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D.
Álvaro del Portillo
Salvador Bernal
Índice:
PRESENTACIÓN
Capítulo 1 : Inesperada llamada de Dios
Capítulo 2 : Hogar cristiano
Capítulo 3 : La primera juventud
Capítulo 4 : Algunas aficiones
Capítulo 5 : Ingeniero
Capítulo 6 : La guerra de España
Capítulo 7 : En Madrid y desde Madrid
Capítulo 8 : Horas de dificultad
Capítulo 9 : Sacerdote
Capítulo 10 : En Roma
Capítulo 11 : De Pío XII a Juan Pablo I
Capítulo 12 : Concilio Vaticano II
Capítulo 13 : La muerte del fundador del Opus Dei
Capítulo 14 : La herencia de un espíritu
Capítulo 15 : El relevo en la paternidad
Capítulo 16 : Afan de almas
Capítulo 17 : Expansión apostólica
Capítulo 18 : Prelado del Opus Dei
Capítulo 19 : Pastor prudente y recio
Capítulo 20 : La beatificación de Josemaría Escrivá
Capítulo 21 : Ante la cultura y la opinión pública
Capítulo 22 : La ordenación episcopal
Capítulo 23 : El cariño de Juan Pablo II.
Capítulo 24 : Tiempo mariano
Capítulo 25 : Gracias a Dios
Capítulo 26 : El encuentro definitivo con la trinidad
PRESENTACIÓN
En la madrugada del 23 de marzo de 1994 fallecía en Roma Mons. Alvaro del
Portillo, Obispo Prelado del Opus Dei. Conocí la noticia en Madrid unos
minutos después de las nueve de la mañana. Cuando me quise dar cuenta,
estaba escribiendo un artículo que debería entregar a un diario de la
capital de España antes de las cinco de la tarde. En medio de la urgencia,
afloraban en mí las mismas sensaciones que tuve el 26 de junio de 1975,
cuando murió Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer. Incluso, escribía palabras
semejantes, como comprobé al encontrar el comentario periodístico que había
publicado casi veinte años atrás con el título "Convertir las lágrimas en
oración".
"Se llora cuando alguno muere, y se siente dolor y el corazón se aflige, y
todo se vuelve amargura", proclamaba en sus Confesiones San Agustín, gran
conocedor de los contrastes del corazón humano y de la incapacidad de las
cosas creadas para colmar las ansias de felicidad. No encontré un modo mejor
para describir mis sentimientos aquella mañana de marzo. Esa impresión se
agudizaba al tomar conciencia de que no volvería a ver la estampa amable de
un hombre ue, gastado en mil batallas, derrochó cariño a manos llenas y
nunca perdió la juventud del amor.
Había pasado muchas horas a su lado, desde 1976 hasta muy poco antes de su
fallecimiento: junto con otras personas, le acompañé bastantes veranos, en
tiempos de trabajo y descanso, lejos de sus actividades ordinarias en Roma;
y acudí con relativa frecuencia a la Ciudad Eterna, para ocuparme de tareas
encomendadas por el Prelado del Opus Dei. Sentí muy pronto la necesidad de
dar a conocer la figura afable y recia de Alvaro del Portillo, que había
deseado esconderse, hasta desaparecer tras el Fundador del Opus Dei, de
quien fue "fidelísimo hijo y sucesor", según reza la oración para su
devoción privada.
En octubre de 1976, vieron la luz mis Apuntes sobre la vida del Fundador del
Opus Dei, que alcanzaron una amplia difusión. Por eso, al presentar ahora un
libro sobre don Alvaro del Portillo, deseo advertir a los lectores que
intento describir su personalidad a partir de mis recuerdos y vivencias, sin
perjuicio lógicamente de mencionar otros hechos y datos objetivos. Mi
información se agrupa en torno a momentos decisivos en la biografía de don
Alvaro, inspirada y apoyada en secuencias de las que soy testigo presencial.
Otra advertencia me parece obligada: estas páginas presuponen un cierto
conocimiento de la historia del Opus Dei y de su Fundador. Sólo incluyo los
detalles imprescindibles para situar mi relato o encuadrar mis impresiones.
Cuando es posible o necesario, el recuerdo personal se completa con
testimonios cualificados, con algunos libros y documentos públicos o, en
fin, con las noticias autobiográficas que surgen -muy de tarde en tarde,
justo es reconocerlo- en los propios escritos de don Alvaro. Si se refería a
sí mismo era por puro sentido del humor o porque, sin señalar su presencia,
le habría resultado más difícil exponer con precisión fiel un rasgo concreto
del Fundador. Y, ciertamente, la virtud humana y cristiana de la fidelidad
-natural y heroica a la vez- compendia la vida de Alvaro del Portillo.
Además, he procurado tener presente una idea que aprendí de él en agosto de
1976, a propósito de los trabajos históricos que le ocupaban por aquella
época: deseaba reflejar cómo Mons. Escrivá de Balaguer vivió in crescendo
las virtudes teologales y morales a lo largo de las diversas etapas de su
caminar terreno. Para lograrlo, consideraba muy importante relatar sucesos
vivos; pero, también, evitar el peligro -sobre todo para los que llegaron al
Opus Dei más recientemente, o no habían conocido físicamente al Fundador- de
quedarse en cosas anecdóticas, sin calar en la profunda santidad de su
respuesta cristiana.
Esta cautela resulta indispensable al escribir sobre Alvaro del Portillo:
porque su existencia estuvo presidida por ese carisma de normalidad
característico de las personas humildes, que alcanzan las cumbres de la
perfección sin hacer nada raro ni llamativo. Una noche de 1985, anoté en
Solavieya (Asturias): "un día más, muy normal en todo, con ese tono sereno
-lleno de oración y de trabajo- que se vive siempre junto a don Alvaro". Y
es que encarnaba tan ejemplarmente la espiritualidad laical del Opus Dei
que, a su lado, parecía cobrar vida un texto del Beato Josemaría Escrivá de
Balaguer sobre la Virgen, en Es Cristo que pasa, 148: "María santifica lo
más menudo, lo que muchos consideran erróneamente como intrascendente y sin
valor: el trabajo de cada día, los detalles de atención hacia las personas
queridas, las conversaciones y las visitas con motivo de parentesco o de
amistad. ¡Bendita normalidad, que puede estar llena de tanto amor de Dios!"
Al evocar escenas protagonizadas por don Alvaro, se funden en mi memoria
ideas antitéticas: natural sobrenaturalidad, heroísmo en lo cotidiano,
extraordinaria normalidad. Pienso sinceramente que su correspondencia a la
gracia de Dios convertía en santas -divinas- las circunstancias comunes y
corrientes de cada día. Transformaba realmente -me sirvo de palabras del
Fundador del Opus Dei- en endecasílabo, en verso heroico, la prosa de la
jornada. Vibraba con acentos de eternidad en la existencia ordinaria, en las
cosas más pequeñas. Y, en todo, con una profunda humildad, que rebosaba
mansedumbre y olvido de sí mismo. Se reproducía una vez más la paradoja de
los hombres de Dios, que tratan de ocultarse, para que sólo Jesús se luzca
-en frase también del Beato Josemaría Escrivá-, y las almas descubren la
senda divina de su clamorosa humildad.
Ha pasado ya tiempo desde su muerte. Entre cuantos le conocieron, la
coincidencia es unánime: Alvaro del Portillo fue fundamentalmente fiel, un
hombre bueno, pleno de cariño. Lo sintetizó el comentario espontáneo de
Mons. Stanislaw Dziwisz, secretario del Papa Juan Pablo II, cuando recibió
las primeras estampas para la devoción privada de don Alvaro, impresas en
polaco: "-¡Qué bueno era el Prelado!"
Siempre recordaré la paz y el sosiego que vivía e infundía, muestra evidente
de su unión con Dios. Pero, al observar ya en la madurez de su vida esa
bondad y equitativa ecuanimidad -su serenidad deslumbrante-, me atrevo a
sospechar que, más que fruto del temperamento, fueron consecuencia de la
lucha ascética, de la victoria de la voluntad y del entendimiento, dóciles a
la gracia divina, sobre los rasgos de un carácter enérgico. He procurado
hacerlo ver a lo largo de estas páginas: don Alvaro fue un fidelísimo hombre
de paz -aun en medio de las más graves dificultades-, con una personalidad
afable y firme, leal y paciente, exigente y recia, llena de valentía y
audacia, de exigencia consigo mismo y comprensión hacia los demás. Estos
rasgos configuraron la imagen amable de un pastor ejemplar en el servicio a
la Iglesia.
Capítulo 1 : Inesperada llamada de Dios
El 6 de julio de 1993 estaba con don Alvaro, recién llegado de Roma para
pasar una temporada en España. Era la víspera del 58º aniversario del día en
que pidió su admisión en el Opus Dei. Cuando lo mencionamos, reaccionó
enseguida, como quien lo tiene bien pensado:
"-¡Cuántos años! ¡Cuánta cuenta tengo que dar a Dios Nuestro Señor! ¡Cuánto
tenéis que ayudarme!"
A la mañana siguiente, después de celebrar Misa, volvimos a evocar el
domingo 7 de julio de 1935, en que asistió a un retiro espiritual en la
Residencia universitaria de Ferraz (Madrid), predicado por don Josemaría
Escrivá. Don Alvaro no recordaba exactamente la hora en que pidió la
admisión en el Opus Dei, pero sí que fue después de la segunda meditación de
la mañana (en aquella época, durante los retiros mensuales, el Fundador
dirigía tres meditaciones por la mañana y dos por la tarde). Y comentaba con
humor que fue un lapsus del que le planteó su posible incorporación a la
Obra, porque el Beato Josemaría había dicho que esperasen a la tarde... Pero
"dio una meditación sobre el amor a Dios y el amor a la Virgen, y me quedé
hecho fosfatina".
Poco más solía contar de aquella inquietud nueva que metió en su alma el
Espíritu Santo, y -agregaba- le llevó a comenzar su verdadera existencia.
Alguna vez reconoció que ni en julio de 1935, ni en los meses anteriores,
nada le hacía presagiar que el Señor estaba a punto de llamarle al Opus Dei.
Había crecido en un ambiente cristiano -comulgaba casi a diario, y rezaba el
Rosario todos los días-, pero no era hombre inclinado hacia asociaciones
piadosas ni organizaciones eclesiásticas. Resumía el proceso como "la
historia de la oración confiada y perseverante de nuestro Fundador, que
durante unos cuatro años -sin conocerme siquiera, sólo porque una de mis
tías le había hablado de mí- rezó para que el Señor me concediera esta
gracia tan grande, el mayor regalo -después de la fe- que Dios podía haberme
hecho".
Se trataba de Carmen del Portillo, que era además su madrina. Vivía con su
hermana Pilar en el mismo edificio de la calle Conde de Aranda en Madrid,
donde radicaba el hogar familiar de Alvaro. Solteras las dos, profundamente
cristianas, disponían en su casa de un oratorio privado, con buenas tallas
de San José y de la Inmaculada Concepción. Se habían comprometido en
diversas obras de caridad, y ayudaban especialmente en las iniciativas del
Patronato de Enfermos, de las Damas Apostólicas. Tenían mucha relación con
el Padre José María Rubio, S.J. -beatificado en 1985-, tan ligado a la
fundación de Luz Rodríguez Casanova. Pronto conocieron también a don
Josemaría Escrivá, capellán de la iglesia del Patronato de Enfermos, y le
hablaron de su sobrino. Comenzó a rezar desde entonces por él.
Alvaro conocería al Fundador del Opus Dei no a través de sus tías, sino de
Manuel Pérez Sánchez, compañero en la Escuela de Ingenieros de Caminos de
Madrid. Manolo, que estudiaba unos cursos por delante, había facilitado la
colaboración de Alvaro en las actividades asistenciales que protagonizaban
estudiantes de esa Escuela y de la de Arquitectura en las Conferencias de
San Vicente de Paúl.
Cuando Alvaro se interesó por esa iniciativa apostólica, Manolo le expuso el
planteamiento general y, en concreto, que en la parroquia de San Ramón
(Puente de Vallecas) había una Conferencia en la que participaban algunas
personas mayores y cinco o seis estudiantes, en un edificio llamado "La
Acacia". Para imprimir nuevo ritmo al trabajo, se había creado otra
Conferencia, compuesta sólo por jóvenes. Según Guillermo Gesta de Piquer,
que formaba parte de ese grupo, la parroquia de San Ramón estaba en una zona
casi de chabolas, construidas a base de chapa y cartón. Desde la Conferencia
de San Vicente prestaban ayudas diversas: limosnas en metálico, bonos de
alimentación canjeables en tiendas, medicinas, asistencia médica.
Después de su conversación con Manolo, Alvaro comenzó a asistir a las
reuniones de los sábados por la tarde en la Casa Central de las
Conferencias, en la calle de la Verónica. Hacían un rato de lectura
espiritual y, a continuación, se exponían los resultados conseguidos y las
necesidades advertidas durante las visitas realizadas a lo largo de la
semana anterior; ponderaban luego con detalle los medios necesarios para
atender a las personas o familias que visitarían en los próximos días. Iban
siempre dos. Con mucha frecuencia, acudían juntos Alvaro y Manolo, pues les
resultaba muy fácil ponerse de acuerdo en la Escuela de Caminos:
"-Desde el primer momento -evoca Manuel Pérez Sánchez- comprobé la
dedicación de Alvaro por aquellas tareas, en las que destacaba por su amor y
compasión por los niños".
En ese grupo estaban Angel Vegas, Alfredo Piquer, Guillermo Gesta de Piquer
y su hermano, el Beato Jesús Gesta de Piquer, mártir en 1936. Participaban
también -los datos proceden de Angel Vegas Pérez- Carlos Valdés Ruiz, César
Granda, Florencio Caballero, José María y Alfonso Chico de Guzmán, marqués
de Campillo, y su primo Rafael Moreno. Se trataba de estudiantes
universitarios de diversas carreras. Desarrollaban su labor en las barriadas
más apartadas de Madrid, entre gente que vivía en condiciones infrahumanas,
y en un clima frecuentemente hostil hacia la Iglesia.
Angel Vegas Pérez, que fue Catedrático en la Facultad de Ciencias Políticas
y Económicas de la Universidad Central (Madrid), recuerda entrañablemente
aquel grupo lleno de inquietudes espirituales y humanas. Y señala que le
sorprendía Alvaro del Portillo:
"-Tenía mucho prestigio humano e intelectual. Era verdaderamente ejemplar en
aquella tarea que realizábamos con las gentes necesitadas. Digo que me
sorprendía porque era uno de los alumnos más brillantes de la Escuela y, al
mismo tiempo, una persona muy tratable y sencilla; muy inteligente, alegre,
culto, simpático, amable, y sobre todo -esto es lo que me llamaba la
atención- profundamente humilde, de una humildad extraordinaria, que dejaba
huella (...), una huella de cariño, de bondad, de Amor de Dios".
Desde luego, las condiciones externas no eran precisamente idílicas. Lo
supe, al final de los años cincuenta, a través de Mercedes Santamaría, que
estuvo empleada muchos años en el hogar de los Del Portillo en Madrid. La
conocí en su casa de La Granja de San Ildefonso (Segovia), con el pelo
completamente blanco y un porte señorial. Era madre de Carmen Fernández, que
había sido alumna de mi propia madre, maestra en La Granja, y trabajó en la
casa de mis padres en Madrid hasta su boda. Años después, al saber la señora
Mercedes que yo era miembro del Opus Dei, me habló con inmenso cariño de don
Alvaro, "que ahora trabaja en Roma, junto al Papa" -repetía, señalando
orgullosa una foto en la que aparecía al lado de Juan XXIII y Mons. Escrivá
de Balaguer.
Mercedes conservaba recuerdos nítidos de don Alvaro en los años treinta. Uno
de los más agudos era de un domingo en que llegó a casa con una aparatosa
herida en la cabeza, y la chaqueta empapada de sangre. El percance sucedió
-lo he comprobado en diversas fuentes- el 4 de febrero de 1934. Sus padres
habían salido y, para no alarmar a los pequeños, dijo simplemente que se
había caído. A ella le pareció normal, pues ese día nevaba en Madrid. Pero,
al advertir la extensión de la brecha, le acompañó a una Casa de Socorro en
la calle de Claudio Coello.
El remedio pudo ser peor que la enfermedad: Mercedes lo sospechó enseguida,
porque el sanitario que le atendió aplicó sobre la herida, sin más
precauciones, un tubo que llevaba abierto en el bolsillo. De hecho, se le
infectó, y Alvaro pasó una temporada con fiebre alta. Acudía a diario un
médico, para hacerle las curas, que debían de ser dolorosas, aunque no se
quejase.
Alvaro seguía sin ser muy explícito respecto de lo sucedido. Hasta que, al
fin, la familia se enteró de que en el origen de todo estaba la agresión que
había sufrido, junto con otros amigos, al acudir a la catequesis en la
parroquia de San Ramón. Aquel domingo, un grupo de unas quince personas les
aguardaba para darles una paliza. Lo habían preparado con antelación, porque
había gente asomada a los balcones, dispuesta a presenciar el espectáculo.
Alvaro recibió un golpe fortísimo en la nuca, producido por una llave
inglesa. A otro le arrancaron prácticamente una oreja. "-Menos mal que había
cerca una entrada del Metro -contó incidentalmente don Alvaro en Manila, en
1987. Nos refugiamos allí en el momento en que llegaba un convoy; subimos al
tren, cerró las puertas y nos fuimos".
Dios se sirvió de la generosidad de Alvaro en favor de los pobres, en
aquellas barriadas extremas de Madrid, para encaminarle hacia el Opus Dei.
Un día de 1935, se fijó en que tres o cuatro de sus compañeros iban
charlando entre ellos. Le entró curiosidad y les preguntó de qué trataban.
Le explicaron que de don Josemaría Escrivá y de la labor apostólica que
realizaba. Les pidió entonces que se lo presentaran. Al cabo de los años,
Manuel Pérez Sánchez sitúa con precisión la escena en el Madrid de la época:
se dirigían hacia el Arroyo del Abroñigal a visitar a una familia desvalida,
y pasaban por unos cultivos de trigo y cebada, donde se asienta hoy el
Barrio de la Estrella; en ese campo habló a Alvaro del Fundador del Opus Dei
-el Padre, como le llamaban con sencillez-, y le invitó a ir a verle.
Hasta entonces, Alvaro llevaba una sólida vida cristiana, pero no mantenía
un trato habitual con sacerdotes, ni había advertido ninguna señal de una
posible llamada de Dios. La primera entrevista con el Beato Josemaría le
impresionó profundamente, como evocaba en Roma en 1975:
"-Me preguntó enseguida: ¿cómo te llamas?, ¿tú eres sobrino de Carmen del
Portillo? Era mi madrina, hermana de mi padre, que murió muy viejecita y
había ayudado mucho al Padre visitando enfermos por los barrios más pobres
de Madrid. Y como era mi madrina, además de mi tía, le había dicho al Padre
que tenía un sobrino muy listo. Por esto el Padre se acordaba de mí, y de un
detalle que mi madrina contaba. Decía que, de pequeño, me gustaban mucho los
plátanos, pero por lo visto no sabía pronunciar bien esa palabra y decía
palátanos. Por eso el Padre añadió: ¿entonces tú eres aquél al que le gustan
mucho los palátanos?"
Al margen de este detalle anecdótico, en aquella brevísima conversación de
apenas cinco minutos, sintió que el Fundador del Opus Dei le tomaba en
serio, y traslucía gran afecto. Le manifestó cordialmente su deseo de hablar
más despacio, largo y tendido. Sacó su agenda, y quedaron citados para
cuatro o cinco días después. Pero no estaba cuando acudió Alvaro:
"-Me dio plantón -relataba divertido años más tarde. Se ve que le habían
llamado para atender a algún moribundo, y no me pudo avisar, porque no le
había dejado mi teléfono".
Sin embargo, la imagen de aquel joven sacerdote se había grabado en el alma
de Alvaro. Y, tiempo después, cuando ya terminaba el curso académico
1934-35, decidió verle de nuevo, con la idea de saludarle antes de irse ya
de vacaciones:
"-Me recibió y charlamos con calma de muchas cosas. Después me dijo: mañana
tenemos un día de retiro espiritual -era sábado-, ¿por qué no te quedas a
hacerlo, antes de ir de veraneo? No me atreví a negarme, aunque mucha gracia
no me hacía, porque no sabía de qué se trataba".
Durante ese retiro en la Residencia de Ferraz, vio con claridad una llamada
divina que no esperaba, y decidió comprometer su vida en el Opus Dei. El
Fundador le explicó que debía ponerle unas letras. Seguramente fue la
primera vez que se dirigió al Beato Josemaría con un querido Padre:
"-Escribí cuatro líneas -evocaba tanto tiempo después-, redactadas con
estilo de ingeniero. Venía a decir: he conocido el espíritu de la Obra, y
deseo pedir la admisión; algo así".
Tres meses antes, el 11 de marzo, Alvaro había cumplido 21 años.
A pesar de lo agotado que estaba el Fundador en aquellas fechas de 1935, le
dedicó bastantes horas para formarle en aspectos fundamentales del espíritu
del Opus Dei. Como no había asistido a las clases de formación que el Beato
Escrivá impartía a la gente joven, organizó un curso sólo para él, de modo
que recibiera enseguida los elementos básicos de ese plan.
Por su parte, Alvaro retrasó su salida de verano. Hacia agosto, se reunió
con sus padres y hermanos en La Granja, mientras el Fundador seguía en
Madrid. Estuvo allí cierto tiempo, y lo aprovechó para hacer apostolado con
sus amigos. A alguno le expuso el amplio panorama de vida cristiana en lo
ordinario que abría el espíritu del Opus Dei. Uno o dos se decidieron
entonces también a formar parte de la Obra. En las Noticias de septiembre
-hojas impresas a velógrafo, que mantenían unidos a los que se formaban
humana y espiritualmente en torno a la Residencia de Ferraz-, se lee que
Alvaro "se dedicó con éxito en La Granja, a la famosa pesca de que habla S.
Marcos en el capítulo I de su Evangelio".
A partir del 7 de julio de 1935, la biografía de Alvaro del Portillo se
puede resumir en una frase: fidelidad a su vocación cristiana en el Opus
Dei. Desde el primer instante, tuvo conciencia de que su sí a Dios le
comprometía para toda la vida:
"-Señor, ¡qué bueno eres; qué bueno eres, que me has elegido, que me has
escogido, entre tantas personas, sin ningún mérito especial de mi parte!",
le oí exclamar en Barcelona en agosto de 1991.
Su perseverancia -como su decisión- fue profundamente libre, compatible con
la eventual ausencia de sentimientos o de ilusión humana. Ante su 50º
aniversario en el Opus Dei, don Alvaro confesaba con sencillez que había
aprendido la lección ya en sus primeros tiempos en la Obra:
"-Como suele hacer con los que comienzan, junto a una profunda alegría
espiritual, el Señor me regaló al principio un entusiasmo sensible por la
vocación recibida. Al cabo de los meses, esta componente humana fue
apagándose, dejando paso a una ilusión sobrenatural que ha de estar siempre
en la raíz de nuestra perseverancia. Se lo comenté a nuestro Padre, que me
entendió perfectamente y tomó ocasión de esta confidencia mía para redactar
unas consideraciones que pudieran servir a todos los hijos suyos".
De ahí -reconocía- surgió el número 994 de Camino: "'Se me ha pasado el
entusiasmo', me has escrito. -Tú no has de trabajar por entusiasmo, sino por
Amor: con conciencia del deber, que es abnegación".
Y don Alvaro sintetizaba en pocas líneas el significado profundo de la
llamada divina y de la respuesta del hombre:
"-No es un estado de ánimo, ni depende de la salud, ni de la situación
profesional o familiar en que uno se encuentre. Por encima del oleaje de la
vida -con sus altos y bajos, con sus dolores y alegrías-, nuestra vocación
divina brilla siempre como un lucero en la noche, señalando inequívocamente
el rumbo de nuestro caminar hacia Dios. Esto es lo que cuenta, hijas e hijos
míos. Esto es lo definitivo. Todo lo demás que pueda acaecernos, es
transitorio. ¡No lo olvidéis nunca!"
Encarnó la enseñanza del Beato Josemaría Escrivá, que entendía la respuesta
a la Voluntad divina como un compromiso de amor: una persona enamorada llena
el día de delicadezas, no soslaya el sacrificio ni la entrega, ni se deja
llevar por excusas o regateos. Esa alma, aun siendo feliz, nunca está
satisfecha de su entrega al amado: menos aún, cuando es Dios el término del
amor.
Capítulo 2 : Hogar cristiano
Un día de julio de 1977, al comenzar el almuerzo, mientras se servía,
absorto en la conversación, don Alvaro no advirtió que se ponía algunas
patatas, además de las consabidas verduras. Al darse cuenta, se las pasó a
don Florencio Sánchez Bella y a don Joaquín Alonso, sentados junto a él.
Esto le recordó unas palabras que le decía de pequeño su madre. Alvaro tenía
que comer rápidamente, para llegar a tiempo a las clases de la tarde en el
colegio. Al despedirse, tomaba algo del plato de postre de su madre, y ella
solía repetir:
"-De tu boca te lo quitarán a ti tus hijos".
Agregaba don Alvaro que, cuando se acordaba de esa escena, pensaba que su
madre se había equivocado; pero no...
Al Ayuntamiento de Zalla, en tierras de Vizcaya, pertenecía Sollano.
Históricamente, fueron señores del lugar diez hermanos, que "tanto montaban
los unos como los otros", según rezaba su firma: "uno de los diez de
Sollano". De ahí procede el apellido Diez de Sollano (no Díez, con acento,
como a veces se transcribe por error).
Clementina Diez de Sollano Portillo era guapa y distinguida, buena
cristiana. Había nacido en Cuernavaca (México), donde vivieron sus padres
hasta su regreso a España tras el proceso revolucionario que comenzó en
1910. Conservaba la nacionalidad mexicana, y el acento dulce y suave del
habla de aquella tierra. Realizó parte de sus estudios en Londres, en el
Colegio de las Esclavas del Sagrado Corazón: además de consolidar el inglés,
que manejaría muy bien, tal vez aprendió allí a vivir su rectitud cristiana
con flexibilidad, sin sentimentalismos, con sentido común y visión
sobrenatural. Mujer culta y aficionada a la lectura, le gustaba leer
biografías y libros de espiritualidad. Tenía siempre a mano el Kempis.
Acudía diariamente a Misa.
Su hijo Alvaro heredó algunos de sus rasgos humanos, como la afabilidad y la
delicadeza en el trato; la sonrisa que acompañaba sus decisiones, aun las
más enérgicas; el acendrado espíritu de comprensión que le llevaba a no
hablar mal de nadie ni criticar a ninguna persona. Y heredó algo mucho más
elemental: la capacidad de tomar imperturbablemente las comidas europeas más
picantes, nunca tan sabrosas para él como el viejo chile chipotle mexicano.
En el hogar familiar se forjó en su alma la devoción a la Virgen, a través
del rezo del Santo Rosario. Y aprendió de labios de su madre una popular e
ingenua oración a Santa María, que se acostumbró a recitar a diario:
Dulce Madre, no te alejes,
tu vista de mí no apartes,
ven conmigo a todas partes
y solo nunca me dejes.
Ya que me proteges tanto
como verdadera Madre,
haz que me bendiga el Padre,
el Hijo y el Espíritu Santo.
Cuando don Alvaro volvió a México en 1983, se sintió muy de aquella tierra:
"aunque -bromeaba- ahora hable así, 'tableteado'; de pequeño hablaba
'dulcemente', como ustedes". Añadió muy divertido que su abuela le cantaba,
como canción de cuna, nada menos que el himno nacional de esa República.
Evocaba también sus raíces mexicanas en agosto de 1977, a propósito del
apelativo Santina -"señal de cariño, de confianza, de amor"-, con que se
dirigen en Asturias a su Patrona. Nos confió que de pequeño llamaba a su
madre mamasita; y que después aprendió del Beato Josemaría a invocar a la
Santísima Virgen, diciéndole: ¡Madre! ¡Madrecita!
Unas semanas atrás, en ese verano de 1977 -no he conseguido recordar el
contexto-, relató incidentalmente un detalle heroico de la vida cristiana de
su madre. Aunque ella tenía la gran delicadeza de alma de no hablar de esto,
su hijo se había dado cuenta de que se levantaba muy temprano -me pareció
entender que a las cuatro de la mañana-, se bañaba con agua fría como
mortificación y, luego, hacía una hora de oración. Don Alvaro asociaba estos
detalles con la preocupación de doña Clementina por la fe de una persona
próxima a la que quería mucho.
Su marido, don Ramón del Portillo Pardo, había nacido en Madrid, y estudió
la carrera de Derecho en la entonces llamada Universidad Central. Trabajó en
la compañía de seguros "Plus Ultra". Hombre ordenado y trabajador, muy
hogareño, era -según evoca su hija Pilar- "pulcro y correcto en todo, muy
educado y elegante; sumamente puntual y muy minucioso". Prevalecía en su
carácter la precisión, la exactitud, la seriedad. "De todos modos
-puntualiza otro hijo, Carlos-, era serio, pero no severo. No le recuerdo en
absoluto como una persona adusta, envarada o fría".
Aquel hombre, humano y entrañable, tenía gran afición a los toros y a la
lectura. Con los años fue perdiendo la vista. Debía de ser mal de familia,
por lo que oí contar a don Alvaro de su abuelo: vivía en la calle del
Caballero de Gracia, y acudía con frecuencia al Real Oratorio situado junto
a la Red de San Luis; un día, en el comedor, se dirigió a su mujer, más bien
enfadado, porque le había atropellado una de esas beatas que van por la
iglesia sin mirar... Y ella repuso:
"-Entonces, ¿fuiste tú el que casi me tira al suelo?"
Clementina y Ramón vivieron también, al comienzo de su matrimonio, en la
calle del Caballero de Gracia. Pero pronto se trasladaron a una casa más
amplia en la calle de Alcalá 75, poco antes de llegar a la Puerta de Alcalá,
subiendo desde Cibeles, a la izquierda. Allí nació Alvaro. Casi en frente,
estaba "El Sotanillo", una chocolatería castiza, hoy desaparecida, ligada a
las actividades apostólicas del Fundador del Opus Dei en los años treinta.
Más adelante, marcharon al último piso de otro edificio en la no lejana
calle del Conde de Aranda, nº 16. Tuvieron ocho hijos: Ramón, Paco, Alvaro,
Pilar, Pepe, Angel, Tere y Carlos.
Alvaro nació el 11 de marzo de 1914, y fue bautizado seis días después en la
parroquia de San José, situada en la calle de Alcalá, justo en el lugar
donde arranca la Gran Vía de Madrid. Fueron padrinos sus tíos Jorge Diez de
Sollano y María del Carmen del Portillo Pardo. Le impusieron el nombre de
Alvaro José María Eulogio (este último, santo del día, según una costumbre
muy arraigada entonces en España). El 28 de diciembre de 1916, recibió la
Confirmación de manos del Obispo de Sigüenza, Mons. Eustaquio Nieto y
Martín, en la parroquia de la Concepción. Lo apadrinaron el Conde de las
Almenas y la Duquesa de la Victoria. Como es sabido, en aquella época era
usual en España administrar enseguida este sacramento a los niños.
El 11 de marzo de 1989, cuando cumplía 75 años, don Alvaro celebró la Misa
en la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz. En la homilía, al repasar
con gratitud tantos beneficios como había recibido del Señor a lo largo de
su vida, evocó en primer término el hecho de haber nacido en el seno de una
familia cristiana, donde aprendió a ser piadoso. Recordó a doña Clementina,
"que me inculcó una devoción especial al Sagrado Corazón y al Espíritu
Santo, y una particular veneración a la Santísima Virgen bajo la advocación
de Nuestra Señora del Carmen". Y añadía: "Dios Nuestro Señor quiso que fuera
amigo de mi padre, y esto, evidentemente, evitó que tuviese malas
amistades".
Mercedes Santamaría me contó que Alvaro destacaba desde muy pequeño como un
niño especialmente sociable: cuando le llevaba a pasear desde Conde de
Aranda, camino del inmediato parque del Retiro, la gente se le quedaba
mirando, pues llamaba la atención; más de uno se sentía movido a decirle
algo, y él les contestaba con naturalidad, como animando a proseguir la
conversación. Dudo que a Mercedes le traicionase su evidente cariño. Pero
don Alvaro mencionó en ocasiones que había sido un chico tímido: por
ejemplo, cuando sopesó ese motivo para no ser abogado, como su padre; o
cuando aludía a su facilidad para ponerse colorado... Tal vez acudía a la
timidez, como recurso de modestia, justamente en momentos en que dirigía su
palabra con evidente vigor a miles de personas...
Pronto comenzó a padecer dolencias de cierta entidad. Sufrió ataques de
reúma con apenas dos o tres años. Después de cenar, a sus dos hermanos
mayores les hacían beber un vaso grande de leche con una yema batida; a él,
una medicina. Y les decía con envidia, y con acento mexicano: "-Qué suertasa
tenéis: a vosotros os dan yema de huevos, y a mí Sanatogén". Se trataba de
un preparado con salicilatos, de mal sabor. Debía de presentar cierta
predisposición congénita hacia esa enfermedad, porque, tiempo después, ya
con cerca de veinte años, le atacó de nuevo el reúma. Le atendió el Dr.
Gregorio Marañón. Pilar del Portillo recuerda la receta, tal vez por su
originalidad: unas gotas de ajos picados remojados en alcohol.
Don Alvaro se reía al recordar una anécdota de infancia, cuando quiso
corregir el castellano de uno de sus hermanos pequeños. Pilar, o quizá Pepe,
dijo un no cabo, tan típico en el despuntar de la lengua. Y Alvaro le
explicó rotundamente:
"-No se dice caber; se dice queper".
Cometía las travesuras y desaguisados normales de la infancia, y su padre se
veía obligado en ocasiones a castigarle. Pero Alvaro se le escabullía: a
veces, cuando don Ramón iba detrás de él y estaba a punto de agarrarle, para
imponerle un castigo, se escapaba cruzando a toda velocidad por debajo de la
gran mesa del comedor.
Mientras fue pequeño, don Ramón le llevaba a Misa los domingos por la mañana
con sus hermanos. Iban desde la casa en Conde de Aranda hasta la cercanísima
iglesia de San Manuel y San Benito. Luego, cruzaban la calle de Alcalá para
dar un paseo por el parque del Retiro, donde les invitaba a patatas fritas y
gaseosa. Según su hermana Pilar, que había nacido después de él, Alvaro era
un niño apacible, alegre y sencillo, más bien gordito, con gesto simpático y
risueño. No recuerda haberle oído mentir nunca. Sí, en cambio, algunas
travesuras infantiles, así como, con el tiempo, muchas bromas más o menos
divertidas. Su piedad incluía las manifestaciones normales de una familia
cristiana. Pilar piensa que lo más acusado en Alvaro fue su continuidad a lo
largo de los años; está convencida de que "siguió guardando, en el fondo de
su alma, aquella inocencia, aquella sencillez, aquella búsqueda sincera de
Dios que tenía cuando era muy pequeño".
Capítulo 3 : La primera juventud
Alvaro del Portillo completó su formación humana y cristiana en el Colegio
de Nuestra Señora del Pilar, que los Marianistas regentaban en la calle
Castelló, nº 50, de Madrid.
Por algunos rasgos de su temperamento, apuntaba más bien enérgico. En un
boletín de notas del colegio, el profesor avisó por escrito a los padres:
"Se dibuja algo brusco". Y don Ramón apostilló:
"-¿Cómo que se dibuja? ¡Se esculpe!", tan convencido estaba del fuerte
carácter de su hijo.
Por aquella época debió de hacer un buen disparate en el colegio, porque un
profesor, don Genaro, lo agarró de los pies, boca abajo, y lo sacó a una
ventana de la clase, mientras le decía con mucha gracia, pues era hombre
simpatiquísimo:
"-Si lo vuelves a hacer, te suelto".
Siempre que oí a don Alvaro recuerdos del colegio, mencionaba su gratitud a
tantos buenos maestros, que habían contribuido a su formación intelectual y
a la práctica de la fe que recibió en el bautismo. Sólo he conseguido
retener el nombre del profesor de Caligrafía, Eduardo Cotelo, autor de
libros y cuadernos muy difundidos en el primer tercio del siglo XX. Andando
los años, dio alegría a don Alvaro saber que el Fundador del Opus Dei había
utilizado también en su colegio cuadernos de Eduardo Cotelo.
Antiguos compañeros, ya entrados hoy en años, recuerdan aún la figura de
Alvaro, con quien compartieron tantos afanes en las aulas o en los patios
del Pilar, cuando cursaban la enseñanza primaria y el bachillerato. Algunos
no acaban de explicarse por qué no se les ha borrado de la memoria, aunque
comprenden que pueda parecer sorprendente, especialmente si le trataron sólo
durante la época escolar. Piensan que la razón estriba en la impresión que
dejó en ellos su hombría de bien, su auténtica bondad.
Entre esos antiguos alumnos del Colegio está Alberto Ullastres, Catedrático
en la primera Facultad de Ciencias Políticas y Económicas de Madrid, que
sería Ministro de Comercio en 1957 y desarrollaría luego una amplia labor
diplomática en Bruselas como Embajador de España ante la Comunidad Europea.
Se acuerda de Alvaro del Portillo, a pesar de que Alberto era de un curso
superior. Más bien suele suceder lo contrario, en todo caso: que los alumnos
de cursos inferiores se fijen en algunos que van por delante. Pero, durante
una larga temporada, los cursos de Alberto y Alvaro coincidieron día a día a
la hora del recreo. Alberto iba casi siempre al fútbol, en una zona hacia
arriba del patio. En la parte opuesta, otros se divertían jugando a la
pelota en las paredes de frontón. Más o menos en una franja central,
quedaban los intelectuales, los que -y esto no significa que no fueran
aficionados al deporte- preferían dedicar ese tiempo libre a charlar de
temas interesantes... Alberto Ullastres piensa que Alvaro tenía unos noventa
compañeros, a los que él ha olvidado casi por completo:
"-Han pasado más de 65 años", me decía el 6 de febrero de 1995, excusándose
de no poder aportar más pormenores. Pero -me repetía- "no me explico cómo
tengo tan grabada la imagen de Alvaro charlando con los demás, con aire
reposado y tranquilo, mientras yo estaba dándole al balón en los campos de
fútbol".
Otro compañero recuerda perfectamente el día que le conoció en octubre de
1922, recién llegado al Pilar, su primer colegio:
"-Me destinaron a la clase de Elemental, que era la anterior a la de
ingreso, y me senté tímidamente en la fila de pupitres que había más cerca
de la ventana, creo que en la penúltima fila. A mi izquierda estaba un niño
de ocho años, como yo, algo gordito, sonriente, de aspecto bondadoso y
simpático. Se llamaba Alvaro del Portillo.
"Me dieron un libro de lecturas, y yo no sabía qué había que hacer. Abrí
tímidamente el libro y miré por encima del hombro a Alvaro para ver lo que
estaba leyendo. Era la descripción del león, escrita por el famoso
naturalista francés Buffon. Como no conocía las costumbres de mi nuevo
Colegio, pensé que debía ser obligatorio leer aquello, y me adentré en las
agudas descripciones del famoso naturalista: tan agudas como inapropiadas
para la mente de un niño, porque me produjeron, a los pocos minutos, un
aburrimiento tremendo. Pero, a pesar de todo, siguiendo el comportamiento de
mi vecino de pupitre, que debía ser 'veterano' en el Colegio, seguí
leyendo".
Se forjaron así hondas amistades. Muchos tienen grabada la sonrisa de
Alvaro, "un niño bueno al que le gustaba ayudar a los demás". Todo, con gran
normalidad, porque un profesor apuntó una vez, en el boletín de notas
escolares de Alvaro: "payaso". Ninguno sabe el origen de ese calificativo.
Imaginan que debió de tratarse de una broma infantil que a algún profesor
más severo del Colegio no le haría gracia. Alvaro -concluye uno de ellos-
era "un niño alegre, cariñoso y simpático; algo travieso y 'payaso', como
todos los niños".
"Los que le hemos conocido en el colegio -escribió José María Hernández de
Garnica, alumno de un curso superior- le recordamos como un maravilloso
compañero de gran nobleza de carácter y de gran valentía".
Se le daban bien los idiomas: facilitó mucho el desarrollo de su aptitud
natural la decisión paterna de buscar unos profesores, que acudían a diario
a casa. Muchos años después, don Alvaro recordaba a sus profesoras de
inglés, Mrs. Hodges; de francés, Mlle. Anne, y de alemán (Mons. Javier
Echevarría, actual Prelado del Opus Dei, me facilitó los dos primeros
nombres, pero no consiguió acordarse del último).
Desde pequeño, según evoca Pilar del Portillo, se advertía la gran capacidad
intelectual de Alvaro. Pero no se daba ninguna importancia por sus
cualidades: por ejemplo, "dibujaba muy bien, pero no alardeaba. Al
contrario, era profundamente sencillo y de una grandísima humildad".
Por lo demás, sacaba buenas notas. Pasaba muchas horas de la tarde
estudiando, junto al balcón, en el cuarto que compartía con sus hermanos
Pepe y Angel. Comenzó el bachillerato en 1924 y lo acabó en 1931.
Quienes le trataron de joven, coinciden en una triple faceta de su carácter:
normalidad, simpatía, continuidad al cabo de los años. De hecho, por su modo
de comportarse externamente, cuando le veían tiempo después como ingeniero,
sacerdote, Monseñor, Obispo..., descubrían el mismo trato natural, idéntica
mirada abierta, igual interés por ellos que tanto tiempo atrás.
Profunda y acogedora resultaba ciertamente la mirada de sus ojos azules,
apenas ocultos tras los cristales transparentes de las gafas. Pude
advertirlo en su madurez: a veces, mientras charlábamos en tertulia
familiar, con un ligero movimiento -espontáneo, rapidísimo- elevaba sus
pupilas hacia lo alto, como si comentase en silencio al Señor su impresión
de lo que le contábamos o le pidiera por las personas y labores apostólicas
de las que se hablaba. Luego, un rápido gesto de la mano sobre la frente, y
de nuevo podíamos contemplar la cordialidad de su rostro. También cuando
llegaba el tiempo de oración, a solas con Dios, o al celebrar la Misa, la
mirada se recogía, pero no se apagaba: tenía un particular y sereno
encendimiento.
Alvaro era inteligente y ordenado. No le gustaban las improvisaciones. Más
bien se le veía reflexivo, prudente. Una prima, por línea paterna, Isabel
Carles Pardo, señala además que no era nada precipitado. Si le preguntaba o
pedía algo que no podía resolver en el acto, contestaba:
"-Bueno, me lo pensaré".
Pero no se trataba de excusa, ni de indecisión dubitativa, ni de un simple
ganar tiempo, sino de capacidad de reflexión, de serenidad activa: porque no
se olvidaba, sino que actuaba luego, con gran paz. Al contrario: en cuanto
veía claro lo que debía hacer -a veces, en el acto- se ponía en marcha.
Siempre, con sosiego, sonriente, viviendo y dando paz.
Tenía un aspecto externo simpático, cálido, atractivo. El Cardenal Angel
Suquía, Arzobispo de Madrid, que le había conocido en 1938, lo recordaba
como "un joven universitario apuesto y agradable". Y añadía: "era un hombre
esencialmente bueno, entrañable en su conversación, muy prudente, y muy
alegre y animoso. No recuerdo haber salido nunca de estar con él sin más
alegría que antes de haber entrado".
Recibió la primera Comunión el 12 de mayo de 1921 cuando era alumno del
Colegio del Pilar. La ceremonia no se celebró en la capilla de ese centro
educativo, sino en la parroquia de la Concepción, en la calle Goya: aquel
día, comulgaron por vez primera ciento diez chicos y dos chicas.
Desde entonces, recibió a Jesús Sacramentado con mucha frecuencia, a pesar
del esfuerzo que suponían las disposiciones vigentes para el ayuno
eucarístico: de hecho, tenía que salir hacia el colegio en ayunas. Tomaba
luego allí su desayuno, que llevaba envuelto con papel dentro del bolsillo.
En El Pilar se celebraba a diario la Santa Misa, pero no era obligatoria:
acudían sólo los que querían.
Como es natural, participaba activamente en otras devociones que se
practicaban en el Colegio. En la madurez de su vida, no había olvidado los
cantos que se entonaban durante el ejercicio del Vía Crucis:
"-En la última estación, la Sepultura del Señor -evocaba-, repetíamos unos
versos muy malos, pero que ayudaban a remover el alma; a mí me siguen
removiendo. Dice esa letra: al rey de las virtudes, / pesada losa encierra;
/ pero feliz la tierra, / ya canta salvación. Así es. Dios muere, para que
nosotros vivamos; es sepultado, para que nosotros podamos llegar a todas
partes. Por eso la tierra canta feliz la salvación".
También iba a Misa durante las vacaciones de verano en La Granja, en esos
años veinte, aunque no pertenecía a ninguna asociación de fieles. Ni
siquiera le gustaba ayudar: nunca fue monaguillo; prefería asistir como uno
más, desde los bancos del templo. Tampoco acudía a un lugar fijo, cosa
normal en aquella época: alternaba entre la Colegiata, el convento de las
Clarisas, la parroquia del Cristo y la ermita de los Dolores. Recordaba con
afecto a esa Comunidad de Clarisas de La Granja, aunque a la vez con pena,
porque habían tenido que abandonar ese monasterio: a ellas acudiría en el
verano de 1935, unas semanas después de responder a la llamada divina, para
pedirles oraciones por el Opus Dei.
Conocí algunos de estos detalles una tarde de julio de 1978, después de
acompañar a don Alvaro en el rezo del rosario en la parroquia del Cristo.
Habíamos llegado desde la carretera nacional de Soria a Segovia, a la altura
de Torrecaballeros. Nos contó de pasada que por ese camino -entre La Granja
y Torrecaballeros- dio de pequeño, durante un verano, sus primeras pedaladas
en bicicleta. Evocó también sus visitas al Santísimo, ya adolescente, cuando
volvía al atardecer de pasear con los amigos.
Muchos veranos pasó en La Granja, en una casa de la calle de la Reina,
número 11, cerca de Palacio. No sé si era o no la misma casa de los abuelos
paternos, que también veraneaban allí. Muchos años después, a propósito de
la Eucaristía, don Alvaro mencionaría las puestas de sol en Castilla. Sin
duda, se le había grabado la imagen durante sus vacaciones, y la había
revivido luego, cuando acudía con el Fundador del Opus Dei a Molinoviejo,
también en la falda de la Sierra, no lejos de Segovia:
"-Como aquello es una inmensa llanura, se ve el sol ponerse a lo lejos.
Cuando ya parece tocar la tierra, es como un incendio: todo el cielo se tiñe
de rojo, y el sol de mil colores. Aquello no es más que un efecto óptico,
porque el sol no toca realmente la tierra... En cambio, cuando recibimos al
Señor en la Eucaristía, que es mucho más que el sol -es el Sol de los
soles-, y toca nuestro cuerpo y nuestra alma..., ¡qué maravilla ha de
suceder en nosotros! ¡Cómo se encenderá nuestra alma, al contacto con
Cristo! ¡Cómo la transformará la gracia!"
Alguno de esos veranos acudió a un lugar de Asturias llamado La Isla. Pudo
ser en los primeros años treinta, según le escuché incidentalmente en julio
de 1976. Allí trabó amistad con la familia de José María González Barredo,
nacido en la cercana Colunga. José María había solicitado la admisión en el
Opus Dei hacia 1932. Y el conocimiento de su padre, llamado también Alvaro,
resultaría decisivo -como se verá-, para que Alvaro del Portillo volviera a
encontrarse con el Beato Josemaría Escrivá, durante la Guerra civil
española.
Cuando conocí La Isla, un pueblecito abierto a una grandiosa vista del
Cantábrico, comprendí lo que había oído a don Alvaro: aquel verano de los
años treinta, había pasado muchos ratos contemplando la naturaleza y -aun
sin conciencia expresa de hacer oración-, hablaba con Dios, y le daba
gracias por haber creado una naturaleza tan bella:
"-Ya comenzaba el Señor, por aquel entonces, a meterse en mi alma",
concluía.
Un hecho de entidad en su juventud sucedió en La Isla. Había quedado un día
en salir con unos amigos de excursión en una motora. Pensaban hacer la
travesía hasta Ribadesella. A última hora -don Alvaro no recordaba por qué-,
decidió no ir. Y se desencadenó de improviso la galerna del Cantábrico.
Antes de conseguir volver a puerto, naufragó la endeble barca y se ahogaron
todos, excepto uno, el más joven, que logró arribar a la orilla, a pesar de
la fuerza de las olas. Mientras luchaba con la mar, prometió que, si se
salvaba, entregaría su vida al Señor: poco después, ingresaba en el
Seminario de Valdediós.
Don Alvaro comentaba que se le grabó entonces un uso insospechado del
adjetivo guapo, tan frecuente en Asturias. Después del sepelio -dramático,
tremendo- de aquellos diez o doce amigos, oyó decir a una mujer del pueblo:
"-¡Qué entierro más guapo ha sido!"
Otra tragedia había ocurrido años antes en Madrid. Cuando la evocó de pasada
don Alvaro, pensé que, dentro de lo ordinario, manifestaba una cierta
protección por parte de la providencia divina.
Un domingo al final de las vacaciones de verano, ya todos en Madrid, su
hermano mayor deseaba llevarle al teatro Novedades, donde estaba en cartel
una zarzuela del maestro Alonso. Al final no fueron -don Alvaro tampoco
recordaba el motivo, como en la excursión desde La Isla-, y coincidió con el
día del terrible incendio que destruyó por completo esa conocida sala de
Madrid, con 900 localidades, inaugurada en 1857 por Isabel II. Sucedió el
domingo 23 de septiembre de 1928. Y se representaba La mejor del puerto,
música de Francisco Alonso, letra de Fernández Sevilla y Carreño. El teatro
estaba completamente lleno. El incendio se propagó con inusitada rapidez, y
provocó tal confusión que se hizo casi imposible el salvamento, a pesar de
los esfuerzos de los bomberos, que sólo pudieron evitar que ardieran las
casas contiguas. El fuego resultó dramáticamente espectacular: las llamas
-según las crónicas de aquellos días- se veían desde pueblos como Vallecas,
Getafe o Pinto. Hubo sesenta y cuatro muertos y centenares de heridos y
contusionados. Más que por el fuego en sí, el mayor número de víctimas se
debió al pánico al intentar huir: muchos murieron aplastados, pisoteados
cerca de las puertas de salida.
No sé si don Alvaro aceptaría lo que se atribuye a Oscar Wilde: su patria
era su infancia. Pero tuvo siempre un gran afecto hacia la ciudad en que
había nacido. Se le notaba una alegría chispeante cuando llegaba a sus
Madriles. Siendo tan universal, se encontraba muy a gusto en Madrid: se
sentía realmente madrileño.
Durante sus estancias, se le escapaban frases cariñosas. A veces, simples
noticias castizas, como cuando nos explicó que la antigua plaza de Manuel
Becerra, luego Plaza de Roma, fue conocida popularmente durante años como
Plaza de la Alegría: porque allí se despedía el duelo en los entierros que
se dirigían al Cementerio de la Almudena, y seguían ya sólo los más íntimos
de la familia. Los demás daban la vuelta tan contentos.
Conservó ese buen humor -castizo, madrileño-, que se advertía en su rapidez
de respuesta y en su facilidad para el contrapunto o la palabra de doble
sentido. En 1990 presencié cómo bromeaba con Umberto Farri, que salía de
Roma hacia Chile:
"-Diles que tengo muchas ganas de ir a verles..., pero que me quedo con las
ganas".
Poco tiempo después, en julio de 1991, llegaba a un Centro del Opus Dei en
Iza (Navarra). Los médicos le recomendaban con insistencia que pasease, pues
le convenía el ejercicio físico. Por la tarde, al referir lugares próximos
donde caminar, alguien mencionó también el frontón de la finca, como posible
sitio para rezar el rosario al atardecer:
"-Estará fresquito y es plano". >>> NO SE MUESTRAN COMPLETOS LOS LIBROS CUYOS DERECHOS DE AUTOR ESTÁN VIGENTES, COMO OCURRE CON ESTE <<<
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