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CRUZANDO EL UMBRAL DE LA ESPERANZA
-INTRODUCCIÓN
SOBRE ESTE LIBRO
UN TELEFONAZO
Siento un especial afecto, naturalmente, por los colegas -periodistas y
escritores- que trabajan en la televisión. Por eso, a pesar de repetidas
invitaciones, nunca he intentado quitarles su trabajo. Me parece que las
palabras, que constituyen la materia prima de nuestro quehacer, tienen
consistencia e impacto diferentes si se confían a la "materialidad" del
papel impreso o a la inmaterialidad de los signos electrónicos.
Sea lo que sea, cada uno es rehén de su propia historia, y la mía, referente
a lo que aquí importa, es la de quien ha conocido sólo redacciones de
periódicos y editoriales, y no estudios con cámaras de televisión, focos,
escenografía.
Tranquilícese el lector: no voy a seguir con estas consideraciones más
propias de un debate sobre los medios de comunicación, ni deseo castigar a
nadie con desahogos autobiográficos. Con lo que he dicho me basta para hacer
comprender la sorpresa, unida quizá a una pizca de disgusto, provocada por
un telefonazo un día de finales de mayo de 1993.
Como cada mañana, al ir hacia mi estudio, me repetía interiormente las
palabras de Cicerón: Si apud bibliothecam hortulum habes, nihil deerit. ¿Qué
más quieres si tienes una biblioteca que se abre a un pequeño jardín? Era
una época especialmente cargada de trabajo; terminada la corrección del
borrador de un libro, me había metido en la redacción definitiva de otro.
Mientras tanto, había que seguir con las colaboraciones periodísticas de
siempre.
Actividad, pues, no faltaba. Pero tampoco faltaba el dar gracias a Quien
debía darlas, porque me permitía sacar adelante toda esa tarea, día tras
día, en el silencio solitario de aquel estudio situado sobre el lago Garda,
lejos de cualquier centro importante, político o cultural, e incluso
religioso. ¿No fue acaso el nada sospechoso Jacques Maritain, tan querido
por Pablo VI, quien, medio en broma, recomendó a todo aquel que quisiera
continuar amando y defendiendo el catolicismo que frecuentara poco y de una
manera discreta a cierto "mundo católico"?
Sin embargo, he aquí que aquel día de primavera, en mi apartado refugio,
irrumpió un imprevisto telefonazo: era el director general de la RAI.
Dejando sentado que conocía mi poca disponibilidad para los programas
televisivos, conocidos los precedentes rechazos, me anunciaba a pesar de
todo que me llegaría en breve una propuesta. Y esta vez, aseguraba, "no
podría rechazarla".
En los días siguientes se sucedieron varias llamadas "romanas", y el cuadro,
un poco alarmante, se fue perfilando: en octubre de aquel 1993 se cumplían
quince años del pontificado de Juan Pablo II. Con motivo de tal ocasión, el
Santo Padre había aceptado someterse a una entrevista televisiva propuesta
por la RAI; hubiera sido absolutamente la primera en la historia del papado,
historia en la que, durante tantos siglos, ha sucedido de todo. De todo,
pero nunca que un sucesor de Pedro se sentara ante las cámaras de la
televisión para responder apresuradamente, durante una hora, a unas
preguntas que además quedaban a la completa libertad del entrevistador.
Transmitido primero por el principal canal de la televisión italiana en la
misma noche del decimoquinto aniversario, el programa sería retransmitido a
continuación por las mayores cadenas mundiales. Me preguntaban si estaba
decidido a dirigir yo la entrevista, porque era sabido que desde hacía años
estaba escribiendo, en libros y artículos, sobre temas religiosos, con esa
libertad propia del laico, pero al mismo tiempo con la solidaridad del
creyente, que sabe que la Iglesia no ha sido confiada sólo al clero sino a
todo bautizado, aunque a cada uno según su nivel y según su obligación.
En especial no se había olvidado el vivo debate -aunque tampoco su eficacia
pastoral, el positivo impacto en la Iglesia entera, con una difusión masiva
en muchas lenguas- suscitado por Informe sobre la fe, libro que publiqué en
1985 y en el que exponía lo hablado durante varios días con el más estrecho
colaborador teológico del Papa, el cardenal Joseph Ratzinger, prefecto del
antiguo
Santo Oficio, ahora Congregación para la Doctrina de la Fe. Entrevista que
suponía también una "novedad", y sin precedentes, para una institución que
había entrado hacía siglos en la leyenda anticlerical, con frecuencia
"negra", por su silencio y secreto, rotos, por primera vez, con aquel libro.
Volviendo a 1993, diré solamente, por ahora, que la fase de preparación
-llevada con tal discreción que ni una sola noticia llegó a oídos de los
periodistas- incluía también un encuentro con Juan Pablo II en
Castelgandolfo.
Allí, con el debido respeto pero con una franqueza que quizá alarmó a alguno
de los presentes -aunque no al amo de casa, manifiestamente complacido de mi
filial sencillez-, pude explicar qué intenciones me habían llevado a esbozar
un primer esquema de preguntas. Porque, efectivamente, un "Hágalo usted
mismo" había sido la única indicación que se me había dado.
UN IMPREVISTO
El mismo Papa, sin embargo, no había tenido en cuenta el implacable cúmulo
de obligaciones que tenía programadas para septiembre, fecha límite para
llevar a cabo las tomas y conceder al director y los técnicos el tiempo
necesario para "trabajar" el material antes de emitirlo. Ahora me dicen que
la agenda de trabajo del Pontílce, aquel mes, ocupaba treinta y seis
apretadas páginas escritas en el ordenador.
Eran compromisos tan heterogéneos como ineludibles. Además de los viajes a
dos diócesis italianas (Arezzo y Asti), antes estaba la visita del emperador
del Japón al Pontífice de Roma, y antes estaba la visita a los territorios
ex soviéticos de Letonia, Lituania y Estonia, con la necesidad de practicar,
al menos un poco, esas difíciles lenguas, deber impuesto al Papa por su
propio celo pastoral, su ansia de "hacerse entender" al predicar el
Evangelio a todos los pueblos del mundo.
En resumen, resultó que a aquellas dos primicias -la nipona y la báltica- no
había posibilidad de añadir una tercera, la televisiva. Tanto más cuanto que
la buena disposición de Juan Pablo II le había llevado a prometer cuatro
horas de tomas, y a conceder al director -el conocido y apreciado cineasta
italiano Pupi Avati- la elección de la mejor hora televisiva. Luego todo
concluiría en un libro, completando así la intención pastoral y catequística
que había inducido al Papa a aceptar el proyecto; pero el cúmulo de trabajo
al que me he referido impidió, en el último momento, realizarlo.
En cuanto a mí, volví al lago a reflexionar, como de costumbre, sobre los
mismos temas de los que hubiera tenido que hablar con el Pontífice, pero en
la quietud de mi biblioteca.
¿Acaso Pascal, cuyo retrato vigila el escritorio sobre el que trabajo, no ha
escrito: "Todas las contrariedades de los hombres provienen de no saber
permanecer tranquilos en su habitación"?
Aunque el proyecto en el que había estado envuelto no lo busqué yo, y
además, no fue una contrariedad, ¡sólo faltaría! Sin embargo, no quiero
ocultar que me había creado algunas dificultades.
Sobre todo, y como creyente, me preguntaba si era de verdad oportuno que el
Papa concediese entrevistas, y además televisivas. A pesar de su generosa y
buena intención, al quedar necesariamente involucrado en el mecanismo
implacable de los medios de comunicación, ¿no se arriesgaba a que su voz se
confundiese con el caótico ruido de fondo de un mundo que lo banaliza todo,
que todo lo convierte en espectáculo, que amontona opiniones contrarias e
inacabables parloteos sobre cualquier cosa? ¿Era oportuno que también un
Supremo Pontífice de Roma se amoldase al "en mi opinión" en su conversación
con un cronista, abandonando el solemne "Nos" en el que resuena la voz del
milenario misterio de la Iglesia?
Eran preguntas que no sólo no dejé de hacerme, sino también -aunque
respetuosamente- de hacer.
Más allá de tales cuestiones "de principio", consideré que la competencia
que podía yo haber adquirido durante tantos años en la información
religiosa, probablemente no bastaba para compensar la desventaja de mi
inexperiencia en el medio televisivo, y menos en una ocasión semejante, la
más comprometida que pueda imaginarse para un periodista.
Pero incluso sobre este punto otras razones se contrapusieron a las mías.
En todo caso, la operación "Quince años de papado en TV" no se realizó, y
era presumible que, pasada la ocasión del aniversario, no se hablase más de
ella. Por lo tanto, podía volver a teclear en mi máquina de escribir y
seguir con la debida atención la palabra del Obispo de Roma, pero -como
había hecho hasta ese momento- a través de las Acta Apostolicae Sedis.
UNA SORPRESA
Pasaron algunos meses. Y he aquí que un día, otro telefonazo -de nuevo
totalmente imprevisto- del Vaticano. En la línea estaba el director de la
Sala de Prensa de la Santa Sede, el psiquiatra español convertido en
periodista Joaquín Navarro-Valls, hombre tan eficaz como cordial, uno de los
más firmes defensores de la conveniencia de aquella entrevista.
Navarro-Valls era portador de un mensaje que, me aseguraba, le había cogido
por sorpresa a él el primero. El Papa me mandaba decir: "Aunque no ha habido
modo de responderle en persona, he tenido sobre la mesa sus preguntas; me
han interesado, y me parece que sería oportuno no abandonarlas. Por eso he
estado reflexionando sobre ellas y desde hace algún tiempo, en los pocos
ratos que mis obligaciones me lo permiten, me he puesto a responderlas por
escrito. Usted me ha planteado unas cuestiones y por tanto, en cierto modo,
tiene derecho a recibir unas respuestas... Estoy trabajando en eso. Se las
haré llegar. Luego, haga lo que crea más conveniente."
En resumen, una vez más Juan Pablo II confirmaba esa fama de "Papa de las
sorpresas" que lo acompaña desde que fue elegido; había superado toda
previsión.
Así fue como, un día de finales de abril de este 1994 en que escribo,
recibía en mi casa al doctor Navarro-Valls, quien sacó de su cartera un gran
sobre blanco. Dentro estaba el texto que me había sido anunciado, escrito de
puño y letra del Papa, quien, para resaltar aún más la pasión con que había
manuscrito las páginas, había subrayado con vigorosos trazos de su pluma
muchísimos puntos; son los que el lector encontrará en letra cursiva, según
indicación del propio Autor. Igualmente, han sido conservadas las
separaciones en blanco que con frecuencia introduce entre un parágrafo y
otro.
El título mismo del libro es de Juan Pablo II. Lo había escrito
personalmente sobre la carpeta que contenía el texto; aunque precisó que se
trataba sólo de una indicación: dejaba a los editores libertad para
cambiarlo. Si nos hemos decidido a conservarlo es porque nos dimos cuenta de
que ese título resumía plenamente el "núcleo" del mensaje propuesto en estas
páginas al hombre contemporáneo.
Este debido respeto a un texto en el que cada palabra cuenta obviamente me
ha orientado también en el trabajo de editing que se me pidió, en el que me
he limitado a cosas como la traducción, entre paréntesis, de las expresiones
latinas; a retoques de puntuación, quizá apresurada; a completar nombres de
personas -por ejemplo el de Yves Congar que el Papa, por razón de brevedad,
había escrito sólo Congar-; a proponer un sinónimo en los casos en que una
palabra se repite en la misma frase; a la modificación de algunas, pocas,
imprecisiones en la traducción del original polaco. Minucias, pues, que de
ningún modo han afectado al contenido.
Mi trabajo más relevante ha consistido en introducir nuevas preguntas allí
donde el texto lo pedía. En efecto, aquel esquema mío sobre el que Juan
Pablo II ha trabajado con una diligencia sorprendente (el hecho de haberse
tomado tan en serio a un cronista parece una prueba más, si es que acaso
hacía falta, de su humildad, de su generosa disponibilidad para escuchar
nuestras voces, las de la "gente de la calle"), aquel esquema, digo,
comprendía veinte cuestiones. Ninguna de las cuales, hay que recalcarlo, me
fue sugerida por nadie; y ninguna ha quedado sin respuesta o en cierto modo
"adaptada" por Aquel a quien iba dirigida.
En todo caso, eran sin duda demasiadas, y demasiado amplias para una
entrevista televisiva, incluso larga. Al responder por escrito, el Papa ha
podido explayarse, apuntando él mismo, mientras respondía, nuevos problemas.
Los cuales presuponían, por tanto, una pregunta ad hoc. Por citar un solo
caso: los jóvenes. No entraban en el esquema, y les ha querido dedicar unas
páginas -cosa que confirma además su predilección por ellos-, que se cuentan
entre las más bellas del libro, y en las que vibra, emocionada, su
experiencia de joven pastor entre la juventud de una patria a la que tanto
ama.
Para comodidad del lector más interesado en unos temas que en otros (aunque
nuestro consejo es que lea el texto completo, verdaderamente "católico",
también en el sentido de que en el texto tout se tient y todo se integra en
una perspectiva orgánica), a cada una de las treinta y cinco preguntas he
puesto un breve título que indica los contenidos, aunque sólo sea de manera
aproximada debido a lo imprevisto de las sugerencias que el Papa señala aquí
y allá; otra confirmación más del pathos que impregna unas palabras que, sin
embargo, están inmersas obviamente en el "sistema" de la ortodoxia católica,
junto a la más amplia "apertura" posconciliar.
De todos modos, el texto ha sido examinado y aprobado por el mismo Autor en
la versión publicada en italiano, y de ese modelo salen al mismo tiempo las
traducciones en las principales lenguas del mundo; ya que la fidelidad era
imprescindible para garantizar al lector que la voz que aquí resuena, en su
humanidad y también en su autoridad, es única y totalmente la del Sucesor de
Pedro.
Así que parece más adecuado hablar no tanto de una "entrevista" como de "un
libro escrito por el Papa", si bien con el estímulo de una serie de
preguntas. Corresponderá luego a los teólogos y a los exegetas del
magisterio pontificio plantearse el problema de la "clasificación" de un
texto sin precedentes, y que por tanto ofrece perspectivas inéditas en la
Iglesia.
A propósito de mi tarea de edición, desde ciertos sectores se me proponía
una intervención excesiva, con comentarios, observaciones, explicaciones,
citas de encíclicas, de documentos, de alocuciones. Contra tales
sugerencias, he procurado pasar lo más inadvertido posible, limitándome a
esta nota editorial que explica cómo fueron las cosas (tan "raras" en su
sencillez), sin disminuir, con intrusiones inoportunas, la extraordinaria
novedad, la sorprendente vibración, la riqueza teológica que caracterizan
estas páginas.
Páginas que, estoy seguro, hablan por sí mismas; y que no tienen otra
intención que la "religiosa", no tienen ningún otro propósito sino subrayar
-con el género literario "entrevista"-, la tarea del Sucesor de Pedro,
maestro de la fe, apóstol del Evangelio, padre y al mismo tiempo hermano
universal. En él sólo los cristiano-católicos ven al Vicario de Cristo, pero
su testimonio de la verdad y su servicio en la caridad se extienden a todo
hombre, como lo demuestra también el indiscutible prestigio que la Santa
Sede ha ido adquiriendo en la escena mundial. No hay pueblo que al
reconquistar su libertad o su independencia no decida, entre los primeros
actos de soberanía, enviar un representante a Roma, ad Petri Sedem. Y esto
es debido, mucho antes que a cualquier consideración política, casi a una
necesidad de legitimidad "espiritual", de exigencia "moral".
UNA CUESTIÓN DE FE
Puesto ante la no leve responsabilidad de plantear una serie de preguntas,
para las que se me dejaba una completa libertad, decidí inmediatamente
descartar los temas políticos, sociológicos e incluso "clericales", de
"burocracia eclesiástica", que constituyen la casi totalidad de la
información, o desinformación, supuestamente "religiosa", que circula por
tantos medios de comunicación, no solamente laicos.
Si se me permite, citaré un párrafo de un apunte de trabajo que propuse a
quien me había metido en el proyecto: "El tiempo que tenemos para esta
ocasión verdaderamente única no debería malgastarse con las acostumbradas
preguntas del "vaticanólogo". Antes, mucho antes del "Vaticano" -Estado
entre otros Estados, aunque sea minúsculo y peculiar-, antes de los
habituales temas -necesarios quizá pero secundarios, y quizá también
desorientadores- sobre las posibilidades de la institución eclesiástica,
antes de la discusión sobre cuestiones morales controvertidas, antes que
todo eso está la fe.
"Antes que todo eso están las certezas y oscuridades de la fe, está esa
crisis por la que parece verse atacada, está su posibilidad misma hoy en
culturas que juzgan como provocación, fanatismo, intolerancia, el sostener
que no existen solamente opiniones, sino que todavía existe una Verdad, con
mayúscula. En resumen, seria oportuno aprovechar la disponibilidad del Santo
Padre para intentar plantear el problema de las "raíces", de eso sobre lo
que se basa todo el resto, y que sin embargo parece que se deja aparte, a
menudo dentro de la Iglesia misma, como si no se quisiera o no se pudiera
afrontar."
En ese apunte continuaba: "Lo diré, si se me permite, en tono de broma: aquí
no interesa el problema exclusivamente clerical -y "clerical" es también
cierto laicismo- de la decoración de las salas vaticanas, si debe ser
"clásica" (conservadores) o "moderna" (progresistas).
"Tampoco interesa un Papa al que muchos quisieran ver reducido a presidente
de una especie de agencia mundial para la ética o para la paz o para el
medio ambiente. Un Papa que garantizara el nuevo dogmatismo (más sofocante
que ese del que se acusa a los católicos) de lo politically correct, ni un
Papa repetidor de conformismos a la moda. Interesa, en cambio, descubrir si
todavía son firmes los fundamentos de la fe sobre los que se apoya ese
palacio eclesial, cuyo valor y cuya legitimidad dependen solamente de si
sigue basado en la certeza de la Resurrección de Cristo. Por tanto, desde el
comienzo de la conversación, sería necesario poner de relieve el
"escandaloso" enigma que el Papa, en cuanto tal, representa: no es
principalmente un grande entre los grandes de la tierra, sino el único
hombre en el que otros hombres ven una relación directa con Dios, ven al "Vice"
mismo de Jesucristo, Segunda Persona de la Trinidad."
Añadía finalmente: "Del sacerdocio de las mujeres, de la pastoral para
homosexuales o divorciados, de estrategias geopolíticas vaticanas, de
elecciones sociopolíticas de los creyentes, de ecología o de superpoblación,
así como de tantas otras cuestiones, se puede, es más, se debe discutir, y a
fondo; pero sólo después de haber establecido un orden (tan frecuentemente
tergiversado hoy, hasta en ambientes católicos) que ponga en primer lugar la
sencilla y terrible pregunta: lo que los católicos creen, y de lo que el
Papa es el Supremo Garante, ¿es "verdad" o "no es verdad"? ¿El Credo
cristiano es todavía aceptable al pie de la letra o se debe poner como telón
de fondo, como una especie de vieja aunque noble tradición cultural, de
orientación sociopolítica, de escuela de pensamiento, pero ya no como una
certeza de fe cara a la vida eterna? Discutir -como se hace- sobre
cuestiones morales (desde el uso del preservativo hasta la legalización de
la eutanasia) sin afrontar antes el tema de la fe y de su verdad es inútil,
más aún, no tiene sentido. Si Jesús no es el Mesías anunciado por los
profetas, ¿puede, de verdad, importarnos el "cristianismo" y sus exigencias
éticas? ¿Puede interesarnos seriamente la opinión de un Vicario de Cristo si
ya no se cree en que aquel Jesús resucitó y que -sirviéndose sobre todo de
este hombre vestido de blanco- guía a Su Iglesia hasta que vuelva en su
Gloria?"
He de reconocer que no tuve que insistir para que se me aceptara un
planteamiento así. Al contrario, encontré enseguida la plena conformidad, la
completa sintonía del Interlocutor de la conversación, quien durante nuestro
encuentro en Castelgandolfo, y después de decirme que había examinado el
primer borrador de preguntas que le había enviado, me comentó que había
aceptado la entrevista sólo desde su deber de Sucesor de los apóstoles, sólo
para aprovechar una posterior ocasión de dar a conocer el kérigma, es decir,
el impresionante anuncio sobre el que toda la fe se funda: "Jesús es el
Señor; solamente en Él hay salvación: hoy, como ayer y siempre."
Desde este planteamiento, pues, ha sido vista y juzgada esta posibilidad de
una "entrevista", que inicialmente me había dejado perplejo. Éste es un Papa
impaciente en su afán apostólico, un Pastor al que los caminos usuales le
parecen siempre insuficientes, que busca por todos los medios hacer llegar a
los hombres la Buena Nueva, que, evangélicamente, quiere gritar desde los
terrados (hoy cuajados de antenas de televisión) que la Esperanza existe,
que tiene fundamento, que se ofrece a quien quiera aceptarla; incluso la
conversación con un periodista es valorada por él en la línea de lo que
Pablo dice en su primera carta a los Corintios: "Me he hecho todo a todos
para salvar a toda costa a algunos. Y todo esto lo hago por el Evangelio,
para ser partícipe del mismo" (9,22-23).
En este ambiente toda abstracción desaparece: el dogma se convierte en
carne, sangre, vida. El teólogo se hace testigo y pastor.
DON KAROL, PÁRROCO DEL MUNDO
Estas páginas que ahora siguen han nacido de una vibración "kerigmática", de
primer anuncio, de "nueva evangelización"; al acercarse a ellas, el lector
se dará cuenta de por qué no quise añadir mis irrelevantes notas y
comentarios a palabras tan cargadas ya de significado, llevadas casi al
colmo de la pasión, precisamente esa passion de convaincre que, siguiendo a
Pascal, tendría que ser el signo distintivo de todo cristiano, y que aquí
caracteriza profundamente a este "Siervo de los siervos de Dios".
Para él, Dios no sólo existe, vive, obra, sino que también, y sobre todo, es
Amor; mientras que para el iluminismo y el racionalismo, que contaminaron
incluso cierto tipo de teología, Dios era el impasible Gran Arquitecto, era
sobre todo Inteligencia. Con un clamor tras otro, este hombre -sirviéndose
de las páginas aquí recogidas- quiere hacer llegar a cada hombre el
siguiente mensaje: "¡Date cuenta, quienquiera que seas, de que eres amado!
¡Advierte que el Evangelio es una invitación a la alegría! ¡No te olvides de
que tienes un Padre, y que cualquier vida, incluso la que para los hombres
es más insignificante, tiene un valor eterno e infinito a Sus ojos!"
Un experto teólogo, una de las poquísimas personas que han podido hojear
este texto todavía manuscrito, me decía: "Aquí hay una revelación -directa,
sin esquemas ni filtros- del universo religioso e intelectual de Juan Pablo
II y, en consecuencia, una clave para la lectura e interpretación de su
magisterio completo."
Aventuraba incluso el mismo teólogo: "No sólo los comentaristas actuales
sino también los historiadores futuros tendrán que apoyarse en estas páginas
para comprender el primer papado polaco. Escritas a mano, de un tirón -con
esa manera suya que algún pacato podría calificar de "impulsiva", o quizá de
generosa "imprudencia"-, estas páginas nos dan a conocer, de modo
extraordinariamente eficaz, no sólo la mente sino también el corazón del
hombre a quien se deben tantas encíclicas, tantas cartas apostólicas, tantos
discursos. Aquí todo va a la raíz; es un documento para hoy, pero también
Para la historia."
Me confiaba un colaborador directo del Pontífice que cada homilía, cada
explicación del Evangelio -en cada Misa que él celebra- está siempre, y
toda, escrita de su mano, de comienzo a fin. No se limita a poner sobre el
papel algunos apuntes que señalen los temas que deben ser desarrollados;
escribe cada palabra, tanto en una liturgia solemne para un millón de
personas (o para mil millones, como ha sucedido en ciertas emisiones
televisivas) como en la Eucaristía celebrada para unos pocos íntimos, en su
oratorio privado. Justifica este esfuerzo recordando que es tarea primordial
e ineludible, no delegable, de todo sacerdote el hacerse instrumento para
consagrar el pan y el vino, para hacer llegar al pecador el perdón de
Cristo, y también para explicar la Palabra de Dios.
De este mismo modo parece haber considerado estas respuestas. Hay, pues,
aquí también una especie de "predicación", de "explicación del Evangelio"
hecha por "don Karol, párroco del mundo".
Digo "también" porque el lector no encontrará solamente eso, sino una
singular combinación a veces de confidencia personal (emocionantes los
trozos sobre su infancia y juventud en su tierra natal), a veces de
reflexión y de exhortación espirituales, a veces de meditación mística, a
veces de retazos del pasado o sobre el futuro, a veces de especulaciones
teológicas y filosóficas.
Por tanto, si todas las páginas exigen una lectura atenta (detrás del tono
divulgativo, quien se detenga un poco podrá descubrir una sorprendente
profundidad), algunos pasajes exigen una especial atención. Desde nuestra
experiencia de lectores "de preestreno", podemos asegurar que vale del todo
la pena. El tiempo y la atención que se empleen recibirán amplia recompensa.
Se podrá comprobar, entre otras cosas, cómo al máximo de apertura (con
arranques de gran audacia: véanse, por ejemplo, las páginas sobre el
ecumenismo o las otras sobre escatología, "los novísimos") va unido siempre
el máximo de fidelidad a la tradición. Y que sus brazos abiertos a todo
hombre no debilitan en nada la identidad, católica, de la que Juan Pablo II
es muy consciente de ser garante y depositario ante Cristo, "en cuyo nombre
solamente está la salvación" (cfr. Hechos de los Apóstoles 4,12).
Es bien sabido que en 1982 el escritor y periodista francés André Frossard
publicó -tomando como título la exhortación que ha llegado a ser casi la
consigna del pontificado: ¡No tengáis miedo!- el resultado de una serie de
conversaciones con este Papa.
Sin querer quitarle nada, por supuesto, a ese importante libro,
excelentemente estructurado, puede observarse que entonces se estaba al
comienzo del pontificado de Karol Wojtyla en la Sede de Pedro. En las
páginas que siguen está, en cambio, toda la experiencia de quince años de
servicio, está la huella que ha dejado en su vida todo lo que de decisivo ha
ocurrido en este tiempo (basta pensar solamente en la caída del marxismo),
la huella dejada en la Iglesia, en el mundo. Pero lo que no sólo ha
permanecido intacto sino que parece incluso haberse multiplicado (este libro
da de ello pleno testimonio) es su capacidad de generar proyectos, su ímpetu
de cara al futuro, su mirar hacia adelante -a ese "tercer milenio cristiano"
con el ardor y la seguridad de un hombre joven. >>> NO SE MUESTRAN COMPLETOS LOS LIBROS CUYOS DERECHOS DE AUTOR ESTÁN VIGENTES, COMO OCURRE CON ESTE <<<
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