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SANTO
TOMÁS MORO (obras completas) (1478-1535) Mártir
Inglés, patrono de los Gobernantes y Políticos - Canonizado en 1935 Fiesta
22 de junio Agonía
de Cristo Utopía Oración
de Santo Tomás Moro El
Gusto de Vivir Biografía Carta
apostólica de Juan Pablo II proclamando a Santo
Tomás Moro como Patrono de los gobernantes y
de los políticos Santo
Tomás Moro por Antonio Sicari Santo
Tomás Moro, político y mártir Sobre
sus escritos... Tomás
Moro, por Manuel Lizcano LA AGONÍA DE CRISTO Por
Santo Tomás Moro I.
Sobre la Tristeza, aflicción, miedo y
oración de Cristo antes de ser capturado Oración
y mortificación con Cristo La
Angustia de Cristo ante la muerte La
Humanidad de Cristo ¿Cómo
es nuestra oración? La
oración de Cristo La
voluntad de Dios Padre Para
que veamos el camino La
perspectiva del martirio Los
Apóstoles se duermen mientras el traidor conspira "¿Por
qué dormís?" "Levantaos
y orad" Cristo
sigue siendo entregado en la historia Judas,
Apóstol y traidor Conducta
de Cristo con el traidor Libertad
de Cristo en su captura, pasión y muerte El
fin de Judas. II.
Sobre la oreja sajada de Malco, la
fuga de los discípulos y la captura de Cristo Furia
y celo de Pedro Cristo
corrige al Apóstol Malco,
figura de la razón humana El
poder de las tinieblas La
fuga de los discípulos Desprendimiento
y perseverancia La
captura de Cristo Gentileza
de http://www.hernandarias.edu.ar/ceiboysur/ para
la BIBLIOTECA CATÓLICA DIGITAL TOMÁS
MORO UTOPÍA LA
MEJOR FORMA DE COMUNIDAD POLÍTICA Y LA NUEVA ISLA DE UTOPÍA Librito
de oro, tan saludable como festivo, compuesto por el muy ilustre TOMÁS
MORO ciudadano
y sheriff de la muy noble ciudad de Londres. Documentos
introductorios Carta
del editor Erasmo al impresor Juan Froben. Carta
de Guillermo Budé a Tomás Lupser. Sexteto
de Anemolio. Alfabeto
de la lengua utopiana. Carta
de Pedro Gilles, coeditor, a J. Busleiden. Carta
de Tomás Moro a Pedro Gilles. Mapa
idealizado de Utopía. ERASMO
DE ROTTERDAM Saluda
a Juan Froben, padre carísimo de su ahijado
Sabes muy bien que siempre me ha agradado sobre manera todo lo que se refiere a
mi amigo Moro. Sin embargo, la misma amistad que nos une, me obliga a
desconfiar un tanto de mi propio juicio. Por otra parte, veo cómo todos
los espíritus cultivados suscriben unánimemente mis palabras. E incluso,
admiran con más ardor el genio divino de este autor. Y lo hacen movidos
no por un mayor afecto, sino por un espíritu crítico más justo. Todo lo
cual me hace aplaudir sin reserva el juicio que he emitido y no dudar en
proclamarlo abiertamente. ¡Que
no hubieran realizado esas admirables dotes naturales, si un espíritu como el
suyo se hubiere formado en Italia, se hubiera consagrado totalmente a las musas,
y hubiese podido -lo diré claramente- dejar que sus frutos llegarán a la
madurez del otoño! Los epigramas fueron su divertimentocuando todavía era
joven, qué digo, cuando casi era un niño. Al menos en su mayor parte.
Jamás salió de Inglaterra, su patria, a excepción de dos veces, cuando, en
nombre del rey, desempeñó una misión diplomática en Flandes. Además de
sus deberes de esposo, de sus cuidados domésticos, de las obligaciones
impuestas por sus cargos oficiales y la avalancha de causas que instruye, su
atención está dominada por los asuntos de Estado, tan numerosos e importantes
que uno se maravilla de que encuentre placer en los libros. Por
este motivo te envié sus Epigramas y su Utopía. Estoy seguro que, si es
de tu gusto, la impresión con tus caracteres les dará una calidad que por sí
sola será su mejor recomendación al mundo y a la posteridad. Tal
es, en efecto, la reputación de tus talleres que, si se sabe que un libro es de
la Casa Froben, consiguen enseguida el favor de los eruditos. Mis
mejores deseos para ti y para tu excelente suegro, para tu mujer tan amable y
tus hijos tan dulces y cariñosos. En cuanto a Erasmo, ese ahijado que nos
une, nacido, como quien dice, en el seno de las bellas artes, haz que sea
instruido en las mejores letras. Lovaina,
25 de agosto, 1517 GUILLERMO
BUDE Saluda
a su amigo inglés, Thomas Lupset Querido
Lupset: ¿Cómo
no estar infinitamente reconocido a ti, el más erudito de todos los
jóvenes? Al enviarme la UTOPÍA de Thomas Moro, has hecho que fije mi
atención en una obra de lectura sumamente agradable, y que, al mismo tiempo, no
dudo será provechosa. Hace
ya tiempo, y correspondiendo a un vivo deseo mío, me enviaste los seis libros
titulados El Arte de conservar la salud, deThomas Linacre, -Este médico, que
domina a la perfección el griego y el latín, no ha mucho tradujo al latín
algunas obras de Galeno. Y lo ha hecho con tal fidelidad que, si todas
las obras de este autor -que, a mi juicio, constituyen un compendio de la
medicina- se tradujeran al latín, creo que la escuela de los médicos no tendría
necesidad de conocer el griego. He hojeado con avidez el manuscrito de
Linacre y te estoy sumamente agradecido por habérmelo prestado el tiempo
suficiente como para sacar de él gran provecho. Pero me prometo un mayor
favor todavía de la edición impresa que preparas actualmente en los talleres de
esta nuestra ciudad. Sólo
por este título ya me creía lo suficientemente obligado. Pero hay
más. Como apéndice a tu anterior generosidad me das ahora la famosa
Utopía de Moro, ese espíritu tan singular y penetrante, ese hombre de carácter
tan afable, y sabio tan consumado en el gusto por las cosas humanas. Mientras
recorría el campo, entregado a mis negocios o dando órdenes a mis criados, no
he dejado de las manos este libro. (Sabes, en parte por ti mismo y en parte por
haber llegado a tus oídos, que desde hace dos años me vengo dedicando
intensamente a mi labranza). Pues bien, tan impresionado quedé por su
lectura, por el conocimiento y análisis de las costumbres e instituciones de
los utopianos, que comencé a descuidar mis intereses familiares estando en un
tris de abandonarlos. Toda la ciencia económica y sus aplicaciones me
parecían puras naderías. Y si he de decirte toda la verdad, lo mismo me
parecía incluso el afán de acumular sus beneficios. Nadie, sin embargo,
deja de ver que todos los humanos están aguijoneados por este afán, como si
tuvieran dentro un tábano. Estuve a punto de decir -y nadie lo negará que
la ciencia y la praxis del derecho no tiene más que este fin: excitar a unos
contra otros con una habilidad movida por la envidia y provocar a aquellos que
están unidos por los lazos de la convivencia y a veces también por los de la
sangre. Todos parecen estar en connivencia -parte con las leyes, parte con
los juristas- para robar y apropiarse lo ajeno, para arrebatar, sonsacar, roer,
usurpar, estrujar, esquilmar, chupar, chantajear, raptar, saquear, escamotear,
estafar, engañar, y ocultar. Estos procedimientos han venido a ser tanto
más comunes cuanto más se ha invocado la autoridad de eso que se llama derecho,
tanto civil como pontificio. Nadie deja de ver que tales procedimientos y
principios han contribuido a reforzar la idea de que los hombres hábiles en
«cauciones» o mejor en «captaciones», los buitres al acecho de ciudadanos
ingenuos, habilísimos muñidores de fórmulas hechas y de redes de incautos, los
fautores de procesos y los consejeros de un derecho controvertido, pervertido e
invertido, son considerados como los pontífices de la justicia y de la
equidad. Sólo ellos son dignos de formular un juicio sobre lo que es
justo y bueno. Y lo que es más absurdo todavía, de determinar con autoridad
y poder públicos lo que cada uno puede o no poseer, y en qué medida y por
cuánto tiempo. Y todo ello, a juicio de un sentido común víctima de
alucinaciones. Pues la mayoría de nosotros, cegados por las legañas
espesas de la ignorancia, juzgamos que nuestra causa es tanto más justa cuanto
mejor corresponde a los deseos de la ley y se apoya en ella. Si
quisiéramos medir los derechos según la regla de la verdad y las exigencias de
la simplicidad evangélica, nadie sería tan estúpido ni tan insensato que no
viera esto: hoy día, y, desde hace mucho tiempo, el derecho y la legalidad en
las decisiones pontificias, en las leyes civiles y en los decretos reales se
aparta tanto de los principios de Cristo, creador de las cosas humanas, como
las costumbres de sus discípulos se apartan de las sentencias y decretos de los
que cifran su felicidad y el bien supremo en los tesoros acumulados por Creso y
Midas. Tan
es así, que, si quisiéramos, hoy día, definir la justicia -los antiguos autores
se complacían en definirla como la virtud que atribuye a cada uno su derecho-,
no la encontraríamos en ninguna parte de la vía pública. 0 tendríamos que
admitir que es -si así puedo llamarla- una especie de distribuidora de
raciones. Para ello no tienes más que ver las costumbres de los que están
en el poder. 0 las disposiciones mutuas de los habitantes de una misma ciudad o
de un mismo país. A
no ser que estas personas pretendan que este derecho nace de una justicia
fundamental, tan antigua como el mundo, y que llaman derecho natural. Una
justicia, según la cual, cuanto más fuerte es un hombre, más derecho tiene a
poseer. ¡Y cuanto más posee, más derecho tiene a estar por encima de sus
conciudadanos! Vemos ya, en efecto, que en el Derecho de gentes se
reconoce a individuos incapaces de prestar un servicio a sus conciudadanos y
compatriotas en el ejercicio de una profesión digna. Pues se les considera
hábiles e indispensables para mantener la trama de las obligaciones y la red de
contratos que sostienen el patrimonio de los propietarios. Mientras
tanto, el pueblo ignorante y los que se dedican al cultivo de las letras
alejados del foro, bien sea por sus gustos o llevados por amor a la verdad,
consideran a éstos unas veces como nudos gordianos y otras como vulgares
charlatanes. Estos individuos, repito, perciben los tributos de milesdesus
conciudadanos, y con frecuencia los de ciudades enteras e incluso
mayores. Pues bien, estos individuos, por decirlo de alguna manera, son
llamados unas veces ricos, otras gente honrada y otras hombres de negocios con
talento. Y,
no sólo esto, en épocas y en pueblos en que las leyes y las costumbres han
establecido que un hombre tiene tanto más crédito y autoridad cuanto más
patrimonio ha acumulado, su heredero goza de los mismos favores. Y el
proceso de acumulación crece más a medida que los hijos y luego los nietos y
los bisnietos rivalizan entre sí por hacer suyo con brillantes adquisiciones el
patrimonio recibido de sus mayores. En otras palabras, a medida que alejan
más y más a los vecinos, los allegados, los parientes y consanguíneos. Pero
Cristo, creador y dispensador de todo bien, después de haber legado a sus
seguidores una comunidad pitagórica y la caridad, nos dejó un ejemplo
espléndido- la pena de muerte a Ananías, culpable de haber infringido la «ley
de comunión» o de la amistad. Al instituir esta ley, Cristo abrogó, sin
duda, al menos entre los suyos, todos los volúmenes de argucias de nuestro
Derecho civil y canónico. Ese Derecho que es considerado hoy como la
ciudadela de la sabiduría y regulador de nuestros destinos. No
sucede afortunadamente lo mismo en la isla de Utopía -llamada también
Udepotía-, si es que damos crédito a lo que se nos cuenta. La isla está
imbuida de los principios y normas cristianos y de la auténtica y verdadera
sabiduría tanto en la vida pública como en la privada. Hasta el día de hoy
ha preservado esta sabiduría en toda su integridad, pues mantiene por medio de
una constante y dura batalla, los tres principios divinos siguientes: La
igualdad de los bienes y de los males entre los ciudadanos. 0 si se prefiere:
la ciudadanía completa de todas las clases. El amor constante y tenaz de
la paz y de la tranquilidad. Finalmente, el desprecio del oro y de la
plata. Como se ve, tres antídotos contra todos los fraudes, las impostoras,
los embustes, engaños y maquinaciones. ¡Ah,
si los cielos -haciendo honor a su nombre- hubieran fijado con los clavos de
una convicción sólida estos tres principios de la legislación utopiana en el
espíritu de todos los mortales! Entonces habrían caído por tierra
impotentes el orgullo, la avaricia y la envidia insensata. Y en pos de
ellos las demás flechas mortíferas del adversario infernal. Y la inmensa
turba de libros de Derecho, que acapara hasta el ataúd la atención de tantos
espíritus inteligentes y sólidos, seria devorada por la carcoma o estaría
destinada a servir como papel de envolver en las tiendas. Decidme,
¡por los dioses inmortales! ¿Cuál pudo ser la santidad de los utopianos para
que pudieran merecer esa dicha de origen divino? ¿Qué hizo para no ver jamás ni
la avaricia ni el ansia desmedida de las cosas? ¿Cómo pudo forzar la entrada en
esa isla afortunada o introducirse furtivamente -para burlarse de la justicia y
del sentido del honor y a fuerza de desvergüenza e insolencia echarlos fuera?
¡Si el Dios altísimo y bondadoso tuviera a bien conceder esto mismo a las
regiones que a su nombre añaden un adjetivo derivado de su santo nombre y al
que están consagradas. Entonces, ciertamente, la avaricia y la rapacidad
que envilece y degrada a tantos espíritus -sin ella tan nobles y excelentes-
desaparecería para siempre y volvería la Edad de Oro, la edad de Saturno. Hay
el peligro, sin embargo, de pensar que Aratos y los poetas se equivocaron al
situar en el Zodiaco el lugar de refugio de la justicia al abandonar la
tierra. Ha de estar en la isla de Utopía -si hemos de creer las palabras
de Hitlodeo- y que no ha llegado todavía al cielo. Por lo que a mí
respecta, mis estudios me han permitido descubrir que Utopía se encuentra
situada fuera de los límites del mundo conocido. Es sin duda, una de las
Islas afortunadas, muy cerca, quizás, de los campos Elíseos. (El mismo Hitlodeo
-según confiesa Moro- no dio a conocer su posición ni sus fronteras
precisas). Está dividida en múltiples ciudades, si bien todas ellas están
animadas de un mismo espíritu y forman una única ciudad, llamada
Hagnópolis. Esta se asienta sobre sus costumbres y sus bienes. Es
feliz en su inocencia e, incluso, de alguna manera, en su vida celeste.
Aunque está situada bajo el cielo, no por ello se encuentra menos alejada de
las bajezas del mundo conocido. Un mundo que camina al precipicio entre
el ajetreo y el afán tan febril y violento como vano e inútil de los humanos,
origen de todos los desórdenes. A
Tomás Moro, en efecto, debemos esta isla. Ha sido él quien ha propuesto a
nuestro tiempo el ejemplo de una vida feliz con la invitación a vivirla.
El mismo atribuye su descubrimiento a Hitlodeo, fuente principal de su
relato. Hemos de suponer que este último es el arquitecto de la Ciudad de
los Utopianos, y el iniciador de sus costumbres e instituciones. Es decir
que fue allí para tener pruebas de que existe entre ellos esa vida feliz y
transmitirla a nosotros. Pero a Moro se debe el haber dado a la isla y a
sus instituciones el lustre de su estilo y elocuencia. Él aplicó a la
ciudad de los hagnopolitanos, la regla y la plomada para darle el
acabado. Ha sido él quien ha añadido todos los elementos que dan a una
obra grandiosa su esplendor y su belleza, sin olvidar, claro está, el prestigio,
aun cuando en su ejecución no haya reivindicado para sí mismo más que el papel
de cantero. Tenía
escrúpulo, en efecto, de arrogarse en esta obra el papel principal. Y ello
para que Hitlodeo no se quejara, con justicia, de que Moro se hubiera apoderado
y deflorado prematuramente su gloria, caso de ocurrírsele alguna vez escribir
sus aventuras. Temía, naturalmente, que -Hitlodeo -que se había decidido
apermanecer en la isla de Utopía- reapareciera un día en personay quedara
descontento y avergonzado por una indelicadeza que, a la postre, no te
proporcionaba a él más que una gloria despojada de su flor, caso de
descubrirse. ¡Así piensan los hombres honestos y sabios! El
testimonio de Pedro Gilles, de Amberes, me ha hecho confiar plenamente en Moro,
persona ya de por sí grave y que goza de una gran autoridad. Y aunque no
conozco a Gilles en persona -de momento paso por alto la recomendación que le
hacen su ciencia y su personalidad- le amo por la amistad que le ha jurado
Erasmo. Ese hombre ilustre, benemérito de las letras tanto sagradas como
profanas, y con quien hace mucho tiempo formé una asociación de amigos,
consagrada por una correspondencia recíproca. Mis
mejores deseos para ti, queridísimo Lupset. Haz también llegar, y hazlo
pronto, mis saludos -sea de viva voz sea por medio de una carta- a Linacre,
lumbrera británica en todo lo que se refiere a las bellas artes. Yo
espero que será tanto tuya como mía. Es, en efecto, una de esas raras
personas con cuya aprobación me gustaría contar, si la pudiera merecer.
Pues durante su estancia entre nosotros se ganó totalmente mi estima y la de
Juan Ruelle, mi amigo y compañero de estudios. Lo que más admito en él
son sus conocimientos superiores y su método de trabajo riguroso, cualidades
que querría imitar. Quisiera
también que presentaras a Moro mis fervientes saludos -sea por carta o, como ya
dije, de viva voz-. Su nombre ya ha sido registrado en el más sagrado
libro de Minerva con mi pensamiento y mis palabras. Y su isla de Utopía,
en el Nuevo Mundo, es para mi objeto de afecto y veneración soberanos. Nuestro
tiempo y los tiempos venideros encontrarán en su historia un semillero de
hermosas y útiles instituciones. De ella cada uno sacará costumbres y
usos que podrá importar y adaptar a su propia ciudad. Con
mis mejores deseos. París,
31 de julio 1517 Sexteto
de Anemolio, poeta laureado, sobrino de Hitlodeo, por parte de su
hermana. Me
llamaron los antiguos, por
insólita, Utopía. Competidora
de aquella ciudad
que Platón pensara y
vencedora quizá, pues
lo que en ella tan sólo en
las letras se esbozara, superélo
yo con creces en
personas y en recursos y
al dictar mejores leyes. Siendo
así que deberían, en
justicia, desde ahora, darme
el nombre de Eutopía. ALFABETO
DE LOS UTOPIANOS CUARTETO
EN LENGUA VERNÁCULA DE LOS UTOPIANOS TRADUCCIÓN
LITERAL DE ESTE POEMA No
siendo ínsula, ínsula me hizo Utopus,
el que fuera mi caudillo. Y
de todas las tierras separada, inicié
mi andadura sin doctrinas, mas
al fin conseguí dar a los hombres la
ciudad filosófica anhelada. Complaciente
reparto yo mis dones, y,
humilde, sé aceptar de buena gana los
ajenos que estimo superiores. PEDRO
GILLES de
Amberes, saluda al muy ilustre maestro Jerónimo Busleiden, Presbote
de Aire y consejero del Rey católico, Carlos: Muy
honorable Busleiden: En días pasados recibí de Tomás Moro, a quien ya conoces
-y gloria eximia de nuestro tiempo, como tú puedes testificar- la Isla de
Utopía. Es todavía poco conocida pero merecería serlo tanto y más que la
Repúblicade Platón. Moro la presenta, describe y ofrece a nuestras
miradas con tal elocuencia que, a cada lectura, me parece varia un poco mejor
que cuando, junto con el mismo Moro, oía resonar en mis oídos las palabras de Rafael
Hitlodeo. He
de confesar que este último estaba dotado de rara elocuencia. Al exponer
su narración, mostraba a las claras que no refería hechos de oídas sino tomados
de la realidad, como sucedidos ante sus ojos, puesto que se había visto
envuelto en ellos durante mucho tiempo. A mi juicio, su conocimiento de
pueblos, de hombres y de cosas le hace superior al mismo Ulises. Pienso,
en efecto, que en estos últimos ochocientos años ninguna parte del mundo ha
visto nacer a nadie semejante. Comparado con él, Vespucci no parece haya
visto gran cosa. Por otra parte, si bien es cierto que contamos mejor lo
que vivimos que lo que oímos, nuestro hombre poseía el don particular de los
detalles. Sin
embargo, cuando aparecen ante mi vista las escenas pintadas por el pincel de
Moro, quedo tan emocionado que me parece estar, realmente, en Utopía. Me
inclinaría a creer, que el mismo Rafael vio menos cosas en esta isla, durante
los cinco años pasados en ella, que las que nos hace ver la descripción de
Moro. No sé, en efecto, qué admirar más entre tantas maravillas: si la
memoria más fiel y feliz, que ha sido capaz de repetir palabra a palabra
multitud de observaciones solamente de oídas, o la sagacidad con que ha sabido
descubrir las fuentes, ignoradas del vulgo, de donde nacen todos los males que
aquejan a la comunidad política, o de donde podrían surgir todos los bienes. 0
la fuerza expresiva del lenguaje que, en un latín tan puro y con expresiones
tan fuertes, da cohesión a tantas cosas. Y ello teniendo en cuenta que
Moro es un hombre disperso en todos los sentidos, tanto por los asuntos
públicos como por los cuidados domésticos. Pero,
sapientísimo Busleiden, ¿pueden extrañar todos estos que por una amistad
continuada y casi familiar, conoces profundamente las dotes sobrehumanas y casi
divinas de este hombre? Nada, en efecto, puedo añadir a lo escrito por
él. Solamente he añadido un cuarteto en la lengua vernáculo de los
utopianos. Este poema me lo mostró Hitlodeo, después de partir
Moro. Le he antepuesto el alfabeto de este pueblo. Por lo demás, he
añadido, también, unas pequeñas anotaciones en los márgenes. En
cuanto a la situación de la isla, que tanto preocupa a Moro, no se le olvidó a
Rafael. Hay que reconocer, sin embargo, que sólo lo hizo de pasada e
incidentalmente, como si reservara este tema para otro lugar. Un
desgraciado accidente, pudo privarnos a ambos de este detalle. En efecto,
cuando Rafael se disponía a hablar de él, se le acercó uno de sus criados para
decirle no sé qué al oído. Y, en cuanto a mí, que era todo oídos para
escuchar, alguno de los asistentes, que sin duda se había resfriado en un viaje
por mar, tosió tan fuerte que me impidió percibir algunas palabras del que
hablaba. No he de parar, sin embargo, hasta conseguir una información completa
sobre este punto. Ello me permitirá transmitimos con la mayor precisión,
no sólo la situación de su isla, sino su altura con relación al polo. ¡Contando
naturalmente, que nuestro Hitlodeo esté sano y salvo! Varios
son, en efecto, los rumores que circulan al respecto. Unos afirman que
desapareció en ruta. Otros que volvió felizmente a su patria. Otros,
finalmente, sospechan que volvió otra vez a la isla, en parte porque no
soportaba el estilo de vida de los suyos. Y en parte porque le atormentaba
el deseo de volver a ver Utopía. En
cuanto a la objeción de que esta isla no se encuentra en ningún cosmógrafo, ya
el mismo Hitlodeo dio buena cuenta de ella. Es muy posible que, según él,
haya cambiado el nombre desde entonces. 0 bien, que esta isla haya escapado a
su atención, de la misma manera que hoy día aparecen nuevas tierras, no
conocidas de los antiguos geógrafos. Pero, ¿a qué conduce cargar con
tantas razones de credibilidad de la narración, teniendo como tenernos a Moro
por autor? Por
lo demás, alabo y reconozco la modestia del autor ante sus dudas por la
publicación del libro. No me parece digno que esta obra deba estar más
tiempo sin imprimir. Merece
que salga y pase a manos de todos los hombres. Mayormente si es tu
mecenazgo el que la recomienda, sea porque las dotes de Moro son
particularmente evidentes a tus ojos, o porque nadie es más apto que tú para
aportar un juicio severo a los asuntos públicos. Sabido es que desde
muchos años estás entregado a ellos, y que tu prudencia e integridad te han acarreado
los mejores elogios. Mis
mejores deseos para el mecenas de los estudios y la gloria de este tiempo. Amberes,
1 de noviembre, 1516 TOMAS
MORO saluda
a Pedro Gilles: Mi
querido Pedro Gilles: Mucho
que me avergüenza enviarte, con el retraso de casi un año, este librito sobre
la república utopiana. Sin duda lo esperabas en el plazo de seis
semanas. Sabías, en efecto, que no me quedaba nada por inventar ni ordenar
en esta obra. Sólo me faltaba redactar lo que tú y yo juntos habíamos
oído de labios de Rafael. No
había tampoco razón alguna para pulir el estilo. Primero, porque era
imposible reproducir la palabra de un hombre que repentizaba e
improvisaba. Y después, lo sabéis muy bien, porque su léxico era más bien
el de un hombre menos versado en latín que en griego. Mi única
preocupación era y sigue siendo que cuanto más me acercase en el decir a su
descuidada naturalidad, más cercano estaría a la verdad. Confesaré,
pues, mi querido Pedro, que después de todos estos preparativos ya no me
quedaba casi nada por hacer. No ignoras que la invención del tema y su
disposición son suficientes para ocupar el tiempo y la dedicación de cualquier
espíritu brillante e ilustrado. Si además hubiera de añadir la elegancia
al rigor del lenguaje, te confieso que jamás habría rematado mi intento, por
mucho tiempo y dedicación que te hubiere consagrado. Libre
ya de estas tensiones que tanto hacen sudar, era mínimo lo que me quedaba. No
tenía, pues, dificultad alguna para escribir con sencillez lo oído. Y sin
embargo, todas las demás cosas parecen conjurarse para no dejarme un momento,
ni siquiera un momento cuando trato de acabar este asuntillo. No hay día
que no tenga que defender pleitos o asistir -a ellos. Unas
veces hago de árbitro, otras las resuelvo como juez. Visito a unos y a
otros tanto por compromisos como en función de mi cargo. Paso casi toda
la jornada fuera de casa. Y el resto lo dedico a los míos, sin que para mí,
es decir, para mis aficiones literarias, me quede nada. Una
vez vuelto a casa hay que hablar con la mujer, hacer gracias a los hijos,
cambiar impresiones con los criados. Todo ello forma parte de mi vida,
cuando hay que hacerlo, y hay que hacerlo a no ser que quieras ser extraño en
tu propia casa. Hay que entregarse a aquellos que la naturaleza, el
destino o uno mismo ha elegido como compañeros. Y te has de comportar con
la mayor amabilidad, atento siempre a no corromperlos por una excesiva
familiaridad. Y, si de criados se trata, evitar que una demasiada
indulgencia, los convierta en señores. Así
discurren los días, los meses, los años. ¿Cuándo, pues, escribir? Y hazte
cuenta que no he mencionado el sueño, ni siquiera la comida, que para muchos
consume tanto tiempo como el sueño. ¡Y éste roba casi la mitad de la vida! En
cuanto a mí, sólo dispongo del tiempo que hurto al sueño y a la comida. Y
esto, que aunque poco, es algo, ha hecho que terminara al fin Utopía. Ahí
te la envío, mi querido Pedro, para que la leas y me digas si algo se me ha
pasado por alto, Pues aunque sobre este punto no desconfío totalmente de mí
-ojalá tuviera algún talento y saber, pues memoria no me falta- no llego, sin
embargo, a creer que no se me haya podido escapar algo. Mi
paje Juan Clemente me ha dejado muy perplejo. (Sabes, en efecto, que él también
asistió a la conversación. No consiento que esté ausente de una
conversación de la que puede sacar algún provecho. Pues de este tallo de
trigo todavía verde en las letras griegas y latinas, me prometo algún día una
cosecha extremadamente hermosa.) Creo recordar que Hitlodeo nos dijo que el
puente de Amaurota, que atraviesa el río Anhidro, tenía quinientos pasos de
largo. Mi paje Juan pretende que hay que quitar doscientos, pues la
anchura del ríoen este lugar no pasa de los trescientos. Recuerda este
detalle, por favor. Pues si tú estás de acuerdo con él, yo me plegaré a
vosotros y reconoceré haberme equivocado. Pero si no te acuerdas ya de
nada, me atendré a mi primera redacción, que me parece más conforme a lo que yo
recuerdo. Trataré con todas mis fuerzas de evitar que el libro diga algo
falso. Por tanto, caso de dudar en algún punto, prefiero decir una
mentira a mentir, pues prefiero ser honrado u honesto a prudente. De todos
modos, no será difícil poner remedio, si se lo preguntas a Rafael, bien de viva
voz -si todavía está por ahí-, bien por carta. -Y harás bien en hacerlo, a
causa de cualquier otro detalle, y que ignoro si su falta se debe a mí, a ti o
a Rafael. No se nos ocurrió preguntar, ni Rafael pensó en decírnoslo, en
qué parte del Nuevo Mundo está situada Utopía. Daría mi modesta fortuna
para que no se produjera tal omisión. Y
me avergüenza no saber en qué mar se encuentra una isla sobre la que doy tantos
detalles. Pues varias personas de estos pagos -y sobre todo un hombre
piadosísimo, teólogo de profesión- arden en deseos de dirigirse a
Utopía. Les arrastra no una vana curiosidad de ver cosas nuevas, sino el
deseo de despertar nuestra religión que tan buenos comienzos tuvo allí.
Para proceder canónicamente, este nuestro teólogo pidió del Pontífice ser
enviado y nombrado obispo de los Utopianos. No se paró en barras ante el
escrúpulo de solicitar para sí mismo este episcopado. Considera como una
santa ambición un proyecto nacido no del deseo de honores o de riquezas, sino
de una profunda piedad. Por
todo esto, te ruego, mi querido Pedro, insistas ante Hitlodeo, sea de viva voz,
si lo puedes hacer fácilmente, sea por escrito, si está ausente, para que por
todos los medios, mi obra no contenga error alguno, ni le falte nada de
verdad. Me pregunto incluso si no seríaútil presentarle el libro.
Nadie más indicado que él para realizar las correcciones pertinentes. Y
sólo podrá hacerlo leyendo lo que he escrito. Por ello, podrás saber
además si le agrada mi idea, o si no ve con buenos ojos el que yo haya escrito
esta obra. Quiero decir que si se ha decidido a escribir la historia de
sus aventuras, quizás no quiera -y yo tampoco lo querría- que yo divulgue los
secretos de la república de los utopianos o que estropee su historia privándose
de la gloria que reporta la novedad. Aunque,
a decir verdad, ni yo mismo estoy muy seguro de quererla publicar. Pues
los paladares de los mortales son tan distintos, sus molieras tan torpes, los
espíritus tan desagradecidos y los juicios tan absurdos, que no me parece
descaminado imitar a aquellos que mantienen su buen humor y su sonrisa
abandonándose a su inclinación natural. Seria mejor que imitar a los que
se molestan por publicar algo que pueda ser útil o agradable a seres ingratos y
que no se contentan con nada. La
mayoría no conoce la literatura, y muchos la desprecian. El bárbaro
rechaza como difícil lo que no es totalmente bárbaro. Los
sabihondos desprecian como vulgar lo que no está sembrado de arcaísmos. A
algunos sólo les gustan las obras clásicas, y, a la mayor parte, las suyas
propias. Este es tan sombrío que no admite bromas; aquél tan insulso que
carece del sentido del humor. Los hay tan tomos que huyen -cual perro
rabioso del agua- de todo lo que sabe a humor. Otros son tan inestables
que su juicio cambia de estar sentados a estar de pie. Estos
se sientan en las tabernas, y entre vaso y vaso emiten sus juicios sobre el
talento de los escritores. Desde lo alto de su autoridad y a su antojo
los condenan y dan tirones a sus escritos, como si les tiraran del
cabello. Mientras tanto, ellos están bien resguardados y, como dice el
proverbio, «fuera de, tiro». Pues estos hombres tienen la piel tan fina y tan
afeitada que no les queda ni un pelo por donde se les pueda coger. Hay,
finalmente, seres tan desagradecidos que aunque la obra les deleite mucho, su
autor les deja indiferentes. Se parecen a esos invitados mal educados,
que, después de haber comido opíparamente, se van de casa hartos sin dar las
gracias a su anfitrión. ¡Y ahora disponte a preparar un banquete a tus expensas
para gente con un paladar tan delicado, de sustos tan variados, y de corazón
tan sensible a la gratitud y al recuerdo de las atenciones! De
todos modos, mi querido Pedro, trata con Hitlodeo lo que te acabo de
decir. Tendremos tiempo después para revisar este proyecto. Aunque se
hará, si este es su deseo, y, aunque tarde lo veo ahora, tenga que morir por el
trabajo de redactarlo. Por lo que respecta a editarlo, seguiré el consejo
de los amigos, y sobre todo el tuyo. Adiós,
queridísimo Pedro Gilles. Mis mejores deseos para ti y tu excelente
esposa. Quiéreme como me quieres, pues mi cariño por ti es mayor cada día. SANTO
TOMÁS MORO [1] (1478-1535) DAME
SEÑOR Dame,
Señor, un poco de sol, algo
de trabajo y un poco de alegría. Dame
el pan de cada día, un poco de mantequilla, una buena digestión y algo para
digerir. Dame
una manera de ser que ignore el aburrimiento, los lamentos y los suspiros. No
permitas que me preocupe demasiado por
esta cosa embarazosa que soy yo. Dame,
Señor, la dosis de humor suficiente como para encontrar la felicidad en esta
vida y ser provechoso para los demás. Que
siempre haya en mis labios una canción, una poesía o una historia para
distraerme. Enséñame
a comprender los sufrimientos y
a no ver en ellos una maldición. Concédeme
tener buen sentido, pues
tengo mucha necesidad de él. Señor,
concédeme la gracia, en
este momento supremo de miedo y angustia, de recurrir al gran miedo y
a la asombrosa angustia que tú experimentaste en el Monte de los Olivos antes
de tu pasión. Haz
que a fuerza de meditar tu agonía, reciba
el consuelo espiritual necesario para
provecho de mi alma. Concédeme,
Señor, un espíritu abandonado, sosegado, apacible, caritativo, benévolo, dulce
y compasivo. Que
en todas mis acciones, palabras y pensamientos experimente el gusto de tu
Espíritu santo y bendito. Dame,
Señor, una fe plena, una esperanza firme y una ardiente caridad. Que
yo no ame a nadie contra tu voluntad, sino a todas las cosas en función de tu
querer. Rodéame
de tu amor y de tu favor. La
despedida de
Tomás Moro a su hija, de Edward Matthew Ward Carol Gerten Fine Art "Ten,
pues, buen ánimo, hija mia, y no te preocupes por mí, sea lo que sea que me
pase en este mundo. Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que él
quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor". ***** "Aunque
estoy convencido, mi querida Margarita, de que la maldad de mi vida pasada es
tal que merecería que Dios me abandonase del todo, ni por un momento dejaré de
confiar en su inmensa bondad. Hasta ahora, su gracia santísima me ha dado
fuerzas para postergarlo todo: las riquezas, las ganancias y la misma vida,
antes de prestar juramento en contra de mi conciencia". Santo
Tomás Moro Carta
escrita en la cárcel a su hija Margarita 1.
Santo Tomás Moro nació en Londres en 1477. De vasta cultura clásica se graduó
en leyes. Contrajo matrimonio dos veces. Su brillante carrera culminó en 1529
cuando fue nombrado Canciller por Enrique VIII. Pero su oposición al divorcio
del rey le obligó a renunciar al mismo tres años más tarde. Su firme rechazo a
reconocer la supremacia espiritual del rey sobre el papa le condujo finalmente
a la prisión en la Torre de Londres. Finalmente el 6 de julio de 1535 fue
decapitado. Su fiesta se celebra el 22 de junio. Su ejemplo de político
insobornable mereció que el 31 de octubre de 2000 fuera proclamado por Juan
Pablo II, patrón de los gobernantes y políticos. EL
GUSTO DE VIVIR
Felices los que saben reírse de sí mismos,
porque nunca terminarán de divertirse.
Felices los que saben distinguir una montaña de una piedrita,
porque evitarán muchos inconvenientes.
Felices los que saben descansar y dormir sin buscar excusas porque
llegarán a ser sabios.
Felices los que saben escuchar y callar,
porque aprenderán cosas nuevas.
Felices los que son suficientemente inteligentes,
como para no tomarse en serio,
porque serán apreciados por quienes los rodean.
Felices los que están atentos a las necesidades de los demás,
sin sentirse indispensables,
porque serán distribuidores de alegría.
Felices los que saben mirar con seriedad las pequeñas cosas
y tranquilidad las cosas grandes,
porque irán lejos en la vida.
Felices los que saben apreciar una sonrisa
y olvidar un desprecio,
porque su camino será pleno de sol.
Felices los que piensan antes de actuar
y rezan antes de pensar,
porque no se turbarán por los imprevisible.
Felices ustedes si saben callar y ójala sonreir
cuando se les quita la palabra,
se los contradice o cuando les pisan los pies,
porque el Evangelio comienza a penetrar en su corazón.
Felices ustedes si son capaces de interpretar
siempre con benevolencia las actitudes de los demás
aún cuando las apariencias sean contrarias.
Pasarán por ingenuos: es el precio de la caridad.
Felices sobretodo, ustedes,
si saben reconocer al Señor en todos los que encuentran
entonces habrán hallado la paz y la verdadera sabiduría. SANTO
TOMAS DE MORO Cortesía
de http://www.enciclopediacatolica.com para la BIBLIOTECA
CATÓLICA DIGITAL Tomás
Moro, Santo Santo,
caballero, Lord Canciller de Inglaterra, escritor y mártir, nacido en Londres
el 7 de febrero de 1477-78; ejecutado en Tower Hill, el 6 de julio de 1535. Tomás
fue el único superviviente de sir Juan Moro, abogado y luego juez, y de Agnes
(Inés), su primera esposa, hija de Tomás Graunger. Siendo aún niño, Tomás
ingresó al colegio de San Antonio en Threadneedle Street, el cual era conducido
por Nicolás Holt, y a los trece años de edad fue colocado en la casa del
cardenal Morton, Arzobispo de Canterbury, y Lord Canciller. Aquí, su carácter
alegre e inteligencia atrajeron la atención del Arzobispo, que lo envió a
Oxford, ingresando aproximadamente en el año 1492 a Canterbury Hall (luego
absorbida por la Iglesia de Cristo). Su padre le entregó una cantidad de dinero
apenas suficiente para vivir, y, por ello, no tuvo oportunidad de perder el
tiempo en "vanos o perjudiciales entretenimientos" en detrimento de
sus estudios. En Oxford se hizo amigo de Guillermo Grocyn y Tomás Linacre, éste
último se convirtió en su primer profesor de griego. Sin ser nunca un riguroso
estudiante, dominó el griego "gracias a su instinto de genio", como
lo atestigua Pace (De fructu qui ex doctrina percipitur, 1517), quién agrega
que "su elocuencia era incomparable y por doble partida, pues hablaba
latín con la misma facilidad con el que lo hacía en su propio idioma".
Además de los clásicos, estudió francés, historia y matemática, aprendiendo
también a tocar la flauta y la viola. Después de dos años de residencia en
Oxford, Moro fue convocado a Londres, ingresando a New Inn como estudiante de
derecho, aproximadamente en 1494. En febrero de 1496 fue admitido como
estudiante en Lincoln Inn, y tal como se esperaba, fue convocado a formar parte
del tribunal externo, siendo luego nombrado juez de la corte. Sus grandes dotes
empezaron a llamar positivamente la atención, por lo que los directores de
Lincoln Inn lo nombraron "lector" o conferencista de derecho en
Furnival´s Inn, siendo sus conferencias tan bien estimadas que su nombramiento
fue renovado durante tres años consecutivos. Sin
embargo, queda claro que las leyes no absorbían todas las energías de Moro,
pues mucho de su tiempo lo dedicó a las letras. Escribió poesías, tanto en
latín como en inglés, una considerable cantidad de estas se ha conservado y son
de muy buena calidad, aunque no especialmente notables. También se consagró de
una manera especial a las obras de Pico de la Mirándola, cuya biografía publicó
unos años después en ingles. Cultivó también el conocimiento de estudiosos y de
hombres sabios y, a través de sus antiguos tutores, Grocyn y Linacre, quienes
ahora vivían en Londres, hizo amistad con Colet, deán de San Pablo, y Guillermo
Lilly, siendo ambos renombrados estudiosos. Colet se convirtió en el confesor
de Moro, y Lilly rivalizaba con él en la traducción de epigramas de la
Antología Griega al latín, luego reunidas y publicadas en 1518 (Progymnasnata
T. More et Gul. Liliisodalium). En 1497 Moro conoció a Erasmo, probablemente en
la casa de lord Mountjoy, alumno del gran estudioso y benefactor suyo. Esta
amistad rápidamente se convirtió en íntima, y, durante su vida, Erasmo le hizo
en varias ocasiones largas visita a Moro en su casa en Chelsea, y mantuvieron
correspondencia de manera regular hasta que la muerte los separó. Además de
leyes y de los Clásicos, Moro leyó con mucha atención a los Padres, dando en la
Iglesia de San Laurencio Jewry, una serie de conferencias sobre la obra De
civitate Dei de San Agustín, a las cuales asistieron muchos estudiosos, entre
ellos Grocyn, el rector de la iglesia, es mencionado de manera expresa. Para
estar a la altura de dicha asamblea, estas conferencias deben de haber sido
preparadas con gran cuidado, pero, para nuestra mala suerte, ni siquiera un
fragmento de las mismas ha llegado hasta nosotros. Estas conferencias fueron
pronunciadas en algún momento entre 1499 y 1503, época en la que la mente de
Moro estaba casi totalmente ocupada con la religión y la duda acerca de su
propia vocación hacia el sacerdocio. Esta
época de su vida ha dado pie a muchos malentendidos entre sus varios biógrafos.
Se sabe con certeza que vivió cerca de la Cartuja de Londres, y que, a menudo,
se unía a los monjes en sus ejercicios espirituales. Usó un "cilicio, el
cual nunca abandonó" (Cresacre Moro), y se dedicó a una vida de oración y
penitencia. Su mente osciló durante un tiempo entre el unirse a los cartujos o
a los franciscanos de la estricta observancia, órdenes que observaban la vida
religiosa con gran exactitud y fervor. Finalmente, aparentemente con la
aprobación de Colet, abandonó la idea de hacerse sacerdote o religioso,
llegando a esta decisión debido a su desconfianza acerca de su perseverancia.
Erasmo, su íntimo amigo y confidente, escribe acerca de esto lo siguiente (Epp.
447): Entretanto,
se aplicó por entero a los ejercicios de piedad con vistas a y considerando el
sacerdocio, por medio de vigilias, ayunos, oraciones y austeridades similares.
En estas materias demostró ser más prudente que la mayoría de los candidatos,
que corren imprudentemente hacia esta difícil profesión sin probar antes sus
capacidades. Lo único que le impidió entregarse a este tipo de vida fue el no
poder sacarse de encima el deseo de la vida matrimonial. Por consiguiente,
eligió ser un casto marido en vez de un sacerdote impuro. La
última frase de este pasaje ha dado pie para que algunos escritores,
especialmente a Seebohm y a lord Campbell, para explayarse acerca de la
supuesta corrupción de las órdenes religiosas en aquella época, diciendo que
Moro, hastiado de esta corrupción, abandonó su deseo de entrar en religión. El
padre Bridgett trata este tema con considerable longitud (Life and Writtings of
Sir Thomas More, pp. 23-36), pero baste con decir que esta idea ha sido ahora
dejada de lado, incluso por escritores no-católicos, como lo podemos ver en
W.H. Hutton: Es
absurdo afirmar que Moro estaba hastiado de la corrupción monacal, y que
'consideraba a los monjes como una desgracia para la Iglesia'. Él fue durante
toda su vida amigo cercano de las órdenes religiosas, y un gran admirador del
ideal monástico. Él condenaba los vicios de los individuos; dijo, como su
bisnieto declara, 'en esta época los religiosos en Inglaterra se han relajado
un poco en la exacta observancia y fervor de espíritu'; pero no existe señal
alguna de que su decisión para no optar por la vida monacal, se debiera a una
ligera desconfianza a esta forma de vida, o a una aversión hacia la teología de
la Iglesia. Moro,
luego de haber decidido no entrar en la vida religiosa, se dedicó a su trabajo
en la corte, consiguiendo un éxito inmediato. En 1501 fue eligió como miembro
del Parlamento, pero no conocemos su distrito electoral. En el abogó y se opuso
a los crecidos e injustos impuestos que exigía el rey Enrique VII a sus
súbditos por medio de sus agentes Empson y Dudley, siendo este último, Portavoz
de la Cámara de los Comunes. A este Parlamento Enrique le exigió un impuesto de
tres-quinceavos, aproximadamente 113,000 libras, pero, gracias a las protestas
de Moro, los Comunes redujeron la suma a 30,000. Algunos años más tarde, Dudley
dijo a Moro que su intrepidez le pudo haber costado la cabeza, pero, se salvó
gracias a no haber agredido a la persona del rey. Pero, incluso así, Enrique se
enfadó tanto con él que "tramó una pequeña causa en contra de su padre,
encerrándolo en la Torre, hasta que pagó cien libras de fianza" (Roper).
Entretanto, Moro había hecho amistad con un tal "Maister Juan Colte, un caballero"
de Newhall, Essex, cuyo hija mayor, Juana, se casó con él en 1505. Roper
escribe estas líneas acerca de su opción: "si bien su mente se dirigía
hacia la segunda hija, pues la consideraba más agraciada y hermosa, consideró
que eso causaría un gran pesar y algo de vergüenza a la mayor, al ver que su
hermana menor era preferida como esposa antes que ella, por lo que, con gran
pesar, empezó a dirigir su mente hacia ella", es decir, hacia la mayor de
las tres hermanas. Este matrimonio resultó ser sumamente feliz; tuvieron tres
hijas, Margarita, Isabel, y Cecilia, y un hijo, Juan; pero, en 1511, Juana Moro
murió, siendo casi una niña. En el epitafio que el mismo Moro compuso veinte
años después, la llama "uxorcula Mori", y en una carta de Erasmo,
podemos encontrar casi todos los dones que conocemos de su mansa y agraciada
personalidad. Acerca
de Moro, Erasmo nos ha dejado un maravilloso retrato en su famosa carta a
Ulrich von Hutten, fechada el 23 de julio de 1519 (Epp. 447). La descripción es
demasiado larga para darle en su totalidad, pero algunos extractos deben ser
colocados aquí. Voy
ha comenzar por lo que menos conoces, no es alto de estatura, aunque tampoco
chato. Sus extremidades están formadas con tan perfecta simetría, que no deja
lugar a desear otra cosa. Su cutis es blanco, su cara es un poco pálida, pero
nada rubicunda, un rubor débil de color rosa aparece bajo la blancura de su
piel. Su pelo es color castaño oscuro o negro parduzco. Sus ojos son de un azul
grisáceo, con algunas manchas, las cuales presagian un talento singular, y que
entre los ingleses es considerado atractivo, aunque el alemán generalmente
prefiere el negro. Se dice que nadie está tan libre de los vicios como él. Su
semblante está en armonía con su carácter, siempre expresa una amable alegría, e
incluso una risa incipiente y, para hablar con franqueza, está mejor
condicionado para la alegría que para la gravedad o dignidad, aunque sin caer
en la tontería o en bufonadas. Su hombro derecho es un poco más alto que el
izquierdo, sobre todo cuando camina. Este no es un defecto de nacimiento, sino
el resultado de un hábito, como los que solemos a menudo contraer. El resto de
su persona no tiene nada que ofenda… Parece haber nacido e ideado para la
amistad, y es un amigo muy fiel y paciente… Cuando encuentra alguien sincero y
según su corazón, se complace tanto en su compañía y conversación que pone en
él todo el encanto de la vida… En una palabra, si quieres un perfecto modelo de
amistad, no lo encontrarás en nadie mejor que en Moro… En asuntos humanos no
hay nada de lo que él no saque algo divertido, incluso de cosas que son serias.
Si conversa con los sabios y juiciosos, se deleita en su talento, si con el
ignorante y tonto, se deleita de su estupidez. Ni siquiera se ofende con los
bromistas profesionales. Con una destreza maravillosa se acomoda a cada
situación. Incluso con su propia esposa, como regla hablando con mujeres, habla
con muchos chistes y bromas. Nadie es menos llevado por las opiniones de la
muchedumbre, sin embargo, se aleja menos que nadie del sentido común… (véase
Life, escrita por el padre Bridgett, pág., 56-60, para leer toda la carta). Moro
se casó nuevamente poco después la muerte de su primera esposa, optando esta
vez por Alicia Middleton, una viuda. Ella era mayor que él por siete años, un
alma buena, algo simple, sin belleza y educación; pero una buena ama de casa y
se consagró al cuidado de los niños. En general, este matrimonio parece haber
sido bastante satisfactorio, aunque la señora Moro normalmente no entendía los
chistes de su marido. La
fama de Moro como abogado era, en esta época, muy grande. En 1510 fue nombrado
alguacil menor de Londres, y cuatro años después, el cardenal Wolsey lo escogió
para realizar una embajada a Flandes, para velar por los intereses de los
comerciantes ingleses. Por este motivo, en 1515, estuvo fuera de Inglaterra
durante más de seis meses. Durante este periodo realizó el primer boceto de su
Utopía, obra famosa que fue publicada al año siguiente. Tanto el rey como
Wolsey estaban deseosos por afianzar los servicios de Moro en la Corte. En 1516
se le concedió una pensión vitalicia de 100 libras, al año siguiente fue
miembro de la embajada a Calais, y, más o menos por esa fecha, se convirtió en
miembro del Consejo secreto. En 1519 renunció a su cargo de alguacil menor y se
dedicó por completo a la Corte. En junio de 1520 ya pertenecía al séquito de
Enrique en el "Campo de la Tela de Oro", en 1521 fue investido como
caballero y el rey lo nombró tesorero subalterno. Cuando, al año siguiente, el emperador
Carlos V visitó Londres, Moro fue elegido para darle unas palabras de
bienvenida en latín; recibió tierras en Oxford y tres años después en Kent,
siendo esto una prueba del gran favor que Enrique le tenía. En 1523 por
recomendación de Wolsey, fue elegido Portavoz de la Cámara de los Comunes; en
1525 fue nombrado Administrador Mayor de la Universidad de Cambridge; y ese
mismo año fue nombrado Canciller del Ducado de Lancaster, además de los cargos
que ya tenía y ejercía. En 1523 Moro compró un trozo de tierra en Chelsea, en
donde se construyó una mansión, aproximadamente a unos noventa metros del banco
norte del Támesis, con un gran jardín que iba a lo largo del río. En ocasiones
el rey se aparecía a cenar en esta casa sin ser esperado, o caminaba por el
jardín rodeando con su brazo el cuello de Moro, disfrutando de su conversación.
Pero Moro no se hacía ilusiones acerca del favor real del cual disfrutaba.
"Si con mi cabeza consigue un castillo en Francia" —le dijo en 1525 a
Roper, su yerno— "lo haría". En esta época la controversia luterana
se había extendido a lo largo de Europa y, con algo de desgano, Moro se vio
arrastrado en él. Sus escritos en defensa de la fe son mencionados en la lista
de sus trabajos que damos a continuación, por lo que baste con decir que, si
bien escribe con bastante más refinamiento que la mayoría de los escritores
apologéticos de la época, en ellos hay cierto sabor desagradable para los
lectores modernos. Al principio escribió en latín, pero cuando los libros de
Tindal y otros reformadores ingleses empezaron a ser leídos por gente de todas
las clases, adoptó el inglés como más útil a sus propósitos, haciéndolo así,
dio no poca ayuda al desarrollo de la prosa inglesa. En
octubre de 1529, Moro sucedió a Wolsey como Canciller de Inglaterra, un cargo
que nunca antes había sido ejercido por un seglar. En materias políticas no
continuó con la línea de Wolsey, y su tenencia de la cancillería fue memorable
por su justicia sin igual. Su diligencia era tal, que el suministro de causas
quedaba realmente exhausto, hecho conmemorado en la famosa rima, When More some time had Chancellor been No more suits did remain. The like will never more be seen, Till More be there again. (Cuando
Moro por un tiempo fue Canciller No
quedaron juicios pendientes. Algo
así jamás será visto otra vez, hasta
que Moro esté nuevamente ahí). Como
canciller, su deber era velar por el cumplimiento de las leyes en contra de los
herejes y por ello, se granjeó los ataques de escritores protestantes, tanto de
su época como de tiempos posteriores. No hay necesidad de tratar este punto
aquí, pero la actitud de Moro es clara. Él estuvo de acuerdo con los principios
de las leyes en contra de los herejes, y no tenía dudas en hacer que se
cumplieran. Como él mismo escribió en su "Apología" (cap. 49), eran
los vicios de los herejes lo que él odiaba, y no a ellos como persona; y nunca
llegó a extremos, antes de haber hecho todos los esfuerzos para lograr que
fueran llevados ante él, para que se retractasen. Su éxito en esta empresa queda
demostrado por el hecho de que sólo cuatro personas fueron multadas por herejía
durante todo el tiempo en el que ejerció su cargo. La primera aparición pública
de Moro como canciller fue en la apertura del nuevo Parlamento, en noviembre de
1529. Los relatos del discurso que pronunció en esta ocasión varían
considerablemente, pero lo que sí queda bastante claro, es que él no tenía
conocimiento alguno acerca de la serie de continuas intromisiones que este
Parlamento haría en la Iglesia. Unos meses después, se dio la proclama real
decretando que el clero debía reconocer a Enrique como "Cabeza
Suprema" de la Iglesia "hasta donde la ley de Dios lo
permitiera". Según el testimonio de Chapuy, Moro renunció a la cancillería
en ese mismo instante, pero esta no fue aceptada. Su firme oposición a los
planes de Enrique con respecto al divorcio, a la supremacía pontificia, y a las
leyes en contra de los herejes, le hicieron perder con rapidez el favor real,
y, en mayo de 1532, renunció a su cargo de Lord Canciller, después de ejercerlo
durante menos de tres años. Esto significaba la pérdida de todos sus ingresos,
salvo las 100 libras por año, las rentas por alguna propiedad que había
comprado; pero él, con alegre indiferencia, redujo su estilo de vida para que
esté de acuerdo a sus ingresos. El epitafio que escribió durante esta época
para la tumba en la iglesia de Chelsea, dice que él pensaba consagrar los
últimos años de su vida a prepararse para la otra vida. Durante
los siguientes dieciocho meses, Moro vivió aislado, dedicando bastante tiempo a
los escritos apologéticos. Ansioso por evitar una ruptura pública con Enrique,
guardó su distancia en la coronación de Ana Bolena, y cuando en 1533, Guillermo
Rastell, su sobrino, escribió un folleto apoyando al Papa, el cual le fue
atribuido a Moro, éste escribió a una carta a Cromwell, en la que negaba su
participación y declaraba que conocía bastante bien sus obligaciones para con
su rey, como para criticar sus políticas. Esta neutralidad, sin embargo, no
satisfizo a Enrique, y el nombre de Moro fue incluido en el Decreto de
Condenación enviado a los lords, contra la Doncella de Kent y sus amigos. Moro
fue llevado ante cuatro miembros del Consejo, y se le preguntó el por qué de su
negativa para aprobar la acción en contra del Papa de Enrique. Él contestó que
ya había explicado esto al rey personalmente, y sin incurrir en su disgusto.
Luego de un tiempo, en vistas a la gran popularidad de Moro, Enrique consideró
que era conveniente borrar su nombre del Decreto de Condenación. Este hecho le
mostró lo que podía suceder, pero, el Duque de Norfolk le advirtió
personalmente del grave peligro en el que se encontraba, agregando:
"indignatio principis mors est". "Si eso es todo, mi lord"
—contestó Moro— "entonces, de buena fe, entre su gracia y yo, hay sólo una
diferencia, que yo moriré hoy, y usted mañana". En marzo de 1534, el Acta
de Sucesión fue aprobado, la cual obligaba a todos a hacer un juramento
reconociendo a la prole de Enrique y Ana como herederos legítimos al trono, y
además, incluía una cláusula en la que se repudiaba "cualquier autoridad
extranjera, sea príncipe o potestad". El 14 de abril, Moro fue convocado
por Lambeth, para que realizara su juramento y, al negarse, fue dado en
custodia al Abad de Westminster. Cuatro días después, fue llevado a la Torre, y
en noviembre fue condenado a prisión, acusado de traición. Las tierras que la
corona le había entregado en 1523 y 1525 pasaron nuevamente a ser propiedad de
la misma. En prisión padeció bastante por "su ya antigua enfermedad del
pecho… por la grava, las piedras, y por las restricciones", pero su
alegría habitual permanecía, y bromeaba con su familia y amigos siempre que le
permitían verlos, mostrándose tan alegre como cuando estaba en Chelsea. Cuando
estaba solo, pasaba el tiempo rezando y haciendo penitencia; escribió el
"Diálogo sobre la consolación en la tribulación", tratado
(inconcluso) sobre la Pasión de Cristo, y muchas cartas a su familia y a otros.
En abril y mayo de 1535, Cromwell lo visitó para pedirle su opinión sobre los
nuevos estatutos que le conferían a Enrique el título de Cabeza Suprema de la
Iglesia. Moro se negó a dar cualquier respuesta más allá de declararse un
súbdito fiel del rey. En junio, Rich, el procurador general, tuvo una
conversación con Moro, y cuando presentó su informe de la misma, declaró que
Moro había negado el poder del Parlamento para conferir la supremacía
eclesiástica a Enrique. Fue en esta época en que se descubrió que Moro y
Fisher, el Obispo de Rochester, habían intercambiado cartas mientras éste
estaba en prisión, dando como resultado el que se le privara de todos los
libros y materiales de escritura, pero él escribió a su esposa y a Margarita,
su hija preferida, en trozos de papel desechados, con un palo carbonizado o
pedazo de carbón. El
1 de julio, Moro fue acusado de alta traición en Westminster Hall, ante una
comisión especial conformada por veinte personas. Moro negó los cargos de la
acusación, los cuales eran enormemente extensos, y denunció a Rich, el
procurador general y principal testigo, de perjuro. El jurado lo declaró
culpable y lo sentenció a ser colgado en Tyburn, pero, después de algunos días,
Enrique cambió la sentencia, decretando que muera decapitado en Tower Hill. El
relato de sus últimos días en la tierra, tal como lo narran Roper y Cresacre
Moro, son de una gran belleza y ternura, y debe de ser leído en su totalidad;
ciertamente, ningún mártir lo superó en fortaleza. Tal como Addison escribió en
The Spectator (No. 349) "su inocente alegría, la cual siempre ha sobresalido
durante su vida, no lo desamparó ni el último minuto… su muerte fue tal cual
fue su vida. No hubo nada nuevo, forzado ni afectado. Él no veía su
decapitación como una circunstancia que debía producirle algún cambio en su
disposición fundamental". La ejecución tuvo lugar en Tower Hill
"antes de las nueve en punto" del día 6 de julio, su cuerpo fue
enterrado la iglesia de San Pedro ad vincula. Su cabeza, luego de ser
sancochada, fue expuesta en el Puente de Londres durante un mes, hasta que Margarita
Roper sobornó al encargado de tirarlo al río, para que se la entregara a ella.
El último destino de esta reliquia es incierto, pero, en 1824, una caja de
plomo fue hallada en la cripta de los Roper, en San Dunstan, Canterbury, la
cual, al ser abierta, contenía una cabeza, la cual, se presume, pertenece a
Moro. Los padres jesuitas en Stonyhurst, poseen una importante colección de
pequeñas reliquias, la mayoría de ellas pertenecían al padre Tomás Moro S.J.
(m. 1795), último heredero masculino del mártir. Éstos incluyen su sombrero, su
birrete, su crucifijo de oro, un sello de plata, "George", y otros
artículos. Su camisa de penitencia, la cual usó durante muchos años y envió a
Margarita Roper el día antes de su martirio, es conservada por los canónigos agustinos
de la Abadía de Leigh, en Devonshire, a quienes les fue confiada por Margarita
Clements, la hija adoptiva de Tomás Moro. Varias cartas autógrafas se
encuentran en el Museo británico. También existen varios retratos, siendo el
mejor, el que realizó Holbein, el cual se encuentra entre las posesiones de E.
Huth, Esq. Holbein también pintó a una gran cantidad de los miembros de su
familia, pero este cuadro ha desaparecido, aunque el boceto original está en el
Museo de Basilea, y una copia del siglo decimosexto se encuentra en propiedad
de Lord St. Oswald. Tomás Moro fue beatificado por el Papa León XIII, en un
Decreto emitido el 29 de diciembre de 1886. [Nota: En 1935, fue canonizado por
el Papa Pío XI]. SUS
ESCRITOS Moro
fue un agudo escritor y no poco de sus trabajos permanecieron manuscritos hasta
unos años después de su muerte, mientras que otros se han perdido. De todos sus
escritos, el más famoso es, sin duda alguna, Utopía, publicada por primera vez
en Lovaina, en 1516. Esta obra narra los viajes ficticios de un tal Raphael
Hythlodaye, un personaje mítico que, en el curso de un viaje a América, fue
dejado en Cabo de Frío, y estuvo vagando hasta que, por casualidad, llegó a la
Isla llamada Utopía ("ningún lugar") en la que encontró una sociedad
ideal. Esta obra es un ejercicio de su imaginación, mezclado con una brillante
sátira sobre el mundo en el que vivía. Algunos personajes reales, tales como
Pedro Giles, el cardenal Morton, y el mismo Moro, toman parte en algunos
diálogos con Hythlodaye, dándole así un aire realista, el cual, deja al lector
confundido para determinar dónde acaba lo real y comienza lo ficticio, algo que
ha llevado a no pocos a no tomar este libro en serio. Pero, esto es
precisamente lo que Moro había planeado, y no queda duda de que él habría
estado encantado al haber entrampado a Guillermo Morris, quien descubrió en
esta obra todo un evangelio de socialismo; o al cardenal Zigliara, quien lo
denunció como "no menos tonto que impío"; tal como debió de haber
sucedido con sus contemporáneos, que se propusieron contratar una nave y mandar
a misioneros a esta inexistente isla. El libro fue varias veces editado en su
versión latina original y, al cabo de unos años, fue traducida al alemán,
italiano, francés, holandés, español, e inglés. Una
edición reunida de sus trabajos en ingles fue publicada por Guillermo Rastell,
su sobrino, en Londres, en 1557; nunca se ha reimpreso y ahora es un ejemplar
poco común y costoso. La primera edición de la colección de sus trabajos en
latín apareció en Basilea, en 1563; una colección más completa fue publicada en
Lovaina en 1565, y nuevamente en 1566. En 1689 la edición más completa fue
publicada en Frankfurt del Main, y en Leipzig. Después de Utopía estos son sus
obras más importantes: "Luciani
Dialogi… compluria opuscula… ab Erasmo Roterodamo et Thoma Moro interpretibus
optimis en el Latinorum lingua traducta…" (París,
1506); "Here is conteigned the lyfe of John Picus, Earle
of Mirandula…" (Londres, 1510); "Historie of the pitiful life and unfortunate
death of Edward the fifth and the then Duke of York his brother…", impreso
de manera incompleta en "English Works" (1557) y reeditado y
terminado con las Hall’s Chronicle, realizado por Wm. Sheares (Londres, 1641); "Thomae Mori v.c. Dissertatio Epistolica de
aliquot sui temporis theologastrorum ineptiis…" (Leyden, 1625); Epigrammata...Thomae
Mori Britanni, pleraque e Graecis versa. (Basilea, 1518); Eruditissimi viri
Gul. Rossi Opus elegans quo pulcherrime retegit ac refellit insanas Lutheri
calumnias (Londres, 1523), escrito por pedido de Enrique VIII, en respuesta a
la respuesta de Lutero a la real obra "Defensio Septem
Sacramentorum"; "A dyaloge of Syr Thomas More Knyght . . .of
divers maters, as of the veneration and worshyp of ymages and relyques, praying
to sayntys and goyng on pylgrymage…" (Londres,1529); "The Supplycacyon of Soulys" (Londres,
1529[?]), escrito como respuesta a la obra de Fish "Supplication of the
Beggars"; "Syr Thomas More's answer to the fyrste parte of
the poysoned booke… named "The Souper of the Lorde"" (Londres,
1532); "The Second parte of the Confutacion of Tyndal's
Answere… "
(Londres, 1533); estas dos obras juntas, conforman la más extensa de las obras
escritas por Moro; además de Tindal, trata también en esta segunda parte sobre
Robert Barnes; "A Letter impugnynge the erronyouse wrytyng of
John Fryth against the Blessed Sacrament of the Aultare" (Londres, 1533); "The Apologye of Syr Thomas More, Hnyght, made by
him anno 1533, after he had given over the office of Lord Chancellour of
Englande" (Londres, 1533); "The
Debellacyon of Salem and Bizance" (Londres, 1533), una respuesta a la obra
anónima titulada "Salem and Bizance", y revindicando el severo
castigo de los herejes; "A Dialogue of Comfort against Tribulation … " (Londres, 1553). Entre
las otras obras que se encuentran en el volumen reunido en los "Trabajos
ingleses" tenemos estos que no han sido publicados previamente: An unfinished treatise "uppon those words of Holy
Scripture, 'Memorare novissima et in eternum non peccabis'", fechado en
1522; "Treatise to receive the blessed Body of our
Lorde, sacramentally and virtually both"; "Treatise upon the Passion" inconcluso; "Certein devout and vertuouse Instruccions,
Meditacions and Prayers"; Algunas
cartas escritas desde la Torre, incluyendo sus emocionantes cartas a su hija
Margarita. G.
ROGER HUDLESTON Transcrito
por Marie Jutras Traducido
por Bartolomé Santos CARTA
APOSTÓLICA EN
FORMA DE MOTU PROPRIO PARA
LA PROCLAMACIÓN DE SANTO TOMÁS MORO COMO
PATRONO DE LOS GOBERNANTES Y DE LOS POLÍTICOS JUAN
PABLO II SUMO
PONTÍFICE PARA
PERPETUA MEMORIA 1.
De la vida y del martirio de santo Tomás Moro brota un mensaje que a través de
los siglos habla a los hombres de todos los tiempos de la inalienable dignidad
de la conciencia, la cual, como recuerda el Concilio Vaticano II, "es el
núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios, cuya
voz resuena en lo más íntimo de ella" (Gaudium et spes, 16). Cuando el
hombre y la mujer escuchan la llamada de la verdad, entonces la conciencia
orienta con seguridad sus actos hacia el bien. Precisamente por el testimonio,
ofrecido hasta el derramamiento de su sangre, de la primacía de la verdad sobre
el poder, santo Tomás Moro es venerado como ejemplo imperecedero de coherencia
moral. Y también fuera de la Iglesia, especialmente entre los que están
llamados a dirigir los destinos de los pueblos, su figura es reconocida como
fuente de inspiración para una política que tenga como fin supremo el servicio
a la persona humana. Recientemente,
algunos Jefes de Estado y de Gobierno, numerosos exponentes políticos, algunas
Conferencias Episcopales y Obispos de forma individual, me han dirigido
peticiones en favor de la proclamación de santo Tomás Moro como Patrono de los
Gobernantes y de los Políticos. Entre los firmantes de esta petición hay
personalidades de diversa orientación política, cultural y religiosa, como
expresión de vivo y difundido interés hacia el pensamiento y la conducta de
este insigne hombre de gobierno. 2.
Tomás Moro vivió una extraordinaria carrera política en su País. Nacido en
Londres en 1478 en el seno de una respetable familia, entró desde joven al
servicio del Arzobispo de Canterbury Juan Morton, Canciller del Reino.
Prosiguió después los estudios de leyes en Oxford y Londres, interesándose
también por amplios sectores de la cultura, de la teología y de la literatura
clásica. Aprendió bien el griego y mantuvo relaciones de intercambio y amistad
con importantes protagonistas de la cultura renacentista, entre ellos Erasmo
Desiderio de Rotterdam. Su
sensibilidad religiosa lo llevó a buscar la virtud a través de una asidua
práctica ascética: cultivó la amistad con los frailes menores observantes del
convento de Greenwich y durante un tiempo se alojó en la cartuja de Londres,
dos de los principales centros de fervor religioso del Reino. Sintiéndose
llamado al matrimonio, a la vida familiar y al compromiso laical, se casó en
1505 con Juana Colt, de la cual tuvo cuatro hijos. Juana murió en 1511 y Tomás
se casó en segundas nupcias con Alicia Middleton, viuda con una hija. Fue
durante toda su vida un marido y un padre cariñoso y fiel, profundamente
comprometido en la educación religiosa, moral e intelectual de sus hijos. Su
casa acogía yernos, nueras y nietos y estaba abierta a muchos jóvenes amigos en
busca de la verdad o de la propia vocación. La vida de familia permitía,
además, largo tiempo para la oración común y la lectio divina, así como para
sanas formas de recreo hogareño. Tomás asistía diariamente a Misa en la iglesia
parroquial, y las austeras penitencias que se imponía eran conocidas solamente
por sus parientes más íntimos. 3.
En 1504, bajo el rey Enrique VII, fue elegido por primera vez para el
Parlamento. Enrique VIII le renovó el mandato en 1510 y lo nombró también
representante de la Corona en la capital, abriéndole así una brillante carrera
en la administración pública. En la década sucesiva, el rey lo envió en varias
ocasiones para misiones diplomáticas y comerciales en Flandes y en el
territorio de la actual Francia. Nombrado miembro del Consejo de la Corona,
juez presidente de un tribunal importante, vicetesorero y caballero, en 1523
llegó a ser portavoz, es decir, presidente de la Cámara de los Comunes. Estimado
por todos por su indefectible integridad moral, la agudeza de su ingenio, su carácter
alegre y simpático y su erudición extraordinaria, en 1529, en un momento de
crisis política y económica del País, el Rey le nombró Canciller del Reino.
Como primer laico en ocupar este cargo, Tomás afrontó un período extremadamente
difícil, esforzándose en servir al Rey y al País. Fiel a sus principios se
empeñó en promover la justicia e impedir el influjo nocivo de quien buscaba los
propios intereses en detrimento de los débiles. En 1532, no queriendo dar su
apoyo al proyecto de Enrique VIII que quería asumir el control sobre la Iglesia
en Inglaterra, presentó su dimisión. Se retiró de la vida pública aceptando
sufrir con su familia la pobreza y el abandono de muchos que, en la prueba, se
mostraron falsos amigos. Constatada
su gran firmeza en rechazar cualquier compromiso contra su propia conciencia,
el Rey, en 1534, lo hizo encarcelar en la Torre de Londres dónde fue sometido a
diversas formas de presión psicológica. Tomás Moro no se dejó vencer y rechazó
prestar el juramento que se le pedía, porque ello hubiera supuesto la
aceptación de una situación política y eclesiástica que preparaba el terreno a
un despotismo sin control. Durante el proceso al que fue sometido, pronunció
una apasionada apología de las propias convicciones sobre la indisolubilidad
del matrimonio, el respeto del patrimonio jurídico inspirado en los valores
cristianos y la libertad de la Iglesia ante el Estado. Condenado por el
tribunal, fue decapitado. Con
el paso de los siglos se atenuó la discriminación respecto a la Iglesia. En
1850 fue restablecida en Inglaterra la jerarquía católica. Así fue posible
iniciar las causas de canonización de numerosos mártires. Tomás Moro, junto con
otros 53 mártires, entre ellos el Obispo Juan Fisher, fue beatificado por el
Papa León XIII en 1886. Junto con el mismo Obispo, fue canonizado después por
Pío XI en 1935, con ocasión del IV centenario de su martirio. 4.
Son muchas las razones a favor de la proclamación de santo Tomás Moro como
Patrono de los Gobernantes y de los Políticos. Entre éstas, la necesidad que
siente el mundo político y administrativo de modelos creíbles, que muestren el
camino de la verdad en un momento histórico en el que se multiplican arduos
desafíos y graves responsabilidades. En efecto, fenómenos económicos muy
innovadores están hoy modificando las estructuras sociales. Por otra parte, las
conquistas científicas en el sector de las biotecnologías agudizan la exigencia
de defender la vida humana en todas sus expresiones, mientras las promesas de
una nueva sociedad, propuestas con buenos resultados a una opinión pública
desorientada, exigen con urgencia opciones políticas claras en favor de la
familia, de los jóvenes, de los ancianos y de los marginados. En
este contexto es útil volver al ejemplo de santo Tomás Moro que se distinguió
por la constante fidelidad a las autoridades y a las instituciones legítimas,
precisamente porque en las mismas quería servir no al poder, sino al supremo
ideal de la justicia. Su vida nos enseña que el gobierno es, antes que nada,
ejercicio de virtudes. Convencido de este riguroso imperativo moral, el
Estadista inglés puso su actividad pública al servicio de la persona,
especialmente si era débil o pobre; gestionó las controversias sociales con
exquisito sentido de equidad; tuteló la familia y la defendió con gran empeño;
promovió la educación integral de la juventud. El profundo desprendimiento de
honores y riquezas, la humildad serena y jovial, el equilibrado conocimiento de
la naturaleza humana y de la vanidad del éxito, así como la seguridad de juicio
basada en la fe, le dieron aquella confiada fortaleza interior que lo sostuvo
en las adversidades y frente a la muerte. Su santidad, que brilló en el
martirio, se forjó a través de toda una vida entera de trabajo y de entrega a
Dios y al prójimo. Refiriéndome
a semejantes ejemplos de armonía entre la fe y las obras, en la Exhortación
apostólica postsinodal Christifideles laici escribí que "la unidad de vida
de los fieles laicos tiene una gran importancia. Ellos, en efecto, deben
santificarse en la vida profesional ordinaria. Por tanto, para que puedan
responder a su vocación, los fieles laicos deben considerar las actividades de
la vida cotidiana como ocasión de unión con Dios y de cumplimiento de su
voluntad, así como también de servicio a los demás hombres" (n. 17). Esta
armonía entre lo natural y lo sobrenatural es tal vez el elemento que mejor
define la personalidad del gran Estadista inglés. Él vivió su intensa vida
pública con sencilla humildad, caracterizada por el célebre "buen
humor", incluso ante la muerte. Éste
es el horizonte a donde le llevó su pasión por la verdad. El hombre no se puede
separar de Dios, ni la política de la moral. Ésta es la luz que iluminó su
conciencia. Como ya tuve ocasión de decir, "el hombre es criatura de Dios,
y por esto los derechos humanos tienen su origen en Él, se basan en el designio
de la creación y se enmarcan en el plan de la Redención. Podría decirse, con
expresión atrevida, que los derechos del hombre son también derechos de
Dios" (Discurso 7.4.1998, 3). Y fue
precisamente en la defensa de los derechos de la conciencia donde el ejemplo de
Tomás Moro brilló con intensa luz. Se puede decir que él vivió de modo singular
el valor de una conciencia moral que es "testimonio de Dios mismo, cuya
voz y cuyo juicio penetran la intimidad del hombre hasta las raíces de su
alma" (Enc. Veritatis splendor, 58). Aunque, por lo que se refiere a su
acción contra los herejes, sufrió los límites de la cultura de su tiempo. El
Concilio Ecuménico Vaticano II, en la Constitución Gaudium et spes, señala cómo
en el mundo contemporáneo está creciendo "la conciencia de la excelsa
dignidad que corresponde a la persona humana, ya que está por encima de todas
las cosas, y sus derechos y deberes son universales e inviolables" (n.26).
La historia de santo Tomás Moro ilustra con claridad una verdad fundamental de
la ética política. En efecto, la defensa de la libertad de la Iglesia frente a
indebidas ingerencias del Estado es, al mismo tiempo, defensa, en nombre de la
primacía de la conciencia, de la libertad de la persona frente al poder
político. En esto reside el principio fundamental de todo orden civil de
acuerdo con la naturaleza del hombre. 5.
Confío, por tanto, que la elevación de la eximia figura de santo Tomás Moro
como Patrono de los Gobernantes y de los Políticos ayude al bien de la
sociedad. Ésta es, además, una iniciativa en plena sintonía con el espíritu del
Gran Jubileo que nos introduce en el tercer milenio cristiano. Por
tanto, después de una madura consideración, acogiendo complacido las peticiones
recibidas, constituyo y declaro Patrono de los Gobernantes y de los Políticos a
santo Tomás Moro, concediendo que le vengan otorgados todos los honores y
privilegios litúrgicos que corresponden, según el derecho, a los Patronos de categorías
de personas. Sea
bendito y glorificado Jesucristo, Redentor del hombre, ayer, hoy y siempre. Roma,
junto a San Pedro, el día 31 de octubre de 2000, vigésimo tercero de mi
Pontificado IOANNES
PAULUS PP.II SANTO
TOMAS MORO Tomado
del libro “Retratos de Santos/1” de Antonio Sicari. Ediciones
Encuentro. Tomás
Moro vivió a comienzos de la Edad Moderna (1478-1535), cuando toda Europa se
sentía arrastrada por la oleada del humanismo y del Renacimiento. El término «oleada.»
se aplica precisamente a ese instante en el que el embate puede lanzarnos hacia
arriba o puede hacer que nos hundamos violentamente. Se
trataba, para entendernos, del humanismo y el Renacimiento intuidos por
Giovanni Pico della Mirandola, considerado en toda Europa como el hombre más
fascinante, culto y sabio de su época. Savonarola decía de él: «Quizá
a ningún mortal le ha tocado en suerte un ingenio tan grande. Este hombre tiene
que ser incluido entre los milagros de Dios y de la naturaleza, por lo elevado
de su espíritu y de su doctrina.» Maquiavelo,
que no era amigo suyo, lo definió de todas formas como «un hombre casi divino». Estas
referencias no deben ser consideradas inoportunas en este lugar, puesto que
precisamente Tomás Moro tradujo al inglés y comentó la vida de Pico della
Mirandola (+ 1494) a los 10 años de la muerte de este humanista, que, en su
célebre Discurso sobre la dignidad del hombre sostenía que el hombre está
situado en el centro del mundo y con su libertad tiene que decidir si desea
elevarse hacia el mundo divino o degradarse hacia el mundo subhumano y animal. Esta
«aventura» que se ofrecía al hombre fue la aventura del humanismo y del Renacimiento. Bien
es verdad que estos enfervorizadores movimientos hablaban de un hombre que
sentía veneración por la antigüedad clásica grecolatina, por la belleza de las
formas, por la conciencia de su propio valor y de su propia dignidad: un hombre
deseoso de un progreso inmejorable que se abría de par en par ante él. Pero
en cualquier caso tal aventura mantenía al hombre en suspenso: el humanismo
podía suponer, o bien la elevación del hombre hacia la verdadera revelación de
su imagen divina (humanismo cristiano), o bien un proyecto de divinización
humana que exigiría al hombre una creciente concentración en sus propias
fuerzas, en una especie de narcisismo elitista y sofisticado. El
Renacimiento podía ser entendido, o bien como ideal de un «logro» humano, a
modo de acierto impregnado de naturalismo pagano, o bien como ideal de un
auténtico «renacimiento», verdadera síntesis del cristianismo y de la cultura
clásica, a través de una vuelta a las fuentes de uno y de otra, para lograr una
nueva síntesis, para una verdadera renovación. En
el fondo de la cuestión se trataba de saber lo siguiente: si la nueva cultura
tendría que absorber y arrastrar consigo, de forma optimista, incluso la
revelación cristiana, o si sería la revelación de Cristo la que tendría que
absorber, purificar y transfigurar, aunque fuera de forma dolorosa, todas estas
novedades. En
otras palabras, se trataba de decidir si el entusiasmo creativo y el sentido
renovador de la dignidad humana admitirían una comparación con la Cruz de
Jesucristo y con su indestructible significado para la vida humana. Pico
della Mirandola, del que se llegó a esperar que asumiese la función de guía (y
que habría podido modificar la historia), murió cuando contaba solamente 31
años. El
otro gran humanista del que se esperaba que ejerciera una influencia
determinante, de un auténtico maestro de Europa, fue Erasmo de Rotterdam. En su
honor se compusieron himnos entusiastas, y el adjetivo «erasmiano» se
convirtió incluso en sinónimo de «docto». Pero Erasmo (aunque en la actualidad
está siendo muy revalorizado) era un hombre complejo, al que le faltaba una
auténtica profundidad filosófica, así como una auténtica profundidad
religiosa; y su ironía, violenta en algunas ocasiones, le exponía a muchas
incomprensiones. El
tercer hombre que gozaba de reconocimiento en Europa era Tomás Moro. En
Inglaterra era tan conocido que en 1520 los libros de retórica para los
escolares incluían ejercicios en los que se hablaba de él, y los muchachos
tenían que aprender a traducir al latín, de cuatro formas distintas, la frase:
«Moro es un hombre de ingenio divino y especial erudición». Erasmo le quería
más que a sí mismo y le llamaba «mi hermano gemelo». En la casa de Moro, Erasmo
escribió su célebre Elogio de la locura (cuyo título griego, en un juego
previsto y deliberado, podría ser traducido igualmente como Elogio de Moro).
Actualmente, se dice que para entender a Erasmo es preciso haber leído a Moro,
que para apreciar su ironía es preciso mezclarla con el humanismo de Moro. Por
su parte, Moro defendía a Erasmo a cualquier precio y, de forma autorizada,
hacía la exégesis correcta de las obras de Erasmo que eran atacadas. En
cualquier caso, Tomás Moro fue el que orientó a Erasmo hacia esos estudios
bíblicos y patrísticos que le hicieron célebre y a través de los cuales llegó
a entender el humanismo sobre todo como una vuelta a las fuentes
(neotestamentarias y patrísticas) del cristianismo. ¿Quién
era pues Tomás Moro? Nació en 1478. Como buen humanista, estudió latín y
griego; se especializó en derecho, ejerció como profesor de esta disciplina, y
se convirtió en el prestigioso abogado de los comerciantes londinenses y de las
compañías marítimas más importantes. En
1504 era viceministro del Tesoro y speaker’de la Cámara de los Comunes. Era
canciller del ducado de Lancaster (administraba lo más sustancioso de la
Corona). En 1528 casi se encontraba en la cumbre de su carrera. Tenía tres
hijas casadas: Cecilia, de 21 años; Isabel, de 22; Margarita, su preferida, de
24, y un varón, John, de 19, que ya estaba comprometido. Tenía otra hija,
también llamada Margarita, una pequeña huérfana a la que había adoptado. Se
casó en dos ocasiones porque enviudó pronto de su primera mujer, cuando los
niños todavía eran muy pequeños. En
1529 fue llamado a la más alta magistratura británica: se convirtió en Lord
Canciller del Reino de Enrique VIII, en el hombre más cercano al soberano y su
representante directo. Ningún humanista europeo desarrolló una carrera política
tan brillante. Al
mismo tiempo, era un hombre de cultura refinada. Escribió en latín, pero fue
también uno de los fundadores de la más hermosa prosa inglesa, ya que antes de
él todavía era una prosa balbuceante y torpe. Se le considera uno de los
padres de la historiografía inglesa: su historia de Ricardo III —en la que
incluso Shakespeare se inspiró— sigue siendo un texto clásico. Cultivó
los estudios bíblicos, filosóficos y teológicos, y fue un apasionado de la
música y de la pintura (introdujo en Inglaterra a Holbein el Joven). Su obra
más célebre, Utopía(1516), escrita originalmente en latín, es «uno de los
textos fundamentales y paradigmáticos de la filosofía política, en una
relación dialéctica con su contemporáneo El Príncipe,de Maquiavelo. Es uno de
los pocos libros del humanismo que todavía se mantienen vivos». Con esta obra,
la palabra «utopía» se incorporó a todas las lenguas europeas. Las
obras en inglés de Tomás Moro ocupan 1.500 páginas en cuarto gótico a dos
columnas, y un volumen similar contiene sus obras en latín. Moro escribió
algunas de sus obras más hermosas en la cárcel de la Torre de Londres. Su
personalidad fue descrita así por Erasmo de Rotterdam: «Su
elocuencia habría logrado la victoria incluso sobre un enemigo; y es hombre
tan querido para mí que si me pidiese que bailara y cantara ‘a la rueda rueda’
le obedecería gustoso... A
menos que me engañe el enorme afecto que siento por él, no creo que la
naturaleza haya forjado antes un carácter más hábil, más rápido, más prudente,
más fino, en una palabra, que estuviese mejor dotado que él con toda clase de
buenas cualidades. A ello se agregan un dominio de la conversación que iguala a
su intelecto, una maravillosa jovialidad en el trato, riqueza espiritual... Es
el más dulce de los amigos, aquel con el que me agrada mezclar con placer la
seriedad y el buen humor.» La
casa de Moro estaba considerada como una de las más acogedoras y hospitalarias
de Londres. La armonía que en ella reinaba, el buen humor, la inteligencia de
Moro y de sus hijos (¡sus hijas podían corregir ediciones críticas de textos
griegos!), la fe que en ella se vivía y se esparcía, despertaban fascinación y
nostalgia en todos los que se aproximaban a ellos. Pero
Tomás Moro era también el hombre que por la noche recorría los «barrios bajos»
para localizar a los pobres vergonzantes y dejarles dinero de forma
sistemática; el hombre que alquiló una gran casa para recoger a ancianos y
niños enfermos (la llamada «Casa de la Providencia»); el hombre que oía misa
todos los días y que no tomaba ninguna decisión importante sin haber comulgado
previamente; el hombre que escandalizaba a los nobles cantando en el coro
parroquial con una humilde sobrepelliz, aunque era el Lord Canciller. Cuando se
le censuraba por ello, replicaba con fina ironía: «No
es posible que disguste al rey mi señor por rendir público homenaje al Señor de
mi rey.» Igualmente,
se negaba a participar montado a caballo —según le correspondía— en la
procesión de las rogaciones, porque, decía: «No
quiero seguir a caballo a mi Maestro que va a pie.» Pasaba
las noches de Navidad y de Pascua rezando con toda su familia. El Viernes Santo
leía y comentaba a los suyos el relato de la Pasión del Señor. Si le decían que
una mujer de su pueblo tenía dolores de parto, interrumpía sus oraciones hasta
que le anunciaban que el niño había nacido. Debajo de sus vestimentas lujosas,
llevaba habitualmente un áspero cilicio, que tan sólo se quitó cuando se
acercaba la hora de su muerte y se lo envió a su hija. Todos
estos detalles tienen por objeto mostrar las múltiples facetas de este hombre
al que se le aplicó la significativa definición de: «omnium horarum homo», un
«hombre para cada hora» (o «para cualquier momento»), un hombre que siguió
siendo tal en todos los momentos de su vida. Pío Xl, cuando lo santificó en
1935 (cuatro siglos después de su muerte), exclamó con admiración: «Ciertamente
es un hombre completo.» Y
su martirio debe ser entendido sobre este fondo. Los hechos son más o menos
conocidos y no nos podemos extender al respecto. Enrique VIII era amigo de
Tomás Moro: era un rey que también era humanista y que también tenía cualidades
fascinantes, también él era poeta y también él era «teólogo». Es más, el Papa
le otorgó el título de «defensor de la fe». Desgraciadamente, también tenía «uno
de esos caracteres que quieren tener la alegría de hacer el bien incluso cuando
obran mal... [que] le dan vueltas y vueltas a la ley, llamando virtud al
pecado, para no tener que arrepentirse, y de este modo son muy peligrosos para
ellos mismos y para los demás, por la prolijidad con que trabajan para
justificarse» (D. Sargent). Cuando
Enrique VIII comenzó el proceso de anulación de su matrimonio con Catalina de
Aragón, ciertos aspectos del caso admitían una discusión, pero la Santa Sede no
estaba dispuesta a ceder. Enrique VIII pidió y compró las opiniones de
distintos expertos y de las mejores universidades europeas (el dictamen
favorable de la Universidad de Padua le costó algunos centenares de libras
esterlinas). En
1532, chantajeando al clero, el rey se hizo proclamar «único protector y cabeza
suprema de la Iglesia de Inglaterra». Este hecho fue aceptado por las
Convocatoriassin excesivas dificultades, porque la votación se realizó con la
cláusula restrictiva: «en cuanto lo permite la ley de Cristo». Al
día siguiente (16 de mayo de 1532), Tomás Moro devolvió al soberano los sellos
—símbolos de su cargo— y se retiró de la vida pública, preparándose a hacer
frente a una dura pobreza. No había ahorrado nada (todo se le había ido
ayudando a los pobres y en el mantenimiento de su numerosa familia y de las
familias de sus seres queridos), y de pronto perdió toda remuneración de la
Corte y cualquier otro ingreso profesional, por lo que a partir de ese momento
ni siquiera pudo permitirse mucha leña para el fuego. Decía
bromeando que faltaba algún tiempo todavía antes de que tuvieran que salir
todos juntos a pedir limosna, de puerta en puerta, cantando con alegría el
Salve, Regina. Su
negativa a asistir a la ceremonia de coronación de Ana Bolena le granjeó el
odio de la nueva reina. En 1534, se exigió el juramento general del Acta de
sucesión que, a los pocos meses, quedó vinculada al Acta de Supremacía. Tomás
Moro fue el único laico de toda Inglaterra que se negó a realizar el juramento;
un obispo y algunos monjes cartujos fueron los únicos miembros del clero que se
negaron. Encarcelado
en la Torre de Londres, Moro se negó a jurar, pero callaba: no daba ninguna
explicación, no quería dar ningún pretexto para que se le condenara a muerte.
Ni las acusaciones, ni las calumnias, ni las amenazas, ni los halagos, ni la
presión de sus familiares lograron disuadirle: no quería juzgar a nadie, no
quería imponerse a nadie, pero no juró y no explicó nada. No
lograron encontrar motivos jurídicos para condenarlo: con su habilidad de
abogado, destruía de forma sistemática la validez jurídica de las acusaciones
de rebeldía presentadas contra él. Mientras
tanto, en la cárcel escribió uno de los textos filosófico-espirituales más
bellos en lengua inglesa: el Diálogo del consuelo en la tribulación; después
empezó un Comentario a la Pasión de Cristo. En
las actas del proceso, puede leerse: «Al
ser interrogado acerca de si reconocía y aceptaba y consideraba al rey como
cabeza suprema de la Iglesia de Inglaterra... se negaba a dar una respuesta
directa, declarando ‘No quiero tener nada que ver con esto, porque he tomado la
firme decisión de dedicarme a las cosas de Dios y meditar sobre su Pasión y
sobre mi paso por esta tierra’. » Sabía
que iba a morir, pero no quería darles ningún pretexto. Cuando —en su comentario
de la Pasión— llegó a la frase evangélica que dice «le pusieron las manos
encima», el tratado quedó interrumpido porque le retiraron todos sus útiles de
escritura. El
1 de julio, fue condenado a muerte por alta traición. Sólo entonces, con toda
la claridad jurídica de la que fue capaz, declaró la ilegitimidad del Acta de
Supremacía. El
6 de julio fue decapitado. A
primera vista, la posición de Tomás Moro tiene algo de desconcertante. ¿Por
qué sólo rindió pleno homenaje a la verdad despuésde ser condenado? Al
leer su Comentario a la Pasión de Cristo (que se ha publicado en Italia con el
título Nell’Orto degli ulivi —En el Huerto de los Olivos—, y en español con el
título La agonía de Cristo –Editorial RIALP-), podemos encontrar una
explicación evidente y de una conmovedora humildad. Moro no se creía digno de
la gracia del martirio: tenía miedo de sí mismo, de su debilidad, de la vida
que había llevado entre las comodidades terrenales. Sentía
envidia de los cartujos, que afrontaban con serenidad aquel terrible martirio
(la pena por alta traición —que también estaba prevista para él, si bien más
tarde le fue conmutada por la decapitación, debido a la intervención del rey—
era espantosa: el condenado era ahorcado de forma incompleta, hasta lograr que
se desvaneciera; después, le reanimaban y, seguidamente, le destripaban y lo
descuartizaban). Todo esto, para lo que la vida no le había preparado, le
llenaba de terror, y ante el heroísmo que se le pedía se sentía únicamente como
un terrible pecador. La solución que encontró —con toda la precisión aprendida
en sus años de profesión jurídica— para su drama personal fue perfecta. «A
los inquiridores que lo escarnecían porque no declaraba abiertamente las
razones por las que disentía, exponiéndose así a la condena a muerte, replicó
que no se sentía tan seguro de sí mismo como para ofrecerse de forma voluntaria
a la muerte ‘por el temor de que Dios castigase mi presunción haciéndome caer.
Por esto no doy un paso hacia delante sino que me quedo atrás. Pero si el mismo
Dios me lleva a hacerlo, confío en que, en su gran misericordia, no dejará de
darme gracia y fortaleza’» (Nell’Orto...,p. 31, nota). A
lo largo de todo el Comentario a la Pasión, al hablar del temor que Cristo
experimentó en Getsemaní, explicaba su postura: tener miedo no es
anticristiano, pero el que siente miedo tiene que seguir a Cristo. Seguir
quiere decir en verdad pisar sobre sus huellas, no querer moverse por sí
mismo: «El
que no tiene otra elección que renegar de Dios o afrontar el suplicio puede
estar seguro de que ha sido precisamente Dios el que lo ha puesto en ese
aprieto... »(NelI’Orto...,p. 28; 55; 60). Para
tener la seguridad de que era Dios el que le llamaba, no quería ni provocar su
propio martirio ni huir: «Si
huimos cuando somos conscientes de que para la salvación de nuestra alma o de
la de los que nos han sido confiados Dios nos ordena mantenernos en nuestro
lugar y confiar en su ayuda, cometeremos una tontería, incluso si lo hacemos
para salvar nuestra vida. Sí,
precisamente porque lo hacemos para salvar nuestra vida» (op. cit, p. 132). Esta
era la agonía de Tomás Moro en su Huerto de los Olivos: sabía que no podía
huir, porque su conciencia no se lo permitía; y sabía que no podía provocar su
propio martirio, porque no estaba seguro de que se tratara de orgullo y
presunción por su parte. A
esto se une el hecho de que tal cuestión, que era tan clara para su conciencia,
no lo era tanto, sin embargo, en el panorama teológico de la época. Tenemos que
situarnos en unos años en los que se consideraba que incluso el poder real
tenía un origen divino, en los que el poder del papado de Roma era
simultáneamente espiritual y político (y que por consiguiente podía chocar con
los otros reinos), en los que la institución divina del papado de Roma no
estaba tan clara y definida como lo está en la actualidad. Todavía eran
bastante recientes el gran cisma y sus múltiples papas. «Yo
—confiaba Moro a su hija— estoy muy decidido a no atar mi alma a cualquiera,
aunque se trate del más santo de nuestro tiempo.» Ni
siquiera a ella le hablaba con claridad: «Deja
a los vivos y piensa en los que han muerto y que Dios, así lo espero, ha
recibido en el Paraíso. Estoy seguro de que la mayoría de ellos, si estuvieran
vivos, juzgarían las cosas como yo... y ruego a Dios que mi alma permanezca en
la compañía de aquéllos. Aún
no puedo decírtelo todo. Pero, para terminar, hija mía, como te he dicho a
menudo, yo no me ocupo de definir ni de discutir acerca de estas cuestiones, no
ataco ni condeno la actitud de los demás, nunca he dicho ni una palabra, ni he
escrito una coma en contra de la decisión del Parlamento y no me inmiscuyo en
absoluto en la conciencia de los que piensan o dicen que piensan de forma
distinta a la mía. No condeno a nadie, pero mi conciencia sobre este punto es
tal, que me va en ello la salvación. Estoy tan convencido de esto, Meg, como de
la existencia de Dios.» En
la época en que todavía era canciller, y precisamente por cuestiones
relacionadas con su tarea, Moro tuvo que dedicarse a estudiar el problema del
primado de Roma. «En
verdad –comentaba- ni siquiera yo pensaba entonces que el primado de la sede
romana fuera de origen divino.» Pero
10 años de investigación en los textos de los Padres y de los Concilios le
habían convencido en conciencia para reconocer la verdad de que el primado
había sido establecido por Dios. En
aquellos momentos, la cuestión del primado era objeto de intensa discusión:
algunos no la consideraban como un artículo de fe, sino más bien una cuestión
teológica polémica. El mismo Tomás Moro pensaba que el Concilio era superior al
Papa y que por consiguiente la cuestión de Enrique VIII no estaba definida del
todo. «Si
aunque le costara la vida tenía que negarse a poner en duda la soberanía
pontificia no era porque considerara que esta doctrina era un dogma de fe
impuesto a todo el mundo, sino porque la creía verdadera. No zanjó la cuestión
por los demás, a los que no intentó ganarse, ni siquiera a su hija, en lo que
para él se trataba de una libre opinión, sino que, puesto que sus
investigaciones le habían convencido personalmente del primado del pontífice
romano, él no se reconocía el derecho de hablar a este respecto de una manera
diferente a como pensaba» (H. Bremond, Il B. Tommaso Moro, Roma, 1907). En
este sentido, comentaba: «En
mi corazón no encuentro las fuerzas suficientes para hablar de forma distinta a
como me dicta mi conciencia.» Todo
esto explica la actitud prudente y aparentemente individualista que Tomás Moro
adoptó en su «confesión de fe». Como
Jesús dice en el Evangelio, una torre no se puede construir sin haberse puesto
antes a echar cuentas de lo que podrá costar. Y Tomás Moro escribió a su hija: «En
todo esto no he olvidado el consejo de Cristo en el Evangelio y, antes de
ponerme a construir esta fortaleza para la salvaguardia de mi alma, me he
sentado y he echado cuentas de lo que me podría costar. Margarita, he
reflexionado sobre ello durante muchas noches de insomnio y angustia, mientras
mi mujer dormía, creyendo que yo hacía lo mismo. He visto los peligros que
podía correr, y al pensar en ello se me encogía el corazón. Pero, en fin, doy
gracias a Nuestro Señor porque, a pesar de todo eso, me ha concedido la gracia
de no admitir la idea de una capitulación, incluso en el caso de que mis peores
temores se puedan cumplir» (Carta a su hija Margarita). «Ciertamente,
Meg, tú no puedes tener un corazón más débil y más frágil que el de tu padre...
y en verdad —y en ello reside mi gran fortaleza— que, a pesar de que mi
naturaleza rechaza el dolor con tanta intensidad que hasta un papirotazo hace
que me tambalee, en todas las agonías que he sufrido, gracias a la piedad y
omnipotencia de Dios, nunca he pensado en aceptar ninguna cosa que fuese en
contra de mi conciencia» (Ib.). Este
hombre, este humanista que sentía una estimación extraordinaria por su propia
dignidad, pero también la humildad consciente de su propia debilidad, se vio
colocado por Dios allí donde su grandeza humana tenía que ser confiada
enteramente a Otro para que también pudiera emprender el camino de la cruz. He
aquí una de las páginas más hermosas que Tomás Moro escribió en la cárcel: «Cristo
sabía que muchos, por su propia debilidad física, se sentirían aterrorizados
ante la idea del suplicio.., y quiso llevarles consuelo al espíritu con el
ejemplo de su dolor, de su tristeza, de su angustia, de su miedo. Y al que
estuviera constituido físicamente de ese modo, es decir, débil y temeroso,
quiso decirle, hablándole casi directamente: ‘Ten valor, tú que eres tan débil;
aunque te sientas cansado, triste, atemorizado y agobiado por el terror de
tormentos crueles, ten valor: porque también yo, cuando pensaba en la pasión
tan amarga y dolorosa que se cernía sobre mí, me sentía todavía más cansado,
triste, asustado y oprimido por una angustia interior... Piensa
que sólo tendrás que caminar detrás de mí... Confía en mí, si no puedes hacerlo
en ti mismo. Mira: yo camino delante de ti por este camino que tanto te asusta;
agárrate a un pliegue de mi vestidura y de allí sacarás las fuerzas que
evitarán que tu sangre se disperse en vanos temores y que dará firmeza a tu
ánimo al pensar que estás caminando detrás de mis huellas. Fiel
a mis promesas, no permitiré que seas tentado por encima de tus fuerzas’»
(Nell’Orto..., p. 35). Cuando
fue evidente que Dios había querido que caminara precisamente sobre sus
huellas ensangrentadas, Tomás Moro afrontó la muerte con la sonrisa en los
labios (sus últimas ocurrencias escandalizaron a los bienpensantes). Puesto
que ya no tenía que luchar con nadie, expresó con claridad en sus cartas la
verdad que llevaba en su corazón. En primer lugar, y por última vez, fue el
jurista que definió de forma clara y detallada su pensamiento acerca de la
legitimidad del Acta de Supremacía. Después demostró hasta qué punto la
caridad, incluso hacia sus jueces corruptos, había operado sobre su corazón. Después
de ser condenado, Tomás Moro dijo en su discurso: «Milord,
desde el momento en que esta acusación se fundamenta en un acta del Parlamento
que formalmente está en contradicción con las leyes de Dios y de la Santa Iglesia,
según las cuales ningún príncipe terrenal puede arrogarse por medio de ley
alguna el supremo gobierno o cualquier parte del gobierno que pertenece de
forma legítima a la sede de Roma, por causa de la preeminencia espiritual que
fue concedida como prerrogativa especial de boca de nuestro Salvador —cuando
estuvo presente en persona en esta tierra— tan sólo a san Pedro y a sus
sucesores, los obispos de esa misma sede, dicha acta es insuficiente entre los
cristianos, pues, como trámite jurídico para perseguir a cualquier cristiano.» A
la objeción de que todos los obispos, todas las universidades y todos los
doctos del reino habían suscrito esa acta, replicó: «Aun
cuando el conjunto de los obispos y de las universidades fuera tan importante
como Su Señoría parece creer, yo no veo en absoluto, Milord, por qué razón
esto tenga que suponer un cambio en mi conciencia, puesto que yo no pongo en
duda que en toda la cristiandad, ya que no en este reino, no son pocos los que
son de mi parecer al respecto. Pero
si hablara de los que ya están muertos, y de los cuales muchos son ahora santos
del cielo, estoy muy seguro de que la mayor parte de ellos, cuando estaban
vivos, pensaban como ahora lo hago yo; es por esto, Milord, por lo que no me
siento obligado a conformar mi conciencia al concilio de un solo reino en
contra del Concilio general de la cristiandad.» Y
éstas fueron las palabras finales de Tomás Moro ante sus jueces: «Nada
tengo que agregar, Señores, sino esto: como el apóstol Pablo, de acuerdo con lo
que leemos en los Hechos de los Apóstoles, asistió lleno de conformidad a la
muerte de san Esteban, e incluso vigiló las ropas de los que lo estaban
lapidando, y sin embargo ahora se encuentra con él, también santo, en el cielo,
y allí estarán unidos para siempre, en verdad, yo espero, de la misma forma —y
rezaré por ello con intensidad—, que vosotros, Señores, que habéis sido mis
jueces y me habéis condenado en la tierra, y yo podamos reunirnos todos juntos
gozosamente en el cielo para nuestra salvación eterna» (De la biografía de
Tomás Moro, escrita por Roper). Así
fue decapitado. «Un
hombre —había dicho Tomás Moro— puede ser decapitado sin que se le haga mucho
daño, es más, con un bienestar inexplicable y eterna felicidad por su parte.»
Pero Tomás Moro sabía que eso sólo era posible si el corazón se llenaba de
caridad y de la «pasión» de Cristo. Y en esta caridad él supo acoger incluso a
sus perseguidores. Al
finalizar esta meditación, nos parecen necesarias algunas reflexiones y
actualizaciones al considerar la aventura de este «humanista» santo y mártir. Ante
todo, tenemos que volver a plantearnos el binomio «humanismo y cruz», ya que
también nuestra época se quiere caracterizar por ser la época de la promoción
del hombre y del culto de lo «humano». Es más, ha aumentado de forma notable la
conciencia de la dignidad del hombre y se han multiplicado los medios a
disposición del hombre para que pueda realizar su destino. Los cristianos se
preocupan mucho por ser hombres entre los hombres, por colaborar, promover,
dialogar; es más, insisten en proponer un «humanismo pleno». En cualquier caso,
los cristianos se cuentan entre los que afirman cada vez con mayor claridad la
dignidad humana de todo hombre. En esta universalidad y concreción, muchos
movimientos que se dicen humanistas trampean a menudo con desenvoltura. Pero
incluso los cristianos sienten la tentación de trampear y lo hacen a menudo.
Afirman el diálogo, el pluralismo, el interés hacia todos los valores,
naturales y sobrenaturales. Pero hay una pregunta pendiente y que es preciso
que les sea formulada: ¿todavía hay algo o Alguien por lo que merezca la pena
morir? ¿Todavía hay algo o Alguien por lo que merezca la pena aceptar el
martirio, es decir, el testimonio de la sangre a partir de todo aquello que la
puede preparar (esto es, testimonio del riesgo, del fracaso aceptado con paz,
de la marginación impuesta a causa de la fe, del empobrecimiento, etc.). El
cardenal Martini escribió en una de sus cartas: «Ante las figuras de los
grandes mártires de la historia, se nos plantea el problema de si nosotros, con
nuestro favorecimiento del diálogo, no nos estaremos convirtiendo en
latitantes, irenistas o incluso en transformistas». Esta
es la primera pregunta, la primera «cuestión seria» que tenemos que plantearnos
a nosotros mismos y a los demás. La
segunda es similar. En nuestro «culto» del hombre «humano» hemos subrayado cada
vez más una cierta contradicción inevitable: por una parte hablamos de la
inviolabilidad de la conciencia personal (¿quién no defiende hoy su derecho a
la libertad de conciencia?), pero por otra se ha convertido en una actitud
normal la de plegar nuestra conciencia a la de una así llamada «conciencia
social». De
este modo, ya no nos causa extrañeza modificar los datos de nuestra conciencia
para adecuarlos a los de una cierta conciencia mayoritaria, y lo que la mayoría
considera que es lícito poco a poco nos lo va pareciendo también a nosotros, o
no tan grave como nos parecía o, en cualquier caso, merecedor de respeto. Y en
muchas ocasiones —cuando estamos implicados personalmente— tampoco nos cuesta
demasiado modificar o silenciar los dictados de nuestra conciencia. Si
además somos personas con responsabilidades sociales, estaremos dispuestos sin
más a escindir nuestra conciencia: por un lado, consideraremos que una
determinada ley es injusta, que cierto comportamiento es inmoral, etc. Pero,
por otra, como personajes públicos, consideraremos que debemos «administrar» la
opinión de la mayoría y ser los ejecutores de lo que la conciencia social
manifiesta que admite o quiere. Y
ello en mayor medida cuanto más nos consideremos como mejores administradores
que los demás, más morales, más capaces de «gestionar el mal con el criterio
del mal menor». Y, por lo tanto, si la conciencia social quiere adorar al
becerro de oro nosotros construimos para ella el becerro de oro y a esto lo
llamamos tolerancia, respeto de la conciencia ajena, fidelidad a nuestro deber
público, respeto de las leyes democráticas. Tomás
Moro se encontró ante toda una sociedad que proclamaba como lícita una ley que
su conciencia consideraba como contraria al «derecho de Dios». Ni
siquiera tenía la absoluta certeza «teológica» de no estar equivocado; todos
los expertos, ¡incluidos el clero y los obispos!, le decían que podía «jurar»,
aceptar y «administrar» una ley admitida por todos. Se trataba indudablemente
del hombre que mejor que ningún otro podía «mediar» en la situación, y quizá,
si hubiera permanecido en su puesto, los males provocados por esa «ley» votada
en el Parlamento inglés habrían sido menores. Pero
consideró que no podía quedarse en su puesto; consideró que no podía escindir
su conciencia: porque sólo tenía una, que además pertenecía a Dios. Y
se convirtió en un mártir, es decir, en testimonio de Cristo. ¡Cuánto
miedo de sufrir, cuánto miedo a la cruz de Cristo, cuánta respetabilidad
burguesa se esconde detrás de tanta habilidad así llamada cristiana que logra
al mismo tiempo gestionar su propia conciencia y la de los demás (aunque sea
contraria), y quizá se convence a sí misma de que ha sido caritativa! En
el cristianismo, caridad es la del que sabe dar su vida, no la del que la
conserva a toda costa, con la excusa de que así puede interesarse mejor por la
vida de los demás. Tomás
Moro había tornado de su fe y del entusiasmo humanista de su época el deseo de
ser «hombre», hombre en su totalidad. Pero un día comprendió que hay
situaciones en las que un cristiano, precisamente por querer ser plenamente
«hombre», tiene que entregar a Cristo toda su humanidad; situaciones en las que
sólo caben dos alternativas: o la deshumanización, o la Humanidad del
Resucitado. Y por ello «eligió» morir. Gentileza
de www.arvo.net para la BIBLIOTECA
CATÓLICA DIGITAL Santo
Tomás Moro político
y mártir Por
Andrés Vázquez de Prada Una
tarde de verano, hace ya de esto algunos años, fui a visitar la casa donde
vivió Moro -Sir Thomas More- en Chelsea, junto al Támesis. De
aquellos edificios y de aquel amplio jardín nada queda. Sobre parte del solar
construyeron un convento, cuya iglesia fue destruida en uno de los bombardeos
de la segunda guerra mundial, y hoy está levantada de nuevo. En
la paz dormida que guardan los locutorios conventuales me enseñaron un trozo de
la camisa de áspero pelo que el Canciller de Inglaterra usaba como cilicio.
Luego me mostraron un patizuelo y una pequeña huerta. Al fondo, junto al
paredón posterior de la iglesia, un moral mantenía, ligeramente inclinado, el
peso multisecular de los años: con ramas escasas, con claros en el follaje, con
arrugas y grietas en el tronco. Es
tradición que Moro plantó aquel árbol con sus propias manos y que a su vera
solía sentarse, gastando bromas a los políticos y humanistas, conversando con
los amigos de la casa, socorriendo a los pobres de la vecindad, mientras a su
alrededor circulaba la familia y jugueteaban los nietos. No
era tiempo de moras, pero las monjas me aseguraron que el árbol las producía
muy sabrosas. Corté un brote del tronco retallecido y salí a pasearme por la
orilla del río, que está a unos pasos de la casa. Era
una tarde de domingo. En la quietud del crepúsculo rumiaba yo recuerdos de
historia. Río abajo quedaban la City y la Torre de Londres, invisibles en la
revuelta del cauce. Por encima del horizonte se apretujaban nubes cárdenas,
retintas de sangre. Pasó corriente arriba una gabarra, removiendo un agua
turbia de carbonilla y grasa. Revolaban graciosamente unas gaviotas por la
ribera de Battersea. A la derecha, el cielo, jaspeado de transparencias y
esplendores, tenía nimbos diáfanos de gloria y baño de luces doradas. Del otro
lado sangraban arreboles: allá, por la parte de la Torre, de donde salió el ex
Canciller hacia el martirio, en Tower Hill, porque junto al río le mataron al
Caballero. He
recorrido los lugares que frecuentó Moro: la City, la antigua judería,
Westminster, las Inns. He navegado por la corriente del Támesis, que tantas
veces cruzó en bote. Visité los sitios en donde transcurrió su niñez, su
juventud y su vida madura: Chelsea, Lambeth, Abingdon, Oxford... He leído todas
sus obras. Me detuve a meditar en su casa, en la vieja iglesia de Chelsea, en
la Torre donde fue encarcelado... Como él, romero, he ido a Muswell, a Greenwich
y a Nuestra Señora de Willesden. He perseguido sus reliquias. Y decidí escribir
sobre el espíritu gigante -con dimensiones humanas- de aquel hombre. Un
día, camino de San Dunstan de Canterbury, una voz paternal y amiga me animó a
rematar el trabajo. Charlando llegamos a la vieja ciudad de Tomás de Becket, el
otro mártir inglés de las causas civiles y políticas, asesinado en la catedral. San
Dunstan es una iglesia en manos protestantes. Aquel día, como casi todos,
estaba abierta y vacía. En la nave de la derecha, junto a la cabecera del altar
mayor, se encuentra la tumba secular de los Roper, con uno de los cuales casó
Margarita, la hija mayor de Tomás Moro. Y cuando al degollar a su padre
clavaron la cabeza en una pica, a la entrada del puente de Londres, Margarita
sobornó al encargado de arrojarla al río y se llevó consigo la reliquia amada y
exangüe. En
el suelo del templo había una lápida negra con una inscripción honrosa. Al
lado, una vasija con flores, ni frescas ni marchitas. Debajo, la cabeza del
mártir nos hablaba al corazón: ¿Qué importa que un hombre pierda su cuerpo si
gana su alma? Qué
figura tan amable y tan cercana. En este momento Moro es a los ojos de los
hombres lo que fue en sus días a los ojos de sus contemporáneos: un excelso
humanista, un juez recto y prestigioso, embajador, consejero y Canciller eximio
de Inglaterra; el mejor de los amigos y modelo de padre y esposo. Y es también,
ante nosotros, lo que predicó la posteridad: un mártir, y lo que barruntaron
quienes le conocían: un santo. Desde
1935, año de la canonización de Tomás Moro -y en los años posteriores a esa
fecha- se han multiplicado los escritos y estudios de su obra y vida. Y se ha
establecido científicamente lo que venía repitiéndose de tiempo atrás: que Moro
es una de las figuras cumbres de la historia de Inglaterra. Los
protestantes han pretendido presentarle como uno de sus grandes reformadores
religiosos, y los socialistas, como precursor del marxismo en su Utopía. Y para
los católicos ha sido siempre la figura prócer de la Reforma en Inglaterra, en
cuanto mártir, apologista, escritor y gobernante. De manera que hoy su estampa
y su recuerdo atraen al cristiano y al ateo, y a la gente de dentro y fuera de
la Commonwealth. A
Tomás Moro se le tributa homenaje en lengua inglesa, francesa, alemana,
italiana y rusa; pero hemos olvidado que se halla muy cerca de las vidas de
Catalina de Aragón, Carlos V y María Tudor, a quienes personalmente conoció,
trató y defendió. Hasta el punto de que Chapuys -el embajador imperial en
Londres- escribía al César diciéndole que el Canciller era el mejor amigo que
sus partidarios tenían en la isla. Con esta amplia humanidad le vio Luis Vives;
así le juzgaron Ribadeneyra, Fernando de Herrera y Quevedo. No
es fácil leer las obras catalogadas y disponibles de Moro, obstáculo que
resulta casi insuperable por lo inaccesible de algunas fuentes. Por eso
quisiera expresar aquí mi gratitud por las atenciones recibidas en el British
Museum de Londres, en la Biblioteca Nacional de Madrid y en el Archivo General
de Simancas. Recorriendo
documentos y manuscritos me he parado a entresacar detalles y pensamientos que,
a mi entender, tienen valor inestimable para un biógrafo, y que los demás
investigadores han pasado por alto. Porque lo que yo persigo en este libro es
primordialmente el trazar una semblanza fresca y de nuevo cuño, no empañada por
el curso de los años y valedera como ejemplo para nuestro propio quehacer
humano. Sin
embargo, la biografía de este hombre no cabe hacerla a la ligera, ya que nos
enfrentamos con un espíritu profundo. No es posible tampoco despacharla en
breves páginas porque se trata de una vida intensa en los sucesos y cuajada de
eficacia. Y, como última razón, por el sugestivo ritmo dramático que encierra,
en medio de las luchas políticas y del cisma religioso, bajo el fondo clásico
que le presta el remanso tembloroso del humanismo europeo. La
gente de Londres agavilló estos recuerdos y creó en torno a Moro una aureola de
leyenda que culminaría en tiempos de Isabel I con un drama llevado a las
tablas. Esta obra era producto unido de varios dramaturgos, entre los que
probablemente se contaba Shakespeare, rindiendo así tributo popular al mejor de
los londinenses. Y
como la historia de los grandes hombres es más interesante y directa que las
hipótesis imaginativas o los inventos novelados, fácil es explicarse que, luego
de valorar las fuentes en su justo aprecio, venga apoyando este libro con largo
aparato de notas. He procurado, con todo, dejar al lector un texto terso y
expedito, aunque ampliado con aclaraciones marginales. Así, por diversos
motivos, podrán consultarlas el erudito, el desconfiado y el hambriento de
información. Y el que quiera puede pasarlas de largo. He
escrito con la cabeza, pero no es sorprendente que al correr de las páginas
brote, como un alarido del alma, la voz imperiosa del corazón. Nadie ha podido
contenerse, sobre todo al llegar a ese trágico momento en que las mejores
plumas desde Erasmo y el cardenal Pole hasta nuestros días se estremecieron
rompiendo a entonar el Carmen heroicum in mortem Thomae Mori. Pero
Tomás Moro no ha muerto. Está con nosotros, en medio de nosotros. Como ejemplo
vivo para nuestra conducta de cristianos. Como santo que intercede por esos
conflictos político-religiosos que devoran el mundo. El es -Morus noster-
semilla fecunda de paz y de alegría, como lo fue su paso por la tierra entre su
familia y amigos, en el foro, en la cátedra, en la Corte, en las embajadas, en
el Parlamento y en el gobierno. Es
también el patrono silencioso de Inglaterra, que derramó su sangre en defensa
de la unidad de la Iglesia y del poder espiritual del vicario de Cristo. Y
siendo la sangre de los cristianos semilla germinante, la de Tomás Moro va
lentamente calando y empapando las almas de quienes a él se acercan imantados
por su prestigio, dulzura y fortaleza. Moro será el apóstol silencioso del
retorno a la fe de todo un pueblo. Generoso
con su vida, no dejó de serlo después de su muerte. Y creo yo que el Señor
concedió que su cuerpo, mutilado y no identificado, reposase como el de un
soldado desconocido en el osario de la Torre de Londres. Reliquia no guardada
en urna ni arqueta de plata, sino en la encrucijada de la historia y en medio
de la City, donde santificó sus tareas terrenales. Quiera
Dios que a su vibración se tense y abrase nuestro espíritu, y que nuestra alma
se ensanche a la talla y medida de su persona. Hampstead,
1961 -------------------------------------------------------------------------------- (*)
En Sir Tomás Moro. Prólogo a la Primera Edición. Ediciones Rialp Sobre
sus escritos: -por
Esteban Kriskovich (Director Instituto Tomás Moro. Universidad Católica.
Asunción-Paraguay) En
los catorce meses de prisión (17 de abril de 1534 a 6 de julio de 1535),
escribió varios cientos de hojas que forman uno de los más conmovedores
testimonios de la fidelidad de un ser humano a su conciencia, a la verdad y a
sus principios. Además
de una numerosa correspondencia, que parcialmente se ha podido rescatar, y unas
cuantas conmovedoras oraciones encontradas en su libro de las horas, y una
"Instrucción para recibir el cuerpo de Cristo", ha escrito dos obras
impresionantes: 1)
"Un diálogo de la fortaleza contra la tribulación", en el cual dos
personajes Antonio y Vicente, uno anciano y el otro joven, dialogan ante una
eminente invasión turca de los peligros y adversidades que han debido
sobrellevar los cristianos perseguidos por su fe dentro y fuera de Inglaterra. 2)
"La agonía de Cristo", obra inconclusa que parece habérsele arrancado
de las manos justo cuando estaba en el capítulo de la aprehensión de Cristo
luego de la agonía en el huerto de los olivos. Su última expresión referida a
la captura de Cristo en el huerto fue "...echaron mano sobre Jesús". La
imitación a Jesucristo es la plenitud del hombre, y el amor del cristiano. Como
muy bien lo dice Alvaro de Silva, Moro escribió este libro con lucidez, afecto
y ternura, pero sin ningún sentimentalismo. El cristiano ha de seguir los pasos
de Cristo hasta el final, empujado por el amor y la belleza de Cristo. El
Calvario es una montaña, no un hoyo oscuro. También la Cruz erguida es un
desafío a la ley de la gravedad[3]. Sobre
ella quiero referirme explícitamente, porque creo que en algunas páginas existe
algo que luego de casi dos mil años, de casi quinientos años, permanece actual. Moro
hizo de la pasión de Cristo, y de manera dramática, el centro de su
contemplación durante su encarcelamiento en la Torre de Londres y todo el
proceso. Para fortalecerse, Moro se ensimisma en Cristo, y sigue los pasos de
Cristo en su agonía, encarcelamiento, proceso, pasión y muerte[4]. Y
en un capítulo[5], que es el que quería recordar, reflexiona el hecho de que
los Apóstoles, en el huerto de los olivos, duermen mientras el traidor
conspira, y Cristo les llama tres veces seguidas y ellos se vuelven a dormir,
tal vez por cansancio, tal vez por pereza, tal vez por dolor, pueden existir
miles de explicaciones, lo cierto es que se duermen mientras Cristo los
necesita. ¡Velad y orad!, les repite y ellos se vuelven ha dormir. Estado de
somnolencia. ¿No es este contraste entre el traidor y los apóstoles como un
espejo, y no menos clara que triste y terrible, de lo que ocurre tantas veces a
través de los siglos, desde aquellos tiempos hasta nuestros días?. La
somnolencia. Con razón dice Cristo que los hijos de las tinieblas son mucho más
astutos que los hijos de la luz. Y nosotros, ¿estamos despiertos mientras otros
maquinan?; ¿estamos despiertos en nuestras universidades fomentando una cultura
de la vida humanizadora, mientras otras universidades pueden estar produciendo
tesis deshumanizante?, ¿estamos despiertos mientras nuestras leyes atentan
contra la vida y la dignidad humana?, ¿estamos despiertos mientras crean nuevos
términos y manipulan conceptos y el lenguaje?, legisladores, filósofos,
educadores, periodistas, estudiantes, juristas, jueces, médicos, pastores,
intelectuales, religiosos, hombres de gobierno, padres de familia, familias
enteras, pueblo amante de lo verdadero, ¿estamos acaso despiertos?. En
todos sus últimos escritos se puede notar que Tomás Moro está prácticamente
solo. Si no fuera por la comprensión incluso forzada de su hija Margaret
estaría completamente solo. Pero "solo" en el convencimiento de su
participación en la verdad y la certeza de la comunión en esa verdad con todos
los santos. El excanciller es un hombre solo, pero ¿no es la libertad original
y auténtica precisamente estar solo el hombre delante de su Dios?[6]. No
se encuentra en los escritos de Moro ningún fenómeno que ocurrió a otros santos
como apariciones, voces celestiales, milagros ni arrebatos místicos. Moro
persevera anclado firmemente en la claridad de su conciencia cristiana frente a
todo lo que tiene por delante. Sólo cuenta con su fe y su razón, su libertad
anclada en el amor a Cristo y a la Iglesia. Ha formado su conciencia durante
largo tiempo. Con estudio y reflexión. Su convicción es tan honda y tan pura
que no tiene necesidad de juzgar, despreciar o condenar a los demás. Ni
disminuye su amor y respeto al Rey que le envía a la muerte, ni su lealtad al
país que tanto ama. Pero su amor a Cristo y a la Iglesia es mayor, y fundado en
la clara razón, en la verdad[7]. Por esto murió, no tanto por un principio o
idea o tradición, ni siquiera doctrina, sino por una persona, por Cristo. No
por un amor a Cristo en abstracto, sino a su Iglesia y a la verdad revelada en
ella, en su caso la aceptación y defensa de la supremacía espiritual del Romano
Pontífice, la "roca". Moro amaba a Cristo y comprendió que negar
aquella verdad o punto doctrinal equivalía a renegar de Cristo. Moro
dentro de su silencio escogió y valoró cada palabra para fabricar una de las
protestas más apasionadas y al mismo tiempo serenas a favor de la libertad del
espíritu humano, iluminado por la verdad. El cristiano puede vivir sin muchas
cosas, pero no puede vivir sin libertad. Su pasión por la verdad debe
necesariamente ir unida a su pasión por la libertad. Moro ingresó en la Torre
por seguir la verdad de su conciencia. No se adhirió al juramento porque
repugnaba su conciencia cristiana. Hacerlo le hubiera llevado a perder su
libertad auténtica, con mayúsculas, adherida a la verdad, y por consiguiente a
perderse a sí mismo para adherirse a la auténtica libertad. Sin esa libertad
original del Espíritu, las demás libertades pueden ser cadenas, aunque
produzcan admiración y muy hermosas parezcan. Esto es lo que Moro tiene
presente al hablar en algunas cartas del "respeto a su alma". Hablar
de conciencia individual y de inalienable libertad, no significa de ningún modo
que esté permitido tomar caprichosamente cualquier decisión, sino más bien, la
aptitud y obligación de buscar la verdad en cualquier asunto, según los medios
de que se disponga. Y por eso fue al suplicio sin hacer concesiones, cuando le
hubiera bastado aceptar un compromiso equívoco, que todo el mundo esperaba de
él, para hallarse de nuevo en el ocio con dignidad[8], o en la mentira con una
supuesta dignidad. La
auténtica libertad es la fuente de la alegría: "La claridad de mi
conciencia hizo que mi corazón brincara de alegría", escribió a su hija
Margaret, en los últimos meses de vida. Y esto hacía que el santo, pueda
perdonar, rezar por sus enemigos, y aún en esos momentos difíciles y dolorosos,
incluso en el cadalso, con el buen humor, fruto de la alegría de pertenecer a
Cristo, antes que al propio interés o a los intereses de Estado. Un
contemporáneo de Moro, Nicolas Maquiavelo, escribió: "Amo a mi ciudad más
que a mi propia alma". En esta exclamación la trascendencia se borra, el
espíritu se aplaca, la conveniencia está por encima de la verdad, y el ser de
las cosas se manipula causando incalculables perjuicios. Las consecuencias las
conocemos mejor nosotros y mucho más trágicamente que Maquiavelo.[9] Como
decía Chesterton, "dentro de la Iglesia uno tiene que quitarse el
sombrero, pero no la cabeza". No luchaba Moro obstinado en su concepción
personal ni subjetiva sino en defensa y amor a la verdad. No aspiraba a
"salirse con la suya", sino "con la de Dios". Moro murió
por una verdad que en su época había sido puesta en peligro. Moro era un
intelectual de primera línea, figura cumbre del humanismo renacentista europeo.
Tomás Moro estudió la cuestión con objetividad y se aseguró concienzudamente en
la verdad. Su conciencia estaba bien formada, su fe era razonable y su
contenido había conocido largas horas de reflexión y de estudio. No murió por
defender una simple opinión de su cabeza ni por un capricho de su conciencia,
sino por salvaguardar la conciencia en la verdad objetiva revelada. Se opuso a
una ley dictada al antojo por intereses del momento. Se le cortó la cabeza
porque ella era lo que sus enemigos no pudieron conquistar en él[10], y
necesitaron de un traidor que con perjurio lo acuse infamemente. Parecería que
la verdad venció sobre la mentira, pero ¿ha sido así?. Veritas magna et
prevalet. La verdad es grande y prevalece (San Agustín)[11]. Su testimonio aún
sigue hasta nuestros días y nos compromete. El peso de su carácter, de su
energía viril, de su honestidad, de su formación jurídica y sus quince meses en
prisión es abrumador en lo que respecta a sus razones en defensa de la verdad,
de lo que las cosas son realmente, del bien, de la justicia. Había mantenido con
su inteligencia y prestigio humanista, con la tinta de su pluma, la fe de
siempre muchos años antes de librar la última batalla con la sangre de su
cabeza[12]. En
un bote antes de ser apresado, hablando con su yerno William Ropper sobre la
posibilidad de perder su libertad, Moro le manifestó: "La batalla está
ganada". La batalla está ganada, existen muchas interpretaciones de esta
expresión: la batalla de Moro consigo mismo, la batalla frente a la tentación,
la batalla contra los temores, la batalla del bien contra el mal, la batalla de
la verdad contra la mentira, la batalla de la muerte contra la vida, la batalla
que ya Cristo ganó por nosotros. La
batalla está ganada, pero no abandonemos la lucha. Estamos llamados a ser
notables soldados de Cristo, sobre todo para que no hayan más víctimas
inocentes del relativismo en lo concreto. Si Dios no existe, ya todo está
permitido –decía Dostoievsky-. Debemos prepararnos para ello siempre, para
anunciar el esplendor de la verdad en nuestro mundo, hasta las últimas
consecuencias. Para
terminar, quisiera repetir algunas frases de la entrevista sobre Tomás Moro a
Oscar Luigi Scalfaro, expresidente de Italia: "Para ser buenos políticos
hay que ser, ante todo, personas íntegras y formadas; formadas especialmente en
la vivencia según los valores cristianos. De este modo pueden ser fuertes
interiormente para poder resistir a las tentaciones del poder. Fuertes con la
gracia de Dios, que conquista y que se mantiene con la oración y los
sacramentos. Cuando Moro tenía entre manos algún asunto importante o grave, iba
a la Iglesia, se confesaba, asistía a Misa y recibía la Comunión[13]. Reconocía
que el poder era un don que venía de lo alto. El poder por el poder es
diabólico; es el pecado de soberbia; es, sobre todo, pensar en sí, en la propia
carrera, en el propio interés. ¡Lo opuesto al servicio de la comunidad! La
formación de la persona forma parte de los derechos y deberes naturales de la
familia, es decir, de los padres. Ahora bien, también es un deber primario de
la Iglesia, que es madre y maestra, y tiene la tarea formar integralmente a sus
propios hijos. La responsabilidad de la Iglesia en este campo es grande: ¿quién
mejor que la Iglesia puede hacer sentir al cristiano que, como ciudadano, no se
puede quedar en casa durmiendo, que el bien común depende de cada uno y que el
sacrificio por la comunidad es un deber de justicia?. El desafío es grande y
necesita personas y sobre todo jóvenes dispuestos a vivir la política como una
misión, dispuestos a seguir los grandes ideales del Evangelio, con generosidad
y afrontando todo riesgo. "Simón,
tú duermes?" Pedro y los demás lo amaban con locura pero estaban en un
estado de somnolencia. "Simón, tu duermes?", pongamos en lugar de
Simón allí nuestro nombre y ensimismémonos con esta pregunta de Cristo.
Permanezcamos despiertos. Estas
Jornadas para muchos en su historia puede marcar un hito muy importante. No es
casual que nos hallamos encontrado. Dios suele llamar con una sutileza muy
especial. Tal vez este llamado se haya dado con la invitación a participar de
estas Jornadas. El compromiso es personal. Es personal. La tarea de la
iluminación de la inteligencia no es fácil pero es necesaria y apasionante. No
estamos solos, aunque aparentemente lo sintamos así, porque de hecho estamos
llamados en tiempos difíciles. La
batalla está ganada, pero la lucha continúa. Todos estamos llamados para este
desafío, aunque nos encontremos aparentemente solos contra el poder, Dios Padre
nos protege, Dios Hijo Jesucristo nos acompaña, y Dios Espíritu Santo, nos
ilumina con su gracia, y además tenemos la compañía de todos los santos. El
mundo está hambriento de una respuesta política auténtica, humana, Dios por
algo nos hizo nacer en este tiempo y en esta tierra. Respondamos a su llamado.
Muchas gracias. [3]
Cartas desde la Torre, Introducción, Pág. 16. [4]
Un hombre solo. Cartas desde la Torre. Rialp. Madrid. 1990. Pág. 148. [5]
La Agonía de Cristo. Rialp. Madrid. 1997. Pág. 76 [6]
Idem. Päg. 21 [7]
Idem, 22 [8]
Louis Brouyer. "Tomás Moro. Humanista y mártir". Encuentro. Madrid.
Pág. 88. [9]
Carta de Maquiavelo a Francesco Vettoni el 16 de abril de 1527. [10]
La agonía de Cristo. Introducción de Álvaro de Silva. Pág. xxvi. [11]
Louis Bouyer. "Tomás Moro. Humanista y Martir". Encuentro. Madrid.
Pág. 91. [12]
La agonía de Cristo. Idem. Pág. xxiv. [13]
Cartas desde la Torre. Pág. 145. SANTO
TOMAS MORO († 1535) En
1516 se publica la traducción del Nuevo Testamento y la institución del
príncipe cristiano, de Erasmo; el Orlando furioso, de Ariosto; la traducción de
la Epístola a los romanos, primera obra importante de Lutero, y la Utopía, de
Tomás Moro. Unos meses después, ya en 1517, aparecerá también la otra gran obra
ético-política de Erasmo, junto con la Institutio: la Querela pacis. Dos años
antes Maquiavelo había escrito El Príncipe. Se trata, pues, de un momento
intelectualmente decisivo en medio del desbordamiento de entusiasmo y de
embriaguez creacional que caracterizan al siglo renacentista. Incluso parecen
darse cita simbólicamente, en tan heterogéneos acontecimientos literarios, las
mismas tres fuerzas colosales en cuyo conflicto vital consiste la época misma
del Renacimiento: el Humanismo católico, la Reforma protestante y el espíritu y
la dialéctica extracristianos de la Modernidad. Los
sociólogos nos desvelarán después los procesos desarrollados por las fuerzas y
estructuras sociales que en esa época están bullendo. Weber, Sombart o Gómez
Arboleya reconstruirán todo ese período configurador de la aventura histórica
triunfante del burgués occidental. Paganización, secularización. Ruptura con el
orden feudal y con todo un período histórico agotado-formal, esteticista,
turbio ya de poderío y de desprestigio del cristianismo. Quiebra de la
cristiandad y aparición de fuerzas creadoras decisivas no cristianas y
descristianizadoras. Individualismo y racionalismo. Aparición de poderes
temporales centrados en sí mismos y racionalizadores del orbe humano: Estado
moderno y capitalismo. Florecimiento y cristalización entrecruzados de las
naciones modernas y del sistema capitalista, en su vigorosa época juvenil: en
las repúblicas mercantiles italianas; en la vida suntuosa y epicúrea —de
difícil financiación— de la corte pontificia; en la Alemania de los Fugger,
forjadora de las empresas, los negocios y el comercio germanos; en los Países
Bajos, especialmente en la Holanda que ya se configura, primera nación cuya
vida colectiva se presenta impregnada del espíritu capitalista; en la Francia,
que aún se resiste perezosamente a secundar la acción audaz de sus primeros
grandes empresarios; en la Inglaterra, que está atravesando la que se ha
calificado de "edad heroica del capitalismo inglés". En
ese momento, en 1516, Moro tiene treinta y ocho años, faltan trece todavía para
que Enrique VIII le nombre canciller de Inglaterra. Cuatro años después, en
1533, el monarca establece la tiranía y provoca el cisma. Dos años más, y la
cabeza de Moro rodará en el patíbulo. Pero en la Utopía se ha alcanzado ya la
plenitud intelectual del gran humanista inglés. En la Utopía Moro centra todo
su esfuerzo en un objetivo único: tomar el Evangelio, confrontarlo con la
injusta sociedad de su tiempo, formular contra ella una denuncia airada y poner
frente a tal situación el cuadro de lo que debía ser una sociedad inspirada
íntegramente en la concepción evangélica de la vida. Luego, como hombre de
acción, tratará de realizar lo único que a él le resulta viable: contener en lo
posible el libertinaje político de los déspotas, neutralizando con su prestigio
bien ganado el asesoramiento tradicional, complaciente y abyecto, de los
dignatarios cortesanos. A unos y a otros, a déspotas y a nobles, hace en este
sentido duras alusiones en su obra. Pero nos es más importante detenernos algo
en la crítica de una situación económica en la que Moro nos declara hasta qué
punto el lujo palaciego y la codicia del incipiente capitalismo lanero y textil
están llevando al pueblo a la miseria. "Vuestras
ovejas, que tan mansas eran y que solían alimentarse con tan poco, han
comenzado a mostrarse ahora, según se cuenta, de tal modo voraces e indómitas
que se comen a los propios hombres y devastan y arrasan las casas, los campos y
las aldeas". " ... los nobles y señores, y hasta algunos abades,
santos, varones, no contentos con los frutos y rentas anuales que sus
antepasados acostumbraban sacar de sus predios, ni bastándoles el vivir ociosa
y espléndidamente sin favorecer en absoluto al Estado, antes bien
perjudicándolo, no dejan nada para el cultivo y todo lo acotan para pastos;
derriban las casas, destruyen los pueblos, y si dejan el templo es para
estabulizar sus ovejas; pareciéndoles poco el suelo desperdiciado en viveros y
dehesas para caza. Esos excelentes varones convierten en desierto cuanto hay
habitado y cultivado por doquier". "Y para que uno solo de esos
ogros, azote insaciable y cruel de su patria, pueda circundar de una empalizada
algunos miles de yugadas, arrojan a sus colonos de las suyas, los despojan por
el engaño o por la fuerza, o les obligan a venderlas, hartos ya de vejaciones.
Y así emigran de cualquier manera esos infelices..." La
referencia aún podría ser bastante más extensa, con precisas alusiones de Moro
a la conducta antisocial del oligopolio de la lana y de la carne, y a la cruel
mecánica alcista en la formación de los precios. Así, hasta parar en la amarga
conclusión a que le lleva el análisis del estado de su patria: "...la
malvada codicia de unos pocos arrastrará a la ruina vuestra isla, que,
precisamente por esta riqueza, parecía ser tan feliz". Pero los párrafos
transcritos han bastado para dejarnos sin disimulos ante la personalidad
intelectual de Moro. Al menos, ante esa parte decisiva que en su espíritu
juegan la pasión por la justicia y la mentalidad ya indiscutiblemente objetiva,
positiva, científica, de su enfrentamiento con los problemas sociales;
actitudes que nos van a servir de clave para interpretar los aparentes juegos
de fantasía con que las circunstancias le obligan a revestir su pensamiento;
actitudes, por otra parte, que le llevarán al enfrentamiento, como subraya
Mesnard, "nada menos que con la monarquía inglesa y con el sistema
económico-social que se le muestra estrechamente ligado". Hay
otros rasgos salientes, que no pueden silenciarse en la semblanza de Tomás
Moro. Bouyer nos habla de su figura, como de "la más bella del
Renacimiento católico, porque es la de un hombre de acción mas que de un
pensador... Su vida y su muerte son el más elocuente testimonio de la vitalidad
del catolicismo humanista, penetrado por el espíritu de este Renacimiento, cuyo
corifeo sigue siendo Erasmo". Erasmo, su amigo admirado y venerado,
promotor de cuanto de valiosa herencia humanista ofrece el catolicismo en tan
turbulenta y dramática época, que nos dejará la entrañable evocación de la vida
familiar de Moro, llena de sensibilidad, de afecto, de acierto pedagógico,
discurriendo dichosamente en el jardín de la casa de Chelsea, junto al Támesis.
Su decidida militancia humanista, que le llevará a cultivar los grandes temas
de su tiempo, como lo hizo en su estudio sobre la impresionante figura de Pico
de la Mirándola, o a concebir la vocación política como mero ejercicio del
sentido cristiano del deber, hasta el extremo de acometer la empresa de dejar
su testimonio insobornable de integridad como gobernante en un país que
"desde 1422 hasta 1509", "en la fatídica galería de monstruos
que va de Enrique VI a Enrique VIII (Mesnard), había vivido un drama sangriento
interminable que había de terminar por devorarle también a él mismo. Pero
el aspecto más valioso de su obra intelectual, transida de reiterados giros de
humour sajón y de ironía universal, es, sin duda, el legado imperecedero que
nos aporta como filósofo político y pensador cristiano. Su obra se centra en
este aspecto en el ataque a los principios viciosos cuya extirpación
consideraba único remedio capaz de devolver la salud a la sociedad de su
tiempo. Estos dos principios permanentes de la corrupción política eran, a su
juicio, la monarquía y la propiedad. Y a este fin, "para conmover a los
espíritus rebeldes a la especulación filosófica; para forzar a los
conservadores a evacuar posiciones en las que la crítica no tiene cabida, Moro
ha dedicado cinco años a construir un mundo ideal, verdadero espejo de justicia
y de prosperidad; mundo en el que, a partir de entonces, está invitado a
penetrar el lector de todo país y de toda época" (Mesnard), Por
mi parte pienso que, no obstante ser Erasmo quien, en uno de los rasgos más
permanentes de su obra intelectual y espiritual, sitúa doctrinalmente el
problema de la evangelización de la política, a Moro es a quien corresponde
hasta ahora la significación de figura máxima de cuanto a la respuesta dada al
mismo por los cristianos todos los tiempos. No
podemos en esta ocasión acometer un estudio exhaustivo de la filosofía política
de Moro, en cuanto discípulo y testigo del Evangelio. Pero desconocen en
absoluto lo que él representa en la economía del plan divino sobre el género
humano quienes hacen un deliberado alarde de ignorancia acerca de la magnitud
trascendental de su concepción política. Concepción a la altura de la cual él
supo estar sin duda, con el testimonio de una vida ejemplar como padre y
esposo, como sabio, como gobernante, como mártir. Y ello en un trance en el que
la organización eclesiástica de su patria, comenzando por un episcopado
cobarde, a excepción del obispo Fisher, su compañero de cadalso, se hunde en la
abyección ante el tirano. Sin embargo, ese testimonio de su vida no es lícito
que pueda servir a nadie para intentar escamotear la importancia intrínseca de
una aportación filosófica, cuyo autor mismo juzga con estas palabras: "Si
hay que silenciar como insólito y absurdo cuanto las perversas costumbres de
los hombres han hecho parecer extraño, habría que disimular entre los
cristianos muchas cosas enseñadas por Cristo, cuando él, por el contrario,
prohibió que se ocultasen y mandó incluso predicar las que susurró al oído de
sus discípulos; pues la mayor parte de esas palabras son tan ajenas a las
actuales costumbres como lo fue mi discurso". Precisamente
desde este punto de perspectiva hay que enfocar los aspectos fundamentales de
la teoría política de Moro: la construcción de una república ideal y el ataque
a la monarquía y a la propiedad privada. Este último aspecto, que es el más
radical de su pensamiento, emerge constantemente del texto de la Utopía.
"Dondequiera que exista la propiedad privada y se mida todo por el dinero
—nos dirá Moro por boca de Rafael HytIodeo, el descubridor portugués que le
sirve para expresar sin demasiado riesgo sus enérgicos juicios—, será difícil
lograr que el Estado obre justa y acertadamente, a no ser que pienses que es
obrar con justicia el permitir que lo mejor vaya a parar a manos de los peores,
y que se vive felizmente allí donde todo se halla repartido entre unos pocos
que, mientras los demás perecen de miseria, disfrutan de la mayor
prosperidad". Pero
esto no era una novedad en el cristianismo. Es la misma voz con que en el siglo
IV habían clamado varonilmente los Padres de la Iglesia. Por ejemplo,
Lactancio: "Dios nos dio la tierra en común, no para que una avaricia
irritante y despiadada se alzase con todo, sino para que los hombres viviesen
en comunidad y nadie estuviera falto...". Por ejemplo, Crisóstomo: "Cuando
tratamos de poseer algo en particular trayendo continuamente en la boca las
insípidas palabras "mío" y "tuyo", entonces es cuando
surgen las luchas fratricidas, envidias y rencores. Así, pues, la posesión en
común es más natural que la propiedad privada". Por ejemplo, Ambrosio:
"...tú te apropias para ti solo lo que se ha dado para común utilidad de
todos. La tierra no pertenece exclusivamente a los ricos; es patrimonio de
todos; y, sin embargo, son muchos más los que no usan de lo suyo que los que
usan de ello". "La avaricia fue la causa de haberse repartido entre
pocos las posesiones". Y los mismos conceptos en Clemente Romano, en
Basilio, en Jerónimo, en Agustín. Son los conceptos sobre los que Moro afirma
que la igualdad de bienes, único camino para la salud pública, es casi
incompatible con la propiedad privada; mientras que la república perfecta sólo
podrá edificarse sobre la base de la comunión de bienes entre los hombres.
Temas ambos que constituyen, respectivamente, el núcleo de la primera y segunda
partes de la Utopía. Y
todavía distaba más esta doctrina de ser una novedad en la revelación bíblica,
desde el Génesis hasta el Apocalipsis, en el conjunto global del Libro dictado
por Dios a los hombres. A partir del momento mismo de la creación Yahvé entrega
a los hombres la tierra en común: "...los bendijo y les dijo: Sed
fecundos, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad sobre la
Tierra" (Gen. 1, 28). Y luego ya, sin cesar, la sed colectiva de justicia
que sube de la tierra, con clamor de milenios: la expectación de las
generaciones por la ciudad en que los hombres "construirán casas que
habitarán; plantarán viñas cuyos frutos comerán. No edificarán para que habite
otro, ni plantarán para que otro lo consuma" (Is 65, 21.22), "Este es
el nombre que tendrá la Ciudad: "Yahvé —nuestra— Justicia" (Jer. 33,
16). "Son nuevos cielos y una nueva tierra lo que esperamos —según su
promesa—, donde habitará la justicia" (2 Petr. 3,13). Esperanza de que
Dios nos permita al fin construir una tierra en que reine la justicia y la paz,
que culmina en el Apocalipsis: Después vi un cielo nuevo, una tierra nueva —el
primer cielo, en efecto, y la primera tierra han desaparecido, y va no hay
mar—. Y vi la Ciudad Santa, Jerusalén nueva, que descendía del cielo, de donde
Dios; se había embellecido, como una joven casada radiante ante su esposo. Oí
entonces una voz clamar, desde el trono: "Ved la morada de Dios con los
hombres. Él tendrá su morada con ellos; ellos serán su pueblo y ÉI, Dios —con
ellos—, será su Dios. El enjugará toda lágrima de sus ojos; de muerte, ya no
habrá nada; de llanto, grito y pena, nada habrá ya, porque el antiguo mundo se
ha ido" (Apoc. 21. 1-4). El
Evangelio rezuma esta misma conciencia profunda de la vida. La Iglesia
primitiva también. Igual la época de los Padres. El pensamiento medieval, en
sus líneas de conjunto, está lejos de romper con este legado. Lo que hace Moro
es darle expresión moderna. Quizá demasiado moderna, demasiado arraigada en lo
que empezaba a ser ya la Modernidad, el Occidente. A la concepción de la vida
que es peculiar del hombre ibero, por ejemplo, le puede resultar demasiado
comunista la república utopiana. La ética natural misma podría tomar noticia
mucho más directa entre los iberos de la concepción evangélica de la vida,
respecto a lo que pudieron lograrlo los ahistóricos pobladores de Utopía. Buena
muestra son de estas afirmaciones nuestras, tanto el humanismo ibero de los
siglos XVI y XVII, en lo que tiene de no-europeo y de no-contrarreformista,
sino de Reforma católica española, como las grandes empresas utópicas de
evangelización y civilización acometidas en Indias por los grandes misioneros
—exponentes de una conciencia colectiva— que se llamaron Vasco de Quiroga,
Zumárraga, Junípero Serra; o los jesuitas paraguayos. Pero eso no altera la
significación crucial de la Utopía en la cultura humana y en el cristianismo.
En realidad, si es grande la obra de Dios en Moro, tomándole para testigo suyo
en la lucha por la justicia sobre la tierra, a costa del supremo sacrificio, la
obra de Moro en Dios supone un punto culminante de ese mismo drama visto desde
abajo, desde la perspectiva terrestre de la Historia. Hasta ahora supone,
sencillamente, la aportación más valiosa de los cristianos a la sangrienta
expectación de la humanidad por una sociedad justa y fraterna. Pero
lo cierto es que, a partir de Moro, los cristianos no habíamos vuelto a decirle
al pueblo oprimido y explotado las grandes palabras encendidas de cólera y
esperanza. Batida duramente la Iglesia por el burgués triunfante, fueron las
generaciones católicas desvirtuándose y contagiándose en no pequeña medida de
racionalismo y de formalismo jurídico y estético durante los siglos modernos.
Parecieron incluso perder la fe en que "el fermento cristiano ha comenzado
apenas a transformar las instituciones colectivas de la humanidad...; (en) que
no estamos más que al comienzo de las victorias de la verdad evangélica a
través de la Historia, y (en) que así, sirviéndola, el cristiano trabaja
eficazmente, al mismo tiempo que por su propia salud, por la salud de toda la
familia humana". Y así las grandes ansias de las multitudes obreras de
nuestro tiempo, su sacrificio, su combate, su inmensa y ruda energía creadora,
no los han encauzado ya héroes cristianos, sino héroes y pastores brotados por
millares al margen de la Iglesia. Saint-Simon, Prouelhon, Bakunin, Kropotkin,
Marx, Sorel, Anselmo Lorenzo, Costa, Pablo Iglesias, Lenin y tantos otros
teóricos y jefes del movimiento obrero occidental o soviético, o del movimiento
revolucionario ibérico, tuvieron que formarse marginalmente al cristianismo,
porque hacía doscientos años que yacía sepultada en el olvido, entre los
cristianos, aquella filosofía de liberación del pueblo que Moro había sabido
llevar a su expresión más audaz. Pero
el cristianismo guarda en sus senos una vitalidad inmensa. La gigantesca
experiencia del hombre moderno ha empezado a tocar ya sus propios límites. Y es
ahora, cuando esta vasta hazaña creativa presenta ya su entera dimensión,
cuando al cristianismo le empieza a ser posible acometer la empresa de
evangelizarla. Ahora, cuando ante los ojos apagados de los burgueses se han
mostrado viables ya varias utopías siniestras, está más próxima que nunca la
realización en el tiempo de la Utopía cristiana. Y es ahora cuando el
cristianismo puede entrar de nuevo en las entrañas del pueblo. En la medida en
que los cristianos volvamos a ofrecer a ese mismo pueblo —debatiéndonos contra
la injusticia que nos asedia, codo con codo con el ejército de los que sufren,
en la misma línea espiritual de Tomás Moro— los artesanos de paz y los
luchadores perseguidos que necesitan para ser libres los hambrientos y
sedientos de justicia. El
camino, quizá ya el camino final hacia la Ciudad Justa, vuelve a verse claro
cuando el hombre actual se lava los ojos con ese ideal ético de la humanidad
que Jesús nos traza en su Discurso evangélico, y al que la humanidad se acerca
progresiva y trabajosamente en el tiempo: "Felices los pobres en
espíritu..., los dulces..., los afligidos, los hambrientos y sedientos de
justicia..., los misericordiosos..., los corazones puros..., los artesanos de
paz..., los perseguidos por la justicia. Porque suyo es el reino de los
cielos" (Mt. 5, 3-10). MANUEL
LIZCANO LA
AGONÍA DE CRISTO Por
Santo Tomás Moro. I.
"SOBRE LA TRISTEZA, AFLICCIÓN MIEDO Y ORACIÓN DE CRISTO ANTES DE SER
CAPTURADO" (Mt 26, Mc 14, Lc 22, Ju 18). Oración
y mortificación con Cristo "Y
dicho el himno de acción de gracias, salieron hacia el monte de los
Olivos". Aunque habla hablado de tantas cosas santas durante la cena con
sus Apóstoles, sin embargo,. y a punto de marchar, quiso acabarla con una
acción de gracias. ¡Ah!, qué poco nos parecemos a Cristo aunque llevemos su
nombre y nos llamemos cristianos. Nuestra conversación en las comidas no sólo
es tonta y superficial (incluso por esta negligencia advirtió Cristo que
deberemos rendir cuenta), sino que a menudo es también perniciosa, y una vez
llenos de comida y bebida dejamos la mesa sin acordarnos de Dios y sin darle
gracias por los bienes que nos ha otorgado. Un
hombre sabio y piadoso, que fue egregio investigador de los temas sagrados y
arzobispo de Burgos , da algunos argumentos convincentes para mostrar que el
himno que Cristo recitó con los Apóstoles consistía en aquellos seis salmos que
los hebreos llaman el "gran allelluia", es decir, el salmo 112 y los
cinco restantes. Es una costumbre antiquísima que han seguido para dar gracias
en la fiesta de Pascua y en otras fiestas importantes. Incluso en nuestros días
siguen usando este himno para las mismas fiestas. Por lo que se refiere a los
cristianos, aunque solíamos decir diferentes himnos de bendición y acción de
gracias según las épocas del año, cada uno apropiado a su época, ahora hemos
permitido que casi todos estén en desuso. Nos quedamos tan contentos diciendo
dos o tres palabrejas, cualesquiera que sean, e incluso ésas las susurramos
descuidadamente y bostezando con indolencia. Salieron
hacia el monte de los Olivos, y no a la cama. El profeta dice: "En mitad
de la noche me levanté para rendirte homenaje", pero Cristo ni siquiera se
reclinó sobre el lecho. Ojalá pudiéramos nosotros, por lo menos, aplicarnos con
verdad este otro texto: "Me acordé de tí cuando descansaba sobre mi cama .
Y no era el tiempo veraniego cuando Cristo, después de cenar, se dirigió hacia
el monte. Porque no debía ocurrir todo esto mucho más tarde del equinoccio de
invierno, y aquella noche hubo de ser fría, como muestra la circunstancia de
que los servidores se calentaban junto a las brasas en el patio del sumo
pontífice. Ni tampoco era ésta la primera vez que Cristo hacía tal cosa, como
claramente atestigua el evangelista al escribir secundum consuetudinem,
"según su costumbre" . Subió
a una montaña para rezar, significando así que, al disponernos a hacer oración,
hemos de elevar nuestras mentes del tumulto de las cosas temporales hacia la
contemplación de las divinas. El mismo monte de los Olivos tampoco carece de
misterio, plantado como estaba con olivos. La rama de olivo era generalmente
empleada como símbolo de paz, aquella que Cristo vino a establecer de nuevo
entre Dios y el hombre después de tan larga separación. El aceite que se extrae
del olivo representa la unción del Espíritu: Cristo vino y volvió a su Padre
con el propósito de enviar el Espíritu Santo sobre los discípulos, de tal modo
que su unción pudiera enseñarles todo aquello que no hubieran podido
sobrellevar si se lo hubiera dicho antes. "Marchó
a la otra parte del torrente Cedrón, a un huerto llamado Getsemaní". Corre
el Cedrón entre la ciudad de Jerusalén y el monte de los Olivos, y el vocablo
"Cedrón" significa en lengua hebrea "tristeza", mientras
que "Getsemaní" quiere decir "valle muy fértil" y también
"valle de olivos". No se ha de pensar que es simple casualidad el
hecho de que los evangelistas recordaran con tanto cuidado estos nombres. De lo
contrario, hubieran considerado suficiente indicar que fue al monte de los
Olivos, a no ser que Dios hubiera escondido bajo estos nombres algunos
misteriosos significados que hombres estudiosos, con la ayuda del Espíritu
Santo, intentarían descubrir, por el simple hecho de ser mencionados. Dado que
ni una sílaba puede considerarse vana o superflua en un escrito inspirado por
el Espíritu Santo mientras los Apóstoles escribían, y dado el hecho de que ni
siquiera un pájaro cae a tierra fuera del orden querido por Dios, me es
imposible pensar que los evangelistas mencionaran estos nombres de manera fortuita,
o bien que los judíos los asignaran a lugares (cualquiera que fuese su
intención al hacerlo) sin un plan escondido del Espíritu Santo, que guardó en
tales nombres un depósito de misterios para que fueran desenterrados más
adelante. "Cedrón"
significa tanto "tristeza" como "negrura u oscuridad" y da
nombre no sólo al torrente mencionado por los evangelistas, sino también -como
consta con claridad al valle por el que corre el torrente y que separa a
Getsemaní de la ciudad. Así, todos estos nombres evocan a la memoria (a no ser
que nos lo impida ver nuestra somnolencia) la realidad de que mientras estamos
distantes del Señor, como dice el Apóstol , y antes de llegar al monte
fructífero de los Olivos y a la agradable finca de Getsemaní -cuyo aspecto no es
triste y áspero, sino fértil en toda clase de alegrías-, debemos cruzar el
valle y la corriente del Cedrón. Un valle de lágrimas y un torrente de
tristeza, en cuyas aguas puedan limpiarse la suciedad y negrura de nuestros
pecados. Mas, si cansados y abrumados con dolor y llanto intentamos
perversamente cambiar este mundo, este lugar de trabajo y de sacrificio, en
puerto de frívolo descanso; si buscamos el paraíso en la tierra, entonces nos
apartamos y huimos para siempre de la verdadera felicidad, y buscaremos la
penitencia cuando ya es demasiado tarde, y nos veremos además envueltos en
tribulaciones intolerables e interminables. Esta
es la lección saludable de la que estos nombres nos advierten, tan
oportunamente escogidos están. Y como las palabras de la Sagrada Escritura no
están atadas a un solo sentido, sino cargadas con otros misteriosos, estos
nombres de lugares armonizan bien con la historia de la Pasión de Cristo.
Parece como si sólo por esta razón la eterna providencia de Dios se hubiera
cuidado de que esos lugares recibieran tales nombres, que serían, siglos
después, señales anunciadoras de su Pasión. El que "Cedrón"
signifique "ennegrecido" ¿no parece querer recordar aquella
predicción del profeta sobre Cristo, anunciando que entraría en su gloria por
un suplicio ignominioso, y que quedaría desconocido por las contusiones y los
cardenales, la sangre, los escupitajos y la suciedad hasta tal grado que
"no hay forma ni belleza en su rostro"?. Y
que el nombre del torrente que cruzó no envano significa "triste" es
algo que el mismoCristo atestiguó al decir: "Mi alma está triste con
tristeza de muerte." "Y
le siguieron también sus discípulos", es decir, los once que habían
quedado con El.El diablo habla entrado en el otro Apóstol después de cenar, y
afuera también éste marchó, mas no para seguir como discípulo al maestro, sino
para perseguirle como un traidor. Bien se cumplían en él aquellas palabras de
Cristo: "El que no está conmigo está en contra de mí" En contra de
Cristo ciertamente estaba porque en ese mismo momento tramaba insidias para
atraparle, mientras el resto de los discípulos le seguían para rezar. Sigamos
nosotros a Cristo y supliquemos al Padre con El. No imitemos la conducta de
judas, abandonando a Cristo después de haber participado de sus favores y haber
cenado espléndidamente con El, para que no caiga sobre nosotros aquella
profecía: "Si veías al ladrón te ibas con él". "Judas,
que le entregaba, conocía bien el sitio porque solía Jesús retirarse muchas
veces a él con sus discípulos". Una vez más los evangelistas aprovechan la
ocasión -al mencionar al traidor- para subrayar, y así grabar en nosotros,
aquella santa costumbre de Cristo de retirarse con sus discípulos para hacer
oración. Si hubiera ido allí únicamente algunas veces y no frecuentemente, no
hubiera estado el traidor tan seguro como estaba de encontrar allí al Señor,
hasta el punto de llevar a los servidores del sumo sacerdote y a la cohorte de
soldados romanos, como si todo se hubiera acordado de antemano. Caso de que
hubieran visto que no estaba todo previsto, hubieran juzgado que Judas se
burlaba de ellos, y no le habrían dejado marchar impune. Y yo me pregunto:
¿dónde están esos que se creen grandes hombres y se glorían de sí mismos como
si hicieran algo extraordinario cuando, en las vigilias de algunas fiestas
importantes, prolongan un poco más la oración en la noche o se levantan
temprano para la oración de la mañana? Cristo, nuestro Salvador, tenía como
costumbre pasar noches enteras en oración, sin dormir. ¿Dónde están los que le
llamaban glotón porque no rechazaba la invitación a los banquetes de los
publicanos ni despreciaba a los pecadores? ¿Dónde
están aquellos que juzgando su moral con rigidez farisaica no la consideraban
mejor que la moral de la chusma? Mientras
tristes y amargados rezaban los hipócritas en las esquinas de las plazas para
ser vistos por los hombres, El, apacible y amable, almorzaba con pecadores para
ayudarles a cambiar sus vidas. Y, además, solía pasar la noche rezando al
descubierto, bajo el cielo, mientras el fariseo hipócrita roncaba a pierna
suelta en la blandura de su lecho. ¡Ojalá aquellos de nosotros que,
esclavizados en tal forma por la pereza no podemos imitar este ejemplo de
nuestro Salvador, tuviéramos, por lo menos, el deseo de traer a la memoria
-precisamente mientras nos damos la vuelta en la cama medio dormidos- estas sus
noches enteras en oración! Ojalá aprovecháramos esos momentos mientras
esperamos al sueño para dar gracias a Dios, para pedirle más gracias y para
condenar nuestra apatía y pereza. Estoy seguro de que si hiciéramos el
propósito de adquirir el hábito e intentarlo aunque sólo fuera un poco, pero
con constancia, en breve tiempo nos concedería Dios dar un gran paso y aumentar
el fruto. La
angustia de Cristo ante la muerte "Y
dijo a los discípulos: Sentaos aquí mientras yo voy más allá y hago oración. Y
llevándose consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a entristecerse
y a angustiarse. Y les dijo entonces: Mi alma está triste hasta la muerte.
Aguardad aquí y velad conmigo" . Después de mandar a los otros ocho
Apóstoles que se quedaran sentados en un lugar, El siguió más allá, llevando
consigo a Pedro, a Juan y a su hermano Santiago, a los que siempre distinguió
del resto por una mayor intimidad. Aunque no hubiera tenido otro motivo para
hacerlo que el haberlo querido, así, nadie tendría razón para la envidia por
causa de su bondad. Pero tenla motivos para comportarse de esta manera, y los
debió de tener presentes. Destacaba Pedro por el celo de su fe, y Juan por su
virginidad, y el hermano de éste, Santiago, seria el primero entre ellos en
padecer martirio por el nombre de Cristo. Estos eran, además, los tres
Apóstoles a los que se les había concedido contemplar su cuerpo glorioso. Era,
por tanto, razonable que estuvieran muy próximos a El, en la agonía previa a su
Pasión., los mismos que habían sido admitidos a tan maravillosa visión, y a
quienes El habla recreado con un destello de la claridad eterna porque convenía
que fueran fuertes y firmes. Avanzó
Cristo unos pasos y, de repente, sintió en su cuerpo un ataque tan amargo y
agudo de tristeza y de dolor, de miedo y pesadumbre, que, aunque estuvieran
otros junto a El, le llevó a exclamar inmediatamente palabras que indican bien
la angustia que oprimía su corazón: "Triste está mi alma hasta la
muerte." Una mole abrumadora de pesares empezó a ocupar el cuerpo bendito
y joven del Salvador. Sentía que la prueba era ahora ya algo inminente y que
estaba a punto de volcarse sobre El: el infiel y alevoso traidor, los enemigos
enconados, las cuerdas y las cadenas, las calumnias, las blasfemias, las falsas
acusaciones, las espinas y los golpes, los clavos y la cruz, las torturas
horribles prolongadas durante horas. Sobre todo esto le abrumaba y dolía el
espanto de los discípulos, la perdición de los judíos, e incluso el fin
desgraciado del hombre que pérfidamente le traicionaba. Añadía además el
"inefable dolor de su Madre queridísima. Pesares y sufrimientos se
revolvían como un torbellino tempestuoso en su corazón amabilísimo y lo
inundaban como las aguas del océano rompen sin piedad a través de los diques
destrozados. Alguno
podrá quizás asombrarse, y se preguntará cómo es posible que nuestro salvador
Jesucristo, siendo verdaderamente Dios, igual a su Padre Todopoderoso, sintiera
tristeza, dolor y pesadumbre. No hubiera podido padecer todo esto si siendo
como era Dios, lo hubiera sido de tal manera que no fuese al mismo tiempo
hombre verdadero. Ahora bien, como no era menos verdadero hombre que era
verdaderamente Dios, no veo razón para sorprendernos de que, al ser hombre de
.verdad, participara de los afectos y pasiones naturales de los hombres
(afectos y pasiones, por supuesto, ausentes en todo de mal o de culpa). De
igual modo, por ser Dios, hacia portentosos milagros. Si nos asombra que Cristo
sintiera miedo, cansancio y pena, dado que era Dios, ¿por qué no nos sorprende
tanto el que sintiera hambre, sed y sueño? ¿No era menos verdadero Dios por
todo esto? Tal
vez, se podría objetar: "Está bien. Ya no me causa extrañeza que experimentara
esas emociones y estados de ánimo, pero no puedo explicarme el que deseara
tenerlas de hecho. Porque El mismo enseñó a los discípulos a no tener miedo a
aquellos que pueden matar el cuerpo y ya no pueden hacer nada más. ¿Cómo es
posible que ahora tenga tanto miedo de esos hombres y, especialmente, si se
tiene en cuenta que nada sufriría su cuerpo si El no lo permitiera? Consta,
además., que sus mártires corrían hacia la muerte prestos y alegres,
mostrándose superiores a tiranos y torturadores, y casi insultándoles. Si esto
fue así con los mártires de Cristo, ¿cómo no ha de parecer extraño que el mismo
Cristo se llenara de terror y pavor, y se entristeciera a medida que se
acercaba el sufrimiento? ¿No es acaso Cristo el primero y el modelo ejemplar de
los mártires todos? Ya que tanto le gustaba primero hacer y luego enseñar,
hubiera sido más lógico haber asentado en esos momentos un buen ejemplo para
que otros aprendieran de El a sufrir gustosos la muerte por causa de la verdad.
Y también para que los que más tarde morirían por la fe con duda y miedo no
excusaran su cobardía imaginando que siguen a Cristo, cuando en realidad su
reluctancia puede descorazonar a otros que vean su temor y tristeza, rebajando
así la gloria de su causa." Estos
y otros que tales objeciones ponen no aciertan a ver todos los aspectos de la
cuestión, ni se dan cuenta de lo que Cristo quería decir al prohibir a sus
discípulos que tuvieran miedo a la muerte. No quiso que sus discípulos no
rechazaran nunca la muerte, sino, más bien, que nunca huyeran por miedo de
aquella muerte "temporal" que no durará mucho, para ir a caer, al
renegar de la fe, en la muerte eterna. Quería que los cristianos fuesen
soldados fuertes y prudentes, no tontos e insensatos. El hombre fuerte aguantay
resiste los golpes, el insensato ni los siente siquiera. Sólo un loco no teme
las heridas, mientras que el prudente no permite que el miedo al sufrimiento le
separe jamás de una conducta noble y santa. Seria escapar de unos dolores de
poca monta para ir a caer en otros mucho más dolorosos y amargos. Cuando
un médico se ve obligado a amputar un miembro o cauterizar una parte del
cuerpo, anima al enfermo a que soporte el dolor, pero nunca intenta persuadirle
de que no sentirá ninguna angustia y miedo ante el dolor que el corte o la
quemadura causen. Admite que será penoso, pero sabe bien que el dolor será
superado por el gozo de recuperar la salud y evitar dolores más atroces. Aunque
Cristo nuestro Salvador nos manda tolerar la muerte, si no puede ser evitada, antes
que separarnos de El por miedo a la muerte (y esto ocurre cuando negamos
públicamente nuestra fe), sin embargo, está tan lejos de mandarnos hacer
violencia a nuestra naturaleza (como seria el caso si no hubiéramos de temer en
absoluto la muerte), que incluso nos deja la libertad de escapar si es posible
del suplicio, siempre que esto no repercuta en daño de su causa. "Si os
persiguen en una ciudad -dice- , huid a otra" . Esta indulgencia y cauto
consejo de prudente maestro fue seguido por los Apóstoles y por casi todos los
grandes mártires en los siglos posteriores. Es difícil encontrar uno que no
usara este permiso en un momento u otro para salvar la vida y prolongarla, con
gran provecho para sí y para otros muchos, hasta que se aproximara el tiempo oportuno
según la oculta providencia de Dios. Hay también valerosos campeones que
tomaron la iniciativa profesando públicamente su fe cristiana aunque nadie se
lo exigiera; e incluso llegaron a exponerse y ofrecerse a morir aunque tampoco
nadie les forzara. Así lo quiere Dios que aumenta su gloria, unas veces,
ocultando las riquezas de la fe para que quienes traman contra los creyentes
piquen el anzuelo; y otras, haciendo ostentación de esos tesoros de tal modo
que sus crueles perseguidores se irriten y exasperen al ver sus esperanzas
frustradas, y comprueben con rabia que toda su ferocidad es incapaz de superar
y vencer a quienes gustosamente avanzan hacia el martirio. Sin
embargo, Dios misericordioso no nos manda trepar a tan empinada y ardua cumbre
de la fortaleza; así que nadie debe apresurarse precipitadamente hasta tal
punto que no pueda volver sobre sus pasos poco a poco, poniéndose en peligro de
estrellarse de cabeza en el abismo si no puede alcanzar la cumbre. Quienes son
llamados por Dios para esto, que luchen por conseguir lo que Dios quiere y
-reinarán vencedores. - Mantiene ocultos los tiempos y las causas de las cosas,
y cuando llega el momento oportuno saca a la luz el arcano tesoro de su
sabiduría que penetra todo con fortaleza y dispone todo con suavidad. Por
consiguiente, si alguien es llevado hasta aquel punto en que debe tomar una
decisión entre sufrir tormento o renegar de Dios, no ha de dudar que está en
medio de esa angustia porque Dios lo quiere. Tiene de este modo el motivo más
grande para esperar de Dios lo mejor: o bien Dios le librará de este combate, o
bien le ayudará en la lucha, y le hará vencer para coronarlo como triunfador.
Porque "fiel es Dios que no permitirá seáis tentados sobre vuestras
fuerzas, sino que de la misma prueba os hará sacar provecho para que podáis
sosteneros Si
enfrentado en lucha cuerpo a cuerpo con el diablo, príncipe de este mundo, y
con sus secuaces, no hay modo posible de escapar sin ofender a Dios, tal hombre
-en mi opinión- debe desechar todo miedo; yo le mandaría descansar tranquilo
lleno de esperanza y de confianza, "porque disminuirá la fortaleza de
quien desconfíe en el día de la tribulación" . Pero el miedo y la ansiedad
antes del combate no son reprensibles, en la medida en que la razón no deje de
luchar en su contra, y la lucha en si misma no sea criminal ni pecaminosa. No
sólo no es el miedo reprensible, sino, al contrario, inmensa y excelente
oportunidad para merecer. ¿0 acaso imaginas tú que aquellos santos mártires que
derramaron su sangre por la fe no tuvieron jamás miedo a los suplicios y a la
muerte? No me hace falta elaborar todo un catálogo de mártires: para mi el
ejemplo de Pablo vale por mil . Si
en la guerra contra los filisteos David valía por diez mil, no cabe duda de que
podemos considerar a Pablo como si valiera por diez mil soldados en la batalla
por la fe contra los perseguidores infieles. Pablo, fortísimo entre los atletas
de la fe, en quien la esperanza y el amor a Cristo hablan crecido tanto que no
dudaba en absoluto de su premio en el cielo, fue quien dijo: "He luchado
con valor, he concluido la carrera, y ahora una corona de justicia me está
reservada". Tan ardiente era el deseo que le llevó a escribir: "Mi
vivir es Cristo, y morir, una ganancia" `. Y también: "Anhelo verme
libre de las ataduras del cuerpo y estar con Cristo". Sin embargo, y junto
a todo esto, ese mismo Pablo no sólo procuró escapar con gran habilidad, y
gracias al tribuno, de las insidias de los judíos, sino que también se libró de
la cárcel declarando y haciendo valer su ciudadanía romana; eludió la crueldad
de los judíos apelando al César, y escapó. de las manos sacrílegas del rey
Aretas dejándose deslizar por la muralla metido en una cesta. Alguien
podría decir que Pablo contemplaba en esas ocasiones el fruto que más tarde
habla de sembrar con sus obras, y que además, en tales circunstancias, jamás le
asustó el miedo a la muerte. Le concedo ampliamente el primer punto, pero no me
aventuraría a afirmar estrictamente el segundo. Que el valeroso corazón del
Apóstol no era impermeable al miedo es algo que él mismo admite cuando escribe
a los corintios: "Así que hubimos llegado a Macedonia, nuestra carne no
tuvo descanso alguno, sino que sufrió toda suerte de tribulaciones, luchas por
fuera, temores por dentro" . Y escribía en otro lugar a los mismos:
"Estuve entre vosotros en la debilidad, en mucho miedo y temor . Y de
nuevo: "Pues no queremos, hermanos, que ignoréis las tribulaciones que
padecimos en Asia, ya que el peso que hubimos de llevar superaba toda medida,
más allá de nuestras fuerzas, hasta tal punto que el mismo hecho de vivir nos
era un fastidio" . ¿No
escuchas en estos pasajes, y de la boca del mismo Pablo, su miedo, su
estremecimiento, su cansancio, más *insoportable que la misma muerte, hasta tal
punto que nos recuerda la agonía de Cristo y presenta una imagen de ella? Niega
ahora si puedes que los mártires santos de Cristo sintieron miedo ante una
muerte espantosa. Ningún temor, sin embargo, por grande que fuera, pudo detener
a Pablo en sus planes para extender la fe; tampoco pudieron los consejos de los
discípulos disuadirle para que no viajara a Jerusalén (viaje al que se sentía
impulsado por el Espíritu de Dios), incluso aunque el profeta Agabo le había
predicho que las cadenas y otros peligros le aguardaban allí. El
miedo a la muerte o a los tormentos nada tiene de culpa, sino más bien de pena:
es una aflicción de las que Cristo vino a padecer y no a escapar. Ni se ha de
llamar cobardía al miedo y horror ante los suplicios. Sin embargo, huir por
miedo a la tortura o a la misma muerte en una situación en la que es necesario
luchar, o también, abandonar toda esperanza de victoria y entregarse al
enemigo, esto, sin duda, es un crimen grave en la disciplina militar. Por lo
demás., no importa cuán perturbado y estremecido por el miedo esté el animo de
un soldado; si a pesar de todo avanza cuando lo manda el capitán, y marcha y
lucha y vence al enemigo, ningún motivo tiene para temer que aquel su primer
miedo pueda disminuir el premio. De hecho, debería recibir incluso mayor
alabanza, puesto que hubo de superar no sólo al ejército enemigo., sino también
su propio temor; y esto último, con frecuencia, es más difícil de vencer que el
mismo enemigo. La
Humanidad de Cristo Por
lo que se refiere a Cristo nuestro Salvador, lo que ocumo poco después muestra
qué lejos estaba de dejarse arrastrar por la tristeza, el miedo o el cansancio,
y no obedecer el mandato de su Padre, llevando con valentía a su término todo
lo que antes temiera con miedo provechoso y prudente. Por más de una razón
quiso Cristo padecer miedo y tristeza, tedio y pena. Digo que quiso,
libremente, no que fue forzado., porque ¿quién puede forzar a Dios? El mismo
dispuso de modo admirable que su divinidad moderara el influjo en su humanidad
de tal modo que pudiera admitir las pasiones de nuestra frágil naturaleza
humana, y padecerlas con la intensidad que El quisiera. Como decía, quiso
hacerlo así por varias razones. La
primera fue llevar a cabo aquello para lo que vino a este mundo : dar
testimonio de la verdad. Pues aunque fuera verdaderamente hombre y
verdaderamente Dios no han faltado quienes, al comprobar la verdad de su
naturaleza humana en su hambre, sed, sueño, cansancio y otras cosas parecidas,
falsamente se persuadieron a sí mismos de que no era verdadero Dios. No me
refiero a los judíos y gentiles que entonces le rechazaban, sino más bien a
aquellos que mucho tiempo después, y que incluso profesaron su fe y su nombre,
herejes como Arrio y seguidores de su secta, negaron que Cristo fuera
consustancial con el Padre, desencadenando as¡ contiendas en la Iglesia durante
años. Contra
plagas como ésta opuso Cristo un poderoso antídoto: el depósito sin fin de sus
milagros. Pero apareció un peligro igual en el otro extremo., como quien tras
escapar de Scilla viene a caer en Caribdis. Hubo, en efecto, quienes fijaron su
atención de tal modo en la gloria de sus señales y poderes que, ofuscados y
aturdidos por aquel inmenso esplendor, acabaron negando que Cristo fuera un
hombre verdadero. Aumentando el número de los que así pensaban hasta formar una
secta, no cejaron en su esfuerzo por escindir la unidad santa de la Iglesia
católica, destruyéndola y rompiéndola con su desgraciada sedición. Esta
insensata postura, no menos peligrosa que falsa, busca minar y trastocar
completamente (en la medida en que pueden) el misterio de la redención del
género humano. Tratan de cortar y secar la fuente de donde mana nuestra
salvación, esto es, la pasión y muerte del Salvador. Para
curar esta enfermedad mortífera, el mejor y mas comprensivo de los médicos
quiso experimentar en sí mismo la tristeza, el cansancio, el miedo a las
torturas, mostrando por medio de estos indicios de humana debilidad que era
verdaderamente un hombre. Vino
además a este mundo a ganar para nosotros la alegría por su propio dolor: y ya
que nuestra felicidad será consumada en. el cielo tanto en el alma como en el
cuerpo, quiso de esta manera padecer no sólo el dolor de la tortura corporal,
sino experimentar también en su alma, y de la forma más cruda y amarga, la
tristeza, el miedo y el tedio. Lo hizo en parte para unirnos más a El, por
razón de todo cuanto padecía por nosotros; Y. en parte, para advertirnos cuán
equivocados estamos al rechazar el dolor por su causa (ya que El libremente
soportó tanto e inmenso dolor por la nuestra), o al tolerar de mala gana el
castigo merecido por nuestros pecados: porque vemos a nuestro Salvador
padeciendo por su propia voluntad toda esa gama de tormentos corporales y
mentales, y no porque los hubiera merecido por una ofensa suya, sino
exclusivamente para liberamos de la maldad que sólo nosotros cometimos. Una
última razón, y dado que nada se le ocultaba a su conocimiento eterno, se
encuentra en el hecho de que sabía que habría en la Iglesia personas de
diversos temperamentos y condiciones. Y aunque la sola naturaleza sin la ayuda
de la gracia nada puede hacer para sobrellevar el martirio (el Apóstol dice que
ni siquiera se puede exclamar "jesús es el Señor" si no es en el
Espíritu), sin embargo, Dios no da la gracia a los hombres de tal modo que se
suspendan las funciones y procesos de la naturaleza. 0 bien permite que la
naturaleza se acomode a la gracia y la sirva de tal modo que la obra buena sea
hecha con más facilidad., o, caso de que la naturaleza esté dispuesta a
resistir, Dios hace que esta misma resistencia, vencida y subyugada por la
gracia, aumente el mérito de la obra, precisamente en razón de que era difícil
de llevar a cabo. Sabía
Cristo que muchas personas de constitución débil se llenarían de terror ante el
peligro de ser torturadas, y quiso darles ánimo con el ejemplo de su propio
dolor, su propia tristeza, su abatimiento y miedo inigualable. De otra manera,
desanimadas esas personas al comparar su propio estado temeroso con la
intrépida audacia de los más fuertes mártires, podrían llegar a conceder sin
más aquello que temen les será de todos modos arrebatado por la fuerza. A quien
en esta situación estuviera y parece como si Cristo se sirviera de su propia
agonía para hablarle con vivísima voz: -"Ten
valor, tú que eres débil y flojo, y no desesperes. Estás atemorizado y triste,
abatido por el cansancio y el temor al tormento. Ten confianza. Yo he vencido
al mundo, y a pesar de ello sufrí mucho más por el miedo y estaba cada vez más
horrorizado a medida que se avecinaba el sufrimiento. Deja que el hombre fuerte
tenga como modelo mártires magnánimos, de gran valor y presencia de ánimo. Deja
que se llene de alegría imitándolos. Tú, temeroso y enfermizo, tómame a Mí como
modelo. Desconfiando de ti, espera en Mí. Mira cómo marcho delante de ti en
este camino tan lleno de temores. Agárrate al borde de mi vestido, y sentirás
fluir de él un poder que no permitirá a la sangre de tu corazón derramarse en
vanos temores y angustias; hará tu ánimo más alegre, sobre todo cuando
recuerdes que sigues muy de cerca mis pasos -fiel soy, y no permitiré que seas
tentado más allá de tus fuerzas, sino que te daré, junto con la prueba, la
gracia necesaria para soportarla-, y alegra también tu ánimo cuando recuerdes
que esta tribulación leve y momentánea se convertirá en un peso de gloria
inmenso. Porque los sufrimientos de aquí abajo no son comparables con la gloria
futura que se manifestará en ti. Saca fuerza de la consideración de todo esto y
arroja el abatimiento y la tristeza, el miedo y el cansancio, con el signo de
mi cruz y como si sólo fueran vanos espectros en las tinieblas. Avanza con brío
y atraviesa los obstáculos firmemente confiado en que yo te apoyaré y dirigiré
tu causa hasta que seas proclamado vencedor. Te premiaré entonces con la corona
de la victoria." Entre
las razones por las que nuestro Salvador tomó sobre sí mismo las pasiones de la
natural debilidad humana, esta última de la que acabo de hablar no es menos
digna de consideración. Quiero decir que de verdad se hizo débil por causa del
débil, para poder así atender a otros hombres débiles gracias, precisamente, a
su propia debilidad. Tan impresa tenía en su corazón la preocupación por
nuestra felicidad que todo el proceso de su agonía no parece haber sido
delineado sino para dejar bien asentada toda una disciplina de lucha y un
método para el soldado que, débil y temeroso, necesita ser empujado -por así
decir- al martirio. ¿Cómo
es nuestra oración? Para
enseñar que en el peligro o en una dificultad que acecha hemos de pedir a otros
que vigilen y recen, poniendo al mismo tiempo nuestra confianza en sólo Dios; y
también con la intención de mostrar que tomarla el cáliz amargo de la cruz El
solo, en soledad y sin otra compañía, mandó a aquellos tres Apóstoles que El
había entresacado de los once y llevado al pie de la montaña, que se quedaran
allí, firmes y vigilando con El. Después se retiró como un tiro de piedra.
"Alejándose un poco adelante, se postró en tierra, caldo sobre su rostro,
y suplicaba que, si ser pudiese, se alejara de El aquella hora: ¡Padre, Padre
mío!, decía, todas las cosas te son posibles. Aparta de Mí este cáliz, mas no
sea lo que Yo quiero, sino lo que Tú." Lo
primero que enseña Cristo Rey, y con su propio ejemplo, a quien quiera luchar
por El es la virtud de la humildad, fundamento de las demás virtudes y que
permite a uno remontarse hacia las más altas metas con paso seguro. Siendo
Cristo, en cuanto Dios, igual al Padre, se presenta ante Dios Padre humildemente
por ser también hombre, y se postra así en el suelo. Paremos,
lector, brevemente en este lugar para contemplar con devoción a nuestro rey,
postrado en tierra en esa actitud de súplica. Si hacemos esto con verdadera
atención, un rayo de aquella luz que ilumina a todo hombre que viene a este
mundo iluminará nuestras inteligencias y veremos., reconoceremos, nos
doleremos, y en algún momento llegaremos a corregir, no diré ya la negligencia,
la pereza o la apatía de nuestra vida, sino la falta de sentido común, la
colmada estupidez, la idiotez o insensatez con la que nos dirigimos a Dios
todopoderoso. En lugar de rezar con reverencia nos acercamos a El de mala gana,
perezosamente y medio dormidos; mucho me temo que así no sólo no le complacemos
y ganamos su favor, sino que le irritamos y hasta provocamos seriamente su ira. Seria
muy de desear que, alguna vez, hiciéramos un esfuerzo especial, inmediatamente
después de acabar un rato de oración., para traer de nuevo a la memoria todo lo
que pensamos durante el tiempo que hemos estado rezando. ¿Qué locuras y
necedades veríamos allí? ¿Cuánta vana distracción -y, algunas veces, hasta
asquerosidades- podríamos captar? Nos quedaríamos de verdad asombras de que
todo eso fuera posible; de que, en tan corto espacio de tiempo, pudiera la
imaginación disiparse por tantos lugares, tan dispares y lejanos entre sí; o
entre tantos asuntos y cosas tan variopintos como carentes de importancia. Si
alguien (como quien hace un experimento) se propusiera esforzar su mente para
distraerse en el mayor grado posible y de la manera más desordenada, estoy
seguro que no lo lograría tan bien como de hecho lo hace nuestra imaginación
cuando, medio abandonada, desvaría por todas partes mientras la boca masculla
las horas del oficio y otras oraciones vocales muy usadas. Así, si uno se
pregunta o tiene alguna duda sobre la actividad de su mente mientras los sueños
conquistan la consciencia -al dormir, no encuentro mejor comparación que ésta:
su mente se ocupa de la misma manera que se ocupan las mentes de aquellos que
están despiertos (si se puede decir que están "despiertos" los que de
esta guisa rezan), pero cuyos pensamientos vagan descabelladamente durante la
oración revoloteando con frenesí en un tropel de absurdas fantasías. Mas hay
una diferencia con el que sueña dormido; porque algunas de las extrañas
visiones del que sueña despierto (rezando), y que su imaginación abraza en sus
viajes mientras la lengua corre por la oraciones como si fueran sonidos sin
sentido, son monstruosidades tan sucias y abominables que, de haber sido vistas
estando dormido, ciertamente nadie, por muy desvergonzado, se atrevería a
contarlas al despertar; ni siquiera entre un grupo de golfos. Y
el viejo proverbio es sin duda verdadero: "que el rostro es el espejo del
alma"-. En efecto, este estado de desorden e insensatez de la mente se
refleja con nitidez en los ojos, en las mejillas, en los párpados y en las
cejas, en las manos y en los pies, en suma, en el porte del cuerpo entero.
Cuando nuestra cabeza deja de prestar atención, ocurre un fenómeno parecido con
el cuerpo. Pretendemos, por ejemplo, que la razón para llevar vestidos más
ricos que los corrientes en los días de fiesta es el culto a Dios, pero la
negligencia con que luego rezamos muestra claramente nuestro fracaso en el
intento de encubrir el motivo verdadero, a saber, un altivo y vanidoso deseo de
lucirnos delante de los demás. En nuestra dejadez y descuido tan pronto
paseamos como nos sentamos en un banco; pero, incluso si rezamos de rodillas,
procuramos apoyarnos sobre una sola rodilla, levantando la otra y descansando
así sobre el pie; o hacemos colocar un buen almohadón bajo las rodillas, y
algunas veces (depende de cuán flojos y consentidos seamos) incluso buscamos
apoyar los codos sobre un almohadón confortable. Con toda esta precaución
parecemos una casa ruinosa que amenaza derrumbarse de un momento a otro. Por
lo que se refiere a nuestra conducta, las mismas cosas que hacemos nos
traicionan de mil maneras mostrando que la cabeza está ocupada en algo muy
ajeno a la oración. Porque nos rascamos la cabeza, y limpiamos las uñas con un
corta uñas, y con los dedos nos hurgamos las narices; y mientras tanto nos
equivocamos en lo que hemos de responder. Al olvidar lo que hemos dicho y lo
que todavía no hemos dicho, nos limitamos a adivinar a la buena ventura lo que
queda por decir. ¿Acaso no nos da vergüenza rezar en estado mental y corporal
tan falto de sentido común? ¿Cómo es posible que nos comportemos así en algo
tan importante para nosotros como la oración? ¿De esa manera pedimos perdón por
nuestras faltas suplicándole que nos libre del castigo eterno? Porque de tal
modo rezamos que, incluso si no hubiéramos pecado antes, nos hacemos
merecedores de castigos diez veces mayores al acercarnos a la majestad soberana
de Dios con tan poco aprecio. Imaginad,
si queréis, que habéis cometido un crimen de alta traición contra un príncipe o
contra alguien que tiene vuestra vida en sus manos, pero tan misericordioso que
está dispuesto a calmar su indignación si os ve arrepentidos y en actitud de
humilde- súplica. Imaginad que está decidido a conmutar la sentencia de muerte
por una multa, o incluso, a perdonar del todo la ofensa con la sola condición
de que le mostréis indicios convincentes de vergüenza y dolor. Suponed ahora
que, llevados ante la presencia del príncipe, os adelantáis y empezáis a hablar
descuidadamente, sin interés alguno, como a quien no le importa nada lo que
pasa; mientras él está quieto en su sitio y escucha con atención, vosotros os
movéis paseando de aquí para allá mientras exponéis vuestra situación. Cansados
de deambular os sentáis en una silla; o si la cortesía y educación exige que os
rebajéis y arrodilléis en el suelo, mandáis primero que alguien venga y coloque
un buen almohadón bajo las rodillas; o mejor todavía, le pedís que traiga un
reclinatorio con más almohadillas para que apoyéis los codos. Luego, empezáis a
bostezar, a desperezaros, a estornudar, y a escupir y eructar, sin más cuidado,
los vapores de la glotonería. En fin, comportaros de tal modo que pueda el
príncipe ver con claridad en vuestro rostro, en vuestra voz, en vuestros gestos
y en todo vuestro porte corporal que mientras a él os dirigís estáis con la
cabeza en cosa y asunto muy distinto. Decidme: ¿qué de bueno podéis esperar de tal
modo de rogar? Consideraríamos,
sin duda alguna, absurdo e insensato defendernos así ante un príncipe de la
tierra por un delito que pide la pena capital. Y un tal poderoso, una vez
destruido nuestro cuerpo, nada más puede hacer. ¿Podremos acaso pensar que
estamos en nuestro sano juicio, si habiendo sido sorprendidos en toda una reata
de crímenes y pecados, pedimos perdón tan altiva y desdeñosamente al rey de
reyes, a Dios mismo que tiene poder, una vez destruido el cuerpo, para mandar
cuerpo y alma juntos al infierno? No
deseo que nadie interprete lo que digo pensando que prohíbo rezar paseando o
estando sentado o incluso cómodamente echado. No, y de hecho, cuánto me
gustaría que cualquier cosa que hiciéramos y en cualquier postura del cuerpo,
estuviéramos, al mismo tiempo, elevando constantemente nuestras mentes a Dios,
que esta suerte de oración es la que más le agrada. Poco importan a dónde se
dirijan nuestros pasos si nuestras cabezas están puestas en el Señor. Ni
importa lo mucho que andemos porque nunca nos alejaremos bastante de Aquel que
en todas partes está presente. Mas,
de la misma manera que aquel profeta dice a Dios: "Te tenía presente
mientras yacía en mi lecho" ', y no se quedó contento con esto, sino que
se levantó "en mitad de la noche para rendir homenaje al Señor", así
sugerirla yo aquí que, además de lo que rezamos al andar, hagamos también
aquella oración para la que hemos preparado nuestras mentes con más reflexión,
y para la que disponemos nuestro cuerpo con más respeto y reverencia que si
hubiéramos de presentarnos ante todos los reyes de la tierra reunidos en un
mismo lugar. Con toda verdad he de afirmar que cuando pienso en nuestra
disipación mental durante la oración, mi alma se duele y apesadumbra. De
todas maneras, no hay que olvidar que algunas ideas que vienen mientras rezamos
han podido ser sugeridas por un espíritu del mal, o bien se han deslizado en la
imaginación por el natural funcionamiento de los sentidos. Ninguna de estas
distracciones, por vil y horrible que sea, es falta grave si la resistimos y
rechazamos. Pero, de lo contrario, si la aceptamos con gusto o por falta de
cuidado permitimos que crezca en intensidad durante un rato, no tengo la más
mínima duda de que su fuerza puede llegar a aumentar de tal manera que sea
fatalmente perjudicial para el alma. Al
considerar la gloria sin medida de la majestad de Dios, me veo obligado a
pensar que si estas distracciones de la mente no son delitos punibles con la
muerte, se debe sólo a que Dios, en su misericordia y bondad, no quiere exigir
por ellas la muerte. Porque la malicia inherente a ellas las hace merecedoras
de tal castigo, y ésta es la razón: no consigo imaginar como tales pensamientos
aparecen en la mente de los hombres mientras rezan (es decir, cuando hablan con
Dios) si no es por falta de fe o porque la fe es muy débil. Si procuramos no
estar en Babia al dirigirnos a un prícipe sobre algún asunto importante (o con
alguno de sus ministros en posición de cierta influencia), jamás debería
entonces ocurrir que la cabeza se distrajera lo más mínimo mientras hablamos
con Dios. No ocurrirá esto en absoluto si creyéramos con una fe viva y fuerte
que estamos en presencia de Dios. Y Dios no sólo escucha nuestras palabras y
mira nuestro rostro y porte externo como lugares de donde puede colegir nuestro
estado interior, sino que penetra en los rincones más secretos y recónditos del
corazón, con una visión más aguda que los ojos de Lince o y que ilumina todo
con el resplandor brillantísimo de su majestad. No ocurriría, repito, si creyéramos
que Dios está presente. Aquel Dios en cuya gloriosa presencia todos los
poderosos del mundo, en toda su gloria, deben confesar (a no ser que estén
locos) no ser más que despreciables gusanos. La
oración de Cristo Por
consiguiente, ya que Cristo Salvador nuestro vio que nada hay más provechoso
que la oración, y también que este medio de salvación sería a menudo
infructuoso por la negligencia e insensatez de los hombres y la malicia de los
demonios (de tal manera que, a veces, sería pervertido en instrumento de
destrucción), decidió El mismo aprovechar esta oportunidad, en su camino hacia
la muerte, para reforzar su enseñanza con la palabra y con su propio ejemplo.
Daba así los últimos toques a tema tan necesario (como hizo con otros temas de
su catequesis). Deseaba
que supiéramos bien que hemos de servir a Dios no sólo con el alma, sino
también con el cuerpo, pues ambos fueron por El creados. Quiso igualmente
enseñamos que una -, actitud respetuosa y reverente del cuerpo, aunque tiene su
origen y toma su forma del alma, aumenta al mismo tiempo la propia reverencia
de ésta y la devoción del hombre a Dios. Quiso así mostrar El la más humilde
forma de sujeción, y veneró a su Padre del cielo en una postura corporal que
ningún poderoso de la tierra se ha atrevido a reclamar, ni ha aceptado para sí
cuando se la han ofrecido voluntariamente (con la excepción de aquel macedonio,
ebrio por el vino y la crápula, y algunos otros bárbaros que, ensoberbecidos
por los triunfos, pensaron deberían ser venerados como dioses). Cuando
Cristo rezaba no se sentó ni se puso de pie, y ni siquiera de rodillas: se
arrojó cuan largo era, con el rostro postrado en tierra. Después, continuando
en postura que inspira tanta compasión, imploro` la misericordia de su Padre, y
le llamaba una y otra vez con su nombre, rogándole que, ya que todo le era
posible y movido ante su oración,, apartara de El aquel cáliz de su pasión caso
de que no se hubiera decretado de modo inmutable. Y pedía también que su
voluntad, tal como se expresa en esa oración, no fuera complacida si algo mejor
parecía a la voluntad del Padre. No se ha de deducir de este pasaje que el Hijo
ignorara la voluntad del Padre, sino que, deseando instruir a los hombres,
quiso expresar también sentimientos muy humanos. Al
decir dos veces el nombre de Padre quería recordarnos que toda paternidad
procede de El, tanto en el cielo como en la tierra; y que Dios Padre es su
Padre doblemente. Por creación., que es una cierta paternidad, pues venimos de
Dios, que nos creó de la nada, de modo más verdadero que descendemos del padre
humano que nos produjo; porque, de hecho, él fue creado a su vez por Dios, y
Dios proveyó la materia de que fuimos engendrados. Cuando Cristo reconoció a
Dios como Padre en este sentido, lo hacía en cuanto hombre. Por otra parte, en
cuanto es Dios, lo reconoce como Padre natural y coeterno. Otra
razón para llamarle Padre dos veces puede ser ésta (y tal vez no esté lejos de
ser cierta) : no sólo quería reconocer que Dios Padre es su Padre natural en el
cielo, sino también que no tiene otro Padre sobre la tierra, ya que fue
concebido según la carne por una Virgen y Madre, sin intervención de varón,
cuando el Espíritu Santo descendió sobre ella. El Espíritu es del Padre y del
Hijo, cuyas obras coexisten en identidad y no pueden ser radicalmente
distinguidas. La
repetición del nombre de Padre puede también enseñarnos una importante lección:
cuando rezamos por algo y no lo recibimos no hemos de abandonar la oración,
como hizo el rey Saúl, que, al no conseguir de inmediato un oráculo profético
de Dios, recurrió a una pitonisa, mezclándose así en prácticas y brujerías
prohibidas por la ley que él mismo había promulgado. Cristo enseña a perseverar
en la petición sin murmurar, caso de que no obtengamos lo que buscábamos. Y
enseña esto con razón, porque El no obtuvo el indulto de muerte que buscaba del
Padre con tanta urgencia, pero, a la vez, siempre con la condición de que su
voluntad estuviera en todo sujeta a la del Padre. En esto último hemos de
-imitarle de modo muy particular. "Volvió
después a sus discípulos y los encontró dormido?". En amor amori quid
prestat, cuánto sobresale y destaca un amor sobre el otro. El amor de Cristo
por los suyos era mucho más grande que el amor con que ellos correspondían,
incluso el de quienes más le amaban. Ni la tristeza, miedo, pavor o cansancio,
que angustiosamente le afligían cuanto más cercano estaba su cruel suplicio, le
excusaron de ir a ver a sus amigos. Estos, aunque mucho le amaban (y sin duda
le querían con locura), se durmieron con toda tranquilidad, y, precisamente,
cuando un peligro tan grave se cernía sobre su Maestro. "Y
dijo a Pedro: ¿Simón, tú duermes? ¿No has podido vigilar conmigo una hora?
Vigilad y orad para que no caigáis en la tentación. El espíritu, si, está
pronto, pero la carne es flaca`. ¡Qué fuerza tienen estas palabras tan breves
de Cristo! Suave es su sonido; mas penetran como el pinchazo de un aguijón. Al
dirigirse a Pedro como Simón y reprocharle bajo ese nombre su somnolencia,
quería Cristo decir que el nombre de Pedro, dado anteriormente en razón de su
firmeza, no era muy apropiado ahora ante su debilidad y su sueño. No sólo
interesa aquí notar la omisión del nombre de Pedro (o mejor, Cefas), sino
también el hecho de que el mismo nombre de Simón no dejara de llevar su
aguijón. Porque, en hebreo (lengua que hablaba Cristo), Simón significa
"el que escucha" y también "el que obedece", y en esta
ocasión, y contra el expreso deseo de Cristo, Pedro se había dormido: ni
escuchaba ni obedecía. Estas palabras llenas de delicadeza que dirigió a Pedro
llevaban otras implicaciones, y podrían haber sonado como a continuación
escribo, caso de que hubiera hecho el reproche con tono más severo: Simón.,
que ya no Cefas, ¿duermes? ¿Cómo puedes merecer que te llame Cefas, es decir,
'roca', si muestras ahora tanta flaqueza que ni siquiera puedes aguantar una
hora sin caer en los lazos del sueño? Y por lo que se refiere a tu viejo
nombre, el de Simón, ¿puedes ser llamado 'el que escucha' cuando te encuentro
así dormido? ¿Puedes ser llamado 'obediente' cuando, a pesar de que te mandé
vigilar, apenas me voy, te echas, empiezas a cabecear y te caes dormido? Hice
Yo tanto por ti, ¿y tú te duermes? Yo te hice sujeto de honores, ¿y te me
duermes? Hace poco te jactabas de que morirías conmigo, ¿y ahora duermes? Soy
arrastrado a la muerte por judíos y gentiles y por uno peor que cualquiera de
ellos, judas; y tú, Simón, ¿te duermes? No hay duda de que Satanás está
buscando trituraros como el trigo, ¿y tú te duermes? ¿Qué puedo esperar de
otros si, en tan grave e inminente peligro, no sólo para mi, sino también para
vosotros, incluso tú, Simón, te has dormido?" Después,
y para que nadie pensara que esto afectaba sólo a Pedro, se volvió y habló a
los demás: 'Vigilad y orad, para que no caigáis en la tentación. El espíritu
está pronto, pero la carne es flaca." Se
nos manda aquí orar constantemente. No sólo se declara la utilidad de la
oración, sino su inmensa necesidad. Sin ella, la debilidad de la carne nos echa
para atrás como la rémora retarda el barco, hasta que nuestras cabezas (sin que
importe cuánto deseen hacer el bien) son precipitadas en el mar de la
tentación. ¿Qué ánimo está más pronto que lo estaba el de Pedro? Esto enseña
cuánta necesidad tenía de la ayuda divina contra la debilidad de la carne.
Cuando el sueño le impidió rezar y pedir ayuda a Dios abrió una rendija al
demonio que, poco después, se serviría de su flaqueza para embotar los buenos
deseos de su corazón y llevarlo hasta la negación de Cristo con perjurio. Si
esto ocurrió a los Apóstoles, hombres que eran ramas verdes llenas de vida, que
entraron en tentación por dejar que el sueno interrumpiera su oración, ¿qué
ocurrirá con nosotros que, en comparación con ellos, somos ramas secas, al
enfrentamos casi de súbito con el peligro? Y me pregunto cuándo no estamos en
peligro, porque nuestro enemigo el diablo anda como león rugiente buscando a
quien cae por la debilidad de la carne para arrojarse sobre él y devorarlo. En
tan grave peligro, me pregunto qué será de nosotros si no seguimos el consejo
de Cristo y perseverando en la vigilancia atenta y en la oración. Manda
Cristo estar despiertos no para jugar a las cartas o a dados, ni en borracheras
o festines y juergas, ni por el vino o las mujeres, sino para rezar. Advierte
que hemos de rezar, no de vez en cuando, sino siempre, sin cesar: Orate sine
intermissione. No sólo durante el día (pues no parece sea muy necesario mandar
a alguien estar despierto de día), sino que aconseja también dedicar a la
oración un rato del tiempo que dedicamos generalmente a dormir. Deberíamos
estar avergonzados y reconocer nuestra culpa porque apenas decimos una o dos
breves oraciones, y además, medio dormidos y bostezando. Enseña el Salvador que
hemos de rezar no para vivir en la opulencia, ni en una rueda de placeres sin
fin, ni para que algo horrible ocurra a nuestros enemigos, m para que recibamos
honores en este mundo, sino "para que no entremos en la tentación".
Desea, de hecho, darnos a entender que todos esos bienes terrenales, o bien
pueden sernos a la larga perjudiciales, o de otro modo, son nada en comparación
con el beneficio y fruto de la oración. Por eso, dispuso en su sabiduría esta
petición al final de la oración que había previamente enseñado a sus
discípulos, y que es como un resumen:"y no nos dejes caer en la tentación,
mas líbranos del mal". La
voluntad de Dios Padre 'Volvióse
de nuevo por segunda vez y rezaba repitiendo las mismas palabras: Padre mío, si
no puede pasar este cáliz sin que yo lo beba, hágase tu voluntad. Regresó una
vez más y los encontró dormidos; estaban sus ojos cargados de sueño y no sabían
qué responderle. Dejándolos, se retiró a orar por tercera vez, repitiendo las
mismas palabras: Padre, si quieres, aparta de mi este cáliz; pero no se haga mi
voluntad, sino la tuya" '. Volvió de nuevo a la oración, repitiendo la
misma que había hecho antes, pero sometiendo todo una vez más a la voluntad del
Padre. La petición ha de ser apremiante, pero sin cerrarse ni limitarse a lo
que pedimos en concreto. Ha de ser la oración una oración abierta a lo que Dios
quiera y con absoluta confianza, pues desea nuestro bienestar no menos que
nosotros mismos, y sabe lo que puede hacemos felices mil veces mejor que
nosotros. "Padre
mío, si no puede pasar este cáliz sin que yo lo beba, hágase tu voluntad."
Ese "mío" tiene doble fuerza., porque expresa un gran afecto y deja
claro que. Dios Padre es Padre de Cristo de modo único, esto es, no sólo por
creación (es Padre de todas las cosas) ni por adopción (como es Padre de los
cristianos), sino más bien por naturaleza es Padre de Dios Hijo. A los demás
nos enseña a rezar diciendo: "Padre nuestro que estás en los cielos."
Reconocemos en estas palabras que hermanos somos todos los que tenemos un mismo
Padre, mientras que Cristo es el único que puede decir con propiedad y
dirigirse al Padre, a causa de su divinidad, como lo hace: "Padre
mío." Si alguien, no contento de ser como los demás seres humanos, llega a
imaginar en su soberbia que sólo él es gobernado por el espíritu secreto de
Dios, y reza con esta invocación "Padre mío" en lugar de "Padre
nuestro" se atribuye una situación distinta de la de los otros, me parece
que ese tal se arroga para sí el lenguaje propio de Cristo. Reclama para si
como individuo el espíritu que Dios da a todos los hombres. Tal hombre no es de
hecho muy diferente de Lucifer: reclama para sí solo la palabra de Dios, de la
misma manera que Lucifer reclamó para sí el lugar y puesto del mismo Dios. Las
palabras de Cristo -"si no puede pasar este cáliz sin que yo lo beba,
hágase tu voluntad" dejan bien claro cuál es el criterio por el que llama
una cosa posible o imposible. No es otro que éste: el decreto cierto e
inmutable de su Padre con respecto a su muerte. Si hubiera pensado Cristo que
necesariamente estaba destinado a morir, bien por el curso de los astros o por
lo que llaman la fuerza del "destino", hubiera sido del todo inútil
que añadiera: "pero hágase tu voluntad". ¿Acaso habría dejado la
decisión en manos del Padre si hubiera estado convencido de que dependía de
algún otro además del Padre, o que el Padre había de tomar una decisión
necesariamente determinada, como quien quiere y no quiere? Al
considerar las palabras con las que Cristo imploraba al Padre para librarle de
la muerte, sometiendo todo humildemente a su voluntad, no hay que olvidar que,
siendo Dios y hombre, no decía esto como Dios, sino como hombre. Nosotros, que
somos alma y cuerpo, también alguna se veces decimos de todo nuestro ser cosas
que, de hecho, son ciertas sólo del alma; y, de otro lado, hablamos a veces de
nosotros cuando una mayor precisión requeriría que habláramos sólo de nuestros
cuerpos. Decimos, por ejemplo, que los mártires van derechos al cielo cuando
mueren, pero en realidad sólo sus almas entran en el cielo. Y también decimos
que los hombres, por soberbios que sean, no son más que polvo y ceniza, y que
al terminar esta corta vida se pudrirán en el sepulcro. Constantemente hablamos
así, aunque sabemos que el alma no va al sepulcro ni sufre muerte, sino que
sobrevive al cuerpo, bien en miserable tormento (si vivió mal con el cuerpo),
bien en perpetua felicidad (si vivió bien). De modo parecido habla Cristo de lo
que hizo como Dios y de lo que hizo como hombre; no como si estuviera dividido
en dos personas, sino como una sola y misma persona, porque, de hecho, es una
sola persona. En
la persona omnipotente de Cristo, humanidad y divinidad estaban unidas y eran
uno no menos que su alma inmortal estaba unida a un cuerpo que podía morir.
Así., en razón de su divinidad, no dudó en afirmar: "Yo y el Padre somos
uno" ', y "Antes que Abraham, soy yo" '. Por razón de sus dos
naturalezas dijo: "Yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo" '. Y
en razón de su sola humanidad dice: "El Padre es mayor que yo",y
"un poco más estoy yo con vosotros". Es verdad, desde luego, que su
cuerpo glorioso está realmente presente con nosotros, y así será hasta el fin
del mundo, bajo la apariencia de pan en el sacramento venerable de la
Eucaristía; pero aquella forma corporal que tuvo entre sus discípulos (y éste
es el modo de presencia a la que se refería al decir: "Un poco más estoy
con vosotros") se nos quitó con la ascensión de Cristo(a no ser que El
quiera mostrarla a alguien, como algunas veces ha hecho). No olvidemos, al
considerar, en este pasaje de su agonía, sus sufrimientos y súplicas tan
humildes que parecen incompatibles con la sublime majestad de Dios, que Cristo
las dijo como hombre. Algunas entre ellas tuvieron su origen en la parte
inferior de su humanidad (la que concierne a la sensación), y sirvieron para
proclamar la genuinidad de su naturaleza humana y para aliviar del temor
temporal a otros hombres, más adelante. Ni
en las palabras ni en los hechos del proceso de su agonía pensó Cristo que
hubiera algo indigno de su gloria (in glorium). De hecho, puso especial cuidado
en que todas estas cosas de su afligida humanidad fueran ampliamente
divulgadas. El único y mismo Espíritu de Cristo dictó cuanto escribieron los
Apóstoles; mas encuentro difícil recordar cualquiera otra de sus obras que se
preocupara tanto por dejar bien grabada en la memoria de los hombres. Que se
entristeció sobremanera es algo que El mismo debió contar a sus Apóstoles para
que pudieran transmitirlo a la posteridad. Las palabras que dirigió a su Padre
en su oración difícilmente pudieron haber sido oídas por los Apóstoles, incluso
si hubieran permanecido despiertos (los mas cercanos estaban a un tiro de
piedra); y si hubieran estado allí mismo, junto a El, nada hubieran oído porque
estaban dormidos. Por lo que se refiere a aquellas gotas de sangre que corrían
como sudor de su cuerpo entero, se ha de decir que, aun en el caso de que
hubieran visto más tarde la mancha sobre el suelo, me parece que podrían haber
deducido cualquier otra explicación sin adivinar la única correcta; era un
fenómeno sin precedente. Sin
embargo, parece poco probable que Cristo hablara de todas estas cosas con su
Madre o con los Apóstoles inmediatamente antes de su muerte, a no ser que uno
piense que contó el proceso de su agonía cuando volvió adonde estaban los
Apóstoles, esto es, mientras estaban apenas despiertos o medio dormidos; o bien
que lo contara en el mismo momento en que la tropa de soldados le capturó. Una
sola posibilidad queda, y parece la verdadera: después de resucitar de entre
los muertos, y cuando ya no podía haber duda alguna de que era Dios, su
queridísima Madre y sus discípulos oyeron: de su boca santísima la exposición
detallada, punto por punto, de lo que experimentó su afligida humanidad. El
conocimiento de ese dolor beneficiaría tanto a ellos mismos como, a través de
ellos, a tantos otros que vendrían después. Nadie fuera de Cristo pudo haberlo
contado. Así,
pues, la meditación sobre la agonía produce un gran alivio en quienes tienen el
corazón lleno de tribulaciones. Y con mucha razón ocurre así, porque para
consolar al afligido, para este fin, quiso dar a conocer nuestro Salvador, en
su bondad, su propio dolor, el dolor que nadie conoció ni pudo haber conocido. Quizás
alguno se haya preguntado por qué Cristo, al regresar hacia donde estaban sus
discípulos después de su oración y encontrarles dormidos y atónitos, pues no
sabían qué decir, los dejó sin más. Podría parecer que había ido con el solo
objeto de ver si estaban despiertos; pero como era Dios, tuvo que haberlo
sabido de antemano. Si alguien se hiciera esta pregunta, yo le contestaría así:
Cristo nada hizo en vano. Es cierto que el volver de Cristo adonde ellos
estaban no les incitó a estar bien despiertos, sino tan sólo a una reacción de
asustada modorra. Apenas levantaron la mirada hacia El, caso de que su reproche
los despertara completamente, se volvieron a dormir en el mismo momento en que
se marchó (lo que es todavía mucho peor). Mas este detalle de Cristo no es
inútil, pues con él declaró su solicitud por los discípulos, y además, con su
ejemplo, enseñó a los futuros pastores de su Iglesia que no deberían permitir
en sí mismos la más mínima vacilación o incertidumbre, por causa de la
tristeza, del miedo o del cansancio, en lo que respecta al cuidado amoroso de
su rebaño. Les indicaba con ese detalle que han de comportarse de tal modo que
prueben con hechos bien tangibles que no están tan preocupados por ellos mismos
como por el bienestar de los que les han sido confiados como grey. Alguno
habrá que en su curiosidad por averiguar los planes divinos podrá quizá decir:
"0 Cristo quería que los Apóstoles estuvieran despiertos o no. Si quería.,
¿qué sentido tiene ese ir y venir varias veces? Si no quería, ¿por qué les dio
un mandato tan preciso? Dado que era Dios, ¿no podía haber asegurado que su mandato
seria cumplido sin mayor complicación?" Sin
ninguna duda, buen hombre. Cristo era Dios y podía llevar a cumplimiento lo que
deseara, El que con sola su palabra creó todas las cosas. Habló y aparecieron.
Mandó y fueron creadas. Si abrió los ojos de un ciego de nacimiento, ¿cómo no
iba a saber abrir los ojos de un hombre dormido? Ni hace falta ser Dios para
poder, fácilmente, hacer esto último. Todo el mundo sabe que con sólo pinchar
con un alfiler los párpados de un hombre dormido, se despertará y no se dormirá
de inmediato. No cabe la más mínima duda de que Cristo pudo haber hecho que los
Apóstoles no se durmieran ni por un breve momento, si tal hubiera sido su deseo
de modo absoluto e incondicional. Sin embargo, su deseo estaba modificado por
una condición: que ellos mismos así también lo desearan, de tal manera que cada
uno hiciera cuanto estuviera de su parte para aceptar el mandato divino y
cooperar con los impulsos de la gracia. De
igual manera desea Cristo que todos los hombres se salven y que nadie sufra la
condena eterna, siempre con la condición de que nos configuremos según su
amable voluntad y no nos dispongamos en contra por nuestra propia malicia. Si
alguno, obstinadamente, insiste en oponerse, Dios no quiere llevarle en contra
de su voluntad, como si necesitara de nuestros servicios allá en el cielo o
como si no pudiera continuar su glorioso reinado sin nuestro apoyo. Si no
pudiera reinar *m nosotros, castigaría de inmediato muchas ofensas que., ahora,
y por nuestra causa, tolera e incluso parece no darse por enterado durante
tiempo: confía y espera que su bondad y su paciencia nos conducirán,
finalmente, al arrepentimiento. Nosotros, sin embargo, abusamos de su clemencia
al añadir más pecados a nuestros pecados, amontonando (como dice el Apóstol)
ira para el día de la ira. Mas
tal es la bondad de Dios que, a pesar de nuestra negligencia y de estar
dormidos en el almohadón de nuestros pecados, nos sacude de cuando en cuando y,
sirviéndose de la tribulación, nos menea, agita y golpea, haciendo todo cuanto
está de su parte para despertarnos. Aun cuando prueba ser benevolísimo incluso
en su ira, muchos de nosotros, en esa estupidez del hombre, confundimos su
acción e imaginamos que tan gran beneficio nos es perjudicial. Si tuviéramos
sentido común y estuviéramos en nuestro sano juicio, nos sentiríamos inclinados
a rezar con frecuencia pidiendo que, cuando nos hayamos apartado de El, no deje
de darnos golpes y sacudirnos para volver al buen camino; y esto, incluso en el
caso de que poco o nada nos apetezca. Para
que veamos el camino En
consecuencia, hemos de rezar, en primer lugar, viam ut videamus, para que
veamos el camino y con la Iglesia podamos decir a Dios:"De la ceguera del
corazón, líbranos, Señor" . Y con el profeta cuando dice: "Enséñame a
hacer tu voluntad" ,y también: "Muéstrame tus caminos y enséñame tus
sendero?". Después, desearemos con toda nuestra alma correr tras de Ti, oh
Dios, en el olor de tu ungüento y en la dulce fragancia de tu espíritu. Si
languidecemos en nuestra marcha (como casi siempre ocurre) y quedamos
rezagados, tan distantes que difícilmente conseguimos seguirle desde lejos,
acudamos a Dios de inmediato diciéndole: "Coge mi mano derecha" y
guíame a lo largo del camino". Si
vencidos por el cansancio apenas tenemos ya fuerza para continuar, o si tanta
es la pereza y blandenguería que estamos a punto de pararnos, pidamos a Dios
que, por favor, nos arrastre aunque opongamos resistencia. Finalmente, si tanto
resistirnos, y contra la voluntad de Dios y nuestra propia felicidad, nos
empeñamos, tercos y duros de mollera, como caballos y burros que carecen de
inteligencia, debemos humildemente pedir a Dios con las muy adecuadas palabras
del profeta: "Sujétame bien fuerte con el freno de la brida y golpéame
cuando no marche cerca de Ti". La
ilusión por la oración es lo primero que hemos de buscar cuando nos veamos
atrapados por la tibieza y la desidia; pero en esa situación del alma no
apetece rezar por nada que no deseemos recibir (ni siquiera aunque nos sea muy
útil). Por esta razón, si tenemos un poco de sentido común, deberíamos contar
con esta debilidad por anticipado, deberíamos preverla antes de caer en ese
enfermizo y penoso estado espiritual. En otras palabras, deberíamos derramar
sin cesar sobre Dios jaculatorias y oraciones como las que acabo de mencionar,
implorando con humildad que, si en algún momento, viniéramos a pedir algo que
no nos es conveniente, impulsados por los atractivos de la carne, o seducidos
por los espejuelos de los placeres, o atraídos por el anhelo de las cosas
terrenales, o trastornados por las insidias y maquinaciones del diablo, se haga
sordo a nuestra petición y aleje aquello por lo que rezamos, derramando sobre
nosotros todo aquello que El sabe nos hará bien, aunque mucho le pidamos lo
aparte de nuestra vida. Nada
de particular ni de extraño tiene esta conducta. Es bien lógica. En efecto, así
nos comportamos de ordinario (si tenemos un poco de inteligencia) cuando
estamos a punto de coger una fiebre maligna. Advertimos y avisamos por
adelantado a quienes nos van a cuidar durante la enfermedad que, aunque se lo
supliquemos, no nos proporcionen en absoluto aquello que nuestra enfermiza
condición nos hará desear aunque sea nocivo para la salud e, incluso, vaya a
empeorar la fiebre. Estamos
a veces tan dormidos en los vicios que ni siquiera queremos despertarnos ante
las llamadas y sacudidas de la misericordia divina, y regresar a la práctica de
las virtudes. Nosotros mismos somos la causa de que Dios se aleje
abandonándonos en nuestra vida viciosa. A algunos los deja de tal manera que ya
no vuelve a ellos; a otros les deja dormir hasta otro momento, según lo vea más
oportuno en su admirable bondad y en la profundidad inescrutable de su
sabiduría, La conducta de Cristo cuando regresó a ver qué hacían los Apóstoles
ofrece un buen ejemplo de esto. No hablan querido permanecer despiertos, sino
que se durmieron inmediatamente. Cristo, por tanto, los dejó y se marchó:
Dejándolos se volvió y oraba con las mismas palabras: Padre, si quieres, aparta
de mi este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Reza
y pide otra vez por lo mismo. Una vez másañade la misma condición , y de nuevo
nos da ejemplo, mostrando que cuando estamos en gran peligro (aunque sea por el
honor de Dios) no podemos pensar que sea inoportuno pedir urgentemente a Dios
que nos procure una salida. Incluso es posible que permita seamos llevados a
tales dificultades, precisamente porque el miedo al peligro nos hará ser más
fervientes en la oración cuando quizás la prosperidad nos habla enfriado. Esto
es particularmente cierto si se trata de un peligro corporal, pues muchos de
nosotros no estamos demasiado preocupados con los peligros que afectan al alma. Fuera
del caso de quien es inspirado y fortalecido por Dios para sufrir martirio,
toda otra persona que se preocupa, como debe ser, de su alma, tiene suficientes
motivos para temer que se cansará tanto bajo tal peso que acabará sucumbiendo.
Sólo conoce que debe sufrir martirio quien ha experimentado esa llamada de un
modo inenarrable, o bien, lo ha juzgado así por indicaciones y datos
apropiados. De lo que se deduce que, para evitar aquella misma excesiva
confianza que Pedro tenla de si., ha de rezar cada uno diligentemente para que
Dios, en su bondad, le libre de un peligro tan grande para su alma. Con todo,
se ha de insistir una y otra vez en que nadie ha de rezar pidiendo escapar tan
totalmente del peligro que ya no quede en su ánimo el deseo de abandonar el
asunto en Dios, dispuesto a cumplir con esmerada obediencia todo cuanto Dios
haya dispuesto para él. Estas
son algunas de las razones por las que Cristo nos dejó este ejemplo de oración
tan aprovechable para nosotros: que El se hallaba tan lejos de necesitar tal
petición como la tierra dista del cielo. En cuanto Dios, no era inferior al
Padre; no sólo su poder, sino también su voluntad, se identificaba con la del
Padre. En cuanto hombre, su poder era infinitamente menor, pero todo el poder,
en el cielo y en la tierra, le fue finalmente entregado por el Padre. Aunque su
voluntad humana era distinta a la del Padre, estaba en tal grado de conformidad
con ella que jamás hubo desacuerdo alguno. Acepta, por tanto, sufrir
amarguísima muerte en obediencia a la voluntad del Padre, y al mismo tiempo, se
muestra hombre verdadero, pues la sensibilidad toda de su cuerpo reacciona ante
la muerte con horror. Su oración expresa muy vívidamente tanto el miedo como la
obediencia: "Padre", decía, "si quieres aparta de mí este cáliz,
pero no se haga mi voluntad, sino la tuya". Y que sus facultades mentales
nunca rehuyeron suplicio tan horroroso, sino que permanecieron obedientes al
Padre hasta la muerte y muerte de cruz, es algo que muestran sus obras (las que
siguieron en su pasión) con mayor claridad todavía que sus palabras. Al
mismo tiempo, sus sentimientos eran abrumados con un intenso terror ante la
inminente pasión, como lo prueban las palabras que siguen en el evangelio:
"Se le apareció un ángel del cielo para confortarle"'. ¡Qué grande
hubo de ser su angustia que un ángel tuvo que venir del cielo para darle ánimo! Al
leer este pasaje no puedo dejar de asombrarme ante la estupidez de quienes
afirman ser del todo inútil buscar la intercesión de un ángel o de un santo
difunto. Vienen tales a decir que podemos dirigirnos con confianza a Dios
mismo; no sólo porque está más cerca nuestro que todos los ángeles y santos
juntos, sino también porque tiene poder de darnos más, y desea hacerlo así
mucho más que todos los santos del cielo, cualesquiera que sean. Son
argumentos tan triviales e infundados que sólo expresan el disgusto y la
envidia de quienes así hablan por la gloria de los santos. Mientras éstos, por
su parte, han de estar con razón disgustados con tales hombres que se esfuerzan
por demoler el homenaje de amor que damos a los santos y la asistencia
protectora que nos prestan. ¿Por qué estos desvergonzados no razonan de la
misma manera en este pasaje, diciendo que el esfuerzo del ángel por consolar a
Cristo salvador era completamente inútil y vano? ¿Qué ángel podría ser tan
poderoso como Cristo? ¿Qué ángel estaba tan cercano a Dios como lo estaba El,
si Cristo era Dios? Lo cierto es que, de la misma manera que quiso sufrir
tristeza y angustia por nuestra causa, quiso también tener un ángel para ser
consolado. Refutaba así los argumentos sin sentido de esos individuos, al mismo
tiempo que declaraba ser hombre verdadero: porque así como los ángeles le
sirvieron como Dios al triunfar sobre las tentaciones del demonio, también
ahora un ángel vino a consolarle como hombre mientras avanzaba hacia la muerte.
Nos llenó así de esperanza sabiendo que, si estando en peligro nos dirigimos a
Dios, no nos faltará consolación, con tal de que no recemos perezosa y
rutinariamente sino con un ruego que salga de lo más profundo del corazón, tal
como vemos a Cristo en este pasaje. La
perspectiva del martirio "Y
entrando en agonía, rezaba con más ardor, y su sudor se hizo como gotas de
sangre que chorreaba hasta el suelo". Afirman muchos autores que los
sufrimientos de Cristo fueron mucho más dolorosos que los de cualquier otro
mártir por grandes que fueran, en cualquier otro tiempo o lugar. Hay quienes no
están de acuerdo, porque, dicen, hay otros géneros de tortura de aquellos que
padeció Cristo, y en algunos casos, los tormentos se han prolongado durante
días. Piensan también que, por razón de su divinidad infinita, una sola gota de
la preciosa sangre de Cristo hubiera sido más que suficiente para redimir a
toda la humanidad. La prueba de Cristo no fue ordenada por Dios según la medida
humana, sino de acuerdo con su sabiduría impenetrable; y, como nadie puede
conocer esta medida con certeza, sostienen no ser perjudicial para la fe creer
que el dolor de Cristo fue menor que el de algunos mártires. Además
de la extendida opinión de la Iglesia, que oportunamente aplica a Cristo las
palabras de Jeremías sobre Jerusalén (O vos omnes qui transitis per viam,
respicite et videte si est dolor sicut dolor meus), encuentro yo este pasaje
muy convincente para que jamás crea que los tormentos de ningún mártir puedan
ser comparados con el sufrimiento de Cristo, ni siquiera en esta cuestión de la
intensidad del dolor. Incluso si tuviera que conceder (y tengo buenas razones
para no hacerlo) que alguno de los mártires haya padecido más y mayores torturas
y, si se quiere, más largas que las de Cristo, pienso que torturas de
apariencia más leve causaron, de hecho, en Cristo un dolor más atroz del que se
podría sentir con suplicios de apariencia más espantosa. En
efecto, veo a Cristo abatido con la angustia de la inminente pasión, con una
angustia tan amarga como nadie ha podido experimentarla ante el pensamiento de
los tormentos que se le venían encima, porque, ¿quién ha sentido jamás tal
angustia que un sudor de sanare fluyera de todo su cuerpo chorreando hasta el
suelo? Sólo el presentimiento del dolor fue más amargo y penoso en Cristo que
en cualquier otro: ésta es la medida para hacerse una idea de la intensidad del
dolor que padeció. La angustia que padecía no pudo haber aumentado de tal
manera que causara al cuerpo sudar sangre, si Cristo no hubiera empleado su
omnipotencia divina, no sólo para que no disminuyera el dolor, sino para
aumentar su fuerza. Y lo hizo así por su propio querer. Anunciaba la sangre que
los futuros mártires se verían obligados a derramar sobre el suelo; y ofrecía,
al mismo tiempo, un ejemplo nunca visto y sorprendente de una angustia inmensa.
Lo hacía a modo de consuelo para aquellos que, al llenarse de pavor y miedo
ante el pensamiento de la posible tortura, podrían quizá pensar que la angustia
es signo de su próxima ruina, y caer en desesperación. Alguno
podrá sacar aquí a relucir el ejemplo de aquellos mártires que, libremente y
con gran deseo, se expusieron a una muerte cierta por su fe en Cristo; y seguir
después diciendo que son particularmente dignos de los laureles del triunfo
porque mostraron tal gozo que no dejaba lugar al dolor, ni mostraron rastro de
tristeza ni de miedo. Estoy dispuesto a aceptar el primer punto, con tal de que
no se vaya tan lejos que se acabe negando el triunfo de quienes, marchando a
contra pelo, ni se echan para atrás ni escapan una vez capturados; sino que
continúan hacia adelante a pesar de su temerosa angustia y, por amor a Cristo,
hacen frente a aquello que les horroriza. Si
alguien defiende que quienes abrazaron gozosos el martirio reciben mayor gloria
que estos últimos, no diré yo nada, y puede quedarse para sí con su argumento.
Me basta con saber que en el cielo a ningún mártir le faltará gloria más grande
de la que jamás pudieron sus ojos ver ni sus oídos escuchar, ni entraba en el
corazón poder concebir mientras vivía aquí en la tierra. Además, si alguno
tiene un lugar más alto en el cielo, nadie le envidia; al contrario, todos se
gozan en la gloria de los demás a causa de su mutuo amor. Finalmente, hay que
decir que todo este asunto sobre quién recibirá de Dios más gloria en el cielo
no es, en mi opinión personal, algo perfectamente diáfano para nosotros, yendo
como vamos a tientas en la oscuridad de nuestra naturaleza mortal. Ciertamente,
"Dios ama al que da con alegría" . Pero, aun así, no tengo ninguna
duda de que amaba a Tobías e igualmente al santo Job. Los dos varones
sobrellevaron con paciencia y fortaleza sus calamidades, pero, que yo sepa,
ninguno de ellos saltaba de gozo ni aplaudía de contento mientras tanto.
Ofrecerse a morir por Cristo cuando la situación así lo exige o cuando Dios
mueve por dentro para hacerlo es, no lo niego, una obra de virtud heroica. Mas,
fuera de tales casos, no me parece tan seguro comportarse así, y entre aquellos
que espontáneamente sufrieron por Cristo hay muchas grandes figuras que
temieron sobremanera, que padecieron profundamente angustiados y abatidos, y
que, en más de una ocasión, huyeron de la muerte antes de enfrentarla
finalmente con gran fortaleza. No
niego el poder de Dios, y sé bien que, de vez en cuando, hace este favor a
personas santas como premio de los trabajos de sus vidas, o bien simplemente
por generosidad: llena el alma del mártir con tal alegría que, no sólo deja de
ser oprimido por la angustia, sino que se ve también libre de lo que los
estoicos denominan las propassiones (emociones incipientes o primitivas), de
las que incluso esos sabios consumados son susceptibles. Se
da el caso de quienes, desplazada su consciencia por una emoción muy fuerte, no
sienten las heridas que les han inflingido en la batalla; sólo más tarde
advierten el daño. De manera semejante, no hay razón para dudar de que el gozo
en la esperanza de la gloria ya cercana haga que el alma sea transportada fuera
de si, hasta el punto de no temer la muerte y ni siquiera sentir los tormentos. Llamaría
yo a este don o gracia "gratuita felicidad" o premio a la virtud
vivida, y no materia de futura felicidad. Podría haber pensado que esta
recompensa corresponde al dolor sufrido por Cristo, si nofuera porque Dios, en
su liberalidad, lo otorga en una medida tan buena y tan colmada, tan apretada y
tan sobreabundante, que es muy cierto que los sufrimientos de esta vida no son
de ningún modo comparables con la gloria de la vida futura que se revelará en
aquellos que amaron a Dios tan celosamente que gastaron su sangre y su vida por
su gloria en medio de una agonía mental y entre tormentos corporales. Dios,
en su bondad, no remueve el miedo, de esas personas porque apruebe en mayor grado
su audacia, o porque quiera premiarla de esa manera, sino mas bien a causa de
su debilidad: sabe bien que no podrán hacer frente al terror en condiciones de
igualdad. Hubo,
de hecho, algunos que sucumbieron al miedo, aunque vencieron después sufriendo
todos los tormentos. Quienes, de otra parte, padecen la muerte con ánimo,
pronto y gozoso, ayudan a otros con su ejemplo, y no dudo que esto sea bien
útil. No
olvidemos, sin embargo, que casi todos tememos la muerte, y por eso, apenas nos
hacemos idea de cuánta ayuda y fortaleza han recibido muchos de aquellos que,
angustiados y temblorosos, se enfrentaron con la muerte, y que, a pesar de
todo, superaron con valentía los escollos del camino y los obstáculos, barreras
más duras que el hierro, como lo son su propio abatimiento, su miedo y su
angustia. Victoriosos sobre la muerte conquistan el cielo al asalto. ¿No se
enardecerá el ánimo de estas débiles creaturas al ver el ejemplo de tales
mártires, como ellos cobardes y temerosos, para no ceder bajo la persecución
aunque sientan la tristeza dentro de si, y el miedo y abatimiento ante una
muerte tan espantosa. La
sabiduría de Dios, que todo lo penetra con fuerza irresistible y que dispone
todas las cosas con suavidad, al contemplar en presente cómo serían afectados
los ánimos de los hombres en diferentes lugares, acomoda su ejemplo a los
varios tiempos y lugares, escogiendo, ora un destino ora otro, de acuerdo con
lo que El ve será más conveniente. De esta manera, da a los mártires
temperamentos según los designios de su providencia. Uno corre aprisa y gustoso
a la muerte; otro marcha en la duda y con miedo, pero sufre la muerte con no
menos fortaleza: a no ser que alguien imagine ser menos valiente por tener que
luchar no sólo contra sus enemigos de fuera, sino también contra los de dentro;
que el tedio, la tristeza y el miedo son, además de fuertes emociones,
poderosos enemigos. Puede
concluirse toda esta discusión diciendo que hemos de admirar y venerar los dos
tipos de mártires, alabar a Dios por ambos, e imitarlos cuando la situación lo
exija, cada uno según sus posibilidades y la gracia que Dios le dé. El que
siente grandes deseos no necesita más ánimos para ser audaz, y entonces, quizás
sea oportuno recordarle que es bueno que tema, no sea que su presunción, como
la de Pedro, le haga echarse para atrás y caer. El que siente angustia, miedo y
abatimiento debe ciertamente ser confortado. Y así, tanto en un caso como en el
otro, la angustia de Cristo está llena de alivio, pues mantiene al primero
lejos de exagerar su entusiasmo, y hace al otro alzarse en la esperanza cuando
se encuentre postrado y abatido. Si
alguien se siente fogoso y lleno de entusiasmo, ese tal, al recordar tan
humilde y angustiosa presencia de su rey, tendrá buen motivo para temer, no sea
que su astuto enemigo esté elevándole en alto, pero sólo para poder aplastarle
más tarde contra el suelo con mayor dureza. Quien
se vea tan totalmente abrumado por la ansiedad y el miedo que podría llegar a
desesperar, contemple y medite constantemente esta agonía de Cristo rumiándola
en su cabeza. Aguas de poderoso consuelo beberá de esta fuente. Verá, en
efecto, al pastor amoroso tomando sobre sus hombros la oveja debilucha,
interpretando su mismo papel y manifestando sus propios sentimientos. Cristo
pasó todo esto para que cualquiera que más tarde se sintiera así de anonadado
puchera tomar ánimo y no pensar que es motivo para desesperar. Demos
gracias como mejor podamos, que nunca podremos dar bastantes; y en nuestra
agonía recordemos la suya, con la que ninguna podrá jamás ser comparada; y
pidámosle, con todas nuestras fuerzas, que se digne consolarnos en nuestra
angustia, iluminándonos con la que El mismo sufrió. Cuando, con vehemencia y a
causa de nuestra flaqueza, le pidamos que nos libre del peligro, sigamos su
ejemplo tan precioso cerrando nuestra súplica con este broche: "No se haga
mi voluntad sino la tuya." Si lo hacemos, no dudo lo más mínimo que, así
como cuando El oraba un ángel fue a llevarle consuelo, también cada uno de
nuestros ángeles nos traerán ese consuelo del Espíritu que nos dará fuerza para
perseverar en las obras que nos llevan al cielo. Y para darnos segura confianza
sobre esto, Cristo nos antecedió allá por ese camino y con el mismo método. Tras
haber padecido agonía durante un lar90 rato., su animo se restableció de tal
modo que volvió a los Apóstoles y se dirigió al encuentro del traidor y de los
verdugos que le buscaban para atormentarle. Después, tras haber sufrido como
convenía, entró en su gloria y allí prepara un lugar para aquellos de nosotros
que sigamos sus pisadas. Que por su agonía se digne ayudarnos en la nuestra,
para que no se vea frustrado ese lugar del cielo por nuestra estupidez y
cobardía. Los
Apóstoles se duermen mientras el traidor conspira 'Levantándose
del suelo y volviendo a sus discípulos, hallólos dormidos por causa de la
tristeza. Les dijo: ¿Por qué dormís? Levantaos y orad para no caer en la
tentación. Dormid y descansad. Pero basta ya. He aquí que llegó la hora y el
Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. Levantaos y
vámonos de aquí. Ya se acerca el que me ha de entregar" . Vuelve
Cristo por tercera vez adonde están sus Apóstoles, y allí los encuentra
sepultados en el sueño, a pesar del mandato que les habla dado de vigilar y
rezar ante el peligro que se cernía. Al mismo tiempo, judas, el traidor, se
mantenía bien despierto., y tan concentrado en traicionar a su Señor que ni
siquiera la idea de dormirse se le pasó por la cabeza. ¿No es este contraste
entre el traidor y los Apóstoles como una imagen especular, y no menos clara
que triste y terrible, de lo que ha ocurrido a través de los siglos, desde
aquellos tiempos hasta nuestros días? ¿Por qué no contemplan los obispos, en
esta escena, su propia somnolencia? Han sucedido a los Apóstoles en el cargo,
¡ojalá reprodujeran sus virtudes con la misma gana y deseo con que abrazan su
autoridad! ¡Ojalá les imitaran en lo otro con la fidelidad con que imitan su
somnolencia! Pues son muchos los que se duermen en la tarea de sembrar virtudes
entre la gente y mantener la verdadera doctrina, mientras que los enemigos de
Cristo, con objeto de sembrar el vicio y desarraigar la fe (en la medida en que
pueden prender de nuevo a Cristo y crucificarlo otra vez), se mantienen bien
despiertos. Con razón dice Cristo que los hijos de las tinieblas son mucho más
astutos que los hijos de la luz Aunque
esta comparación con los Apóstoles dormidos se aplica muy acertadamente a
aquellos obispos que se duermen mientras la fe y la moral están en peligro, no
conviene, sin embargo, a todos los prelados ni en todos los aspectos. Desgraciadamente,
algunos de ellos (muchos más de los que uno podría sospechar) no se duermen
"a causa de la tristeza"., como era el caso con los Apóstoles. No.
Están, más bien, amodorrados y aletargados en perniciosos afectos, y ebrios con
el mosto del demonio, del mundo y de la carne, duermen como cerdos revolcándose
en el lodo. Que los Apóstoles sintieran tristeza por el peligro que corría su
Maestro fue bien digno de alabanza; pero no lo fue el que se dejaran vencer por
la tristeza hasta caer dormidos. Entristecerse y dolerse porque el mundo
perece, o llorar por los crímenes de otros, es un sentimiento que habla de ser
compasivo, como sintió este escritor: "Me senté en la soledad y
lloré" y este otro: "Me dolía el corazón porque los pecadores se
apartaban de tu ley." Tristeza de esta clase la colocaría yo en aquella
categoría de la que sedice, ( ...). Pero la pondría ahí sólo si el efecto,
aunque bueno, es controlado y dirigido por la razón. Si no es así, si la pena
oprime tanto al alma que ésta pierde vigor y la razón pierde las riendas, si se
encontrara un obispo tan vencido por la pesadez de su sueño que se hiciera
negligente en el cumplimiento de los deberes que su oficio exige para la
salvación de su rebaño, se comportaría como un cobarde capitán de navío que,
descorazonado por la furia del temporal, abandona el timón y busca refugio
mientras abandona el barco a las olas. Si un obispo se comportara así, no
dudaría yo en juntar esta tristeza con aquella otra que conduce, como dice San
Pablo, al infierno. Y aún peor la considerarla yo., porque esta tristeza en las
cosas espirituales parece originarse en quien desespera de la ayuda de Dios. Otra
clase de tristeza, peor si cabe, es la de aquellos que no están deprimidos por
la tristeza ante los peligros que otros corren, sino por los males que ellos
mismos pueden recibir; temor tanto más perverso cuanto su causa es más
despreciable, es decir, cuando no es ya cuestión de vida o muerte, sino de
dinero. Cristo mandó tener por nada la pérdida de nuestro cuerpo por su causa.
"No temáis a quienes matan el cuerpo, y no pueden hacer más. Yo os
mostraré a quién habéis de temer: Temed al que después de quitar la vida, puede
mandar también el alma al infierno. A ése os repito, habéis de temer"`.
Para todos, sin excepción, dijo estas palabras, caso de que hayan sido
encarcelados y no haya escapatoria posible. Pero añade algo más para aquellos
que llevan el peso y la responsabilidad episcopal: no permite que se preocupen
sólo de sus propias almas, ni tampoco que se contenten refugiándose en el
silencio, hasta que sean arrastrados y forzados a escoger entre una abierta
profesión de fe o una engañosa simulación. No. Quiso que dieran la cara si ven
que la grey a ellos confiada está en peligro, y que hicieran frente al peligro
con su propio riesgo, por el bien de su rebaño. El
buen pastor da su vida por sus ovejas dice Cristo. Quien salve su vida con daño
de las ovejas, no es buen pastor. El que pierde su vida por Cristo (y así hace
quien la pierde por el bien del rebaño que Cristo le confió) la salva para la
vida eterna. De la misma manera, el que niega a Cristo (como hace el que no
confiesa la verdad cuando el silencio a su rebaño), al querer salvar su vida
empieza de hecho a perderla. Tanto peor, desde luego, si llevado por el miedo,
niega a Cristo abiertamente, con palabras, y lo traiciona. Tales obispos -no
duermen como Pedro, sino que, con Pedro despiertos, niegan a Cristo. Al recibir
como Pedro, la mirada afectuosa de Cristo, muchos serán los que con su gracia
llegarán un día a limpiar aquel delito salvándose a través del llanto. Sólo es
necesario que respondan a su mirada y a la invitación cariñosa a la penitencia,
con dolor, con amargura de corazón y con una nueva vida, recordando sus
palabras, contemplando su pasión y soltando las amarras que los ataban a sus
pecados. Si
tan amenazado estuviera alguien en el mal que no haya dejado de profesar la
verdadera doctrina por miedo, sino que, como Arrio y otros como él ,predica
falsa doctrina bien por una sórdida ganancia o por una corrupta ambición, ese
tal no duerme como Pedro, ni niega como Pedro, sino que permanece bien
despierto como el miserable Judas y, como Judas, a Cristo persigue. La
situación de ese hombre es mucho más peligrosa que la de los otros, como
muestra el horrendo y triste final de Judas. No hay limite, sin embargo, en la
bondad de un Dios misericordioso, y ni siquiera tal pecador ha de desesperar
del perdón. De hecho, incluso al mismo -Judas ofreció Dios muchas oportunidades
de volver en si y arrepentirse. No le arrojó de su compañía. No le quitó la
dignidad que tenla como Apóstol. Ni tampoco le quitó la bolsa, y eso que era
ladrón. Admitió al traidor en la última cena con sus discípulos tan queridos. A
los pies del traidor se dignó agacharse para lavar con sus inocentes y
sacrosantas manos los sucios pies de Judas, símbolo de la suciedad de su mente.
Con incomparable bondad le entregó para comer, bajo la apariencia de pan, aquel
mismo cuerpo suyo que el traidor ya había vendido. Y, bajo la apariencia de
vino, le dio aquella sangre que, mientras bebía, pensaba el traidor cómo
derramar. Finalmente, al acercarse Judas con la turba para prenderle, ofreció a
Cristo un beso, un beso que era, de hecho, la muestra abominable de su
traición, pero que Cristo recibió con serenidad y con mansedumbre. ¿Quién
habrá incapaz de pensar que cualquiera de estos detalles podría haber removido
el corazón del traidor a mejores pensamientos, por muy endurecido que estuviera
en el crimen? Es cierto que hubo un principio de arrepentimiento al admitir su
pecado, cuando devolvió las monedas de plata (que nadie recogiera) gritando que
era traidor y confesando haber entregado sangre inocente. Me inclino a pensar
que Cristo le movió hasta este punto para salvarle de la ruina, lo que hubiera
sido posible si no hubiera añadido a su traición la desesperación. Así se
portaba Cristo con quien, con tanta perfidia, le había entregado a la muerte. Después
de ver de cuántas maneras mostró Dios su misericordia con Judas, que de Apóstol
había pasado a traidor, al ver con cuánta frecuencia le invitó al perdón, y no
permitió que pereciera sino porque él mismo quiso desesperar, no hay razón
alguna en esta vida para que nadie, aunque sea como Judas, haya de desesperar
del perdón. Siguiendo el santo consejo del Apóstol: "Rezad unos por otros
para ser salvos" ,si vemos que alguien se desvía del camino recto,
esperamos que volverá algún día a él, y mientras tanto, recemos sin cesar para
que Dios le ofrezca oportunidades de entrar en razón; para que con su ayuda las
coja, y para que, una vez cogidas, no las suelte ni rechace por la malicia., ni
las deje pasar de lado por culpa de su miserable pereza. ¿Por
qué dormís?" Al
encontrar Cristo a los Apóstoles durmiendo por tercera vez, les dijo:
"¿Por qué dormís?" como si dijera: "No es este tiempo para
dormir, sino para estar bien despiertos y orar, como os he advertido ya dos
veces, no hace apenas un rato." Si no supieron qué responder cuando se
durmieron por segunda vez, ¿qué excusa podían haber dado ahora, en que por
tercera vez eran sorprendidos en la misma falta? ¿Era una excusa válida decir
que se habían dormido "a causa de la tristeza" como menciona el evangelista?
Así lo recuerda Lucas, pero también es cierto que no lo alaba en absoluto.
Insinúa, sí, que su tristeza era de alguna manera loable; pero el sueño que la
siguió no estaba libre de culpa. La tristeza, aquélla que puede ser digna de un
gran premio, tiende algunas veces hacia un gran mal. Así ocurre si nos devora
de tal modo que nos deja inutilizados; nos impide acudir a Dios con la oración,
buscando de El consuelo, y desesperados y oprimidos, como queriendo escapar de
una tristeza consciente buscamos alivio en el refugio del sueño. Mas, tampoco
aquí encontraremos lo que buscábamos, y perderemos en el sueño el consuelo que
podríamos haber obtenido de Dios si hubiéramos permanecido despiertos y orando.
Se deja, entonces, sentir sobre nosotros el peso molesto de una mente
perturbada incluso mientras dormimos, y aun con los ojos cerrados, tropezamos
con las tentaciones y trampas preparadas por el diablo. De
ahí que Cristo, prescindiendo de cualquier excusa para el sueño, dijera:
"¿Por qué dormís? Dormid ya y descansad. Basta. Levantaos y rezad para que
no caigáis en la tentación. Ha llegado la hora y el Hijo del hombre será
entregado en manos de los pecadores. Levantaos, vamos. Ya llega el que me va a
entregar. Todavía estaba hablando, cuando llegó Judas...". Al despertar a
los Apóstoles por tercera vez, cortó de golpe sus palabras con una cierta
ironía. No con esa ironía frívola y burlona con la que hombres ociosos, pero de
talento, acostumbran a divertirse entre Sí. sino con una ironía grave y seria:
"Dormid y descansad..." Notad
cómo da permiso para dormir: de tal modo que significa en realidad lo
contrario. Apenas había dicho: "Dormid", añadió "Basta";
como si dijera: "Ya no necesitáis dormir más. Durante todo el tiempo que
deberíais haber estado despiertos, habéis estado durmiendo, incluso en contra
de lo que os mandé. Ahora ya no hay tiempo para dormir, y ni siquiera para
quedarse un momento sentados. Debéis levantaros inmediatamente y rezad para que
no caigáis en la tentación. Tal vez por ella me abandonaréis, causando gran
escándalo. Pero, por lo demás, por lo que se refiere al sueño, dormid y
descansad si podéis. Tenéis mi permiso, pero no podréis. Ya se acerca la turba
-ya están casi aquí y ella sacudirá vuestra modorra. Ya se aproxima la hora en
la que el Hijo del hombre será entregado en manos de los pecadores. Muy cerca
está quien me entrega." Apenas hubo terminado estas pocas palabras, y
todavía hablaba, cuando he aquí que Judas Iscariote... No
ignoro que algunos eruditos y santos no admiten esta interpretación, aunque sí
admiten que otros -igualmente doctos y santos- la han considerado aceptable. No
se ha de pensar que quienes no aceptan esta interpretación se hayan horrorizado
ante una ironía en labios de Cristo (como algunos otros, sin duda hombres piadosos,
pero no lo suficientemente versados en las figuras de lenguaje que toma la
Sagrada Escritura ordinariamente del lenguaje común; si lo fueran, habrían
encontrado la ironía en tantos otros lugares que no la habrían juzgado ofensiva
en éste). ¿Qué podría ser más punzante y humorístico que aquella ironía con la
que el bienaventurado Apóstol censura a los corintios con tanta gracia? Pues
pide, en efecto, disculpas por no haber nunca cargado a ninguno de ellos con
cargas ni gastos: "¿Qué he hecho yo de menos por vosotros que por las
otras iglesias si no es esto: que nunca os he sido gravoso? Perdonadme este
agravio" `. ¿Qué ironía podría ser más mordaz que aquella con la cual el
profeta de Dios ridiculizó a los adivinos de Baal mientras invocaba a la estatua
muda de su dios: 'Llamadle más fuerte -decía porque vuestro dios duerme o,
quizás, se ha ido a otro lugar de viaje". Aprovecho la ocasión de
mencionar estos ejemplos por aquellos lectores que, debido a una demasiado pía
sencillez, rehúsan aceptar en la Sagrada Escritura (o al menos no advierten en
ella) estas formas de lenguaje tan usadas corrientemente; y al no contar con
ellas no aciertan a veces con el sentido real de la Escritura. No
disgusta a San Agustín la interpretación que yo mantengo, pero dice que no es
necesaria: opina ser suficiente el sentido literal y directo, sin ninguna
figura de lenguaje. En su obra Concordia evangelistarum escribe sobre ese
pasaje: 'Parece que Mateo se contradice. ¿Cómo puede decir 'dormid ahora y
descansad', e inmediatamente después añadir "levantaos, vamos'?.
Contrariados por esta inconsistencia intentan ver en esas palabras -'dormid y
descansad'- un reproche en lugar de una concesión o permiso. Esto sería lo más
correcto si fuera necesario. Pero Marcos lo relata asi: Cuando Cristo hubo
dicho 'Dormid y descansad', añadió 'Basta', y siguió diciendo: 'Ha llegado la
hora en que el Hijo del hombre será traicionado'. Por lo tanto, se ha de
entender que después de decir 'Dormid y descansad', quedó el Señor un rato en
silencio para que hicieran lo que habla permitido, y sólo después siguió:
'Basta. He aquí...', es decir, 'Habéis descansado bastante'." Como
siempre, no deja San Agustín de ser agudo en este razonamiento. En mi opinión,
sin embargo, los que defienden la otra opinión no encuentran probable que,
después de que Cristo les reprochara por dos veces el dormirse, se volvieran a
dormir ahora que su captura era inmediata; ni que tras haberles reprochado
severamente su somnolencia (al decirles "¿por que dormís?" les
hubiera dado permiso para dormirse. No hay que olvidar que el peligro -y ésta
era la razón por la que no debían haberse dormido antes-estaba ahora,
precisamente, a la puerta, como se dice. De cualquier modo, presentado como he
las dos opiniones, cada uno es libre de escoger la que prefiera. Me limito a
dar cuenta de ambas. No deseo yo (que soy nadie en esta cuestión) ofrecer una
solución como si fuera el árbitro oficial. "Levantaos
y orad "Levantaos
y orad para que no caigáis en la tentación." Les mandó antes vigilar y
rezar; mas, ahora que han experimentado, y por dos veces, que el estar
demasiado cómodamente sentado favorece que el sueño se insinúe poco a poco, les
enseña un remedio instantáneo contra la modorra y la somnolencia. Consiste en
ponerse de pie. Del mismo Salvador viene este remedio, y ojalá tuviéramos ganas
de practicarlo de cuando en cuando en plena noche. Comprobaríamos ser verdad lo
que dice Horacio: Dirpúdium facti qui cepit habet, que "el que empieza
tiene la mitad hecho". Y aún más, que "una vez empezado, está todo
hecho". En
efecto, cuando luchamos contra el sueño, el primer encuentro es siempre el más
duro y violento. No hemos, por consiguiente, de superar el sueño por una lucha
prolongada, sino que, de un golpe, de una sola sacudida, debemos romper los
lazos tentadores con los que nos abraza y así deshacernos de él de inmediato.
Una vez arrojada la somnolencia de la desidia y apatía (verdadera imagen de la
muerte), volverá la vida con todo su ardor y entusiasmo. Si recogida -la mente
en el umbroso silencio de la noche, nos dedicamos a la meditación y a la
oración, se sentirá mucho mas capaz de recibir el alivio de Dios que durante el
día, cuando el estrépito de los negocios por todos lados distrae los ojos, los
oídos y la cabeza, disipándola en muchas actividades tan variopintas, a veces,
como inútiles. Observad cómo el pensamiento de cualquier tontería (algo
relacionado con asuntos mundanales) interrumpe nuestro sueño y nos mantiene
despiertos por largo rato, y hasta se nos hace difícil dormir en absoluto; la
oración, por el contrario, no nos mantiene despiertos. A
pesar del fruto tan grande que procura al alma, y a pesar de las muchas trampas
que nos tiene preparadas el enemigo, no nos despertamos para seguir rezando,
sino que nos dormimos contemplando las visiones y ensueños de Mandrágora. Hemos
de recordar con frecuencia que Cristo no nos mandó simplemente levantarnos,
sino levantarnos para rezar. No es suficiente levantarse si no lo hacemos para
algo bueno. De otro modo, habría menos pecado si se perdiera el tiempo en
perezosa somnolencia que si sé aprovechara, estando bien despierto, para
cometer intencionadamente crímenes llenos de malicia. junto con la necesidad de
rezar., les muestra para qué deben rezar. "Orad -dice- para que no caigáis,
en la tentación". Una y otra vez les grababa esta misma idea: la oración
es el único refugio contra la tentación, y si alguien no quiere admitir la
oración en el castillo de su alma, sino que la excluye entregándose al sueño,
permite con su negligencia que las tropas del diablo. (esto es, las tentaciones
del mal) irrumpan como por inercia en su alma. Tres
veces seguidas les aconsejó rezar, y después, para que no pensaran les enseñaba
sólo con palabras, El mismo les dio ejemplo, y por tres veces se fue a orar. Insinuaba
de esta manera que hemos de rezar a la Trinidad: al Padre Ingénito, al Hijo
engendrado por el Padre e igual a El, y al Espíritu, igual a cada uno y que de
ambos procede. De las Tres Personas hemos de pedir también tres cosas: perdón
por la vida pasada, gracia para el tiempo presente, y prudencia para el futuro.
Y en esta oración no hemos de ser descuidados y perezosos; ha de ser ferviente
y sin cesar., Cuán lejos estamos de este tipo de oración, es algo que cada uno
personalmente puede apreciar, pues se lo indica su propia conciencia. Y también
externamente puede llegar a conocerlo, si día tras día son menores los frutos
que provienen de la oración (que Dios no lo permita). Ya
que he procurado atacar con todas mis fuerzas las distracciones y la falta de
atención durante la oración, será ahora muy oportuno hacer una advertencia, no
sea que vaya a aparecer yo como un cirujano cruel, y despiadado tocando una
llaga que padecemos todos, y en lugar de llevar medicina y alivio a las almas
delicadas, sólo les sea causa de mayor dolor, quitándoles la esperanza de
salvarse. Con
el propósito de curar estas "inflamaciones" y preocupaciones del alma
ofrece Gerson ciertos calmantes, de la misma manera que los médicos se valen de
medicinas para mitigar el dolor (las que ellos llaman anodina o sedantes). Este
autor, Juan Gerson hombre de gran erudición y director comprensivo de
conciencias atribuladas, comprobó (según mi entender) que ese
"mariposeo" de la mente provocaba tan grandes angustias en algunas
personas que repetían las palabras de sus oraciones, una detrás de otra,
balbuceándolas con gran trabajo, y a pesar de su esfuerzo no iban a ninguna
parte, e incluso, a veces, quedaban más descontentas a la tercera vez que a la
primera. Tan completo era el fastidio, que perdían todo consuelo al rezar, y no
faltaban quienes estaban a punto de abandonar la oración como algo inútil y sin
sentido (caso de que continuaran así rezando) o, incluso, como de hecho temían,
nocivo. Este autor, amable y piadoso, con objeto de aliviar tan aguda molestia,
distinguió tres aspectos en la oración: el acto, la virtud y el' hábito.
Explicándose con mucha claridad, pone el ejemplo de una persona que se decide a
hacer una peregrinación a Santiago (de Compostela) partiendo desde Francia. Habrá
trechos durante el viaje en que esta persona avanzará meditando en la figura
del santo y en el propósito de su viaje. En tales ratos continúa su
peregrinación con un doble acto, a saber: una continuidad natural y una
continuidad moral (para usar las mismas expresiones de Gerson). Continuidad natural
porque, actualmente, avanza hacia aquel lugar. Moral, porque sus pensamientos
están centrados en la peregrinación como tal. Llama "moral" a aquella
intención (formam) por la que el hecho de ponerse en camino (en sí mismo
indiferente) es perfeccionado por una causa piadosa. Otros ratos, sin embargo,
caminará el peregrino considerando diferentes asuntos, sin pensar lo más mínimo
en el santo ni en el sitio de destino; puede ocurrir que vaya meditando en algo
incluso más santo, como en Dios mismo. Cuando así acontece continúa su
peregrinación en el nivel natural, pero no en el moral. Avanza con los pies,
sí, pero no piensa, en ese preciso momento, en la razón particular de su
partida y, tal vez, ni siquiera se fija por dónde va caminando. Aunque
el acto moral de su peregrinación no se continúa, sí persevera la virtud moral:
su caminar, que es actividad bien natural, se ve penetrado e informado por una
virtud moral, al estar siempre acompañado por el buen propósito del primer
momento (como una piedra sigue la trayectoria del primer impulso aunque se
retire la mano que la arrojó). Podrá ocurrir que se dé el acto moral en
ausencia del natural, como, por ejemplo, cuando piense sobre la peregrinación
mientras descansa sentado sin caminar. Finalmente, ocurre también que no se den
ninguno de los dos actos, por ejemplo, al dormir: ni camina ni piensa en la
peregrinación. Mas, aun en este caso, permanece la virtud moral habitualmente,
a no ser que sea intencionadamente rechazada. La peregrinación nunca se ve, por
tanto, interrumpida ni deja de tener mérito: persiste de modo habitual a no ser
que se tome una decisión en sentido contrario, abandonando el viaje o, al
menos, retrasándolo. Valiéndose de este ejemplo concluye de manera parecida en
lo que se refiere a la oración: una vez que se ha empezado con atención, nunca
después puede ser interrumpida de tal modo que la virtud de la primera
intención no permanezca de modo continuo, actual o habitualmente. Y esto es así
siempre que no se renuncie a aquella intención inicial decidiendo abandonar la
oración, o bien cortándola bruscamente por el pecado mortal. Oportet
semper orare et non deficere . Dice Gerson sobre estas palabras de Cristo que
no se pronunciaron figurativamente, sino de modo directo y literal, y que, de
hecho y literalmente, son cumplidas por hombres buenos y rectos. Apoya su
opinión en un conocido Proverbio: Qui bene vivit semper orat (el que vive con
rectitud está siempre rezando). Y esto es verdad porque, quien todo lo hace
para la gloria de Dios (como reza la prescripción del Apóstol), una vez que ha
empezado con atención nunca interrumpe luego su oración de tal modo qué la
virtud meritoria no perdure, si no actualmente, al. menos virtualmente . Esta
es la explicación de un hombre bueno y versado como Juan Gerson, en su breve
tratado De oratione et ejus valore. Quiere aliviar y animar a quienes se
angustian y entristecen si, mientras rezan, se les va la cabeza a muchas otras
cosas sin su querer ni su conocimiento, pues ocurre aunque celosamente luchen
por no distraerse. No pretende, en absoluto, proporcionar un falso
tranquilizante a quienes por pereza supina no ponen el más mínimo esfuerzo
durante la oración. Cuando
hacemos cosa tan seria como la oración de modo negligente y descuidado, ni
rezamos ni tenemos a Dios propicio; por el contrario, le alejamos de nosotros
en su indignación. ¿Podrá alguien sorprenderse de que Dios se indigne al ser
interpelado de manera tan despectiva por una pobre creatura? ¿0 habremos de
pensar que no se dirige despectivamente a Dios quien le dice: "Oh, Dios,
escucha mi oración" mientras su cabeza anda volcada en mil cosas vanas y
superficiales, y algunas veces (ojalá no ocurriera nunca) hasta pecaminosas?
Tal individuo ni siquiera oye su propia voz. Va murmurando de memoria oraciones
muy gastadas, la cabeza en las nubes, emitiendo sonidos sin sentido, como dice
Virgilio. En fin, al acabar la oración necesitamos muy a menudo alguna otra
oración para pedir perdón por la anterior negligencia. "Levantaos
y rezad para que no caigáis en la tentación." Y en seguida les advirtió
Cristo del peligro tan grande que se cernía sobre ellos, para que quedara así
claro que no sería suficiente una oración rutinaria o somnolienta. "He
aquí que se acerca la hora en que el Hijo del hombre será entregado en manos de
los pecadores" es decir: "Os predije que, iba a ser traicionado por
uno de vosotros, y os horrorizasteis ante esas palabras. Advertí que Satanás os
buscaba para sacudiros como el trigo, y escuchasteis esto con gran
despreocupación., sin dar respuesta, como si la tentación fuera algo a no tener
en cuenta. Para que supierais que no debe ser menospreciada, predije que todos
os escandalizaríais de mí, y todos lo negasteis. Al que más negó escandalizarse
le predije que me negarla tres veces antes de que el gallo cantara. Mas él
insistió en que no sería así, sino que moriría conmigo antes que negarme. Y lo
mismo dijisteis los demás. Para que no consideraseis la tentación como algo
fácil y sin importancia, una y otra vez os mandé que vigilaseis e hicieseis
oración -no fuera que cayeseis en la tentación, Tan lejos estabais de estimar
su fuerza y su atracción., que no os preocupasteis de rezar ni de vigilar
contra ella. Quizás os llevó a desdeñar* el poder violento de la tentación
diabólica el hecho de que, cuando os envié de dos en dos para predicar la fe,
me contabais al regresar que hasta los demonios se os sometían. Pero yo, que
conozco tanto la naturaleza de los demonios como la vuestra (y con toda
profundidad porque creé ambas), ya os advertí entonces que no os gloriaseis en
tal vanidad porque no era vuestro poder el que dominaba a los demonios: yo
mismo lo hacía, y lo hice por otros que iban a abrazar la fe verdadera; por
ellos lo hice y no por vosotros. Os recordé que debíais más bien gloriaros en
el verdadero fundamento de la alegría, esto es, en el hecho de que vuestros
nombres están escritos en el libro de la vida. Esto os pertenece con toda
firmeza, porque una vez que hayáis alcanzado la culminación de esa alegría, ya
no podréis perderla aunque todo el ejército de los demonios luchara contra
vosotros. El poder que ejercisteis contra ellos en aquella ocasión aumentó
tanto vuestra confianza que desdeñáis ahora la tentación como cosa de poca
importancia. Hasta ahora habéis visto la tentación como algo muy lejano, aunque
os anuncié que el peligro se cernía esta misma noche. Mas ahora os advierto: no
sólo la noche sino la hora precisa está ya muy cercana. Ha llegado la hora en
que el Hijo del hombre será entregado en manos de los pecadores. Ya no hay
lugar para estar sentado o para dormir. Tendréis necesidad de estar despiertos,
vigilantes, y apenas hay tiempo para rezar. Ya no anuncio cosas futuras, sino
que en este mismo momento digo: Levantaos, vamos. El que me ha de entregar está
cerca. Si no queréis estar despiertos para rezar, levantaos por lo menos y
marchad rápidamente, no sea que más tarde no podáis escapar. Porque ya está
aquí el que me traiciona." Al
decir "Levantaos, vamos", también pudo significar, no que huyeran,
sino que se adelantaran para hacer frente a los acontecimientos con confianza.
Así lo hizo El mismo. No se marchó en la dirección opuesta, sino que, mientras
hablaba, iba al encuentro de aquellos que le buscaban con el corazón lleno de
furia criminal. Cristo
sigue siendo entregado en la historia "Todavía
mientras Jesús hablaba, he aquí a Judas Iscariote, uno de los Doce, y con él
una gran muchedumbre con espadas y palos, enviada por los jefes de los
sacerdotes, los escribas y ancianos del pueblo" . Nada hay tan eficaz para
la salvación y para la siembra de todas las virtudes en un corazón cristiano,
como la contemplación piadosa y afectiva de cada uno de los sucesos de la
pasión de Cristo. Pero, junto a esto, no resulta de poco interés considerar el
mismo hecho histórico -aquel tiempo en que los Apóstoles dormían mientras el
Hijo del hombre era entregado- como una misteriosa imagen de lo que ocurriría
en el futuro. Para redimir al hombre, Cristo fue verdaderamente Hijo del
hombre; aun concebido sin semen de varón, descendía realmente del primer
hombre; se hizo hijo de Adán para poder restaurar en su pasión la posteridad de
Adán, perdida y desgraciadamente desposeída por la falta de los primeros
padres, a un estado de felicidad incluso mayor que el original. Por
esta razón., y aun siendo Dios, continuamente se llamaba a si mismo Hijo del
hombre, porque era hombre verdadero. Insinuaba así de modo constante el
beneficio de su muerte al recordar la única naturaleza que puede morir. Aunque
Dios murió por nosotros, ya que murió aquél que era Dios, su, divinidad no
sufrió la muerte., sino sólo su humanidad, o, más bien, su cuerpo (si nos
atenemos mas a lo que ocurre de hecho en la naturaleza que al uso vulgar de las
palabras; pues se dice de un hombre que muere cuando el alma se separa del cuerpo
sin vida, pero el alma es en si misma inmortal). No sólo se complacía en ser
llamado con esa expresión que define nuestra naturaleza, sino que se gozaba en
tomar la naturaleza humana para salvarnos y para unir a si, como si se tratara
de un solo cuerpo, a todos los que hemos sido regenerados por la fe y los
sacramentos de salvación. Se dignó incluso hacernos participes de su mismo
nombre; y, de hecho, la Escritura llama a todos los fieles "cristos y
dioses". En
consecuencia, pienso que no andamos equivocados al sospechar que se avecina de
nuevo un tiempo en que el Hijo del hombre, Cristo, será entregado en manos de
los pecadores, cuando observamos un peligro inminente de que el Cuerpo místico
de Cristo, la Iglesia de Cristo, esto es, el pueblo cristiano, es arrastrado a
la ruina a manos de hombres perversos e impíos. Y con dolor lo digo, porque ya
son varios los siglos en los que no hemos dejado de ver cómo esto acontece,,
ora en un sitio, ora en otro; mientras, en algunos lugares, invade el cruel turco
territorios cristianos, o, en otros, poblaciones enteras son desgajadas por las
luchas intestinas de muchas sectas heréticas. Cuando
veamos u oigamos que tales cosas empiezan a ocurrir, aunque sea muy lejos de
nosotros, pensemos que no es momento para sentarse y dormir, sino para
levantarse inmediatamente y socorrer a aquellos cristianos en el peligro en que
se encuentran y de cualquier manera que podamos. Si otra cosa no podemos, sea
al menos con la oración. Ni se ha de considerar este peligro de modo frívolo y
superficial por el solo hecho de que ocurra muy lejos de nosotros. Si tan
acertada es aquella frase del poeta cómico: "Hombre como soy, nada humano
me es extraño ¿cómo no sería merecedor de grave reproche la conducta de esos
cristianos que duermen y roncan mientras otros cristianos están en peligro?
Para insinuarnos esto dirigió Cristo su advertencia de que convenía estar
despierto, vigilando y rezando, no sólo a los discípulos que estaban cerca
suyo, sino también a los que El quiso que se quedaran a cierta distancia. Si
los males y desgracias de aquellos que están lejos no nos llegaran a conmover y
preocupar, muévanos, al menos, nuestro propio peligro. Pues razón de sobra
tenemos para temer que la maldad destructora no tardará en acercarse adonde estamos,
de la misma manera que sabemos por experiencia cuan grande e impetuosa es la
fuerza devastadora de un incendio, o cuán terrible el contagio de una peste al
extenderse. Sin la ayuda de Dios para que desvíe el mal, inútil es todo refugio
humano. Recordemos, por consiguiente, estas palabras evangélicas, y pensemos de
continuo que es el mismo Cristo quien las dirige de nuevo, una y otra vez, a
nosotros:"¿Por qué dormís? Levantaos y rezad para que no caigáis en la
tentación." Otra
idea se desprende de aquí, y es esta: Cristo es entregado de nuevo en manos de
los pecadores cuando su Cuerpo sacrosanto en la Eucaristía es consagrado y
manoseado por sacerdotes lujuriosos, disolutos y sacrílegos. Cuando
tales cosas veamos (y desgraciadamente ocurren con mucha frecuencia), pensemos
que Cristo mismo nos habla de nuevo:"¿Por qué dormís? Despertaos,
levantaos y rezad para que no caigáis en la tentación. Por que el Hijo del
hombre es entregado en manos de los pecadores." Por el mal ejemplo de esos
sacerdotes perversos, la peste del vicio se extiende con facilidad entre el
pueblo. Y cuanto menos idóneos son para recibir la gracia quienes, por
obligación, han de vigilar y rezar por el pueblo, tanto más necesario es para
éste estar bien despierto, levantarse y rezar con gran ardor, no sólo por sí
mismos, sino también por estos sacerdotes. ¡Qué grandísimo bien se haría al
pueblo si tales sacerdotes cambiaran y se hicieran mejores! Una
manera particular de entregar a Cristo en manos de los pecadores se da entre
ciertas personas que, aunque reciben el sacramento de, la Eucaristía con
frecuencia, quieren dar la impresión de que lo veneran de modo más santo al
recibirlo bajo las dos especies, lo cual va en contra del uso común y se hace
sin necesidad alguna, y no sin grave afrenta a la Iglesia católica. Sin
embargo, estos mismos blasfeman de lo que han recibido, algunos llamándolo
"pan verdadero y vino verdadero" y otros, todavía peor, llamándolo
simplemente "pan y vino". Todos ellos niegan que el Cuerpo de Cristo
esté contenido en el sacramento que llaman "Corpus Christi". Cuando
después de tanto tiempo que ha transcurrido se ponen a hablar así contra los
más evidentes pasajes de la Escritura, contra las interpretaciones clarísimas
de todos los santos, contra la fe constantísima de toda la Iglesia durante
tantos siglos, contra la verdad ampliamente atestiguada por miles de milagros,
esa gente que marcha en este último tipo de infidelidad, ¿qué diferencia, me
pregunto, existe entre ellos y los que cogieron prisionero a Cristo aquella
noche? ¡Qué poca diferencia entre esos y aquellas tropas de Pilato que en
actitud de burla doblaban sus rodillas delante de Cristo, como si le rindieran
honor, mientras le insultaban y le llamaban rey de los judíos!.Esta gente de
ahora también se arrodilla ante la Eucaristía y la llama Cuerpo de Cristo
mientras, de acuerdo con su doctrina, no creen en ella más que los soldados de
Pilato creían que Cristo era rey. En
cuanto oigamos que tales cosas ocurren en otros lugares -no importa qué lejos
estén-, imaginemos inmediatamente a Cristo diciéndonos con urgencia: "¿Por
qué estáis dormidos? Levantaos y rezad para que no caigáis en la
tentación." No seamos ingenuos: dondequiera se presenta hoy esta plaga con
extraordinaria virulencia, no cogen todos la enfermedad en un solo día. El
contagio se extiende poco a poco y de manera imperceptible. Quienes al
principio no le daban importancia, se levantan más tarde para oírlo y responder
con cierta apatía o menosprecio; y luego son arrastrados al error, hasta que,
como un cáncer (según expresión del Apóstol), el escurridizo mal acaba
finalmente conquistando el país entero. Mantengámonos bien despiertos,
levantémonos y recemos asiduamente para que vuelvan sobre si todos cuantos han
caído en esta desgraciada insana preparada por Satán, y para que Dios nunca
permita entremos nosotros también en tal tentación, ni permita jamás al diablo
desatar las ráfagas de esa tormenta hacia nuestras costas. Pero acabemos ya con
esta digresión sobre los misterios y reanudemos la historia. Judas,
Apóstol y traidor "Judas,
habiendo tomado una cohorte de soldados que le dieron los sacerdotes y los
fariseos, fue allá con antorchas y armas. Estando Jesús todavía hablando, llega
Judas Iscariote, uno de los Doce, y con él un tropel de gente armada con
espadas y garrotes, enviada por los príncipes de los sacerdotes, los escribas y
los ancianos. El traidor les había dado una señal..." . Me inclinaría a
creer que la cohorte que, según los evangelistas, fue dada al traidor por los
pontífices, era una cohorte romana asignada por Pilato a los sacerdotes. Los
fariseos, escribas y ancianos del pueblo habían añadido a ella sus propios
servidores, bien porque no tuvieran suficiente confianza en los soldados del
gobernador, bien porque pensaron que un mayor número sería conveniente para que
no fuese Cristo rescatado por el repentino tumulto y la confusión causada por
la oscuridad de la noche. 0 tal vez llevaban la intención de arrestar a todos
los Apóstoles al mismo tiempo, sin dejar que ninguno escapara en la oscuridad.
No fue cumplido este último propósito, pues el poder de Cristo no lo consintió;
y El mismo fue capturado porque quiso ser hecho prisionero El solo. Llevan
antorchas encendidas y linternas para poder distinguir entre las tinieblas del
pecado el sol brillante de la justicia. Llevan antorchas, no para que pudieran
ser iluminados con la luz de Aquel que ilumina a todo hombre que viene a este
mundo, sino para extinguir aquel ' la luz eterna que nunca puede ser
oscurecida. Tanto unos como otros, los enviados y quienes les enviaban se
afanaban por derrocar la ley de Dios por causa de sus tradiciones. También
ahora hay quienes siguen sus huellas, y persiguen a Cristo al esforzarse por
ensombrecer el esplendor de la gloria de Dios con su propia gloria. Merece
la pena, en este pasaje, prestar atención y advertir la inestabilidad de las
cosas humanas. Apenas hacía seis días que, incluso los gentiles, estaban
deseosos de ver a Cristo a causa de sus milagros y la santidad de su vida. Los
mismos judíos le hablan recibido con respeto admirable al entrar en Jerusalén.
Y, ahora, judíos y gentiles vienen a arrestarle como a un ladrón. Entre ellos,
no uno mas en el gentío, sino haciendo cabeza, iba un hombre peor que todos los
judíos y gentiles juntos: era Judas. Quiso Cristo ofrecer este contraste para
enseñar que la rueda de la fortuna no quedará inmóvil para nadie, y que ningún
hombre cristiano, su esperanza puesta en el cielo, ha de perseguir la gloria
desdeñable en la tierra. Observemos
que las autoridades que en contra de Cristo enviaron aquella turba eran
sacerdotes -¡príncipes de los sacerdotes!-,fariseos, escribas y ancianos del
pueblo. Lo que es óptimo en la naturaleza, si empieza a desviarse, se corrompe
en lo peor. Lucifer, por ejemplo, que fue creado por Dios como uno de los más
excelsos entre los ángeles del cielo, vino a ser el peor de los demonios una
vez que se entregó a la corrupción de la soberbia. No fue lo más bajo del
pueblo, sino lo más encumbrado, los principies de los sacerdotes, cuya obligación
y oficio era cuidar de la justicia y promover los asuntos de Dios, quienes,
particularmente, conspiraron para apagar el sol de la justicia y destruir al
unigénito de Dios. La avaricia, la envidia y la altivez les llevaron a tal
extremo de locura. He
aquí otro punto que no se debe pasar por alto. Judas, llamado en otros lugares
con el infame nombre de traidor, es ahora perturbado al recibir el titulo
sublime de Apóstol. "Judas Iscariote, uno de los Doce": ni era uno de
los gentiles, ni uno de los judíos enemigos, ni uno entre los muchos discípulos
de Cristo (aun si lo hubiera sido, inconcebible seria lo que hizo), sino
-vergüenza jamás vista- uno de los Apóstoles escogidos por Cristo. El solo,
"uno de los Doce" fue capaz de entregar a su Señor para ser capturado,
e incluso se hizo cabecilla de la turba. Hay
en este pasaje una lección que deben aprender quienes ocupan puestos y cargos
en la vida pública, pues no tienen siempre motivo para gloriarse y complacerse
en sí mismos cuando son llamados con títulos solemnes. No; tales títulos son
dignos y apropiados si quienes los poseen son conscientes de haber merecido tal
tratamiento de honor por el recto cumplimiento personal de sus deberes
administrativos. De no ser así, tendrían que ser abatidos por la vergüenza (a
no ser que se deleiten en palabras vacías). No importa lo que sean: príncipes,
grandes señores, emperadores, obispos, sacerdotes; si son miserables y
perversos, deberían darse cuenta de que, cuando los hombres hacen sonar en sus
oídos los títulos espléndidos de sus cargos, no lo hacen sinceramente para
rendirles honor, sino para poder reprocharles, sin peligro alguno y bajo color
de alabanza, los honores que llevan y usan tan indignamente. "Judas
Iscariote, uno de los Doce"; cuando el evangelista hace aparecer a Judas
con el título de su Apostolado, la intención real no es, en absoluto, alabarle,
lo que está bien claro, pues le llama en seguida traidor. "El traidor les
había dado una señal diciendo: A quien yo besare, ése es, prendedle". Se
suele preguntar aquí por qué necesitó el traidor dar una señal a la turba para
identificar a Jesús. Contestan algunos que acordaron hacerlo así porque más de
una vez, anteriormente, Cristo habla escapado de improviso de manos de quienes
intentaban prenderle. Ahora bien, debió de ocurrir esto de día, y dado que
Cristo lo hacia sirviéndose de su poder divino, bien desapareciendo de su vista
o pasando a través de ellos mientras miraban atónitos, se comprende que era
inútil del todo dar una señal con objeto de identificarle y que no escapara.
Otros han dicho que uno de los dos Santiagos se parecía mucho a Cristo, tanto
que, si no se les miraba bien de cerca, no era fácil distinguirlos (dicen que
ésta era la razón de que fuera llamado hermano del Señor). Pero si podían haber
sido arrestados juntos y, más tarde, ser identificados, ¿qué necesidad había de
dar una señal? Era la noche ya avanzada, como dice el evangelista, y aunque se
acercaba el amanecer, todavía era de noche y la oscuridad lo llenaba todo, pues
llevaban antorchas que daban, seguramente, luz suficiente para hacerlos
visibles desde lejos, pero no para distinguir bien una persona a cierta
distancia. Y aunque aquella noche tal vez tuvieron la ventaja de cierta luz de
la luna llena, sólo pudo servir para iluminar los contornos de las figuras
humanas en la distancia y no para obtener una buena iluminación de los rasgos
faciales, distinguiendo una persona de otra. Por otra parte, si iban corriendo
al barullo con la esperanza de capturar a todos a la vez (cada uno escogiendo
su víctima sin saber quién era), tendrían, con razón, miedo de que, entre tanta
gente, pudiera alguno escapar y, lo que es peor, que uno de los fugitivos
fuera, precisamente, el único hombre que de verdad perseguían (los que en mayor
peligro se encuentran suelen ser los que más rápidamente se preocupan de sí
mismos). Tanto si así lo planearon, como si. Judas mismo lo insinuó, lo cierto
es que dispusieron la estratagema haciendo que el traidor se adelantara y
señalara al Maestro con un abrazo y un beso. Una vez puestos los ojos en El,
pondrían en El sus manos, y caso de que alguno de los otros escapara, ya no
habría tanto peligro. "Les
había dado el traidor esta señal: A quien yo besare, ése es. Prendedle y
llevadle con cautela." ¡Hasta dónde llegará la mezquindad! ¿No te bastó,
canalla traidor, con vender a tu Señor, al que te habla elevado a la tarea
sublime de Apóstol, en manos de hombres impíos y con un beso, sin necesidad de
estar tan preocupado de que se lo llevaran con precaución, no fuera que llegara
a escapar? Se te pagó para que le traicionaras, mientras otros eran enviados
para atraparle, custodiarle y conducirle a juicio. Pero tú, como si ese papel
en el crimen no fuera bastante importante, vas y te inmiscuyes en la tarea de
los soldados. Como si los ruines magistrados que les enviaron no les hubieran
dado instrucciones adecuadas, hacia falta un hombre como tú que añadiera un
nuevo mandato de llevárselo con precaución bien apresado. Habías cumplido del
todo tu trabajo criminal entregando a Cristo a sus sicarios. Pero si los
soldados hubieran sido tan remisos que Cristo consiguiera escapar de entre
ellos, por su descuido o rescatado por la fuerza, ¿tenías miedo acaso de que
entonces no te serían pagadas tus treinta piezas de plata, paga ilustre de crimen
tan horrendo? Se te pagara, nolo dudes, pero no desearás tanto recibirlas con
codicia como estarás inquieto y deseoso de arrojarlas lejos de tí tan pronto
como las hayas conseguido. Entretanto, llevarás a cabo una acción que trae
dolor para tu Señor y la muerte para ti, pero que será para muchos la
salvación. 'Tenía
delante de ellos y se acercó a Jesús para besarle. En cuanto llegó, arrimándose
a Jesús le dijo: Salve, Maestro, salve. Y le besó. Le dijo Jesús: Amigo, ¿a qué
has venido? ¿Con un beso entregas al Hijo del hombre?" ". Iba Judas
delante de la turba, v esto no sólo es verdad en la historia, sino que tiene
también un sentido espiritual: entre los que participan en un mismo acto
pecaminoso, el que tiene más motivos para abstenerse es el que mayor culpa
tiene delante del juicio de Dios. "Y
se acercó para besarle. Y al llegar fue hacia El y le dijo: Maestro, salve,
Maestro. Y le besó." Así se acercan a Cristo, así le saludan, así le besan
también todos aquellos que se fingen discípulos de Cristo y profesan su
doctrina con la lengua mientras, de hecho y con obras, se esfuerzan por
destruirla con artilugios y toda una técnica de sutilezas. De igual guisa que
Judas le saludan quienes le llaman "Maestro" pero desprecian sus
mandamientos. De la misma manera le besan aquellos sacerdotes que consagran el
Cuerpo sacrosanto de Cristo, para después asesinar a los miembros de Cristo,
almas cristianas, con su falsa doctrina y su ejemplo depravado. Así le saludan
y besan también quienes exigen ser considerados como personas buenas y pías
porque, a pesar de ser fieles laicos, persuadidos por malos sacerdotes, reciben
el Cuerpo y la Sangre sagrados de Cristo bajo ambas especies, contra la
costumbre de todos los cristianos, sin ninguna necesidad y no sin gran
menosprecio por toda la Iglesia católica y, en consecuencia, no sin grave
falta. Esta gente lo hace contra la práctica y el uso de siempre de todos los
cristianos. Y no sólo se comportan así (cosa que podría ser tolerada), sino
que, como si fueran santos Padres de la Iglesia, condenan a todos los que
reciben ambas sustancias bajo sólo una de las dos especies. Es decir, fuera de
si mismos, condenan a todos los cristianos de todas partes y durante tantísimos
años. A pesar de su importuna insistencia en que ambas especies son necesarias
para los laicos, ya son muchos entre ellos -tanto laicos como sacerdotes- los
que eliminan la realidad de ambas especies (el Cuerpo y la Sangre). Se parecen
en esto a los soldados de Pilato que se burlaban de Cristo arrodillándose y
saludándole como rey de los judíos. Se arrodillan en veneración de la
Eucaristía, y la llaman Cuerpo y Sangre de Cristo aunque ya no creen que sea lo
uno ni lo otro: creen como "creían" los soldados de Pilato que Cristo
era rey de los judíos. Todos
estos caracteres que he mencionado traen a nuestra cabeza al traidor Judas en
cuanto coinciden con él en dos cosas: su saludo y el beso con felonía. Así como
todos éstos representan una acción del pasado, Joab proporcionó una figura del
futuro porque, habiendo saludado a Amasa con estas palabras: "Saludos,
hermano", acariciándole la barbilla con su mano derecha como si quisiera
besarle, desenvainó un puñal que llevaba escondido y lo mató de un golpe. De la
misma manera había matado a Abner. Más tarde, como convenía según la justicia,
pagó con su propia vida engaño tan horrible . Pues bien, Judas recuerda a Joab,
tanto si se consideran las personas y hechos criminales como la venganza de
Dios y el final desgraciado de cada uno. Se asemejan Joab y Judas con una sola
diferencia: que Judas superó a Joab en todos los aspectos. Gozaba
Joab del favor y de la influencia de su príncipe y señor; pero con señor mucho
más grande trataba Judas. Joab mató a quien era amigo suyo; Judas era mucho más
íntimo con Jesús. La envidia y la ambición movían a Joab porque habla oído que
el rey iba a promover a Amasa sobre él; mas Judas se movía por la ambición
mezquina de una mísera recompensa, por unas pocas monedas de plata entregó a la
muerte al Señor del universo. Cuanto más enorme fue el crimen de Judas, tanto
más miserable fue el castigo que le siguió. Joab fue muerto a manos de otro,
pero el desgraciado Judas se ahorcó con su propia. mano. En la forma externa
que tomó el delito hay una clara similitud entre ambos crímenes. Joab asesina a
Amasa en el mismo instante de saludarle, casi besándole; Judas se acerca a
Cristo cortésmente, le saluda con respeto, le besa como muestra de amor; mas no
pensaba el cruel villano en otra cosa sino en entregar a su Señor a la muerte.
Con todo, no pudo engañar a Cristo como Joab hiciera con Amasa. Cristo le recibe,
escucha su saludo, no rechaza el beso. Conocedor de la criminal traición, se
comportó durante ese rato como si nada supiera. Conducta
de Cristo con el traidor ¿Por
qué Cristo actuó así? ¿Era acaso para enseñarnos cómo disimular y fingir? ¿Para
enseñarnos a devolver, con fina astucia, el engaño con otro engaño? De ningún
modo. Lo hizo para indicamos que hemos de soportar con paciencia y mansedumbre
todas las injurias y ardides, sin enfurecemos, sin buscar venganza, sin dar
rienda suelta a nuestras pasiones para insultar al ofensor, sin buscar vano
deleite en coger al enemigo en algún traspié. Nos enseñaba a hacer frente a la
injuria y a la falsedad con verdadera virtud y, en una palabra, a vencer el mal
en abundancia de bien. Es decir, hacer todo esfuerzo posible, insistiendo con
ocasión y sin ella, con palabras tan corteses como fuertes y penetrantes, de
tal modo que el hombre. miserable pueda cambiar para bien; y si no responde a
este tratamiento, no eche la culpa a nuestra negligencia, sino a la monstruosa
magnitud de su propia maldad. Como
buen médico, intenta Cristo ambos métodos de cura, y en primer lugar, empleando
palabras suaves y afables: "Amigo, ¿a qué has venido?". Cuando se oyó
llamar "amigo" el traidor quedó indeciso y pensativo en la duda. Consciente
de su crimen, temía que Cristo hubiera usado el nombre de "amigo"
para reprocharle con gravedad su enemistad. Por otra parte, ya que los
criminales se precian a sí mismos en la esperanza de que nadie conoce sus
crímenes, esperaba ciego en su locura (aunque tenla la experiencia de que los
pensamientos de los hombres estaban patentes ante Cristo, e incluso su propia
traición habla sido declarada durante la última cena), esperaba, digo, que su
crimen pasara oculto a Cristo; tan falto de razón estaba Judas. Y como nada
podía ser más nocivo para él que verse decepcionado en esta su esperanza porque
nada podría disponerle peor para su arrepentimiento, Cristo en su bondad no
permitió que siguiera engañado. De ahí que añadiera inmediatamente en tono
grave: ".Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?". Le
llama con el nombre con que solía hacerlo de ordinario p ara que el recuerdo de
su anterior amistad ablandara el corazón del traidor y le moviera al
arrepentimiento. Le reprocha luego, abiertamente, su traición para que no
siguiera pensando que estaba oculta y le diera vergüenza confesarla. Sugiere,
por fin, la criminal hipocresía del traidor: "¿con un beso entregas al
Hijo del hombre?". Entre los crímenes y obras perversas no es fácildescubrir
una más odiosa ante Dios que aquellas en las que pervertimos la naturaleza,
real y genuina de las cosas buenas Para hacerlas instrumentos de nuestra
maldad. Odiosa es ante Dios la mentira porque las palabras, que están por
naturaleza ordenadas a expresar el sentido de nuestro pensamiento, son
trastocadas para un propósito de engaño y decepción. Dentro de este genero de
maldad, constituye una ofensa grave a Dios abusar de las leyes y del derecho
para infligir aquellas injurias que están, precisamente, destinadas a prevenir. He
ahí la razón por la que Cristo reprocha a Judas con dureza por ese modo
detestable de pecar. "Judas -le dice-, ¿entregas al Hijo del hombre con un
beso? Ojalá fuera de hecho como tú deseas aparentar; pero, de otro modo,
muéstrate abiertamente., con sinceridad, tal como realmente eres, porque quien
obra la enemistad bajo el disfraz de la amistad es un hombre vil que multiplica
en esa acción su villanía. No estabas satisfecho, Judas, con entregar al Hijo
del hombre (hijo de aquel hombre por el que todos hubieran perecido si este
Hijo del hombre, que tú crees estar destruyendo, no redimiera a quienes desean
ser salvados), ¿no te fue suficiente, repito, traicionarle sin necesidad de
hacerlo con un beso, convirtiendo así un signo sagrado de amor en instrumento
de tu traición? Estoy mejor dispuesto hacia esta turba que me rodea y ataca por
la fuerza de la violencia y abiertamente, que hacia a ti, Judas, que me
entregas a ella con un falso beso." Al
ver Cristo que no había en el traidor señal alguna de arrepentimiento, y para
mostrar que prefería hablar con un enemigo sincero que con uno escondido en el
anonimato, se apartó de él y se encaminó hacia la turba bien armada. Dejaba
claro que nada le importaban las inicuas artimañas y tretas del traidor. Así lo
relata el Evangelio: "Y Jesús, que sabia todas las cosas que le habían de
sobrevenir, salió a su encuentro, yles dijo: ¿A quién buscáis? Respondiéronle:
A Jesús Nazareno. Díjoles Jesús: Yo soy. Estaba también entre ellos Judas, el
que le entregaba. Apenas dijo: Yo soy, retrocedieron y cayeron en tierra"
'. ¡Oh,
Cristo salvador!, que hace apenas un rato tan grande era tu miedo que yacías
postrado en el suelo, en postura digna de compasión, y que con sudor de sangre
suplicabas al Padre que apartara de Ti el cáliz de tu Pasión,¿Cómo es que
ahora, de manera tan repentina, te levantas, te lanzas como un gigante y vas
gozoso al encuentro de quienes te buscan para hacerte sufrir?, ¿por qué das a
conocer tu identidad, tan espontáneamente a quienes admiten buscarte, pero que
ignoran todavía que eres Tú a quien, de hecho, buscan? ¡Vengan, acudan aquí los
débiles y pusilánimes.! Que se agarren con fuerza a una esperanza
inquebrantable cuando se sientan aplastados por el temor ante la muerte. Si con
Cristo agonizan y temen y se apesadumbran, llenos de angustia, tristeza,
cansancio y sudor, participarán también en su consolación. Sin duda ninguna, se
sentirán fortalecidos por el mismo consuelo que tuvo Cristo (con la condición
de que hagan oración, de que perseveren en ella y de que abandonen todo en la
voluntad de Dios). Tan recreados serán por este espíritu de Cristo que sentirán
renovarse sus corazones como la tierra vieja es refrescada por el rocío del
cielo y, por medio del madero de la cruz de Cristo, inmerso en las aguas del
dolor, el mismo pensamiento de la muerte, antes tan amargo., se hará suave y
llevadero. Un ánimo alegre y jovial sucederá al cansancio, el vigor mental y la
valentía reemplazaran el pavor y, al final, apetecerán la muerte que antes les
horrorizaba, considerando la vida triste y el morir una ganancia, deseando
verse libre de las ataduras del cuerpo para estar con Cristo. "Acercándose
Cristo a la muchedumbre les pregunta: ¿A quién buscáis? Contestan: A Jesús
Nazareno. judas, el que le entregaba, estaba entre ellos. Y Jesús les dijo: Yo
soy. Cuando dijo: Yo soy, retrocedieron y cayeron por tierra." Si pudiera
darse el caso- de que el pavor y la angustia de Cristo hubieran antes
disminuido nuestra estima e imagen de El, habría ahora que restaurarla ante
esta su fortaleza tan varonil. Avanza impertérrito hacia una masa de hombres
armados (a aquellos que ni siquiera sabían quién era El) y, aun seguro de su
muerte (pues sabia todo lo que iba a ocurrirle), se ofrece libremente como una
víctima que va a ser cruelmente sacrificada. Este cambio, tan completo como
repentino, resulta verdaderamente admirable si se contempla desde su santísima
humanidad. ¿Qué estima tendremos de El? ¿Qué intensa reacción ha de producirse
en los corazones de todos los fieles por la fuerza de este poder divino pasando
asombrosamente a través del organismo debilitado de un hombre? Porque, ¿cómo
fue posible que ninguno de los que le buscaban pudiera reconocerle al
acercarse? Había enseñado en el templo. Había volcado las mesas de los vendedores.
Había arrojado de allí a éstos. Habla desarrollado su actividad en público.
Habla desconcertado a los fariseos. Había satisfecho a los saduceos. Habla
refutado a los escribas. Habla eludido con. una prudente respuesta la pregunta
capciosa de los soldados herodianos. Habla alimentado a siete mil hombres con
siete panes, y curado enfermos y resucitado a los muertos. Se habla hecho
accesible a todo tipo de personas: fariseos y publicanos, ricos y pobres,
justos y pecadores, judíos y samaritanos y gentiles. Y. ahora, no hay nadie
entre tanta gente que le reconozca por su rostro o por su voz al dirigirse a
ellos de cerca. Parece como si los que enviaran la turba hubieran cuidado de no
mandar a nadie que hubiera visto de antemano a la persona que buscaban. ¿Cómo
es posible que nadie distinguiera a Cristo por el beso y el abrazo que habla
dado Judas por señal? El mismo traidor, ahora entre laturba, ¿acaso olvidó de
repente cómo reconocer a quien acababa de traicionar y señalar con un beso?
¿Qué ocurrió en suceso tan extraño? Pienso que nadie fue capaz de reconocerle
por la misma razón por la que, más tarde, María Magdalena, aunque le vio, no le
reconoció sino cuando El se reveló a sí mismo; lo mismo con aquellos dos
discípulos que, aun mientras charlaban con El, no supieron quién era hasta que
El se dio a conocer; y aun así, pensaron que era un viajero, como María
Magdalena creyó que era el jardinero. En pocas palabras, no le reconocieron por
la misma causa que nadie pudo seguir en pie cuando Cristo empezó a hablar:
"Al decir: Yo soy, retrocedieron y cayeron por tierra." Declaraba
así Cristo ser en verdad la palabra de Dios, que penetra con mayor agudeza que
una espada de dos filos. Del rayo dicen que es de tal naturaleza que derrite la
espada dejando ilesa la vaina. Aquí, la sola voz de Cristo, sin dañar los
cuerpos, de tal modo debilitó las almas que les dejó sin fuerzas para sostener
los miembros. Menciona
el evangelista que judas estaba entre la turba. Muy probablemente, al oír que
Jesús reprochaba abiertamente su traición, confundido por la vergüenza o
aplastado por el miedo, pues conocía bien el carácter impulsivo y pronto de
Pedro, se retiró inmediatamente y volvió con los de su calaña. El evangelista
lo recuerda para que entendamos que también con todos los demás cayó judas al
suelo:., era Judas de tal condición que no había en aquella muchedumbre nadie
peor que él ni que más se mereciera ser arrojado por tierra. Quiso también el
evangelista advertir sobre la necesidad de ser cuidadoso y prudente en la
compañía y amigos que uno mantiene: si se anda con gente miserable se corre el
peligro de caer junto con ellos. Si alguien pone estúpidamente su suerte junto
con quienes van a un naufragio seguro, rara vez sucederá que se salve él sólo
nadando a tierra firme, mientras los demás se ahogan en el fondo del mar. Libertad
de Cristo en su captura, pasión y muerte Quien
pudo arrojar a todos al suelo con sola su palabra, fácilmente hubiera podido
hacerlo con tal fuerza que ninguno volviera a levantarse jamás. Me parece que
esto no lo duda nadie. Cristo, sin embargo, los tiró al suelo para que supieran
que nada podrían sobre El si El no quisiera libremente padecer; y así, permitió
que se levantaran para seguir haciendo lo que El deseaba padecer. "Al
levantarse les preguntó por segunda vez: ¿A quién buscáis?, y ellos
respondieron: A Jesús Nazareno." Tan atemorizados contestaron que parece
estaban fueran de su sano juicio. En
efecto, podían haber sabido que no encontrarían a nadie, y en aquel lugar y en
aquella hora de la noche, que no fuese discípulo de Cristo o amigo suyo; y lo
último que haría tal persona seria darles una pista para encontrar a Cristo.
Ellos, por su parte, en lugar de mantener secreto el propósito de su búsqueda,
descubren todo el meollo del asunto al encontrarse con alguien que ni saben
quién es ni por qué les interroga. Tan
pronto preguntó: "¿A quién buscáis?" respondieron: "A Jesús
Nazareno." Contestó Cristo Jesús: "Ya os he dicho que yo soy. Ahora
bien, si me buscáis a mi., dejad ir a éstos." Es decir: "Si me
buscáis a mi, ¿por qué no me arrestáis de golpe, ya que yo mismo me he acercado
a vosotros y os he dicho quién soy? Y la razón es que sois tan incapaces de
prenderme contra mi voluntad que ni siquiera podéis permanecer de pie mientras
os hablo, como acabáis de comprobar al caeros. Por si acaso lo habéis olvidado,
os vuelvo a repetir que yo soy Jesús de Nazaret. Si a mí me buscáis, dejad que
éstos se vayan." Que estas últimas palabras de Cristo no eran un simple
ruego es algo que, me parece, Cristo dejó muy claro al arrojar a todos al
suelo. Ocurre,
a veces, que quienes planean una villanía no quedan contentos con la simple
acción criminal, sino que, con depravado desenfreno, añaden algunos
"adornos" (por llamarlos de algún modo), del todo innecesarios para
su propósito criminal. Hay, incluso, algunos ministros del mal tan absurda y
perversamente cumplidores que, para evitar el riesgo de omitir alguna obra mala
a ellos confiada, añaden algo "extra" de su propia parte, por si
acaso. A ambos se refiere Cristo: "Si a mí me buscáis, dejad marchar a
éstos. Si los sumos sacerdotes, escribas, fariseos y ancianos del pueblo desean
ávidamente calmar su sed con mi sangre, prestad atención y mirad: Cuando me
buscabais, salí a vuestro encuentro. Ni siquiera me conocíais, y me entregué a
vosotros. Mientras estabais postrados en el suelo, yo seguía junto a vosotros.
Y ahora que os levantáis sigo en pie dispuesto a ser capturado. Soy yo mismo
quien me entrego a vosotros (cosa que el traidor no pudo conseguir), para que
ni vosotros ni mis discípulos piensen que su sangre deba ser añadida a la mía,
como si acaso no fuera suficiente crimen matarme a mí. Si a mi me buscáis,
dejad ir a éstos." Mandó
que dejaran en paz a los discípulos y aun les forzó a hacerlo; salvados gracias
a la fuga, anuló todos sus esfuerzos por capturarlos. Todo esto lo había
anunciado ya de antemano, y mandó: "Dejad ir a esto?, para que se
cumplieran aquellas otras palabras:"No he perdido ninguno de los que me
has confiado"'. Estas palabras que menciona el evangelista son las mismas
que había dirigido Cristo a su Padre aquella noche en la cena:"Padre
santo, guarda en tu nombre a estos que Tú me has confiado." Y después:
"He guardado a los que me diste, y ninguno se ha perdido sino el hijo de
la perdición, para que se cumpla la Escritura." Al predecir que los
discípulos se salvarían cuando El fuese arrestado, se declara Cristo ser su
guardián y custodio. Así lo recuerda el evangelista a sus lectores para que
entiendan que, aunque di ' ¡era a la turba que los dejasen marchar, ya había El
mismo abierto una vía para que huyeran. El
final desgraciado de Judas se predice en el salmo 108, donde, en forma de
oración, se lee: "Sean cortos sus días, y otro reciba su ministerio."
Se dijo esto de Judas, traidor mucho antes de su traición, pero dudo que,
aparte del salmista, conociera alguien que estas palabras eran una predicción
precisamente sobre Judas, hasta que Cristo lo mostr5 con claridad y los hechos
confirmaron las palabras. No
hay que olvidar que ni los mismos profetas velan todo lo predicho por otros,
porque el espíritu de profecía se da a la medida, es personal. Y además me
parece que nadie entiende el sentido de todas las frases de la Sagrada
Escritura de tal modo que nada quede ya en ellas de misterio escondido, todavía
ignorado, bien sea sobre los tiempos del anticristo o sobre el juicio final por
Cristo; y permanecerán ocultos hasta que venga de nuevo Elías para explicarlos.
Puedo de este modo aplicar a la Sagrada Escritura aquella exclamación del
Apóstol sobre la sabiduría de Dios, pues es en la Escritura donde ha ocultado
Dios el vasto cúmulo de su sabiduría: "Oh profundidad de los tesoros de la
sabiduría y de la ciencia de Dios: ¡cuán incomprensibles son sus juicios, cuán
inescrutables son sus caminos!". En
nuestros días-, sin embargo, primero en un sitio y luego en otro, surgen día
tras día, casi como avispas y abejorros, individuos que se glorían de ser
autodidactas (como dice San jerónimo), y que sin la ayuda de los comentarios de
los antiguos doctores, encuentran muy accesibles, abiertos y claros todos
aquellos pasajes que los antiguos Padres confesaron hablan encontrado
dificilísimos. Y los Padres fueron autores de no menor ingenio ni inferior
formación doctrinal, infatigables en el estudio y, por lo que se refiere, a ese
"espíritu" o "carisma" que estos autores modernos tienen
tan a menudo en sus labios como tan rara vez en sus corazones, también los
Padres les superaron no menos que en la santidad de sus vidas. Ocurre
en nuestros días que estos autores nuevos, que súbitamente han florecido de la
tierra como teólogos y que quieren presentarse como quien lo sabe todo, no sólo
están en desacuerdo con aquellos autores de vida tan santa sobre el significado
de la Escritura, sino que ni siquiera perseveran unánimes en los grandes dogmas
de la fe cristiana . Uno cualquiera entre ellos, el que sea, pretendiendo tener
la verdad, conquista a los demás, y, a su vez, es conquistado por ellos: todos
se asemejan en su oposición a la fe católica, y son todos también iguales en
ser así vencidos. El que habita en los cielos se ríe de sus intentos, inútiles
e impíos. Y a El suplico yo para que no se ría de ellos de tal guisa que los
desdeñe en su ruina eterna, sino para que les conceda la gracia salvadora del arrepentimiento,
y así, estos hijos pródigos, que durante tanto tiempo han andado descarriados
en el exilio, vuelvan sus pasos al seno de su madre, la Iglesia. De esta
manera, unidos todos en la verdadera fe de Cristo y en la caridad de sus
miembros, podamos obtener la gloria de Cristo, nuestra Cabeza, gloria que
nadie, por mucho que se engañe, puede esperar alcanzar fuera del cuerpo de
Cristo y de la verdadera fe. El
fin de Judas Pero,
volviendo a lo que decía, el hecho de que esa profecía se aplique a judas fue
algo insinuado por Cristo y que judas mostró al suicidarse; fue hecho luego
explícito por Pedro y cumplido por todos los Apóstoles cuando Matías fue
elegido para ocupar su lugar: otro recibió su episcopado. Después de esto, no
hubo ya ningún otro cambio en el grupo de los Doce, aunque los obispos suceden
ininterrumpidamente a los Apóstoles. Aquel número sagrado alcanzó su fin al
cumplirse la profecía. Al
decir Cristo: "Dejad que éstos se vayan" no imploraba su permiso,
sino que declaraba, de una manera velada, que El mismo había concedido a los
Apóstoles el poder de marcharse para que se cumplieran aquellas palabras:
"Padre, he guardado a los que me diste y ninguno se ha perdido excepto el
hijo de la perdición." Vale la pena contemplar aquí con cuánta eficacia
predijo Cristo en estas palabras el contraste entre el fin de Judas y el de los
demás, la ruina del traidor y el feliz desenlace de los otros. Habla Jesús con
tal firmeza que no-parece anunciar algo del futuro, sino lo que ya ha ocurrido:
"He guardado -dice -a aquellos que me diste." No se defendieron con
sus propias fuerzas, ni se salvaron por la misericordia de los judíos, ni
escaparon por la negligencia de la cohorte, sino gracias a Cristo: "Yo los
he guardado. Y ninguno se ha perdido sino el hijo de la perdición. También él
estaba entre los que Tú me diste. El me recibió, y también a él, como a todos
los que me reciben, le he dado poder de llegar a ser hijo de Dios. Cuando la
avaricia le enloqueció se pasó a Satanás, y abandonándome y traicionándome con
perfidia, rechazando la salvación y esforzándose en mi destrucción, se
convirtió en hijo de la perdición y pereció como un miserable en su propia miseria." Infaliblemente
cierto del final de judas, Cristo habla de su ruina como si ya hubiera
acontecido. Mientras Cristo es apresado, aparece el infeliz traidor como jefe y
gula de los que le capturan, y yo lo imagino gozándose y exultando en el
peligro de su Maestro y de los que fueron sus condiscípulos, pues estoy
convencido de que deseaba y esperaba que todos fueran arrestados y condenados.
El carácter perverso y la locura furiosa de la ingratitud se manifiestan por
esta peculiaridad: que desea la muerte de la misma víctima a la que inicuamente
ha injuriado. Quien tiene su conciencia plagada de úlceras criminales ve en el
mismo rostro de su víctima un reproche insoportable de su acción, y huye de él
con espanto. Se
alegraba el traidor confiando que serían capturados todos juntos, y estaba tan
estúpidamente seguro de si mismo, que nada habla más lejano de su cabeza como
el pensamiento de la sentencia de muerte que Dios le colgaba, un lazo terrible
a punto de atrapar su cuello en cualquier momento. Qué' digna de compasión es
esta tenebrosidad de la débil y mortal condición humana que a menudo tiembla de
miedo y se perturba tumultuosamente mientras ignora estar completamente a
salvo; y otras veces, en cambio, se comporta como si nada le preocupara, segura
de todo peligro, y del todo inconsciente de que una espada mortal pende sobre
su cabeza. Temían los demás Apóstoles ser prendidos y asesinados junto con
Cristo y, sin embargo, todos consiguieron escapar. Judas, por el contrario, al
parecer libre de todo temor y que, incluso se deleitaba en el miedo de los
Apóstoles, pereció unas pocas horas después. Cruel
es el apetito que se alimenta de la desgracia ajena. Ni hay razón alguna para
que alguien se goce y felicite porque esté en su poder causar la muerte a otro
ser humano, como se le antojaba al traidor gracias a los soldados que había
conseguido. Aunque un hombre puede enviar a otro a la muerte, puede estar bien
seguro de que él mismo también le seguirá, e incierta como es la hora de la
muerte, puede ocurrir que él mismo, tal vez, preceda a quien imagina con
arrogancia haber enviado a la muerte. Así ocurrió aquí, en donde la del
miserable Judas precedió a la de Cristo, a quien aquél habla entregado a la
muerte. Ejemplo
triste y terrible para todos. No se crea el criminal seguro y libre de castigo,
por mucho que se precie en su arrogante impenitencia, porque contra los
malvados conspiran al unisono todas las creaturas junto con el Creador. El aire
suspira por soplar vapores nocivos contra el miserable. El mar desea arrollarlo
con sus olas. Las montañas quieren volcarse sobre él. Los valles, levantarse en
contra suya. La tierra, entreabrirse bajo sus pies. El infierno busca tragarlo
tras una larga calda. Los demonios desean zambullirle en las llamas devoradoras
y eternas. Y entretanto, el único que preserva al hombre malvado es el mismo
Dios que aquél abandonó. Si alguien es tan obstinado en su imitación de Judas
que Dios decida no ofrecerle másla gracia que tan a menudo le ha sido procurada
(y por él rechazada), ese hombre sí que es verdaderamente desgraciado, y por
mucho que se halague a si mismo en la falsa ilusión de volar muy alto en el
aire sobre una nube de falsa felicidad, está, de hecho, revolcándose en un
abismo de calamidad y de desgracia. A Cristo clementísimo se ha de pedir por
uno mismo y por los demás para no imitar a Judas en su obcecación frenética, y
poder así aceptar la gracia que Dios ofrece para ser restaurados de nuevo por
la penitencia y por la misericordia a la gloria. II.
SOBRE LA OREJA SAJADA DE MALCO, LA
FUGA DE LOS DISCÍPULOS Y LA CAPTURA DE CRISTO. Furia
y celo de Pedro Desde
mucho tiempo antes hablan los Apóstoles escuchado a Cristo predecir las cosas
que ahora velan acontecer. Aun afectados por la tristeza y la pena, recibieron
entonces todo aquello con mucha menos preocupación que ahora, cuando velan
ocurrir todas aquellas cosas delante de sus propios ojos. Al ver que una
cohorte entera de soldados buscaba a Jesús -Nazareno, no quedaba ya lugar para
la duda o la ambigüedad: le buscaban para hacerle prisionero. Al sospechar lo
que se avecinaba fueron sus ánimos abatidos e inundados por un tumulto de
sentimientos. De un lado, solicitud y preocupación por su Señor., al que tanto
amaban; pero, también, miedo y temor por lo que pudiera ocurrirles a ellos
mismos. De otro lado, debieron sentir vergüenza al recordar aquella magnífica
promesa suya de morir antes que abandonar al Maestro. A todos estos estados de
ánimo seguían impulsos varios, porque, si su amor les llevaba a quedarse, el
miedo les hacia no permanecer, el temor a la muerte les movía a huir, y la
vergüenza por lo que habían prometido les inclinaba a resistir y no ceder. Recordaban,
además, lo que Cristo les había dicho aquella misma noche: que si antes tenían
prohibido llevar cosa alguna para defenderse, ahora, el que no tuviera espada
debería comprar una, aunque para hacerlo se viera obligado a vender la túnica.
Crecía su ...miedo al ver a la cohorte romana y a la turba de los judíos
avanzando en bloque, todos bien provistos de armas, mientras ellos eran sólo
once y desarmados, excepto dos que tenían dos espadas (aparte de algún cuchillo
o puñal que tuviera algún otro). Pues bien, a pesar de todo recordaron más
tarde que al decir al Maestro: "Mira, aquí hay dos espadas",El había
contestado: "Es suficiente." No entendiendo el misterio de esas
palabras le preguntan impetuosamente si quiere que ellos le defiendan con la
espada: 'Señor, ¿herimos con la espada?" Pedro,
furioso por la emoción, no esperó la respuesta, sino que desenvainando la
espada asestó un golpe a un siervo del sumo sacerdote y le cortó la oreja
derecha. Quizá estaba este criado junto a Pedro, o bien su aspecto fiero y
altanero destacaba entre los demás. De cualquier modo, parece que era conocido
por su maldad porque los evangelistas mencionan que era un siervo del sumo
sacerdote, jefe y príncipe de todos los sacerdotes, y como dice un autor
satírico: "Cuanto más grande la casa, más soberbios los servidores."
Saben los hombres por experiencia que, en cualquier parte, los servidores de
grandes señores superan a éstos en arrogancia. Y para que supiéramos que este
individuo estaba muy cercano al sumo pontífice (y así era tanto más distinguido
en su soberbia), añadió Juan, inmediatamente., su nombre: "El nombre del
siervo era Malco" . Es
un dato que este evangelista no ofrece en cualquier lugar y sin una buena
razón. Imagino que este canalla llamado Malco debió de entrometerse
altaneramente, irritando a Pedro, que, a su vez, escogió a tal sujeto para
iniciar la pelea; y vigorosamente habría dirigido el ataque si Cristo no
hubiera detenido su ímpetu. En efecto, prohibió Cristo a los demás que
lucharan, declaró ser impotente el celo de Pedro y, finalmente, curó la oreja
de este pobre individuo. Lo hizo así porque no vino a huir de la muerte, sino a
padecería, y además, caso de que no hubiera venido a morir, no habría
necesitado de tal ayuda. Para
recalcar bien esto, respondió primero a la pregunta de los otros Apóstoles:
"Dejadles. No sigáis adelante. Dejadles hacer otro poco. Con una sola
palabra los tiré al suelo y, con todo, como veis, les permití que se levantaran
para que pudieran llevar a cabo lo que desean hacer. Si a ellos les dejo llegar
hasta ahí, haced vosotros otro tanto. Llegará el momento en que ya no permitiré
que puedan nada sobre mi; e incluso ahora no necesito vuestra ayuda. " Después,
volviéndose a Pedro le dijo: 'Pon la espada en su lugar", como si dijera:
"No deseo ser defendido con la espada, y a vosotros os he escogido para
una misión que no es lucha con esa espada, sino con la espada de la palabra de
Dios. Devuelve, por tanto, la espada de hierro a su sitio, que es donde debe
estar: en manos de los príncipes y de las autoridades temporales para usarla
contra los que obran el mal. Vosotros, Apóstoles de mi rebaño, tenéis otra
espada mucho más temible que cualquiera de hierro. Una espada por la que el
hombre impío es, a veces, cortado y desgajado de la Iglesia como miembro
podrido de mi Cuerpo místico, y entregado a Satanás para destrucción de la
carne, y así salvar el espíritu (supuesto que sea curable) y capacitarlo una
vez mas para ser injertado y seguir creciendo de nuevo. Aunque, ocurre alguna
vez, que quien padece un tumor incurable es entregado a la muerte invisible del
alma, no sea que infeccione otros miembros sanos con su enfermedad. Tan lejos
estoy de desear que hagas uso de la espada de hierro (que pertenece a la
autoridad secular) que pienso asimismo que la espada espiritual (cuyo manejo os
pertenece) no debe ser desenvainada con mucha frecuencia. Pero manejad con gran
energía la espada de la palabra, cuyo tajo, como el del bisturí, hace posible
que salga el pus, y cura, ciertamente, hiriendo. Por lo que se refiere a la
maciza y peligrosa espada de la excomunión., deseo permanezca escondida en el
estuche de la misericordia a no ser que una necesidad urgente y grave requiera
sea desenvainada." Cristo
corrige al Apóstol Con
sólo tres palabras contestó a los otros Apóstoles, bien porque eran más
moderados o quizá sencillamente, porque eran más tibios que o para calmar el
ímpetu bullicioso y sin freno de este último necesitó extenderse un poco más.
No sólo le mandó envainar la espada; añadió también la razón por la que no
aprobaba su celo, por fervoroso que fuera. "¿No quieres que beba el cáliz
que mi Padre me dio a beber?". Tiempo
antes, habla predicho Cristo en una ocasión a los Apóstoles que "convenía
que fuera él a Jerusalén y que padeciera mucho de los ancianos, escribas y
príncipes de los sacerdotes, y que fuese muerto y que resucitara al tercer día.
Y tomándole aparte Pedro trataba de disuadirle diciendo: 'De ningún modo,
Señor. Nada de todo eso te ocurrirá'. Cristo se volvió hacia Pedro y le dijo:
'Apártate de mi, Satanás, que no saboreas las cosas que son de Dios". ¡Con
qué energía replicó Cristo a Pedro! Poco
antes de esto, al confesar Pedro que Cristo era el Hijo de Dios, le había
dicho: 'Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado eso
la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que
tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del
infierno no prevalecerán contra ella".En esa otra ocasión, sin embargo,
declara ser escándalo, le llama Satanás, que no entiende las cosas de Dios sino
sólo las de los hombres. ¿Por qué todo esto? Porque intentaba Pedro disuadirle
de su camino hacia la muerte. Cristo le hizo ver que convenía perseverar hasta
la muerte, hasta aquella muerte irrevocablemente decretada por su propia
voluntad. No sólo no quería Cristo que ellos impidieran su muerte, sino que
deseaba le siguieran también en aquel mismo camino suyo. "Si alguien
quiere venir en pos de mi, niéguese a sí mismo, coja su cruz y sígame". No
contento con esta exigencia, fue más allá para mostrar que si alguien rehusara
seguirle en el camino hacia la muerte cuando el caso lo requiere, no sólo no
evita la muerte, sino que viene a caer en una mucho peor. Quien da su vida, no
la pierde, sino que la cambia por una vida más plena, pues "quien quiera
salvar su vida, la perderá; pero quien pierde su vida por mí la encontrará. ¿De
qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma? ¿Qué podrá dar
entonces para rescatarla? El Hijo del hombre ha de venir revestido de la gloria
de su Padre y rodeado con sus ángeles, y entonces dará a cada uno según sus
obras`. Es
posible que haya yo dedicado a este pasaje más tiempo del necesario. Pero, ante
estas palabras de Cristo tan graves y amenazadoras, por un lado, y tan
eficaces, por otro, para originar esperanza en la vida eterna, me pregunto si
habrá alguien que no quede de verdad conmocionado. La
importancia de estas palabras en este lugar está clara. Pedro es amonestado
para que su celo no le desviara de tal modo que estorbara la muerte de Cristo.
No obstante, vuelve Pedro con igual ardor a oponerse a ella, y no se limita
ahora a unas pocas palabras, sino que intenta conseguirlo por la violencia de
la lucha. Cristo, que sabia que Pedro lo hacia con buena intención, y que a
medida que se acercaba la pasión aparecía más y más humilde con todos, no le
reprochó con dureza. Le corrigió dándole una razón; declaró después ser aquello
un pecado; y, finalmente, afirmó que, caso de. que quisiera evitar la muerte,
no necesitaría de la ayuda de Pedro ni de ningún otro mortal. No tenla mas que
pedírselo a su Padre que hubiera enviado una poderosa e invencible legión de
ángeles para liberarle de esta gente ruin que buscaba cogerle prisionero. La
razón con la que contrarrestó el celo de Pedro se contiene en su pregunta:
"¿No quieres que beba el cáliz que mi Padre me entregó? `. Mi vida entera
hasta ahora ha estado moldeada por la obediencia y ha sido modelo de humildad.
¿Qué he enseñado con mas frecuencia o con mas energía sino que las autoridades
deben ser obedecidas, que se ha de tener honor y respeto a los padres, que lo que
es del César se ha de entregar al César y lo que es de Dios a Dios? Y ahora que
debo acabar mi obra y hacerla perfecta en todo detalle, ¿pretendes que rechace
el cáliz que mi Padre me ofrece, deseas que el Hijo del hombre desobedezca y
que, de este modo, destruya y deshilache en un momento el tapiz hermosísimo que
durante tanto tiempo ha estado tejiendo?" Enseña
a Pedro, en segundo lugar, que, al asestar un golpe de espada, ha cometido un
pecado. Y lo hace con un ejemplo del Derecho civil: 'Todos que se sirven de la
espada, a espada morirán" ". Según el Derecho romano (al que estaban
sometidos los judíos), cualquier persona que fuera descubierta llevando una
espada, sin legítima autoridad, con el propósito de matar, era considerada en
la misma categoría que el hombre que ya hubiera asesinado a otro. ¡ Cuánto más
en el caso de quien no sólo llevaba espada, sino que la había desenvainado y
asestado un golpe! .No me parece que Pedro, en tal momento de consternación y
desconcierto, pudiera controlarse para apuntar sólo a la oreja de Malco,
evitando deliberadamente golpearle en la cabeza, como si no hubiera querido
matarle sino tan sólo asustarle. Naturalmente,
se podría añadir aquí que es licito servirse de la fuerza para proteger a un
inocente de un asalto criminal. Pero esta cuestión requeriría un tratamiento
más extenso del que se puede intentar en estas páginas. Por mucho que pueda
excusarse la acción de Pedro, ya que la hizo por un leal afecto hacía Cristo,
una cosa está clara: lo hizo en ausencia de legítima autoridad para emplear la
fuerza, como muestra muy bien el hecho de que Cristo le había severamente
advertido de que no intentara impedir de ningún modo su pasión y muerte, no
sólo por la fuerza, sino ni siquiera con palabras. Finalmente,
desaprueba el ataque violento de Pedro, señalando que su protección era del
todo superflua e innecesaria. "¿No sabes que puedo pedir ayuda a mi Padre,
e inmediatamente me enviaría más de doce legiones de ángeles?" '. Fijaos,
mantiene silencio sobre su propio poder, pero se gloria de gozar del favor de
su Padre. A medida que se acercaba más y más su muerte, deseaba evitar toda
alocución sublime de si mismo y no quería pregonar que su poder era igual al de
su Padre. Queriendo dejar bien claro que no necesitaba la ayuda de Pedro ni de
ningún otro mortal, afirma que la ayuda de los ángeles le habría sido enviada
por su Padre todopoderoso inmediatamente, con sólo haberla pedido. "¿No
sabes que puedo pedir ayuda a mi Padre ... ?" como si dijera: "Con
vuestros propios ojos acabáis de ver cómo arrojé al suelo, con sola mi voz y
sin tocarla, a toda esta turbamulta, tan grande que si confías ser
suficientemente fuerte para defenderme contra ella, debes estar completamente
loco. Si esta razón no te convence, considera, al menos, de quién confesaste tú
que yo era hijo cuando al preguntaros '¿Quién decís vosotros que soy yo?', tú
diste al punto aquella respuesta que el cielo te enseñó: Tú eres Cristo, el
Hijo de Dios vivo'. Pues, si por divina revelación conoces que yo soy Hijo de
Dios, y ya que has de saber que los padres en esta tierra no abandonan a sus
hijos, ¿piensas, acaso, que mi Padre celestial me abandonaría? ¿No sabes que,
si se lo pidiera, me enviaría más de doce legiones de ángeles, y que lo haría
en el acto, sin tardanza? Y contra tantas legiones de ángeles, ¿qué podría esta
cohorte de plebeyos y ruines mortales? Ciento veinte legiones de creaturas como
éstas no podrían ni siquiera mirar el rostro de un ángel airado." Vuelve
después Cristo a lo primero como si fuera lo más importante, y dice:
"¿Cómo se cumplirán las Escrituras según las cuales conviene que ocurra
así?". Llenas, en efecto, están las Escrituras de vaticinios sobre la
pasión y muerte de Cristo y sobre el misterio de la redención de la humanidad
que no se realizarla sin la pasión. Y para que ni Pedro ni ningún otro musitara
para sí mismo: "Si puedes conseguir todas esas legiones de tu Padre, ¿por
qué no las pides?" le dijo Cristo: "¿Cómo se cumplirán las Escrituras
según las cuales conviene que suceda así? Si ves en la Sagrada Escritura que
éste es el camino escogido por la sabiduría justísima de Dios para instaurar de
nuevo la raza humana en la gloria que perdió, y aun así pidiera yo a mi Padre
que me salvara de la muerte, ¿qué estaría haciendo sino esforzarme por deshacer
lo que vine a cumplir? Hacer que bajen del cielo los ángeles para defenderme,
¿qué otro resultado tendría sino, precisamente, excluir del cielo a la raza
humana entera para cuya redención a la gloria celestial he bajado yo a la
tierra? No luchas tú, por tanto, con tu espada contra los impíos judíos, sino
que arremetes contra toda la humanidad en la medida en que no dejas se cumplan
las Escrituras ni quieres que beba el cáliz que me dio mi Padre; aquel cáliz
por el que yo, libre de culpa y sin mancha, borraré la mácula de la naturaleza
caída." Malco,
figura de la razón humana Contemplad
el corazón dulcísimo de Cristo que no pensó era bastante reprochar al que
golpeaba, sino que, para damos ejemplo de que hemos de devolver bien por mal,
tocó también la oreja sajada de su perseguidor y se la curó. Ningún cuerpo está
tan plenamente configurado por el alma como la letra de la Sagrada Escritura
está permeada de misterios espirituales. Así como nadie puede tocar una parte
del cuerpo en que no se halle el alma dando vida y sensación (incluso la parte
más pequeña), de manera parecida, no hay en toda la Sagrada Escritura un hecho
o una historia aunque sea bien material y palpable, por así decirlo, que no
lleve la -vida y el aliento de algún misterio espiritual. Al considerar cómo la
oreja de Malco fue cortada por la espada de Pedro y restaurada por la mano de
Cristo, no nos quedemos únicamente con los hechos del relato (de los que
podemos aprender mucho para nuestra salvación): penetremos en el misterio
espiritual de salvación escondido bajo la letra de la historia. Este
personaje, Malco, cuyo nombre significa en hebreo "rey" puede ser
tomado como figura de la razón humana; porque la razón debe gobernar en el
hombre como un rey, y verdaderamente reina cuando se sujeta a sí misma en el
obsequio de la fe y sirve a Dios. Y servir a Dios es reinar. Por
su parte, el sumo sacerdote, junto con sus ministros, los escribas y los
ancianos del pueblo, era dado a depravadas supersticiones que mezclaba con la
ley de Dios y, con el pretexto de la piedad, luchaba contra la piedad
esforzándose por demoler al fundador de la verdadera religión. Todo esto hace
que pueda ser tomado, junto con sus cómplices, como figura de los heresiarcas
sacrílegos, ministros supremos de la nefanda superstición. Cuando
la razón se rebela contra la verdadera fe de Cristo y se hace adicta a la
herejía, huye de Cristo y se convierte en esclava del hereje al que sigue,
descarriada por el diablo y perdida en los vericuetos del error. Conserva la
oreja izquierda, por la que escucha siniestras herejías, mientras pierde la
derecha, por la que debería oír la fe verdadera. No
ocurre esto siempre por igual causa ni con el mismo resultado. Hay cabezas que
tienden a la herejía por malicia y adrede. En ese caso no cae la oreja de un
golpe, sino que va perdiéndose poco a poco y paso a paso, en la medida en que
el diablo infiltra el veneno; llega luego un momento en que las partes
purulentas se endurecen obturando los pasos de la trompa auditiva, de tal modo
que nada bueno puede entrar. Difícilmente son tales individuos restaurados en
la salud porque las partes carcomidas por el cáncer devorador se pierden del
todo, y nada queda que pueda ser repuesto en su lugar. Puede
también ocurrir que la oreja haya sido sajada de un golpe seco y preciso, a
causa de un celo imprudente, y que, entera, haya rodado hasta el suelo. Así
pasa con aquellos que, movidos por una pasión o un sentimiento repentino,
abandonan la verdad conquistados por una falsa apariencia de la verdad. También
representa a quienes han sido engañados por su celo; de éstos ya advirtió Cristo:
"Vendrá un tiempo en que quien os matare se creerá hacer un obsequio a
Dios? ". De esta clase fue el Apóstol Pablo. Otros
hay que, atolondradas sus inteligencias por apegos terrenos, -dejan que la
oreja por la que oían la buena doctrina del cielo sea amputada, cayendo sobre
la tierra. A menudo se compadece Cristo, de la desgracia de tales hombres, y
recogiendo del suelo con su propia mano la oreja que fue cortada en un súbito
arrebato o por un celo mal entendido., con sólo tocarla la encola de nuevo a la
cabeza, y vuelve a ser idónea para escuchar la verdadera doctrina. En
fin, sé bien que, de este pasaje, sacaron los antiguos Padres, con la gracia
del Espíritu Santo, varios significados misteriosos, cada autor el suyo; pero
no es mi propósito hacer un elenco de todos porque interrumpiría demasiado el
relato de los acontecimientos históricos. El
poder de las tinieblas «Dijo
después Jesús a los príncipes de los sacerdotes y a los prefectos del templo y
a los ancianos que habían venido: "Habéis salido a prenderme con espadas y
con garrotes como si yo fuera un ladrón. Todos los días estaba entre vosotros
enseñando en el templo y nunca me echasteis la mano. Mas ésta es la hora
vuestra y el poder de las tinieblas". Así habló Cristo a aquellos
príncipes de los sacerdotes y magistrados del templo que habían venido. Tienen
aquí algunos una cierta duda porque el evangelista Lucas señala que Cristo se
dirigió a los príncipes de los sacerdotes y a los magistrados del templo y a
los ancianos del pueblo, mientras que los demás evangelistas dicen que no
fueron esas personas al lugar, sino que enviaron una cohorte de soldados con
sus servidores. Afirman
algunos no encontrar tal dificultad porque se puede decir que Cristo habló con
ellos porque habló, de hecho., con los que hablan sido enviados.
Ordinariamente, se entiende que los príncipes hablan entre si por medio de sus
embajadores respectivos, y muchas personas se hablan valiéndose de mensajeros.
Todo lo que decimos a un criado que se nos ha enviado, lo hablamos, realmente,
a su amo que nos lo envió., pues el servidor repetirá todo a su señor. Aunque
no juzgo improbable esta solución, me inclino mucho más a favor de la opinión
de quienes piensan que Cristo hablé cara a cara con los príncipes de los
sacerdotes, ministros del templo y ancianos del pueblo. Lucas, en efecto, no
dice que Cristo se dirigiera a todos los príncipes de los sacerdotes ni a todos
los prefectos del templo ni a todos los ancianos del pueblo, sino solamente a
aquellos que hablan venido. Parece indicar que, aunque reunidos todos en
consejo se decidió enviar la cohorte y los servidores para apresar a Jesús,
hubo algunos de cada grupo (ancianos, príncipes y fariseos) que fueron Junto a
ellos. Esta explicación concuerda exactamente con las palabras de Lucas y no
contradice los relatos de otros evangelistas. Dirigiéndose,
por tanto, a los príncipes, fariseos y ancianos, les recuerda Cristo
tácitamente que no atribuyan su captura a sus fuerzas ni a su habilidad, y que
no se jacten ridículamente de ella como si fuera una astuta e ingeniosa proeza
(como suelen, desgraciadamente, hacer quienes al obrar la maldad se ven
acompañados por la suerte). Nada pudieron contra El las insensatas
maquinaciones con las que se esforzaban por ahogar la verdad; detrás de todo estaba
la profunda sabiduría de Dios que había previsto y establecido el tiempo en que
el príncipe de este mundo perdería su presa, es decir, el género humano, por
mucho que luchara por retenerla. De
otro modo, les siguió explicando Cristo, no hubiera habido necesidad de comprar
un traidor, ni de venir en la noche con linternas y, antorchas, rodeados de
soldados y armados con espadas y garrotes. Podían haberlo hecho antes, en
cualquier momento. Podían haberle arrestado sin esfuerzo, sin pasar una noche
en vela, sin ruido ni estrépito de armas, todas aquellas veces mientras,
tranquilamente sentado, enseñaba en el templo. Se jactaban, quizá, porque
pensaban que era muy difícil realizar lo que Cristo les mostraba haber sido tan
fácil; temían que la captura de Cristo hubiera podido originar un gran peligro,
un levantamiento del pueblo. Pero esta dificultad sólo se presentó, en su mayor
parte, después de la resurrección de Lázaro. En efecto, más de una vez antes de
este suceso, y a pesar del amor por sus virtudes y del profundo respeto que el
pueblo sentía hacia El, había tenido Cristo que servirse de su poder para
escapar de en medio de ellos. Quienes entonces hubieran intentado cogerle y
matarle no habrían encontrado ningún peligro ni amenaza en la masa del pueblo,
sino, más bien, un cómplice en el crimen (tan mudable es siempre la muchedumbre
anónima y tan inclinada a decidirse por la parte equivocada). Los hechos
mostraron poco después con qué facilidad se olvida el favor de la muchedumbre
hacia una persona y el miedo que de ahí pueda surgir; porque, en cuanto fue
Cristo apresado, el pueblo que antes aclamara con júbilo: "¡Bendito el que
viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!" gritaba ahora furibundo
en contra suya: "¡Afuera! ¡Crucifícalo ¡". Había
querido Dios, hasta este momento, que los que deseaban capturar a Cristo
imaginaran todo tipo de razones ficticias para temblar de miedo cuando nada
había que temer. Ahora que habla llegado el tiempo oportuno para la redención
de todos los mortales (los que de verdad quieran ser redimidos) por la muerte
cruel de uno solo, siendo así restablecidos a la felicidad de la vida eterna,
esas pobres creaturas que atrapan a Cristo se jactan de haber realizado con
gran inteligencia y astucia lo que, de. hecho, habla prescrito Dios en su
divina providencia y misericordia desde toda la eternidad; que ni siquiera la
calda de un pájaro al suelo, está fuera de su providencia. Para mostrarles cuán
errados andaban, y para que supieran que, sin su consentimiento, de nada
hubiera valido el engaño fraudulento del traidor, ni sus bien calculadas
insidias, ni el poder de los soldados romanos, les dijo: "Pero ésta es
vuestra hora y el poder de las tinieblas." Palabras de Cristo que Mateo
consolida con razón al escribir: "Todo esto se hace para que se cumplan
las Escrituras del profeta ". Son
muchos los lugares de los profetas donde se encuentran vaticinios sobre la
muerte de Cristo: "Fue llevado como un cordero al matadero, y su clamor no
fue oído en las calle?", "Horadaron mis manos y mis pies", 'Fue
contado entre los malhechores","Tomó sobre sí nuestras
enfermedades" ,"Por cuyas Hagas hemos sido sanados" . Abundan
los profetas en claras predicciones de la muerte de Cristo, y, para que no
quedaran incumplidas, era necesario que no dependieran totalmente de planes
humanos, sino de Aquel que previó y ordenó desde toda la eternidad lo que iba a
ocurrir, es decir, en el Padre de Cristo, en el mismo Cristo y en el Espíritu
Santo de ambos; pues las obras de los tres de tal modo se unen que ninguna obra
ad extra deja de pertenecer por igual a las tres Personas. El tiempo oportuno
para el cumplimiento de aquel plan estaba así previsto y prescrito, y los
príncipes de los sacerdotes, escribas, fariseos y ancianos, inicuos ministros
que se enorgullecían de haber capturado a Cristo, no eran sino instrumentos
ciegos de la voluntad bondadosísima e inmutable de Dios todopoderoso, no sólo
de las personas del Padre y del Espíritu Santo, sino también de la persona de
Cristo. Herramientas eran, en su ignorancia, ávidas, cegadas y alocadas por la
malicia, que causaban daño enorme en sí mismos y un bien grande en otros, y que
llevaron a Cristo a la muerte temporal, pero que fueron utilizadas para
conseguir la felicidad para el género humano y para Cristo la gloria eterna. Les
dijo: "Mas ésta es vuestra hora y el poder de las tinieblas." Hubo un
tiempo en el que, aunque me odiabais con furor y deseabais perderme, aunque
podíais haberlo hecho en cualquier momento sin dificultad, no me cogisteis en
el templo y ni siquiera pusisteis manos sobre mí. ¿Por qué? Porque ni el tiempo
m la hora habían llegado; no una hora fijada por las estrellas del cielo o
escogida por vuestras astucias, sino por el plan inescrutable de mi Padre al
que había yo dado' mi consentimiento. ¿Os preguntáis cuándo la escogió? No en
tiempos de Abraham, sino desde toda la eternidad. Desde siempre, junto con el
Padre, antes de que Abraham fuera' yo soy. Pero ésta es vuestra hora y el poder
de las tinieblas. Esta es la hora breve dada a vosotros, y éste, el poder
concedido a las tinieblas, para que podáis hacer en la oscuridad de la noche lo
que no se os permitió a la luz del día. Como aves de rapiña, como búhos y
lechuzas, murciélagos y cuervos de la noche, y otros pajarracos de esa suerte,
chillando desaforadamente con vuestros picos, revoloteáis ahora sobre mí, pero
todo será en vano. Porque en tinieblas andáis cuando achacáis mi muerte a
vuestra fuerza. En tinieblas está Pilato,
el gobernador, cuando se enorgullezca de tener, poder para salvarme o crucificarme:
aunque mi pueblo y mis sacerdotes están a punto de entregarme a él, ningún
poder tendría sobre mí si no le fuera dado del cielo; por esta razón, los que a
él me entregan mayor pecado tienen. Mas ésta es la hora y el poder, pasajero y
breve, de la tiniebla. Quien camina en la oscuridad no sabe a dónde va; y
vosotros ni veis ni sabéis lo que hacéis, por lo que yo mismo rogaré al Padre
para que se os pueda perdonar todo cuanto tramáis contra mí. Mas no a todos se
perdonará ni se excusará su ceguera; porque vosotros mismos creáis y forjáis
vuestra propia oscuridad. Apagáis la luz y cegáis primero vuestros ojos, y
luego, los ojos de los demás. Os convertís en ciegos que guían a otros ciegos,
hasta que ambos caen en el pozo. Esta vuestra hora es y será breve. Este es el
poder incontrolable y frenético que os trae aquí bien armados para apresar al
inerme y desarmado, el hombre cruel y sanguinario contra el hombre amable y
apacible, hombres culpables contra el hombre inocente, el traidor contra su
señor, pobres criaturas mortales contra su Dios. No
sólo a vosotros, contra mí y aquí y ahora, se da este poder de la oscuridad,
sino también a otros gobernadores, césares y autoridades temporales contra
otros discípulos míos. Y poder de las tinieblas será esa hora, en verdad,
porque cuanto sufran y digan no lo padecerán ni expresarán con solas sus
fuerzas, sino que venciendo con mi energía, en su paciencia conquistarán sus
almas, y será el Espíritu de mi Padre el que hable en ellos. De la misma
manera, quienes les atormenten y asesinen no harán nada de si mismos: el
Príncipe de las tinieblas (ya se acerca y no tiene poder sobre mi) inculcará el
veneno en verdugos y tiranos, mostrando y haciendo alarde de su fuerza a través
de ellos y por el tiempo que le sea permitido. No lucharán mis compañeros de
armas contra la carne y la sangre, sino contra príncipes y potestades, contra
los que manipulan la oscuridad de este mundo, contra los espíritus maléficos.
Ha de nacer todavía Nerón, por el que el príncipe de las tinieblas matará a
Pedro, y después a Pablo, aunque éste todavía no se llama Pablo y se mueve en
contra mía. Por el príncipe de las tinieblas muchos otros césares y autoridades
se levantarán contra mis discípulos. Aunque
las gentes se amotinen y tracen las naciones planes vanos, aunque se alcen
lospoderosos de la tierra y conspiren juntos contra el Señor y su Cristo,
esforzándose por quebrantar los vínculos y arrojar el yugo tan suave que Dios
tan amoroso y amable impone por medio de sus pastores sobre sus cuellos testarudos,
el que mora en los cielos se reirá y se burlará de todos ellos. Que no está El,
sobre un trono como el que tienen los poderosos de la tierra, elevados a unos
pocos pies del suelo, sino que se alza majestuoso sobre la puesta del sol y se
sienta por encima de los querubines; los cielos son su trono, la tierra es s .
u escabel, su nombre es "el Señor?'. Rey de reyes y señor de señores. Rey
de presencia impresionante que intimida los ánimos de los príncipes. Les
hablará en su ira y con su furor los turbará. Constituirá a Cristo, su Hijo que
hoy ha engendrado, como rey sobre Sión su monte santo, montaña que jamás se
tambaleará. Pondrá sus enemigos como escañuelo bajo sus pies. Los que querían
romper los lazos y arrojar lejos su yugo serán gobernados con vara de hierro y
los despedazará como el barro . Contra todos ellos y contra su instigador, el
príncipe de las tinieblas, serán mis discípulos confortados y fortalecidos en
el Señor. Y revestidos con la armadura de Dios, los lomos ceñidos con la verdad,
protegidos con la coraza de la justicia, calzados y listos para sembrar el
evangelio de la paz, alzando en todas las cosas el escudo de la fe, y
poniéndose el casco de salvación y la espada del espíritu, que es la palabra de
Dios , serán revestidos con el poder de lo alto. Resistirán,
de esta manera, las insidias del diablo, esto es, los halagos y lisonjas, los
placeres y comodidades que pondrá en labios de los perseguidores para que,
vencidos por la flojedad y la blandura, abandonen el camino de la verdad.
Aguantarán también firmes los asaltos abiertos de Satán resguardados por el
escudo de la fe, bañando en lágrimas su oración, y sudando sangre en la agonía
de su pasión. De nada valdrán los fieros dardos lanzados contra ellos por los
esclavos de Satán. Después
de haber cogido su cruz para seguirme, y una vez que hayan vencido al diablo y
aplastado a los esbirros terrenales de Satanás, entrarán, por fin, los mártires
en el cielo con una gloria admirable sobre una carroza triunfal. Pero,
vosotros que ahora ejercéis sobre mí vuestra malicia y todos los que, en su
corrupción, os imiten después, raza de víboras que, con parecida maldad y sin
arrepentimiento, marcharán sobre los míos, seréis arrojados al fuego eterno del
infierno. Se os concede, mientras tanto, mostrar y ejercer vuestro poder; y,
para que no os ensoberbezcáis, no olvidéis que muy pronto se os acabará. No es
el mundo sempiterno para que sea permitido tal desenfrenado libertinaje, sino
que su duración ha sido abreviada hasta un tiempo muy corto por causa de los
escogidos, para que no sean torturados más allá de sus fuerzas. Vuestro tiempo
y el poder de las tinieblas no son eternos, sino tan fugaces como el momento
presente, un instante temporal atrapado entre el pasado que ya fue y el futuro
que todavía no ha llegado. Breve es vuestra hora y, para que no os perdáis nada
de ella, proceded inmediatamente a gastarla. Ya que me buscáis a mi para
destruirme, daos prisa, haced rápidamente lo que pensáis hacer, pero dejad que
éstos se vayan. "Entonces, todos los discípulos le abandonaron y
huyeron" . La
fuga de los discípulos Fácilmente
se ve en este pasaje qué difícil es la virtud de la paciencia. Muchos son los
que pueden enfrentarse con valentía a una muerte cierta con la condición de que
puedan devolver los golpes de los atacantes, dando rienda suelta a sus pasiones
e hiriendo al enemigo. Mas sufrir sin lo que pudiera ser el alivio de una
posible venganza, arrostrar la muerte con tal paciencia que no sólo no se
devuelvan los golpes, sino que ni siquiera se rechacen con palabras airadas,
es, os lo aseguro, tal cumbre sublime de heroica virtud que ni los Apóstoles
tuvieron fuerzas para ascenderla. Fueron, ciertamente, admirables en su promesa
de ir a la muerte con Cristo artes que abandonarle; y la mantuvieron, en algún
sentido, porque estaban dispuestos a morir con la condición de que pudieran
morir peleando. Así lo mostró Pedro con obras al golpear a Malco. Pero cuando
nuestro Señor les negó el permiso para luchar y defenderse, "le
abandonaron todos y huyeron". Alguna
vez me he preguntado si, cuando Cristo dejó de orar y fue a donde estaban los
Apóstoles, encontrándolos dormidos, se dirigió a ambos grupos o sólo a aquellos
Apóstoles que El habla deseado estuviesen más cerca suyo. Al considerar ahora
las palabras del evangelista, "Todos le abandonaron y huyeron» . ya no
dudo de que todos por igual se durmieron. Despiertos y rezando deberían haber
estado para no caer en la tentación, como Cristo les mandó; y, al dormirse,
dieron una oportunidad al tentador de debilitar sus voluntades con una
atolondrada modorra que les inclinó más a buscar los extremos, luchar o huir,
que a soportarlo todo con paciencia. Por esta razón le abandonaron todos y
huyeron, cumpliéndose la palabra de Cristo: "Esta noche todos os escandalizaréis
de mi". y también lo que predijo el profeta: ... "Heriré al pastor y
se descarriarán las ovejas" "Le
seguía un joven, envuelto solamente con un lienzo sobre su cuerpo, y
desprendiéndose de él, escapó desnudo". Quién era este adolescente es algo
que nunca se ha sabido con absoluta certeza. Algunos piensan que era Santiago,
al que llamaban hermano del Señor y distinguido con el sobrenombre de
"justo". Dicen otros que era Juan evangelista, a quien el Señor amó
siempre con predilección, y que debía ser entonces muy joven, pues llegó a
vivir muchos años después de la muerte de Cristo (según jerónimo murió sesenta
y ocho años después de la pasión del Señor). No faltan autores antiguos que
afirman que este adolescente no era uno de los Apóstoles, sino uno de los
servidores en la casa donde Cristo había celebrado aquella noche la Pascua.
Personalmente, me siento más inclinado a aceptar esta opinión. Aparte de que no
me parece verosímil que un Apóstol llevara por todo vestido un simple lienzo, y
además, tan mal sujeto que pudiera desprenderse de repente, el contexto y los
hechos de la historia, junto con las mismas palabras del relato, me llevan a
opinar así. Entre
los que piensan que el joven era uno de los Apóstoles, la mayoría se inclina
por Juan; mas no me parece a mí probable por las propias palabras de Juan:
"Seguían a Jesús, Simón Pedro y otro discípulo que era conocido del
pontífice, y así, entró con Jesús en el atrio del pontífice. Pero Pedro se
quedó en la puerta. Salió, pues, el otro discípulo, el conocido del pontífice,
y habló con la portera y consiguió que Pedro entrara" '. Los que dicen que
era el santo evangelista quien siguió a Cristo y huyó al ser hecho prisionero,
tienen que hacer frente a una dificultad en su argumento, y es ésta: el hecho de
que el joven arrojó la sábana y escapó desnudo. En efecto, parece esto no
concordar bien con lo que sigue, es decir, que Juan entró en el atrio del sumo
sacerdote, introdujo a Pedro y siguió a Cristo en todo momento hasta el lugar
de la Crucifixión, permaneciendo junto al Crucificado con la amadísima Madre de
Cristo (junto a la Cruz, un hombre virginal y una Virgen purísima), y que
cuando Cristo se la encomendó, la aceptó como Madre allí mismo. No cabe ninguna
duda de que, en todo este tiempo y en esos distintos lugares, Juan iba vestido.
Era discípulo de Cristo, no uno de la secta de los cínicos. Por lo tanto,
aunque tenia sentido común para no evitar la desnudez del cuerpo cuando las
circunstancias así lo pidieran o la necesidad lo exigiera, sin embargo, difícil
se me hace pensar que su pudor le permitiera ir desnudo en público, a la vista
de todos y sin razón alguna. Esos autores salen de la dificultad diciendo que,
en algún momento, fue a otro sitio y consiguió vestidos. No discuto que no
fuera posible, pero no me parece verosímil, sobre todo, . cuando veo en este
pasaje que siguió a Cristo con Pedro en todo momento y que entró junto con
Jesús en la residencia de Anás, suegro del pontífice. Hay,
además, otro detalle que me inclina a estar con los que piensan que el joven no
era uno de los Apóstoles, sino uno de los siervos. Me refiero a la relación que
establece el evangelista Marcos entre los Apóstoles que se dieron a la fuga y
el joven que quedó atrás; pues dice: "Entonces, sus discípulos todos le
abandonaron y huyeron. Pero un joven le seguía." No dice que
"algunos" huyeron, sino "todos" y que la persona que se
quedó siguiendo a Cristo no era ninguno de los Apóstoles (porque todos
huyeron), sino adolescentem quemdam" cierto joven" es decir, un
desconocido cuyo nombre Marcos ignoraba y juzgó no hacía falta mencionar. Así
las cosas, imaginaría yo los hechos de esta manera. Este muchacho, movido
previamente por la fama de Cristo y al que acababa de conocer personalmente
(pues servía a Cristo en la mesa con los discípulos), fue tocado por el soplo
del Espíritu, sintiendo de inmediato el impulso de la caridad. Movido así a una
verdadera piedad, siguió a Cristo cuando este salió de la casa, acabada la
cena, y continuó siguiéndole a cierta distancia, más lejos quizás que los
Apóstoles, pero, con todo, junto a ellos. Y con ellos permaneció hasta que, al
aproximarse la muchedumbre, se perdió entre ella. Más tarde, cuando el terror
hizo que todos los Apóstoles escaparan de las manos de los soldados, este
muchacho se atrevió a permanecer allí., tanto más confiado porque sabía que
nadie era consciente del amor que sentía por Cristo. Mas, ¡qué difícil es
disimular el amor que tenemos hacia alguien! Aunque se había entremezclado con
quienes odiaban a Cristo, su porte y su expresión le traicionaron, dando
claramente a entender que estaba a favor de Cristo, ahora abandonado por los
otros, y que le seguirla., no para perseguirle y entregarle, sino como quien le
sigue para entregarse a El. Al ver la turba que los discípulos habían huido, y
sólo este joven se atrevía a seguir a Cristo, rápidamente se echaron sobre él y
le atraparon. Y
este hecho me hace pensar que también pretendieron capturar a todos los
Apóstoles, y únicamente la sorpresa se lo impidió para que no quedara sin
cumplir el mandato de Cristo: "Dejad que éstos se vayan. " Estas
palabras de Cristo se referían principalmente a los Apóstoles que El había
elegido, pero no las limitó a ellos: quiso en su bondad extenderlas a quien,
sin haber sido llamado, le había seguido por su propia cuenta introduciéndose
en la santa compañía de los Apóstoles. Mostraba Cristo su oculto poder, al
mismo tiempo que aparecía la imbecilidad de la turba, porque no sólo no pudieron
prender a los once., sino que ni siquiera pudieron retener entre todos a este
muchacho, al que ya tenían atrapado y que estaba -puede uno imaginarse-
completamente rodeado. "Le cogieron, mas él, arrojando el lienzo, escapó
desnudo de entre ellos." Tampoco
dudo lo más mínimo que este muchacho que siguió a Cristo aquella noche y que no
pudo ser apartado de El sino por la fuerza de la violencia en el último momento
y después que todos los Apóstoles' habían huido, volvió después, en la primera
ocasión que tuvo, a la grey de Cristo y vive ahora con Cristo en la gloria
sempiterna. A Dios pido y de Dios espero que también nosotros vivamos allí
algún día con este muchacho. El mismo nos dirá quién era, y conoceremos con
gran gozo y satisfacción muchos otros detalles de las cosas que ocurrieron
aquella noche y que no se recogen en la Escritura. Mientras
tanto., y para hacer más fácil y seguro el camino que allí conduce, no será de
poco provecho recoger los consejos espirituales que se desprenden de la fuga de
los Apóstoles antes de poder ser capturados y de la fuga de este joven después
de haber sido capturado. Serán como provisiones para el camino. Advierten los
antiguos Padres de la Iglesia una y otra vez, para que no confiemos tanto en
nuestras propias fuerzas, que no nos pongamos, voluntariamente y sin necesidad
alguna, en peligro de pecado. Si alguien se encontrara en una situación en que
parece ser muy posible que sea arrastrado por la fuerza hasta ofender a Dios,
debe hacer lo que hicieron los Apóstoles: huyendo evitaron ser atrapados. No
digo esto como si se hubiera de alabar la fuga de los Apóstoles; Cristo la
permitió a causa de su debilidad, y El mismo, lejos de alabarla, había predicho
que esa noche seria ocasión de pecado y escándalo. De
todos modos, si sentimos que nuestro animo no es lo suficientemente fuerte,
imitemos su huida siempre que podamos huir del peligro de pecado sin caer en el
pecado. Ahora bien, si alguien escapa cuando Dios le manda permanecer y
afrontar el peligro con confianza, bien por razón de su propia salvación o por
la de aquellos que le han sido encomendados a su cuidado, ese tal se comporta,
sin ninguna duda, muy insensatamente. Pero, ¿y si lo hace para salvar la vida?
También, porque, ¿qué puede ser más disparatado y necio que el preferir un
breve tiempo de dolor y desgracia a una eternidad de felicidad? Si huye por
salvar la vida, al pensar que si no lo hace puede ser forzado a ofender a Dios,
se comporta no sólo mal, sino insensatamente. Enorme es el crimen de quien
abandona su puesto, y si a esto añade la desesperación, resulta tan grave como
pasarse al enemigo. Pues ¿quién puede pensar algo peor que des esperar de
la ayuda de Dios, y escapando, entregar al enemigo el puesto que Dios os había
asignado para guardar? ¿Qué locura mayor que buscar evitar un pecado meramente
posible (si uno permanece en su sitio), mientras se comete con toda seguridad
un pecado al escapar. Cuando la huida no encierra ofensa a Dios, el plan más
seguro, ciertamente, es darse prisa por escapar, en lugar de retrasarlo tanto
que sea atrapado y caiga en peligro de cometer un pecado horrendo. Fácil es,
cuando se puede, escapar a tiempo; difícil y peligroso es luchar. Desprendimiento
y perseverancia Enseña
también este muchacho con su ejemplo qué tipo de hombre puede resistir as
tiempo, con menos peligro y escapar fácilmente de manos de sus enemigos, si
éstos hubieran llegado a capturarle. En efecto., aunque este muchacho fue el
que más resistió siguiendo a Cristo durante un trecho hasta que le prendieron,
sin embargo, y gracias a que no iba vestido con muchos y variados vestidos,
sino que llevaba tan sólo un simple lienzo, ni siquiera bien sujeto, sino
echado sin mayor cuidado sobre su cuerpo, de tal modo que fácilmente podría
desprenderse de él, pudo, en un momento, arrojar la prenda en manos de sus
perseguidores y huir de ellos desnudo. Llevándose el meollo, les dejó con la
cáscara. ¿Qué
significa esto para nosotros? Qué otra cosa puede significar sino ésta: que así
como un hombre barrigón, hecho torpe y lento por el peso de la tripa, o un
hombre que lleva consigo una pesada carga de ropajes y vestidos, difícilmente
está en condiciones de correr con rapidez, de la misma manera el hombre con un
cinto de bolsas repletas de dinero, muy difícilmente podrá escapar cuando
caigan súbitamente sobre él las angustias y los pesares. Ni podrá correr muy de
prisa o ir muy lejos si los vestidos que lleva, aunque sean ligeros, están tan
atados y apretados que no puede respirar con comodidad. Con más facilidad podrá
escapar el que, aunque lleve muchos ropajes, puede desprenderse de ellos en un
momento, que otro hombre que lleve muy pocos, pero tan apretadamente atados que
ha. de arrastrarlos consigo dondequiera que vaya. Se
ven hombres (más raramente de lo que me gustaría, pero se les ve todavía,
gracias a Dios) extraordinariamente ricos que preferirían perder todo cuanto
poseen antes que ofender a Dios por el pecado. Tienen muchos vestidos, pero no
están estrechamente "apegados" y así, cuando el peligro les lleva a huir
lo hacen con toda facilidad, simplemente arrojando los vestidos. Se ve también
a otros -más de los que uno quisiera- que tienen cosas y vestidos de muy poca
calidad, pero que, sin embargo, tan apegados se encuentran a esas sus pobres
riquezas, que más fácilmente se les podría arrancar la piel de su cuerpo que
separarlos de sus posesiones. Un hombre así haría mejor en darse a la fuga con
tiempo, pues, en cuanto alguien le coja por la vestimenta, preferirá morir
antes que abandonar la túnica. En
fin, aprendemos del ejemplo de este muchacho que hemos de estar siempre
preparados ante las contrariedades y dificultades que se presentan de improviso
y que pueden hacer necesaria la huida; nos enseña, sin duda, que para estar
preparados no es bueno estar cargado con muchos vestidos, ni tan apretujados y
abrochados a uno solo que, cuando la ocasión lo urja, nos sea casi imposible
arrojar la tela y escapar desnudos. Si
desea alguien seguir investigando un poco más podrá ver que lo que este joven
hizo encierra otra lección todavía más profunda. Porque
el cuerpo es como el vestido del alma; en un sentido, se pone el alma su cuerpo
al entrar en el mundo y se separa de él al dejar este mundo y morir. Así como
los vestidos valen mucho menos que el cuerpo, así el alma es mucho más preciosa
que el cuerpo. Tan loco de atar estaría quien diera su alma para salvar la vida
corporal como quien optara por perder el cuerpo y la vida antes que perder el
manto. Así habló Cristo del cuerpo: "¿No vale más el cuerpo que el
vestido?" % pero cuanto más dijo del alma: "¿De qué te sirve ganar el
universo entero si pierdes tu alma? . Qué dará el hombre a cambio de su alma?
Pero a vosotros os digo, amigos míos, no temáis a los que matan el cuerpo y,
después, no pueden hacer nada más. Yo os mostraré a quién habéis de temer.
Temed a aquel que, después de quitar la vida, puede arrojar al infierno. A
éste, os repito, habéis de temer" '. Nos
advierte además el ejemplo de este muchacho qué tipo de vestido debe ser el
cuerpo para el alma cuando nos enfrentemos a tales pruebas. No ha de ser
corpulento y gordinflón por causa del desenfreno, ni tampoco debilucho y flojo
a causa de una vida disoluta, sino fino y esbelto como un mantel, con la grasa
gastada y apurada por el ayuno. No estaremos así tan apegados que no podamos
deshacernos de él, de buena gana, si la causa de Dios lo exige. Aquel joven,
atrapado por esos miserables y antes de ser forzado a decir o hacer algo que
pudiera ofender el honor de Cristo, abandonó su túnica y escapó desnudo de sus
garras. No está de más recordar que, mucho tiempo antes, otro joven se había
comportado de manera similar. En efecto, el santo e inocente patriarca José
dejó a la posteridad un ejemplo singular, enseñando que hay que huir del
peligro contra la castidad con la misma prontitud y decisión con que uno escapa
de un intento de asesinato. Era
José varón de hermoso semblante y de porte esbelto. La mujer de Putifar, en
cuya casa era José jefe de los siervos, puso en él sus ojos y cayó perdidamente
enamorada. Tal era el furor y el frenesí de su deseo que no sólo llegó a
ofrecerse ella misma al joven desvergonzadamente, con sus miradas y palabras,
tentándole para vencer su aversión, sino que cuando este muchacho la rechazó,
se agarró ella a sus vestidos ofreciendo el vergonzoso espectáculo de una mujer
pretendiendo a un hombre por la fuerza. Antes hubiera muerto José que cometer
pecado tan abominable. Sabía bien los peligros de entablar combate con las
fuerzas de Venus, y no desconocía que la más segura victoria consiste en huir.
De esta manera, abandonó José su manto en manos de la adúltera y se dio
inmediatamente a la fuga. Como
decía, para evitar caer en pecado hemos de arrojar no sólo la túnica o la
camisa o cualquier otro vestido del cuerpo, sino hasta el mismo cuerpo, que es
el vestido del alma. Si al pecar pretendemos salvar el cuerpo, en realidad, lo
perdemos, y con él perdemos también el alma. Por el contrario, si soportamos
con paciencia y por amor de Dios la pérdida del cuerpo, nos ocurrirá entonces
lo que ocurre con la serpiente: que muda su vieja piel (llamada, me parece,
senecta)a fuerza de frotar y restregar entre zarzas y abrojos, y, abandonándola
en los matorrales, aparece de nuevo rejuvenecida y resplandeciente. Si seguimos
el consejo de Cristo y nos hacemos astutos y prudentes como las serpientes,
dejaremos nuestros cuerpos envejecidos sobre la tierra, desgastados entre las
espinas de la tribulación padecida por amor, y seremos llevados al cielo, los
cuerpos relucientes y en plena juventud, para jamás sentir los efectos de la
vejez. La
captura de Cristo "Se
acercaron y echaron manos sobre Jesús. La tropa de soldados y el tribuno y los
servidores de los judíos prendieron a Jesús y le ataron; de allí lo llevaron
primero a casa de Anás, porque era suegro de Caifás, que era pontífice aquel
año. Caifás había aconsejado a los judíos que convenía que un hombre muriese
por el pueblo. Y se reunieron así todos: sacerdotes, escribas, fariseos y
ancianos ". No
están de acuerdo los estudiosos sobre el momento en que por primera vez pusieron
manos sobre Cristo. Los evangelistas concuerdan en el hecho, pero hay
variaciones en la manera de relatarlo (uno lo anticipa, otro vuelve atrás para
contar un detalle omitido). Entre los comentadores, unos siguen una opinión;
otros, una diferente, sin que ninguno impugne la verdad de la historia ni
niegue que una opinión distinta de la suya pueda ser la más correcta. En
efecto, Mateo y Marcos cuentan lo sucedido en un orden que hace lícito suponer
que echaron mano a Jesús inmediatamente después del beso de Judas. Esta opinión
la siguen bien conocidos doctores de la Iglesia, y también la aprueba aquel
hombre egregio que fue Juan Gerson en su obra Monotessaron (obra que yo he
seguido, generalmente, al enumerar los sucesos de la Pasión en este libro). Sin
embargo, en este pasaje no sigo a Gerson, sino a otros autores, célebres
también, que., apoyados en los relatos de Lucas y Juan, mantienen que sólo
después de que Judas hubo besado a Jesús y regresado con la cohorte y los
judíos, después de que Cristo hiciera con su sola voz que la cohorte se
postrara de rodillas, y la oreja del siervo del sumo sacerdote fue mutilada y
restaurada; después de haber prohibido luchar a los Apóstoles, y haber sido
Pedro amonestado porque ya había empezado a luchar; después de dirigirse Cristo
a los magistrados judíos presentes y haberles anunciado que tenían ahora
permiso para hacer lo que antes no hablan podido hacer; después de haber
escapado los Apóstoles; después de haber sido aquel joven capturado, y no haber
podido ser retenido, salvándose gracias a la aceptación de su desnudez, sólo
entonces, después de todas estas cosas, echaron mano sobre Jesús. THOMAS
MORVS IN HOC OPERE VLTERIVS PROGRESSVS NON EST, HACTENVS ENIM CVM ESSET
PERVENTVM,OMNI NEGATO SCRIBENDI instrumento, multo arctius quam antra in
carcere detentus: non ita multo post prope turrim londinensem loco consueto
securi percussus est, secundo Nonas Iulii, Anno Domini supra millesimum
quingentesimo tricesimo quinto, Regis vero Henrici octaui vicesimo septimo. LIBRO
PRIMERO Diálogo
del eximio Rafael Hitlodeo sobre la mejor forma de comunidad política. Por
el ilustre Tomás Moro, ciudadano y sheriff de Londres, ínclita ciudad de
Inglaterra No
ha mucho tiempo, hubo una serie de asuntos importantes entre el invicto rey de
Inglaterra, Enrique VIII, príncipe de un genio raro y superior, y el serenísimo
príncipe de Castilla, Carlos. -Con tal motivo fui invitado en calidad de
delegado oficial a parlamentar y a conseguir un acuerdo sobre los
mismos. Se me asignó por compañero y colega a Cuthbert Tunstall, hombre
sin igual, y, elevado años más tarde, con aplauso de todos, al cargo de
archivero, jefe de los archivos reales. Nada
diré aquí en su alabanza. Y no porque tema que nuestra amistad pueda
parecer se torna en lisonja. Creo que su saber y virtud están por encima
de mis elogios. Por
otra parte, su reputación es tan brillante que lanzar al viento sus méritos,
sería como querer, según el refrán, «alumbrar al sol con un candil». Según
lo convenido, nos reunimos en Brujas con los delegados del príncipe
Carlos. Todos ellos eran hombres eminentes. El mismo prefecto de
Brujas, varón magnífico, era jefe y cabeza de esta comisión, si bien Jorge de
Themsecke, preboste de Cassel, era su portavoz y animador. Este hombre
cuya elocuencia se debía menos al arte que a la naturaleza, pasaba por uno de
los jurisconsultos más expertos en asuntos de Estado. Su capacidad
personal, unida a un largo ejercicio en los negocios públicos, hacían de él un
hábil diplomáticos. Tuvimos
varias reuniones, sin haber llegado a ningún acuerdo en varios puntos. En
vista de ello, nuestros interlocutores se despidieron de nosotros, por unos
días, dirigiéndose a Bruselas con el fin de conocer el punto de vista del
príncipe. Ya
que las cosas habían corrido así, creí que lo mejor era irme a
Amberes. Estando allí, recibí innumerables visitas. Ninguna,
sin embargo, me fue tan grata como la de Pedro Gilles, natural de
Amberes. Todo un caballero, honrado por los suyos con toda
justicia. Difícilmente podríamos encontrar un joven tan erudito y tan
honesto. A sus más altas cualidades morales y a su vasta cultura literaria
unía un carácter sencillo y abierto a todos. Y su corazón contiene tal cariño,
amor, fidelidad y entrega a los amigos que resultaría difícil encontrar uno
igual en achaques de amistad. De tacto exquisito, carece en absoluto de
fingimiento, distinguiéndose por su noble sencillez. Fue tan vivaz su
conversación y su talante tan agudo, que con su charla chispeante y su ameno
trato llegó a hacerme llevadera la ausencia de la patria, la casa, la mujer y
los hijos a quienes no veía desde hacía cuatro meses, y a quienes, como es
lógico, quería volver a abrazar. Un
día me fui a oír misa a la iglesia de Santa María, rato ejemplar de
arquitectura bellísima y muy frecuentada por el pueblo. Ya me disponía a
volver a mi posada, una vez terminado el oficio, cuando vi a nuestro hombre,
charlando con un extranjero entrado en años. De semblante adusto y barba
espesa, llevaba colgado al hombro, con cierto descuido, una capa. Me
pareció distinguir en él a un marinero. En esto me ve Pedro, se acerca y
me saluda. Al querer yo devolverle el saludo me apartó un poco y señalando en
dirección al hombre con quien le había visto hablar me dijo: -¿Ves
a ése? Estaba pensando en llevártelo a tu casa. -Si viene de tu parte, le
recibiría encantado, le respondí. -Si
le conocieras, se recomendaría a sí mismo. No creo que haya otro en el
mundo que pueda contarte más cosas de tierras y hombres extraños. Y sé lo
curioso que eres por saber esta clase de cosas. -Según
eso -dije yo entonces- no me equivoqué. Apenas le vi, sospeché que se
trataba de un patrón de navío. -Pues
te equivocas. Porque, aunque este hombre ha navegado, no lo ha hecho como
lo hiciera Palinuro, sino como Ulises, o mejor, como Platón. Escucha: -Rafael
Hitlodeo (el primer nombre es el de familia) no desconoce el latín y posee a la
perfección el griego. El estudio de la filosofia, a la que se ha
consagrado totalmente, le ha hecho cultivar la lengua de Atenas, con
preferencia a la de Roma. Piensa que los latinos no han dejado nada de
importancia en este campo, a excepción de algunas obras de Séneca y Cicerón. Entregó
a sus hermanos el patrimonio que le correspondía allá en su patria,
Portugal. Siendo joven, arrastrado por el deseo de conocer nuevas tierras
acompañó a Américo Vespucci en tres de los cuatro viajes que ya todo el mundo
conoce. En el último de ellos ya no quiso volver, Se empeñó y consiguió de
Américo ser uno de los veinticuatro que se quedaron en una remota fortificación
en los últimos descubrimientos de la expedición. Al proceder así, no hacía
sino seguir su inclinación más dada a los viajes que a las posadas. Suele
decir con frecuencia: «A quien no tiene tumba el cielo le cubre» y «Todos los
caminos sirven para llegar al cielo». Desde luego, que, si Dios no se
cuidara de él de modo tan singular, no iría lejos con semejantes
propósitos. De todos modos, una vez separado de Vespucci se dio a
recorrer tierras y más tierras con otros cinco compañeros. Tuvieron
suerte, pudiendo llegar a Trapobana y desde allí pasar a Calicut. Aquí
encontró barcos portugueses que le devolvieron a su patria cuando menos lo
podía esperar. Agradecí
de veras a Pedro su atención al contarme todo esto, así como el haberme
deparado el gozo de la conversación de un hombre tan extraordinario. Y sin
más, saludé a Rafael con la etiqueta de rigor en estos casos al vernos por
primera vez. Los tres juntos nos dirigimos después a micasa y comenzamos
a charlar en el huerto, sentados en unos bancos cubiertos de verde y fresca
hierba. Nos
dijo Rafael cómo después de separarse de Vespucci, él y los compañeros que
habían permanecido en la fortaleza, comenzaron a entablar relaciones e
intercambios con los nativos. Pronto se sintieron entre ellos sin
preocupación alguna e incluso como amigos. Llegaron también a entablar
amistad con un príncipe de no sé qué región -su nombre se me ha borrado de la
memoria. Este príncipe les obsequió abundantemente con provisiones tanto
durante su estancia como para el viaje, que se hacía en balsas por agua, y en
carretas por tierra. Les dio asimismo cartas de recomendación a otros
príncipes, poniéndoles, a tal efecto, un guía excelente que les introdujera. Nos
contaba cómo habían encontrado en sus largas correrías, ciudades y reinos muy
poblados y organizados de forma admirable. Nos hizo ver que por debajo de
la línea del ecuador todo cuanto se divisa en todas las direcciones de la
órbita solar es casi por completo una inmensa soledad abrasada por un calor
permanente. Todo es árido y seco, en un ambiente hostil, habitado por
animales salvajes, culebras y hombres que poco se diferencian de las fieras en
peligrosidad y salvajismo. Pero
a medida que se iban alejando de aquellos lugares, todo adquiría tonos más
dulces. El cielo era más limpio, la tierra se ablandaba entre
verdores. Era más suave la condición de animales y hombres. Otra vez
se encontraban fortalezas, ciudades y reinos que mantienen comercio constante
por mar y por tierra, no sólo entre sí, sino también, con países lejanos. Esta
situación les permitió descubrir tierras desconocidas en todas
direcciones. No había nave que emprendiera viaje que no les llevase con
agrado a él y a sus compañeros rumbo a otra nueva aventura. Los
primeros barcos que toparon eran de quilla plana, y las velas estaban zurcidas
de mimbres o de hojas de papiro. En otros lugares las velas eran de
cuero. Posteriormente encontraron quillas puntiagudas y velas de cáñamo. Y,
por fin, barcos iguales a los nuestros. Los marinos eran expertos
conocedores del mar y del firmamento. Su
reputación entre ellos creció de manera extraordinaria cuando les enseñó el
manejo de la brújula que no conocían. Este desconocimiento hacía que se
aventurasen mar adentro con gran cautela y sólo en el verano. Ahora en
cambio, brújula en mano desafina los vientos y el invierno con más confianza
que seguridad; pues, si no tienen cuidado, este hermoso invento que parecía
llamado a procurarles todos los bienes, podría convertirse por su imprudencia,
en una fuente de males. Me
alargaría demasiado en contaros todo lo que nos dijo haber visto en aquellos
lugares. Por otra parte, no es éste el objeto de este libro. Tal
vez en otro lugar refiera lo que creo no debe dejarse en el tintero, a saber,
la referencia a costumbres justas y sabias de hombres que viven como ciudadanos
responsables en algunos lugares visitados. Nuestro
interés, en efecto, se cernía sobre una serie de temas importantes, que él se
deleitaba a sus anchas en aclarar. Por supuesto que en nuestra
conversación no aparecieron para nada los monstruos que ya han perdido
actualidad. Escilas, Celenos feroces y Lestrigones devoradores de
pueblos, y otras arpías de la misma especie se pueden encontrar en cualquier
sitio. Lo difícil es dar con hombres que están sana y sabiamente
gobernados. Cierto que observó en estos pueblos muchas cosas mal
dispuestas, pero no lo es menos que constató no pocas cosas que podrían servir
de ejemplo adecuado para corregir y regenerar nuestras ciudades, pueblos y
naciones. En
otro lugar, como he dicho, hablaré de todo esto. Mi intento ahora es
narrar únicamente y referir cuanto nos dijo sobre las costumbres y régimen de
los utopianos. Trataré, primero, de reproducir la charla en que, como por
casualidad, salió el tema de la República de Utopía. Rafael
acompañaba su relato de reflexiones profundas. Al examinar cada forma de
gobierno, tanto de aquí como de allí, analizaba con sagacidad maravillosa lo
que hay de bueno y de verdadero en una, de malo y de falso en otra. Lo
hacía con tal maestría y acopio de datos que se diría haber vivido en todos
esos sitios largo tiempo. Pedro, lleno de admiración por un hombre así,
le dijo: -Me
extraña, mi querido Rafael, que siendo el que eres y dada tu ciencia y
conocimientos de lugares y hombres, no te hayas colocado al servicio de alguno
de esos reyes. Hubiera sido un placer para cualquiera de ellos. Al
mismo tiempo le hubieras instruido con tus ejemplos y conocimientos de lugares
y de hombres. Sin olvidar que con ello podrías atender a tus intereses
personales y aportar una ayuda sustancial a los tuyos. -No
me inquieta la suerte de los míos ni poco ni mucho -dijo Rafael-. Creo
haber cumplido mi deber de forma suficiente. Dejé a los míos y a los
amigos siendo joven y en pleno vigor, lo que otros muchos no suelen hacer sino
cuando están viejos y achacosos, y aun entonces, contra su gusto y
voluntad. Creo que pueden estar contentos con mi liberalidad hacia
ellos. Pero lo que no me pueden pedir es que, además, tenga yo que
convertirme en siervo de ningún rey. -Tenéis
razón -replicó Pedro-. Pero no quise decir que fueras siervo, sino
servidor. -No
veo más diferencia -contestó Rafael-, que la adición de una sílaba. -Llámalo
como quieras -insistió Pedro-: lo que quiero decir, es que ese es el camino
para llegar a ser feliz tú, y en el que podrás ser útiltanto a la sociedad como
a los ciudadanos. -Me
repugna -dijo Rafael-, ser más feliz a costa de un procedimiento que aborrezco. Ahora
mismo vivo como quiero, cosa que dudo les suceda a muchos que visten de
púrpura. Por lo demás, abundan y sobran los que apetecen la amistad de
los Poderosos. Que yo les falte y algunos más semejantes a mí no creo que
les cause excesivo perjuicio. -Es
claro, querido Rafael -dije yo entonces- que no hay en ti ambición de riquezas,
ni de poder. Un hombre de tu talante me merece tanta estima y respeto
como el que detesta el mayor poder. Por ello, me parece que sería digno de
un espíritu tan magnánimo, y de un verdadero filósofo como tú, si te
decidieras, aun a pesar de tus repugnancias y sacrificios personales, a dedicar
tu talento y -actividades a la política. Para lograrlo con eficacia, nada
mejor que ser consejero de algún príncipe. En tal caso -y yo espero que
así lo harás- podrías aconsejarle -lo que creyeras justo y bueno. Tú
sabes muy bien que un príncipe es como un manantial perenne del que brotan los
bienes y los males del pueblo. Tienes, en efecto, un saber tan profundo
que, aun en el caso de no tener experiencia en los negocios, serías un eminente
consejero de cualquier rey. Y tu experiencia es tan vasta que supliría a
tu saber. -Amigo
Moro, te equivocas por partida doble. Primero en lo que a mi persona se
refiere, y después en lo tocante a la república o Estado. Yo no poseo ese
saber que me atribuyes, y, caso de tenerlo y sacrificar mi ocio, sería inútil a
la cosa pública. En
primer lugar, la mayoría de los príncipes piensan y se ocupan más de los
asuntos militares, de los que nada sé ni quiero saber, que del buen gobierno de
la paz. Lo que les importa es saber cómo adquirir -con buenas o malas
artes- nuevos dominios, sin preocuparse para nada de gobernar bien los que ya
tienen. Por otra parte, hay consejeros de príncipes tan doctos que no
necesitan -o al menos creen no necesitar- los consejos de otra persona.
Parásitos como son, aceptan a los que les dan la razón o les halagan para
granjearse la voluntad de los favoritos del príncipe. Así lo ha dispuesto
la naturaleza: Cada uno se pitra por sus propios descubrimientos. ¡Al cuervo le
ríe su cría y a la mona le gusta su hija! En
reuniones de gente envidiosa o vanidosa ¿no es, acaso, inútil explicar algo que
sucedió en otros tiempos o que ahora mismo pasa en otros lugares? Al oírte,
temen pasar por ignorantes y perder toda su reputación de sabios, a menos que
descubran error y mentira en los hallazgos de otros. A falta de razones
con que rebatir los argumentos, se refugian invariablemente, en este tópico:
«Esto es lo que siempre hicieron nuestros mayores. Ya podíamos nosotros
igualar su sabiduría». Al decir esto, zanjan toda discusión y se sienten
felices. Les parece mal que alguien sea más sabio que los
antepasados. Cierto que todos estamos dispuestos a aceptar todo lo bueno
que nos han legado en herencia. Pero con el mismo rigor sostenemos que
hay que aceptar y mantener lo que vemos debe mudarse. Con frecuencia me
he encontrado en otras partes este tipo de mentes absurdas, soberbias y
retrógradas. Incluso en Inglaterra me topé con ellas. -¿Has
estado en Inglaterra? -le pregunté. -Sí,
he estado. Paré allí unos meses, no mucho después de la matanza que
siguió a la guerra civil que tuvo enfrentados a los ingleses occidentales
contra su rey y que acabó con la derrota de los sublevados. Con tal
motivo quedé muy obligado al Reverendísimo Padre Juan Morton, Cardenal
Arzobispo de Canterbury y que era, a la sazón, también Canciller de Inglaterra.
¡Qué hombre tan extraordinario!, mi querido Pedro -pues a Moro no le puedo
decir nada nuevo- un hombre más venerable por su carácter y virtud, que por su
alta jerarquía, Era más bien pequeño, y, a pesar de su edad avanzada, andaba
erguido. Al hablar inspiraba respeto sin llegar al temor. Su trato
era afable, si bien serio y digno.. Su profunda ironía le llevaba a exasperar,
sin llegar a ofender, a quienes le pedían algo, poniendo con ello a prueba el
temple y saber de los mismos. Esto le agradaba, siempre que hubiese
moderación, y si le complacían aceptaba a los candidatos para los cargos públicos.
Su léxico era puro y enérgico; su ciencia del derecho profunda, su juicio
exquisito y su memoria rayando en lo extraordinario. Estas cualidades,
grandes en sí mismas, lo eran más por el cultivo y el estudio constante de las
mismas. Estando allí pude observar que el rey fiaba mucho en sus
consejos, y le consideraba como uno de los más firmes pilares del Estado. ¡Qué
de extraño tiene que, llevado muy joven de la escuela a la corte y mezclado en
multitud de asuntos graves y zarandeado por acontecimientos de la más diversa
índole, adquiriera un profundo sentido de la vida a costa de tantos trabajos y
pruebas ¡Ciencia así adquirida, difícilmente se olvida! La
casualidad me hizo encontrar, un día en que estaba comiendo con el cardenal, a
un laico versado en nuestras leyes. Este comenzó, no sé a qué propósito,
a ponderar la dura justicia que se administraba a los ladrones. Contaba
complacido cómo en diversas ocasiones había visto a más de veinte colgados de
una misma cruz. No salía de su asombro al observar que siendo tan pocos
los que superaban tan atroz prueba, fueran tantos los que por todas partes
seguían robando. -No
debes extrañarle de ello -me atreví a contestarle delante del Cardenal-:
semejante castigo infligido a los ladrones ni es justo ni útil. Es
desproporcionadamente cruel como castigo de los robos e ineficaz como
remedio. Un robo no es un crimen merecedor de la pena capital. Ni
hay castigo tan horrible que prive de robar a quien tiene que comer y vestirse
y no halla otro medio de conseguir su sustento. No parece sino que en
esto, tanto en Inglaterra como en otros países, imitáis a los malos pedagogos:
prefieren azotar a educar. Se promulgan penas terribles y horrendos
suplicios contra los ladrones, cuando en realidad lo que habría que hacer es
arbitrar medios de vida. ¿No sería mejor que nadie se viera en la necesidad de
robar para no tener que sufrir después por ello la pena Capital?. -«Ya
se ha hecho en este aspecto más que, suficiente», me respondió. La
industria y la agricultura son otros tantos medios de que dispone el pueblo
para obtener los medios de subsistencia. A no ser que quieran emplearlos
para elmal. -«No
se puede zanjar así la cuestión», repliqué. ¿Es que podemos olvidarnos de los
que vuelven mutilados a casa, tanto de las guerras civiles como con el
extranjero? ¿Es que ignoras que muchos soldados perdieron uno o varios miembros
en la batalla de Cornuailles y anteriormente en las campañas de
Francia? Estos hombres mutilados por su rey y por su patria ya no pueden
hacer las cosas que antes hacían. La edad, por otra parte, no les permite
aprender nuevos oficios. Pero vamos a olvidarnos de estos, ya que las
guerras no son de todos los días. Detengámonos
en casos que ocurren todos los días. Ahí están los nobles cuyo número
exorbitado vive como zánganos a cuenta de los demás. Con tal de aumentar
sus rentas no dudan en explotar a los colonos de sus tierras, desollándolos
vivos. Derrochadores hasta la prodigalidad y mendacidad, es el único tipo
de administración que conocen. Pero además, se rodean de hombres
haraganes que nunca se han preocupado de saber ni aprender ningún modo de vivir
y trabajar. Si
muere el patrón o si alguno de ellos enferma, son inmediatamente
despedidos. Estos nobles prefieren alimentar a vagos que cuidar enfermos. Con
frecuencia, el heredero del difunto no tiene fondos de inmediato para dar de
comer al ejército de vagos. En tal caso o la gente se prepara a pasar
hambre negra o se dedica con saña al robo ¿Les queda otra salida? Yendo
de una parte a otra empeñan su salud y sus vestidos. Ya no hay noble que
acoja a estos hombres escuálidos por la enfermedad y vestidos de harapos.
Los mismos campesinos desconfían de quienes han vivido en la molicie y los
placeres y son diestros en el uso de la espada y la adarga. Saben que
miran a todos con aire fanfarrón y no se prestan fácilmente a manejar el pico y
el azadón, sirviendo al pobre labrador por una comida frugal y un salario ruin. -«Precisamente
este tipo de hombres -arguyó mi interlocutor- es el que hay que promover ante
todo. Son hombres de espíritu más noble y más alto que los artesanos y
labradores. En ellos reside el coraje y el valor de un ejército de que hay
que disponer en caso de una guerra. ¿«Quiere
ello decir -le respondí yo- que por la guerra hemos de mantener a los ladrones
que, por otra parte, nunca faltarán mientras haya soldados? Los ladrones
no son los peores soldados, y los soldados no se paran en barras a la hora de
robar. ¡Tan bien se compaginan ambos oficios! Por lo demás, esta plaga del
robo, no es exclusiva nuestra: es común a casi todas las naciones. Ahí
tenemos a Francia sometida a una peste todavía más peligrosa. Todo el país
se encuentra, aun en tiempo de paz -si es que a esto se puede llamar paz- lleno
de mercenarios, mantenidos por la misma falsa razón que os induce a vosotros
los ingleses a mantener esa turba de vagos. Piensan
estos morósofos medio sabios, medio aventureros, que la salvación del Estado
estriba en mantener siempre en pie de guerra un ejército fuerte y poderoso
compuesto de veteranos. Los bisoños no les interesan. Y llegan a
pensar incluso que hay que suscitar guerras y degollar de vez en cuando algunos
hombres para que -como dice socarronamente Salustio- su brazo y su espíritu no
se emboten por la inacción. -Lo
peligroso de esta teoría está en alimentar bestias tales, y Francia lo está
aprendiendo a costa suya. Un ejemplo de ello lo tenemos también entre los
romanos, cartagineses y sitios y otros muchos pueblos. Estos ejércitos
permanentes arruinaron su poder junto con sus campos y ciudades. Un
ejemplo claro de lo inútil que resulta mantener todo, este aparato nos lo
ofrecen los soldados franceses. A pesar de haber sido educados en las
armas desde muy jóvenes, no se puede decir que hayan salido siempre airosos y
con gloria al enfrentarse con los reservistas ingleses. Y basta de este
punto, porque no parezca a los presentes que os halago. Por otra parte,
difícilmente puedo creer que los artesanos o los rudos y sufridos campesinos
tengan que temer gran cosa de los ociosos criados de los nobles. Quizás
algunos de cuerpo débil y faltos de arrojo, así como agotados por la miseria
familiar. Porque has de saber que los cuerpos robustos y bien comidos
-sólo a estos corrompen los señores- se debilitan con la pereza y se ablandan
con ocupaciones casi mujeriles. Pero el peligro de afeminamiento
desaparece si se les enseña un oficio que les permita vivir y ocuparse en
trabajos varoniles. -Todo
considerado, no veo manera de justificar esa inmensa turba de perezosos por la
simple posibilidad de que puede estallar una guerra. Guerra que se podría
siempre evitar, si es que de verdad se quiere la paz, tesoro más preciado que
la guerra.
Hay, además, otras causas del robo. Existe otra, a mi juicio,que es
peculiar de vuestro país. -¿Cuál
es?, preguntó el Cardenal. -Las
ovejas -contesté- vuestras ovejas. Tan mansas y tan acostumbradas a
alimentarse con sobriedad, son ahora, según dicen, tan voraces y asilvestradas
que devoran hasta a los mismos hombres, devastando campos y asolando casas y
aldeas. Vemos, en efecto, a los nobles, los ricos y hasta a los mismos
abades, santos varones, en todos los lugares del reino donde se cría la lana
más fina y más cara. No contentos con los beneficios y rentas anuales de
sus posesiones, y no bastándoles lo que tenían para vivir con lujo y ociosidad,
a cuenta del bien común -cuando no en su perjuicio- ahora no dejan nada para
cultivos. Lo cercan todo, y para ello, si es necesario derribar casas,
destruyen las aldeas no dejando en pie más que las iglesias que dedican a
establo de las ovejas. No satisfechos con los espacios reservados a caza
y viveros, estos piadosos varones convierten en pastizales desiertos todos los
cultivos y granjas. Para
que uno de estos garduños -inexplicable y atroz peste del pueblo- pueda cercar
una serie de tierras unificadas con varios miles de yugadas, ha tenido que
forzar a sus colonos a que le vendan sus tierras. Para ello, unas veces se
ha adelantado a cercarías con engaño, otras les ha cargado de injurias, y otras
los ha acorralado con pleitos y vejaciones. Y así tienen que marcharse
como pueden hombres, mujeres, maridos, esposas, huérfanos, viudas, padres con
hijos pequeños, familias más numerosas que ricas, pues la tierra necesita
muchos brazos. Emigran
de sus lugares conocidos y acostumbrados sin encontrar dónde
asentarse. Ante la necesidad de dejar sus enseres, ya de por sí de escaso
valor, tienen que venderlos al más bajo precio. Y luego de agotar en su
ir y venir el poco dinero que tenían, ¿qué otro camino les queda más que robar
y exponerse a que les ahorquen con todo derecho o irse por esos caminos
pidiendo limosna? En tal caso, pueden acabar también en la cárcel como
maleantes, vagos, por más que ellos se empeñen en trabajar, si no hay nadie que
quiera darles trabajo. Por otra parte, ¿cómo darles trabajo si en las
faenas del campo que era lo suyo ya no hay nada que hacer? Ya no se
siembra. Y para las faenas del pastoreo, con un pastor o boyero sobra
para guiar los rebaños en tierras que labradas necesitaban muchos más brazos. Así
se explica también que, en muchos lugares, los precios de los víveres hayan
subido vertiginosamente. Y lo más extraño es que la lana se ha puesto tan
cara, que la pobre gente de estas tierras no puede comprar ni la de la más
ínfima calidad, con que solían hacer sus paños. De esta manera, mucha
gente sin trabajo cae en la ociosidad. Por
si fuera poco, después de incrementarse los pastizales, la epizootia diezmó las
ovejas, como si la ira de Dios descargara sobre los rebaños su cólera por la
codicia de los dueños. Hubiera sido más justo haberla dejado caer sobre
la cabeza de éstos. Pues no se ha de creer, que, aunque el número de
ovejas haya aumentado, no por ello baja el precio de la lana. La verdad
es que, si bien no existe un «monopolio» en el sentido de que sea uno quien la
vende, sí existe un «oligopolio». El negocio de la lana ha caído en manos
de unos cuantos que, además, son ricos. Ahora bien, éstos no tienen prisa
en vender antes de lo que les convenga. Y no les conviene sino a buen
precio. Por
la misma razón, e incluso con más fuerza, se han encarecido las otras especies
de vacuno. La destrucción de los establos y la reducción del área
cultivada, ha traído como consecuencia que nadie se preocupe de su reproducción
y de su cría. Porque estos nuevos ricos no se preocupan de obtener crías
de vacuno o de ovino. Las compran flacas y a bajo precio en otros sitios
y las engordan en sus pastizales para venderlas después al mejor precio. Todavía
es pronto para calibrar la repercusión que estos desórdenes pueden producir en
el país. De momento, el mal se refleja en los mercados en que se vende el
género. Pronto, sin embargo, al aumentar el número de cabezas de ganado
sin darles tiempo a reproducirse, la disminución progresiva de la oferta en el
mercado, producirá una verdadera quiebra. Así, lo que debía ser la riqueza
de nuestra isla, se convertirá en fuente de desgracias, por la avaricia de unos
pocos. Porque
esta carestía en los bienes de consumo hace que cada uno eche de su casa a los
más que pueda. ¿No significa esto enviarles a mendigar, y, si son de condición
más.arriesgada, a robar? -¿Y
qué me dices del lujo tan descarado con que viene envuelta esta triste miseria?
Los criados de los nobles, los artesanos y hasta los mismos campesinos se
entregan a un lujo ostentoso tanto en el comer como en el vestir. ¿Para qué
hablar de los burdeles, ¿asas de citas y lupanares y esos otros lupanares que
son las tabernas y las cervecerías y todos esos juegos nefastos como las
cartas, los dados, la pelota, los bolos o el disco? De sobra sabéis que
acaban rápidamente con el dinero y dejan a sus adeptos en la miseria o camino
del robo. Desterrad
del país estas plagas nefastas. Ordenad que quienes destruyeron pueblos y
alquerías los vuelvan a edificar o los cedan a los que quieran explotar las
tierras o reconstruir las casas. Frenad esas compras que hacen los ricos
creando nuevos monopolios. ¡Sean cada día menos los que viven en la ociosidad;
que se vuelvan a cultivar los campos, y que vuelva a florecer la industria de
la lana! Sólo así volverá a ser útil toda esa chusma que la necesidad ha
convertido en ladrones o que andan como criados o pordioseros a punto de
convertirse también en futuros ladrones. Si no se atajan estos males es
inútil gloriarse de ejercer justicia con la represión del robo, pues resultará
más engañosa que justa y provechosa. Porque,
decidme: Si dejáis que sean mal educados y corrompidos en sus costumbres desde
niños, para castigarlos ya de hombres, por los delitos que ya desde su infancia
se preveía tendrían lugar, ¿qué otra cosa hacéis más que engendrar ladrones
para después castigarlos? -Mientras
yo hablaba, ya nuestro jurista se había dispuesto a responderme. Había
adoptado ese aire solemne de los escolásticos, consistente en repetir más que
en responder, pues creen que la brillantez de una discusión está en la
facilidad de memoria. -Te
has expresado muy bien -me dijo- a pesar de ser extranjero y de que sospecho
conoces más de oídas que de hecho lo que has narrado. Te lo demostraré en
pocas palabras. En primer lugar resumiré ordenadamente cuanto acabas de
decir. Te mostraré a continuación los errores que te ha impuesto la
ignorancia de nuestras cosas. Finalmente desharé y anularé todos tus
argumentos. Así pues, comenzaré por el primer punto de los cuatro a
desarrollar. Calla
-interrumpió bruscamente el Cardenal- pues temo que no has de ser breve, a
juzgar por los comienzos. Te dispensaremos del trabajo de responderle
ahora. Queda en pie, sin embargo, la obligación de hacerlo en la próxima
entrevista que, salvo inconveniente de tu parte o de Rafael querría fuera
mañana. Ahora, mi querido Rafael, me gustaría saber de tu boca por qué crees
que no se ha de castigar el robo con la pena capital y qué castigo crees más
adecuado para la utilidad pública. Pues en ningún momento pienso que tú
crees que un delito de esta naturaleza haya que dejarlo sin castigo.
Porque si ahora con el miedo a la muerte se sigue robando, ¿qué suplicio ni qué
miedo podrá impresionar a los malhechores si saben que les queda a salvo la
vida? La mitigación del castigo ¿no les inducirá a ver en ello una
invitación al crimen? -Mi
última convicción, Santísimo Padre -le dije yo es que es totalmente injusto
quitar la vida a un hombre por haber robado dinero. Pues creo que la vida
de un hombre es superior a todas las riquezas que puede proporcionar la
fortuna. Si a esto se me responde que con ese castigo se repara la
justicia ultrajada y las leyes conculcadas y no la riqueza, entonces diré que,
en tal caso, el supremo derecho es la suprema injusticia. Porque las
leyes no han de aceptarse como imperativos manlianos, de forma que a la menor
transgresión haya que echar mano de la espada. Ni los principios estoicos
hay que tomarlos tan al pie de la letra que todas las culpas queden
homologadas, y no haya diferencia entre matar a un hombre o robarle su dinero.
Estas dos cosas, hablando con honradez, no tienen ni parecido ni semejanza. Dios
prohíbe matar. ¿Y vamos a matar nosotros porque alguien ha robado unas
monedas? Y no vale decir que dicho mandamiento del Señor haya que
entenderlo en el sentido de que nadie puede matar, mientras no lo establezca la
ley humana. Por ese camino no hay obstáculos para permitir el estupro, el
adulterio y el perjurio. Dios nos ha negado el derecho de disponer de
nuestras vidas y de la vida de nuestros semejantes. ¿Podrían, por tanto, los
hombres, de mutuo acuerdo, determinar las condiciones que les otorgaran el
derecho a matarse? Esta mutua convención, ¿tendría autoridad para soltar
de las obligaciones del precepto divino a esbirros que, sin el ejemplo dado por
Dios, ejecutan a los que la sanción humana ha ordenado dar muerte? ¿Es que este
precepto de Dios no tendrá valor de Código más que en la medida en que se lo
otorgue la justicia humana? Por esta misma razón llegaríamos a la
conclusión de que los mandamientos de Dios obligan cuando y como las leyes
humanas lo dictaminen. La
misma Ley de Moisés, dura y rigurosa como dictada para un pueblo de libertos de
dura cerviz, castigaba el robo con fuertes multas y no con la
muerte. Ahora bien, no podemos siquiera imaginar que Dios en su nueva Ley
de gracia autoriza, como padre a sus hijos, a ser más libres en el rigor de sus
penas. Estas son las razones que me mueven a rechazar la pena de muerte
para los ladrones. Creo, además, que todos ven lo absurdo y lo pernicioso
que es para la república castigar con igual pena a un ladrón y a un
homicida. Si la pena es igual tanto si roba como si mata, ¿no es lógico
pensar que se sienta inclinado a rematar a quien de otra manera se habría
contentado con despojar? Caso de que le cojan, el castigo es el mismo,
pero tiene a su favor matarlo, su mayor impunidad y la baza de haber suprimido
un testigo peligroso. Tenemos así, que, al exagerar el castigo de los
ladrones, aumentamos los riesgos de las gentes de bien. La cuestión estriba ahora en saber | |||