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AMIGOS DE DIOS
San Josemaría Escrivá de Balaguer
1. LA
GRANDEZA DE LA VIDA CORRIENTE
Homilía pronunciada el 11-III-1960
Ibamos hace tantos años por una carretera de Castilla y vimos, allá
lejos, en el campo, una escena que me removió y que me ha servido en
muchas ocasiones para mi oración: varios hombres clavaban con fuerza, en
la tierra, las estacas que después utilizaron para tener sujeta
verticalmente una red, y formar el redil. Más tarde, se acercaron a
aquel lugar los pastores con las ovejas, con los corderos; los llamaban
por su nombre, y uno a uno entraban en el aprisco, para estar todos
juntos, seguros.
Y yo, mi Señor, hoy me acuerdo de modo particular de esos pastores y de
ese redil, porque todos los que aquí nos encontramos reunidos -y otros
muchos en el mundo entero- para conversar Contigo, nos sabemos metidos
en tu majada. Tú mismo lo has dicho: Yo soy el Buen Pastor y conozco mis
ovejas, y las ovejas mías me conocen a Mi [1] . Tú nos conoces bien; te
consta que queremos oír, escuchar siempre atentamente tus silbidos de
Pastor Bueno, y secundarlos, porque la vida eterna consiste en conocerte
a Ti, solo Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien Tú enviaste [2] .
Tanto me enamora la imagen de Cristo rodeado a derecha e izquierda por
sus ovejas, que la mandé poner en el oratorio donde habitualmente
celebro la Santa Misa; y en otros lugares he hecho grabar, como
despertador de la presencia de Dios, las palabras de Jesús: cognosco
oves meas et cognoscunt me meae [3] , para que consideremos en todo
momento que El nos reprocha, o nos instruye y nos enseña como el pastor
a su grey [4] . Muy a propósito viene, pues, este recuerdo de tierras de
Castilla.
1.
Dios nos quiere santos
Vosotros y yo formamos parte de la familia de Cristo, porque El mismo
nos escogió antes de la creación del mundo, para que seamos santos y sin
mancha en su presencia por la caridad, habiéndonos predestinado como
hijos adoptivos por Jesucristo, a gloria suya, por puro efecto de su
buena voluntad [5] . Esta elección gratuita, que hemos recibido del
Señor, nos marca un fin bien determinado: la santidad personal, como nos
lo repite insistentemente San Pablo: haec est voluntas Dei:
sanctificatio vestra [6] , ésta es la Voluntad de Dios: vuestra
santificación. No lo olvidemos, por tanto: estamos en el redil del
Maestro, para conquistar esa cima.
2.
No se va de mi memoria una ocasión -ha transcurrido ya mucho tiempo- en
la que fui a rezar a la Catedral de Valencia, y pasé por delante de la
sepultura del Venerable Ridaura. Me contaron entonces que a este
sacerdote, cuando era ya muy viejo y le preguntaban: ¿cuántos años tiene
usted?, él, muy convencido, respondía en valenciano: poquets,
¡poquitos!, los que llevo sirviendo a Dios. Para bastantes de vosotros,
todavía se cuentan con los dedos de una mano los años, desde que os
decidisteis a tratar a Nuestro Señor, a servirle en medio del mundo, en
vuestro propio ambiente y a través de la propia profesión u oficio. No
importa excesivamente este detalle; sí interesa, en cambio, que grabemos
a fuego en el alma la certeza de que la invitación a la santidad,
dirigida por Jesucristo a todos los hombres sin excepción, requiere de
cada uno que cultive la vida interior, que se ejercite diariamente en
las virtudes cristianas; y no de cualquier manera, ni por encima de lo
común, ni siquiera de un modo excelente: hemos de esforzarnos hasta el
heroísmo, en el sentido más fuerte y tajante de la expresión.
3.
La meta que os propongo -mejor, la que nos señala Dios a todos- no es un
espejismo o un ideal inalcanzable: podría relataros tantos ejemplos
concretos de mujeres y hombres de la calle, como vosotros y como yo, que
han encontrado a Jesús que pasa quasi in occulto [7] por las
encrucijadas aparentemente más vulgares, y se han decidido a seguirle,
abrazados con amor a la cruz de cada día [8] . En esta época de
desmoronamiento general, de cesiones y desánimos, o de libertinaje y
anarquía, me parece todavía más actual aquella sencilla y profunda
convicción que, en los comienzos de mi labor sacerdotal, y siempre, me
ha consumido en deseos de comunicar a la humanidad entera: estas crisis
mundiales son crisis de santos.
4.
Vida interior: es una exigencia de la llamada que el Maestro ha puesto
en el alma de todos. Hemos de ser santos -os lo diré con una frase
castiza de mi tierra- sin que nos falte un pelo: cristianos de veras,
auténticos, canonizables; y si no, habremos fracasado como discípulos
del único Maestro. Mirad además que Dios, al fijarse en nosotros, al
concedernos su gracia para que luchemos por alcanzar la santidad en
medio del mundo, nos impone también la obligación del apostolado.
Comprended que, hasta humanamente, como comenta un Padre de la Iglesia,
la preocupación por las almas brota como una consecuencia lógica de esa
elección: cuando descubrís que algo os ha sido de provecho, procuráis
atraer a los demás. Tenéis, pues, que desear que otros os acompañen por
los caminos del Señor. Si vais al foro o a los baños, y topáis con
alguno que se encuentra desocupado, le invitáis a que os acompañe.
Aplicad a lo espiritual esta costumbre terrena y, cuando vayáis a Dios,
no lo hagáis solos [9] .
Si no queremos malgastar el tiempo inútilmente -tampoco con las falsas
excusas de las dificultades exteriores del ambiente, que nunca han
faltado desde los inicios del cristianismo-, hemos de tener muy presente
que Jesucristo ha vinculado, de manera ordinaria, a la vida interior la
eficacia de nuestra acción para arrastrar a los que nos rodean. Cristo
ha puesto como condición, para el influjo de la actividad apostólica, la
santidad; me corrijo, el esfuerzo de nuestra fidelidad, porque santos en
la tierra no lo seremos nunca. Parece increíble, pero Dios y los hombres
necesitan, de nuestra parte, una fidelidad sin paliativos, sin
eufemismos, que llegue hasta sus últimas consecuencias, sin medianías ni
componendas, en plenitud de vocación cristiana asumida y practicada con
esmero.
5.
Quizá alguno de vosotros piense que me estoy refiriendo exclusivamente a
un sector de personas selectas. No os engañéis tan fácilmente, movidos
por la cobardía o por la comodidad. Sentid, en cambio, la urgencia
divina de ser cada uno otro Cristo, ipse Christus, el mismo Cristo; en
pocas palabras, la urgencia de que nuestra conducta discurra coherente
con las normas de la fe, pues no es la nuestra -ésa que hemos de
pretender- una santidad de segunda categoría, que no existe. Y el
principal requisito que se nos pide -bien conforme a nuestra
naturaleza-, consiste en amar: la caridad es el vínculo de la perfección
[10] ; caridad, que debemos practicar de acuerdo con los mandatos
explícitos que el mismo Señor establece: amarás al Señor Dios tuyo con
todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente [11] , sin
reservarnos nada. En esto consiste la santidad.
6.
Ciertamente se trata de un objetivo elevado y arduo. Pero no me perdáis
de vista que el santo no nace: se forja en el continuo juego de la
gracia divina y de la correspondencia humana. Todo lo que se desarrolla
-advierte uno de los escritores cristianos de los primeros siglos,
refiriéndose a la unión con Dios-, comienza por ser pequeño. Es al
alimentarse gradualmente como, con constantes progresos, llega a hacerse
grande [12] . Por eso te digo que, si deseas portarte como un cristiano
consecuente -sé que estás dispuesto, aunque tantas veces te cueste
vencer o tirar hacia arriba con este pobre cuerpo-, has de poner un
cuidado extremo en los detalles más nimios, porque la santidad que
Nuestro Señor te exige se alcanza cumpliendo con amor de Dios el
trabajo, las obligaciones de cada día, que casi siempre se componen de
realidades menudas.
7.
Cosas pequeñas y vida de infancia
Pensando en aquellos de vosotros que, a la vuelta de los años, todavía
se dedican a soñar -con sueños vanos y pueriles, como Tartarín de
Tarascón- en la caza de leones por los pasillos de su casa, allí donde
si acaso no hay más que ratas y poco más; pensando en ellos, insisto, os
recuerdo la grandeza de la andadura a lo divino en el cumplimiento fiel
de las obligaciones habituales de la jornada, con esas luchas que llenan
de gozo al Señor, y que sólo El y cada uno de nosotros conocemos.
Convenceos de que ordinariamente no encontraréis lugar para hazañas
deslumbrantes, entre otras razones, porque no suelen presentarse. En
cambio, no os faltan ocasiones de demostrar a través de lo pequeño, de
lo normal, el amor que tenéis a Jesucristo. También en lo diminuto,
comenta San Jerónimo, se muestra la grandeza del alma. Al Creador no le
admiramos sólo en el cielo y en la tierra, en el sol y en el océano, en
los elefantes, camellos, bueyes, caballos, leopardos, osos y leones;
sino también en los animales minúsculos, como la hormiga, mosquitos,
moscas, gusanillos y demás animales de este jaez, que distinguimos mejor
por sus cuerpos que por sus nombres: tanto en los grandes como en los
pequeños admiramos la misma maestría. Así, el alma que se da a Dios pone
en las cosas menores el mismo fervor que en las mayores [13] .
8.
Al meditar aquellas palabras de Nuestro Señor: Yo, por amor de ellos me
santifico a Mí mismo, para que ellos sean santificados en la verdad [14]
, percibimos con claridad nuestro único fin: la santificación, o bien,
que hemos de ser santos para santificar. A la vez, como una sutil
tentación, quizá nos asalte el pensamiento de que muy pocos estamos
decididos a responder a esa invitación divina, aparte de que nos vemos
como instrumentos de muy escasa categoría. Es verdad, somos pocos, en
comparación con el resto de la humanidad, y personalmente no valemos
nada; pero la afirmación del Maestro resuena con autoridad: el cristiano
es luz, sal, fermento del mundo, y un poco de levadura hace fermentar la
masa entera [15] . Por esto precisamente, he predicado siempre que nos
interesan todas las almas -de cien, las cien-, sin discriminaciones de
ningún género, con la certeza de que Jesucristo nos ha redimido a todos,
y quiere emplearnos a unos pocos, a pesar de nuestra nulidad personal,
para que demos a conocer esta salvación.
Un discípulo de Cristo jamás tratará mal a persona alguna; al error le
llama error, pero al que está equivocado le debe corregir con afecto: si
no, no le podrá ayudar, no le podrá santificar. Hay que convivir, hay
que comprender, hay que disculpar, hay que ser fraternos; y, como
aconsejaba San Juan de la Cruz, en todo momento hay que poner amor,
donde no hay amor, para sacar amor [16] , también en esas circunstancias
aparentemente intrascendentes que nos brindan el trabajo profesional y
las relaciones familiares y sociales. Por lo tanto, tú y yo
aprovecharemos hasta las más banales oportunidades que se presenten a
nuestro alrededor, para santificarlas, para santificarnos y para
santificar a los que con nosotros comparten los mismos afanes
cotidianos, sintiendo en nuestras vidas el peso dulce y sugestivo de la
corredención.
9.
Voy a proseguir este rato de charla ante el Señor, con una nota que
utilicé años atrás, y que mantiene toda su actualidad. Recogí entonces
unas consideraciones de Teresa de Avila: todo es nada, y menos que nada,
lo que se acaba y no contenta a Dios [17] . ¿Comprendéis por qué un alma
deja de saborear la paz y la serenidad cuando se aleja de su fin, cuando
se olvida de que Dios la ha creado para la santidad? Esforzaos para no
perder nunca este punto de mira sobrenatural, tampoco a la hora de la
distracción o del descanso, tan necesarios en la vida de cada uno como
el trabajo.
Ya podéis llegar a la cumbre de vuestra tarea profesional, ya podéis
alcanzar los triunfos más resonantes, como fruto de esa libérrima
iniciativa que ejercéis en las actividades temporales; pero si me
abandonáis ese sentido sobrenatural que ha de presidir todo nuestro
quehacer humano, habréis errado lamentablemente el camino.
10.
Permitidme una corta digresión, que viene perfectamente al caso. Jamás
he preguntado a alguno de los que a mí se han acercado lo que piensa en
política: ¡no me interesa! Os manifiesto, con esta norma de mi conducta,
una realidad que está muy metida en la entraña del Opus Dei, al que con
la gracia y la misericordia divinas me he dedicado completamente, para
servir a la Iglesia Santa. No me interesa ese tema, porque los
cristianos gozáis de la más plena libertad, con la consecuente personal
responsabilidad, para intervenir como mejor os plazca en cuestiones de
índole política, social, cultural, etcétera, sin más límites que los que
marca el Magisterio de la Iglesia. Unicamente me preocuparía -por el
bien de vuestras almas-, si saltarais esos linderos, ya que habríais
creado una neta oposición entre la fe que afirmáis profesar y vuestras
obras, y entonces os lo advertiría con claridad. Este sacrosanto respeto
a vuestras opciones, mientras no os aparten de la ley de Dios, no lo
entienden los que ignoran el verdadero concepto de la libertad que nos
ha ganado Cristo en la Cruz, qua libertate Christus nos liberavit [18] ,
los sectarios de uno y otro extremo: esos que pretenden imponer como
dogmas sus opiniones temporales; o aquellos que degradan al hombre, al
negar el valor de la fe colocándola a merced de los errores más
brutales.
11.
Pero volvamos a nuestro tema. Os decía antes que ya podéis lograr los
éxitos más espectaculares en el terreno social, en la actuación pública,
en el quehacer profesional, pero si os descuidáis interiormente y os
apartáis del Señor, al final habréis fracasado rotundamente. Ante Dios,
y es lo que en definitiva cuenta, consigue la victoria al que lucha por
portarse como cristiano auténtico: no cabe una solución intermedia. Por
eso conocéis a tantos que, juzgando a lo humano su situación, deberían
sentirse muy felices y, sin embargo, arrastran una existencia inquieta,
agria; parece que venden alegría a granel, pero arañas un poco en sus
almas y queda al descubierto un sabor acerbo, más amargo que la hiel. No
nos sucederá a ninguno de nosotros, si de veras tratamos de cumplir
constantemente la Voluntad de Dios, darle gloria, alabarle y extender su
reinado a todas las criaturas.
12.
La coherencia cristiana de la vida
Me produce una pena muy grande enterarme de que un católico -un hijo de
Dios que, por el Bautismo, está llamado a ser otro Cristo- tranquiliza
su conciencia con una simple piedad formularia, con una religiosidad que
le empuja a rezar de vez en cuando, ¡sólo si piensa que le conviene!; a
asistir a la Santa Misa en los días de precepto -y ni siquiera todos-,
mientras cuida puntualmente que su estómago se quede tranquilo, comiendo
a horas fijas; a ceder en su fe, a cambiarla por un plato de lentejas,
con tal de no renunciar a su posición... Y luego, con desfachatez o con
escándalo, utiliza para subir la etiqueta de cristiano. ¡No! No nos
conformemos con las etiquetas: os quiero cristianos de cuerpo entero, de
una pieza; y, para conseguirlo, habréis de buscar sin componendas el
oportuno alimento espiritual.
Por experiencia personal os consta -y me lo habéis oído repetir con
frecuencia, para prevenir desánimos- que la vida interior consiste en
comenzar y recomenzar cada día; y advertís en vuestro corazón, como yo
en el mío, que necesitamos luchar con continuidad. Habréis observado en
vuestro examen -a mí me sucede otro tanto: perdonad que haga estas
referencias a mi persona, pero, mientras os hablo, estoy dando vueltas
con el Señor a las necesidades de mi alma-, que sufrís repetidamente
pequeños reveses, y a veces se os antoja que son descomunales, porque
revelan una evidente falta de amor, de entrega, de espíritu de
sacrificio, de delicadeza. Fomentad las ansias de reparación, con una
contrición sincera, pero no me perdáis la paz.
13.
Allá por los primeros años de la década de los cuarenta, iba yo mucho
por Valencia. No tenía entonces ningún medio humano y, con los que -como
vosotros ahora- se reunían con este pobre sacerdote, hacía la oración
donde buenamente podíamos, algunas tardes en una playa solitaria.Como
los primeros amigos del Maestro, ¿recuerdas? Escribe San Lucas que, al
salir de Tiro con Pablo, camino de Jerusalén, nos acompañaron todos con
sus mujeres y niños a las afueras de la ciudad, y arrodillados hicimos
la oración en la playa [19] .
Pues, un día, a última hora, durante una de aquellas puestas de sol
maravillosas, vimos que se acercaba una barca a la orilla, y saltaron a
tierra unos hombres morenos, fuertes como rocas, mojados, con el torso
desnudo, tan quemados por la brisa que parecían de bronce. Comenzaron a
sacar del agua la red repleta de peces brillantes como la plata, que
traían arrastrada por la barca. Tiraban con mucho brío, los pies
hundidos en la arena, con una energía prodigiosa. De pronto vino un
niño, muy tostado también, se aproximó a la cuerda, la agarró con sus
manecitas y comenzó a tirar con evidente torpeza. Aquellos pescadores
rudos; nada refinados, debieron de sentir su corazón estremecerse y
permitieron que el pequeño colaborase; no lo apartaron, aunque más bien
estorbaba.
Pensé en vosotros y en mí; en vosotros, que aún no os conocía, y en mí;
en ese tirar de la cuerda todos los días, en tantas cosas. Si nos
presentamos ante Dios Nuestro Señor como ese pequeño, convencidos de
nuestra debilidad pero dispuestos a secundar sus designios, alcanzaremos
más fácilmente la meta: arrastraremos la red hasta la orilla, colmada de
abundantes frutos, porque donde fallan nuestras fuerzas, llega el poder
de Dios.
14.
Sinceridad en la dirección espiritual
Conocéis de sobra las obligaciones de vuestro camino de cristianos, que
os conducirán sin pausa y con calma a la santidad; estáis también
precavidos contra las dificultades, prácticamente contra todas, porque
se vislumbran ya desde los principios del camino. Ahora os insisto en
que os dejéis ayudar, guiar, por un director de almas, al que confiéis
todas vuestras ilusiones santas y los problemas cotidianos que afecten a
la vida interior, los descalabros que sufráis y las victorias.
En esa dirección espiritual mostraos siempre muy sinceros: no os
concedáis nada sin decirlo, abrid por completo vuestra alma, sin miedos
ni vergüenzas. Mirad ue, si no, ese camino tan llano y carretero se
enreda, y lo que al principio no era nada, acaba convirtiéndose en un
nudo que ahoga. No penséis que los que se pierden caen víctimas de un
fracaso repentino; cada uno de ellos erró en los comienzos de su senda,
o bien descuidó por largo tiempo su alma, de modo que debilitándose
progresivamente la fuerza de sus virtudes y creciendo, en cambio, poco a
poco la de los vicios, vino a quebrantarse miserablemente... Una casa no
se derrumba de golpe por un accidente imprevisible: o había ya algún
defecto en sus fundamentos, o la desidia de los que la habitaban se
prolongó por mucho tiempo, de forma que los desperfectos en un principio
pequeñísimos fueron corroyendo la firmeza de la armadura, por lo que,
cuando llegó la tempestad o arreciaron las lluvias torrenciales, se
destruyó sin remedio, poniendo de manifiesto lo antiguo del descuido
[20] .
¿Os acordáis del cuento del gitano que se fue a confesar? No pasa de ser
un cuento, un chascarrillo, porque de la confesión no se habla jamás,
aparte de que yo estimo mucho a los gitanos. ¡Pobrecillo! Estaba
arrepentido de veras: padre cura, yo me acuso de haber robado un
ronzal... -poca cosa, ¿verdad?-; y detrás había una mula...; y detrás
otro ronzal...; y otra mula... Y así, hasta veinte. Hijos míos, lo mismo
ocurre en nuestro comportamiento: en cuanto concedemos el ronzal, viene
después lo demás, viene a continuación una reata de malas inclinaciones,
de miserias que envilecen y avergüenzan; y otro tanto sucede en la
convivencia: se comienza con un pequeño desaire, y se acaba viviendo de
espaldas, en medio de la indiferencia más heladora.
15.
Cazadnos las raposas, las raposas pequeñas, que destrozan la viña,
nuestras viñas en flor [21] . Fieles en lo pequeño, muy fieles en lo
pequeño. Si procuramos esforzarnos así, aprenderemos también a acudir
con confianza a los brazos de Santa María, como hijos suyos. ¿No os
recordaba al principio que todos nosotros tenemos muy pocos años, tantos
como los que llevamos decididos a tratar a Dios con intimidad? Pues es
razonable que nuestra miseria y nuestra poquedad se acerquen a la
grandeza y a la pureza santa de la Madre de Dios, que es también Madre
nuestra.
Os puedo contar otra anécdota real, porque han transcurrido ya tantos
años, tantísimos años des de que sucedió; y porque os ayudará a pensar,
por el contraste y la crudeza de las expresiones. Me hallaba dirigiendo
un curso de retiro para sacerdotes de diversas diócesis. Yo los buscaba
con afecto y con interés, para que viniesen a hablar, a desahogar su
conciencia, porque también los sacerdotes necesitamos del consejo y de
la ayuda de un hermano. Empecé a charlar con uno, algo brutote, pero muy
noble y sincero; le tiraba de la lengua un poco, con delicadeza y con
claridad, para restañar cualquier herida que hubiera allá dentro, en su
corazón. En un determinado momento, me interrumpió, más o menos con
estas palabras: yo tengo una envidia muy grande de mi burra; ha estado
prestando servicios parroquiales en siete curatos, y no hay nada que
decir de ella. ¡Ay si yo hubiera hecho lo mismo!
16.
Quizá -¡examínate a fondo!- tampoco merezcamos nosotros la alabanza que
ese curita de pueblo cantaba de su burra. Hemos trabajado tanto, hemos
ocupado tales puestos de responsabilidad, has triunfado en esta y en
aquella tarea humana..., pero, en la presencia de Dios, ¿no encuentras
nada de lo que no debas lamentarte? ¿Has intentado de verdad servir a
Dios y a tus hermanos los hombres, o has fomentado tu egoísmo, tu gloria
personal, tus ambiciones, tu éxito exclusivamente terreno y penosamente
caduco?
Si os hablo un poco descarnadamente, es porque yo quiero hacer una vez
más un acto de contrición muy sincero, y porque quisiera que cada uno de
vosotros también pidiera perdón. A la vista de nuestras infidelidades, a
a vista de tantas equivocaciones, de flaquezas, de cobardías -cada uno
las suyas-, repitamos de corazón al Señor aquellas contritas
exclamaciones de Pedro: Domine, tu omnia nosti, tu scis quia amo te!
[22] ; ¡Señor!, ¡Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo, a pesar de mis
miserias! Y me atrevo a añadir: Tú conoces que te amo, precisamente por
esas miserias mías, pues me llevan a apoyarme en Ti, que eres la
fortaleza: quia Tu es, Deus, fortitudo mea [23] . Y desde ahí,
recomencemos.
17.
Buscar la presencia de Dios
Vida interior. Santidad en las tareas ordinarias, santidad en las cosas
pequeñas, santidad en la labor profesional, en los afanes de cada
día...; santidad, para santificar a los demás. Soñaba en cierta ocasión
un conocido mío -¡nunca le acabo de conocer bien!- que volaba en un
avión a mucha altura, pero no dentro, en la cabina; iba montado sobre
las alas. ¡Pobre desgraciado: cómo padecía y se angustiaba! Parecía que
Nuestro Señor le daba a entender que así van -inseguras, con zozobras-
por las alturas de Dios las almas apostólicas que carecen de vida
interior o la descuidan: con el peligro constante de venirse abajo,
sufriendo, inciertas.
Y pienso, efectivamente, que corren un serio peligro de descaminarse
aquellos que se lanzan a la acción -¡al activismo!-, y prescinden de la
oración, del sacrificio y de los medios indispensables para conseguir
una sólida piedad: la frecuencia de Sacramentos, la meditación, el
examen de conciencia, la lectura espiritual, el trato asiduo con la
Virgen Santísima y con los Angeles custodios... Todo esto contribuye
además, con eficacia insustituible, a que sea tan amable la jornada del
cristiano, porque de su riqueza interior fluyen la dulcedumbre y la
felicidad de Dios, como la miel de panal.
18.
En la personal intimidad, en la conducta externa; en el trato con los
demás, en el trabajo, cada uno ha de procurar mantenerse en continua
presencia de Dios, con una conversación -un diálogo- que no se
manifiesta hacia fuera. Mejor dicho, no se expresa de ordinario con
ruido de palabras, pero sí se ha de notar por el empeño y por la amorosa
diligencia que pondremos en acabar bien las tareas, tanto las
importantes como las menudas. Si no procediéramos con ese tesón,
seríamos poco consecuentes con nuestra condición de hijos de Dios,
porque habríamos desperdiciado los recursos que el Señor ha colocado
providencialmente a nuestro alcance, para que arribemos al estado del
varón perfecto, a la medida de la edad perfecta según Cristo [24] .
Durante la última guerra española, viajaba yo con frecuencia para
atender sacerdotalmente a tantos muchachos que se hallaban en el frente.
En una trinchera, escuché un diálogo que se me quedó muy grabado. Cerca
de Teruel, un soldado joven comentaba de otro, por lo visto un poco
indeciso, pusilánime: ¡ése no es un hombre de una pieza! Me causaría una
tristeza enorme que de cualquiera de nosotros se pudiera afirmar, con
fundamento, que somos inconsecuentes; hombres que aseguran que quieren
ser auténticamente cristianos, santos, pero que desprecian los medios,
ya que en el cumplimiento de sus obligaciones no manifiestan
continuamente a Dios su cariño y su amor filial. Si así se dibujara
nuestra actuación, tampoco seríamos, ni tú ni yo, cristianos de una
pieza.
19.
Procuremos fomentar en el fondo del corazón un deseo ardiente, un afán
grande de alcanzar la santidad, aunque nos contemplemos llenos de
miserias. No os asustéis; a medida que se avanza en la vida interior, se
perciben con más claridad los defectos personales. Sucede que la ayuda
de la gracia se transforma como en unos cristales de aumento, y aparecen
con dimensiones gigantescas hasta la mota de polvo más minúscula, el
granito de arena casi imperceptible, porque el alma adquiere la finura
divina, e incluso la sombra más pequeña molesta a la conciencia, que
sólo gusta de la limpieza de Dios. Díselo ahora, desde el fondo de tu
corazón: Señor, de verdad quiero ser santo, de verdad quiero ser un
digno discípulo tuyo y seguirte sin condiciones. Y enseguida has de
proponerte la intención de renovar a diario los grandes ideales que te
animan en estos momentos.
¡Jesús, si los que nos reunimos en tu Amor fuéramos perseverantes! ¡Si
lográsemos traducir en obras esos anhelos que Tú mismo despiertas en
nuestras almas! Preguntaos con mucha frecuencia: yo, ¿para qué estoy en
la tierra? Y así procuraréis el perfecto acabamiento -lleno de caridad-
de las tareas que emprendáis cada jornada y el cuidado de las cosas
pequeñas. Nos fijaremos en el ejemplo de los santos: personas como
nosotros, de carne y hueso, con flaquezas y debilidades, que supieron
vencer y vencerse por amor de Dios; consideraremos su conducta y -como
las abejas, que destilan de cada flor el néctar más precioso-
aprovecharemos de sus luchas. Vosotros y yo aprenderemos también a
descubrir tantas virtudes en los que nos rodean -nos dan lecciones de
trabajo, de abnegación, de alegría...-, y no nos detendremos demasiado
en sus defectos; sólo cuando resulte imprescindible, para ayudarles con
la corrección fraterna.
20.
En la barca de Cristo
Como a Nuestro Señor, a mí también me gusta mucho charlar de barcas y
redes, para que todos saquemos de esas escenas evangélicas propósitos
firmes y determinados. Nos cuenta San Lucas que unos pescadores lavaban
y remendaban sus redes a orillas del lago de Genesaret. Jesús se acerca
a aquellas naves atracadas en la ribera y se sube a una, a la de Simón.
¡Con qué naturalidad se mete el Maestro en la barca de cada uno de
nosotros!: para complicarnos la vida, como se repite en tono de queja
por ahí. Con vosotros y conmigo se ha cruzado el Señor en nuestro
camino, para complicarnos la existencia delicadamente, amorosamente.
Después de predicar desde la barca de Pedro, se dirige a los pescadores:
duc in altum, et laxate retia vestra in capturam! [25] , ¡Bogad mar
adentro, y echad vuestras redes! Fiados en la palabra de Cristo,
obedecen, y obtienen aquella pesca prodigiosa. Y mirando a Pedro que,
como Santiago y Juan, no salía de su asombro, el Señor le explica: no
tienes que temer, de hoy en adelante serán hombres los que has de
pescar. Y ellos, sacando las barcas a tierra, dejadas todas las cosas,
le siguieron [26] .
Tu barca -tus talentos, tus aspiraciones, tus logros- no vale para nada,
a no ser que la dejes a disposición de Jesucristo, que permitas que El
pueda entrar ahí con libertad, que no la conviertas en un ídolo. Tú
solo, con tu barca, si prescindes del Maestro, sobrenaturalmente
hablando, marchas derecho al naufragio. Unicamente si admites, si
buscas, la presencia y el gobierno del Señor, estarás a salvo de las
tempestades y de los reveses de la vida. Pon todo en las manos de Dios:
que tus pensamientos, las buenas aventuras de tu imaginación, tus
ambiciones humanas nobles, tus amores limpios, pasen por el corazón de
Cristo. De otro modo, tarde o temprano, se irán a pique con tu egoísmo.
21.
Si consientes en que Dios señoree sobre tu nave, que El sea el amo, ¡qué
seguridad!..., también cuando parece que se ausenta, que se queda
adormecido, que se despreocupa, y se levanta la tormenta en medio de las
tinieblas más oscuras. Relata San Marcos que en esas circunstancias se
encontraban los Apóstoles; y Jesús, al verles remar con gran fatiga -por
cuanto el viento les era contrario-, a eso de la cuarta hora nocturna,
vino hacia ellos caminando sobre el mar... Cobrad ánimo, soy yo, no
tenéis nada que temer. Y se metió con ellos en la barca, y cesó el
viento [27] .
Hijos míos, ¡ocurren tantas cosas en la tierra...! Os podría contar de
penas, de sufrimientos, de malos tratos, de martirios -no le quito ni
una letra-, del heroísmo de muchas almas. Ante nuestros ojos, en nuestra
inteligencia brota a veces la impresión de que Jesús duerme, de que no
nos oye; pero San Lucas narra cómo se comporta el Señor con los suyos:
mientras ellos -los discípulos- iban navegando, se durmió Jesús, al
tiempo que un viento recio alborotó las olas, de manera que, llenándose
de agua la barca, corrían riesgo. Con esto, se acercaron a El, y le
despertaron, gritando: ¡Maestro, que perecemos! Puesto Jesús en pie,
mandó al viento y a la tormenta que se calmasen, e inmediatamente
cesaron, y siguió una gran bonanza. Entonces les preguntó: ¿dónde está
vuestra fe? [28] .
Si nos damos, El se nos da. Hay que confiar plenamente en el Maestro,
hay que abandonarse en sus manos sin cicaterías; manifestarle, con
nuestras obras, que la barca es suya; que queremos que disponga a su
antojo de todo lo que nos pertenece.
Termino, acudiendo a la intercesión de Santa María, con estos
propósitos: a vivir de fe; a perseverar con esperanza; a permanecer
pegados a Jesucristo; a amarle de verdad, de verdad, de verdad; a
recorrer y saborear nuestra aventura de Amor, que enamorados de Dios
estamos; a dejar que Cristo entre en nuestra pobre barca, y tome
posesión de nuestra alma como Dueño y Señor; a manifestarle con
sinceridad que nos esforzaremos en mantenernos siempre en su presencia,
día y noche, porque El nos ha llamado a la fe: ecce ego quia vocasti me!
[29] , y venimos a su redil, atraídos por sus voces y silbidos de Buen
Pastor, con la certeza de que sólo a su sombra encontraremos la
verdadera felicidad temporal y eterna.
2. LA LIBERTAD, DON DE DIOS
Homilía pronunciada el 10-IV-1956
22.
Muchas veces os he recordado aquella escena conmovedora que nos relata
el Evangelio: Jesús está en la barca de Pedro, desde donde ha hablado a
las gentes. Esa multitud que le seguía ha removido el afán de almas que
consume su Corazón, y el Divino Maestro quiere que sus discípulos
participen ya de ese celo. Después de decirles que se lancen mar adentro
-duc in altum! [30] -, sugiere a Pedro que eche las redes para pescar.
No me voy a detener ahora en los detalles, tan aleccionadores, de esos
momentos. Deseo que consideremos la reacción del Príncipe de los
Apóstoles, a la vista del milagro: apártate de mí, Señor, que soy un
hombre pecador [31] . Una verdad -no me cabe duda- que conviene
perfectamente a la situación personal de todos. Sin embargo, os aseguro
que, al tropezar durante mi vida con tantos prodigios de la gracia,
obrados a través de manos humanas, me he sentido inclinado, diariamente
más inclinado, a gritar: Señor, no te apartes de mí, pues sin Ti no
puedo hacer nada bueno.
Entiendo muy bien, precisamente por eso, aquellas palabras del Obispo de
Hipona, que suenan como un maravilloso canto a la libertad: Dios, que te
creó sin ti, no te salvará sin ti [32] , porque nos movemos siempre cada
uno de nosotros, tú, yo, con la posibilidad -la triste desventura- de
alzarnos contra Dios, de rechazarle -quizá con nuestra conducta- o de
exclamar: no queremos que reine sobre nosotros [33] .
23.
Escoger la vida
Con agradecimiento, porque percibimos la felicidad a que estamos
llamados, hemos aprendido que las criaturas todas han sido sacadas de la
nada por Dios y para Dios: las racionales, los hombres, aunque con tanta
frecuencia perdamos la razón; y las irracionales, las que corretean por
la superficie de la tierra, o habitan en las entrañas del mundo, o
cruzan el azul del cielo, algunas hasta mirar de hito en hito al sol.
Pero, en medio de esta maravillosa variedad, sólo nosotros, los hombres
-no hablo aquí de los ángeles- nos unimos al Creador por el ejercicio de
nuestra libertad: podemos rendir o negar al Señor la gloria que le
corresponde como Autor de todo lo que existe.
Esa posibilidad compone el claroscuro de la libertad humana. El Señor
nos invita, nos impulsa -¡porque nos ama entrañablemente!- a escoger el
bien. Fíjate, hoy pongo ante ti la vida con el bien, la muerte con el
mal. Si oyes el precepto de Yavé, tu Dios, que hoy te mando, de amar a
Yavé, tu Dios, de seguir sus caminos y de guardar sus mandamientos,
decretos y preceptos, vivirás... Escoge la vida, para que vivas [34] .
¿Quieres tú pensar -yo también hago mi examen- si mantienes inmutable y
firme tu elección de Vida? ¿Si al oír esa voz de Dios, amabilísima, que
te estimula a la santidad, respondes libremente que sí? Volvamos la
mirada a nuestro Jesús, cuando hablaba a las gentes por las ciudades y
los campos de Palestina. No pretende imponerse. Si quieres ser
perfecto... [35] , dice al joven rico. Aquel muchacho rechazó la
insinuación, y cuenta el Evangelio que abiit tristis [36] , que se
retiró entristecido. Por eso alguna vez lo he llamado el ave triste:
perdió la alegría porque se negó a entregar su libertad a Dios.
24.
Considerad ahora el momento sublime en el que el Arcángel San Gabriel
anuncia a Santa María el designio del Altísimo. Nuestra Madre escucha, y
pregunta para comprender mejor lo que el Señor le pide; luego, la
respuesta firme: fiat! [37] -¡hágase en mí según tu palabra!-, el fruto
de la mejor libertad: la de decidirse por Dios.
En todos los misterios de nuestra fe católica aletea ese canto a la
libertad. La Trinidad Beatísima saca de la nada el mundo y el hombre, en
un libre derroche de amor. El Verbo baja del Cielo y toma nuestra carne
con este sello estupendo de la libertad en el sometimiento: heme aquí
que vengo, según está escrito de mí en el principio del libro, para
cumplir, ¡oh Dios!, tu voluntad [38] . Cuando llega la hora marcada por
Dios para salvar a la humanidad de la esclavitud del pecado,
contemplamos a Jesucristo en Getsemaní, sufriendo dolorosamente hasta
derramar un sudor de sangre [39] , que acepta espontánea y rendidamente
el sacrificio que el Padre le reclama: como cordero llevado al matadero,
como oveja muda ante los trasquiladores [40] . Ya lo había anunciado a
los suyos, en una de esas conversaciones en las que volcaba su Corazón,
con el fin de que los que le aman conozcan que El es el Camino -no hay
otro- para acercarse al Padre: por eso mi Padre me ama, porque doy mi
vida para tomarla otra vez. Nadie me la arranca, sino que yo la doy de
mi propia voluntad, y yo soy dueño de darla y dueño de recobrarla [41] .
25.
El sentido de la libertad
Nunca podremos acabar de entender esa libertad de Jesucristo, inmensa
-infinita- como su amor. Pero el tesoro preciosísimo de su generoso
holocausto nos debe mover a pensar: ¿por qué me has dejado, Señor, este
privilegio, con el que soy capaz de seguir tus pasos, pero también de
ofenderte? Llegamos así a calibrar el recto uso de la libertad si se
dispone hacia el bien; y su equivocada orientación, cuando con esa
facultad el hombre se olvida, se aparta del Amor de los amores. La
libertad personal -que defiendo y defenderé siempre con todas mis
fuerzas- me lleva a demandar con convencida seguridad, consciente
también de mi propia flaqueza: ¿qué esperas de mí, Señor, para que yo
voluntariamente lo cumpla?
Nos responde el mismo Cristo: veritas liberabit vos [42] ; la verdad os
hará libre. Qué verdad es ésta, que inicia y consuma en toda nuestra
vida el camino de la libertad. Os la resumiré, con la alegría y con la
certeza que provienen de la relación entre Dios y sus criaturas: saber
que hemos salido de las manos de Dios, que somos objeto de la
predilección de la Trinidad Beatísima, que somos hijos de tan gran
Padre. Yo pido a mi Señor que nos decidamos a darnos cuenta de eso, a
saborearlo día a día: así obraremos como personas libres. No lo
olvidéis: el que no se sabe hijo de Dios, desconoce su verdad más
íntima, y carece en su actuación del dominio y del señorío propios de
los que aman al Señor por encima de todas la cosas.
Persuadíos, para ganar el cielo hemos de empeñarnos libremente, con una
plena, constante y voluntaria decisión. Pero la libertad no se basta a
sí misma: necesita un norte, una guía. No cabe que el alma ande sin
ninguno que la rija; y para esto se la ha redimido de modo que tenga por
Rey a Cristo, cuyo yugo es suave y su carga ligera (Mt XI, 30), y no el
diablo, cuyo reino es pesado [43] .
Rechazad el engaño de los que se conforman con un triste vocerío:
¡libertad, libertad! Muchas veces, en ese mismo clamor se esconde una
trágica servidumbre: porque la elección que prefiere el error, no
libera; el único que libera es Cristo [44] , ya que sólo El es el
Camino, la Verdad y la Vida [45] .
26.
Preguntémonos de nuevo, en la presencia de Dios: Señor, ¿para qué nos
has proporcionado este poder?; ¿por qué has depositado en nosotros esa
facultad de escogerte o de rechazarte? Tú deseas que empleemos
acertadamente esta capacidad nuestra. Señor, ¿qué quieres que haga? [46]
. Y la respuesta diáfana, precisa: amarás al Señor Dios tuyo con todo tu
corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente [47] .
¿Lo veis? La libertad adquiere su auténtico sentido cuando se ejercita
en servicio de la verdad que rescata, cuando se gasta en buscar el Amor
infinito de Dios, que nos desata de todas las servidumbres. ¡Cada día
aumentan mis ansias de anunciar a grandes voces esta insondable riqueza
del cristiano: la libertad de la gloria de los hijos de Dios! [48] . Ahí
se resume la voluntad buena, que nos enseña a perseguir el bien, después
de distinguirlo del mal [49] .
Me gustaría que meditaseis en un punto fundamental, que nos enfrenta con
la responsabilidad de nuestra conciencia. Nadie puede elegir por
nosotros: he aquí el grado supremo de dignidad en los hombres: que por
sí mismos, y no por otros, se dirijan hacia el bien [50] . Muchos hemos
heredado de nuestros padres la fe católica y, por gracia de Dios, desde
que recibimos el Bautismo, apenas nacidos, comenzó en el alma la vida
sobrenatural. Pero hemos de renovar a lo largo de nuestra existencia -y
aun a lo largo de cada jornada- la determinación de amar a Dios sobre
todas las cosas. Es cristiano, digo verdadero cristiano, el que se
somete al imperio del único Verbo de Dios [51] , sin señalar condiciones
a ese acatamiento, dispuesto a resistir la tentación diabólica con la
misma actitud de Cristo: adorarás a tu Dios y Señor y a El sólo servirás
[52] .
27.
Libertad y entrega
El amor de Dios es celoso; no se satisface si se acude a su cita con
condiciones: espera con impaciencia que nos demos del todo, que no
guardemos en el corazón recovecos oscuros, a los que no logra llegar el
gozo y la alegría de la gracia y de los dones sobrenaturales. Quizá
pensaréis: responder que sí a ese Amor exclusivo, ¿no es acaso perder la
libertad?
Con la ayuda del Señor que preside este rato de oración, con su luz,
espero que para vosotros y para mí quede todavía más definido este tema.
Cada uno de nosotros ha experimentado alguna vez que servir a Cristo
Señor Nuestro comporta dolor y fatiga. Negar esta realidad, supondría no
haberse encontrado con Dios. El alma enamorada conoce que, cuando viene
ese dolor, se trata de una impresión pasajera y pronto descubre que el
peso es ligero y la carga suave, porque lo lleva El sobre sus hombros,
como se abrazó al madero cuando estaba en juego nuestra felicidad eterna
[53] . Pero hay hombres que no entienden, que se rebelan contra el
Creador -una rebelión impotente, mezquina, triste-, que repiten
ciegamente la queja inútil que recoge el Salmo: rompamos sus ataduras y
sacudamos lejos de nosotros su dominio [54] . Se resisten a cumplir, con
heroico silencio, con naturalidad, sin lucimiento y sin lamentos, la
tarea dura de cada día. No comprenden que la Voluntad divina, también
cuando se presenta con matices de dolor, de exigencia que hiere,
coincide exactamente con la libertad, que sólo reside en Dios y en sus
designios.
28.
Son almas que hacen barricadas con la libertad. ¡Mi libertad, mi
libertad! La tienen, y no la siguen; la miran, la ponen como un ídolo de
barro dentro de su entendimiento mezquino. ¿Es eso libertad? ¿Qué
aprovechan de esa riqueza sin un compromiso serio, que oriente toda la
existencia? Un comportamiento así se opone a la categoría propia, a la
nobleza, de la persona humana. Falta la ruta, el camino claro que
informe los pasos sobre la tierra: esas almas -las habéis encontrado,
como yo- se dejarán arrastrar luego por la vanidad pueril, por el
engreimiento egoísta, por la sensualidad.
Su libertad se demuestra estéril, o produce frutos ridículos, también
humanamente. El que no escoge -¡con plena libertad!- una norma recta de
conducta, tarde o temprano se verá manejado por otros, vivirá en la
indolencia -como un parásito-, sujeto a lo que determinen los demás. Se
prestará a ser zarandeado por cualquier viento, y otros resolverán
siempre por él. Estos son nubes sin agua, llevadas de aquí para allá por
los vientos, árboles otoñales, infructuosos, dos veces muertos, sin
raíces [55] , aunque se encubran en un continuo parloteo, en paliativos
con lo que intentan difuminar la ausencia de carácter, de valentía y de
honradez.
¡Pero nadie me coacciona!, repiten obstinadamente. ¿Nadie? Todos
coaccionan esa ilusoria libertad, que no se arriesga a aceptar
responsablemente las consecuencias de actuaciones libres, personales.
Donde no hay amor de Dios, se produce un vacío de individual y
responsable ejercicio de la propia libertad: allí -no obstante las
apariencias- todo es coacción. El indeciso, el irresoluto, es como
materia plástica a merced de las circunstancias; cualquiera lo moldea a
su antojo y, antes que nada, las pasiones y las peores tendencias de la
naturaleza herida por el pecado.
29.
Recordad la parábola de los talentos. Aquel Siervo que recibió uno,
podía -como sus compañeros- emplearlo bien, ocuparse de que rindiera,
aplicando la cualidades que poseía. ¿Y qué delibera? Le preocupa el
miedo a perderlo. Bien. Pero, ¿después? ¡Lo entierra! [56] . Y aquello
no da fruto.
No olvidemos este caso de temor enfermizo a aprovechar honradamente la
capacidad de trabajo, la inteligencia, la voluntad, todo el hombre. ¡Lo
entierro -parece afirmar ese desgraciado-, pero mi libertad queda a
salvo! No. La libertad se ha inclinado hacia algo muy concreto, hacia la
sequedad más pobre y árida. ha tomado partido, porque no tenía más
remedio que elegir: pero ha elegido mal.
Nada más falso que oponer la libertad a la entrega, porque la entrega
viene como consecuencia de la libertad. Mirad, cuando una madre se
sacrifica por amor a sus hijos, ha elegido; y, según la medida de ese
amor, así se manifestará su libertad. Si ese amor es grande, la libertad
aparecerá fecunda, y el bien de los hijos proviene de esa bendita
libertad, que supone entrega, y proviene de esa bendita entrega, que es
precisamente libertad.
30.
Pero, me preguntaréis, cuando alcanzamos lo que amamos con toda el alma
ya no seguiremos buscando: ¿ha desaparecido la libertad? Os aseguro que
entonces es más operativa que nunca, porque el amor no se contenta con
un cumplimiento rutinario, ni se compagina con el hastío o con la
apatía. Amar significa recomenzar cada día a servir, con obras de
cariño.
Insisto, querría grabarlo a fuego en cada uno: la libertad y la entrega
no se contradicen; se sostienen mutuamente. La libertad sólo puede
entregarse por amor; otra clase de desprendimiento no la concibo. No es
un juego de palabras, más o menos acertado. En la entrega voluntaria, en
cada instante de esa dedicación, la libertad renueva el amor, y
renovarse es ser continuamente joven, generoso, capaz de grandes ideales
y de grandes sacrificios. Recuerdo que me llevé una alegría cuando me
enteré de que en portugués llaman a los jóvenes os novos. Y eso son. Os
cuento esta anécdota porque he cumplido ya bastantes años, pero al rezar
al pie del altar al Dios que llena de alegría mi juventud [57] , me
siento muy joven y sé que nunca llegaré a considerarme viejo; porque, si
permanezco fiel a mi Dios, el Amor me vivificará continuamente: se
renovará, como la del águila, mi juventud [58] .
Por amor a la libertad, nos atamos. Unicamente la soberbia atribuye a
esas ataduras el peso de una cadena. La verdadera humildad, que nos
enseña Aquel que es manso y humilde de corazón, nos muestra que su yugo
es suave y su carga ligera [59] : el yugo es la libertad, el yugo es el
amor, el yugo es la unidad, el yugo es la vida, que El nos ganó en la
Cruz.
31.
La libertad de las conciencias
Cuando, durante mis años de sacerdocio, no diré que predico, sino que
grito mi amor a la libertad personal, noto en algunos un gesto de
desconfianza, como si sospechasen que la defensa de la libertad
entrañara un peligro para la fe. Que se tranquilicen esos pusilánimes.
Exclusivamente atenta contra la fe una equivocada interpretación de la
libertad, una libertad sin fin alguno, sin norma objetiva, sin ley, sin
responsabilidad. En una palabra: el libertinaje. Desgraciadamente, es
eso lo que algunos propugnan; esta reivindicación sí que constituye un
atentado a la fe.
Por eso no es exacto hablar de libertad de conciencia, que equivale a
valorar como de buena categoría moral que el hombre rechace a Dios. Ya
hemos recordado que podemos oponernos a los designios salvadores del
Señor; podemos, pero no debemos hacerlo. Y si alguno tomase esa postura
deliberadamente, pecaría al trasgredir el primero y fundamental entre
los mandamientos: amarás a Yavé, con todo tu corazón [60] .
Yo defiendo con todas mis fuerzas la libertad de las conciencias [61] ,
que denota que a nadie le es lícito impedir que la criatura tribute
culto a Dios. Hay que respetar las legítimas ansias de verdad: el hombre
tiene obligación grave de buscar al Señor, de conocerle y de adorarle,
pero nadie en la tierra debe permitirse imponer al prójimo la práctica
de una fe de la que carece; lo mismo que nadie puede arrogarse el
derecho de hacer daño al que la ha recibido de Dios.
32.
Nuestra Santa Madre la Iglesia se ha pronunciado siempre por la
libertad, y ha rechazado todos los fatalismos, antiguos y menos
antiguos. Ha señalado que cada alma es dueña de su destino, para bien o
para mal: y los que no se apartaron del bien irán a la vida eterna; los
que cometieron el mal, al fuego eterno [62] . Siempre nos impresiona
esta tremenda capacidad tuya y mía, de todos, que revela a la vez el
signo de nuestra nobleza. Hasta tal punto el pecado es un mal
voluntario, que de ningún modo sería pecado si no tuviese su principio
en la voluntad: esta afirmación goza de tal evidencia que están de
acuerdo los pocos sabios y los muchos ignorantes que habitan en el mundo
[63] .
Vuelvo a levantar mi corazón en acción de gracias a mi Dios, a mi Señor,
porque nada le impedía habernos creado impecables, con un impulso
irresistible hacia el bien, pero juzgó que serían mejores sus servidores
si libremente le servían [64] . ¡Qué grande es el amor, la misericordia
de nuestro Padre! Frente a estas realidades de sus locuras divinas por
los hijos, querría tener mil bocas, mil corazones, más, que me
permitieran vivir en una continua alabanza a Dios Padre, a Dios Hijo, a
Dios Espíritu Santo. Pensad que el Todopoderoso, el que con su
Providencia gobierna el Universo, no desea siervos forzados, prefiere
hijos libres. Ha metido en el alma de cada uno de nosotros -aunque
nacemos proni ad peccatum, inclinados al pecado, por la caída de la
primera pareja- una chispa de su inteligencia infinita, la atracción por
lo bueno, un ansia de paz perdurable. Y nos lleva a comprender que la
verdad, la felicidad y la libertad se consiguen cuando procuramos que
germine en nosotros esa semilla de vida eterna.
33.
Responder que no a Dios, rechazar ese principio de felicidad nueva y
definitiva, ha quedado en manos de la criatura. Pero si obra así, deja
de ser hijo para convertirse en esclavo. Cada cosa es aquello que según
su naturaleza le conviene; por eso, cuando se mueve en busca de algo
extraño, no actúa según su propia manera de ser, sino por impulso ajeno;
y esto es servil. El hombre es racional por naturaleza. Cuando se
comporta según la razón, procede por su propio movimiento, como quien
es: y esto es propio de la libertad. Cuando peca, obra fuera de razón, y
entonces se deja conducir por impulso de otro, sujeto en confines
ajenos, y por eso el que acepta el pecado es siervo del pecado (Ioh VIII,
34) [65] .
Permitidme que insista en esto; es muy claro y lo podemos comprobar con
frecuencia a nuestro alrededor o en nuestro propio yo: ningún hombre
escapa a algún tipo de servidumbre. Unos se postran delante del dinero;
otros adoran el poder; otros, la relativa tranquilidad del escepticismo;
otros descubren en la sensualidad su becerro de oro. Y lo mismo ocurre
con las cosas nobles. Nos afanamos en un trabajo, en una empresa de
proporciones más o menos grandes, en el cumplimiento de una labor
científica, artística, literaria, espiritual. Si se pone empeño, si
existe verdadera pasión, el que se entrega vive esclavo, se dedica
gozosamente al servicio de la finalidad de su tarea.
34.
Esclavitud por esclavitud -si, de todos modos, hemos de servir, pues,
admitiéndolo o no, ésa es la condición humana-, nada hay mejor que
saberse, por Amor, esclavos de Dios. Porque en ese momento perdemos la
situación de esclavos, para convertirnos en amigos, en hijos. Y aquí se
manifiesta la diferencia: afrontamos las honestas ocupaciones del mundo
con la misma pasión, con el mismo afán que los demás, pero con paz en el
fondo del alma; con alegría y serenidad, también en las contradicciones:
que no depositamos nuestra confianza en lo que pasa, sino en lo que
permanece para siempre, no somos hijos de la esclava, sino de la libre
[66] .
¿De dónde nos viene esta libertad? De Cristo, Señor Nuestro. Esta es la
libertad con la que El nos ha redimido [67] . Por eso enseña: si el hijo
os alcanza la libertad, seréis verdaderamente libres [68] . Los
cristianos no tenemos que pedir prestado a nadie el verdadero sentido de
este don, porque la única libertad que salva al hombre es cristiana.
Me gusta hablar de aventura de la libertad, porque así se desenvuelve
vuestra vida y la mía. Libremente -como hijos, insisto, no como
esclavos-, seguimos el sendero que el Señor ha señalado para cada uno de
nosotros. Saboreamos esta soltura de movimientos como un regalo de Dios.
Libremente, sin coacción alguna, porque me da la gana, me decido por
Dios. Y me comprometo a servir, a convertir mi existencia en una entrega
a los demás, por amor a mi Señor Jesús. Esta libertad me anima a clamar
que nada, en la tierra, me separará de la caridad de Cristo [69] .
35.
Responsables ante Dios
Dios hizo al hombre desde el principio y lo dejó en manos de su libre
albedrío (Ecclo XV, 14). Esto no sucedería si no tuviese libre elección
[70] . Somos responsables ante Dios de todas las acciones que realizamos
libremente. No caben aquí anonimatos; el hombre se encuentra frente a su
Señor, y en su voluntad está resolverse a vivir como amigo o como
enemigo. Así empieza el camino de la lucha interior, que es empresa para
toda la vida, porque mientras dura nuestro paso por la tierra ninguno ha
alcanzado la plenitud de su libertad.
Nuestra fe cristiana, además, nos lleva a asegurar a todos un clima de
libertad, comenzando por alejar cualquier tipo de engañosas coacciones
en la presentación de la fe. Si somos arrastrados a Cristo, creemos sin
querer; se usa entonces la violencia, no la libertad. Sin que uno quiera
se puede entrar en la Iglesia; sin que uno quiera se puede acercar al
altar; puede, sin quererlo, recibir el Sacramento. Pero sólo puede creer
el que quiere [71] . Y resulta evidente que, habiendo llegado a la edad
de la razón, se requiere la libertad personal para entrar en la Iglesia,
y para corresponder a las continuas llamadas que el Señor nos dirige.
36.
En la parábola de los invitados a la cena, el padre de familia, después
de enterarse de que algunos de los que debían acudir a la fiesta se han
excusado con razonadas sinrazones, ordena al criado: sal a los caminos y
cercados e impele -compelle intrare- a los que halles a que vengan [72]
. ¿No es esto coacción? ¿No es usar violencia contra la legítima
libertad de cada conciencia?
Si meditamos el Evangelio y ponderamos las enseñanzas de Jesús, no
confundiremos esas órdenes con la coacción. Ved de qué modo Cristo
insinúa siempre: si quieres ser perfecto..., si alguno quiere venir en
pos de mí... Ese compelle intrare no entraña violencia física ni moral:
refleja el ímpetu del ejemplo cristiano, que muestra en su proceder la
fuerza de Dios: mirad cómo atrae el Padre: deleita enseñando, no
imponiendo la necesidad. Así atrae hacia El [73] .
Cuando se respira ese ambiente de libertad, se entiende claramente que
el obrar mal no es una liberación, sino una esclavitud. El que peca
contra Dios conserva el libre albedrío en cuanto a la libertad de
coacción, pero lo ha perdido en cuanto a la libertad de culpa [74] .
Manifestará quizá que se ha comportado conforme a sus preferencias, pero
no logrará pronunciar la voz de la verdadera libertad: porque se ha
hecho esclavo de aquello por lo que se ha decidido, y se ha decidido por
lo peor, por la ausencia de Dios, y allí no hay libertad.
37.
Os lo repito: no acepto otra esclavitud que la del Amor de Dios. Y esto
porque, como ya os he comentado en otros momentos, la religión es la
mayor rebeldía del hombre que no tolera vivir como una bestia, que no se
conforma -no se aquieta- si no trata y conoce al Creador. Os quiero
rebeldes, libres de toda atadura, porque os quiero -¡nos quiere Cristo!-
hijos de Dios. Esclavitud o filiación divina: he aquí el dilema de
nuestra vida. O hijos de Dios o esclavos de la soberbia, de la
sensualidad, de ese egoísmo angustioso en el que tantas almas parecen
debatirse.
El Amor de Dios marca el camino de la verdad, de la justicia, del bien.
Cuando nos decidimos a contestar al Señor: mi libertad para ti, nos
encontramos liberados de todas las cadenas que nos habían atado a cosas
sin importancia, a preocupaciones ridículas, a ambiciones mezquinas. Y
la libertad -tesoro incalculable, perla maravillosa que sería triste
arrojar a las bestias [75] - se emplea entera en aprender a hacer el
bien [76] .
Esta es la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Los cristianos
amilanados -cohibidos o envidiosos- en su conducta, ante el libertinaje
de los que no han acogido la Palabra de Dios, demostrarían tener un
concepto miserable de nuestra fe. Si cumplimos de verdad la Ley de
Cristo -si nos esforzamos por cumplirla, porque no siempre lo
conseguiremos-, nos descubriremos dotados de esa maravillosa gallardía
de espíritu, que no necesita ir a buscar en otro sitio el sentido de la
más plena dignidad humana.
Nuestra fe no es una carga, ni una limitación. ¡Qué pobre idea de la
verdad cristiana manifestaría quien razonase así! Al decidirnos por
Dios, no perdemos nada, lo ganamos todo: quien a costa de su alma
conserva su vida, la perderá; y quien perdiere su vida por amor mío, la
volverá a hallar [77] .
Hemos sacado la carta que gana, el primer premio. Cuando algo nos impida
ver esto con claridad, examinemos el interior de nuestra alma: quizá
exista poca fe, poco trato personal con Dios, poca vida de oración.
Hemos de rogar al Señor -a través de su Madre y Madre nuestra- que nos
aumente su amor, que nos conceda probar la dulzura de su presencia;
porque sólo cuando se ama se llega a la libertad más plena: la de no
querer abandonar nunca, por toda la eternidad, el objeto de nuestros
amores.
3. EL TESORO DEL TIEMPO
Homilía pronunciada el 9-I-1956
38.
Cuando me dirijo a vosotros, cuando conversamos todos juntos con Dios
Nuestro Señor, sigo en alta voz mi oración personal: me gusta recordarlo
muy a menudo. Y vosotros habéis de esforzaros también en alimentar
vuestra oración dentro de vuestras almas, aun cuando por cualquier
circunstancia, como la de hoy por ejemplo, nos veamos precisados a
tratar de un tema que no parece, a primera vista, muy a propósito para
un diálogo de amor, que eso es nuestro coloquio con el Señor. Digo a
primera vista, porque todo lo que nos ocurre, todo lo que sucede a
nuestro lado puede y debe ser tema de nuestra meditación.
Tengo que hablaros del tiempo, de este tiempo que se marcha. No voy a
repetir la conocida afirmación de que un año más es un año menos...
Tampoco os sugiero que preguntéis por ahí qué piensan del transcurrir de
los días, ya que probablemente -si lo hicierais- escucharíais alguna
respuesta de este estilo: juventud, divino tesoro, que te vas para no
volver... Aunque no excluyo que oyerais otra consideración con más
sentido sobrenatural.
Tampoco quiero detenerme en el punto concreto de la brevedad de la vida,
con acentos de nostalgia. A los cristianos, la fugacidad del caminar
terreno debería incitarnos a aprovechar mejor el tiempo, de ninguna
manera a temer a Nuestro Señor, y mucho menos a mirar la muerte como un
final desastroso. Un año que termina -se ha dicho de mil modos, más o
menos poéticos-, con la gracia y la misericordia de Dios, es un paso más
que nos acerca al Cielo, nuestra definitiva Patria.
Al pensar en esta realidad, entiendo muy bien aquella exclamación que
San Pablo escribe a los de Corinto: tempus breve est! [78] , ¡qué breve
es la duración de nuestro paso por la tierra! Estas palabras, para un
cristiano coherente, suenan en lo más íntimo de su corazón como un
reproche ante la falta de generosidad, y como una invitación constante
para ser leal. Verdaderamente es corto nuestro tiempo para amar, para
dar, para desagraviar. No es justo, por tanto, que lo malgastemos, ni
que tiremos ese tesoro irresponsablemente por la ventana: no podemos
desbaratar esta etapa del mundo que Dios confía a cada uno.
39.
Abramos el Evangelio de San Mateo, en el capítulo veinticinco: el reino
de los cielos será semejante a diez vírgenes que, tomando sus lámparas,
salieron a recibir al esposo y a la esposa. De estas vírgenes, cinco
eran necias y cinco prudentes [79] . El evangelista cuenta que las
prudentes han aprovechado el tiempo. Discretamente se aprovisionan del
aceite necesario, y están listas, cuando les avisan: ¡eh, que es la
hora!, mirad que viene el esposo, salidle al encuentro [80] : avivan sus
lámparas y acuden con gozo a recibirlo.
Llegará aquel día, que será el último y que no nos causa miedo:
confiando firmemente en la gracia de Dios, estamos dispuestos desde este
momento, con generosidad, con reciedumbre, con amor en los detalles, a
acudir a esa cita con el Señor llevando las lámparas encendidas. Porque
nos espera la gran fiesta del Cielo. Somos nosotros, hermanos
queridísimos, los que intervenimos en las bodas del Verbo. Nosotros, que
tenemos ya fe en la Iglesia, que nos alimentamos con la Sagrada
Escritura, que gozamos porque la Iglesia está unida a Dios. Pensad
ahora, os ruego, si habéis venido a estas bodas con el traje nupcial:
examinad atentamente vuestros pensamientos [81] . Yo os aseguro a
vosotros -y me aseguro a mí mismo- que ese traje de bodas estará tejido
con el amor de Dios, que habremos sabido recoger hasta en las más
pequeñas tareas. Porque es de enamorados cuidar los detalles, incluso en
las acciones aparentemente sin importancia.
40.
Pero sigamos el hilo de la parábola. Y las fatuas, ¿qué hacen? A partir
de entonces, ya dedican su empeño a disponerse a esperar al Esposo: van
a comprar el aceite. Pero se han decidido tarde y, mientras iban, vino
el esposo y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas, y se
cerró la puerta. Al cabo llegaron también las otras vírgenes, clamando:
¡Señor, Señor, ábrenos! [82] . No es que hayan permanecido inactivas:
han intentado algo... Pero escucharon la voz que les responde con
dureza: no os conozco [83] . No supieron o no quisieron prepararse con
la solicitud debida, y se olvidaron de tomar la razonable precaución de
adquirir a su hora el aceite. Les faltó generosidad para cumplir
acabadamente lo poco que tenían encomendado. Quedaban en efecto muchas
horas, pero las desaprovecharon.
Pensemos valientemente en nuestra vida. ¿Por qué no encontramos a veces
esos minutos, para terminar amorosamente el trabajo que nos atañe y que
es el medio de nuestra santificación? ¿Por qué descuidamos las
obligaciones familiares? ¿Por qué se mete la precipitación en el momento
de rezar, de asistir al Santo Sacrificio de la Misa? ¿Por qué nos faltan
la serenidad y la calma, para cumplir los deberes del propio estado, y
nos entretenemos sin ninguna prisa en ir detrás de los caprichos
personales? Me podéis responder: son pequeñeces. Sí, verdaderamente:
pero esas pequeñeces son el aceite, nuestro aceite, que mantiene viva la
llama y encendida la luz.
41.
Desde la primera hora
El reino de los cielos se parece a un padre de familia, que al romper el
día salió a alquilar jornaleros para su viña [84] . Ya conocéis el
relato: aquel hombre vuelve en diferentes ocasiones a la plaza para
contratar trabajadores: unos fueron llamados al comenzar la aurora;
otros, muy cercana la noche.
Todos reciben un denario: el salario que te había prometido, es decir,
mi imagen y semejanza. En el denario está incisa la imagen del Rey [85]
. Esta es la misericordia de Dios, que llama a cada uno de acuerdo con
sus circunstancias personales, porque quiere que todos los hombres se
salven [86] . Pero nosotros hemos nacido cristianos, hemos sido educados
en la fe, hemos recibido, muy clara, la elección del Señor. Esta es la
realidad. Entonces, cuando os sentís invitados a corresponder, aunque
sea a última hora, ¿podréis continuar en la plaza pública, tomando el
sol como muchos de aquellos obreros, porque les sobraba el tiempo?
No nos debe sobrar el tiempo, ni un segundo: y no exagero. Trabajo hay;
el mundo es grande y son millones las almas que no han oído aún con
claridad la doctrina de Cristo. Me dirijo a cada uno de vosotros. Si te
sobra tiempo, recapacita un poco: es muy posible que vivas metido en la
tibieza; o que, sobrenaturalmente hablando, seas un tullido. No te
mueves, estás parado, estéril, sin desarrollar todo el bien que deberías
comunicar a los que se encuentran a tu lado, en tu ambiente, en tu
trabajo, en tu familia.
42.
Me dirás, quizá: ¿y por qué habría de esforzarme? No te contesto yo,
sino San Pablo: el amor de Cristo nos urge [87] . Todo el espacio de una
existencia es poco, para ensanchar las fronteras de tu caridad. Desde
los primerísimos comienzos del Opus Dei he manifestado mi gran empeño en
repetir sin descanso, para las almas generosas que se decidan a
traducirlo en obras, aquel grito de Cristo: en esto conocerán todos que
sois mis discípulos, si os amáis los unos a los otros [88] . Nos
conocerán precisamente en eso, porque la caridad es el punto de arranque
de cualquier actividad de un cristiano.
El, que es la misma pureza, no asegura que conocerán a sus discípulos
por la limpieza de su vida. El, que es la sobriedad, que ni siquiera
dispone de una piedra donde reclinar su cabeza [89] , que pasó tantos
días en ayuno y retiro [90] , no manifiesta a los Apóstoles: os
conocerán como escogidos míos porque no sois comilones ni bebedores.
La vida limpia de Cristo era -como ha sido y será en todas las épocas-
un bofetón para aquella sociedad de entonces, como ahora con frecuencia
tan podrida. Su sobriedad, otro latigazo para los que estaban de
banquete continuo, provocando el vómito después de comer para poder
seguir comiendo, cumpliendo a la letra las palabras de Saulo: convierten
su vientre en un dios [91] .
43.
La humildad del Señor era otro golpe, para aquel modo de consumir la
vida ocupados sólo de sí mismos. Estando en Roma, he comentado repetidas
veces, y quizá me lo habéis oído decir, que por debajo de esos arcos,
hoy en ruinas, desfilaban triunfadores, vanos, engreídos, llenos de
soberbia, los emperadores y sus generales vencedores. Y, al atravesar
esos monumentos, quizá bajaban la cabeza por temor a golpear el arco
grandioso con la majestad de sus frentes. Sin embargo, Cristo, humilde,
no precisa tampoco: conocerán que sois mis discípulos en que sois
humildes y modestos.
Querría haceros notar que, después de veinte siglos, todavía aparece con
toda la fuerza de la novedad el Mandato del Maestro, que es como la
carta de presentación del verdadero hijo de Dios. A lo largo de mi vida
sacerdotal, he predicado con muchísima frecuencia que, desgraciadamente
para tantos, sigue siendo nuevo, porque nunca o casi nunca se han
esforzado en practicarlo: es triste, pero es así. Y está muy claro que
la afirmación del Mesías resalta de modo terminante: en esto os
conocerán, ¡en que os amáis los unos a los otros! Por eso, siento la
necesidad de recordar constantemente esas palabras del Señor. San Pablo
añade: llevad los unos las cargas de los otros, y así cumpliréis la ley
de Cristo [92] . Ratos perdidos, quizá con la falsa excusa de que te
sobra tiempo... ¡Si hay tantos hermanos, amigos tuyos, sobrecargados de
trabajo! Con delicadeza, con cortesía, con la sonrisa en los labios,
ayúdales de tal manera que resulte casi imposible que lo noten; y que ni
se puedan mostrar agradecidos, porque la discreta finura de tu caridad
ha hecho que pasara inadvertida.
No les había quedado un instante libre, argumentarían aquellas pobres,
que van con las lámparas vacías. Les sobra la mayor parte del día a los
obreros de la plaza, porque no se sienten obligados a prestar servicio,
aunque la búsqueda del Señor es continua, es urgente, desde la primera
hora. Aceptémosla, respondiendo que sí: y aguantemos por amor -que no es
aguantar- el peso del día y del calor [93] .
44.
Rendir para Dios
Consideremos ahora la parábola de aquel hombre que, yéndose a lejanas
tierras, convocó a sus criados y les entregó sus bienes [94] . A cada
uno le confía una cantidad distinta, para que la administre en su
ausencia. me parece muy oportuno fijarnos en la conducta del que aceptó
un talento: se comporta de un modo que en mi tierra se llama cuquería.
Piensa, discurre con aquel cerebro de poca altura y decide: fue e hizo
un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor [95] .
¿Qué ocupación escogerá después este hombre, si ha abandonado el
instrumento de trabajo? Ha decidido irresponsablemente optar por la
comodidad de devolver sólo lo que le entregaron. Se dedicará a matar los
minutos, las horas, las jornadas, los meses, los años, ¡la vida! Los
demás se afanan, negocian, se preocupan noblemente por restituir más de
lo que han recibido: el legítimo fruto, porque la recomendación ha sido
muy concreta: negotiamini dum venio [96] ; encargaos de esta labor para
obtener ganancia, hasta que el dueño vuelva. Este no; éste inutiliza su
existencia.
45.
¡Qué pena vivir, practicando como ocupación la de matar el tiempo, que
es un tesoro de Dios! No caben las excusas, para justificar esa
actuación. Ninguno diga: dispongo sólo de un talento, no puedo lograr
nada. También con un solo talento puedes obrar de modo meritorio [97] .
¡Qué tristeza no sacar partido, auténtico rendimiento de todas las
facultades, pocas o muchas, que Dios concede al hombre para que se
dedique a servir a las almas y a la sociedad!
Cuando el cristiano mata su tiempo en la tierra, se coloca en peligro de
matar su Cielo: cuando por egoísmo se retrae, se esconde, se
despreocupa. El que ama a Dios, no sólo entrega lo que tiene, lo que es,
al servicio de Cristo: se da él mismo. No ve -con mirada rastrera- su yo
en la salud, en el nombre, en la carrera.
46.
Mío, mío, mío..., piensan, dicen y hacen muchos. ¡Qué cosa más molesta!
Comenta San Jerónimo que verdaderamente, lo que está escrito: para
buscar excusas a los pecados (Ps CXL, 4), se realiza en esta gente que,
al pecado de soberbia, añade la pereza y la negligencia [98] .
Es la soberbia la que conjuga continuamente ese mío, mío, mío... Un
vicio que convierte al hombre en criatura estéril, que anula las ansias
de trabajar por Dios, que le lleva a desaprovechar el tiempo. No pierdas
tu eficacia, aniquila en cambio tu egoísmo. ¿Tu vida para ti? Tu vida
para Dios, para el bien de todos los hombres, por amor al Señor.
¡Desentierra ese talento! Hazlo productivo: y saborearás la alegría de
que, en este negocio sobrenatural, no importa que el resultado no sea en
la tierra una maravilla que los hombres puedan admirar. Lo esencial es
entregar todo lo que somos y poseemos, procurar que el talento rinda, y
empeñarnos continuamente en producir buen fruto.
Dios nos concede quizá un año más para servirle. No pienses en cinco, ni
en dos. Fíjate sólo en éste: en uno, en el que hemos comenzado: ¡a
entregarlo, a no enterrarlo! Esta ha de ser nuestra determinación.
47.
Al pie de la viña
Erase un padre de familias, que plantó una viña, y la cercó de vallado,
y cavando, hizo allí un lagar, edificó una torre, la arrendó después a
ciertos labradores, y se ausentó a un país lejano [99] .
Querría que meditáramos las enseñanzas de esta parábola, desde el punto
de vista que nos interesa ahora. La tradición ha visto, en este relato,
una imagen del destino del pueblo elegido por Dios; y nos ha señalado
principalmente cómo, a tanto amor por parte del Señor, correspondemos
los hombres con infidelidad, con falta de agradecimiento.
Concretamente pretendo detenerme en ese se ausentó a un país lejano.
Enseguida llego a la conclusión de que los cristianos no debemos
abandonar esta viña, en la que nos ha metido el Señor. Hemos de emplear
nuestras fuerzas en esa labor, dentro de la cerca, trabajando en el
lagar y, acabada la faena diaria, descansando en la torre. Si nos
dejáramos arrastrar por la comodidad, sería como contestar a Cristo:
¡eh!, que mis años son para mí, no para Ti. No deseo decidirme a cuidar
tu viña.
48.
El Señor nos ha regalado la vida, los sentidos, las potencias, gracias
sin cuento: y no tenemos derecho a olvidar que somos un obrero, entre
tantos, en esta hacienda, en la que El nos ha colocado, para colaborar
en la tarea de llevar el alimento a los demás. Este es nuestro sitio:
dentro de estos límites; aquí hemos de gastarnos diariamente con El,
ayudándole en su labor redentora [100] .
Dejadme que insista: ¿tu tiempo para ti? ¡Tu tiempo para Dios! Puede ser
que, por la misericordia del Señor, ese egoísmo no haya entrado en tu
alma de momento. Te hablo, por si alguna vez sientes que tu corazón
vacila en la fe de Cristo. Entonces te pido -te pide Dios- fidelidad en
tu empeño, dominar la soberbia, sujetar la imaginación, no permitirte la
ligereza de irte lejos, no desertar.
Les sobraba toda la jornada, a aquellos jornaleros que estaban en medio
de la plaza; quería matar las horas, el que escondió el talento en el
suelo; se va a otra parte, el que debía ocuparse de la viña. Todos
coinciden en una insensibilidad, ante la gran tarea que a cada uno de
los cristianos ha sido encomendada por el Maestro: la de considerarnos y
la de portarnos como instrumentos suyos, para corredimir con El; la de
consumir nuestra vida entera, en ese sacrificio gozoso de entregarnos
por el bien de las almas.
49.
La higuera estéril
También es San Mateo el que nos cuenta que Jesús volvía de Betania con
hambre [101] . A mí me conmueve siempre Cristo, y particularmente cuando
veo que es Hombre verdadero, perfecto, siendo también perfecto Dios,
para enseñarnos a aprovechar hasta nuestra indigencia y nuestras
naturales debilidades personales, con el fin de ofrecernos enteramente
-tal como somos- al Padre, que acepta gustoso ese holocausto.
Tenía hambre. ¡El Hacedor del universo, el Señor de todas las cosas
padece hambre! ¡Señor, te agradezco que -por inspiración divina- el
escritor sagrado haya dejado ese rastro en este pasaje, con un detalle
que me obliga a amarte más, que me anima a desear vivamente la
contemplación de tu Humanidad Santísima! Perfectus Deus, perfectus homo
[102] , perfecto Dios, y perfecto Hombre de carne y hueso, como tú, como
yo.
50.
Jesús había trabajado mucho la víspera y, al emprender el camino, sintió
hambre. Movido por esta necesidad se dirige a aquella higuera que, allá
distante, presenta un follaje espléndido. Nos relata San Marcos que no
era tiempo de higos [103] ; pero Nuestro Señor se acerca a tomarlos,
sabiendo muy bien que en esa estación no los encontraría. Sin embargo,
al comprobar la esterilidad del árbol con aquella apariencia de
fecundidad, con aquella abundancia de hojas, ordena: nunca jamás coma ya
nadie fruto de ti [104] .
¡Es fuerte, sí! ¡Nunca jamás nazca de ti fruto! ¡Cómo se quedarían sus
discípulos, más si consideraban que hablaba la Sabiduría de Dios! Jesús
maldice este árbol, porque ha hallado solamente apariencia de
fecundidad, follaje. Así aprendemos que no hay excusa para la
ineficacia. Quizá dicen: no tengo conocimientos suficientes... ¡No hay
excusa! O afirman: es que la enfermedad, es que mi talento no es grande,
es que no son favorables las condiciones, es que el ambiente... ¡No
valen tampoco esas excusas! ¡Ay del que se adorna con la hojarasca de un
falso apostolado, del que ostenta la frondosidad de una aparente vida
fecunda, sin intentos sinceros de lograr fruto! Parece que aprovecha el
tiempo, que se mueve, que organiza, que inventa un modo nuevo de
resolver todo... Pero es improductivo. Nadie se alimentará con sus obras
sin jugo sobrenatural.
Pidamos al Señor que seamos almas dispuestas a trabajar con heroísmo
feraz. Porque no faltan en la tierra muchos, en los que, cuando se
acercan las criaturas, descubren sólo hojas: grandes, relucientes,
lustrosas. Sólo follaje, exclusivamente eso, y nada más. Y las almas nos
miran con la esperanza de saciar su hambre, que es hambre de Dios. No es
posible olvidar que contamos con todos los medios: con la doctrina
suficiente y con la gracia del Señor, a pesar de nuestras miserias.
51.
Os recuerdo de nuevo que nos queda poco tiempo: tempus breve est [105] ,
porque es breve la vida sobre la tierra, y que, teniendo aquellos
medios, no necesitamos más que buena voluntad para aprovechar las
ocasiones que Dios nos ha concedido. Desde que Nuestro Señor vino a este
mundo, se inició la era favorable, el día de la salvación [106] , para
nosotros y para todos. Que Nuestro Padre Dios no deba dirigirnos el
reproche que ya manifestó por boca de Jeremías: en el cielo, la cigüeña
conoce su estación; la tórtola, la golondrina y la grulla conocen los
plazos de sus migraciones: pero mi pueblo ignora voluntariamente los
juicios de Yavé [107] .
No existen fechas malas o inoportunas: todos los días son buenos, para
servir a Dios. Sólo surgen las malas jornadas cuando el hombre las
malogra con su ausencia de fe, con su pereza, con su desidia que le
inclina a no trabajar con Dios, por Dios. ¡Alabaré al Señor, en
cualquier ocasión! [108] . El tiempo es un tesoro que se va, que se
escapa, que discurre por nuestras manos como el agua por las peñas
altas. Ayer pasó, y el hoy está pasando. Mañana será pronto otro ayer.
La duración de una vida es muy corta. Pero, ¡cuánto puede realizarse en
este pequeño espacio, por amor de Dios!
No nos servirá ninguna disculpa. El Señor se ha prodigado con nosotros:
nos ha instruido pacientemente; nos ha explicado sus preceptos con
parábolas, y nos ha insistido sin descanso. Como a Felipe, puede
preguntarnos: hace años que estoy con vosotros, ¿y aún no me habéis
conocido? [109] . Ha llegado el momento de trabajar de verdad, de ocupar
todos los instantes de la jornada, de soportar -gustosamente y con
alegría- el peso del día y del calor [110] .
52.
En las cosas del Padre
Pienso que nos ayudará a terminar mejor estas reflexiones un pasaje del
Evangelio de San Lucas, en el capítulo segundo. Cristo es un niño. ¡Qué
dolor el de su Madre y el de San José, porque -de vuelta de Jerusalén-
no venía entre los parientes y amigos! ¡Y qué alegría la suya, cuando lo
distinguen , ya de lejos, adoctrinando a los maestros de Israel! Pero
mirad las palabras, duras en apariencia, que salen de la boca del Hijo,
al contestar a su Madre: ¿por qué me buscabais? [111] .
¿No era razonable que lo buscaran? Las almas que saben lo que es perder
a Cristo y encontrarle pueden entender esto... ¿Por qué me buscabais?
¿No sabíais que yo debo emplearme en las cosas que miran al servicio de
mi Padre? [112] . ¿Acaso no sabíais que yo debo dedicar totalmente mi
tiempo a mi Padre celestial?
53.
Este es el fruto de la oración de hoy: que nos persuadamos de que
nuestro caminar en la tierra -en todas las circunstancias y en todas las
temporadas- es para Dios, de que es un tesoro de gloria, un trasunto
celestial; de que es, en nuestras manos, una maravilla que hemos de
administrar, con sentido de responsabilidad y de cara a los hombres y a
Dios: sin que sea necesario cambiar de estado, en medio de la calle,
santificando la propia profesión u oficio y la vida del hogar, las
relaciones sociales, toda la actividad que parece sólo terrena.
Cuando tenía veintiséis años y percibí en toda su hondura el compromiso
de servir al Señor en el Opus Dei, le pedí con toda mi alma ochenta años
de gravedad. Le pedía más años a mi Dios -con ingenuidad de
principiante, infantil- para saber utilizar el tiempo, para aprender a
aprovechar cada minuto, en su servicio. El Señor sabe conceder esas
riquezas. Quizá tú y yo llegaremos a poder decir: he entendido más que
los ancianos, porque cumplí tus mandatos [113] . La juventud no ha de
equivaler a despreocupación, como peinar canas no significa
necesariamente prudencia y sabiduría.
Acude conmigo a la Madre de Cristo, Madre Nuestra, que has visto crecer
a Jesús, que le has visto aprovechar su paso entre los hombres: enséñame
a utilizar mis días en servicio de la Iglesia y de las almas; enséñame a
oír en lo más íntimo de mi corazón, como un reproche cariñoso. Madre
buena, siempre que sea menester, que mi tiempo no me pertenece, porque
es del Padre Nuestro que está en los Cielos.
4. TRABAJO DE DIOS
Homilía pronunciada el 6-II-1960
54.
Comenzar es de muchos; acabar, de pocos, y entre estos pocos hemos de
estar los que procuramos comportarnos como hijos de Dios. No lo
olvidéis: sólo las tareas terminadas con amor, bien acabadas, merecen
aquel aplauso del Señor, que se lee en la Sagrada Escritura: mejor es el
fin de la obra que su principio [114] .
Quizá me habéis oído ya en otras charlas esta anécdota; de todas formas,
me interesa recordárosla de nuevo porque es muy gráfica, aleccionadora.
En una ocasión, buscaba yo en el Ritual Romano la fórmula para bendecir
la última piedra de un edificio, la importante, ya que recoge, como un
símbolo, el trabajo duro, esforzado y perseverante de muchas personas,
durante largos años. Me llevé una sorpresa cuando vi que no existía; era
necesario conformarse con una benedictio ad omnia, con una bendición
genérica. Os confieso que me parecía imposible que se diese esa laguna,
y fui repasando despacio, pero inútilmente, el índice del Ritual.
Muchos cristianos han perdido el convencimiento de que la integridad de
Vida, reclamada por el Señor a sus hijos, exige un auténtico cuidado en
realizar sus propias tareas, que han de santificar, descendiendo hasta
los pormenores más pequeños.
No podemos ofrecer al Señor algo que, dentro de las pobres limitaciones
humanas, no sea perfecto, sin tacha, efectuado atentamente también en
los mínimos detalles: Dios no acepta las chapuzas. No presentaréis nada
defectuoso, nos amonesta la Escritura Santa, pues no sería digno de El
[115] . Por eso, el trabajo de cada uno, esa labor que ocupa nuestras
jornadas y energías, ha de ser una ofrenda digna para el Creador,
operatio Dei, trabajo de Dios y para Dios: en una palabra, un quehacer
cumplido, impecable.
55.
Si os fijáis, entre las muchas alabanzas que dijeron de Jesús los que
contemplaron su vida, hay una que en cierto modo comprende todas. Me
refiero a aquella exclamación, cuajada de acentos de asombro y de
entusiasmo, que espontáneamente repetía la multitud al presenciar
atónita sus milagros: bene omnia fecit [116] , todo lo ha hecho
admirablemente bien: los grandes prodigios, y las cosas menudas,
cotidianas, que a nadie deslumbraron, pero que Cristo realizó con la
plenitud de quien es perfectus Deus, perfectus homo [117] , perfecto
Dios y hombre perfecto.
Toda la vida del Señor me enamora. Tengo, además una debilidad
particular por sus treinta años de existencia oculta en Belén, en Egipto
y en Nazaret. Ese tiempo -largo-, del que apenas se habla en el
Evangelio, aparece desprovisto de significado propio a los ojos de quien
lo considera con superficialidad. Y, sin embargo, siempre he sostenido
que ese silencio sobre la biografía del Maestro es bien elocuente, y
encierra lecciones de maravilla para los cristianos. Fueron años
intensos de trabajo y de oración, en los que Jesucristo llevó una vida
corriente -como la nuestra, si queremos-, divina y humana a la vez; en
aquel sencillo e ignorado taller de artesano, como después ante la
muchedumbre todo lo cumplió a la perfección.
56.
El trabajo, participación del poder divino
Desde el comienzo de su creación, el hombre -no me lo invento yo- ha
tenido que trabajar. Basta abrir la Sagrada Biblia por las primeras
páginas, y allí se lee que -antes de que entrara el pecado en la
humanidad y, como consecuencia de esa ofensa, la muerte y las
penalidades y miserias [118] - Dios formó a Adán con el barro de la
tierra, y creó para él y para su descendencia este mundo tan hermoso, ut
operaretur et custodiret illum [119] , con el fin de que lo trabajara y
lo custodiase.
Hemos de convencernos, por lo tanto, de que el trabajo es una estupenda
realidad, que se nos impone como una ley inexorable a la que todos, de
una manera o de otra, estamos sometidos, aunque algunos pretendan
eximirse. Aprendedlo bien: esta obligación no ha surgido como una
secuela del pecado original, ni se reduce a un hallazgo de los tiempos
modernos. Se trata de un medio necesario que Dios nos confía aquí en la
tierra, dilatando nuestros días y haciéndonos partícipes de su poder
creador, para que nos ganemos el sustento y simultáneamente recojamos
frutos para la vida eterna [120] : el hombre nace para trabajar, como
las aves para volar [121] .
Me diréis que han pasado muchos siglos y muy pocos piensan de este modo;
que la mayoría, si acaso, se afana por motivos bien diversos: unos, por
dinero; otros, por mantener una familia; otros, por conseguir una cierta
posición social, por desarrollar sus capacidades, por satisfacer sus
desordenadas pasiones, por contribuir al progreso social. Y, en general,
se enfrentan con sus ocupaciones como con una necesidad de la que no
pueden evadirse.
Frente a esa visión chata, egoísta, rastrera, tú y yo hemos de
recordarnos y de recordar a los demás que somos hijos de Dios, a los
que, como a aquellos personajes de la parábola evangélica, nuestro Padre
nos ha dirigido idéntica invitación: hijo, ve a trabajar a mi viña [122]
. Os aseguro que, si nos empeñamos diariamente en considerar así
nuestras obligaciones personales, como un requerimiento divino,
aprenderemos a terminar la tarea con la mayor perfección humana y
sobrenatural de que seamos capaces. Quizá en alguna ocasión nos
rebelemos -como el hijo mayor que respondió: no quiero [123] -, pero
sabremos reaccionar, arrepentidos, y nos dedicaremos con mayor esfuerzo
al cumplimiento del deber.
57.
Si la sola presencia de una persona de categoría, digna de
consideración, basta para que se porten mejor los que están delante,
¿cómo es que la presencia de Dios, constante, difundida por todos los
rincones, conocida por nuestras potencias y amada gratamente, no nos
hace siempre mejores en todas nuestras palabras, actividades y
sentimientos? [124] . Verdaderamente, si esta realidad de que Dios nos
ve estuviese bien grabada en nuestras conciencias, y nos diéramos cuenta
de que toda nuestra labor, absolutamente toda -nada hay que escape a su
mirada-, se desarrolla en su presencia, ¡con qué cuidado terminaríamos
las cosas o qué distintas serían nuestras reacciones! Y éste es el
secreto de la santidad que vengo predicando desde hace tantos años: Dios
nos ha llamado a todos para que le imitemos; y a vosotros y a mí para
que, viviendo en medio del mundo -¡siendo personas de la calle!-,
sepamos colocar a Cristo Señor Nuestro en la cumbre de todas las
actividades humanas honestas.
Ahora comprenderéis todavía mejor que si alguno de vosotros no amara el
trabajo, ¡el que le corresponde!, si no se sintiera auténticamente
comprometido en una de las nobles ocupaciones terrenas para
santificarla, si careciera de una vocación profesional, no llegaría
jamás a calar en la entraña sobrenatural de la doctrina que expone este
sacerdote, precisamente porque le faltaría una condición indispensable:
la de ser un trabajador.
58.
Os advierto, y no hay presunción de mi parte, que enseguida me doy
cuenta de si esta conversación mía cae en saco roto o resbala por encima
del que me escucha. Dejadme que os abra mi corazón, para que me ayudéis
a dar gracias a Dios. Cuando en 1928 vi lo que el Señor quería de mí,
inmediatamente comencé la labor. En aquellos años -¡gracias, Dios mío,
porque hubo mucho que sufrir y mucho que amar!-, me tomaron por loco;
otros, en un alarde de comprensión, me llamaban soñador, pero soñador de
sueños imposibles. A pesar de los pesares y de mi propia miseria,
continué sin desanimarme; como aquello no era mío, se fue abriendo
camino en medio de las dificultades, y hoy es una realidad extendida por
la tierra entera, de polo a polo, que parece tan natural a la mayoría
porque el Señor se ha encargado de que se reconociera como cosa suya.
Os decía que, apenas cruzo dos palabras con una persona, me doy cuenta
de si me entiende o no. No me pasa como a la clueca que está cubriendo
la nidada, y una mano ajena le endosa un huevo de pata. Transcurren los
días, y sólo cuando los pollitos rompen el cascarón, y ve corretear
aquel pedazo de lana, por sus andares deslavazados -una zanca aquí y
otra allá- advierte que ése no es de los suyos; que no aprenderá nunca a
piar, por más que se empeñe. Nunca he maltratado a nadie que me haya
vuelto la espalda, ni siquiera cuando a mis deseos de ayudar me han
pagado con un descaro. Por eso, allá por el año 1939, me llamó la
atención un letrero que encontré en un edificio, en el que daba un curso
de retiro a unos universitarios. Rezaba así: cada caminante siga su
camino; era un consejo aprovechable.
59.
Perdonadme esta digresión y, aunque no nos hemos apartado del tema,
volvamos al hilo conductor. Convenceos de que la vocación profesional es
parte esencial, inseparable, de nuestra condición de cristianos. El
Señor os quiere santos en el lugar donde estáis, en el oficio que habéis
elegido por los motivos que sean: a mí, todos me parecen buenos y nobles
-mientras no se opongan a la ley divina-, y capaces de ser elevados al
plano sobrenatural, es decir, injertados en esa corriente de Amor que
define la vida de un hijo de Dios.
No puedo evitar cierto desasosiego cuando alguno, al hablar de su
trabajo, pone cara de víctima, afirma que le absorbe no sé cuántas horas
al día y en realidad, no desarrolla ni la mitad de la labor de muchos de
sus compañeros de profesión que, al fin y al cabo, quizá sólo se mueven
por criterios egoístas o, al menos, meramente humanos. Todos los que
estamos aquí, manteniendo un diálogo personal con Jesús, desempeñamos
una ocupación bien precisa: médico, abogado, economista... Pensad un
poco en los colegas vuestros que destacan por su prestigio profesional,
por su honradez, por su servicio abnegado: ¿no dedican muchas horas en
la jornada -y aun en la noche- a esa tarea? ¿No tenemos nada que
aprender de ellos?
Mientras hablo, yo también examino mi conducta y os confieso que, al
plantearme esta pregunta, siento un poco de vergüenza y el deseo
inmediato de pedir perdón a Dios, pensando en mi respuesta tan débil,
tan lejana de la misión que Dios nos ha confiado en el mundo. Cristo
-escribe un Padre de la Iglesia- nos ha dejado para que fuésemos como
lámparas; para que nos convirtiéramos en maestros de los demás; para que
actuásemos como fermento; para que viviéramos como ángeles entre los
hombres, como adultos entre los niños, como espirituales entre gente
solamente racional; para que fuésemos semilla; para que produjéramos
fruto. No sería necesario abrir la boca, si nuestra vida resplandeciera
de esta manera. Sobrarían las palabras, si mostrásemos las obras. No
habría un solo pagano, si nosotros fuéramos verdaderamente cristianos
[125] .
60.
Valor ejemplar de la vida profesional
Hemos de evitar el error de considerar que el apostolado se reduce al
testimonio de unas prácticas piadosas. Tú y yo somos cristianos, pero a
la vez, y sin solución de continuidad, ciudadanos y trabajadores, con
unas obligaciones claras que hemos de cumplir de un modo ejemplar, si de
veras queremos santificarnos. Es Jesucristo el que nos apremia: vosotros
sois la luz del mundo: no se puede encubrir una ciudad edificada sobre
un monte, ni se enciende la luz para ponerla debajo de un celemín, sino
sobre el candelero, a fin de que alumbre a todos los de la casa; brille
así vuestra luz delante de los hombres, de manera que vean vuestras
buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos [126]
.
El trabajo profesional -sea el que sea- se convierte en un candelero que
ilumina a vuestros colegas y amigos. Por eso suelo repetir a los que se
incorporan al Opus Dei, y mi afirmación vale para todos los que me
escucháis: ¡qué me importa que me digan que fulanito es buen hijo mío
-un buen cristiano-, pero un mal zapatero! Si no se esfuerza en aprender
bien su oficio, o en ejecutarlo con esmero, no podrá santificarlo ni
ofrecérselo al Señor; y la santificación del trabajo ordinario
constituye como el quicio de la verdadera espiritualidad para los que
-inmersos en las realidades temporales- estamos decididos a tratar a
Dios.
61.
Luchad contra esa excesiva comprensión que cada uno tiene consigo mismo:
¡exigíos! A veces, pensamos demasiado en la salud; en el descanso, que
no debe faltar, precisamente porque se necesita para volver al trabajo
con renovadas fuerzas. Pero ese descanso -lo escribí hace ya tantos
años- no es no hacer nada: es distraernos en actividades que exigen
menos esfuerzo.
En otras ocasiones, con falsas excusas, somos demasiado cómodos, nos
olvidamos de la bendita responsabilidad que pesa sobre nuestros hombros,
nos conformamos con lo que basta para salir del paso, nos dejamos
arrastrar por razonadas sinrazones para estar mano sobre mano, mientras
Satanás y sus aliados no se toman vacaciones. Escucha con atención, y
medita, lo que escribía San Pablo a los cristianos que eran por oficios
siervos: les urgía para que obedecieran a sus amos, no sirviéndoles
solamente cuando tienen los ojos puestos sobre vosotros, como si no
pensaseis más que en complacer a los hombres, sino como siervos de
Cristo, que hacen de corazón la voluntad de Dios; y servidlos con amor,
haciéndoos cargo de que servís al Señor y no a hombres [127] . ¡Qué buen
consejo para que lo sigamos tú y yo!
Vamos a pedir luz a Jesucristo Señor Nuestro, y rogarle que nos ayude a
descubrir, en cada instante, ese sentido divino que transforma nuestra
vocación profesional en el quicio sobre el que se fundamenta y gira
nuestra llamada a la santidad. En el Evangelio encontraréis que Jesús
era conocido como faber, filius Mariae [128] , el obrero, el hijo de
María: pues también nosotros, con orgullo santo, tenemos que demostrar
con los hechos que ¡somos trabajadores!, ¡hombres y mujeres de labor!
Puesto que hemos de comportarnos siempre como enviados de Dios, debemos
tener muy presente que no le servimos con lealtad cuando abandonamos
nuestra tarea; cuando no compartimos con los demás el empeño y la
abnegación en el cumplimiento de los compromisos profesionales; cuando
nos puedan señalar como vagos, informales, frívolos, desordenados,
perezosos, inútiles... Porque quien descuida esas obligaciones, en
apariencia menos importantes, difícilmente vencerá en las otras de la
vida interior, que ciertamente son más costosas. Quien es fiel en lo
poco, también lo es en lo mucho, y quien es injusto en lo poco, también
lo es en lo mucho [129] .
62.
No estoy hablando de ideales imaginarios. Me atengo a una realidad muy
concreta, de importancia capital, capaz de cambiar el ambiente más
pagano y más hostil a las exigencias divinas, como sucedió en aquella
primera época de la era de nuestra salvación. Saboread estas palabras de
un autor anónimo de esos tiempos, que así resume la grandeza de nuestra
vocación: los cristianos son para el mundo lo que el alma para el
cuerpo. Viven en el mundo, pero no son mundanos, como el alma está en el
cuerpo, pero no es corpórea. Habitan en todos los pueblos, como el alma
está en todas las partes del cuerpo. Actúan por su vida interior sin
hacerse notar, como el alma por su esencia... Viven como peregrinos
entre cosas perecederas en la esperanza de la incorruptibilidad de los
cielos, como el alma inmortal vive ahora en una tienda mortal. Se
multiplican de día en día bajo las persecuciones, como el alma se
hermosea mortificándose... Y no es lícito a los cristianos abandonar su
misión en el mundo, como al alma no le está permitido separarse
voluntariamente del cuerpo [130] .
Por tanto, equivocaríamos el camino si nos desentendiéramos de los
afanes temporales: ahí os espera también el Señor; estad ciertos de que
a través de las circunstancias de la vida ordinaria, ordenadas o
permitidas por la Providencia en su sabiduría infinita, los hombres
hemos de acercarnos a Dios. No lograremos ese fin si no tendemos a
terminar bien nuestra tarea; si no perseveramos en el empuje del trabajo
comenzado con ilusión humana y sobrenatural; si no desempeñamos nuestro
oficio como el mejor y si es posible -pienso que si tú verdaderamente
quieres, lo será- mejor que el mejor, porque usaremos todos los medios
terrenos honrados y los espirituales necesarios, para ofrecer a Nuestro
Señor una labor primorosa, acabada como una filigrana, cabal.
63.
Hacer del trabajo oración
Suelo decir con frecuencia que, en estos ratos de conversación con
Jesús, que nos ve y nos escucha desde el Sagrario, no podemos caer en
una oración impersonal; y comento que, para meditar de modo que se
instaure enseguida un diálogo con el Señor -no se precisa el ruido de
palabras-, hemos de salir del anonimato, ponernos en su presencia tal
como somos, sin emboscarnos en la muchedumbre que llena la iglesia, ni
diluirnos en una retahíla de palabrería hueca, que no brota del corazón,
sino todo lo más de una costumbre despojada de contenido.
Pues ahora añado que también el trabajo tuyo debe ser oración personal,
ha de convertirse en una gran conversación con Nuestro Padre del Cielo.
Si buscas la santificación en y a través de tu actividad profesional,
necesariamente tendrás que esforzarte en que se convierta en una oración
sin anonimato. Tampoco estos afanes tuyos pueden caer en la oscuridad
anodina de una tarea rutinaria, impersonal, porque en ese mismo instante
habría muerto el aliciente divino que anima tu quehacer cotidiano.
Vienen ahora a mi memoria mis viajes a los frentes de batalla durante la
guerra civil española. Sin contar con medio humano alguno, acudía donde
se encontraba cualquiera que necesitara de mi labor de sacerdote. En
aquellas circunstancias tan peculiares, que quizá daban pie a muchos
para justificar sus abandonos y descuidos, no me limitaba a sugerir un
consejo simplemente ascético. Me movía entonces la misma preocupación
que siento ahora, y que estoy tratando de que el Señor despierte en cada
uno de vosotros: me interesaba por el bien de sus almas, y también por
su alegría aquí en la tierra; les animaba a que aprovecharan el tiempo
con tareas útiles; a que la guerra no constituyese como una especie de
paréntesis cerrado en su vida; les pedía que no se abandonaran, que
hicieran lo posible por no convertir la trinchera y la garita en una
especie de sala de espera de las estaciones de ferrocarril de entonces,
donde la gente mataba el tiempo, aguardando aquellos trenes que parecía
que no iban a llegar nunca...
Les sugería concretamente que se ocuparan en alguna actividad de
provecho -estudiar, aprender idiomas, por ejemplo- compatible con su
servicio de soldados; les aconsejaba que no dejaran nunca de ser hombres
de Dios y que procurasen que toda su conducta fuese operatio Dei,
trabajo de Dios. Y me conmovía al comprobar que esos muchachos, en
situaciones nada fáciles, respondían maravillosamente: se notaba la
solidez de su temple interior.
64.
Recuerdo también la temporada de mi estancia en Burgos, durante esa
misma época. Allí acudían tantos, a pasar unos días conmigo, en los
períodos de permiso, aparte de los que permanecían destacados en los
cuarteles de la zona. Como vivienda compartía, con unos pocos hijos
míos, la misma habitación de un destartalado hotel y, careciendo aun de
lo más imprescindible, nos organizábamos de modo que a los que venían
-¡eran cientos!- no les faltara lo necesario para descansar y reponer
fuerzas.
Tenía la costumbre de salir de paseo por la orilla del Arlanzón,
mientras conversaba con ellos, mientras oía sus confidencias, mientras
trataba de orientarles con el consejo oportuno que les confirmara o les
abriera horizontes nuevos de vida interior; y siempre, con la ayuda de
Dios, les animaba, les estimulaba, les encendía en su conducta de
cristianos. A veces, nuestras caminatas llegaban al monasterio de las
Huelgas, y en otras ocasiones nos escapábamos a la Catedral.
Me gustaba subir a una torre, para que contemplaran de cerca la
crestería, un auténtico encaje de piedra, fruto de una labor paciente,
costosa. En esas charlas les hacía notar que aquella maravilla no se
veía desde abajo. Y, para materializar lo que con repetida frecuencia
les había explicado, les comentaba: ¡esto es el trabajo de Dios, la obra
de Dios!: acabar la tarea personal con perfección, con belleza, con el
primor de estas delicadas blondas de piedra. Comprendían, ante esa
realidad que entraba por los ojos, que todo eso era oración, un diálogo
hermoso con el Señor. Los que gastaron sus energías en esa tarea, sabían
perfectamente que desde las calles de la ciudad nadie apreciaría su
esfuerzo: era sólo para Dios. ¿Entiendes ahora cómo puede acercar al
Señor la vocación profesional? Haz tú lo mismo que aquellos canteros, y
tu trabajo será también operatio Dei, una labor humana con entrañas y
perfiles divinos.
65.
Convencidos de que Dios se encuentra en todas partes, nosotros
cultivamos los campos alabando al Señor, surcamos los mares y
ejercitamos todos los demás oficios nuestros cantando sus misericordias
[131] . De esta manera estamos unidos a Dios en todo momento. Aun cuando
os encontréis aislados, fuera de vuestro ambiente habitual -como
aquellos muchachos en la trinchera-, viviréis metidos en el Señor, a
través de ese trabajo personal y esforzado, continuo, que habréis sabido
convertir en oración, porque lo habréis comenzado y concluido en la
presencia de Dios Padre, de Dios Hijo y de Dios Espíritu Santo.
Pero no me olvidéis que estáis también en presencia de los hombres, y
que esperan de vosotros -¡de ti!- un testimonio cristiano. Por eso, en
la ocupación profesional, en lo humano, hemos de obrar de tal manera que
no podamos sentir vergüenza si nos ve trabajar quien nos conoce y nos
ama, ni le demos motivo para que sonroje. Si os conducís de acuerdo con
este espíritu que procuro enseñaros, no abochornaréis a quienes en
vosotros confían, ni os saldrán los colores a la cara; y tampoco os
sucederá como a aquel hombre de la parábola que se propuso edificar una
torre: después de haber echado los cimientos y no pudiendo concluirla,
todos los que lo veían comenzaban a burlarse de él, diciendo: ved ahí un
hombre que empezó a edificar y no pudo rematar [132] .
Os aseguro que, si no me perdéis el punto de mira sobrenatural,
coronaréis vuestra tarea, acabaréis vuestra catedral, hasta colocar la
última piedra.
66.
Possumus! [133] , podemos vencer también esta batalla, con la ayuda del
Señor. Persuadíos de que no resulta difícil convertir el trabajo en un
diálogo de oración. Nada más ofrecérselo y poner manos a la obra, Dios
ya escucha, ya alienta. ¡Alcanzamos el estilo de las almas
contemplativas, en medio de la labor cotidiana! Porque nos invade la
certeza de que El nos mira, de paso que nos pide un vencimiento nuevo:
ese pequeño sacrificio, esa sonrisa ante la persona inoportuna, ese
comenzar por el quehacer menos agradable pero más urgente, ese cuidar
los detalles de orden, con perseverancia en el cumplimiento del deber
cuando tan fácil sería abandonarlo, ese no dejar para mañana lo que
hemos de terminar hoy: ¡Todo por darle gusto a El, a Nuestro Padre Dios!
Y quizá sobre tu mesa, o en un lugar discreto que no llame la atención,
pero que a ti te sirva como despertador del espíritu contemplativo,
colocas el crucifijo, que ya es para tu alma y para tu mente el manual
donde aprendes las lecciones de servicio.
Si te decides -sin rarezas, sin abandonar el mundo, en medio de tus
ocupaciones habituales- a entrar por estos caminos de contemplación,
enseguida te sentirás amigo del Maestro, con el divino encargo de abrir
los senderos divinos de la tierra a la humanidad entera. Sí, con esa
labor tuya contribuirás a que se extienda el reinado de Cristo en todos
los continentes. Y se sucederán, una tras otra, las horas de trabajo
ofrecidas por las lejanas naciones que nacen a la fe, por los pueblos de
oriente impedidos bárbaramente de profesar con libertad sus creencias,
por los países de antigua tradición cristiana donde parece que se ha
oscurecido la luz del Evangelio y las almas se debaten en las sombras de
la ignorancia... Entonces, ¡qué valor adquiere esa hora de trabajo!, ese
continuar con el mismo empeño un rato más, unos minutos más, hasta
rematar la tarea. Conviertes, de un modo práctico y sencillo, la
contemplación en apostolado, como una necesidad imperiosa del corazón,
que late al unísono con el dulcísimo y misericordioso Corazón de Jesús,
Señor Nuestro.
67.
Hacerlo todo por Amor
¿Y cómo conseguiré -parece que me preguntas- actuar siempre con ese
espíritu, que me lleve a concluir con perfección mi labor profesional?
La respuesta no es mía, viene de San Pablo: trabajad varonilmente y
alentaos más y más: todas vuestras cosas háganse con caridad [134] .
Hacedlo todo por Amor y libremente; no deis nunca paso al miedo o a la
rutina: servid a Nuestro Padre Dios.
Me gusta mucho repetir -porque lo tengo bien experimentado- aquellos
versos de escaso arte, pero muy gráficos: mi vida es toda de amor / y,
si en amor estoy ducho, / es por fuerza del dolor, / que no hay amante
mejor / que aquel que ha sufrido mucho. Ocúpate de tus deberes
profesionales por Amor: lleva a cabo todo por Amor, insisto, y
comprobarás -precisamente porque amas, aunque saborees la amargura de la
incomprensión, de la injusticia, del desagradecimiento y aun del mismo
fracaso humano- las maravillas que produce tu trabajo. ¡Frutos sabrosos,
semilla de eternidad!
68.
Sucede, sin embargo, que algunos -son buenos, bondadosos- aseguran de
palabra que aspiran a difundir el ideal hermoso de nuestra fe, pero en
la práctica se contentan con una conducta profesional ligera,
descuidada: parecen cabezas de chorlito. Si tropezamos con estos
cristianos de boquilla, hemos de ayudarles con cariño y con claridad; y
recurrir, cuando fuere necesario, a ese remedio evangélico de la
corrección fraterna: si alguno, como hombre que es, cayere
desgraciadamente en alguna falta, al tal instruidle con espíritu de
mansedumbre, estando atento con uno mismo, para no caer en la misma
tentación. Llevad los unos las cargas de los otros y así cumpliréis la
ley de Cristo [135] . Y, si sobre su profesión de católicos se añaden
otros motivos: más edad, experiencia o responsabilidad, entonces, con
mayor razón hemos de hablar, hemos de procurar que reaccionen, para que
consigan mayor peso en su vida de trabajo, orientándoles como un buen
padre, como un maestro, sin humillar.
Remueve mucho meditar despacio el comportamiento de San Pablo: bien
sabéis vosotros mismos lo que debéis hacer para imitarnos, por cuanto no
anduvimos desordenadamente entre vosotros ni comimos el pan de balde a
costa de otro, sino con esfuerzo y fatiga, trabajando de noche y de día,
por no seros gravosos a nadie... Así es que cuando estaba entre vosotros
os intimábamos esto: quien no quiera trabajar, que tampoco coma [136] .
69.
Por amor a Dios, por amor a las almas y por corresponder a nuestra
vocación de cristianos, hemos de dar ejemplo. Para no escandalizar, para
no producir ni la sombra de la sospecha de que los hijos de Dios son
flojos o no sirven, para no ser causa de desedificación..., vosotros
habéis de esforzaros en ofrecer con vuestra conducta la medida justa, el
buen talante de un hombre responsable. Tanto el campesino que ara la
tierra mientras alza de continuo su corazón a Dios, como el carpintero,
el herrero, el oficinista, el intelectual -todos los cristianos- han de
ser modelo para sus colegas, sin orgullo, puesto que bien claro queda en
nuestras almas el convencimiento de que únicamente si contamos con El
conseguiremos alcanzar la victoria: nosotros, solos, no podemos ni
levantar una paja del suelo [137] . Por lo tanto, cada uno en su tarea,
en el lugar que ocupa en la sociedad ha de sentir la obligación de hacer
un trabajo de Dios, que siembre en todas partes la paz y la alegría del
Señor. El perfecto cristiano lleva siempre consigo serenidad y gozo.
Serenidad, porque se siente en presencia de Dios; gozo, porque se ve
rodeado de sus dones. Un cristiano así verdaderamente es un personaje
real, un sacerdote santo de Dios [138] .
70.
Para lograr esta meta, hemos de conducirnos movidos por Amor, nunca como
el que soporta el peso de un castigo o una maldición: todo cuanto
hacéis, sea de palabra o de obra, hacedlo todo en nombre de Nuestro
Señor Jesucristo, dando por medio de El gracias a Dios Padre [139] . Y
así terminaremos nuestro quehacer con perfección, llenando el tiempo,
porque seremos instrumentos enamorados de Dios, que advierten toda la
responsabilidad y toda la confianza que el Señor deposita sobre sus
hombros, a pesar de la propia debilidad. En cada una de tus actividades,
porque cuentas con la fortaleza de Dios, has de portarte como quien se
mueve exclusivamente por Amor.
Pero no cerremos los ojos a la realidad, conformándonos con una visión
ingenua, superficial, que nos lleve a la idea de que nos aguarda un
camino fácil, y que bastan para recorrerlo unos propósitos sinceros y
unos deseos ardientes de servir a Dios. No lo dudéis: a lo largo de los
años, se presentarán -quizá antes de lo que pensamos- situaciones
particularmente costosas, que exigirán mucho espíritu de sacrificio y un
mayor olvido de sí mismo. Fomenta entonces la virtud de la esperanza y,
con audacia, haz tuyo el grito del Apóstol: en verdad, yo estoy
persuadido de que los sufrimientos de la vida presente no son de
comparar con aquella gloria venidera que se ha de manifestar en nosotros
[140] ; medita con seguridad y con paz: ¡qué será el Amor infinito de
Dios vertido sobre esta pobre criatura! Ha llegado la hora, en medio de
tus ocupaciones ordinarias, de ejercitar la fe, de despertar la
esperanza, de avivar el amor; es decir, de activar las tres virtudes
teologales, que nos impulsan a desterrar enseguida, sin disimulos, sin
tapujos, sin rodeos, los equívocos en nuestra conducta profesional y en
nuestra vida interior.
71.
Amados hermanos míos -de nuevo, la voz de San Pablo-, estad firmes y
constantes, trabajando siempre más y más en la obra del Señor, pues que
sabéis que vuestro trabajo no quedará sin recompensa delante de Dios
[141] . ¿Veis? Es toda una trama de virtudes la que se pone en juego al
desempeñar nuestro oficio, con el propósito de santificarlo: la
fortaleza, para perseverar en nuestra labor, a pesar de las naturales
dificultades y sin dejarse vencer nunca por el agobio; la templanza,
para gastarse sin reservas y para superar la comodidad y el egoísmo; la
justicia, para cumplir nuestros deberes con Dios, con la sociedad, con
la familia, con los colegas; la prudencia, para saber en cada caso qué
es lo que conviene hacer, y lanzarnos a la obra sin dilaciones... Y
todo, insisto, por Amor, con el sentido vivo e inmediato de la
responsabilidad del fruto de nuestro trabajo y de su alcance apostólico.
Obras son amores, y no buenas razones, reza el refrán popular, y pienso
que es innecesario añadir nada más.
Señor, concédenos tu gracia. Abrenos la puerta del taller de Nazaret,
con el fin de que aprendamos a contemplarte a Ti, con tu Madre Santa
María, y con el Santo Patriarca José -a quien tanto quiero y venero-,
dedicados los tres a una vida de trabajo santo. Se removerán nuestros
pobres corazones, te buscaremos y te encontraremos en la labor
cotidiana, que Tú deseas que convirtamos en obra de Dios, obra de Amor.
5. VIRTUDES HUMANAS
Homilía pronunciada el 6-IX-1941
72.
Lo cuenta San Lucas, en el capítulo séptimo: le rogó uno de los fariseos
que fuera a comer con él. Y habiendo entrado en casa del fariseo, se
puso a la mesa [142] . Llega entonces una mujer de la ciudad, conocida
públicamente como pecadora, y se acerca para lavar los pies a Jesús, que
según la usanza de la época come recostado. Las lágrimas son el agua de
este conmovedor lavatorio; el paño que seca, los cabellos. Con bálsamo
traído en un rico vaso de alabastro, unge los pies del Maestro. Y los
besa.
El fariseo piensa mal. No le cabe en la cabeza que Jesús albergue tanta
misericordia en su corazón. Si éste fuese un profeta -imagina-, sabría
quién es y qué tal es la mujer [143] . Jesús lee sus pensamientos, y le
aclara: ¿ves a esta mujer? Yo entré en tu casa y no me has dado agua con
que se lavaran mis pies; y ésta los ha bañado con sus lágrimas y los ha
enjugado con sus cabellos. Tú no me has dado el ósculo, y ésta, desde
que llegó, no ha cesado de besar mis pies. Tú no has ungido con óleo mi
cabeza, y ésta sobre mis pies ha derramado perfumes. Por todo lo cual,
te digo: que le son perdonados muchos pecados, porque ha amado mucho
[144] .
No podemos detenernos ahora en las divinas maravillas del Corazón
misericordioso de Nuestro Señor. Vamos a fijarnos en otro aspecto de la
escena: en cómo Jesús echa de menos todos esos detalles de cortesía y
delicadeza humanas, que el fariseo no ha sido capaz de manifestarle.
Cristo es perfectus Deus, perfectus homo [145] , Dios, Segunda Persona
de la Trinidad Beatísima, y hombre perfecto. Trae la salvación, y no la
destrucción de la naturaleza; y aprendemos de El que no es cristiano
comportarse mal con el hombre, criatura de Dios, hecho a su imagen y
semejanza [146] .
73.
Virtudes humanas
Cierta mentalidad laicista y otras maneras de pensar que podríamos
llamar pietistas, coinciden en no considerar al cristiano como hombre
entero y pleno. Para los primeros, las exigencias del Evangelio
sofocarían las cualidades humanas; para los otros, la naturaleza caída
pondría en peligro la pureza de la fe. El resultado es el mismo:
desconocer la hondura de la Encarnación de Cristo, ignorar que el Verbo
se hizo carne, hombre, y habitó en medio de nosotros [147] .
Mi experiencia de hombre, de cristiano y de sacerdote me enseña todo lo
contrario: no existe corazón, por metido que esté en el pecado, que no
esconda, como el rescoldo entre las cenizas, una lumbre de nobleza. Y
cuando he golpeado en esos corazones, a solas y con la palabra de
Cristo, han respondido siempre.
En este mundo, muchos no tratan a Dios; son criaturas que quizá no han
tenido ocasión de escuchar la palabra divina o que la han olvidado. Pero
sus disposiciones son humanamente sinceras, leales, compasivas,
honradas. Y yo me atrevo a afirmar que quien reúne esas condiciones está
a punto de ser generoso con Dios, porque las virtudes humanas componen
el fundamento de las sobrenaturales.
74.
Es verdad que no basta esa capacidad personal: nadie se salva sin la
gracia de Cristo. Pero si el individuo conserva y cultiva un principio
de rectitud, Dios le allanará el camino; y podrá ser santo porque ha
sabido vivir como hombre de bien.
Habréis, quizá, observado otros casos, en cierto sentido contrapuestos:
tantos que se dicen cristianos -porque han sido bautizados y reciben
otros Sacramentos-, pero que se muestran desleales, mentirosos,
insinceros, soberbios... Y caen de golpe. Parecen estrellas que brillan
un momento en el cielo y, de pronto, se precipitan irremisiblemente.
Si aceptamos nuestra responsabilidad de hijos suyos, Dios nos quiere muy
humanos. Que la cabeza toque el cielo, pero que las plantas pisen bien
seguros en la tierra |