[¿?] página principal

 

Dudas y textos

Recursos para la formación católica 

Escríbeme

Quiénes somos

Mi perfil de facebook

Benedicto XVI

 Juan Pablo II

Clásicos de espiritualidad

Obras actuales variadas

Sobre el Opus Dei

 Oraciones y Biblia

Más magisterio de la Iglesia y Teología

Recursos formativos

Noticias

Citas escogidas

Imágenes

Enlaces

 

 

 

   

DON Y MISTERIO

JUAN PABLO II


EN EL QUINCUAGÉSIMO ANIVERSARIO DE MI SACERDOCIO

Introducción

Permanece vivo en mi recuerdo el encuentro gozoso que, por iniciativa de la Congregación para el Clero, tuvo lugar en el Vaticano en el otoño del pasado año (27 de octubre de 1995), para celebrar el trigesimo aniversario del Decreto conciliar Presbyterorum Ordinis. En el ambiente festivo de aquella asamblea diversos sacerdotes hablaron de su vocación, y también yo ofrecí mi propio testimonio. Me pareció hermoso y fructífero que, entre sacerdotes, ante el pueblo de Dios, se ofreciera este servicio de edificación recíproca.

Las palabras que pronuncié en aquella circunstancia tuvieron un eco muy grande. A raíz de ello, desde varias partes se me pidió con insistencia que volviera a tratar, de un modo más amplio, el tema de mi vocación, con ocasión del Jubileo sacerdotal.

Confieso que la propuesta, al principio, suscitó en mí alguna resistencia comprensible. Pero después me senti como obligado a aceptar la invitación, viendo en ello un aspecto del servicio propio del ministerio petrino. Movido por algunas preguntas del Dr. Gian Franco Svidercoschi que han hecho de hilo conductor, me he dejado llevar con libertad por la ola de recuerdos, sin ninguna pretensión estrictamente documental.

Todo lo que digo aquí, más allá de los acontecimientos históricos, pertenece a mis raíces más profundas, a mi experiencia más íntima. Lo recuerdo ante todo para dar gracias al Señor: «Misericordias Domini in aetemum cantabo!» Lo ofrezco a los sacerdotes y al pueblo de Dios como testimonio de amor.

CAPÍTULO I

En los comienzos... ¡el misterio!

¿Cuál es la historia de mi vocación sacerdotal? La conoce sobre todo Dios. En su dimensión más profunda, toda vocación sacerdotal es un gran misterio, es un don que supera infinitamente al hombre. Cada uno de nosotros sacerdotes lo experimenta claramente durante toda la vida. Ante la grandeza de este don sentimos cuán indignos somos de ello.

La vocación es el misterio de la elección divina: «No me habeis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayais y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca» (Jn 15, 16). «Y nadie se arroga tal dignidad, sino el llamado por Dios, lo mismo que Aarón»' (Hb 5, 4). «Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado: yo profeta de las naciones te constituí» (Jr 1, 5). Estas palabras inspiradas estremecen profundamente toda alma sacerdotal.

Por eso, cuando en las más diversas circunstancias por ejemplo, con ocasión de los Jubileos sacerdotales hablamos del sacerdocio y damos testimonio del mismo, debemos hacerlo con gran humildad, conscientes de que Dios «nos ha llamado con una vocación santa, no por nuestras obras, sino por su propia determinación y por su gracia» (2 Tm 1, 9). Al mismo tiempo, nos damos cuenta de que las palabras humanas no son capaces de abarcar la magnitud del misterio que el sacerdocio tiene en sí mismo.
Esta premisa me parece indispensable para que se pueda comprender de modo justo lo que voy a decir sobre mi camino hacia el sacerdocio.

Las primeras señales de la vocación

El Arzobispo Metropolitano de Cracovia, Príncipe Adam Stefan Sapieha, visitó la parroquia de Wadowice cuando yo era estudiante en el instituto. Mi profesor de religión, P. Edward Zacher, me encargó darle la bienvenida. Así, tuve entonces la primera ocasión de encontrarme frente a aquel hombre tan venerado por todos. Sé que, después de mi discurso, el Arzobispo preguntó al profesor de religión qué facultad elegiría yo al terminar el instituto. El P. Zacher respondió: «Estudiará filología polaca». El Prelado comentó: «Lástima que no sea teología».

En ese período de mi vida la vocación sacerdotal no estaba aún madura, a pesar de que a mi alrededor eran muchos los que creían que debía entrar en el seminario. Y tal vez alguno pudo pensar que, si un joven con tan claras inclinaciones religiosas no entraba en el seminario, era señal de que otros amores o aspiraciones estaban en juego. En efecto, en la escuela tenía muchas cormpañeras y, comprometido como estaba en el círculo teatral escolar, no faltaban diversas posibilidades de encuentros con chicos y chicas. Sin embargo, el problema no era ese. En aquel tiempo estaba fascinado sobre todo por la literatura, en particular por la dramática, y por el teatro. A este último me había iniciado Mieczyslaw Kotlarczyk, profesor de lengua polaca, mayor que yo en edad. Él era un verdadero pionero del teatro de aficionados y tenía grandes ambiciones de un repertorio de calidad.

Los estudios en la Universidad Jaghellonica

En mayo de 1938, superado el examen final de los estudios en el instituto, me inscribí en la Universidad Jaghellonica para realizar los cursos de Filología polaca. Por este motivo me trasladé, junto con mi padre, desde Wadowice a Cracovia. Nos instalamos en la calle Tyniecka 10, en el barrio de Debniki. La casa pertenecía a los parientes de mi madre. Comencé los estudios en la Facultad de Filosofía de la Universidad Jaghellonica, siguiendo los cursos de Filología polaca, pero sólo logré acabar el primer año, porque el 1de septiembre de 1939 estalló la segunda guerra mundial.

A propósito de los estudios, deseo subrayar que mi elección de la filología polaca estaba motivada por una clara predisposición hacia la literatura. Sin embargo, ya durante el primer año, atrajo mi atención el estudio de la lengua misma. Estudiábamos la gramática descriptiva del polaco moderno y al mismo tiempo la evolución histórica de la lengua, con un particular interés por el viejo tronco eslavo. Esto me introdujo en horizontes completamente nuevos, por no decir en el misterio mismo de la palabra.

La palabra, antes de ser pronunciada en el escenario, vive en la historia del hombre como dimensión fundamental de su experiencia espiritual. En última instancia, remite al insondable misterio de Dios mismo. El redescubrir la palabra a través de los estudios literarios y linguísticos, me acercaba al misterio de la Palabra, de esa Palabra a la cual nos referimos cada día en la oración del Angelus: «La Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros» (Jn 1, 14). Comprendí más tarde que los estudios de filología polaca preparaban en mí el terreno para otro tipo de intereses y de estudios. Predisponían mi ánimo para acercarme a la filosofía y a la teología.

>>> NO SE MUESTRAN COMPLETOS LOS LIBROS CUYOS DERECHOS DE AUTOR ESTÁN VIGENTES, COMO OCURRE CON ESTE <<<