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SANTO TOMÁS MORO (obras completas)

(1478-1535)

 

Mártir Inglés, patrono de los Gobernantes y Políticos - Canonizado en 1935

Fiesta 22 de junio

 

 

Agonía de Cristo

Utopía

Oración de Santo Tomás Moro

El Gusto de Vivir

Biografía

Carta apostólica de Juan Pablo II proclamando a

Santo Tomás Moro como Patrono de los gobernantes

y de los políticos

Santo Tomás Moro por Antonio Sicari

Santo Tomás Moro, político y mártir

Sobre sus escritos...

Tomás Moro, por Manuel Lizcano

  LA AGONÍA DE CRISTO

Por Santo Tomás Moro

 

I. Sobre la Tristeza, aflicción, miedo

y oración de Cristo antes de ser capturado

 

 

Oración y mortificación con Cristo

 

La Angustia de Cristo ante la muerte

 

La Humanidad de Cristo

 

¿Cómo es nuestra oración?

 

La oración de Cristo

 

La voluntad de Dios Padre

 

Para que veamos el camino

 

La perspectiva del martirio

 

Los Apóstoles se duermen mientras el traidor conspira

 

"¿Por qué dormís?"

 

"Levantaos y orad"

 

Cristo sigue siendo entregado en la historia

 

Judas, Apóstol y traidor

 

Conducta de Cristo con el traidor

 

Libertad de Cristo en su captura, pasión y muerte

 

El fin de Judas.

 

II. Sobre la oreja sajada de Malco,

la fuga de los discípulos y la captura de Cristo

 

 

Furia y celo de Pedro

 

Cristo corrige al Apóstol

 

Malco, figura de la razón humana

 

El poder de las tinieblas

 

La fuga de los discípulos

 

Desprendimiento y perseverancia

 

La captura de Cristo

  

 

Gentileza de  http://www.hernandarias.edu.ar/ceiboysur/

para la BIBLIOTECA CATÓLICA DIGITAL

 

TOMÁS MORO

 

UTOPÍA

 

 

LA MEJOR FORMA DE COMUNIDAD POLÍTICA Y LA NUEVA ISLA DE UTOPÍA

 

Librito de oro, tan saludable como festivo, compuesto por el muy ilustre

 

TOMÁS MORO

ciudadano y sheriff de la muy noble ciudad de Londres.

 

Documentos introductorios

 

Carta del editor Erasmo al impresor Juan Froben.

Carta de Guillermo Budé a Tomás Lupser.

Sexteto de Anemolio.

Alfabeto de la lengua utopiana.

Carta de Pedro Gilles, coeditor, a J. Busleiden.

Carta de Tomás Moro a Pedro Gilles.

Mapa idealizado de Utopía.

 

 ERASMO DE ROTTERDAM

Saluda a Juan Froben, padre carísimo de su ahijado

  Sabes muy bien que siempre me ha agradado sobre manera todo lo que se refiere a mi amigo Moro.  Sin embargo, la misma amistad que nos une, me obliga a desconfiar un tanto de mi propio juicio. Por otra parte, veo cómo todos los espíritus cultivados suscriben unánimemente mis palabras.  E incluso, admiran con más ardor el genio divino de este autor.  Y lo hacen movidos no por un mayor afecto, sino por un espíritu crítico más justo.  Todo lo cual me hace aplaudir sin reserva el juicio que he emitido y no dudar en proclamarlo abiertamente.

¡Que no hubieran realizado esas admirables dotes naturales, si un espíritu como el suyo se hubiere formado en Italia, se hubiera consagrado totalmente a las musas, y hubiese podido -lo diré claramente- dejar que sus frutos llegarán a la madurez del otoño! Los epigramas fueron su divertimentocuando todavía era joven, qué digo, cuando casi era un niño.  Al menos en su mayor parte. Jamás salió de Inglaterra, su patria, a excepción de dos veces, cuando, en nombre del rey, desempeñó una misión diplomática en Flandes.  Además de sus deberes de esposo, de sus cuidados domésticos, de las obligaciones impuestas por sus cargos oficiales y la avalancha de causas que instruye, su atención está dominada por los asuntos de Estado, tan numerosos e importantes que uno se maravilla de que encuentre placer en los libros.

Por este motivo te envié sus Epigramas y su Utopía.  Estoy seguro que, si es de tu gusto, la impresión con tus caracteres les dará una calidad que por sí sola será su mejor recomendación al mundo y a la posteridad.

Tal es, en efecto, la reputación de tus talleres que, si se sabe que un libro es de la Casa Froben, consiguen enseguida el favor de los eruditos.

Mis mejores deseos para ti y para tu excelente suegro, para tu mujer tan amable y tus hijos tan dulces y cariñosos.  En cuanto a Erasmo, ese ahijado que nos une, nacido, como quien dice, en el seno de las bellas artes, haz que sea instruido en las mejores letras.

 

Lovaina, 25 de agosto, 1517

 

 GUILLERMO BUDE

Saluda a su amigo inglés, Thomas Lupset

 Querido Lupset:

¿Cómo no estar infinitamente reconocido a ti, el más erudito de todos los jóvenes? Al enviarme la UTOPÍA de Thomas Moro, has hecho que fije mi atención en una obra de lectura sumamente agradable, y que, al mismo tiempo, no dudo será provechosa.

Hace ya tiempo, y correspondiendo a un vivo deseo mío, me enviaste los seis libros titulados El Arte de conservar la salud, deThomas Linacre, -Este médico, que domina a la perfección el griego y el latín, no ha mucho tradujo al latín algunas obras de Galeno.  Y lo ha hecho con tal fidelidad que, si todas las obras de este autor -que, a mi juicio, constituyen un compendio de la medicina- se tradujeran al latín, creo que la escuela de los médicos no tendría necesidad de conocer el griego.  He hojeado con avidez el manuscrito de Linacre y te estoy sumamente agradecido por habérmelo prestado el tiempo suficiente como para sacar de él gran provecho. Pero me prometo un mayor favor todavía de la edición impresa que preparas actualmente en los talleres de esta nuestra ciudad.

Sólo por este título ya me creía lo suficientemente obligado.  Pero hay más.  Como apéndice a tu anterior generosidad me das ahora la famosa Utopía de Moro, ese espíritu tan singular y penetrante, ese hombre de carácter tan afable, y sabio tan consumado en el gusto por las cosas humanas.

Mientras recorría el campo, entregado a mis negocios o dando órdenes a mis criados, no he dejado de las manos este libro. (Sabes, en parte por ti mismo y en parte por haber llegado a tus oídos, que desde hace dos años me vengo dedicando intensamente a mi labranza).  Pues bien, tan impresionado quedé por su lectura, por el conocimiento y análisis de las costumbres e instituciones de los utopianos, que comencé a descuidar mis intereses familiares estando en un tris de abandonarlos. Toda la ciencia económica y sus aplicaciones me parecían puras naderías. Y si he de decirte toda la verdad, lo mismo me parecía incluso el afán de acumular sus beneficios.  Nadie, sin embargo, deja de ver que todos los humanos están aguijoneados por este afán, como si tuvieran dentro un tábano.  Estuve a punto de decir -y nadie lo negará que la ciencia y la praxis del derecho no tiene más que este fin: excitar a unos contra otros con una habilidad movida por la envidia y provocar a aquellos que están unidos por los lazos de la convivencia y a veces también por los de la sangre. Todos parecen estar en connivencia -parte con las leyes, parte con los juristas- para robar y apropiarse lo ajeno, para arrebatar, sonsacar, roer, usurpar, estrujar, esquilmar, chupar, chantajear, raptar, saquear, escamotear, estafar, engañar, y ocultar.  Estos procedimientos han venido a ser tanto más comunes cuanto más se ha invocado la autoridad de eso que se llama derecho, tanto civil como pontificio. Nadie deja de ver que tales procedimientos y principios han contribuido a reforzar la idea de que los hombres hábiles en «cauciones» o mejor en «captaciones», los buitres al acecho de ciudadanos ingenuos, habilísimos muñidores de fórmulas hechas y de redes de incautos, los fautores de procesos y los consejeros de un derecho controvertido, pervertido e invertido, son considerados como los pontífices de la justicia y de la equidad.  Sólo ellos son dignos de formular un juicio sobre lo que es justo y bueno.  Y lo que es más absurdo todavía, de determinar con autoridad y poder públicos lo que cada uno puede o no poseer, y en qué medida y por cuánto tiempo.  Y todo ello, a juicio de un sentido común víctima de alucinaciones. Pues la mayoría de nosotros, cegados por las legañas espesas de la ignorancia, juzgamos que nuestra causa es tanto más justa cuanto mejor corresponde a los deseos de la ley y se apoya en ella.

Si quisiéramos medir los derechos según la regla de la verdad y las exigencias de la simplicidad evangélica, nadie sería tan estúpido ni tan insensato que no viera esto: hoy día, y, desde hace mucho tiempo, el derecho y la legalidad en las decisiones pontificias, en las leyes civiles y en los decretos reales se aparta tanto de los principios de Cristo, creador de las cosas humanas, como las costumbres de sus discípulos se apartan de las sentencias y decretos de los que cifran su felicidad y el bien supremo en los tesoros acumulados por Creso y Midas.

Tan es así, que, si quisiéramos, hoy día, definir la justicia -los antiguos autores se complacían en definirla como la virtud que atribuye a cada uno su derecho-, no la encontraríamos en ninguna parte de la vía pública. 0 tendríamos que admitir que es -si así puedo llamarla- una especie de distribuidora de raciones.  Para ello no tienes más que ver las costumbres de los que están en el poder. 0 las disposiciones mutuas de los habitantes de una misma ciudad o de un mismo país.

A no ser que estas personas pretendan que este derecho nace de una justicia fundamental, tan antigua como el mundo, y que llaman derecho natural.  Una justicia, según la cual, cuanto más fuerte es un hombre, más derecho tiene a poseer. ¡Y cuanto más posee, más derecho tiene a estar por encima de sus conciudadanos!  Vemos ya, en efecto, que en el Derecho de gentes se reconoce a individuos incapaces de prestar un servicio a sus conciudadanos y compatriotas en el ejercicio de una profesión digna. Pues se les considera hábiles e indispensables para mantener la trama de las obligaciones y la red de contratos que sostienen el patrimonio de los propietarios.  Mientras tanto, el pueblo ignorante y los que se dedican al cultivo de las letras alejados del foro, bien sea por sus gustos o llevados por amor a la verdad, consideran a éstos unas veces como nudos gordianos y otras como vulgares charlatanes. Estos individuos, repito, perciben los tributos de milesdesus conciudadanos, y con frecuencia los de ciudades enteras e incluso mayores.  Pues bien, estos individuos, por decirlo de alguna manera, son llamados unas veces ricos, otras gente honrada y otras hombres de negocios con talento.

Y, no sólo esto, en épocas y en pueblos en que las leyes y las costumbres han establecido que un hombre tiene tanto más crédito y autoridad cuanto más patrimonio ha acumulado, su heredero goza de los mismos favores.  Y el proceso de acumulación crece más a medida que los hijos y luego los nietos y los bisnietos rivalizan entre sí por hacer suyo con brillantes adquisiciones el patrimonio recibido de sus mayores. En otras palabras, a medida que alejan más y más a los vecinos, los allegados, los parientes y consanguíneos.

Pero Cristo, creador y dispensador de todo bien, después de haber legado a sus seguidores una comunidad pitagórica y la caridad, nos dejó un ejemplo espléndido- la pena de muerte a Ananías, culpable de haber infringido la «ley de comunión» o de la amistad.  Al instituir esta ley, Cristo abrogó, sin duda, al menos entre los suyos, todos los volúmenes de argucias de nuestro Derecho civil y canónico. Ese Derecho que es considerado hoy como la ciudadela de la sabiduría y regulador de nuestros destinos.

No sucede afortunadamente lo mismo en la isla de Utopía -llamada también Udepotía-, si es que damos crédito a lo que se nos cuenta. La isla está imbuida de los principios y normas cristianos y de la auténtica y verdadera sabiduría tanto en la vida pública como en la privada. Hasta el día de hoy ha preservado esta sabiduría en toda su integridad, pues mantiene por medio de una constante y dura batalla, los tres principios divinos siguientes: La igualdad de los bienes y de los males entre los ciudadanos. 0 si se prefiere: la ciudadanía completa de todas las clases. El amor constante y tenaz de la paz y de la tranquilidad. Finalmente, el desprecio del oro y de la plata.  Como se ve, tres antídotos contra todos los fraudes, las impostoras, los embustes, engaños y maquinaciones.

¡Ah, si los cielos -haciendo honor a su nombre- hubieran fijado con los clavos de una convicción sólida estos tres principios de la legislación utopiana en el espíritu de todos los mortales!  Entonces habrían caído por tierra impotentes el orgullo, la avaricia y la envidia insensata.  Y en pos de ellos las demás flechas mortíferas del adversario infernal.  Y la inmensa turba de libros de Derecho, que acapara hasta el ataúd la atención de tantos espíritus inteligentes y sólidos, seria devorada por la carcoma o estaría destinada a servir como papel de envolver en las tiendas.

Decidme, ¡por los dioses inmortales! ¿Cuál pudo ser la santidad de los utopianos para que pudieran merecer esa dicha de origen divino? ¿Qué hizo para no ver jamás ni la avaricia ni el ansia desmedida de las cosas? ¿Cómo pudo forzar la entrada en esa isla afortunada o introducirse furtivamente -para burlarse de la justicia y del sentido del honor y a fuerza de desvergüenza e insolencia echarlos fuera? ¡Si el Dios altísimo y bondadoso tuviera a bien conceder esto mismo a las regiones que a su nombre añaden un adjetivo derivado de su santo nombre y al que están consagradas.  Entonces, ciertamente, la avaricia y la rapacidad que envilece y degrada a tantos espíritus -sin ella tan nobles y excelentes- desaparecería para siempre y volvería la Edad de Oro, la edad de Saturno.

Hay el peligro, sin embargo, de pensar que Aratos y los poetas se equivocaron al situar en el Zodiaco el lugar de refugio de la justicia al abandonar la tierra. Ha de estar en la isla de Utopía -si hemos de creer las palabras de Hitlodeo- y que no ha llegado todavía al cielo. Por lo que a mí respecta, mis estudios me han permitido descubrir que Utopía se encuentra situada fuera de los límites del mundo conocido. Es sin duda, una de las Islas afortunadas, muy cerca, quizás, de los campos Elíseos. (El mismo Hitlodeo -según confiesa Moro- no dio a conocer su posición ni sus fronteras precisas).  Está dividida en múltiples ciudades, si bien todas ellas están animadas de un mismo espíritu y forman una única ciudad, llamada Hagnópolis. Esta se asienta sobre sus costumbres y sus bienes. Es feliz en su inocencia e, incluso, de alguna manera, en su vida celeste.  Aunque está situada bajo el cielo, no por ello se encuentra menos alejada de las bajezas del mundo conocido.  Un mundo que camina al precipicio entre el ajetreo y el afán tan febril y violento como vano e inútil de los humanos, origen de todos los desórdenes.

A Tomás Moro, en efecto, debemos esta isla. Ha sido él quien ha propuesto a nuestro tiempo el ejemplo de una vida feliz con la invitación a vivirla.  El mismo atribuye su descubrimiento a Hitlodeo, fuente principal de su relato. Hemos de suponer que este último es el arquitecto de la Ciudad de los Utopianos, y el iniciador de sus costumbres e instituciones. Es decir que fue allí para tener pruebas de que existe entre ellos esa vida feliz y transmitirla a nosotros.  Pero a Moro se debe el haber dado a la isla y a sus instituciones el lustre de su estilo y elocuencia.  Él aplicó a la ciudad de los hagnopolitanos, la regla y la plomada para darle el acabado. Ha sido él quien ha añadido todos los elementos que dan a una obra grandiosa su esplendor y su belleza, sin olvidar, claro está, el prestigio, aun cuando en su ejecución no haya reivindicado para sí mismo más que el papel de cantero.

Tenía escrúpulo, en efecto, de arrogarse en esta obra el papel principal. Y ello para que Hitlodeo no se quejara, con justicia, de que Moro se hubiera apoderado y deflorado prematuramente su gloria, caso de ocurrírsele alguna vez escribir sus aventuras. Temía, naturalmente, que -Hitlodeo -que se había decidido apermanecer en la isla de Utopía- reapareciera un día en personay quedara descontento y avergonzado por una indelicadeza que, a la postre, no te proporcionaba a él más que una gloria despojada de su flor, caso de descubrirse. ¡Así piensan los hombres honestos y sabios!

El testimonio de Pedro Gilles, de Amberes, me ha hecho confiar plenamente en Moro, persona ya de por sí grave y que goza de una gran autoridad.  Y aunque no conozco a Gilles en persona -de momento paso por alto la recomendación que le hacen su ciencia y su personalidad- le amo por la amistad que le ha jurado Erasmo.  Ese hombre ilustre, benemérito de las letras tanto sagradas como profanas, y con quien hace mucho tiempo formé una asociación de amigos, consagrada por una correspondencia recíproca.

Mis mejores deseos para ti, queridísimo Lupset. Haz también llegar, y hazlo pronto, mis saludos -sea de viva voz sea por medio de una carta- a Linacre, lumbrera británica en todo lo que se refiere a las bellas artes.  Yo espero que será tanto tuya como mía.  Es, en efecto, una de esas raras personas con cuya aprobación me gustaría contar, si la pudiera merecer.  Pues durante su estancia entre nosotros se ganó totalmente mi estima y la de Juan Ruelle, mi amigo y compañero de estudios.  Lo que más admito en él son sus conocimientos superiores y su método de trabajo riguroso, cualidades que querría imitar.

Quisiera también que presentaras a Moro mis fervientes saludos -sea por carta o, como ya dije, de viva voz-.  Su nombre ya ha sido registrado en el más sagrado libro de Minerva con mi pensamiento y mis palabras.  Y su isla de Utopía, en el Nuevo Mundo, es para mi objeto de afecto y veneración soberanos. Nuestro tiempo y los tiempos venideros encontrarán en su historia un semillero de hermosas y útiles instituciones.  De ella cada uno sacará costumbres y usos que podrá importar y adaptar a su propia ciudad.

Con mis mejores deseos.

 

París, 31 de julio 1517

 

Sexteto de Anemolio, poeta laureado, sobrino de Hitlodeo, por parte de su hermana. 

Me llamaron los antiguos,

por insólita, Utopía.

Competidora de aquella

ciudad que Platón pensara

y vencedora quizá,

pues lo que en ella tan sólo

en las letras se esbozara,

superélo yo con creces

en personas y en recursos

y al dictar mejores leyes.

Siendo así que deberían,

en justicia, desde ahora,

darme el nombre de Eutopía.

 

 

ALFABETO DE LOS UTOPIANOS

 

CUARTETO EN LENGUA VERNÁCULA DE LOS UTOPIANOS

 

TRADUCCIÓN LITERAL DE ESTE POEMA

 

No siendo ínsula, ínsula me hizo

Utopus, el que fuera mi caudillo. 

Y de todas las tierras separada,

inicié mi andadura sin doctrinas,

mas al fin conseguí dar a los hombres

la ciudad filosófica anhelada. 

Complaciente reparto yo mis dones,

y, humilde, sé aceptar de buena gana

los ajenos que estimo superiores.

 

 

PEDRO GILLES

de Amberes, saluda al muy ilustre maestro Jerónimo Busleiden,

Presbote de Aire y consejero del Rey católico, Carlos:

 

Muy honorable Busleiden: En días pasados recibí de Tomás Moro, a quien ya conoces -y gloria eximia de nuestro tiempo, como tú puedes testificar- la Isla de Utopía.  Es todavía poco conocida pero merecería serlo tanto y más que la Repúblicade Platón.  Moro la presenta, describe y ofrece a nuestras miradas con tal elocuencia que, a cada lectura, me parece varia un poco mejor que cuando, junto con el mismo Moro, oía resonar en mis oídos las palabras de Rafael Hitlodeo.

He de confesar que este último estaba dotado de rara elocuencia.  Al exponer su narración, mostraba a las claras que no refería hechos de oídas sino tomados de la realidad, como sucedidos ante sus ojos, puesto que se había visto envuelto en ellos durante mucho tiempo. A mi juicio, su conocimiento de pueblos, de hombres y de cosas le hace superior al mismo Ulises.  Pienso, en efecto, que en estos últimos ochocientos años ninguna parte del mundo ha visto nacer a nadie semejante.  Comparado con él, Vespucci no parece haya visto gran cosa. Por otra parte, si bien es cierto que contamos mejor lo que vivimos que lo que oímos, nuestro hombre poseía el don particular de los detalles.

Sin embargo, cuando aparecen ante mi vista las escenas pintadas por el pincel de Moro, quedo tan emocionado que me parece estar, realmente, en Utopía. Me inclinaría a creer, que el mismo Rafael vio menos cosas en esta isla, durante los cinco años pasados en ella, que las que nos hace ver la descripción de Moro.  No sé, en efecto, qué admirar más entre tantas maravillas: si la memoria más fiel y feliz, que ha sido capaz de repetir palabra a palabra multitud de observaciones solamente de oídas, o la sagacidad con que ha sabido descubrir las fuentes, ignoradas del vulgo, de donde nacen todos los males que aquejan a la comunidad política, o de donde podrían surgir todos los bienes. 0 la fuerza expresiva del lenguaje que, en un latín tan puro y con expresiones tan fuertes, da cohesión a tantas cosas. Y ello teniendo en cuenta que Moro es un hombre disperso en todos los sentidos, tanto por los asuntos públicos como por los cuidados domésticos.

Pero, sapientísimo Busleiden, ¿pueden extrañar todos estos que por una amistad continuada y casi familiar, conoces profundamente las dotes sobrehumanas y casi divinas de este hombre?  Nada, en efecto, puedo añadir a lo escrito por él. Solamente he añadido un cuarteto en la lengua vernáculo de los utopianos.  Este poema me lo mostró Hitlodeo, después de partir Moro.  Le he antepuesto el alfabeto de este pueblo.  Por lo demás, he añadido, también, unas pequeñas anotaciones en los márgenes.

En cuanto a la situación de la isla, que tanto preocupa a Moro, no se le olvidó a Rafael.  Hay que reconocer, sin embargo, que sólo lo hizo de pasada e incidentalmente, como si reservara este tema para otro lugar.  Un desgraciado accidente, pudo privarnos a ambos de este detalle. En efecto, cuando Rafael se disponía a hablar de él, se le acercó uno de sus criados para decirle no sé qué al oído. Y, en cuanto a mí, que era todo oídos para escuchar, alguno de los asistentes, que sin duda se había resfriado en un viaje por mar, tosió tan fuerte que me impidió percibir algunas palabras del que hablaba. No he de parar, sin embargo, hasta conseguir una información completa sobre este punto.  Ello me permitirá transmitimos con la mayor precisión, no sólo la situación de su isla, sino su altura con relación al polo. ¡Contando naturalmente, que nuestro Hitlodeo esté sano y salvo!

Varios son, en efecto, los rumores que circulan al respecto. Unos afirman que desapareció en ruta. Otros que volvió felizmente a su patria.  Otros, finalmente, sospechan que volvió otra vez a la isla, en parte porque no soportaba el estilo de vida de los suyos. Y en parte porque le atormentaba el deseo de volver a ver Utopía.

En cuanto a la objeción de que esta isla no se encuentra en ningún cosmógrafo, ya el mismo Hitlodeo dio buena cuenta de ella. Es muy posible que, según él, haya cambiado el nombre desde entonces. 0 bien, que esta isla haya escapado a su atención, de la misma manera que hoy día aparecen nuevas tierras, no conocidas de los antiguos geógrafos. Pero, ¿a qué conduce cargar con tantas razones de credibilidad de la narración, teniendo como tenernos a Moro por autor?

Por lo demás, alabo y reconozco la modestia del autor ante sus dudas por la publicación del libro.  No me parece digno que esta obra deba estar más tiempo sin imprimir.

Merece que salga y pase a manos de todos los hombres. Mayormente si es tu mecenazgo el que la recomienda, sea porque las dotes de Moro son particularmente evidentes a tus ojos, o porque nadie es más apto que tú para aportar un juicio severo a los asuntos públicos. Sabido es que desde muchos años estás entregado a ellos, y que tu prudencia e integridad te han acarreado los mejores elogios.

Mis mejores deseos para el mecenas de los estudios y la gloria de este tiempo.

 

Amberes, 1 de noviembre, 1516

 

TOMAS MORO

saluda a Pedro Gilles:

 

Mi querido Pedro Gilles:

Mucho que me avergüenza enviarte, con el retraso de casi un año, este librito sobre la república utopiana.  Sin duda lo esperabas en el plazo de seis semanas. Sabías, en efecto, que no me quedaba nada por inventar ni ordenar en esta obra.  Sólo me faltaba redactar lo que tú y yo juntos habíamos oído de labios de Rafael.

No había tampoco razón alguna para pulir el estilo. Primero, porque era imposible reproducir la palabra de un hombre que repentizaba e improvisaba.  Y después, lo sabéis muy bien, porque su léxico era más bien el de un hombre menos versado en latín que en griego.  Mi única preocupación era y sigue siendo que cuanto más me acercase en el decir a su descuidada naturalidad, más cercano estaría a la verdad.

Confesaré, pues, mi querido Pedro, que después de todos estos preparativos ya no me quedaba casi nada por hacer.  No ignoras que la invención del tema y su disposición son suficientes para ocupar el tiempo y la dedicación de cualquier espíritu brillante e ilustrado. Si además hubiera de añadir la elegancia al rigor del lenguaje, te confieso que jamás habría rematado mi intento, por mucho tiempo y dedicación que te hubiere consagrado.

Libre ya de estas tensiones que tanto hacen sudar, era mínimo lo que me quedaba. No tenía, pues, dificultad alguna para escribir con sencillez lo oído. Y sin embargo, todas las demás cosas parecen conjurarse para no dejarme un momento, ni siquiera un momento cuando trato de acabar este asuntillo. No hay día que no tenga que defender pleitos o asistir -a ellos.

Unas veces hago de árbitro, otras las resuelvo como juez. Visito a unos y a otros tanto por compromisos como en función de mi cargo.  Paso casi toda la jornada fuera de casa.  Y el resto lo dedico a los míos, sin que para mí, es decir, para mis aficiones literarias, me quede nada.

Una vez vuelto a casa hay que hablar con la mujer, hacer gracias a los hijos, cambiar impresiones con los criados.  Todo ello forma parte de mi vida, cuando hay que hacerlo, y hay que hacerlo a no ser que quieras ser extraño en tu propia casa. Hay que entregarse a aquellos que la naturaleza, el destino o uno mismo ha elegido como compañeros.  Y te has de comportar con la mayor amabilidad, atento siempre a no corromperlos por una excesiva familiaridad.  Y, si de criados se trata, evitar que una demasiada indulgencia, los convierta en señores.

Así discurren los días, los meses, los años. ¿Cuándo, pues, escribir? Y hazte cuenta que no he mencionado el sueño, ni siquiera la comida, que para muchos consume tanto tiempo como el sueño. ¡Y éste roba casi la mitad de la vida!

En cuanto a mí, sólo dispongo del tiempo que hurto al sueño y a la comida. Y esto, que aunque poco, es algo, ha hecho que terminara al fin Utopía. Ahí te la envío, mi querido Pedro, para que la leas y me digas si algo se me ha pasado por alto, Pues aunque sobre este punto no desconfío totalmente de mí -ojalá tuviera algún talento y saber, pues memoria no me falta- no llego, sin embargo, a creer que no se me haya podido escapar algo.

Mi paje Juan Clemente me ha dejado muy perplejo. (Sabes, en efecto, que él también asistió a la conversación.  No consiento que esté ausente de una conversación de la que puede sacar algún provecho.  Pues de este tallo de trigo todavía verde en las letras griegas y latinas, me prometo algún día una cosecha extremadamente hermosa.) Creo recordar que Hitlodeo nos dijo que el puente de Amaurota, que atraviesa el río Anhidro, tenía quinientos pasos de largo.  Mi paje Juan pretende que hay que quitar doscientos, pues la anchura del ríoen este lugar no pasa de los trescientos.  Recuerda este detalle, por favor.  Pues si tú estás de acuerdo con él, yo me plegaré a vosotros y reconoceré haberme equivocado.  Pero si no te acuerdas ya de nada, me atendré a mi primera redacción, que me parece más conforme a lo que yo recuerdo.  Trataré con todas mis fuerzas de evitar que el libro diga algo falso.  Por tanto, caso de dudar en algún punto, prefiero decir una mentira a mentir, pues prefiero ser honrado u honesto a prudente. De todos modos, no será difícil poner remedio, si se lo preguntas a Rafael, bien de viva voz -si todavía está por ahí-, bien por carta. -Y harás bien en hacerlo, a causa de cualquier otro detalle, y que ignoro si su falta se debe a mí, a ti o a Rafael.  No se nos ocurrió preguntar, ni Rafael pensó en decírnoslo, en qué parte del Nuevo Mundo está situada Utopía.  Daría mi modesta fortuna para que no se produjera tal omisión.

Y me avergüenza no saber en qué mar se encuentra una isla sobre la que doy tantos detalles.  Pues varias personas de estos pagos -y sobre todo un hombre piadosísimo, teólogo de profesión- arden en deseos de dirigirse a Utopía. Les arrastra no una vana curiosidad de ver cosas nuevas, sino el deseo de despertar nuestra religión que tan buenos comienzos tuvo allí.  Para proceder canónicamente, este nuestro teólogo pidió del Pontífice ser enviado y nombrado obispo de los Utopianos. No se paró en barras ante el escrúpulo de solicitar para sí mismo este episcopado.  Considera como una santa ambición un proyecto nacido no del deseo de honores o de riquezas, sino de una profunda piedad.

Por todo esto, te ruego, mi querido Pedro, insistas ante Hitlodeo, sea de viva voz, si lo puedes hacer fácilmente, sea por escrito, si está ausente, para que por todos los medios, mi obra no contenga error alguno, ni le falte nada de verdad. Me pregunto incluso si no seríaútil presentarle el libro.  Nadie más indicado que él para realizar las correcciones pertinentes. Y sólo podrá hacerlo leyendo lo que he escrito. Por ello, podrás saber además si le agrada mi idea, o si no ve con buenos ojos el que yo haya escrito esta obra. Quiero decir que si se ha decidido a escribir la historia de sus aventuras, quizás no quiera -y yo tampoco lo querría- que yo divulgue los secretos de la república de los utopianos o que estropee su historia privándose de la gloria que reporta la novedad.

Aunque, a decir verdad, ni yo mismo estoy muy seguro de quererla publicar.  Pues los paladares de los mortales son tan distintos, sus molieras tan torpes, los espíritus tan desagradecidos y los juicios tan absurdos, que no me parece descaminado imitar a aquellos que mantienen su buen humor y su sonrisa abandonándose a su inclinación natural.  Seria mejor que imitar a los que se molestan por publicar algo que pueda ser útil o agradable a seres ingratos y que no se contentan con nada.

La mayoría no conoce la literatura, y muchos la desprecian. El bárbaro rechaza como difícil lo que no es totalmente bárbaro.

Los sabihondos desprecian como vulgar lo que no está sembrado de arcaísmos. A algunos sólo les gustan las obras clásicas, y, a la mayor parte, las suyas propias.  Este es tan sombrío que no admite bromas; aquél tan insulso que carece del sentido del humor.  Los hay tan tomos que huyen -cual perro rabioso del agua- de todo lo que sabe a humor.  Otros son tan inestables que su juicio cambia de estar sentados a estar de pie.

Estos se sientan en las tabernas, y entre vaso y vaso emiten sus juicios sobre el talento de los escritores.  Desde lo alto de su autoridad y a su antojo los condenan y dan tirones a sus escritos, como si les tiraran del cabello.  Mientras tanto, ellos están bien resguardados y, como dice el proverbio, «fuera de, tiro». Pues estos hombres tienen la piel tan fina y tan afeitada que no les queda ni un pelo por donde se les pueda coger.

Hay, finalmente, seres tan desagradecidos que aunque la obra les deleite mucho, su autor les deja indiferentes.  Se parecen a esos invitados mal educados, que, después de haber comido opíparamente, se van de casa hartos sin dar las gracias a su anfitrión. ¡Y ahora disponte a preparar un banquete a tus expensas para gente con un paladar tan delicado, de sustos tan variados, y de corazón tan sensible a la gratitud y al recuerdo de las atenciones!

De todos modos, mi querido Pedro, trata con Hitlodeo lo que te acabo de decir. Tendremos tiempo después para revisar este proyecto. Aunque se hará, si este es su deseo, y, aunque tarde lo veo ahora, tenga que morir por el trabajo de redactarlo.  Por lo que respecta a editarlo, seguiré el consejo de los amigos, y sobre todo el tuyo.

Adiós, queridísimo Pedro Gilles.  Mis mejores deseos para ti y tu excelente esposa. Quiéreme como me quieres, pues mi cariño por ti es mayor cada día.

 

 

SANTO TOMÁS MORO [1]

(1478-1535)

DAME SEÑOR

 

 

 

 

Dame, Señor, un poco de sol,

algo de trabajo y un poco de alegría.

Dame el pan de cada día, un poco de mantequilla, una buena digestión y algo para digerir.

Dame una manera de ser que ignore el aburrimiento, los lamentos y los suspiros.

No permitas que me preocupe demasiado

por esta cosa embarazosa que soy yo.

Dame, Señor, la dosis de humor suficiente como para encontrar la felicidad en esta vida y ser provechoso para los demás.

Que siempre haya en mis labios una canción, una poesía o una historia para distraerme.

Enséñame a comprender los sufrimientos

y a no ver en ellos una maldición.

Concédeme tener buen sentido,

pues tengo mucha necesidad de él.

Señor, concédeme la gracia,

en este momento supremo de miedo y angustia, de recurrir al gran miedo

y a la asombrosa angustia que tú experimentaste en el Monte de los Olivos

antes de tu pasión.

Haz que a fuerza de meditar tu agonía,

reciba el consuelo espiritual necesario

para provecho de mi alma.

Concédeme, Señor, un espíritu abandonado, sosegado, apacible, caritativo, benévolo, dulce y compasivo.

Que en todas mis acciones, palabras y pensamientos experimente el gusto de tu Espíritu santo y bendito.

Dame, Señor, una fe plena, una esperanza firme y una ardiente caridad.

Que yo no ame a nadie contra tu voluntad, sino a todas las cosas en función de tu querer.

Rodéame de tu amor y de tu favor.

 

 

 

 

 

 

La despedida

de Tomás Moro a su hija,

de Edward Matthew Ward

Carol Gerten Fine Art

 

 

 

"Ten, pues, buen ánimo, hija mia, y no te preocupes por mí, sea lo que sea que me pase en este mundo. Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor".

*****

"Aunque estoy convencido, mi querida Margarita, de que la maldad de mi vida pasada es tal que merecería que Dios me abandonase del todo, ni por un momento dejaré de confiar en su inmensa bondad. Hasta ahora, su gracia santísima me ha dado fuerzas para postergarlo todo: las riquezas, las ganancias y la misma vida, antes de prestar juramento en contra de mi conciencia".

Santo Tomás Moro

Carta escrita en la cárcel a su hija Margarita

 

 

 

 

1. Santo Tomás Moro nació en Londres en 1477. De vasta cultura clásica se graduó en leyes. Contrajo matrimonio dos veces. Su brillante carrera culminó en 1529 cuando fue nombrado Canciller por Enrique VIII. Pero su oposición al divorcio del rey le obligó a renunciar al mismo tres años más tarde. Su firme rechazo a reconocer la supremacia espiritual del rey sobre el papa le condujo finalmente a la prisión en la Torre de Londres. Finalmente el 6 de julio de 1535 fue decapitado. Su fiesta se celebra el 22 de junio. Su ejemplo de político insobornable mereció que el 31 de octubre de 2000 fuera proclamado por Juan Pablo II, patrón de los gobernantes y políticos.

 

EL GUSTO DE VIVIR

                Felices los que saben reírse de sí mismos,

                porque nunca terminarán de divertirse.

                Felices los que saben distinguir una montaña de una piedrita,

                porque evitarán muchos inconvenientes.

                Felices los que saben descansar y dormir sin buscar excusas  porque

                llegarán a ser sabios.

                Felices los que saben escuchar y callar,

                porque aprenderán cosas nuevas.

                Felices los que son suficientemente inteligentes,

                como para no tomarse en serio,

                porque serán apreciados por quienes los rodean.

                Felices los que están atentos a las necesidades de los demás,

                sin sentirse indispensables,

                porque serán distribuidores de alegría.

                Felices los que saben mirar con seriedad las pequeñas cosas

                y tranquilidad las cosas grandes,

                porque irán lejos en la vida.

                Felices los que saben apreciar una sonrisa

                y olvidar un desprecio,

                porque su camino será pleno de sol.

                Felices los que piensan antes de actuar

                y rezan antes de pensar,

                porque no se turbarán por los imprevisible.

                Felices ustedes si saben callar y ójala sonreir

                cuando se les quita la palabra,

                se los contradice o cuando les pisan los pies,

                porque el Evangelio comienza a penetrar en su corazón.

                Felices ustedes si son capaces de interpretar

                siempre con benevolencia las actitudes de los demás

                aún cuando las apariencias sean contrarias.

                Pasarán por ingenuos: es el precio de la caridad.

                Felices sobretodo, ustedes,

                si saben reconocer al Señor en todos los que encuentran

                entonces habrán hallado la paz y la verdadera sabiduría. 

 

SANTO TOMAS DE MORO

Cortesía de http://www.enciclopediacatolica.com para la

BIBLIOTECA CATÓLICA DIGITAL

 

Tomás Moro, Santo

 

Santo, caballero, Lord Canciller de Inglaterra, escritor y mártir, nacido en Londres el 7 de febrero de 1477-78; ejecutado en Tower Hill, el 6 de julio de 1535.

Tomás fue el único superviviente de sir Juan Moro, abogado y luego juez, y de Agnes (Inés), su primera esposa, hija de Tomás Graunger. Siendo aún niño, Tomás ingresó al colegio de San Antonio en Threadneedle Street, el cual era conducido por Nicolás Holt, y a los trece años de edad fue colocado en la casa del cardenal Morton, Arzobispo de Canterbury, y Lord Canciller. Aquí, su carácter alegre e inteligencia atrajeron la atención del Arzobispo, que lo envió a Oxford, ingresando aproximadamente en el año 1492 a Canterbury Hall (luego absorbida por la Iglesia de Cristo). Su padre le entregó una cantidad de dinero apenas suficiente para vivir, y, por ello, no tuvo oportunidad de perder el tiempo en "vanos o perjudiciales entretenimientos" en detrimento de sus estudios. En Oxford se hizo amigo de Guillermo Grocyn y Tomás Linacre, éste último se convirtió en su primer profesor de griego. Sin ser nunca un riguroso estudiante, dominó el griego "gracias a su instinto de genio", como lo atestigua Pace (De fructu qui ex doctrina percipitur, 1517), quién agrega que "su elocuencia era incomparable y por doble partida, pues hablaba latín con la misma facilidad con el que lo hacía en su propio idioma". Además de los clásicos, estudió francés, historia y matemática, aprendiendo también a tocar la flauta y la viola. Después de dos años de residencia en Oxford, Moro fue convocado a Londres, ingresando a New Inn como estudiante de derecho, aproximadamente en 1494. En febrero de 1496 fue admitido como estudiante en Lincoln Inn, y tal como se esperaba, fue convocado a formar parte del tribunal externo, siendo luego nombrado juez de la corte. Sus grandes dotes empezaron a llamar positivamente la atención, por lo que los directores de Lincoln Inn lo nombraron "lector" o conferencista de derecho en Furnival´s Inn, siendo sus conferencias tan bien estimadas que su nombramiento fue renovado durante tres años consecutivos.

Sin embargo, queda claro que las leyes no absorbían todas las energías de Moro, pues mucho de su tiempo lo dedicó a las letras. Escribió poesías, tanto en latín como en inglés, una considerable cantidad de estas se ha conservado y son de muy buena calidad, aunque no especialmente notables. También se consagró de una manera especial a las obras de Pico de la Mirándola, cuya biografía publicó unos años después en ingles. Cultivó también el conocimiento de estudiosos y de hombres sabios y, a través de sus antiguos tutores, Grocyn y Linacre, quienes ahora vivían en Londres, hizo amistad con Colet, deán de San Pablo, y Guillermo Lilly, siendo ambos renombrados estudiosos. Colet se convirtió en el confesor de Moro, y Lilly rivalizaba con él en la traducción de epigramas de la Antología Griega al latín, luego reunidas y publicadas en 1518 (Progymnasnata T. More et Gul. Liliisodalium). En 1497 Moro conoció a Erasmo, probablemente en la casa de lord Mountjoy, alumno del gran estudioso y benefactor suyo. Esta amistad rápidamente se convirtió en íntima, y, durante su vida, Erasmo le hizo en varias ocasiones largas visita a Moro en su casa en Chelsea, y mantuvieron correspondencia de manera regular hasta que la muerte los separó. Además de leyes y de los Clásicos, Moro leyó con mucha atención a los Padres, dando en la Iglesia de San Laurencio Jewry, una serie de conferencias sobre la obra De civitate Dei de San Agustín, a las cuales asistieron muchos estudiosos, entre ellos Grocyn, el rector de la iglesia, es mencionado de manera expresa. Para estar a la altura de dicha asamblea, estas conferencias deben de haber sido preparadas con gran cuidado, pero, para nuestra mala suerte, ni siquiera un fragmento de las mismas ha llegado hasta nosotros. Estas conferencias fueron pronunciadas en algún momento entre 1499 y 1503, época en la que la mente de Moro estaba casi totalmente ocupada con la religión y la duda acerca de su propia vocación hacia el sacerdocio.

Esta época de su vida ha dado pie a muchos malentendidos entre sus varios biógrafos. Se sabe con certeza que vivió cerca de la Cartuja de Londres, y que, a menudo, se unía a los monjes en sus ejercicios espirituales. Usó un "cilicio, el cual nunca abandonó" (Cresacre Moro), y se dedicó a una vida de oración y penitencia. Su mente osciló durante un tiempo entre el unirse a los cartujos o a los franciscanos de la estricta observancia, órdenes que observaban la vida religiosa con gran exactitud y fervor. Finalmente, aparentemente con la aprobación de Colet, abandonó la idea de hacerse sacerdote o religioso, llegando a esta decisión debido a su desconfianza acerca de su perseverancia. Erasmo, su íntimo amigo y confidente, escribe acerca de esto lo siguiente (Epp. 447):

Entretanto, se aplicó por entero a los ejercicios de piedad con vistas a y considerando el sacerdocio, por medio de vigilias, ayunos, oraciones y austeridades similares. En estas materias demostró ser más prudente que la mayoría de los candidatos, que corren imprudentemente hacia esta difícil profesión sin probar antes sus capacidades. Lo único que le impidió entregarse a este tipo de vida fue el no poder sacarse de encima el deseo de la vida matrimonial. Por consiguiente, eligió ser un casto marido en vez de un sacerdote impuro.

La última frase de este pasaje ha dado pie para que algunos escritores, especialmente a Seebohm y a lord Campbell, para explayarse acerca de la supuesta corrupción de las órdenes religiosas en aquella época, diciendo que Moro, hastiado de esta corrupción, abandonó su deseo de entrar en religión. El padre Bridgett trata este tema con considerable longitud (Life and Writtings of Sir Thomas More, pp. 23-36), pero baste con decir que esta idea ha sido ahora dejada de lado, incluso por escritores no-católicos, como lo podemos ver en W.H. Hutton:

Es absurdo afirmar que Moro estaba hastiado de la corrupción monacal, y que 'consideraba a los monjes como una desgracia para la Iglesia'. Él fue durante toda su vida amigo cercano de las órdenes religiosas, y un gran admirador del ideal monástico. Él condenaba los vicios de los individuos; dijo, como su bisnieto declara, 'en esta época los religiosos en Inglaterra se han relajado un poco en la exacta observancia y fervor de espíritu'; pero no existe señal alguna de que su decisión para no optar por la vida monacal, se debiera a una ligera desconfianza a esta forma de vida, o a una aversión hacia la teología de la Iglesia.

Moro, luego de haber decidido no entrar en la vida religiosa, se dedicó a su trabajo en la corte, consiguiendo un éxito inmediato. En 1501 fue eligió como miembro del Parlamento, pero no conocemos su distrito electoral. En el abogó y se opuso a los crecidos e injustos impuestos que exigía el rey Enrique VII a sus súbditos por medio de sus agentes Empson y Dudley, siendo este último, Portavoz de la Cámara de los Comunes. A este Parlamento Enrique le exigió un impuesto de tres-quinceavos, aproximadamente 113,000 libras, pero, gracias a las protestas de Moro, los Comunes redujeron la suma a 30,000. Algunos años más tarde, Dudley dijo a Moro que su intrepidez le pudo haber costado la cabeza, pero, se salvó gracias a no haber agredido a la persona del rey. Pero, incluso así, Enrique se enfadó tanto con él que "tramó una pequeña causa en contra de su padre, encerrándolo en la Torre, hasta que pagó cien libras de fianza" (Roper). Entretanto, Moro había hecho amistad con un tal "Maister Juan Colte, un caballero" de Newhall, Essex, cuyo hija mayor, Juana, se casó con él en 1505. Roper escribe estas líneas acerca de su opción: "si bien su mente se dirigía hacia la segunda hija, pues la consideraba más agraciada y hermosa, consideró que eso causaría un gran pesar y algo de vergüenza a la mayor, al ver que su hermana menor era preferida como esposa antes que ella, por lo que, con gran pesar, empezó a dirigir su mente hacia ella", es decir, hacia la mayor de las tres hermanas. Este matrimonio resultó ser sumamente feliz; tuvieron tres hijas, Margarita, Isabel, y Cecilia, y un hijo, Juan; pero, en 1511, Juana Moro murió, siendo casi una niña. En el epitafio que el mismo Moro compuso veinte años después, la llama "uxorcula Mori", y en una carta de Erasmo, podemos encontrar casi todos los dones que conocemos de su mansa y agraciada personalidad.

Acerca de Moro, Erasmo nos ha dejado un maravilloso retrato en su famosa carta a Ulrich von Hutten, fechada el 23 de julio de 1519 (Epp. 447). La descripción es demasiado larga para darle en su totalidad, pero algunos extractos deben ser colocados aquí.

Voy ha comenzar por lo que menos conoces, no es alto de estatura, aunque tampoco chato. Sus extremidades están formadas con tan perfecta simetría, que no deja lugar a desear otra cosa. Su cutis es blanco, su cara es un poco pálida, pero nada rubicunda, un rubor débil de color rosa aparece bajo la blancura de su piel. Su pelo es color castaño oscuro o negro parduzco. Sus ojos son de un azul grisáceo, con algunas manchas, las cuales presagian un talento singular, y que entre los ingleses es considerado atractivo, aunque el alemán generalmente prefiere el negro. Se dice que nadie está tan libre de los vicios como él. Su semblante está en armonía con su carácter, siempre expresa una amable alegría, e incluso una risa incipiente y, para hablar con franqueza, está mejor condicionado para la alegría que para la gravedad o dignidad, aunque sin caer en la tontería o en bufonadas. Su hombro derecho es un poco más alto que el izquierdo, sobre todo cuando camina. Este no es un defecto de nacimiento, sino el resultado de un hábito, como los que solemos a menudo contraer. El resto de su persona no tiene nada que ofenda… Parece haber nacido e ideado para la amistad, y es un amigo muy fiel y paciente… Cuando encuentra alguien sincero y según su corazón, se complace tanto en su compañía y conversación que pone en él todo el encanto de la vida… En una palabra, si quieres un perfecto modelo de amistad, no lo encontrarás en nadie mejor que en Moro… En asuntos humanos no hay nada de lo que él no saque algo divertido, incluso de cosas que son serias. Si conversa con los sabios y juiciosos, se deleita en su talento, si con el ignorante y tonto, se deleita de su estupidez. Ni siquiera se ofende con los bromistas profesionales. Con una destreza maravillosa se acomoda a cada situación. Incluso con su propia esposa, como regla hablando con mujeres, habla con muchos chistes y bromas. Nadie es menos llevado por las opiniones de la muchedumbre, sin embargo, se aleja menos que nadie del sentido común… (véase Life, escrita por el padre Bridgett, pág., 56-60, para leer toda la carta).

Moro se casó nuevamente poco después la muerte de su primera esposa, optando esta vez por Alicia Middleton, una viuda. Ella era mayor que él por siete años, un alma buena, algo simple, sin belleza y educación; pero una buena ama de casa y se consagró al cuidado de los niños. En general, este matrimonio parece haber sido bastante satisfactorio, aunque la señora Moro normalmente no entendía los chistes de su marido.

La fama de Moro como abogado era, en esta época, muy grande. En 1510 fue nombrado alguacil menor de Londres, y cuatro años después, el cardenal Wolsey lo escogió para realizar una embajada a Flandes, para velar por los intereses de los comerciantes ingleses. Por este motivo, en 1515, estuvo fuera de Inglaterra durante más de seis meses. Durante este periodo realizó el primer boceto de su Utopía, obra famosa que fue publicada al año siguiente. Tanto el rey como Wolsey estaban deseosos por afianzar los servicios de Moro en la Corte. En 1516 se le concedió una pensión vitalicia de 100 libras, al año siguiente fue miembro de la embajada a Calais, y, más o menos por esa fecha, se convirtió en miembro del Consejo secreto. En 1519 renunció a su cargo de alguacil menor y se dedicó por completo a la Corte. En junio de 1520 ya pertenecía al séquito de Enrique en el "Campo de la Tela de Oro", en 1521 fue investido como caballero y el rey lo nombró tesorero subalterno. Cuando, al año siguiente, el emperador Carlos V visitó Londres, Moro fue elegido para darle unas palabras de bienvenida en latín; recibió tierras en Oxford y tres años después en Kent, siendo esto una prueba del gran favor que Enrique le tenía. En 1523 por recomendación de Wolsey, fue elegido Portavoz de la Cámara de los Comunes; en 1525 fue nombrado Administrador Mayor de la Universidad de Cambridge; y ese mismo año fue nombrado Canciller del Ducado de Lancaster, además de los cargos que ya tenía y ejercía. En 1523 Moro compró un trozo de tierra en Chelsea, en donde se construyó una mansión, aproximadamente a unos noventa metros del banco norte del Támesis, con un gran jardín que iba a lo largo del río. En ocasiones el rey se aparecía a cenar en esta casa sin ser esperado, o caminaba por el jardín rodeando con su brazo el cuello de Moro, disfrutando de su conversación. Pero Moro no se hacía ilusiones acerca del favor real del cual disfrutaba. "Si con mi cabeza consigue un castillo en Francia" —le dijo en 1525 a Roper, su yerno— "lo haría". En esta época la controversia luterana se había extendido a lo largo de Europa y, con algo de desgano, Moro se vio arrastrado en él. Sus escritos en defensa de la fe son mencionados en la lista de sus trabajos que damos a continuación, por lo que baste con decir que, si bien escribe con bastante más refinamiento que la mayoría de los escritores apologéticos de la época, en ellos hay cierto sabor desagradable para los lectores modernos. Al principio escribió en latín, pero cuando los libros de Tindal y otros reformadores ingleses empezaron a ser leídos por gente de todas las clases, adoptó el inglés como más útil a sus propósitos, haciéndolo así, dio no poca ayuda al desarrollo de la prosa inglesa.

En octubre de 1529, Moro sucedió a Wolsey como Canciller de Inglaterra, un cargo que nunca antes había sido ejercido por un seglar. En materias políticas no continuó con la línea de Wolsey, y su tenencia de la cancillería fue memorable por su justicia sin igual. Su diligencia era tal, que el suministro de causas quedaba realmente exhausto, hecho conmemorado en la famosa rima,

When More some time had Chancellor been

No more suits did remain.

The like will never more be seen,

Till More be there again.

(Cuando Moro por un tiempo fue Canciller

No quedaron juicios pendientes.

Algo así jamás será visto otra vez,

hasta que Moro esté nuevamente ahí).

Como canciller, su deber era velar por el cumplimiento de las leyes en contra de los herejes y por ello, se granjeó los ataques de escritores protestantes, tanto de su época como de tiempos posteriores. No hay necesidad de tratar este punto aquí, pero la actitud de Moro es clara. Él estuvo de acuerdo con los principios de las leyes en contra de los herejes, y no tenía dudas en hacer que se cumplieran. Como él mismo escribió en su "Apología" (cap. 49), eran los vicios de los herejes lo que él odiaba, y no a ellos como persona; y nunca llegó a extremos, antes de haber hecho todos los esfuerzos para lograr que fueran llevados ante él, para que se retractasen. Su éxito en esta empresa queda demostrado por el hecho de que sólo cuatro personas fueron multadas por herejía durante todo el tiempo en el que ejerció su cargo. La primera aparición pública de Moro como canciller fue en la apertura del nuevo Parlamento, en noviembre de 1529. Los relatos del discurso que pronunció en esta ocasión varían considerablemente, pero lo que sí queda bastante claro, es que él no tenía conocimiento alguno acerca de la serie de continuas intromisiones que este Parlamento haría en la Iglesia. Unos meses después, se dio la proclama real decretando que el clero debía reconocer a Enrique como "Cabeza Suprema" de la Iglesia "hasta donde la ley de Dios lo permitiera". Según el testimonio de Chapuy, Moro renunció a la cancillería en ese mismo instante, pero esta no fue aceptada. Su firme oposición a los planes de Enrique con respecto al divorcio, a la supremacía pontificia, y a las leyes en contra de los herejes, le hicieron perder con rapidez el favor real, y, en mayo de 1532, renunció a su cargo de Lord Canciller, después de ejercerlo durante menos de tres años. Esto significaba la pérdida de todos sus ingresos, salvo las 100 libras por año, las rentas por alguna propiedad que había comprado; pero él, con alegre indiferencia, redujo su estilo de vida para que esté de acuerdo a sus ingresos. El epitafio que escribió durante esta época para la tumba en la iglesia de Chelsea, dice que él pensaba consagrar los últimos años de su vida a prepararse para la otra vida.

Durante los siguientes dieciocho meses, Moro vivió aislado, dedicando bastante tiempo a los escritos apologéticos. Ansioso por evitar una ruptura pública con Enrique, guardó su distancia en la coronación de Ana Bolena, y cuando en 1533, Guillermo Rastell, su sobrino, escribió un folleto apoyando al Papa, el cual le fue atribuido a Moro, éste escribió a una carta a Cromwell, en la que negaba su participación y declaraba que conocía bastante bien sus obligaciones para con su rey, como para criticar sus políticas. Esta neutralidad, sin embargo, no satisfizo a Enrique, y el nombre de Moro fue incluido en el Decreto de Condenación enviado a los lords, contra la Doncella de Kent y sus amigos. Moro fue llevado ante cuatro miembros del Consejo, y se le preguntó el por qué de su negativa para aprobar la acción en contra del Papa de Enrique. Él contestó que ya había explicado esto al rey personalmente, y sin incurrir en su disgusto. Luego de un tiempo, en vistas a la gran popularidad de Moro, Enrique consideró que era conveniente borrar su nombre del Decreto de Condenación. Este hecho le mostró lo que podía suceder, pero, el Duque de Norfolk le advirtió personalmente del grave peligro en el que se encontraba, agregando: "indignatio principis mors est". "Si eso es todo, mi lord" —contestó Moro— "entonces, de buena fe, entre su gracia y yo, hay sólo una diferencia, que yo moriré hoy, y usted mañana". En marzo de 1534, el Acta de Sucesión fue aprobado, la cual obligaba a todos a hacer un juramento reconociendo a la prole de Enrique y Ana como herederos legítimos al trono, y además, incluía una cláusula en la que se repudiaba "cualquier autoridad extranjera, sea príncipe o potestad". El 14 de abril, Moro fue convocado por Lambeth, para que realizara su juramento y, al negarse, fue dado en custodia al Abad de Westminster. Cuatro días después, fue llevado a la Torre, y en noviembre fue condenado a prisión, acusado de traición. Las tierras que la corona le había entregado en 1523 y 1525 pasaron nuevamente a ser propiedad de la misma. En prisión padeció bastante por "su ya antigua enfermedad del pecho… por la grava, las piedras, y por las restricciones", pero su alegría habitual permanecía, y bromeaba con su familia y amigos siempre que le permitían verlos, mostrándose tan alegre como cuando estaba en Chelsea. Cuando estaba solo, pasaba el tiempo rezando y haciendo penitencia; escribió el "Diálogo sobre la consolación en la tribulación", tratado (inconcluso) sobre la Pasión de Cristo, y muchas cartas a su familia y a otros. En abril y mayo de 1535, Cromwell lo visitó para pedirle su opinión sobre los nuevos estatutos que le conferían a Enrique el título de Cabeza Suprema de la Iglesia. Moro se negó a dar cualquier respuesta más allá de declararse un súbdito fiel del rey. En junio, Rich, el procurador general, tuvo una conversación con Moro, y cuando presentó su informe de la misma, declaró que Moro había negado el poder del Parlamento para conferir la supremacía eclesiástica a Enrique. Fue en esta época en que se descubrió que Moro y Fisher, el Obispo de Rochester, habían intercambiado cartas mientras éste estaba en prisión, dando como resultado el que se le privara de todos los libros y materiales de escritura, pero él escribió a su esposa y a Margarita, su hija preferida, en trozos de papel desechados, con un palo carbonizado o pedazo de carbón.

El 1 de julio, Moro fue acusado de alta traición en Westminster Hall, ante una comisión especial conformada por veinte personas. Moro negó los cargos de la acusación, los cuales eran enormemente extensos, y denunció a Rich, el procurador general y principal testigo, de perjuro. El jurado lo declaró culpable y lo sentenció a ser colgado en Tyburn, pero, después de algunos días, Enrique cambió la sentencia, decretando que muera decapitado en Tower Hill. El relato de sus últimos días en la tierra, tal como lo narran Roper y Cresacre Moro, son de una gran belleza y ternura, y debe de ser leído en su totalidad; ciertamente, ningún mártir lo superó en fortaleza. Tal como Addison escribió en The Spectator (No. 349) "su inocente alegría, la cual siempre ha sobresalido durante su vida, no lo desamparó ni el último minuto… su muerte fue tal cual fue su vida. No hubo nada nuevo, forzado ni afectado. Él no veía su decapitación como una circunstancia que debía producirle algún cambio en su disposición fundamental". La ejecución tuvo lugar en Tower Hill "antes de las nueve en punto" del día 6 de julio, su cuerpo fue enterrado la iglesia de San Pedro ad vincula. Su cabeza, luego de ser sancochada, fue expuesta en el Puente de Londres durante un mes, hasta que Margarita Roper sobornó al encargado de tirarlo al río, para que se la entregara a ella. El último destino de esta reliquia es incierto, pero, en 1824, una caja de plomo fue hallada en la cripta de los Roper, en San Dunstan, Canterbury, la cual, al ser abierta, contenía una cabeza, la cual, se presume, pertenece a Moro. Los padres jesuitas en Stonyhurst, poseen una importante colección de pequeñas reliquias, la mayoría de ellas pertenecían al padre Tomás Moro S.J. (m. 1795), último heredero masculino del mártir. Éstos incluyen su sombrero, su birrete, su crucifijo de oro, un sello de plata, "George", y otros artículos. Su camisa de penitencia, la cual usó durante muchos años y envió a Margarita Roper el día antes de su martirio, es conservada por los canónigos agustinos de la Abadía de Leigh, en Devonshire, a quienes les fue confiada por Margarita Clements, la hija adoptiva de Tomás Moro. Varias cartas autógrafas se encuentran en el Museo británico. También existen varios retratos, siendo el mejor, el que realizó Holbein, el cual se encuentra entre las posesiones de E. Huth, Esq. Holbein también pintó a una gran cantidad de los miembros de su familia, pero este cuadro ha desaparecido, aunque el boceto original está en el Museo de Basilea, y una copia del siglo decimosexto se encuentra en propiedad de Lord St. Oswald. Tomás Moro fue beatificado por el Papa León XIII, en un Decreto emitido el 29 de diciembre de 1886. [Nota: En 1935, fue canonizado por el Papa Pío XI].

SUS ESCRITOS

Moro fue un agudo escritor y no poco de sus trabajos permanecieron manuscritos hasta unos años después de su muerte, mientras que otros se han perdido. De todos sus escritos, el más famoso es, sin duda alguna, Utopía, publicada por primera vez en Lovaina, en 1516. Esta obra narra los viajes ficticios de un tal Raphael Hythlodaye, un personaje mítico que, en el curso de un viaje a América, fue dejado en Cabo de Frío, y estuvo vagando hasta que, por casualidad, llegó a la Isla llamada Utopía ("ningún lugar") en la que encontró una sociedad ideal. Esta obra es un ejercicio de su imaginación, mezclado con una brillante sátira sobre el mundo en el que vivía. Algunos personajes reales, tales como Pedro Giles, el cardenal Morton, y el mismo Moro, toman parte en algunos diálogos con Hythlodaye, dándole así un aire realista, el cual, deja al lector confundido para determinar dónde acaba lo real y comienza lo ficticio, algo que ha llevado a no pocos a no tomar este libro en serio. Pero, esto es precisamente lo que Moro había planeado, y no queda duda de que él habría estado encantado al haber entrampado a Guillermo Morris, quien descubrió en esta obra todo un evangelio de socialismo; o al cardenal Zigliara, quien lo denunció como "no menos tonto que impío"; tal como debió de haber sucedido con sus contemporáneos, que se propusieron contratar una nave y mandar a misioneros a esta inexistente isla. El libro fue varias veces editado en su versión latina original y, al cabo de unos años, fue traducida al alemán, italiano, francés, holandés, español, e inglés.

Una edición reunida de sus trabajos en ingles fue publicada por Guillermo Rastell, su sobrino, en Londres, en 1557; nunca se ha reimpreso y ahora es un ejemplar poco común y costoso. La primera edición de la colección de sus trabajos en latín apareció en Basilea, en 1563; una colección más completa fue publicada en Lovaina en 1565, y nuevamente en 1566. En 1689 la edición más completa fue publicada en Frankfurt del Main, y en Leipzig. Después de Utopía estos son sus obras más importantes:

 

 

 

"Luciani Dialogi… compluria opuscula… ab Erasmo Roterodamo et Thoma Moro interpretibus optimis en el Latinorum lingua traducta…" (París, 1506);

 

 

 

 

"Here is conteigned the lyfe of John Picus, Earle of Mirandula…" (Londres, 1510);

 

 

 

"Historie of the pitiful life and unfortunate death of Edward the fifth and the then Duke of York his brother…", impreso de manera incompleta en "English Works" (1557) y reeditado y terminado con las Hall’s Chronicle, realizado por Wm. Sheares (Londres, 1641);

 

 

 

"Thomae Mori v.c. Dissertatio Epistolica de aliquot sui temporis theologastrorum ineptiis…" (Leyden, 1625);

 

 

 

Epigrammata...Thomae Mori Britanni, pleraque e Graecis versa. (Basilea, 1518); Eruditissimi viri Gul. Rossi Opus elegans quo pulcherrime retegit ac refellit insanas Lutheri calumnias (Londres, 1523), escrito por pedido de Enrique VIII, en respuesta a la respuesta de Lutero a la real obra "Defensio Septem Sacramentorum";

 

 

 

"A dyaloge of Syr Thomas More Knyght . . .of divers maters, as of the veneration and worshyp of ymages and relyques, praying to sayntys and goyng on pylgrymage…" (Londres,1529);

 

 

 

"The Supplycacyon of Soulys" (Londres, 1529[?]), escrito como respuesta a la obra de Fish "Supplication of the Beggars";

 

 

 

"Syr Thomas More's answer to the fyrste parte of the poysoned booke… named "The Souper of the Lorde"" (Londres, 1532);

 

 

 

"The Second parte of the Confutacion of Tyndal's Answere… " (Londres, 1533); estas dos obras juntas, conforman la más extensa de las obras escritas por Moro; además de Tindal, trata también en esta segunda parte sobre Robert Barnes;

 

 

 

"A Letter impugnynge the erronyouse wrytyng of John Fryth against the Blessed Sacrament of the Aultare" (Londres, 1533);

 

 

 

"The Apologye of Syr Thomas More, Hnyght, made by him anno 1533, after he had given over the office of Lord Chancellour of Englande" (Londres, 1533);

 

 

 

"The Debellacyon of Salem and Bizance" (Londres, 1533), una respuesta a la obra anónima titulada "Salem and Bizance", y revindicando el severo castigo de los herejes;

 

 

 

"A Dialogue of Comfort against Tribulation … " (Londres, 1553).

Entre las otras obras que se encuentran en el volumen reunido en los "Trabajos ingleses" tenemos estos que no han sido publicados previamente:

 

 

 

An unfinished treatise "uppon those words of Holy Scripture, 'Memorare novissima et in eternum non peccabis'", fechado en 1522;

 

 

 

"Treatise to receive the blessed Body of our Lorde, sacramentally and virtually both";

 

 

 

"Treatise upon the Passion" inconcluso;

 

 

 

"Certein devout and vertuouse Instruccions, Meditacions and Prayers";

 

 

 

 

Algunas cartas escritas desde la Torre, incluyendo sus emocionantes cartas a su hija Margarita.

G. ROGER HUDLESTON

Transcrito por Marie Jutras

Traducido por Bartolomé Santos

 

CARTA APOSTÓLICA

EN FORMA DE MOTU PROPRIO

PARA LA PROCLAMACIÓN DE SANTO TOMÁS MORO

COMO PATRONO DE LOS GOBERNANTES Y DE LOS POLÍTICOS

JUAN PABLO II

SUMO PONTÍFICE

PARA PERPETUA MEMORIA

 

1. De la vida y del martirio de santo Tomás Moro brota un mensaje que a través de los siglos habla a los hombres de todos los tiempos de la inalienable dignidad de la conciencia, la cual, como recuerda el Concilio Vaticano II, "es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella" (Gaudium et spes, 16). Cuando el hombre y la mujer escuchan la llamada de la verdad, entonces la conciencia orienta con seguridad sus actos hacia el bien. Precisamente por el testimonio, ofrecido hasta el derramamiento de su sangre, de la primacía de la verdad sobre el poder, santo Tomás Moro es venerado como ejemplo imperecedero de coherencia moral. Y también fuera de la Iglesia, especialmente entre los que están llamados a dirigir los destinos de los pueblos, su figura es reconocida como fuente de inspiración para una política que tenga como fin supremo el servicio a la persona humana.

Recientemente, algunos Jefes de Estado y de Gobierno, numerosos exponentes políticos, algunas Conferencias Episcopales y Obispos de forma individual, me han dirigido peticiones en favor de la proclamación de santo Tomás Moro como Patrono de los Gobernantes y de los Políticos. Entre los firmantes de esta petición hay personalidades de diversa orientación política, cultural y religiosa, como expresión de vivo y difundido interés hacia el pensamiento y la conducta de este insigne hombre de gobierno.

2. Tomás Moro vivió una extraordinaria carrera política en su País. Nacido en Londres en 1478 en el seno de una respetable familia, entró desde joven al servicio del Arzobispo de Canterbury Juan Morton, Canciller del Reino. Prosiguió después los estudios de leyes en Oxford y Londres, interesándose también por amplios sectores de la cultura, de la teología y de la literatura clásica. Aprendió bien el griego y mantuvo relaciones de intercambio y amistad con importantes protagonistas de la cultura renacentista, entre ellos Erasmo Desiderio de Rotterdam.

Su sensibilidad religiosa lo llevó a buscar la virtud a través de una asidua práctica ascética: cultivó la amistad con los frailes menores observantes del convento de Greenwich y durante un tiempo se alojó en la cartuja de Londres, dos de los principales centros de fervor religioso del Reino. Sintiéndose llamado al matrimonio, a la vida familiar y al compromiso laical, se casó en 1505 con Juana Colt, de la cual tuvo cuatro hijos. Juana murió en 1511 y Tomás se casó en segundas nupcias con Alicia Middleton, viuda con una hija. Fue durante toda su vida un marido y un padre cariñoso y fiel, profundamente comprometido en la educación religiosa, moral e intelectual de sus hijos. Su casa acogía yernos, nueras y nietos y estaba abierta a muchos jóvenes amigos en busca de la verdad o de la propia vocación. La vida de familia permitía, además, largo tiempo para la oración común y la lectio divina, así como para sanas formas de recreo hogareño. Tomás asistía diariamente a Misa en la iglesia parroquial, y las austeras penitencias que se imponía eran conocidas solamente por sus parientes más íntimos.

3. En 1504, bajo el rey Enrique VII, fue elegido por primera vez para el Parlamento. Enrique VIII le renovó el mandato en 1510 y lo nombró también representante de la Corona en la capital, abriéndole así una brillante carrera en la administración pública. En la década sucesiva, el rey lo envió en varias ocasiones para misiones diplomáticas y comerciales en Flandes y en el territorio de la actual Francia. Nombrado miembro del Consejo de la Corona, juez presidente de un tribunal importante, vicetesorero y caballero, en 1523 llegó a ser portavoz, es decir, presidente de la Cámara de los Comunes.

Estimado por todos por su indefectible integridad moral, la agudeza de su ingenio, su carácter alegre y simpático y su erudición extraordinaria, en 1529, en un momento de crisis política y económica del País, el Rey le nombró Canciller del Reino. Como primer laico en ocupar este cargo, Tomás afrontó un período extremadamente difícil, esforzándose en servir al Rey y al País. Fiel a sus principios se empeñó en promover la justicia e impedir el influjo nocivo de quien buscaba los propios intereses en detrimento de los débiles. En 1532, no queriendo dar su apoyo al proyecto de Enrique VIII que quería asumir el control sobre la Iglesia en Inglaterra, presentó su dimisión. Se retiró de la vida pública aceptando sufrir con su familia la pobreza y el abandono de muchos que, en la prueba, se mostraron falsos amigos.

Constatada su gran firmeza en rechazar cualquier compromiso contra su propia conciencia, el Rey, en 1534, lo hizo encarcelar en la Torre de Londres dónde fue sometido a diversas formas de presión psicológica. Tomás Moro no se dejó vencer y rechazó prestar el juramento que se le pedía, porque ello hubiera supuesto la aceptación de una situación política y eclesiástica que preparaba el terreno a un despotismo sin control. Durante el proceso al que fue sometido, pronunció una apasionada apología de las propias convicciones sobre la indisolubilidad del matrimonio, el respeto del patrimonio jurídico inspirado en los valores cristianos y la libertad de la Iglesia ante el Estado. Condenado por el tribunal, fue decapitado.

Con el paso de los siglos se atenuó la discriminación respecto a la Iglesia. En 1850 fue restablecida en Inglaterra la jerarquía católica. Así fue posible iniciar las causas de canonización de numerosos mártires. Tomás Moro, junto con otros 53 mártires, entre ellos el Obispo Juan Fisher, fue beatificado por el Papa León XIII en 1886. Junto con el mismo Obispo, fue canonizado después por Pío XI en 1935, con ocasión del IV centenario de su martirio.

4. Son muchas las razones a favor de la proclamación de santo Tomás Moro como Patrono de los Gobernantes y de los Políticos. Entre éstas, la necesidad que siente el mundo político y administrativo de modelos creíbles, que muestren el camino de la verdad en un momento histórico en el que se multiplican arduos desafíos y graves responsabilidades. En efecto, fenómenos económicos muy innovadores están hoy modificando las estructuras sociales. Por otra parte, las conquistas científicas en el sector de las biotecnologías agudizan la exigencia de defender la vida humana en todas sus expresiones, mientras las promesas de una nueva sociedad, propuestas con buenos resultados a una opinión pública desorientada, exigen con urgencia opciones políticas claras en favor de la familia, de los jóvenes, de los ancianos y de los marginados.

En este contexto es útil volver al ejemplo de santo Tomás Moro que se distinguió por la constante fidelidad a las autoridades y a las instituciones legítimas, precisamente porque en las mismas quería servir no al poder, sino al supremo ideal de la justicia. Su vida nos enseña que el gobierno es, antes que nada, ejercicio de virtudes. Convencido de este riguroso imperativo moral, el Estadista inglés puso su actividad pública al servicio de la persona, especialmente si era débil o pobre; gestionó las controversias sociales con exquisito sentido de equidad; tuteló la familia y la defendió con gran empeño; promovió la educación integral de la juventud. El profundo desprendimiento de honores y riquezas, la humildad serena y jovial, el equilibrado conocimiento de la naturaleza humana y de la vanidad del éxito, así como la seguridad de juicio basada en la fe, le dieron aquella confiada fortaleza interior que lo sostuvo en las adversidades y frente a la muerte. Su santidad, que brilló en el martirio, se forjó a través de toda una vida entera de trabajo y de entrega a Dios y al prójimo.

Refiriéndome a semejantes ejemplos de armonía entre la fe y las obras, en la Exhortación apostólica postsinodal Christifideles laici escribí que "la unidad de vida de los fieles laicos tiene una gran importancia. Ellos, en efecto, deben santificarse en la vida profesional ordinaria. Por tanto, para que puedan responder a su vocación, los fieles laicos deben considerar las actividades de la vida cotidiana como ocasión de unión con Dios y de cumplimiento de su voluntad, así como también de servicio a los demás hombres" (n. 17).

Esta armonía entre lo natural y lo sobrenatural es tal vez el elemento que mejor define la personalidad del gran Estadista inglés. Él vivió su intensa vida pública con sencilla humildad, caracterizada por el célebre "buen humor", incluso ante la muerte.

Éste es el horizonte a donde le llevó su pasión por la verdad. El hombre no se puede separar de Dios, ni la política de la moral. Ésta es la luz que iluminó su conciencia. Como ya tuve ocasión de decir, "el hombre es criatura de Dios, y por esto los derechos humanos tienen su origen en Él, se basan en el designio de la creación y se enmarcan en el plan de la Redención. Podría decirse, con expresión atrevida, que los derechos del hombre son también derechos de Dios" (Discurso 7.4.1998, 3).

Y fue precisamente en la defensa de los derechos de la conciencia donde el ejemplo de Tomás Moro brilló con intensa luz. Se puede decir que él vivió de modo singular el valor de una conciencia moral que es "testimonio de Dios mismo, cuya voz y cuyo juicio penetran la intimidad del hombre hasta las raíces de su alma" (Enc. Veritatis splendor, 58). Aunque, por lo que se refiere a su acción contra los herejes, sufrió los límites de la cultura de su tiempo.

El Concilio Ecuménico Vaticano II, en la Constitución Gaudium et spes, señala cómo en el mundo contemporáneo está creciendo "la conciencia de la excelsa dignidad que corresponde a la persona humana, ya que está por encima de todas las cosas, y sus derechos y deberes son universales e inviolables" (n.26). La historia de santo Tomás Moro ilustra con claridad una verdad fundamental de la ética política. En efecto, la defensa de la libertad de la Iglesia frente a indebidas ingerencias del Estado es, al mismo tiempo, defensa, en nombre de la primacía de la conciencia, de la libertad de la persona frente al poder político. En esto reside el principio fundamental de todo orden civil de acuerdo con la naturaleza del hombre.

5. Confío, por tanto, que la elevación de la eximia figura de santo Tomás Moro como Patrono de los Gobernantes y de los Políticos ayude al bien de la sociedad. Ésta es, además, una iniciativa en plena sintonía con el espíritu del Gran Jubileo que nos introduce en el tercer milenio cristiano.

Por tanto, después de una madura consideración, acogiendo complacido las peticiones recibidas, constituyo y declaro Patrono de los Gobernantes y de los Políticos a santo Tomás Moro, concediendo que le vengan otorgados todos los honores y privilegios litúrgicos que corresponden, según el derecho, a los Patronos de categorías de personas.

Sea bendito y glorificado Jesucristo, Redentor del hombre, ayer, hoy y siempre.

Roma, junto a San Pedro, el día 31 de octubre de 2000, vigésimo tercero de mi Pontificado

IOANNES PAULUS PP.II

SANTO TOMAS MORO

        Tomado del libro “Retratos de Santos/1” de Antonio Sicari.

           Ediciones Encuentro.

           

           Tomás Moro vivió a comienzos de la Edad Moderna (1478-1535), cuando toda Europa se sentía arrastrada por la oleada del humanismo y del Renacimiento. El término «oleada.» se aplica precisamente a ese instante en el que el embate puede lanzarnos hacia arriba o puede hacer que nos hundamos violentamente.

           Se trataba, para entendernos, del humanismo y el Renacimien­to intuidos por Giovanni Pico della Mirandola, considerado en toda Europa como el hombre más fascinante, culto y sabio de su época. Savonarola decía de él:

                       

           «Quizá a ningún mortal le ha tocado en suerte un ingenio tan grande. Este hombre tiene que ser incluido entre los milagros de Dios y de la naturaleza, por lo elevado de su espíritu y de su doctrina.»

           

           Maquiavelo, que no era amigo suyo, lo definió de todas formas como «un hombre casi divino».

           Estas referencias no deben ser consideradas inoportunas en este lugar, puesto que precisamente Tomás Moro tradujo al inglés y comentó la vida de Pico della Mirandola (+ 1494) a los 10 años de la muerte de este humanista, que, en su célebre Discurso sobre la dignidad del hombre sostenía que el hombre está situado en el centro del mundo y con su libertad tiene que decidir si desea elevarse hacia el mundo divino o degradarse hacia el mundo subhumano y animal.

           Esta «aventura» que se ofrecía al hombre fue la aventura del humanismo y del Renacimiento.

           Bien es verdad que estos enfervorizadores movimientos habla­ban de un hombre que sentía veneración por la antigüedad clásica grecolatina, por la belleza de las formas, por la conciencia de su propio valor y de su propia dignidad: un hombre deseoso de un progreso inmejorable que se abría de par en par ante él.

           Pero en cualquier caso tal aventura mantenía al hombre en sus­penso: el humanismo podía suponer, o bien la elevación del hom­bre hacia la verdadera revelación de su imagen divina (humanismo cristiano), o bien un proyecto de divinización humana que exigiría al hombre una creciente concentración en sus propias fuerzas, en una especie de narcisismo elitista y sofisticado.

           El Renacimiento podía ser entendido, o bien como ideal de un «logro» humano, a modo de acierto impregnado de naturalismo pagano, o bien como ideal de un auténtico «renacimiento», verda­dera síntesis del cristianismo y de la cultura clásica, a través de una vuelta a las fuentes de uno y de otra, para lograr una nueva síntesis, para una verdadera renovación.

           En el fondo de la cuestión se trataba de saber lo siguiente: si la nueva cultura tendría que absorber y arrastrar consigo, de forma optimista, incluso la revelación cristiana, o si sería la revelación de Cristo la que tendría que absorber, purificar y transfigurar, aunque fuera de forma dolorosa, todas estas novedades.

           En otras palabras, se trataba de decidir si el entusiasmo creati­vo y el sentido renovador de la dignidad humana admitirían una comparación con la Cruz de Jesucristo y con su indestructible sig­nificado para la vida humana.

           Pico della Mirandola, del que se llegó a esperar que asumiese la función de guía (y que habría podido modificar la historia), murió cuando contaba solamente 31 años.

           El otro gran humanista del que se esperaba que ejerciera una influencia determinante, de un auténtico maestro de Europa, fue Erasmo de Rotterdam. En su honor se compusieron himnos entu­siastas, y el adjetivo «erasmiano» se convirtió incluso en sinónimo de «docto». Pero Erasmo (aunque en la actualidad está siendo muy revalorizado) era un hombre complejo, al que le faltaba una autén­tica profundidad filosófica, así como una auténtica profundidad religiosa; y su ironía, violenta en algunas ocasiones, le exponía a muchas incomprensiones.

           El tercer hombre que gozaba de reconocimiento en Europa era Tomás Moro. En Inglaterra era tan conocido que en 1520 los libros de retórica para los escolares incluían ejercicios en los que se hablaba de él, y los muchachos tenían que aprender a traducir al latín, de cuatro formas distintas, la frase: «Moro es un hombre de ingenio divino y especial erudición». Erasmo le quería más que a sí mismo y le llamaba «mi hermano gemelo». En la casa de Moro, Erasmo escribió su célebre Elogio de la locura (cuyo título griego, en un juego previsto y deliberado, podría ser tra­ducido igualmente como Elogio de Moro). Actualmente, se dice que para entender a Erasmo es preciso haber leído a Moro, que para apreciar su ironía es preciso mezclarla con el humanismo de Moro.

           Por su parte, Moro defendía a Erasmo a cualquier precio y, de forma autorizada, hacía la exégesis correcta de las obras de Erasmo que eran atacadas. En cualquier caso, Tomás Moro fue el que orien­tó a Erasmo hacia esos estudios bíblicos y patrísticos que le hicie­ron célebre y a través de los cuales llegó a entender el humanismo sobre todo como una vuelta a las fuentes (neotestamentarias y patrísticas) del cristianismo.

           ¿Quién era pues Tomás Moro? Nació en 1478. Como buen humanista, estudió latín y griego; se especializó en derecho, ejerció como profesor de esta disciplina, y se convirtió en el prestigioso abogado de los comerciantes londinenses y de las compañías marí­timas más importantes.

           En 1504 era viceministro del Tesoro y speaker’de la Cámara de los Comunes. Era canciller del ducado de Lancaster (administraba lo más sustancioso de la Corona). En 1528 casi se encontraba en la cumbre de su carrera. Tenía tres hijas casadas: Cecilia, de 21 años; Isabel, de 22; Margarita, su preferida, de 24, y un varón, John, de 19, que ya estaba comprometido. Tenía otra hija, también llamada Margarita, una pequeña huérfana a la que había adoptado. Se casó en dos ocasiones porque enviudó pronto de su primera mujer, cuando los niños todavía eran muy pequeños.

           En 1529 fue llamado a la más alta magistratura británica: se convirtió en Lord Canciller del Reino de Enrique VIII, en el hom­bre más cercano al soberano y su representante directo. Ningún humanista europeo desarrolló una carrera política tan brillante.

           Al mismo tiempo, era un hombre de cultura refinada. Escribió en latín, pero fue también uno de los fundadores de la más hermo­sa prosa inglesa, ya que antes de él todavía era una prosa balbu­ceante y torpe. Se le considera uno de los padres de la historiografía inglesa: su historia de Ricardo III —en la que incluso Shakespeare se inspiró— sigue siendo un texto clásico.

           Cultivó los estudios bíblicos, filosóficos y teológicos, y fue un apasionado de la música y de la pintura (introdujo en Inglaterra a Holbein el Joven). Su obra más célebre, Utopía(1516), escrita ori­ginalmente en latín, es «uno de los textos fundamentales y para­digmáticos de la filosofía política, en una relación dialéctica con su contemporáneo El Príncipe,de Maquiavelo. Es uno de los pocos libros del humanismo que todavía se mantienen vivos». Con esta obra, la palabra «utopía» se incorporó a todas las lenguas europeas.

           Las obras en inglés de Tomás Moro ocupan 1.500 páginas en cuarto gótico a dos columnas, y un volumen similar contiene sus obras en latín. Moro escribió algunas de sus obras más hermosas en la cárcel de la Torre de Londres.

           Su personalidad fue descrita así por Erasmo de Rotterdam:

           

           «Su elocuencia habría logrado la victoria incluso sobre un enemi­go; y es hombre tan querido para mí que si me pidiese que bailara y cantara ‘a la rueda rueda’ le obedecería gustoso...

           A menos que me engañe el enorme afecto que siento por él, no creo que la naturaleza haya forjado antes un carácter más hábil, más rápido, más prudente, más fino, en una palabra, que estuviese mejor dotado que él con toda clase de buenas cualidades. A ello se agregan un dominio de la conversación que iguala a su intelecto, una maravi­llosa jovialidad en el trato, riqueza espiritual... Es el más dulce de los amigos, aquel con el que me agrada mezclar con placer la seriedad y el buen humor.»

           

           La casa de Moro estaba considerada como una de las más acoge­doras y hospitalarias de Londres. La armonía que en ella reinaba, el buen humor, la inteligencia de Moro y de sus hijos (¡sus hijas po­dían corregir ediciones críticas de textos griegos!), la fe que en ella se vivía y se esparcía, despertaban fascinación y nostalgia en todos los que se aproximaban a ellos.

           

           Pero Tomás Moro era también el hombre que por la noche reco­rría los «barrios bajos» para localizar a los pobres vergonzantes y dejarles dinero de forma sistemática; el hombre que alquiló una gran casa para recoger a ancianos y niños enfermos (la llamada «Casa de la Providencia»); el hombre que oía misa todos los días y que no tomaba ninguna decisión importante sin haber comulgado previamente; el hombre que escandalizaba a los nobles cantando en el coro parroquial con una humilde sobrepelliz, aunque era el Lord Canciller. Cuando se le censuraba por ello, replicaba con fina ironía:

           

           «No es posible que disguste al rey mi señor por rendir público homenaje al Señor de mi rey.»

           

           Igualmente, se negaba a participar montado a caballo —según le correspondía— en la procesión de las rogaciones, porque, decía:

           

           «No quiero seguir a caballo a mi Maestro que va a pie.»

           

           Pasaba las noches de Navidad y de Pascua rezando con toda su familia. El Viernes Santo leía y comentaba a los suyos el relato de la Pasión del Señor. Si le decían que una mujer de su pueblo tenía dolores de parto, interrumpía sus oraciones hasta que le anuncia­ban que el niño había nacido. Debajo de sus vestimentas lujosas, llevaba habitualmente un áspero cilicio, que tan sólo se quitó cuando se acercaba la hora de su muerte y se lo envió a su hija.

           Todos estos detalles tienen por objeto mostrar las múltiples facetas de este hombre al que se le aplicó la significativa definición de: «omnium horarum homo», un «hombre para cada hora» (o «para cualquier momento»), un hombre que siguió siendo tal en todos los momentos de su vida. Pío Xl, cuando lo santificó en 1935 (cuatro siglos después de su muerte), exclamó con admiración:

           

           «Ciertamente es un hombre completo.»

           

           Y su martirio debe ser entendido sobre este fondo. Los hechos son más o menos conocidos y no nos podemos extender al respecto. Enrique VIII era amigo de Tomás Moro: era un rey que también era humanista y que también tenía cualidades fascinantes, también él era poeta y también él era «teólogo». Es más, el Papa le otorgó el título de «defensor de la fe». Desgraciadamente, también tenía

           

           «uno de esos caracteres que quieren tener la alegría de hacer el bien incluso cuando obran mal... [que] le dan vueltas y vueltas a la ley, llamando virtud al pecado, para no tener que arrepentirse, y de este modo son muy peligrosos para ellos mismos y para los demás, por la prolijidad con que trabajan para justificarse» (D. Sargent).

           

           Cuando Enrique VIII comenzó el proceso de anulación de su matrimonio con Catalina de Aragón, ciertos aspectos del caso admitían una discusión, pero la Santa Sede no estaba dispuesta a ceder. Enrique VIII pidió y compró las opiniones de distintos expertos y de las mejores universidades europeas (el dictamen favo­rable de la Universidad de Padua le costó algunos centenares de libras esterlinas).

           En 1532, chantajeando al clero, el rey se hizo proclamar «único protector y cabeza suprema de la Iglesia de Inglaterra». Este hecho fue aceptado por las Convocatoriassin excesivas dificultades, porque la votación se realizó con la cláusula restrictiva: «en cuanto lo permite la ley de Cristo».

           Al día siguiente (16 de mayo de 1532), Tomás Moro devolvió al soberano los sellos —símbolos de su cargo— y se retiró de la vida pública, preparándose a hacer frente a una dura pobreza. No había ahorrado nada (todo se le había ido ayudando a los pobres y en el mantenimiento de su numerosa familia y de las familias de sus seres queridos), y de pronto perdió toda remuneración de la Corte y cualquier otro ingreso profesional, por lo que a partir de ese momento ni siquiera pudo permitirse mucha leña para el fuego.

           Decía bromeando que faltaba algún tiempo todavía antes de que tuvieran que salir todos juntos a pedir limosna, de puerta en puerta, cantando con alegría el Salve, Regina.

           Su negativa a asistir a la ceremonia de coronación de Ana Bolena le granjeó el odio de la nueva reina. En 1534, se exigió el juramento general del Acta de sucesión que, a los pocos meses, quedó vinculada al Acta de Supremacía. Tomás Moro fue el único laico de toda Inglaterra que se negó a realizar el juramento; un obispo y algunos monjes cartujos fueron los únicos miembros del clero que se negaron.

           Encarcelado en la Torre de Londres, Moro se negó a jurar, pero callaba: no daba ninguna explicación, no quería dar ningún pretex­to para que se le condenara a muerte. Ni las acusaciones, ni las calumnias, ni las amenazas, ni los halagos, ni la presión de sus familiares lograron disuadirle: no quería juzgar a nadie, no quería imponerse a nadie, pero no juró y no explicó nada.

           No lograron encontrar motivos jurídicos para condenarlo: con su habilidad de abogado, destruía de forma sistemática la validez jurídica de las acusaciones de rebeldía presentadas contra él.

           Mientras tanto, en la cárcel escribió uno de los textos filosófico-espirituales más bellos en lengua inglesa: el Diálogo del consuelo en la tribulación; después empezó un Comentario a la Pasión de Cristo.

           En las actas del proceso, puede leerse:

           

           «Al ser interrogado acerca de si reconocía y aceptaba y considera­ba al rey como cabeza suprema de la Iglesia de Inglaterra... se negaba a dar una respuesta directa, declarando ‘No quiero tener nada que ver con esto, porque he tomado la firme decisión de dedicarme a las cosas de Dios y meditar sobre su Pasión y sobre mi paso por esta tierra’. »

           

           Sabía que iba a morir, pero no quería darles ningún pretexto. Cuando —en su comentario de la Pasión— llegó a la frase evangélica que dice «le pusieron las manos encima», el tratado quedó interrumpido porque le retiraron todos sus útiles de escritura.

           El 1 de julio, fue condenado a muerte por alta traición. Sólo entonces, con toda la claridad jurídica de la que fue capaz, declaró la ilegitimidad del Acta de Supremacía.

           El 6 de julio fue decapitado.

           A primera vista, la posición de Tomás Moro tiene algo de des­concertante. ¿Por qué sólo rindió pleno homenaje a la verdad des­puésde ser condenado?

           Al leer su Comentario a la Pasión de Cristo (que se ha publicado en Italia con el título Nell’Orto degli ulivi —En el Huerto de los Olivos—, y en español con el título La agonía de Cristo –Editorial RIALP-), podemos encontrar una explicación evidente y de una conmovedora humildad. Moro no se creía digno de la gracia del martirio: tenía miedo de sí mismo, de su debilidad, de la vida que había llevado entre las comodidades terrenales.

           Sentía envidia de los cartujos, que afrontaban con serenidad aquel terrible martirio (la pena por alta traición —que también estaba prevista para él, si bien más tarde le fue conmutada por la decapitación, debido a la intervención del rey— era espantosa: el condenado era ahorcado de forma incompleta, hasta lograr que se desvaneciera; después, le reanimaban y, seguidamente, le destripa­ban y lo descuartizaban). Todo esto, para lo que la vida no le había preparado, le llenaba de terror, y ante el heroísmo que se le pedía se sentía únicamente como un terrible pecador. La solución que encontró —con toda la precisión aprendida en sus años de profesión jurídica— para su drama personal fue perfecta.

           

           «A los inquiridores que lo escarnecían porque no declaraba abier­tamente las razones por las que disentía, exponiéndose así a la conde­na a muerte, replicó que no se sentía tan seguro de sí mismo como para ofrecerse de forma voluntaria a la muerte ‘por el temor de que Dios castigase mi presunción haciéndome caer. Por esto no doy un paso hacia delante sino que me quedo atrás. Pero si el mismo Dios me lleva a hacerlo, confío en que, en su gran misericordia, no dejará de darme gracia y fortaleza’» (Nell’Orto...,p. 31, nota).

           

           A lo largo de todo el Comentario a la Pasión, al hablar del temor que Cristo experimentó en Getsemaní, explicaba su postura: tener miedo no es anticristiano, pero el que siente miedo tiene que seguir a Cristo. Seguir quiere decir en verdad pisar sobre sus hue­llas, no querer moverse por sí mismo:

           

           «El que no tiene otra elección que renegar de Dios o afrontar el suplicio puede estar seguro de que ha sido precisamente Dios el que lo ha puesto en ese aprieto... »(NelI’Orto...,p. 28; 55; 60).

           

           Para tener la seguridad de que era Dios el que le llamaba, no quería ni provocar su propio martirio ni huir:

           

           «Si huimos cuando somos conscientes de que para la salvación de nuestra alma o de la de los que nos han sido confiados Dios nos orde­na mantenernos en nuestro lugar y confiar en su ayuda, cometeremos una tontería, incluso si lo hacemos para salvar nuestra vida.

           Sí, precisamente porque lo hacemos para salvar nuestra vida» (op. cit, p. 132).

           

           Esta era la agonía de Tomás Moro en su Huerto de los Olivos: sabía que no podía huir, porque su conciencia no se lo permitía; y sabía que no podía provocar su propio martirio, porque no estaba seguro de que se tratara de orgullo y presunción por su parte.

           A esto se une el hecho de que tal cuestión, que era tan clara para su conciencia, no lo era tanto, sin embargo, en el panorama teológico de la época. Tenemos que situarnos en unos años en los que se consideraba que incluso el poder real tenía un origen divino, en los que el poder del papado de Roma era simultáneamente espiritual y político (y que por consiguiente podía chocar con los otros reinos), en los que la institución divina del papado de Roma no estaba tan clara y definida como lo está en la actualidad. Todavía eran bastante recientes el gran cisma y sus múltiples papas.

           

           «Yo —confiaba Moro a su hija— estoy muy decidido a no atar mi alma a cualquiera, aunque se trate del más santo de nuestro tiempo.»

           

           Ni siquiera a ella le hablaba con claridad:

           

           «Deja a los vivos y piensa en los que han muerto y que Dios, así lo espero, ha recibido en el Paraíso. Estoy seguro de que la mayoría de ellos, si estuvieran vivos, juzgarían las cosas como yo... y ruego a Dios que mi alma permanezca en la compañía de aquéllos.

           Aún no puedo decírtelo todo. Pero, para terminar, hija mía, como te he dicho a menudo, yo no me ocupo de definir ni de discutir acerca de estas cuestiones, no ataco ni condeno la actitud de los demás, nunca he dicho ni una palabra, ni he escrito una coma en con­tra de la decisión del Parlamento y no me inmiscuyo en absoluto en la conciencia de los que piensan o dicen que piensan de forma distinta a la mía. No condeno a nadie, pero mi conciencia sobre este punto es tal, que me va en ello la salvación. Estoy tan convencido de esto, Meg, como de la existencia de Dios.»

           

           En la época en que todavía era canciller, y precisamente por cuestiones relacionadas con su tarea, Moro tuvo que dedicarse a estudiar el problema del primado de Roma.

           

           «En verdad –comentaba- ni siquiera yo pensaba entonces que el primado de la sede romana fuera de origen divino.»

           

           Pero 10 años de investigación en los textos de los Padres y de los Concilios le habían convencido en conciencia para reconocer la verdad de que el primado había sido establecido por Dios.

           En aquellos momentos, la cuestión del primado era objeto de intensa discusión: algunos no la consideraban como un artículo de fe, sino más bien una cuestión teológica polémica. El mismo Tomás Moro pensaba que el Concilio era superior al Papa y que por consiguiente la cuestión de Enrique VIII no estaba definida del todo.

           

           «Si aunque le costara la vida tenía que negarse a poner en duda la soberanía pontificia no era porque considerara que esta doctrina era un dogma de fe impuesto a todo el mundo, sino porque la creía ver­dadera. No zanjó la cuestión por los demás, a los que no intentó ganarse, ni siquiera a su hija, en lo que para él se trataba de una libre opinión, sino que, puesto que sus investigaciones le habían convenci­do personalmente del primado del pontífice romano, él no se recono­cía el derecho de hablar a este respecto de una manera diferente a como pensaba» (H. Bremond, Il B. Tommaso Moro, Roma, 1907).

           

           En este sentido, comentaba:

           

           «En mi corazón no encuentro las fuerzas suficientes para hablar de forma distinta a como me dicta mi conciencia.»

 

           Todo esto explica la actitud prudente y aparentemente indivi­dualista que Tomás Moro adoptó en su «confesión de fe».

           Como Jesús dice en el Evangelio, una torre no se puede construir sin haberse puesto antes a echar cuentas de lo que podrá costar. Y Tomás Moro escribió a su hija:

           

           «En todo esto no he olvidado el consejo de Cristo en el Evangelio y, antes de ponerme a construir esta fortaleza para la salvaguardia de mi alma, me he sentado y he echado cuentas de lo que me podría cos­tar. Margarita, he reflexionado sobre ello durante muchas noches de insomnio y angustia, mientras mi mujer dormía, creyendo que yo hacía lo mismo. He visto los peligros que podía correr, y al pensar en ello se me encogía el corazón. Pero, en fin, doy gracias a Nuestro Señor porque, a pesar de todo eso, me ha concedido la gracia de no admitir la idea de una capitulación, incluso en el caso de que mis peores temores se puedan cumplir» (Carta a su hija Margarita).

           

           «Ciertamente, Meg, tú no puedes tener un corazón más débil y más frágil que el de tu padre... y en verdad —y en ello reside mi gran fortaleza— que, a pesar de que mi naturaleza rechaza el dolor con tanta intensidad que hasta un papirotazo hace que me tambalee, en todas las agonías que he sufrido, gracias a la piedad y omnipotencia de Dios, nunca he pensado en aceptar ninguna cosa que fuese en con­tra de mi conciencia» (Ib.).

           

           Este hombre, este humanista que sentía una estimación extra­ordinaria por su propia dignidad, pero también la humildad cons­ciente de su propia debilidad, se vio colocado por Dios allí donde su grandeza humana tenía que ser confiada enteramente a Otro para que también pudiera emprender el camino de la cruz.

           He aquí una de las páginas más hermosas que Tomás Moro escribió en la cárcel:

           

           «Cristo sabía que muchos, por su propia debilidad física, se sen­tirían aterrorizados ante la idea del suplicio.., y quiso llevarles con­suelo al espíritu con el ejemplo de su dolor, de su tristeza, de su angustia, de su miedo. Y al que estuviera constituido físicamente de ese modo, es decir, débil y temeroso, quiso decirle, hablándole casi directamente: ‘Ten valor, tú que eres tan débil; aunque te sientas can­sado, triste, atemorizado y agobiado por el terror de tormentos crue­les, ten valor: porque también yo, cuando pensaba en la pasión tan amarga y dolorosa que se cernía sobre mí, me sentía todavía más can­sado, triste, asustado y oprimido por una angustia interior...

           Piensa que sólo tendrás que caminar detrás de mí... Confía en mí, si no puedes hacerlo en ti mismo. Mira: yo camino delante de ti por este camino que tanto te asusta; agárrate a un pliegue de mi vestidura y de allí sacarás las fuerzas que evitarán que tu sangre se disperse en vanos temores y que dará firmeza a tu ánimo al pensar que estás caminando detrás de mis huellas.

           Fiel a mis promesas, no permitiré que seas tentado por encima de tus fuerzas’» (Nell’Orto..., p. 35).

           

                       Cuando fue evidente que Dios había querido que caminara pre­cisamente sobre sus huellas ensangrentadas, Tomás Moro afrontó la muerte con la sonrisa en los labios (sus últimas ocurrencias escan­dalizaron a los bienpensantes). Puesto que ya no tenía que luchar con nadie, expresó con claridad en sus cartas la verdad que llevaba en su corazón. En primer lugar, y por última vez, fue el jurista que definió de forma clara y detallada su pensamiento acerca de la legi­timidad del Acta de Supremacía. Después demostró hasta qué punto la caridad, incluso hacia sus jueces corruptos, había operado sobre su corazón.

           Después de ser condenado, Tomás Moro dijo en su discurso:

           

           «Milord, desde el momento en que esta acusación se fundamenta en un acta del Parlamento que formalmente está en contradicción con las leyes de Dios y de la Santa Iglesia, según las cuales ningún príncipe terrenal puede arrogarse por medio de ley alguna el supremo gobierno o cualquier parte del gobierno que pertenece de forma legí­tima a la sede de Roma, por causa de la preeminencia espiritual que fue concedida como prerrogativa especial de boca de nuestro Salvador —cuando estuvo presente en persona en esta tierra— tan sólo a san Pedro y a sus sucesores, los obispos de esa misma sede, dicha acta es insuficiente entre los cristianos, pues, como trámite jurídico para per­seguir a cualquier cristiano.»

           

           A la objeción de que todos los obispos, todas las universidades y todos los doctos del reino habían suscrito esa acta, replicó:

           

           «Aun cuando el conjunto de los obispos y de las universidades fuera tan importante como Su Señoría parece creer, yo no veo en abso­luto, Milord, por qué razón esto tenga que suponer un cambio en mi conciencia, puesto que yo no pongo en duda que en toda la cristian­dad, ya que no en este reino, no son pocos los que son de mi parecer al respecto.

           Pero si hablara de los que ya están muertos, y de los cuales muchos son ahora santos del cielo, estoy muy seguro de que la mayor parte de ellos, cuando estaban vivos, pensaban como ahora lo hago yo; es por esto, Milord, por lo que no me siento obligado a conformar mi conciencia al concilio de un solo reino en contra del Concilio general de la cristiandad.»

           

           Y éstas fueron las palabras finales de Tomás Moro ante sus jueces:

           

           «Nada tengo que agregar, Señores, sino esto: como el apóstol Pablo, de acuerdo con lo que leemos en los Hechos de los Apóstoles, asistió lleno de conformidad a la muerte de san Esteban, e incluso vigiló las ropas de los que lo estaban lapidando, y sin embargo ahora se encuentra con él, también santo, en el cielo, y allí estarán unidos para siempre, en verdad, yo espero, de la misma forma —y rezaré por ello con intensidad—, que vosotros, Señores, que habéis sido mis jueces y me habéis condenado en la tierra, y yo podamos reunirnos todos juntos gozosamente en el cielo para nuestra salvación eterna» (De la biografía de Tomás Moro, escrita por Roper).

           

           Así fue decapitado.

           «Un hombre —había dicho Tomás Moro— puede ser decapitado sin que se le haga mucho daño, es más, con un bienestar inexplica­ble y eterna felicidad por su parte.» Pero Tomás Moro sabía que eso sólo era posible si el corazón se llenaba de caridad y de la «pasión» de Cristo. Y en esta caridad él supo acoger incluso a sus perseguidores.

           Al finalizar esta meditación, nos parecen necesarias algunas reflexiones y actualizaciones al considerar la aventura de este «humanista» santo y mártir.

           Ante todo, tenemos que volver a plantearnos el binomio «humanismo y cruz», ya que también nuestra época se quiere caracterizar por ser la época de la promoción del hombre y del culto de lo «humano». Es más, ha aumentado de forma notable la conciencia de la dignidad del hombre y se han multiplicado los medios a disposición del hombre para que pueda realizar su desti­no. Los cristianos se preocupan mucho por ser hombres entre los hombres, por colaborar, promover, dialogar; es más, insisten en proponer un «humanismo pleno». En cualquier caso, los cristianos se cuentan entre los que afirman cada vez con mayor claridad la dignidad humana de todo hombre. En esta universalidad y concre­ción, muchos movimientos que se dicen humanistas trampean a menudo con desenvoltura.

           Pero incluso los cristianos sienten la tentación de trampear y lo hacen a menudo. Afirman el diálogo, el pluralismo, el interés hacia todos los valores, naturales y sobrenaturales. Pero hay una pregun­ta pendiente y que es preciso que les sea formulada: ¿todavía hay algo o Alguien por lo que merezca la pena morir? ¿Todavía hay algo o Alguien por lo que merezca la pena aceptar el martirio, es decir, el testimonio de la sangre a partir de todo aquello que la puede preparar (esto es, testimonio del riesgo, del fracaso aceptado con paz, de la marginación impuesta a causa de la fe, del empobre­cimiento, etc.).

           El cardenal Martini escribió en una de sus cartas: «Ante las figuras de los grandes mártires de la historia, se nos plantea el problema de si nosotros, con nuestro favorecimiento del diálogo, no nos estaremos convirtiendo en latitantes, irenistas o incluso en transformistas».

           Esta es la primera pregunta, la primera «cuestión seria» que tenemos que plantearnos a nosotros mismos y a los demás.

           La segunda es similar. En nuestro «culto» del hombre «humano» hemos subrayado cada vez más una cierta contradicción inevitable: por una parte hablamos de la inviolabilidad de la conciencia personal (¿quién no defiende hoy su derecho a la libertad de conciencia?), pero por otra se ha convertido en una actitud normal la de plegar nuestra conciencia a la de una así llamada «conciencia social».

           De este modo, ya no nos causa extrañeza modificar los datos de nuestra conciencia para adecuarlos a los de una cierta conciencia mayoritaria, y lo que la mayoría considera que es lícito poco a poco nos lo va pareciendo también a nosotros, o no tan grave como nos parecía o, en cualquier caso, merecedor de respeto. Y en muchas ocasiones —cuando estamos implicados personalmente— tampoco nos cuesta demasiado modificar o silenciar los dictados de nuestra conciencia.

           Si además somos personas con responsabilidades sociales, esta­remos dispuestos sin más a escindir nuestra conciencia: por un lado, consideraremos que una determinada ley es injusta, que cier­to comportamiento es inmoral, etc. Pero, por otra, como personajes públicos, consideraremos que debemos «administrar» la opinión de la mayoría y ser los ejecutores de lo que la conciencia social manifiesta que admite o quiere.

           Y ello en mayor medida cuanto más nos consideremos como mejores administradores que los demás, más morales, más capaces de «gestionar el mal con el criterio del mal menor». Y, por lo tanto, si la conciencia social quiere adorar al becerro de oro nos­otros construimos para ella el becerro de oro y a esto lo llamamos tolerancia, respeto de la conciencia ajena, fidelidad a nuestro deber público, respeto de las leyes democráticas.

           Tomás Moro se encontró ante toda una sociedad que proclama­ba como lícita una ley que su conciencia consideraba como contra­ria al «derecho de Dios».

           Ni siquiera tenía la absoluta certeza «teológica» de no estar equivocado; todos los expertos, ¡incluidos el clero y los obispos!, le decían que podía «jurar», aceptar y «administrar» una ley admiti­da por todos. Se trataba indudablemente del hombre que mejor que ningún otro podía «mediar» en la situación, y quizá, si hubie­ra permanecido en su puesto, los males provocados por esa «ley» votada en el Parlamento inglés habrían sido menores.

           Pero consideró que no podía quedarse en su puesto; consideró que no podía escindir su conciencia: porque sólo tenía una, que además pertenecía a Dios.

           Y se convirtió en un mártir, es decir, en testimonio de Cristo.

           ¡Cuánto miedo de sufrir, cuánto miedo a la cruz de Cristo, cuánta respetabilidad burguesa se esconde detrás de tanta habili­dad así llamada cristiana que logra al mismo tiempo gestionar su propia conciencia y la de los demás (aunque sea contraria), y quizá se convence a sí misma de que ha sido caritativa!

           En el cristianismo, caridad es la del que sabe dar su vida, no la del que la conserva a toda costa, con la excusa de que así puede interesarse mejor por la vida de los demás.

           Tomás Moro había tornado de su fe y del entusiasmo humanis­ta de su época el deseo de ser «hombre», hombre en su totalidad. Pero un día comprendió que hay situaciones en las que un cristia­no, precisamente por querer ser plenamente «hombre», tiene que entregar a Cristo toda su humanidad; situaciones en las que sólo caben dos alternativas: o la deshumanización, o la Humanidad del Resucitado. Y por ello «eligió» morir.

           

           

Gentileza de www.arvo.net para la

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Santo Tomás Moro

político y mártir

Por Andrés Vázquez de Prada

 

Una tarde de verano, hace ya de esto algunos años, fui a visitar la casa donde vivió Moro -Sir Thomas More- en Chelsea, junto al Támesis.

 

De aquellos edificios y de aquel amplio jardín nada queda. Sobre parte del solar construyeron un convento, cuya iglesia fue destruida en uno de los bombardeos de la segunda guerra mundial, y hoy está levantada de nuevo.

 

En la paz dormida que guardan los locutorios conventuales me enseñaron un trozo de la camisa de áspero pelo que el Canciller de Inglaterra usaba como cilicio. Luego me mostraron un patizuelo y una pequeña huerta. Al fondo, junto al paredón posterior de la iglesia, un moral mantenía, ligeramente inclinado, el peso multisecular de los años: con ramas escasas, con claros en el follaje, con arrugas y grietas en el tronco.

 

Es tradición que Moro plantó aquel árbol con sus propias manos y que a su vera solía sentarse, gastando bromas a los políticos y humanistas, conversando con los amigos de la casa, socorriendo a los pobres de la vecindad, mientras a su alrededor circulaba la familia y jugueteaban los nietos.

 

No era tiempo de moras, pero las monjas me aseguraron que el árbol las producía muy sabrosas. Corté un brote del tronco retallecido y salí a pasearme por la orilla del río, que está a unos pasos de la casa.

 

Era una tarde de domingo. En la quietud del crepúsculo rumiaba yo recuerdos de historia. Río abajo quedaban la City y la Torre de Londres, invisibles en la revuelta del cauce. Por encima del horizonte se apretujaban nubes cárdenas, retintas de sangre. Pasó corriente arriba una gabarra, removiendo un agua turbia de carbonilla y grasa. Revolaban graciosamente unas gaviotas por la ribera de Battersea. A la derecha, el cielo, jaspeado de transparencias y esplendores, tenía nimbos diáfanos de gloria y baño de luces doradas. Del otro lado sangraban arreboles: allá, por la parte de la Torre, de donde salió el ex Canciller hacia el martirio, en Tower Hill, porque junto al río le mataron al Caballero.

 

He recorrido los lugares que frecuentó Moro: la City, la antigua judería, Westminster, las Inns. He navegado por la corriente del Támesis, que tantas veces cruzó en bote. Visité los sitios en donde transcurrió su niñez, su juventud y su vida madura: Chelsea, Lambeth, Abingdon, Oxford... He leído todas sus obras. Me detuve a meditar en su casa, en la vieja iglesia de Chelsea, en la Torre donde fue encarcelado... Como él, romero, he ido a Muswell, a Greenwich y a Nuestra Señora de Willesden. He perseguido sus reliquias. Y decidí escribir sobre el espíritu gigante -con dimensiones humanas- de aquel hombre.

 

Un día, camino de San Dunstan de Canterbury, una voz paternal y amiga me animó a rematar el trabajo. Charlando llegamos a la vieja ciudad de Tomás de Becket, el otro mártir inglés de las causas civiles y políticas, asesinado en la catedral.

 

San Dunstan es una iglesia en manos protestantes. Aquel día, como casi todos, estaba abierta y vacía. En la nave de la derecha, junto a la cabecera del altar mayor, se encuentra la tumba secular de los Roper, con uno de los cuales casó Margarita, la hija mayor de Tomás Moro. Y cuando al degollar a su padre clavaron la cabeza en una pica, a la entrada del puente de Londres, Margarita sobornó al encargado de arrojarla al río y se llevó consigo la reliquia amada y exangüe.

 

En el suelo del templo había una lápida negra con una inscripción honrosa. Al lado, una vasija con flores, ni frescas ni marchitas. Debajo, la cabeza del mártir nos hablaba al corazón: ¿Qué importa que un hombre pierda su cuerpo si gana su alma?

 

Qué figura tan amable y tan cercana. En este momento Moro es a los ojos de los hombres lo que fue en sus días a los ojos de sus contemporáneos: un excelso humanista, un juez recto y prestigioso, embajador, consejero y Canciller eximio de Inglaterra; el mejor de los amigos y modelo de padre y esposo. Y es también, ante nosotros, lo que predicó la posteridad: un mártir, y lo que barruntaron quienes le conocían: un santo.

 

Desde 1935, año de la canonización de Tomás Moro -y en los años posteriores a esa fecha- se han multiplicado los escritos y estudios de su obra y vida. Y se ha establecido científicamente lo que venía repitiéndose de tiempo atrás: que Moro es una de las figuras cumbres de la historia de Inglaterra.

 

Los protestantes han pretendido presentarle como uno de sus grandes reformadores religiosos, y los socialistas, como precursor del marxismo en su Utopía. Y para los católicos ha sido siempre la figura prócer de la Reforma en Inglaterra, en cuanto mártir, apologista, escritor y gobernante. De manera que hoy su estampa y su recuerdo atraen al cristiano y al ateo, y a la gente de dentro y fuera de la Commonwealth.

 

A Tomás Moro se le tributa homenaje en lengua inglesa, francesa, alemana, italiana y rusa; pero hemos olvidado que se halla muy cerca de las vidas de Catalina de Aragón, Carlos V y María Tudor, a quienes personalmente conoció, trató y defendió. Hasta el punto de que Chapuys -el embajador imperial en Londres- escribía al César diciéndole que el Canciller era el mejor amigo que sus partidarios tenían en la isla. Con esta amplia humanidad le vio Luis Vives; así le juzgaron Ribadeneyra, Fernando de Herrera y Quevedo.

 

No es fácil leer las obras catalogadas y disponibles de Moro, obstáculo que resulta casi insuperable por lo inaccesible de algunas fuentes. Por eso quisiera expresar aquí mi gratitud por las atenciones recibidas en el British Museum de Londres, en la Biblioteca Nacional de Madrid y en el Archivo General de Simancas.

 

Recorriendo documentos y manuscritos me he parado a entresacar detalles y pensamientos que, a mi entender, tienen valor inestimable para un biógrafo, y que los demás investigadores han pasado por alto. Porque lo que yo persigo en este libro es primordialmente el trazar una semblanza fresca y de nuevo cuño, no empañada por el curso de los años y valedera como ejemplo para nuestro propio quehacer humano.

 

Sin embargo, la biografía de este hombre no cabe hacerla a la ligera, ya que nos enfrentamos con un espíritu profundo. No es posible tampoco despacharla en breves páginas porque se trata de una vida intensa en los sucesos y cuajada de eficacia. Y, como última razón, por el sugestivo ritmo dramático que encierra, en medio de las luchas políticas y del cisma religioso, bajo el fondo clásico que le presta el remanso tembloroso del humanismo europeo.

 

La gente de Londres agavilló estos recuerdos y creó en torno a Moro una aureola de leyenda que culminaría en tiempos de Isabel I con un drama llevado a las tablas. Esta obra era producto unido de varios dramaturgos, entre los que probablemente se contaba Shakespeare, rindiendo así tributo popular al mejor de los londinenses.

 

Y como la historia de los grandes hombres es más interesante y directa que las hipótesis imaginativas o los inventos novelados, fácil es explicarse que, luego de valorar las fuentes en su justo aprecio, venga apoyando este libro con largo aparato de notas. He procurado, con todo, dejar al lector un texto terso y expedito, aunque ampliado con aclaraciones marginales. Así, por diversos motivos, podrán consultarlas el erudito, el desconfiado y el hambriento de información. Y el que quiera puede pasarlas de largo.

 

He escrito con la cabeza, pero no es sorprendente que al correr de las páginas brote, como un alarido del alma, la voz imperiosa del corazón. Nadie ha podido contenerse, sobre todo al llegar a ese trágico momento en que las mejores plumas desde Erasmo y el cardenal Pole hasta nuestros días se estremecieron rompiendo a entonar el Carmen heroicum in mortem Thomae Mori.

 

Pero Tomás Moro no ha muerto. Está con nosotros, en medio de nosotros. Como ejemplo vivo para nuestra conducta de cristianos. Como santo que intercede por esos conflictos político-religiosos que devoran el mundo. El es -Morus noster- semilla fecunda de paz y de alegría, como lo fue su paso por la tierra entre su familia y amigos, en el foro, en la cátedra, en la Corte, en las embajadas, en el Parlamento y en el gobierno.

 

Es también el patrono silencioso de Inglaterra, que derramó su sangre en defensa de la unidad de la Iglesia y del poder espiritual del vicario de Cristo. Y siendo la sangre de los cristianos semilla germinante, la de Tomás Moro va lentamente calando y empapando las almas de quienes a él se acercan imantados por su prestigio, dulzura y fortaleza. Moro será el apóstol silencioso del retorno a la fe de todo un pueblo.

 

Generoso con su vida, no dejó de serlo después de su muerte. Y creo yo que el Señor concedió que su cuerpo, mutilado y no identificado, reposase como el de un soldado desconocido en el osario de la Torre de Londres. Reliquia no guardada en urna ni arqueta de plata, sino en la encrucijada de la historia y en medio de la City, donde santificó sus tareas terrenales.

 

Quiera Dios que a su vibración se tense y abrase nuestro espíritu, y que nuestra alma se ensanche a la talla y medida de su persona.

 

Hampstead, 1961

 

 

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(*) En Sir Tomás Moro. Prólogo a la Primera Edición. Ediciones Rialp

Sobre sus escritos:

-por Esteban Kriskovich (Director Instituto Tomás Moro. Universidad Católica. Asunción-Paraguay)

En los catorce meses de prisión (17 de abril de 1534 a 6 de julio de 1535), escribió varios cientos de hojas que forman uno de los más conmovedores testimonios de la fidelidad de un ser humano a su conciencia, a la verdad y a sus principios.

Además de una numerosa correspondencia, que parcialmente se ha podido rescatar, y unas cuantas conmovedoras oraciones encontradas en su libro de las horas, y una "Instrucción para recibir el cuerpo de Cristo", ha escrito dos obras impresionantes:

1) "Un diálogo de la fortaleza contra la tribulación", en el cual dos personajes Antonio y Vicente, uno anciano y el otro joven, dialogan ante una eminente invasión turca de los peligros y adversidades que han debido sobrellevar los cristianos perseguidos por su fe dentro y fuera de Inglaterra.

2) "La agonía de Cristo", obra inconclusa que parece habérsele arrancado de las manos justo cuando estaba en el capítulo de la aprehensión de Cristo luego de la agonía en el huerto de los olivos. Su última expresión referida a la captura de Cristo en el huerto fue "...echaron mano sobre Jesús".

La imitación a Jesucristo es la plenitud del hombre, y el amor del cristiano. Como muy bien lo dice Alvaro de Silva, Moro escribió este libro con lucidez, afecto y ternura, pero sin ningún sentimentalismo. El cristiano ha de seguir los pasos de Cristo hasta el final, empujado por el amor y la belleza de Cristo. El Calvario es una montaña, no un hoyo oscuro. También la Cruz erguida es un desafío a la ley de la gravedad[3].

Sobre ella quiero referirme explícitamente, porque creo que en algunas páginas existe algo que luego de casi dos mil años, de casi quinientos años, permanece actual.

Moro hizo de la pasión de Cristo, y de manera dramática, el centro de su contemplación durante su encarcelamiento en la Torre de Londres y todo el proceso. Para fortalecerse, Moro se ensimisma en Cristo, y sigue los pasos de Cristo en su agonía, encarcelamiento, proceso, pasión y muerte[4].

Y en un capítulo[5], que es el que quería recordar, reflexiona el hecho de que los Apóstoles, en el huerto de los olivos, duermen mientras el traidor conspira, y Cristo les llama tres veces seguidas y ellos se vuelven a dormir, tal vez por cansancio, tal vez por pereza, tal vez por dolor, pueden existir miles de explicaciones, lo cierto es que se duermen mientras Cristo los necesita. ¡Velad y orad!, les repite y ellos se vuelven ha dormir. Estado de somnolencia. ¿No es este contraste entre el traidor y los apóstoles como un espejo, y no menos clara que triste y terrible, de lo que ocurre tantas veces a través de los siglos, desde aquellos tiempos hasta nuestros días?. La somnolencia. Con razón dice Cristo que los hijos de las tinieblas son mucho más astutos que los hijos de la luz. Y nosotros, ¿estamos despiertos mientras otros maquinan?; ¿estamos despiertos en nuestras universidades fomentando una cultura de la vida humanizadora, mientras otras universidades pueden estar produciendo tesis deshumanizante?, ¿estamos despiertos mientras nuestras leyes atentan contra la vida y la dignidad humana?, ¿estamos despiertos mientras crean nuevos términos y manipulan conceptos y el lenguaje?, legisladores, filósofos, educadores, periodistas, estudiantes, juristas, jueces, médicos, pastores, intelectuales, religiosos, hombres de gobierno, padres de familia, familias enteras, pueblo amante de lo verdadero, ¿estamos acaso despiertos?.

En todos sus últimos escritos se puede notar que Tomás Moro está prácticamente solo. Si no fuera por la comprensión incluso forzada de su hija Margaret estaría completamente solo. Pero "solo" en el convencimiento de su participación en la verdad y la certeza de la comunión en esa verdad con todos los santos. El excanciller es un hombre solo, pero ¿no es la libertad original y auténtica precisamente estar solo el hombre delante de su Dios?[6].

No se encuentra en los escritos de Moro ningún fenómeno que ocurrió a otros santos como apariciones, voces celestiales, milagros ni arrebatos místicos. Moro persevera anclado firmemente en la claridad de su conciencia cristiana frente a todo lo que tiene por delante. Sólo cuenta con su fe y su razón, su libertad anclada en el amor a Cristo y a la Iglesia. Ha formado su conciencia durante largo tiempo. Con estudio y reflexión. Su convicción es tan honda y tan pura que no tiene necesidad de juzgar, despreciar o condenar a los demás. Ni disminuye su amor y respeto al Rey que le envía a la muerte, ni su lealtad al país que tanto ama. Pero su amor a Cristo y a la Iglesia es mayor, y fundado en la clara razón, en la verdad[7]. Por esto murió, no tanto por un principio o idea o tradición, ni siquiera doctrina, sino por una persona, por Cristo. No por un amor a Cristo en abstracto, sino a su Iglesia y a la verdad revelada en ella, en su caso la aceptación y defensa de la supremacía espiritual del Romano Pontífice, la "roca". Moro amaba a Cristo y comprendió que negar aquella verdad o punto doctrinal equivalía a renegar de Cristo.

Moro dentro de su silencio escogió y valoró cada palabra para fabricar una de las protestas más apasionadas y al mismo tiempo serenas a favor de la libertad del espíritu humano, iluminado por la verdad. El cristiano puede vivir sin muchas cosas, pero no puede vivir sin libertad. Su pasión por la verdad debe necesariamente ir unida a su pasión por la libertad. Moro ingresó en la Torre por seguir la verdad de su conciencia. No se adhirió al juramento porque repugnaba su conciencia cristiana. Hacerlo le hubiera llevado a perder su libertad auténtica, con mayúsculas, adherida a la verdad, y por consiguiente a perderse a sí mismo para adherirse a la auténtica libertad. Sin esa libertad original del Espíritu, las demás libertades pueden ser cadenas, aunque produzcan admiración y muy hermosas parezcan. Esto es lo que Moro tiene presente al hablar en algunas cartas del "respeto a su alma".

Hablar de conciencia individual y de inalienable libertad, no significa de ningún modo que esté permitido tomar caprichosamente cualquier decisión, sino más bien, la aptitud y obligación de buscar la verdad en cualquier asunto, según los medios de que se disponga. Y por eso fue al suplicio sin hacer concesiones, cuando le hubiera bastado aceptar un compromiso equívoco, que todo el mundo esperaba de él, para hallarse de nuevo en el ocio con dignidad[8], o en la mentira con una supuesta dignidad.

La auténtica libertad es la fuente de la alegría: "La claridad de mi conciencia hizo que mi corazón brincara de alegría", escribió a su hija Margaret, en los últimos meses de vida. Y esto hacía que el santo, pueda perdonar, rezar por sus enemigos, y aún en esos momentos difíciles y dolorosos, incluso en el cadalso, con el buen humor, fruto de la alegría de pertenecer a Cristo, antes que al propio interés o a los intereses de Estado.

Un contemporáneo de Moro, Nicolas Maquiavelo, escribió: "Amo a mi ciudad más que a mi propia alma". En esta exclamación la trascendencia se borra, el espíritu se aplaca, la conveniencia está por encima de la verdad, y el ser de las cosas se manipula causando incalculables perjuicios. Las consecuencias las conocemos mejor nosotros y mucho más trágicamente que Maquiavelo.[9]

Como decía Chesterton, "dentro de la Iglesia uno tiene que quitarse el sombrero, pero no la cabeza". No luchaba Moro obstinado en su concepción personal ni subjetiva sino en defensa y amor a la verdad. No aspiraba a "salirse con la suya", sino "con la de Dios". Moro murió por una verdad que en su época había sido puesta en peligro. Moro era un intelectual de primera línea, figura cumbre del humanismo renacentista europeo. Tomás Moro estudió la cuestión con objetividad y se aseguró concienzudamente en la verdad. Su conciencia estaba bien formada, su fe era razonable y su contenido había conocido largas horas de reflexión y de estudio. No murió por defender una simple opinión de su cabeza ni por un capricho de su conciencia, sino por salvaguardar la conciencia en la verdad objetiva revelada. Se opuso a una ley dictada al antojo por intereses del momento. Se le cortó la cabeza porque ella era lo que sus enemigos no pudieron conquistar en él[10], y necesitaron de un traidor que con perjurio lo acuse infamemente. Parecería que la verdad venció sobre la mentira, pero ¿ha sido así?. Veritas magna et prevalet. La verdad es grande y prevalece (San Agustín)[11]. Su testimonio aún sigue hasta nuestros días y nos compromete. El peso de su carácter, de su energía viril, de su honestidad, de su formación jurídica y sus quince meses en prisión es abrumador en lo que respecta a sus razones en defensa de la verdad, de lo que las cosas son realmente, del bien, de la justicia. Había mantenido con su inteligencia y prestigio humanista, con la tinta de su pluma, la fe de siempre muchos años antes de librar la última batalla con la sangre de su cabeza[12].

En un bote antes de ser apresado, hablando con su yerno William Ropper sobre la posibilidad de perder su libertad, Moro le manifestó: "La batalla está ganada". La batalla está ganada, existen muchas interpretaciones de esta expresión: la batalla de Moro consigo mismo, la batalla frente a la tentación, la batalla contra los temores, la batalla del bien contra el mal, la batalla de la verdad contra la mentira, la batalla de la muerte contra la vida, la batalla que ya Cristo ganó por nosotros.

La batalla está ganada, pero no abandonemos la lucha. Estamos llamados a ser notables soldados de Cristo, sobre todo para que no hayan más víctimas inocentes del relativismo en lo concreto. Si Dios no existe, ya todo está permitido –decía Dostoievsky-. Debemos prepararnos para ello siempre, para anunciar el esplendor de la verdad en nuestro mundo, hasta las últimas consecuencias.

Para terminar, quisiera repetir algunas frases de la entrevista sobre Tomás Moro a Oscar Luigi Scalfaro, expresidente de Italia: "Para ser buenos políticos hay que ser, ante todo, personas íntegras y formadas; formadas especialmente en la vivencia según los valores cristianos. De este modo pueden ser fuertes interiormente para poder resistir a las tentaciones del poder. Fuertes con la gracia de Dios, que conquista y que se mantiene con la oración y los sacramentos. Cuando Moro tenía entre manos algún asunto importante o grave, iba a la Iglesia, se confesaba, asistía a Misa y recibía la Comunión[13]. Reconocía que el poder era un don que venía de lo alto. El poder por el poder es diabólico; es el pecado de soberbia; es, sobre todo, pensar en sí, en la propia carrera, en el propio interés. ¡Lo opuesto al servicio de la comunidad! La formación de la persona forma parte de los derechos y deberes naturales de la familia, es decir, de los padres. Ahora bien, también es un deber primario de la Iglesia, que es madre y maestra, y tiene la tarea formar integralmente a sus propios hijos. La responsabilidad de la Iglesia en este campo es grande: ¿quién mejor que la Iglesia puede hacer sentir al cristiano que, como ciudadano, no se puede quedar en casa durmiendo, que el bien común depende de cada uno y que el sacrificio por la comunidad es un deber de justicia?. El desafío es grande y necesita personas y sobre todo jóvenes dispuestos a vivir la política como una misión, dispuestos a seguir los grandes ideales del Evangelio, con generosidad y afrontando todo riesgo.

"Simón, tú duermes?" Pedro y los demás lo amaban con locura pero estaban en un estado de somnolencia. "Simón, tu duermes?", pongamos en lugar de Simón allí nuestro nombre y ensimismémonos con esta pregunta de Cristo. Permanezcamos despiertos.

Estas Jornadas para muchos en su historia puede marcar un hito muy importante. No es casual que nos hallamos encontrado. Dios suele llamar con una sutileza muy especial. Tal vez este llamado se haya dado con la invitación a participar de estas Jornadas. El compromiso es personal. Es personal. La tarea de la iluminación de la inteligencia no es fácil pero es necesaria y apasionante. No estamos solos, aunque aparentemente lo sintamos así, porque de hecho estamos llamados en tiempos difíciles.

La batalla está ganada, pero la lucha continúa. Todos estamos llamados para este desafío, aunque nos encontremos aparentemente solos contra el poder, Dios Padre nos protege, Dios Hijo Jesucristo nos acompaña, y Dios Espíritu Santo, nos ilumina con su gracia, y además tenemos la compañía de todos los santos. El mundo está hambriento de una respuesta política auténtica, humana, Dios por algo nos hizo nacer en este tiempo y en esta tierra. Respondamos a su llamado. Muchas gracias.

[3] Cartas desde la Torre, Introducción, Pág. 16.

[4] Un hombre solo. Cartas desde la Torre. Rialp. Madrid. 1990. Pág. 148.

[5] La Agonía de Cristo. Rialp. Madrid. 1997. Pág. 76

[6] Idem. Päg. 21

[7] Idem, 22

[8] Louis Brouyer. "Tomás Moro. Humanista y mártir". Encuentro. Madrid. Pág. 88.

[9] Carta de Maquiavelo a Francesco Vettoni el 16 de abril de 1527.

[10] La agonía de Cristo. Introducción de Álvaro de Silva. Pág. xxvi.

[11] Louis Bouyer. "Tomás Moro. Humanista y Martir". Encuentro. Madrid. Pág. 91.

[12] La agonía de Cristo. Idem. Pág. xxiv.

[13] Cartas desde la Torre. Pág. 145.

SANTO TOMAS MORO

(† 1535)

 

En 1516 se publica la traducción del Nuevo Testamento y la institución del príncipe cristiano, de Erasmo; el Orlando furioso, de Ariosto; la traducción de la Epístola a los romanos, primera obra importante de Lutero, y la Utopía, de Tomás Moro. Unos meses después, ya en 1517, aparecerá también la otra gran obra ético-política de Erasmo, junto con la Institutio: la Querela pacis. Dos años antes Maquiavelo había escrito El Príncipe. Se trata, pues, de un momento intelectualmente decisivo en medio del desbordamiento de entusiasmo y de embriaguez creacional que caracterizan al siglo renacentista. Incluso parecen darse cita simbólicamente, en tan heterogéneos acontecimientos literarios, las mismas tres fuerzas colosales en cuyo conflicto vital consiste la época misma del Renacimiento: el Humanismo católico, la Reforma protestante y el espíritu y la dialéctica extracristianos de la Modernidad.

Los sociólogos nos desvelarán después los procesos desarrollados por las fuerzas y estructuras sociales que en esa época están bullendo. Weber, Sombart o Gómez Arboleya reconstruirán todo ese período configurador de la aventura histórica triunfante del burgués occidental. Paganización, secularización. Ruptura con el orden feudal y con todo un período histórico agotado-formal, esteticista, turbio ya de poderío y de desprestigio del cristianismo. Quiebra de la cristiandad y aparición de fuerzas creadoras decisivas no cristianas y descristianizadoras. Individualismo y racionalismo. Aparición de poderes temporales centrados en sí mismos y racionalizadores del orbe humano: Estado moderno y capitalismo. Florecimiento y cristalización entrecruzados de las naciones modernas y del sistema capitalista, en su vigorosa época juvenil: en las repúblicas mercantiles italianas; en la vida suntuosa y epicúrea —de difícil financiación— de la corte pontificia; en la Alemania de los Fugger, forjadora de las empresas, los negocios y el comercio germanos; en los Países Bajos, especialmente en la Holanda que ya se configura, primera nación cuya vida colectiva se presenta impregnada del espíritu capitalista; en la Francia, que aún se resiste perezosamente a secundar la acción audaz de sus primeros grandes empresarios; en la Inglaterra, que está atravesando la que se ha calificado de "edad heroica del capitalismo inglés".

En ese momento, en 1516, Moro tiene treinta y ocho años, faltan trece todavía para que Enrique VIII le nombre canciller de Inglaterra. Cuatro años después, en 1533, el monarca establece la tiranía y provoca el cisma. Dos años más, y la cabeza de Moro rodará en el patíbulo. Pero en la Utopía se ha alcanzado ya la plenitud intelectual del gran humanista inglés. En la Utopía Moro centra todo su esfuerzo en un objetivo único: tomar el Evangelio, confrontarlo con la injusta sociedad de su tiempo, formular contra ella una denuncia airada y poner frente a tal situación el cuadro de lo que debía ser una sociedad inspirada íntegramente en la concepción evangélica de la vida. Luego, como hombre de acción, tratará de realizar lo único que a él le resulta viable: contener en lo posible el libertinaje político de los déspotas, neutralizando con su prestigio bien ganado el asesoramiento tradicional, complaciente y abyecto, de los dignatarios cortesanos. A unos y a otros, a déspotas y a nobles, hace en este sentido duras alusiones en su obra. Pero nos es más importante detenernos algo en la crítica de una situación económica en la que Moro nos declara hasta qué punto el lujo palaciego y la codicia del incipiente capitalismo lanero y textil están llevando al pueblo a la miseria.

"Vuestras ovejas, que tan mansas eran y que solían alimentarse con tan poco, han comenzado a mostrarse ahora, según se cuenta, de tal modo voraces e indómitas que se comen a los propios hombres y devastan y arrasan las casas, los campos y las aldeas". " ... los nobles y señores, y hasta algunos abades, santos, varones, no contentos con los frutos y rentas anuales que sus antepasados acostumbraban sacar de sus predios, ni bastándoles el vivir ociosa y espléndidamente sin favorecer en absoluto al Estado, antes bien perjudicándolo, no dejan nada para el cultivo y todo lo acotan para pastos; derriban las casas, destruyen los pueblos, y si dejan el templo es para estabulizar sus ovejas; pareciéndoles poco el suelo desperdiciado en viveros y dehesas para caza. Esos excelentes varones convierten en desierto cuanto hay habitado y cultivado por doquier". "Y para que uno solo de esos ogros, azote insaciable y cruel de su patria, pueda circundar de una empalizada algunos miles de yugadas, arrojan a sus colonos de las suyas, los despojan por el engaño o por la fuerza, o les obligan a venderlas, hartos ya de vejaciones. Y así emigran de cualquier manera esos infelices..."

La referencia aún podría ser bastante más extensa, con precisas alusiones de Moro a la conducta antisocial del oligopolio de la lana y de la carne, y a la cruel mecánica alcista en la formación de los precios. Así, hasta parar en la amarga conclusión a que le lleva el análisis del estado de su patria: "...la malvada codicia de unos pocos arrastrará a la ruina vuestra isla, que, precisamente por esta riqueza, parecía ser tan feliz". Pero los párrafos transcritos han bastado para dejarnos sin disimulos ante la personalidad intelectual de Moro. Al menos, ante esa parte decisiva que en su espíritu juegan la pasión por la justicia y la mentalidad ya indiscutiblemente objetiva, positiva, científica, de su enfrentamiento con los problemas sociales; actitudes que nos van a servir de clave para interpretar los aparentes juegos de fantasía con que las circunstancias le obligan a revestir su pensamiento; actitudes, por otra parte, que le llevarán al enfrentamiento, como subraya Mesnard, "nada menos que con la monarquía inglesa y con el sistema económico-social que se le muestra estrechamente ligado".

Hay otros rasgos salientes, que no pueden silenciarse en la semblanza de Tomás Moro. Bouyer nos habla de su figura, como de "la más bella del Renacimiento católico, porque es la de un hombre de acción mas que de un pensador... Su vida y su muerte son el más elocuente testimonio de la vitalidad del catolicismo humanista, penetrado por el espíritu de este Renacimiento, cuyo corifeo sigue siendo Erasmo". Erasmo, su amigo admirado y venerado, promotor de cuanto de valiosa herencia humanista ofrece el catolicismo en tan turbulenta y dramática época, que nos dejará la entrañable evocación de la vida familiar de Moro, llena de sensibilidad, de afecto, de acierto pedagógico, discurriendo dichosamente en el jardín de la casa de Chelsea, junto al Támesis. Su decidida militancia humanista, que le llevará a cultivar los grandes temas de su tiempo, como lo hizo en su estudio sobre la impresionante figura de Pico de la Mirándola, o a concebir la vocación política como mero ejercicio del sentido cristiano del deber, hasta el extremo de acometer la empresa de dejar su testimonio insobornable de integridad como gobernante en un país que "desde 1422 hasta 1509", "en la fatídica galería de monstruos que va de Enrique VI a Enrique VIII (Mesnard), había vivido un drama sangriento interminable que había de terminar por devorarle también a él mismo.

Pero el aspecto más valioso de su obra intelectual, transida de reiterados giros de humour sajón y de ironía universal, es, sin duda, el legado imperecedero que nos aporta como filósofo político y pensador cristiano. Su obra se centra en este aspecto en el ataque a los principios viciosos cuya extirpación consideraba único remedio capaz de devolver la salud a la sociedad de su tiempo. Estos dos principios permanentes de la corrupción política eran, a su juicio, la monarquía y la propiedad. Y a este fin, "para conmover a los espíritus rebeldes a la especulación filosófica; para forzar a los conservadores a evacuar posiciones en las que la crítica no tiene cabida, Moro ha dedicado cinco años a construir un mundo ideal, verdadero espejo de justicia y de prosperidad; mundo en el que, a partir de entonces, está invitado a penetrar el lector de todo país y de toda época" (Mesnard),

Por mi parte pienso que, no obstante ser Erasmo quien, en uno de los rasgos más permanentes de su obra intelectual y espiritual, sitúa doctrinalmente el problema de la evangelización de la política, a Moro es a quien corresponde hasta ahora la significación de figura máxima de cuanto a la respuesta dada al mismo por los cristianos todos los tiempos.

No podemos en esta ocasión acometer un estudio exhaustivo de la filosofía política de Moro, en cuanto discípulo y testigo del Evangelio. Pero desconocen en absoluto lo que él representa en la economía del plan divino sobre el género humano quienes hacen un deliberado alarde de ignorancia acerca de la magnitud trascendental de su concepción política. Concepción a la altura de la cual él supo estar sin duda, con el testimonio de una vida ejemplar como padre y esposo, como sabio, como gobernante, como mártir. Y ello en un trance en el que la organización eclesiástica de su patria, comenzando por un episcopado cobarde, a excepción del obispo Fisher, su compañero de cadalso, se hunde en la abyección ante el tirano. Sin embargo, ese testimonio de su vida no es lícito que pueda servir a nadie para intentar escamotear la importancia intrínseca de una aportación filosófica, cuyo autor mismo juzga con estas palabras: "Si hay que silenciar como insólito y absurdo cuanto las perversas costumbres de los hombres han hecho parecer extraño, habría que disimular entre los cristianos muchas cosas enseñadas por Cristo, cuando él, por el contrario, prohibió que se ocultasen y mandó incluso predicar las que susurró al oído de sus discípulos; pues la mayor parte de esas palabras son tan ajenas a las actuales costumbres como lo fue mi discurso".

Precisamente desde este punto de perspectiva hay que enfocar los aspectos fundamentales de la teoría política de Moro: la construcción de una república ideal y el ataque a la monarquía y a la propiedad privada. Este último aspecto, que es el más radical de su pensamiento, emerge constantemente del texto de la Utopía. "Dondequiera que exista la propiedad privada y se mida todo por el dinero —nos dirá Moro por boca de Rafael HytIodeo, el descubridor portugués que le sirve para expresar sin demasiado riesgo sus enérgicos juicios—, será difícil lograr que el Estado obre justa y acertadamente, a no ser que pienses que es obrar con justicia el permitir que lo mejor vaya a parar a manos de los peores, y que se vive felizmente allí donde todo se halla repartido entre unos pocos que, mientras los demás perecen de miseria, disfrutan de la mayor prosperidad".

Pero esto no era una novedad en el cristianismo. Es la misma voz con que en el siglo IV habían clamado varonilmente los Padres de la Iglesia. Por ejemplo, Lactancio: "Dios nos dio la tierra en común, no para que una avaricia irritante y despiadada se alzase con todo, sino para que los hombres viviesen en comunidad y nadie estuviera falto...". Por ejemplo, Crisóstomo: "Cuando tratamos de poseer algo en particular trayendo continuamente en la boca las insípidas palabras "mío" y "tuyo", entonces es cuando surgen las luchas fratricidas, envidias y rencores. Así, pues, la posesión en común es más natural que la propiedad privada". Por ejemplo, Ambrosio: "...tú te apropias para ti solo lo que se ha dado para común utilidad de todos. La tierra no pertenece exclusivamente a los ricos; es patrimonio de todos; y, sin embargo, son muchos más los que no usan de lo suyo que los que usan de ello". "La avaricia fue la causa de haberse repartido entre pocos las posesiones". Y los mismos conceptos en Clemente Romano, en Basilio, en Jerónimo, en Agustín. Son los conceptos sobre los que Moro afirma que la igualdad de bienes, único camino para la salud pública, es casi incompatible con la propiedad privada; mientras que la república perfecta sólo podrá edificarse sobre la base de la comunión de bienes entre los hombres. Temas ambos que constituyen, respectivamente, el núcleo de la primera y segunda partes de la Utopía.

Y todavía distaba más esta doctrina de ser una novedad en la revelación bíblica, desde el Génesis hasta el Apocalipsis, en el conjunto global del Libro dictado por Dios a los hombres. A partir del momento mismo de la creación Yahvé entrega a los hombres la tierra en común: "...los bendijo y les dijo: Sed fecundos, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad sobre la Tierra" (Gen. 1, 28). Y luego ya, sin cesar, la sed colectiva de justicia que sube de la tierra, con clamor de milenios: la expectación de las generaciones por la ciudad en que los hombres "construirán casas que habitarán; plantarán viñas cuyos frutos comerán. No edificarán para que habite otro, ni plantarán para que otro lo consuma" (Is 65, 21.22), "Este es el nombre que tendrá la Ciudad: "Yahvé —nuestra— Justicia" (Jer. 33, 16). "Son nuevos cielos y una nueva tierra lo que esperamos —según su promesa—, donde habitará la justicia" (2 Petr. 3,13). Esperanza de que Dios nos permita al fin construir una tierra en que reine la justicia y la paz, que culmina en el Apocalipsis: Después vi un cielo nuevo, una tierra nueva —el primer cielo, en efecto, y la primera tierra han desaparecido, y va no hay mar—. Y vi la Ciudad Santa, Jerusalén nueva, que descendía del cielo, de donde Dios; se había embellecido, como una joven casada radiante ante su esposo. Oí entonces una voz clamar, desde el trono: "Ved la morada de Dios con los hombres. Él tendrá su morada con ellos; ellos serán su pueblo y ÉI, Dios —con ellos—, será su Dios. El enjugará toda lágrima de sus ojos; de muerte, ya no habrá nada; de llanto, grito y pena, nada habrá ya, porque el antiguo mundo se ha ido" (Apoc. 21. 1-4).

El Evangelio rezuma esta misma conciencia profunda de la vida. La Iglesia primitiva también. Igual la época de los Padres. El pensamiento medieval, en sus líneas de conjunto, está lejos de romper con este legado. Lo que hace Moro es darle expresión moderna. Quizá demasiado moderna, demasiado arraigada en lo que empezaba a ser ya la Modernidad, el Occidente. A la concepción de la vida que es peculiar del hombre ibero, por ejemplo, le puede resultar demasiado comunista la república utopiana. La ética natural misma podría tomar noticia mucho más directa entre los iberos de la concepción evangélica de la vida, respecto a lo que pudieron lograrlo los ahistóricos pobladores de Utopía. Buena muestra son de estas afirmaciones nuestras, tanto el humanismo ibero de los siglos XVI y XVII, en lo que tiene de no-europeo y de no-contrarreformista, sino de Reforma católica española, como las grandes empresas utópicas de evangelización y civilización acometidas en Indias por los grandes misioneros —exponentes de una conciencia colectiva— que se llamaron Vasco de Quiroga, Zumárraga, Junípero Serra; o los jesuitas paraguayos. Pero eso no altera la significación crucial de la Utopía en la cultura humana y en el cristianismo. En realidad, si es grande la obra de Dios en Moro, tomándole para testigo suyo en la lucha por la justicia sobre la tierra, a costa del supremo sacrificio, la obra de Moro en Dios supone un punto culminante de ese mismo drama visto desde abajo, desde la perspectiva terrestre de la Historia. Hasta ahora supone, sencillamente, la aportación más valiosa de los cristianos a la sangrienta expectación de la humanidad por una sociedad justa y fraterna.

Pero lo cierto es que, a partir de Moro, los cristianos no habíamos vuelto a decirle al pueblo oprimido y explotado las grandes palabras encendidas de cólera y esperanza. Batida duramente la Iglesia por el burgués triunfante, fueron las generaciones católicas desvirtuándose y contagiándose en no pequeña medida de racionalismo y de formalismo jurídico y estético durante los siglos modernos. Parecieron incluso perder la fe en que "el fermento cristiano ha comenzado apenas a transformar las instituciones colectivas de la humanidad...; (en) que no estamos más que al comienzo de las victorias de la verdad evangélica a través de la Historia, y (en) que así, sirviéndola, el cristiano trabaja eficazmente, al mismo tiempo que por su propia salud, por la salud de toda la familia humana". Y así las grandes ansias de las multitudes obreras de nuestro tiempo, su sacrificio, su combate, su inmensa y ruda energía creadora, no los han encauzado ya héroes cristianos, sino héroes y pastores brotados por millares al margen de la Iglesia. Saint-Simon, Prouelhon, Bakunin, Kropotkin, Marx, Sorel, Anselmo Lorenzo, Costa, Pablo Iglesias, Lenin y tantos otros teóricos y jefes del movimiento obrero occidental o soviético, o del movimiento revolucionario ibérico, tuvieron que formarse marginalmente al cristianismo, porque hacía doscientos años que yacía sepultada en el olvido, entre los cristianos, aquella filosofía de liberación del pueblo que Moro había sabido llevar a su expresión más audaz.

Pero el cristianismo guarda en sus senos una vitalidad inmensa. La gigantesca experiencia del hombre moderno ha empezado a tocar ya sus propios límites. Y es ahora, cuando esta vasta hazaña creativa presenta ya su entera dimensión, cuando al cristianismo le empieza a ser posible acometer la empresa de evangelizarla. Ahora, cuando ante los ojos apagados de los burgueses se han mostrado viables ya varias utopías siniestras, está más próxima que nunca la realización en el tiempo de la Utopía cristiana. Y es ahora cuando el cristianismo puede entrar de nuevo en las entrañas del pueblo. En la medida en que los cristianos volvamos a ofrecer a ese mismo pueblo —debatiéndonos contra la injusticia que nos asedia, codo con codo con el ejército de los que sufren, en la misma línea espiritual de Tomás Moro— los artesanos de paz y los luchadores perseguidos que necesitan para ser libres los hambrientos y sedientos de justicia.

El camino, quizá ya el camino final hacia la Ciudad Justa, vuelve a verse claro cuando el hombre actual se lava los ojos con ese ideal ético de la humanidad que Jesús nos traza en su Discurso evangélico, y al que la humanidad se acerca progresiva y trabajosamente en el tiempo: "Felices los pobres en espíritu..., los dulces..., los afligidos, los hambrientos y sedientos de justicia..., los misericordiosos..., los corazones puros..., los artesanos de paz..., los perseguidos por la justicia. Porque suyo es el reino de los cielos" (Mt. 5, 3-10).

MANUEL LIZCANO

LA AGONÍA DE CRISTO

Por Santo Tomás Moro.

 

 

I. "SOBRE LA TRISTEZA, AFLICCIÓN MIEDO Y ORACIÓN DE CRISTO ANTES DE SER CAPTURADO" (Mt 26, Mc 14, Lc 22, Ju 18).

 

Oración y mortificación con Cristo

"Y dicho el himno de acción de gracias, salieron hacia el monte de los Olivos". Aunque habla hablado de tantas cosas santas durante la cena con sus Apóstoles, sin embargo,. y a punto de marchar, quiso acabarla con una acción de gracias. ¡Ah!, qué poco nos parecemos a Cristo aunque llevemos su nombre y nos llamemos cristianos. Nuestra conversación en las comidas no sólo es tonta y superficial (incluso por esta negligencia advirtió Cristo que deberemos rendir cuenta), sino que a menudo es también perniciosa, y una vez llenos de comida y bebida dejamos la mesa sin acordarnos de Dios y sin darle gracias por los bienes que nos ha otorgado.

Un hombre sabio y piadoso, que fue egregio investigador de los temas sagrados y arzobispo de Burgos , da algunos argumentos convincentes para mostrar que el himno que Cristo recitó con los Apóstoles consistía en aquellos seis salmos que los hebreos llaman el "gran allelluia", es decir, el salmo 112 y los cinco restantes. Es una costumbre antiquísima que han seguido para dar gracias en la fiesta de Pascua y en otras fiestas importantes. Incluso en nuestros días siguen usando este himno para las mismas fiestas. Por lo que se refiere a los cristianos, aunque solíamos decir diferentes himnos de bendición y acción de gracias según las épocas del año, cada uno apropiado a su época, ahora hemos permitido que casi todos estén en desuso. Nos quedamos tan contentos diciendo dos o tres palabrejas, cualesquiera que sean, e incluso ésas las susurramos descuidadamente y bostezando con indolencia.

Salieron hacia el monte de los Olivos, y no a la cama. El profeta dice: "En mitad de la noche me levanté para rendirte homenaje", pero Cristo ni siquiera se reclinó sobre el lecho. Ojalá pudiéramos nosotros, por lo menos, aplicarnos con verdad este otro texto: "Me acordé de tí cuando descansaba sobre mi cama . Y no era el tiempo veraniego cuando Cristo, después de cenar, se dirigió hacia el monte. Porque no debía ocurrir todo esto mucho más tarde del equinoccio de invierno, y aquella noche hubo de ser fría, como muestra la circunstancia de que los servidores se calentaban junto a las brasas en el patio del sumo pontífice. Ni tampoco era ésta la primera vez que Cristo hacía tal cosa, como claramente atestigua el evangelista al escribir secundum consuetudinem, "según su costumbre" .

Subió a una montaña para rezar, significando así que, al disponernos a hacer oración, hemos de elevar nuestras mentes del tumulto de las cosas temporales hacia la contemplación de las divinas. El mismo monte de los Olivos tampoco carece de misterio, plantado como estaba con olivos. La rama de olivo era generalmente empleada como símbolo de paz, aquella que Cristo vino a establecer de nuevo entre Dios y el hombre después de tan larga separación. El aceite que se extrae del olivo representa la unción del Espíritu: Cristo vino y volvió a su Padre con el propósito de enviar el Espíritu Santo sobre los discípulos, de tal modo que su unción pudiera enseñarles todo aquello que no hubieran podido sobrellevar si se lo hubiera dicho antes.

"Marchó a la otra parte del torrente Cedrón, a un huerto llamado Getsemaní". Corre el Cedrón entre la ciudad de Jerusalén y el monte de los Olivos, y el vocablo "Cedrón" significa en lengua hebrea "tristeza", mientras que "Getsemaní" quiere decir "valle muy fértil" y también "valle de olivos". No se ha de pensar que es simple casualidad el hecho de que los evangelistas recordaran con tanto cuidado estos nombres. De lo contrario, hubieran considerado suficiente indicar que fue al monte de los Olivos, a no ser que Dios hubiera escondido bajo estos nombres algunos misteriosos significados que hombres estudiosos, con la ayuda del Espíritu Santo, intentarían descubrir, por el simple hecho de ser mencionados. Dado que ni una sílaba puede considerarse vana o superflua en un escrito inspirado por el Espíritu Santo mientras los Apóstoles escribían, y dado el hecho de que ni siquiera un pájaro cae a tierra fuera del orden querido por Dios, me es imposible pensar que los evangelistas mencionaran estos nombres de manera fortuita, o bien que los judíos los asignaran a lugares (cualquiera que fuese su intención al hacerlo) sin un plan escondido del Espíritu Santo, que guardó en tales nombres un depósito de misterios para que fueran desenterrados más adelante.

"Cedrón" significa tanto "tristeza" como "negrura u oscuridad" y da nombre no sólo al torrente mencionado por los evangelistas, sino también -como consta con claridad al valle por el que corre el torrente y que separa a Getsemaní de la ciudad. Así, todos estos nombres evocan a la memoria (a no ser que nos lo impida ver nuestra somnolencia) la realidad de que mientras estamos distantes del Señor, como dice el Apóstol , y antes de llegar al monte fructífero de los Olivos y a la agradable finca de Getsemaní -cuyo aspecto no es triste y áspero, sino fértil en toda clase de alegrías-, debemos cruzar el valle y la corriente del Cedrón. Un valle de lágrimas y un torrente de tristeza, en cuyas aguas puedan limpiarse la suciedad y negrura de nuestros pecados. Mas, si cansados y abrumados con dolor y llanto intentamos perversamente cambiar este mundo, este lugar de trabajo y de sacrificio, en puerto de frívolo descanso; si buscamos el paraíso en la tierra, entonces nos apartamos y huimos para siempre de la verdadera felicidad, y buscaremos la penitencia cuando ya es demasiado tarde, y nos veremos además envueltos en tribulaciones intolerables e interminables.

Esta es la lección saludable de la que estos nombres nos advierten, tan oportunamente escogidos están. Y como las palabras de la Sagrada Escritura no están atadas a un solo sentido, sino cargadas con otros misteriosos, estos nombres de lugares armonizan bien con la historia de la Pasión de Cristo. Parece como si sólo por esta razón la eterna providencia de Dios se hubiera cuidado de que esos lugares recibieran tales nombres, que serían, siglos después, señales anunciadoras de su Pasión. El que "Cedrón" signifique "ennegrecido" ¿no parece querer recordar aquella predicción del profeta sobre Cristo, anunciando que entraría en su gloria por un suplicio ignominioso, y que quedaría desconocido por las contusiones y los cardenales, la sangre, los escupitajos y la suciedad hasta tal grado que "no hay forma ni belleza en su rostro"?.

Y que el nombre del torrente que cruzó no envano significa "triste" es algo que el mismoCristo atestiguó al decir: "Mi alma está triste con tristeza de muerte."

"Y le siguieron también sus discípulos", es decir, los once que habían quedado con El.El diablo habla entrado en el otro Apóstol después de cenar, y afuera también éste marchó, mas no para seguir como discípulo al maestro, sino para perseguirle como un traidor. Bien se cumplían en él aquellas palabras de Cristo: "El que no está conmigo está en contra de mí" En contra de Cristo ciertamente estaba porque en ese mismo momento tramaba insidias para atraparle, mientras el resto de los discípulos le seguían para rezar. Sigamos nosotros a Cristo y supliquemos al Padre con El. No imitemos la conducta de judas, abandonando a Cristo después de haber participado de sus favores y haber cenado espléndidamente con El, para que no caiga sobre nosotros aquella profecía: "Si veías al ladrón te ibas con él".

"Judas, que le entregaba, conocía bien el sitio porque solía Jesús retirarse muchas veces a él con sus discípulos". Una vez más los evangelistas aprovechan la ocasión -al mencionar al traidor- para subrayar, y así grabar en nosotros, aquella santa costumbre de Cristo de retirarse con sus discípulos para hacer oración. Si hubiera ido allí únicamente algunas veces y no frecuentemente, no hubiera estado el traidor tan seguro como estaba de encontrar allí al Señor, hasta el punto de llevar a los servidores del sumo sacerdote y a la cohorte de soldados romanos, como si todo se hubiera acordado de antemano. Caso de que hubieran visto que no estaba todo previsto, hubieran juzgado que Judas se burlaba de ellos, y no le habrían dejado marchar impune. Y yo me pregunto: ¿dónde están esos que se creen grandes hombres y se glorían de sí mismos como si hicieran algo extraordinario cuando, en las vigilias de algunas fiestas importantes, prolongan un poco más la oración en la noche o se levantan temprano para la oración de la mañana? Cristo, nuestro Salvador, tenía como costumbre pasar noches enteras en oración, sin dormir. ¿Dónde están los que le llamaban glotón porque no rechazaba la invitación a los banquetes de los publicanos ni despreciaba a los pecadores?

¿Dónde están aquellos que juzgando su moral con rigidez farisaica no la consideraban mejor que la moral de la chusma?

Mientras tristes y amargados rezaban los hipócritas en las esquinas de las plazas para ser vistos por los hombres, El, apacible y amable, almorzaba con pecadores para ayudarles a cambiar sus vidas. Y, además, solía pasar la noche rezando al descubierto, bajo el cielo, mientras el fariseo hipócrita roncaba a pierna suelta en la blandura de su lecho. ¡Ojalá aquellos de nosotros que, esclavizados en tal forma por la pereza no podemos imitar este ejemplo de nuestro Salvador, tuviéramos, por lo menos, el deseo de traer a la memoria -precisamente mientras nos damos la vuelta en la cama medio dormidos- estas sus noches enteras en oración! Ojalá aprovecháramos esos momentos mientras esperamos al sueño para dar gracias a Dios, para pedirle más gracias y para condenar nuestra apatía y pereza. Estoy seguro de que si hiciéramos el propósito de adquirir el hábito e intentarlo aunque sólo fuera un poco, pero con constancia, en breve tiempo nos concedería Dios dar un gran paso y aumentar el fruto.

 

La angustia de Cristo ante la muerte

"Y dijo a los discípulos: Sentaos aquí mientras yo voy más allá y hago oración. Y llevándose consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a entristecerse y a angustiarse. Y les dijo entonces: Mi alma está triste hasta la muerte. Aguardad aquí y velad conmigo" . Después de mandar a los otros ocho Apóstoles que se quedaran sentados en un lugar, El siguió más allá, llevando consigo a Pedro, a Juan y a su hermano Santiago, a los que siempre distinguió del resto por una mayor intimidad. Aunque no hubiera tenido otro motivo para hacerlo que el haberlo querido, así, nadie tendría razón para la envidia por causa de su bondad. Pero tenla motivos para comportarse de esta manera, y los debió de tener presentes. Destacaba Pedro por el celo de su fe, y Juan por su virginidad, y el hermano de éste, Santiago, seria el primero entre ellos en padecer martirio por el nombre de Cristo. Estos eran, además, los tres Apóstoles a los que se les había concedido contemplar su cuerpo glorioso. Era, por tanto, razonable que estuvieran muy próximos a El, en la agonía previa a su Pasión., los mismos que habían sido admitidos a tan maravillosa visión, y a quienes El habla recreado con un destello de la claridad eterna porque convenía que fueran fuertes y firmes.

Avanzó Cristo unos pasos y, de repente, sintió en su cuerpo un ataque tan amargo y agudo de tristeza y de dolor, de miedo y pesadumbre, que, aunque estuvieran otros junto a El, le llevó a exclamar inmediatamente palabras que indican bien la angustia que oprimía su corazón: "Triste está mi alma hasta la muerte." Una mole abrumadora de pesares empezó a ocupar el cuerpo bendito y joven del Salvador. Sentía que la prueba era ahora ya algo inminente y que estaba a punto de volcarse sobre El: el infiel y alevoso traidor, los enemigos enconados, las cuerdas y las cadenas, las calumnias, las blasfemias, las falsas acusaciones, las espinas y los golpes, los clavos y la cruz, las torturas horribles prolongadas durante horas. Sobre todo esto le abrumaba y dolía el espanto de los discípulos, la perdición de los judíos, e incluso el fin desgraciado del hombre que pérfidamente le traicionaba. Añadía además el "inefable dolor de su Madre queridísima. Pesares y sufrimientos se revolvían como un torbellino tempestuoso en su corazón amabilísimo y lo inundaban como las aguas del océano rompen sin piedad a través de los diques destrozados.

Alguno podrá quizás asombrarse, y se preguntará cómo es posible que nuestro salvador Jesucristo, siendo verdaderamente Dios, igual a su Padre Todopoderoso, sintiera tristeza, dolor y pesadumbre. No hubiera podido padecer todo esto si siendo como era Dios, lo hubiera sido de tal manera que no fuese al mismo tiempo hombre verdadero. Ahora bien, como no era menos verdadero hombre que era verdaderamente Dios, no veo razón para sorprendernos de que, al ser hombre de .verdad, participara de los afectos y pasiones naturales de los hombres (afectos y pasiones, por supuesto, ausentes en todo de mal o de culpa). De igual modo, por ser Dios, hacia portentosos milagros. Si nos asombra que Cristo sintiera miedo, cansancio y pena, dado que era Dios, ¿por qué no nos sorprende tanto el que sintiera hambre, sed y sueño? ¿No era menos verdadero Dios por todo esto?

Tal vez, se podría objetar: "Está bien. Ya no me causa extrañeza que experimentara esas emociones y estados de ánimo, pero no puedo explicarme el que deseara tenerlas de hecho. Porque El mismo enseñó a los discípulos a no tener miedo a aquellos que pueden matar el cuerpo y ya no pueden hacer nada más. ¿Cómo es posible que ahora tenga tanto miedo de esos hombres y, especialmente, si se tiene en cuenta que nada sufriría su cuerpo si El no lo permitiera? Consta, además., que sus mártires corrían hacia la muerte prestos y alegres, mostrándose superiores a tiranos y torturadores, y casi insultándoles. Si esto fue así con los mártires de Cristo, ¿cómo no ha de parecer extraño que el mismo Cristo se llenara de terror y pavor, y se entristeciera a medida que se acercaba el sufrimiento? ¿No es acaso Cristo el primero y el modelo ejemplar de los mártires todos? Ya que tanto le gustaba primero hacer y luego enseñar, hubiera sido más lógico haber asentado en esos momentos un buen ejemplo para que otros aprendieran de El a sufrir gustosos la muerte por causa de la verdad. Y también para que los que más tarde morirían por la fe con duda y miedo no excusaran su cobardía imaginando que siguen a Cristo, cuando en realidad su reluctancia puede descorazonar a otros que vean su temor y tristeza, rebajando así la gloria de su causa."

Estos y otros que tales objeciones ponen no aciertan a ver todos los aspectos de la cuestión, ni se dan cuenta de lo que Cristo quería decir al prohibir a sus discípulos que tuvieran miedo a la muerte. No quiso que sus discípulos no rechazaran nunca la muerte, sino, más bien, que nunca huyeran por miedo de aquella muerte "temporal" que no durará mucho, para ir a caer, al renegar de la fe, en la muerte eterna. Quería que los cristianos fuesen soldados fuertes y prudentes, no tontos e insensatos. El hombre fuerte aguantay resiste los golpes, el insensato ni los siente siquiera. Sólo un loco no teme las heridas, mientras que el prudente no permite que el miedo al sufrimiento le separe jamás de una conducta noble y santa. Seria escapar de unos dolores de poca monta para ir a caer en otros mucho más dolorosos y amargos.

Cuando un médico se ve obligado a amputar un miembro o cauterizar una parte del cuerpo, anima al enfermo a que soporte el dolor, pero nunca intenta persuadirle de que no sentirá ninguna angustia y miedo ante el dolor que el corte o la quemadura causen. Admite que será penoso, pero sabe bien que el dolor será superado por el gozo de recuperar la salud y evitar dolores más atroces.

Aunque Cristo nuestro Salvador nos manda tolerar la muerte, si no puede ser evitada, antes que separarnos de El por miedo a la muerte (y esto ocurre cuando negamos públicamente nuestra fe), sin embargo, está tan lejos de mandarnos hacer violencia a nuestra naturaleza (como seria el caso si no hubiéramos de temer en absoluto la muerte), que incluso nos deja la libertad de escapar si es posible del suplicio, siempre que esto no repercuta en daño de su causa. "Si os persiguen en una ciudad -dice- , huid a otra" . Esta indulgencia y cauto consejo de prudente maestro fue seguido por los Apóstoles y por casi todos los grandes mártires en los siglos posteriores. Es difícil encontrar uno que no usara este permiso en un momento u otro para salvar la vida y prolongarla, con gran provecho para sí y para otros muchos, hasta que se aproximara el tiempo oportuno según la oculta providencia de Dios. Hay también valerosos campeones que tomaron la iniciativa profesando públicamente su fe cristiana aunque nadie se lo exigiera; e incluso llegaron a exponerse y ofrecerse a morir aunque tampoco nadie les forzara. Así lo quiere Dios que aumenta su gloria, unas veces, ocultando las riquezas de la fe para que quienes traman contra los creyentes piquen el anzuelo; y otras, haciendo ostentación de esos tesoros de tal modo que sus crueles perseguidores se irriten y exasperen al ver sus esperanzas frustradas, y comprueben con rabia que toda su ferocidad es incapaz de superar y vencer a quienes gustosamente avanzan hacia el martirio.

Sin embargo, Dios misericordioso no nos manda trepar a tan empinada y ardua cumbre de la fortaleza; así que nadie debe apresurarse precipitadamente hasta tal punto que no pueda volver sobre sus pasos poco a poco, poniéndose en peligro de estrellarse de cabeza en el abismo si no puede alcanzar la cumbre. Quienes son llamados por Dios para esto, que luchen por conseguir lo que Dios quiere y -reinarán vencedores. - Mantiene ocultos los tiempos y las causas de las cosas, y cuando llega el momento oportuno saca a la luz el arcano tesoro de su sabiduría que penetra todo con fortaleza y dispone todo con suavidad. Por consiguiente, si alguien es llevado hasta aquel punto en que debe tomar una decisión entre sufrir tormento o renegar de Dios, no ha de dudar que está en medio de esa angustia porque Dios lo quiere. Tiene de este modo el motivo más grande para esperar de Dios lo mejor: o bien Dios le librará de este combate, o bien le ayudará en la lucha, y le hará vencer para coronarlo como triunfador. Porque "fiel es Dios que no permitirá seáis tentados sobre vuestras fuerzas, sino que de la misma prueba os hará sacar provecho para que podáis sosteneros

Si enfrentado en lucha cuerpo a cuerpo con el diablo, príncipe de este mundo, y con sus secuaces, no hay modo posible de escapar sin ofender a Dios, tal hombre -en mi opinión- debe desechar todo miedo; yo le mandaría descansar tranquilo lleno de esperanza y de confianza, "porque disminuirá la fortaleza de quien desconfíe en el día de la tribulación" . Pero el miedo y la ansiedad antes del combate no son reprensibles, en la medida en que la razón no deje de luchar en su contra, y la lucha en si misma no sea criminal ni pecaminosa. No sólo no es el miedo reprensible, sino, al contrario, inmensa y excelente oportunidad para merecer. ¿0 acaso imaginas tú que aquellos santos mártires que derramaron su sangre por la fe no tuvieron jamás miedo a los suplicios y a la muerte? No me hace falta elaborar todo un catálogo de mártires: para mi el ejemplo de Pablo vale por mil .

Si en la guerra contra los filisteos David valía por diez mil, no cabe duda de que podemos considerar a Pablo como si valiera por diez mil soldados en la batalla por la fe contra los perseguidores infieles. Pablo, fortísimo entre los atletas de la fe, en quien la esperanza y el amor a Cristo hablan crecido tanto que no dudaba en absoluto de su premio en el cielo, fue quien dijo: "He luchado con valor, he concluido la carrera, y ahora una corona de justicia me está reservada". Tan ardiente era el deseo que le llevó a escribir: "Mi vivir es Cristo, y morir, una ganancia" `. Y también: "Anhelo verme libre de las ataduras del cuerpo y estar con Cristo". Sin embargo, y junto a todo esto, ese mismo Pablo no sólo procuró escapar con gran habilidad, y gracias al tribuno, de las insidias de los judíos, sino que también se libró de la cárcel declarando y haciendo valer su ciudadanía romana; eludió la crueldad de los judíos apelando al César, y escapó. de las manos sacrílegas del rey Aretas dejándose deslizar por la muralla metido en una cesta.

Alguien podría decir que Pablo contemplaba en esas ocasiones el fruto que más tarde habla de sembrar con sus obras, y que además, en tales circunstancias, jamás le asustó el miedo a la muerte. Le concedo ampliamente el primer punto, pero no me aventuraría a afirmar estrictamente el segundo. Que el valeroso corazón del Apóstol no era impermeable al miedo es algo que él mismo admite cuando escribe a los corintios: "Así que hubimos llegado a Macedonia, nuestra carne no tuvo descanso alguno, sino que sufrió toda suerte de tribulaciones, luchas por fuera, temores por dentro" . Y escribía en otro lugar a los mismos: "Estuve entre vosotros en la debilidad, en mucho miedo y temor . Y de nuevo: "Pues no queremos, hermanos, que ignoréis las tribulaciones que padecimos en Asia, ya que el peso que hubimos de llevar superaba toda medida, más allá de nuestras fuerzas, hasta tal punto que el mismo hecho de vivir nos era un fastidio" .

¿No escuchas en estos pasajes, y de la boca del mismo Pablo, su miedo, su estremecimiento, su cansancio, más *insoportable que la misma muerte, hasta tal punto que nos recuerda la agonía de Cristo y presenta una imagen de ella? Niega ahora si puedes que los mártires santos de Cristo sintieron miedo ante una muerte espantosa. Ningún temor, sin embargo, por grande que fuera, pudo detener a Pablo en sus planes para extender la fe; tampoco pudieron los consejos de los discípulos disuadirle para que no viajara a Jerusalén (viaje al que se sentía impulsado por el Espíritu de Dios), incluso aunque el profeta Agabo le había predicho que las cadenas y otros peligros le aguardaban allí.

El miedo a la muerte o a los tormentos nada tiene de culpa, sino más bien de pena: es una aflicción de las que Cristo vino a padecer y no a escapar. Ni se ha de llamar cobardía al miedo y horror ante los suplicios. Sin embargo, huir por miedo a la tortura o a la misma muerte en una situación en la que es necesario luchar, o también, abandonar toda esperanza de victoria y entregarse al enemigo, esto, sin duda, es un crimen grave en la disciplina militar. Por lo demás., no importa cuán perturbado y estremecido por el miedo esté el animo de un soldado; si a pesar de todo avanza cuando lo manda el capitán, y marcha y lucha y vence al enemigo, ningún motivo tiene para temer que aquel su primer miedo pueda disminuir el premio. De hecho, debería recibir incluso mayor alabanza, puesto que hubo de superar no sólo al ejército enemigo., sino también su propio temor; y esto último, con frecuencia, es más difícil de vencer que el mismo enemigo.

 

La Humanidad de Cristo

Por lo que se refiere a Cristo nuestro Salvador, lo que ocumo poco después muestra qué lejos estaba de dejarse arrastrar por la tristeza, el miedo o el cansancio, y no obedecer el mandato de su Padre, llevando con valentía a su término todo lo que antes temiera con miedo provechoso y prudente. Por más de una razón quiso Cristo padecer miedo y tristeza, tedio y pena. Digo que quiso, libremente, no que fue forzado., porque ¿quién puede forzar a Dios? El mismo dispuso de modo admirable que su divinidad moderara el influjo en su humanidad de tal modo que pudiera admitir las pasiones de nuestra frágil naturaleza humana, y padecerlas con la intensidad que El quisiera. Como decía, quiso hacerlo así por varias razones.

La primera fue llevar a cabo aquello para lo que vino a este mundo : dar testimonio de la verdad. Pues aunque fuera verdaderamente hombre y verdaderamente Dios no han faltado quienes, al comprobar la verdad de su naturaleza humana en su hambre, sed, sueño, cansancio y otras cosas parecidas, falsamente se persuadieron a sí mismos de que no era verdadero Dios. No me refiero a los judíos y gentiles que entonces le rechazaban, sino más bien a aquellos que mucho tiempo después, y que incluso profesaron su fe y su nombre, herejes como Arrio y seguidores de su secta, negaron que Cristo fuera consustancial con el Padre, desencadenando as¡ contiendas en la Iglesia durante años.

Contra plagas como ésta opuso Cristo un poderoso antídoto: el depósito sin fin de sus milagros. Pero apareció un peligro igual en el otro extremo., como quien tras escapar de Scilla viene a caer en Caribdis. Hubo, en efecto, quienes fijaron su atención de tal modo en la gloria de sus señales y poderes que, ofuscados y aturdidos por aquel inmenso esplendor, acabaron negando que Cristo fuera un hombre verdadero. Aumentando el número de los que así pensaban hasta formar una secta, no cejaron en su esfuerzo por escindir la unidad santa de la Iglesia católica, destruyéndola y rompiéndola con su desgraciada sedición. Esta insensata postura, no menos peligrosa que falsa, busca minar y trastocar completamente (en la medida en que pueden) el misterio de la redención del género humano. Tratan de cortar y secar la fuente de donde mana nuestra salvación, esto es, la pasión y muerte del Salvador.

Para curar esta enfermedad mortífera, el mejor y mas comprensivo de los médicos quiso experimentar en sí mismo la tristeza, el cansancio, el miedo a las torturas, mostrando por medio de estos indicios de humana debilidad que era verdaderamente un hombre.

Vino además a este mundo a ganar para nosotros la alegría por su propio dolor: y ya que nuestra felicidad será consumada en. el cielo tanto en el alma como en el cuerpo, quiso de esta manera padecer no sólo el dolor de la tortura corporal, sino experimentar también en su alma, y de la forma más cruda y amarga, la tristeza, el miedo y el tedio. Lo hizo en parte para unirnos más a El, por razón de todo cuanto padecía por nosotros; Y. en parte, para advertirnos cuán equivocados estamos al rechazar el dolor por su causa (ya que El libremente soportó tanto e inmenso dolor por la nuestra), o al tolerar de mala gana el castigo merecido por nuestros pecados: porque vemos a nuestro Salvador padeciendo por su propia voluntad toda esa gama de tormentos corporales y mentales, y no porque los hubiera merecido por una ofensa suya, sino exclusivamente para liberamos de la maldad que sólo nosotros cometimos.

Una última razón, y dado que nada se le ocultaba a su conocimiento eterno, se encuentra en el hecho de que sabía que habría en la Iglesia personas de diversos temperamentos y condiciones. Y aunque la sola naturaleza sin la ayuda de la gracia nada puede hacer para sobrellevar el martirio (el Apóstol dice que ni siquiera se puede exclamar "jesús es el Señor" si no es en el Espíritu), sin embargo, Dios no da la gracia a los hombres de tal modo que se suspendan las funciones y procesos de la naturaleza. 0 bien permite que la naturaleza se acomode a la gracia y la sirva de tal modo que la obra buena sea hecha con más facilidad., o, caso de que la naturaleza esté dispuesta a resistir, Dios hace que esta misma resistencia, vencida y subyugada por la gracia, aumente el mérito de la obra, precisamente en razón de que era difícil de llevar a cabo.

Sabía Cristo que muchas personas de constitución débil se llenarían de terror ante el peligro de ser torturadas, y quiso darles ánimo con el ejemplo de su propio dolor, su propia tristeza, su abatimiento y miedo inigualable. De otra manera, desanimadas esas personas al comparar su propio estado temeroso con la intrépida audacia de los más fuertes mártires, podrían llegar a conceder sin más aquello que temen les será de todos modos arrebatado por la fuerza. A quien en esta situación estuviera y parece como si Cristo se sirviera de su propia agonía para hablarle con vivísima voz:

-"Ten valor, tú que eres débil y flojo, y no desesperes. Estás atemorizado y triste, abatido por el cansancio y el temor al tormento. Ten confianza. Yo he vencido al mundo, y a pesar de ello sufrí mucho más por el miedo y estaba cada vez más horrorizado a medida que se avecinaba el sufrimiento. Deja que el hombre fuerte tenga como modelo mártires magnánimos, de gran valor y presencia de ánimo. Deja que se llene de alegría imitándolos. Tú, temeroso y enfermizo, tómame a Mí como modelo. Desconfiando de ti, espera en Mí. Mira cómo marcho delante de ti en este camino tan lleno de temores. Agárrate al borde de mi vestido, y sentirás fluir de él un poder que no permitirá a la sangre de tu corazón derramarse en vanos temores y angustias; hará tu ánimo más alegre, sobre todo cuando recuerdes que sigues muy de cerca mis pasos -fiel soy, y no permitiré que seas tentado más allá de tus fuerzas, sino que te daré, junto con la prueba, la gracia necesaria para soportarla-, y alegra también tu ánimo cuando recuerdes que esta tribulación leve y momentánea se convertirá en un peso de gloria inmenso. Porque los sufrimientos de aquí abajo no son comparables con la gloria futura que se manifestará en ti. Saca fuerza de la consideración de todo esto y arroja el abatimiento y la tristeza, el miedo y el cansancio, con el signo de mi cruz y como si sólo fueran vanos espectros en las tinieblas. Avanza con brío y atraviesa los obstáculos firmemente confiado en que yo te apoyaré y dirigiré tu causa hasta que seas proclamado vencedor. Te premiaré entonces con la corona de la victoria."

Entre las razones por las que nuestro Salvador tomó sobre sí mismo las pasiones de la natural debilidad humana, esta última de la que acabo de hablar no es menos digna de consideración. Quiero decir que de verdad se hizo débil por causa del débil, para poder así atender a otros hombres débiles gracias, precisamente, a su propia debilidad. Tan impresa tenía en su corazón la preocupación por nuestra felicidad que todo el proceso de su agonía no parece haber sido delineado sino para dejar bien asentada toda una disciplina de lucha y un método para el soldado que, débil y temeroso, necesita ser empujado -por así decir- al martirio.

 

¿Cómo es nuestra oración?

Para enseñar que en el peligro o en una dificultad que acecha hemos de pedir a otros que vigilen y recen, poniendo al mismo tiempo nuestra confianza en sólo Dios; y también con la intención de mostrar que tomarla el cáliz amargo de la cruz El solo, en soledad y sin otra compañía, mandó a aquellos tres Apóstoles que El había entresacado de los once y llevado al pie de la montaña, que se quedaran allí, firmes y vigilando con El. Después se retiró como un tiro de piedra. "Alejándose un poco adelante, se postró en tierra, caldo sobre su rostro, y suplicaba que, si ser pudiese, se alejara de El aquella hora: ¡Padre, Padre mío!, decía, todas las cosas te son posibles. Aparta de Mí este cáliz, mas no sea lo que Yo quiero, sino lo que Tú."

Lo primero que enseña Cristo Rey, y con su propio ejemplo, a quien quiera luchar por El es la virtud de la humildad, fundamento de las demás virtudes y que permite a uno remontarse hacia las más altas metas con paso seguro. Siendo Cristo, en cuanto Dios, igual al Padre, se presenta ante Dios Padre humildemente por ser también hombre, y se postra así en el suelo.

Paremos, lector, brevemente en este lugar para contemplar con devoción a nuestro rey, postrado en tierra en esa actitud de súplica. Si hacemos esto con verdadera atención, un rayo de aquella luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo iluminará nuestras inteligencias y veremos., reconoceremos, nos doleremos, y en algún momento llegaremos a corregir, no diré ya la negligencia, la pereza o la apatía de nuestra vida, sino la falta de sentido común, la colmada estupidez, la idiotez o insensatez con la que nos dirigimos a Dios todopoderoso. En lugar de rezar con reverencia nos acercamos a El de mala gana, perezosamente y medio dormidos; mucho me temo que así no sólo no le complacemos y ganamos su favor, sino que le irritamos y hasta provocamos seriamente su ira.

Seria muy de desear que, alguna vez, hiciéramos un esfuerzo especial, inmediatamente después de acabar un rato de oración., para traer de nuevo a la memoria todo lo que pensamos durante el tiempo que hemos estado rezando. ¿Qué locuras y necedades veríamos allí? ¿Cuánta vana distracción -y, algunas veces, hasta asquerosidades- podríamos captar? Nos quedaríamos de verdad asombras de que todo eso fuera posible; de que, en tan corto espacio de tiempo, pudiera la imaginación disiparse por tantos lugares, tan dispares y lejanos entre sí; o entre tantos asuntos y cosas tan variopintos como carentes de importancia. Si alguien (como quien hace un experimento) se propusiera esforzar su mente para distraerse en el mayor grado posible y de la manera más desordenada, estoy seguro que no lo lograría tan bien como de hecho lo hace nuestra imaginación cuando, medio abandonada, desvaría por todas partes mientras la boca masculla las horas del oficio y otras oraciones vocales muy usadas. Así, si uno se pregunta o tiene alguna duda sobre la actividad de su mente mientras los sueños conquistan la consciencia -al dormir, no encuentro mejor comparación que ésta: su mente se ocupa de la misma manera que se ocupan las mentes de aquellos que están despiertos (si se puede decir que están "despiertos" los que de esta guisa rezan), pero cuyos pensamientos vagan descabelladamente durante la oración revoloteando con frenesí en un tropel de absurdas fantasías. Mas hay una diferencia con el que sueña dormido; porque algunas de las extrañas visiones del que sueña despierto (rezando), y que su imaginación abraza en sus viajes mientras la lengua corre por la oraciones como si fueran sonidos sin sentido, son monstruosidades tan sucias y abominables que, de haber sido vistas estando dormido, ciertamente nadie, por muy desvergonzado, se atrevería a contarlas al despertar; ni siquiera entre un grupo de golfos.

Y el viejo proverbio es sin duda verdadero: "que el rostro es el espejo del alma"-. En efecto, este estado de desorden e insensatez de la mente se refleja con nitidez en los ojos, en las mejillas, en los párpados y en las cejas, en las manos y en los pies, en suma, en el porte del cuerpo entero. Cuando nuestra cabeza deja de prestar atención, ocurre un fenómeno parecido con el cuerpo. Pretendemos, por ejemplo, que la razón para llevar vestidos más ricos que los corrientes en los días de fiesta es el culto a Dios, pero la negligencia con que luego rezamos muestra claramente nuestro fracaso en el intento de encubrir el motivo verdadero, a saber, un altivo y vanidoso deseo de lucirnos delante de los demás. En nuestra dejadez y descuido tan pronto paseamos como nos sentamos en un banco; pero, incluso si rezamos de rodillas, procuramos apoyarnos sobre una sola rodilla, levantando la otra y descansando así sobre el pie; o hacemos colocar un buen almohadón bajo las rodillas, y algunas veces (depende de cuán flojos y consentidos seamos) incluso buscamos apoyar los codos sobre un almohadón confortable. Con toda esta precaución parecemos una casa ruinosa que amenaza derrumbarse de un momento a otro.

Por lo que se refiere a nuestra conducta, las mismas cosas que hacemos nos traicionan de mil maneras mostrando que la cabeza está ocupada en algo muy ajeno a la oración. Porque nos rascamos la cabeza, y limpiamos las uñas con un corta uñas, y con los dedos nos hurgamos las narices; y mientras tanto nos equivocamos en lo que hemos de responder. Al olvidar lo que hemos dicho y lo que todavía no hemos dicho, nos limitamos a adivinar a la buena ventura lo que queda por decir. ¿Acaso no nos da vergüenza rezar en estado mental y corporal tan falto de sentido común? ¿Cómo es posible que nos comportemos así en algo tan importante para nosotros como la oración? ¿De esa manera pedimos perdón por nuestras faltas suplicándole que nos libre del castigo eterno? Porque de tal modo rezamos que, incluso si no hubiéramos pecado antes, nos hacemos merecedores de castigos diez veces mayores al acercarnos a la majestad soberana de Dios con tan poco aprecio.

Imaginad, si queréis, que habéis cometido un crimen de alta traición contra un príncipe o contra alguien que tiene vuestra vida en sus manos, pero tan misericordioso que está dispuesto a calmar su indignación si os ve arrepentidos y en actitud de humilde- súplica. Imaginad que está decidido a conmutar la sentencia de muerte por una multa, o incluso, a perdonar del todo la ofensa con la sola condición de que le mostréis indicios convincentes de vergüenza y dolor. Suponed ahora que, llevados ante la presencia del príncipe, os adelantáis y empezáis a hablar descuidadamente, sin interés alguno, como a quien no le importa nada lo que pasa; mientras él está quieto en su sitio y escucha con atención, vosotros os movéis paseando de aquí para allá mientras exponéis vuestra situación. Cansados de deambular os sentáis en una silla; o si la cortesía y educación exige que os rebajéis y arrodilléis en el suelo, mandáis primero que alguien venga y coloque un buen almohadón bajo las rodillas; o mejor todavía, le pedís que traiga un reclinatorio con más almohadillas para que apoyéis los codos. Luego, empezáis a bostezar, a desperezaros, a estornudar, y a escupir y eructar, sin más cuidado, los vapores de la glotonería. En fin, comportaros de tal modo que pueda el príncipe ver con claridad en vuestro rostro, en vuestra voz, en vuestros gestos y en todo vuestro porte corporal que mientras a él os dirigís estáis con la cabeza en cosa y asunto muy distinto. Decidme: ¿qué de bueno podéis esperar de tal modo de rogar?

Consideraríamos, sin duda alguna, absurdo e insensato defendernos así ante un príncipe de la tierra por un delito que pide la pena capital. Y un tal poderoso, una vez destruido nuestro cuerpo, nada más puede hacer. ¿Podremos acaso pensar que estamos en nuestro sano juicio, si habiendo sido sorprendidos en toda una reata de crímenes y pecados, pedimos perdón tan altiva y desdeñosamente al rey de reyes, a Dios mismo que tiene poder, una vez destruido el cuerpo, para mandar cuerpo y alma juntos al infierno?

No deseo que nadie interprete lo que digo pensando que prohíbo rezar paseando o estando sentado o incluso cómodamente echado. No, y de hecho, cuánto me gustaría que cualquier cosa que hiciéramos y en cualquier postura del cuerpo, estuviéramos, al mismo tiempo, elevando constantemente nuestras mentes a Dios, que esta suerte de oración es la que más le agrada. Poco importan a dónde se dirijan nuestros pasos si nuestras cabezas están puestas en el Señor. Ni importa lo mucho que andemos porque nunca nos alejaremos bastante de Aquel que en todas partes está presente.

Mas, de la misma manera que aquel profeta dice a Dios: "Te tenía presente mientras yacía en mi lecho" ', y no se quedó contento con esto, sino que se levantó "en mitad de la noche para rendir homenaje al Señor", así sugerirla yo aquí que, además de lo que rezamos al andar, hagamos también aquella oración para la que hemos preparado nuestras mentes con más reflexión, y para la que disponemos nuestro cuerpo con más respeto y reverencia que si hubiéramos de presentarnos ante todos los reyes de la tierra reunidos en un mismo lugar. Con toda verdad he de afirmar que cuando pienso en nuestra disipación mental durante la oración, mi alma se duele y apesadumbra.

De todas maneras, no hay que olvidar que algunas ideas que vienen mientras rezamos han podido ser sugeridas por un espíritu del mal, o bien se han deslizado en la imaginación por el natural funcionamiento de los sentidos. Ninguna de estas distracciones, por vil y horrible que sea, es falta grave si la resistimos y rechazamos. Pero, de lo contrario, si la aceptamos con gusto o por falta de cuidado permitimos que crezca en intensidad durante un rato, no tengo la más mínima duda de que su fuerza puede llegar a aumentar de tal manera que sea fatalmente perjudicial para el alma.

Al considerar la gloria sin medida de la majestad de Dios, me veo obligado a pensar que si estas distracciones de la mente no son delitos punibles con la muerte, se debe sólo a que Dios, en su misericordia y bondad, no quiere exigir por ellas la muerte. Porque la malicia inherente a ellas las hace merecedoras de tal castigo, y ésta es la razón: no consigo imaginar como tales pensamientos aparecen en la mente de los hombres mientras rezan (es decir, cuando hablan con Dios) si no es por falta de fe o porque la fe es muy débil. Si procuramos no estar en Babia al dirigirnos a un prícipe sobre algún asunto importante (o con alguno de sus ministros en posición de cierta influencia), jamás debería entonces ocurrir que la cabeza se distrajera lo más mínimo mientras hablamos con Dios. No ocurrirá esto en absoluto si creyéramos con una fe viva y fuerte que estamos en presencia de Dios. Y Dios no sólo escucha nuestras palabras y mira nuestro rostro y porte externo como lugares de donde puede colegir nuestro estado interior, sino que penetra en los rincones más secretos y recónditos del corazón, con una visión más aguda que los ojos de Lince o y que ilumina todo con el resplandor brillantísimo de su majestad. No ocurriría, repito, si creyéramos que Dios está presente. Aquel Dios en cuya gloriosa presencia todos los poderosos del mundo, en toda su gloria, deben confesar (a no ser que estén locos) no ser más que despreciables gusanos.

 

La oración de Cristo

Por consiguiente, ya que Cristo Salvador nuestro vio que nada hay más provechoso que la oración, y también que este medio de salvación sería a menudo infructuoso por la negligencia e insensatez de los hombres y la malicia de los demonios (de tal manera que, a veces, sería pervertido en instrumento de destrucción), decidió El mismo aprovechar esta oportunidad, en su camino hacia la muerte, para reforzar su enseñanza con la palabra y con su propio ejemplo. Daba así los últimos toques a tema tan necesario (como hizo con otros temas de su catequesis).

Deseaba que supiéramos bien que hemos de servir a Dios no sólo con el alma, sino también con el cuerpo, pues ambos fueron por El creados. Quiso igualmente enseñamos que una -, actitud respetuosa y reverente del cuerpo, aunque tiene su origen y toma su forma del alma, aumenta al mismo tiempo la propia reverencia de ésta y la devoción del hombre a Dios. Quiso así mostrar El la más humilde forma de sujeción, y veneró a su Padre del cielo en una postura corporal que ningún poderoso de la tierra se ha atrevido a reclamar, ni ha aceptado para sí cuando se la han ofrecido voluntariamente (con la excepción de aquel macedonio, ebrio por el vino y la crápula, y algunos otros bárbaros que, ensoberbecidos por los triunfos, pensaron deberían ser venerados como dioses).

Cuando Cristo rezaba no se sentó ni se puso de pie, y ni siquiera de rodillas: se arrojó cuan largo era, con el rostro postrado en tierra. Después, continuando en postura que inspira tanta compasión, imploro` la misericordia de su Padre, y le llamaba una y otra vez con su nombre, rogándole que, ya que todo le era posible y movido ante su oración,, apartara de El aquel cáliz de su pasión caso de que no se hubiera decretado de modo inmutable. Y pedía también que su voluntad, tal como se expresa en esa oración, no fuera complacida si algo mejor parecía a la voluntad del Padre. No se ha de deducir de este pasaje que el Hijo ignorara la voluntad del Padre, sino que, deseando instruir a los hombres, quiso expresar también sentimientos muy humanos.

Al decir dos veces el nombre de Padre quería recordarnos que toda paternidad procede de El, tanto en el cielo como en la tierra; y que Dios Padre es su Padre doblemente. Por creación., que es una cierta paternidad, pues venimos de Dios, que nos creó de la nada, de modo más verdadero que descendemos del padre humano que nos produjo; porque, de hecho, él fue creado a su vez por Dios, y Dios proveyó la materia de que fuimos engendrados. Cuando Cristo reconoció a Dios como Padre en este sentido, lo hacía en cuanto hombre. Por otra parte, en cuanto es Dios, lo reconoce como Padre natural y coeterno.

Otra razón para llamarle Padre dos veces puede ser ésta (y tal vez no esté lejos de ser cierta) : no sólo quería reconocer que Dios Padre es su Padre natural en el cielo, sino también que no tiene otro Padre sobre la tierra, ya que fue concebido según la carne por una Virgen y Madre, sin intervención de varón, cuando el Espíritu Santo descendió sobre ella. El Espíritu es del Padre y del Hijo, cuyas obras coexisten en identidad y no pueden ser radicalmente distinguidas.

La repetición del nombre de Padre puede también enseñarnos una importante lección: cuando rezamos por algo y no lo recibimos no hemos de abandonar la oración, como hizo el rey Saúl, que, al no conseguir de inmediato un oráculo profético de Dios, recurrió a una pitonisa, mezclándose así en prácticas y brujerías prohibidas por la ley que él mismo había promulgado. Cristo enseña a perseverar en la petición sin murmurar, caso de que no obtengamos lo que buscábamos. Y enseña esto con razón, porque El no obtuvo el indulto de muerte que buscaba del Padre con tanta urgencia, pero, a la vez, siempre con la condición de que su voluntad estuviera en todo sujeta a la del Padre. En esto último hemos de -imitarle de modo muy particular.

"Volvió después a sus discípulos y los encontró dormido?". En amor amori quid prestat, cuánto sobresale y destaca un amor sobre el otro. El amor de Cristo por los suyos era mucho más grande que el amor con que ellos correspondían, incluso el de quienes más le amaban. Ni la tristeza, miedo, pavor o cansancio, que angustiosamente le afligían cuanto más cercano estaba su cruel suplicio, le excusaron de ir a ver a sus amigos. Estos, aunque mucho le amaban (y sin duda le querían con locura), se durmieron con toda tranquilidad, y, precisamente, cuando un peligro tan grave se cernía sobre su Maestro.

"Y dijo a Pedro: ¿Simón, tú duermes? ¿No has podido vigilar conmigo una hora? Vigilad y orad para que no caigáis en la tentación. El espíritu, si, está pronto, pero la carne es flaca`. ¡Qué fuerza tienen estas palabras tan breves de Cristo! Suave es su sonido; mas penetran como el pinchazo de un aguijón. Al dirigirse a Pedro como Simón y reprocharle bajo ese nombre su somnolencia, quería Cristo decir que el nombre de Pedro, dado anteriormente en razón de su firmeza, no era muy apropiado ahora ante su debilidad y su sueño. No sólo interesa aquí notar la omisión del nombre de Pedro (o mejor, Cefas), sino también el hecho de que el mismo nombre de Simón no dejara de llevar su aguijón. Porque, en hebreo (lengua que hablaba Cristo), Simón significa "el que escucha" y también "el que obedece", y en esta ocasión, y contra el expreso deseo de Cristo, Pedro se había dormido: ni escuchaba ni obedecía. Estas palabras llenas de delicadeza que dirigió a Pedro llevaban otras implicaciones, y podrían haber sonado como a continuación escribo, caso de que hubiera hecho el reproche con tono más severo:

Simón., que ya no Cefas, ¿duermes? ¿Cómo puedes merecer que te llame Cefas, es decir, 'roca', si muestras ahora tanta flaqueza que ni siquiera puedes aguantar una hora sin caer en los lazos del sueño? Y por lo que se refiere a tu viejo nombre, el de Simón, ¿puedes ser llamado 'el que escucha' cuando te encuentro así dormido? ¿Puedes ser llamado 'obediente' cuando, a pesar de que te mandé vigilar, apenas me voy, te echas, empiezas a cabecear y te caes dormido? Hice Yo tanto por ti, ¿y tú te duermes? Yo te hice sujeto de honores, ¿y te me duermes? Hace poco te jactabas de que morirías conmigo, ¿y ahora duermes? Soy arrastrado a la muerte por judíos y gentiles y por uno peor que cualquiera de ellos, judas; y tú, Simón, ¿te duermes? No hay duda de que Satanás está buscando trituraros como el trigo, ¿y tú te duermes? ¿Qué puedo esperar de otros si, en tan grave e inminente peligro, no sólo para mi, sino también para vosotros, incluso tú, Simón, te has dormido?"

Después, y para que nadie pensara que esto afectaba sólo a Pedro, se volvió y habló a los demás: 'Vigilad y orad, para que no caigáis en la tentación. El espíritu está pronto, pero la carne es flaca."

Se nos manda aquí orar constantemente. No sólo se declara la utilidad de la oración, sino su inmensa necesidad. Sin ella, la debilidad de la carne nos echa para atrás como la rémora retarda el barco, hasta que nuestras cabezas (sin que importe cuánto deseen hacer el bien) son precipitadas en el mar de la tentación. ¿Qué ánimo está más pronto que lo estaba el de Pedro? Esto enseña cuánta necesidad tenía de la ayuda divina contra la debilidad de la carne. Cuando el sueño le impidió rezar y pedir ayuda a Dios abrió una rendija al demonio que, poco después, se serviría de su flaqueza para embotar los buenos deseos de su corazón y llevarlo hasta la negación de Cristo con perjurio.

Si esto ocurrió a los Apóstoles, hombres que eran ramas verdes llenas de vida, que entraron en tentación por dejar que el sueno interrumpiera su oración, ¿qué ocurrirá con nosotros que, en comparación con ellos, somos ramas secas, al enfrentamos casi de súbito con el peligro? Y me pregunto cuándo no estamos en peligro, porque nuestro enemigo el diablo anda como león rugiente buscando a quien cae por la debilidad de la carne para arrojarse sobre él y devorarlo. En tan grave peligro, me pregunto qué será de nosotros si no seguimos el consejo de Cristo y perseverando en la vigilancia atenta y en la oración.

Manda Cristo estar despiertos no para jugar a las cartas o a dados, ni en borracheras o festines y juergas, ni por el vino o las mujeres, sino para rezar. Advierte que hemos de rezar, no de vez en cuando, sino siempre, sin cesar: Orate sine intermissione. No sólo durante el día (pues no parece sea muy necesario mandar a alguien estar despierto de día), sino que aconseja también dedicar a la oración un rato del tiempo que dedicamos generalmente a dormir. Deberíamos estar avergonzados y reconocer nuestra culpa porque apenas decimos una o dos breves oraciones, y además, medio dormidos y bostezando. Enseña el Salvador que hemos de rezar no para vivir en la opulencia, ni en una rueda de placeres sin fin, ni para que algo horrible ocurra a nuestros enemigos, m para que recibamos honores en este mundo, sino "para que no entremos en la tentación". Desea, de hecho, darnos a entender que todos esos bienes terrenales, o bien pueden sernos a la larga perjudiciales, o de otro modo, son nada en comparación con el beneficio y fruto de la oración. Por eso, dispuso en su sabiduría esta petición al final de la oración que había previamente enseñado a sus discípulos, y que es como un resumen:"y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal".

 

La voluntad de Dios Padre

'Volvióse de nuevo por segunda vez y rezaba repitiendo las mismas palabras: Padre mío, si no puede pasar este cáliz sin que yo lo beba, hágase tu voluntad. Regresó una vez más y los encontró dormidos; estaban sus ojos cargados de sueño y no sabían qué responderle. Dejándolos, se retiró a orar por tercera vez, repitiendo las mismas palabras: Padre, si quieres, aparta de mi este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya" '. Volvió de nuevo a la oración, repitiendo la misma que había hecho antes, pero sometiendo todo una vez más a la voluntad del Padre. La petición ha de ser apremiante, pero sin cerrarse ni limitarse a lo que pedimos en concreto. Ha de ser la oración una oración abierta a lo que Dios quiera y con absoluta confianza, pues desea nuestro bienestar no menos que nosotros mismos, y sabe lo que puede hacemos felices mil veces mejor que nosotros.

"Padre mío, si no puede pasar este cáliz sin que yo lo beba, hágase tu voluntad." Ese "mío" tiene doble fuerza., porque expresa un gran afecto y deja claro que. Dios Padre es Padre de Cristo de modo único, esto es, no sólo por creación (es Padre de todas las cosas) ni por adopción (como es Padre de los cristianos), sino más bien por naturaleza es Padre de Dios Hijo. A los demás nos enseña a rezar diciendo: "Padre nuestro que estás en los cielos." Reconocemos en estas palabras que hermanos somos todos los que tenemos un mismo Padre, mientras que Cristo es el único que puede decir con propiedad y dirigirse al Padre, a causa de su divinidad, como lo hace: "Padre mío." Si alguien, no contento de ser como los demás seres humanos, llega a imaginar en su soberbia que sólo él es gobernado por el espíritu secreto de Dios, y reza con esta invocación "Padre mío" en lugar de "Padre nuestro" se atribuye una situación distinta de la de los otros, me parece que ese tal se arroga para sí el lenguaje propio de Cristo. Reclama para si como individuo el espíritu que Dios da a todos los hombres. Tal hombre no es de hecho muy diferente de Lucifer: reclama para sí solo la palabra de Dios, de la misma manera que Lucifer reclamó para sí el lugar y puesto del mismo Dios.

Las palabras de Cristo -"si no puede pasar este cáliz sin que yo lo beba, hágase tu voluntad" dejan bien claro cuál es el criterio por el que llama una cosa posible o imposible. No es otro que éste: el decreto cierto e inmutable de su Padre con respecto a su muerte. Si hubiera pensado Cristo que necesariamente estaba destinado a morir, bien por el curso de los astros o por lo que llaman la fuerza del "destino", hubiera sido del todo inútil que añadiera: "pero hágase tu voluntad". ¿Acaso habría dejado la decisión en manos del Padre si hubiera estado convencido de que dependía de algún otro además del Padre, o que el Padre había de tomar una decisión necesariamente determinada, como quien quiere y no quiere?

Al considerar las palabras con las que Cristo imploraba al Padre para librarle de la muerte, sometiendo todo humildemente a su voluntad, no hay que olvidar que, siendo Dios y hombre, no decía esto como Dios, sino como hombre. Nosotros, que somos alma y cuerpo, también alguna se veces decimos de todo nuestro ser cosas que, de hecho, son ciertas sólo del alma; y, de otro lado, hablamos a veces de nosotros cuando una mayor precisión requeriría que habláramos sólo de nuestros cuerpos. Decimos, por ejemplo, que los mártires van derechos al cielo cuando mueren, pero en realidad sólo sus almas entran en el cielo. Y también decimos que los hombres, por soberbios que sean, no son más que polvo y ceniza, y que al terminar esta corta vida se pudrirán en el sepulcro. Constantemente hablamos así, aunque sabemos que el alma no va al sepulcro ni sufre muerte, sino que sobrevive al cuerpo, bien en miserable tormento (si vivió mal con el cuerpo), bien en perpetua felicidad (si vivió bien). De modo parecido habla Cristo de lo que hizo como Dios y de lo que hizo como hombre; no como si estuviera dividido en dos personas, sino como una sola y misma persona, porque, de hecho, es una sola persona.

En la persona omnipotente de Cristo, humanidad y divinidad estaban unidas y eran uno no menos que su alma inmortal estaba unida a un cuerpo que podía morir. Así., en razón de su divinidad, no dudó en afirmar: "Yo y el Padre somos uno" ', y "Antes que Abraham, soy yo" '. Por razón de sus dos naturalezas dijo: "Yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo" '. Y en razón de su sola humanidad dice: "El Padre es mayor que yo",y "un poco más estoy yo con vosotros". Es verdad, desde luego, que su cuerpo glorioso está realmente presente con nosotros, y así será hasta el fin del mundo, bajo la apariencia de pan en el sacramento venerable de la Eucaristía; pero aquella forma corporal que tuvo entre sus discípulos (y éste es el modo de presencia a la que se refería al decir: "Un poco más estoy con vosotros") se nos quitó con la ascensión de Cristo(a no ser que El quiera mostrarla a alguien, como algunas veces ha hecho). No olvidemos, al considerar, en este pasaje de su agonía, sus sufrimientos y súplicas tan humildes que parecen incompatibles con la sublime majestad de Dios, que Cristo las dijo como hombre. Algunas entre ellas tuvieron su origen en la parte inferior de su humanidad (la que concierne a la sensación), y sirvieron para proclamar la genuinidad de su naturaleza humana y para aliviar del temor temporal a otros hombres, más adelante.

Ni en las palabras ni en los hechos del proceso de su agonía pensó Cristo que hubiera algo indigno de su gloria (in glorium). De hecho, puso especial cuidado en que todas estas cosas de su afligida humanidad fueran ampliamente divulgadas. El único y mismo Espíritu de Cristo dictó cuanto escribieron los Apóstoles; mas encuentro difícil recordar cualquiera otra de sus obras que se preocupara tanto por dejar bien grabada en la memoria de los hombres. Que se entristeció sobremanera es algo que El mismo debió contar a sus Apóstoles para que pudieran transmitirlo a la posteridad. Las palabras que dirigió a su Padre en su oración difícilmente pudieron haber sido oídas por los Apóstoles, incluso si hubieran permanecido despiertos (los mas cercanos estaban a un tiro de piedra); y si hubieran estado allí mismo, junto a El, nada hubieran oído porque estaban dormidos. Por lo que se refiere a aquellas gotas de sangre que corrían como sudor de su cuerpo entero, se ha de decir que, aun en el caso de que hubieran visto más tarde la mancha sobre el suelo, me parece que podrían haber deducido cualquier otra explicación sin adivinar la única correcta; era un fenómeno sin precedente.

Sin embargo, parece poco probable que Cristo hablara de todas estas cosas con su Madre o con los Apóstoles inmediatamente antes de su muerte, a no ser que uno piense que contó el proceso de su agonía cuando volvió adonde estaban los Apóstoles, esto es, mientras estaban apenas despiertos o medio dormidos; o bien que lo contara en el mismo momento en que la tropa de soldados le capturó. Una sola posibilidad queda, y parece la verdadera: después de resucitar de entre los muertos, y cuando ya no podía haber duda alguna de que era Dios, su queridísima Madre y sus discípulos oyeron: de su boca santísima la exposición detallada, punto por punto, de lo que experimentó su afligida humanidad. El conocimiento de ese dolor beneficiaría tanto a ellos mismos como, a través de ellos, a tantos otros que vendrían después. Nadie fuera de Cristo pudo haberlo contado.

Así, pues, la meditación sobre la agonía produce un gran alivio en quienes tienen el corazón lleno de tribulaciones. Y con mucha razón ocurre así, porque para consolar al afligido, para este fin, quiso dar a conocer nuestro Salvador, en su bondad, su propio dolor, el dolor que nadie conoció ni pudo haber conocido.

Quizás alguno se haya preguntado por qué Cristo, al regresar hacia donde estaban sus discípulos después de su oración y encontrarles dormidos y atónitos, pues no sabían qué decir, los dejó sin más. Podría parecer que había ido con el solo objeto de ver si estaban despiertos; pero como era Dios, tuvo que haberlo sabido de antemano. Si alguien se hiciera esta pregunta, yo le contestaría así: Cristo nada hizo en vano. Es cierto que el volver de Cristo adonde ellos estaban no les incitó a estar bien despiertos, sino tan sólo a una reacción de asustada modorra. Apenas levantaron la mirada hacia El, caso de que su reproche los despertara completamente, se volvieron a dormir en el mismo momento en que se marchó (lo que es todavía mucho peor). Mas este detalle de Cristo no es inútil, pues con él declaró su solicitud por los discípulos, y además, con su ejemplo, enseñó a los futuros pastores de su Iglesia que no deberían permitir en sí mismos la más mínima vacilación o incertidumbre, por causa de la tristeza, del miedo o del cansancio, en lo que respecta al cuidado amoroso de su rebaño. Les indicaba con ese detalle que han de comportarse de tal modo que prueben con hechos bien tangibles que no están tan preocupados por ellos mismos como por el bienestar de los que les han sido confiados como grey.

Alguno habrá que en su curiosidad por averiguar los planes divinos podrá quizá decir: "0 Cristo quería que los Apóstoles estuvieran despiertos o no. Si quería., ¿qué sentido tiene ese ir y venir varias veces? Si no quería, ¿por qué les dio un mandato tan preciso? Dado que era Dios, ¿no podía haber asegurado que su mandato seria cumplido sin mayor complicación?"

Sin ninguna duda, buen hombre. Cristo era Dios y podía llevar a cumplimiento lo que deseara, El que con sola su palabra creó todas las cosas. Habló y aparecieron. Mandó y fueron creadas. Si abrió los ojos de un ciego de nacimiento, ¿cómo no iba a saber abrir los ojos de un hombre dormido? Ni hace falta ser Dios para poder, fácilmente, hacer esto último. Todo el mundo sabe que con sólo pinchar con un alfiler los párpados de un hombre dormido, se despertará y no se dormirá de inmediato. No cabe la más mínima duda de que Cristo pudo haber hecho que los Apóstoles no se durmieran ni por un breve momento, si tal hubiera sido su deseo de modo absoluto e incondicional. Sin embargo, su deseo estaba modificado por una condición: que ellos mismos así también lo desearan, de tal manera que cada uno hiciera cuanto estuviera de su parte para aceptar el mandato divino y cooperar con los impulsos de la gracia.

De igual manera desea Cristo que todos los hombres se salven y que nadie sufra la condena eterna, siempre con la condición de que nos configuremos según su amable voluntad y no nos dispongamos en contra por nuestra propia malicia. Si alguno, obstinadamente, insiste en oponerse, Dios no quiere llevarle en contra de su voluntad, como si necesitara de nuestros servicios allá en el cielo o como si no pudiera continuar su glorioso reinado sin nuestro apoyo. Si no pudiera reinar *m nosotros, castigaría de inmediato muchas ofensas que., ahora, y por nuestra causa, tolera e incluso parece no darse por enterado durante tiempo: confía y espera que su bondad y su paciencia nos conducirán, finalmente, al arrepentimiento. Nosotros, sin embargo, abusamos de su clemencia al añadir más pecados a nuestros pecados, amontonando (como dice el Apóstol) ira para el día de la ira.

Mas tal es la bondad de Dios que, a pesar de nuestra negligencia y de estar dormidos en el almohadón de nuestros pecados, nos sacude de cuando en cuando y, sirviéndose de la tribulación, nos menea, agita y golpea, haciendo todo cuanto está de su parte para despertarnos. Aun cuando prueba ser benevolísimo incluso en su ira, muchos de nosotros, en esa estupidez del hombre, confundimos su acción e imaginamos que tan gran beneficio nos es perjudicial. Si tuviéramos sentido común y estuviéramos en nuestro sano juicio, nos sentiríamos inclinados a rezar con frecuencia pidiendo que, cuando nos hayamos apartado de El, no deje de darnos golpes y sacudirnos para volver al buen camino; y esto, incluso en el caso de que poco o nada nos apetezca.

 

Para que veamos el camino

En consecuencia, hemos de rezar, en primer lugar, viam ut videamus, para que veamos el camino y con la Iglesia podamos decir a Dios:"De la ceguera del corazón, líbranos, Señor" . Y con el profeta cuando dice: "Enséñame a hacer tu voluntad" ,y también: "Muéstrame tus caminos y enséñame tus sendero?". Después, desearemos con toda nuestra alma correr tras de Ti, oh Dios, en el olor de tu ungüento y en la dulce fragancia de tu espíritu. Si languidecemos en nuestra marcha (como casi siempre ocurre) y quedamos rezagados, tan distantes que difícilmente conseguimos seguirle desde lejos, acudamos a Dios de inmediato diciéndole: "Coge mi mano derecha" y guíame a lo largo del camino".

Si vencidos por el cansancio apenas tenemos ya fuerza para continuar, o si tanta es la pereza y blandenguería que estamos a punto de pararnos, pidamos a Dios que, por favor, nos arrastre aunque opongamos resistencia. Finalmente, si tanto resistirnos, y contra la voluntad de Dios y nuestra propia felicidad, nos empeñamos, tercos y duros de mollera, como caballos y burros que carecen de inteligencia, debemos humildemente pedir a Dios con las muy adecuadas palabras del profeta: "Sujétame bien fuerte con el freno de la brida y golpéame cuando no marche cerca de Ti".

La ilusión por la oración es lo primero que hemos de buscar cuando nos veamos atrapados por la tibieza y la desidia; pero en esa situación del alma no apetece rezar por nada que no deseemos recibir (ni siquiera aunque nos sea muy útil). Por esta razón, si tenemos un poco de sentido común, deberíamos contar con esta debilidad por anticipado, deberíamos preverla antes de caer en ese enfermizo y penoso estado espiritual. En otras palabras, deberíamos derramar sin cesar sobre Dios jaculatorias y oraciones como las que acabo de mencionar, implorando con humildad que, si en algún momento, viniéramos a pedir algo que no nos es conveniente, impulsados por los atractivos de la carne, o seducidos por los espejuelos de los placeres, o atraídos por el anhelo de las cosas terrenales, o trastornados por las insidias y maquinaciones del diablo, se haga sordo a nuestra petición y aleje aquello por lo que rezamos, derramando sobre nosotros todo aquello que El sabe nos hará bien, aunque mucho le pidamos lo aparte de nuestra vida.

Nada de particular ni de extraño tiene esta conducta. Es bien lógica. En efecto, así nos comportamos de ordinario (si tenemos un poco de inteligencia) cuando estamos a punto de coger una fiebre maligna. Advertimos y avisamos por adelantado a quienes nos van a cuidar durante la enfermedad que, aunque se lo supliquemos, no nos proporcionen en absoluto aquello que nuestra enfermiza condición nos hará desear aunque sea nocivo para la salud e, incluso, vaya a empeorar la fiebre.

Estamos a veces tan dormidos en los vicios que ni siquiera queremos despertarnos ante las llamadas y sacudidas de la misericordia divina, y regresar a la práctica de las virtudes. Nosotros mismos somos la causa de que Dios se aleje abandonándonos en nuestra vida viciosa. A algunos los deja de tal manera que ya no vuelve a ellos; a otros les deja dormir hasta otro momento, según lo vea más oportuno en su admirable bondad y en la profundidad inescrutable de su sabiduría, La conducta de Cristo cuando regresó a ver qué hacían los Apóstoles ofrece un buen ejemplo de esto. No hablan querido permanecer despiertos, sino que se durmieron inmediatamente. Cristo, por tanto, los dejó y se marchó: Dejándolos se volvió y oraba con las mismas palabras: Padre, si quieres, aparta de mi este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.

Reza y pide otra vez por lo mismo. Una vez másañade la misma condición , y de nuevo nos da ejemplo, mostrando que cuando estamos en gran peligro (aunque sea por el honor de Dios) no podemos pensar que sea inoportuno pedir urgentemente a Dios que nos procure una salida. Incluso es posible que permita seamos llevados a tales dificultades, precisamente porque el miedo al peligro nos hará ser más fervientes en la oración cuando quizás la prosperidad nos habla enfriado. Esto es particularmente cierto si se trata de un peligro corporal, pues muchos de nosotros no estamos demasiado preocupados con los peligros que afectan al alma.

Fuera del caso de quien es inspirado y fortalecido por Dios para sufrir martirio, toda otra persona que se preocupa, como debe ser, de su alma, tiene suficientes motivos para temer que se cansará tanto bajo tal peso que acabará sucumbiendo. Sólo conoce que debe sufrir martirio quien ha experimentado esa llamada de un modo inenarrable, o bien, lo ha juzgado así por indicaciones y datos apropiados. De lo que se deduce que, para evitar aquella misma excesiva confianza que Pedro tenla de si., ha de rezar cada uno diligentemente para que Dios, en su bondad, le libre de un peligro tan grande para su alma. Con todo, se ha de insistir una y otra vez en que nadie ha de rezar pidiendo escapar tan totalmente del peligro que ya no quede en su ánimo el deseo de abandonar el asunto en Dios, dispuesto a cumplir con esmerada obediencia todo cuanto Dios haya dispuesto para él.

Estas son algunas de las razones por las que Cristo nos dejó este ejemplo de oración tan aprovechable para nosotros: que El se hallaba tan lejos de necesitar tal petición como la tierra dista del cielo. En cuanto Dios, no era inferior al Padre; no sólo su poder, sino también su voluntad, se identificaba con la del Padre. En cuanto hombre, su poder era infinitamente menor, pero todo el poder, en el cielo y en la tierra, le fue finalmente entregado por el Padre. Aunque su voluntad humana era distinta a la del Padre, estaba en tal grado de conformidad con ella que jamás hubo desacuerdo alguno. Acepta, por tanto, sufrir amarguísima muerte en obediencia a la voluntad del Padre, y al mismo tiempo, se muestra hombre verdadero, pues la sensibilidad toda de su cuerpo reacciona ante la muerte con horror. Su oración expresa muy vívidamente tanto el miedo como la obediencia: "Padre", decía, "si quieres aparta de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya". Y que sus facultades mentales nunca rehuyeron suplicio tan horroroso, sino que permanecieron obedientes al Padre hasta la muerte y muerte de cruz, es algo que muestran sus obras (las que siguieron en su pasión) con mayor claridad todavía que sus palabras.

Al mismo tiempo, sus sentimientos eran abrumados con un intenso terror ante la inminente pasión, como lo prueban las palabras que siguen en el evangelio: "Se le apareció un ángel del cielo para confortarle"'. ¡Qué grande hubo de ser su angustia que un ángel tuvo que venir del cielo para darle ánimo!

Al leer este pasaje no puedo dejar de asombrarme ante la estupidez de quienes afirman ser del todo inútil buscar la intercesión de un ángel o de un santo difunto. Vienen tales a decir que podemos dirigirnos con confianza a Dios mismo; no sólo porque está más cerca nuestro que todos los ángeles y santos juntos, sino también porque tiene poder de darnos más, y desea hacerlo así mucho más que todos los santos del cielo, cualesquiera que sean.

Son argumentos tan triviales e infundados que sólo expresan el disgusto y la envidia de quienes así hablan por la gloria de los santos. Mientras éstos, por su parte, han de estar con razón disgustados con tales hombres que se esfuerzan por demoler el homenaje de amor que damos a los santos y la asistencia protectora que nos prestan. ¿Por qué estos desvergonzados no razonan de la misma manera en este pasaje, diciendo que el esfuerzo del ángel por consolar a Cristo salvador era completamente inútil y vano? ¿Qué ángel podría ser tan poderoso como Cristo? ¿Qué ángel estaba tan cercano a Dios como lo estaba El, si Cristo era Dios? Lo cierto es que, de la misma manera que quiso sufrir tristeza y angustia por nuestra causa, quiso también tener un ángel para ser consolado. Refutaba así los argumentos sin sentido de esos individuos, al mismo tiempo que declaraba ser hombre verdadero: porque así como los ángeles le sirvieron como Dios al triunfar sobre las tentaciones del demonio, también ahora un ángel vino a consolarle como hombre mientras avanzaba hacia la muerte. Nos llenó así de esperanza sabiendo que, si estando en peligro nos dirigimos a Dios, no nos faltará consolación, con tal de que no recemos perezosa y rutinariamente sino con un ruego que salga de lo más profundo del corazón, tal como vemos a Cristo en este pasaje.

 

La perspectiva del martirio

"Y entrando en agonía, rezaba con más ardor, y su sudor se hizo como gotas de sangre que chorreaba hasta el suelo". Afirman muchos autores que los sufrimientos de Cristo fueron mucho más dolorosos que los de cualquier otro mártir por grandes que fueran, en cualquier otro tiempo o lugar. Hay quienes no están de acuerdo, porque, dicen, hay otros géneros de tortura de aquellos que padeció Cristo, y en algunos casos, los tormentos se han prolongado durante días. Piensan también que, por razón de su divinidad infinita, una sola gota de la preciosa sangre de Cristo hubiera sido más que suficiente para redimir a toda la humanidad. La prueba de Cristo no fue ordenada por Dios según la medida humana, sino de acuerdo con su sabiduría impenetrable; y, como nadie puede conocer esta medida con certeza, sostienen no ser perjudicial para la fe creer que el dolor de Cristo fue menor que el de algunos mártires.

Además de la extendida opinión de la Iglesia, que oportunamente aplica a Cristo las palabras de Jeremías sobre Jerusalén (O vos omnes qui transitis per viam, respicite et videte si est dolor sicut dolor meus), encuentro yo este pasaje muy convincente para que jamás crea que los tormentos de ningún mártir puedan ser comparados con el sufrimiento de Cristo, ni siquiera en esta cuestión de la intensidad del dolor. Incluso si tuviera que conceder (y tengo buenas razones para no hacerlo) que alguno de los mártires haya padecido más y mayores torturas y, si se quiere, más largas que las de Cristo, pienso que torturas de apariencia más leve causaron, de hecho, en Cristo un dolor más atroz del que se podría sentir con suplicios de apariencia más espantosa.

En efecto, veo a Cristo abatido con la angustia de la inminente pasión, con una angustia tan amarga como nadie ha podido experimentarla ante el pensamiento de los tormentos que se le venían encima, porque, ¿quién ha sentido jamás tal angustia que un sudor de sanare fluyera de todo su cuerpo chorreando hasta el suelo? Sólo el presentimiento del dolor fue más amargo y penoso en Cristo que en cualquier otro: ésta es la medida para hacerse una idea de la intensidad del dolor que padeció. La angustia que padecía no pudo haber aumentado de tal manera que causara al cuerpo sudar sangre, si Cristo no hubiera empleado su omnipotencia divina, no sólo para que no disminuyera el dolor, sino para aumentar su fuerza. Y lo hizo así por su propio querer. Anunciaba la sangre que los futuros mártires se verían obligados a derramar sobre el suelo; y ofrecía, al mismo tiempo, un ejemplo nunca visto y sorprendente de una angustia inmensa. Lo hacía a modo de consuelo para aquellos que, al llenarse de pavor y miedo ante el pensamiento de la posible tortura, podrían quizá pensar que la angustia es signo de su próxima ruina, y caer en desesperación.

Alguno podrá sacar aquí a relucir el ejemplo de aquellos mártires que, libremente y con gran deseo, se expusieron a una muerte cierta por su fe en Cristo; y seguir después diciendo que son particularmente dignos de los laureles del triunfo porque mostraron tal gozo que no dejaba lugar al dolor, ni mostraron rastro de tristeza ni de miedo. Estoy dispuesto a aceptar el primer punto, con tal de que no se vaya tan lejos que se acabe negando el triunfo de quienes, marchando a contra pelo, ni se echan para atrás ni escapan una vez capturados; sino que continúan hacia adelante a pesar de su temerosa angustia y, por amor a Cristo, hacen frente a aquello que les horroriza.

Si alguien defiende que quienes abrazaron gozosos el martirio reciben mayor gloria que estos últimos, no diré yo nada, y puede quedarse para sí con su argumento. Me basta con saber que en el cielo a ningún mártir le faltará gloria más grande de la que jamás pudieron sus ojos ver ni sus oídos escuchar, ni entraba en el corazón poder concebir mientras vivía aquí en la tierra. Además, si alguno tiene un lugar más alto en el cielo, nadie le envidia; al contrario, todos se gozan en la gloria de los demás a causa de su mutuo amor. Finalmente, hay que decir que todo este asunto sobre quién recibirá de Dios más gloria en el cielo no es, en mi opinión personal, algo perfectamente diáfano para nosotros, yendo como vamos a tientas en la oscuridad de nuestra naturaleza mortal.

Ciertamente, "Dios ama al que da con alegría" . Pero, aun así, no tengo ninguna duda de que amaba a Tobías e igualmente al santo Job. Los dos varones sobrellevaron con paciencia y fortaleza sus calamidades, pero, que yo sepa, ninguno de ellos saltaba de gozo ni aplaudía de contento mientras tanto. Ofrecerse a morir por Cristo cuando la situación así lo exige o cuando Dios mueve por dentro para hacerlo es, no lo niego, una obra de virtud heroica. Mas, fuera de tales casos, no me parece tan seguro comportarse así, y entre aquellos que espontáneamente sufrieron por Cristo hay muchas grandes figuras que temieron sobremanera, que padecieron profundamente angustiados y abatidos, y que, en más de una ocasión, huyeron de la muerte antes de enfrentarla finalmente con gran fortaleza.

No niego el poder de Dios, y sé bien que, de vez en cuando, hace este favor a personas santas como premio de los trabajos de sus vidas, o bien simplemente por generosidad: llena el alma del mártir con tal alegría que, no sólo deja de ser oprimido por la angustia, sino que se ve también libre de lo que los estoicos denominan las propassiones (emociones incipientes o primitivas), de las que incluso esos sabios consumados son susceptibles.

Se da el caso de quienes, desplazada su consciencia por una emoción muy fuerte, no sienten las heridas que les han inflingido en la batalla; sólo más tarde advierten el daño. De manera semejante, no hay razón para dudar de que el gozo en la esperanza de la gloria ya cercana haga que el alma sea transportada fuera de si, hasta el punto de no temer la muerte y ni siquiera sentir los tormentos.

Llamaría yo a este don o gracia "gratuita felicidad" o premio a la virtud vivida, y no materia de futura felicidad. Podría haber pensado que esta recompensa corresponde al dolor sufrido por Cristo, si nofuera porque Dios, en su liberalidad, lo otorga en una medida tan buena y tan colmada, tan apretada y tan sobreabundante, que es muy cierto que los sufrimientos de esta vida no son de ningún modo comparables con la gloria de la vida futura que se revelará en aquellos que amaron a Dios tan celosamente que gastaron su sangre y su vida por su gloria en medio de una agonía mental y entre tormentos corporales.

Dios, en su bondad, no remueve el miedo, de esas personas porque apruebe en mayor grado su audacia, o porque quiera premiarla de esa manera, sino mas bien a causa de su debilidad: sabe bien que no podrán hacer frente al terror en condiciones de igualdad.

Hubo, de hecho, algunos que sucumbieron al miedo, aunque vencieron después sufriendo todos los tormentos. Quienes, de otra parte, padecen la muerte con ánimo, pronto y gozoso, ayudan a otros con su ejemplo, y no dudo que esto sea bien útil.

No olvidemos, sin embargo, que casi todos tememos la muerte, y por eso, apenas nos hacemos idea de cuánta ayuda y fortaleza han recibido muchos de aquellos que, angustiados y temblorosos, se enfrentaron con la muerte, y que, a pesar de todo, superaron con valentía los escollos del camino y los obstáculos, barreras más duras que el hierro, como lo son su propio abatimiento, su miedo y su angustia. Victoriosos sobre la muerte conquistan el cielo al asalto. ¿No se enardecerá el ánimo de estas débiles creaturas al ver el ejemplo de tales mártires, como ellos cobardes y temerosos, para no ceder bajo la persecución aunque sientan la tristeza dentro de si, y el miedo y abatimiento ante una muerte tan espantosa.

La sabiduría de Dios, que todo lo penetra con fuerza irresistible y que dispone todas las cosas con suavidad, al contemplar en presente cómo serían afectados los ánimos de los hombres en diferentes lugares, acomoda su ejemplo a los varios tiempos y lugares, escogiendo, ora un destino ora otro, de acuerdo con lo que El ve será más conveniente. De esta manera, da a los mártires temperamentos según los designios de su providencia. Uno corre aprisa y gustoso a la muerte; otro marcha en la duda y con miedo, pero sufre la muerte con no menos fortaleza: a no ser que alguien imagine ser menos valiente por tener que luchar no sólo contra sus enemigos de fuera, sino también contra los de dentro; que el tedio, la tristeza y el miedo son, además de fuertes emociones, poderosos enemigos.

Puede concluirse toda esta discusión diciendo que hemos de admirar y venerar los dos tipos de mártires, alabar a Dios por ambos, e imitarlos cuando la situación lo exija, cada uno según sus posibilidades y la gracia que Dios le dé. El que siente grandes deseos no necesita más ánimos para ser audaz, y entonces, quizás sea oportuno recordarle que es bueno que tema, no sea que su presunción, como la de Pedro, le haga echarse para atrás y caer. El que siente angustia, miedo y abatimiento debe ciertamente ser confortado. Y así, tanto en un caso como en el otro, la angustia de Cristo está llena de alivio, pues mantiene al primero lejos de exagerar su entusiasmo, y hace al otro alzarse en la esperanza cuando se encuentre postrado y abatido.

Si alguien se siente fogoso y lleno de entusiasmo, ese tal, al recordar tan humilde y angustiosa presencia de su rey, tendrá buen motivo para temer, no sea que su astuto enemigo esté elevándole en alto, pero sólo para poder aplastarle más tarde contra el suelo con mayor dureza.

Quien se vea tan totalmente abrumado por la ansiedad y el miedo que podría llegar a desesperar, contemple y medite constantemente esta agonía de Cristo rumiándola en su cabeza. Aguas de poderoso consuelo beberá de esta fuente. Verá, en efecto, al pastor amoroso tomando sobre sus hombros la oveja debilucha, interpretando su mismo papel y manifestando sus propios sentimientos. Cristo pasó todo esto para que cualquiera que más tarde se sintiera así de anonadado puchera tomar ánimo y no pensar que es motivo para desesperar.

Demos gracias como mejor podamos, que nunca podremos dar bastantes; y en nuestra agonía recordemos la suya, con la que ninguna podrá jamás ser comparada; y pidámosle, con todas nuestras fuerzas, que se digne consolarnos en nuestra angustia, iluminándonos con la que El mismo sufrió. Cuando, con vehemencia y a causa de nuestra flaqueza, le pidamos que nos libre del peligro, sigamos su ejemplo tan precioso cerrando nuestra súplica con este broche: "No se haga mi voluntad sino la tuya." Si lo hacemos, no dudo lo más mínimo que, así como cuando El oraba un ángel fue a llevarle consuelo, también cada uno de nuestros ángeles nos traerán ese consuelo del Espíritu que nos dará fuerza para perseverar en las obras que nos llevan al cielo. Y para darnos segura confianza sobre esto, Cristo nos antecedió allá por ese camino y con el mismo método.

Tras haber padecido agonía durante un lar90 rato., su animo se restableció de tal modo que volvió a los Apóstoles y se dirigió al encuentro del traidor y de los verdugos que le buscaban para atormentarle. Después, tras haber sufrido como convenía, entró en su gloria y allí prepara un lugar para aquellos de nosotros que sigamos sus pisadas. Que por su agonía se digne ayudarnos en la nuestra, para que no se vea frustrado ese lugar del cielo por nuestra estupidez y cobardía.

 

Los Apóstoles se duermen mientras el traidor conspira

'Levantándose del suelo y volviendo a sus discípulos, hallólos dormidos por causa de la tristeza. Les dijo: ¿Por qué dormís? Levantaos y orad para no caer en la tentación. Dormid y descansad. Pero basta ya. He aquí que llegó la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. Levantaos y vámonos de aquí. Ya se acerca el que me ha de entregar" .

Vuelve Cristo por tercera vez adonde están sus Apóstoles, y allí los encuentra sepultados en el sueño, a pesar del mandato que les habla dado de vigilar y rezar ante el peligro que se cernía. Al mismo tiempo, judas, el traidor, se mantenía bien despierto., y tan concentrado en traicionar a su Señor que ni siquiera la idea de dormirse se le pasó por la cabeza. ¿No es este contraste entre el traidor y los Apóstoles como una imagen especular, y no menos clara que triste y terrible, de lo que ha ocurrido a través de los siglos, desde aquellos tiempos hasta nuestros días? ¿Por qué no contemplan los obispos, en esta escena, su propia somnolencia? Han sucedido a los Apóstoles en el cargo, ¡ojalá reprodujeran sus virtudes con la misma gana y deseo con que abrazan su autoridad! ¡Ojalá les imitaran en lo otro con la fidelidad con que imitan su somnolencia! Pues son muchos los que se duermen en la tarea de sembrar virtudes entre la gente y mantener la verdadera doctrina, mientras que los enemigos de Cristo, con objeto de sembrar el vicio y desarraigar la fe (en la medida en que pueden prender de nuevo a Cristo y crucificarlo otra vez), se mantienen bien despiertos. Con razón dice Cristo que los hijos de las tinieblas son mucho más astutos que los hijos de la luz

Aunque esta comparación con los Apóstoles dormidos se aplica muy acertadamente a aquellos obispos que se duermen mientras la fe y la moral están en peligro, no conviene, sin embargo, a todos los prelados ni en todos los aspectos.

Desgraciadamente, algunos de ellos (muchos más de los que uno podría sospechar) no se duermen "a causa de la tristeza"., como era el caso con los Apóstoles. No. Están, más bien, amodorrados y aletargados en perniciosos afectos, y ebrios con el mosto del demonio, del mundo y de la carne, duermen como cerdos revolcándose en el lodo. Que los Apóstoles sintieran tristeza por el peligro que corría su Maestro fue bien digno de alabanza; pero no lo fue el que se dejaran vencer por la tristeza hasta caer dormidos. Entristecerse y dolerse porque el mundo perece, o llorar por los crímenes de otros, es un sentimiento que habla de ser compasivo, como sintió este escritor: "Me senté en la soledad y lloré" y este otro: "Me dolía el corazón porque los pecadores se apartaban de tu ley." Tristeza de esta clase la colocaría yo en aquella categoría de la que sedice, ( ...). Pero la pondría ahí sólo si el efecto, aunque bueno, es controlado y dirigido por la razón. Si no es así, si la pena oprime tanto al alma que ésta pierde vigor y la razón pierde las riendas, si se encontrara un obispo tan vencido por la pesadez de su sueño que se hiciera negligente en el cumplimiento de los deberes que su oficio exige para la salvación de su rebaño, se comportaría como un cobarde capitán de navío que, descorazonado por la furia del temporal, abandona el timón y busca refugio mientras abandona el barco a las olas. Si un obispo se comportara así, no dudaría yo en juntar esta tristeza con aquella otra que conduce, como dice San Pablo, al infierno. Y aún peor la considerarla yo., porque esta tristeza en las cosas espirituales parece originarse en quien desespera de la ayuda de Dios.

Otra clase de tristeza, peor si cabe, es la de aquellos que no están deprimidos por la tristeza ante los peligros que otros corren, sino por los males que ellos mismos pueden recibir; temor tanto más perverso cuanto su causa es más despreciable, es decir, cuando no es ya cuestión de vida o muerte, sino de dinero. Cristo mandó tener por nada la pérdida de nuestro cuerpo por su causa. "No temáis a quienes matan el cuerpo, y no pueden hacer más. Yo os mostraré a quién habéis de temer: Temed al que después de quitar la vida, puede mandar también el alma al infierno. A ése os repito, habéis de temer"`. Para todos, sin excepción, dijo estas palabras, caso de que hayan sido encarcelados y no haya escapatoria posible. Pero añade algo más para aquellos que llevan el peso y la responsabilidad episcopal: no permite que se preocupen sólo de sus propias almas, ni tampoco que se contenten refugiándose en el silencio, hasta que sean arrastrados y forzados a escoger entre una abierta profesión de fe o una engañosa simulación. No. Quiso que dieran la cara si ven que la grey a ellos confiada está en peligro, y que hicieran frente al peligro con su propio riesgo, por el bien de su rebaño.

El buen pastor da su vida por sus ovejas dice Cristo. Quien salve su vida con daño de las ovejas, no es buen pastor. El que pierde su vida por Cristo (y así hace quien la pierde por el bien del rebaño que Cristo le confió) la salva para la vida eterna. De la misma manera, el que niega a Cristo (como hace el que no confiesa la verdad cuando el silencio a su rebaño), al querer salvar su vida empieza de hecho a perderla. Tanto peor, desde luego, si llevado por el miedo, niega a Cristo abiertamente, con palabras, y lo traiciona. Tales obispos -no duermen como Pedro, sino que, con Pedro despiertos, niegan a Cristo. Al recibir como Pedro, la mirada afectuosa de Cristo, muchos serán los que con su gracia llegarán un día a limpiar aquel delito salvándose a través del llanto. Sólo es necesario que respondan a su mirada y a la invitación cariñosa a la penitencia, con dolor, con amargura de corazón y con una nueva vida, recordando sus palabras, contemplando su pasión y soltando las amarras que los ataban a sus pecados.

Si tan amenazado estuviera alguien en el mal que no haya dejado de profesar la verdadera doctrina por miedo, sino que, como Arrio y otros como él ,predica falsa doctrina bien por una sórdida ganancia o por una corrupta ambición, ese tal no duerme como Pedro, ni niega como Pedro, sino que permanece bien despierto como el miserable Judas y, como Judas, a Cristo persigue. La situación de ese hombre es mucho más peligrosa que la de los otros, como muestra el horrendo y triste final de Judas. No hay limite, sin embargo, en la bondad de un Dios misericordioso, y ni siquiera tal pecador ha de desesperar del perdón. De hecho, incluso al mismo -Judas ofreció Dios muchas oportunidades de volver en si y arrepentirse. No le arrojó de su compañía. No le quitó la dignidad que tenla como Apóstol. Ni tampoco le quitó la bolsa, y eso que era ladrón. Admitió al traidor en la última cena con sus discípulos tan queridos. A los pies del traidor se dignó agacharse para lavar con sus inocentes y sacrosantas manos los sucios pies de Judas, símbolo de la suciedad de su mente. Con incomparable bondad le entregó para comer, bajo la apariencia de pan, aquel mismo cuerpo suyo que el traidor ya había vendido. Y, bajo la apariencia de vino, le dio aquella sangre que, mientras bebía, pensaba el traidor cómo derramar. Finalmente, al acercarse Judas con la turba para prenderle, ofreció a Cristo un beso, un beso que era, de hecho, la muestra abominable de su traición, pero que Cristo recibió con serenidad y con mansedumbre.

¿Quién habrá incapaz de pensar que cualquiera de estos detalles podría haber removido el corazón del traidor a mejores pensamientos, por muy endurecido que estuviera en el crimen? Es cierto que hubo un principio de arrepentimiento al admitir su pecado, cuando devolvió las monedas de plata (que nadie recogiera) gritando que era traidor y confesando haber entregado sangre inocente. Me inclino a pensar que Cristo le movió hasta este punto para salvarle de la ruina, lo que hubiera sido posible si no hubiera añadido a su traición la desesperación. Así se portaba Cristo con quien, con tanta perfidia, le había entregado a la muerte.

Después de ver de cuántas maneras mostró Dios su misericordia con Judas, que de Apóstol había pasado a traidor, al ver con cuánta frecuencia le invitó al perdón, y no permitió que pereciera sino porque él mismo quiso desesperar, no hay razón alguna en esta vida para que nadie, aunque sea como Judas, haya de desesperar del perdón. Siguiendo el santo consejo del Apóstol: "Rezad unos por otros para ser salvos" ,si vemos que alguien se desvía del camino recto, esperamos que volverá algún día a él, y mientras tanto, recemos sin cesar para que Dios le ofrezca oportunidades de entrar en razón; para que con su ayuda las coja, y para que, una vez cogidas, no las suelte ni rechace por la malicia., ni las deje pasar de lado por culpa de su miserable pereza.

 

¿Por qué dormís?"

Al encontrar Cristo a los Apóstoles durmiendo por tercera vez, les dijo: "¿Por qué dormís?" como si dijera: "No es este tiempo para dormir, sino para estar bien despiertos y orar, como os he advertido ya dos veces, no hace apenas un rato." Si no supieron qué responder cuando se durmieron por segunda vez, ¿qué excusa podían haber dado ahora, en que por tercera vez eran sorprendidos en la misma falta? ¿Era una excusa válida decir que se habían dormido "a causa de la tristeza" como menciona el evangelista? Así lo recuerda Lucas, pero también es cierto que no lo alaba en absoluto. Insinúa, sí, que su tristeza era de alguna manera loable; pero el sueño que la siguió no estaba libre de culpa. La tristeza, aquélla que puede ser digna de un gran premio, tiende algunas veces hacia un gran mal. Así ocurre si nos devora de tal modo que nos deja inutilizados; nos impide acudir a Dios con la oración, buscando de El consuelo, y desesperados y oprimidos, como queriendo escapar de una tristeza consciente buscamos alivio en el refugio del sueño. Mas, tampoco aquí encontraremos lo que buscábamos, y perderemos en el sueño el consuelo que podríamos haber obtenido de Dios si hubiéramos permanecido despiertos y orando. Se deja, entonces, sentir sobre nosotros el peso molesto de una mente perturbada incluso mientras dormimos, y aun con los ojos cerrados, tropezamos con las tentaciones y trampas preparadas por el diablo.

De ahí que Cristo, prescindiendo de cualquier excusa para el sueño, dijera: "¿Por qué dormís? Dormid ya y descansad. Basta. Levantaos y rezad para que no caigáis en la tentación. Ha llegado la hora y el Hijo del hombre será entregado en manos de los pecadores. Levantaos, vamos. Ya llega el que me va a entregar. Todavía estaba hablando, cuando llegó Judas...". Al despertar a los Apóstoles por tercera vez, cortó de golpe sus palabras con una cierta ironía. No con esa ironía frívola y burlona con la que hombres ociosos, pero de talento, acostumbran a divertirse entre Sí. sino con una ironía grave y seria: "Dormid y descansad..."

Notad cómo da permiso para dormir: de tal modo que significa en realidad lo contrario. Apenas había dicho: "Dormid", añadió "Basta"; como si dijera: "Ya no necesitáis dormir más. Durante todo el tiempo que deberíais haber estado despiertos, habéis estado durmiendo, incluso en contra de lo que os mandé. Ahora ya no hay tiempo para dormir, y ni siquiera para quedarse un momento sentados. Debéis levantaros inmediatamente y rezad para que no caigáis en la tentación. Tal vez por ella me abandonaréis, causando gran escándalo. Pero, por lo demás, por lo que se refiere al sueño, dormid y descansad si podéis. Tenéis mi permiso, pero no podréis. Ya se acerca la turba -ya están casi aquí y ella sacudirá vuestra modorra. Ya se aproxima la hora en la que el Hijo del hombre será entregado en manos de los pecadores. Muy cerca está quien me entrega." Apenas hubo terminado estas pocas palabras, y todavía hablaba, cuando he aquí que Judas Iscariote...

No ignoro que algunos eruditos y santos no admiten esta interpretación, aunque sí admiten que otros -igualmente doctos y santos- la han considerado aceptable. No se ha de pensar que quienes no aceptan esta interpretación se hayan horrorizado ante una ironía en labios de Cristo (como algunos otros, sin duda hombres piadosos, pero no lo suficientemente versados en las figuras de lenguaje que toma la Sagrada Escritura ordinariamente del lenguaje común; si lo fueran, habrían encontrado la ironía en tantos otros lugares que no la habrían juzgado ofensiva en éste). ¿Qué podría ser más punzante y humorístico que aquella ironía con la que el bienaventurado Apóstol censura a los corintios con tanta gracia? Pues pide, en efecto, disculpas por no haber nunca cargado a ninguno de ellos con cargas ni gastos: "¿Qué he hecho yo de menos por vosotros que por las otras iglesias si no es esto: que nunca os he sido gravoso? Perdonadme este agravio" `. ¿Qué ironía podría ser más mordaz que aquella con la cual el profeta de Dios ridiculizó a los adivinos de Baal mientras invocaba a la estatua muda de su dios: 'Llamadle más fuerte -decía porque vuestro dios duerme o, quizás, se ha ido a otro lugar de viaje". Aprovecho la ocasión de mencionar estos ejemplos por aquellos lectores que, debido a una demasiado pía sencillez, rehúsan aceptar en la Sagrada Escritura (o al menos no advierten en ella) estas formas de lenguaje tan usadas corrientemente; y al no contar con ellas no aciertan a veces con el sentido real de la Escritura.

No disgusta a San Agustín la interpretación que yo mantengo, pero dice que no es necesaria: opina ser suficiente el sentido literal y directo, sin ninguna figura de lenguaje. En su obra Concordia evangelistarum escribe sobre ese pasaje: 'Parece que Mateo se contradice. ¿Cómo puede decir 'dormid ahora y descansad', e inmediatamente después añadir "levantaos, vamos'?. Contrariados por esta inconsistencia intentan ver en esas palabras -'dormid y descansad'- un reproche en lugar de una concesión o permiso. Esto sería lo más correcto si fuera necesario. Pero Marcos lo relata asi: Cuando Cristo hubo dicho 'Dormid y descansad', añadió 'Basta', y siguió diciendo: 'Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre será traicionado'. Por lo tanto, se ha de entender que después de decir 'Dormid y descansad', quedó el Señor un rato en silencio para que hicieran lo que habla permitido, y sólo después siguió: 'Basta. He aquí...', es decir, 'Habéis descansado bastante'."

Como siempre, no deja San Agustín de ser agudo en este razonamiento. En mi opinión, sin embargo, los que defienden la otra opinión no encuentran probable que, después de que Cristo les reprochara por dos veces el dormirse, se volvieran a dormir ahora que su captura era inmediata; ni que tras haberles reprochado severamente su somnolencia (al decirles "¿por que dormís?" les hubiera dado permiso para dormirse. No hay que olvidar que el peligro -y ésta era la razón por la que no debían haberse dormido antes-estaba ahora, precisamente, a la puerta, como se dice. De cualquier modo, presentado como he las dos opiniones, cada uno es libre de escoger la que prefiera. Me limito a dar cuenta de ambas. No deseo yo (que soy nadie en esta cuestión) ofrecer una solución como si fuera el árbitro oficial.

 

"Levantaos y orad

"Levantaos y orad para que no caigáis en la tentación." Les mandó antes vigilar y rezar; mas, ahora que han experimentado, y por dos veces, que el estar demasiado cómodamente sentado favorece que el sueño se insinúe poco a poco, les enseña un remedio instantáneo contra la modorra y la somnolencia. Consiste en ponerse de pie. Del mismo Salvador viene este remedio, y ojalá tuviéramos ganas de practicarlo de cuando en cuando en plena noche. Comprobaríamos ser verdad lo que dice Horacio: Dirpúdium facti qui cepit habet, que "el que empieza tiene la mitad hecho". Y aún más, que "una vez empezado, está todo hecho".

En efecto, cuando luchamos contra el sueño, el primer encuentro es siempre el más duro y violento. No hemos, por consiguiente, de superar el sueño por una lucha prolongada, sino que, de un golpe, de una sola sacudida, debemos romper los lazos tentadores con los que nos abraza y así deshacernos de él de inmediato. Una vez arrojada la somnolencia de la desidia y apatía (verdadera imagen de la muerte), volverá la vida con todo su ardor y entusiasmo. Si recogida -la mente en el umbroso silencio de la noche, nos dedicamos a la meditación y a la oración, se sentirá mucho mas capaz de recibir el alivio de Dios que durante el día, cuando el estrépito de los negocios por todos lados distrae los ojos, los oídos y la cabeza, disipándola en muchas actividades tan variopintas, a veces, como inútiles. Observad cómo el pensamiento de cualquier tontería (algo relacionado con asuntos mundanales) interrumpe nuestro sueño y nos mantiene despiertos por largo rato, y hasta se nos hace difícil dormir en absoluto; la oración, por el contrario, no nos mantiene despiertos.

A pesar del fruto tan grande que procura al alma, y a pesar de las muchas trampas que nos tiene preparadas el enemigo, no nos despertamos para seguir rezando, sino que nos dormimos contemplando las visiones y ensueños de Mandrágora.

Hemos de recordar con frecuencia que Cristo no nos mandó simplemente levantarnos, sino levantarnos para rezar. No es suficiente levantarse si no lo hacemos para algo bueno. De otro modo, habría menos pecado si se perdiera el tiempo en perezosa somnolencia que si sé aprovechara, estando bien despierto, para cometer intencionadamente crímenes llenos de malicia. junto con la necesidad de rezar., les muestra para qué deben rezar. "Orad -dice- para que no caigáis, en la tentación". Una y otra vez les grababa esta misma idea: la oración es el único refugio contra la tentación, y si alguien no quiere admitir la oración en el castillo de su alma, sino que la excluye entregándose al sueño, permite con su negligencia que las tropas del diablo. (esto es, las tentaciones del mal) irrumpan como por inercia en su alma.

Tres veces seguidas les aconsejó rezar, y después, para que no pensaran les enseñaba sólo con palabras, El mismo les dio ejemplo, y por tres veces se fue a orar. Insinuaba de esta manera que hemos de rezar a la Trinidad: al Padre Ingénito, al Hijo engendrado por el Padre e igual a El, y al Espíritu, igual a cada uno y que de ambos procede. De las Tres Personas hemos de pedir también tres cosas: perdón por la vida pasada, gracia para el tiempo presente, y prudencia para el futuro. Y en esta oración no hemos de ser descuidados y perezosos; ha de ser ferviente y sin cesar., Cuán lejos estamos de este tipo de oración, es algo que cada uno personalmente puede apreciar, pues se lo indica su propia conciencia. Y también externamente puede llegar a conocerlo, si día tras día son menores los frutos que provienen de la oración (que Dios no lo permita).

Ya que he procurado atacar con todas mis fuerzas las distracciones y la falta de atención durante la oración, será ahora muy oportuno hacer una advertencia, no sea que vaya a aparecer yo como un cirujano cruel, y despiadado tocando una llaga que padecemos todos, y en lugar de llevar medicina y alivio a las almas delicadas, sólo les sea causa de mayor dolor, quitándoles la esperanza de salvarse.

Con el propósito de curar estas "inflamaciones" y preocupaciones del alma ofrece Gerson ciertos calmantes, de la misma manera que los médicos se valen de medicinas para mitigar el dolor (las que ellos llaman anodina o sedantes).

Este autor, Juan Gerson hombre de gran erudición y director comprensivo de conciencias atribuladas, comprobó (según mi entender) que ese "mariposeo" de la mente provocaba tan grandes angustias en algunas personas que repetían las palabras de sus oraciones, una detrás de otra, balbuceándolas con gran trabajo, y a pesar de su esfuerzo no iban a ninguna parte, e incluso, a veces, quedaban más descontentas a la tercera vez que a la primera. Tan completo era el fastidio, que perdían todo consuelo al rezar, y no faltaban quienes estaban a punto de abandonar la oración como algo inútil y sin sentido (caso de que continuaran así rezando) o, incluso, como de hecho temían, nocivo. Este autor, amable y piadoso, con objeto de aliviar tan aguda molestia, distinguió tres aspectos en la oración: el acto, la virtud y el' hábito. Explicándose con mucha claridad, pone el ejemplo de una persona que se decide a hacer una peregrinación a Santiago (de Compostela) partiendo desde Francia.

Habrá trechos durante el viaje en que esta persona avanzará meditando en la figura del santo y en el propósito de su viaje. En tales ratos continúa su peregrinación con un doble acto, a saber: una continuidad natural y una continuidad moral (para usar las mismas expresiones de Gerson). Continuidad natural porque, actualmente, avanza hacia aquel lugar. Moral, porque sus pensamientos están centrados en la peregrinación como tal. Llama "moral" a aquella intención (formam) por la que el hecho de ponerse en camino (en sí mismo indiferente) es perfeccionado por una causa piadosa. Otros ratos, sin embargo, caminará el peregrino considerando diferentes asuntos, sin pensar lo más mínimo en el santo ni en el sitio de destino; puede ocurrir que vaya meditando en algo incluso más santo, como en Dios mismo. Cuando así acontece continúa su peregrinación en el nivel natural, pero no en el moral. Avanza con los pies, sí, pero no piensa, en ese preciso momento, en la razón particular de su partida y, tal vez, ni siquiera se fija por dónde va caminando.

Aunque el acto moral de su peregrinación no se continúa, sí persevera la virtud moral: su caminar, que es actividad bien natural, se ve penetrado e informado por una virtud moral, al estar siempre acompañado por el buen propósito del primer momento (como una piedra sigue la trayectoria del primer impulso aunque se retire la mano que la arrojó). Podrá ocurrir que se dé el acto moral en ausencia del natural, como, por ejemplo, cuando piense sobre la peregrinación mientras descansa sentado sin caminar. Finalmente, ocurre también que no se den ninguno de los dos actos, por ejemplo, al dormir: ni camina ni piensa en la peregrinación. Mas, aun en este caso, permanece la virtud moral habitualmente, a no ser que sea intencionadamente rechazada. La peregrinación nunca se ve, por tanto, interrumpida ni deja de tener mérito: persiste de modo habitual a no ser que se tome una decisión en sentido contrario, abandonando el viaje o, al menos, retrasándolo. Valiéndose de este ejemplo concluye de manera parecida en lo que se refiere a la oración: una vez que se ha empezado con atención, nunca después puede ser interrumpida de tal modo que la virtud de la primera intención no permanezca de modo continuo, actual o habitualmente. Y esto es así siempre que no se renuncie a aquella intención inicial decidiendo abandonar la oración, o bien cortándola bruscamente por el pecado mortal.

Oportet semper orare et non deficere . Dice Gerson sobre estas palabras de Cristo que no se pronunciaron figurativamente, sino de modo directo y literal, y que, de hecho y literalmente, son cumplidas por hombres buenos y rectos. Apoya su opinión en un conocido Proverbio: Qui bene vivit semper orat (el que vive con rectitud está siempre rezando). Y esto es verdad porque, quien todo lo hace para la gloria de Dios (como reza la prescripción del Apóstol), una vez que ha empezado con atención nunca interrumpe luego su oración de tal modo qué la virtud meritoria no perdure, si no actualmente, al. menos virtualmente .

Esta es la explicación de un hombre bueno y versado como Juan Gerson, en su breve tratado De oratione et ejus valore. Quiere aliviar y animar a quienes se angustian y entristecen si, mientras rezan, se les va la cabeza a muchas otras cosas sin su querer ni su conocimiento, pues ocurre aunque celosamente luchen por no distraerse. No pretende, en absoluto, proporcionar un falso tranquilizante a quienes por pereza supina no ponen el más mínimo esfuerzo durante la oración.

Cuando hacemos cosa tan seria como la oración de modo negligente y descuidado, ni rezamos ni tenemos a Dios propicio; por el contrario, le alejamos de nosotros en su indignación. ¿Podrá alguien sorprenderse de que Dios se indigne al ser interpelado de manera tan despectiva por una pobre creatura? ¿0 habremos de pensar que no se dirige despectivamente a Dios quien le dice: "Oh, Dios, escucha mi oración" mientras su cabeza anda volcada en mil cosas vanas y superficiales, y algunas veces (ojalá no ocurriera nunca) hasta pecaminosas? Tal individuo ni siquiera oye su propia voz. Va murmurando de memoria oraciones muy gastadas, la cabeza en las nubes, emitiendo sonidos sin sentido, como dice Virgilio. En fin, al acabar la oración necesitamos muy a menudo alguna otra oración para pedir perdón por la anterior negligencia.

"Levantaos y rezad para que no caigáis en la tentación." Y en seguida les advirtió Cristo del peligro tan grande que se cernía sobre ellos, para que quedara así claro que no sería suficiente una oración rutinaria o somnolienta. "He aquí que se acerca la hora en que el Hijo del hombre será entregado en manos de los pecadores" es decir: "Os predije que, iba a ser traicionado por uno de vosotros, y os horrorizasteis ante esas palabras. Advertí que Satanás os buscaba para sacudiros como el trigo, y escuchasteis esto con gran despreocupación., sin dar respuesta, como si la tentación fuera algo a no tener en cuenta. Para que supierais que no debe ser menospreciada, predije que todos os escandalizaríais de mí, y todos lo negasteis. Al que más negó escandalizarse le predije que me negarla tres veces antes de que el gallo cantara. Mas él insistió en que no sería así, sino que moriría conmigo antes que negarme. Y lo mismo dijisteis los demás. Para que no consideraseis la tentación como algo fácil y sin importancia, una y otra vez os mandé que vigilaseis e hicieseis oración -no fuera que cayeseis en la tentación, Tan lejos estabais de estimar su fuerza y su atracción., que no os preocupasteis de rezar ni de vigilar contra ella. Quizás os llevó a desdeñar* el poder violento de la tentación diabólica el hecho de que, cuando os envié de dos en dos para predicar la fe, me contabais al regresar que hasta los demonios se os sometían. Pero yo, que conozco tanto la naturaleza de los demonios como la vuestra (y con toda profundidad porque creé ambas), ya os advertí entonces que no os gloriaseis en tal vanidad porque no era vuestro poder el que dominaba a los demonios: yo mismo lo hacía, y lo hice por otros que iban a abrazar la fe verdadera; por ellos lo hice y no por vosotros. Os recordé que debíais más bien gloriaros en el verdadero fundamento de la alegría, esto es, en el hecho de que vuestros nombres están escritos en el libro de la vida. Esto os pertenece con toda firmeza, porque una vez que hayáis alcanzado la culminación de esa alegría, ya no podréis perderla aunque todo el ejército de los demonios luchara contra vosotros. El poder que ejercisteis contra ellos en aquella ocasión aumentó tanto vuestra confianza que desdeñáis ahora la tentación como cosa de poca importancia. Hasta ahora habéis visto la tentación como algo muy lejano, aunque os anuncié que el peligro se cernía esta misma noche. Mas ahora os advierto: no sólo la noche sino la hora precisa está ya muy cercana. Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre será entregado en manos de los pecadores. Ya no hay lugar para estar sentado o para dormir. Tendréis necesidad de estar despiertos, vigilantes, y apenas hay tiempo para rezar. Ya no anuncio cosas futuras, sino que en este mismo momento digo: Levantaos, vamos. El que me ha de entregar está cerca. Si no queréis estar despiertos para rezar, levantaos por lo menos y marchad rápidamente, no sea que más tarde no podáis escapar. Porque ya está aquí el que me traiciona."

Al decir "Levantaos, vamos", también pudo significar, no que huyeran, sino que se adelantaran para hacer frente a los acontecimientos con confianza. Así lo hizo El mismo. No se marchó en la dirección opuesta, sino que, mientras hablaba, iba al encuentro de aquellos que le buscaban con el corazón lleno de furia criminal.

 

Cristo sigue siendo entregado en la historia

"Todavía mientras Jesús hablaba, he aquí a Judas Iscariote, uno de los Doce, y con él una gran muchedumbre con espadas y palos, enviada por los jefes de los sacerdotes, los escribas y ancianos del pueblo" . Nada hay tan eficaz para la salvación y para la siembra de todas las virtudes en un corazón cristiano, como la contemplación piadosa y afectiva de cada uno de los sucesos de la pasión de Cristo. Pero, junto a esto, no resulta de poco interés considerar el mismo hecho histórico -aquel tiempo en que los Apóstoles dormían mientras el Hijo del hombre era entregado- como una misteriosa imagen de lo que ocurriría en el futuro. Para redimir al hombre, Cristo fue verdaderamente Hijo del hombre; aun concebido sin semen de varón, descendía realmente del primer hombre; se hizo hijo de Adán para poder restaurar en su pasión la posteridad de Adán, perdida y desgraciadamente desposeída por la falta de los primeros padres, a un estado de felicidad incluso mayor que el original.

Por esta razón., y aun siendo Dios, continuamente se llamaba a si mismo Hijo del hombre, porque era hombre verdadero. Insinuaba así de modo constante el beneficio de su muerte al recordar la única naturaleza que puede morir. Aunque Dios murió por nosotros, ya que murió aquél que era Dios, su, divinidad no sufrió la muerte., sino sólo su humanidad, o, más bien, su cuerpo (si nos atenemos mas a lo que ocurre de hecho en la naturaleza que al uso vulgar de las palabras; pues se dice de un hombre que muere cuando el alma se separa del cuerpo sin vida, pero el alma es en si misma inmortal). No sólo se complacía en ser llamado con esa expresión que define nuestra naturaleza, sino que se gozaba en tomar la naturaleza humana para salvarnos y para unir a si, como si se tratara de un solo cuerpo, a todos los que hemos sido regenerados por la fe y los sacramentos de salvación. Se dignó incluso hacernos participes de su mismo nombre; y, de hecho, la Escritura llama a todos los fieles "cristos y dioses".

En consecuencia, pienso que no andamos equivocados al sospechar que se avecina de nuevo un tiempo en que el Hijo del hombre, Cristo, será entregado en manos de los pecadores, cuando observamos un peligro inminente de que el Cuerpo místico de Cristo, la Iglesia de Cristo, esto es, el pueblo cristiano, es arrastrado a la ruina a manos de hombres perversos e impíos. Y con dolor lo digo, porque ya son varios los siglos en los que no hemos dejado de ver cómo esto acontece,, ora en un sitio, ora en otro; mientras, en algunos lugares, invade el cruel turco territorios cristianos, o, en otros, poblaciones enteras son desgajadas por las luchas intestinas de muchas sectas heréticas.

Cuando veamos u oigamos que tales cosas empiezan a ocurrir, aunque sea muy lejos de nosotros, pensemos que no es momento para sentarse y dormir, sino para levantarse inmediatamente y socorrer a aquellos cristianos en el peligro en que se encuentran y de cualquier manera que podamos. Si otra cosa no podemos, sea al menos con la oración. Ni se ha de considerar este peligro de modo frívolo y superficial por el solo hecho de que ocurra muy lejos de nosotros. Si tan acertada es aquella frase del poeta cómico: "Hombre como soy, nada humano me es extraño ¿cómo no sería merecedor de grave reproche la conducta de esos cristianos que duermen y roncan mientras otros cristianos están en peligro? Para insinuarnos esto dirigió Cristo su advertencia de que convenía estar despierto, vigilando y rezando, no sólo a los discípulos que estaban cerca suyo, sino también a los que El quiso que se quedaran a cierta distancia.

Si los males y desgracias de aquellos que están lejos no nos llegaran a conmover y preocupar, muévanos, al menos, nuestro propio peligro. Pues razón de sobra tenemos para temer que la maldad destructora no tardará en acercarse adonde estamos, de la misma manera que sabemos por experiencia cuan grande e impetuosa es la fuerza devastadora de un incendio, o cuán terrible el contagio de una peste al extenderse. Sin la ayuda de Dios para que desvíe el mal, inútil es todo refugio humano. Recordemos, por consiguiente, estas palabras evangélicas, y pensemos de continuo que es el mismo Cristo quien las dirige de nuevo, una y otra vez, a nosotros:"¿Por qué dormís? Levantaos y rezad para que no caigáis en la tentación."

Otra idea se desprende de aquí, y es esta: Cristo es entregado de nuevo en manos de los pecadores cuando su Cuerpo sacrosanto en la Eucaristía es consagrado y manoseado por sacerdotes lujuriosos, disolutos y sacrílegos.

Cuando tales cosas veamos (y desgraciadamente ocurren con mucha frecuencia), pensemos que Cristo mismo nos habla de nuevo:"¿Por qué dormís? Despertaos, levantaos y rezad para que no caigáis en la tentación. Por que el Hijo del hombre es entregado en manos de los pecadores." Por el mal ejemplo de esos sacerdotes perversos, la peste del vicio se extiende con facilidad entre el pueblo. Y cuanto menos idóneos son para recibir la gracia quienes, por obligación, han de vigilar y rezar por el pueblo, tanto más necesario es para éste estar bien despierto, levantarse y rezar con gran ardor, no sólo por sí mismos, sino también por estos sacerdotes. ¡Qué grandísimo bien se haría al pueblo si tales sacerdotes cambiaran y se hicieran mejores!

Una manera particular de entregar a Cristo en manos de los pecadores se da entre ciertas personas que, aunque reciben el sacramento de, la Eucaristía con frecuencia, quieren dar la impresión de que lo veneran de modo más santo al recibirlo bajo las dos especies, lo cual va en contra del uso común y se hace sin necesidad alguna, y no sin grave afrenta a la Iglesia católica. Sin embargo, estos mismos blasfeman de lo que han recibido, algunos llamándolo "pan verdadero y vino verdadero" y otros, todavía peor, llamándolo simplemente "pan y vino". Todos ellos niegan que el Cuerpo de Cristo esté contenido en el sacramento que llaman "Corpus Christi". Cuando después de tanto tiempo que ha transcurrido se ponen a hablar así contra los más evidentes pasajes de la Escritura, contra las interpretaciones clarísimas de todos los santos, contra la fe constantísima de toda la Iglesia durante tantos siglos, contra la verdad ampliamente atestiguada por miles de milagros, esa gente que marcha en este último tipo de infidelidad, ¿qué diferencia, me pregunto, existe entre ellos y los que cogieron prisionero a Cristo aquella noche? ¡Qué poca diferencia entre esos y aquellas tropas de Pilato que en actitud de burla doblaban sus rodillas delante de Cristo, como si le rindieran honor, mientras le insultaban y le llamaban rey de los judíos!.Esta gente de ahora también se arrodilla ante la Eucaristía y la llama Cuerpo de Cristo mientras, de acuerdo con su doctrina, no creen en ella más que los soldados de Pilato creían que Cristo era rey.

En cuanto oigamos que tales cosas ocurren en otros lugares -no importa qué lejos estén-, imaginemos inmediatamente a Cristo diciéndonos con urgencia: "¿Por qué estáis dormidos? Levantaos y rezad para que no caigáis en la tentación." No seamos ingenuos: dondequiera se presenta hoy esta plaga con extraordinaria virulencia, no cogen todos la enfermedad en un solo día. El contagio se extiende poco a poco y de manera imperceptible. Quienes al principio no le daban importancia, se levantan más tarde para oírlo y responder con cierta apatía o menosprecio; y luego son arrastrados al error, hasta que, como un cáncer (según expresión del Apóstol), el escurridizo mal acaba finalmente conquistando el país entero. Mantengámonos bien despiertos, levantémonos y recemos asiduamente para que vuelvan sobre si todos cuantos han caído en esta desgraciada insana preparada por Satán, y para que Dios nunca permita entremos nosotros también en tal tentación, ni permita jamás al diablo desatar las ráfagas de esa tormenta hacia nuestras costas. Pero acabemos ya con esta digresión sobre los misterios y reanudemos la historia.

 

Judas, Apóstol y traidor

"Judas, habiendo tomado una cohorte de soldados que le dieron los sacerdotes y los fariseos, fue allá con antorchas y armas. Estando Jesús todavía hablando, llega Judas Iscariote, uno de los Doce, y con él un tropel de gente armada con espadas y garrotes, enviada por los príncipes de los sacerdotes, los escribas y los ancianos. El traidor les había dado una señal..." . Me inclinaría a creer que la cohorte que, según los evangelistas, fue dada al traidor por los pontífices, era una cohorte romana asignada por Pilato a los sacerdotes. Los fariseos, escribas y ancianos del pueblo habían añadido a ella sus propios servidores, bien porque no tuvieran suficiente confianza en los soldados del gobernador, bien porque pensaron que un mayor número sería conveniente para que no fuese Cristo rescatado por el repentino tumulto y la confusión causada por la oscuridad de la noche. 0 tal vez llevaban la intención de arrestar a todos los Apóstoles al mismo tiempo, sin dejar que ninguno escapara en la oscuridad. No fue cumplido este último propósito, pues el poder de Cristo no lo consintió; y El mismo fue capturado porque quiso ser hecho prisionero El solo.

Llevan antorchas encendidas y linternas para poder distinguir entre las tinieblas del pecado el sol brillante de la justicia. Llevan antorchas, no para que pudieran ser iluminados con la luz de Aquel que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, sino para extinguir aquel ' la luz eterna que nunca puede ser oscurecida. Tanto unos como otros, los enviados y quienes les enviaban se afanaban por derrocar la ley de Dios por causa de sus tradiciones. También ahora hay quienes siguen sus huellas, y persiguen a Cristo al esforzarse por ensombrecer el esplendor de la gloria de Dios con su propia gloria.

Merece la pena, en este pasaje, prestar atención y advertir la inestabilidad de las cosas humanas. Apenas hacía seis días que, incluso los gentiles, estaban deseosos de ver a Cristo a causa de sus milagros y la santidad de su vida. Los mismos judíos le hablan recibido con respeto admirable al entrar en Jerusalén. Y, ahora, judíos y gentiles vienen a arrestarle como a un ladrón. Entre ellos, no uno mas en el gentío, sino haciendo cabeza, iba un hombre peor que todos los judíos y gentiles juntos: era Judas. Quiso Cristo ofrecer este contraste para enseñar que la rueda de la fortuna no quedará inmóvil para nadie, y que ningún hombre cristiano, su esperanza puesta en el cielo, ha de perseguir la gloria desdeñable en la tierra.

Observemos que las autoridades que en contra de Cristo enviaron aquella turba eran sacerdotes -¡príncipes de los sacerdotes!-,fariseos, escribas y ancianos del pueblo. Lo que es óptimo en la naturaleza, si empieza a desviarse, se corrompe en lo peor. Lucifer, por ejemplo, que fue creado por Dios como uno de los más excelsos entre los ángeles del cielo, vino a ser el peor de los demonios una vez que se entregó a la corrupción de la soberbia. No fue lo más bajo del pueblo, sino lo más encumbrado, los principies de los sacerdotes, cuya obligación y oficio era cuidar de la justicia y promover los asuntos de Dios, quienes, particularmente, conspiraron para apagar el sol de la justicia y destruir al unigénito de Dios. La avaricia, la envidia y la altivez les llevaron a tal extremo de locura.

He aquí otro punto que no se debe pasar por alto. Judas, llamado en otros lugares con el infame nombre de traidor, es ahora perturbado al recibir el titulo sublime de Apóstol. "Judas Iscariote, uno de los Doce": ni era uno de los gentiles, ni uno de los judíos enemigos, ni uno entre los muchos discípulos de Cristo (aun si lo hubiera sido, inconcebible seria lo que hizo), sino -vergüenza jamás vista- uno de los Apóstoles escogidos por Cristo. El solo, "uno de los Doce" fue capaz de entregar a su Señor para ser capturado, e incluso se hizo cabecilla de la turba.

Hay en este pasaje una lección que deben aprender quienes ocupan puestos y cargos en la vida pública, pues no tienen siempre motivo para gloriarse y complacerse en sí mismos cuando son llamados con títulos solemnes. No; tales títulos son dignos y apropiados si quienes los poseen son conscientes de haber merecido tal tratamiento de honor por el recto cumplimiento personal de sus deberes administrativos. De no ser así, tendrían que ser abatidos por la vergüenza (a no ser que se deleiten en palabras vacías). No importa lo que sean: príncipes, grandes señores, emperadores, obispos, sacerdotes; si son miserables y perversos, deberían darse cuenta de que, cuando los hombres hacen sonar en sus oídos los títulos espléndidos de sus cargos, no lo hacen sinceramente para rendirles honor, sino para poder reprocharles, sin peligro alguno y bajo color de alabanza, los honores que llevan y usan tan indignamente. "Judas Iscariote, uno de los Doce"; cuando el evangelista hace aparecer a Judas con el título de su Apostolado, la intención real no es, en absoluto, alabarle, lo que está bien claro, pues le llama en seguida traidor. "El traidor les había dado una señal diciendo: A quien yo besare, ése es, prendedle".

Se suele preguntar aquí por qué necesitó el traidor dar una señal a la turba para identificar a Jesús. Contestan algunos que acordaron hacerlo así porque más de una vez, anteriormente, Cristo habla escapado de improviso de manos de quienes intentaban prenderle. Ahora bien, debió de ocurrir esto de día, y dado que Cristo lo hacia sirviéndose de su poder divino, bien desapareciendo de su vista o pasando a través de ellos mientras miraban atónitos, se comprende que era inútil del todo dar una señal con objeto de identificarle y que no escapara. Otros han dicho que uno de los dos Santiagos se parecía mucho a Cristo, tanto que, si no se les miraba bien de cerca, no era fácil distinguirlos (dicen que ésta era la razón de que fuera llamado hermano del Señor). Pero si podían haber sido arrestados juntos y, más tarde, ser identificados, ¿qué necesidad había de dar una señal? Era la noche ya avanzada, como dice el evangelista, y aunque se acercaba el amanecer, todavía era de noche y la oscuridad lo llenaba todo, pues llevaban antorchas que daban, seguramente, luz suficiente para hacerlos visibles desde lejos, pero no para distinguir bien una persona a cierta distancia. Y aunque aquella noche tal vez tuvieron la ventaja de cierta luz de la luna llena, sólo pudo servir para iluminar los contornos de las figuras humanas en la distancia y no para obtener una buena iluminación de los rasgos faciales, distinguiendo una persona de otra. Por otra parte, si iban corriendo al barullo con la esperanza de capturar a todos a la vez (cada uno escogiendo su víctima sin saber quién era), tendrían, con razón, miedo de que, entre tanta gente, pudiera alguno escapar y, lo que es peor, que uno de los fugitivos fuera, precisamente, el único hombre que de verdad perseguían (los que en mayor peligro se encuentran suelen ser los que más rápidamente se preocupan de sí mismos). Tanto si así lo planearon, como si. Judas mismo lo insinuó, lo cierto es que dispusieron la estratagema haciendo que el traidor se adelantara y señalara al Maestro con un abrazo y un beso. Una vez puestos los ojos en El, pondrían en El sus manos, y caso de que alguno de los otros escapara, ya no habría tanto peligro.

"Les había dado el traidor esta señal: A quien yo besare, ése es. Prendedle y llevadle con cautela." ¡Hasta dónde llegará la mezquindad! ¿No te bastó, canalla traidor, con vender a tu Señor, al que te habla elevado a la tarea sublime de Apóstol, en manos de hombres impíos y con un beso, sin necesidad de estar tan preocupado de que se lo llevaran con precaución, no fuera que llegara a escapar? Se te pagó para que le traicionaras, mientras otros eran enviados para atraparle, custodiarle y conducirle a juicio. Pero tú, como si ese papel en el crimen no fuera bastante importante, vas y te inmiscuyes en la tarea de los soldados. Como si los ruines magistrados que les enviaron no les hubieran dado instrucciones adecuadas, hacia falta un hombre como tú que añadiera un nuevo mandato de llevárselo con precaución bien apresado. Habías cumplido del todo tu trabajo criminal entregando a Cristo a sus sicarios. Pero si los soldados hubieran sido tan remisos que Cristo consiguiera escapar de entre ellos, por su descuido o rescatado por la fuerza, ¿tenías miedo acaso de que entonces no te serían pagadas tus treinta piezas de plata, paga ilustre de crimen tan horrendo? Se te pagara, nolo dudes, pero no desearás tanto recibirlas con codicia como estarás inquieto y deseoso de arrojarlas lejos de tí tan pronto como las hayas conseguido. Entretanto, llevarás a cabo una acción que trae dolor para tu Señor y la muerte para ti, pero que será para muchos la salvación.

'Tenía delante de ellos y se acercó a Jesús para besarle. En cuanto llegó, arrimándose a Jesús le dijo: Salve, Maestro, salve. Y le besó. Le dijo Jesús: Amigo, ¿a qué has venido? ¿Con un beso entregas al Hijo del hombre?" ". Iba Judas delante de la turba, v esto no sólo es verdad en la historia, sino que tiene también un sentido espiritual: entre los que participan en un mismo acto pecaminoso, el que tiene más motivos para abstenerse es el que mayor culpa tiene delante del juicio de Dios.

"Y se acercó para besarle. Y al llegar fue hacia El y le dijo: Maestro, salve, Maestro. Y le besó." Así se acercan a Cristo, así le saludan, así le besan también todos aquellos que se fingen discípulos de Cristo y profesan su doctrina con la lengua mientras, de hecho y con obras, se esfuerzan por destruirla con artilugios y toda una técnica de sutilezas. De igual guisa que Judas le saludan quienes le llaman "Maestro" pero desprecian sus mandamientos. De la misma manera le besan aquellos sacerdotes que consagran el Cuerpo sacrosanto de Cristo, para después asesinar a los miembros de Cristo, almas cristianas, con su falsa doctrina y su ejemplo depravado. Así le saludan y besan también quienes exigen ser considerados como personas buenas y pías porque, a pesar de ser fieles laicos, persuadidos por malos sacerdotes, reciben el Cuerpo y la Sangre sagrados de Cristo bajo ambas especies, contra la costumbre de todos los cristianos, sin ninguna necesidad y no sin gran menosprecio por toda la Iglesia católica y, en consecuencia, no sin grave falta. Esta gente lo hace contra la práctica y el uso de siempre de todos los cristianos. Y no sólo se comportan así (cosa que podría ser tolerada), sino que, como si fueran santos Padres de la Iglesia, condenan a todos los que reciben ambas sustancias bajo sólo una de las dos especies. Es decir, fuera de si mismos, condenan a todos los cristianos de todas partes y durante tantísimos años. A pesar de su importuna insistencia en que ambas especies son necesarias para los laicos, ya son muchos entre ellos -tanto laicos como sacerdotes- los que eliminan la realidad de ambas especies (el Cuerpo y la Sangre). Se parecen en esto a los soldados de Pilato que se burlaban de Cristo arrodillándose y saludándole como rey de los judíos. Se arrodillan en veneración de la Eucaristía, y la llaman Cuerpo y Sangre de Cristo aunque ya no creen que sea lo uno ni lo otro: creen como "creían" los soldados de Pilato que Cristo era rey de los judíos.

Todos estos caracteres que he mencionado traen a nuestra cabeza al traidor Judas en cuanto coinciden con él en dos cosas: su saludo y el beso con felonía. Así como todos éstos representan una acción del pasado, Joab proporcionó una figura del futuro porque, habiendo saludado a Amasa con estas palabras: "Saludos, hermano", acariciándole la barbilla con su mano derecha como si quisiera besarle, desenvainó un puñal que llevaba escondido y lo mató de un golpe. De la misma manera había matado a Abner. Más tarde, como convenía según la justicia, pagó con su propia vida engaño tan horrible . Pues bien, Judas recuerda a Joab, tanto si se consideran las personas y hechos criminales como la venganza de Dios y el final desgraciado de cada uno. Se asemejan Joab y Judas con una sola diferencia: que Judas superó a Joab en todos los aspectos.

Gozaba Joab del favor y de la influencia de su príncipe y señor; pero con señor mucho más grande trataba Judas. Joab mató a quien era amigo suyo; Judas era mucho más íntimo con Jesús. La envidia y la ambición movían a Joab porque habla oído que el rey iba a promover a Amasa sobre él; mas Judas se movía por la ambición mezquina de una mísera recompensa, por unas pocas monedas de plata entregó a la muerte al Señor del universo. Cuanto más enorme fue el crimen de Judas, tanto más miserable fue el castigo que le siguió. Joab fue muerto a manos de otro, pero el desgraciado Judas se ahorcó con su propia. mano. En la forma externa que tomó el delito hay una clara similitud entre ambos crímenes. Joab asesina a Amasa en el mismo instante de saludarle, casi besándole; Judas se acerca a Cristo cortésmente, le saluda con respeto, le besa como muestra de amor; mas no pensaba el cruel villano en otra cosa sino en entregar a su Señor a la muerte. Con todo, no pudo engañar a Cristo como Joab hiciera con Amasa. Cristo le recibe, escucha su saludo, no rechaza el beso. Conocedor de la criminal traición, se comportó durante ese rato como si nada supiera.

 

Conducta de Cristo con el traidor

¿Por qué Cristo actuó así? ¿Era acaso para enseñarnos cómo disimular y fingir? ¿Para enseñarnos a devolver, con fina astucia, el engaño con otro engaño? De ningún modo. Lo hizo para indicamos que hemos de soportar con paciencia y mansedumbre todas las injurias y ardides, sin enfurecemos, sin buscar venganza, sin dar rienda suelta a nuestras pasiones para insultar al ofensor, sin buscar vano deleite en coger al enemigo en algún traspié. Nos enseñaba a hacer frente a la injuria y a la falsedad con verdadera virtud y, en una palabra, a vencer el mal en abundancia de bien. Es decir, hacer todo esfuerzo posible, insistiendo con ocasión y sin ella, con palabras tan corteses como fuertes y penetrantes, de tal modo que el hombre. miserable pueda cambiar para bien; y si no responde a este tratamiento, no eche la culpa a nuestra negligencia, sino a la monstruosa magnitud de su propia maldad.

Como buen médico, intenta Cristo ambos métodos de cura, y en primer lugar, empleando palabras suaves y afables: "Amigo, ¿a qué has venido?". Cuando se oyó llamar "amigo" el traidor quedó indeciso y pensativo en la duda. Consciente de su crimen, temía que Cristo hubiera usado el nombre de "amigo" para reprocharle con gravedad su enemistad. Por otra parte, ya que los criminales se precian a sí mismos en la esperanza de que nadie conoce sus crímenes, esperaba ciego en su locura (aunque tenla la experiencia de que los pensamientos de los hombres estaban patentes ante Cristo, e incluso su propia traición habla sido declarada durante la última cena), esperaba, digo, que su crimen pasara oculto a Cristo; tan falto de razón estaba Judas. Y como nada podía ser más nocivo para él que verse decepcionado en esta su esperanza porque nada podría disponerle peor para su arrepentimiento, Cristo en su bondad no permitió que siguiera engañado. De ahí que añadiera inmediatamente en tono grave: ".Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?".

Le llama con el nombre con que solía hacerlo de ordinario p ara que el recuerdo de su anterior amistad ablandara el corazón del traidor y le moviera al arrepentimiento. Le reprocha luego, abiertamente, su traición para que no siguiera pensando que estaba oculta y le diera vergüenza confesarla. Sugiere, por fin, la criminal hipocresía del traidor: "¿con un beso entregas al Hijo del hombre?". Entre los crímenes y obras perversas no es fácildescubrir una más odiosa ante Dios que aquellas en las que pervertimos la naturaleza, real y genuina de las cosas buenas Para hacerlas instrumentos de nuestra maldad. Odiosa es ante Dios la mentira porque las palabras, que están por naturaleza ordenadas a expresar el sentido de nuestro pensamiento, son trastocadas para un propósito de engaño y decepción. Dentro de este genero de maldad, constituye una ofensa grave a Dios abusar de las leyes y del derecho para infligir aquellas injurias que están, precisamente, destinadas a prevenir.

He ahí la razón por la que Cristo reprocha a Judas con dureza por ese modo detestable de pecar. "Judas -le dice-, ¿entregas al Hijo del hombre con un beso? Ojalá fuera de hecho como tú deseas aparentar; pero, de otro modo, muéstrate abiertamente., con sinceridad, tal como realmente eres, porque quien obra la enemistad bajo el disfraz de la amistad es un hombre vil que multiplica en esa acción su villanía. No estabas satisfecho, Judas, con entregar al Hijo del hombre (hijo de aquel hombre por el que todos hubieran perecido si este Hijo del hombre, que tú crees estar destruyendo, no redimiera a quienes desean ser salvados), ¿no te fue suficiente, repito, traicionarle sin necesidad de hacerlo con un beso, convirtiendo así un signo sagrado de amor en instrumento de tu traición? Estoy mejor dispuesto hacia esta turba que me rodea y ataca por la fuerza de la violencia y abiertamente, que hacia a ti, Judas, que me entregas a ella con un falso beso."

Al ver Cristo que no había en el traidor señal alguna de arrepentimiento, y para mostrar que prefería hablar con un enemigo sincero que con uno escondido en el anonimato, se apartó de él y se encaminó hacia la turba bien armada. Dejaba claro que nada le importaban las inicuas artimañas y tretas del traidor. Así lo relata el Evangelio: "Y Jesús, que sabia todas las cosas que le habían de sobrevenir, salió a su encuentro, yles dijo: ¿A quién buscáis? Respondiéronle: A Jesús Nazareno. Díjoles Jesús: Yo soy. Estaba también entre ellos Judas, el que le entregaba. Apenas dijo: Yo soy, retrocedieron y cayeron en tierra" '.

¡Oh, Cristo salvador!, que hace apenas un rato tan grande era tu miedo que yacías postrado en el suelo, en postura digna de compasión, y que con sudor de sangre suplicabas al Padre que apartara de Ti el cáliz de tu Pasión,¿Cómo es que ahora, de manera tan repentina, te levantas, te lanzas como un gigante y vas gozoso al encuentro de quienes te buscan para hacerte sufrir?, ¿por qué das a conocer tu identidad, tan espontáneamente a quienes admiten buscarte, pero que ignoran todavía que eres Tú a quien, de hecho, buscan? ¡Vengan, acudan aquí los débiles y pusilánimes.! Que se agarren con fuerza a una esperanza inquebrantable cuando se sientan aplastados por el temor ante la muerte. Si con Cristo agonizan y temen y se apesadumbran, llenos de angustia, tristeza, cansancio y sudor, participarán también en su consolación. Sin duda ninguna, se sentirán fortalecidos por el mismo consuelo que tuvo Cristo (con la condición de que hagan oración, de que perseveren en ella y de que abandonen todo en la voluntad de Dios). Tan recreados serán por este espíritu de Cristo que sentirán renovarse sus corazones como la tierra vieja es refrescada por el rocío del cielo y, por medio del madero de la cruz de Cristo, inmerso en las aguas del dolor, el mismo pensamiento de la muerte, antes tan amargo., se hará suave y llevadero. Un ánimo alegre y jovial sucederá al cansancio, el vigor mental y la valentía reemplazaran el pavor y, al final, apetecerán la muerte que antes les horrorizaba, considerando la vida triste y el morir una ganancia, deseando verse libre de las ataduras del cuerpo para estar con Cristo.

"Acercándose Cristo a la muchedumbre les pregunta: ¿A quién buscáis? Contestan: A Jesús Nazareno. judas, el que le entregaba, estaba entre ellos. Y Jesús les dijo: Yo soy. Cuando dijo: Yo soy, retrocedieron y cayeron por tierra." Si pudiera darse el caso- de que el pavor y la angustia de Cristo hubieran antes disminuido nuestra estima e imagen de El, habría ahora que restaurarla ante esta su fortaleza tan varonil. Avanza impertérrito hacia una masa de hombres armados (a aquellos que ni siquiera sabían quién era El) y, aun seguro de su muerte (pues sabia todo lo que iba a ocurrirle), se ofrece libremente como una víctima que va a ser cruelmente sacrificada. Este cambio, tan completo como repentino, resulta verdaderamente admirable si se contempla desde su santísima humanidad. ¿Qué estima tendremos de El? ¿Qué intensa reacción ha de producirse en los corazones de todos los fieles por la fuerza de este poder divino pasando asombrosamente a través del organismo debilitado de un hombre? Porque, ¿cómo fue posible que ninguno de los que le buscaban pudiera reconocerle al acercarse? Había enseñado en el templo. Había volcado las mesas de los vendedores. Había arrojado de allí a éstos. Habla desarrollado su actividad en público. Habla desconcertado a los fariseos. Había satisfecho a los saduceos. Habla refutado a los escribas. Habla eludido con. una prudente respuesta la pregunta capciosa de los soldados herodianos. Habla alimentado a siete mil hombres con siete panes, y curado enfermos y resucitado a los muertos. Se habla hecho accesible a todo tipo de personas: fariseos y publicanos, ricos y pobres, justos y pecadores, judíos y samaritanos y gentiles. Y. ahora, no hay nadie entre tanta gente que le reconozca por su rostro o por su voz al dirigirse a ellos de cerca. Parece como si los que enviaran la turba hubieran cuidado de no mandar a nadie que hubiera visto de antemano a la persona que buscaban. ¿Cómo es posible que nadie distinguiera a Cristo por el beso y el abrazo que habla dado Judas por señal? El mismo traidor, ahora entre laturba, ¿acaso olvidó de repente cómo reconocer a quien acababa de traicionar y señalar con un beso? ¿Qué ocurrió en suceso tan extraño? Pienso que nadie fue capaz de reconocerle por la misma razón por la que, más tarde, María Magdalena, aunque le vio, no le reconoció sino cuando El se reveló a sí mismo; lo mismo con aquellos dos discípulos que, aun mientras charlaban con El, no supieron quién era hasta que El se dio a conocer; y aun así, pensaron que era un viajero, como María Magdalena creyó que era el jardinero. En pocas palabras, no le reconocieron por la misma causa que nadie pudo seguir en pie cuando Cristo empezó a hablar: "Al decir: Yo soy, retrocedieron y cayeron por tierra."

Declaraba así Cristo ser en verdad la palabra de Dios, que penetra con mayor agudeza que una espada de dos filos. Del rayo dicen que es de tal naturaleza que derrite la espada dejando ilesa la vaina. Aquí, la sola voz de Cristo, sin dañar los cuerpos, de tal modo debilitó las almas que les dejó sin fuerzas para sostener los miembros.

Menciona el evangelista que judas estaba entre la turba. Muy probablemente, al oír que Jesús reprochaba abiertamente su traición, confundido por la vergüenza o aplastado por el miedo, pues conocía bien el carácter impulsivo y pronto de Pedro, se retiró inmediatamente y volvió con los de su calaña. El evangelista lo recuerda para que entendamos que también con todos los demás cayó judas al suelo:., era Judas de tal condición que no había en aquella muchedumbre nadie peor que él ni que más se mereciera ser arrojado por tierra. Quiso también el evangelista advertir sobre la necesidad de ser cuidadoso y prudente en la compañía y amigos que uno mantiene: si se anda con gente miserable se corre el peligro de caer junto con ellos. Si alguien pone estúpidamente su suerte junto con quienes van a un naufragio seguro, rara vez sucederá que se salve él sólo nadando a tierra firme, mientras los demás se ahogan en el fondo del mar.

 

Libertad de Cristo en su captura, pasión y muerte

Quien pudo arrojar a todos al suelo con sola su palabra, fácilmente hubiera podido hacerlo con tal fuerza que ninguno volviera a levantarse jamás. Me parece que esto no lo duda nadie. Cristo, sin embargo, los tiró al suelo para que supieran que nada podrían sobre El si El no quisiera libremente padecer; y así, permitió que se levantaran para seguir haciendo lo que El deseaba padecer. "Al levantarse les preguntó por segunda vez: ¿A quién buscáis?, y ellos respondieron: A Jesús Nazareno." Tan atemorizados contestaron que parece estaban fueran de su sano juicio.

En efecto, podían haber sabido que no encontrarían a nadie, y en aquel lugar y en aquella hora de la noche, que no fuese discípulo de Cristo o amigo suyo; y lo último que haría tal persona seria darles una pista para encontrar a Cristo. Ellos, por su parte, en lugar de mantener secreto el propósito de su búsqueda, descubren todo el meollo del asunto al encontrarse con alguien que ni saben quién es ni por qué les interroga.

Tan pronto preguntó: "¿A quién buscáis?" respondieron: "A Jesús Nazareno." Contestó Cristo Jesús: "Ya os he dicho que yo soy. Ahora bien, si me buscáis a mi., dejad ir a éstos." Es decir: "Si me buscáis a mi, ¿por qué no me arrestáis de golpe, ya que yo mismo me he acercado a vosotros y os he dicho quién soy? Y la razón es que sois tan incapaces de prenderme contra mi voluntad que ni siquiera podéis permanecer de pie mientras os hablo, como acabáis de comprobar al caeros. Por si acaso lo habéis olvidado, os vuelvo a repetir que yo soy Jesús de Nazaret. Si a mí me buscáis, dejad que éstos se vayan." Que estas últimas palabras de Cristo no eran un simple ruego es algo que, me parece, Cristo dejó muy claro al arrojar a todos al suelo.

Ocurre, a veces, que quienes planean una villanía no quedan contentos con la simple acción criminal, sino que, con depravado desenfreno, añaden algunos "adornos" (por llamarlos de algún modo), del todo innecesarios para su propósito criminal. Hay, incluso, algunos ministros del mal tan absurda y perversamente cumplidores que, para evitar el riesgo de omitir alguna obra mala a ellos confiada, añaden algo "extra" de su propia parte, por si acaso. A ambos se refiere Cristo: "Si a mí me buscáis, dejad marchar a éstos. Si los sumos sacerdotes, escribas, fariseos y ancianos del pueblo desean ávidamente calmar su sed con mi sangre, prestad atención y mirad: Cuando me buscabais, salí a vuestro encuentro. Ni siquiera me conocíais, y me entregué a vosotros. Mientras estabais postrados en el suelo, yo seguía junto a vosotros. Y ahora que os levantáis sigo en pie dispuesto a ser capturado. Soy yo mismo quien me entrego a vosotros (cosa que el traidor no pudo conseguir), para que ni vosotros ni mis discípulos piensen que su sangre deba ser añadida a la mía, como si acaso no fuera suficiente crimen matarme a mí. Si a mi me buscáis, dejad ir a éstos."

Mandó que dejaran en paz a los discípulos y aun les forzó a hacerlo; salvados gracias a la fuga, anuló todos sus esfuerzos por capturarlos. Todo esto lo había anunciado ya de antemano, y mandó: "Dejad ir a esto?, para que se cumplieran aquellas otras palabras:"No he perdido ninguno de los que me has confiado"'. Estas palabras que menciona el evangelista son las mismas que había dirigido Cristo a su Padre aquella noche en la cena:"Padre santo, guarda en tu nombre a estos que Tú me has confiado." Y después: "He guardado a los que me diste, y ninguno se ha perdido sino el hijo de la perdición, para que se cumpla la Escritura." Al predecir que los discípulos se salvarían cuando El fuese arrestado, se declara Cristo ser su guardián y custodio. Así lo recuerda el evangelista a sus lectores para que entiendan que, aunque di ' ¡era a la turba que los dejasen marchar, ya había El mismo abierto una vía para que huyeran.

El final desgraciado de Judas se predice en el salmo 108, donde, en forma de oración, se lee: "Sean cortos sus días, y otro reciba su ministerio." Se dijo esto de Judas, traidor mucho antes de su traición, pero dudo que, aparte del salmista, conociera alguien que estas palabras eran una predicción precisamente sobre Judas, hasta que Cristo lo mostr5 con claridad y los hechos confirmaron las palabras.

No hay que olvidar que ni los mismos profetas velan todo lo predicho por otros, porque el espíritu de profecía se da a la medida, es personal. Y además me parece que nadie entiende el sentido de todas las frases de la Sagrada Escritura de tal modo que nada quede ya en ellas de misterio escondido, todavía ignorado, bien sea sobre los tiempos del anticristo o sobre el juicio final por Cristo; y permanecerán ocultos hasta que venga de nuevo Elías para explicarlos. Puedo de este modo aplicar a la Sagrada Escritura aquella exclamación del Apóstol sobre la sabiduría de Dios, pues es en la Escritura donde ha ocultado Dios el vasto cúmulo de su sabiduría: "Oh profundidad de los tesoros de la sabiduría y de la ciencia de Dios: ¡cuán incomprensibles son sus juicios, cuán inescrutables son sus caminos!".

En nuestros días-, sin embargo, primero en un sitio y luego en otro, surgen día tras día, casi como avispas y abejorros, individuos que se glorían de ser autodidactas (como dice San jerónimo), y que sin la ayuda de los comentarios de los antiguos doctores, encuentran muy accesibles, abiertos y claros todos aquellos pasajes que los antiguos Padres confesaron hablan encontrado dificilísimos. Y los Padres fueron autores de no menor ingenio ni inferior formación doctrinal, infatigables en el estudio y, por lo que se refiere, a ese "espíritu" o "carisma" que estos autores modernos tienen tan a menudo en sus labios como tan rara vez en sus corazones, también los Padres les superaron no menos que en la santidad de sus vidas.

Ocurre en nuestros días que estos autores nuevos, que súbitamente han florecido de la tierra como teólogos y que quieren presentarse como quien lo sabe todo, no sólo están en desacuerdo con aquellos autores de vida tan santa sobre el significado de la Escritura, sino que ni siquiera perseveran unánimes en los grandes dogmas de la fe cristiana . Uno cualquiera entre ellos, el que sea, pretendiendo tener la verdad, conquista a los demás, y, a su vez, es conquistado por ellos: todos se asemejan en su oposición a la fe católica, y son todos también iguales en ser así vencidos. El que habita en los cielos se ríe de sus intentos, inútiles e impíos. Y a El suplico yo para que no se ría de ellos de tal guisa que los desdeñe en su ruina eterna, sino para que les conceda la gracia salvadora del arrepentimiento, y así, estos hijos pródigos, que durante tanto tiempo han andado descarriados en el exilio, vuelvan sus pasos al seno de su madre, la Iglesia. De esta manera, unidos todos en la verdadera fe de Cristo y en la caridad de sus miembros, podamos obtener la gloria de Cristo, nuestra Cabeza, gloria que nadie, por mucho que se engañe, puede esperar alcanzar fuera del cuerpo de Cristo y de la verdadera fe.

 

El fin de Judas

Pero, volviendo a lo que decía, el hecho de que esa profecía se aplique a judas fue algo insinuado por Cristo y que judas mostró al suicidarse; fue hecho luego explícito por Pedro y cumplido por todos los Apóstoles cuando Matías fue elegido para ocupar su lugar: otro recibió su episcopado. Después de esto, no hubo ya ningún otro cambio en el grupo de los Doce, aunque los obispos suceden ininterrumpidamente a los Apóstoles. Aquel número sagrado alcanzó su fin al cumplirse la profecía.

Al decir Cristo: "Dejad que éstos se vayan" no imploraba su permiso, sino que declaraba, de una manera velada, que El mismo había concedido a los Apóstoles el poder de marcharse para que se cumplieran aquellas palabras: "Padre, he guardado a los que me diste y ninguno se ha perdido excepto el hijo de la perdición." Vale la pena contemplar aquí con cuánta eficacia predijo Cristo en estas palabras el contraste entre el fin de Judas y el de los demás, la ruina del traidor y el feliz desenlace de los otros. Habla Jesús con tal firmeza que no-parece anunciar algo del futuro, sino lo que ya ha ocurrido: "He guardado -dice -a aquellos que me diste." No se defendieron con sus propias fuerzas, ni se salvaron por la misericordia de los judíos, ni escaparon por la negligencia de la cohorte, sino gracias a Cristo: "Yo los he guardado. Y ninguno se ha perdido sino el hijo de la perdición. También él estaba entre los que Tú me diste. El me recibió, y también a él, como a todos los que me reciben, le he dado poder de llegar a ser hijo de Dios. Cuando la avaricia le enloqueció se pasó a Satanás, y abandonándome y traicionándome con perfidia, rechazando la salvación y esforzándose en mi destrucción, se convirtió en hijo de la perdición y pereció como un miserable en su propia miseria."

Infaliblemente cierto del final de judas, Cristo habla de su ruina como si ya hubiera acontecido. Mientras Cristo es apresado, aparece el infeliz traidor como jefe y gula de los que le capturan, y yo lo imagino gozándose y exultando en el peligro de su Maestro y de los que fueron sus condiscípulos, pues estoy convencido de que deseaba y esperaba que todos fueran arrestados y condenados. El carácter perverso y la locura furiosa de la ingratitud se manifiestan por esta peculiaridad: que desea la muerte de la misma víctima a la que inicuamente ha injuriado. Quien tiene su conciencia plagada de úlceras criminales ve en el mismo rostro de su víctima un reproche insoportable de su acción, y huye de él con espanto.

Se alegraba el traidor confiando que serían capturados todos juntos, y estaba tan estúpidamente seguro de si mismo, que nada habla más lejano de su cabeza como el pensamiento de la sentencia de muerte que Dios le colgaba, un lazo terrible a punto de atrapar su cuello en cualquier momento. Qué' digna de compasión es esta tenebrosidad de la débil y mortal condición humana que a menudo tiembla de miedo y se perturba tumultuosamente mientras ignora estar completamente a salvo; y otras veces, en cambio, se comporta como si nada le preocupara, segura de todo peligro, y del todo inconsciente de que una espada mortal pende sobre su cabeza. Temían los demás Apóstoles ser prendidos y asesinados junto con Cristo y, sin embargo, todos consiguieron escapar. Judas, por el contrario, al parecer libre de todo temor y que, incluso se deleitaba en el miedo de los Apóstoles, pereció unas pocas horas después.

Cruel es el apetito que se alimenta de la desgracia ajena. Ni hay razón alguna para que alguien se goce y felicite porque esté en su poder causar la muerte a otro ser humano, como se le antojaba al traidor gracias a los soldados que había conseguido. Aunque un hombre puede enviar a otro a la muerte, puede estar bien seguro de que él mismo también le seguirá, e incierta como es la hora de la muerte, puede ocurrir que él mismo, tal vez, preceda a quien imagina con arrogancia haber enviado a la muerte. Así ocurrió aquí, en donde la del miserable Judas precedió a la de Cristo, a quien aquél habla entregado a la muerte.

Ejemplo triste y terrible para todos. No se crea el criminal seguro y libre de castigo, por mucho que se precie en su arrogante impenitencia, porque contra los malvados conspiran al unisono todas las creaturas junto con el Creador. El aire suspira por soplar vapores nocivos contra el miserable. El mar desea arrollarlo con sus olas. Las montañas quieren volcarse sobre él. Los valles, levantarse en contra suya. La tierra, entreabrirse bajo sus pies. El infierno busca tragarlo tras una larga calda. Los demonios desean zambullirle en las llamas devoradoras y eternas. Y entretanto, el único que preserva al hombre malvado es el mismo Dios que aquél abandonó. Si alguien es tan obstinado en su imitación de Judas que Dios decida no ofrecerle másla gracia que tan a menudo le ha sido procurada (y por él rechazada), ese hombre sí que es verdaderamente desgraciado, y por mucho que se halague a si mismo en la falsa ilusión de volar muy alto en el aire sobre una nube de falsa felicidad, está, de hecho, revolcándose en un abismo de calamidad y de desgracia. A Cristo clementísimo se ha de pedir por uno mismo y por los demás para no imitar a Judas en su obcecación frenética, y poder así aceptar la gracia que Dios ofrece para ser restaurados de nuevo por la penitencia y por la misericordia a la gloria.

II. SOBRE LA OREJA SAJADA DE MALCO,

LA FUGA DE LOS DISCÍPULOS Y LA CAPTURA DE CRISTO.

 

Furia y celo de Pedro

Desde mucho tiempo antes hablan los Apóstoles escuchado a Cristo predecir las cosas que ahora velan acontecer. Aun afectados por la tristeza y la pena, recibieron entonces todo aquello con mucha menos preocupación que ahora, cuando velan ocurrir todas aquellas cosas delante de sus propios ojos. Al ver que una cohorte entera de soldados buscaba a Jesús -Nazareno, no quedaba ya lugar para la duda o la ambigüedad: le buscaban para hacerle prisionero. Al sospechar lo que se avecinaba fueron sus ánimos abatidos e inundados por un tumulto de sentimientos. De un lado, solicitud y preocupación por su Señor., al que tanto amaban; pero, también, miedo y temor por lo que pudiera ocurrirles a ellos mismos. De otro lado, debieron sentir vergüenza al recordar aquella magnífica promesa suya de morir antes que abandonar al Maestro. A todos estos estados de ánimo seguían impulsos varios, porque, si su amor les llevaba a quedarse, el miedo les hacia no permanecer, el temor a la muerte les movía a huir, y la vergüenza por lo que habían prometido les inclinaba a resistir y no ceder.

Recordaban, además, lo que Cristo les había dicho aquella misma noche: que si antes tenían prohibido llevar cosa alguna para defenderse, ahora, el que no tuviera espada debería comprar una, aunque para hacerlo se viera obligado a vender la túnica. Crecía su ...miedo al ver a la cohorte romana y a la turba de los judíos avanzando en bloque, todos bien provistos de armas, mientras ellos eran sólo once y desarmados, excepto dos que tenían dos espadas (aparte de algún cuchillo o puñal que tuviera algún otro). Pues bien, a pesar de todo recordaron más tarde que al decir al Maestro: "Mira, aquí hay dos espadas",El había contestado: "Es suficiente." No entendiendo el misterio de esas palabras le preguntan impetuosamente si quiere que ellos le defiendan con la espada: 'Señor, ¿herimos con la espada?"

Pedro, furioso por la emoción, no esperó la respuesta, sino que desenvainando la espada asestó un golpe a un siervo del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha. Quizá estaba este criado junto a Pedro, o bien su aspecto fiero y altanero destacaba entre los demás. De cualquier modo, parece que era conocido por su maldad porque los evangelistas mencionan que era un siervo del sumo sacerdote, jefe y príncipe de todos los sacerdotes, y como dice un autor satírico: "Cuanto más grande la casa, más soberbios los servidores." Saben los hombres por experiencia que, en cualquier parte, los servidores de grandes señores superan a éstos en arrogancia. Y para que supiéramos que este individuo estaba muy cercano al sumo pontífice (y así era tanto más distinguido en su soberbia), añadió Juan, inmediatamente., su nombre: "El nombre del siervo era Malco" .

Es un dato que este evangelista no ofrece en cualquier lugar y sin una buena razón. Imagino que este canalla llamado Malco debió de entrometerse altaneramente, irritando a Pedro, que, a su vez, escogió a tal sujeto para iniciar la pelea; y vigorosamente habría dirigido el ataque si Cristo no hubiera detenido su ímpetu. En efecto, prohibió Cristo a los demás que lucharan, declaró ser impotente el celo de Pedro y, finalmente, curó la oreja de este pobre individuo. Lo hizo así porque no vino a huir de la muerte, sino a padecería, y además, caso de que no hubiera venido a morir, no habría necesitado de tal ayuda.

Para recalcar bien esto, respondió primero a la pregunta de los otros Apóstoles: "Dejadles. No sigáis adelante. Dejadles hacer otro poco. Con una sola palabra los tiré al suelo y, con todo, como veis, les permití que se levantaran para que pudieran llevar a cabo lo que desean hacer. Si a ellos les dejo llegar hasta ahí, haced vosotros otro tanto. Llegará el momento en que ya no permitiré que puedan nada sobre mi; e incluso ahora no necesito vuestra ayuda. "

Después, volviéndose a Pedro le dijo: 'Pon la espada en su lugar", como si dijera: "No deseo ser defendido con la espada, y a vosotros os he escogido para una misión que no es lucha con esa espada, sino con la espada de la palabra de Dios. Devuelve, por tanto, la espada de hierro a su sitio, que es donde debe estar: en manos de los príncipes y de las autoridades temporales para usarla contra los que obran el mal. Vosotros, Apóstoles de mi rebaño, tenéis otra espada mucho más temible que cualquiera de hierro. Una espada por la que el hombre impío es, a veces, cortado y desgajado de la Iglesia como miembro podrido de mi Cuerpo místico, y entregado a Satanás para destrucción de la carne, y así salvar el espíritu (supuesto que sea curable) y capacitarlo una vez mas para ser injertado y seguir creciendo de nuevo. Aunque, ocurre alguna vez, que quien padece un tumor incurable es entregado a la muerte invisible del alma, no sea que infeccione otros miembros sanos con su enfermedad. Tan lejos estoy de desear que hagas uso de la espada de hierro (que pertenece a la autoridad secular) que pienso asimismo que la espada espiritual (cuyo manejo os pertenece) no debe ser desenvainada con mucha frecuencia. Pero manejad con gran energía la espada de la palabra, cuyo tajo, como el del bisturí, hace posible que salga el pus, y cura, ciertamente, hiriendo. Por lo que se refiere a la maciza y peligrosa espada de la excomunión., deseo permanezca escondida en el estuche de la misericordia a no ser que una necesidad urgente y grave requiera sea desenvainada."

 

Cristo corrige al Apóstol

Con sólo tres palabras contestó a los otros Apóstoles, bien porque eran más moderados o quizá sencillamente, porque eran más tibios que o para calmar el ímpetu bullicioso y sin freno de este último necesitó extenderse un poco más. No sólo le mandó envainar la espada; añadió también la razón por la que no aprobaba su celo, por fervoroso que fuera. "¿No quieres que beba el cáliz que mi Padre me dio a beber?".

Tiempo antes, habla predicho Cristo en una ocasión a los Apóstoles que "convenía que fuera él a Jerusalén y que padeciera mucho de los ancianos, escribas y príncipes de los sacerdotes, y que fuese muerto y que resucitara al tercer día. Y tomándole aparte Pedro trataba de disuadirle diciendo: 'De ningún modo, Señor. Nada de todo eso te ocurrirá'. Cristo se volvió hacia Pedro y le dijo: 'Apártate de mi, Satanás, que no saboreas las cosas que son de Dios". ¡Con qué energía replicó Cristo a Pedro!

Poco antes de esto, al confesar Pedro que Cristo era el Hijo de Dios, le había dicho: 'Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado eso la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella".En esa otra ocasión, sin embargo, declara ser escándalo, le llama Satanás, que no entiende las cosas de Dios sino sólo las de los hombres. ¿Por qué todo esto? Porque intentaba Pedro disuadirle de su camino hacia la muerte. Cristo le hizo ver que convenía perseverar hasta la muerte, hasta aquella muerte irrevocablemente decretada por su propia voluntad. No sólo no quería Cristo que ellos impidieran su muerte, sino que deseaba le siguieran también en aquel mismo camino suyo. "Si alguien quiere venir en pos de mi, niéguese a sí mismo, coja su cruz y sígame". No contento con esta exigencia, fue más allá para mostrar que si alguien rehusara seguirle en el camino hacia la muerte cuando el caso lo requiere, no sólo no evita la muerte, sino que viene a caer en una mucho peor. Quien da su vida, no la pierde, sino que la cambia por una vida más plena, pues "quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierde su vida por mí la encontrará. ¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma? ¿Qué podrá dar entonces para rescatarla? El Hijo del hombre ha de venir revestido de la gloria de su Padre y rodeado con sus ángeles, y entonces dará a cada uno según sus obras`.

Es posible que haya yo dedicado a este pasaje más tiempo del necesario. Pero, ante estas palabras de Cristo tan graves y amenazadoras, por un lado, y tan eficaces, por otro, para originar esperanza en la vida eterna, me pregunto si habrá alguien que no quede de verdad conmocionado.

La importancia de estas palabras en este lugar está clara. Pedro es amonestado para que su celo no le desviara de tal modo que estorbara la muerte de Cristo. No obstante, vuelve Pedro con igual ardor a oponerse a ella, y no se limita ahora a unas pocas palabras, sino que intenta conseguirlo por la violencia de la lucha. Cristo, que sabia que Pedro lo hacia con buena intención, y que a medida que se acercaba la pasión aparecía más y más humilde con todos, no le reprochó con dureza. Le corrigió dándole una razón; declaró después ser aquello un pecado; y, finalmente, afirmó que, caso de. que quisiera evitar la muerte, no necesitaría de la ayuda de Pedro ni de ningún otro mortal. No tenla mas que pedírselo a su Padre que hubiera enviado una poderosa e invencible legión de ángeles para liberarle de esta gente ruin que buscaba cogerle prisionero.

La razón con la que contrarrestó el celo de Pedro se contiene en su pregunta: "¿No quieres que beba el cáliz que mi Padre me entregó? `. Mi vida entera hasta ahora ha estado moldeada por la obediencia y ha sido modelo de humildad. ¿Qué he enseñado con mas frecuencia o con mas energía sino que las autoridades deben ser obedecidas, que se ha de tener honor y respeto a los padres, que lo que es del César se ha de entregar al César y lo que es de Dios a Dios? Y ahora que debo acabar mi obra y hacerla perfecta en todo detalle, ¿pretendes que rechace el cáliz que mi Padre me ofrece, deseas que el Hijo del hombre desobedezca y que, de este modo, destruya y deshilache en un momento el tapiz hermosísimo que durante tanto tiempo ha estado tejiendo?"

Enseña a Pedro, en segundo lugar, que, al asestar un golpe de espada, ha cometido un pecado. Y lo hace con un ejemplo del Derecho civil: 'Todos que se sirven de la espada, a espada morirán" ". Según el Derecho romano (al que estaban sometidos los judíos), cualquier persona que fuera descubierta llevando una espada, sin legítima autoridad, con el propósito de matar, era considerada en la misma categoría que el hombre que ya hubiera asesinado a otro. ¡ Cuánto más en el caso de quien no sólo llevaba espada, sino que la había desenvainado y asestado un golpe! .No me parece que Pedro, en tal momento de consternación y desconcierto, pudiera controlarse para apuntar sólo a la oreja de Malco, evitando deliberadamente golpearle en la cabeza, como si no hubiera querido matarle sino tan sólo asustarle.

Naturalmente, se podría añadir aquí que es licito servirse de la fuerza para proteger a un inocente de un asalto criminal. Pero esta cuestión requeriría un tratamiento más extenso del que se puede intentar en estas páginas. Por mucho que pueda excusarse la acción de Pedro, ya que la hizo por un leal afecto hacía Cristo, una cosa está clara: lo hizo en ausencia de legítima autoridad para emplear la fuerza, como muestra muy bien el hecho de que Cristo le había severamente advertido de que no intentara impedir de ningún modo su pasión y muerte, no sólo por la fuerza, sino ni siquiera con palabras.

Finalmente, desaprueba el ataque violento de Pedro, señalando que su protección era del todo superflua e innecesaria. "¿No sabes que puedo pedir ayuda a mi Padre, e inmediatamente me enviaría más de doce legiones de ángeles?" '. Fijaos, mantiene silencio sobre su propio poder, pero se gloria de gozar del favor de su Padre. A medida que se acercaba más y más su muerte, deseaba evitar toda alocución sublime de si mismo y no quería pregonar que su poder era igual al de su Padre. Queriendo dejar bien claro que no necesitaba la ayuda de Pedro ni de ningún otro mortal, afirma que la ayuda de los ángeles le habría sido enviada por su Padre todopoderoso inmediatamente, con sólo haberla pedido. "¿No sabes que puedo pedir ayuda a mi Padre ... ?" como si dijera: "Con vuestros propios ojos acabáis de ver cómo arrojé al suelo, con sola mi voz y sin tocarla, a toda esta turbamulta, tan grande que si confías ser suficientemente fuerte para defenderme contra ella, debes estar completamente loco. Si esta razón no te convence, considera, al menos, de quién confesaste tú que yo era hijo cuando al preguntaros '¿Quién decís vosotros que soy yo?', tú diste al punto aquella respuesta que el cielo te enseñó: Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo'. Pues, si por divina revelación conoces que yo soy Hijo de Dios, y ya que has de saber que los padres en esta tierra no abandonan a sus hijos, ¿piensas, acaso, que mi Padre celestial me abandonaría? ¿No sabes que, si se lo pidiera, me enviaría más de doce legiones de ángeles, y que lo haría en el acto, sin tardanza? Y contra tantas legiones de ángeles, ¿qué podría esta cohorte de plebeyos y ruines mortales? Ciento veinte legiones de creaturas como éstas no podrían ni siquiera mirar el rostro de un ángel airado."

Vuelve después Cristo a lo primero como si fuera lo más importante, y dice: "¿Cómo se cumplirán las Escrituras según las cuales conviene que ocurra así?". Llenas, en efecto, están las Escrituras de vaticinios sobre la pasión y muerte de Cristo y sobre el misterio de la redención de la humanidad que no se realizarla sin la pasión. Y para que ni Pedro ni ningún otro musitara para sí mismo: "Si puedes conseguir todas esas legiones de tu Padre, ¿por qué no las pides?" le dijo Cristo: "¿Cómo se cumplirán las Escrituras según las cuales conviene que suceda así? Si ves en la Sagrada Escritura que éste es el camino escogido por la sabiduría justísima de Dios para instaurar de nuevo la raza humana en la gloria que perdió, y aun así pidiera yo a mi Padre que me salvara de la muerte, ¿qué estaría haciendo sino esforzarme por deshacer lo que vine a cumplir? Hacer que bajen del cielo los ángeles para defenderme, ¿qué otro resultado tendría sino, precisamente, excluir del cielo a la raza humana entera para cuya redención a la gloria celestial he bajado yo a la tierra? No luchas tú, por tanto, con tu espada contra los impíos judíos, sino que arremetes contra toda la humanidad en la medida en que no dejas se cumplan las Escrituras ni quieres que beba el cáliz que me dio mi Padre; aquel cáliz por el que yo, libre de culpa y sin mancha, borraré la mácula de la naturaleza caída."

 

Malco, figura de la razón humana

Contemplad el corazón dulcísimo de Cristo que no pensó era bastante reprochar al que golpeaba, sino que, para damos ejemplo de que hemos de devolver bien por mal, tocó también la oreja sajada de su perseguidor y se la curó. Ningún cuerpo está tan plenamente configurado por el alma como la letra de la Sagrada Escritura está permeada de misterios espirituales. Así como nadie puede tocar una parte del cuerpo en que no se halle el alma dando vida y sensación (incluso la parte más pequeña), de manera parecida, no hay en toda la Sagrada Escritura un hecho o una historia aunque sea bien material y palpable, por así decirlo, que no lleve la -vida y el aliento de algún misterio espiritual. Al considerar cómo la oreja de Malco fue cortada por la espada de Pedro y restaurada por la mano de Cristo, no nos quedemos únicamente con los hechos del relato (de los que podemos aprender mucho para nuestra salvación): penetremos en el misterio espiritual de salvación escondido bajo la letra de la historia.

Este personaje, Malco, cuyo nombre significa en hebreo "rey" puede ser tomado como figura de la razón humana; porque la razón debe gobernar en el hombre como un rey, y verdaderamente reina cuando se sujeta a sí misma en el obsequio de la fe y sirve a Dios. Y servir a Dios es reinar.

Por su parte, el sumo sacerdote, junto con sus ministros, los escribas y los ancianos del pueblo, era dado a depravadas supersticiones que mezclaba con la ley de Dios y, con el pretexto de la piedad, luchaba contra la piedad esforzándose por demoler al fundador de la verdadera religión. Todo esto hace que pueda ser tomado, junto con sus cómplices, como figura de los heresiarcas sacrílegos, ministros supremos de la nefanda superstición.

Cuando la razón se rebela contra la verdadera fe de Cristo y se hace adicta a la herejía, huye de Cristo y se convierte en esclava del hereje al que sigue, descarriada por el diablo y perdida en los vericuetos del error. Conserva la oreja izquierda, por la que escucha siniestras herejías, mientras pierde la derecha, por la que debería oír la fe verdadera.

No ocurre esto siempre por igual causa ni con el mismo resultado. Hay cabezas que tienden a la herejía por malicia y adrede. En ese caso no cae la oreja de un golpe, sino que va perdiéndose poco a poco y paso a paso, en la medida en que el diablo infiltra el veneno; llega luego un momento en que las partes purulentas se endurecen obturando los pasos de la trompa auditiva, de tal modo que nada bueno puede entrar. Difícilmente son tales individuos restaurados en la salud porque las partes carcomidas por el cáncer devorador se pierden del todo, y nada queda que pueda ser repuesto en su lugar.

Puede también ocurrir que la oreja haya sido sajada de un golpe seco y preciso, a causa de un celo imprudente, y que, entera, haya rodado hasta el suelo. Así pasa con aquellos que, movidos por una pasión o un sentimiento repentino, abandonan la verdad conquistados por una falsa apariencia de la verdad. También representa a quienes han sido engañados por su celo; de éstos ya advirtió Cristo: "Vendrá un tiempo en que quien os matare se creerá hacer un obsequio a Dios? ". De esta clase fue el Apóstol Pablo.

Otros hay que, atolondradas sus inteligencias por apegos terrenos, -dejan que la oreja por la que oían la buena doctrina del cielo sea amputada, cayendo sobre la tierra. A menudo se compadece Cristo, de la desgracia de tales hombres, y recogiendo del suelo con su propia mano la oreja que fue cortada en un súbito arrebato o por un celo mal entendido., con sólo tocarla la encola de nuevo a la cabeza, y vuelve a ser idónea para escuchar la verdadera doctrina.

En fin, sé bien que, de este pasaje, sacaron los antiguos Padres, con la gracia del Espíritu Santo, varios significados misteriosos, cada autor el suyo; pero no es mi propósito hacer un elenco de todos porque interrumpiría demasiado el relato de los acontecimientos históricos.

 

El poder de las tinieblas

«Dijo después Jesús a los príncipes de los sacerdotes y a los prefectos del templo y a los ancianos que habían venido: "Habéis salido a prenderme con espadas y con garrotes como si yo fuera un ladrón. Todos los días estaba entre vosotros enseñando en el templo y nunca me echasteis la mano. Mas ésta es la hora vuestra y el poder de las tinieblas". Así habló Cristo a aquellos príncipes de los sacerdotes y magistrados del templo que habían venido. Tienen aquí algunos una cierta duda porque el evangelista Lucas señala que Cristo se dirigió a los príncipes de los sacerdotes y a los magistrados del templo y a los ancianos del pueblo, mientras que los demás evangelistas dicen que no fueron esas personas al lugar, sino que enviaron una cohorte de soldados con sus servidores.

Afirman algunos no encontrar tal dificultad porque se puede decir que Cristo habló con ellos porque habló, de hecho., con los que hablan sido enviados. Ordinariamente, se entiende que los príncipes hablan entre si por medio de sus embajadores respectivos, y muchas personas se hablan valiéndose de mensajeros. Todo lo que decimos a un criado que se nos ha enviado, lo hablamos, realmente, a su amo que nos lo envió., pues el servidor repetirá todo a su señor. Aunque no juzgo improbable esta solución, me inclino mucho más a favor de la opinión de quienes piensan que Cristo hablé cara a cara con los príncipes de los sacerdotes, ministros del templo y ancianos del pueblo. Lucas, en efecto, no dice que Cristo se dirigiera a todos los príncipes de los sacerdotes ni a todos los prefectos del templo ni a todos los ancianos del pueblo, sino solamente a aquellos que hablan venido. Parece indicar que, aunque reunidos todos en consejo se decidió enviar la cohorte y los servidores para apresar a Jesús, hubo algunos de cada grupo (ancianos, príncipes y fariseos) que fueron Junto a ellos. Esta explicación concuerda exactamente con las palabras de Lucas y no contradice los relatos de otros evangelistas.

Dirigiéndose, por tanto, a los príncipes, fariseos y ancianos, les recuerda Cristo tácitamente que no atribuyan su captura a sus fuerzas ni a su habilidad, y que no se jacten ridículamente de ella como si fuera una astuta e ingeniosa proeza (como suelen, desgraciadamente, hacer quienes al obrar la maldad se ven acompañados por la suerte). Nada pudieron contra El las insensatas maquinaciones con las que se esforzaban por ahogar la verdad; detrás de todo estaba la profunda sabiduría de Dios que había previsto y establecido el tiempo en que el príncipe de este mundo perdería su presa, es decir, el género humano, por mucho que luchara por retenerla.

De otro modo, les siguió explicando Cristo, no hubiera habido necesidad de comprar un traidor, ni de venir en la noche con linternas y, antorchas, rodeados de soldados y armados con espadas y garrotes. Podían haberlo hecho antes, en cualquier momento. Podían haberle arrestado sin esfuerzo, sin pasar una noche en vela, sin ruido ni estrépito de armas, todas aquellas veces mientras, tranquilamente sentado, enseñaba en el templo. Se jactaban, quizá, porque pensaban que era muy difícil realizar lo que Cristo les mostraba haber sido tan fácil; temían que la captura de Cristo hubiera podido originar un gran peligro, un levantamiento del pueblo. Pero esta dificultad sólo se presentó, en su mayor parte, después de la resurrección de Lázaro. En efecto, más de una vez antes de este suceso, y a pesar del amor por sus virtudes y del profundo respeto que el pueblo sentía hacia El, había tenido Cristo que servirse de su poder para escapar de en medio de ellos. Quienes entonces hubieran intentado cogerle y matarle no habrían encontrado ningún peligro ni amenaza en la masa del pueblo, sino, más bien, un cómplice en el crimen (tan mudable es siempre la muchedumbre anónima y tan inclinada a decidirse por la parte equivocada). Los hechos mostraron poco después con qué facilidad se olvida el favor de la muchedumbre hacia una persona y el miedo que de ahí pueda surgir; porque, en cuanto fue Cristo apresado, el pueblo que antes aclamara con júbilo: "¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!" gritaba ahora furibundo en contra suya: "¡Afuera! ¡Crucifícalo ¡".

Había querido Dios, hasta este momento, que los que deseaban capturar a Cristo imaginaran todo tipo de razones ficticias para temblar de miedo cuando nada había que temer. Ahora que habla llegado el tiempo oportuno para la redención de todos los mortales (los que de verdad quieran ser redimidos) por la muerte cruel de uno solo, siendo así restablecidos a la felicidad de la vida eterna, esas pobres creaturas que atrapan a Cristo se jactan de haber realizado con gran inteligencia y astucia lo que, de. hecho, habla prescrito Dios en su divina providencia y misericordia desde toda la eternidad; que ni siquiera la calda de un pájaro al suelo, está fuera de su providencia. Para mostrarles cuán errados andaban, y para que supieran que, sin su consentimiento, de nada hubiera valido el engaño fraudulento del traidor, ni sus bien calculadas insidias, ni el poder de los soldados romanos, les dijo: "Pero ésta es vuestra hora y el poder de las tinieblas." Palabras de Cristo que Mateo consolida con razón al escribir: "Todo esto se hace para que se cumplan las Escrituras del profeta ".

Son muchos los lugares de los profetas donde se encuentran vaticinios sobre la muerte de Cristo: "Fue llevado como un cordero al matadero, y su clamor no fue oído en las calle?", "Horadaron mis manos y mis pies", 'Fue contado entre los malhechores","Tomó sobre sí nuestras enfermedades" ,"Por cuyas Hagas hemos sido sanados" . Abundan los profetas en claras predicciones de la muerte de Cristo, y, para que no quedaran incumplidas, era necesario que no dependieran totalmente de planes humanos, sino de Aquel que previó y ordenó desde toda la eternidad lo que iba a ocurrir, es decir, en el Padre de Cristo, en el mismo Cristo y en el Espíritu Santo de ambos; pues las obras de los tres de tal modo se unen que ninguna obra ad extra deja de pertenecer por igual a las tres Personas. El tiempo oportuno para el cumplimiento de aquel plan estaba así previsto y prescrito, y los príncipes de los sacerdotes, escribas, fariseos y ancianos, inicuos ministros que se enorgullecían de haber capturado a Cristo, no eran sino instrumentos ciegos de la voluntad bondadosísima e inmutable de Dios todopoderoso, no sólo de las personas del Padre y del Espíritu Santo, sino también de la persona de Cristo. Herramientas eran, en su ignorancia, ávidas, cegadas y alocadas por la malicia, que causaban daño enorme en sí mismos y un bien grande en otros, y que llevaron a Cristo a la muerte temporal, pero que fueron utilizadas para conseguir la felicidad para el género humano y para Cristo la gloria eterna.

Les dijo: "Mas ésta es vuestra hora y el poder de las tinieblas." Hubo un tiempo en el que, aunque me odiabais con furor y deseabais perderme, aunque podíais haberlo hecho en cualquier momento sin dificultad, no me cogisteis en el templo y ni siquiera pusisteis manos sobre mí. ¿Por qué? Porque ni el tiempo m la hora habían llegado; no una hora fijada por las estrellas del cielo o escogida por vuestras astucias, sino por el plan inescrutable de mi Padre al que había yo dado' mi consentimiento. ¿Os preguntáis cuándo la escogió? No en tiempos de Abraham, sino desde toda la eternidad. Desde siempre, junto con el Padre, antes de que Abraham fuera' yo soy. Pero ésta es vuestra hora y el poder de las tinieblas. Esta es la hora breve dada a vosotros, y éste, el poder concedido a las tinieblas, para que podáis hacer en la oscuridad de la noche lo que no se os permitió a la luz del día. Como aves de rapiña, como búhos y lechuzas, murciélagos y cuervos de la noche, y otros pajarracos de esa suerte, chillando desaforadamente con vuestros picos, revoloteáis ahora sobre mí, pero todo será en vano. Porque en tinieblas andáis cuando achacáis mi muerte a vuestra fuerza. En tinieblas está

Pilato, el gobernador, cuando se enorgullezca de tener, poder para salvarme o crucificarme: aunque mi pueblo y mis sacerdotes están a punto de entregarme a él, ningún poder tendría sobre mí si no le fuera dado del cielo; por esta razón, los que a él me entregan mayor pecado tienen. Mas ésta es la hora y el poder, pasajero y breve, de la tiniebla. Quien camina en la oscuridad no sabe a dónde va; y vosotros ni veis ni sabéis lo que hacéis, por lo que yo mismo rogaré al Padre para que se os pueda perdonar todo cuanto tramáis contra mí. Mas no a todos se perdonará ni se excusará su ceguera; porque vosotros mismos creáis y forjáis vuestra propia oscuridad. Apagáis la luz y cegáis primero vuestros ojos, y luego, los ojos de los demás. Os convertís en ciegos que guían a otros ciegos, hasta que ambos caen en el pozo. Esta vuestra hora es y será breve. Este es el poder incontrolable y frenético que os trae aquí bien armados para apresar al inerme y desarmado, el hombre cruel y sanguinario contra el hombre amable y apacible, hombres culpables contra el hombre inocente, el traidor contra su señor, pobres criaturas mortales contra su Dios.

No sólo a vosotros, contra mí y aquí y ahora, se da este poder de la oscuridad, sino también a otros gobernadores, césares y autoridades temporales contra otros discípulos míos. Y poder de las tinieblas será esa hora, en verdad, porque cuanto sufran y digan no lo padecerán ni expresarán con solas sus fuerzas, sino que venciendo con mi energía, en su paciencia conquistarán sus almas, y será el Espíritu de mi Padre el que hable en ellos. De la misma manera, quienes les atormenten y asesinen no harán nada de si mismos: el Príncipe de las tinieblas (ya se acerca y no tiene poder sobre mi) inculcará el veneno en verdugos y tiranos, mostrando y haciendo alarde de su fuerza a través de ellos y por el tiempo que le sea permitido. No lucharán mis compañeros de armas contra la carne y la sangre, sino contra príncipes y potestades, contra los que manipulan la oscuridad de este mundo, contra los espíritus maléficos. Ha de nacer todavía Nerón, por el que el príncipe de las tinieblas matará a Pedro, y después a Pablo, aunque éste todavía no se llama Pablo y se mueve en contra mía. Por el príncipe de las tinieblas muchos otros césares y autoridades se levantarán contra mis discípulos.

Aunque las gentes se amotinen y tracen las naciones planes vanos, aunque se alcen lospoderosos de la tierra y conspiren juntos contra el Señor y su Cristo, esforzándose por quebrantar los vínculos y arrojar el yugo tan suave que Dios tan amoroso y amable impone por medio de sus pastores sobre sus cuellos testarudos, el que mora en los cielos se reirá y se burlará de todos ellos. Que no está El, sobre un trono como el que tienen los poderosos de la tierra, elevados a unos pocos pies del suelo, sino que se alza majestuoso sobre la puesta del sol y se sienta por encima de los querubines; los cielos son su trono, la tierra es s . u escabel, su nombre es "el Señor?'. Rey de reyes y señor de señores. Rey de presencia impresionante que intimida los ánimos de los príncipes. Les hablará en su ira y con su furor los turbará. Constituirá a Cristo, su Hijo que hoy ha engendrado, como rey sobre Sión su monte santo, montaña que jamás se tambaleará. Pondrá sus enemigos como escañuelo bajo sus pies. Los que querían romper los lazos y arrojar lejos su yugo serán gobernados con vara de hierro y los despedazará como el barro . Contra todos ellos y contra su instigador, el príncipe de las tinieblas, serán mis discípulos confortados y fortalecidos en el Señor. Y revestidos con la armadura de Dios, los lomos ceñidos con la verdad, protegidos con la coraza de la justicia, calzados y listos para sembrar el evangelio de la paz, alzando en todas las cosas el escudo de la fe, y poniéndose el casco de salvación y la espada del espíritu, que es la palabra de Dios , serán revestidos con el poder de lo alto.

Resistirán, de esta manera, las insidias del diablo, esto es, los halagos y lisonjas, los placeres y comodidades que pondrá en labios de los perseguidores para que, vencidos por la flojedad y la blandura, abandonen el camino de la verdad. Aguantarán también firmes los asaltos abiertos de Satán resguardados por el escudo de la fe, bañando en lágrimas su oración, y sudando sangre en la agonía de su pasión. De nada valdrán los fieros dardos lanzados contra ellos por los esclavos de Satán.

Después de haber cogido su cruz para seguirme, y una vez que hayan vencido al diablo y aplastado a los esbirros terrenales de Satanás, entrarán, por fin, los mártires en el cielo con una gloria admirable sobre una carroza triunfal.

Pero, vosotros que ahora ejercéis sobre mí vuestra malicia y todos los que, en su corrupción, os imiten después, raza de víboras que, con parecida maldad y sin arrepentimiento, marcharán sobre los míos, seréis arrojados al fuego eterno del infierno. Se os concede, mientras tanto, mostrar y ejercer vuestro poder; y, para que no os ensoberbezcáis, no olvidéis que muy pronto se os acabará. No es el mundo sempiterno para que sea permitido tal desenfrenado libertinaje, sino que su duración ha sido abreviada hasta un tiempo muy corto por causa de los escogidos, para que no sean torturados más allá de sus fuerzas. Vuestro tiempo y el poder de las tinieblas no son eternos, sino tan fugaces como el momento presente, un instante temporal atrapado entre el pasado que ya fue y el futuro que todavía no ha llegado. Breve es vuestra hora y, para que no os perdáis nada de ella, proceded inmediatamente a gastarla. Ya que me buscáis a mi para destruirme, daos prisa, haced rápidamente lo que pensáis hacer, pero dejad que éstos se vayan. "Entonces, todos los discípulos le abandonaron y huyeron" .

 

La fuga de los discípulos

Fácilmente se ve en este pasaje qué difícil es la virtud de la paciencia. Muchos son los que pueden enfrentarse con valentía a una muerte cierta con la condición de que puedan devolver los golpes de los atacantes, dando rienda suelta a sus pasiones e hiriendo al enemigo. Mas sufrir sin lo que pudiera ser el alivio de una posible venganza, arrostrar la muerte con tal paciencia que no sólo no se devuelvan los golpes, sino que ni siquiera se rechacen con palabras airadas, es, os lo aseguro, tal cumbre sublime de heroica virtud que ni los Apóstoles tuvieron fuerzas para ascenderla. Fueron, ciertamente, admirables en su promesa de ir a la muerte con Cristo artes que abandonarle; y la mantuvieron, en algún sentido, porque estaban dispuestos a morir con la condición de que pudieran morir peleando. Así lo mostró Pedro con obras al golpear a Malco. Pero cuando nuestro Señor les negó el permiso para luchar y defenderse, "le abandonaron todos y huyeron".

Alguna vez me he preguntado si, cuando Cristo dejó de orar y fue a donde estaban los Apóstoles, encontrándolos dormidos, se dirigió a ambos grupos o sólo a aquellos Apóstoles que El habla deseado estuviesen más cerca suyo. Al considerar ahora las palabras del evangelista, "Todos le abandonaron y huyeron» . ya no dudo de que todos por igual se durmieron. Despiertos y rezando deberían haber estado para no caer en la tentación, como Cristo les mandó; y, al dormirse, dieron una oportunidad al tentador de debilitar sus voluntades con una atolondrada modorra que les inclinó más a buscar los extremos, luchar o huir, que a soportarlo todo con paciencia. Por esta razón le abandonaron todos y huyeron, cumpliéndose la palabra de Cristo: "Esta noche todos os escandalizaréis de mi". y también lo que predijo el profeta: ... "Heriré al pastor y se descarriarán las ovejas"

"Le seguía un joven, envuelto solamente con un lienzo sobre su cuerpo, y desprendiéndose de él, escapó desnudo". Quién era este adolescente es algo que nunca se ha sabido con absoluta certeza. Algunos piensan que era Santiago, al que llamaban hermano del Señor y distinguido con el sobrenombre de "justo". Dicen otros que era Juan evangelista, a quien el Señor amó siempre con predilección, y que debía ser entonces muy joven, pues llegó a vivir muchos años después de la muerte de Cristo (según jerónimo murió sesenta y ocho años después de la pasión del Señor). No faltan autores antiguos que afirman que este adolescente no era uno de los Apóstoles, sino uno de los servidores en la casa donde Cristo había celebrado aquella noche la Pascua. Personalmente, me siento más inclinado a aceptar esta opinión. Aparte de que no me parece verosímil que un Apóstol llevara por todo vestido un simple lienzo, y además, tan mal sujeto que pudiera desprenderse de repente, el contexto y los hechos de la historia, junto con las mismas palabras del relato, me llevan a opinar así.

Entre los que piensan que el joven era uno de los Apóstoles, la mayoría se inclina por Juan; mas no me parece a mí probable por las propias palabras de Juan: "Seguían a Jesús, Simón Pedro y otro discípulo que era conocido del pontífice, y así, entró con Jesús en el atrio del pontífice. Pero Pedro se quedó en la puerta. Salió, pues, el otro discípulo, el conocido del pontífice, y habló con la portera y consiguió que Pedro entrara" '. Los que dicen que era el santo evangelista quien siguió a Cristo y huyó al ser hecho prisionero, tienen que hacer frente a una dificultad en su argumento, y es ésta: el hecho de que el joven arrojó la sábana y escapó desnudo. En efecto, parece esto no concordar bien con lo que sigue, es decir, que Juan entró en el atrio del sumo sacerdote, introdujo a Pedro y siguió a Cristo en todo momento hasta el lugar de la Crucifixión, permaneciendo junto al Crucificado con la amadísima Madre de Cristo (junto a la Cruz, un hombre virginal y una Virgen purísima), y que cuando Cristo se la encomendó, la aceptó como Madre allí mismo. No cabe ninguna duda de que, en todo este tiempo y en esos distintos lugares, Juan iba vestido. Era discípulo de Cristo, no uno de la secta de los cínicos. Por lo tanto, aunque tenia sentido común para no evitar la desnudez del cuerpo cuando las circunstancias así lo pidieran o la necesidad lo exigiera, sin embargo, difícil se me hace pensar que su pudor le permitiera ir desnudo en público, a la vista de todos y sin razón alguna. Esos autores salen de la dificultad diciendo que, en algún momento, fue a otro sitio y consiguió vestidos. No discuto que no fuera posible, pero no me parece verosímil, sobre todo, . cuando veo en este pasaje que siguió a Cristo con Pedro en todo momento y que entró junto con Jesús en la residencia de Anás, suegro del pontífice.

Hay, además, otro detalle que me inclina a estar con los que piensan que el joven no era uno de los Apóstoles, sino uno de los siervos. Me refiero a la relación que establece el evangelista Marcos entre los Apóstoles que se dieron a la fuga y el joven que quedó atrás; pues dice: "Entonces, sus discípulos todos le abandonaron y huyeron. Pero un joven le seguía." No dice que "algunos" huyeron, sino "todos" y que la persona que se quedó siguiendo a Cristo no era ninguno de los Apóstoles (porque todos huyeron), sino adolescentem quemdam" cierto joven" es decir, un desconocido cuyo nombre Marcos ignoraba y juzgó no hacía falta mencionar.

Así las cosas, imaginaría yo los hechos de esta manera. Este muchacho, movido previamente por la fama de Cristo y al que acababa de conocer personalmente (pues servía a Cristo en la mesa con los discípulos), fue tocado por el soplo del Espíritu, sintiendo de inmediato el impulso de la caridad. Movido así a una verdadera piedad, siguió a Cristo cuando este salió de la casa, acabada la cena, y continuó siguiéndole a cierta distancia, más lejos quizás que los Apóstoles, pero, con todo, junto a ellos. Y con ellos permaneció hasta que, al aproximarse la muchedumbre, se perdió entre ella. Más tarde, cuando el terror hizo que todos los Apóstoles escaparan de las manos de los soldados, este muchacho se atrevió a permanecer allí., tanto más confiado porque sabía que nadie era consciente del amor que sentía por Cristo. Mas, ¡qué difícil es disimular el amor que tenemos hacia alguien! Aunque se había entremezclado con quienes odiaban a Cristo, su porte y su expresión le traicionaron, dando claramente a entender que estaba a favor de Cristo, ahora abandonado por los otros, y que le seguirla., no para perseguirle y entregarle, sino como quien le sigue para entregarse a El. Al ver la turba que los discípulos habían huido, y sólo este joven se atrevía a seguir a Cristo, rápidamente se echaron sobre él y le atraparon.

Y este hecho me hace pensar que también pretendieron capturar a todos los Apóstoles, y únicamente la sorpresa se lo impidió para que no quedara sin cumplir el mandato de Cristo: "Dejad que éstos se vayan. " Estas palabras de Cristo se referían principalmente a los Apóstoles que El había elegido, pero no las limitó a ellos: quiso en su bondad extenderlas a quien, sin haber sido llamado, le había seguido por su propia cuenta introduciéndose en la santa compañía de los Apóstoles. Mostraba Cristo su oculto poder, al mismo tiempo que aparecía la imbecilidad de la turba, porque no sólo no pudieron prender a los once., sino que ni siquiera pudieron retener entre todos a este muchacho, al que ya tenían atrapado y que estaba -puede uno imaginarse- completamente rodeado. "Le cogieron, mas él, arrojando el lienzo, escapó desnudo de entre ellos."

Tampoco dudo lo más mínimo que este muchacho que siguió a Cristo aquella noche y que no pudo ser apartado de El sino por la fuerza de la violencia en el último momento y después que todos los Apóstoles' habían huido, volvió después, en la primera ocasión que tuvo, a la grey de Cristo y vive ahora con Cristo en la gloria sempiterna. A Dios pido y de Dios espero que también nosotros vivamos allí algún día con este muchacho. El mismo nos dirá quién era, y conoceremos con gran gozo y satisfacción muchos otros detalles de las cosas que ocurrieron aquella noche y que no se recogen en la Escritura.

Mientras tanto., y para hacer más fácil y seguro el camino que allí conduce, no será de poco provecho recoger los consejos espirituales que se desprenden de la fuga de los Apóstoles antes de poder ser capturados y de la fuga de este joven después de haber sido capturado. Serán como provisiones para el camino. Advierten los antiguos Padres de la Iglesia una y otra vez, para que no confiemos tanto en nuestras propias fuerzas, que no nos pongamos, voluntariamente y sin necesidad alguna, en peligro de pecado. Si alguien se encontrara en una situación en que parece ser muy posible que sea arrastrado por la fuerza hasta ofender a Dios, debe hacer lo que hicieron los Apóstoles: huyendo evitaron ser atrapados. No digo esto como si se hubiera de alabar la fuga de los Apóstoles; Cristo la permitió a causa de su debilidad, y El mismo, lejos de alabarla, había predicho que esa noche seria ocasión de pecado y escándalo.

De todos modos, si sentimos que nuestro animo no es lo suficientemente fuerte, imitemos su huida siempre que podamos huir del peligro de pecado sin caer en el pecado. Ahora bien, si alguien escapa cuando Dios le manda permanecer y afrontar el peligro con confianza, bien por razón de su propia salvación o por la de aquellos que le han sido encomendados a su cuidado, ese tal se comporta, sin ninguna duda, muy insensatamente. Pero, ¿y si lo hace para salvar la vida? También, porque, ¿qué puede ser más disparatado y necio que el preferir un breve tiempo de dolor y desgracia a una eternidad de felicidad? Si huye por salvar la vida, al pensar que si no lo hace puede ser forzado a ofender a Dios, se comporta no sólo mal, sino insensatamente. Enorme es el crimen de quien abandona su puesto, y si a esto añade la desesperación, resulta tan grave como pasarse al enemigo. Pues  ¿quién puede pensar algo peor que des esperar de la ayuda de Dios, y escapando, entregar al enemigo el puesto que Dios os había asignado para guardar? ¿Qué locura mayor que buscar evitar un pecado meramente posible (si uno permanece en su sitio), mientras se comete con toda seguridad un pecado al escapar. Cuando la huida no encierra ofensa a Dios, el plan más seguro, ciertamente, es darse prisa por escapar, en lugar de retrasarlo tanto que sea atrapado y caiga en peligro de cometer un pecado horrendo. Fácil es, cuando se puede, escapar a tiempo; difícil y peligroso es luchar.

 

Desprendimiento y perseverancia

Enseña también este muchacho con su ejemplo qué tipo de hombre puede resistir as tiempo, con menos peligro y escapar fácilmente de manos de sus enemigos, si éstos hubieran llegado a capturarle. En efecto., aunque este muchacho fue el que más resistió siguiendo a Cristo durante un trecho hasta que le prendieron, sin embargo, y gracias a que no iba vestido con muchos y variados vestidos, sino que llevaba tan sólo un simple lienzo, ni siquiera bien sujeto, sino echado sin mayor cuidado sobre su cuerpo, de tal modo que fácilmente podría desprenderse de él, pudo, en un momento, arrojar la prenda en manos de sus perseguidores y huir de ellos desnudo. Llevándose el meollo, les dejó con la cáscara.

¿Qué significa esto para nosotros? Qué otra cosa puede significar sino ésta: que así como un hombre barrigón, hecho torpe y lento por el peso de la tripa, o un hombre que lleva consigo una pesada carga de ropajes y vestidos, difícilmente está en condiciones de correr con rapidez, de la misma manera el hombre con un cinto de bolsas repletas de dinero, muy difícilmente podrá escapar cuando caigan súbitamente sobre él las angustias y los pesares. Ni podrá correr muy de prisa o ir muy lejos si los vestidos que lleva, aunque sean ligeros, están tan atados y apretados que no puede respirar con comodidad. Con más facilidad podrá escapar el que, aunque lleve muchos ropajes, puede desprenderse de ellos en un momento, que otro hombre que lleve muy pocos, pero tan apretadamente atados que ha. de arrastrarlos consigo dondequiera que vaya.

Se ven hombres (más raramente de lo que me gustaría, pero se les ve todavía, gracias a Dios) extraordinariamente ricos que preferirían perder todo cuanto poseen antes que ofender a Dios por el pecado. Tienen muchos vestidos, pero no están estrechamente "apegados" y así, cuando el peligro les lleva a huir lo hacen con toda facilidad, simplemente arrojando los vestidos. Se ve también a otros -más de los que uno quisiera- que tienen cosas y vestidos de muy poca calidad, pero que, sin embargo, tan apegados se encuentran a esas sus pobres riquezas, que más fácilmente se les podría arrancar la piel de su cuerpo que separarlos de sus posesiones. Un hombre así haría mejor en darse a la fuga con tiempo, pues, en cuanto alguien le coja por la vestimenta, preferirá morir antes que abandonar la túnica.

En fin, aprendemos del ejemplo de este muchacho que hemos de estar siempre preparados ante las contrariedades y dificultades que se presentan de improviso y que pueden hacer necesaria la huida; nos enseña, sin duda, que para estar preparados no es bueno estar cargado con muchos vestidos, ni tan apretujados y abrochados a uno solo que, cuando la ocasión lo urja, nos sea casi imposible arrojar la tela y escapar desnudos.

Si desea alguien seguir investigando un poco más podrá ver que lo que este joven hizo encierra otra lección todavía más profunda.

Porque el cuerpo es como el vestido del alma; en un sentido, se pone el alma su cuerpo al entrar en el mundo y se separa de él al dejar este mundo y morir. Así como los vestidos valen mucho menos que el cuerpo, así el alma es mucho más preciosa que el cuerpo. Tan loco de atar estaría quien diera su alma para salvar la vida corporal como quien optara por perder el cuerpo y la vida antes que perder el manto. Así habló Cristo del cuerpo: "¿No vale más el cuerpo que el vestido?" % pero cuanto más dijo del alma: "¿De qué te sirve ganar el universo entero si pierdes tu alma? . Qué dará el hombre a cambio de su alma? Pero a vosotros os digo, amigos míos, no temáis a los que matan el cuerpo y, después, no pueden hacer nada más. Yo os mostraré a quién habéis de temer. Temed a aquel que, después de quitar la vida, puede arrojar al infierno. A éste, os repito, habéis de temer" '.

Nos advierte además el ejemplo de este muchacho qué tipo de vestido debe ser el cuerpo para el alma cuando nos enfrentemos a tales pruebas. No ha de ser corpulento y gordinflón por causa del desenfreno, ni tampoco debilucho y flojo a causa de una vida disoluta, sino fino y esbelto como un mantel, con la grasa gastada y apurada por el ayuno. No estaremos así tan apegados que no podamos deshacernos de él, de buena gana, si la causa de Dios lo exige. Aquel joven, atrapado por esos miserables y antes de ser forzado a decir o hacer algo que pudiera ofender el honor de Cristo, abandonó su túnica y escapó desnudo de sus garras. No está de más recordar que, mucho tiempo antes, otro joven se había comportado de manera similar. En efecto, el santo e inocente patriarca José dejó a la posteridad un ejemplo singular, enseñando que hay que huir del peligro contra la castidad con la misma prontitud y decisión con que uno escapa de un intento de asesinato.

Era José varón de hermoso semblante y de porte esbelto. La mujer de Putifar, en cuya casa era José jefe de los siervos, puso en él sus ojos y cayó perdidamente enamorada. Tal era el furor y el frenesí de su deseo que no sólo llegó a ofrecerse ella misma al joven desvergonzadamente, con sus miradas y palabras, tentándole para vencer su aversión, sino que cuando este muchacho la rechazó, se agarró ella a sus vestidos ofreciendo el vergonzoso espectáculo de una mujer pretendiendo a un hombre por la fuerza. Antes hubiera muerto José que cometer pecado tan abominable. Sabía bien los peligros de entablar combate con las fuerzas de Venus, y no desconocía que la más segura victoria consiste en huir. De esta manera, abandonó José su manto en manos de la adúltera y se dio inmediatamente a la fuga.

Como decía, para evitar caer en pecado hemos de arrojar no sólo la túnica o la camisa o cualquier otro vestido del cuerpo, sino hasta el mismo cuerpo, que es el vestido del alma. Si al pecar pretendemos salvar el cuerpo, en realidad, lo perdemos, y con él perdemos también el alma. Por el contrario, si soportamos con paciencia y por amor de Dios la pérdida del cuerpo, nos ocurrirá entonces lo que ocurre con la serpiente: que muda su vieja piel (llamada, me parece, senecta)a fuerza de frotar y restregar entre zarzas y abrojos, y, abandonándola en los matorrales, aparece de nuevo rejuvenecida y resplandeciente. Si seguimos el consejo de Cristo y nos hacemos astutos y prudentes como las serpientes, dejaremos nuestros cuerpos envejecidos sobre la tierra, desgastados entre las espinas de la tribulación padecida por amor, y seremos llevados al cielo, los cuerpos relucientes y en plena juventud, para jamás sentir los efectos de la vejez.

 

La captura de Cristo

"Se acercaron y echaron manos sobre Jesús. La tropa de soldados y el tribuno y los servidores de los judíos prendieron a Jesús y le ataron; de allí lo llevaron primero a casa de Anás, porque era suegro de Caifás, que era pontífice aquel año. Caifás había aconsejado a los judíos que convenía que un hombre muriese por el pueblo. Y se reunieron así todos: sacerdotes, escribas, fariseos y ancianos ".

No están de acuerdo los estudiosos sobre el momento en que por primera vez pusieron manos sobre Cristo. Los evangelistas concuerdan en el hecho, pero hay variaciones en la manera de relatarlo (uno lo anticipa, otro vuelve atrás para contar un detalle omitido). Entre los comentadores, unos siguen una opinión; otros, una diferente, sin que ninguno impugne la verdad de la historia ni niegue que una opinión distinta de la suya pueda ser la más correcta.

En efecto, Mateo y Marcos cuentan lo sucedido en un orden que hace lícito suponer que echaron mano a Jesús inmediatamente después del beso de Judas. Esta opinión la siguen bien conocidos doctores de la Iglesia, y también la aprueba aquel hombre egregio que fue Juan Gerson en su obra Monotessaron (obra que yo he seguido, generalmente, al enumerar los sucesos de la Pasión en este libro).

Sin embargo, en este pasaje no sigo a Gerson, sino a otros autores, célebres también, que., apoyados en los relatos de Lucas y Juan, mantienen que sólo después de que Judas hubo besado a Jesús y regresado con la cohorte y los judíos, después de que Cristo hiciera con su sola voz que la cohorte se postrara de rodillas, y la oreja del siervo del sumo sacerdote fue mutilada y restaurada; después de haber prohibido luchar a los Apóstoles, y haber sido Pedro amonestado porque ya había empezado a luchar; después de dirigirse Cristo a los magistrados judíos presentes y haberles anunciado que tenían ahora permiso para hacer lo que antes no hablan podido hacer; después de haber escapado los Apóstoles; después de haber sido aquel joven capturado, y no haber podido ser retenido, salvándose gracias a la aceptación de su desnudez, sólo entonces, después de todas estas cosas, echaron mano sobre Jesús.

 

THOMAS MORVS IN HOC OPERE VLTERIVS PROGRESSVS NON EST, HACTENVS ENIM CVM ESSET PERVENTVM,OMNI NEGATO SCRIBENDI instrumento, multo arctius quam antra in carcere detentus: non ita multo post prope turrim londinensem loco consueto securi percussus est, secundo Nonas Iulii, Anno Domini supra millesimum quingentesimo tricesimo quinto, Regis vero Henrici octaui vicesimo septimo.

 

 

LIBRO PRIMERO

 

Diálogo del eximio Rafael Hitlodeo sobre la mejor forma de comunidad política. Por el ilustre Tomás Moro, ciudadano y sheriff de Londres, ínclita ciudad de Inglaterra

 

 No ha mucho tiempo, hubo una serie de asuntos importantes entre el invicto rey de Inglaterra, Enrique VIII, príncipe de un genio raro y superior, y el serenísimo príncipe de Castilla, Carlos. -Con tal motivo fui invitado en calidad de delegado oficial a parlamentar y a conseguir un acuerdo sobre los mismos. Se me asignó por compañero y colega a Cuthbert Tunstall, hombre sin igual, y, elevado años más tarde, con aplauso de todos, al cargo de archivero, jefe de los archivos reales.

Nada diré aquí en su alabanza.  Y no porque tema que nuestra amistad pueda parecer se torna en lisonja.  Creo que su saber y virtud están por encima de mis elogios.

Por otra parte, su reputación es tan brillante que lanzar al viento sus méritos, sería como querer, según el refrán, «alumbrar al sol con un candil».

Según lo convenido, nos reunimos en Brujas con los delegados del príncipe Carlos. Todos ellos eran hombres eminentes. El mismo prefecto de Brujas, varón magnífico, era jefe y cabeza de esta comisión, si bien Jorge de Themsecke, preboste de Cassel, era su portavoz y animador.  Este hombre cuya elocuencia se debía menos al arte que a la naturaleza, pasaba por uno de los jurisconsultos más expertos en asuntos de Estado.  Su capacidad personal, unida a un largo ejercicio en los negocios públicos, hacían de él un hábil diplomáticos.

Tuvimos varias reuniones, sin haber llegado a ningún acuerdo en varios puntos. En vista de ello, nuestros interlocutores se despidieron de nosotros, por unos días, dirigiéndose a Bruselas con el fin de conocer el punto de vista del príncipe.

Ya que las cosas habían corrido así, creí que lo mejor era irme a Amberes. Estando allí, recibí innumerables visitas.

Ninguna, sin embargo, me fue tan grata como la de Pedro Gilles, natural de Amberes. Todo un caballero, honrado por los suyos con toda justicia. Difícilmente podríamos encontrar un joven tan erudito y tan honesto. A sus más altas cualidades morales y a su vasta cultura literaria unía un carácter sencillo y abierto a todos.  Y su corazón contiene tal cariño, amor, fidelidad y entrega a los amigos que resultaría difícil encontrar uno igual en achaques de amistad. De tacto exquisito, carece en absoluto de fingimiento, distinguiéndose por su noble sencillez.  Fue tan vivaz su conversación y su talante tan agudo, que con su charla chispeante y su ameno trato llegó a hacerme llevadera la ausencia de la patria, la casa, la mujer y los hijos a quienes no veía desde hacía cuatro meses, y a quienes, como es lógico, quería volver a abrazar.

Un día me fui a oír misa a la iglesia de Santa María, rato ejemplar de arquitectura bellísima y muy frecuentada por el pueblo. Ya me disponía a volver a mi posada, una vez terminado el oficio, cuando vi a nuestro hombre, charlando con un extranjero entrado en años.  De semblante adusto y barba espesa, llevaba colgado al hombro, con cierto descuido, una capa.  Me pareció distinguir en él a un marinero.  En esto me ve Pedro, se acerca y me saluda. Al querer yo devolverle el saludo me apartó un poco y señalando en dirección al hombre con quien le había visto hablar me dijo:

-¿Ves a ése?  Estaba pensando en llevártelo a tu casa. -Si viene de tu parte, le recibiría encantado, le respondí.

-Si le conocieras, se recomendaría a sí mismo. No creo que haya otro en el mundo que pueda contarte más cosas de tierras y hombres extraños.  Y sé lo curioso que eres por saber esta clase de cosas.

-Según eso -dije yo entonces- no me equivoqué.  Apenas le vi, sospeché que se trataba de un patrón de navío.

-Pues te equivocas.  Porque, aunque este hombre ha navegado, no lo ha hecho como lo hiciera Palinuro, sino como Ulises, o mejor, como Platón.  Escucha:

-Rafael Hitlodeo (el primer nombre es el de familia) no desconoce el latín y posee a la perfección el griego.  El estudio de la filosofia, a la que se ha consagrado totalmente, le ha hecho cultivar la lengua de Atenas, con preferencia a la de Roma. Piensa que los latinos no han dejado nada de importancia en este campo, a excepción de algunas obras de Séneca y Cicerón.

Entregó a sus hermanos el patrimonio que le correspondía allá en su patria, Portugal. Siendo joven, arrastrado por el deseo de conocer nuevas tierras acompañó a Américo Vespucci en tres de los cuatro viajes que ya todo el mundo conoce. En el último de ellos ya no quiso volver, Se empeñó y consiguió de Américo ser uno de los veinticuatro que se quedaron en una remota fortificación en los últimos descubrimientos de la expedición. Al proceder así, no hacía sino seguir su inclinación más dada a los viajes que a las posadas.  Suele decir con frecuencia: «A quien no tiene tumba el cielo le cubre» y «Todos los caminos sirven para llegar al cielo».  Desde luego, que, si Dios no se cuidara de él de modo tan singular, no iría lejos con semejantes propósitos.  De todos modos, una vez separado de Vespucci se dio a recorrer tierras y más tierras con otros cinco compañeros.  Tuvieron suerte, pudiendo llegar a Trapobana y desde allí pasar a Calicut. Aquí encontró barcos portugueses que le devolvieron a su patria cuando menos lo podía esperar.

Agradecí de veras a Pedro su atención al contarme todo esto, así como el haberme deparado el gozo de la conversación de un hombre tan extraordinario. Y sin más, saludé a Rafael con la etiqueta de rigor en estos casos al vernos por primera vez.  Los tres juntos nos dirigimos después a micasa y comenzamos a charlar en el huerto, sentados en unos bancos cubiertos de verde y fresca hierba.

Nos dijo Rafael cómo después de separarse de Vespucci, él y los compañeros que habían permanecido en la fortaleza, comenzaron a entablar relaciones e intercambios con los nativos.  Pronto se sintieron entre ellos sin preocupación alguna e incluso como amigos. Llegaron también a entablar amistad con un príncipe de no sé qué región -su nombre se me ha borrado de la memoria. Este príncipe les obsequió abundantemente con provisiones tanto durante su estancia como para el viaje, que se hacía en balsas por agua, y en carretas por tierra.  Les dio asimismo cartas de recomendación a otros príncipes, poniéndoles, a tal efecto, un guía excelente que les introdujera.

Nos contaba cómo habían encontrado en sus largas correrías, ciudades y reinos muy poblados y organizados de forma admirable. Nos hizo ver que por debajo de la línea del ecuador todo cuanto se divisa en todas las direcciones de la órbita solar es casi por completo una inmensa soledad abrasada por un calor permanente. Todo es árido y seco, en un ambiente hostil, habitado por animales salvajes, culebras y hombres que poco se diferencian de las fieras en peligrosidad y salvajismo.

Pero a medida que se iban alejando de aquellos lugares, todo adquiría tonos más dulces.  El cielo era más limpio, la tierra se ablandaba entre verdores.  Era más suave la condición de animales y hombres. Otra vez se encontraban fortalezas, ciudades y reinos que mantienen comercio constante por mar y por tierra, no sólo entre sí, sino también, con países lejanos.

Esta situación les permitió descubrir tierras desconocidas en todas direcciones. No había nave que emprendiera viaje que no les llevase con agrado a él y a sus compañeros rumbo a otra nueva aventura.

Los primeros barcos que toparon eran de quilla plana, y las velas estaban zurcidas de mimbres o de hojas de papiro. En otros lugares las velas eran de cuero. Posteriormente encontraron quillas puntiagudas y velas de cáñamo. Y, por fin, barcos iguales a los nuestros. Los marinos eran expertos conocedores del mar y del firmamento.

Su reputación entre ellos creció de manera extraordinaria cuando les enseñó el manejo de la brújula que no conocían.  Este desconocimiento hacía que se aventurasen mar adentro con gran cautela y sólo en el verano.  Ahora en cambio, brújula en mano desafina los vientos y el invierno con más confianza que seguridad; pues, si no tienen cuidado, este hermoso invento que parecía llamado a procurarles todos los bienes, podría convertirse por su imprudencia, en una fuente de males.

Me alargaría demasiado en contaros todo lo que nos dijo haber visto en aquellos lugares.  Por otra parte, no es éste el objeto de este libro.  Tal vez en otro lugar refiera lo que creo no debe dejarse en el tintero, a saber, la referencia a costumbres justas y sabias de hombres que viven como ciudadanos responsables en algunos lugares visitados.

Nuestro interés, en efecto, se cernía sobre una serie de temas importantes, que él se deleitaba a sus anchas en aclarar.  Por supuesto que en nuestra conversación no aparecieron para nada los monstruos que ya han perdido actualidad.  Escilas, Celenos feroces y Lestrigones devoradores de pueblos, y otras arpías de la misma especie se pueden encontrar en cualquier sitio.  Lo difícil es dar con hombres que están sana y sabiamente gobernados.  Cierto que observó en estos pueblos muchas cosas mal dispuestas, pero no lo es menos que constató no pocas cosas que podrían servir de ejemplo adecuado para corregir y regenerar nuestras ciudades, pueblos y naciones.

En otro lugar, como he dicho, hablaré de todo esto. Mi intento ahora es narrar únicamente y referir cuanto nos dijo sobre las costumbres y régimen de los utopianos. Trataré, primero, de reproducir la charla en que, como por casualidad, salió el tema de la República de Utopía.

Rafael acompañaba su relato de reflexiones profundas. Al examinar cada forma de gobierno, tanto de aquí como de allí, analizaba con sagacidad maravillosa lo que hay de bueno y de verdadero en una, de malo y de falso en otra.  Lo hacía con tal maestría y acopio de datos que se diría haber vivido en todos esos sitios largo tiempo.  Pedro, lleno de admiración por un hombre así, le dijo:

-Me extraña, mi querido Rafael, que siendo el que eres y dada tu ciencia y conocimientos de lugares y hombres, no te hayas colocado al servicio de alguno de esos reyes.  Hubiera sido un placer para cualquiera de ellos.  Al mismo tiempo le hubieras instruido con tus ejemplos y conocimientos de lugares y de hombres.  Sin olvidar que con ello podrías atender a tus intereses personales y aportar una ayuda sustancial a los tuyos.

-No me inquieta la suerte de los míos ni poco ni mucho -dijo Rafael-.  Creo haber cumplido mi deber de forma suficiente. Dejé a los míos y a los amigos siendo joven y en pleno vigor, lo que otros muchos no suelen hacer sino cuando están viejos y achacosos, y aun entonces, contra su gusto y voluntad.  Creo que pueden estar contentos con mi liberalidad hacia ellos. Pero lo que no me pueden pedir es que, además, tenga yo que convertirme en siervo de ningún rey.

-Tenéis razón -replicó Pedro-.  Pero no quise decir que fueras siervo, sino servidor.

-No veo más diferencia -contestó Rafael-, que la adición de una sílaba.

-Llámalo como quieras -insistió Pedro-: lo que quiero decir, es que ese es el camino para llegar a ser feliz tú, y en el que podrás ser útiltanto a la sociedad como a los ciudadanos.

-Me repugna -dijo Rafael-, ser más feliz a costa de un procedimiento que aborrezco. Ahora mismo vivo como quiero, cosa que dudo les suceda a muchos que visten de púrpura.  Por lo demás, abundan y sobran los que apetecen la amistad de los Poderosos. Que yo les falte y algunos más semejantes a mí no creo que les cause excesivo perjuicio.

-Es claro, querido Rafael -dije yo entonces- que no hay en ti ambición de riquezas, ni de poder.  Un hombre de tu talante me merece tanta estima y respeto como el que detesta el mayor poder. Por ello, me parece que sería digno de un espíritu tan magnánimo, y de un verdadero filósofo como tú, si te decidieras, aun a pesar de tus repugnancias y sacrificios personales, a dedicar tu talento y -actividades a la política.  Para lograrlo con eficacia, nada mejor que ser consejero de algún príncipe. En tal caso -y yo espero que así lo harás- podrías aconsejarle -lo que creyeras justo y bueno.  Tú sabes muy bien que un príncipe es como un manantial perenne del que brotan los bienes y los males del pueblo.  Tienes, en efecto, un saber tan profundo que, aun en el caso de no tener experiencia en los negocios, serías un eminente consejero de cualquier rey.  Y tu experiencia es tan vasta que supliría a tu saber.

-Amigo Moro, te equivocas por partida doble.  Primero en lo que a mi persona se refiere, y después en lo tocante a la república o Estado.  Yo no poseo ese saber que me atribuyes, y, caso de tenerlo y sacrificar mi ocio, sería inútil a la cosa pública.

En primer lugar, la mayoría de los príncipes piensan y se ocupan más de los asuntos militares, de los que nada sé ni quiero saber, que del buen gobierno de la paz.  Lo que les importa es saber cómo adquirir -con buenas o malas artes- nuevos dominios, sin preocuparse para nada de gobernar bien los que ya tienen.  Por otra parte, hay consejeros de príncipes tan doctos que no necesitan -o al menos creen no necesitar- los consejos de otra persona.  Parásitos como son, aceptan a los que les dan la razón o les halagan para granjearse la voluntad de los favoritos del príncipe. Así lo ha dispuesto la naturaleza: Cada uno se pitra por sus propios descubrimientos. ¡Al cuervo le ríe su cría y a la mona le gusta su hija!

En reuniones de gente envidiosa o vanidosa ¿no es, acaso, inútil explicar algo que sucedió en otros tiempos o que ahora mismo pasa en otros lugares? Al oírte, temen pasar por ignorantes y perder toda su reputación de sabios, a menos que descubran error y mentira en los hallazgos de otros. A falta de razones con que rebatir los argumentos, se refugian invariablemente, en este tópico: «Esto es lo que siempre hicieron nuestros mayores.  Ya podíamos nosotros igualar su sabiduría».  Al decir esto, zanjan toda discusión y se sienten felices. Les parece mal que alguien sea más sabio que los antepasados. Cierto que todos estamos dispuestos a aceptar todo lo bueno que nos han legado en herencia.  Pero con el mismo rigor sostenemos que hay que aceptar y mantener lo que vemos debe mudarse.  Con frecuencia me he encontrado en otras partes este tipo de mentes absurdas, soberbias y retrógradas.  Incluso en Inglaterra me topé con ellas.

-¿Has estado en Inglaterra? -le pregunté.

-Sí, he estado.  Paré allí unos meses, no mucho después de la matanza que siguió a la guerra civil que tuvo enfrentados a los ingleses occidentales contra su rey y que acabó con la derrota de los sublevados.  Con tal motivo quedé muy obligado al Reverendísimo Padre Juan Morton, Cardenal Arzobispo de Canterbury y que era, a la sazón, también Canciller de Inglaterra. ¡Qué hombre tan extraordinario!, mi querido Pedro -pues a Moro no le puedo decir nada nuevo- un hombre más venerable por su carácter y virtud, que por su alta jerarquía, Era más bien pequeño, y, a pesar de su edad avanzada, andaba erguido.  Al hablar inspiraba respeto sin llegar al temor.  Su trato era afable, si bien serio y digno.. Su profunda ironía le llevaba a exasperar, sin llegar a ofender, a quienes le pedían algo, poniendo con ello a prueba el temple y saber de los mismos.  Esto le agradaba, siempre que hubiese moderación, y si le complacían aceptaba a los candidatos para los cargos públicos.  Su léxico era puro y enérgico; su ciencia del derecho profunda, su juicio exquisito y su memoria rayando en lo extraordinario. Estas cualidades, grandes en sí mismas, lo eran más por el cultivo y el estudio constante de las mismas.  Estando allí pude observar que el rey fiaba mucho en sus consejos, y le consideraba como uno de los más firmes pilares del Estado. ¡Qué de extraño tiene que, llevado muy joven de la escuela a la corte y mezclado en multitud de asuntos graves y zarandeado por acontecimientos de la más diversa índole, adquiriera un profundo sentido de la vida a costa de tantos trabajos y pruebas ¡Ciencia así adquirida, difícilmente se olvida!

La casualidad me hizo encontrar, un día en que estaba comiendo con el cardenal, a un laico versado en nuestras leyes.  Este comenzó, no sé a qué propósito, a ponderar la dura justicia que se administraba a los ladrones.  Contaba complacido cómo en diversas ocasiones había visto a más de veinte colgados de una misma cruz.  No salía de su asombro al observar que siendo tan pocos los que superaban tan atroz prueba, fueran tantos los que por todas partes seguían robando.

-No debes extrañarle de ello -me atreví a contestarle delante del Cardenal-: semejante castigo infligido a los ladrones ni es justo ni útil. Es desproporcionadamente cruel como castigo de los robos e ineficaz como remedio.  Un robo no es un crimen merecedor de la pena capital.  Ni hay castigo tan horrible que prive de robar a quien tiene que comer y vestirse y no halla otro medio de conseguir su sustento. No parece sino que en esto, tanto en Inglaterra como en otros países, imitáis a los malos pedagogos: prefieren azotar a educar. Se promulgan penas terribles y horrendos suplicios contra los ladrones, cuando en realidad lo que habría que hacer es arbitrar medios de vida. ¿No sería mejor que nadie se viera en la necesidad de robar para no tener que sufrir después por ello la pena Capital?.

-«Ya se ha hecho en este aspecto más que, suficiente», me respondió. La industria y la agricultura son otros tantos medios de que dispone el pueblo para obtener los medios de subsistencia.  A no ser que quieran emplearlos para elmal.

-«No se puede zanjar así la cuestión», repliqué. ¿Es que podemos olvidarnos de los que vuelven mutilados a casa, tanto de las guerras civiles como con el extranjero? ¿Es que ignoras que muchos soldados perdieron uno o varios miembros en la batalla de Cornuailles y anteriormente en las campañas de Francia? Estos hombres mutilados por su rey y por su patria ya no pueden hacer las cosas que antes hacían.  La edad, por otra parte, no les permite aprender nuevos oficios.  Pero vamos a olvidarnos de estos, ya que las guerras no son de todos los días.

Detengámonos en casos que ocurren todos los días.  Ahí están los nobles cuyo número exorbitado vive como zánganos a cuenta de los demás.  Con tal de aumentar sus rentas no dudan en explotar a los colonos de sus tierras, desollándolos vivos. Derrochadores hasta la prodigalidad y mendacidad, es el único tipo de administración que conocen.  Pero además, se rodean de hombres haraganes que nunca se han preocupado de saber ni aprender ningún modo de vivir y trabajar.

Si muere el patrón o si alguno de ellos enferma, son inmediatamente despedidos. Estos nobles prefieren alimentar a vagos que cuidar enfermos. Con frecuencia, el heredero del difunto no tiene fondos de inmediato para dar de comer al ejército de vagos.  En tal caso o la gente se prepara a pasar hambre negra o se dedica con saña al robo ¿Les queda otra salida?  Yendo de una parte a otra empeñan su salud y sus vestidos. Ya no hay noble que acoja a estos hombres escuálidos por la enfermedad y vestidos de harapos.  Los mismos campesinos desconfían de quienes han vivido en la molicie y los placeres y son diestros en el uso de la espada y la adarga. Saben que miran a todos con aire fanfarrón y no se prestan fácilmente a manejar el pico y el azadón, sirviendo al pobre labrador por una comida frugal y un salario ruin.

-«Precisamente este tipo de hombres -arguyó mi interlocutor- es el que hay que promover ante todo.  Son hombres de espíritu más noble y más alto que los artesanos y labradores. En ellos reside el coraje y el valor de un ejército de que hay que disponer en caso de una guerra.

¿«Quiere ello decir -le respondí yo- que por la guerra hemos de mantener a los ladrones que, por otra parte, nunca faltarán mientras haya soldados? Los ladrones no son los peores soldados, y los soldados no se paran en barras a la hora de robar. ¡Tan bien se compaginan ambos oficios! Por lo demás, esta plaga del robo, no es exclusiva nuestra: es común a casi todas las naciones.  Ahí tenemos a Francia sometida a una peste todavía más peligrosa. Todo el país se encuentra, aun en tiempo de paz -si es que a esto se puede llamar paz- lleno de mercenarios, mantenidos por la misma falsa razón que os induce a vosotros los ingleses a mantener esa turba de vagos.

Piensan estos morósofos medio sabios, medio aventureros, que la salvación del Estado estriba en mantener siempre en pie de guerra un ejército fuerte y poderoso compuesto de veteranos.  Los bisoños no les interesan.  Y llegan a pensar incluso que hay que suscitar guerras y degollar de vez en cuando algunos hombres para que -como dice socarronamente Salustio- su brazo y su espíritu no se emboten por la inacción.

-Lo peligroso de esta teoría está en alimentar bestias tales, y Francia lo está aprendiendo a costa suya.  Un ejemplo de ello lo tenemos también entre los romanos, cartagineses y sitios y otros muchos pueblos.  Estos ejércitos permanentes arruinaron su poder junto con sus campos y ciudades.  Un ejemplo claro de lo inútil que resulta mantener todo, este aparato nos lo ofrecen los soldados franceses. A pesar de haber sido educados en las armas desde muy jóvenes, no se puede decir que hayan salido siempre airosos y con gloria al enfrentarse con los reservistas ingleses.  Y basta de este punto, porque no parezca a los presentes que os halago. Por otra parte, difícilmente puedo creer que los artesanos o los rudos y sufridos campesinos tengan que temer gran cosa de los ociosos criados de los nobles.  Quizás algunos de cuerpo débil y faltos de arrojo, así como agotados por la miseria familiar. Porque has de saber que los cuerpos robustos y bien comidos -sólo a estos corrompen los señores- se debilitan con la pereza y se ablandan con ocupaciones casi mujeriles.  Pero el peligro de afeminamiento desaparece si se les enseña un oficio que les permita vivir y ocuparse en trabajos varoniles.

-Todo considerado, no veo manera de justificar esa inmensa turba de perezosos por la simple posibilidad de que puede estallar una guerra.  Guerra que se podría siempre evitar, si es que de verdad se quiere la paz, tesoro más preciado que la guerra.

  Hay, además, otras causas del robo.  Existe otra, a mi juicio,que es peculiar de vuestro país.

-¿Cuál es?, preguntó el Cardenal.

-Las ovejas -contesté- vuestras ovejas.  Tan mansas y tan acostumbradas a alimentarse con sobriedad, son ahora, según dicen, tan voraces y asilvestradas que devoran hasta a los mismos hombres, devastando campos y asolando casas y aldeas.  Vemos, en efecto, a los nobles, los ricos y hasta a los mismos abades, santos varones, en todos los lugares del reino donde se cría la lana más fina y más cara. No contentos con los beneficios y rentas anuales de sus posesiones, y no bastándoles lo que tenían para vivir con lujo y ociosidad, a cuenta del bien común -cuando no en su perjuicio- ahora no dejan nada para cultivos. Lo cercan todo, y para ello, si es necesario derribar casas, destruyen las aldeas no dejando en pie más que las iglesias que dedican a establo de las ovejas.  No satisfechos con los espacios reservados a caza y viveros, estos piadosos varones convierten en pastizales desiertos todos los cultivos y granjas.

Para que uno de estos garduños -inexplicable y atroz peste del pueblo- pueda cercar una serie de tierras unificadas con varios miles de yugadas, ha tenido que forzar a sus colonos a que le vendan sus tierras. Para ello, unas veces se ha adelantado a cercarías con engaño, otras les ha cargado de injurias, y otras los ha acorralado con pleitos y vejaciones. Y así tienen que marcharse como pueden hombres, mujeres, maridos, esposas, huérfanos, viudas, padres con hijos pequeños, familias más numerosas que ricas, pues la tierra necesita muchos brazos.

Emigran de sus lugares conocidos y acostumbrados sin encontrar dónde asentarse. Ante la necesidad de dejar sus enseres, ya de por sí de escaso valor, tienen que venderlos al más bajo precio.  Y luego de agotar en su ir y venir el poco dinero que tenían, ¿qué otro camino les queda más que robar y exponerse a que les ahorquen con todo derecho o irse por esos caminos pidiendo limosna?  En tal caso, pueden acabar también en la cárcel como maleantes, vagos, por más que ellos se empeñen en trabajar, si no hay nadie que quiera darles trabajo. Por otra parte, ¿cómo darles trabajo si en las faenas del campo que era lo suyo ya no hay nada que hacer?  Ya no se siembra.  Y para las faenas del pastoreo, con un pastor o boyero sobra para guiar los rebaños en tierras que labradas necesitaban muchos más brazos.

Así se explica también que, en muchos lugares, los precios de los víveres hayan subido vertiginosamente.  Y lo más extraño es que la lana se ha puesto tan cara, que la pobre gente de estas tierras no puede comprar ni la de la más ínfima calidad, con que solían hacer sus paños.  De esta manera, mucha gente sin trabajo cae en la ociosidad.

Por si fuera poco, después de incrementarse los pastizales, la epizootia diezmó las ovejas, como si la ira de Dios descargara sobre los rebaños su cólera por la codicia de los dueños.  Hubiera sido más justo haberla dejado caer sobre la cabeza de éstos. Pues no se ha de creer, que, aunque el número de ovejas haya aumentado, no por ello baja el precio de la lana.  La verdad es que, si bien no existe un «monopolio» en el sentido de que sea uno quien la vende, sí existe un «oligopolio».  El negocio de la lana ha caído en manos de unos cuantos que, además, son ricos.  Ahora bien, éstos no tienen prisa en vender antes de lo que les convenga.  Y no les conviene sino a buen precio.

Por la misma razón, e incluso con más fuerza, se han encarecido las otras especies de vacuno.  La destrucción de los establos y la reducción del área cultivada, ha traído como consecuencia que nadie se preocupe de su reproducción y de su cría. Porque estos nuevos ricos no se preocupan de obtener crías de vacuno o de ovino.  Las compran flacas y a bajo precio en otros sitios y las engordan en sus pastizales para venderlas después al mejor precio.

Todavía es pronto para calibrar la repercusión que estos desórdenes pueden producir en el país.  De momento, el mal se refleja en los mercados en que se vende el género. Pronto, sin embargo, al aumentar el número de cabezas de ganado sin darles tiempo a reproducirse, la disminución progresiva de la oferta en el mercado, producirá una verdadera quiebra. Así, lo que debía ser la riqueza de nuestra isla, se convertirá en fuente de desgracias, por la avaricia de unos pocos.

Porque esta carestía en los bienes de consumo hace que cada uno eche de su casa a los más que pueda. ¿No significa esto enviarles a mendigar, y, si son de condición más.arriesgada, a robar?

-¿Y qué me dices del lujo tan descarado con que viene envuelta esta triste miseria? Los criados de los nobles, los artesanos y hasta los mismos campesinos se entregan a un lujo ostentoso tanto en el comer como en el vestir. ¿Para qué hablar de los burdeles, ¿asas de citas y lupanares y esos otros lupanares que son las tabernas y las cervecerías y todos esos juegos nefastos como las cartas, los dados, la pelota, los bolos o el disco? De sobra sabéis que acaban rápidamente con el dinero y dejan a sus adeptos en la miseria o camino del robo.

Desterrad del país estas plagas nefastas.  Ordenad que quienes destruyeron pueblos y alquerías los vuelvan a edificar o los cedan a los que quieran explotar las tierras o reconstruir las casas. Frenad esas compras que hacen los ricos creando nuevos monopolios. ¡Sean cada día menos los que viven en la ociosidad; que se vuelvan a cultivar los campos, y que vuelva a florecer la industria de la lana! Sólo así volverá a ser útil toda esa chusma que la necesidad ha convertido en ladrones o que andan como criados o pordioseros a punto de convertirse también en futuros ladrones.  Si no se atajan estos males es inútil gloriarse de ejercer justicia con la represión del robo, pues resultará más engañosa que justa y provechosa.

Porque, decidme: Si dejáis que sean mal educados y corrompidos en sus costumbres desde niños, para castigarlos ya de hombres, por los delitos que ya desde su infancia se preveía tendrían lugar, ¿qué otra cosa hacéis más que engendrar ladrones para después castigarlos?

-Mientras yo hablaba, ya nuestro jurista se había dispuesto a responderme. Había adoptado ese aire solemne de los escolásticos, consistente en repetir más que en responder, pues creen que la brillantez de una discusión está en la facilidad de memoria.

-Te has expresado muy bien -me dijo- a pesar de ser extranjero y de que sospecho conoces más de oídas que de hecho lo que has narrado.  Te lo demostraré en pocas palabras.  En primer lugar resumiré ordenadamente cuanto acabas de decir.  Te mostraré a continuación los errores que te ha impuesto la ignorancia de nuestras cosas. Finalmente desharé y anularé todos tus argumentos. Así pues, comenzaré por el primer punto de los cuatro a desarrollar.

         Calla -interrumpió bruscamente el Cardenal- pues temo que no has de ser breve, a juzgar por los comienzos.  Te dispensaremos del trabajo de responderle ahora. Queda en pie, sin embargo, la obligación de hacerlo en la próxima entrevista que, salvo inconveniente de tu parte o de Rafael querría fuera mañana. Ahora, mi querido Rafael, me gustaría saber de tu boca por qué crees que no se ha de castigar el robo con la pena capital y qué castigo crees más adecuado para la utilidad pública.  Pues en ningún momento pienso que tú crees que un delito de esta naturaleza haya que dejarlo sin castigo.  Porque si ahora con el miedo a la muerte se sigue robando, ¿qué suplicio ni qué miedo podrá impresionar a los malhechores si saben que les queda a salvo la vida? La mitigación del castigo ¿no les inducirá a ver en ello una invitación al crimen?

-Mi última convicción, Santísimo Padre -le dije yo es que es totalmente injusto quitar la vida a un hombre por haber robado dinero. Pues creo que la vida de un hombre es superior a todas las riquezas que puede proporcionar la fortuna.  Si a esto se me responde que con ese castigo se repara la justicia ultrajada y las leyes conculcadas y no la riqueza, entonces diré que, en tal caso, el supremo derecho es la suprema injusticia.  Porque las leyes no han de aceptarse como imperativos manlianos, de forma que a la menor transgresión haya que echar mano de la espada. Ni los principios estoicos hay que tomarlos tan al pie de la letra que todas las culpas queden homologadas, y no haya diferencia entre matar a un hombre o robarle su dinero. Estas dos cosas, hablando con honradez, no tienen ni parecido ni semejanza.

Dios prohíbe matar. ¿Y vamos a matar nosotros porque alguien ha robado unas monedas?  Y no vale decir que dicho mandamiento del Señor haya que entenderlo en el sentido de que nadie puede matar, mientras no lo establezca la ley humana. Por ese camino no hay obstáculos para permitir el estupro, el adulterio y el perjurio.  Dios nos ha negado el derecho de disponer de nuestras vidas y de la vida de nuestros semejantes. ¿Podrían, por tanto, los hombres, de mutuo acuerdo, determinar las condiciones que les otorgaran el derecho a matarse?  Esta mutua convención, ¿tendría autoridad para soltar de las obligaciones del precepto divino a esbirros que, sin el ejemplo dado por Dios, ejecutan a los que la sanción humana ha ordenado dar muerte? ¿Es que este precepto de Dios no tendrá valor de Código más que en la medida en que se lo otorgue la justicia humana?  Por esta misma razón llegaríamos a la conclusión de que los mandamientos de Dios obligan cuando y como las leyes humanas lo dictaminen.

La misma Ley de Moisés, dura y rigurosa como dictada para un pueblo de libertos de dura cerviz, castigaba el robo con fuertes multas y no con la muerte. Ahora bien, no podemos siquiera imaginar que Dios en su nueva Ley de gracia autoriza, como padre a sus hijos, a ser más libres en el rigor de sus penas.  Estas son las razones que me mueven a rechazar la pena de muerte para los ladrones. Creo, además, que todos ven lo absurdo y lo pernicioso que es para la república castigar con igual pena a un ladrón y a un homicida. Si la pena es igual tanto si roba como si mata, ¿no es lógico pensar que se sienta inclinado a rematar a quien de otra manera se habría contentado con despojar?  Caso de que le cojan, el castigo es el mismo, pero tiene a su favor matarlo, su mayor impunidad y la baza de haber suprimido un testigo peligroso. Tenemos así, que, al exagerar el castigo de los ladrones, aumentamos los riesgos de las gentes de bien.

La cuestión estriba ahora en saber cuál seria el castigo más conveniente. Y no creo que sea más difícil de encontrar que el haber averiguado que el actual sistema es el peor. ¿Por qué dudar en ensayar, por ejemplo, lo que hacían los romanos, bien duchos por cierto, en esto de gobernar? A los grandes criminales se les condenaba a trabajar, encadenados de por vida, en faenas de minas o de canteras.

Con todo, creo que lo más interesante que he visto a este respecto, es lo que pude observar en uno de mis viajes a Persia, entre unas tribus conocidas con el nombre de polileritas.  Se trata de un pueblo numeroso y bien gobernado.  A excepción de un pequeño tributo anual que pagan al rey de Persia, gozan de plena libertad y se gobiernan por sus propias leyes. Situados entre montañas y lejos del mar, se alimentan de los frutos de la tierra sin apenas salir de ella.  Son pocos también los que les visitan.  Desde tiempo inmemorial no se les conocen ansias expansionistas y les resulta fácil defender lo que tienen, gracias a sus montes y al tributo que pagan. No hacen el servicio militar.  Viven con comodidad, pero sin lujo, preocupados más de la felicidad que de la nobleza o el nombre, pues pasan desapercibidos de todo el mundo, a no ser de sus vecinos más inmediatos.

Pues bien, en este país, al convicto de robo se le obliga a devolver lo sustraído a su dueño y no al rey, como suele hacerse en otros lugares.  Piensan que sobre lo robado tanto derecho como el rey tiene el mismo ladrón.  Si lo robado se ha extraviado, entonces se paga lo correspondiente, con los bienes confiscados que pudiera tener el ladrón.  Caso de sobrar algo, se reparte entre su mujer y sus hijos. Él, en cambio, es condenado a trabajos forzados. Si el robo no va acompañado de circunstancias agravantes de crueldad, ni se le encarcela ni se le ponen grilletes.  Se le destina en libertad y sin policía a trabajos públicos. A los morosos o recalcitrantes no se les estimula con prisión sino con látigo. Los que trabajan bien no reciben malos tratos. Se les pasa lista todas las noches y se les encierra en celdas donde pasan la noche.  Aparte de trabajar todos los días, no tienen ninguna otra penalidad. Su alimentación, en efecto, no es mala. La misma sociedad para la que trabajan se cuida de su sustento, si bien los procedimientos varían de un lugar a otro. En unos lugares, los gastos del sustento se cubren con limosnas de la gente.  Parece un recurso precario, pero dada su generosidad, resulta el más ventajoso. En otros lugares se destinan a estos efectos rentas de fondos públicos, o bien impuestos especiales en proporción al número de habitantes.

Hay también regiones en las que no se les emplea en trabajos públicos. Por ello, cuando alguien necesita un obrero, lo contrata en la plaza pública. En tal caso, conviene con él el jornal, siempre un poco más bajo al de la mano de obra libre.  La ley faculta al dueño castigar con azotes al perezoso.

Con esto se logra que no estén nunca sin trabajar, y que todos los días aporten algo al erario público, además de su propio sustento. Todos han de llevar el vestido del mismo color, un color propio de ellos; no se les corta el pelo al rape sino que se les hace un corte especial por encima de las orejas, una de las cuales se les corta ligeramente. Pueden recibir de sus familiares y amigos alimento, bebidas y vestidos del color prescrito.  Pero es un delito capital aceptar dinero, tanto para quien lo da como para quien lo recibe.  Es, asimismo, peligroso para un hombre libre recibir dinero de un condenado. Y la misma pena está prevista para los esclavos (así llaman a los condenados) que se hacen con armas.

Cada región marca a sus condenados con una señal particular.  Hacer desaparecer esta señal es un delito capital. La misma sentencia recae sobre los que han sido vistos fuera de sus confines o se les ha sorprendido hablando con un esclavo de otra región. El intento de fuga es tan delito como la misma fuga. El cómplice de la misma es castigado con la muerte si es esclavo, y pasa a esclavo si es libre.  Hay también establecidas recompensas para los delatores: para el libre, dinero; para elesclavo, la libertad, asegurando con ello a ambos el perdón y la seguridad del secreto, a fin de que no resulte más seguro perseverar en una mala intención que arrepentirse de ella.

Tales son las leyes y procedimientos que siguen en esta cuestión, como ya dije. Bien se echa de ver la utilidad y el sentido de humanidad que las inspira.  Pues la ley se ensaña contra los delitos y respeta a unos hombres que, por fuerza, han de ser honorables, ya que después del delito reparan el mal que hicieron con su buena conducta.  No hay miedo de que vuelvan a sus viejos hábitos, hasta el punto de que los turistas extranjeros al emprender un gran viaje se ponen bajo la dirección de estos «esclavos>, como los guías más seguros.  Se les cambia cada vez de una región a otra.

En efecto ¿qué se puede temer de ellos?  Todo les aparta naturalmente de la tentación de robarte: están desarmados, el dinero les delataría; caso de ser descubiertos, serán castigados, no quedándoles esperanza de huir a ninguna parte. ¿Cómo puede ocultarse o engañar un hombre vestido de forma tan singular?  Aunque se escapase desnudo, sería delatado por el defecto de la oreja.  Queda excluido también el peligro de que puedan conspirar contra el Estado.  Pero, para llevarlo a cabo, tendrían que estar de acuerdo con los esclavos de otras regiones.  Ahora bien, tal conjura es imposible desde el momento en que no pueden ni reunirse, ni hablar, ni saludarse. ¿Cómo podrían confabularse con otros hombres si para ellos el silencio es un peligro y la delación les acarrea mayores ventajas? Por otra parte, todos abrigan la esperanza de que sometiéndose, aguantando y dejando correr el tiempo, encauzan su futuro hasta el día que puedan alcanzar la libertad.  No pasa año, en efecto, sin que uno u otro sean liberados en atención a las pruebas que han dado de sumisión.

-¿Por qué, argüí yo entonces, no establecer en Inglaterra un sistema penal semejante?  Tendría resultados muy superiores a los obtenidos por esa famosa justicia, tan cacareada por nuestro jurisconsulto.

-Semejante sistema penal -contestó él- jamás se podrá implantar en Inglaterra, ya que acarrearía los más graves peligros.

Dicho esto, movió la cabeza, torció el ceño y se calló. Cuantos le escuchaban, fueron del mismo parecer.

-No es fácil adivinar -dijo entonces el Cardenal- si el cambio del sistema penal sería ventajoso o no, toda vez que no tenemos la menor experiencia de ello. De todos modos, suponiendo que alguien haya sido condenado a muerte, el príncipe podría demorar la sentencia, y así poner a prueba este sistema. Con el mismo fin se podría abolir el derecho de asilo. Si una vez experimentado el sistema, se ve que -da resultados, no hay inconveniente en regularlo.  Si, por el contrario, se ve que no resulta, se vuelve a aplicar la sentencia a los condenados a muerte con anterioridad.  Ni es impuesto ni perjudica al Estado, ejecutar a su tiempo lo anteriormente legislado.  Por otra parte, no creo que tal medida suponga peligro alguno para el mismo Estado. Yo iría todavía más lejos: ¿por qué no experimentar el sistema con respecto a los vagabundos?  Se han dado contra ellos leyes y leyes, y sin embargo, en la realidad estamos peor que nunca.

Todos a una aplaudieron las ideas expuestas por el Cardenal, siendo así que no habían encontrado más que menosprecio mientras yo las exponía. Alababan sobre todo lo referente a los vagabundos, punto que había añadido él de su cosecha.

Me pregunto ahora si no sería mejor pasar por alto el resto de la conversación. ¡Tan ridícula fue! No obstante, referiré algo de ella, ya que no fue mala y toca un poco a nuestro propósito.

Estaba allí presente un parásito que se hacía pasar por gracioso y lo hacía tan bien, que en realidad se convertía en un auténtico bufón.  Tan insípidas eran las palabras con que se esforzaba para provocar la risa, que uno se reía más de él que de lo que decía. Entre tanta palabrería, aparecían de vez en cuando chispazos de ingenio, Se cumplía en él el conocido refrán:

«Tantas flechas le tiró

que a Venus al fin le dio»

 

Es, pues, el caso que uno de los convidados dijo que con mis argumentos y exposición había solucionado el problema de los ladrones. Y que el Cardenal, por su parte, había dejado resuelto el de los vagabundos.  Sólo quedaba ahora el ocuparse a fondo y de manera oficial de los ancianos y de los enfermos,sumidos en la pobreza e incapaces de vivir de su trabajo.

Dejadme, decía el bufón.  Yo soluciono eso rápido.  Estoy deseando quitar de mi vista esta gente miserable.  Me asedian constantemente con su música quejumbrosa. Pero, ¡nunca han logrado arrancarme un solo céntimo! Siempre me pasa lo mismo: o me piden cuando no tengo o no tengo ganas de darles cuando me piden.  Por fin han llegado a comprender: Para no perder tiempo, al cruzarse conmigo, pasan en silencio, porque saben que les daré menos que si fuera un cura.  Así pues, ordeno y mando que:

«Todos estos pordioseros sean distribuidos y repartidos entre los conventos de benedictinos, y que los hagan monjes legos, según dicen ellos.  A las mujeres ordeno que las hagan monjas.»

El Cardenal se sonrió aprobando en broma sus palabras. Los demás se lo tomaron en serio, Lo dicho sobre curas y frailes llevó a bromear sobre el asunto a cierto teólogo y fraile mendicante, hombre habitualmente serio hasta parecer torvo.

-Ah, pero no os libraréis tan fácilmente de los pobres -dijo- ¿Qué haréis con nosotros los frailes mendicantes? -Para mí el asunto está solucionado -dijo el parásito-.  El Cardenal no se olvidó de vosotros al decretar que fueran encerrados los vagabundos y se les obligara a ejercer un oficio. ¿No sois acaso vosotros los vagabundos por excelencia?

-Los invitados, ante estas palabras, fijaron sus ojos en el Cardenal. Al advertir que no protestaba, empezaron a hacer bromas sobre el asunto.

Sólo el fraile, picado, se indignó y exasperó de tal manera que no pudo contener las injurias de sus labios.  Llamó a nuestro hombre: Intrigante, embustero, calumniador e hijo de perdición. Todo ello salpicado de terribles amenazas tomadas de la Sagrada Escritura. Entonces, nuestro bufón se sintió a sus anchas, comenzando a bufonearse en serio.

-Calma, hermano, no os enojéis.  Está escrito: «Con vuestra paciencia, poseeréis vuestras almas».

A lo que el fraile replicó con estas mismas palabras:

-No me enojo, o por lo menos no peco, pues dice el Salmista: «Enojaos y no pequéis».

El Cardenal reprendió amablemente al fraile, invitándole a reprimir sus sentimientos:

-No, señor, -contestó el fraile- es el celo el que dicta mis palabras y el que me empuja a hablar.  Es el mismo celo que movía a los santos.  Por eso está escrito: «Me devora el celo de tu casa». Y en vuestras iglesias se canta:

Los que se burlaban del gran Eliseo cuando subía a la casa de Dios sintieron la cólera del calvo.

Y ojalá que lo sienta también ese embustero, y embaucador bufón.

-No dudo -dijo el Cardenal- de que al hablar así obréis con buena intención. Pero me parece que obraríais más sabiamente, si no más santamente, evitando contender con un necio en una querella tan ridícula.

-No señor, de ninguna manera obraría más cuerdamente. Pues el mismo Salomón, sabio como ninguno, dice: «Responde al insensato de acuerdo con su necedad», que es precisamente lo que intento yo hacer. Le estoy demostrando además en qué abismo sin fondo va a ir a parar si no frena su lengua.  Los que se mofaban de Eliseo eran muchos, y todos fueron castigados por haberse burlado de un solo hombre calvo. ¿Cómo no sentirá la cólera este hombre que pone en ridículo a tantos frailes entre los cuales se encuentran tantos calvos?  Aparte de que tenemos una bula papal que excomulga a todos los que se rían de nosotros.

Viendo que las cosas no tenían viso de terminar, el Cardenal hizo una señal de cabeza al parásito para que se retirara y con tacto cambió de conversación. Después se levantó de la mesa, nos despidió y se aprestó a recibir en audiencia a las visitas solicitadas.

-Mi querido Moro -me dijo Rafael- ya sabrás perdonarme esta disertación tan larga con que te he abrumado. Me avergonzaría de ello de no haberlo solicitado tú con tanta insistencia.  Me parecía, además, que estabas tan interesado como si no quisieras perder ripio de la conversación.  Cierto que habría podido ser un poco más breve, pero quise alargarme para que vieras que los mismos que despreciaban lo que yo iba exponiendo, no tardaron en aplaudirlo cuando el Cardenal no me desaprobó.  Su adulación llegó hasta tal extremo que llegaron a celebrar las genialidades del parásito, y a tomarlas casi en serio, porque su señor no las rechazaba, por pura delicadeza.

¿Puedes imaginarte ahora el caso que de mí y de mis consejos harían estos cortesanos?

-Mucho me ha complacido, Rafael amigo -le dije yo- lo que con elegancia y profundidad me has contado.  Me parecía estar de nuevo en mi patria y revivir los tiempos de mi infancia, cuando hablabas del Cardenal en cuya corte me eduqué de niño. El calor con que has evocado su figura hace que te profese una mayor estima de la que ya antes te profesaba y era mucha. Con todo, no cambio de opinión en el asunto base: pienso que, si de verdad te decides a superar el horror que te causan las cortes reales, tus consejos serían de gran utilidad para el pueblo. Nada cuadra mejor con tu bondad y recto sentir. Tu buen amigo Platón decía que los reinos serían felices si los reyes filosofaran y los filósofos reinaran.  Pero, ¿no se alejará de nosotros esa dicha si los filósofos ni se dignan siquiera asistir a los reyes con sus consejos?

-No son tan displicentes -replicó él- y, sin duda, lo harían de buena gana. Ahí están multitud de libros escritos por ellos sobre estos temas. Pero sucede que no siempre los jefes de Estado están dispuestos a escucharlos.  El mismo Platón se daba cuenta de que los jefes de Estado, equivocados desde niños con ideas perversas y viciadas, necesitaban ejercitar la filosofía para aprobar los consejos que les dieran los filósofos.  Así lo pudo comprobar él mismo con Dionisio de Siracusa. ¿No crees que si yo propusiera a cualquier jefe de Estado unas medidas sanas y tratara de desterrar las costumbres que originan tantos males, me tomarían por loco o me despedirían?

-¡Ea!, imagínate que soy ministro del rey de Francia y que tomo parte de su consejo. En el mayor secreto y bajo la presidencia del rey, rodeado de las personas más conspicuas del reino, se están tratando asuntos de la mayor gravedad: Modo y forma de conservar Milán; oposición a la pérdida de la revoltosa Nápoles.  Destrucción de los venecianos, ocupación de toda Italia y, seguidamente, de Flandes, Brabante, toda Borgoña y muchos otros estados, cuyo territorio hace mucho tiempo que su ambición tiene pensado invadir.

Unos aconsejan que se pacte con los venecianos, pacto que, por otra parte, no se respetará más allá de lo que consientan los intereses reales.  Se les pondrá también al corriente de las decisiones tomadas. ¿Por qué, incluso, no entregarles parte del botín, siempre, claro está, que se pueda volver a coger una vez realizado el proyecto?  Hay quien se inclina por reclutar alemanes; otros prefieren ablandar con dinero a los suizos.  Y hasta alguien sugiere que se ha de aplacar a la divinidad revestida de la majestad imperial, haciéndole una ofrenda de oro en forma de sacrificio. Se habla de llegar a un acuerdo con el rey de Aragón, proponiéndole en pago el Reino de Navarra, que no es suyo.  Al rey de Castilla se le podría ganar con la esperanza de algún enlace matrimonial.  En cuanto a sus cortesanos habría que sobornarlos a fuerza de dinero.

El punto más delicado es el de las relaciones con Inglaterra.  Habrá que hacer un pacto de paz.

Y habrá que asegurar con lazos fuertes una amistad siempre débil.  Se les llamará amigos y se les tendrá por enemigos. Será bueno tener a los escoceses como fuerza de choque y lanzarlos contra los ingleses al menor movimiento de éstos. Habrá que halagar también a algún noble desterrado que se crea con derecho al trono de Inglaterra.  Pero esto se habrá de hacer ocultamente, pues la diplomacia prohíbe estos juegos.  De este modo se tiene siempre en jaque al príncipe del que se recela.

-¿Imagináis lo que pasaría si, en medio de esta asamblea real en que se ventilan tan graves intereses, y en presencia de políticos que se inclinan hacia soluciones de guerra, se levanta un hombrecillo como yo? ¿Cómo reaccionarían si les digo: hay que plegar velas; dejemos en paz a Italia y quedémonos en Francia? El reino de Francia es ya tan grande que mal puede ser administrado por una sola persona. Déjese, pues, el rey de pensar en aumentarlo.

Suponed que a continuación les propongo el ejemplo y las leyes de los Acorianos, pueblo que vive al sudeste de la Isla de Utopía. En tiempos pasados, hicieron la guerra porque su rey pretendía la sucesión de un reino vecino, en virtud de un viejo parentesco.  Una vez conquistado, vieron que conservarlo les era tan costoso o más que haberlo conquistado.  A cada paso surgían rebeliones, unas veces de los sometidos y otras de los vecinos que los invadían. No había manera de licenciar las tropas, pues siempre había que estar o a la defensiva o al ataque.  Los saqueos eran constantes, llevándose fuera los capitales. Mantenían las glorias ajenas a costa de su propia sangre. Como lógica consecuencia, la paz era siempre precaria, ya que la guerra había corrompido las costumbres, fomentando el vicio del robo, incrementado la práctica del asesinato y disminuido el respeto a la ley. Y todo porque el rey, ocupado ahora en gobernar a dos pueblos, no se podía entregar por entero a ninguno de ellos.  Viendo al fin que tal estado de cosas no tenía solución, se decidieron a hablar al rey, con todo respeto, no sin antes haberlo deliberado en consejo. Podía quedarse con el reino que más le apeteciese -le dijeron.  Pero no era justo gobernar a medias los dos reinos, ya que a nadie le gusta compartir con otro ni siquiera los servicios de un mulero. Así convencieron al buen rey a quedarse con el reino primitivo. El nuevo pasó a un amigo suyo, quien poco después fue expulsado.

Sigamos. Piensa, por último, que trato de demostrarles que todos los preparativos de guerra en que tantas nacionesse empeñan, no hacen sino esquilmar a los pueblos, y agotan sus recursos para después de algún efímero triunfo, terminar en total fracaso. Que lo prudente es conservar el reino de los mayores, enriquecerlo lo más posible y hacerlo más y más próspero.  Que ame a su pueblo y que éste le quiera, que conviva con las gentes en paz, gobernándolas con dulzura.  Que lo justo es desinteresarse de los otros reinos.  Que lo que le cayó en suerte le basta y le sobra para un buen gobierno.

Vuelvo a preguntarte ¿con qué oídos, mi querido Moro, acogerían mi parlamento?

-Con oídos muy favorables, seguramente -respondí yo. -Pero esto no es todo -me contestó él-.  Supongamos que los consejeros discuten y arbitran los medios de enriquecer el tesoro. Si hay que hacer algún pago, uno le aconseja que aumente el valor de la moneda.  Por el contrario, si hay que cobrar, su consejo es que la rebaje.  De esta manera con poco se cubre mucho y se recibe mucho a cargo de poco. Una guerra simulada -le aconseja otro es motivo sobrado, para recaudar dinero.  Conseguido éste y, en elmomento considerado más oportuno, se firma una paz honrosa, celebrando la hazaña con ceremonias religiosas que lleven al ánimo del pueblo que el rey odia la sangre derramada y que está inclinado a la clemencia.

Mientras tanto, otro le recuerda ciertas leyes antiguas y normas en desuso, roídas por la polilla.  Ya nadie se acuerda de ellas, y, por tanto, todos las quebrantan. ¿Puede haber ingreso más saneado para el Estado, ni razón más honorable?  Bajo la máscara de justicia, y en su nombre, exíjanse las multas correspondientes. Hay todavía otro que sugiere la prohibición, bajo pena de graves multas, de una serie de actividades, sobre todo, aquellas que perjudican al pueblo.  Para autorizarlas exíjase una gruesa cantidad a los interesados en ejercerlas. De esta manera se obtienen beneficios por partida doble: el pueblo queda convencido de la buena voluntad del príncipe, y los interesados que pagaron primero las multas, pagarán después por la compra de las licencias. Y éstas serán tanto más caras cuanto mejor sea el príncipe que asílas restringe.  Pues está claro que no autoriza nada contra el bienestar del pueblo, si no es a costa de una fuerte suma de impuestos.

Otro, finalmente, recomienda al rey el tener de su parte a los jueces, con el fin de que en todas las causas dicten a su favor. A tal efecto, habrá que traerlos a palacio, e invitarlos a que discutan ante el propio rey sus problemas.  Por mala que sea una causa real siempre habrá alguien dispuesto a defenderla. El gusto de llevar la contraria, el afán de novedad o el deseo de ser grato al rey, hará que siempre se encuentre alguna grieta por donde intentar una defensa.  El resultado es que lo que estaba clarísimo en el principio queda embrollado en las discusiones contradictorias de los sesudos varones.  La verdad queda en entredicho, dando al rey la oportunidad para interpretar el derecho a su favor.  Por supuesto, que el miedo o la vergüenza harán doblegarse a los jueces, lo que permitirá obtener fácilmente en el tribunal una sentencia favorable al rey. Nunca han de faltar razones a los jueces para dictar sentencia a favor del rey: les basta, en efecto, invocar la equidad, o la letra de la ley, o el sentido derivado de un texto oscuro. 0 también, eso que los jueces escrupulosos valoran más que todas las leyes, asaber, la indiscutible prerrogativa real.

Mientras, todos están de acuerdo y comulgan, con la sentencia aquella de Craso:

«No hay bastante dinero para pagar a un Rey, que ha de mantener a un ejército». «Por más que se lo proponga, un rey nunca obra injustamente».

Todo le pertenece, incluso las personas.  Cada uno tiene lo que la liberalidad del rey no le ha confiscado. Importa, pues, al rey, ya que en ello estriba su seguridad, que el pueblo posea lo menos posible, a fin de que no se engría con sus bienes y libertad. Pues tanto la riqueza como la libertad hacen aguantar con menos paciencia las leyes duras e injustas.  Por el contrario, la indigencia y la miseria embotan los ánimos y quitan a los oprimidos el talante de la libertad.

-¿No tendría yo -le dije- que oponerme a estos razonamientos y decir al rey que tales consejos son injustos y perjudiciales? ¿Su honor y su seguridad no residen más en el bienestar del pueblo que en el suyo? Pues es evidente que los reyes son elegidos para provecho del pueblo y no del propio rey.  Su denuedo e inteligencia han de poner el bienestar del pueblo al abrigo de toda injusticia. Incumbencia es del rey procurar el bien del pueblo por encima del suyo. Como el verdadero pastor, que busca apacentar sus ovejas y no su comodidad.  La experiencia ha demostrado claramente lo equivocado de quienes piensan que la pobreza del pueblo es la salvaguardia de la paz. ¿Dónde encontrar más riñas que en la casa de los mendigos? ¿Quién desea más vivamente la revolución? ¿No es acaso aquel que vive en situación miserable? ¿Quién más audaz a echar por tierra el actual estado de cosas que aquel que tiene la esperanza de ganar algo, porque ya no tiene nada que perder?

Por eso, si un rey se sabe acreedor al desprecio y el odio de los suyos, y no puede dominarlos sino por multas, confiscaciones o vejaciones, sometiéndolos a perpetua pobreza, más le valdría renunciar a su reino que conservarlo con esos procedimientos.  Aunque haya mantenido el trono, ha perdido su dignidad. La dignidad de un rey se ejerce no sobre pordioseros sino sobre súbditos ricos y felices.  Así lo creía también aquel hombre recto y superior, llamado Fabricio, que decía: «Prefiero gobernar a ricos, que serlo yo mismo».

En efecto, vivir uno entre placeres y comodidades, mientras los demás sufren y se lamentan a su alrededor no es ser gerente de un reino, sino guardián de una cárcel. ¿No será siempre inepto un médico que no sabe curar una enfermedad sino a costa de otra?  Lo mismo se ha de pensar de un rey que no sabe gobernar a sus súbditos sino privándolos de su libertad.  Reconozcamos que un hombre así no vale para gobernar a gente libre. ¿No tendrá que hacer primero corregir su soberbia y su ignorancia?  Con esos defectos no hace sino granjearse el odio y el desprecio del pueblo.  Viva honestamente de lo suyo, equilibre sus gastos y sus entradas: así podrá corregir cualquier desorden.  Corte de raíz los males, mejor que dejarlos crecer para después castigarlos.  Que no restablezca las leyes en desuso ahogadas por la costumbre, sobre todo, las que abandonadas desde hace mucho tiempo, nunca fueron echadas en falta. Y nunca, por este tipo de faltas, pida nada que un juez justo no pediría de un particular por considerarlo cosa vil e injusta.

¿Qué sucedería en este momento -dije yo- si les propusiera como ejemplo la ley de los macarianos, un pueblo vecino a la isla de Utopía? Su rey, el día que sube al trono, se obliga a un juramento, al tiempo que ofrece grandes sacrificios, a no acumular nunca en su tesoro más de mil libras en oro o su equivalente en plata.  Se dice que esta ley fue promulgada por uno de sus mejores reyes. Juzgaba más importante la felicidad del reino que sus riquezas, pues suponía que su acumulación redundaría en perjuicio del pueblo.  En efecto, este capital le parecía suficiente.  Permitía al rey luchar contra los rebeldes del interior, y proporcionaba al reino los medios para repeler las incursiones de los enemigos de fuera. En todo caso, no debía ser de tal cuantía que incitase a la codicia de apoderarse de él.  Esta fue una razón poderosísima para dictar semejante ley.

Una segunda razón fue la necesidad de mantener en circulación la cantidad de dinero indispensable para las transacciones ordinarias de los ciudadanos. Ante la obligación de dar salida a cuanto sobrepasara el límite fijado, el legislador estimó que el soberano no correría el peligro de violar la ley. Un rey así tendría que ser querido por los buenos y odiado por los malos.

¿No te parece que si yo expusiera estas o parecidas razones a hombres inclinados a pensar lo contrario, sería como hablar a sordos?

-A sordísimos, sin duda -repuse yo-. Pero esto no me extraña. Pues si os digo lo que pienso, me parece perfectamente inútil largar tales consejos, cuando se está plenamente convencido de que serán rechazados tanto en su fondo como en su forma. ¿De qué puede servir o cómo puede influir un lenguaje tan diferente en el ánimo de quienes están dominados y poseídos por tales prejuicios?  Entre amigos y en charlas familiares no de la de tener su encanto esta filosofía escolástica. Pero no es lo mismo en los consejos reales donde se tratan los grandes asuntos con una gran autoridad.

-Es precisamente lo que os estaba diciendo -contestó Rafael-: a las cortes de los reyes no tiene acceso la filosofía.

-Cierto -dije yo- si con ello te refieres a esa filosofía escolástica para la que cualquiera solución es buena y aplicable a cualquier situación.  Pero hay otra filosofía que sabe el terreno que pisa, es más fiable, y desempeña el papel que le corresponde según una línea que se ha trazado.  Esta es la filosofía de que te has de servir.  Si representas, por ejemplo, una comedia de Plauto en que los esclavos intercambian comicidad, es evidente que no has de aparecer en el escenario en ademán de filósofo, recitando el pasaje de La Octavia en que Séneca discute con Nerón. ¿No sería preferible en tal caso, representar un papel mudo antes que caer en el ridículo de una tragicomedia,  recitando textos fuera de lugar? Destruyes y ridiculizas toda la representación si mezclas textos tan           diferentes, aunque los añadidos por tu cuenta sean mejores. Cualquiera que sea tu papel desempéñalo lo mejor que puedas; y no eches a perder el espectáculo, con el pretexto de que se te ha ocurrido algo más ingenioso.

Esto mismo ocurre en los asuntos del Estado y en las deliberaciones de los príncipes. Si no es posible erradicar de inmediato los principios erróneos, ni abolir las costumbres inmorales, no por ello se ha de abandonar la causa pública. Como tampoco se puede abandonar la nave en medio de la tempestad porque no se pueden dominar los vientos.  No quieras imponer ideas peregrinas o desconcertantes a espíritus convencidos de ideas totalmente diferentes. No las admitirían.  Te has de insinuar de forma indirecta, Y te has de ingeniar por presentarlo con tal tino que, si no puedes conseguir todo el bien, resulte el menor mal posible. Para que todo saliera bien, deberían ser buenos todos, cosa que no espero ver hasta dentro de muchos años.

-¿Sabéis lo que me sucederla de obrar así? -replicó Rafael-.-Pues queriendo curar la locura de los demás me volvería tan loco como ellos. Tendría que repetirles, si he de decir la verdad, las mismas palabras que acabo de pronunciar.  No sé si el mentir será propio de algún filósofo. Yo, en todo caso, no acostumbro.  Concedo que mis palabras les puedan parecer desagradables y molestas. Lo que no concibo es que, por lo mismo, les puedan parecer ridículas e insolentes.  Si les contase lo que Platón describe en su República, y las cosas qué los utopianos hacen de su isla, les podrían parecer mejores, y ciertamente lo son, si bien extrañas.  En efecto en ambos casos, todas las cosas son comunes, mientras que aquí rige la propiedad privada.  Es claro, pues, que mi exposición no puede ser grata a quienes en su corazón han resuelto seguir otro camino.  Les obligaría a volverse atrás.  Pero hay algo en ella que no pueda decirse en cualquier lugar o que sea inconveniente? Si hay que silenciar como nefastas las cosas que las corrompidas costumbres de los hombres tornan insólitas o absurdas, entonces, muchas cosas tenemos que silenciar los cristianos.  Casi todo lo que Cristo nos enseñó y que, sin embargo, nos prohibió silenciar. Antes bien, nos mandó predicar en los tejados lo que se nos había dicho al oído.  La mayor parte de su doctrina está más lejos de las costumbres de los cortesanos que lo pudiera estar mi discurso.  Verdad es que muchos predicadores, como gente avispada que son, parecen haber seguido tu consejo.  Al ver que la ley de Cristo encajaba mal en la vida de los hombres, han preferido adaptar el evangelio a la vida, moldeándolo como si fuera de plomo. ¿Y qué han logrado con tan peregrino proceder?  Nada, si no es poder ser peores con mayor impunidad.

¿Comprendes ahora el fracaso de mi actuación en el consejo de los reyes? Opinar en contra del sentir de los demás sería como no hablar. Y repetir lo mismo, sería hacerme cómplice de su locura, según la expresión del Mición de Terencio.  No sé, por otra parte, adónde conduce esa «vía indirecta» de que hablas. Es decir, si las cosas no pueden tornarse totalmente buenas, habrá que trabajar cuanto se pueda para que sean lo menos malas posible. En los consejos reales no vale ir con sutilezas ni distinciones. Hay que aprobar abiertamente las peores decisiones y firmar los decretos más arbitrarios.  Seria visto como traidor y hasta como espía quien consultado sobre proposiciones injustas se expresara con tibieza.

No hay, pues, modo de ser útil para unos hombres así. Antes corromperían al mejor plantado que dejarse corregir ellos mismos. Su solo trato deprava.  El más limpio y honesto terminaría como encubridor de la maldad y estupidez ajenas. Por todo ello, sospecho que es imposible lograr bien alguno, por esa «vía indirecta» que estás insinuando.

Ya Platón explica con una bella comparación los motivos que alejan a los sabios de los asuntos públicos.  Suponed que están viendo cómo la gente pasea por calles y plazas bajo una lluvia incesante.  Por más que gritan no logran convencerles de que se metan en sus casas y se aparten del agua.  Salir ellos mismos a la calle no conseguiría nada, sino mojarse ellos también. ¿Qué hacer entonces? En vista de que no van a poner remedio a la necedad de los otros, optan por quedarse a cubierto, defendiendo al menos su -seguridad.

De todos modos, mi querido Moro, voy a decirte lo que siento. Creo que donde hay propiedad privada y donde todo se mide por el dinero, difícilmente se logrará que la cosa pública se administre con justicia y se viva con prosperidad.  A no ser que pienses que se administra justicia permitiendo que las mejores prebendas vayan a manos de los peores, o que juzgues como signo de prosperidad de un Estado el que unos cuantos acaparen casi todos los bienes y disfruten a placer de ellos, mientras los otros se mueren de miseria.

Por eso, no puedo menos de acordarme de las muy prudentes y sabias instituciones de los utopianos.  Es un país que se rige con muy pocas leyes, pero tan eficaces, que aunque se premia la virtud, sin embargo, a nadie le falta nada.  Toda la riqueza está repartida entre todos.  Por el contrario, en nuestro país y en otros muchos, constantemente se promulgan multitud de leyes.  Ninguna es eficaz, sin embargo.  Aquí cada uno llama patrimonio suyo personal a cuanto ha adquirido.  Las mil leyes que cada día se dictan entre nosotros no son suficientes para poder adquirir algo, para conservarlo o para saber lo que es de uno o de otro. ¿Qué otra cosa significan los pleitos sin fin que están surgiendo siempre y no acaban nunca?

Cuando considero en mi interior todo esto, más doy la razón a Platón.  Y menos me extraña que no quisiera legislar a aquellas ciudades que previamente no querían poner en común todos sus bienes. Hombre de rara inteligencia, pronto llegó a la conclusión de que no había sino un camino para salvar la república: la aplicación del principio dela igualdad de bienes.  Ahora bien, la igualdad es imposible, a mi juicio, mientras en un Estado siga en vigor la propiedad privada. En efecto, mientras se pueda con ciertos papeles asegurar la propiedad de cuanto uno quiera, de nada servirá la abundancia de bienes. Vendrán a caer en manos de unos pocos, dejando a los demás en la miseria.  Y sucede que estos últimos son merecedores de mejor suerte que los primeros. Pues estos son rapaces, malvados, inútiles; aquellos, en cambio, son gente honesta y sencilla, que contribuye más al bien público que a su interés personal.

Por todo ello, he llegado a la conclusión de que si no sesuprime la propiedad privada, es casi imposible arbitrarun método de justicia distributiva, ni administrar acertadamente las cosas humanas. Mientras aquella subsista, continuará pesando sobre las espaldas de la mayor y mejor parte de la humanidad, el angustioso e inevitable azote de lapobreza y de la miseria.  Sé que hay remedios que podrían aliviar este mal, pero nunca curarlo. Puede decretarse, por ejemplo, que nadie pueda poseer más de una extensión fija de tierras.  Que asimismo se prescriba una cantidad fija de dinero por ciudadano. Que la legislación vele para que el rey no sea excesivamente poderoso, ni el pueblo demasiado insolente.  Que se castigue la ambición y la intriga, que se vendan las magistraturas, que se suprima el lujo y la representación en los altos cargos. Con ello se evita el que se tenga que acudir a robos y a malas artes para poder mantener el rango.  Y se evita también el tener que dar dichos cargos a los ricos, que habría que dar más bien a hombres competentes.

Con leyes como éstas los males presentes podrían aliviarse y atenuarse. Pero no hay esperanza alguna de que se vayan a curar, ni que las cosas vuelvan a la normalidad mientras los bienes sigan siendo de propiedad privada. Es el caso de los cuerpos débiles y enfermos que se van sosteniendo a base de medicinas.  Al intentar curar una herida se pone más al vivo otra. Porque, no le demos vueltas, lo que a uno cura a otro mata. No se puede dar nada a nadie sin quitárselo a los demás.

-Estoy lejos de compartir vuestras convicciones -le dije yo a Rafael. Jamás conocerán los hombres el bienestar bajo un régimen de comunidad de bienes. ¿Por qué medios se podrá conseguir la prosperidad común si todos se niegan a trabajar? Nadie tendrá un estímulo personal, y la confianza en que todos trabajan le hará perezoso.  Por otra parte, si la miseria subleva los espíritus y ya no es posible adquirir nada como propio, ¿no caerá la sociedad de modo fatal y constante en la rebelión y la venganza?  Si, además, desaparece la autoridad de los jueces y el temor saludable que inspiran, ¿qué papel pueden tener en la sociedad hombres para quienes no existiría ninguna diferencia social? Es algo que ni siquiera me atrevo a imaginar.

-No me extraña que pienses así -replicó Rafael-. No puedes hacerte idea de lo que se trata, o la tienes equivocada. Si hubieras estado en Utopía, como yo he estado, si hubieses observado en persona las costumbres y las instituciones de los utopianos, entonces, no tendrías dificultad en confesar que en ninguna parte has conocido república mejor organizada.  Yo estuve allí durante cinco años, y, hubiera estado muchos más, de no haberme tenido que venir para revelar ese Nuevo Mundo. . En este momento interrumpió Pedro Gilles a Rafael para decirle: ¿Es que vas a convencerme de que en ese nuevo mundo hay un pueblo mejor gobernado que el nuestro?  En éste que conocemos, hay ingenios no menos aventajados, y estados con más antigüedad que esos de que hablas.  Una larga experiencia ha proporcionado a nuestra sociedad una serie de inventos que hacen la vida agradable.  Sin hacer mención de aquellos con que el azar nos ha favorecido, y que ningún espíritu cultivado hubiera podido imaginar.

-En cuanto a antigüedad -respondió Rafael- sólo podrás juzgar sensatamente después de haber leído historias de aquellos reinos. De darles crédito, tendríamos que reconocer que hubo allí grandes ciudades, aún antes de que hubiera hombres entre nosotros. Por lo demás, los adelantos debidos al esfuerzo o a la casualidad, lo mismo se pueden producir aquí que allí.  Mi opinión es que les aventajamos en inteligencia, si bien, pienso que en cuanto a rendimiento y trabajo, quedamos muy por debajo de ellos. Antes de que yo llegase allí poco o nada conocían de nuestro mundo. Según sus anales, los ultra equinoccionales, que es como nos llaman, llegaron hasta ellos hace unos mil doscientos años. Las olas lanzaron hasta las costas de Utopía, donde naufragó, una nave con unos cuantos romanos y egipcios que ya nunca pudieron salir de allí. Ni que decir tiene que los utopianos sacaron provecho de esta circunstancia.  De los náufragos aprendieron todo lo que estos sabían sobre las ciencias y las artes aplicadas en el imperio romano. 0 fueron ellos mismos los que las descubrieron a base de las orientaciones recibidas.  Grandes fueron, ciertamente, las ventajas que de este hecho fortuito y único sacaron los utopianos.  Es también posible que en tiempos pasados algunos de ellos hayan llegado también aquí. Si fue así, ha sido olvidado.  Como se olvidará, sin duda, esto que estoy contando: que yo estuve un tiempo en aquellas tierras.

Pero ellos, los utopianos, supieron aprovechar este primer encuentro asimilando cuanto nosotros habíamos descubierto, para hacer la existencia más grata. Mucho me temo que pasen largos años sin que nosotros nos decidamos a adoptar lo que ya tienen institucionalizado mejor que nosotros. Creo que esta es la razón fundamental por la que, teniendo nosotros más inteligencia, están ellos mejor organizados que nosotros y su vida sea más feliz.

-¿Por qué, entonces -dije yo a Rafael- no nos describes esa isla maravillosa. Por favor, descríbenos, no brevemente, sino con todo detenimiento cuanto sabes sobre los campos, los ríos, las ciudades, los hombres, las costumbres, las leyes.  En fin, todo cuanto creas que es interesante, en la seguridad de que lo es todo aquello que desconocemos.

-Nada me será tan grato -respondió Rafael- tanto más que todos esos detalles están frescos en mi memoria.  Pero todo ello, requiere sosiego y tiempo.

-En ese caso -le dije yo- vayamos primero a comer. Y luego nos tomaremos todo el tiempo necesario.

-Sea -respondió.

Entramos en la casa para comer.  Después de la comida, volvimos al mismo sitio y nos sentamos en el mismo banco. Rogué encarecidamente a los criados que nadie nos molestase, y entonces, Pedro Gilles y yo a una, pedimos a Rafael que cumpliera lo que había prometido.

Él, al ver nuestra atención y nuestro vivo deseo de escucharle, se detuvo un momento en silencio y comenzó su relato del siguiente modo:

 

 

LIBRO SEGUNDO

Presentación de Rafael Hitlodeo de lamejor forma de comunidad Política.

Por Tomás Moro, ciudadano y sheriff de Londres

 

La isla de los utopianos tiene en su parte central, que es lamás ancha, una extensión de doscientas millas. Esta anchura se mantiene casi a lo largo de toda ella, y se va estrechando poco a poco hacia sus extremos. Estos se cierran formando un arco de quinientas millas, dando a toda la isla el aspecto de luna creciente. El mar se adentra por entre los cuernos de ésta, separados por unas once millas, hasta formar una inmensa bahía, rodeada por todas partes de colinas que le ponen al resguardo de los vientos.  Diríase un inmenso y tranquilo lago, nunca alterado por la tempestad.  Casi todo su litoral es como un solo y ancho puerto accesible a los navíos en todas las direcciones.

La entrada a la bahía es peligrosa, tanto por los bajíos como por los arrecifes. Una gran roca, emerge en el centro de la bocana, que por su visibilidad no la hace peligrosa.  Sobre ella se levanta una fortaleza defendida por una guarnición.  Los otros arrecifes son peligrosos, pues se ocultan bajos las aguas. Sólo los utopianos conocen los pasos navegables. Por eso ningún extranjero se atreve a entrar en la ensenada sin un práctico utopiano.  Para los mismos habitantes de la isla, la entrada sería peligrosa, si su entrada no fuera dirigida desde la costa con señales.  El simple desplazamiento de estas señales bastaría para echar a pique una flota enemiga, por numerosa que fuera.

Tampoco son raros los puertos en la costa exterior de la isla.  Pero, cualquier desembarco está tan impedido por defensas tanto naturales como artificiales, que un puñado de combatientes podría rechazar fácilmente a un numeroso ejército.

Se dice, y así lo demuestra laconfiguración del terreno, que en otro tiempo aquella tierra no estaba completamente rodeada por el mar.  Fue Utopo quien se apoderó de la isla y le dio su nombre, pues anteriormente se llamaba Abraxa. Llevó a este pueblo tan inculto y salvaje a ese grado de civilización y cultura que le pone por encima de casi todos los demás pueblos. Conseguida la victoria, hizo cortar un istmo de quince millas que unía la isla al continente.  Con ello logró que el mar rodease totalmente latierra.

Para la realización de esta obra gigantesca no sólo echó mano de los habitantes de la isla -se lo hubieran tomado como una humillación- sino de todos sus soldados.  La tarea, compartida entre tantos brazos, fue rematada con inusitada celeridad.  Tanta que los pueblos vecinos -que en principio se habían reído de la vanidad del empeño- quedaron admirados y aterrorizados por el éxito.

La isla cuenta con cincuenta y cuatro grandes y magníficas ciudades.  Todas ellas tienen la misma lengua, idénticas costumbres, instituciones y leyes.  Todas están construidas sobre un mismo plano, y todas tienen un mismo aspecto, salvo las particularidades del terreno.  La distancia que separa a las ciudades vecinas es de veinticuatro millas. Ninguna, sin embargo, está tan lejana que no se pueda llegar a ella desde otra ciudad en un día de camino.

Cada año se reúnen en Amaurota tres ciudadanos de cada ciudad, ancianos y experimentados, para tratar los problemas de la isla. Esta ciudad, asentada, por así decirlo, en el ombligo del país, es la más accesible a los delegados de todas las regiones.  Por eso mismo se la considera como la primera y principal.

Cada ciudad tiene asignados terrenos cultivables en una superficie no menor a doce millas por cada uno de los lados; si la distancia entre ciudades es mayor, entonces la superficie puede aumentarse.  Ninguna ciudad tiene ansias de extender sus territorios.  Los habitantes se consideran más agricultores que propietarios.

En medio de los campos hay casas muy cómodas y perfectamente equipadas de aperos de labranza. Son habitadas por ciudadanos que vienen en turnos a residir en ellas.  Cada familia rural consta de cuarenta miembros, hombres y mujeres, a los que hay que añadir dos siervos de la gleba.  Están presididas por un padre y una madre de familia, graves y maduros. Al frente de cada grupo de treinta familias está un filarco.

Todos los años veinte agricultores de cada familia vuelven a la ciudad, después de haber residido dos arios en el campo.  Son remplazados por otros veinte individuos.  Estos son instruidos juntamente con los que llevan todavía un año, y que, como es lógico, tienen una mayor experiencia en las faenas del campo. A su vez, serán los instructores del próximo año. Con ello se evita que se junten en el mismo turno ignorantes y novicios, ya que la falta de experiencia perjudicaría a la producción. La renovación del personal agrícola es algo perfectamente reglamentado. Con ello se evita que nadie tenga que soportar durante mucho tiempo y de mala gana, un género de vida duro y penoso. No obstante, son muchos los ciudadanos que piden pasar en el campo varios años, sin duda porque encuentran placer en las faenas del campo.

Los campesinos cultivan la tierra, crían ganado, labran la madera, y la transportan a la ciudad unas veces por tierra y otras por mar. Han inventado un sistema sumamente ingenioso para producir pollos en cantidad.  No dejan que las gallinas incuben los huevos.  Someten a estos a una especie de calor constante que los vitaliza y empolla. Una vez roto el cascarón. Los pollitos siguen al hombre y le reconocen como a su madre.  Crían muy pocos caballos, y éstos muy fogosos, con la única finalidad de ejercitar a la juventud en la equitación.

Toda la labor de labranza y transporte recae sobre los bueyes.  Según los utopianos, el buey no tiene la fogosidad del caballo, pero le vence en paciencia y en fuerza. Está sujeto a menos enfermedades, no necesita tanta dedicación, y gasta menos.  Finalmente, cuando se halla agotado por el trabajo, todavía se te puede destinar para carne.

Los cereales sólo los emplean para hacer pan. Beben vino de uva, de manzana o de pera; y agua, unas veces sola, y otras hervida con miel o regaliz que nunca les falta. Saben de una manera exacta y precisa la cantidad de víveres necesaria para cada ciudad y su, territorio.  No obstante, siembran grano y crían ganado en cantidad muy superior al consumo. El excedente se reparte si es necesario entre los países vecinos.

Todos los objetos necesarios y que no se pueden encontrar en el campo, como muebles, utensilios de cocina, etcétera, los piden a la ciudad. Los consiguen de los funcionarios públicos, sin papeleo y sin nada a cambio.  Todos los meses, en efecto, acuden a la ciudad el día de fiesta.

Cuando está próxima la cosecha, los filarcos hacen saber a los funcionarios públicos el número de ciudadanos que quieren se les envíe. Los recolectores llegan en masa el día convenido. De este modo, la cosecha se termina en un sólo día de buen tiempo.

 

 

Las ciudades y en particular Amaurota

 

Quien conoce una ciudad, las conoce todas. ¡Tan parecidas son entre sí! (en cuanto la naturaleza de su emplazamiento lo permite). Describiré una de ellas, no importa cuál, pero ¿cuál más a propósito que Amaurota?  Ninguna más digna que ella.  Así se lo reconocen las demás por ser sede del Senado.  Es también la que mejor conozco, por haber vivido en ella cinco años seguidos.

Amaurota está situada en la suave pendiente de una colina. Su forma es casi un cuadrado. Su anchura, en efecto, comienza casi al borde de la cumbre de la colina, se extiende dos mil pasos hasta el río Anhidro, y se alarga a medida que sigue el curso del río.

El Anhidro nace de un -pequeño manantial, ochenta millas más arriba de Amaurota. Su caudal se alimenta de otros pequeños ríos, sobre todo de dos un poco más medianos.  Cuando llega a la ciudad, su anchura es de quinientos pies.  Pronto vuelve a ensancharse y después de un curso de sesenta millas, desemboca en el mar.

El curso del río queda singularmente alterado en el espacio comprendido entre la ciudad y el mar, incluso al unas millas más arriba, merced al flujo y reflujo de las olas por espacio de seis horas.  Cuando hay pleamar, las aguas cubren completamente el lecho del río Anhidro en una longitud de unas treinta millas, empujando las aguas del río hacia su nacimiento.  En todo este espacio y un poco más arriba, el agua salada se mezcla con la del río. Desde este punto, sin embargo, las aguas van endulzándose progresivamente, y el caudal que atraviesa la ciudad es limpio y puro. El agua desciende limpia y cristalina hasta la desembocadura.

La ciudad está unida a la otra orilla del río por un puente de espléndidos arcos, con pilares de piedra, no de madera. Este puente situado en la parte más alejada del mar, permite a los navíos atravesar totalmente y sin riesgo toda la zona de la ciudad bañada por el río.

 Tiene, además otro río, no más caudaloso que el Anhidro, pero muy tranquilo y agradable.  Nace, en efecto, en la pendiente de la colina sobre la que está edificada la ciudad, discurre a través de la misma, y corta la ciudad en su mismo centro antes de mezclar sus aguas a las del Anhidro.  Los amaurotanos han canalizado y fortalecido el manantial y la parte superior del río que nace cerca de la ciudad acosándolo a las murallas. De esta manera, en caso de ataque, impiden al ejército enemigo cortar, desviar o envenenar las aguas. El agua es conducida desde el río hacia la parte baja de la ciudad por diferentes canales de barro cocido. Donde este método no es viable, disponen de grandes cisternas para recoger el agua de la lluvia, que surte los mismos efectos.

Una alta y ancha muralla, guarnecida de torres y de fortalezas frecuentes, hace de la ciudad una plaza fuerte.  En sus tres lados hay un foso sin agua, ancho y profundo, pero impracticable a causa de la maraña de espinos.  En el cuarto lado, el río mismo hace de foso.

El trazado de calles y plazas responde al tráfico y a la protección contra el viento.  Los edificios son elegantes y limpios, en forma de terraza, y están situados frente a frente a lo largo de toda la calle.  Las fachadas de las casas están separadas por una calzada de veinte pies de ancho.  En su parte trasera hay un amplio huerto o jardín tan ancho como la misma calzada, y rodeado por la parte trasera de las demás manzanas. Cada casa tiene una puerta principal que da a la calle, y otra trasera que da al jardín.  Ambas puertas son de doble hoja, que se abren con un leve empujón y se cierran automáticamente detrás de uno.  Todos pueden entrar y salir en ellas.  Nada se considera de propiedad privada.  Las mismas casas se cambian cada diez años, después de echarlas a suertes.

Aman apasionadamente estos jardines; en ellos cultivan viñas, hortalizas, hierba y flores. Los cultivan con esmero, tanto que nunca he visto nada semejante en belleza y fertilidad. Los amaurotanos gustan de la jardinería no sólo porque les entretiene, sino por los concursos de belleza organizados entre las diversas manzanas.  Difícilmente, -en efecto, se podría destacar un aspecto de la ciudad más pensado para el deleite y el provecho de la comunidad.  Cosa que me hace pensar que la jardinería debió ser de especial interés del fundador.

Se dice, en efecto, que fue el mismo Utopo el que trazó el plano de la ciudad desde el principio.

Dejó, sin embargo, a sus sucesores el cuidado de completar el embellecimiento y ornato de la ciudad.  Pues, se daba cuenta de que la vida de un hombre no es suficiente para ello.

Según sus archivos históricos, que cubren un período de 176 años desde la conquista, y que fueron escritos con escrupulosa religiosidad, las casas originales eran simples chozas o tugurios. Estaban hechas sin un plan definido y con toda clase de maderas; las paredes revocadas de barro, y los techos en forma de cono cubiertos con cañas. Hoy, en cambio, no se ven casas sino de tres pisos. Los muros exteriores están revestidos de piedra, de argamasa o ladrillos cocidos; las paredes interiores revestidas de yeso. Los techos son planos, en forma de terraza, recubiertos de hormigón, poco costoso y no inflamable, y más resistente a las inclemencias del tiempo que el plomo.  Las ventanas están provistas de vidrio -su uso es allí frecuentísimo- para impedir que entre el viento.  A veces se remplaza el vidrio por una tela muy tenue o de ámbar gris impregnada de aceite.  Este procedimiento ofrece una doble ventaja: deja pasar mejor la luz, e impide -que el viento pase.

 

 

 

Los magistrados

 

Todos los años, cada grupo de treinta familias eligesu juez, llamado Sifogrante en la primitiva lengua del país, y Filarca en la moderna.  Cada diez sifograntes y sus correspondientes trescientas familias, están presididos por un protofilarca, antiguamente llamado Traniboro. Finalmente, los doscientos sifograntes, después de haber jurado que elegirán a quien juzguen más apto, eligen en voto secreto y proclaman príncipe a uno de los cuatro ciudadanos nominados por el pueblo. La razón de esto es que la ciudad está dividida en cuatro distritos, cada uno de los cuales presenta su candidato al senado. El principado es vitalicio, a menos que el príncipe sea sospechoso de aspirar a la tiranía.  Por su parte los traniboros se someten todos los años a la reelección, si bien no se les cambia sin graves razones.  Los demás magistrados son renovados todos los años.

Cada tres días, incluso con más frecuencia, si así lo piden las circunstancias, los traniboros, presididos por el príncipe, se reúnen en consejo.  Deliberan sobre los asuntos públicos y dirimen con rapidez los varios conflictos q que pudieran surgir entre los particulares. Invitan siempre a las deliberaciones del senado a dos sifograntes, que son distintos cada sesión.

La ley establece que las mociones o problemas de interés general sean discutidos en el senado tres días antes de ser ratificados o decretados. Por otra parte, se considera como un crimen capital, tomar decisiones sobre los intereses de interés público fuera del Senado o al margen de las asambleas locales.  Tal reglamentación se dirige a impedir que tanto el Príncipe como los traniboros conspiren contra el pueblo, le opriman por la tiranía cambiándose así la forma de gobierno. Por esta misma razón, todas las decisiones importantes son llevadas a las asambleas de los Sifograntes.  Estos las exponen a las familias de las que son representantes, no sin discutirlas con ellas antes de devolver las conclusiones al senado.

En ocasiones el asunto se presenta al consejo de toda la isla. Por otra parte, uno de los usos del senado es no discutir asunto alguno el día mismo que se presenta por primera vez. Prefieren posponerlo para la sesión próxima. De este modo se evita el que alguien exprese lo que primero le viene a los labios.  Y sobre todo, que comience a dar razones que justifiquen su manera de pensar, sin tratar de decidir lo mejor para la comunidad y sacrificando el bien público a su reputación. Tanto más, por absurdo que pueda parecer, que le avergüenza admitir que su primera idea fue precipitada, y que debió reflexionar antes de hablar.

 

 

Las artes y los oficios

 

Hay una actividad común a todos, hombres y mujeres, de la que nadie queda exento: la agricultura. Forma parte de la educación del niño desde su infancia. Todos aprenden sus primeras nociones en la escuela. Y también en las salidas que hacen a los campos cercanos a la ciudad. Aquí son entrenados, no sólo observando los trabajos que se realizan, sino trabajando ellos mismos, lo que les proporciona un buen ejercicio físico.

Además de la agricultura, que, como acabo de decir, es una actividad común a todos, cada uno es iniciado en un oficio o profesión como algo personal. Los oficios más comunes son el tratamiento de la lana, la manipulación del lino, la albañilería, los trabajos de herrería y carpintería. Aparte estos oficios, no hay otros que merezca la pena mencionar, ya que los practican pocos.

Los vestidos tienen la misma forma para todos los habitantes de la isla. Están cortados sobre un mismo patrón, que no cambia nunca. Las únicas diferencias son las que distinguen al hombre de la mujer, al célibe del casado.  El corte no deja de ser elegante y facilita los movimientos del cuerpo, al mismo tiempo que inmuniza contra el frío y contra el calor. Cada familia confecciona sus propios vestidos.

Todos, hombres y mujeres, sin excepción, han de aprender uno de los oficios arriba señalados. Las mujeres, sin embargo, por su constitución más débil, se dedican a trabajos menos duros, ya que trabajan casi exclusivamente la lana y el lino.  A los hombres, en cambio, se les confía actividades más penosas.

En general, casi todos los niños son educados en la profesión de sus padres. Es algo que llevan en la misma sangre. Pero si alguien se siente atraído hacia otro oficio, es encomendado a otra familia.  En tal caso, tanto su padre como el magistrado se cuidan de que sea puesto al servicio de un jefe de familia serio y honesto.  Del mismo modo, si alguien especializado en un oficio, quiere aprender otro, se le permite hacerlo en idénticas condiciones. Una vez conseguidos los dos, puede ejercer el que más le agrade, a condición, sin embargo, de que la ciudad no necesite más de uno de ellos.

La principal, por no decir única, misión de los sifograntes, es velar para que nadie se entregue a la ociosidad y a la pereza. Han de procurar que todos se apliquen de una forma asidua a su trabajo. Pero sin, por ello, fatigarse sin resuello, como una bestia de carga desde que amanece hasta que anochece.  Esta vida embrutecedora para el espíritu y para el cuerpo, es peor que la tortura y la esclavitud; y sin embargo esta es la condición de los trabajadores en todas partes, ¡excepto entre los utopianos!

Estos dividen en veinticuatro horas iguales el día, incluyendo también la noche. De ellas solamente dedican al trabajo seis horas, distribuidas así:           Tres horas, antes del mediodía, y a continuación almuerzan. Terminado el almuerzo dedican dos horas al descanso o siesta. A continuación trabajan otras tres horas, para terminar con la cena. Como quiera que la primera hora se cuenta a partir de mediodía, son las ocho cuando van a la cama.  Al sueño se reservan otras ocho horas.

El tiempo que les queda entre el trabajo, la comida y el descanso se deja al libre arbitrio de cada uno.  Se busca que cada uno, lejos de perder el tiempo en la molicie y ociosidad, se distraiga, en un hobby, al margen de sus ocupaciones habituales.

La mayor parte consagra estas horas de tiempo libre al estudio.  Antes de salir el sol se organizan todos los días cursos públicos. Sólo están obligados a asistir a ellos los que han sido elegidos personalmente para estudiar.  Pero hay que reconocer que un gran número, tanto de hombres como de mujeres de todas condiciones, se agolpan en el lugar de los cursos para escuchar sus lecciones, unos a unas, otros a otras según sus preferencias. Por otra parte, si alguno prefiere dedicar este tiempo libre a los trabajos de su oficio, nadie se lo impide. Sabido es que hay un buen número de personas a las que no atrae la alta especulación y lejos de criticarles por ello, se les felicita por el servicio que prestan a la comunidad.

Después de cenar pasan una hora de recreo, durante el verano en el jardín, y en las salas de los comedores públicos durante el invierno. Allí se entregan a la música o se entretienen charlando. Los juegos de azar, como los dados, cartas, tan impropios y nefastos ni siquiera los conocen.  No obstante, sí practican dos juegos que se parecen bastante al ajedrez: uno es un combate de números, en el que unos números atrapan a otros.  En el segundo, virtudes y vicios entablan una cerrada batalla.  Este último juego muestra a las claras la anarquía de los vicios entre sí, y su perfecto acuerdo cuando se trata de luchar contra las virtudes. Hace ver, además, cuáles son los vicios opuestos a determinadas virtudes, qué armas despliegan los vicios cuando atacan por el flanco, qué tropas lanzan a la lucha abierta, y qué posición defensiva permite a las virtudes contener a los ejércitos del vicio, y con qué artimañas burlan sus ataques.  Finalmente, hacen ver cuáles son los medios que permiten a uno y otro campo asegurar la victoria.

Pero, en este momento, quiero salir al encuentro de un posible engaño. Quizás se diga: ¿Son suficientes seis horas de trabajo para proporcionar a la población los alimentos de primera necesidad? Ese tiempo no sólo es suficiente sino que sobra para producir no sólo los bienes necesarios, sino también los superfluos. Lo comprenderás enseguida conmigo, si observas atentamente el gran número de gente ociosa que hay en otras naciones. En primer lugar, casi todas las mujeres -que es la mitad de la población- y la mayor parte de los hombres, cuando las mujeres trabajan, roncan a sus anchas durante todo el día.

Has de añadir esa turba ociosa de curas y de los llamados «religiosos». Poned además todos los ricos, sobre todo los terratenientes a los que vulgarmente llaman «señores» y «nobles». Incluid en este número a la servidumbre, esa chusma de bergantes con librea.  Y finalmente,ese ejército de mendigos, robustos y sanos, que esconden su pereza tras una enfermedad fingida. Te darás cuenta entonces que hay muchas menos personas de las que piensas, que con su trabajo producen todos los bienes que consumen los mortales.

Ten en cuenta también el pequeño número de los que se dedican a oficios necesarios.  Y es natural que así sea: en un mundo en que todo lo medimos por el dinero, se ejercen muchas actividades completamente vanas y superfluas, al servicio exclusivo del lujo y del despilfarro.  Pero supongamos que la masa de trabajadores actuales se repartiera entre los pocos oficios que producen los igualmente poco numerosos bienes necesarios para una vida sana y cómoda. ¿Qué pasaría, entonces?  Pues que habría tal abundancia de bienes que los precios bajarían hasta tal punto que los mismos obreros no podrían sustentar su vida. Supongamos ahora que todos esos que se dedican a las artes improductivas y que esa turba de vagos que languidece en la ociosidad y en la pereza -y que dicho sea de paso, uno de ellos consume más del fruto del trabajo de otros que dos obreros que trabajan- se ponen a trabajar en actividades útiles. ¿Qué sucedería?  Comprenderíamos fácilmente que para producir lo que exigen la necesidad, la comodidad e incluso el placer -un placer verdadero y natural, se entiende- habría tiempo suficiente, e incluso sobraría.

Pues esto es lo que los hechos demuestran en Utopía. Allí, en toda la ciudad y sus alrededores difícilmente podremos encontrar quinientas personas en edad y en condiciones de trabajar -hombres y mujeres- exentas del trabajo.  Entre ellas se cuentan los sifograntes.  Y sin embargo, estos magistrados, aunque exentos oficialmente de trabajos manuales, siguen trabajando como los demás ciudadanos, a fin de estimular con su ejemplo a los demás.

De este mismo privilegio de exención gozan los destinados al estudio de las ciencias y de las letras.  El pueblo, asesorado por la recomendación de los sacerdotes y por los votos secretos de los sifograntes les otorga vacación perpetua. Si alguno de los elegidos defrauda las esperanzas del pueblo, es devuelto a la clase trabajadora.  Pero, sucede con frecuencia, que si un obrero en sus horas libres llega a adquirir por su constancia y diligencia un dominio notable de las letras, se le libera del trabajo mecánico y se le admite en la clase intelectual.

De esta clase intelectual se eligen los embajadores, los sacerdotes, los traniboros. Y finalmente, al príncipe mismo, a quien en su lengua primitiva llaman Barzanes, y hoy día «Ademos».  El resto de la población, siempre activa y dedicada a actividades útiles produce en pocas horas de trabajo los bienes que necesita y de los que ya he hablado.

Añadamos a lo dicho otro factor económico: la dedicación a los oficios esenciales les permite realizar el trabajo con menos esfuerzo que los demás pueblos. La edificación o restauración de los edificios, por ejemplo, que tanto trabajo y tantos obreros cuesta, se debe a que el inmueble que el padre levantó, un heredero negligente lo deja caer poco a poco. Lógicamente, un edificio que se podría mantener con poco dinero, habrá de ser restaurado por el sucesor con grandes costos. Sucede incluso, y con frecuencia, que una casa levantada con fuertes desembolsos por una determinada persona, viene a manos de un hijo caprichoso. Este la abandona, no la repara y la deja caer, para construir luego otra más lujosa en otro lugar.

En Utopía, por el contrario, donde todo está tan previsto, y la comunidad tan organizada, no se destinan nuevas áreas a edificar casas. No se contentan con reparar las ya existentes, sino que se pone remedio a las que amenazan ruina.  Esto hace que con poco trabajo los edificios duren muchísimo.  Tampoco los obreros de este gremio tienen gran cosa que hacer.  La mayor parte del tiempo la pasan en sus casas preparando el material y tallando y ajustando las piedras, por si surgiera alguna obra levantarla cuanto antes.

Fíjate ahora en la poca mano de obra que los utopianos necesitan para vestirse. Primeramente, el vestido de trabajo es de cuero o de piel, y puede durar hasta siete años.  Para vestir en sociedad cubren estos vestidos más toscos con una clámide o manto.  Su color es el natural de la tela, y es el mismo para toda la isla. De esta suerte emplean menos cantidad de paño que en otras partes y, lógicamente, es más barato.  En cuanto al lino, exige todavía menos trabajo, por lo que su uso es más frecuente. Del lino sólo se aprecia la blancura radiante de la tela, y la limpieza en la lana, sin hacer caso alguno de la finura del hilo. De ordinario, pues, cada uno se contenta con un solo vestido y le dura generalmente dos años.  En otras partes, sin embargo, cada uno necesita cuatro o cinco vestidos de lana de diferentes colores y otras tantas camisas de seda, y a los más delicados no les basta con diez.  Los utopianos no encuentran razón alguna para desear más. No estarían mejor defendidos contra el frío, ni, por otra parte, irían un poco más elegantemente vestidos.

En conclusión: Todos en Utopía trabajan en actividades útiles, que requieren poco trabajo.  No debe extrañar, pues, que ante la abundancia de todas las cosas necesarias, se envía de tiempo en tiempo a gran número de trabajadores a reparar las vías públicas que pudieran estar deterioradas.  Con frecuencia, incluso, si la necesidad de estos trabajos de reparación no se hace sentir, se anuncia oficialmente la disminución de las horas de trabajo.  No se debe pensar que los magistrados impongan a los ciudadanos contra su voluntad horas extras de trabajo.

Las instituciones de esta república no buscan más que un fin esencial: rescatar el mayor tiempo posible en la medida que las necesidades públicas y la liberación del propio cuerpo lo permiten, a fin de que todos los ciudadanos tengan garantizados su libertad anterior y el cultivo de su espíritu. En esto consiste, en efecto, según ellos, la verdadera felicidad.

 

 

Las relaciones públicas entre los utopianos

 

¿No os parece llegado el momento de explicar las formas de la vida social, las relaciones mutuas de los ciudadanos, así como las reglas de distribución de los bienes en Utopía?

La ciudad está compuesta de familias, y éstas, en general, están unidas por los lazos del parentesco.  Cuando la mujer ha alcanzado la edad núbil, es entregada al marido, y va a vivir a su casa.  Los hijos y nietos varones permanecen en la familia, sometidos todos al más anciano de sus progenitores. En caso de senilidad con merma de las facultades mentales, le sucede el que le sigue en edad.

Cada ciudad consta de seis mil familias, sin contar las del distrito rural. Pero, para mantener el equilibrio de la misma e impedir que baje la población o suba desmesuradamente, se cuida de que ninguna familia tenga menos de diez y más de dieciséis adultos.  Por el contrario no es fácil determinar previamente el número de los impúberes. Este equilibrio se mantiene, traspasando a las familias menos numerosas el excedente de las demasiado prolíficas. Si, a pesar de todo, el conjunto de habitaciones de una ciudad sobrepasa el número previsto, el excedente se destina a otras ciudades menos pobladas.

En el caso, finalmente, de que toda la isla llegara a superpoblarse, se funda una colonia con ciudadanos reclutados de cualquier ciudad. Se aposentan en el continente más cercano, en zonas en que la población indígena posee más tierras de las que puede cultivar.  La colonia se rige según las leyes utopianas, no sin antes proponer a los indígenas la posibilidad de convivir con ellos. Así, asociados con los que aceptan, quedan fácilmente integrados por unas mismas instituciones y costumbres en beneficio de ambos. Los colonos, en efecto, gracias a sus instituciones, logran transformar una tierra que parecía miserable y maldita en abundosa para todos.

Si, por el contrario, encuentran gentes que se niegan a vivir bajo sus leyes, los utopianos los arrojan fuera de la zona que han ocupado. Hacen la guerra a los que oponen resistencia. Consideran como causa justísima de guerra el que un pueblo, dueño de un suelo, que no necesita y que deja improductivo y abandonado, niegue su uso y su posesión a los que por exigencias de la naturaleza deben alimentarse de él.

Si sucediera -como ya sucedió dos veces- que, a consecuencia de una peste, quedara diezmada la población de una ciudad hasta el punto de no poder restablecerla sin disminuir el número establecido de habitantes de otras ciudades, entonces los utopianos dejarían la colonia para repoblar dicha ciudad. Prefieren dejar morir las colonias, antes que ver desaparecer una sola de las ciudades de la Isla.

Volvamos ya a la convivencia de los ciudadanos.  El más anciano, como dije, presídela familia.  Las mujeres sirven a los maridos, los hijos a los padres, y, en general, los menores a los mayores.

La ciudad está dividida en cuatro distritos iguales. En el centro de cada distrito hay mercado público donde se encuentra de todo.  A él afluyen los diferentes productos del trabajo de cada familia.  Estos productos se dejan primero en depósitos, y son clasificados después en almacenes especiales según los géneros.

Cada padre de familia va a buscar al mercado cuanto necesita para él y los suyos. Lleva lo que necesita sin que se le pida a cambio dinero o prenda alguna. ¿Por qué habrá de negarse algo a alguien? Hay abundancia de todo, y no hay el más mínimo temor a que alguien se lleve por encima de sus necesidades. ¿Pues por qué pensar que alguien habrá de pedir lo superfluo, sabiendo que no le ha de faltar nada? Lo que hace ávidos y rapaces a los animales es el miedo a las privaciones.  Pero en el hombre existe otra causa de avaricia: el orgullo. Este se vanagloria de superar a los demás por el boato de una riqueza superflua.  Un vicio que las instituciones de los utopianos han desterrado.

Junto a los mercados que ya he mencionado están los de comestibles. A ellos afluyen legumbres, frutas, pan, pescados, aves y carnes. Estos mercados están situados fuera de la ciudad en lugares apropiados -se mantienen limpios de las inmundicias y desechos por medio de agua corriente. De aquí se lleva al mercado la carne limpia y despiezada por los criados o siervos.  Los utopianos no consienten que sus ciudadanos se acostumbren a descuartizar a los animales. Semejante práctica, según ellos, apaga poco a poco la clemencia, el sentimiento más humano de nuestra naturaleza. Por lo mismo, no dejan entrar en las ciudades las inmundicias y desperdicios de cualquier género por cuya putrefacción el aire corrompido pudiera sembrar alguna enfermedad.

Cada manzana tiene salas muy capaces, dispuestas a igual distancia, y cada una con su nombre propio.  Aquí viven los sifograntes; y a ellas están adscritas para la comida las treinta familias que viven: quince a un lado y quince al otro del edificio. Los encargados de abastecer los comedores se reúnen a la hora convenida en el mercado y piden la cantidad de comida correspondiente al número de sus comensales.

Pero la primera preocupación y cuidados son para los enfermos que son atendidos en los hospitales públicos.  Hay, en efecto, en los alrededores de la ciudad, un poco apartados de las murallas, cuatro hospitales, tan amplios que se dirían otras tantos pequeñas ciudades. En ellos, por grande que sea el número de enfermos, nunca hay aglomeraciones, ni incomodidad en el alojamiento. Y por otra parte, sus grandes dimensiones permiten separar a los enfermos contagiosos, cuya enfermedad se propaga generalmente por contacto de hombre a hombre.  Estos hospitales están perfectamente concebidos, y abundantemente -dotados de todo el instrumental y medicamentos para el restablecimiento de la salud. Los enfermos son atendidos con los más exquisitos y asiduos cuidados merced a la presencia constante de los mejores médicos.

A nadie se le obliga a ir al hospital contra su voluntad. No hay enfermo, sin embargo, en toda la ciudad, que no prefiera ser internado en el hospital a permanecer en su casa.

Una vez que el administrador de los enfermos ha recibido los alimentos prescritos por el médico, lo que hay de mejor en el mercado se distribuye equitativamente por los comedores, según el número de comensales. Consideración especial merecen el príncipe, el pontífice, los traniboros, además de los embajadores y todos los extranjeros -cuando los hay, que son pocas veces-.  Pero cuando están, se les asignan apartamentos especiales, provistos de todo lo necesario.

A la hora establecida, toda la sifograntía se reúne al sonido de la trompeta para comer y cenar.  Se exceptúan los que guardan cama, sea en los hospitales, sea en casa. A nadie, sin embargo, se le prohíbe llevar comida del mercado a casa, a pesar de tenerla preparada en los comedores. Saben que nadie hará esto por capricho.            Pues si bien cada uno es libre de comer en su casa, nadie se recreará en hacerlo.  Porque es de tontos molestarse en preparar una mala comida, cuando tienen una mejor en el comedor cercano.

Los trabajos de cocina más sucios y molestos se encomiendan a los criados. En cambio, a cargo de las mujeres esta la cocción y aderezo de las comidas, y, en una palabra, toda la preparación de la mesa. Este trabajo lo hacen las mujeres por turno, según las familias.

Se preparan tres o más mesas, según los comensales. Los hombres se sientan del lado de la pared, y las mujeres enfrente. De esta manera, si les sobreviene una súbita indisposición, cosa frecuente en las embarazadas, pueden apartarse sin molestar y retirarse a la sala de las nodrizas.

Las nodrizas, en efecto, permanecen con sus lactantes en un comedor particular. Se ha habilitado de tal manera, que nunca falten en él el fuego, el agua limpia, ni las cunas.  De este modo las madres pueden acostar a los niños, o si lo prefieren, calentarse al fuego, quitarles las fajas, o jugar con ellos para entretenerlos.  Cada madre amamanta a su hijo, caso de no impedirlo la muerte o la enfermedad.  En estos casos, las mujeres de los sifograntes se apresuran a encontrar otra nodriza, Y no les es difícil encontrarla. Las mujeres que pueden prestan sus servicios con mayor presteza que en cualquier otro menester.  Todos en efecto alaban este acto de misericordia. Y el niño reconoce a la nodriza como a su verdadera madre.

En la sala de las nodrizas o lactantes se encuentran los niños que todavía no han cumplido cinco años.  Los demás impúberes, es decir, los niños de ambos sexos que no han alcanzado la edad núbil, sirven a la mesa. 0 si por la edad no tienen todavía fuerzas para hacerlo, permanecen de pie y en el mayor silencio, junto a los comensales.  Unos y otros comen de lo que les dan las personas sentadas, ya que no tienen otra hora para comer.

En el centro de la mesa principal, se sienta el Sifogrante con su mujer. Es el lugar de más honor ya que desde esta mesa, colocada transversalmente al fondo del comedor, se contempla toda la asamblea junto al Sifogrante y su esposa toman asiento dos personas de las de mayor edad. En cada mesa, en efecto, se sientan de cuatro en cuatro. Si el templo se encuentra en una «Sifograntia», el sacerdote y su mujer se sientan junto al sifogrante y presiden.

A ambos lados del comedor se sientan los jóvenes, alternando con los de más edad.  Esta colocación acerca a los iguales, y mezcla a las diferentes edades. Nada, en efecto, de cuanto se hace o se dice en la mesa escapa a los vecinos de derecha o izquierda.  Y a esto precisamente, según ellos, obedece esta norma, a saber: que la gravedad de los ancianos y el respeto que inspiran refrenan las palabras o la petulancia que una libertad excesiva podría inspirar a los jóvenes.

Se comienza a servir los platos por la cabecera de la mesa, pasando después hasta los últimos comensales.  Primero se sirven las mejores porciones a los ancianos -cuyos puestos están señalados- y después a los demás comensales por igual. Por su parte, los ancianos comparten de buen grado con sus vecinos de mesa las porciones, que aunque quisieran no llegarían para todos los de la casa.  Se rinde así a la vejez un honor que le es debido, honor que redunda en beneficio de todos.

Tanto la comida como la cena comienzan por la lectura de alguna lección moral. Pero ha de ser breve para que no aburra. De ella se sirven los ancianos para hacer sus exhortaciones, que no son tristes ni insulsas.  Se cuidan mucho de no soltar rollos que acaparen toda la comida, y escuchan con gusto a los jóvenes.  Incluso los provocan adrede, a fin de contrastar en la libertad que da la mesa la índole y el talento de cada uno.

El almuerzo es corto; la cena un poco más     larga.  Se debe a que después del almuerzo viene el trabajo, mientras que a la cena siguen el sueño y el reposo nocturno.  Y los utopianos creen que el sueño es mejor que el trabajo para una buena digestión. No hay cena sin música; y en ella se sirve siempre un postre de dulces variados.  Se queman ungüentos y se esparcen perfumes.  Nada se perdona para que reine la alegría entre los comensales. Hacen de grado suyo aquel principio de que «ningún placer está prohibido con tal que no engendre mal alguno». Así viven los utopianos en las ciudades.

En el campo, donde los labradores viven dispersos, hacen su comida en casa. A ninguna familia le falta nada para comer. ¿No son acaso ellos los que proveen de todo a la ciudad?

 

 

Los viajes de los utopianos

 

Si uno desea visitar a los amigos que viven en otra ciudad o simplemente quiere hacer un viaje, lo consigue fácilmente del Sifogrante o Traniboto, a no ser que lo impida alguna razón práctica.

El viaje se organiza enviando a un grupo de turistas con un salvoconducto expedido por el príncipe.  En este salvoconducto se autoriza el viaje y se fija la fecha de vuelta.  Se les proporciona un coche y un criado público para que cuide y conduzca a los bueyes.  En general, a no ser que haya mujeres en el grupo, los viajeros devuelven el coche, por considerarlo una carga.  Durante el viaje -aunque no llevan bagaje alguno- no les falta de nada, ya que en cualquier parte están en casa.  Si se detienen más de un día en un lugar, ejercen allí su propio oficio, siendo atendidos amistosamente por los de su mismo oficio. Si alguien por su cuenta viaja fuera de su propio territorio, sin el salvoconducto del príncipe, se le devuelve como fugitivo y se le castiga severamente.  Si reincide, queda reducido a la condición de esclavo.

Si alguno siente el deseo de pasear por los campos de su ciudad, nadie se lo impide, con tal que tenga el permiso del padre o el consentimiento de la mujer. Pero en cualquier aldea donde llegue, no se le da alimento alguno, a menos que trabaje antes del mediodía o antes de la cena lo que allí estuviese estipulado.  Cumplida esta norma puede caminar por todo el territorio de su ciudad. Pues no será menos útil a la ciudad que si estuviera en ella. 

Os podéis dar cuenta, por todo esto, de que no hay nunca permiso para estar ocioso.  No hay tampoco pretexto alguno para la vagancia.  No hay tabernas, ni cervecerías, ni lupanares, ni ocasiones de corrupción, casas de citas, ni conciliábulos.  Todos, expuestos a las miradas de todos, se entregan al trabajo cotidiano o a un honesto esparcimiento".

De las costumbres de un pueblo como éste se sigue necesariamente la abundancia de todos los bienes.  Si a esto se añade que la riqueza está equitativamente distribuida, no es de extrañar que no haya ni un solo pobre ni mendigo.

Como dije más arriba, todos los años cada ciudad envía tres ciudadanos al Senado amaurótico.  Su primera sesión está dedicada al estudio de los artículos excedentes, así como a los lugares donde hay abundancia de los mismos.  Se estudian asimismo los lugares donde el rendimiento ha sido más escaso supliendo el déficit de unos por la abundancia de otros. Esta compensación es gratuita. La ciudad que da no recibe nada a cambio de los favorecidos. A su vez, las ciudades que dieron de lo suyo sin exigir nada, reciben de otra, a la que no entregaron, lo que necesitan. De este modo, toda la isla es como una y misma familia.

Una vez cubiertas las propias necesidades -y piensan que no están cubiertas hasta no disponer de provisiones para dos años y así afrontar la eventualidad del año siguiente-, exportan a otros países gran cantidad de excedentes: trigo, miel, lana, lino, madera, tintes de cochinilla y de púrpura, pieles, cera, sebo, cuero e incluso animales.  Dan la séptima parte de sus productos a los pobres del país importador y el resto lo venden a precio módico.  Este comercio les permite importar aquellos artículos de que carecen -no les falta de nada si no es el hierro- y también gran cantidad de oro y de plata. Esta vieja práctica les ha permitido acumular una cantidad fabulosa de estos metales preciosos.  Por eso les es indiferente hoy vender al contado o a plazos. Ordinariamente aceptan pagarés, pero no se fían de avales particulares. Estos pagarés deben estar formalizados y garantizados por la palabra y el sello de la ciudad que los acepta.

El día del vencimiento, la ciudad garante exige el reembolso de los deudores particulares.  El dinero se deposita en el erario público, y se usufructúa hasta tanto sea reclamado por los acreedores utopianos.

Éstos raras veces reclaman el pago de toda la deuda. Creerían cometer una injusticia reclamando a un tercero algo que necesita y que a ellos les es inútil.  Hay casos, sin embargo, en que retiran toda la cantidad de dinero que se les debe. Sucede, por ejemplo, cuando han de prestar una parte de este dinero a otro país, o también cuando tienen, que hacer la guerra. Esta es la razón por la que guardan en casa todo el tesoro que poseen, para que les sirva como de talismán en los peligros inminentes o imprevistos.  Pero, sobre todo, lo destinan a movilizar y pagar espléndidamente a mercenarios extranjeros, pues prefieren exponer a la muerte a éstos que a sus conciudadanos.  Ofrecen a los mercenarios sueldos fabulosos, conscientes de que con grandes sumas de dinero se puede comprar a los mismos enemigos, y llevarles tanto a traicionar como a volverse unos contra otros.

Tales son los fines por los que los utopianos guardan este inmenso tesoro. Pero lo conservan, no como un tesoro, sino de una manera que me avergüenza relatar. ¿Puedo creer que daréis crédito a mi discurso? Temo que no, pues os confieso francamente que de no haber visto yo la cosa, tampoco creerla a quien me lo contare. ¿No es acaso algo natural?  Cuanto más opuestas a nosotros son las costumbres extranjeras, menos dispuestos estamos a creerlas.  Con todo, el hombre prudente, que juzga sin prejuicio las cosas, sabe que los utopianos piensan y hacen lo contrario de los demás pueblos. ¿Se sorprendería, acaso, de que empleen el oro y la plata para usos distintos a los nuestros? En efecto, al no servirse ellos de la moneda, no la conservan más que para una eventualidad que bien no pudiera ocurrir nunca.

Mientras tanto, retienen el oro y la plata de los que se hace el dinero. Pero nadie les da más valor que el que les da su misma naturaleza. ¿Quién no ve lo muy inferiores que son al hierro tan necesario al hombre, como el agua y el fuego?  En efecto, ni el oro ni la plata tienen valor alguno, ni la privación de su uso o su propiedad constituye un verdadero inconveniente.  Sólo la locura humana ha sido la que ha dado valor a su rareza. La madre naturaleza, ha puesto al descubierto lo que hay de mejor: el aire, el agua y la tierra misma. Pero ha escondido a gran profundidad todo lo vano e inútil.

Por lo mismo, los utopianos no encierran sus tesoros en una fortaleza. El vulgo podría sospechar, como acostumbra maliciosamente, de que el gobierno y el senado se sirven de estratagemas para engañar al pueblo, y para enriquecerse.  Tampoco se hace con el oro y la plata vasos ni otros objetos de valor. En la hipótesis de tener que fundirlos, para pagar a los soldados en caso de guerra, es claro que los que hubieran puesto su afecto en estas obras de arte, no se desprenderían de ellas sin gran dolor.

Para obviar estos inconvenientes, los utopianos han arbitrado una solución en consonancia con sus instituciones, pero en total desacuerdo con las nuestras. Entre nosotros, en efecto, el oro se estima desmesuradamente y se le guarda con todo cuidado.  Por eso, su solución resulta increíble para los que no la han comprobado.  Comen y beben en vajilla de barro o de cristal, realizada en formas elegantes, pero al fin y al cabo, de materia ínfíma.

Los vasos de noche y otros utensilios dedicados a usos viles, se hacen de oro y plata no sólo para los alojamientos públicos sino para las viviendas particulares.  Con estos mismos metales se forjan las cadenas y los grilletes que sujetan a los esclavos.  Finalmente, todos los reos de crímenes llevan en sus orejas anillos de oro.  Sus dedos van recubiertos de oro, su cuello va ceñido por un collar de oro. Y su cabeza cubierta con un casquete de oro. Todo concurre, pues, para que entre ellos el oro y la plata sean considerados como algo ignominioso.  Así, mientras su pérdida en otros pueblos resulta tan dolorosa como si se tratara de las propias entrañas, entre los utopianos, caso de desaparecer todos estos metales, nadie creería haber perdido ni un céntimo.

Recogen también perlas a la orilla del mar, así como diamantes y piedras preciosas en algunas rocas. Pero no se afanan por ir a buscarlas. Cuando la suerte se las depara, las cogen y las pulen para hacer adornos a los niños.  Y si éstos en los primeros años se glorían y se enorgullecen de llevar tales adornos, cuando son ya mayores y se dan cuenta de que estas bagatelas no sirven más que a los niños, se desprenden de ellas.  Y se desprenden de tales adornos por propia voluntad y por cierto amor propio, sin esperar a que sus padres intervengan.  Algo así como sucede con nuestros niños que, cuando crecen, abandonan el chupete, los aros y las muñecas.

La diferencia de estas instituciones con respecto a las de otros países, hace que sus sentimientos sean también diferentes a los nuestros.  No me di cuenta de ello hasta que asistí a la recepción de una embajada de los Anemolios.  Estos vinieron a Amaurota cuando yo me encontraba allí.  Como venían a tratar asuntos importantes, cada ciudad había destacado tres delegados para recibirlos.  Pero embajadores de las naciones vecinas que habían llegado con anterioridad a la isla, y que conocían las costumbres de los utopianos, sabían que entre éstos los vestidos suntuosos no son objeto de honor ni reverencia. Sabían también que se despreciaba la seda y que el oro era reputado como algo' infame.  Sabedores de esto, habían tomado la costumbre de venir vestidos con el atuendo más sencillo posible.  Los anemolianos, por el contrario, venían de más lejos y apenas si habían tenido relaciones con ellos.  Enterados de que los habitantes de la isla vestían de manera uniforme y ruda, imaginaron que esta simplicidad se debía- a la pobreza. Con más vanidad que prudencia determinaron presentarse con una magnificencia digna de dioses, y herir los ojos de los miserables utopianos con el esplendor de su vestimenta.

Entraron, pues, los tres embajadores con un séquito de cien personas.  Todos iban vestidos de los más diversos colores, de seda en su mayor parte.  Los mismos legados -pertenecientes a la nobleza de su país- se cubrían con un manto de oro, con grandes collares y pendientes de oro.  Lucían en las manos anillos de oro, y del sombrero pendían joyas y guirnaldas que refulgían con perlas y piedras preciosas. Iban vestidos, en una palabra, con todo lo que en Utopía constituye el suplicio de un esclavo, castigo vergonzoso de la infamia, o juguete de niños.

Era un espectáculo digno de ver a los embajadores pavoneándose al comparar el lujo de su atuendo con el vestido simple de los utopianos agolpados a lo largo de las calles del tránsito.  Y por otra parte, no era menos regocijante el observar la decepción que les causaba la actitud de la población, al no recibir la estima y los honores que se habían prometido.

Si exceptuamos un número insignificante de los que, por diversas razones, habían visitado otros países, todos los utopianos- veían con ojos de lástima este espectáculo infamante.  Saludaban con respeto a la servidumbre -del cortejo, tomándola por los embajadores. A estos, sin embargo, los dejaban pasar sin darles muestras de ningún honor. ¡Tan cargados de cadenas de oro los veían como si fueran esclavos!

Los mismos niños que ya se habían desprendido de los diamantes y perlas, y que ahora las contemplaban en el sombrero de los embajadores, se dirigían asombrados a sus madres:

-«¡Mira, mamá -les decían codeándolas- a ese tunante que todavía gusta de perlas y de piedras preciosas como si fuera un niño!» Y la madre, todo seria, le respondía:

-Cállate, hijo, que me parece uno de los bufones de los embajadores.

Otros criticaban las cadenas de oro: no servían para nada. Tan finas eran que cualquier esclavo podría romperlas.  Y por otra parte, tan amplias que podría sacudírselas cuando le viniera en gana, escapándose libre a donde quisiera.

Al cabo de uno o dos días de estancia, los embajadores se dieron cuenta de que cuanta mayor ostentación hacían del oro menos eran estimados.  Pudieron advertir también que el oro y laplata de las cadenas y grilletes de un esclavo fugitivo era superior al de la comitiva de los tres juntos.  Sintiéndose humillados, dejaron inmediatamente de pavonearse, despojándose de los atavíos que tan orgullosamente hablan exhibido.  Sobre todo, después que un trato más íntimo con los utopianos les hiciera conocer mejor sus costumbres y sus ideas.

Estos se preguntan, en efecto, si puede haber hombres que queden embelesados ante el brillo engañoso de una perla diminuta o de una piedra preciosa, cuando tienen la posibilidad de contemplar una estrella, y hasta el mismo sol. Se maravillan de que haya alguien tan rematadamente loco que se considere más noble por la lana más fina que viste. ¡Después de todo, esta lana, por fino que sea su hilo, la llevó antes una oveja, y nunca dejó por ello de ser oveja!  No les cabe en la cabeza que el oro, tan inútil por naturaleza, haya adquirido en todos los países del mundo un valor táctico tan considerable que sea mucho más estimado que el mismo hombre, y ello a pesar de que su valor haya sido sacado por y para el mismo hombre.  No salen de su asombro ante el hecho de que un plomo, sin más talento que un tronco, y tan falto de escrúpulos como zafio, pueda tener bajo su dependencia a multitud de hombres honrados y buenos sólo por la única razón de que un buen día le llovieron del cielo un montón de monedas. Pero, cuidado, que un revés de la fortuna o una interpretación de las leyes -que no menos que la fortuna pone las cosas patas arriba- puede arrebatar el dinero a nuestro héroe, para ponerlo en manos del más rufián de sus criados.  Entonces, no hay por qué admirarse de ver al amo convertido en criado de su criado, como apéndice y aditamento de su dinero.

Pero lo que detestan y no acaban de entender es la locura de aquellos individuos que, no debiendo nada a los ricos, y no estándoles sujetos, les tributan honores casi divinos. ¡Y sólo por ser ricos!  Y a pesar de que los saben tan avaros y sórdidos que nunca recibirán de ellos, mientras vivan, la más mínima parte de sus tesoros.

Adquieren estas ideas en parte por haber sido educados dentro de un sistema social que se opone directamente a ese tipo de insensatez, y, en parte, por la lectura y los principios recibidos.  Cierto que en cada ciudad sólo unos pocos son liberados de los trabajos materiales, para dedicarse al estudio.  Son aquellos que, como he dicho, desde la infancia manifiestan cualidades sobresalientes, talento poderoso y vocación, por la ciencia. Pero no por ello se deja de dar una educación liberal a todos los niños. Por su parte, casi todos los ciudadanos, hombres y mujeres, consagran al estudio durante toda su vida las horas que, como ya hemos dicho, les quedan libres.

Aprenden las ciencias en su propia lengua, que es rica, armoniosa y fiel intérprete del pensamiento.  Se habla, máso menos adulterada en una vasta extensión de aquella parte del globo.

Anteriormente a nuestra llegada, ninguno de los filósofos, cuyos nombres son célebres en nuestro hemisferio, les era conocido.  Sin embargo, consiguieron más o menos los mismos descubrimientos que nuestros clásicos en música, dialéctica, aritmética y geometría. Con todo, a pesar de ser casi iguales en todo a los antiguos, están muy por debajo de       los dialécticos modernos.  Todavía no han inventado ninguna de esas reglas sutiles de restricción, amplificación y suposición con tanta sutileza elaboradas en la Pequeña Lógica, que aprenden nuestros hijos.  Son del todo incapaces de captar las llamadas: «ideas o intenciones segundas». Lo mismo sucede en cuanto al llamado «Hombre en general o universal». Ese coloso, según la jerga de la escuela, ese gigante inmenso, que aquí se nos quiere hacer ver, y tocar, en Utopía nadie lo ha conseguido percibir todavía.

Pero, en compensación, los utopianos conocen de manera exacta el curso de los astros y los movimientos de los cuerpos celestes. Han creado ingenios de tipos diversos que les permiten fijar con exactitud la trayectoria y la posición respectiva del sol, de la luna y de los astros visibles por encima de su horizonte.

En cuanto a las amistades y discordias de los astros errantes», en una palabra, todo eso que fomenta la patraña llamada «adivinación por los astros», ni siquiera en sueños se preocupan de ello.  La observación de señales, contrastada con una larga experiencia, les permite predecir la lluvia, el viento y demás cambios de la naturaleza. Su opinión sobre la causa de todos estos fenómenos, sobre las marcas, el flujo y la salinidad del mar, y, en general, sobre el origen y la naturaleza del cielo y del universo, es en parte idéntica a asía de nuestros filósofos antiguos y, en parte, diferente.  Cuando nuestros sabios no están de acuerdo, los utopianos proponen explicaciones nuevas y diferentes, sin que por otra parte estén enteramente de acuerdo entre sí.

En lo referente a la ética o filosofía de las costumbres inciden en los mismos problemas que nosotros.  Se plantean el problema del bien o felicidad del alma, del cuerpo, y de los bienes externos.  Les preocupa saber si el término «bien» conviene a estas tres categorías o sólo a las dotes del espíritu.

Discuten sobre la virtud y el placer.  Pero la principal y primera controversia se centra en saber dónde está la felicidad del hombre. ¿En una o varias cosas?  Sobre este punto, parecen estar inclinados, más de la cuenta, a aceptar la opinión de los que defienden el placer como la fuente única y principal de la felicidad humana.  Y lo que es más desconcertante: invocan su misma religión que es grave y segura, y casi triste y rígida, en apoyo de tan peregrina opinión.

En efecto, tienen por principio no discutir jamás sobre la felicidad sin partir de axiomas religiosos o filosóficos, basados éstos en la razón.  Sin estos principios, piensan que la razón, abandonada a sí misma, es de suyo roma y débil en la búsqueda de la verdadera felicidad.

Estos son sus principios:

-Que el alma es inmortal.

-Que Dios, Por pura bondad, la hizo nacer para la felicidad.

-Que después de esta vida nuestras virtudes y nuestras buenas acciones serán recompensadas y premiadas.

-Que el crimen será castigado con suplicios.

Aunque estos principios están tomados de la religión, piensan los utopianos que la razón puede llegar a creerlos y a aceptarlos. Si no se aceptaran -afirman sin vacilar- no habría nadie tan estúpido que no pensara que el placer se ha de buscar por todos los medios permitidos o prohibidos.  La virtud consistiría, entonces, en elegir el más placentero y estimulante entre dos placeres. Y en huir de aquellos placeres que producen un dolor más fuerte que el gozo que pudieran haber procurado.

La mayor locura, en efecto, para ellos sería practicar unas virtudes ásperas y difíciles, renunciar a las dulzuras de la vida, sufrir voluntariamente el dolor, sin esperar nada después de la muerte como recompensa. ¿Qué fruto puede existir si después de la muerte, si has vivido sin placer, es decir miserablemente, no recibes nada a cambio?

Pero la felicidad, afirman, no está en toda clase de placeres. Se encuentra solamente en el placer bueno y honesto. Nuestra naturaleza tiende, irresistiblemente atraída por la virtud hacia él, como al bien supremo.  A esta virtud va vinculada la única felicidad, según los que opinan lo contrario.

Definen la virtud como «vivir según la naturaleza». A esto, en efecto, hemos sido ordenados por Dios. Por tanto, el hombre que sigue el impulso de la naturaleza, tanto en lo que busca como en lo que rechaza, obedece a la razón.

-Según esto: Primero y principalmente, la razón inspira a todos los mortales el amor y la adoración a la Majestad divina, a la que debemos nuestra existencia y nuestra capacidad de felicidad.

-Segundo: nos enseña y nos empuja a vivir con la mayor alegría y sin zozobra. Y en virtud de nuestra naturaleza común nos invita a ayudar a los demás a conseguir este mismo fin.

Nadie, en efecto, por austero e inflexible seguidor de la virtud y aborrecedor del placer que sea, impone trabajos, vigilias y austeridad, sin imponer al mismo tiempo la erradicación de la pobreza y de la miseria de los demás. Nadie deja de aplaudir al hombre que consuela y salva al hombre, en nombre de la humanidad.  Es un gesto esencialmente humano -y no hay virtud más propiamente humana que ésta- endulzar las penas de los otros, hacer desaparecer la tristeza, devolverles la alegría de vivir.  Es decir, devolverles al placer. ¿Por qué, pues, no habría de impulsar la naturaleza a cada uno a hacerse el mismo bien que a los demás?

Porque, una de dos o la vida feliz o placentera es un mal o es un bien. Si es un mal, no solamente no se puede ayudar a los demás a que la vivan, sino que además hay que hacerles ver que es una calamidad y un veneno mortal.  Si es un bien, ¿por qué -si existe el derecho y el deber de procurársela a los demás como un bien-, por qué, digo, no comenzar por uno mismo? No hay motivo para ser menos complaciente contigo mismo que con los demás. ¿Puede la naturaleza invitarte a ser bueno con los demás, y a ser cruel y despiadado contigo mismo?  Por tanto, concluyen, la naturaleza misma nos impone una vida feliz, es decir, placentera, como fin de nuestros actos. Para ellos, la virtud es vivir según las prescripciones de la naturaleza.

La naturaleza, siguen pensando, invita a todos los mortales a ayudarse mutuamente en la búsqueda de una vida más feliz.  Y lo hace con toda razón, ya que no hay individuo tan por encima del género humano que la naturaleza se sienta en la obligación de cuidar de él solo. La naturaleza abraza a todos en una misma comunión. Lo que te enseña una y otra vez, esa misma naturaleza, es que no has de buscar tu medro personal en detrimento de los demás.

Por esto mismo, piensan que se han de cumplir no sólo los pactos privados entre simples ciudadanos, sino también las leyes públicas que regulan el reparto de los bienes destinados, a hacer la existencia más fácil.  Es decir, cuando se trata de los bienes que constituyen la materia misma del placer.  En estos casos se han de cumplir tales leyes sea que estén promulgadas justamente por un buen príncipe, sea que hayan sido sancionadas por el mutuo consentimiento del pueblo no oprimido por la tiranía ni embaucado por manipulaciones. Procurar tu propio bien sin violar estas leyes es de prudentes. Trabajar por el bien público, es un deber religioso. Echar por tierra la felicidad de otro para conseguir la propia, es una injusticia.  Privarse, en cambio de cualquier cosa para dársela a los demás, es señal de una gran humanidad y nobleza, pues reporta más bien que el que nosotros proporcionamos. Al mismo tiempo, esta buena obra queda recompensada por la reciprocidad de servicios.  Y por otra parte, el testimonio de la conciencia, el recuerdo y el reconocimiento de aquellos a quienes hemos hecho bien producen en el alma más placer, que hubiera causado al cuerpo el objeto de que nos privamos.  Finalmente, Dios compensa con una alegría inefable y eterna laprivación voluntaria de un placer efímero y pasajero. De ello está fácilmente convencida un alma dispuesta a aceptarlo. En consecuencia, bien pensado y examinado todo, siguen pensando que todas nuestras acciones, incluidas todas nuestras virtudes, están abocadas al placer como a su fin y felicidad.

Llaman placer a todo movimiento y estado del cuerpo o del alma, en los que el hombre experimenta un deleite natural. No sin razón añaden «Apetencia o inclinación natural». Porque no sólo los sentidos, sino también la razón nos arrastran hacia las cosas naturalmente deleitables.  Tales son, por ejemplo, aquellos bienes que podemos conseguir sin causar injusticia, sin perder un deleite mayor o sin que provoquen un exceso de fatiga. Existen, por otra parte, cosas a las que los humanos han dado en atribuir frívolamente placeres al margen de la misma naturaleza. ¡Cómo si los humanos pudieran cambiar tan fácilmente las cosas como las palabras! Con ello, lejos de contribuir a la felicidad, hacen de ellas otros tantos obstáculos a la verdadera felicidad.  Tales ilusiones del espíritu le embargan de tal manera que ya no le dan lugar a los auténticos y verdaderos deleites.  Hay, en efecto, una multitud de cosas a las que la naturaleza no ha vinculado ningún placer, e incluso ha impregnado de amargura. No obstante, los hombres, presas de una seducción perversa, causada por las peores pasiones, las consideran no sólo como los placeres supremos, sino que además constituyen las primeras razones para vivir.

En esta especie de placer adulterino, sitúan los utopianos la vanidad de aquellos de quienes ya hablé y que se figuran valer tanto más cuanto mejor visten. Su vanidad es doblemente ridícula. No son menos fatuos cuando piensan que es mejor su toga que cuando se figuran lo son ellos mismos. ¿Cuál es la ventaja -si del vestido se trata- de una lana más fina sobre una más basta?  Pero estos insensatos se engallan y se imaginan que la tela da a su persona un prestigio no despreciable, como si se distinguieran de los demás por la excelencia de su naturaleza y no por su engaño. Llegan hasta exigir, en atención a la elegancia del vestido, honores que no se atreverían a esperar con un atuendo menos costoso y se indignan cuando se pasa ante ellos con indiferencia.

¿No es acaso también signo de imbecilidad el estar preocupado por honores vanos y baladíes?  ¿Qué placer natural y verdadero puede ofrecer la testa descubierta de otro hombre o inclinado de rodillas? ¿Te cura acaso los dolores de tus rodillas? ¿O te quita el dolor de cabeza?

Dentro de este marco de placeres equivocados, hay que situar a los que se entregan dulcemente a sus manías de nobleza.  Se felicitan de que la suerte les haya hecho nacer de una larga línea de antepasados considerada como rica.  Pues no otra cosa es la nobleza al presente: una nobleza rica, sobre todo en latifundios.  Y no se consideran un pelo menos nobles, porque sus mayores no les dejaron nada, o porque ellos hayan dilapidado su herencia.

Con el mismo aire de nobleza consideran a todos aquellos que, como dije, se dejan fascinar por las gemas y perlas preciosas. Si llegan a conseguir una de esas particularmente bella y rara, altamente cotizada en su país y en su tiempo, se creen unos dioses. ¡Porque la misma piedra no conserva siempre y en todas partes el mismo valor!  No las compran si no están desnudas y desprovistas de oro. Y no se contentan con esto.  El vendedor tiene que certificar bajo juramento y caución que se trata de una gema y piedra verdaderas.  Tan preocupados están porque sus ojos les hagan ver una piedra auténtica donde hay una falsa.  Y yo pregunto: ¿Qué placer puede haber en mirar una piedra natural más que a una artificial, si el ojo no puede captar su diferencia? Para ti, lo mismo que para un ciego, ambas habrán de tener el mismo valor.

¿Y qué decir de esos avaros que acumulan riquezas sobre riquezas, no para utilizarlas, sino para regodearse ante el metal amontonado? ¿Experimentan el verdadero placer o más bien son presa de una quimera? ¿Qué pensar de los que son víctima del defecto contrario, escondiendo el oro del que no se servirán nunca y que quizás ya no volverán a ver? No ven su dinero, y el temor de perderlo hace que lo pierdan definitivamente.  Enterrar el oro ¿no es acaso sustraerlo a uno mismo y quizás también a los demás? Saltas de alegría, porque has escondido tu tesoro, y has conseguido lo que querías.  Pero supongamos que un ladrón se apodera de este tesoro confiado a la tierra. Supongamos también que tú mueres diez años después, sin saber que te lo han robado. Ahora pregunto: Durante este decenio que sobreviviste al dinero robado: ¿te importó algo que el dinero estuviera robado o conservado? En ambos casos, te reportó el mismo beneficio.

A estos placeres estúpidos añaden no sólo el de jugadores de dados -cuya estupidez sólo conocen de oídas pues nunca lo han practicado- sino también el de la caza y la cetrería. ¿Qué placer proporciona -dicen- el arrojar los dados sobre un tablero?  Suponiendo que se encontrara un placer en ello, el hecho de repetirlo muchas veces, ¿no engendra acaso hastío y cansancio? ¿Es posible oír algo más desagradable que el ladrido y aullido de los perros? ¿Es más regocijante ver a un perro correr tras una liebre que correr tras otro perro? Y no obstante, en ambos casos el secreto es la carrera, si es la carrera la que causa el placer.  Pero hay que pensar que se trata de otra cosa.  Si lo que te cautiva es la perspectiva de una matanza,la expectativa de una carnicería, ¿no crees que deberías moverte a compasión al ver al cervatillo despedazado por un perro? ¿Cómo no horrorizarse viendo devorar al débil por el más fuerte, al fugitivo y medroso por el feroz, al           inocente, en fin, por el cruel?  Por eso, los utopianos han dejado este ejercicio de la caza a los carniceros, como no propio de hombres libres.  Ya dijimos antes que el oficio de carnicero lo confiaban a los esclavos.  Consideran, en efecto, lacaza como el arte más vil de matar los animales. Las otras faenas de este menester son más honrosas porque reportan una utilidad, ya que no se mata a los animales más que por necesidad. El cazador, en cambio, mata y despedaza al animalillo por puro placer.  Piensan, finalmente, que esta pasión por un espectáculo de muerte, aunque sea la muerte de una bestia, nace de un impulso cruel. 0 lleva a la crueldad salvaje a fuerza de repetirlo.

Todas estas cosas, y otras semejantes -su lista seria interminable- que el vulgo considera como placer, quedan rotundamente descartadas por los utopianos. Por su misma naturaleza no tienen nada de agradable. Nada en común tienen con el verdadero placer. El hecho de que deleiten a los sentidos cosa propia del placer- no empece para que se mantengan firmes en esta opinión. La verdadera causa de ello no es la naturaleza de           la cosa, sino su perversa costumbre. Así sucede que toman lo amargo como dulce. Sucede lo mismo que con las mujeres encintas, cuyo gusto estragado prefiere la pez y el sebo a la dulzura de la miel.  El juicio de quien está corrompido por la enfermedad o la costumbre no puede cambiar ni la naturaleza del placer ni la de las cosas.

Distinguen diversas clases de laceres, dentro de los que consideran como verdaderos. Unos se refieren al cuerpo, otros al espíritu.

Al espíritu vinculan el entendimiento y el gozo que engendra la contemplación de la verdad.  A esto sigue el dulce recuerdo de una vida honesta y la firme esperanza del bien futuro.

Dividen los placeres del cuerpo en dos categorías: La primera comprende aquellos placeres que inundan los sentidos de gozo. Se deben unas veces a la recuperación de las fuerzas exhaustas por el agotamiento del calor interno.  Tal es el efecto de la comida y la bebida.  Otras veces se debe a la eliminación de todo aquello que sobrecarga al cuerpo. Sentimos tales placeres cuando desecamos, cuando engendramos un hijo, o cuando calmamos el picor de una parte del cuerpo rascándonos o frotándonos. A veces surge un placer de forma espontánea, sin que haya sido deseado, y sin que nos libre de algo que nos molesta. Tal es ese placer, que por una fuerza secreta, pero evidente, excita nuestros sentidos, los arrastra y los cautiva. Pienso, por ejemplo, en el placer de la música.

Hay una segunda categoría de placeres, consistente, a su juicio, en el estado de tranquilidad y de equilibrio del cuerpo.  Se trata de una salud exenta de mal alguno.  En efecto, cuando el hombre está libre de dolores, experimenta una verdadera y deleitosa sensación de bienestar.  Y ello sin que le afecte placer alguno venido del exterior. Porque, si bien es cierto que la salud golpea e impresiona menos al sentido que el apetito acuciante de comer y beber, sin embargo, hemos de reconocer que muchos la consideran el placer supremo. Gran parte de los utopianos confiesan que es la base y el fundamento de los demás placeres.  Sólo ella hace plácida y deseable la existencia.  Y sin ella, no hay placer alguno.  La ausencia total de dolor en quien no goza de buena salud, no la consideran placer, sino embotamiento.

Hace ya tiempo que rechazaron la teoría de los que opinaban que no se había de considerar a una buena y sólida salud como un placer. El tema fue ampliamente discutido entre ellos.  Y entre las razones que daban, estaba la de que el placer no se manifiesta sin afección externa.  Pero hoy los utopianos, casi sin excepción, están de acuerdo en proclamar que la salud es el placer fundamental.  Y lo razonan de este modo: Si la enfermedad causa dolor -enemigo implacable del placer- la enfermedad es igualmente enemiga de la salud. ¿Por qué, pues, no puede haber placer en la posesión tranquila de la salud? Y no vale decir que la enfermedad es un sufrimiento o que el sufrimiento es algo inherente a la enfermedad.  Para ellos, estos dos puntos de vista son lo mismo. Sea que se considere a la salud como el placer mismo, sea que se la considere como su causa necesaria -lo mismo que el fuego origina el calor- en ambos casos, cuando hay una salud de hierro, el placer no puede estar ausente.  Cuando comemos, ¿no es la salud restablecida la que arremete contra el hambre con la ayuda de los alimentos? ¿No es cierto que, a medida que se restablece la salud, la vuelta al vigor acostumbrado hace renacer el placer que sentimos apoderarse de nosotros? ¿Por qué la salud que tanto se alegra ahora en el combate, no habría de alegrarse también, una vez conseguida la victoria?  Si lo que buscaba en la contienda era su primer vigor, ¿cómo es posible que recaiga nuevamente en el embotamiento sin conocer y apetecer su propio bien?

Decir, por ejemplo, que la salud no produce una sensación especial, lo juzgan totalmente falso. ¿Quién, dicen, en estado de vigilia, no percibe que está sano, sino aquel que no lo está? 0 ¿quién afirma que la salud no es placentera sino el que está sumergido en un profundo letargo y embotamiento?  Ahora bien, ¿no es la delectación lo mismo que el placer con distinto nombre?

En resumen: aceptan en primer término los placeres del espíritu, que son considerados por ellos como los primeros y principales. Son fruto, en su mayor parte, de la práctica de las virtudes y del testimonio de una buena conciencia.

La salud se lleva la palma entre los placeres del cuerpo. Porque si hay que desear los placeres de la comida y de la bebida y otros semejantes se ha de hacer sólo en función de la salud. Tales placeres no son deleitables por sí mismos, sino solamente en cuanto se oponen a los ataques insidiosos de la enfermedad. Es propio del sabio prevenir el mal más que emplear remedios para curarlo.  Evitar el dolor más que acudir a los calmantes.  Por lo mismo, prefiere privarse de esas clases de placer cuya privación necesitaría el empleo de medios curativos.  Si alguien, por tanto, estima que esta clase de placeres proporciona placer, deberá reconocer que el colmo de la felicidad debería consistir en una existencia de hambre, sed, prurito, que le obligaran a comer, beber, rascarse o frotarse constantemente. ¿Quién no deja de ver que este tipo de vida sería no sólo torpe sino despreciable?  De todos modos, estos placeres son los menos importantes y los menos auténticos, pues nunca aparecen sin el acompañamiento de los dolores opuestos. Al placer de comer va siempre unida el hambre, pero no en igual proporción. Pues, en efecto, la sensación de hambre es más violenta y más duradera: nace antes del placer y no muere sino con él. Piensan, por tanto, que no hay que sobreestimar estos placeres corporales, sino en cuanto son necesarios. Se entregan, no obstante, a ellos, agradeciendo a la madre naturaleza que permite a sus hijos realizar con agrado unas funciones indispensables a la vida. Nuestra vida sería insoportable si tuviéramos que combatir, a fuerza de drogas y fármacos el hambre y la sed de cada día, lo mismo que las enfermedades que nos asaltan de tiempo en tiempo.

Admiran y cultivan la belleza, el vigor y la agilidad del cuerpo, como auténticos y bellos dones de la naturaleza.  Admiten también los placeres del oído, de la vista y del olfato. Tales placeres los ha creado la naturaleza exclusivamente para el hombre, como el aderezo y el encanto de la vida.  Ningún otro animal, en efecto, se detiene a contemplar la belleza y el orden del universo.  No se conmueve ante el embrujo de los olores, sí no es para discernir la comida. Ninguno tampoco distingue los intervalos, ni aprecia la disonancia ni la armonía de los sonidos.

Pero, en todo placer mantienen esta pauta: un deleite menor no debe ser obstáculo a uno superior.  Un placer no debe originar nunca un dolor.  Porque piensan que el dolor es secuela inevitable de todo placer no honesto. Pero nunca piensan en despreciar la belleza del cuerpo, debilitar su vigor, cambiar su agilidad en inercia, extenuar el cuerpo con ayunos, arruinar la salud, desdeñar los demás dones de la naturaleza, a no ser que se haga en beneficio de otras personas o de la sociedad, con la esperanza de recibir un placer mayor de Dios como recompensa.  Pues creen totalmente absurdo mortificarse por mortificarse, sin provecho de nadie, o para prepararse a soportar pruebas que quizás no llegarán nunca.  Entienden que tal conducta es la señal de un espíritu cruel consigo mismo, la más negra ingratitud hacia la naturaleza, como si renunciando a todos sus beneficios no se dignasen ser sus deudores.

Esta es la teoría utopiana sobre la virtud y el placer. Piensan que la razón humana no puede concebir nada más verdadero a no ser que una revelación venida del cielo inspire -al hombre algo más santo. ¿Tienen o no razón?  No pienso discutirlo, porque ni el tiempo lo permite ni lo creo necesario. Me propuse presentaros sus instituciones, no defenderlas. De todos modos, estoy firmemente persuadido de que, cualquiera que sea el valor de estos principios, no hay pueblo que los supere, ni república más feliz.

Poseen un cuerpo ágil y vigoroso.  Sin ser esbeltos, dan muestras de un vigor superior a su estatura. El suelo de la isla no es igualmente fértil a lo largo de toda ella. Tampoco el aire es del todo puro y saludable. La templanza en la comida es su defensa frente a las malas condiciones cismáticas.  Por otra parte, cultivan la tierra con tal esmero, que en ninguna parte del mundo se puede ver ganado más lucido ni cosechas más abundantes. En ninguna otra parte la vida humana es más prolongada, ni las enfermedades menos frecuentes.  Es de admirar igualmente la perfección con que ejecutan los trabajos normales del campo. ¡Cómo mejoran la tierra, naturalmente ingrata, a fuerza de técnica y trabajo!  Y cómo arrancan la raíz, a fuerza de brazos, todo un bosque para replantarlo en otro lugar. En esta operación no valoran la fecundidad de la tierra sino el transporte. Tratan, en efecto, de que los bosques estén situados cerca del mar, de los ríos e incluso de las ciudades, pues por tierra es menos difícil acarrear las cosechas que la madera.

Es un pueblo afable, alegre, lleno de ingenio, amante del ocio.  Sabe, con todo, soportar los trabajos corporales, cuando es preciso.  Comedido en todo, es infatigable en las cosas del espíritu.

Cuando les informamos de los escritos y del pensamiento griego, no salimos de nuestro asombro al pedirnos que les ayudáramos a interpretarlos y profundizarlos. No fue así con la literatura latina, por la que no mostraron, al parecer, mucho interés a excepción de los historiadores y los poetas. Comenzamos, pues, a comentarles estos escritos movidos, al principio, más por el deseo de no defraudarlos, que por el fruto que esperábamos sacar de ello.  A medida que íbamos avanzando pudimos comprobar un interés y aplicación tales que nos hicieron prever que nuestro trabajo no sería inútil.           Quedamos maravillados de su facilidad para reproducir la forma de las letras, de la transparencia de su pronunciación, de la prontitud de la memoria, así como de la fidelidad de sus traducciones. Podría considerarse como un verdadero prodigio, si la mayor parte de los que se consagraron a estos estudios, además de su propio interés, no hubiesen sido mandados por un decreto del senado.  Era una élite de intelectuales, espíritus selectos, maduros. Por eso, en menos de tres años, la lengua no tuvo secretos para ellos. Hubieran leído sin dificultad a los buenos autores, de no impedirlo las erratas del texto.

Sospecho que esta facilidad por la literatura griega se debe a cierta afinidad con ellos. Me inclino a pensar que este pueblo procede de los griegos. Su lengua, en efecto, aunque en el conjunto está muy cerca del persa, conserva no pocos vestigios del griego en los nombres de las ciudades y de los cargos públicos.

Les di cierto número de obras que llevaba conmigo. Cuando emprendí mi cuarto viaje tomé conmigo, en vez de mercancías, un buen lote de libros, decidido como estaba a no volver nunca a Europa, antes que hacerlo pronto. Eran la mayor parte de las obras de Platón, muchas de Aristóteles y el tratado de las plantas de Teofrasto.  Este último, lo siento de verdad, mutilado en varios pasajes.  Durante la travesía lo dejé descuidado en la nave.  Un mono divertido y juguetón cayó sobre él, rasgando varias páginas de aquí y de allá.  De los dramáticos sólo tienen a Lascaris, pues me olvidé de llevar conmigo a Teodoro; ningún diccionario, excepto el Esiquio y el Dioscórides.

Plutarco es su autor favorito.  Les encanta Luciano, dejándose seducir por sus gracias e ingenio. De los poetas tienen a Aristófanes, Homero, Eurípides, y finalmente a Sófocles, en la edición hecha por Aldo, en pequeños caracteres.  Entre los historiadores cuentan a Tucídides, Herodoto, sin olvidar a Herodiano.  En lo que respecta a la medicina, mi colega Tricio Apinato había llevado consigo algunas de las obras de Hipócrates y la Microtecnéde Galeno.  Estos dos autores gozan de la mayor estima entre ellos.  Pues, aunque no hay país que necesite menos la medicina que Utopía, en ninguna parte, sin embargo, se tiene en mayor aprecio. Su conocimiento lo sitúan entre las partes más útiles y más bellas de la filosofía.  Con la ayuda de la filosofía, en efecto, no sólo penetran los secretos de la naturaleza y creen percibir un deleite inefable, sino que, además, se granjean el favor de su Autor y Artífice supremo

Piensan los utopianos que Dios, al igual que los demás artesanos, ha expuesto la máquina visible de este mundo ante los ojos del hombre para que la contemple. Es el único ser capaz de admiración. Por eso, ama más al observador curioso y atento y al admirador de su obra, que al que desprecia, estúpido e impasible como animal bruto, espectáculo tan admirable y tan grande.

No ha de extrañar, por tanto, que el talante de los utopianos tan favorecido por el estudio de las ciencias, les haga aptos para los inventos de aquellas artes que hacen más agradable la vida.  Nos deben, sin embargo, estos dos inventos: la imprenta y la fabricación del papel. Aunque, si somos sinceros, no se deben exclusivamente a nosotros, ya que el mérito es en buena parte de ellos.  Al mostrarles los caracteres impresos de Aldo, y al hablarles de la materia empleada para fabricar el papel y del procedimiento para imprimir -ninguno de nosotros era especialista en estas dos técnicas, limitándonos, por tanto, a indicar más que a explicar-, enseguida captaron dónde estaba el secreto. Anteriormente sólo escribían en pieles, cortezas y hojas de papiro. Enseguida se pusieron a fabricar papel y a imprimir letras.  Al principio no consiguieron resultados demasiado buenos. Pronto, sin embargo, tras repetidos ensayos, lograron perfeccionar ambas técnicas. Lograron tal perfección que, de haber tenido a mano todos los manuscritos griegos, no hubieran faltado libros. Hasta el presente sólo tienen los que he mencionado, pero los han multiplicado, ya impresos, por miles de ejemplares.

Quien llega a visitar la isla es bien recibido, si va acompañado de un don o talento especial. 0 si los largos viajes le han hecho conocedor consumado de tierras y de hombres.  Por eso fuimos tan bien recibidos nosotros.  Les encanta escuchar lo que pasa en el mundo.

Por lo demás, el comercio no arrastra mucha gente a la isla. ¿Qué podrían traer a Utopía sino hierro? ¿Acaso oro y plata, que tendrían que volver a sacar con ellos? Todo bien pensado, creen que es mejor asegurar la exportación que confiarla a otros.  Con ello consiguen dos objetivos: informarse de las costumbres de las naciones vecinas, y no olvidar el contacto y la experiencia del mar.

 

 

Los esclavos

 

No consideran esclavos a los prisioneros de guerra, a no ser que ellos mismos la hayan declarado. Tampoco a los hijos de los esclavos.  Ni a aquellos que, viviendo en la esclavitud en un país extranjero, pudieran comprar.

Son esclavos los ciudadanos de Utopía convictos de un gran crimen.  Y más frecuentemente, los ciudadanos extranjeros convictos de crimen y condenados a muerte.  Esta categoría de esclavos es muy frecuente.  Los traen en gran número, a veces adquiridos a un precio vil, y más frecuentemente, por nada.  Están sometidos a trabajos forzados y llevan cadenas.  Tratan a sus conciudadanos con más rigor que a los extranjeros.  Los consideran como casos tanto más lamentables y más dignos de castigo, cuanto que recibieron una educación moral más esmerada, no habiendo sido capaces de resistir al crimen.

Existe otra categoría de esclavos: la de los trabajadores pobres de países vecinos, que vienen a ofrecer voluntariamente sus servicios.  Se les trata con toda humanidad; sólo que se les hace trabajar un poco más debido a su mayor hábito de trabajo. Por lo demás, tienen la misma consideración de ciudadanos. Si alguien quiere marchar -cosa que sucede raras veces- no se le retiene contra su voluntad, ni le despiden con las manos vacías.

Ya dije que se esmeran en la atención a los enfermos. No escatiman nada que pueda contribuir a su curación, trátese de medicinas o de alimentos.  Consuelan a los enfermos incurables, visitándolos con frecuencia, charlando con ellos, prestándoles, en fin, toda clase de cuidados. Pero cuando a estos males incurables se añaden sufrimientos atroces, entonces los magistrados y los sacerdotes se presentan al paciente para exhortarle.  Tratan dehacerle ver que está ya privado de los bienes y funciones vitales; que está sobreviviendo a su propia muerte; que es una carga para sí mismo y para los- demás. Es inútil, por tanto, obstinarse en dejarse devorar por más tiempo por el mal y la infección que le corroen.  Y puesto que la vida es un puro tormento, no debe dudar en aceptar la muerte. Armado de esperanza, debe abandonar esta vida cruel como se huye de una prisión o del suplicio.  Que no dude, en fin, liberarse a sí mismo, o permitir que le liberen otros. Será una muestra de sabiduría seguir estos consejos, ya que la muerte no le apartará de las dulzuras de la vida, sino del suplicio. Siguiendo los consejos de los sacerdotes, como intérpretes de la divinidad, incluso realizan una obra piadosa y santa.

Los que se dejan convencer ponen fin a sus días, dejando de comer. 0 se les da un soporífero, muriendo sin darse cuenta de ello. Pero no eliminan a nadie contra su voluntad, ni por ello le privan de los cuidados que le venían dispensando.  Este tipo de eutanasia se considera como una muerte honorable.

Pero el que se quita la vida, por motivos no aprobados por los sacerdotes y el senado, no es juzgado digno de ser inhumado o incinerado. Se le arroja ignominiosamente a una ciénaga.

La mujer no se casa antes de los dieciocho años. El varón no antes de los veintidós. Tanto el hombre como la mujer convictos de haberse entregado antes del matrimonio a amores furtivos, son severamente amonestados y castigados. Y a ambos se les prohíbe formalmente el matrimonio, a menos que el príncipe les perdone la falta.  Incurren en gran infamia el padre y la madre de familia en cuya casa se comete el delito, por haber descuidado su obligación de velar por sus hijos. Castigan tan severamente este desliz previendo lo que sucedería si se tolera impunemente un concubinato efímero y pasajero. Nadie estaría dispuesto a dejarse prender por los lazos del amor conyugal, en el que hay que compartir la vida entera con una sola persona, soportando además los inconvenientes que esto trae consigo.

Por lo demás, los utopianos toman en serio la elección del cónyuge, si bien, a nosotros nos pareció su rito ridículo y absurdo. Una dama honorable y honesta muestra al pretendiente a su prometida completamente desnuda, sea virgen o viuda. A su vez, un varón probo, exhibe ante la novia al joven desnudo.

Quedamos sorprendidos ante esta costumbre, sin poder contener la risa. La rechazamos como ridícula y descabellada. Ellos, sin inmutarse, hicieron ver su admiración ante la colosal tontería de los demás países.  Tomáis infinitas precauciones -nos respondieron- a la hora de comprar un potrillo, asunto en verdad de poca monta.  Os negáis a comprarlo, aunque está casi en pelo, si antes no se le quita la silla y todos sus arreos, por miedo a que bajo todo esto haya alguna matadura.  Y cuando se trata de elegir una mujer, elección que va ahacer las delicias o el asco para toda la vida, obráis con negligencia. Dejáis el cuerpo cubierto con sus vestidos.  Y juzgáis a la mujer entera por una parte de su persona, tan grande como la palma de la mano.  En efecto, sólo su cara está descubierta y la lleváis con vosotros no sin riesgo de encontrar un defecto oculto hasta entonces, que os impide congeniar con ella.

No todos, en efecto, son tan discretos que valoren únicamente las cualidades morales.  En el mismo matrimonio de las personas discretas, la belleza física añade a las cualidades morales un encanto no despreciable.  En realidad, detrás del ropaje exterior puede ocultarse una deformidad tan repugnante que aleje para siempre lainclinación del marido hacia su mujer, cuando ya no le es lícito separarse de ellaen cuanto al cuerpo.  Caso de que esta deformidad aparezca después de contraído el matrimonio que cada cual cargue con su suerte.  Pero las leyes deben impedir, que, antes del matrimonio, nadie caiga en estas trampas.

Este problema fue estudiado cuidadosamente por los utopianos, ya que sólo ellos entre todas aquellas regiones se contentan con una sola mujer.  Entre ellos, el vínculo conyugal apenas se rompe más que por la muerte, salvo en casos de adulterio o de costumbres absolutamente insoportables. En estos dos casos, el senado da permiso a laparte ofendida para volverse a casar.  El otro es condenado a vivir en la infamia y en el celibato a perpetuidad.

Por lo demás, no está permitido bajo ningún pretexto repudiar contra su voluntad a una mujer honesta, sólo porque se ha ajado su belleza. Es, a su juicio, una crueldad monstruosa abandonar a la esposa cuando más lo necesita.  Y es también quitar ala vejez toda esperanza y toda la confianza en la fe jurada. ¿No es acaso la vejez causa de la enfermedad o incluso una enfermedad?

Sucede a veces que el talante de los esposos es totalmente incompatible. En tales casos, separados de común acuerdo, contraen nuevo matrimonio, si ambos encuentran con quien vivirmás a gusto. Pero, no sin la autorización de los miembros del senado, los cuales no conceden el divorcio sin que el caso haya sido examinado antes por ellos mismos y sus mujeres.  No es, con todo, cosa fácil. Saben, en efecto, que la esperanza de contraer nuevas nupcias es el remedio menos útilpara afianzar el amor entre los esposos.

El adulterio es castigado con la más dura esclavitud. Si ninguno de los cómplices era soltero, los esposos ofendidos, pueden, si quieren, repudiar al cónyuge adúltero y contraer matrimonio entre sí. 0, si prefieren, con otra persona de su elección. En cualquier caso, si alguno de los ofendidos sigue queriendo al que tan mal le correspondió, nadie le impide seguir fiela su matrimonio, con tal de seguir la suerte del culpable condenado a trabajos forzados.  El arrepentimiento del uno y la entrega del otro llegan a veces a mover el corazón del príncipe que da a los dos la libertad.  El reincidente en el adulterio es castigado con la muerte.

Las penas de los demás crímenes no están fijadas de una manera taxativa por la ley. El senado determina las penas conforme a lamayor o menor gravedad de los crímenes.

Los maridos castigan a las mujeres; los padres alos hijos, a menos que la gravedad del delito exija un escarmiento público.  Pero casi todos los delitos son castigados con la esclavitud.  Están convencidos de que esta no es menos terrible que la pena capital.  Y es más ventajosa al Estado que hacer desaparecer inmediatamente a los malhechores.  Porque un hombre que trabaja, es más útilque un cadáver.  Por otra parte, el ejemplo de su castigo inspira durante mucho tiempo en los demás un temor saludable.  Sólo cuando tales esclavos se rebelan y son recalcitrantes, se les mata como a bestias salvajes e indómitas que ni la prisión ni las cadenas pueden ya sujetar. A los que aguantan, sin embargo, no se les hace perder la esperanza. Si tras haber sido doblegados por larga condena, dan pruebas de arrepentimiento, que demuestre que detestan más el pecado que la pena, se les suaviza la esclavitud o se les libera, unas veces por gracia del príncipe y otras por sufragio del pueblo.

Toda solicitación al estupro está sujeta a las mismas penas que el estupro mismo. En todo crimen consideran como realizado la misma tentativa del hecho. Los obstáculos que impiden la ejecución de un mal deseo, no justifican a quien lo ha concebido, ya que, de haber podido, hubiera cometido el mal.

Los bufones hacen las delicias de los utopianos. Consideran una bajeza humillarlos, pero no impiden regocijarse con sus gracias y sus tonterías.  En interés de los mismos bufones piensan que no han de ser entregados a la custodia de esos hombres tristes y severos a quienes no hacen reír ni las palabras ni los gestos más cómicos.  Temen que personas tan serias no los traten con consideración, ni se ocupen de un pobre loco, que no le servirá de nada, ni siquiera para hacerle reír, único don que le ha concedido la naturaleza.

Es igualmente vergonzoso insultar a los deformes y mutilados.  Quien se mofa de estos desgraciados está reputado como un degenerado moral, ya que reprocha en ellos como vicio, los defectos corporales que no estuvo en su mano evitar.

Descuidar la belleza natural es considerado como dejadez y pereza.  Se considera igualmente como afectación condenable el recurrir a los aceites y maquillaje. La misma experiencia demuestra hasta qué punto ninguna belleza de la mujer le recomienda tanto al marido como su entrega y limpieza de costumbres.  Son muchos los que se dejan seducir por su hermosura, pero no hay nadie a quien no rinda su virtud y dedicación.

Los utopianos no se contentan con alejar el crimen por medio de leyes penales. Estimulan a la virtud con honores y recompensas. A esto se debe, sin duda, la, erección de estatuas de hombres célebres y beneméritos de la patria en las plazas públicas. Así se perpetúa la memoria de sus gestos, y la gloria de los antepasados es un constante acicate e incitación para sus descendientes.

Quien acude a la intriga y al soborno para conseguir una magistratura, pierde toda esperanza de obtenerla para el resto de su vida.

La convivencia social es amable.  Ningún magistrado, por ejemplo, es insolente o terrible. Se les llama padres y demuestran serlo. Reciben muestras de deferencia y honor de una forma espontánea y libre. Nadie es obligado a rendir tales honores si no quiere. Ni el mismo príncipe se distingue de la masa por el vestido o la diadema sino por un manojo de espigas que lleva consigo. De la misma manera, el distintivo del pontífice es un cirio que le precede.

        Tienen muy pocas leyes, pero, para un pueblo tan bien organizado, son suficientes muy pocas.  Lo que censuran precisamente en los demás pueblos es que no les basta la infinita cantidad de volúmenes de leyes y de intérpretes. Consideran inicuo obligar a hombres por leyes tan numerosas para que puedan leerlas o tan oscuras para que puedan entenderlas.

En consecuencia, quedan excluidos todos los abogados en Utopía, esos picapleitos de profesión, que llevan con habilidad las causas e interpretan sutilmente las leyes.  Piensan, en efecto, que cada uno debe llevar su causa al juez y que ha de exponerle lo que contaría a su abogado.  De esta manera, habrá menos complicaciones y aparecerá la verdad más claramente, ya que el que la expone no ha aprendido de su abogado el arte de camuflarla. Mientras tanto, el juez sopesará competentemente el asunto y dará la razón al pueblo sencillo frente a las calumnias de los pendencieros. Tales prácticas serían difíciles' de observar en otros países, dado el cúmulo inverosímil de leyes tan complicadas. Por lo demás, todos allí son expertos en leyes, pues, como dije más arriba, las leyes son escasas, y además, cuanto más sencilla y llana es su interpretación, más justa se la considera. Piensan, en efecto, que la finalidad de la promulgación de una ley es que todos conozcan su deber.  Ahora bien, ¿no serán pocos los que conozcan su deber, si la interpretación de la ley es demasiado sutil?  Raras son, en efecto, las personas que pueden captar su sentido.  Por el contrario, si el sentido es el más llano y el más común, ¿no estará clara la ley para todos?

De no ser así, ¿qué importa a la masa, la clase más numerosa y más necesitada de dirección, que haya leyes o no? ¿Qué le importa, si una vez promulgadas, las leyes son tan embrolladas que para llegar a su verdadero sentido hace falta un talento superior y una larga discusión? El juicio del vulgo no penetra en tales honduras. Ni basta para ello una vida ocupada en ganar el pan de cada día.

Precisamente, la admiración de estas cualidades hace que algunos países vecinos, libres y soberanos, les pidan magistrados para uno opara cinco años. (Es de saber, que muchos de estos pueblos fueron liberados de la tiranía hace ya mucho tiempo por los utopianos.) Cuando termina su mandato los devuelven cubiertos de honores y de gloria, y se llevan a su patria otros nuevos.  Y hay que reconocer que los pueblos que así obran, cuidan de manera extraordinaria del bienestar de su Estado. ¿No depende acaso su salvación o su ruina de la honestidad de los magistrados? ¿Pueden hacer tales pueblos algo mejor que elegir a unos hombres que no se venderían por dinero alguno?  El dinero sería inútil a hombres que deben volver a su patria en breve plazo. ¿Puede doblegar también a estos hombres laaversión o la inclinación hacia alguien siendo como son desconocidos de los ciudadanos?

Cuando estos dos males, la parcialidad y la avaricia, se apoderan de los tribunales, desintegran al instante toda justicia, el nervio más fuerte de todo Estado. Los pueblos que solicitan de los utopianos hombres de gobierno son tenidos como «pueblos asociados».  A aquellos a quienes favorecieron con su ayuda los llaman amigos.

No firman con ninguna nación los pactos que otras naciones conciertan entre así, rompen o renuevan. ¿Para qué?, dicen. ¿Es que la naturaleza no ha unido lo suficiente al hombre con el hombre? Si alguien desprecia la naturaleza, ¿crees que le podrán contener las palabras? Lo que les ha llevado a esta conclusión ha sido el observar en estas tierras lejanas la poca buena fe con que los príncipes se disponen a observar los pactos y tratados.

Vemos, en efecto, que en Europa, sobre todo en las partes en que reina la fe y la religión de Cristo, la majestad de los tratados es tenida como santa e inviolable.  Este respeto ala palabra dada se debe, en parte, a la justicia y bondad de los príncipes.  Y en parte también a miedo y reverencia a los Sumos Pontífices. Estos son los primeros en no prometer nada que no hayan de cumplir escrupulosamente.  Y por eso mismo ordenan a los demás que cumplan a toda costa lo que han prometido. Y obligan a obedecer a, los renuentes con censuras y severidad pastoral. Estiman con toda razón que nada hay tan vergonzoso como la falta de fidelidad en los pactos por parte de aquellos que, con título muy particular, llevan el nombre de fieles.

Y ¿qué sucede en aquel nuevo mundo casi tan separado del nuestro por la vida y las costumbres de sus habitantes como por el círculo del ecuador?  Allí no hay confianza alguna en los pactos. Cuanto más pomposas y santas son las ceremonias con que se cierran más pronto se rompen.  No es difícil esquivar la terminología empleada en ellos. Están redactados con tal sagacidad, que por apretados que estén los lazos de los compromisos siempre hay manera de escapar de alguno de ellos y de eludir de un mismo golpe las obligaciones del tratado y de la palabra dada. Si en los contratos particulares se descubrieran astucias, fraudes y manejos deshonestos de este jaez, esos mismos que se glorían de aconsejar tales artimañas a los príncipes fruncirían el ceño y los calificarían de crimen sacrílego merecedor de la horca.

Según esto, ¿no os parece que la justicia es como una virtud plebeya y de a pie que se sienta bajo el trono real? ¿O es que hay dos justicias?  Una pedestre y a ras del suelo, a medida del pueblo, sin que jamás pueda transgredir los límites que se le han impuesto, encadenada como está por toda suerte de restricciones.  Y otra, la justicia de los príncipes, mucho más excelsa y liberal que la del pueblo, para la que todo es lícito, si no es lo que no agrada.

Como ya dije, estas costumbres de los príncipes de aquellas naciones y su notoria mala fe para respetar los tratados, explican, a mi juicio, el que los utopianos no quieran formalizar pactos.  Quizás cambiaban de parecer si vivieran aquí.

Lamentan que se haya generalizado la costumbre de ratificar un tratado con un juramento religioso, aunque les parezca que así se cumplen mejor. ¡Como si dos pueblos separados tan sólo por una colina o un riachuelo no estuvieran unidos por lazos sociales basados en la misma naturaleza!  Tal costumbre hace creer a los hombres que han nacido para ser adversarios o enemigos, y que deben luchar por eliminarse, si no media un pacto. Hay más: La firma de los pactos no favorece la amistad. Queda en pie la facultad del saqueo. Nada hay, en efecto, en los contratos que lo impida, dada la imprevisión con que fueron redactados.

Nadie, según ellos, ha de considerarse como enemigo, si no ha hecho mal alguno. La comunidad de naturaleza hace las veces de tratado. Y los hombres están más firme y fuertemente unidos por la benevolencia que por los tratados, por el corazón que, por las palabras.

 

 

El arte de la guerra

 

Abominan la guerra con todo corazón.  La consideran bestial, aunque ninguna bestia recurre a ella con tanta frecuencia como el hombre.  Contrariamente a lo que sucede en la mayor parte de las naciones, creen que nada hay menos glorioso que la gloria conquistada en la guerra.

Ello no impide que, en días señalados, tanto hombres como mujeres, se ejerciten en el adiestramiento la guerra, con el fin de estar preparados para la lucha si fuere necesario.  Pero no van a la guerra sin graves motivos, tales como: defender sus fronteras, expulsar de los territorios amigos a los invasores, liberar del yugo y esclavitud de un dictador a algún pueblo oprimido por la tiranía, En este último caso siempre lo hacen por razones humanitarias.

Si prestan ayuda a los pueblos amigos, no siempre lo hacen para que puedan repeler una agresión, sino también para vengar y reparar una injuria. No llegan a una declaración de guerra, si previamente no han sido consultados, sí no examinan a fondo la justicia de la causa, y si, tras exigir reparaciones, se les han denegado.  Y, finalmente, si no llevan la iniciativa y la dirección de la misma. A esta decisión llegan cuantas veces los enemigos arramblan con un cuantioso botín.  Y más enfurecidos todavía, cuando sus agentes, a causa de leyes injustas o por una interpretación pérfida de las justas, han sido objeto de vejaciones y de falsas acusaciones en el extranjero.

No otro fue el origen de la guerra, que poco antes de llegar nosotros, mantuvieron los utopianos contra los Alaopolitas en favor de los Nefelogetas. Se trataba de una injuria -así al menos les pareció a ellos-, injuria con visos de legalidad a los mercaderes de los Nefelogetas en territorio de los Alaopolitas.  Fuera injuria, fuera derecho, lo cierto es que fue vengada con una guerra atroz. Al odio y a la fuerza de las dos partes contendientes, se juntaron las pasiones y los refuerzos de los países vecinos. Fueron arrasados pueblos muy florecientes, otros duramente castigados.  Y no cesaron los males hasta que los Alaopolitas fueron totalmente derrotados y reducidos a servidumbre.  De este modo, fueron sometidos a los Nefelogetas -los utopianos no hacían su propia guerra-, pueblo que, cuando los Alaopolitas nadaban en la prosperidad, no se podía comparar con ellos.

Los utopianos castigan con el mismo rigor las injurias a sus amigos, incluso cuando se trata de dinero.  No así cuando entran en juego sus propios intereses.  Si por medio de maniobras fraudulentas son despojados de sus bienes -sin que, por otra parte, se infiera violencia a las personas-, su venganza se reduce a una interrupción de las relaciones comerciales, hasta conseguir la reparación, con la nación culpable.  Y no es que los intereses de sus conciudadanos les preocupen menos que los de sus asociados, más bien sufren con peor ánimo el que les roben a los otros que a ellos mismos.  Al fin y al cabo, si la pérdida afecta a sus conciudadanos, se trata de bienes públicos, que hay abundancia en la isla, o si se quiere excedentes, únicos autorizados para la exportación. Nadie, por tanto, siente la merma.  En cambio, los comerciantes de los pueblos amigos pierden su fortuna y sufren un gran perjuicio.  Piensan lógicamente que seria demasiado cruel vengar con la muerte de muchos hombres un daño que no puede afectar ni a la vida ni al bienestar de sus conciudadanos.

Por lo demás, si un ciudadano de Utopía es maltratado o muerto injustamente, sea por decisión pública o por iniciativa particular, envían una misión diplomática a verificar los hechos.  Exigen que les sean entregados los culpables, y, caso de no ser entregados, se niegan a cualquier pacto, declarando inmediatamente la guerra. Castigan con la muerte o con la esclavitud a los culpables que les fueron entregados.

Lamentan y se avergüenzan de una victoria ganada con sangre, ya que juzgan absurdo comprar una mercancía, por valiosa que sea, a precio tan excesivo. Para ellos, el mayor timbre de gloria es vencer al enemigo con habilidad y engaño.  Celebran este triunfo con festejos públicos, erigiendo un trofeo como si se tratara de un acto heroico.  Sólo se glorían de haber obrado viril y esforzadamente cuando han vencido por la sola fuerza del ingenio, cosa ésta que hace el hombre y no el animal. Con las fuerzas del cuerpo, dicen, combaten los osos, los leones, los jabalíes, los lobos, los perros y demás bestias; la mayor parte de ellas nos superan en fuerza y fiereza, pero todas son superadas por el ingenio y la razón.

Una sola cosa tienen en vista con la guerra: conseguirlo que les hubiera impedido declararla, si sus reclamaciones hubieran sido atendidas. Cuando esto no ha sido posible, su venganza se cierne implacable sobre aquellos que consideran culpables.  Así el terror los apartará de cometer semejantes desmanes en el futuro. Tales son los fines que persiguen y que tratan de conseguir con rapidez.

De todos modos, en ellos la preocupación de evitar el peligro está por encima de la gloria o de la fama.  En consecuencia, apenas declarada la guerra, hacen fijar secreta, simultánea y debidamente autenticados con su sello oficial, multitud de bandos en los lugares más visibles del territorio enemigo.  En estos se prometen sustanciosas recompensas a quien quitare la vida alpríncipe enemigo.  Asimismo otras recompensas menores, pero -estimulantes, para las cabezas de ciertas personas cuyos nombres están escritos en estos mismos bandos.  De este modo, los utopianos se desentienden de aquellos a quienes junto con el príncipe consideran los artífices de las decisiones hostiles contra ellos.

La cantidad prometida al criminal a sueldo se dobla para quien entregue vivo a alguno de los proscritos.  Estos mismos son invitados a traicionar a los de su propio bando, ofreciéndoles recompensas similares y, además, la seguridad de la impunidad.  Estas medidas tienen un efecto inmediato: hacer que los jefes enemigos comiencen a sospechar de todos.  Desde este momento han perdido la confianza en los demás y ellos mismos han dejado de inspirarla. Todos viven bajo el terror, y la amenaza de los peligros no es menos real.  Los hechos demuestran a este respecto que muchos jefes e incluso el mismo príncipe fueron traicionados por aquellos en quienes mayor confianza habían depositado. ¡Tanta fuerza tiene el dinero para llevar al crimen!  Los utopianos lo saben bien, y por eso no lo escatiman. Pero conscientes de la importancia del riesgo a que exponen, compensan la magnitud del peligro con la suntuosidad de los beneficios.  Por eso prometen a los traidores -y lo cumplen escrupulosamente- no sólo una inmensa cantidad de oro, sino también pingües fincas, ubicadas en zonas segurísimas pertenecientes a sus amigos.

Esta costumbre de apostar y poner precio a la cabeza del enemigo es considerada por otros como un crimen y fechoría, propios de espíritus degenerados. Los utopianos, por el contrario, la consideran fruto de una sabiduría superior, pues permite liquidar las guerras más grandes sin combate. La consideran como una obra de humanidad y de misericordia, ya que con -la muerte de unos pocos culpables, rescatan numerosas vidas de inocentes tanto de los suyos como de los enemigos, que habían de caer en la lucha.  Pues se compadecen casi tanto de los simples soldados como de sus propios conciudadanos.  Saben que el soldado no hace por sí mismo la guerra, sino que ha sido arrastrado a ella por la vesania furiosa del príncipe.

Si por este camino las cosas van bien, siembran y fomentan la división y la discordia, haciendo abrigar al hermano del príncipe o a cualquier otro personaje importante la esperanza del trono. Cuando las facciones internas parecen languidecer, entonces incitan a las naciones vecinas del país enemigo y le empujan a la lucha, pretextando cualquiera de esos viejos títulos, que tienen siempre a mano los reyes. Con la promesa de ayuda para la guerra, les envían montones de dinero. Pero no comprometen el envío de conciudadanos, ya que se quieren tanto y se tienen tan alta estima que no cambiarían a nadie de los suyos por el príncipe enemigo.  Por el contrario, dan a manos llenas el oro y la plata que acumulan para este único fin. Nadie, en efecto, tendría que dejar su tren de vida aunque gastaran todo el oro.  Aparte de que, además de la riqueza interna del país, poseen como creo haber dicho ya, un tesoro inagotable constituido por las sumas de dinero que les adeudan muchas naciones extranjeras.  Con él reclutan para la guerra a mercenarios de todas partes, y sobre todo, de los zapoletas.

Los zapoletas son un pueblo situado a unas quinientas millas al este de Utopía. Un pueblo bárbaro, feroz y salvaje que prefiere las selvas y las rocas donde se ha criado.  Es gente dura que aguanta pacientemente el calor, el frío y el trabajo.  Esta raza endurecida desconoce el refinamiento de la vida y no presta atención alguna a la agricultura, al confort de la vivienda ni del buen vestir. Sólo se cuidan de la crianza del ganado, y gran parte vive de la caza y de la rapiña.

Nacidos sólo para la guerra, están siempre al acecho de la misma.  Si se les presenta la ocasión de hacerla, no la dejan escapar.  Dejan en desbandada sus montañas y venden sus servicios a vi¡ precio al primero que recluta soldados. No han conocido más que un arte de vivir: dar muerte. Pero se baten encarnecidamente y con una fidelidad insobornable al servicio de los que les pagan.  Nunca, sin embargo, se ajustan por un período determinado.  Aceptan el contrato bajo la condición de pasarse al día siguiente al enemigo si éste los ofrece un sueldo mayor, sin perjuicio de volver a enrolarse pasado mañana si son invitados a ello con un ligero aumento de sueldo. Rara es la guerra en la que no se encuentre una buena parte de ellos en los dos ejércitos contendientes. 

Sucede a diario que hombres unidos por lazos de sangre y que, mientras estaban en el mismo bando eran amigos íntimos, alistados después en ejércitos contrarios se combaten encarnizadamente.  Olvidan familia, y amistad y se matan mutuamente sin más motivo para esta carnicería que la despreciable suma de dinero que les llevó a enrolarse en ejércitos contrarios.  Tan exacta cuenta llevan de esta suma que bastaría añadir un céntimo a la soldada para pasar al campo contrario.  Esta pasión ha degenerado en avaricia, tan desenfrenada como inútil. Lo que los zapoletas ganan con la sangre lo gastan en libertinaje y en un despilfarro de la peor estofa.

Este pueblo lucha a favor de los utopianos contra cualquier enemigo, pues sabe que nadie le paga mejor.  Por su parte, los utopianos que se sirven de los buenos para sus fines, llaman a estos individuos de la peor ralea cuando se trata de explotarlos. Cuando necesitan a los zapoletas, les atraen con bellas promesas para colocarlos después en los puestos más peligrosos.  La mayor parte de ellos caen muertos, y naturalmente, no vuelven ya a reclamar lo que se les había prometido. A los supervivientes se les da religiosamente el sueldo convenido a fin de incitarlos más a nuevas audacias.  A los utopianos no les importa nada el que perezca un gran número de estos mercenarios.  Están convencidos de que el género humano se lo habrá de agradecer, si con ello limpian al universo de esta hez de pueblo tan lóbrego y sanguinario.

Además de los zapoletas, los utopianos se sirven en tiempo de guerra de los soldados de aquellos estados en cuya defensa hacen la guerra.  En tercer lugar, se sirven de las tropas auxiliares de las demás naciones amigas.  Y sólo en último lugar destacan a sus propios ciudadanos, de entre los que eligen un hombre valeroso poniéndolo al frente de todo el ejército. A las órdenes de éste colocan dos lugartenientes, sin mando alguno, mientras está sano y salvo.  Si el general muere o cae prisionero, le sucede inmediatamente el primero de sus lugartenientes, como por derecho propio.  A su vez, es reemplazado por el segundo, si las circunstancias lo exigen. Así se evita que la muerte del jefe -los lances de la guerra son sorprendentes- lleve a la derrota de todo el ejército.

El reclutamiento de los soldados en cada ciudad es libre y voluntario. Nadie es obligado a enrolarse contra su voluntad, a luchar en el extranjero.  Y la razón es que un soldado forzoso no sólo no se comportará con valentía, sino que transmitirá a sus camaradas su propia cobardía.  No obstante, si la guerra tiene lugar en el interior de la patria, lanzan a la lucha a este tipo de hombres miedosos, con tal que sean robustos.  Se les mezcla en las naves con otros más esforzados o se les distribuye aquí y allá en las murallas de donde no puedan escaparse.

De este modo, el respeto humano ante los suyos, la posibilidad de caer en manos del enemigo y la imposibilidad de huir, terminan por sofocar el miedo. Y, con frecuencia, una situación tan peligrosa hace renacer el valor. Nadie, es cierto, es arrastrado a una guerra exterior en contra de su voluntad.  Pero a las mujeres que quieran acompañar a sus maridos en la milicia no sólo no se lo prohíben, sino que las estimulan y alaban.

Durante el combate se coloca a las mujeres junto a sus maridos.  Estos, a su vez, van rodeados de sus hijos, parientes y consanguíneos.  Con ello se pretende que se ayuden mutuamente aquellos a quienes la naturaleza empuja a socorrerse.  Nada tan importante para una persona casada como volver a casa sin su pareja; ni para un hijo como entrar en casa habiendo perdido a sus progenitores. En tales condiciones, si se lucha cuerpo a cuerpo, o si el enemigo ofrece una resistencia prolongada, la lucha es atroz y acaba en el exterminio.

Reconozcamos que si se sirven de todos los medios para no exponerse personalmente a la lucha, tratan al mismo tiempo de poner fin a la guerra utilizando los servicios de un ejército de mercenarios.  Pero cuando es inevitable llegar a las manos, su intrepidez y valor no es menos que su prudencia hasta poder evitarlo.  No despliegan, en efecto, todo su ardor en el primer choque. Su resistencia se va afirmando amedida que pasa el tiempo y la lucha se intensifica. Se obstinan tanto en el empeño que prefieren morir a retroceder.  Lo que les inspira ese valor sublime y no dejarse vencer es la certeza de tener asegurada la vida en su patria sin experimentar inquietud alguna por el porvenir de su familia cosa que siempre quebranta la moral de los más valientes.

Lo que aumenta también su intrepidez es su perfecto dominio de las técnicas militares.  Y, por fin, la excelente educación que reciben en las escuelas y en las instituciones de la república desde la infancia.  Desde niños aprendieron a no despreciar la vida, prodigándola temerariamente.  Y también a no amarla tan desordenadamente que les lleve a agarrarse a ella avara y torpemente, cuando el honor invita a dejarla. En lo más fuerte de la refriega, un grupo de jóvenes escogidos, conjurados y llevados de un sentimiento patriótico, tienen como único objetivo al general enemigo.  Unas veces lo atacan al descubierto, otras le tienden emboscadas. De cerca o de lejos, su único objetivo es eliminarle. En su ataque adoptan una alineación en forma de cuna alargada e ininterrumpida, cuyos elementos fatigados son remplazados por otros de refresco. En estas condiciones, es raro que el general, de no buscar la salvación en lahuida, no caiga muerto o prisionero en manos de sus enemigos.

Si consiguen la victoria no se ensañan en la matanza de los vencidos. Prefieren capturar a los huidos antes que matarlos. Tampoco se lanzan en su persecución sin dejar alineado bajo sus banderas un cuerpo de reserva.  Hasta tal punto observan este principioque, si la vanguardia hubiese sido aplastada y no hubiesen conseguido la victoria más que con laretaguardia, preferirían dejar escapar a todos los enemigos antes que correr detrás de ellos con unidades en desorden.  Saben por experiencia que muchas veces, habiendo sido abatido el grueso de su ejército y puesto en fuga, sus enemigos ebrios por la victoria se lanzaron ciegamente en persecución de los vencidos que huían por todas partes. Entonces, un pequeño número de utopianos apostados como retén a la espera de una ocasión favorable, atacaron de improviso a los enemigos dispersos y desordenados, demasiado confiados en la supuesta seguridad de sus guardias. Este pequeño retén cambió la suerte del combate y arrebató a los vencedores una victoria que ya daban como cierta y segura. De vencidos habían pasado a vencedores.

No es fácil afirmar si los utopianos son más astutos en tramar emboscadas que cautos en sortearlas.  Se diría que están preparando una fuga cuando no hay nada más lejos de su intención. Inversamente, cuando se deciden a huir, se diría que piensan lo contrario.  Si la superioridad numérica del enemigo o la conformación del terreno es para ellos una amenaza, levantan el campamento por la noche en una maniobra silenciosa o valiéndose de cualquier otra estratagema.  A veces también se retiran a pleno día, palmo a palmo y en tal orden que resulta no menos peligroso atacarlos cuando retroceden que cuando avanzan.

Ponen el mayor cuidado en la fortificación de sus campamentos por medio de amplios y profundos fosos lanzando la tierra excavada hacia el interior.  Para este trabajo no emplean la mano de obra de los esclavos, sino de los mismos soldados.  Todo el ejército -a excepción de los centinelas que armados montan la guardia ante el foso, preparados para cualquier eventualidad- participa en esta operación. El refuerzo conjuntado de tantos trabajadores permite acabar con rapidez poderosas fortificaciones que cubren extensiones inmensas de terreno.

Sus armas defensivas son fuertes, capaces de resistir los golpes y tan adaptadas a los movimientos o a los gestos que permiten incluso nadar con ellas. La natación con armas es, en efecto, uno de los primeros ejercicios de la instrucción militar.  Para el combate a distancia emplean las flechas que lanzan con gran fuerza y precisión tanto los soldados de a pie como los de caballería. Para cerca, e lugar de espadas echan mano de hachas mortales por su filo y por su peso, sea que hieran de lado o de punta. Son muy ingeniosos para inventar máquinas de guerra y que, una vez fabricadas, esconden cuidadosamente, Si las mostraran antes del momento oportuno, los ingenios serían a su juicio un juguete ridículo más que un instrumento eficaz. Lo que más se mira en su fabricación es la comodidad del transporte y su facilidad de manejo en todas las direcciones.

Los utopianos observan tan religiosamente las treguas estipuladas con el enemigo que no las violan ni en caso de provocación.  No atrasan la tierra conquistada, ni queman las mieses.  Cuidan incluso de que no sean holladas por soldados ni caballos, pues piensan que crecen para su propio provecho.  No molestan a ningún desarmado a no ser que sea espía. Protegen las ciudades que se rinden y no saquean las tomadas por asalto. Pero en este último caso pasan por las armas a quien puso resistencia a la rendición, sometiendo a esclavitud a los demás defensores.  A la masa no combatiente la dejan en paz.  Si llegan a enterarse de que uno o varios aconsejaron la capitulación, les conceden una parte de los condenados.  La otra parte se destina a las tropas auxiliares. Ellos no toman nada del botín.

Una vez terminada la guerra, no son los pueblos amigos por los que lucharon los que cargan con los gastos, sino los vencidos.  Con este criterio, exigen de éstos, primero el dinero que, como ya es sabido, destinan a futuras guerras.  En segundo lugar, exigen la cesión de vastos territorios que puedan producirles a perpetuidad pingües bienes.

En la actualidad disponen de esta clase de tierras en muchas naciones. Surgidas poco a poco y por distintas causas, han ido creciendo hasta producir más de setecientos mil ducados al año. El Estado atiende estas propiedades por medio de ciudadanos investidos con el título de cuestores.  Estos llevan una vida suntuosa y son considerados como grandes magnates. No obstante esto, todavía queda mucho para ingresar en las arcas públicas. Con frecuencia también, los utopianos prestan el producto de la renta al país donde se encuentran cuando éste lo necesita. Raras veces reclaman el reembolso total de lo prestado. Una parte de estos territorios es entregada a los que, instigados por ellos, se exponen a los peligros de que ya os hablé.

Cuando un príncipe toma las armas contra Utopía y se dispone a invadir una de las tierras de sus dominios, los utopianos reúnen inmediatamente un formidable ejército y le hacen frente fuera de sus fronteras.  Sólo hacen la guerra en su propio suelo en casos extremos. Y no hay razón que les obligue a admitir refuerzos extranjeros en su isla.

 

 

Religiones de los utopianos

 

Las religiones son diferentes tanto en la isla como en sus ciudades.  En unos sitios adoran el sol, en otros a la luna, en otros a alguna de las estrellas errantes, como a un dios. Algunos grupos tienen como dios e incluso como el Dios supremo, a alguno de los antepasados, señalado por su poder o por sus virtudes. Pero la mayor parte de los utopianos y, por cierto, la más sana, no admite nada de esto.  Creen en una especie de numen desconocido, eterno, inmenso e inexplicable, muy por encima de la comprensión humana y difuminado por todo lo creado, no tanto como una masa sino más bien como una fuerza.  Lo llaman padre.  Consideran que es el origen, fuerza, providencia y fin de todas las cosas.  Sólo a él le tributan honores de Dios.

El resto de los utopianos, aunque tengan creencias diferentes, conviene con estos en que piensan que entre todos los dioses hay uno que es como él, primero y supremo.  Él es el creador del mundo y su providencia.  En su lengua nativa todos le llaman Mitra, si bien luego cada uno interpreta a su manera y según los lugares este nombre y concepto. Dejando que cada uno tenga su opinión a este respecto, todos están de acuerdo en que ese ser que ellos miran como superior es el mismo que el unánime sentir de los hombres tiene como creador y rector del mundo. Me parece que los utopianos están en camino de ir dejando todas estas supersticiones para centrarse en un credo único que les parece el más racional y que supera los diferentes credos.  Ya habrían dado ese paso.  Pero cualquier acontecimiento adverso que les suceda mientras estén tratado de mudar de religión, lo interpretarían no como un suceso casual, sino como un aviso y castigo de la divinidad.  Lo interpretarían como venganza del malvado propósito de cambiar de religión.

Cuando les hablamos del nombre de Cristo, de su doctrina, mandamientos y milagros, no os podéis imaginar las buenas disposiciones y talante con que acogieron esta revelación.  La misma admiración tuvieron para la admirable fortaleza de tantos mártires, cuya sangre derramado había arrastrado a lo largo y a lo ancho del mundo a tanta gente a abrazar su misma fe.  Quizás haya que atribuirlo a inspiración secreta de Dios, o quizás a que la encontraron muy afín a una creencia que consideran importante entre los suyos.  De todos modos, lo que a mi juicio contribuyó a crear tales disposiciones, fue el relato de la vida común, tan grata a Cristo. Y el saber que este género de vida estuvo siempre en vigor en las más auténticas comunidades cristianas. Cualquiera que sea la causa, lo cierto es que muchos de ellos abrazaron nuestra religión y fueron purificados por el agua del bautismo.  Por desgracia, de los cuatro que éramos -la muerte nos había reducido -a este número- ninguno era sacerdote.  No pudieron, por tanto, recibir los sacramentos que entre nosotros sólo los sacerdotes confieren, a pesar de estar iniciados en los demás misterios. Tienen, no obstante, un conocimiento claro de los demás sacramentos. Y desean tan fervientemente recibirlos que, en medio de nosotros, suscitaron el problema de si cualquier ciudadano elegido por ellos podría tener el carácter sacerdotal sin recibir el mandato de un obispo cristiano. Cuando yo salí, todavía no habían elegido a ninguno, pero parecían resueltos a hacerlo.

Hay más todavía.  Los que no pertenecen a la religión cristiana no emplean intimidación alguna, ni hostigan a quien creen convencido de ella.  Durante mi estancia en la isla, sin embargo, pude ver cómo era severamente castigado uno de los fieles de nuestro grupo.  Este hombre recientemente bautizado, hablaba públicamente de Cristo con mayor pasión que prudencia, a pesar de nuestros consejos en contra.  En su apasionada prédica llegó no sólo a anteponer nuestros misterios a los demás sino a condenarlos a todos.  Vociferaba contra sus misterios, calificándolos de profanos. Y a sus seguidores los tachaba de impíos, sacrílegos, dignos del fuego eterno.  Después de haber sermoneado durante largo tiempo fue prendido, acusado y sentenciado como reo no de desprecio de la religión, sino de promover tumulto en el pueblo. Una vez condenado fue castigado con el exilio.

En efecto, las instituciones utopianas más antiguas contemplan que ninguna persona se vea perjudicada por su religión.  Ya desde el principio, Utopo se había dado cuenta de que antes de su llegada los indígenas estaban en perpetua guerra a causa de las religiones. Observó también que esta situación del país le había facilitado enormemente su conquista, ya que las sectas disidentes, en vez de estar unidas, combatían aislada y separadamente.  Conseguida la victoria, y dueño ya de la isla, decretó que cada uno era libre de practicar la religión que le pluguiera.  No proscribió, sin embargo, ese proselitismo que propaga la fe de una manera razonada, suave y humilde.  Que no trata de destruir brutalmente a los demás si sus razones no convencen. Y que, en fin, no emplea ni la violencia ni la injuria.  Quien se sobrepasa en estos puntos es castigado con el destierro o con la esclavitud.

Todo esto lo dispuso Utopo por imperativo de la paz. Esta quedara totalmente destruida con discusiones continuas y los implacables odios que originan.  Pero pensó además que esta medida redundaba en beneficio de la misma religión. No se atrevió a dogmatizar a la ligera sobre asuntos tan serios. No estaba seguro de que Dios no quería un culto vario y múltiple al inspirar a unos uno y a otros otro.

Pensó que era insolente y grosero exigir por la fuerza o por amenazas que lo que uno cree que es verdadero lo tengan que admitir los otros. Y ello aun a sabiendas de que una sola es la verdadera y las otras son falsas.  Pensó sabiamente que, si se procede con moderación y prudencia, la fuerza de la verdad emerge y se impone por sí misma. Si, por el contrario, se acude a la guerra y a la violencia, resulta que los más atrevidos suelen ser siempre los peores. De esa manera la religión por santa y buena que sea quedará ahogada entre las supersticiones más burdas como el trigo entre las espinas y abrojos. Optó por una Vía de moderación: dejó que cada uno creyera aquello que te pareciera mejor.

Se opuso con el mayor rigor a que nadie abdicase de su dignidad humana hasta el punto de creer que el alma desaparece con el cuerpo y que el mundo va a la deriva sin la providencia de Dios.  Creen, en consecuencia, los utopianos que están marcados unos premios para los buenos y fijados unos suplicios para los malos.  A quienes tengan en esto ideas contrarias ni siquiera los consideran hombres. Piensan que han traspasado el límite de su humanidad llegando a ser como unos pobres animalillos.  No los cuentan tampoco como ciudadanos.  Piensan que si no fuera por el miedo destruirían todas sus instituciones.

No se puede dudar de que un hombre así no respetaría las leyes del Estado o trataría de eludirlas por la violencia con tal de satisfacer sus intereses. No tiene ningún resorte más allá de la ley ni nada tiene que esperar más allá de la muerte.  A quienes tienen esas ideas no les conceden ningún cargo, ni les tributan honor alguno ni les ponen al frente de cargos públicos. Se les mira, más bien como gente inepta y de baja condición. No les castigan.  Están convencidos que nadie puede hacerles pensar de otra manera. Atemorizarlos sería inducirles a la hipocresía. Nada odian más los utopianos que la mentira tan cercana siempre del engaño. No les prohíben defender sus opiniones. No lo pueden hacer ante el vulgo.  Delante de los sacerdotes -y varones sensatos no sólo lo pueden hacer, sino que les animan a que lo hagan.  Son conscientes de que tales locuras se desvanecerán ante la razón.

Hay otros ciudadanos y, por cierto, bastante numerosos, a quienes no les prohíben exponer sus teorías, pues piensan que tienen su razón. No son malos sino que llevados más bien de su bondad piensan que los animales tienen también un alma inmortal. No es como la nuestra ni se le puede comparar en dignidad ni está predestinada a vida de eterna dicha.

Están completamente convencidos de la inmensa felicidad futura de los hombres. Por lo mismo, aunque les duele la enfermedad de todos, no lloran la muerte de nadie a no ser la de aquellos que ven se van contra su voluntad y poseídos de angustia.  Lo tienen esto como muy mala señal.  Piensan que el alma aturdida y consciente de sus culpas, tiene como un presagio de los tormentos que le esperan y por eso tienen miedo a morir. Son de opinión que no puede agradarle mucho a Dios la llegada de quienes tienen miedo de ir a su encuentro, sino que se llegan temblando y como a la fuerza.  Quien ve una muerte así se llena de espanto.

A los que así mueren los conducen tristes y en silencio. Piden a Dios con los brazos en alto que tenga piedad de sus debilidades y de esta forma les dan tierra.  Por el contrario nadie llora la muerte de los que fallecieron con ánimo alegre y con santa esperanza.  Acompañan sus cuerpos con cánticos y encomendando sus almas al Señor con gran fervor, incineran los cuerpos con mayor reverencia que dolor. En el lugar de la hoguera levantan una columna en la que escriben los méritos y gracias del difunto.  De vuelta a sus casas recuerdan y cuentan los hechos y cualidades del difunto poniendo especial interés en su alegre tránsito de la vida.

El recuerdo de la dignidad de los difuntos lo juzgan de saludable acicate para los vivos y grato culto para quienes murieron. Piensan que los difuntos oyen cuanto de ellos se dice, aunque sean invisibles por la imperfección de nuestro ser. No sería justo que las almas de los bienaventurados no tuvieran la libertad de ir donde creyeran conveniente. No poder ver a aquellos a quiénes en vida estuvieron unidos con lazos de estrecho amor sería propio de espíritus desgraciados.  Para los hombres justos, piensan que sus alegrías, como el resto de sus actividades, no sólo no disminuyen sino que aumentan después de la muerte.  Piensan que los muertos andan mezclados con los vivos y que son testigos de cuanto éstos dicen y hacen. Con esta fe se lanzan arriesgados a sus empresas como si les diera ánimo la presencia de tan nobles testigos y la presencia de sus mayores les prohíbe realizar aun en secreto cualquier obra deshonesta.

Se ríen y tienen en menosprecio los agüeros, y demás artes de adivinación o superstición que tanta estima tienen entre otros. Tienen, en gran aprecio, por el contrario, los milagros, obras independientes de las fuerzas naturales.  Están convencidos que son obra y testimonio de la presencia divina. Saben que son relativamente frecuentes en sus tierras, según latradición; y, en ocasiones graves y señaladas, los solicitan con rogativas públicas y así los obtienen.

Consideran que es como un culto grato al Señor la contemplación ygoce de lanaturaleza.  Hay muchos que, arrastrados por su sentimiento religioso, descuidan otros estudios, no se preocupan de otros negocios y hasta se privan de las distracciones y juegos.  Están convencidos de que si practican buenas obras y ayudan a sus prójimos tienen asegurada su eterna felicidad después de la muerte.  De esta manera unos se dedican a cuidar de los enfermos, otros cuidan las calles, éstos limpian los fosos, aquellos reparan los puentes o acumulan arena, arreglan el césped, llevan en carretas de dos bueyes maderas, frutos y otras mercancías. Todo ello, lo hacen no sólo para utilidad pública sino también en provecho de los particulares, actuando en todo ello más como empleados que como servidores.  Muchas tareas que asustarían a cualquiera por su dureza y el esfuerzo exigido, ellos las realizan con alegría y satisfacción. De esta manera proporcionan a los demás un descanso mientras ellos se entregan a un trabajo continuo.  No se lo echan en cara, sin embargo, pues ni buscan censurar alos demás ni alabarse a símismos. Cuanto más duro y abnegado es su trabajo, más grande es el aprecio en que les tienen.

De estos existen dos clases en Utopía.  Una es la de los célibes.  Se abstienen de toda relación amorosa e incluso de todo consumo de carnes.  Los hay que ni prueban la carne de los animales y se abstienen de todos los placeres del mundo como peligrosos. Sólo les interesa la vida futura, ala que aspiran entre privaciones y ayunos con rostro alegre, pues esperan llegar pronto a su destino.  La otra, animosa como ésta, prefiere sin embargo, el matrimonio y sus placeres.  Lo tienen como cosa natural y asídan hijos a la patria.  No se privan de ningún placer siempre que no les sea nocivo para el trabajo. Comen carnes de cuadrúpedos en el convencimiento que devorándola son más fuertes en sus trabajos.  Los utopianos piensan que estos son más prudentes y a los otros los tienen por más perfectos.  Si alguno de los célibes que no se casan y siguen con honestidad una vida austera quisiera defender su punto de vista como el mejor con razonamientos humanos, seria ridiculizado por los otros.  Pero como abrazan ese género de vida por motivos religiosos, todos les respetan y reverencian. Es un principio sagrado para ellos no invocar nunca a la ligera un motivo religioso.  Los llaman en su lengua Butrescosque traducido a nuestro romance equivale a religiosos.

Sus sacerdotes resplandecen por su santidad.  Son muy pocos.  No puede haber en cada ciudad más de trece, uno por cada templo. Cuando hay guerra van siete con los soldados y, en tal caso, eligen en las ciudades otros tantos sustitutos.  Pero terminada la guerra los sobrevivientes se reintegran a sus puestos y los que les sustituyen aguardan turno de sucesión hasta que aquellos mueran. Entre tanto, acompañan al pontífice.

Uno de ellos preside a los demás.  Todos los sacerdotes son elegidos por el pueblo lo mismo que los otros magistrados. Unos y otros por voto universal y secreto para evitar rencillas. Presiden los actos de culto, se preocupan del estudio de la religión y son como los censores de las costumbres públicas. Es gran afrenta para cualquier ciudadano el que un sacerdote le llame la atención y reprenda por su vida y costumbres. Por lo demás, oficio de los sacerdotes es exhortar y aconsejar a los delincuentes.  Pero el castigarlos e imponerles castigos incumbe a los magistrados y al príncipe. Pero pueden excluirlos del culto una vez que los declaran seriamente malvados.  No hay nada que les espante más.  Quedan infamados y heridos por el sagrado miedo religioso.  Tampoco quedan indemnes en cuanto a su cuerpo, ya que si no hacen penitencia inmediatamente los sacerdotes, el Senado les impone el castigo correspondiente a su delito religioso.

Tienen los sacerdotes encomendada la educación de la niñez y la juventud. Más que su instrucción les interesa su educación. Ponen suma atención en inculcar en las tiernas y dóciles mentes de los niños buenos instintos primarios, y deseos de integrarse en la república.  Insinuados en sus mentes infantiles les durarán por toda la vida.  Así construirán la salvaguardia del Estado cuya ruina se origina la mayoría de las veces de opiniones absurdas.

Las mujeres de los sacerdotes son las mujeres más selectas del pueblo. Hay también sacerdotes mujeres, si bien no son muchas y sólo viudas o de edad avanzada.  No hay para los utopianos quien merezca honor mayor que los sacerdotes. Si por casualidad, alguno de entre ellos comete algún delito nunca será llamado a juicio.  Todo lo dejan a la autoridad de Dios y a su conciencia. Piensan que nadie tiene opción de juzgar a quien se consagra a Dios como ofrenda, por grandes que hayan sido sus crímenes.

Esta norma es fácil de observar.  Los sacerdotes son siempre pocos, bien seleccionados y tenidos en gran honra precisamente por su valía.  Es muy rato que caigan en vicios y perversiones.  Si ello acontece alguna vez, lo que no se puede excluir, dada la humana fragilidad, el hecho no es demasiado grave ya que de una parte no son numerosos y de otra no llegan a ejercer autoridad propiamente dicha. El hecho de que sean pocos obedece a la convicción de que si tan gran honor se extiende a muchos degenera una gran institución.  Por otra parte no resulta fácil encontrar sujetos honorables para un cargo que no se puede desempeñar con cualidades y virtudes mediocres.

Es grande el aprecio en que los tienen los de la nación y también los extranjeros.  La razón de esto es clara.  En efecto, cuando se declara una batalla, los sacerdotes Sealejan suficientemente del lugar, se postran de rodillas y revestidos de sus ornamentos sagrados elevan sus brazos al cielo.  Lo primero que suplican es que se llegue a una paz, no que los suyos triunfen.  Pero siempre interceden para que una u otra solución se obtenga sin derramamiento de sangre. Si la victoria ha favorecido a los suyos corren alcampo de batalla a fin de que no se sacrifique a los vencidos.  Verlos o tocarlos es suficiente para librarles de la muerte y si alguno puede tocar sus flotantes vestiduras tiene asegurada la posesión de sus cosas contra cualquier acción de guerra. Ya se puede comprender la veneración y el respeto sincero que unos y otros les profesan.  Muchas veces han salvado a los enemigos de las manos de los suyos y no menos a los suyos de las manos enemigas.  Se sabe que en una ocasión en situación desesperada y con la suerte en contra los soldados utopianos huían a la desbandada.  Los enemigos se disponían al saqueo y a la muerte. Intervinieron los sacerdotes y su acción conjuró el desastre. Separaron a los contendientes y lograron pactar una paz honorable. Nunca han tropezado con gente tan feroz, cruel o bárbara que no haya considerado como sagrado e inviolable el cuerpo sacerdotal de los utopianos.

En Utopía son festivos los días primero y último del mes y del año.  Los meses se rigen por el movimiento de a luna, los años por el movimiento del sol.  A los días primeros los llaman «cinemernos», a los últimos «trapemernos» que es lo mismo que decir «primeras (primifestos) fiestas» y «últimas (finifestos) fiestas».

Hay en el país pocos templos, pero todos magníficos tanto por su lujo como por su grandiosidad, dado que tienen que ser capaces para albergar a un pueblo tan numeroso.  Y todos ellos son de una dulce penumbra que no es debida a impericia de los constructores sino a un propósito de los sacerdotes.  Piensan estos que una luz intensa disiparía los pensamientos, mientras que una tamizada y discreta penumbra concentra el espíritu y centra la meditación. No es la misma religión profesada por todos, pero las varias creencias y ritos están orientados a un mismo fin por caminos diferentes, es decir, a la adoración de la majestad divina.  Por esta razón nada se ve ni se oye en los templos que pueda ser contrario a cualquiera de estas tendencias.  Si alguna secta tiene un rito sagrado que sea privativo suyo, lo realiza dentro del ámbito particular.  Los ritos comunes están ordenados de forma tal que nunca contradicen los cultos privados. No se ve en los templos ninguna representación de la divinidad. Cada uno se lo imagina como crea conveniente desde su credo. No tienen tampoco nombre alguno para invocar a Dios. Usan el nombre de Mitra para nombrar de alguna forma el ser supremo, sea cual sea su naturaleza.  Tienen unas oraciones que todos pueden rezar sin contradecir sus propias creencias. En los días finifestos se reúnen en el templo por la tarde, y lo hacen en ayunas para darle gracias a Dios por el feliz remate del mes o del año que acaba. Al día siguiente (que es primifesto) se reúnen por la mañana en el mismo templo para pedir juntos que sea igualmente feliz y dichoso el mes o año que comienza.

En los finifestos, antes de ir al templo, en sus casas las mujeres se echan a los pies de sus maridos y los hijos a los pies de sus padres; y piden perdón, bien porque hicieron lo que no debían, bien porque no cumplieron lo que eran obligados a hacer.  De esta manera si alguna nubecilla de discordia familiar se iba formando, se desvanece de forma que pueden intervenir en los divinos oficios con ánimo sereno y limpio.  Intervenir con ánimo torcido se tiene por sacrilegio. Por lo mismo, si son conscientes de odio o rencor contra alguien, no intervienen en los sacrificios sin antes reconciliarse, temerosos de la justicia divina y poseídos de un santo temor.  Una vez en el templo los hombres se sitúan en la parte derecha y las mujeres separadas en la parte izquierda.  Lo hacen de manera que los varones se sitúan todos delante del padre, y la madre se sienta cerrando el grupo de las mujeres. Cuidan que desde fuera y con cuidado puedan ejercer su autoridad y disciplina los que la ejercen ya en casa.  Por ello procuran que los jóvenes se mezclen con los de más edad, no sea que mezclándose unos con otros los jóvenes gasten en travesuras el tiempo que se debe emplear en fomentar el temor de Dios, el mayor y quizás único acicate de las virtudes.

En sus sacrificios no inmolan ningún animal. Piensan que la clemencia divina no se satisface con sangres ni con muertes.  Si dio vida a sus criaturas fue para que gozaran de ella.  Queman incienso y otros perfumes.  Los fieles llevan muchas velas.  Saben de sobra que nada de esto interesa a la naturaleza divina lo mismo que las oraciones que puedan dirigir.  Pero con tan inocente culto, con estos perfumes y luces, así como con las otras ceremonias, no sabría decir de qué manera los hombres parece que se animan y con corazón más alegre se entregan al culto de Dios.

Todo el pueblo acude al templo con vestidos blancos. Los sacerdotes llevan vestiduras de variados colores, ricos por su hechura y forma más que por su materia.  Las telas no están tejidas en oro ni sembradas de piedras preciosas, sino tejidas con plumas de ave con tanta arte y habilidad que ningún paño por rico que fuese podría competir con ellas.  En la elaboración, distribución y forma de estar colocadas en la vestimenta de los sacerdotes, estas plumas y alas dicen que se encierran unos secretos misteriosos.  Su significación es aclarada con gran diligencia por quienes hacen los sacrificios a fin de recordar a los fieles los beneficios recibidos de Dios. Por su, parte deben corresponderle con tributos y obligaciones a que deben ser fieles. Tan pronto como el sacerdote así revestido sale de la sacristía, todo el pueblo cae de hinojos en silencio tan profundo que la contemplación de la ceremonia inspira un cierto temor, como si la divinidad se hiciera presente. Permanecen postrados en tierra durante algún tiempo y se levantan a una señal del sacerdote.  Cantan luego las glorias del Señor acompañándose con instrumentos que para nosotros son en su mayoría desconocidos.  La mayor parte de dichos instrumentos aventajan a los nuestros en suavidad hasta el punto de que no se pueden ni comparar.  Hay una cosa en que nos aventajan con toda seguridad. Su música instrumental y vocal acomoda totalmente los sonidos a los sentimientos de manera que reflejan de forma totalmente natural lo que quieren expresar.  Si quieren dar una sensación de súplica, de intercesión, de duda, de tristeza, de ansiedad, de ira, la melodía lo expresa con tal fuerza que conmueve profundamente a los fieles, los enfervoriza y los emociona.

Para terminar el sacerdote y los fieles recitan unas oraciones rituales concebidas de tal manera que, recitadas en común o en particular, tengan pleno y real sentido.  En ellas reconocen a Dios como Creador, como ordenador y autor de todo bien. Le dan gracias por todos los beneficios de él recibidos. De manera especial le agradecen vivir en república tan feliz y profesar una religión que, a su entender, es la verdadera. En este asunto si hay otra mejor, piensan, o si están equivocados o Dios prefiere ritos diferentes, suplican que se lo dé a conocer, pues están dispuestos a seguir el camino que les indique. Pero, si su gobierno es bueno y su religión verdadera, no es mucho pedir que les consientan ser firmes en sus opiniones y que se esfuercen por atraer a los otros a la misma fe y costumbres, si es que, en su inescrutable voluntad, Dios no se complace en la diversidad de creencias.  Piden a Dios que les conceda una buena muerte.  Pero no se atreven a pedirle que sea pronto o tarde.  Sin quererle ofender le dicen que prefieren llegar a él tras una penosa muerte a estar lejos de su presencia disfrutando de una feliz existencia.

Terminada así la oración, se arrodillan y luego se levantan y van a comer. El resto del día lo pasan en juegos y ejercicios militares.

 

 

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Os he descrito con la mayor sinceridad el modo de ser de su República a la que considero no sólo la mejor, sino la única digna de llevar tal nombre. Porque en otros sitios los que hablan de la República lo que buscan es su interés personal.  Pero en Utopía, como no hay intereses particulares, se toma como interés propio el patrimonio público; con lo cual el provecho es para todos.

En otras repúblicas todo el mundo sabe que si uno no se preocupa de sí se moriría de hambre, aunque el Estado sea floreciente. Eso le lleva a pensar y obrar de forma que se interese por sus cosas y descuide las cosas del Estado, es decir, de los otros ciudadanos. En Utopía, como todo es de todos, nunca faltará nada a nadie mientras todos estén preocupados de que los graneros del Estado estén llenos. Todo se distribuye con equidad, no hay pobres ni mendigos y aunque nadie posee nada todos sin embargo son ricos. ¿Puede haber alegría mayor ni mayor riqueza que vivir felices sin preocupaciones ni cuidados? Nadie tiene que angustiarse por su sustento, ni aguantar las lamentaciones y cuitas de la mujer, ni afligirse por la pobreza del hijo o la dote de la hija.  Afrontan con optimismo y miran felices el porvenir seguro de su mujer, de sus hijos, nietos, bisnietos, tataranietos y de la más dilatada descendencia. Ventajas que alcanzan por igual a quienes antes trabajaron y ahora están en el retito y la impotencia como a los que trabajan actualmente.

Bien quisiera que alguien midiera este sentido de justicia con el que rige en otras partes.  Yo tengo que confesar que apenas he encontrado un leve rastro de justicia y equidad en ninguna de ellas. ¿Qué justicia es la que autoriza que un noble cualquiera, un orfebre, un usurero o cualquier otro que no hacen nada o hacen cosas contrarias al Estado, puedan llevar una vida regalada sin mover un dedo o en negocios sucios y sin responsabilidad?  Entre tanto el criado, el cochero, el artesano, el labriego andan metidos en trabajos que no aguantarían ni los animales por lo duros y al mismo tiempo tan necesarios que sin ellos la República se vendría abajo antes de un año. Apenas les llega para alimentarse malamente y llevan vida peor que la de las mismas bestias.  Estas, al menos no soportan trabajo tan continuo; aunque les den peor comida la soportan más fácilmente y además no tienen las preocupaciones del futuro.  A todos estos los mata el trabajo presente, tan estéril como infructuoso, y les desazona el pensamiento de su pobre ancianidad. Si no les llega para mal vivir, ¿cómo pueden ahorrar para su ancianidad?

¿No es injusta una sociedad que se vuelca con los llamados nobles, los manipuladores y los traficantes de cosas inútiles, aduladores y perezosos? Por el contrario deja en el olvido a los labradores, los carboneros, los braceros, - caballerizos y obreros sin cuyo trabajo no puede subsistir la república ni obtenerse bien alguno. ¿No es injusto abusar de su trabajo cuando están en pleno vigor y cuando el peso de los años, las privaciones y la enfermedad cae sobre ellos, condenarles a una muerte miserable sin tener en cuenta sus muchos desvelos y trabajos? ¿Qué podemos pensar de esos ricos que diariamente expolian al pobre?  En realidad lo hacen al amparo, no de sus propias maquinaciones, sino amparándose en las mismas leyes.  De esta manera, siantes parecía una injusticia no recompensar debidamente a quienes lealmente lo habían servido, estos tales se han ingeniado para sancionar legalmente esta injusticia con lo que la república viene a ser más aborrecida.

Cuando contemplo el espectáculo de tantas repúblicas florecientes hoy en día, las veo -que Dios me perdone-, como una gran cuadrilla de gentes ricas y aprovechadas que, a la sombra y en nombre de la república, trafican en su propio provecho.  Su objetivo es inventar todos los procedimientos imaginables para seguir en posesión de lo que por malas artes consiguieron.  Después podrán dedicarse a sacar nueva tajada del trabajo y esfuerzo de los obreros a quienes desprecian y explotan sin riesgo alguno. Cuando los ricos consiguen que todas estas trampas sean puestas en práctica en nombre de todos, es decir, en nombre suyo y de los pobres, pasan a ser leyes respetables.

Pero estos hombres despreciables que con su rapiña insaciable se apoderan de unos bienes que hubieran sido suficientes para hacer felices a la comunidad, están bien lejos de conseguir la felicidad que reina en la república utopiana. Allí la costumbre ha eliminado la avaricia y el dinero, y con ellos cantidad de preocupaciones y el origen de multitud de crímenes. Pues todos sabemos que el engaño, el robo, el hurto, las riñas, las reyertas, las palabras groseras, los insultos, los motines, los asesinatos, las traiciones, los envenenamientos son cosas que se pueden castigar con escarmientos, pero que no se pueden evitar. Por el contrario las elimina de raíz la desaparición del dinero que elimina al mismo tiempo el miedo, la inquietud, la preocupación y el sobresalto. La misma pobreza que parece que se basa en la falta de dinero, desaparece desde el momento en que aquel pierde su dominio

Quiero poner esto en claro con un ejemplo que vamos a examinar.  Pensemos en un año malo y de poca cosecha en el cual han perecido de hambre miles de hombres.  Estoy seguro que, si al cabo de esta catástrofe se abren los graneros de los ricos, se encuentra en ellos tanta cantidad de grano que si se hubiera repartido entre todas las víctimas de la peste y el hambre no se habría enterado nadie de los rigores de la tierra ni del cielo.  Nada más sencillo que alimentar a la humanidad. Pero el bendito dinero, inventado para lograr más fácilmente el camino del bienestar, es el cerrojo más duro que cierra la puerta del mismo.

Pienso que los ricos se dan cuenta de esto.  Saben que no hay nada mejor que tener lo que se necesita.  Sin abundar en superficialidades, es multiplicar disgustos vivir asfixiados por tantas riquezas.

Creo además que o bien por interés personal o por seguir la voz de Cristo, todo el mundo hubiera seguido hace tiempo las leyes de esta república utopiana. Cristo, dada su sabiduría, no pudo ignorar lo que más nos convenía, ni, dada su bondad, aconsejarnos lo más conveniente.

Pero se opone tenazmente nuestra soberbia, bestia maligna y madre de todos nuestros males.  Su felicidad se mide no por el propio bienestar, sino por las desgracias de los otros. Dejaría incluso de ser diosa si desaparecieran los hombres sobre los que puede ejercer su dominio exultante.  Su felicidad comprada con la desgracia de los otros se satisface mostrando unas riquezas que pisan y atormentan 11 pobreza ajena. Esta serpiente infernal se enrosca en los pechos de los hombres y les impide seguir el buen camino.  Como una rémora los entretiene y los disuade.  Está tan enraizada en los hombres que no es fácil extirparla.

Mucho me alegra que esta forma de gobierno que yo quisiera que la tuvieran todos, la hayan conseguido al menos los utopianos.  Basados en las instituciones que he descrito han fundado una república que se desarrolla no sólo prósperamente sino que, en cuanto se puede conjeturar humanamente, creo que ha de durar para siempre.  Han sido eliminadas en ella las raíces de la ambición y las disensiones. No hay por lo mismo peligro de disturbios internos, que en más de una ocasión han echado por tierra las ciudades más ricas y sólidas.  Lograda esta armonía interior y gracias a sus magníficas organizaciones la envidia de los reyes vecinos no ha sido capaz de derribar esta república ni aun siquiera conmoverla, caso que inútilmente intentaron ya algunas veces en tiempos antiguos.

Al terminar de hablar Rafael, me vinieron a la mente no pocas reflexiones sobre cosas que me parecían absurdas en sus leyes e instituciones.  Por ejemplo, su modo de entender la guerra, sus creencias y religión y otros muchos ritos. Pero, sobre todo, lo que está en la base de todo ello, es decir, su vida y gastos comunes sin intervención alguna del dinero. Con ello se destruye la raíz de la nobleza, la magnificencia y el lujo, y la grandeza, cosas que en el común sentir constituyen el decoro y el esplendor de un Estado.  Me di cuenta, sin embargo, que estaba bastante cansado de tanto hablar. No sabia, por otra parte, si aguantarla que opinásemos en contra de sus teorías, máxime que a lo largo de su relato ya se había manifestado contra quienes piensan no ser suficientemente discretos si no critican las invenciones ajenas.  Así pues, le cogí de la mano y tras alabar su exposición y las costumbres de los utopianos le introduje en la casa para cenar.  Le dije que tendríamos tiempo de discurrir con más profundidad sobre estos temas y discutir más Profusamente. ¡Ojalá que algún día pueda realizarlo!

Entre tanto tengo que confesar que no puedo asentir a todo cuanto me expuso este docto varón, entendido en estas materias y buen conocedor de los hombres. También diré que existen en la república de los utopianos muchas cosas que quisiera ver impuestas en nuestras ciudades. Pero que no espero lo sean.

 

 

FIN DE LA CHARLA DE SOBREMESA HABIDA

CON RAFAEL HITLOIDEO

SOBRE LAS LEYES E INSTITUCIONES DE

LA ISLA DE UTOPÍA

HASTA AHORA SÓLO CONOCIDA POR UNOS POCOS.

FUE CONTADA POR EL MUY CELEBRE Y ERUDITÍSIMO

MAESTRO TOMAS MORO,

CIUDADANO Y SHERIFF DE LONDRES.

 

 

FIN