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Josemaría Escrivá de Balaguer

Camino

edición crítico-histórica

preparada por

Pedro Rodríguez

Instituto histórico Josemaría Escrivá - Roma

Obras Completas del Beato Josemaría

Comisión coordinadora:

Flavio Capucci, José Luis Illanes, José Antonio Loarte,

Juan Manuel Mora, Pedro Rodríguez

Serie I: Obras publicadas

Volumen I: Camino

 

 

 

SUMARIO

 

Prólogo de S.E.R. Mons. Javier Echevarría

La «Colección de Obras Completas»

Al lector

Siglas y abreviaturas

Cronología de Josemaría Escrivá

I. Introducción General

1. El Autor de Camino

2. Camino: historia de la redacción

3. Descripción y análisis de los materiales para la edición crítica

4. Género literario, finalidad y estructura de Camino

5. Sobre el aparato crítico y las notas de documentación

II. Texto y Comentario crítico-histórico

1. El prólogo al lector

2. Primera Parte. Seguir a Cristo: los comienzos del camino

a) Oración, expiación, examen (cap. 1-10)

b) Vida interior, trabajo, Amor (cap. 11-21)

3. Segunda Parte. Hacia la santidad: caminar «in Ecclesia»

a) Iglesia, Eucaristía, Comunión (cap. 22-25)

b) Fe, virtudes, lucha interior (cap. 26-35)

4. Tercera Parte. Plenamente en Cristo: llamada y misión

a) Voluntad y Gloria de Dios, infancia espiritual (cap. 36-42)

b) Vocación y misión apostólica (cap. 43-46)

III. Apéndices: Las piezas de la tradición editorial

IV. Anexos: Las fases de Consideraciones espirituales

Índices

1. Índice cronológico de los puntos de Camino

2. Índice de la Sagrada Escritura

 

Prólogo

 

Han transcurrido poco más de sesenta años desde que Camino, el libro más conocido del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, vio la luz por vez primera, en Valencia. Desde aquella edición príncipe hasta el momento actual, se cuentan por muchas decenas las ediciones publicadas en los idiomas más variados y en los más diversos países, con una tirada total que se acerca ya a los cinco millones de ejemplares.

Podría sorprender la gran difusión de esta obra, tanto por su carácter —no es libro para pasar el tiempo, sino que invita a un compromiso personal en la vida del espíritu—, cuanto por haber tenido lugar en el siglo XX, caracterizado por su fuerte impronta utilitarista y técnica. Más aún si se considera que entre sus lectores —existen testimonios fehacientes de lo que afirmo— se encuentran no sólo católicos, sino creyentes de todas las confesiones cristianas, además de hebreos, musulmanes y personas de otras religiones. En cualquier caso, la consideración de que Camino es un «clásico de la espiritualidad» —expresión que comenzó a difundirse ya en los años 50— se ha demostrado plenamente acertada.

Bastarían estos datos para acoger con interés esta edición crítico-histórica. Para las innumerables personas que acuden a Camino en busca de orientación para su vida espiritual, esta edición representa mucho más: sale a la luz en torno al centenario del nacimiento del Beato Josemaría y constituye el primer fruto de un ambicioso proyecto editorial, que contempla la publicación de las obras completas del Fundador del Opus Dei.

No es atrevido afirmar que resulta evidente la importancia eclesial de la figura de Josemaría Escrivá de Balaguer, tanto por su labor sacerdotal y apostólica (de la que es reflejo la extensa labor de almas de la Prelatura del Opus Dei en los cinco continentes), como por su incansable predicación (de la que se beneficiaron directamente centenares de millares de personas), y por la abundancia de sus escritos. También con este motivo, al aproximarse el centenario de su nacimiento, quise erigir en Roma el «Instituto Histórico Josemaría Escrivá», al que confié, como uno de sus primeros cometidos, la preparación de una edición crítica de las obras completas del Fundador del Opus Dei, tanto ya publicadas como inéditas.

Con la presente edición comienza a hacerse realidad ese deseo. La elección de Camino como libro pionero de este proyecto está plenamente justificada: además de ser la publicación más conocida del Fundador del Opus Dei, en el Archivo General de la Prelatura se conservan gran cantidad de testimonios referentes al humus en el que se gesta esta obra: la vida espiritual y la actividad apostólica del Beato Josemaría en los primeros años de su ministerio sacerdotal. Por otra parte, aun sin detenerse en muchos aspectos del espíritu del Opus Dei, constituye indudablemente un testimonio de singular relieve del modo en que este espíritu era difundido y acogido en la década de los años treinta, y en los tiempos sucesivos. De aquí dimana, sobre todo para los estudiosos de la espiritualidad, la importancia del presente trabajo.

Hace algunos años, Mons. Álvaro del Portillo afirmaba a propósito de Camino: «Nada en el libro es elucubración (...); nada hay allí artificioso o hipotético: en cada una de sus páginas palpita la incontable riqueza de lo realmente vivido. De ahí proviene el perenne frescor de este libro y ésta es, sin duda, la razón de que, aun habiendo sido escrito en circunstancias históricas bien determinadas, Camino interese a millones de personas que viven en otros contextos culturales»[1]. Mi predecesor al frente de la Prelatura del Opus Dei precisaba que, como veneros profundos de la espiritualidad que rezuma de Camino, cabe señalar su dimensión humana (que explica la capacidad demostrada por el libro para conectar con las esperanzas y aspiraciones de las mujeres y de los hombres más variados) y, al mismo tiempo, su dimensión explícitamente cristiana, ya que Cristo llena todas sus páginas, desde la primera a la última[2]. Esta intuición de Mons. Álvaro del Portillo se pone de manifiesto en la presente edición crítico-histórica, preparada por el profesor Pedro Rodríguez, Ordinario de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, después de un profundo estudio de las fuentes y de un laborioso trabajo de redacción, de introducciones y notas.

La figura del profesor Rodríguez es bien conocida en el ámbito teológico; no es necesaria, de mi parte, ninguna presentación. Sólo deseo anotar que es gran conocedor de la espiritualidad del Beato Josemaría y, más concretamente aún, experto en Camino, libro sobre el que empezó a escribir ya en los años 60. Aquí sólo me interesa agradecerle sinceramente el esfuerzo que ha derrochado para que llegue —a todas las personas interesadas por los escritos del Fundador del Opus Dei— esta nueva edición de Camino. Su aportación, realizada con rigor científico y, al mismo tiempo, con un lenguaje cuidado y agradable, resulta decisiva para el conocimiento de la historia de la redacción de las páginas del Beato Josemaría y para comprender mejor su influjo en la historia de la espiritualidad cristiana.

La esmerada impresión a cargo de Ediciones Rialp viene a resaltar el valor de la presente edición.

Sirva de punto final a estas líneas la petición que dirijo al Cielo, por intercesión de la Santísima Virgen: que la meditación sosegada de estas páginas se convierta en instrumento —como sucede desde hace más de sesenta años con la meditación de los puntos de Camino— para acercar muchas almas a Dios.

Roma, 1 de noviembre de 2001, solemnidad de Todos los Santos.

 

                    + Javier Echevarría

                   Prelado del Opus Dei


 

 

 

 

La «Colección de Obras Completas»

 

 

 

 

Con fecha 9 de enero de 2001, el Prelado del Opus Dei, S.E.R. Mons. Javier Echevarría, erigió el «Instituto Histórico Josemaría Escrivá». Una de las primeras tareas que el Instituto ha acometido es la preparación, con planteamiento rigurosamente científico, de las Obras Completas del Beato Josemaría, que da nombre al Instituto. A tales efectos se ha constituido en el seno del Instituto una Comisión encargada de planear y coordinar el trabajo científico encaminado a ese objetivo. El estudio del abundante material existente ha llevado a concebir el proyecto de edición dividido en cinco Series, que serán las siguientes:

Serie I. Obras publicadas.

Se incluyen en esta Serie los libros y otros escritos ya publicados. Se inaugura con la edición de la obra más difundida del Beato Josemaría: Camino (1939), en la que se recogen también las fases anteriores aparecidas con el título de Consideraciones espirituales (1932, 1933, 1934). Seguirán las otras obras publicadas, en vida del Autor (Santo Rosario, 1934; La Abadesa de las Huelgas, 1944; Conversaciones, 1968; Es Cristo que pasa, 1973), o en ediciones póstumas (Amigos de Dios, 1977; Via Crucis, 1981; Surco, 1986; Forja, 1987). A ellas se añadirá un volumen final de Escritos varios, recogiendo homilías, artículos, entrevistas y conferencias, ya publicados, pero no incluidos hasta ahora en un volumen.

Serie II. Obras no publicadas.

Bajo este título se incluyen aquellos textos del Beato Josemaría que pueden considerarse, al igual que las anteriores, obras en sentido estricto, es decir, unidades redaccionales destinadas por su Autor a ser editadas, pero que no han sido hechas públicas todavía. Forman esta Serie, ante todo, dos tipos de documentos dirigidos a los fieles del Opus Dei que el Beato Josemaría llamó Instrucciones y Cartas. Y, junto a ellos, otros textos espirituales.

Serie III. Epistolario.

Se recogerá en esta Serie la amplia y nutrida correspondencia (varios millares de cartas) mantenida por el Beato Josemaría tanto con fieles del Opus Dei como con otras personas de muy diversos países y condiciones sociales.

Serie IV. Autógrafos.

A lo largo de su vida, el Fundador del Opus Dei fue tomando nota de reflexiones personales referidas a su propia vida espiritual o a iniciativas apostólicas. Como parte de su labor sacerdotal redactó guiones de predicación y otros escritos análogos. Esos documentos dan origen a una variada colección de textos autógrafos, que constituyen un patrimonio de gran riqueza, pero cuya publicación requiere un trabajo de ordenación y anotación.

Serie V. Predicación oral.

Como en el caso de otras grandes figuras de la historia, muy diversas personas atraídas por la predicación del Beato Josemaría, fueron tomando notas o apuntes de sus palabras, realidad que se hizo más intensa al difundirse los medios de grabación audiovisual. Se cuenta así con un amplio material que recoge, con mayor o menor detalle según los casos, su predicación y conversación. Este fondo de predicación contribuye muy poderosamente, aunque no haya sido revisado por el Autor, a situar al lector ante la personalidad viva del Fundador del Opus Dei y a manifestar la hondura de su doctrina.

La cantidad y diversidad de los textos, de los que el breve resumen realizado da idea, implica que el trabajo de preparación y edición de las Obras Completas requerirá un cierto lapso de tiempo. El «Instituto Histórico Josemaría Escrivá» manifiesta su satisfacción por haber podido comenzar la tarea con una obra de la envergadura de la presente edición crítico-histórica de Camino, y confía en mantener ese mismo nivel en todas las obras posteriores.


 

 

 

 

Al lector

 

 

 

 

Este libro que el lector tiene en sus manos es, como indica su título, Camino, de Josemaría Escrivá de Balaguer: una edición de Camino, una de las numerosas ediciones de Camino. Pero una edición peculiar. Quiere ser ésta, desde el primer momento, una «edición crítica», con arreglo a los cánones de este género de literatura científica: es decir, una edición que ofrece el texto de Camino dispuesto a partir de una crítica textual y de fuentes apoyada en la documentación.

Conforme me adentraba en el trabajo y en la lectura de esos documentos –casi todos ellos en el Archivo General de la Prelatura del Opus Dei, en Roma–, se iba haciendo cada vez más claro que el material dotado de interés superaba lo que, en sentido propio, era suficiente para una edición crítica. Por otra parte, un libro tan singular y de tanta irradiación espiritual como Camino, pedía inquirir a fondo la historia de su composición: no sólo «establecer» su texto –tarea sin excesivos problemas en este libro, ­dada la claridad de la historia textual–, sino ir más allá del texto o, si se prefiere, sorprender al texto en su hacerse. En este sentido, el estudio de la documentación confirmaba con intensidad creciente la intuición espontánea de todo lector de Camino: que cada una de sus 999 unidades tiene vida propia, y contextos y circunstancias muy diversos; una vida espiritual, pastoral y literaria que el texto mismo muestra anterior al texto, y mucho más rica que lo que la mera crítica textual puede poner de manifiesto. De ahí que, durante el trabajo, no haya rechazado esos datos contextuales que trascendían a la crítica textual, sino que he tratado, lo más sobriamente posible, de incorporarlos al libro y proporcionar, así, a los lectores la información encontrada sobre el contexto vital e histórico a que me refiero. Por eso he llamado, al resultado de esta investigación, no ya «edición crítica», sino «edición crítico-histórica», como se lee en la portada del volumen.

Esta decisión ha multiplicado la tarea, pues el equilibrio entre unas partes y otras exigía no sólo la «recepción» de los documentos que salían al paso, sino la «inquisición» de los que no salían. El resultado de todo ese laboreo ha sido el amplio «Comentario crítico-histórico», que es, desde el punto de vista cuantitativo, la parte más extensa, con mucho, de todo el conjunto: un comentario a la estructura del libro, a la secuencia de sus capítulos y, sobre todo, a cada uno de sus puntos.

Una edición «crítico-histórica», decía. No aludo, con esta expresión, a «otro» método de análisis de textos, que sería distinto del que llamamos, en exégesis bíblica y en teología, «histórico-crítico». Me refiero, con esa expresión, no al método, sino al alcance y contenido del Comentario, que va más allá de lo que, en sentido estricto, pide la edición crítica, para adentrarse en cuestiones de gestación y contexto histórico-espiritual de los «puntos» de Camino.

No es, sin embargo, ni quiere serlo, un comentario teológico y de espiritualidad, aunque haya continuas alusiones –no podía ser de otra manera– a lo que constituye la materia misma del libro. Tampoco es un estudio del estilo literario o del uso lingüístico de los términos, lo que no excluye, acá y allá, frecuentes apuntes sobre el tema. Precisamente la presente edición quiere ofrecer el texto de Camino, críticamente dispuesto para el trabajo, a los que deseen estudiar esta obra sea desde el campo de la espiritualidad y de la teología, sea desde el que es propio de la lengua y de la literatura.

Una edición, pues, la nuestra, que en definitiva pretende estas dos cosas: poner de relieve oportunamente los resultados de la crítica textual y de fuentes y, a la vez, aportar textos y documentos en torno a la génesis de los «puntos» de Camino, su datación, sus circunstancias, los contextos personales, espirituales, culturales e históricos que esas «consideraciones» tienen en la vida del Autor y en su labor apostólica.

 

Una palabra, ahora, sobre la disposición y estructura del volumen. Por la propia naturaleza de las cosas, una edición crítica pide una clara y neta distinción entre el Texto, debidamente establecido, y su Comentario –histórico, textual y de fuentes. En la tradición del oficio, tal distinción se suele expresar reservando el «cuerpo» de la página para el Texto y situando el Comentario, bien «al pie», bien en una segunda parte del libro, acompañado, en uno y otro caso, de las oportunas series de notas críticas y documentales. Sin embargo, en nuestra edición, después de sopesarlo detenidamente, no hemos procedido así. La peculiar naturaleza de un libro de aforismos o sentencias –de consideraciones, como dice el Autor—, que tiene cada una su propia génesis e historia; y el notable desarrollo del Comentario, hacían inviable esa ubicación tradicional, que, en todo caso, resultaría sumamente incómoda para la lectura y consulta. Por eso, he optado por una solución intermedia, que es la composición continuada –Texto (cada punto de Camino) seguido de su Comentario–, pero permaneciendo siempre neta la distinción entre Comentario y Texto.

El Texto, es decir, el prólogo y los 999 puntos de Camino, se componen con cuerpo mayor y más intenso –en negrita, como la edición príncipe– y, a continuación de cada punto, en cuerpo menor y letra redonda, el Comentario crítico-histórico. El pie de la página se reserva para dos series de notas: la del aparato de crítica textual y la de notas documentales del Comentario. Así, bajo el título «Texto y Comentario crítico-histórico», el lector encuentra el contenido principal de esta edición de Camino.

El «Texto», debidamente anotado, es –en el orden de la causa final, podríamos decir– la razón de ser de una edición crítica, también de la nuestra. Por eso, siento el apremio de llamar la atención de los lectores no sólo sobre el Comentario, de que vengo hablando, sino sobre la «Introducción General» que precede al «Texto» (y al Comentario). Es extensa y tiene, necesariamente, la tecnicidad, un tanto fatigosa, propia de este tipo de trabajos; pero entiendo que su lectura será útil también para el lector no avezado en este género científico, pues ofrece ayuda y elementos de juicio para situar el marco espiritual y humano donde se inscriben los diversos capítulos y «puntos» de Camino. Tenga presente el lector que la anotación y el comentario del «Texto» han sido realizados a partir del cuadro hermenéutico que se propone a lo largo de los catorce capítulos o parágrafos (§§) de la «Introducción General».

Así se explica el orden de las piezas que preceden y siguen al cuerpo del libro. Tras el «Prólogo» de Mons. Echevarría, y la descripción que hace el Instituto Histórico de la «Colección de Obras Completas», vienen estas palabras «Al lector». Después, las páginas con «Siglas y abreviaturas» y una «Cronología biográfica» de Josemaría Escrivá, más detenida, lógicamente, en el ámbito temporal que corresponde a la redacción de Camino. Este conjunto de piezas tiene sus páginas numeradas en romanos. Después comienza, ya en arábigos, la «Introducción General», arriba descrita, seguida, como he dicho, del «Texto y Comentario». Se incluyen a continuación, como «Apéndices», las que llamo «piezas de la tradición editorial» de Camino, desde el prólogo de Mons. Lauzurica al índice bíblico de 1972; y, como «Anexos», las tres etapas que tuvo en su redacción Consideraciones Espirituales, a las que continuamente se acude en la crítica textual y en el comentario histórico. Cierra el volumen un conjunto de índices para facilitar al lector la consulta del libro. Señalo especialmente, a este propósito, el «Índice para la lectura cronológica de Camino», que, como su nombre indica, permite leer una gran parte del libro situando sus «puntos» en otra secuencia distinta de la del libro: la de la fecha en que salieron de la pluma del Autor. Es una pieza también interesante para la investigación biográfico-espiritual sobre Josemaría Escrivá de Balaguer.

Como el lector podrá comprobar, si emprende la lectura de este libro, muchas de las interrelaciones contextuales y documentales del Texto, tal como se reflejan en el Comentario, permanecen abiertas, y otras, por su misma naturaleza, están sujetas a rectificación o matización a partir de nuevos datos y testimonios. El autor de la edición crítica agradecerá todas las aportaciones y sugerencias que le lleguen sobre la materia.

 

Llego así al momento más grato de la investigación que aquí concluye: la hora de dejar constancia de la ayuda y solidaridad que he encontrado por todas partes a lo largo de mi trabajo. Sería inacabable enumerar los servicios que he recibido de tantas y tantas personas: no sólo de colegas, amigos y compañeros, sino de muchas a las que sólo conozco por la relación epistolar establecida. Mi agradecimiento lo he dejado escrito en muchos casos al pie de la página en que se ha reflejado esa aportación esforzada.

Pero debo nombrar ahora a aquellos cuyo servicio a esta edición ha sido más continuado y constante. Ante todo, al Dr. Constantino Ánchel, investigador del «Centro de Documentación y Estudios Josemaría Escrivá de Balaguer» (Universidad de Navarra), conocedor, como pocos, de los contextos documentales y biográficos del santo Autor de Camino; y, con él, a los Drs. Joaquín Fernández Monistrol, José Antonio Loarte y Sabino Gabiola, del Archivo General de la Prelatura (Roma): los cuatro han puesto a mi disposición su guía experta para localizar y discernir la documentación de esos Centros y me han ofrecido generosamente sus personales aportaciones.

El Dr. Ánchel –mi interlocutor habitual en los derroteros de la investigación– y los Profs. José Luis Illanes, Jutta Burggraf y Javier Sesé, colegas en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, han tenido la paciencia de leer y criticar el extenso manuscrito resultante, ofreciéndome abundantes y profundas observaciones y sugerencias, que enriquecían el horizonte para una ulterior investigación. El resultado de esas cuatro lecturas determinó, así lo pienso, un salto de calidad en la tarea y una nueva exigencia de rigor científico.

Los Drs. Joaquín Alonso y Flavio Capucci (Roma), Benito Badrinas y Julio González Simancas (Madrid), tan profundos conocedores de la vida y la obra de Josemaría Escrivá de Balaguer, y los Profs. Lucas F. Mateo-Seco, Ildefonso Adeva y Marcelo Merino (Pamplona), con su pericia analítica de textos: todos han sido para mí constantes puntos de consulta y de referencia. No quiero dejar de mencionar a mi colega el lingüista Prof. Manuel Casado (Pamplona), que ha estado siempre dispuesto a ser abordado en las cuestiones relativas a su oficio filológico. La detenida lectura de las pruebas, que han realizado, de manera tan sagaz y sugerente, Don Miguel Arango y Doña Pilar Rodríguez, no podía quedar sin una expresa mención agradecida.

He dejado para el final el primero de los agradecimientos. El que debo a S.E.R. Mons. Javier Echevarría, Obispo, Prelado y Padre en el Opus Dei: ante todo, por haberme encargado la preparación de esta edición –encargo que estimo una delicadeza paternal – y haberme abierto de una manera tan generosa los fondos documentales y archivísticos de la Prelatura. Y ya terminado mi trabajo, por haber querido honrarlo escribiendo el prólogo que encabeza estas páginas.

Una última palabra. La investigación que se expresa en el presente estudio crítico-histórico ha recubierto buena parte de mi trabajo en los tres años que preceden al Centenario del nacimiento de Josemaría Escrivá de Balaguer, 9 de enero de 2002. No podía yo imaginar que el Señor me deparara, durante este tránsito del segundo al tercer milenio, una forma tan profunda y entrañable de «comunión de los santos» como la que he experimentado, día tras día, durante esta «batalla» científica y orante. Vaya a Él –Deo omnis gloria– mi radical acción de gracias.

Josemaría Escrivá publicó Camino para que los lectores se metieran «por caminos de oración y de Amor». Mi aspiración, mientras luchaba con los textos –y ahora, cuando ya están en la imprenta–, era que este conjunto de documentación histórica ayudara al lector a discernir el paso de Dios en la pequeña gran historia que subyace al libro, y a adentrarse –o a continuar– cum festinatione por esos caminos que deseaba el Autor.

 

Pamplona, 29 de septiembre de 2001

Fiesta de los Santos Arcángeles

Miguel, Gabriel y Rafael

 

Pedro Rodríguez


 

 

 

Siglas y Abreviaturas

 

1. Del Comentario crítico

 

add                                     additum: añadido

AGP                                   Archivo General de la Prelatura del Opus Dei

Ah                                     octavillas con dorso: «Altas de hospital» (20-XII-1938)

Apd                                   Apéndice

Apínt                                 Apuntes íntimos

apcrít                                 aparato crítico

autogr                                autographum

Ber                                     Serie de octavillas escritas con pluma muy fina («monja bernarda»)

Bl                                       octavillas con dorso en blanco

Bpr                                     octavillas con dorso: «Boletín de prensa» (16-XI-1938)

C                                        Camino

can                                     canon

cap                                     capítulo

caps                                   capítulos

carp                                   carpeta

cd/                                    consideración o consideraciones de Cem o Cec; sigue el número o números correspondientes

Ceb                                    ejemplar de Cec usado por el Autor en la preparación de Camino en Burgos

Cec                                    Consideraciones Espirituales, Cuenca (1934)

Cem                                   Consideraciones Espirituales, Madrid (1932 y 1933)

Cem32                               Consideraciones Espirituales, Madrid 1932

Cem33                               Consideraciones Espirituales, Madrid 1933

CemS                                 ejemplar de Cem usado por el Autor al componer Cec

cfr                                      confróntese

com                                    comentario o comentarios (crítico-históricos)

com/                                 comentario (crítico-histórico) al punto de Camino que se nombra a continuación

Conc                                  Concilio

Const                                 Constitución

Decr                                   Decreto

del                                      deletum: tachado, eliminado

(dir)                                   director o directores de una obra colectiva

doc                                     documento

dpdo                                  duplicado

Drv                                    Octavillas con dorsos variados

ed                                       edición

(ed.)                                   editor, en el sentido de autor de una edición crítica o de una edición especial

EF                                      Epistolario del Fundador del Opus Dei

EjEsp                                 Ejercicios Espirituales

exp                                     expediente

fol                                      folio

Introd                                Introducción

IntrodGen                         Introducción General

IZL                                     Archivo de la Causa de Beatificación de Isidoro Zorzano Ledesma

Jef                                      octavillas con dorso: «Jefes»

leg                                      legajo

lib                                       libro

lín                                      línea

Lh                                      octavillas con textos de Camino escritos en la Legación de Honduras

Lhz                                    octavillas escritas como las anteriores en la Legación de Honduras (serie numerada del 1 al 25)

ms                                      manuscrito

Msb                                    Manuscrito de Burgos (el «borrador» de Camino): colección autógrafa de octavillas con los puntos de Camino agregados en Burgos

Not                                    octavillas con dorso: «Noticias» XII-1938

p/                                      punto o puntos de Camino; sigue número o números correspondientes

pg                                      página

pgs                                     páginas

por ej                                 por ejemplo

Pp                                      Papel o apunte de agenda para un futuro punto de Camino

praec                                  praecedit: precede

PredicHond                       conjunto de meditaciones predicadas por el Autor en la Legación de Honduras y que se conservan en AGP

Re                                      octavillas con dorso: «Reemplazo»

rel                                       reliquae: las restantes

s                                         y siguiente

ss                                        y siguientes

sec                                      sección

seq                                      sequitur: sigue

sess                                    sessio

Srt                                      Sorteo

Txm                                   Original de Camino. Texto mecanografiado por el Autor, que se lleva a la imprenta

v.                                        versículo

vid                                     véase, videatur

vol                                      volumen

 

2. De la Sagrada Escritura

 

Ab                                      Abdías

Ag                                      Ageo

Am                                    Amós

Ap                                     Apocalipsis

Ba                                      Baruc

1 Co                                   Primera Carta a los Corintios

2 Co                                   Segunda Carta a los Corintios

Col                                     Carta a los Colosenses

1 Cro                                 Libro I de las Crónicas o Paralipómenos

2 Cro                                 Libro II de las Crónicas o Paralipómenos

Ct                                       Cantar de los Cantares

Dn                                     Daniel

Dt                                      Deuteronomio

Ef                                       Carta a los Efesios

Esd                                     Esdras

Est                                      Ester

Ex                                      Éxodo

Ez                                      Ezequiel

Flm                                    Carta a Filemón

Flp                                     Carta a los Filipenses

Ga                                      Carta a los Gálatas

Gn                                      Génesis

Ha                                      Habacuc

Hb                                      Carta a los Hebreos

Hch                                    Hechos de los Apóstoles

Is                                        Isaías

Jb                                       Job

Jc                                        Jueces

Jdt                                      Judit

Jl                                        Joel

Jn                                       Evangelio según San Juan

1 Jn                                    Primera Carta de San Juan

2 Jn                                    Segunda Carta de San Juan

3 Jn                                    Tercera Carta de San Juan

Jon                                     Jonás

Jos                                      Josué

Jr                                        Jeremías

Judas                                 Carta de San Judas

Lc                                       Evangelio según San Lucas

Lm                                     Libro de las Lamentaciones

Lv                                      Levítico

1 M                                    Libro I de los Macabeos

2 M                                    Libro II de los Macabeos

Mc                                     Evangelio según San Marcos

Mi                                      Miqueas

Ml                                      Malaquías

Mt                                      Evangelio según San Mateo

Na                                      Nahum

Ne                                      Nehemías

Nm                                    Números

Os                                      Oseas

1 P                                     Primera Carta de San Pedro

2 P                                     Segunda Carta de San Pedro

Pr                                       Proverbios

Qo                                      Libro de Qohélet ( Eclesiastés)

1 R                                     Libro I de los Reyes

2 R                                     Libro II de los Reyes

Rm                                     Carta a los Romanos

Rt                                       Rut

1 S                                      Libro I de Samuel

2 S                                      Libro II de Samuel

Sal                                      Salmos

Sb                                       Sabiduría

Si                                        Libro de Ben Sirac ( Eclesiástico)

So                                        Sofonías

St                                       Carta de Santiago

Tb                                       Tobías

1 Tm                                   Primera Carta a Timoteo

2 Tm                                   Segunda Carta a Timoteo

1 Ts                                     Primera Carta a los Tesalonicenses

2 Ts                                    Segunda Carta a los Tesalonicenses

Tt                                       Tito

Za                                      Zacarías

 

3. Bibliográficas

 

AAS

Acta Apostolicae Sedis

Amigos de Dios

Josemaría Escrivá de Balaguer, Amigos de Dios. Homilías, Presentación de Álvaro del Portillo, 1ª ed, Rialp, Madrid 1977

AP

Editorial Apostolado de la Prensa

A. Aranda, ‘El bullir de la sangre de Cristo’, 2000

Antonio Aranda, ‘El bullir de la sangre de Cristo’. Estudios sobre el cristocentrismo del beato Josemaría Escrivá, Rialp, Madrid 2000

ASS

Acta Sanctae Sedis

BAC

«Biblioteca de Autores Cristianos», Editorial Católica (Madrid)

BAC 4, 1945.

San Francisco de Asís, Sus escritos. Las Florecillas. Biografías del Santo, por Celano, San Buenaventura y los tres compañeros. Espejo de perfección, ed. de Juan R. de Legísima, y Lino Gómez Canedo, BAC 4, Madrid 1945

BAC 11, 4ª ed, 1963

Obras de San Agustín. II. Las confesiones, ed. de Ángel Custodio Vega, BAC 11, 4ª ed, Madrid 1963

BAC 15, 13ª ed, 1991

Vida y obras de San Juan de la Cruz, ed. crítica de Lucino del Ssmo. Sacramento, BAC 15, 13ª ed., Madrid 1991

BAC 30, 2ª ed, 1956

Obras de San Agustín. IV. Obras apologéticas. De la verdadera religión. De las costumbres de la Iglesia. Enquiridión. De la unidad de la Iglesia. De la fe en lo que no se ve. De la utilidad de creer, ed. de Victorino Capánaga, Teófilo Prieto, Andrés Centeno, BAC 30, 2ª ed., Madrid 1956.

BAC 53, 4ª ed, 1981

Obras de San Agustín. VII. Sermones (1º), ed. de Miguel Fuentes, Moisés Mª Campelo, BAC 53, 4ª ed, Madrid 1981.

BAC 78, 1952

Obras ascéticas de San Alfonso María de Ligorio, ed. crítica de Andrés Goy, I, BAC 78, Madrid 1952

BAC 86, 2ª ed, 1963

Obras completas de San Ignacio de Loyola, ed. de Ignacio Iparraguirre, BAC 86, 2ª ed., Madrid 1963

BAC 101, 1979

Cartas y escritos de San Francisco Javier, ed. de Félix Zubillaga, BAC 101, 3ª ed., Madrid 1979

BAC 109, 1953

Obras selectas de San Francisco de Sales. I. Introducción a la vida devota. Sermones escogidos. Conversaciones espirituales. Alocución al Cabildo de Ginebra, ed. de Francisco de la Hoz, BAC 109, Madrid 1953

BAC 113, 1954

Obras ascéticas de San Alfonso María de Ligorio, ed. crítica de Andrés Goy, II, BAC 113, Madrid 1954

BAC 115, 2ª ed, 1968

San Benito. Su vida y su Regla, García María Colombás (ed.), BAC 115, 2ª ed, Madrid 1968

BAC 121, 1955

Obras de San Agustín. XII. Tratados morales. Del bien del matrimonio. Sobre la santa virginidad. Del bien de la viudez. De la continencia. Sobre la paciencia. El combate cristiano. Sobre la mentira. Contra la mentira. Del trabajo de los monjes. El sermón de la montaña, ed. de Félix García, Lope Cilleruelo, Ramiro Flórez, BAC 121, Madrid 1955

BAC 127, 1954

Obras selectas de San Francisco de Sales. II. Tratado del amor de Dios. Constituciones y Directorio Espiritual. Fragmentos del Epistolario. Ramillete de cartas enteras, ed. de Francisco de la Hoz, BAC 127, Madrid 1954

BAC 139, 1955

Obras de San Agustín. XIII. Tratados sobre el Evangelio de San Juan (1-35), ed. de Teófilo Prieto, BAC 139, Madrid 1955

BAC 141, 1955

Obras de San Juan Crisóstomo. I. Homilías sobre el Evangelio de San Mateo (1-45), ed. Daniel Ruiz Bueno, BAC 141, Madrid 1955

BAC 143, 1955

Santa Catalina de Siena, El diálogo, ed. de Ángel Morta, BAC 143, Madrid 1955

BAC 169, 1958

San Juan Crisóstomo, Tratados ascéticos: Diálogo histórico de Paladio. A Teodoro caído. Contra los impugnadores de la vida monástica. Paralelo entre el monje y el rey. A Demetrio... Sobre el sacerdocio. De la vanagloria y de la educación de los hijos, ed. de Daniel Ruiz Bueno, BAC 169, Madrid 1958

BAC 171-172, 1958

Obras de San Agustín. XVI-XVII. La Ciudad de Dios, ed. de José Morán, BAC 171-172, Madrid 1958

BAC 212, 8ª ed, 1986.

Santa Teresa de Jesús, Obras completas, ed. de Efrén de la Madre de Dios y Otger Steggink, BAC 212, 8ª ed., Madrid 1986

BAC 219, 1962

Cartas de San Jerónimo, ed. de Daniel Ruiz Bueno, BAC 219, Madrid 1962

BAC 271, 1967

Orígenes, Contra Celso, ed. Daniel Ruiz Bueno, BAC 271, Madrid 1967.

BAC 302, 1970

Obras completas del Santo Maestro Juan de Ávila. I. Biografía. Audi, filia, ed. de Luis Sala Balust y Francisco Martín Hernández, BAC 302, Madrid 1970

BAC 313, 1970

Obras completas del Santo Maestro Juan de Ávila. V. Epistolario, ed. de Luis Sala Balust y Francisco Martín Hernández, BAC 313, Madrid 1970

BAC 324, 1971

Obras completas del Santo Maestro Juan de Ávila. VI. Tratados de reforma; Tratados menores; Escritos menores, ed. de Luis Sala Balust y Francisco Martín Hernández, BAC 324, Madrid 1971

BAC 333, 1972

Francisco de Osuna, Tercer abecedario espiritual, ed. crítica de Melquíades Andrés, BAC 333, Madrid 1972

BAC 399, 1978.

San Francisco de Asís, Escritos, biografías, documentos de la época, ed. de José Antonio Guerra, BAC 399, Madrid 1978

BAC 415, 3ª ed, 1996.

Obras de Santa Catalina de Siena. El Diálogo. Oraciones y Soliloquios, ed. de José Salvador-Conde, BAC 415, 3ª ed., Madrid 1996

BAC 441, 1983

Obras completas de San Agustín. X. Sermones (2º: 51-116). Sobre los Evangelios Sinópticos, ed. Lope Cilleruelo y Pío de Luis, BAC 441, Madrid 1983

BAC 443, 1983

Obras completas de San Agustín. XXIII. Sermones (3º:117-183). Evangelio de San Juan, Hechos de los Apóstoles y cartas, ed. de Amador del Fueyo y Pío de Luis, BAC 443, Madrid 1983

BAC 444, 1983

Obras completas de San Bernardo. I. Introducción general y Tratados (1º), ed. de los Monjes cistercienses de España, BAC 444, Madrid 1983

BAC 448, 1984

Obras completas de San Agustín. XXV. Sermones (5º: 273-338). Sermones sobre los mártires, ed. Pío de Luis, BAC 448, Madrid 1984

BAC 452, 1984

Obras completas de San Bernardo. II. Tratados (2º), ed. de los Monjes cistercienses de España, BAC 452, Madrid 1984

BAC 471, 1985

San Antonio María Claret, Escritos espirituales, ed. Jesús Bermejo, BAC 471, Madrid 1985

BAC 491, 1987

Obras completas de San Bernardo. V. Sermones sobre el Cantar de los Cantares, ed. de los Monjes cistercienses de España, BAC 491, Madrid 1987

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San Antonio María Claret, Escritos pastorales, ed. de José María Viñas y Jesús Bermejo, BAC 577, Madrid 1997

Biblia, exégesis y cultura, 1994

Gonzalo Aranda y otros (dir.), Biblia, exégesis y cultura. Estudios en honor del Prof. José María Casciaro, Eunsa («Colección Teológica», 83), Pamplona 1994

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Ambrosio de Milán, La penitencia, ed. de Manuel Garrido Bonaño, Ciudad Nueva («Biblioteca de Patrística», 21), Madrid 1993

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Gregorio de Nisa, Sobre la vida de Moisés, Lucas F. Mateo-Seco (ed.), Ciudad Nueva [«Biblioteca de Patrística», 23], Madrid 1993

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Máximo el Confesor, Tratados espirituales, Pablo Argárate (ed.), Ciudad Nueva («Biblioteca de Patrística», 37), Madrid 1997

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Pedro Casciaro, Soñad y os quedaréis cortos, Rialp, 11ª ed, Madrid 1999

CCL

Corpus Christianorum. Serie Latina

J. B. Chautard, El alma de todo apostolado, 1927

Jean Baptiste Chautard, El alma de todo apostolado, traducido al español de la 9a ed. francesa, Tipografía de Andrés Martín, Valladolid 1927.

Conversaciones

Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, 1ª ed, Rialp, Madrid 1968

Decenario al Espíritu Santo, 1932

Decenario, o sea, modo de honrar al Espíritu Santo durante diez días, por la sierva de Dios Francisca Javiera del Valle, editado por el P. Marcelino González, S.J., Imprenta Comercial Salmantina - Prior 19, Salamanca 1932

DESp

Dizionario Enciclopedico di Spiritualità, a cura di Ermanno Ancilli, Città Nuova Editrice, Roma 1990

DRAE

Real Academia Española, Diccionario de la Lengua Española, Madrid

DS

Denzinger – Schönmetzer, Enchiridion Symbolorum

DSp

Dictionnaire de Spiritualitè Ascétique et Mystique. Doctrine et Histoire, fondé par Marcel Viller, S.J., 17 vol, Beauchesne, Paris 1937-1995.

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Javier Echevarría, Memoria del Beato Josemaría Escrivá, entrevista con Salvador Bernal, Rialp, Madrid 2000

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Diccionario enciclopédico Espasa, 30 vol, más apéndices. Espasa-Calpe, Madrid 1910-1998 (1ª-13ª ed)

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Desiderio Erasmo de Rotterdam, El Enquiridion o Manual del Caballero cristiano, ed. de Pedro Rodríguez Santidrián, BAC minor 79, Madrid 1995

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Josemaría Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa. Homilías, Presentación de Álvaro del Portillo, 1ª ed, Rialp, Madrid 1973

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José Morales (dir.), Estudios sobre 'Camino', Rialp, Madrid 1988

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Clemente de Alejandría, El Pedagogo, Marcelo Merino y Emilio Redondo (eds.), Ciudad Nueva («Fuentes Patrísticas», 5), Madrid 1994

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Amadeo de Fuenmayor, Valentín Gómez-Iglesias, José Luis Illanes, El itinerario jurídico del Opus Dei. Historia y defensa de un carisma, Eunsa («Colección canónica»), Pamplona 1989

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Miguel A. Garrido Gallardo, «Literatura espiritual española del siglo XX. Sobre la obra escrita del Beato José María Escrivá de Balaguer», en Homenaje al Prof. José Fradejas Lebrero, Uned, vol. II, Madrid 1993, pgs 629-642

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Gran Enciclopedia Rialp, 25 vol., Rialp, Madrid, 1971-1987

Glosas marginales al Decenario 1932

Glosas autógrafas del Beato Josemaría en los márgenes de un ejemplar de la edición de Salamanca 1932 del Decenario al Espíritu Santo

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François Gondrand, «Un livre de sentences spirituelles a l’époque contemporaine: 'Camino', de Josemaría Escrivá de Balaguer», en Crisol (Publications du Centre de Recherches Ibériques et Latino-Américaines de l’Université Paris X-Nanterre), 18 (1994) 47-57

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D. Manuel González. Obras completas, Tomás Álvarez (ed.), Monte Carmelo [MEC, 13] y El Granito de Arena, 3 vol, Burgos y Madrid 1998-1999

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AA. VV., Homenaje a Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, Eunsa (Temas «Nuestro Tiempo», 53), Pamplona 1986

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José Luis Illanes, «El cristiano 'alter Christus – ipse Christus'. Sacerdocio común y sacerdocio ministerial en la enseñanza del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer», en Gonzalo Aranda y otros (dir.), Biblia, exégesis y cultura. Estudios en honor del Prof. D. José María Casciaro, Eunsa, Pamplona 1994, pgs 605-622

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José Luis Illanes, Mundo y santidad, Rialp («Patmos», 182), Madrid 1984

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José María Iribarren, El porqué de los dichos, Departamento de Educación y Cultura: Gobierno de Navarra, 10ª ed, Pamplona 1997

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Luis de La Puente, Meditaciones de los misterios de nuestra santa fe, Apostolado de la Prensa, 2 vol, 9ª ed, Madrid 1950

Logos 53

Francisca Javiera del Valle, Decenario al Espíritu Santo, ed. Manuel Diego Sánchez, Ed. de Espiritualidad («Logos», 53), Madrid 1994, 232 pgs.

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Santa Teresa del Niño Jesús, Obras completas, Tomás Álvarez (ed), MEC 5, Burgos 1996

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D. J. Cardinal Mercier, La vie intérieure. Appel aux âmes sacerdotales. Retraite prêchée a ses prêtres, Beauchèsne, Bruxelles-Paris 1919

Moliner

María Moliner, Diccionario del uso del español, Gredos, 2ª ed., 2 vol., Madrid 1998

Mons. Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, 1985

Pedro Rodríguez – Pio Alves de Sousa – José Manuel Zumaquero (dir.), Mons. Escrivá de Balaguer y el Opus Dei. En el 50 aniversario de su fundación, Eunsa («Colección Teológica», 34) 2ª ed, Pamplona 1985

Ms/A, Ms/B, Ms/C

Santa Teresa del Niño Jesús, Manuscritos autobiográficos A, B, y C

Neblí 20

Juan Casiano, Collationes; Rialp («Neblí», 20), Madrid 1998

Neblí 25

Fray Alonso de Madrid, Arte para servir a Dios, 1521; Rialp («Neblí», 25), Presentación de José María Casciaro, Madrid 1960.

F. Ocáriz – I. de Celaya, Vivir como hijos de Dios, 1993

Fernando Ocáriz – Ignacio de Celaya, Vivir como hijos de Dios. Estudios sobre el Beato Josemaría Escrivá, Eunsa («NT Religión»), Pamplona 1993

G. Ortiz de Landázuri, «Aspectos literarios de ‘Camino’...»

Guadalupe Ortiz de Landázuri, «Aspectos literarios de ‘Camino’, ‘Surco’ y ‘Forja’», comunicación presentada al Congreso La grandeza de la vida ordinaria, Roma, 7-11.I.2002

Patmos 35

 

Francisca Javiera del Valle, Decenario al Espíritu Santo, presentación de Florentino Pérez Embid, Rialp («Patmos», 35), Madrid 1954.

J. M. Pero-Sanz, Isidoro Zorzano, 1997

José Miguel Pero-Sanz, Isidoro Zorzano Ledesma. Ingeniero Industrial (Buenos Aires, 1902-Madrid, 1943), 4ª ed, Palabra, Madrid 1997

A. Petit, Sacerdos rite institutus, 1938

Adulphus Petit, S.J., Sacerdos rite institutus piis exercitationibus menstruae recollectionis auctore P. Adulpho Petit, S.J. Sexta editio elimata. Typis Societatis Sancti Augustini, Desclée, de Brouwer et Socii. Brugis et Insulis. 1938

PG

Migne, Patrologia. Serie Griega

PL

Migne, Patrologia. Serie Latina

Á. del Portillo, Entrevista, 1993

Álvaro del Portillo, Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, realizada por Cesare Cavalleri, Rialp, Madrid 1993

P. Poveda, En provecho del alma, 1909

Pedro Poveda, En provecho del alma. Máximas, pensamientos, avisos y consejos saludables para vivir cristianamente, Imprenta Católica de Francisco G. Vicente, 6ª ed («Institución Teresiana»), Valladolid 1938. La primera edición es de 1909

Alonso Rodríguez, Ejercicio de perfección; AP, 1950

P. Alonso Rodríguez, Ejercicio de perfección y virtudes cristianas, Apostolado de la Prensa, 7ª edición, Madrid 1950

P. Rodríguez – F. Ocáriz – J. L. Illanes, El Opus Dei en la Iglesia, 2000

Pedro Rodríguez - Fernando Ocáriz - José Luis Illanes, El Opus Dei en la Iglesia. Introducción eclesiológica a la vida y el apostolado del Opus Dei, Rialp («Cuestiones Fundamentales», 29), 5ª ed, Madrid 2000

P. Rodríguez, «La 'exaltación' de Cristo en la Cruz...», 1994

Pedro Rodríguez, «La 'exaltación' de Cristo en la Cruz. Juan 12, 32 en la experiencia espiritual del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer», en Gonzalo Aranda y otros (dir.), Biblia, exégesis y cultura. Estudios en honor del Prof. José María Casciaro, Eunsa, Pamplona 1994, pgs 573-601

P. Rodríguez, Vocación, trabajo, contemplación, 1986

Pedro Rodríguez, Vocación, trabajo, contemplación, Eunsa [«Colección Teológica», 50], 2ª ed, Pamplona 1986

Santo Rosario

Josemaría Escrivá de Balaguer, Santo Rosario, 12ª ed, Rialp, Madrid 1971

SCh

Collection «Sources Chrétiennes»

Surco

Josemaría Escrivá de Balaguer, Surco, Presentación de Álvaro del Portillo, 1ª ed, Rialp, Madrid 1986

A. Tanquerey, Compendio de Teología ascética y mística, 1930

Adolphe Tanquerey, Compendio de Teología ascética y mística, Desclée & Cía, París 1930

R. Tosi, Dizionario delle Sentenze latine e greche, 2000

Renzo Tosi, Dizionario delle Sentenze latine e greche, Biblioteca Universale Rizzoli, 13ª ed, Milano 2000

Via Crucis

Josemaría Escrivá de Balaguer, Via Crucis, Presentación de Álvaro del Portillo, 1ª ed, Rialp, Madrid 1981

 

4. Archivísticas

Véase en IntrodGen § 14, 1 la información sobre aquellos documentos de AGP que, por su utilización frecuente en el Comentario crítico, se citan sin señalar en cada ocasión la signatura del Archivo.


 

 

 

 

Cronología de JoseMaría Escrivá

 

 

 

 

1902              9 enero. Nace en Barbastro (Aragón) Josemaría Escrivá de Balaguer, hijo de don José Escrivá y Corzán y de doña Dolores Albás Blanc.

                      13 de enero. Bautizado en la parroquia de la Asunción (Catedral) con los nombres de José María Julián Mariano.

                      23 de abril. Confirmado por Mons. Juan Antonio Ruano, Obispo de Barbastro.

1904              Cura de manera inexplicable de una enfermedad de la que fue desahuciado por los médicos. Sus padres, en cumplimiento de una promesa hecha a la Virgen, acuden a la ermita de Nuestra Señora de Torreciudad, en peregrinación de acción de gracias.

1905              Va al parvulario del colegio de las Hijas de la Caridad, en Barbastro.

1908              Comienza a estudiar en el Colegio de los Escolapios de Barbastro. Acude por primera vez al sacramento de la confesión.

1910              11 de Julio. Fallece, a los nueve meses de edad, su hermana Rosario, que había nacido el 2 de octubre de 1909.

1912              23 de abril. Recibe la Primera Comunión.

                      10 de julio. Fallece su hermana Lolita, nacida el 10 de febrero de 1907.

1913              El 6 de octubre fallece su hermana Chon, nacida el 15 de agosto de 1905.

1914              Quiebra el negocio de su padre.

1915-1917     La familia se traslada a Logroño, donde su padre trabaja en un comercio de tejidos.

1917-1918     En las Navidades de ese curso las huellas en la nieve de los pies descalzos de un carmelita le suscitan un fuerte deseo de entrega a Dios. Comienzan los «barruntos» de algo que el Señor le pide y no sabe lo que es. Será el Opus Dei.

                      Meses más tarde, decide hacerse sacerdote y comienza los estudios eclesiásticos como alumno externo del Seminario de Logroño.

1919              28 de febrero. Nace su hermano Santiago.

1920              Terminados sus estudios de Humanidades y de Filosofía y aprobado el primer curso de Teología, se traslada a Zaragoza para completar sus estudios eclesiásticos en la Universidad Pontificia. Reside en el Seminario de San Francisco de Paula.

1922              El Cardenal Soldevila, Arzobispo de Zaragoza, le confía el cargo de Inspector del Seminario de San Francisco de Paula cuando cuenta sólo con veinte años de edad.

                      El 28 de septiembre el arzobispo le confiere la tonsura y, en diciembre, las Órdenes menores

1923              Inicia la carrera de Derecho en la Universidad civil de Zaragoza. Hasta junio de 1924 simultanea la carrera civil y la eclesiástica.

                      El 4 de junio muere asesinado el Cardenal Soldevila.

1924              14 de junio Recibe el Subdiaconado.

                      27 de noviembre. Fallece en Logroño su padre, José Escrivá.

                      20 de diciembre. Recibe el Diaconado.

1925              28 de marzo. Recibe la ordenación sacerdotal en la iglesia del Seminario de San Carlos de manos de don Miguel de los Santos Díaz Gómara. Y celebra su primera Misa solemne el 30 de marzo en la Capilla del Pilar de Zaragoza.

                      Al día siguiente se traslada como regente auxiliar a Perdiguera, un pueblo cercano a Zaragoza.

                      El 18 de mayo vuelve a Zaragoza, donde se hace cargo de una capellanía en la Iglesia de San Pedro Nolasco. Continúa sus estudios de Derecho, y da clases particulares y de Derecho Romano y Canónico en el Instituto Amado.

1927              En enero completa su licenciatura de Derecho.

                      Del 2 al 18 de abril atiende la parroquia de Fombuena.

                      El 19 de abril se traslada a Madrid y desde junio es capellán del Patronato de Enfermos, de las Damas Apostólicas del Sagrado Corazón de Jesús.

1928              El 2 de octubre vio el Opus Dei, mientras realizaba Ejercicios Espirituales en la Casa Central de los Paúles de Madrid.

1930              14 de febrero. En Madrid, el Fundador del Opus Dei, mientras celebra la Santa Misa, ve que es Voluntad de Dios que también pertenezcan mujeres al Opus Dei.

1931              En septiembre es nombrado capellán del Patronato de Santa Isabel y deja la capellanía del Patronato de Enfermos.

1932              Diciembre: da a conocer, en Madrid, el primer fascículo de Consideraciones Espirituales. Se trata de un conjunto de 17 cuartillas mecanografiadas, multicopiadas a velógrafo. Contiene 246 consideraciones numeradas.

También distribuyó a velógrafo su escrito Santo Rosario.

1933              El 21 de enero comienza una actividad de formación espiritual para universitarios.

                      Julio: nuevo fascículo de Consideraciones Espirituales. Son siete cuartillas, de las mismas características, con 87 nuevos textos de numeración consecutiva a los del primero, hasta llegar al 333.

En diciembre abre la Academia DYA, en la calle Luchana, primera «labor apostólica» del Opus Dei.

1934             Se edita en Cuenca, a finales de junio, imprenta «La Moderna», Consideraciones Espirituales.

                     Se publica también, en Madrid, la primera edición impresa del Santo Rosario.

                      En septiembre amplía la Academia DYA y se traslada a la calle Ferraz 50, donde cuenta también con una Residencia de estudiantes.

                      El 11 de diciembre es nombrado Rector del Patronato de Santa Isabel.

1936             Durante los primeros meses de la Guerra civil permanece en Madrid con evidente riesgo de su vida. Se refugia en diversos domicilios particulares. Después se refugió en un establecimiento psiquiátrico: la Casa de Reposo y Salud que dirigía su amigo el Doctor Suils.

1937             En 14 de marzo se refugia en la Legación de Honduras y a fines de agosto obtuvo una documentación que le permite cierta libertad.

                     El 8 de octubre abandona Madrid.

                     Del 19 de noviembre al 2 de diciembre pasa los Pirineos junto con algunos miembros del Opus Dei y otras personas.

El 12 de diciembre llega a San Sebastián.

Del 18 al 24 de diciembre hace su retiro espiritual de ese año en el Palacio Episcopal de Pamplona, acogido por el Obispo de esta ciudad, D. Marcelino Olaechea, buen amigo suyo

1938             A partir de 8 de enero reside en Burgos. Viaja por los lugares más diversos para continuar la labor apostólica.

                     A partir del 29 de marzo vive en el Hotel Sabadell, de esa ciudad.

                     Del 8 al 14 de agosto reside en Ávila en compañía del Obispo de esta ciudad, don Santos Moro. Prepara las tandas de Ejercicios que dará a continuación.

                     Del 18 al 25 de agosto predica Ejercicios Espirituales a religiosas en el Palacio Episcopal de Vitoria.

                     Del 4 a 10 de septiembre predica Ejercicios Espirituales a sacerdotes en el Seminario de la diócesis de Vitoria (Vergara).

                     Del 26 de septiembre al 1 de octubre hace su retiro espiritual en Silos.

                     El 13 de diciembre se traslada a vivir a la pensión de Concepción 9, en Burgos, donde terminará la redacción de Camino.

1939             2 de febrero: acaba de mecanografiar el manuscrito original de Camino

                     El 28 de marzo regresa a Madrid.

                     Valencia 29 de septiembre: lugar y fecha de la edición príncipe de Camino. En junio se había editado también allí Santo Rosario.

                     En diciembre obtiene el grado de Doctor en Derecho en la Universidad de Madrid con una tesis sobre la Abadesa de las Huelgas (Burgos).

                     El Opus Dei comienza a extenderse por España: Valencia, Barcelona, Valladolid, Zaragoza, Bilbao, Sevilla, Santiago. La Segunda Guerra Mundial impide el comienzo en otras naciones.

1940              Predica numerosos Ejercicios Espirituales a sacerdotes y religiosos.

1941              El Obispo de Madrid aprueba el Opus Dei como Pía Unión el 19 de marzo.

                      El 22 de abril fallece su madre en Madrid.

1943              El 14 de febrero funda la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz: solución jurídica que permite la ordenación de sacerdotes en el Opus Dei.

                      El 11 de octubre el Opus Dei recibe el nihil obstat de la Santa Sede para su erección diocesana. Es erigido en la diócesis de Madrid el 8 de diciembre.

1944              25 de junio: ordenación sacerdotal de tres primeros fieles del Opus Dei.

                      Publica una monografía, ampliando notablemente su tesis doctoral, titulada La Abadesa de las Huelgas.

                      En el mes de octubre, mientras predica unos Ejercicios Espirituales a los agustinos del monasterio de El Escorial; se le diagnostica una diabetes mellitus.

1946              El 23 de junio llega a Roma. Comienza la labor estable del Opus Dei en Portugal, Italia y Gran Bretaña.

                      El 13 de agosto la Santa Sede emana un documento de alabanza de los fines del Opus Dei.

1947              El 2 de febrero Pío XII promulga la Constitución Apostólica Provida Mater Ecclesia y el 24 de febrero el Opus Dei obtiene el Decretum laudis.

Comienza la labor estable del Opus Dei en Francia e Irlanda

1949              Impulsa desde Roma la expansión del Opus Dei en todo el mundo. Comienza la labor apostólica en México y EE.UU. El Fundador hace su primer viaje por Centroeuropa.

1950              El 16 de junio, Pío XII concede la aprobación definitiva del Opus Dei.

1952              En octubre comienza en Pamplona el Estudio General de Navarra, que luego se convertirá en la Universidad de Navarra.

1954              El 27 de abril, fiesta de Nuestra Señora de Montserrat, sufre repentinamente un shock anafiláctico, dando la impresión de que ha fallecido. Se repone al poco rato y queda curado de la grave diabetes que sufre desde hace diez años.

1955              En diciembre obtiene el doctorado en Sagrada Teología en la Universidad Lateranense de Roma.

1956              Se celebra en Einsiedeln (Suiza) el II Congreso General del Opus Dei.

                      19 de diciembre: miembro de la Pontificia Academia Romana de Teología.

1957              El 20 de junio muere en Roma su hermana Carmen.

                      El 23 de julio es nombrado Consultor de la Congregación de Seminarios y Universidades .

1958              Fallece Pío XII. Es elegido Juan XXIII.

Comienza la labor estable del Opus Dei en Japón, Kenya y El Salvador

1960              El 21 de octubre es investido Doctor honoris causa por la Universidad de Zaragoza.

                      El 25 de octubre asiste al acto en el que se erige la Universidad de Navarra. Es nombrado Hijo Adoptivo de Pamplona.

1961              Juan XXIII le nombra Consultor de la Comisión Pontificia para la Interpretación auténtica del Código de Derecho Canónico.

1962              El 11 de octubre comienza el Concilio Vaticano II.

1963              Muere Juan XXIII y el 21 de junio es elegido Pablo VI.

1964              El 24 de enero Pablo VI recibe por primera vez en audiencia a Mons. Escrivá.

                      En noviembre se celebra en Pamplona la I Asamblea de Amigos de la Universidad de Navarra, y un acto académico de nombramiento de doctores Honoris causa.

1965              El 8 de diciembre se clausura el Concilio Vaticano II.

1967              II Asamblea de Amigos de la Universidad de Navarra. Predica la «homilía del Campus»: Amar al mundo apasionadamente.

1968              Se publica Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, donde se recogen las entrevistas concedidas a Time, Le Figaro, New York Times, L'Osservatore della Domenica, etc.

1970              El 2 de febrero comienzan las obras del Santuario de Torreciudad.

                      Del 15 de mayo al 23 de junio está en México, donde predica a miles de personas.

1972              Realiza un largo viaje por España y Portugal de carácter apostólico. Durante este viaje, de octubre a noviembre, se entrevista con numerosas personas y tienen lugar muchos encuentros multitudinarios.

1973              En marzo se publica Es Cristo que pasa, que recoge 18 homilías predicadas entre 1951 y 1971.

1974              Del 22 de mayo al 31 de agosto realiza un viaje de carácter apostólico por Brasil, Argentina, Chile, Perú, Ecuador y Venezuela.

1975              Del 4 al 24 de febrero continúa su viaje por América, y visita Venezuela y Guatemala. Por enfermedad tiene que retornar a Roma.

                      El 28 de marzo –aquel año Viernes Santo– celebra en la intimidad sus bodas de oro sacerdotales.

                      El 26 de junio, al filo de las doce del mediodía, falleció en su habitación de trabajo.

                      El 27 de junio fue sepultado en la Cripta la actual iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, en la Sede Central del Opus Dei.

                      El 15 de septiembre es elegido Mons. Álvaro del Portillo como sucesor de Mons. Escrivá de Balaguer.

1977              Se publica Amigos de Dios, segundo volumen de homilías.

1981              El 19 de febrero el Cardenal Vicario de Roma, Ugo Poletti, promulga el Decreto de Introducción de la Causa de Canonización.

                      El 12 y el 18 de mayo se abre en el Vicariato de Roma y en Madrid el proceso cognicional sobre su vida y virtudes.

                      En febrero se publica Via Crucis, obra póstuma.

1982-83         El 28 de noviembre Juan Pablo II erige el Opus Dei en Prelatura personal.

1986              El 8 de noviembre concluye el proceso cognicional en Roma. Se entregó a la Congregación para las Causas de los Santos un material escrito en 8.000 páginas.

                      En el mes de octubre se publica Surco, obra póstuma.

1987              En el mes de octubre se publica Forja, otra obra póstuma.

1990              9 de enero. Se erige en Roma el Ateneo Romano de la Santa Cruz, que pasaría a ser después la Pontificia Universidad de la Santa Cruz.

                      El 9 de abril el Papa promulga el Decreto que proclama las virtudes heroicas de Josemaría Escrivá.

1991              6 de julio el Papa promulga el Decreto que reconoce la autenticidad de un milagro realizado por intercesión de Josemaría Escrivá de Balaguer.

1992              El 17 de mayo es beatificado por Juan Pablo II en la Plaza de San Pedro en Roma.

2001              20 de diciembre: el Papa Juan Pablo II firma el Decreto de aprobación del milagro que abre la puerta a la canonización del Beato Josemaría.


 

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I

Introducción General


 

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I. El Autor

§ 1. Rasgos biográficos[3]

Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás (1902-1975), el Autor de Camino[4], nació en Barbastro (España), el 9 de enero de 1902 y fue bautizado el día 13 en la Catedral de la ciudad, sede de uno de los más antiguos Obispados pirenaicos. Su infancia y primera adolescencia estará unida para siempre a esta pequeña ciudad del Alto Aragón. Allí se casaron sus padres, don José Escrivá y Corzán y doña Dolores Albás y Blanc, enraizados en antiguas familias de Aragón y Cataluña; allí nacieron sus hermanas: Carmen, tres años mayor, y otras tres menores que él, que murieron siendo niñas; allí estudió los primeros años del Bachillerato en el Colegio de los Calasancios. El ambiente familiar, de acendrada vida cristiana, marcó algunas de las cualidades básicas de su carácter: amor a la libertad, sencillez en el trato, comprensión humana, laboriosidad, buen humor, sentido de la familia y del hogar. El padre, comerciante, tuvo un revés de fortuna en su negocio de tejidos, en muy buena parte consecuencia de su hombría de bien y honradez de cristiano[5]. La quiebra del negocio familiar determinó que don José hubiera de dejar Barbastro para trasladarse a Logroño, donde había encontrado empleo en un negocio de índole similar. Allí le siguió muy pronto la familia, que, en dolorosa situación y estrechez económica, recomenzó su vida ordinaria.

De 1915 a 1918 Escrivá cursó los tres últimos años de Bachillerato en el Instituto General y Técnico de la capital de la Rioja. Fue en el curso 1917-18 cuando comenzó a tener «barruntos» –ésta es la palabra que empleaba para referirse a lo que decimos– de algo que Dios le pedía y que no sabía lo que era. Las huellas de un carmelita descalzo sobre la nieve fueron, según sus biógrafos, decisivas para el nuevo rumbo que iba a tomar su vida: intensificó su vida de piedad, comenzó a tener dirección espiritual y, sobre todo, dejó su proyecto de estudiar Arquitectura y tomó la decisión de hacerse sacerdote, para estar así mejor dispuesto a esa Voluntad de Dios, que, sin embargo, no conocía[6]. Lo consultó con su padre, que le hizo prudentes consideraciones y le dejó plena libertad. «Es la única vez que le vi llorar», comentaría el Autor de C muchos años después. En octubre de aquel año comenzó a asistir como «externo» a las clases del Seminario, donde estudió de 1918 a 1920. El Señor envió a sus padres un nuevo hijo, Santiago, nacido en 1919[7].

La época de Logroño –que bajo este aspecto continúa en Zaragoza– es también sumamente intensa en la formación literaria y cultural del futuro Autor de C, que leyó intensa y extensamente a los clásicos españoles, especialmente Calderón, Quevedo, Cervantes, Lope de Vega y Fray Luis de Granada, dedicando especial atención a Santa Teresa de Jesús, «hacia la que siempre manifestó gran devoción, tanto por su empresa apostólica en servicio de la Iglesia, como por su itinerario de entrega y trato con Dios». Este gusto por la tradición clásica dejará impronta definitiva en la tersura de su lenguaje oral y escrito y en la solidez de sus convicciones religiosas y espirituales, que se prolongará a lo largo de toda su vida –y cuando esa vida le dejaba– en relecturas de las grandes obras, sea literarias, sea de la cultura teológica y canónica (con especial atención a la dogmática y a la patrística)[8].

Terminado, después de los estudios filosóficos, el primer año de Teología, se trasladó a Zaragoza. Su joven vida de estudiante estaba ya configurada por aquellas huellas y aquellos barruntos. La decisión de ser sacerdote era firme, aunque seguía sin «ver» lo que Dios quería. Marchaba, puede decirse, haciendo eco a la Escritura, hacia la tierra que el Señor le había de mostrar, y caminaba sin saber a dónde iba (cfr Heb 11, 8).

En Zaragoza terminó sus estudios eclesiásticos en la Universidad Pontificia. Residía en el Seminario de San Francisco de Paula, del que, en 1922, es nombrado Inspector, siendo todavía estudiante. En 1923, acabados los estudios eclesiásticos, comienza también, como le había aconsejado su padre en aquella inolvidable conversación[9], la carrera de Derecho en la Universidad de Zaragoza (estatal), que al cabo de los años (1960) le haría Doctor «honoris causa». En noviembre de 1924 fallece en Logroño don José Escrivá, pocos meses después de haber sido ordenado subdiácono su hijo Josemaría. La familia, sin otro vínculo en Logroño y en gran penuria económica, se traslada a Zaragoza para estar más cerca del hijo mayor. Éste se veía con la responsabilidad de ser cabeza de aquella familia sumida en el dolor, a la vez que se disponía, en medio de la oscuridad, a recorrer los últimos pasos hacia el sacerdocio: «Domine, ut videam!, Domine, ut sit!»; y también, «Domina, ut sit!»[10].

La ordenación sacerdotal tuvo lugar el 28 de marzo de 1925 en la iglesia del Real Seminario Sacerdotal de San Carlos. Le confirió el orden del presbiterado el Presidente de dicho seminario, don Miguel de los Santos Díaz Gómara, Obispo titular de Tagora, pues don Rigoberto Domenech, nombrado Arzobispo de Zaragoza para suceder al Cardenal Soldevila (asesinado por un anarquista en junio de 1923), no había tomado aún posesión de la sede. Al día siguiente de la ordenación Josemaría Escrivá dejaba el Seminario, el día 30 celebraba ante la Virgen del Pilar su Primera Misa en sufragio por su padre y el día 31 se incorporaba a su primer encargo pastoral, que duraría dos meses: regente auxiliar de la parroquia de Perdiguera (Zaragoza).

En la Ciudad del Ebro continuó durante dos años su tarea sacerdotal, avanzando a la vez en sus estudios jurídicos hasta obtener la Licenciatura en Derecho en enero de 1927. Ese año sería el de su traslado a Madrid. El 17 de marzo el Arzobispo de Zaragoza le autorizaba la residencia en la capital de España y en abril Escrivá ya está en la «villa y Corte». Iba a hacer el Doctorado en Derecho, pero –en la realidad profunda– Dios se lo lleva para que, finalmente, conozca su Voluntad.

A partir de entonces, la vida de Josemaría Escrivá tiene una fecha definitoria –el 2 de octubre de 1928, en que el Señor le hará «ver» el Opus Dei– y dos ciudades de referencia: primero, Madrid, desde la que recorrerá, de muy diversas formas, España y Portugal; y Roma, después, que le llevará a realizar frecuentes viajes apostólicos por Europa y América. En ese marco se inscribe desde ahora la biografía del Autor de C.

Los primeros años de Madrid (1927-1934) son para nosotros de la máxima importancia: constituyen el «habitat», el contexto humano y sobrenatural de más de la mitad del texto de C: me refiero a la parte que vendrá publicada en Cuenca bajo el título Consideraciones Espirituales[11] y a la que escribió durante la guerra civil en la Legación de Honduras. Escrivá estuvo alojado al principio en la Residencia de sacerdotes de la calle Larra y, en junio de 1927, viviendo todavía allí, tuvo su primer encargo pastoral, que desempeñó hasta octubre de 1931: capellán primero del Patronato de Enfermos, una obra que las Damas Apostólicas del Sagrado Corazón –Congregación religiosa fundada por Luz Rodríguez-Casanova[12]– tenían en la calle de Santa Engracia 13, y desde la que atendían, material y espiritualmente, a miles de pobres y enfermos. En noviembre de 1927 alquiló un ático en la calle Fernando el Católico y poco después llegaban, a su cargo, su madre y sus dos hermanos. La estrechez económica era grande y para aumentar algo más los recursos daba clases de Derecho en la Academia Cicuéndez[13]; también buscaba dar clases particulares.

Pero buscaba, sobre todo, almas. Almas de hombres y mujeres, que encontraba a través de la amplia e incansable labor sacerdotal que empezó a desarrollar. Se movía en los más diversos ambientes, especialmente en el universitario y entre los pobres y desvalidos de los barrios extremos y con los enfermos y moribundos de los hospitales. Sus jornadas en esta época madrileña han sido descritas por sus biógrafos. El tiempo para su tesis doctoral y los estudios jurídicos tenía que ceder ante el reclamo de las almas. Confesaba, predicaba y enseñaba donde podía y le dejaban. Iba de un lado para otro –clases, confesiones, predicación, catequesis, atención de enfermos– recorriendo, de una punta a otra, la geografía madrileña. Estudiaba y leía muchas veces por la calle. Era un «contemplativo itinerante»[14], movido por el amor a Dios y a los hombres. Y buscaba siempre aquella misteriosa Voluntad de Dios: «Domine, ut videam!, ut sit!...» era su oración desde los barruntos... Clamaba y cantaba: «ignem veni mittere in terram et quid volo nisi ut accendatur!» (Lc 12, 49; Vulgata), y él mismo se respondía, ofreciéndose al Señor: «ecce ego quia vocasti me» (1 S 3, 6).

El Patronato, la familia en la calle Fernando el Católico, los pobres y los enfermos, los moribundos, los estudiantes de la Academia Cicuéndez, sus amigos sacerdotes, los estudios de doctorado, la liturgia y la oración... Éste era el afán cotidiano y el ambiente –el contexto– del 2 de octubre de 1928, el día en que el Señor, finalmente, le hizo conocer su Voluntad: el Opus Dei. Estaba haciendo sus EjEsp en la Residencia de los PP. Paúles, calle García de Paredes[15]. En un documento de 1934 –escrito para el pequeño grupo que le seguía entonces y pensando en los fieles que vendrían al Opus Dei en el futuro– se refiere a ese momento histórico:

«La Obra de Dios no la ha imaginado un hombre […] Hace muchos años que el Señor la inspiraba a un instrumento inepto y sordo, que la vio por vez primera el día de los Santos Angeles Custodios, dos de octubre de mil novecientos veintiocho»[16].

«Desde aquel día –había escrito en el tercer aniversario de la fundación–, el borrico sarnoso se dio cuenta de la hermosa y pesada carga que el Señor, en su bondad inexplicable, había puesto sobre sus espaldas»[17].

Los «muchos años» de que habla son los años de aquellos barruntos, que en esa fecha tan determinada se hacen luz, claridad. Aquel 2 de octubre, finalmente, «ve» y «se da cuenta». Fue un acontecimiento místico, que se iría tematizando en interacción con la historia vivida. Hay necesariamente que remitir a la bibliografía sobre la fundación del Opus Dei para profundizar en este ver y percibir. En síntesis puede decirse que el Beato Josemaría «descubre» la llamada universal de Dios a la santidad realizándose no sólo en situaciones extraordinarias, sino en el seno del trabajo humano y de las circunstancias más comunes de la vida, llamada que se le aparece como «olvidada» en la praxis de los cristianos, que estaba dominada, en muy buena parte, por la separación entre la fe y la vida ordinaria. A la vez, Josemaría Escrivá percibe una llamada concreta del Señor: «Dios quiere que consagre la totalidad de sus energías a promover una institución –una Obra, por emplear el término al que acudió desde el principio– que tenga por finalidad difundir entre los cristianos que viven en el mundo una honda conciencia de la llamada que Dios les ha dirigido desde el momento mismo de su Bautismo. Más aún, una Obra que se identifique con el fenómeno pastoral que promueve, formada por cristianos corrientes que, al descubrir lo que la vocación cristiana supone, se comprometen con esa llamada y se esfuerzan en lo sucesivo por comunicar ese descubrimiento a los demás, extendiendo así por el mundo la conciencia de que la fe puede y debe vivificar desde dentro la existencia humana, con todas las realidades que la integran: en primer lugar, las exigencias del propio trabajo profesional y, en general, la vida familiar y social, el empeño científico y cultural, la convivencia cívica, las relaciones profesionales...»[18].

La luz del 2 de octubre era una luz claramente fundacional, un carisma del Espíritu que movilizó todas las energías de aquel sacerdote de 26 años al servicio de aquel «mensaje» y del desarrollo de aquella Obra naciente que debía difundir por doquier. Una luz fundacional que el 14 de febrero de 1930 brilló de nuevo ante el Fundador –en la Santa Misa, después de la comunión, explicó– para dar entrada a las mujeres en el Opus Dei[19].

Desde aquel 2 de octubre y de la manera más radical, el Opus Dei fue el «lugar» de Josemaría Escrivá en la vida y en la misión de la Iglesia, el porqué y el para qué de su propia vida. Quiere esto decir –entre otras muchas cosas– que C, el libro cuya edición crítica se aborda en este volumen, se inscribe dentro de ese horizonte vital y, como iremos examinando punto tras punto, refleja muchos aspectos de la historia vivida por su Autor tratando de corresponder, día tras día, a esa explícita Voluntad de Dios.

Pero después de aquella experiencia sobrenatural, la vida seguía a su ritmo en un Madrid que ya presagiaba revolución y tormenta. En mayo de 1931, en momentos de agitación popular anticlerical, en los días de la quema de conventos, Escrivá se ve obligado a dejar su residencia en el Patronato de Enfermos, y a trasladarse, con su familia, a una modesta vivienda en la calle Viriato[20]. Allí vivió hasta diciembre de 1932. Durante aquel año y medio, el cuarto de Viriato fue testigo de especiales luces de Dios de carácter fundacional y de un desarrollo especialmente intenso del trato personal con el Espíritu Santo y de la «vida de infancia». Allí escribió los Cuadernos IV, V y buena parte del VI de su Apuntes íntimos. Allí el Señor «me daba continua oración, aun durmiendo»[21]. Allí se daba cuenta de que todo lo que él pudiera ofrecer al Señor era nada. «Nada –seguía escribiendo, en diálogo con su Señor–, ante la maravilla que supone este hecho: un instrumento pobrísimo y pecador, planeando, con tu inspiración, la conquista del mundo entero para su Dios, desde el maravilloso observatorio de un cuarto interior de una casa modesta, donde toda incomodidad material tiene su asiento»[22].

En septiembre de 1931 comenzó a desempeñar el cargo de Capellán del Patronato de Santa Isabel y en diciembre de 1934 fue nombrado Rector de dicho Patronato, una antigua institución madrileña, en el barrio de Atocha, con dos conventos de monjas en su recinto. La familia, que desde finales de 1932 había dejado Viriato y vivía en la calle Martínez Campos 4, se traslada ahora, a mediados del 34, a la residencia del Rector en el Patronato.

Estos encargos pastorales eran, sencillamente, el marco de vida eclesiástica que le permitía permanecer en Madrid, pues el destino y la misión de su vida era tratar de hacer, sin medio humano alguno, el Opus Dei. Empezó secundando las luces que recibió de Dios el 2 de octubre de 1928: «desde entonces comencé a tratar almas de seglares, estudiantes o no, pero jóvenes. Y a formar grupos. Y a rezar y a hacer rezar. Y a sufrir...»[23]. Fueron llegando los primeros fieles del Opus Dei. En el curso 1933-34 comenzó, en la calle Luchana, la Academia DYA (Derecho y Arquitectura; en realidad, Dios y Audacia), que al año siguiente se traslada a la calle Ferraz 50, pero no sólo como Academia, sino como Residencia de Estudiantes universitarios. Fueron aquéllos –el 34-35 y el 35-36– dos cursos de gran expansión de la labor apostólica. En julio de 1936 la Residencia se traslada a una casa más adecuada en la misma calle, Ferraz 16; a la vez se planea comenzar la tarea en París y empezar, en octubre, en Valencia.

Todo se vino abajo. En pleno traslado de la Residencia comenzó la guerra civil. Ferraz 16 estaba enfrente del Cuartel de la Montaña... Los miembros del Opus Dei y los residentes y alumnos de Ferraz estaban repartidos –eran las vacaciones de verano– en las dos zonas en que quedó dividida España: las llamadas «zona nacional» y «zona republicana».

Escrivá, como todos los sacerdotes en Madrid, corría un grave peligro. Anduvo de un lugar para otro en la ciudad. Finalmente –abril de 1937– encontró refugio en la Legación de Honduras. Su estancia en aquel inmueble del Paseo de la Castellana, junto a la Plaza de Castelar, tendrá una fuerte repercusión en C, como tendremos ocasión de examinar. En diciembre de ese año, con un grupo de amigos y miembros del Opus Dei, se pasó a la «zona nacional» a través de los Pirineos, Andorra y Francia. La opción le fue sumamente costosa, por los que dejaba en Madrid, pero no había otra salida para recomenzar cuanto antes la labor apostólica del Opus Dei. En Madrid y en la «zona republicana» quedaban su madre y sus hermanos y otros fieles del Opus Dei, con el ingeniero Isidoro Zorzano a la cabeza[24].

Entró por la frontera de Irún. Después de estar unos días en Pamplona, huésped del Obispo de la ciudad, don Marcelino Olaechea[25], fijó su residencia en Burgos, que era el punto de encuentro de los que estaban en los frentes y venían con unos días de permiso. Escrivá viajaba a todas partes, visitando a sus hijos espirituales: lo mismo le daba un camión que un autobús o el vagón destartalado anejo a un mercancías. «Padre –le escribía uno de ellos, agradecido–, va Vd. a tener un sitio en el Cielo que les va dar envidia a los mismos ángeles»[26]. En Burgos y en esos viajes se fraguan casi la otra mitad de los puntos de C: los que no proceden de Cec, o no estaban ya redactados en la Legación de Honduras.

La guerra acabará el 1º de abril de 1939. El 28 de marzo Josemaría Escrivá llegaba a Madrid en un camión. Entre las pocas cosas que llevaba estaba el manuscrito de C, que ese mismo año saldría a las librerías. Pero no era esto lo que le preocupaba. La Residencia de Ferraz estaba en ruinas, como un símbolo de la situación de toda España. Había que volver a empezar. Y Escrivá recomenzó. Y este acto de fe, con tanto sufrimiento detrás, significó la consolidación y el desarrollo de toda la labor. Llegaba gente joven de todas partes. En julio de 1939 se instalaba una primera Residencia de Estudiantes en la Calle Jenner. Pudo, finalmente, leer en la Universidad Central su tesis doctoral en Derecho. Ahora de una manera especialmente clara, su biografía, como se ha dicho tantas veces, se identifica con la historia del desarrollo institucional y apostólico de la Obra: su tarea es exclusivamente pastorear este «pusillus grex».

La década de los cuarenta es la de la extensión del Opus Dei por la Península Ibérica y la de los primeros desarrollos jurídicos. Ahorro al lector datos y fechas que puede encontrar en la bibliografía. Pero es importante notar que, sobre todo en los primeros años de esa década, pudo experimentar la que llamó, con expresión clásica, la «contradicción de los buenos». El Obispo de Madrid, para parar golpes y expresar la plena eclesialidad del Opus Dei, lo aprobó como Pía Unión en 19 de marzo de 1941. Un mes después muere la madre de Josemaría Escrivá, mientras se encuentra en Lérida predicando Ejercicios Espirituales a los sacerdotes de la diócesis. Madrid sigue siendo su lugar de residencia habitual. Allí, el 14 de febrero de 1943, nace la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz[27], como dimensión del Opus Dei que hace posible, en el seno de la Obra, la ordenación sacerdotal de fieles del Opus Dei: tres de ellos recibirían el presbiterado al año siguiente.

Desde 1946 el Beato Josemaría fija su domicilio en Roma, con frecuentes estancias en España durante los primeros años[28]. El Decretum laudis de la Santa Sede en 1947 facilita la extensión del Opus Dei dentro de la catolicidad de la Iglesia: comienza entonces la expansión por numerosos países, además de España, Portugal e Italia: primero, Inglaterra, Francia y Alemania en Europa; después, México y Estados Unidos en América. En 1948 Mons. Escrivá erige el Colegio Romano de la Santa Cruz: los miles de fieles del Opus Dei que han sido alumnos de ese Centro, pudieron tener un trato directo y habitual durante varios años con el Beato Josemaría, que convivía con ellos. 1950 es el año de la aprobación definitiva del Opus Dei por la Santa Sede. La década de los cincuenta es la de sus frecuentes viajes apostólicos por Italia y los demás países de la Europa Occidental, muchas veces haciendo la «prehistoria» –expresión suya– del Opus Dei en esas tierras. En aquellos años obtuvo el doctorado en Teología en el Laterano y el Papa Pío XII le nombró Consultor de la Congregación de Seminarios y Universidades y Juan XXIII, después, Consultor de la Comisión para la interpretación del Código de Derecho Canónico.

El Beato Josemaría vivió con intensidad el Concilio Vaticano II (1962-1965), que recogería de manera solemne lo que era el núcleo de su afán apostólico y de su predicación: la universal llamada de todos los cristianos a la santidad y al apostolado. Recibió en Bruno Buozzi 73, la sede central del Opus Dei en Roma, a cientos de obispos durante aquellos años inolvidables y decisivos para la renovación de la Iglesia. En aquellos encuentros le llegaban nuevas peticiones de que el Opus Dei se hiciera presente en nuevos países. A la vez tenía que conducir esta nave en los «tiempos recios» que siguieron al Concilio. Su manera de llevar el timón consistía, ante todo, en hablar de Dios, es decir, en anunciar por todas partes a Jesucristo y predicar su Evangelio con toda su fuerza nativa, sine glossa. En este contexto se inscriben, ya en los últimos años de su vida, sus largos viajes de catequesis, que el lector de esta edición encontrará citados una vez y otra. En 1970 estuvo en México y en 1972 recorrió durante dos meses España y Portugal. En 1974 realizó su labor apostólica en América del Sur, un país tras otro, y en 1975, pocos meses antes de su muerte, viajó otra vez al nuevo continente: América Central y Venezuela.

Dejó encauzadas y dispuestas las piezas teológico-jurídicas para que el Opus Dei pudiese ser erigido en Prelatura personal, una figura jurídica preconizada por el Concilio Vaticano II y que era la que se adecuaba al fenómeno teológico-pastoral del Opus Dei. Así lo entendía Mons. Escrivá y así lo entendería la Santa Sede. No pudo, sin embargo, el Fundador ver ese anhelo realizado en vida. Sería Álvaro del Portillo, sucesor suyo al frente del Opus Dei, el que daría los pasos finales hasta que el Papa Juan Pablo II, en 28 de noviembre de 1982, erigió el Opus Dei en Prelatura personal[29].

Josemaría Escrivá de Balaguer falleció el 26 de junio de 1975, sobre las doce del mediodía. Temprano, había celebrado la Eucaristía: Misa votiva de la Santísima Virgen. Después de rezar el Oficio divino había salido con Álvaro del Portillo y Javier Echevarría hacia Castelgandolfo, para tener un encuentro con un numeroso grupo de mujeres del Opus Dei, que hacían un curso en el Colegio Romano de Santa María. Allí se sintió indispuesto, pero sin darle mayor importancia. Ya de vuelta a Bruno Buozzi, al entrar en su habitación de trabajo y mientras miraba la imagen de Nuestra Señora allí colocada –un cuadro de la Virgen de Guadalupe–, se desplomó en el suelo. Un paro cardíaco, del que no se recuperó. En Castelgandolfo había exhortado a aquellas hijas suyas, a vivir –ellas, mujeres laicas– con «alma sacerdotal», ejerciendo el sacerdocio común de los fieles para santificar el mundo. Era como una síntesis de su «mensaje». Juan Pablo II lo elevó a los altares el 17 de mayo de 1992.


 

§ 2. Su obra escrita

Escrivá era un pastor de almas. Para él, el escribir, como el hablar, era una dimensión de ese pastoreo: predicar, enseñar, guiar. Incluso su tesis doctoral en Derecho: La Abadesa de las Huelgas, que dio origen a una extensa monografía publicada en 1944, tiene esa intencionalidad de fondo[30]. En vida, publicó poco: no quería aparecer. Antes de la guerra civil, en 1934, dio a la imprenta, anónimos, dos opúsculos: Consideraciones Espirituales y Santo Rosario[31]; después, en 1939, Camino[32]. Simultáneamente a estas publicaciones, escribió y puso a circular a velógrafo un conjunto de textos que llamó Instrucciones, documentos para la formación de los fieles del Opus Dei. En los primeros años cuarenta –en la época de las contradicciones–, le aconsejaron no publicar y paró el proyecto de varios libros en los que trabajaba, entre ellos Forja. No conozco otra publicación suya en esos años cuarenta que la edición de la conferencia sobre Institutos Seculares que dio en Madrid, en la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, en 1948. Pero seguía escribiendo –me llamo Escrivá, decía– con el ánimo de sacar textos a la circulación comercial: Surco, por ejemplo, que anuncia en 1950 para ser publicado en pocos meses. Pero, sobre todo, escribe pensando en la formación doctrinal, espiritual y apostólica de los fieles del Opus Dei de todos los tiempos. En efecto, durante los años cincuenta y sesenta trabaja a fondo otro «ciclo» de documentos –alguno de génesis más antigua– que llamó Cartas[33], con la idea de darlos a conocer a sus destinatarios en el momento oportuno.

C, cuyas ediciones se multiplicaban por todas partes, era en aquellos años –y en menor medida Santo Rosario– la presencia pública de Josemaría Escrivá en el campo bibliográfico. La expectación suscitada por el anuncio de Surco no se vio cumplida y la publicación se dilató sine die. Por eso cobran, en este sentido, una especial significación los años 1966-1968, en los que el Fundador del Opus Dei concede una serie de largas entrevistas a importantes medios de comunicación internacionales, en las que se pronuncia sobre los más diversos temas de la vida de la Iglesia y del espíritu del Opus Dei y que luego aparecerán reunidas en un volumen bajo el título Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, 1968[34]. Como último cap de este libro figuraba –y figura– el texto de la homilía que el Autor pronunció en la Eucaristía celebrada en el Campus de la Universidad de Navarra el 8 de octubre de 1967, un texto de profunda significación teológica y espiritual que, pulcramente editado, fue repartido al terminar la Santa Misa del Campus. Tanto la homilía como el libro tuvieron una amplia difusión y son textos fundamentales para la comprensión del pensamiento de su Autor en aquellas fechas tan inmediatas al Concilio Vaticano II.

A partir de esa fecha, como puede verse por la bibliografía, Josemaría Escrivá empieza a dar a la imprenta –y se traducen a distintos idiomas– numerosas meditaciones y homilías, es decir, textos procedentes de su predicación oral. Aquí se impone una pequeña digresión. Desde los primeros tiempos del Opus Dei, sus miembros tuvieron un gran interés en recoger y conservar las palabras del Fundador: del Padre, como se le llamaba ya desde los primeros años treinta. De ahí la gran cantidad de notas, fichas, apuntes que se conservan de meditaciones, homilías, charlas, tertulias, etc. Son textos que, con mayor o menor fidelidad, recogen su predicación y su conversación. Del final de los años cuarenta se conservan tres meditaciones en cinta magnetofónica. Ya en Roma –años cincuenta– algunos empezaron a usar a este fin la taquigrafía y, más adelante, de forma discreta –pues no quería aparecer–, se grabaron bastantes tertulias y charlas. La última etapa en esta recogida es, también, consecuencia del «avance tecnológico»: la filmación y la toma televisiva de los grandes coloquios o tertulias con el Fundador, que tras muchos esfuerzos se consiguió que éste autorizara. El resultado de todo este trabajo fue el creciente acopio de materiales que testifican, de una u otra manera, su abundantísima predicación oral y que hoy se conservan en el Archivo de la Prelatura.

Escrivá predicaba de ordinario a partir de un pequeño guión –al principio tenía guiones más extensos, como los que se citan copiosamente en esta edición– o sencillamente con el Evangelio en la mano, sin papeles, hablando a partir de los textos de la Escritura, que comentaba. Por eso, cuando en 1968, como he dicho, decidió publicar algunos textos de su predicación –meditaciones y homilías–, el trabajo de prepararlos para la imprenta estaba grandemente facilitado por el inmenso material al que me he referido. Las transcripciones le daban el cuerpo de cada meditación, que era sometido a una cuidadosa revisión con vistas al texto definitivo, reelaboración que incluía –así explicaba él en una ocasión su método de trabajo– «otras papeletas que son ya científicamente preparadas: de Padres de la Iglesia o de escritos eclesiásticos, etc.»[35] y una reconsideración del tema –muchas veces predicado a los alumnos del citado Colegio Romano de la Santa Cruz– para extenderlo a lectores de todas las procedencias. Así fue dando a la imprenta[36] de manera sucesiva un conjunto de 40 homilías que se ve responden a un plan muy concreto.

En efecto, entre noviembre de 1968 y marzo de 1973, fueron apareciendo dieciocho meditaciones sobre los momentos principales del Año litúrgico. Reunidas después, constituyen el volumen titulado Es Cristo que pasa, publicado –así se lee en el colofón– el 19 de marzo de 1973[37]. Acabada esta primera serie, en ese mismo mes de marzo comienzan a editarse dos nuevas series de homilías: una, también de dieciocho textos, sobre las virtudes cristianas, y otra, más breve, con tres meditaciones sobre la Iglesia. La serie sobre virtudes queda interrumpida en agosto de ese mismo año, cuando iban publicadas ocho meditaciones, y ya no se reanudaría la edición hasta después de la muerte del Autor: en los años 76 y 77 salieron las 10 homilías restantes en pequeños cuadernos, que, al final de 1977, fueron reunidos en el volumen proyectado: Amigos de Dios[38] –así lo había titulado su Autor–, que apareció con presentación de Álvaro del Portillo. Las homilías sobre la Iglesia fueron publicadas, bajo el título Amar a la Iglesia, en 1986[39].

También serían obras póstumas, publicadas igualmente en Rialp, Via Crucis (1981)[40], que los fieles del Opus Dei ya conocían a través de publicaciones que recibían; y sobre todo, Surco[41] (1986) –que el Autor anunciaba, como dije, ya en 1950– y Forja[42] (1988), cuyo primer diseño de portada es de 1940[43]: dos libros para la oración personal, que forman una trilogía con C, a cuyo género espiritual y literario responden.

A efectos de nuestro trabajo en la presente edición, es importante subrayar la gran importancia que tienen los citados materiales de la predicación oral del Beato Josemaría. No son, formalmente, «escritos» suyos. Son, como digo, notas y apuntes tomados por otros, palabra suya recogida y luego transcrita, pero que él no revisó y corrigió para publicación, como es, en cambio, el caso de las cuarenta meditaciones antes citadas, que son, en rigor, «escritos» propios. Por eso, a la hora de citar estas fuentes decimos: «Notas de...» o «Apuntes de...». Estamos ante el género literario de los Reportata o las Tischreden, que, en nuestro caso, tienen un alto grado de credibilidad, sobre todo, cuando proceden de la taquigrafía o de medios tecnológicos; su consulta nos ha sido del máximo interés. En los años posteriores a la muerte del Fundador parte de esos textos fueron, sucesivamente, dándose a conocer a los fieles del Opus Dei en ediciones provisionales. En AGP queda abundante material de este tipo, aún inédito.

Hay otro género de publicaciones en el que ahora no nos detenemos; simplemente, dejamos constancia: los discursos académicos en la Universidad de Navarra y otros discursos oficiales, artículos para la prensa, entrevistas (no recogidas en Conversaciones), etc.[44]. Este breve recorrido por la obra escrita de Josemaría Escrivá no ha pretendido en ningún momento lo que técnicamente se llama «establecer» la bibliografía de un autor. Su objeto ha sido sólo ilustrar bajo ese aspecto la figura del Autor de C y brindar así el marco biobibliográfico en que se sitúa el libro que es objeto de investigación y estudio en esta edición crítico-histórica.


 

II. Camino: historia de la redacción

§ 3. Consideraciones espirituales: Madrid (1932-1934)

La historia de la redacción de C tiene una fecha simbólica: «Diciembre de 1932»[45]. Con estas palabras cierra el Autor el primer anticipo –un pequeño fascículo, de tamaño cuartilla, apaisado– de lo que terminará siendo el libro cuya edición crítica nos proponemos realizar. Estas modestísimas cuartillas constituyen, como digo, el germen «público» de C.

A nadie extrañe que emprendamos esta historia de una manera tan inmediatamente documental. Como tendremos ocasión de ver a lo largo del presente volumen, la documentación relativa a C y a su proceso redaccional es extraordinariamente abundante: en cierto sentido puede calificarse de excepcional, también en relación con otras obras del Autor. Y, sin embargo, he de decir acto seguido que será difícil encontrar un autor que haya hablado menos del libro que prepara que Josemaría Escrivá de Balaguer. Apenas queda un papel en el que hable de su proyecto, de sus ideas acerca del futuro libro, de su temática: esquemas, borradores, etc. Esto que digo resulta llamativo, sobre todo si se tiene en cuenta que, como veremos enseguida, durante todo el período redaccional el Autor escribía unos Cuadernos de apuntes personales que, sin ser un diario en el sentido clásico, recogían numerosas noticias de su vida cotidiana: familiar, espiritual, intelectual, pastoral y apostólica. Pues bien, quien sólo tuviera como fuente dichos Cuadernos no podría concluir que el Autor había proyectado, preparado y escrito el libro en cuestión.

Y, sin embargo, en tales cuadernos está la matriz del libro que terminará publicándose en Cuenca el año 1934: Consideraciones Espirituales. Cec recoge y amplía el fascículo antes mencionado y sus textos proceden masivamente, como tendremos ocasión de analizar con mayor detenimiento, de esos Cuadernos. Éstos son la pieza fundamental de un conjunto de escritos autógrafos que el Autor dejó reunidos y preparados y que fueron anotados por Álvaro del Portillo, cumpliendo el encargo recibido, y, bajo el título de Apuntes íntimos, presentados a la Causa de Canonización de Josemaría Escrivá. Sin ellos, la génesis y la historia de C sería tarea ardua.

Hagámonos cargo, pues, de esta fuente de primer orden para nuestra investigación.

1. Los Apuntes íntimos (Apínt)

Estos Cuadernos, que el lector encontrará citados por todas partes a lo largo de la presente edición, son nueve, cada uno con su número –autógrafo– en romanos. Hoy disponemos sólo de ocho: el Cuaderno I fue destruido por el Autor y desconocemos su texto; no figura en consecuencia en los Apínt[46]. El Cuaderno VIII tiene dos fases literarias separadas por tres años: una antes de la guerra civil (Cuaderno VIII/1, hojas 1-62) y otra después (Cuaderno VIII/2, hojas 62v-74). En medio se intercala, cronológicamente, el último Cuaderno de la serie, que comenzó en Pamplona y al que dio, no el nº IX, sino el nº VIII duplicado[47]. A la hora de la transcripción informática de estos Cuadernos y para respetar el orden cronológico, Álvaro del Portillo situó entre el VIII/1 y el VIII dpdo los restos de un pequeño Cuaderno, sin número, que el Autor escribió durante su estancia en la Legación de Honduras[48]. Además, Mons. del Portillo agregó, a continuación del texto de los Cuadernos, catorce Apéndices, que transcriben otros documentos con notas de la vida espiritual del Autor, de ordinario escritas para su Confesor. A nuestros efectos, son especialmente interesantes los cuatro Apéndices que recogen las Relaciones que escribió el Beato Josemaría de sus EjEsp de 1932, 1933, 1934 y 1935[49]. Álvaro del Portillo, con ocasión de la transcripción informática, dio también a los párrafos o grupos de párrafos de todo el conjunto una numeración marginal consecutiva, que utilizaremos para la citación. He aquí un esquema del conjunto de Apínt:

 

Número del Cuaderno

Primera fecha

Última fecha

Numeración marginal

Número hojas

I

--------

--------

--------

 

II

11-III-1930

17-XI-1930

1-110

50[50]

III

XI-30

20-V-31

111-203

41[51]

IV

15-VII-31

3-XII-31

204-447

99

V

3-XII-31

12-VIII-32

448-809

106

VI

12-VIII-32

30-XI-33

810-1082

98[52]

VII

14-XII-33

19-II-35

1083-1225

50

VIII/1ª

20-II-35

30-VI-36

1226-1373

1-62r

Cuadº de Honduras

5-V-37

28-V-37

1374-1394

3

VIII dpdo

11-XII-37

23-I-39

1395-1594

62[53]

VIII/2ª

13-IV-39

15-XI-40

 1595-1628

62v-74[54]

Apéndices (Apd)

 

 

1629-1875

 

Apd I

X-32

EjEsp Segovia

1629-1701

40

Apd IV

VI-33

EjEsp Madrid

1704-1728

15

Apd VII

 VII-34

EjEsp Madrid

1736-1793

65

Apd IX

 VII-35

EjEsp Madrid

1807-1848

42

 

Una advertencia antes de seguir adelante. Los Apuntes íntimos, que acabamos de describir en su materialidad archivística, tienen, como ya se hace cargo el lector, un contenido mucho más amplio que C. Quiero decir que el Beato Josemaría no escribe sus Cuadernos para «escribir» C, sino para anotar las inspiraciones de Dios y su experiencia cristiana en el marco de la fundación del Opus Dei. La derivación de algunas anotaciones hacia lo que terminará siendo C es colateral a la dinámica de estos apuntes. Lo cual no obsta para que en Apínt esté la «matriz» de C y sin ellos se haga difícil situar el libro en su marco histórico-espiritual. De ahí que dediquemos a estos Cuadernos una tan detenida atención.

a. De las «cuartillas» a los «Cuadernos»

Los textos de los Cuadernos I y II hasta la hoja 43 (Apínt, nº 95) proceden de una colección de papeles sueltos, de «cuartillas»[55]. En un determinado momento (dentro del año 1930), Escrivá decidió conservar sus notas espirituales y apuntes íntimos no en «cuartillas» (papeles sueltos) sino en «cuadernos», que dan más seguridad. Pero no era aquélla una decisión sólo para el futuro, sino que implicaba la fatigosa tarea de comenzar trasladando a cuadernos todos los apuntes contenidos en la colección de cuartillas. Fue haciendo esa transcripción pacientemente. A la vez, seguía tomando sus notas diarias sobre «cuartillas», que –deduzco– se ponían «a la cola», esperando turno para ser pasadas al cuaderno[56]. Si no está claramente determinada la fecha en que comenzó a transcribir la colección de octavillas[57], es muy exacta en cambio la fecha en que termina esa operación: la última de las cuartillas acumuladas se pasa al cuaderno en 23 de octubre de 1930, como el propio Autor hace constar con estilo cuasi notarial:

«23 – octubre – 1930. –Terminan los apuntes. En lo sucesivo, todas las notas que, para mi provecho espiritual, escriba, las pondré en este cuaderno y en otros, porque no es práctico hacerlo en hojas sueltas»[58].

La transcripción emprendida había ocupado todo el Cuaderno I y el Cuaderno II hasta su hoja 43. Allí, con fecha 25 de octubre, víspera de Cristo Rey, tenemos la primera anotación escrita al día, es decir, directamente en el Cuaderno: Apínt, nº 96. Datos procedentes de la misma transcripción nos permiten saber que eran más de 250 las cuartillas –en realidad octavillas, como hemos visto– en las que el Autor había anotado hasta entonces su experiencia sobrenatural y su empeño de Fundador[59].

A partir de la víspera de Cristo Rey de 1930, el Beato Josemaría sigue ya el estilo que podríamos llamar habitual en la composición de sus Cuadernos de apuntes: lleva siempre en el bolsillo de su sotana una cuartilla u octavilla –«mi cuartilla», escribe en alguna ocasión–, en la que toma breves notas, o bien apuntes más detenidos, que luego le sirven de guión o recordatorio para escribir los textos de su Cuaderno.

Un solo ejemplo de lo que digo, tomado del Cuaderno IV. El Autor está hablando de la oración que hacía «ayer, por la tarde, a las tres», en el «presbiterio de la Iglesia del Patronato»:

«Mi imaginación andaba suelta, lejos del cuerpo y de la voluntad, lo mismo que el perro fiel, echado a los pies de su amo, dormita soñando con carreras y caza y amigotes (perros como él) y se agita y ladra bajito... pero sin apartarse de su dueño. Así yo, perro completamente estaba, cuando me di cuenta de que, sin querer, repetía unas palabras latinas, en las que nunca me fijé y que no tenía por qué guardar en la memoria (1): Aún ahora, para recordarlas, necesitaré leerlas en la cuartilla, que siempre llevo en mi bolsillo para apuntar lo que Dios quiere: dicen así las palabras de la Escritura, que encontré en mis labios: 'et fui tecum in omnibus ubicumque ambulasti, firmans regnum tuum in aeternum': apliqué mi inteligencia al sentido de la frase, repitiéndola despacio»[60].

Aquí vemos al Autor redactando directamente sobre el Cuaderno con el punto de partida de la frase latina escrita en la octavilla. El (1) que aparece en el texto es la señal que el Beato Josemaría puso allí en una de sus relecturas del Cuaderno, en la que escribió en el margen inferior:

«(1) En esta cuartilla, de que hablo, instintivamente, llevado de la costumbre, anoté, allí mismo en el presbiterio, la frase, sin darle importancia»[61].

Pero entre la cuartilla de la sotana y el texto del Cuaderno mediaba con frecuencia –al menos, para los temas más delicados– otro papel con el texto ya elaborado, que tiene una función de puente entre «la inspiración», «la idea» o la «experiencia» espiritual consignada en la pequeña nota del bolsillo, y la redacción final que se lee en el cuaderno[62]. Por lo demás, la decisión de 23 de octubre nunca fue absoluta: hay cosas del mismo género que siguen en «cuartillas» y no pasan al «cuaderno», por ej, las notas de sus retiros espirituales[63].

¿Qué hizo el Autor con aquellas «cuartillas primitivas», es decir aquellas 235 que mostró al Padre Sánchez[64]? Lo dice él expresamente:

«El paquete de octavillas lo quemé hace unos años. Lo siento»[65].

Eso dice en 1948; es decir, las conservó durante años. Las debió quemar junto con el Cuaderno I[66] –que se nutría totalmente de ellas–, pero esto fue bastante después[67]. En todo caso, y esto interesa subrayarlo, después de la publicación en 1934 de Cec.

La pregunta es igualmente válida –y a nosotros nos interesa más– para las cuartillas posteriores, es decir, las que recibían la anotación inmediata y pasaban después, periódicamente, a los Cuadernos. Se conservan poquísimos de estos papeles[68]. Lo normal es que los rompiera una vez utilizados para la redacción del Cuaderno: tenían una mera función vehicular. En cambio hay fundamento para pensar que las que podíamos llamar «cuartillas u octavillas de mediación» seguían con una vida propia después de ser pasadas al Cuaderno, hasta que, pasado el tiempo, eran destruidas. Lo veremos un poco más adelante.

b. El contenido de los Cuadernos

Ahora una palabra sobre los Cuadernos en sí mismos y sobre el resto del material reunido en los Apínt. El Autor llamaba a aquellas primitivas cuartillas, y a las notas de los Cuadernos que las sustituyeron, las «catalinas»:

«Son notas ingenuas –catalinas las llamaba, por devoción a la Santa de Siena–, que escribí durante mucho tiempo de rodillas y que me servían de recuerdo y de despertador. Creo que, ordinariamente, mientras escribía con sencillez pueril, hacía oración»[69].

Aparentemente los Cuadernos de Apínt tienen la estructura de un diario personal, y muchas veces lo es. Pero los Cuadernos tienen una variedad temática que no se ciñe al género «Diario». Lo explicaba el mismo Autor durante un coloquio en Caracas:

«No he hecho nunca un diario, porque no me gusta, pero he ido tomando apuntes, siempre por mandato de mi confesor. Ahí salen personas, relatos de sucesos concretos, apuntes de ejercicios de cuando yo era joven... Hay mucha historia de la Obra en esos apuntes.

Pensaba que habían desaparecido […] Y un buen día aparecieron esos apuntes. De modo que hay mucho material, mucho, mucho. Algunos papeles los rompí»[70].

En la base del texto encontramos, en efecto, una vida metida en Dios. La interacción entre la «cuartilla» y el Cuaderno, que hemos examinado con cierto detenimiento, refleja la gran atención que el Autor prestaba a las mociones de Dios en su vida. El movimiento de sacar la cuartilla y apuntar unas palabras era una forma de docilidad a «los toques del Paráclito», como dirá en p/130, acompañados con frecuencia de palabra y luz. La cuartilla era manifestación de su fe en la presencia y en la providencia de Dios; una fe que le llevaba a la lectura sobrenatural de los acontecimientos, pequeños y grandes, de su alma y del mundo. Lugar central en este movimiento –y esto está sin duda en el origen de las «catalinas»– ocupa la llamada de Dios –conocida plenamente el día 2 de octubre de 1928– a promover el Opus Dei en el mundo y las luces sucesivas con las que el Señor le ilustra para comprender y realizar esa misión. Los Cuadernos son, ante todo, «recuerdo y despertador» para el propio Autor, que los lee y los medita una vez y otra, como acabamos de ver: los anota y los glosa. Son fruto de su oración y son para su oración, es decir, para dirigir su acción y su vida.

En el Cuaderno no escribe todos los días. En el espacio de casi doce años que cubren estos Apuntes, hay ritmos y periodos muy diversos. Las anotaciones llevan siempre la fecha del día en se transcriben, no la fecha de la anotación en la «cuartilla». Pero puede haber muchas cuartillas acumuladas y con frecuencia pasa el tiempo y el Autor no encuentra el momento oportuno y finalmente quedan sin transcribir. Así lo hace notar a veces.

Podemos distinguir, dentro de la unidad de origen del conjunto, cuatro tipos de anotaciones:

a) Un primer grupo estaría constituido por las «catalinas» que se refieren de manera directa al espíritu, misión y organización del Opus Dei. Toman unas veces la forma de una reflexión, otras tienen estilo de diálogo con el Señor –en este sentido se funden con las del segundo grupo–, otras una forma de expresión casi jurídica o normativa. Un ejemplo:

«La Obra de Dios no nacerá perfecta. Nacerá como un niño. Débil, primero. Después, comienza a andar. Habla, luego, y obra por su cuenta. Se desarrollan todas sus facultades. La adolescencia. La virilidad. La madurez... Nunca tendrá la OD decrepitud: siempre viril en sus ímpetus, y prudente, audazmente prudente, vivirá en una eterna sazón, que le ha de dar el estar identificada con Jesús, cuyo apostolado va a hacer hasta el fin»[71].

b) Un segundo grupo tiene carácter de autobiografía espiritual: son experiencias íntimas del trato con Dios y con los hombres: en la Eucaristía, en la oración, en el trabajo, en la mortificación, en la acción sacerdotal y apostólica, en las contradicciones y en la pobreza, en la forma cotidiana de expresar la piedad filial. Un ejemplo:

«Jesús: que desde hoy nazca o renazca a la vida sobrenatural. Ut iumentum!... Te pido perdón de todas las infamias –innumerables– de mi vida. Que esta otra vida, a la que quiero nacer hoy, sea una continua infancia sobrenatural: vida de Fe, vida de Amor, vida de Abandono. Fiat.

Madre Inmaculada, ¡Tú lo harás!»[72].

c) Un tercer grupo de anotaciones, en estrecha conexión con el anterior, está más en la línea de un Diario. Es la actividad de una jornada, o de unos días: visitas, trabajos, tareas, gestiones, estudio, predicación, atención a la familia, acción pastoral aquí y allá, planes apostólicos, caminatas de un lado para otro en Madrid. Autobiografía, como el anterior, pero más externa, aunque vista siempre y de manera temática en la perspectiva de Dios, de la acción de Dios en su alma y en las almas que le rodean. Una muestra de ese estilo:

«El día de la Asunción vino Pepe R. a ayudar mi Misa y, con ese motivo, fuimos a su casa. Bajó Guillermo Escribano –presidente de la Confederación de estudiantes católicos de España– y a vueltas de una pintoresca discusión, que tuvieron los muchachos, le animé a prepararse para cátedras»[73].

d) Un cuarto y último grupo es de especial interés para nuestro trabajo: son textos que no tienen el estilo narrativo del grupo anterior, ni la formulación autobiográfica del grupo segundo. Son piezas autónomas, que se agregan a las anotaciones de los dos grupos anteriores: literariamente, «consideraciones» sobre el vivir en Cristo, sobre la vida cristiana de unión con Dios y en medio de las circunstancias ordinarias. Muchas de ellas pasarán literalmente a C. Tienen en común, desde el punto de vista literario, con muchas del grupo primero el carácter acabado y «autónomo» de cada anotación. El clima del grupo segundo es como el hogar, el horno en que se forjan estas «consideraciones» del grupo cuarto, que, una vez forjadas, se agregan, se yuxtaponen, se distribuyen dentro de la secuencia biográfica de los grupos segundo y tercero[74].

Leyendo los Apínt se hace evidente que el Autor escribe en el cuaderno siguiendo lo que dicen las papeletas y cuartillas que tiene delante, y en cada una de ellas hay o puede haber contenidos que corresponden a estos diversos tipos y géneros literarios que se dan en los Cuadernos. Da la impresión de que el Autor lo que quiere es que las cosas que ha visto en diálogo con el Señor queden escritas, aunque eso implique cambios bruscos de género o estilo. Este modo de escribir presta a la secuencia del texto en los Cuadernos –es mi impresión– una indiscutible autenticidad.

De este patrimonio procede, como he dicho al comenzar, la práctica totalidad del contenido de Cem-Cec: muy principalmente de lo que he llamado cuarto grupo de textos, pero también de los demás, especialmente de los grupos segundo y tercero. El clima de C, como antes el de Cec, es el de los Apínt del Beato Josemaría. Ésa es la vivencia que tiene Sebastián Cirac[75] cuando lee la primera edición de C y escribe enseguida al Autor:

«Recibí tu abrazo espiritual con tu tarjeta y tu libro, que me ha llenado de satisfacción el alma. Enseguida corté sus hojas, leí sus pensamientos, que tan conocidos me son, desde aquellas papeletas primeras, que me enseñaste en Santa Engracia (Patronato)...»[76].

La lectura de C le traslada de golpe a aquellas «papeletas» que leyó en Santa Engracia diez años antes. Con toda seguridad, a otros la lectura de C les pondría ante los ojos, de manera semejante, los fascículos a multicopista que enseguida vamos a estudiar. Pero no podemos salir todavía de los Cuadernos.

c. De los Cuadernos a los fascículos multicopiados

Cuando el Autor prepara el fascículo de 1932, al que nos referimos al comienzo, sus Apínt estaban rebosando doctrina espiritual y experiencia de almas, que clamaban por ser transmitidas a otros. Basta ver la cuádruple dimensión del fondo literario que acabamos de señalar, para comprobar cómo aumentan los textos que el Beato Josemaría puede seleccionar para darlos a conocer a un círculo más amplio[77]. No, ciertamente, que él los escribiera para eso:

«Los fines de estas catalinas son la Obra y mi alma»[78].

Así escribe en noviembre del 31, y esto me parece de la máxima importancia para comprender la génesis de lo que terminará siendo C. Él escribe en sus cuartillas –había ya anotado en febrero de ese mismo año– porque se siente

 «impulsado a conservar, no sólo las inspiraciones de Dios –creo firmísimamente que son divinas inspiraciones– sino cosas de la vida que han servido y pueden servir para mi aprovechamiento espiritual y para que mi padre confesor me conozca mejor»[79].

Es casi el «Deus et anima mea» de San Agustín. Es lo inverso a la publicidad. Los primeros Cuadernos se llenaron de inspiraciones de Dios sobre la Obra de Dios y su misión y, junto a ellas y en interna relación con ellas, de profundas experiencias místicas, que el Autor –cuando las apunta: otras muchas veces, deja correr o «despersonaliza»– querría retener en su intimidad orante y para su confesor: no son para «ponerlas a ventilar», como dirá en uno de esos Cuadernos[80].

Al principio, todo estaba en los Cuadernos. En mayo del 32 constata que «no se ha hecho aparte una recopilación de lo referente a la Obra de Dios» y, por tanto, «si he de dar a conocer la Obra me expongo a que se enteren de lo demás» (de las intimidades de su alma y de las gracias místicas, que le avergonzaba que se supieran).

«Por eso, con la ayuda de Dios –concluye– trataré este verano de hacer ese trabajo, separando lo mío personal, que anoto para mi director y para mí»[81].

Se advierte en toda esta peripecia el esfuerzo titánico del Autor por separar lo que brota en él con una unidad existencial irrompible: «lo referente a la Obra de Dios» y «lo mío personal, que anoto para mi director y para mí». La idea de cuartillas para llevar al confesor se abre paso. No le lleva el Cuaderno, donde están muchas cosas de la Obra y en ellas el confesor no podía ni debía intervenir –no era su competencia[82]–, sino las cuartillas referentes a la vida de su alma, que deja, con ejemplar abandono, en manos del confesor. A la vez procura que en el Cuaderno queden las cosas que son más de la Obra, como tal, y de doctrina y praxis espiritual. Pero cuando se ve urgido, todo comunica: también en su vida admirable y santa se verifica aquello de que «lo que Dios ha unido, el hombre no lo separe». Por eso fracasa una vez y otra en su intento. Lo que sí se percibe en la lectura de los Apínt es el creciente desarrollo –así lo subraya Álvaro del Portillo[83]– de los textos que recogen la «sabiduría» espiritual que Dios le va otorgando. Son palabras, consideraciones, invocaciones, forjadas en la oración, en las que se refleja su experiencia cotidiana de la Obra, su labor pastoral, los sufrimientos y alegrías de la vida en Dios, su diálogo apostólico con hombres y mujeres en aquellos años tan agitados de la vida española. Este tipo de textos son, sin duda, la fuente principal de los fascículos que vamos a describir.

2. Consideraciones Espirituales, 1932 (Cem32)

Se trata de un conjunto de 17 cuartillas mecanografiadas, apaisadas, escritas con una máquina de mala calidad –y por un mecanógrafo o mecanógrafa no experto– y después multicopiadas a velógrafo. Contiene 246 consideraciones numeradas[84].

La primera cuartilla del fascículo, sin número, hace de cubierta y lleva el título Consideraciones Espirituales: así, en letras mayúsculas. En el dorso de esta cuartilla se incluye una Fe de erratas que tiene 12 correcciones (Dice / Debe decir). Sigue el texto, en hojas numeradas en el anverso (de la 1 a la 15) y escritas por ambos lados. La cuartilla 1 tiene un título, que no es igual al de la cubierta; allí se lee, también en letras mayúsculas: Consejos Espirituales – Consideraciones Espirituales[85]. Dos líneas más abajo, sin solución de continuidad, comienzan los citados consejos o consideraciones, que el Autor numera del 1 al 246[86]. Después de la última consideración, la fecha: Diciembre de 1932. Una última cuartilla –en blanco, sin numerar– tiene al dorso, a manera de contraportada, este colofón: Deo omnis gloria. No consta en parte alguna el nombre del autor: el fascículo es anónimo. No hay tampoco una palabra –prólogo, advertencia al lector– que dé razón de ese elenco de textos.

El Autor ultima la composición de Cem32 después del 27 de diciembre 1932. Así de exactas son las fechas. Los cinco últimos textos que el Autor incorpora a sus papeletas proceden de notas de Apínt datadas ese día: pasarán a ser las cd/155, 156, 160, 221 y 224 de Cem32. A continuación –estamos en 5 de enero de 1933– termina de ordenar los materiales hasta entonces seleccionados y comienza la operación de pasar las papeletas a máquina[87], tarea que corre a cargo de un colaborador. Es lógico pensar que a lo largo del mes de enero el Autor fue distribuyendo el fascículo entre las personas de su contexto apostólico[88].

La máquina utilizada es vieja y deteriorada y la mecanografía –ya lo apuntamos– menos que discreta. Mi opinión personal es que no es el Autor el que teclea, pues hay algunos errores –no erratas– que un autor no puede cometer en su propio texto. Se ve que está hecho con cariño por manos inexpertas: hay numerosos errores, que aumentan –nos parece– conforme el texto avanza. Además, el velógrafo distorsiona y apaga el texto con alguna frecuencia, por lo que el Autor se ve obligado a completar a mano letras y palabras defectuosas. Así lo observamos en el ejemplar que –después de una cuidadosa corrección autógrafa– enseñó al P. Sánchez y que servirá de base al Autor para la corrección posterior del texto.

Si hemos hecho ese recorrido previo por los «cuadernos» y las «cuartillas» de Apínt, ha sido precisamente con la intención de indagar cómo compuso el Autor, a partir de los Apínt, este fascículo Cem32 y, en última instancia, una extensa parte de C: la que terminará imprimiéndose en Cuenca. ¿Trabajaba directamente sobre los Cuadernos? ¿Lo hacía sobre las «cuartillas de mediación» allí transcritas, que guardaba para su utilización autónoma? Pero no eran lo normal estas «cuartillas de mediación», como hemos visto. Lo más frecuente era pasar de la papeleta al Cuaderno. Personalmente pienso que el Autor, cuando prepara el fascículo de 1932, disponía de la colección de «cuartillas» que había mostrado a su Confesor[89], y se sirve para Cem32 de las que le parecen adecuadas. Pero, tanto si estas cuartillas se conservaban como si no, es obligado imaginarse al Autor, releyendo sus Cuadernos y copiando en fichas los pasajes que le interesaba seleccionar para el fascículo. Esto, por lo demás, es lo que rememora el propio Autor muchos años después:

«Camino está tomado, en parte, de una especie de diario –no, no, no es diario: me revientan los diarios– hecho en honor de Santa Catalina. Cada una de esas cosas recuerda un suceso o es un hecho de alguna persona. Esas fichas las ordené en el treinta y tres y las llevé a imprenta en el treinta y cuatro[90].

Cierto que se trata de una rememoración genérica, que no pretende describir técnicamente su trabajo, pero la secuencia parece clara. Están los Cuadernos, las «catalinas». De ahí se toma –sólo «en parte», agrega el Autor: la parte de Cec– el contenido de C. El resultado es unas fichas (otras podrían ser «cuartillas de mediación»). Esas fichas se ordenan. Es el germen de los caps.

Ya hemos hecho notar que el contenido del fascículo procede en su casi totalidad de Apínt. Sólo 6 consideraciones de Cem32 no se han podido localizar en ese fondo literario[91]. Tengo la fundada convicción de que esas seis estaban también en los Cuadernos: concretamente en el Cuaderno I[92]. Todas las demás tienen su origen redaccional, a veces casi literal, en las notas manuscritas de los Cuadernos, como iremos viendo punto por punto en el Comentario crítico-histórico.

Una primera comparación de Cem32 con Apínt pone de relieve que el Autor no trasladó mecánicamente las notas de Apínt a los puntos de Cem32: quiero decir, que no sigue la disposición cronológica con la que están escritos los Cuadernos de Apuntes. La secuencia de textos en Cem32 es completamente distinta: es, de manera clara, fruto de una determinada ordenación hecha por el Autor. En los Cuadernos Josemaría Escrivá inserta sus notas –parece obvio– conforme «acontecen» en el día tras día de su relación con Dios. En Cem32, por el contrario, aparece ya una «lógica» que ordena y dispone. Cosa muy distinta es si –en la fase del texto que se ofrece en Cem32– estamos en condiciones de captar ese ordo con toda claridad. Máxime si se tiene en cuenta que esa lista de 246 puntos mecanografiados se presenta en una secuencia ininterrumpida, sin que los textos se agrupen en caps o secciones, y ni siquiera estén divididos por títulos o ladillos intermedios. Por lo demás, ya se comprende que la cuestión del ordo o estructura del texto –de C y de sus anticipos– hay que estudiarla por sí misma y con el necesario detenimiento. A ello dedicaremos el § 11 de esta IntrodGen.

3. Consideraciones Espirituales, 1933 (Cem33)

Al comenzar el verano de 1933 Josemaría Escrivá daba al velógrafo un segundo bloque de consideraciones[93]. Más breve que el anterior y también más austero, si cabe. Son siete cuartillas, de las mismas características. La primera y la última, en blanco y sin numerar; las otras, con el texto a máquina y numeradas del 1 al 5. Sin portada ni contraportada. Por supuesto, sin firma, pero además sin fecha[94]. La cuartilla 1 se encabeza así: «Consejos Espirituales – Consideraciones Espirituales (Continuación)». En efecto, si el último texto de Cem32 era la cd/246, el primero de Cem33 la cd/247. Son, las de este fascículo, 87 nuevas consideraciones de numeración consecutiva, hasta llegar a la cd/333.

Es éste el momento de decir que la literatura biográfica sobre el Beato Josemaría no ha reparado hasta ahora en la existencia de este segundo fascículo, del que, ciertamente, no conozco más ejemplar que el conservado por el propio Autor entre sus papeles[95] (aunque ciertamente fue distribuido como el primero). Y, sin embargo, me parecen del máximo interés histórico estas cuartillas, que marcan la línea de continuidad hacia la edición impresa. El conjunto que forman Cem32 y Cem33 –en el aparato crítico llamaremos a ese conjunto sencillamente Cem– tiene también otro tipo de unidad: son, como digo, 333 consejos o consideraciones, un tercio de C, exactamente un tercio. Al llegar a la cd/333, el Autor paró. Este pequeño descubrimiento de las 333 consideraciones a multicopista adelanta a 1933 el deseo del Beato Josemaría de expresar en «clave trinitaria» el número de consideraciones del libro[96].

Cem33 es un conjunto literario en todo similar al precedente. El texto procede en su totalidad de los Apínt y el Autor comienza a extraer sus notas donde se quedó al terminar Cem32: todas las consideraciones de Cem33 –menos una, la 321 (= C p/176), que se toma del Cuaderno III– se encuentran en el Cuaderno VI[97]. Tampoco en este caso el Autor agrupa las papeletas por el orden cronológico. El orden es muy diverso del que ofrece Apínt, como estudiaremos en su momento. Digamos finalmente que este segundo fascículo fue mecanografiado después del 7 de julio de 1933, día en que están fechadas en el Cuaderno las ocho consideraciones últimas que se recogen en Cem33[98]. Pero el 22 de julio, según carta de Zorzano al Autor[99], ya estaba siendo leído en el círculo de amigos. Entre ambas fechas se sitúa, por tanto, la definitiva composición y la mecanografía del segundo fascículo.

4. La circulación de Cem32 y Cem33

El más antiguo testimonio de la recepción de Cem32, en el círculo de seguidores de Josemaría Escrivá, lo encontramos en las notas personales que llevaba María Ignacia García Escobar[100]. En ellas se lee con fecha de 9 de enero del 33:

«Ayer, último día de Pascua de los Santos Reyes, me trajo una hermanita mía en la Obra de Dios unos escritos que hace tiempo esperaba con santa impaciencia, por tratarse de Ti. En varios de sus puntos habla de la niñez espiritual. –Al terminar de leerlos, con gran convicción de lo que decía y esperanza ilimitada en tu poder y misericordia, he exclamado: ¡Señor, yo soy una niña, sí; pero... una niña incorregible y con unos instintos de fiera, que si Tú, mi cariñosísimo Padre, no me coges en tus brazos y, a pesar de mis gritos de protesta, me apartas del peligro llevándome a tu aposento, mi nueva caída sería segura! ¡¡Jesús del alma mía, apiádate de mí!!»[101].

La circulación de las cuartillas comenzó, pues, en los primeros días de enero. Aunque María Ignacia no lo dice formalmente no hay duda alguna de que los escritos que esperaba con impaciencia son estas Consideraciones, de las que ya estaba avisada por el Autor de que saldrían. Lo que a ella más le impresiona, como se ve, son los textos sobre infancia espiritual: cd/139 a 173.

Conocemos la reacción de Isidoro Zorzano ante Cem32, que escribe desde Málaga al Autor en cuanto recibe el pequeño fascículo:

«Estoy rumiando las hojitas o consejos espirituales»[102].

En marzo todavía está calibrando la doctrina espiritual del fascículo:

«Esa tranquilidad de espíritu, resultado de la paz espiritual, no sólo hace ver con más transparencia y claridad los problemas del espíritu, sino que se traduce también en una mejor asimilación y resolución de las cuestiones cotidianas: qué razón tienes al considerar en tus Consejos espirituales que el poseer la gracia de Él es tener o estar dotado de una tercera dimensión»[103].

 Cem33 es objeto de testificación inmediata en la correspondencia del Autor, que escribe en julio a uno de aquellos universitarios:

 «¿Te llevaste el segundo fascículo de Consejos? Si no te lo di, ya te lo mandaré en la próxima»[104].

El destinatario, cuando lo ha recibido, comenta:

«Tengo ya el segundo cuaderno de 'Consejos', que he leído ya, pero que tengo que meditar mucho: ¡qué cosa más grande!»[105].

Casi por las mismas fechas Isidoro Zorzano, desde Málaga, tiene también su propia forma de acusar recibo, semejante a lo que ya dijo a propósito de Cem32:

«Las Consideraciones son maravillosas; sigo rumiándolas»[106].

Pasado el primer momento, las referencias a los Consejos en el intercambio epistolar comprenden sin duda los dos fascículos, sin distinción. De sendas cartas del Autor:

 «Ramón: que leas, con frecuencia, los Consejos; que tengas presencia de Dios; ¡que seas fiel! Un abrazo y mi bendición. José María. Madrid – 14-enero-1934»[107].

 «No me dejes la meditación: lee los Consejos, que son palabras que te digo al oído, como si estuviera a tu lado»[108].

Zorzano, por su parte, termina incorporando la lectura de los fascículos a su plan de vida:

«Por la tarde, [dedico] también un cuarto de hora a la lectura del Evangelio y Consejos Espirituales; luego, por la noche, hago la visita al Santísimo y, al tiempo de acostarme, el examen»[109].

He subrayado la acogida de Cem32 porque, a mi parecer y a partir de la documentación que he podido consultar, la idea de transformar esos textos en libro se fragua ante el impacto de esas 246 «consideraciones» en el entorno del Autor. Esa «eficacia pastoral» –diríamos hoy– le lleva a dos cosas: primera, a confeccionar, como hemos visto, un segundo fascículo con nuevos textos; segunda, a pedir a su confesor una censura particular de ambos fascículos pensando ya en la imprenta[110]. Veamos esto último con algún detenimiento.

Los ejemplares de Cem32 y Cem33, que se conservan en el AGP son especialmente valiosos para la historia de la composición de C (tema en el que la parquedad del Autor –como ya dije– es casi absoluta). Se trata de los ejemplares que el Autor entregó al P. Valentín Sánchez Ruiz, su confesor, para que los revisara y le diera su parecer[111]. En la portada de Cem32, el Autor –como ya dije– escribió, con lápiz rojo y letra grande y bien formada, esta misiva para su confesor:

«Padre: le envío estos dos fascículos de «consideraciones» para que tenga la caridad de censurarlos o suprimir lo que quiera. Bastantes, de este primer cuaderno, ya las conoce V. R.; pero el segundo y algunas del primero no se las había dado aún. Dios se lo pague. Escrivá»[112].

En la cubierta (en blanco) de Cem33 agrega, con el mismo estilo:

«Desde luego, si se viera que aprovechan, ordenaré más adelante estas notas. Por ahora, como prueba, ya vale».

Debajo, con letra más pequeña y a tinta, se lee (tanto en Cem32 como en Cem33):

«Me lo devolvió el P. Sánchez hoy 12 – ags. 1933»[113].

La cosa parece clara. El Autor había puesto a circular Cem32 en cuanto lo tuvo disponible (primeros de enero de 1933), sin entregárselo al P. Sánchez. Éste –como dice el Autor– conocía ya buena parte de su contenido, pues Escrivá le daba a leer, con frecuencia variable y a efectos de dirección espiritual, sus notas íntimas[114]. Nótese que el P. Sánchez no conocía las notas de Apínt escritas entre el 27 de diciembre de 1932 y el 7 de julio de 1933 (es decir, las correspondientes el periodo recogido en el segundo fascículo), ni tampoco una parte de las recogidas en Cem32.

Cuando termina el segundo fascículo (finales de julio de 1933) el Autor lo lleva, junto con el primero, al P. Sánchez. A la vez, lo pone enseguida en manos de sus amigos, sin esperar –como ya hizo con el primero– el juicio de su confesor[115]. Esto me parece interesante porque esta secuencia de hechos manifiesta que Josemaría Escrivá proyecta ya, como he dicho, transformar en texto impreso los fascículos a ciclostil. En efecto, el juicio que espera del P. Sánchez no es sobre la oportunidad de comunicar a otros esos fascículos. La censura que le pide es, claramente, el dictamen privado, de conciencia, de su confesor, con vistas a una futura publicación formal, que empieza a considerar al darse cuenta del bien que esas cuartillas están haciendo: «si se viera que aprovechan», dice con humildad. En todo caso, «como prueba, ya vale».

En los Apínt no se contiene –ya lo he apuntado– una sola palabra acerca de estos ensayos del futuro libro: como si no existieran. Por eso son preciosas, desde el punto de vista histórico, estas notas del Autor dirigidas al P. Sánchez. Testimonian, ciertamente, la humildad del Autor y, como en tantas otras ocasiones, su dócil apertura al discernimiento espiritual de su confesor[116]. Pero para el estudioso de C es muy valiosa la indicación que el Autor hace en la tapa del segundo fascículo: en el caso de decidirse a publicarlas, «ordenaré más adelante estas notas»[117]. Lo que significa que el orden de exposición o secuencia de los contenidos de ambos fascículos era claramente provisional y debía ser reelaborado a fondo, especialmente al plantearse la fusión de Cem33 y Cem32.

La realidad es que ambos manojos de cuartillas prestaban ya una buena ayuda al Beato Josemaría en su labor apostólica, y no demostró tener prisa en llevar a la imprenta sus «consideraciones», a pesar de que el 12 de agosto su confesor le había devuelto los textos sin cambiarle una coma. Él seguía adelante con su «vida en Dios», cuyo fondo inapelable era, desde el 2 de octubre de 1928, ser y hacer el Opus Dei en la Iglesia. Y esto es lo que se refleja en el día tras día de su Cuaderno y de las cuartillas o papeletas que lo preceden y prolongan... El Beato Josemaría tenía dentro del alma la urgencia de Dios: sin prisa y sin pausa, al paso de Dios, solía decir[118]. Del proyecto de libro, como digo, ni una palabra en sus Apínt. El Beato Josemaría, en medio de la más absoluta pobreza de medios, logró en diciembre de ese curso 1933-34 instalar en la calle Luchana un incipiente Centro del Opus Dei, la Academia DYA. Pasará todo el año 1933 y parte del 34 antes de que nos encontremos con esa ordenación de los papeles, que acabará ya en la imprenta. Veamos cómo se forjó.

5. Consideraciones Espirituales, 1934 (Cec)

La primera forma impresa de este patrimonio literario se publicó el año 1934 en Cuenca. Tenía como título Consideraciones Espirituales[119] y se editó en la antigua imprenta del Seminario, que entonces había cambiado su nombre por Imprenta «La Moderna»[120].

Comenzó a trabajar en la preparación del libro en febrero del 34[121], pero no se limitó a la anunciada ordenación del material publicado a velógrafo. Habían pasado casi diez meses desde que cerró el texto de Cem33 y en ese tiempo había terminado el Cuaderno VI de sus Apínt y estaba mediado el VII, llenos ambos de gran riqueza espiritual. Más de un centenar de nuevas consideraciones se sumaron a las 333 de Cem.

a. La preparación del texto

Desde el punto de vista de la historia de la redacción hay, pues, que distinguir en Cec dos partes: a) los materiales procedentes de los dos fascículos multicopiados (Cem) y b) los textos de nueva incorporación. Unos y otros, a su vez, provienen de los Cuadernos de Apínt.

La casi totalidad de los nuevos textos estaban, como acabamos de apuntar, en las notas íntimas posteriores a Cem33: la primera de ellas es del 2 de agosto de 1933 (Cec/45.4[122] = C p/433) y la última está fechada en 24 de marzo del año siguiente (Cec/35.1 = C p/337)[123]. Del VI Cuaderno procedían 42 consideraciones, y 65 del VII, en el que entonces estaba anotando su experiencia espiritual. También, como en Cem33, algún texto más antiguo se incorpora al libro: en concreto dos puntos del Cuaderno V[124].

Sobre los materiales procedentes de Cem, el Autor realizó algunas operaciones redaccionales. Ante todo, decidió prescindir de siete consideraciones, tres de las cuales eran frases tomadas del libro «Decenario al Espíritu Santo», de Francisca Javiera del Valle, que había leído y anotado fervorosamente en 1932[125]. Pero sobre todo vio claro que, en algunas –que reproducían de manera prácticamente literal el tenor de los textos de sus notas íntimas–, debía cambiar la forma de expresión a la hora de pasarlos al texto impreso. Se trata casi siempre de consideraciones en las que aludía de modo explícito al Opus Dei (con la abreviatura: «O. de D.»[126]); lo cual tenía sentido en el círculo más restringido de los que accedían a Cem, pero resultaba impropio al editar el libro y ampliar así el ámbito de sus lectores. Esta tendencia se reforzará, como veremos, cuando se plantee la edición definitiva de C.

Algunos ejemplos de lo que digo. En Cem32/240 se leía:

«¡Cómo se ennoblece el dolor, en la Obra de Dios, poniéndolo en el lugar que le corresponde (expiación) en la economía del espíritu!»[127].

Era ésta, efectivamente, una experiencia de veinte siglos en la Iglesia –el sentido de la Cruz de Cristo–, vivida ya con hondura en el Opus Dei en su corto espacio de existencia: en la vida del propio Autor, llena de humillaciones y penalidades y, por ej, en la dolorosa muerte en plena juventud de dos de los primeros miembros del Opus Dei[128]. La nota del Cuaderno V, que pasa a Cem32, recoge con sencillez y agradecimiento esta realidad, meditada ahora, gracias al velógrafo, por todo el pequeño grupo de seguidores de Escrivá. El Autor, al ordenar los papeles, traslada a Cec/98.5 (= C p/234) esa experiencia vivida al hacer el Opus Dei, pero ahora expresada en los términos de su pura y nuda realidad cristiana, universalmente ofrecida a todos en el Evangelio:

«¡Cómo ennoblecemos el dolor, poniéndolo en el lugar que le corresponde (expiación) en la economía del espíritu!»[129].

Sólo ha hecho falta ese brevísimo cambio: quitar la alusión a la Obra y describir la experiencia en primera persona del plural, incluyendo al lector.

Otro texto. En Cec/96.2 (= C p/915) se contiene un criterio fundamental de rectitud y limpieza en toda forma de compromiso cristiano:

«Las obras de Dios no son palanca, ni peldaño»[130].

Pero en Cem32/222 eso se decía explícitamente del Opus Dei, según la concreta e histórica comprensión del tema que, en este punto, anotó su Fundador en el Cuaderno VI, nº 819, 2-IX-1932:

«La Obra de Dios no es palanca, ni peldaño»[131].

Todo este patrimonio –el de los fascículos y el de las consideraciones de nueva incorporación– quedó dispuesto en caps. Esta división del texto –que pasará sustancialmente a la definitiva disposición de C– es, en efecto, la gran novedad de la edición de Cuenca. Los caps que encontramos en Cec son 26, sin numerar, cada uno con un breve y expresivo título: una sola palabra, muchas veces. Ya se comprende que esta agrupación del contenido en caps será fundamental para comprender la estructura interna de esta edición y, en definitiva, de C.

Otra peculiaridad de Cec. En contraste con los borradores precedentes, los textos que aquí se incluyen no están numerados. No sabemos a qué se puede deber esta determinación, tan en contraste con Cem y con lo que sería la definitiva presentación de C. El Autor no ha dejado, durante esta época redaccional, información alguna acerca de su modo de trabajar en el libro. Cada «consideración» –es evidente– sigue teniendo su propia entidad, como la tenía en los fascículos de Cem, pero ahora la separación entre ellas se hace por medio de un simple trazo[132].

El libro tiene 438 «consideraciones» o, mejor, unidades separadas por estos trazos. Pero en realidad son 435, pues, al ordenar las fichas y preparar el manuscrito para Cuenca, el Autor –o los mecanógrafos– introdujeron tres repetidas[133]. De Cem32 proceden 240, 85 de Cem33 y las otras 110 son nuevas incorporaciones tomadas directamente de Apínt, como ya hemos dicho.Ojo! Suman más.

b. Hacia el texto impreso

Pero todavía no estamos ante el texto editado. Más bien vamos acompañando al Autor mientras se plantea la cuestión de pasar a la letra impresa. La edición formal de un libro de espiritualidad tenía, en su caso, implicaciones que debía sopesar, estando el Opus Dei «en gestación» y tantas miradas puestas en la labor que desarrollaba. En sus periódicas visitas a don Francisco Morán, Vicario General de la Diócesis de Madrid[134], le informaba detenidamente de la actividad de la Obra: la labor con universitarios que realizaba y, en conexión con ella, su presencia en los barrios obreros y en los hospitales de Madrid. En los Apínt y en otros papeles personales se reflejan los temas de esas visitas: los proyectos apostólicos del Autor, la expansión de la labor con estudiantes de la Universidad, la Academia DYA, etc. El 24 de febrero de 1934, cuando ya tenía prácticamente dispuesto el libro, anota:

«El lunes pasado estuve con el Sr. Vicario de Madrid. Fui por un asunto del convento de Sta. Isabel. Hablamos de muchas cosas, de nuestros apostolados, de los chicos... El Sr. Morán pasó un buen rato y está cambiadísimo: antes me urgía a que fuera yo a la cátedra; ahora me decía: no hacen falta sacerdotes-maestros, ni sacerdotes-catedráticos, sino sacerdotes que formen maestros y catedráticos...»[135].

En alguno de esos encuentros debió de hablar al Vicario de los Consejos que repartía a velógrafo entre los estudiantes, sin darle mayor importancia. En cambio, editar un libro era cosa más delicada, dada su situación de sacerdote extradiocesano en Madrid y teniendo una acción apostólica relevante, cada vez más conocida en la vida universitaria[136]. Podría haber recelos en el ambiente eclesiástico y dificultades de diverso orden. Pero el Beato Josemaría veía con claridad que necesitaba disponer de ese instrumento: letra impresa. Es interesante notar que el Autor proyectaba –y llevaría a término– la publicación simultánea de dos originales: las Consideraciones de que hablamos y, además, Santo Rosario, cuya circulación a velógrafo es anterior incluso a los fascículos de los Consejos[137]. Eran por lo demás aquellos primeros meses del 34 de una especial intensidad en la configuración de la labor apostólica del Opus Dei y en la formación de sus miembros, todos muy jóvenes: estaba el Fundador acabando de escribir dos documentos importantes para la vida interna de la Obra, que entregaría también al velógrafo en los días siguientes: la Instrucción acerca del espíritu sobrenatural de la Obra de Dios y la Instrucción sobre el modo de hacer el proselitismo, fechadas respectivamente en 19 de marzo y 1º de abril de ese mismo año[138]. A todo esto, la penuria económica en que vivía el Beato Josemaría estaba en el límite y la idea de editar un libro (a su costa, naturalmente) le hacía cavilar y pensar posibilidades. El dinero saldrá –se lee en el Diario de la Academia DYA– «de no sé qué sablazos que dará el Padre»[139].

Así las cosas, se terció que a la semana de estar con el Vicario Morán vino a Madrid don Cruz Laplana, Obispo de Cuenca, a quien hacía tiempo que Escrivá quería visitar[140]. El Autor de C dejó este apunte de la entrevista:

 «El jueves [1 de marzo de 1934] estuve con el Sr. Obispo de Cuenca, a quien comuniqué, en secreto y a grandes rasgos, la Obra de Dios. Desde luego, se mostró ganado»[141].

Es muy probable, por lo que veremos después, que en este contexto el Autor hablara del libro que necesitaba publicar al servicio de ese afán apostólico, pero sin pedirle nada en concreto. El caso es que a raíz de esta entrevista, en la que le explicó el Opus Dei y la labor que llevaba entre manos, el Beato Josemaría debió pensar que lo más oportuno y discreto era editar el libro en Cuenca, con el imprimatur de D. Cruz Laplana, aparte de que sabía por Sebastián Cirac que allí se podían lograr muy buenos precios en la Imprenta del Seminario. Efectivamente, en Cuenca –y esto se presentaba como providencial– residía don Sebastián Cirac, aragonés como don Josemaría, Canónigo de aquel Cabildo, Archivero diocesano y, lo que es más importante, hombre muy ligado, ya de años, al proyecto apostólico del Autor. Tal vez la idea de editarlo en Cuenca viniera incluso del propio Cirac.

El dato concreto es que, después de la entrevista con don Cruz, el Autor de Consideraciones se cartea con Cirac a propósito de la conversación con el Obispo y de la posible publicación del libro en Cuenca. Cirac escribe:

 «Ayer recibí la tuya –rapidísima y más cargada de papel que de letra– con el placer de siempre, pero en aumento. El Sr. Obispo en una sesión de más de dos horas me contó la entrevista, su impresión y consejos. –Creo muy conveniente que me mandes el opúsculo, y con él a la vista le hablaré»[142].

Esta carta, sin duda, precipitó el poner punto final a las tareas de redacción y ordenación del libro, cuyo contenido, por su propia naturaleza –era fruto de la oración y la vida cotidiana del Autor–, seguía abierto. El mismo día que recibió la carta de Cirac, el Autor introdujo en el lugar correspondiente (en el cap «Formación y Estudio») la última papeleta, que en el Cuaderno VII de sus Apuntes lleva fecha del sábado 24 de marzo, fiesta entonces del Arcángel San Gabriel. Es la consideración Cec/35.1 que en C es el p/337. La «Advertencia preliminar» y el breve prólogo ya estaban escritos en febrero. El «borrador» de Cec no se conserva: posiblemente eran –como luego para el borrador de C en Burgos– sencillamente octavillas con las consideraciones ordenadas por capítulos. El Beato Josemaría organizó las cosas para que algunos de los universitarios de su círculo apostólico pasaran a máquina la colección de «consejos» y disponer así del manuscrito para enviar a la imprenta. La operación se llevó a cabo durante la Semana Santa de ese año. El 31 de marzo, Sábado Santo, quedaba perfectamente preparado el original[143]. Se sacaron dos copias. Una quedó en poder el Autor y la otra se envió certificada a Cirac[144]. Al día siguiente, 1º de abril, el Autor firmaba, como dijimos, la Instrucción sobre el modo de hacer el proselitismo, y anotaba en su Cuaderno:

«Desde hoy, en lugar de apuntar en las catalinas, muchas cosas las pondré en papeletas con la fecha. Así es más sencillo, y me lleva menos tiempo»[145].

Tal vez detrás de esta decisión (del cuaderno a las papeletas, en contraste con la decisión del año treinta: de las cuartillas al cuaderno) esté la experiencia de la preparación de Cec. En todo caso, coincide con el envío del libro para ser impreso en Cuenca. Desde ese momento, en los Cuadernos de Apínt se encuentran muchas menos anotaciones espirituales y ascéticas de las que antes llamé «autónomas»: todo va narrativamente más al filo de los acontecimientos que de las «consideraciones».

Por su parte, en el diario de la Academia DYA se continúa dando cuenta del resultado de los trabajos:

«Por la contestación posterior nos dicen que sí, que podrán tirarlo allí y que el Señor Obispo ha sido tan amable que nombró censor a don Sebastián, como se había pedido»[146].

En efecto, con fecha 9 de abril Cirac había escrito al Autor:

«Recibí la tuya y el opúsculo de Consideraciones. He aquí el resultado de mis gestiones. Con el Sr. Obispo he hablado en varias ocasiones largo y tendido, sus consejos me parecen, como los demás suyos, de una persona que tiene el don de consejo. […] Me nombró Censor del opúsculo […]. Hoy comenzaré, D.m., la lectura censural y de oficio del mismo»[147].

c. «¡Vaya por Dios, con mi desvergüenza!»

Quede el Canónigo haciendo su lectura censural, que traerá cola, y veamos con qué expectación se esperaba el librito entre los sacerdotes que colaboraban con Escrivá en aquella empresa apostólica. Se trata, escribe uno de ellos a otro, más «reciente»:

«de un folleto, que te mandaremos enseguida, donde encontrarás cosas interesantísimas para la dirección y pesca de los nuestros. A José María le vas a conocer mejor por ese libro que por lo que ahora le has visto y tratado. En ese librito está compendiada toda la experiencia de varios años de J. M. en esos trabajos, que le puso Dios por obligación: te gustará mucho»[148].

Pero escuchemos sobre todo al Autor, que escribe por esas fechas al Vicario General de Madrid una de sus habituales cartas sobre la actividad apostólica del Opus Dei. Le informa, entre otras cosas, de la edición en marcha y le da –y nos da ahora a los estudiosos de su obra– elementos de juicio para comprenderla:

«Por razones de economía, con la aprobación del Sr. Obispo de Cuenca, se está tirando un folletico –luego se tirarán otros–, en la «imprenta Moderna», antes «Imprenta del Seminario», de esa capital (de Cuenca). Son notas que empleo, para ayudarme en la dirección y formación de los jóvenes, y que hasta ahora iban a velógrafo. Enseguida que me manden la edición, me apresuraré a enviar a V. S. Ilma. un ejemplar. Le anticipo que no tienen ni pretensiones, ni importancia, y que se imprimen anónimamente: desde luego, sólo son útiles para determinadas almas, que quieren de veras 1) tener vida interior 2) y sobresalir en su profesión, porque esto es obligación grave»[149].

Lo que no sabía el Beato Josemaría es que la censura de su opúsculo corría –de hecho– a cargo del mismo Sr. Obispo de Cuenca, que leía el libro detenidamente y transmitía sus observaciones al censor. Así lo dedujo cuando unos días después llegó la censura oficial emitida por Cirac, probablemente acompañada de una carta en la que el propio Cirac comunicaba al Autor confidencialmente que algunas de esas «orientaciones» –que conoceremos enseguida– eran muy personales del bueno de don Cruz Laplana[150]. El Beato Josemaría se disgustó. Pero a su estilo, es decir, con un disgusto atravesado por ese su característico sentido del humor –lleno de sentido sobrenatural–, que transforma toda aquella peripecia en algo sumamente ejemplar y... divertido. El caso es que, estudiado el asunto, Josemaría escribe a su amigo con fecha 17 de mayo hablándole con toda franqueza y discrepando de algunas cosas de la censura. ¡Qué pena no tener la carta! Como todas las del Autor a Cirac en esta época, ésta tampoco se conserva. En todo caso, sabemos lo esencial de su contenido por una anotación del Autor en su Cuaderno de apuntes que lleva fecha del día 18. El texto no tiene precio[151]:

«Día 18 de mayo de 1934: ¡Qué facilidad, en todo y en todos, para hacer el mal! y ¡qué dificultades, especialmente de parte de los buenos, para hacer el bien! Envié a Cuenca las «Consideraciones» y resulta que se escandalizan –no digo bien– que parece que les asustan algunas palabras, que desde luego nada envuelven de error o de irrespetuoso; por ejemplo, la frase «santa desvergüenza». Protesté ayer, por carta a Cirac, y, cediendo en todo lo demás, espero que saldrá el folleto con «desvergüenza». El caso es que salga, aunque sea con colaboración (!): ya llegará la hora de publicarlo sin retoques»[152].

Al nombrar esta expresión –«santa desvergüenza»– el lector de C se sitúa perfectamente en lo que pasaba. En el cap titulado «El plano de tu santidad» las consideraciones Cec/37.1 a 38.1 Poner paginación (= C p/387 a 391) incluían esta expresión que, con las otras dos («santa intransigencia» y «santa coacción»), constituían los puntos que determinan –en el pensamiento del Autor– el «plano de santidad que nos pide el Señor». Ahí es nada. No eran juegos de palabras lo que andaba por medio, ni una cuestión literaria, sino el intento por parte del Autor de comunicar un fundamental mensaje por medio de lo paradójico de la expresión[153]. Si se quitaba la paradoja, se debilitaba o aguaba la comunicación del mensaje. En realidad –era la conclusión que sacaba– no le habían entendido...

Al Autor le parece pueril que le exijan esas quisicosas... Pero espera que su carta a Cirac sea convincente y le dejen, al menos, la «santa desvergüenza»... Aunque ya se ve, leyendo su desahogo en el Cuaderno, que está dispuesto a «admitir colaboración» y a quitar lo que quieran: lo importante es que salga el librico, que le hace falta para su tarea pastoral. Ya llegará el momento de poderse expresar con toda llaneza[154].

El correo funcionaba entonces a la perfección, y al día siguiente, mientras Escrivá anotaba su Cuaderno, ya estaba Cirac leyendo la carta al Obispo. Una larga sesión seguida de nueva carta de Cirac al Autor:

«Cuenca, 18 de mayo: Recibida la tuya y leída por mí, se la he leído al Sr. Obispo, a quien no ha gustado tu actitud sobre la palabra desvergüenza. Dice que no puede él conceder autorización al libro donde se recomiende una palabra que suena mal y tiene mal sentido en el lenguaje usual; y que te recomienda que la cambies por otra –resolución, decisión, valentía...– que tenga otro sentido en el uso, y que no te dejes llevar de una apreciación personal, sino que pienses en la trascendencia de una publicación y que ninguna firma de obispo puede autorizar esa palabra.–¡Si supieras cuánto sufro con estas cosas!»[155].

Todo quedaba entre aragoneses. El Beato Josemaría Escrivá y don Cruz Laplana (aparte de Cirac, que era de Caspe): ¡qué caracteres y qué temperamentos tan diversos! ¡qué diversa sensibilidad en dos hombres de Dios a la hora de compulsar –desde esas pequeñas cosas de lenguaje– la presencia de los cristianos en el mundo! La carta de Cirac está anotada humorísticamente por el Autor, que, después de la firma del canónigo, con lápiz rojo y con su letra grande y enérgica, apostilla:

«¡Vaya por Dios, con mi desvergüenza! Diremos (por ahora) atrevimiento»[156].

Pero en el Autor de C, por encima de todo –y por encima de su propio temperamento– estaba la entrega incondicionada a la Voluntad de Dios, que se expresa de manera eminente en la palabra de los Obispos en comunión con el Papa. Así lo escribió a Cirac a vuelta de correo. Imaginamos el tenor de la carta por la respuesta del Canónigo, que es del día 28:

«Tu última carta me alegró muchísimo por la confianza que ponías en el señor Obispo, a quien también agradó mucho tu conducta y sumisión a su parecer»[157].

Cirac continúa con algunos detalles sobre la edición:

«He aguardado a escribirte con el fin de decirte algo del opúsculo [se entiende, sobre la marcha de la edición]. Pero nada he conseguido. El día 20 repasé yo las pruebas corregidas de unas veinte páginas; después nada me han vuelto a decir. Te remito la oración y 'Santo Rosario'. Dirígete personalmente por carta a D. Pedro Lorente, La Imprenta Moderna[158]. Podrás también preguntarle por el opúsculo. Puedes decirle que como es mucho lo que habéis de dar a la imprenta, os dirigís a él, mejor que valeros de tercero»[159].

d. El texto impreso en Cuenca

A lo largo del mes de junio se terminó la corrección de pruebas y para finales de mes el libro estaba ya a punto:

 «Ya sé que has escrito al Señor Lorente, quien me ha dicho que en esta misma semana estará terminado el opúsculo, de modo que a principios de la próxima semana, D.m., lo tendrás en Madrid. Te mando la factura que hace días la pagué. No sé cuándo pasaré por esa ciudad en dirección a Caspe, y seguramente que sólo me detendré algunas horas para veros»[160].

El Diario de la Academia DYA se detiene gozoso ante los ejemplares de la edición, que llegaron el 3 de julio:

 «Consideraciones Espirituales (Martes 3-7-1934). Por fin mandaron de Cuenca los 500 ejemplares que allí se encargaron de los 'Consejos y Consideraciones Espirituales'».

Se ve que el divertido asunto de la «desvergüenza» lo había comentado el Autor con los más íntimos, y quedó constancia en el Diario:

«Aunque hubo que cambiar algunas palabras que asustaban por otras, como por ejemplo: poner audacia en vez de desvergüenza, y algo más así, en general está muy bien editado, muy cómodo y práctico para llevar, y además tiene al final, no sólo el «Nihil obstat» del Censor, nuestro hermano Sebastián Cirac, sino el sello y aprobación del Sr. Obispo de Cuenca, que quiso tener con la Obra esa delicadeza. Que Dios se lo pague»[161].

Cirac, desde Cuenca, escribe ese mismo día:

 «Ya habrás recibido y examinado los ejemplares del opúsculo, brillante y evangélicamente jugoso: ¡cuánto bien hará en las almas escogidas! […] Di otro ejemplar al Sr. Secretario, que hizo de cocensor, y es persona discreta, piadosa y reservada, aunque no ha calado en lo fundamental del opúsculo»[162].

Datos de la edición: se tiraron 500 ejemplares[163] y el coste fue 310 pesetas. La Imprenta había hecho una oferta más barata para mayor tirada: 425 pesetas por 1000 ejemplares. Saldría en el primer caso a 62 céntimos el ejemplar y, en el segundo, a 42'5 cts. Ya se ve que se optó por el menor desembolso[164].

Pero no sigamos adelante sin hacer ya una descripción formal del pequeño libro[165]. Sus dimensiones son 10’5 x 15 cm. y la caja 7’2 x 11’7 cm. En la cubierta anterior, que hace también de portada, se lee: «Consideraciones Espirituales / por / José María / [una pequeña viñeta] / Cuenca.–Imp. Moderna / 1934». Después de una página de respeto no numerada, la 1 es la portadilla, donde se lee, centrado: «Consideraciones Espirituales». Las pgs 2 y 4 están en blanco. No hay página de portada, que se subsume en la cubierta. En la 3 se encuentra una «Advertencia preliminar», breve razón de lo que es el libro, firmada por «J. Mª» y seguida de la fecha: «Febrero-1934»[166]. La pg 5 es la primera de texto: comienza con seis breves líneas en letra cursiva, sin título[167], que son el germen del prólogo al lector de C. A continuación y en la misma página, dejando un blanco de centímetro y medio, comienza el primer cap, titulado «Carácter». Siguen los otros 25 caps, cada uno de ellos abriendo página nueva. Así, hasta la pg 102, que es la última del texto, en la que aparece de nuevo la firma abreviada del Autor: «J. Mª». Las pgs 103 y 104 contienen el Índice de los caps. En pg 105, cubriéndola íntegra y muy destacada en sus caracteres, está la censura eclesiástica: arriba, el Nihil obstat: «Nihil obstat / Dr. Sebastián Cirac / Censor». En el centro, el Sello del Obispo de Cuenca, que dice: «+ D. D. Crux La Plana Laguna. Dei et A. Sed. gratia Episcopus Conquensis»[168], seguido de la datación: «Cuenca, 3 de mayo de 1934». Debajo el Imprimatur del Obispo: «Imprimi potest / + CRUX, Episcopus Conquensis».

Está muy bien editado. La cubierta era en color beige, con cartulina de muy poco grosor. Como apunta el narrador del Diario, sorprende y llama la atención el tamaño y los caracteres del sello y firma del Obispo[169].

El libro –el folleto, o el folletico, como le llamaba el Autor; el opúsculo como le llama Cirac– sigue siendo, como hemos visto, semianónimo: su autor es «José María». La razón es clara, y ya ha ido apareciendo en distintos contextos: no pensaba todavía su Autor en darle una circulación comercial, sino que quería utilizarlo –y así procedió de hecho– en un horizonte semejante al de los fascículos a velógrafo[170]: como prolongación de su acción de dirección espiritual y formación de almas, aunque ahora pensando en llegar a muchos más, incluso a gente que todavía no conocía la Obra (de ahí el eliminar las alusiones a la misma, como hemos visto)[171]. Unos días después comenzaba su retiro espiritual en los Redentoristas y escribe a Ricardo Fernández Vallespín:

«Enviad las Consideraciones a todos los nuestros –aunque no hayan escrito– y decirles que estoy de ejercicios: que me encomienden de modo especial»[172].

Y poco después, a José Ramón Herrero[173], un estudiante de Derecho:

«¿Ya lees las 'Consideraciones'? Medítalas, despacio. Escríbeme pronto. Cuéntame muchas cosas»[174].

Por estas fechas, recién salido este primer libro –del que no habla en sus