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SOÑAD Y OS QUEDARÉIS CORTOS
Testimonio sobre el
Fundador, de uno de los primeros miembros del Opus Dei.
Pedro Casciaro.
I. PRELUDIO
Don Filiberto
En aquel lejano año de 1914, mi abuelo materno, don Diego Ramírez, maestro
de escuela en Torrevieja, provincia de Alicante, estaba seriamente
preocupado. Y no era sólo por la tensa situación internacional que dio lugar
poco después a la Guerra Europea, sino por algo mucho más doméstico,
familiar y concreto: la próxima boda de su hija Emilia. Es decir, de mi
madre.
¿Pero qué mejor partido quieres encontrar que ese chico?, le decían sus
familiares. Y tenían razón: el novio de su hija, Pedro Casciaro, era un
chico excelente, honrado y estudioso; procedía de una rica familia de origen
italiano, muy conocida, que había emparentado tiempo atrás con los Parodi y
los Boracino, familias originarias de Italia por un camino o por otro. Los
Casciaro habían emigrado de Nápoles a Inglaterra en tiempos de Napoleón; los
Parodi se habían instalado en Torrevieja, procedentes de Génova, durante esa
misma época; y los Boracino habían arribado a la piel de toro en el siglo
XVIII, cuando Carlos III se trasladó de Nápoles -donde era rey- a España.
¿Pero, qué mejor partido...? Era verdad lo que decían a mi abuelo don Diego:
el chico era un partido excelente. Era hijo de don Julio Casciaro, un hombre
culto y correcto, graduado en Leyes, que al heredar se había retirado a
vivir a Torrevieja, donde la familia tenía una finca de campo y de recreo
que se llamaba "Los Hoyos". Y era nieto de Mr. Peter Casciaro, inglés de
nacimiento, que tras educarse en un "College" prestigioso de Londres, se
había especializado en Mineralogía y Contabilidad.
Mr. Casciaro era, además, gran empresario: había construido la línea de
ferrocarril que va desde Medina del Campo a Salamanca; explotaba numerosas
minas desde La Unión, en Murcia, hasta los Urales, en Rusia; y poseía
diversas propiedades urbanas y agrícolas en España y en Argelia. Y como no
quería que sus hijos perdieran las raíces inglesas, cuando nació su hijo
Julio en Cartagena, a pesar del tiempo que llevaba viviendo en España, lo
inscribió en el consulado de Inglaterra como súbdito británico.
Su nieto Pedro era un chico educado, simpático, alegre, muy bien formado
intelectualmente -era doctor en Filosofía y Letras-, bastante bien parecido
y buen deportista. ¿Qué más podía pedir don Diego para su hija? No había
razón -le decían todos- para que estuviera inquieto...
Lo que inquietaba a mi abuelo materno, hombre de misa diaria, gran
catequista y profundamente creyente, era la frialdad religiosa de la familia
del novio. Desde otros puntos de vista no tenía nada que objetar: su futuro
suegro era un hombre caritativo, de buenas costumbres y rectos principios;
pero, ¡ay!, al igual que su esposa, no era nada practicante. Era republicano
-del tipo de aquellos "intelectuales por la República", que veían en este
sistema político una salida para la decadencia española- y en aquel tiempo
decir republicano era, para muchos, lo mismo que decir anticlerical y con
frecuencia, anticatólico.
No era éste el caso de don Julio y su esposa; pero, a pesar de todo, aquella
petición de mano planteaba a don Diego graves problemas de conciencia:
¿debía permitir que su hija Emilia, fervorosa y buena cristiana, por muy
enamorada que estuviera, se casase con un chico así? ¿Qué educación
recibirían sus nietos? ¿Y si...?
Después de muchas vueltas y revueltas, decidió pedir consejo a don
Filiberto, párroco de la localidad.
-No se preocupe -sentenció gravemente don Filiberto, tras escuchar las
cuitas de mi abuelo materno- porque los hijos de ese matrimonio se
entregarán a Dios.
Ignoro qué luz interior movió a don Filiberto a pronunciar esa singular
profecía, expresada además de un modo tan preciso y contundente. ¿Fue el
Espíritu Santo, que le sopló al oído, fue una simple excusa para
tranquilizar a un padre preocupado; o fue tan solo una mera frase, dicha al
azar? No lo sé. El caso es que don Filiberto no se equivocó.
Los militares y la sopa
Pero sigamos con la historia familiar. Mi abuelo concedió la mano de su hija
y una vez disipados los nubarrones del horizonte, mis padres se casaron,
felices, en una capilla que había en la misma finca de "Los Hoyos". Poco
después mi padre fue nombrado catedrático interino de Historia de España en
la recién creada Universidad de Murcia y designado profesor auxiliar de
Geografía e Historia del Instituto; y en Murcia fuimos naciendo los tres
hijos. En la parroquia de Santa Engracia de Murcia fui bautizado yo, en
1915; luego nació mi hermana Soledad, que murió a los pocos años; y más
tarde nació mi hermano Jose María, al que siempre hemos llamado en casa,
familiarmente, Pepe.
Cuando se convocaron de nuevo las oposiciones a cátedra de Instituto, la
primera que salió a concurso fue la de Geografía e Historia de Murcia. Mi
padre se presentó y obtuvo el segundo puesto. Eso hizo que no pudiese
escoger Murcia sino Vitoria. Pero como quería quedarse en la zona del
Levante, la conmutó en cuanto pudo por la de Albacete, ciudad que resultaba
relativamente cercana a Murcia y Torrevieja, donde estaban su casa familiar
y sus intereses.
Al principio mi padre consideraba su destino en Albacete como algo meramente
provisional, y tenía el deseo de volverse a Murcia o Cartagena en cuanto le
fuera posible. Sin embargo poco a poco fue enraizándose en su trabajo
profesional y haciendo numerosas amistades en La Mancha. Fue Director de la
Escuela de Trabajo y llevó a cabo muchos proyectos, como la construcción de
un nuevo edificio para el Instituto, del que llegó a ser director. Impulsó
las excavaciones arqueológicas en la región; creó e instaló el Museo
Provincial, y así, un largo etcétera; en conclusión: que acabó encariñándose
profundamente con aquel lugar, cosa que, para el que lo conozca, no resulta
muy difícil.
Es cierto que la política influyó también en su decisión de quedarse en
Albacete, aunque se había interesado muy poco por ella en los primeros años
de la dictadura de Primo de Rivera. Sin embargo, cuando cayó la monarquía,
militaba con gran entusiasmo en las filas republicanas.
Eso no significa que fuese partidario de ningún izquierdismo extremo, como
el comunismo o el socialismo de la época (cuestión aparte es que, a causa de
las alianzas electorales del momento, cierta opinión pública los metiera a
todos -republicanos, socialistas y comunistas- en el mismo saco). Su
republicanismo no era de este tipo: era un republicanismo moderado, de corte
liberal, con una gran preocupación por la clase obrera, como lo demuestra el
que llegase a ser presidente de uno de aquellos tribunales que se crearon en
la época de Primo de Rivera para dirimir los conflictos entre patronos y
obreros.
Estos presidentes solían ser hombres de bien, respetados y aceptados por
ambas partes, y aquel cargo le ocasionó no pocos problemas: no podía
comprender mi padre cómo algunas personas, amigas suyas, muy holgadas
económicamente, pudieran regatear jornales de cincuenta céntimos a gentes
que andaban tantas veces al borde de la miseria. Y se fue distanciando de
determinadas amistades, que pertenecían a las familias más pudientes de la
ciudad.
Albacete contaba en aquel tiempo con una pequeña sociedad provinciana que
estaba integrada por terratenientes, empleados del Estado, profesionales de
diverso tipo, algunos industriales y otros elementos de clase media modesta.
A raíz de la proclamación de la República, en la ciudad se fue enconando la
división, -que ya existía- entre las personas significadas políticamente
como de "derechas" y las de "izquierdas"; y mi padre fue siendo conocido,
cada vez más, como un "intelectual de izquierdas". Como tal participó en el
gran mitin que se celebró en el Teatro Circo, con la presencia de Azaña. Mi
padre era lo que llamaríamos ahora un "intelectual comprometido".
Desde el punto de vista religioso no era nada practicante; sin embargo, como
muestra de respeto y de cariño hacia mi madre, solía acompañarla a Misa
todos los domingos y quiso celebrar por todo lo alto la Primera Comunión de
mi hermano José María. Pero los tiempos no estaban para sutilezas: cuando
sus oponentes políticos se enteraron de esta celebración publicaron un
artículo tremendo en un periódico local, titulado "Laicismo, pero no para mi
casa", en el que le injuriaron sin piedad. Profundamente irritado, desde
aquel día dejó de ir a Misa.
Este gesto le retrata de cuerpo entero. Era un hombre apasionado que vivía
ardorosamente aquel difícil momento político y social que estaba atravesando
España. Recuerdo que un día, varios años antes, llegó a casa muy acalorado,
mientras mi hermano pequeño tomaba su tazón de sopa. Estaba irritado por el
nombramiento de varios militares para determinados puestos de Gobierno. Se
quitó de un manotazo el cuello duro y la corbata de moño, los arrojó
furiosamente sobre el sillón, y gritó:
-¡Vamos a tener militares hasta en la sopa!
Al oír esto, mi hermano pequeño miró muy asustado dentro de su tazón y buscó
vanamente en su interior a aquellos militares que tanto irritaban a nuestro
padre y que amenazaban con hacerse dueños de la sopa. Y durante bastante
tiempo su imaginación infantil especuló sobre el interés que podrían tener
aquellos señores por introducirse furtivamente -y eso era lo más misterioso,
¿cómo?- en la pequeña sopera familiar...
II. MADRID, AÑOS 30
1932: Estación del Mediodía
Durante aquellos años yo era un chico que soñaba con ser marino y vivía
despreocupado de esos afanes políticos de tierra adentro. Me apasionaba el
mar y había heredado la afición por los barcos de mi abuelo paterno, que
había sido propietario de un mercantil goleta que atravesaba el Atlántico a
vela y había hecho construir un motovelero de tres palos que cubría la ruta
Cartagena-Marsella, partiendo del vecino puerto de Águilas. Durante aquellos
largos veranos de mi adolescencia, en la calma soleada de "Los Hoyos", había
soñado con mil aventuras marinas; y al ver aquellos barcos y veleros
atracados junto al paseo marítimo, me imaginaba sorteando borrascas y
temporales en alta mar e ingresando, en un futuro próximo, con mi flamante
uniforme de cadete, en el Cuerpo General de la Armada...
Pero mi madre, al enterarse de mis deseos, me puso literalmente los pies en
el suelo y se negó rotundamente a que me embarcara -nunca mejor dicho- en
este proyecto. Así que no tuve más remedio que orientarme hacia otra de mis
grandes aficiones, esta vez bien anclada en tierra firme, y decidí ser
arquitecto.
Aunque me costó tomar esta decisión, lo cierto es que contaba con cualidades
para ser arquitecto: había heredado de mi padre el gusto por el arte, tenía
capacidad de observación y gozaba de cierta habilidad para el dibujo.
Dicho y hecho: al terminar el bachillerato, con diecisiete años, me fui a la
capital de España, porque en aquella época sólo se podía cursar Arquitectura
en Madrid o en Barcelona, y un buen día de 1932 arribé, con cara de
provinciano despistado y un puñado de ilusiones y de maletas, a la Estación
del Mediodía de Madrid. Me instalé en el Hotel Sari, en el número 2 de la
Calle Arenal, muy cerca de la Puerta del Sol.
Me gustó aquel hotel. Estaba situado en el corazón de Madrid, de aquel
Madrid que poco tiempo antes se autodenominaba "Villa y Corte" -se había
proclamado la República el pasado 14 de abril de 1931- y en el que se podía
escuchar todavía la música alegre y traqueteante de los organillos. Y me
puse a estudiar.
Pero no se ganó Zamora en una hora: para acceder al primer curso de
Arquitectura los aspirantes a arquitectos debíamos superar primero el famoso
y dificilísimo examen de "ingreso". Era una prueba realmente dura: no sólo
nos exigían haber aprobado todas las asignaturas de los dos primeros cursos
de la Licenciatura de Ciencias Exactas (incluidas Física, Química y
Geología), sino que debíamos hacer, además, unos exámenes muy exigentes de
dibujo en la propia Escuela. "Ingresar" era, en resumen, cuestión de años, y
muchos se quedaban en el intento.
Pero como yo estaba dispuesto a ser arquitecto costara lo que costase,
aunque no me entusiasmasen demasiado ni las Matemáticas ni la Física, con
tal de entrar en la Escuela, estaba decidido a estudiarlas todo el tiempo
que hiciera falta.
Guardo muy buenos recuerdos de aquel Madrid de comienzos de los años
treinta. Era una ciudad soprendente. Era "la capital" por antonomasia y
conservaba un curioso encanto, tradicional y castizo, chulapón y
cosmopolita, señorial y pueblerino al mismo tiempo, que la hacía
especialmente atractiva para un amante del arte y de la arquitectura como
yo. Era una delicia pasear a la caída de la tarde por sus amplios bulevares,
perderse por los salones del Museo del Prado o ir descubriendo, poco a poco,
sus grandes edificios: el Banco de España, el Casino, el Teatro de la
Princesa, el Ministerio de Fomento, los Jerónimos..., o deambular sin prisas
por el paseo de Recoletos, o por el de la Castellana, que era el más
aristocrático de todos y llegaba hasta lo que llamábamos entonces "los altos
del Hipódromo".
Todavía era una ciudad de dimensiones humanas, donde se conocían unos a
otros, especialmente los de la llamada "gente bien". Yo llegué en un periodo
de cambio: la República había traído personajes nuevos y muchos de "los de
antes" -especialmente los pertenecientes a la alta nobleza- habían emigrado
al extranjero; los que se habían quedado, habían abandonado la Castellana
como punto neurálgico de encuentro y habían puesto de moda el paseo de
coches de El Retiro.
Con la llegada de los nuevos ricos al Retiro, los más snobs de esa "gente
bien" se fueron a pasear a otra parte, y eligieron la zona boscosa que había
más allá de Puerta de Hierro, donde se improvisó un paseo de terracería,
pero eso sí, transitado por coches con chófer uniformado. Conocí bastante
bien aquel ambiente sofisticado gracias a unos amigos míos, que vivían en un
piso principal de la calle Almagro y se paseaban, Madrid arriba y abajo, en
un Lincoln grande de color café con leche...
Era un Madrid agradable por sus gentes, por su clima, por su arquitectura;
pero no tanto desde el punto de vista social. En aquellos años tuvo lugar un
in crescendo de desórdenes, de tensiones, de alborotos entre estudiantes; se
sucedían los enfrentamientos y las huelgas; fue creciendo el clima
anticlerical y las efervescencias políticas que atravesábamos hacían
presagiar males peores. Sólo a algunos; al menos yo no pensaba que a
consecuencia de todo aquello se pudiera acabar en un baño de sangre. Quizá
fuera por la inexperiencia de mis 18 años. Realmente, si alguien me hubiera
dicho en aquel tiempo hasta qué punto iba a experimentar esas consecuencias
en mi propia carne, muy pocos años después, no le hubiera creído en
absoluto.
Ignacio de Landecho
Pero no adelantemos acontecimientos: yo no era en aquel lejano 1932 más que
un joven estudiante venido de provincias, preocupado por situarse en el
medio universitario, y como todo recién llegado, deseoso de hacer nuevos
amigos. Y en este aspecto, realmente tuve suerte. Uno de los primeros chicos
a los que conocí fue Ignacio de Landecho, quien, a pesar de su juventud, era
ya un hombre a carta cabal. Fuerte, decidido, íntegro y apasionado, Ignacio
preparaba también el ingreso en la Escuela de Arquitectura y fue, sin duda
alguna, uno de mis mejores amigos durante aquellos años.
Yo admiraba en Ignacio su fortaleza, su audacia y el desparpajo con que se
movía en todos los ambientes. Recuerdo que en una ocasión presenciábamos
juntos un desfile militar en la Castellana, desde el balcón de la casa de un
amigo común. Dos o tres pisos más abajo, también en un balcón, estaban unas
chicas conocidas que comenzaron a gritar: ¡baja, Ignacio! ¡baja! Entonces,
Ignacio, sin dudarlo un momento, saltó al otro lado de la barandilla, bajó
un piso y otro piso agarrándose a las molduras del edificio, y fue
deslizándose por la fachada hasta llegar al balcón donde estaban las chicas,
mientras todos conteníamos el aliento. Así era Ignacio.
En otra ocasión nos fuimos de excursión a Salamanca, y cuando nos
encontrábamos en una de las torres de la Catedral, Ignacio, ni corto ni
perezoso, se puso a trepar por el exterior hasta que logró alcanzar la
veleta de hierro. Verdaderamente, su valentía rayaba algunas veces en la
temeridad.
Coincidía con él en las clases de la Facultad de Ciencias, que estaba
todavía en el viejo caserón de la calle de San Bernardo, aunque hubo un
periodo en el que tuvimos las clases y talleres provisionalmente en el viejo
edificio de Areneros, que el Gobierno había incautado a los Jesuitas.
También íbamos juntos a la Academia de dibujo del pintor José Ramón
Zaragoza. Y como teníamos mucho que estudiar, con cierta frecuencia
quedábamos para repasar temas en mi cuarto del Hotel Sari.
No se asombre el lector del nombre de mi pomposo alojamiento: realmente el
Sari lo único que tenía de hotel era el nombre. A pesar de su denominación
rimbombante, aquello no pasaba de ser una pensioncita de tres al cuarto con
la dinámica propia de la vida estudiantil. El universitario es amante, como
es bien sabido, de la vida nocturna: y no era raro que Ignacio y yo nos
quedásemos estudiando durante toda la noche en mi habitación y nos fuésemos
la mañana siguiente, tras desayunar, a las clases de San Bernardo.
Nunca olvidaré aquellas clases de Geometría Métrica a las ocho de la mañana
en el caserón de San Bernardo. Era todavía de noche y aquella inmensa aula
iluminada con bombillas eléctricas me deprimía terriblemente. No puedo
olvidar tampoco a don Luis Vegas, nuestro profesor, que a causa de su baja
estatura lograba alcanzar a duras penas el borde inferior de la oceánica
pizarra. ¡Cuántas horas pasé allí, codo a codo con Ignacio, escuchando el
golpeteo de la tiza sobre el encerado: números, letras y figuras
geométricas; números, números y más números...!
A medida que pasan los años veo con mayor claridad que fue una gran suerte
para mí aquella amistad con Ignacio, con el que tan buenas migas hice desde
el primer momento. Nos ayudábamos mutuamente en el estudio; y él me fue
introduciendo en algunos buenos ambientes de Madrid, y también, sin que yo
me diera cuenta, me fue alejando de otras amistades menos convenientes que
frecuentaban la Residencia del Pinar y el Auditorium de la calle de Serrano.
Ignacio tenía mucha más formación espiritual que yo; había estudiado en un
buen colegio de religiosos y tenía parientes jesuitas. Yo procedía de
colegios laicos; y aunque mi madre me había dado los rudimientos de la vida
cristiana, en lo que a la Religión se refiere compartía algunos de los
puntos de vista de mi padre.
El encuentro con el Padre
Eso no significa que yo fuera por aquel entonces una especie de pagano
recalcitrante. Creía en Dios, me consideraba católico, tenía fe y acudía a
los sacramentos de vez en cuando; pero carecía de unos conocimientos
religiosos mínimamente adecuados para mi edad. Había heredado de mi padre
algunas suspicacias anticlericales y experimentaba, por ejemplo, una gran
prevención -casi alergia- hacia los sacerdotes y religiosos.
No sabría definir bien la causa de esta prevención: pero el caso es que la
tenía, y no sabía -ni quería saber- nada con "los curas", como los
denominaba con deje despectivo. Y lo curioso es que hasta entonces nunca
había charlado con uno cara a cara, salvo en las ocasiones en que me
acercaba a un confesionario. Por supuesto, jamás había tenido confesor fijo.
Esas prevenciones me habían llevado siempre a "mantener las distancias" con
los pocos sacerdotes que se habían cruzado en mi camino: algún profesor del
Instituto de Segunda Enseñanza o algún cura de la parroquia. Los observaba
con espíritu crítico, y me repelía la educación que yo juzgaba -sin duda
injustamente- un tanto peculiar de los clérigos de aquel tiempo.
Por eso, cuando en 1935, tres años después de mi llegada a Madrid, un amigo
de la infancia, Agustín Thomás Moreno, me habló con admiración de un
sacerdote al que había conocido recientemente, don Josemaría Escrivá, y me
invitó a conocerle, le respondí con una irónica reacción de autosuficiencia
y un comentario sarcástico.
Nos volvimos a ver -tiempo más tarde, porque nos tratábamos poco- y Agustín
me volvió a hablar de aquel sacerdote; yo le di largas de nuevo y seguí en
este punto como quien oye llover.
Afortunadamente, Agustín fue tenaz. Y en una de esas raras ocasiones en las
que coincidimos me dijo algunas frases de profundo contenido espiritual -que
yo supuse que no serían de su cosecha, sino del sacerdote en cuestión- que
me hicieron, muy a pesar mío, cierta mella. Y accedí a que me lo presentara.
Cada uno es como Dios le ha hecho. ¿Por qué accedí? He de reconocerlo: pura
y simplemente, por curiosidad. La curiosidad era parte de mi modo de ser: me
gustaba tratar a gente mayor que yo, conocer nuevos ambientes y fijarme en
todo, hasta en los más mínimos detalles. Pero, naturalmente, acudí con el
firme propósito de no hablar con aquel cura de cuestiones personales: iba a
ver, a observar, a analizar; nada más.
Quedé una tarde con Agustín, a finales de enero del 35. Me condujo al número
50 de la calle Ferraz, en el barrio de Argüelles. Subimos al primer piso. Yo
iba, como siempre, fijándome en todo. Allí, junto a la puerta, se leía, en
una placa reluciente: "Academia D Y A". Entramos. El recibidor me produjo
una grata impresión inicial. No era lo que yo me pensaba: me había imaginado
un local destartalado y frío, y me encontré en el vestíbulo de una casa de
familia de clase media, más bien modesta, decorado con buen gusto y, sobre
todo, muy limpio. El ambiente era cordial y distendido. Buen comienzo. Me
gustó.
Nos indicaron que pasáramos a una pequeña salita, donde esperamos unos
momentos. Y de pronto entró un sacerdote joven y sonriente, de unos treinta
años, que se detuvo un instante mirándome afablemente por debajo de los
bordes superiores de sus gafas redondas de concha, con el cuerpo ligeramente
inclinado hacia adelante.
-Padre -dijo Agustín-, este es mi amigo, Pedro Casciaro...
Entonces aquel joven sacerdote, excusándose ante Agustín -¡como si yo fuera
un personaje importante!-, le rogó que nos dejara solos unos minutos. Nos
sentamos a charlar y aquella conversación bastó para echar por tierra, de
golpe, todos mis prejuicios.
Realmente el Padre, como le llamaban todos siguiendo la costumbre habitual
para denominar a los sacerdotes en aquella época, no tenía nada que ver con
la idea que yo me había hecho de él: me esperaba un curita espiritualista y
algo raro, conforme a la caricatura de mis prejuicios, y me encontré con un
sacerdote joven, de treinta y tres años, vigoroso, cordial, simpático, muy
espontáneo y natural, que me infundió desde el primer momento una gran
confianza y al mismo tiempo un respeto muy superior al propio de su edad. Me
llamó poderosamente la atención su bondad, su alegría contagiosa, su buen
humor... y le abrí mi alma como nunca había hecho con ninguna otra persona a
lo largo de toda mi vida.
No sabría precisar cuánto tiempo estuvimos charlando; lo más probable es que
no pasara de los tres cuartos de hora. Sólo recuerdo que al despedirme le
dije:
-Padre: me gustaría que usted fuese mi director espiritual.
La dirección espiritual
No imagine el lector que por decir esto yo tenía por aquel entonces una idea
demasiado clara de lo que significaban estas dos palabras juntas: "dirección
espiritual". Sabía que algunas personas la tenían, como mi amigo Ignacio; y
había leído en las esquelas mortuorias del ABC que entre los deudos del
difunto se citaba con frecuencia: "Su director espiritual, el Rvdo. P. tal y
tal". Aquí se acababan todos mis profundos conocimientos sobre el
particular.
Quedamos en volver a vernos regularmente y en la siguiente entrevista
comprobé que aquel impacto inicial no había sido la impresión pasajera de un
momento. A medida que charlaba con el Padre, y le abría mi alma de par en
par, iba descubriendo, progresivamente, la finura de su espiritualidad, su
inteligencia privilegiada y su honda cultura. Y, muy especialmente, su
enorme capacidad de querer y su gran comprensión.
No era sólo cosa mía: muchos otros amigos míos y compañeros de estudio que
le conocieron, me comentaron lo mismo: como yo, se habían sentido
comprendidos por el Padre desde el primer momento. Se veía claramente que
nos quería de verdad y que nos tomaba muy en serio. Y que se preocupaba de
todo lo nuestro; porque fui comprobando, semana tras semana, que el Padre no
se ocupaba sólo de aspectos puramente espirituales: al mismo tiempo que nos
exigía en determinados puntos de la ascética cristiana, nos iba inculcando
un profundo sentido de la responsabilidad y nos iba educando humanamente,
casi sin que nos diéramos cuenta, con la finura de su comportamiento y con
la elegancia de su trato.
Recuerdo un detalle pequeño, pero muy expresivo. Pocos meses después de
conocerme, el Padre me invitó a almorzar en la Residencia. Pudo haberlo
hecho de palabra o por teléfono, pero prefirió enviarme una tarjeta, donde
escribió unas líneas en las que me invitaba a venir de un modo cariñoso y
atento, ¡como si yo fuese un personaje importante! Y yo no constituía un
caso especial: así trataba a todo el mundo, aunque fueran, como en mi caso,
estudiantes de primeros cursos de carrera.
El Oratorio de Ferraz
Un día fui a charlar con el Padre y le encontré particularmente contento.
Habitualmente, cuando hablábamos, yo tomaba primero la palabra y el Padre me
escuchaba hasta el final, muy atento, sin interrumpirme: me preguntaba por
mi vida interior, por mis estudios, por mis padres... Luego, me daba sus
consejos. Pero aquel día no fue así: tomó la palabra desde el primer
momento, y me explicó, contentísimo, que don Leopoldo Eijo y Garay, Obispo
de Madrid, había concedido el permiso necesario para dejar el Santísimo en
el oratorio de la Residencia.
El Padre me había enseñado ese oratorio ya en la primera visita que hice
junto con Agustín Thomás. Lo recuerdo perfectamente: era un oratorio
pequeño, recogido, situado en una habitación contigua al vestíbulo, que daba
a un patio grande y tranquilo. Era piadoso, sencillo, agradable, y se veía
que estaba puesto con cariño. En la pared frontal, sobre el altar, había un
cuadro que representaba a los discípulos de Emaús conversando con con el
Señor. Poco después ese cuadro fue sustituido por una imagen de la Virgen
del Pilar tallada en madera, que descansaba en una ménsula, sobre un fondo
de damasco color verde oliva. El oratorio me agradó, como digo; pero, como
muestra evidente de mi escasa formación religiosa, no reparé en que no tenía
sagrario.
Ese día, el Padre me estuvo hablando con gran alegría de aquel permiso que
le habían dado, y yo, la verdad, no entendía demasiado a qué se refería.
Carecía de la formación cristiana necesaria para comprender cuándo y cómo se
puede dejar el Santísimo en un lugar sagrado. Mientras le escuchaba iba
rumiando para mis adentros cómo podía ser aquello; si había en Madrid alguna
institución donde se vivía maravillosamente la fe -pensaba yo- era en
aquella Residencia; y si había un sacerdote excepcionalmente santo e
inteligente, era el que tenía delante en esos momentos. En consecuencia
-concluía, en mi ignorancia- ¡ya podría haberle dado antes aquel permiso el
Señor Obispo!
-Padre, y por las noches -le pregunté-, ¿se suele dejar el Santísimo en las
iglesias?
Esta pregunta mostraba bien a las claras mi soberano despiste en materias
religiosas. Luego le pregunté cuánto tiempo podía dejarse solo al Señor en
aquel oratorio, porque había visto que en algunas iglesias a veces no había
nadie; y seguí haciéndole otras preguntas de este tipo, y aun más simples.
El Padre fue resolviendo, con gran paciencia, una por una, todas mis dudas
rudimentarias y me habló largo rato sobre la Eucaristía, con unas palabras
que delataban su profunda y sincera devoción a Jesús Sacramentado.
-El Señor -me comentó, emocionado- jamás deberá sentirse aquí solo y
olvidado; si en algunas iglesias a veces lo está, en esta casa, donde viven
tantos estudiantes y que frecuenta tanta gente joven, se sentirá contento,
rodeado por la piedad de todos. Tú ayúdame a hacerle compañía...
Me conmovió aquel amor ferviente a la Eucaristía; y como la Residencia me
pillaba relativamente de paso para ir a la Escuela de Arquitectura, decidí,
gustoso, pasarme todas las veces que pudiera por aquel Oratorio para hacer
un ratico de oración, como nos animaba a hacer el Padre, delante del
Sagrario. Fue entonces, seguramente, cuando me dictó el texto de la comunión
espiritual:
-Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con
que os recibió vuestra Santísima Madre, con el espíritu y el fervor de los
santos...
Poco después, el 31 de marzo de 1935, el Padre pudo celebrar la primera Misa
en aquel oratorio y quedó reservado el Santísimo en el primer sagrario de la
Obra. Aquel sagrario era un sencillo tabernáculo de madera que unas
religiosas habían prestado al Padre. Junto a su alegría, experimentaba una
pena grande: la de no poder dedicar al Señor un sagrario y unos vasos
sagrados más dignos, porque quería siempre ofrecer a Dios el sacrificio de
Abel destinando lo mejor al culto divino.
-El altar y el tabernáculo -comentaba años más tarde- han de ser buenos,
siempre que se pueda. Nosotros, al principio, no pudimos hacerlo así. La
primera custodia era de hierro pintado con purpurina; sólo la luneta para la
Sagrada Forma era de plata dorada. Y el primer Sagrario era de madera: me lo
prestó una monja Reparadora, a la que yo quería mucho. ¡Qué pena me daba
ofrecer al Señor tan poca cosa!
Dios en lo cotidiano
Semana tras semana, mediante aquella dirección espiritual, el Padre me fue
acercando al Señor, ayudándome a mejorar en mi trato con Dios. No de golpe:
poco a poco, con paciencia, aunque cada vez con mayor intensidad: sin prisa
y sin pausa. Fue enseñándome a hacer todos los días un rato de oración
mental, a tratar al Señor a lo largo de mi jornada de estudiante común y
corriente, y a vivir en presencia de Dios. Con respecto a esto último, un
día le expuse mis dificultades:
-Mire, Padre: es que yo pongo los cinco sentidos cuando me meto a fondo en
algo y me olvido completamente de todo lo demás.
Era verdad: cuando estudiaba, me enfrascaba en los libros de tal manera, que
se me pasaban las horas volando sin la menor referencia sobrenatural; y
cuando me ponía a dibujar me "metía" tanto en los problemas de geometría
descriptiva, que me parecía que no me quedaba espacio mental para nada
más...
Como respuesta, el Padre me regaló un crucifijo -que aún conservo- para que
lo llevara en el bolsillo y lo pusiera sobre la mesa de estudio o sobre el
tablero de dibujo:
-Una mirada al crucifijo de cuando en cuando -me comentó-, o algunas
jaculatorias te bastarán para convertir ese trabajo en oración.
¿Y para tener presencia de Dios en medio de la calle? Aquello no me parecía
tan fácil. Me gustaba pasear por las calles de Madrid contemplando las
fachadas, examinando las estructuras o analizando los aciertos o los errores
arquitectónicos que iba encontrando. ¡Y el Padre me pedía que hiciera todo
eso y, al mismo tiempo, fuera "metido en Dios"! ¿Cómo?
-Vamos a ver, me dijo. Explícame qué caminos sueles hacer para ir desde la
calle Castelló donde vives a la Escuela de Arquitectura o la Universidad.
Empecé a recordar: primero tomaba la calle Goya; luego bajaba hasta la
Castellana y después...
Entonces fue enumerándome las imágenes de la Virgen que podía encontrar en
mi camino:
-...en la calle de Goya hay una pastelería, apenas volver la esquina de
Castelló, que tiene una hornacina con la Purísima Concepción; al llegar a la
estatua de Colón en el cruce con el Paseo de la Castellana, tienes en uno de
los relieves del pedestal de la estatua una escena de los Reyes Católicos
donde hay una imagen de la Virgen del Pilar; subiendo por los Bulevares...
Me quedé sorprendido. Yo, que me fijaba tanto en todo, no me había dado
cuenta de la existencia de esas imágenes que me podrían servir para mantener
la presencia de Dios durante mis recorridos habituales. Comprendí entonces
que aquello no era sólo fruto de la gran capacidad de observación del Padre,
sino que era la consecuencia del gran amor que sentía hacia la Madre de
Dios. A partir de aquel día intenté poner por obra lo que me decía; y así,
poco a poco, mi trabajo fue adquiriendo un nuevo sentido sobrenatural y mis
andanzas por las calles de Madrid cobraron unas perspectivas hasta entonces
absolutamente insospechadas.
La Academia DYA
Progresivamente, a medida que fui frecuentando la Residencia, me fui
enterando de la pequeña historia de aquella casa. Casi año y medio antes, a
comienzos de diciembre de 1933, se había abierto la Academia DYA, en un
edificio que daba a la calle Luchana y Juan de Austria. Más tarde, en
octubre de 1934, la Academia se había trasladado a donde estaba ahora, en la
calle Ferraz, nº 50, esquina a Quintana, cerca de la Ciudad Universitaria, y
se había ampliado con una Residencia para estudiantes.
Se habían alquilado tres departamentos en el mismo edificio: dos en el
primer piso, donde se había instalado la Residencia, y otro en el segundo
piso, donde estaba la Academia. El propietario era un tal Bordiú, un
ingeniero de minas con muchos hijos -algunos ya mayores- que vivía en el
mismo inmueble, en el piso principal, y que se preciaba de ser descendiente
de la familia Luna, la del Antipapa, al que llamaba cordialmente "el tío
Pedro".
La instalación de aquella Residencia había sido -de esto me enteré tiempo
más tarde- una verdadera odisea desde el punto de vista económico. En el mes
de septiembre del 34 -pocos meses antes de que yo pisara por vez primera
aquella casa- sólo habían logrado amueblar lo más imprescindible: el
comedor, la sala de visitas, el vestíbulo y un dormitorio. El resto de las
habitaciones, que contaban sólo con unas modestas lámparas de "globos"
blancos de caña metálica, se habían quedado desiertas, en espera de tiempos
mejores. Y les quedaba por comprar el menaje de cocina, la vajilla... Sin
embargo, el ejemplo del Padre, que rezumaba fe, seguridad, optimismo y
confianza en Dios, los confortaba a todos.
-Una de las locuras más grandes de mi vida -nos comentaría el Padre tiempo
después- fue abrir una Residencia de estudiantes sin tener ni un céntimo
para comprar todo lo necesario para instalarla: la ropa, los muebles, el
instrumental para la mesa y para las camas.
Esta grave situación económica se resolvió... como se pudo. La ropa de cama
se consiguió mediante un crédito en "Almacenes Simeón", donde trabajaba un
antiguo conocido del Padre, Casimiro Ardanuy, hijo del panadero que llevaba
el pan a la casa de sus padres, cuando vivían en Barbastro. Pero, ¿dónde
meter aquella ropa? No teníamos armarios para guardarla, recordaba tiempo
después el Padre. En el suelo habíamos puesto con mucho cuidado unos papeles
de periódicos, y encima la ropa: cantidades inmensas. Entonces me parecían
inmensas; ahora me parecerían ridículas. Y, encima, más papeles, para
resguardarla del polvo.
Naturalmente, esperaban como agua de mayo la llegada de los residentes, con
lo cual -pensaban- todo empezaría a funcionar de un modo regular. Pero a
comienzos de aquel año académico en el que estábamos, en octubre de 1934,
estalló la llamada "revolución de Asturias" que fue, como señalaba Marañón,
"un intento en regla de ejecución del plan comunista de conquistar España".
Triunfó sólo en Asturias; pero estuvo programada desde el primer momento
para todo el país. Hubo un feroz ataque contra la Iglesia: se destruyeron 58
iglesias y murieron asesinados 34 sacerdotes. Y como consecuencia, se desató
una huelga general revolucionaria que obligó a aplazar la apertura de la
Universidad.
Eso hizo que, al comenzar el curso, contaran en DYA sólo con uno o dos
residentes. Luego, cuando se fueron calmando las aguas, vinieron algunos
más: eran unos cinco al final del primer trimestre; y el resto, hasta trece
o catorce, fueron llegando a cuentagotas. A causa de esto, fallaron todos
los cálculos económicos; y hubo veces en que el director -un joven
arquitecto, Ricardo Fernández Vallespín- prefería llevar a Alberto, uno de
los primeros residentes, a comer a un restaurante cercano porque le
resultaba más barato que darle de comer en casa. Los meses se iban
sucediendo, implacables y la situación se fue volviendo cada vez más
difícil; porque los residentes no venían, pero las facturas sí; hubo un mes
que comenzaron con cincuenta pesetas en caja. ¡Y había que pagar, como
alquiler de cada piso, 400 pesetas mensuales!
A pesar de estas dificultades, el Padre no se arredró y siguió espoleando la
labor apostólica, día tras día, lleno de fe y confianza en el Señor. Cuando
sólo se busca a Dios -escribió más tarde en Camino-, bien se puede poner en
práctica, para sacar adelante las obras de celo, aquel principio que
asentaba un buen amigo nuestro: "Se gasta lo que se deba aunque se deba lo
que se gaste".
Naturalmente, cuando aparecí por la Residencia, a comienzos de 1935, yo no
podía imaginarme ni por asomo nada de esto. Sabía sólo que el nombre de
"Academia-Residencia DYA", correspondía a las siglas de Derecho y
Arquitectura, pero que tenía un significado más profundo. Para la gente es
Derecho y Arquitectura -explicaba el Padre-, porque realmente se dan clases
de esas carreras, pero para nosotros es Dios y Audacia. Estaba claro que el
Padre había emprendido esa labor apostólica confiando sólo en Dios y con una
gran audacia sobrenatural.
Los Círculos
En uno de esos dormitorios vacíos a los que he aludido antes habían
instalado un aula; y en ella comencé a asistir, junto con otros
universitarios, a unas reuniones con el Padre -Círculos o como se las quiera
llamar: el nombre es lo de menos, nos decía- en las que nos hablaba de
visión sobrenatural, de santidad en medio de la vida ordinaria, de
santificar el trabajo, de vida de oración...
¿Cómo eran aquellas clases? Recuerdo que, al comenzar, el Padre nos ayudaba
a recordar el tema tratado en el Círculo anterior. Las charlas se centraban
en alguna cuestión de la vida cristiana: vida interior, oración,
mortificación, Eucaristía, estudio... Guardo un recuerdo vivísimo,
indeleble, de aquellos Círculos; de las palabras del Padre; de sus ejemplos,
tan plásticos y vivos... Semana tras semana, sábado tras sábado, Círculo
tras Círculo, nos iba moviendo a realizar un intenso apostolado con nuestros
compañeros, nos enseñaba a amar a Dios y nos alentaba a llevar una profunda
vida cristiana.
Era patente que lo que nos decía no procedía sólo del estudio o de su
profundo conocimiento de las almas, sino, sobre todo, de su profunda vida
interior y de su oración. ¡Cuántas veces, al leer las páginas de Camino, he
recordado lo que nos decía en aquellos Círculos! El primer punto es un
magnífico botón de muestra: Que tu vida no sea una vida estéril. -Sé útil.
-Deja poso. -Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor. Borra con tu
vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores
impuros del odio. -Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de
Cristo que llevas en el corazón.
El Padre aludía con frecuencia en aquellas charlas al "fuego del amor de
Dios": nos decía que teníamos que pegar este fuego a todas las almas, con
nuestro ejemplo y nuestra palabra, sin respetos humanos; y nos preguntaba si
no tendríamos entre nuestros amigos algunos que pudieran entender la labor
de formación que se llevaba a cabo en la Residencia. Al final invitaba a uno
de los presentes a que leyera las páginas de algún libro espiritual, como
por ejemplo, La imitación de Cristo.
Mis dudas
Mientras tanto yo proseguía mi dirección espiritual con el Padre. Procuraba
llevarle siempre, como "material extra" a la materia de mi confesión, alguna
duda o consulta para que me la resolviera. Si no lo hacía, me parecía que le
iba a defraudar. Y como uno de los primeros frutos de su dirección
espiritual fue simplificar sorprendentemente mi complicada manera de ser, la
cuestión se me fue volviendo cada vez más difícil: se iban resolviendo, una
tras otra, todas mis dudas.
En una de esas ocasiones -a falta de otra duda mejor -se me ocurrió pedirle
un consejo sobre una cuestión familiar. Mi padre que estaba muy apegado a su
escalafón, como todo funcionario, seguía con verdadera zozobra la carrera
que yo había elegido. "¡Arquitecto! -me decía cada dos por tres-. Y si el
día de mañana hay crisis en la construcción o no logras hacerte una buena
clientela, ¿qué seguridad ecomómica vas a tener, hijo mío? Lo que tienes que
hacer -me repetía- es acabar tranquilamente la licenciatura en Ciencias
Exactas, ya que has cursado los dos primeros años; de ese modo, si en el
futuro tienes problemas con la Arquitectura, siempre tendrás otras
salidas... Hazme caso, Pedro, hazme caso".
A mí, la verdad, aquella propuesta no me hacía demasiada gracia. Estaba
dispuesto a aprobar los dos primeros años de Ciencias Exactas porque
constituían un requisito imprescindible para ingresar en Arquitectura. Pero
las Exactas, como las llamábamos, eran para mí sólo eso: un requisito y nada
más.
Comenté esto con el Padre y, en contra de lo que me esperaba, le parecieron
excelentes los consejos familiares. Aunque comprendía que tendría que hacer
un gran esfuerzo, me estuvo explicando lo bueno que era tener un horario
exigente desde el punto de vista espiritual. Me dijo que así me libraría de
caer en el aburguesamiento, tan común entonces, de los estudiantes que
habían logrado ingresar en una Escuela Especial. Y me habló del apostolado
que podía hacer en la Facultad con el resto de mis compañeros. Si puedes con
todo, dale gusto a tu padre, me dijo; pero tú verás.
Aquellas palabras fueron una especie de reto y me dieron ánimos para
matricularme, al curso siguiente, en el tercer curso de Exactas.
Más tarde se lo comenté también a Paco Botella, un compañero de la Escuela.
Pensaba que si nos matriculábamos los dos en tercer curso, esa carrera me
resultaría menos aburrida. Paco se animó enseguida, aunque las Matemáticas,
para las que tenía más aptitudes que yo, tampoco le atraían demasiado.
Quedamos en estudiar las dos carreras -Arquitectura y Exactas- el próximo
curso académico.
Mis amigos
Siguiendo los consejos del Padre, que me impulsaba a hacer un apostolado
vibrante con mis amigos y compañeros, intenté hablar de Dios con aquellos
con los que tenía una mayor amistad. Sin embargo, a pesar de mis buenos
deseos, no logré despertar en algunos mayores inquietudes espirituales, ni
sacarlos del clima de frivolidad en que se encontraban. Otros, por el
contrario, vinieron por la Residencia de Ferraz. Entre ellos estaban José
Rebollo Dicenta, Miguel Fisac, Mariano Alvarez Núñez y varios más.
Naturalmente, Ignacio de Landecho fue uno de los primeros amigos a los que
invité a venir por Ferraz. Comenzó a asistir a los Círculos que nos daba el
Padre y le tomó un gran afecto desde el primer momento. Eso no me extrañó:
no recuerdo una sola persona que tratara al Padre con cierta profundidad y
que no quedara admirado por su alegría, su buen humor constante, su don de
gentes verdaderamente excepcional y su profundo amor a la libertad.
Con respecto a este último punto, he de hacer notar que yo era muy
independiente. Esa independencia era un fruto natural de mi carácter y del
clima de gran libertad en el que había sido educado. Quizá por eso, ese amor
a la libertad de las conciencias que enseñaba el Padre me agradó
especialmente. Nos recordaba siempre que el amor a la libertad consiste,
antes que nada, en defender la libertad de los demás.
El Padre me fue mostrando las exigencias de la vida cristiana sin
encorsetarla, sin asfixiarla en normas rígidas, o en cuadrículas mentales
predeterminadas. Me ayudó a llevar una vida de piedad cada vez más intensa
sin recortar nunca, ni ahogar -al contrario, las potenció- ninguna de mis
legítimas aspiraciones humanas.
Me hacía ver también cuánto había recibido del Señor en aquellos primeros
veinte años de mi vida. Realzaba ante mis ojos la figura de mis padres y me
enseñaba a apreciar y a agradecer los desvelos paternos para que yo pudiese
estudiar una carrera que, en aquellos tiempos, resultaba excepcionalmente
costosa. Todo eso -me decía- era providencia de Dios, de un Dios-Padre que
nos ama más que todas las madres de la tierra.
Me hablaba también de la necesidad de ser santo en medio del mundo, sin
hacer cosas raras, santificando las clases, las horas de dibujo y de
estudio; y en el futuro, mi trabajo profesional. Me recalcalba que la
santidad no era algo exclusivo de unos pocos, ni tenía por qué reducirse a
determinados estados de vida. Y me decía todas estas cosas en un clima
cordial, afable, abierto, y distendido.
El lector se preguntará qué respondía yo a todo esto. Hay un punto de
Camino, el 360, que refleja plásticamente cuáles eran con frecuencia mis
reacciones: ¡Cómo te reías, noblemente, cuando te aconsejé que pusieras tus
años mozos bajo la protección de San Rafael!: para que te lleve a un
matrimonio santo, como al joven Tobías, con una mujer buena, guapa y rica
-te dije, bromista. Y luego, ¡qué pensativo te quedaste!, cuando seguí
aconsejándote que te pusieras también bajo el patrocinio de aquel apóstol
adolescente, Juan: por si el Señor te pedía más.
Por lo que se refiere a este último punto -la vocación-, el Padre nunca me
dijo nada; y menos, de vocación al Opus Dei. Yo consideraba que en este
terreno ya estaba haciendo el "máximo": desde que iba por Ferraz vivía un
cierto plan de vida cristiana y luchaba por llevar una vida limpia; tenía
una dirección espiritual regular; me esforzaba por hacer apostolado con mis
compañeros y amigos; y me sentía unido fraternalmente con todos los que
asistíamos a aquellos Círculos. Había llegado -pensaba yo- al tope, al
"techo" espiritual más alto al que podía aspirar...
III. UN VERANO EN TORREVIEJA
En "Los Hoyos"
A finales de junio de 1935, al acabar el curso y concluir los innumerables
exámenes, me fui, como de costumbre, a veranear a "Los Hoyos", la finca
donde nos reuníamos toda la familia durante el verano. Era una finca grande,
situada en las afueras del pueblo y cerca del litoral. Tenía una
peculiaridad sorprendente: estaba custodiada por un larguísimo muro de
varios kilómetros, con sus correspondientes garitas y troneras,
perfectamente preparadas para disparar con fusil... Realmente, sólo a un
señor del siglo XIX, inglés por más señas, se le podía ocurrir -como se le
ocurrió a mi bisabuelo Pedro- construir en Torrevieja una cerca de ese tipo,
rodeando completamente la propiedad, como si temiese un ataque de "los
nativos"... Pero había pasado ya tanto tiempo desde que se construyó esta
fantástica muralla, que había dejado de extrañarle a las gentes del lugar;
ya formaba parte del paisaje y la llamaban "el cerco de los Hoyos" o
simplemente "el cerco".
Dentro había un poco de todo. Tenía un jardín con verja; una casa muy
grande, de corte señorial y aire neoclásico, construida en la primera mitad
del siglo pasado; y una ermita dedicada a San José. Y detrás de la ermita...
el panteón familiar. Tan cerca de la casa estaba el panteón que la familia
nunca se atrevió a enterrar ahí a sus difuntos (mi abuelo Julio lo usaba
como arsenal para sus equipos de pesca y para dormir la siesta durante el
verano, porque la cripta era muy fresca). Contaba también con otros
edificios, como una almazara para hacer aceite de oliva, varios graneros, y
las casas del guarda y del hortelano; sin olvidar la bodega, la noria con
sus típicos borricos y cangilones; las balsas, los pozos con molineta de
viento; y todo tipo de corrales con animales diversos. Era un lugar
espléndido: abundaban los almendros, las higueras y sobre todo, las
palmeras; había palmeras, muchísimas palmeras. Solo queda por incluir en el
inventario el invernadero de mi abuelo, que contenía miles de cactus de
diversas especies y variedades, donde pasaba muchas horas del día cuidando
amorosamente de sus espinosas plantas. Gozábamos allí de unas vacaciones
largas y placenteras como pienso que sólo antes de la guerra -a pesar de lo
confuso de la situación política- se podían disfrutar en España.
He dicho antes que nos reuníamos en aquel lugar toda la familia y hay que
entender esta frase en sentido absolutamente literal: vivíamos en "Los
Hoyos" durante los veranos mis abuelos, mis seis tíos -cinco de ellos
casados-, mis primos, mis padres, mi hermano José María y yo: con frecuencia
nos juntábamos en el comedor más de veintinco personas.
El verano transcurría plácido y sin prisas. Yo solía salir a nadar por las
mañanas o a remar en una piragua que me había regalado un tío mío que era
marino mercante. Y por las tardes participaba en aquellas apacibles y
larguísimas tertulias familiares, mecidas por el aire fresco que venía del
Levante, donde todos intervenían...
Hablábamos de todo lo divino y de lo humano, pero fundamentalmente de
política. Cada cual representaba una postura. Mi abuelo Julio era la viva
representación de la desilusión por aquella República en la que había soñado
tanto... Mis tíos defendían sus diversas opiniones y comentaban los sucesos
del momento. Sin embargo, aunque había muchas posturas diversas entre
nosotros, las conversaciones transcurrían siempre en un clima cordial; todos
coincidíamos en la preocupación por el peligroso giro que estaban tomando
los acontecimientos en el país.
Por la tarde salía a dar una vuelta por los balnearios o por el paseo
marítimo con algunos chicos y chicas conocidos. A veces se celebraban
verbenas en la glorieta, donde había un kiosko sin techo en el que la banda
interpretaba habaneras****:
Otras veces íbamos al cine, que era bastante bueno. Yo tenía un acuerdo
táctico con mi tía Maruja, la hermana menor de mi padre, que estaba soltera
y era poco mayor que yo (baste pensar que había hecho la Primera Comunión en
la misma Misa de bodas de mis padres) y ella me llevaba y me traía desde
Torrevieja a Los Hoyos y viceversa. En teoría, yo era el que "cuidaba" de mi
joven tía; en la práctica, era ella la que cuidaba de mí, facilitándome el
transporte en su Peugeot. Realmente, mi tía Maruja componía una estampa
bastante inusual en aquella época, en la que no era frecuente ver a una
mujer al volante, y menos que una chica joven fuera conduciendo su propio
coche.
Durante aquellos meses veraniegos recibí varias cartas de algunos amigos que
frecuentaban Ferraz. El Padre solía añadír algunas líneas de su puño y letra
y me adjuntaba un ejemplar de Noticias -un pequeño boletín de varias hojas
tamaño cuartilla, impreso en planchas de gelatina, con tinta color violeta-
donde se comentaba, en tono familiar, anécdotas de unos y otros. Recuerdo
perfectamente, a pesar del paso de los años, aquellas dos o tres páginas
impresas en el velógrafo rudimentario de la Residencia. Ya nadie sabe lo que
es un velógrafo; en un diccionario antiguo se puede encontrar su definición:
es un "aparato en que, mediante una pasta especial, se pueden sacar muchas
copias".
¡Con qué ilusión releía a solas en mi cuarto de "Los Hoyos" los números de
Noticias que me iban llegando! En el número de julio citaban, entre bromas y
veras, una carta mía: "Pedro Caciaro cuenta: 'Mentalmente he escrito muchas
veces pues creo que puedo decir sin mentir que no ha pasado un sólo día sin
acordarme'. Está en Torrevieja (Alicante) suspirando por su querido
Albacete. Hacia el 20 de agosto le veremos llegar moreno y algo más rollizo.
Agradece la felicitación que se le mandó y se queja de algunos que brillaron
por su silencio. 'Son unos tranquilos -asegura-, menos mal que Dios me
sostiene lustroso a pesar de tantas ingratitudes'".
Aquellas palabras del Padre; aquel boletín escrito en un tono sobrenatural y
al mismo tiempo divertido, propio de nuestra edad; aquellas cartas con
noticias de unos y de otros, me animaban mucho espiritualmente y me daban
bríos apostólicos y nuevas fuerzas para seguir cumpliendo buena parte del
plan de vida espiritual que con ayuda del Padre había logrado seguir durante
el curso.
Entre otras cosas, el Padre nos animaba a aprovechar el tiempo y a cultivar
idiomas. Recuerdo que durante aquel verano escribí a un amigo mío, Mariano
Alvarez Núñez, que estaba descansando en Cuéllar, un pueblo de la provincia
de Segovia, una carta en la lengua de Shakespeare. Le faltó tiempo a Mariano
para contárselo a los de Madrid y mi proeza lingüística apareció citada en
el número siguiente de Noticias: "Le escribe Casciaro ¡en inglés! diciéndole
que le conteste también en inglés ¡optimistas!". Recordaban además que mi
amigo Mariano se dedicaba por la tarde "a tocar el violín, no sabemos si en
inglés".
Allí, en Torrevieja, en medio del clima lánguido, característico de veraneo,
las enseñanzas que el Padre nos transmitía por medio de Noticias constituían
para mí un permanente recordatorio para no dejarme arrastrar por el
ambiente. Seguid perseverantes en la oración -nos recomendaba al comienzo
del número de Noticias del mes de agosto- y en el estudio: así es seguro
que, dentro del próximo curso, el Señor dará a nuestro apostolado un impulso
que supere nuestras esperanzas. No olvidéis que hay mucho por hacer... y que
sería penoso oír a Jesús, diciendo como el paralítico de la piscina
probática: "Non habeo hominem!" -No encuentro hombres capaces de ayudarme...
A través de las montañas
¿Qué sabía yo entonces del Opus Dei, que había nacido casi siete años antes,
el 2 de octubre de 1928? Mi conocimiento se reducía a los siguiente: había
tenido dirección espiritual regular con el Padre, había asistido a unos
quince Círculos y cuatro o cinco amigos míos, compañeros de la Escuela,
habían venido por Ferraz. Sin embargo, aunque llevaba poco tiempo yendo por
la Residencia, el Padre me había hecho partícipe de los afanes de la Obra y
realmente la consideraba como algo mío.
Sabía lo sustancial: que el Opus Dei era un camino de santidad en medio del
mundo para los cristianos corrientes, por medio de la santificación del
trabajo ordinario. Se han abierto -nos explicaba el Padre, con estas o con
palabras parecidas- los caminos divinos de la tierra.
¿Qué debíamos hacer para ser santos? El Padre nos lo había explicado de muy
diversas formas, que se resumen admirablemente en esta frase suya: Conocer a
Jesucristo; hacerlo conocer; llevarlo a todos los sitios. Y como preveía la
pronta expansión de la Obra, nos insistía con frecuencia en que
aprendiéramos idiomas, incluso los más raros, como el japonés.
Yo, a pesar de no ser del Opus Dei, ya me sentía parte, de alguna manera, no
de un pequeño grupo circunstancial, sino de una labor apostólica naciente
que duraría siempre. El Padre nos hacía partícipes de su ansia universal de
apostolado y nos hacía rezar por esa futura expansión. Sabíamos que el
aprendizaje de esos idiomas -alemán, ruso...- al que nos urgía tanto, tenía
una poderosisíma razón apostólica: había que extender el Opus Dei por los
cuatro puntos cardinales.
Por eso, aunque aquellos meses de vacaciones fueron tan agradables y
divertidos como los de años anteriores, ahora tenían un signo distinto.
Notaba la ausencia en aquel ambiente en el que me movía -cómodo y fácil- de
aquellas inquietudes espirituales, de aquellos ideales grandes que nos
transmitía el Padre. Y contagiado por su impaciencia santa por hacer amar a
Jesucristo, también yo tenía deseos por hacerlo conocer y llegar a miles de
almas, como se refleja en aquel punto de Camino:
Así es, así tiene que ser el horizonte de tu apostolado: es preciso
atravesar el mundo. Pero no hay caminos hechos para vosotros... Los haréis,
a través de las montañas, al golpe de vuestras pisadas.
A través de las montañas... Ahora me doy cuenta de que en aquellos momentos
no me había planteado de qué forma concreta se produciría en el futuro la
expansión del Opus Dei. Sin embargo, estaba seguro que la Obra se extendería
algún día por los cinco continentes. ¿Cómo? Lo ignoraba, pero estaba
convencido de que algún día se haría realidad, de eso no me cabía duda; era
algo que formaba parte de la fe que sentía en las palabras del Padre.
¿Cuándo? Entonces pensaba que la expansión tendría lugar muchos años más
tarde; y sospechaba que apenas la llegaría a ver en mi vida. Como se ve,
había entendido lo sustancial del Opus Dei, pero no atisbaba en absoluto lo
que nos quería decir el Padre cuando nos decía: Soñad y os quedaréis cortos.
Sin embargo, a pesar de mi cortedad de miras, yo quería colaborar con esa
expansión en la medida de mis posibilidades. Sentía en el alma, cada vez con
más fuerza, el deseo de dar a conocer al Señor. Sí; ¡también yo quería
llevar a Jesús a todos los sitios! Pero no sabía cómo; y me preguntaba cómo
podría compatibilizar en el futuro las exigencias familiares y profesionales
con ese deseo, cada vez mayor, de participar, de alguna manera, en la tarea
apostólica. Y experimentaba una rara nostalgia -era mi viejo afán de
aventuras, pero ahora por un ideal mucho más alto y noble- al contemplar,
sobre el azul del mar, los vapores que zarpaban del puerto de Torrevieja,
cargados de sal, con rumbo hacía países desconocidos...
IV. LA LLAMADA
¿Y si Dios...?
En el curso que comienza -escribía el Padre en el número de Noticias del mes
de septiembre- mucho espera Jesús de vosotros. Todo se lo podréis dar si
sois fieles a nuestro espíritu de piedad y trabajo.
Desde el mes de septiembre me encontraba de nuevo estudiando en Madrid. Allí
coincidí con Miguel Fisac, que había permanecido en la capital durante todo
el verano, y había seguido frecuentando la Residencia con gran asiduidad. Lo
encontré inquieto y, como nos teníamos gran confianza, le pregunté qué le
pasaba. Me explicó que se estaba planteando la posibilidad de ser miembro
del Opus Dei.
Aquello era nuevo para mí: ¡ser del Opus Dei! Comprendí entonces que en el
corazón de aquella labor apostólica que se hacía en la Residencia había un
pequeño grupo de hombres, profesionales y estudiantes, que se habían
entregado plenamente a Dios. Ese era el camino para hacer realidad esos
ideales apostólicos con los que soñaba en Torrevieja.
Mi amigo se encontraba en plena crisis vocacional y se cuestionaba si
aquello era verdaderamente lo que el Señor le pedía. Yo intenté
tranquilizarle; pero mientras trataba de calmarle, el que me iba
intranquilizando era yo. Y empecé a preguntarme: ¿Y si Dios me llamase a mí
por este camino? ¿Y si...?
Pensé que lo mejor para resolver esta creciente inquietud era preguntárselo
al Padre. Porque -repito- el Padre nunca me había hecho la más mínima
sugerencia en ese sentido, ni me había dado consejos o indicaciones
concretas. Siempre me había dejado en la mayor libertad, aunque había ido
sembrando en mi alma -eso sí- el deseo profundo de buscar la santidad con
todas las fuerzas, el afán por conocer y amar la Voluntad de Dios, y ser
plenamente generoso con el Señor. Pero nunca me había hablado directamente
de la posibilidad de entregarme a Dios en el Opus Dei.
Estaba en un mar de dudas: evidentemente, era yo el que me planteaba todo
aquello... pero, ¿era sólo yo? ¿Y si era el Señor el que estaba detrás de
toda aquella inquietud, el que me estaba pidiendo algo? En ese caso, ¿qué
era ese algo que me estaba pidiendo?
Fui a ver al Padre y le expuse todas mis inquietudes. Me escuchó con gran
serenidad y se limitó a aconsejarme que procurara recuperar mis hábitos de
vida de piedad -que se había enfriado bastante durante el verano- y que
procurara comenzar el curso escolar con mucho afán de estudio. Y me aconsejó
que dejara esas inquietudes en manos del Señor, que es Dios de paz.
Aquello me tranquilizó relativamente y seguí frecuentando la Residencia,
donde se habían producido algunos cambios. La casa estaba llena de
residentes, muchos de ellos procedentes de Bilbao; y venían tantos
universitarios a los medios de formación espiritual que daba el Padre, que
los Círculos tenían lugar donde buenamente se podía, porque había momentos
en que casi no cabíamos en la casa.
Mientras tanto, seguí hablando con el Padre, que me fue ayudando a superar
el bajón espiritual que suelen dejar las vacaciones veraniegas. Me alentó a
vivir vida de gracia y a no dejar un pequeño plan de vida espiritual, que no
incluía todavía la comunión diaria, salvo los domingos y quizá los sábados.
Empecé a luchar en aquellos puntos de vida cristiana con empeño renovado
pero... comprobé que a medida que me acercaba más al Señor, surgía de nuevo,
en el fondo del alma, la inquietud sobre una posible entrega a Dios en el
Opus Dei. Entonces, quizá para contrapesar estas inquietudes espirituales,
procuré divertirme sanamente durante las siguientes semanas, aunque quizá me
pasé de la cuenta. Fui al cine muchos días con varios compañeros que iban
por Ferraz, como Emilio Carnicero, José Jiménez Fernández, Pepe Busó o Paco
Botella. Y gastamos más dinero del habitual, hasta el punto de que el padre
de Paco le escribió una carta diciéndole que ese tal Pedro Casciaro amigo
suyo, sería muy buena persona, como le había dicho; pero que desde que nos
habíamos hecho tan amigos, gastaba como un descosido... >>> NO SE MUESTRAN COMPLETOS LOS LIBROS CUYOS DERECHOS DE AUTOR ESTÁN VIGENTES, COMO OCURRE CON ESTE <<< |