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LAS BUENAS AMISTADES

Amigos del Fundador del Opus Dei

Dios los cría

            “Dios los cría y ellos se juntan”, recuerda el refranero; y en las amistades, los negocios y los casamientos se confirma día tras día el dicho: para lo bueno y para lo malo.

            En el caso que ahora nos ocupa es para lo bueno. En un libro testimonio sobre el Fundador del Opus Dei escrito por un amigo suyo, Mons. García Lahiguera, se pone de manifiesto que también los hombres santos, después de criarlos Dios, se van juntando y haciéndose amigos entre sí.

            El futuro beato Josemaría Escrivá de Balaguer falleció santamente el 26 de junio de 1975; su amigo García Lahiguera murió con fama de santidad el 14 de julio de 1989 y hay numerosos fieles que se acogen a su intercesión. Y no es el único amigo del Fundador del Opus Dei que quizá veamos dentro de poco en los altares.

            En las páginas siguientes se evocan algunas de las amistades del Fundador con diversas personalidades de la Iglesia, que son en la mayoría de los casos Fundadores de diversas instituciones y se encuentran también en proceso de Beatificación. En otros casos, se trata de personas que murieron con fama de santidad o que recibieron gracias muy singulares de Dios.

            En lo que se refiere a los Fundadores, hay que anotar un hecho singular: las instituciones que fundaron estos hombres, tan amigos entre sí, son muy variadas y distintas, y constituyen una elocuente manifestación de la diversidad de dones que el Espíritu concede a la Iglesia. Sin embargo, la disparidad de talantes y mentalidades que se advierte en esas instituciones no impidió que se estableciera entre sus Fundadores una profunda sintonía interior desde el punto de vista espiritual, y que les uniera una cordialísima amistad desde el punto de vista humano, llena de confianza y buen humor.

            Este puñado de amigos son un ejemplo actual de esas “buenas amistades” que tanto bien han hecho a la Iglesia a lo largo de su historia. Gozaron de una buena amistad San Ambrosio y San Agustín; Santo Tomás de Aquino y San Alberto Magno; San Francisco de Sales y Santa Juana de Chantal, sin olvidar a aquel grupo de amigos florentinos del siglo XIII que acabaron convirtiéndose en los Siete Santos Fundadores. Está claro que la amistad con Dios ayuda mucho a la amistad con los hombres.

Amigo de todos

            “A quien se acercara personalmente al Fundador del Opus Dei no le quedaba más posibilidad que llegar a ser amigo suyo para siempre -afirmaba el Obispo de Essen, Franz Hengsbach-. Esta es mi experiencia y la de muchas personas, tal como constata uno de sus biógrafos: 'era muy alegre y comprensivo, y muy sencillo y sin recámaras, se hacía amigo de todos y todos le querían. Yo no supe de nadie que tuviera enemistad con él' (Salvador Bernal, pág. 147). Quería ser amigo de todos...”.

            Quería ser amigo de todos: y dejó tras de sí un amplísimo círculo de amistades, compuestas por amigos de todo tipo: amigos de las horas felices, amigos de los momentos difíciles, amigos “de toda la vida”...

            ¿Qué es lo que impulsaba a Josemaría Escrivá a querer tener tantos amigos y no sólo unos pocos, como suele ser corriente?, se planteaba el futuro Cardenal Hengsbach. Y concluía: “Se había dado cuenta de que una amistad verdadera es más que la simpatía personal: la amistad verdadera siempre está enraizada en Jesucristo, el verdadero amigo, que murió en la Cruz por cada persona. Por eso solía decir que cada persona vale toda la Sangre de Jesucristo. Y por eso no había nadie que le fuera indiferente, ni podía dejar de lado a nadie...”.

“Un amigo de toda la vida”: Isidoro Zorzano[1]

            Comencemos por un amigo de juventud de don Josemaría Escrivá: Isidoro Zorzano. Isidoro fue uno de esos “amigos de toda la vida”, una de esas personas que están siempre a nuestro lado, con las que se comparten las horas de la juventud y de la madurez, los juegos y el trabajo, las horas de la alegría y las del dolor. Sin esos “amigos de siempre” no entenderíamos nuestra propia vida: en gran medida porque, sin ellos, nuestra vida estaría incompleta: son una parte decisiva de ella: son un poco -o un mucho- de nosotros mismos. Y al revés.

            Se conocían desde la adolescencia: habían coincidido en los exámenes del Bachillerato en el Instituto de Logroño, ciudad en la que estudiaban, uno -Josemaría- en el Colegio de San Antonio y otro -Isidoro- en el de los Maristas.

            Tenían muchos rasgos en común: eran chicos limpios y nobles; se esforzaban por vivir una intensa vida cristiana; los dos eran de fuera de aquella ciudad: Josemaría procedía del Altoaragón e Isidoro de la otra orilla del Atlántico. Y eran prácticamente de la misma edad: Josemaría había nacido en Barbastro, en enero de 1902, e Isidoro en Buenos Aires, en septiembre de aquel mismo año.

            Incluso había cierto paralelismo en la trayectoria de sus respectivas familias: la de Josemaría se había trasladado a Logroño a causa de la quiebra del negocio familiar, y la de Isidoro -formada por antiguos emigrantes- se había vuelto a la capital de la Rioja cuando él tenía sólo tres años, con la idea de permanecer una temporada en la Península y volverse de nuevo a América. Pero la muerte de su padre había hecho que aquella estancia en Logroño se convirtiese en definitiva.

            Esta coincidencia de destinos se rompió, aparentemente, al acabar el Bachillerato. Como suele suceder con frecuencia, los dos amigos se separaron: Josemaría, que había decidido entregarse a Dios como sacerdote, se fue a estudiar al Seminario de Zaragoza; Isidoro se fue a vivir a Madrid, para preparar el ingreso en la carrera de ingeniería. Y aunque no hay constancia de este hecho, parece que de ahí en adelante no coincidieron ni siquiera durante los veranos: Josemaría solía pasar esos meses en Logroño, e Isidoro se marchaba con los suyos a Tierra de Cameros.

            Sin embargo, no perdieron el contacto entre sí: durante 1927 y 1928 se escribieron alguna que otra vez, y Josemaría, después de ordenarse sacerdote en Zaragoza el 28 de marzo de 1925, se trasladó también a la capital para obtener el doctorado en Derecho Civil -carrera que había realizado en la ciudad aragonesa- y conseguir un título que sólo podía obtenerse en la Universidad Central de Madrid.

            Cuando Isidoro terminó la carrera, en septiembre de 1928, parecía que los destinos de estos dos hombres iban a distanciarse definitivamente. Josemaría seguía ejerciendo su ministerio en Madrid; Isidoro había encontrado un trabajo en Matagorda, un astillero naval de la Bahía de Cádiz, y allá se fue. Un año después, comenzó a trabajar en la Compañía de Ferrocarriles Andaluces en Málaga. Aparentemente, la distancia amenazaba con ir difuminando, poco a poco, aquella antigua amistad.

Doña Luz Rodríguez Casanova[2]

            Mientras tanto, durante sus primeros años en Madrid don Josemaría desarrollaba una incansable actividad sacerdotal en su trabajo como capellán de una institución benéfica, el Patronato de Enfermos, que había fundado doña Luz Rodríguez Casanova.

            Esta mujer asturiana, de origen aristocrático -era la cuarta hija de los marqueses de Onteiro-, había decidido, durante una estancia en Lourdes, cuando tenía 24 años, dedicarse por entero a la labor apostólica con los pobres, enfermos y niños de la periferia de Madrid. El Patronato de Enfermos era una de sus múltiples iniciativas asistenciales. Había fundado también tres años antes, en 1924, una Congregación religiosa: las Damas Apostólicas.

            Una de esas religiosas, Asunción Muñoz, que era entonces una de las más jóvenes, evocaba su primer encuentro con don Josemaría en el año 1927. “Recuerdo perfectamente -escribe- que se trataba de un sacerdote muy joven, con la carrera eclesiástica recién terminada, pero con una personalidad muy definida y muy grata. Si tuviera que definir alguna cualidad que me impresionara más que otras, me pronunciaría por la franqueza, la sencillez, el agrado, la simpatía. Todo eso tenía. Llano, sencillo, fervoroso.

            Desde el primer momento se compenetró admirablemente con doña Luz Rodríguez Casanova, nuestra Fundadora, porque ella también poseía una gran sencillez y porque le preocupaban las mismas cosas. Comprendió muy bien nuestro espíritu aun cuando luego él fundara el Opus Dei, con un modo de buscar la santidad muy diverso. Habiéndole conocido, esto se explica con facilidad ya que él acataba todo lo bueno, todo lo grande, todo lo santo... Tenía un espíritu muy universal. Quería todo cuanto fuera para la Gloria de Dios. Y por eso nos conoció muy bien y nos ayudó muchísimo y nos tuvo un gran afecto”.

            “El Capellán del Patronato de Enfermos -prosigue- era el que cuidaba los actos de culto de la casa: decía Misa diariamente, hacía la Exposición y dirigía el rezo del Rosario. No tenía que ocuparse, por razón de su cargo, de atender la extraordinaria labor que se hacía desde el Patronato entre los pobres y enfermos -en general, con los necesitados- del Madrid de entonces. Sin embargo D. Josemaría aprovechó la circunstancia de su nombramiento como capellán para darse generosamente, sacrificada y desinteresadamente a un ingente número de pobres y enfermos que se ponían al alcance de su corazón sacerdotal”.

            Durante ese periodo, don Josemaría instruyó a miles de niños para que pudieran recibir la Confesión y la Primera Comunión; y atendió a millares de enfermos y desvalidos en sus propias casas o en los hospitales. Recorría Madrid de un extremo a otro, día tras día, para administrar los últimos sacramentos a los moribundos y a los desahuciados de los barrios más pobres y miserables de la ciudad.

            “Nuestra madre Fundadora -comenta Asunción Muñoz- le tenía gran cariño. Se le notaba y nos lo decía abiertamente: porque el fervor de don Josemaría era admirable y tenía un atractivo especial. Contagiaba su piedad y era de una llaneza y una claridad abiertas a toda confianza”.

Mercedes Reyna[3]

            “En la época en que don Josemaría era capellán del Patronato -recuerda Margarita Alvarado, una mujer que ayudaba a aquellas religiosas y que luego se hizo carmelita descalza- murió en olor de santidad Mercedes Reyna, una Dama Apostólica que había llevado una vida de sacrificio ejemplar: tenía los pies totalmente deformados y así iba a visitar a los pobres, por los distintos barrios”.

            Don Josemaría ayudó a esta mujer hasta el último momento. “Le dio los últimos Sacramentos”, recuerda Asunción Muñoz, “a pesar de que él, por su cargo de capellán del Patronato, no tenía que ver con la atención espiritual de la comunidad de Damas Apostólicas. Posiblemente D. Josemaría haría una excepción con Mercedes Reyna atendiendo a sus circunstancias personales. Me contaron que no se apartó, prácticamente, del pasillo al que se abría la puerta de su habitación durante todo el tiempo que duró la agonía. Paseaba, rezando, dispuesto a entrar en cuanto lo necesitara; escuchaba, con la piedad de quien asiste a la muerte de un santo, las palabras entrecortadas de Mercedes. Asistió, con absoluta devoción, a los últimos momentos de aquella mujer cuya entrega total al sufrimiento y al amor de Dios no dudó ni un instante”.

            Cuando administraron los últimos sacramentos a Mercedes Reyna, descubrieron que tenía los dedos de los pies absolutamente deformes. Comprendieron entonces cuál era la causa de su frecuentes caídas por las calles y barrizales cuando iba a visitar a los enfermos. Aquellos pies eran la confirmación del heroísmo silencioso de esta mujer que quiso siempre -como escribió en sus Apuntes Espirituales- “vivir una vida recogida, callada, ingeniándome en ocultarme y desaparecer”.

            La iglesia donde se expuso su cadáver se llenó de personas que, movidos por la fama de santidad de esta religiosa, vinieron a besar aquellos pies enfermos con los que había recorrido penosamente durante años, en un prodigio de caridad, los barrios más pobres de Madrid.

            Tras su fallecimiento, don Josemaría deseaba preparar una biografía de esa mujer cuya vida y muerte tanto le había impresionado, y compuso una breve semblanza que se incluyó en la estampa para su devoción privada: “el Señor fue preparando su alma -escribió- para recibir la gracia de la vocación religiosa, dándole muchos deseos y muchas realidades de Cruz. En Marzo de 1925, por consejo de su Director, el santo P. José María Rubio, S. J.[4] entró a formar parte de (...) las Damas Apostólicas del Sagrado Corazón. Aquí se hizo como enseña San Pablo, toda para todos: los niños, los enfermos, los pobres”.

            D. Josemaría, relata Asunción Muñoz, “tuvo siempre conciencia de la santidad de esta mujer y la ayudó intensamente en su búsqueda de Dios. La entendió en el profundo silencio de su entrega, en la mortificación constante, en la humildad, en la unión con su amor crucificado. La entendió a pesar de lo original de su forma; a pesar de que el ánimo de don Josemaría barruntaba una entrega a Dios por caminos diferentes. La entendió con la apertura de los que saben distinguir la Presencia de Dios en un alma por encima de todos los matices.

            Durante algún tiempo, don Josemaría tuvo en su poder el libro de Mercedes Reyna, aquel pequeño cuaderno en el que anotaba sus intuiciones de Dios, su silencio y su entrega. Posteriormente me lo dio a mí, por considerar justo que estas notas de un alma elegida quedaran dentro de nuestra Comunidad. Yo lo conservo como una reliquia”.

            Se refleja en estos testimonios un rasgo decisivo de la personalidad humana de don Josemaría. Como recordaba el obispo de Essen, “medía la calidad de la amistad por la mirada conjunta hacia Jesucristo”. Sabía comprender lo distinto, y se hacía amigo de todos por encima de las diferencias, con corazón grande.

            En definitiva, sabía querer.

Un encuentro con un viejo amigo

            Mientras tanto, Dios seguía entretejiendo amistades, “casualidades” y destinos en la vida de don Josemaría. Un año más tarde de la muerte de Mercedes Reyna, el 24 de agosto de 1930, se encontró en una calle de Madrid con su viejo amigo Isidoro Zorzano.

            Isidoro se dirigía hacia Logroño para pasar el verano con su familia, y había hecho una breve parada en la capital con el deseo de visitar a don Josemaría, que le había escrito poco antes una postal: “cuando vengas por Madrid, no dejes de verme. Tengo que contarte muchas cosas”. ¿De qué se trataría? También Isidoro tenía cosas que contarle; pero al llegar a Madrid, como no le había avisado, no halló en casa a su amigo, y se dedicó a deambular sin rumbo fijo por las calles de la capital.

            Don Josemaría estaba en esos momentos acompañando a un chico enfermo “cuando de pronto -escribió más tarde, evocando aquel hecho- sentí el impulso de tener que salir a la calle. Le dije que me marchaba y, aunque la madre insistió en que me quedara, por la compañía que hacía a su hijo, me despedí. No sabía a dónde iba; ya en la calle, sin saber a dónde me dirigía, me encontré de sopetón con Isidoro, que estaba haciendo tiempo para coger el tren de vuelta y casualmente pasaba también por allí”.

            Aquel encuentro marcaría definitivamente la vida de Isidoro. “Nada más saludarme -recordaba el Fundador- me dijo a bocajarro: Quiero entregarme a Dios y no sé cómo ni dónde”. Ya en casa, Isidoro le contó detalladamente sus inquietudes espirituales a su amigo Josemaría, que, al oírle, le habló extensamente de lo que Dios le había hecho ver poco tiempo antes.

            Durante esos tres años en la capital de España habían sucedido hechos muy decisivos en la vida de aquel joven sacerdote. Una mañana del 2 de octubre de 1928, cuando hacía unos ejercicios espirituales en la Casa Central de los Paúles de Madrid y se encontraba recogido en su habitación, releyendo las notas en las que había apuntado las insinuaciones y mociones que había recibido de Dios en los últimos años, había visto, con total claridad, la misión que Dios le encomendaba: abrir en el mundo un camino de santificación en el trabajo profesional y en los deberes ordinarios del cristiano...

            Isidoro comprendió: aquello que su amigo había visto el 2 de octubre de 1928, era precisamente lo que estaba buscando desde hacía tiempo. Era un camino de santidad, totalmente nuevo para él, donde podría llevar a cabo la locura de amor que presentía él también en el fondo de su corazón y las inquietudes espirituales que sentía en el fondo del corazón. Y aquel mismo día se entregó por entero a la Obra.

            Ese rasgo de generosidad pronta retrata de cuerpo entero a este ingeniero joven de veintiocho años. Impulsado por el celo apostólico de D. Josemaría, Isidoro no hizo “esperar a Dios”. Su entrega plena e instantánea fue la consecuencia lógica de toda su existencia, volcada siempre hacia Dios y hacia los demás.

            “El tenía ya una inquietud de entrega a Dios -recordaba el Fundador años más tarde-, y no necesitó pensar mucho para decidirse, porque cuando se trata de darse al Señor no es necesaria gran deliberación; es el corazón y la fe lo que ha de mandar”.


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