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ES
CRISTO QUE PASA
San Josemaría Escrivá de Balaguer
1.
VOCACION CRISTIANA
Homilía pronunciada el 2-XII-1951, primer domingo de Adviento.
Comienza el año litúrgico, y el introito de la Misa nos propone una
consideración intimamente relacionada con el principio de nuestra vida
cristiana: la vocación que hemos recibido. Vias tuas, Domine, demonstra
mihi, et semitas tuas edoce me ; Señor, indícame tus caminos, enséñame
tus sendas. Pedimos al Señor que nos guíe, que nos muestre sus pisadas,
para que podamos dirigirnos a la plenitud de sus mandamientos, que es la
caridad . Me figuro que vosotros, como yo, al pensar en las
circunstancias que han acompañado vuestra decisión de esforzaros por
vivir enteramente la fe, daréis muchas gracias al Señor, tendréis el
convencimiento sincero - sin falsas humildades- de que no hay mérito
alguno por nuestra parte. Ordinariamente aprendimos a invocar a Dios
desde la infancia, de los labios de unos padres cristianos; más
adelante, maestros, compañeros, conocidos, nos han ayudado de mil
maneras a no perder de vista a Jesucristo. Un día -no quiero
generalizar, abre tu corazón al Señor y cuéntale tu historia-, quizá un
amigo, un cristiano corriente igual a ti, te descubrió un panorama
profundo y nuevo, siendo al mismo tiempo viejo como el Evangelio. Te
sugirió la posibilidad de empeñarte seriamente en seguir a Cristo, en
ser apóstol de apóstoles. Tal vez perdiste entonces la tranquilidad y no
la recuperaste, convertida en paz, hasta que libremente, porque te dio
la gana -que es la razón más sobrenatural-, respondiste que sí a Dios. Y
vino la alegría, recia, constante, que sólo desaparece cuando te apartas
de El. No me gusta hablar de elegidos ni de privilegiados. Pero es
Cristo quien habla, quien elige. Es el lenguaje de la Escritura: elegit
nos in ipso ante mundi constitutionem -dice San Pablo- ut essemus sancti
. Nos ha escogido, desde antes de la constitución del mundo, para que
seamos santos. Yo sé que esto no te llena de orgullo, ni contribuye a
que te consideres superior a los demás hombres. Esa elección, raíz de la
llamada, debe ser la base de tu humildad. ¿Se levanta acaso un monumento
a los pinceles de un gran pintor? Sirvieron para plasmar obras maestras,
pero el mérito es del artista. Nosotros -los cristianos- somos sólo
instrumentos del Creador del mundo, del Redentor de todos los hombres.
1.
Los Apóstoles, hombres corrientes A mí me anima considerar un precedente
narrado, paro a paso, en las páginas del Evangelio: la vocación de los
primeros doce. Vamos a meditarla despacio, rogando a esos santos
testigos del Señor que sepamos seguir a Cristo como ellos lo hicieron.
Aquellos primeros apóstoles -a los que tengo gran devoción y cariño-
eran, según los criterios humanos, poca cosa. En cuanto a posición
social, con excepción de Mateo, que seguramente se ganaba bien la vida y
que dejó todo cuando Jesús se lo pidió, eran pescadores: vivían al día,
bregando de noche, para poder lograr el sustento. Pero la posición
social es lo de menos. No eran cultos, ni siquiera muy inteligentes, al
menos en lo que se refiere a las realidades sobrenaturales. Incluso los
ejemplos y las comparaciones más sencillas les resultaban
incomprensibles, y acudían al Maestro: Domine, edissere nobis parabolam
, Señor, explícanos la parábola. Cuando Jesús, con una imagen, alude al
fermento de los fariseos, entienden que les está recriminando por no
haber comprado pan . Pobres, ignorantes. Y ni siquiera sencillos,
llanos. Dentro de su limitación, eran ambiciosos. Muchas veces discuten
sobre quién sería el mayor, cuando -según su mentalidad- Cristo
instaurase en la tierra el reino definitivo de Israel. Discuten y se
acaloran durante ese momento sublime, en el que Jesús está a punto de
inmolarse por la humanidad: en la intimidad del Cenáculo . Fe, poca. El
mismo Jesucristo lo dice . Han visto resucitar muertos, curar toda clase
de enfermedades, multiplicar el pan y los peces, calmar tempestades,
echar demonios. San Pedro, escogido como cabeza, es el único que sabe
responder prontamente: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo . Pero es
una fe que él interpreta a su manera, por eso se permite encararse con
Jesucristo para que no se entregue en redención por los hombres. Y Jesús
tiene que contestarle: apártate de mí, Satanás, que me escandalizas,
porque no entiendes las cosas de Dios, sino las de los hombres . Pedro
razonaba humanamente, comenta San Juan Crisóstomo, y concluía que todo
aquello -la Pasión y la Muerte- era indigno de Cristo, reprobable. Por
eso, Jesús lo reprende y le dice: no, sufrir no es cosa indigna de mí;
tú lo juzgas así porque razonas con ideas carnales, humanas . Aquellos
hombres de poca fe, ¿sobresalían quizá en el amor a Cristo? Sin duda lo
amaban, al menos de palabra. A veces se dejan arrebatar por el
entusiasmo: vamos y muramos con El . Pero a la hora de la verdad huirán
todos, menos Juan, que de veras amaba con obras. Sólo este adolescente,
el más joven de los apóstoles, permanece junto a la Cruz. Los demás no
sentían ese amor tan fuerte como la muerte . Estos eran los Discípulos
elegidos por el Señor; así los escoge Cristo; así aparecían antes de
que, llenos del Espíritu Santo, se convirtieran en columnas de la
Iglesia . Son hombres corrientes, con defectos, con debilidades, con la
palabra más larga que las obras. Y, sin embargo, Jesús los llama para
hacer de ellos pescadores de hombres , corredentores, administradores de
la gracia de Dios.
2. Algo semejante ha sucedido con nosotros. Sin gran dificultad
podríamos encontrar en nuestra familia, entre nuestros amigos y
compañeros, por no referirme al inmenso panorama del mundo, tantas otras
personas más dignas que nosotros para recibir la llamada de Cristo. Más
sencillos, más sabios, más influyentes, más importantes, más
agradecidos, más generosos. Yo, al pensar en estos puntos, me
avergüenzo. Pero me doy cuenta también de que nuestra lógica humana no
sirve para explicar las realidades de la gracia. Dios suele buscar
instrumentos flacos, para que aparezca con clara evidencia que la obra
es suya. San Pablo evoca con temblor su vocación: después de todos se me
apareció a mí, que vengo a ser como un abortivo, siendo el menor de los
apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la
Iglesia de Dios . Así escribe Saulo de Tarso, con una personalidad y un
empuje que la historia no ha hecho sino agrandar. Sin que haya mediado
mérito alguno por nuestra parte, os decía: porque en la base de la
vocación están el conocimiento de nuestra miseria, la conciencia de que
las luces que iluminan el alma -la fe-, el amor con el que amamos -la
caridad- y el deseo por el que nos sostenemos -la esperanza-, son dones
gratuitos de Dios. Por eso, no crecer en humildad significa perder de
vista el objetivo de la elección divina: ut essemus sancti, la santidad
personal. Ahora, desde esa humildad, podemos comprender toda la
maravilla de la llamada divina. La mano de Cristo nos ha cogido de un
trigal: el sembrador aprieta en su mano llagada el puñado de trigo. La
sangre de Cristo baña la simiente, la empapa. Luego, el Señor echa al
aire ese trigo, para que muriendo, sea vida y, hundiéndose en la tierra,
sea capaz de multiplicarse en espigas de oro.
3.
Ya es hora de despertar La Epístola de la Misa nos recuerda que hemos de
asumir esta responsabilidad de apóstoles con nuevo espíritu, con ánimo,
despiertos. Ya es hora de despertarnos de nuestro letargo, pues estamos
más cerca de nuestra salud que cuando recibimos la fe. La noche avanza y
va a llegar el día. Dejemos, pues, las obras de las tinieblas y
revistámonos de las armas de la luz . Me diréis que no es fácil, y no os
faltará razón. Los enemigos del hombre, que son los enemigos de su
santidad, intentan impedir esa vida nueva, ese revestirse con el
espíritu de Cristo. No encuentro otra enumeración mejor de los
obstáculos a la fidelidad cristiana que la que nos trae San Juan:
concupiscentia carnis, concupiscentia oculorum et superbia vitae ; todo
lo que hay en el mundo es concupiscencia de la carne, concupiscencia de
los ojos y soberbia de la vida.
4. La concupiscencia de la carne no es sólo la tendencia desordenada de
los sentidos en general, ni la apetencia sexual, que debe ser ordenada y
no es mala de suyo, porque es una noble realidad humana santificable.
Ved que, por eso, nunca hablo de impureza, sino de pureza, ya que a
todos alcanzan las palabras de Cristo: bienaventurados los limpios de
corazón, porque ellos verán a Dios . Por vocación divina, unos habrán de
vivir esa pureza en el matrimonio; otros, renunciando a los amores
humanos, para corresponder única y apasionadamente al amor de Dios. Ni
unos ni otros esclavos de la sensualidad, sino señores del propio cuerpo
y del propio corazón, para poder darlos sacrificadamente a otros. Al
tratar de la virtud de la pureza, suelo añadir el calificativo de santa.
La pureza cristiana, la santa pureza, no es el orgulloso sentirse puros,
no contaminados. Es saber que tenemos los pies de barro , aunque la
gracia de Dios nos libre día a día de las asechanzas del enemigo.
Considero una deformación del cristianismo la insistencia de algunos en
escribir o predicar casi exclusivamente de esta materia, olvidando otras
virtudes que son capitales para el cristiano, y también en general para
la convivencia entre los hombres. La santa pureza no es ni la única ni
la principal virtud cristiana: es, sin embargo, indispensable para
perseverar en el esfuerzo diario de nuestra santificación y, si no se
guarda, no cabe la dedicación al apostolado. La pureza es consecuencia
del amor con el que hemos entregado al Señor el alma y el cuerpo, las
potencias y los sentidos. No es negación, es afirmación gozosa. Decía
que la concupiscencia de la carne no se reduce exclusivamente al
desorden de la sensualidad, sino también a la comodidad, a la falta de
vibración, que empuja a buscar lo más fácil, lo más placentero, el
camino en apariencia más corto, aun a costa de ceder en la fidelidad a
Dios. Comportare así, sería como abandonarse incondicionalmente al
imperio de una de esas leyes, la del pecado, contra la que nos previene
San Pablo: cuando quiero hacer el bien, encuentro una ley por la que el
mal está pegado a mí; de aquí es que me complazco en la ley de Dios
según el hombre interior, pero veo que hay otra ley en mis miembros, que
resiste a la ley de mi espíritu y me sojuzga a la ley del pecado...
Infelix ego homo!, ¡infeliz de mí! ¿Quién me libertará de este cuerpo de
muerte? . Oíd lo que contesta el apóstol: la gracia de Dios, por
Jesucristo Señor Nuestro . Podemos y debemos luchar contra la
concupiscencia de la carne, porque siempre nos será concedida, si somos
humildes, la gracia del Señor.
5. El otro enemigo, escribe San Juan, es la concupiscencia de los ojos,
una avaricia de fondo, que lleva a no valorar sino lo que se puede
tocar. Los ojos que se quedan como pegados a las cosas terrenas, pero
también los ojos que, por eso mismo, no sabe descubrir las realidades
sobrenaturales. Por tanto, podemos utilizar la expresión de la Sagrada
Escritura, para referirnos a la avaricia de los bienes materiales, y
además a esa deformación que lleva a observar lo que nos rodea -los
demás, las circunstancias de nuestra vida y de nuestro tiempo- sólo con
visión humana. Los ojos del alma se embotan; la razón se cree
autosuficiente para entender todo, prescindiendo de Dios. Es una
tentación sutil, que se ampara en la dignidad de la inteligencia, que
Nuestro Padre Dios ha dado al hombre para que lo conozca y lo ame
libremente. Arrastrada por esa tentación, la inteligencia humana se
considera el centro del universo, se entusiasma de nuevo con el seréis
como dioses y, al llenarse de amor por sí misma, vuelve la espalda al
amor de Dios. La existencia nuestra puede, de este modo, entregarse sin
condiciones en manos del tercer enemigo, de la superbia vitae. No se
trata sólo de pensamientos efímeros de vanidad o de amor propio: es un
engreimiento general. No nos engañemos, porque éste es el peor de los
males, la raíz de todos los descaminos. La lucha contra la soberbia ha
de ser constante, que no en vano se ha dicho gráficamente que esa pasión
muere un día después de que cada persona muera. Es la altivez del
fariseo, a quien Dios se resiste a justificar, porque encuentra en él
una barrera de autosuficiencia. Es la arrogancia, que conduce a
despreciar a los demás hombres, a dominarlos, a maltratarlos: porque
donde hay soberbia allí hay ofensa y deshonra .
6.
La misericordia de Dios Empieza hoy el tiempo de Adviento, y es bueno
que hayamos considerado las insidias de estos enemigos del alma: el
desorden de la sensualidad y de la fácil ligereza; el desatino de la
razón que se opone al Señor; la presunción altanera, esterilizadora del
amor a Dios y a las criaturas. Todas estas situaciones del ánimo son
obstáculos ciertos, y su poder perturbador es grande. Por eso la
liturgia nos hace implorar la misericordia divina: a Ti, Señor, elevo mi
alma; en Ti espero; que no sea confundido, ni se gocen de mí mis
adversarios , hemos rezado en el introito. Y en la antífona del
Ofertorio repetiremos: espero en Ti, ¡que yo no sea confundido! Ahora,
que se acerca el tiempo de la salvación, consuela escuchar de los labios
de San Pablo que después que Dios Nuestro Salvador ha manifestado su
benignidad y amor con los hombres, nos ha liberado no a causa de las
obras de justicia que hubiésemos hecho, sino por su misericordia . Si
recorréis las Escrituras Santas, descubriréis constantemente la
presencia de la misericordia de Dios: llena la tierra , se extiende a
todos sus hijos, super omnem carnem ; nos rodea , nos antecede , se
multiplica para ayudarnos , y continuamente ha sido confirmada . Dios,
al ocuparse de nosotros como Padre amoroso, nos considera en su
misericordia : una misericordia suave , hermosa como nube de lluvia .
Jesucristo resume y compendia toda esta historia de la misericordia
divina: bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán
misericordia . Y en otra ocasión: sed misericordiosos, como vuestro
Padre celestial es misericordioso . Nos han quedado muy grabadas
también, entre otras muchas escenas del Evangelio, la clemencia con la
mujer adúltera, la parábola del hijo pródigo, la de la oveja perdida, la
del deudor perdonado, la resurrección del hijo de la viuda de Naím .
¡Cuántas razones de justicia para explicar este gran prodigio! Ha muerto
el hijo único de aquella pobre viuda, el que daba sentido a su vida, el
que podía ayudarle en su vejez. Pero Cristo no obra el milagro por
justicia; lo hace por compasión, porque interiormente se conmueve ante
el dolor humano. ¡Qué seguridad debe producirnos la conmiseración del
Señor! Clamará a mí y yo le oiré, porque soy misericordioso . Es una
invitación, una promesa que no dejará de cumplir. Acerquémonos, pues,
confiadamente al trono de la gracia, para que alcancemos la misericordia
y el auxilio de la gracia en el tiempo oportuno . Los enemigos de
nuestra santificación nada podrán, porque esa misericordia de Dios nos
previene; y si -por nuestra culpa y nuestra debilidad- caemos, el Señor
nos socorre y nos levanta. Habías aprendido a evitar la negligencia, a
alejar de ti la arrogancia, a adquirir la piedad, a no ser prisionero de
las cuestiones mundanas, a no preferir lo caduco a lo eterno. Pero, como
la debilidad humana no puede mantener un paso decidido en un mundo
resbaladizo, el buen médico te ha indicado también remedios contra la
desorientación, y el juez misericordioso no te ha negado la esperanza
del perdón .
7.
Correspondencia humana En este clima de la misericordia de Dios, se
desarrolla la existencia del cristiano. Ese es el ámbito de su esfuerzo,
por comportarse como hijo del Padre. ¿Y cuáles son los medios
principales para lograr que la vocación se afiance? Te señalaré hoy dos,
que son como ejes vivos de la conducta cristiana: la vida interior y la
formación doctrinal, el conocimiento profundo de nuestra fe. Vida
interior, en primer lugar. ¡Qué pocos entienden todavía esto! Piensan,
al oír hablar de vida interior, en la oscuridad del templo, cuando no en
los ambientes enrarecidos de algunas sacristías. Llevo más de un cuarto
de siglo diciendo que no es eso. Describo la vida interior de cristianos
corrientes, que habitualmente se encuentran en plena calle, al aire
libre; y que, en la calle, en el trabajo, en la familia y en los ratos
de diversión están pendientes de Jesús todo el día. ¿Y qué es esto sino
vida de oración continua? ¿No es verdad que tú has visto la necesidad de
ser alma de oración, con un trato con Dios que te lleva a endiosarte?
Esa es la fe cristiana y así lo han comprendido siempre las almas de
oración: se hace Dios aquel hombre, escribe Clemente de Alejandría,
porque quiere lo mismo que quiere Dios . Al principio costará; hay que
esforzarse en dirigirse al Señor, en agradecer su piedad paterna y
concreta con nosotros. Poco a poco el amor de Dios se palpa -aunque no
es cosa de sentimientos-, como un zarpazo en el alma. Es Cristo, que nos
persigue amorosamente: he aquí que estoy a tu puerta, y llamo . ¿Cómo va
tu vida de oración? ¿No sientes a veces, durante el día, deseos de
charlar más despacio con El? ¿No le dices: luego te lo contaré, luego
conversaré de esto contigo? En los ratos dedicados expresamente a ese
coloquio con el Señor, el corazón se explaya, la voluntad se fortalece,
la inteligencia -ayudada por la gracia- penetra, de realidades
sobrenaturales, las realidades humanas. Como fruto, saldrán siempre
propósitos claros, prácticos, de mejorar tu conducta, de tratar
finamente con caridad a todos los hombres, de emplearte a fondo -con el
afán de los buenos deportistas- en esta lucha cristiana de amor y de
paz. La oración se hace continua, como el latir del corazón, como el
pulso. Sin esa presencia de Dios no hay vida contemplativa; y sin vida
contemplativa de poco vale trabajar por Cristo, porque en vano se
esfuerzan los que construyen, si Dios no sostiene la casa .
8.
La sal de la mortificación Para santificarse, el cristiano corriente
-que no es un religioso, que no se aparta del mundo, porque el mundo es
el lugar de su encuentro con Cristo- no necesita hábito externo, ni
signos distintivos. Sus signos son internos: la presencia de Dios
constante y el espíritu de mortificación. En realidad, una sola cosa,
porque la mortificación no es más que la oración de los sentidos. La
vocación cristiana es vocación de sacrificio, de penitencia, de
expiación. Hemos de reparar por nuestros pecados -¡en cuántas ocasiones
habremos vuelto la cara, para no ver a Dios!- y por todos los pecados de
los hombres. Hemos de seguir de cerca las pisadas de Cristo: traemos
siempre en nuestro cuerpo la mortificación, la abnegación de Cristo, su
abatimiento en la Cruz, para que también en nuestros cuerpos se
manifieste la vida de Jesús . Nuestro camino es de inmolación y, en esta
renuncia, encontraremos el gaudium cum pace, la alegría y la paz. No
miramos al mundo con gesto triste. Involuntariamente quizá, han hecho un
flaco servicio a la catequesis esos biógrafos de santos que querían, a
toda costa, encontrar cosas extraordinarias en los siervos de Dios, aun
desde sus primeros vagidos. Y cuentan, de algunos de ellos, que en su
infancia no lloraban, por mortificación no mamaban los viernes... Tú y
yo nacimos llorando como Dios manda; y asíamos el pecho de nuestra madre
sin preocuparnos de Cuaresmas y de Témporas... Ahora, con el auxilio de
Dios hemos aprendido a descubrir, a lo largo de la jornada en apariencia
siempre igual, spatium verae poenitentiae, tiempo de verdadera
penitencia; y en esos instantes hacemos propósitos de emendatio vitae,
de mejorar nuestra vida. Este es el camino para disponernos a la gracia
y a las inspiraciones del Espíritu Santo en el alma. Y con esa gracia
-repito- viene el gaudium cum pace, la alegría, la paz y la
perseverancia en el camino . La mortificación es la sal de nuestra vida.
Y la mejor mortificación es la que combate -en pequeños detalles,
durante todo el día-, la concupiscencia de la carne, la concupiscencia
de los ojos y la soberbia de la vida. Mortificaciones que no mortifiquen
a los demás, que nos vuelvan más delicados, más comprensivos, más
abiertos a todos. Tú no serás mortificado si eres susceptible, si estás
pendiente sólo de tus egoísmos, si avasallas a los otros, si no sabes
privarte de lo superfluo y, a veces, de lo necesario; si te entristeces,
cuando las cosas no salen según las habías previsto. En cambio, eres
mortificado si sabes hacerte todo para todos, para ganar a todos .
9.
La fe y la inteligencia La vida de oración y de penitencia, y la
consideración de nuestra filiación divina, nos transforman en cristianos
profundamente piadosos, como niños pequeños delante de Dios. La piedad
es la virtud de los hijos y para que el hijo pueda confiarse en los
brazos de su padre, ha de ser y sentirse pequeño, necesitado.
Frecuentemente he meditado esa vida de infancia espiritual, que no está
reñida con la fortaleza, porque exige una voluntad recia, una madurez
templada, un carácter firme y abierto. Piadosos, pues, como niños: pero
no ignorantes, porque cada uno ha de esforzarse, en la medida de sus
posibilidades, en el estudio serio, científico, de la fe; y todo esto es
la teología. Piedad de niños, por tanto, y doctrina segura de teólogos.
El afán por adquirir esta ciencia teológica -la buena y firme doctrina
cristiana- está movido, en primer término, por el deseo de conocer y
amar a Dios. A la vez, es también consecuencia de la preocupación
general del alma fiel por alcanzar la más profunda significación de este
mundo, que es hechura del Creador. Con periódica monotonía, algunos
tratan de resucitar una supuesta incompatibilidad entre la fe y la
ciencia, entre la inteligencia humana y la Revelación divina. Esa
incompatibilidad sólo puede aparecer, y aparentemente, cuando no se
entienden los términos reales del problema. Si el mundo ha salido de las
manos de Dios, si El ha creado al hombre a su imagen y semejanza y le ha
dado una chispa de su luz, el trabajo de la inteligencia debe -aunque
sea con un duro trabajo- desentrañar el sentido divino que ya
naturalmente tienen todas las cosas; y con la luz de la fe, percibimos
también su sentido sobrenatural, el que resulta de nuestra elevación al
orden de la gracia. No podemos admitir el miedo a la ciencia, porque
cualquier labor, si es verdaderamente científica, tiende a la verdad. Y
Cristo dijo: Ego sum veritas . Yo soy la verdad. El cristiano ha de
tener hambre de saber. Desde el cultivo de los saberes más abstractos
hasta las habilidades artesanas, todo puede y debe conducir a Dios.
Porque no hay tarea humana que no sea santificable, motivo para la
propia santificación y ocasión para colaborar con Dios en la
santificación de los que nos rodean. La luz de los seguidores de
Jesucristo no ha de estar en el fondo del valle, sino en la cumbre de la
montaña, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro
Padre que está en el cielo . Trabajar así es oración. Estudiar así es
oración. Investigar así es oración. No salimos nunca de lo mismo: todo
es oración, todo puede y debe llevarnos a Dios, alimentar ese trato
continuo con El, de la mañana a la noche. Todo trabajo honrado puede ser
oración; y todo trabajo, que es oración, es apostolado. De este modo el
alma se enrecia en una unidad de vida sencilla y fuerte.
10.
La esperanza del Adviento No quería deciros más en este primer domingo
de Adviento, cuando empezamos a contar los días que nos acercan a la
Natividad del Salvador. Hemos visto la realidad de la vocación
cristiana; cómo el Señor ha confiado en nosotros para llevar almas a la
santidad, para acercarlas a El, unirlas a la Iglesia, extender el reino
de Dios en todos los corazones. El Señor nos quiere entregados, fieles,
delicados, amorosos. Nos quiere santos, muy suyos. De un lado, la
soberbia, la sensualidad y el hastío, el egoísmo; de otro, el amor, la
entrega, la misericordia, la humildad, el sacrificio, la alegría. Tienes
que elegir. Has sido llamado a una vida de fe, de esperanza y de
caridad. No puedes bajar el tiro y quedarte en un mediocre aislamiento.
En una ocasión vi un águila encerrada en una jaula de hierro. Estaba
sucia, medio desplumada; tenía entre sus garras un trozo de carroña.
Entonces pensé en lo que sería de mí, si abandonara la vocación recibida
de Dios. Me dio pena aquel animal solitario, aherrojado, que había
nacido para subir muy alto y mirar de frente al sol. Podemos remontarnos
hasta las humildes alturas del amor de Dios, del servicio a todos los
hombres. Pero para eso es preciso que no haya recovecos en el alma,
donde no pueda entrar el sol de Jesucristo. Hemos de echar fuera todas
las preocupaciones que nos aparten de El; y así Cristo en tu
inteligencia, Cristo en tus labios, Cristo en tu corazón, Cristo en tus
obras. Toda la vida -el corazón y las obras, la inteligencia y las
palabras- llena de Dios. Abrid los ojos y levantad la cabeza, porque
vuestra redención se acerca hemos leído en el Evangelio. El tiempo de
Adviento es tiempo de esperanza. Todo el panorama de nuestra vocación
cristiana, esa unidad de vida que tiene como nervio la presencia de
Dios, Padre Nuestro, puede y debe ser una realidad diaria. Pídelo
conmigo a Nuestra Señora, imaginando cómo pasaría ella esos meses, en
espera del Hijo que había de nacer. Y Nuestra Señora, Santa María, hará
que seas alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, ¡el mismo Cristo!
2. EL TRIUNFO DE CRISTO EN LA HUMILDAD
Homilía pronunciada el 24-XII-1963.
11. Lux fulgebit hodie super nos, quia natus est nobis Dominus , hoy
brillará la luz sobre nosotros, porque nos ha nacido el Señor. Es el
gran anuncio que conmueve en este día a los cristianos y que, a través
de ellos, se dirige a la Humanidad entera. Dios está aquí. Esa verdad
debe llenar nuestras vidas: cada navidad ha de ser para nosotros un
nuevo especial encuentro con Dios, dejando que su luz y su gracia entren
hasta el fondo de nuestra alma. Nos detenemos delante del Niño, de María
y de José: estamos contemplando al Hijo de Dios revestido de nuestra
carne. Viene a mi recuerdo el viaje que hice a Loreto, el 15 de agosto
de 1951, para visitar la Santa Casa, por un motivo entrañable. Celebré
allí la Misa. Quería decirla con recogimiento, pero no contaba con el
fervor de la muchedumbre. No había calculado que, en ese gran día de
fiesta, muchas personas de los contornos acudirían a Loreto, con la fe
bendita de esta tierra y con el amor que tienen a la Madonna. Su piedad
les llevaba a manifestaciones no del todo apropiadas, si se consideran
las cosas -¿cómo lo explicaré?- sólo desde el punto de vista de las
leyes rituales de la Iglesia. Así, mientras besaba yo el altar cuando lo
prescriben las rúbricas de la Misa, tres o cuatro campesinas lo besaban
a la vez. Estuve distraído, pero me emocionaba. Atraía también mi
atención el pensamiento de que en aquella Santa Casa -que la tradición
asegura que es el lugar donde vivieron Jesús, María y José-, encima de
la mesa del altar, han puesto estas palabras: Hic Verbum caro factum est.
Aquí, en una casa construida por la mano de los hombres, en un pedazo de
la tierra en que vivimos, habitó Dios.
12.
Jesucristo, perfecto Dios y perfecto hombre El Hijo de Dios se hizo
carne y es perfectus Deus, perfectus homo , perfecto Dios y perfecto
hombre. En este misterio hay algo que debería remover a los cristianos.
Estaba y estoy conmovido: me gustaría volver a Loreto. Me voy allí con
el deseo, para revivir los años de la infancia de Jesús, al repetir y
considerar ese Hic Verbum caro factum est. Iesus Christus, Deus Homo,
Jesucristo Dios-Hombre. Una de las magnalia Dei , de las maravillas de
Dios, que hemos de meditar y que hemos de agradecer a este Señor que ha
venido a traer la paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad . A
todos los hombres que quieren unir su voluntad a la Voluntad buena de
Dios: ¡No sólo a los ricos, ni sólo a los pobres!, ¡a todos los hombres,
a todos los hermanos! Que hermanos somos todos en Jesús, hijos de Dios,
hermanos de Cristo: su Madre es nuestra Madre. No hay más que una raza
en la tierra: la raza de los hijos de Dios. Todos hemos de hablar la
misma lengua, la que nos enseña nuestro Padre que está en los cielos: la
lengua del diálogo de Jesús con su Padre, la lengua que se habla con el
corazón y con la cabeza, la que empleáis ahora vosotros en vuestra
oración. La lengua de las almas contemplativas, la de los hombres que
son espirituales, porque se han dado cuenta de su filiación divina. Una
lengua que se manifiesta en mil mociones de la voluntad, en luces claras
del entendimiento, en afectos del corazón, en decisiones de vida recta,
de bien, de contento, de paz. Es preciso mirar al Niño, Amor nuestro, en
la cuna. Hemos de mirarlo sabiendo que estamos delante de un misterio.
Necesitamos aceptar el misterio por la fe y, también por la fe, ahondar
en su contenido. Para esto, nos hacen falta las disposiciones humildes
del alma cristiana: no querer reducir la grandeza de Dios a nuestros
pobres conceptos, a nuestras explicaciones humanas, sino comprender que
ese misterio, en su oscuridad, es una luz que guía la vida de los
hombres. Vemos -dice San Juan Crisóstomo- que Jesús ha salido de
nosotros y de nuestra sustancia humana, y que ha nacido de Madre virgen:
pero no entendemos cómo puede haberse realizado ese prodigio. No nos
cansemos intentando descubrirlo: aceptemos más bien con humildad lo que
Dios nos ha revelado, sin escrudriñar con curiosidad en lo que Dios nos
tiene escondido . Así, con ese acatamiento, sabremos comprender y amar;
y el misterio será para nosotros una enseñanza espléndida, más
convincente que cualquier razonamiento humano.
13.
Sentido divino del andar terreno de Jesús He procurado siempre, al
hablar delante del Belén, mirar a Cristo Señor nuestro de esta manera,
envuelto en pañales, sobre la paja de un pesebre. Y cuando todavía es
Niño y no dice nada, verlo como Doctor, como Maestro. Necesito
considerarle de este modo: porque debo aprender de El. Y para aprender
de El, hay que tratar de conocer su vida: leer el Santo Evangelio,
meditar aquellas escenas que el Nuevo Testamento nos relata, con el fin
de penetrar en el sentido divino del andar terreno de Jesús. Porque
hemos de reproducir, en la nuestra, la vida de Cristo, conociendo a
Cristo: a fuerza de leer la Sagrada Escritura y de meditarla, a fuerza
de hacer oración, como ahora, delante del pesebre. Hay que entender las
lecciones que nos da Jesús ya desde Niño, desde que está recién nacido,
desde que sus ojos se abrieron a esta bendita tierra de los hombres.
Jesús, creciendo y viviendo como uno de nosotros, nos revela que la
existencia humana, el quehacer corriente y ordinario, tiene un sentido
divino. Por mucho que hayamos considerado estas verdades, debemos
llenarnos siempre de admiración al pensar en los treinta años de
oscuridad, que constituyen la mayor parte del paso de Jesús entre sus
hermanos los hombres. Años de sombra, pero para nosotros claros como la
luz del sol. Mejor, resplandor que ilumina nuestros días y les da una
auténtica proyección, porque somos cristianos corrientes, que llevamos
una vida ordinaria, igual a la de tantos millones de personas en los más
diversos lugares del mundo. Así vivió Jesús durante seis lustros: era
fabri filius , el hijo del carpintero. Después vendrán los tres años de
vida pública, con el clamor de las muchedumbres. La gente se sorprende:
¿quién es éste?, ¿dónde ha aprendido tantas cosas? Porque había sido la
suya, la vida común del pueblo de su tierra. Era el faber, filius Mariae
, el carpintero, hijo de María. Y era Dios, y estaba realizando la
redención del género humano, y estaba atrayendo a sí todas las cosas .
14. Como cualquier otro suceso de su vida, no deberíamos jamás
contemplar esos años ocultos de Jesús sin sentirnos afectados, sin
reconocerlos como lo que son: llamadas que nos dirige el Señor, para que
salgamos de nuestro egoísmo, de nuestra comodidad. El Señor conoce
nuestras limitaciones, nuestro personalismo y nuestra ambición: nuestra
dificultad para olvidarnos de nosotros mismos y entregarnos a los demás.
Sabe lo que es no encontrar amor, y experimentar que aquellos mismos que
dicen que le siguen, lo hacen sólo a medias. Recordad las escenas
tremendas, que nos describen los Evangelistas, en las que vemos a los
Apóstoles llenos aún de aspiraciones temporales y de proyectos sólo
humanos. Pero Jesús los ha elegido, los mantiene junto a El, y les
encomienda la misión que había recibido del Padre. También a nosotros
nos llama, y nos pregunta, como a Santiago y a Juan: Potestis bibere
calicem, quem ego bibiturus sum? : ¿Estáis dispuestos a beber el cáliz
-este cáliz de la entrega completa al cumplimiento de la voluntad del
Padre- que yo voy a beber? Possumus! ; ¡Sí, estamos dispuestos!, es la
respuesta de Juan y de Santiago. Vosotros y yo, ¿estamos seriamente
dispuestos a cumplir, en todo, la voluntad de nuestro Padre Dios? ¿Hemos
dado al Señor nuestro corazón entero, o seguimos apegados a nosotros
mismos, a nuestros intereses, a nuestra comodidad, a nuestro amor
propio? ¿Hay algo que no responde a nuestra condición de cristianos, y
que hace que no queramos purificarnos? Hoy se nos presenta la ocasión de
rectificar. Es necesario empezar por convencerse de que Jesús nos dirige
personalmente estas preguntas. Es El quien las hace, no yo. Yo no me
atrevería ni a planteármelas a mí mismo. Estoy siguiendo mi oración en
voz alta, y vosotros, cada uno de nosotros, por dentro, está confesando
al Señor: Señor, ¡qué poco valgo, qué cobarde he sido tantas veces!
¡Cuántos errores!: en esta ocasión y en aquélla, y aquí y allá. Y
podemos exclamar aún: menos mal, Señor, que me has sostenido con tu
mano, porque me veo capaz de todas las infamias. No me sueltes, no me
dejes, trátame siempre como a un niño. Que sea yo fuerte, valiente,
entero. Pero ayúdame como a una criatura inexperta; llévame de tu mano,
Señor, y haz que tu Madre esté también a mi lado y me proteja. Y así,
possumus!, podremos, seremos capaces de tenerte a Ti por modelo. No es
presunción afirmar possumus! Jesucristo nos enseña este camino divino y
nos pide que lo emprendamos, porque El lo ha hecho humano y asequible a
nuestra flaqueza. Por eso se ha abajado tanto. Este fue el motivo por el
que se abatió, tomando forma de siervo aquel Señor que como Dios era
igual al Padre; pero se abatió en la majestad y potencia, no en la
bondad ni en la misericordia . La bondad de Dios nos quiere hacer fácil
el camino. No rechacemos la invitación de Jesús, no le digamos que no,
no nos hagamos sordos a su llamada: porque no existen excusas, no
tenemos motivo para continuar pensando que no podemos. El nos ha
enseñado con su ejemplo. Por tanto, os pido encarecidamente, hermanos
míos, que no permitáis que se os haya mostrado en balde un modelo tan
precioso, sino que os conforméis a El y os renovéis en el espíritu de
vuestra alma .
15.
Pasó por la tierra haciendo el bien ¿Veis qué necesario es conocer a
Jesús, observar amorosamente su vida? Muchas veces he ido a buscar la
definición, la biografía de Jesús en la Escritura. La encontré leyendo
que, con dos palabras, la hace el Espíritu Santo: Pertransiit
benefaciendo . Todos los días de Jesucristo en la tierra, desde su
nacimiento hasta su muerte, fueron así: pertransiit benefaciendo, los
llenó haciendo el bien. Y en otro lugar recoge la Escritura: bene omnia
fecit : todo lo acabó bien, terminó todas las cosas bien, no hizo más
que el bien. Tú y yo entonces, ¿qué? Una mirada para ver si tenemos algo
que enmendar. Yo sí que encuentro en mí mucho que rehacer. Como me veo
incapaz por mí solo de obrar el bien, y como nos ha dicho el mismo Jesús
que sin El no podemos nada , vamos tú y yo al Señor, a implorar su
asistencia, por medio de su Madre, con estos coloquios íntimos, propios
de las almas que aman a Dios. No añado más porque es cada uno de
vosotros el que tiene que hablar, según su propia necesidad. Por dentro
y sin ruido de palabras, en este mismo momento, mientras os doy estos
consejos, aplico personalmente la doctrina a mi propia miseria.
16. Pertransiit benefaciendo. ¿Qué hizo Jesucristo para derramar tanto
bien, y sólo bien, por donde quiera que pasó? Los Santos Evangelios nos
han transmitido otra biografía de Jesús, resumida en tres palabras
latinas, que nos da la respuesta: erat subditus illis , obedecía. Hoy
que el ambiente está colmado de desobediencia, de murmuración, de
desunión, hemos de estimar especialmente la obediencia. Soy muy amigo de
la libertad, y precisamente por eso quiero tanto esa virtud cristiana.
Debemos sentirnos hijos de Dios, y vivir con la ilusión de cumplir la
voluntad de nuestro Padre. Realizar las cosas según el querer de Dios,
porque nos da la gana, que es la razón más sobrenatural. El espíritu del
Opus Dei, que he procurado practicar y enseñar desde hace más de treinta
y cinco años, me ha hecho comprender y amar la libertad personal. Cuando
Dios Nuestro Señor concede a los hombres su gracia, cuando les llama con
una vocación específica, es como si les tendiera una mano, una mano
paterna llena de fortaleza, repleta sobre todo de amor, porque nos busca
uno a uno, como hijas e hijos suyos, y porque conoce nuestra debilidad.
Espera el Señor que hagamos el esfuerzo de coger su mano, esa mano que
El nos acerca: Dios nos pide un esfuerzo, prueba de nuestra libertad. Y
para saber llevarlo a cabo, hemos de ser humildes, hemos de sentirnos
hijos pequeños y amar la obediencia bendita con la que respondemos a la
bendita paternidad de Dios. Conviene que dejemos que el Señor se meta en
nuestras vidas, y que entre confiadamente, sin encontrar obstáculos ni
recovecos. Los hombres tendemos a defendernos, a apegarnos a nuestro
egoísmo. Siempre intentamos ser reyes, aunque sea del reino de nuestra
miseria. Entended, con esta consideración, por qué tenemos necesidad de
acudir a Jesús: para que El nos haga verdaderamente libres y de esa
forma podamos servir a Dios y a todos los hombres. Sólo así percibiremos
la verdad de aquellas palabras de San Pablo: Ahora, habiendo quedado
libres del pecado y hechos siervos de Dios, cogéis por fruto vuestro la
santificación y por fin la vida eterna, ya que el estipendio del pecado
es la muerte. Pero la vida eterna es una gracia de Dios, por Jesucristo
Nuestro Señor . Estemos precavidos, entonces, porque nuestra tendencia
al egoísmo no muere, y la tentación puede insinuarse de muchas maneras.
Dios exige que, al obedecer, pongamos en ejercicio la fe, pues su
voluntad no se manifiesta con bombo y platillo. A veces el Señor sugiere
su querer como en voz baja, allá en el fondo de la conciencia: y es
necesario escuchar atentos, para distinguir esa voz y serle fieles. En
muchas ocasiones, nos habla a través de otros hombres, y puede ocurrir
que la vista de los defectos de esas personas, o el pensamiento de si
están bien informados, de si han entendido todos los datos del problema,
se nos presente como una invitación a no obedecer. Todo esto puede tener
una significación divina, porque Dios no nos impone una obediencia
ciega, sino una obediencia inteligente, y hemos de sentir la
responsabilidad de ayudar a los demás con las luces de nuestro
entendimiento. Pero seamos sinceros con nosotros mismos: examinemos, en
cada caso, si es el amor a la verdad lo que nos mueve, o el egoísmo y el
apego al propio juicio. Cuando nuestras ideas nos separan de los demás,
cuando nos llevan a romper la comunión, la unidad con nuestros hermanos,
es señal clara de que no estamos obrando según el espíritu de Dios. No
lo olvidemos: para obedecer, repito, hace falta humildad. Miremos de
nuevo el ejemplo de Cristo. Jesús obedece, y obedece a José y a María.
Dios ha venido a la tierra para obedecer, y para obedecer a las
criaturas. Son dos criaturas perfectísimas: Santa María, nuestra Madre,
más que Ella sólo Dios; y aquel varón castísimo, José. Pero criaturas. Y
Jesús, que es Dios, les obedecía. Hemos de amar a Dios, para así amar su
voluntad y tener deseos de responder a las llamadas que nos dirige a
través de las obligaciones de nuestra vida corriente: en los deberes de
estado, en la profesión, en el trabajo, en la familia, en el trato
social, en el propio sufrimiento y en el de los demás hombres, en la
amistad, en el afán de realizar lo que es bueno y justo.
17. Cuando llegan las Navidades, me gusta contemplar las imágenes del
Niño Jesús. Esas figuras que nos muestran al Señor que se anonada, me
recuerdan que Dios nos llama, que el Omnipotente ha querido presentarse
desvalido, que ha querido necesitar de los hombres. Desde la cuna de
Belén, Cristo me dice y te dice que nos necesita, nos urge a una vida
cristiana sin componendas, a una vida de entrega, de trabajo, de
alegría. No alcanzaremos jamás el verdadero buen humor, si no imitamos
de verdad a Jesús; si no somos, como El, humildes. Insistiré de nuevo:
¿habéis visto dónde se esconde la grandeza de Dios? En un pesebre, en
unos pañales, en una gruta. La eficacia redentora de nuestras vidas sólo
puede actuarse con la humildad, dejando de pensar en nosotros mismos y
sintiendo la responsabilidad de ayudar a los demás. Es a veces
corriente, incluso entre almas buenas, provocarse conflictos personales,
que llegan a producir serias preocupaciones, pero que carecen de base
objetiva alguna. Su origen radica en la falta de propio conocimiento,
que conduce a la soberbia: el desear convertirse en el centro de la
atención y de la estimación de todos, la inclinación a no quedar mal, el
no resignarse a hacer el bien y desaparecer, el afán de seguridad
personal. Y así muchas almas que podrían gozar de una paz maravillosa,
que podrían gustar de un júbilo inmenso, por orgullo y presunción se
trasforman en desgraciadas e infecundas. Cristo fue humilde de corazón .
A lo largo de su vida no quiso para El ninguna cosa especial, ningún
privilegio. Comienza estando en el seno de su Madre nueve meses, como
todo hombre, con una naturalidad extrema. De sobra sabía el Señor que la
humanidad padecía una apremiante necesidad de El. Tenía, por eso, hambre
de venir a la tierra para salvar a todas las almas, y no precipita el
tiempo. Vino a su hora, como llegan al mundo los demás hombres. Desde la
concepción hasta el nacimiento, nadie -salvo San José y Santa Isabel-
advierte esa maravilla: Dios que viene a habitar entre los hombres. La
Navidad está rodeada también de sencillez admirable: el Señor viene sin
aparato, desconocido de todos. En la tierra sólo María y José participan
en la aventura divina. Y luego aquellos pastores, a los que avisan los
ángeles. Y más tarde aquellos sabios de Oriente. Así se verifica el
hecho trascendental, con el que se unen el cielo y la tierra, Dios y el
hombre. ¿Cómo es posible tanta dureza de corazón, que hace que nos
acostumbremos a estas escenas? Dios se humilla para que podamos
acercarnos a El, para que podamos corresponder a su amor con nuestro
amor, para que nuestra libertad se rinda no sólo ante el espectáculo de
su poder, sino ante la maravilla de su humildad. Grandeza de un Niño que
es Dios: su Padre es el Dios que ha hecho los cielos y la tierra, y El
está ahí, en un pesebre, quia non era eis locus in diversorio , porque
no había otro sitio en la tierra para el dueño de todo lo creado.
18.
Cumplió la voluntad de su Padre Dios No me aparto de la verdad mas
rigurosa, si os digo que Jesús sigue buscando ahora posada en nuestro
corazón. Hemos de pedirle perdón por nuestra ceguera personal, por
nuestra ingratitud. Hemos de pedirle la gracia de no cerrarle nunca más
la puerta de nuestras almas. No nos oculta el Señor que esa obediencia
rendida a la voluntad de Dios exige renuncia y entrega, porque el Amor
no pide derechos: quiere servir. El ha recorrido primero el camino.
Jesús, ¿cómo obedeciste tú? Usque ad mortem, mortem autem crucis , hasta
la muerte y muerte de la cruz. Hay que salir de uno mismo, complicarse
la vida, perderla por amor de Dios y de las almas. He aquí que tú
querías vivir, y no querías que nada te sucediera; pero Dios quiso otra
cosa. Existen dos voluntades: tu voluntad debe ser corregida, para
identificarse con la voluntad de Dios; y no la de Dios torcida, para
acomodarse a la tuya . Yo he visto con gozo a muchas almas que se han
jugado la vida -como tú, Señor, usque ad mortem-, al cumplir lo que la
voluntad de Dios les pedía: han dedicado sus afanes y su trabajo
profesional al servicio de la Iglesia, por el bien de todos los hombres.
Aprendamos a obedecer, aprendamos a servir: no hay mejor señorío que
querer entregarse voluntariamente a ser útil a los demás. Cuando
sentimos el orgullo que barbota dentro de nosotros, la soberbia que nos
hace pensar que somos superhombres, es el momento de decir que no, de
decir que nuestro único triunfo ha de ser el de la humildad. Así nos
identificaremos con Cristo en la Cruz, no molestos o inquietos o con
mala gracia, sino alegres: porque esa alegría, en el olvido de sí mismo,
es la mejor prueba de amor.
19. Permitidme que vuelva de nuevo a la ingenuidad, a la sencillez de la
vida de Jesús, que ya os he hecho considerar tantas veces. Esos años
ocultos del Señor no son algo sin significado, ni tampoco una simple
preparación de los años que vendrían después: los de su vida pública.
Desde 1928 comprendí con claridad que Dios desea que los cristianos
tomen ejemplo de toda la vida del Señor. Entendí especialmente su vida
escondida, su vida de trabajo corriente en medio de los hombres: el
Señor quiere que muchas almas encuentren su camino en los años de vida
callada y sin brillo. Obedecer a la voluntad de Dios es siempre, por
tanto, salir de nuestro egoísmo; pero no tiene por qué reducirse
principalmente a alejarse de las circunstancias ordinarias de la vida de
los hombres, iguales a nosotros por su estado, por su profesión, por su
situación en la sociedad. Sueño -y el sueño se ha hecho realidad- con
muchedumbres de hijos de Dios, santificándose en su vida de ciudadanos
corrientes, compartiendo afanes, ilusiones y esfuerzos con las demás
criaturas. Necesito gritarles esta verdad divina: si permanecéis en
medio del mundo, no es porque Dios se haya olvidado de vosotros, no es
porque el Señor no os haya llamado. Os ha invitado a que continuéis en
las actividades y en las ansiedades de la tierra, porque os ha hecho
saber que vuestra vocación humana, vuestra profesión, vuestras
cualidades, no sólo no son ajenas a sus designios divinos, sino que El
las ha santificado como ofrenda gratísima al Padre.
20. Recordar a un cristiano que su vida no tiene otro sentido que el de
obedecer a la voluntad de Dios, no es separarle de los demás hombres. Al
contrario, en muchos casos el mandamiento recibido del Señor es que nos
amemos los unos a los otros como El nos ha amado , viviendo junto a los
demás e igual que los demás, entregándonos a servir al Señor en el
mundo, para dar a conocer mejor a todas las almas el amor de Dios: para
decirles que se han abierto los caminos divinos de la tierra. No se ha
limitado el Señor a decirnos que nos amaba, sino que lo ha demostrado
con las obras. No nos olvidemos de que Jesucristo se ha encarnado para
enseñar, para que aprendamos a vivir la vida de los hijos de Dios.
Recordad aquel preámbulo del evangelista San Lucas en los Hechos de los
Apóstoles: Primum quidem sermonem feci de omnibus, o Theophile, quae
coepit Iesus facere et docere , he hablado de todo lo más notable que
hizo y predicó Jesús. Vino a enseñar, pero haciendo; vino a enseñar,
pero siendo modelo, siendo el Maestro y el ejemplo con su conducta.
Ahora, delante de Jesús Niño, podemos continuar nuestro examen personal:
¿estamos decididos a procurar que nuestra vida sirva de modelo y de
enseñanza a nuestros hermanos, a nuestros iguales, los hombres? ¿Estamos
decididos a ser otros Cristos? No basta decirlo con la boca. Tú -lo
pregunto a cada uno de vosotros y me lo pregunto a mí mismo-, tú, que
por ser cristiano estás llamado a ser otro Cristo, ¿mereces que se
repita de ti que has venido, facere et docere, a hacer las cosas como un
hijo de Dios, atento a la voluntad de su Padre, para que de esta manera
puedas empujar a todas las almas a participar de las cosas buenas,
nobles, divinas y humanas de la redención? ¿Estás viviendo la vida de
Cristo, en tu vida ordinaria en medio del mundo? Hacer las obras de Dios
no es un bonito juego de palabras, sino una invitación a gastarse por
Amor. Hay que morir a uno mismo, para renacer a una vida nueva. Porque
así obedeció Jesús, hasta la muerte de cruz, mortem autem crucis.
Propter quod et Deus exaltavit illum . Y por esto Dios lo exaltó. Si
obedecemos a la voluntad de Dios, la Cruz será también Resurrección,
exaltación. Se cumplirá en nosotros, paso por paso, la vida de Cristo:
se podrá asegurar que hemos vivido procurando ser buenos hijos de Dios,
que hemos pasado haciendo bien, a pesar de nuestra flaqueza y de
nuestros errores personales, por numerosos que sean. Y cuando venga la
muerte, que vendrá inexorable, la esperaremos con júbilo como he visto
que han sabido esperarla tantas personas santas, en medio de su
existencia ordinaria. Con alegría: porque, si hemos imitado a Cristo en
hacer el bien -en obedecer y en llevar la Cruz, a pesar de nuestras
miserias-, resucitaremos como Cristo: surrexit Dominus vere! , que
resucitó de verdad. Jesús, que se hizo niño, meditadlo, venció a la
muerte. Con el anonadamiento, con la sencillez, con la obediencia: con
la divinización de la vida corriente y vulgar de las criaturas, el Hijo
de Dios fue vencedor. Este ha sido el triunfo de Jesucristo. Así nos ha
elevado a su nivel, al nivel de los hijos de Dios, bajando a nuestro
terreno: al terreno de los hijos de los hombres.
3. EL MATRIMONIO, VOCACION CRISTIANA
Homilía pronunciada el Navidad de 1970.
21. Estamos en Navidad. Los diversos hechos y circunstancias que
rodearon el nacimiento del Hijo de Dios acuden a nuestro recuerdo, y la
mirada se detiene en la gruta de Belén, en el hogar de Nazareth. María,
José, Jesús Niño, ocupan de un modo muy especial el centro de nuestro
corazón. ¿Qué nos dice, qué nos enseña la vida a la vez sencilla y
admirable de esa Sagrada Familia? Entre las muchas consideraciones que
podríamos hacer, una sobre todo quiero comentar ahora. El nacimiento de
Jesús significa, como refiere la Escritura, la inauguración de la
plenitud de los tiempos , el momento escogido por Dios para manifestar
por entero su amor a los hombres, entregándonos a su propio Hijo. Esa
voluntad divina se cumple en medio de las circunstancias más normales y
ordinarias: una mujer que da a luz, una familia, una casa. La
Omnipotencia divina, el esplendor de Dios, pasan a través de lo humano,
se unen a lo humano. Desde entonces los cristianos sabemos que, con la
gracia del Señor, podemos y debemos santificar todas las realidades
limpias de nuestra vida. No hay situación terrena, por pequeña y
corriente que parezca, que no pueda ser ocasión de un encuentro con
Cristo y etapa de nuestro caminar hacia el Reino de los cielos. No es
por eso extraño que la Iglesia se alegre, que se recree, contemplando la
morada modesta de Jesús, María y José. Es grato -se reza en el Himno de
maitines de esta fiesta- recordar la pequeña casa de Nazareth y la
existencia sencilla que allí se lleva, celebrar con cantos la ingenuidad
humilde que rodea a Jesús, su vida escondida. Allí fue donde, siendo
niño, aprendió el oficio de José; allí donde creció en edad y donde
compartió el trabajo de artesano. Junto a El se sentaba su dulce Madre;
junto a José vivía su esposa amadísima, feliz de poder ayudarle y de
ofrecerle sus cuidados. Al pensar en los hogares cristianos, me gusta
imaginarlos luminosos y alegres, como fue el de la Sagrada Familia. El
mensaje de la Navidad resuena con toda fuerza: Gloria a Dios en lo más
alto de los cielos, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad .
Que la paz de Cristo triunfe en vuestros corazones, escribe el apóstol .
La paz de sabernos amados por nuestro Padre Dios, incorporados a Cristo,
protegidos por la Virgen Santa María, amparados por San José. Esa es la
gran luz que ilumina nuestras vidas y que, entre las dificultades y
miserias personales, nos impulsa a proseguir adelante animosos. Cada
hogar cristiano debería ser un remanso de serenidad, en el que, por
encima de las pequeñas contradicciones diarias, se percibiera un cariño
hondo y sincero, una tranquilidad profunda, fruto de una fe real y
vivida.
22. El matrimonio no es, para un cristiano, una simple institución
social, ni mucho menos un remedio para las debilidades humanas: es una
auténtica vocación sobrenatural. Sacramento grande en Cristo y en la
Iglesia, dice San Pablo , y, a la vez e inseparablemente, contrato que
un hombre y una mujer hacen para siempre, porque -queramos o no- el
matrimonio instituido por Jesucristo es indisoluble: signo sagrado que
santifica, acción de Jesús, que invade el alma de los que se casan y les
invita a seguirle, transformando toda la vida matrimonial en un andar
divino en la tierra. Los casados están llamados a santificar su
matrimonio y a santificarse en esa unión; cometerían por eso un grave
error, si edificaran su conducta espiritual a espaldas y al margen de su
hogar. La vida familiar, las relaciones conyugales, el cuidado y la
educación de los hijos, el esfuerzo por sacar económicamente adelante a
la familia y por asegurarla y mejorarla, el trato con las otras personas
que constituyen la comunidad social, todo eso son situaciones humanas y
corrientes que los esposos cristianos deben sobrenaturalizar. La fe y la
esperanza se han de manifestar en el sosiego con que se enfocan los
problemas, pequeños o grandes, que en todos los hogares ocurren, en la
ilusión con que se persevera en el cumplimiento del propio deber. La
caridad lo llenará así todo, y llevará a compartir las alegrías y los
posibles sinsabores; a saber sonreír, olvidándose de las propias
preocupaciones para atender a los demás; a escuchar al otro cónyuge o a
los hijos, mostrándoles que de verdad se les quiere y comprende; a pasar
por alto menudos roces sin importancia que el egoísmo podría convertir
en montañas; a poner un gran amor en los pequeños servicios de que está
compuesta la convivencia diaria. Santificar el hogar día a día, crear,
con el cariño, un auténtico ambiente de familia: de eso se trata. Para
santificar cada jornada, se han de ejercitar muchas virtudes cristianas;
las teologales en primer lugar y, luego, todas las otras: la prudencia,
la lealtad, la sinceridad, la humildad, el trabajo, la alegría...
Hablando del matrimonio, de la vida matrimonial, es necesario comenzar
con una referencia clara al amor de los cónyuges.
23.
Santidad del amor humano El amor puro y limpio de los esposos es una
realidad santa que yo, como sacerdote, bendigo con las dos manos. La
tradición cristiana ha visto frecuentemente, en la presencia de
Jesucristo en las bodas de Caná, una confirmación del valor divino del
matrimonio: fue nuestro Salvador a las bodas -escribe San Cirilo de
Alejandría- para santificar el principio de la generación humana . El
matrimonio es un sacramento que hace de dos cuerpos una sola carne; como
dice con expresión fuerte la teología, son los cuerpos mismos de los
contrayentes su materia. El Señor santifica y bendice el amor del marido
hacia la mujer y el de la mujer hacia el marido: ha dispuesto no sólo la
fusión de sus almas, sino la de sus cuerpos. Ningún cristiano, estó o no
llamado a la vida matrimonial, puede desestimarla. Nos ha dado el
Creador la inteligencia, que es como un chispazo del entendimiento
divino, que nos permite -con la libre voluntad, otro don de Dios-
conocer y amar; y ha puesto en nuestro cuerpo la posibilidad de
engendrar, que es como una participación de su poder creador. Dios ha
querido servirse del amor conyugal, para traer nuevas criaturas al mundo
y aumentar el cuerpo de su Iglesia. El sexo no es una realidad
vergonzosa, sino una dádiva divina que se ordena limpiamente a la vida,
al amor, a la fecundidad. Ese es el contexto, el trasfondo, en el que se
sitúa la doctrina cristiana sobre la sexualidad. Nuestra fe no desconoce
nada de lo bello, de lo generoso, de lo genuinamente humano, que hay
aquí abajo. Nos enseña que la regla de nuestro vivir no debe ser la
búsqueda egoísta del placer, porque sólo la renuncia y el sacrificio
llevan al verdadero amor: Dios nos ha amado y nos invita a amarle y a
amar a los demás con la verdad y con la autenticidad con que El nos ama.
Quien conserva su vida, la perderá; y quien perdiere su vida por amor
mío, la volverá a hallar, ha escrito San Mateo en su Evangelio, con
frase que parece paradójica . Las personas que están pendientes de sí
mismas, que actúan buscando ante todo la propia satisfacción, ponen en
juego su salvación eterna, y ya ahora son inevitablemente infelices y
desgraciadas. Sólo quien se olvida de sí, y se entrega a Dios y a los
demás -también en el matrimonio-, puede ser dichoso en la tierra, con
una felicidad que es preparación y anticipo del cielo. Durante nuestro
caminar terreno, el dolor es la piedra de toque del amor. En el estado
matrimonial, considerando las cosas de una manera descriptiva, podríamos
afirmar que hay anverso y reverso. De una parte, la alegría de saberse
queridos, la ilusión por edificar y sacar adelante un hogar, el amor
conyugal, el consuelo de ver crecer a los hijos. De otra, dolores y
contrariedades, el transcurso del tiempo que consume los cuerpos y
amenaza con agriar los caracteres, la aparente monotonía de los días
aparentemente siempre iguales. Tendría un pobre concepto del matrimonio
y del cariño humano quien pensara que, al tropezar con esas
dificultades, el amor y el contento se acaban. Precisamente entonces,
cuando los sentimientos que animaban a aquellas criaturas revelan su
verdadera naturaleza, la donación y la ternura se arraigan y se
manifiestan como un afecto auténtico y hondo, más poderoso que la muerte
.
24. Esa autenticidad del amor requiere fidelidad y rectitud en todas las
relaciones matrimoniales. Dios, comenta Santo Tomás de Aquino , ha unido
a las diversas funciones de la vida humana un placer, una satisfacción;
ese placer y esa satisfacción son por tanto buenos. Pero si el hombre,
invirtiendo el orden de las cosas, busca esa emoción como valor último,
despreciando el bien y el fin al que debe estar ligada y ordenada, la
pervierte y desnaturaliza, convirtiéndola en pecado, o en ocasión de
pecado. La castidad -no simple continencia, sino afirmación decidida de
una voluntad enamorada- es una virtud que mantiene la juventud del amor
en cualquier estado de vida. Existe una castidad de los que sienten que
se despierta en ellos el desarrollo de la pubertad, una castidad de los
que se preparan para casarse, una castidad de los que Dios llama al
celibato, una castidad de los que han sido escogidos por Dios para vivir
en el matrimonio. ¿Cómo no recordar aquí las palabras fuertes y claras
que nos conserva la Vulgata, con la recomendación que el Arcángel Rafael
hizo a Tobías antes de que se desposase con Sara? El ángel le amonestó
así: Escúchame y te mostraré quiénes son aquellos contra los que puede
prevalecer el demonio. Son los que abrazan el matrimonio de tal modo que
excluyen a Dios de sí y de su mente, y se dejan arrastrar por la pasión
como el caballo y el mulo, que carecen de entendimiento. Sobre éstos
tiene potestad el diablo . No hay amor humano neto, franco y alegre en
el matrimonio si no se vive esa virtud de la castidad, que respeta el
misterio de la sexualidad y lo ordena a la fecundidad y a la entrega.
Nunca he hablado de impureza, y he evitado siempre desceder a
casuísticas morbosas y sin sentido; pero de castidad y de pureza, de la
afirmación gozosa del amor, sí que he hablado muchísimas veces, y debo
hablar. Con respecto a la castidad conyugal, aseguro a los esposos que
no han de tener miedo a expresar el cariño: al contrario, porque esa
inclinación es la base de su vida familiar. Lo que les pide el Señor es
que se respeten mutuamente y que sean mutuamente leales, que obren con
delicadeza, con naturalidad, con modestia. Les diré también que las
relaciones conyugales son dignas cuando son prueba de verdadero amor y,
por tanto, están abiertas a la fecundidad, a los hijos. Cegar las
fuentes de la vida es un crimen contra los dones que Dios ha concedido a
la humanidad, y una manifestación de que es el egoísmo y no el amor lo
que inspira la conducta. Entonces todo se enturbia, porque los cónyuges
llegan a contemplarse como cómplices: y se producen disensiones que,
continuando en esa línea, son casi siempre insanables. Cuando la
castidad conyugal está presente en el amor, la vida matrimonial es
expresión de una conducta auténtica, marido y mujer se comprenden y se
sienten unidos; cuando el bien divino de la sexualidad se pervierte, la
intimidad se destroza, y el marido y la mujer no pueden ya mirarse
noblemente a la cara. Los esposos deben edificar su convivencia sobre un
cariño sincero y limpio, y sobre la alegría de haber traído al mundo los
hijos que Dios les haya dado la posibilidad de tener, sabiendo, si hace
falta, renunciar a comodidades personales y poniendo fe en la
providencia divina: formar una familia numerosa, si tal fuera la
voluntad de Dios, es una garantía de felicidad y de eficacia, aunque
afirmen otra cosa los fautores equivocados de un triste hedonismo.
25. No olvidéis que entre los esposos, en ocasiones, no es posible
evitar las peleas. No riñáis delante de los hijos jamás: les haréis
sufrir y se pondrán de una parte, contribuyendo quizá a aumentar
inconscientemente vuestra desunión. Pero reñir, siempre que no sea muy
frecuente, es también una manifestación de amor, casi una necesidad. La
ocasión, no el motivo, suele ser el cansancio del marido, agotado por el
trabajo de su profesión; la fatiga -ojalá no sea el aburrimiento- de la
esposa, que ha debido luchar con los niños, con el servicio o con su
mismo carácter, a veces poco recio; aunque sois las mujeres más recias
que los hombres, si os lo proponéis. Evitad la soberbia, que es el mayor
enemigo de vuestro trato conyugal: en vuestras pequeñas reyertas,
ninguno de los dos tiene razón. El que está más sereno ha de decir una
palabra, que contenga el mal humor hasta más tarde. Y más tarde -a
solas- reñid, que ya haréis en seguida las paces. Pensad vosotras en que
quizá os abandonáis un poco en el cuidado personal, recordad con el
proverbio que la mujer compuesta saca al hombre de otra puerta: es
siempre actual el deber de aparecer amables como cuando erais novias,
deber de justicia, porque pertenecéis a vuestro marido: y él no ha de
olvidar lo mismo, que es vuestro y que conserva la obligación de ser
durante toda la vida afectuoso como un novio. Mal signo, si sonréis con
ironía, al leer este párrafo: sería muestra evidente de que el afecto
familiar se ha convertido en heladora indiferencia.
26.
Hogares luminosos y alegres No se puede hablar del matrimonio sin pensar
a la vez en la familia, que es el fruto y la continuación de lo que con
el matrimonio se inicia. Una familia se compone no sólo del marido y de
la mujer, sino también de los hijos y, en uno u otro grado, de los
abuelos, de los otros parientes y de las empleadas del hogar. A todos
ellos ha de llegar el calor entrañable, del que depende el ambiente
familiar. Ciertamente hay matrimonios a los que el Señor no concede
hijos: es señal entonces de que les pide que se sigan queriendo con
igual cariño, y que dediquen sus energías -si pueden- a servicios y
tareas en beneficio de otras almas. Pero lo normal es que un matrimonio
tenga descendencia. Para estos esposos, la primera preocupación han de
ser sus propios hijos. La paternidad y la maternidad no terminan con el
nacimiento: esa participación en el poder de Dios, que es la facultad de
engendrar, ha de prolongarse en la cooperación con el Espíritu Santo
para que culmine formando auténticos hombres cristianos y auténticas
mujeres cristianas. Los padres son los principales educadores de sus
hijos, tanto en lo humano como en lo sobrenatural, y han de sentir la
responsabilidad de esa misión, que exige de ellos comprensión,
prudencia, saber enseñar y, sobre todo, saber querer; y poner empeño en
dar buen ejemplo. No es camino acertado, para la educación, la
imposición autoritaria y violenta. El ideal de los padres se concreta
más bien en llegar a ser amigos de sus hijos: amigos a los que se
confían las inquietudes, con quienes se consultan los problemas, de los
que se espera una ayuda eficaz y amable. Es necesario que los padres
encuentren tiempo para estar con sus hijos y hablar con ellos. Los hijos
son lo más importante: más importante que los negocios, que el trabajo,
que el descanso. En esas conversaciones conviene escucharles con
atención, esforzarse por comprenderlos, saber reconocer la parte de
verdad -o la verdad entera- que pueda haber en algunas de sus rebeldías.
Y, al mismo tiempo, ayudarles a encauzar rectamente sus afanes e
ilusiones, enseñarles a considerar las cosas y a razonar; no imponerles
una conducta, sino mostrarles los motivos, sobrenaturales y humanos, que
la aconsejan. En una palabra, respetar su libertad, ya que no hay
verdadera educación sin responsabilidad personal, ni responsabilidad sin
libertad.
27. Los padres educan fundamentalmente con su conducta. Lo que los hijos
y las hijas buscan en su padre o en su madre no son sólo unos
conocimientos más amplios que los suyos o unos consejos más o menos
acertados, sino algo de mayor categoría: un testimonio del valor y del
sentido de la vida encarnado en una existencia concreta, confirmado en
las diversas circunstancias y situaciones que se suceden a lo largo de
los años. Si tuviera que dar un consejo a los padres, les daría sobre
todo éste: que vuestros hijos vean -lo ven todo desde niños, y lo
juzgan: no os hagáis ilusiones- que procuráis vivir de acuerdo con
vuestra fe, que Dios no está sólo en vuestros labios, que está en
vuestras obras; que os esforzáis por ser sinceros y leales, que os
queréis y que los queréis de veras. Es así como mejor contribuiréis a
hacer de ellos cristianos verdaderos, hombres y mujeres íntegros capaces
de afrontar con espíritu abierto las situaciones que la vida les depare,
de servir a sus conciudadanos y de contribuir a la solución de los
grandes problemas de la humanidad, de llevar el testimonio de Cristo
donde se encuentren más tarde, en la sociedad.
28. Escuchad a vuestros hijos, dedicadles también el tiempo vuestro,
mostradles confianza: creedles cuando os digan, aunque alguna vez os
engañen; no os asustéis de sus rebeldías, puesto que también vosotros a
su edad fuisteis más o menos rebeldes; salid a su encuentro, a mitad de
camino, y rezad por ellos, que acudirán a sus padres con sencillez -es
seguro, si obráis cristianamente así-, en lugar de acudir con sus
legítimas curiosidades a un amigote desvergonzado o brutal. Vuestra
confianza, vuestra relación amigable con los hijos, recibirá como
respuesta la sinceridad de ellos con vosotros: y esto, aunque no falten
contiendas e incomprensiones de poca monta, es la paz familiar, la vida
cristiana. ¿Cómo describiré -se pregunta un escritor de los primeros
siglos- la felicidad de ese matrimonio que la Iglesia une, que la
entrega confirma, que la bendición sella, que los ángeles proclaman, y
al que Dios Padre tiene por celebrado?... Ambos esposos son como
hermanos, siervos el uno del otro, sin que se dé entre ellos separación
alguna, ni en la carne ni en el espíritu. Porque verdaderamente son dos
en una sola carne, y donde hay una sola carne debe haber un solo
espíritu... Al contemplar esos hogares, Cristo se alegra, y les envía su
paz; donde están dos, allí está también El, y donde El está no puede
haber nada malo .
29. Hemos procurado resumir y comentar algunos de los rasgos de esos
hogares, en los que se refleja la luz de Cristo, y que son, por eso,
luminosos y alegres -repito-, en los que la armonía que reina entre los
padres se trasmite a los hijos, a la familia entera y a los ambientes
todos que la acompañan. Así, en cada familia auténticamente cristiana se
reproduce de algún modo el misterio de la Iglesia, escogida por Dios y
enviada como guía del mundo. A todo cristiano, cualquiera que sea su
condición -sacerdote o seglar, casado o célibe-, se le aplican
plenamente las palabras del apóstol que se leen precisamente en la
epístola de la festividad de la Sagrada Familia: Escogidos de Dios,
santos y amados . Eso somos todos, cada uno en su sitio y en su lugar en
el mundo: hombres y mujeres elegidos por Dios para dar testimonio de
Cristo y llevar a quienes nos rodean la alegría de saberse hijos de
Dios, a pesar de nuestros errores y procurando luchar contra ellos. Es
muy importante que el sentido vocacional del matrimonio no falte nunca
tanto en la catequesis y en la predicación, como en la conciencia de
aquellos a quienes Dios quiera en ese camino, ya que están real y
verdaderamente llamados a incorporarse en los designios divinos para la
salvación de todos los hombres. Por eso, quizá no puede proponerse a los
esposos cristianos mejor modelo que el de las familias de los tiempos
apostólicos: el centurión Cornelio, que fue dócil a la voluntad de Dios
y en cuya casa se consumó la apertura de la Iglesia a los gentiles ;
Aquila y Priscila, que difundieron el cristianismo en Corinto y en Efeso
y que colaboraron en el apostolado de San Pablo ; Tabita, que con su
caridad asistió a los necesitados de Joppe . Y tantos otros hogares de
judíos y de gentiles, de griegos y de romanos, en los que prendió la
predicación de los primeros discípulos del Señor. Familias que vivieron
de Cristo y que dieron a conocer a Cristo. Pequeñas comunidades
cristianas, que fueron como centros de irradiación del mensaje
evangélico. Hogares iguales a los otros hogares de aquellos tiempos,
pero animados de un espíritu nuevo, que contagiaba a quienes los
conocían y los trataban. Eso fueron los primeros cristianos, y eso hemos
de ser los cristianos de hoy: sembradores de paz y de alegría, de la paz
y de la alegría que Jesús nos ha traído.
4. EN LA EPIFANIA DEL SEÑOR
Homilía pronunciada el 6-I-1956, Epifanía del Señor.
30. No hace mucho, he admirado un relieve en mármol, que representa la
escena de la adoración de los Magos al Niño Dios. Enmarcando ese
relieve, había otros: cuatro ángeles, cada uno con un símbolo: una
diadema, el mundo coronado por la cruz, una espada, un cetro. De esta
manera plástica, utilizando signos conocidos, se ha ilustrado el
acontecimiento que conmemoramos hoy: unos hombres sabios -la tradición
dice que eran reyes- se postran ante un Niño, después de preguntar en
Jerusalén: ¿dónde está el nacido rey de los judíos? . Yo también, urgido
por esa pregunta, contemplo ahora a Jesús, reclinado en un pesebre , en
un lugar que es sitio adecuado sólo para las bestias. ¿Dónde está,
Señor, tu realeza: la diadema, la espada, el cetro? Le pertenecen, y no
los quiere; reina envuelto en pañales. Es un Rey inerme, que se nos
muestra indefenso: es un niño pequeño. ¿Cómo no recordar aquellas
palabras del Apóstol: se anonadó a sí mismo, tomando forma de siervo ?
Nuestro Señor se encarnó, para manifestarnos la voluntad del Padre. Y he
aquí que, ya en la cuna, nos instruye. Jesucristo nos busca -con una
vocación, que es vocación a la santidad- para consumar, con El, la
Redención. Considerad su primera enseñanza: hemos de corredimir no
persiguiendo el triunfo sobre nuestros prójimos, sino sobre nosotros
mismos. Como Cristo, necesitamos anonadarnos, sentirnos servidores de
los demás, para llevarlos a Dios. ¿Dónde está el Rey? ¿No será que Jesús
desea reinar, antes que nada en el corazón, en tu corazón? Por eso se
hace Niño, porque ¿quién no ama a una criatura pequeña? ¿Dónde está el
Rey? ¿Dónde está el Cristo, que el Espíritu Santo procura formar en
nuestra alma? No puede estar en la soberbia que nos separa de Dios, no
puede estar en la falta de caridad que nos aísla. Ahí no puede estar
Cristo; ahí el hombre se queda solo. A los pies de Jesús Niño, en el día
de la Epifanía, ante un Rey sin señales exteriores de realeza, podéis
decirle: Señor, quita la soberbia de mi vida; quebranta mi amor propio,
este querer afirmarme yo e imponerme a los demás. Haz que el fundamente
de mi personalidad sea la identificación contigo.
31. El camino de fe La meta no es fácil: identificarnos con Cristo. Pero
tampoco es difícil, si vivimos como el Señor nos ha enseñado: si
acudimos diariamente a su Palabra, si empapamos nuestra vida con la
realidad sacramental -la Eucaristía- que El nos ha dado por alimento,
porque el camino del cristiano es andador, como recuerda una antigua
canción de mi tierra. Dios nos ha llamado clara e inequívocamente. Como
los Reyes Magos, hemos descubierto una estrella, luz y rumbo, en el
cielo del alma. Hemos visto su estrella en Oriente y venimos a adorarle
. Es nuestra misma experiencia. También nosotros advertimos que, poco a
poco, en el alma se encendía un nuevo resplandor: el deseo de ser
plenamente cristianos; si me permitís la expresión, la ansiedad de
tomarnos a Dios en serio. Si cada uno de vosotros se pusiera ahora a
contar en voz alta el proceso de su vocación sobrenatural, los demás
juzgaríamos que todo aquello era divino. Agradezcamos a Dios Padre, a
Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo y a Santa María, por la que nos vienen
todas las bendiciones del cielo, este don que, junto con el de la fe, es
el más grande que el Señor puede conceder a una criatura: el afán bien
determinado de llegar a la plenitud de la caridad, con el convencimiento
de que también es necesaria -y no sólo posible- la santidad en medio de
las tareas profesionales, sociales... Considerad con qué finura nos
invita el Señor. Se expresa con palabras humanas, como un enamorado: Yo
te he llamado por tu nombre... Tú eres mío . Dios, que es la hermosura,
la grandeza, la sabiduría, nos anuncia que somos suyos, que hemos sido
escogidos como término de su amor infinito. Hace falta una recia vida de
fe para nos desvirtuar esta maravilla, que la Providencia divina pone en
nuestras manos. Fe como la de los Reyes Magos: la convicción de que ni
el desierto, ni las tempestades, ni la tranquilidad de los oasis nos
impedirán llegar a la meta del Belén eterno: la vida definitiva con
Dios.
32. Un camino de fe es un camino de sacrificio. La vocación cristiana no
nos saca de nuestro sitio, pero exige que abandonemos todo lo que
estorba al querer de Dios. La luz que se enciende es sólo el principio;
hemos de seguirla, si deseamos que esa claridad sea estrella, y luego
sol. Mientras los Magos estaban en Persia -escribe San Juan Crisóstomo-
no veían sino una estrella; pero cuando abandonaron su patria, vieron al
mismo sol de justicia. Se puede decir que no hubieran continuado viendo
la estrella, si hubiesen permanecido en su país. Démonos prisa, pues,
también nosotros; y aunque todos nos lo impidan, corramos a la casa de
ese Niño .
Firmeza en la vocación Hemos visto su estrella en Oriente y venimos a
adorarle. Al oír esto, el Rey Herodes se turbó y, con él, toda Jerusalén
. Todavía hoy se repite esta escena. Ante la grandeza de Dios, ante la
decisión, seriamente humana y profundamente cristiana, de vivir de modo
coherente con la propia fe, no faltan personas que se extrañan, y aun se
escandalizan, desconcertadas. Se diría que no conciben otra realidad que
la que cabe en sus limitados horizontes terrenos. Ante los hechos de
generosidad, que perciben en la conducta de otros que han oído la
llamada del Señor, sonríen con displicencia, se asustan o -en casos que
parecen verdaderamente patológicos- concentran todo su esfuerzo en
impedir la santa determinación que una conciencia ha tomado con la más
plena libertad. Yo he presenciado, en ocasiones, lo que podría
calificarse como una movilización general, contra quienes habían
decidido dedicar toda su vida al servicio de Dios y de los demás
hombres. Hay algunos, que están persuadidos de que el Señor no puede
escoger a quien quiera sin pedirles permiso a ellos, para elegir a
otros; y de que el hombre no es capaz de tener la más plena libertad,
para responder que sí al Amor o para rechazarlo. La vida sobrenatural de
cada alma es algo secundario, para los que discurren de esa manera;
piensan que merece prestársele atención, pero sólo después que estén
satisfechas las pequeñas comodidades y los egoísmos humanos. Si así
fuera, ¿qué quedaría del cristianismo? Las palabras de Jesús, amorosas y
a la vez exigentes, ¿son sólo para oírlas, o para oírlas y ponerlas en
práctica? El dijo: sed perfectos como vuestro Padre celestial es
perfecto . Nuestro Señor se dirige a todos los hombres, para que vengan
a su encuentro, para que sean santos. No llama sólo a los Reyes Magos,
que eran sabios y poderosos; antes había enviado a los pastores de
Belén, no ya una estrella, sino uno de sus ángeles . Pero, pobres o
ricos, sabios o menos sabios, han de fomentar en su alma la disposición
humilde que permite escuchar la voz de Dios. Considerad el caso de
Herodes: era un potente de la tierra, y tiene la oportunidad de servirse
de la colaboración de los sabios: reuniendo a todos los príncipes de los
sacerdotes y a los escribas del pueblo, les preguntó dónde había de
nacer el Mesías . Su poder y su ciencia no le llevan a reconocer a Dios.
Para su corazón empedernido, poder y ciencia son instrumentos de maldad:
el deseo inútil de aniquilar a Dios, el desprecio por la vida de un
puñado de niños inocentes. Sigamos leyendo el santo Evangelio: ellos
contestaron: en Belén de Judá, pues así está escrito por el profeta: Y
tú, Belén, tierra de Judá, no eres ciertamente la más pequeña entre los
príncipes de Judá, porque de ti saldrá un jefe que apacentará a mi
pueblo Israel . No podemos pasar por alto estos detalles de misericordia
divina: quien iba a redimir al mundo, nace en una aldea perdida. Y es
que Dios no hace acepción de personas , como nos repite insistentemente
la Escritura. No se fija, para invitar a un alma a una vida de plena
coherencia con la fe, en méritos de fortuna, en nobleza de familia, en
altos grados de ciencia. La vocación precede a todos los méritos: la
estrella que habían visto en Oriente les precedía, hasta que, llegada
encima del lugar en que estaba el Niño, se detuvo . La vocación es lo
primero; Dios nos ama antes de que sepamos dirigirnos a El, y pone en
nosotros el amor con el que podemos corresponderle. La paternal bondad
de Dios nos sale al encuentro . Nuestro Señor no sólo es justo, es mucho
más: misericordioso. No espera que vayamos a El; se anticipa, con
muestras inequívocas de paternal cariño.
33. Buen pastor, buen guía Si la vocación es lo primero, si la estrella
luce de antemano, para orientarnos en nuestro camino de amor de Dios, no
es lógico dudar cuando, en alguna ocasión, se nos oculta. Ocurre en
determinados momentos de nuestra vida interior, casi siempre por culpa
nuestra, lo que pasó en el viaje de los Reyes Magos: que la estrella
desaparece. Conocemos ya el resplandor divino de nuestra vocación,
estamos persuadidos de su carácter definitivo, pero quizá el polvo que
levantamos al andar -nuestras miserias- forma una nube opaca, que impide
el paso de la luz. ¿Qué hacer, entonces? Seguir los pasos de aquellos
hombres santos: preguntar. Herodes se sirvió de la ciencia para
comportarse injustamente; los Reyes Magos la utilizan para obrar el
bien. Pero los cristianos no tenemos necesidad de preguntar a Herodes o
a los sabios de la tierra. Cristo ha dado a su Iglesia la seguridad de
la doctrina, la corriente de gracia de los Sacramentos; y ha dispuesto
que haya personas para orientar, para conducir, para traer a la memoria
constantemente el camino. Disponemos de un tesoro infinito de ciencia:
la Palabra de Dios, custodiada en la Iglesia; la gracia de Cristo, que
se administra en los Sacramentos; el testimonio y el ejemplo de quienes
viven rectamente junto a nosotros, y que han sabido construir con sus
vidas un camino de fidelidad a Dios. Permitidme un consejo: si alguna
vez perdéis la claridad de la luz, recurrid siempre al buen pastor.
¿Quién es el buen pastor? El que entra por la puerta de la fidelidad a
la doctrina de la Iglesia; el que no se comporta como el mercenario que
viendo venir el lobo, desampara las ovejas y huye; y el lobo las
arrebata y dispersa el rebaño . Mirad que la palabra divina no es vana;
y la insistencia de Cristo -¿no veis con qué cariño habla de pastores y
de ovejas, del redil y del rebaño?- es una demostración práctica de la
necesidad de un buen guía para nuestra alma. Si no hubiese pastores
malos, escribe San Agustín, El no habría precisado, hablando del bueno.
¿Quién es el mercenario? El que ve el lobo y huye. El que busca su
gloria, no la gloria de Cristo; el que no se atreve a reprobar con
libertad de espíritu a los pecadores. El lobo coge una oveja por el
cuello, el diablo induce a un fiel a cometer adulterio. Y tú, callas, no
repruebas. Tú eres mercenario; has visto venir al lobo y has huido.
Quizá él diga: no; estoy aquí, no he huido. No, respondo, has huido
porque te has callado; y has callado, porque has tenido miedo . La
santidad de la Esposa de Cristo se ha demostrado siempre -como se
demuestra también hoy- por la abundancia de buenos pastores. Pero la fe
cristiana, que nos enseña a ser sencillos, no nos induce a ser ingenuos.
Hay mercenarios que callan, y hay mercenarios que hablan palabras que no
son de Cristo. Por eso, si el Señor permite que nos quedemos a oscuras,
incluso en cosas pequeñas; si sentimos que nuestra fe no es firme,
acudamos al buen pastor, al que entra por la puerta ejercitando su
derecho, al que, dando su vida por los demás, quiere ser, en la palabra
y en la conducta, un alma enamorada: un pecador quizá también, pero que
confía siempre en el perdón y en la misericordia de Cristo. Si vuestra
conciencia os reprueba por alguna falta -aunque no os parezca grave-, si
dudáis, acudid al Sacramento de la Penitencia. Id al sacerdote que os
atiende, al que sabe exigir de vosotros fe recia, finura de alma,
verdadera fortaleza cristiana. En la Iglesia existe la más plena
libertad para confesarse con cualquier sacerdote, que tenga las
legítimas licencias; pero un cristiano de vida clara acudirá
-¡libremente!- a aquel que conoce como buen pastor, que puede ayudarle a
levantar la vista, para volver a ver en lo alto la estrella del Señor.
34. Oro, incienso y mirra Videntes autem stellam gavisi sunt gaudio
magno valde , dice el texto latino con admirable reiteración: al
descubrir nuevamente la estrella, se gozaron con un gozo muy grande.
¿Por qué tanta alegría? Porque, los que no dudaron nunca, reciben del
Señor la prueba de que la estrella no había desaparecido: dejaron de
contemplarla sensiblemente, pero la habían conservado siempre en el
alma. Así es la vocación del cristiano: si no se pierde la fe, si se
mantiene la esperanza en Jesucristo que estará con nosotros hasta la
consumación de los siglos , la estrella reaparece. Y, al comprobar una
vez más la realidad de la vocación, nace una mayor alegría, que aumenta
en nosotros la fe, la esperanza y el amor. Entrando en la casa, vieron
al Niño con María, su Madre, y, arrodillados, le adoraron . Nos
arrodillamos también nosotros delante de Jesús, del Dios escondido en la
humanidad: le repetimos que no queremos volver la espalda a su divina
llamada, que no nos apartaremos nunca de El; que quitaremos de nuestro
camino todo lo que sea un estorbo para la fidelidad; que deseamos
sinceramente ser dóciles a sus inspiraciones. Tú, en tu alma, y también
yo -porque hago una oración íntima, con hondos gritos silenciosos-
estamos contando al Niño que anhelamos ser tan buenos cumplidores como
aquellos siervos de la parábola, para que también a nosotros pueda
contestarnos: alégrate, siervo bueno y fiel . Y abriendo sus tesoros le
ofrecieron dones: oro, incienso y mirra . Detengámonos un poco para
entender este pasaje del Santo Evangelio. ¿Cómo es posible que nosotros,
que nada somos y nada valemos, hagamos ofrendas a Dios? Dice la
Escritura: toda dádiva y todo don perfecto de arriba viene . El hombre
no acierta ni siquiera a descubrir enteramente la profundidad y la
belleza de los regalos del Señor: ¡Si tú conocieras el don de Dios! ,
responde Jesús a la mujer samaritana. Jesucristo nos ha enseñado a
esperarlo todo del Padre, a buscar, antes que nada, el reino de Dios y
su justicia, porque todo lo demás se nos dará por añadidura, y bien sabe
El qué es lo que necesitamos . En la economía de la salvación, Nuestro
Padre cuida de cada alma con delicadeza amorosa: cada uno ha recibido de
Dios su propio don, quien de una manera, quien de otra . Parecería
inútil, por tanto, afanarse por presentar al Señor algo de lo que El
tuviera necesidad; desde nuestra situación de deudores que no tienen con
qué pagar , nuestro dones se asemejarían a los de la Antigua Ley, que
Dios ya no acepta: Tú no has querido, ni han sido de tu agrado, los
sacrificios, las ofrendas y los holocaustos por el pecado, cosas todas
que ofrecen según la Ley . Pero el Señor sabe que dar es propio de
enamorados, y El mismo nos señala lo que desea de nosotros. No le
importan las riquezas, ni los frutos ni los animales de la tierra, del
mar o del aire, porque todo eso es suyo; quiere algo íntimo, que hemos
de entregarle con libertad: dame, hijo mío, tu corazón . ¿Veis? No se
satisface compartiendo: lo quiere todo. No anda buscando cosas nuestras,
repito: nos quiere a nosotros mismos. De ahí, y sólo de ahí, arrancan
todos los otros presentes que podemos ofrecer al Señor. Démosle, por
tanto, oro: el oro fino del espíritu de desprendimiento del dinero y de
los medios materiales. No olvidemos que son cosas buenas, que vienen de
Dios. Pero el Señor ha dispuesto que los utilicemos, sin dejar en ellos
el corazón, haciéndolos rendir en provecho de la humanidad. Los bienes
de la tierra no son malos; se pervierten cuando el hombre los erige en
ídolos y, ante esos ídolos, se postra; se ennoblecen cuando los
convertimos en instrumentos para el bien, en una tarea cristiana de
justicia y de caridad. No podemos ir detrás de los bienes económicos,
como quien va en busca de un tesoro; nuestro tesoro está aquí, reclinado
en un pesebre; es Cristo y en El se han de centrar todos nuestros
amores, porque donde está nuestro tesoro allí estará también nuestro
corazón .
35. Ofrecemos incienso: los deseos, que suben hasta el Señor, de llevar
una vida noble, de la que se desprenda el bonus odor Christi , el
perfume de Cristo. Impregnar nuestras palabras y acciones en el bonus
odor, es sembrar comprensión, amistad. Que nuestra vida acompañe las
vidas de los demás hombres, para que nadie se encuentre o se sienta
solo. Nuestra caridad ha de ser también cariño, calor humano. Así nos lo
enseña Jesucristo. La Humanidad esperaba desde hacía siglos la venida
del Salvador; los profetas lo habían anunciado de mil formas; y hasta en
los últimos rincones de la tierra -aunque estuviese perdida, por el
pecado y por la ignorancia, gran parte de la Revelación de Dios a los
hombres- se conservaba el deseo de Dios, el ansia de ser redimidos.
Llega la plenitud de los tiempos y, para cumplir esa misión, no aparece
un genio filosófico, como Platón o Sócrates; no se instala en la tierra
un conquistador poderoso, como Alejandro. Nace un Infante en Belén. Es
el Redentor del mundo; pero, antes de hablar, ama con obras. No trae
ninguna fórmula mágica, porque sabe que la salvación que ofrece debe
pasar por el corazón del hombre. Sus primeras acciones son risas, lloros
de niño, sueño inerme de un Dios encarnado: para enamorarnos, para que
lo sepamos acoger en nuestros brazos. Nos damos cuenta ahora, una vez
más, de que éste es el cristianismo. Si el cristiano no ama con obras,
ha fracasado como cristiano, que es fracasar también como persona. No
puedes pensar en los demás como si fuesen números o escalones, para que
tú puedas subir; o masa, para ser exaltada o humillada, adulada o
despreciada, según los casos. Piensa en los demás -antes que nada, en
los que están a tu lado- como en lo que son: hijos de Dios, con toda la
dignidad de ese título maravilloso. Hemos de portarnos como hijos de
Dios con los hijos de Dios: el nuestro ha de ser un amor sacrificado,
diario, hecho de mil detalles de comprensión, de sacrificio silencioso,
de entrega que no se nota. Este es el bonus odor Christi, el que hacía
decir a los que vivían entre nuestros primeros hermanos en la fe: ¡Mirad
cómo se aman! No se trata de un ideal lejano. El cristiano no es un
Tartarín de Tarascón, empeñado en cazar leones donde no puede
encontrarlos: en los pasillos de su casa. Quiero hablar siempre de vida
diaria y concreta: de la santificación del trabajo, de las relaciones
familiares, de la amistad. Si ahí no somos cristianos, ¿dónde lo
seremos? El buen olor del incienso es el resultado de una brasa que
quema sin ostentación una multitud de granos; el bonus odor Christi se
advierte entre los hombres no por la llamarada de un fuego de ocasión,
sino por la eficacia de un rescoldo de virtudes: la justicia, la
lealtad, la fidelidad, la comprensión, la generosidad, la alegría.
36. Y, con los Reyes Magos, ofrecemos también mirra, el sacrificio que
no debe faltar en la vida cristiana. La mirra nos trae al recuerdo la
Pasión del Señor: en la Cruz le dan a beber mirra mezclada con vino , y
con mirra ungieron su cuerpo para la sepultura . Pero no penséis que,
reflexionar sobre la necesidad del sacrificio y de la mortificación,
signifique añadir una nota de tristeza a esta fiesta alegre que
celebramos hoy. Mortificación no es pesimismo, ni espíritu agrio. La
mortificación no vale nada sin la caridad: por eso hemos de buscar
mortificaciones que, haciéndonos pasar con señorío sobre las cosas de la
tierra, no mortifiquen a los que viven con nosotros. El cristiano no
puede ser ni un verdugo ni un miserable; es un hombre que sabe amar con
obras, que prueba su amor en la piedra de toque del dolor. Pero he de
decir, otra vez, que esa mortificación no consistirá de ordinario en
grandes renuncias, que tampoco son frecuentes. Estará compuesta de
pequeños vencimientos: sonreír a quien nos importuna, negar al cuerpo
caprichos de bienes superfluos, acostumbrarnos a escuchar a los demás,
hacer rendir el tiempo que Dios pone a nuestra disposición... Y tantos
detalles más, insignificantes en apariencia, que surgen sin que los
busquemos -contrariedades, dificultades, sinsabores-, a lo largo de cada
día.
37. Sancta Maria, Stella Orientis Termino, repitiendo unas palabras del
Evangelio de hoy: entrando en la casa, vieron al Niño con María, su
Madre. Nuestra Señora no se separa de su Hijo. Los Reyes Magos no son
recibidos por un rey encumbrado en su trono, sino por un Niño en brazos
de su Madre. Pidamos a la Madre de Dios, que es nuestra Madre, que nos
prepare el camino que lleva al amor pleno: Cor Mariae dulcissimum, iter
para tutum! Su dulce corazón conoce el sendero más seguro para encontrar
a Cristo. Los Reyes Magos tuvieron una estrella; nosotros tenemos a
María, Stella maris, Stella orientis. Le decimos hoy: Santa María,
Estrella del mar, Estrella de la mañana, ayuda a tus hijos. Nuestro celo
por las almas no debe conocer fronteras, que nadie está excluido del
amor de Cristo. Los Reyes Magos fueron las primicias de los gentiles;
pero, consumada la Redención, ya no hay judío o griego, no hay siervo o
libre, no hay varón o hembra -no existe discriminación de ningún tipo-,
porque todos sois uno en Cristo Jesús . Los cristianos no podemos ser
exclusivistas, ni separar o clasificar las almas; vendrán muchos de
Oriente y de Occidente ; en el corazón de Cristo caben todos. Sus brazos
-lo admiramos de nuevo en el pesebre- son los de un Niño: pero son los
mismos que se extenderán en la Cruz, atrayendo a todos los hombres . Y
un último pensamiento para ese varón justo, Nuestro Padre y Señor San
José, que, en la escena de la Epifanía, ha pasado, como suele,
inadvertido. Yo lo adivino recogido en contemplación, protegiendo con
amor al Hijo de Dios que, hecho hombre, le ha sido confiado a sus
cuidados paternales. Con la maravillosa delicadeza del que no vive para
sí mismo, el Santo Patriarca se prodiga en un servicio tan silencioso
como eficaz. Hemos hablado hoy de vida de oración y de afán apostólico.
¿Qué mejor maestro que San José? Si queréis un consejo que repito
incansablemente desde hace muchos años, Ite ad Ioseph , acudid a San
José: él os enseñará caminos concretos y modos humanos y divinos de
acercarnos a Jesús. Y pronto os atreveréis, como él hizo, a llevar en
brazos, a besar, a vestir, a cuidar a este Niño Dios que nos ha nacido.
Con el homenaje de su veneración, los Magos ofrecieron a Jesús oro,
incienso y mirra; José le dio, por entero, su corazón joven y enamorado.
5. EN EL TALLER DE JOSE
Homilía pronunciada el 19-III-1963.
38. La Iglesia entera reconoce en San José a su protector y patrono. A
lo largo de los siglos se ha hablado de él, subrayando diversos aspectos
de su vida, continuamente fiel a la misión que Dios le había confiado.
Por eso, desde hace muchos años, me gusta invocarle con un título
entrañable: Nuestro Padre y Señor. San José es realmente Padre y Señor,
que protege y acompaña en su camino terreno a quienes le veneran, como
protegió y acompañó a Jesús mientras crecía y se hacía hombre.
Tratándole se descubre que el Santo Patriarca es, además, Maestro de
vida interior: porque nos enseña a conocer a Jesús, a convivir con El, a
sabernos parte de la familia de Dios. San José nos da esas lecciones
siendo, como fue, un hombre corriente, un padre de familia, un
trabajador que se ganaba la vida con el esfuerzo de sus manos. Y ese
hecho tiene también, para nosotros, un significado que es motivo de
reflexión y de alegría. Al celebrar hoy su fiesta, quiero evocar su
figura, trayendo a la memoria lo que de él nos dice el Evangelio, para
poder así descubrir mejor lo que, a través de la vida sencilla del
Esposo de Santa María, nos transmite Dios.
39.
La figura de San José en el Evangelio Tanto San Mateo como San Lucas nos
hablan de San José como de un varón que descendía de una estirpe
ilustre: la de David y Salomón, reyes de Israel. Los detalles de esta
ascendencia son históricamente algo confusos: no sabemos cuál de las dos
genealogías, que traen los evangelistas, corresponde a María -Madre de
Jesús según la carne- y cuál a San José, que era su padre según la ley
judía. Ni sabemos si la ciudad natal de San José fue Belén, a donde se
dirigió a empadronarse, o Nazaret, donde vivía y trabajaba. Sabemos, en
cambio, que no era una persona rica: era un trabajador, como millones de
otros hombres en todo el mundo; ejercía el oficio fatigoso y humilde que
Dios había escogido para sí, al tomar nuestra carne y al querer vivir
treinta años como uno más entre nosotros. La Sagrada Escritura dice que
José era artesano. Varios Padres añaden que fue carpintero. San Justino,
hablando de la vida de trabajo de Jesús, afirma que hacía arados y yugos
; quizá, basándose en esas palabras, San Isidoro de Sevilla concluye que
José era herrero. En todo caso, un obrero que trabajaba en servicio de
sus conciudadanos, que tenía una habilidad manual, fruto de años de
esfuerzo y de sudor. De las narraciones evangélicas se desprende la gran
personalidad humana de José: en ningún momento se nos aparece como un
hombre apocado o asustado ante la vida; al contrario, sabe enfrentarse
con los problemas, salir adelante en las situaciones difíciles, asumir
con responsabilidad e iniciativa las tareas que se le encomiendan. No
estoy de acuerdo con la forma clásica de representar a San José como un
hombre anciano, aunque se haya hecho con la buena intención de destacar
la perpetua virginidad de María. Yo me lo imagino joven, fuerte, quizá
con algunos años más que Nuestra Señora, pero en la plenitud de la edad
y de la energía humana. Para vivir la virtud de la castidad, no hay que
esperar a ser viejo o a carecer de vigor. La pureza nace del amor y,
para el amor limpio, no son obstáculos la robustez y la alegría de la
juventud. Joven era el corazón y el cuerpo de San José cuando contrajo
matrimonio con María, cuando supo del misterio de su Maternidad divina,
cuando vivió junto a Ella respetando la integridad que Dios quería legar
al mundo, como una señal más de su venida entre las criaturas. Quien no
sea capaz de entender un amor así, sabe muy poco de lo que es el
verdadero amor, y desconoce por entero el sentido cristiano de la
castidad. Era José, decíamos, un artesano de Galilea, un hombre como
tantos otros. Y ¿qué puede esperar de la vida un habitante de una aldea
perdida, como era Nazaret? Sólo trabajo, todos los días, siempre con el
mismo esfuerzo. Y, al acabar la jornada, una casa pobre y pequeña, para
reponer las fuerzas y recomenzar al día siguiente la tarea. Pero el
nombre de José significa, en hebreo, Dios añadirá. Dios añade, a la vida
santa de los que cumplen su voluntad, dimensiones insospechadas: lo
importante, lo que da su valor a todo, lo divino. Dios, a la vida
humilde y santa de José, añadió -si se me permite hablar así- la vida de
la Virgen María y la de Jesús, Señor Nuestro. Dios no se deja nunca
ganar en generosidad. José podía hacer suyas las palabras que pronunció
Santa María, su esposa: Quia fecit mihi magna qui potens est, ha hecho
en mi cosas grandes Aquel que es todopoderoso, quia respexit humilitatem,
porque se fijó en mi pequeñez . José era efectivamente un hombre
corriente, en el que Dios se confió para obrar cosas grandes. Supo
vivir, tal y como el Señor quería, todos y cada uno de los
acontecimientos que compusieron su vida. Por eso, la Escritura Santa
alaba a José, afirmando que era justo . Y, en el lenguaje hebreo, justo
quiere decir piadoso, servidor irreprochable de Dios, cumplidor de la
voluntad divina ; otras veces significa bueno y caritativo con el
prójimo . En una palabra, el justo es el que ama a Dios y demuestra ese
amor, cumpliendo sus mandamientos y orientando toda su vida en servicio
de sus hermanos, los demás hombres.
40.
La fe, el amor y la esperanza de José No está la justicia en la mera
sumisión a una regla: la rectitud debe nacer de dentro, debe ser honda,
vital, porque el justo vive de la fe . Vivir de la fe: esas palabras que
fueron luego tantas veces tema de meditación para el apóstol Pablo, se
ven realizadas con creces en San José. Su cumplimiento de la voluntad de
Dios no es rutinario ni formalista, sino espontáneo y profundo. La ley
que vivía todo judío practicante no fue para él un simple código ni una
recopilación fría de preceptos, sino expresión de la voluntad de Dios
vivo. Por eso supo reconocer la voz del Señor cuando se le manifestó
inesperada, sorprendente. Porque la historia del Santo Patriarca fue una
vida sencilla, pero no una vida fácil. Después de momentos angustiosos,
sabe que el Hijo de María ha sido concebido por obra del Espíritu Santo.
Y ese Niño, Hijo de Dios, descendiente de David según la carne, nace en
una cueva. Angeles celebran su nacimiento y personalidades de tierras
lejanas vienen a adorarle, pero el Rey de Judea desea su muerte y se
hace necesario huir. El hijo de Dios es, en la apariencia, un niño
indefenso, que vivirá en Egipto.
41. Al narrar estas escenas en su Evangelio, San Mateo pone
constantemente de relieve la fidelidad de José, que cumple los mandatos
de Dios sin vacilaciones, aunque a veces el sentido de esos mandatos le
pudiera parecer oscuro o se le ocultara su conexión con el resto de los
planes divinos. En muchas ocasiones los Padres de la Iglesia y los
autores espirituales hacen resaltar esta firmeza de la fe de San José.
Refiriéndose a las palabras del Angel que le ordena huir de Herodes y
refugiarse en Egipto , el Crisóstomo comenta: Al oír esto, José no se
escandalizó ni dijo: eso parece un enigma. Tú mismo hacías saber no ha
mucho que El salvaría a su pueblo, y ahora no es capaz ni de salvarse a
sí mismo, sino que tenemos necesidad de huir, de emprender un viaje y
sufrir un largo desplazamiento: eso es contrario a tu promesa. José no
discurre de este modo, porque es un varón fiel. Tampoco pregunta por el
tiempo de la vuelta, a pesar de que el Angel lo había dejado
indeterminado, puesto que le había dicho: está allí -en Egipto- hasta
que yo te diga. Sin embargo, no por eso se crea dificultades, sino que
obedece y cree y soporta todas las pruebas alegremente . La fe de José
no vacila, su obediencia es siempre estricta y rápida. Para comprender
mejor esta lección que nos da aquí el Santo Patriarca, es bueno que
consideremos que su fe es activa, y que su docilidad no presenta la
actitud de la obediencia de quien se deja arrastrar por los
acontecimientos. Porque la fe cristiana es lo más opuesto al
conformismo, o a la falta de actividad y de energía interiores. José se
abandonó sin reservas en las manos de Dios, pero nunca rehusó
reflexionar sobre los acontecimientos, y así pudo alcanzar del Señor ese
grado de inteligencia de las obras de Dios, que es la verdadera
sabiduría. De este modo, aprendió poco a poco que los designios
sobrenaturales tienen una coherencia divina, que está a veces en
contradicción con los planes humanos. En las diversas circunstancias de
su vida, el Patriarca no renuncia a pensar, ni hace dejación de su
responsabilidad. Al contrario: coloca al servicio de la fe toda su
experiencia humana. Cuando vuelve de Egipto oyendo que Arquelao reinaba
en Judea en lugar de su padre Herodes, temió ir allá . Ha aprendido a
moverse dentro del plan divino y, como confirmación de que efectivamente
Dios quiere eso que él entrevé, recibe la indicación de retirarse a
Galilea. Así fue la fe de San José: plena, confiada, íntegra,
manifestada en una entrega eficaz a la voluntad de Dios, en una
obediencia inteligente. Y, con la fe, la caridad, el amor. Su fe se
funde con el Amor: con el amor de Dios que estaba cumpliendo las
promesas hechas a Abraham, a Jacob, a Moisés; con el cariño de esposo
hacia María, y con el cariño de padre hacia Jesús. Fe y amor en la
esperanza de la gran misión que Dios, sirviéndose también de él -un
carpintero de Galilea-, estaba iniciando en el mundo: le redención de
los hombres.
42. Fe, amor, esperanza: estos son los ejes de la vida de San José y los
de toda vida cristiana. La entrega de San José aparece tejida de ese
entrecruzarse de amor fiel, de fe amorosa, de esperanza confiada. Su
fiesta es, por eso, un buen momento para que todos renovemos nuestra
entrega a la vocación de cristianos, que a cada uno de nosotros ha
concedido el Señor. Cuando se desea sinceramente vivir de fe, de amor y
de esperanza, la renovación de la entrega no es volver a tomar algo que
estaba en desuso. Cuando hay fe, amor y esperanza, renovarse es -a pesar
de los errores personales, de las caídas, de las debilidades- mantenerse
en las manos de Dios: confirmar un camino de fidelidad. Renovar la
entrega es renovar, repito, la fidelidad a lo que el Señor quiere de
nosotros: amar con obras. El amor tiene necesariamente sus
características manifestaciones. Algunas veces se habla del amor como si
fuera un impulso hacia la propia satisfacción, o un mero recurso para
completar egoístamente la propia personalidad. Y no es así: amor
verdadero es salir de sí mismo, entregarse. El amor trae consigo la
alegría, pero es una alegría que tiene sus raíces en forma de cruz.
Mientras estemos en la tierra y no hayamos llegado a la plenitud de la
vida futura, no puede haber amor verdadero sin experiencia del
sacrificio, del dolor. Un dolor que se paladea, que es amable, que es
fuente de íntimo gozo, pero dolor real, porque supone vencer el propio
egoísmo, y tomar el Amor como regla de todas y de cada una de nuestras
acciones.
43. Las obras del Amor son siempre grandes, aunque se trate de cosas
pequeñas en apariencia. Dios se ha acercado a los hombres, pobres
criaturas, y nos ha dicho que nos ama: Deliciae meae esse cum filiis
hominum , mis delicias son estar entre los hijos de los hombres. El
Señor nos da a conocer que todo tiene importancia: las acciones que, con
ojos humanos, consideramos extraordinarias; esas otras que, en cambio,
calificamos de poca categoría. Nada se pierde. Ningún hombre es
despreciado por Dios. Todos, siguiendo cada uno su propia vocación -en
su hogar, en su profesión u oficio, en el cumplimiento de las
obligaciones que le corresponden por su estado, en sus deberes de
ciudadano, en el ejercicio de sus derechos-, estamos llamados a
participar del reino de los cielos. Eso nos enseña la vida de San José:
sencilla, normal y ordinaria, hecha de años de trabajo siempre igual, de
días humanamente monótonos, que se suceden los unos a los otros. Lo he
pensado muchas veces, al meditar sobre la figura de San José, y ésta es
una de las razones que hace que sienta por él una devoción especial.
Cuando en su discurso de clausura de la primera sesión del concilio
Vaticano II, el pasado 8 de diciembre, el Santo Padre Juan XXIII anunció
que en el canon de la misa se haría mención del nombre de San José, una
altísima personalidad eclesiástica me llamó en seguida por teléfono para
decirme: Rallegramenti! ¡Felicidades!: al escuchar ese anuncio pensé en
seguida en usted, en la alegría que le habría producido. Y así era:
porque en la asamblea conciliar, que representa a la Iglesia entera
reunida en el Espíritu Santo, se proclama el inmenso valor sobrenatural
de la vida de San José, el valor de una vida sencilla de trabajo cara a
Dios, en total cumplimiento de la divina voluntad.
44.
Santificar el trabajo, santificarse en el trabajo, santificar con el
trabajo Describiendo el espíritu de la asociación a la que he dedicado
mi vida, el Opus Dei, he dicho que se apoya, como en su quicio, en el
trabajo ordinario, en el trabajo profesional ejercido en medio del
mundo. La vocación divina nos da una misión, nos invita a participar en
la tarea única de la Iglesia, para ser así testimonio de Cristo ante
nuestros iguales los hombres y llevar todas las cosas hacia Dios. La
vocación enciende una luz que nos hace reconocer el sentido de nuestra
existencia. Es convencerse, con el resplandor de la fe, del porqué de
nuestra realidad terrena. Nuestra vida, la presente, la pasada y la que
vendrá, cobra un relieve nuevo, una profundidad que antes no
sospechábamos. Todos los sucesos y acontecimientos ocupan ahora su
verdadero sitio: entendemos adónde quiere conducirnos el Señor, y nos
sentimos como arrollados por ese encargo que se nos confía. Dios nos
saca de las tinieblas de nuestra ignorancia, de nuestro caminar incierto
entre las incidencias de la historia, y nos llama con voz fuerte, como
un día lo hizo con Pedro y con Andrés: Venite post me, et faciam vos
fieri piscatores hominum , seguidme y yo os haré pescadores de hombres,
cualquiera que sea el puesto que en el mundo ocupemos. El que vive de fe
puede encontrar la dificultad y la lucha, el dolor y hasta la amargura,
pero nunca el desánimo ni la angustia porque sabe que su vida sirve,
sabe para qué ha venido a esta tierra. Ego sum lux mundi -exclamó
Cristo-; qui sequitur me non ambulat in tenebris, sed habebit lumen
vitae . Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina a oscuras,
sino que poseerá la luz de la vida. Para merecer esa luz de Dios hace
falta amar, tener la humildad de reconocer nuestra necesidad de ser
salvados, y decir con Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú guardas palabras
de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el
Cristo, el Hijo de Dios . Si actuamos de verdad así, si dejamos entrar
en nuestro corazón la llamada de Dios, podremos repetir también con
verdad que no caminamos en tinieblas, pues por encima de nuestras
miserias y de nuestros defectos personales, brilla la luz de Dios, como
el sol brilla sobre la tempestad.
45. La fe y la vocación de cristianos afectan a toda nuestra existencia,
y no sólo a una parte. Las relaciones con Dios son necesariamente
relaciones de entrega, y asumen un sentido de totalidad. La actitud del
hombre de fe es mirar la vida, con todas sus dimensiones, desde una
perspectiva nueva: la que nos da Dios. Vosotros, que celebráis hoy
conmigo esta fiesta de San José, sois todos hombres dedicados al trabajo
en diversas profesiones humanas, formáis diversos hogares, pertenecéis a
tan distintas naciones, razas y lenguas. Os habéis educado en aulas de
centros docentes o en talleres y oficinas, habéis ejercido durante años
vuestra profesión, habéis entablado relaciones profesionales y
personales con vuestros compañeros, habéis participado en la solución de
los problemas colectivos de vuestras empresas y de vuestra sociedad.
Pues bien: os recuerdo, una vez más, que todo eso no es ajeno a los
planes divinos. Vuestra vocación humana es parte, y parte importante, de
vuestra vocación divina. Esta es la razón por la cual os tenéis que
santificar, contribuyendo al mismo tiempo a la santificación de los
demás, de vuestros iguales, precisamente santificando vuestro trabajo y
vuestro ambiente: esa profesión u oficio que llena vuestros días, que da
fisonomía peculiar a vuestra personalidad humana, que es vuestra manera
de estar en el mundo; ese hogar, esa familia vuestra; y esa nación, en
la que habéis nacido y a la que amáis.
46. El trabajo acompaña inevitablemente la vida del hombre sobre la
tierra. Con él aparecen el esfuerzo, la fatiga, el cansancio:
manifestaciones del dolor y de la lucha que forman parte de nuestra
existencia humana actual, y que son signos de la realidad del pecado y
de la necesidad de la redención. Pero el trabajo en sí mismo no es una
pena, ni una maldición o un castigo: quienes hablan así no han leído
bien la Escritura Santa. Es hora de que los cristianos digamos muy alto
que el trabajo es un don de Dios, y que no tiene ningún sentido dividir
a los hombres en diversas categorías según los tipos de trabajo,
considerando unas tareas más nobles que otras. El trabajo, todo trabajo,
es testimonio de la dignidad del hombre, de su domino sobre la creación.
Es ocasión de desarrollo de la propia personalidad. Es vínculo de unión
con los demás seres, fuente de recursos para sostener a la propia
familia; medio de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que se
vive, y al progreso de toda la Humanidad. Para un cristiano, esas
perspectivas se alargan y se amplían. Porque el trabajo aparece como
participación en la obra creadora de Dios, que, al crear al hombre, lo
bendijo diciéndole: Procread y multiplicaos y henchid la tierra y
sojuzgadla, y dominad en los peces del mar, y en las aves del cielo, y
en todo animal que se mueve sobre la tierra . Porque, además, al haber
sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta como realidad
redimida y redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive,
sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora.
47. Conviene no olvidar, por tanto, que esta dignidad del trabajo está
fundada en el Amor. El gran privilegio del hombre es poder amar,
trascendiendo así lo efímero y lo transitorio. Puede amar a las otras
criaturas, decir un tú y un yo llenos de sentido. Y puede amar a Dios,
que nos abre las puertas del cielo, que nos constituye miembros de su
familia, que nos autoriza a hablarle también de tú a Tú, cara a cara.
Por eso el hombre no debe limitarse a hacer cosas, a construir objetos.
El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor.
Reconocemos a Dios no sólo en el espectáculo de la naturaleza, sino
también en la experiencia de nuestra propia labor, de nuestro esfuerzo.
El trabajo es así oración, acción de gracias, porque nos sabemos
colocados por Dios en la tierra, amados por Él, herederos de sus
promesas. Es justo que se nos diga: ora comáis, ora bebáis, o hagáis
cualquier otra cosa, hacedlo todo a gloria de Dios .
48. El trabajo profesional es también apostolado, ocasión de entrega a
los demás hombres, para revelarles a Cristo y llevarles hacia Dios
Padre, consecuencia de la caridad que el Espíritu Santo derrama en las
almas. Entre las indicaciones, que San Pablo hace a los de Efeso, sobre
cómo debe manifestarse el cambio que ha supuesto en ellos su conversión,
su llamada al cristianismo, encontramos ésta: el que hurtaba, no hurte
ya, antes bien trabaje, ocupándose con sus manos en alguna tarea
honesta, para tener con qué ayudar a quien tiene necesidad . Los hombres
tienen necesidad del pan de la tierra que sostenga sus vidas, y también
del pan del cielo que ilumine y dé calor a sus corazones. Con vuestro
trabajo mismo, con las iniciativas que se promuevan a partir de esa
tarea, en vuestras conversaciones, en vuestro trato, podéis y debéis
concretar ese precepto apostólico. Si trabajamos con este espíritu,
nuestra vida, en medio de las limitaciones propias de la condición
terrena, será un anticipo de la gloria del cielo, de esa comunidad con
Dios y con los santos, en la que sólo reinará el amor, la entrega, la
fidelidad, la amistad, la alegría. En vuestra ocupación profesional,
ordinaria y corriente, encontraréis la materia -real, consistente,
valiosa- para realizar toda la vida cristiana, para actualizar la gracia
que nos viene de Cristo. En esa tarea profesional vuestra, hecha cara a
Dios, se pondrán en juego la fe, la esperanza y la caridad. Sus
incidencias, las relaciones y problemas que trae consigo vuestra labor,
alimentarán vuestra oración. El esfuerzo para sacar adelante la propia
ocupación ordinaria, será ocasión de vivir esa Cruz que es esencial para
el cristiano. La experiencia de vuestra debilidad, los fracasos que
existen siempre en todo esfuerzo humano, os darán más realismo, más
humildad, más comprensión con los demás. Los éxitos y las alegrías os
invitarán a dar gracias, y a pensar que no vivís para vosotros mismos,
sino para el servicio de los demás y de Dios.
49.
Para servir, servir Para comportarse así, para santificar la profesión,
hace falta ante todo trabajar bien, con seriedad humana y sobrenatural.
Quiero recordar ahora, por contraste, lo que cuenta uno de esos antiguos
relatos de los evangelios apócrifos: El padre de Jesús, que era
carpintero, hacía arados y yugos. Una vez -continúa la narración- le fue
encargado un lecho, por cierta persona de buena posición. Pero resultó
que uno de los varales era más corto que el otro, por lo que José no
sabía qué hacerse. Entonces el Niño Jesús dijo a su padre: pon en tierra
los dos palos e iguálalos por un extremo. Así lo hizo José. Jesús se
puso a la otra parte, tomó el varal más corto y lo estiró, dejándolo tan
largo como el otro. José, su padre, se llenó de admiración al ver el
prodigio, y colmó al Niño de abrazos y de besos, diciendo: dichoso de
mí, porque Dios me ha dado este Niño . José no daría gracias a Dios por
estos motivos; su trabajo no podía ser de ese modo. San José no es el
hombre de las soluciones fáciles y milagreras, sino el hombre de la
perseverancia, del esfuerzo y -cuando hace falta- del ingenio. El
cristiano sabe que Dios hace milagros: que los realizó hace siglos, que
los continuó haciendo después y que los sigue haciendo ahora, porque non
est abbreviata manus Domini , no ha disminuido el poder de Dios. Pero
los milagros son una manifestación de la omnipotencia salvadora de Dios,
y no un expediente para resolver las consecuencias de la ineptitud o
para facilitar nuestra comodidad. El milagro que os pide el Señor es la
perseverancia en vuestra vocación cristiana y divina, la santificación
del trabajo de cada día: el milagro de convertir la prosa diaria en
endecasílabos, en verso heroico, por el amor que ponéis en vuestra
ocupación habitual. Ahí os espera Dios, de tal manera que seáis almas
con sentido de responsabilidad, con afán apostólico, con competencia
profesional. Por eso, como lema para vuestro trabajo, os puedo indicar
éste: para servir, servir. Porque, en primer lugar, para realizar las
cosas, hay que saber terminarlas. No creo en la rectitud de intención de
quien no se esfuerza en lograr la competencia necesaria, con el fin de
cumplir debidamente las tareas que tiene encomendadas. No basta querer
hacer el bien, sino que hay que saber hacerlo. Y, si realmente queremos,
ese deseo se traducirá en el empeño por poner los medios adecuados para
dejar las cosas acabadas, con humana perfección.
50. Pero también ese servir humano, esa capacidad que podríamos llamar
técnica, ese saber realizar el propio oficio, ha de estar informado por
un rasgo que fue fundamental en el trabajo de San José y debería ser
fundamental en todo cristiano: el espíritu de servicio, el deseo de
trabajar para contribuir al bien de los demás hombres. El trabajo de
José no fue una labor que mirase hacia la autoafirmación, aunque la
dedicación a una vida operativa haya forjado en él una personalidad
madura, bien dibujada. El Patriarca trabajaba con la conciencia de
cumplir la voluntad de Dios, pensando en el bien de los suyos, Jesús y
María, y teniendo presente el bien de todos los habitantes de la pequeña
Nazaret. En Nazaret, José sería uno de los pocos artesanos, si es que no
era el único. Carpintero, posiblemente. Pero, como suele suceder en los
pueblos pequeños, también sería capaz de hacer otras cosas: poner de
nuevo en marcha el molino, que no funcionaba, o arreglar antes del
invierno las grietas de un techo. José sacaba de apuros a muchos, sin
duda, con un trabajo bien acabado. Era s |