Torre, hasta que pagó cien libras de fianza" (Roper). Entretanto, Moro había hecho amistad con un tal "Maister Juan Colte, un caballero" de Newhall, Essex, cuyo hija mayor, Juana, se casó con él en 1505. Roper escribe estas líneas acerca de su opción: "si bien su mente se dirigía hacia la segunda hija, pues la consideraba más agraciada y hermosa, consideró que eso causaría un gran pesar y algo de vergüenza a la mayor, al ver que su hermana menor era preferida como esposa antes que ella, por lo que, con gran pesar, empezó a dirigir su mente hacia ella", es decir, hacia la mayor de las tres hermanas. Este matrimonio resultó ser sumamente feliz; tuvieron tres hijas, Margarita, Isabel, y Cecilia, y un hijo, Juan; pero, en 1511, Juana Moro murió, siendo casi una niña. En el epitafio que el mismo Moro compuso veinte años después, la llama "uxorcula Mori", y en una carta de Erasmo, podemos encontrar casi todos los dones que conocemos de su mansa y agraciada personalidad.

Acerca de Moro, Erasmo nos ha dejado un maravilloso retrato en su famosa carta a Ulrich von Hutten, fechada el 23 de julio de 1519 (Epp. 447). La descripción es demasiado larga para darle en su totalidad, pero algunos extractos deben ser colocados aquí.

Voy ha comenzar por lo que menos conoces, no es alto de estatura, aunque tampoco chato. Sus extremidades están formadas con tan perfecta simetría, que no deja lugar a desear otra cosa. Su cutis es blanco, su cara es un poco pálida, pero nada rubicunda, un rubor débil de color rosa aparece bajo la blancura de su piel. Su pelo es color castaño oscuro o negro parduzco. Sus ojos son de un azul grisáceo, con algunas manchas, las cuales presagian un talento singular, y que entre los ingleses es considerado atractivo, aunque el alemán generalmente prefiere el negro. Se dice que nadie está tan libre de los vicios como él. Su semblante está en armonía con su carácter, siempre expresa una amable alegría, e incluso una risa incipiente y, para hablar con franqueza, está mejor condicionado para la alegría que para la gravedad o dignidad, aunque sin caer en la tontería o en bufonadas. Su hombro derecho es un poco más alto que el izquierdo, sobre todo cuando camina. Este no es un defecto de nacimiento, sino el resultado de un hábito, como los que solemos a menudo contraer. El resto de su persona no tiene nada que ofenda… Parece haber nacido e ideado para la amistad, y es un amigo muy fiel y paciente… Cuando encuentra alguien sincero y según su corazón, se complace tanto en su compañía y conversación que pone en él todo el encanto de la vida… En una palabra, si quieres un perfecto modelo de amistad, no lo encontrarás en nadie mejor que en Moro… En asuntos humanos no hay nada de lo que él no saque algo divertido, incluso de cosas que son serias. Si conversa con los sabios y juiciosos, se deleita en su talento, si con el ignorante y tonto, se deleita de su estupidez. Ni siquiera se ofende con los bromistas profesionales. Con una destreza maravillosa se acomoda a cada situación. Incluso con su propia esposa, como regla hablando con mujeres, habla con muchos chistes y bromas. Nadie es menos llevado por las opiniones de la muchedumbre, sin embargo, se aleja menos que nadie del sentido común… (véase Life, escrita por el padre Bridgett, pág., 56-60, para leer toda la carta).

Moro se casó nuevamente poco después la muerte de su primera esposa, optando esta vez por Alicia Middleton, una viuda. Ella era mayor que él por siete años, un alma buena, algo simple, sin belleza y educación; pero una buena ama de casa y se consagró al cuidado de los niños. En general, este matrimonio parece haber sido bastante satisfactorio, aunque la señora Moro normalmente no entendía los chistes de su marido.

La fama de Moro como abogado era, en esta época, muy grande. En 1510 fue nombrado alguacil menor de Londres, y cuatro años después, el cardenal Wolsey lo escogió para realizar una embajada a Flandes, para velar por los intereses de los comerciantes ingleses. Por este motivo, en 1515, estuvo fuera de Inglaterra durante más de seis meses. Durante este periodo realizó el primer boceto de su Utopía, obra famosa que fue publicada al año siguiente. Tanto el rey como Wolsey estaban deseosos por afianzar los servicios de Moro en la Corte. En 1516 se le concedió una pensión vitalicia de 100 libras, al año siguiente fue miembro de la embajada a Calais, y, más o menos por esa fecha, se convirtió en miembro del Consejo secreto. En 1519 renunció a su cargo de alguacil menor y se dedicó por completo a la Corte. En junio de 1520 ya pertenecía al séquito de Enrique en el "Campo de la Tela de Oro", en 1521 fue investido como caballero y el rey lo nombró tesorero subalterno. Cuando, al año siguiente, el emperador Carlos V visitó Londres, Moro fue elegido para darle unas palabras de bienvenida en latín; recibió tierras en Oxford y tres años después en Kent, siendo esto una prueba del gran favor que Enrique le tenía. En 1523 por recomendación de Wolsey, fue elegido Portavoz de la Cámara de los Comunes; en 1525 fue nombrado Administrador Mayor de la Universidad de Cambridge; y ese mismo año fue nombrado Canciller del Ducado de Lancaster, además de los cargos que ya tenía y ejercía. En 1523 Moro compró un trozo de tierra en Chelsea, en donde se construyó una mansión, aproximadamente a unos noventa metros del banco norte del Támesis, con un gran jardín que iba a lo largo del río. En ocasiones el rey se aparecía a cenar en esta casa sin ser esperado, o caminaba por el jardín rodeando con su brazo el cuello de Moro, disfrutando de su conversación. Pero Moro no se hacía ilusiones acerca del favor real del cual disfrutaba. "Si con mi cabeza consigue un castillo en Francia" —le dijo en 1525 a Roper, su yerno— "lo haría". En esta época la controversia luterana se había extendido a lo largo de Europa y, con algo de desgano, Moro se vio arrastrado en él. Sus escritos en defensa de la fe son mencionados en la lista de sus trabajos que damos a continuación, por lo que baste con decir que, si bien escribe con bastante más refinamiento que la mayoría de los escritores apologéticos de la época, en ellos hay cierto sabor desagradable para los lectores modernos. Al principio escribió en latín, pero cuando los libros de Tindal y otros reformadores ingleses empezaron a ser leídos por gente de todas las clases, adoptó el inglés como más útil a sus propósitos, haciéndolo así, dio no poca ayuda al desarrollo de la prosa inglesa.

En octubre de 1529, Moro sucedió a Wolsey como Canciller de Inglaterra, un cargo que nunca antes había sido ejercido por un seglar. En materias políticas no continuó con la línea de Wolsey, y su tenencia de la cancillería fue memorable por su justicia sin igual. Su diligencia era tal, que el suministro de causas quedaba realmente exhausto, hecho conmemorado en la famosa rima,

When More some time had Chancellor been

No more suits did remain.

The like will never more be seen,

Till More be there again.

(Cuando Moro por un tiempo fue Canciller

No quedaron juicios pendientes.

Algo así jamás será visto otra vez,

hasta que Moro esté nuevamente ahí).

Como canciller, su deber era velar por el cumplimiento de las leyes en contra de los herejes y por ello, se granjeó los ataques de escritores protestantes, tanto de su época como de tiempos posteriores. No hay necesidad de tratar este punto aquí, pero la actitud de Moro es clara. Él estuvo de acuerdo con los principios de las leyes en contra de los herejes, y no tenía dudas en hacer que se cumplieran. Como él mismo escribió en su "Apología" (cap. 49), eran los vicios de los herejes lo que él odiaba, y no a ellos como persona; y nunca llegó a extremos, antes de haber hecho todos los esfuerzos para lograr que fueran llevados ante él, para que se retractasen. Su éxito en esta empresa queda demostrado por el hecho de que sólo cuatro personas fueron multadas por herejía durante todo el tiempo en el que ejerció su cargo. La primera aparición pública de Moro como canciller fue en la apertura del nuevo Parlamento, en noviembre de 1529. Los relatos del discurso que pronunció en esta ocasión varían considerablemente, pero lo que sí queda bastante claro, es que él no tenía conocimiento alguno acerca de la serie de continuas intromisiones que este Parlamento haría en la Iglesia. Unos meses después, se dio la proclama real decretando que el clero debía reconocer a Enrique como "Cabeza Suprema" de la Iglesia "hasta donde la ley de Dios lo permitiera". Según el testimonio de Chapuy, Moro renunció a la cancillería en ese mismo instante, pero esta no fue aceptada. Su firme oposición a los planes de Enrique con respecto al divorcio, a la supremacía pontificia, y a las leyes en contra de los herejes, le hicieron perder con rapidez el favor real, y, en mayo de 1532, renunció a su cargo de Lord Canciller, después de ejercerlo durante menos de tres años. Esto significaba la pérdida de todos sus ingresos, salvo las 100 libras por año, las rentas por alguna propiedad que había comprado; pero él, con alegre indiferencia, redujo su estilo de vida para que esté de acuerdo a sus ingresos. El epitafio que escribió durante esta época para la tumba en la iglesia de Chelsea, dice que él pensaba consagrar los últimos años de su vida a prepararse para la otra vida.

Durante los siguientes dieciocho meses, Moro vivió aislado, dedicando bastante tiempo a los escritos apologéticos. Ansioso por evitar una ruptura pública con Enrique, guardó su distancia en la coronación de Ana Bolena, y cuando en 1533, Guillermo Rastell, su sobrino, escribió un folleto apoyando al Papa, el cual le fue atribuido a Moro, éste escribió a una carta a Cromwell, en la que negaba su participación y declaraba que conocía bastante bien sus obligaciones para con su rey, como para criticar sus políticas. Esta neutralidad, sin embargo, no satisfizo a Enrique, y el nombre de Moro fue incluido en el Decreto de Condenación enviado a los lords, contra la Doncella de Kent y sus amigos. Moro fue llevado ante cuatro miembros del Consejo, y se le preguntó el por qué de su negativa para aprobar la acción en contra del Papa de Enrique. Él contestó que ya había explicado esto al rey personalmente, y sin incurrir en su disgusto. Luego de un tiempo, en vistas a la gran popularidad de Moro, Enrique consideró que era conveniente borrar su nombre del Decreto de Condenación. Este hecho le mostró lo que podía suceder, pero, el Duque de Norfolk le advirtió personalmente del grave peligro en el que se encontraba, agregando: "indignatio principis mors est". "Si eso es todo, mi lord" —contestó Moro— "entonces, de buena fe, entre su gracia y yo, hay sólo una diferencia, que yo moriré hoy, y usted mañana". En marzo de 1534, el Acta de Sucesión fue aprobado, la cual obligaba a todos a hacer un juramento reconociendo a la prole de Enrique y Ana como herederos legítimos al trono, y además, incluía una cláusula en la que se repudiaba "cualquier autoridad extranjera, sea príncipe o potestad". El 14 de abril, Moro fue convocado por Lambeth, para que realizara su juramento y, al negarse, fue dado en custodia al Abad de Westminster. Cuatro días después, fue llevado a la Torre, y en noviembre fue condenado a prisión, acusado de traición. Las tierras que la corona le había entregado en 1523 y 1525 pasaron nuevamente a ser propiedad de la misma. En prisión padeció bastante por "su ya antigua enfermedad del pecho… por la grava, las piedras, y por las restricciones", pero su alegría habitual permanecía, y bromeaba con su familia y amigos siempre que le permitían verlos, mostrándose tan alegre como cuando estaba en Chelsea. Cuando estaba solo, pasaba el tiempo rezando y haciendo penitencia; escribió el "Diálogo sobre la consolación en la tribulación", tratado (inconcluso) sobre la Pasión de Cristo, y muchas cartas a su familia y a otros. En abril y mayo de 1535, Cromwell lo visitó para pedirle su opinión sobre los nuevos estatutos que le conferían a Enrique el título de Cabeza Suprema de la Iglesia. Moro se negó a dar cualquier respuesta más allá de declararse un súbdito fiel del rey. En junio, Rich, el procurador general, tuvo una conversación con Moro, y cuando presentó su informe de la misma, declaró que Moro había negado el poder del Parlamento para conferir la supremacía eclesiástica a Enrique. Fue en esta época en que se descubrió que Moro y Fisher, el Obispo de Rochester, habían intercambiado cartas mientras éste estaba en prisión, dando como resultado el que se le privara de todos los libros y materiales de escritura, pero él escribió a su esposa y a Margarita, su hija preferida, en trozos de papel desechados, con un palo carbonizado o pedazo de carbón.

El 1 de julio, Moro fue acusado de alta traición en Westminster Hall, ante una comisión especial conformada por veinte personas. Moro negó los cargos de la acusación, los cuales eran enormemente extensos, y denunció a Rich, el procurador general y principal testigo, de perjuro. El jurado lo declaró culpable y lo sentenció a ser colgado en Tyburn, pero, después de algunos días, Enrique cambió la sentencia, decretando que muera decapitado en Tower Hill. El relato de sus últimos días en la tierra, tal como lo narran Roper y Cresacre Moro, son de una gran belleza y ternura, y debe de ser leído en su totalidad; ciertamente, ningún mártir lo superó en fortaleza. Tal como Addison escribió en The Spectator (No. 349) "su inocente alegría, la cual siempre ha sobresalido durante su vida, no lo desamparó ni el último minuto… su muerte fue tal cual fue su vida. No hubo nada nuevo, forzado ni afectado. Él no veía su decapitación como una circunstancia que debía producirle algún cambio en su disposición fundamental". La ejecución tuvo lugar en Tower Hill "antes de las nueve en punto" del día 6 de julio, su cuerpo fue enterrado la iglesia de San Pedro ad vincula. Su cabeza, luego de ser sancochada, fue expuesta en el Puente de Londres durante un mes, hasta que Margarita Roper sobornó al encargado de tirarlo al río, para que se la entregara a ella. El último destino de esta reliquia es incierto, pero, en 1824, una caja de plomo fue hallada en la cripta de los Roper, en San Dunstan, Canterbury, la cual, al ser abierta, contenía una cabeza, la cual, se presume, pertenece a Moro. Los padres jesuitas en Stonyhurst, poseen una importante colección de pequeñas reliquias, la mayoría de ellas pertenecían al padre Tomás Moro S.J. (m. 1795), último heredero masculino del mártir. Éstos incluyen su sombrero, su birrete, su crucifijo de oro, un sello de plata, "George", y otros artículos. Su camisa de penitencia, la cual usó durante muchos años y envió a Margarita Roper el día antes de su martirio, es conservada por los canónigos agustinos de la Abadía de Leigh, en Devonshire, a quienes les fue confiada por Margarita Clements, la hija adoptiva de Tomás Moro. Varias cartas autógrafas se encuentran en el Museo británico. También existen varios retratos, siendo el mejor, el que realizó Holbein, el cual se encuentra entre las posesiones de E. Huth, Esq. Holbein también pintó a una gran cantidad de los miembros de su familia, pero este cuadro ha desaparecido, aunque el boceto original está en el Museo de Basilea, y una copia del siglo decimosexto se encuentra en propiedad de Lord St. Oswald. Tomás Moro fue beatificado por el Papa León XIII, en un Decreto emitido el 29 de diciembre de 1886. [Nota: En 1935, fue canonizado por el Papa Pío XI].

SUS ESCRITOS

Moro fue un agudo escritor y no poco de sus trabajos permanecieron manuscritos hasta unos años después de su muerte, mientras que otros se han perdido. De todos sus escritos, el más famoso es, sin duda alguna, Utopía, publicada por primera vez en Lovaina, en 1516. Esta obra narra los viajes ficticios de un tal Raphael Hythlodaye, un personaje mítico que, en el curso de un viaje a América, fue dejado en Cabo de Frío, y estuvo vagando hasta que, por casualidad, llegó a la Isla llamada Utopía ("ningún lugar") en la que encontró una sociedad ideal. Esta obra es un ejercicio de su imaginación, mezclado con una brillante sátira sobre el mundo en el que vivía. Algunos personajes reales, tales como Pedro Giles, el cardenal Morton, y el mismo Moro, toman parte en algunos diálogos con Hythlodaye, dándole así un aire realista, el cual, deja al lector confundido para determinar dónde acaba lo real y comienza lo ficticio, algo que ha llevado a no pocos a no tomar este libro en serio. Pero, esto es precisamente lo que Moro había planeado, y no queda duda de que él habría estado encantado al haber entrampado a Guillermo Morris, quien descubrió en esta obra todo un evangelio de socialismo; o al cardenal Zigliara, quien lo denunció como "no menos tonto que impío"; tal como debió de haber sucedido con sus contemporáneos, que se propusieron contratar una nave y mandar a misioneros a esta inexistente isla. El libro fue varias veces editado en su versión latina original y, al cabo de unos años, fue traducida al alemán, italiano, francés, holandés, español, e inglés.

Una edición reunida de sus trabajos en ingles fue publicada por Guillermo Rastell, su sobrino, en Londres, en 1557; nunca se ha reimpreso y ahora es un ejemplar poco común y costoso. La primera edición de la colección de sus trabajos en latín apareció en Basilea, en 1563; una colección más completa fue publicada en Lovaina en 1565, y nuevamente en 1566. En 1689 la edición más completa fue publicada en Frankfurt del Main, y en Leipzig. Después de Utopía estos son sus obras más importantes:

 

 

 

"Luciani Dialogi… compluria opuscula… ab Erasmo Roterodamo et Thoma Moro interpretibus optimis en el Latinorum lingua traducta…" (París, 1506);

 

 

 

 

"Here is conteigned the lyfe of John Picus, Earle of Mirandula…" (Londres, 1510);

 

 

 

"Historie of the pitiful life and unfortunate death of Edward the fifth and the then Duke of York his brother…", impreso de manera incompleta en "English Works" (1557) y reeditado y terminado con las Hall’s Chronicle, realizado por Wm. Sheares (Londres, 1641);

 

 

 

"Thomae Mori v.c. Dissertatio Epistolica de aliquot sui temporis theologastrorum ineptiis…" (Leyden, 1625);

 

 

 

Epigrammata...Thomae Mori Britanni, pleraque e Graecis versa. (Basilea, 1518); Eruditissimi viri Gul. Rossi Opus elegans quo pulcherrime retegit ac refellit insanas Lutheri calumnias (Londres, 1523), escrito por pedido de Enrique VIII, en respuesta a la respuesta de Lutero a la real obra "Defensio Septem Sacramentorum";

 

 

 

"A dyaloge of Syr Thomas More Knyght . . .of divers maters, as of the veneration and worshyp of ymages and relyques, praying to sayntys and goyng on pylgrymage…" (Londres,1529);

 

 

 

"The Supplycacyon of Soulys" (Londres, 1529[?]), escrito como respuesta a la obra de Fish "Supplication of the Beggars";

 

 

 

"Syr Thomas More's answer to the fyrste parte of the poysoned booke… named "The Souper of the Lorde"" (Londres, 1532);

 

 

 

"The Second parte of the Confutacion of Tyndal's Answere… " (Londres, 1533); estas dos obras juntas, conforman la más extensa de las obras escritas por Moro; además de Tindal, trata también en esta segunda parte sobre Robert Barnes;

 

 

 

"A Letter impugnynge the erronyouse wrytyng of John Fryth against the Blessed Sacrament of the Aultare" (Londres, 1533);

 

 

 

"The Apologye of Syr Thomas More, Hnyght, made by him anno 1533, after he had given over the office of Lord Chancellour of Englande" (Londres, 1533);

 

 

 

"The Debellacyon of Salem and Bizance" (Londres, 1533), una respuesta a la obra anónima titulada "Salem and Bizance", y revindicando el severo castigo de los herejes;

 

 

 

"A Dialogue of Comfort against Tribulation … " (Londres, 1553).

Entre las otras obras que se encuentran en el volumen reunido en los "Trabajos ingleses" tenemos estos que no han sido publicados previamente:

 

 

 

An unfinished treatise "uppon those words of Holy Scripture, 'Memorare novissima et in eternum non peccabis'", fechado en 1522;

 

 

 

"Treatise to receive the blessed Body of our Lorde, sacramentally and virtually both";

 

 

 

"Treatise upon the Passion" inconcluso;

 

 

 

"Certein devout and vertuouse Instruccions, Meditacions and Prayers";

 

 

 

 

Algunas cartas escritas desde la Torre, incluyendo sus emocionantes cartas a su hija Margarita.

G. ROGER HUDLESTON

Transcrito por Marie Jutras

Traducido por Bartolomé Santos

 

CARTA APOSTÓLICA

EN FORMA DE MOTU PROPRIO

PARA LA PROCLAMACIÓN DE SANTO TOMÁS MORO

COMO PATRONO DE LOS GOBERNANTES Y DE LOS POLÍTICOS

JUAN PABLO II

SUMO PONTÍFICE

PARA PERPETUA MEMORIA

 

1. De la vida y del martirio de santo Tomás Moro brota un mensaje que a través de los siglos habla a los hombres de todos los tiempos de la inalienable dignidad de la conciencia, la cual, como recuerda el Concilio Vaticano II, "es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella" (Gaudium et spes, 16). Cuando el hombre y la mujer escuchan la llamada de la verdad, entonces la conciencia orienta con seguridad sus actos hacia el bien. Precisamente por el testimonio, ofrecido hasta el derramamiento de su sangre, de la primacía de la verdad sobre el poder, santo Tomás Moro es venerado como ejemplo imperecedero de coherencia moral. Y también fuera de la Iglesia, especialmente entre los que están llamados a dirigir los destinos de los pueblos, su figura es reconocida como fuente de inspiración para una política que tenga como fin supremo el servicio a la persona humana.

Recientemente, algunos Jefes de Estado y de Gobierno, numerosos exponentes políticos, algunas Conferencias Episcopales y Obispos de forma individual, me han dirigido peticiones en favor de la proclamación de santo Tomás Moro como Patrono de los Gobernantes y de los Políticos. Entre los firmantes de esta petición hay personalidades de diversa orientación política, cultural y religiosa, como expresión de vivo y difundido interés hacia el pensamiento y la conducta de este insigne hombre de gobierno.

2. Tomás Moro vivió una extraordinaria carrera política en su País. Nacido en Londres en 1478 en el seno de una respetable familia, entró desde joven al servicio del Arzobispo de Canterbury Juan Morton, Canciller del Reino. Prosiguió después los estudios de leyes en Oxford y Londres, interesándose también por amplios sectores de la cultura, de la teología y de la literatura clásica. Aprendió bien el griego y mantuvo relaciones de intercambio y amistad con importantes protagonistas de la cultura renacentista, entre ellos Erasmo Desiderio de Rotterdam.

Su sensibilidad religiosa lo llevó a buscar la virtud a través de una asidua práctica ascética: cultivó la amistad con los frailes menores observantes del convento de Greenwich y durante un tiempo se alojó en la cartuja de Londres, dos de los principales centros de fervor religioso del Reino. Sintiéndose llamado al matrimonio, a la vida familiar y al compromiso laical, se casó en 1505 con Juana Colt, de la cual tuvo cuatro hijos. Juana murió en 1511 y Tomás se casó en segundas nupcias con Alicia Middleton, viuda con una hija. Fue durante toda su vida un marido y un padre cariñoso y fiel, profundamente comprometido en la educación religiosa, moral e intelectual de sus hijos. Su casa acogía yernos, nueras y nietos y estaba abierta a muchos jóvenes amigos en busca de la verdad o de la propia vocación. La vida de familia permitía, además, largo tiempo para la oración común y la lectio divina, así como para sanas formas de recreo hogareño. Tomás asistía diariamente a Misa en la iglesia parroquial, y las austeras penitencias que se imponía eran conocidas solamente por sus parientes más íntimos.

3. En 1504, bajo el rey Enrique VII, fue elegido por primera vez para el Parlamento. Enrique VIII le renovó el mandato en 1510 y lo nombró también representante de la Corona en la capital, abriéndole así una brillante carrera en la administración pública. En la década sucesiva, el rey lo envió en varias ocasiones para misiones diplomáticas y comerciales en Flandes y en el territorio de la actual Francia. Nombrado miembro del Consejo de la Corona, juez presidente de un tribunal importante, vicetesorero y caballero, en 1523 llegó a ser portavoz, es decir, presidente de la Cámara de los Comunes.

Estimado por todos por su indefectible integridad moral, la agudeza de su ingenio, su carácter alegre y simpático y su erudición extraordinaria, en 1529, en un momento de crisis política y económica del País, el Rey le nombró Canciller del Reino. Como primer laico en ocupar este cargo, Tomás afrontó un período extremadamente difícil, esforzándose en servir al Rey y al País. Fiel a sus principios se empeñó en promover la justicia e impedir el influjo nocivo de quien buscaba los propios intereses en detrimento de los débiles. En 1532, no queriendo dar su apoyo al proyecto de Enrique VIII que quería asumir el control sobre la Iglesia en Inglaterra, presentó su dimisión. Se retiró de la vida pública aceptando sufrir con su familia la pobreza y el abandono de muchos que, en la prueba, se mostraron falsos amigos.

Constatada su gran firmeza en rechazar cualquier compromiso contra su propia conciencia, el Rey, en 1534, lo hizo encarcelar en la Torre de Londres dónde fue sometido a diversas formas de presión psicológica. Tomás Moro no se dejó vencer y rechazó prestar el juramento que se le pedía, porque ello hubiera supuesto la aceptación de una situación política y eclesiástica que preparaba el terreno a un despotismo sin control. Durante el proceso al que fue sometido, pronunció una apasionada apología de las propias convicciones sobre la indisolubilidad del matrimonio, el respeto del patrimonio jurídico inspirado en los valores cristianos y la libertad de la Iglesia ante el Estado. Condenado por el tribunal, fue decapitado.

Con el paso de los siglos se atenuó la discriminación respecto a la Iglesia. En 1850 fue restablecida en Inglaterra la jerarquía católica. Así fue posible iniciar las causas de canonización de numerosos mártires. Tomás Moro, junto con otros 53 mártires, entre ellos el Obispo Juan Fisher, fue beatificado por el Papa León XIII en 1886. Junto con el mismo Obispo, fue canonizado después por Pío XI en 1935, con ocasión del IV centenario de su martirio.

4. Son muchas las razones a favor de la proclamación de santo Tomás Moro como Patrono de los Gobernantes y de los Políticos. Entre éstas, la necesidad que siente el mundo político y administrativo de modelos creíbles, que muestren el camino de la verdad en un momento histórico en el que se multiplican arduos desafíos y graves responsabilidades. En efecto, fenómenos económicos muy innovadores están hoy modificando las estructuras sociales. Por otra parte, las conquistas científicas en el sector de las biotecnologías agudizan la exigencia de defender la vida humana en todas sus expresiones, mientras las promesas de una nueva sociedad, propuestas con buenos resultados a una opinión pública desorientada, exigen con urgencia opciones políticas claras en favor de la familia, de los jóvenes, de los ancianos y de los marginados.

En este contexto es útil volver al ejemplo de santo Tomás Moro que se distinguió por la constante fidelidad a las autoridades y a las instituciones legítimas, precisamente porque en las mismas quería servir no al poder, sino al supremo ideal de la justicia. Su vida nos enseña que el gobierno es, antes que nada, ejercicio de virtudes. Convencido de este riguroso imperativo moral, el Estadista inglés puso su actividad pública al servicio de la persona, especialmente si era débil o pobre; gestionó las controversias sociales con exquisito sentido de equidad; tuteló la familia y la defendió con gran empeño; promovió la educación integral de la juventud. El profundo desprendimiento de honores y riquezas, la humildad serena y jovial, el equilibrado conocimiento de la naturaleza humana y de la vanidad del éxito, así como la seguridad de juicio basada en la fe, le dieron aquella confiada fortaleza interior que lo sostuvo en las adversidades y frente a la muerte. Su santidad, que brilló en el martirio, se forjó a través de toda una vida entera de trabajo y de entrega a Dios y al prójimo.