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Josemaría Escrivá de Balaguer

Camino

edición crítico-histórica

preparada por

Pedro Rodríguez

Instituto histórico Josemaría Escrivá - Roma

Obras Completas del Beato Josemaría

Comisión coordinadora:

Flavio Capucci, José Luis Illanes, José Antonio Loarte,

Juan Manuel Mora, Pedro Rodríguez

Serie I: Obras publicadas

Volumen I: Camino

 

 

 

SUMARIO

 

Prólogo de S.E.R. Mons. Javier Echevarría

La «Colección de Obras Completas»

Al lector

Siglas y abreviaturas

Cronología de Josemaría Escrivá

I. Introducción General

1. El Autor de Camino

2. Camino: historia de la redacción

3. Descripción y análisis de los materiales para la edición crítica

4. Género literario, finalidad y estructura de Camino

5. Sobre el aparato crítico y las notas de documentación

II. Texto y Comentario crítico-histórico

1. El prólogo al lector

2. Primera Parte. Seguir a Cristo: los comienzos del camino

a) Oración, expiación, examen (cap. 1-10)

b) Vida interior, trabajo, Amor (cap. 11-21)

3. Segunda Parte. Hacia la santidad: caminar «in Ecclesia»

a) Iglesia, Eucaristía, Comunión (cap. 22-25)

b) Fe, virtudes, lucha interior (cap. 26-35)

4. Tercera Parte. Plenamente en Cristo: llamada y misión

a) Voluntad y Gloria de Dios, infancia espiritual (cap. 36-42)

b) Vocación y misión apostólica (cap. 43-46)

III. Apéndices: Las piezas de la tradición editorial

IV. Anexos: Las fases de Consideraciones espirituales

Índices

1. Índice cronológico de los puntos de Camino

2. Índice de la Sagrada Escritura

 

Prólogo

 

Han transcurrido poco más de sesenta años desde que Camino, el libro más conocido del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, vio la luz por vez primera, en Valencia. Desde aquella edición príncipe hasta el momento actual, se cuentan por muchas decenas las ediciones publicadas en los idiomas más variados y en los más diversos países, con una tirada total que se acerca ya a los cinco millones de ejemplares.

Podría sorprender la gran difusión de esta obra, tanto por su carácter —no es libro para pasar el tiempo, sino que invita a un compromiso personal en la vida del espíritu—, cuanto por haber tenido lugar en el siglo XX, caracterizado por su fuerte impronta utilitarista y técnica. Más aún si se considera que entre sus lectores —existen testimonios fehacientes de lo que afirmo— se encuentran no sólo católicos, sino creyentes de todas las confesiones cristianas, además de hebreos, musulmanes y personas de otras religiones. En cualquier caso, la consideración de que Camino es un «clásico de la espiritualidad» —expresión que comenzó a difundirse ya en los años 50— se ha demostrado plenamente acertada.

Bastarían estos datos para acoger con interés esta edición crítico-histórica. Para las innumerables personas que acuden a Camino en busca de orientación para su vida espiritual, esta edición representa mucho más: sale a la luz en torno al centenario del nacimiento del Beato Josemaría y constituye el primer fruto de un ambicioso proyecto editorial, que contempla la publicación de las obras completas del Fundador del Opus Dei.

No es atrevido afirmar que resulta evidente la importancia eclesial de la figura de Josemaría Escrivá de Balaguer, tanto por su labor sacerdotal y apostólica (de la que es reflejo la extensa labor de almas de la Prelatura del Opus Dei en los cinco continentes), como por su incansable predicación (de la que se beneficiaron directamente centenares de millares de personas), y por la abundancia de sus escritos. También con este motivo, al aproximarse el centenario de su nacimiento, quise erigir en Roma el «Instituto Histórico Josemaría Escrivá», al que confié, como uno de sus primeros cometidos, la preparación de una edición crítica de las obras completas del Fundador del Opus Dei, tanto ya publicadas como inéditas.

Con la presente edición comienza a hacerse realidad ese deseo. La elección de Camino como libro pionero de este proyecto está plenamente justificada: además de ser la publicación más conocida del Fundador del Opus Dei, en el Archivo General de la Prelatura se conservan gran cantidad de testimonios referentes al humus en el que se gesta esta obra: la vida espiritual y la actividad apostólica del Beato Josemaría en los primeros años de su ministerio sacerdotal. Por otra parte, aun sin detenerse en muchos aspectos del espíritu del Opus Dei, constituye indudablemente un testimonio de singular relieve del modo en que este espíritu era difundido y acogido en la década de los años treinta, y en los tiempos sucesivos. De aquí dimana, sobre todo para los estudiosos de la espiritualidad, la importancia del presente trabajo.

Hace algunos años, Mons. Álvaro del Portillo afirmaba a propósito de Camino: «Nada en el libro es elucubración (...); nada hay allí artificioso o hipotético: en cada una de sus páginas palpita la incontable riqueza de lo realmente vivido. De ahí proviene el perenne frescor de este libro y ésta es, sin duda, la razón de que, aun habiendo sido escrito en circunstancias históricas bien determinadas, Camino interese a millones de personas que viven en otros contextos culturales»[1]. Mi predecesor al frente de la Prelatura del Opus Dei precisaba que, como veneros profundos de la espiritualidad que rezuma de Camino, cabe señalar su dimensión humana (que explica la capacidad demostrada por el libro para conectar con las esperanzas y aspiraciones de las mujeres y de los hombres más variados) y, al mismo tiempo, su dimensión explícitamente cristiana, ya que Cristo llena todas sus páginas, desde la primera a la última[2]. Esta intuición de Mons. Álvaro del Portillo se pone de manifiesto en la presente edición crítico-histórica, preparada por el profesor Pedro Rodríguez, Ordinario de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, después de un profundo estudio de las fuentes y de un laborioso trabajo de redacción, de introducciones y notas.

La figura del profesor Rodríguez es bien conocida en el ámbito teológico; no es necesaria, de mi parte, ninguna presentación. Sólo deseo anotar que es gran conocedor de la espiritualidad del Beato Josemaría y, más concretamente aún, experto en Camino, libro sobre el que empezó a escribir ya en los años 60. Aquí sólo me interesa agradecerle sinceramente el esfuerzo que ha derrochado para que llegue —a todas las personas interesadas por los escritos del Fundador del Opus Dei— esta nueva edición de Camino. Su aportación, realizada con rigor científico y, al mismo tiempo, con un lenguaje cuidado y agradable, resulta decisiva para el conocimiento de la historia de la redacción de las páginas del Beato Josemaría y para comprender mejor su influjo en la historia de la espiritualidad cristiana.

La esmerada impresión a cargo de Ediciones Rialp viene a resaltar el valor de la presente edición.

Sirva de punto final a estas líneas la petición que dirijo al Cielo, por intercesión de la Santísima Virgen: que la meditación sosegada de estas páginas se convierta en instrumento —como sucede desde hace más de sesenta años con la meditación de los puntos de Camino— para acercar muchas almas a Dios.

Roma, 1 de noviembre de 2001, solemnidad de Todos los Santos.

 

                    + Javier Echevarría

                   Prelado del Opus Dei


 

 

 

 

La «Colección de Obras Completas»

 

 

 

 

Con fecha 9 de enero de 2001, el Prelado del Opus Dei, S.E.R. Mons. Javier Echevarría, erigió el «Instituto Histórico Josemaría Escrivá». Una de las primeras tareas que el Instituto ha acometido es la preparación, con planteamiento rigurosamente científico, de las Obras Completas del Beato Josemaría, que da nombre al Instituto. A tales efectos se ha constituido en el seno del Instituto una Comisión encargada de planear y coordinar el trabajo científico encaminado a ese objetivo. El estudio del abundante material existente ha llevado a concebir el proyecto de edición dividido en cinco Series, que serán las siguientes:

Serie I. Obras publicadas.

Se incluyen en esta Serie los libros y otros escritos ya publicados. Se inaugura con la edición de la obra más difundida del Beato Josemaría: Camino (1939), en la que se recogen también las fases anteriores aparecidas con el título de Consideraciones espirituales (1932, 1933, 1934). Seguirán las otras obras publicadas, en vida del Autor (Santo Rosario, 1934; La Abadesa de las Huelgas, 1944; Conversaciones, 1968; Es Cristo que pasa, 1973), o en ediciones póstumas (Amigos de Dios, 1977; Via Crucis, 1981; Surco, 1986; Forja, 1987). A ellas se añadirá un volumen final de Escritos varios, recogiendo homilías, artículos, entrevistas y conferencias, ya publicados, pero no incluidos hasta ahora en un volumen.

Serie II. Obras no publicadas.

Bajo este título se incluyen aquellos textos del Beato Josemaría que pueden considerarse, al igual que las anteriores, obras en sentido estricto, es decir, unidades redaccionales destinadas por su Autor a ser editadas, pero que no han sido hechas públicas todavía. Forman esta Serie, ante todo, dos tipos de documentos dirigidos a los fieles del Opus Dei que el Beato Josemaría llamó Instrucciones y Cartas. Y, junto a ellos, otros textos espirituales.

Serie III. Epistolario.

Se recogerá en esta Serie la amplia y nutrida correspondencia (varios millares de cartas) mantenida por el Beato Josemaría tanto con fieles del Opus Dei como con otras personas de muy diversos países y condiciones sociales.

Serie IV. Autógrafos.

A lo largo de su vida, el Fundador del Opus Dei fue tomando nota de reflexiones personales referidas a su propia vida espiritual o a iniciativas apostólicas. Como parte de su labor sacerdotal redactó guiones de predicación y otros escritos análogos. Esos documentos dan origen a una variada colección de textos autógrafos, que constituyen un patrimonio de gran riqueza, pero cuya publicación requiere un trabajo de ordenación y anotación.

Serie V. Predicación oral.

Como en el caso de otras grandes figuras de la historia, muy diversas personas atraídas por la predicación del Beato Josemaría, fueron tomando notas o apuntes de sus palabras, realidad que se hizo más intensa al difundirse los medios de grabación audiovisual. Se cuenta así con un amplio material que recoge, con mayor o menor detalle según los casos, su predicación y conversación. Este fondo de predicación contribuye muy poderosamente, aunque no haya sido revisado por el Autor, a situar al lector ante la personalidad viva del Fundador del Opus Dei y a manifestar la hondura de su doctrina.

La cantidad y diversidad de los textos, de los que el breve resumen realizado da idea, implica que el trabajo de preparación y edición de las Obras Completas requerirá un cierto lapso de tiempo. El «Instituto Histórico Josemaría Escrivá» manifiesta su satisfacción por haber podido comenzar la tarea con una obra de la envergadura de la presente edición crítico-histórica de Camino, y confía en mantener ese mismo nivel en todas las obras posteriores.


 

 

 

 

Al lector

 

 

 

 

Este libro que el lector tiene en sus manos es, como indica su título, Camino, de Josemaría Escrivá de Balaguer: una edición de Camino, una de las numerosas ediciones de Camino. Pero una edición peculiar. Quiere ser ésta, desde el primer momento, una «edición crítica», con arreglo a los cánones de este género de literatura científica: es decir, una edición que ofrece el texto de Camino dispuesto a partir de una crítica textual y de fuentes apoyada en la documentación.

Conforme me adentraba en el trabajo y en la lectura de esos documentos –casi todos ellos en el Archivo General de la Prelatura del Opus Dei, en Roma–, se iba haciendo cada vez más claro que el material dotado de interés superaba lo que, en sentido propio, era suficiente para una edición crítica. Por otra parte, un libro tan singular y de tanta irradiación espiritual como Camino, pedía inquirir a fondo la historia de su composición: no sólo «establecer» su texto –tarea sin excesivos problemas en este libro, ­dada la claridad de la historia textual–, sino ir más allá del texto o, si se prefiere, sorprender al texto en su hacerse. En este sentido, el estudio de la documentación confirmaba con intensidad creciente la intuición espontánea de todo lector de Camino: que cada una de sus 999 unidades tiene vida propia, y contextos y circunstancias muy diversos; una vida espiritual, pastoral y literaria que el texto mismo muestra anterior al texto, y mucho más rica que lo que la mera crítica textual puede poner de manifiesto. De ahí que, durante el trabajo, no haya rechazado esos datos contextuales que trascendían a la crítica textual, sino que he tratado, lo más sobriamente posible, de incorporarlos al libro y proporcionar, así, a los lectores la información encontrada sobre el contexto vital e histórico a que me refiero. Por eso he llamado, al resultado de esta investigación, no ya «edición crítica», sino «edición crítico-histórica», como se lee en la portada del volumen.

Esta decisión ha multiplicado la tarea, pues el equilibrio entre unas partes y otras exigía no sólo la «recepción» de los documentos que salían al paso, sino la «inquisición» de los que no salían. El resultado de todo ese laboreo ha sido el amplio «Comentario crítico-histórico», que es, desde el punto de vista cuantitativo, la parte más extensa, con mucho, de todo el conjunto: un comentario a la estructura del libro, a la secuencia de sus capítulos y, sobre todo, a cada uno de sus puntos.

Una edición «crítico-histórica», decía. No aludo, con esta expresión, a «otro» método de análisis de textos, que sería distinto del que llamamos, en exégesis bíblica y en teología, «histórico-crítico». Me refiero, con esa expresión, no al método, sino al alcance y contenido del Comentario, que va más allá de lo que, en sentido estricto, pide la edición crítica, para adentrarse en cuestiones de gestación y contexto histórico-espiritual de los «puntos» de Camino.

No es, sin embargo, ni quiere serlo, un comentario teológico y de espiritualidad, aunque haya continuas alusiones –no podía ser de otra manera– a lo que constituye la materia misma del libro. Tampoco es un estudio del estilo literario o del uso lingüístico de los términos, lo que no excluye, acá y allá, frecuentes apuntes sobre el tema. Precisamente la presente edición quiere ofrecer el texto de Camino, críticamente dispuesto para el trabajo, a los que deseen estudiar esta obra sea desde el campo de la espiritualidad y de la teología, sea desde el que es propio de la lengua y de la literatura.

Una edición, pues, la nuestra, que en definitiva pretende estas dos cosas: poner de relieve oportunamente los resultados de la crítica textual y de fuentes y, a la vez, aportar textos y documentos en torno a la génesis de los «puntos» de Camino, su datación, sus circunstancias, los contextos personales, espirituales, culturales e históricos que esas «consideraciones» tienen en la vida del Autor y en su labor apostólica.

 

Una palabra, ahora, sobre la disposición y estructura del volumen. Por la propia naturaleza de las cosas, una edición crítica pide una clara y neta distinción entre el Texto, debidamente establecido, y su Comentario –histórico, textual y de fuentes. En la tradición del oficio, tal distinción se suele expresar reservando el «cuerpo» de la página para el Texto y situando el Comentario, bien «al pie», bien en una segunda parte del libro, acompañado, en uno y otro caso, de las oportunas series de notas críticas y documentales. Sin embargo, en nuestra edición, después de sopesarlo detenidamente, no hemos procedido así. La peculiar naturaleza de un libro de aforismos o sentencias –de consideraciones, como dice el Autor—, que tiene cada una su propia génesis e historia; y el notable desarrollo del Comentario, hacían inviable esa ubicación tradicional, que, en todo caso, resultaría sumamente incómoda para la lectura y consulta. Por eso, he optado por una solución intermedia, que es la composición continuada –Texto (cada punto de Camino) seguido de su Comentario–, pero permaneciendo siempre neta la distinción entre Comentario y Texto.

El Texto, es decir, el prólogo y los 999 puntos de Camino, se componen con cuerpo mayor y más intenso –en negrita, como la edición príncipe– y, a continuación de cada punto, en cuerpo menor y letra redonda, el Comentario crítico-histórico. El pie de la página se reserva para dos series de notas: la del aparato de crítica textual y la de notas documentales del Comentario. Así, bajo el título «Texto y Comentario crítico-histórico», el lector encuentra el contenido principal de esta edición de Camino.

El «Texto», debidamente anotado, es –en el orden de la causa final, podríamos decir– la razón de ser de una edición crítica, también de la nuestra. Por eso, siento el apremio de llamar la atención de los lectores no sólo sobre el Comentario, de que vengo hablando, sino sobre la «Introducción General» que precede al «Texto» (y al Comentario). Es extensa y tiene, necesariamente, la tecnicidad, un tanto fatigosa, propia de este tipo de trabajos; pero entiendo que su lectura será útil también para el lector no avezado en este género científico, pues ofrece ayuda y elementos de juicio para situar el marco espiritual y humano donde se inscriben los diversos capítulos y «puntos» de Camino. Tenga presente el lector que la anotación y el comentario del «Texto» han sido realizados a partir del cuadro hermenéutico que se propone a lo largo de los catorce capítulos o parágrafos (§§) de la «Introducción General».

Así se explica el orden de las piezas que preceden y siguen al cuerpo del libro. Tras el «Prólogo» de Mons. Echevarría, y la descripción que hace el Instituto Histórico de la «Colección de Obras Completas», vienen estas palabras «Al lector». Después, las páginas con «Siglas y abreviaturas» y una «Cronología biográfica» de Josemaría Escrivá, más detenida, lógicamente, en el ámbito temporal que corresponde a la redacción de Camino. Este conjunto de piezas tiene sus páginas numeradas en romanos. Después comienza, ya en arábigos, la «Introducción General», arriba descrita, seguida, como he dicho, del «Texto y Comentario». Se incluyen a continuación, como «Apéndices», las que llamo «piezas de la tradición editorial» de Camino, desde el prólogo de Mons. Lauzurica al índice bíblico de 1972; y, como «Anexos», las tres etapas que tuvo en su redacción Consideraciones Espirituales, a las que continuamente se acude en la crítica textual y en el comentario histórico. Cierra el volumen un conjunto de índices para facilitar al lector la consulta del libro. Señalo especialmente, a este propósito, el «Índice para la lectura cronológica de Camino», que, como su nombre indica, permite leer una gran parte del libro situando sus «puntos» en otra secuencia distinta de la del libro: la de la fecha en que salieron de la pluma del Autor. Es una pieza también interesante para la investigación biográfico-espiritual sobre Josemaría Escrivá de Balaguer.

Como el lector podrá comprobar, si emprende la lectura de este libro, muchas de las interrelaciones contextuales y documentales del Texto, tal como se reflejan en el Comentario, permanecen abiertas, y otras, por su misma naturaleza, están sujetas a rectificación o matización a partir de nuevos datos y testimonios. El autor de la edición crítica agradecerá todas las aportaciones y sugerencias que le lleguen sobre la materia.

 

Llego así al momento más grato de la investigación que aquí concluye: la hora de dejar constancia de la ayuda y solidaridad que he encontrado por todas partes a lo largo de mi trabajo. Sería inacabable enumerar los servicios que he recibido de tantas y tantas personas: no sólo de colegas, amigos y compañeros, sino de muchas a las que sólo conozco por la relación epistolar establecida. Mi agradecimiento lo he dejado escrito en muchos casos al pie de la página en que se ha reflejado esa aportación esforzada.

Pero debo nombrar ahora a aquellos cuyo servicio a esta edición ha sido más continuado y constante. Ante todo, al Dr. Constantino Ánchel, investigador del «Centro de Documentación y Estudios Josemaría Escrivá de Balaguer» (Universidad de Navarra), conocedor, como pocos, de los contextos documentales y biográficos del santo Autor de Camino; y, con él, a los Drs. Joaquín Fernández Monistrol, José Antonio Loarte y Sabino Gabiola, del Archivo General de la Prelatura (Roma): los cuatro han puesto a mi disposición su guía experta para localizar y discernir la documentación de esos Centros y me han ofrecido generosamente sus personales aportaciones.

El Dr. Ánchel –mi interlocutor habitual en los derroteros de la investigación– y los Profs. José Luis Illanes, Jutta Burggraf y Javier Sesé, colegas en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, han tenido la paciencia de leer y criticar el extenso manuscrito resultante, ofreciéndome abundantes y profundas observaciones y sugerencias, que enriquecían el horizonte para una ulterior investigación. El resultado de esas cuatro lecturas determinó, así lo pienso, un salto de calidad en la tarea y una nueva exigencia de rigor científico.

Los Drs. Joaquín Alonso y Flavio Capucci (Roma), Benito Badrinas y Julio González Simancas (Madrid), tan profundos conocedores de la vida y la obra de Josemaría Escrivá de Balaguer, y los Profs. Lucas F. Mateo-Seco, Ildefonso Adeva y Marcelo Merino (Pamplona), con su pericia analítica de textos: todos han sido para mí constantes puntos de consulta y de referencia. No quiero dejar de mencionar a mi colega el lingüista Prof. Manuel Casado (Pamplona), que ha estado siempre dispuesto a ser abordado en las cuestiones relativas a su oficio filológico. La detenida lectura de las pruebas, que han realizado, de manera tan sagaz y sugerente, Don Miguel Arango y Doña Pilar Rodríguez, no podía quedar sin una expresa mención agradecida.

He dejado para el final el primero de los agradecimientos. El que debo a S.E.R. Mons. Javier Echevarría, Obispo, Prelado y Padre en el Opus Dei: ante todo, por haberme encargado la preparación de esta edición –encargo que estimo una delicadeza paternal – y haberme abierto de una manera tan generosa los fondos documentales y archivísticos de la Prelatura. Y ya terminado mi trabajo, por haber querido honrarlo escribiendo el prólogo que encabeza estas páginas.

Una última palabra. La investigación que se expresa en el presente estudio crítico-histórico ha recubierto buena parte de mi trabajo en los tres años que preceden al Centenario del nacimiento de Josemaría Escrivá de Balaguer, 9 de enero de 2002. No podía yo imaginar que el Señor me deparara, durante este tránsito del segundo al tercer milenio, una forma tan profunda y entrañable de «comunión de los santos» como la que he experimentado, día tras día, durante esta «batalla» científica y orante. Vaya a Él –Deo omnis gloria– mi radical acción de gracias.

Josemaría Escrivá publicó Camino para que los lectores se metieran «por caminos de oración y de Amor». Mi aspiración, mientras luchaba con los textos –y ahora, cuando ya están en la imprenta–, era que este conjunto de documentación histórica ayudara al lector a discernir el paso de Dios en la pequeña gran historia que subyace al libro, y a adentrarse –o a continuar– cum festinatione por esos caminos que deseaba el Autor.

 

Pamplona, 29 de septiembre de 2001

Fiesta de los Santos Arcángeles

Miguel, Gabriel y Rafael

 

Pedro Rodríguez


 

 

 

Siglas y Abreviaturas

 

1. Del Comentario crítico

 

add                                     additum: añadido

AGP                                   Archivo General de la Prelatura del Opus Dei

Ah                                     octavillas con dorso: «Altas de hospital» (20-XII-1938)

Apd                                   Apéndice

Apínt                                 Apuntes íntimos

apcrít                                 aparato crítico

autogr                                autographum

Ber                                     Serie de octavillas escritas con pluma muy fina («monja bernarda»)

Bl                                       octavillas con dorso en blanco

Bpr                                     octavillas con dorso: «Boletín de prensa» (16-XI-1938)

C                                        Camino

can                                     canon

cap                                     capítulo

caps                                   capítulos

carp                                   carpeta

cd/                                    consideración o consideraciones de Cem o Cec; sigue el número o números correspondientes

Ceb                                    ejemplar de Cec usado por el Autor en la preparación de Camino en Burgos

Cec                                    Consideraciones Espirituales, Cuenca (1934)

Cem                                   Consideraciones Espirituales, Madrid (1932 y 1933)

Cem32                               Consideraciones Espirituales, Madrid 1932

Cem33                               Consideraciones Espirituales, Madrid 1933

CemS                                 ejemplar de Cem usado por el Autor al componer Cec

cfr                                      confróntese

com                                    comentario o comentarios (crítico-históricos)

com/                                 comentario (crítico-histórico) al punto de Camino que se nombra a continuación

Conc                                  Concilio

Const                                 Constitución

Decr                                   Decreto

del                                      deletum: tachado, eliminado

(dir)                                   director o directores de una obra colectiva

doc                                     documento

dpdo                                  duplicado

Drv                                    Octavillas con dorsos variados

ed                                       edición

(ed.)                                   editor, en el sentido de autor de una edición crítica o de una edición especial

EF                                      Epistolario del Fundador del Opus Dei

EjEsp                                 Ejercicios Espirituales

exp                                     expediente

fol                                      folio

Introd                                Introducción

IntrodGen                         Introducción General

IZL                                     Archivo de la Causa de Beatificación de Isidoro Zorzano Ledesma

Jef                                      octavillas con dorso: «Jefes»

leg                                      legajo

lib                                       libro

lín                                      línea

Lh                                      octavillas con textos de Camino escritos en la Legación de Honduras

Lhz                                    octavillas escritas como las anteriores en la Legación de Honduras (serie numerada del 1 al 25)

ms                                      manuscrito

Msb                                    Manuscrito de Burgos (el «borrador» de Camino): colección autógrafa de octavillas con los puntos de Camino agregados en Burgos

Not                                    octavillas con dorso: «Noticias» XII-1938

p/                                      punto o puntos de Camino; sigue número o números correspondientes

pg                                      página

pgs                                     páginas

por ej                                 por ejemplo

Pp                                      Papel o apunte de agenda para un futuro punto de Camino

praec                                  praecedit: precede

PredicHond                       conjunto de meditaciones predicadas por el Autor en la Legación de Honduras y que se conservan en AGP

Re                                      octavillas con dorso: «Reemplazo»

rel                                       reliquae: las restantes

s                                         y siguiente

ss                                        y siguientes

sec                                      sección

seq                                      sequitur: sigue

sess                                    sessio

Srt                                      Sorteo

Txm                                   Original de Camino. Texto mecanografiado por el Autor, que se lleva a la imprenta

v.                                        versículo

vid                                     véase, videatur

vol                                      volumen

 

2. De la Sagrada Escritura

 

Ab                                      Abdías

Ag                                      Ageo

Am                                    Amós

Ap                                     Apocalipsis

Ba                                      Baruc

1 Co                                   Primera Carta a los Corintios

2 Co                                   Segunda Carta a los Corintios

Col                                     Carta a los Colosenses

1 Cro                                 Libro I de las Crónicas o Paralipómenos

2 Cro                                 Libro II de las Crónicas o Paralipómenos

Ct                                       Cantar de los Cantares

Dn                                     Daniel

Dt                                      Deuteronomio

Ef                                       Carta a los Efesios

Esd                                     Esdras

Est                                      Ester

Ex                                      Éxodo

Ez                                      Ezequiel

Flm                                    Carta a Filemón

Flp                                     Carta a los Filipenses

Ga                                      Carta a los Gálatas

Gn                                      Génesis

Ha                                      Habacuc

Hb                                      Carta a los Hebreos

Hch                                    Hechos de los Apóstoles

Is                                        Isaías

Jb                                       Job

Jc                                        Jueces

Jdt                                      Judit

Jl                                        Joel

Jn                                       Evangelio según San Juan

1 Jn                                    Primera Carta de San Juan

2 Jn                                    Segunda Carta de San Juan

3 Jn                                    Tercera Carta de San Juan

Jon                                     Jonás

Jos                                      Josué

Jr                                        Jeremías

Judas                                 Carta de San Judas

Lc                                       Evangelio según San Lucas

Lm                                     Libro de las Lamentaciones

Lv                                      Levítico

1 M                                    Libro I de los Macabeos

2 M                                    Libro II de los Macabeos

Mc                                     Evangelio según San Marcos

Mi                                      Miqueas

Ml                                      Malaquías

Mt                                      Evangelio según San Mateo

Na                                      Nahum

Ne                                      Nehemías

Nm                                    Números

Os                                      Oseas

1 P                                     Primera Carta de San Pedro

2 P                                     Segunda Carta de San Pedro

Pr                                       Proverbios

Qo                                      Libro de Qohélet ( Eclesiastés)

1 R                                     Libro I de los Reyes

2 R                                     Libro II de los Reyes

Rm                                     Carta a los Romanos

Rt                                       Rut

1 S                                      Libro I de Samuel

2 S                                      Libro II de Samuel

Sal                                      Salmos

Sb                                       Sabiduría

Si                                        Libro de Ben Sirac ( Eclesiástico)

So                                        Sofonías

St                                       Carta de Santiago

Tb                                       Tobías

1 Tm                                   Primera Carta a Timoteo

2 Tm                                   Segunda Carta a Timoteo

1 Ts                                     Primera Carta a los Tesalonicenses

2 Ts                                    Segunda Carta a los Tesalonicenses

Tt                                       Tito

Za                                      Zacarías

 

3. Bibliográficas

 

AAS

Acta Apostolicae Sedis

Amigos de Dios

Josemaría Escrivá de Balaguer, Amigos de Dios. Homilías, Presentación de Álvaro del Portillo, 1ª ed, Rialp, Madrid 1977

AP

Editorial Apostolado de la Prensa

A. Aranda, ‘El bullir de la sangre de Cristo’, 2000

Antonio Aranda, ‘El bullir de la sangre de Cristo’. Estudios sobre el cristocentrismo del beato Josemaría Escrivá, Rialp, Madrid 2000

ASS

Acta Sanctae Sedis

BAC

«Biblioteca de Autores Cristianos», Editorial Católica (Madrid)

BAC 4, 1945.

San Francisco de Asís, Sus escritos. Las Florecillas. Biografías del Santo, por Celano, San Buenaventura y los tres compañeros. Espejo de perfección, ed. de Juan R. de Legísima, y Lino Gómez Canedo, BAC 4, Madrid 1945

BAC 11, 4ª ed, 1963

Obras de San Agustín. II. Las confesiones, ed. de Ángel Custodio Vega, BAC 11, 4ª ed, Madrid 1963

BAC 15, 13ª ed, 1991

Vida y obras de San Juan de la Cruz, ed. crítica de Lucino del Ssmo. Sacramento, BAC 15, 13ª ed., Madrid 1991

BAC 30, 2ª ed, 1956

Obras de San Agustín. IV. Obras apologéticas. De la verdadera religión. De las costumbres de la Iglesia. Enquiridión. De la unidad de la Iglesia. De la fe en lo que no se ve. De la utilidad de creer, ed. de Victorino Capánaga, Teófilo Prieto, Andrés Centeno, BAC 30, 2ª ed., Madrid 1956.

BAC 53, 4ª ed, 1981

Obras de San Agustín. VII. Sermones (1º), ed. de Miguel Fuentes, Moisés Mª Campelo, BAC 53, 4ª ed, Madrid 1981.

BAC 78, 1952

Obras ascéticas de San Alfonso María de Ligorio, ed. crítica de Andrés Goy, I, BAC 78, Madrid 1952

BAC 86, 2ª ed, 1963

Obras completas de San Ignacio de Loyola, ed. de Ignacio Iparraguirre, BAC 86, 2ª ed., Madrid 1963

BAC 101, 1979

Cartas y escritos de San Francisco Javier, ed. de Félix Zubillaga, BAC 101, 3ª ed., Madrid 1979

BAC 109, 1953

Obras selectas de San Francisco de Sales. I. Introducción a la vida devota. Sermones escogidos. Conversaciones espirituales. Alocución al Cabildo de Ginebra, ed. de Francisco de la Hoz, BAC 109, Madrid 1953

BAC 113, 1954

Obras ascéticas de San Alfonso María de Ligorio, ed. crítica de Andrés Goy, II, BAC 113, Madrid 1954

BAC 115, 2ª ed, 1968

San Benito. Su vida y su Regla, García María Colombás (ed.), BAC 115, 2ª ed, Madrid 1968

BAC 121, 1955

Obras de San Agustín. XII. Tratados morales. Del bien del matrimonio. Sobre la santa virginidad. Del bien de la viudez. De la continencia. Sobre la paciencia. El combate cristiano. Sobre la mentira. Contra la mentira. Del trabajo de los monjes. El sermón de la montaña, ed. de Félix García, Lope Cilleruelo, Ramiro Flórez, BAC 121, Madrid 1955

BAC 127, 1954

Obras selectas de San Francisco de Sales. II. Tratado del amor de Dios. Constituciones y Directorio Espiritual. Fragmentos del Epistolario. Ramillete de cartas enteras, ed. de Francisco de la Hoz, BAC 127, Madrid 1954

BAC 139, 1955

Obras de San Agustín. XIII. Tratados sobre el Evangelio de San Juan (1-35), ed. de Teófilo Prieto, BAC 139, Madrid 1955

BAC 141, 1955

Obras de San Juan Crisóstomo. I. Homilías sobre el Evangelio de San Mateo (1-45), ed. Daniel Ruiz Bueno, BAC 141, Madrid 1955

BAC 143, 1955

Santa Catalina de Siena, El diálogo, ed. de Ángel Morta, BAC 143, Madrid 1955

BAC 169, 1958

San Juan Crisóstomo, Tratados ascéticos: Diálogo histórico de Paladio. A Teodoro caído. Contra los impugnadores de la vida monástica. Paralelo entre el monje y el rey. A Demetrio... Sobre el sacerdocio. De la vanagloria y de la educación de los hijos, ed. de Daniel Ruiz Bueno, BAC 169, Madrid 1958

BAC 171-172, 1958

Obras de San Agustín. XVI-XVII. La Ciudad de Dios, ed. de José Morán, BAC 171-172, Madrid 1958

BAC 212, 8ª ed, 1986.

Santa Teresa de Jesús, Obras completas, ed. de Efrén de la Madre de Dios y Otger Steggink, BAC 212, 8ª ed., Madrid 1986

BAC 219, 1962

Cartas de San Jerónimo, ed. de Daniel Ruiz Bueno, BAC 219, Madrid 1962

BAC 271, 1967

Orígenes, Contra Celso, ed. Daniel Ruiz Bueno, BAC 271, Madrid 1967.

BAC 302, 1970

Obras completas del Santo Maestro Juan de Ávila. I. Biografía. Audi, filia, ed. de Luis Sala Balust y Francisco Martín Hernández, BAC 302, Madrid 1970

BAC 313, 1970

Obras completas del Santo Maestro Juan de Ávila. V. Epistolario, ed. de Luis Sala Balust y Francisco Martín Hernández, BAC 313, Madrid 1970

BAC 324, 1971

Obras completas del Santo Maestro Juan de Ávila. VI. Tratados de reforma; Tratados menores; Escritos menores, ed. de Luis Sala Balust y Francisco Martín Hernández, BAC 324, Madrid 1971

BAC 333, 1972

Francisco de Osuna, Tercer abecedario espiritual, ed. crítica de Melquíades Andrés, BAC 333, Madrid 1972

BAC 399, 1978.

San Francisco de Asís, Escritos, biografías, documentos de la época, ed. de José Antonio Guerra, BAC 399, Madrid 1978

BAC 415, 3ª ed, 1996.

Obras de Santa Catalina de Siena. El Diálogo. Oraciones y Soliloquios, ed. de José Salvador-Conde, BAC 415, 3ª ed., Madrid 1996

BAC 441, 1983

Obras completas de San Agustín. X. Sermones (2º: 51-116). Sobre los Evangelios Sinópticos, ed. Lope Cilleruelo y Pío de Luis, BAC 441, Madrid 1983

BAC 443, 1983

Obras completas de San Agustín. XXIII. Sermones (3º:117-183). Evangelio de San Juan, Hechos de los Apóstoles y cartas, ed. de Amador del Fueyo y Pío de Luis, BAC 443, Madrid 1983

BAC 444, 1983

Obras completas de San Bernardo. I. Introducción general y Tratados (1º), ed. de los Monjes cistercienses de España, BAC 444, Madrid 1983

BAC 448, 1984

Obras completas de San Agustín. XXV. Sermones (5º: 273-338). Sermones sobre los mártires, ed. Pío de Luis, BAC 448, Madrid 1984

BAC 452, 1984

Obras completas de San Bernardo. II. Tratados (2º), ed. de los Monjes cistercienses de España, BAC 452, Madrid 1984

BAC 471, 1985

San Antonio María Claret, Escritos espirituales, ed. Jesús Bermejo, BAC 471, Madrid 1985

BAC 491, 1987

Obras completas de San Bernardo. V. Sermones sobre el Cantar de los Cantares, ed. de los Monjes cistercienses de España, BAC 491, Madrid 1987

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San Antonio María Claret, Escritos pastorales, ed. de José María Viñas y Jesús Bermejo, BAC 577, Madrid 1997

Biblia, exégesis y cultura, 1994

Gonzalo Aranda y otros (dir.), Biblia, exégesis y cultura. Estudios en honor del Prof. José María Casciaro, Eunsa («Colección Teológica», 83), Pamplona 1994

BP 21, 1993

Ambrosio de Milán, La penitencia, ed. de Manuel Garrido Bonaño, Ciudad Nueva («Biblioteca de Patrística», 21), Madrid 1993

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Gregorio de Nisa, Sobre la vida de Moisés, Lucas F. Mateo-Seco (ed.), Ciudad Nueva [«Biblioteca de Patrística», 23], Madrid 1993

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Máximo el Confesor, Tratados espirituales, Pablo Argárate (ed.), Ciudad Nueva («Biblioteca de Patrística», 37), Madrid 1997

P. Casciaro, Soñad, 1999

Pedro Casciaro, Soñad y os quedaréis cortos, Rialp, 11ª ed, Madrid 1999

CCL

Corpus Christianorum. Serie Latina

J. B. Chautard, El alma de todo apostolado, 1927

Jean Baptiste Chautard, El alma de todo apostolado, traducido al español de la 9a ed. francesa, Tipografía de Andrés Martín, Valladolid 1927.

Conversaciones

Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, 1ª ed, Rialp, Madrid 1968

Decenario al Espíritu Santo, 1932

Decenario, o sea, modo de honrar al Espíritu Santo durante diez días, por la sierva de Dios Francisca Javiera del Valle, editado por el P. Marcelino González, S.J., Imprenta Comercial Salmantina - Prior 19, Salamanca 1932

DESp

Dizionario Enciclopedico di Spiritualità, a cura di Ermanno Ancilli, Città Nuova Editrice, Roma 1990

DRAE

Real Academia Española, Diccionario de la Lengua Española, Madrid

DS

Denzinger – Schönmetzer, Enchiridion Symbolorum

DSp

Dictionnaire de Spiritualitè Ascétique et Mystique. Doctrine et Histoire, fondé par Marcel Viller, S.J., 17 vol, Beauchesne, Paris 1937-1995.

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Javier Echevarría, Memoria del Beato Josemaría Escrivá, entrevista con Salvador Bernal, Rialp, Madrid 2000

Enciclopedia Espasa

Diccionario enciclopédico Espasa, 30 vol, más apéndices. Espasa-Calpe, Madrid 1910-1998 (1ª-13ª ed)

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Desiderio Erasmo de Rotterdam, El Enquiridion o Manual del Caballero cristiano, ed. de Pedro Rodríguez Santidrián, BAC minor 79, Madrid 1995

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Josemaría Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa. Homilías, Presentación de Álvaro del Portillo, 1ª ed, Rialp, Madrid 1973

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José Morales (dir.), Estudios sobre 'Camino', Rialp, Madrid 1988

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Clemente de Alejandría, El Pedagogo, Marcelo Merino y Emilio Redondo (eds.), Ciudad Nueva («Fuentes Patrísticas», 5), Madrid 1994

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Amadeo de Fuenmayor, Valentín Gómez-Iglesias, José Luis Illanes, El itinerario jurídico del Opus Dei. Historia y defensa de un carisma, Eunsa («Colección canónica»), Pamplona 1989

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Miguel A. Garrido Gallardo, «Literatura espiritual española del siglo XX. Sobre la obra escrita del Beato José María Escrivá de Balaguer», en Homenaje al Prof. José Fradejas Lebrero, Uned, vol. II, Madrid 1993, pgs 629-642

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Gran Enciclopedia Rialp, 25 vol., Rialp, Madrid, 1971-1987

Glosas marginales al Decenario 1932

Glosas autógrafas del Beato Josemaría en los márgenes de un ejemplar de la edición de Salamanca 1932 del Decenario al Espíritu Santo

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François Gondrand, «Un livre de sentences spirituelles a l’époque contemporaine: 'Camino', de Josemaría Escrivá de Balaguer», en Crisol (Publications du Centre de Recherches Ibériques et Latino-Américaines de l’Université Paris X-Nanterre), 18 (1994) 47-57

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D. Manuel González. Obras completas, Tomás Álvarez (ed.), Monte Carmelo [MEC, 13] y El Granito de Arena, 3 vol, Burgos y Madrid 1998-1999

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AA. VV., Homenaje a Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, Eunsa (Temas «Nuestro Tiempo», 53), Pamplona 1986

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José Miguel Ibáñez Langlois, Josemaría Escrivá como escritor, Gestión, Santiago de Chile, y Rialp, Madrid, a aparecer en 2002

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José Luis Illanes, «El cristiano 'alter Christus – ipse Christus'. Sacerdocio común y sacerdocio ministerial en la enseñanza del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer», en Gonzalo Aranda y otros (dir.), Biblia, exégesis y cultura. Estudios en honor del Prof. D. José María Casciaro, Eunsa, Pamplona 1994, pgs 605-622

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José Luis Illanes, Mundo y santidad, Rialp («Patmos», 182), Madrid 1984

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José María Iribarren, El porqué de los dichos, Departamento de Educación y Cultura: Gobierno de Navarra, 10ª ed, Pamplona 1997

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Luis de La Puente, Meditaciones de los misterios de nuestra santa fe, Apostolado de la Prensa, 2 vol, 9ª ed, Madrid 1950

Logos 53

Francisca Javiera del Valle, Decenario al Espíritu Santo, ed. Manuel Diego Sánchez, Ed. de Espiritualidad («Logos», 53), Madrid 1994, 232 pgs.

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Santa Teresa del Niño Jesús, Obras completas, Tomás Álvarez (ed), MEC 5, Burgos 1996

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D. J. Cardinal Mercier, La vie intérieure. Appel aux âmes sacerdotales. Retraite prêchée a ses prêtres, Beauchèsne, Bruxelles-Paris 1919

Moliner

María Moliner, Diccionario del uso del español, Gredos, 2ª ed., 2 vol., Madrid 1998

Mons. Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, 1985

Pedro Rodríguez – Pio Alves de Sousa – José Manuel Zumaquero (dir.), Mons. Escrivá de Balaguer y el Opus Dei. En el 50 aniversario de su fundación, Eunsa («Colección Teológica», 34) 2ª ed, Pamplona 1985

Ms/A, Ms/B, Ms/C

Santa Teresa del Niño Jesús, Manuscritos autobiográficos A, B, y C

Neblí 20

Juan Casiano, Collationes; Rialp («Neblí», 20), Madrid 1998

Neblí 25

Fray Alonso de Madrid, Arte para servir a Dios, 1521; Rialp («Neblí», 25), Presentación de José María Casciaro, Madrid 1960.

F. Ocáriz – I. de Celaya, Vivir como hijos de Dios, 1993

Fernando Ocáriz – Ignacio de Celaya, Vivir como hijos de Dios. Estudios sobre el Beato Josemaría Escrivá, Eunsa («NT Religión»), Pamplona 1993

G. Ortiz de Landázuri, «Aspectos literarios de ‘Camino’...»

Guadalupe Ortiz de Landázuri, «Aspectos literarios de ‘Camino’, ‘Surco’ y ‘Forja’», comunicación presentada al Congreso La grandeza de la vida ordinaria, Roma, 7-11.I.2002

Patmos 35

 

Francisca Javiera del Valle, Decenario al Espíritu Santo, presentación de Florentino Pérez Embid, Rialp («Patmos», 35), Madrid 1954.

J. M. Pero-Sanz, Isidoro Zorzano, 1997

José Miguel Pero-Sanz, Isidoro Zorzano Ledesma. Ingeniero Industrial (Buenos Aires, 1902-Madrid, 1943), 4ª ed, Palabra, Madrid 1997

A. Petit, Sacerdos rite institutus, 1938

Adulphus Petit, S.J., Sacerdos rite institutus piis exercitationibus menstruae recollectionis auctore P. Adulpho Petit, S.J. Sexta editio elimata. Typis Societatis Sancti Augustini, Desclée, de Brouwer et Socii. Brugis et Insulis. 1938

PG

Migne, Patrologia. Serie Griega

PL

Migne, Patrologia. Serie Latina

Á. del Portillo, Entrevista, 1993

Álvaro del Portillo, Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, realizada por Cesare Cavalleri, Rialp, Madrid 1993

P. Poveda, En provecho del alma, 1909

Pedro Poveda, En provecho del alma. Máximas, pensamientos, avisos y consejos saludables para vivir cristianamente, Imprenta Católica de Francisco G. Vicente, 6ª ed («Institución Teresiana»), Valladolid 1938. La primera edición es de 1909

Alonso Rodríguez, Ejercicio de perfección; AP, 1950

P. Alonso Rodríguez, Ejercicio de perfección y virtudes cristianas, Apostolado de la Prensa, 7ª edición, Madrid 1950

P. Rodríguez – F. Ocáriz – J. L. Illanes, El Opus Dei en la Iglesia, 2000

Pedro Rodríguez - Fernando Ocáriz - José Luis Illanes, El Opus Dei en la Iglesia. Introducción eclesiológica a la vida y el apostolado del Opus Dei, Rialp («Cuestiones Fundamentales», 29), 5ª ed, Madrid 2000

P. Rodríguez, «La 'exaltación' de Cristo en la Cruz...», 1994

Pedro Rodríguez, «La 'exaltación' de Cristo en la Cruz. Juan 12, 32 en la experiencia espiritual del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer», en Gonzalo Aranda y otros (dir.), Biblia, exégesis y cultura. Estudios en honor del Prof. José María Casciaro, Eunsa, Pamplona 1994, pgs 573-601

P. Rodríguez, Vocación, trabajo, contemplación, 1986

Pedro Rodríguez, Vocación, trabajo, contemplación, Eunsa [«Colección Teológica», 50], 2ª ed, Pamplona 1986

Santo Rosario

Josemaría Escrivá de Balaguer, Santo Rosario, 12ª ed, Rialp, Madrid 1971

SCh

Collection «Sources Chrétiennes»

Surco

Josemaría Escrivá de Balaguer, Surco, Presentación de Álvaro del Portillo, 1ª ed, Rialp, Madrid 1986

A. Tanquerey, Compendio de Teología ascética y mística, 1930

Adolphe Tanquerey, Compendio de Teología ascética y mística, Desclée & Cía, París 1930

R. Tosi, Dizionario delle Sentenze latine e greche, 2000

Renzo Tosi, Dizionario delle Sentenze latine e greche, Biblioteca Universale Rizzoli, 13ª ed, Milano 2000

Via Crucis

Josemaría Escrivá de Balaguer, Via Crucis, Presentación de Álvaro del Portillo, 1ª ed, Rialp, Madrid 1981

 

4. Archivísticas

Véase en IntrodGen § 14, 1 la información sobre aquellos documentos de AGP que, por su utilización frecuente en el Comentario crítico, se citan sin señalar en cada ocasión la signatura del Archivo.


 

 

 

 

Cronología de JoseMaría Escrivá

 

 

 

 

1902              9 enero. Nace en Barbastro (Aragón) Josemaría Escrivá de Balaguer, hijo de don José Escrivá y Corzán y de doña Dolores Albás Blanc.

                      13 de enero. Bautizado en la parroquia de la Asunción (Catedral) con los nombres de José María Julián Mariano.

                      23 de abril. Confirmado por Mons. Juan Antonio Ruano, Obispo de Barbastro.

1904              Cura de manera inexplicable de una enfermedad de la que fue desahuciado por los médicos. Sus padres, en cumplimiento de una promesa hecha a la Virgen, acuden a la ermita de Nuestra Señora de Torreciudad, en peregrinación de acción de gracias.

1905              Va al parvulario del colegio de las Hijas de la Caridad, en Barbastro.

1908              Comienza a estudiar en el Colegio de los Escolapios de Barbastro. Acude por primera vez al sacramento de la confesión.

1910              11 de Julio. Fallece, a los nueve meses de edad, su hermana Rosario, que había nacido el 2 de octubre de 1909.

1912              23 de abril. Recibe la Primera Comunión.

                      10 de julio. Fallece su hermana Lolita, nacida el 10 de febrero de 1907.

1913              El 6 de octubre fallece su hermana Chon, nacida el 15 de agosto de 1905.

1914              Quiebra el negocio de su padre.

1915-1917     La familia se traslada a Logroño, donde su padre trabaja en un comercio de tejidos.

1917-1918     En las Navidades de ese curso las huellas en la nieve de los pies descalzos de un carmelita le suscitan un fuerte deseo de entrega a Dios. Comienzan los «barruntos» de algo que el Señor le pide y no sabe lo que es. Será el Opus Dei.

                      Meses más tarde, decide hacerse sacerdote y comienza los estudios eclesiásticos como alumno externo del Seminario de Logroño.

1919              28 de febrero. Nace su hermano Santiago.

1920              Terminados sus estudios de Humanidades y de Filosofía y aprobado el primer curso de Teología, se traslada a Zaragoza para completar sus estudios eclesiásticos en la Universidad Pontificia. Reside en el Seminario de San Francisco de Paula.

1922              El Cardenal Soldevila, Arzobispo de Zaragoza, le confía el cargo de Inspector del Seminario de San Francisco de Paula cuando cuenta sólo con veinte años de edad.

                      El 28 de septiembre el arzobispo le confiere la tonsura y, en diciembre, las Órdenes menores

1923              Inicia la carrera de Derecho en la Universidad civil de Zaragoza. Hasta junio de 1924 simultanea la carrera civil y la eclesiástica.

                      El 4 de junio muere asesinado el Cardenal Soldevila.

1924              14 de junio Recibe el Subdiaconado.

                      27 de noviembre. Fallece en Logroño su padre, José Escrivá.

                      20 de diciembre. Recibe el Diaconado.

1925              28 de marzo. Recibe la ordenación sacerdotal en la iglesia del Seminario de San Carlos de manos de don Miguel de los Santos Díaz Gómara. Y celebra su primera Misa solemne el 30 de marzo en la Capilla del Pilar de Zaragoza.

                      Al día siguiente se traslada como regente auxiliar a Perdiguera, un pueblo cercano a Zaragoza.

                      El 18 de mayo vuelve a Zaragoza, donde se hace cargo de una capellanía en la Iglesia de San Pedro Nolasco. Continúa sus estudios de Derecho, y da clases particulares y de Derecho Romano y Canónico en el Instituto Amado.

1927              En enero completa su licenciatura de Derecho.

                      Del 2 al 18 de abril atiende la parroquia de Fombuena.

                      El 19 de abril se traslada a Madrid y desde junio es capellán del Patronato de Enfermos, de las Damas Apostólicas del Sagrado Corazón de Jesús.

1928              El 2 de octubre vio el Opus Dei, mientras realizaba Ejercicios Espirituales en la Casa Central de los Paúles de Madrid.

1930              14 de febrero. En Madrid, el Fundador del Opus Dei, mientras celebra la Santa Misa, ve que es Voluntad de Dios que también pertenezcan mujeres al Opus Dei.

1931              En septiembre es nombrado capellán del Patronato de Santa Isabel y deja la capellanía del Patronato de Enfermos.

1932              Diciembre: da a conocer, en Madrid, el primer fascículo de Consideraciones Espirituales. Se trata de un conjunto de 17 cuartillas mecanografiadas, multicopiadas a velógrafo. Contiene 246 consideraciones numeradas.

También distribuyó a velógrafo su escrito Santo Rosario.

1933              El 21 de enero comienza una actividad de formación espiritual para universitarios.

                      Julio: nuevo fascículo de Consideraciones Espirituales. Son siete cuartillas, de las mismas características, con 87 nuevos textos de numeración consecutiva a los del primero, hasta llegar al 333.

En diciembre abre la Academia DYA, en la calle Luchana, primera «labor apostólica» del Opus Dei.

1934             Se edita en Cuenca, a finales de junio, imprenta «La Moderna», Consideraciones Espirituales.

                     Se publica también, en Madrid, la primera edición impresa del Santo Rosario.

                      En septiembre amplía la Academia DYA y se traslada a la calle Ferraz 50, donde cuenta también con una Residencia de estudiantes.

                      El 11 de diciembre es nombrado Rector del Patronato de Santa Isabel.

1936             Durante los primeros meses de la Guerra civil permanece en Madrid con evidente riesgo de su vida. Se refugia en diversos domicilios particulares. Después se refugió en un establecimiento psiquiátrico: la Casa de Reposo y Salud que dirigía su amigo el Doctor Suils.

1937             En 14 de marzo se refugia en la Legación de Honduras y a fines de agosto obtuvo una documentación que le permite cierta libertad.

                     El 8 de octubre abandona Madrid.

                     Del 19 de noviembre al 2 de diciembre pasa los Pirineos junto con algunos miembros del Opus Dei y otras personas.

El 12 de diciembre llega a San Sebastián.

Del 18 al 24 de diciembre hace su retiro espiritual de ese año en el Palacio Episcopal de Pamplona, acogido por el Obispo de esta ciudad, D. Marcelino Olaechea, buen amigo suyo

1938             A partir de 8 de enero reside en Burgos. Viaja por los lugares más diversos para continuar la labor apostólica.

                     A partir del 29 de marzo vive en el Hotel Sabadell, de esa ciudad.

                     Del 8 al 14 de agosto reside en Ávila en compañía del Obispo de esta ciudad, don Santos Moro. Prepara las tandas de Ejercicios que dará a continuación.

                     Del 18 al 25 de agosto predica Ejercicios Espirituales a religiosas en el Palacio Episcopal de Vitoria.

                     Del 4 a 10 de septiembre predica Ejercicios Espirituales a sacerdotes en el Seminario de la diócesis de Vitoria (Vergara).

                     Del 26 de septiembre al 1 de octubre hace su retiro espiritual en Silos.

                     El 13 de diciembre se traslada a vivir a la pensión de Concepción 9, en Burgos, donde terminará la redacción de Camino.

1939             2 de febrero: acaba de mecanografiar el manuscrito original de Camino

                     El 28 de marzo regresa a Madrid.

                     Valencia 29 de septiembre: lugar y fecha de la edición príncipe de Camino. En junio se había editado también allí Santo Rosario.

                     En diciembre obtiene el grado de Doctor en Derecho en la Universidad de Madrid con una tesis sobre la Abadesa de las Huelgas (Burgos).

                     El Opus Dei comienza a extenderse por España: Valencia, Barcelona, Valladolid, Zaragoza, Bilbao, Sevilla, Santiago. La Segunda Guerra Mundial impide el comienzo en otras naciones.

1940              Predica numerosos Ejercicios Espirituales a sacerdotes y religiosos.

1941              El Obispo de Madrid aprueba el Opus Dei como Pía Unión el 19 de marzo.

                      El 22 de abril fallece su madre en Madrid.

1943              El 14 de febrero funda la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz: solución jurídica que permite la ordenación de sacerdotes en el Opus Dei.

                      El 11 de octubre el Opus Dei recibe el nihil obstat de la Santa Sede para su erección diocesana. Es erigido en la diócesis de Madrid el 8 de diciembre.

1944              25 de junio: ordenación sacerdotal de tres primeros fieles del Opus Dei.

                      Publica una monografía, ampliando notablemente su tesis doctoral, titulada La Abadesa de las Huelgas.

                      En el mes de octubre, mientras predica unos Ejercicios Espirituales a los agustinos del monasterio de El Escorial; se le diagnostica una diabetes mellitus.

1946              El 23 de junio llega a Roma. Comienza la labor estable del Opus Dei en Portugal, Italia y Gran Bretaña.

                      El 13 de agosto la Santa Sede emana un documento de alabanza de los fines del Opus Dei.

1947              El 2 de febrero Pío XII promulga la Constitución Apostólica Provida Mater Ecclesia y el 24 de febrero el Opus Dei obtiene el Decretum laudis.

Comienza la labor estable del Opus Dei en Francia e Irlanda

1949              Impulsa desde Roma la expansión del Opus Dei en todo el mundo. Comienza la labor apostólica en México y EE.UU. El Fundador hace su primer viaje por Centroeuropa.

1950              El 16 de junio, Pío XII concede la aprobación definitiva del Opus Dei.

1952              En octubre comienza en Pamplona el Estudio General de Navarra, que luego se convertirá en la Universidad de Navarra.

1954              El 27 de abril, fiesta de Nuestra Señora de Montserrat, sufre repentinamente un shock anafiláctico, dando la impresión de que ha fallecido. Se repone al poco rato y queda curado de la grave diabetes que sufre desde hace diez años.

1955              En diciembre obtiene el doctorado en Sagrada Teología en la Universidad Lateranense de Roma.

1956              Se celebra en Einsiedeln (Suiza) el II Congreso General del Opus Dei.

                      19 de diciembre: miembro de la Pontificia Academia Romana de Teología.

1957              El 20 de junio muere en Roma su hermana Carmen.

                      El 23 de julio es nombrado Consultor de la Congregación de Seminarios y Universidades .

1958              Fallece Pío XII. Es elegido Juan XXIII.

Comienza la labor estable del Opus Dei en Japón, Kenya y El Salvador

1960              El 21 de octubre es investido Doctor honoris causa por la Universidad de Zaragoza.

                      El 25 de octubre asiste al acto en el que se erige la Universidad de Navarra. Es nombrado Hijo Adoptivo de Pamplona.

1961              Juan XXIII le nombra Consultor de la Comisión Pontificia para la Interpretación auténtica del Código de Derecho Canónico.

1962              El 11 de octubre comienza el Concilio Vaticano II.

1963              Muere Juan XXIII y el 21 de junio es elegido Pablo VI.

1964              El 24 de enero Pablo VI recibe por primera vez en audiencia a Mons. Escrivá.

                      En noviembre se celebra en Pamplona la I Asamblea de Amigos de la Universidad de Navarra, y un acto académico de nombramiento de doctores Honoris causa.

1965              El 8 de diciembre se clausura el Concilio Vaticano II.

1967              II Asamblea de Amigos de la Universidad de Navarra. Predica la «homilía del Campus»: Amar al mundo apasionadamente.

1968              Se publica Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, donde se recogen las entrevistas concedidas a Time, Le Figaro, New York Times, L'Osservatore della Domenica, etc.

1970              El 2 de febrero comienzan las obras del Santuario de Torreciudad.

                      Del 15 de mayo al 23 de junio está en México, donde predica a miles de personas.

1972              Realiza un largo viaje por España y Portugal de carácter apostólico. Durante este viaje, de octubre a noviembre, se entrevista con numerosas personas y tienen lugar muchos encuentros multitudinarios.

1973              En marzo se publica Es Cristo que pasa, que recoge 18 homilías predicadas entre 1951 y 1971.

1974              Del 22 de mayo al 31 de agosto realiza un viaje de carácter apostólico por Brasil, Argentina, Chile, Perú, Ecuador y Venezuela.

1975              Del 4 al 24 de febrero continúa su viaje por América, y visita Venezuela y Guatemala. Por enfermedad tiene que retornar a Roma.

                      El 28 de marzo –aquel año Viernes Santo– celebra en la intimidad sus bodas de oro sacerdotales.

                      El 26 de junio, al filo de las doce del mediodía, falleció en su habitación de trabajo.

                      El 27 de junio fue sepultado en la Cripta la actual iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, en la Sede Central del Opus Dei.

                      El 15 de septiembre es elegido Mons. Álvaro del Portillo como sucesor de Mons. Escrivá de Balaguer.

1977              Se publica Amigos de Dios, segundo volumen de homilías.

1981              El 19 de febrero el Cardenal Vicario de Roma, Ugo Poletti, promulga el Decreto de Introducción de la Causa de Canonización.

                      El 12 y el 18 de mayo se abre en el Vicariato de Roma y en Madrid el proceso cognicional sobre su vida y virtudes.

                      En febrero se publica Via Crucis, obra póstuma.

1982-83         El 28 de noviembre Juan Pablo II erige el Opus Dei en Prelatura personal.

1986              El 8 de noviembre concluye el proceso cognicional en Roma. Se entregó a la Congregación para las Causas de los Santos un material escrito en 8.000 páginas.

                      En el mes de octubre se publica Surco, obra póstuma.

1987              En el mes de octubre se publica Forja, otra obra póstuma.

1990              9 de enero. Se erige en Roma el Ateneo Romano de la Santa Cruz, que pasaría a ser después la Pontificia Universidad de la Santa Cruz.

                      El 9 de abril el Papa promulga el Decreto que proclama las virtudes heroicas de Josemaría Escrivá.

1991              6 de julio el Papa promulga el Decreto que reconoce la autenticidad de un milagro realizado por intercesión de Josemaría Escrivá de Balaguer.

1992              El 17 de mayo es beatificado por Juan Pablo II en la Plaza de San Pedro en Roma.

2001              20 de diciembre: el Papa Juan Pablo II firma el Decreto de aprobación del milagro que abre la puerta a la canonización del Beato Josemaría.


 

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I

Introducción General


 

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I. El Autor

§ 1. Rasgos biográficos[3]

Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás (1902-1975), el Autor de Camino[4], nació en Barbastro (España), el 9 de enero de 1902 y fue bautizado el día 13 en la Catedral de la ciudad, sede de uno de los más antiguos Obispados pirenaicos. Su infancia y primera adolescencia estará unida para siempre a esta pequeña ciudad del Alto Aragón. Allí se casaron sus padres, don José Escrivá y Corzán y doña Dolores Albás y Blanc, enraizados en antiguas familias de Aragón y Cataluña; allí nacieron sus hermanas: Carmen, tres años mayor, y otras tres menores que él, que murieron siendo niñas; allí estudió los primeros años del Bachillerato en el Colegio de los Calasancios. El ambiente familiar, de acendrada vida cristiana, marcó algunas de las cualidades básicas de su carácter: amor a la libertad, sencillez en el trato, comprensión humana, laboriosidad, buen humor, sentido de la familia y del hogar. El padre, comerciante, tuvo un revés de fortuna en su negocio de tejidos, en muy buena parte consecuencia de su hombría de bien y honradez de cristiano[5]. La quiebra del negocio familiar determinó que don José hubiera de dejar Barbastro para trasladarse a Logroño, donde había encontrado empleo en un negocio de índole similar. Allí le siguió muy pronto la familia, que, en dolorosa situación y estrechez económica, recomenzó su vida ordinaria.

De 1915 a 1918 Escrivá cursó los tres últimos años de Bachillerato en el Instituto General y Técnico de la capital de la Rioja. Fue en el curso 1917-18 cuando comenzó a tener «barruntos» –ésta es la palabra que empleaba para referirse a lo que decimos– de algo que Dios le pedía y que no sabía lo que era. Las huellas de un carmelita descalzo sobre la nieve fueron, según sus biógrafos, decisivas para el nuevo rumbo que iba a tomar su vida: intensificó su vida de piedad, comenzó a tener dirección espiritual y, sobre todo, dejó su proyecto de estudiar Arquitectura y tomó la decisión de hacerse sacerdote, para estar así mejor dispuesto a esa Voluntad de Dios, que, sin embargo, no conocía[6]. Lo consultó con su padre, que le hizo prudentes consideraciones y le dejó plena libertad. «Es la única vez que le vi llorar», comentaría el Autor de C muchos años después. En octubre de aquel año comenzó a asistir como «externo» a las clases del Seminario, donde estudió de 1918 a 1920. El Señor envió a sus padres un nuevo hijo, Santiago, nacido en 1919[7].

La época de Logroño –que bajo este aspecto continúa en Zaragoza– es también sumamente intensa en la formación literaria y cultural del futuro Autor de C, que leyó intensa y extensamente a los clásicos españoles, especialmente Calderón, Quevedo, Cervantes, Lope de Vega y Fray Luis de Granada, dedicando especial atención a Santa Teresa de Jesús, «hacia la que siempre manifestó gran devoción, tanto por su empresa apostólica en servicio de la Iglesia, como por su itinerario de entrega y trato con Dios». Este gusto por la tradición clásica dejará impronta definitiva en la tersura de su lenguaje oral y escrito y en la solidez de sus convicciones religiosas y espirituales, que se prolongará a lo largo de toda su vida –y cuando esa vida le dejaba– en relecturas de las grandes obras, sea literarias, sea de la cultura teológica y canónica (con especial atención a la dogmática y a la patrística)[8].

Terminado, después de los estudios filosóficos, el primer año de Teología, se trasladó a Zaragoza. Su joven vida de estudiante estaba ya configurada por aquellas huellas y aquellos barruntos. La decisión de ser sacerdote era firme, aunque seguía sin «ver» lo que Dios quería. Marchaba, puede decirse, haciendo eco a la Escritura, hacia la tierra que el Señor le había de mostrar, y caminaba sin saber a dónde iba (cfr Heb 11, 8).

En Zaragoza terminó sus estudios eclesiásticos en la Universidad Pontificia. Residía en el Seminario de San Francisco de Paula, del que, en 1922, es nombrado Inspector, siendo todavía estudiante. En 1923, acabados los estudios eclesiásticos, comienza también, como le había aconsejado su padre en aquella inolvidable conversación[9], la carrera de Derecho en la Universidad de Zaragoza (estatal), que al cabo de los años (1960) le haría Doctor «honoris causa». En noviembre de 1924 fallece en Logroño don José Escrivá, pocos meses después de haber sido ordenado subdiácono su hijo Josemaría. La familia, sin otro vínculo en Logroño y en gran penuria económica, se traslada a Zaragoza para estar más cerca del hijo mayor. Éste se veía con la responsabilidad de ser cabeza de aquella familia sumida en el dolor, a la vez que se disponía, en medio de la oscuridad, a recorrer los últimos pasos hacia el sacerdocio: «Domine, ut videam!, Domine, ut sit!»; y también, «Domina, ut sit!»[10].

La ordenación sacerdotal tuvo lugar el 28 de marzo de 1925 en la iglesia del Real Seminario Sacerdotal de San Carlos. Le confirió el orden del presbiterado el Presidente de dicho seminario, don Miguel de los Santos Díaz Gómara, Obispo titular de Tagora, pues don Rigoberto Domenech, nombrado Arzobispo de Zaragoza para suceder al Cardenal Soldevila (asesinado por un anarquista en junio de 1923), no había tomado aún posesión de la sede. Al día siguiente de la ordenación Josemaría Escrivá dejaba el Seminario, el día 30 celebraba ante la Virgen del Pilar su Primera Misa en sufragio por su padre y el día 31 se incorporaba a su primer encargo pastoral, que duraría dos meses: regente auxiliar de la parroquia de Perdiguera (Zaragoza).

En la Ciudad del Ebro continuó durante dos años su tarea sacerdotal, avanzando a la vez en sus estudios jurídicos hasta obtener la Licenciatura en Derecho en enero de 1927. Ese año sería el de su traslado a Madrid. El 17 de marzo el Arzobispo de Zaragoza le autorizaba la residencia en la capital de España y en abril Escrivá ya está en la «villa y Corte». Iba a hacer el Doctorado en Derecho, pero –en la realidad profunda– Dios se lo lleva para que, finalmente, conozca su Voluntad.

A partir de entonces, la vida de Josemaría Escrivá tiene una fecha definitoria –el 2 de octubre de 1928, en que el Señor le hará «ver» el Opus Dei– y dos ciudades de referencia: primero, Madrid, desde la que recorrerá, de muy diversas formas, España y Portugal; y Roma, después, que le llevará a realizar frecuentes viajes apostólicos por Europa y América. En ese marco se inscribe desde ahora la biografía del Autor de C.

Los primeros años de Madrid (1927-1934) son para nosotros de la máxima importancia: constituyen el «habitat», el contexto humano y sobrenatural de más de la mitad del texto de C: me refiero a la parte que vendrá publicada en Cuenca bajo el título Consideraciones Espirituales[11] y a la que escribió durante la guerra civil en la Legación de Honduras. Escrivá estuvo alojado al principio en la Residencia de sacerdotes de la calle Larra y, en junio de 1927, viviendo todavía allí, tuvo su primer encargo pastoral, que desempeñó hasta octubre de 1931: capellán primero del Patronato de Enfermos, una obra que las Damas Apostólicas del Sagrado Corazón –Congregación religiosa fundada por Luz Rodríguez-Casanova[12]– tenían en la calle de Santa Engracia 13, y desde la que atendían, material y espiritualmente, a miles de pobres y enfermos. En noviembre de 1927 alquiló un ático en la calle Fernando el Católico y poco después llegaban, a su cargo, su madre y sus dos hermanos. La estrechez económica era grande y para aumentar algo más los recursos daba clases de Derecho en la Academia Cicuéndez[13]; también buscaba dar clases particulares.

Pero buscaba, sobre todo, almas. Almas de hombres y mujeres, que encontraba a través de la amplia e incansable labor sacerdotal que empezó a desarrollar. Se movía en los más diversos ambientes, especialmente en el universitario y entre los pobres y desvalidos de los barrios extremos y con los enfermos y moribundos de los hospitales. Sus jornadas en esta época madrileña han sido descritas por sus biógrafos. El tiempo para su tesis doctoral y los estudios jurídicos tenía que ceder ante el reclamo de las almas. Confesaba, predicaba y enseñaba donde podía y le dejaban. Iba de un lado para otro –clases, confesiones, predicación, catequesis, atención de enfermos– recorriendo, de una punta a otra, la geografía madrileña. Estudiaba y leía muchas veces por la calle. Era un «contemplativo itinerante»[14], movido por el amor a Dios y a los hombres. Y buscaba siempre aquella misteriosa Voluntad de Dios: «Domine, ut videam!, ut sit!...» era su oración desde los barruntos... Clamaba y cantaba: «ignem veni mittere in terram et quid volo nisi ut accendatur!» (Lc 12, 49; Vulgata), y él mismo se respondía, ofreciéndose al Señor: «ecce ego quia vocasti me» (1 S 3, 6).

El Patronato, la familia en la calle Fernando el Católico, los pobres y los enfermos, los moribundos, los estudiantes de la Academia Cicuéndez, sus amigos sacerdotes, los estudios de doctorado, la liturgia y la oración... Éste era el afán cotidiano y el ambiente –el contexto– del 2 de octubre de 1928, el día en que el Señor, finalmente, le hizo conocer su Voluntad: el Opus Dei. Estaba haciendo sus EjEsp en la Residencia de los PP. Paúles, calle García de Paredes[15]. En un documento de 1934 –escrito para el pequeño grupo que le seguía entonces y pensando en los fieles que vendrían al Opus Dei en el futuro– se refiere a ese momento histórico:

«La Obra de Dios no la ha imaginado un hombre […] Hace muchos años que el Señor la inspiraba a un instrumento inepto y sordo, que la vio por vez primera el día de los Santos Angeles Custodios, dos de octubre de mil novecientos veintiocho»[16].

«Desde aquel día –había escrito en el tercer aniversario de la fundación–, el borrico sarnoso se dio cuenta de la hermosa y pesada carga que el Señor, en su bondad inexplicable, había puesto sobre sus espaldas»[17].

Los «muchos años» de que habla son los años de aquellos barruntos, que en esa fecha tan determinada se hacen luz, claridad. Aquel 2 de octubre, finalmente, «ve» y «se da cuenta». Fue un acontecimiento místico, que se iría tematizando en interacción con la historia vivida. Hay necesariamente que remitir a la bibliografía sobre la fundación del Opus Dei para profundizar en este ver y percibir. En síntesis puede decirse que el Beato Josemaría «descubre» la llamada universal de Dios a la santidad realizándose no sólo en situaciones extraordinarias, sino en el seno del trabajo humano y de las circunstancias más comunes de la vida, llamada que se le aparece como «olvidada» en la praxis de los cristianos, que estaba dominada, en muy buena parte, por la separación entre la fe y la vida ordinaria. A la vez, Josemaría Escrivá percibe una llamada concreta del Señor: «Dios quiere que consagre la totalidad de sus energías a promover una institución –una Obra, por emplear el término al que acudió desde el principio– que tenga por finalidad difundir entre los cristianos que viven en el mundo una honda conciencia de la llamada que Dios les ha dirigido desde el momento mismo de su Bautismo. Más aún, una Obra que se identifique con el fenómeno pastoral que promueve, formada por cristianos corrientes que, al descubrir lo que la vocación cristiana supone, se comprometen con esa llamada y se esfuerzan en lo sucesivo por comunicar ese descubrimiento a los demás, extendiendo así por el mundo la conciencia de que la fe puede y debe vivificar desde dentro la existencia humana, con todas las realidades que la integran: en primer lugar, las exigencias del propio trabajo profesional y, en general, la vida familiar y social, el empeño científico y cultural, la convivencia cívica, las relaciones profesionales...»[18].

La luz del 2 de octubre era una luz claramente fundacional, un carisma del Espíritu que movilizó todas las energías de aquel sacerdote de 26 años al servicio de aquel «mensaje» y del desarrollo de aquella Obra naciente que debía difundir por doquier. Una luz fundacional que el 14 de febrero de 1930 brilló de nuevo ante el Fundador –en la Santa Misa, después de la comunión, explicó– para dar entrada a las mujeres en el Opus Dei[19].

Desde aquel 2 de octubre y de la manera más radical, el Opus Dei fue el «lugar» de Josemaría Escrivá en la vida y en la misión de la Iglesia, el porqué y el para qué de su propia vida. Quiere esto decir –entre otras muchas cosas– que C, el libro cuya edición crítica se aborda en este volumen, se inscribe dentro de ese horizonte vital y, como iremos examinando punto tras punto, refleja muchos aspectos de la historia vivida por su Autor tratando de corresponder, día tras día, a esa explícita Voluntad de Dios.

Pero después de aquella experiencia sobrenatural, la vida seguía a su ritmo en un Madrid que ya presagiaba revolución y tormenta. En mayo de 1931, en momentos de agitación popular anticlerical, en los días de la quema de conventos, Escrivá se ve obligado a dejar su residencia en el Patronato de Enfermos, y a trasladarse, con su familia, a una modesta vivienda en la calle Viriato[20]. Allí vivió hasta diciembre de 1932. Durante aquel año y medio, el cuarto de Viriato fue testigo de especiales luces de Dios de carácter fundacional y de un desarrollo especialmente intenso del trato personal con el Espíritu Santo y de la «vida de infancia». Allí escribió los Cuadernos IV, V y buena parte del VI de su Apuntes íntimos. Allí el Señor «me daba continua oración, aun durmiendo»[21]. Allí se daba cuenta de que todo lo que él pudiera ofrecer al Señor era nada. «Nada –seguía escribiendo, en diálogo con su Señor–, ante la maravilla que supone este hecho: un instrumento pobrísimo y pecador, planeando, con tu inspiración, la conquista del mundo entero para su Dios, desde el maravilloso observatorio de un cuarto interior de una casa modesta, donde toda incomodidad material tiene su asiento»[22].

En septiembre de 1931 comenzó a desempeñar el cargo de Capellán del Patronato de Santa Isabel y en diciembre de 1934 fue nombrado Rector de dicho Patronato, una antigua institución madrileña, en el barrio de Atocha, con dos conventos de monjas en su recinto. La familia, que desde finales de 1932 había dejado Viriato y vivía en la calle Martínez Campos 4, se traslada ahora, a mediados del 34, a la residencia del Rector en el Patronato.

Estos encargos pastorales eran, sencillamente, el marco de vida eclesiástica que le permitía permanecer en Madrid, pues el destino y la misión de su vida era tratar de hacer, sin medio humano alguno, el Opus Dei. Empezó secundando las luces que recibió de Dios el 2 de octubre de 1928: «desde entonces comencé a tratar almas de seglares, estudiantes o no, pero jóvenes. Y a formar grupos. Y a rezar y a hacer rezar. Y a sufrir...»[23]. Fueron llegando los primeros fieles del Opus Dei. En el curso 1933-34 comenzó, en la calle Luchana, la Academia DYA (Derecho y Arquitectura; en realidad, Dios y Audacia), que al año siguiente se traslada a la calle Ferraz 50, pero no sólo como Academia, sino como Residencia de Estudiantes universitarios. Fueron aquéllos –el 34-35 y el 35-36– dos cursos de gran expansión de la labor apostólica. En julio de 1936 la Residencia se traslada a una casa más adecuada en la misma calle, Ferraz 16; a la vez se planea comenzar la tarea en París y empezar, en octubre, en Valencia.

Todo se vino abajo. En pleno traslado de la Residencia comenzó la guerra civil. Ferraz 16 estaba enfrente del Cuartel de la Montaña... Los miembros del Opus Dei y los residentes y alumnos de Ferraz estaban repartidos –eran las vacaciones de verano– en las dos zonas en que quedó dividida España: las llamadas «zona nacional» y «zona republicana».

Escrivá, como todos los sacerdotes en Madrid, corría un grave peligro. Anduvo de un lugar para otro en la ciudad. Finalmente –abril de 1937– encontró refugio en la Legación de Honduras. Su estancia en aquel inmueble del Paseo de la Castellana, junto a la Plaza de Castelar, tendrá una fuerte repercusión en C, como tendremos ocasión de examinar. En diciembre de ese año, con un grupo de amigos y miembros del Opus Dei, se pasó a la «zona nacional» a través de los Pirineos, Andorra y Francia. La opción le fue sumamente costosa, por los que dejaba en Madrid, pero no había otra salida para recomenzar cuanto antes la labor apostólica del Opus Dei. En Madrid y en la «zona republicana» quedaban su madre y sus hermanos y otros fieles del Opus Dei, con el ingeniero Isidoro Zorzano a la cabeza[24].

Entró por la frontera de Irún. Después de estar unos días en Pamplona, huésped del Obispo de la ciudad, don Marcelino Olaechea[25], fijó su residencia en Burgos, que era el punto de encuentro de los que estaban en los frentes y venían con unos días de permiso. Escrivá viajaba a todas partes, visitando a sus hijos espirituales: lo mismo le daba un camión que un autobús o el vagón destartalado anejo a un mercancías. «Padre –le escribía uno de ellos, agradecido–, va Vd. a tener un sitio en el Cielo que les va dar envidia a los mismos ángeles»[26]. En Burgos y en esos viajes se fraguan casi la otra mitad de los puntos de C: los que no proceden de Cec, o no estaban ya redactados en la Legación de Honduras.

La guerra acabará el 1º de abril de 1939. El 28 de marzo Josemaría Escrivá llegaba a Madrid en un camión. Entre las pocas cosas que llevaba estaba el manuscrito de C, que ese mismo año saldría a las librerías. Pero no era esto lo que le preocupaba. La Residencia de Ferraz estaba en ruinas, como un símbolo de la situación de toda España. Había que volver a empezar. Y Escrivá recomenzó. Y este acto de fe, con tanto sufrimiento detrás, significó la consolidación y el desarrollo de toda la labor. Llegaba gente joven de todas partes. En julio de 1939 se instalaba una primera Residencia de Estudiantes en la Calle Jenner. Pudo, finalmente, leer en la Universidad Central su tesis doctoral en Derecho. Ahora de una manera especialmente clara, su biografía, como se ha dicho tantas veces, se identifica con la historia del desarrollo institucional y apostólico de la Obra: su tarea es exclusivamente pastorear este «pusillus grex».

La década de los cuarenta es la de la extensión del Opus Dei por la Península Ibérica y la de los primeros desarrollos jurídicos. Ahorro al lector datos y fechas que puede encontrar en la bibliografía. Pero es importante notar que, sobre todo en los primeros años de esa década, pudo experimentar la que llamó, con expresión clásica, la «contradicción de los buenos». El Obispo de Madrid, para parar golpes y expresar la plena eclesialidad del Opus Dei, lo aprobó como Pía Unión en 19 de marzo de 1941. Un mes después muere la madre de Josemaría Escrivá, mientras se encuentra en Lérida predicando Ejercicios Espirituales a los sacerdotes de la diócesis. Madrid sigue siendo su lugar de residencia habitual. Allí, el 14 de febrero de 1943, nace la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz[27], como dimensión del Opus Dei que hace posible, en el seno de la Obra, la ordenación sacerdotal de fieles del Opus Dei: tres de ellos recibirían el presbiterado al año siguiente.

Desde 1946 el Beato Josemaría fija su domicilio en Roma, con frecuentes estancias en España durante los primeros años[28]. El Decretum laudis de la Santa Sede en 1947 facilita la extensión del Opus Dei dentro de la catolicidad de la Iglesia: comienza entonces la expansión por numerosos países, además de España, Portugal e Italia: primero, Inglaterra, Francia y Alemania en Europa; después, México y Estados Unidos en América. En 1948 Mons. Escrivá erige el Colegio Romano de la Santa Cruz: los miles de fieles del Opus Dei que han sido alumnos de ese Centro, pudieron tener un trato directo y habitual durante varios años con el Beato Josemaría, que convivía con ellos. 1950 es el año de la aprobación definitiva del Opus Dei por la Santa Sede. La década de los cincuenta es la de sus frecuentes viajes apostólicos por Italia y los demás países de la Europa Occidental, muchas veces haciendo la «prehistoria» –expresión suya– del Opus Dei en esas tierras. En aquellos años obtuvo el doctorado en Teología en el Laterano y el Papa Pío XII le nombró Consultor de la Congregación de Seminarios y Universidades y Juan XXIII, después, Consultor de la Comisión para la interpretación del Código de Derecho Canónico.

El Beato Josemaría vivió con intensidad el Concilio Vaticano II (1962-1965), que recogería de manera solemne lo que era el núcleo de su afán apostólico y de su predicación: la universal llamada de todos los cristianos a la santidad y al apostolado. Recibió en Bruno Buozzi 73, la sede central del Opus Dei en Roma, a cientos de obispos durante aquellos años inolvidables y decisivos para la renovación de la Iglesia. En aquellos encuentros le llegaban nuevas peticiones de que el Opus Dei se hiciera presente en nuevos países. A la vez tenía que conducir esta nave en los «tiempos recios» que siguieron al Concilio. Su manera de llevar el timón consistía, ante todo, en hablar de Dios, es decir, en anunciar por todas partes a Jesucristo y predicar su Evangelio con toda su fuerza nativa, sine glossa. En este contexto se inscriben, ya en los últimos años de su vida, sus largos viajes de catequesis, que el lector de esta edición encontrará citados una vez y otra. En 1970 estuvo en México y en 1972 recorrió durante dos meses España y Portugal. En 1974 realizó su labor apostólica en América del Sur, un país tras otro, y en 1975, pocos meses antes de su muerte, viajó otra vez al nuevo continente: América Central y Venezuela.

Dejó encauzadas y dispuestas las piezas teológico-jurídicas para que el Opus Dei pudiese ser erigido en Prelatura personal, una figura jurídica preconizada por el Concilio Vaticano II y que era la que se adecuaba al fenómeno teológico-pastoral del Opus Dei. Así lo entendía Mons. Escrivá y así lo entendería la Santa Sede. No pudo, sin embargo, el Fundador ver ese anhelo realizado en vida. Sería Álvaro del Portillo, sucesor suyo al frente del Opus Dei, el que daría los pasos finales hasta que el Papa Juan Pablo II, en 28 de noviembre de 1982, erigió el Opus Dei en Prelatura personal[29].

Josemaría Escrivá de Balaguer falleció el 26 de junio de 1975, sobre las doce del mediodía. Temprano, había celebrado la Eucaristía: Misa votiva de la Santísima Virgen. Después de rezar el Oficio divino había salido con Álvaro del Portillo y Javier Echevarría hacia Castelgandolfo, para tener un encuentro con un numeroso grupo de mujeres del Opus Dei, que hacían un curso en el Colegio Romano de Santa María. Allí se sintió indispuesto, pero sin darle mayor importancia. Ya de vuelta a Bruno Buozzi, al entrar en su habitación de trabajo y mientras miraba la imagen de Nuestra Señora allí colocada –un cuadro de la Virgen de Guadalupe–, se desplomó en el suelo. Un paro cardíaco, del que no se recuperó. En Castelgandolfo había exhortado a aquellas hijas suyas, a vivir –ellas, mujeres laicas– con «alma sacerdotal», ejerciendo el sacerdocio común de los fieles para santificar el mundo. Era como una síntesis de su «mensaje». Juan Pablo II lo elevó a los altares el 17 de mayo de 1992.


 

§ 2. Su obra escrita

Escrivá era un pastor de almas. Para él, el escribir, como el hablar, era una dimensión de ese pastoreo: predicar, enseñar, guiar. Incluso su tesis doctoral en Derecho: La Abadesa de las Huelgas, que dio origen a una extensa monografía publicada en 1944, tiene esa intencionalidad de fondo[30]. En vida, publicó poco: no quería aparecer. Antes de la guerra civil, en 1934, dio a la imprenta, anónimos, dos opúsculos: Consideraciones Espirituales y Santo Rosario[31]; después, en 1939, Camino[32]. Simultáneamente a estas publicaciones, escribió y puso a circular a velógrafo un conjunto de textos que llamó Instrucciones, documentos para la formación de los fieles del Opus Dei. En los primeros años cuarenta –en la época de las contradicciones–, le aconsejaron no publicar y paró el proyecto de varios libros en los que trabajaba, entre ellos Forja. No conozco otra publicación suya en esos años cuarenta que la edición de la conferencia sobre Institutos Seculares que dio en Madrid, en la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, en 1948. Pero seguía escribiendo –me llamo Escrivá, decía– con el ánimo de sacar textos a la circulación comercial: Surco, por ejemplo, que anuncia en 1950 para ser publicado en pocos meses. Pero, sobre todo, escribe pensando en la formación doctrinal, espiritual y apostólica de los fieles del Opus Dei de todos los tiempos. En efecto, durante los años cincuenta y sesenta trabaja a fondo otro «ciclo» de documentos –alguno de génesis más antigua– que llamó Cartas[33], con la idea de darlos a conocer a sus destinatarios en el momento oportuno.

C, cuyas ediciones se multiplicaban por todas partes, era en aquellos años –y en menor medida Santo Rosario– la presencia pública de Josemaría Escrivá en el campo bibliográfico. La expectación suscitada por el anuncio de Surco no se vio cumplida y la publicación se dilató sine die. Por eso cobran, en este sentido, una especial significación los años 1966-1968, en los que el Fundador del Opus Dei concede una serie de largas entrevistas a importantes medios de comunicación internacionales, en las que se pronuncia sobre los más diversos temas de la vida de la Iglesia y del espíritu del Opus Dei y que luego aparecerán reunidas en un volumen bajo el título Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, 1968[34]. Como último cap de este libro figuraba –y figura– el texto de la homilía que el Autor pronunció en la Eucaristía celebrada en el Campus de la Universidad de Navarra el 8 de octubre de 1967, un texto de profunda significación teológica y espiritual que, pulcramente editado, fue repartido al terminar la Santa Misa del Campus. Tanto la homilía como el libro tuvieron una amplia difusión y son textos fundamentales para la comprensión del pensamiento de su Autor en aquellas fechas tan inmediatas al Concilio Vaticano II.

A partir de esa fecha, como puede verse por la bibliografía, Josemaría Escrivá empieza a dar a la imprenta –y se traducen a distintos idiomas– numerosas meditaciones y homilías, es decir, textos procedentes de su predicación oral. Aquí se impone una pequeña digresión. Desde los primeros tiempos del Opus Dei, sus miembros tuvieron un gran interés en recoger y conservar las palabras del Fundador: del Padre, como se le llamaba ya desde los primeros años treinta. De ahí la gran cantidad de notas, fichas, apuntes que se conservan de meditaciones, homilías, charlas, tertulias, etc. Son textos que, con mayor o menor fidelidad, recogen su predicación y su conversación. Del final de los años cuarenta se conservan tres meditaciones en cinta magnetofónica. Ya en Roma –años cincuenta– algunos empezaron a usar a este fin la taquigrafía y, más adelante, de forma discreta –pues no quería aparecer–, se grabaron bastantes tertulias y charlas. La última etapa en esta recogida es, también, consecuencia del «avance tecnológico»: la filmación y la toma televisiva de los grandes coloquios o tertulias con el Fundador, que tras muchos esfuerzos se consiguió que éste autorizara. El resultado de todo este trabajo fue el creciente acopio de materiales que testifican, de una u otra manera, su abundantísima predicación oral y que hoy se conservan en el Archivo de la Prelatura.

Escrivá predicaba de ordinario a partir de un pequeño guión –al principio tenía guiones más extensos, como los que se citan copiosamente en esta edición– o sencillamente con el Evangelio en la mano, sin papeles, hablando a partir de los textos de la Escritura, que comentaba. Por eso, cuando en 1968, como he dicho, decidió publicar algunos textos de su predicación –meditaciones y homilías–, el trabajo de prepararlos para la imprenta estaba grandemente facilitado por el inmenso material al que me he referido. Las transcripciones le daban el cuerpo de cada meditación, que era sometido a una cuidadosa revisión con vistas al texto definitivo, reelaboración que incluía –así explicaba él en una ocasión su método de trabajo– «otras papeletas que son ya científicamente preparadas: de Padres de la Iglesia o de escritos eclesiásticos, etc.»[35] y una reconsideración del tema –muchas veces predicado a los alumnos del citado Colegio Romano de la Santa Cruz– para extenderlo a lectores de todas las procedencias. Así fue dando a la imprenta[36] de manera sucesiva un conjunto de 40 homilías que se ve responden a un plan muy concreto.

En efecto, entre noviembre de 1968 y marzo de 1973, fueron apareciendo dieciocho meditaciones sobre los momentos principales del Año litúrgico. Reunidas después, constituyen el volumen titulado Es Cristo que pasa, publicado –así se lee en el colofón– el 19 de marzo de 1973[37]. Acabada esta primera serie, en ese mismo mes de marzo comienzan a editarse dos nuevas series de homilías: una, también de dieciocho textos, sobre las virtudes cristianas, y otra, más breve, con tres meditaciones sobre la Iglesia. La serie sobre virtudes queda interrumpida en agosto de ese mismo año, cuando iban publicadas ocho meditaciones, y ya no se reanudaría la edición hasta después de la muerte del Autor: en los años 76 y 77 salieron las 10 homilías restantes en pequeños cuadernos, que, al final de 1977, fueron reunidos en el volumen proyectado: Amigos de Dios[38] –así lo había titulado su Autor–, que apareció con presentación de Álvaro del Portillo. Las homilías sobre la Iglesia fueron publicadas, bajo el título Amar a la Iglesia, en 1986[39].

También serían obras póstumas, publicadas igualmente en Rialp, Via Crucis (1981)[40], que los fieles del Opus Dei ya conocían a través de publicaciones que recibían; y sobre todo, Surco[41] (1986) –que el Autor anunciaba, como dije, ya en 1950– y Forja[42] (1988), cuyo primer diseño de portada es de 1940[43]: dos libros para la oración personal, que forman una trilogía con C, a cuyo género espiritual y literario responden.

A efectos de nuestro trabajo en la presente edición, es importante subrayar la gran importancia que tienen los citados materiales de la predicación oral del Beato Josemaría. No son, formalmente, «escritos» suyos. Son, como digo, notas y apuntes tomados por otros, palabra suya recogida y luego transcrita, pero que él no revisó y corrigió para publicación, como es, en cambio, el caso de las cuarenta meditaciones antes citadas, que son, en rigor, «escritos» propios. Por eso, a la hora de citar estas fuentes decimos: «Notas de...» o «Apuntes de...». Estamos ante el género literario de los Reportata o las Tischreden, que, en nuestro caso, tienen un alto grado de credibilidad, sobre todo, cuando proceden de la taquigrafía o de medios tecnológicos; su consulta nos ha sido del máximo interés. En los años posteriores a la muerte del Fundador parte de esos textos fueron, sucesivamente, dándose a conocer a los fieles del Opus Dei en ediciones provisionales. En AGP queda abundante material de este tipo, aún inédito.

Hay otro género de publicaciones en el que ahora no nos detenemos; simplemente, dejamos constancia: los discursos académicos en la Universidad de Navarra y otros discursos oficiales, artículos para la prensa, entrevistas (no recogidas en Conversaciones), etc.[44]. Este breve recorrido por la obra escrita de Josemaría Escrivá no ha pretendido en ningún momento lo que técnicamente se llama «establecer» la bibliografía de un autor. Su objeto ha sido sólo ilustrar bajo ese aspecto la figura del Autor de C y brindar así el marco biobibliográfico en que se sitúa el libro que es objeto de investigación y estudio en esta edición crítico-histórica.


 

II. Camino: historia de la redacción

§ 3. Consideraciones espirituales: Madrid (1932-1934)

La historia de la redacción de C tiene una fecha simbólica: «Diciembre de 1932»[45]. Con estas palabras cierra el Autor el primer anticipo –un pequeño fascículo, de tamaño cuartilla, apaisado– de lo que terminará siendo el libro cuya edición crítica nos proponemos realizar. Estas modestísimas cuartillas constituyen, como digo, el germen «público» de C.

A nadie extrañe que emprendamos esta historia de una manera tan inmediatamente documental. Como tendremos ocasión de ver a lo largo del presente volumen, la documentación relativa a C y a su proceso redaccional es extraordinariamente abundante: en cierto sentido puede calificarse de excepcional, también en relación con otras obras del Autor. Y, sin embargo, he de decir acto seguido que será difícil encontrar un autor que haya hablado menos del libro que prepara que Josemaría Escrivá de Balaguer. Apenas queda un papel en el que hable de su proyecto, de sus ideas acerca del futuro libro, de su temática: esquemas, borradores, etc. Esto que digo resulta llamativo, sobre todo si se tiene en cuenta que, como veremos enseguida, durante todo el período redaccional el Autor escribía unos Cuadernos de apuntes personales que, sin ser un diario en el sentido clásico, recogían numerosas noticias de su vida cotidiana: familiar, espiritual, intelectual, pastoral y apostólica. Pues bien, quien sólo tuviera como fuente dichos Cuadernos no podría concluir que el Autor había proyectado, preparado y escrito el libro en cuestión.

Y, sin embargo, en tales cuadernos está la matriz del libro que terminará publicándose en Cuenca el año 1934: Consideraciones Espirituales. Cec recoge y amplía el fascículo antes mencionado y sus textos proceden masivamente, como tendremos ocasión de analizar con mayor detenimiento, de esos Cuadernos. Éstos son la pieza fundamental de un conjunto de escritos autógrafos que el Autor dejó reunidos y preparados y que fueron anotados por Álvaro del Portillo, cumpliendo el encargo recibido, y, bajo el título de Apuntes íntimos, presentados a la Causa de Canonización de Josemaría Escrivá. Sin ellos, la génesis y la historia de C sería tarea ardua.

Hagámonos cargo, pues, de esta fuente de primer orden para nuestra investigación.

1. Los Apuntes íntimos (Apínt)

Estos Cuadernos, que el lector encontrará citados por todas partes a lo largo de la presente edición, son nueve, cada uno con su número –autógrafo– en romanos. Hoy disponemos sólo de ocho: el Cuaderno I fue destruido por el Autor y desconocemos su texto; no figura en consecuencia en los Apínt[46]. El Cuaderno VIII tiene dos fases literarias separadas por tres años: una antes de la guerra civil (Cuaderno VIII/1, hojas 1-62) y otra después (Cuaderno VIII/2, hojas 62v-74). En medio se intercala, cronológicamente, el último Cuaderno de la serie, que comenzó en Pamplona y al que dio, no el nº IX, sino el nº VIII duplicado[47]. A la hora de la transcripción informática de estos Cuadernos y para respetar el orden cronológico, Álvaro del Portillo situó entre el VIII/1 y el VIII dpdo los restos de un pequeño Cuaderno, sin número, que el Autor escribió durante su estancia en la Legación de Honduras[48]. Además, Mons. del Portillo agregó, a continuación del texto de los Cuadernos, catorce Apéndices, que transcriben otros documentos con notas de la vida espiritual del Autor, de ordinario escritas para su Confesor. A nuestros efectos, son especialmente interesantes los cuatro Apéndices que recogen las Relaciones que escribió el Beato Josemaría de sus EjEsp de 1932, 1933, 1934 y 1935[49]. Álvaro del Portillo, con ocasión de la transcripción informática, dio también a los párrafos o grupos de párrafos de todo el conjunto una numeración marginal consecutiva, que utilizaremos para la citación. He aquí un esquema del conjunto de Apínt:

 

Número del Cuaderno

Primera fecha

Última fecha

Numeración marginal

Número hojas

I

--------

--------

--------

 

II

11-III-1930

17-XI-1930

1-110

50[50]

III

XI-30

20-V-31

111-203

41[51]

IV

15-VII-31

3-XII-31

204-447

99

V

3-XII-31

12-VIII-32

448-809

106

VI

12-VIII-32

30-XI-33

810-1082

98[52]

VII

14-XII-33

19-II-35

1083-1225

50

VIII/1ª

20-II-35

30-VI-36

1226-1373

1-62r

Cuadº de Honduras

5-V-37

28-V-37

1374-1394

3

VIII dpdo

11-XII-37

23-I-39

1395-1594

62[53]

VIII/2ª

13-IV-39

15-XI-40

 1595-1628

62v-74[54]

Apéndices (Apd)

 

 

1629-1875

 

Apd I

X-32

EjEsp Segovia

1629-1701

40

Apd IV

VI-33

EjEsp Madrid

1704-1728

15

Apd VII

 VII-34

EjEsp Madrid

1736-1793

65

Apd IX

 VII-35

EjEsp Madrid

1807-1848

42

 

Una advertencia antes de seguir adelante. Los Apuntes íntimos, que acabamos de describir en su materialidad archivística, tienen, como ya se hace cargo el lector, un contenido mucho más amplio que C. Quiero decir que el Beato Josemaría no escribe sus Cuadernos para «escribir» C, sino para anotar las inspiraciones de Dios y su experiencia cristiana en el marco de la fundación del Opus Dei. La derivación de algunas anotaciones hacia lo que terminará siendo C es colateral a la dinámica de estos apuntes. Lo cual no obsta para que en Apínt esté la «matriz» de C y sin ellos se haga difícil situar el libro en su marco histórico-espiritual. De ahí que dediquemos a estos Cuadernos una tan detenida atención.

a. De las «cuartillas» a los «Cuadernos»

Los textos de los Cuadernos I y II hasta la hoja 43 (Apínt, nº 95) proceden de una colección de papeles sueltos, de «cuartillas»[55]. En un determinado momento (dentro del año 1930), Escrivá decidió conservar sus notas espirituales y apuntes íntimos no en «cuartillas» (papeles sueltos) sino en «cuadernos», que dan más seguridad. Pero no era aquélla una decisión sólo para el futuro, sino que implicaba la fatigosa tarea de comenzar trasladando a cuadernos todos los apuntes contenidos en la colección de cuartillas. Fue haciendo esa transcripción pacientemente. A la vez, seguía tomando sus notas diarias sobre «cuartillas», que –deduzco– se ponían «a la cola», esperando turno para ser pasadas al cuaderno[56]. Si no está claramente determinada la fecha en que comenzó a transcribir la colección de octavillas[57], es muy exacta en cambio la fecha en que termina esa operación: la última de las cuartillas acumuladas se pasa al cuaderno en 23 de octubre de 1930, como el propio Autor hace constar con estilo cuasi notarial:

«23 – octubre – 1930. –Terminan los apuntes. En lo sucesivo, todas las notas que, para mi provecho espiritual, escriba, las pondré en este cuaderno y en otros, porque no es práctico hacerlo en hojas sueltas»[58].

La transcripción emprendida había ocupado todo el Cuaderno I y el Cuaderno II hasta su hoja 43. Allí, con fecha 25 de octubre, víspera de Cristo Rey, tenemos la primera anotación escrita al día, es decir, directamente en el Cuaderno: Apínt, nº 96. Datos procedentes de la misma transcripción nos permiten saber que eran más de 250 las cuartillas –en realidad octavillas, como hemos visto– en las que el Autor había anotado hasta entonces su experiencia sobrenatural y su empeño de Fundador[59].

A partir de la víspera de Cristo Rey de 1930, el Beato Josemaría sigue ya el estilo que podríamos llamar habitual en la composición de sus Cuadernos de apuntes: lleva siempre en el bolsillo de su sotana una cuartilla u octavilla –«mi cuartilla», escribe en alguna ocasión–, en la que toma breves notas, o bien apuntes más detenidos, que luego le sirven de guión o recordatorio para escribir los textos de su Cuaderno.

Un solo ejemplo de lo que digo, tomado del Cuaderno IV. El Autor está hablando de la oración que hacía «ayer, por la tarde, a las tres», en el «presbiterio de la Iglesia del Patronato»:

«Mi imaginación andaba suelta, lejos del cuerpo y de la voluntad, lo mismo que el perro fiel, echado a los pies de su amo, dormita soñando con carreras y caza y amigotes (perros como él) y se agita y ladra bajito... pero sin apartarse de su dueño. Así yo, perro completamente estaba, cuando me di cuenta de que, sin querer, repetía unas palabras latinas, en las que nunca me fijé y que no tenía por qué guardar en la memoria (1): Aún ahora, para recordarlas, necesitaré leerlas en la cuartilla, que siempre llevo en mi bolsillo para apuntar lo que Dios quiere: dicen así las palabras de la Escritura, que encontré en mis labios: 'et fui tecum in omnibus ubicumque ambulasti, firmans regnum tuum in aeternum': apliqué mi inteligencia al sentido de la frase, repitiéndola despacio»[60].

Aquí vemos al Autor redactando directamente sobre el Cuaderno con el punto de partida de la frase latina escrita en la octavilla. El (1) que aparece en el texto es la señal que el Beato Josemaría puso allí en una de sus relecturas del Cuaderno, en la que escribió en el margen inferior:

«(1) En esta cuartilla, de que hablo, instintivamente, llevado de la costumbre, anoté, allí mismo en el presbiterio, la frase, sin darle importancia»[61].

Pero entre la cuartilla de la sotana y el texto del Cuaderno mediaba con frecuencia –al menos, para los temas más delicados– otro papel con el texto ya elaborado, que tiene una función de puente entre «la inspiración», «la idea» o la «experiencia» espiritual consignada en la pequeña nota del bolsillo, y la redacción final que se lee en el cuaderno[62]. Por lo demás, la decisión de 23 de octubre nunca fue absoluta: hay cosas del mismo género que siguen en «cuartillas» y no pasan al «cuaderno», por ej, las notas de sus retiros espirituales[63].

¿Qué hizo el Autor con aquellas «cuartillas primitivas», es decir aquellas 235 que mostró al Padre Sánchez[64]? Lo dice él expresamente:

«El paquete de octavillas lo quemé hace unos años. Lo siento»[65].

Eso dice en 1948; es decir, las conservó durante años. Las debió quemar junto con el Cuaderno I[66] –que se nutría totalmente de ellas–, pero esto fue bastante después[67]. En todo caso, y esto interesa subrayarlo, después de la publicación en 1934 de Cec.

La pregunta es igualmente válida –y a nosotros nos interesa más– para las cuartillas posteriores, es decir, las que recibían la anotación inmediata y pasaban después, periódicamente, a los Cuadernos. Se conservan poquísimos de estos papeles[68]. Lo normal es que los rompiera una vez utilizados para la redacción del Cuaderno: tenían una mera función vehicular. En cambio hay fundamento para pensar que las que podíamos llamar «cuartillas u octavillas de mediación» seguían con una vida propia después de ser pasadas al Cuaderno, hasta que, pasado el tiempo, eran destruidas. Lo veremos un poco más adelante.

b. El contenido de los Cuadernos

Ahora una palabra sobre los Cuadernos en sí mismos y sobre el resto del material reunido en los Apínt. El Autor llamaba a aquellas primitivas cuartillas, y a las notas de los Cuadernos que las sustituyeron, las «catalinas»:

«Son notas ingenuas –catalinas las llamaba, por devoción a la Santa de Siena–, que escribí durante mucho tiempo de rodillas y que me servían de recuerdo y de despertador. Creo que, ordinariamente, mientras escribía con sencillez pueril, hacía oración»[69].

Aparentemente los Cuadernos de Apínt tienen la estructura de un diario personal, y muchas veces lo es. Pero los Cuadernos tienen una variedad temática que no se ciñe al género «Diario». Lo explicaba el mismo Autor durante un coloquio en Caracas:

«No he hecho nunca un diario, porque no me gusta, pero he ido tomando apuntes, siempre por mandato de mi confesor. Ahí salen personas, relatos de sucesos concretos, apuntes de ejercicios de cuando yo era joven... Hay mucha historia de la Obra en esos apuntes.

Pensaba que habían desaparecido […] Y un buen día aparecieron esos apuntes. De modo que hay mucho material, mucho, mucho. Algunos papeles los rompí»[70].

En la base del texto encontramos, en efecto, una vida metida en Dios. La interacción entre la «cuartilla» y el Cuaderno, que hemos examinado con cierto detenimiento, refleja la gran atención que el Autor prestaba a las mociones de Dios en su vida. El movimiento de sacar la cuartilla y apuntar unas palabras era una forma de docilidad a «los toques del Paráclito», como dirá en p/130, acompañados con frecuencia de palabra y luz. La cuartilla era manifestación de su fe en la presencia y en la providencia de Dios; una fe que le llevaba a la lectura sobrenatural de los acontecimientos, pequeños y grandes, de su alma y del mundo. Lugar central en este movimiento –y esto está sin duda en el origen de las «catalinas»– ocupa la llamada de Dios –conocida plenamente el día 2 de octubre de 1928– a promover el Opus Dei en el mundo y las luces sucesivas con las que el Señor le ilustra para comprender y realizar esa misión. Los Cuadernos son, ante todo, «recuerdo y despertador» para el propio Autor, que los lee y los medita una vez y otra, como acabamos de ver: los anota y los glosa. Son fruto de su oración y son para su oración, es decir, para dirigir su acción y su vida.

En el Cuaderno no escribe todos los días. En el espacio de casi doce años que cubren estos Apuntes, hay ritmos y periodos muy diversos. Las anotaciones llevan siempre la fecha del día en se transcriben, no la fecha de la anotación en la «cuartilla». Pero puede haber muchas cuartillas acumuladas y con frecuencia pasa el tiempo y el Autor no encuentra el momento oportuno y finalmente quedan sin transcribir. Así lo hace notar a veces.

Podemos distinguir, dentro de la unidad de origen del conjunto, cuatro tipos de anotaciones:

a) Un primer grupo estaría constituido por las «catalinas» que se refieren de manera directa al espíritu, misión y organización del Opus Dei. Toman unas veces la forma de una reflexión, otras tienen estilo de diálogo con el Señor –en este sentido se funden con las del segundo grupo–, otras una forma de expresión casi jurídica o normativa. Un ejemplo:

«La Obra de Dios no nacerá perfecta. Nacerá como un niño. Débil, primero. Después, comienza a andar. Habla, luego, y obra por su cuenta. Se desarrollan todas sus facultades. La adolescencia. La virilidad. La madurez... Nunca tendrá la OD decrepitud: siempre viril en sus ímpetus, y prudente, audazmente prudente, vivirá en una eterna sazón, que le ha de dar el estar identificada con Jesús, cuyo apostolado va a hacer hasta el fin»[71].

b) Un segundo grupo tiene carácter de autobiografía espiritual: son experiencias íntimas del trato con Dios y con los hombres: en la Eucaristía, en la oración, en el trabajo, en la mortificación, en la acción sacerdotal y apostólica, en las contradicciones y en la pobreza, en la forma cotidiana de expresar la piedad filial. Un ejemplo:

«Jesús: que desde hoy nazca o renazca a la vida sobrenatural. Ut iumentum!... Te pido perdón de todas las infamias –innumerables– de mi vida. Que esta otra vida, a la que quiero nacer hoy, sea una continua infancia sobrenatural: vida de Fe, vida de Amor, vida de Abandono. Fiat.

Madre Inmaculada, ¡Tú lo harás!»[72].

c) Un tercer grupo de anotaciones, en estrecha conexión con el anterior, está más en la línea de un Diario. Es la actividad de una jornada, o de unos días: visitas, trabajos, tareas, gestiones, estudio, predicación, atención a la familia, acción pastoral aquí y allá, planes apostólicos, caminatas de un lado para otro en Madrid. Autobiografía, como el anterior, pero más externa, aunque vista siempre y de manera temática en la perspectiva de Dios, de la acción de Dios en su alma y en las almas que le rodean. Una muestra de ese estilo:

«El día de la Asunción vino Pepe R. a ayudar mi Misa y, con ese motivo, fuimos a su casa. Bajó Guillermo Escribano –presidente de la Confederación de estudiantes católicos de España– y a vueltas de una pintoresca discusión, que tuvieron los muchachos, le animé a prepararse para cátedras»[73].

d) Un cuarto y último grupo es de especial interés para nuestro trabajo: son textos que no tienen el estilo narrativo del grupo anterior, ni la formulación autobiográfica del grupo segundo. Son piezas autónomas, que se agregan a las anotaciones de los dos grupos anteriores: literariamente, «consideraciones» sobre el vivir en Cristo, sobre la vida cristiana de unión con Dios y en medio de las circunstancias ordinarias. Muchas de ellas pasarán literalmente a C. Tienen en común, desde el punto de vista literario, con muchas del grupo primero el carácter acabado y «autónomo» de cada anotación. El clima del grupo segundo es como el hogar, el horno en que se forjan estas «consideraciones» del grupo cuarto, que, una vez forjadas, se agregan, se yuxtaponen, se distribuyen dentro de la secuencia biográfica de los grupos segundo y tercero[74].

Leyendo los Apínt se hace evidente que el Autor escribe en el cuaderno siguiendo lo que dicen las papeletas y cuartillas que tiene delante, y en cada una de ellas hay o puede haber contenidos que corresponden a estos diversos tipos y géneros literarios que se dan en los Cuadernos. Da la impresión de que el Autor lo que quiere es que las cosas que ha visto en diálogo con el Señor queden escritas, aunque eso implique cambios bruscos de género o estilo. Este modo de escribir presta a la secuencia del texto en los Cuadernos –es mi impresión– una indiscutible autenticidad.

De este patrimonio procede, como he dicho al comenzar, la práctica totalidad del contenido de Cem-Cec: muy principalmente de lo que he llamado cuarto grupo de textos, pero también de los demás, especialmente de los grupos segundo y tercero. El clima de C, como antes el de Cec, es el de los Apínt del Beato Josemaría. Ésa es la vivencia que tiene Sebastián Cirac[75] cuando lee la primera edición de C y escribe enseguida al Autor:

«Recibí tu abrazo espiritual con tu tarjeta y tu libro, que me ha llenado de satisfacción el alma. Enseguida corté sus hojas, leí sus pensamientos, que tan conocidos me son, desde aquellas papeletas primeras, que me enseñaste en Santa Engracia (Patronato)...»[76].

La lectura de C le traslada de golpe a aquellas «papeletas» que leyó en Santa Engracia diez años antes. Con toda seguridad, a otros la lectura de C les pondría ante los ojos, de manera semejante, los fascículos a multicopista que enseguida vamos a estudiar. Pero no podemos salir todavía de los Cuadernos.

c. De los Cuadernos a los fascículos multicopiados

Cuando el Autor prepara el fascículo de 1932, al que nos referimos al comienzo, sus Apínt estaban rebosando doctrina espiritual y experiencia de almas, que clamaban por ser transmitidas a otros. Basta ver la cuádruple dimensión del fondo literario que acabamos de señalar, para comprobar cómo aumentan los textos que el Beato Josemaría puede seleccionar para darlos a conocer a un círculo más amplio[77]. No, ciertamente, que él los escribiera para eso:

«Los fines de estas catalinas son la Obra y mi alma»[78].

Así escribe en noviembre del 31, y esto me parece de la máxima importancia para comprender la génesis de lo que terminará siendo C. Él escribe en sus cuartillas –había ya anotado en febrero de ese mismo año– porque se siente

 «impulsado a conservar, no sólo las inspiraciones de Dios –creo firmísimamente que son divinas inspiraciones– sino cosas de la vida que han servido y pueden servir para mi aprovechamiento espiritual y para que mi padre confesor me conozca mejor»[79].

Es casi el «Deus et anima mea» de San Agustín. Es lo inverso a la publicidad. Los primeros Cuadernos se llenaron de inspiraciones de Dios sobre la Obra de Dios y su misión y, junto a ellas y en interna relación con ellas, de profundas experiencias místicas, que el Autor –cuando las apunta: otras muchas veces, deja correr o «despersonaliza»– querría retener en su intimidad orante y para su confesor: no son para «ponerlas a ventilar», como dirá en uno de esos Cuadernos[80].

Al principio, todo estaba en los Cuadernos. En mayo del 32 constata que «no se ha hecho aparte una recopilación de lo referente a la Obra de Dios» y, por tanto, «si he de dar a conocer la Obra me expongo a que se enteren de lo demás» (de las intimidades de su alma y de las gracias místicas, que le avergonzaba que se supieran).

«Por eso, con la ayuda de Dios –concluye– trataré este verano de hacer ese trabajo, separando lo mío personal, que anoto para mi director y para mí»[81].

Se advierte en toda esta peripecia el esfuerzo titánico del Autor por separar lo que brota en él con una unidad existencial irrompible: «lo referente a la Obra de Dios» y «lo mío personal, que anoto para mi director y para mí». La idea de cuartillas para llevar al confesor se abre paso. No le lleva el Cuaderno, donde están muchas cosas de la Obra y en ellas el confesor no podía ni debía intervenir –no era su competencia[82]–, sino las cuartillas referentes a la vida de su alma, que deja, con ejemplar abandono, en manos del confesor. A la vez procura que en el Cuaderno queden las cosas que son más de la Obra, como tal, y de doctrina y praxis espiritual. Pero cuando se ve urgido, todo comunica: también en su vida admirable y santa se verifica aquello de que «lo que Dios ha unido, el hombre no lo separe». Por eso fracasa una vez y otra en su intento. Lo que sí se percibe en la lectura de los Apínt es el creciente desarrollo –así lo subraya Álvaro del Portillo[83]– de los textos que recogen la «sabiduría» espiritual que Dios le va otorgando. Son palabras, consideraciones, invocaciones, forjadas en la oración, en las que se refleja su experiencia cotidiana de la Obra, su labor pastoral, los sufrimientos y alegrías de la vida en Dios, su diálogo apostólico con hombres y mujeres en aquellos años tan agitados de la vida española. Este tipo de textos son, sin duda, la fuente principal de los fascículos que vamos a describir.

2. Consideraciones Espirituales, 1932 (Cem32)

Se trata de un conjunto de 17 cuartillas mecanografiadas, apaisadas, escritas con una máquina de mala calidad –y por un mecanógrafo o mecanógrafa no experto– y después multicopiadas a velógrafo. Contiene 246 consideraciones numeradas[84].

La primera cuartilla del fascículo, sin número, hace de cubierta y lleva el título Consideraciones Espirituales: así, en letras mayúsculas. En el dorso de esta cuartilla se incluye una Fe de erratas que tiene 12 correcciones (Dice / Debe decir). Sigue el texto, en hojas numeradas en el anverso (de la 1 a la 15) y escritas por ambos lados. La cuartilla 1 tiene un título, que no es igual al de la cubierta; allí se lee, también en letras mayúsculas: Consejos Espirituales – Consideraciones Espirituales[85]. Dos líneas más abajo, sin solución de continuidad, comienzan los citados consejos o consideraciones, que el Autor numera del 1 al 246[86]. Después de la última consideración, la fecha: Diciembre de 1932. Una última cuartilla –en blanco, sin numerar– tiene al dorso, a manera de contraportada, este colofón: Deo omnis gloria. No consta en parte alguna el nombre del autor: el fascículo es anónimo. No hay tampoco una palabra –prólogo, advertencia al lector– que dé razón de ese elenco de textos.

El Autor ultima la composición de Cem32 después del 27 de diciembre 1932. Así de exactas son las fechas. Los cinco últimos textos que el Autor incorpora a sus papeletas proceden de notas de Apínt datadas ese día: pasarán a ser las cd/155, 156, 160, 221 y 224 de Cem32. A continuación –estamos en 5 de enero de 1933– termina de ordenar los materiales hasta entonces seleccionados y comienza la operación de pasar las papeletas a máquina[87], tarea que corre a cargo de un colaborador. Es lógico pensar que a lo largo del mes de enero el Autor fue distribuyendo el fascículo entre las personas de su contexto apostólico[88].

La máquina utilizada es vieja y deteriorada y la mecanografía –ya lo apuntamos– menos que discreta. Mi opinión personal es que no es el Autor el que teclea, pues hay algunos errores –no erratas– que un autor no puede cometer en su propio texto. Se ve que está hecho con cariño por manos inexpertas: hay numerosos errores, que aumentan –nos parece– conforme el texto avanza. Además, el velógrafo distorsiona y apaga el texto con alguna frecuencia, por lo que el Autor se ve obligado a completar a mano letras y palabras defectuosas. Así lo observamos en el ejemplar que –después de una cuidadosa corrección autógrafa– enseñó al P. Sánchez y que servirá de base al Autor para la corrección posterior del texto.

Si hemos hecho ese recorrido previo por los «cuadernos» y las «cuartillas» de Apínt, ha sido precisamente con la intención de indagar cómo compuso el Autor, a partir de los Apínt, este fascículo Cem32 y, en última instancia, una extensa parte de C: la que terminará imprimiéndose en Cuenca. ¿Trabajaba directamente sobre los Cuadernos? ¿Lo hacía sobre las «cuartillas de mediación» allí transcritas, que guardaba para su utilización autónoma? Pero no eran lo normal estas «cuartillas de mediación», como hemos visto. Lo más frecuente era pasar de la papeleta al Cuaderno. Personalmente pienso que el Autor, cuando prepara el fascículo de 1932, disponía de la colección de «cuartillas» que había mostrado a su Confesor[89], y se sirve para Cem32 de las que le parecen adecuadas. Pero, tanto si estas cuartillas se conservaban como si no, es obligado imaginarse al Autor, releyendo sus Cuadernos y copiando en fichas los pasajes que le interesaba seleccionar para el fascículo. Esto, por lo demás, es lo que rememora el propio Autor muchos años después:

«Camino está tomado, en parte, de una especie de diario –no, no, no es diario: me revientan los diarios– hecho en honor de Santa Catalina. Cada una de esas cosas recuerda un suceso o es un hecho de alguna persona. Esas fichas las ordené en el treinta y tres y las llevé a imprenta en el treinta y cuatro[90].

Cierto que se trata de una rememoración genérica, que no pretende describir técnicamente su trabajo, pero la secuencia parece clara. Están los Cuadernos, las «catalinas». De ahí se toma –sólo «en parte», agrega el Autor: la parte de Cec– el contenido de C. El resultado es unas fichas (otras podrían ser «cuartillas de mediación»). Esas fichas se ordenan. Es el germen de los caps.

Ya hemos hecho notar que el contenido del fascículo procede en su casi totalidad de Apínt. Sólo 6 consideraciones de Cem32 no se han podido localizar en ese fondo literario[91]. Tengo la fundada convicción de que esas seis estaban también en los Cuadernos: concretamente en el Cuaderno I[92]. Todas las demás tienen su origen redaccional, a veces casi literal, en las notas manuscritas de los Cuadernos, como iremos viendo punto por punto en el Comentario crítico-histórico.

Una primera comparación de Cem32 con Apínt pone de relieve que el Autor no trasladó mecánicamente las notas de Apínt a los puntos de Cem32: quiero decir, que no sigue la disposición cronológica con la que están escritos los Cuadernos de Apuntes. La secuencia de textos en Cem32 es completamente distinta: es, de manera clara, fruto de una determinada ordenación hecha por el Autor. En los Cuadernos Josemaría Escrivá inserta sus notas –parece obvio– conforme «acontecen» en el día tras día de su relación con Dios. En Cem32, por el contrario, aparece ya una «lógica» que ordena y dispone. Cosa muy distinta es si –en la fase del texto que se ofrece en Cem32– estamos en condiciones de captar ese ordo con toda claridad. Máxime si se tiene en cuenta que esa lista de 246 puntos mecanografiados se presenta en una secuencia ininterrumpida, sin que los textos se agrupen en caps o secciones, y ni siquiera estén divididos por títulos o ladillos intermedios. Por lo demás, ya se comprende que la cuestión del ordo o estructura del texto –de C y de sus anticipos– hay que estudiarla por sí misma y con el necesario detenimiento. A ello dedicaremos el § 11 de esta IntrodGen.

3. Consideraciones Espirituales, 1933 (Cem33)

Al comenzar el verano de 1933 Josemaría Escrivá daba al velógrafo un segundo bloque de consideraciones[93]. Más breve que el anterior y también más austero, si cabe. Son siete cuartillas, de las mismas características. La primera y la última, en blanco y sin numerar; las otras, con el texto a máquina y numeradas del 1 al 5. Sin portada ni contraportada. Por supuesto, sin firma, pero además sin fecha[94]. La cuartilla 1 se encabeza así: «Consejos Espirituales – Consideraciones Espirituales (Continuación)». En efecto, si el último texto de Cem32 era la cd/246, el primero de Cem33 la cd/247. Son, las de este fascículo, 87 nuevas consideraciones de numeración consecutiva, hasta llegar a la cd/333.

Es éste el momento de decir que la literatura biográfica sobre el Beato Josemaría no ha reparado hasta ahora en la existencia de este segundo fascículo, del que, ciertamente, no conozco más ejemplar que el conservado por el propio Autor entre sus papeles[95] (aunque ciertamente fue distribuido como el primero). Y, sin embargo, me parecen del máximo interés histórico estas cuartillas, que marcan la línea de continuidad hacia la edición impresa. El conjunto que forman Cem32 y Cem33 –en el aparato crítico llamaremos a ese conjunto sencillamente Cem– tiene también otro tipo de unidad: son, como digo, 333 consejos o consideraciones, un tercio de C, exactamente un tercio. Al llegar a la cd/333, el Autor paró. Este pequeño descubrimiento de las 333 consideraciones a multicopista adelanta a 1933 el deseo del Beato Josemaría de expresar en «clave trinitaria» el número de consideraciones del libro[96].

Cem33 es un conjunto literario en todo similar al precedente. El texto procede en su totalidad de los Apínt y el Autor comienza a extraer sus notas donde se quedó al terminar Cem32: todas las consideraciones de Cem33 –menos una, la 321 (= C p/176), que se toma del Cuaderno III– se encuentran en el Cuaderno VI[97]. Tampoco en este caso el Autor agrupa las papeletas por el orden cronológico. El orden es muy diverso del que ofrece Apínt, como estudiaremos en su momento. Digamos finalmente que este segundo fascículo fue mecanografiado después del 7 de julio de 1933, día en que están fechadas en el Cuaderno las ocho consideraciones últimas que se recogen en Cem33[98]. Pero el 22 de julio, según carta de Zorzano al Autor[99], ya estaba siendo leído en el círculo de amigos. Entre ambas fechas se sitúa, por tanto, la definitiva composición y la mecanografía del segundo fascículo.

4. La circulación de Cem32 y Cem33

El más antiguo testimonio de la recepción de Cem32, en el círculo de seguidores de Josemaría Escrivá, lo encontramos en las notas personales que llevaba María Ignacia García Escobar[100]. En ellas se lee con fecha de 9 de enero del 33:

«Ayer, último día de Pascua de los Santos Reyes, me trajo una hermanita mía en la Obra de Dios unos escritos que hace tiempo esperaba con santa impaciencia, por tratarse de Ti. En varios de sus puntos habla de la niñez espiritual. –Al terminar de leerlos, con gran convicción de lo que decía y esperanza ilimitada en tu poder y misericordia, he exclamado: ¡Señor, yo soy una niña, sí; pero... una niña incorregible y con unos instintos de fiera, que si Tú, mi cariñosísimo Padre, no me coges en tus brazos y, a pesar de mis gritos de protesta, me apartas del peligro llevándome a tu aposento, mi nueva caída sería segura! ¡¡Jesús del alma mía, apiádate de mí!!»[101].

La circulación de las cuartillas comenzó, pues, en los primeros días de enero. Aunque María Ignacia no lo dice formalmente no hay duda alguna de que los escritos que esperaba con impaciencia son estas Consideraciones, de las que ya estaba avisada por el Autor de que saldrían. Lo que a ella más le impresiona, como se ve, son los textos sobre infancia espiritual: cd/139 a 173.

Conocemos la reacción de Isidoro Zorzano ante Cem32, que escribe desde Málaga al Autor en cuanto recibe el pequeño fascículo:

«Estoy rumiando las hojitas o consejos espirituales»[102].

En marzo todavía está calibrando la doctrina espiritual del fascículo:

«Esa tranquilidad de espíritu, resultado de la paz espiritual, no sólo hace ver con más transparencia y claridad los problemas del espíritu, sino que se traduce también en una mejor asimilación y resolución de las cuestiones cotidianas: qué razón tienes al considerar en tus Consejos espirituales que el poseer la gracia de Él es tener o estar dotado de una tercera dimensión»[103].

 Cem33 es objeto de testificación inmediata en la correspondencia del Autor, que escribe en julio a uno de aquellos universitarios:

 «¿Te llevaste el segundo fascículo de Consejos? Si no te lo di, ya te lo mandaré en la próxima»[104].

El destinatario, cuando lo ha recibido, comenta:

«Tengo ya el segundo cuaderno de 'Consejos', que he leído ya, pero que tengo que meditar mucho: ¡qué cosa más grande!»[105].

Casi por las mismas fechas Isidoro Zorzano, desde Málaga, tiene también su propia forma de acusar recibo, semejante a lo que ya dijo a propósito de Cem32:

«Las Consideraciones son maravillosas; sigo rumiándolas»[106].

Pasado el primer momento, las referencias a los Consejos en el intercambio epistolar comprenden sin duda los dos fascículos, sin distinción. De sendas cartas del Autor:

 «Ramón: que leas, con frecuencia, los Consejos; que tengas presencia de Dios; ¡que seas fiel! Un abrazo y mi bendición. José María. Madrid – 14-enero-1934»[107].

 «No me dejes la meditación: lee los Consejos, que son palabras que te digo al oído, como si estuviera a tu lado»[108].

Zorzano, por su parte, termina incorporando la lectura de los fascículos a su plan de vida:

«Por la tarde, [dedico] también un cuarto de hora a la lectura del Evangelio y Consejos Espirituales; luego, por la noche, hago la visita al Santísimo y, al tiempo de acostarme, el examen»[109].

He subrayado la acogida de Cem32 porque, a mi parecer y a partir de la documentación que he podido consultar, la idea de transformar esos textos en libro se fragua ante el impacto de esas 246 «consideraciones» en el entorno del Autor. Esa «eficacia pastoral» –diríamos hoy– le lleva a dos cosas: primera, a confeccionar, como hemos visto, un segundo fascículo con nuevos textos; segunda, a pedir a su confesor una censura particular de ambos fascículos pensando ya en la imprenta[110]. Veamos esto último con algún detenimiento.

Los ejemplares de Cem32 y Cem33, que se conservan en el AGP son especialmente valiosos para la historia de la composición de C (tema en el que la parquedad del Autor –como ya dije– es casi absoluta). Se trata de los ejemplares que el Autor entregó al P. Valentín Sánchez Ruiz, su confesor, para que los revisara y le diera su parecer[111]. En la portada de Cem32, el Autor –como ya dije– escribió, con lápiz rojo y letra grande y bien formada, esta misiva para su confesor:

«Padre: le envío estos dos fascículos de «consideraciones» para que tenga la caridad de censurarlos o suprimir lo que quiera. Bastantes, de este primer cuaderno, ya las conoce V. R.; pero el segundo y algunas del primero no se las había dado aún. Dios se lo pague. Escrivá»[112].

En la cubierta (en blanco) de Cem33 agrega, con el mismo estilo:

«Desde luego, si se viera que aprovechan, ordenaré más adelante estas notas. Por ahora, como prueba, ya vale».

Debajo, con letra más pequeña y a tinta, se lee (tanto en Cem32 como en Cem33):

«Me lo devolvió el P. Sánchez hoy 12 – ags. 1933»[113].

La cosa parece clara. El Autor había puesto a circular Cem32 en cuanto lo tuvo disponible (primeros de enero de 1933), sin entregárselo al P. Sánchez. Éste –como dice el Autor– conocía ya buena parte de su contenido, pues Escrivá le daba a leer, con frecuencia variable y a efectos de dirección espiritual, sus notas íntimas[114]. Nótese que el P. Sánchez no conocía las notas de Apínt escritas entre el 27 de diciembre de 1932 y el 7 de julio de 1933 (es decir, las correspondientes el periodo recogido en el segundo fascículo), ni tampoco una parte de las recogidas en Cem32.

Cuando termina el segundo fascículo (finales de julio de 1933) el Autor lo lleva, junto con el primero, al P. Sánchez. A la vez, lo pone enseguida en manos de sus amigos, sin esperar –como ya hizo con el primero– el juicio de su confesor[115]. Esto me parece interesante porque esta secuencia de hechos manifiesta que Josemaría Escrivá proyecta ya, como he dicho, transformar en texto impreso los fascículos a ciclostil. En efecto, el juicio que espera del P. Sánchez no es sobre la oportunidad de comunicar a otros esos fascículos. La censura que le pide es, claramente, el dictamen privado, de conciencia, de su confesor, con vistas a una futura publicación formal, que empieza a considerar al darse cuenta del bien que esas cuartillas están haciendo: «si se viera que aprovechan», dice con humildad. En todo caso, «como prueba, ya vale».

En los Apínt no se contiene –ya lo he apuntado– una sola palabra acerca de estos ensayos del futuro libro: como si no existieran. Por eso son preciosas, desde el punto de vista histórico, estas notas del Autor dirigidas al P. Sánchez. Testimonian, ciertamente, la humildad del Autor y, como en tantas otras ocasiones, su dócil apertura al discernimiento espiritual de su confesor[116]. Pero para el estudioso de C es muy valiosa la indicación que el Autor hace en la tapa del segundo fascículo: en el caso de decidirse a publicarlas, «ordenaré más adelante estas notas»[117]. Lo que significa que el orden de exposición o secuencia de los contenidos de ambos fascículos era claramente provisional y debía ser reelaborado a fondo, especialmente al plantearse la fusión de Cem33 y Cem32.

La realidad es que ambos manojos de cuartillas prestaban ya una buena ayuda al Beato Josemaría en su labor apostólica, y no demostró tener prisa en llevar a la imprenta sus «consideraciones», a pesar de que el 12 de agosto su confesor le había devuelto los textos sin cambiarle una coma. Él seguía adelante con su «vida en Dios», cuyo fondo inapelable era, desde el 2 de octubre de 1928, ser y hacer el Opus Dei en la Iglesia. Y esto es lo que se refleja en el día tras día de su Cuaderno y de las cuartillas o papeletas que lo preceden y prolongan... El Beato Josemaría tenía dentro del alma la urgencia de Dios: sin prisa y sin pausa, al paso de Dios, solía decir[118]. Del proyecto de libro, como digo, ni una palabra en sus Apínt. El Beato Josemaría, en medio de la más absoluta pobreza de medios, logró en diciembre de ese curso 1933-34 instalar en la calle Luchana un incipiente Centro del Opus Dei, la Academia DYA. Pasará todo el año 1933 y parte del 34 antes de que nos encontremos con esa ordenación de los papeles, que acabará ya en la imprenta. Veamos cómo se forjó.

5. Consideraciones Espirituales, 1934 (Cec)

La primera forma impresa de este patrimonio literario se publicó el año 1934 en Cuenca. Tenía como título Consideraciones Espirituales[119] y se editó en la antigua imprenta del Seminario, que entonces había cambiado su nombre por Imprenta «La Moderna»[120].

Comenzó a trabajar en la preparación del libro en febrero del 34[121], pero no se limitó a la anunciada ordenación del material publicado a velógrafo. Habían pasado casi diez meses desde que cerró el texto de Cem33 y en ese tiempo había terminado el Cuaderno VI de sus Apínt y estaba mediado el VII, llenos ambos de gran riqueza espiritual. Más de un centenar de nuevas consideraciones se sumaron a las 333 de Cem.

a. La preparación del texto

Desde el punto de vista de la historia de la redacción hay, pues, que distinguir en Cec dos partes: a) los materiales procedentes de los dos fascículos multicopiados (Cem) y b) los textos de nueva incorporación. Unos y otros, a su vez, provienen de los Cuadernos de Apínt.

La casi totalidad de los nuevos textos estaban, como acabamos de apuntar, en las notas íntimas posteriores a Cem33: la primera de ellas es del 2 de agosto de 1933 (Cec/45.4[122] = C p/433) y la última está fechada en 24 de marzo del año siguiente (Cec/35.1 = C p/337)[123]. Del VI Cuaderno procedían 42 consideraciones, y 65 del VII, en el que entonces estaba anotando su experiencia espiritual. También, como en Cem33, algún texto más antiguo se incorpora al libro: en concreto dos puntos del Cuaderno V[124].

Sobre los materiales procedentes de Cem, el Autor realizó algunas operaciones redaccionales. Ante todo, decidió prescindir de siete consideraciones, tres de las cuales eran frases tomadas del libro «Decenario al Espíritu Santo», de Francisca Javiera del Valle, que había leído y anotado fervorosamente en 1932[125]. Pero sobre todo vio claro que, en algunas –que reproducían de manera prácticamente literal el tenor de los textos de sus notas íntimas–, debía cambiar la forma de expresión a la hora de pasarlos al texto impreso. Se trata casi siempre de consideraciones en las que aludía de modo explícito al Opus Dei (con la abreviatura: «O. de D.»[126]); lo cual tenía sentido en el círculo más restringido de los que accedían a Cem, pero resultaba impropio al editar el libro y ampliar así el ámbito de sus lectores. Esta tendencia se reforzará, como veremos, cuando se plantee la edición definitiva de C.

Algunos ejemplos de lo que digo. En Cem32/240 se leía:

«¡Cómo se ennoblece el dolor, en la Obra de Dios, poniéndolo en el lugar que le corresponde (expiación) en la economía del espíritu!»[127].

Era ésta, efectivamente, una experiencia de veinte siglos en la Iglesia –el sentido de la Cruz de Cristo–, vivida ya con hondura en el Opus Dei en su corto espacio de existencia: en la vida del propio Autor, llena de humillaciones y penalidades y, por ej, en la dolorosa muerte en plena juventud de dos de los primeros miembros del Opus Dei[128]. La nota del Cuaderno V, que pasa a Cem32, recoge con sencillez y agradecimiento esta realidad, meditada ahora, gracias al velógrafo, por todo el pequeño grupo de seguidores de Escrivá. El Autor, al ordenar los papeles, traslada a Cec/98.5 (= C p/234) esa experiencia vivida al hacer el Opus Dei, pero ahora expresada en los términos de su pura y nuda realidad cristiana, universalmente ofrecida a todos en el Evangelio:

«¡Cómo ennoblecemos el dolor, poniéndolo en el lugar que le corresponde (expiación) en la economía del espíritu!»[129].

Sólo ha hecho falta ese brevísimo cambio: quitar la alusión a la Obra y describir la experiencia en primera persona del plural, incluyendo al lector.

Otro texto. En Cec/96.2 (= C p/915) se contiene un criterio fundamental de rectitud y limpieza en toda forma de compromiso cristiano:

«Las obras de Dios no son palanca, ni peldaño»[130].

Pero en Cem32/222 eso se decía explícitamente del Opus Dei, según la concreta e histórica comprensión del tema que, en este punto, anotó su Fundador en el Cuaderno VI, nº 819, 2-IX-1932:

«La Obra de Dios no es palanca, ni peldaño»[131].

Todo este patrimonio –el de los fascículos y el de las consideraciones de nueva incorporación– quedó dispuesto en caps. Esta división del texto –que pasará sustancialmente a la definitiva disposición de C– es, en efecto, la gran novedad de la edición de Cuenca. Los caps que encontramos en Cec son 26, sin numerar, cada uno con un breve y expresivo título: una sola palabra, muchas veces. Ya se comprende que esta agrupación del contenido en caps será fundamental para comprender la estructura interna de esta edición y, en definitiva, de C.

Otra peculiaridad de Cec. En contraste con los borradores precedentes, los textos que aquí se incluyen no están numerados. No sabemos a qué se puede deber esta determinación, tan en contraste con Cem y con lo que sería la definitiva presentación de C. El Autor no ha dejado, durante esta época redaccional, información alguna acerca de su modo de trabajar en el libro. Cada «consideración» –es evidente– sigue teniendo su propia entidad, como la tenía en los fascículos de Cem, pero ahora la separación entre ellas se hace por medio de un simple trazo[132].

El libro tiene 438 «consideraciones» o, mejor, unidades separadas por estos trazos. Pero en realidad son 435, pues, al ordenar las fichas y preparar el manuscrito para Cuenca, el Autor –o los mecanógrafos– introdujeron tres repetidas[133]. De Cem32 proceden 240, 85 de Cem33 y las otras 110 son nuevas incorporaciones tomadas directamente de Apínt, como ya hemos dicho.Ojo! Suman más.

b. Hacia el texto impreso

Pero todavía no estamos ante el texto editado. Más bien vamos acompañando al Autor mientras se plantea la cuestión de pasar a la letra impresa. La edición formal de un libro de espiritualidad tenía, en su caso, implicaciones que debía sopesar, estando el Opus Dei «en gestación» y tantas miradas puestas en la labor que desarrollaba. En sus periódicas visitas a don Francisco Morán, Vicario General de la Diócesis de Madrid[134], le informaba detenidamente de la actividad de la Obra: la labor con universitarios que realizaba y, en conexión con ella, su presencia en los barrios obreros y en los hospitales de Madrid. En los Apínt y en otros papeles personales se reflejan los temas de esas visitas: los proyectos apostólicos del Autor, la expansión de la labor con estudiantes de la Universidad, la Academia DYA, etc. El 24 de febrero de 1934, cuando ya tenía prácticamente dispuesto el libro, anota:

«El lunes pasado estuve con el Sr. Vicario de Madrid. Fui por un asunto del convento de Sta. Isabel. Hablamos de muchas cosas, de nuestros apostolados, de los chicos... El Sr. Morán pasó un buen rato y está cambiadísimo: antes me urgía a que fuera yo a la cátedra; ahora me decía: no hacen falta sacerdotes-maestros, ni sacerdotes-catedráticos, sino sacerdotes que formen maestros y catedráticos...»[135].

En alguno de esos encuentros debió de hablar al Vicario de los Consejos que repartía a velógrafo entre los estudiantes, sin darle mayor importancia. En cambio, editar un libro era cosa más delicada, dada su situación de sacerdote extradiocesano en Madrid y teniendo una acción apostólica relevante, cada vez más conocida en la vida universitaria[136]. Podría haber recelos en el ambiente eclesiástico y dificultades de diverso orden. Pero el Beato Josemaría veía con claridad que necesitaba disponer de ese instrumento: letra impresa. Es interesante notar que el Autor proyectaba –y llevaría a término– la publicación simultánea de dos originales: las Consideraciones de que hablamos y, además, Santo Rosario, cuya circulación a velógrafo es anterior incluso a los fascículos de los Consejos[137]. Eran por lo demás aquellos primeros meses del 34 de una especial intensidad en la configuración de la labor apostólica del Opus Dei y en la formación de sus miembros, todos muy jóvenes: estaba el Fundador acabando de escribir dos documentos importantes para la vida interna de la Obra, que entregaría también al velógrafo en los días siguientes: la Instrucción acerca del espíritu sobrenatural de la Obra de Dios y la Instrucción sobre el modo de hacer el proselitismo, fechadas respectivamente en 19 de marzo y 1º de abril de ese mismo año[138]. A todo esto, la penuria económica en que vivía el Beato Josemaría estaba en el límite y la idea de editar un libro (a su costa, naturalmente) le hacía cavilar y pensar posibilidades. El dinero saldrá –se lee en el Diario de la Academia DYA– «de no sé qué sablazos que dará el Padre»[139].

Así las cosas, se terció que a la semana de estar con el Vicario Morán vino a Madrid don Cruz Laplana, Obispo de Cuenca, a quien hacía tiempo que Escrivá quería visitar[140]. El Autor de C dejó este apunte de la entrevista:

 «El jueves [1 de marzo de 1934] estuve con el Sr. Obispo de Cuenca, a quien comuniqué, en secreto y a grandes rasgos, la Obra de Dios. Desde luego, se mostró ganado»[141].

Es muy probable, por lo que veremos después, que en este contexto el Autor hablara del libro que necesitaba publicar al servicio de ese afán apostólico, pero sin pedirle nada en concreto. El caso es que a raíz de esta entrevista, en la que le explicó el Opus Dei y la labor que llevaba entre manos, el Beato Josemaría debió pensar que lo más oportuno y discreto era editar el libro en Cuenca, con el imprimatur de D. Cruz Laplana, aparte de que sabía por Sebastián Cirac que allí se podían lograr muy buenos precios en la Imprenta del Seminario. Efectivamente, en Cuenca –y esto se presentaba como providencial– residía don Sebastián Cirac, aragonés como don Josemaría, Canónigo de aquel Cabildo, Archivero diocesano y, lo que es más importante, hombre muy ligado, ya de años, al proyecto apostólico del Autor. Tal vez la idea de editarlo en Cuenca viniera incluso del propio Cirac.

El dato concreto es que, después de la entrevista con don Cruz, el Autor de Consideraciones se cartea con Cirac a propósito de la conversación con el Obispo y de la posible publicación del libro en Cuenca. Cirac escribe:

 «Ayer recibí la tuya –rapidísima y más cargada de papel que de letra– con el placer de siempre, pero en aumento. El Sr. Obispo en una sesión de más de dos horas me contó la entrevista, su impresión y consejos. –Creo muy conveniente que me mandes el opúsculo, y con él a la vista le hablaré»[142].

Esta carta, sin duda, precipitó el poner punto final a las tareas de redacción y ordenación del libro, cuyo contenido, por su propia naturaleza –era fruto de la oración y la vida cotidiana del Autor–, seguía abierto. El mismo día que recibió la carta de Cirac, el Autor introdujo en el lugar correspondiente (en el cap «Formación y Estudio») la última papeleta, que en el Cuaderno VII de sus Apuntes lleva fecha del sábado 24 de marzo, fiesta entonces del Arcángel San Gabriel. Es la consideración Cec/35.1 que en C es el p/337. La «Advertencia preliminar» y el breve prólogo ya estaban escritos en febrero. El «borrador» de Cec no se conserva: posiblemente eran –como luego para el borrador de C en Burgos– sencillamente octavillas con las consideraciones ordenadas por capítulos. El Beato Josemaría organizó las cosas para que algunos de los universitarios de su círculo apostólico pasaran a máquina la colección de «consejos» y disponer así del manuscrito para enviar a la imprenta. La operación se llevó a cabo durante la Semana Santa de ese año. El 31 de marzo, Sábado Santo, quedaba perfectamente preparado el original[143]. Se sacaron dos copias. Una quedó en poder el Autor y la otra se envió certificada a Cirac[144]. Al día siguiente, 1º de abril, el Autor firmaba, como dijimos, la Instrucción sobre el modo de hacer el proselitismo, y anotaba en su Cuaderno:

«Desde hoy, en lugar de apuntar en las catalinas, muchas cosas las pondré en papeletas con la fecha. Así es más sencillo, y me lleva menos tiempo»[145].

Tal vez detrás de esta decisión (del cuaderno a las papeletas, en contraste con la decisión del año treinta: de las cuartillas al cuaderno) esté la experiencia de la preparación de Cec. En todo caso, coincide con el envío del libro para ser impreso en Cuenca. Desde ese momento, en los Cuadernos de Apínt se encuentran muchas menos anotaciones espirituales y ascéticas de las que antes llamé «autónomas»: todo va narrativamente más al filo de los acontecimientos que de las «consideraciones».

Por su parte, en el diario de la Academia DYA se continúa dando cuenta del resultado de los trabajos:

«Por la contestación posterior nos dicen que sí, que podrán tirarlo allí y que el Señor Obispo ha sido tan amable que nombró censor a don Sebastián, como se había pedido»[146].

En efecto, con fecha 9 de abril Cirac había escrito al Autor:

«Recibí la tuya y el opúsculo de Consideraciones. He aquí el resultado de mis gestiones. Con el Sr. Obispo he hablado en varias ocasiones largo y tendido, sus consejos me parecen, como los demás suyos, de una persona que tiene el don de consejo. […] Me nombró Censor del opúsculo […]. Hoy comenzaré, D.m., la lectura censural y de oficio del mismo»[147].

c. «¡Vaya por Dios, con mi desvergüenza!»

Quede el Canónigo haciendo su lectura censural, que traerá cola, y veamos con qué expectación se esperaba el librito entre los sacerdotes que colaboraban con Escrivá en aquella empresa apostólica. Se trata, escribe uno de ellos a otro, más «reciente»:

«de un folleto, que te mandaremos enseguida, donde encontrarás cosas interesantísimas para la dirección y pesca de los nuestros. A José María le vas a conocer mejor por ese libro que por lo que ahora le has visto y tratado. En ese librito está compendiada toda la experiencia de varios años de J. M. en esos trabajos, que le puso Dios por obligación: te gustará mucho»[148].

Pero escuchemos sobre todo al Autor, que escribe por esas fechas al Vicario General de Madrid una de sus habituales cartas sobre la actividad apostólica del Opus Dei. Le informa, entre otras cosas, de la edición en marcha y le da –y nos da ahora a los estudiosos de su obra– elementos de juicio para comprenderla:

«Por razones de economía, con la aprobación del Sr. Obispo de Cuenca, se está tirando un folletico –luego se tirarán otros–, en la «imprenta Moderna», antes «Imprenta del Seminario», de esa capital (de Cuenca). Son notas que empleo, para ayudarme en la dirección y formación de los jóvenes, y que hasta ahora iban a velógrafo. Enseguida que me manden la edición, me apresuraré a enviar a V. S. Ilma. un ejemplar. Le anticipo que no tienen ni pretensiones, ni importancia, y que se imprimen anónimamente: desde luego, sólo son útiles para determinadas almas, que quieren de veras 1) tener vida interior 2) y sobresalir en su profesión, porque esto es obligación grave»[149].

Lo que no sabía el Beato Josemaría es que la censura de su opúsculo corría –de hecho– a cargo del mismo Sr. Obispo de Cuenca, que leía el libro detenidamente y transmitía sus observaciones al censor. Así lo dedujo cuando unos días después llegó la censura oficial emitida por Cirac, probablemente acompañada de una carta en la que el propio Cirac comunicaba al Autor confidencialmente que algunas de esas «orientaciones» –que conoceremos enseguida– eran muy personales del bueno de don Cruz Laplana[150]. El Beato Josemaría se disgustó. Pero a su estilo, es decir, con un disgusto atravesado por ese su característico sentido del humor –lleno de sentido sobrenatural–, que transforma toda aquella peripecia en algo sumamente ejemplar y... divertido. El caso es que, estudiado el asunto, Josemaría escribe a su amigo con fecha 17 de mayo hablándole con toda franqueza y discrepando de algunas cosas de la censura. ¡Qué pena no tener la carta! Como todas las del Autor a Cirac en esta época, ésta tampoco se conserva. En todo caso, sabemos lo esencial de su contenido por una anotación del Autor en su Cuaderno de apuntes que lleva fecha del día 18. El texto no tiene precio[151]:

«Día 18 de mayo de 1934: ¡Qué facilidad, en todo y en todos, para hacer el mal! y ¡qué dificultades, especialmente de parte de los buenos, para hacer el bien! Envié a Cuenca las «Consideraciones» y resulta que se escandalizan –no digo bien– que parece que les asustan algunas palabras, que desde luego nada envuelven de error o de irrespetuoso; por ejemplo, la frase «santa desvergüenza». Protesté ayer, por carta a Cirac, y, cediendo en todo lo demás, espero que saldrá el folleto con «desvergüenza». El caso es que salga, aunque sea con colaboración (!): ya llegará la hora de publicarlo sin retoques»[152].

Al nombrar esta expresión –«santa desvergüenza»– el lector de C se sitúa perfectamente en lo que pasaba. En el cap titulado «El plano de tu santidad» las consideraciones Cec/37.1 a 38.1 Poner paginación (= C p/387 a 391) incluían esta expresión que, con las otras dos («santa intransigencia» y «santa coacción»), constituían los puntos que determinan –en el pensamiento del Autor– el «plano de santidad que nos pide el Señor». Ahí es nada. No eran juegos de palabras lo que andaba por medio, ni una cuestión literaria, sino el intento por parte del Autor de comunicar un fundamental mensaje por medio de lo paradójico de la expresión[153]. Si se quitaba la paradoja, se debilitaba o aguaba la comunicación del mensaje. En realidad –era la conclusión que sacaba– no le habían entendido...

Al Autor le parece pueril que le exijan esas quisicosas... Pero espera que su carta a Cirac sea convincente y le dejen, al menos, la «santa desvergüenza»... Aunque ya se ve, leyendo su desahogo en el Cuaderno, que está dispuesto a «admitir colaboración» y a quitar lo que quieran: lo importante es que salga el librico, que le hace falta para su tarea pastoral. Ya llegará el momento de poderse expresar con toda llaneza[154].

El correo funcionaba entonces a la perfección, y al día siguiente, mientras Escrivá anotaba su Cuaderno, ya estaba Cirac leyendo la carta al Obispo. Una larga sesión seguida de nueva carta de Cirac al Autor:

«Cuenca, 18 de mayo: Recibida la tuya y leída por mí, se la he leído al Sr. Obispo, a quien no ha gustado tu actitud sobre la palabra desvergüenza. Dice que no puede él conceder autorización al libro donde se recomiende una palabra que suena mal y tiene mal sentido en el lenguaje usual; y que te recomienda que la cambies por otra –resolución, decisión, valentía...– que tenga otro sentido en el uso, y que no te dejes llevar de una apreciación personal, sino que pienses en la trascendencia de una publicación y que ninguna firma de obispo puede autorizar esa palabra.–¡Si supieras cuánto sufro con estas cosas!»[155].

Todo quedaba entre aragoneses. El Beato Josemaría Escrivá y don Cruz Laplana (aparte de Cirac, que era de Caspe): ¡qué caracteres y qué temperamentos tan diversos! ¡qué diversa sensibilidad en dos hombres de Dios a la hora de compulsar –desde esas pequeñas cosas de lenguaje– la presencia de los cristianos en el mundo! La carta de Cirac está anotada humorísticamente por el Autor, que, después de la firma del canónigo, con lápiz rojo y con su letra grande y enérgica, apostilla:

«¡Vaya por Dios, con mi desvergüenza! Diremos (por ahora) atrevimiento»[156].

Pero en el Autor de C, por encima de todo –y por encima de su propio temperamento– estaba la entrega incondicionada a la Voluntad de Dios, que se expresa de manera eminente en la palabra de los Obispos en comunión con el Papa. Así lo escribió a Cirac a vuelta de correo. Imaginamos el tenor de la carta por la respuesta del Canónigo, que es del día 28:

«Tu última carta me alegró muchísimo por la confianza que ponías en el señor Obispo, a quien también agradó mucho tu conducta y sumisión a su parecer»[157].

Cirac continúa con algunos detalles sobre la edición:

«He aguardado a escribirte con el fin de decirte algo del opúsculo [se entiende, sobre la marcha de la edición]. Pero nada he conseguido. El día 20 repasé yo las pruebas corregidas de unas veinte páginas; después nada me han vuelto a decir. Te remito la oración y 'Santo Rosario'. Dirígete personalmente por carta a D. Pedro Lorente, La Imprenta Moderna[158]. Podrás también preguntarle por el opúsculo. Puedes decirle que como es mucho lo que habéis de dar a la imprenta, os dirigís a él, mejor que valeros de tercero»[159].

d. El texto impreso en Cuenca

A lo largo del mes de junio se terminó la corrección de pruebas y para finales de mes el libro estaba ya a punto:

 «Ya sé que has escrito al Señor Lorente, quien me ha dicho que en esta misma semana estará terminado el opúsculo, de modo que a principios de la próxima semana, D.m., lo tendrás en Madrid. Te mando la factura que hace días la pagué. No sé cuándo pasaré por esa ciudad en dirección a Caspe, y seguramente que sólo me detendré algunas horas para veros»[160].

El Diario de la Academia DYA se detiene gozoso ante los ejemplares de la edición, que llegaron el 3 de julio:

 «Consideraciones Espirituales (Martes 3-7-1934). Por fin mandaron de Cuenca los 500 ejemplares que allí se encargaron de los 'Consejos y Consideraciones Espirituales'».

Se ve que el divertido asunto de la «desvergüenza» lo había comentado el Autor con los más íntimos, y quedó constancia en el Diario:

«Aunque hubo que cambiar algunas palabras que asustaban por otras, como por ejemplo: poner audacia en vez de desvergüenza, y algo más así, en general está muy bien editado, muy cómodo y práctico para llevar, y además tiene al final, no sólo el «Nihil obstat» del Censor, nuestro hermano Sebastián Cirac, sino el sello y aprobación del Sr. Obispo de Cuenca, que quiso tener con la Obra esa delicadeza. Que Dios se lo pague»[161].

Cirac, desde Cuenca, escribe ese mismo día:

 «Ya habrás recibido y examinado los ejemplares del opúsculo, brillante y evangélicamente jugoso: ¡cuánto bien hará en las almas escogidas! […] Di otro ejemplar al Sr. Secretario, que hizo de cocensor, y es persona discreta, piadosa y reservada, aunque no ha calado en lo fundamental del opúsculo»[162].

Datos de la edición: se tiraron 500 ejemplares[163] y el coste fue 310 pesetas. La Imprenta había hecho una oferta más barata para mayor tirada: 425 pesetas por 1000 ejemplares. Saldría en el primer caso a 62 céntimos el ejemplar y, en el segundo, a 42'5 cts. Ya se ve que se optó por el menor desembolso[164].

Pero no sigamos adelante sin hacer ya una descripción formal del pequeño libro[165]. Sus dimensiones son 10’5 x 15 cm. y la caja 7’2 x 11’7 cm. En la cubierta anterior, que hace también de portada, se lee: «Consideraciones Espirituales / por / José María / [una pequeña viñeta] / Cuenca.–Imp. Moderna / 1934». Después de una página de respeto no numerada, la 1 es la portadilla, donde se lee, centrado: «Consideraciones Espirituales». Las pgs 2 y 4 están en blanco. No hay página de portada, que se subsume en la cubierta. En la 3 se encuentra una «Advertencia preliminar», breve razón de lo que es el libro, firmada por «J. Mª» y seguida de la fecha: «Febrero-1934»[166]. La pg 5 es la primera de texto: comienza con seis breves líneas en letra cursiva, sin título[167], que son el germen del prólogo al lector de C. A continuación y en la misma página, dejando un blanco de centímetro y medio, comienza el primer cap, titulado «Carácter». Siguen los otros 25 caps, cada uno de ellos abriendo página nueva. Así, hasta la pg 102, que es la última del texto, en la que aparece de nuevo la firma abreviada del Autor: «J. Mª». Las pgs 103 y 104 contienen el Índice de los caps. En pg 105, cubriéndola íntegra y muy destacada en sus caracteres, está la censura eclesiástica: arriba, el Nihil obstat: «Nihil obstat / Dr. Sebastián Cirac / Censor». En el centro, el Sello del Obispo de Cuenca, que dice: «+ D. D. Crux La Plana Laguna. Dei et A. Sed. gratia Episcopus Conquensis»[168], seguido de la datación: «Cuenca, 3 de mayo de 1934». Debajo el Imprimatur del Obispo: «Imprimi potest / + CRUX, Episcopus Conquensis».

Está muy bien editado. La cubierta era en color beige, con cartulina de muy poco grosor. Como apunta el narrador del Diario, sorprende y llama la atención el tamaño y los caracteres del sello y firma del Obispo[169].

El libro –el folleto, o el folletico, como le llamaba el Autor; el opúsculo como le llama Cirac– sigue siendo, como hemos visto, semianónimo: su autor es «José María». La razón es clara, y ya ha ido apareciendo en distintos contextos: no pensaba todavía su Autor en darle una circulación comercial, sino que quería utilizarlo –y así procedió de hecho– en un horizonte semejante al de los fascículos a velógrafo[170]: como prolongación de su acción de dirección espiritual y formación de almas, aunque ahora pensando en llegar a muchos más, incluso a gente que todavía no conocía la Obra (de ahí el eliminar las alusiones a la misma, como hemos visto)[171]. Unos días después comenzaba su retiro espiritual en los Redentoristas y escribe a Ricardo Fernández Vallespín:

«Enviad las Consideraciones a todos los nuestros –aunque no hayan escrito– y decirles que estoy de ejercicios: que me encomienden de modo especial»[172].

Y poco después, a José Ramón Herrero[173], un estudiante de Derecho:

«¿Ya lees las 'Consideraciones'? Medítalas, despacio. Escríbeme pronto. Cuéntame muchas cosas»[174].

Por estas fechas, recién salido este primer libro –del que no habla en sus Apínt–, fue cuando el Autor anotó en su Cuaderno con la mayor sencillez del mundo:

«Querría, Jesús, escribir muchos libros, pero comprendo que no tendré tiempo»[175].

El Autor envió el libro con dedicatoria a algunos sacerdotes y obispos amigos suyos. Se conservan algunas cartas de respuesta. Un ejemplo:

«[…] Lo he leído y lo sigo leyendo; y como me sitúo en el ambiente en que viven los que principalmente lo han de leer (para ellos lo escribías, ¿no?), me herían mucho tus consideraciones, y me penetraban muy adentro. Te tengo santa envidia, por lo que trabajas, y por el modo con que trabajas. Grandes planes tiene Dios contigo, y no dudo que sabrás hacerte cada día más merecedor de sus misericordias»[176].

Cuando aparece el libro, el Autor ya tenía decidido trasladar la Academia DYA de Luchana a su nueva sede, en la que habría también Residencia de Estudiantes: Ferraz, 50[177]. Un período, éste de 1934 a 1936 –en que estalla la guerra civil–, en el que se da un fuerte desarrollo del Opus Dei, que absorbe por completo al Beato Josemaría.


 

§ 4. La redacción de Camino en la Legación de Honduras (1937)

 En este bienio 1934-1936, tan absorbente, el Beato Josemaría no paraba de escribir. De sus diarios, de sus guiones de meditación, de sus cartas, de sus instrucciones, de su predicación en última instancia, saldrían, pasados los años, diversos tipos de libros de gran enjundia espiritual y teológica. De manera inmediata, lo que escribía eran textos para la formación interna de los fieles del Opus Dei. Destaca entre esos escritos, por su incidencia en la redacción de C, la Instrucción para la Obra de San Rafael, de 9 de enero de 1935[178]. En todo caso, durante estos años no hay documentación de la que pueda deducirse que el Autor preparara otro libro de consideraciones o la ampliación del ya publicado en Cuenca. En la literatura biográfica sobre el Beato Josemaría suele decirse que este tema no reaparece hasta 1938, cuando el Autor llega a Burgos procedente de la zona republicana y reemprende una fuerte acción apostólica entre los jóvenes universitarios del entorno de la Academia DYA, que están en los frentes de guerra.

Sin embargo, una detenida consulta de las fuentes documentales me ha permitido confirmar ampliamente lo que ya se apunta en la Positio de la Causa de Beatificación: que el Autor de C ya lo planeaba y preparaba en Madrid el año 1937[179]. El servicio tan patente que Cec había prestado a su tarea apostólica –y a la de los jóvenes miembros del Opus Dei de aquellos años treinta– impulsó a su Autor, en medio de la dramática situación que vivían en Madrid durante la guerra civil española, a continuar escribiendo en esa dirección. Este nuevo «periodo redaccional» de lo que sería C se sitúa en los meses de abril-julio de 1937, mientras el Autor estaba refugiado en la Legación de Honduras[180].

La fuente primera de lo que decimos es el testimonio del propio Autor que, en carta de 5 de mayo de ese año, escribe:

«Algunos ratos me dedico a hacer consideraciones que cristalizan en cuatro líneas tajantes. Pienso que mis hijos y los hijos de mis hijos, han de sacar algún provecho de las elucubraciones de mi pobre caletre. Y, si no, como llevo una doble intención, nada se pierde»[181].

El estilo y lenguaje del párrafo citado es el de las cartas que escribía durante la guerra para desorientar a la censura. El personaje que representaba en esas cartas es el de un abuelo, con la cabeza ya muy perdida, que escribe a los nietos diciendo cosas sorprendentes... Para los destinatarios, ese lenguaje –muy semejante al que ellos, por la misma razón, usaban en sus propias cartas– era nítido y tenía siempre un punto de humor que hacía especialmente divertida, en medio de tantas penalidades, la correspondencia.

Con todo, si sólo dispusiéramos de este texto no podríamos afirmar rigurosamente que se está refiriendo a un libro que prepara; aunque para los «nietos» era cosa clara que estaba escribiendo «consideraciones» como las del libro del mismo título. Pero el sentido de lo afirmado en esa carta se hace inequívoco en una anotación que Isidoro Zorzano había incluido diez días antes en su Diario, el 25 de abril de 1937. Escribe que, según costumbre, han venido, después de almorzar, Sainz de los Terreros y Miguel Bañón[182]. La conversación giró en torno a lo que habían de hacer para poner en práctica los encargos que Isidoro había recibido ese mismo día del Beato Josemaría. A continuación Zorzano escribe:

«Hemos hojeado los borradores o fichas que me entregó el Padre esta mañana para otro folleto de consideraciones»[183].

No puede ser más clara la información. Zorzano hacía visitas muy frecuentes –en aquel mes al menos dos veces por semana– a la Legación de Honduras para llevar correo al Fundador del Opus Dei y recibir instrucciones[184]: cartas y, si era posible –no siempre lo era, porque no lo permitían las autoridades de la Legación–, charlar con él e informarle de palabra. Ese día, 25 de abril, pudo conversar largo con el Beato Josemaría, que le explicó cómo habían de reclamar ante el Gobierno de la República –con toda urgencia– la indemnización por la incautación de la Residencia de Ferraz 16[185]. Fue entonces cuando le dio el material que nos interesa: unos «borradores o fichas» conteniendo futuros nuevos puntos de C. Si se toma a la letra la información de Zorzano, el Autor proyectaba no propiamente una reedición aumentada del libro anterior, sino «otro» texto, del mismo género, que había dado óptimo resultado. La rápida anotación de Isidoro no decide la cuestión.

Tenemos, pues, que diez días antes de la comunicación del Autor en su carta a Valencia, Isidoro y el grupo de Madrid disponía ya de una pequeña colección de textos del futuro libro. No sabemos el número de esas octavillas: técnicamente estamos ante los primeros pasos del «borrador» de C. Por lo que dice Zorzano parece como si el Autor les mostrara efectivamente unos «borradores» para ver qué les parece. Lo mismo haría al año siguiente en Burgos, cuando los daba a leer a los que vivían con él. La realidad es que esos textos son –y así lo reciben ellos– para la oración personal del grupo. Esta entrega de las nuevas «consideraciones» a Isidoro parece inscribirse en un plan que el Beato Josemaría se había trazado en la Legación de Honduras para mantener desde allí la formación y vida espiritual de los fieles del Opus Dei, que no debía interrumpirse ni siquiera en las circunstancias excepcionales de la guerra. En efecto, ya unos diez días antes había pasado a Isidoro amplios extractos de seis meditaciones que había dirigido al grupo refugiado en la Legación. Zorzano lo había anotado puntualmente en su Diario:

«Manolo ha almorzado conmigo; con este motivo, hemos estado leyendo unas cuartillas que el Padre me entregó hace varios días y que son el compendio de las meditaciones que realizan en común en la legación. He quedado en llevárselas a Bañón; Manolo y Albareda[186] se pasarán por mi casa a leerlas y con Vicente[187] las comento, ya que no conviene se las lleve»[188].

Estas meditaciones, que transcribía Eduardo Alastrué[189], tienen una gran importancia a la hora de situar las «fuentes» inmediatas del texto de C y de ellas nos ocuparemos después detenidamente[190]. Baste ahora decir que el Beato Josemaría las hacía circular de manera simultánea a las «octavillas» de que hablamos, que son no ya «fuente», sino «borrador» de C. Volvamos, pues, a éstas, que continuaba redactando en su refugio.

El tema de las nuevas consideraciones no vuelve a aparecer en las cartas que el Autor escribe desde la Legación, pero la producción continuaba en las semanas siguientes, según se desprende del Diario de Isidoro:

«El Padre me entregó una carta para Pedro[191], más octavillas y un célebre dibujo esquemático de Juanito»[192].

Así cinco días después: el 30 de abril. Las octavillas o fichas son también aquí, con toda probabilidad, nuevas consideraciones redactadas posteriormente por el Autor. Lo corrobora Sainz de los Terreros, que ese mismo día por la tarde escribe al Beato Josemaría:

«Ah! todas las tardes, aquí en Serrano, leemos sus hojas, u octavillas, pasando media hora, que viene muy bien»[193].

El 9 de mayo hay una nueva remesa y la correspondiente anotación en el Diario:

«El Padre me ha entregado un sobre con cuartillas[194], octavillas y unas líneas de Juan; hemos quedado en volver por la tarde. […] Esta tarde ha coincidido con nosotros Albareda; se han quedado haciendo la meditación, mientras Ricardo y yo hemos estado en la Legación; el Padre no se encuentra bien; se ha levantado de la cama para estar con nosotros»[195].

En el Diario de Zorzano no se vuelve a aludir a fichas u octavillas cuando describe el material que le entrega el Autor en la Legación de Honduras. Lo cual tampoco indica necesariamente que no hubiera nuevas entregas. Sucede aquí lo mismo que con las meditaciones que transcribía desde su memoria Eduardo Alastrué: que al hacerse habitual la entrega, dejan de anotarse. En todo caso las notas de Zorzano certifican de manera fehaciente la existencia de una actividad redaccional del Autor en Madrid durante la guerra y una primera «distribución» que, por las circunstancias de la época, no podía ser más elemental: fichas manuscritas.

Otro testigo de esta presencia de los futuros puntos de C en el Madrid de la guerra es Tomás Alvira[196], que sería ilustre maestro de la pedagogía española. Recordando años después su relación con Isidoro Zorzano, escribe:

«En otra ocasión, el mismo año 1937, estuve en su casa [de Zorzano, Serrano 51] y lo encontré con unas octavillas en la mano. Estas octavillas tenían frases escritas por el Padre y de ellas me habló con mucho entusiasmo»[197].

Mi composición de lugar es que esas octavillas fueron llegando a Isidoro, a partir del 25 de abril, en distintas remesas durante todo el tiempo que el Autor estuvo recluido en la Legación de Honduras (salió el 1º de septiembre). Isidoro, después de meditarlas y darlas a conocer a los demás del pequeño grupo de Madrid, las devolvía al Autor (a la Legación) precisamente por su carácter de «borradores». Esas octavillas terminarían llegando hasta Burgos, y fueron parte material del borrador de Camino.

Antes de seguir adelante debemos traer aquí la información que ofrece Juan Jiménez Vargas, que estuvo también refugiado en la Legación de Honduras y fue testigo inmediato de esta actividad redaccional. A raíz de la muerte del Autor de C escribió:

«El Padre se dedicaba [en la Legación] a escribir. En aquellos días se escribió gran parte de lo que luego se publicaría en Camino. Alguna vez nos leía y comentaba algún punto, en que se veía reflejada su inspiración sobrenatural y una parte de su experiencia sacerdotal. Recuerdo que el P. Recaredo Ventosa, un religioso de los Sagrados Corazones refugiado en la Legación, con el que el Padre se confesaba regularmente en aquellos meses, se admiraba de aquellas ideas que consideraba la consecuencia lógica del espíritu de filiación divina del Padre»[198].

Es el momento de adelantar que el borrador autógrafo de C (Msb, abreviatura de «manuscrito de Burgos») está compuesto por más de 550 octavillas que contienen los nuevos puntos que se agregarán a los de Cec para formar el libro que lleva como título definitivo C.

¿Qué parte de C debe ser situada en el «período redaccional» de la citada Legación? ¿Podemos identificar las fichas en cuestión? Podemos, en muy buena parte, gracias a la documentación que se ha conservado.

Las principales fuentes a estos efectos, aparte de los Diarios hasta ahora citados, son las siguientes:

a) Ante todo, un breve documento, que ya hemos mencionado[199], de excepcional valor para nuestro tema. Se trata del pequeño Cuaderno de apuntes íntimos que el Autor llevaba durante su estancia en la Legación. De este Cuaderno de hojas numeradas en el anverso se conserva una mínima parte: las hojas 23 a 26, que cubren del 5 al 28 de mayo[200]. Precedían, pues, otras 22 hojas (numeradas), sin duda también con apuntes íntimos del Autor[201]. No parece en cambio que continuara después de la hoja 26, que es, en la estructura de encuadernación, la última, a la que sigue una hoja de papel más grueso y la cubierta posterior del cuaderno[202]. Si esas hojas se perdieron o el Autor prefirió romperlas –me inclino por este último supuesto–, no lo sabemos. En todo caso, el cuadernito pertenece, sin duda, al bloque de documentos que al salir de la Legación se entregaron a la madre del Autor para que los conservara, como efectivamente hizo y se recuperaron al terminar la guerra civil.

Estas páginas responden totalmente al género de los Cuadernos que ya conocemos, en el que se entremezclan pequeñas noticias de la vida cotidiana y profundidades de la intimidad con Dios, junto con esas piezas «autónomas» que constituyen futuros puntos de C. Con esta peculiaridad: que ese pequeño conjunto de textos es testimonio del sufrimiento interior que embargó el alma del Beato Josemaría en aquellos meses, una auténtica noche oscura del alma, que, según los testigos[203], externamente apenas se traslucía. En esas pocas páginas que se conservan se contienen literalmente 7 futuros puntos de C[204].

b) La correspondencia que salía desde la Legación para Zorzano y los demás miembros de la Obra, especialmente las cartas del Autor, que se conservan en una más que notable proporción[205].

c) La predicación, casi diaria, del Beato Josemaría al grupo de miembros del Opus Dei refugiados en la Legación, recogida y transcrita sintéticamente: se conservan cincuenta piezas de esas, que se describen más adelante[206].

Estos dos grupos b y c –sobre todo este último, por tratarse de predicación–, muestran una notable afinidad temática y literaria con determinados puntos de C. Esto, unido al estudio del papel, de la tinta, de las «octavillas», permite establecer con fundamento la hipótesis de qué textos fueron los redactados en la Legación de Honduras. Casi 100 puntos de C proceden, a nuestro parecer, de otras tantas octavillas redactadas allí. El pequeño bloque de fichas debió pasar a Burgos con el Autor y sus acompañantes. En este bloque hemos distinguido[207], a su vez, dos series, que en nuestro Comentario se designan así: la primera, Lh (Legación de Honduras) y la segunda, Lhz (Legación de Honduras: Zorzano). Esta última es una serie de 25 fichas numeradas del 1 al 25 –con números de tamaño minúsculo– en el ángulo inferior izquierdo de cada ficha: podría ser el primer conjunto de «consideraciones» que el Autor de C entregó a Isidoro Zorzano en la Legación.


 

§ 5. La redacción de Camino en Burgos (1938-39)

1. La elaboración del texto

a. De Pamplona a Burgos

El día 31 de agosto de 1937 Josemaría Escrivá salió de la Legación de Honduras con la idea de preparar las cosas para evadirse de la zona republicana[208]. La aventura y el drama de la evasión –similar en tantos aspectos a la que vivieron muchos españoles en aquellos años de guerra civil– le condujo, junto con un grupo de miembros del Opus Dei y otros amigos[209], a través de los Pirineos, primero a Andorra; luego, pasando por S. Gaudens y Lourdes, a Irún, Fuenterrabía y San Sebastián, a donde llegó con los demás del grupo el 11 de diciembre de 1937. El 17 se traslada a Pamplona para hacer lo que más deseaba: un retiro espiritual en total soledad, lo que fue posible gracias a la hospitalidad de su gran amigo el salesiano don Marcelino Olaechea, Obispo de Pamplona[210]. Ese mismo día comenzó su retiro, que duró hasta la noche de Navidad.

Los acompañantes del Beato Josemaría fueron inmediatamente «incorporados» y la mayoría repartidos por los cuarteles de instrucción y los frentes[211]. Terminado el retiro espiritual, los días de Pamplona se prolongaron hasta el 7 de enero, «coaccionado» por Mons. Olaechea, que quería retenerlo junto a sí[212]. Pero don Josemaría había visto muy claro en su retiro que tenía que ponerse inmediatamente al trabajo para el que Dios le llamaba. Para ello debía situarse en Burgos, punto de paso obligado –por su situación geográfica y por estar allí la capital provisional– para los que estaban en los distintos frentes y destinos militares; y para él, un buen punto de partida para los frecuentes viajes que había decidido emprender: no quería esperar a que la gente viniera; quería buscarlos sobre el propio terreno... Le urgía reconectar con toda aquella juventud que había tratado intensamente en los años de la Academia DYA, y ver la manera de mantener y avivar en ellos el ideal de vida cristiana, tan amenazado por el terrible conflicto bélico y las difíciles circunstancias –espirituales, morales, humanas– en que estaba envuelto.

Escrivá llegó a Burgos el 8 de enero del 38. Le esperaban dos de los compañeros del paso de los Pirineos: Albareda y Jiménez Vargas. Este último salió inmediatamente para el frente de Teruel. El Beato Josemaría se hospedó en la pensión donde vivía Albareda, en la calle Santa Clara[213]. No mucho después se incorporaban al Cuartel del General Orgaz, en Burgos, los que habían quedado en el cuartel de Pamplona: Francisco Botella[214], que llegó primero, y más tarde Pedro Casciaro[215]. El Autor, desde la pensión en que vivían, comenzó a desarrollar una actividad incansable[216]: estudiar e investigar (su tesis doctoral sobre la Abadesa de las Huelgas) y, sobre todo, la actividad pastoral, centrada en la atención a los primeros fieles del Opus Dei y a la juventud universitaria en general: charlas y conversaciones de dirección espiritual con los que venían a Burgos, viajes para hablar con los que no venían, una continua correspondencia con más de doscientos estudiantes y profesores[217]. A la vez atendía a chicas jóvenes y a señoras en Burgos[218]. Y, junto a esto, predicación y retiros espirituales donde se terciara: sacerdotes, religiosas, Acción Católica, Propagandistas, Institución Teresiana, etc. Éste era el clima en que se forjaba C.

Tres domicilios tuvo el Autor en Burgos: primero, como dije, una pensión en la calle Santa Clara 51[219]. El 29 de marzo ya estaban viviendo en el Hotel Sabadell, un hotel modesto, pero digno, frente al Arlanzón, calle Merced 32, donde residieron la mayor parte de su estancia en aquella ciudad. Finalmente, al trasladarse Albareda a Vitoria y Casciaro a Calatayud –nueva sede del Cuartel General de Orgaz–, el Autor y Francisco Botella pasaron a vivir –desde el 13 de diciembre– en un par de habitaciones alquiladas en una pensión de la calle Concepción 9. Aquí estuvo alojado hasta el 27 de marzo, ya al final de la guerra, en que salió para Madrid[220]. Y aquí, en la calle Concepción, es donde tendría lugar la definitiva redacción de C, ya comenzada en el Hotel Sabadell. Y así, dos estudiantes de Matemáticas y Arquitectura –Casciaro y Botella– y un joven profesor de Edafología –Albareda– van a ser, a través de sus cartas y del Diario de Burgos[221], en cuya redacción los tres se turnaban, la fuente más importante para conocer la historia de la redacción del libro[222].

b. Comienza la redacción

¿Qué sabemos, pues, de este tema, en la época de Burgos? El Autor, como hemos visto, tenía la idea de ampliar Cec al menos desde su estancia en la Legación de Honduras. Sin embargo, hasta muy entrado el año 1938, no hay documentos que hablen del proyecto. Nos encontramos, para esta fase de Burgos, en situación semejante a la que ya pudimos conocer en relación con Cec antes de la guerra civil: el Autor no deja el menor rastro del tema en sus Apínt, ni en su correspondencia[223]. Sólo cuando esté en fase muy avanzada el trabajo –prácticamente terminándose–, se encuentra alguna alusión en sus cartas. Lo mismo sucede en la correspondencia de los que convivían con él en Burgos y en el Diario que escribían: hasta las fechas que diremos –muy avanzado el año–, ni una palabra sobre el libro.

Naturalmente esto no significa que el Autor no estuviera escribiendo «consideraciones»; trabajaba con el estilo de trabajo tan peculiar que tenía la preparación de C: un libro que, como ya hemos ido viendo, surgía al correr de los días, y no tanto del propósito de escribirlo como de la realidad cotidiana de la vida espiritual y apostólica de su Autor, de su meditación del Evangelio, que quedaba prendida en notas, pequeñas fichas, apuntes de agenda, guiones de predicación.

Las primeras noticias documentales en la línea del «proyecto» de libro me parece encontrarlas en dos notas del Autor escritas en un cuadernito que hacía las veces de agenda y que deben datarse en julio de 1938[224]. El «marco general» de esas anotaciones es la hoja 1ª del cuaderno. El Autor la escribió con letra casi caligráfica: normativa, podríamos decir. Comienza con estas dos expresiones:

«Non est amor nisi AMOR!

Ut jumentum!...».

A continuación, en cinco líneas, una breve memoria de la estaciones del Via Crucis:

«1.Condenado.            2.La Cruz.                  3.Prª Caída.

4. Su madre.     5. Cirineo.                  6. Verónica.

7.Segª Caída.    8.Hijas de J.                9.Terª Caída.

10.Expolio.       11.Enclavado.                        12.Muerte.

13.Piedad.        14.Sepultura».

Debajo, un pensamiento que está en la base del p/171 de C:

«¡El Amor bien vale un amor!».

Finalmente un conjunto de tareas de diversa entidad y naturaleza:

«1) Adición al Misal. 2) Nota Pepis. 3) María, Pedro, Pablo, Juan. M[iguel]. G[abriel]. R[afael]. 4) Comentarios. 5) Lectura despaciada del N.T. 6) Meditaciones. 7) Cursillos. 8) Huelgas»[225].

Estas anotaciones parecen las típicas de la primera hoja de una agenda, que se estrena en la presencia de Dios y a su servicio, y recoge el mensaje y síntesis del cuaderno anterior a la hora de comenzar el nuevo. De ahí que, en contraste con las anotaciones subsiguientes, tenga esa cuidada caligrafía, propia no de un apunte provisional sino de algo muy abarcante y pensado.

En el marco de esta primera hoja hay que considerar las dos anotaciones referentes al trabajo sobre C. Se encuentra la primera en la hoja 2 del Cuadernito, dentro de un plan esquemático de objetivos que el Autor califica de «trabajo inmediato»:

«Trabajo inmediato: 1/ Correspondencia al día. 2/ Devocionario litúrgico. 3/ Meditaciones. 4/ Consideraciones. 5/ Comentarios. 6/ Fichas de cartas. 7/ id. para libros» [226].

Esta anotación tiene para el estudioso el valor de ver el proyecto de C –que casi hasta el final figurará con el título antiguo, abreviado– designado formalmente por el Autor en julio del 38 como una de sus tareas inmediatas. Los nn. 6 y 7 de su plan son muy importantes para nuestra investigación. El nº 6 indica a mi entender su decisión de releer la abundante correspondencia recibida hasta entonces y redactar fichas que recojan tantos aspectos de la batalla por servir a Dios que se reflejan en esas cartas: el intercambio epistolar de esta época va a ser, en efecto, una de las fuentes características de la fase redaccional de C en Burgos. El nº 7 alude a sacar fichas para los libros que proyecta y que figuran entre los objetivos. Consideraciones aparece en cuarto lugar. Antes ha nombrado un Devocionario litúrgico (nº 2) –del que volveremos a hablar– y después, en quinto lugar, unos Comentarios, que sabemos por otras fuentes que eran comentarios del Santo Evangelio. Las Meditaciones de que se habla en el nº 3 no pienso que sean un proyecto de libro, sino la preparación de la predicación para las tandas de EjEsp –una de ellas para sacerdotes– que predicaría no mucho después en Vitoria y Vergara. De hecho fueron el «trabajo inmediato» que realizó, trasladándose para ello a Ávila del 8 al 14 de agosto. Los guiones de aquellos EjEsp serán una fuente importante para la redacción final de C.

Precediendo a todo, entra en su plan tener al día aquella inmensa correspondencia que entraba y salía del Hotel Sabadell y que incluía la preparación de una carta mensual multicopiada, llamada «Noticias», en la que hacía llegar, a todos, eso: noticias de unos y de otros[227]. Los libros proyectados, lo mismo que la correspondencia, todo estaba focalizado en un único objetivo: ofrecer a aquella juventud el panorama del seguimiento de Cristo en medio del mundo y una guía para llevarlo a la práctica.

El segundo apunte del cuadernito referente a la preparación de C es una anotación rápida y sobre la marcha, casi telegráfica; dice:

«Sacar fichas de cartas y apuntes»[228].

Entiendo la anotación como un subrayar los puntos 6 y 7 del plan de trabajo: «fichas de cartas» y «fichas para libros». Lo primero –las fichas de cartas– ya sabemos lo que es. Los «apuntes» de que habla en la misma anotación estimo que son eso: brevísimas notas –a veces un par de palabras– que tenía diseminadas por cuadernos, agendas, cuartillas, etc. El Autor de C, ve que se le acumula material –oración, labor apostólica, experiencias propias y ajenas–, que debe ser transformado en «consideraciones» concretas y en material para los libros que proyecta. Esos «apuntes» me parecen algo paralelo a la «cuartilla» del bolsillo de la sotana, de que nos hablaba antes de la guerra.

Con todo, la dedicación del Autor a la preparación del libro en Burgos –ya lo hemos apuntado– era hasta entonces una actividad colateral, en ratos sueltos: notas de agenda, apuntes en la oración, fichas. Y, cada cierto tiempo, hacer recuento de las octavillas redactadas, agruparlas por materias, corregirlas. El Autor de C, en lo que estaba metido hasta el fondo y de lo que hablaba en su correspondencia y con los fieles del Opus Dei que le acompañaban, no era de libros sino de almas. En estos primeros meses de Burgos, y en medio de aquella guerra fratricida, todas las energías del Fundador estaban concentradas en lo que era para él explícita voluntad de Dios: hacer el Opus Dei y, para ello, reconstruir el «pusillus grex» disperso, atender a unos y a otros, animar, exhortar, servir como el Buen Pastor. Digo esto porque, en estas fechas, del proyecto de libro no se habla para nada en esa correspondencia ni tampoco –lo que es más significativo– en el Diario que, por indicación del Beato Josemaría, día tras día iban escribiendo (señal de que el Autor no les habla del tema).

Mi impresión, a la vista de la documentación disponible, es que el Autor continuaba trabajando, como hasta entonces, en lo que sería C –redactando consideraciones y, de vez en cuando, ordenándolas[229]– hasta que, en un determinado momento, se mete a fondo con el libro. Esta decisión «operativa» hay que situarla en el último mes del Hotel Sabadell –noviembre y primera mitad de diciembre del 38– y tiene un crescendo, ya en la pensión de Concepción 9, en torno a Navidad y Epifanía y su culminación el 22 de enero del año 39. El 2 de febrero pone la fecha al libro ya mecanografiado. El gran estirón en la redacción de C coincide, pues con el traslado desde el Hotel Sabadell a la pensión citada.

c. «Una nueva edición aumentadísima»

En todo caso, el primer documento que nos habla de Josemaría Escrivá trabajando en C es una página del Diario de Burgos, escrita por Pedro Casciaro y fechada en 25 de noviembre de 1938. Anota que «todos estos días» el Autor trabaja leyendo las cartas recibidas y acotando frases «para él redactar consideraciones espirituales»[230]. Estamos, pues, ante una de las metodologías de redacción que se propuso en julio y sobre la que volveremos en el lugar oportuno. A continuación, Casciaro agrega:

«Tiene pensamiento de publicar para la venta (cuando se pueda) una nueva edición aumentadísima de ‘Consideraciones’ y este 'cuando se pueda' parece ser que tendría realidad cuando cobrase lo que en el Ministerio le deben de lo de Santa Isabel»[231].

Casciaro escribe, es evidente, lo que el Autor les ha contado: su propósito no era escribir un nuevo libro, sino ampliar –notablemente: una «edición aumentadísima»– el de Cuenca y publicarlo con el mismo título[232]. Pocos días después Casciaro se traslada con el General Orgaz a Calatayud y deja de ser testigo directo de la redacción de C, que después de su marcha entra por derroteros de gran envergadura, que veremos a continuación[233].

La situación del pequeño grupo quedaba así: Albareda estaba en Vitoria desde octubre, atendiendo sus clases en el Instituto, y Casciaro, como dije, destinado en Calatayud. Quedan en Burgos el Beato Josemaría y Francisco Botella. El Autor de C ve insostenible –económica y humanamente– la nueva situación en el Hotel. Las dos camas que dejaban vacantes los dos que se marcharon tenían que pagarlas o el dueño metía –en la misma habitación– nuevos huéspedes, como efectivamente sucedió. El 10 de diciembre el Beato Josemaría escribe a Albareda:

«Ayer, como sabes, decidí ponerme en campaña para resolver el asunto de la casa. […] Esto no podía seguir así: ni trabajar, ni llevar nuestra correspondencia, ni tener con libertad una visita, ni dejar confiadamente los papeles de nuestros negocios [de la Obra] en la habitación..., ni un minuto de esa bendita soledad que tanta falta hace para tener en marcha la vida interior... Además: cada día gente distinta [en las dos camas vacantes]. ¡Imposible!»[234].

La «campaña» dio su fruto: apareció el par de habitaciones de la calle Concepción –casa vieja, sin calefacción, sin cuarto de baño– y allí se trasladaron –día 13 de diciembre– el Autor y Botella[235]. Y allí se terminaría el libro proyectado.

Después del fallecimiento del Beato Josemaría, Botella rememora el estilo de vida en aquellas habitaciones. Él se iba temprano al cuartel y vuelve una vez que ha comido:

«Después de comer nos reunimos en el cuarto de estar a trabajar. Yo quedo encargado de escribir a los de San Rafael, como hacíamos en el Hotel Sabadell. El Padre está terminando los puntos de Camino y pasa enseguida a pasar a máquina todo el material, piensa dejarlo listo para la imprenta pronto»[236].

Jiménez Vargas da una visión positiva de la casa, en la que estuvo ya en enero:

«Mariano [el Autor] se dedica a escribir intensamente. Esto se va acercando a la normalidad. Ya no estamos en el antipático hotel de antes. En las habitaciones que hay aquí se tiene más independencia para trabajar»[237].

Álvaro del Portillo y Eduardo Alastrué, que estaban en la Academia de Ingenieros de Fuentes Blancas, a las afueras de Burgos, venían con frecuencia y colaboraban en la redacción del Diario. Eran ocasiones de convivencia intensa con el Beato Josemaría. Botella lo dejó escrito:

«En casa nos espera Álvaro. Hacemos la oración de la tarde juntos. Unos libros que el Padre quiere utilizar son escamoteados por Álvaro, y sustituidos por el Evangelio: el Padre habla. Hemos hecho juntos la oración: ¡qué pocas veces, durante los años de prueba que se pasan, hemos coincidido unos cuantos para ello!»[238].

d. Objetivo: 999

El crescendo –el «acelerón final»– de la redacción comienza en la tercera decena de diciembre, ya en vísperas de la Navidad. El Diario y las cartas siguen siendo la fuente:

«Álvaro tarda algo en venir, porque ha ido a dejar la maleta en casa de su familia. Se trabaja en silencio. El Padre escribe –no nos quiere enseñar el qué– a máquina. Paco –inútil decirlo– contesta cartas. Yo leo alemán. Viene Álvaro. […] Antes el Padre nos había mostrado algunas fichas con otras tantas Consideraciones para el futuro libro a editar»[239].

El mismo día Botella escribe a Miguel Fisac:

«Estoy en casa con el abuelo [el Autor], escribiendo estas líneas, mientras él va haciendo menor el número de consideraciones que han de completar una cifra elegida como tope: novecientos noventa y nueve – ¡999!»[240].

Es la primera vez que aparece en la documentación el número de puntos de C. El Autor acumula octavillas y habrá que pararse en algún momento. Cem (la edición a velógrafo) tenía 333 consideraciones. Decide de nuevo la simbólica espiritual de los números: serán 999. También ahora por amor a la Trinidad, como explicó tantas veces[241]. La decisión hay que situarla, a mi parecer, entre la fecha de esta carta y el recuento de los últimos días de noviembre del que nos ha hablado Casciaro.

El día siguiente a Navidad es el propio Autor de C el que escribe el Diario (Botella había ido a Calatayud a pasar la fiesta con Pedro Casciaro):

«Vida normal. Escribir muchas cartas y recibir pocas, porque los correos del frente están detenidos, para mejor guardar el secreto de las operaciones militares. Paciencia. –Por la tarde, más cartas y unas octavillas para las 'Consideraciones'. –Acabo el día pensando en la bondad de Dios –sin límites– que me aguanta»[242].

El tema del libro irrumpe ya habitualmente en las páginas del Diario y en las cartas. ¡Habla de él incluso el Autor...! El Prof. Albareda, que ha venido a Burgos para las vacaciones de Navidad, va a pasar a ser nuestro principal informador sobre la redacción de C en aquellos días. Él es quien escribe el Diario y numerosas cartas. Su escueta información del día 27 es de la máxima importancia para calibrar en qué punto se encontraba entonces la redacción del libro:

«Las octavillas de las Consideraciones aumentan hasta pasar de 999 menos trescientas y pico a 999 menos doscientas y pico»[243].

La compleja expresión del sabio edafólogo merece ser analizada. Da la impresión de que, al fijar el número de 999 para los puntos de C y hacer el recuento de cuántos llevaba escritos, vio el Autor que le faltaban «trescientos y pico». No sabemos la fecha de ese recuento, pero todo hace pensar que no fue muchos días antes, probablemente al reemprender el trabajo después del traslado a Concepción 9. En el siguiente cómputo, que es el que Albareda anota como noticia, ya sólo faltan «doscientos y pico». En el entretanto el Autor había escrito, pues, unos cien puntos de C.

Pero hagamos otro cálculo, ahora por nuestra cuenta. La edición de Cuenca tenía 435 puntos. Si se fija como cifra convencional para el pico 25, en el primer cómputo el Autor comprueba que le faltan 325 puntos. Es decir, que lleva escritos, además de los de Cuenca, 239 puntos nuevos. Si se tiene en cuenta que en la fase de la Legación de Honduras el Autor pudo escribir unos 100, resulta que en Burgos, antes del crescendo de la calle Concepción, el Autor había escrito unos 139 puntos, repartidos a lo largo de casi un año. Los otros «doscientos y pico», que ahora le quedan, los escribirá en un mes: prácticamente entre el 20-XII-1938 y el 20-I-1939.

Albareda, que sigue redactando el Diario, no oculta su asombro:

«Hoy ha sido considerable el número de consideraciones[244]. La índole de la materia hace impropia la palabra 'record'. Sigue la llegada de cartas. Hay dos de Juan. Por la tarde, una del Sr. Obispo de Madrid»[245].

Eran éstos, sin duda, para Escrivá, días intensos de trabajo, pues ha decidido terminar el libro en tiempo breve. Y Albareda el día 30 deja testimonio en el Diario:

«El Padre sigue avanzando en escribir las Consideraciones, que acabará pronto»[246].

En los días siguientes comenta en sus cartas este gozoso avance, que seguían con gran interés:

«El Padre está escribiendo vivísimas consideraciones que, añadidas a las anteriores, darán un volumen de gran valor y eficacia»[247].

«El Padre escribe nuevas consideraciones. Formarán un volumen con 999. Tiene otras publicaciones muy provechosas en preparación. Cuando vengas saborearás las consideraciones. [...] Pensamos que llegarás pronto y coincidirás aquí con Ricardo y con Juan»[248].

También a Isidoro Zorzano, que sigue en Madrid, llega una carta de Albareda con las «claves» habituales:

«El abuelo [el Autor] trabaja mucho, escribe mucho, va a publicar algunos libros de mucho meollo. Está ampliando aquella enjundiosa y modesta publicación, llena de acertadas y prácticas consideraciones sobre la organización de la industria»[249].

Ya de vuelta en Vitoria Albareda quiere confirmar las noticias que le llegan sobre la marcha del libro. Con fecha 11 de enero escribe al Autor:

«Querido Padre: Llegué bien con D. Emiliano[250] [...] A estas horas unos habrán marchado y otros llegado. ¿Lo de Paco? ¿Faltan 66 consideraciones?»[251].

e. «Es cosa de días»

Las «doscientas y pico» que faltaban el día 27 se habían reducido drásticamente en menos de quince días. Pero detengámonos un momento para contemplar cómo trabajaba el Autor.

«¿Le ayudó alguien a escribir Camino?». La respuesta a esta pregunta, que le hicieron en un coloquio el año 1970, nos introduce en el tema:

«No, nadie... Bueno, me ayudaron los amigos para ordenar las fichas, encima de la cama»[252].

La situación tan pintoresca e insólita, en la que por falta de medios la cama se transforma en mesa de trabajo, quedó viva en el Autor y en los colaboradores. El hijo de este don Emiliano, al que se refiere Albareda, cuenta un recuerdo suyo de esta época que debemos transcribir:

«En aquellas visitas mías al Padre en un piso cerca del Hotel Sabadell [es decir, en Concepción 9], donde se alojó durante una temporada en la ciudad castellana, recuerdo que alguna vez le ayudé a ordenar las fichas que luego compondrían Camino. Extendíamos sobre la cama en una habitación aquellas fichas, ordenándolas con arreglo a los criterios que el Padre nos daba»[253].

Ya antes, en el Hotel Sabadell, un joven ingeniero de Caminos, José Luis Múzquiz, había sido testigo –¡no colaborador!– de una escena similar:

«Un día al salir del mirador[254] y pasar por el dormitorio, vi que las camas estaban cubiertas con montoncitos de fichas, y uno o dos de Casa estaban trabajando en clasificarlas. El Padre, con su espíritu de laboriosidad, a pesar de tratarse de los años de incertidumbre e inquietud de la guerra, trabajaba intensamente y hacía trabajar a los demás. Pienso que esas fichas eran puntos de Camino»[255].

Los testimonios sobre el método se completan con este divertido recuerdo de Casciaro, también del Hotel Sabadell:

«Al volver un día Francisco Botella y yo de Los Pisones[256], encontramos que el Padre había ordenado por materias todas sus 'gaiticas'. Con sus montoncitos de octavillas había ocupado nuestras dos camas y la de Albareda. La mesa-escritorio que teníamos en la habitación era pequeñísima. Por eso, mientras recogía sus papeles de nuestras camas, le oí comentar: 'tengo ganas de poder disponer de una mesa tan grande como tres camas'. Alguna noche después, con ganas de bromear, dije que yo tenía ganas de tener una cama tan grande como tres mesas, 'como dice el Padre'. '¡Chico! –protestó– yo no he dicho nunca tal cosa: he dicho una mesa como tres camas'»[257].

La escena, que, como vemos, se repite con frecuencia, aparte de ser divertida, nos muestra el método de trabajo del Autor. Por una parte, la elaboración de las «gaiticas»[258], que va a haciendo a partir de su oración y sus notas; después, la ordenación y distribución de los materiales acumulados: cada cierto tiempo despliega los montones de fichas por caps o conceptos y va distribuyendo las nuevas octavillas, o relee las ya escritas para una mejor ubicación de los textos. Interesante que Casciaro, Múzquiz y Amann refieren modos diversos de trabajo: el Autor, trabajando sólo sobre los «montones» (Casciaro); el Autor, junto con sus «colaboradores» (Amann); los «colaboradores», trabajando mientras el Autor está hablando con Múzquiz. Era en realidad una forma de implicar a los «chicos» en el trabajo, a los que, como Amann, iban a estar un rato con él y que, una vez atendidos, no le dejarían trabajar si no hacía que le ayudaran. Esta praxis de «implicación» en el trabajo la había cultivado siempre en su labor pastoral.

Pero volvamos al punto en que nos quedamos: el 11 de enero. Una carta del Autor de esa misma fecha nos da no sólo la respuesta a la pregunta de Albareda, que ha quedado en el aire, sino que nos sitúa ya en los planes concretos para la edición del libro. Escribe a Pedro Casciaro:

«Convendrá que pidas un permiso y te vengas. Me gustaría que te encargaras tú de la impresión de mi libro: ¿hay ahí [Calatayud] imprentas, para eso? Sólo me faltan ochenta Consideraciones: es cosa de días»[259].

La anotación de Botella en el Diario al día siguiente es sobria en cuanto a lo del número:

«Falta menor número de consideraciones, para completar la cifra marcada»[260].

Los días 13 y 14 el Autor estuvo en Valladolid, al parecer haciendo alguna gestión para obtener ese dinero, al que ya nos hemos referido, con el que pensaba costear la edición del libro. Así lo escribe Botella:

«... conviene su marcha inmediata [del Autor] a Valladolid para arreglar el asunto de Santa Isabel. Serán las pesetas necesarias para la impresión del libro de Consideraciones, que prepara»[261].

El día 15 se lee esta anotación en el Diario:

«Permanecemos todo el tiempo en casa: escribiendo el Padre las últimas consideraciones, y llenando unas cuartillas yo, para los nuestros que no anunciaron próximo permiso. Cenamos juntos en Venancia»[262].

El avance de la redacción es constante. El martes 17 Botella puede anotar:

«Hemos escrito bastantes cartas. Sólo quedan veintitrés consideraciones»[263].

Un primer comentario del Autor –brevísimo– sobre el libro que prepara lo encontramos en una carta de ese mismo día:

«Pronto llevaré un libro a la imprenta; después, casi a la vez, otro[264]. El Amo de la mies haga que sean buenos medios de recolección! Lo hará, si tú y yo nos empeñamos... y le mareamos desde ahora»[265].

De la misma fecha también es una breve carta del Autor a Albareda –que seguía con tanto interés la marcha del libro–, en la que se lee esta postdata:

«También el papel se las trae. Faltan '27'».[266]

2. Hacia la edición del nuevo libro

a. 22 de enero: punto final

Las alegres noticias se suceden en la correspondencia. El 20 de enero de 1939 es un día señalado. Dos cartas de Botella, de las varias que escribió ese día –¡siempre escribiendo cartas!–, nos dan la secuencia de esa jornada. Él, con sus cuartillas y, enfrente, el Autor redactando sus consideraciones. Dice a Casciaro:

«El libro de las consideraciones quiere el abuelo [el Autor] que se haga bajo la dirección tuya, urge. Faltan tan sólo unas cuantas, que se ultimarán en una hora de trabajo. Dice el abuelo que veas si en ésa se puede editar. Y condiciones que presentan»[267].

A Vicente Rodríguez Casado, ese mismo día, estima que puede decirle:

«Las consideraciones están finalizadas. Pedro se va a encargar de la edición del libro»[268].

No hay que tomar a la letra lo que se dice en ambas cartas: a Casciaro le escribe para urgirle en sus gestiones y a Rodríguez Casado –que seguía el tema de lejos– podía darle ya por hecho lo que todavía no lo estaba pero iba a estarlo enseguida. Merece más crédito que estas cartas lo que el propio Botella escribe en el Diario, que tiene un cierto carácter de «escrito para la historia». Nada dice sobre el tema en las anotaciones del día 20 y 21. En cambio, el día 22 escribe:

«El Padre ha terminado las Consideraciones. Mañana empezará a escribirlas a máquina»[269].

El dato exacto –propio de un matemático: Botella sería Catedrático de la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Madrid– lo ofrece en la carta que ese mismo día escribe a Álvaro del Portillo:

«Ya se acabaron las Consideraciones; ayer por la noche terminó el abuelo [el Autor] la que hace el nº 999[270]. Ahora está pasándolas, debidamente ordenadas, a máquina y pronto irá a Vitoria para enseñárselas a D. Xavier»[271].

No cabe, dentro de la brevedad, mejor información. El domingo 22 de enero debe, pues, ser retenido como el día en que el Autor terminó la «redacción» de C, o más exactamente, completó el fondo manuscrito del libro: las octavillas, el «borrador» de los 999 puntos[272]. Él, personalmente, se encargará de pasarlo a máquina, lo que Botella confirma seguidamente:

«Continúa el Padre pasando a máquina las Consideraciones [...] Hago la oración mientras el Padre ordena las octavillas de las Consideraciones»[273].

En carta a Casciaro nos proporciona valiosas informaciones de los planes y deseos del Autor:

«El abuelo [el Autor] no quiere ir a Vitoria hasta que tenga ya ultimado el libro de Consideraciones. Ayer me dijo que va a encargar la copia de las secciones que interesen para el segundo libro, Devocionario Litúrgico, y previo comentario suyo saldrá al mismo tiempo que el primero. No creo tarde más de una semana en acabar todo esto. De todas formas, cuando venga Juan [Jiménez Vargas] seguramente irán a Vitoria»[274].

A continuación, en la misma carta, hay información interesante acerca de la marcha de lo que será C:

«Va resultando formidable todo el conjunto de consideraciones que, unidas según el tema, impresionan más aún.

 Cuando le escribas al abuelo [al Autor] háblale de las gaiticas. Así denomina a las octavillas que encierran una consideración. ¿Cuántas gaiticas faltan? 25, contesta....»[275].

Pedro Casciaro se hace eco de la sugerencia de Botella escribiendo directamente al Beato Josemaría, con su habitual desenfado:

«Hoy le escribiré a Álvaro. Tengo mucho trabajo. ¡Olé por las 999 gaiticas! Espero hablar por teléfono con Jorge para concretar un poco más sobre todo»[276].

La noticia se extiende entre los jóvenes relacionados con el Autor de C, que se comunican la alegría por la próxima publicación del libro:

«Espero con verdadera necesidad esas 999 consideraciones. Un fuerte abrazo, Miguel»[277].

«Me entero de las noticias: Pedro, a Barcelona; las 999 redondeadas, acabadas. ¡Qué falta me están haciendo!...»[278].

«Las gaiticas, aunque creo que lo sabes, están ya terminadas, y la mayor parte escritas a máquina»[279].

Vale la pena que nos detengamos en la expresión «gaiticas», que acaba de aparecer y que será muy popular en el ambiente en torno al Beato Josemaría. Es sorprendente que Botella «explique» a Casciaro lo que son las «gaiticas», pues ambos habían convivido estrechamente con el Autor en todo el período anterior de Burgos y Casciaro debería por tanto saberlo perfectamente. ¿Puede esto significar que el Autor comenzó a llamar «gaiticas» a las consideraciones en la época final de la redacción, en la calle Concepción, cuando Pedro Casciaro ya no estaba en Burgos? Me inclino a pensar que es así. Hasta que llegamos a la carta de Botella, la palabra «gaitica» no asoma por ninguna parte en la documentación. A partir de este momento, como comprobará el lector, aparece de continuo en la correspondencia. Es una palabra que ilustra acerca del sentido de esos papelicos que el Autor va escribiendo, es decir, nos dice mucho del sentido de C. Botella en su carta da una definición muy sobria: «Así denomina a las octavillas que encierran una consideración». Cada octavilla es una «gaitica». El Autor al cabo de los años, rememorando aquellas tareas, explicaba:

«Yo, a todos los pensamientos que están en Camino, y a otros muchos, que hay montones, cuando tenía treinta años, los llamaba 'gaiticas', mis 'gaiticas'. ¿Por qué les llamaba así? Porque como no soplen, no pitan. Cada uno las puede hacer pitar según su arte»[280].

Ya se ve que Mons. Escrivá está aludiendo a cómo cada punto, cada octavilla de aquellas que iba elaborando –hay montones, dice: piénsese en Surco y en Forja–, es para meditarla personalmente, haciéndola resonar en el alma; y si se utiliza en la predicación o en la dirección espiritual, hay que «soplar» en ella y sacarle partido. Porque, como seguía diciendo con su gracejo habitual:

«no basta tener un 'chuflo' en la mano: hay que soplar. Vosotros tenéis todas las 'chuflainas' que os dé la gana –en aragonés os hablo–, pero hay que hacer el esfuerzo de soplar»[281].

Como se ve, no estamos ante una mera designación humorística de los puntos de C. Las «gaiticas» son un modo de concebir y designar, más que un «género» literario, un «estilo» de proposición de la verdad cristiana, que es esencialmente dialógico.

b. El índice de conceptos

El 24 de enero llega a Burgos Ricardo Fernández Vallespín y el 26 Juan Jiménez Vargas[282]. Eran los dos mayores entre los fieles del Opus Dei que estaban en la zona nacional. El Autor de C deseaba siempre tenerlos junto a sí para consultar con ellos planes apostólicos y decisiones para el futuro. Ahora, aprovechando el permiso de que gozaban, los «implica» en la recta final del libro y les encarga una primera tarea, que comparten con Botella: preparar el índice de conceptos. Para su trabajo pueden disponer de la parte del libro ya mecanografiada y de las «gaiticas» correspondientes; mientras tanto el Autor persevera incansable en su trabajo sobre la máquina. Así lo hace constar Botella en el Diario:

«Continúa el Padre escribiendo a máquina; iniciamos nosotros [Juan, Ricardo, Paco] un índice por materias, que no sé si cuajará»[283].

El «optimismo» de Paco Botella se terminará demostrando fundado. De momento da tema para las cartas de los días 27 y 28:

«Hemos estado trabajando –qué eufemismo– alrededor de la única mesa que tenemos. El abuelo escribe a máquina el libro. Nosotros hemos estado tratando de hacer un índice un poco minucioso por tratados de las consideraciones. Se han quedado, cuando yo he venido, clasificando las gaiticas»[284].

«Hoy hemos estado haciendo un proyecto de índice para las consideraciones. Resulta un poco difícil, porque hay que resumir lo ya exprimido. Los otros libros también se preparan»[285].

Este enfoque de la carta a Alastrué es el que quedará ese día en el Diario:

«Continuamos nosotros el índice, que se resiste. Es difícil extractar lo ya extractado. El Padre escribe a máquina»[286].

Al día siguiente se verifica un crescendo en el «optimismo» de Botella:

«Estamos toda la mañana, a la vista de un buen número de gaiticas, extendidas sobre la mesa, pequeña, llena de chismes, que hace desear al Padre aquella mesa como tres camas, que le espera[287]. Van saliendo con dificultad los extractos que formarán el índice..., si no se deja por imposible»[288].

Y finalmente el «éxito» de la operación. De nuevo es el Diario el que nos informa:

«El Padre ha decidido que dejemos el duro trabajo del índice para las gaiticas: respiramos...»[289].

Dejan, pues, el tema de los índices. Pero a continuación el Autor les da un nuevo encargo a Vargas y Vallespín, que consta también en el Diario de ese día:

«Juan y Ricardo están leyendo las consideraciones por si en algunas de ellas se transparenta algo de lo nuestro. Escribimos unas cartas; con la máquina pequeña se van preparando los sobres, que llevarán las cuartillas de este mes a los de San Rafael»[290].

Interesante el sentido de esta tarea. Se trata de una lectura detenida de las cuartillas de C para comprobar que el Autor ha realizado lo que ya le hemos visto hacer cuando preparaba la edición de Cuenca[291]: retirar de las consideraciones las posibles alusiones directas al Opus Dei o a cosas más directamente vinculadas a su praxis, porque el libro se dirigía no sólo a los miembros de la Obra y personas relacionadas con sus tareas apostólicas, sino a todos los cristianos, sacerdotes y laicos.

c. La elaboración del original para la imprenta

José María Albareda, que sigue con especial interés el trabajo del Beato Josemaría como escritor, escribe impaciente desde Vitoria:

«Acabados –pienso– los 999, ¿está en el telar –lo del telar, más que metáfora es proximidad a los carretes– la revisión, o algo nuevo? Supongo llegaría mi carta de anteayer. Muchos abrazos»[292].

Los puntos estaban acabados, ciertamente, pero el Autor seguía pasándolos a máquina y no a manera de mero mecanógrafo –esto es imposible para el autor de un texto–, sino haciendo efectivamente una revisión y reordenación del texto mientras tecleaba. Escrivá copia y reforma. El Diario del día 2 de febrero da noticia cronológica del final definitivo. Botella narra la jornada del día 1, al final de la noche:

«Cuando vuelvo [el día 1], oigo, antes de entrar en nuestras habitaciones particulares, el tableteo de la máquina de escribir. Está el Padre acabando las gaiticas, que hoy terminará a las dos de la mañana [del día 2]»[293].

En efecto, con esta fecha el Autor termina de escribir –a máquina– el «original» del libro, o más exactamente «el libro», como él mismo dice y hace constar en el «manuscrito» para la imprenta y en la edición príncipe:

«Se acabó de escribir este libro en Burgos, día de la Purificación de la Bienaventurada Virgen María, año 1939, III Triunfal»[294].

 El jueves 2 de febrero no es, pues, una fecha convencional, elegida para manifestar su amor a la Virgen, sino la mismísima fecha en que el libro se acabó de escribir: en las primeras horas del día, precisa el Diario de Burgos.

d. El prólogo de Lauzurica

En los días finales de la redacción decidió el Autor dedicar el nuevo libro –todavía con el título antiguo: Consideraciones Espirituales– a Manolo Aparici, Presidente de la Juventud de Acción Católica[295]. Así quedaba la hoja 1 del libro:

 

c o n s i d e r a c i o n e s     e s p i r i t u a l e s.

 

A Manolo Aparici,

que tanto sabe

de juventud vibrante

y de apostolado[296].

 

El Autor estaba muy interesado en que Mons. Lauzurica hiciera el prólogo (o presentación) de C, para lo cual quería viajar a Vitoria y entregarle en mano el manuscrito[297]. Tenía hablado el tema con José María Albareda, que residía en Vitoria, y que con alguna frecuencia se encontraba con el Obispo. El 26 de enero el Autor y Albareda hablaron por teléfono. El mismo día el profesor encontró en la Catedral al Secretario de Lauzurica:

«Me preguntó inmediatamente por Mariano. Esta mañana –le dije– he hablado con él, porque marcho a Barcelona. Y me encargó [el secretario] que no dejase de ver, antes de salir, a su señor, preocupado al no saberse nada de Mons. Irurita. Quedamos en que iría el viernes a las cuatro.

Cordialísimo [Lauzurica]. Estuvimos paseando por la galería. Que le telegrafiase si podía yo ver a Mons. Irurita. Me dijo que qué hacía Mariano, pues había pasado mucho tiempo sin verle. Le hablé de que le pediría unas líneas [prólogo] para las 999. Y dijo unas palabras muy sentidas (bastante entusiasmado) y muy cariñosas; añadió: es un hombre de Dios...»[298].

Al día siguiente Botella anota en el Diario:

«Dentro de pocos días, dice [el Padre] que irá a Vitoria ya probablemente con las Consideraciones terminadas»[299].

Efectivamente, el Autor prepara las cosas para pasar una semana en Vitoria. Está trabajando ya de tiempo atrás, como se ve por la correspondencia, en la preparación de otro libro –en sus primeras notas lo llamaba Adición al Misal y después Devociones litúrgicas o Devocionario Litúrgico–, que alternaba con la preparación de C y al que, terminado éste, se dedicaba intensamente[300]. Quería trabajar ahora en Vitoria con las excelentes fuentes litúrgicas que había en la Biblioteca del Seminario. Por otra parte, el desarrollo de la contienda bélica tocaba a su fin. Se había tomado Barcelona y el desmoronamiento de los frentes republicanos era completo. No se hablaba ya de otra cosa que de la fecha de entrar en Madrid. La provisionalidad en la población flotante de Burgos era total. El Beato Josemaría hacía gestiones para obtener un salvoconducto que le permitiera entrar en Madrid desde el primer momento. Por eso impresiona su intenso trabajo intelectual en estos momentos de nerviosismo generalizado, en los que él y Botella iban, a la vez, empaquetando cosas para estar expeditos en el momento del «salto». El plan que había hecho, gracias a su amistad con el Obispo de Ávila, era enviar a don Santos los paquetes con todos los materiales acumulados, especialmente los libros y objetos de culto para el futuro oratorio, para que los custodiara hasta que se trasladaran a Madrid.

El día 11 de febrero el Beato Josemaría parte para Vitoria. Se lleva el manuscrito de C y los materiales del otro libro en proyecto[301]. En Vitoria se hospedaba en el palacio Episcopal. Lauzurica le recibió con su habitual afecto y leyó el manuscrito. Quedó en hacer el prólogo. El día 13 el Autor escribe a Casciaro:

«¿Cómo va la cubierta del libro? Urge. Al Sr. Obispo [Lauzurica] le gusta el libro: ayer me hablaba de hacer una gran tirada»[302].

El Autor esperaba regresar a Burgos con el prólogo ya escrito; al menos es lo que había comentado con Botella, que así se lo escribe a Casciaro[303]. De hecho volvió sin el prólogo. Esto significaba que el manuscrito se quedaba en Vitoria en manos del Sr. Obispo[304].

Desde el 18 de febrero estaba Escrivá de nuevo en Burgos, dedicado a fondo al devocionario, según escribe Francisco Botella:

«El Padre trabaja con intensidad en la preparación del libro de Devociones litúrgicas. Los libros, que ocupan la mesa en su totalidad, son recortados, para confeccionar rápidamente el original. Será cuestión de dos días: ¿podrá acabarlo en Burgos, o será en Madrid?»[305].

Pero el prólogo se demoraba en contraste con la «urgencia» que sentía el Autor. Albareda seguía el tema en Vitoria:

«Al amigo de Mariano le visité hace dos días. En realidad no tenía otro objeto real que el prólogo, y le nombré las Consideraciones, pero no me dijo nada. Sólo al final, aunque no nombró el libro, creo se dio cuenta de que la visita era un recordatorio. Hablamos del almuerzo del lunes ahí»[306].

A la vez, los pensamientos de todos estaban fijos, como ya he dicho, en el final de la contienda:

«Estamos preparando todo para llegar a Madrid. Mariano, Paco y yo pensamos ir juntos enseguida. Y allí nos iremos reuniendo pronto todos, que esto se acaba del todo. D. Manuel vendrá enseguida[307]. – Ya tiene D. Javier [Lauzurica] las 999 consideraciones para prologarlas. Y ya va muy avanzado el segundo libro»[308].

De lo del almuerzo a que alude Albareda no queda constancia en las fuentes. En todo caso, Lauzurica fue a Burgos en 9 de marzo y allí tuvo una larga entrevista con el Autor en el Palacio Episcopal[309], en la que le pidió que predicara EjEsp a los seminaristas de Vitoria. Al día siguiente el Beato Josemaría –que había aceptado el encargo– escribe una carta al Obispo diciéndole que, pensadas las cosas mejor, cree que no debe aceptar. Hacia el final de la carta escribe:

«Voy a terminar con un sablazo: ¡que me haga el prólogo, para mi libro, cuanto antes!»[310].

D. Xavier Lauzurica responde a vuelta de correo:

«Recibí tu carta y con ella tus calabazas. Me doy cuenta de todo y... te absuelvo. [...] El prólogo está en marcha»[311].

Pocos días después el texto de Lauzurica, que ha acompañado siempre a las ediciones de C, estaba en manos del Autor. Lleva fecha de 19 de marzo. Lo trajo personalmente el Obispo en una visita a Burgos. De ella nos habla Botella cuarenta años después:

«Vino por casa más tarde D. Javier, cuando estábamos en Concepción 9. Allí lo encontré con el Padre en febrero o marzo, al volver un día del Cuartel de Orgaz, después de comer. Estaban sentados alrededor de la mesa camilla y el Padre me dijo que me quedara un poco allí. Le recordó que yo había ido a verle de parte suya en las Navidades de 1935, cuando llevaba pocas semanas en la Obra. Era entonces D. Javier Obispo Auxiliar de Valencia y Rector del Seminario.

Recuerdo sobre la mesa camilla el original de Camino, escrito a máquina allí mismo por el Padre. D. Javier traía las líneas que acababa de escribir y que le enseñó al Padre por si le parecían bien»[312].

e. Proyectos de diseño y edición

El Autor, mientras acababa el libro y gestionaba el prólogo, tenía urgencia en su inmediata edición. El libro sería de distribución comercial, como ya vimos en la primera noticia documental sobre el proyecto[313]. Contaba, para sufragar los gastos, con que se arreglara el asunto de Santa Isabel[314]. Ya el 11 de enero el Autor había escrito a Pedro Casciaro:

«Me gustaría que te encargaras tú de la impresión de mi libro»[315].

Casciaro, todavía estudiante de Arquitectura, tenía una notable sensibilidad cultural y artística, y el Autor apreciaba mucho sus ideas y sugerencias. Comienza así todo un conjunto de gestiones –mientras el libro se acaba: «es cosa de días»– encaminadas a su inmediata edición. La aceptación de Casciaro es también inmediata:

«Encantado de cuidar la impresión de su libro, pero lo del permiso se complica, como ahora le contaré»[316].

El día 24 se recibe en Concepción una carta en la que se expresa más detenidamente:

«Respecto a la impresión del libro de las Consideraciones en Calatayud, lo veo difícil, pero lo gestionaré. En todo caso podría hacerse en Zaragoza, o tal vez, si yo fuera a Barcelona, allí mismo, que hay material de sobra y en los primeros momentos se ha de trabajar muy barato, por el interés de hacerse con dinero nacional. Además Jorge[317] estaba muy metido en Editoriales Católicas y sin que él supiera una palabra[318] podría ponerse en relación con una de ellas. Si Vd. piensa editarlo en Zaragoza podemos ponernos de acuerdo para coincidir allí un par de días»[319].

El Autor, metido a fondo en su trabajo, le responde a través de Botella:

«La edición del libro no cree conviene imprimirla en Zaragoza. En Barcelona –como dices tú– o en Bilbao»[320].

El Beato Josemaría vuelve sobre el tema, una vez que ha terminado el manuscrito del libro. Y se pone en marcha. Ahora el asunto es el diseño de la cubierta del libro. Botella lo adelanta en el Diario:

«Mañana irán el Padre y Juan a Calatayud. [...] Llevará las Consideraciones porque Pedro ha de proyectar una portada repleta de nueves»[321].

Tras las notas de Paco Botella en el Diario se adivinan los ratos de conversación con el Autor a la vuelta del cuartel y las «noticias» que éste le da, al final de la jornada, sentados uno frente a otro en la pequeña mesa-camilla de la habitación[322]. Aparece aquí, por primera vez, el tema de los «nueves» como motivo para el diseño de la cubierta, que lo será, efectivamente, en la edición primera de C.

El Autor y Jiménez Vargas, como estaba previsto, viajaron el domingo a Calatayud. La conversación de Escrivá con Casciaro debió estar llena del humor con que ambos se expresaban. Sabemos de ella lo que el Autor, a su vuelta[323], contó a Paco Botella y, éste, a su modo, fue relatando en sus cartas a unos y a otros. En sustancia: a Casciaro le pareció bien la idea del «nueve» como motivo de diseño, pero una cubierta «repleta de nueves» –cuenta el Beato Josemaría que le dijo– «es más propio de un libro de recetas culinarias». Una salida típica del «artista», como le llamaba Albareda. El Autor se debió reír con ganas, como con todas las cosas de Pedro Casciaro. Quedaron en mantener el tema de los nueves, pero como fondo de la cubierta[324]. De la conversación de Calatayud salió un título más breve para el libro: sencillamente «Consideraciones», como de hecho se le llamaba en la conversación. Sobre el tema volveremos cuando nos ocupemos directamente del título del libro (§ 6, 1). En todo caso, el Autor, al regresar a Burgos, elimina la hoja primera del manuscrito[325] y la sustituye por esta otra con el nuevo título y la dedicatoria:

 

c o n s i d e r a c i o n e s.

 

A Manolo Aparici, que tanto sabe

de juventud vibrante

y

de apostolado[326].

 

Después de su conversación con el Beato Josemaría, Botella transmite sus instrucciones a Pedro:

«Voy a concretar las últimas recomendaciones del abuelo antes de marchar. El dibujo para la portada del libro de las gaiticas, que se ultime»[327].

Durante su estancia en Vitoria para trabajar en las Devociones litúrgicas, el Autor recuerda el tema a Casciaro[328]. En realidad, su carta se cruza con la de éste, que va dirigida a Burgos:

«Recibí el libro de Íñiguez. Hoy estoy muy ocupado y por eso no escribo a Mariano. Lo haré dentro de esta semana. Envío un proyecto de la portada de Consideraciones. No me convence mucho. Por eso, haré uno o dos más. Si le parece a Mariano, puede enviarme el nombre 'Consideraciones' escrito por él mismo para ser reproducido en la tapa, ya sea en negro o en rojo. Esta semana no he tenido correspondencia más que la vuestra de Burgos. ¿Se ha recibido el giro? Recuerdos y abrazos. Pedro»[329].

Botella le contesta enseguida para decirle que Albareda se llevó a Vitoria ese mismo día el proyecto de cubierta. «¡Ya dirá el abuelo!» –dice–, pero agrega su opinión personal:

«Me parece –¡artista!– que esa idea y composición, con un poco más de contraste, puede resultar bien»[330].

No se conserva ese primer boceto de cubierta, ni sabemos nada de su planteamiento. En cambio, aparece en esta breve misiva un tema que llegará hasta la cubierta definitiva del libro: el empeño de Casciaro de que el título del libro aparezca en la tapa autógrafo del Autor. La batalla de Perico Casciaro va a ser conseguir que el Beato Josemaría escriba en un papel la palabrita. Botella se había olvidado de decirlo a Albareda y rectifica al día siguiente en carta al Autor:

«Escribí a Pedro diciéndole que el proyecto de portada se lo llevaba José María a ésa. No sé si me acordé de decir a José María que Pedro quiere, si le parece a Vd. bien, que la letra de 'Consideraciones', en la portada, sea suya. Si es así puede enviarlo escrito y pasado mañana saldrá hacia Calatayud»[331].

Casciaro continúa deliberando sobre el enfoque temático de la cubierta, ahora con la colaboración de Miguel Fisac, también estudiante de Arquitectura, que aparece y desaparece con su compañía de automovilismo:

«No he vuelto a ver a Miguelito. Debe haber recibido la orden de marcha. Estuvimos pensando sobre la portada de Consideraciones»[332].

Finalmente, respuesta del Autor, al que también ha gustado el boceto:

«Me gustó la cubierta del libro: te haré unas indicaciones, cuando sepamos el tamaño, para que dibujes la definitiva»[333].

Mientras tanto Casciaro y Fisac han elaborado en Calatayud una cubierta alternativa:

«Miguel [Fisac], supongo que tendría que salir imprevistamente, porque no se despidió de mí. Por cierto que me iba a dejar dinero para que lo girase a Burgos. Quedamos en que él tomaría una fotografía de una carretera en que figurase un kilómetro 999, o por lo menos otro número parecido de fácil transformación en el mismo. Dicha fotografía, muy velada, podría servir como fondo a la portada de Consideraciones, sobre la que iría en blanco el título y el nombre del autor, ya fuera en letras clásicas o en la caligrafía –íes y eses unidas– del mencionado autor. Espero, por tanto, de una parte la fotografía de Miguel, y de otra la palabra Consideraciones escrita, para componer definitivamente la portada. Si no le convence esta idea ni la que le mandé, puedo ensayar otras. De todas maneras necesito la palabra consideraciones»[334].

El Beato Josemaría regresó de Vitoria y hubo de trasladarse al día siguiente a Valladolid. En el entretanto Paco Botella cuenta a Casciaro las impresiones que trae sobre el tema:

«El abuelo, muy contento [...] La idea que enviaste de la portada le parece muy bien. El Obispo de Tortosa, y su hermano el de Vitoria, quedaron muy bien impresionados e hicieron elogios episcopales. Aunque, hasta que no quede en definitiva fijado el tamaño, no se puede hacer el proyecto último, dice el abuelo que la última idea que con Miguel forjaste, podéis llevarla a la práctica. Luego veremos qué tal resulta.

No quería que su letra apareciese en el libro. Pero después de la insistencia natural, me dice que te comunique para tu tranquilidad que, en cuanto llegue de Valladolid, escribirá unas letras gordas, que formen la palabra Consideraciones. El problema está en conseguir la pluma»[335].

Por su parte, Casciaro, que ya ha recibido la carta del Autor desde Vitoria, promete seguir sobre el proyecto y reclama de nuevo la palabra autógrafa[336], que finalmente se le envía en varios ensayos:

«Va la palabra Consideraciones, que se escribió, ni qué decir tiene, en un santiamén»[337].

Las dos cuartillas con la palabra en cuestión, escrita en grandes letras por el Autor, se conservan en el Archivo de la Prelatura[338]. Por lo demás, esta carta de Botella es la última noticia que tenemos sobre las gestiones de edición del libro en la época de Burgos. La inminencia del final de la guerra paralizó las gestiones de Casciaro y sus diseños. Al menos nada se conserva de todo aquello: ni cartas, ni bocetos. Una pregunta de Alastrué desde Lora del Río queda abierta, sin respuesta:

«¿Y el libro del abuelo?»[339].

El abuelo, en el mes de marzo, tenía ya el libro dispuesto para la imprenta. Estaba ya en sus manos el prólogo de Lauzurica y, con él, había recuperado el manuscrito del libro. Faltaban los índices, que quedaron empantanados. El 23 de marzo escribía a Albareda:

«José María: Paco te escribirá con detalle: yo, sólo decirte que creo que me voy a marchar pronto camino de Casa, para estar cerquita cuando la puerta se abra. Llevaré la comida que tenemos preparada. Tú habrás de procurar traer el fichero y la máquina de escribir»[340].

En aquel mes de marzo Josemaría Escrivá no se encontraba bien[341]. Todo está preparado para salir hacia Madrid[342]. El día 26 de marzo fue su última jornada en Burgos. Diario de ese día:

«A pesar de la nieve, y no obstante el mal tiempo, el Padre está mejor. Pasamos la mañana en casa, charlando. Después de comer, intentamos dar un paseo, pero la pierna del Padre se resiente: vamos a casa. Leemos durante un buen rato las Consideraciones; el Padre va eligiendo las más adecuadas...»[343].

La velada de aquel último día en Burgos transcurrió haciendo oración el Autor sobre aquel manuscrito. Es todo un símbolo del futuro de aquel pequeño gran libro; un libro, en efecto, para hacer oración y meterse en Cristo. La paz de aquella tarde contrasta con la tensión del momento histórico. Estaban en vísperas del «salto» a Madrid. Finalmente, el día 27 se presentó la oportunidad que esperaba. Fue aquél un día emocionante para Botella, que lo recuerda bien al cabo de los años:

«Estamos en los últimos días de marzo. Todas las maletas están preparadas para tomar el camino de Madrid. El día 27 de marzo, por la tarde, me llamó por teléfono el Padre y me dijo que salía para Madrid, que el camión que le llevaba estaba delante de Concepción 9. Salí de la oficina sin más –yo tenía guardia–, y fui corriendo a despedir al Padre. Llegué cuando ya el Padre estaba sentado al lado del conductor de aquel camión grande. Me vio llegar desde lejos. Me despedí del Padre. Me dijo que las maletas estaban cargadas en el camión»[344].

Interesante notar que la última noticia sobre nuestro asunto hace referencia al título del libro. Cuando el Autor sale para Madrid el 27 de marzo, su libro se llamaba así: Consideraciones. Para la cubierta, había dejado escrita la palabra con letras firmes y enérgicas. En Madrid, en el mes de mayo, el libro se llamará ya con el nombre con el que se ha extendido por el mundo: Camino. Pero esto es adelantarnos en la historia. Ahora, lo que interesa retener es que, en el camión que lo conduce a Madrid, Josemaría Escrivá lleva el manuscrito de su libro.


 

§ 6. Madrid y Valencia: la edición príncipe (1939)

El Beato Josemaría volvió a Madrid el 28 de marzo de 1939. Isidoro Zorzano y su Diario son la fuente principal para fijar los primeros pasos del Autor de C en la capital de España: fue –dice– el primer sacerdote que entró en la capital[345]. Enseguida se reunió con su madre y con los de la Obra que estaban en Madrid. Antes de encontrarse, Zorzano, por su cuenta, había ido con un amigo, ese mismo día 28, a ver qué quedaba de la casa de Ferraz 16:

«Está completamente desmantelada, sin escaleras, barandillas ni entarimado, se conserva únicamente un trecho de barandilla de la escalera de servicio, por único adorno quedan dos faroles, el de la puerta y el del vestíbulo, el primero está intacto. Entre los papelotes y suciedad del suelo encontramos un ejemplar íntegro de las Consideraciones»[346].

 El Beato Josemaría fue al día siguiente a tomar posesión de la Rectoral de Santa Isabel. Allí se instaló con su madre y hermanos y con los que confluían desde los diversos frentes y destinos militares. Botella continuaba destinado en Burgos. Casciaro corría la suerte del Gabinete de Cifra de Orgaz, que terminó llevándole a Valencia. Albareda seguía de Profesor en Vitoria. En Santa Isabel estaban Álvaro del Portillo, Juan Jiménez Vargas, José María González Barredo y Miguel Fisac. E iban llegando unos y otros: miembros de la Obra, antiguos residentes de Ferraz, amigos, etc. Zorzano escribe el día 10 de abril:

«Esta mañana se ha dado ya por terminado el trasiego de muebles y se procede con toda solemnidad a la apertura del famoso Baúl (con mayúscula, porque contiene todos los papeles del Padre); el Padre nos hace la historia del mismo […] Pasamos toda la tarde escudriñando papeles y viendo fotografías antiguas de la primera época; desfilaron las de Somoano, Luis Gordon, de Luchana y Ferraz. El Padre estaba encantado por haber encontrado una serie de apuntes y notas que creía perdidos»[347].

Era el reencuentro del Beato Josemaría y los suyos con toda la documentación histórica del Opus Dei –de la que nos estamos sirviendo en nuestro trabajo–, concretamente con los Cuadernos de Apínt.

1. Cambio de nombre: Camino

Todos alternaban sus tareas militares con los trabajos para acondicionar la Rectoral, cuyo estado era lamentable, y con los encargos que les hacía el Beato Josemaría. Fisac, como hemos visto, ya había estado metido con Casciaro en la reflexión sobre el diseño de C. Él se encargaría de realizar, finalmente, la famosa cubierta de los «nueves». Así lo hace constar Zorzano en el Diario:

«Paco se marchó a mediodía rumbo a Burgos con el firme propósito de hacernos una visita todos los domingos. Fisac se ha dedicado a confeccionar una artística portada para las nuevas Consideraciones que se van a editar»[348].

La primera noticia sobre nuestro libro que encontramos en Madrid conecta, pues, exactamente en el punto en que lo dejamos en Burgos: la cubierta. Nótese de paso que el título del libro es todavía Consideraciones, el segundo título que tuvo el proyecto. Es el 21 de abril. En los días siguientes van llegando libros y papeles de todas partes y la gente se ocupa en ordenar y clasificar[349]. Pero Fisac dedica todo el tiempo que puede a encargos que le va haciendo el Autor de C. La sustancia de su testimonio es ésta[350]:

«Llegado a Madrid, Fisac contactó con Zorzano y se fue a la casa de doña Dolores, la madre del Fundador. Estando allí llegó éste, con la consiguiente alegría de todos. Enseguida se instalaron en la casa del Rector del Patronato de Santa Isabel. Allí había, o se habilitó, una especie de mesa o tablero de dibujo, donde empezó a hacer cosas de diverso tipo que le encargaba el Autor de C. Una de las primeras fue precisamente la portada de este libro, que venía ya escrito y preparado desde Burgos»[351].

No debió ser tarea fácil dar con un diseño que respondiera a lo que «quería» el Autor y a lo que «veía» el joven estudiante de arquitectura. En todo caso, el 13 de mayo le vemos de nuevo sobre la mesa de dibujo:

«Fisac está dibujando la portada para el libro de 'Consideraciones' del Padre, que se titulará ahora Camino»[352].

El libro ha cambiado de título. Ésta es la noticia: ahora se llama ya Camino y por primera vez aparece in scriptis el nombre con el que se haría famoso. Es el momento de detenerse para saber cuanto podamos acerca del cambio de nombre. Es evidente que tiene lugar entre estas dos fechas: 21 de abril y 13 de mayo. Me inclino a pensar que la decisión del Autor, o al menos, la comunicación a Fisac, que hacía la cubierta, y a los demás, no sería muy anterior al 13 de mayo. Más todavía: pienso que Zorzano la escribió en el Diario en cuanto la supo. ¡Era la noticia! No lo era que Fisac estuviese con la cubierta: esto ya era cosa sabida y constaba en el Diario del día 21 pasado. La noticia era el cambio de nombre, que llevaba consigo que Miguel se pusiera de nuevo al tablero para dar forma definitiva al diseño. ¿Cómo se forjó el cambio? En realidad, sabemos poco sobre el tema y ya lo hemos entrevisto. Pero eso, aunque sea poco, debemos exponerlo por su orden.

Hay que partir del manuscrito original, que se acaba el 2 de febrero y el día 11 se entrega a Mons. Lauzurica para el prólogo. En ese breve espacio de tiempo, como sabemos, el libro pasó de llamarse Consideraciones Espirituales a llamarse, sencillamente, Consideraciones. Así consta en las dos versiones mecanográficas de la hoja primera del manuscrito, que se conservan[353], ambas con la dedicatoria a Manolo Aparici. Con este último título se entrega el manuscrito a Mons. Lauzurica. En los dos casos, la hoja 2, con las palabras del Autor al lector, permanecía intocada.

Cuando fue retirada la segunda hoja nº 1 –al decidir el Autor el nombre Camino y que el libro no llevara dedicatoria–, para sustituirla, no se hizo una tercera versión con el nuevo título, sino que escribió la nueva palabra –Camino– en lo alto de la hoja 2, de manera simétrica a la hoja retirada y sin cambiar la numeración ni el resto de la página con las palabras al lector[354]. Por eso, en el manuscrito que se conserva no hay hoja nº 1. A modo de primera página, pero sin numerar, está el texto mecanográfico del Prólogo de Lauzurica. Si, a pesar de todo, conocemos las dos versiones anteriores, es gracias a la costumbre del Autor de no tirar ni romper los papeles, sino aprovecharlos para poder escribir por la otra cara[355].

A mi parecer, el Autor daba vueltas al título del libro desde que decidió ampliarlo hasta 999 puntos. Era en realidad un libro nuevo. Pero, entre los posibles nombres, ninguno se imponía y, por otra parte, el título anterior definía perfectamente, por su género, el contenido del libro. De la documentación se deduce que fue, escrito ya el libro con el título Consideraciones Espirituales, cuando el Autor aborda de manera directa la posibilidad de un cambio en el nombre. Aquellos días en que Vargas y Vallespín están con el Autor en Burgos, mientras éste termina de mecanografiar el original, se prestaban a que el Beato Josemaría les comunicara sus pensamientos. Tal vez allí se «considerara» ya que el libro se podría llamar simplemente Consideraciones. En todo caso, me parece que, como he dicho, esta decisión se relaciona con la visita que el Autor, acompañado por Jiménez Vargas, hizo a Pedro Casciaro, en Calatayud, el domingo 5 de febrero. Llevaba el manuscrito del libro para que Pedro preparara la cubierta. Lógicamente debieron conversar sobre el tema y Casciaro –por lo que veremos después– pudo sugerir al Autor prescindir de la palabra espirituales en el título del libro, para abreviar, o incluso buscar un título más breve. Mi hipótesis es que el Autor en aquella conversación se decide por lo primero. En todo caso, es lo que lleva a la práctica, como hemos visto. Pedro, en consecuencia, podría trabajar la cubierta sobre esa base.

Digo esto porque, estudiando las fuentes documentales, llama la atención que, con toda naturalidad, Pedro Casciaro pidiera al Autor, autógrafa, la palabra Consideraciones para ponerla como título en la cubierta. Lo sorprendente no es que la pidiera escrita de su puño y letra, sino que la pidiera, sin más: porque implicaba un cambio en el título. El Autor, que se resistió al principio –por el personalismo que podía haber en que el título fuera autógrafo, dice Botella–, envió a continuación, sin la menor reserva, la palabra solicitada. Esto sólo se explica porque la palabra que pide Casciaro (en carta de 13 de febrero) es la que el Autor ya había escogido como nuevo título. Casciaro bajo ningún concepto lo habría hecho por su cuenta. Por eso situamos la decisión del Autor en la conversación en Calatayud de 5 de febrero.

Pero el Autor seguía pensando. El proyecto de cubierta fue visto y comentado con los Obispos de Vitoria y Tortosa, que hicieron –dice Botella con humor– «elogios episcopales». También pudo comentarse el título... Pero esto son meras suposiciones. Debemos volver a la Rectoral de Santa Isabel para saber algo más:

«Cuenta Miguel Fisac que un día el Padre les dijo en conversación –a los tres o cuatro que allí se encontraban: Isidoro Zorzano, Juan Jiménez Vargas, quizá Paco Botella y él– que había que editar en seguida el libro de Consideraciones, pero que ya no se llamaría así, sino con otro nombre más breve. Les dijo dos o tres posibles nombres en que venía pensando –es una pena, pero Fisac sólo recuerda el de Camino– y les preguntó qué les parecía. Era muy de su estilo. No recuerda Fisac qué dijeron ellos, si es que dijeron algo, pero el Padre dijo finalmente que sería Camino el nombre del libro. A él –a Fisac– le gustó, también porque era más corto y facilitaba la portada, en la que ya estaba trabajando»[356].

Para la génesis «externa» del título del libro disponemos de un último documento que, a la luz de lo que venimos diciendo, se comprende perfectamente. Botella, al regresar a Burgos después de uno de sus fines de semana madrileños, escribe a Casciaro contándole las noticias de la capital. Le habla, claro está, de la marcha del libro que uno y otro han vivido tan de cerca y, en lo que a nosotros interesa, dice:

«El libro de Mariano ya no se llama Consideraciones. Hemos seguido tu idea, artista, y como la palabra Camino tiene menos letras, y más elegantes, se ha decidido sustituya a la anterior. El papel va a resultar también muy económico»[357].

Casciaro y Botella estaban perfectamente en autos del tema de la cubierta y de la búsqueda –que hemos relatado– de un título más breve para el libro, en la que insistía Casciaro desde Calatayud. «Tu idea»: por la redacción podría entenderse que «la idea» de Casciaro era que el libro se llamase Camino. Ya sabemos que la idea de Casciaro era que el título fuera breve, una palabra, y lo había conseguido: Consideraciones. Camino, el título que el Autor finalmente decide, responde aún más a la idea del «artista»: «menos letras, y más elegantes», dice Botella. Interesante: ya no se habla de que el título sea autógrafo[358].

¿Por qué eligió el Autor ese título para su libro? ¿Qué mensaje tiene esta palabra –Camino– en el título de esta obra?[359]. Esto ya es entrar en otro terreno. Pocas palabras de tanta entraña bíblica, evangélica, con tanto sabor a primitiva cristiandad. A partir de la segunda edición, el libro saldrá siempre precedido del verso de San Juan (14, 13): «Yo soy el Camino», y de una lámina con la figura de Cristo, que en las primeras ediciones es el Cristo con la Cruz a cuestas de El Greco: «Cruz, trabajos, tribulaciones: los tendrás mientras vivas. –Por ese camino fue Cristo, y no es el discípulo más que el Maestro» (p/699). La lámina y el verso son la esencial hermenéutica del título.

Pero hay más en este título tan breve. Pocos días después de que el Autor diera el nuevo nombre al libro, escribía dirigiéndose a Álvaro del Portillo, que seguía en Cigales (Valladolid):

«Saxum ¡qué blanco veo el camino –largo– que te queda por recorrer! Blanco y lleno, como campo cuajado. ¡Bendita fecundidad de apóstol, más hermosa que todas las hermosuras de la tierra! Saxum!»[360].

En aquel radical marco cristológico del «Camino», entra esta segunda aproximación al tema. El Camino que es Cristo se hace para cada uno llamamiento personal, vocación que señala un camino que tiene sus dimensiones y características propias. Es el camino personal del cristiano, del apóstol de Cristo, lleno de una fecundidad que en la pluma del Autor se expresa en prosa poética: «más hermosa que todas las hermosuras de la tierra». Álvaro del Portillo sería el sucesor del Beato Josemaría al frente del Opus Dei.

En junio de 1939 –cuatro meses antes de estar en las librerías– el Autor escribió una carta circular (manuscrita) para acompañar a «Noticias» de ese mes:

« + Pronto tendremos casa..., si empujáis con vuestra oración y vuestros sacrificios y vuestros deseos de coger los libros. Mientras, no me perdáis vuestra bendita fraternidad: vividla cada día más, y manifestadla con vuestra colaboración en este afán común de rehacer nuestro hogar. Que pronto nos veamos reunidos, junto al Jesús de nuestro Sagrario. Josemaría»[361].

La cuartilla acaba con esta postdata:

 «P.D. 'Tu desidia, tu dejadez, tu gandulería son cobardía y comodidad –te lo arguye de continuo la conciencia–, pero no son camino'.

(Del libro 'Camino', en prensa, con prólogo del Excmo. y Revmo. Sr. Obispo de Vitoria)».

Estamos ante la primera «publicidad» del libro. El «anuncio» lo hace el propio Autor, que elige el que será p/348. Quiere sacudir a esa juventud que ha dejado las armas y ha perdido el hábito del estudio. Pero, al elegir este punto para presentar el libro a los «chicos», me parece que el Autor les brinda, a la vez, la interpretación existencial del título del libro. En el camino o modo de seguimiento de Cristo que propone, ocupa un lugar central el trabajo, con sus exigencias humanas, como las que destaca en el «anuncio». O la alegría, «parte integrante de tu camino» (p/665). De ahí que el libro, desde su punto primero, proponga como panorama de la existencia cristiana en el mundo «encender todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón». Esta idea de «camino» como seguimiento de Cristo con características concretas y objetivas para cada persona –«tu camino»–, que es fruto de una vocación, de una llamada divina personal, aparece por todas partes en el libro y lo vertebra[362]. De ahí la alegría del Autor ante aquel cartelón del que hablaremos después: «Cada caminante siga su camino»...

El Autor comienza enseguida las gestiones de edición. Tiene urgencia en poner en la calle este instrumento que estima importante para la expansión del mensaje que Dios le hizo entender el 2 de octubre de 1928. El 31 de mayo, de madrugada, el Beato Josemaría salió para Burgos en coche. Le acompañaban su hermano Santiago y Vicente Rodríguez Casado, que se quedaba en Valladolid, donde seguía destinado. Regresó bien entrada la noche, trayéndose a Botella. Zorzano en el Diario escribió el día antes que el objeto del viaje era «ver si consigue editar Camino en las mejores condiciones posibles»[363]. Botella en carta a Albareda lo explica algo más:

«Se me presentó el miércoles una ocasión magnífica de ir en tres horas y media a nuestro caserón de Madrid […] El libro de Mariano va a salir enseguida. Sánchez Bella[364] se encarga de imprimirlo en su imprenta, y el coste será mínimo. También el papel –éste fue el objeto del viaje a Burgos– va a resultar muy económico»[365].

Se trataba de obtener la preceptiva asignación gubernamental de las resmas de papel necesarias para la edición. Tal vez sea éste el momento de aludir a otra reflexión del Autor, que comunicaba con los que le acompañaban, aunque no se refleja excesivamente en cartas y diarios. Me refiero a la cuestión del formato y tamaño del libro. Una cosa tenía clara y era punto de partida: el libro no tendría el clásico aspecto de los libros de espiritualidad en la época con las tapas negras y los cantos rojos o dorados. Aparecería con un diseño «civil». Todo el «debate» que hemos presenciado acerca de la cubierta tiene este trasfondo. Lo que sopesaba el Autor era si el libro debía ser de pequeñas dimensiones –para que lo pudieran llevar en el bolsillo de las camisas o de las guerreras, incluso en los frentes– o un formato de mayores dimensiones que diera prestancia al libro y a su contenido. De ahí que las advertencias a Casciaro sobre la cubierta tuvieran siempre esta reserva: «depende del tamaño que se elija»[366]. En esa elección gravitaban, sin duda, los posibles recursos económicos, que en la época de Burgos se pensaba sufragar con los atrasos del sueldo de Rector de Santa Isabel, si es que los concedían. Mi impresión es que el Autor, mientras estaba en Burgos –es decir, cuando pensaba en imprimir el libro durante la guerra– tenía la idea de hacer una edición de formato pequeño, para su utilización en los frentes, como he dicho. Pero el proyecto de edición en la fase de Burgos nunca dio pasos operativos y el Beato Josemaría, mientras encargaba a Casciaro las gestiones, lo que tenía delante era el final de la guerra, que se veía inmediato, sobre todo después de la caída de Barcelona (26 de enero de 1939). Aparte de que era muy difícil conseguir papel y, además, no tenía el dinero, pues lo de Santa Isabel se dilataba ad kalendas graecas[367].

Al finalizar la contienda y situarse de nuevo en Madrid, el Autor da al libro su nombre definitivo y se decide por el formato grande, sobre todo al encontrar facilidades gracias a la buena disposición de José Lorente, Subsecretario entonces de Interior, para autorizar para la edición el papel adecuado, y, sobre todo, a su amistad con los Sánchez Bella, que tenían una tipografía en Valencia y se encargarían de la edición del libro.

Ante el buen resultado de su gestión en Burgos, el Autor pone inmediatamente a trabajar a los «chicos»: había que hacer, ahora de verdad, el índice de conceptos que asustaba tanto a Botella. La noche del 31 de mayo volvía el Autor a Madrid y a la mañana siguiente abordaron ya la tarea:

«Entre todos se confeccionan los índices de Camino, que se dará en breve a la imprenta»[368].

Pudieron empezar donde habían terminado en los intentos de Burgos. El Autor se había traído el manuscrito original y todos los papeles: las «gaiticas», etc.[369]. El propio Botella no salía de su asombro al ver la eficacia del nuevo equipo y, al volver a Burgos, escribe a Casciaro:

«Ayer por la tarde estuvimos [en Madrid] casi toda la tarde ocupados en la confección de un índice para las «gaiticas». Va a resultar francamente bien. Quería el abuelo que ultimáramos pronto eso, porque el día 5 de este mes tiene que estar [el abuelo] en Valencia. Seguramente saldrá para allá el 3 ó el 4. Quizá venga [a Madrid] Sánchez Bella por él y se vayan en coche. Hace unos días pasó por casa Sánchez Bella y puntualizó todos estos detalles. Como os he dicho, va a facilitar la impresión del libro de Mariano»[370].

2. Los trabajos de edición en Valencia

Debieron terminar el trabajo, bajo la batuta del Autor, en un par de días. El día 4 llegó en coche Rafael Calvo[371] con algún otro y el Autor salió en efecto para Valencia el lunes 5 de junio, después de almorzar, llevando el manuscrito[372]. Iba a emprender una intensa labor apostólica entre los universitarios de Valencia. La noche de ese día comenzó a predicar EjEsp a un nutrido grupo de jóvenes –profesores y estudiantes– en el Colegio Mayor Beato Juan de Ribera, en Burjasot (Valencia), una prestigiosa institución de la vida cultural valenciana. Al llegar a la casona de Burjasot se topó con el indicador a que antes he aludido, en el que se leía: Cada caminante siga su camino. Le sorprendió. Los que le acompañaban se disculparon: era un resto, todavía no retirado, de la ocupación del edificio por el ejército republicano[373]. «Dejadlo –les dijo–. Me gusta»[374]. Allí se quedó para que lo consideraran todos. Después se ha sabido que probablemente era obra de Antonio Machado[375]. El tema del cartel –cuentan los que hicieron el retiro– le sirvió de continua referencia durante la predicación[376]: Cristo es el Camino de todos y en Cristo cada uno tiene su vocación personal, su camino, y había que seguirlo. Era el tema del manuscrito que llevaba en la cartera... Ese mismo día C entraba en la imprenta. Al día siguiente, 6 de junio, el Autor escribe a los de Madrid:

«El libro está en la imprenta, con el folleto[377]. Creo que la impresión será muy buena»[378].

En Valencia estuvo del 5 al 17 de junio. Las gestiones para la edición tenían lugar desde Burjasot, mientras predicaba. Uno de los asistentes recordaba, años después,

«las muchas reuniones que tenía con algunos ejercitantes y con otras personas que venían todos los días de fuera, y que al fin supimos que se referían a la edición que se estaba preparando de un libro que ya había publicado antes de la guerra civil, pero que ahora quería editar por primera vez –ampliándolo mucho– con el nombre de Camino. […] Las personas que más se reunían con él, para tratar de esa edición eran –si no recuerdo mal– Rafael Calvo Serer, Alfredo Sánchez Bella, Amadeo Fuenmayor, [José Manuel] Casas, Antonio Huerta, y algún otro que yo no conocía»[379].

Rafael Calvo anota el 16 de junio:

«Alfredo, que hace las gestiones para editar Camino, lleva al Padre las primeras pruebas. Se dispone de buen papel»[380].

Al día siguiente Casciaro escribía a los que estaban en Olot:

«Esta mañana, después de la Misa, el desayuno hablando de la impresión del libro. Todos están en muy buen plan y valen mucho intelectualmente. El libro es un hecho; ya hemos concretado formato y número de volúmenes: diez mil»[381].

Es éste el momento de subrayar la actuación tan generosa que tuvo en toda la operación don Hipólito Sánchez, el padre de los Sánchez Bella. Tenía una pequeña empresa tipográfica, de tipo familiar, «Intertype composición mecánica», muy prestigiosa en Valencia. En su imprenta, por la mediación de su hijo Alfredo, se hicieron las diversas pruebas y ensayos de composición del libro –que cobró a precios reducidísimos– hasta dar con el formato definitivo. Entonces el propio don Hipólito señaló, como imprenta más adecuada para la composición definitiva, «La Semana Gráfica», donde efectivamente se compuso[382]. Pero volvamos a la noticia de Calvo.

Su alusión a las «primeras pruebas» inicia todo un conjunto de informaciones sobre la impresión del libro, sumamente prolijas y, sobre todo, no siempre fáciles de entender por provenir con frecuencia de personas que no dominan el peculiar lenguaje de los tipógrafos[383]. Tendremos que interpretarlas buscando la coherencia de unas con otras. Es claro que estas «primeras pruebas» de las que habla Calvo Serer, no son las galeradas o «primeras pruebas» de un libro, que se corrigen para pasar a «segundas pruebas». Son unos ensayos compuestos en «Intertype», con diferentes tipos de letra y de caja, para que el Autor se sitúe, elija y dé indicaciones más precisas[384]. El propio Calvo nos da más noticias al día siguiente, a la vez que cambia de terminología:

«Se dispone nueva forma del libro, para evitar quede como un folleto»[385].

Se deduce con claridad lo que ha ocurrido: el Autor, a partir de aquella prueba, había dado instrucciones sobre el formato, la caja, el tipo de letra, etc. La «forma» que vio el Autor tenía el texto apretado y las líneas cortas, lo que no daría prestancia al libro, que parecería un folleto[386]. Lo que se quería, como sabemos, era un libro de buenas proporciones y de estilo no convencional. Esa misma tarde el Autor salió para Madrid[387], contento de cómo se planteaba la edición, aunque todavía tenía que hacerse esa nueva forma, otro nuevo ensayo.

El lunes 19 hay una llamada telefónica de Valencia. Francisco Botella, que se encontraba ese día en Madrid, es ahora nuestra fuente:

«Era Rafael [Calvo Serer], que lanzó una densa emisión de cuestiones a resolver. Supongo que hoy Mariano habrá contestado todo; las condiciones del libro le convencieron»[388].

Al día siguiente Zorzano en su Diario anota la llegada de Alfredo Sánchez Bella, que viene con la nueva forma[389] de que hablaba Rafael Calvo y con su gran optimismo:

«Nos dice que Camino saldrá dentro de un mes»[390].

El Autor sale el 22 de junio para Vitoria –acompañado por Sánchez Bella hasta Burgos[391]–, donde va a predicar EjEsp. Hace una nueva visita a Lorente para proponerle, ya en concreto, que autorice para la edición del libro unas resmas de excelente papel, incautado en Valencia por el Gobierno al ser ocupada la ciudad y cuya existencia conocía Sánchez Bella. Parece que el resultado de la gestión fue positivo[392]. El Autor continuó su viaje a Vitoria y Sánchez Bella regresó a Madrid, y a continuación a Valencia, con el dictamen del Autor acerca de la nueva forma[393]. En Valencia, ya en «La Semana Gráfica», comenzaron a trabajar inmediatamente y a gran velocidad. Mientras tanto, el Beato Josemaría seguía en Vitoria, donde estuvo hasta el 13 de julio[394].

A la hora de seguir el proceso de impresión y edición del libro es importante el diálogo telefónico de 1º de julio. Francisco Botella llama a Valencia[395] y redacta una nota de la conversación para entregar al Autor:

«Hemos hablado por teléfono con Valencia. Se ha puesto al aparato Alfredo [Sánchez Bella]. Noticias que da: [...] La prueba del libro quedará hoy corregida. Resulta en buenas condiciones, acoplándose a las directrices que se les dieron. Tiene cerca de 200 páginas. Estará para Santiago. De papel bueno no se pueden tirar más que 5.000 ejemplares, el resto se puede hacer en papel de clase inferior, a no ser que se espere a encontrar ocasión oportuna para mejorarlo. De momento, no hay más de la calidad primera. El coste no será superior al previsto: alrededor de 5.000 ptas. Los folletos de Santo Rosario están ultimados. Los tiene Alfredo»[396].

Pienso que lo que dice Botella es que ya están empezando a entregar desde la imprenta las «primeras pruebas» en sentido propio (galeradas) y que van a salir unas 200 páginas de texto. En Valencia ya las están corrigiendo. Así lo explica Casciaro, que ahora está allí con el Cuartel del General Orgaz:

«Alfredo ha empezado a corregir las pruebas del libro. Rafael [Calvo Serer] me ha dicho hoy que conviene que las revise yo también para que no se escapen erratas; él no puede hacerlo por la prescripción del médico de que no deje Burjasot y no altere el régimen»[397].

El día 11 Casciaro escribe al Autor para comunicarle que al final de esa semana el libro «estará ya ajustado y podré corregirlo conjuntamente con Rafael»[398]. Si es técnicamente exacto lo que dice Casciaro, esto significa que Sánchez Bella ha corregido las primeras pruebas, que a continuación se han incorporado en la imprenta los errores y erratas descubiertos y que han pasado ya a «ajustar» el libro –y a paginarlo–: estas «segundas pruebas» son las que van a corregir Calvo y Casciaro. Realizada esta operación, Fuenmayor va en 21 de julio a Madrid con las pruebas y Calvo, ese mismo día, anota con su peculiar terminología:

«Al tener las pruebas del 3er formato de Camino, Amadeo las lleva a Madrid, donde pasa unos días y se da la forma definitiva»[399].

En Madrid, cuando llega Fuenmayor, están en plena mudanza: dejan Santa Isabel y se trasladan a unos pisos de la calle Jenner, sede de la nueva Residencia de Estudiantes (la de Ferraz ha quedado por completo impracticable). El domingo 23 ya duermen todos en la nueva casa, pero no el Beato Josemaría, que está desde el día 19 en Ávila con el Obispo de la Diócesis, don Santos Moro[400]. El Prof. Fuenmayor se queda en Madrid esperando al Fundador del Opus Dei, que vuelve el día 25 y examina el paquete de pruebas corregidas.

Este tránsito del «3er formato» a la «forma definitiva» es el que ofrece más dificultades de interpretación. ¿Qué ocurrió? La carta de Sánchez Bella al Beato Josemaría, que trae consigo Fuenmayor, pone de manifiesto que lo que se espera del Autor no es una corrección de pruebas, sino la conformidad con el «formato», es decir con la estructura y paginación del libro[401]. Sánchez Bella espera incluso una simple llamada telefónica, para pasar a imprimir. No fue así. Fuenmayor vuelve a Valencia el 29 de julio[402] llevando no simplemente unas pruebas corregidas, sino instrucciones para la «forma definitiva» (el 4º formato, que diría Calvo), que implicaba pasar –manteniendo la composición– de las 200 páginas, más o menos, que tenía el «formato 3º», a las 336 del libro actual.

Fuenmayor, al regresar a Valencia, escribe al Autor –después de conversar detenidamente con Casciaro y Sánchez Bella– diciendo que el libro

«comenzará a imprimirse inmediatamente, aunque elevando el precio a 10 ptas., para salvar la edición, dados los gastos inútiles del formato corregido»[403].

Qué sean «forma», «formato», «prueba», «pruebas» en toda esta correspondencia no lo sabemos con certeza. Lo que sabemos es que todos estos cambios hicieron muy lento el trabajo, aparte de encarecerlo. El libro, que aseguraba Sánchez Bella iba a estar el día de Santiago, está todavía en 1º de agosto con la cuestión de los «formatos». En todo caso, parece que la edición ahora se encamina en línea correcta: se empezará a imprimir inmediatamente, dice Fuenmayor. También esto hay que entenderlo bien: quiere decir –me parece– que se iba a proceder primero a la preparación de la «forma definitiva», para lo que haría falta algún tiempo en la imprenta, nuevas pruebas y proceder a corregirlas[404]. El 10 de agosto, finalmente, está a punto el nuevo «formato» y se hace la corrección de pruebas. El propio Fuenmayor informa al Autor:

«Anteayer corregimos las pruebas del libro, que, por cierto, no tenía casi ninguna falta y que, al parecer, resultará estupendo de presentación»[405].

Pienso que el nuevo «formato» no implicaba «componer» de nuevo, sino, aprovechando las líneas compuestas, reestructurar la paginación, los blancos y la distribución del texto: es decir, «ajustar» de nuevo un texto que ya había sido corregido en «galeradas» (Sánchez Bella) y en «segundas pruebas» (Calvo Serer y Casciaro) y revisado en Madrid, posiblemente por el propio Autor. Por eso puede decir Fuenmayor que ahora, al corregir, apenas habían encontrado faltas. Pero esa nueva paginación tendrá que verla el Autor

Nuevo viaje a Madrid. El día 21 llegan, con Alfredo Sánchez Bella, estas «terceras pruebas», que Calvo llama «pruebas completas»[406]:

«Han venido los valencianos Alfredo y Salvador. Están muy satisfechos de la marcha de los asuntos en Valencia. Han traído las pruebas del libro Camino. Tal vez esté tirado a final de mes»[407].

Siempre el optimismo de Sánchez Bella. El libro saldrá en efecto a fin de mes, pero del mes siguiente... No obstante, tenía motivos para estar contento, pues estas pruebas eran ya prácticamente el libro. Son las únicas pruebas de todo este proceso que conocemos; ciertamente, en cantidad simbólica, gracias al expediente de censura gubernativa, que el propio Sánchez Bella debió gestionar con ocasión de su visita. Lleva la fecha (de entrada y de salida) de 24 de ese mismo mes de agosto[408]. Lo que ahora nos interesa es que en el expediente están las cuatro primeras páginas de las pruebas de C: portada, página de créditos, página con el Prólogo de Lauzurica –que finalmente se llama «Introducción»– y página con las palabras del «prólogo» del Autor. Son efectivamente «segundas» o «terceras pruebas», prácticamente idénticas al texto definitivo. La más destacada diferencia con éste se encuentra en que la página de créditos no incluye todavía el imprimatur.

Sánchez Bella regresó a Valencia con las «pruebas completas» provistas del visto bueno del Autor. En «La Semana Gráfica» corrigieron y ajustaron definitivamente el texto, y los moldes fueron finalmente trasladados a los talleres de «Gráficas Turia», donde el libro se había de imprimir. Allí estaban depositados, ya desde el mes de julio, el papel y la cartulina para la edición.

Del 5 al 20 de septiembre el Beato Josemaría, acompañado de Álvaro del Portillo, está otra vez en Valencia. Del 10 al 16 predica de nuevo EjEsp en Burjasot. El Autor gestionó entonces con don Antonio Rodilla, Vicario General de la Archidiócesis, todo lo relativo a la censura eclesiástica del libro con vistas al «imprimatur», que lleva fecha de 8 de septiembre[409]. Ese mismo día hay una escueta anotación del Diario, que nos habla de una visita del Autor a «Gráficas Turia», donde el libro estaba ya dispuesto para la tirada:

«El Padre, con Álvaro, Alberto [Sols] y Rafael [Calvo] da los últimos toques en la imprenta»[410].

Esos «toques» tenían un contenido muy concreto y sencillo: remodelar la página reverso de la portadilla para incluir el imprimatur de que hablamos. El libro quedaba así en condiciones de proceder a la tirada. El día 13 Álvaro del Portillo llama a Jenner para que dispongan espacio para almacenar el libro[411]. El 20 de septiembre el Beato Josemaría, acompañado por del Portillo regresa a Madrid[412]. A fin de mes salen los primeros ejemplares. Se acabó de imprimir –dice el colofón– el 29 de septiembre.

3. El libro

a. La cubierta: una greca de «nueves»

No debemos seguir avanzando en la descripción del proceso editorial en Valencia sin hablar ya despacio de la tan traída y llevada cubierta de los «nueves» de esta primera edición, a la que hemos hecho alusión en diversas ocasiones. El tema lo había ya señalado el Autor en Burgos, como bien sabemos, pero fragua en Madrid en pleno mes de julio, cuando se adquirió la cartulina para las tapas y parecía inmediata la edición del libro[413]. La información proviene, fundamentalmente, de un intercambio de cartas de Fisac con Casciaro y Sánchez Bella, y de las conversaciones del primero con el autor de esta edición crítica. Pero comencemos dejando la palabra al propio Autor, que evoca el tema en 1955. Le habían preguntado por C:

 «En cuanto a la presentación de Camino, quise romper la tradición española de presentar los libros piadosos con portadas negras, y le dije a Miguel Fisac que lo hiciese con formas nuevas, para que llegase a todos los lugares»[414].

El diseño de la cubierta, realizado en efecto por Fisac, había sido muy contrastado y tenía la aprobación del Autor. Ya estaba en Valencia. Pero Fisac se preocupó cuando Sánchez Bella le dijo que la cartulina adquirida para la cubierta del libro era de color naranja. Esto no encajaba con el verde que el diseño preveía para los «nueves». Con estos datos el lector se sitúa ante esta carta de Casciaro a Miguel Fisac:

«Querido Miguel:

Contesto a tu conferencia telefónica remitiéndote una muestra de la cartulina de que se puede disponer. En Valencia no hay otra cosa y parece que fuera de Valencia tampoco en la cantidad que se necesita.

Realmente no es ni mucho menos color naranja. Tal vez iría bien si el verde [se refiere al verde de los «nueves»] es muy intenso. Esto, unido a la banda de papel, que en este caso puede ser blanco con letras rojas.

Otra solución pudiera ser poner una envoltura de papel satinado blanco con el dibujo proyectado para la portada. No sé si me entiendes; por supuesto, te estoy escribiendo a una mecha imponente.

Contesta enseguida, a ser posible por teléfono, sobre si la cartulina sirve. Yo he perdido el sentido estético y quizá por eso me parece aceptable. En caso de emplearla, creo que debiera ponerse por el lado más áspero.

Manda el Ex-libris!

Escribiré luego más despacio. Quiero que la cartulina no pierda el correo de hoy. […] Abrazos. Pedro»[415].

El día 15 Sánchez Bella llama a Fisac para urgirle la respuesta a este tema y a otros pendientes. El Autor está ya en Madrid de vuelta de Vitoria y Fisac puede consultar con él los diversos asuntos. Ese mismo día escribe Miguel esta carta, que señala lo que realmente se hizo en la cubierta del libro:

«Querido Alfredo:

Como ya te he dicho por teléfono, te pongo unas letras para terminar de concretar algunas cosas del libro. Se puede con esa cartulina encuadernar el libro y después poner como un forro de papel muy blanco y mate, en donde vaya la portada. No hará esto raro, pues en libros –sobre todo extranjeros– es muy corriente. Este como forro debe ir pegado a la cartulina por el lomo.

Como no me fío mucho de mis formas de expresión te hago un pequeño esquema[416]. No creo que haga falta decir que tanto las pastas como el forro deben ser algo mayores que el resto de las hojas, 5 mm. por ejemplo.

He hecho dos o tres intentos de Ex-libris y no sale. Podríais ensayar poner la misma greca de la portada en la contraportada o simplemente dejarla en blanco, con el precio marcado en la parte inferior.

[…]

Un fuerte abrazo, Miguel»[417].

A la luz de esta correspondencia parece claro:

a) que se acepta la solución que Casciaro propone ante el «naranja» de la cartulina: una sobrecubierta de papel blanco –muy blanco, subraya Fisac–, pero no satinado –como apunta Casciaro– sino mate, y pegada esa envoltura al lomo. Igualmente se aceptó la faja con el texto en letras rojas. Así se hace y así está en los ejemplares del libro;

b) que el diseño originario de la cubierta preparada por Fisac incluía ya los nueves como «greca»: no es la cubierta originaria un conjunto de tres nueves verticales, sino una greca de nueves, con tres nueves enteros en el centro y dos medios nueves en los extremos;

c) la novedad que ahora introduce Fisac es la alternativa al ex-libris, que «no le sale» con las prisas: propone reproducir la greca de los nueves también en la sobrecubierta posterior, que es lo que efectivamente se hará.

El diseño originario de la cubierta no se ha conservado. Pero se conserva el boceto de la greca de los nueves, que Fisac tenía entre sus papeles de arte y arquitectura y que regaló al autor de esta edición crítica con ocasión de nuestras conversaciones sobre el tema[418]. El boceto tiene el mismo diseño –exacto– que los nueves de la greca del libro, pero algo más pequeño: el nueve tiene 4'2 cm de altura, y el de la edición príncipe 4'9. Es un trozo de papel fuerte para dibujo, tamaño octavilla, con el borde derecho cortado de fábrica y los otros tres bordes con señales de haber sido cortados a mano doblando previamente la hoja más grande de que procede. La greca, dibujada en vertical sobre la octavilla apaisada, está formada por un nueve en el centro, otro casi entero arriba y el inicio de otro nueve abajo (este inicio de abajo es lo que le falta al nueve de arriba). El color verde es más vivo que el de la cubierta del libro, que salió más atenuado. La greca de esta octavilla no es un trozo de una greca más larga –como será la del libro–, sino el esbozo completo. El Autor de C escribió en el dorso, de su puño y letra y con tinta: «En casa de Lázaro / Con los primeros Doce»[419].

Miguel Fisac, rememoraba esta historia en la ya citada conversación:

«A su entender –soy yo el que relata– se cometieron dos errores en la imprenta: primero, que la greca de los 999 tenía que estar centrada sobre el nombre del autor y no desplazada arbitrariamente a la derecha, como hicieron; segundo, el nombre Camino tenía que haber sido con letras más consistentes y enérgicas, de manera que destacara y dominara a la greca de los 999, que había de tener carácter de fondo. El nombre del libro salió de hecho con letras a su juicio demasiado tenues»[420].

Debo agregar otro texto de mis notas de aquella conversación:

«Otra cosa interesante que confirmó Fisac es que el nombre del Autor se compuso cuidadosamente en un tipo de letra inglesa que evocaba un tanto la grafía del Autor. Casciaro , que estaba en Valencia y que tenía la paternidad de la idea –comento yo por mi cuenta–, no volvió a insistir en que el título del libro fuera autógrafo del Beato Josemaría»[421].

El libro tenía, pues, 999 consideraciones –agrupadas en 46 caps–, que en la tradición editorial y espiritual se conocen como los puntos de C. Este número dio lugar a muchas habladurías. En el coloquio romano que he citado más arriba preguntaron al Autor sobre el tema:

«999 era una devoción un poco ingenua a la Trinidad. Por jugar me gusta el 1, el 7... algunos han querido buscar una razón esotérica, pero no existió»[422].

La realidad era así de sencilla... y profunda: el número 999, elegido para el último punto de C, respondía al amor del Beato Josemaría a la Trinidad[423], que se expresaba en el «juego» y en el «mensaje» de los números, como en la antigua tradición filosófica y patrística. Lo mismo ha de decirse –aunque esto no trascendió a los maliciosos– de la edición a velógrafo de Cem, cuyo número de consideraciones tenía también, aún más evidente, una «clave trinitaria»: 333. Su predilección por el 3 y el 9, como expresión de su amor adorante a la Santa Trinidad de Dios, la había explicado ya en un documento de 1935:

«Hágase con los nuevos alumnos grupos de nueve. Podrían ser grupos de ocho o de once: se cumpliría igualmente la finalidad, que no es dar aires de conferencia a la charla de formación, y adquirir el ambiente cordial, de familia, que es uno de los caracteres de la obra de San Rafael. Ponemos 9 (3+3+3), por devoción a la Trinidad Beatísima»[424].

Venían precedidos los 999 puntos por una página, sin título alguno, con unas breves palabras al lector, que son un desarrollo de las líneas del mismo tipo que ya estaban en Cec. El Autor quiere meter a los lectores «por caminos de oración y de Amor». Tienen gran importancia estas líneas a la hora de situar la intencionalidad del Autor al escribir el libro, tema del que nos ocupamos infra § 11, 1. Y antes, bajo el título «Introducción», el prólogo de Lauzurica, que capta bien la fuerza interior del libro y la radicalidad cristiana que plantea a los lectores.

b. El libro: descripción

Pasemos ahora a describir formalmente el libro cuyo proceso redaccional y editorial hemos seguido. La edición príncipe de C es en cuarto mayor. Sus medidas son: 18 x 26 cm. Está encuadernado en rústica y la cartulina usada para las cubiertas es de un color beige verdoso –llevaba razón Casciaro al decir que no era naranja–, con una sobrecubierta de color blanco mate, que hace en realidad de cubierta del libro: está pegada a la cartulina por el lomo, abrazándola con unas solapas en blanco.

En la sobrecubierta anterior está la portada de los «nueves»: a 3 cm del borde superior está en letra inglesa el nombre del Autor, con grafía que recuerda a su propio autógrafo: todo en letra minúscula, con el acento ortográfico fuertemente señalado en «josé» y en «escrivá» y ausente en cambio en «maria». El título del libro –Camino–, a 9'3 cm del borde inferior, con diseño en versales del tipo Bodoni Antica, afinado, de 27 mm de altura. La greca de los «nueves», vertical, que hace de fondo, está desplazada hacia la derecha, a 8 cm del borde izquierdo; es de color verde bastante intenso, con tres nueves íntegros en el centro y dos medios nueves junto a los bordes inferior y superior del libro. En la sobrecubierta posterior se repite la greca verde con la misma estructura y disposición. El juego de verde y negro serán la motivación estética de la edición.

El libro tiene 336 páginas: 21 pliegos de 16 páginas, numerados –los pliegos– en el ángulo inferior derecho. Los pliegos vienen sin cortar en el borde superior. El papel es de buena calidad: blanco mate, un punto ahuesado, con mucho cuerpo. Sin páginas de respeto, el libro comienza directamente por la portadilla (pg 1), con el título a 8 cm del borde inferior, en verde y caja alta de 18 puntos. La pg 2 está en blanco. La portada, pg 3, tiene caja alta de tipo de palo (Helvética) y textos centrados: el nombre del Autor, de 4 mm y a 4 cm del borde superior; el título del libro, en verde y caja alta de 13 mm. A 4 cm del borde inferior, en dos líneas, la ciudad y la fecha, en romanos, de 3 mm: valencia | mcmxxxix. En el reverso de la portada está la página de derechos, en cuerpo 8. En la parte superior derecha se lee: «Es propiedad | Queda hecho el depósito que marca la Ley | Copyright, 1939, by | Ediciones C. I. D. [en tinta verde] | Printed in Spain». En posición simétrica, en la parte inferior de la página, la autorización eclesiástica: «Imprimatur: | Valencia, 8 de septiembre de 1939 | Antonio Rodilla | Vicario General». Debajo, a la izquierda, a 3’5 cm del borde, los datos de la impresión, en composición sencilla en versalitas[425]: «gráficas turia | pintor s. abril, 12 | teléfono 10-0-77 | valencia». La pg 5 es la «Introducción» de Lauzurica, compuesta en cursiva de cuerpo 12 y en caja de 7 cm de ancho. La pg 7, con caja de 8 cm, contiene las palabras del Autor al lector: están en la segunda mitad de la página y son 14 líneas, dispuestas en forma de composición poética, en negrita y con un tipo peculiar de letra. El Índice del libro está en las páginas 9 y 10, compuesto en mayúsculas de cuerpo 10 y con las letras espaciadas.

En la página 11 comienza el texto del libro. La caja es de 24’5 x 40’5 cíceros, lo que proporciona a las páginas una gran belleza y una notable amplitud a los márgenes: 3 cm para los laterales y 5 para el superior y el inferior. En las cornisas par e impar de las páginas y en caja alta figuran, respectivamente, el nombre del Autor y el título del libro; ambas cornisas se sitúan junto al lomo, separadas de la caja del libro por un filete muy fino, situado a 1 cm de la caja y recorriendo toda la anchura de ésta. En el margen inferior, a algo menos de 1 cm de la caja, centrado y entre guiones amplios, figura el número de cada página. Los títulos de los 46 caps del libro están en portadillas de caja alta y color verde, letra del tipo Belwe Medium, cuerpo 18. El texto de cada cap comienza en página impar a 10’5 cm del borde superior, con letra del tipo Centenial, cuerpo 10 en negrita. El número de cada punto de C, alineado en el margen izquierdo, es, como las portadillas, tipo Belwe Medium de cuerpo 16, impreso con tinta verde. El espacio en blanco entre los distintos puntos oscila en torno a 1 cm.

El texto del libro acaba en la pg 328 y en la 329, sin portadilla previa, comienza el «Índice alfabético», con la misma caja y en negrita, como el texto: los 135 conceptos van en mayúsculas, seguidos en la misma línea de los números de los puntos correspondientes de C. En la pg 336, sin numerar, figura el colofón, en forma de pirámide truncada e invertida, que dice: «Se acabó este libro de imprimir | en los talleres «gráficas | turia», de valencia, el día | 29 de septiembre de | mcmxxxix». Fuera del colofón, como añadido en la parte inferior de la página, en mayúscula de cuerpo 13 y color verde, se lee: «año de la victoria»[426].

c. Precio, editorial y tirada

Al comenzar las gestiones de edición en Valencia el Autor dio un criterio a los que las hacían:

«Creo que, al poner precio al libro, debéis fijaros en el que ahora es corriente: ni más, ni menos»[427].

Fisac transmite este criterio a Sánchez Bella, pero ya aplicándolo al caso concreto:

«El precio, ya te he dicho, el corriente en los de presentación análoga: yo creo que como mínimo 7'50, pues si dices que cuesta 4 ptas. la impresión y una que habría que darle al librero, hay que dejar un margen de 2 ó 3 ptas., por lo menos, de ganancia»[428].

Después de los gastos ocasionados por las rectificaciones de composición y formato, en Valencia calculan que el precio ascenderá a 10 ptas[429]. Con este precio salió a la calle, solemnemente declarado en la contraportada: «Precio: 10 pesetas». Pero unos meses después, ya en 1940, fue elevado a 14 ptas[430].

En la edición de Valencia, uno de los datos que se lee en el anverso de la portada es que el libro está editado por «Ediciones C.I.D.» Que hubiera una Casa editora para el libro, es algo que se debió decidir después de obtener la censura gubernativa (24 de agosto), en la que –como hemos visto– figura el Autor como editor de su propia obra. En agosto se habían ya comenzado gestiones para ver qué se hacía con C una vez editado. Así lo escribe José Manuel Casas Torres[431], que afirma que esas gestiones llegaron a buen término y, a finales de agosto y a nombre de la citada editorial, se alquilaron dos habitaciones de la calle Samaniego 9, para guardar los ejemplares de C al salir de la imprenta. Ese pequeño piso servía a la vez como lugar de encuentro de los miembros del Opus Dei, que lo llamaban humorísticamente «El Cubil». No recuerda Casas Torres que la «editorial» fuera registrada como tal: las siglas –me explica– no son siglas de nada, sino una alusión a la legendaria figura del «Cid Campeador», que conquistó la ciudad de Valencia. No he encontrado dato documental alguno acerca de la tal editorial, que, por supuesto, no editó ningún otro libro.

¿Cuál fue realmente la tirada de la edición príncipe? Como sabemos por la carta de Casciaro antes citada[432], la idea inicial era una tirada de 10.000 ejemplares. Pero al clarificarse que se trataba de hacer no un librito, sino un libro de amplio y elegante formato, con cuidados espacios blancos, se vio que el papel no daba para esa tirada. Botella, en efecto, escribe en julio al Autor, como hemos visto, de parte de los de Valencia, que «de papel bueno no se pueden tirar más que 5.000 ejemplares, el resto se puede hacer en papel de clase inferior»[433]. La tirada final fue de unos 2.500 ejemplares, según consta en el expediente de censura del Ministerio[434], aunque este tipo de datos no siempre es fiable[435]. Pero en este caso lo es. El impresor, ciertamente, en la factura que hemos citado, no dice el número, pero disponemos de la factura del encuadernador. «Luis Navarro – Encuadernador» cobró 632'50 ptas. por encuadernar 2.300 ejemplares[436]. Es muy posible que quedaran los otros 200 ejemplares sin cubrir.

4. Dos de Octubre de 1939: ejemplares en Madrid

El libro, por su diseño, el tipo de su letra, el juego de blancos y texto, no parecía «un libro de rezos». La cubierta fue un gran éxito y gustó muchísimo. Los primeros ejemplares los trajo a Madrid Alfredo Sánchez Bella la víspera del 2 de octubre de 1939, aniversario de la fundación del Opus Dei[437]. El lunes día 2 el Autor, acompañado por Álvaro del Portillo, fue al Obispado a dejar sendos ejemplares. El ingeniero escribe el Diario de ese día:

«Vamos a la Vicaría, donde el Padre deja dos de los ejemplares de Camino que anoche trajo Alfredo. Están francamente bien editados; la portada, que hizo Miguel Fisac, gusta a todos mucho. Los ejemplares que deja el Padre van dedicados al Sr. Obispo, que cada día nos trata –mejor dicho, habla del Padre y de nosotros– con más afecto, y a don Casimiro Morcillo, el Vicario General»[438].

En Valencia la edición ya está completa y encuadernada el día 15 de octubre. Urge enviarla casi toda a Madrid, que para eso se encargaron las estanterías[439]. De momento, los ejemplares de C están amontonados en una habitación de «El Cubil», como recordaba el Autor, precisamente en Valencia, unos meses antes de su muerte:

«Teníamos una casita aquí. Eran dos habitaciones y un pasillo. Una de las habitaciones estaba llena hasta los topes con la primera edición de Camino»[440].

En Valencia se reparte el libro por las librerías y comienza la salida al público. Florencio Sánchez Bella evoca años después aquellos primeros intentos de distribución y sus dificultades:

«Nosotros nos ocupamos directamente de esta tarea, cediendo en depósito unos cuantos ejemplares en las librerías que se interesaban por el libro. Recuerdo, por ejemplo, que el dueño de la librería Badal –una de las más conocidas de Valencia, especializada en temas religiosos–, después de ojear muy por encima la publicación, se negó a aceptar el depósito. Al ver la composición en puntos, arguyó que no le interesaban los libros de poesía»[441].

Veinte días después de editado el libro, informan al Autor:

«Aquí la venta va bien, pues ya hemos 'encajado' alrededor de 100 ejemplares. Dentro de unos días remitiré el informe completo económico de la edición. He tenido un poco de 'jaleo' con los impresores, porque querían más dinero, pero al fin lo hemos solucionado»[442].

Estaban contentos porque habían colocado a los libreros ¡100 ejemplares! También lo estaba el Autor, que treinta años después recordaba aquellos primeros momentos del libro:

«Al principio pensaba que sólo venderíamos 3.000 ejemplares en toda la vida, y ya veis el resultado: es más que humano»[443].


 

III. Descripción y análisis de los materiales para la edición crítica

 

 

En la historia de la redacción hemos ido encontrando progresivamente los materiales sobre los que recae el trabajo de la presente edición de C. Para los más antiguos, correspondientes al trabajo redaccional que lleva al impreso de Cuenca, estimamos suficiente la información que hemos ido dando al filo de esa historia. En cambio hay dos piezas de la época de Burgos que son fundamentales y que ahora es el momento de describir y analizar de manera pormenorizada. Corresponden a lo que se suele llamar el «borrador» (borrador autógrafo) y el «manuscrito» u «original» de un libro.

§ 7. El «borrador» de Camino

Consideramos que el «borrador» de C está integrado por dos elementos de naturaleza bien diversa. El primero es el ejemplar de Cec (Cuenca 1934) que el Autor usó en Burgos para preparar su manuscrito definitivo. El segundo está integrado por un conjunto de más de 550 octavillas en las que se contiene el borrador autógrafo –en alto grado de elaboración, casi definitiva– de los nuevos materiales que el Autor se propone integrar con los procedentes de la edición de Cuenca.

1. El ejemplar anotado de Consideraciones espirituales (Ceb)

En Burgos y en la zona nacional Cec era imposible de encontrar. Pronto empezaron a circular, desde iniciativas «particulares», tanto en la zona nacional como en la republicana, copias mecanografiadas, algunas de las cuales se conservan[444]. El Autor pudo disponer en Burgos de un ejemplar impreso, que le sirvió como base para la redacción de C. A ese ejemplar, que se conserva[445], en nuestro trabajo le llamamos Ceb: Consideraciones espirituales, Burgos. Sobre él hemos trabajado también nosotros.

A la hora de preparar el texto definitivo, lo primero que hizo el Autor fue, precisamente, numerar, sobre Ceb, las distintas consideraciones[446]. La numeración está hecha con un cierto esmero: con tinta y pluma de trazo fuerte, de manera que el ejemplar en cuestión, por su bella factura, cobra una semejanza estética con lo que serán las futuras ediciones in-8º de C. Es evidente que el Autor tenía ya en la mente cómo quería que fuese el «diseño de página» del libro que preparaba. A esa numeración autógrafa de Ceb remitirán los diversos proyectos de ordenación del texto que el Autor realizó hasta llegar a la distribución definitiva de los 999 puntos de C.

Una observación sobre el número de consideraciones de Ceb. A Escrivá, al numerar, le salieron 440 consideraciones. Pero, había dado el mismo número a dos consideraciones consecutivas[447], con lo que tendríamos en realidad 441. Además, como ya sabemos, en Cec había tres consideraciones que estaban repetidas[448], por lo que la cifra real disminuye a 438. Finalmente, y por tres veces, partió en dos, inadvertidamente, una consideración, dándole número propio a cada parte, por lo que de hecho Ceb (y Cec) tiene 435 consideraciones.

Esto último tiene su interés. Podemos adelantar que, al preparar la edición de C, en dos de esas ocasiones –Cec 14.5, que se desdobla en Ceb/46 y Ceb/47; y Cec/46.4, que se divide en Ceb/196 y Ceb/197–, el Autor advirtió su error y reagrupó los textos que habían quedado divididos (corresponden a los actuales p/93 y p/440 de C). En cambio, la partición de la consideración Cec/96.9 en dos (Ceb/408 y Ceb/409) quedó consagrada definitivamente en los p/938 y p/210 de C, con las variantes que refleja la crítica textual en el lugar correspondiente. No obstante, digamos algo aquí, pues nos muestra bien al Beato Josemaría en su trabajo de «ajustar» el libro que compone en Burgos.

Que Cec/96.9 constituye una consideración única es claro según las fuentes. El breve texto de que hablamos procede unitariamente del Cuaderno IV, nº 302, datado en 30-IX-1931, y pasa a ser el nº 236 de la edición a velógrafo de 1932 (Cem32). La causa del «error» del Beato Josemaría era aquí idéntica a la de Cec/46.4: en ambos casos los dos párrafos de la consideración están uno al final de una página y el otro al principio de la siguiente (sin barra de separación). Podrían pues interpretarse como puntos distintos. Numerando a toda velocidad las consideraciones, el Autor asignó número propio, en ambos casos, también al párrafo que iniciaba página. Con una diferencia: que en el primer caso, era patente que se trataba de un único punto (quiero decir que el párrafo segundo de ninguna manera podía, redaccionalmente, tener vida propia y fue enseguida reintegrado a la unidad). En el caso de Cec/96.9, en cambio, el segundo párrafo (Ceb/409) seguía teniendo pleno sentido aun desconectado del precedente. Se trata, como he dicho, del actual p/210 de C, que dice así:

«Expiación: ésta es la senda que lleva a la Vida».

Es posible, por tanto, que el Autor no advirtiera que se trataba de un único punto. No obstante, tiendo a pensar que el Autor advirtió el desglose, pero no quiso reintegrar la consideración originaria, sino que le pareció que el párrafo segundo debía ser un punto propio y autónomo. La afirmación allí contenida, con la fuerza expresiva de su laconismo, es en efecto un verdadero pilar de la doctrina espiritual de C. Vid Introd a cap 6 de C.

Sea de ello lo que fuere, la realidad es que el Autor, al mantener este segundo párrafo como punto autónomo, se da cuenta de que debe cambiarlo de sitio: sale, en efecto, del cap «El Apostolado» y pasa a integrarse en el de «Penitencia», muy anterior. A la vez, el Autor advierte que la primera parte de la consideración originaria de Cec no puede quedar suelta: la entendía como el fundamento bíblico para afirmar la doctrina del segundo párrafo (el actual p/210 de C) o de un criterio ascético y apostólico semejante. Esto último es lo que ahora elige y lo anota allí mismo, sobre Ceb: decide, en efecto, fundir el párrafo primero de la consideración de que hablamos (Cec/96.9-Ceb/408) con la Cec/97.5-Ceb/414, construyendo así el actual p/938 de C, y lo hace de una manera magistral. Invierte el orden: asienta primero la conclusión –el criterio ascético–, transcribiendo a la letra Cec/97/5-Ceb/414, y lo fundamenta a continuación en el Evangelio, echando mano de Cec/96.9-Ceb/408, con un leve cambio en la redacción:

«Mira que eres el grano de trigo del que habla el Evangelio. –Si no te entierras y mueres, no habrá fruto».

En Ceb hay correcciones redaccionales –pocas– y, sobre todo, señales complementarias y pequeñas numeraciones sectoriales, al servicio de la inserción de los textos en la redacción definitiva. La más constante y evidente es una raya roja sobre cada número, que indica que la consideración correspondiente ha sido copiada en el manuscrito de C, y también una raya debajo de ciertos puntos que indica que ahí, al pasarse a máquina el texto, deben insertarse determinados bloques de octavillas («gaiticas»).

2. La colección de octavillas autógrafas (Msb): descripción

Como hemos tenido ocasión de ver en la historia de la redacción, esta colección de fichas u octavillas que el Autor comenzó a llamar «gaiticas», es la gran aportación redaccional de la época de Burgos (y de la Legación de Honduras) y constituye la parte mayor del «borrador» de C: la colección está formada por 571 fichas, que dieron lugar a 570 puntos de C. La razón de esta diferencia está en que dos «gaiticas» consecutivas fueron concentradas por el Autor en el p/967. El trabajo sobre esta colección de textos autógrafos ha sido fuente principal para el estudio crítico de C en la fase redaccional de Burgos. Como puede verse por el dato que acabamos de ofrecer, más de la mitad del libro procede de estos pequeños documentos. Hemos dado a la colección la sigla Msb: manuscrito de Burgos.

Una advertencia, antes de seguir adelante. En el estudio y descripción de esta colección de textos, aunque nos refiramos una vez y otra a las octavillas de Burgos, téngase siempre presente que la colección abarca a todas las octavillas escritas después del impreso de Cuenca, por tanto también las escritas en la Legación de Honduras y, por supuesto, las escritas en las distintas ciudades por las que viajaba el Autor de C. La referencia a Burgos es porque allí se hace la composición redaccional de C, el «manuscrito original».

A la hora de situar este fondo documental, cabe establecer un cierto paralelismo –desde el punto de vista de la redacción de C– entre la colección de «gaiticas» en Burgos y los Apínt en la fase de Cuenca. En la época de Madrid el Autor escribía en sus Cuadernos, como hemos podido comprobar, la totalidad de lo que luego pasaría a Cec. Algo parecido pudo suceder en la Legación con el que hemos llamado Cuaderno de Honduras. En Burgos, por el contrario, son muy pocos los textos de C que proceden de su Cuaderno (aparte de que en esta época escribe «catalinas» muy de tarde en tarde). Ahora los textos tipo «consideraciones» los escribe en octavillas que no pasan a los Apínt. Esto es muy coherente con lo que ya se propuso al terminar el libro de Cuenca[449], pero también es claro que, ya desde su refugio en la Legación de Honduras, tiene el proyecto de que esos textos que va escribiendo vayan a un libro. En cambio en la etapa anterior, en Madrid, la idea del libro se va forjando poco a poco mientras anota Cuaderno tras Cuaderno.

No obstante, la colección de «gaiticas», es decir, los nuevos puntos que se agregan en Burgos a C, tienen una «etiología» –valga la expresión– en todo similar a los que fueron impresos en Cuenca. Las «gaiticas» reflejan la vida del Autor y su contexto espiritual: son trozos de su meditación y estudio de la Escritura, de su oración, de su acción apostólica, del trato con sus hijos espirituales y con compañeros y amigos, de sus cartas, de su predicación, de su experiencia cristiana de hombre y de sacerdote. La diferencia está en que la conservación de numerosa correspondencia y documentos del Autor, simultáneos a las «gaiticas» de Burgos –en mayor proporción que los de antes de la guerra civil–, nos ha permitido conocer, mejor que en el impreso de Cuenca, la génesis, el contexto y las fuentes de muchas de esas pequeñas piezas. Hagamos, pues, una descripción del fondo de las «gaiticas».

La colección se conserva en el Archivo de la Prelatura distribuida en 45 conjuntos de los que hablaremos más adelante. Estos papeles que el Autor llamaba octavillas, fichas o «gaiticas» –utilizaba los tres términos– son octavillas en un sentido muy amplio: son trozos de papel cuyo tamaño varía desde la octavilla de medidas más o menos normales hasta unidades más pequeñas e inarmónicas. También la calidad del papel es variable: de ordinario, mala, de gramaje mínimo, y por supuesto hoy con la tonalidad amarillenta de los viejos papeles. El Autor, no sólo por la estrechez económica en que vivía, sino por espíritu de pobreza, utilizaba para sus «gaiticas» octavillas ya usadas por una cara o trozos de papel que resultaban de partir, en cuatro partes o en dos, folios y cuartillas estropeados o inservibles (escritos también por la otra cara)[450]. Albareda y, sobre todo, Francisco Botella, «colaboraban» trayéndole papel desechado de sus trabajos: impresos o papeles caducados, de los que se tiraban a la papelera, pero que estaban impresos por un solo lado y sin anotaciones ni datos. Botella y Albareda, que conocían la costumbre del Beato Josemaría, en ocasiones «ahorraron» a la papelera los desechos, que pasaron a servir de «soporte» a algunos puntos de C.

Las «gaiticas» no tienen fecha. Una de nuestras preocupaciones crítico-históricas ha sido, como es natural, tratar de datar en lo posible los distintos puntos de C. Pues bien, esta costumbre del Autor –que conservó toda su vida– de utilizar papeles ya usados nos ha ofrecido uno de los mejores instrumentos para la datación y, por tanto, para la situación contextual de los puntos de C. Con frecuencia el texto que se leía en el dorso de las «gaiticas» cobra un gran interés, porque nos ilustra de la fecha en que se escribe el punto de C y a veces de la ciudad y otros contextos. De ahí que haya sido tan operativa en mi trabajo la clasificación del fondo documental de la colección según el tipo de «dorsos» de las «gaiticas». Estos dorsos son de seis clases: tres de ellas corresponden al material de desecho de Francisco Botella y que, sobre la base de las palabras que encabezaban los respectivos impresos, designamos con las siglas Jef (por la palabra Jefes), Re (por la palabra Reemplazo) y Ah (por la palabra Altas de hospital, que llevan la fecha 20-12-38); otra serie de «gaiticas», que llamamos Not, está escrita sobre restos del número de «Noticias» de diciembre de 1938; otras están escritas sobre trozos de papel en cuyo dorso hay textos que parecen de un boletín de prensa del mes de noviembre: Bpr; finalmente he llamado Drv, «dorsos variados», al resto de las fichas escritas sobre papeles usados. Recordemos las dos series de «gaiticas» procedentes de la Legación de Honduras, que tienen siempre el dorso en blanco: Serie Lh (Legación de Honduras) y serie Lhz (Legación de Honduras: Zorzano), y las octavillas con dorso en blanco, en general: Bl[451].

En esquema, el fondo de las «gaiticas» es el siguiente:

 

                  

Sigla

Concepto

Nº de fichas

Nº total

Lh

Fichas de la Legación de Honduras 1ª serie

73

 

Lhz

Fichas de la Legación de Honduras 2ª serie

25

 

 

Fichas de Honduras (dorso blanco): total

 

98

Bl

Fichas de Burgos dorso en blanco

 

233

Re

Fichas dorso «Reemplazo»

123

 

Jef

Fichas dorso «Jefes»

41

 

Ah

Fichas dorso «Altas de hospital» (20-XII-1938)

6

 

Not

Fichas dorso «Noticias» XII-38 (6-XII-1938)

28

 

Bpr

Fichas dorso «Boletín de prensa» (16-XI-1938)

4

 

Drv

Fichas «Dorsos variados»

38

 

 

Fichas de Burgos dorso escrito: total

 

240

 

Total fichas o «gaiticas»

 

571

 

Las fichas Not, Ah, Bpr proceden de folios escritos en el reverso y partidos en cuatro trozos para transformarlos en octavillas. Son papeles «vivos», que tienen en su dorso la fecha o datos equivalentes. De esta forma nos declaran la fecha a partir de la cual fue redactada la «gaitica» en cuestión. Muchas de las que he llamado Drv tienen también en el reverso fechas o datos que prestan el mismo servicio. Las fichas Re y Jef son unos impresos tamaño octavilla para rellenar en la Oficina en que trabajaba Francisco Botella: fichas que sobran a montones en los meses finales de la guerra. Digo esto porque, si bien no tienen indicaciones para la datación, las «gaiticas» correspondientes hay que situarlas de octubre-noviembre del 38 en adelante.

Otros dos elementos hermenéuticos han venido en nuestra ayuda a la hora de «ajustar» contextualmente este fondo documental: los tipos de tinta que el Autor utiliza y, también, el tipo de pluma –la intensidad y calidad de los rasgos sobre el papel–, temas ambos que el Autor comenta con frecuencia en sus cartas, sobre todo el de la pluma: va escribiendo con lo que encuentra –pluma y tinta– y haciendo comentarios humorísticos sobre los borrones que caen en el papel, sobre la pluma «de monja bernarda»[452] que le han dado, y sobre la tinta, «que también se las trae». La utilización de la correspondencia del Autor permite situar en muchos casos la pluma y la tinta de los puntos de C en las fechas de las cartas escritas en condiciones semejantes. El estudio de la colección bajo esta perspectiva arroja las siguientes proporciones: hay 415 octavillas escritas con rasgos fuertes y 156 con rasgos finos (ya se comprende que hay fichas en que esto es menos claro). Lo interesante es notar que la totalidad de las «gaiticas» que tienen dorso usado pertenecen al grupo de rasgos fuertes. Las que tienen el dorso en blanco se reparten así: 175, rasgos fuertes; 156, rasgos finos. Las 98 octavillas que consideramos escritas en Legación de Honduras son con dorso en blanco y «rasgos intermedios», escritas de ordinario con tinta un tanto desvaída. Por otra parte, este grupo tiene una cierta unidad temática y sobre todo de tono o clima espiritual. Las escritas en la época de Burgos son, pues, 174 de pluma fuerte, que era, como digo, la del gusto del Autor, y unas 57 las de rasgos finos. Un grupo de 20 «gaiticas» de este último grupo, con rasgos especialmente finos, constituyen la que he llamado serie Ber, escritas muchas de ellas en ciudades distintas de Burgos, con ocasión de sus frecuentes viajes[453].

El texto de las «gaiticas», en cuanto texto, merece una palabra. No son estas fichas un borrador, en el sentido de que el Autor en ellas esté tanteando el texto hasta llegar a su fórmula definitiva. Llama la atención la linealidad de la redacción, la belleza originaria y directa de la frase, el perfil sin fisuras en el pensamiento. Los textos tienen de ordinario muy pocas correcciones. Las hay, ciertamente, y en el aparato de crítica textual el lector podrá conocer hasta las más pequeñas. En este sentido, las octavillas tienen, en una gran mayoría, casi la limpieza redaccional de los textos de Apínt. Y esto, no porque el Autor no repasara y corrigiera sus textos, sino porque el texto de la «gaitica» es ya un texto plenamente redactado, muy pensado antes de escribirlo, que ha tenido ensayos en la anotación precedente: agenda, papeleta, carta o guión de predicación. Examinando estas fichas se ve incluso que muchas de las correcciones son correcciones de estilo, que vienen exigidas por la manera de inserción del texto en la secuencia definitiva de C. Una ficha, al situarla detrás de otra, muestra que una palabra se repite con excesiva proximidad. El Autor entonces la cambia. Son menos frecuentes las correcciones que afectan al pensamiento o a la doctrina espiritual.

3. Las fuentes de la colección de «gaiticas» o prehistoria del texto de Burgos

Es del máximo interés poner en relación estas octavillas con sus fuentes más inmediatas. (Las mediatas nos sumergen en el Evangelio y en la tradición de la fe y de la vida cristiana). Estudiar este aspecto de la génesis del libro pone de manifiesto una de sus peculiaridades más notables, que, en cuanto percibida por el lector, es a mi parecer una de las claves de su éxito editorial y de su fecundidad apostólica. Me refiero a la manera tan característica que el libro tiene de arrancar de la vida y de apuntar a la vida.

Al narrar la historia de la redacción en la época de Burgos, hemos visto cómo el Autor seguía su costumbre de siempre: tomar pequeñas notas en agendas y papeles, de las que salían los textos más elaborados en las octavillas. Después rompía las papeletas o arrancaba las hojitas de la agenda (de éstas se conservan unas cuantas no arrancadas). Muchos de los puntos de C-Burgos tienen este proceso redaccional: vida – agenda o papeleta – «gaitica» – manuscrito de C. Esas octavillas, meditadas en la oración, alimentaban la vida espiritual del Autor, que las comentaba en las charlas de dirección espiritual y se proyectaban sobre la predicación y la correspondencia. Otras veces en Burgos el proceso era diverso. Viajaba para predicar –a sacerdotes, a religiosas, a laicos– Retiros y EjEsp, que preparaba cuidadosamente: los guiones de la predicación de Burgos, sobre todo las dos series de los EjEsp que predicó en Vergara (a sacerdotes) y en Vitoria (a religiosas), son piezas de gran profundidad espiritual y ascética. A la vez, mantenía una intensa correspondencia, en la que hablaba siempre de las cosas de Dios; la gente le contestaba haciéndose eco de sus palabras y abriendo el corazón. Estos dos bloques documentales –los guiones de predicación y la correspondencia activa y pasiva– van a constituirse en dos fuentes fundamentales para la redacción de los textos que pasarán a C. En ambos casos, el proceso redaccional nos parece ser el siguiente: vida – agenda o papeleta, si la hay – guión de predicación o cartas – «gaiticas» – manuscrito de C. No siempre se puede establecer con plena seguridad si la «gaitica» sigue al guión o a la carta, o le precede. Lo que sí puede afirmarse es que son muy numerosos los casos en que la secuencia «del guión a la octavilla» es documentalmente indiscutible.

Este doble proceso de redacción de las «gaiticas» es el que hace plenamente comprensibles las diversas fases por las que pasó la historia de la redacción en Burgos, que ya hemos descrito. En sustancia, hay dos fases en Burgos: una primera, que llega hasta finales de noviembre de 1938, en la que el Autor escribe «gaiticas» a su ritmo ordinario, sin una especial preocupación de poner punto final al proyecto. En 25 de noviembre el Autor hace un recuento de sus fichas, agrupadas en los «montoncitos» de que habla Pedro Casciaro. El cálculo del material disponible que hace entonces es en síntesis el siguiente –ya lo hicimos al narrar la historia–: de enero a noviembre había redactado en Burgos unos 135 ó 140 puntos que, unidos a los 100 de Honduras y a los 435 del libro de Cuenca, daban un total de unos 670 ó 675 puntos. En menos de dos meses (entrado diciembre del 38 y enero del 39, hasta el día 20) escribió los otros 325. Es lo que hemos llamado el «acelerón final», tan claramente testificado en los documentos[454].

El trabajo en esas «vacaciones» de Navidad del 38 recoge fundamentalmente la experiencia de vida espiritual y apostólica que se refleja en los guiones de predicación y en la correspondencia. Estas dos series documentales se comportan, en la metodología del Autor, a modo de anotaciones de agenda o papeletas, de las que va sacando las «gaiticas», y en bastantes casos mucho más: allí encuentra ya redactados los textos que, con pocas variantes, pasan a las octavillas en las «vacaciones» de Navidad y Epifanía de aquel año.

Digamos, pues, una palabra de cada una de estas dos fuentes del texto, agregando una tercera, a la que ya hemos aludido, y que será fundamental para comprender el origen de la parte del manuscrito que se forja no en Burgos, sino en Madrid. Me refiero al material que testifica la predicación del Beato Josemaría en la Legación de Honduras.

a. La correspondencia

La correspondencia del Fundador en la época de la guerra civil, tanto activa como pasiva, se conserva en una proporción muy notable. Josemaría Escrivá y los que le acompañaban en Burgos escribían periódicamente a los miembros del Opus Dei, a los residentes de Ferraz y a los estudiantes que frecuentaban la Academia DYA. El Autor de C ponía muchas veces unas breves letras personales en las cartas que escribían los demás, pero con frecuencia escribía cartas más detenidas, sobre todo cuando veía que era necesario para la vida espiritual de las personas. Estas cartas eran de ordinario a mano y el Autor no guardaba copia[455]. Sin embargo se conservan muchas de ellas, sobre todo, de las dirigidas a miembros del Opus Dei y a residentes y amigos de Ferraz, que tenían la costumbre de conservarlas cuidadosamente o reenviarlas a Burgos al contestarlas para que no se perdieran al ir rodando por frentes y cuarteles. Había una fuerte «conciencia histórica» en torno al Autor de C. Lo mismo hacían con las que se intercambiaban entre ellos. Al morir Josemaría Escrivá, muchos de los residentes y amigos que tenían cartas suyas las donaron para la Causa de Canonización, o permitieron obtener fotocopias. Por su parte, las cartas que recibían el Fundador del Opus Dei y los que vivían con él en Burgos se guardaban. Se iba formando así, entre todos, un archivo de correspondencia activa y pasiva que luego se trasladó a Madrid y que es el que, conservado ahora en AGP, he podido consultar para el presente trabajo. Lógicamente, el Autor guardaba para él y finalmente rompía algunas cartas más personales y delicadas. Pero el clima general de esta correspondencia refleja el impulso espiritual del Beato Josemaría: un clima de amistad y de vida cara a Dios, de vibración apostólica, con el que unos tiraban de otros y el Señor tiraba de todos. En las frecuentes visitas a Burgos de los muchachos, con ocasión de permisos o traslados, una de las cosas interesantes era leer estos papeles entrañables, que se acumulaban. Y éste en realidad era el éxito de «Noticias» (vid supra § 5 nt 20): era como una carta de todos a todos.

En estos primeros años del camino del Opus Dei, no se le ahorraban al Beato Josemaría sinsabores y contratiempos, sufrimiento abundante. No era el menor –lo mismo sucedía antes de la guerra– el que le causaban los que se acercaban, se entusiasmaban y luego volvían la cara atrás: desaparecían sin dar señales de vida. ¡Cuántas veces fue personalmente a buscarlos! Lo explicó muchas veces con frase gráfica: «Se me escapaban de entre las manos como se escapan las anguilas...»[456]. Todos aquellos jóvenes –no sólo los que se incorporaban al Opus Dei– eran para él sus hijos. Por eso, especialmente en la correspondencia de estos años treinta, esta expresión –«mis hijos»– abarcaba a toda aquella juventud en contacto con la Obra, a los que les decía: «vosotros también sois del Opus Dei». En este sentido, el Fundador, que oteaba desde mucho tiempo atrás la Prelatura personal como cauce institucional del Opus Dei, siempre vio a éste como un gran «movimiento del Espíritu», de muy amplios contornos.

Una palabra, primero, sobre las cartas que se recibían en Burgos. Se trata, como digo, de un material de una gran viveza sobrenatural y humana: un verdadero diálogo familiar, espiritual y apostólico en respuesta a las cartas del Autor. Un porcentaje de puntos de C tiene su base en lances, anécdotas, expresiones de estas cartas. Unas veces –pensamos– el Autor, al recibir una carta, hacía sobre la marcha una consideración en una octavilla, mientras contestaba a aquel joven; otras veces, subrayaba una frase o un párrafo para hacer más adelante una «gaitica». Aquí entra el nº 6 de aquel plan de trabajo de julio del 38: sacar «fichas de cartas»[457]. Buena parte de esas «gaiticas» saldrían en la relectura de la correspondencia que hizo en el «acelerón final» de Navidad. El Autor refleja en esos puntos su diálogo de sacerdote con aquella juventud: ante lo que le cuentan aquellos universitarios, aprueba, corrige, anima, exhorta y, tantas veces, se edifica al ver cómo incorporan la formación y los consejos de dirección espiritual que reciben. Surge así un conjunto de textos repartidos por todo el libro que, para estudiarlos y documentarlos, agrupé en mi ordenador dentro de un file (un documento o fichero) al que puse como título una palabras tomadas del p/308 de C: «Me escribes y copio». Una buena parte de ellos ha podido ser documentada. En el comentario crítico el lector encontrará los datos correspondientes.

Las cartas que el Autor escribe están llenas de sentido sobrenatural, de afecto y de humor, y, sobre todo, de esperanza en medio de aquellas dificultades –su clima es el «¡ánimo, tú puedes!» de p/483–; una esperanza basada en una gozosa conciencia de la paternidad de Dios y en la realidad de la comunión de los santos. No tienen «paja»: hablan de Dios y del seguimiento de Cristo de manera personalizada para el destinatario de la carta, con un profundo conocimiento de las circunstancias de cada persona, de la situación en la que Dios le llamaba a su servicio. Digo esto, porque así se comprende que de aquel repaso de la correspondencia que hizo el Autor brotaran numerosos puntos de C. En el «acelerón final» se dio este caso, tan gracioso: el de un punto de C (p/932), recién redactado, que el Autor hace llegar a Vicente Rodríguez Casado en los primeros días del año de 1939. Éste contesta al Autor en 13 de enero comentando el texto recibido, lo bien que le había venido, y explicando sus propósitos. A partir de esa carta el Autor, que está ya terminando el libro, redacta otra «gaitica» (el p/305), que comienza así: «Me has escrito...». Es un caso único, me parece, dentro del libro: un punto que surge de la conversación epistolar sobre otro punto, mientras se está acabando el libro.

Esta correspondencia, tanto activa como pasiva, se referencia en las notas de documentación del modo usual. En algunas ocasiones –muy pocas– he estimado oportuno omitir el nombre del autor o del destinatario de las cartas. El lector, cuando llegue a esos textos, comprenderá muy bien las razones de respeto y delicadeza que están detrás de esta reserva.

b. Los guiones de predicación

Se conserva en AGP un pequeño legajo que recoge, tal como los dejó el Autor, una serie de más de 300 de sus guiones de predicación de los años treinta y primeros cuarenta[458]. Están escritos de ordinario en cuartillas, unas veces verticales (o prolongadas) y otras apaisadas. Cada hoja es un guión: rara es la vez que un guión se extiende a dos hojas. El Autor deja pocos márgenes: aprovecha el papel hasta el extremo, pero siempre con su letra clara y bella, tan característica. Tienen los guiones, al comenzar, el título o tema de la plática o de la meditación, pero no siempre la fecha (aunque con frecuencia se puede deducir –aproximada– por el contexto), ni siempre los escribe en el mismo lugar.

La colección comienza en 1932 y llega hasta los primeros años 40. Sigue un orden cronológico, pero sólo en líneas generales, pues pueden encontrarse un tanto dispersas las piezas correspondientes a un Retiro o a unos EjEsp. Esto es debido sin duda a que el Autor recurría a esos guiones para predicar de nuevo y, al restituirlos a la carpeta, se alteraba su posición. El Autor resolvió esta situación, ya avanzados los años 40, numerando los guiones. Dobló cada cuartilla para darle forma de octavilla doble, las numeró con lápiz rojo, y las colocó siguiendo el orden de los números en un pequeño fichero (de tamaño octavilla), que permitía localizar rápidamente los guiones buscándolos por el número[459]. Esta numeración la hizo no partiendo de una previa ordenación cronológica de los guiones, sino desde la situación de hecho en que se encontraban, con lo que quedó asumida esa cierta dispersión de que he hablado. Con esa numeración citamos los guiones en nuestro trabajo.

Estamos ante una predicación cuidadosamente preparada, muy ordenada en la secuencia de las ideas, y ante un género literario que combina la simple palabra indicadora de una idea, la frase breve, y la idea más desarrollada. Son piezas perfectamente atenidas a su finalidad: todo lo llena el Evangelio, la Escritura Sagrada con el continuo recurso a la experiencia del oyente o del predicador[460]. No hay afán de erudición. El lector que lee hoy estos guiones, no sólo se hace perfectamente cargo del mensaje que contienen, sino que saca la impresión de que él podría predicar ahora sirviéndose de esas cuartillas.

Los ochenta primeros guiones corresponden a predicación de antes de la guerra civil y forman parte del material que quedó en Madrid en casa de doña Dolores Albás: no pudieron, por tanto, ser utilizados por el Autor en la época de Burgos. De esta época, en cambio, son los guiones 81 a 131, que son los que se proyectan intensamente sobre las «gaiticas» y en definitiva sobre C.

Es importante advertir que la gran mayoría de estos textos no son materiales de predicación a fieles del Opus Dei, ni en Centros del Opus Dei. La razón es bien sencilla. Estamos en la época de «gestación» del Opus Dei: hasta el curso 1933-34, en que se puso la Academia DYA en la calle Luchana, no había ningún Centro del Opus Dei y en Luchana no había oratorio[461]. Fue al año siguiente cuando se instaló la Residencia de Ferraz y se puso el primer oratorio, en el que predicaba el Beato Josemaría: los primeros guiones de meditaciones a los miembros de la Obra y sus amigos son, pues, los que escribe el Fundador el año 1934. Hasta entonces, los reunía, les hablaba, conversaba con ellos, les daba círculos: en casa de su madre, en algún local prestado, en «El Sotanillo»[462] o paseando por la calle. La predicación, en el sentido formal de la palabra, la tenía durante esos años en los lugares donde desempeñaba funciones de capellanía, como el Patronato de Santa Isabel (del que luego fue Rector), o donde le llamaban, como en las Teresianas y en el Instituto «Veritas», cuando se lo pedía su gran amigo el Beato Pedro Poveda[463].

Esto que digo es mucho más acusado en la predicación de la época de Burgos. Esos guiones 81 a 131 no son predicación en el ámbito apostólico del Opus Dei. La predicación del Beato Josemaría a los alumnos de DYA, a los residentes de Ferraz y a los miembros del Opus Dei –que están todos movilizados en el ejército– y a los nuevos amigos que surgían en todo este ir y venir provocado por la guerra, eran las cartas personales de que ya hemos hablado, la carta mensual «Noticias», las visitas a la gente por los frentes de batalla, la acogida en Burgos a los que venían a pasar unos días y hablar con el Autor, y Cec circulando en copias a máquina por cuarteles y hospitales. Los guiones de que hablamos son, por el contrario, meditaciones y pláticas de las dos tandas de EjEsp ya citadas[464], más unas cuantas meditaciones y retiros predicados a Asociación Católica Nacional de Propagandistas y a las Teresianas. Es el momento de decir que no son los de este legajo los únicos guiones de predicación de esta época[465].

Lo interesante de la lectura de todos estos papeles es comprobar que el Autor es el que es: él predica siempre lo que lleva dentro. Adapta su palabra a las circunstancias de las personas que tiene delante –sacerdotes, religiosos o laicos–, de manera que cada uno se ve interpelado en el interior de su vocación. Pero –sea quien sea el que le escuche– allí están siempre presentes los núcleos irreductibles del Evangelio, presentados con viveza desde el mismo texto bíblico y en diálogo con Jesús, ahora presente en el Sagrario. Todo está siempre atravesado por ese sentido de la paternidad de Dios –«tu Padre-Dios»– y de la consiguiente filiación divina del cristiano; por esa conciencia de la llamada que Dios hace a cada uno a santificar las circunstancias concretas de la vida y a realizar personalmente –cada uno en su lugar– la misión y el apostolado de Cristo. Digo esto porque así se pueden comprender dos cosas: que de guiones de predicación a sacerdotes y religiosos salten numerosos puntos al manuscrito de C, que difunde por todas partes una espiritualidad de matriz genuinamente laical, y que el libro escrito pensando en los laicos haya tenido un impacto tan extenso entre sacerdotes y religiosos, que captan y disciernen allí aquellos núcleos evangélicos que comprometen a todos. En el comentario crítico histórico todas estas interrelaciones entre la predicación y el texto de C aparecerán documentadas siempre que las hayamos detectado.

Estos guiones de predicación, junto con la correspondencia del Autor, son fuentes principales de la colección de puntos de C elaborada en Burgos. Es cosa bien documentada que el Autor trabajó con intensidad a partir de estos guiones en los días en torno a la Navidad de 1938 y enero de 1939.

c. La Predicación de Honduras

A la hora de situar las fuentes de que se nutre la colección de octavillas de Burgos es fundamental, como hemos dicho, describir una tercera serie documental: los textos que recogen las meditaciones y, en general, la predicación del Autor de C en la Legación de Honduras. Ya conocemos el contexto en que se fraguan estos documentos[466]. El pequeño grupo que estaba con el Beato Josemaría refugiado en la Legación de Honduras se levantaba por la mañana muy temprano. Ordenaban la habitación, enrollaban los colchones y sentados sobre ellos hacían oración. El Beato Josemaría predicaba casi todos los días, tomando como base un pasaje del Santo Evangelio. Después venía la celebración de la Misa. Otras veces, la predicación no era para guiar la oración de la mañana, sino inmediata introducción a la Comunión eucarística[467]. En otras ocasiones, la predicación era por la noche, antes de dormir, a manera de vigilia de oración[468]. Las palabras del Autor eran enseguida transcritas, de manera sintética, por uno de los refugiados, Eduardo Alastrué[469]. El Autor las revisaba[470] y, en sus visitas periódicas a la Legación, las recogía Isidoro Zorzano. Comenzaba así su utilización por los «externos»[471]. La entrega de estas meditaciones continuó durante todo el tiempo que el Autor permaneció en Honduras[472].

La colección manuscrita por Alastrué circulaba, pues, por Madrid (y Valencia) bajo el control de Zorzano y se conserva en buena parte en el Archivo de la Prelatura[473]. La carpeta contiene 50 de estas meditaciones manuscritas, que están en 45 sobres numerados en romanos y ordenados cronológicamente[474]: una meditación en cada sobre, excepto los sobres XXI a XXV, que contienen dos meditaciones cada uno. Alastrué escribía en cuartillas apaisadas de 22 x 16: a lápiz, con letra menuda y clara, sin apenas correcciones propias en la secuencia textual. Las meditaciones tienen, en cambio, frecuentes correcciones autógrafas del Beato Josemaría, que alguna vez es un párrafo añadido[475]. Llamaremos a esta fuente Predicación en la Legación de Honduras y será abundantemente citada, a lo largo de la presente edición de C[476], del siguiente modo: la abreviatura PredicHond seguida del título de la meditación y la fecha; después, la página del texto impreso y el número del sobre en que se guarda.

Cuando salió el Autor de la Legación de Honduras y volvió a andar por Madrid comenzó, de manera clandestina, una intensa labor sacerdotal, llegando incluso a predicar dos cursos de retiro de varios días (uno para hombres y otro para mujeres). Las cuartillas transcritas de su predicación era lo único de que podía echar mano, como se deduce de estas dos anotaciones de Zorzano: «El Padre vino temprano [a casa de Isidoro] para ver si tenía las hojillas de las meditaciones, por facilitarle las clases; como las tiene Chiqui [José María Hernández Garnica], esta tarde iré por ellas. […] Estuve con Chiqui para que me diese las cuartillas que interesaban al Padre»[477]. Se ve que el Autor de C, desprovisto de todo auxilio bibliográfico para su ministerio, quería servirse de ese material en «las clases». Por lo demás, la anotación testifica la rotación permanente del precioso alimento espiritual que eran aquellos textos. El viernes llegan, por fin, las cuartillas: «En mi ausencia ha estado Chiqui; ha traído las meditaciones que le dejé; volverá el martes»[478].

El texto de estas meditaciones guarda íntima relación con el trabajo redaccional de C en la Legación de Honduras, es decir, con las «octavillas» que Isidoro Zorzano hacía circular en Madrid. La serie de las meditaciones, junto con los Apínt escritos en aquella Legación, son instrumento principal para establecer la parte de C escrita en Madrid.


 

§ 8. El «manuscrito original» de Camino (Txm)

Como sabemos, el «original» de C llevado a la imprenta no era un «manuscrito», sino el texto mecanografiado que hemos visto escribir al propio Autor[479]. Le llamamos «el manuscrito original» o simplemente «el manuscrito» de C, según la terminología ordinaria[480]. Su sigla en la presente edición es Txm (Texto mecanografiado = Txm). Esta pieza, que en la terminología de la crítica textual es el «original» de C, es la que se llevará a la imprenta y se editará en Valencia. Nos proponemos ahora describirlo y, después, comprenderlo en su relación e interacción con el material precedente –las «gaiticas» y el texto de Cuenca–, que transcribe.

1. Descripción

El «manuscrito original» de C (Txm) es un conjunto de 183 hojas (cuartillas: 16 x 21’8 cm): 179 hojas numeradas –en el margen superior derecho– de la 2 a la 180, precedidas de otra –la primera del conjunto– que está sin numerar y contiene la Introducción de Mons. Lauzurica[481]. Las otras tres hojas sin numerar son el índice de los caps del libro[482], intercaladas entre las hojas 2 y 3.

Recordemos que la hoja nº 1, que falta, es la que contenía el título originario del libro (Consideraciones Espirituales) y la dedicatoria a Manolo Aparici. La hoja 2, que tiene arriba la palabra Camino, contiene las líneas de exhortación y confidencia del Autor dirigidas al lector del libro; la siguiente hoja numerada (la 3) es ya el cap primero: «Carácter»[483]. Cada cap comienza en hoja nueva: primero, el título del cap escrito en mayúsculas espaciadas y, dejando en blanco dos líneas, comienzan los puntos o consideraciones. Entre punto y punto hay una línea en blanco, pero como el número arábigo de cada consideración ocupa –él solo– una línea, se tiene la impresión de que hay dos líneas blancas entre punto y punto, lo que da un aspecto armónico, agradable, al manuscrito. El último punto de C, el p/999, está en la hoja 174, que es la última escrita en Burgos y en la fecha que allí mismo se lee. Las hojas 175 a 180 contienen un índice analítico de temas titulado «Indice alfabético», a cuya gestación ya hemos asistido y que fue realizado y mecanografiado –con la misma máquina que el resto– en Madrid.

Todas las hojas del manuscrito son cuartillas escritas en vertical y por una sola cara (la otra queda en blanco). La «caja» ocupa un bloque de texto que oscila entre los 12'5 ó 13 cm de ancho por 16 ó 17 de alto. El margen izquierdo es de 2'3 cm. En las hojas 33, 59 y 90 hay –pegados a ellas por un extremo– unos pequeños trozos de cuartilla con textos, mecanografiados con la misma máquina, para añadir a la secuencia textual de las hojas numeradas: el de hoja 33 es el último párrafo del p/200; el de hoja 59, la última frase del p/351 y el de hoja 90, el p/538, que se había saltado el Autor, pasando del p/537 al p/539.

Las páginas del manuscrito están escritas con mucho cuidado, en una máquina modesta, pero no deteriorada. El estudio de la mecanografía pone de manifiesto que el mecanógrafo no era un «profesional», pero los errores mecanográficos no son demasiado frecuentes y limitados casi siempre a escribir una letra sobre otra equivocada. Cuando estos errores son advertidos por el mecanógrafo mientras va escribiendo el texto, están rectificados sobre la marcha, de ordinario sin borrar ni raspar, sino golpeando con intensidad la letra correcta sobre la letra equivocada. Otros, advertidos en la lectura posterior del texto, están rectificados raspando y borrando cuidadosamente y a veces se rectifican con pluma. La máquina carecía de signos para abrir interrogación e interjección. El mecanógrafo optó por usar el signo de cerrar interjección también para abrirla y, en cambio, dejaba en blanco el espacio para la apertura de interrogación, cuyo signo escribía luego a mano con tinta.

El mecanógrafo, como sabemos, es el propio Autor. La máquina es la que trajo de América –junio de 1938– Ginés Albareda, hermano de José María[484]. No conocemos la marca. Esa máquina era la «buena», porque, como conocemos, tenían otra –la «Corona», pésima, que se compró al poco de llegar a Burgos[485]–, con la que el Autor escribía de ordinario[486]; aunque usaba la «buena» cuando tenía que escribir cosas importantes: cartas a Obispos o Autoridades, por ej, y, en nuestro caso, C[487].

Con todo, hay una cosa llamativa en estas hojas. Me refiero a la gran cantidad de rectificaciones en la numeración de los puntos: docenas de números equivocados, a lo largo de todo el libro, están raspados y borrados, y escritas encima cuidadosamente, con la misma máquina, las cifras del número correcto. Son correcciones a posteriori, después de releer los caps y advertir el error, que se prolonga de un punto a otro. Cuál pueda ser la razón de esto lo veremos más adelante. No quiero, sin embargo, pasar de aquí sin hacer notar el amor de Dios que hay detrás de esas «raspaduras» y correcciones, hechas personalmente por el Autor de C, hasta dejar el manuscrito «perfecto»[488].

Viniendo ya al contenido textual de Txm, hemos de decir que el Autor –como todo autor que copia su propio «borrador»– se siente dueño del texto y va introduciendo sobre la marcha pequeñas modificaciones redaccionales al autógrafo, dentro de una gran fidelidad general al autógrafo. Por supuesto, mientras teclea, se van inflitrando las erratas inevitables en toda acción de copiar, que luego se procuran rectificar. Pero hay una dimensión del texto definitivo de C que dice especial relación al «manuscrito original», a Txm. Me refiero a esos guiones largos, con los que con frecuencia el Autor introduce las frases y señalan un tipo muy peculiar de pausas en la lectura o en la meditación. Proceden en su gran mayoría del Txm. El Autor los iba introduciendo mientras copiaba.

En la corrección a tinta de las erratas me parece observar dos manos, una de ellas la del Beato Josemaría: es el propio Autor el que pone, por ej, el signo de abrir interrogación. Su letra siempre es fuerte y enérgica incluso cuando quiere ser contenida. La otra letra es de trazo «superfino», que busca pasar inadvertida para que se note lo menos posible la rectificación. En ambos casos me refiero a la corrección de erratas. Porque en el manuscrito hay además modificaciones redaccionales, que son siempre de la pluma inconfundible del Autor.

En las hojas del manuscrito se observan los signos y huellas característicos del paso por la imprenta. En la hoja con el texto de Lauzurica, por ej, se lee arriba, a mano: «en cursiva, 10»; otro «10» se lee en hoja 2, prólogo del Autor; en la primera página del Índice se lee la indicación: «24 – 10»; y finalmente en la primera página de texto (hoja 3) se indica, siempre a mano: «18 cíceros [tachado] ó 20, tipo 9» y debajo: «interlineado 2 puntos». Todas estas expresiones son de la misma mano y con tinta, menos la indicación del Índice, que es de otra mano y con lápiz gordo violeta. Esta última mano, de rasgos toscos, comenzó también a numerar en romanos los caps del Índice, llegando hasta el IX, en que desistió. No están tachados esos números, pero no pasaron al texto impreso. A lo largo del manuscrito esta misma mano realizó las indicaciones para la paginación tipográfica: concretamente está señalado el comienzo de cada uno de los 21 pliegos de 16 páginas en los que se imprimió el libro[489]. Esta mano, finalmente, cajista o linotipista, con el Autor delante dándole instrucciones, es la que llenó de anotaciones la hoja 155 y siguientes del manuscrito para rectificar el error numérico que se había introducido desde esa página hasta el final del libro, como veremos más abajo.

2. De las octavillas al manuscrito final

¿Cómo llegó el Autor al texto que acabamos de describir? No es cuestión de repetir cosas ya dichas, sino de conocer cómo se forma el texto. Hay que tener en cuenta que el Autor, tanto cuando preparaba las Consideraciones de Cuenca como ahora, que prepara el libro definitivo, no escribía sus «gaiticas» siguiendo un proyecto previo. Esto, que me parece patente a partir de los documentos, es fundamental para comprender su método de elaboración del texto. Los contenidos del libro saltan al papel –como he dicho ya varias veces– no como quien «escribe un libro», valga la expresión, sino como oración, como nota íntima, como experiencia pastoral, como toque de Dios en el alma. Son, literariamente, fragmentos. Con esos materiales, sometidos a una cierta «ordenación» –éste es el término que el Autor utiliza–, se construye después el proyecto de libro. Nos interesa ahora detenernos en la génesis y proceso redaccional de Burgos, pues el de Cuenca lo hemos estudiado en su momento. La diferencia metodológica esencial es que en Burgos apenas tenemos la mediación de los Cuadernos de Apínt.

La manera de proceder el Autor en la redacción parece clara. Iba tomando sus notas y redactando sus «gaiticas», que, en contraste con la etapa de Madrid, no pasan ahora al nuevo Cuaderno de Apínt, sino que las iba guardando. Cada cierto tiempo miraba qué había de nuevo «en el cajón», sacaba el stock correspondiente e iba haciendo grupos –«montoncitos»– según los temas, que, en principio, eran los títulos de los caps de Cec. Porque la base de la edición proyectada –esto es algo muy claro– era siempre el impreso de Cuenca y sus caps. Lo que había que hacer era agregar en el seno de cada cap de Cec los nuevos textos que fuera escribiendo y, eventualmente, crear caps nuevos. Conforme avanzaba el tiempo, pero especialmente cuando el Autor fija la meta del libro en 999 puntos y da el gran acelerón de diciembre 1938 - enero 1939, aumenta no sólo el número de octavillas, sino el de montones: el Autor concibe nuevos caps o desdobla los caps originarios de Cec, exigido por la abundancia y variedad de los textos. Los montoncicos y los caps terminan pasando de los 26 de Cuenca a los 46 de Burgos.

Se conservan en AGP, como ya he dicho, todas las «gaiticas» de Burgos, sin excepción, y agrupadas en esos bloques o «montoncitos», que hemos visto al Autor desplegar y recoger en diversas ocasiones[490]. Se trata de 45 conjuntos que corresponden a los 46 caps de C[491]. Lo que unifica a cada grupo es una simple cuartilla doblada –del mismo tipo de las que componen el Txm– y que es como una elemental carpeta para guardar el bloque de octavillas correspondiente. En la portada de cada carpetilla se lee el título del cap, a veces algo simplificado. Cada carpeta tiene junto al borde superior los números de Ceb que corresponden al cap y junto al borde inferior el Autor anota cada «nueva adquisición» por el sistema : +1 +1 +1, etc.

La gran mayoría de las carpetas están numeradas con doble numeración: una fuerte y enérgica, grande, con lápiz rojo, que domina la portadilla y que fácilmente se reconoce como numeración por su orden de los caps del libro. La otra, más pequeña, a tinta azul, está situada hacia la esquina derecha de arriba, con un círculo rodeando la cifra o las cifras. No fue fácil identificar el sentido de esta segunda serie. De pronto se hizo patente: esos números corresponden al orden alfabético de las carpetas o caps. El Autor podía así ordenarlas por caps o por conceptos. Esto ilumina su trabajo y, sobre todo, la participación de los «colaboradores»[492]. A la hora de repartir en las carpetas un stock de nuevas «gaiticas», el Autor –o los que le ayudan– despliega sobre la cama los «montoncitos» por orden alfabético: así se encuentra rápido el montón de que se trate. Es fácil imaginar al Autor en la mesa camilla de Concepción 9, entregando un manojo de fichas a Emiliano Amann, por ej, e invitándole a que, después de pensarlas, las sitúe en el montón que le parezca más adecuado: «Alegría», «Llamamiento», «Humildad», etc. Mientras, él seguía trabajando. El ayudante, a la vez que «ayudaba», se veía inmerso en aquellas consideraciones e iba siendo zarandeado por la predicación del Autor. Yo me imagino a aquellos jóvenes colocando tímidamente una «gaitica» aquí o allá. El Autor finalmente venía a examinar las «propuestas» y colocar las fichas en la carpeta definitiva. Pienso así este proceso porque la serie de números que indican los «ingresos» de fichas en las carpetas son siempre de puño y letra del Autor, que, de esta forma, controlaba el «estado» de cada cap. A la hora de recoger, se agrupaban por el mismo orden los «montoncitos», que volvían al cajón...

Las carpetillas que se conservan en el AGP son las que preparó el Autor ya en el acelerón final[493]. Se corresponden a los 46 caps de C y reflejan el estado de la redacción al terminar de copiar Txm[494]. En las carpetillas los títulos están escritos unas veces a máquina y otras a mano. Los títulos de las carpetas, que reflejan el «acelerón final», están escritos a máquina y muestran ya una notable evolución respecto de los caps originarios de Cuenca: hay ya 11 caps nuevos. Aparte de esto, al avanzar en el trabajo –incluso durante el periodo de mecanografía del texto–, el Autor reconsidera seis de los caps de la antigua edición y los desdobla (de uno de ellos hace tres), prescindiendo de las anteriores carpetas y abriendo otras nuevas, en las que escribe a mano el título.

Pero no sólo reestructuraba los caps al mecanografiar, sino que he podido comprobar una vez y otra que, al pasar a máquina el material, seguía ordenando el texto dentro de cada cap: reordena, busca nuevas concatenaciones o contrastes entre los puntos para mejor llegar a la cabeza o al corazón. Y la ordenación del texto en Txm y finalmente en C es ya diversa de la que consta en las octavillas.

Esto nos lleva a preguntarnos: dentro de cada cap, ¿cómo integraba el Autor los puntos procedentes de Cuenca y las «gaiticas» escritas en Burgos? En realidad, esta pregunta, si uno se la plantea a fondo, equivale a preguntarse por la concepción que el Autor tiene de la estructura de su libro y de cada uno de sus caps. Es el tema del § 11 esta Introducción. Pero ahora lo que queremos conocer es cómo resuelve en la práctica sus decisiones teológico-espirituales acerca de la estructura del libro. El Beato Josemaría diseñó para ello su propia estrategia.

Disponía, como decimos, de dos tipos de puntos: las «gaiticas» ubicadas en las carpetas de papel y la serie de consideraciones publicada en Cuenca: Msb y Ceb, por decirlo con nuestras siglas. Había que combinar ambas series para hacer la lista única de cada cap. Lo primero que hizo fue apuntar en la portadilla de cada carpeta, como hemos visto, el elenco de los números de Cuenca que entraban en ese cap. Se servía para ello de su ejemplar numerado: Ceb[495]. La idea del Autor era, en principio, tomar como criterio la secuencia de Ceb, y luego insertar en ella, en el lugar oportuno, las «gaiticas» contenidas en la carpeta. El paso siguiente era poner señales en las octavillas y en Ceb para indicar los puntos de inserción de ambas series, de manera que se pudiera después, cómodamente, pasar a máquina el texto resultante. El Autor ponía en la parte superior de las «gaiticas» la señal de conexión (el número del punto de Ceb al que debía seguir el texto de la octavilla). En Ceb, por su parte, una rayita debajo del número correspondiente era aviso complementario de que allí tocaba inserción de «gaiticas». No apuntaba previamente –ni en las octavillas, ni en el impreso de Cuenca– la numeración que correspondería a los puntos en el nuevo libro. Lo que le importaba era fijar la secuencia unitaria; el resto parecía bien sencillo: mientras iba copiando, ponía el número a cada punto: uno detrás de otro hasta el p/999. Después de pasar a máquina cada «gaitica», el Autor apuntaba en la octavilla, con lápiz verde y grueso, el número que tenía en la secuencia de C. En las consideraciones de Ceb no apuntaba el número sino que con el lápiz verde tachaba el número de Ceb para indicar que ya había sido transcrito. El sistema tenía una lógica indiscutible. Pero, qué fácil es saltarse un número o asignar el mismo número a dos puntos... Le ocurrió varias veces.

Un ejemplo claro del método que usaba el Autor para insertar ambas series podría ser el cap segundo, «Dirección» (C p/81 a 117). En la carpeta había señalado los números de las consideraciones de Ceb correspondientes (cd/28 a 41) y en la primera octavilla había escrito arriba: 34. Esto significaba que debía copiar primero las cd/28 a 34 del impreso de Cuenca, y, copiada la cd/34, transcribir esa octavilla y las que le siguen hasta nueva indicación. En efecto, copiadas esa octavilla y la siguiente, en la tercera encuentra escrito arriba: 36. Entonces regresaba Escrivá al texto de Cuenca y copiaba desde donde se quedó, es decir, las cd/35 y 36, y a continuación la octavilla indicadora y seis más hasta el nuevo aviso: 39. Retorna a Ceb, copia de la cd/37 a la cd/39, vuelve a la octavilla y la transcribe junto con la siguiente, que es la última del «montoncito». Regresa al texto impreso y copia las dos consideraciones que quedan: cd/40 y cd/41, con lo que acaba de transcribir este cap de C. Por su parte, al copiar de Ceb, el Autor encontraba sendas rayas entre las cd/34 y 35, 36 y 37, 39 y 40: son los indicadores que le confirmaban en Ceb el lugar de inserción de las octavillas. La secuencia del cap en Txm, y por tanto en C, responde exactamente a esas indicaciones de las «gaiticas» y de Ceb.

El examen del «original» (Txm) pone de relieve el rigor con que el Autor aplicó su estrategia de combinación de las dos fuentes. Sólo hay la omisión de un punto en el interior de la secuencia de Txm, que solucionó de la manera que hemos visto más arriba: añadiendo el punto omitido (p/538) en un trozo de papel y pegándolo en la hoja correspondiente[496]. Sólo uno de estos errores no fue detectado y terminó llegando a la imprenta: el nº 894 estaba asignado a dos puntos consecutivos (los actuales p/894 y p/895). Lo descubrieron los cajistas al componer y lo solucionaron de manera expeditiva: corriendo la numeración de todos los puntos hasta el final, de manera que el p/999 pasaba a ser ¡el p/1000! Así puede verse en el manuscrito. No ya la teología simbólica de los números se venía abajo, sino que habría que diseñar otra portada... No hay que elucubrar mucho para concluir que esa iniciativa no podía prosperar. Cuando la pruebas llegaron al Beato Josemaría, ésta fue su solución: correr efectivamente la numeración, pero no hasta el final, sino hasta llegar al primer punto del último cap («Perseverancia»), que pasaba a ser el p/983 (como ahora), pero asignándole como segundo párrafo el contenido del punto siguiente. Así de fácil. A partir de ahí, se mantenía la numeración originaria... ¡hasta el p/999!

Una palabra sobre el «Índice alfabético» (índice de conceptos) que ocupa las páginas 175 a 180 de Txm. No es obra directa del Autor, aunque lógicamente lo revisaría en sus líneas generales[497]. Ya en Burgos lo encargó a los que le acompañaban entonces, aunque la operación, como sabemos, no pasó de un intento[498]. De hecho se elaboró en Madrid, también a cargo de los que estaban con él en la Rectoría de Santa Isabel[499].


 

§ 9. Las distintas ediciones de Camino

Para nuestro trabajo son materiales indispensables las distintas ediciones de C en lengua castellana, publicadas en España en vida del Autor, desde la edición príncipe, que hemos descrito detalladamente, hasta la 29ª, en cuyo colofón se lee que fue terminada de imprimir el 21 de junio de 1975, cinco días antes de la muerte del Autor[500]. En alguna ocasión hemos echado mano también de las traducciones a otros idiomas publicadas en el mismo arco de tiempo, pues a veces los traductores se dirigían al Autor para consultar algunos textos que les ofrecían especial dificultad.

El texto base para la edición crítica será la 27ª edición castellana del libro, que se terminó de imprimir el 19 de marzo de 1973, una edición especialmente cuidada, que pondremos en estrecha relación, lógicamente, con las ediciones primera y segunda, con la 20ª, que se inspira tipográficamente en la edición príncipe, con la 26ª, edición especial para bibliófilos, y con la 29ª, pequeña edición de bolsillo que, como he dicho, es la última anterior al fallecimiento del Autor.

Vaya por delante que la constancia del texto desde la primera edición es verdaderamente admirable. No hay reformas de la estructura del libro, nuevos caps, ni siquiera nuevos puntos, si se exceptúa el que el Autor escribe en 1950 para suplir a un punto repetido, que detectó el traductor al inglés (el nuevo texto es el del p/381; vid com). Las variantes introducidas por el Autor, sumamente escasas, se mueven de ordinario en el ámbito de los pequeños ajustes de palabras, de la propiedad del lenguaje, de la rectificación de erratas etc.; en alguna ocasión perfilan o matizan el pensamiento. El lector encontrará todo descrito en el aparato crítico. No son, ciertamente, las variantes textuales dentro del texto impreso lo más señalado de nuestra tarea de crítica textual.

Quiero, no obstante, advertir que el cambio más importante, a mi juicio, que se da en el paso de Txm a C (es decir, en la corrección de pruebas), es la patente simplificación de la puntuación, concretamente una muy abundante supresión de comas que señalaban incisos y de otras no estrictamente necesarias. El aparato crítico informa en todo momento sobre lo que digo. Quien observe el texto y su evolución desde esta perspectiva advertirá que hay una clara continuidad desde Apínt a Txm pasando por Cem y Cec, aunque ya se pueden notar intentos de simplificación. Pero donde esto es llamativo, como digo, es en la edición príncipe.

No es imaginable que los correctores de Valencia (Sánchez Bella, en galeradas; Calvo Serer y Casciaro en segundas pruebas) se constituyeran en «coautores» y modificaran el texto. Ellos trabajaban en Valencia con Txm delante, verificando cuidadosamente la fidelidad del impreso al original. Es claro que podrían venir, en estas pruebas corregidas, sugerencias al Autor, concretamente en esta línea de la puntuación. Ahora hay que ver lógicamente al Autor en Madrid, ante las pruebas que le trajo Fuenmayor, leyendo por vez primera y con algo de paz su libro en letra impresa, con el «destinatario» de aquellos puntos en su corazón y concluyendo que las frases había que leerlas más rápidas y directas, sin tanto inciso. La cadencia de su prosa es tal –agrego yo por mi cuenta– que el inciso la perjudica. Cayeron como digo a docenas. Ejemplo de supresión de comas de inciso, p/165:

Tú... que, por un amorcillo de la tierra, has pasado por tantas bajezas, etc. (Txm)

Tú... que por un amorcillo de la tierra has pasado por tantas bajezas, etc. (C)

Ejemplo de supresión de coma no necesaria, p/270:

«¿No te alegra, si has descubierto en tu camino habitual por las calles de la urbe ¡otro Sagrario!?» (Txm)

«¿No te alegra si has descubierto en tu camino habitual por las calles de la urbe ¡otro Sagrario!?» (C)

Es claro que a veces la supresión de la coma es discutible (vid, por ej, p/476, 564 y apcrít), pero, aun en estos, casos se hace patente la voluntad del Autor de que el texto sea leído como una unidad total, lectura que viene favorecida por la cadencia a la que antes aludía.

En vida del Autor el libro se publicó siempre con la secuencia original, a saber: Introducción de Lauzurica – Palabras al lector – Índice general – Texto de los 46 caps – Índice alfabético. Al correr los años y sucederse las ediciones empezaron a introducirse –antes o después del texto de Lauzurica– una serie de piezas complementarias, que describimos brevemente a continuación:

a) El Autor escribió sendas Notas a la tercera edición (1945)[501] y a la séptima (1951)[502]. Son muy breves. En esta última anunciaba como inmediata la publicación de Surco, que de hecho no se publicó y apareció en edición póstuma en 1982. Para la vigesimosexta edición (1965), una edición especial para bibliófilos realizada con ocasión de los 25 años de la edición príncipe, el Autor escribió una Nota manuscrita más extensa, que se publicó en facsímil[503] y no volvió a publicarse en las ediciones posteriores.

b) La Casa editora insertó Notas editoriales en las ediciones quinta (1948), sexta (1950), octava (1952), undécima (1955) y decimoquinta (1958), que se van acumulando en las sucesivas ediciones hasta la decimonona (1961) inclusive. Son notas breves en que se informa al lector de la gran difusión del libro a través de las sucesivas ediciones y traducciones[504]. La vigésima edición (1962), que sin ser facsímil, se inspira tipográficamente en la edición príncipe, prescinde de todas las Notas del Autor y del Editor para reproducir solamente las piezas de la edición de Valencia.

c) A partir de la edición de 1963, la vigesimosegunda, se agrega –mejor dicho, se antepone a todas las piezas anteriores– una sexta Nota editorial, más extensa, que subraya algunos aspectos del libro y, en concreto, el fin sobrenatural que llena sus páginas y la consiguiente dificultad para entenderlo que tendrían los que se acercasen a él «pretendiendo encontrar en su contenido fines y motivos terrenales». En esa misma edición se incluyen por primera vez otras dos piezas, tituladas El Autor y El libro: respectivamente, datos biográficos del Beato Josemaría y breve descripción de C. La Nota editorial de 1963 se publica hasta que en la edición de 1973, la vigesimoséptima, es sustituida por otra más desarrollada, en la que se hace un concentrado análisis del significado espiritual y apostólico de C. Estas tres piezas –Nota editorial, El Autor y El libro– pasarán a la tradición editorial hasta las más recientes ediciones.

d) En la edición de 1989, la nº 40, que conmemora el 50º aniversario de la edición príncipe, Álvaro del Portillo, entonces Prelado del Opus Dei, escribió un prólogo.

e) A partir de la séptima, en cada nueva edición se incluye una tabla de las ediciones y de la tirada de cada una de ellas. Desde la edición vigesimotercera (1965, 200.000 ejemplares), se sustituye esta tabla analítica, que se iba haciendo cada vez más extensa y prolija, por otra que podríamos llamar sintética, en la que se informa del número de ediciones, del total de ejemplares, de los idiomas a los que está traducido y de las versiones en preparación.

Todas estas piezas se incluyen en el Apéndice de la presente edición.

Al final del libro, la zona de índices complementarios tuvo también un desarrollo. El Índice de conceptos experimentó una cierta evolución a lo largo de las diversas ediciones: los editores, ya en vida del Autor, fueron controlando mejor las atribuciones de puntos a las voces del Índice alfabético, suprimiendo algunas y agregando voces nuevas. Como dijimos, este Índice no es en sentido propio obra del Autor, sino de los jóvenes que le acompañaban en la Rectoría de Santa Isabel. Era muy insuficiente. Por eso se explica que, a raíz de la muerte del Autor, Álvaro del Portillo deseara renovarlo. Encargó a los teólogos José Luis Jiménez y Federico Delclaux la elaboración de un detenido Índice analítico, que es el que se incluye en todas las ediciones del libro desde la trigésima edición (1976)[505]. En la presente edición publicamos en la zona de Apéndices el Índice alfabético según la última edición publicada en vida del Autor (la 29ª) y en la zona final de Índices, el Índice analítico al que acabamos de aludir, con alguna pequeña reelaboración.

Los puntos de C citan abundantemente la Sagrada Escritura, pero en el lenguaje coloquial característico del libro, que no se interrumpe para aportar la referencia bíblica. Esto, si bien daba sencillez y tersura al libro, hacía difícil la localización de esas referencias. Ya en vida del Autor se añadió un Índice de citas de la Sagrada Escritura de estilo clásico, es decir, que remitía desde los libros bíblicos a los puntos de C. Más adelante se agregó un segundo índice, sumamente necesario, que procedía a la inversa: remitía desde los puntos de C a los textos bíblicos allí citados. En nuestra edición las referencias de las citas bíblicas –cuando las hay– se encuentran en el aparato crítico de cada punto y pueden buscarse también por el índice bíblico del volumen[506].


 

IV. Género literario, finalidad y estructura de Camino

 

 

No se trata en este apartado de hacer un estudio ni literario, ni teológico de C, sino de dar razón de sus contenidos en la perspectiva propia de una edición crítica, que aspira a brindar a los estudiosos el texto con su contexto precisamente en orden a estudios monográficos de teología y espiritualidad, literarios, históricos, etc. Se trata de ilustrar, primero, el género literario de C a la luz de su génesis histórica, y después, de conocer la intentio espiritual del libro y sus destinatarios, para comprender finalmente el libro en su interna y externa estructura teológico-espiritual.

§ 10. Género literario de Camino

Las cuestiones relativas a C y la literatura –lengua, género literario, etc.– no son del todo colaterales a nuestra investigación, sino que se entrelazan una vez y otra con los intentos de comprensión de la estructura teológico-espiritual del libro. A la hora de situar el género literario de C en el marco de la literatura espiritual[507], se tiende a encuadrarlo, casi de modo espontáneo, dentro del llamado género aforístico. Así lo afirma, con rotundidad, el filósofo y escritor chileno Ibáñez Langlois al comenzar su estudio sobre el tema[508]. «Aforismo –dice este autor– es, en literatura, un texto breve y sentencioso, portador de un pensamiento o de un contenido de sabiduría intenso, en un contexto de fragmentos afines pero misceláneos: no sistemáticos»[509].

       Ciertamente, tras una primera mirada a C, se percibe con nitidez que estamos ante una obra compuesta de fragmentos, de uno o muy pocos párrafos –de ordinario, muy breves–, numerados, formando cada uno de ellos una unidad con entidad propia. Esta primera descripción descarta, de entrada, para C otro tipo de calificaciones: no estamos ante un tratado, que desarrolla, orgánica y articuladamente, una materia; estas obras tienen otra estructura y presentación[510]. Tampoco nos encontramos ante una obra, de contenido espiritual, que trate ampliamente un tema determinado, como podría ser el género de los sermones u homilías. Estamos ante una agrupación de ideas o pensamientos, autónomos unos de otros, pero con una cierta pretensión abarcante de la vida espiritual cristiana.

       Este tipo de composición fragmentaria ha llevado a François Gondrand a decir, en línea con Ibáñez Langlois, que «Camino parece, a primera vista, depender de un género (o, si se prefiere, de una tradición) muy concreto: el de la sentencia o máxima»[511]. Y añade, a continuación, que esas consideraciones espirituales tienen, en C, diversa tipología: aforismos (prescripciones que resumen puntos de moral); máximas (que expresan normas de conducta); preceptos (que manifiestan una enseñanza religiosa o moral, o bien una regla de conducta); apotegmas (dichos breves y sentenciosos, con valor de máxima, que han alcanzado celebridad por haberlos proferido o escrito algún hombre ilustre, o por cualquier otro concepto); proverbios (consejos de sabiduría práctica y popular común a un grupo social), o glosas de los mismos; y adagios (máximas populares de marcado carácter práctico)[512]. Ciertamente son, todos ellos, conceptos implicados, que no se dejan diferenciar cómodamente. Lo mismo hay que decir cuando Ibáñez Langlois introduce sus precisiones y sostiene que los pensamientos contenidos en C son aforismos que se presentan bajo las formas de «sentencia, consejo al oído, consideración breve, pensamiento suelto, máxima, comentario marginal, intuición de paso, apunte íntimo, pequeña oración, theologumenon...»[513].

¿Cómo llamaba el Autor a estas piezas que integran su escrito? En los estratos más primitivos de la redacción se habla, en ocasiones, de pequeñas iluminaciones o luces[514]. Pero ha de tenerse en cuenta que en los Apínt no son éstas unas denominaciones específicas para designar a los futuros puntos de C, sino algo más amplio, que califica el origen de muchas anotaciones, de género literario muy diverso, que constan en esos Cuadernos. Lo mismo, en otro sentido, hay que decir cuando en la «Advertencia preliminar» de la edición de Cuenca emplea la palabra notas, y de ellas se dice que componen estos apuntes: por el contexto se ve claro que no es una denominación del género del libro, sino una alusión, llena de modestia personal, al origen de los textos. También cuando en el prólogo de C hable el Autor de confidencias, está en realidad subrayando el carácter íntimo y dialógico de estos textos, tan característico del libro.

La respuesta a nuestra pregunta parece más sencilla. Figura en el título que el Autor pone a Cem32 y Cem33. Para el Beato Josemaría esos textos eran «consejos» y/o «consideraciones». No cabe duda de que esos términos los emplea el Autor para designar –podríamos decir que con sentido técnico– un modo textual de comunicación. En Cem y Cec agrega la palabra «espirituales» para determinar de manera clara su ámbito y contenido[515], pero no la usan –ni él, ni sus lectores– en el lenguaje ordinario (vid supra § 3, 4): «Ramón: que leas, con frecuencia, los Consejos»[516]. «Las Consideraciones son maravillosas; sigo rumiándolas»[517].

Se trata, como digo, de palabras tradicionales en la terminología ascética y espiritual. Dentro de este horizonte, consejo alude de manera muy directa a la actividad del sacerdote como director de almas: la dirección espiritual se mueve en el ámbito del «consejo». El Autor, en efecto, concibe Cem y Cec –lo veremos más despacio– como una ayuda a su tarea de director espiritual. En cambio, la palabra consideración, sobre todo el plural «consideraciones», se mueve en el campo de la meditación y de la oración personal. El género «libros de meditaciones», extendidísimo, estaba al servicio de esta práctica espiritual. En la predicación clásica –tanto oral como escrita–, consideraciones son las partes sucesivas en que se divide el discurso de una meditación: los distintos «puntos de meditación», según otra terminología (que usaba también con frecuencia el Beato Josemaría). El Autor de C quería que sus «puntos» sirvieran también para la oración personal de los lectores y, en este sentido, la palabra ordinaria para calificarlos era «consideraciones» (espirituales, ciertamente), que es la que se terminará imponiendo como título del texto impreso en Cuenca y seguirá como nombre del libro definitivo hasta mayo de 1939, en que lo cambia por Camino, como hemos visto más arriba.

Disponemos sobre nuestro tema de un interesante escrito del Autor: un texto de Apínt anterior a la publicación de Cem32. El Autor acaba de transcribir en el Cuaderno VI tres futuros puntos de C y después de copiar el último agrega:

«Creo que estas consideraciones anteriores ya estaban anotadas»[518].

Consideraciones: así es como llamaba el Autor en 1932 –para sí mismo y antes de publicarlos– a los futuros puntos de C. La fecha es muy próxima a la de Cem32, que empezó a circular en los primeros días de enero de 1933. Es prácticamente seguro que cuando el Autor escribe ese apunte ya estaba preparando los fascículos y pensaba llamarlos así. Pero no por eso es menos evidente que éste era el nombre con que el Autor designaba a esas notas en sus Apínt, es decir, en su oración personal. Me parece interesante todo esto porque pone en primer plano el clima de oración que envuelve a C: sus textos son consideraciones hechas en diálogo con Dios y para el diálogo con Él. Esto es lo que son a los ojos del propio Autor. Dicho de otra manera: si tomamos el término aforismo como el concepto abarcante de este género literario, los aforismos de C se mueven en el ámbito de las consideraciones (espirituales), que tienen un puesto propio en la tradición teológico-espiritual: son aforismos dispuestos para el diálogo con Dios, para meterse –como dice el Autor– «por caminos de oración y de Amor»[519]. En esta manera de entender las consideraciones entran también los «consejos», que son ciertamente extensión de la dirección espiritual: se dan para ser pensados y discernidos. Sin embargo, para el Autor es evidente que han de ser sopesados a la luz del Espíritu Santo, «que es el que te ha de santificar»: en la oración, en diálogo con el Señor. Y de esta manera un «consejo» es a la vez una «consideración». La cuestión del peculiar género literario de C viene de que sus «aforismos» se parecen poco, normalmente, a las tradicionales consideraciones de los «libros de meditación»[520].

Si a lo anterior añadimos las expresiones que, en la «Introducción» a C, utiliza Lauzurica (líneas penetrantes, pensamientos lacónicos, sentencias, máximas) se comprenderá la necesidad de dejar una cierta inconcreción, dentro de la clasificación del género literario aceptado[521].

Por lo demás, algunos estudiosos, conscientes de la dificultad de encasillar C dentro de un género literario nítido, de perfiles únicos, aportan reflexiones útiles para formarse una idea cabal del género del libro. Así, el citado Gondrand indica que, en C, «el carácter oral prima sobre el aspecto escrito»[522], apuntando a la naturaleza dialógica de muchos de sus puntos. Ibáñez Langlois, por su parte, estima que los puntos de C reciben el carácter de aforismos de su finalidad, que es «fomentar la oración personal del lector [...]; fuera de esta clave íntima, los presentes aforismos –o muchos de ellos– dejan de serlo, o casi»[523].

       Se puede concluir, pues, que C, en términos generales, está, ciertamente, en la gran corriente del género aforístico, pero con matizaciones que especifican su ubicación: no se le puede situar en el conjunto de autores profanos, como Heráclito, Gracián, La Rochefoucauld o Nietzsche, sino en el contexto de la gran tradición de la literatura cristiana; y dentro de ésta, no en el tipo de obras, por así decir, de pensamiento, al estilo de Pascal o Kierkegaard, sino más bien en línea con las «obras de espiritualidad», y, entre ellas, con las más formalmente dirigidas a ayudar al cristiano en su vida de oración.

       En este último campo, se encuentran ejemplos en la literatura cristiana de todos los tiempos, siendo un referente universal La imitación de Cristo, el Kempis[524], con el que se ha comparado frecuentemente a C[525]. Dentro de las letras españolas hay también manifestaciones ilustres de este género de literatura aforística: San Juan de la Cruz escribió sus Dichos de luz y amor, que son ideas sintéticas, de poderosa fuerza espiritual, escritas para ayudarse en la dirección espiritual. En el mismo autor encontramos las Cautelas o Consejos, recogidos al final de sus obras, de intención parecida. Otro tanto habría que decir de los Avisos que nos dejó Santa Teresa de Jesús.

       En épocas recientes hallamos también obras que se encuadran perfectamente en este género. Por ej, en la primera mitad del novecientos tuvo gran difusión el libro titulado Vivir con Dios, del francés P. Raúl Plus, del que se hicieron varias decenas de ediciones[526]. Y aproximándonos más al contexto cultural, geográfico y social del Autor, descubrimos que también publicaron obras de estas características autores a los que conoció y trató el Beato Josemaría, como el Beato Manuel González, Obispo de Palencia, que escribió en 1922 En busca del Escondido[527], o el Beato Pedro Poveda, que dio a la imprenta, en 1909, En provecho del alma[528], cuyo subtítulo dice así: «máximas, pensamientos, avisos y consejos saludables para vivir cristianamente».

       El Autor conoció, si no todas, algunas de estas obras, pues muchas de ellas pertenecen al patrimonio común de la Iglesia. Sin embargo, no hay base documental para afirmar que C se escriba siguiendo éstos u otros modelos literarios. Mucho menos que «decidiera» escribir un libro del llamado género aforístico, ya que en la elaboración de un libro, el resultado final no es necesariamente –ni siempre– el efecto de una previa elección de su género literario. Unas veces sí será el fruto del intento metódico de escribir una obra de un determinado tipo. Otras veces, sin embargo, no, convirtiéndose el devenir creador en el responsable de la configuración concreta que adquirirá el libro en cuestión. En nuestro caso, pienso que C, en cuanto a sus contenidos, no obedece a un proyecto inicial preciso de escribir una obra, y mucho menos de una obra con elección previa de un género o un estilo concreto. Propiamente hablando el Autor de C no decidió escribir un libro. Aquí sí que puede aplicarse, en su sentido fuerte y sobrenatural, el axioma clásico: primum vivere, deinde philosophare[529]. C salió de las manos de Escrivá empujado por la urgencia apostólica –«caritas Christi urget nos» (2 Co 5, 14)– y salió con lo que había: sacó a la calle sus «consideraciones». Pero éstas no se redactaron para «escribir un libro»... Incluso en el «acelerón final» de Burgos, cuando tiene el propósito decidido y claro de duplicar Cec, no se pone a «pensar» consideraciones, las busca en sus «cuartillas»: en sus guiones de predicación y en su correspondencia, es decir, en los instrumentos de su oración y de su «urgencia» apostólica. Es un libro, C, que empezó a escribirse sin pensar que se escribía un libro y que, después, cuando ya el Autor quería escribirlo, lo iba encontrando escrito en las notas de su vida espiritual y apostólica.

Ésta es mi comprensión de las cosas a partir de las fuentes y hay que entenderla integrada con otras afirmaciones del Autor. Porque Josemaría Escrivá tenía una inmensa preocupación –podríamos decir– por el «mundo del libro» y ardía en deseos de «publicar» en letra impresa las maravillas de Dios. Del año 31, y de uno de sus Cuadernos es esta anotación:

«A pesar de sentirme vacío de virtud y de ciencia (la humildad es la verdad..., sin garabato), querría escribir unos libros de fuego, que corrieran por el mundo como llama viva, prendiendo su luz y su calor en los hombres, convirtiendo los pobres corazones en brasas, para ofrecerlos a Jesús como rubíes de su corona de Rey»[530].

Parecen palabras proféticas referidas precisamente al libro que empezaba a esbozarse en aquellas cuartillas multicopiadas de 1932. C es, en efecto, un «libro de fuego» que ha corrido el mundo como llama viva... y, no obstante, su Autor, cuando lo dio a la imprenta, no pensaba que C fuera uno de esos libros: era un escrito de urgencia y consideraba que su difusión se limitaría a unos miles de ejemplares[531]. Más allá de su propio proyecto, C se convirtió de hecho en un «libro de fuego» que ha prendido su luz y su calor en tantas almas.

En todo caso –subraya el Prof. Garrido–, «estilísticamente, Camino se somete a las convenciones usuales de escritos semejantes, como por ej, el libro De imitatione Christi, obra de finales del siglo XIII»[532]. El Kempis «ha llegado a dar nombre por antonomasia –'un Kempis'– a todo el género, y que conocía todo católico devoto de la época de juventud de Escrivá de Balaguer»[533].

La historia de la redacción de C tiene, en efecto, un contexto más amplio, que se inserta existencialmente en los primeros años de la actividad de su Autor como Fundador del Opus Dei. Josemaría Escrivá «vio» la Obra de Dios –ésta es su expresión– el 2 de octubre de 1928[534]. Ese «ver» –escribí en otra ocasión– tiene «una evidente naturaleza mística, con la dificul­tad de lenguaje que esto com­porta para el sujeto, que recibió aquella gra­cia, a la hora de tratar de referir la inefa­ble comunicación de Dios»[535]. Fue un conocimiento místico de una Voluntad de Dios, cuyos núcleos fundamentales fueron tomando formas concretas y operativas al tratar de responder al Señor y comunicar a otros aquel proyecto divino.


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