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ES
CRISTO QUE PASA
San Josemaría Escrivá de Balaguer
1.
VOCACION CRISTIANA
Homilía pronunciada el 2-XII-1951, primer domingo de Adviento.
Comienza el año litúrgico, y el introito de la Misa nos propone una
consideración intimamente relacionada con el principio de nuestra vida
cristiana: la vocación que hemos recibido. Vias tuas, Domine, demonstra
mihi, et semitas tuas edoce me ; Señor, indícame tus caminos, enséñame
tus sendas. Pedimos al Señor que nos guíe, que nos muestre sus pisadas,
para que podamos dirigirnos a la plenitud de sus mandamientos, que es la
caridad . Me figuro que vosotros, como yo, al pensar en las
circunstancias que han acompañado vuestra decisión de esforzaros por
vivir enteramente la fe, daréis muchas gracias al Señor, tendréis el
convencimiento sincero - sin falsas humildades- de que no hay mérito
alguno por nuestra parte. Ordinariamente aprendimos a invocar a Dios
desde la infancia, de los labios de unos padres cristianos; más
adelante, maestros, compañeros, conocidos, nos han ayudado de mil
maneras a no perder de vista a Jesucristo. Un día -no quiero
generalizar, abre tu corazón al Señor y cuéntale tu historia-, quizá un
amigo, un cristiano corriente igual a ti, te descubrió un panorama
profundo y nuevo, siendo al mismo tiempo viejo como el Evangelio. Te
sugirió la posibilidad de empeñarte seriamente en seguir a Cristo, en
ser apóstol de apóstoles. Tal vez perdiste entonces la tranquilidad y no
la recuperaste, convertida en paz, hasta que libremente, porque te dio
la gana -que es la razón más sobrenatural-, respondiste que sí a Dios. Y
vino la alegría, recia, constante, que sólo desaparece cuando te apartas
de El. No me gusta hablar de elegidos ni de privilegiados. Pero es
Cristo quien habla, quien elige. Es el lenguaje de la Escritura: elegit
nos in ipso ante mundi constitutionem -dice San Pablo- ut essemus sancti
. Nos ha escogido, desde antes de la constitución del mundo, para que
seamos santos. Yo sé que esto no te llena de orgullo, ni contribuye a
que te consideres superior a los demás hombres. Esa elección, raíz de la
llamada, debe ser la base de tu humildad. ¿Se levanta acaso un monumento
a los pinceles de un gran pintor? Sirvieron para plasmar obras maestras,
pero el mérito es del artista. Nosotros -los cristianos- somos sólo
instrumentos del Creador del mundo, del Redentor de todos los hombres.
1.
Los Apóstoles, hombres corrientes A mí me anima considerar un precedente
narrado, paro a paso, en las páginas del Evangelio: la vocación de los
primeros doce. Vamos a meditarla despacio, rogando a esos santos
testigos del Señor que sepamos seguir a Cristo como ellos lo hicieron.
Aquellos primeros apóstoles -a los que tengo gran devoción y cariño-
eran, según los criterios humanos, poca cosa. En cuanto a posición
social, con excepción de Mateo, que seguramente se ganaba bien la vida y
que dejó todo cuando Jesús se lo pidió, eran pescadores: vivían al día,
bregando de noche, para poder lograr el sustento. Pero la posición
social es lo de menos. No eran cultos, ni siquiera muy inteligentes, al
menos en lo que se refiere a las realidades sobrenaturales. Incluso los
ejemplos y las comparaciones más sencillas les resultaban
incomprensibles, y acudían al Maestro: Domine, edissere nobis parabolam
, Señor, explícanos la parábola. Cuando Jesús, con una imagen, alude al
fermento de los fariseos, entienden que les está recriminando por no
haber comprado pan . Pobres, ignorantes. Y ni siquiera sencillos,
llanos. Dentro de su limitación, eran ambiciosos. Muchas veces discuten
sobre quién sería el mayor, cuando -según su mentalidad- Cristo
instaurase en la tierra el reino definitivo de Israel. Discuten y se
acaloran durante ese momento sublime, en el que Jesús está a punto de
inmolarse por la humanidad: en la intimidad del Cenáculo . Fe, poca. El
mismo Jesucristo lo dice . Han visto resucitar muertos, curar toda clase
de enfermedades, multiplicar el pan y los peces, calmar tempestades,
echar demonios. San Pedro, escogido como cabeza, es el único que sabe
responder prontamente: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo . Pero es
una fe que él interpreta a su manera, por eso se permite encararse con
Jesucristo para que no se entregue en redención por los hombres. Y Jesús
tiene que contestarle: apártate de mí, Satanás, que me escandalizas,
porque no entiendes las cosas de Dios, sino las de los hombres . Pedro
razonaba humanamente, comenta San Juan Crisóstomo, y concluía que todo
aquello -la Pasión y la Muerte- era indigno de Cristo, reprobable. Por
eso, Jesús lo reprende y le dice: no, sufrir no es cosa indigna de mí;
tú lo juzgas así porque razonas con ideas carnales, humanas . Aquellos
hombres de poca fe, ¿sobresalían quizá en el amor a Cristo? Sin duda lo
amaban, al menos de palabra. A veces se dejan arrebatar por el
entusiasmo: vamos y muramos con El . Pero a la hora de la verdad huirán
todos, menos Juan, que de veras amaba con obras. Sólo este adolescente,
el más joven de los apóstoles, permanece junto a la Cruz. Los demás no
sentían ese amor tan fuerte como la muerte . Estos eran los Discípulos
elegidos por el Señor; así los escoge Cristo; así aparecían antes de
que, llenos del Espíritu Santo, se convirtieran en columnas de la
Iglesia . Son hombres corrientes, con defectos, con debilidades, con la
palabra más larga que las obras. Y, sin embargo, Jesús los llama para
hacer de ellos pescadores de hombres , corredentores, administradores de
la gracia de Dios.
2. Algo semejante ha sucedido con nosotros. Sin gran dificultad
podríamos encontrar en nuestra familia, entre nuestros amigos y
compañeros, por no referirme al inmenso panorama del mundo, tantas otras
personas más dignas que nosotros para recibir la llamada de Cristo. Más
sencillos, más sabios, más influyentes, más importantes, más
agradecidos, más generosos. Yo, al pensar en estos puntos, me
avergüenzo. Pero me doy cuenta también de que nuestra lógica humana no
sirve para explicar las realidades de la gracia. Dios suele buscar
instrumentos flacos, para que aparezca con clara evidencia que la obra
es suya. San Pablo evoca con temblor su vocación: después de todos se me
apareció a mí, que vengo a ser como un abortivo, siendo el menor de los
apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la
Iglesia de Dios . Así escribe Saulo de Tarso, con una personalidad y un
empuje que la historia no ha hecho sino agrandar. Sin que haya mediado
mérito alguno por nuestra parte, os decía: porque en la base de la
vocación están el conocimiento de nuestra miseria, la conciencia de que
las luces que iluminan el alma -la fe-, el amor con el que amamos -la
caridad- y el deseo por el que nos sostenemos -la esperanza-, son dones
gratuitos de Dios. Por eso, no crecer en humildad significa perder de
vista el objetivo de la elección divina: ut essemus sancti, la santidad
personal. Ahora, desde esa humildad, podemos comprender toda la
maravilla de la llamada divina. La mano de Cristo nos ha cogido de un
trigal: el sembrador aprieta en su mano llagada el puñado de trigo. La
sangre de Cristo baña la simiente, la empapa. Luego, el Señor echa al
aire ese trigo, para que muriendo, sea vida y, hundiéndose en la tierra,
sea capaz de multiplicarse en espigas de oro.
3.
Ya es hora de despertar La Epístola de la Misa nos recuerda que hemos de
asumir esta responsabilidad de apóstoles con nuevo espíritu, con ánimo,
despiertos. Ya es hora de despertarnos de nuestro letargo, pues estamos
más cerca de nuestra salud que cuando recibimos la fe. La noche avanza y
va a llegar el día. Dejemos, pues, las obras de las tinieblas y
revistámonos de las armas de la luz . Me diréis que no es fácil, y no os
faltará razón. Los enemigos del hombre, que son los enemigos de su
santidad, intentan impedir esa vida nueva, ese revestirse con el
espíritu de Cristo. No encuentro otra enumeración mejor de los
obstáculos a la fidelidad cristiana que la que nos trae San Juan:
concupiscentia carnis, concupiscentia oculorum et superbia vitae ; todo
lo que hay en el mundo es concupiscencia de la carne, concupiscencia de
los ojos y soberbia de la vida.
4. La concupiscencia de la carne no es sólo la tendencia desordenada de
los sentidos en general, ni la apetencia sexual, que debe ser ordenada y
no es mala de suyo, porque es una noble realidad humana santificable.
Ved que, por eso, nunca hablo de impureza, sino de pureza, ya que a
todos alcanzan las palabras de Cristo: bienaventurados los limpios de
corazón, porque ellos verán a Dios . Por vocación divina, unos habrán de
vivir esa pureza en el matrimonio; otros, renunciando a los amores
humanos, para corresponder única y apasionadamente al amor de Dios. Ni
unos ni otros esclavos de la sensualidad, sino señores del propio cuerpo
y del propio corazón, para poder darlos sacrificadamente a otros. Al
tratar de la virtud de la pureza, suelo añadir el calificativo de santa.
La pureza cristiana, la santa pureza, no es el orgulloso sentirse puros,
no contaminados. Es saber que tenemos los pies de barro , aunque la
gracia de Dios nos libre día a día de las asechanzas del enemigo.
Considero una deformación del cristianismo la insistencia de algunos en
escribir o predicar casi exclusivamente de esta materia, olvidando otras
virtudes que son capitales para el cristiano, y también en general para
la convivencia entre los hombres. La santa pureza no es ni la única ni
la principal virtud cristiana: es, sin embargo, indispensable para
perseverar en el esfuerzo diario de nuestra santificación y, si no se
guarda, no cabe la dedicación al apostolado. La pureza es consecuencia
del amor con el que hemos entregado al Señor el alma y el cuerpo, las
potencias y los sentidos. No es negación, es afirmación gozosa. Decía
que la concupiscencia de la carne no se reduce exclusivamente al
desorden de la sensualidad, sino también a la comodidad, a la falta de
vibración, que empuja a buscar lo más fácil, lo más placentero, el
camino en apariencia más corto, aun a costa de ceder en la fidelidad a
Dios. Comportare así, sería como abandonarse incondicionalmente al
imperio de una de esas leyes, la del pecado, contra la que nos previene
San Pablo: cuando quiero hacer el bien, encuentro una ley por la que el
mal está pegado a mí; de aquí es que me complazco en la ley de Dios
según el hombre interior, pero veo que hay otra ley en mis miembros, que
resiste a la ley de mi espíritu y me sojuzga a la ley del pecado...
Infelix ego homo!, ¡infeliz de mí! ¿Quién me libertará de este cuerpo de
muerte? . Oíd lo que contesta el apóstol: la gracia de Dios, por
Jesucristo Señor Nuestro . Podemos y debemos luchar contra la
concupiscencia de la carne, porque siempre nos será concedida, si somos
humildes, la gracia del Señor.
5. El otro enemigo, escribe San Juan, es la concupiscencia de los ojos,
una avaricia de fondo, que lleva a no valorar sino lo que se puede
tocar. Los ojos que se quedan como pegados a las cosas terrenas, pero
también los ojos que, por eso mismo, no sabe descubrir las realidades
sobrenaturales. Por tanto, podemos utilizar la expresión de la Sagrada
Escritura, para referirnos a la avaricia de los bienes materiales, y
además a esa deformación que lleva a observar lo que nos rodea -los
demás, las circunstancias de nuestra vida y de nuestro tiempo- sólo con
visión humana. Los ojos del alma se embotan; la razón se cree
autosuficiente para entender todo, prescindiendo de Dios. Es una
tentación sutil, que se ampara en la dignidad de la inteligencia, que
Nuestro Padre Dios ha dado al hombre para que lo conozca y lo ame
libremente. Arrastrada por esa tentación, la inteligencia humana se
considera el centro del universo, se entusiasma de nuevo con el seréis
como dioses y, al llenarse de amor por sí misma, vuelve la espalda al
amor de Dios. La existencia nuestra puede, de este modo, entregarse sin
condiciones en manos del tercer enemigo, de la superbia vitae. No se
trata sólo de pensamientos efímeros de vanidad o de amor propio: es un
engreimiento general. No nos engañemos, porque éste es el peor de los
males, la raíz de todos los descaminos. La lucha contra la soberbia ha
de ser constante, que no en vano se ha dicho gráficamente que esa pasión
muere un día después de que cada persona muera. Es la altivez del
fariseo, a quien Dios se resiste a justificar, porque encuentra en él
una barrera de autosuficiencia. Es la arrogancia, que conduce a
despreciar a los demás hombres, a dominarlos, a maltratarlos: porque
donde hay soberbia allí hay ofensa y deshonra .
6.
La misericordia de Dios Empieza hoy el tiempo de Adviento, y es bueno
que hayamos considerado las insidias de estos enemigos del alma: el
desorden de la sensualidad y de la fácil ligereza; el desatino de la
razón que se opone al Señor; la presunción altanera, esterilizadora del
amor a Dios y a las criaturas. Todas estas situaciones del ánimo son
obstáculos ciertos, y su poder perturbador es grande. Por eso la
liturgia nos hace implorar la misericordia divina: a Ti, Señor, elevo mi
alma; en Ti espero; que no sea confundido, ni se gocen de mí mis
adversarios , hemos rezado en el introito. Y en la antífona del
Ofertorio repetiremos: espero en Ti, ¡que yo no sea confundido! Ahora,
que se acerca el tiempo de la salvación, consuela escuchar de los labios
de San Pablo que después que Dios Nuestro Salvador ha manifestado su
benignidad y amor con los hombres, nos ha liberado no a causa de las
obras de justicia que hubiésemos hecho, sino por su misericordia . Si
recorréis las Escrituras Santas, descubriréis constantemente la
presencia de la misericordia de Dios: llena la tierra , se extiende a
todos sus hijos, super omnem carnem ; nos rodea , nos antecede , se
multiplica para ayudarnos , y continuamente ha sido confirmada . Dios,
al ocuparse de nosotros como Padre amoroso, nos considera en su
misericordia : una misericordia suave , hermosa como nube de lluvia .
Jesucristo resume y compendia toda esta historia de la misericordia
divina: bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán
misericordia . Y en otra ocasión: sed misericordiosos, como vuestro
Padre celestial es misericordioso . Nos han quedado muy grabadas
también, entre otras muchas escenas del Evangelio, la clemencia con la
mujer adúltera, la parábola del hijo pródigo, la de la oveja perdida, la
del deudor perdonado, la resurrección del hijo de la viuda de Naím .
¡Cuántas razones de justicia para explicar este gran prodigio! Ha muerto
el hijo único de aquella pobre viuda, el que daba sentido a su vida, el
que podía ayudarle en su vejez. Pero Cristo no obra el milagro por
justicia; lo hace por compasión, porque interiormente se conmueve ante
el dolor humano. ¡Qué seguridad debe producirnos la conmiseración del
Señor! Clamará a mí y yo le oiré, porque soy misericordioso . Es una
invitación, una promesa que no dejará de cumplir. Acerquémonos, pues,
confiadamente al trono de la gracia, para que alcancemos la misericordia
y el auxilio de la gracia en el tiempo oportuno . Los enemigos de
nuestra santificación nada podrán, porque esa misericordia de Dios nos
previene; y si -por nuestra culpa y nuestra debilidad- caemos, el Señor
nos socorre y nos levanta. Habías aprendido a evitar la negligencia, a
alejar de ti la arrogancia, a adquirir la piedad, a no ser prisionero de
las cuestiones mundanas, a no preferir lo caduco a lo eterno. Pero, como
la debilidad humana no puede mantener un paso decidido en un mundo
resbaladizo, el buen médico te ha indicado también remedios contra la
desorientación, y el juez misericordioso no te ha negado la esperanza
del perdón .
7.
Correspondencia humana En este clima de la misericordia de Dios, se
desarrolla la existencia del cristiano. Ese es el ámbito de su esfuerzo,
por comportarse como hijo del Padre. ¿Y cuáles son los medios
principales para lograr que la vocación se afiance? Te señalaré hoy dos,
que son como ejes vivos de la conducta cristiana: la vida interior y la
formación doctrinal, el conocimiento profundo de nuestra fe. Vida
interior, en primer lugar. ¡Qué pocos entienden todavía esto! Piensan,
al oír hablar de vida interior, en la oscuridad del templo, cuando no en
los ambientes enrarecidos de algunas sacristías. Llevo más de un cuarto
de siglo diciendo que no es eso. Describo la vida interior de cristianos
corrientes, que habitualmente se encuentran en plena calle, al aire
libre; y que, en la calle, en el trabajo, en la familia y en los ratos
de diversión están pendientes de Jesús todo el día. ¿Y qué es esto sino
vida de oración continua? ¿No es verdad que tú has visto la necesidad de
ser alma de oración, con un trato con Dios que te lleva a endiosarte?
Esa es la fe cristiana y así lo han comprendido siempre las almas de
oración: se hace Dios aquel hombre, escribe Clemente de Alejandría,
porque quiere lo mismo que quiere Dios . Al principio costará; hay que
esforzarse en dirigirse al Señor, en agradecer su piedad paterna y
concreta con nosotros. Poco a poco el amor de Dios se palpa -aunque no
es cosa de sentimientos-, como un zarpazo en el alma. Es Cristo, que nos
persigue amorosamente: he aquí que estoy a tu puerta, y llamo . ¿Cómo va
tu vida de oración? ¿No sientes a veces, durante el día, deseos de
charlar más despacio con El? ¿No le dices: luego te lo contaré, luego
conversaré de esto contigo? En los ratos dedicados expresamente a ese
coloquio con el Señor, el corazón se explaya, la voluntad se fortalece,
la inteligencia -ayudada por la gracia- penetra, de realidades
sobrenaturales, las realidades humanas. Como fruto, saldrán siempre
propósitos claros, prácticos, de mejorar tu conducta, de tratar
finamente con caridad a todos los hombres, de emplearte a fondo -con el
afán de los buenos deportistas- en esta lucha cristiana de amor y de
paz. La oración se hace continua, como el latir del corazón, como el
pulso. Sin esa presencia de Dios no hay vida contemplativa; y sin vida
contemplativa de poco vale trabajar por Cristo, porque en vano se
esfuerzan los que construyen, si Dios no sostiene la casa .
8.
La sal de la mortificación Para santificarse, el cristiano corriente
-que no es un religioso, que no se aparta del mundo, porque el mundo es
el lugar de su encuentro con Cristo- no necesita hábito externo, ni
signos distintivos. Sus signos son internos: la presencia de Dios
constante y el espíritu de mortificación. En realidad, una sola cosa,
porque la mortificación no es más que la oración de los sentidos. La
vocación cristiana es vocación de sacrificio, de penitencia, de
expiación. Hemos de reparar por nuestros pecados -¡en cuántas ocasiones
habremos vuelto la cara, para no ver a Dios!- y por todos los pecados de
los hombres. Hemos de seguir de cerca las pisadas de Cristo: traemos
siempre en nuestro cuerpo la mortificación, la abnegación de Cristo, su
abatimiento en la Cruz, para que también en nuestros cuerpos se
manifieste la vida de Jesús . Nuestro camino es de inmolación y, en esta
renuncia, encontraremos el gaudium cum pace, la alegría y la paz. No
miramos al mundo con gesto triste. Involuntariamente quizá, han hecho un
flaco servicio a la catequesis esos biógrafos de santos que querían, a
toda costa, encontrar cosas extraordinarias en los siervos de Dios, aun
desde sus primeros vagidos. Y cuentan, de algunos de ellos, que en su
infancia no lloraban, por mortificación no mamaban los viernes... Tú y
yo nacimos llorando como Dios manda; y asíamos el pecho de nuestra madre
sin preocuparnos de Cuaresmas y de Témporas... Ahora, con el auxilio de
Dios hemos aprendido a descubrir, a lo largo de la jornada en apariencia
siempre igual, spatium verae poenitentiae, tiempo de verdadera
penitencia; y en esos instantes hacemos propósitos de emendatio vitae,
de mejorar nuestra vida. Este es el camino para disponernos a la gracia
y a las inspiraciones del Espíritu Santo en el alma. Y con esa gracia
-repito- viene el gaudium cum pace, la alegría, la paz y la
perseverancia en el camino . La mortificación es la sal de nuestra vida.
Y la mejor mortificación es la que combate -en pequeños detalles,
durante todo el día-, la concupiscencia de la carne, la concupiscencia
de los ojos y la soberbia de la vida. Mortificaciones que no mortifiquen
a los demás, que nos vuelvan más delicados, más comprensivos, más
abiertos a todos. Tú no serás mortificado si eres susceptible, si estás
pendiente sólo de tus egoísmos, si avasallas a los otros, si no sabes
privarte de lo superfluo y, a veces, de lo necesario; si te entristeces,
cuando las cosas no salen según las habías previsto. En cambio, eres
mortificado si sabes hacerte todo para todos, para ganar a todos .
9.
La fe y la inteligencia La vida de oración y de penitencia, y la
consideración de nuestra filiación divina, nos transforman en cristianos
profundamente piadosos, como niños pequeños delante de Dios. La piedad
es la virtud de los hijos y para que el hijo pueda confiarse en los
brazos de su padre, ha de ser y sentirse pequeño, necesitado.
Frecuentemente he meditado esa vida de infancia espiritual, que no está
reñida con la fortaleza, porque exige una voluntad recia, una madurez
templada, un carácter firme y abierto. Piadosos, pues, como niños: pero
no ignorantes, porque cada uno ha de esforzarse, en la medida de sus
posibilidades, en el estudio serio, científico, de la fe; y todo esto es
la teología. Piedad de niños, por tanto, y doctrina segura de teólogos.
El afán por adquirir esta ciencia teológica -la buena y firme doctrina
cristiana- está movido, en primer término, por el deseo de conocer y
amar a Dios. A la vez, es también consecuencia de la preocupación
general del alma fiel por alcanzar la más profunda significación de este
mundo, que es hechura del Creador. Con periódica monotonía, algunos
tratan de resucitar una supuesta incompatibilidad entre la fe y la
ciencia, entre la inteligencia humana y la Revelación divina. Esa
incompatibilidad sólo puede aparecer, y aparentemente, cuando no se
entienden los términos reales del problema. Si el mundo ha salido de las
manos de Dios, si El ha creado al hombre a su imagen y semejanza y le ha
dado una chispa de su luz, el trabajo de la inteligencia debe -aunque
sea con un duro trabajo- desentrañar el sentido divino que ya
naturalmente tienen todas las cosas; y con la luz de la fe, percibimos
también su sentido sobrenatural, el que resulta de nuestra elevación al
orden de la gracia. No podemos admitir el miedo a la ciencia, porque
cualquier labor, si es verdaderamente científica, tiende a la verdad. Y
Cristo dijo: Ego sum veritas . Yo soy la verdad. El cristiano ha de
tener hambre de saber. Desde el cultivo de los saberes más abstractos
hasta las habilidades artesanas, todo puede y debe conducir a Dios.
Porque no hay tarea humana que no sea santificable, motivo para la
propia santificación y ocasión para colaborar con Dios en la
santificación de los que nos rodean. La luz de los seguidores de
Jesucristo no ha de estar en el fondo del valle, sino en la cumbre de la
montaña, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro
Padre que está en el cielo . Trabajar así es oración. Estudiar así es
oración. Investigar así es oración. No salimos nunca de lo mismo: todo
es oración, todo puede y debe llevarnos a Dios, alimentar ese trato
continuo con El, de la mañana a la noche. Todo trabajo honrado puede ser
oración; y todo trabajo, que es oración, es apostolado. De este modo el
alma se enrecia en una unidad de vida sencilla y fuerte.
10.
La esperanza del Adviento No quería deciros más en este primer domingo
de Adviento, cuando empezamos a contar los días que nos acercan a la
Natividad del Salvador. Hemos visto la realidad de la vocación
cristiana; cómo el Señor ha confiado en nosotros para llevar almas a la
santidad, para acercarlas a El, unirlas a la Iglesia, extender el reino
de Dios en todos los corazones. El Señor nos quiere entregados, fieles,
delicados, amorosos. Nos quiere santos, muy suyos. De un lado, la
soberbia, la sensualidad y el hastío, el egoísmo; de otro, el amor, la
entrega, la misericordia, la humildad, el sacrificio, la alegría. Tienes
que elegir. Has sido llamado a una vida de fe, de esperanza y de
caridad. No puedes bajar el tiro y quedarte en un mediocre aislamiento.
En una ocasión vi un águila encerrada en una jaula de hierro. Estaba
sucia, medio desplumada; tenía entre sus garras un trozo de carroña.
Entonces pensé en lo que sería de mí, si abandonara la vocación recibida
de Dios. Me dio pena aquel animal solitario, aherrojado, que había
nacido para subir muy alto y mirar de frente al sol. Podemos remontarnos
hasta las humildes alturas del amor de Dios, del servicio a todos los
hombres. Pero para eso es preciso que no haya recovecos en el alma,
donde no pueda entrar el sol de Jesucristo. Hemos de echar fuera todas
las preocupaciones que nos aparten de El; y así Cristo en tu
inteligencia, Cristo en tus labios, Cristo en tu corazón, Cristo en tus
obras. Toda la vida -el corazón y las obras, la inteligencia y las
palabras- llena de Dios. Abrid los ojos y levantad la cabeza, porque
vuestra redención se acerca hemos leído en el Evangelio. El tiempo de
Adviento es tiempo de esperanza. Todo el panorama de nuestra vocación
cristiana, esa unidad de vida que tiene como nervio la presencia de
Dios, Padre Nuestro, puede y debe ser una realidad diaria. Pídelo
conmigo a Nuestra Señora, imaginando cómo pasaría ella esos meses, en
espera del Hijo que había de nacer. Y Nuestra Señora, Santa María, hará
que seas alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, ¡el mismo Cristo!
2. EL TRIUNFO DE CRISTO EN LA HUMILDAD
Homilía pronunciada el 24-XII-1963.
11. Lux fulgebit hodie super nos, quia natus est nobis Dominus , hoy
brillará la luz sobre nosotros, porque nos ha nacido el Señor. Es el
gran anuncio que conmueve en este día a los cristianos y que, a través
de ellos, se dirige a la Humanidad entera. Dios está aquí. Esa verdad
debe llenar nuestras vidas: cada navidad ha de ser para nosotros un
nuevo especial encuentro con Dios, dejando que su luz y su gracia entren
hasta el fondo de nuestra alma. Nos detenemos delante del Niño, de María
y de José: estamos contemplando al Hijo de Dios revestido de nuestra
carne. Viene a mi recuerdo el viaje que hice a Loreto, el 15 de agosto
de 1951, para visitar la Santa Casa, por un motivo entrañable. Celebré
allí la Misa. Quería decirla con recogimiento, pero no contaba con el
fervor de la muchedumbre. No había calculado que, en ese gran día de
fiesta, muchas personas de los contornos acudirían a Loreto, con la fe
bendita de esta tierra y con el amor que tienen a la Madonna. Su piedad
les llevaba a manifestaciones no del todo apropiadas, si se consideran
las cosas -¿cómo lo explicaré?- sólo desde el punto de vista de las
leyes rituales de la Iglesia. Así, mientras besaba yo el altar cuando lo
prescriben las rúbricas de la Misa, tres o cuatro campesinas lo besaban
a la vez. Estuve distraído, pero me emocionaba. Atraía también mi
atención el pensamiento de que en aquella Santa Casa -que la tradición
asegura que es el lugar donde vivieron Jesús, María y José-, encima de
la mesa del altar, han puesto estas palabras: Hic Verbum caro factum est.
Aquí, en una casa construida por la mano de los hombres, en un pedazo de
la tierra en que vivimos, habitó Dios.
12.
Jesucristo, perfecto Dios y perfecto hombre El Hijo de Dios se hizo
carne y es perfectus Deus, perfectus homo , perfecto Dios y perfecto
hombre. En este misterio hay algo que debería remover a los cristianos.
Estaba y estoy conmovido: me gustaría volver a Loreto. Me voy allí con
el deseo, para revivir los años de la infancia de Jesús, al repetir y
considerar ese Hic Verbum caro factum est. Iesus Christus, Deus Homo,
Jesucristo Dios-Hombre. Una de las magnalia Dei , de las maravillas de
Dios, que hemos de meditar y que hemos de agradecer a este Señor que ha
venido a traer la paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad . A
todos los hombres que quieren unir su voluntad a la Voluntad buena de
Dios: ¡No sólo a los ricos, ni sólo a los pobres!, ¡a todos los hombres,
a todos los hermanos! Que hermanos somos todos en Jesús, hijos de Dios,
hermanos de Cristo: su Madre es nuestra Madre. No hay más que una raza
en la tierra: la raza de los hijos de Dios. Todos hemos de hablar la
misma lengua, la que nos enseña nuestro Padre que está en los cielos: la
lengua del diálogo de Jesús con su Padre, la lengua que se habla con el
corazón y con la cabeza, la que empleáis ahora vosotros en vuestra
oración. La lengua de las almas contemplativas, la de los hombres que
son espirituales, porque se han dado cuenta de su filiación divina. Una
lengua que se manifiesta en mil mociones de la voluntad, en luces claras
del entendimiento, en afectos del corazón, en decisiones de vida recta,
de bien, de contento, de paz. Es preciso mirar al Niño, Amor nuestro, en
la cuna. Hemos de mirarlo sabiendo que estamos delante de un misterio.
Necesitamos aceptar el misterio por la fe y, también por la fe, ahondar
en su contenido. Para esto, nos hacen falta las disposiciones humildes
del alma cristiana: no querer reducir la grandeza de Dios a nuestros
pobres conceptos, a nuestras explicaciones humanas, sino comprender que
ese misterio, en su oscuridad, es una luz que guía la vida de los
hombres. Vemos -dice San Juan Crisóstomo- que Jesús ha salido de
nosotros y de nuestra sustancia humana, y que ha nacido de Madre virgen:
pero no entendemos cómo puede haberse realizado ese prodigio. No nos
cansemos intentando descubrirlo: aceptemos más bien con humildad lo que
Dios nos ha revelado, sin escrudriñar con curiosidad en lo que Dios nos
tiene escondido . Así, con ese acatamiento, sabremos comprender y amar;
y el misterio será para nosotros una enseñanza espléndida, más
convincente que cualquier razonamiento humano.
13.
Sentido divino del andar terreno de Jesús He procurado siempre, al
hablar delante del Belén, mirar a Cristo Señor nuestro de esta manera,
envuelto en pañales, sobre la paja de un pesebre. Y cuando todavía es
Niño y no dice nada, verlo como Doctor, como Maestro. Necesito
considerarle de este modo: porque debo aprender de El. Y para aprender
de El, hay que tratar de conocer su vida: leer el Santo Evangelio,
meditar aquellas escenas que el Nuevo Testamento nos relata, con el fin
de penetrar en el sentido divino del andar terreno de Jesús. Porque
hemos de reproducir, en la nuestra, la vida de Cristo, conociendo a
Cristo: a fuerza de leer la Sagrada Escritura y de meditarla, a fuerza
de hacer oración, como ahora, delante del pesebre. Hay que entender las
lecciones que nos da Jesús ya desde Niño, desde que está recién nacido,
desde que sus ojos se abrieron a esta bendita tierra de los hombres.
Jesús, creciendo y viviendo como uno de nosotros, nos revela que la
existencia humana, el quehacer corriente y ordinario, tiene un sentido
divino. Por mucho que hayamos considerado estas verdades, debemos
llenarnos siempre de admiración al pensar en los treinta años de
oscuridad, que constituyen la mayor parte del paso de Jesús entre sus
hermanos los hombres. Años de sombra, pero para nosotros claros como la
luz del sol. Mejor, resplandor que ilumina nuestros días y les da una
auténtica proyección, porque somos cristianos corrientes, que llevamos
una vida ordinaria, igual a la de tantos millones de personas en los más
diversos lugares del mundo. Así vivió Jesús durante seis lustros: era
fabri filius , el hijo del carpintero. Después vendrán los tres años de
vida pública, con el clamor de las muchedumbres. La gente se sorprende:
¿quién es éste?, ¿dónde ha aprendido tantas cosas? Porque había sido la
suya, la vida común del pueblo de su tierra. Era el faber, filius Mariae
, el carpintero, hijo de María. Y era Dios, y estaba realizando la
redención del género humano, y estaba atrayendo a sí todas las cosas .
14. Como cualquier otro suceso de su vida, no deberíamos jamás
contemplar esos años ocultos de Jesús sin sentirnos afectados, sin
reconocerlos como lo que son: llamadas que nos dirige el Señor, para que
salgamos de nuestro egoísmo, de nuestra comodidad. El Señor conoce
nuestras limitaciones, nuestro personalismo y nuestra ambición: nuestra
dificultad para olvidarnos de nosotros mismos y entregarnos a los demás.
Sabe lo que es no encontrar amor, y experimentar que aquellos mismos que
dicen que le siguen, lo hacen sólo a medias. Recordad las escenas
tremendas, que nos describen los Evangelistas, en las que vemos a los
Apóstoles llenos aún de aspiraciones temporales y de proyectos sólo
humanos. Pero Jesús los ha elegido, los mantiene junto a El, y les
encomienda la misión que había recibido del Padre. También a nosotros
nos llama, y nos pregunta, como a Santiago y a Juan: Potestis bibere
calicem, quem ego bibiturus sum? : ¿Estáis dispuestos a beber el cáliz
-este cáliz de la entrega completa al cumplimiento de la voluntad del
Padre- que yo voy a beber? Possumus! ; ¡Sí, estamos dispuestos!, es la
respuesta de Juan y de Santiago. Vosotros y yo, ¿estamos seriamente
dispuestos a cumplir, en todo, la voluntad de nuestro Padre Dios? ¿Hemos
dado al Señor nuestro corazón entero, o seguimos apegados a nosotros
mismos, a nuestros intereses, a nuestra comodidad, a nuestro amor
propio? ¿Hay algo que no responde a nuestra condición de cristianos, y
que hace que no queramos purificarnos? Hoy se nos presenta la ocasión de
rectificar. Es necesario empezar por convencerse de que Jesús nos dirige
personalmente estas preguntas. Es El quien las hace, no yo. Yo no me
atrevería ni a planteármelas a mí mismo. Estoy siguiendo mi oración en
voz alta, y vosotros, cada uno de nosotros, por dentro, está confesando
al Señor: Señor, ¡qué poco valgo, qué cobarde he sido tantas veces!
¡Cuántos errores!: en esta ocasión y en aquélla, y aquí y allá. Y
podemos exclamar aún: menos mal, Señor, que me has sostenido con tu
mano, porque me veo capaz de todas las infamias. No me sueltes, no me
dejes, trátame siempre como a un niño. Que sea yo fuerte, valiente,
entero. Pero ayúdame como a una criatura inexperta; llévame de tu mano,
Señor, y haz que tu Madre esté también a mi lado y me proteja. Y así,
possumus!, podremos, seremos capaces de tenerte a Ti por modelo. No es
presunción afirmar possumus! Jesucristo nos enseña este camino divino y
nos pide que lo emprendamos, porque El lo ha hecho humano y asequible a
nuestra flaqueza. Por eso se ha abajado tanto. Este fue el motivo por el
que se abatió, tomando forma de siervo aquel Señor que como Dios era
igual al Padre; pero se abatió en la majestad y potencia, no en la
bondad ni en la misericordia . La bondad de Dios nos quiere hacer fácil
el camino. No rechacemos la invitación de Jesús, no le digamos que no,
no nos hagamos sordos a su llamada: porque no existen excusas, no
tenemos motivo para continuar pensando que no podemos. El nos ha
enseñado con su ejemplo. Por tanto, os pido encarecidamente, hermanos
míos, que no permitáis que se os haya mostrado en balde un modelo tan
precioso, sino que os conforméis a El y os renovéis en el espíritu de
vuestra alma .
15.
Pasó por la tierra haciendo el bien ¿Veis qué necesario es conocer a
Jesús, observar amorosamente su vida? Muchas veces he ido a buscar la
definición, la biografía de Jesús en la Escritura. La encontré leyendo
que, con dos palabras, la hace el Espíritu Santo: Pertransiit
benefaciendo . Todos los días de Jesucristo en la tierra, desde su
nacimiento hasta su muerte, fueron así: pertransiit benefaciendo, los
llenó haciendo el bien. Y en otro lugar recoge la Escritura: bene omnia
fecit : todo lo acabó bien, terminó todas las cosas bien, no hizo más
que el bien. Tú y yo entonces, ¿qué? Una mirada para ver si tenemos algo
que enmendar. Yo sí que encuentro en mí mucho que rehacer. Como me veo
incapaz por mí solo de obrar el bien, y como nos ha dicho el mismo Jesús
que sin El no podemos nada , vamos tú y yo al Señor, a implorar su
asistencia, por medio de su Madre, con estos coloquios íntimos, propios
de las almas que aman a Dios. No añado más porque es cada uno de
vosotros el que tiene que hablar, según su propia necesidad. Por dentro
y sin ruido de palabras, en este mismo momento, mientras os doy estos
consejos, aplico personalmente la doctrina a mi propia miseria.
16. Pertransiit benefaciendo. ¿Qué hizo Jesucristo para derramar tanto
bien, y sólo bien, por donde quiera que pasó? Los Santos Evangelios nos
han transmitido otra biografía de Jesús, resumida en tres palabras
latinas, que nos da la respuesta: erat subditus illis , obedecía. Hoy
que el ambiente está colmado de desobediencia, de murmuración, de
desunión, hemos de estimar especialmente la obediencia. Soy muy amigo de
la libertad, y precisamente por eso quiero tanto esa virtud cristiana.
Debemos sentirnos hijos de Dios, y vivir con la ilusión de cumplir la
voluntad de nuestro Padre. Realizar las cosas según el querer de Dios,
porque nos da la gana, que es la razón más sobrenatural. El espíritu del
Opus Dei, que he procurado practicar y enseñar desde hace más de treinta
y cinco años, me ha hecho comprender y amar la libertad personal. Cuando
Dios Nuestro Señor concede a los hombres su gracia, cuando les llama con
una vocación específica, es como si les tendiera una mano, una mano
paterna llena de fortaleza, repleta sobre todo de amor, porque nos busca
uno a uno, como hijas e hijos suyos, y porque conoce nuestra debilidad.
Espera el Señor que hagamos el esfuerzo de coger su mano, esa mano que
El nos acerca: Dios nos pide un esfuerzo, prueba de nuestra libertad. Y
para saber llevarlo a cabo, hemos de ser humildes, hemos de sentirnos
hijos pequeños y amar la obediencia bendita con la que respondemos a la
bendita paternidad de Dios. Conviene que dejemos que el Señor se meta en
nuestras vidas, y que entre confiadamente, sin encontrar obstáculos ni
recovecos. Los hombres tendemos a defendernos, a apegarnos a nuestro
egoísmo. Siempre intentamos ser reyes, aunque sea del reino de nuestra
miseria. Entended, con esta consideración, por qué tenemos necesidad de
acudir a Jesús: para que El nos haga verdaderamente libres y de esa
forma podamos servir a Dios y a todos los hombres. Sólo así percibiremos
la verdad de aquellas palabras de San Pablo: Ahora, habiendo quedado
libres del pecado y hechos siervos de Dios, cogéis por fruto vuestro la
santificación y por fin la vida eterna, ya que el estipendio del pecado
es la muerte. Pero la vida eterna es una gracia de Dios, por Jesucristo
Nuestro Señor . Estemos precavidos, entonces, porque nuestra tendencia
al egoísmo no muere, y la tentación puede insinuarse de muchas maneras.
Dios exige que, al obedecer, pongamos en ejercicio la fe, pues su
voluntad no se manifiesta con bombo y platillo. A veces el Señor sugiere
su querer como en voz baja, allá en el fondo de la conciencia: y es
necesario escuchar atentos, para distinguir esa voz y serle fieles. En
muchas ocasiones, nos habla a través de otros hombres, y puede ocurrir
que la vista de los defectos de esas personas, o el pensamiento de si
están bien informados, de si han entendido todos los datos del problema,
se nos presente como una invitación a no obedecer. Todo esto puede tener
una significación divina, porque Dios no nos impone una obediencia
ciega, sino una obediencia inteligente, y hemos de sentir la
responsabilidad de ayudar a los demás con las luces de nuestro
entendimiento. Pero seamos sinceros con nosotros mismos: examinemos, en
cada caso, si es el amor a la verdad lo que nos mueve, o el egoísmo y el
apego al propio juicio. Cuando nuestras ideas nos separan de los demás,
cuando nos llevan a romper la comunión, la unidad con nuestros hermanos,
es señal clara de que no estamos obrando según el espíritu de Dios. No
lo olvidemos: para obedecer, repito, hace falta humildad. Miremos de
nuevo el ejemplo de Cristo. Jesús obedece, y obedece a José y a María.
Dios ha venido a la tierra para obedecer, y para obedecer a las
criaturas. Son dos criaturas perfectísimas: Santa María, nuestra Madre,
más que Ella sólo Dios; y aquel varón castísimo, José. Pero criaturas. Y
Jesús, que es Dios, les obedecía. Hemos de amar a Dios, para así amar su
voluntad y tener deseos de responder a las llamadas que nos dirige a
través de las obligaciones de nuestra vida corriente: en los deberes de
estado, en la profesión, en el trabajo, en la familia, en el trato
social, en el propio sufrimiento y en el de los demás hombres, en la
amistad, en el afán de realizar lo que es bueno y justo.
17. Cuando llegan las Navidades, me gusta contemplar las imágenes del
Niño Jesús. Esas figuras que nos muestran al Señor que se anonada, me
recuerdan que Dios nos llama, que el Omnipotente ha querido presentarse
desvalido, que ha querido necesitar de los hombres. Desde la cuna de
Belén, Cristo me dice y te dice que nos necesita, nos urge a una vida
cristiana sin componendas, a una vida de entrega, de trabajo, de
alegría. No alcanzaremos jamás el verdadero buen humor, si no imitamos
de verdad a Jesús; si no somos, como El, humildes. Insistiré de nuevo:
¿habéis visto dónde se esconde la grandeza de Dios? En un pesebre, en
unos pañales, en una gruta. La eficacia redentora de nuestras vidas sólo
puede actuarse con la humildad, dejando de pensar en nosotros mismos y
sintiendo la responsabilidad de ayudar a los demás. Es a veces
corriente, incluso entre almas buenas, provocarse conflictos personales,
que llegan a producir serias preocupaciones, pero que carecen de base
objetiva alguna. Su origen radica en la falta de propio conocimiento,
que conduce a la soberbia: el desear convertirse en el centro de la
atención y de la estimación de todos, la inclinación a no quedar mal, el
no resignarse a hacer el bien y desaparecer, el afán de seguridad
personal. Y así muchas almas que podrían gozar de una paz maravillosa,
que podrían gustar de un júbilo inmenso, por orgullo y presunción se
trasforman en desgraciadas e infecundas. Cristo fue humilde de corazón .
A lo largo de su vida no quiso para El ninguna cosa especial, ningún
privilegio. Comienza estando en el seno de su Madre nueve meses, como
todo hombre, con una naturalidad extrema. De sobra sabía el Señor que la
humanidad padecía una apremiante necesidad de El. Tenía, por eso, hambre
de venir a la tierra para salvar a todas las almas, y no precipita el
tiempo. Vino a su hora, como llegan al mundo los demás hombres. Desde la
concepción hasta el nacimiento, nadie -salvo San José y Santa Isabel-
advierte esa maravilla: Dios que viene a habitar entre los hombres. La
Navidad está rodeada también de sencillez admirable: el Señor viene sin
aparato, desconocido de todos. En la tierra sólo María y José participan
en la aventura divina. Y luego aquellos pastores, a los que avisan los
ángeles. Y más tarde aquellos sabios de Oriente. Así se verifica el
hecho trascendental, con el que se unen el cielo y la tierra, Dios y el
hombre. ¿Cómo es posible tanta dureza de corazón, que hace que nos
acostumbremos a estas escenas? Dios se humilla para que podamos
acercarnos a El, para que podamos corresponder a su amor con nuestro
amor, para que nuestra libertad se rinda no sólo ante el espectáculo de
su poder, sino ante la maravilla de su humildad. Grandeza de un Niño que
es Dios: su Padre es el Dios que ha hecho los cielos y la tierra, y El
está ahí, en un pesebre, quia non era eis locus in diversorio , porque
no había otro sitio en la tierra para el dueño de todo lo creado.
18.
Cumplió la voluntad de su Padre Dios No me aparto de la verdad mas
rigurosa, si os digo que Jesús sigue buscando ahora posada en nuestro
corazón. Hemos de pedirle perdón por nuestra ceguera personal, por
nuestra ingratitud. Hemos de pedirle la gracia de no cerrarle nunca más
la puerta de nuestras almas. No nos oculta el Señor que esa obediencia
rendida a la voluntad de Dios exige renuncia y entrega, porque el Amor
no pide derechos: quiere servir. El ha recorrido primero el camino.
Jesús, ¿cómo obedeciste tú? Usque ad mortem, mortem autem crucis , hasta
la muerte y muerte de la cruz. Hay que salir de uno mismo, complicarse
la vida, perderla por amor de Dios y de las almas. He aquí que tú
querías vivir, y no querías que nada te sucediera; pero Dios quiso otra
cosa. Existen dos voluntades: tu voluntad debe ser corregida, para
identificarse con la voluntad de Dios; y no la de Dios torcida, para
acomodarse a la tuya . Yo he visto con gozo a muchas almas que se han
jugado la vida -como tú, Señor, usque ad mortem-, al cumplir lo que la
voluntad de Dios les pedía: han dedicado sus afanes y su trabajo
profesional al servicio de la Iglesia, por el bien de todos los hombres.
Aprendamos a obedecer, aprendamos a servir: no hay mejor señorío que
querer entregarse voluntariamente a ser útil a los demás. Cuando
sentimos el orgullo que barbota dentro de nosotros, la soberbia que nos
hace pensar que somos superhombres, es el momento de decir que no, de
decir que nuestro único triunfo ha de ser el de la humildad. Así nos
identificaremos con Cristo en la Cruz, no molestos o inquietos o con
mala gracia, sino alegres: porque esa alegría, en el olvido de sí mismo,
es la mejor prueba de amor.
19. Permitidme que vuelva de nuevo a la ingenuidad, a la sencillez de la
vida de Jesús, que ya os he hecho considerar tantas veces. Esos años
ocultos del Señor no son algo sin significado, ni tampoco una simple
preparación de los años que vendrían después: los de su vida pública.
Desde 1928 comprendí con claridad que Dios desea que los cristianos
tomen ejemplo de toda la vida del Señor. Entendí especialmente su vida
escondida, su vida de trabajo corriente en medio de los hombres: el
Señor quiere que muchas almas encuentren su camino en los años de vida
callada y sin brillo. Obedecer a la voluntad de Dios es siempre, por
tanto, salir de nuestro egoísmo; pero no tiene por qué reducirse
principalmente a alejarse de las circunstancias ordinarias de la vida de
los hombres, iguales a nosotros por su estado, por su profesión, por su
situación en la sociedad. Sueño -y el sueño se ha hecho realidad- con
muchedumbres de hijos de Dios, santificándose en su vida de ciudadanos
corrientes, compartiendo afanes, ilusiones y esfuerzos con las demás
criaturas. Necesito gritarles esta verdad divina: si permanecéis en
medio del mundo, no es porque Dios se haya olvidado de vosotros, no es
porque el Señor no os haya llamado. Os ha invitado a que continuéis en
las actividades y en las ansiedades de la tierra, porque os ha hecho
saber que vuestra vocación humana, vuestra profesión, vuestras
cualidades, no sólo no son ajenas a sus designios divinos, sino que El
las ha santificado como ofrenda gratísima al Padre.
20. Recordar a un cristiano que su vida no tiene otro sentido que el de
obedecer a la voluntad de Dios, no es separarle de los demás hombres. Al
contrario, en muchos casos el mandamiento recibido del Señor es que nos
amemos los unos a los otros como El nos ha amado , viviendo junto a los
demás e igual que los demás, entregándonos a servir al Señor en el
mundo, para dar a conocer mejor a todas las almas el amor de Dios: para
decirles que se han abierto los caminos divinos de la tierra. No se ha
limitado el Señor a decirnos que nos amaba, sino que lo ha demostrado
con las obras. No nos olvidemos de que Jesucristo se ha encarnado para
enseñar, para que aprendamos a vivir la vida de los hijos de Dios.
Recordad aquel preámbulo del evangelista San Lucas en los Hechos de los
Apóstoles: Primum quidem sermonem feci de omnibus, o Theophile, quae
coepit Iesus facere et docere , he hablado de todo lo más notable que
hizo y predicó Jesús. Vino a enseñar, pero haciendo; vino a enseñar,
pero siendo modelo, siendo el Maestro y el ejemplo con su conducta.
Ahora, delante de Jesús Niño, podemos continuar nuestro examen personal:
¿estamos decididos a procurar que nuestra vida sirva de modelo y de
enseñanza a nuestros hermanos, a nuestros iguales, los hombres? ¿Estamos
decididos a ser otros Cristos? No basta decirlo con la boca. Tú -lo
pregunto a cada uno de vosotros y me lo pregunto a mí mismo-, tú, que
por ser cristiano estás llamado a ser otro Cristo, ¿mereces que se
repita de ti que has venido, facere et docere, a hacer las cosas como un
hijo de Dios, atento a la voluntad de su Padre, para que de esta manera
puedas empujar a todas las almas a participar de las cosas buenas,
nobles, divinas y humanas de la redención? ¿Estás viviendo la vida de
Cristo, en tu vida ordinaria en medio del mundo? Hacer las obras de Dios
no es un bonito juego de palabras, sino una invitación a gastarse por
Amor. Hay que morir a uno mismo, para renacer a una vida nueva. Porque
así obedeció Jesús, hasta la muerte de cruz, mortem autem crucis.
Propter quod et Deus exaltavit illum . Y por esto Dios lo exaltó. Si
obedecemos a la voluntad de Dios, la Cruz será también Resurrección,
exaltación. Se cumplirá en nosotros, paso por paso, la vida de Cristo:
se podrá asegurar que hemos vivido procurando ser buenos hijos de Dios,
que hemos pasado haciendo bien, a pesar de nuestra flaqueza y de
nuestros errores personales, por numerosos que sean. Y cuando venga la
muerte, que vendrá inexorable, la esperaremos con júbilo como he visto
que han sabido esperarla tantas personas santas, en medio de su
existencia ordinaria. Con alegría: porque, si hemos imitado a Cristo en
hacer el bien -en obedecer y en llevar la Cruz, a pesar de nuestras
miserias-, resucitaremos como Cristo: surrexit Dominus vere! , que
resucitó de verdad. Jesús, que se hizo niño, meditadlo, venció a la
muerte. Con el anonadamiento, con la sencillez, con la obediencia: con
la divinización de la vida corriente y vulgar de las criaturas, el Hijo
de Dios fue vencedor. Este ha sido el triunfo de Jesucristo. Así nos ha
elevado a su nivel, al nivel de los hijos de Dios, bajando a nuestro
terreno: al terreno de los hijos de los hombres.
3. EL MATRIMONIO, VOCACION CRISTIANA
Homilía pronunciada el Navidad de 1970.
21. Estamos en Navidad. Los diversos hechos y circunstancias que
rodearon el nacimiento del Hijo de Dios acuden a nuestro recuerdo, y la
mirada se detiene en la gruta de Belén, en el hogar de Nazareth. María,
José, Jesús Niño, ocupan de un modo muy especial el centro de nuestro
corazón. ¿Qué nos dice, qué nos enseña la vida a la vez sencilla y
admirable de esa Sagrada Familia? Entre las muchas consideraciones que
podríamos hacer, una sobre todo quiero comentar ahora. El nacimiento de
Jesús significa, como refiere la Escritura, la inauguración de la
plenitud de los tiempos , el momento escogido por Dios para manifestar
por entero su amor a los hombres, entregándonos a su propio Hijo. Esa
voluntad divina se cumple en medio de las circunstancias más normales y
ordinarias: una mujer que da a luz, una familia, una casa. La
Omnipotencia divina, el esplendor de Dios, pasan a través de lo humano,
se unen a lo humano. Desde entonces los cristianos sabemos que, con la
gracia del Señor, podemos y debemos santificar todas las realidades
limpias de nuestra vida. No hay situación terrena, por pequeña y
corriente que parezca, que no pueda ser ocasión de un encuentro con
Cristo y etapa de nuestro caminar hacia el Reino de los cielos. No es
por eso extraño que la Iglesia se alegre, que se recree, contemplando la
morada modesta de Jesús, María y José. Es grato -se reza en el Himno de
maitines de esta fiesta- recordar la pequeña casa de Nazareth y la
existencia sencilla que allí se lleva, celebrar con cantos la ingenuidad
humilde que rodea a Jesús, su vida escondida. Allí fue donde, siendo
niño, aprendió el oficio de José; allí donde creció en edad y donde
compartió el trabajo de artesano. Junto a El se sentaba su dulce Madre;
junto a José vivía su esposa amadísima, feliz de poder ayudarle y de
ofrecerle sus cuidados. Al pensar en los hogares cristianos, me gusta
imaginarlos luminosos y alegres, como fue el de la Sagrada Familia. El
mensaje de la Navidad resuena con toda fuerza: Gloria a Dios en lo más
alto de los cielos, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad .
Que la paz de Cristo triunfe en vuestros corazones, escribe el apóstol .
La paz de sabernos amados por nuestro Padre Dios, incorporados a Cristo,
protegidos por la Virgen Santa María, amparados por San José. Esa es la
gran luz que ilumina nuestras vidas y que, entre las dificultades y
miserias personales, nos impulsa a proseguir adelante animosos. Cada
hogar cristiano debería ser un remanso de serenidad, en el que, por
encima de las pequeñas contradicciones diarias, se percibiera un cariño
hondo y sincero, una tranquilidad profunda, fruto de una fe real y
vivida.
22. El matrimonio no es, para un cristiano, una simple institución
social, ni mucho menos un remedio para las debilidades humanas: es una
auténtica vocación sobrenatural. Sacramento grande en Cristo y en la
Iglesia, dice San Pablo , y, a la vez e inseparablemente, contrato que
un hombre y una mujer hacen para siempre, porque -queramos o no- el
matrimonio instituido por Jesucristo es indisoluble: signo sagrado que
santifica, acción de Jesús, que invade el alma de los que se casan y les
invita a seguirle, transformando toda la vida matrimonial en un andar
divino en la tierra. Los casados están llamados a santificar su
matrimonio y a santificarse en esa unión; cometerían por eso un grave
error, si edificaran su conducta espiritual a espaldas y al margen de su
hogar. La vida familiar, las relaciones conyugales, el cuidado y la
educación de los hijos, el esfuerzo por sacar económicamente adelante a
la familia y por asegurarla y mejorarla, el trato con las otras personas
que constituyen la comunidad social, todo eso son situaciones humanas y
corrientes que los esposos cristianos deben sobrenaturalizar. La fe y la
esperanza se han de manifestar en el sosiego con que se enfocan los
problemas, pequeños o grandes, que en todos los hogares ocurren, en la
ilusión con que se persevera en el cumplimiento del propio deber. La
caridad lo llenará así todo, y llevará a compartir las alegrías y los
posibles sinsabores; a saber sonreír, olvidándose de las propias
preocupaciones para atender a los demás; a escuchar al otro cónyuge o a
los hijos, mostrándoles que de verdad se les quiere y comprende; a pasar
por alto menudos roces sin importancia que el egoísmo podría convertir
en montañas; a poner un gran amor en los pequeños servicios de que está
compuesta la convivencia diaria. Santificar el hogar día a día, crear,
con el cariño, un auténtico ambiente de familia: de eso se trata. Para
santificar cada jornada, se han de ejercitar muchas virtudes cristianas;
las teologales en primer lugar y, luego, todas las otras: la prudencia,
la lealtad, la sinceridad, la humildad, el trabajo, la alegría...
Hablando del matrimonio, de la vida matrimonial, es necesario comenzar
con una referencia clara al amor de los cónyuges.
23.
Santidad del amor humano El amor puro y limpio de los esposos es una
realidad santa que yo, como sacerdote, bendigo con las dos manos. La
tradición cristiana ha visto frecuentemente, en la presencia de
Jesucristo en las bodas de Caná, una confirmación del valor divino del
matrimonio: fue nuestro Salvador a las bodas -escribe San Cirilo de
Alejandría- para santificar el principio de la generación humana . El
matrimonio es un sacramento que hace de dos cuerpos una sola carne; como
dice con expresión fuerte la teología, son los cuerpos mismos de los
contrayentes su materia. El Señor santifica y bendice el amor del marido
hacia la mujer y el de la mujer hacia el marido: ha dispuesto no sólo la
fusión de sus almas, sino la de sus cuerpos. Ningún cristiano, estó o no
llamado a la vida matrimonial, puede desestimarla. Nos ha dado el
Creador la inteligencia, que es como un chispazo del entendimiento
divino, que nos permite -con la libre voluntad, otro don de Dios-
conocer y amar; y ha puesto en nuestro cuerpo la posibilidad de
engendrar, que es como una participación de su poder creador. Dios ha
querido servirse del amor conyugal, para traer nuevas criaturas al mundo
y aumentar el cuerpo de su Iglesia. El sexo no es una realidad
vergonzosa, sino una dádiva divina que se ordena limpiamente a la vida,
al amor, a la fecundidad. Ese es el contexto, el trasfondo, en el que se
sitúa la doctrina cristiana sobre la sexualidad. Nuestra fe no desconoce
nada de lo bello, de lo generoso, de lo genuinamente humano, que hay
aquí abajo. Nos enseña que la regla de nuestro vivir no debe ser la
búsqueda egoísta del placer, porque sólo la renuncia y el sacrificio
llevan al verdadero amor: Dios nos ha amado y nos invita a amarle y a
amar a los demás con la verdad y con la autenticidad con que El nos ama.
Quien conserva su vida, la perderá; y quien perdiere su vida por amor
mío, la volverá a hallar, ha escrito San Mateo en su Evangelio, con
frase que parece paradójica . Las personas que están pendientes de sí
mismas, que actúan buscando ante todo la propia satisfacción, ponen en
juego su salvación eterna, y ya ahora son inevitablemente infelices y
desgraciadas. Sólo quien se olvida de sí, y se entrega a Dios y a los
demás -también en el matrimonio-, puede ser dichoso en la tierra, con
una felicidad que es preparación y anticipo del cielo. Durante nuestro
caminar terreno, el dolor es la piedra de toque del amor. En el estado
matrimonial, considerando las cosas de una manera descriptiva, podríamos
afirmar que hay anverso y reverso. De una parte, la alegría de saberse
queridos, la ilusión por edificar y sacar adelante un hogar, el amor
conyugal, el consuelo de ver crecer a los hijos. De otra, dolores y
contrariedades, el transcurso del tiempo que consume los cuerpos y
amenaza con agriar los caracteres, la aparente monotonía de los días
aparentemente siempre iguales. Tendría un pobre concepto del matrimonio
y del cariño humano quien pensara que, al tropezar con esas
dificultades, el amor y el contento se acaban. Precisamente entonces,
cuando los sentimientos que animaban a aquellas criaturas revelan su
verdadera naturaleza, la donación y la ternura se arraigan y se
manifiestan como un afecto auténtico y hondo, más poderoso que la muerte
.
24. Esa autenticidad del amor requiere fidelidad y rectitud en todas las
relaciones matrimoniales. Dios, comenta Santo Tomás de Aquino , ha unido
a las diversas funciones de la vida humana un placer, una satisfacción;
ese placer y esa satisfacción son por tanto buenos. Pero si el hombre,
invirtiendo el orden de las cosas, busca esa emoción como valor último,
despreciando el bien y el fin al que debe estar ligada y ordenada, la
pervierte y desnaturaliza, convirtiéndola en pecado, o en ocasión de
pecado. La castidad -no simple continencia, sino afirmación decidida de
una voluntad enamorada- es una virtud que mantiene la juventud del amor
en cualquier estado de vida. Existe una castidad de los que sienten que
se despierta en ellos el desarrollo de la pubertad, una castidad de los
que se preparan para casarse, una castidad de los que Dios llama al
celibato, una castidad de los que han sido escogidos por Dios para vivir
en el matrimonio. ¿Cómo no recordar aquí las palabras fuertes y claras
que nos conserva la Vulgata, con la recomendación que el Arcángel Rafael
hizo a Tobías antes de que se desposase con Sara? El ángel le amonestó
así: Escúchame y te mostraré quiénes son aquellos contra los que puede
prevalecer el demonio. Son los que abrazan el matrimonio de tal modo que
excluyen a Dios de sí y de su mente, y se dejan arrastrar por la pasión
como el caballo y el mulo, que carecen de entendimiento. Sobre éstos
tiene potestad el diablo . No hay amor humano neto, franco y alegre en
el matrimonio si no se vive esa virtud de la castidad, que respeta el
misterio de la sexualidad y lo ordena a la fecundidad y a la entrega.
Nunca he hablado de impureza, y he evitado siempre desceder a
casuísticas morbosas y sin sentido; pero de castidad y de pureza, de la
afirmación gozosa del amor, sí que he hablado muchísimas veces, y debo
hablar. Con respecto a la castidad conyugal, aseguro a los esposos que
no han de tener miedo a expresar el cariño: al contrario, porque esa
inclinación es la base de su vida familiar. Lo que les pide el Señor es
que se respeten mutuamente y que sean mutuamente leales, que obren con
delicadeza, con naturalidad, con modestia. Les diré también que las
relaciones conyugales son dignas cuando son prueba de verdadero amor y,
por tanto, están abiertas a la fecundidad, a los hijos. Cegar las
fuentes de la vida es un crimen contra los dones que Dios ha concedido a
la humanidad, y una manifestación de que es el egoísmo y no el amor lo
que inspira la conducta. Entonces todo se enturbia, porque los cónyuges
llegan a contemplarse como cómplices: y se producen disensiones que,
continuando en esa línea, son casi siempre insanables. Cuando la
castidad conyugal está presente en el amor, la vida matrimonial es
expresión de una conducta auténtica, marido y mujer se comprenden y se
sienten unidos; cuando el bien divino de la sexualidad se pervierte, la
intimidad se destroza, y el marido y la mujer no pueden ya mirarse
noblemente a la cara. Los esposos deben edificar su convivencia sobre un
cariño sincero y limpio, y sobre la alegría de haber traído al mundo los
hijos que Dios les haya dado la posibilidad de tener, sabiendo, si hace
falta, renunciar a comodidades personales y poniendo fe en la
providencia divina: formar una familia numerosa, si tal fuera la
voluntad de Dios, es una garantía de felicidad y de eficacia, aunque
afirmen otra cosa los fautores equivocados de un triste hedonismo.
25. No olvidéis que entre los esposos, en ocasiones, no es posible
evitar las peleas. No riñáis delante de los hijos jamás: les haréis
sufrir y se pondrán de una parte, contribuyendo quizá a aumentar
inconscientemente vuestra desunión. Pero reñir, siempre que no sea muy
frecuente, es también una manifestación de amor, casi una necesidad. La
ocasión, no el motivo, suele ser el cansancio del marido, agotado por el
trabajo de su profesión; la fatiga -ojalá no sea el aburrimiento- de la
esposa, que ha debido luchar con los niños, con el servicio o con su
mismo carácter, a veces poco recio; aunque sois las mujeres más recias
que los hombres, si os lo proponéis. Evitad la soberbia, que es el mayor
enemigo de vuestro trato conyugal: en vuestras pequeñas reyertas,
ninguno de los dos tiene razón. El que está más sereno ha de decir una
palabra, que contenga el mal humor hasta más tarde. Y más tarde -a
solas- reñid, que ya haréis en seguida las paces. Pensad vosotras en que
quizá os abandonáis un poco en el cuidado personal, recordad con el
proverbio que la mujer compuesta saca al hombre de otra puerta: es
siempre actual el deber de aparecer amables como cuando erais novias,
deber de justicia, porque pertenecéis a vuestro marido: y él no ha de
olvidar lo mismo, que es vuestro y que conserva la obligación de ser
durante toda la vida afectuoso como un novio. Mal signo, si sonréis con
ironía, al leer este párrafo: sería muestra evidente de que el afecto
familiar se ha convertido en heladora indiferencia.
26.
Hogares luminosos y alegres No se puede hablar del matrimonio sin pensar
a la vez en la familia, que es el fruto y la continuación de lo que con
el matrimonio se inicia. Una familia se compone no sólo del marido y de
la mujer, sino también de los hijos y, en uno u otro grado, de los
abuelos, de los otros parientes y de las empleadas del hogar. A todos
ellos ha de llegar el calor entrañable, del que depende el ambiente
familiar. Ciertamente hay matrimonios a los que el Señor no concede
hijos: es señal entonces de que les pide que se sigan queriendo con
igual cariño, y que dediquen sus energías -si pueden- a servicios y
tareas en beneficio de otras almas. Pero lo normal es que un matrimonio
tenga descendencia. Para estos esposos, la primera preocupación han de
ser sus propios hijos. La paternidad y la maternidad no terminan con el
nacimiento: esa participación en el poder de Dios, que es la facultad de
engendrar, ha de prolongarse en la cooperación con el Espíritu Santo
para que culmine formando auténticos hombres cristianos y auténticas
mujeres cristianas. Los padres son los principales educadores de sus
hijos, tanto en lo humano como en lo sobrenatural, y han de sentir la
responsabilidad de esa misión, que exige de ellos comprensión,
prudencia, saber enseñar y, sobre todo, saber querer; y poner empeño en
dar buen ejemplo. No es camino acertado, para la educación, la
imposición autoritaria y violenta. El ideal de los padres se concreta
más bien en llegar a ser amigos de sus hijos: amigos a los que se
confían las inquietudes, con quienes se consultan los problemas, de los
que se espera una ayuda eficaz y amable. Es necesario que los padres
encuentren tiempo para estar con sus hijos y hablar con ellos. Los hijos
son lo más importante: más importante que los negocios, que el trabajo,
que el descanso. En esas conversaciones conviene escucharles con
atención, esforzarse por comprenderlos, saber reconocer la parte de
verdad -o la verdad entera- que pueda haber en algunas de sus rebeldías.
Y, al mismo tiempo, ayudarles a encauzar rectamente sus afanes e
ilusiones, enseñarles a considerar las cosas y a razonar; no imponerles
una conducta, sino mostrarles los motivos, sobrenaturales y humanos, que
la aconsejan. En una palabra, respetar su libertad, ya que no hay
verdadera educación sin responsabilidad personal, ni responsabilidad sin
libertad.
27. Los padres educan fundamentalmente con su conducta. Lo que los hijos
y las hijas buscan en su padre o en su madre no son sólo unos
conocimientos más amplios que los suyos o unos consejos más o menos
acertados, sino algo de mayor categoría: un testimonio del valor y del
sentido de la vida encarnado en una existencia concreta, confirmado en
las diversas circunstancias y situaciones que se suceden a lo largo de
los años. Si tuviera que dar un consejo a los padres, les daría sobre
todo éste: que vuestros hijos vean -lo ven todo desde niños, y lo
juzgan: no os hagáis ilusiones- que procuráis vivir de acuerdo con
vuestra fe, que Dios no está sólo en vuestros labios, que está en
vuestras obras; que os esforzáis por ser sinceros y leales, que os
queréis y que los queréis de veras. Es así como mejor contribuiréis a
hacer de ellos cristianos verdaderos, hombres y mujeres íntegros capaces
de afrontar con espíritu abierto las situaciones que la vida les depare,
de servir a sus conciudadanos y de contribuir a la solución de los
grandes problemas de la humanidad, de llevar el testimonio de Cristo
donde se encuentren más tarde, en la sociedad.
28. Escuchad a vuestros hijos, dedicadles también el tiempo vuestro,
mostradles confianza: creedles cuando os digan, aunque alguna vez os
engañen; no os asustéis de sus rebeldías, puesto que también vosotros a
su edad fuisteis más o menos rebeldes; salid a su encuentro, a mitad de
camino, y rezad por ellos, que acudirán a sus padres con sencillez -es
seguro, si obráis cristianamente así-, en lugar de acudir con sus
legítimas curiosidades a un amigote desvergonzado o brutal. Vuestra
confianza, vuestra relación amigable con los hijos, recibirá como
respuesta la sinceridad de ellos con vosotros: y esto, aunque no falten
contiendas e incomprensiones de poca monta, es la paz familiar, la vida
cristiana. ¿Cómo describiré -se pregunta un escritor de los primeros
siglos- la felicidad de ese matrimonio que la Iglesia une, que la
entrega confirma, que la bendición sella, que los ángeles proclaman, y
al que Dios Padre tiene por celebrado?... Ambos esposos son como
hermanos, siervos el uno del otro, sin que se dé entre ellos separación
alguna, ni en la carne ni en el espíritu. Porque verdaderamente son dos
en una sola carne, y donde hay una sola carne debe haber un solo
espíritu... Al contemplar esos hogares, Cristo se alegra, y les envía su
paz; donde están dos, allí está también El, y donde El está no puede
haber nada malo .
29. Hemos procurado resumir y comentar algunos de los rasgos de esos
hogares, en los que se refleja la luz de Cristo, y que son, por eso,
luminosos y alegres -repito-, en los que la armonía que reina entre los
padres se trasmite a los hijos, a la familia entera y a los ambientes
todos que la acompañan. Así, en cada familia auténticamente cristiana se
reproduce de algún modo el misterio de la Iglesia, escogida por Dios y
enviada como guía del mundo. A todo cristiano, cualquiera que sea su
condición -sacerdote o seglar, casado o célibe-, se le aplican
plenamente las palabras del apóstol que se leen precisamente en la
epístola de la festividad de la Sagrada Familia: Escogidos de Dios,
santos y amados . Eso somos todos, cada uno en su sitio y en su lugar en
el mundo: hombres y mujeres elegidos por Dios para dar testimonio de
Cristo y llevar a quienes nos rodean la alegría de saberse hijos de
Dios, a pesar de nuestros errores y procurando luchar contra ellos. Es
muy importante que el sentido vocacional del matrimonio no falte nunca
tanto en la catequesis y en la predicación, como en la conciencia de
aquellos a quienes Dios quiera en ese camino, ya que están real y
verdaderamente llamados a incorporarse en los designios divinos para la
salvación de todos los hombres. Por eso, quizá no puede proponerse a los
esposos cristianos mejor modelo que el de las familias de los tiempos
apostólicos: el centurión Cornelio, que fue dócil a la voluntad de Dios
y en cuya casa se consumó la apertura de la Iglesia a los gentiles ;
Aquila y Priscila, que difundieron el cristianismo en Corinto y en Efeso
y que colaboraron en el apostolado de San Pablo ; Tabita, que con su
caridad asistió a los necesitados de Joppe . Y tantos otros hogares de
judíos y de gentiles, de griegos y de romanos, en los que prendió la
predicación de los primeros discípulos del Señor. Familias que vivieron
de Cristo y que dieron a conocer a Cristo. Pequeñas comunidades
cristianas, que fueron como centros de irradiación del mensaje
evangélico. Hogares iguales a los otros hogares de aquellos tiempos,
pero animados de un espíritu nuevo, que contagiaba a quienes los
conocían y los trataban. Eso fueron los primeros cristianos, y eso hemos
de ser los cristianos de hoy: sembradores de paz y de alegría, de la paz
y de la alegría que Jesús nos ha traído.
4. EN LA EPIFANIA DEL SEÑOR
Homilía pronunciada el 6-I-1956, Epifanía del Señor.
30. No hace mucho, he admirado un relieve en mármol, que representa la
escena de la adoración de los Magos al Niño Dios. Enmarcando ese
relieve, había otros: cuatro ángeles, cada uno con un símbolo: una
diadema, el mundo coronado por la cruz, una espada, un cetro. De esta
manera plástica, utilizando signos conocidos, se ha ilustrado el
acontecimiento que conmemoramos hoy: unos hombres sabios -la tradición
dice que eran reyes- se postran ante un Niño, después de preguntar en
Jerusalén: ¿dónde está el nacido rey de los judíos? . Yo también, urgido
por esa pregunta, contemplo ahora a Jesús, reclinado en un pesebre , en
un lugar que es sitio adecuado sólo para las bestias. ¿Dónde está,
Señor, tu realeza: la diadema, la espada, el cetro? Le pertenecen, y no
los quiere; reina envuelto en pañales. Es un Rey inerme, que se nos
muestra indefenso: es un niño pequeño. ¿Cómo no recordar aquellas
palabras del Apóstol: se anonadó a sí mismo, tomando forma de siervo ?
Nuestro Señor se encarnó, para manifestarnos la voluntad del Padre. Y he
aquí que, ya en la cuna, nos instruye. Jesucristo nos busca -con una
vocación, que es vocación a la santidad- para consumar, con El, la
Redención. Considerad su primera enseñanza: hemos de corredimir no
persiguiendo el triunfo sobre nuestros prójimos, sino sobre nosotros
mismos. Como Cristo, necesitamos anonadarnos, sentirnos servidores de
los demás, para llevarlos a Dios. ¿Dónde está el Rey? ¿No será que Jesús
desea reinar, antes que nada en el corazón, en tu corazón? Por eso se
hace Niño, porque ¿quién no ama a una criatura pequeña? ¿Dónde está el
Rey? ¿Dónde está el Cristo, que el Espíritu Santo procura formar en
nuestra alma? No puede estar en la soberbia que nos separa de Dios, no
puede estar en la falta de caridad que nos aísla. Ahí no puede estar
Cristo; ahí el hombre se queda solo. A los pies de Jesús Niño, en el día
de la Epifanía, ante un Rey sin señales exteriores de realeza, podéis
decirle: Señor, quita la soberbia de mi vida; quebranta mi amor propio,
este querer afirmarme yo e imponerme a los demás. Haz que el fundamente
de mi personalidad sea la identificación contigo.
31. El camino de fe La meta no es fácil: identificarnos con Cristo. Pero
tampoco es difícil, si vivimos como el Señor nos ha enseñado: si
acudimos diariamente a su Palabra, si empapamos nuestra vida con la
realidad sacramental -la Eucaristía- que El nos ha dado por alimento,
porque el camino del cristiano es andador, como recuerda una antigua
canción de mi tierra. Dios nos ha llamado clara e inequívocamente. Como
los Reyes Magos, hemos descubierto una estrella, luz y rumbo, en el
cielo del alma. Hemos visto su estrella en Oriente y venimos a adorarle
. Es nuestra misma experiencia. También nosotros advertimos que, poco a
poco, en el alma se encendía un nuevo resplandor: el deseo de ser
plenamente cristianos; si me permitís la expresión, la ansiedad de
tomarnos a Dios en serio. Si cada uno de vosotros se pusiera ahora a
contar en voz alta el proceso de su vocación sobrenatural, los demás
juzgaríamos que todo aquello era divino. Agradezcamos a Dios Padre, a
Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo y a Santa María, por la que nos vienen
todas las bendiciones del cielo, este don que, junto con el de la fe, es
el más grande que el Señor puede conceder a una criatura: el afán bien
determinado de llegar a la plenitud de la caridad, con el convencimiento
de que también es necesaria -y no sólo posible- la santidad en medio de
las tareas profesionales, sociales... Considerad con qué finura nos
invita el Señor. Se expresa con palabras humanas, como un enamorado: Yo
te he llamado por tu nombre... Tú eres mío . Dios, que es la hermosura,
la grandeza, la sabiduría, nos anuncia que somos suyos, que hemos sido
escogidos como término de su amor infinito. Hace falta una recia vida de
fe para nos desvirtuar esta maravilla, que la Providencia divina pone en
nuestras manos. Fe como la de los Reyes Magos: la convicción de que ni
el desierto, ni las tempestades, ni la tranquilidad de los oasis nos
impedirán llegar a la meta del Belén eterno: la vida definitiva con
Dios.
32. Un camino de fe es un camino de sacrificio. La vocación cristiana no
nos saca de nuestro sitio, pero exige que abandonemos todo lo que
estorba al querer de Dios. La luz que se enciende es sólo el principio;
hemos de seguirla, si deseamos que esa claridad sea estrella, y luego
sol. Mientras los Magos estaban en Persia -escribe San Juan Crisóstomo-
no veían sino una estrella; pero cuando abandonaron su patria, vieron al
mismo sol de justicia. Se puede decir que no hubieran continuado viendo
la estrella, si hubiesen permanecido en su país. Démonos prisa, pues,
también nosotros; y aunque todos nos lo impidan, corramos a la casa de
ese Niño .
Firmeza en la vocación Hemos visto su estrella en Oriente y venimos a
adorarle. Al oír esto, el Rey Herodes se turbó y, con él, toda Jerusalén
. Todavía hoy se repite esta escena. Ante la grandeza de Dios, ante la
decisión, seriamente humana y profundamente cristiana, de vivir de modo
coherente con la propia fe, no faltan personas que se extrañan, y aun se
escandalizan, desconcertadas. Se diría que no conciben otra realidad que
la que cabe en sus limitados horizontes terrenos. Ante los hechos de
generosidad, que perciben en la conducta de otros que han oído la
llamada del Señor, sonríen con displicencia, se asustan o -en casos que
parecen verdaderamente patológicos- concentran todo su esfuerzo en
impedir la santa determinación que una conciencia ha tomado con la más
plena libertad. Yo he presenciado, en ocasiones, lo que podría
calificarse como una movilización general, contra quienes habían
decidido dedicar toda su vida al servicio de Dios y de los demás
hombres. Hay algunos, que están persuadidos de que el Señor no puede
escoger a quien quiera sin pedirles permiso a ellos, para elegir a
otros; y de que el hombre no es capaz de tener la más plena libertad,
para responder que sí al Amor o para rechazarlo. La vida sobrenatural de
cada alma es algo secundario, para los que discurren de esa manera;
piensan que merece prestársele atención, pero sólo después que estén
satisfechas las pequeñas comodidades y los egoísmos humanos. Si así
fuera, ¿qué quedaría del cristianismo? Las palabras de Jesús, amorosas y
a la vez exigentes, ¿son sólo para oírlas, o para oírlas y ponerlas en
práctica? El dijo: sed perfectos como vuestro Padre celestial es
perfecto . Nuestro Señor se dirige a todos los hombres, para que vengan
a su encuentro, para que sean santos. No llama sólo a los Reyes Magos,
que eran sabios y poderosos; antes había enviado a los pastores de
Belén, no ya una estrella, sino uno de sus ángeles . Pero, pobres o
ricos, sabios o menos sabios, han de fomentar en su alma la disposición
humilde que permite escuchar la voz de Dios. Considerad el caso de
Herodes: era un potente de la tierra, y tiene la oportunidad de servirse
de la colaboración de los sabios: reuniendo a todos los príncipes de los
sacerdotes y a los escribas del pueblo, les preguntó dónde había de
nacer el Mesías . Su poder y su ciencia no le llevan a reconocer a Dios.
Para su corazón empedernido, poder y ciencia son instrumentos de maldad:
el deseo inútil de aniquilar a Dios, el desprecio por la vida de un
puñado de niños inocentes. Sigamos leyendo el santo Evangelio: ellos
contestaron: en Belén de Judá, pues así está escrito por el profeta: Y
tú, Belén, tierra de Judá, no eres ciertamente la más pequeña entre los
príncipes de Judá, porque de ti saldrá un jefe que apacentará a mi
pueblo Israel . No podemos pasar por alto estos detalles de misericordia
divina: quien iba a redimir al mundo, nace en una aldea perdida. Y es
que Dios no hace acepción de personas , como nos repite insistentemente
la Escritura. No se fija, para invitar a un alma a una vida de plena
coherencia con la fe, en méritos de fortuna, en nobleza de familia, en
altos grados de ciencia. La vocación precede a todos los méritos: la
estrella que habían visto en Oriente les precedía, hasta que, llegada
encima del lugar en que estaba el Niño, se detuvo . La vocación es lo
primero; Dios nos ama antes de que sepamos dirigirnos a El, y pone en
nosotros el amor con el que podemos corresponderle. La paternal bondad
de Dios nos sale al encuentro . Nuestro Señor no sólo es justo, es mucho
más: misericordioso. No espera que vayamos a El; se anticipa, con
muestras inequívocas de paternal cariño.
33. Buen pastor, buen guía Si la vocación es lo primero, si la estrella
luce de antemano, para orientarnos en nuestro camino de amor de Dios, no
es lógico dudar cuando, en alguna ocasión, se nos oculta. Ocurre en
determinados momentos de nuestra vida interior, casi siempre por culpa
nuestra, lo que pasó en el viaje de los Reyes Magos: que la estrella
desaparece. Conocemos ya el resplandor divino de nuestra vocación,
estamos persuadidos de su carácter definitivo, pero quizá el polvo que
levantamos al andar -nuestras miserias- forma una nube opaca, que impide
el paso de la luz. ¿Qué hacer, entonces? Seguir los pasos de aquellos
hombres santos: preguntar. Herodes se sirvió de la ciencia para
comportarse injustamente; los Reyes Magos la utilizan para obrar el
bien. Pero los cristianos no tenemos necesidad de preguntar a Herodes o
a los sabios de la tierra. Cristo ha dado a su Iglesia la seguridad de
la doctrina, la corriente de gracia de los Sacramentos; y ha dispuesto
que haya personas para orientar, para conducir, para traer a la memoria
constantemente el camino. Disponemos de un tesoro infinito de ciencia:
la Palabra de Dios, custodiada en la Iglesia; la gracia de Cristo, que
se administra en los Sacramentos; el testimonio y el ejemplo de quienes
viven rectamente junto a nosotros, y que han sabido construir con sus
vidas un camino de fidelidad a Dios. Permitidme un consejo: si alguna
vez perdéis la claridad de la luz, recurrid siempre al buen pastor.
¿Quién es el buen pastor? El que entra por la puerta de la fidelidad a
la doctrina de la Iglesia; el que no se comporta como el mercenario que
viendo venir el lobo, desampara las ovejas y huye; y el lobo las
arrebata y dispersa el rebaño . Mirad que la palabra divina no es vana;
y la insistencia de Cristo -¿no veis con qué cariño habla de pastores y
de ovejas, del redil y del rebaño?- es una demostración práctica de la
necesidad de un buen guía para nuestra alma. Si no hubiese pastores
malos, escribe San Agustín, El no habría precisado, hablando del bueno.
¿Quién es el mercenario? El que ve el lobo y huye. El que busca su
gloria, no la gloria de Cristo; el que no se atreve a reprobar con
libertad de espíritu a los pecadores. El lobo coge una oveja por el
cuello, el diablo induce a un fiel a cometer adulterio. Y tú, callas, no
repruebas. Tú eres mercenario; has visto venir al lobo y has huido.
Quizá él diga: no; estoy aquí, no he huido. No, respondo, has huido
porque te has callado; y has callado, porque has tenido miedo . La
santidad de la Esposa de Cristo se ha demostrado siempre -como se
demuestra también hoy- por la abundancia de buenos pastores. Pero la fe
cristiana, que nos enseña a ser sencillos, no nos induce a ser ingenuos.
Hay mercenarios que callan, y hay mercenarios que hablan palabras que no
son de Cristo. Por eso, si el Señor permite que nos quedemos a oscuras,
incluso en cosas pequeñas; si sentimos que nuestra fe no es firme,
acudamos al buen pastor, al que entra por la puerta ejercitando su
derecho, al que, dando su vida por los demás, quiere ser, en la palabra
y en la conducta, un alma enamorada: un pecador quizá también, pero que
confía siempre en el perdón y en la misericordia de Cristo. Si vuestra
conciencia os reprueba por alguna falta -aunque no os parezca grave-, si
dudáis, acudid al Sacramento de la Penitencia. Id al sacerdote que os
atiende, al que sabe exigir de vosotros fe recia, finura de alma,
verdadera fortaleza cristiana. En la Iglesia existe la más plena
libertad para confesarse con cualquier sacerdote, que tenga las
legítimas licencias; pero un cristiano de vida clara acudirá
-¡libremente!- a aquel que conoce como buen pastor, que puede ayudarle a
levantar la vista, para volver a ver en lo alto la estrella del Señor.
34. Oro, incienso y mirra Videntes autem stellam gavisi sunt gaudio
magno valde , dice el texto latino con admirable reiteración: al
descubrir nuevamente la estrella, se gozaron con un gozo muy grande.
¿Por qué tanta alegría? Porque, los que no dudaron nunca, reciben del
Señor la prueba de que la estrella no había desaparecido: dejaron de
contemplarla sensiblemente, pero la habían conservado siempre en el
alma. Así es la vocación del cristiano: si no se pierde la fe, si se
mantiene la esperanza en Jesucristo que estará con nosotros hasta la
consumación de los siglos , la estrella reaparece. Y, al comprobar una
vez más la realidad de la vocación, nace una mayor alegría, que aumenta
en nosotros la fe, la esperanza y el amor. Entrando en la casa, vieron
al Niño con María, su Madre, y, arrodillados, le adoraron . Nos
arrodillamos también nosotros delante de Jesús, del Dios escondido en la
humanidad: le repetimos que no queremos volver la espalda a su divina
llamada, que no nos apartaremos nunca de El; que quitaremos de nuestro
camino todo lo que sea un estorbo para la fidelidad; que deseamos
sinceramente ser dóciles a sus inspiraciones. Tú, en tu alma, y también
yo -porque hago una oración íntima, con hondos gritos silenciosos-
estamos contando al Niño que anhelamos ser tan buenos cumplidores como
aquellos siervos de la parábola, para que también a nosotros pueda
contestarnos: alégrate, siervo bueno y fiel . Y abriendo sus tesoros le
ofrecieron dones: oro, incienso y mirra . Detengámonos un poco para
entender este pasaje del Santo Evangelio. ¿Cómo es posible que nosotros,
que nada somos y nada valemos, hagamos ofrendas a Dios? Dice la
Escritura: toda dádiva y todo don perfecto de arriba viene . El hombre
no acierta ni siquiera a descubrir enteramente la profundidad y la
belleza de los regalos del Señor: ¡Si tú conocieras el don de Dios! ,
responde Jesús a la mujer samaritana. Jesucristo nos ha enseñado a
esperarlo todo del Padre, a buscar, antes que nada, el reino de Dios y
su justicia, porque todo lo demás se nos dará por añadidura, y bien sabe
El qué es lo que necesitamos . En la economía de la salvación, Nuestro
Padre cuida de cada alma con delicadeza amorosa: cada uno ha recibido de
Dios su propio don, quien de una manera, quien de otra . Parecería
inútil, por tanto, afanarse por presentar al Señor algo de lo que El
tuviera necesidad; desde nuestra situación de deudores que no tienen con
qué pagar , nuestro dones se asemejarían a los de la Antigua Ley, que
Dios ya no acepta: Tú no has querido, ni han sido de tu agrado, los
sacrificios, las ofrendas y los holocaustos por el pecado, cosas todas
que ofrecen según la Ley . Pero el Señor sabe que dar es propio de
enamorados, y El mismo nos señala lo que desea de nosotros. No le
importan las riquezas, ni los frutos ni los animales de la tierra, del
mar o del aire, porque todo eso es suyo; quiere algo íntimo, que hemos
de entregarle con libertad: dame, hijo mío, tu corazón . ¿Veis? No se
satisface compartiendo: lo quiere todo. No anda buscando cosas nuestras,
repito: nos quiere a nosotros mismos. De ahí, y sólo de ahí, arrancan
todos los otros presentes que podemos ofrecer al Señor. Démosle, por
tanto, oro: el oro fino del espíritu de desprendimiento del dinero y de
los medios materiales. No olvidemos que son cosas buenas, que vienen de
Dios. Pero el Señor ha dispuesto que los utilicemos, sin dejar en ellos
el corazón, haciéndolos rendir en provecho de la humanidad. Los bienes
de la tierra no son malos; se pervierten cuando el hombre los erige en
ídolos y, ante esos ídolos, se postra; se ennoblecen cuando los
convertimos en instrumentos para el bien, en una tarea cristiana de
justicia y de caridad. No podemos ir detrás de los bienes económicos,
como quien va en busca de un tesoro; nuestro tesoro está aquí, reclinado
en un pesebre; es Cristo y en El se han de centrar todos nuestros
amores, porque donde está nuestro tesoro allí estará también nuestro
corazón .
35. Ofrecemos incienso: los deseos, que suben hasta el Señor, de llevar
una vida noble, de la que se desprenda el bonus odor Christi , el
perfume de Cristo. Impregnar nuestras palabras y acciones en el bonus
odor, es sembrar comprensión, amistad. Que nuestra vida acompañe las
vidas de los demás hombres, para que nadie se encuentre o se sienta
solo. Nuestra caridad ha de ser también cariño, calor humano. Así nos lo
enseña Jesucristo. La Humanidad esperaba desde hacía siglos la venida
del Salvador; los profetas lo habían anunciado de mil formas; y hasta en
los últimos rincones de la tierra -aunque estuviese perdida, por el
pecado y por la ignorancia, gran parte de la Revelación de Dios a los
hombres- se conservaba el deseo de Dios, el ansia de ser redimidos.
Llega la plenitud de los tiempos y, para cumplir esa misión, no aparece
un genio filosófico, como Platón o Sócrates; no se instala en la tierra
un conquistador poderoso, como Alejandro. Nace un Infante en Belén. Es
el Redentor del mundo; pero, antes de hablar, ama con obras. No trae
ninguna fórmula mágica, porque sabe que la salvación que ofrece debe
pasar por el corazón del hombre. Sus primeras acciones son risas, lloros
de niño, sueño inerme de un Dios encarnado: para enamorarnos, para que
lo sepamos acoger en nuestros brazos. Nos damos cuenta ahora, una vez
más, de que éste es el cristianismo. Si el cristiano no ama con obras,
ha fracasado como cristiano, que es fracasar también como persona. No
puedes pensar en los demás como si fuesen números o escalones, para que
tú puedas subir; o masa, para ser exaltada o humillada, adulada o
despreciada, según los casos. Piensa en los demás -antes que nada, en
los que están a tu lado- como en lo que son: hijos de Dios, con toda la
dignidad de ese título maravilloso. Hemos de portarnos como hijos de
Dios con los hijos de Dios: el nuestro ha de ser un amor sacrificado,
diario, hecho de mil detalles de comprensión, de sacrificio silencioso,
de entrega que no se nota. Este es el bonus odor Christi, el que hacía
decir a los que vivían entre nuestros primeros hermanos en la fe: ¡Mirad
cómo se aman! No se trata de un ideal lejano. El cristiano no es un
Tartarín de Tarascón, empeñado en cazar leones donde no puede
encontrarlos: en los pasillos de su casa. Quiero hablar siempre de vida
diaria y concreta: de la santificación del trabajo, de las relaciones
familiares, de la amistad. Si ahí no somos cristianos, ¿dónde lo
seremos? El buen olor del incienso es el resultado de una brasa que
quema sin ostentación una multitud de granos; el bonus odor Christi se
advierte entre los hombres no por la llamarada de un fuego de ocasión,
sino por la eficacia de un rescoldo de virtudes: la justicia, la
lealtad, la fidelidad, la comprensión, la generosidad, la alegría.
36. Y, con los Reyes Magos, ofrecemos también mirra, el sacrificio que
no debe faltar en la vida cristiana. La mirra nos trae al recuerdo la
Pasión del Señor: en la Cruz le dan a beber mirra mezclada con vino , y
con mirra ungieron su cuerpo para la sepultura . Pero no penséis que,
reflexionar sobre la necesidad del sacrificio y de la mortificación,
signifique añadir una nota de tristeza a esta fiesta alegre que
celebramos hoy. Mortificación no es pesimismo, ni espíritu agrio. La
mortificación no vale nada sin la caridad: por eso hemos de buscar
mortificaciones que, haciéndonos pasar con señorío sobre las cosas de la
tierra, no mortifiquen a los que viven con nosotros. El cristiano no
puede ser ni un verdugo ni un miserable; es un hombre que sabe amar con
obras, que prueba su amor en la piedra de toque del dolor. Pero he de
decir, otra vez, que esa mortificación no consistirá de ordinario en
grandes renuncias, que tampoco son frecuentes. Estará compuesta de
pequeños vencimientos: sonreír a quien nos importuna, negar al cuerpo
caprichos de bienes superfluos, acostumbrarnos a escuchar a los demás,
hacer rendir el tiempo que Dios pone a nuestra disposición... Y tantos
detalles más, insignificantes en apariencia, que surgen sin que los
busquemos -contrariedades, dificultades, sinsabores-, a lo largo de cada
día.
37. Sancta Maria, Stella Orientis Termino, repitiendo unas palabras del
Evangelio de hoy: entrando en la casa, vieron al Niño con María, su
Madre. Nuestra Señora no se separa de su Hijo. Los Reyes Magos no son
recibidos por un rey encumbrado en su trono, sino por un Niño en brazos
de su Madre. Pidamos a la Madre de Dios, que es nuestra Madre, que nos
prepare el camino que lleva al amor pleno: Cor Mariae dulcissimum, iter
para tutum! Su dulce corazón conoce el sendero más seguro para encontrar
a Cristo. Los Reyes Magos tuvieron una estrella; nosotros tenemos a
María, Stella maris, Stella orientis. Le decimos hoy: Santa María,
Estrella del mar, Estrella de la mañana, ayuda a tus hijos. Nuestro celo
por las almas no debe conocer fronteras, que nadie está excluido del
amor de Cristo. Los Reyes Magos fueron las primicias de los gentiles;
pero, consumada la Redención, ya no hay judío o griego, no hay siervo o
libre, no hay varón o hembra -no existe discriminación de ningún tipo-,
porque todos sois uno en Cristo Jesús . Los cristianos no podemos ser
exclusivistas, ni separar o clasificar las almas; vendrán muchos de
Oriente y de Occidente ; en el corazón de Cristo caben todos. Sus brazos
-lo admiramos de nuevo en el pesebre- son los de un Niño: pero son los
mismos que se extenderán en la Cruz, atrayendo a todos los hombres . Y
un último pensamiento para ese varón justo, Nuestro Padre y Señor San
José, que, en la escena de la Epifanía, ha pasado, como suele,
inadvertido. Yo lo adivino recogido en contemplación, protegiendo con
amor al Hijo de Dios que, hecho hombre, le ha sido confiado a sus
cuidados paternales. Con la maravillosa delicadeza del que no vive para
sí mismo, el Santo Patriarca se prodiga en un servicio tan silencioso
como eficaz. Hemos hablado hoy de vida de oración y de afán apostólico.
¿Qué mejor maestro que San José? Si queréis un consejo que repito
incansablemente desde hace muchos años, Ite ad Ioseph , acudid a San
José: él os enseñará caminos concretos y modos humanos y divinos de
acercarnos a Jesús. Y pronto os atreveréis, como él hizo, a llevar en
brazos, a besar, a vestir, a cuidar a este Niño Dios que nos ha nacido.
Con el homenaje de su veneración, los Magos ofrecieron a Jesús oro,
incienso y mirra; José le dio, por entero, su corazón joven y enamorado.
5. EN EL TALLER DE JOSE
Homilía pronunciada el 19-III-1963.
38. La Iglesia entera reconoce en San José a su protector y patrono. A
lo largo de los siglos se ha hablado de él, subrayando diversos aspectos
de su vida, continuamente fiel a la misión que Dios le había confiado.
Por eso, desde hace muchos años, me gusta invocarle con un título
entrañable: Nuestro Padre y Señor. San José es realmente Padre y Señor,
que protege y acompaña en su camino terreno a quienes le veneran, como
protegió y acompañó a Jesús mientras crecía y se hacía hombre.
Tratándole se descubre que el Santo Patriarca es, además, Maestro de
vida interior: porque nos enseña a conocer a Jesús, a convivir con El, a
sabernos parte de la familia de Dios. San José nos da esas lecciones
siendo, como fue, un hombre corriente, un padre de familia, un
trabajador que se ganaba la vida con el esfuerzo de sus manos. Y ese
hecho tiene también, para nosotros, un significado que es motivo de
reflexión y de alegría. Al celebrar hoy su fiesta, quiero evocar su
figura, trayendo a la memoria lo que de él nos dice el Evangelio, para
poder así descubrir mejor lo que, a través de la vida sencilla del
Esposo de Santa María, nos transmite Dios.
39.
La figura de San José en el Evangelio Tanto San Mateo como San Lucas nos
hablan de San José como de un varón que descendía de una estirpe
ilustre: la de David y Salomón, reyes de Israel. Los detalles de esta
ascendencia son históricamente algo confusos: no sabemos cuál de las dos
genealogías, que traen los evangelistas, corresponde a María -Madre de
Jesús según la carne- y cuál a San José, que era su padre según la ley
judía. Ni sabemos si la ciudad natal de San José fue Belén, a donde se
dirigió a empadronarse, o Nazaret, donde vivía y trabajaba. Sabemos, en
cambio, que no era una persona rica: era un trabajador, como millones de
otros hombres en todo el mundo; ejercía el oficio fatigoso y humilde que
Dios había escogido para sí, al tomar nuestra carne y al querer vivir
treinta años como uno más entre nosotros. La Sagrada Escritura dice que
José era artesano. Varios Padres añaden que fue carpintero. San Justino,
hablando de la vida de trabajo de Jesús, afirma que hacía arados y yugos
; quizá, basándose en esas palabras, San Isidoro de Sevilla concluye que
José era herrero. En todo caso, un obrero que trabajaba en servicio de
sus conciudadanos, que tenía una habilidad manual, fruto de años de
esfuerzo y de sudor. De las narraciones evangélicas se desprende la gran
personalidad humana de José: en ningún momento se nos aparece como un
hombre apocado o asustado ante la vida; al contrario, sabe enfrentarse
con los problemas, salir adelante en las situaciones difíciles, asumir
con responsabilidad e iniciativa las tareas que se le encomiendan. No
estoy de acuerdo con la forma clásica de representar a San José como un
hombre anciano, aunque se haya hecho con la buena intención de destacar
la perpetua virginidad de María. Yo me lo imagino joven, fuerte, quizá
con algunos años más que Nuestra Señora, pero en la plenitud de la edad
y de la energía humana. Para vivir la virtud de la castidad, no hay que
esperar a ser viejo o a carecer de vigor. La pureza nace del amor y,
para el amor limpio, no son obstáculos la robustez y la alegría de la
juventud. Joven era el corazón y el cuerpo de San José cuando contrajo
matrimonio con María, cuando supo del misterio de su Maternidad divina,
cuando vivió junto a Ella respetando la integridad que Dios quería legar
al mundo, como una señal más de su venida entre las criaturas. Quien no
sea capaz de entender un amor así, sabe muy poco de lo que es el
verdadero amor, y desconoce por entero el sentido cristiano de la
castidad. Era José, decíamos, un artesano de Galilea, un hombre como
tantos otros. Y ¿qué puede esperar de la vida un habitante de una aldea
perdida, como era Nazaret? Sólo trabajo, todos los días, siempre con el
mismo esfuerzo. Y, al acabar la jornada, una casa pobre y pequeña, para
reponer las fuerzas y recomenzar al día siguiente la tarea. Pero el
nombre de José significa, en hebreo, Dios añadirá. Dios añade, a la vida
santa de los que cumplen su voluntad, dimensiones insospechadas: lo
importante, lo que da su valor a todo, lo divino. Dios, a la vida
humilde y santa de José, añadió -si se me permite hablar así- la vida de
la Virgen María y la de Jesús, Señor Nuestro. Dios no se deja nunca
ganar en generosidad. José podía hacer suyas las palabras que pronunció
Santa María, su esposa: Quia fecit mihi magna qui potens est, ha hecho
en mi cosas grandes Aquel que es todopoderoso, quia respexit humilitatem,
porque se fijó en mi pequeñez . José era efectivamente un hombre
corriente, en el que Dios se confió para obrar cosas grandes. Supo
vivir, tal y como el Señor quería, todos y cada uno de los
acontecimientos que compusieron su vida. Por eso, la Escritura Santa
alaba a José, afirmando que era justo . Y, en el lenguaje hebreo, justo
quiere decir piadoso, servidor irreprochable de Dios, cumplidor de la
voluntad divina ; otras veces significa bueno y caritativo con el
prójimo . En una palabra, el justo es el que ama a Dios y demuestra ese
amor, cumpliendo sus mandamientos y orientando toda su vida en servicio
de sus hermanos, los demás hombres.
40.
La fe, el amor y la esperanza de José No está la justicia en la mera
sumisión a una regla: la rectitud debe nacer de dentro, debe ser honda,
vital, porque el justo vive de la fe . Vivir de la fe: esas palabras que
fueron luego tantas veces tema de meditación para el apóstol Pablo, se
ven realizadas con creces en San José. Su cumplimiento de la voluntad de
Dios no es rutinario ni formalista, sino espontáneo y profundo. La ley
que vivía todo judío practicante no fue para él un simple código ni una
recopilación fría de preceptos, sino expresión de la voluntad de Dios
vivo. Por eso supo reconocer la voz del Señor cuando se le manifestó
inesperada, sorprendente. Porque la historia del Santo Patriarca fue una
vida sencilla, pero no una vida fácil. Después de momentos angustiosos,
sabe que el Hijo de María ha sido concebido por obra del Espíritu Santo.
Y ese Niño, Hijo de Dios, descendiente de David según la carne, nace en
una cueva. Angeles celebran su nacimiento y personalidades de tierras
lejanas vienen a adorarle, pero el Rey de Judea desea su muerte y se
hace necesario huir. El hijo de Dios es, en la apariencia, un niño
indefenso, que vivirá en Egipto.
41. Al narrar estas escenas en su Evangelio, San Mateo pone
constantemente de relieve la fidelidad de José, que cumple los mandatos
de Dios sin vacilaciones, aunque a veces el sentido de esos mandatos le
pudiera parecer oscuro o se le ocultara su conexión con el resto de los
planes divinos. En muchas ocasiones los Padres de la Iglesia y los
autores espirituales hacen resaltar esta firmeza de la fe de San José.
Refiriéndose a las palabras del Angel que le ordena huir de Herodes y
refugiarse en Egipto , el Crisóstomo comenta: Al oír esto, José no se
escandalizó ni dijo: eso parece un enigma. Tú mismo hacías saber no ha
mucho que El salvaría a su pueblo, y ahora no es capaz ni de salvarse a
sí mismo, sino que tenemos necesidad de huir, de emprender un viaje y
sufrir un largo desplazamiento: eso es contrario a tu promesa. José no
discurre de este modo, porque es un varón fiel. Tampoco pregunta por el
tiempo de la vuelta, a pesar de que el Angel lo había dejado
indeterminado, puesto que le había dicho: está allí -en Egipto- hasta
que yo te diga. Sin embargo, no por eso se crea dificultades, sino que
obedece y cree y soporta todas las pruebas alegremente . La fe de José
no vacila, su obediencia es siempre estricta y rápida. Para comprender
mejor esta lección que nos da aquí el Santo Patriarca, es bueno que
consideremos que su fe es activa, y que su docilidad no presenta la
actitud de la obediencia de quien se deja arrastrar por los
acontecimientos. Porque la fe cristiana es lo más opuesto al
conformismo, o a la falta de actividad y de energía interiores. José se
abandonó sin reservas en las manos de Dios, pero nunca rehusó
reflexionar sobre los acontecimientos, y así pudo alcanzar del Señor ese
grado de inteligencia de las obras de Dios, que es la verdadera
sabiduría. De este modo, aprendió poco a poco que los designios
sobrenaturales tienen una coherencia divina, que está a veces en
contradicción con los planes humanos. En las diversas circunstancias de
su vida, el Patriarca no renuncia a pensar, ni hace dejación de su
responsabilidad. Al contrario: coloca al servicio de la fe toda su
experiencia humana. Cuando vuelve de Egipto oyendo que Arquelao reinaba
en Judea en lugar de su padre Herodes, temió ir allá . Ha aprendido a
moverse dentro del plan divino y, como confirmación de que efectivamente
Dios quiere eso que él entrevé, recibe la indicación de retirarse a
Galilea. Así fue la fe de San José: plena, confiada, íntegra,
manifestada en una entrega eficaz a la voluntad de Dios, en una
obediencia inteligente. Y, con la fe, la caridad, el amor. Su fe se
funde con el Amor: con el amor de Dios que estaba cumpliendo las
promesas hechas a Abraham, a Jacob, a Moisés; con el cariño de esposo
hacia María, y con el cariño de padre hacia Jesús. Fe y amor en la
esperanza de la gran misión que Dios, sirviéndose también de él -un
carpintero de Galilea-, estaba iniciando en el mundo: le redención de
los hombres.
42. Fe, amor, esperanza: estos son los ejes de la vida de San José y los
de toda vida cristiana. La entrega de San José aparece tejida de ese
entrecruzarse de amor fiel, de fe amorosa, de esperanza confiada. Su
fiesta es, por eso, un buen momento para que todos renovemos nuestra
entrega a la vocación de cristianos, que a cada uno de nosotros ha
concedido el Señor. Cuando se desea sinceramente vivir de fe, de amor y
de esperanza, la renovación de la entrega no es volver a tomar algo que
estaba en desuso. Cuando hay fe, amor y esperanza, renovarse es -a pesar
de los errores personales, de las caídas, de las debilidades- mantenerse
en las manos de Dios: confirmar un camino de fidelidad. Renovar la
entrega es renovar, repito, la fidelidad a lo que el Señor quiere de
nosotros: amar con obras. El amor tiene necesariamente sus
características manifestaciones. Algunas veces se habla del amor como si
fuera un impulso hacia la propia satisfacción, o un mero recurso para
completar egoístamente la propia personalidad. Y no es así: amor
verdadero es salir de sí mismo, entregarse. El amor trae consigo la
alegría, pero es una alegría que tiene sus raíces en forma de cruz.
Mientras estemos en la tierra y no hayamos llegado a la plenitud de la
vida futura, no puede haber amor verdadero sin experiencia del
sacrificio, del dolor. Un dolor que se paladea, que es amable, que es
fuente de íntimo gozo, pero dolor real, porque supone vencer el propio
egoísmo, y tomar el Amor como regla de todas y de cada una de nuestras
acciones.
43. Las obras del Amor son siempre grandes, aunque se trate de cosas
pequeñas en apariencia. Dios se ha acercado a los hombres, pobres
criaturas, y nos ha dicho que nos ama: Deliciae meae esse cum filiis
hominum , mis delicias son estar entre los hijos de los hombres. El
Señor nos da a conocer que todo tiene importancia: las acciones que, con
ojos humanos, consideramos extraordinarias; esas otras que, en cambio,
calificamos de poca categoría. Nada se pierde. Ningún hombre es
despreciado por Dios. Todos, siguiendo cada uno su propia vocación -en
su hogar, en su profesión u oficio, en el cumplimiento de las
obligaciones que le corresponden por su estado, en sus deberes de
ciudadano, en el ejercicio de sus derechos-, estamos llamados a
participar del reino de los cielos. Eso nos enseña la vida de San José:
sencilla, normal y ordinaria, hecha de años de trabajo siempre igual, de
días humanamente monótonos, que se suceden los unos a los otros. Lo he
pensado muchas veces, al meditar sobre la figura de San José, y ésta es
una de las razones que hace que sienta por él una devoción especial.
Cuando en su discurso de clausura de la primera sesión del concilio
Vaticano II, el pasado 8 de diciembre, el Santo Padre Juan XXIII anunció
que en el canon de la misa se haría mención del nombre de San José, una
altísima personalidad eclesiástica me llamó en seguida por teléfono para
decirme: Rallegramenti! ¡Felicidades!: al escuchar ese anuncio pensé en
seguida en usted, en la alegría que le habría producido. Y así era:
porque en la asamblea conciliar, que representa a la Iglesia entera
reunida en el Espíritu Santo, se proclama el inmenso valor sobrenatural
de la vida de San José, el valor de una vida sencilla de trabajo cara a
Dios, en total cumplimiento de la divina voluntad.
44.
Santificar el trabajo, santificarse en el trabajo, santificar con el
trabajo Describiendo el espíritu de la asociación a la que he dedicado
mi vida, el Opus Dei, he dicho que se apoya, como en su quicio, en el
trabajo ordinario, en el trabajo profesional ejercido en medio del
mundo. La vocación divina nos da una misión, nos invita a participar en
la tarea única de la Iglesia, para ser así testimonio de Cristo ante
nuestros iguales los hombres y llevar todas las cosas hacia Dios. La
vocación enciende una luz que nos hace reconocer el sentido de nuestra
existencia. Es convencerse, con el resplandor de la fe, del porqué de
nuestra realidad terrena. Nuestra vida, la presente, la pasada y la que
vendrá, cobra un relieve nuevo, una profundidad que antes no
sospechábamos. Todos los sucesos y acontecimientos ocupan ahora su
verdadero sitio: entendemos adónde quiere conducirnos el Señor, y nos
sentimos como arrollados por ese encargo que se nos confía. Dios nos
saca de las tinieblas de nuestra ignorancia, de nuestro caminar incierto
entre las incidencias de la historia, y nos llama con voz fuerte, como
un día lo hizo con Pedro y con Andrés: Venite post me, et faciam vos
fieri piscatores hominum , seguidme y yo os haré pescadores de hombres,
cualquiera que sea el puesto que en el mundo ocupemos. El que vive de fe
puede encontrar la dificultad y la lucha, el dolor y hasta la amargura,
pero nunca el desánimo ni la angustia porque sabe que su vida sirve,
sabe para qué ha venido a esta tierra. Ego sum lux mundi -exclamó
Cristo-; qui sequitur me non ambulat in tenebris, sed habebit lumen
vitae . Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina a oscuras,
sino que poseerá la luz de la vida. Para merecer esa luz de Dios hace
falta amar, tener la humildad de reconocer nuestra necesidad de ser
salvados, y decir con Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú guardas palabras
de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el
Cristo, el Hijo de Dios . Si actuamos de verdad así, si dejamos entrar
en nuestro corazón la llamada de Dios, podremos repetir también con
verdad que no caminamos en tinieblas, pues por encima de nuestras
miserias y de nuestros defectos personales, brilla la luz de Dios, como
el sol brilla sobre la tempestad.
45. La fe y la vocación de cristianos afectan a toda nuestra existencia,
y no sólo a una parte. Las relaciones con Dios son necesariamente
relaciones de entrega, y asumen un sentido de totalidad. La actitud del
hombre de fe es mirar la vida, con todas sus dimensiones, desde una
perspectiva nueva: la que nos da Dios. Vosotros, que celebráis hoy
conmigo esta fiesta de San José, sois todos hombres dedicados al trabajo
en diversas profesiones humanas, formáis diversos hogares, pertenecéis a
tan distintas naciones, razas y lenguas. Os habéis educado en aulas de
centros docentes o en talleres y oficinas, habéis ejercido durante años
vuestra profesión, habéis entablado relaciones profesionales y
personales con vuestros compañeros, habéis participado en la solución de
los problemas colectivos de vuestras empresas y de vuestra sociedad.
Pues bien: os recuerdo, una vez más, que todo eso no es ajeno a los
planes divinos. Vuestra vocación humana es parte, y parte importante, de
vuestra vocación divina. Esta es la razón por la cual os tenéis que
santificar, contribuyendo al mismo tiempo a la santificación de los
demás, de vuestros iguales, precisamente santificando vuestro trabajo y
vuestro ambiente: esa profesión u oficio que llena vuestros días, que da
fisonomía peculiar a vuestra personalidad humana, que es vuestra manera
de estar en el mundo; ese hogar, esa familia vuestra; y esa nación, en
la que habéis nacido y a la que amáis.
46. El trabajo acompaña inevitablemente la vida del hombre sobre la
tierra. Con él aparecen el esfuerzo, la fatiga, el cansancio:
manifestaciones del dolor y de la lucha que forman parte de nuestra
existencia humana actual, y que son signos de la realidad del pecado y
de la necesidad de la redención. Pero el trabajo en sí mismo no es una
pena, ni una maldición o un castigo: quienes hablan así no han leído
bien la Escritura Santa. Es hora de que los cristianos digamos muy alto
que el trabajo es un don de Dios, y que no tiene ningún sentido dividir
a los hombres en diversas categorías según los tipos de trabajo,
considerando unas tareas más nobles que otras. El trabajo, todo trabajo,
es testimonio de la dignidad del hombre, de su domino sobre la creación.
Es ocasión de desarrollo de la propia personalidad. Es vínculo de unión
con los demás seres, fuente de recursos para sostener a la propia
familia; medio de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que se
vive, y al progreso de toda la Humanidad. Para un cristiano, esas
perspectivas se alargan y se amplían. Porque el trabajo aparece como
participación en la obra creadora de Dios, que, al crear al hombre, lo
bendijo diciéndole: Procread y multiplicaos y henchid la tierra y
sojuzgadla, y dominad en los peces del mar, y en las aves del cielo, y
en todo animal que se mueve sobre la tierra . Porque, además, al haber
sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta como realidad
redimida y redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive,
sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora.
47. Conviene no olvidar, por tanto, que esta dignidad del trabajo está
fundada en el Amor. El gran privilegio del hombre es poder amar,
trascendiendo así lo efímero y lo transitorio. Puede amar a las otras
criaturas, decir un tú y un yo llenos de sentido. Y puede amar a Dios,
que nos abre las puertas del cielo, que nos constituye miembros de su
familia, que nos autoriza a hablarle también de tú a Tú, cara a cara.
Por eso el hombre no debe limitarse a hacer cosas, a construir objetos.
El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor.
Reconocemos a Dios no sólo en el espectáculo de la naturaleza, sino
también en la experiencia de nuestra propia labor, de nuestro esfuerzo.
El trabajo es así oración, acción de gracias, porque nos sabemos
colocados por Dios en la tierra, amados por Él, herederos de sus
promesas. Es justo que se nos diga: ora comáis, ora bebáis, o hagáis
cualquier otra cosa, hacedlo todo a gloria de Dios .
48. El trabajo profesional es también apostolado, ocasión de entrega a
los demás hombres, para revelarles a Cristo y llevarles hacia Dios
Padre, consecuencia de la caridad que el Espíritu Santo derrama en las
almas. Entre las indicaciones, que San Pablo hace a los de Efeso, sobre
cómo debe manifestarse el cambio que ha supuesto en ellos su conversión,
su llamada al cristianismo, encontramos ésta: el que hurtaba, no hurte
ya, antes bien trabaje, ocupándose con sus manos en alguna tarea
honesta, para tener con qué ayudar a quien tiene necesidad . Los hombres
tienen necesidad del pan de la tierra que sostenga sus vidas, y también
del pan del cielo que ilumine y dé calor a sus corazones. Con vuestro
trabajo mismo, con las iniciativas que se promuevan a partir de esa
tarea, en vuestras conversaciones, en vuestro trato, podéis y debéis
concretar ese precepto apostólico. Si trabajamos con este espíritu,
nuestra vida, en medio de las limitaciones propias de la condición
terrena, será un anticipo de la gloria del cielo, de esa comunidad con
Dios y con los santos, en la que sólo reinará el amor, la entrega, la
fidelidad, la amistad, la alegría. En vuestra ocupación profesional,
ordinaria y corriente, encontraréis la materia -real, consistente,
valiosa- para realizar toda la vida cristiana, para actualizar la gracia
que nos viene de Cristo. En esa tarea profesional vuestra, hecha cara a
Dios, se pondrán en juego la fe, la esperanza y la caridad. Sus
incidencias, las relaciones y problemas que trae consigo vuestra labor,
alimentarán vuestra oración. El esfuerzo para sacar adelante la propia
ocupación ordinaria, será ocasión de vivir esa Cruz que es esencial para
el cristiano. La experiencia de vuestra debilidad, los fracasos que
existen siempre en todo esfuerzo humano, os darán más realismo, más
humildad, más comprensión con los demás. Los éxitos y las alegrías os
invitarán a dar gracias, y a pensar que no vivís para vosotros mismos,
sino para el servicio de los demás y de Dios.
49.
Para servir, servir Para comportarse así, para santificar la profesión,
hace falta ante todo trabajar bien, con seriedad humana y sobrenatural.
Quiero recordar ahora, por contraste, lo que cuenta uno de esos antiguos
relatos de los evangelios apócrifos: El padre de Jesús, que era
carpintero, hacía arados y yugos. Una vez -continúa la narración- le fue
encargado un lecho, por cierta persona de buena posición. Pero resultó
que uno de los varales era más corto que el otro, por lo que José no
sabía qué hacerse. Entonces el Niño Jesús dijo a su padre: pon en tierra
los dos palos e iguálalos por un extremo. Así lo hizo José. Jesús se
puso a la otra parte, tomó el varal más corto y lo estiró, dejándolo tan
largo como el otro. José, su padre, se llenó de admiración al ver el
prodigio, y colmó al Niño de abrazos y de besos, diciendo: dichoso de
mí, porque Dios me ha dado este Niño . José no daría gracias a Dios por
estos motivos; su trabajo no podía ser de ese modo. San José no es el
hombre de las soluciones fáciles y milagreras, sino el hombre de la
perseverancia, del esfuerzo y -cuando hace falta- del ingenio. El
cristiano sabe que Dios hace milagros: que los realizó hace siglos, que
los continuó haciendo después y que los sigue haciendo ahora, porque non
est abbreviata manus Domini , no ha disminuido el poder de Dios. Pero
los milagros son una manifestación de la omnipotencia salvadora de Dios,
y no un expediente para resolver las consecuencias de la ineptitud o
para facilitar nuestra comodidad. El milagro que os pide el Señor es la
perseverancia en vuestra vocación cristiana y divina, la santificación
del trabajo de cada día: el milagro de convertir la prosa diaria en
endecasílabos, en verso heroico, por el amor que ponéis en vuestra
ocupación habitual. Ahí os espera Dios, de tal manera que seáis almas
con sentido de responsabilidad, con afán apostólico, con competencia
profesional. Por eso, como lema para vuestro trabajo, os puedo indicar
éste: para servir, servir. Porque, en primer lugar, para realizar las
cosas, hay que saber terminarlas. No creo en la rectitud de intención de
quien no se esfuerza en lograr la competencia necesaria, con el fin de
cumplir debidamente las tareas que tiene encomendadas. No basta querer
hacer el bien, sino que hay que saber hacerlo. Y, si realmente queremos,
ese deseo se traducirá en el empeño por poner los medios adecuados para
dejar las cosas acabadas, con humana perfección.
50. Pero también ese servir humano, esa capacidad que podríamos llamar
técnica, ese saber realizar el propio oficio, ha de estar informado por
un rasgo que fue fundamental en el trabajo de San José y debería ser
fundamental en todo cristiano: el espíritu de servicio, el deseo de
trabajar para contribuir al bien de los demás hombres. El trabajo de
José no fue una labor que mirase hacia la autoafirmación, aunque la
dedicación a una vida operativa haya forjado en él una personalidad
madura, bien dibujada. El Patriarca trabajaba con la conciencia de
cumplir la voluntad de Dios, pensando en el bien de los suyos, Jesús y
María, y teniendo presente el bien de todos los habitantes de la pequeña
Nazaret. En Nazaret, José sería uno de los pocos artesanos, si es que no
era el único. Carpintero, posiblemente. Pero, como suele suceder en los
pueblos pequeños, también sería capaz de hacer otras cosas: poner de
nuevo en marcha el molino, que no funcionaba, o arreglar antes del
invierno las grietas de un techo. José sacaba de apuros a muchos, sin
duda, con un trabajo bien acabado. Era su labor profesional una
ocupación orientada hacia el servicio, para hacer agradable la vida a
las demás familias de la aldea, y acompañada de una sonrisa, de una
palabra amable, de un comentario dicho como de pasada, pero que devuelve
la fe y la alegría a quien está a punto de perderlas.
51. A veces, cuando se tratara de personas más pobres que él, José
trabajaría aceptando algo de poco valor, que dejara a la otra persona
con la satisfacción de pensar que había pagado. Normalmente José
cobraría lo que fuera razonable, ni más ni menos. Sabría exigir lo que,
en justicia, le era debido, ya que la fidelidad a Dios no puede suponer
la renuncia a derechos que en realidad son deberes: San José tenía que
exigir lo justo, porque con la recompensa de ese trabajo debía sostener
a la Familia que Dios le había encomendado. La exigencia del propio
derecho no ha de ser fruto de un egoísmo individualista. No se ama la
justicia, si no se ama verla cumplida con relación a los demás. Como
tampoco es lícito encerrarse en una religiosidad cómoda, olvidando las
necesidades de los otros. El que desea ser justo a los ojos de Dios se
esfuerza también en hacer que la justicia se realice de hecho entre los
hombres. Y no sólo por el buen motivo de que no sea injuriado el nombre
de Dios, sino porque ser cristiano significa recoger todas las
instancias nobles que hay en lo humano. Parafraseando un conocido texto
del apóstol San Juan , se puede decir que quien afirma que es justo con
Dios pero no es justo con los demás hombres, miente: y la verdad no
habita en él. Como todos los cristianos que vivimos aquel momento,
recibí también con emoción y alegría la decisión de celebrar la fiesta
litúrgica de San José Obrero. Esa fiesta, que es una canonización del
valor divino del trabajo, muestra cómo la Iglesia, en su vida colectiva
y pública, se hace eco de las verdades centrales del Evangelio, que Dios
quiere que sean especialmente meditadas en esta época nuestra.
52. Ya hemos hablado mucho de este tema en otras ocasiones, pero
permitidme insistir de nuevo en la naturalidad y en la sencillez de la
vida de San José, que no se distanciaba de sus convecinos ni levantaba
barreras innecesarias. Por eso, aunque quizá sea conveniente en algunos
momentos o en algunas situaciones, de ordinario no me gusta hablar de
obreros católicos, de ingenieros católicos, de médicos católicos, etc.,
como si se tratara de una especie dentro de un género, como si los
católicos formaran un grupito separado de los demás, creando así la
sensación de que hay un foso entre los cristianos y el resto de la
Humanidad. Respeto la opinión opuesta, pero pienso que es mucho más
propio hablar de obreros que son católicos, o de católicos que son
obreros; de ingenieros que son católicos, o de católicos que son
ingenieros. Porque el hombre que tiene fe y ejerce una profesión
intelectual, técnica o manual, es y se siente unido a los demás, igual a
los demás, con los mismos derechos y obligaciones, con el mismo deseo de
mejorar, con el mismo afán de enfrentarse con los problemas comunes y de
encontrarles solución. El católico, asumiendo todo eso, sabrá hacer de
su vida diaria un testimonio de fe, de esperanza y de caridad;
testimonio sencillo, normal, sin necesidad de manifestaciones
aparatosas, poniendo de relieve -con la coherencia de su vida- la
constante presencia de la Iglesia en el mundo, ya que todos los
católicos son ellos mismos Iglesia, pues son miembros con pleno derecho
del único Pueblo de Dios.
53.
El trato de José con Jesús Desde hace tiempo me gusta recitar una
conmovedora invocación a San José, que la Iglesia misma nos propone,
entre las oraciones preparatorias de la misa: José, varón bienaventurado
y feliz, al que fue concedido ver y oír al Dios, a quien muchos reyes
quisieron ver y oír, y no oyeron ni vieron. Y no sólo verle y oírle,
sino llevarlo en brazos, besarlo, vestirlo y custodiarlo: ruega por
nosotros. Esta oración nos servirá para entrar en el última tema que voy
a tocar hoy: el trato entrañable de José con Jesús. Para San José, la
vida de Jesús fue un continuo descubrimiento de la propia vocación.
Recordábamos antes aquellos primeros años llenos de circunstancias en
aparente contraste: glorificación y huida, majestuosidad de los Magos y
pobreza del portal, canto de los Angeles y silencio de los hombres.
Cuando llega el momento de presentar al Niño en el Templo, José, que
lleva la ofrenda modesta de un par de tórtolas, ve cómo Simeón y Ana
proclaman que Jesús es el Mesías. Su padre y su madre escuchaban con
admiración , dice San Lucas. Más tarde, cuando el Niño se queda en el
Templo sin que María y José lo sepan, al encontrarlo de nuevo después de
tres días de búsqueda, el mismo evangelista narra que se maravillaron .
José se sorprende, José se admira. Dios le va revelando sus designios y
él se esfuerza por entenderlos. Como toda alma que quiera seguir de
cerca a Jesús, descubre en seguida que no es posible andar con paso
cansino, que no cabe la rutina. Porque Dios no se conforma con la
estabilidad en un nivel conseguido, con el descanso en lo que ya se
tiene. Dios exige continuamente más, y sus caminos no son nuestros
humanos caminos. San José, como ningún hombre antes o después de él, ha
aprendido de Jesús a estar atento para reconocer las maravillas de Dios,
a tener el alma y el corazón abiertos.
54. Pero si José ha aprendido de Jesús a vivir de un modo divino, me
atrevería a decir que, en lo humano, ha enseñado muchas cosas al Hijo de
Dios. Hay algo que no me acaba de gustar en el título de padre putativo,
con el que a veces se designa a José, porque tiene el peligro de hacer
pensar que las relaciones entre José y Jesús eran frías y exteriores.
Ciertamente nuestra fe nos dice que no era padre según la carne, pero no
es ésa la única paternidad. A José -leemos en un sermón de San Agustín-
no sólo se le debe el nombre de padre, sino que se le debe más que a
otro alguno. Y luego añade: ¿cómo era padre? Tanto más profundamente
padre, cuanto más casta fue su paternidad. Algunos pensaban que era
padre de Nuestro Señor Jesucristo, de la misma forma que son padres los
demás, que engendran según la carne, y no sólo reciben a sus hijos como
fruto de su afecto espiritual. Por eso dice San Lucas: se pensaba que
era padre de Jesús. ¿Por qué dice sólo se pensaba? Porque el pensamiento
y el juicio humanos se refieren a lo que suele suceder entre los
hombres. Y el Señor no nació del germen de José. Sin embargo, a la
piedad y a la caridad de José, le nació un hijo de la Virgen María, que
era Hijo de Dios . José amó a Jesús como un padre ama a su hijo, le
trató dándole todo lo mejor que tenía. José, cuidando de aquel Niño,
como le había sido ordenado, hizo de Jesús un artesano: le transmitió su
oficio. Por eso los vecinos de Nazaret hablarán de Jesús, llamándole
indistintamente faber y fabri filius : artesano e hijo del artesano.
Jesús trabajó en el taller de José y junto a José. ¿Cómo sería José,
cómo habría obrado en él la gracia, para ser capaz de llevar a cabo la
tarea de sacar adelante en lo humano al Hijo de Dios? Porque Jesús debía
parecerse a José: en el modo de trabajar, en rasgos de su carácter, en
la manera de hablar. En el realismo de Jesús, en su espíritu de
observación, en su modo de sentarse a la mesa y de partir el pan, en su
gusto por exponer la doctrina de una manera concreta, tomando ejemplo de
las cosas de la vida ordinaria, se refleja lo que ha sido la infancia y
la juventud de Jesús y, por tanto, su trato con José. No es posible
desconocer la sublimidad del misterio. Ese Jesús que es hombre, que
habla con el acento de una región determinada de Israel, que se parece a
un artesano llamado José, ése es el Hijo de Dios. Y ¿quién puede enseñar
algo a Dios? Pero es realmente hombre, y vive normalmente: primero como
niño, luego como muchacho, que ayuda en el taller de José; finalmente
como un hombre maduro, en la plenitud de su edad. Jesús crecía en
sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres .
55. José ha sido, en lo humano, maestro de Jesús; le ha tratado
diariamente, con cariño delicado, y ha cuidado de El con abnegación
alegre. ¿No será ésta una buena razón para que consideremos a este varón
justo, a este Santo Patriarca en quien culmina la fe de la Antigua
Alianza, como Maestro de vida interior? La vida interior no es otra cosa
que el trato asiduo e íntimo con Cristo, para identificarnos con El. Y
José sabrá decirnos muchas cosas sobre Jesús. Por eso, no dejéis nunca
su devoción, ite ad Ioseph, como ha dicho la tradición cristiana con una
frase tomada del Antiguo Testamento . Maestro de vida interior,
trabajador empeñado en su tarea, servidor fiel de Dios en relación
continua con Jesús: éste es José. Ite ad Ioseph. Con San José, el
cristiano aprende lo que es ser de Dios y estar plenamente entre los
hombres, santificando el mundo. Tratad a José y encontraréis a Jesús.
Tratad a José y encontraréis a María, que llenó siempre de paz el amable
taller de Nazaret.
6. LA CONVERSION DE LOS HIJOS DE DIOS
Homilía pronunciada el 2-III-1952, I Domingo de Cuaresma.
56. Hemos entrado en el tiempo de Cuaresma: tiempo de penitencia, de
purificación, de conversión. No es tarea fácil. El cristianismo no es
camino cómodo: no basta estar en la Iglesia y dejar que pasen los años.
En la vida nuestra, en la vida de los cristianos, la conversión primera
-ese momento único, que cada uno recuerda, en el que se advierte
claramente todo lo que el Señor nos pide- es importante; pero más
importantes aún, y más difíciles, son las sucesivas conversiones. Y para
facilitar la labor de la gracia divina con estas conversiones sucesivas,
hace falta mantener el alma joven, invocar al Señor, saber oír, haber
descubierto lo que va mal, pedir perdón. Invocabit me et ego exaudiam
eum, leemos en la liturgia de este domingo : si acudís a mí, yo os
escucharé, dice el Señor. Considerad esta maravilla del cuidado de Dios
con nosotros, dispuesto siempre a oírnos, pendiente en cada momento de
la palabra del hombre. En todo tiempo -pero de un modo especial ahora,
porque nuestro corazón está bien dispuesto, decidido a purificarse-, El
nos oye, y no desatenderá lo que pide un corazón contrito y humillado .
Nos oye el Señor, para intervenir, para meterse en nuestra vida, para
librarnos del mal y llenarnos de bien: eripiam eum et glorificabo eum ,
lo libraré y lo glorificaré, dice del hombre. Esperanza de gloria, por
tanto: ya tenemos aquí, como otras veces, el comienzo de ese movimiento
íntimo, que es la vida espiritual. La esperanza de esa glorificación
acentúa nuestra fe y estimula nuestra caridad. De este modo, las tres
virtudes teologales, virtudes divinas, que nos asemejan a nuestro Padre
Dios, se han puesto en movimiento. ¿Qué mejor manera de comenzar la
Cuaresma? Renovamos la fe, la esperanza, la caridad. Esta es la fuente
del espíritu de penitencia, del deseo de purificación. La Cuaresma no es
sólo una ocasión para intensificar nuestras prácticas externas de
mortificación: si pensásemos que es sólo eso, se nos escaparía su hondo
sentido en la vida cristiana, porque esos actos externos son -repito-
fruto de la fe, de la esperanza y del amor.
57.
Arriesgada seguridad del cristiano Qui habitat in adiutorio Altissimi,
in protectione Dei coeli commorabitur , habitar bajo la protección de
Dios, vivir con Dios: ésta es la arriesgada seguridad del cristiano. Hay
que estar persuadidos de que Dios nos oye, de que está pendiente de
nosotros: así se llenará de paz nuestro corazón. Pero vivir con Dios es
indudablemente correr un riesgo, porque el Señor no se contenta
compartiendo: lo quiere todo. Y acercarse un poco más a El quiere decir
estar dispuesto a una nueva conversión, a una nueva rectificación, a
escuchar más atentamente sus inspiraciones, los santos deseos que hace
brotar en nuestra alma, y a ponerlos por obra. Desde nuestra primera
decisión consciente de vivir con integridad la doctrina de Cristo, es
seguro que hemos avanzado mucho por el camino de la fidelidad a su
Palabra. Sin embargo, ¿no es verdad que quedan aún tantas cosas por
hacer?, ¿no es verdad que queda, sobre todo, tanta soberbia? Hace falta,
sin duda, una nueva mudanza, una lealtad más plena, una humildad más
profunda, de modo que, disminuyendo nuestro egoísmo, crezca Cristo en
nosotros, ya que illum oportet crescere, me autem minui , hace falta que
El crezca y que yo disminuya. No es posible quedarse inmóviles. Es
necesario ir adelante hacia la meta que San Pablo señalaba: no soy yo el
que vivo, sino que Cristo vive en mí . La ambición es alta y nobilísima:
la identificación con Cristo, la santidad. Pero no hay otro camino, si
se desea ser coherente con la vida divina que, por el Bautismo, Dios ha
hecho nacer en nuestras almas. El avance es progreso en santidad; el
retroceso es negarse al desarrollo normal de la vida cristiana. Porque
el fuego del amor de Dios necesita ser alimentado, crecer cada día,
arraigándose en el alma; y el fuego se mantiene vivo quemando cosas
nuevas. Por eso, si no se hace más grande, va camino de extinguirse.
Recordad las palabras de San Agustín: Si dijeses basta, estás perdido.
Ve siempre a más, camina siempre, progresa siempre. No permanezcas en el
mismo sitio, no retrocedas, no te desvíes . La Cuaresma ahora nos pone
delante de estas preguntas fundamentales: ¿avanzo en mi fidelidad a
Cristo?, ¿en deseos de santidad?, ¿en generosidad apostólica en mi vida
diaria, en mi trabajo ordinario entre mis compañeros de profesión? Cada
uno, sin ruido de palabras, que conteste a esas preguntas, y verá cómo
es necesaria una nueva transformación, para que Cristo viva en nosotros,
para que su imagen se refleje limpiamente en nuestra conducta. Si alguno
quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y
sígame . Nos lo dice Cristo otra vez a nosotros, como al oído,
íntimamente: la Cruz cada día. No sólo -escribe San Jerónimo- en el
tiempo de la persecución, o cuando se presenta la posibilidad del
martirio, sino en toda situación, en toda obra, en todo pensamiento, en
toda palabra, neguemos aquello que antes éramos y confesemos lo que
ahora somos, puesto que hemos renacido en Cristo . Esas consideraciones
no son en realidad más que el eco de aquellas otras del Apóstol: verdad
es que en otro tiempo no erais sino tinieblas, pero ahora sois luz en el
Señor; y así, proceded como hijos de la luz. El fruto de la luz consiste
en caminar con toda bondad y justicia y verdad: buscando lo que es
agradable a Dios . La conversión es cosa de un instante; la
santificación es tarea para toda la vida. La semilla divina de la
caridad, que Dios ha puesto en nuestras almas, aspira a crecer, a
manifestarse en obras, a dar frutos que respondan en cada momento a lo
que es agradable al Señor. Es indispensable por eso estar dispuestos a
recomenzar, a reencontrar -en las nuevas situaciones de nuestra vida- la
luz, el impulso de la primera conversión. Y ésta es la razón por la que
hemos de prepararnos con un examen hondo, pidiendo ayuda al Señor, para
que podamos conocerle mejor y nos conozcamos mejor a nosotros mismos. No
hay otro camino, si hemos de convertirnos de nuevo.
58.
El tiempo oportuno Exhortamur ne in vacuum gratiam Dei recipiatis , os
exhortamos a no recibir en vano la gracia de Dios. Porque la gracia
divina podrá llenar nuestras almas en esta Cuaresma, siempre que no
cerremos las puertas del corazón. Hemos de tener estas buenas
disposiciones, el deseo de transformarnos de verdad, de no jugar con la
gracia del Señor. No me gusta hablar de temor, porque lo que mueve al
cristiano es la Caridad de Dios, que se nos ha manifestado en Cristo y
que nos enseña a amar a todos los hombres y a la creación entera; pero
sí debemos hablar de responsabilidad, de seriedad. No queráis engañaros
a vosotros mismos: de Dios nadie se burla nos advierte el mismo Apóstol.
Hay que decidirse. No es lícito vivir manteniendo encendidas esas dos
velas que, según el dicho popular, todo hombre se procura: una a San
Miguel y otra al diablo. Hay que apagar la vela del diablo. Hemos de
consumir nuestra vida haciendo que arda toda entera al servicio del
Señor. Si nuestro afán de santidad es sincero, si tenemos la docilidad
de ponernos en las manos de Dios, todo irá bien. Porque El está siempre
dispuesto a darnos su gracia y, especialmente en este tiempo, la gracia
para una nueva conversión, para una mejora de nuestra vida de
cristianos. No podemos considerar esta Cuaresma como una época más,
repetición cíclica del tiempo litúrgico. Este momento es único; es una
ayuda divina que hay que acoger. Jesús pasa a nuestro lado y espera de
nosotros -hoy, ahora- una gran mudanza. Ecce nunc tempus acceptabile,
ecce nunc dies salutis : éste es el tiempo oportuno, que puede ser el
día de la salvación. Otra vez se oyen los silbidos del buen Pastor, con
esa llamada cariñosa: ego vocavi te nomine tuo . Nos llama a cada uno
por nuestro nombre, con el apelativo familiar con el que nos llaman las
personas que nos quieren. La ternura de Jesús, por nosotros, no cabe en
palabras. Considerad conmigo esta maravilla del amor de Dios: el Señor
que sale al encuentro, que espera, que se coloca a la vera del camino,
para que no tengamos más remedio que verle. Y nos llama personalmente,
hablándonos de nuestras cosas, que son también las suyas, moviendo
nuestra conciencia a la compunción, abriéndola a la generosidad,
imprimiendo en nuestras almas la ilusión de ser fieles, de podernos
llamar su discípulos. Basta percibir esas íntimas palabras de la gracia,
que son como un reproche tantas veces afectuoso, para que nos demos
cuenta de que no nos ha olvidado en todo el tiempo en el que, por
nuestra culpa, no lo hemos visto. Cristo nos quiere con el cariño
inagotable que cabe en su Corazón de Dios. Mirad cómo insiste: te oí en
el tiempo oportuno, te ayudé en el día de la salvación . Puesto que El
te promete la gloria, el amor suyo, y te la da oportunamente, y te
llama, tú, ¿qué le vas a dar al Señor?, ¿cómo responderás, cómo
responderé también yo, a ese amor de Jesús que pasa? Ecce nunc dies
salutis, aquí está frente a nosotros, este día de salvación. La llamada
del buen Pastor llega hasta nosotros: ego vocavi te nomine tuo, te he
llamado a ti, por tu nombre. Hay que contestar -amor con amor que paga-
diciendo: ecce ego quia vocasti me , me has llamado y aquí estoy. Estoy
decidido a que no pase este tiempo de Cuaresma como pasa el agua sobre
las piedras, sin dejar rastro. Me dejaré empapar, transformar; me
convertiré, me dirigiré de nuevo al Señor, queriéndole como El desea ser
querido. Amarás al Señor Dios tuyo con todo tu corazón, y con toda tu
alma, y con toda tu mente . ¿Qué queda de tu corazón, comenta San
Agustín, para que puedas amarte a ti mismo?, ¿qué queda de tu alma, qué
de tu mente? "Ex toto", dice. "Totum exigit te, qui fecit te" ; quien te
hizo exige todo de ti.
59. Después de esta protesta de amor, hay que comportarse como amadores
de Dios. In omnibus exhibeamus nosmetipsos sicut Dei ministros ,
comportémonos en todas las cosas como servidores del Señor. Si te das
como El quiere, la acción de la gracia se manifestará en tu conducta
profesional, en el trabajo, en el empeño para hacer a lo divino las
cosas humanas, grandes o pequeñas, porque por el Amor todas adquieren
una nueva dimensión. Pero en esta Cuaresma no podemos olvidar que querer
ser servidores de Dios no es fácil. Sigamos con el texto de San Pablo,
que recoge la Epístola de la Misa de este domingo, para recordar las
dificultades: Como servidores de Dios -escribe el Apóstol-, con mucha
paciencia en medio de tribulaciones, de necesidades, de angustias, de
azotes, de cárceles, de sediciones, de trabajos, de vigilias, de ayunos;
con pureza, con doctrina, con longanimidad, con mansedumbre, con
Espíritu Santo, con caridad sincera, con palabras de verdad, con
fortaleza de Dios . En los momentos más dispares de la vida, en todas
las situaciones, hemos de comportarnos como servidores de Dios, sabiendo
que el Señor está con nosotros, que somos hijos suyos. Hay que ser
conscientes de esa raíz divina, que está injertada en nuestra vida, y
actuar en consecuencia. Estas palabras del Apóstol deben llenaros de
alegría, porque son como una canonización de vuestra vocación de
cristianos corrientes, que vivís en medio del mundo, compartiendo con
los demás hombres, vuestros iguales, afanes, trabajos y alegrías. Todo
eso es camino divino. Lo que os pide el Señor es que, en todo momento,
obréis como hijos y servidores suyos. Pero esas circunstancias
ordinarias de la vida serán camino divino, si de verdad nos convertimos,
si nos entregamos. Porque San Pablo habla un lenguaje duro. Promete al
cristiano una vida difícil, arriesgada, en perpetua tensión. ¡Cómo ha
sido desfigurado el cristianismo, cuando ha querido hacerse de él una
vía cómoda! Pero también es una desfiguración de la verdad pensar que
esa vida honda y seria, que conoce vivamente todos los obstáculos de la
existencia humana, sea una vida de angustia, de opresión o de temor. El
cristiano es realista, con un realismo sobrenatural y humano, que
advierte todos los matices de la vida: el dolor y la alegría, el
sufrimiento propio y el ajeno, la certeza y la perplejidad, la
generosidad y la tendencia al egoísmo. El cristiano conoce todo y se
enfrenta con todo, lleno de entereza humana y de la fortaleza que recibe
de Dios.
60.
Las tentaciones de Cristo La Cuaresma conmemora los cuarenta días que
pasó Jesús en el desierto, como preparación de esos años de predicación,
que culminan en la Cruz y en la gloria de la Pascua. Cuarenta días de
oración y de penitencia. Al terminar, tuvo lugar la escena que la
liturgia de hoy ofrece a nuestra consideración, recogiéndola en el
Evangelio de la Misa: las tentaciones de Cristo . Una escena llena de
misterio, que el hombre pretende en vano entender -Dios que se somete a
la tentación, que deja hacer al Maligno-, pero que puede ser meditada,
pidiendo al Señor que nos haga saber la enseñanza que contiene.
Jesucristo tentado. La tradición ilustra esta escena considerando que
Nuestro Señor, para darnos ejemplo en todo, quiso también sufrir la
tentación. Así es, porque Cristo fue perfecto Hombre, igual a nosotros,
salvo en el pecado . Después de cuarenta días de ayuno, con el solo
alimento -quizá- de yerbas y de raíces y de un poco de agua, Jesús
siente hambre: hambre de verdad, como la de cualquier criatura. Y cuando
el diablo le propone que convierta en pan las piedras, Nuestro Señor no
sólo rechaza el alimento que su cuerpo pedía, sino que aleja de sí una
incitación mayor: la de usar del poder divino para remediar, si podemos
hablar así, un problema personal. Lo habréis notado a lo largo de los
Evangelios: Jesús no hace milagros en beneficio propio. Convierte el
agua en vino, para los esposos de Caná ; multiplica los panes y los
peces, para dar de comer a una multitud hambrienta . Pero El se gana el
pan, durante largos años, con su propio trabajo. Y, más tarde, durante
el tiempo de su peregrinar por tierras de Israel, vive con la ayuda de
aquellos que le siguen . Relata San Juan que, después de una larga
caminata, al llegar Jesús al pozo de Sicar, hace que sus discípulos
vayan al pueblo a comprar comida; y viendo acercarse a la samaritana, le
pide agua, porque El no tenía con qué obtenerla . Su cuerpo fatigado por
el largo caminar experimenta el cansancio, y otras veces, para reponer
las fuerzas, acude al sueño . Generosidad del Señor que se ha humillado,
que ha aceptado en pleno la condición humana, que no se sirve de su
poder de Dios para huir de las dificultades o del esfuerzo. Que nos
enseña a ser recios, a amar el trabajo, a apreciar la nobleza humana y
divina de saborear las consecuencias del entregamiento. En la segunda
tentación, cuando el diablo le propone que se arroje desde lo alto del
Templo, rechaza Jesús de nuevo ese querer servirse de su poder divino.
Cristo no busca la vanagloria, el aparato, la comedia humana que intenta
utilizar a Dios como telón de fondo de la propia excelencia. Jesucristo
quiere cumplir la voluntad del Padre sin adelantar los tiempos ni
anticipar la hora de los milagros, sino recorriendo paso a paso el duro
sendero de los hombres, el amable camino de la Cruz. Algo muy parecido
vemos en la tercera tentación: se le ofrecen reinos, poder, gloria. El
demonio pretende extender, a ambiciones humanas, esa actitud que debe
reservarse sólo a Dios: promete una vida fácil a quien se postra ante
él, ante los ídolos. Nuestro Señor reconduce la adoración a su único y
verdadero fin, Dios, y reafirma su voluntad de servir: apártate Satanás;
porque está escrito: adorarás al Señor Dios tuyo, y a El solo servirás .
61. Aprendamos de esta actitud de Jesús. En su vida en la tierra, no ha
querido ni siquiera la gloria que le pertenecía, porque teniendo derecho
a ser tratado como Dios, ha asumido la forma de siervo, de esclavo . El
cristiano sabe así que es para Dios toda la gloria; y que no puede
utilizar como instrumento de intereses y de ambiciones humanas la
sublimidad y la grandeza del Evangelio. Aprendamos de Jesús. Su actitud,
al oponerse a toda gloria humana, está en perfecta correlación con la
grandeza de una misión única: la del Hijo amadísimo de Dios, que se
encarna para salvar a los hombres. Una misión que el cariño del Padre ha
rodeado de una solicitud colmada de ternura: Filius meus es tu, ego
hodie genui te. Postula a me et dabo tibi gentes hereditatem tuam : Tú
eres mi hijo, yo te he engendrado hoy. Pide, y te daré las gentes como
heredad. El cristiano que -siguiendo a Cristo- vive en esa actitud de
completa adoración del Padre, recibe también del Señor palabras de
amorosa solicitud: Porque espera en mí, lo libraré; lo protegeré, porque
conoce mi nombre .
62. Jesús ha dicho que no al demonio, al príncipe de las tinieblas. Y en
seguida se manifiesta la luz. Con eso le dejó el diablo; y he aquí que
se acercaron los ángeles y le servían . Jesús ha soportado la prueba.
Una prueba real, porque, comenta San Ambrosio, no obró como Dios usando
de su poder (¿de qué, entonces, nos hubiera aprovechado su ejemplo?),
sino que, como hombre, se sirvió de los auxilios que tiene en común con
nosotros . El demonio, con intención torcida, ha citado el Antiguo
Testamento: Dios mandará a sus ángeles, para que protejan al justo en
todos sus caminos . Pero Jesús, rehusando tentar a su Padre, devuelve a
ese pasaje bíblico su verdadero sentido. Y, como premio a su fidelidad,
cuando llega la hora, se presentan los mensajeros de Dios Padre para
servirle. Vale la pena considerar este modo, que Satanás ha utilizado
con Jesucristo Señor Nuestro: argumenta con textos de los libros
sagrados, torciendo, desfigurando de modo blasfemo su sentido. Jesús no
se deja engañar: bien conoce el Verbo hecho carne la Palabra divina,
escrita para salvación de los hombres, y no para confusión y condena.
Quien está unido a Jesucristo por el Amor, podemos concluir, no se
dejará nunca engañar por un manejo fraudulento de la Escritura Santa,
porque sabe que es típica obra del diablo tratar de confundir la
conciencia cristiana, discurriendo dolosamente con los mismos términos
empleados por la eterna Sabiduría, intentando hacer -de la luz-
tinieblas. Contemplemos un poco esta intervención de los ángeles en la
vida de Jesús, porque así entenderemos mejor su papel -la misión
angélica- en toda vida humana. La tradición cristiana describe a los
Angeles Custodios como a unos grandes amigos, puestos por Dios al lado
de cada hombre, para que le acompañen en sus caminos. Y por eso nos
invita a tratarlos, a acudir a ellos. La Iglesia, al hacernos meditar
estos pasajes de la vida de Cristo, nos recuerda que, en el tiempo de
Cuaresma, en el que nos reconocemos pecadores, llenos de miserias,
necesitados de purificación, también cabe la alegría. Porque la Cuaresma
es simultáneamente tiempo de fortaleza y de gozo: hemos de llenarnos de
aliento ya que la gracia del Señor no nos faltará, porque Dios estará a
nuestro lado y enviará a sus Angeles, para que sean nuestros compañeros
de viaje, nuestros prudentes consejeros a lo largo del camino, nuestros
colaboradores en todas nuestras empresas. In manibus portabunt te, ne
forte offendas ad lapidem pedem tuum , sigue el salmo: los Angeles te
llevarán con sus manos, para que tu pie no tropiece en piedra alguna.
Hay que saber tratar a los Angeles. Acudir a ellos ahora, decir a tu
Angel Custodio que esas aguas sobrenaturales de la Cuaresma no han
resbalado sobre tu alma, sino que han penetrado hasta lo hondo, porque
tienes el corazón contrito. Pídeles que lleven al Señor esa buena
voluntad, que la gracia ha hecho germinar de nuestra miseria, como un
lirio nacido en el estercolero. Sancti Angeli, Custodes nostri:
defendite nos in proelio, ut non pereamus in tremendo iudicio . Santos
Angeles Custodios: defendednos en la batalla, para que no perezcamos en
el tremendo juicio.
63.
Filiación divina ¿Cómo se explica esa oración confiada, ese saber que no
pereceremos en la batalla? Es un convencimiento que arranca de una
realidad que nunca me cansaré de admirar: nuestra filiación divina. El
Señor que, en esta Cuaresma, pide que nos convirtamos no es un Dominador
tiránico, ni un Juez rígido e implacable: es nuestro Padre. Nos habla de
nuestros pecados, de nuestros errores, de nuestra falta de generosidad:
pero es para librarnos de ellos, para prometernos su Amistad y su Amor.
La conciencia de nuestra filiación divina da alegría a nuestra
conversión: nos dice que estamos volviendo hacia la casa del Padre. La
filiación divina es el fundamento del espíritu del Opus Dei. Todos los
hombres son hijos de Dios. Pero un hijo puede reaccionar, frente a su
padre, de muchas maneras. Hay que esforzarse por ser hijos que procuran
darse cuenta de que el Señor, al querernos como hijos, ha hecho que
vivamos en su casa, en medio de este mundo, que seamos de su familia,
que lo suyo sea nuestro y lo nuestro suyo, que tengamos esa familiaridad
y confianza con El que nos hace pedir, como el niño pequeño, ¡la luna!
Un hijo de Dios trata al Señor como Padre. Su trato no es un obsequio
servil, ni una reverencia formal, de mera cortesía, sino que está lleno
de sinceridad y de confianza. Dios no se escandaliza de los hombres.
Dios no se cansa de nuestras infidelidades. Nuestro Padre del Cielo
perdona cualquier ofensa, cuando el hijo vuelve de nuevo a El, cuando se
arrepiente y pide perdón. Nuestro Señor es tan Padre, que previene
nuestros deseos de ser perdonados, y se adelanta, abriéndonos los brazos
con su gracia. Mirad que no estoy inventando nada. Recordad aquella
parábola que el Hijo de Dios nos contó para que entendiéramos el amor
del Padre que está en los cielos: la parábola del hijo pródigo . Cuando
aún estaba lejos, dice la Escritura, lo vio su padre, y
enterneciéronsele las entrañas y corriendo a su encuentro, le echó los
brazos al cuello y le dio mil besos . Estas son las palabras del libro
sagrado: le dio mil besos, se lo comía a besos. ¿Se puede hablar más
humanamente? ¿Se puede describir de manera más gráfica el amor paternal
de Dios por los hombres? Ante un Dios que corre hacia nosotros, no
podemos callarnos, y le diremos con San Pablo, Abba, Pater! , Padre,
¡Padre mío!, porque, siendo el Creador del universo, no le importa que
no utilicemos títulos altisonantes, ni echa de menos la debida confesión
de su señorío. Quiere que le llamemos Padre, que saboreemos esa palabra,
llenándonos el alma de gozo. La vida humana es, en cierto modo, un
constante volver hacia la casa de nuestro Padre. Volver mediante la
contrición, esa conversión del corazón que supone el deseo de cambiar,
la decisión firme de mejorar nuestra vida, y que -por tanto- se
manifiesta en obras de sacrificio y de entrega. Volver hacia la casa del
Padre, por medio de ese sacramento del perdón en el que, al confesar
nuestros pecados, nos revestimos de Cristo y nos hacemos así hermanos
suyos, miembros de la familia de Dios. Dios nos espera, como el padre de
la parábola, extendidos los brazos, aunque no lo merezcamos. No importa
nuestra deuda. Como en el caso de hijo pródigo, hace falta sólo que
abramos el corazón, que tengamos añoranza del hogar de nuestro Padre,
que nos maravillemos y nos alegremos ante el don que Dios nos hace de
podernos llamar y de ser, a pesar de tanta falta de correspondencia por
nuestra parte, verdaderamente hijos suyos.
64. ¡Qué capacidad tan extraña tiene el hombre para olvidarse de las
cosas más maravillosas, para acostumbrarse al misterio! Consideremos de
nuevo, en esta Cuaresma, que el cristiano no puede ser superficial.
Estando plenamente metido en su trabajo ordinario, entre los demás
hombres, sus iguales, atareado, ocupado, en tensión, el cristiano ha de
estar al mismo tiempo metido totalmente en Dios, porque es hijo de Dios.
La filiación divina es una verdad gozosa, un misterio consolador. La
filiación divina llena toda nuestra vida espiritual, porque nos enseña a
tratar, a conocer, a amar a nuestro Padre del Cielo, y así colma de
esperanza nuestra lucha interior, y nos da la sencillez confiada de los
hijos pequeños. Más aún: precisamente porque somos hijos de Dios, esa
realidad nos lleva también a contemplar con amor y con admiración todas
las cosas que han salido de las manos de Dios Padre Creador. Y de este
modo somos contemplativos en medio del mundo, amando al mundo. En la
Cuaresma la liturgia tiene presentes la consecuencias del pecado de Adán
en la vida del hombre. Adán no quiso ser un buen hijo de Dios, y se
rebeló. Pero se oye también, continuamente, el eco de ese felix culpa
-culpa feliz, dichosa- que la Iglesia entera cantará, llena de alegría,
en la vigilia del Domingo de Resurrección . Dios Padre, llegada la
plenitud de los tiempos, envió al mundo a su Hijo Unigénito, para
restableciera la paz; para que, redimiendo al hombre del pecado,
adoptionem filiorum reciperemus , fuéramos constituidos hijos de Dios,
liberados del yugo del pecado, hechos capaces de participar en la
intimidad divina de la Trinidad. Y así se ha hecho posible a este hombre
nuevo, a este nuevo injerto de los hijos de Dios , liberar a la creación
entera del desorden, restaurando todas las cosas en Cristo , que los ha
reconciliado con Dios . Tiempo de penitencia, pues. Pero, como hemos
visto, no es una tarea negativa. La Cuaresma ha de vivirse con el
espíritu de filiación, que Cristo nos ha comunicado y que late en
nuestra alma . El Señor nos llama para que nos acerquemos a El deseando
ser como El: sed imitadores de Dios, como hijos suyos muy queridos ,
colaborando humildemente, pero fervorosamente, en el divino propósito de
unir lo que está roto, de salvar lo que está perdido, de ordenar lo que
ha desordenado el hombre pecador, de llevar a su fin lo que se
descamina, de restablecer la divina concordia de todo lo creado.
65. La liturgia de la Cuaresma cobra a veces acentos trágicos,
consecuencia de la meditación de lo que significa para el hombre
apartarse de Dios. Pero esta conclusión no es la última palabra. La
última palabra la dice Dios, y es la palabra de su amor salvador y
misericordioso y, por tanto, la palabra de nuestra filiación divina. Por
eso os repito hoy con San Juan: ved qué amor hacia nosotros ha tenido el
Padre, queriendo que nos llamemos hijos de Dios y lo seamos en efecto .
Hijos de Dios, hermanos del Verbo hecho carne, de Aquel de quien fue
dicho: en él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres . Hijos
de la Luz, hermanos de la luz: eso somos. Portadores de la única llama
capaz de encender los corazones hechos de carne. Al callarme yo ahora y
seguir la Santa Misa, cada uno de nosotros debe considerar qué le pide
el Señor, qué propósitos, qué decisiones quiere promover en él la acción
de la gracia. Y, al notar esas exigencias sobrenaturales y humanas de
entrega y de lucha, recordad que Jesucristo es nuestro modelo. Y que
Jesús, siendo Dios, permitió que le tentaran: para que así nos llenemos
de ánimo y estemos seguros de la victoria. Porque El no pierde batallas
y, encontrándonos unidos a El, nunca seremos vencidos, sino que podremos
llamarnos y ser en verdad vencedores: buenos hijos de Dios. Que vivamos
contentos. Yo estoy contento. No lo debiera estar, mirando mi vida,
haciendo ese examen de conciencia personal que nos pide este tiempo
litúrgico de la Cuaresma. Pero me siento contento, porque veo que el
Señor me busca una vez más, que el Señor sigue siendo mi Padre. Sé que
vosotros y yo, decididamente, con el resplandor y la ayuda de la gracia,
veremos qué cosas hay que quemar, y las quemaremos; qué cosas hay que
arrancar, y las arrancaremos; qué cosas hay que entregar, y las
entregaremos. La tarea no es fácil. Pero contamos con una guía clara,
con una realidad de la que no debemos ni podemos prescindir: somos
amados por Dios, y dejaremos que el Espíritu Santo actúe en nostros y
nos purifique, para poder así abrazarnos al Hijo de Dios en la Cruz,
resucitando luego con El, porque la alegría de la Resurrección está
enraizada en la Cruz. María, Madre nuestra, auxilium christianorum,
refugium peccatorum: intercede ante tu Hijo, para que nos envíe al
Espíritu Santo, que despierte en nuestros corazones la decisión de
caminar con paso firme y seguro, haciendo sonar en lo más hondo de
nuestra alma la llamada que llenó de paz el martirio de uno de los
primeros cristianos: veni ad Patrem , ven, vuelve a tu Padre que te
espera.LIBERTAD"
7. EL RESPETO CRISTIANO A LA PERSONA Y A SU LIBERTAD
Homilía pronunciada el 15-III-1961, miércoles de la IV semana de
Cuaresma.
Hemos leído, en la Santa Misa, un texto del Evangelio según San Juan: la
escena de la curación milagrosa del ciego de nacimiento. Pienso que
todos nos hemos conmovido una vez más ante el poder y la misericordia de
Dios, que no mira indiferente la desgracia humana. Pero quisiera ahora
fijarme en otros rasgos: concretamente, para que veamos que, cuando hay
amor de Dios, el cristiano tampoco se siente indiferente ante la suerte
de los otros hombres, y sabe también tratar a todos con respeto; y que,
cuando ese amor decae, existe el peligro de una invasión, fanática y
despiadada, en la conciencia de los demás. Al pasar -dice el Santo
Evangelio- vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento . Jesús que pasa.
Con frecuencia me he maravillado ante esta forma sencilla de relatar la
clemencia divina. Jesús pasa y se da cuenta en seguida del dolor.
Considerad, en cambio, qué distintos eran entonces los pensamientos de
los discípulos. Le preguntan: Maestro, ¿qué pecados son la causa de que
éste naciera ciego, los suyos o los de sus padres? .
66.
Los falsos juicios No debemos extrañarnos de que muchos, también gentes
que se tienen por cristianas, se comporten de forma parecida: imaginan,
antes que nada, el mal. Sin prueba alguna, lo presuponen; y no sólo lo
piensan, sino que se atreven a expresarlo en un juicio aventurado,
delante de la muchedumbre. La conducta de los discípulos podría,
benévolamente, ser calificada de desaprensiva. En aquella sociedad -como
hoy: en esto, poco ha cambiado- había otros, los fariseos, que hacían de
esa actitud una norma. Recordad de qué manera Jesucristo los denuncia:
vino Juan que no come ni bebe, y dicen: está poseído del demonio. Ha
venido el Hijo del hombre, que come y bebe, y murmuran: he aquí un
hombre voraz y bebedor, amigo de publicanos y de pecadores . Ataques
sistemáticos a la fama, denigración de la conducta intachable: esta
crítica mordaz y punzante sufrió Jesucristo, y no es raro que algunos
reserven el mismo sistema a los que, conscientes de sus lógicas y
naturales miserias y errores personales, menudos e inevitables
-añadiría- dada la humana debilidad, desean seguir al Maestro. Pero la
comprobación de esas realidades no debe llevarnos a justificar tales
pecados y delitos -habladurías se les llama, con sospechosa comprensión-
contra el buen nombre de nadie. Jesús anuncia que si al padre de familia
lo han apodado Belcebú, no es de esperar que se conduzcan mejor con los
de su casa ; pero aclara también que quien llamare a su hermano fatuo,
será reo del fuego del infierno . ¿De dónde nace esta apreciación
injusta con los demás? Parece como si algunos tuvieran continuamente
puestas unas anteorejas, que les alteran la vista. No estiman, por
principio, que sea posible la rectitud o, al menos, la lucha constante
por portarse bien. Reciben todo, como reza el antiguo adagio filosófico,
según el recipiente: en su previa deformación. Para ellos, hasta lo más
recto, refleja -a pesar de todo- una postura torcida que,
hipócritamente, adopta apariencia de bondad. Cuando descubren claramente
le bien, escribe San Gregorio, escudriñan para examinar si hay además
algún mal oculto .
67. Es difícil hacer entender a esas personas, en las que la deformación
se convierte casi en una segunda naturaleza, que es más humano y más
verídico pensar bien de los prójimos. San Agustín recomienda el
siguiente consejo: procurad adquirir las virtudes que creéis que faltan
en vuestros hermanos, y ya no veréis sus defectos, porque no los
tendréis vosotros . Para algunos, este modo de proceder se identifica
con la ingenuidad. Ellos son más realistas, más razonables. Erigiendo en
norma de juicio el prejuicio, ofenderán a cualquiera antes de oír
razones. Luego, objetivamente, bondadosamente, quizá concederán al
injuriado la posibilidad de defenderse: contra toda moral y derecho,
porque, en lugar de cargar ellos con la prueba de la supuesta falta,
conceden al inocente el privilegio de la demostración de su inocencia.
No sería sincero si no os confesara que las anteriores consideraciones
son algo más que un rápido espigueo de tratados de derecho y de moral.
Se fundamentan en una experiencia que han vivido no pocos en su propia
carne; lo mismo que otros muchos han sido, con frecuencia y durante
largos años, la diana de ejercicios de tiro de murmuraciones, de
difamación, de calumnia. La gracia de Dios y un natural nada rencorosa
han hecho que todo eso no les haya dejado el menor rastro de amargura.
Mihi pro minimo est, ut a vobis iudicer , se me da muy poco el ser
juzgado por vosotros, podrían decir con San Pablo. A veces, empleando
palabras más corrientes, habrán añadido que todo les ha salido siempre
por una friolera. Esa es la verdad. Por otro lado, sin embargo, no puedo
negar que a mi me causa tristeza el alma del que ataca injustamente la
honradez ajena, porque el injusto agresor se hunde a sí mismo. Y sufro
también por tantos que, ante las acusaciones arbitrarias y desaforadas,
no saben dónde poner los ojos: están aterrados, no las creen posibles,
piensan si será todo una pesadilla. Hace unos días leíamos en la
Epístola de la Santa Misa el relato de Susana, aquella mujer casta,
falsamente incriminada de deshonestidad por dos viejos corrompidos.
Rompió a llorar Susana y contestó a sus acusadores: por todas partes me
siento en angustia; porque si hago lo que me proponéis, vendrá sobre mi
la muerte; y si me niego, no escaparé de vuestras manos . ¡Cuántas veces
la insidia de los envidiosos o de los intrigantes coloca, a muchas
criaturas limpias, en la misma situación! Se les ofrece esta
alternativa: ofender al Señor o ver denigrada su honra. La única
solución noble y digna es, al mismo tiempo, extremadamente dolorosa, y
han de resolver: prefiero caer inculpable en vuestras manos a pecar
contra el Señor .
68.
Derecho a la intimidad Volvamos a la escena de la curación del ciego.
Jesucristo ha replicado a sus discípulos que aquella desgracia no es
consecuencia del pecado, sino ocasión para que se manifieste el poder de
Dios. Y, con maravillosa sencillez, decide que el ciego vea. Comienza
entonces, junto con la felicidad, el tormento de aquel hombre. No le
dejarán en paz. Primero son los vecinos y los que antes le habían visto
pedir limosna . El Evangelio no nos cuenta que se alegrasen, sino que no
acertaban a creerlo, a pesar de que el ciego insistía en que ése, que
antes no veía y ahora ve, es él mismo. En lugar de permitirle disfrutar
serenamente de aquella gracia, lo llevan a los fariseos, que le
preguntan de nuevo cómo ha sido. Y él responde, por segunda vez: puso
lodo sobre mis ojos, me lavé y veo . Y los fariseos quieren demostrar
que lo que ha pasado, un bien y un gran milagro, no ha pasado. Algunos
recurren a razonamientos mezquinos, hipócritas, muy poco ecuánimes: ha
curado en sábado y, como trabajar en sábado está prohibido, niegan el
prodigio. Otros inician lo que hoy se llamaría una encuesta. Van a los
padres del ciego: ¿es éste vuestro hijo, de quien vosotros decís que
nació ciego? Pues, ¿cómo ve ahora? . El miedo a los poderosos induce a
que los padres contesten con una proposición, que reúne todas las
garantías del método científico: sabemos que éste es hijo nuestro y que
nació ciego; pero cómo ahora ve no lo sabemos, ni tampoco sabemos quién
le ha abierto los ojos. Preguntádselo a él: ya es mayor y dará razón de
sí . Los que realizan la encuesta no pueden creer, porque no quieren
creer. Llamaron otra vez al que había sido ciego y le dijeron: ...
nosotros sabemos que ese hombre -Jesucristo- es un pecador . Con pocas
palabras, el relato de San Juan ejemplifica aquí un modelo de atentado
tremendo contra el derecho básico, que por naturaleza a todos
corresponde, de ser tratados con respeto. El tema sigue siendo actual.
No costaría trabajo alguno señalar, en esta época, casos de esa
curiosidad agresiva que conduce a indagar morbosamente en la vida
privada de los demás. Un mínimo sentido de la justicia exige que,
incluso en la investigación de un presunto delito, se proceda con
cautela y moderación, sin tomar por cierto lo que sólo es una
posibilidad. Se comprende claramente hasta qué punto la curiosidad
malsana por destripar lo que no sólo no es un delito, sino que puede ser
una acción honrosa, deba calificarse como perversión. Frente a los
negociadores de la sospecha, que dan la impresión de organizar una trata
de la intimidad, es preciso defender la dignidad de cada persona, su
derecho al silencio. En esta defensa suelen coincidir todos los hombres
honrados, sean o no cristianos, porque se ventila un valor común: la
legítima decisión a ser uno mismo, a no exhibirse, a conservar en justa
y pudorosa reserva sus alegrías, sus penas y dolores de familia; y,
sobre todo, a hacer el bien sin espectáculo, a ayudar por puro amor a
los necesitados, sin obligación de publicar esas tareas en servicio de
los demás y, mucho menos, de poner al descubierto la intimidad de su
alma ante la mirada indiscreta y oblicua de gentes que nada alcanzan ni
desean alcanzar de vida interior, si no es para mofarse impíamente.
Pero, ¡qué difícil resulta verse libres de esa agresividad oliscona! Los
métodos, para no dejar al hombre tranquilo, se han multiplicado. Me
refiero a los medios técnicos, y también a sistemas de argumentar
aceptados, contra los que es difícil enfrentarse si se desea conservar
la reputación. Así, se parte a veces de que todo el mundo actúa mal; por
tanto, con esta errónea forma de discurrir, aparece inevitable el
meaculpismo, la autocrítica. Si alguno no echa sobre sí una tonelada de
cieno, deducen que, además de malo rematado, es hipócrita y arrogante.
En ocasiones, se procede de otro modo: el que habla o escribe,
calumniando, está dispuesto a admitir que sois un individuo íntegro,
pero que otros quizá no harán lo mismo, y pueden publicar que eres un
ladrón: ¿cómo demuestras que no eres un ladrón? O bien: usted ha
afirmado incansablemente que su conducta es limpia, noble, recta. ¿Le
molestaría considerarla de nuevo, para comprobar si -por el contrario-
esa conducta suya es acaso sucia, innoble y torcida?
69. No son ejemplos imaginarios. Estoy persuadido de que cualquier
persona, o cualquier institución un poco renombrada, podría aumentar la
casuística. Se ha creado en algunos sectores la falsa mentalidad de que
el público, el pueblo o como quieran llamarlo, tiene derecho a conocer e
interpretar los pormenores más íntimos de la existencia de los demás.
Permitidme unas palabras sobre algo que está bien unido a mi alma. Desde
hace más de treinta años, he dicho y escrito en mil formas diversas que
el Opus Dei no busca ninguna finalidad temporal, política; que persigue
sólo y exclusivamente difundir, entre multitudes de todas las razas, de
todas las condiciones sociales, de todos los países, el conocimiento y
la práctica de la doctrina salvadora de Cristo: contribuir a que haya
más amor de Dios en la tierra y, por tanto, más paz, más justicia entre
los hombres, hijos de un solo Padre. Muchos miles de personas
-millones-, en todo el mundo, lo han entendido. Otros, más bien pocos,
por los motivos que sean, parece que no. Si mi corazón está más cerca de
los primeros, honro y amo también a los otros, porque en todos es
respetable y estimable su dignidad, y todos están llamados a la gloria
de hijos de Dios. Pero nunca falta una minoría sectaria que, no
entendiendo lo que yo y tantos amamos, querría que lo explicásemos de
acuerdo con su mentalidad: exclusivamente política, ajena a lo
sobrenatural, atenta únicamente al equilibrio de intereses y de
presiones de grupos. Si no reciben una explicación así, errónea y
amañada a gusto de ellos, siguen pensando que hay mentira, ocultamiento,
planes siniestros. Dejad que os descubra que, ante esos casos, ni me
entristezco ni me preocupo. Añadiría que me divierto, si se pudiera
pasar por alto que cometen una ofensa al prójimo y un pecado, que clama
delante de Dios. Soy aragonés y, hasta en lo humano de mi carácter, amo
la sinceridad: siento una repulsión instintiva por todo lo que suponga
tapujos. Siempre he procurado contestar con la verdad, sin prepotencia,
sin orgullo, aunque los que calumniaban fuesen mal educados, arrogantes,
hostiles, sin la más mínima señal de humanidad. Me ha venido a la cabeza
con frecuencia la respuesta del ciego de nacimiento a los fariseos, que
preguntaban por enésima vez cómo había sucedido el milagro: os lo he
dicho ya, y lo habéis oído. ¿Para qué queréis oírlo de nuevo? ¿Será que
también vosotros queréis haceros discípulos suyos? .
70.
Colirio en los ojos El pecado de los fariseos no consistía en no ver en
Cristo a Dios, sino en encerrarse voluntariamente en sí mismos; en no
tolerar que Jesús, que es la luz, les abriera los ojos . Esta cerrazón
tiene resultados inmediatos en la vida de relación con nuestros
semejantes. El fariseo que, creyéndose luz, no deja que Dios le abra los
ojos, es el mismo que tratará soberbia e injustamente al prójimo: yo te
doy gracias de que no soy como los otros hombres, que son ladrones,
injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano , reza. Y al ciego
de nacimiento, que persiste en contar la verdad de la cura milagrosa, le
ofenden: saliste del vientre de tu madre envuelto en pecados, ¿y tú nos
das lecciones? Y le arrojaron fuera . Entre los que no conocen a Cristo
hay muchos hombres honrados que, por elemental miramiento, saben
comportarse delicadamente: son sinceros, cordiales, educados. Si ellos y
nosotros no nos oponemos a que Cristo cure la ceguera que todavía queda
en nuestros ojos, si permitimos que el Señor nos aplique ese lodo que,
en sus manos, se convierte en el colirio más eficaz, percibiremos las
realidades terrenas y vislumbraremos las eternas con una luz nueva, con
la luz de la fe: habremos adquirido una mirada limpia. Esta es la
vocación del cristiano: la plenitud de esa caridad que es paciente,
bienhechora, no tiene envidia, no actúa temerariamente, no se
ensoberbece, no es ambiciosa, no es interesada, no se irrita, no piensa
mal, no se huelga de la injusticia, se complace en la verdad, a todo se
acomoda, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta . La caridad de
Cristo no es sólo un buen sentimiento en relación al prójimo; no se para
en el gusto por la filantropía. La caridad, infundida por Dios en el
alma, transforma desde dentro la inteligencia y la voluntad: fundamenta
sobrenaturalmente la amistad y la alegría de obrar el bien. Contemplad
la escena de la curación del cojo, que nos cuentan los Hechos de los
Apóstoles. Subían Pedro y Juan al templo y, al pasar, encuentran a un
hombre sentado a la puerta; era cojo desde su nacimiento. Todo recuerda
aquella otra curación del ciego. Pero ahora los discípulos no piensan
que la desgracia se deba a los pecados personales del enfermo o a las
faltas de sus padres. Y le dicen: en el nombre de Jesucristo Nazareno,
levántate y camina . Antes derramaban incomprensión, ahora misericordia;
antes juzgaban temerariamente, ahora curan milagrosamente en el nombre
del Señor. ¡Siempre Cristo, que pasa! Cristo, que sigue pasando por las
calles y por las plazas del mundo, a través de sus discípulos, los
cristianos: le pido fervorosamente que pase por el alma de alguno de los
que me escuchan en estos momentos.
71.
Respeto y caridad Nos sorprendía al principio la actitud de los
discípulos de Jesús ante el ciego de nacimiento. Se movían en la línea
de ese refrán desgraciado: piensa mal, y acertarás. Después, cuando
conocen más al Maestro, cuando se dan cuenta de lo que significa ser
cristiano, sus opiniones están inspiradas en la comprensión. En
cualquier hombre -escribe Santo Tomás de Aquino- existe algún aspecto
por el que los otros pueden considerarlo como superior, conforme a las
palabras del Apóstol "llevados por la humildad, teneos unos a otros por
superiores" (Philip. II, 3). Según esto, todos los hombres deben
honrarse mutuamente . La humildad es la virtud que lleva a descubrir que
las muestras de respeto por la persona -por su honor, por su buena fe,
por su intimidad-, no son convencionalismos exteriores, sino las
primeras manifestaciones de la caridad y de la justicia. La caridad
cristiana no se limita a socorrer al necesitado de bienes económicos; se
dirige, antes que nada, a respetar y comprender a cada individuo en
cuanto tal, en su intrínseca dignidad de hombre y de hijo del Creador.
Por eso, los atentados a la persona -a su reputación, a su honor-
denotan, en quien los comete, que no profesa o que no practica algunas
verdades de nuestra fe cristiana, y en cualquier caso la carencia de un
auténtico amor de Dios. La caridad por la que amamos a Dios y al prójimo
es una misma virtud, porque la razón de amar al prójimo es precisamente
Dios, y amamos a Dios cuando amamos al prójimo con caridad . Espero que
seremos capaces de sacar consecuencias muy concretas de este rato de
conversación, en la presencia del Señor. Principalmente el propósito de
no juzgar a los demás, de no ofender ni siquiera con la duda, de ahogar
el mal en abundancia de bien, sembrando a nuestro alrededor la
convivencia leal, la justicia y la paz. Y la decisión de no
entristecernos nunca, si nuestra conducta recta es mal entendida por
otros; si el bien que -con la ayuda continua del Señor- procuramos
realizar, en interpretado torcidamente, atribuyéndonos, a través de un
ilícito proceso a las intenciones, designios de mal, conducta dolosa y
simuladora. Perdonemos siempre, con la sonrisa en los labios. Hablemos
claramente, sin rencor, cuando pensemos en conciencia que debemos
hablar. Y dejemos todo en las manos de Nuestro Padre Dios, con un divino
silencio -Iesus autem tacebat , Jesús callaba-, si se trata de ataques
personales, por brutales e indecorosos que sean. Preocupémonos sólo de
hacer buenas obras, que El se encargará de que brillen delante de los
hombres .
8. LA LUCHA INTERIOR
Homilía pronunciada el 4-IV-1971, Domingo de Ramos.
Como toda fiesta cristiana, ésta que celebramos es especialmente una
fiesta de paz. Los ramos, con su antiguo simbolismo, evocan aquella
escena del Génesis: esperó Noé otros siete días y, al cabo de ellos,
soltó otra vez la paloma, que volvió a él a la tarde, trayendo en el
pico una ramita verde de olivo. Conoció, por esto, Noé que las aguas no
cubrían ya la tierra . Ahora recordamos que la alianza entre Dios y su
pueblo es confirmada y establecida en Cristo, porque El es nuestra paz .
En esa maravillosa unidad y recapitulación de lo viejo en lo nuevo, que
caracteriza la liturgia de nuestra Santa Iglesia Católica, leemos en el
día de hoy estas palabras de profunda alegría: los hijos de los hebreos,
llevando ramos de olivo salieron al encuentro del Señor, clamando y
diciendo: Gloria en las alturas . La aclamación a Jesucristo se enlaza
en nuestra alma con la que saludó su nacimiento en Belén. Mientras Jesús
pasaba, cuenta San Lucas, las gentes tendían sus vestidos por el camino.
Y estando ya cercano a la bajada del monte de los Olivos, los discípulos
en gran número, transportados de gozo, comenzaron a alabar a Dios en
alta voz por todos los prodigios que habían visto: bendito sea el Rey
que viene en nombre del Señor, paz en el cielo y gloria en las alturas .
72.
Paz en la tierra Pax in coelo, paz en el cielo. Pero miremos también el
mundo: ¿por qué no hay paz en la tierra? No; no hay paz; hay sólo
apariencia de paz, equilibrio de miedo, compromisos precarios. No hay
paz tampoco en la Iglesia, surcada por tensiones que desgarran la blanca
túnica de la Esposa de Cristo. No hay paz en muchos corazones, que
intentan vanamente compensar la intranquilidad del alma con el ajetreo
continuo, con la pequeña satisfacción de bienes que no sacian, porque
dejan siempre el amargo regusto de la tristeza. Las hojas de palma,
escribe San Agustín, son símbolo de homenaje, porque significan
victoria. El Señor estaba a punto de vencer, muriendo en la Cruz. Iba a
triunfar, en el signo de la Cruz, sobre el Diablo, príncipe de la muerte
. Cristo es nuestra paz porque ha vencido; y ha vencido porque ha
luchado, en el duro combate contra la acumulada maldad de los corazones
humanos. Cristo, que es nuestra paz, es también el Camino . Si queremos
la paz, hemos de seguir sus pasos. La paz es consecuencia de la guerra,
de la lucha, de esa lucha ascética, íntima, que cada cristiano debe
sostener contra todo lo que, es su vida, no es de Dios: contra la
soberbia, la sensualidad, el egoísmo, la superficialidad, la estrechez
de corazón. Es inútil clamar por el sosiego exterior si falta
tranquilidad en las conciencias, en el fondo del alma, porque del
corazón es de donde salen los malos pensamientos, los homicidios, los
adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las
blasfemias .
73.
Lucha, compromiso de amor y de justicia Pero este lenguaje, ¿no resulta
ya anticuado? ¿Acaso no ha sido sustituido por un idioma de ocasión, de
claudicaciones personales encubiertas con un ropaje pseudocientífico?
¿No existe un acuerdo tácito en que los bienes reales son: el dinero que
todo lo compra, el poderío temporal, la astucia para quedar siempre
arriba, la sabiduría humana que se autodefine adulta, que piensa haber
superado lo sacro? No soy, ni he sido nunca pesimista, porque la fe me
dice que Cristo ha vencido definitivamente y nos ha dado, como prenda de
su conquista, un mandato, que es también un compromiso: luchar. Los
cristianos tenemos un empeño de amor, que hemos aceptado libremente,
ante la llamada de la gracia divina: una obligación que nos anima a
pelear con tenacidad, porque sabemos que somos tan frágiles como los
demás hombres. Pero a la vez no podemos olvidar que, si ponemos los
medios, seremos la sal, la luz y la levadura del mundo: seremos el
consuelo de Dios. Nuestro ánimo de perseverar con tesón en este
propósito de Amor es, además, deber de justicia. Y la materia de esta
exigencia, común a todos los fieles, se concreta en una batalla
constante. Toda la tradición de la Iglesia ha hablado de los cristianos
como de milites Christi, soldados de Cristo. Soldados que llevan la
serenidad a los demás, mientras combaten continuamente contra las
personales malas inclinaciones. A veces, por escasez de sentido
sobrenatural, por un descreimiento práctico, no se quiere entender nada
de la vida en la tierra como milicia. Insinúan maliciosamente que, si
nos consideramos milites Christi, cabe el peligro de utilizar la fe para
fines temporales de violencia, de banderías. Ese modo de pensar es una
triste simplificación poco lógica, que suele ir unida a la comodidad y a
la cobardía. Nada más lejos de la fe cristiana que el fanatismo, con el
que se presentan los extraños maridajes entre lo profano y lo espiritual
sean del signo que sean. Ese peligro no existe, si la lucha se entiende
como Cristo nos ha enseñado: como guerra de cada uno consigo mismo, como
esfuerzo siempre renovado de amar más a Dios, de desterrar el egoísmo,
de servir a todos los hombres. Renunciar a esta contienda, con la excusa
que sea, es declararse de antemano derrotado, aniquilado, sin fe, con el
alma caída, desparramada en complacencias mezquinas. Para el cristiano,
el combate espiritual delante de Dios y de todos los hermanos en la fe,
es una necesidad, una consecuencia de su condición. Por eso, si alguno
no lucha, está haciendo traición a Jesucristo y a todo su cuerpo
místico, que es la Iglesia.
74.
Lucha incesante La guerra del cristiano es incesante, porque en la vida
interior se da un perpetuo comenzar y recomenzar, que impide que, con
soberbia, nos imaginemos ya perfectos. Es inevitable que haya muchas
dificultades en nuestro camino; si no encontrásemos obstáculos, no
seríamos criaturas de carne y hueso. Siempre tendremos pasiones que nos
tiren para abajo, y siempre tendremos que defendernos contra esos
delirios más o menos vehementes. Advertir en el cuerpo y en el alma el
aguijón de la soberbia, de la sensualidad, de la envidia, de la pereza,
del deseo de sojuzgar a los demás, no debería significar un
descubrimiento. Es un mal antiguo, sistemáticamente confirmado por
nuestra personal experiencia; es el punto de partida y el ambiente
habitual para ganar en nuestra carrera hacia la casa del Padre, en este
íntimo deporte. Por eso enseña San Pablo: yo voy corriendo, no como
quien corre a la ventura, no como quien da golpes al aire, sino que
castigo mi cuerpo y lo esclavizo, no sea que habiendo predicado a los
otros, venga yo a ser reprobado . El cristiano no debe esperar, para
iniciar o sostener esta contienda, manifestaciones exteriores o
sentimientos favorables. La vida interior no es cosa de sentimientos,
sino de gracia divina y de voluntad, de amor. Todos los discípulos
fueron capaces de seguir a Cristo en su día de triunfo en Jerusalén,
pero casi todos le abandonaron a la hora del oprobio de la Cruz. Para
amar de verdad es preciso ser fuerte, leal, con el corazón firmemente
anclado en la fe, en la esperanza y en la caridad. Sólo la ligereza
insubstancial cambia caprichosamente el objeto de sus amores, que no son
amores sino compensaciones egoístas. Cuando hay amor, hay entereza:
capacidad de entrega, de sacrificio y de renuncia, con el suplicio de la
contradicción, la felicidad y la alegría. Una alegría que nada ni nadie
podrá quitarnos. En este torneo de amor no deben entristecernos las
caídas, ni aun las caídas graves, si acudimos a Dios con dolor y buen
propósito en el sacramento de la Penitencia. El cristiano no es un
maníaco coleccionista de una hoja de servicios inmaculada. Jesucristo
Nuestro Señor se conmueve tanto con la inocencia y la fidelidad de Juan
y, después de la caída de Pedro, se enternece con su arrepentimiento.
Comprende Jesús nuestra debilidad y nos atrae hacia sí, como a través de
un plano inclinado, deseando que sepamos insistir en el esfuerzo de
subir un poco, día a día. Nos busca, como buscó a los dos discípulos de
Emaús, saliéndoles al encuentro; como buscó a Tomás y le enseñó, e hizo
que las tocara con sus dedos, las llagas abiertas en las manos y en el
costado. Jesucristo siempre está esperando que volvamos a El,
precisamente porque conoce nuestra debilidad.
75.
La lucha interior Soporta las dificultades como buen soldado de Cristo
Jesús , nos dice San Pablo. La vida del cristiano es milicia, guerra,
una hermosísima guerra de paz, que en nada coincide con las empresas
bélicas humanas, porque se inspiran en la división y muchas veces en los
odios, y la guerra de los hijos de Dios contra el propio egoísmo, se
basa en la unidad y en el amor. Vivimos en la carne, pero no militamos
según la carne. Porque las armas con las que combatimos no son carnales,
sino fortaleza de Dios para destruir fortalezas, desbaratando con ellas
los proyectos humanos, y toda altanería que se levante contra la ciencia
de Dios . Es la escaramuza sin tregua contra el orgullo, contra la
prepotencia que nos dispone a obrar el mal, contra los juicios
engreídos. En este Domingo de Ramos, cuando Nuestro Señor comienza la
semana decisiva para nuestra salvación, dejémonos de consideraciones
superficiales, vayamos a lo central, a lo que verdaderamente es
importante. Mirad: lo que hemos de pretender es ir al cielo. Si no, nada
vale la pena. Para ir al cielo, es indispensable la fidelidad a la
doctrina de Cristo. Para ser fiel, es indispensable porfiar con
constancia en nuestra contienda contra los obstáculos que se oponen a
nuestra eterna felicidad. Sé que, en seguida, al hablar de combatir, se
nos pone por delante nuestra debilidad, y prevemos las caídas, los
errores. Dios cuenta con esto. Es inevitable que, caminando, levantemos
polvo. Somos criaturas y estamos llenos de defectos. Yo diría que tiene
que haberlos siempre: son la sombra que, en nuestra alma, logra que
destaquen más, por contraste, la gracia de Dios y nuestro intento por
corresponder al favor divino. Y ese claroscuro nos hará humanos,
humildes, comprensivos, generosos. No nos engañemos: en la vida nuestra,
si contamos con brío y con victorias, deberemos contar con decaimientos
y con derrotas. Esa ha sido siempre la peregrinación terrena del
cristiano, también la de los que veneramos en los altares. ¿Os acordáis
de Pedro, de Agustín, de Francisco? Nunca me han gustado esas biografías
de santos en las que, con ingenuidad, pero también con falta de
doctrina, nos presentan las hazañas de esos hombres como si estuviesen
confirmados en gracia desde el seno materno. No. Las verdaderas
biografías de los héroes cristianos son como nuestras vidas: luchaban y
ganaban, luchaban y perdían. Y entonces, contritos, volvían a la lucha.
No nos extrañe que seamos derrotados con relativa frecuencia, de
ordinario y aun siempre en materias de poca importancia, que nos punzan
como si tuvieran mucha. Si hay amor de Dios, si hay humildad, si hay
perseverancia y tenacidad en nuestra milicia, esas derrotas no
adquirirán demasiada importancia. Porque vendrán las victorias, que
serán gloria a los ojos de Dios. No existen los fracasos, si se obra con
rectitud de intención y queriendo cumplir la voluntad de Dios, contando
siempre con su gracia y con nuestra nada.
76. Pero nos acecha un potente enemigo, que se opone a nuestro deseo de
encarnar acabadamente la doctrina de Cristo: la soberbia, que crece
cuando no intentamos descubrir, después de los fracasos y de las
derrotas, la mano bienhechora y misericordiosa del Señor. Entonces el
alma se llena de penumbras -de triste oscuridad-, se cree perdida. Y la
imaginación inventa obstáculos que no son reales, que desaparecerían si
mirásemos sólo con un poquito de humildad. Con la soberbia y la
imaginación, el alma se mete a veces en tortuosos calvarios; pero en
esos calvarios no está Cristo, porque donde está el Señor se goza de paz
y de alegría, aunque el alma esté en carne viva y rodeada de tinieblas.
Otro enemigo hipócrita de nuestra santificación: el pensar que esta
batalla interior ha de dirigirse contra obstáculos extraordinarios,
contra dragones que respiran fuego. Es otra manifestación del orgullo.
Queremos luchar, pero estruendosamente, con clamores de trompetas y
tremolar de estandartes. Hemos de convencernos de que le mayor enemigo
de la roca no es el pico o el hacha, ni el golpe de cualquier otro
instrumento, por contundente que sea: es ese agua menuda, que se mete,
gota a gota, entre las grietas de la peña, hasta arruinar su estructura.
El peligro más fuerte para el cristiano es despreciar la pelea en esas
escaramuzas, que calan poco a poco en el alma, hasta volverla blanda,
quebradiza e indiferente, insensible a las voces de Dios. Oigamos al
Señor, que nos dice: quien es fiel en lo poco, también lo es en lo
mucho, y quien es injusto en lo poco, también lo es en lo mucho . Que es
como si nos recordara: lucha cada instante en esos detalles en
apariencia menudos, pero grandes a mis ojos; vive con puntualidad el
cumplimiento del deber; sonríe a quien lo necesite, aunque tú tengas el
alma dolorida; dedica, sin regateo, el tiempo necesario a la oración;
acude en ayuda de quien te busca; practica la justicia, ampliándola con
la gracia de la caridad. Son éstas, y otras semejantes, las mociones que
cada día sentiremos dentro de nosotros, como un aviso silencioso que nos
lleva a entrenarnos en este deporte sobrenatural del propio vencimiento.
Que la luz de Dios nos ilumine, para percibir sus advertencias; que nos
ayude a pelear, que esté a nuestro lado en la victoria; que no nos
abandone en la hora de la caída, porque así nos encontraremos siempre en
condiciones de levantarnos y de seguir combatiendo. No podemos
detenernos. El Señor nos pide un batallar cada vez más rápido, cada vez
más profundo, cada vez más amplio. Estamos obligados a superarnos,
porque en esta competición la única meta es la llegada a la gloria del
cielo. Y si no llegásemos al cielo, nada habría valido la pena.
77.
Los Sacramentos de la gracia de Dios El que desea luchar, pone los
medios. Y los medios no han cambiado en estos veinte siglos de
cristianismo: oración, mortificación y frecuencia de Sacramentos. Como
la mortificación es también oración -plegaria de los sentidos-, podemos
describir esos medios con dos palabras sólo: oración y Sacramentos.
Quisiera que considerásemos ahora ese manantial de gracia divina de los
Sacramentos, maravillosa manifestación de la misericordia de Dios.
Meditemos despacio la definición que recoge el Catecismo de San Pío V:
ciertas señales sensibles que causan la gracia, y al mismo tiempo la
declaran, como poniéndola delante de los ojos . Dios Nuestro Señor es
infinito, su amor es inagotable, su clemencia y su piedad con nosotros
no admiten límites. Y, aunque nos concede su gracia de muchos otros
modos, ha instituido expresa y libremente -sólo El podía hacerlo- estos
siete signos eficaces, para que de una manera estable, sencilla y
asequible a todos, los hombres puedan hacerse partícipes de los méritos
de la Redención. Si se abandonan los Sacramentos, desaparece la
verdadera vida cristiana. Sin embargo, no se nos oculta que
particularmente en esta época nuestra no faltan quienes parece que
olvidan, y que llegan a despreciar, esta corriente redentora de la
gracia de Cristo. Es doloroso hablar de esta llaga de la sociedad que se
llama cristiana, pero resulta necesario, para que en nuestras almas se
afiance el deseo de acudir con más amor y gratitud a esas fuentes de
santificación. Deciden sin el menor escrúpulo retardar el bautismo de
los recién nacidos, privándoles -con un grave atentado contra la
justicia y contra la caridad- de la gracia de la fe, del tesoro
incalculable de la inhabitación de la Trinidad Santísima en el alma, que
viene al mundo manchada por el pecado original. Pretenden también
desvirtuar la naturaleza propia del Sacramento de la Confirmación, en el
que la Tradición unánimemente ha visto siempre un robustecimiento de la
vida espiritual, una efusión callada y fecunda del Espíritu Santo, para
que, fortalecida sobrenaturalmente, pueda el alma luchar -miles Christi,
como soldado de Cristo- en esa batalla interior contra el egoísmo y la
concupiscencia. Si se pierde la sensibilidad para las cosas de Dios,
difícilmente se entenderá el Sacramento de la Penitencia. La confesión
sacramental no es un diálogo humano, sino un coloquio divino; es un
tribunal, de segura y divina justicia y, sobre todo, de misericordia,
con un juez amoroso que no desea la muerte del pecador, sino que se
convierta y viva . Verdaderamente es infinita la ternura de Nuestro
Señor. Mirad con qué delicadeza trata a sus hijos. Ha hecho del
matrimonio un vínculo santo, imagen de la unión de Cristo con su Iglesia
, un gran sacramento en el que se funda la familia cristiana, que ha de
ser, con la gracia de Dios, un ambiente de paz y de concordia, escuela
de santidad. Los padres son cooperadores de Dios. De ahí arranca el
amable deber de veneración, que corresponde a los hijos. Con razón, el
cuarto mandamiento puede llamarse -lo escribí hace tantos años-
dulcísimo precepto del decálogo. Si se vive el matrimonio como Dios
quiere, santamente, el hogar será un rincón de paz, luminoso y alegre.
78. Nuestro Padre Dios nos ha dado, con el Orden sacerdotal, la
posibilidad de que algunos fieles, en virtud de una nueva e inefable
infusión del Espíritu Santo, reciban un carácter indeleble en el alma,
que los configura con Cristo Sacerdote, para actuar en nombre de
Jesucristo, Cabeza de su Cuerpo Místico . Con este sacerdocio
ministerial, que difiere del sacerdocio común de todos los fieles
esencialmente y no con diferencia de grado , los ministros sagrados
pueden consagrar el Cuerpo y la Sangre de Cristo, ofrecer a Dios el
Santo Sacrificio, perdonar los pecados en la confesión sacramental, y
ejercitar el ministerio de adoctrinar a las gentes, in iis quae sunt ad
Deum , en todo y sólo lo que se refiere a Dios. Por eso el sacerdote
debe ser exclusivamente un hombre de Dios, rechazando el pensamiento de
querer brillar en los campos en los que los demás cristianos no
necesitan de él. El sacerdote no es un psicólogo, ni un sociólogo, ni un
antropólogo: es otro Cristo, Cristo mismo, para atender a las almas de
sus hermanos. Sería triste que el sacerdote, basándose en una ciencia
humana -que, si se dedica a su tarea sacerdotal, cultivará sólo a nivel
de aficionado y aprendiz-, se creyera facultado sin más para pontificar
en teología dogmática o moral. Lo único que haría es demostrar su doble
ignorancia -en la ciencia humana y en la ciencia teológica-, aunque un
aire superficial de sabio consiguiese engañar a algunos lectores u
oyentes indefensos. Es un hecho público que algunos eclesiásticos
parecen hoy dispuestos a fabricar una nueva Iglesia, traicionando a
Cristo, cambiando los fines espirituales -la salvación de las almas, una
por una- por fines temporales. Si no resisten a esa tentación, dejarán
de cumplir su sagrado ministerio, perderán la confianza y el repeto del
pueblo y producirán una tremenda destrucción dentro de la Iglesia,
entrometiéndose además, indebidamente, en la libertad política de los
cristianos y de los demás hombres, con la consiguiente confusión -se
hacen ellos mismos peligrosos- en la convivencia civil. El Orden Sagrado
es el sacramento del servicio sobrenatural a los hermanos en la fe;
algunos parecen querer convertirlo en el instrumento terreno de un nuevo
despotismo.
79. Pero sigamos contemplando la maravilla de los Sacramentos. En la
Unción de los enfermos, como ahora llaman a la Extrema Unción, asistimos
a una amorosa preparación del viaje, que terminará en la casa del Padre.
Y con la Sagrada Eucaristía, sacramento -si podemos expresarnos así- del
derroche divino, nos concede su gracia, y se nos entrega Dios mismo:
Jesucristo, que está realmente presente siempre -y no sólo durante la
Santa Misa- con su Cuerpo, con su Alma, con su Sangre y con su
Divinidad. Pienso repetidamente en la responsabilidad, que incumbe a los
sacerdotes, de asegurar a todos los cristianos ese cauce divino de los
Sacramentos. La gracia de Dios viene en socorro de cada alma; cada
criatura requiere una asistencia concreta, personal. ¡No pueden tratarse
las almas en masa! No es lícito ofender la dignidad humana y la dignidad
de hijo de Dios, no acudiendo personalmente a cada uno con la humildad
del que se sabe instrumento, para ser vehículo del amor de Cristo:
porque cada alma es un tesoro maravilloso; cada hombre es único,
insustituible. Cada uno vale toda la sangre de Cristo. Hablábamos antes
de lucha. Pero la lucha exige entrenamiento, una alimentación adecuada,
una medicina urgente en caso de enfermedad, de contusiones, de heridas.
Los Sacramentos, medicina principal de la Iglesia, no son superfluos:
cuando se abandonan voluntariamente, no es posible dar un paso en el
camino del seguimiento de Jesucristo: los necesitamos como la
respiración, como el circular de la sangre, como la luz, para apreciar
en cualquier instante lo que el Señor quiere de nosotros. La ascética
del cristiano exige fortaleza; y esa fortaleza la encuentra en el
Creador. Somos la oscuridad, y El es clarísimo resplandor; somos la
enfermedad, y El es salud robusta; somos la debilidad, y El nos
sustenta, quia tu es, Deus, fortitudo mea , porque siempre eres, oh Dios
mío, nuestra fortaleza. Nada hay en esta tierra capaz de oponerse al
brotar impaciente de la Sangre redentora de Cristo. Pero la pequeñez
humana puede velar los ojos, de modo que no adviertan la grandeza
divina. De ahí la responsabilidad de todos los fieles, y especialmente
de los que tienen el oficio de dirigir -de servir- espiritualmente al
Pueblo de Dios, de no cegar las fuentes de la gracia, de no avergonzarse
de la Cruz de Cristo.
80.
Responsabilidad de los pastores En la Iglesia de Dios, el tesón
constante por ser siempre más leales a la doctrina de Cristo, es
obligación de todos. Nadie está exento. Si los pastores no luchasen
personalmente para adquirir finura de conciencia, respeto fiel al dogma
y a la moral -que constituyen el depósito de la fe y el patrimonio
común-, cobrarían realidad las proféticas palabras de Ezequiel: Hijo del
hombre, profetiza contra los pastores de Israel. Profetiza, diciéndoles:
así habla el Señor Yavé: ¡ay de los pastores de Israel que se apacientan
a sí mismos! ¿Los pastores no son para apacentar el rebaño? Vosotros
comíais la grosura de las ovejas, os vestíais de su lana... No
confortasteis a las flacas, no curasteis a las enfermas, no vendasteis a
las heridas, no redujisteis a las descarriadas, no buscabais a las que
se habían perdido, sino que dominabais a todas con violencia y dureza .
Son reprensiones fuertes, pero más grave es la ofensa que se hace a Dios
cuando, habiendo recibido el encargo de velar por el bien espiritual de
todos, se maltrata a las almas, privándoles del agua limpia del
Bautismo, que regenera al alma; del aceite balsámico de la Confirmación,
que la fortalece; del tribunal que perdona, del alimento que da la vida
eterna. ¿Cuándo puede suceder esto? Cuando se abandona esta guerra de
paz. Quien no pelea, se expone a cualquiera de las esclavitudes, que
saben aherrojar los corazones de carne: la esclavitud de una visión
exclusivamente humana, la esclavitud del deseo afanoso de poder y de
prestigio temporal, la esclavitud de la vanidad, la esclavitud del
dinero, la servidumbre de la sensualidad... Si alguna vez, porque Dios
puede permitir esa prueba, tropezáis con pastores indignos de este
nombre, no os escandalicéis. Cristo ha prometido asistencia infalible e
indefectible a su Iglesia, pero no ha garantizado la fidelidad de los
hombres que la componen. A estos no les faltará la gracia -abundante,
generosa- si ponen de su parte lo poco que Dios pide: vigilar
atentamente empeñándose en quitar, con la gracia de Dios, los obstáculos
para conseguir la santidad. Si no hay lucha, también el que parece estar
alto puede estar muy bajo a los ojos de Dios. Conozco tus acciones, tu
conducta; sé que tienes nombre de viviente y estás muerto. Está atento y
consolida lo que queda de tu grey, que está para morir, pues no he
hallado tus obras cabales en presencia de mi Dios. Recuerda, qué cosas
has recibido y oíste, y guárdalas y arrepiéntete . Son exhortaciones del
apóstol San Juan, en el siglo primero, dirigidas a quien tenía la
responsabilidad de la Iglesia en la ciudad de Sardis. Porque el posible
decaimiento del sentido de la responsabilidad en algunos pastores no es
un fenómeno moderno; surge ya en tiempos de los apóstoles, en el mismo
siglo en el que había vivido en la tierra Jesucristo Nuestro Señor. Y es
que nadie está seguro, si deja de pelear consigo mismo. Nadie puede
salvarse solo. Todos en la Iglesia necesitamos de esos medios concretos
que nos fortalecen: de la humildad, que nos dispone a aceptar la ayuda y
el consejo; de las mortificaciones, que allanan el corazón, para que en
él reine Cristo; del estudio de la Doctrina segura de siempre, que nos
conduce a conservar en nosotros la fe y a propagarla.
81.
Hoy y ayer La liturgia del Domingo de Ramos pone en boca de los
cristianos este cántico: levantad, puertas, vuestros dinteles;
levantaos, puertas antiguas, para que entre el Rey de la gloria . El que
se queda recluido en la cuidadela del propio egoísmo no descenderá al
campo de batalla. Sin embargo, si levanta las puertas de la fortaleza y
permite que entre el Rey de la paz, saldrá con El a combatir contra toda
esa miseria que empaña los ojos e insensibiliza la conciencia. Levantad
las puertas antiguas. Esta exigencia de combate no es nueva en el
cristianismo. Es la verdad perenne. Sin lucha, no se logra la victoria;
sin victoria, no se alcanza la paz. Sin paz, la alegría humana será sólo
una alegría aparente, falsa, estéril, que no se traduce en ayuda a los
hombres, ni en obras de caridad y de justicia, de perdón y de
misericordia, ni en servicio de Dios. Ahora, dentro y fuera de la
Iglesia, arriba y abajo, da la impresión de que muchos han renunciado a
la lucha -a esa guerra personal contra las propias claudicaciones-, para
entregarse con armas y bagaje a servidumbres que envilecen el alma. Ese
peligro nos acechará siempre a todos los cristianos. Por eso, es preciso
acudir insistentemente a la Trinidad Santísima, para que tenga compasión
de todos. Al hablar de estas cosas, me estremece referirme a la justicia
de Dios. Acudo a su misericordia, a su compasión, para que no mire
nuestros pecados, sino los méritos de Cristo y los de su Santa Madre,
que es también Madre nuestra, los del Patriarca San José que le hizo de
Padre, los de los Santos. El cristiano puede vivir con la seguridad de
que, si desea luchar, Dios le cogerá de su mano derecha, como se lee en
la Misa de esta fiesta. Jesús, que entra en Jerusalén cabalgando un
pobre borrico, Rey de paz, es el que dijo: el reino de los cielos se
alcanza a viva fuerza, y los que la hacen son los que lo arrebatan . Esa
fuerza no se manifiesta en violencia contra los demás: es fortaleza para
combatir las propias debilidades y miserias, valentía para no enmascarar
las infidelidades personales, audacia para confesar la fe también cuando
el ambiente es contrario. Hoy, como ayer, del cristiano se espera
heroísmo. Heroísmo en grandes contiendas, si es preciso. Heroísmo -y
será lo normal- en las pequeñas pendencias de cada jornada. Cuando se
pelea de continuo, con Amor y de este modo que parece insignificante, el
Señor está siempre al lado de sus hijos, como pastor amoroso: Yo mismo
apacentaré mis ovejas. Yo mismo las llevaré a la majada. Buscaré la
oveja perdida, traerá la extraviada, vendaré a la que esté herida,
curaré a las enfermas... Habitarán en su tierra en seguridad, y sabrán
que yo soy Yavé, cuando rompa las coyundas de su yugo y las arranque de
las manos de los que las esclavizaron .
9. LA EUCARISTIA, MISTERIO DE FE Y DE AMOR
Homilía pronunciada el 14-IV-1960, Jueves Santo.
82. La víspera de la fiesta solemne de la Pascua, sabiendo Jesús que era
llegada la hora de su tránsito de este mundo al Padre, como hubiera
amado a los suyos que vivían en el mundo, los amó hasta el fin . Este
versículo de San Juan anuncia, al lector de su Evangelio, que algo
grande ocurrirá en ese día. Es un preámbulo tiernamente afectuoso,
paralelo al que recoge en su relato San Lucas: ardientemente, afirma el
Señor, he deseado comer este cordero, celebrar esta Pascua con vosotros,
antes de mi Pasión . Comencemos por pedir desde ahora al Espíritu Santo
que nos prepare, para entender cada expresión y cada gesto de
Jesucristo: porque queremos vivir vida sobrenatural, porque el Señor nos
ha manifestado su voluntad de dársenos como alimento del alma, y porque
reconocemos que sólo El tiene palabras de vida eterna . La fe nos hace
confesar con Simón Pedro: nosotros hemos creído y conocido que tú eres
el Cristo, el Hijo de Dios . Y es esa fe, fundida con nuestra devoción,
la que en esos momentos trascendentales nos lleva a imitar la audacia de
Juan: acercarnos a Jesús y recostar la cabeza en el pecho del Maestro ,
que amaba ardientemente a los suyos y -acabamos de escucharlo- los iba a
amar hasta el fin. Todos los modos de decir resultan pobres, si
pretenden explicar, aunque sea de lejos, el misterio del Jueves Santo.
Pero no es difícil imaginar en parte los sentimientos del Corazón de
Jesucristo en aquella tarde, la última que pasaba con los suyos, antes
del sacrificio del Calvario. Considerad la experiencia, tan humana, de
la despedida de dos personas que se quieren. Desearían estar siempre
juntas, pero el deber -el que sea- les obliga a alejarse. Su afán sería
continuar sin separarse, y no pueden. El amor del hombre, que por grande
que sea es limitado, recurre a un símbolo: los que se despiden se
cambian un recuerdo, quizá una fotografía, con una dedicatoria tan
encendida, que sorprende que no arda la cartulina. No logran hacer más
porque el poder de las criaturas no llega tan lejos como su querer. Lo
que nosotros no podemos, lo puede el Señor. Jesucristo, perfecto Dios y
perfecto Hombre, no deja un símbolo, sino la realidad: se queda El
mismo. Irá al Padre, pero permanecerá con los hombres. No nos legará un
simple regalo que nos haga evocar su memoria, una imagen que tienda a
desdibujarse con el tiempo, como la fotografía que pronto aparece
desvaída, amarillenta y sin sentido para los que no fueron protagonistas
de aquel amoroso momento. Bajo las especies del pan y del vino está El,
realmente presente: con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad.
83.
La alegría del Jueves Santo ¡Qué bien se explica ahora el clamor
incesante de los cristianos, en todos los tiempos, ante la Hostia santa!
Canta, lengua, el misterio del Cuerpo glorioso y de la Sangre preciosa,
que el Rey de todas las gentes, nacido de una Madre fecunda, derramó
para rescatar el mundo . Es preciso adorar devotamente a este Dios
escondido : es el mismo Jesucristo que nació de María Virgen; el mismo
que padeció, que fue inmolado en la Cruz; el mismo de cuyo costado
traspasado manó agua y sangre . Este es el sagrado convite, en el que se
recibe al mismo Cristo; se renueva la memoria de la Pasión y, con El, el
alma trata íntimamente a su Dios y posee una prenda de la gloria futura
. La liturgia de la Iglesia ha resumido, en breves estrofas, los
capítulos culminantes de la historia de ardiente caridad, que el Señor
nos dispensa. El Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla
indiferente la suerte de los hombres: sus afanes, sus luchas, sus
angustias. Es un Padre que ama a sus hijos hasta el extremo de enviar al
Verbo, Segunda Persona de la Trinidad Santísima, para que, encarnándose,
muera por nosotros y nos redima. El mismo Padre amoroso que ahora nos
atrae suavemente hacia El, mediante la acción del Espíritu Santo que
habita en nuestros corazones. La alegría del Jueves Santo arranca de
ahí: de comprender que el Creador se ha desbordado en cariño por sus
criaturas. Nuestro Señor Jesucristo, como si aún no fueran suficientes
todas las otras pruebas de su misericordia, instituye la Eucaristía para
que podamos tenerle siempre cerca y -en lo que nos es posible entender-
porque, movido por su Amor, quien no necesita nada, no quiere prescindir
de nosotros. La Trinidad se ha enamorado del hombre, elevado al orden de
la gracia y hecho a su imagen y semejanza ; lo ha redimido del pecado
-del pecado de Adán que sobre toda su descendencia recayó, y de los
pecados personales de cada uno- y desea vivamente morar en el alma
nuestra: el que me ama observará mi doctrina y mi Padre le amará, y
vendremos a él y haremos mansión dentro de él .
84.
La Eucaristía y el misterio de la Trinidad Esta corriente trinitaria de
amor por los hombres se perpetúa de manera sublime en la Eucaristía.
Hace muchos años, aprendimos todos en el catecismo que la Sagrada
Eucaristía puede ser considerada como Sacrificio y como Sacramento; y
que el Sacramento se nos muestra como Comunión y como un tesoro en el
altar: en el Sagrario. La Iglesia dedica otra fiesta al misterio
eucarístico, al Cuerpo de Cristo -Corpus Christi- presente en todos los
tabernáculos del mundo. Hoy, en el Jueves Santo, vamos a fijarnos en la
Sagrada Eucaristía, Sacrificio y alimento, en la Santa Misa y en la
Sagrada Comunión. Hablaba de corriente trinitaria de amor por los
hombres. Y ¿dónde advertirla mejor que en la Misa? La Trinidad entera
actúa en el santo sacrificio del altar. Por eso me gusta tanto repetir
en la colecta, en la secreta y en la postcomunión aquellas palabras
finales: Por Jesucristo, Señor Nuestro, Hijo tuyo -nos dirigimos al
Padre-, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo, Dios, por
todos los siglos de los siglos. Amén. En la Misa, la plegaria al Padre
se hace constante. El sacerdote es un representante del Sacerdote
eterno, Jesucristo, que al mismo tiempo es la Víctima. Y la acción del
Espíritu Santo en la Misa no es menos inefable ni menos cierta. Por la
virtud del Espíritu Santo, escribe San Juan Damasceno, se efectúa la
conversión del pan en el Cuerpo de Cristo . Esta acción del Espíritu
Santo queda expresada claramente cuando el sacerdote invoca la bendición
divina sobre la ofrenda: Ven, santificador omnipotente, eterno Dios, y
bendice este sacrificio preparado a tu santo nombre , el holocausto que
dará al Nombre santísimo de Dios la gloria que le es debida. La
santificación, que imploramos, es atribuida al Paráclito, que el Padre y
el Hijo nos envían. Reconocemos también esa presencia activa del
Espíritu Santo en el sacrificio cuando decimos, poco antes de la
comunión: Señor, Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que por voluntad del
Padre, cooperando el Espíritu Santo, vivificaste el mundo con tu
muerte... .
85. Toda la Trinidad está presente en el sacrificio del Altar. Por
voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, el Hijo se ofrece en
oblación redentora. Aprendamos a tratar a la Trinidad Beatísima, Dios
Uno y Trino: tres Personas divinas en la unidad de su substancia, de su
amor, de su acción eficazmente santificadora. Inmediatamente después del
lavabo, el sacerdote invoca: Recibe, Santa Trinidad, esta oblación que
te ofrecemos en memoria de la Pasión, de la Resurrección y de la
Ascensión de Jesucristo, Señor Nuestro . Y, al final de la Misa, hay
otra oración de encendido acatamiento al Dios Uno y Trino: Placeat tibi,
Sancta Trinitas, obsequium servitutis meae... que te sea agradable, oh
Trinidad Santísima, el tributo de mi servidumbre; dispón que el
sacrificio que yo, aunque indigno, he ofrecido a la Majestad tuya,
merezca aceptación; y te pido que, por tu misericordia, sea éste un
sacrificio de perdón para mí y para todos por los que lo he ofrecido ,
Oración que precede a la bendición final.. La Misa -insisto- es acción
divina, trinitaria, no humana. El sacerdote que celebra sirve al
designio del Señor, prestando su cuerpo y su voz; pero no obra en nombre
propio, sino in persona et in nomine Christe, en la Persona de Cristo, y
en nombre de Cristo. El amor de la Trinidad a los hombres hace que, de
la presencia de Cristo en la Eucaristía, nazcan para la Iglesia y para
la humanidad todas las gracias. Este es el sacrificio que profetizó
Malaquías: desde la salida del sol hasta el ocaso es grande mi nombre
entre las gentes; y en todo lugar se ofrece a mi nombre un sacrificio
humeante y una oblación pura . Es el Sacrificio de Cristo, ofrecido al
Padre con la cooperación del Espíritu Santo: oblación de valor infinito,
que eterniza en nosotros la Redención, que no podían alcanzar los
sacrificios de la Antigua Ley.
86.
La Santa Misa en la vida del cristiano La Santa Misa nos sitúa de ese
modo ante los misterios primordiales de la fe, porque es la donación
misma de la Trinidad a la Iglesia. Así se entiende que la Misa sea el
centro y la raíz de la vida espiritual del cristiano. Es el fin de todos
los sacramentos . En la Misa se encamina hacia su plenitud la vida de la
gracia, que fue depositada en nosotros por el Bautismo, y que crece,
fortalecida por la Confirmación. Cuando participamos de la Eucaristía,
escribe San Cirilo de Jerusalén, experimentamos la espiritualización
deificante del Espíritu Santo, que no sólo nos configura con Cristo,
como sucede en el Bautismo, sino que nos cristifica por entero,
asociándonos a la plenitud de Cristo Jesús . La efusión del Espíritu
Santo, al cristificarnos, nos lleva a que nos reconozcamos hijos de
Dios. El Paráclito, que es caridad, nos enseña a fundir con esa virtud
toda nuestra vida; y consummati in unum , hechos una sola cosa con
Cristo, podemos ser entre los hombres lo que San Agustín afirma de la
Eucaristía: signo de unidad, vínculo del Amor . No descubro nada nuevo
si digo que algunos cristianos tienen una visión muy pobre de la Santa
Misa, que para otros es un mero rito exterior, cuando no un
convencionalismo social. Y es que nuestros corazones, mezquinos, son
capaces de vivir rutinariamente la mayor donación de Dios a los hombres.
En la Misa, en esta Misa que ahora celebramos, interviene de modo
especial, repito, la Trinidad Santísima. Corresponder a tanto amor exige
de nosotros una total entrega, del cuerpo y del alma: oímos a Dios, le
hablamos, lo vemos, lo gustamos. Y cuando las palabras no son
suficientes, cantamos, animando a nuestra lengua -Pange, lingua!- a que
proclame, en presencia de toda la humanidad, las grandezas del Señor.
87. Vivir la Santa Misa es permanecer en oración continua; convencernos
de que, para cada uno de nosotros, es éste un encuentro personal con
Dios: adoramos, alabamos, pedimos, damos gracias, reparamos por nuestros
pecados, nos purificamos, nos sentimos una sola cosa en Cristo con todos
los cristianos. Quizá, a veces, nos hemos preguntado cómo podemos
corresponder a tanto amor de Dios; quizá hemos deseado ver expuesto
claramente un programa de vida cristiana. La solución es fácil, y está
al alcance de todos los fieles: participar amorosamente en la Santa
Misa, aprender en la Misa a tratar a Dios, porque en este Sacrificio se
encierra todo lo que el Señor quiere de nosotros. Permitid que os
recuerde lo que en tantas ocasiones habéis observado: el desarrollo de
las ceremonias litúrgicas. Siguiéndolas paso a paso, es muy posible que
el Señor haga descubrir a cada uno de nosotros en qué debe mejorar, qué
vicios ha de extirpar, cómo ha de ser nuestro trato fraterno con todos
los hombres. El sacerdote se dirige hacia el altar de Dios, del Dios que
alegra nuestra juventud. La Santa Misa se inicia con un canto de
alegría, porque Dios está aquí. Es la alegría que, junto con el
reconocimiento y el amor, se manifiesta en el beso a la mesa del altar,
símbolo de Cristo y recuerdo de los santos: un espacio pequeño,
santificado porque en esta ara se confecciona el Sacramento de la
infinita eficacia. El Confiteor nos pone por delante nuestra indignidad;
no el recuerdo abstracto de la culpa, sino la presencia, tan concreta,
de nuestros pecados y de nuestras faltas. Por eso repetimos: Kyrie
eleison, Christe eleison, Señor, ten piedad de nosotros; Cristo, ten
piedad de nosotros. Si el perdón que necesitamos estuviera en relación
con nuestros méritos, en este momento brotaría en el alma una tristeza
amarga. Pero, por bondad divina, el perdón nos viene de la misericordia
de Dios, al que ya ensalzamos -Gloria!-, porque Tú solo eres santo, Tú
solo Señor, Tú solo altísimo, Jesucristo, con el Espíritu Santo, en la
gloria de Dios Padre.
88. Oímos ahora la Palabra de la Escritura, la Epístola y el Evangelio,
luces del Paráclito, que habla con voces humanas para que nuestra
inteligencia sepa y contemple, para que la voluntad se robustezca y la
acción se cumpla. Porque somos un solo pueblo que confiesa una sola fe,
un Credo; un pueblo congregado en la unidad del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo . A continuación, la ofrenda: el pan y el vino de los
hombres. No es mucho, pero la oración acompaña: recíbenos, Señor, al
presentarnos a Ti con espíritu de humildad y con el corazón contrito; y
el sacrificio que hoy te ofrecemos, oh Señor Dios, llegue de tal manera
a tu presencia, que te sea grato. Irrumpe de nuevo el recuerdo de
nuestra miseria y el deseo de que todo lo que va al Señor esté limpio y
purificado: lavaré mis manos, amo el decoro de tu casa. Hace un
instante, antes del lavabo, hemos invocado al Espíritu Santo, pidiéndole
que bendiga el Sacrificio ofrecido a su santo Nombre. Acabada la
purificación, nos dirigimos a la Trinidad -Suscipe, Sancta Trinitas-,
para que acoja lo que presentamos en memoria de la vida, de la Pasión,
de la Resurrección y de la Ascensión de Cristo, en honor de María,
siempre Virgen, en honor de todos los santos. Que la oblación redunde en
salvación de todos -Orate, fratres, reza el sacerdote-, porque este
sacrificio es mío y vuestro, de toda la Iglesia Santa. Orad, hermanos,
aunque seáis pocos los que os encontráis reunidos; aunque sólo se halle
materialmente presente nada más un cristiano, y aunque estuviese solo el
celebrante: porque cualquier Misa es el holocausto universal, rescate de
todas las tribus y lenguas y pueblos y naciones . Todos los cristianos,
por la Comunión de los Santos, reciben las gracias de cada Misa, tanto
si se celebra ante miles de personas o si ayuda al sacerdote como único
asistente un niño, quizá distraído. En cualquier caso, la tierra y el
cielo se unen para entonar con los Angeles del Señor: Sanctus, Sanctus,
Sanctus... Yo aplaudo y ensalzo con los Angeles: no me es difícil,
porque me sé rodeado de ellos, cuando celebro la Santa Misa. Están
adorando a la Trinidad. Como sé también que, de algún modo, interviene
la Santísima Virgen, por la intima unión que tiene con la Trinidad
Beatísima y por que es Madre de Cristo, de su Carne y de su Sangre:
Madre de Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre. Jesucristo
concebido en las entrañas de María Santísima sin obra de varón, por la
sola virtud del Espíritu Santo, lleva la misma Sangre de su Madre: y esa
Sangre es la que se ofrece en sacrificio redentor, en el Calvario y en
la Santa Misa.
89. Así se entra en el canon, con la confianza filial que llama a
nuestro Padre Dios clementísimo. Le pedimos por la Iglesia y por todos
en la Iglesia: por el Papa, por nuestra familia, por nuestros amigos y
compañeros. Y el católico, con corazón universal, ruega por todo el
mundo, porque nada puede quedar excluido de su celo entusiasta. Para que
la petición sea acogida, hacemos presente nuestro recuerdo y nuestra
comunicación con la gloriosa siempre Virgen María y con un puñado de
hombres, que siguieron los primeros a Cristo y murieron por El. Quam
oblationem... Se acerca el instante de la consagración. Ahora, en la
Misa, es otra vez Cristo quien actúa, a través del sacerdote: Este es mi
Cuerpo. Este es el cáliz de mi Sangre. ¡Jesús está con nosotros! Con la
Transustanciación, se reitera la infinita locura divina, dictada por el
Amor. Cuando hoy se repita ese momento, que sepamos cada uno decir al
Señor, sin ruido de palabras, que nada podrá separarnos de El, que su
disponibilidad -inerme- de quedarse en las apariencias ¡tan frágiles!
del pan y del vino, nos ha convertido en esclavos voluntarios: praesta
meae menti de te vivere, et te illi semper dulce sapere , haz que yo
viva siempre de ti y que siempre saboree la dulzura de tu amor. Más
peticiones: porque los hombres estamos casi siempre inclinados a pedir:
por nuestros hermanos difuntos, por nosotros mismos. Aquí caben también
todas nuestras infidelidades, nuestras miserias. La carga es mucha, pero
El quiere llevarla por nosotros y con nosotros. Termina el canon con
otra invocación a la Trinidad Santísima: per Ipsum, et cum Ipso, et in
Ipso..., por Cristo, con Cristo y en Cristo, Amor nuestro, a Ti, Padre
Todopoderoso, en unidad del Espíritu Santo, te sea dado todo honor y
gloria por los siglos de los siglos.
90. Jesús es el Camino, el Mediador; en El, todo; fuera de El, nada. En
Cristo, enseñados por El, nos atrevemos a llamar Padre Nuestro al
Todopoderoso: el que hizo el cielo y la tierra es ese Padre entrañable
que espera que volvamos a el continuamente, cada uno como un nuevo y
constante hijo pródigo. Ecce Agnus Dei... Domine, non sum dignus...
Vamos a recibir al Señor. Para acoger en la tierra a personas
constituidas en dignidad hay luces, música, trajes de gala. Para
albergar a Cristo en nuestra alma, ¿cómo debemos prepararnos? ¿Hemos
pensado alguna vez en cómo nos conduciríamos, si sólo se pudiera
comulgar una vez en la vida? Cuando yo era niño, no estaba aún extendida
la práctica de la comunión frecuente. Recuerdo cómo se disponían para
comulgar: había esmero en arreglar bien el alma y el cuerpo. El mejor
traje, la cabeza bien peinada, limpio también físicamente el cuerpo, y
quizá hasta con un poco de perfume... eran delicadezas propias de
enamorados, de almas finas y recias, que saben pagar con amor el Amor.
Con Cristo en el alma, termina la Santa Misa: la bendición del Padre,
del Hijo y del Espíritu Santo nos acompaña durante toda la jornada, en
nuestra tarea sencilla y normal de santificar todas las nobles
actividades humanas. Asistiendo a la Santa Misa, aprenderéis a tratar a
cada una de las Personas divinas: al Padre, que engendra al Hijo; al
Hijo, que es engendrado por el Padre; al Espíritu Santo que de los dos
procede. Tratando a cualquiera de las tres Personas, tratamos a un solo
Dios; y tratando a las tres, a la Trinidad, tratamos igualmente a un
solo Dios único y verdadero. Amad la Misa, hijos míos, amad la Misa. Y
comulgad con hambre, aunque estéis helados, aunque la emotividad no
responda: comulgad con fe, con esperanza, con encendida caridad.
91.
Tratar a Jesucristo No ama a Cristo quien no ama la Santa Misa, quien no
se esfuerza en vivirla con serenidad y sosiego, con devoción, con
cariño. El amor hace a los enamorados finos, delicados; les descubre,
para que los cuiden, detalles a veces mínimos, pero que son siempre
expresión de un corazón apasionado. De este modo hemos de asistir a la
Santa Misa. Por eso he sospechado siempre que, los que quieren oír una
Misa corta y atropellada, demuestran con esa actitud poco elegante
también, que no han alcanzado a darse cuenta de lo que significa el
Sacrificio del altar. El amor a Cristo, que se ofrece por nosotros, nos
impulsa a saber encontrar, acabada la Misa, unos minutos para una acción
de gracias personal, íntima, que prolongue en el silencio del corazón
esa otra acción de gracias que es la Eucaristía. ¿Cómo dirigirnos a El,
cómo hablarle, cómo comportarse? No se compone de normas rígidas la vida
cristiana, porque el Espíritu Santo no guía a las almas en masa, sino
que, en cada una, infunde aquellos propósitos, inspiraciones y afectos
que le ayudarán a percibir y a cumplir la voluntad del Padre. Pienso,
sin embargo, que en muchas ocasiones el nervio de nuestro diálogo con
Cristo, de la acción de gracias después de la Santa Misa, puede ser la
consideración de que el Señor es, para nosotros, Rey, Médico, Maestro,
Amigo.
92. Es Rey y ansía reinar en nuestros corazones de hijos de Dios. Pero
no imaginemos los reinados humanos; Cristo no domina ni busca imponerse,
porque no ha venido a ser servido sino a servir . Su reino es la paz, la
alegría, la justicia. Cristo, rey nuestro, no espera de nosotros vanos
razonamientos, sino hechos, porque no todo aquel que dice ¡Señor!,
¡Señor! entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad
de mi Padre celestial, ése entrará . Es Médico y cura nuestro egoísmo,
si dejamos que su gracia penetre hasta el fondo del alma. Jesús nos ha
advertido que la peor enfermedad es la hipocresía, el orgullo que lleva
a disimular los propios pecados. Con el Médico es imprescindible una
sinceridad absoluta, explicar enteramente la verdad y decir: Domine, si
vis, potes me mundare , Señor, si quieres -y Tú quieres siempre-, puedes
curarme. Tú conoces mi flaqueza; siento estos síntomas, padezco estas
otras debilidades. Y le mostramos sencillamente las llagas; y el pus, si
hay pus. Señor, Tú, que has curado a tantas almas, haz que, al tenerte
en mi pecho o al contemplarte en el Sagrario, te reconozca como Médico
divino. Es Maestro de una ciencia que sólo El posee: la del amor sin
límites a Dios y, a todos los hombres. En la escuela de Cristo se
aprende que nuestra existencia no nos pertenece: El entregó su vida por
todos los hombres y, si le seguimos, hemos de comprender que tampoco
nosotros podemos apropiarnos de la nuestra de manera egoísta, sin
compartir los dolores de los demás. Nuestra vida es de Dios y hemos de
gastarla en su servicio, preocupándonos generosamente de las almas,
demostrando, con la palabra y con el ejemplo, la hondura de las
exigencias cristianas. Jesús espera que alimentemos el deseo de adquirir
esa ciencia, para repetirnos: el que tenga sed, venga a mi y beba . Y
contestamos: enséñanos a olvidarnos de nosotros mismos, para pensar en
Ti y en todas las almas. De este modo el Señor nos llevará adelante con
su gracia, como cuando comenzábamos a escribir -¿recordáis aquellos
palotes de la infancia, guiados por la mano del maestro?-, y así
empezaremos a saborear la dicha de manifestar nuestra fe, que es ya otra
dádiva de Dios, también con trazos inequívocos de conducta cristiana,
donde todos puedan leer las maravillas divinas. Es Amigo, el Amigo: vos
autem dixi amicos , dice. Nos llama amigos y El fue quien dio el primer
paso; nos amó primero. Sin embargo, no impone su cariño: lo ofrece. Lo
muestra con el signo más claro de la amistad: nadie tiene amor más
grande que el que entrega su vida por su amigos . Era amigo de Lázaro y
lloró por él, cuando lo vio muerto: y lo resucitó. Si nos ve fríos,
desganados, quizá con la rigidez de una vida interior que se extingue,
su llanto será para nosotros vida: Yo te lo mando, amigo mío, levántate
y anda , sal fuera de esa vida estrecha, que no es vida.
93. Termina nuestra meditación del Jueves Santo. Si el Señor nos ha
ayudado -y El está siempre dispuesto, basta con que le franqueemos el
corazón-, nos veremos urgidos a corresponder en lo que es más
importante: amar. Y sabremos difundir esa caridad entre los demás
hombres, con una vida de servicio. Os he dado ejemplo , insiste Jesús,
hablando a sus discípulos después de lavarles los pies, en la noche de
la Cena. Alejemos del corazón el orgullo, la ambición, los deseos de
predominio; y, junto a nosotros y en nosotros, reinarán la paz y la
alegría, enraizadas en el sacrificio personal. Finalmente un filial
pensamiento amoroso para María, Madre de Dios y Madre nuestra. Perdonad
que de nuevo os cuente un recuerdo de mi infancia: una imagen que se
difundió mucho en mi tierra, cuando S. Pío X impulso la práctica de la
comunión frecuente. Representaba a María adorando la Hostia santa. Hoy,
como entonces y como siempre, Nuestra Señora nos enseña a tratar a
Jesús, a reconocerle y a encontrarle en las diversas circunstancias del
día y, de modo especial, en ese instante supremo -el tiempo se une con
la eternidad- del Santo Sacrificio de la Misa: Jesús, con gesto de
sacerdote eterno, atrae hacia si todas las cosas, para colocarlas,
divino afflante Spiritu, con el soplo del Espíritu Santo, en la
presencia de Dios Padre.
10. LA MUERTE DE CRISTO, VIDA DEL CRISTIANO
Homilía pronunciada el 15-IV-1960, Viernes Santo.
94. Esta semana, que tradicionalmente el pueblo cristiano llama santa,
nos ofrece, una vez más, la ocasión de considerar -de revivir- los
momentos en los que se consuma la vida de Jesús. Todo lo que a lo largo
de estos días nos traen a la memoria las diversas manifestaciones de la
piedad, se encamina ciertamente hacia la Resurrección, que es el
fundamento de nuestra fe, como escribe San Pablo . No recorramos, sin
embargo, demasiado de prisa ese camino; no dejemos caer en el olvido
algo muy sencillo, que quizá, a veces, se nos escapa: no podremos
participar de la Resurrección del Señor, si no nos unimos a su Pasión y
a su Muerte . Para acompañar a Cristo en su gloria, al final de la
Semana Santa, es necesario que penetremos antes en su holocausto, y que
nos sintamos una sola cosa con El, muerto sobre el Calvario. La entrega
generosa de Cristo se enfrenta con el pecado, esa realidad dura de
aceptar, pero innegable: el mysterium iniquitatis, la inexplicable
maldad de la criatura que se alza, por soberbia, contra Dios. La
historia es tan antigua como la Humanidad. Recordemos la caída de
nuestros primeros padres; luego, toda esa cadena de depravaciones que
jalonan el andar de los hombres, y finalmente, nuestras personales
rebeldías. No es fácil considerar la perversión que el pecado supone, y
comprender todo lo que nos dice la fe. Debemos hacernos cargo, aun en lo
humano, de que la magnitud de la ofensa se mide por la condición del
ofendido, por su valor personal, por su dignidad social, por sus
cualidades. Y el hombre ofende a Dios: la criatura reniega de su
Creador. Pero Dios es Amor . El abismo de malicia, que el pecado lleva
consigo, ha sido salvado por una Caridad infinita. Dios no abandona a
los hombres. Los designios divinos prevén que, para reparar nuestras
faltas, para restablecer la unidad perdida, no bastaban los sacrificios
de la Antigua Ley: se hacía necesaria la entrega de un Hombre que fuera
Dios. Podemos imaginar -para acercarnos de algún modo a este misterio
insondable- que la Trinidad Beatísima se reúne en consejo, en su
continua relación íntima de amor inmenso y, como resultado de esa
decisión eterna, el Hijo Unigénito de Dios Padre asume nuestra condición
humana, carga sobre sí nuestras miserias y nuestros dolores, para acabar
cosido con clavos a un madero. Este fuego, este deseo de cumplir el
decreto salvador de Dios Padre, llena toda la vida de Cristo, desde su
mismo nacimiento en Belén. A lo largo de los tres años que con El
convivieron los discípulos, le oyen repetir incansablemente que su
alimento es hacer la voluntad de Aquel que le envía . Hasta que, a media
tarde del primer Viernes Santo, se concluyó su inmolación. Inclinando la
cabeza, entregó su espíritu . Con estas palabras nos describe el apóstol
San Juan la muerte de Cristo: Jesús, bajo el peso de la Cruz con todas
las culpas de los hombres, muere por la fuerza y por la vileza de
nuestros pecados. Meditemos en el Señor herido de pies a cabeza por amor
nuestro. Con frase que se acerca a la realidad, aunque no acaba de
decirlo todo, podemos repetir con un autor de hace siglos: El cuerpo de
Jesús es un retablo de dolores. A la vista de Cristo hecho un guiñapo,
convertido en un cuerpo inerte bajado de la Cruz y confiado a su Madre;
a la vista de ese Jesús destrozado, se podría concluir que esa escena es
la muestra más clara de una derrota. ¿Donde están las masas que lo
seguían, y el Reino cuyo advenimiento anunciaba? Sin embargo, no es
derrota, es victoria: ahora se encuentra más cerca que nunca del momento
de la Resurrección, de la manifestación de la gloria que ha conquistado
con su obediencia.
95.
La muerte de Cristo nos llama a una plena vida cristiana Acabamos de
revivir el drama del Calvario, lo que me atrevería a llamar la Misa
primera y primordial, celebrada por Jesucristo. Dios Padre entrega a su
Hijo a la muerte. Jesús, el Hijo Unigénito, se abraza al madero, en el
que le habían de ajusticiar, y su sacrificio es aceptado por el Padre:
como fruto de la Cruz, se derrama sobre la Humanidad el Espíritu Santo .
En la tragedia de la Pasión se consuma nuestra propia vida y la entera
historia humana. La Semana Santa no puede reducirse a un mero recuerdo,
ya que es la consideración del misterio de Jesucristo, que se prolonga
en nuestras almas; el cristiano está obligado a ser alter Christus, ipse
Christus, otro Cristo, el mismo Cristo. Todos, por el Bautismo, hemos
sido constituidos sacerdotes de nuestra propia existencia, para ofrecer
víctimas espirituales, que sean agradables a Dios por Jesucristo , para
realizar cada una de nuestras acciones en espíritu de obediencia a la
voluntad de Dios, perpetuando así la misión del Dios-Hombre. Por
contraste, esa realidad nos lleva a detenernos en nuestras desdichas, en
nuestros errores personales. No debe desanimarnos esta consideración, ni
colocarnos en la actitud escéptica de quien ha renunciado a las
ilusiones grandes. Porque el Señor nos reclama tal como somos, para que
participemos de su vida, para que luchemos por ser santos. La santidad:
¡cuántas veces pronunciamos esa palabra como si fuera un sonido vacío!
Para muchos es incluso un ideal inasequible, un tópico de la ascética,
pero no un fin concreto, una realidad viva. No pensaban de este modo los
primeros cristianos, que usaban el nombre de santos para llamarse entre
sí, con toda naturalidad y con gran frecuencia: os saludan todos los
santos , salud a todo santo en Cristo Jesús . Ahora, situados ante ese
momento del Calvario, cuando Jesús ya ha muerto y no se ha manifestado
todavía la gloria de su triunfo, es una buena ocasión para examinar
nuestros deseos de vida cristiana, de santidad; para reaccionar con un
acto de fe ante nuestras debilidades, y confiando en el poder de Dios,
hacer el propósito de poner amor en las cosas de nuestra jornada. La
experiencia del pecado debe conducirnos al dolor, a una decisión más
madura y más honda de ser fieles, de identificarnos de veras con Cristo,
de perseverar, cueste lo que cueste, en esa misión sacerdotal que El ha
encomendado a todos sus discípulos sin excepción, que nos empuja a ser
sal y luz del mundo .
96. Pensar en la muerte de Cristo se traduce en una invitación a
situarnos con absoluta sinceridad ante nuestro quehacer ordinario, a
tomar en serio la fe que profesamos. La Semana Santa, por tanto, no
puede ser un paréntesis sagrado en el contexto de un vivir movido sólo
por intereses humanos: ha de ser una ocasión de ahondar en la hondura
del Amor de Dios, para poder así, con la palabra y con las obras,
mostrarlo a los hombres. Pero el Señor determina condiciones. Hay una
declaración suya, que nos conserva San Lucas, de la que no se puede
prescindir: Si alguno de los que me siguen no aborrece a su padre y
madre, y a la mujer y a los hijos, y a los hermanos y hermanas, y aun a
su vida misma, no puede ser mi discípulo . Son términos duros.
Ciertamente, ni el odiar ni el aborrecer castellanos expresan bien el
pensamiento original de Jesús. De todas maneras, fuertes fueron las
palabras del Señor, ya que tampoco se reducen a un amar menos, como a
veces se interpreta templadamente, para suavizar la frase. Es tremenda
esa expresión tan tajante no porque implique una actitud negativa o
despiadada, ya que el Jesús que habla ahora es el mismo que ordena amar
a los demás como a la propia alma, y que entrega su vida por los
hombres: esta locución indica, sencillamente, que ante Dios no caben
medias tintas. Se podrían traducir las palabras de Cristo por amar más,
amar mejor, más bien, por no amar con un amor egoísta ni tampoco con un
amor a corto alcance: debemos amar con el Amor de Dios. De esto se
trata. Fijémonos en la última de las exigencias de Jesús: et animam suam.
La vida, el alma misma, es lo que pide el Señor. Si somos fatuos, si nos
preocupamos sólo de nuestra personal comodidad, si centramos la
existencia de los demás y aun la del mundo en nosotros mismos, no
tenemos derecho a llamarnos cristianos, a considerarnos discípulos de
Cristo. Hace falta la entrega con obras y con verdad, no sólo con la
boca . El amor a Dios nos invita a llevar a pulso la cruz, a sentir
también sobre nosotros el peso de la humanidad entera, y a cumplir, en
las circunstancias propias del estado y del trabajo de cada uno, los
designios, claros y amorosos a la vez, de la voluntad del Padre. En el
pasaje que comentamos, Jesús continúa: Y el que no carga con su cruz y
me sigue, tampoco puede ser mi discípulo . Aceptemos sin miedo la
voluntad de Dios, formulemos sin vacilaciones el propósito de edificar
toda nuestra vida de acuerdo con lo que nos enseña y exige nuestra fe.
Estemos seguros de que encontraremos lucha, sufrimiento y dolor, pero,
si poseemos de verdad la fe, no nos consideraremos nunca desgraciados:
también con penas e incluso con calumnias, seremos felices con una
felicidad que nos impulsará a amar a los demás, para hacerles participar
de nuestra alegría sobrenatural.
97.
El cristiano ante la Historia humana Ser cristiano no es título de mera
satisfacción personal: tiene nombre -sustancia- de misión. Ya antes
recordábamos que el Señor invita a todos los cristianos a que sean sal y
luz del mundo; haciéndose eco de este mandato, y con textos tomados del
Antiguo Testamento, San Pedro escribe unas palabras que marcan muy
claramente ese cometido: Vosotros sois linaje escogido, sacerdocio real,
gente santa pueblo de conquista, para publicar las grandezas de Aquel
que os sacó de las tinieblas a su luz admirable . Ser cristiano no es
algo accidental, es una divina realidad que se inserta en las entrañas
de nuestra vida, dándonos una visión limpia y una voluntad decidida para
actuar como quiere Dios. Se aprende así que el peregrinaje del cristiano
en el mundo ha de convertirse en un continuo servicio prestado de modos
muy diversos, según las circunstancias personales, pero siempre por amor
a Dios y al prójimo. Ser cristiano es actuar sin pensar en las pequeñas
metas del prestigio o de la ambición, ni en finalidades que pueden
parecer más nobles, como la filantropía o la compasión ante las
desgracias ajenas: es discurrir hacia el término último y radical del
amor que Jesucristo ha manifestado al morir por nosotros. Se dan, a
veces, algunas actitudes, que son producto de no saber penetrar en ese
misterio de Jesús. Por ejemplo, la mentalidad de quienes ven el
cristianismo como un conjunto de prácticas o actos de piedad, sin
percibir su relación con las situaciones de la vida corriente, con la
urgencia de atender a las necesidades de los demás y de esforzarse por
remediar las injusticias. Diría que quien tiene esa mentalidad no ha
comprendido todavía lo que significa que el Hijo de Dios se haya
encarnado, que haya tomado cuerpo, alma y voz de hombre, que haya
participado en nuestro destino hasta experimentar el desgarramiento
supremo de la muerte. Quizá, sin querer, algunas personas consideran a
Cristo como un extraño en el ambiente de los hombres. Otros -en cambio-
tienden a imaginar que, para poder ser humanos, hay que poner en sordina
algunos aspectos centrales del dogma cristiano, y actúan como si la vida
de oración, el trato continuo con Dios, constituyeran una huida ante las
propias responsabilidades y un abandono del mundo. Olvidan que,
precisamente Jesús, nos ha dado a conocer hasta qué extremo deben
llevarse el amor y el servicio. Sólo si procuramos comprender el arcano
del amor de Dios, de ese amor que llega hasta la muerte, seremos capaces
de entregamos totalmente a los demás, sin dejarnos vencer por la
dificultad o por la indiferencia.
98. Es la fe en Cristo, muerto y resucitado, presente en todos y cada
uno de los momentos de la vida, la que ilumina nuestras conciencias,
incitándonos a participar con todas las fuerzas en las vicisitudes y en
los problemas de la historia humana. En esa historia, que se inició con
la creación del mundo y que terminará con la consumación de los siglos,
el cristiano no es un apátrida. Es un ciudadano de la ciudad de los
hombres, con el alma llena del deseo de Dios, cuyo amor empieza a
entrever ya en esta etapa temporal, y en el que reconoce el fin al que
estamos llamados todos los que vivimos en la tierra. Si interesa mi
testimonio personal, puedo decir que he concebido siempre mi labor de
sacerdote y de pastor de almas como una tarea encaminada a situar a cada
uno frente a las exigencias completas de su vida, ayudándole a descubrir
lo que Dios, en concreto, le pide, sin poner limitación alguna a esa
independencia santa y a esa bendita responsabilidad individual, que son
características de una conciencia cristiana. Ese modo de obrar y ese
espíritu se basan en el respeto a la trascendencia de la verdad
revelada, y en el amor a la libertad de la humana criatura. Podría
añadir que se basa también en la certeza de la indeterminación de la
historia, abierta a múltiples posibilidades, que Dios no ha querido
cerrar. Seguir a Cristo no significa refugiarse en el templo,
encogiéndose de hombros ante el desarrollo de la sociedad, ante los
aciertos o las aberraciones de los hombres y de los pueblos. La fe
cristiana, al contrario, nos lleva a ver el mundo como creación del
Señor, a apreciar, por tanto, todo lo noble y todo lo bello, a reconocer
la dignidad de cada persona, hecha a imagen de Dios, y a admirar ese don
especialísimo de la libertad, por la que somos dueños de nuestros
propios actos y podemos -con la gracia del Cielo- construir nuestro
destino eterno. Sería empequeñecer la fe, reducirla a una ideología
terrena, enarbolando un estandarte político-religioso para condenar, no
se sabe en nombre de qué investidura divina, a los que no piensan del
mismo modo en problemas que son, por su propia naturaleza, susceptibles
de recibir numerosas y diversas soluciones.
99.
Profundizar en el sentido de la muerte de Cristo La digresión que acabo
de hacer no tiene otra finalidad que poner de manifiesto una verdad
central: recordar que la vida cristiana encuentra su sentido en Dios. No
han sido creados los hombres tan sólo para edificar un mundo lo más
justo posible, porque -además- hemos sido establecidos en la Tierra para
entrar en comunión con Dios mismo. Jesús no nos ha prometido ni la
comodidad temporal ni la gloria terrena, sino la casa de Dios Padre, que
nos espera al final del camino . La liturgia del Viernes Santo incluye
un himno maravilloso: el Crux fidelis. En ese himno se nos invita a
cantar y a celebrar el glorioso combate del Señor, el trofeo de la Cruz,
el preclaro triunfo de Cristo: el Redentor del Universo, al ser
inmolado, vence. Dios, dueño de todo lo creado, no afirma su presencia
con la fuerza de las armas, y ni siquiera con el poder temporal de los
suyos, sino con la grandeza de su amor infinito. No destruye el Señor la
libertad del hombre: precisamente El nos ha hecho libres. Por eso no
quiere respuestas forzadas, quiere decisiones que salgan de la intimidad
del corazón. Y espera de nosotros, los cristianos, que vivamos de tal
manera que quienes nos traten, por encima de nuestras propias miserias,
errores y deficiencias, adviertan el eco del drama de amor del Calvario.
Todo lo que tenemos lo hemos recibido de Dios, par ser sal que sazone,
luz que lleve a los hombres la nueva alegre de que El es un Padre que
ama sin medida. El cristiano es sal y luz del mundo no porque venza o
triunfe, sino porque da testimonio del amor de Dios; y no será sal, si
no sirve para salar; no será luz si, con su ejemplo y con su doctrina,
no ofrece un testimonio de Jesús, si pierde lo que constituye la razón
de ser de su vida.
100. Conviene que profundicemos en lo que nos revela la muerte de
Cristo, sin quedarnos en formas exteriores o en frases estereotipadas.
Es necesario que nos metamos de verdad en las escenas que revivimos
durante estos días: el dolor de Jesús, las lágrimas de su Madre, la
huida de los discípulos, la valentía de las santas mujeres, la audacia
de José y de Nicodemo, que piden a Pilato el cuerpo del Señor.
Acerquémonos, en suma, a Jesús muerto, a esa Cruz que se recorta sobre
la cumbre del Gólgota. Pero acerquémonos con sinceridad, sabiendo
encontrar ese recogimiento interior que es señal de madurez cristiana.
Los sucesos divinos y humanos de la Pasión penetrarán de esta forma en
el alma, como palabra que Dios nos dirige, para desvelar los secretos de
nuestro corazón y revelarnos lo que espera de nuestras vidas. Hace ya
muchos años vi un cuadro que se grabó profundamente en mi interior.
Representaba la Cruz de Cristo y, junto al madero, tres ángeles: uno
lloraba con desconsuelo; otro tenía un clavo en la mano, como para
convencerse de que aquello era verdad: el tercero estaba recogido en
oración. Un programa siempre actual para cada uno de nosotros: llorar,
creer y orar. Ante la Cruz, dolor de nuestros pecados, de los pecados de
la humanidad, que llevaron a Jesús a la muerte; fe, para adentrarnos en
esa verdad sublime que sobrepasa todo entendimiento y para maravillarnos
ante el amor de Dios; oración, para que la vida y la muerte de Cristo
sean el modelo y el estímulo de nuestra vida y de nuestra entrega. Sólo
así nos llamaremos vencedores: porque Cristo resucitado vencerá en
nosotros, y la muerte se transformará en vida.
11. CRISTO PRESENTE EN LOS CRISTIANOS
Homilía pronunciada el 26-III-1967. Domingo de Resurrección.
101. Cristo vive. Esta es la gran verdad que llena de contenido nuestra
fe. Jesús, que murió en la cruz, ha resucitado, ha triunfado de la
muerte, del poder de las tinieblas, del dolor y de la angustia. No
temáis, con esta invocación saludó un ángel a las mujeres que iban al
sepulcro; no temáis. Vosotras venís a buscar a Jesús Nazareno, que fue
crucificado: ya resucitó, no está aquí . Haec est dies quam fecit
Dominus, exsultemus et laetemur in ea; éste es el día que hizo el Señor,
regocijémonos . El tiempo pascual es tiempo de alegría, de una alegría
que no se limita a esa época del año litúrgico, sino que se asienta en
todo momento en el corazón del cristiano. Porque Cristo vive: Cristo no
es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue,
dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos. No: Cristo vive. Jesús
es el Emmanuel: Dios con nosotros. Su Resurrección nos revela que Dios
no abandona a los suyos. ¿Puede la mujer olvidarse del fruto de su
vientre, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se
olvidare, yo no me olvidaré de ti , había prometido. Y ha cumplido su
promesa. Dios sigue teniendo sus delicias entre los hijos de los hombres
. Cristo vive en su Iglesia. "Os digo la verdad: os conviene que yo me
vaya; porque si yo no me voy, el Consolador no vendrá a vosotros, pero
si me voy, os lo enviaré" . Esos eran los designios de Dios: Jesús,
muriendo en la Cruz, nos daba el Espíritu de Verdad y de Vida. Cristo
permanece en su Iglesia: en sus sacramentos, en su liturgia, en su
predicación, en toda su actividad. De modo especial Cristo sigue
presente entre nosotros, en esa entrega diaria de la Sagrada Eucaristía.
Por eso la Misa es centro y raíz de la vida cristiana. En toda misa está
siempre el Cristo Total, Cabeza y Cuerpo. Per Ipsum, et cum Ipso et in
Ipso. Porque Cristo es el Camino, el Mediador: en El, lo encontramos
todo; fuera de El, nuestra vida queda vacía. En Jesucristo, e instruidos
por El, nos atrevemos a decir -audemus dicere- Pater noster, Padre
nuestro. Nos atrevemos a llamar Padre al Señor de los cielos y de la
tierra. La presencia de Jesús vivo en la Hostia Santa es la garantía, la
raíz y la consumación de su presencia en el mundo.
102. Cristo vive en el cristiano. La fe nos dice que el hombre, en
estado de gracia, está endiosado. Somos hombres y mujeres, no ángeles.
Seres de carne y hueso, con corazón y con pasiones, con tristezas y con
alegrías. Pero la divinización redunda en todo el hombre como un
anticipo de la resurrección gloriosa. Cristo ha resucitado de entre los
muertos y ha venido a ser como las primicias de los difuntos: porque así
como por un hombre vino la muerte, por un hombre debe venir la
resurrección de los muertos. Que así como en Adán mueren todos, así en
Cristo todos serán vivificados . La vida de Cristo es vida nuestra,
según lo que prometiera a sus Apóstoles, el día de la Ultima Cena:
Cualquiera que me ama, observará mis mandamientos, y mi Padre le amará,
y vendremos a él, y haremos mansión dentro de él . El cristiano debe
-por tanto- vivir según la vida de Cristo, haciendo suyos los
sentimientos de Cristo, de manera que pueda exclamar con San Pablo, non
vivo ego, vivit vero in me Christus , no soy yo el que vive, sino que
Cristo vive en mí.
103.
Jesucristo, fundamento de la vida cristiana He querido recordar, aunque
fuera brevemente, algunos de los aspectos de ese vivir actual de Cristo
-Iesus Christus heri et hodie; ipse et in saecula -, porque ahí está el
fundamento de toda la vida cristiana. Si miramos a nuestro alrededor y
consideramos el transcurso de la historia de la humanidad, observaremos
progresos y avances. La ciencia ha dado al hombre una mayor conciencia
de su poder. La técnica domina la naturaleza en mayor grado que en
épocas pasadas, y permite que la humanidad sueñe con llegar a un más
alto nivel de cultura, de vida material, de unidad. Algunos quizá se
sientan movidos a matizar ese cuadro, recordando que los hombres padecen
ahora injusticias y guerras, incluso peores que las del pasado. No les
falta razón. Pero, por encima de esas consideraciones, yo prefiero
recordar que, en el orden religioso, el hombre sigue siendo hombre, y
Dios sigue siendo Dios. En este campo la cumbre del progreso se ha dado
ya: es Cristo, alfa y omega, principio y fin . En la vida espiritual no
hay una nueva época a la que llegar. Ya está todo dado en Cristo, que
murió, y resucitó, y vive y permanece siempre. Pero hay que unirse a El
por la fe, dejando que su vida se manifieste en nosotros, de manera que
pueda decirse que cada cristiano es no ya alter Christus, sino ipse
Christus, ¡el mismo Cristo!
104. Instaurare omnia in Christo, da como lema San Pablo a los
cristianos de Efeso ; informar el mundo entero con el espíritu de Jesús,
colocar a Cristo en la entraña de todas las cosas. Si exaltatus fuero a
terra, omnia traham ad meipsum , cuando sea levantado en alto sobre la
tierra, todo lo atraeré hacia mí. Cristo con su Encarnación, con su vida
de trabajo en Nazareth, con su predicación y milagros por las tierras de
Judea y de Galilea, con su muerte en la Cruz, con su Resurrección, es el
centro de la creación, Primogénito y Señor de toda criatura. Nuestra
misión de cristianos es proclamar esa Realeza de Cristo, anunciarla con
nuestra palabra y con nuestras obras. Quiere el Señor a los suyos en
todas las encrucijadas de la tierra. A algunos los llama al desierto, a
desentenderse de los avatares de la sociedad de los hombres, para hacer
que esos mismos hombres recuerden a los demás, con su testimonio, que
existe Dios. A otros, les encomienda el ministerio sacerdotal. A la gran
mayoría, los quiere en medio del mundo, en las ocupaciones terrenas. Por
lo tanto, deben estos cristianos llevar a Cristo a todos los ámbitos
donde se desarrollan las tareas humanas: a la fábrica, al laboratorio,
al trabajo de la tierra, al taller del artesano, a las calles de las
grandes ciudades y a los senderos de montaña. Me gusta recordar a este
propósito la escena de la conversación de Cristo con los discípulos de
Emaús. Jesús camina junto a aquellos dos hombres, que han perdido casi
toda esperanza, de modo que la vida comienza a parecerles sin sentido.
Comprende su dolor, penetra en su corazón, les comunica algo de la vida
que habita en El. Cuando, al llegar a aquella aldea, Jesús hace ademán
de seguir adelante, los dos discípulos le detienen, y casi le fuerzan a
quedarse con ellos. Le reconocen luego al partir el pan: El Señor,
exclaman, ha estado con nosotros. Entonces se dijeron uno a otro: ¿No es
verdad que sentíamos abrasarse nuestro corazón, mientras nos hablaba por
el camino, y nos explicaba las Escrituras? . Cada cristiano debe hacer
presente a Cristo entre los hombres; debe obrar de tal manera que
quienes le traten perciben el bonus odor Christi , el buen olor de
Cristo; debe actuar de modo que, a través de las acciones del discípulo,
pueda descubrirse el rostro del Maestro.
105. El cristiano se sabe injertado en Cristo por el Bautismo;
habilitado a luchar por Cristo, por la Confirmación; llamado a obrar en
el mundo por la participación en la función real, profética y sacerdotal
de Cristo; hecho una sola cosa con Cristo por la Eucaristía, sacramento
de la unidad y del amor. Por eso, como Cristo, ha de vivir de cara a los
demás hombres, mirando con amor a todos y a cada uno de los que le
rodean, y a la humanidad entera. La fe nos lleva a reconocer a Cristo
como Dios, a verle como nuestro Salvador, a identificarnos con El,
obrando como El obró. El Resucitado, después de sacar al apóstol Tomás
de sus dudas, mostrándole sus llagas, exclama: bienaventurados aquellos
que sin haberme visto creyeron . Aquí -comenta San Gregorio Magno- se
habla de nosotros de un modo particular, porque nosotros poseemos
espiritualmente a Aquel a quien corporalmente no hemos visto. Se habla
de nosotros, pero a condición de que nuestras acciones sean conformes a
nuestra fe. No cree verdaderamente sino quien, en su obrar, pone en
práctica lo que cree. Por eso, a propósito de aquellos que de la fe no
poseen más que palabras, dice San Pablo: profesan conocer a Dios, pero
le niegan con las obras . No es posible separar en Cristo su ser de
Dios-Hombre y su función de Redentor. El Verbo se hizo carne y vino a la
tierra ut omnes homines salvi fiant , para salvar a todos los hombres.
Con nuestras miserias y limitaciones personales, somos otros Cristos, el
mismo Cristo, llamados también a servir a todos los hombres. Es
necesario que resuene una y otra vez aquel mandamiento que permanecerá
nuevo a través de los siglos. Carísimos -escribe San Juan-, no voy a
escribiros un mandamiento nuevo, sino un mandamiento antiguo, que
recibisteis desde el principio; el mandamiento antiguo, es la palabra
divina que oísteis. Y no obstante yo os digo que el mandamiento de que
os hablo, es un mandamiento nuevo, que es verdadero en sí mismo y en
vosotros, porque las tinieblas desaparecieron, y luce ya la luz
verdadera. Quien dice estar en la luz aborreciendo a su hermano, en
tinieblas está todavía. Quien ama a su hermano, en la luz mora, y en él
no hay escándalo . Nuestro Señor ha venido a traer la paz, la buena
nueva, la vida, a todos los hombres. No sólo a los ricos, ni sólo a los
pobres. No sólo a los sabios, ni sólo a los ingenuos. A todos. A los
hermanos, que hermanos somos, pues somos hijos de un mismo Padre Dios.
No hay, pues, más que una raza: la raza de los hijos de Dios. No hay más
que un color: el color de los hijos de Dios. Y no hay más que una
lengua: ésa que habla al corazón y a la cabeza, sin ruido de palabras,
pero dándonos a conocer a Dios y haciendo que nos amemos los unos a los
otros.
106.
Contemplación de la vida de Cristo Es ese amor de Cristo el que cada uno
de nosotros debe esforzarse por realizar, en la propia vida. Pero para
ser ipse Christus hay que mirarse en El. No basta con tener una idea
general del espíritu de Jesús, sino que hay que aprender de El detalles
y actitudes. Y, sobre todo, hay que contemplar su paso por la tierra,
sus huellas, para sacar de ahí fuerza, luz, serenidad, paz. Cuando se
ama a una persona se desean saber hasta los más mínimos detalles de su
existencia, de su carácter, para así identificarse con ella. Por eso
hemos de meditar la historia de Cristo, desde su nacimiento en un
pesebre, hasta su muerte y su resurrección. En los primeros años de mi
labor sacerdotal, solía regalar ejemplares del Evangelio o libros donde
se narraba la vida de Jesús. Porque hace falta que la conozcamos bien,
que la tengamos toda entera en la cabeza y en el corazón, de modo que,
en cualquier momento, sin necesidad de ningún libro, cerrando los ojos,
podamos contemplarla como en una película; de forma que, en las diversas
situaciones de nuestra conducta, acudan a la memoria las palabras y los
hechos del Señor. Así nos sentiremos metidos en su vida. Porque no se
trata sólo de pensar en Jesús, de representarnos aquellas escenas. Hemos
de meternos de lleno en ellas, ser actores. Seguir a Cristo tan de cerca
como Santa María, su Madre, como los primeros doce, como las santas
mujeres, como aquellas muchedumbres que se agolpaban a su alrededor. Si
obramos así, si no ponemos obstáculos, las palabras de Cristo entrarán
hasta en los pliegues del alma y del espíritu, hasta el fondo del alma y
nos transformarán. Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más
penetrante que espada de dos filos, y se introduce hasta en las junturas
y tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón .
Si queremos llevar hasta el Señor a los demás hombres, es necesario ir
al Evangelio y contemplar el amor de Cristo. Podríamos fijarnos en las
escenas cumbres de la Pasión, porque, como El mismo dijo, nadie tiene
amor más grande que el que da su vida por sus amigos . Pero podemos
considerar también el resto de su vida, su trato ordinario con quienes
se cruzaron con El. Cristo, perfecto Dios y perfecto Hombre, para hacer
llegar a los hombres su doctrina de salvación y manifestarles el amor de
Dios, procedió de modo humano y divino. Dios condesciende con el hombre,
toma nuestra naturaleza sin reservas, con excepción del pecado. Me
produce una honda alegría considerar que Cristo ha querido ser
plenamente hombre, con carne como la nuestra. Me emociona contemplar la
maravilla de un Dios que ama con corazón de hombre.
107. Entre tantas escenas como nos narran los evangelistas, detengámonos
a considerar algunas, comenzando con los relatos del trato de Jesús con
los doce. El apóstol Juan, que vuelca en su Evangelio la experiencia de
toda una vida, narra aquella primera conversación con el encanto de lo
que nunca se olvida. Maestro, ¿dónde habitas? Díceles Jesús: Venid y lo
veréis. Fueron, pues, y vieron donde habitaba, y se quedaron con El
aquel día . Diálogo divino y humano que transformó las vidas de Juan y
de Andrés, de Pedro, de Santiago y de tantos otros, que preparó sus
corazones para escuchar la palabra imperiosa que Jesús les dirigió junto
al mar de Galilea. Caminando Jesús por la ribera del mar de Galilea, vio
a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano, echando la
red en el mar, pues eran pescadores. Y les dijo: seguidme y yo haré que
vengáis a ser pescadores de hombres. Al instante los dos, dejadas las
redes, le siguieron . En los tres años sucesivos, Jesús convive con sus
discípulos, los conoce, contesta a sus preguntas, resuelve sus dudas. Es
sí, el Rabbí, el Maestro que habla con autoridad, el Mesías enviado de
Dios. Pero es a la vez asequible, cercano. Un día Jesús se retira en
oración; los discípulos se encontraban cerca, quizá mirándole e
intentando adivinar sus palabras. Cuando Jesús vuelve, uno de ellos
pregunta: Domine, doce nos orare, sicut docuit et Ioannes discipulos
suos; enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos. Y Jesús les
respondió: Cuando os pongáis a orar, habéis de decir: Padre, sea
santificado tu nombre... . Con autoridad de Dios y con cariño de hombre
recibe igualmente el Señor a los Apóstoles que, asombrados de los frutos
de su primera misión, le comentaban las primicias de su apostolado:
Venid a retiraros conmigo en un lugar solitario, y reposaréis un poquito
. Una escena muy similar se repite hacia el final de la estancia de
Jesús sobre la tierra, poco antes de la Ascensión. Venida la mañana, se
apareció Jesús en la ribera; pero los discípulos no conocieron que fuese
El. Y Jesús les dijo: muchachos, ¿tenéis algo que comer? El que ha
preguntado como hombre, habla después como Dios: Echad la red a la
derecha del barco y encontraréis. Echáronla, pues, y ya no podían
sacarla por la multitud de peces que había. Entonces el discípulo aquel
a quien Jesús amaba, dijo a Pedro: Es el Señor. Y Dios les espera en la
orilla: Al saltar a tierra, vieron preparadas brasas encendidas y un pez
puesto encima y pan. Jesús les dijo: Traed acá de los peces que acabáis
de coger. Subió al barco Simón Pedro y sacó a tierra la red, llena de
ciento cincuenta y tres peces grandes. Y a pesar de ser tantos, no se
rompió la red. Díceles Jesús: Vamos, almorzad. Y ninguno de los que
estaban comiendo osaba preguntarle: ¿quién eres?, sabiendo que era el
Señor. Acércase Jesús, y toma el pan y se lo distribuye y lo mismo hace
con el pez . Esa delicadeza y cariño la manifiesta Jesús no sólo con un
grupo pequeño de discípulos, sino con todos. Con las santas mujeres, con
representantes del Sanedrín como Nicodemo y con publicanos como Zaqueo,
con enfermos y con sanos, con doctores de la ley y con paganos, con
personas individuales y con muchedumbres enteras. Nos narran los
Evangelios que Jesús no tenía dónde reclinar su cabeza, pero nos cuentan
también que tenía amigos queridos y de confianza, deseosos de acogerlo
en su casa. Y nos hablan de su compasión por los enfermos, de su dolor
por los que ignoran y yerran, de su enfado ante la hipocresía. Jesús
llora por la muerte de Lázaro, se aíra con los mercaderes que profanan
el templo, deja que se enternezca su corazón ante el dolor de la viuda
de Naim.
108. Cada uno de esos gestos humanos es gesto de Dios. En Cristo habita
toda la plenitud de la divinidad corporalmente . Cristo es Dios hecho
hombre, hombre perfecto, hombre entero. Y, en lo humano, nos da a
conocer la divinidad. Al recordar esta delicadeza humana de Cristo, que
gasta su vida en servicio de los otros, hacemos mucho más que describir
un posible modo de comportarse. Estamos descubriendo a Dios. Toda obra
de Cristo tiene un valor trascendente: nos da a conocer el modo de ser
de Dios, nos invita a creer en el amor de Dios, que nos creó y que
quiere llevarnos a su intimidad. Yo he manifestado tu nombre, a los
hombres que me has dado del mundo; tuyos eran, y me los diste; y ellos
han puesto por obra tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me
diste viene de ti , exclamó Jesús en la larga oración que nos conserva
el evangelista Juan. Por eso, el trato de Jesús no es un trato que se
quede en meras palabras o en actitudes superficiales. Jesús toma en
serio al hombre, y quiere darle a conocer el sentido divino de su vida.
Jesús sabe exigir, colocar a cada uno frente a sus deberes, sacar a
quienes le escuchan de la comodidad y del conformismo, para llevarles a
conocer al Dios tres veces santo. Conmueven a Jesús el hambre y el
dolor, pero sobre todo le conmueve la ignorancia. Vio Jesús la
muchedumbre que le aguardaba, y enterneciéronsele con tal vista las
entrañas, porque andaban como ovejas sin pastor, y así se puso a
instruirlos sobre muchas cosas .
109.
Aplicación a nuestra vida ordinaria Hemos recorrido algunas páginas de
los Santos Evangelios para contemplar a Jesús en su trato con los
hombres, y aprender a llevar a Cristo hasta nuestros hermanos, siendo
nosotros mismos Cristo. Apliquemos esa lección a nuestra vida ordinaria,
a la propia vida. Porque no es la vida corriente y ordinaria, la que
vivimos entre los demás conciudadanos, nuestros iguales algo chato y sin
relieve. Es, precisamente en esas circunstancias, donde el Señor quiere
que se santifique la inmensa mayoría de sus hijos. Es necesario repetir
una y otra vez que Jesús no se dirigió a un grupo de privilegiados, sino
que vino a revelarnos el amor universal de Dios. Todos los hombres son
amados de Dios, de todos ellos espera amor. De todos, cualesquiera que
sean sus condiciones personales, su posición social, su profesión u
oficio. La vida corriente y ordinaria no es cosa de poco valor: todos
los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo,
que nos llama a identificarnos con El, para realizar -en el lugar donde
estamos- su misión divina. Dios nos llama a través de las incidencias de
la vida de cada día, en el sufrimiento y en la alegría de las personas
con las que convivimos, en los afanes humanos de nuestros compañeros, en
las menudencias de la vida de familia. Dios nos llama también a través
de los grandes problemas, conflictos y tareas que definen cada época
histórica, atrayendo esfuerzos e ilusiones de gran parte de la
humanidad.
110. Se comprende muy bien la impaciencia, la angustia, los deseos
inquietos de quienes, con un alma naturalmente cristiana , no se
resignan ante la injusticia personal y social que puede crear el corazón
humano. Tantos siglos de convivencia entre los hombres y, todavía, tanto
odio, tanta destrucción, tanto fanatismo acumulado en ojos que no
quieren ver y en corazones que no quieren amar. Los bienes de la tierra,
repartidos entre unos pocos; los bienes de la cultura, encerrados en
cenáculos. Y, fuera, hambre de pan y de sabiduría, vidas humanas que son
santas, porque vienen de Dios, tratadas como simples cosas, como números
de una estadística. Comprendo y comparto esa impaciencia, que me impulsa
a mirar a Cristo, que continúa invitándonos a que pongamos en práctica
ese mandamiento nuevo del amor.
Todas las situaciones por las que atraviesa nuestra vida nos traen un
mensaje divino, nos piden una respuesta de amor, de entrega a los demás.
Cuando venga el Hijo del hombre con toda su majestad y acompañado de
todos sus ángeles, sentarse ha entonces en el trono de su gloria, y hará
comparecer delante de él a todas las naciones, y separará a los unos de
los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, poniendo
las ovejas a su derecha y los cabritos a la izquierda. Entonces el rey
dirá a los que estarán a su derecha: venid, benditos de mi padre, a
tomar posesión del reino, que os está preparado desde el principio del
mundo. Porque yo tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me
disteis de beber; era peregrino, y me hospedasteis; estando desnudo, me
cubresteis; enfermo, y me visitasteis; encarcelado, y vinisteis a verme.
A lo cual los justos le responderán, diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos
nosotros hambriento y te dimos de comer, sediento y te dimos de beber?,
¿cuándo te hallamos de peregrino y te hospedamos, desnudo y te
vestimos?, o ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a
visitarte? Y el rey en respuesta les dirá: en verdad os digo, siempre
que lo hicisteis con algunos de estos mis más pequeños hermanos, conmigo
lo hicisteis . Hay que reconocer a Cristo, que nos sale al encuentro, en
nuestros hermanos los hombres. Ninguna vida humana es una vida aislada,
sino que se entrelaza con otras vidas. Ninguna persona es un verso
suelto, sino formamos todos parte de un mismo poema divino, que Dios
escribe con el concurso de nuestra libertad.
111. No hay nada que pueda ser ajeno al afán de Cristo. Hablando con
profundidad teológica, es decir, si no nos limitamos a una clasificación
funcional; hablando con rigor, no se puede decir que haya realidades
-buenas, nobles, y aun indiferentes- que sean exclusivamente profanas,
una vez que el Verbo de Dios ha fijado su morada entre los hijos de los
hombres, ha tenido hambre y sed, ha trabajado con sus manos, ha conocido
la amistad y la obediencia, ha experimentado el dolor y la muerte.
Porque en Cristo plugo al Padre poner la plenitud de todo ser, y
reconciliar por El todas las cosas consigo, restableciendo la paz entre
el cielo y la tierra, por medio de la sangre que derramó en la Cruz .
Hemos de amar el mundo, el trabajo, las realidades humanas. Porque el
mundo es bueno; fue el pecado de Adán el que rompió la divina armonía de
lo creado, pero Dios Padre ha enviado a su Hijo unigénito para que
restableciera esa paz. Para que nosotros, hechos hijos de adopción,
pudiéramos liberar a la creación del desorden, reconciliar todas las
cosas con Dios. Cada situación humana es irrepetible, fruto de una
vocación única que se debe vivir con intensidad, realizando en ella el
espíritu de Cristo. Así, viviendo cristianamente entre nuestros iguales,
de una manera ordinaria pero coherente con nuestra fe, seremos Cristo
presente entre los hombres.
112. Al considerar la dignidad de la misión a la que Dios nos llama,
puede quizá surgir la presunción, la soberbia, en el alma humana. Es una
falsa conciencia de la vocación cristiana, la que ciega, la que nos hace
olvidar que estamos hechos de barro, que somos polvo y miseria. Que no
sólo hay mal en el mundo, a nuestro alrededor, sino que el mal está
dentro de nosotros, que anida en nuestro mismo corazón, haciéndonos
capaces de vilezas y egoísmos. Sólo la gracia de Dios es roca fuerte:
nosotros somos arena, y arena movediza. Si se recorre con la mirada la
historia de los hombres o la situación actual del mundo, causa dolor
contemplar que, después de veinte siglos, hay tan pocos que se llaman
cristianos, y que, los que se adornan con ese nombre, son tantas veces
infieles a su vocación. Hace años, una persona que no tenía mal corazón,
pero que no tenía fe, señalado un mapamundi, me comentó: He aquí el
fracaso de Cristo. Tantos siglos procurando meter en el alma de los
hombres su doctrina, y vea los resultados: no hay cristianos. No faltan
hoy quienes todavía piensan así. Pero Cristo no ha fracasado: su palabra
y su vida fecundan continuamente el mundo. La obra de Cristo, la tarea
que su Padre le encomendó, se está realizando, su fuerza atraviesa la
historia trayendo la verdadera vida, y cuando ya todas las cosas estén
sujetas a El, entonces el Hijo mismo quedará sujeto en cuanto hombre al
que se las sujetó todas, a fin de que en todas las cosas todo sea Dios .
En esa tarea que va realizando en el mundo, Dios ha querido que seamos
cooperadores suyos, ha querido correr el riesgo de nuestra libertad. Me
llega a lo hondo del alma contemplar la figura de Jesús recién nacido en
Belén: un niño indefenso, inerme, incapaz de ofrecer resistencia. Dios
se entrega en manos de los hombres, se acerca y se abaja hasta nosotros.
Jesucristo teniendo la naturaleza de Dios, no tuvo por usurpación el ser
igual a Dios, y no obstante se anonadó a sí mismo tomando forma de
esclavo . Dios condesciende con nuestra libertad, con nuestra
imperfección, con nuestras miserias. Consiente en que los tesoros
divinos sean llevados en vasos de barro, en que los demos a conocer
mezclando nuestras deficiencias humanas con su fuerza divina.
113. La experiencia del pecado no nos debe, pues, hacer dudar de nuestra
misión. Ciertamente nuestros pecados pueden hacer difícil reconocer a
Cristo. Por tanto, hemos de enfrentarnos con nuestras propias miserias
personales, buscar la purificación. Pero sabiendo que Dios no nos ha
prometido la victoria absoluta sobre el mal durante esta vida, sino que
nos pide lucha. Sufficit tibi gratia mea , te basta mi gracia, respondió
Dios a Pablo, que solicitaba ser liberado del aguijón que le humillaba.
El poder de Dios se manifiesta en nuestra flaqueza, y nos impulsa a
luchar, a combatir contra nuestros defectos, aun sabiendo que no
obtendremos jamás del todo la victoria durante el caminar terreno. La
vida cristiana es un constante comenzar y recomenzar, un renovarse cada
día. Cristo resucita en nosotros, si nos hacemos copartícipes de su Cruz
y de su Muerte. Hemos de amar la Cruz, la entrega, la mortificación. El
optimismo cristiano no es un optimismo dulzón, ni tampoco una confianza
humana en que todo saldrá bien. Es un optimismo que hunde sus raíces en
la conciencia de la libertad y en la fe en la gracia; es un optimismo
que lleva a exigirnos a nosotros mismos, a esforzarnos por corresponder
a la llamada de Dios. De esa manera, no ya a pesar de nuestra miseria,
sino en cierto modo a través de nuestra miseria, de nuestra vida de
hombres hechos de carne y de barro, se manifiesta Cristo: en el esfuerzo
por ser mejores, por realizar un amor que aspira a ser puro, por dominar
el egoísmo, por entregarnos plenamente a los demás, haciendo de nuestra
existencia un constante servicio.
114. No quiero terminar sin una última reflexión. El cristiano, al hacer
presente a Cristo entre los hombres, siendo él mismo ipse Christus, no
trata sólo de vivir una actitud de amor, sino de dar a conocer el Amor
de Dios, a través de ése su amor humano. Jesús ha concebido toda su vida
como una revelación de ese amor: Felipe, respondió a uno de sus
discípulos, quien me ve a mí ve también al Padre . Siguiendo esa
enseñanza el apóstol Juan invita a los cristianos a que, ya que han
conocido el amor de Dios, lo manifiesten con sus obras: Carísimos,
amémonos los unos a los otros, porque la caridad procede de Dios; y todo
aquel que ama, es hijo de Dios y conoce a Dios. Quien no tiene este amor
no conoce a Dios: puesto que Dios es amor. En esto se demostró el amor
de Dios hacia nosotros, en que envió a su Hijo unigénito al mundo, para
que por El tengamos la vida. Y en esto consiste su amor, que no es
porque nosotros hayamos amado a Dios, sino que El nos amó primero a
nosotros, y envió a su Hijo a ser víctima de propiciación por nuestros
pecados. Queridos, si así nos amó Dios, también nosotros debemos amarnos
los unos a los otros .
115. Es necesario, pues, que nuestra fe sea viva, que nos lleve
realmente a creer en Dios y a mantener un constante diálogo con El. La
vida cristiana deber ser vida de oración constante, procurando estar en
la presencia del Señor de la mañana a la noche y de la noche a la
mañana. El cristiano no es nunca un hombre solitario, puesto que vive en
un trato continuo con Dios, que está junto a nosotros y en los cielos.
Sine intermissione orate, manda el Apóstol, orad sin intermisión . Y,
recordando ese precepto apostólico, escribe Clemente Alejandrino: se nos
manda alabar y honrar al Verbo, a quien conocemos como salvador y rey; y
por El al Padre, no en días escogidos, como hacen otros, sino
constantemente a lo largo de toda la vida, y de todos los modos posibles
. En medio de las ocupaciones de la jornada, en el momento de vencer la
tendencia al egoísmo, al sentir la alegría de la amistad con los otros
hombres, en todos esos instantes el cristiano debe reencontrar a Dios.
Por Cristo y en el Espíritu Santo, el cristiano tiene acceso a la
intimidad de Dios Padre, y recorre su camino buscando ese reino, que no
es de este mundo, pero que en este mundo se incoa y prepara. Hay que
tratar a Cristo, en la Palabra y en el Pan, en la Eucaristía y en la
Oración. Y tratarlo como se trata a un amigo, a un ser real y vivo como
Cristo lo es, porque ha resucitado. Cristo, leemos en la Epístola a los
Hebreos, como siempre permanece, posee eternamente el sacerdocio. De
aquí que puede perpetuamente salvar a los que por medio suyo se
presentan a Dios, puesto que está siempre vivo para interceder por
nosotros . Cristo, Cristo resucitado, es el compañero, el Amigo. Un
compañero que se deja ver sólo entre sombras, pero cuya realidad llena
toda nuestra vida, y que nos hace desear su compañía definitiva. El
espíritu y la esposa dicen: ven. Diga también quien escucha: ven.
Asimismo el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome de balde el agua
de vida, la felicidad eterna... Y el que da testimonio de estas cosas
dice: ciertamente, vengo pronto. Así sea. Ven, Señor Jesús .
12. LA ASCENSION DEL SEñOR A LOS CIELOS
Homilía pronunciada el 19-V-1966, fiesta de la Ascensión del Señor
116. La liturgia pone ante nuestros ojos, una vez más, el último de los
misterios de la vida de Jesucristo entre los hombres: Su Ascensión a los
cielos. Desde el Nacimiento en Belén, han ocurrido muchas cosas: lo
hemos encontrado en la cuna, adorado por pastores y por reyes; lo hemos
contemplado en los largos años de trabajo silencioso, en Nazaret; lo
hemos acompañado a través de las tierras de Palestina, predicando a los
hombres el Reino de Dios y haciendo el bien a todos. Y más tarde, en los
días de su Pasión, hemos sufrido al presenciar cómo lo acusaban, con qué
saña lo maltrataban, con cuánto odio lo crucificaban. Al dolor, siguió
la alegría luminosa de la Resurrección. ¡Qué fundamento más claro y más
firme para nuestra fe! Ya no deberíamos dudar. Pero quizá, como los
Apóstoles, somos todavía débiles y, en este día de la Ascensión,
preguntamos a Cristo: ¿Es ahora cuando vas a restaurar el reino de
Israel? ; ¡es ahora cuando desaparecerán, definitivamente, todas
nuestras perplejidades, y todas nuestras miserias? El Señor nos responde
subiendo a los cielos. También como los Apóstoles, permanecemos entre
admirados y tristes al ver que nos deja. No es fácil, en realidad,
acostumbrarse a la ausencia física de Jesús. Me conmueve recordar que,
en un alarde de amor, se ha ido y se ha quedado; se ha ido al Cielo y se
nos entrega como alimento en la Hostia Santa. Echamos de menos, sin
embargo, su palabra humana, su forma de actuar, de mirar, de sonreír, de
hacer el bien. Querríamos volver a mirarle de cerca, cuando se sienta al
lado del pozo cansado por el duro camino , cuando llora por Lázaro ,
cuando ora largamente , cuando se compadece de la muchedumbre . Siempre
me ha parecido lógico y me ha llenado de alegría que la Santísima
Humanidad de Jesucristo suba a la gloria del Padre, pero pienso también
que esta tristeza, peculiar del día de la Ascensión, es una muestra del
amor que sentimos por Jesús, Señor Nuestro. El, siendo perfecto Dios, se
hizo hombre, perfecto hombre, carne de nuestra carne y sangre de nuestra
sangre. Y se separa de nosotros, para ir al cielo. ¿Cómo no echarlo en
falta?
117.
Trato con Jesucristo en el Pan y en la Palabra Si sabemos contemplar el
misterio de Cristo, si nos esforzamos en verlo con los ojos limpios, nos
daremos cuenta de que es posible también ahora acercarnos íntimamente a
Jesús, en cuerpo y alma. Cristo nos ha marcado claramente el camino: por
el Pan y por la Palabra, alimentándonos con la Eucaristía y conociendo y
cumpliendo lo que vino a enseñarnos, a la vez que conversamos con El en
la oración. Quien come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece y yo
en él . Quien conoce mis mandamientos y los cumple, ése es quien me ama.
Y el que me ame será amado por mi Padre, y yo le amaré y me manifestaré
a él . No son sólo promesas. Son la entraña, la realidad de una vida
auténtica: la vida de la gracia, que nos empuja a tratar personal y
directamente a Dios. Si cumplís mis preceptos, permaneceréis en mi amor,
como yo he cumplido los mandatos de mi Padre y permanezco en su amor .
Esta afirmación de Jesús, en el discurso de la última cena, es el mejor
preámbulo para el día de la Ascensión. Cristo sabía que era preciso que
El se fuera; porque, de modo misterioso que no acertamos a comprender,
después de la Ascensión llegaría -en una nueva efusión del Amor divino-
la tercera Persona de la Trinidad Beatísima: os digo la verdad: conviene
que yo me vaya. Si no me fuese, el Paráclito no vendría a vosotros. Si
me voy, os lo enviaré . Se ha ido y nos envía al Espíritu Santo, que
rige y santifica nuestra alma. Al actuar el Paráclito en nosotros,
confirma lo que Cristo nos anunciaba: que somos hijos de Dios; que no
hemos recibido el espíritu de servidumbre para obrar todavía por temor,
sino el espíritu de adopción de hijos, en virtud del cual clamamos: Abba,
¡Padre! . ¿Veis? Es la actuación trinitaria en nuestras almas. Todo
cristiano tiene acceso a esa inhabitación de Dios en lo más intimo de su
ser, si corresponde a la gracia que nos lleva a unirnos con Cristo en el
Pan y en la Palabra, en la Sagrada Hostia y en la oración. La Iglesia
trae a nuestra consideración cada día la realidad del Pan vivo, y le
dedica dos de las grandes fiestas del año litúrgico: la del Jueves Santo
y la del Corpus Christi. En este día de la Ascensión, vamos a detenernos
en el trato con Jesús, escuchando atentamente su Palabra.
118.
Vida de oración Una oración al Dios de mi vida . Si Dios es para
nosotros vida, no debe extrañarnos que nuestra existencia de cristianos
haya de estar entretejida en oración. Pero no penséis que la oración es
un acto que se cumple y luego se abandona. El justo encuentra en la ley
de Yavé su complacencia y a acomodarse a esa ley tiende, durante el día
y durante la noche . Por la mañana pienso en ti ; y, por la tarde, se
dirige hacia ti mi oración como el incienso . Toda la jornada puede ser
tiempo de oración: de la noche a la mañana y de la mañana a la noche.
Más aún: como nos recuerda la Escritura Santa, también el sueño debe ser
oración . Recordad lo que, de Jesús, nos narran los Evangelios. A veces,
pasaba la noche entera ocupado en coloquio íntimo con su Padre. ¡Cómo
enamoró a los primeros discípulos la figura de Cristo orante! Después de
contemplar esa constante actitud del Maestro, le preguntaron: Domine,
doce nos orare , Señor, enséñanos a orar así. San Pablo -orationi
instantes , en la oración continuos, escribe- difunde por todas partes
el ejemplo vivo de Cristo. Y San Lucas, con una pincelada, retrata la
manera de obrar de los primeros fieles: animados de un mismo espíritu,
perseveraban juntos en oración . El temple del buen cristiano se
adquiere, con la gracia, en la forja de la oración. Y este alimento de
la plegaria, por ser vida, no se desarrolla en un cauce único. El
corazón se desahogará habitualmente con palabras, en esas oraciones
vocales que nos ha enseñado el mismo Dios, Padre nuestro, o sus ángeles,
Ave María. Otras veces utilizaremos oraciones acrisoladas por el tiempo,
en las que se ha vertido la piedad de millones de hermanos en la fe: las
de la liturgia -lex orandi-, las que han nacido de la pasión de un
corazón enamorado, como tantas antífonas marianas: Sub tuum praesidium...,
Memorare..., Salve Regina... En otras ocasiones nos bastarán dos o tres
expresiones, lanzadas al Señor como saeta, iaculata: jaculatorias, que
aprendemos en la lectura atenta de la historia de Cristo: Domine, si vis,
potes me mundare , Señor, si quieres, puedes curarme; Domine, tu omnia
nosti, tu scis quia amo te , Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te
amo; Credo, Domine, sed adiuva incredulitatem meam , creo, Señor, pero
ayuda mi incredulidad, fortalece mi fe; Domine, non sum dignus , ¡Señor,
no soy digno!; Dominus meus et Deus meus , ¡Señor mío y Dios mío!... U
otras frases, breves y afectuosas, que brotan del fervor íntimo del
alma, y responden a una circunstancia concreta. La vida de oración ha de
fundamentarse además en algunos ratos diarios, dedicados exclusivamente
al trato con Dios; momentos de coloquio sin ruido de palabras, junto al
Sagrario siempre que sea posible, para agradecer al Señor esa espera
-¡tan solo!- desde hace veinte siglos. Oración mental es ese diálogo con
Dios, de corazón a corazón, en el que interviene toda el alma: la
inteligencia y la imaginación, la memoria y la voluntad. Una meditación
que contribuye a dar valor sobrenatural a nuestra pobre vida humana,
nuestra vida diaria corriente. Gracias a esos ratos de meditación, a las
oraciones vocales, a las jaculatorias, sabremos convertir nuestra
jornada, con naturalidad y sin espectáculo, en una alabanza continua a
Dios. Nos mantendremos en su presencia, como los enamorados dirigen
continuamente su pensamiento a la persona que aman, y todas nuestras
acciones -aun las más pequeñas- se llenarán de eficacia espiritual. Por
eso, cuando un cristiano se mete por este camino del trato
ininterrumpido con el Señor -y es un camino para todos, no una senda
para privilegiados-, la vida interior crece, segura y firme; y se
afianza en el hombre esa lucha, amable y exigente a la vez, por realizar
hasta el fondo la voluntad de Dios. Desde la vida de oración podemos
entender ese otro tema que nos propone la fiesta de hoy: el apostolado,
el poner por obra las enseñanza de Jesús, trasmitidas a los suyos poco
antes de subir a los cielos: me serviréis de testigos en Jerusalén y en
toda la Judea y Samaría y hasta el cabo del mundo .
119.
Apostolado, corredención Con la maravillosa normalidad de lo divino, el
alma contemplativa se desborda en afán apostólico: me ardía el corazón
dentro del pecho, se encendía el fuego en mi meditación . ¿Qué fuego es
ése sino el mismo del que habla Cristo: fuego he venido a traer a la
tierra y qué he de querer sino que arda? . Fuego de apostolado que se
robustece en la oración: no hay medio mejor que éste para desarrollar, a
lo largo y a lo ancho del mundo, esa batalla pacífica en la que cada
cristiano está llamado a participar: cumplir lo que resta que padecer a
Cristo . Jesús se ha ido a los cielos, decíamos. Pero el cristiano
puede, en la oración y en la Eucaristía, tratarle como le trataron los
primeros doce, encenderse en su celo apostólico, para hacer con El un
servicio de corredención, que es sembrar la paz y la alegría. Servir,
pues: el apostolado no es otra cosa. Si contamos exclusivamente con
nuestras propias fuerzas, no lograremos nada en el terreno sobrenatural;
siendo instrumentos de Dios, conseguiremos todo: todo lo puedo en aquel
que me conforta . Dios, por su infinita bondad, ha dispuesto utilizar
estos instrumentos ineptos. Así que el apóstol no tiene otro fin que
dejar obrar al Señor, mostrarse enteramente disponible, para que Dios
realice -a través de sus criaturas, a través del alma elegida- su obra
salvadora. Apóstol es el cristiano que se siente injertado en Cristo,
identificado con Cristo, por el Bautismo; habilitado para luchar por
Cristo, por la Confirmación; llamado a servir a Dios con su acción en el
mundo, por el sacerdocio común de los fieles, que confiere una cierta
participación en el sacerdocio de Cristo, que -siendo esencialmente
distinta de aquella que constituye el sacerdocio ministerial- capacita
para tomar parte en el culto de la Iglesia, y para ayudar a los hombres
en su camino hacia Dios, con el testimonio de la palabra y del ejemplo,
con la oración y con la expiación. Cada uno de nosotros ha de ser ipse
Christus. El es el único mediador entre Dios y los hombres ; y nosotros
nos unimos a El para ofrecer, con El, todas las cosas al Padre. Nuestra
vocación de hijos de Dios, en medio del mundo, nos exige que no
busquemos solamente nuestra santidad personal, sino que vayamos por los
senderos de la tierra, para convertirlos en trochas que, a través de los
obstáculos, lleven las almas al Señor; que tomemos parte como ciudadanos
corrientes en todas las actividades temporales, para ser levadura que ha
de informar la masa entera . Cristo ha subido a los cielos, pero ha
trasmitido a todo lo humano honesto la posibilidad concreta de ser
redimido. San Gregorio Magno recoge este gran tema cristiano con
palabras incisivas: Partía así Jesús hacia el lugar de donde era, y
volvía del lugar en el que continuaba morando. En efecto, en el momento
en el que subía al Cielo, unía con su divinidad el Cielo y la tierra. En
la fiesta de hoy conviene destacar solemnemente el hecho de que haya
sido suprimido el decreto que nos condenaba, el juicio que nos hacía
sujetos de corrupción. La naturaleza a la que se dirigía las palabras tú
eres polvo y volverás al polvo (Gen III, 19), esa misma naturaleza ha
subido hoy al Cielo con Cristo . No me cansaré de repetir, por tanto,
que el mundo es santificable; que a los cristianos nos toca
especialmente esa tarea, purificándolo de las ocasiones de pecado con
que los hombres lo afeamos, y ofreciéndolo al Señor como hostia
espiritual, presentada y dignificada con la gracia de Dios y con nuestro
esfuerzo. En rigor, no se puede decir que haya nobles realidades
exclusivamente profanas, una vez que el Verbo se ha dignado asumir una
naturaleza humana íntegra y consagrar la tierra con su presencia y con
el trabajo de sus manos. La gran misión que recibimos, en el Bautismo,
es la corredención. Nos urge la caridad de Cristo , para tomar sobre
nuestros hombros una parte de esa tarea divina de rescatar las almas.
120. Mirad: la Redención, que quedó consumada cuando Jesús murió en la
vergüenza y en la gloria de la Cruz, escándalo para los judíos, necedad
para los gentiles , por voluntad de Dios continuará haciéndose hasta que
llegue la hora del Señor. No es compatible vivir según el Corazón de
Jesucristo, y no sentirse enviado, como El, peccatores salvos facere ,
para salvar a todos los pecadores, convencidos de que nosotros mismos
necesitamos confiar más cada día en la misericordia de Dios. De ahí el
deseo vehemente de considerarnos corredentores con Cristo, de salvar con
El a todas las almas, porque somos, queremos ser ipse Christus, el mismo
Jesucristo, y El se dio a sí mismo en rescate por todos . Tenemos una
gran tarea por delante. No cabe la actitud de permanecer pasivos, porque
el Señor nos declaró expresamente: negociad, mientras vengo . Mientras
esperamos el retorno del Señor, que volverá a tomar posesión plena de su
Reino, no podemos estar cruzados de brazos. La extensión del Reino de
Dios no es sólo tarea oficial de los miembros de la Iglesia que
representan a Cristo, porque han recibido de El los poderes sagrados.
Vos autem estis corpus Christi , vosotros también sois cuerpo de Cristo,
nos señala el Apóstol, con el mandato concreto de negociar hasta el fin.
Queda tanto por hacer. ¿Es que, en veinte siglos, no se ha hecho nada?
En veinte siglos se ha trabajado mucho; no me parece ni objetivo, ni
honrado, el afán de algunos por menospreciar la tarea de los que nos
precedieron. En veinte siglos se ha realizado una gran labor y, con
frecuencia, se ha realizado muy bien. Otras veces ha habido desaciertos,
regresiones, como también ahora hay retrocesos, miedo, timidez, al mismo
tiempo que no falta valentía, generosidad. Pero la familia humana se
renueva constantemente; en cada generación es preciso continuar con el
empeño de ayudar a descubrir al hombre la grandeza de su vocación de
hijo de Dios, es necesario inculcar el mandato del amor al Creador y a
nuestro prójimo.
121. Cristo nos enseñó, definitivamente, el camino de ese amor a Dios:
el apostolado es amor de Dios, que se desborda, dándose a los demás. La
vida interior supone crecimiento en la unión con Cristo, por el Pan y la
Palabra. Y el afán de apostolado es la manifestación exacta, adecuada,
necesaria, de la vida interior. Cuando se paladea el amor de Dios se
siente el peso de las almas. No cabe disociar la vida interior y el
apostolado, como no es posible separar en Cristo su ser de Dios-Hombre y
su función de Redentor. El Verbo quiso encarnarse para salvar a los
hombres, para hacerlos con El una sola cosa. Esta es la razón de su
venida al mundo: por nosotros y por nuestra salvación, bajó del cielo,
rezamos en el Credo. Para el cristiano, el apostolado resulta
connatural: no es algo añadido, yuxtapuesto, externo a su actividad
diaria, a su ocupación profesional. ¡Lo he dicho sin cesar, desde que el
Señor dispuso que surgiera el Opus Dei! Se trata de santificar el
trabajo ordinario, de santificarse en esa tarea y de santificar a los
demás con el ejercicio de la propia profesión, cada uno en su propio
estado. El apostolado es como la respiración del cristiano: no puede
vivir un hijo de Dios, sin ese latir espiritual. Nos recuerda la fiesta
de hoy que el celo por almas es un mandato amoroso del Señor, que, al
subir a su gloria, nos envía como testigos suyos por el orbe entero.
Grande es nuestra responsabilidad: porque ser testigo de Cristo supone,
antes que nada, procurar comportarnos según su doctrina, luchar para que
nuestra conducta recuerde a Jesús, evoque su figura amabilísima. Hemos
de conducirnos de tal manera, que los demás puedan decir, al vernos:
éste es cristiano, porque no odia, porque sabe comprender, porque no es
fanático, porque está por encima de los instintos, porque es
sacrificado, porque manifiesta sentimientos de paz, porque ama.
122.
El trigo y la cizaña Os he trazado, con la doctrina de Cristo, no con
mis ideas, un camino ideal de cristiano. Convenís en que es alto,
sublime, atractivo. Pero quizá alguno se pregunte: ¿es posible vivir así
en la sociedad de hoy? Ciertamente, el Señor nos ha llamado en momentos,
en los que se habla mucho de paz y no hay paz: ni en las almas, ni en
las instituciones, ni en la vida social, ni entre los pueblos. Se habla
continuamente de igualdad y de democracia y abundan las castas:
cerradas, impenetrables. Nos ha llamado en un tiempo, en el que se clama
por la comprensión, y la comprensión brilla por su ausencia, incluso
entre personas que obran de buena fe y quieren practicar la caridad,
porque -no lo olvidéis- la caridad, más que en dar, está en comprender.
Atravesamos una época en la que los fanáticos y los intransigentes
-incapaces de admitir razones ajenas- se curan en salud, tachando de
violentos y agresivos a los que son sus víctimas. Nos ha llamado, en
fin, cuando se oye parlotear mucho de unidad, y quizá sea difícil
concebir que pueda tolerarse mayor desunión entre los mismos católicos,
no ya entre los hombres en general. Yo no hago jamás consideraciones
políticas, porque ése no es mi oficio. Para describir sacerdotalmente la
situación del mundo actual, me basta pensar de nuevo en una parábola del
Señor: la del trigo y la cizaña. El reino de los cielos es semejante a
un hombre que sembró buena simiente en su campo; pero, al tiempo de
dormir los jornaleros, vino cierto enemigo suyo, esparció cizaña en
medio del trigo, y se fue . Está claro: el campo es fértil y la simiente
es buena; el Señor del campo ha lanzado a voleo la semilla en el momento
propicio y con arte consumada; además, ha organizado una vigilancia para
proteger la siembra reciente. Si después aparece la cizaña, es porque no
ha habido correspondencia, porque los hombres -los cristianos
especialmente- se han dormido, y han permitido que el enemigo se
acercara. Cuando los servidores irresponsables preguntan al Señor por
qué ha crecido la cizaña en su campo, la explicación salta a los ojos:
inimicus homo hoc fecit , ¡ha sido el enemigo! Nosotros, los cristianos
que debíamos estar vigilantes, para que las cosas buenas puestas por el
Creador en el mundo se desarrollaran al servicio de la verdad y del
bien, nos hemos dormido -¡triste pereza, ese sueño!-, mientras el
enemigo y todos los que le sirven se movían sin cesar. Ya veis cómo ha
crecido la cizaña: ¡qué siembra tan abundante y en todas partes! No
tengo vocación de profeta de desgracias. No deseo con mis palabras
presentaros un panorama desolador, sin esperanza. No pretendo quejarme
de estos tiempos, en los que vivimos por providencia del Señor. Amamos
esta época nuestra, porque es el ámbito en el que hemos de lograr
nuestra personal santificación. No admitimos nostalgias ingenuas y
estériles: el mundo no ha estado nunca mejor. Desde siempre, desde la
cuna de la Iglesia, cuando aún se escuchaba la predicación de los
primeros doce, surgieron ya violentas las persecuciones, comenzaron las
herejías, se propaló la mentira y se desencadenó el odio. Pero tampoco
es lógico negar que parece que el mal ha prosperado. Dentro de todo este
campo de Dios, que es la tierra, que es heredad de Cristo, ha brotado
cizaña: no sólo cizaña, ¡abundancia de cizaña! No podemos dejarnos
engañar por el mito del progreso perenne e irreversible. El progreso
rectamente ordenado es bueno, y Dios lo quiere. Pero se pondera más ese
otro falso progreso, que ciega los ojos a tanta gente, porque con
frecuencia no percibe que la humanidad, en algunos de sus pasos, vuelve
atrás y pierde lo que antes había conquistado. El Señor -repito- nos ha
dado el mundo por heredad. Y hemos de tener el alma y la inteligencia
despiertas; hemos de ser realistas, sin derrotismos. Sólo una conciencia
cauterizada, sólo la insensibilidad producida por la rutina, sólo el
atolondramiento frívolo pueden permitir que se contemple el mundo sin
ver el mal, la ofensa a Dios, el daño en ocasiones irreparable para las
almas. Hemos de ser optimistas, pero con un optimismo que nace de la fe
en el poder de Dios -Dios no pierde batallas-, con un optimismo que no
procede de la satisfacción humana, de una complacencia necia y
presuntuosa.
123.
Siembra de paz y de alegría ¿Qué hacer? Os decía que no he procurado
describir crisis sociales o políticas, hundimientos o enfermedades
culturales. Con el enfoque de la fe cristiana, me vengo refiriendo al
mal en el sentido preciso de la ofensa a Dios. El apostolado cristiano
no es un programa político, ni una alternativa cultural: supone la
difusión del bien, el contagio del deseo de amar, una siembra concreta
de paz y de alegría. Sin duda, de ese apostolado se derivarán beneficios
espirituales para todos: más justicia, más comprensión, más respeto del
hombre por el hombre. Hay muchas almas alrededor de nosotros, y no
tenemos derecho a ser obstáculo para su bien eterno. Estamos obligados a
ser plenamente cristianos, a ser santos, a no defraudar a Dios, ni a
todas esas gentes que esperan del cristiano el ejemplo, la doctrina.
Nuestro apostolado ha de basarse en la comprensión. Insisto otra vez: la
caridad, más que en dar, está en comprender. No os escondo que yo he
aprendido, en mi propia carne, lo que cuesta el no ser comprendido. Me
he esforzado siempre en hacerme comprender, pero hay quienes se han
empeñado en no entenderme. Otra razón, práctica y viva, para que yo
desee comprender a todos. Pero no es un impulso circunstancial el que ha
de obligarnos a tener ese corazón amplio, universal, católico. El
espíritu de comprensión es muestra de la caridad cristiana del buen hijo
de Dios: porque el Señor nos quiere por todos los caminos rectos de la
tierra, para extender la semilla de la fraternidad -no de la cizaña-, de
la disculpa, del perdón, de la caridad, de la paz. No os sintáis nunca
enemigos de nadie. El cristiano ha de mostrarse siempre dispuesto a
convivir con todos, a dar a todos -con su trato- la posibilidad de
acercarse a Cristo Jesús. Ha de sacrificarse gustosamente por todos, sin
distinciones, sin dividir las almas en departamentos estancos, sin
ponerles etiquetas como si fueran mercancías o insectos disecados. No
puede el cristiano separarse de los demás, porque su vida sería
miserable y egoísta: debe hacerse todo para todos, para salvarlos a
todos . ¡Si viviésemos así, si supiésemos impregnar nuestra conducta con
esta siembra de generosidad, con este deseo de convivencia, de paz! De
ese modo se fomentaría la legítima independencia personal de los
hombres; cada uno asumiría su responsabilidad, por los quehaceres que le
competen en las labores temporales. El cristiano sabría defender antes
que nada la libertad ajena, para poder después defender la propia.
Tendría la caridad de aceptar a los otros como son -porque cada uno, sin
excepción, arrastra miserias y comete errores-, ayudándoles con la
gracia de Dios y con delicadeza humana a superar el mal, a arrancar la
cizaña, a fin de que todos podamos mutuamente sostenernos y llevar con
dignidad nuestra condición de hombres y de cristianos.
124.
La vida futura La tarea apostólica que Cristo ha encomendado a todos sus
discípulos produce, por tanto resultados concretos en el ámbito social.
No es admisible pensar que, para ser cristiano, haya que dar la espalda
al mundo, ser un derrotista de la naturaleza humana. Todo, hasta el más
pequeño de los acontecimientos honestos, encierra un sentido humano y
divino. Cristo, perfecto hombre, no ha venido a destruir lo humano, sino
a ennoblecerlo, asumiendo nuestra naturaleza humana, menos el pecado: ha
venido a compartir todos los afanes del hombre, menos la triste aventura
del mal. El cristiano ha de encontrarse siempre dispuesto a santificar
la sociedad desde dentro, estando plenamente en el mundo, pero no siendo
del mundo, en lo que tiene -no por característica real, sino por defecto
voluntario, por el pecado- de negación de Dios, de oposición a su amable
voluntad salvífica.
125. La fiesta de la Ascensión del Señor nos sugiere también otra
realidad; el Cristo que nos anima a esta tarea en el mundo, nos espera
en el Cielo. En otras palabras: la vida en la tierra, que amamos, no es
lo definitivo; pues no tenemos aquí ciudad permanente, sino que andamos
en busca de la futura ciudad inmutable. Cuidemos, sin embargo, de no
interpretar la Palabra de Dios en los límites de estrechos horizontes.
El Señor no nos impulsa a ser infelices mientras caminamos, esperando
sólo la consolación en el más allá. Dios nos quiere felices también
aquí, pero anhelando el cumplimiento definitivo de esa otra felicidad,
que sólo El puede colmar enteramente. En esta tierra, la contemplación
de las realidades sobrenaturales, la acción de la gracia en nuestras
almas, el amor al prójimo como fruto sabroso del amor a Dios, suponen ya
un anticipo del Cielo, una incoación destinada a crecer día a día. No
soportamos los cristianos una doble vida: mantenemos una unidad de vida,
sencilla y fuerte en la que se fundan y compenetran todas nuestras
acciones. Cristo nos espera. Vivamos ya como ciudadanos del cielo ,
siendo plenamente ciudadanos de la tierra, en medio de dificultades, de
injusticias, de incomprensiones, pero también en medio de la alegría y
de la serenidad que da el saberse hijo amado de Dios. Perseveremos en el
servicio de nuestro Dios, y veremos cómo aumenta en número y en santidad
este ejército cristiano de paz, este pueblo de corredención. Seamos
almas contemplativas, con diálogo constante, tratando al Señor a todas
horas; desde el primer pensamiento del día al último de la noche,
poniendo de continuo nuestro corazón en Jesucristo Señor Nuestro,
llegando a El por Nuestra Madre Santa María y, por El, al Padre y al
Espíritu Santo. Si, a pesar de todo, la subida de Jesús a los cielos nos
deja en el alma un amargo regusto de tristeza, acudamos a su Madre, como
hicieron los apóstoles: entonces tornaron a Jerusalén... y oraban
unánimemente... con María, la Madre de Jesús .
13. EL GRAN DESCONOCIDO
Homilía pronunciada el 25-V-1969, fiesta de Pentecostés.
126. Los Hechos de los Apóstoles, al narrarnos los acontecimientos de
aquel día de Pentecostés en el que el Espíritu Santo descendió en forma
de lenguas de fuego sobre los discípulos de Nuestro Señor, nos hacen
asistir a la gran manifestación del poder de Dios, con el que la Iglesia
inició su camino entre las naciones. La victoria que Cristo -con su
obediencia, con su inmolación en la Cruz y con su Resurrección- había
obtenido sobre la muerte y sobre el pecado, se reveló entonces en toda
su divina claridad. Los discípulos, que ya eran testigos de la gloria
del Resucitado, experimentaron en sí la fuerza del Espíritu Santo: sus
inteligencias y sus corazones se abrieron a una luz nueva. Habían
seguido a Cristo y acogido con fe sus enseñanzas, pero no acertaban
siempre a penetrar del todo su sentido: era necesario que llegara el
Espíritu de verdad, que les hiciera comprender todas las cosas . Sabían
que sólo en Jesús podían encontrar palabras de vida eterna, y estaban
dispuestos a seguirle y a dar la vida por El, pero eran débiles y,
cuando llegó la hora de la prueba, huyeron, lo dejaron solo. El día de
Pentecostés todo eso ha pasado: el Espíritu Santo, que es espíritu de
fortaleza, los ha hecho firmes, seguros, audaces. La palabra de los
Apóstoles resuena recia y vibrante por las calles y plazas de Jerusalén.
Los hombres y las mujeres que, venidos de las más diversas regiones,
pueblan en aquellos días la ciudad, escuchan asombrados. Partos, medos y
elamitas, los moradores de Mesopotamia, de Judea y de Capadocia, del
Ponto y del Asia, los de Frigia, de Pamfilia y de Egipto, los de Libia,
confinante con Cirene, y los que han venido de Roma, tanto judíos como
prosélitos, los cretenses y los árabes, oímos hablar las maravillas de
Dios en nuestras propias lenguas . Estos prodigios, que se obran ante
sus ojos, les llevan a prestar atención a la predicación apostólica. El
mismo Espíritu Santo, que actuaba en los discípulos del Señor, tocó
también sus corazones y los condujo hacia la fe. Nos cuenta San Lucas
que, después de haber hablado San Pedro proclamando la Resurrección de
Cristo, muchos de los que le rodeaban se acercaron preguntando: ¿qué es
lo que debemos hacer, hermanos? El Apóstol les respondió: Haced
penitencia, y sea bautizado cada uno de vosotros en nombre de Jesucristo
para remisión de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu
Santo. Aquel día se incorporaron a la Iglesia, termina diciéndonos el
texto sagrado, cerca de tres mil personas . La venida solemne del
Espíritu en el día de Pentecostés no fue un suceso aislado. Apenas hay
una página de los Hechos de los Apóstoles en la que no se nos hable de
El y de la acción por la que guía, dirige y anima la vida y las obras de
la primitiva comunidad cristiana: El es quien inspira la predicación de
San Pedro , quien confirma en su fe a los discípulos , quien sella con
su presencia la llamada dirigida a los gentiles , quien envía a Saulo y
a Bernabé hacia tierras lejanas para abrir nuevos caminos a la enseñanza
de Jesús . En una palabra, su presencia y su actuación lo dominan todo.
127.
Actualidad de la Pentecostés Esa realidad profunda que nos da a conocer
el texto de la Escritura Santa, no es un recuerdo del pasado, una edad
de oro de la Iglesia que quedó atrás en la historia. Es, por encima de
las miserias y de los pecados de cada uno de nosotros, la realidad
también de la Iglesia de hoy y de la Iglesia de todos los tiempos. Yo
rogaré al Padre -anunció el Señor a sus discípulos- y os dará otro
Consolador para que esté con vosotros eternamente . Jesús ha mantenido
sus promesas: ha resucitado, ha subido a los cielos y, en unión con el
Eterno Padre, nos envía el Espíritu Santo para que nos santifique y nos
dé la vida. La fuerza y el poder de Dios iluminan la faz de la tierra.
El Espíritu Santo continúa asistiendo a la Iglesia de Cristo, para que
sea -siempre y en todo- signo levantado ante las naciones, que anuncia a
la humanidad la benevolencia y el amor de Dios . Por grandes que sean
nuestras limitaciones, los hombres podemos mirar con confianza a los
cielos y sentirnos llenos de alegría: Dios nos ama y nos libra de
nuestros pecados. La presencia y la acción del Espíritu Santo en la
Iglesia son la prenda y la anticipación de la felicidad eterna, de esa
alegría y de esa paz que Dios nos depara. También nosotros, como
aquellos primeros que se acercaron a San Pedro en el día de Pentecostés,
hemos sido bautizados. En el bautismo, Nuestro Padre Dios ha tomado
posesión de nuestras vidas, nos ha incorporado a la de Cristo y nos ha
enviado el Espíritu Santo. El Señor, nos dice la Escritura Santa, nos ha
salvado haciéndonos renacer por el bautismo, renovándonos por el
Espíritu Santo, que El derramó copiosamente sobre nosotros por
Jesucristo Salvador nuestro, para que, justificados por la gracia,
vengamos a ser herederos de la vida eterna conforme a la esperanza que
tenemos . La experiencia de nuestra debilidad y de nuestros fallos, la
desedificación que puede producir el espectáculo doloroso de la pequeñez
o incluso de la mezquindad de algunos que se llaman cristianos, el
aparente fracaso o la desorientación de algunas empresas apostólicas,
todo eso -el comprobar la realidad del pecado y de las limitaciones
humanas- puede sin embargo constituir una prueba para nuestra fe, y
hacer que se insinúen la tentación y la duda: ¿dónde están la fuerza y
el poder de Dios? Es el momento de reaccionar, de practicar de manera
más pura y más recia nuestra esperanza y, por tanto, de procurar que sea
más firme nuestra fidelidad.
128. Permitidme narrar un suceso de mi vida personal, ocurrido hace ya
muchos años. Un día un amigo de buen corazón, pero que no tenía fe, me
dijo, mientras señalaba un mapamundi: mire, de norte a sur, y de este o
oeste. ¿Qué quieres que mire?, le pregunté. Su respuesta fue: el fracaso
de Cristo. Tantos siglos, procurando meter en la vida de los hombres su
doctrina, y vea los resultados. Me llené, en un primer momento de
tristeza: es un gran dolor, en efecto, considerar que son muchos los que
aún no conocen al Señor y que, entre los que le conocen, son muchos
también los que viven como si no lo conocieran. Pero esa sensación duró
sólo un instante, para dejar paso al amor y al agradecimiento, porque
Jesús ha querido hacer a cada hombre cooperador libre de su obra
redentora. No ha fracasado: su doctrina y su vida están fecundando
continuamente el mundo. La redención, por El realizada, es suficiente y
sobreabundante. Dios no quiere esclavos, sino hijos, y respeta nuestra
libertad. La salvación continúa y nosotros participamos en ella: es
voluntad de Cristo que -según las palabras fuertes de San Pablo-
cumplamos en nuestra carne, en nuestra vida, aquello que falta a su
pasión, pro Corpore eius, quod est Ecclesia, en beneficio de su cuerpo,
que es la Iglesia . Vale la pena jugarse la vida, entregarse por entero,
para corresponder al amor y a la confianza que Dios deposita en
nosotros. Vale la pena, ante todo, que nos decidamos a tomar en serio
nuestra fe cristiana. Al recitar el Credo, profesamos creer en Dios
Padre todopoderoso, en su Hijo Jesucristo que murió y fue resucitado, en
el Espíritu Santo, Señor y dador de vida. Confesamos que la Iglesia, una
santa, católica y apostólica, es el cuerpo de Cristo, animado por el
Espíritu Santo. Nos alegramos ante la remisión de los pecados, y ante la
esperanza de la resurrección futura. Pero, esas verdades ¿penetran hasta
lo hondo del corazón o se quedan quizá en los labios? El mensaje divino
de victoria, de alegría y de paz de la Pentecostés debe ser el
fundamento inquebrantable en el modo de pensar, de reaccionar y de vivir
de todo cristiano.
129.
Fuerza de Dios y debilidad humana Non est abbreviata manus Domini, no se
ha hecho más corta la mano de Dios : no es menos poderoso Dios hoy que
en otras épocas, ni menos verdadero su amor por los hombres. Nuestra fe
nos enseña que la creación entera, el movimiento de la tierra y el de
los astros, las acciones rectas de las criaturas y cuanto hay de
positivo en el sucederse de la historia, todo, en una palabra, ha venido
de Dios y a Dios se ordena. La acción del Espíritu Santo puede pasarnos
inadvertida, porque Dios no nos da a conocer sus planes y porque el
pecado del hombre enturbia y obscurece los dones divinos. Pero la fe nos
recuerda que el Señor obra constantemente: es El quien nos ha creado y
nos mantiene en el ser; quien, con su gracia, conduce la creación entera
hacia la libertad de la gloria de los hijos de Dios . Por eso, la
tradición cristiana ha resumido la actitud que debemos adoptar ante el
Espíritu Santo en un solo concepto: docilidad. Ser sensibles a lo que el
Espíritu divino promueve a nuestro alrededor y en nosotros mismos: a los
carismas que distribuye, a los movimientos e instituciones que suscita,
a los afectos y decisiones que hace nacer en nuestro corazón. El
Espíritu Santo realiza en el mundo las obras de Dios: es -como dice el
himno litúrgico- dador de las gracias, luz de los corazones, huésped del
alma, descanso en el trabajo, consuelo en el llanto. Sin su ayuda nada
hay en el hombre que sea inocente y valioso, pues es El quien lava lo
manchado, quien cura lo enfermo, quien enciende lo que está frío, quien
endereza lo extraviado, quien conduce a los hombres hacia el puerto de
la salvación y del gozo eterno . Pero esta fe nuestra en el Espíritu
Santo ha de ser plena y completa: no es una creencia vaga en su
presencia en el mundo, es una aceptación agradecida de los signos y
realidades a los que, de una manera especial, ha querido vincular su
fuerza. Cuando venga el Espíritu de verdad -anunció Jesús-, me
glorificará porque recibirá de lo mío, y os lo anunciará . El Espíritu
Santo es el Espíritu enviado por Cristo, para obrar en nosotros la
santificación que El nos mereció en la tierra. No puede haber por eso fe
en el Espíritu Santo, si no hay fe en Cristo, en la doctrina de Cristo,
en los sacramentos de Cristo, en la Iglesia de Cristo. No es coherente
con la fe cristiana, no cree verdaderamente en el Espíritu Santo quien
no ama a la Iglesia, quien no tiene confianza en ella, quien se complace
sólo en señalar las deficiencias y las limitaciones de los que la
representan, quien la juzga desde fuera y es incapaz de sentirse hijo
suyo. Me viene a la mente considerar hasta qué punto será
extraordinariamente importante y abundantísima la acción del Divino
Paráclito, mientras el sacerdote renueva el sacrificio del Calvario, al
celebrar la Santa Misa en nuestros altares.
130. Los cristianos llevamos los grandes tesoros de la gracia en vasos
de barro ; Dios ha confiado sus dones a la frágil y débil libertad
humana y, aunque la fuerza del Señor ciertamente nos asiste, nuestra
concupiscencia, nuestra comodidad y nuestro orgullo la rechazan a veces
y nos llevan a caer en pecado. En muchas ocasiones, desde hace más de un
cuarto de siglo, al recitar el Credo y afirmar mi fe en la divinidad de
la Iglesia una, santa, católica y apostólica, añado a pesar de los
pesares. Cuando he comentado esa costumbre mía y alguno me pregunta a
qué quiero referirme, respondo: a tus pecados y a los míos. Todo eso es
cierto, pero no autoriza en modo alguno a juzgar a la Iglesia de manera
humana, sin fe teologal, fijándose únicamente en la mayor o menor
cualidad de determinados eclesiásticos o de ciertos cristianos. Proceder
así, es quedarse en la superficie. Lo más importante en la Iglesia no es
ver cómo respondemos los hombres, sino ver lo que hace Dios. La Iglesia
es eso: Cristo presente entre nosotros; Dios que viene hacia la
humanidad para salvarla, llamándonos con su revelación, santificándonos
con su gracia, sosteniéndonos con su ayuda constante, en los pequeños y
en los grandes combates de la vida diaria. Podemos llegar a desconfiar
de los hombres, y cada uno está obligado a desconfiar personalmente de
sí mismo y a coronar sus jornadas con un mea culpa con un acto de
contrición hondo y sincero. Pero no tenemos derecho a dudar de Dios. Y
dudar de la Iglesia, de su origen divino, de la eficacia salvadora de su
predicación y de sus sacramentos, es dudar de Dios mismo, es no creer
plenamente en la realidad de la venida del Espíritu Santo. Antes de que
Cristo fuera crucificado -escribe San Juan Crisóstomo- no había ninguna
reconciliación. Y, mientras no hubo reconciliación, no fue enviado el
Espíritu Santo... La ausencia del Espíritu Santo era signo de la ira
divina. Ahora que lo ves enviado en plenitud, no dudes de la
reconciliación. Pero si preguntaron: ¿dónde está ahora el Espíritu
Santo? Se podía hablar de su presencia cuando ocurrían milagros, cuando
eran resucitados los muertos y curados los leprosos. ¿Cómo saber ahora
que está de veras presente? No os preocupéis. Os demostraré que el
Espíritu Santo está también ahora entre nosotros... Si no existiera el
Espíritu Santo, no podríamos decir: Señor, Jesús, pues nadie puede
invocar a Jesús como Señor, si no es en el Espíritu Santo (I Cor XII,
3). Si no existiera el Espíritu Santo, no podríamos orar con confianza.
al rezar, en efecto, decimos: Padre nuestro que estás en los cielos (Mt
VI, 9). Si no existiera el Espíritu Santo no podríamos llamar Padre a
Dios. ¿Cómo sabemos eso? Porque el apóstol nos enseña: Y, por ser hijos,
envió Dios a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: Abba,
Padre (Gal. IV, 6). Cuando invoques, pues, a Dios Padre, acuérdate de
que ha sido el Espíritu quien, al mover tu alma, te ha dado esa oración.
Si no existiera el Espíritu Santo, no habría en la Iglesia palabra
alguna de sabiduría o de ciencia, porque está escrito: es dada por el
Espíritu la palabra de sabiduría (I Cor XII, 8)... Si el Espíritu Santo
no estuviera presente, la Iglesia no existiría. Pero, si la Iglesia
existe, es seguro que el Espíritu Santo no falta . Por encima de las
deficiencias y limitaciones humanas, insisto, la Iglesia es eso: el
signo y en cierto modo -no en el sentido estricto en el que se ha
definido dogmáticamente la esencia de los siete sacramentos de la Nueva
Alianza- el sacramento universal de la presencia de Dios en el mundo.
Ser cristiano es haber sido regenerado por Dios y enviado a los hombres,
para anunciarles la salvación. Si tuviéramos fe recia y vivida, y
diéramos a conocer audazmente a Cristo, veríamos que ante nuestros ojos
se realizan milagros como los de la época apostólica. Porque ahora
también se devuelve la vista a ciegos, que habían perdido la capacidad
de mirar al cielo y de contemplar las maravillas de Dios; se da la
libertad a cojos y tullidos, que se encontraban atados por sus
apasionamientos y cuyos corazones no sabían ya amar; se hace oír a
sordos, que no deseaban saber de Dios; se logra que hablen los mudos,
que tenían atenazada la lengua porque no querían confesar sus derrotas;
se resucita a muertos, en los que el pecado había destruido la vida.
Comprobamos una vez más que la palabra de Dios es viva y eficaz, y más
penetrante que cualquier espada de dos filos y, lo mismo que los
primeros fieles cristianos, nos alegramos al admirar la fuerza del
Espíritu Santo y su acción en la inteligencia y en la voluntad de sus
criaturas.
131.
Dar a conocer a Cristo Veo todas las incidencias de la vida -las de cada
existencia individual y, de alguna manera, las de las grandes
encrucijadas de las historia- como otras tantas llamadas que Dios dirige
a los hombres, para que se enfrenten con la verdad; y como ocasiones,
que se nos ofrecen a los cristianos, para anunciar con nuestras obras y
con nuestras palabras ayudados por la gracia, el Espíritu al que
pertenecemos . Cada generación de cristianos ha de redimir, ha de
santificar su propio tiempo: para eso, necesita comprender y compartir
las ansias de los otros hombres, sus iguales, a fin de darles a conocer,
con don de lenguas cómo deben corresponder a la acción del Espíritu
Santo, a la efusión permanente de las riquezas del Corazón divino. A
nosotros, los cristianos, nos corresponde anunciar en estos días, a ese
mundo del que somos y en el que vivimos, el mensaje antiguo y nuevo del
Evangelio. No es verdad que toda la gente de hoy -así, en general y en
bloque- esté cerrada, o permanezca indiferente, a lo que la fe cristiana
enseña sobre el destino y el ser del hombre; no es cierto que los
hombres de estos tiempos se ocupen sólo de las cosas de la tierra, y se
desinteresen de mirar al cielo. Aunque no faltan ideologías -y personas
que las sustentan- que están cerradas, hay en nuestra época anhelos
grandes y actitudes rastreras, heroísmos y cobardías, ilusiones y
desengaños; criaturas que sueñan con un mundo nuevo más justo y más
humano, y otras que, quizá decepcionadas ante el fracaso de sus
primitivos ideales, se refugian en el egoísmo de buscar sólo la propia
tranquilidad, o en permanecer inmersas en el error. A todos esos hombres
y a todas esas mujeres, estén donde estén, en sus momentos de exaltación
o en sus crisis y derrotas, les hemos de hacer llegar el anuncio solemne
y tajante de San Pedro, durante los días que siguieron a la Pentecostés:
Jesús es la piedra angular, el Redentor, el todo de nuestra vida, porque
fuera de El no se ha dado a los hombres otro nombre debajo del cielo,
por el cual podamos ser salvos .
132. Entre los dones del Espíritu Santo, diría que hay uno del que
tenemos especial necesidad todos los cristianos: el don de sabiduría
que, al hacernos conocer a Dios y gustar de Dios, nos coloca en
condiciones de poder juzgar con verdad sobre las situaciones y las cosas
de esta vida. Si fuéramos consecuentes con nuestra fe, al mirar a
nuestro alrededor y contemplar el espectáculo de la historia y del
mundo, no podríamos menos de sentir que se elevan en nuestro corazón los
mismos sentimientos que animaron el de Jesucristo: al ver aquellas
muchedumbres se compadecía de ellas, porque estaban malparadas y
abatidas, como ovejas sin pastor . No es que el cristiano no advierta
todo lo bueno que hay en la humanidad, que no aprecie las limpias
alegrías, que no participe en los afanes e ideales terrenos. Por el
contrario, siente todo eso desde lo más recóndito de su alma, y lo
comparte y lo vive con especial hondura, ya que conoce mejor que hombre
alguno las profundidades del espíritu humano. La fe cristiana no achica
el ánimo, ni cercena los impulsos nobles del alma, puesto que los
agranda, al revelar su verdadero y más auténtico sentido: no estamos
destinados a una felicidad cualquiera, porque hemos sido llamados a
penetrar en la intimidad divina, a conocer y amar a Dios Padre, a Dios
Hijo y a Dios Espíritu Santo y, en la Trinidad y en la Unidad de Dios, a
todos los ángeles y a todos los hombres. Esa es la gran osadía de la fe
cristiana: proclamar el valor y la dignidad de la humana naturaleza, y
afirmar que, mediante la gracia que nos eleva al orden sobrenatural,
hemos sido creados para alcanzar la dignidad de hijos de Dios. Osadía
ciertamente increíble, si no estuviera basada en el decreto salvador de
Dios Padre, y no hubiera sido confirmada por la sangre de Cristo y
reafirmada y hecha posible por la acción constante del Espíritu Santo.
Hemos de vivir de fe, de crecer en la fe, hasta que se pueda decir de
cada uno de nosotros, de cada cristiano, lo que escribía hace siglos uno
de los grandes Doctores de la Iglesia oriental: de la misma manera que
los cuerpos transparente nítidos, al recibir los rayos de luz, se
vuelven resplandecientes e irradian brillo, las almas que son llevadas e
ilustradas por el Espíritu Santo se vuelven también ellas espirituales y
llevan a las demás la luz de la gracia. Del Espíritu Santo proviene el
conocimiento de las cosas futuras, la inteligencia de los misterios, la
comprensión de las verdades ocultas, la distribución de los dones, la
ciudadanía celeste, la conversación con los ángeles. De El, la alegría
que nunca termina, la perseverancia en Dios, la semejanza con Dios y, lo
más sublime que puede ser pensado, el hacerse Dios . La conciencia de la
magnitud de la dignidad humana -de modo eminente, inefable, al ser
constituidos por la gracia en hijos de Dios- junto con la humildad,
forma en el cristiano una sola cosa, ya que no son nuestras fuerzas las
que nos salvan y nos dan la vida, sino el favor divino. Es ésta una
verdad que no puede olvidarse nunca, porque entonces el endiosamiento se
pervertiría y se convertiría en presunción, en soberbia y, más pronto o
más tarde, en derrumbamiento espiritual ante la experiencia de la propia
flaqueza y miseria. ¿Me atreveré a decir: soy santo? -se preguntaba San
Agustín-. Si dijese santo en cuanto santificador y no necesitado de
nadie que me santifique, sería soberbio y mentiroso. Pero si entendemos
por santo el santificado, según aquello que se lee en el Levítico: sed
santos, porque yo, Dios, soy santo; entonces también el cuerpo de
Cristo, hasta el último hombre situado en los confines de la tierra y,
con su Cabeza y bajo su Cabeza, diga audazmente: soy santo . Amad a la
Tercera Persona de la Trinidad Beatísima: escuchad en la intimidad de
vuestro ser las mociones divinas -esos alientos, esos reproches-,
caminad por la tierra dentro de la luz derramada en vuestra alma: y el
Dios de la esperanza nos colmará de toda suerte de paz, para que esa
esperanza crezca en nosotros siempre más y más, por la virtud del
Espíritu Santo .
133.
Tratar al Espíritu Santo Vivir según el Espíritu Santo es vivir de fe,
de esperanza, de caridad; dejar que Dios tome posesión de nosotros y
cambie de raíz nuestros corazones, para hacerlos a su medida. Una vida
cristiana madura, honda y recia, es algo que no se improvisa, porque es
el fruto del crecimiento en nosotros de la gracia de Dios. En los Hechos
de los Apóstoles, se describe la situación de la primitiva comunidad
cristiana con una frase breve, pero llena de sentido: perseveraban todos
en las instrucciones de los Apóstoles, en la comunicación de la fracción
del pan y en la oración . Fue así como vivieron aquellos primeros, y
como debemos vivir nosotros: la meditación de la doctrina de la fe hasta
hacerla propia, el encuentro con Cristo en la Eucaristía, el diálogo
personal -la oración sin anonimato- cara a cara con Dios, han de
constituir como la substancia última de nuestra conducta. Si eso falta,
habrá tal vez reflexión erudita, actividad más o menos intensa,
devociones y prácticas. Pero no habrá auténtica existencia cristiana,
porque faltará la compenetración con Cristo, la participación real y
vivida en la obra divina de la salvación. Es doctrina que se aplica a
cualquier cristiano, porque todos estamos igualmente llamados a la
santidad. No hay cristianos de segunda categoría, obligados a poner en
práctica sólo una versión rebajada del Evangelio: todos hemos recibido
el mismo Bautismo y, si bien existe una amplia diversidad de carismas y
de situaciones humanas, uno mismo es el Espíritu que distribuye los
dones divinos, una misma la fe, una misma la esperanza, una la caridad .
Podemos, por tanto, tomar como dirigida a nosotros la pregunta que
formula el Apóstol: ¿no sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu
Santo mora en vosotros? , y recibirla como una invitación a un trato más
personal y directo con Dios. Por desgracia el Paráclito es, para algunos
cristianos, el Gran Desconocido: un nombre que se pronuncia, pero que no
es Alguno -una de las tres Personas del único Dios-, con quien se habla
y de quien se vive. Hace falta -en cambio- que lo tratemos con asidua
sencillez y con confianza, como nos enseña a hacerlo la Iglesia a través
de la liturgia. Entonces conoceremos más a Nuestro Señor y, al mismo
tiempo, nos daremos cuenta más plena del inmenso don que supone llamarse
cristianos: advertiremos toda la grandeza y toda la verdad de ese
endiosamiento, de esa participación en la vida divina, a la que ya antes
me refería. Porque el Espíritu Santo no es un artista que dibuja en
nosotros la divina substancia, como si El fuera ajeno a ella, no es de
esa forma como nos conduce a la semejanza divina; sino que El mismo, que
es Dios y de Dios procede, se imprime en los corazones que lo reciben
como el sello sobre la cera y, de esa forma, por la comunicación de sí y
la semejanza, restablece la naturaleza según la belleza del modelo
divino y restituye al hombre la imagen de Dios .
134. Para concretar, aunque sea de una manera muy general, un estilo de
vida que nos impulse a tratar al Espíritu Santo -y, con El, al Padre y
al Hijo- y a tener familiaridad con el Paráclito, podemos fijarnos en
tres realidades fundamentales: docilidad -repito-, vida de oración,
unión con la Cruz. Docilidad, en primer lugar, porque el Espíritu Santo
es quien, con sus inspiraciones, va dando tono sobrenatural a nuestros
pensamientos, deseos y obras. El es quien nos empuja a adherirnos a la
doctrina de Cristo y a asimilarla con profundidad, quien nos da luz para
tomar conciencia de nuestra vocación personal y fuerza para realizar
todo lo que Dios espera. Si somos dóciles al Espíritu Santo, la imagen
de Cristo se irá formando cada vez más en nosotros e iremos así
acercándonos cada día más a Dios Padre. Los que son llevados por el
Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios . Si nos dejamos guiar por ese
principio de vida presente en nosotros, que es el Espíritu Santo,
nuestra vitalidad espiritual irá creciendo y nos abandonaremos en las
manos de nuestro Padre Dios, con la misma espontaneidad y confianza con
que un niño se arroja en los brazos de su padre. Si no os hacéis
semejantes a los niños, no entraréis en el reino de los cielos, ha dicho
el Señor . Viejo camino interior de infancia, siempre actual, que no es
blandenguería, ni falta de sazón humana: es madurez sobrenatural, que
nos hace profundizar en las maravillas del amor divino, reconocer
nuestra pequeñez e identificar plenamente nuestra voluntad con la de
Dios.
135. Vida de oración, en segundo lugar, porque la entrega, la
obediencia, la mansedumbre del cristiano nacen del amor y al amor se
encaminan. Y el amor lleva al trato, a la conversación, a la amistad. La
vida cristiana requiere un diálogo constante con Dios Uno y Trino, y es
a esa intimidad a donde nos conduce el Espíritu Santo. ¿Quién sabe las
cosas del hombre, sino solamente el espíritu del hombre, que está dentro
de él? Así las cosas de Dios nadie las ha conocido sino el Espíritu de
Dios . Si tenemos relación asidua con el Espíritu Santo, nos haremos
también nosotros espirituales, nos sentiremos hermanos de Cristo e hijos
de Dios, a quien no dudaremos en invocar como a Padre que es nuestro .
Acostumbrémos a frecuentar al Espíritu Santo, que es quien nos ha de
santificar: a confiar en El, a pedir su ayuda, a sentirlo cerca de
nosotros. Así se irá agrandando nuestro pobre corazón, tendremos más
ansias de amar a Dios y, por El, a todas las criaturas. Y se reproducirá
en nuestras vidas esa visión final del Apocalipsis: el espíritu y la
esposa, el Espíritu Santo y la Iglesia -y cada cristiano- que se dirigen
a Jesús, a Cristo, y le piden que venga, que esté con nosotros para
siempre .
136. Unión con la Cruz, finalmente, porque en la vida de Cristo el
Calvario precedió a la Resurrección y a la Pentecostés, y ese mismo
proceso debe reproducirse en la vida de cada cristiano: somos -nos dice
San Pablo- coherederos con Jesucristo, con tal que padezcamos con El, a
fin de que seamos con El glorificados . El Espíritu Santo es fruto de la
cruz, de la entrega total a Dios, de buscar exclusivamente su gloria y
de renunciar por entero a nosotros mismos. Sólo cuando el hombre, siendo
fiel a la gracia, se decide a colocar en el centro de su alma la Cruz,
negándose a sí mismo por amor a Dios, estando realmente desprendido del
egoísmo y de toda falsa seguridad humana, es decir, cuando vive
verdaderamente de fe, es entonces y sólo entonces cuando recibe con
plenitud el gran fuego, la gran luz, la gran consolación del Espíritu
Santo. Es entonces también cuando vienen al alma esa paz y esa libertad
que Cristo nos ha ganado , que se nos comunican con la gracia del
Espíritu Santo. Los frutos del Espíritu son caridad, gozo, paz,
paciencia, benignidad, bondad, longanimidad, mansedumbre, fe, modestia,
continencia, castidad : y donde está el Espíritu del Señor, allí hay
libertad .
137. En medio de las limitaciones inseparables de nuestra situación
presente, porque el pecado habita todavía de algún modo en nosotros, el
cristiano percibe con claridad nueva toda la riqueza de su filiación
divina, cuando se reconoce plenamente libre porque trabaja en las cosas
de su Padre, cuando su alegría se hace constante porque nada es capaz de
destruir su esperanza. Es en esa hora, además y al mismo tiempo, cuando
es capaz de admirar todas las bellezas y maravillas de la tierra, de
apreciar toda la riqueza y toda la bondad, de amar con toda la entereza
y toda la pureza para las que está hecho el corazón humano. Cuando el
dolor ante el pecado no degenera nunca en un gesto amargo, desesperado o
altanero, porque la compunción y el conocimiento de la humana flaqueza
le encaminan a identificarse de nuevo con las ansias redentoras de
Cristo, y a sentir más hondamente la solidaridad con todos los hombres.
Cuando, en fin, el cristiano experimenta en sí con seguridad la fuerza
del Espíritu Santo, de manera que las propias caídas no le abaten:
porque son una invitación a recomenzar, y a continuar siendo testigo
fiel de Cristo en todas las encrucijadas de la tierra, a pesar de las
miserias personales, que en estos casos suelen ser faltas leves, que
enturbian apenas el alma; y, aunque fuesen graves, acudiendo al
Sacramento de la Penitencia con compunción, se vuelve a la paz de Dios y
a ser de nuevo un buen testigo de sus misericordias. Tal es, en un
resumen breve, que apenas consigue traducir en pobres palabras humanas,
la riqueza de la fe, la vida del cristiano, si se deja guiar por el
Espíritu Santo. No puedo, por eso, terminar de otra manera que haciendo
mía la petición, que se contiene en uno de los cantos litúrgicos de la
fiesta de Pentecostés, que es como un eco de la oración incesante de la
Iglesia entera: Ven, Espíritu Creador, visita las inteligencias de los
tuyos, llena de gracia celeste los corazones que tú has creado. En tu
escuela haz que sepamos del Padre, haznos conocer también al Hijo, haz
en fin que creamos eternamente en Ti, Espíritu que procedes de uno del
otro .
14. POR MARIA, HACIA JESUS
Homilía pronunciada el 4-V-1957.
138. Una mirada al mundo, una mirada al Pueblo de Dios , en este mes de
mayo que comienza, nos hace contemplar el espectáculo de esa devoción
mariana que se manifiesta en tantas costumbres, antiguas o nuevas, pero
vividas con un mismo espíritu de amor. Da alegría comprobar que la
devoción a la Virgen está siempre viva, despertando en las almas
cristianas el impulso sobrenatural para obrar como domestici Dei, como
miembros de la familia de Dios . Seguramente también vosotros, al ver en
estos días a tantos cristianos que expresan de mil formas diversas su
cariño a la Virgen Santa María, os sentís más dentro de la Iglesia, más
hermanos de todos esos hermanos vuestros. Es como una reunión de
familia, cuando los hijos mayores, que la vida ha separado, vuelven a
encontrarse junto a su madre, con ocasión de alguna fiesta. Y, si alguna
vez han discutido entre sí y se han tratado mal, aquel día no; aquel día
se sienten unidos, se reconocen todos en el afecto común. María edifica
continuamente la Iglesia, la aúna, la mantiene compacta. Es difícil
tener una auténtica devoción a la Virgen, y no sentirse más vinculados a
los demás miembros del Cuerpo Místico, más unidos también a su cabeza
visible, el Papa. Por eso me gusta repetir: omnes cum Petro ad Iesum per
Mariam!, ¡todos, con Pedro, a Jesús por María! Y, al reconocernos parte
de la Iglesia e invitados a sentirnos hermanos en la fe, descubrimos con
mayor hondura la fraternidad que nos une a la humanidad entera: porque
la Iglesia ha sido enviada por Cristo a todas las gentes y a todos los
pueblos . Esto que acabo de decir es algo que hemos experimentado todos,
puesto que no nos han faltado ocasiones de comprobar los efectos
sobrenaturales de una sincera devoción a la Virgen. Cada uno de vosotros
podría contar muchas cosas. Y yo también. Viene ahora a mi memoria una
romería que hice en 1935 a una ermita de la Virgen, en tierra
castellana: a Sonsoles. No era una romería tal como se entiende
habitualmente. No era ruidosa ni masiva: ibamos tres personas. Respeto y
amo esas otras manifestaciones públicas de piedad, pero personalmente
prefiero intentar ofrecer a María el mismo cariño y el mismo entusiasmo,
con visitas personales, o en pequeños grupos, con sabor de intimidad. En
aquella romería a Sonsoles conocí el origen de esta advocación de la
Virgen. Un detalle sin mucha importancia, pero que es una manifestación
filial de la gente de aquella tierra. La imagen de Nuestra Señora que se
venera en aquel lugar, estuvo escondida durante algún tiempo, en la
época de las luchas entre cristianos y musulmanes en España. Al cabo de
algunos años, la estatua fue encontrada por unos pastores que -según
cuenta la tradición-, al verla comentaron: ¡Qué ojos tan hermosos! ¡Son
soles!
139.
Madre de Cristo, Madre de los cristianos Desde aquel año de 1933, en
numerosas y habituales visitas a Santuarios de Nuestra Señora, he tenido
ocasión de reflexionar y de meditar sobre esta realidad del cariño de
tantos cristianos a la Madre de Jesús. Y he pensado siempre que ese
cariño es una correspondencia de amor, una muestra de agradecimiento
filial. Porque María está muy unida a esa manifestación máxima del amor
de Dios: la Encarnación del Verbo, que se hizo hombre como nosotros y
cargó con nuestras miserias y pecados. María, fiel a la misión divina
para la que fue criada, se ha prodigado y se prodiga continuamente en
servicio de los hombres, llamados todos a ser hermanos de su Hijo Jesús.
Y la Madre de Dios es también realmente, ahora, la Madre de los hombres.
Así es, porque así lo quiso el Señor. Y el Espíritu Santo dispuso que
quedase escrito, para que constase por todas las generaciones: Estaban
junto a la cruz de Jesús, su madre, y la hermana de su madre, María,
mujer de Cleofás, y María Magdalena. Habiendo mirado, pues, Jesús a su
madre, y al discípulo que él amaba, que estaba allí, dice a su madre:
Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después, dice al discípulo: Ahí tienes a tu
madre. Y desde aquel punto el discípulo la tuvo por Madre . Juan, el
discípulo amado de Jesús, recibe a María, la introduce en su casa, en su
vida. Los autores espirituales han visto en esas palabras, que relata el
Santo Evangelio, una invitación dirigida a todos los cristianos para que
pongamos también a María en nuestras vidas. En cierto sentido, resulta
casi superflua esa aclaración. María quiere ciertamente que la
invoquemos, que nos acerquemos a Ella con confianza, que apelemos a su
maternidad, pidiéndole que se manifieste como nuestra Madre . Pero es
una madre que no se hace rogar, que incluso se adelanta a nuestras
súplicas, porque conoce nuestras necesidades y viene prontamente en
nuestra ayuda, demostrando con obras que se acuerda constantemente de
sus hijos. Cada uno de nosotros, al evocar su propia vida y ver cómo en
ella se manifiesta la misericordia de Dios, puede descubrir mil motivos
para sentirse de un modo muy especial hijo de María.
140. Los textos de las Sagradas Escrituras que nos hablan de Nuestra
Señora, hacen ver precisamente cómo la Madre de Jesús acompaña a su Hijo
paso a paso, asociándose a su misión redentora, alegrándose y sufriendo
con El, amando a los que Jesús ama, ocupándose con solicitud maternal de
todos aquellos que están a su lado. Pensemos, por ejemplo, en el relato
de las bodas de Caná. Entre tantos invitados de una de esas ruidosas
bodas campesinas, a las que acuden personas de varios poblados, María
advierte que falta el vino . Se da cuenta Ella sola, y en seguida. ¡Qué
familiares nos resultan las escenas de la vida de Cristo! Porque la
grandeza de Dios, convive con lo ordinario, con lo corriente. Es propio
de una mujer, y de un ama de casa atenta, advertir un descuido, estar en
esos detalles pequeños que hacen agradable la existencia humana: y así
actuó María. Fijaos también en que es Juan quien cuenta la escena de
Caná: es el único evangelista que ha recogido este rasgo de solicitud
materna. San Juan nos quiere recordar que María ha estado presente en el
comienzo de la vida pública del Señor. Esto nos demuestra que ha sabido
profundizar en la importancia de esa presencia de la Señora. Jesús sabía
a quién confiaba su Madre: a un discípulo que la había amado, que había
aprendido a quererla como a su propia madre y era capaz de entenderla.
Pensemos ahora en aquellos días que siguieron a la Ascensión, en espera
de la Pentecostés. Los discípulos, llenos de fe por el triunfo de Cristo
resucitado y anhelantes ante la promesa del Espíritu Santo, quieren
sentirse unidos, y los encontramos cum María matre Iesu, con Maria, la
madre de Jesús . La oración de los discípulos acompaña a la oración de
María: era la oración de una familia unida. Esta vez quien nos transmite
ese dato es San Lucas, el evangelista que ha narrado con más extensión
la infancia de Jesús. Parece como si quisiera darnos a entender que, así
como María tuvo un papel de primer plano en la Encarnación del Verbo, de
una manera análoga estuvo presente también en los orígenes de la
Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo. Desde el primer momento de la vida
de la Iglesia, todos los cristianos que han buscado el amor de Dios, ese
amor que se nos revela y se hace carne en Jesucristo, se han encontrado
con la Virgen, y han experimentado de maneras muy diversas su maternal
solicitud. La Virgen Santísima puede llamarse con verdad madre de todos
los cristianos. San Agustín lo decía con palabras claras: cooperó con su
caridad para que nacieran en la Iglesia los fieles, miembros de aquella
cabeza, de la que es efectivamente madre según el cuerpo . No es pues
extraño que uno de los testimonios más antiguos de la devoción a María
sea precisamente una oración llena de confianza. Me refiero a esa
antífona que, compuesta hace siglos, continuamos repitiendo aún hoy día:
Nos acogemos bajo tu protección, Santa Madre de Dios: no desprecies las
súplicas que te dirigimos en nuestra necesidad, antes bien sálvanos
siempre de todos los peligros, Virgen gloriosa y bendita .
141.
Tratar a María De una manera espontánea, natural, surge en nosotros el
deseo de tratar a la Madre de Dios, que es también Madre nuestra. De
tratarla como se trata a una persona viva: porque sobre Ella no ha
triunfado la muerte, sino que está en cuerpo y alma junto a Dios Padre,
junto a su Hijo, junto al Espíritu Santo. Para comprender el papel que
María desempeña en la vida cristiana, para sentirnos atraídos hacia
Ella, para buscar su amable compañía con filial afecto, no hacen falta
grandes disquisiciones, aunque el misterio de la Maternidad divina tiene
una riqueza de contenido sobre el que nunca reflexionaremos bastante. La
fe católica ha sabido reconocer en María un signo privilegiado del amor
de Dios: Dios nos llama ya ahora sus amigos, su gracia obra en nosotros,
nos regenera del pecado, nos da las fuerzas para que, entre las
debilidades propias de quien aún es polvo y miseria, podamos reflejar de
algún modo el rostro de Cristo. No somos sólo náufragos a los que Dios
ha prometido salvar, sino que esa salvación obra ya en nosotros. Nuestro
trato con Dios no es el de un ciego que ansía la luz pero que gime entre
las angustias de la obscuridad, sino el de un hijo que se sabe amado por
su Padre. De esa cordialidad, de esa confianza, de esa seguridad, nos
habla María. Por eso su nombre llega tan derecho al corazón. La relación
de cada uno de nosotros con nuestra propia madre, puede servirnos de
modelo y de pauta para nuestro trato con la Señora del Dulce Nombre,
María. Hemos de amar a Dios con el mismo corazón con el que queremos a
nuestros padres, a nuestros hermanos, a los otros miembros de nuestra
familia, a nuestros amigos o amigas: no tenemos otro corazón. Y con ese
mismo corazón hemos de tratar a María. ¿Cómo se comportan un hijo o una
hija normales con su madre? De mil maneras, pero siempre con cariño y
con confianza. Con un cariño que discurrirá en cada caso por cauces
determinados, nacidos de la vida misma, que no son nunca algo frío, sino
costumbres entrañables de hogar, pequeños detalles diarios, que el hijo
necesita tener con su madre y que la madre echa de menos si el hijo
alguna vez los olvida: un beso o una caricia al salir o al volver a
casa, un pequeño obsequio, unas palabras expresivas. En nuestras
relaciones con Nuestra Madre del Cielo hay también esas normas de piedad
filial, que son el cauce de nuestro comportamiento habitual con Ella.
Muchos cristianos hacen propia la costumbre antigua del escapulario; o
han adquirido el hábito de saludar -no hace falta la palabra, el
pensamiento basta- las imágenes de María que hay en todo hogar cristiano
o que adornan las calles de tantas ciudades; o viven esa oración
maravillosa que es el santo rosario, en el que el alma no se cansa de
decir siempre las mismas cosas, como no se cansan los enamorados cuando
se quieren, y en el que se aprende a revivir los momentos centrales de
la vida del Señor; o acostumbran dedicar a la Señora un día de la semana
-precisamente este mismo en que estamos ahora reunidos: el sábado-,
ofreciéndole alguna pequeña delicadeza y meditando más especialmente en
su maternidad. Hay muchas otras devociones marianas que no es necesario
recordar aquí ahora. No tienen por qué estar incorporadas todas a la
vida de cada cristiano -crecer en vida sobrenatural es algo muy distinto
del mero ir amontonando devociones-, pero debo afirmar al mismo tiempo
que no posee la plenitud de la fe quien no vive alguna de ellas, quien
no manifiesta de algún modo su amor a María. Los que consideran
superadas las devociones a la Virgen Santísima, dan señales de que han
perdido el hondo sentido cristiano que encierran, de que han olvidado la
fuente de donde nacen: la fe en la voluntad salvadora de Dios Padre, el
amor a Dios Hijo que se hizo realmente hombre y nació de una mujer, la
confianza en Dios Espíritu Santo que nos santifica con su gracia. Es
Dios quien nos ha dado a María, y no tenemos derecho a rechazarla, sino
que hemos de acudir a Ella con amor y con alegría de hijos.
142.
Hacerse niños en el Amor a Dios Consideremos atentamente este punto,
porque nos puede ayudar a comprender cosas muy importantes, ya que el
misterio de María nos hacer ver que, para acercarnos a Dios, hay que
hacerse pequeños. En verdad os digo -exclamó el Señor dirigiéndose a sus
discípulos-, que si no os volvéis y hacéis semejantes a los niños, no
entraréis en el reino de los cielos . Hacernos niños: renunciar a la
soberbia, a la autosuficiencia; reconocer que nosotros solos nada
podemos, porque necesitamos de la gracia, del poder de nuestro Padre
Dios para aprender a caminar y para perseverar en el camino. Ser
pequeños exige abandonarse como se abandonan los niños, creer como creen
los niños, pedir como piden los niños. Y todo eso lo aprendemos tratando
a María. La devoción a la Virgen no es algo blando o poco recio: es
consuelo y júbilo que llena el alma, precisamente en la medida en que
supone un ejercicio hondo y entero de la fe, que nos hace salir de
nosotros mismos y colocar nuestra esperanza en el Señor. Es Yavé mi
pastor -canta uno de los salmos-, de nada careceré. Me hace descansar en
frondosas praderas, junto a aguas sabrosas me conduce; me devuelve la
vida, y me guía por caminos derechos, en virtud de su nombre. Aunque yo
ande por valles tenebrosos, ningún mal temeré, porque tú estás conmigo .
Porque María es Madre, su devoción nos enseña a ser hijos: a querer de
verdad, sin medida; a ser sencillos, sin esas complicaciones que nacen
del egoísmo de pensar sólo en nosotros; a estar alegres, sabiendo que
nada puede destruir nuestra esperanza. El principio del camino que lleva
a la locura del amor de Dios es un confiado amor a María Santísima. Así
lo escribí hace ya muchos años, en el prólogo a unos comentarios al
santo rosario, y desde entonces he vuelto a comprobar muchas veces la
verdad de esas palabras. No voy a hacer aquí muchos razonamiento, con el
fin de glosar esa idea: os invito más bien a que hagáis la experiencia,
a que lo descubráis por vosotros mismos, tratando amorosamente a María,
abriéndole vuestro corazón, confiándole vuestras alegrías y vuestra
penas, pidiéndole que os ayude a conocer y a seguir a Jesús.
143. Si buscáis a María, encontraréis a Jesús. Y aprenderéis a entender
un poco lo que hay en ese corazón de Dios que se anonada, que renuncia a
manifestar su poder y su majestad, para presentarse en forma de esclavo
. Hablando a lo humano, podríamos decir que Dios se excede, pues no se
limita a lo que sería esencial o imprescindible para salvarnos, sino que
va más allá. La única norma o medida que nos permite comprender de algún
modo esa manera de obrar de Dios es darnos cuenta de que carece de
medida: ver que nace de una locura de amor, que le lleva a tomar nuestra
carne y a cargar con el peso de nuestros pecados. ¿Cómo es posible
darnos cuenta de eso, advertir que Dios nos ama, y no volvernos también
nosotros locos de amor? Es necesario dejar que esas verdades de nuestra
fe vayan calando en el alma, hasta cambiar toda nuestra vida. ¡Dios nos
ama!: el Omnipotente, el Todopoderoso, el que ha hecho cielos y tierra.
Dios se interesa hasta de las pequeñas cosas de sus criaturas: de las
vuestras y de las mías, y nos llama uno a uno por nuestro propio nombre
. Esa certeza que nos da la fe hace que miremos lo que nos rodea con una
luz nueva, y que, permaneciendo todo igual, advirtamos que todo es
distinto, porque todo es expresión del amor de Dios. Nuestra vida se
convierte así en una continua oración, en un buen humor y en una paz que
nunca se acaban, en un acto de acción de gracias desgranado a través de
las horas. Mi alma glorifica al Señor -cantó la Virgen María- y mi
espíritu está transportado de gozo en el Dios salvador mío; porque ha
puesto los ojos en la bajeza de de su esclava, por tanto ya desde ahora
me llamarán bienaventurada todas las generaciones. Porque ha hecho en mí
cosas grandes aquel que es todopoderoso, cuyo nombre es santo . Nuestra
oración puede acompañar e imitar esa oración de María. Como Ella,
sentiremos el deseo de cantar, de proclamar las maravillas de Dios, para
que la humanidad entera y los seres todos participen de la felicidad
nuestra.
144.
María nos hacer sentirnos hermanos No se puede tratar filialmente a
María y pensar sólo en nosotros mismos, en nuestros propios problemas.
No se puede tratar a la Virgen y tener egoístas problemas personales.
María lleva a Jesús, y Jesús es primogenitus in multis fratribus,
primogénito entre muchos hermanos . Conocer a Jesús, por tanto, es
darnos cuenta de que nuestra vida no puede vivirse con otro sentido que
con el de entregarnos al servicio de los demás. Un cristiano no puede
detenerse sólo en problemas personales, ya que ha de vivir de cara a la
Iglesia universal, pensando en al salvación de todas las almas. De este
modo, hasta esas facetas que podrían considerarse más privadas e íntimas
-la preocupación por el propio mejoramiento interior- no son en realidad
personales: puesto que la santificación forma una sola cosa con el
apostolado. Nos hemos de esforzar, por tanto, en nuestra vida interior y
en el desarrollo de las virtudes cristianas, pensando en el bien de toda
la Iglesia, ya que no podríamos hacer el bien y dar a conocer a Cristo,
si en nosotros no hubiera un empeño sincero por hacer realidad práctica
las enseñanzas del Evangelio. Impregnados de este espíritu, nuestros
rezos, aun cuando comiencen por temas y propósitos en apariencia
personales, acaban siempre discurriendo por los cauces del servicio a
los demás. Y si caminamos de la mano de la Virgen Santísima, Ella hará
que nos sintamos hermanos de todos los hombres: porque todos somos hijos
de ese Dios del que Ella es Hija, Esposa y Madre. Los problemas de
nuestros prójimos han de ser nuestros problemas. La fraternidad
cristiana debe encontrarse muy metida en lo hondo del alma, de manera
que ninguna persona nos sea indiferente. María, Madre de Jesús, que lo
crió, lo educó y lo acompañó durante su vida terrena y que ahora está
junto a El en los cielos, nos ayudará a reconocer a Jesús que pasa a
nuestro lado, que se nos hace presente en las necesidades de nuestros
hermanos los hombres.
145. En aquella romería de que os hablaba al principio, mientras
caminábamos hacia la ermita de Sonsoles, pasamos junto a unos campos de
trigo. Las mieses brillaban al sol, mecidas por el viento. Vino entonces
a mi memoria un texto del Evangelio, unas palabras que el Señor dirigió
al grupo de sus discípulos: ¿No decís vosotros: ea, dentro de cuatro
meses estaremos ya en la siega? Pues ahora yo os digo: alzad vuestros
ojos, tended la vista por los campos y ved ya las mieses blancas y a
punto de segarse . Pensé una vez más que el Señor quería meter en
nuestros corazones el mismo afán, el mismo fuego que dominaba el suyo.
Y, apartándome un poco del camino, recogí unas espigas para que me
sirvieran de recordatorio. Hay que abrir los ojos, hay que saber mirar a
nuestro alrededor y reconocer esas llamadas que Dios nos dirige a través
de quienes nos rodean. No podemos vivir de espaldas a la muchedumbre,
encerrados en nuestro pequeño mundo. No fue así como vivió Jesús. Los
Evangelios nos hablan muchas veces de su misericordia, de su capacidad
de participar en el dolor y en las necesidades de los demás: se
compadece de la viuda de Naím , llora por la muerte de Lázaro , se
preocupa de las multitudes que le siguen y que no tienen qué comer , se
compadece también sobre todo de los pecadores, de los que caminan por el
mundo sin conocer la luz ni la verdad: desembarcando vio Jesús una gran
muchedumbre, y enterneciéronsele con tal vista las entrañas, porque
andaban como ovejas sin pastor, y se puso a instruirlos en muchas cosas
. Cuando somos de verdad hijos de María comprendemos esa actitud del
Señor, de modo que se agranda nuestro corazón y tenemos entrañas de
misericordia. Nos duelen entonces los sufrimientos, las miserias, las
equivocaciones, la soledad, la angustia, el dolor de los otros hombres
nuestros hermanos. Y sentimos la urgencia de ayudarles en sus
necesidades, y de hablarles de Dios para que sepan tratarle como hijos y
puedan conocer las delicadezas maternales de María.
146.
Ser apóstol de apóstoles Llenar de luz el mundo, ser sal y luz : así ha
descrito el Señor la misión de sus discípulos. Llevar hasta los últimos
confines de la tierra la buena nueva del amor de Dios. A eso debemos
dedicar nuestras vidas, de una manera o de otra, todos los cristianos.
Diré más. Hemos de sentir la ilusión de no permanecer solos, debemos
animar a otros a que contribuyan a esa misión divina de llevar el gozo y
la paz a los corazones de los hombres. En la medida en que progresáis,
atraed a los demás con vosotros, escribe San Gregorio Magno; desead
tener compañeros en el camino hacia el Señor . Pero tened presente que,
cum dormirent homines, mientras dormían los hombres, vino el sembrador
de la cizaña, dice el Señor en una parábola . Los hombres estamos
expuestos a dejarnos llevar del sueño del egoísmo, de la
superficialidad, desperdigando el corazón en mil experiencias pasajeras,
evitando profundizar en el verdadero sentido de las realidades terrenas.
¡Mala cosa ese sueño, que sofoca la dignidad del hombre y le hace
esclavo de la tristeza! Hay un caso que nos debe doler sobre manera: el
de aquellos cristianos que podrían dar más y no se deciden; que podrían
entregarse del todo, viviendo todas las consecuencias de su vocación de
hijos de Dios, pero se resisten a ser generosos. Nos debe doler porque
la gracia de la fe no se nos ha dado para que esté oculta, sino para que
brille ante los hombres ; porque, además, está en juego la felicidad
temporal y la eterna de quienes así obran. La vida cristiana es una
maravilla divina, con promesas inmediatas de satisfacción y de
serenidad, pero a condición de que sepamos apreciar el don de Dios ,
siendo generosos sin tasa. Es necesario, pues, despertar a quienes hayan
podido caer en ese mal sueño: recordarles que la vida no es cosa de
juego, sino tesoro divino, que hay que hacer fructificar. Es necesario
también enseñar el camino, a quienes tienen buena voluntad y buenos
deseos, pero no saben cómo llevarlos a la práctica. Cristo nos urge.
Cada uno de vosotros ha de ser no sólo apóstol, sino apóstol de
apóstoles, que arrastre a otros, que mueva a los demás para que también
ellos den a conocer a Jesucristo.
147. Quizás alguno se pregunte cómo, de qué manera puede dar este
conocimiento a las gentes. Y os respondo: con naturalidad, con
sencillez, viviendo como vivís en medio del mundo, entregados a vuestro
trabajo profesional y al cuidado de vuestra familia, participando en los
afanes nobles de los hombres, respetando la legítima libertad de cada
uno. Desde hace casi treinta años ha puesto Dios en mi corazón el ansia
de hace comprender a personas de cualquier estado, de cualquier
condición u oficio, esta doctrina: que la vida ordinaria puede ser santa
y llena de Dios, que el Señor nos llama a santificar la tarea corriente,
porque ahí está también la perfección cristiana. Considerémoslo una vez
más, contemplando la vida de María. No olvidemos que la casi totalidad
de los días que Nuestra Señora pasó en la tierra transcurrieron de una
manera muy parecida a las jornadas de otros millones de mujeres,
ocupadas en cuidar de su familia, en educar a sus hijos, en sacar
adelante las tareas del hogar. María santifica lo más menudo, lo que
muchos consideran erróneamente como intrascendente y sin valor: el
trabajo de cada día, los detalles de atención hacia las personas
queridas, las conversaciones y las visitas con motivo de parentesco o de
amistad. ¡Bendita normalidad, que puede estar llena de tanto amor de
Dios! Porque eso es lo que explica la vida de María: su amor. Un amor
llevado hasta el extremo, hasta el olvido completo de sí misma, contenta
de estar allí, donde la quiere Dios, y cumpliendo con esmero la voluntad
divina. Eso es lo que hace que el más pequeño gesto suyo, no sea nunca
banal, sino que se manifieste lleno de contenido. María, Nuestra Madre,
es para nosotros ejemplo y camino. Hemos de procurar ser como Ella, en
las circunstancias concretas en las que Dios ha querido que vivamos.
Actuando así daremos a quienes nos rodean el testimonio de una vida
sencilla y normal, con las limitaciones y con los defectos propios de
nuestra condición humana, pero coherente. Y, al vernos iguales a ellos
en todas las cosas, se sentirán los demás invitados a preguntarnos:
¿cómo se explica vuestra alegría?, ¿de dónde sacáis las fuerzas para
vencer el egoísmo y la comodidad?, ¿quién os enseña a vivir la
comprensión, la limpia convivencia y la entrega, el servicio a los
demás? Es entonces el momento de descubrirles el secreto divino de la
existencia cristiana: de hablarles de Dios, de Cristo, del Espíritu
Santo, de María. El momento de procurar transmitir, a través de las
pobres palabras nuestras, esa locura del amor de Dios que la gracia ha
derramado en nuestros corazones.
148. San Juan conserva en su Evangelio una frase maravillosa de la
Virgen, en una escena que ya antes considerábamos: la de las bodas de
Caná. Nos narra el evangelista que, dirigiéndose a los sirvientes, María
les dijo: Haced lo que El os dirá . De eso se trata; de llevar a las
almas a que se sitúen frente a Jesús y le pregunten: Domine, quid me vis
facere?, Señor, ¿qué quieres que yo haga? . El apostolado cristiano -y
me refiero ahora en concreto al de un cristiano corriente, al del hombre
o la mujer que vive siendo uno más entre sus iguales- es una gran
catequesis, en la que, a través del trato personal, de una amistad leal
y auténtica, se despierta en los demás el hambre de Dios y se les ayuda
a descubrir horizontes nuevos: con naturalidad, con sencillez he dicho,
con el ejemplo de una fe bien vivida, con la palabra amable pero llena
de la fuerza de la verdad divina. Sed audaces. Contáis con la ayuda de
María, Regina apostolorum. Y Nuestra Señora, sin dejar de comportarse
como Madre, sabe colocar a sus hijos delante de sus precisas
responsabilidades. María, a quienes se acercan a Ella y contemplan su
vida, les hace siempre el inmenso favor de llevarlos a la Cruz, de
ponerlos frente a frente al ejemplo del Hijo de Dios. Y en ese
enfrentamiento, donde se decide la vida cristiana, María intercede para
que nuestra conducta culmine con una reconciliación del hermano menor
-tú y yo- con el Hijo primogénito del Padre. Muchas conversiones, muchas
decisiones de entrega al servicio de Dios han sido precedidas de un
encuentro con María. Nuestra Señora ha fomentado los deseos de búsqueda,
ha activado maternalmente las inquietudes del alma, ha hecho aspirar a
un cambio, a una vida nueva. Y así el haced lo que El os dirá se ha
convertido en realidades de amoroso entregamiento, en vocación cristiana
que ilumina desde entonces toda nuestra vida personal. Este rato de
conversión delante del Señor, en el que hemos meditado sobre la devoción
y el cariño a la Madre suya y nuestra, puede, pues, terminar reavivando
nuestra fe. Está comenzando el mes de mayo. El Señor quiere de nosotros
que no desaprovechemos esta ocasión de crecer en su Amor a través del
trato con su Madre. Que cada día sepamos tener con Ella esos detalles de
hijos -cosas pequeñas, atenciones delicadas-, que se van haciendo
grandes realidades de santidad personal y de apostolado, es decir, de
empeño constante por contribuir a la salvación que Cristo ha venido a
traer al mundo. Sancta Maria, spes nostra, ancilla Domini, sedes
sapientiae, ora por nobis! Santa María, esperanza nuestra, esclava del
Señor, asiento de la Sabiduría, ¡ruega por nosotros!
15. EN LA FIESTA DEL CORPUS CHRISTI
Homilía pronunciada el 28-V-1964, fiesta del Corpus Christi.
149. Hoy, fiesta del Corpus Christi, meditamos juntos la profundidad del
amor del Señor, que le ha llevado a quedarse oculto bajo las especies
sacramentales, y parece como si oyésemos físicamente aquellas enseñanzas
suyas a la muchedumbre: salió un sembrador a sembrar y, al esparcir los
granos, algunos cayeron cerca del camino, y vinieron las aves del cielo
y se los comieron; otros cayeron en pedregales, donde había poca tierra,
y luego brotaron, por estar muy en la superficie, mas nacido el sol se
quemaron y se secaron, porque no tenían raíces; otros cayeron entre
espinas, las cuales crecieron y los sofocaron; otros granos cayeron en
buena tierra, y dieron fruto, algunos el ciento por uno, otros el
sesenta, otros el treinta . La escena es actual. El sembrador divino
arroja también ahora su semilla. La obra de la salvación sigue
cumpliéndose, y el Señor quiere servirse de nosotros: desea que los
cristianos abramos a su amor todos los senderos de la tierra; nos invita
a que propaguemos el divino mensaje, con la doctrina y con el ejemplo,
hasta los últimos rincones del mundo. Nos pide que, siendo ciudadanos de
la sociedad eclesial y de la civil, al desempeñar con fidelidad nuestros
deberes, cada uno sea otro Cristo, santificando el trabajo profesional y
las obligaciones del propio estado. Si miramos a nuestro alrededor, a
este mundo que amamos porque es hechura divina, advertiremos que se
verifica la parábola: la palabra de Jesucristo es fecunda, suscita en
muchas almas afanes de entrega y de fidelidad. La vida y el
comportamiento de los que sirven a Dios han cambiado la historia, e
incluso muchos de los que no conocen al Señor se mueven -sin saberlo
quizá- por ideales nacidos del cristianismo. Vemos también que parte de
la simiente cae en tierra estéril, o entre espinas y abrojos: que hay
corazones que se cierran a la luz de la fe. Los ideales de paz, de
reconciliación, de fraternidad, son aceptados y proclamados, pero -no
pocas veces- son desmentidos con los hechos. Algunos hombres se empeñan
inútilmente en aherrojar la voz de Dios, impidiendo su difusión con la
fuerza bruta o con un arma menos ruidosa, pero quizá más cruel, porque
insensibiliza al espíritu: la indiferencia.
150.
El Pan de vida eterna Me gustaría que, al considerar todo eso, tomáramos
conciencia de nuestra misión de cristianos, volviéramos los ojos hacia
la Sagrada Eucaristía, hacia Jesús que, presente entre nosotros, nos ha
constituido como miembros suyos: vos estis corpus Christi et membra de
membro , vosotros sois el cuerpo de Cristo y miembros unidos a otros
membros. Nuestro Dios ha decidido permanecer en el Sagrario para
alimentarnos, para fortalecernos, para divinizarnos, para dar eficacia a
nuestra tarea y a nuestro esfuerzo. Jesús es simultáneamente el
sembrador, la semilla y el fruto de la siembra: el Pan de vida eterna.
Este milagro, continuamente renovado, de la Sagrada Eucaristía, tiene
todas las características de la manera de actuar de Jesús. Perfecto Dios
y perfecto hombre, Señor de cielos y tierra, se nos ofrece como
sustento, del modo más natural y ordinario. Así espera nuestro amor,
desde hace casi dos mil años. Es mucho tiempo y no es mucho tiempo:
porque, cuando hay amor, los días vuelan. Viene a mi memoria una
encantadora poesía gallega, una de esas Cantigas de Alfonso X el Sabio.
La leyenda de un monje que, en su simplicidad, suplicó a Santa María
poder contemplar el cielo, aunque fuera por un instante. La Virgen
acogió su deseo, y el buen monje fue trasladado al paraíso. Cuando
regresó, no reconocía a ninguno de los moradores del monasterio: su
oración, que a él le había parecido brevísima, había durado tres siglos.
Tres siglos no son nada, para un corazón amante. Así me explico yo esos
dos mil años de espera del Señor en la Eucaristía. Es la espera de Dios,
que ama a los hombres, que nos busca, que nos quiere tal como somos
-limitados, egoístas, inconstantes-, pero con la capacidad de descubrir
su infinito cariño y de entregarnos a El enteramente. Por amor y para
enseñarnos a amar, vino Jesús a la tierra y se quedó entre nosotros en
la Eucaristía. Como hubiese amado a los suyos que vivían en el mundo,
los amó hasta el fin ; con esas palabras comienza San Juan la narración
de lo que sucedió aquella víspera de la Pascua, en la que Jesús -nos lo
refiere San Pablo- tomó el pan, y dando gracias, lo partió y dijo: tomad
y comed; éste es mi cuerpo, que por vosotros será entregado; haced esto
en memoria mía. Y de la misma manera el cáliz, después de haber cenado,
diciendo: este cáliz es el nuevo testamento de mi sangre; haced esto
cuantas veces lo bebiereis, en memoria mía .
151.
Una vida nueva Es el momento sencillo y solemne de la institución del
Nuevo Testamento. Jesús deroga la antigua economía de la Ley y nos
revela que el mismo será el contenido de nuestra oración y de nuestra
vida. Ved el gozo que inunda la liturgia de hoy: sea la alabanza plena,
sonora, alegre . Es el júbilo cristiano, que canta la llegada de otro
tiempo: ha terminado la antigua Pascua, se inicia la nueva. Lo viejo es
sustituido por lo nuevo, la verdad hace que la sombra desaparezca, la
noche es eliminada por la luz . Milagro de amor. Este es verdaderamente
el pan de los hijos : Jesús, el Primogénito del Eterno Padre, se nos
ofrece como alimento. Y el mismo Jesucristo, que aquí nos robustece, nos
espera en el cielo como comensales, coherederos y socios , porque
quienes se nutren de Cristo morirán con la muerte terrena y temporal,
pero vivirán eternamente, porque Cristo es la vida imperecedera . La
felicidad eterna, para el cristiano que se conforta con el difinitivo
maná de la Eucaristía, comienza ya ahora. Lo viejo ha pasado: dejemos
aparte todo lo caduco; sea todo nuevo para nosotros: los corazones, las
palabras y las obras . Esta es la Buena Nueva. Es novedad, noticia,
porque nos habla de una profundidad de Amor, que antes no sospechábamos.
Es buena, porque nada mejor que unirnos íntimamente a Dios, Bien de
todos los bienes. Esta es la Buena Nueva, porque, de alguna manera y de
un modo indescriptible, nos anticipa la eternidad.
152.
Tratar a Jesús en la Palabra y en el Pan Jesús se esconde en el
Santísimo Sacramento del altar, para que nos atrevamos a tratarle, para
ser el sustento nuestro, con el fin de que nos hagamos una sola cosa con
El. Al decir sin mí no podéis nada , no condenó al cristiano a la
ineficacia, ni le obligó a una búsqueda ardua y difícil de su Persona.
Se ha quedado entre nosotros con una disponibilidad total. Cuando nos
reunimos ante el altar mientras se celebra el Santo Sacrificio de la
Misa, cuando contemplamos la Sagrada Hostia expuesta en la custodia o la
adoramos escondida en el Sagrario, debemos reavivar nuestra fe, pensar
en esa existencia nueva, que viene a nosotros, y conmovernos ante el
cariño y la ternura de Dios. Perseveraban todos en la doctrina de los
Apóstoles, en la comunicación de la fracción del pan, y en las oraciones
. Así nos describen las Escrituras la conducta de los primeros
cristianos: congregados por la fe de los Apóstoles en perfecta unidad,
al participar de la Eucaristía, unánimes en la oración. Fe, Pan,
Palabra. Jesús, en la Eucaristía, es prenda segura de su presencia en
nuestras almas; de su poder, que sostiene el mundo; de sus promesas de
salvación, que ayudarán a que la familia humana, cuando llegue el fin de
los tiempos, habite perpetuamente en la casa del Cielo, en torno a Dios
Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo: Trinidad Beatísima, Dios Unico.
Es toda nuestra fe la que se pone en acto cuando creemos en Jesús, en su
presencia real bajo los accidentes del pan y del vino.
153. No comprendo cómo se puede vivir cristianamente sin sentir la
necesidad de una amistad constante con Jesús en la Palabra y en el Pan,
en la oración y en la Eucaristía. Y entiendo muy bien que, a lo largo de
los siglos, las sucesivas generaciones de fieles hayan ido concretando
esa piedad eucarística. Unas veces, con prácticas multitudinarias,
profesando públicamente su fe; otras, con gestos silenciosos y callados,
en la sacra paz del templo o en la intimidad del corazón. Ante todo,
hemos de amar la Santa Misa que debe ser el centro de nuestro día. Si
vivimos bien la Misa, ¿cómo no continuar luego el resto de la jornada
con el pensamiento en el Señor, con la comezón de no apartarnos de su
presencia, para trabajar como El trabajaba y amar como El amaba?
Aprendemos entonces a agradecer al Señor esa otra delicadeza suya: que
no haya querido limitar su presencia al momento del Sacrificio del
Altar, sino que haya decidido permanecer en la Hostia Santa que se
reserva en el Tabernáculo, en el Sagrario. Os diré que para mí el
Sagrario ha sido siempre Betania, el lugar tranquilo y apacible donde
está Cristo, donde podemos contarle nuestras preocupaciones, nuestros
sufrimientos, nuestras ilusiones y nuestras alegrías, con la misma
sencillez y naturalidad con que le hablaban aquellos amigos suyos,
Marta, María y Lázaro. Por eso, al recorrer las calles de alguna ciudad
o de algún pueblo, me da alegría descubrir, aunque sea de lejos, la
silueta de una iglesia; es un nuevo Sagrario, una ocasión más de dejar
que el alma se escape para estar con el deseo junto al Señor
Sacramentado.
154.
Fecundidad de la Eucaristía Cuando el Señor en la Ultima Cena instituyó
la Sagrada Eucaristía, era de noche, lo que -comenta San Juan
Crisóstomo- manifestaba que los tiempos habían sido cumplidos . Se hacía
noche en el mundo, porque los viejos ritos, los antiguos signos de la
misericordia infinita de Dios con la humanidad iban a realizarse
plenamente, abriendo el camino a un verdadero amanecer: la nueva Pascua.
La Eucaristía fue instituida durante la noche, preparando de antemano la
mañana de la Resurrección. También en nuestras vidas hemos de preparar
esa alborada. Todo lo caduco, lo dañoso y lo que no sirve -el desánimo,
la desconfianza, la tristeza, la cobardía- todo eso ha de ser echado
fuera. La Sagrada Eucaristía introduce en los hijos de Dios la novedad
divina, y debemos responder in novitate sensus , con una renovación de
todo nuestro sentir y de todo nuestro obrar. Se nos ha dado un principio
nuevo de energía, una raíz poderosa, injertada en el Señor. No podemos
volver a la antigua levadura, nosotros que tenemos el Pan de ahora y de
siempre.
155. En esta fiesta, en ciudades de una parte y otra de la tierra, los
cristianos acompañan en procesión al Señor, que escondido en la Hostia
recorre las calles y plazas -lo mismo que en su vida terrena-, saliendo
al paso de los que quieren verle, haciéndose el encontradizo con los que
no le buscan. Jesús aparece así, una vez más, en medio de los suyos:
¿cómo reaccionamos ante esa llamada del Maestro? Porque las
manifestaciones externas de amor deben nacer del corazón, y prolongarse
con testimonio de conducta cristiana. Si hemos sido renovados con la
recepción del Cuerpo del Señor, hemos de manifestarlo con obras. Que
nuestros pensamientos sean sinceros: de paz, de entrega, de servicio.
Que nuestras palabras sean verdaderas, claras, oportunas; que sepan
consolar y ayudar, que sepan, sobre todo, llevar a otros la luz de Dios.
Que nuestras acciones sean coherentes, eficaces, acertades: que tengan
ese bonus odor Christi , el buen olor de Cristo, porque recuerden su
modo de comportarse y de vivir. La procesión del Corpus hace presente a
Cristo por los pueblos y las ciudades del mundo. Pero esa presencia,
repito, no debe ser cosa de un día, ruido que se escucha y se olvida.
Ese pasar de Jesús nos trae a la memoria que debemos descubrirlo también
en nuestro quehacer ordinario. Junto a esa procesión solemne de este
jueves, debe estar la procesión callada y sencilla, de la vida corriente
de cada cristiano, hombre entre los hombres, pero con la dicha de haber
recibido la fe y la misión divina de conducirse de tal modo que renueve
el mensaje del Señor en la tierra. No nos faltan errores, miserias,
pecados. Pero Dios está con los hombres, y hemos de disponernos para que
se sirva de nosotros y se haga continuo su tránsito entre las criaturas.
Vamos, pues, a pedir al Señor que nos conceda ser almas de Eucaristía,
que nuestro trato personal con El se exprese en alegría, en serenidad,
en afán de justicia. Y facilitaremos a los demás la tarea de reconocer a
Cristo, contribuiremos a ponerlo en la cumbre de todas las actividades
humanas. Se cumplirá la promesa de Jesús: Yo, cuando sea exaltado sobre
la tierra, todo lo atraeré hacia mí .
156.
El pan y la siega: comunión con todos los hombres Jesús, os decía al
comienzo, es el sembrador. Y, por medio de los cristianos, prosigue su
siembra divina. Cristo aprieta el trigo en sus manos llagadas, lo empapa
con su sangre, lo limpia, lo purifica y lo arroja en el surco, que es el
mundo. Echa los granos uno a uno, para que cada cristiano, en su propio
ambiente, dé testimonio de la fecundidad de la Muerte y de la
Resurrección del Señor. Si estamos en las manos de Cristo, debemos
impregnarnos de su Sangre redentora, dejarnos lanzar a voleo, aceptar
nuestra vida tal y como Dios la quiere. Y convencernos de que, para
fructificar, la semilla ha de enterrarse y morir . Luego se levanta el
tallo y surge la espiga. De la espiga, el pan, que será convertido por
Dios en Cuerpo de Cristo. De esa forma nos volvemos a reunir en Jesús,
que fue nuestro sembrador. Porque el pan es uno, y aunque seamos muchos,
somos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan . No
perdamos nunca de vista que no hay fruto, si antes no hay siembra: es
preciso -por tanto- esparcir generosamente la Palabra de Dios, hacer que
los hombres conozcan a Cristo y que, conociéndole, tengan hambre de El.
Es buena ocasión esta fiesta del Corpus Christi -Cuerpo de Cristo, Pan
de vida- para meditar en esas hambres que se advierten en el pueblo: de
verdad, de justicia, de unidad y de paz. Ante el hambre de paz, hemos de
repetir con San Pablo: Cristo es nuestra paz, pax nostra . Los deseos de
verdad deben recordarnos que Jesús es el camino, la verdad y la vida . A
quienes aspiran a la unidad, hemos de colocarles frente a Cristo que
ruega para que estemos consummati in unum, consumados en la unidad . El
hambre de justicia debe conducirnos a la fuente originaria de la
concordia entre los hombres: el ser y saberse hijos del Padre, hermanos.
Paz, verdad, unidad, justicia. ¡Qué difícil parece a veces la tarea de
superar las barreras, que impiden la convivencia humana! Y, sin embargo,
los cristianos estamos llamados a realizar ese gran milagro de la
fraternidad: conseguir, con la gracia de Dios, que los hombres se traten
cristianamente, llevando los unos las cargas de los otros , viviendo el
mandamiento del Amor, que es vínculo de la perfección y resumen de la
ley .
157. No se nos puede ocultar que resta mucho por hacer. En cierta
ocasión, contemplando quizá el suave movimiento de las espigas ya
granadas, dijo Jesús a sus discípulos: la mies es mucha, pero los
obreros son pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe
trabajadores a su campo . Como entonces, ahora siguen faltando peones
que quieran soportar el peso del día y del calor . Y si los que
trabajamos no somos fieles, sucederá lo que escribe el profeta Joel:
destruida la cosecha, la tierra en luto: porque el trigo está seco,
desolado el vino, perdido el aceite. Confundíos, labradores; gritad,
viñadores, por el trigo y la cebada. No hay cosecha . No hay cosecha,
cuando no se está dispuesto a aceptar generosamente un constante
trabajo, que puede resultar largo y fatigoso: labrar la tierra, sembrar
la simiente, cuidar los campos, realizar la siega y la trilla... En la
historia, en el tiempo, se edifica el Reino de Dios. El Señor nos ha
confiado a todos esa tarea, y ninguno puede sentirse eximido. Al adorar
y mirar hoy a Cristo en la Eucaristía, pensemos que aún no ha llegado la
hora del descanso, que la jornada continúa. Se ha recogido en el libro
de los Proverbios; el que labra su campiña tendrá pan a saciedad .
Tratemos de aplicarnos espiritualmente este pasaje: el que no labra el
terreno de Dios, el que no es fiel a la misión divina de entregarse a
los demás, ayudándoles a conocer a Cristo, difícilmente logrará entender
lo que es el Pan eucarístico. Nadie estima lo que no le ha costado
esfuerzo. Para apreciar y amar la Sagrada Eucaristía, es preciso
recorrer el camino de Jesús: ser trigo, morir para nosotros mismos,
resurgir llenos de vida y dar fruto abundante: ¡el ciento por uno! . Ese
camino se resume en una única palabra: amar. Amar es tener el corazón
grande, sentir las preocupaciones de los que nos rodean, saber perdonar
y comprender: sacrificarse, con Jesucristo, por las almas todas. Si
amamos con el corazón de Cristo aprenderemos a servir, y defenderemos la
verdad claramente y con amor. Para amar de ese modo, es preciso que cada
uno extirpe, de su propia vida, todo lo que estorba la Vida de Cristo en
nosotros: el apego a nuestra comodidad, la tentación del egoísmo, la
tendencia al lucimiento propio. Sólo reproduciendo en nosotros esa Vida
de Cristo, podremos trasmitirla a los demás; sólo experimentando la
muerte del grano de trigo, podremos trabajar en las entrañas de la
tierra, transformarla desde dentro, hacerla fecunda.
158.
El optimismo cristiano Quizá alguna vez pueda venir la tentación de
pensar que todo eso es hermoso, como lo es un sueño irrealizable. Os he
hablado de renovar la fe y la esperanza; permaneced firmes, con la
seguridad absoluta de que nuestras ilusiones se verán colmadas por las
maravillas de Dios. Pero resulta indispensable que nos anclemos, de
verdad, en la virtud cristiana de la esperanza. Que no nos acostumbremos
a los milagros que se operan ante nosotros; a este admirable portento de
que el Señor baje cada día a las manos del sacerdote. Jesús nos quiere
despiertos, para que nos convenzamos de la grandeza de su poder, y para
que oigamos nuevamente su promesa: venite post me, et faciam vos fieri
piscatores hominum , si me seguís, os haré pescadores de hombres; seréis
eficaces, y atraeréis las almas hacia Dios. Debemos confiar, por tanto,
en esas palabras del Señor: meterse en la barca, empuñar los remos, izar
las velas, y lanzarse a ese mar del mundo que Cristo nos entrega como
heredad. Duc in altum et laxate retia vestra in capturam! : bogad mar
adentro, y echad vuestras redes para pescar. Ese celo apostólico, que
Cristo ha puesto en nuestro corazón, no debe agotarse -extinguirse-, por
una falsa humildad. Si es verdad que arrastramos miserias personales,
también lo es que el Señor cuenta con nuestros errores. No escapa a su
mirada misericordiosa que los hombres somos criaturas con limitaciones,
con flaquezas, con imperfecciones, inclinadas al pecado. Pero nos manda
que luchemos, que reconozcamos nuestros defectos; no para acobardarnos,
sino para arrepentirnos y fomentar el deseo de ser mejores. Además,
hemos de recordar siempre que somos sólo instrumentos: ¿qué es Apolo?,
¿qué es Pablo? Unos ministros de aquel en quien habéis creído, y eso
según el don que a cada uno ha concedido el Señor. Yo planté, regó
Apolo, pero Dios es quien ha dado el crecer . La doctrina, el mensaje
que hemos de propagar, tiene una fecundidad propia e infinita, que no es
nuestra, sino de Cristo. Es Dios mismo quien está empeñado en realizar
la obra salvadora, en redimir el mundo.
159. Fe, pues, sin permitir que nos domine el desaliento; sin pararnos
en cálculos meramente humanos. Para superar los obstáculos, hay que
empezar trabajando, metiéndose de lleno en la tarea, de manera que el
mismo esfuerzo nos lleve a abrir nuevas veredas. Ante cualquier
dificultad, ésta es la panacea: santidad personal, entrega al Señor. Ser
santos es vivir tal y como nuestro Padre del cielo ha dispuesto que
vivamos. Me diréis que es difícil. Sí, el ideal es muy alto. Pero a la
vez es fácil: está al alcance de la mano. Cuando una persona se pone
enferma, ocurre en ocasiones que no se logra encontrar la medicina. En
lo sobrenatural, no sucede así. La medicina está siempre cerca: es
Cristo Jesús, presente en la Sagrada Eucaristía, que nos da además su
gracia en los otros Sacramentos que instituyó. Repitamos, con la palabra
y con las obras: Señor, confío en Ti, me basta tu providencia ordinaria,
tu ayuda de cada día. No tenemos por qué pedir a Dios grandes milagros.
Hemos de suplicar, en cambio, que aumente nuestra fe, que ilumine
nuestra inteligencia, que fortalezca nuestra voluntad. Jesús permanece
siempre junto a nosotros, y se comporta siempre como quien es. Desde el
comienzo de mi predicación, os he prevenido contra un falso
endiosamiento. No te turbe conocerte como eres: así, de barro. No te
preocupe. Porque tú y yo somos hijos de Dios -y éste es endiosamiento
bueno-, escogidos por llamada divina desde toda la eternidad: nos eligió
el Padre, por Jesucristo, antes de la creación del mundo para que seamos
santos en su presencia . Nosotros que somos especialmente de Dios,
instrumentos suyos a pesar de nuestra pobre miseria personal, seremos
eficaces si no perdemos el conocimiento de nuestra flaqueza. Las
tentaciones nos dan la dimensión de nuestra propia debilidad. Si sentís
decaimiento, al experimentar -quizá de un modo particularmente vivo- la
propia mezquindad, es el momento de abandonarse por completo, con
docilidad en las manos de Dios. Cuentan que un día salió al encuentro de
Alejandro Magno un pordiosero, pidiendo una limosna. Alejandro se detuvo
y mandó que le hicieran señor de cinco ciudades. El pobre, confuso y
aturdido, exclamó: ¡yo no pedía tanto! Y Alejandro repuso: tú has pedido
como quien eres; yo te doy como quien soy. Aun en los momentos en los
que percibamos más profundamente nuestra limitación, podemos y debemos
mirar a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo, sabiéndonos
partícipes de la vida divina. No existe jamás razón suficiente para
volver la cara atrás : el Señor está a nuestro lado. Hemos de ser
fieles, leales, hacer frente a nuestras obligaciones, encontrando en
Jesús el amor y el estímulo para comprender las equivocaciones de los
demás y superar nuestros propios errores. Así todos esos decaimientos
-los tuyos, los míos, los de todos los hombres-, serán también soporte
para el reino de Cristo. Reconozcamos nuestras enfermedades, pero
confesemos el poder de Dios. El optimismo, la alegría, el convencimiento
firme de que el Señor quiere servirse de nosotros, han de informar la
vida cristiana. Si nos sentimos parte de esta Iglesia Santa, si nos
consideramos sostenidos por la roca firme de Pedro y por la acción del
Espíritu Santo, nos decidiremos a cumplir el pequeño deber de cada
instante: sembrar cada día un poco. Y la cosecha desbordará los
graneros.
160. Acabemos esto rato de oración. Recordad -saboreando, en la
intimidad del alma, la infinita bondad divina- que, por las palabras de
la Consagración, Cristo se va a hacer realmente presente en la Hostia,
con su Cuerpo, con su Sangre, con su Alma y con su Divinidad. Adoradle
con reverencia y con devoción; renovad en su presencia el ofrecimiento
sincero de vuestro amor; decidle sin miedo que le queréis; agradecedle
esta prueba diaria de misericordia tan llena de ternura, y fomentad el
deseo de acercaros a comulgar con confianza. Yo me pasmo ante este
misterio de Amor; el Señor busca mi pobre corazón como trono, para no
abandonarme si yo me aparto de El. Reconfortados por la presencia de
Cristo, alimentados de su Cuerpo, seremos fieles durante esta vida
terrena, y luego, en el cielo, junto a Jesús y a su Madre, nos
llamaremos vencedores. ¿Dónde está, ¡oh muerte!, tu victoria? ¿Dónde
está, ¡oh muerte!, tu aguijón? Demos gracias a Dios que nos ha traído la
victoria, por la virtud de nuestro Señor Jesucristo .NOS"
16. EL CORAZON DE CRISTO, PAZ DE LOS CRISTIANOS
Homilía pronunciada el 17-VI-1966, fiesta del Sagrado Corazón de Jesús.
161. Dios Padre se ha dignado concedernos, en el Corazón de su Hijo,
infinitos dilectionis thesauros , tesoros inagotables de amor, de
misericordia, de cariño. Si queremos descubrir la evidencia de que Dios
nos ama -de que no sólo escucha nuestras oraciones, sino que se nos
adelanta-, nos basta seguir el mismo razonamiento de San Pablo: El que
ni a su propio Hijo perdonó, sino que le entregó a la muerte por todos
nosotros, ¿cómo no nos dará con El todas las cosas? . La gracia renueva
al hombre desde dentro, y le convierte -de pecador y rebelde- en siervo
bueno y fiel . Y la fuente de todas las gracias es el amor que Dios nos
tiene y que nos ha revelado, no exclusivamente con las palabras: también
con los hechos. El amor divino hace que la segunda Persona de la
Santísima Trinidad, el Verbo, el Hijo de Dios Padre, tome nuestra carne,
es decir, nuestra condición humana, menos el pecado. Y el Verbo, la
Palabra de Dios es Verbum spirans amorem, la Palabra de la que procede
el Amor . El amor se nos revela en la Encarnación, en ese andar redentor
de Jesucristo por nuestra tierra, hasta el sacrificio supremo de la
Cruz. Y, en la Cruz, se manifiesta con un nuevo signo: uno de los
soldados abrió a Jesús el costado con una lanza, y al instante salió
sangre y agua . Agua y sangre de Jesús que nos hablan de una entrega
realizada hasta el último extremo, hasta el consummatum est , el todo
está consumado, por amor. En la fiesta de hoy, al considerar una vez más
los misterios centrales de nuestra fe, nos maravillamos de cómo las
realidades más hondas -ese amor de Dios Padre que entrega a su Hijo, y
ese amor del Hijo que le lleva a caminar sereno hacia el Gólgota- se
traducen en gestos muy cercanos a los hombres. Dios no se dirige a
nosotros con actitud de poder y de dominio, se acerca a nosotros,
tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres . Jesús jamás se
muestra lejano o altanero, aunque en sus años de predicación le veremos
a veces disgustado, porque le duele la maldad humana. Pero, si nos
fijamos un poco, advertiremos en seguida que su enfado y su ira nacen
del amor: son una invitación más para sacarnos de la infidelidad y del
pecado. ¿Quiero yo acaso la muerte del impío, dice el Señor, Yavé, y no
más bien que se convierta de su mal camino y viva? . Esas palabras nos
explican toda la vida de Cristo, y nos hacen comprender por qué se ha
presentado ante nosotros con un Corazón de carne, con un Corazón como el
nuestro, que es prueba fehaciente de amor y testimonio constante del
misterio inenarrable de la caridad divina.
162.
Conocer el Corazón de Cristo Jesús No puedo dejar de confiaros algo, que
constituye para mí motivo de pena y de estímulo para la acción: pensar
en los hombres que aún no conocen a Cristo, que no barruntan todavía la
profundidad de la dicha que nos espera en los cielos, y que van por la
tierra como ciegos persiguiendo una alegría de la que ignoran su
verdadero nombre, o perdiéndose por caminos que les alejan de la
auténtica felicidad. Qué bien se entiende lo que debió sentir el Apóstol
Pablo aquella noche en la ciudad de Tróade cuando, entre sueños, tuvo
una visión: un varón macedonio se le puso delante, rogándole: pasa a
Macedonia y ayúdanos. Acabada la visión, al instante buscaron -Pablo y
Timoteo- cómo pasar a Macedonia, seguros de que Dios los llamada para
predicar el Evangelio a aquellas gentes . ¿No sentís también vosotros
que Dios nos llama, que -a través de todo lo que sucede a nuestro
alrededor- nos empuja a proclamar la buena nueva de la venida de Jesús?
Pero a veces los cristianos empequeñecemos nuestra vocación, caemos en
la superficialidad, perdemos el tiempo en disputas y rencillas. O, lo
que es peor aún, no faltan quienes se escandalizan falsamente ante el
modo empleado por otros para vivir ciertos aspectos de la fe o
determinadas devociones y, en lugar de abrir ellos camino esforzándose
por vivirlas de la manera que consideran recta, se dedican a destruir y
a criticar. Ciertamente puede surgir, y surgen de hecho, deficiencias en
la vida de los cristianos. Pero lo importante no somos nosotros y
nuestras miserias: el único que vale es El, Jesús. Es de Cristo de quien
hemos de hablar, y no de nosotros mismos. Las reflexiones que acabo de
hacer, están provocadas por algunos comentarios sobre una supuesta
crisis en la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. No hay tal crisis; la
verdadera devoción ha sido y es actualmente una actitud viva, llena de
sentido humano y de sentido sobrenatural. Sus frutos han sido y siguen
siendo frutos sabrosos de conversión, de entrega, de cumplimiento de la
voluntad de Dios, de penetración amorosa en los misterios de la
Redención. Cosa bien diversa, en cambio, son las manifestaciones de ese
sentimentalismo ineficaz, ayuno de doctrina, con empacho de pietismo.
Tampoco a mí me gustan las imágenes relamidas, esas figuras del Sagrado
Corazón que no pueden inspirar devoción ninguna, a personas con sentido
común y con sentido sobrenatural de cristiano. Pero no es una muestra de
buena lógica convertir unos abusos prácticos, que acaban desapareciendo
solos, en un problema doctrinal, teológico. Si hay crisis, se trata de
crisis en el corazón de los hombres, que no aciertan -por miopía, por
egoísmo, por estrechez de miras- a vislumbrar el insondable amor de
Cristo Señor Nuestro. La liturgia de la santa Iglesia, desde que se
instituyó la fiesta de hoy, ha sabido ofrecer el alimento de la
verdadera piedad, recogiendo como lectura para la misa un texto de San
Pablo, en el que se nos propone todo un programa de vida contemplativa
-conocimiento y amor, oración y vida-, que empieza con esta devoción al
Corazón de Jesús. Dios mismo, por boca del Apóstol, nos invita a andar
por ese camino: que Cristo habite por la fe en vuestros corazones; y que
arraigados y cimentados en la caridad, podáis comprender con todos los
santos, cuál sea la anchura y la grandeza, la altura y la profundidad
del misterio; y conocer también aquel amor de Cristo, que sobrepuja todo
conocimiento, para que os llenéis de toda la plenitud de Dios . La
plenitud de Dios se nos revela y se nos da en Cristo, en el amor de
Cristo, en el Corazón de Cristo. Porque es el Corazón de Aquel en quien
habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente . Por eso, si se
pierde de vista este gran designio de Dios -la corriente de amor
instaurada en el mundo por la Encarnación, por la Redención y por la
Pentecostés-, no se comprenderán las delicadezas del Corazón del Señor.
163.
La verdadera devoción al Corazón de Cristo Tengamos presente toda la
riqueza que se encierra en estas palabras: Sagrado Corazón de Jesús.
Cuando hablamos de corazón humano no nos referimos sólo a los
sentimientos, aludimos a toda la persona que quiere, que ama y trata a
los demás. Y, en el modo de expresarse los hombres, que han recogido las
Sagradas Escrituras para que podamos entender así las cosas divinas, el
corazón es considerado como el resumen y la fuente, la expresión y el
fondo último de los pensamientos, de las palabras, de las acciones. Un
hombre vale lo que vale su corazón, podemos decir con lenguaje nuestro.
Al corazón pertenecen la alegría: que se alegre mi corazón en tu socorro
; el arrepentimiento: mi corazón es como cera que se derrite dentro de
mi pecho ; la alabanza a Dios: de mi corazón brota un canto hermoso ; la
decisión para oír al Señor: está dispuesto mi corazón ; la vela amorosa:
yo duermo, pero mi corazón vigila . Y también la duda y el temor: no se
turbe vuestro corazón, creed en mí . El corazón no sólo siente; también
sabe y entiende. La ley de Dios es recibida en el corazón , y en él
permanece escrita . Añade también la Escritura: de la abundancia del
corazón habla la boca . El Señor echó en cara a unos escribas: ¿por qué
pensáis mal en vuestros corazones? . Y, para resumir todos los pecados
que el hombre puede cometer, dijo: del corazón salen los malos
pensamientos, los homicidios, adulterios, fornicaciones, hurtos, falsos
testimonios, blasfemias . Cuando en la Sagrada Escritura se habla del
corazón, no se trata de un sentimiento pasajero, que trae la emoción o
las lágrimas. Se habla del corazón para referirse a la persona que, como
manifestó el mismo Jesucristo, se dirige toda ella -alma y cuerpo- a lo
que considera su bien: porque donde está tu tesoro, allí estará también
tu corazón . Por eso al tratar ahora del Corazón de Jesús, ponemos de
manifiesto la certidumbre del amor de Dios y la verdad de su entrega a
nosotros. Al recomendar la devoción a ese Sagrado Corazón, estamos
recomendando que debemos dirigirnos íntegramente -con todo lo que somos:
nuestra alma, nuestros sentimientos, nuestros pensamientos, nuestras
palabras y nuestras acciones, nuestros trabajos y nuestras alegrías- a
todo Jesús. En esto se concreta la verdadera devoción al Corazón de
Jesús: en conocer a Dios y conocernos a nosotros mismos, y en mirar a
Jesús y acudir a El, que nos anima, nos enseña, nos guía. No cabe en
esta devoción más superficialidad que la del hombre que, no siendo
íntegramente humano, no acierta a percibir la realidad de Dios
encarnado.
164. Jesús en la Cruz, con el corazón traspasado de Amor por los
hombres, es una respuesta elocuente -sobran las palabras- a la pregunta
por el valor de las cosas y de las personas. Valen tanto los hombres, su
vida y su felicidad, que el mismo Hijo de Dios se entrega para
redimirlos, para limpiarlos, para elevarlos. ¿Quién no amará su Corazón
tan herido?, preguntaba ante eso un alma contemplativa. Y seguía
preguntando: ¿quién no devolverá amor por amor? ¿Quién no abrazará un
Corazón tan puro? Nosotros, que somos de carne, pagaremos amor por amor,
abrazaremos a nuestro herido, al que los impíos atravesaron manos y
pies, el costado y el Corazón. Pidamos que se digne ligar nuestro
corazón con el vínculo de su amor y herirlo con una lanza, porque es aún
duro e impenitente . Son pensamientos, afectos, conversaciones que las
almas enamoradas han dedicado a Jesús desde siempre. Pero, para entender
ese lenguaje, para saber de verdad lo que es el corazón humano y el
Corazón de Cristo y el amor de Dios, hace falta fe y hace falta
humildad. Con fe y humildad nos dejó San Agustín unas palabras
universalmente famosas: nos has creado, Señor, para ser tuyos, y nuestro
corazón está inquieto hasta que descanse en ti . Cuando se descuida la
humildad, el hombre pretende apropiarse de Dios, pero no de esa manera
divina, que el mismo Cristo ha hecho posible, diciendo tomad y comed,
porque esto es mi cuerpo : sino intentando reducir la grandeza divina a
los limites humanos. La razón, esa razón fría y ciega que no es la
inteligencia que procede de la fe, ni tampoco la inteligencia recta de
la criatura capaz de gustar y amar las cosas, se convierte en la
sinrazón de quien lo somete todo a sus pobres experiencias habituales,
que empequeñecen la verdad sobrehumana, que recubren el corazón del
hombre con una costra insensible a las mociones del Espíritu Santo. La
pobre inteligencia nuestra estaría perdida, si no fuera por el poder
misericordioso de Dios que rompe las fronteras de nuestra miseria: os
dará un corazón nuevo y os revestiré de un nuevo espíritu; os quitaré
vuestro corazón de piedra y os daré en su lugar un corazón de carne . Y
el alma recobra la luz y se llena de gozo, ante las promesas de la
Escritura Santa. Yo tengo pensamientos de paz y no de aflicción ,
declaró Dios por boca del profeta Jeremías. La liturgia aplica esas
palabras a Jesús, porque en El se nos manifiesta con toda claridad que
Dios nos quiere de este modo. No viene a condenarnos, a echarnos en cara
nuestra indigencia o nuestra mezquindad: viene a salvarnos, a
perdonarnos, a disculparnos, a traernos la paz y la alegría. Si
reconocemos esta maravillosa relación del Señor con sus hijos, se
cambiarán necesariamente nuestros corazones, y nos haremos cargo de que
ante nuestros ojos se abre un panorama absolutamente nuevo, lleno de
relieve, de hondura y de luz.
165.
Llevar a los demás el amor de Cristo Pero fijaos en que Dios no nos
declara: en lugar del corazón, os daré una voluntad de puro espíritu.
No: nos da un corazón, y un corazón de carne, como el de Cristo. Yo no
cuento con un corazón para amar a Dios, y con otro para amar a las
personas de la tierra. Con el mismo corazón con el que he querido a mis
padres y quiero a mis amigos, con ese mismo corazón amo yo a Cristo, y
al Padre, y el Espíritu Santo y a Santa María. No me cansaré de
repetirlo: tenemos que ser muy humanos; porque, de otro modo, tampoco
podremos ser divinos. El amor humano, el amor de aquí abajo en la tierra
cuando es verdadero, nos ayuda a saborear el amor divino. Así entrevemos
el amor con que gozaremos de Dios y el que mediará entre nosotros, allá
en el cielo, cuando el Señor sea todo en todas las cosas . Ese comenzar
a entender lo que es el amor divino nos empujará a manifestarnos
habitualmente más compasivos, más generosos, más entregados. Hemos de
dar lo que recibimos, enseñar lo que aprendemos; hacer partícipes a los
demás -sin engreimiento, con sencillez- de ese conocimiento del amor de
Cristo. Al realizar cada uno vuestro trabajo, al ejercer vuestra
profesión en la sociedad, podéis y debéis convertir vuestra ocupación en
una tarea de servicio. El trabajo bien acabado, que progresa y hace
progresar, que tiene en cuenta los adelantos de la cultura y de la
técnica, realiza una gran función, útil siempre a la humanidad entera,
si nos mueve la generosidad, no el egoísmo, el bien de todos, no el
provecho propio: si está lleno de sentido cristiano de la vida. Con
ocasión de esa labor, en la misma trama de las relaciones humanas,
habéis de mostrar la caridad de Cristo y sus resultados concretos de
amistad, de comprensión, de cariño humano, de paz. Como Cristo pasó
haciendo el bien por todos los caminos de Palestina, vosotros en los
caminos humanos de la familia, de la sociedad civil, de las relaciones
del quehacer profesional ordinario, de la cultura y del descanso, tenéis
que desarrollar también una gran siembra de paz. Será la mejor prueba de
que a vuestro corazón ha llegado el reino de Dios: nosotros conocemos
haber sido trasladados de la muerte a la vida -escribe el Apóstol San
Juan- en que amamos a los hermanos . Pero nadie vive ese amor, si no se
forma en la escuela del Corazón de Jesús. Sólo si miramos y contemplamos
el Corazón de Cristo, conseguiremos que el nuestro se libere del odio y
de la indiferencia; solamente así sabremos reaccionar de modo cristiano
ante los sufrimientos ajenos, ante el dolor. Recordad la escena que nos
cuenta San Lucas, cuando Cristo andaba cerca de la ciudad de Naím .
Jesús ve la congoja de aquellas personas, con las que se cruzaba
ocasionalmente. Podía haber pasado de largo, o esperar una llamada, una
petición. Pero ni se va ni espera. Toma la iniciativa, movido por la
aflicción de una mujer viuda, que había perdido lo único que le quedaba,
su hijo. El evangelista explica que Jesús se compadeció: quizá se
conmovería también exteriormente, como en la muerte de Lázaro. No era,
no es Jesucristo insensible ante el padecimiento, que nace del amor, ni
se goza en separar a los hijos de los padres: supera la muerte para dar
la vida, para que estén cerca los se quieren, exigiendo antes y a la vez
la preeminencia del Amor divino que ha de informar la auténtica
existencia cristiana. Cristo conoce que le rodea una multitud, que
permanecerá pasmada ante el milagro e irá pregonando el suceso por toda
la comarca. Pero el Señor no actúa artificialmente, para realizar un
gesto: se siente sencillamente afectado por el sufrimiento de aquella
mujer, y no puede dejar de consolarla. En efecto, se acercó a ella y le
dijo: no llores . Que es como darle a entender: no quiero verte en
lágrimas, porque yo he venido a traer a la tierra el gozo y la paz.
Luego tiene lugar el milagro, manifestación del poder de Cristo Dios.
Pero antes fue la conmoción de su alma, manifestación evidente de la
ternura del Corazón de Cristo Hombre.
166. Si no aprendemos de Jesús, no amaremos nunca. Si pensásemos, como
algunos, que conservar un corazón limpio, digno de Dios, significa no
mezclarlo, no contaminarlo con afectos humanos, entonces el resultado
lógico sería hacernos insensibles ante el dolor de los demás. Seríamos
capaces sólo de una caridad oficial, seca y sin alma, no de la verdadera
caridad de Jesucristo, que es cariño, calor humano. Con esto no doy pie
a falsas teorías, que son tristes excusas para desviar los corazónes
-apartándolos de Dios-, y llevarlos a malas ocasiones y a la perdición.
En la fiesta de hoy hemos de pedir al Señor que nos conceda un corazón
bueno, capaz de compadecerse de las penas de las criaturas, capaz de
comprender que, para remediar los tormentos que acompañan y no pocas
veces angustian las almas en este mundo, el verdadero bálsamo es el
amor, la caridad: todos los demás consuelos apenas sirven para distraer
un momento, y dejar más tarde amargura y desesperación. Si queremos
ayudar a los demás, hemos de amarles, insisto, con un amor que sea
comprensión y entrega, afecto y voluntaria humildad. Así entenderemos
por qué el Señor decidió resumir toda la Ley en ese doble mandamiento,
que es en realidad un mandamiento solo: el amor a Dios y el amor al
prójimo, con todo nuestro corazón . Quizá penséis ahora que a veces los
cristianos -no los otros: tú y yo- nos olvidamos de las aplicaciones más
elementales de ese deber. Quizá penséis en tantas injusticias que no se
remedian, en los abusos que no son corregidos, en situaciones de
discriminación que se trasmiten de una generación a otra, sin que se
ponga en camino una solución desde la raíz. No puedo, ni tengo por qué,
proponeros la forma concreta de resolver esos problemas. Pero, como
sacerdote de Cristo, es deber mío recordaros lo que la Escritura Santa
dice. Meditad en la escena del juicio, que el mismo Jesús ha descrito:
apartaos de mí, malditos, e id al fuego eterno, que ha sido preparado
para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de
comer; tuve sed y no me disteis de beber; fui peregrino y no me
recibisteis; desnudo, y no me cubristeis; enfermo y encarcelado, y no me
visitasteis . Un hombre o una sociedad que no reaccione ante las
tribulaciones o las injusticias, y que no se esfuerce por aliviarlas, no
son un hombre o una sociedad a la medida del amor del Corazón de Cristo.
Los cristianos -conservando siempre la más amplia libertad a la hora de
estudiar y de llevar a la práctica las diversas soluciones y, por tanto,
con un lógico pluralismo-, han de coincidir en el idéntico afán de
servir a la humanidad. De otro modo, su cristianismo no será la Palabra
y la Vida de Jesús: será un disfraz, un engaño de cara a Dios y de cara
a los hombres.
167.
La paz de Cristo Pero he de proponeros además otra consideración: que
hemos de luchar sin desmayo por obrar el bien, precisamente porque
sabemos que es difícil que los hombres nos decidamos seriamente a
ejercitar la justicia, y es mucho lo que falta para que la convivencia
terrena esté inspirada por el amor, y no por el odio o la indiferencia.
No se nos oculta tampoco que, aunque consigamos llegar a una razonable
distribución de los bienes y a una armoniosa organización de la
sociedad, no desaparecerá el dolor de la enfermedad, el de la
incomprensión o el de la soledad, el de la muerte de las personas que
amamos, el de la experiencia de la propia limitación. Ante esas
pesadumbres, el cristiano sólo tiene una respuesta auténtica, una
respuesta que es definitiva: Cristo en la Cruz, Dios que sufre y que
muere, Dios que nos entrega su Corazón, que una lanza abrió por amor a
todos. Nuestro Señor abomina de las injusticias, y condena al que las
comete. Pero, como respeta la libertad de cada individuo, permite que
las haya. Dios Nuestro Señor no causa el dolor de las criaturas, pero lo
tolera porque -después del pecado original- forma parte de la condición
humana. Sin embargo, su Corazón lleno de Amor por los hombres le hizo
cargar sobre sí, con la Cruz, todas esas torturas: nuestro sufrimiento,
nuestra tristeza, nuestra angustia, nuestra hambre y sed de justicia. La
enseñanza cristiana sobre el dolor no es un programa de consuelos
fáciles. Es, en primer término, una doctrina de aceptación de ese
padecimiento, que es de hecho inseparable de toda vida humana. No os
puedo ocultar -con alegría, porque siempre he predicado y he procurado
vivir que, donde está la Cruz, está Cristo, el Amor- que el dolor ha
aparecido frecuentemente en mi vida; y más de una vez he tenido ganas de
llorar. En otras ocasiones, he sentido que crecía mi disgusto ante la
injusticia y el mal. Y he paladeado la desazón de ver que no podía hacer
nada, que -a pesar de mis deseos y de mis esfuerzos- no conseguía
mejorar aquellas inicuas situaciones. Cuando os hablo de dolor, no os
hablo sólo de teorías, ni me limito tampoco a recoger una experiencia de
otros, al confirmaros que, si -ante la realidad del sufrimiento- sentís
alguna vez que vacila vuestra alma, el remedio es mirar a Cristo. La
escena del Calvario proclama a todos que las aflicciones han de ser
santificadas, si vivimos unidos a la Cruz. Porque las tribulaciones
nuestras, cristianamente vividas, se convierten en reparación, en
desagravio, en participación en el destino y en la vida de Jesús, que
voluntariamente experimentó por Amor a los hombres toda la gama del
dolor, todo tipo de tormentos. Nació, vivió y murió pobre; fue atacado,
insultado, difamado, calumniado y condenado injustamente; conoció la
traición y el abandono de los discípulos; experimentó la soledad y las
amarguras del castigo y de la muerte. Ahora mismo Cristo sigue sufriendo
en sus miembros, en la humanidad entera que puebla la tierra, y de la
que el es Cabeza, y Primogénito, y Redentor. El dolor entra en los
planes de Dios. Esa es la realidad, aunque nos cueste entenderla.
También, como Hombre, le costó a Jesucristo soportarla: Padre, si
quieres, aleja de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la
tuya . En esta tensión de suplicio y de aceptación de la voluntad del
Padre, Jesús va a la muerte serenamente, perdonando a los que le
crucifican. Precisamente, esa admisión sobrenatural del dolor supone, al
mismo tiempo, la mayor conquista. Jesús, muriendo en la Cruz, ha vencido
la muerte; Dios saca, de la muerte, vida. La actitud de un hijo de Dios
no es la de quien se resigna a su trágica desventura, es la satisfacción
de quien pregusta ya la victoria. En nombre de ese amor victorioso de
Cristo, los cristianos debemos lanzarnos por todos los caminos de la
tierra, para ser sembradores de paz y de alegría con nuestra palabra y
con nuestras obras. Hemos de luchar -lucha de paz- contra el mal, contra
la injusticia, contra el pecado, para proclamar así que la actual
condición humana no es la definitiva; que el amor de Dios, manifestado
en el Corazón de Cristo, alcanzará el glorioso triunfo espiritual de los
hombres.
168. Evocábamos antes los sucesos de Naím. Podríamos citar ahora otros,
porque los Evangelios están llenos de escenas semejantes. Esos relatos
han removido y seguirán removiendo siempre los corazones de las
criaturas: ya que no entrañan sólo el gesto sincero de un hombre que se
compadece de sus semejantes, porque presentan esencialmente la
revelación de la caridad inmensa del Señor. El Corazón de Jesús es el
Corazón de Dios encarnado, del Emmanuel, Dios con nosotros. La Iglesia,
unida a Cristo, nace de un Corazón herido . De ese Corazón, abierto de
par en par, se nos trasmite la vida. ¡Cómo no recordar aquí, aunque sea
de pasada, los sacramentos, a través de los cuales Dios obra en nosotros
y nos hace participes de la fuerza redentora de Cristo? ¿Cómo no
recordar con agradecimiento particular el Santísimo Sacramento de la
Eucaristía, el Santo Sacrificio del Calvario y su constante renovación
incruenta en nuestra Misa? Jesús que se nos entrega como alimento:
porque Jesucristo viene a nosotros, todo ha cambiado, y en nuestro ser
se manifiestan fuerzas -la ayuda del Espíritu Santo- que llenan el alma,
que informan nuestras acciones, nuestro modo de pensar y de sentir. El
Corazón de Cristo es paz para el cristiano. El fundamento de la entrega
que el Señor nos pide, no se concreta sólo en nuestros deseos ni en
nuestras fuerzas, tantas veces cortos o impotentes: primeramente se
apoya en las gracias que nos ha logrado el Amor del Corazón de Dios
hecho Hombre. Por eso podemos y debemos perseverar en nuestra vida
interior de hijos del Padre Nuestro que está en los cielos, sin dar
cabida al desánimo ni al desaliento. Me gusta hacer considerar cómo el
cristiano, en su existencia ordinaria y corriente, en los detalles más
sencillos, en las circunstancias normales de su jornada habitual, pone
en ejercicio la fe, la esperanza y la caridad, porque allí reposa la
esencia de la conducta de un alma que cuenta con el auxilio divino; y
que, en la práctica de esas virtudes teologales, encuentra la alegría,
la fuerza y la serenidad. Estos son los frutos de la paz de Cristo, de
la paz que nos trae su Corazón Sacratísimo. Porque -digámoslo una vez
más- el amor de Jesús a los hombres es un aspecto insondable del
misterio divino, del amor del Hijo al Padre y al Espíritu Santo. El
Espíritu Santo, el lazo de amor entre el Padre y el Hijo, encuentra en
el Verbo un Corazón humano. No es posible hablar de estas realidades
centrales de nuestra fe, sin advertir la limitación de nuestra
inteligencia y las grandezas de la Revelación. Pero, aunque no podamos
abarcar esas verdades, aunque nuestra razón se pasme ante ellas, humilde
y firmemente las creemos: sabemos, apoyados en el testimonio de Cristo,
que son así. Que el Amor, en el seno la Trinidad, se derrama sobre todos
los hombres por el amor del Corazón de Jesús.
169. Vivir en el Corazón de Jesús, unirse a él estrechamente es, por
tanto, convertirnos en morada de Dios. El que me ama será amado por mi
Padre , nos anunció el Señor. Y Cristo y el Padre, en el Espíritu Santo,
vienen al alma y hacen en ella su morada . Cuando -aunque sea sólo un
poco- comprendemos esos fundamentos, nuestra manera de ser cambia.
Tenemos hambre de Dios, y hacemos nuestras las palabras del Salmo: Dios
mío, te busco solícito, sedienta de ti está mi alma, mi carne te desea,
como tierra árida, sin agua . Y Jesús, que ha fomentado nuestras ansias,
sale a nuestro encuentro y nos dice: si alguno tiene sed, venga a mí y
beba . Nos ofrece su Corazón, para que encontremos allí nuestro descanso
y nuestra fortaleza. Si aceptamos su llamada, comprobaremos que sus
palabras son verdaderas: y aumentará nuestra hambre y nuestra sed, hasta
desear que Dios establezca en nuestro corazón el lugar de su reposo, y
que no aparte de nosotros su calor y su luz. Ignem veni mittere in
terram, et quid volo nisi ut accendatur?, fuego he venido a traer a la
tierra, y ¿qué he de querer sino que arda? . Nos hemos asomado un poco
al fuego del Amor de Dios; dejemos que su impulso mueva nuestras vidas,
sintamos la ilusión de llevar el fuego divino de un extremo a otro del
mundo, de darlo a conocer a quienes nos rodean: para que también ellos
conozcan la paz de Cristo y, con ella, encuentren la felicidad. Un
cristiano que viva unido al Corazón de Jesús no puede tener otras metas:
la paz en la sociedad, la paz en la Iglesia, la paz en la propia alma,
la paz de Dios que se consumará cuando venga a nosotros su reino. María,
Regina pacis, reina de la paz, porque tuviste fe y creíste que se
cumpliría el anuncio del Angel, ayúdanos a crecer en la fe, a ser firmes
en la esperanza, a profundizar en el Amor. Porque eso es lo que quiere
hoy de nosotros tu Hijo, al mostrarnos su Sacratísimo Corazón.A"
17. LA VIRGEN SANTA, CAUSA DE NUESTRA ALEGRIA
Homilía pronunciada el 15-VIII-1961, fiesta de la Asunción.
170. Assumpta est Maria in coelum, gaudent angeli . María ha sido
llevada por Dios, en cuerpo y alma, a los cielos. Hay alegría entre los
ángeles y entre los hombres. ¿Por qué este gozo íntimo que advertimos
hoy, con el corazón que parece querer saltar del pecho, con el alma
inundada de paz? Porque celebramos la glorificación de nuestra Madre y
es natural que sus hijos sintamos un especial júbilo, al ver cómo la
honra la Trinidad Beatísima. Cristo, su Hijo santísimo, nuestro hermano,
nos la dio por Madre en el Calvario, cuando dijo a San Juan: he aquí a
tu Madre . Y nosotros la recibimos, con el discípulo amado, en aquel
momento de inmenso desconsuelo. Santa María nos acogió en el dolor,
cuando se cumplió la antigua profecía: y una espada traspasará tu alma .
Todos somos sus hijos; ella es Madre de la humanidad entera. Y ahora, la
humanidad conmemora su inefable Asunción: María sube a los cielos, hija
de Dios Padre, madre de Dios Hijo, esposa de Dios Espíritu Santo. Más
que Ella, sólo Dios.
El misterio de amor Misterio de amor es éste. La razón humana no alcanza
a comprender. Sólo la fe acierta a ilustrar cómo una criatura haya sido
elevada a dignidad tan grande, hasta ser el centro amoroso en el que
convergen las complacencias de la Trinidad. Sabemos que es un divino
secreto. Pero, tratándose de Nuestra Madre, nos sentimos inclinados a
entender más -si es posible hablar así- que en otras verdades de fe.
¿Cómo nos habríamos comportado, si hubiésemos podido escoger la madre
nuestra? Pienso que hubiésemos elegido a la que tenemos, llenándola de
todas las gracias. Eso hizo Cristo: siendo Omnipotente, Sapientísimo y
el mismo Amor , su poder realizó todo su querer. Mirad cómo los
cristianos han descubierto, desde hace tiempo, ese razonamiento:
convenía -escribe San Juan Damasceno- que aquella que en el parto había
conservado íntegra su virginidad, conservase sin ninguna corrupción su
cuerpo después de la muerte. Convenía que aquella que había llevado en
su seno al Creador hecho niño, habitara en la morada divina. Convenía
que la Esposa de Dios entrara en la casa celestial. Convenía que
aquellas que había visto a su Hijo en la Cruz, recibiendo así en su
corazón el dolor de que había estado libre en el parto, lo contemplase
sentado a la diestra del Padre. Convenía que la Madre de Dios poseyera
lo que corresponde a su Hijo, y que fuera honrada como Madre y Esclava
de Dios por todas las criaturas . Los teólogos han formulado con
frecuencia un argumento semejante, destinado a comprender de algún modo
el sentido de ese cúmulo de gracias de que se encuentra revestida María,
y que culmina con la Asunción a los cielos. Dicen: convenía, Dios podía
hacerlo, luego lo hizo . Es la explicación más clara de por qué el Señor
concedió a su Madre, desde el primer instante de su inmaculada
concepción, todos los privilegios. Estuvo libre del poder de Satanás; es
hermosa -tota pulchra!-, limpia, pura en alma y cuerpo.
171.
El misterio del sacrificio silencioso Pero, fijaos: si Dios ha querido
ensalzar a su Madre, es igualmente cierto que durante su vida terrena no
fueron ahorrados a María ni la experiencia del dolor, ni el cansancio
del trabajo, ni el claroscuro de la fe. A aquella mujer del pueblo, que
un día prorrumpió en alabanzas a Jesús exclamando: bienaventurado el
vientre que te llevó y los pechos que te alimentaron, el Señor responde:
bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la ponen
en práctica . Era el elogio de su Madre, de su fiat , del hágase
sincero, entregado, cumplido hasta las últimas consecuencias, que no se
manifestó en acciones aparatosas, sino en el sacrificio escondido y
silencioso de cada jornada. Al meditar estas verdades, entendemos un
poco más la lógica de Dios; nos damos cuenta de que el valor
sobrenatural de nuestra vida no depende de que sean realidad las grandes
hazañas que a veces forjamos con la imaginación, sino de la aceptación
fiel de la voluntad divina, de la disposición generosa en el menudo
sacrificio diario. Para ser divinos, para endiosarnos, hemos de empezar
siendo muy humanos, viviendo cara a Dios nuestra condición de hombres
corrientes, santificando esa aparente pequeñez. Así vivió María. La
llena de gracia, la que es objeto de las complacencias de Dios, la que
está por encima de los ángeles y de los santos llevó una existencia
normal. María es una criatura como nosotros, con un corazón como el
nuestro, capaz de gozos y de alegrías, de sufrimientos y de lágrimas.
Antes de que Gabriel le comunique el querer de Dios, Nuestra Señora
ignora que había sido escogida desde toda la eternidad para ser Madre
del Mesías. Se considera a sí misma llena de bajeza : por eso reconoce
luego, con profunda humildad, que en Ella ha hecho cosas grandes el que
es Todopoderoso . La pureza, la humildad y la generosidad de María
contrastan con nuestra miseria, con nuestro egoísmo. Es razonable que,
después de advertir esto, nos sintamos movidos a imitarla; somos
criaturas de Dios, como Ella, y basta que nos esforcemos por ser fieles,
para que también en nosotros el Señor obre cosas grandes. No será
obstáculo nuestra poquedad: porque Dios escoge lo que vale poco, para
que así brille mejor la potencia de su amor .
172.
Imitar a María Nuestra Madre es modelo de correspondencia a la gracia y,
al contemplar su vida, el Señor nos dará luz para que sepamos divinizar
nuestra existencia ordinaria. A lo largo del año, cuando celebramos las
fiestas marianas, y en bastantes momentos de cada jornada corriente, los
cristianos pensamos muchas veces en la Virgen. Si aprovechamos esos
instantes, imaginando cómo se conduciría Nuestra Madre en las tareas que
nosotros hemos de realizar, poco a poco iremos aprendiendo: y acabaremos
pareciéndonos a Ella, como los hijos se parecen a su madre. Imitar, en
primer lugar, su amor. La caridad no se queda en sentimientos: ha de
estar en las palabras, pero sobre todo en las obras. La Virgen no sólo
dijo fiat, sino que cumplió en todo momento esa decisión firme e
irrevocable. Así nosotros: cuando nos aguijonee el amor de Dios y
conozcamos lo que El quiere, debemos comprometernos a ser fieles,
leales, y a serlo efectivamente. Porque no todo aquel que dice Señor,
Señor, entrará en el reino de los cielos; sino aquel que hace la
voluntad de mi Padre celestial . Hemos de imitar su natural y
sobrenatural elegancia. Ella es una criatura privilegiada de la historia
de la salvación: en María, el Verbo se hizo carne y habitó entre
nosotros . Fue testigo delicado, que pasa oculto; no le gustó recibir
alabanzas, porque no ambicionó su propia gloria. María asiste a los
misterios de la infancia de su Hijo, misterios, si cabe hablar así,
normales: a la hora de los grandes milagros y de las aclamaciones de las
masas, desaparece. En Jerusalén, cuando Cristo -cabalgando un
borriquito- es vitoreado como Rey, no está María. Pero reaparece junto a
la Cruz, cuando todos huyen. Este modo de comportarse tiene el sabor, no
buscado, de la grandeza, de la profundidad, de la santidad de su alma.
Tratemos de aprender, siguiendo su ejemplo en la obediencia a Dios, en
esa delicada combinación de esclavitud y de señorío. En María no hay
nada de aquella actitud de las vírgenes necias, que obedecen, pero
alocadamente. Nuestra Señora oye con atención lo que Dios quiere,
pondera lo que no entiende, pregunta lo que no sabe. Luego, se entrega
toda al cumplimiento de la voluntad divina: he aquí la esclava del
Señor, hágase en mí según tu palabra . ¿Veis la maravilla? Santa María,
maestra de toda nuestra conducta, nos enseña ahora que la obediencia a
Dios no es servilismo, no sojuzga la conciencia: nos mueve íntimamente a
que descubramos la libertad de los hijos de Dios .
173.
La escuela de la oración El Señor os habrá concedido descubrir tantos
otros rasgos de la correspondencia fiel de la Santísima Virgen, que por
sí solos se presentan invitándonos a tomarlos como modelo: su pureza, su
humildad, su reciedumbre, su generosidad, su fidelidad... Yo quisiera
hablar de uno que los envuelve todos, porque es el clima del progreso
espiritual: la vida de oración. Para aprovechar la gracia que Nuestra
Madre nos trae en el día de hoy, y para secundar en cualquier momento
las inspiraciones del Espíritu Santo, pastor de nuestras almas, debemos
estar comprometidos seriamente en una actividad de trato con Dios. No
podemos escondernos en el anonimato; la vida interior, si no es un
encuentro personal con Dios, no existirá. La superficialidad no es
cristiana. Admitir la rutina, en nuestra conducta ascética, equivale a
firmar la partida de defunción del alma contemplativa. Dios nos busca
uno a uno; y hemos de responderle uno a uno: aquí estoy, Señor, porque
me has llamado . Oración, lo sabemos todos, es hablar con Dios; pero
quizá alguno pregunte: hablar, ¿de qué? ¿De qué va a ser, sino de las
cosas de Dios y de las que llenan nuestra jornada? Del nacimiento de
Jesús, de su caminar en este mundo, de su ocultamiento y de su
predicación, de sus milagros, de su Pasión Redentora y de su Cruz y de
su Resurrección. Y en la presencia del Dios Trino y Uno, poniendo por
Medianera a Santa María y por abogado a San José Nuestro Padre y Señor
-a quien tanto amo y venero-, hablaremos del trabajo nuestro de todos
los días, de la familia, de las relaciones de amistad, de los grandes
proyectos y de las pequeñas mezquindades. El tema de mi oración es el
tema de mi vida. Yo hago así. Y a la vista de esta situación mía, surge
natural el propósito, determinado y firme, de cambiar, de mejorar, de
ser más dócil al amor de Dios. Un propósito sincero, concreto. Y no
puede faltar la petición urgente, pero confiada, de que el Espíritu
Santo no nos abandone, porque Tú eres, Señor, mi fortaleza . Somos
cristianos corrientes; trabajamos en profesiones muy diversas; nuestra
actividad entera transcurre por los carriles ordinarios; todo se
desarrolla con un ritmo previsible. Los días parecen iguales, incluso
monótonos... Pues, bien: ese plan, aparentemente tan común, tiene un
valor divino; es algo que interesa a Dios, porque Cristo quiere
encarnarse en nuestro quehacer, animar desde dentro hasta las acciones
más humildes. Este pensamiento es una realidad sobrenatural, neta,
inequívoca; no es una consideración para consuelo, que conforte a los
que no lograremos inscribir nuestros nombres en el libro de oro de la
historia. A Cristo le interesa ese trabajo que debemos realizar -una y
mil veces- en la oficina, en la fábrica, en el taller, en la escuela, en
el campo, en el ejercicio de la profesión manual o intelectual: le
interesa también el escondido sacrificio que supone el no derramar, en
los demás, la hiel del propio mal humor. Repasad en la oración esos
argumentos, tomad ocasión precisamente de ahí para decirle a Jesús que
lo adoráis, y estaréis siendo contemplativos en medio del mundo, en el
ruido de la calle: en todas partes. Esa es la primera lección, en la
escuela del trato con Jesucristo. De esa escuela, María es la mejor
maestra, porque la Virgen mantuvo siempre esa actitud de fe, de visión
sobrenatural, ante todo lo que sucedía a su alrededor: guardaba todas
esas cosas en su corazón ponderándolas . Supliquemos hoy a Santa María
que nos haga contemplativos, que nos enseñe a comprender las llamadas
continuas que el Señor dirige a la puerta de nuestro corazón.
Roguémosle: Madre nuestra, tú has traído a la tierra a Jesús, que nos
revela el amor de nuestro Padre Dios; ayúdanos a reconocerlo, en medio
de los afanes de cada día; remueve nuestra inteligencia y nuestra
voluntad, para que sepamos escuchar la voz de Dios, el impulso de la
gracia.
174.
Maestra de apóstoles Pero no penséis sólo en vosotros mismos: agrandad
el corazón hasta abarcar la humanidad entera. Pensad, antes que nada, en
quienes os rodean -parientes, amigos, colegas- y ved cómo podéis
llevarlos a sentir más hondamente la amistad con Nuestro Señor. Si se
trata de personas rectas honradas, capaces de estar habitualmente más
cerca de Dios, encomendadlas concretamente a Nuestra Señora. Y pedid
también por tantas almas que no conocéis, porque todos los hombres
estamos embarcados en la misma barca. Sed leales, generosos. Formamos
parte de un solo cuerpo, del Cuerpo Místico de Cristo, de la Iglesia
santa, a la que están llamados muchos que buscan limpiamente la verdad.
Por eso tenemos obligación estricta de manifestar a los demás la
calidad, la hondura del amor de Cristo. El cristiano no puede ser
egoísta; si lo fuera, traicionaría su propia vocación. No es de Cristo
la actitud de quienes se contentan con guardar su alma en paz -falsa paz
es ésa-, despreocupándose del bien de los otros. Si hemos aceptado la
auténtica significación de la vida humana -y se nos ha revelado por la
fe-, no cabe que continuemos tranquilos, persuadidos de que nos portamos
personalmente bien, si no hacemos de forma práctica y concreta que los
demás se acerquen a Dios. Hay un obstáculo real para el apostolado: el
falso respeto, el temor a tocar temas espirituales, porque se sospecha
que una conversación así no caerá bien en determinados ambientes, porque
existe el riesgo de herir susceptibilidades. ¡Cuántas veces ese
razonamiento es la máscara del egoísmo! No se trata de herir a nadie,
sino de todo lo contrario: de servir. Aunque seamos personalmente
indignos, la gracia de Dios nos convierte en instrumentos para ser
útiles a los demás, comunicándoles la buena nueva de que Dios quiere que
todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad . ¿Y
será lícito meterse de ese modo en la vida de los demás? Es necesario.
Cristo se ha metido en nuestra vida sin pedirnos permiso. Así actuó
también con los primeros discípulos: pasando por la ribera del mar de
Galilea vio a Simón y a su hermano Andrés, echando las redes en el mar,
pues eran pescadores. Y les dijo Jesús: seguidme, y haré que vengáis a
ser pescadores de hombres . Cada uno conserva la libertad, la falsa
libertad, de responder que no a Dios, como aquel joven cargado de
riquezas , de quien nos habla San Lucas. Pero el Señor y nosotros
-obedeciéndole: id y enseñad - tenemos el derecho y el deber de hablar
de Dios, de este gran tema humano, porque el deseo de Dios es lo más
profundo que brota en el corazón del hombre. Santa María, Regina
apostolorum, reina de todos los que suspiran por dar a conocer el amor
de tu Hijo: tú que tanto entiendes de nuestras miserias, pide perdón por
nuestra vida: por lo que en nosotros podría haber sido fuego y ha sido
cenizas; por la luz que dejó de iluminar, por la sal que se volvió
insípida. Madre de Dios, omnipotencia suplicante: tráenos, con el
perdón, la fuerza para vivir verdaderamente de esperanza y de amor, para
poder llevar a los demás la fe de Cristo.
175.
Una única receta: santidad personal El mejor camino para no perder nunca
la audacia apostólica, las hambres eficaces de servir a todos los
hombres, no es otro que la plenitud de la vida de fe, de esperanza y de
amor; en una palabra, la santidad. No encuentro otra receta más que ésa:
santidad personal. Hoy, en unión con toda la Iglesia, celebramos el
triunfo de la Madre, Hija y Esposa de Dios. Y como nos gozábamos en el
tiempo de la Pascua de Resurrección del Señor a los tres días de su
muerte, ahora nos sentimos alegres porque María, después de acompañar a
Jesús desde Belén hasta la Cruz, está junto a El en cuerpo y alma,
disfrutando de la gloria por toda la eternidad. Esta es la misteriosa
economía divina: Nuestra Señora, hecha partícipe de modo pleno de la
obra de nuestra salvación, tenía que seguir de cerca los pasos de su
Hijo: la pobreza de Belén, la vida oculta de trabajo ordinario en
Nazaret, la manifestación de la divinidad en Caná de Galilea, las
afrentas de la Pasión y el Sacrificio divino de la Cruz, la
bienaventuranza eterna del Paraíso. Todo esto nos afecta directamente,
porque ese itinerario sobrenatural ha de ser también nuestro camino.
María nos muestra que esa senda es hacedera, que es segura. Ella nos ha
precedido por la vía de la imitación de Cristo, y la glorificación de
Nuestra Madre es la firme esperanza de nuestra propia salvación; por eso
la llamamos spes nostra y causa nostrae laetitiae, nuestra esperanza y
causa de nuestra felicidad. No podemos abandonar nunca la confianza de
llegar a ser santos, de aceptar las invitaciones de Dios, de ser
perseverantes hasta el final. Dios, que ha empezado en nosotros la obra
de la santificación, la llevará a cabo . Porque si el Señor está por
nosotros, ¿quién contra nosotros? El, que ni a su propio Hijo perdonó,
sino que le entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo, después de
habernos dado a su Hijo, dejará de darnos cualquier otra cosa? . En esta
fiesta, todo convida a la alegría. La firme esperanza en nuestra
santificación personal es un don de Dios; pero el hombre no puede
permanecer pasivo. Recordad las palabras de Cristo: si alguno quiere
venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, lleve su cruz cada día y sígame
. ¿Le veis? La cruz cada día. Nulla dies sine cruce!, ningún día sin
Cruz: ninguna jornada, en la que no carguemos con la cruz del Señor, en
la que no aceptemos su yugo. Por eso, no he querido tampoco dejar de
recordaros que la alegría de la resurrección es consecuencia del dolor
de la Cruz. No temáis, sin embargo, porque el mismo Señor nos ha dicho:
venid a mí todos los que andáis agobiados con trabajos, que yo os
aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y
humilde de corazón, y hallaréis el reposo para vuestras almas; porque mi
yugo es suave y mi carga ligera . Venid -glosa San Juan Crisóstomo-, no
para rendir cuentas, sino para ser librados de vuestros pecados; venid,
porque yo no tengo necesidad de la gloria que podáis procurarme: tengo
necesidad de vuestra salvación... No temáis al oír hablar de yugo,
porque es suave; no temáis si hablo de carga, porque es ligera. , 37, 2
(PG 57, 414). El camino de nuestra santificación personal pasa,
cotidianamente, por la Cruz: no es desgraciado ese camino, porque Cristo
mismo nos ayuda y con El no cabe la tristeza. In laetitia, nulla dies
sine cruce!, me gusta repetir; con el alma traspasada de alegría, ningún
día sin Cruz.
176.
La alegría cristiana Recojamos de nuevo el tema que nos propone la
Iglesia: María ha subido a los cielos en cuerpo y alma, ¡los ángeles se
alborozan! Pienso también en el júbilo de San José, su Esposo castísimo,
que la aguardaba en el paraíso. Pero volvamos a la tierra. La fe nos
confirma que aquí abajo, en la vida presente, estamos en tiempo de
peregrinación, de viaje; no faltarán los sacrificios, el dolor, las
privaciones. Sin embargo, la alegría ha de ser siempre el contrapunto
del camino. Servid al Señor, con alegría : no hay otro modo de servirle.
Dios ama al que da con alegría , al que se entrega por entero en un
sacrificio gustoso, porque no existe motivo alguno que justifique el
desconsuelo. Quizá estimaréis que este optimismo parece excesivo, porque
todos los hombres conocen sus insuficiencias y sus fracasos,
experimentan el sufrimiento, el cansancio, la ingratitud, quizá el odio.
Los cristianos, si somos iguales a los demás, ¿cómo podemos estar
exentos de esas constantes de la condición humana? Sería ingenuo negar
la reiterada presencia del dolor y del desánimo, de la tristeza y de la
soledad, durante la peregrinación nuestra en este suelo. Por la fe hemos
aprendido con seguridad que todo eso no es producto del acaso, que el
destino de la criatura no es caminar hacia la aniquilación de sus deseos
de felicidad. La fe nos enseña que todo tiene un sentido divino, porque
es propio de la entraña misma de la llamada que nos lleva a la casa del
Padre. No simplifica, este entendimiento sobrenatural de la existencia
terrena del cristiano, la complejidad humana; pero asegura al hombre que
esa complejidad puede estar atravesada por el nervio del amor de Dios,
por el cable, fuerte e indestructible, que enlaza la vida en la tierra
con la vida definitiva en la Patria. La fiesta de la Asunción de Nuestra
Señora nos propone la realidad de esa esperanza gozosa. Somos aún
peregrinos, pero Nuestra Madre nos ha precedido y nos señala ya el
término del sendero: nos repite que es posible llegar y que, si somos
fieles, llegaremos. Porque la Santísima Virgen no sólo es nuestro
ejemplo: es auxilio de los cristianos. Y ante nuestra petición -Monstra
te esse Matrem -, no sabe ni quiere negarse a cuidar de sus hijos con
solicitud maternal.
177. La alegría es un bien cristiano. Unicamente se oculta con la ofensa
a Dios: porque el pecado es producto del egoísmo, y el egoísmo es causa
de la tristeza. Aún entonces, esa alegría permanece en el rescoldo del
alma, porque nos consta que Dios y su Madre no se olvidan nunca de los
hombres. Si nos arrepentimos, si brota de nuestro corazón un acto de
dolor, si nos purificamos en el santo sacramento de la Penitencia, Dios
sale a nuestro encuentro y nos perdona; y ya no hay tristeza: es muy
justo recocijarse porque tu hermano había muerto y ha resucitado; estaba
perdido y ha sido hallado . Esas palabras recogen el final maravilloso
de la parábola del hijo pródigo, que nunca nos cansaremos de meditar: he
aquí que el Padre viene a tu encuentro; se inclinará sobre tu espalda,
te dará un beso prenda de amor y de ternura; hará que te entreguen un
vestido, un anillo, calzado. Tú temes todavía una reprensión, y él te
devuelve tu dignidad; temes un castigo, y te da un beso; tienes miedo de
una palabra airada, y prepara para ti un banquete . El amor de Dios es
insondable. Si procede así con el que le ha ofendido, ¿qué hará para
honrar a su Madre, inmaculada, Virgo fidelis, Virgen Santísima, siempre
fiel? Si el amor de Dios se muestra tan grande cuando la cabida del
corazón humano -traidor, con frecuencia- es tan poca, ¿qué será en el
Corazón de María, que nunca puso el más mínimo obstáculo a la Voluntad
de Dios? Ved cómo la liturgia de la fiesta se hace eco de la
imposibilidad de entender la misericordia infinita del Señor, con
razonamientos humanos; más que explicar, canta; hiere la imaginación,
para que cada uno ponga su entusiasmo en la alabanza. Porque todos nos
quedaremos cortos: apareció un gran prodigio en el cielo: una mujer,
vestida de sol, y la luna debajo de sus pies, y en su cabeza una corona
de doce estrellas . El rey se ha enamorado de tu belleza. ¡Cómo
resplandece la hija del rey, con su vestido tejido en oro! . La liturgia
terminará con unas palabras de María, en las que la mayor humildad se
conjuga con la mayor gloria: me llamarán bienaventurada todas las
generaciones, porque ha hecho en mí grandes cosas aquel que es
todopoderoso . Cor Mariae Dulcissimum, iter para tutum; Corazón
Dulcísimo de María, da fuerza y seguridad a nuestro camino en la tierra:
sé tú misma nuestro camino, porque tú conoces la senda y el atajo cierto
que llevan, por tu amor, al amor de Jesucristo.
18. CRISTO REY
Homilía pronunciada el 22-XI-1970, fiesta de Cristo Rey.
178. Termina el año litúrgico, y en el Santo Sacrificio del Altar
renovamos al Padre el ofrecimiento de la Víctima, Cristo, Rey de
santidad y de gracia, rey de justicia, de amor y de paz, como leeremos
dentro de poco en el Prefacio . Todos percibís en vuestras lamas una
alegría inmensa, al considerar la santa Humanidad de Nuestro Señor: un
Rey con corazón de carne, como el nuestro; que es autor del universo y
de cada una de las criaturas, y que no se impone dominando: mendiga un
poco de amor, mostrándonos, en silencio, sus manos llagadas. ¿Por qué,
entonces, tantos lo ignoran? ¿Por qué se oye aún esa protesta cruel:
nolumus hunc regnare super nos , no queremos que éste reine sobre
nosotros? En la tierra hay millones de hombres que se encaran así con
Jesucristo o, mejor dicho, con la sombra de Jesucristo, porque a Cristo
no lo conocen, ni han visto la belleza de su rostro, ni saben la
maravilla de su doctrina. Ante ese triste espectáculo, me siento
inclinado a desagraviar al Señor. Al escuchar ese clamor que no cesa y
que, más que de voces, está hecho de obras poco nobles, experimento la
necesidad de gritar alto: oportet illum regnare! , conviene que El
reine.
Oposición a Cristo Muchos no soportan que Cristo reine; se oponen a El
de mil formas: en los diseños generales del mundo y de la convivencia
humana; en las costumbres, en la ciencia, en el arte. ¡Hasta en la misma
vida de la Iglesia! Yo no hablo -escribe S. Agustín- de los malvados que
blasfeman de Cristo. Son raros, en efecto, los que lo blasfeman con la
lengua, pero son muchos los que lo blasfeman con la propia conducta . A
algunos les molesta incluso la expresión Cristo Rey: por una superficial
cuestión de palabras, como si el reinado de Cristo pudiese confundirse
con fórmulas políticas; o porque, la confesión de la realeza del Señor,
les llevaría a admitir una ley. Y no toleran la ley, ni siquiera la del
precepto entrañable de la caridad, porque no desean acercarse al amor de
Dios: ambicionan sólo servir al propio egoísmo. El Señor me ha empujado
a repetir, desde hace mucho tiempo, un grito callado: serviam!, serviré.
Que El nos aumente esos afanes de entrega, de fidelidad a su divina
llamada -con naturalidad, sin aparato, sin ruido-, en medio de de la
calle. Démosle gracias desde el fondo del corazón. Dirijámosle una
oración de súbditos, ¡de hijos!, y la lengua y el paladar se nos
llenarán de leche y de miel, nos sabrá a panal tratar del Reino de Dios,
que es un Reino de libertad, de la libertad que El nos ganó .
179.
Cristo, Señor del mundo Quisiera que considerásemos cómo ese Cristo, que
-Niño amable- vimos nacer en Belén, es el Señor del mundo: pues por El
fueron creados todos los seres en los cielos y en la tierra; El ha
reconciliado con el Padre todas las cosas, restableciendo la paz entre
el cielo y la tierra, por medio de la sangre que derramó en la cruz .
Hoy Cristo reina, a la diestra del Padre: declaran aquellos dos ángeles
de blancas vestiduras, a los discípulos que estaban atónitos
contemplando las nubes, después de la Ascensión del Señor: varones de
Galilea ¿por qué estáis ahí mirando al cielo? Este Jesús, que
separándose de vosotros ha subido al cielo, vendrá de la misma manera
que le acabáis de ver subir . Por El reinan los reyes , con la
diferencia de que los reyes, las autoridades humanas, pasan; y el reino
de Cristo permanecerá por toda la eternidad , su reino es un reino
eterno y su dominación perdura de generación en generación . El reino de
Cristo no es un modo de decir, ni una imagen retórica. Cristo vive,
también como hombre, con aquel mismo cuerpo que asumió en la
Encarnación, que resucitó después de la Cruz y subsiste glorificado en
la Persona del Verbo juntamente con su alma humana, Cristo, Dios y
Hombre verdadero, vive y reina y es el Señor del mundo. Sólo por El se
mantiene en vida todo lo que vive. ¿Por qué, entonces, no se aparece
ahora en toda su gloria? Porque su reino no es de este mundo , aunque
está en el mundo. Había replicado Jesús a Pilatos: Yo soy rey. Yo para
esto nací: para dar testimonios de la verdad; todo aquel que pertenece a
la verdad, escucha mi voz . Los que esperaban del Mesías un poderío
temporal visible, se equivocaban: que no consiste el reino de Dios en el
comer ni en el beber, sino en la justicia, en la paz y en el gozo del
Espíritu Santo . Verdad y justicia; paz y gozo en el Espíritu Santo. Ese
es el reino de Cristo: la acción divina que salva a los hombres y que
culminará cuando la historia acabe, y el Señor, que se sienta en lo más
alto del paraíso, venga a juzgar definitivamente a los hombres. Cuando
Cristo inicia su predicación en la tierra, no ofrece un programa
político, sino que dice: haced penitencia, porque está cerca el reino de
los cielos ; encarga a sus discípulos que anuncien esa buena nueva , y
enseña que se pida en la oración el advenimiento del reino . Esto es el
reino de Dios y su justicia, una vida santa: lo que hemos de buscar
primero , lo único verdaderamente necesario . La salvación, que predica
Nuestro Señor Jesucristo, es una invitación dirigida a todos; acontece
lo que a cierto rey, que celebró las bodas de su hijo y envió a los
criados a llamar a los convidados a las bodas . Por eso, el Señor revela
que el reino de los cielos está en medio de vosotros . Nadie se
encuentra excluido de la salvación, si se allana libremente a las
exigencias amorosas de Cristo: nacer de nuevo , hacerse como niños, en
la sencillez de espíritu ; alejar el corazón de todo lo que aparte de
Dios . Jesús quiere hechos, no sólo palabras . Y esfuerzo denodado,
porque sólo los que luchan serán merecedores de la herencia eterna . La
perfección del reino -el juicio definitivo de salvación o de
condenación- no se dará en la tierra. Ahora el reino es como una siembra
, como el crecimiento del grano de mostaza ; su fin será como la pesca
con la red barredera, de la que traída a la arena-serán extraídos, para
suertes distintas, los que obraron la justicia y los que ejecutaron la
iniquidad . Pero, mientras vivimos aquí, el reino se asemeja a la
levadura que cogió una mujer y la mezcló con tres celemines de harina,
hasta que toda la masa quedó fermentada . Quien entiende el reino que
Cristo propone, advierte que vale la pena jugarse todo por conseguirlo:
es la perla que el mercader adquiere a costa de vender lo que posee, es
el tesoro hallado en el campo . El reino de los cielos es una conquista
difícil: nadie está seguro de alcanzarlo , pero el clamor humilde del
hombre arrepentido logra que se abran sus puertas de par en par. Uno de
los ladrones que fueron crucificados con Jesús le suplica: Señor,
acuérdate de mí cuando hayas llegado a tu reino. Y Jesús le respondió:
en verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso .
180.
El reino en el alma ¡Qué grande eres Señor y Dios nuestro! Tú eres el
que pones en nuestra vida el sentido sobrenatural y la eficacia divina.
Tú eres la causa de que, por amor de tu Hijo, con todas las fuerzas de
nuestro ser, con el alma y con el cuerpo podamos repetir: oportet illum
regnare!, mientras resuena la copla de nuestra debilidad, porque sabes
que somos criaturas -¡y qué criaturas!- hechas de barro, no sólo en los
pies . también en el corazón y en la cabeza. A lo divino, vibraremos
exclusivamente por ti. Cristo debe reinar, antes que nada, en nuestra
alma. Pero qué responderíamos, si El preguntase: tú, ¿cómo me dejas
reinar en ti? Yo le contestaría que, para que El reine en mí, necesito
su gracia abundante: únicamente así hasta el último latido, hasta la
última respiración, hasta la mirada menos intensa, hasta la palabra más
corriente, hasta la sensación más elemental se traducirán en un hosanna
a mi Cristo Rey. Si pretendemos que Cristo reine, hemos de ser
coherentes: comenzar por entregarle nuestro corazón. Si no lo
hiciésemos, hablar del reinado de Cristo sería vocerío sin sustancia
cristiana, manifestación exterior de una fe que no existiría,
utilización fraudulenta del nombre de Dios para las componendas humanas.
Si la condición para que Jesús reinase en mi alma, en tu alma, fuese
contar previamente en nosotros con un lugar perfecto, tendríamos razón
para desesperarnos. Pero no temas, hija de Sión: mira a tu Rey, que
viene sentado sobre un borrico . ¿Lo veis? Jesús se contenta con un
pobre animal, por trono. No sé a vosotros; pero a mí no me humilla
reconocerme, a los ojos del Señor, como jumento: como un borriquito soy
yo delante de ti; pero estaré siempre a tu lado, porque tú me has tomado
de tu diestra , tú me llevas por el ronzal. Pensad en las
características de un asno, ahora que van quedando tan pocos. No en el
burro viejo y terco, rencoroso, que se venga con una coz traicionera,
sino en el pollino joven: las orejas estiradas como antenas, austero en
la comida, duro en el trabajo, con el trote decidido y alegre. Hay
cientos de animales más hermosos, más hábiles y más crueles. Pero Cristo
se fijó en e, para presentarse como rey ante el pueblo que lo aclamaba.
Porque Jesús no sabe qué hacer con la astucia calculadora, con la
crueldad de corazones fríos, con la hermosura vistosa pero hueca.
Nuestro Señor estima la alegría de un corazón mozo, el paso sencillo, la
voz sin falsete, los ojos limpios, el oído atento a su palabra de
cariño. Así reina en el alma.
181.
Reinar sirviendo Si dejamos que Cristo reine en nuestra alma, no nos
convertiremos en dominadores, seremos servidores de todos los hombres.
Servicio. ¡Cómo me gusta esta palabra! Servir a mi Rey y, por El, a
todos los que han sido redimidos con su sangre. ¡Si los cristianos
supiésemos servir! Vamos a confiar al Señor nuestra decisión de aprender
a realizar esta tarea de servicio, porque sólo sirviendo podremos
conocer y amar a Cristo, y darlo a conocer y lograr que otros más lo
amen. ¿Cómo lo mostraremos a las almas? Con el ejemplo: que seamos
testimonio suyo, con nuestra voluntaria servidumbre a Jesucristo, en
todas nuestras actividades, porque es el Señor de todas las realidades
de nuestra vida, porque es la única y la última razón de nuestra
existencia. Después, cuando hayamos prestado ese testimonio del ejemplo,
seremos capaces de instruir con la palabra, con la doctrina. Así obró
Cristo: coepit facere et docere , primero enseñó con obras, luego con su
predicación divina. Servir a los demás, por Cristo, exige ser muy
humanos. Si nuestra vida es deshumana, Dios no edificará nada en ella,
porque ordinariamente no construye sobre el desorden, sobre el egoísmo,
sobre la prepotencia. Hemos de disculpar a todos, hemos de perdonar a
todos. No diremos que lo injusto es justo, que la ofensa a Dios no es
ofensa a Dios, que lo malo es bueno. Pero, ante el mal, no contestaremos
con otro mal, sino con la doctrina clara y con la acción buena: ahogando
el mal en abundancia de bien . Así Cristo reinará en nuestra alma, y en
las almas de los que nos rodean. Intentan algunos construir la paz en el
mundo, sin poner amor de Dios en sus propios corazones, sin servir por
amor de Dios a las criaturas. ¿Cómo será posible efectuar, de ese modo,
una misión de paz? La paz de Cristo es la del reino de Cristo; y el
reino de nuestro Señor ha de cimentarse en el deseo de santidad, en la
disposición humilde para recibir la gracia, en una esforzada acción de
justicia, en un divino derroche de amor.
182.
Cristo en la cumbre de las actividades humanas Esto es realizable, no es
un sueño inútil. ¡Si los hombres nos decidiésemos a albergar en nuestros
corazones el amor de Dios! Cristo, Señor Nuestro, fue crucificado y,
desde la altura de la Cruz, redimió al mundo, restableciendo la paz
entre Dios y los hombres. Jesucristo recuerda a todos: et ego, si
exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum , si vosotros me
colocáis en la cumbre de todas las actividades de la tierra, cumpliendo
el deber de cada momento, siendo mi testimonio en lo que parece grande y
en lo que parece pequeño, omnia traham ad meipsum, todo lo atraré hacia
mí. ¡Mi reino entre vosotros será una realidad! Cristo, Nuestro Señor,
sigue empeñado en esta siembra de salvación de los hombres y de la
creación entera, de este mundo nuestro, que es bueno, porque salió bueno
de las manos de Dios. Fue la ofensa de Adán, el pecado de la soberbia
humana, el que rompió la armonía divina de lo creado. Pero Dios Padre,
cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo Unigénito, que
-por obra del Espíritu Santo- tomó carne en María siempre Virgen, para
restablecer la paz, para que, redimiendo al hombre del pecado,
adoptionem filiorum reciperemus , fuéramos constituidos hijos de Dios,
capaces de participar en la intimidad divina: para que así fuera
concedido a este hombre nuevo, a esta nueva rama de los hijos de Dios ,
liberar el universo entero del desorden, restaurando todas las cosas en
Cristo , que los ha reconciliado con Dios . A esto hemos sido llamados
los cristianos, ésa es nuestra tarea apostólica y el afán que nos debe
comer el alma: lograr que sea realidad el reino de Cristo, que no haya
más odios ni más crueldades, que extendamos en la tierra el bálsamo
fuerte y pacífico del amor. Pidamos hoy a nuestro Rey que nos haga
colaborar humilde y fervorosamente en el divino propósito de unir lo que
el hombre ha desordenado, de llevar a su fin lo que se descamina, de
reconstruir la concordia de todo lo creado. Abrazar la fe cristiana es
comprometerse a continuar entre las criaturas la misión de Jesús. Hemos
de ser, cada uno de nosotros, alter Christus, ipse Christus, otro
Cristo, el mismo Cristo. Sólo así podremos emprender esa empresa grande,
inmensa, interminable: santificar desde dentro todas las estructuras
temporales, llevando allí el fermento de la Redención. Nunca hable de
política. No pienso en el cometido de los cristianos en la tierra como
en el brotar de una corriente político-religiosa -sería una locura-, ni
siquiera aunque tenga el buen propósito de infundir el espíritu de
Cristo en todas las actividades de los hombres. Lo que hay que meter en
Dios es el corazón de cada uno, sea quien sea. Procuremos hablar para
cada cristiano, para que allí donde está -en circunstancias que no
dependen sólo de su posición en la Iglesia o en la vida civil, sino del
resultado de las cambiantes situaciones históricas-, sepa dar
testimonio, con el ejemplo y con la palabra, de la fe que profesa. El
cristiano vive en el mundo con pleno derecho, por ser hombre. Si acepta
que en su corazón habite Cristo, que reine Cristo, en todo su quehacer
humano se encontrará -bien fuerte- la eficacia salvadora del Señor. No
importa que esa ocupación sea, como suele decirse, alta o baja; porque
una cumbre humana puede ser, a los ojos de Dios, una bajeza; y lo que
llamamos bajo o modesto puede ser una cima cristiana, de santidad y de
servicio.
183.
La libertad personal El cristiano, cuando trabaja, como es su
obligación, no debe soslayar ni burlar las exigencias propias de lo
natural. Si con la expresión bendecir las actividades humanas se
entendiese anular o escamotear su dinámica propia, me negaría a usar
esas palabras. Personalmente no me ha convencido nunca que las
actividades corrientes de los hombres ostenten, como un letrero postizo,
un calificativo confesional. Porque me parece, aunque respeto la opinión
contraria, que se corre el peligro de usar en vano el nombre santo de
nuestra fe, y además porque, en ocasiones, la etiqueta católica se ha
utilizado hasta para justificar actitudes y operaciones que no son a
veces honradamente humanas. Si el mundo y todo lo que él hay -menos el
pecado- es bueno, porque es obra de Dios Nuestro Señor, el cristiano,
luchando continuamente por evitar las ofensas a Dios -una lucha positiva
de amor-, ha de dedicarse a todo lo terreno, codo a codo con los demás
ciudadanos; debe defender todos los bienes derivados de la dignidad de
la persona. Y existe un bien que deberá siempre buscar especialmente: el
de la libertad personal. Sólo si defiende la libertad individual de los
demás con la correspondiente personal responsabilidad, podrá, con
honradez humana y cristiana, defender de la misma manera la suya. Repito
y repetiré sin cesar que el Señor nos ha dado gratuitamente un gran
regalo sobrenatural, la gracia divina; y otra maravillosa dádiva humana,
la libertad personal, que exige de nosotros -para que no se corrompa,
convirtiéndose en libertinaje- integridad, empeño eficaz en desenvolver
nuestra conducta dentro de la ley divina, porque donde está el Espíritu
de Dios, allí hay libertad . El Reino de Cristo es de libertad: aquí no
existen más siervos que los que libremente se encadenan, por Amor a
Dios. ¡Bendita esclavitud de amor, que nos hace libres! Sin libertad, no
podemos corresponder a la gracia; sin libertad, no podemos entregarnos
libremente al Señor, con la razón más sobrenatural: porque nos da la
gana. Algunos de los que me escucháis me conocéis desde muchos años
atrás. Podéis atestiguar que llevo toda mi vida predicando la libertad
personal, con personal responsabilidad. La he buscado y la busco, por
toda la tierra, como Diógenes buscaba un hombre. Y cada día la amo más,
la amo sobre todas las cosas terrenas: es un tesoro que no apreciaremos
nunca bastante. Cuando hablo de libertad personal, no me refiero con
esta excusa a otros problemas quizá muy legítimos, que no corresponden a
mi oficio de sacerdote. Sé que no me corresponde tratar de temas
seculares y transitorios, que pertenecen a la esfera temporal y civil,
materias que el Señor ha dejado a la libre y serena controversia de los
hombres. Sé también que los labios del sacerdote, evitando del todo
banderías humanas, han de abrirse sólo para conducir las almas a Dios, a
su doctrina espiritual salvadora, a los sacramentos que Jesucristo
instituyó, a la vida interior que nos acerca al Señor sabiéndonos sus
hijos y, por tanto, hermanos de todos los hombres sin excepción.
Celebramos hoy la fiesta de Cristo Rey. Y no me salgo de mi oficio de
sacerdote cuando digo que, si alguno entendiese el reino de Cristo como
un programa político, no habría profundizado en la finalidad
sobrenatural de la fe y estaría a un paso de gravar las conciencias con
pesos que no son los de Jesús, porque su yugo es suave y su carga ligera
. Amemos de verdad a todos los hombres; amemos a Cristo, por encima de
todo; y, entonces, no tendremos más remedio que amar la legítima
libertad de los otros, en una pacífica y razonable convivencia.
184.
Serenos, hijos de Dios Me sugeriréis, quizá: pero pocos quieren oír esto
y, menos aún, ponerlo en práctica. Me consta: la libertad es una planta
fuerte y sana, que se aclimata mal entre piedras, entre espinas o en los
caminos pisoteados por las gentes . Ya nos había sido anunciado, aun
antes de que Cristo viniese a la tierra. Recordad el salmo segundo: ¿por
qué se han amotinado las naciones, y los pueblos traman cosas vanas? Se
han levantado los reyes de la tierra, y se han reunido los príncipes
contra el Señor y contra su Cristo . ¿Lo veis? Nada nuevo. Se oponían a
Cristo antes de que naciese; se le opusieron, mientras sus pies
pacíficos recorrían los senderos de Palestina; lo persiguieron después y
ahora, atacando a los miembros de su Cuero místico y real. ¿Por qué
tanto odio, por qué este cebarse en la cándida simplicidad, por qué este
universal aplastamiento de la libertad de cada conciencia? Rompamos sus
ataduras y sacudamos lejos de nosotros su yugo . Rompen el yugo suave,
arrojan de sí su carga, maravillosa carga de santidad y de justicia, de
gracia, de amor y de paz. Rabian ante el amor, se ríen de la bondad
inerme de un Dios que renuncia al uso de sus legiones de ángeles para
defenderse . Si el Señor admitiera la componenda, si sacrificase a unos
pocos inocente para satisfacer a una mayoría de culpables, aun podrían
intentar un entendimiento con El. Pero no es ésta la lógica, de Dios.
Nuestro Padre es verdaderamente padre, y está dispuesto a perdonar a
miles de obradores del mal, con tal que haya sólo diez justos . Los que
se mueven por el odio no pueden entender esta misericordia, y se
refuerzan en su aparente impunidad terrena, alimentándose de la
injusticia. El que habita en los cielos se reirá de ellos, se burlarás
de ellos el Señor. Entonces les hablará en su indignación y les llenará
de terror con su ira . ¡Qué legítima es la ira de Dios y qué justo su
furor, qué grande también su clemencia! Yo he sido por El constituido
Rey sobre Sión, su monte santo, para predicar su Ley. A mí me ha dicho
el Señor: Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy . La misericordia de
Dios Padre nos ha dado como Rey a su Hijo. Cuando amenaza, se enternece;
anuncia su ira y nos entrega su amor. Tú eres mi hijo: se dirige a
Cristo y se dirige a ti y a mí, si nos decidimos a ser alter Christus,
ipse Christus. Las palabras no pueden seguir al corazón, que se emociona
ante la bondad de Dios. Nos dice: tú eres mi hijo. No un extraño, no un
siervo benévolamente tratado, no un amigo, que ya sería mucho. ¡Hijo!
Nos concede vía libre para que vivamos con El la piedad del hijo y, me
atrevería a afirmar, también la desvergüenza del hijo de un Padre, que
es incapaz de negarle nada.
185. ¿Que hay muchos empeñados en comportarse con injusticia? Sí, pero
el Señor insiste: pídeme, te daré las naciones en herencia, y extenderé
tus dominios hasta los confines de la tierra. Los regirás con vara de
hierro y como a vaso de alfarero los romperás . Son promesas fuertes, y
son de Dios: no podemos disimularlas. No en vano Cristo es Redentor del
mundo, y reina, soberano, a la diestra del Padre. Es el terrible anuncio
de lo que aguarda a cada uno, cuando la vida pase, porque pasa; y a
todos, cuando la historia acabe, si el corazón se endurece en el mal y
en la desesperanza. Sin embargo Dios, que puede vencer siempre, prefiere
convencer: ahora, reyes, gobernantes, entendedlo bien; dejaos instruir,
los que juzgáis en la tierra. Servid al Señor con temor y ensalzadle con
temblor. Abrazad la buena doctrina, no sea que al fin el Señor se enoje
y perezcáis fuera del buen camino, pues se inflama de pronto su ira .
Cristo es el Señor, el Rey. Nosotros os anunciamos el cumplimiento de la
promesa hecha a nuestros padres: la que Dios ha cumplido delante de
nuestros hijos al resucitar a Jesús, según está escrito en el salmo
segundo: Tú eres Hijo mío, yo te he engendrado hoy... Ahora pues,
hermanos míos, tened entendido que por medio de Jesús se os ofrece la
remisión de los pecados y de todas las manchas de que no habéis podido
ser justificados en virtud de la ley mosaica: todo el que cree en El es
justificado. Mirad que no recaiga sobre vosotros lo que se halla dicho
en los profetas: reparad, los que despreciáis, llenaos de pavor y quedad
desolados; porque voy a realizar en vuestros días una obra, en la que no
acabaréis de creer por más que os la cuenten . Es la obra de la
salvación, el reinado de Cristo en las almas, la manifestación de la
misericordia de Dios. ¡Venturosos los que a El se acogen! . Tenemos
derecho, los cristianos, a ensalzar la realeza de Cristo: porque, aunque
abunde la injusticia, aunque muchos no deseen este reinado de amor, en
la misma historia humana que es el escenario del mal, se va tejiendo la
obra de la salvación eterna.
186.
Angeles de Dios Ego cogito cogitationes pacis et non afflictionis , yo
pienso pensamientos de paz y no de tristeza, dice el Señor. Seamos
hombres de paz, hombres de justicia, hacedores del bien, y el Señor no
será para nosotros Juez, sino amigo, hermano, Amor. Que en este caminar
-¡alegre!- por la tierra, nos acompañen los ángeles de Dios. Antes del
nacimiento de nuestro Redentor, escribe San Gregorio Magno, nosotros
habíamos perdido la amistad de los ángeles. La culpa original y nuestros
pecados cotidianos nos habían alejado de su luminosa pureza,... Pero
desde el momento en que nosotros hemos reconocido a nuestro Rey, los
ángeles nos han reconocido como conciudadanos. Y como el Rey de los
cielos ha querido tomar nuestra carne terrena, los ángeles ya nos se
alejan de nuestra miseria. No se atreven a considerar inferior a la suya
esta naturaleza que adoran, viéndola ensalzada, por encima de ellos, en
la persona del rey del cielo; y no tienen ya inconveniente en considerar
al hombre como un compañero . María, la Madre santa de nuestro Rey, la
Reina de nuestro corazón, cuida de nosotros como sólo Ella sabe hacerlo.
Madre compasiva, trono de la gracia: te pedimos que sepamos componer en
nuestra vida y en la vida de los que nos rodean, verso a verso, el poema
sencillo de la caridad, quasi flumen pacis , como un río de paz. Porque
Tú eres mar de inagotable misericordia: los ríos van todos al mar y la
mar no se llena .
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