[¿?] página principal

 

Dudas y textos

Recursos para la formación católica 

Escríbeme

Quiénes somos

Mi perfil de facebook

Benedicto XVI

 Juan Pablo II

Clásicos de espiritualidad

Obras actuales variadas

Sobre el Opus Dei

 Oraciones y Biblia

Más magisterio de la Iglesia y Teología

Recursos formativos

Noticias

Citas escogidas

Imágenes

Enlaces

 

 

 

   

Juan Pablo II

MEMORIA E IDENTIDAD

 

Conversaciones al filo de dos milenios

Traducción de Bogdan Piotrowski

 

Nota del editor

El siglo xx ha sido testigo de acontecimientos históricos que han marcado un cambio decisivo en la situación política y social de muchas naciones, con gran incidencia en la vida de los ciudadanos. Hace ahora sesenta años del final de la guerra que, de 1939 a 1945, involucró al mundo en una tragedia de destrucción y muerte. En los años sucesivos, la dictadura comunista se extendió a diversas naciones de Europa centro oriental, mientras que la ideología marxista se propagaba en otras naciones del continente, así como en África, Latinoamérica y Asia. Además, el paso al siglo xxi se ha visto trágicamente afectado por la plaga del terrorismo a escala mundial: la destrucción de las Torres Gemelas en Nueva York ha sido su manifestación más impresionante. ¿Cómo no ver en todos estos acontecimientos la presencia activa del mysterium iniquitatis?

Sin embargo, junto al mal, no ha faltado el bien. Las dictaduras establecidas al otro lado del «telón de acero» no consiguieron sofocar el anhelo de libertad de los pueblos subyugados. En Polonia, a pesar de la obstrucción del régimen, nació y se consolidó el movimiento sindical conocido como Solidarnos´c´. Fue una señal de reanimación que tuvo eco también en otras partes. Y llegó 1989, que ha pasado a la historia como el año de la caída del Muro de Berlín, comenzando rápidamente el desmoronamiento de la dictadura comunista en las naciones europeas en las que había dominado por decenios. El siglo xx ha sido también el siglo en que muchas naciones, desde hacía tiempo bajo régimen colonial, han logrado su independencia. Han nacido así nuevos Estados que, aun entre condicionamientos y presiones, tienen ahora la facultad de decidir su propio destino. Hay que recordar, además, la institución de varios organismos internacionales que, tras la Segunda Guerra Mundial, han asumido la tarea de salvaguardar la paz y seguridad de los pueblos, comprometiéndose a una distribución ecuánime de los recursos disponibles, a proteger los derechos de cada persona y a reconocer las legítimas aspiraciones de los diversos grupos sociales. Finalmente, no se puede omitir el nacimiento y sucesiva ampliación de la Unión Europea.

Tampoco en la vida de la Iglesia faltaron acontecimientos que han dejado una huella profunda, dando el impulso necesario para efectuar cambios de considerable importancia para el presente y, se espera, también para el futuro del Pueblo de Dios. Entre ellos descuella sin duda el Concilio Vaticano II (1962-1965), con las iniciativas que puso en marcha: la reforma litúrgica, la constitución de nuevos organismos pastorales, el gran impulso misionero, el compromiso en el campo ecuménico y el diálogo interreligioso, por citar sólo las más destacadas. Además, ¿cómo no valorar todo el bien espiritual y eclesial surgido de la celebración del Gran Jubileo del año 2000?

****

Testigo de excepción de todos estos acontecimientos es el Papa Juan Pablo II. Ha vivido en primera persona las dramáticas y heroicas vicisitudes de su país, Polonia, al cual se ha sentido siempre muy allegado. En las últimas décadas ha sido también protagonista —primero como sacerdote, después como obispo, y finalmente como Papa— de muchos episodios de la historia de Europa y del mundo entero. Este libro presenta algunas de sus experiencias y reflexiones, que ha madurado bajo la presión de muchas formas de mal, pero sin perder de vista la perspectiva del bien, convencido de que éste, al final, saldrá victorioso. Al revisar diversos aspectos de la realidad actual, con una serie de «conversaciones al filo de dos milenios», el Santo Padre se ha detenido a reflexionar sobre fenómenos del presente a la luz de las vicisitudes del pasado, en las que ha intentado descubrir las raíces de lo que ocurre en el mundo de hoy, para ofrecer a sus contemporáneos, como individuos y como pueblos, la posibilidad de llegar, mediante un retorno a la «memoria», a una conciencia más viva de la propia «identidad».

Al escribir este libro, Juan Pablo II ha retomado los temas principales de unas conversaciones mantenidas en 1993 en Castel Gandolfo. Dos filósofos polacos, los profesores Józef Tischner y Krzysztof Michalski, fundadores del Instituto de Ciencias Humanas (Institut für die Wissenschaften von Menschen) con sede en Viena, le propusieron desarrollar un análisis crítico, tanto desde el punto de vista histórico como filosófico, de las dos dictaduras que han marcado el siglo xx: el nazismo y el comunismo. Dichas conversaciones fueron grabadas entonces y después transcritas. Pero el Santo Padre, aunque se remite a las cuestiones planteadas en aquellos coloquios, ha considerado oportuno ampliar la perspectiva de sus reflexiones. Ha querido ir más allá del contenido de aquellas conversaciones: así ha nacido este libro, en el que se tratan algunos temas cruciales para el destino de la humanidad, tras los primeros pasos del tercer milenio.

El texto mantiene la forma literaria de la conversación, para que el lector perciba más claramente que no se trata de un discurso académico, sino de un diálogo familiar en el que, si bien se afrontan con rigor los problemas planteados y se buscan las respuestas apropiadas, no se pretende hacer un desarrollo exhaustivo. Las preguntas, en su forma actual, son obra de la Redacción, y tienen el objetivo de estimular la atención del lector y facilitar la correcta comprensión del pensamiento papal. Es de desear que quienquiera que lea este libro encuentre en él respuesta, al menos, a algunos interrogantes que seguramente inquietan su corazón.

 

LA FUERZA QUE LIMITA EL MAL

1/ MYSTERIUM INIQUITATIS:

LA COEXISTENCIA DEL BIEN Y DEL MAL

Tras la caída de los dos poderosos sistemas totalitarios, el nazismo en Alemania y el «socialismo real» en la Unión Soviética, que han pesado sobre todo el siglo xx y han sido responsables de innumerables crímenes, parece llegado el momento de una reflexión sobre su génesis y sus consecuencias, particularmente sobre las ideologías que los han hecho germinar en la historia de la humanidad. Santo Padre, ¿cuál es el sentido de esta gran «erupción» del mal?

El siglo xx ha sido, en cierto sentido, el «teatro» en el que han entrado en escena determinados procesos históricos e ideológicos que han llevado hacia la gran «erupción» del mal, pero también ha sido espectador de su declive. En consecuencia, ¿sería justa una visión de Europa basada únicamente en la perspectiva del mal surgido en su historia reciente? ¿No habría más bien en este enfoque una cierta unilateralidad? La historia moderna de Europa, marcada

—sobre todo en Occidente— por la influencia de la Ilustración, ha dado también muchos frutos buenos. En esto refleja la naturaleza del mal, tal como la entiende santo Tomás, siguiendo las huellas de san Agustín. El mal es siempre la ausencia de un bien que un determinado ser debería tener, es una carencia. Pero nunca es ausencia absoluta del bien. Cómo nazca y se desarrolle el mal en el terreno sano del bien, es un misterio. También es una incógnita esa parte de bien que el mal no ha conseguido destruir y que se difunde a pesar del mal, creciendo incluso en el mismo suelo. Surge de inmediato la referencia a la parábola evangélica del trigo y la cizaña (cf. Mt 13, 24-30). Cuando los siervos preguntan al dueño: «¿Quieres que vayamos a arrancarla?», él contesta de manera muy significativa: «No, que podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega, y cuando llegue la siega diré a los segadores: Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero» (Mt 13, 29-30). En este caso, la mención de la cosecha alude a la fase final de la historia, la escatológica.

Se puede tomar esta parábola como clave para comprender toda la historia del hombre. En las diversas épocas y en distintos sentidos, el «trigo» crece junto a la «cizaña» y la «cizaña» junto al «trigo». La historia de la humanidad es una «trama» de la coexistencia entre el bien y el mal. Esto significa que si el mal existe al lado del bien, el bien, no obstante, persiste al lado del mal y, por decirlo así, crece en el mismo terreno, que es la naturaleza humana. En efecto, ésta no quedó destruida, no se volvió totalmente mala a pesar del pecado original. Ha conservado una capacidad para el bien, como lo demuestran las vicisitudes que se han producido en los diversos períodos de la historia.

2/ IDEOLOGÍAS DEL MAL

¿Cómo nacieron, pues, las ideologías del mal? ¿Cuáles son las raíces del nazismo y del comunismo? ¿Cómo se llegó a su caída?

Las cuestiones propuestas tienen un profundo significado filosófico y teológico. Hay que reconstruir la «filosofía del mal» en su vertiente europea, aunque no sólo europea. Esto nos lleva más allá de las ideologías. Nos impulsa a adentrarnos en el mundo de la fe. Hay que afrontar el misterio de Dios y de la creación y, especialmente, el del hombre. Son los misterios que he querido expresar en los primeros años de mi servicio como Sucesor de Pedro mediante las Encíclicas Redemptor hominis, Dives in misericordia y Dominum et vivificantem. Este tríptico se corresponde en realidad con el misterio trinitario de Dios. El contenido de la Encíclica Redemptor hominis lo traje conmigo desde Polonia. También las reflexiones de la Dives in misericordia fueron fruto de mis experiencias pastorales en Polonia y especialmente en Cracovia. Porque en Cracovia está la tumba de santa Faustina Kowalska, a quien Cristo concedió ser una portavoz particularmente inspirada de la verdad sobre la Divina Misericordia. Esta verdad suscitó en sor Faustina una vida mística sumamente rica. Era una persona sencilla, no muy instruida y, no obstante, quien lee el Diario de sus revelaciones se sorprende ante la profundidad de la experiencia mística que relata.

Digo esto porque las revelaciones de sor Faustina, centradas en el misterio de la Divina Misericordia, se refieren al período precedente a la Segunda Guerra Mundial. Precisamente el tiempo en que surgieron y se desarrollaron esas ideologías del mal como el nazismo y el comunismo. Sor Faustina se convirtió en pregonera del mensaje, según el cual la única verdad capaz de contrarrestar el mal de estas ideologías es que Dios es Misericordia, la verdad del Cristo misericordioso. Por eso, al ser llamado a la Sede de Pedro, sentí la necesidad imperiosa de transmitir las experiencias vividas en mi país natal, pero que son ya acervo de la Iglesia universal.

La Encíclica Dominum et vivificantem, sobre el Espíritu Santo, se gestó ya en Roma. Maduró, pues, algo más tarde. Surgió de las meditaciones sobre el evangelio de san Juan, sobre lo que Cristo dijo durante la Última Cena. Precisamente en estas últimas horas de la vida terrena de Cristo tuvo lugar probablemente la revelación más completa del Espíritu Santo. En las palabras pronunciadas entonces por Jesús hay también una afirmación muy significativa sobre la cuestión que nos interesa. Dice que el Espíritu Santo «convencerá al mundo en lo referente al pecado» (Jn 16, 8). Traté de ahondar en estas palabras y esto me llevó a las primeras páginas del libro del Génesis, al episodio conocido con el nombre de «pecado original». San Agustín, con su extraordinaria perspicacia, describió la naturaleza de este pecado en la siguiente fórmula: Amor sui usque ad contemptum Dei, amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios.1 Precisamente el amor sui fue lo que llevó a los primeros padres a la rebelión inicial y determinó la propagación en lo sucesivo del pecado a toda la historia del hombre. A eso se refieren las palabras del libro del Génesis: «seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal» (Gn 3, 5), es decir, decidiréis por vosotros mismos lo que está bien y lo que está mal.

Y esta dimensión original del pecado no podía tener un contrapeso adecuado más que en la actitud opuesta: Amor Dei usque ad contemptum sui, amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo. De este modo nos adentramos en el misterio de la Redención del hombre y, en este paso, nos guía el Espíritu Santo. Es Él quien nos permite llegar a las profundidades del mysterium Crucis. Y también asomarnos sobre el profundo abismo del mal, cuyo causante y víctima a la vez resulta ser el hombre en el comienzo de su historia. A esto precisamente se refiere la expresión «convencerá al mundo en lo referente al pecado». El objetivo de este «convencer» no es la condena del mundo. Cuando la Iglesia, con la fuerza del Espíritu Santo, llama al mal por su nombre, lo hace únicamente con el fin de indicar al hombre la posibilidad de vencerlo, abriéndose a la dimensión del amor Dei usque ad contemptum sui. Éste es el fruto de la Misericordia Divina. En Jesucristo, Dios se inclina sobre el hombre para tenderle la mano, para volver a levantarlo y ayudarle a reemprender el camino con renovado vigor. El hombre no es capaz de levantarse por sus propias fuerzas; necesita la ayuda del Espíritu Santo. Si rechaza esta ayuda, incurre en lo que Cristo llamó «blasfemia contra el Espíritu Santo», declarando al mismo tiempo que es imperdonable (cf.

Mt 12, 31). ¿Por qué es imperdonable? Porque excluye en el hombre el deseo mismo del perdón. El hombre rechaza el amor y la misericordia de Dios porque él mismo se considera Dios. Presume de valerse por sí mismo.

Me he referido brevemente a tres Encíclicas que me parecen un comentario oportuno a todo el magisterio del Concilio Vaticano II, y también a las circunstancias complejas del momento histórico en que nos toca vivir.

En el transcurso de los años me he ido convenciendo de que las ideologías del mal están profundamente enraizadas en la historia del pensamiento filosófico europeo. A este respecto, debo aludir a ciertos hechos relacionados con la historia de Europa y, sobre todo, con la cultura dominante en ella. Cuando se publicó la Encíclica sobre el Espíritu Santo, algunos sectores en Occidente reaccionaron negativamente e incluso de modo vivaz. ¿De dónde provenía esta reacción? Surgía de las mismas fuentes de las que, hace más de doscientos años, nació la llamada Ilustración europea, especialmente la francesa, pero sin excluir la inglesa, la alemana, la española o la italiana. En Polonia tuvo un sesgo peculiar y Rusia, por su parte, probablemente no sintió tanto la sacudida de la Ilustración. Allí, la crisis de la tradición cristiana llegó por otros derroteros, hasta estallar a comienzos del siglo xx con mayor virulencia aún, como sucedió con la revolución marxista, radicalmente atea.

Para esclarecer mejor este problema, hay que remontarse al período anterior a la Ilustración y, específicamente, a la revolución que supuso el pensamiento de Descartes en la filosofía. El cogito, ergo sum —pienso, luego existo— comportaba una inversión en el modo de hacer filosofía. En la época precartesiana, la filosofía, y por tanto el cogito, o más bien cognosco, estaba subordinado al esse, que era considerado primordial. A Descartes, en cambio, el esse le pareció secundario, mientras estimó que lo principal era el cogito. De este modo, no solamente se producía un cambio de rumbo en el modo de filosofar, sino también un abandono decisivo de lo que había sido la filosofía hasta entonces y, particularmente, para santo Tomás de Aquino: la filosofía del esse. Antes todo se interpretaba desde el prisma del esse y desde esta perspectiva se buscaba una explicación a todo. Dios, como el Ser plenamente autosuficiente (Ens subsistens), era considerado el fundamento indispensable de todo ens non subsistens, ens participatum, de todos los seres creados y, por tanto, también del hombre. El cogito, ergo sum supuso la ruptura con este modo de pensar. Lo primordial era ahora el ens cogitans. Así pues, a partir de Descartes, la filosofía se convierte en la ciencia del puro pensamiento: todo lo que es esse —tanto el mundo creado como el Creador— permanece en el campo del cogito, como contenido de la conciencia humana. La filosofía se ocupa de los seres en la medida en que son contenidos de la conciencia y no en cuanto existentes fuera de ella.

Llegados a este punto, conviene detenerse un poco en la tradición de la filosofía polaca, particularmente en lo que sucedió tras la llegada al poder del Partido Comunista. En las universidades se puso todo tipo de obstáculos a cualquier forma de pensamiento filosófico que no respondiera al modelo marxista. Y se hizo de un modo simple y radical, actuando contra los que seguían otras corrientes de pensamiento filosófico. Es muy significativo que entre los destituidos de sus cátedras estuvieran sobre todo los representantes de la filosofía realista, incluidos los seguidores de la fenomenología realista, como Roman Ingarden e Izydora Dàmbska, esta última de la escuela de Lvov-Varsovia. La operación era más difícil con los representantes del tomismo, porque enseñaban en la Universidad Católica de Lublín, en las facultades de Teología de Varsovia y Cracovia, así como en los seminarios mayores. No obstante, en un segundo momento, el sistema tampoco fue condescendiente con ellos, aunque fuera con otros medios. Se recelaba también de otros prestigiosos profesores universitarios que mantenían posturas críticas respecto al materialismo dialéctico. Recuerdo en particular a Tadeusz Kotarbin´ski, Maria Ossowska y Tadeusz Cze.zowski. Naturalmente, no se podían quitar del Ordo académico cursos como los dedicados a la lógica y la metodología de las ciencias; pero se podía obstaculizar de muchas formas a los profesores «disidentes», limitando con cualquier medio su influjo en la formación de los estudiantes.

Lo ocurrido en Polonia tras la subida al poder de los marxistas tuvo consecuencias similares a las provocadas anteriormente en Europa occidental por los procesos desarrollados a partir de la Ilustración. Se hablaba, entre otras cosas, del «ocaso del realismo tomista», entendiendo con ello también el abandono del cristianismo como fuente de un pensamiento filosófico. En definitiva, se cuestionaba la posibilidad misma de llegar a Dios. En la lógica del cogito, ergo sum, Dios se reducía sólo a un contenido de la conciencia humana; no se le podía considerar como Quien es la razón última del sum humano. Por ende, no se podía mantener como el Ens subsistens, el «Ser autosuficiente», como el Creador, Quien da la existencia, más aún, como Quien se entrega a sí mismo en el misterio de la Encarnación, de la Redención y de la Gracia. El Dios de la revelación dejaba de existir como el «Dios de los filósofos». Quedaba únicamente la idea de Dios, como tema de una libre elaboración del pensamiento humano.


>>> NO SE MUESTRAN COMPLETOS LOS LIBROS CUYOS DERECHOS DE AUTOR ESTÁN VIGENTES, COMO OCURRE CON ESTE <<<