|
|
|
CONVERSACIONES CON MONSEÑOR JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER
"1. ESPONTANEIDAD Y PLURALISMO EN EL PUEBLO DE DIOS"
Entrevista realizada por Pedro Rodríguez. Publicada en Palabra (Madrid),
octubre 1967.
1
Querríamos comenzar esta entrevista con una cuestión que provoca en
muchos espíritus las más diversas interpretaciones. Nos referimos al
tema del aggiornamento. ¹Cuál es, a su entender, el sentido verdadero de
esta palabra, aplicado a la vida de la Iglesia?.
Fidelidad. Para mí aggiornamento significa sobre todo eso: fidelidad. Un
marido, un soldado, un administrador es siempre tanto mejor marido,
tanto mejor soldado, tanto mejor administrador, cuanto más fielmente
sabe hacer frente en cada momento, ante cada nueva circunstancia de su
vida, a los firmes compromisos de amor y de justicia que adquirió un
día. Esa fidelidad delicada, operativa y constante -que es difícil, como
difícil es toda aplicación de principios a la mudable realidad de lo
contingente- es por eso la mejor defensa de la persona contra la vejez
de espíritu, la aridez de corazón y la anquilosis mental.
Lo mismo sucede en la vida de las instituciones, singularísimamente en
la vida de la Iglesia, que obedece no a un precario proyecto del hombre,
sino a un designio de Dios. La Redención, la salvación del mundo, es
obra de la amorosa y filial fidelidad de Jesucristo -y de nosotros con
El- a la voluntad del Padre celestial que le envió. Por eso, el
aggiornamento de la Iglesia -ahora, como en cualquier otra época- es
fundamentalmente eso: una reafirmación gozosa de la fidelidad del Pueblo
de Dios a la misión recibida, al Evangelio.
Es claro que esa fidelidad -viva y actual ante cada circunstancia de la
vida de los hombres- puede requerir, y de hecho ha requerido muchas
veces en la historia dos veces milenaria de la Iglesia, y recientemente
en el Concilio Vaticano II, oportunos desarrollos doctrinales en la
exposición de las riquezas del Depositum Fidei, lo mismo que
convenientes cambios y reformas que perfeccionen -en su elemento humano,
perfectible- las estructuras organizativas y los métodos misioneros y
apostólicos. Pero sería por lo menos superficial pensar que el
aggiornamento consista primariamente en cambiar, o que todo cambio
aggiorna. Basta pensar que no faltan quienes, al margen y en contra de
la doctrina conciliar, también desearían cambios que harían retroceder
en muchos siglos de historia -por lo menos a la época feudal- el camino
progresivo del Pueblo de Dios.
2
El Concilio Vaticano II ha utilizado abundantemente en sus Documentos la
expresión "Pueblo de Dios", para designar a la Iglesia, y ha puesto así
de manifiesto la responsabilidad común de todos los cristianos en la
misión única de este Pueblo de Dios. ¹Qué características debe tener, a
su juicio, la "necesaria opinión pública en la Iglesia" -de la que ya
habló Pío XII- para que refleje, en efecto, esa responsabilidad común?
¹Cómo queda afectado el fenómeno de la "opinión pública en la Iglesia"
por las peculiares relaciones de autoridad y obediencia que se dan en el
seno de la comunidad eclesial?.
No concibo que pueda haber obediencia verdaderamente cristiana, si esa
obediencia no es voluntaria y responsable. Los hijos de Dios no son
piedras o cadáveres: son seres inteligentes y libres, y elevados todos
al mismo orden sobrenatural, como la persona que manda. Pero no podrá
hacer nunca recto uso de la inteligencia y de la libertad -para
obedecer, lo mismo que para opinar- quien carezca de suficiente
formación cristiana. Por eso, el problema de fondo de la "necesaria
opinión pública en la Iglesia" es equivalente al problema de la
necesaria formación doctrinal de los fieles. Ciertamente, el Espíritu
Santo distribuye la abundancia de sus dones entre los miembros del
Pueblo de Dios -que son todos corresponsables de la misión de la
Iglesia-, pero esto no exime a nadie, sino todo lo contrario, del deber
de adquirir esa adecuada formación doctrinal.
Entiendo por doctrina el suficiente conocimiento que cada fiel debe
tener de la misión total de la Iglesia y de la peculiar participación, y
consiguiente responsabilidad específica, que a él le corresponde en esa
misión única. Esta es -como lo ha recordado repetidas veces el Santo
Padre- la colosal labor de pedagogía que la Iglesia debe afrontar en
esta época postconciliar. En directa relación con esa labor, pienso que
debe ponerse -entre otras esperanzas que hoy laten en el seno de la
Iglesia- la recta solución del problema al que usted alude. Porque no
serán ciertamente las intuiciones más o menos proféticas de algunos
carismáticos sin doctrina, las que podrán asegurar la necesaria opinión
pública en el Pueblo de Dios.
En cuanto a las formas de expresión de esa opinión pública, no considero
que sea un problema de órganos o de instituciones. Tan adecuada sede
puede ser un Consejo pastoral diocesano, como las columnas de un
periódico -aunque no sea oficialmente católico- o la simple carta
personal de un fiel a su Obispo, etc. Las posibilidades y las
modalidades legítimas en que esa opinión de los fieles puede
manifestarse son muy variadas, y no parece que puedan ni deban
encorsetarse, creando un nuevo ente o institución. Menos aún si se
tratase de una institución que corriese el peligro -tan fácil- de llegar
a ser monopolizada o instrumentalizada de hecho por un grupo o grupito
de católicos oficiales, cualquiera que fuese la tendencia u orientación
en que esa minoría se inspirase. Eso pondría en peligro el mismo
prestigio de la Jerarquía y sonaría a burla para los demás miembros del
Pueblo de Dios.
3
El concepto "Pueblo de Dios", al que antes nos referíamos, expresa el
carácter histórico de la Iglesia, como una realidad de origen divino que
se sirve también en su caminar de elementos mudables y perecederos.
Según esto, ¹cómo debe realizarse hoy la existencia sacerdotal en la
vida de los presbíteros? ¹Qué rasgo de la figura del presbítero,
descrita en el Decreto Presbyterorum Ordinis, acentuaría usted en los
momentos actuales?.
Acentuaría un rasgo de la existencia sacerdotal que no pertenece
precisamente a la categoría de los elementos mudables y perecederos. Me
refiero a la perfecta unión que debe darse -y el Decreto Presbyterorum
Ordinis lo recuerda repetidas veces- entre consagración y misión del
sacerdote: o lo que es lo mismo, entre vida personal de piedad y
ejercicio del sacerdocio ministerial, entre las relaciones filiales del
sacerdote con Dios y sus relaciones pastorales y fraternas con los
hombres. No creo en la eficacia ministerial del sacerdote que no sea
hombre de oración.
4
Existe una inquietud en algunos sectores del clero por la presencia del
sacerdote en la sociedad que busca -apoyándose en la doctrina del
Concilio (Const. Lumen Gentium, n.31; Decr. Presbyterorum Ordinis, n.8)-
expresarse mediante una actividad profesional o laboral del sacerdote en
la vida civil -"sacerdotes en el trabajo", etc.-. Nos gustaría conocer
su opinión ante este asunto.
Antes he de decir que respeto la opinión contraria a la que voy a
exponer, aunque la juzgo equivocada por muchas razones, y que acompaño
con mi afecto y con mi oración a quienes personalmente la llevan a cabo
con gran celo apostólico.
Pienso que el sacerdocio rectamente ejercido -sin timideces ni complejos
que son ordinariamente prueba de inmadurez humana, y sin prepotencias
clericales que denotarían poco sentido sobrenatural-, el ministerio
propio del sacerdote asegura suficientemente por sí mismo una legítima,
sencilla y auténtica presencia del hombre-sacerdote entre los demás
miembros de la comunidad humana a los que se dirige. Ordinariamente no
será necesario más, para vivir en comunión de vida con el mundo del
trabajo, comprender sus problemas y participar de su suerte. Pero lo que
desde luego rara vez sería eficaz -porque su misma falta de autenticidad
lo condenaría anticipadamente al fracaso- es recurrir al ingenuo
pasaporte de unas actividades laicales de amateur, que pueden ofender
por muchas razones el buen sentido de los mismos laicos.
Es además el ministerio sacerdotal -y más en estos tiempos de tanta
escasez de clero- un trabajo terriblemente absorbente, que no deja
tiempo para el doble empleo. Las almas tienen tanta necesidad de
nosotros, aunque muchas no lo sepan, que no se da nunca abasto. Faltan
brazos, tiempo, fuerzas. Yo suelo por eso decir a mis hijos sacerdotes
que, si alguno de ellos llegase a notar un día que le sobraba tiempo,
ese día podría estar completamente seguro de que no había vivido bien su
sacerdocio.
Y fíjese que se trata, en el caso de estos sacerdotes del Opus Dei, de
hombres que, antes de recibir las sagradas órdenes, ordinariamente han
ejercido durante años una actividad profesional o laboral en la vida
civil: son ingenieros-sacerdotes, médicos-sacerdotes,
obreros-sacerdotes, etc. Sin embargo, no sé de ninguno que haya
considerado necesario -para hacerse escuchar y estimar en la sociedad
civil, entre sus antiguos colegas y compañeros- acercarse a las almas
con una regla de cálculo, un fonendoscopio o un martillo neumático. Es
verdad que alguna vez ejercen -de manera compatible con las obligaciones
del estado clerical- su respectiva profesión u oficio, pero nunca
piensan que eso sea necesario para asegurarse una "presencia en la
sociedad civil", sino por otros diversos motivos: de caridad social, por
ejemplo, o de absoluta necesidad económica, para poner en marcha algún
apostolado. También San Pablo recurrió alguna vez a su antiguo oficio de
fabricante de tiendas: pero nunca porque Ananías le hubiese dicho en
Damasco que aprendiese a fabricar tiendas, para poder así anunciar
debidamente a los gentiles el Evangelio de Cristo.
En resumen, y conste que con esto no prejuzgo la legitimidad y la
rectitud de intención de ninguna iniciativa apostólica, yo entiendo que
el intelectual-sacerdote y el obrero-sacerdote, por ejemplo, son figuras
más auténticas y más concordes con la doctrina del Vaticano II, que la
figura del sacerdote-obrero. Salvo lo que significa de labor pastoral
especializada -que será siempre necesaria-, la figura clásica del
cura-obrero pertenece ya al pasado: un pasado en el que a muchos se
ocultaba la potencialidad maravillosa del apostolado de los laicos.
5
A veces se oyen reproches para aquellos sacerdotes que adoptan una
postura concreta en problemas de índole temporal y más especialmente de
carácter político. Muchas de esas posturas, a diferencia de otras
épocas, suelen ir encaminadas a favorecer una mayor libertad, justicia
social, etc. También es cierto que no es propio del sacerdocio
ministerial la intervención activa en este terreno, salvo en contados
casos. Pero ¹no piensa usted que el sacerdote debe denunciar la
injusticia, la falta de libertad, etc., porque no son cristianas? ¹Cómo
conciliar concretamente ambas exigencias?.
El sacerdote debe predicar -porque es parte esencial de su munus docendi-
cuáles son las virtudes cristianas -todas-, y qué exigencias y
manifestaciones concretas han de tener esas virtudes en las diversas
circunstancias de la vida de los hombres a los que él dirige su
ministerio. Como debe también enseñar a respetar y estimar la dignidad y
libertad con que Dios ha creado la persona humana, y la peculiar
dignidad sobrenatural que el cristiano recibe con el bautismo.
Ningún sacerdote que cumpla este deber ministerial suyo podrá ser nunca
acusado -si no es por ignorancia o por mala fe- de meterse en política.
Ni siquiera se podría decir que, desarrollando estas enseñanzas,
interfiera en la específica tarea apostólica, que corresponde a los
laicos, de ordenar cristianamente las estructuras y quehaceres
temporales.
6
Se manifiesta la preocupación de toda la Iglesia por los problemas del
llamado Tercer Mundo. En este sentido, es sabido que una de las mayores
dificultades estriba en la escasez del clero, y especialmente de
sacerdotes autóctonos. ¹Qué piensa al respecto, y, en todo caso, cuál es
la experiencia de usted en este terreno?.
Pienso que, efectivamente, el aumento del clero autóctono es un problema
de primordial importancia, para asegurar el desarrollo -y aún la
permanencia- de la Iglesia en muchas naciones, especialmente en aquellas
que atraviesan momentos de enconado nacionalismo.
En cuanto a mi experiencia personal, debo decir que uno de los muchos
motivos que tengo de agradecimiento al Señor es ver con qué segura
doctrina, visión universal, católica y ardiente espíritu de servicio
-son desde luego mejores que yo- se forman y llegan al sacerdocio en el
Opus Dei centenares de laicos de diversas naciones -pasarán ya de
sesenta países- donde es problema urgente para la Iglesia el desarrollo
del clero autóctono. Algunos han recibido el episcopado en esas mismas
naciones, y creado ya florecientes seminarios.
7
Los sacerdotes están incardinados en una diócesis y dependen del
Ordinario. ¹Qué justificación puede haber para que pertenezcan a alguna
Asociación distinta de la diócesis e incluso de ámbito universal?.
La justificación es clara: el legítimo uso de un derecho natural -el de
asociación- que la Iglesia reconoce a los clérigos como a todos los
fieles. Esta tradición secular (piénsese en las muchas beneméritas
asociaciones que tanto han favorecido la vida espiritual de los
sacerdotes seculares) ha sido repetidamente reafirmada en la enseñanza y
disposiciones de los últimos Romanos Pontífices (Pío XII, Juan XXIII y
Paulo VI), y también recientemente por el mismo Magisterio solemne del
Concilio Vaticano II.
Es interesante recordar a este propósito que, en la respuesta a un modus
donde se pedía que no hubiera más asociaciones sacerdotales que las
promovidas o dirigidas por los Obispos diocesanos, la competente
Comisión Conciliar rechazó esa petición -con la sucesiva aprobación de
la Congregación General-, motivando claramente la negativa en el derecho
natural de asociación, que corresponde también a los clérigos: "Non
potest negari Presbyteris -se decía- id quod laicis, attenta dignitate
naturae humanae, Concilium declaravit congruum, utpote iuri naturali
consentaneum".
En virtud de ese derecho fundamental, los sacerdotes pueden libremente
fundar asociaciones o inscribirse en las ya existentes, siempre que se
trate de asociaciones que persigan fines rectos, adecuados a la dignidad
y exigencias del estado clerical. La legitimidad y el ámbito de
ejercicio del derecho de asociación entre los clérigos seculares se
comprende bien -sin equívocos, reticencias o peligros de anarquía- si se
tiene en cuenta la distinción que necesariamente existe y debe
respetarse entre la función ministerial del clérigo y el ámbito privado
de su vida personal.
Efectivamente, el clérigo, y concretamente el presbítero, incorporado
por el sacramento del Orden al Ordo Presbyterorum, queda constituido por
derecho divino como cooperador del Orden Episcopal. En el caso de los
presbíteros diocesanos esta función ministerial se concreta, según una
modalidad establecida por el derecho eclesiástico, mediante la
incardinación -que adscribe el presbítero al servicio de una Iglesia
local, bajo la autoridad del propio Ordinario- y la misión canónica, que
le confiere un ministerio determinado dentro de la unidad del
Presbiterio, cuya cabeza es el Obispo. Es evidente, por tanto, que el
Presbítero depende de su Ordinario -a través de un vínculo sacramental y
jurídico- para todo lo que se refiere: a la asignación de su concreto
trabajo pastoral; a las directrices doctrinales y disciplinares que
reciba para el ejercicio de ese ministerio; a la justa retribución
económica necesaria; a todas las disposiciones pastorales que el Obispo
dé para regular la cura de almas, el culto divino y las prescripciones
del derecho común relativas a los derechos y obligaciones que dimanan
del estado clerical.
8
Junto a todas estas necesarias relaciones de dependencia -que concretan
jurídicamente la obediencia, la unidad y la comunión pastoral que el
Presbítero ha de vivir delicadamente con su propio Ordinario-, hay
también legítimamente en la vida del Presbítero secular un ámbito
personal de autonomía, de libertad y de responsabilidad personales, en
el que el Presbítero goza de los mismos derechos y obligaciones que
tienen las demás personas en la Iglesia: quedando así diferenciado tanto
de la condición jurídica del menor como de la del religioso, que -en
virtud de la propia profesión religiosa- renuncia al ejercicio de todos
o de algunos de esos derechos personales.
Por esta razón, el sacerdote secular, dentro de los límites generales de
la moral y de los deberes propios de su estado, puede disponer y decidir
libremente -en forma individual o asociada- en todo lo que se refiere a
su vida personal, espiritual, cultural, económica, etcétera. Cada uno es
libre de formarse culturalmente con arreglo a sus propias preferencias o
capacidades. Cada uno es libre de mantener las relaciones sociales que
desee, y puede ordenar su vida como mejor le parezca, siempre que cumpla
debidamente las obligaciones de su ministerio. Cada uno es libre de
disponer de sus bienes personales como estime más oportuno en
conciencia. Con mayor razón, cada uno es libre de seguir en su vida
espiritual y ascética y en sus actos de piedad aquellas mociones que el
Espíritu Santo le sugiera, y elegir -entre los muchos medios que la
Iglesia aconseja o permite- aquéllos que le parezcan más oportunos según
sus particulares circunstancias personales.
Precisamente refiriéndose a este último punto, el Concilio Vaticano II
-y de nuevo el Santo Padre Paulo VI en su reciente Encíclica
Sacerdotalis coelibatus- ha alabado y recomendado vivamente las
asociaciones, tanto diocesanas como interdiocesanas, nacionales o
universales que -con estatutos reconocidos por la competente autoridad
eclesiástica- fomentan la santidad del sacerdote en el ejercicio de su
propio ministerio. La existencia de esas asociaciones, en efecto, de
ninguna manera supone ni puede suponer -ya lo he dicho- un menoscabo del
vínculo de comunión y dependencia que une a todo Presbítero con su
Obispo, ni de la fraterna unidad con todos los demás miembros del
Presbiterio, ni de la eficacia de su trabajo al servicio de la propia
Iglesia local.
9
La misión de los laicos se ejercita, según el Concilio, en la Iglesia y
en el mundo. Esto, con frecuencia, no es entendido rectamente al
quedarse con uno u otro de ambos términos. ¹Cómo explicaría usted la
tarea de los laicos en la Iglesia y la tarea que deben desarrollar en el
mundo?.
De ninguna manera pienso que deban considerarse como dos tareas
diferentes, desde el mismo momento en que la específica participación
del laico en la misión de la Iglesia consiste precisamente en santificar
ab intra -de manera inmediata y directa- las realidades seculares, el
orden temporal, el mundo.
Lo que pasa es que, además de esta tarea, que le es propia y específica,
el laico tiene también -como los clérigos y los religiosos- una serie de
derechos, deberes y facultades fundamentales, que corresponden a la
condición jurídica de fiel, y que tienen su lógico ámbito de ejercicio
en el interior de la sociedad eclesiástica: participación activa en la
liturgia de la Iglesia, facultad de cooperar directamente en el
apostolado propio de la Jerarquía o de aconsejarla en su tarea pastoral
si es invitado a hacerlo, etc.
No son estas tareas -la específica que corresponde al laico como tal
laico y la genérica o común que le corresponde como fiel- dos tareas
opuestas, sino superpuestas, ni hay entre ellas contradicción, sino
complementariedad. Fijarse sólo en la misión específica del laico,
olvidando su simultánea condición de fiel, sería tan absurdo como
imaginarse una rama, verde y florecida, que no pertenezca a ningún
árbol. Olvidarse de lo que es específico, propio y peculiar del laico, o
no comprender suficientemente las características de estas tareas
apostólicas seculares y su valor eclesial, sería como reducir el
frondoso árbol de la Iglesia a la monstruosa condición de puro tronco.
10
Usted viene diciendo y escribiendo desde hace tantos años que la
vocación de los laicos consiste en tres cosas: "santificar el trabajo,
santificarse en el trabajo y santificar a los demás con el trabajo".
¹Podría precisarnos qué entiende usted exactamente por lo primero:
santificar el trabajo?.
Es difícil explicarlo en pocas palabras, porque en esa expresión están
implicados conceptos fundamentales de la misma teología de la Creación.
Lo que he enseñado siempre -desde hace cuarenta años- es que todo
trabajo humano honesto, intelectual o manual, debe ser realizado por el
cristiano con la mayor perfección posible: con perfección humana
(competencia profesional) y con perfección cristiana (por amor a la
voluntad de Dios y en servicio de los hombres). Porque hecho así, ese
trabajo humano, por humilde e insignificante que parezca la tarea,
contribuye a ordenar cristianamente las realidades temporales -a
manifestar su dimensión divina- y es asumido e integrado en la obra
prodigiosa de la Creación y de la Redención del mundo: se eleva así el
trabajo al orden de la gracia, se santifica, se convierte en obra de
Dios, operatio Dei, opus Dei.
Al recordar a los cristianos las palabras maravillosas del Génesis -que
Dios creó al hombre para que trabajara-, nos hemos fijado en el ejemplo
de Cristo, que pasó la casi totalidad de su vida terrena trabajando como
un artesano en una aldea. Amamos ese trabajo humano que El abrazó como
condición de vida, cultivó y santificó. Vemos en el trabajo -en la noble
fatiga creadora de los hombres- no sólo uno de los más altos valores
humanos, medio imprescindible para el progreso de la sociedad y el
ordenamiento cada vez más justo de las relaciones entre los hombres,
sino también un signo del amor de Dios a sus criaturas y del amor de los
hombres entre sí y a Dios: un medio de perfección, un camino de
santidad.
Por eso, el objetivo único del Opus Dei ha sido siempre ése: contribuir
a que haya en medio del mundo, de las realidades y afanes seculares,
hombres y mujeres de todas las razas y condiciones sociales, que
procuren amar y servir a Dios y a los demás hombres en y a través de su
trabajo ordinario.
11
El Decreto Apostolicam actuositatem, n. 5, ha afirmado claramente que es
misión de toda la Iglesia la animación cristiana del orden temporal.
Compete, pues, a todos: a la jerarquía, al clero, a los religiosos y a
los laicos. ¹Podría decirnos cómo ve el papel y las modalidades de cada
uno de esos sectores eclesiales en esa única y común misión?.
En realidad, la respuesta se encuentra en los mismos textos conciliares.
A la Jerarquía corresponde señalar -como parte de su Magisterio- los
principios doctrinales que han de presidir e iluminar la realización de
esa tarea apostólica.
A los laicos, que trabajan inmersos en todas las circunstancias y
estructuras propias de la vida secular, corresponde de forma específica
la tarea, inmediata y directa, de ordenar esas realidades temporales a
la luz de los principios doctrinales enunciados por el Magisterio; pero
actuando, al mismo tiempo, con la necesaria autonomía personal frente a
las decisiones concretas que hayan de tomar en su vida social, familiar,
política, cultural, etc..
En cuanto a los religiosos, que se apartan de esas realidades y
actividades seculares abrazando un estado de vida peculiar, su misión es
dar un testimonio escatológico público, que ayude a recordar a los demás
fieles del Pueblo de Dios que no tienen en esta tierra domicilio
permanente. Y no puede olvidarse tampoco el servicio que suponen también
para la animación cristiana del orden temporal las numerosas obras de
beneficencia, de caridad y asistencia social que tantos religiosos y
religiosas realizan con abnegado espíritu de sacrificio.
12
Una característica de toda vida cristiana -cualquiera que sea el camino
por el que se realice- es la "dignidad y la libertad de los hijos de
Dios". ¹A qué se refiere usted, pues, cuando a lo largo de toda su
enseñanza ha defendido tan insistentemente la libertad de los laicos?.
Me refiero precisamente a la libertad personal que los laicos tienen
para tomar, a la luz de los principios enunciados por el Magisterio,
todas las decisiones concretas de orden teórico o practico -por ejemplo,
en relación a las diversas opiniones filosóficas, de ciencia económica o
de política, a las corrientes artísticas y culturales, a los problemas
de su vida profesional o social, etc.- que cada uno juzgue en conciencia
más convenientes y más de acuerdo con sus personales convicciones y
aptitudes humanas.
Este necesario ámbito de autonomía que el laico católico precisa para no
quedar capitidisminuido frente a los demás laicos, y para poder realizar
con eficacia su peculiar tarea apostólica en medio de las realidades
temporales, debe ser siempre cuidadosamente respetado por todos los que
en la Iglesia ejercemos el sacerdocio ministerial. De no ser así -si se
tratase de instrumentalizar al laico para fines que rebasan los propios
del ministerio jerárquico- se incurriría en un anacrónico y lamentable
clericalismo. Se limitarían enormemente las posibilidades apostólicas
del laicado -condenándolo a perpetua inmadurez-, pero sobre todo se
pondría en peligro -hoy, especialmente- el mismo concepto de autoridad y
de unidad en la Iglesia. No podemos olvidar que la existencia, también
entre los católicos, de un auténtico pluralismo de criterio y de opinión
en las cosas dejadas por Dios a la libre discusión de los hombres, no
sólo no se opone a la ordenación jerárquica y a la necesaria unidad del
Pueblo de Dios, sino que las robustece y las defiende contra posibles
impurezas.
13
Siendo tan diversas en su realización práctica la vocación del laico y
la del religioso -aunque tengan en común, por supuesto, la vocación
cristiana-, ¹cómo es posible que los religiosos, en sus tareas de
enseñanza, etc., puedan formar a los cristianos corrientes en un camino
verdaderamente laical?.
Será posible en tanto en cuanto los religiosos -cuya benemérita labor al
servicio de la Iglesia admiro sinceramente- se esfuercen en comprender
bien cuáles son las características y exigencias de la vocación laical a
la santidad y al apostolado en medio del mundo, y las quieran y las
sepan enseñar a los alumnos.
14
Con no poca frecuencia, al hablar del laicado, se suele olvidar la
realidad de la presencia de la mujer y con ello se desdibuja su papel en
la Iglesia. Igualmente, al tratarse de la "promoción social de la mujer"
se suele entender simplemente como presencia de la mujer en la vida
pública. ¹Cómo entiende la misión de la mujer en la Iglesia y en el
mundo?.
Desde luego no veo ninguna razón por la cual al hablar del laicado -de
su tarea apostólica, de sus derechos y deberes, etc.- se haya de hacer
ningún tipo de distinción o discriminación con respecto a la mujer.
Todos los bautizados -hombres y mujeres- participan por igual de la
común dignidad, libertad y responsabilidad de los hijos de Dios. En la
Iglesia existe esa radical unidad fundamental, que enseñaba ya San Pablo
a los primeros cristianos: Quicumque enim in Christo baptizati estis,
Christum induistis. Nos est Iudaeus, neque Graecus: non es servus, neque
liber: non est masculus, neque femina; ya no hay distinción de judío, ni
griego; ni de siervo, ni libre; ni tampoco de hombre, ni mujer.
Si se exceptúa la capacidad jurídica de recibir las sagradas órdenes
-distinción que por muchas razones, también de derecho divino positivo,
considero que se ha de retener-, pienso que a la mujer han de
reconocerse plenamente en la Iglesia -en su legislación, en su vida
interna y en su acción apostólica- los mismos derechos y deberes que a
los hombres: derecho al apostolado, a fundar y dirigir asociaciones, a
manifestar responsablemente su opinión en todo lo que se refiera al bien
común de la Iglesia, etc. Ya sé que todo esto -que teóricamente no es
difícil de admitir, si se consideran las claras razones teológicas que
lo apoyan- encontrará de hecho la resistencia de algunas mentalidades.
Aún recuerdo el asombro e incluso la crítica -ahora en cambio tienden a
imitar, en esto como en tantas otras cosas- con que determinadas
personas comentaron el hecho de que el Opus Dei procurara que
adquiriesen grados académicos en ciencias sagradas también las mujeres
que pertenecen a la Sección femenina de nuestra Asociación.
Pienso, sin embargo, que estas resistencias y reticencias irán cayendo
poco a poco. En el fondo es sólo un problema de comprensión
eclesiológica: darse cuenta de que la Iglesia no la forman sólo los
clérigos y religiosos, sino que también los laicos -mujeres y hombres-
son Pueblo de Dios y tienen, por Derecho divino, una propia misión y
responsabilidad.
Pero quisiera añadir que, a mi modo de ver, la igualdad esencial entre
el hombre y la mujer exige precisamente que se sepa captar a la vez el
papel complementario de uno y otro en la edificación de la Iglesia y en
el progreso de la sociedad civil: porque no en vano los creó Dios hombre
y mujer. Esta diversidad ha de comprenderse no en un sentido patriarcal,
sino en toda la hondura que tiene, tan rica de matices y consecuencias,
que libera al hombre de la tentación de masculinizar la Iglesia y la
sociedad; y a la mujer de entender su misión, en el Pueblo de Dios y en
el mundo, como una simple reivindicación de tareas que hasta ahora hizo
el hombre solamente, pero que ella puede desempeñar igualmente bien. Me
parece, pues, que tanto el hombre como la mujer han de sentirse
justamente protagonistas de la historia de la salvación, pero uno y otro
de forma complementaria.
15
Se ha hecho notar que, pese a estar editado en 1934 en su primera
versión, Camino contiene muchas ideas "heréticas" entonces para algunos,
y hoy sin embargo recogidas en el Concilio Vaticano II. ¹Qué nos puede
decir de eso? ¹Cuáles son esos puntos?.
De esto, si me lo permite, trataremos despacio en otra ocasión: más
adelante. Me limito a decirle ahora que doy tantas gracias al Señor, que
se ha servido también de esas ediciones de Camino, en tantas lenguas y
en tantos ejemplares -ya pasan de los dos millones y medio-, para meter
en el entendimiento y en la vida de personas de muy diversas razas y
lenguas esas verdades cristianas, que habían de ser confirmadas por el
Concilio Vaticano II, llevando la paz y la alegría a millones de
cristianos y no cristianos.
16
Sabemos que, desde hace muchos años, ha tenido usted una especial
preocupación por la atención espiritual y humana de los sacerdotes,
sobre todo del clero diocesano, manifestada, mientras le fue posible, en
una intensa labor de predicación y de dirección espiritual dedicada a
ellos. Y también, a partir de un determinado momento, en la posibilidad
de que -permaneciendo plenamente diocesanos y con la misma dependencia
de sus Ordinarios- formen parte de la Obra los que sientan esa llamada.
Nos interesaría saber las circunstancias de la vida eclesiástica que
-aparte de otras razones- motivaron esa preocupación suya. Asimismo,
¹podría decirnos de qué modo esa actividad ha podido y puede ayudar a
resolver algunos problemas del clero diocesano o de la vida
eclesiástica?.
Las circunstancias de la vida eclesiástica que motivaron y motivan esa
preocupación mía y esa labor -ya institucionalizada- de la Obra, no son
circunstancias de carácter más o menos accidental o transitorio, sino
exigencias permanentes de orden espiritual y humano, íntimamente unidas
a la vida y al trabajo del sacerdote diocesano. Me refiero
fundamentalmente a la necesidad que éste tiene de ser ayudado -con
espíritu y medios que en nada modifiquen su condición diocesana- a
buscar la santidad personal en el ejercicio de su propio ministerio.
Para así corresponder, con espíritu siempre joven y generosidad cada vez
mayor, a la gracia de la vocación divina que recibieron, y para saber
prevenir con prudencia y prontitud las posibles crisis espirituales y
humanas a que fácilmente pueden dar lugar muchos diversos factores: la
soledad, las dificultades del ambiente, la indiferencia, la aparente
falta de eficacia de su labor, la rutina, el cansancio, la
despreocupación por mantener y perfeccionar su formación intelectual y
hasta -es el origen profundo de las crisis de obediencia y de unidad- la
poca visión sobrenatural de las relaciones con el propio Ordinario, e
incluso con sus demás hermanos en el sacerdocio.
Los sacerdotes diocesanos que -en uso legítimo del derecho de
asociación- se adscriben a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, lo
hacen única y exclusivamente porque desean recibir esa ayuda espiritual
personal, de manera en todo compatible con los deberes de su estado y
ministerio: de otra manera, esa ayuda no sería tal ayuda, sino
complicación, estorbo y desorden.
El espíritu del Opus Dei, en efecto, tiene como característica esencial
el hecho de no sacar a nadie de su sitio -unusquisque, in qua vocatione
vocatus est, in ea permaneat-, sino que lleva a que cada uno cumpla las
tareas y deberes de su propio estado, de su misión en la Iglesia y en la
sociedad civil, con la mayor perfección posible. Por eso, cuando un
sacerdote se adscribe a la Obra, no modifica ni abandona en nada su
vocación diocesana -dedicación al servicio de la Iglesia local a la que
está incardinado, plena dependencia del propio Ordinario, espiritualidad
secular, unión con los demás sacerdotes, etc.-, sino que, por el
contrario, se compromete a vivir esa vocación con plenitud, porque sabe
que ha de buscar la perfección precisamente en el mismo ejercicio de sus
obligaciones sacerdotales, como sacerdote diocesano.
Este principio tiene en nuestra Asociación una serie de aplicaciones
prácticas de orden jurídico y ascético, que sería largo detallar. Diré
sólo, como ejemplo, que -a diferencia de otras Asociaciones, donde se
exige un voto o promesa de obediencia al Superior interno- la
dependencia de los sacerdotes diocesanos adscritos al Opus Dei no es una
dependencia de régimen, ya que no hay jerarquía interna para ellos ni,
por tanto, peligro de doble vínculo de obediencia sino más bien una
relación voluntaria de ayuda y asistencia espiritual.
Lo que estos sacerdotes encuentran en el Opus Dei es, sobre todo, la
ayuda ascética continuada que desean recibir, con espiritualidad secular
y diocesana, e independiente de los cambios personales y
circunstanciales que pueda haber en el gobierno de la respectiva Iglesia
local. Añaden así a la dirección espiritual colectiva que el Obispo da
con su predicación, sus cartas pastorales, instrucciones disciplinares,
etc., una dirección espiritual personal solícita y continua en cualquier
lugar donde se encuentren, que complementa -respetándola siempre, como
un deber grave- la dirección común impartida por el mismo Obispo. A
través de esa dirección espiritual personal -tan recomendada por el
Concilio Vaticano II y por el Magisterio ordinario- se fomenta en el
sacerdote su vida de piedad, su caridad pastoral, su formación doctrinal
continuada, su celo por los apostolados diocesanos, el amor y la
obediencia que deben al propio Ordinario, y la preocupación por las
vocaciones sacerdotales y el seminario, etc.
¹Los frutos de toda esta labor? Son para las Iglesias locales, a las que
estos sacerdotes sirven. Y de esto se goza mi alma de sacerdote
diocesano, que ha tenido además, repetidas veces, el consuelo de ver con
qué cariño el Papa y los Obispos bendicen, desean y favorecen este
trabajo.
17
En diversas ocasiones, y al referirse al comienzo de la vida del Opus
Dei, usted ha dicho que únicamente poseía "juventud, gracia de Dios y
buen humor". Por los años veinte, además, la doctrina del laicado aún no
había alcanzado el desarrollo que actualmente presenciamos. Sin embargo,
el Opus Dei es un fenómeno palpable en la vida de la Iglesia. ¹Podría
explicarnos cómo, siendo un sacerdote joven, pudo tener una comprensión
tal que permitiera realizar este empeño?.
Yo no tuve y no tengo otro empeño que el de cumplir la Voluntad de Dios:
permítame que no descienda a más detalles sobre el comienzo de la Obra
-que el Amor de Dios me hacía barruntar desde el año 1917-, porque están
íntimamente unidos con la historia de mi alma, y pertenecen a mi vida
interior. Lo único que puedo decirle es que actué, en todo momento, con
la venia y con la afectuosa bendición del queridísimo Sr. Obispo de
Madrid, donde nació el Opus Dei el 2 de octubre de 1928. Más tarde,
siempre también, con el beneplácito y el aliento de la Santa Sede y, en
cada caso, de los Revmos. Ordinarios de los lugares donde trabajamos.
18
Algunos, precisamente por la presencia de los laicos del Opus Dei en
puestos influyentes de la sociedad española, hablan de la influencia del
Opus Dei en España. ¹Nos podría explicar cuál es esa influencia?.
Me molesta profundamente todo lo que pueda sonar a autobombo. Pero
pienso que no sería humildad, sino ceguera e ingratitud con el Señor
-que tan generosamente bendice nuestro trabajo-, no reconocer que el
Opus Dei influye realmente en la sociedad española. En el ambiente de
los países donde la Obra lleva ya trabajando bastantes años -en España,
concretamente, treinta y nueve, porque aquí fue voluntad de Dios que
nuestra Asociación naciera a la vida de la Iglesia- es lógico que ese
influjo ya tenga notable relevancia social, de forma paralela al
progresivo desarrollo de la labor.
¹De qué naturaleza es esa influencia? Es evidente que, siendo el Opus
Dei una Asociación de fines espirituales, apostólicos, la naturaleza de
su influjo -en España, como en las demás naciones de los cinco
continentes donde trabajamos- no puede ser sino de ese tipo: una
influencia espiritual, apostólica. Lo mismo que la totalidad de la
Iglesia -alma del mundo-, el influjo del Opus Dei en la sociedad civil
no es de carácter temporal -social, político, económico, etc.-, aunque
sí repercuta en los aspectos éticos de todas las actividades humanas,
sino un influjo de orden diverso y superior, que se expresa con un verbo
preciso: santificar.
Y esto nos lleva al tema de las personas del Opus Dei que usted llama
influyentes. Para una Asociación cuyo fin sea hacer política, serán
influyentes aquellos de sus miembros que ocupen un lugar en el
parlamento o en el consejo de ministros. Si la Asociación es cultural,
considerará influyentes a aquellos de sus miembros que sean filósofos de
clara fama, o premios nacionales de literatura, etcétera. Si la
Asociación, en cambio, lo que se propone es -como en el caso del Opus
Dei- santificar el trabajo ordinario de los hombres, sea material o
intelectual, es evidente que deberán considerarse influyentes todos sus
miembros: porque todos trabajan -el general deber humano de trabajar
tiene en la Obra especiales resonancias disciplinares y ascéticas-, y
porque todos procuran realizar esa labor suya -cualquiera que sea-
santamente, cristianamente, con deseo de perfección. Por eso, para mí,
tan influyente -tan importante, tan necesario- es el testimonio de un
hijo mío minero entre sus compañeros de trabajo como el de un rector de
universidad entre los demás profesores del claustro académico.
¹De dónde viene, pues, la influencia del Opus Dei? Lo indica la simple
consideración de esta realidad sociológica: a nuestra Asociación
pertenecen personas de todas las condiciones sociales, profesiones,
edades y estados de vida: mujeres y hombres, clérigos y laicos, viejos y
jóvenes, célibes y casados, universitarios, obreros, campesinos,
empleados, personas que ejercen profesiones liberales o que trabajan en
instituciones oficiales, etcétera. ¹Ha pensado en el poder de
irradiación cristiana que representa una gama tan amplia y tan variada
de personas, sobre todo si se cuentan por decenas de millares y están
animadas de un mismo espíritu apostólico: santificar su profesión u
oficio -en cualquier ambiente social en el que se muevan-, santificarse
en ese trabajo y santificar con ese trabajo?
A esas labores apostólicas personales debe añadirse el crecimiento de
nuestras obras corporativas de apostolado: Residencias de estudiantes,
Casas de retiro, la Universidad de Navarra, Centros de formación para
obreros y campesinos, Institutos técnicos, Colegios, Escuelas de
formación para la mujer, etcétera. Estas obras han sido y son
indudablemente focos de irradiación del espíritu cristiano que,
promovidos por laicos, dirigidos como un trabajo profesional por
ciudadanos laicos, iguales a sus compañeros que ejercitan la misma tarea
u oficio, y abiertos a personas de toda clase y condición, han
sensibilizado vastos estratos de la sociedad sobre la necesidad de dar
una respuesta cristiana a las cuestiones que les plantea el ejercicio de
su profesión o empleo.
Todo esto es lo que da relieve y trascendencia social al Opus Dei. No el
hecho de que algunos de sus miembros ocupen cargos de influencia humana
-cosa que no nos interesa lo más mínimo, y se deja por eso a la libre
decisión y responsabilidad de cada uno-, sino el hecho de que todos, y
la bondad de Dios hace que sean muchos, realicen labores -desde los más
humildes oficios- divinamente influyentes.
Y esto es lógico: ¹quién puede pensar que la influencia de la Iglesia en
los Estados Unidos comenzó el día en que fue elegido presidente el
católico John Kennedy?
19
Alguna vez, al hablar de la realidad del Opus Dei, ha afirmado que es
una "desorganización organizada". ¹Podría explicar a nuestros lectores
el significado de esta expresión?.
Quiero decir que damos una importancia primaria y fundamental a la
espontaneidad apostólica de la persona, a su libre y responsable
iniciativa, guiada por la acción del Espíritu; y no a las estructuras
organizativas, mandatos, tácticas y planes impuestos desde el vértice,
en sede de gobierno.
Un mínimo de organización existe, evidentemente, con un gobierno
central, que actúa siempre colegialmente y tiene su sede en Roma, y
gobiernos regionales, también colegiales, cada uno presidido por un
Consiliario. Pero toda la actividad de esos organismos se dirige
fundamentalmente a una tarea: proporcionar a los socios la asistencia
espiritual necesaria para su vida de piedad, y una adecuada formación
espiritual, doctrinal-religiosa y humana. Después, patos al agua! Es
decir: cristianos a santificar todos los caminos de los hombres, que
todos tienen el aroma del paso de Dios.
Al llegar a ese límite, a ese momento, la Asociación como tal ha
terminado su tarea -aquélla, precisamente, para la que los miembros del
Opus Dei se asocian-, ya no tiene que hacer, ni puede ni debe hacer,
ninguna indicación más. Comienza entonces la libre y responsable acción
personal de cada socio. Cada uno, con espontaneidad apostólica, obra con
completa libertad personal y formándose autónomamente su propia
conciencia de frente a las decisiones concretas que haya de tomar,
procura buscar la perfección cristiana y dar testimonio cristiano en su
propio ambiente, santificando su propio trabajo profesional, intelectual
o manual. Naturalmente, al tomar cada uno autónomamente esas decisiones
en su vida secular, en las realidades temporales en las que se mueva, se
dan con frecuencia opciones, criterios y actuaciones diversas: se da, en
una palabra, esa bendita desorganización, ese justo y necesario
pluralismo, que es una característica esencial del buen espíritu del
Opus Dei, y que a mí me ha parecido siempre la única manera recta y
ordenada de concebir el apostolado de los laicos.
Le diré más: esa desorganización organizada aparece incluso en las
mismas obras apostólicas corporativas que el Opus Dei realiza, con el
deseo de contribuir también, como tal Asociación, a resolver
cristianamente problemas que afectan a las comunidades humanas de los
diversos países. Esas actividades e iniciativas de la Asociación son
siempre de carácter directamente apostólico: es decir, obras educativas,
asistenciales o de beneficencia. Pero, como nuestro espíritu es
precisamente estimular el que las iniciativas salgan de la base, y como
las circunstancias, necesidades y posibilidades de cada nación o grupo
social son peculiares y ordinariamente diversas entre sí, el gobierno
central de la Obra deja a los gobiernos regionales -que gozan de
autonomía prácticamente total- la responsabilidad de decidir, promover y
organizar aquellas actividades apostólicas concretas, que juzguen más
convenientes: desde un centro universitario o una residencia de
estudiantes, hasta un dispensario o una granja-escuela para campesinos.
Como lógico resultado, tenemos un mosaico multicolor y variado de
actividades: un mosaico organizadamente desorganizado.
20
Según esto, ¹de qué manera estima que la realidad eclesial del Opus Dei
se inserta en la acción pastoral de toda la Iglesia? ¹Y en el
Ecumenismo?.
Una aclaración previa me parece conveniente: el Opus Dei no es ni puede
considerarse una realidad ligada al proceso evolutivo del estado de
perfección en la Iglesia, no es una forma moderna o aggiornata de ese
estado. En efecto, ni la concepción teológica del status perfectionis
-que Santo Tomás, Suárez y otros autores han plasmado decisivamente en
la doctrina- ni las diversas concreciones jurídicas que se han dado o
pueden darse a ese concepto teológico, tienen nada que ver con la
espiritualidad y el fin apostólico que Dios a querido para nuestra
Asociación. Baste considerar -porque una completa exposición doctrinal
sería larga- que al Opus Dei no le interesan ni votos, ni promesas, ni
forma alguna de consagración para sus socios, diversa de la consagración
que ya todos recibieron con el Bautismo. Nuestra Asociación no pretende
de ninguna manera que sus socios cambien de estado, que dejen de ser
simples fieles iguales a los otros, para adquirir el peculiar status
perfectionis. Al contrario, lo que desea y procura es que cada uno haga
apostolado y se santifique dentro de su propio estado, en el mismo lugar
y condición que tiene en la Iglesia y en la sociedad civil. No sacamos a
nadie de su sitio, ni alejamos a nadie de su trabajo o de sus empeños y
nobles compromisos de orden temporal.
La realidad social, la espiritualidad y la acción del Opus Dei se
insertan, pues, en un venero muy distinto de la vida de la Iglesia:
concretamente, en el proceso teológico y vital que está llevando el
laicado a la plena asunción de sus responsabilidades eclesiales, a su
modo propio de participar en la misión de Cristo y de su Iglesia. Esta
ha sido y es, en los casi cuarenta años de existencia de la Obra, la
inquietud constante -serena, pero fuerte- con la que Dios ha querido
encauzar, en mi alma y en las de mis hijos, el deseo de servirle.
21
¹Cuáles son las aportaciones del Opus Dei a ese proceso?
No es quizá éste el momento histórico más adecuado para hacer una
valoración global de este tipo. A pesar de que se trata de problemas
sobre los que se ha ocupado mucho -con cuánto gozo de mi alma!- el
Concilio Vaticano II, y a pesar de que no pocos conceptos y situaciones
referentes a la vida y misión del laicado han recibido ya del Magisterio
suficiente confirmación y luz, hay todavía sin embargo un núcleo
considerable de cuestiones que constituyen aún, para la generalidad de
la doctrina, verdaderos problemas límite de la teología. A nosotros,
dentro del espíritu que Dios ha dado al Opus Dei y que procuramos vivir
con fidelidad -a pesar de nuestras imperfecciones personales-, nos
parecen ya divinamente resueltos la mayor parte de esos problemas
discutidos, pero no pretendemos presentar esas soluciones como las
únicas posibles.
Hay a la vez otros aspectos del mismo proceso de desarrollo
eclesiológico, que representan estupendas adquisiciones doctrinales -a
las que indudablemente Dios ha querido que contribuyese, en parte quizá
no pequeña, el testimonio del espíritu y la vida del Opus Dei, junto con
otras valiosas aportaciones de iniciativas y asociaciones apostólicas no
menos beneméritas-, pero son adquisiciones doctrinales que quizá pasará
todavía bastante tiempo antes de que lleguen a encarnarse realmente en
la vida total del Pueblo de Dios. Usted mismo ha recordado en sus
anteriores preguntas algunos de esos aspectos: el desarrollo de una
auténtica espiritualidad laical; la comprensión de la peculiar tarea
eclesial -no eclesiástica u oficial- propia del laico; la distinción de
los derechos y deberes que el laico tiene en cuanto laico; las
relaciones Jerarquía-laicado; la igualdad de dignidad y la
complementariedad de tareas del hombre y de la mujer en la Iglesia; la
necesidad de lograr una ordenada opinión pública en el Pueblo de Dios;
etc.
Todo esto constituye evidentemente una realidad muy fluida, y a veces no
exenta de paradojas. Una misma cosa, que dicha hace cuarenta años
escandalizaba a casi todos o a todos, hoy no extraña a casi nadie, pero
en cambio son aún muy pocos los que la comprenden a fondo y la viven
ordenadamente.
Me explicaré mejor con un ejemplo. En 1932, comentando a mis hijos del
Opus Dei algunos de los aspectos y consecuencias de la peculiar dignidad
y responsabilidad que el Bautismo confiere a las personas, les escribí
en un documento: "Hay que rechazar el prejuicio de que los fieles
corrientes no pueden hacer más que limitarse a ayudar al clero, en
apostolados eclesiásticos. El apostolado de los seglares no tiene por
qué ser siempre una simple participación en el apostolado jerárquico: a
ellos les compete el deber de hacer apostolado. Y esto no porque reciban
una misión canónica, sino porque son parte de la Iglesia; esa misión...
la realizan a través de su profesión, de su oficio, de su familia, de
sus colegas, de sus amigos".
Hoy, después de las solemnes enseñanzas del Vaticano II, nadie en la
Iglesia pondrá quizá en tela de juicio la ortodoxia de esta doctrina.
Pero ¹cuántos han abandonado realmente su concepción única del
apostolado de los laicos como una labor pastoral organizada de arriba
abajo? ¹Cuántos, superando la anterior concepción monolítica del
apostolado laical, comprenden que pueda y que incluso deba también
haberlo sin necesidad de rígidas estructuras centralizadas, misiones
canónicas y mandatos jerárquicos? ¹Cuántos que califican al laicado de
longa manus Ecclesiae, no están confundiendo al mismo tiempo en su
cabeza el concepto de Iglesia-Pueblo de Dios con el concepto más
limitado de Jerarquía? O bien ¹cuántos laicos entienden debidamente que,
si no es en delicada comunión con la Jerarquía, no tienen derecho a
reivindicar su legítimo ámbito de autonomía apostólica?
Consideraciones semejantes se podrían formular en relación a otros
problemas, porque es realmente mucho, muchísimo, lo que queda todavía
por lograr, tanto en la necesaria exposición doctrinal, como en la
educación de las conciencias y en la misma reforma de la legislación
eclesiástica. Yo pido mucho al Señor -la oración ha sido siempre mi gran
arma- que el Espíritu Santo asista a su Pueblo, y especialmente a la
Jerarquía, en la realización de estas tareas. Y le ruego también que se
siga sirviendo del Opus Dei, para que podamos contribuir y ayudar, en
todo lo que esté de nuestra parte, a este difícil pero estupendo proceso
de desarrollo y crecimiento de la Iglesia.
22
¹Cómo se inserta el Opus Dei en el Ecumenismo?, me pregunta usted
también. Ya le conté el año pasado a un periodista francés -y sé que la
anécdota ha encontrado eco, incluso en publicaciones de hermanos
nuestros separados- lo que una vez comenté al Santo Padre Juan XXIII,
movido por el encanto afable y paterno de su trato: "Padre Santo, en
nuestra Obra siempre han encontrado todos los hombres, católicos o no,
un lugar amable: no he aprendido el ecumenismo de Vuestra Santidad". El
se rió emocionado, porque sabía que, ya desde 1950, la Santa Sede había
autorizado al Opus Dei a recibir como asociados Cooperadores a los no
católicos y aun a los no cristianos.
Son muchos, efectivamente -y no faltan entre ellos pastores y aun
obispos de sus respectivas confesiones-, los hermanos separados que se
sienten atraídos por el espíritu del Opus Dei y colaboran en nuestros
apostolados. Y son cada vez más frecuentes -a medida que los contactos
se intensifican- las manifestaciones de simpatía y de cordial
entendimiento a que da lugar el hecho de que los socios del Opus Dei
centren su espiritualidad en el sencillo propósito de vivir
responsablemente los compromisos y exigencias bautismales del cristiano.
El deseo de buscar la perfección cristiana y de hacer apostolado,
procurando la santificación del propio trabajo profesional; el vivir
inmersos en las realidades seculares, respetando su propia autonomía,
pero tratándolas con espíritu y amor de almas contemplativas; la
primacía que en la organización de nuestras labores concedemos a la
persona, a la acción del Espíritu en las almas, al respeto de la
dignidad y de la libertad que provienen de la filiación divina del
cristiano; el defender, contra la concepción monolítica e
institucionalista del apostolado de los laicos, la legítima capacidad de
iniciativa dentro del necesario respeto al bien común: esos y otros
aspectos más de nuestro modo de ser y trabajar son puntos de fácil
encuentro, donde los hermanos separados descubren -hecha vida, probada
por los años- una buena parte de los presupuestos doctrinales en los que
ellos y nosotros, los católicos, hemos puesto tantas fundadas esperanzas
ecuménicas.
23
Cambiando de tema, nos interesaría saber su opinión respecto del actual
momento de la Iglesia. Concretamente, ¹cómo lo calificaría usted? ¹Qué
papel cree que pueden tener en esta hora las tendencias que de modo
general han sido llamadas "progresista" e "integrista"?.
A mi modo de ver, el actual momento doctrinal de la Iglesia podría
calificarse de positivo y, a la vez, delicado, como toda crisis de
crecimiento. Positivo, sin duda, porque las riquezas doctrinales del
Concilio Vaticano II han puesto la Iglesia toda -el entero Pueblo
sacerdotal de Dios- de frente a una nueva etapa, sumamente
esperanzadora, de renovada fidelidad al propósito divino de salvación
que se le ha confiado. Momento delicado también, porque las conclusiones
teológicas a las que se ha llegado no son de carácter -valga la
expresión- abstracto o teórico, sino que se trata de una teología
sumamente viva, es decir, con inmediatas y directas aplicaciones de
orden pastoral, ascético y disciplinar, que tocan muy en lo íntimo la
vida interna y externa de la comunidad cristiana -liturgia, estructuras
organizativas de la Jerarquía, formas apostólicas, Magisterio, diálogo
con el mundo, ecumenismo, etc.- y, por tanto, también la vida cristiana
y la conciencia misma de los fieles.
Una y otra realidad llaman respectivamente a nuestra alma: el optimismo
cristiano -la gozosa certeza de que el Espíritu Santo hará fructificar
cumplidamente la doctrina con la que ha enriquecido a la Esposa de
Cristo- y, a la vez, la prudencia por parte de quienes investigan o
gobiernan, porque especialmente ahora podría hacer un daño inmenso la
falta de serenidad y ponderación en el estudio de los problemas.
En cuanto a las tendencias que usted llama integristas y progresistas,
me resulta difícil opinar sobre el papel que pueden desempeñar en este
momento, porque desde siempre he rechazado la conveniencia e incluso la
posibilidad de que puedan hacerse catalogaciones o simplificaciones de
este tipo. Esa división -que a veces se lleva hasta extremos de
verdadero paroxismo, o se intenta perpetuar como si los teólogos y los
fieles en general estuvieran destinados a una continua orientación
bipolar- me parece que obedece en el fondo al convencimiento de que el
progreso doctrinal y vital del Pueblo de Dios sea resultado de una
perpetua tensión dialéctica. Yo, en cambio, prefiero creer -con toda mi
alma- en la acción del Espíritu Santo, que sopla donde quiere, y a quien
quiere.
24 "2.
¹POR QUE NACIO EL OPUS DEI?
Entrevista realizada por Peter Forbath, corresponsal de Time (New York),
el 15-IV-1967.
¹Querría usted explicar la misión central y los objetivos del Opus Dei?
¹En qué precedentes basó usted sus ideas sobre la Asociación? ¹O es el
Opus Dei algo único, totalmente nuevo dentro de la Iglesia y de la
Cristiandad? ¹Se le puede comparar con las órdenes religiosas y con los
institutos seculares o con asociaciones católicas del tipo, por ejemplo,
de la Holy Name Society, los Caballeros de Colón, el Christopher
Movement, etcétera?.
El Opus Dei se propone promover entre personas de todas las clases de la
sociedad el deseo de la perfección cristiana en medio del mundo. Es
decir, el Opus Dei pretende ayudar a las personas que viven en el mundo
-al hombre corriente, al hombre de la calle-, a llevar una vida
plenamente cristiana, sin modificar su modo normal de vida, ni su
trabajo ordinario, ni sus ilusiones y afanes.
Por eso, en frase que escribí hace ya muchos años, se puede decir que el
Opus Dei es viejo como el Evangelio y como el Evangelio nuevo. Es
recordar a los cristianos las palabras maravillosas que se leen en el
Génesis: que Dios creó al hombre para que trabajara. Nos hemos fijado en
el ejemplo de Cristo, que se pasó la casi totalidad de su vida terrena
trabajando como un artesano en una aldea. El trabajo no es sólo uno de
los más altos de los valores humanos y medio con el que los hombres
deben contribuir al progreso de la sociedad: es también camino de
santificación.
¹A qué otras organizaciones podríamos compararlo? No es fácil encontrar
una respuesta, pues al intentar comparar entre sí a organizaciones con
fines espirituales se corre el riesgo de quedarse en rasgos externos o
en denominaciones jurídicas, olvidando lo que es más importante: el
espíritu que da vida y razón de ser a toda la labor.
Me limitaré a decirle que, con respecto a las que ha mencionado, está
muy lejano de las órdenes religiosas y de los institutos seculares y más
cercano de instituciones como la Holy Name Society.
El Opus Dei es una organización internacional de laicos, a la que
pertenecen también sacerdotes seculares (una exigua minoría en
comparación con el total de socios). Sus miembros son personas que viven
en el mundo, en el que ejercen su profesión u oficio. Al acudir al Opus
Dei no lo hacen para abandonar ese trabajo, sino al contrario buscando
una ayuda espiritual con el fin de santificar su trabajo ordinario,
convirtiéndolo también en medio para santificarse o para ayudar a los
demás a santificarse. No cambian de estado -siguen siendo solteros,
casados, viudos o sacerdotes-, sino que procuran servir a Dios y a los
demás hombres dentro de su propio estado. Al Opus Dei no le interesan ni
votos ni promesas, lo que pide de sus socios es que, en medio de las
deficiencias y errores propios de toda vida humana, se esfuercen por
practicar las virtudes humanas y cristianas, sabiéndose hijos de Dios.
Si se quiere buscar alguna comparación, la manera más fácil de entender
el Opus Dei es pensar en la vida de los primeros cristianos. Ellos
vivían a fondo su vocación cristiana; buscaban seriamente la perfección
a la que estaban llamados por el hecho, sencillo y sublime del Bautismo.
No se distinguían exteriormente de los demás ciudadanos. Los socios del
Opus Dei son personas comunes; desarrollan un trabajo corriente; viven
en medio del mundo como lo que son: ciudadanos cristianos que quieren
responder cumplidamente a las exigencias de su fe.
25
Permítame que insista en la cuestión de los Institutos seculares. He
leído un estudio de un conocido canonista, el Dr. Julián Herranz, en que
se afirma que algunos de esos institutos son secretos y que muchos otros
prácticamente se identifican con las órdenes religiosas -utilizando
hábitos, abandonando el trabajo profesional para dedicarse a los mismos
fines a los que se dedican los religiosos, etc.-, hasta el punto de que
sus miembros no tienen inconveniente en considerarse ellos mismos
religiosos. ¹Qué piensa usted de este tema?.
El trabajo sobre los Institutos seculares al que usted se refiere ha
tenido efectivamente una amplia difusión entre los especialistas. El Dr.
Herranz expresa, bajo su personal responsabilidad, una tesis bien
documentada; sobre las conclusiones de ese trabajo, prefiero no hablar.
Sólo he de decirle que todo ese modo de proceder nada tiene que ver con
el Opus Dei, que ni es secreto ni es en modo alguno comparable, ni por
su labor ni por la vida de sus socios, con los religiosos, porque sus
miembros -los del Opus Dei- son, como le acabo de decir, ciudadanos
corrientes iguales a los otros ciudadanos, que ejercen libremente todas
las profesiones y todas las tareas humanas honestas.
26
¹Querría describir cómo se ha desarrollado y evolucionado el Opus Dei,
tanto en su carácter como en sus objetivos, desde su fundación, en un
período que ha sido testigo de un enorme cambio dentro de la misma
Iglesia?.
Desde el primer momento el objetivo único del Opus Dei ha sido el que le
acabo de describir: contribuir a que haya en medio del mundo hombres y
mujeres de todas las razas y condiciones sociales que procuren amar y
servir a Dios y a los demás hombres en y a través de su trabajo
ordinario. Con el comienzo de la Obra en 1928, mi predicación ha sido
que la santidad no es cosa para privilegiados, sino que pueden ser
divinos todos los caminos de la tierra, todos los estados, todas las
profesiones, todas las tareas honestas. Las implicaciones de ese mensaje
son muchas y la experiencia de la vida de la Obra me ha ayudado a
conocerlas cada vez con más hondura y riqueza de matices. La Obra nació
pequeña, y ha ido normalmente creciendo luego de manera gradual y
progresiva, como crece un organismo vivo, como todo lo que se desarrolla
en la historia.
Pero su objetivo y razón de ser no ha cambiado ni cambiará por mucho que
pueda mudar la sociedad, porque el mensaje del Opus Dei es que se puede
santificar cualquier trabajo honesto, sean cuales fueran las
circunstancias en que se desarrolla.
Hoy forman parte de la Obra personas de todas las profesiones: no sólo
médicos, abogados, ingenieros y artistas, sino también albañiles,
mineros, campesinos; cualquier profesión: desde directores de cine y
pilotos de reactores hasta peluqueras de alta moda. Para los socios del
Opus Dei el estar al día, el comprender el mundo moderno, es algo
natural e instintivo, porque son ellos -junto con los demás ciudadanos,
iguales a ellos- los que hacen nacer ese mundo y le dan su modernidad.
Siendo éste el espíritu de nuestra Obra, comprenderá que ha sido una
gran alegría para nosotros ver cómo el Concilio ha declarado
solemnemente que la Iglesia no rechaza el mundo en que vive, ni su
progreso y desarrollo, sino que lo comprende y ama. Por lo demás es una
característica central de la espiritualidad que se esfuerzan por vivir
-desde hace casi cuarenta años- los socios de la Obra, el saberse al
mismo tiempo parte de la Iglesia y del Estado, asumiendo cada uno
plenamente, por lo tanto, con toda libertad su individual
responsabilidad de cristiano y de ciudadano.
27
¹Podría describir las diferencias que hay entre el modo en que el Opus
Dei como Asociación cumple su misión y la forma en que los miembros del
Opus Dei como individuos cumplen las suyas? Por ejemplo, ¹qué criterios
hacen que se considere mejor que un proyecto sea realizado por la
Asociación -un colegio o una casa de retiros-, o por personas
individuales -una empresa editorial o comercial?.
La actividad principal del Opus Dei consiste en dar a sus miembros, y a
las personas que lo deseen, los medios espirituales necesarios para
vivir como buenos cristianos en medio del mundo. Les hace conocer la
doctrina de Cristo, las enseñanzas de la Iglesia; les proporciona un
espíritu que mueve a trabajar bien por amor de Dios y en servicio de
todos los hombres. Se trata, en una palabra, de comportarse como
cristianos: conviviendo con todos, respetando la legítima libertad de
todos y haciendo que este mundo nuestro sea más justo.
Cada uno de los socios se gana la vida y sirve a la sociedad con la
profesión que tenía antes de venir al Opus Dei, y que ejercería si no
perteneciese a la Obra. Así, unos son mineros, otros enseñan en escuelas
o Universidades, otros son comerciantes, amas de casa, secretarias,
campesinos. No hay ninguna actividad humana noble que no pueda ejercer
un socio del Opus Dei. El que, por ejemplo, antes de pertenecer a
nuestra Obra trabajaba en una actividad editorial o comercial, sigue
haciéndolo después. Y si, con ocasión de ese trabajo o de cualquier
otro, se busca un nuevo empleo, o decide, con sus compañeros de
profesión, fundar una empresa cualquiera, es cosa en la que le
corresponde decidir libremente, aceptando él personalmente los
resultados de su trabajo y respondiendo personalmente también.
Toda la actuación de los Directores del Opus Dei se basa en un exquisito
respeto de la libertad profesional de los socios: éste es un punto de
importancia capital, del cual depende la existencia misma de la Obra, y
que por tanto se vive con fidelidad absoluta. Cada socio puede trabajar
profesionalmente en los mismos campos que si no perteneciera al Opus Dei,
de manera que ni el Opus Dei en cuanto tal, ni ninguno de los demás
miembros tienen nada que ver con el trabajo profesional que ese socio
concreto desarrolla. A lo que los socios se comprometen al vincularse a
la Obra es a esforzarse por buscar la perfección cristiana con ocasión y
por medio de su trabajo, y a tener una más clara conciencia del carácter
de servicio a la humanidad que debe tener toda vida cristiana.
La misión principal de la Obra -ya lo he dicho antes- es pues la de
formar cristianamente a sus socios y a otras personas que deseen recibir
esa formación. El deseo de contribuir a la solución de los problemas que
afectan a la sociedad y a los cuales tanto puede aportar el ideal
cristiano, lleva además a que la Obra en cuanto tal, corporativamente,
desarrolle algunas actividades e iniciativas. El criterio en este campo
es que el Opus Dei, que tiene fines exclusivamente espirituales, sólo
puede realizar corporativamente aquellas actividades que constituyen de
un modo claro e inmediato un servicio cristiano, un apostolado. Sería
absurdo pensar que el Opus Dei en cuanto tal se pueda dedicar a extraer
carbón de las minas o a promover cualquier género de empresas de tipo
económico. Sus obras corporativas son todas actividades directamente
apostólicas: una escuela para la formación de campesinos, un dispensario
médico en una zona o en un país subdesarrollado, un colegio para la
promoción social de la mujer, etc. Es decir, obras asistenciales,
educativas o de beneficencia, como las que suelen realizar en todo el
mundo instituciones de cualquier credo religioso.
Para llevar adelante estas labores se cuenta en primer lugar con el
trabajo personal de los socios, que en ocasiones se dedican plenamente a
ellas. Y también con la ayuda generosa que prestan tantas personas,
cristianas o no. Algunos se sienten movidos a colaborar por razones
espirituales; otros, aunque no compartan los fines apostólicos, ven que
se trata de iniciativas en beneficio de la sociedad, abiertas a todos,
sin discriminación alguna de raza, religión o ideología.
28
Teniendo en cuenta que hay miembros del Opus Dei en los más diversos
estratos de la sociedad y que algunos de ellos trabajan o dirigen
empresas o grupos de cierta importancia, ¹puede pensarse que el Opus Dei
intente coordinar esas actividades de acuerdo con alguna línea política,
económica, etc.?.
En modo alguno. El Opus Dei no interviene para nada en política; es
absolutamente ajeno a cualquier tendencia, grupo o régimen político,
económico, cultural o ideológico. Sus fines -repito- son exclusivamente
espirituales y apostólicos. De sus socios exige sólo que vivan en
cristiano, que se esfuercen por ajustar sus vidas al ideal del
Evangelio. No se inmiscuye, pues, de ningún modo en las cuestiones
temporales.
Si alguno no entiende esto se deberá quizá a que no entiende la libertad
personal o a que no acierta a distinguir entre los fines exclusivamente
espirituales para los que se asocian los miembros de la Obra y el
amplísimo campo de las actividades humanas -la economía, la política, la
cultura, el arte, la filosofía, etc.- en las que los socios del Opus Dei
gozan de plena libertad y trabajan bajo su propia responsabilidad.
Desde el mismo momento en que se acercan a la Obra, todos los socios
conocen bien la realidad de su libertad individual, de modo que si en
algún caso alguno de ellos intentara presionar a los otros imponiendo
sus propias opiniones en materia política o servirse de ellos para
intereses humanos, los demás se rebelarían y lo expulsarían
inmediatamente.
El respeto de la libertad de sus socios es condición esencial de la vida
misma del Opus Dei. Sin él, no vendría nadie a la Obra. Es más. Si se
diera alguna vez -no ha sucedido, no sucede y, con la ayuda de Dios, no
sucederá jamás- una intromisión del Opus Dei en la política, o en algún
otro campo de las actividades humanas, el primer enemigo de la Obra
sería yo.
29
La Asociación insiste en la libertad de los socios para expresar las
convicciones que honradamente mantienen. Pero, volviendo sobre el tema
desde otro punto de vista, ¹hasta qué punto piensa usted que el Opus Dei
está moralmente obligado como asociación a expresar opiniones sobre
asuntos cruciales, seculares o espirituales, pública o privadamente?
¹Hay situaciones en que el Opus Dei pondrá su influencia y la de sus
miembros en defensa de principios que considera sagrados, como por
ejemplo, recientemente en apoyo de la legislación sobre libertad
religiosa en España?.
En el Opus Dei, procuramos siempre y en todas las cosas sentir con la
Iglesia de Cristo: no tenemos otra doctrina que la que enseña la Iglesia
para todos los fieles. Lo único peculiar que tenemos es un espíritu
propio, característico del Opus Dei, es decir, un modo concreto de vivir
el Evangelio, santificándonos en el mundo y haciendo apostolado con la
profesión.
De ahí se sigue inmediatamente que todos los miembros del Opus Dei
tienen la misma libertad que los demás católicos para formar libremente
sus opiniones, y para actuar en consecuencia. Por eso el Opus Dei como
tal ni debe ni puede expresar una opinión propia, ni la puede tener. Si
se trata de una cuestión sobre la que hay una doctrina definida por la
Iglesia, la opinión de cada uno de los socios de la Obra será esa. Si en
cambio se trata de una cuestión sobre la que el Magisterio -el Papa y
los obispos- no se han pronunciado, cada uno de los socios del Opus Dei
tendrá y defenderá libremente la opinión que le parezca mejor y actuará
en consecuencia.
En otras palabras, el principio que regula la actitud de os directores
del Opus Dei en este campo es el de respeto a la libertad de opción en
lo temporal. Que es algo bien distinto del abstencionismo, pues se trata
de colocar a cada socio ante sus propias responsabilidades, invitándole
a asumirlas según su conciencia, obrando en libertad. Por eso es
incongruente referirse al Opus Dei cuando se está hablando de partidos,
grupos o tendencias políticas o, en general, de tareas y empresas
humanas; más aún, es injusto y próximo a la calumnia, pues puede inducir
al error de deducir falsamente que los miembros de la Obra tienen alguna
ideología, mentalidad o interés temporal común.
Ciertamente los socios son católicos, y católicos que procuran ser
consecuentes con su fe. Se les puede calificar como tales, si se quiere.
Pero teniendo bien en cuenta que el hecho de ser católico no significa
formar grupo, ni siquiera en lo cultural e ideológico, y, con mayor
razón, tampoco en lo político. Desde el principio de la Obra, y no sólo
desde el Concilio, se ha procurado vivir un catolicismo abierto, que
defiende la legítima libertad de las conciencias, que lleva a tratar con
caridad fraterna a todos los hombres, sean o no católicos, y a colaborar
con todos, participando de las diversas ilusiones nobles que mueven a la
humanidad.
Pongamos un ejemplo. Ante el problema racial en Estados Unidos, cada uno
de los socios de la Obra tendrá en cuanta las enseñanzas claras de la
doctrina cristiana sobre la igualdad de todos los hombres y sobre la
injusticia de cualquier discriminación. También conocerá y se sentirá
urgido por las indicaciones concretas de los obispos americanos sobre
este problema. Defenderá por tanto los legítimos derechos de todos los
ciudadanos y se opondrá a cualquier situación o proyecto
discriminatorio. Tendrá en cuenta, además, que para un cristiano no
basta con respetar los derechos de los demás hombres, sino que hay que
ver, en todos, hermanos a los que debemos un amor sincero y un servicio
desinteresado.
En la formación que da el Opus Dei a sus socios, se insistirá más en
esas ideas en su país que en otros donde ese problema concreto no se
presenta o se presenta con menos urgencia. Lo que no hará nunca el Opus
Dei es dictar, y ni siquiera sugerir, una solución concreta para el
problema. La decisión de apoyar un proyecto de ley u otro, de apuntarse
a una asociación o a otra -o de no apuntarse a ninguna-, de participar o
de no participar en una determinada manifestación es algo que decidirá
cada uno de los socios. Y, de hecho, se ve en todas partes que los
socios no actúan en bloque, sino con un lógico pluralismo.
Estos mismos criterios explican el hecho de que tantos españoles
miembros del Opus Dei sean favorables al proyecto de ley sobre la
libertad religiosa en su país, tal como ha sido redactada recientemente.
Se trata obviamente de una opción personal, como también es personal la
opinión de quienes critiquen ese proyecto. Pero todos han aprendido del
espíritu del Opus Dei a amar la libertad y a comprender a los hombres de
todas las creencias. El Opus Dei es la primera asociación católica que,
desde 1950, con autorización de la Santa Sede, admite como cooperadores
a los no católicos y a los no cristianos, sin discriminación alguna, con
amor para todos.
30
Desde luego, es sabido por usted que en algunos sectores de la opinión
pública el Opus Dei tiene fama de ser en cierto modo discutido. ¹Podría
darme su opinión de por qué esto es así, y especialmente de cómo se
responde a la acusación sobre "el secreto de conspiración" y "la secreta
conspiración" que a menudo se apunta contra el Opus Dei?.
Me molesta profundamente todo lo que pueda sonar a autoalabanza. Pero ya
que plantea usted este tema, no puedo por menos de decirle que me parece
que el Opus Dei es una de las organizaciones católicas que cuenta con
más amigos en todo el mundo. Millones de personas, también muchos no
católicos y no cristianos, la quieren y la ayudan.
Por otra parte, el Opus Dei es una organización espiritual y apostólica.
Si se olvida este hecho fundamental -o si uno se niega a creer en la
buena fe de los socios del Opus Dei que así lo afirman- resulta
imposible entender lo que hacen. Ante la imposibilidad de comprender, se
inventan versiones complicadas y secretos que no han existido jamás.
Habla usted de acusación de secreto. Eso es ya historia antigua. Podría
decirle, punto por punto, el origen histórico de esa acusación
calumniosa. Durante muchos años una poderosa organización, de la que
prefiero no hablar -la amamos y la hemos amado siempre-, se dedicó a
falsear lo que no conocía. Insistían en considerarnos como religiosos, y
se preguntaban: ¹por qué no piensan todos del mismo modo?, ¹por qué no
llevan hábito o un distintivo? Y sacaban ilógicamente como consecuencia
que constituíamos una sociedad secreta.
Hoy eso ha pasado, y cualquier persona medianamente informada sabe que
no hay secreto alguno. Que no llevamos distintivo porque no somos
religiosos, sino cristianos corrientes. Que no pensamos de la misma
manera, porque admitimos el mayor pluralismo en todo lo temporal y en
las cuestiones teológicas opinables. Un mejor conocimiento de la
realidad, y una superación de celotipias infundadas, ha llevado a dar
por cerrada esa triste y calumniosa situación.
No hay sin embargo que extrañarse de que de de vez en cuando alguien
renueve los viejos mitos: porque procuramos trabajar por Dios,
defendiendo la libertad personal de todos los hombres, siempre tendremos
en contra a los sectarios enemigos de esa libertad personal, sean del
campo que sean, tanto más agresivos si son personas que no pueden
soportar ni la simple idea de religión, o peor si se apoyan en un
pensamiento religioso de tipo fanático.
No obstante, son mayoría -por fortuna- las publicaciones que no se
contentan con repetir cosas viejas, y falsas; que tienen clara
conciencia de que ser imparciales no es difundir algo a mitad de camino
entre la realidad y la calumnia, sin esforzarse por reflejar la verdad
objetiva. Personalmente pienso que también es noticia decir la verdad,
especialmente cuando se trata de informar de la actividad de tantas
personas que, perteneciendo al Opus Dei o colaborando con él, se
esfuerzan, a pesar de los errores personales -yo los tengo y no me
extraño de que también los tengan los demás-, por realizar una tarea de
servicio a todos los hombres. Desmontar un falso mito es siempre
interesante. Considero que es un deber grave del periodista documentarse
bien, y tener su información al día aunque a veces eso suponga cambiar
los juicios hechos con anterioridad. ¹Es tan difícil admitir que algo
sea limpio, noble y bueno, sin mezclar absurdas, viejas y desacreditadas
falsedades?
Informarse sobre el Opus Dei es bien sencillo. En todos los países
trabaja a la luz del día, con el reconocimiento jurídico de las
autoridades civiles y eclesiásticas. Son perfectamente conocidos los
nombres de sus directores y de sus obras apostólicas. Cualquiera que
desee información sobre nuestra Obra, puede obtenerla sin dificultad,
poniéndose en contacto con sus directores o acudiendo a alguna de
nuestras obras corporativas. Usted mismo puede ser testigo de que nunca
ninguno de los dirigentes del Opus Dei, o los que atienden a los
periodistas, han dejado de facilitarles su tarea informativa,
contestando a sus preguntas o dando la documentación adecuada.
Ni yo, ni ninguno de los miembros del Opus Dei, pretendemos que todo el
mundo nos comprenda o que comparta nuestros ideales espirituales. Soy
muy amigo de la libertad y de que cada uno siga su camino. Pero es
evidente que tenemos el derecho elemental de ser respetados.
31
¹Cómo explica el enorme éxito del Opus Dei y por qué criterios mide
usted ese éxito?.
Cuando una empresa es sobrenatural, importan poco el éxito o el fracaso,
tal como suelen entenderse de ordinario. Ya decía San Pablo a los
cristianos de Corinto, que en la vida espiritual lo que interesa no es
el juicio de los demás, ni nuestro propio juicio, sino el de Dios.
Ciertamente la Obra está hoy universalmente extendida: pertenecen a ella
hombres y mujeres de cerca de setenta nacionalidades. Al pensar en ese
hecho, yo mismo me sorprendo. No le encuentro explicación humana alguna,
sino la voluntad de Dios, pues el Espíritu sopla donde quiere, y se
sirve de quien quiere para realizar la santificación de los hombres.
Todo eso es para mí ocasión de acción de gracias, de humildad, y de
petición a Dios para saber siempre servirle.
Me pregunta también cuál es el criterio con que mido y juzgo las cosas.
La respuesta es muy sencilla: santidad, frutos de santidad.
El apostolado más importante del Opus Dei, es el que cada socio realiza
con el testimonio de su vida y con su palabra, en el trato diario con
sus amigos y compañeros de profesión. ¹Quién puede medir la eficacia
sobrenatural de este apostolado callado y humilde? No se puede valorar
la ayuda que supone el ejemplo de un amigo leal y sincero, o la
influencia de una buena madre en el seno de la familia.
Quizá su pregunta se refiere a los apostolados corporativos que realiza
el Opus Dei, suponiendo que en este caso se pueden medir los resultados
desde un punto de vista humano, técnico: si una escuela de capacitación
obrera consigue promover socialmente a los hombres que la frecuentan; si
una universidad da a sus estudiantes una formación profesional y
cultural adecuadas. Admitiendo que su pregunta tiene ese sentido, le
diré que el resultado se puede explicar en parte porque se trata de
labores realizadas por personas que ejercitan ese trabajo como una
específica tarea profesional, para la que se preparan como todo el que
desea hacer una labor seria. Esto quiere decir, entre otras cosas, que
esas obras no se plantean con esquemas preconcebidos, sino que se
estudian en cada caso las necesidades peculiares de la sociedad en la
que se van a realizar, para adaptarlas a las exigencias reales.
Pero le repito que al Opus Dei no le interesa primordialmente la
eficacia humana. El éxito o el fracaso real de esas labores depende de
que, estando humanamente bien hechas, sirvan o no para que tanto los que
realizan esas actividades como los que se benefician de ellas, amen a
Dios, se sientan hermanos de todos los demás hombres y manifiesten esos
sentimientos en un servicio desinteresado a la humanidad.
32
¹Querría describir cómo y por qué fundó el Opus Dei y los
acontecimientos que considera los hitos más importantes de su
desarrollo?.
¹Por qué? Las obras que nacen de la voluntad de Dios no tienen otro
porqué que el deseo divino de utilizarlas como expresión de su voluntad
salvífica universal. Desde el primer momento la Obra era universal,
católica. No nacía para dar solución a los problemas concretos de la
Europa de los años veinte, sino para decir a hombres y mujeres de todos
los países, de cualquier condición, raza, lengua o ambiente -y de
cualquier estado: solteros, casados, viudos, sacerdotes-, que podían
amar y servir a Dios, sin dejar de vivir en su trabajo ordinario, con su
familia, en sus variadas y normales relaciones sociales.
¹Cómo se fundó? Sin ningún medio humano. Sólo tenía yo veintiséis años,
gracia de Dios y buen humor. La Obra nació pequeña: no era más que el
afán de un joven sacerdote, que se esforzaba en hacer lo que Dios le
pedía.
Me pregunta usted por hitos. Para mí, es un hito fundamental en la Obra
cualquier momento, cualquier instante en el que, a través del Opus Dei,
algún alma se acerca a Dios, haciéndose así más hermano de sus hermanos
los hombres.
Quizá quería que le hablara de los puntos cruciales cronológicos. Aunque
no son los más importantes, le daré de memoria unas fechas, más o menos
aproximadas. Ya en los primeros meses de 1935 estaba todo preparado para
trabajar en Francia, concretamente en París. Pero vinieron primero la
guerra civil española y luego la segunda guerra mundial, y hubo que
aplazar la expansión de la Obra. Como ese desarrollo era necesario, el
aplazamiento fue mínimo. Ya en 1940 se inicia la labor en Portugal. Casi
coincidiendo con el fin de las hostilidades, aunque habiendo precedido
algunos viajes en los años anteriores, se comienza en Inglaterra, en
Francia, en Italia, en Estados Unidos, en México. Después, la expansión
tiene un ritmo progresivo. A partir de 1949 y 1950: en Alemania,
Holanda, Suiza, Argentina, Canadá, Venezuela y los restantes países
europeos y americanos. Al mismo tiempo la labor se va extendiendo a
otros continentes: el norte de Africa, Japón, Kenya y otros países de
East Africa, Australia, Filipinas, Nigeria, etcétera.
También me gusta recordar, como fechas capitales, especialmente las
continuas ocasiones en las que se ha mostrado de modo palpable el cariño
que los Sumos Pontífices tienen por nuestra Obra. Resido establemente en
Roma desde 1946, y así he tenido ocasión de conocer y tratar a Pío XII,
a Juan XXIII y a Paulo VI. En todos he encontrado siempre el cariño de
un padre.
33
¹Estaría de acuerdo con la afirmación que se ha hecho alguna vez de que
el ambiente peculiar de España durante los últimos treinta años ha
facilitado el crecimiento de la Obra en ese país?).
En pocos sitios hemos encontrado menos facilidades que en España. Es el
país -siento decirlo, porque amo profundamente a mi Patria- donde más
trabajo y sufrimiento ha costado hacer que arraigara la Obra. Cuando
apenas había nacido, encontró ya la oposición de los enemigos de la
libertad individual y de personas tan aferradas a las ideas
tradicionales, que no podían entender la vida de los socios del Opus Dei:
ciudadanos corrientes, que se esfuerzan por vivir plenamente su vocación
cristiana sin dejar el mundo.
Tampoco las obras corporativas de apostolado han encontrado especiales
facilidades en España. Gobiernos de países donde la mayoría de los
ciudadanos no son católicos, han ayudado con mucha más generosidad que
el Estado español, a las actividades docentes y benéficas promovidas por
miembros de la Obra. La ayuda que esos gobiernos concedan o puedan
conceder a las obras corporativas del Opus Dei, como hace de modo
habitual con otras obras semejantes, no suponen un privilegio, sino
sencillamente el reconocimiento de la función social que realizan,
ahorrando dinero al erario público.
En su expansión internacional, el espíritu del Opus Dei ha encontrado
inmediato eco y honda acogida en todos los países. Si ha tropezado con
dificultades ha sido por falsedades que venían precisamente de España e
inventadas por españoles, por algunos sectores muy concretos de la
sociedad española. En primer lugar la organización internacional de que
le hablaba; pero eso parece seguro que es cosa pasada, y yo no guardo
rencor a nadie. Luego están algunas personas que no entienden el
pluralismo, que adoptan actitud de grupo, cuando no caen en una
mentalidad estrecha o totalitaria, y que se sirven del nombre de
católico para hacer política. Algunos de ellos, no me explico por qué
-quizá por falsas razones humanas-, parecen encontrar un gusto especial
en atacar al Opus Dei, y como cuentan con grandes medios económicos -el
dinero de los contribuyentes españoles- sus ataques pueden ser recogidos
por cierta prensa.
Me doy cuenta perfectamente de que usted está esperando nombres
concretos de personas e instituciones. No se los daré, y espero que
comprenda la razón. Ni mi misión ni la de la Obra son políticas: mi
oficio es rezar. Y no quiero decir nada que pueda siquiera interpretarse
como una intervención en política. Más aún, me duele mucho hablar de
estas cosas. He callado durante casi cuarenta años, y si ahora digo algo
es porque tengo la obligación de denunciar como absolutamente falsas las
interpretaciones torcidas que algunos intentan dar de una labor que es
exclusivamente espiritual. Por eso, si bien hasta ahora he callado, en
lo sucesivo seguiré hablando, y, si fuera necesario, cada vez con más
claridad.
Pero volviendo al tema central de su pregunta, si muchas personas de
todas las clases sociales, también en España, han procurado seguir a
Cristo con la ayuda de la Obra y según su espíritu, la explicación no se
puede buscar en el ambiente o en otros motivos extrínsecos. Prueba de
ello es que quienes afirman lo contrario con tanta ligereza, ven
disminuir sus propios grupos; y las causas exteriores son las mismas
para todos. Quizá sea también, humanamente hablando, porque ellos hacen
grupo, y nosotros no quitamos la libertad personal a nadie.
Si el Opus Dei está bien desarrollado en España -como también en algunas
otras naciones- puede ser una concausa el hecho de que nuestra labor
espiritual se inició allí hace cuarenta años, y -como le expliqué antes-
la guerra civil española y después la guerra mundial hicieron necesario
aplazar el comienzo en otros países. Quiero hacer constar sin embargo
que, desde hace años, los españoles son una minoría en la Obra.
No piense, repito, que no amo a mi país, o que no me alegra
profundamente la labor que la Obra allí realiza, pero es triste que haya
quien propague equívocos sobre el Opus Dei y España.
34 "3.
EL APOSTOLADO DEL OPUS DEI EN LOS CINCO CONTINENTES"
Entrevista realizada por Jacques Guilleme-Brulon. Publicada en Le Figaro
(París), el 16-V-1966.
Algunas personas han afirmado en ocasiones que el Opus Dei estaba
organizado interiormente según las normas de las sociedades secretas.
¹Qué hay que pensar de semejante afirmación? ¹Podría darnos, por otra
parte, con este motivo, una idea del mensaje que quería dirigir a los
hombres de nuestro tiempo al fundar la Obra en 1928?.
Desde 1928 mi predicación ha sido que la santidad no es cosa para
privilegiados, que pueden ser divinos todos los caminos de la tierra,
porque el quicio de la espiritualidad específica del Opus Dei es la
santificación del trabajo ordinario. Hay que rechazar el prejuicio de
que los fieles corrientes no pueden hacer más que limitarse a ayudar al
clero, en apostolados eclesiásticos. Y advertir que, para lograr este
fin sobrenatural, los hombres necesitan ser y sentirse personalmente
libres, con la libertad que Jesucristo nos ganó. Para predicar y enseñar
a practicar esta doctrina, no he necesitado nunca de ningún secreto. Los
socios de la Obra abominan del secreto, porque son fieles corrientes,
iguales a los demás: al adscribirse al Opus Dei no cambian de estado.
Les repugnaría llevar un cartel en la espalda que diga: "que conste que
estoy dedicado al servicio de Dios". Esto no sería laical, ni secular.
Pero quienes tratan y conocen a los miembros del Opus Dei saben que
forman parte de la Obra, aunque no lo pregonen, porque tampoco lo
ocultan.
35
¹Podría esbozar un cuadro breve de las estructuras del Opus Dei al nivel
mundial y su articulación con el Consejo General que usted preside en
Roma?.
En Roma tiene su domicilio el Consejo General, independiente para cada
Sección, de hombres o de mujeres; y en cada país hay un organismo
análogo, presidido por el Consiliario del Opus Dei en esa nación. No
piense en una organización potente, capilarmente extendida hasta el
último rincón. Figúrese más bien una organización desorganizada, porque
la labor de los directores del Opus Dei se encamina principalmente a
hacer que a todos los socios llegue el espíritu genuino del Evangelio
-espíritu de caridad, de convivencia, de comprensión, absolutamente
ajeno al fanatismo-, a través de una sólida y oportuna formación
teológica y apostólica. Después, cada uno obra con completa libertad
personal y, formando autónomamente su propia conciencia, procura buscar
la perfección cristiana y cristianizar su ambiente, santificando su
propio trabajo, intelectual o manual, en cualquier circunstancia de su
vida y en su propio hogar.
Por otra parte, la dirección de la Obra es siempre colegial. Detestamos
la tiranía, especialmente en este gobierno exclusivamente espiritual del
Opus Dei. Amamos la pluralidad: lo contrario no podría conducir más que
a la ineficacia, a no hacer ni dejar hacer, a no mejorar.
36
El punto 484 de su código espiritual, Camino, precisa: "Tu deber es ser
instrumento". ¹Qué sentido debe atribuirse a esta afirmación en el
contexto de las preguntas precedentes?.
¹Camino, un código? No. Escribí en 1934 una buena parte de ese libro,
resumiendo para todas las almas que trataba -del Opus Dei o no- mi
experiencia sacerdotal. No sospeché que treinta años después alcanzaría
una difusión tam amplia -millones de ejemplares- en tantos idiomas. No
es un libro para los socios del Opus Dei solamente; es para todos, aun
para los no cristianos. Entre las personas que por propia iniciativa lo
han traducido, hay ortodoxos, protestantes y no cristianos. Camino se
debe leer con un mínimo de espíritu sobrenatural, de vida interior y de
afán apostólico. No es un código del hombre de acción. Pretende ser un
libro que lleva a tratar y a amar a Dios y a servir a todos. A ser
instrumento, ésa era su pregunta, como el Apóstol Pablo quería serlo de
Cristo. Instrumento libre y responsable: los que quieren ver en sus
páginas una finalidad temporal, se engañan. No olvide que es corriente,
en los autores espirituales de todos los tiempos, ver a las almas como
instrumentos en las manos de Dios.
37
¹Ocupa España un lugar de preferencia en la Obra? ¹Se puede considerar
como punto de partida para un programa más ambicioso o un simple sector
de actividad entre tantos?.
Entre los sesenta y cinco países, en los que hay personas del Opus Dei,
España es un país más, y los españoles somos una minoría. El Opus Dei
nació geográficamente en España; pero desde el principio, su fin era
universal. Por lo demás, yo tengo mi domicilio en Roma desde hace veinte
años.
38
El hecho de que algunos miembros de la Obra estén presentes en la vida
pública del país, ¹no ha politizado, en algún modo, el Opus Dei en
España? ¹No comprometen así a la Obra y a la Iglesia misma?.
Ni en España ni en ningún otro sitio. Insisto en que cada uno de los
socios del Opus Dei trabaja con plena libertad y con responsabilidad
personal, sin comprometer ni a la Iglesia, ni a la Obra porque ni en la
Iglesia ni en la Obra se apoyan para realizar sus personales
actividades. Gentes formadas en una concepción militar del apostolado y
de la vida espiritual, tenderán a ver el trabajo libre y personal de los
cristianos como una actuación colectiva. Pero le digo, como no me he
cansado de repetir desde 1928, que la diversidad de opiniones y de
actuaciones en lo temporal y en lo teológico opinable, no es para la
Obra ningún problema: la diversidad que existe y existirá siempre entre
los miembros del Opus Dei es, por el contrario, una manifestación de
buen espíritu, de vida limpia, de respeto a la opción legítima de cada
uno.
39
¹No cree usted que en España, y en razón del particularismo inherente a
la raza ibérica, un cierto sector de la Obra podría sentirse tentado a
utilizar su fuerza para satisfacer intereses particulares?.
Formula usted una hipótesis que me atrevo a garantizar que no se dará
nunca en nuestra Obra; no sólo porque nos asociamos exclusivamente para
fines sobrenaturales, sino porque si alguna vez un miembro del Opus Dei
intentara imponer, directa o indirectamente, un criterio temporal a los
demás socios, o servirse de ellos para fines humanos, saldría expulsado
sin miramientos, porque los demás socios se rebelarían legítimamente,
santamente.
40
En España el Opus Dei se precia de reunir gente de todas las clases
sociales. ¹Es válida esta afirmación para el resto del mundo o bien hay
que admitir que en los restantes países los miembros del Opus Dei
proceden más bien de ambientes ilustrados, como serían los estados
mayores de la Industria, de la Administración, de la Política y de las
Profesiones Liberales?.
Pertenecen de hecho al Opus Dei, en España y en todo el mundo, personas
de todas las condiciones sociales: hombres y mujeres, viejos y jóvenes,
obreros, industriales, empleados, campesinos, personas que ejercen
profesiones liberales, etcétera. La vocación la da Dios, y para Dios no
hay acepción de personas.
Pero el Opus Dei no se precia de ninguna cosa: las obras apostólicas no
crecen con las fuerzas humanas, sino al soplo del Espíritu Santo. En una
asociación que tenga una finalidad terrena, es lógico publicar
estadísticas ostentosas sobre el número, condición y cualidades de los
socios, y así suelen hacerlo de hecho las organizaciones que buscan un
prestigio temporal, pero ese modo de obrar, cuando se busca la
santificación de las almas, favorece la soberbia colectiva: y Cristo
quiere la humildad de cada uno de los cristianos y de los cristianos
todos.
41
¹Cuál es la situación actual del desarrollo de la Obra en Francia?.
Como le decía, el gobierno de la Obra en cada país es autónomo. La mejor
información sobre la labor del Opus Dei en Francia la puede obtener
preguntando a los directores de la Obra en el país. Entre las labores
que el Opus Dei desarrolla corporativamente, y de las que por tanto
responde como tal, hay residencias para estudiantes -como la Résidence
International de Rouvray, en París; o la Résidence Universitaire de
L"Ile Verte, en Grenoble-, centros de reuniones y convivencias -como el
Centre de Rencontre Couvrelles, en el departamento de Aisne-, etcétera.
Pero le recuerdo que las obras corporativas son lo de menos: la labor
principal del Opus Dei es el testimonio personal, directo, que dan sus
socios en medio del propio trabajo ordinario. Y, para esto, la
enumeración no sirve. No piense en el fantasma del secreto. No; no son
un secreto los pájaros que surcan el cielo, y a nadie se le ocurre
contarlos.
42
¹Cuál es la situación actual de la Obra en el resto del mundo y
especialmente en el mundo anglosajón?.
El Opus Dei se encuentra tan a gusto en Inglaterra como en Kenya, en
Nigeria como en Japón; en los Estados Unidos como en Austria, en Irlanda
como en México o Argentina; en cada sitio es un fenómeno teológico y
pastoral enraizado en las almas del país. No está anclado en una cultura
determinada, ni en una concreta época de la historia. En el mundo
anglosajón, el Opus Dei tiene, gracias a la ayuda de Dios y a la
cooperación de muchas personas, obras apostólicas de diversos tipos:
Netherhall House, en Londres, que presta especial atención a
universitarios afroasiáticos; Hudson Center, en Montreal, para la
formación humana e intelectual de chicas jóvenes; Nairana Cultural
Center, que se dirige a los estudiantes de Sydney... En Estados Unidos,
donde el Opus Dei comenzó a trabajar en 1949, se pueden mencionar:
Midtown, para obreros en un barrio del corazón de Chicago; Stonecrest
Community Center, en Washington, destinado a la educación de mujeres que
carecen de capacitación profesional; Trimont House, residencia
universitaria en Boston, etcétera. Una última advertencia: la influencia
de la Obra, en la medida en que la haya en cada caso, será siempre
espiritual, de orden religioso, nunca temporal.
43
Fuentes diversas pretenden que una sólida enemistad enfrentaría a la
mayor parte de las órdenes religiosas y singularmente a la Compañía de
Jesús con el Opus Dei. ¹Tienen el menor fundamento estos rumores o
forman parte de estos mitos que la gente alimenta cuando no conoce bien
algún problema?
Aunque ni somos religiosos, ni nos parecemos a los religiosos, ni hay
autoridad en el mundo que pueda obligarnos a serlo, en el Opus Dei
veneramos y amamos al estado religioso. Rezo cada día para que todos los
venerables religiosos continúen ofreciendo a la Iglesia frutos de
virtudes, de obras apostólicas y de santidad. Los rumores de que se ha
hablado son... rumores. El Opus Dei ha contado siempre con la admiración
y la simpatía de los religiosos de tantas órdenes y congregaciones, de
modo particular de los religiosos y de las religiosas de clausura, que
rezan por nosotros, nos escriben con frecuencia y dan a conocer nuestra
Obra de mil modos, porque se dan cuenta de nuestra vida de
contemplativos en medio de los afanes de la calle. El Secretario General
del Opus Dei, don Alvaro del Portillo, trataba y estimaba al anterior
General de la Compañía de Jesús. Al actual, al P. Arrupe, lo trato y lo
estimo, como él a mí. Las incomprensiones, si se dieran, demostrarían
poco espíritu cristiano, porque nuestra fe es de unidad, no de celos ni
de divisiones.
44
¹Cuál es la posición de la Obra sobre la declaración conciliar a favor
de la libertad religiosa, y en especial sobre su aplicación a España,
donde el "proyecto Castiella" está todavía en suspenso? ¹Y qué decir de
ese pretendido "integrismo" que en ocasiones se ha reprochado al Opus
Dei?.
¹Integrismo? El Opus Dei no está ni a la derecha ni a la izquierda, ni
al centro. Yo, como sacerdote, procuro estar con Cristo, que sobre la
Cruz abrió los dos brazos y no sólo uno de ellos: tomo con libertad, de
cada grupo, aquello que me convence, y que me hace tener el corazón y
los brazos acogedores, para toda la humanidad; y cada uno de los socios
es libérrimo para escoger la opción que quiera, dentro de los términos
de la fe cristiana.
En cuanto a la libertad religiosa, el Opus Dei, desde que se fundó, no
ha hecho nunca discriminaciones: trabaja y convive con todos, porque ve
en cada persona un alma a la que hay que respetar y amar. No son sólo
palabras; nuestra Obra es la primera organización católica que, con la
autorización de la Santa Sede, admite como Cooperadores a los no
católicos, cristianos o no. He defendido siempre la libertad de las
conciencias. No comprendo la violencia: no me parece apta ni para
convencer ni para vencer; el error se supera con la oración, con la
gracia de Dios, con el estudio; nunca con la fuerza, siempre con la
caridad. Comprenderá que siendo ése el espíritu que desde el primer
momento hemos vivido, sólo alegría pueden producirme las enseñanzas que
sobre este tema ha promulgado el Concilio. Acerca del proyecto concreto
a que se refiere, no es cuestión mía resolverlo, sino de la Jerarquía de
la Iglesia en España y de los católicos de ese país: a ellos corresponde
aplicar, al caso concreto, el espíritu del Concilio.
45
Algunos lectores de Camino se extrañan de la afirmación contenida en el
punto 28 de ese libro: "El matrimonio es para la clase de tropa y no
para el Estado Mayor de Cristo". ¹Puede verse ahí una apreciación
peyorativa del matrimonio, que iría contra el deseo de la Obra de
inscribirse en las realidades vivas del mundo moderno?.
Le aconsejo leer el número anterior de Camino, donde se dice que el
matrimonio es una vocación divina. No era nada frecuente oír
afirmaciones como ésa en los alrededores de 1935. Sacar las
consecuencias de las que usted habla, es no entender mis palabras. Con
esa metáfora quería recoger lo que ha enseñado siempre la Iglesia sobre
la excelencia y el valor sobrenatural del celibato apostólico. Y
recordar al mismo tiempo a todos los cristianos que, en palabras de San
Pablo, deben sentirse milites Christi, soldados de Cristo, miembros de
ese Pueblo de Dios que realiza en la tierra una lucha divina de
comprensión, de santidad y de paz. Hay en todo el mundo muchos miles de
matrimonios que pertenecen al Opus Dei, o que viven según su espíritu,
sabiendo bien que un soldado puede ser condecorado en la misma batalla
en la que el general huyó vergonzosamente.
46
Desde 1946 fijó usted su residencia en Roma. ¹Qué rasgos de los
Pontífices que ha tratado destacan en su recuerdo?.
Para mí, después de la Trinidad Santísima y de nuestra Madre la Virgen,
en la Jerarquía del amor, viene el Papa. No puedo olvidar que fue S.S.
Pío XII quien aprobó el Opus Dei, cuando este camino de espiritualidad
parecía a más de uno una herejía; como tampoco se me olvida que las
primeras palabras de cariño y afecto que recibí en Roma, en 1946, me las
dijo el entonces Mons. Montini. Tengo también muy grabado el encanto
afable y paterno de Juan XXIII, todas las veces que tuve ocasión de
visitarle. Una vez le dije: "en nuestra Obra siempre han encontrado
todos los hombres, católicos o no, un lugar amable: no he aprendido el
ecumenismo de Su Santidad..." Y el Santo Padre Juan se reía, emocionado.
¹Qué quiere que le diga? Siempre los Romanos Pontífices, todos, han
tenido con el Opus Dei comprensión y cariño.
47
Tuve ocasión, Monseñor, de escuchar sus respuestas a las preguntas que
le hacía un público de más de 2.000 personas, reunidas hace año y medio
en Pamplona. Insistía usted entonces en la necesidad de que los
católicos se comporten como ciudadanos responsables y libres, y que "no
vivan de ser católicos". ¹Qué importancia y qué proyección le da usted a
esa idea?.
Nunca ha dejado de molestarme la actitud del que hace de llamarse
católico una profesión, como la de quienes quieren negar el principio de
la responsabilidad personal, sobre la que se basa toda la moral
cristiana. El espíritu de la Obra y el de sus socios es servir a la
Iglesia, y a todas las criaturas, sin servirse de la Iglesia. Me gusta
que el católico lleve a Cristo no en el nombre, sino en la conducta,
dando testimonio real de vida cristiana. Me repugna el clericalismo y
comprendo que -junto a un anticlericalismo malo- hay también un
anticlericalismo bueno, que procede del amor al sacerdocio, que se opone
a que el simple fiel o el sacerdote use de una misión sagrada para fines
terrenos.
Pero no piense que con esto me declaro contra nadie. No existe en
nuestra Obra ningún afán exclusivista, sino el deseo de colaborar con
todos los que trabajan por Cristo y con todos los que, cristianos o no,
hacen de su vida una espléndida realidad de servicio.
Por lo demás, lo importante no es sólo la proyección que he dado a estas
ideas, especialmente desde 1928, sino la que le da el Magisterio de la
Iglesia. Y no hace mucho -con una emoción, para este pobre sacerdote,
que es difícil de explicar- el Concilio ha recordado a todos los
cristianos, en la Constitución Dogmática De Ecclesia, que deben sentirse
plenamente ciudadanos de la ciudad terrena, trabajando en todas las
actividades humanas con competencia profesional y con amor a todos los
hombres, buscando la perfección cristiana, a la que son llamados por el
sencillo hecho de haber recibido el Bautismo.
48 "4.
¹POR QUE TANTOS HOMBRES SE ACERCAN AL OPUS DEI?"
Entrevista realizada por Tad Szulc, corresponsal del New York Times, el
7-X-1966.
Podría decir si o hasta qué punto el Opus Dei en España tiene una
orientación económica o política? Si fuera así, ¹podría definirla?.
El Opus Dei no tiene ninguna orientación económica o política, ni en
España ni en ningún otro sitio. Ciertamente, movidos por la doctrina de
Cristo, sus miembros defienden siempre la libertad personal, y el
derecho que todos los hombres tienen a vivir y a trabajar, y a estar
cuidados durante la enfermedad y cuando llegue la vejez, y a constituir
un hogar, y a traer hijos al mundo, y a educar a esos hijos en
proporción al talento de cada uno, y a recibir un trato digno de hombres
y de ciudadanos.
Pero la Obra no les propone ningún camino concreto, ni económico, ni
político, ni cultural. Cada uno de sus miembros tiene plena libertad
para pensar y obrar como le parezca mejor en este terreno. En todo lo
temporal los socios de la Obra son libérrimos: caben en el Opus Dei
personas de todas las tendencias políticas, culturales, sociales y
económicas que la conciencia cristiana puede admitir.
Yo no hablo nunca de política. Mi misión como sacerdote es
exclusivamente espiritual. Por lo demás, aunque expresara alguna vez una
opinión en lo temporal, los socios de la Obra no tendrían ninguna
obligación de seguirla.
Nunca los directores de la Obra pueden imponer un criterio político o
profesional a los demás miembros. Si alguna vez un socio del Opus Dei
intentara hacerlo, o servirse de otros miembros para fines humanos,
saldría expulsado sin miramientos, porque los demás socios se rebelarían
legítimamente.
No he preguntado ni preguntaré jamás a ningún miembro de la Obra de qué
partido es o qué doctrina política sostiene, porque me parecería un
atentado a su legítima libertad. Y lo mismo hacen los directores del
Opus Dei en todo el mundo.
Sé, sin embargo, que entre los miembros de la Obra -en España como en
cualquier otro país- hay de hecho gran variedad de opiniones, y no tengo
nada que decir en contra. Las respeto todas, como respetaré siempre
cualquier opción temporal, tomada por un hombre que se esfuerza por
obrar según su conciencia. Ese pluralismo no es, para la Obra, un
problema. Por el contrario, es una manifestación de buen espíritu, que
pone patente la legítima libertad de cada uno.
49
¹Es un mito, una verdad a medias o una realidad que el Opus Dei en
España se ha convertido en una potencia política y económica a través de
las posiciones que ocupan sus miembros en el mundo de la política y de
la economía?.
Es sencillamente un error. La mayoría de los miembros de la Obra son
personas de condición social ordinaria o incluso modesta: obreros
manuales, oficinistas, campesinos, empleadas, maestros, etc. Hay también
algunos -muchos menos- que desarrollan su profesión en el mundo de la
política y de la economía. Tanto unos como otros actúan a título
exclusivamente personal, obran con plena autonomía y responden
personalmente de sus actuaciones.
Los fines del Opus Dei son exclusivamente espirituales. A todos sus
miembros, tanto si ejercen una especial influencia social como si no,
les pide sólo que luchen por vivir una vida plenamente cristiana. No les
da ninguna directriz sobre cómo han de desarrollar su trabajo. No
intenta coordinar sus actividades. No se sirve de los cargos que puedan
tener.
En este sentido la Obra se podría comparar a un club deportivo o a una
asociación de fines benéficos que nada tiene que ver con las actividades
políticas o económicas que puedan ejercer sus afiliados.
50
Si, como pretenden sus miembros, el Opus Dei es una asociación religiosa
en la que cada individuo es libre de seguir sus propias opiniones, ¹cómo
explica la creencia muy extendida de que el Opus Dei es una organización
monolítica con unas posiciones muy definidas en asuntos temporales?.
No me parece que esa opinión esté realmente muy extendida. Bastantes de
los órganos más cualificados de la prensa internacional han reconocido
el pluralismo de los socios de la Obra.
Ha habido, ciertamente, algunas personas que han sostenido esa opinión
errónea a la que usted se refiere. Es posible que algunos, por motivos
de diverso tipo, hayan difundido esa idea, aun sabiendo que no
corresponde a la realidad. Pienso que, en muchos otros casos, puede
deberse a falta de conocimiento, ocasionada quizá por las deficiencias
de información: no estando bien informados, no es de extrañar que
personas que no tienen interés suficiente para entrar en contacto
personal con el Opus Dei e informarse bien, atribuyan a la Obra como tal
las opiniones de unos pocos socios.
Lo cierto es que nadie que esté medianamente informado sobre los asuntos
españoles puede desconocer la realidad del pluralismo existente entre
los socios de la Obra. Usted mismo seguramente podría citar muchos
ejemplos.
Otro factor puede ser el prejuicio subconsciente de personas que tienen
mentalidad de partido único, en lo político o en lo espiritual. Los que
tienen esta mentalidad y pretenden que todos opinen lo mismo que ellos,
encuentran difícil creer que otros sean capaces de respetar la libertad
de los demás. Atribuyen así a la Obra el carácter monolítico que tienen
sus propios grupos.
51
Se cree generalmente que, como organización, el Opus Dei maneja una
considerable fuerza económica. Puesto que el Opus Dei desarrolla de
hecho actividades de tipo educativo, benéfico, etc., ¹podría explicarnos
cómo administra esas actividades el Opus Dei, es decir, cómo obtiene los
medios económicos, cómo los coordina y los distribuye?.
Efectivamente en todos los países donde trabaja, el Opus Dei realiza
actividades sociales, educativas y benéficas. No es ésa, sin embargo, la
labor principal de la Obra; lo que el Opus Dei pretende es que haya
muchos hombres y mujeres que procuren ser buenos cristianos y, por
tanto, testigos de Cristo en medio de sus ocupaciones ordinarias. Los
centros a los que se refiere, se ordenan precisamente a esa finalidad.
Por eso la eficacia de toda nuestra labor se fundamenta en la gracia de
Dios y en una vida de oración, de trabajo y de sacrificio. Pero no cabe
duda de que cualquier actividad educativa, benéfica o social tiene que
servirse de medios económicos.
Cada centro se financia del mismo modo que cualquier otro de su tipo.
Las residencias de estudiantes, por ejemplo, cuentan con las pensiones
que pagan los residentes; los colegios con las cuotas que satisfacen los
alumnos; las escuelas agrícolas con la venta de sus productos, etc. Está
claro, sin embargo, que estos ingresos casi nunca son suficientes para
cubrir todos los gastos de un centro, y menos cuando se considera que
todas las labores del Opus Dei están pensadas con un criterio apostólico
y la mayoría se dirigen a personas de escasos recursos económicos, que
-en muchas ocasiones- pagan por la formación que se les ofrece
cantidades simbólicas.
Para hacer posible esas labores se cuenta también con las aportaciones
de los miembros de la Obra, que destinan a ellas parte del dinero que
ganaran con su trabajo profesional. Pero sobre todo con la ayuda de
muchas personas que, sin pertenecer al Opus Dei, quieren colaborar en
unas tareas de trascendencia social y educativa. Los que trabajan en
cada centro procuran fomentar entre las personas individuales el afán
apostólico, la preocupación social, el sentido comunitario que les
llevan a colaborar activamente en la realización de esas empresas. Como
se trata de labores hechas con seriedad profesional, que responden a
necesidades reales de la sociedad, en la mayoría de los casos la
respuesta ha sido generosa. Usted sabe, por ejemplo, que la Universidad
de Navarra cuenta con una Asociación de Amigos con unos 12.000 miembros.
La financiación de cada centro es autónoma. Cada uno funciona con
independencia y procura buscar los fondos necesarios entre personas
interesadas en aquella labor concreta.
52
¹Aceptaría usted la afirmación de que el Opus Dei "controla" de hecho
ciertos bancos, empresas, periódicos, etc.? Si es así, ¹qué significa
control en este contexto?.
Hay algunos miembros del Opus Dei -bastantes menos de los que se ha
dicho alguna vez- que ejercen su trabajo profesional en la dirección de
empresas de diverso tipo. Unos dirigen empresas familiares, que han
heredado de sus padres. Otros están al frente de sociedades que ellos
han fundado, solos o unidos a otras personas de su misma profesión.
Otros, en cambio, han sido nombrados gerentes de alguna empresa por los
dueños, que tenían confianza en su habilidad y conocimientos. Pueden
haber llegado a los cargos que ocupan por cualquiera de los caminos
honestos que suele recorrer una persona para llegar a una posición de
este tipo. Es decir, es algo que no tiene nada que ver con su
pertenencia a la Obra.
Los directores de empresa que forman parte del Opus Dei buscan, como
todos los socios, vivir el espíritu evangélico en el ejercicio de su
profesión. Esto exige de ellos en primer lugar que vivan
escrupulosamente la justicia y la honestidad. Procurarán, por tanto,
hacer su labor de una forma honrada: pagar un salario justo a sus
empleados, respetar los derechos de los accionistas o propietarios y de
la sociedad, y cumplir todas las leyes del país. Evitarán cualquier
clase de partidismos o favoritismos con respecto a otras personas, sean
o no miembros del Opus Dei. Entiendo que el favoritismo sería contrario
no ya a la búsqueda de la perfección cristiana -que es el motivo por el
que ingresaron a la Obra-, sino a las exigencias más elementales de la
moral evangélica.
Ya he hablado antes de la libertad absoluta de que gozan todos los
socios de la Obra en su labor profesional. Esto quiere decir que
aquellos socios que dirigen empresas de cualquier tipo lo hacen de
acuerdo con su criterio personal, sin recibir ninguna orientación de los
Directores sobre cómo han de realizar su labor. Tanto la política
económica y financiera que siguen en la gestión de la empresa como la
orientación ideológica, en el caso de una empresa de opinión pública, es
de su exclusiva responsabilidad.
Toda presentación del Opus Dei como una central de consignas y
orientaciones temporales o económicas, carece de fundamento.
53
¹Cómo está organizado el Opus Dei en España? ¹Cómo está estructurado su
gobierno y cómo funciona? ¹Interviene usted personalmente en las
actividades del Opus Dei en España?.
La labor de dirección en el Opus Dei es siempre colegial, no personal.
Detestamos la tiranía, que es contraria a la dignidad humana. En cada
país la dirección de nuestra labor está encomendada a una comisión
compuesta en su mayor parte por laicos de distintas profesiones y
presidida por el Consiliario del Opus Dei en el país. En España el
Consiliario es don Florencio Sánchez-Bella.
Como el Opus Dei es una organización sobrenatural y espiritual, su
gobierno se limita a dirigir y orientar la tarea apostólica, con
exclusión de cualquier tipo de finalidad temporal. La dirección de la
Obra no sólo respeta la libertad de sus socios, sino que les hace tomar
clara conciencia de ella. Para conseguir la perfección cristiana en la
profesión o en el oficio que cada uno tenga, los socios de la Obra
necesitan estar formados de modo que sepan administrar la propia
libertad: con presencia de Dios, con piedad sincera, con doctrina. Esta
es la misión fundamental de los directores de nuestra Obra: facilitar en
todos los socios el conocimiento y la práctica de la fe cristiana, para
que la hagan realidad en su vida, cada uno con plena autonomía.
Ciertamente, por lo que se refiere al terreno estrictamente apostólico,
se hace necesaria una cierta coordinación, pero aun aquí la coordinación
se limita al mínimo para facilitar la creación de labores educativas,
sociales o benéficas, que realizan un eficaz servicio cristiano.
Los mismos principios que acabo de exponer se aplican al gobierno
central de la Obra. Yo no gobierno solo. Las decisiones se toman en el
Consejo General del Opus Dei, que tiene su sede en Roma y que está
compuesto actualmente por personas de catorce países. El Consejo General
se limita a su vez a dirigir en líneas fundamentales el apostolado de la
Obra en todo el mundo, dejando un amplísimo margen de iniciativa a los
directores de cada país. En la Sección femenina existe un régimen
análogo. De su Consejo Central forman parte asociadas de doce
nacionalidades.
54
En su opinión, ¹por qué están molestas con el Opus Dei numerosas órdenes
religiosas, tales como la Compañía de Jesús?.
Conozco a multitud de religiosos que saben que nosotros no somos
religiosos, pero que nos devuelven el afecto que les tenemos y ofrecen
oraciones y sacrificios a Dios por los apostolados del Opus Dei. En
cuanto a la Compañía de Jesús, conozco y trato a su General, el Padre
Arrupe. Puedo asegurarle que nuestras relaciones son de estima y de
afecto mutuo.
Tal vez haya encontrado usted a algún religioso que no comprende nuestra
Obra; si es así, se deberá a un equívoco o a una falta de conocimiento
de la realidad de nuestra labor que es específicamente laical y secular
y no interfiere para nada en el terreno propio de los religiosos.
Nosotros no tenemos para todos los religiosos más que veneración y
cariño, y pedimos al Señor que cada día haga más eficaz su servicio a la
Iglesia y a la humanidad entera. No habrá nunca una pelea entre el Opus
Dei y un religioso, porque hacen falta dos para pelear y nosotros no
queremos luchar con nadie.
55
¹A qué atribuye la creciente importancia que se da al Opus Dei? ¹Es
debida sólo al atractivo de su doctrina o es también un reflejo de las
ansiedades de la edad moderna?.
El Señor suscitó el Opus Dei en 1928 para ayudar a recordar a los
cristianos que, como cuenta el libro del Génesis, Dios creó al hombre
para trabajar. Hemos venido a llamar de nuevo la atención sobre el
ejemplo de Jesús que, durante treinta años, permaneció en Nazareth
trabajando, desempeñando un oficio. En manos de Jesús el trabajo, y un
trabajo profesional similar al que desarrollan millones de hombres en el
mundo, se convierte en tarea divina, en labor redentora, en camino de
salvación.
El espíritu del Opus Dei recoge la realidad hermosísima -olvidada
durante siglos por muchos cristianos- de que cualquier trabajo digno y
noble en lo humano, puede convertirse en un quehacer divino. En el
servicio de Dios, no hay oficios de poca categoría: todos son de mucha
importancia.
Para amar a Dios y servirle, no es necesario hacer cosas raras. A todos
los hombres sin excepción, Cristo les pide que sean perfectos como su
Padre celestial es perfecto. Para la gran mayoría de los hombres, ser
santo supone santificar el propio trabajo, santificarse en su trabajo, y
santificar a los demás con el trabajo, y encontrar así a Dios en el
camino de sus vidas.
Las condiciones de la sociedad contemporánea, que valora cada vez más el
trabajo, facilitan evidentemente que los hombres de nuestro tiempo
puedan comprender este aspecto del mensaje cristiano que el espíritu del
Opus Dei ha venido a subrayar. Pero más importante aún es el influjo del
Espíritu Santo, que en su acción vivificadora ha querido que nuestro
tiempo sea testigo de un gran movimiento de renovación en todo el
cristianismo. Leyendo los decretos del Concilio Vaticano II se ve
claramente que parte importante de esa renovación ha sido precisamente
la revaloración del trabajo ordinario y de la dignidad de la vocación
del cristiano que vive y trabaja en el mundo.
56
¹Cómo se va desarrollando el Opus Dei en otros países, aparte de España?
¹Cuál es su influencia en los Estados Unidos, Inglaterra, Italia, etc.?.
Pertenecen actualmente al Opus Dei personas de sesenta y ocho
nacionalidades, que trabajan en todos los países de América y Europa
occidental y en algunos de Africa, Asia y Oceanía.
La influencia del Opus Dei en todos estos países es una influencia
espiritual. Consiste esencialmente en ayudar a las personas que se
acercan a nuestra labor a vivir más plenamente el espíritu evangélico en
su vida ordinaria. Esas personas trabajan en los sitios más variados:
hay entre ellos desde campesinos que cultivan la tierra en pueblos
apartados de la Sierra andina, hasta banqueros de Wall Street. A todos
ellos el Opus Dei les enseña que su trabajo corriente -sea humanamente
humilde o brillante- es de un gran valor y puede ser un medio
eficacísimo para amar y servir a Dios y a los demás hombres. Les enseña
a querer a todos los hombres, a respetar su libertad, a trabajar -con
plena autonomía, del modo que les parezca mejor- para borrar las
incomprensiones y las intolerancias entre los hombres y para que la
sociedad sea más justa. Esta es la única influencia del Opus Dei en
cualquier lugar en que trabaja.
Refiriéndome a las labores sociales y educativas que la Obra como tal
suele promover, le diré que responden en cada lugar a las condiciones
concretas y a las necesidades de la sociedad. No tengo datos detallados
sobre todas esas labores, porque, como comentaba antes, nuestra
organización está muy descentralizada. Podría mencionar, como un ejemplo
entre otros muchos posibles, Midtown Sports and Cultural Center en el
Near West Side de Chicago, que ofrece programas educativos y deportivos
a los habitantes del barrio. Parte importante de su labor consiste en
promover la convivencia y el trato entre los distintos grupos étnicos
que lo componen. Otra labor interesante en Estados Unidos se realiza en
The Heights, en Washington, donde se llevan a cabo cursos de orientación
profesional, programas especiales para estudiantes particularmente
dotados, etc.
En Inglaterra se podría destacar la labor de residencias universitarias
que ofrecen a los estudiantes no sólo un alojamiento, sino diversos
programas para completar su formación cultural, humana y espiritual.
Netherhall House en Londres es tal vez especialmente interesante por su
carácter internacional. Han convivido en esa residencia universitarios
de más de cincuenta países. Muchos de ellos no son cristianos, porque
las casas del Opus Dei están abiertas a todos sin discriminación de raza
ni religión.
Para no extenderme más, mencionaré sólo una labor, el Centro
Internazionale della Gioventµ lavoratrice en Roma. Este centro para la
formación profesional de obreros jóvenes fue encomendado al Opus Dei por
el Papa Juan XXIII e inaugurado por Paulo VI hace menos de un año.
57
¹Cómo ve usted el futuro del Opus Dei en los años por venir?.
El Opus Dei es todavía muy joven. Treinta y nueve años para una
institución es apenas un comienzo. Nuestra tarea es colaborar con todos
los demás cristianos en la gran misión de ser testimonio del Evangelio
de Cristo; es recordar que esa buena nueva puede vivificar cualquier
situación humana. La labor que nos espera es ingente. Es un mar sin
orillas, porque mientras haya hombres en la tierra, por mucho que
cambien las formas técnicas de la producción, tendrán un trabajo que
pueden ofrecer a Dios, que pueden santificar. Con la gracia de Dios, la
Obra quiere enseñarles a hacer de ese trabajo un servicio a todos los
hombres de cualquier condición, raza, religión. Al servir así a los
hombres, servirán a Dios.
58"5.
EL OPUS DEI: UNA INSTITUCION QUE PROMUEVE LA BUSQUEDA DE LA SANTIDAD EN
EL MUNDO
Entrevista realizada por Enrico Zuppi y Antonino Fugardi, director y
redactor, respectivamente, de L"Osservatore della Domenica (Ciudad del
Vaticano). Publicada en tres entregas, los días 19 y 26 de mayo y 2 de
junio de 1968
El Opus Dei ocupa un papel de primer plano en el proceso moderno de
evolución del laicado; querríamos, por eso, preguntarle, antes que nada,
cuáles son, en su opinión, las características más notables de este
proceso.
He pensado siempre que la característica fundamental del proceso de
evolución del laicado es la toma de conciencia de la dignidad de la
vocación cristiana. La llamada de Dios, el carácter bautismal y la
gracia, hacen que cada cristiano pueda y deba encarnar plenamente la fe.
Cada cristiano debe ser alter Christus, ipse Christus, presente entre
los hombres. El Santo Padre lo ha dicho de una manera inequívoca: "Es
necesario volver a dar toda su importancia al hecho de haber recibido el
santo Bautismo, es decir, de haber sido injertado, mediante ese
sacramento, en el Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia... El ser
cristiano, el haber recibido el Bautismo, no debe ser considerado como
indiferente o sin valor, sino que debe marcar profunda y dichosamente la
conciencia de todo bautizado".
Esto trae consigo una visión más honda de la Iglesia, como comunidad
formada por todos los fieles, de modo que todos somos solidarios de una
misma misión, que cada uno debe realizar según sus personales
circunstancias. Los laicos, gracias a los impulsos del Espíritu Santo,
son cada vez más conscientes de ser Iglesia, de tener una misión
específica, sublime y necesaria, puesto que ha sido querida por Dios. Y
saben que esa misión depende de su misma condición de cristianos, no
necesariamente de un mandato de la Jerarquía, aunque es evidente que
deberán realizarla en unión con la Jerarquía eclesiástica y según las
enseñanzas del Magisterio: sin unión con el Cuerpo episcopal y con su
cabeza, el Romano Pontífice, no puede haber, para un católico, unión con
Cristo.
El modo específico de contribuir los laicos a la santidad y al
apostolado de la Iglesia es la acción libre y responsable en el seno de
las estructuras temporales, llevando allí el fermento del mensaje
cristiano. El testimonio de vida cristiana, la palabra que ilumina en
nombre de Dios, y la acción responsable, para servir a los demás
contribuyendo a la resolución de los problemas comunes, son otras tantas
manifestaciones de esa presencia con la que el cristiano corriente
cumple su misión divina.
Desde hace muchísimos años, desde la misma fecha fundacional del Opus
Dei, he meditado y he hecho meditar unas palabras de Cristo que nos
relata San Juan: Et ego, si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad
meipsum. Cristo, muriendo en la Cruz, atrae a sí la Creación entera, y,
en su nombre, los cristianos, trabajando en medio del mundo, han de
reconciliar todas las cosas con Dios, colocando a Cristo en la cumbre de
todas las actividades humanas.
59
Quisiera añadir que, junto a esta toma de conciencia de los laicos, se
está produciendo un análogo desarrollo de la sensibilidad de los
pastores. Se dan cuenta de lo específico de la vocación laical, que debe
ser promovida y favorecida mediante una pastoral que lleve a descubrir
en medio del Pueblo de Dios el carisma de la santidad y del apostolado,
en las infinitas y diversísimas formas en las que Dios lo concede.
Esta nueva pastoral es muy exigente, pero, a mi juicio, absolutamente
necesaria. Requiere el don sobrenatural del discernimiento de espíritus,
la sensibilidad para las cosas de Dios, la humildad de no imponer las
propias preferencias y de servir a lo que Dios promueve en las almas. En
una palabra: el amor a la legítima libertad de los hijos de Dios, que
encuentran a Cristo y son hechos portadores de Cristo, recorriendo
caminos entre sí muy diversos, pero todos igualmente divinos.
Uno de los mayores peligros que amenazan hoy a la Iglesia podría ser
precisamente el de no reconocer esas exigencias divinas de la libertad
cristiana, y, dejándose llevar por falsas razones de eficacia, pretender
imponer una uniformidad a los cristianos. En la raíz de esas actitudes
hay algo no sólo legítimo, sino encomiable: el deseo de que la Iglesia
dé un testimonio tal, que conmueva al mundo moderno. Mucho me temo, sin
embargo, que el camino sea equivocado y que lleve, por una parte, a
comprometer a la Jerarquía en cuestiones temporales, cayendo en un
clericalismo diverso pero tan nefando como el de los siglos pasados; y,
por otra, a aislar a los laicos, a los cristianos corrientes, del mundo
en el que viven, para convertirlos en portavoces de decisiones o ideas
concebidas fuera de ese mundo.
Me parece que a los sacerdotes se nos pide la humildad de aprender a no
estar de moda, de ser realmente siervos de los siervos de Dios
-acordándonos de aquel grito del Bautista: illum oportet crescere, me
autem minui; conviene que Cristo crezca y que yo disminuya-, para que
los cristianos corrientes, los laicos, hagan presente, en todos los
ambientes de la sociedad, a Cristo. La misión de dar doctrina, de ayudar
a penetrar en las exigencias personales y sociales del Evangelio, de
mover a discernir los signos de los tiempos, es y será siempre una de
las tareas fundamentales del sacerdote. Pero toda labor sacerdotal debe
llevarse a cabo dentro del mayor respeto a la legítima libertad de las
conciencias: cada hombre debe libremente responder a Dios. Por lo demás,
todo católico, además de esa ayuda del sacerdote, tiene también luces
propias que recibe de Dios, gracia de estado para llevar adelante la
misión específica que, como hombre y como cristiano, ha recibido.
Quien piense que, para que la voz de Cristo se haga oír en el mundo de
hoy, es necesario que el clero hable o se haga siempre presente, no ha
entendido bien aún la dignidad de la vocación divina de todos y de cada
uno de los fieles cristianos.
60
En este marco, ¹cuál es la tarea que ha desarrollado y desarrolla el
Opus Dei? ¹Qué relaciones de colaboración mantienen los socios con otras
organizaciones que trabajan en este campo?.
No me corresponde a mí dar un juicio histórico sobre lo que, por gracia
de Dios, el Opus Dei ha hecho. Sólo he de afirmar que la finalidad, a la
que el Opus Dei aspira, es favorecer la búsqueda de la santidad y el
ejercicio del apostolado por parte de los cristianos que viven en medio
del mundo, cualquiera que sea su estado o condición.
La Obra ha nacido para contribuir a que esos cristianos, insertos en el
tejido de la sociedad civil -con su familia, sus amistades, su trabajo
profesional, sus aspiraciones nobles-, comprendan que su vida, tal y
como es, puede ser ocasión de un encuentro con Cristo: es decir, que es
un camino de santidad y de apostolado. Cristo está presente en cualquier
tarea humana honesta: la vida de un cristiano corriente -que quizá a
alguno parezca vulgar y mezquina- puede y debe ser una vida santa y
santificante. 60 En otras palabras: para seguir a Cristo, para servir a
la Iglesia, para ayudar a los demás hombres a reconocer su destino
eterno, no es indispensable abandonar el mundo o alejarse de él, ni
tampoco hace falta dedicarse a una actividad eclesiástica; la condición
necesaria y suficiente es la de cumplir la misión que Dios ha
encomendado a cada uno, en el lugar y en el ambiente queridos por su
Providencia. Y como la mayor parte de los cristianos recibe de Dios la
misión de santificar el mundo desde dentro, permaneciendo en medio de
las estructuras temporales, el Opus Dei se dedica a hacerles descubrir
esa misión divina, mostrándoles que la vocación humana -la vocación
profesional, familiar y social- no se opone a la vocación sobrenatural:
antes al contrario, forma parte integrante de ella. El Opus Dei tiene
como misión única y exclusiva la difusión de este mensaje -que es un
mensaje evangélico- entre todas las personas que viven y trabajan en el
mundo, en cualquier ambiente o profesión. Y a quienes entienden este
ideal de santidad, la Obra facilita los medios espirituales y la
formación doctrinal, ascética y apostólica, necesaria para realizarlo en
la propia vida.
Los socios del Opus Dei no actúan en grupo, sino individualmente, con
libertad y responsabilidad personales. No es por eso el Opus Dei una
organización cerrada, o que de algún modo reúna a sus socios para
aislarlos de los demás hombres. Las labores corporativas, que son las
únicas que dirige la Obra, están abiertas a todo tipo de personas, sin
discriminación de ninguna clase: ni social, ni cultural, ni religiosa. Y
los socios, precisamente porque deben santificarse en el mundo,
colaboran siempre con todas las personas, con las que están en relación
por su trabajo y por su participación en la vida cívica.
Forma parte esencial del espíritu cristiano no sólo vivir en unión con
la Jerarquía ordinaria -Romano Pontífice y Episcopado-, sino también
sentir la unidad con los demás hermanos en la fe. Desde muy antiguo he
pensado que uno de los mayores males de la Iglesia en estos tiempos, es
el desconocimiento que muchos católicos tienen de lo que hacen y opinan
los católicos de otros países o de otros ámbitos sociales. Es necesario
actualizar esa fraternidad, que tan hondamente vivían los primeros
cristianos. Así nos sentiremos unidos, amando al mismo tiempo la
variedad de las vocaciones personales; y se evitarán no pocos juicios
injustos y ofensivos, que determinados pequeños grupos propagan -en
nombre del catolicismo-, en contra de sus hermanos en la fe, que obran
en realidad rectamente y con sacrificio, atendidas las circunstancias
particulares de su país.
61
Es importante que cada uno procure ser fiel a la propia llamada divina,
de tal manera que no deje de aportar a la Iglesia lo que lleva consigo
el carisma recibido de Dios. Lo propio de los socios del Opus Dei
-cristianos corrientes- es santificar el mundo desde dentro,
participando en las más diversas tareas humanas. Como su pertenencia a
la Obra no cambia en nada su posición en el mundo, colaboran, de la
manera adecuada en cada caso, en las celebraciones religiosas
colectivas, en la vida parroquial, etc. También en este sentido son
ciudadanos corrientes, que quieren ser buenos católicos.
Sin embargo, los socios de la Obra no se suelen dedicar, de ordinario, a
trabajar en actividades confesionales. Sólo en casos de excepción,
cuando lo pide expresamente la Jerarquía, algún miembro de la Obra
colabora en labores eclesiásticas. No hay en esa actitud ningún deseo de
distinguirse, ni menos aún de desconsideración por las labores
confesionales, sino tan sólo la decisión de ocuparse de lo que es propio
de la vocación al Opus Dei. Hay ya muchos religiosos y clérigos, y
también muchos laicos llenos de celo, que llevan adelante esas
actividades, dedicando a ellas sus mejores esfuerzos.
Lo propio de los socios de la Obra, la tarea a la que se saben llamados
por Dios es otra. Dentro de la llamada universal a la santidad, el
miembro del Opus Dei recibe además una llamada especial, para dedicarse
libre y responsablemente, a buscar la santidad y hacer apostolado en
medio del mundo, comprometiéndose a vivir un espíritu específico y a
recibir, a lo largo de toda su vida, una formación peculiar. Si
desatendieran su trabajo en el mundo, para ocuparse de las labores
eclesiásticas, harían ineficaces los dones divinos recibidos, y por la
ilusión de una eficacia pastoral inmediata producirían un daño real a la
Iglesia: porque no habría tantos cristianos dedicados a santificarse en
todas las profesiones y oficios de la sociedad civil, en el campo
inmenso del trabajo secular.
Además, la necesidad exigente de la continua formación profesional y de
la formación religiosa, junto con el tiempo dedicado personalmente a la
piedad, a la oración y al cumplimiento sacrificado de los deberes de
estado, coge toda la vida: no hay horas libres.
62
Sabemos que pertenecen al Opus Dei hombres y mujeres de todas las
condiciones sociales, solteros o casados. ¹Cuál es pues el elemento
común que caracteriza la vocación a la Obra? ¹Qué compromisos asume cada
socio para realizar los fines del Opus Dei?.
Voy a decírselo en pocas palabras: buscar la santidad en medio del
mundo, en mitad de la calle. Quien recibe de Dios la vocación específica
al Opus Dei sabe y vive que debe alcanzar la santidad en su propio
estado, en el ejercicio de su trabajo, manual o intelectual. He dicho
sabe y vive, porque no se trata de aceptar un simple postulado teórico,
sino de realizarlo día a día, en la vida ordinaria.
Querer alcanzar la santidad -a pesar de los errores y de las miserias
personales, que durarán mientras vivamos- significa esforzarse, con la
gracia de Dios, en vivir la caridad, plenitud de la ley y vínculo de la
perfección. La caridad no es algo abstracto; quiere decir entrega real y
total al servicio de Dios y de todos los hombres; de ese Dios, que nos
habla en el silencio de la oración y en el rumor del mundo; de esos
hombres, cuya existencia se entrecruza con la nuestra.
Viviendo la caridad -el Amor- se viven todas las virtudes humanas y
sobrenaturales del cristiano, que forman una unidad y que no se pueden
reducir a enumeraciones exhaustivas. La caridad exige que se viva la
justicia, la solidaridad, la responsabilidad familiar y social, la
pobreza, la alegría, la castidad, la amistad... Se ve en seguida que la
práctica de estas virtudes lleva al apostolado. Es más: es ya
apostolado. Porque, al procurar vivir así en medio del trabajo diario,
la conducta cristiana se hace buen ejemplo, testimonio, ayuda concreta y
eficaz; se aprende a seguir las huellas de Cristo que coepit facere et
docere, que empezó a hacer y a enseñar, uniendo al ejemplo la palabra.
Por eso he llamado a este trabajo, desde hace cuarenta años, apostolado
de amistad y de confidencia.
Todos los socios del Opus Dei tienen este mismo afán de santidad y de
apostolado. Por eso, en la Obra no hay grados o categorías de miembros.
Lo que hay es una multiplicidad de situaciones personales -la situación
que cada uno tiene en el mundo- a la que se acomoda la misma y única
vocación específica y divina: la llamada a entregarse, a empeñarse
personalmente, libremente y responsablemente, en el cumplimiento de la
voluntad de Dios manifestada para cada uno de nosotros.
Como puede ver, el fenómeno pastoral del Opus Dei es algo que nace desde
abajo, es decir, desde la vida corriente del cristiano que vive y
trabaja junto a los demás hombres. No está en la línea de una
mundanización -desacralización- de la vida monástica o religiosa; no es
el último estadio del acercamiento de los religiosos al mundo.
El que recibe la vocación al Opus Dei adquiere una nueva visión de las
cosas que tiene alrededor: luces nuevas en sus relaciones sociales, en
su profesión, en sus preocupaciones, en sus tristezas y en sus alegrías.
Pero ni por un momento deja de vivir en medio de todo eso; y no cabe en
modo alguno hablar de adaptación al mundo, o a la sociedad moderna:
nadie se adapta a lo que tiene como propio; en lo que se tiene como
propio se está. La vocación recibida es igual a la que surgía en el alma
de aquellos pescadores, campesinos, comerciantes o soldados que sentados
cerca de Jesucristo en Galilea, le oían decir: Sed perfectos, como
vuestro Padre celestial es perfecto. Repito que esta perfección -que
busca el socio del Opus Dei- es la perfección propia del cristiano, sin
más: es decir, aquella a la que todo cristiano está llamado y que supone
vivir íntegramente la exigencias de la fe. No nos interesa la perfección
evangélica, que se considera propia de los religiosos y de algunas
instituciones asimiladas a los religiosos; y mucho menos nos interesa la
llamada vida de perfección evangélica, que se refiere canónicamente al
estado religioso.
El camino de la vocación religiosa me parece bendito y necesario en la
Iglesia, y no tendría el espíritu de la Obra el que no lo estimara. Pero
ese camino no es el mío, ni el de los socios del Opus Dei. Se puede
decir que, al venir al Opus Dei, todos y cada uno de sus socios lo han
hecho con la condición explícita de no cambiar de estado. La
característica específica nuestra, es santificar el propio estado en el
mundo, y santificarse cada uno de los socios en el lugar de su encuentro
con Cristo: éste es el compromiso que asume cada socio, para realizar
los fines del Opus Dei.
63
¹Cómo está organizado el Opus Dei?
Si la vocación a la Obra, como acabo de decirle, encuentra al hombre o a
la mujer en su vida normal en medio de su trabajo, comprenderá que el
Opus Dei no se edifique sobre comités, asambleas, encuentros, etcétera.
Alguna vez, ante el asombro de alguno, he llegado a decir que el Opus
Dei, en ese sentido, es una organización desorganizada. La mayoría de
los socios -la casi totalidad- viven por su cuenta, en el lugar donde
vivirían si no fuesen del Opus Dei: en su casa, con su familia, en el
sitio en el que desarrollan su trabajo.
Y allí donde está, cada miembro de la Obra cumple el fin del Opus Dei:
procurar ser santo, haciendo de su vida un apostolado diario, corriente,
menudo si se quiere, pero perseverante y divinamente eficaz. Esto es lo
importante: y para alimentar esta vida de santidad y de apostolado, cada
uno recibe del Opus Dei la ayuda espiritual necesaria, el consejo, la
orientación. Pero sólo en lo estrictamente espiritual. En todo lo demás
-en su trabajo, en sus relaciones sociales, etcétera- cada uno actúa
como desea, sabiendo que ése no es un terreno neutro, sino materia
santificante, santificable y medio de apostolado.
Así, todos viven su propia vida, con las consecuentes relaciones y
obligaciones, y acuden a la Obra para recibir ayuda espiritual. Esto
exige una cierta estructura, pero siempre muy reducida: se ponen los
medios oportunos para que sea la estrictamente indispensable. Se
organiza una formación religiosa doctrinal -que dura toda la vida-, y
que conduce a una piedad activa, sincera y auténtica, y a un
encendimiento que lleva consigo necesariamente la oración continua del
contemplativo y la tarea apostólica personal y responsable, exenta de
fanatismos de cualquier clase.
Todos los socios, saben, además, dónde pueden encontrar a un sacerdote
de la Obra, con el que tratar las cuestiones de conciencia. Algunos
miembros -muy pocos en comparación con el total-, para dirigir una labor
apostólica o para atender la asistencia espiritual de los demás, viven
juntos, formando un hogar corriente de familia cristiana, y siguen
trabajando al mismo tiempo en su respectiva profesión. Existe en cada
país un gobierno regional, siempre de carácter colegial, presidido por
un Consiliario; y un gobierno central -formado por profesionales de muy
diversa nacionalidad-, con sede en Roma. El Opus Dei está estructurado
en dos Secciones, una para varones y otra para mujeres, que son
absolutamente independientes, hasta constituir dos asociaciones
distintas, unidas solamente en la persona del Presidente General. 63
Espero que haya quedado claro qué quiere decir organización
desorganizada: que se da primacía al espíritu sobre la organización, que
la vida de los socios no se encorseta en consignas, planes y reuniones.
Cada uno está suelto, unido a los demás por un común espíritu y un común
deseo de santidad y de apostolado, y procura santificar su propia vida
ordinaria.
65
Algunos han hablado a veces del Opus Dei como de una organización de
aristocracia intelectual, que desea penetrar en los ambientes políticos,
económicos y culturales de mayor relieve, para controlarlos desde
dentro, aunque con fines buenos. ¹Es cierto?.
Casi todas las instituciones que han traído un mensaje nuevo, o que se
han esforzado por servir seriamente a la humanidad viviendo plenamente
el Cristianismo, han sufrido la incomprensión, sobre todo en los
comienzos. Esto es lo que explica que, al principio, algunos no
entendieran la doctrina sobre el apostolado de los laicos que vivía y
proclamaba el Opus Dei. Debo decir también -aunque no me gusta hablar de
estas cosas- que en nuestro caso no faltó además una campaña organizada
y perseverante de calumnias. Hubo quienes dijeron que trabajábamos
secretamente -esto quizá lo hacían ellos-, que queríamos ocupar puestos
elevados, etc. Le puedo decir, concretamente, que esta campaña la
inició, hace aproximadamente treinta años, un religioso español que
luego dejó su orden y la Iglesia, contrajo matrimonio civil, y ahora es
pastor protestante.
La calumnia, una vez lanzada, continúa viviendo por inercia durante
algún tiempo: porque hay quien escribe sin informarse, y porque no todos
son como los periodistas competentes, que no se creen infalibles, y
tienen la nobleza de rectificar cuando comprueban la verdad. Y eso es lo
que ha sucedido, aunque estas calumnias están desmentidas por una
realidad que todo el mundo ha podido comprobar, aparte que ya a primera
vista resultan increíbles. Baste decir que las habladurías, a las que
usted se ha referido, no hacen relación más que a España; y, desde
luego, pensar que una institución internacional como el Opus Dei gravite
en torno a los problemas de un solo país, demuestra pequeñez de miras,
provincialismo.
Por otra parte, la mayoría de los socios del Opus Dei -en España y en
todos los países- son amas de casa, obreros, pequeños comerciantes,
oficinistas, campesinos, etc; es decir, personas con tareas sin especial
peso político o social. Que haya un gran número de obreros socios del
Opus Dei no llama la atención; que haya algún político, sí. En realidad,
para mí es tan importante la vocación al Opus Dei de un mozo de estación
como la de un dirigente de empresa. La vocación la da Dios, y en las
obras de Dios no caben discriminaciones, y menos si son demagógicas.
Quienes al ver a los miembros del Opus Dei trabajando en los más
diversos campos de la actividad humana, no piensan sino en supuestas
influencias y controles, demuestran tener una pobre concepción de la
vida cristiana. El Opus Dei no domina ni pretende dominar ninguna
actividad temporal; quiere sólo difundir un mensaje evangélico: que Dios
pide que todos los hombres, que viven en el mundo, le amen y le sirvan
tomando ocasión precisamente de sus actividades terrenas. En
consecuencia, los socios de la Obra, que son cristianos corrientes,
trabajan donde y como les parece oportuno: la Obra sólo se ocupa de
ayudarles espiritualmente, para que actúen siempre con conciencia
cristiana.
Pero hablemos concretamente del caso de España. Los pocos socios del
Opus Dei que, en este país, trabajan en puestos de trascendencia social
o intervienen en la vida pública, lo hacen -como en todas las demás
naciones- con libertad y responsabilidad personales, obrando cada uno
según su conciencia. Esto explica que en la práctica hayan adoptado
posturas diversas y, en tantas ocasiones, opuestas.
66
Quiero advertir, además, que hablar de presencia de personas que
pertenecen al Opus Dei en la política española, como si constituyera un
fenómeno especial, es una deformación de la realidad que desemboca en la
calumnia. Porque los socios del Opus Dei que actúan en la vida pública
española son una minoría en comparación con el total de católicos que
intervienen activamente en este sector. Siendo católica la casi
totalidad de la población española, es estadísticamente lógico que sean
católicos quienes participen en la vida política. Más aún, en todos los
niveles de la administración pública española -desde los ministros hasta
los alcaldes- abundan los católicos provenientes de las más diversas
asociaciones de fieles: algunas ramas de la Acción Católica, la
Asociación Católica Nacional de Propagandistas, cuyo primer presidente
fue el hoy cardenal Herrera, las Congregaciones Marianas, etc. No quiero
extenderme más sobre este asunto, pero aprovecho la ocasión para
declarar una vez más que el Opus Dei no está vinculado a ningún país, a
ningún régimen, a ninguna tendencia política, a ninguna ideología. Y que
sus socios obran siempre, en las cuestiones temporales, con plena
libertad, sabiendo asumir sus propias responsabilidades, y abominan de
todo intento de servirse de la religión en beneficio de posturas
políticas y de intereses de partido.
Las cosas sencillas son a veces difíciles de explicar. Por eso me he
alargado un poco al responder a su pregunta. Conste, de todos modos, que
las habladurías que comentábamos son ya cosa pasada. Esas calumnias
están desde hace tiempo totalmente descalificadas: ya no las cree nadie.
Nosotros, desde el primer momento, hemos actuado siempre a la luz del
día -no había ningún motivo para obrar de otra manera-, explicando con
claridad la naturaleza y los fines de nuestro apostolado, y todos los
que han querido han podido conocer la realidad. De hecho, son muchísimas
las personas -católicos y no católicos, cristianos y no cristianos- que
ven con cariño y estima nuestra labor, y colaboran.
Por otra parte, el progreso de la historia de la Iglesia ha llevado a
superar un cierto clericalismo, que tiende a desfigurar todo lo que se
refiere a los laicos, atribuyéndoles segundas intenciones. Se ha hecho
más fácil, ahora, entender que lo que el Opus Dei vivía y proclamaba era
ni más ni menos que esto: la vocación divina del cristiano corriente,
con un empeño sobrenatural preciso. Espero que llegue un momento en el
que la frase los católicos penetran en los ambientes sociales se deje de
decir, y que todos se den cuenta de que es una expresión clerical. En
cualquier caso, no se aplica para nada al apostolado del Opus Dei. Los
socios de la Obra no tienen necesidad de penetrar en las estructuras
temporales, por el simple hecho de que son ciudadanos corrientes,
iguales a los demás, y por tanto ya estaba allí. Si Dios llama al Opus
Dei a una persona que trabaja en una fábrica, o en un hospital, o en el
parlamento, quiere decir que, en adelante, esa persona estará decidida a
poner los medios para santificar, con la gracia de Dios, esa profesión.
No es más que la toma de conciencia de las exigencias radicales del
mensaje evangélico, con arreglo a la vocación específica recibida. 66
Pensar que esa toma de conciencia signifique dejar la vida normal, es
una idea legítima sólo para quienes reciben de Dios la vocación
religiosa, con su contemptus mundi, con el desprecio o la desestima de
las cosas del mundo; pero querer hacer de este abandono del mundo la
esencia o la culminación del Cristianismo es claramente una enormidad.
No es, pues, el Opus Dei el que introduce a sus socios en determinados
ambientes; ya estaban allí, repito, y no tienen por qué salir. Además,
las vocaciones al Opus Dei -que surgen de la gracia de Dios y de ese
apostolado de amistad y de confidencia, del que antes hablaba- se dan en
todos los ambientes. 66 Tal vez esa misma sencillez de la naturaleza y
modo de obrar del Opus Dei sea una dificultad para quienes estén llenos
de complicaciones, y parecen incapacitados para entender nada genuino y
recto.
Naturalmente, siempre habrá quien no comprenda la esencia del Opus Dei,
y esto no nos extraña, porque ya previno de estas dificultades el Señor
a los suyos, comentándoles que non est discipulus super Magistrum, no es
el discípulo más que el Maestro. Nadie puede pretender que todos le
aprecien, aunque sí tiene el derecho a que todos le respeten como
persona y como hijo de Dios. Por desgracia, hay fanáticos que quieren
imponer totalitariamente sus ideas, y éstos nunca captarán el amor que
los socios del Opus Dei tienen a la libertad personal de los demás, y
después a la propia libertad personal, siempre con personal
responsabilidad. 66 Recuerdo una anécdota muy gráfica. En cierta ciudad
de la que ya no sería delicado decir el nombre, el Ayuntamiento estaba
deliberando la oportunidad de conceder una ayuda económica a una labor
educativa dirigida por socios del Opus Dei, que como todas las obras
corporativas que la Obra lleva a cabo tiene una función clara de
utilidad social. La mayoría de los concejales estaban a favor de esa
ayuda. Explicando las razones de esta postura, uno de ellos, socialista,
comentaba que él había conocido personalmente la labor que se hacía en
ese centro: "Es una actividad -dijo- que se caracteriza porque los que
la dirigen son muy amigos de la libertad personal: en esa residencia
viven estudiantes de todas las religiones y de todas las ideologías".
Los concejales comunistas votaron en contra. Uno de ellos, explicando su
voto negativo, dijo al socialista: "Me he opuesto porque, si están así
las cosas, esa residencia constituye una eficaz propaganda del
catolicismo".
Quien no respeta la libertad de los demás o desea oponerse a la Iglesia,
no puede apreciar una labor apostólica. Pero aun en estos casos, yo,
como hombre, estoy obligado a respetarle y a procurar encaminarle hacia
la verdad; y, como cristiano, a amarle y a rezar por él.
67
Aclarado este punto, quisiera preguntarle: ¹cuáles son las
características de la formación espiritual de los socios, que hacen que
quede excluido cualquier tipo de interés temporal en el hecho de
pertenecer al Opus Dei?.
Todo interés que no sea puramente espiritual está radicalmente excluido,
porque la Obra pide mucho -desprendimiento, sacrificio, abnegación,
trabajo sin descanso en servicio de las almas-, y no da nada. Quiero
decir que no da nada en el plano de los intereses temporales; porque en
el plano de la vida espiritual da mucho: da medios para combatir y
vencer en la lucha ascética, encamina por caminos de oración, enseña a
tratar a Jesús como un hermano, a ver a Dios en todas las circunstancias
de la vida, a sentirse hijo de Dios y, por tanto, comprometido a
difundir su doctrina.
Una persona que no progrese por el camino de la vida interior, hasta
comprender que vale la pena darse del todo, entregar la propia vida en
servicio del Señor, no puede perseverar en el Opus Dei, porque la
santidad no es una etiqueta, sino una profunda exigencia.
Por otra parte, el Opus Dei no tiene ninguna actividad de fines
políticos, económicos o ideológicos: ninguna acción temporal. Sus únicas
actividades son la formación sobrenatural de sus socios y las obras de
apostolado, es decir, la continua atención espiritual a cada uno de sus
socios, y las obras corporativas apostólicas de asistencia, de
beneficencia, de educación, etcétera. Los socios del Opus Dei se han
unido sólo para seguir un camino de santidad, bien definido, y colaborar
en determinadas obras de apostolado. Sus compromisos recíprocos excluyen
cualquier tipo de interés terreno, por el simple hecho de que en este
campo todos los socios del Opus Dei son libres, y por tanto cada uno va
por su propio camino, con finalidades e intereses distintos y en
ocasiones contrapuestos.
Como consecuencia del fin exclusivamente divino de la Obra, su espíritu
es un espíritu de libertad, de amor a la libertad personal de todos los
hombres. Y como ese amor a la libertad es sincero y no un mero enunciado
teórico, nosotros amamos la necesaria consecuencia de la libertad: es
decir, el pluralismo. En el Opus Dei el pluralismo es querido y amado,
no sencillamente tolerado y en modo alguno dificultado. Cuando observo
entre los socios de la Obra tantas ideas diversas, tantas actitudes
distintas -con respecto a las cuestiones políticas, económicas, sociales
o artísticas, etc.-, ese espectáculo me da alegría, porque es señal de
que todo funciona cara a Dios como es debido. Unidad espiritual y
variedad en las cosas temporales son compatibles cuando no reina el
fanatismo y la intolerancia, y, sobre todo, cuando se vive de fe y se
sabe que los hombres estamos unidos no por meros lazos de simpatía o de
interés, sino por la acción de un mismo Espíritu, que haciéndonos
hermanos de Cristo nos conduce hacia Dios Padre.
Un verdadero cristiano no piensa jamás que la unidad en la fe, la
fidelidad al Magisterio y a la Tradición de la Iglesia, y la
preocupación por hacer llegar a los demás el anuncio salvador de Cristo,
esté en contraste con la variedad de actitudes en las cosas que Dios ha
dejado, como suele decirse, a la libre discusión de los hombres. Más
aún, es plenamente consciente de que esa variedad forma parte del plan
divino, es querida por Dios que reparte sus dones y sus luces como
quiere. El cristiano debe amar a los demás, y por tanto respetar las
opiniones contrarias a las suyas, y convivir con plena fraternidad con
quienes piensan de otro modo. 67 Precisamente porque los socios de la
Obra se han formado según este espíritu, es imposible que nadie piense
en aprovecharse del hecho de pertenecer al Opus Dei para obtener
ventajas personales, o para intentar imponer a los demás opciones
políticas o culturales: porque los demás no lo tolerarían, y le
llevarían a cambiar de actitud o a dejar la Obra. Es este un punto en el
que nadie en el Opus Dei podrá permitir jamás la menor desviación,
porque debe defender no sólo su libertad personal, sino la naturaleza
sobrenatural de la labor a la que se ha entregado. Pienso, por eso, que
la libertad y la responsabilidad personales, son la mejor garantía de la
finalidad sobrenatural de la Obra de Dios.
68
Quizá pueda pensarse que, hasta ahora, el Opus Dei se ha visto
favorecido por el entusiasmo de los primeros socios, aunque sean ya
varios millares. ¹Existe alguna medida que garantice la continuidad de
la Obra, contra el riesgo, connatural a toda institución, de un posible
enfriamiento del fervor y del impulso iniciales?.
La Obra no se basa en el entusiasmo, sino en la fe. Los años del
principio -largos años- fueron muy duros, y sólo se veían dificultades.
El Opus Dei salió adelante por la gracia divina, y por la oración y el
sacrificio de los primeros, sin medios humanos. Sólo había juventud,
buen humor y el deseo de hacer la voluntad de Dios.
Desde el principio, el arma del Opus Dei ha sido siempre la oración, la
vida entregada, el silencioso renunciamiento a todo lo que es egoísmo,
por servir a las almas. Como le decía antes, al Opus Dei se viene a
recibir un espíritu que lleva precisamente a darlo todo, mientras se
continúa trabajando profesionalmente por amor a Dios y a sus criaturas
por El.
La garantía de que no se dé un enfriamiento es que mis hijos no pierdan
nunca este espíritu. Sé que las obras humanas se desgastan con el
tiempo; pero esto no ocurre con las obras divinas, a no ser que los
hombres las rebajen. Sólo cuando se pierde el impulso divino viene la
corrupción, el decaimiento. En nuestro caso se ve clara la Providencia
del Señor, que -en tan poco tiempo, cuarenta años- hace que sea recibida
y actuada esta específica vocación divina, entre ciudadanos corrientes
iguales a los demás, de tan diversas naciones.
El fin del Opus Dei, repito una vez más, es la santidad de cada uno de
sus socios, hombres y mujeres que siguen en el lugar que ocupaban en el
mundo. Si alguien no viene al Opus Dei a ser santo a pesar de los
pesares -es decir, a pesar de las propias miserias, de los propios
errores personales-, se irá enseguida. Pienso que la santidad llama a la
santidad, y pido a Dios que en el Opus Dei no falte nunca esa convicción
profunda, esta vida de fe. Como ve, no nos fiamos exclusivamente de
garantías humanas o jurídicas. Las obras que Dios inspira se mueven al
ritmo de la gracia. Mi única receta es ésta: ser santos, querer ser
santos, con santidad personal.
69
¹Por qué hay sacerdotes en una institución marcadamente laical como es
el Opus Dei? ¹Todo miembro del Opus Dei puede llegar a ser sacerdote, o
sólo aquellos que son elegidos por los directores?.
La vocación al Opus Dei puede recibirla cualquier persona que quiera
santificarse en el propio estado: sea soltero, casado o viudo; sea laico
o clérigo.
Por eso al Opus Dei se asocian también sacerdotes diocesanos, que siguen
siendo sacerdotes diocesanos igual que antes, puesto que la Obra les
ayuda a tender a la perfección cristiana propia de su estado, mediante
la santificación de su trabajo ordinario, que es precisamente el
ministerio sacerdotal al servicio de su propio Obispo, de la diócesis y
de la Iglesia entera. También en su caso la vinculación al Opus Dei no
modifica para nada su condición: continúan plenamente dedicados a las
misiones que les confíe el respectivo Ordinario y a los otros
apostolados y actividades que deben realizar, sin que jamás se
interfiera la Obra en esas tareas; y se santifican practicando lo más
perfectamente posible las virtudes propias de un sacerdote.
Además de esos sacerdotes, que se incorporan al Opus Dei después de
haber recibido las sagradas órdenes, hay en la Obra otros sacerdotes
seculares que reciben el sacramento del Orden después de pertenecer al
Opus Dei, al que se vincularon por tanto siendo laicos, cristianos
corrientes. Se trata de un número muy restringido en comparación al
total de socios -no llegan al dos por ciento-, y se dedican a servir los
fines apostólicos del Opus Dei con el ministerio sacerdotal, renunciando
más o menos, según los casos, al ejercicio de la profesión civil que
tenían. Son, en efecto, profesionales o trabajadores, llamados al
sacerdocio después de haber adquirido una competencia profesional y de
haber trabajado durante años en su ocupación propia: médico, ingeniero,
mecánico, campesino, maestro, periodista, etcétera. Hacen además, con la
máxima profundidad y sin prisas, los estudios en las correspondientes
disciplinas eclesiásticas hasta conseguir un doctorado. Y eso sin perder
la mentalidad característica del ambiente de la propia profesión civil;
de modo que, cuando reciben las sagradas órdenes, son
médicos-sacerdotes, abogados-sacerdotes, obreros-sacerdotes, etc. Su
presencia es necesaria para el apostolado del Opus Dei. Este apostolado
lo desarrollan fundamentalmente los laicos, como ya he dicho. Cada socio
procura ser apóstol en su propio ambiente de trabajo, acercando las
almas a Cristo mediante el ejemplo y la palabra: el diálogo. Pero en el
apostolado, al conducir a las almas por los caminos de la vida
cristiana, se llega al muro sacramental. La función santificadora del
laico tiene necesidad de la función santificadora del sacerdote, que
administra el sacramento de la Penitencia, celebra la Eucaristía y
proclama la Palabra de Dios en nombre de la Iglesia. Y como el
apostolado del Opus Dei presupone una espiritualidad específica, es
necesario que el sacerdote dé también un testimonio vivo de ese espíritu
peculiar.
Además de ese servicio a los otros socios de la Obra, esos sacerdotes
pueden realizar y realizan de hecho, un servicio a otras muchas almas.
El celo sacerdotal, que informa sus vidas, les debe llevar a no permitir
que nadie pase a su lado sin recibir algo de la luz de Cristo. Más aún,
el espíritu del Opus Dei, que no sabe de grupitos ni de distinciones,
les impulsa a sentirse íntima y eficazmente unidos a sus hermanos los
otros sacerdotes seculares: se sienten y son de hecho sacerdotes
diocesanos en todas las diócesis donde trabajan, y a las que procuran
servir con empeño y eficacia.
Quiero hacer notar, porque es una realidad muy importante, que esos
socios laicos del Opus Dei que reciben la ordenación sacerdotal, no
cambian su vocación. Cuando abrazan el sacerdocio, respondiendo
libremente a la invitación de los directores de la Obra, no lo hacen con
la idea de que así se unen más a Dios o tienden más eficazmente a la
santidad: saben perfectamente que la vocación laical es plena y completa
en sí misma, que su dedicación a Dios en el Opus Dei era desde el primer
momento un camino claro para alcanzar la perfección cristiana. La
ordenación sacerdotal no es, por eso, en modo alguno una especie de
coronación de la vocación al Opus Dei: es una llamada que se hace a
algunos, para servir de un modo nuevo a los demás. Por otra parte, en la
Obra no hay dos clases de socios, clérigos y laicos: todos son y se
sientes iguales, y todos viven el mismo espíritu: la santificación en el
propio estado.
70
Usted ha hablado con frecuencia del trabajo: ¹podría decir qué lugar
ocupa el trabajo en la espiritualidad del Opus Dei?.
La vocación al Opus Dei no cambia ni modifica en ningún modo la
condición, el estado de vida, de quien la recibe. Y como la condición
humana es el trabajo, la vocación sobrenatural a la santidad y al
apostolado según el espíritu del Opus Dei, confirma la vocación humana
al trabajo. La inmensa mayoría de los socios de la Obra son laicos,
cristianos corrientes; su condición es la de quien tiene una profesión,
un oficio, una ocupación, con frecuencia absorbente, con la que se gana
la vida, mantiene a su familia, contribuye al bien común, desarrolla su
personalidad. La vocación al Opus Dei viene a confirmar todo eso; hasta
el punto de que uno de los signos esenciales de esa vocación es
precisamente vivir en el mundo y desempeñar allí un trabajo -contando,
vuelvo a decir, con las propias imperfecciones personales- de la manera
más perfecta posible, tanto desde el punto de vista humano, como desde
el sobrenatural. Es decir, un trabajo que contribuya eficazmente a la
edificación de la ciudad terrena -y que esté, por tanto, hecho con
competencia y con espíritu de servicio- y a la consagración del mundo, y
que, por tanto, sea santificador y santificado.
Quienes quieren vivir con perfección su fe y practicar el apostolado
según el espíritu del Opus Dei, deben santificarse con la profesión,
santificar la profesión y santificar a los demás con la profesión.
Viviendo así, sin distinguirse por tanto de los otros ciudadanos,
iguales a ellos, que con ellos trabajan, se esfuerzan por identificarse
con Cristo, imitando sus treinta años de trabajo en el taller de
Nazareth.
Porque esa tarea ordinaria es no sólo el ámbito en el que se deben
santificar, sino la materia misma de su santidad: en medio de las
incidencias de la jornada, descubren la mano de Dios, y encuentran
estímulo para su vida de oración. El mismo quehacer profesional les pone
en contacto con otras personas -parientes, amigos, colegas- y con los
grandes problemas que afectan a su sociedad o al mundo entero, y les
ofrece así la ocasión de vivir esa entrega al servicio de los demás que
es esencial a los cristianos. Así, deben esforzarse por dar un verdadero
y auténtico testimonio de Cristo, para que todos aprendan a conocer y a
amar al Señor, a descubrir que la vida normal en el mundo, el trabajo de
todos los días, puede ser un encuentro con Dios.
En otras palabras, la santidad y el apostolado forman una sola cosa con
la vida de los socios de la Obra, y por eso el trabajo es el quicio de
su vida espiritual. Su entrega a Dios se injerta en el trabajo, que
desarrollaban antes de venir a la Obra y que continúan ejerciendo
después. Cuando, en los primeros años de mi actividad pastoral, empecé a
predicar estas cosas, algunas personas no me entendieron, otras se
escandalizaron: estaban acostumbradas a oír hablar del mundo siempre en
un sentido peyorativo. El Señor me había hecho entender, y yo procuraba
hacerlo entender a los demás, que el mundo es bueno, porque las obras de
Dios son siempre perfectas, y que somos los hombres los que hacemos malo
al mundo por el pecado.
Decía entonces, y sigo diciendo ahora, que hemos de amar el mundo,
porque en el mundo encontramos a Dios, porque en los sucesos y
acontecimientos del mundo Dios se nos manifiesta y se nos revela.
El mal y el bien se mezclan en la historia humana, y el cristiano deberá
ser por eso una criatura que sepa discernir; pero jamás ese
discernimiento le debe llevar a negar la bondad de las obras de Dios,
sino, al contrario, a reconocer lo divino que se manifiesta en lo
humano, incluso detrás de nuestras propias flaquezas. Un buen lema para
la vida cristiana puede encontrarse en aquellas palabras del Apóstol:
Todas las cosas son vuestras, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios,
para realizar así los designios de ese Dios que quiere salvar al mundo.
71
¹Podría darme algunos datos sobre la expansión de la Obra en estos
cuarenta años de vida? ¹Cuáles son sus labores apostólicas más
importantes?.
He de decir, ante todo, que agradezco mucho a Dios Nuestro Señor haberme
permitido ver la Obra, sólo cuarenta años de su fundación, extendida por
todo el mundo. Cuando nació, en 1928, en España, nació ya romana, que
para mí quiere decir católica, universal. Y su primer impulso fue, como
era inevitable, la expansión en todos los países.
Al pensar en estos años transcurridos, vienen a mi memoria muchos
sucesos que me llenan de alegría: porque, entremezclándose con las
dificultades y las penas que son en cierto modo la sal de la vida, me
recuerdan la eficacia de la gracia de Dios y la entrega -sacrificada y
alegre- de tantos hombres y mujeres que han sabido ser fieles. Porque
quiero dejar bien claro que el apostolado esencial del Opus Dei es el
que desarrolla individualmente cada socio en el propio lugar de trabajo,
con su familia, entre sus amigos.
Sobre este tema no cabe decir mucho más. Podría contarle la vida
ejemplar de tantas personas, pero esto desnaturalizaría la hermosura
humana y divina de esa labor, al quitarle intimidad. Reducirlo a números
o estadísticas sería peor aún, porque equivaldría a querer catalogar en
vano los frutos de la gracia en las almas.Una labor que no llama la
atención, que no es fácil traducir en estadísticas, pero que produce
frutos de santidad en millares de almas, que van siguiendo a Cristo,
callada y eficazmente, en medio de la tarea profesional de todos los
días. Puedo hablarle de las labores apostólicas que los socios de la
Obra dirigen en muchos países. Actividades con fines espirituales y
apostólicos, en las que se procura trabajar con esmero y con perfección
también humana, y en las que colaboran otras muchas personas que no son
del Opus Dei, pero que comprenden el valor sobrenatural de ese trabajo,
o que aprecian su valor humano, como es el caso de tantos no cristianos
que nos ayudan eficazmente. Se trata siempre de labores laicales y
seculares, promovidas por ciudadanos corrientes en el ejercicio de sus
normales derechos cívicos, de acuerdo con las leyes de cada país, y
llevadas siempre adelante con criterio profesional. Es decir, son tareas
que no aspiran a ningún tipo de privilegio o trato de favor.
Seguramente conocerá una de las labores de este tipo que se desarrolla
en Roma: el centro ELIS, que se dedica a la cualificación profesional y
a la formación integral de obreros, mediante escuelas, actividades
deportivas y culturales, bibliotecas, etcétera. Es una labor que
responde a las necesidades de Roma y a las circunstancias particulares
del ambiente humano en el que ha surgido el barrio del Tiburtino. Obras
semejantes se llevan a cabo en Chicago, Madrid, México, y en muchos
otros sitios.
Otro ejemplo podría ser Strathmore College of Arts and Science, de
Nairobi. Se trata de un college preuniversitario, por el que han pasado
centenares de estudiantes de Kenia, Uganda y Tanzania. A través de él,
algunos keniatas del Opus Dei, junto a otros conciudadanos, han
realizado una profunda labor docente y social; fue el primer centro del
East Africa que realizó la completa integración racial, y con su labor
ha contribuido mucho a la africanización de la cultura. Cosas parecidas
cabe decir de Kianda College, también de Nairobi, y que está realizando
una tarea de primer plano en la formación de la nueva mujer africana.
Puedo referirme también, por señalar sólo una más, a otra labor: la
Universidad de Navarra. Desde su fundación en 1952, se ha desarrollado
hasta contar ahora con dieciocho facultades, escuelas e institutos, en
los que cursan estudios más de seis mil alumnos. En contra de lo que han
escrito recientemente algunos periódicos, he de decir que la Universidad
de Navarra no ha sido sostenida por subvenciones estatales. El Estado
español no sufraga en modo alguno los gastos de sostenimiento, ha
contribuido sólo con algunas subvenciones para la creación de nuevos
puestos escolares. La Universidad de Navarra se sostiene gracias a la
ayuda de personas y de asociaciones privadas. El sistema de enseñanza y
de vida universitaria, inspirado en el criterio de la responsabilidad
personal y de la solidaridad entre todos los que allí trabajan, se ha
mostrado eficaz, constituyendo una experiencia muy positiva en la actual
situación de la universidad en el mundo. Podría hablarle de labores de
otro tipo en los Estados Unidos, en Japón, en Argentina, en Australia,
en Filipinas, en Inglaterra, en Francia, etc. Pero no es necesario.
Baste decir que el Opus Dei está actualmente extendido en los cinco
continentes, y que pertenecen a él personas de más de setenta
nacionalidades, y de las más diversas razas y condiciones.
72
Para terminar: ¹está usted satisfecho de estos cuarenta años de
actividad? ¹Las experiencias de estos últimos años, los cambios
sociales, el Concilio Vaticano II, etc., le han sugerido acaso algunos
cambios de estructura?.
¹Satisfecho? No puedo por menos de estarlo, cuando veo que, a pesar de
mis miserias personales, el Señor ha hecho en torno a esta Obra de Dios
tantas cosas maravillosas. Para un hombre que vive de su fe, su vida
será siempre la historia de las misericordias de Dios. En algunos
momentos de esa historia quizá sea difícil de leer, porque todo puede
parecer inútil, y hasta un fracaso; otras veces, el Señor deja ver
copiosos los frutos y entonces es natural que el corazón se vuelque en
acción de gracias.
Una de mis mayores alegrías ha sido precisamente ver cómo el Concilio
Vaticano II ha proclamado con gran claridad la vocación divina del
laicado. Sin jactancia alguna, debo decir que, por lo que se refiere a
nuestro espíritu, el Concilio no ha supuesto una invitación a cambiar,
sino que, al contrario, ha confirmado lo que -por la gracia de Dios-
veníamos viviendo y enseñando desde hace tantos años. La principal
característica del Opus Dei no son unas técnicas o métodos de
apostolado, ni unas estructuras determinadas, sino un espíritu que lleva
precisamente a santificar el trabajo ordinario.
Errores y miserias personales, repito, los tenemos todos. Y todos
debemos examinarnos seriamente en la presencia de Dios, y confrontar
nuestra propia vida con lo que el Señor nos exige. Pero sin olvidar lo
más importante: si scires donum Dei!..., si reconocieras el don de
Dios!, dijo Jesús a la samaritana. Y San Pablo añade: Llevamos ese
tesoro en vasos de barro, para que se reconozca que la excelencia del
poder es de Dios y no nuestra.
La humildad, el examen cristiano, comienza por reconocer el don de Dios.
Es algo bien distinto del encogimiento ante el curso que toman los
acontecimientos, de la sensación de inferioridad o de desaliento ante la
historia. En la vida personal, y a veces también en la vida de las
asociaciones o de las instituciones, puede haber cosas que cambiar,
incluso muchas; pero la actitud con la que el cristiano debe afrontar
esos problemas ha de ser ante todo la de pasmarse ante la magnitud de
las obras de Dios, comparadas con la pequeñez humana.
El aggiornamento debe hacerse, antes que nada, en la vida personal, para
ponerla de acuerdo con esa vieja novedad del Evangelio. Estar al día
significa identificarse con Cristo, que no es un personaje que ya pasó;
Cristo vive y vivirá siempre: ayer, hoy y por los siglos.
En cuanto al Opus Dei considerado en conjunto, bien puede afirmarse sin
ninguna clase de arrogancia, con agradecimiento a la bondad de Dios, que
no tendrá nunca problemas de adaptación al mundo: nunca se encontrará en
la necesidad de ponerse al día. Dios Nuestro Señor ha puesto al día la
Obra de una vez para siempre, dándole esas características peculiares,
laicales; y no tendrá jamás necesidad de adaptarse al mundo, porque
todos sus socios son del mundo; no tendrá que ir detrás del progreso
humano, porque son todos los miembros de la Obra, junto con los demás
hombres que viven en el mundo, quienes hacen ese progreso con su trabajo
ordinario.
73"6.
LA UNIVERSIDAD AL SERVICIO DE LA SOCIEDAD ACTUAL"
Entrevista realizada por Andrés Garrigó. Publicada en Gaceta
Universitaria (Madrid), el 5-X-1967.
Monseñor, desearíamos que nos dijera cuáles son, a su juicio, los fines
esenciales de la Universidad; y en qué términos sitúa la enseñanza de la
religión dentro de los estudios universitarios.
La Universidad -lo sabéis, porque lo estáis viviendo o lo deseáis vivir-
debe contribuir desde una posición de primera importancia, al progreso
humano. Como los problemas planteados en la vida de los pueblos son
múltiples y complejos -espirituales, culturales, sociales, económicos,
etc.-, la formación que debe impartir la Universidad ha de abarcar todos
estos aspectos.
No basta el deseo de querer trabajar por el bien común; el camino, para
que este deseo sea eficaz, es formar hombres y mujeres capaces de
conseguir una buena preparación, y capaces de dar a los demás el fruto
de esa plenitud que han alcanzado. La religión es la mayor rebelión del
hombre que no quiere vivir como una bestia, que no se conforma -que no
se aquieta- si no trata y conoce al Creador: el estudio de la religión
es una necesidad fundamental. Un hombre que carezca de formación
religiosa no está completamente formado. Por eso la religión debe estar
presente en la Universidad; y ha de enseñarse a un nivel superior,
científico, de buena teología. Una Universidad de la que la religión
está ausente, es una Universidad incompleta: porque ignora una dimensión
fundamental de la persona humana, que no excluye -sino que exige- las
demás dimensiones.
De otra parte, nadie puede violar la libertad de las conciencias: la
enseñanza de la religión ha de ser libre, aunque el cristiano sabe que,
si quiere ser coherente con su fe, tiene obligación grave de formarse
bien en ese terreno, que ha de poseer -por tanto- una cultura religiosa:
doctrina, para poder vivir de ella y para poder ser testimonio de Cristo
con el ejemplo y con la palabra.
74
En esta etapa histórica preocupa singularmente la democratización de la
enseñanza, su accesibilidad a todas las clases sociales, y no se concibe
la institución universitaria sin una proyección o función social. ¹En
qué sentido entiende usted esta democratización, y cómo puede cumplir la
Universidad su función social?.
Es necesario que la Universidad forme a los estudiantes en una
mentalidad de servicio: servicio a la sociedad, promoviendo el bien
común con su trabajo profesional y con su actuación cívica. Los
universitarios necesitan ser responsables, tener una sana inquietud por
los problemas de los demás y un espíritu generoso que les lleve a
enfrentarse con estos problemas, y a procurar encontrar la mejor
solución. Dar al estudiante todo eso es tarea de la Universidad
Cuantos reúnan condiciones de capacidad deben tener acceso a los
estudios superiores, sea cualquiera su origen social, sus medios
económicos, su raza o su religión. Mientras existan barreras en este
sentido, la democratización de la enseñanza será sólo una frase vacía.
En una palabra, la Universidad debe estar abierta a todos y, por otra
parte, debe formar a sus estudiantes para que su futuro trabajo
profesional esté al servicio de todos.
75
Muchos estudiantes se sienten solidarios y desean adoptar una actitud
activa, ante el panorama que observan, en todo el mundo, de tantas
personas que sufren física y moralmente o que viven en la indigencia.
¹Qué ideales sociales brindaría usted a esta juventud intelectual de
hoy?.
El ideal es, sobre todo, la realidad del trabajo bien hecho, la
preparación científica adecuada durante los años universitarios. Con
esta base, hay miles de lugares en el mundo que necesitan brazos, que
esperan una tarea personal, dura y sacrificada. La Universidad no debe
formar hombres que luego consuman egoístamente los beneficios alcanzados
con sus estudios, debe prepararles para una tarea de generosa ayuda al
prójimo, de fraternidad cristiana.
Muchas veces esta solidaridad se queda en manifestaciones orales o
escritas, cuando no en algaradas estériles o dañosas: yo la solidaridad
la mido por obras de servicio, y conozco miles de casos de estudiantes
españoles y de otros países, que han renunciado a construirse su pequeño
mundo privado, dándose a los demás mediante un trabajo profesional, que
procuran hacer con perfección humana, en obras de enseñanza, de
asistencia, sociales, etc., con un espíritu siempre joven y lleno de
alegría.
76
Frente a la actualidad socio-política de nuestro país y de los demás,
frente a la guerra, a la injusticia o a la opresión, ¹qué
responsabilidad atribuye a la Universidad como corporación, a los
profesores, a los alumnos? ¹Puede la Universidad, en cualquier caso,
admitir dentro de su recinto el desarrollo de actividades políticas por
parte de estudiantes y profesores?
Antes de nada, quiero decir que en esta conversación estoy expresando
una opinión, la mía, la de una persona que desde los dieciséis años
-ahora tengo sesenta y cinco- no ha perdido el contacto con la
Universidad. Expongo mi modo personal de ver esta cuestión, no el modo
de ver del Opus Dei, que en todas las cosas temporales y discutibles no
quiere ni puede tener opción alguna -cada socio de la Obra tiene y
expresa libremente su propio parecer personal, del que se hace también
personalmente responsable-, ya que el fin del Opus Dei es exclusivamente
espiritual.
Volviendo a vuestra pregunta, me parece que sería preciso, en primer
lugar, ponerse de acuerdo sobre lo que significa política. Si por
política se entiende interesarse y trabajar en favor de la paz, de la
justicia social, de la libertad de todos, en ese caso, todos en la
Universidad, y la Universidad como corporación, tienen obligación de
sentir esos ideales y de fomentar la preocupación por resolver los
grandes problemas de la vida humana.
Si por política se entiende, en cambio, la solución concreta a un
determinado problema, al lado de otras soluciones posibles y legítimas,
en concurrencia con los que sostienen lo contrario, pienso que la
Universidad no es la sede que haya de decidir sobre esto.
La Universidad es el lugar para prepararse a dar soluciones a esos
problemas; es la casa común, lugar de estudio y de amistad; lugar donde
deben convivir en paz personas de las diversas tendencias que, en cada
momento, sean expresiones del legítimo pluralismo que en la sociedad
existe.
77
Si las circunstancias políticas de un país llegaran a tal situación que
un universitario -profesor, alumno- estimara en conciencia preferible
politizar la Universidad, por carecer de medios lícitos para evitar el
mal general de la nación, ¹podría, en uso de su libertad, hacerlo?.
Si en un país no existiese la más mínima libertad política, quizá se
produciría una desnaturalización de la Universidad que, dejando de ser
la casa común, se convertiría en campo de batalla de facciones opuestas.
Pienso, no obstante, que sería preferible dedicar esos años a una
preparación seria, a formar una mentalidad social, para que los que
luego manden -los que ahora estudian- no caigan en esa aversión a la
libertad personal, que es verdaderamente algo patológico. Si la
Universidad se convierte en el aula donde se debaten y deciden problemas
políticos concretos, es fácil que se pierda la serenidad académica y que
los estudiantes se formen en un espíritu de partidismo; de esa manera,
la Universidad y el país arrastrarán siempre ese mal crónico del
totalitarismo, sea del signo que sea.
Quede claro que, al decir que la Universidad no es el lugar para la
política, no excluyo, sino que deseo, un cauce normal, para todos los
ciudadanos. Aunque mi opinión sobre este punto es muy concreta, no
quiero añadir más, porque mi misión no es política, sino sacerdotal. Lo
que os digo es algo de lo que me corresponde hablar, porque me considero
universitario: y todo lo que se refiere a la Universidad me apasiona. No
hago, ni quiero, ni puedo hacer política; pero mi mentalidad de jurista
y de teólogo -mi fe cristiana también- me llevan a estar siempre al lado
de la legítima libertad de todos los hombres.
Nadie puede pretender en cuestiones temporales imponer dogmas, que no
existen. Ante un problema concreto, sea cual sea, la solución es:
estudiarlo bien y, después, actuar en conciencia, con libertad personal
y con responsabilidad también personal.
78
¹Cuáles son, a su juicio, las funciones que competen a las asociaciones
o sindicatos de estudiantes? ¹Cómo deben plantearse sus relaciones con
las autoridades académicas?
Me estáis pidiendo un juicio sobre una cuestión muy amplia. No voy, por
eso, a descender a detalles: sólo algunas ideas generales. Pienso que
las asociaciones de estudiantes deben intervenir en las tareas
específicamente universitarias. Ha de haber unos representantes
-elegidos libremente por sus compañeros- que se relacionen con las
autoridades académicas, conscientes de que tienen que trabajar al
unísono, en una tarea común: aquí hay otra buena ocasión de hacer un
verdadero servicio.
Es necesario un estatuto que regule el modo de que esta tarea se realice
con eficacia, con justicia y de un modo racional: los asuntos han de
venir bien trabajados, bien pensados; si las soluciones que se proponen
están bien estudiadas, nacidas del deseo de construir y no del afán de
crear oposiciones, adquieren una autoridad interna que hace que se
impongan solas.
Para todo esto, es preciso que los representantes de las asociaciones
tengan una formación seria: que amen primero la libertad de los demás, y
su propia libertad con la consiguiente responsabilidad; que no deseen el
lucimiento personal ni se arroguen facultades que no tienen, sino que
busquen el bien de la Universidad, que es el bien de sus compañeros de
estudio. Y que los electores escojan a sus representantes por esas
cualidades, y no por razones ajenas a la eficacia de su Alma Mater: sólo
así la Universidad será hogar de paz, remanso de serena y noble
inquietud, que facilite el estudio y la formación de todos.
79
¹En qué sentido entiende usted la libertad de enseñanza y en qué
condiciones la considera necesaria? En este sentido, ¹qué atribuciones
deben reservarse al Estado en materia de enseñanza superior? ¹Estima
usted que la autonomía es un principio básico para la organización de la
Universidad? ¹Podría apuntarnos las líneas maestras en las que ha de
fundarse el sistema autonómico
La libertad de enseñanza no es sino un aspecto de la libertad en
general. Considera la libertad personal necesaria para todos y en todo
lo moralmente lícito. Libertad de enseñanza, por tanto, en todos los
niveles y para todas las personas. Es decir, que toda persona o
asociación capacitada, tenga la posibilidad de fundar centro de
enseñanza en igualdad de condiciones y sin trabas innecesarias. La
función del Estado depende de la situación social: es distinta en
Alemania o en Inglaterra, en Japón o en Estados Unidos, por citar países
con estructuras educacionales muy diversas. El Estado tiene evidentes
funciones de promoción, de control, de vigilancia. Y eso exige igualdad
de oportunidades entre la iniciativa privada y la del Estado: vigilar no
es poner obstáculos, ni impedir o coartar la libertad.
Por eso considero necesaria la autonomía docente: autonomía es otra
manera de decir libertad de enseñanza. La Universidad, como corporación,
ha de tener la independencia de un órgano en un cuerpo vivo: libertad,
dentro de su tarea específica en favor del bien común.
Algunas manifestaciones, para la efectiva realización de esta autonomía,
pueden ser: libertad de elección del profesorado y de los
administradores; libertad para establecer los planes de estudio;
posibilidad de formar su patrimonio y de administrarlo. En una palabra,
todas las condiciones necesarias para que la Universidad goce de vida
propia. Teniendo esta vida propia, sabrá darla, en bien de la sociedad
entera.
80
Se aprecia en la opinión estudiantil una crítica cada vez más intensa
del carácter vitalicio de la cátedra universitaria. ¹Le parece acertada
esta corriente de opinión?
Sí. Aun reconociendo el alto nivel científico y humano del profesorado
español, prefiero el sistema de la libre contratación. Pienso que la
libre contratación no perjudica económicamente al profesor, y que
constituye un incentivo para que el catedrático no deje nunca de
investigar y de progresar en su especialidad. Evita también que las
cátedras se entiendan como feudos, y no como un lugar de servicio.
No excluyo que el sistema de cátedras vitalicias pueda dar buenos
resultados en algún país, ni que con ese sistema se den casos de
catedráticos muy competentes, que hacen de su cátedra un verdadero
servicio universitario. Pero estimo que el sistema de libre contratación
facilita que estos casos sean más numerosos, hasta conseguir el ideal de
que lo sean prácticamente todos.
81
¹No opina usted que -después del Vaticano II- han quedado anticuados los
conceptos de "colegios de la Iglesia", "colegios católicos",
"Universidades de la Iglesia", etc.? ¹No le parece que tales conceptos
comprometen indebidamente a la Iglesia o suenan a privilegio?.
No: no me lo parece, si por colegios de la Iglesia, colegios católicos,
etc., se entiende el resultado del derecho que tienen la Iglesia y las
Ordenes y Congregaciones religiosas a crear centros de enseñanza. Montar
un colegio o una universidad no es un privilegio, sino una carga, si se
procura que sea un centro para todos, no sólo para los que cuentan con
recursos económicos.
El Concilio no ha pretendido declarar superadas las instituciones
docentes confesionales; ha querido sólo hacer ver que hay otra forma
-incluso más necesaria y universal, vivida desde hace tantos años por
los socios del Opus Dei- de presencia cristiana en la enseñanza: la
libre iniciativa de los ciudadanos católicos que tienen por profesión
las tareas educativas, dentro y fuera de los centros promovidos por el
Estado. Es una muestra más de la plena conciencia que la Iglesia tiene,
en estos tiempos, de la fecundidad del apostolado de los laicos.
He de confesar, por otra parte, que no simpatizo con las expresiones
escuela católica, colegios de la Iglesia, etc., aunque respeto a los que
piensan lo contrario. Prefiero que las realidades se distingan por sus
frutos, no por sus nombres. Un colegio será efectivamente cristiano
cuando, siendo como los demás y esmerándose en superarse, realice una
labor de formación completa -también cristiana-, con respeto de la
libertad personal y con la promoción de la urgente justicia social. Si
hace realmente esto, el nombre es lo de menos. Personalmente, repito,
prefiero evitar esos adjetivos.
82
Como Gran Canciller de la Universidad de Navarra, desearíamos que nos
hablara de las principios que le inspiraron al fundarla y de su
significación actual dentro del marco de la Universidad española.
La Universidad de Navarra surgió en 1952 -después de rezar durante años:
siento alegría al decirlo- con la ilusión de dar vida a una institución
universitaria, en la que cuajaran los ideales culturales y apostólicos
de un grupo de profesores que sentían con hondura el quehacer docente.
Aspiraba entonces -y aspira ahora- a contribuir, codo con codo con las
demás universidades, a solucionar un grave problema educativo: el de
España y el de otros muchos países, que necesitan hombres bien
preparados para construir una sociedad más justa.
Cuando fue fundada, los que la iniciaron no eran unos extraños a la
Universidad española: eran profesores que se habían formado y habían
ejercido su magisterio en Madrid, Barcelona, Sevilla, Santiago, Granada
y en tantas otras universidades. Esta colaboración estrecha -me
atrevería a decir que más estrecha que la que tienen entre sí
universidades incluso vecinas- se ha continuado: hay frecuentes
intercambios y visitas de profesores, congresos nacionales en los que se
trabaja al unísono, etc. El mismo contacto se ha mantenido y se mantiene
con las mejores universidades de otros países: el actual nombramiento de
doctores honoris causa a profesores de la Sorbona, Harvard, Coímbra,
Munich y Lovaina lo confirma.
La Universidad de Navarra ha servido también para dar cauce a la ayuda
de tantas personas que ven en los estudios universitarios una base
fundamental del progreso del país, cuando están abiertos a todos los que
merecen estudiar, sean cuales fuesen sus recursos económicos. Es una
realidad la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra que, con
su aportación generosa, ha conseguido ya distribuir un elevado número de
becas o bolsas de estudio. Este número aumentará cada vez más, como
aumentará la afluencia de estudiantes afroasiáticos y latinoamericanos.
83
Algunos han escrito que la Universidad de Navarra es una Universidad
para ricos y que, aun siendo así, recibe cuantiosas subvenciones del
Estado. En cuanto a lo primero, sabemos que no es así, porque somos
también estudiantes y conocemos a nuestros compañeros; pero ¹qué hay de
las subvenciones estatales?
Existen datos concretos, al alcance de todos, porque han sido difundidos
por la prensa, que hacen ver cómo -siendo el coste aproximadamente el
mismo que en las demás Universidades- el número de universitarios que
reciben ayuda económica para sus estudios en la Universidad de Navarra
es superior al de cualquier otra Universidad del país. Os puedo decir
que este número aumentará todavía, para procurar alcanzar un porcentaje
más alto o al menos similar al de la Universidad no española que más se
distinga por su labor de promoción social.
Comprendo que llame la atención ver a la Universidad de Navarra como un
organismo vivo, que funciona admirablemente, y que esto haga pensar en
la existencia de ingentes medios económicos. Pero no se tiene en cuenta,
al discurrir así, que no bastan los recursos materiales para que algo
vaya adelante con garbo: la vida de este centro universitario se debe
principalmente a la dedicación, a la ilusión y al trabajo que
profesores, alumnos, empleados, bedeles, estas benditas y queridísimas
mujeres navarras que hacen la limpieza, todos, han puesto en la
Universidad. Si no fuese por esto, la Universidad no hubiera podido
sostenerse.
Económicamente, la Universidad se financia con subvenciones. En primer
lugar, la de la Diputación Foral, para gastos de sostenimiento. También
hay que mencionar la cesión de terrenos por parte del Ayuntamiento de
Pamplona, para poder construir los edificios, como es práctica habitual
en los municipios de tantos países. Sabéis por experiencia el interés
moral y económico que supone para una región como la de Navarra, y
concretamente para Pamplona, contar con una Universidad moderna, que
abre a todos la posibilidad de recibir una buena enseñanza superior.
Preguntáis sobre subvenciones del Estado. El Estado español no ayuda a
atender los gastos de sostenimiento de la Universidad de Navarra. Ha
concedido algunas subvenciones para la creación de nuevos puestos
escolares, que alivian el gran esfuerzo económico requerido por las
nuevas instalaciones.
Otra fuente de ingresos, en concreto para la Escuela Técnica Superior de
Ingenieros Industriales, son las corporaciones guipuzcoanas, y, en
especial, la Caja de Ahorros Provincial de Guipúzcoa.
Especial importancia han tenido desde los comienzos de la Universidad la
ayuda prestada por fundaciones españolas o extranjeras, estatales y
privadas: así, un importante donativo oficial de los Estados Unidos,
para dotar de instrumental científico a la Escuela de Ingenieros
Industriales; la contribución de la obra asistencial alemana Misereor al
plan de los nuevos edificios; la de la Fundación Huarte,para la
investigación sobre el cáncer; las de la Fundación Gulbekian, etc.
Luego, la ayuda que, si cabe, más se agradece: la de miles de personas
de todas las clases sociales, muchas de ellas de escasos recursos
económicos, que en España y fuera de España están colaborando, en la
medida de sus posibilidades, a sostener la Universidad.
Finalmente, no hay que olvidar a esas empresas que se interesan y
cooperan en las tareas de investigación de la Universidad, o la ayudan
de cualquier modo.
Quizá penséis que, con todo esto, el dinero sobra. Pues no: la
Universidad de Navarra sigue siendo deficitaria. Desearía que nos
ayudasen aún más personas y más fundaciones, para poder continuar con
más extensión esta tarea de servicio y de promoción social.
84
Como Fundador del Opus Dei e impulsor de una amplia gama de
instituciones universitarias en todo el mundo, ¹podría describirnos qué
motivaciones han llevado al Opus Dei a crearlas y cuáles son los rasgos
principales de la aportación del Opus Dei a este nivel de enseñanza?.
El fin del Opus Dei es hacer que muchas personas, en todo el mundo,
sepan, en la teoría y en la práctica, que es posible santificar su tarea
ordinaria, el trabajo de cada día; que es posible buscar la perfección
cristiana en medio de la calle, sin abandonar la labor en la que el
Señor ha querido llamarnos. Por eso, el apostolado más importante del
Opus Dei es el que realizan individualmente sus socios, a través de su
tarea profesional hecha con la mayor perfección humana -a pesar de mis
errores personales y de los que cada uno pueda tener-, en todos los
ambientes y en todos los países: porque pertenecen al Opus Dei personas
de unas setenta naciones, de todas las razas y condiciones sociales.
Además, el Opus Dei, como corporación, promueve, con el concurso de una
gran cantidad de personas que no están asociadas a la Obra -y que muchas
veces no son cristianas-, labores corporativas, con las que procura
contribuir a resolver tantos problemas como tiene planteados el mundo
actual. Son centros educativos, asistenciales, de promoción y
capacitación profesional, etc. Las instituciones universitarias, de las
que me habláis, son un aspecto más de estas tareas. Los rasgos que las
caracterizan pueden resumirse así: educación en la libertad personal y
en la responsabilidad también personal. Con libertad y responsabilidad
se trabaja a gusto, se rinde, no hay necesidad de controles ni de
vigilancia: porque todos se sienten en su casa, y basta un simple
horario. Luego, el espíritu de convivencia, sin discriminaciones de
ningún tipo. Es en la convivencia donde se forma la persona; allí
aprende cada uno que, para poder exigir que respeten su libertad, debe
saber respetar la libertad de los otros. Finalmente, el espíritu de
humana fraternidad: los talentos propios han de ser puestos al servicio
de los demás. Si no, de poco sirven. Las obras corporativas que promueve
el Opus Dei, en todo el mundo, están siempre al servicio de todos:
porque son un servicio cristiano.
85
En mayo, en una reunión que tuvo con los estudiantes de la Universidad
de Navarra, prometió usted un libro sobre temas estudiantiles y
universitarios. ¹Podría decirnos si tardará mucho en aparecer?.
Permitid a un viejo de más de sesenta años esta pequeña vanidad: confío
en que el libro saldrá y en que podrá servir a profesores y alumnos. Al
menos, meteré en él todo el cariño que tengo a la Universidad, un cariño
que no he perdido nunca desde que puse los pies en ella por primera vez
hace... tantos años!
Quizá tarde todavía un poco, pero llegará. Prometí, en otra ocasión, a
los estudiantes de Navarra una imagen de la Virgen para colocarla en
medio del campus, y que desde allí bendijera el amor limpio, sano de
vuestra juventud. La estatua tardó un poco en llegar, pero llegó al fin,
Santa María, Madre del Amor Hermoso, bendecida expresamente por el Santo
Padre para vosotros.
Sobre el libro he de deciros: no esperéis que gustará a todos. Expondré
allí mis opiniones, que confío en que serán respetadas por los que
piensen lo contrario, como respeto yo todas las opiniones distintas de
la mía; como respeto a los que tienen un corazón grande y generoso,
aunque no compartan conmigo la fe de Cristo. Os contaré una cosa que me
ha sucedido muchas veces, la última aquí, en Pamplona. Se me acercó un
estudiante que quería saludarme.
86
-Monseñor, yo no soy cristiano -me dijo-, soy mahometano. -Eres hijo de
Dios como yo -le contesté. Y lo abracé con toda mi alma. Finalmente,
¹podría decirnos algo a nosotros, a los que trabajamos en la prensa
universitaria?
Es una gran cosa el periodismo, también el periodismo universitario.
Podéis contribuir mucho a promover entre vuestros compañeros el amor a
los ideales nobles, el afán de superación del egoísmo personal, la
sensibilidad ante los quehaceres colectivos, la fraternidad. Y ahora,
una vez más, no puedo dejar de invitaros a amar la verdad.
No os oculto que me repugna el sensacionalismo de algunos periodistas,
que dicen la verdad a medias. Informar no es quedarse a mitad de camino
entre la verdad y la mentira. Eso ni se puede llamar información, ni es
moral, ni se pueden llamar periodistas a los que mezclan, con pocas
verdades a medias, no pocos errores y aun calumnias premeditadas: no se
pueden llamar periodistas, porque no son más que el engranaje -más o
menos lubrificado- de cualquier organización propagadoras de falsedades,
que sabe que serán repetidas hasta la saciedad sin mala fe, por la
ignorancia y la estupidez de no pocos. Os he de confesar que, por lo que
a mí toca, esos falsos periodistas salen ganando: porque no hay día en
el que no rece cariñosamente por ellos, pidiendo al Señor que les aclare
la conciencia.
Os ruego, pues, que difundáis el amor al buen periodismo, que es el que
no se contenta con los rumores infundados, con los se dice inventados
por imaginaciones calenturientas. Informad con hechos, con resultados,
sin juzgar las intenciones, manteniendo la legítima diversidad de
opiniones en un plano ecuánime, sin descender al ataque personal. Es
difícil que haya verdadera convivencia donde falta verdadera
información; y la información verdadera es aquella que no tiene miedo a
la verdad y que no se deja llevar por motivos de medro, de falso
prestigio, o de ventajas económicas.
87"7.
LA MUJER EN LA VIDA DEL MUNDO Y DE LA IGLESIA
"Entrevista realizada por Pilar Salcedo. Publicada en Telva (Madrid), el
1-II-1968 y reproducida en Mundo Cristiano (Madrid) el 1-III-1968.
Monseñor, cada vez es mayor la presencia de la mujer en la vida social,
más allá del ámbito familiar, en el que casi exclusivamente se había
movido hasta ahora. ¹Qué le parece esta evolución? ¹Y cuáles son, a su
entender, los rasgos generales que la mujer ha de alcanzar para cumplir
la misión que le está asignada?.
En primer término, me parece oportuno no contraponer esos dos ámbitos
que acabas de mencionar. Los mismo que en la vida del hombre, pero con
matices muy peculiares, el hogar y la familia ocuparán siempre un puesto
central en la vida de la mujer: es evidente que la dedicación a las
tareas familiares supone una gran función humana y cristiana. Sin
embargo, esto no excluye la posibilidad de ocuparse en otras labores
profesionales -la del hogar también lo es-, en cualquiera de los oficios
y empleos nobles que hay en la sociedad, en que se vive. Se comprende
bien lo que se quiere manifestar al plantear así el problema; pero
pienso que insistir en la contraposición sistemática -cambiando sólo el
acento- llevaría fácilmente, desde el punto de vista social, a una
equivocación mayor que la que se trata de corregir, porque sería más
grave que la mujer abandonase la labor con los suyos.
Tampoco en el plano personal se puede afirmar unilateralmente que la
mujer haya de alcanzar su perfección sólo fuera del hogar: como si el
tiempo dedicado a su familia fuese un tiempo robado al desarrollo y a la
madurez de su personalidad. El hogar -cualquiera que sea, porque también
la mujer soltera ha de tener un hogar- es un ámbito particularmente
propicio para el crecimiento de la personalidad. La atención prestada a
su familia será siempre para la mujer su mayor dignidad: en el cuidado
de su marido y de sus hijos o, para hablar en términos más generales, en
su trabajo por crear en torno suyo un ambiente acogedor y formativo, la
mujer cumple lo más insustituible de su misión y, en consecuencia, puede
alcanzar ahí su perfección personal.
Como acabo de decir, eso no se opone a la participación en otros
aspectos de la vida social y aun de la política, por ejemplo. También en
esos sectores puede dar la mujer una valiosa contribución, como persona,
y siempre con las peculiares de su condición femenina; y lo hará así en
la medida en que esté humana y profesionalmente preparada. Es claro que,
tanto la familia como la sociedad, necesitan esa aportación especial,
que no es de ningún modo secundaria.
Desarrollo, madurez, emancipación de la mujer, no deben significar una
pretensión de igualdad -de uniformidad- con el hombre, una imitación del
modo varonil de actuar: eso no sería un logro, sería una pérdida para la
mujer: no porque sea más, o menos que el hombre, sino porque es
distinta. En un plano esencial -que ha de tener su reconocimiento
jurídico, tanto en el derecho civil como en el eclesiástico- sí puede
hablarse de igualdad de derechos, porque la mujer tiene, exactamente
igual que el hombre, la dignidad de persona y de hija de Dios. Pero a
partir de esa igualdad fundamental, cada uno debe alcanzar lo que le es
propio; y en este plano, emancipación es tanto como decir posibilidad
real de desarrollar plenamente las propias virtualidades: las que tiene
en su singularidad, y las que tiene como mujer. La igualdad ante el 87
derecho, la igualdad de oportunidades ante la ley, no suprime sino que
presupone y promueve esa diversidad, que es riqueza para todos. La mujer
está llamada a llevar a la familia, a la sociedad civil, a la Iglesia,
algo característico, que le es propio y que sólo ella puede dar: su
delicada ternura, su generosidad incansable, su amor por lo concreto, su
agudeza de ingenio, su capacidad de intuición, su piedad profunda y
sencilla, su tenacidad... La feminidad no es auténtica si no advierte la
hermosura de esa aportación insustituible, y no la incorpora a la propia
vida.
Para cumplir esa misión, la mujer ha de desarrollar su propia
personalidad, sin dejarse llevar de un ingenuo espíritu de imitación que
-en general- la situaría fácilmente en un plano de inferioridad y
dejaría incumplidas sus posibilidades más originales. Si se forma bien,
con autonomía personal, con autenticidad, realizará eficazmente su
labor, la misión a la que se siente llamada, cualquiera que sea: su vida
y su trabajo serán realmente constructivos y fecundos, llenos de
sentido, lo mismo si pasa el día dedicada a su marido y a sus hijos que
si, habiendo renunciado al matrimonio por alguna razón noble, se ha
entregado de lleno a otras tareas. Cada una en su propio camino, siendo
fiel a la vocación humana y divina, puede realizar y realiza de hecho la
plenitud de la personalidad femenina. No olvidemos que Santa María,
Madre de Dios y Madre de los hombres, es no sólo modelo, sino también
prueba del valor trascendente que puede alcanzar una vida en apariencia
sin relieve.
88
En ocasiones, sin embargo, la mujer no está segura de encontrarse
realmente en el sitio que le corresponde y al que está llamada. Muchas
veces, cuando hace un trabajo fuera de su casa, pesan sobre ella los
reclamos del hogar; y cuando permanece de lleno dedicada a su familia,
se siente limitada en sus posibilidades. ¹Qué diría usted a las mujeres
que experimentan esas contradicciones?.
Ese sentimiento, que es muy real, procede con frecuencia, más que de
limitaciones efectivas -que tenemos todos, porque somos humanos- de la
falta de ideales bien determinados, capaces de orientar toda una vida, o
también de una inconsciente soberbia: a veces, desearíamos ser los
mejores en cualquier aspecto y a cualquier nivel. Y como no es posible,
se origina un estado de desorientación y de ansiedad, o incluso de
desánimo y de tedio: no se puede estar en todas las cosas, no se sabe a
qué atender y no se atiende eficazmente a nada. En esta situación, el
alma queda expuesta a la envidia, es fácil que la imaginación se desate
y busque un refugio en la fantasía que, alejando de la realidad, acaba
adormeciendo la voluntad. Es lo que repetidas veces he llamada la
mística ojalatera, hecha de ensueños vanos y de falsos idealismos: ojalá
no me hubiera casado, ojalá no tuviera esa profesión, ojalá tuviera más
salud, o menos años, o más tiempo!
El remedio -costoso como todo lo que vale- está en buscar el verdadero
centro de la vida humana, lo que puede dar una jerarquía, un orden y un
sentido a todo: el trato con Dios, mediante una vida interior auténtica.
Si, viviendo en Cristo, tenemos en El nuestro centro, descubrimos el
sentido de la misión que se nos ha confiado, tenemos un ideal humano que
se hace divino, nuevos horizontes de esperanza se abren ante nuestra
vida, y llegamos a sacrificar gustosamente no ya tal o cual aspecto de
nuestra actividad, sino la vida entera, dándole así, paradójicamente, su
más hondo cumplimiento.
El problema que planteas en la mujer, no es extraordinario: con otras
peculiaridades, muchos hombres experimentan alguna vez algo semejante.
La raíz suele ser la misma: falta de un ideal profundo, que sólo se
descubre a la luz de Dios. 88 En todo caso, hay que poner en práctica
también remedios pequeños, que parecen banales, pero que no lo son:
cuando hay muchas cosas que hacer, es preciso establecer un orden, es
necesario organizarse. Muchas dificultades provienen de la falta de
orden, de la carencia de ese hábito. Hay mujeres que hacen mil cosas, y
todas bien, porque se han organizado, porque han impuesto con fortaleza
un orden a la abundante tarea. Han sabido estar en cada momento en lo
que debían hacer, sin atolondrarse pensando en lo que iba a venir
después o en lo que quizá hubiesen podido hacer antes. A otras, en
cambio, las sobrecoge el mucho quehacer; y así sobrecogidas, no hacen
nada.
Ciertamente habrá siempre muchas mujeres que no tengan otra ocupación
que llevar adelante su hogar. Yo os digo que ésta es una gran ocupación,
que vale la pena. A través de esa profesión -porque lo es, verdadera y
noble- influyen positivamente no sólo en la familia, sino en multitud de
amigos y de conocidos, en personas con las que de un modo u otro se
relacionan, cumpliendo una tarea mucho más extensa a veces que la de
otros profesionales. Y no digamos cuando ponen esa experiencia y esa
ciencia al servicio de cientos de personas, en centros destinados a la
formación de la mujer, como los que dirigen mis hijas del Opus Dei, en
todos los países del mundo. Entonces se convierten en profesoras del
hogar, con más eficacia educadora, diría yo, que muchos catedráticos de
universidad.
89
Perdone que insista en el mismo tema: por cartas que llegan a la
redacción, sabemos que algunas madres de familia numerosa se quejan de
verse reducidas al papel de traer hijos al mundo, y sienten una
insatisfacción muy grande al no poder dedicar su vida a otros campos:
trabajo profesional, acceso a la cultura, proyección social... ¹Qué
consejos daría usted a estas personas?
Pero, vamos a ver: ¹qué es la proyección social sino darse a los demás,
con sentido de entrega y de servicio, y contribuir eficazmente al bien
de todos? La labor de la mujer en su casa no sólo es en sí misma una
función social, sino que puede ser fácilmente la función social de mayor
proyección.
Imaginad que esa familia sea numerosa: entonces la labor de la madre es
comparable -y en muchos casos sale ganando en la comparación- a la de
los educadores y formadores profesionales. Un profesor consigue, a lo
largo quizá de toda una vida, formar más o menos bien a unos cuantos
chicos o chicas. Una madre puede formar a sus hijos en profundidad, en
los aspectos más básicos, y puede hacer de ellos, a su vez, otros
formadores, de modo que se cree una cadena ininterrumpida de
responsabilidad y de virtudes.
También en estos temas es fácil dejarse seducir por criterios meramente
cuantitativos, y pensar: es preferible el trabajo de un profesor, que ve
pasar por sus clases a miles de personas, o de un escritor, que se
dirige a miles de lectores. Bien, pero, ¹a cuántos forman realmente ese
profesor y ese escritor? Una madre tiene a su cuidado tres, cinco, diez
o más hijos; y puede hacer de ellos una verdadera obra de arte, una
maravilla de educación, de equilibrio, de comprensión, de sentido
cristiano de la vida, de modo que sean felices y lleguen a ser realmente
útiles a los demás.
Por otra parte, es natural que los hijos y las hijas ayuden en las
tareas de la casa: una madre que sepa preparar bien a sus hijos, puede
conseguir esto, y disponer así de oportunidades, de tiempo que -bien
aprovechado- le permita cultivar sus aficiones y talentos personales y
enriquecer su cultura. Por fortuna, no faltan hoy medios técnicos que,
como sabéis muy bien, ahorran mucho trabajo, si se manejan
convenientemente y se les saca todo el partido posible. En esto, como en
todo, son determinantes las condiciones personales: hay mujeres que
tienen una lavadora del último modelo, y tardan más tiempo en lavar -y
lo hacen peor- que cuando lo hacían a mano. Los instrumentos son útiles
sólo cuando se saben emplear.
Sé de muchas mujeres casadas y con bastantes hijos, que llevan muy bien
su hogar y además encuentran tiempo para colaborar en otras tareas
apostólicas, como hacía aquel matrimonio de la primitiva cristiandad:
Aquila y Priscila. Los dos trabajaban en su casa y en su oficio, y
fueron además espléndidos cooperadores de San Pablo: con su palabra y
con su ejemplo llevaron a Apolo, que luego fue un gran predicador de la
Iglesia naciente, a la fe de Jesucristo. Como ya he dicho, buena parte
de las limitaciones se pueden superar, si verdaderamente se quiere, sin
dejar de cumplir ningún deber. En realidad, hay tiempo para hacer muchas
cosas: para llevar el hogar con sentido profesional, para darse
continuamente a los demás, para mejorar la propia cultura y para
enriquecer la de otros, para realizar tantas tareas eficaces.
90
Usted aludió a la presencia de la mujer en la vida pública, en la
política. Actualmente se están dando en España pasos importantes en este
sentido. ¹Cuál es a su juicio la tarea específica que debe realizar la
mujer en este terreno?
La presencia de la mujer en el conjunto de la vida social es un fenómeno
lógico y totalmente positivo, parte de ese otro hecho más amplio al que
antes me he referido. Una sociedad moderna, democrática, ha de reconocer
a la mujer su derecho a tomar parte activa en la vida política, y ha de
crear las condiciones favorables para que ejerciten ese derecho todas
las que lo deseen.
La mujer que quiere dedicarse activamente a la dirección de los asuntos
públicos, está obligada a prepararse convenientemente, con el fin de que
su actuación en la vida de la comunidad sea responsable y positiva. Todo
trabajo profesional exige una formación previa, y después un esfuerzo
constante para mejorar esa preparación y acomodarla a las nuevas
circunstancias que concurran. Esta exigencia constituye un deber
particularísimo para los que aspiran a ocupar puestos directivos en la
sociedad, ya que han de estar llamados a un servicio también muy
importante, del que depende el bienestar de todos.
Una mujer con la preparación adecuada ha de tener la posibilidad de
encontrar abierto todo el campo de la vida pública, en todos los
niveles. En este sentido no se pueden señalar unas tareas específicas
que correspondan sólo a la mujer Como dije antes, en este terreno lo
específico no viene dado tanto por la tarea o por el puesto cuanto por
el modo de realizar esa función, por los matices que su condición de
mujer encontrará para la solución de los problemas con los que se
enfrente, e incluso por el descubrimiento y por el planteamiento mismo
de esos problemas.
En virtud de las dotes naturales que le son propias, la mujer puede
enriquecer mucho la vida civil. Esto salta a la vista, si nos fijamos en
el vasto campo de la legislación familiar o social. Las cualidades
femeninas asegurarán la mejor garantía de que habrán de ser respetados
los auténticos valores humanos y cristianos, a la hora de tomar medidas
que afecten de alguna manera a la vida de la familia, al ambiente
educativo, al porvenir de los jóvenes.
Acabo de mencionar la importancia de los valores cristianos en la
solución de los problemas sociales y familiares, y quiero subrayar aquí
su trascendencia en toda la vida pública. Igual que al hombre, cuando la
mujer haya de ocuparse en una actividad política, su fe cristiana le
confiere la responsabilidad de realizar un auténtico apostolado, es
decir, un servicio cristiano a toda la sociedad. No se trata de
representar oficial u oficiosamente a la Iglesia en la vida pública, y
menos aún de servirse de la Iglesia para la propia carrera personal o
para intereses de partido. Al contrario, se trata de formar con libertad
las propias opiniones en todos estos asuntos temporales donde los
cristianos son libres, y de asumir la responsabilidad personal de su
pensamiento y de su actuación, siendo siempre consecuente con la fe que
se profesa.
91
En la homilía que usted pronunció en Pamplona en el pasado mes de
octubre, durante la misa que celebró con ocasión de la Asamblea de los
Amigos de la Universidad de Navarra, habló del amor humano con palabras
que nos han conmovido. Muchas lectoras nos han escrito comentando el
impacto que experimentaron al oírle hablar así. ¹Nos podría decir cuáles
son los valores más importantes del matrimonio cristiano?.
Hablaré de algo que conozco bien, y que es experiencia sacerdotal mía,
ya de muchos años y en muchos países. La mayor parte de los socios del
Opus Dei viven en el estado matrimonial y, para ellos, el amor humano y
los deberes conyugales son parte de la vocación divina. El Opus Dei ha
hecho del matrimonio un camino divino, una vocación, y esto tiene muchas
consecuencias para la santificación personal y para el apostolado. Llevo
casi cuarenta años predicando el sentido vocacional del matrimonio. Qué
ojos llenos de luz he visto más de una vez, cuando -creyendo, ellos y
ellas, incompatibles en su vida la entrega a Dios y un amor humano noble
y limpio- me oían decir que el matrimonio es un camino divino en la
tierra!
El matrimonio está hecho para que los que lo contraen se santifiquen en
él, y santifiquen a través de él: para eso los cónyuges tienen una
gracia especial, que confiere el sacramento instituido por Jesucristo.
Quien es llamado al estado matrimonial, encuentra en ese estado -con la
gracia de Dios- todo lo necesario para ser santo, para identificarse
cada día más con Jesucristo, y para llevar hacia el Señor a las personas
con las que convive. 91 Por esto pienso siempre con esperanza y con
cariño en los hogares cristianos, en todas las familias que han brotado
del sacramento del matrimonio, que son testimonios luminosos de ese gran
misterio divino -sacramentum magnum!, sacramento grande- de la unión y
del amor entre Cristo y su Iglesia. Debemos trabajar para que esas
células cristianas de la sociedad nazcan y se desarrollen con afán de
santidad, con la conciencia de que el sacramento inicial -el bautismo-
ya confiere a todos los cristianos una misión divina, que cada uno debe
cumplir en su propio camino.
Los esposos cristianos han de ser conscientes de que están llamados a
santificarse santificando, de que están llamados a ser apóstoles, y de
que su primer apostolado está en el hogar. Deben comprender la obra
sobrenatural que implica la fundación de una familia, la educación de
los hijos, la irradiación cristiana en la sociedad. De esta conciencia
de la propia misión dependen en gran parte la eficacia y el éxito de su
vida: su felicidad. Pero que no olviden que el secreto de la felicidad
conyugal está en lo cotidiano, no en ensueños. Está en encontrar la
alegría escondida que da la llegada al hogar; en el trato cariñoso con
los hijos; en el trabajo de todos los días, en el que colabora la
familia entera; en el buen humor ante las dificultades, que hay que
afrontar con deportividad; en el aprovechamiento también de todos los
adelantes que nos proporciona la civilización, para hacer la casa
agradable, la vida más sencilla, la formación más eficaz.
Digo constantemente, a los que han sido llamados por Dios a formar un
hogar, que se quieran siempre, que se quieran con el amor ilusionado que
se tuvieron cuando eran novios. Pobre concepto tiene del matrimonio -que
es un sacramento, un ideal y una vocación-, el que piensa que el amor se
acaba cuando empiezan las penas y los contratiempos, que la vida lleva
siempre consigo. Es entonces cuando el cariño se enrecia. Las
torrenteras de las penas y de las contrariedades no son capaces de
anegar el verdadero amor: une más el sacrificio generosamente
compartido. Como dice la Escritura, aquae multae -las muchas
dificultades, físicas y morales- non potuerunt extinguere caritatem, no
podrán apagar el cariño.
92
Sabemos que esta doctrina suya sobre el matrimonio como camino de
santidad no es una cosa nueva en su predicación. Ya desde 1934, cuando
escribió "Consideraciones espirituales", usted insistía en que había que
ver el matrimonio como una vocación. Pero en este libro, y luego en
"Camino", usted escribió también que el matrimonio es para la clase de
tropa y no para el estado mayor de Cristo. ¹Nos podría explicar cómo se
concilian estos dos aspectos?.
En el espíritu y en la vida del Opus Dei no ha habido nunca ningún
impedimento para conciliar estos dos aspectos. Por lo demás, conviene
recordar que la mayor excelencia del celibato -por motivos espirituales-
no es una opinión teológica mía, sino doctrina de fe en la Iglesia.
Cuando yo escribía aquellas frases, allá por los años treinta, en el
ambiente católico -en la vida pastoral concreta- se tendía a promover la
búsqueda de la perfección cristiana entre los jóvenes haciéndoles
apreciar sólo el valor sobrenatural de la virginidad, dejando en la
sombra el valor del matrimonio cristiano como otro camino de santidad.
Normalmente, en los centros de enseñanza no se solía formar a la
juventud de manera que apreciara como se merece la dignidad del
matrimonio. Todavía ahora es frecuente que, en los ejercicios
espirituales que suelen dar a los alumnos cuando cursan los últimos
estudios secundarios, se les ofrezcan más elementos para considerar su
posible vocación religiosa que su también posible orientación al
matrimonio. Y no faltan -aunque sean cada vez menos- quienes desestiman
la vida conyugal, haciéndola aparecer a los jóvenes como algo que la
Iglesia simplemente tolera, como si la formación de un hogar no
permitiese aspirar seriamente a la santidad.
En el Opus Dei hemos procedido siempre de otro modo, y -dejando muy
clara la razón de ser y la excelencia del celibato apostólico- hemos
señalado el matrimonio como camino divino en la tierra.
A mí no me asusta el amor humano, el amor santo de mis padres, del que
se valió el Señor para darme la vida. Ese amor lo bendigo yo con las dos
manos. Los cónyuges son los ministros y la materia misma del sacramento
del Matrimonio, como el pan y el vino son la materia de la Eucaristía.
Por eso me gustan todas las canciones del amor limpio de los hombres,
que son para mí coplas de amor humano a lo divino. Y, a la vez, digo
siempre que, quienes siguen el camino vocacional del celibato
apostólico, no son solterones que no comprenden o no aprecian el amor;
al contrario, sus vidas se explican por la realidad de ese Amor divino
-me gusta escribirlo con mayúscula- que es la esencia misma de toda
vocación cristiana.
No hay contradicción alguna entre tener este aprecio a la vocación
matrimonial y entender la mayor excelencia de la vocación al celibato
propter regnum coelorum, por el reino de los cielos. Estoy convencido de
que cualquier cristiano entiende perfectamente cómo estas dos cosas son
compatibles, si procura conocer, aceptar y amar la enseñanza de la
Iglesia; y si procura también conocer, aceptar y amar su propia vocación
personal. Es decir, si tiene fe y vive de fe.
Cuando yo escribía que el matrimonio es para la clase de tropa, no hacía
más que describir lo que ha sucedido siempre en la Iglesia. Sabéis que
los obispos -que forman el Colegio Episcopal, que tiene como cabeza al
Papa, y gobiernan con él toda la Iglesia- son elegidos entre los que
viven el celibato: lo mismo en las Iglesias orientales, donde se admiten
los presbíteros casados. Además es fácil de comprender y de comprobar
que los célibes tienen de hecho mayor libertad de corazón y de
movimiento, para dedicarse establemente a dirigir y sostener empresas
apostólicas, también en el apostolado seglar. Esto no quiere decir que
los demás seglares no puedan hacer o no hagan de hecho un apostolado
espléndido y de primera importancia: quiere decir sólo que hay
diversidad de funciones, diversas dedicaciones en puestos de diversa
responsabilidad.
En un ejército -y sólo eso quería expresar la comparación- la tropa es
tan necesaria como el estado mayor, y puede ser más heroica y merecer
más gloria. En definitiva: que hay diversas tareas, y todas son
importantes y dignas. Lo que interesa, sobre todo, es la correspondencia
de cada uno a su propia vocación: para cada uno, lo más perfecto es
-siempre y sólo- hacer la voluntad de Dios.
Por eso, un cristiano que procura santificarse en el estado matrimonial,
y es consciente de la grandeza de su propia vocación, espontáneamente
siente una especial veneración y un profundo cariño hacia los que son
llamados al celibato apostólico; y cuando alguno de sus hijos, por la
gracia del Señor, emprende ese camino, se alegra sinceramente. Y llega a
amar aún más su propia vocación matrimonial, que le ha permitido ofrecer
a Jesucristo -el gran Amor de todos, célibes o casados- los frutos del
amor humano.
93
Muchos matrimonios se ven desorientados, en relación con el tema del
número de hijos, por los consejos que reciben, incluso de algunos
sacerdotes. ¹Qué aconsejaría usted a los matrimonios, ante tanta
confusión?
Quienes de esa manera confunden las conciencias olvidan que la vida es
sagrada, y se hacen acreedores de los duros reproches del Señor contra
los ciegos que guían a otros ciegos, contra los que no quieren entrar en
el Reino de los cielos y no dejan tampoco entrar a los demás. No juzgo
sus intenciones, e incluso estoy seguro de que muchos dan tales consejos
guiados por la compasión y por el deseo de solucionar situaciones
difíciles: pero no puedo ocultar que me causa una profunda pena esa
labor destructora -en muchos casos diabólica- de quienes no sólo no dan
buena doctrina, sino que la corrompen.
No olviden los esposos, al oír consejos y recomendaciones en esa
materia, que de lo que se trata es de conocer lo que Dios quiere. Cuando
hay sinceridad -rectitud- y un mínimo de formación cristiana, la
conciencia sabe descubrir la voluntad de Dios, en esto como en todo lo
demás. Porque puede suceder que se esté buscando un consejo que
favorezca el propio egoísmo, que acalle precisamente con su presunta
autoridad el clamor de la propia alma; e incluso que se vaya cambiando
de consejero hasta encontrar el más benévolo. Entre otras cosas, ésa es
una actitud farisaica indigna de un hijo de Dios.
El consejo de otro cristiano y especialmente -en cuestiones morales o de
fe- el consejo del sacerdote, es una ayuda poderosa para reconocer lo
que Dios nos pide en una circunstancia determinada; pero el consejo no
elimina la responsabilidad personal: somos nosotros, cada uno, los que
hemos de decidir al fin, y habremos de dar personalmente cuenta a Dios
de nuestras decisiones.
Por encima de los consejos privados, está la ley de Dios, contenida en
la Sagrada Escritura, y que el Magisterio de la Iglesia -asistida por el
Espíritu Santo- custodia y propone. Cuando los consejos particulares
contradicen a la Palabra de Dios tal como el Magisterio nos la enseña,
hay que apartarse con decisión de aquellos pareceres erróneos. A quien
obra con esta rectitud, Dios le ayudará con su gracia, inspirándole lo
que ha de hacer y, cuando lo necesite, haciéndole encontrar un sacerdote
que sepa conducir su alma por caminos rectos y limpios, aunque más de
una vez resulten difíciles.
La tarea de dirección espiritual hay que orientarla no dedicándose a
fabricar criaturas que carecen de juicio propio, y que se limitan a
ejecutar materialmente lo que otro les dice; por el contrario, la
dirección espiritual debe tender a formar personas de criterio. Y el
criterio supone madurez, firmeza de convicciones, conocimiento
suficiente de la doctrina, delicadeza de espíritu, educación de la
voluntad.
Es importante que los esposos adquieran sentido claro de la dignidad de
su vocación, que sepan que han sido llamados por Dios a llegar al amor
divino también a través del amor humano; que han sido elegidos, desde la
eternidad, para cooperar con el poder creador de Dios en la procreación
y después en la educación de los hijos; que el Señor les pide que hagan,
de su hogar y de su vida familiar entera, un testimonio de todas las
virtudes cristianas. El matrimonio -no me cansaré nunca de repetirlo- es
un camino divino, grande y maravilloso y, como todo lo divino en
nosotros, tiene manifestaciones concretas de correspondencia a la
gracia, de generosidad, de entrega, de servicio. El egoísmo, en
cualquiera de sus formas, se opone a ese amor de Dios que debe imperar
en nuestra vida. Este es un punto fundamental, que hay que tener muy
presente, a propósito del matrimonio y del número de hijos.
94
Hay mujeres que, teniendo ya bastantes hijos, no se atreven a comunicar
a sus parientes y amigos la llegada de uno nuevo. Temen las críticas de
quienes piensan que, existiendo la píldora, es un atraso la familia
numerosa. Evidentemente, en las circunstancias actuales, puede resultar
difícil sacar adelante una familia con muchos hijos. ¹Qué nos diría
sobre esto?
Bendigo a los padres que, recibiendo con alegría la misión que Dios les
encomienda, tienen muchos hijos. E invito a los matrimonios a no cegar
las fuentes de la vida, a tener sentido sobrenatural y valentía para
llevar adelante una familia numerosa, si Dios se la manda.
Cuando alabo la familia numerosa, no me refiero a la que es consecuencia
de relaciones meramente fisiológicas; sino a la que es fruto de
ejercitar las virtudes cristianas, a la que tiene un alto sentido de la
dignidad de la persona, a la que sabe que dar hijos a Dios no consiste
sólo en engendrarlos a la vida natural, sino que exige también toda una
larga tarea de educación: darles la vida es lo primero, pero no es todo.
94 Puede haber casos concretos en los que la voluntad de Dios
-manifestada por los medios ordinarios- esté precisamente en que una
familia sea pequeña. Pero son criminales, anticristianas e infrahumanas,
las teorías que hacen de la limitación de los nacimientos un ideal o un
deber universal o simplemente general.
Sería adulterar y pervertir la doctrina cristiana, querer apoyarse en un
pretendido espíritu postconciliar para ir contra la familia numerosa. El
Concilio Vaticano II ha proclamado que entre los cónyuges que cumplen la
misión que Dios les ha confiado, son dignos de mención muy especial los
que, de común acuerdo bien ponderado, aceptan con magnanimidad una prole
más numerosa para educarla dignamente. Y Paulo VI, en otra alocución
pronunciada el 12 de febrero de 1966, comentaba: que el Concilio
Vaticano II, recientemente concluido, difunda en los esposos cristianos
espíritu de generosidad para dilatar el nuevo Pueblo de Dios...
Recuerden siempre que esa dilatación del reino de Dios y las
posibilidades de penetración de la Iglesia en la humanidad para llevar
la salvación, la eterna y la terrena, está confiada también a su
generosidad.
No es el número por sí solo lo decisivo: tener muchos o pocos hijos no
es suficiente para que una familia sea más o menos cristiana. Lo
importante es la rectitud con que se viva la vida matrimonial. El
verdadero amor mutuo trasciende la comunidad de marido y mujer, y se
extiende a sus frutos naturales: los hijos. El egoísmo, por el
contrario, acaba rebajando ese amor a la simple satisfacción del
instinto y destruye la relación que une a padres e hijos. Difícilmente
habrá quien se sienta buen hijo -verdadero hijo- de sus padres, si puede
pensar que ha venido al mundo contra la voluntad de ellos: que no ha
nacido de un amor limpio, sino de una imprevisión o de un error de
cálculo.
Decía que, por sí solo, el número de hijos no es determinante. Sin
embargo, veo con claridad que los ataques a las familias numerosas
provienen de la falta de fe: son producto de un ambiente social incapaz
de comprender la generosidad, que pretende encubrir el egoísmo y ciertas
prácticas inconfesables con motivos aparentemente altruistas. Se da la
paradoja de que los países donde se hace más propaganda del control de
la natalidad -y desde donde se impone la práctica a otros países- son
precisamente los que han alcanzado un nivel de vida más alto. Quizá se
podrían considerar seriamente sus argumentos de carácter económico y
social, cuando esos mismos argumentos les moviesen a renunciar a una
parte de los bienes opulentos de que gozan, en favor de esas otras
personas necesitadas. Entre tanto se hace difícil no pensar que, en
realidad, lo que determina esas argumentaciones es el hedonismo y una
ambición de dominio político, de neocolonialismo demográfico.
No ignoro los grandes problemas que aquejan a la humanidad, ni las
dificultades concretas con que puede tropezar una familia determinada:
con frecuencia pienso en esto y se me llena el corazón de padre que,
como cristiano y como sacerdote, estoy obligado a tener. Pero no es
lícito buscar la solución por esos caminos.
No comprendo que haya católicos -y, mucho menos, sacerdotes- que desde
hace años, con tranquilidad de conciencia, aconsejen el uso de la
píldora para evitar la concepción: porque no se pueden desconocer, con
triste desenfado, las enseñanzas pontificias. Ni deben alegar -como
hacen, con increíble ligereza- que el Papa, cuando no habla ex cathedra,
es un simple doctor privado sujeto al error. Ya supone una arrogancia
desmesurada juzgar que el Papa se equivoca, y ellos no.
Pero olvidan, además, que el Romano Pontífice no es sólo doctor
-infalible, cuando lo dice expresamente-, sino que además es el Supremos
Legislador. Y en este caso, lo que el actual Pontífice Paulo VI ha
dispuesto de modo inequívoco es que se deben seguir obligatoriamente en
este asunto tan delicado -porque continúan en pie- todas las
disposiciones del Santo Pontífice Pío XII, de venerada memoria: y que
Pío XII sólo permitió algunos procedimientos naturales -no la píldora-,
para evitar la concepción en casos aislados y arduos. Aconsejar lo
contrario es, por lo tanto, una desobediencia grave al Santo Padre, en
materia grave.
Podría escribir un grueso volumen sobre las consecuencias desgraciadas
que, en todo orden, lleva consigo el uso de esos u otros medios contra
la concepción: destrucción del amor conyugal -el marido y la mujer no se
miran como esposos, se miran como cómplices-, infelicidad,
infidelidades, desequilibrios espirituales y mentales, daños incontables
para los hijos, pérdida de la paz en el matrimonio... Pero no lo
considero necesario: prefiero limitarme a obedecer al Papa. Si alguna
vez el Sumo Pontífice decidiera que el uso de una determinada medicina,
para evitar la concepción, es lícita, yo me acomodaría a cuanto dijera
el Santo Padre: y, ateniéndome a las normas pontificias y a las de la
teología moral, examinando en cada caso los evidentes peligros a los que
acabo de aludir, daría a cada uno en conciencia mi consejo.
Y siempre tendría en cuenta que salvarán a este mundo nuestro de hoy, no
los que pretenden narcotizar la vida del espíritu y reducirlo todo a
cuestiones económicas o de bienestar material, sino los que saben que la
norma moral está en función del destino eterno del hombre: los que
tienen fe en Dios y arrostran generosamente las exigencias de esa fe,
difundiendo en quienes le rodean un sentido trascendente de nuestra vida
en la tierra.
Esta certeza es la que debe llevar no a fomentar la evasión, sino a
procurar con eficacia que todos tengan los medios materiales
convenientes, que haya trabajo para todos, que nadie se encuentre
injustamente limitado en su vida familiar y social.
96
La infecundidad matrimonial -por lo que puede suponer de frustración- es
fuente, a veces, de desavenencias e incomprensiones. ¹Cuál es, a su
juicio, el sentido que deben dar a su matrimonio los esposos cristianos
que no tengan descendencia?.
En primer lugar les diré que no han de darse por vencidos con demasiada
facilidad: antes hay que pedir a Dios que les conceda descendencia, que
les bendiga -si es su Voluntad- como bendijo a los Patriarcas del Viejo
Testamento; y después es conveniente acudir a un buen médico, ellas y
ellos. Si a pesar de todo, el Señor no les da hijos, no han de ver en
eso ninguna frustración: han de estar contentos, descubriendo en este
mismo hecho la Voluntad de Dios para ellos. Muchas veces el Señor no da
hijos porque pide más. Pide que se tenga el mismo esfuerzo y la misma
delicada entrega, ayudando a nuestros prójimos, sin el limpio gozo
humano de haber tenido hijos: no hay, pues, motivo para sentirse
fracasados ni para dar lugar a la tristeza.
Si los esposos tienen vida interior, comprenderán que Dios les urge,
empujándoles a hacer de su vida un servicio cristiano generoso, un
apostolado diverso del que realizarían en sus hijos, pero igualmente
maravilloso.
Que miren a su alrededor, y descubrirán en seguida personas que
necesitan ayuda, caridad y cariño. Hay además muchas labores apostólicas
en las que pueden trabajar. Y si saben poner el corazón en esa tarea, si
saben darse generosamente a los demás, olvidándose de sí mismos, tendrán
una fecundidad espléndida, una paternidad espiritual que llenará su alma
de verdadera paz.
Las soluciones concretas pueden ser distintas en cada caso, pero en el
fondo todas se reducen a ocuparse de los demás con afán de servicio, con
amor. Dios premia siempre, dando a sus almas una honda alegría, a los
que tienen la generosa humildad de no pensar en sí mismos.
97
Hay matrimonios en los que la mujer -por las razones que sean- se
encuentra separada del marido, en situaciones degradantes e
insostenibles. En esos casos, les resulta difícil aceptar la
indisolubilidad del vínculo matrimonial. Estas mujeres, separadas del
marido, lamentan que se les niegue la posibilidad de construir un nuevo
hogar. ¹Qué respuesta daría usted ante estas situaciones?.
Diría a esas mujeres, comprendiendo su sufrimiento, que pueden ver
también en esa situación la Voluntad de Dios, que nunca es cruel, porque
Dios es Padre amoroso. Es posible que por algún tiempo la situación sea
especialmente difícil, pero, si acuden al Señor y a su Madre bendita, no
les faltará la ayuda de la gracia. La indisolubilidad del matrimonio no
es un capricho de la Iglesia, y ni siquiera una mera ley positiva
eclesiástica: es de ley natural, de derecho divino, y responde
perfectamente a nuestra naturaleza y al orden sobrenatural de la gracia.
Por eso, en la inmensa mayoría de los casos, resulta condición
indispensable de felicidad para los cónyuges, de seguridad también
espiritual para los hijos. Y siempre -aun en esos casos dolorosos de que
hablamos- la aceptación rendida de la Voluntad de Dios lleva consigo una
honda satisfacción, que nada puede sustituir. No es como un recurso,
como un consuelo: es la esencia de la vida cristiana.
Si esas mujeres tienen ya hijos a su cargo, han de ver en esto una
exigencia continua de entrega amorosa, maternal, entonces muy
especialmente necesaria, para suplir en esas almas las deficiencias de
un hogar dividido. Y han de entender generosamente que esa
indisolubilidad, que para ellas supone sacrificio, es en la mayor parte
de las familias una defensa de su integridad, algo que ennoblece el amor
de los esposos e impide el desamparo de los hijos. Este asombro ante la
dureza aparente del precepto cristiano de la indisolubilidad, no es
nuevo: los Apóstoles se extrañaron cuando Jesús lo confirmó. Puede
parecer una carga, un yugo: pero Cristo mismo ha dicho que su yugo es
suave y su carga ligera.
Por otra parte, aun reconociendo la inevitable dureza de bastantes
situaciones -que, en no pocos casos, se habrían podido y debido evitar-,
es necesario no dramatizar demasiado. La vida de una mujer en esas
condiciones, ¹es realmente más dura que la de otra mujer maltratada, o
la de quien padece alguno de los otros grandes sufrimientos físicos o
morales, que la existencia lleva consigo?
Lo que verdaderamente hace desgraciada a una persona -y aun a una
sociedad entera- es esa búsqueda ansiosa de bienestar, el intento
incondicionado de eliminar todo lo que contraría. La vida presenta mil
facetas, situaciones diversísimas, ásperas unas, fáciles quizá en
apariencia otras. Cada una de ellas comporta su propia gracia, es una
llamada original de Dios: una ocasión inédita de trabajar, de dar el
testimonio divino de la caridad. A quien siente el agobio de una
situación difícil, yo le aconsejaría que procure también olvidarse un
poco de sus propios problemas, para preocuparse de los problemas de los
demás: haciendo esto, tendrá más paz y, sobre todo, se santificará.
98
Uno de los bienes fundamentales de la familia está en gozar de una paz
familiar estable. Sin embargo no es raro, por desgracia, que por motivos
de carácter político o social una familia se encuentre dividida. ¹Cómo
piensa usted que pueden superarse esos conflictos?.
Mi respuesta no puede ser más que una: convivir, comprender, disculpar.
El hecho de que alguno piense de distinta manera que yo -especialmente
cuando se trata de cosas que son objeto de la libertad de opinión- no
justifica de ninguna manera una actitud de enemistad personal, ni
siquiera de frialdad o de indiferencia. Mi fe cristiana me dice que la
caridad hay que vivirla con todos, también con los que no tienen la
gracia de creer en Jesucristo. Figuraos si se ha de vivir la caridad
cuando, unidos por una misma sangre y una misma fe, hay divergencias en
cosas opinables! Es más, como en esos terrenos nadie puede pretender
estar en posesión de la verdad absoluta, el trato mutuo, lleno de
afecto, es un medio concreto para aprender de los demás lo que nos
pueden enseñar; y también para que los demás aprendan, si quieren, lo
que cada uno de los que con él conviven le puede enseñar, que siempre es
algo.
No es cristiano, ni aun humano, que una familia se divida por estas
cuestiones. Cuando se comprende a fondo el valor de la libertad, cuando
se ama apasionadamente este don divino del alma, se ama el pluralismo
que la libertad lleva consigo.
Pondré el ejemplo de lo que se vive en el Opus Dei, que es una gran
familia de personas unidas por el mismo fin espiritual. En lo que no es
de fe, cada uno piensa y actúa como quiere, con la más completa libertad
y responsabilidad personal. Y el pluralismo que, lógica y
sociológicamente, se deriva de este hecho, no constituye para la Obra
ningún problema: es más, ese pluralismo es una manifestación de buen
espíritu. Precisamente porque el pluralismo no es temido, sino amado
como legítima consecuencia de la libertad personal, las diversas
opiniones de los socios no impiden en el Opus Dei la máxima caridad en
el trato, la mutua comprensión. Libertad y caridad: estamos hablando
siempre de lo mismo. Y es que son condiciones esenciales: vivir con la
libertad que Jesucristo nos ganó, y vivir la caridad que El nos dio como
mandamiento nuevo.
99
Acaba usted de hablar de la unidad familiar como de un gran valor. Esto
puede dar pie a mi siguiente pregunta: ¹cómo es que el Opus Dei no
organiza actividades de formación espiritual donde participen
conjuntamente marido y mujer?.
En esto, como en tantas otras cosas, los cristianos tenemos la
posibilidad de escoger entre soluciones diversas, de acuerdo con las
propias preferencias u opiniones, sin que nadie pueda pretender
imponernos un sistema únicos. Hay que huir, como de la peste, de esos
modos de plantear la pastoral y, en general, el apostolado, que no
parecen sino una nueva edición, corregida y aumentada, del partido único
en la vida religiosa. 99 Sé que hay grupos católicos que organizan
retiros espirituales y otras actividades formativas para matrimonios. Me
parece perfectamente bien que, en uso de su libertad, hagan lo que
consideren oportuno; y también que acudan a esas actividades los que
encuentran en ellas un medio que les ayuda a vivir mejor su vocación
cristiana. Pero considero que no es ésa la única posibilidad, y tampoco
es evidente que sea la mejor.
Hay muchas facetas de la vida eclesial que los matrimonios, e incluso
toda la familia, pueden y a veces deben vivir juntos, como es la
participación en el sacrificio eucarístico y en otros actos de culto.
Pienso, sin embargo, que determinadas actividades de formación
espiritual son más eficaces si acuden a ellas separadamente el marido y
la mujer. De una parte, se subraya así el carácter fundamentalmente
personal de la propia santificación, de la lucha ascética, de la unión
con Dios, que luego revierte en los demás, pero en donde la conciencia
de cada uno no puede ser sustituida. De otra parte, así es más fácil
acomodar la formación a las exigencias y a las necesidades personales de
cada uno, e incluso a su propia psicología. Esto no quiere decir que, en
esas actividades, se prescinda del estado matrimonial de los asistentes:
nada más lejos del espíritu del Opus Dei.
Llevo ya cuarenta años diciendo de palabra y por escrito que cada
hombre, cada mujer, ha de santificarse en su vida ordinaria, en las
condiciones concretas de su existencia cotidiana; que los esposos, por
tanto, han de santificarse viviendo perfectamente sus obligaciones
familiares. En los retiros espirituales y en otros medios de formación
que organiza el Opus Dei, y a los que asisten personas casadas, se
procura siempre que los esposos cobren conciencia de la dignidad de su
vocación matrimonial y que, con la ayuda de Dios, se preparen para
vivirla mejor. En muchos aspectos las exigencias y las manifestaciones
prácticas del amor conyugal son distintas para el hombre y para la
mujer. Con medios de formación específicos, se les puede ayudar
eficazmente a descubrirlos en la realidad de su vida. De modo que esa
separación durante unas horas o unos días, les hace estar más unidos y
quererse más y mejor a lo largo del resto del tiempo: con un amor lleno
también de respeto. 99 Repito que en esto no pretendemos tampoco que
nuestro modo de actuar sea el único bueno, o que deba adoptarlo todo el
mundo. Me parece simplemente que da muy buenos resultados, y que hay
razones sólidas -además de una larga experiencia- para hacerlo así, pero
no ataco la opinión contraria.
Además, he de decir que, si en el Opus Dei seguimos este criterio para
determinadas iniciativas de formación espiritual, sin embargo, en otro
género de actividades variadísimo, los matrimonios, como tales,
participan y colaboran. Pienso, por ejemplo, en la labor que se hace con
los padres de los alumnos en colegios dirigidos por miembros del Opus
Dei; en las reuniones, conferencias, triduos, etcétera, especialmente
dedicados a los padres de estudiantes que viven en Residencias dirigidas
por la Obra.
Como ves, cuando por la naturaleza de la actividad viene requerida la
presencia del matrimonio, son marido y mujer los que participan en estas
labores. Pero este tipo de reuniones e iniciativas es diverso de las que
van directamente encaminadas a la formación espiritual personal.
100
Continuando con la vida familiar, quisiera ahora centrar mi pregunta en
la educación de los hijos, y en las relaciones entre padres e hijos. El
cambio de la situación familiar en nuestros días lleva, algunas veces, a
que el entendimiento mutuo no sea fácil, e incluso a la incomprensión,
dándose lo que se ha llamado conflicto entre generaciones. ¹Cómo puede
superarse esto?.
El problema es antiguo, aunque quizá puede plantearse ahora con más
frecuencia o de forma más aguda, por la rápida evolución que caracteriza
a la sociedad actual. Es perfectamente comprensible y natural que los
jóvenes y los mayores vean las cosas de modo distinto: ha ocurrido
siempre. Lo sorprendente sería que un adolescente pensara de la misma
manera que una persona madura. Todos hemos sentido movimientos de
rebeldía hacia nuestros mayores, cuando comenzábamos a formar con
autonomía nuestro criterio; y todos también, al correr de los años,
hemos comprendido que nuestros padres tenían razón en tantas cosas, que
eran fruto de su experiencia y de su cariño. Por eso corresponde en
primer término a los padres -que ya han pasado por ese trance- facilitar
el entendimiento, con flexibilidad, con espíritu jovial, evitando con
amor inteligente esos posibles conflictos.
Aconsejo siempre a los padres que procuren hacerse amigos de sus hijos.
Se puede armonizar perfectamente la autoridad paterna, que la misma
educación requiere, con un sentimiento de amistad, que exige ponerse de
alguna manera al mismo nivel de los hijos. Los chicos -aun los que
parecen más díscolos y despegados- desean siempre ese acercamiento, esa
fraternidad con sus padres. La clave suele estar en la confianza: que
los padres sepan educar en un clima de familiaridad, que no den jamás la
impresión de que desconfían, que den libertad y que enseñen a
administrarla con responsabilidad personal. Es preferible que se dejen
engañar alguna vez: la confianza, que se pone en los hijos, hace que
ellos mismos se averguencen de haber abusado, y se corrijan; en cambio,
si no tienen libertad, si ven que no se confía en ellos, se sentirán
movidos a engañar siempre.
Esa amistad de que hablo, ese saber ponerse al nivel de los hijos,
facilitándoles que hablen confiadamente de sus pequeños problemas, hace
posible algo que me parece de gran importancia: que sean los padres
quienes den a conocer a sus hijos el origen de la vida, de un modo
gradual, acomodándose a su mentalidad y a su capacidad de comprender,
anticipándose ligeramente a su natural curiosidad; hay que evitar que
rodeen de malicia esta materia, que aprendan algo -que es en sí mismo
noble y santo- de una mala confidencia de un amigo o de una amiga. Esto
mismo suele ser un paso importante en ese afianzamiento de la amistad
entre padres e hijos, impidiendo una separación en el mismo despertar de
la vida moral.
Por otra parte, los padres han de procurar también mantener el corazón
joven, para que les sea más fácil recibir con simpatía las aspiraciones
nobles e incluso las extravagancias de los chicos. La vida cambia, y hay
muchas cosas nuevas que quizá no nos gusten -hasta es posible que no
sean objetivamente mejores que otras de antes-, pero que no son malas:
son simplemente otros modos de vivir, sin más trascendencia. En no pocas
ocasiones, los conflictos aparecen porque se da importancia a
pequeñeces, que se superan con un poco de perspectiva y de sentido del
humor.
Pero no todo depende de los padres. Los hijos han de poner también algo
de su parte. La juventud ha tenido siempre una gran capacidad de
entusiasmo por todas las cosas grandes, por los ideales elevados, por
todo lo que es auténtico. Conviene ayudarles a que comprendan la
hermosura sencilla -tal vez muy callada, siempre revestida de
naturalidad- que hay en la vida de sus padres; que se den cuenta, sin
hacerlo pesar, del sacrificio que han hecho por ellos, de su abnegación
-muchas veces heroica- para sacar adelante la familia. Y que aprendan
también los hijos a no dramatizar, a no representar el papel de
incomprendidos; que no olviden que estarán siempre en deuda con sus
padres, y que su correspondencia -nunca podrán pagar lo que deben- ha de
estar hecha de veneración, de cariño agradecido, filial.
101
Seamos sinceros: la familia unida es lo normal. Hay roces,
diferencias... Pero esto son cosas corrientes, que hasta cierto punto
contribuyen incluso a dar su sal a nuestros días. Son insignificancias,
que el tiempo supera siempre: luego queda sólo lo estable, que es el
amor, un amor verdadero -hecho de sacrificio- y nunca fingido, que lleva
a preocuparse unos de otros, a adivinar un pequeño problema y su
solución más delicada. Y porque todo esto es lo normal, la inmensa
mayoría de la gente me ha entendido muy bien cuando me ha oído llamar
-ya desde los años veinte lo vengo repitiendo- dulcísimo precepto al
cuarto mandamiento del Decálogo.
102
Quizá como reacción a una educación religiosa coactiva, reducida a veces
a unas pocas prácticas rutinarias y sensibleras, parte de la juventud de
hoy prescinde casi totalmente de la piedad cristiana, porque la
interpreta como beatería. ¹Cuál es a su parecer la solución a este
problema?.
La solución es la que la pregunta lleva ya implícita: enseñar -primero
con el ejemplo, y después con la palabra- en qué consiste la verdadera
piedad. La beatería no es más que una triste caricatura pseudo-espiritual,
fruto generalmente de la falta de doctrina, y también de cierta
deformación en lo humano: resulta lógico que repugne, a quienes aman lo
auténtico y lo sincero.
He visto con alegría cómo prende en la juventud -en la de hoy como en la
de hace cuarenta años- la piedad cristiana, cuando la contemplan hecha
vida sincera; -cuando entienden que hacer oración es hablar con el Señor
como se habla con un padre, con un amigo: sin anonimato, con un trato
personal, en una conversación de tú a tú; -cuando se procura que
resuenen en sus almas aquellas palabras de Jesucristo, que son una
invitación al encuentro confiado: vos autem dixi amicos, os he llamado
amigos; -cuando se hace una llamada fuerte a su fe, para que vean que el
Señor es el mismo ayer y hoy y siempre.
Por otra parte, es muy necesario que vean cómo esa piedad ingenua y
cordial exige también el ejercicio de las virtudes humanas, y que no
puede reducirse a unos cuantos actos de devoción semanales o diarios:
que ha de penetrar la vida entera, que ha de dar sentido al trabajo, al
descanso, a la amistad, a la diversión, a todo. No podemos ser hijos de
Dios sólo a ratos, aunque haya algunos momentos especialmente dedicados
a considerarlo, a penetrarnos de ese sentido de nuestra filiación
divina, que es la médula de la piedad.
He dicho antes que todo esto la juventud lo entiende bien. Y ahora añado
que el que procura vivirlo se siente siempre joven. El cristiano, aunque
sea un anciano de ochenta años, al vivir en unión con Jesucristo, puede
paladear con toda verdad las palabras que se rezan al pie del altar:
entraré al altar de Dios, del Dios que da alegría a mi juventud.
103
Entonces, ¹le parece importante educar a los chicos, desde pequeños, en
la vida de piedad? ¹Piensa que en la familia deben hacerse algunos actos
de piedad?.
Considero que es precisamente el mejor camino para dar una formación
cristiana auténtica a los hijos. La Sagrada Escritura nos habla de esas
familias de los primeros cristianos -la Iglesia doméstica, dice San
Pablo-, a las que la luz del Evangelio daba nuevo impulso y nueva vida.
En todos los ambientes cristianos se sabe, por experiencia, qué buenos
resultados da esa natural y sobrenatural iniciación a la vida de piedad,
hecha en el calor del hogar. El niño aprende a colocar al Señor en la
línea de los primeros y más fundamentales afectos; aprende a tratar a
Dios como Padre y a la Virgen como Madre; aprende a rezar, siguiendo el
ejemplo de sus padres. Cuando se comprende eso, se ve la gran tarea
apostólica que pueden realizar los padres, y cómo están obligados a ser
sinceramente piadosos, para poder transmitir -más que enseñar- esa
piedad a los hijos.
¹Los medios? Hay prácticas de piedad -pocas, breves y habituales- que se
han vivido siempre en las familias cristianas, y entiendo que son
maravillosas: la bendición de la mesa, el rezo del rosario todos juntos
-a pesar de que no faltan, en estos tiempos, quienes atacan esa
solidísima devoción mariana-, las oraciones personales al levantarse y
al acostarse. Se tratará de costumbres diversas, según los lugares; pero
pienso que siempre se debe fomentar algún acto de piedad, que los
miembros de la familia hagan juntos, de forma sencilla y natural, sin
beaterías. 103 De esa manera, lograremos que Dios no sea considerado un
extraño, a quien se va a ver una vez a la semana, el domingo, a la
iglesia; que Dios sea visto y tratado como es en realidad: también en
medio del hogar, porque, como ha dicho el Señor, donde están dos o tres
congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.
Lo digo con agradecimiento y con orgullo de hijo, yo sigo rezando -por
la mañana y por la noche, y en voz alta- las oraciones que aprendí
cuando era niño, de labios de mi madre. Me llevan a Dios, me hacen
sentir el cariño con que me enseñaron a dar mis primeros pasos de
cristiano; y, ofreciendo al Señor la jornada que comienza o dándole
gracias por la que termina, pido a Dios que aumente en la gloria la
felicidad de los que especialmente amo, y que después nos mantenga
unidos para siempre en el cielo.
104
Continuemos, si me lo permite, con la juventud. A través de la sección
Gente joven de nuestra revista, nos llegan muchos de sus problemas. Uno
muy frecuente es la imposición que a veces ejercen los padres en el
momento de determinar la orientación de sus hijos. Esto sucede tanto en
la orientación de carrera o de trabajo, como en la elección de un novio
o, mucho más, si pretende seguir la llamada de Dios para emplearse en el
servicio de las almas. ¹Cabe alguna justificación para esa actitud de
los padres? ¹No es una violación de la libertad que es imprescindible
para llegar a la madurez personal?
En última instancia, es claro que las decisiones que determinan el rumbo
de una vida, ha de tomarlas cada uno personalmente, con libertad, sin
coacción ni presión de ningún tipo.
Esto no quiere decir que no haga falta, de ordinario, la intervención de
otras personas. Precisamente porque son pasos decisivos, que afectan a
toda la vida, y porque la felicidad depende en gran parte de cómo se
den, es lógico que requieran serenidad, que haya que evitar la
precipitación, que exijan responsabilidad y prudencia. Y una parte de la
prudencia consiste justamente en pedir consejo: sería presunción -que
suele pagarse cara- pensar que podemos decidir sin la gracia de Dios y
sin el calor y la luz de otras personas, especialmente de nuestros
padres. Los padres pueden y deben prestar a sus hijos una ayuda
preciosa, descubriéndoles nuevos horizontes, comunicándoles su
experiencia, haciéndoles reflexionar para que no se dejen arrastrar por
estados emocionales pasajeros, ofreciéndoles una valoración realista de
las cosas. Unas veces prestarán esa ayuda con su consejo personal;
otras, animando a sus hijos a acudir a otras personas competentes: a un
amigo leal y sincero, a un sacerdote docto y piadoso, a un experto en
orientación profesional.
Pero el consejo no quita la libertad, sino que da elementos de juicio, y
esto amplía las posibilidades de elección, y hace que la decisión no
esté determinada por factores irracionales. Después de oír los pareceres
de otros y de ponderar todo bien, llega un momento en el que hay que
escoger: y entonces nadie tiene derecho a violentar la libertad. Los
padres han de guardarse de la tentación de querer proyectarse
indebidamente en sus hijos -de construirlos según sus propias
preferencias-, han de respetar las inclinaciones y las aptitudes que
Dios da a cada uno. Si hay verdadero amor, esto resulta de ordinario
sencillo. Incluso en el caso extremo, cuando el hijo toma una decisión
que los padres tienen buenos motivos para juzgar errada, e incluso para
preverla como origen de infelicidad, la solución no está en la
violencia, sino en comprender y -más de una vez- en saber permanecer a
su lado para ayudarle a superar las dificultades y, si fuera necesario,
a sacar todo el bien posible de aquel mal.
Los padres que aman de verdad, que buscan sinceramente el bien de sus
hijos, después de los consejos y de las consideraciones oportunas, han
de retirarse con delicadeza para que nada perjudique el gran bien de la
libertad, que hace al hombre capaz de amar y de servir a Dios. Deben
recordar que Dios mismo ha querido que se le ame y se le sirva en
libertad, y respeta siempre nuestras decisiones personales: dejó Dios al
hombre -nos dice la Escritura- en manos de su albedrío.
Unas palabras más, para referirme expresamente al último de los casos
concretos planteados: la decisión de emplearse en el servicio de la
Iglesia y de las almas. Cuando unos padres católicos no comprenden esa
vocación, pienso que han fracasado en su misión de formar una familia
cristiana, que ni siquiera son conscientes de la dignidad que el
Cristianismo da a su propia vocación matrimonial. Por lo demás, la
experiencia que tengo en el Opus Dei es muy positiva. Suelo decir, a los
socios de la Obra, que deben el noventa por ciento de su vocación a sus
padres: porque les han sabido educar y les han enseñado a ser generosos.
Puedo asegurar que en la inmensa mayoría de los casos -prácticamente en
la totalidad- los padres no sólo respetan sino que aman esa decisión de
sus hijos, y que ven en seguida la Obra como una ampliación de la propia
familia. Es una de mis grandes alegrías, y una comprobación más de que,
para ser muy divinos, hay que ser también muy humanos.
105
Hay actualmente quienes mantienen la teoría de que el amor lo justifica
todo, y concluyen de ahí que el noviazgo es como un matrimonio a prueba.
No seguir lo que consideran imperativos del amor piensan que es algo
inauténtico, retrógrado. ¹Qué piensa usted de esa actitud?.
Pienso lo que debe pensar una persona honrada, y especialmente un
cristiano: que es una actitud indigna del hombre, y que degrada el amor
humano, confundiéndolo con el egoísmo y con el placer.
¹Retrógrados los que no obran o piensan de esa manera? Retrógrado es más
bien quien retrocede hasta la selva, no reconociendo otro impulso que el
instinto. El noviazgo debe ser una ocasión de ahondar en el afecto y en
el conocimiento mutuo. Y, como toda escuela de amor, ha de estar
inspirado no por el afán de posesión, sino por espíritu de entrega, de
comprensión, de respeto, de delicadeza. Por eso quise, hace poco más de
un año, regalar a la Universidad de Navarra una imagen de Santa María,
Madre del Amor Hermoso: para que los chicos y las chicas, que frecuentan
los cursos de aquellas Facultades, aprendieran de Ella la nobleza del
amor, también del amor humano.
¹Matrimonio a prueba? Qué poco sabe de amor quien habla así! El amor es
una realidad más segura, más real, más humana. Algo que no se puede
tratar como un producto comercial, que se experimenta y se acepta luego
o se desecha, según el capricho, la comodidad o el interés.
Esa falta de criterio es tan lamentable, que ni siquiera parece preciso
condenar a quienes piensan u obran así, porque ellos mismos se condenan
a la infecundidad, a la tristeza, a un aislamiento desolador, que
padecerán cuando pasen apenas unos años. No puedo dejar de rezar mucho
por ellos, amarlos con toda mi alma, y tratar de hacerles comprender que
siguen teniendo abierto el camino del regreso a Jesucristo: que podrán
ser santos, cristianos íntegros, si se empeñan, porque no les faltará ni
el perdón ni la gracia del Señor. Sólo entonces comprenderán bien lo que
es el amor: el Amor divino, y también el amor humano noble; y sabrán lo
que es la paz, la alegría, la fecundidad.
106
Un gran problema femenino es el de las mujeres solteras. Nos referimos a
aquellas que, con vocación matrimonial, no llegan a casarse. Al no
conseguirlo se preguntan: ¹para qué estamos en el mundo? ¹Qué les
contestaría usted?
¹Para qué estamos en el mundo? Para amar a Dios, con todo nuestro
corazón y con toda nuestra alma, y para extender ese amor a todas las
criaturas. ¹O es que esto parece poco? Dios no deja a ningún alma
abandonada a un destino ciego: para todas tiene un designio, a todas las
llama con una vocación personalísima, intransferible.
El matrimonio es camino divino, es vocación. Pero no es el único camino,
ni la única vocación. Los planes de Dios, para cada mujer, no están
ligados necesariamente al matrimonio. ¹Tienen vocación matrimonial y no
llegan a casarse? En algún caso puede ser cierto, y quizá haya sido el
egoísmo o el amor propio lo que ha impedido que esa llamada de Dios se
cumpliera; pero otras veces, la mayoría incluso, eso puede ser un signo
de que el Señor no les ha dado verdadera vocación matrimonial. Sí: les
gustan los niños; sienten que serían buenas madres; que entregarían su
corazón, fielmente, a su marido y a sus hijos. Pero esto es normal en
toda mujer, también en quienes, por vocación divina, no se casan
-pudiendo hacerlo-, para preocuparse del servicio de Dios y de las
almas. No se han casado. Bien: que sigan, como hasta ahora, amando la
Voluntad del Señor, tratando de cerca a ese Corazón amabilísimo de
Jesús, que no abandona a nadie, que es siempre fiel, que nos va cuidando
a lo largo de esta vida, para darse a nosotros ya desde ahora y para
siempre.
Además, la mujer puede cumplir su misión -como mujer, con todas las
características femeninas, también las afectivas de la maternidad- en
ámbitos diversos de la propia familia: en otras familias, en la escuela,
en obras asistenciales, en mil sitios. La sociedad es, a veces, muy dura
-con una gran injusticia- con las que llama solteronas: hay mujeres
solteras que difunden a su alrededor alegría, paz, eficacia: que saben
entregarse noblemente al servicio de los demás, y ser madres, en
profundidad espiritual, con más realidad que muchas, que son madres sólo
fisiológicamente.
107
Las preguntas anteriores se han referido al noviazgo; el tema que
planteo ahora se refiere ya al matrimonio: ¹qué consejos daría usted a
la mujer casada para que, con el pasar de los años, su vida matrimonial
siga siendo feliz, sin ceder a la monotonía? Tal vez la cuestión parezca
poco importante, pero en la revista se reciben muchas cartas de lectoras
interesadas por este tema.
A mí me parece que es, en efecto, una cuestión importante; y por eso lo
son también las posibles soluciones, a pesar de su apariencia modesta.
Para que en el matrimonio se conserve la ilusión de los comienzos, la
mujer debe tratar de conquistar a su marido cada día; y lo mismo habría
que decir al marido con respecto a su mujer. El amor debe ser recuperado
en cada nueva jornada, y el amor se gana con sacrificio, con sonrisas y
con picardía también. Si el marido llega a casa cansado de trabajar, y
la mujer comienza a hablar sin medida, contándole todo lo que a su
juicio va mal, ¹puede sorprender que el marido acabe perdiendo la
paciencia? Esas cosas menos agradables se pueden dejar para un momento
más oportuno, cuando el marido esté menos cansado, mejor dispuesto.
Otro detalle: el arreglo personal. Si otro sacerdote os dijera lo
contrario, pienso que sería un mal consejero. Cuantos más años tenga una
persona que ha de vivir en el mundo, más necesario es poner interés en
mejorar no sólo la vida interior, sino -precisamente por eso- el cuidado
para estar presentable: aunque, naturalmente, siempre en conformidad con
la edad y con las circunstancias. Suelo decir, en broma, que las
fachadas, cuanto más envejecidas, más necesidad tienen de restauración.
Es un consejo sacerdotal. Un viejo refrán castellano dice que la mujer
compuesta saca al hombre de otra puerta.
Por eso, me atrevo a afirmar que las mujeres tienen la culpa del ochenta
por ciento de las infidelidades de los maridos, porque no saben
conquistarlos cada día, no saben tener detalles amables, delicados. La
atención de la mujer casada debe centrarse en el marido y en los hijos.
Como la del marido debe centrarse en su mujer y en sus hijos. Y a esto
hay que dedicar tiempo y empeño, para acertar, para hacerlo bien. Todo
lo que haga imposible esta tarea, es malo, no va.
No hay excusa para incumplir ese amable deber. Desde luego, no es excusa
el trabajo fuera del hogar, ni tampoco la misma vida de piedad que, si
no se hace compatible con las obligaciones de cada día, no es buena,
Dios no la quiere. La mujer casada tiene que ocuparse primero del hogar.
Recuerdo una copla de mi tierra, que dice: la mujer que, por la iglesia,
/ deja el puchero quemar, / tiene la mitad de ángel, / de diablo la otra
mitad. A mí me parece enteramente un diablo.
108
Dejando aparte las dificultades que pueda haber entre padres e hijos,
también son corrientes las riñas entre marido y mujer, que a veces
llegan a comprometer seriamente la paz familiar. ¹Qué consejos daría
usted a los matrimonios?
Que se quieran. Y que sepan que a lo largo de la vida habrá riñas y
dificultades que, resueltas con naturalidad, contribuirán incluso a
hacer más hondo el cariño.
Cada uno de nosotros tiene su carácter, sus gustos personales, su genio
-su mal genio, a veces- y sus defectos. Cada uno tiene también cosas
agradables en su personalidad, y por eso y por muchas más razones, se le
puede querer. La convivencia es posible cuanto todos tratan de corregir
las propias deficiencias y procuran pasar por encima de las faltas de
los demás: es decir, cuando hay amor, que anula y supera todo lo que
falsamente podría ser motivo de separación o de divergencia. En cambio,
si se dramatizan los pequeños contrastes y mutuamente comienzan a
echarse en cara los defectos y las equivocaciones, entonces se acaba la
paz y se corre el riesgo de matar el cariño.
Los matrimonios tienen gracia de estado -la gracia del sacramento- para
vivir todas las virtudes humanas y cristianas de la convivencia: la
comprensión, el buen humor, la paciencia, el perdón, la delicadeza en el
trato mutuo. Lo importante es que no se abandonen, que no dejen que les
domine el nerviosismo, el orgullo o las manías personales. Para eso, el
marido y la mujer deben crecer en vida interior y aprender de la Sagrada
Familia a vivir con finura -por un motivo humano y sobrenatural a la
vez- las virtudes del hogar cristiano. Repito: la gracia de Dios no les
falta. Si alguno dice que no puede aguantar esto o aquello, que le
resulta imposible callar, está exagerando para justificarse. Hay que
pedir a Dios la fuerza para saber dominar el propio capricho; la gracia,
para saber tener el dominio de sí mismo. Porque los peligros de un
enfado están ahí: en que se pierda el control y las palabras se puedan
llenar de amargura, y lleguen a ofender y, aunque tal vez no se deseaba,
a herir y a hacer daño. 108 Es preciso aprender a callar, a esperar y a
decir las cosas de modo positivo, optimista. Cuando él se enfada, es el
momento de que ella sea especialmente paciente, hasta que llegue otra
vez la serenidad; y al revés. Si hay cariño sincero y preocupación por
aumentarlo, es muy difícil que los dos se dejen dominar por el mal humor
a la misma hora...
Otra cosa muy importante: debemos acostumbrarnos a pensar que nunca
tenemos toda la razón. Incluso se puede decir que, en asuntos de
ordinario tan opinables, mientras más seguro se está de tener toda la
razón, tanto más indudable es que no la tenemos. Discurriendo de este
modo, resulta luego más sencillo rectificar y, si hace falta, pedir
perdón, que es la mejor manera de acabar con un enfado: así se llega a
la paz y al cariño. No os animo a pelear: pero es razonable que peleemos
alguna vez con los que más queremos, que son los que habitualmente viven
con nosotros. No vamos a reñir con el preste Juan de las Indias. Por
tanto, esas pequeñas trifulcas entre los esposos, si no son frecuentes
-y hay que procurar que no lo sean-, no denotan falta de amor, e incluso
pueden ayudar a aumentarlo.
Un último consejo: que no riñan nunca delante de los hijos: para
lograrlo, basta que se pongan de acuerdo con una palabra determinada,
con una mirada, con un gesto. Ya regañarán después, con más serenidad,
si no son capaces de evitarlo. La paz conyugal debe ser el ambiente de
la familia, porque es la condición necesaria para una educación honda y
eficaz. Que los niños vean en sus padres un ejemplo de entrega, de amor
sincero, de ayuda mutua, de comprensión; y que las pequeñeces de la vida
diaria no les oculten la realidad de un cariño, que es capaz de superar
cualquier cosa.
A veces nos tomamos demasiado en serio. Todos nos enfadamos de cuando en
cuando; en ocasiones, porque es necesario; otras veces, porque nos falta
espíritu de mortificación. Lo importante es demostrar que esos enfados
no quiebran el afecto, reanudando la intimidad familiar con una sonrisa.
En una palabra, que marido y mujer vivan queriéndose el uno al otro, y
queriendo a sus hijos, porque así quieren a Dios.
109
Pasando a un tema muy concreto: se acaba de anunciar la apertura en
Madrid de una Escuela-residencia dirigida por la Sección femenina del
Opus Dei, que se propone crear un ambiente de familia y proporcionar una
formación completa a las empleadas del hogar, cualificándolas en su
profesión. ¹Qué influencia cree usted que pueden tener, para la
sociedad, este tipo de actividades del Opus Dei?.
Esa obra apostólica -hay muchas semejantes llevadas por asociadas del
Opus Dei, que trabajan junto con otras personas que no son de nuestra
Asociación- tiene como fin principal el de dignificar el oficio de las
empleadas del hogar, de modo que puedan realizar su trabajo con sentido
científico. Digo con sentido científico, porque es preciso que el
trabajo en el hogar se desarrolle como lo que es: como una verdadera
profesión. 109 No hay que olvidar que se ha querido presentar ese
trabajo como algo humillante. No es cierto: humillantes eran, sin duda,
las condiciones en que muchas veces se desarrollaba esa tarea. Y
humillantes siguen siendo algunas veces ahora: porque trabajan según el
capricho de señores arbitrarios, sin garantías de derechos para sus
servidores, con escasa retribución económica, sin afecto. Hay que exigir
el respeto de un adecuado contrato de trabajo, con seguridades claras y
precisas; hay que establecer netamente los derechos y los deberes de
cada parte.
Es necesario -además de esas garantías jurídicas- que la persona que
preste ese servicio esté capacitada, profesionalmente preparada. He
dicho servicio -aunque la palabra hoy no gusta- porque toda tarea social
bien hecha es eso, un estupendo servicio: tanto la tarea de la empleada
del hogar como la del profesor o la del juez. Sólo no es servicio el
trabajo de quien lo condiciona todo a su propio bienestar.
Es una cosa de primera importancia el trabajo en el hogar! Por lo demás,
todos los trabajos pueden tener la misma calidad sobrenatural: no hay
tareas grandes o pequeñas; todas son grandes, si se hacen por amor. Las
que se tienen como tareas grandes se empequeñecen, cuando se pierde el
sentido cristiano de la vida. En cambio, hay cosas, aparentemente
pequeñas, que pueden ser muy grandes por las consecuencias reales que
tienen. Para mí igualmente importante es el trabajo de una hija mía
asociada del Opus Dei que es empleada del hogar, que el trabajo de una
hija mía que tiene un título nobiliario. En los dos casos, sólo me
interesa que el trabajo que realicen sea medio y ocasión de
santificación personal y ajena: y será más importante la labor de la
persona que, en su propia ocupación y en su propio estado, vaya
haciéndose más santa y cumpla con más amor la misión recibida de Dios.
Ante Dios, igual categoría tiene la que es catedrático de una
universidad, como la que trabaja como dependiente de un comercio o como
secretaria o como obrera o como campesina: todas las almas son iguales.
Sólo que a veces son más hermosas las almas de las personas más
sencillas, y siempre son más agradables al Señor las que tratan con más
intimidad a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo. Con esa
Escuela que se ha abierto en Madrid, puede hacerse mucho: una auténtica
y eficaz ayuda a la sociedad, en una tarea importante; y una labor
cristiana en el seno del hogar, llevando a las casas alegría, paz,
comprensión. Estaría hablando horas sobre este tema, pero ya es
suficiente lo que he dicho para ver que entiendo el trabajo en el hogar
como un oficio de trascendencia muy particular, porque se puede hacer
con él mucho bien o mucho mal en la entraña misma de las familias.
Esperemos que sea mucho bien: no faltarán personas que, con categoría
humana, con competencia y con ilusión apostólica, harán de esa profesión
una tarea alegre, de eficacia inmensa en tantos hogares del mundo.
110
Circunstancias de muy diversa índole y exhortaciones y enseñanzas del
Magisterio de la Iglesia, han creado y estimulado una profunda inquietud
social. Se habla mucho de la virtud de la pobreza, como testimonio.
¹Cómo puede vivirla un ama de casa, que debe proporcionar a su familia
un justo bienestar?. Se anuncia el Evangelio a los pobres (Mat 11, 5),
leemos en la Escritura, precisamente como uno de los signos que dan a
conocer la llegada del Reino de Dios. Quien no ame y viva la virtud de
la pobreza no tiene el espíritu de Cristo. Y esto es válido para todos:
tanto para el anacoreta que se retira al desierto, como para el
cristiano corriente que vive en medio de la sociedad humana, usando de
los recursos de este mundo o careciendo de muchos de ellos.
Es éste un tema en el que querría detenerme un poco, porque no siempre
se predica hoy la pobreza de modo que su mensaje llegue a la vida. Sin
duda con buena voluntad, pero sin haber captado del todo el sentido de
los tiempos, hay quienes predican una pobreza fruto de una elucubración
intelectual, que tiene ciertos aparatosos signos exteriores y
simultáneamente enormes deficiencias interiores y a veces también
externas. Haciéndome eco de una expresión del profeta Isaías -discite
benefacere (1, 17)-, me gusta decir que hay que aprender a vivir toda
virtud, y quizá muy especialmente la pobreza. Hay que aprender a
vivirla, para que no quede reducida a un ideal sobre el que se puede
escribir mucho, pero que nadie realiza seriamente. Hay que hacer ver que
la pobreza es invitación que el Señor dirige a cada cristiano, y que es
-por tanto- llamada concreta que debe informar toda la vida de la
humanidad.
Pobreza no es miseria, y mucho menos suciedad. En primer lugar, porque
lo que define al cristiano no son tanto las condiciones exteriores de su
existencia, cuanto la actitud de su corazón. Pero además, y aquí nos
acercamos a un punto muy importante del que depende una recta
comprensión de la vocación laical, porque la pobreza no se define por la
simple renuncia. En determinadas ocasiones el testimonio de pobreza que
a los cristianos se pide puede ser el de abandonarlo todo, el de
enfrentarse con un ambiente que no tiene otros horizontes que los del
bienestar material, y proclamar así, con un gesto estentóreo, que nada
es bueno si se lo prefiere a Dios. Pero ¹es ése el testimonio que de
ordinario pide hoy la Iglesia? ¹No es verdad que exige que se dé también
testimonio explícito de amor al mundo, de solidaridad con los hombres?
A veces se reflexiona sobre la pobreza cristiana, teniendo como
principal punto de referencia a los religiosos, de los que es propio dar
siempre y en todo lugar un testimonio público, oficial: y se corre el
riesgo de no advertir el carácter específico de un testimonio laical,
dado desde dentro, con la sencillez de lo ordinario.
Todo cristiano corriente tiene que hacer compatibles, en su vida, dos
aspectos que pueden a primera vista parecer contradictorios. Pobreza
real, que se note y se toque -hecha de cosas concretas-, que sea una
profesión de fe en Dios, una manifestación de que el corazón no se
satisface con las cosas creadas, sino que aspira al Creador, que desea
llenarse de amor de Dios, y dar luego a todos de ese mismo amor. Y, al
mismo tiempo, ser uno más entre sus hermanos los hombres, de cuya vida
participa, con quienes se alegra, con los que colabora, amando el mundo
y todas las cosas buenas que hay en el mundo, utilizando todas las cosas
creadas para resolver los problemas de la vida humana, y para establecer
el ambiente espiritual y material que facilita el desarrollo de las
personas y de las comunidades. Lograr la síntesis entre esos dos
aspectos es -en buena parte- cuestión personal, cuestión de vida
interior, para juzgar en cada momento, para encontrar en cada caso lo
que Dios nos pide. No quiero, pues, dar reglas fijas, aunque sí unas
orientaciones generales, refiriéndome especialmente a las madres de
familia.
Sacrificio: ahí está en gran parte la realidad de la pobreza. Es saber
prescindir de lo superfluo, medido no tanto por reglas teóricas cuando
según esa voz interior, que nos advierte que se está infiltrando el
egoísmo o la comodidad indebida. Confort, en su sentido positivo, no es
lujo ni voluptuosidad, sino hacer la vida agradable a la propia familia,
y a los demás, para que todos puedan servir mejor a Dios.
La pobreza está en encontrarse verdaderamente desprendido de las cosas
terrenas; en llevar con alegría las incomodidades, si las hay, o la
falta de medios. Es además saber tener todo el día cogido por un horario
elástico, en el que no falte como tiempo principal -además de las normas
diarias de piedad- el debido descanso, la tertulia familiar, la lectura,
el rato dedicado a una afición de arte, de literatura o de otra
distracción noble: llenando las horas con una tarea útil, haciendo las
cosas lo mejor posible, viviendo los pequeños detalles de orden, de
puntualidad, de buen humor. En una palabra, encontrando lugar para el
servicio de los demás y para sí misma: sin olvidar que todos los
hombres, todas las mujeres -y no sólo los materialmente pobres- tienen
obligación de trabajar: la riqueza, la situación de desahogo económico
es una señal de que es está mas obligado a sentir la responsabilidad de
la sociedad entera.
El amor es lo que da sentido al sacrificio. Toda madre sabe bien qué es
sacrificarse por sus hijos: no está sólo en concederles unas horas, sino
en gastar en su beneficio toda la vida. Vivir pensando en los demás,
usar de las cosas de tal manera que haya algo que ofrecer a los otros:
todo eso son dimensiones de la pobreza, que garantizan el
desprendimiento efectivo.
Para una madre es importante no sólo vivir así, sino también enseñar a
vivir así a sus hijos: educarles, fomentando en ellos la fe, la
esperanza optimista y la caridad; enseñarles a superar el egoísmo y a
emplear parte de su tiempo con generosidad en servicio de los menos
afortunados, participando en tareas, adecuadas a su edad, en las que se
ponga de manifiesto un afán de solidaridad humana y divina.
Para resumir: que cada uno viva cumpliendo su vocación. Para mí, el
mejor modelo de pobreza han sido siempre esos padres y esas madres de
familia numerosa y pobre, que se desviven por sus hijos, y que con su
esfuerzo y su constancia -muchas veces sin voz para decir a nadie que
sufren necesidades- sacan adelante a los suyos, creando un hogar alegre
en el que todos aprenden a amar, a servir, a trabajar.
112
A lo largo de esta entrevista ha habido ocasión de comentar aspectos
importantes de la vida humana y específicamente de la vida de la mujer;
y de advertir cómo los valora el espíritu del Opus Dei. ¹Podría
decirnos, para terminar, cómo considera que se debe promover el papel de
la mujer en la vida de la Iglesia?
No puedo ocultar que, al responder a una pregunta de este tipo, siento
la tentación -contraria a mi práctica habitual- de hacerlo de un modo
polémico. Porque hay algunas personas que emplean ese lenguaje de una
manera clerical, usando la palabra Iglesia como sinónimo de algo que
pertenece al clero, a la Jerarquía eclesiástica. Y así, por
participación en la vida de la Iglesia, entienden sólo o principalmente
la ayuda prestada a la vida parroquial, la colaboración en asociaciones
con mandato de la Sagrada Jerarquía, la asistencia activa en las
funciones litúrgicas, y cosas semejantes.
Quienes piensan así olvidan en la práctica -aunque quizá lo proclamen en
la teoría- que la Iglesia es la totalidad del Pueblo de Dios, el
conjunto de todos los cristianos; que, por tanto, allá donde hay un
cristiano que se esfuerza por vivir en nombre de Jesucristo, allí está
presente la Iglesia.
Con esto no pretendo minimizar la importancia de la colaboración que la
mujer puede prestar a la vida de la estructura eclesiástica. Al
contrario, la considero imprescindible. He dedicado mi vida a defender
la plenitud de la vocación cristiana del laicado, de los hombres y de
las mujeres corrientes que viven en medio del mundo y, por tanto, a
procurar el pleno reconocimiento teológico y jurídico de su misión en la
Iglesia y en el mundo.
Sólo quiero hacer notar que hay quienes promueven una reducción
injustificada de esa colaboración; y señalar que el cristiano corriente,
hombre o mujer, puede cumplir su misión específica, también la que le
corresponde dentro de la estructura eclesial, sólo si no se clericaliza,
si sigue siendo secular, corriente, persona que vive en el mundo y que
participa de los afanes del mundo.
Corresponde a los millones de mujeres y de hombres cristianos que llenan
la tierra, llevar a Cristo a todas las actividades humanas, anunciando
con sus vidas que Dios ama a todos y quiere salvar a todos. Por eso la
mejor manera de participar en la vida de la Iglesia, la más importante y
la que, en todo caso, ha de estar presupuesta en todas las demás, es la
de ser íntegramente cristianos en el lugar donde están en la vida, donde
les ha llevado su vocación humana.
Cuánto me emociona pensar en tantos cristianos y en tantas cristianas
que, quizá sin proponérselo de una manera específica, viven con
sencillez su vida ordinaria, procurando encarnar en ella la Voluntad de
Dios! Darles conciencia de la excelsitud de su vida; revelarles que eso,
que aparece sin importancia, tiene un valor de eternidad; enseñarles a
escuchar más atentamente la voz de Dios, que les habla a través de
sucesos y situaciones, es algo de lo que la Iglesia tiene hoy apremiante
necesidad: porque a eso la está urgiendo Dios.
Cristianizar desde dentro el mundo entero, mostrando que Jesucristo ha
redimido a toda la humanidad: ésa es la misión del cristiano. Y la mujer
participará en ella de la manera que le es propia, tanto en el hogar,
como en las otras ocupaciones que desarrolle, realizando las peculiares
virtualidades que le corresponden.
Lo principal es, pues, que como Santa María -mujer, Virgen y Madre-
vivan de cara a Dios, pronunciando ese fiat mihi secundum verbum tuum,
hágase en mí según tu palabra, del que depende la fidelidad a la
personal vocación, única e intransferible en cada caso, que nos hará ser
cooperadores de la obra de salvación que Dios realiza en nosotros y en
el mundo entero.
113"8.
AMAR AL MUNDO APASIONADAMENTE
Homilía pronunciada en el campus de la Universidad de Navarra el
8-X-1967.
Acabáis de escuchar la lectura solemne de los dos textos de la Sagrada
Escritura, correspondientes a la Misa del domingo XXI después de
Pentecostés. Haber oído la Palabra de Dios os sitúa ya en el ámbito en
el que quieren moverse estas palabras mías que ahora os dirijo: palabras
de sacerdote, pronunciadas ante una gran familia de hijos de Dios en su
Iglesia Santa. Palabras, pues, que desean ser sobrenaturales, pregoneras
de la grandeza de Dios y de sus misericordias con los hombres: palabras
que os dispongan a la impresionante Eucaristía que hoy celebramos en el
campus de la Universidad de Navarra.
Considerad unos instantes el hecho que acabo de mencionar. Celebramos la
Sagrada Eucaristía, el sacrificio sacramental del Cuerpo y de la Sangre
del Señor, ese misterio de fe que anuda en sí todos los misterios del
Cristianismo. Celebramos, por tanto, la acción más sagrada y
trascendente que los hombres, por la gracia de Dios, podemos realizar en
esta vida: comulgar con el Cuerpo y la Sangre del Señor viene a ser, en
cierto sentido, como desligarnos de nuestras ataduras de tierra y de
tiempo, para estar ya con Dios en el Cielo, donde Cristo mismo enjugará
las lágrimas de nuestros ojos y donde no habrá muerte, ni llanto, ni
gritos de fatiga, porque el mundo viejo ya habrá terminado. Esta verdad
tan consoladora y profunda, esta significación escatológica de la
Eucaristía, como suelen denominarla los teólogos, podría, sin embargo,
ser malentendida: lo ha sido siempre que se ha querido presentar la
existencia cristiana como algo solamente espiritual -espiritualista,
quiero decir-, propio de gentes puras, extraordinarias, que no se
mezclan con las cosas despreciables de este mundo, o, a lo más, que las
toleran como algo necesariamente yuxtapuesto al espíritu, mientras
vivimos aquí.
Cuando se ven las cosas de este modo, el templo se convierte en el lugar
por antonomasia de la vida cristiana; y ser cristiano es, entonces, ir
al templo, participar en sagradas ceremonias, incrustarse en una
sociología eclesiástica, en una especie de mundo segregado, que se
presenta a sí mismo como la antesala del cielo, mientras el mundo común
recorre su propio camino. La doctrina del Cristianismo, la vida de la
gracia, pasarían, pues, como rozando el ajetreado avanzar de la historia
humana, pero sin encontrarse con él.
En esta mañana de octubre, mientras nos disponemos a adentrarnos en el
memorial de la Pascua del Señor, respondemos sencillamente que no a esa
visión deformada del Cristianismo. Reflexionad por un momento en el
marco de nuestra Eucaristía, de nuestra Acción de Gracias: nos
encontramos en un templo singular; podría decirse que la nave es el
campus universitario; el retablo, la Biblioteca de la Universidad; allá,
la maquinaria que levanta nuevos edificios; y arriba, el cielo de
Navarra...
¹No os confirma esta enumeración, de una forma plástica e inolvidable,
que es la vida ordinaria el verdadero lugar de nuestra existencia
cristiana? Hijos míos, allí donde están vuestros hermanos los hombres,
allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros
amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo.
Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra, donde debemos
santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres.
Lo he enseñado constantemente con palabras de la Escritura Santa: el
mundo no es malo, porque ha salido de las manos de Dios, porque es
criatura suya, porque Yaveh lo miró y vio que era bueno. Somos los
hombres los que lo hacemos malo y feo, con nuestros pecados y nuestras
infidelidades. No lo dudéis, hijos míos: cualquier modo de evasión de
las honestas realidades diarias es para vosotros, hombres y mujeres del
mundo, cosa opuesta a la voluntad de Dios.
114
Por el contrario, debéis comprender ahora -con una nueva claridad- que
Dios os llama a servirle en y desde las tareas civiles, materiales,
seculares de la vida humana: en un laboratorio, en el quirófano de un
hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en
el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso
panorama del trabajo, Dios nos espera cada día. Sabedlo bien: hay un
algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a
cada uno de vosotros descubrir.
Yo solía decir a aquellos universitarios y a aquellos obreros que venían
junto a mí por los años treinta, que tenían que saber materializar la
vida espiritual. Quería apartarlos así de la tentación, tan frecuente
entonces y ahora, de llevar como una doble vida: la vida interior, la
vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada,
la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades
terrenas. 114 Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida, que
no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay
una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser
-en el alma y en el cuerpo- santa y llena de Dios: a ese Dios invisible,
lo encontramos en las cosas más visibles y materiales.
No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida
ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca. Por eso puedo deciros
que necesita nuestra época devolver -a la materia y a las situaciones
que parecen más vulgares- su noble y original sentido, ponerlas al
servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo de ellas medio y
ocasión de nuestro encuentro continuo con Jesucristo.
El auténtico sentido cristiano -que profesa la resurrección de toda
carne- se enfrentó siempre, como es lógico, con la desencarnación, sin
temor a ser juzgado de materialismo. Es lícito, por tanto, hablar de un
materialismo cristiano, que se opone audazmente a los materialismos
cerrados al espíritu.
115
¹Qué son los sacramentos -huellas de la Encarnación del Verbo, como
afirmaron los antiguos- sino la más clara manifestación de este camino,
que Dios ha elegido para santificarnos y llevarnos al Cielo? ¹No veis
que cada sacramento es el amor de Dios, con toda su fuerza creadora y
redentora, que se nos da sirviéndose de de medios materiales? ¹Qué es
esta Eucaristía -ya inminente- sino el Cuerpo y la Sangre adorables de
nuestro Redentor, que se nos ofrece a través de la humilde materia de
este mundo -vino y pan-, a través de los elementos de la naturaleza,
cultivados por el hombre, como el último Concilio Ecuménico ha querido
recordar?.Se comprende, hijos, que el Apóstol pudiera escribir: todas
las cosas son vuestras, vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios. Se
trata de un movimiento ascendente que el Espíritu Santo, difundido en
nuestros corazones, quiere provocar en el mundo: desde la tierra, hasta
la gloria del Señor. Y para que quedara claro que -en ese movimiento- se
incluía aun lo que parece más prosaico, San Pablo escribió también: ya
comáis, ya bebáis, hacedlo todo para la gloria de Dios.
Esta doctrina de la Sagrada Escritura, que se encuentra -como sabéis- en
el núcleo mismo del espíritu del Opus Dei, os ha de llevar a realizar
vuestro trabajo con perfección, a amar a Dios y a los hombres al poner
amor en las cosas pequeñas de vuestra jornada habitual, descubriendo ese
algo divino que en los detalles se encierra. Qué bien cuadran aquí
aquellos versos del poeta de Castilla!: Despacito, y buena letra: / el
hacer las cosas bien / importa más que el hacerlas.
116
Os aseguro, hijos míos, que cuando un cristiano desempeña con amor lo
más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la
trascendencia de Dios. Por eso os he repetido, con un repetido
martilleo, que la vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de
la prosa de cada día. En la línea del horizonte, hijos míos, parecen
unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en
vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria...
Vivir santamente la vida ordinaria, acabo de deciros. Y con esas
palabras me refiero a todo el programa de vuestro quehacer cristiano.
Dejaos, pues, de sueños, de falsos idealismos, de fantasías, de eso que
suelo llamar mística ojalatera - ojalá no me hubiera casado, ojalá no
tuviera esta profesión, ojalá tuviera más salud, ojalá fuera joven,
ojalá fuera viejo!...-, y ateneos, en cambio, sobriamente, a la realidad
más material e inmediata, que es donde está el Señor: mirad mis manos y
mis pies, dijo Jesús resucitado: soy yo mismo. Palpadme y ved que un
espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo.
Son muchos los aspectos del ambiente secular, en el que os movéis, que
se iluminan a partir de estas verdades. Pensad, por ejemplo, en vuestra
actuación como ciudadanos en la vida civil. Un hombre sabedor de que el
mundo -y no sólo el templo- es el lugar de su encuentro con Cristo, ama
ese mundo, procura adquirir una buena preparación intelectual y
profesional, va formando -con plena libertad- sus propios criterios
sobre los problemas del medio en que se desenvuelve; y toma, en
consecuencia, sus propias decisiones que, por ser decisiones de un
cristiano, proceden además de una reflexión personal, que intenta
humildemente captar la voluntad de Dios en esos detalles pequeños y
grandes de la vida.
Pero a ese cristiano jamás se le ocurre creer o decir que él baja del
templo al mundo para representar a la Iglesia, y que sus soluciones son
las soluciones católicas a aquellos problemas. Esto no puede ser, hijos
míos! Esto sería clericalismo, catolicismo oficial o como queráis
llamarlo. En cualquier caso, es hacer violencia a la naturaleza de las
cosas. Tenéis que difundir por todas partes una verdadera mentalidad
laical, que ha de llevar a tres conclusiones:
-a ser lo suficientemente honrados, para pechar con la propia
responsabilidad personal;
-a ser lo suficientemente cristianos, para respetar a los hermanos en la
fe, que proponen -en materias opinables- soluciones diversas a la que
cada uno de nosotros sostiene;
-y a ser lo suficientemente católicos, para no servirse de nuestra Madre
la Iglesia, mezclándola en banderías humanas.
117
Se ve claro que, en este terreno como en todos, no podríais realizar ese
programa de vivir santamente la vida ordinaria, si no gozarais de toda
la libertad que os reconocen -a la vez- la Iglesia y vuestra dignidad de
hombres y de mujeres creados a imagen de Dios. La libertad personal es
esencial en la vida cristiana. Pero no olvidéis, hijos míos, que hablo
siempre de una libertad responsable.
Interpretad, pues, mis palabras, como lo que son: una llamada a que
ejerzáis - a diario!, no sólo en situaciones de emergencia- vuestros
derechos; y a que cumpláis noblemente vuestras obligaciones como
ciudadanos -en la vida política, en la vida económica, en la vida
universitaria, en la vida profesional-, asumiendo con valentía todas las
consecuencias de vuestras decisiones libres, cargando con la
independencia personal que os corresponde. Y esta cristiana mentalidad
laical os permitirá huir de toda intolerancia, de todo fanatismo -lo
diré de un modo positivo-, os hará convivir en paz con todos vuestros
conciudadanos, y fomentar también la convivencia en los diversos órdenes
de la vida social.
Sé que no tengo necesidad de recordar lo que, a lo largo de tantos años,
he venido repitiendo. Esta doctrina de libertad ciudadana, de
convivencia y de comprensión, forma parte muy principal del mensaje que
el Opus Dei difunde. ¹Tendré que volver a afirmar que los hombres y las
mujeres, que quieren servir a Jesucristo en la Obra de Dios, son
sencillamente ciudadanos iguales a los demás, que se esfuerzan por vivir
con seria responsabilidad -hasta las últimas conclusiones- su vocación
cristiana?
118
Nada distingue a mis hijos de sus conciudadanos. En cambio, fuera de la
Fe, nada tienen en común con los miembros de las congregaciones
religiosas. Amo a los religiosos y venero y admiro sus clausuras, sus
apostolados, su apartamiento del mundo -su contemptus mundi- que son
otros signos de santidad en la Iglesia. Pero el Señor no me ha dado
vocación religiosa, y desearla para mí sería un desorden. Ninguna
autoridad en la tierra me podrá obligar a ser religioso, como ninguna
autoridad puede forzarme a contraer matrimonio. Soy sacerdote secular:
sacerdote de Jesucristo, que ama apasionadamente el mundo.
Quienes han seguido a Jesucristo -conmigo, pobre pecador- son: un
pequeño tanto por ciento de sacerdotes, que antes han ejercido una
profesión o un oficio laical; un gran número de sacerdotes seculares de
muchas diócesis del mundo -que así confirman su obediencia a sus
respectivos Obispos y su amor y la eficacia de su trabajo diocesano-,
siempre con los brazos abiertos en cruz para que todas las almas quepan
en sus corazones, y que están como yo en medio de la calle, en el mundo,
y lo aman; y la gran muchedumbre formada por hombres y por mujeres -de
diversas naciones, de diversas lenguas, de diversas razas- que viven de
su trabajo profesional, casados la mayor parte, solteros muchos otros,
que participan con sus conciudadanos en la grave tarea de hacer más
humana y más justa la sociedad temporal; en la noble lid de los afanes
diarios, con personal responsabilidad -repito-, experimentando con los
demás hombres, codo con codo, éxitos y fracasos, tratando de cumplir sus
deberes y de ejercitar sus derechos sociales y cívicos. Y todo con
naturalidad, como cualquier cristiano consciente, sin mentalidad de
selectos, fundidos en la masa de sus colegas, mientras procuran detectar
los brillos divinos que reverberan en las realidades más vulgares.
119
También las obras, que -en cuanto asociación- promueve el Opus Dei,
tienen esas características eminentemente seculares: no son obras
eclesiásticas. No gozan de ninguna representación oficial de la Sagrada
Jerarquía de la Iglesia. Son obras de promoción humana, cultural,
social, realizadas por ciudadanos, que procuran iluminarlas con las
luces del Evangelio y caldearlas con el amor de Cristo. Un dato os lo
aclarará: el Opus Dei, por ejemplo, no tiene ni tendrá jamás como misión
regir Seminarios diocesanos, donde los Obispos instituidos por el
Espíritu Santo preparan a sus futuros sacerdotes.
Fomenta, en cambio, el Opus Dei centros de formación obrera, de
capacitación campesina, de enseñanza primaria, media y universitaria, y
tantas y tan variadas labores más, en todo el mundo, porque su afán
apostólico -escribí hace muchos años- es un mar sin orillas.
120
Pero ¹cómo me he de alargar en esta materia, si vuestra misma presencia
es más elocuente que un prolongado discurso? Vosotros, Amigos de la
Universidad de Navarra, sois parte de un pueblo que sabe que está
comprometido en el progreso de la sociedad, a la que pertenece. Vuestro
aliento cordial, vuestra oración, vuestro sacrificio y vuestras
aportaciones no discurren por los cauces de un confesionalismo católico:
al prestar vuestra cooperación sois claro testimonio de una recta
conciencia ciudadana, preocupada del bien común temporal; atestiguáis
que una Universidad puede nacer de las energías del pueblo, y ser
sostenida por el pueblo.
Una vez más quiero, en esta ocasión, agradecer la colaboración que
rinden a nuestra Universidad mi nobilísima ciudad de Pamplona, la grande
y recia región navarra; los Amigos procedentes de toda la geografía
española y -con particular emoción lo digo- los no españoles, y aun los
no católicos y los no cristianos, que han comprendido, y lo muestran con
hechos, la intención y el espíritu de esta empresa. A todos se debe que
la Universidad sea un foco, cada vez más vivo, de libertad cívica, de
preparación intelectual, de emulación profesional, y un estímulo para la
enseñanza universitaria. Vuestro sacrificio generoso está en la base de
la labor universal, que busca el incremento de las ciencias humanas, la
promoción social, la pedagogía de la fe.
Lo que acabo de señalar lo ha visto con claridad el pueblo navarro, que
reconoce también en su Universidad ese factor de promoción económica
para la región y, especialmente, de promoción social, que ha permitido a
tantos de sus hijos un acceso a las profesiones intelectuales, que -de
otro modo- sería arduo y, en ciertos casos, imposible. El entendimiento
del papel que la Universidad habría de jugar en su vida, es seguro que
motivó el apoyo que Navarra le dispensó desde un principio: apoyo que
sin duda habrá de ser, de día en día, más amplio y entusiasta. Sigo
manteniendo la esperanza -porque responde a un criterio justo y a la
realidad vigente en tantos países- de que llegará el momento en el que
el Estado español contribuirá, por su parte, a aliviar las cargas de una
tarea que no persigue provecho privado alguno, sino que -al contrario-
por estar totalmente consagrada al servicio de la sociedad, procura
trabajar con eficacia por la prosperidad presente y futura de la nación.
Y ahora, hijos e hijas, dejadme que me detenga en otro aspecto
-particularmente entrañable- de la vida ordinaria. Me refiero al amor
humano, al amor limpio entre un hombre y una mujer, al noviazgo, al
matrimonio. He de decir una vez más que ese santo amor humano no es algo
permitido, tolerado, junto a las verdaderas actividades del espíritu,
como podría insinuarse en los falsos espiritualismos a que antes aludía.
Llevo predicando de palabra y por escrito todo lo contrario desde hace
cuarenta años, y ya lo van entendiendo los que no lo comprendían.
121
El amor, que conduce al matrimonio y a la familia, puede ser también un
camino divino, vocacional, maravilloso, cauce para una completa
dedicación a nuestro Dios. Realizad las cosas con perfección, os he
recordado, poned amor en las pequeñas actividades de la jornada,
descubrid -insisto- ese algo divino que en los detalles se encierra:
toda esta doctrina encuentra especial lugar en el espacio vital, en el
que se encuadra el amor humano. Ya lo sabéis, profesores, alumnos, y
todos los que dedicáis vuestro quehacer a la Universidad de Navarra: he
encomendado vuestros amores a Santa María, Madre del Amor Hermoso. Y ahí
tenéis la ermita que hemos construido con devoción, en el campus
universitario, para que recoja vuestras oraciones y la oblación de ese
estupendo y limpio amor, que Ella bendice.
¹No sabíais que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que habéis
recibido de Dios, y que no os pertenecéis?. Cuántas veces, ante la
imagen de la Virgen Santa, de la Madre del Amor Hermoso, responderéis
con una afirmación gozosa a la pregunta del Apóstol!: Sí, lo sabemos y
queremos vivirlo con tu ayuda poderosa, oh Virgen Madre de Dios.
La oración contemplativa surgirá en vosotros cada vez que meditéis en
esta realidad impresionante: algo tan material como mi cuerpo ha sido
elegido por el Espíritu Santo para establecer su morada..., ya no me
pertenezco..., mi cuerpo y mi alma -mi ser entero- son de Dios... Y esta
oración será rica en resultados prácticos, derivados de la gran
consecuencia que el mismo Apóstol propone: glorificad a Dios en vuestro
cuerpo.
Por otra parte, no podéis desconocer que sólo entre los que comprenden y
valoran en toda su profundidad cuanto acabamos de considerar acerca del
amor humano, puede surgir esa otra comprensión inefable de la que
hablará Jesús, que es un puro donde Dios y que impulsa a entregar el
cuerpo y el alma al Señor, a ofrecerle el corazón indiviso, sin la
mediación del amor terreno.
122
Debo terminar ya, hijos míos. Os dije al comienzo que mi palabra querría
anunciaros algo de la grandeza y de la misericordia de Dios. Pienso
haberlo cumplido, al hablaros de vivir santamente la vida ordinaria:
porque una vida santa en medio de la realidad secular -sin ruido, con
sencillez, con veracidad-, ¹no es hoy acaso la manifestación más
conmovedora de las magnalia Dei, de esas portentosas misericordias que
Dios ha ejercido siempre, y no deja de ejercer, para salvar al mundo?
123
Ahora os pido con el salmista que os unáis a mi oración y a mi alabanza:
magnificate Dominum mecum, et extollamus nomen eius simul; engrandeced
al Señor conmigo, y ensalcemos su nombre todos juntos. Es decir, hijos
míos, vivamos de fe.
Tomemos el escudo de la fe, el casco de salvación y la espada del
espíritu que es la Palabra de Dios. Así nos anima el Apóstol San Pablo
en la epístola a los de Efeso, que hace unos momentos se proclamaba
litúrgicamente.
Fe, virtud que tanto necesitamos los cristianos, de modo especial en
este año de la fe que ha promulgado nuestro amadísimo Santo Padre el
Papa Paulo VI: porque, sin la fe, falta el fundamento mismo para la
santificación de la vida ordinaria.
Fe viva en estos momentos, porque nos acercamos al mysterium fidei, a la
Sagrada Eucaristía; porque vamos a participar en esta Pascua del Señor,
que resume y realiza las misericordias de Dios con los hombres.
Fe, hijos míos, para confesar que, dentro de unos instantes, sobre este
ara, va a renovarse la obra de nuestra Redención. Fe, para saborear el
Credo y experimentar, en torno a este altar y en esta Asamblea, la
presencia de Cristo, que nos hace cor unum et anima una, un solo corazón
y una sola alma; y nos convierte en familia, en Iglesia, una, santa,
católica, apostólica y romana, que para nosotros es tanto como
universal.
Fe, finalmente, hijas e hijos queridísimos, para demostrar al mundo que
todo esto no son ceremonias y palabras, sino una realidad divina, al
presentar a los hombres el testimonio de una vida ordinaria santificada,
en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y de Santa María.
124
NOTAS:
Cfr. Decreto Presbyterorum Ordinis, n. 8. Schema Decreti Presbyterorum
Ordinis, Typis Polyglottis Vaticanis 1965, pág. 68. Cfr. can. 89 del
C.I.C. Cfr. Const. Lumen gentium, n. 28; Const. Gaudium et spes, n. 43;
Decr. Apostolicam actuositatem, n. 24. Cfr. Const. Lumen gentium, n. 31;
Const. Gaudium et spes, n. 43; Decr. Apostolicam actuositatem, n. 7. Cfr.
Const. Lumen gentium, n. 44; Decr. Perfectae caritatis, n.5. Gal 3,
26-28.
La Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz es una Asociación propia,
intrínseca e inseparable de la Prelatura. Está constituida por los
Clérigos incardinados al Opus Dei y por otros sacerdotes o diáconos,
incardinados en diversas diócesis. Estos sacerdotes y diáconos de otras
diócesis -que no forman parte del clero de la Prelatura, sino que
pertenecen al presbiterio de sus respectivas diócesis y dependen
exclusivamente de su Ordinario, como Superior- se asocian a la Sociedad
Sacerdotal de la Santa Cruz, para buscar su santificación, según el
espíritu y la praxis ascética del Opus Dei. El Prelado del Opus Dei es,
a la vez, Presidente General de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.
1 Cor 7, 20
Recordamos cuanto se ha dicho en la Presentación de este volumen sobre
algunas respuestas, referentes a aspectos jurídicos y organizativos, que
eran exactas y precisas en aquellos momentos en los que el Opus Dei no
había aún recibido la configuración jurídica definitiva deseada por su
Fundador, y que hoy habría que completar con la breve explicación que en
la misma Presentación se da.
Mons Escrivá de Balaguer expresó repetidamente que el Opus Dei, de
hecho, no era un Instituto Secular, como tampoco era una común
asociación de fieles. Aunque en 1947 el Opus Dei fue aprobado como
Instituto Secular, como la solución jurídica menos inadecuada para el
Opus Dei en las normas jurídicas entonces vigentes en la Iglesia, Mons.
Escrivá de Balaguer había pensado, ya desde muchos años antes, que la
situación jurídica definitiva del Opus Dei estaba entre ls estructuras
seculares de jurisdicción personal, como es el caso de las Prelaturas
personales. Estas obras corporativas, de carácter netamente apostólico,
las promueven -como acaba de señalar Mons. Escrivá de Balaguer- los
miembros de la Prelatura junto con otras personas. A la Prelatura Opus
Dei, que asume exclusivamente la responsabilidad de al orientación
doctrinal y espiritual, no pertenecen ni las empresas propietarias de
esas iniciativas, ni los correspondientes bienes muebles o inmuebles.
Los fieles del Opus Dei que trabajan en esas labores lo hacen con
libertad y responsabilidad personales, en plena conformidad con las
leyes del país, y obteniendo de las autoridades el mismo reconocimiento
que se concede a otras actividades similares de los demás ciudadanos.
Anuario Pontificio, 1966, p. 885 y 1226.
Cfr. nota al n. 19. La erección del Opus Dei como Prelatura personal ha
reforzado jurídicamente la unidad del Opus Dei, dejando muy claro que
toda la Prelatura -hombres y mujeres, sacerdotes y seglares, casados y
solteros- constituye una unidad pastoral orgánica e indivisible, que
realiza sus apostolados por medio de la Sección de varones y de la
Sección de mujeres, bajo el gobierno y la dirección del Prelado que,
ayudado por sus Vicarios y sus Consejos, da y asegura la unidad
fundamental de espíritu y jurisdicción entre las dos Secciones.
Por lo demas, el único cambio que habría que introducir en esta
respuesta es meramente terminológico: en lugar de Consiliario, habría
que decir Vicario Regional. Sigue plenamente en vigor todo lo que dice
Mons. Escrivá de Balaguer acerca del espíritu con que se ejerce la
dirección en el Opus Dei.
Cfr. nota al n. 35. Mt 5, 48. Enc. Ecclesiam suam, parte I. Ioan 12, 32
Ioan 3, 30. Act 1, 1. Mt 5, 48.
Cfr. la nota al n. 35. Desde la erección del Opus Dei en Prelatura
personal, en lugar de Presidente General, hay que decir Prelado, que es
el Ordinario propio del Opus Dei, y al que ayudan en el ejercicio de su
labor de gobierno sus Vicarios y Consejos. El Prelado es elegido por el
Congreso General del Opus Dei; esta elección requiere la confirmación
del Papa, como es norma canónica tradicional para los prelados de
jurisdicción elegidos por un Colegio. Mt 10, 24
Mons. Escrivá de Balaguer habla en esta respuesta de dos modos en que
los sacerdotes seculares pueden pertenecer al Opus Dei:
a) los sacerdotes que provienen de los miembros seglares del Opus Dei,
que son llamados a las Sagradas Ordenes por el Prelado, que se
incardinan en la Prelatura y constituyen su presbiterio. Se dedican
fundamentalmente, aunque no exclusivamente, a la atención pastoral de
los fieles incorporados al Opus Dei y, junto con éstos, llevan a cabo el
apostolado específico de difundir, en todos los ambientes de la
sociedad, una profunda toma de conciencia de la llamada universal a la
santidad y al apostolado (cfr. Presentación);
b) los sacerdotes seculares ya incardinados en alguna diócesis pueden
participar también de la vida espiritual del Opus Dei, como señala Mons.
Escrivá de Balaguer al inicio de esta respuesta, asociándose a la
Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, que está intrínsecamente unida a
la Prelatura, y de la que es Presidente General el Prelado del Opus Dei.
Cfr. el texto de la Presentación, pp. 19-20, donde hay una sucinta
explicación de esta asociación sacerdotal, en los precisos términos
jurídicos que aún no podía utilizar Mons. Escrivá de Balaguer al
conceder esta entrevista.
1 Cor 3, 22 Ioan IV, 10. 2 Cor 4, 7. Heb 13, 8. Eph 5, 32. Cant 8, 7.
Mat 19, 12. Const. past. Gaudium et spes, n. 50. Ioan 15, 15 Heb 13, 8.
Ps 42, 4. 1 Cor 16, 19. Mat 18, 20. Eccli 15, 14. Luc 1, 38. Cfr. Apoc
21, 4. Cfr. Gen 1, 7 y ss. cfr. Gaudium et Spes, 38. 1 Cor 3, 22-23. 1
Cor 10, 31. A. Machado, Poesías completas. CLXI.- Proverbios y cantares.
XXIV. Espasa-Calpe. Madrid, 1940. Luc 24, 39. Act 20, 28. 1 Cor 6, 19. 1
Cor 6, 20. Cfr. Mt 19, 11. Eccli 18, 4. Ps 33, 4. Ephes 6, 11 y ss. 1
Tim 3, 9 Secreta del domingo IX después de Pentecostés. Act 4, 32.
|
|