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RESUMEN DE LA VIDA Y OBRAS DE

SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BLALGUER,

FUNDADOR DEL OPUS DEI

 

Libro publicado en la canonización de San Josemaría

 

Índice:

 

Vida

1902. Una familia cristiana
Huellas en la nieve
Los años del Seminario
Entre pobres y enfermos
1928. Fundación del Opus Dei
Los primeros años
1936-1939. Años de guerra
Recomenzar
Al servicio de los sacerdotes
1946. Roma
Alegrías, dolores, esperanzas
La expansión apostólica
De cien almas nos interesan las cien
El Concilio Vaticano II
Años difíciles
Viajes de catequesis
Busco tu rostro, Señor
Os ayudaré más



Dentro del Evangelio, como un personaje más

La Anunciación.
El Nacimiento de Jesús
En la casa de Nazareth
Las tentaciones del desierto
La elección de los Doce
En diálogo con todos
Las Bienaventuranzas
La viuda de Naín
La parábola del sembrador
El demonio mudo
Hacerse como niños
El Buen Pastor
La oración de Jesús
El hijo pródigo
Bartimeo
El mandamiento nuevo
La Eucaristía
La Pasión
Muerte en la Cruz
La Resurrección
La Ascensión
La venida del Espíritu Santo


Obras publicadas

Camino
Surco
Forja.
Santo Rosario
Via Crucis
Es Cristo que pasa
Amigos de Dios
Amar a la Iglesia
Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer




VIDA

CAPÍTULO I
1902. UNA FAMILIA CRISTIANA


Sólo tenía dos años cuando enfermó de gravedad. Una infección mortal, según el médico, el doctor Camps, que luchó día tras día, inútilmente, para salvar la vida del niño. El hogar de los Escrivá se sumió en el silencio, hasta que el doctor, amigo del padre del pequeño, le dijo con franqueza:
—De esta noche no pasa.

Fue una noche de hondo sufrimiento para José Escrivá y su joven esposa, Dolores Albás, que contemplaban anonadados el semblante de aquel hijo que se les moría, anegado en sudor y trémulo por la fiebre. Mientras su vida se apagaba, acudían a la intercesión de la Madre de Dios, sin perder la esperanza.

Doña Dolores había hecho una promesa: si la Virgen le curaba aquel hijo, ella misma lo llevaría en brazos hasta la ermita de Torreciudad, a la que se tenía mucha devoción en la comarca.

Al día siguiente, el doctor Camps fue de nuevo a casa de los Escrivá. Para evitar que tuvieran que darle la noticia, les preguntó al entrar:
—¿A qué hora ha muerto el niño?
—¡No sólo no ha muerto —contestaron, gozosos—; sino que se ha curado!

Los Escrivá cumplieron su promesa y llevaron al pequeño Josemaría en acción de gracias hasta la ermita de la Virgen, por el sendero estrecho que discurría entre las quebradas y los riscos del Cinca, muy cerca ya del Pirineo. Fue la primera visita del pequeño Josemaría a Torreciudad; y a partir de entonces le decía su madre:
—Hijo: para algo muy grande te ha dejado en este mundo la Virgen, porque estabas más muerto que vivo.
Josemaría había nacido en Barbastro el 9 de enero de 1902. Sus padres, don José y doña Dolores, eran dos esposos jóvenes, buenos cristianos, que provenían de familias muy conocidas de Barbastro y de algunos pueblos de alrededor. Llevaban un ritmo de vida tranquilo y apacible, similar al de tantas familias de aquella ciudad altoaragonesa. Su padre era comerciante y tenía un negocio de tejidos. Su madre cuidaba del hogar, compuesto en aquel momento por dos hijos pequeños: Carmen y Josemaría.
San Josemaría evocaría en sus escritos esos años felices: “Recuerdo aquellos blancos días de mi niñez: la catedral, tan fea al exterior y tan hermosa por dentro... como el corazón de aquella tierra, bueno, cristiano y leal, oculto tras la brusquedad del carácter baturro (...). Mi madre, papá, mis hermanos y yo íbamos siempre juntos a oír Misa. Mi padre nos entregaba la limosna, que llevábamos gozosos, al hombre cojo, que estaba arrimado al palacio episcopal. Después me adelantaba a tomar agua bendita, para darla a los míos. La Santa Misa. Luego, todos los domingos, en la capilla del Santo Cristo de los Milagros rezábamos un Credo”[1].
Recordaba años después, con agradecimiento, cómo sus padres le fueron iniciando, paso a paso, en la vida cristiana: “me llevó mi madre a su confesor, cuando tenía seis o siete años, y me quedé muy contento. Siempre me ha dado mucha alegría recordarlo...”[2] Poco después, hizo la Primera Comunión, el 23 de abril de 1912, en la fiesta de san Jorge, como se acostumbraba en Aragón.
José dedicaba mucho tiempo a sus hijos. El pequeño Josemaría esperaba impaciente su regreso a casa y le recibía metiendo las manos en sus bolsillos con la esperanza de encontrar alguna golosina. En invierno le llevababa a pasear, compraba castañas asadas y el niño gozaba metiendo la mano en el bolsillo del abrigo de su padre, caliente por las castañas.
Guardaba una imagen entrañable de su padre —un hombre recto, trabajador, cariñoso, y afable—; y de su madre, siempre laboriosa y serena. “No recuerdo haberla visto nunca desocupada; siempre estaba atareada en alguna cosa: hacía una labor de punto, cosía o recosía prendas de ropa, leía... No tengo memoria de haber visto jamás a mi madre ociosa. (...) Era una buena madre de familia, de familia cristiana y sabía aprovechar el tiempo”.
Los recuerdos de esa época son los normales de un niño de pocos años. “De pequeño —contaba san Josemaría– había dos cosas que me molestaban mucho: besar a las señoras amigas de mi madre, que venían de visita, y ponerme trajes nuevos.
Cuando vestía un traje nuevo, me escondía debajo de la cama y me negaba a salir a la calle, tozudo...; y mi madre, con un bastón de los que usaba mi padre, daba unos ligeros golpes en el suelo, delicadamente, y entonces salía: por miedo al bastón, no por otra cosa.
Luego, mi madre con cariño me decía: Josemaría, vergüenza sólo para pecar. Muchos años después me he dado cuenta de que había en aquellas palabras una razón muy profunda”[3].
Así transcurría la vida en aquel hogar. Pero pronto llegaron las penas. Durante los años 1910, 1912 y 1913 fueron falleciendo sucesivamente, por enfermedad, tres hermanas pequeñas de Josemaría: Rosario, a los nueve meses de edad; Lolita, a los cinco años; y Asunción, a los ocho.
La casa se llenó de silencios en torno a las camas vacías. Y Josemaría, que había contemplado aquella sucesión de muertes sin entenderlas, le comentaba ingenuamente a su madre:
—El próximo año me toca a mí.
—No te preocupes, hijo mío —le tranquilizaba doña Dolores—: tú estás ofrecido a la Virgen y Ella te cuidará.
Estos recuerdos familiares quedaron impresos en el alma de san Josemaría con trazos indelebles, y se adivinaban en el trasluz de sus enseñanzas cuando, varias décadas más tarde, animaba a los esposos a formar hogares luminosos y alegres. El matrimonio —recordaba— es un camino divino, una vocación a la que Dios llama; y la familia es el primer y el principal ámbito de santificación y apostolado.
“Los esposos cristianos han de ser conscientes de que están llamados a santificarse santificando, de que están llamados a ser apóstoles, y de que su primer apostolado está en el hogar. Deben comprender la obra sobrenatural que implica la fundación de una familia, la educación de los hijos, la irradiación cristiana en la sociedad. De esta conciencia de la propia misión dependen en gran parte la eficacia y el éxito de su vida: su felicidad”[4].




CAPÍTULO II
HUELLAS EN LA NIEVE


A finales de 1914, pocos meses después del comienzo de la I Guerra Mundial, los Escrivá se trasladaron a Logroño, a causa de la quiebra del negocio de tejidos. Aunque don José no era responsable de la situación, prefirió arruinarse antes que dañar económicamente a terceras personas. Fue una decisión difícil y hondamente meditada por su parte; una lección de honradez que marcó profundamente la trayectoria vital de su hijo Josemaría y constituyó un punto de referencia constante —de rectitud, coherencia y fortaleza— a lo largo de su existencia.
“Y fuimos adelante. Mi padre, de un modo heroico (...). Le habían quedado dos hijos y mi madre; y se hizo fuerte, y no se perdonó humillación para sacarnos adelante decorosamente” [5].
Con cuarenta y ocho años, José Escrivá se dispuso a comenzar desde cero. Encontró trabajo como dependiente y hombre de confianza en un comercio de tejidos de la capital de la Rioja y allí se trasladó la familia. Fue un cambio costoso para todos; también para Josemaría, ya un adolescente, que prosiguió su Bachillerato. Era un buen estudiante, con calificaciones excelentes, que soñaba con ser arquitecto.


Las Navidades de 1917-18 fueron extremadamente frías. El termómetro se mantuvo a catorce grados bajo cero durante muchos días y la ciudad quedó casi paralizada. El 9 de enero de 1918, tres días después de la fiesta de Reyes, Josemaría cumplió dieciséis años Y un día de aquéllos, tras una fuerte nevada, un hecho aparentemente anodino cambió el horizonte de su vida.
Fueron unas huellas en la nieve: las huellas de un carmelita, que caminaba con los pies descalzos por amor a Dios.
Al ver aquellas huellas, Josemaría experimentó en su alma una profunda inquietud divina, que le suscitó un fuerte deseo de entrega. Otros hacían tantos sacrificios por Dios y él —se preguntó—... ¿él no era capaz de ofrecerle nada?
“El Señor me fue preparando a pesar mío, con cosas aparentemente inocentes, de las que se valía para meter en mi alma esa inquietud divina. Por eso he entendido muy bien aquel amor tan humano y tan divino de Teresa del Niño Jesús, que se conmueve cuando por las páginas de un libro asoma una estampa con la mano herida del Redentor. También a mí me han sucedido cosas de este estilo, que me removieron y me llevaron a la comunión diaria, a la purificación, a la confesión... y a la penitencia”. [6]

Puede sorprender que un motivo tan pequeño —unas pisadas en la nieve— baste a un adolescente para tomar una decisión tan grande: entregar a Dios su vida entera; pero ése es el lenguaje con el que Dios suele llamar a los hombres y así son las respuestas, los signos de fe, de las almas generosas que buscan sinceramente a Dios. No fue una simple reacción, emotiva y pasajera.“Comencé a barruntar el Amor, a darme cuenta de que el corazón me pedía algo grande y que fuese amor (...). Yo no sabía lo que Dios quería de mí, pero era, evidentemente, una elección. Ya vendría lo que fuera”[7].

A partir de aquel día fue creciendo en su alma, de forma cada vez más impetuosa, la necesidad de conocer y tratar más íntimamente a Cristo en la oración y en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía. Empezó a asistir diariamente a la Santa Misa.
Decidió hacerse sacerdote: le pareció que era el mejor camino para estar enteramente disponible a esa Voluntad de Dios que había intuido en su alma —“un algo que estaba por encima de mí y en mí”[8]—, y cuyo alcance último desconocía.
¿Y luego? Luego... ya vendría lo que fuera[9].

Habló con su padre. Don José, como buen padre cristiano, aunque le costaba la decisiónde su hijo, y más en aquellas circunstancias familiares –de hecho, fue la única vez que Josemaría le vio llorar—, le aconsejó que le planteara su inquietud a un sacerdote de la ciudad, para cerciorarse de que aquélla era la Voluntad de Dios. Este sacerdote le confirmó a don José la vocación de Josemaría. Y a pesar de que aquello les supusiera, desde una perspectiva puramente humana, lo que suele llamarse “un sacrificio”, los padres de Josemaría secundaron la llamada de Dios con gran sentido sobrenatural.
“Hazme eco —enseñaba san Josemaría— : no es un sacrificio, para los padres, que Dios les pida sus hijos; ni, para los que llama el Señor, es un sacrificio seguirle. Es, por el contrario, un honor inmenso, un orgullo grande y santo, una muestra de predilección, un cariño particularísimo, que ha manifestado Dios en un momento concreto, pero que estaba en su mente desde toda la eternidad”.[10]




CAPÍTULO III
LOS AÑOS DE SEMINARIO


Josemaría presentía que Dios le estaba preparando para algo… ¿Qué? No lo sabía. Acuden a mi pensamiento tantas manifestaciones del Amor de Dios en aquellos años de mi adolescencia —recordaba—, cuando barruntaba que el Señor quería algo de mí, algo que no sabía lo que era. Y empezó a pedir en su oración, cada vez con más fuerza:
—Señor ¡que vea!
En 1918 comenzó los estudios eclesiásticos en el Seminario de Logroño, como alumno externo, como solían hacer los seminaristas que vivían en la ciudad; y dos años después, en 1920, se incorporó al Seminario de san Carlos de Zaragoza.
El Arzobispo de Zaragoza, Cardenal Soldevila –que fue asesinado poco después por odio a la fe— advirtió pronto el don de gentes y las cualidades espirituales y morales del joven Josemaría —un joven responsable, alegre, con muy buen humor— y en 1922 le confió el cargo de inspector del seminario. En 1923, con permiso de sus superiores, pudo realizar un antiguo deseo de su padre, y comenzó a estudiar también Derecho en la Universidad Civil de Zaragoza.
Fueron años de estudio intenso, que se reflejaron en buenas calificaciones académicas; y años de crecimiento espiritual, que llevaron a Josemaría a una profunda vida de piedad. El joven seminarista se acercaba todos los días a la cercana Basílica del Pilar y le confiaba sus afanes y sus inquietudes íntimas a la Virgen: “Y yo, medio ciego, siempre esperando el porqué. ¿Por qué me hago sacerdote? El Señor quiere algo; ¿qué es? Y con un latín de baja latinidad, cogiendo las palabras del ciego de Jericó, repetía: Domine, ut videam! Ut sit! Ut sit! Que sea eso que Tú quieres y que yo ignoro. Domina, ut sit!”[11].
Pasaba largos ratos de oración junto al Sagrario en la capilla del Seminario. A veces, durante toda la noche. “Un día –contaba— pude quedarme en la iglesia después de cerradas las puertas. Me dirigí hacia la Virgen, con la complicidad de uno de aquellos buenos sacerdotes ya difunto, subí las pocas escaleras que tan bien conocen los infanticos y, acercándome, besé la imagen de nuestra Madre. Sabía que no era esa la costumbre, que besar el manto se permitía exclusivamente a los niños y a las autoridades (...). Sin embargo, estaba y estoy seguro de que a mi Madre del Pilar le dio alegría que me saltara por una vez los usos establecidos en su catedral”.[12]

El 27 de noviembre de 1924 recibió un aviso inesperado: debía ir rápidamente a Logroño porque su padre acababa de morir de forma repentina. “Mi padre murió agotado—recordaba años después—. Tenía una sonrisa en los labios …”[13].
Don José —que tanto le había ayudado con su generosidad y sus consejos— no estaría presente en la próxima ordenación sacerdotal de su hijo Josemaría, que conservaría siempre vivo su ejemplo de honradez y su espíritu de sacricifio. Tras su muerte, se convirtió en el cabeza de familia, con graves problemas económicos por resolver.

El 28 marzo de 1925 Josemaría Escrivá fue ordenado sacerdote en la capilla del Seminario. El día 30 celebró su primera Misa en Basílica del Pilar, en sufragio por el alma de su padre. Sólo estaban presentes su madre, sus hermanos y algunos amigos.
Desde aquel momento la Santa Misa se reafirmó como el verdadero centro de su vida. A lo largo de su existencía Dios le iría dando luces decisivas para su misión durante la celebración de la Eucaristía. “Lucha para conseguir que el Santo Sacrificio del Altar sea el centro y la raíz de tu vida interior, de modo que toda la jornada se convierta en un acto de culto —prolongación de la Misa que has oído y preparación para la siguiente—, que se va desbordando en jaculatorias, en visitas al Santísimo, en ofrecimiento de tu trabajo profesional y de tu vida familiar...”[14].




CAPíTULO IV
ENTRE POBRES Y ENFERMOS

“Si fueras rico, muy rico, ¿qué te gustaría hacer?”
La singular pregunta venía de los labios del joven don Josemaría, sacerdote recién ordenado, y en su primer destino: Perdiguera, un pueblo de apenas ochocientos habitantes, no muy lejos de Zaragoza. Hablaba con el hijo de la familia que lo alojaba, un niño que pasaba el día pastoreando las cabras y al que, por la noche le íba enseñando el catecismo para que pudiera hacer la Primera Comunión. “Un día se me ocurrió preguntarle, para ver cómo iba asimilando las lecciones:
“Si fueras rico, muy rico, ¿qué te gustaría hacer?”
“¿Qué es ser rico?”, me contestó.
“Ser rico es tener mucho dinero, tener un banco...”.
“Y... ¿qué es un banco?”
Se lo expliqué de un modo simple, y continué:
“Ser rico es tener muchas fincas y, en lugar de cabras, unas vacas muy grandes. Después, ir a reuniones, cambiarse de traje tres veces al día... ¿Qué harías si fueras rico?”.
Abrió mucho los ojos, y me dijo por fin:
“Me comería ¡cada plato de sopas con vino...!”
Todas las ambiciones son eso; no vale la pena nada. Es curioso, no se me ha olvidado aquello. Me quedé muy serio, y pensé: Josemaría, está hablando el Espíritu Santo. Esto lo hizo la Sabiduría de Dios, para enseñarme que todo lo de la tierra era eso: bien poca cosa”

Había llegado a Perdiguera tres días después de su ordenación, para una sustitución encargada con urgencia. Era un pueblo de 870 habitantes situado a pocos kilómetros de Zaragoza, que contaba con un hermoso templo de estilo gótico-mudéjar.
Allí se dedicó ejemplarmente a su ministerio sacerdotal: Misa cantada todos los días, Exposición del Santísimo, confesiones, catecismo... Procuró conocer lo antes posible a las todas las familias el pueblo, interesándose por sus necesidades y visitando a los enfermos. Aunque pasó poco tiempo en aquella parroquia, dejó una huella profunda entre las buenas gentes de Perdiguera, que le recordaron siempre con cariño.
Regresó pronto a Zaragoza, donde ejerció su ministerio y concluyó la carrera de Derecho con buenas calificaciones. En 1927, con permiso de su arzobispo, se trasladó a Madrid para los estudios del doctorado, que en aquel tiempo sólo se podía hacer en la Universidad Central; y comenzó a dar clases de Derecho romano y canónico en una Academia para sostener a su familia, que se instaló poco después en aquella ciudad.
Madrid contaba entonces con unos 800.000 habitantes, y a ella acudían, en busca de mejor fortuna, miles de emigrantes del mundo rural. Muchos acababan, por falta de trabajo, en un estado de miseria en los barrios de chabolas que rodeaban sus contornos, formando una larga cicatriz de pobreza. En esos barrios periféricos y en los ambientes más necesitados desarrolló don Josemaría una gran actividad sacerdotal por medio de su trabajo en el Patronato de Enfermos, institución benéfica dirigida por las Damas Apostólicas del Sagrado Corazón de Jesús.
Caminaba de una parte a otra para administrar los sacramentos a personas enfermas y moribundas, que las Damas le señalaban. Otras veces eran confesiones de niños. Recordaba haber preparado para la Primera Comunión a varios miles en aquellos años. Y no faltaban las situaciones humanas, muchas veces drámaticas e insolubles, pero que se podían suavizar con la caridad y con la doctrina.
Intuía, ciertamente, que el proyecto de Dios para él no estaba tampoco en aquel apostolado de la caridad. Sin embargo lo realizaba con todo el corazón, especialmente después de la luz fundacional del 2 de octubre de 1928. En los pobres, los enfermos, los ignorantes, los deheredados, los niños, encontraba la fuerza para cumplir el inmenso proyecto que el Señor había puesto aquel día sobre sus espaldas y la escuela del dolor donde se templaba su alma.
En una ocasión, cuando atendía a los enfermos abandonados de los hospitales públicos, le señalaron la cama de un moribundo. “Era un gitano, cosido a puñaladas en una riña. Al momento, accedió a confesarse. No quería soltar mi mano y, como él no podía, quiso que pusiera la mía en su boca para besármela. (...) Daba verdadera pena. Con grandes voces dijo que juraba que no robaría más. Me pidió un Santo Cristo. No tenía, y le di un rosario. Se lo puse arrollado a la muñeca y lo besaba, diciendo frases de profundo dolor por lo que ofendió al Señor”.
Evocaba años después:
“Me decía a gritos, sin que pudiera hacerle callar:
—Con esta boca mía podrida no puedo besar al Señor.
—¡Pero si le vas a dar un abrazo —le dije—y un beso muy fuerte enseguida, en el Cielo!”
Aquel grito sincero de compunción se le quedó clavado en el alma. “¿Habéis visto –comentaba— una manera más hermosamente tremenda de manifestar la contrición? Después, alguna vez lo he dicho también yo, a solas, sin dar voces: con esta boca mía podrida, no puedo besarte, Señor. He aprendido de un gitano moribundo a hacer un acto de contrición”.
“Murió con muerte edificantísima –escribió—, diciendo entre otras frases al besar el Crucifijo del rosario: “Mis labios están podridos, para besarte a ti”. Y clamaba para que sus hijas le vieran y supieran que su padre era bueno. Por eso, sin duda, me dijo: “Póngame el rosario, que se vea, que se vea”. –Jesús ya lo hice, pero te vuelvo a ofrecer esa alma, por la que ahora mismo voy a rezar un responso”.
“Guardo esa imagen grabada en el alma —recordaba uno de los que le acompañaban en sus visitas a los hospitales—: el Padre, arrodillado junto a un enfermo tendido en un pobre jergón sobre el suelo, animándole, diciéndole palabras de esperanza y aliento…Esa imagen no se me borra de la memoria: el Padre, junto a la cabecera de aquellos moribundos, consolándoles y hablándoles de Dios… Una imagen que refleja y resume lo que fueron aquellos años de su vida”.
Años después, al recorrer de nuevo aquellas zonas de pobreza y necesidad, decía san Josemaría: “Cuando tenía veinticinco años, venía mucho por todos estos descampados, a enjugar lágrimas, a ayudar a los que necesitaban ayuda, a tratar con cariño a los niños, a los ancianos, a los enfermos; y recibía mucha correspondencia de afecto, y alguna que otra pedrada...”.[15]
Su entrega sacerdotal manifiesta expresivamente su modo de entender el sacerdocio, tal y como lo enseñaría en el futuro a sus hijos sacerdotes. Deseaba que fuesen sacerdotes al cien por cien, sacerdotes—sacerdotes, cuyo único afán fuera servir a Dios y a todas las almas, sin distinción: “Servir es el gozo más grande que puede tener un alma, y es eso lo que tenemos que hacer los sacerdotes: día y noche al servicio de todos; si no, no se es sacerdote. Debe amar a los jóvenes y a los viejos, a los pobres y a los ricos, a los enfermos y a los niños; debe prepararse para decir la Misa; debe recibir las almas, una a una, como un pastor conoce a su rebaño y llama por su nombre a cada oveja. Los sacerdotes no tenemos derechos: a mí me gusta sentirme servidor de todos y me enorgullece este título”[16].
Mientras tanto, intuía en su corazón una inquietud divina, un afán de mies, un deseo cada vez más urgente de llevar el calor del amor de Cristo a todas las criaturas. Repetía una y otra vez en su alma, cantando a veces, estas palabras del Evangelio: “Fuego he venido a traer a la tierra. ¿Y qué quiero sino que arda?”.

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