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 ESCRIVÁ

UN HOMBRE, UN CAMINO Y UN MENSAJE: LA LLAMADA UNIVERSAL A LA SANTIDAD

 

José Miguel Cejas

 

INDICE

1.      Barbastro, comienzos del siglo XX. El próximo año me toca a mí.

2.      Logroño, 1917. La llamada.

3.      Zaragoza, años veinte. ¡Señor que vea!

4.      1924-1925. Muerte de su padre. Ordenación.

5.      1925. En una parroquia rural. Perdiguera.

6.      1925-1927. De nuevo en Zaragoza. Diversas tareas pastorales. En la Facultad de Derecho.

7.      Madrid, 1927. Entre pobres y enfermos.

8.      2 de octubre de 1928. El Opus Dei.

9.      ¡Todos santos!

10.   14 de febrero de 1930. Mujeres en el Opus Dei.

11.   24 de agosto de 1930. Isidoro Zorzano.

12.   1931. Nuevas luces.

13.   El cimiento del dolor. Por los poblados de chabolas de Madrid.

14.   En los hospitales.

15.   Bendito sea el dolor.

16.   1932. Maria Ignacia y Jose María Somoano.

17.   21 de enero de 1933. Tres, tres mil, trescientos mil.

18.   1933-1934. La Academia y la Residencia DYA.

19.   Verano de 1936. La guerra.

20.   Marzo-Agosto de 1937. En la Legación de Honduras.

21.   Noviembre-Diciembre de 1937. Una travesía.

22.   Burgos, 1938. Sólo para Dios.

23.   Madrid, 1939. Sin un lamento.

24.   A la tercera vez.

25.   1941. Unas veces con espada toledana, otras…

26.   Contradicciones.

27.   La contradicción de los buenos.

28.   Más contradicciones.

29.   Noviembre de 1941. Dos reacciones.

30.   14 de febrero de 1943. La Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

31.   Alegría y dolor.

32.   Con un siglo de adelanto.

33.   23 de junio de 1946. En la noche romana.

34.   1948. El Colegio Romano de la Santa Cruz.

35.   Dos compañeras de camino. Con paciencia y fortaleza.

36.   Por todo el mundo.

37.   Hogares luminosos y alegres.

38.   27 de abril de 1954. Una caricia de la Virgen.

39.   La aventura de la libertad.

40.   Una gracia singular.

41.   La palabra de Dios.

42.   En un barrio obrero de Roma.

43.   1962-1965. El Concilio Vaticano II.

44.   Luces y sombras.

45.   1970. En Fátima y Guadalupe.

46.   Mayo-Junio, 1970. Catequesis en México.

47.   1972. Catequesis por España y Portugal.

48.   Preguntas y respuestas.

49.   1974. Catequesis por América.

50.   1975. Torreciudad.

51.   26 de junio de 1975. Quiero ver tu rostro.

52.   1992. La Beatificación.

 

 

 

ANEXOS

 

            ANEXO 1. Las prelaturas personales.

            ANEXO 2. La Prelatura del Opus Dei.

                                   La Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

                                   Normas por las que se rige la Prelatura del Opus Dei.

                                   Relaciones con las diócesis.

            ANEXO 3. Bibliografía.

                                   Publicaciones del Fundador del Opus Dei.

                                   Publicaciones sobre el Fundador del Opus Dei.

                                   Publicaciones sobre el Opus Dei.

            ANEXO 4. Oración.

 

1

BARBASTRO, COMIENZOS DEL SIGLO XX. EL PRÓXIMO AÑO ME TOCA A MI.

 

 

            Como tantas tardes de verano Josemaría jugaba en su casa de Barbastro con algunos amigos de diez, once y doce años, componiendo rompecabezas y levantando castillos de naipes. Absortos en torno a la mesa contenían la respiración al colocar la última carta en la cúspide de uno de aquellos castillos temblorosos, cuando Josemaría dio un manotazo y lo tiró diciendo:

            -Eso mismo hace Dios con las personas: construyes un castillo y, cuando casi está terminado, Dios te lo tira.

 

***

 

            ¿Qué había sucedido? Josemaría no acostumbraba a hacer cosas así.

            El hijo de los Escrivá –don José y doña Dolores- era un chico alegre y sereno; simpático y algo travieso, como todos los niños. Había nacido el 9 de enero de 1902 en aquella ciudad del Alto Aragón. Desde los cuatro años había ido a las clases del parvulario del Colegio de las Hijas de la Caridad, y a partir de los seis, al Colegio Calasancio de las Escuelas Pías. Un niño como tantos niños de Barbastro…

            En 1905 los Escrivá tuvieron otra hija, Asunción; en 1907 nació Dolores; en 1919, la pequeña Rosario. Ya tenían cinco hijos y un futuro cargado de promesas. Pero Dios sabe más; y muy pronto, mientras el pequeño Josemaría comenzaba a garabatear las primeras letras en la escuela, comenzó a darle las primeras lecciones de otra Escuela: la de la Cruz…

            En 1910 murió Rosario, la más pequeña, a los nueve meses de edad; dos años más tarde falleció Lolita, a los cinco años; y al año siguiente Asunción, a la que todos llamaban Chon, a los ocho años.

            La casa se llenó de silencios en torno a las camas vacías. Los juguetes inmóviles y las ropas en los armarios delataban ausencias y abrían heridas. Josemaría había contemplado aquella sucesión de muertes sin entenderlas y le comentaba ingenuamente a su madre:

            -El próximo año me toca a mí.

            Dejó de decirlo cuando se dio cuenta de que su madre se entristecía. «No te preocupes ‑le decía Doña Dolores‑ que tú estás ofrecido a la Virgen».

            Para el historiador alemán Peter Berglar esta frase –Eso mismo hace Dios con las personas- deja entrever que el alma del pequeño se encontraba al borde del precipicio: había experimentado la imposibilidad de comprender a Dios, y sin darse perfecta cuenta, temblaba ante la posibilidad de tener que aceptar una fría arbitrariedad. Pero el alma, estremecida, se apartó de esa posibilidad.

            Berglar compara esta reacción con la de Lenin. «¿Qué sucede en el interior de un chico de once años ‑se pregunta el biógrafo alemán‑ que, por tres veces en tres años, tiene que pasar por el fallecimiento de una herma­nita, el dolor de los padres, las terribles horas y los días de la muerte, las lacerantes visitas al cementerio? De Lenin sabemos que a la edad de diecisiete años y bajo la impresión del fusilamiento de su hermano mayor, que había participado en un complot para asesinar al Zar Alejandro III, perdió la fe cristiana. "Al caer en la cuenta de que Dios no existía ‑escribe su amigo Lepeschinski‑, se arrancó la cruz del cuello, la escupió con desprecio y la arrojó lejos de sí".

            »Estamos ante un profundo misterio. Un hombre, al ver en la muerte de su hermano la adversidad del destino, empieza a recorrer el camino del odio, un camino que acarreará terribles consecuencias: para sí mismo y para miles de hombres. Otro hombre, ante la dureza de una tragedia familiar, se fortalece en su amor a Dios y a los hombres, y los frutos serán, en este caso, frutos admirables y magníficos para la humanidad.

            »Ignoramos el sentido profundo de estos hechos: es el misterio de la libertad, para el bien y para el mal».

 

 

***

 

 

            Su madre lo preparó para la Primera Comunión, que recibió el 23 de abril de 1912, a los diez años, en edad algo más temprana de lo que se acostumbraba por aquel tiempo, siguiendo las disposiciones de Pío X sobre la primera Comunión de los niños.

            ¿Cómo era Josemaría? Sus contemporáneos lo recuerdan como un chico  sereno, con un genio vivo que auguraba un hombre de carácter, recio, despier­to y sencillo. Y buen estudiante: en el mes de junio de 1914, según la gacetilla del Semanario Juventud, fue uno de los alumnos con mejores calificaciones del segundo curso de bachillerato del Colegio de los Escolapios.

            «Era un chico normal en el pleno sentido de la palabra», comenta Adriana Corrales, que evoca la figura del pequeño Josemaría marchando a clase con su uniforme escolar: un abrigo de paño azul marino con los botones de metal, y una gorra con visera de charol. Otros familiares y amigos lo recuerdan jugando a las birlas ‑unos palos con soldados pintados que se iban tirando con bolas‑, en la Plaza del Mercado, o contándoles historias de miedo de su propia cosecha a sus amigos, sentado en la mecedora de la casa; o disfrutando con sus primos durante las fiestas de la localidad.

            «En Barbastro ‑escribe Adriana Corrales‑ era un acontecimiento la fiesta de Santa Ana. Este día la ciudad despertaba de su monotonía. La Santa Misa se celebraba en la misma plaza del Mercado, en una capillita que aún existe (…) dedicada a la Santa. Después había la suelta de las vaquillas ensogadas, tal como solía ‑y suele‑ hacerse en algunos pueblos españoles en las grandes solem­nidades. Nosotros nos divertíamos viendo las corridas, sustos y revolco­nes de los mozos desde los balcones de la casa de los Escrivá. A los pequeños nos sentaban en el suelo, sacando las piernas por el barandal».

            Muchas tardes de sol se le veía sentado en el balcón de su casa con un libro entre las manos. Y en las noches de invierno, cuando el viento del Pirineo silbaba entre los tejados de la ciudad, Josemaría se «escapaba»: unas veces con Julio Verne a luchar contra los piratas en los mares del Sur, y otras por las fantásticas profundidades del centro de la tierra. Y con frecuencia, entre lectura y lectura, soñaba, como todos los niños, con el fin de las clases, el sol de verano y las vacaciones en Fonz, donde vivía su tío Teodoro, un sacerdote ya mayor.

            ¡Qué rápidos pasaban los días de vacaciones en aquel pueblo, a las faldas de la sierra de Corrodilla, a la sombra de un castillo moro medio en ruinas! ¡Qué delicia dar vueltas en la era con el trillo, o jugar entre las parvas, viñedos y olivares, cerca del Canal Imperial o por los caminos que descendían hasta el valle del Cinca!

            Era Josemaría un niño con alegrías, con tristezas –la muerte de sus tres hermanas- y con ilusiones de futuro, como todos los niños. Cuando le hacían la consabida pregunta ‑¿Y tú qué quieres ser de mayor?‑, respondía con aplomo:

            -Arquitecto.

            Apuntaba cualidades para esa profesión: podría haber sido un buen arquitecto. Pero Dios tenía otros planes.


 

 

 

2

LOGROÑO 1917. LA LLAMADA.

 

 

 

            Durante las Navidades de 1917 cayó una intensa nevada sobre Logroño, ciudad en la que residían los Escrivá, desde hacía dos años. Se habían trasladado a la Rioja a causa de la quiebra del negocio de su padre, un comercio de tejidos y una pequeña fábrica de chocolate.

            De diciembre a enero, recortadas sobre el cielo plomizo y ribeteadas de blanco, las torres de las iglesias de Santiago, de la Redonda, de San Bartolomé y de Santa María de Palacio ofrecían un gozoso espectáculo. Los viandantes se saludaban por las calles, ateridos por el frío, envueltos en sus bufandas de lana comentando los excesos del termómetro.

            -¡A este paso ‑decía algún exagerado‑ algún día se nos hiela el Ebro!

            Muy cerca del Ebro, junto al puente de hierro, en el cuarto piso de una casa de la calle Sagasta, vivían los Escrivá. Era una vivienda sencilla y modesta, cercana a la calle del Mercado, donde estaba situada «La Gran Ciudad de Londres», una tienda de tejidos en la que don José trabajaba como dependiente.

            Uno de esos días de intensa nevada Josemaría vio en el suelo blanco algo que le llamó poderosamente la atención: las huellas heladas de unos pies sobre la nieve; las pisadas de un carmelita que caminaba descalzo por amor a Dios.

            Aquello fue como un fogonazo de luz en su alma. Si otros hacen tantos sacrificios por amor de Dios ‑pensó‑, ¿yo no voy a ser capaz de ofrecerle nada?

            Entendió entonces con total claridad, que Dios le llamaba a su servicio.

 

 

***

 

 

            Le llamaba, sí, pero, ¿dónde? ¿Para hacer qué? No lo sabía. Tenía sólo quince años, quizá dieciséis recién cumplidos. Y sentía en su alma que Dios se lo pedía todo.

            Eran sólo unas pisadas sobre la nieve… pero en ellas había visto, clara, la llamada divina. Y no hizo esperar a Dios; no dilató su decisión; no pidió «pruebas»; no se excusó con un: «me entregaré cuando lo vea claro». Mostró su corazón generoso y abierto por entero al querer divino y le entregó a Dios, desde aquel mismo momento, para siempre y enseguida, toda su vida, precisamente para eso: para ver más claro.

            Y decidió hacerse sacerdote.

 

 

                                                                         ***

 

 

            Puede sorprender que un motivo tan pequeño -unas pisadas en la nieve- baste a un adolescente para tomar una decisión tan grande: entregar a Dios su vida entera; pero ése es el lenguaje con el que Dios suele llamar a los hombres y así son las respuestas, los signos de fe, de las almas generosas que buscan sinceramente a Dios. Es un lenguaje compuesto por signos aparentemente anodinos, que sólo comprenden, en toda su profundidad, sus propios destinatarios.

            A partir de aquel día fue creciendo en su alma, de forma cada vez más impetuosa, la necesidad de conocer y tratar más íntimamente a Cristo y de encontrarle personalmente en la oración, en el Evangelio, en la Palabra de Dios y en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía. Empezó a asistir diariamente a la Santa Misa y comenzó a entablar un diálogo con Dios cada vez más íntimo, que no terminaría nunca.

            Era Dios el que había entablado la conversación, el que había dicho la primera palabra. Josemaría, sin entenderle demasiado, le había contestado sencillamente: «sí».

            Ahora seguía a la escucha del querer divino, oído avizor, porque Dios, además de hablar bajito ‑lo presentía‑, no había terminado de hablar.

 

 

***

 

 

            Se lo dijo a su padre. Para don José fue una nueva prueba de confianza en Dios: en los años anteriores había visto morir, una tras otra, a sus tres hijas pequeñas; había aceptado con serenidad la quiebra del negocio familiar que le había obligado a trasladarse a Logroño, en 1915, con su mujer y los dos hijos que le quedaban.

            A los cuarenta y ocho años había tenido que partir de cero y no había escatimado ninguna humillación, ningún sacrificio, grande o pequeño para sacar a su familia adelante. Y a esos sufrimientos había que añadir la incomprensión de algunos familiares. Especialmente un cuñado suyo, arcediano del Cabildo de Zaragoza, al no haber entendido la rectitud de su comportamiento durante la quiebra económica del negocio, le reprochaba su excesiva lealtad con los acreedores y el que hubiese preferido arruinarse antes que perjudicar a otras familias. Había podido quedar –recordaba años después su hijo Josemaría- en una posición brillante para aquellos tiempos, si no hubiera sido un cristiano y un caballero.

            Y ahora, cuando empezaba a estabilizarse económicamente, cuando pensaba que su hijo le podría ayudar el día de mañana… Conmovido le respondió:

            -Pero, hijo mío, ¿te das cuenta de que no vas a tener un cariño en la tierra, un cariño humano?

            Mi padre se equivocaba. Se dio cuenta después.

            -…No vas a tener una casa -¡se equivocaba!- pero yo no me opondré.

            Y se le saltaron dos lágrimas; es la única vez que he visto llorar a mi padre.

            -No me opondré; además, te voy a presentar a una persona que te pueda orientar.

            Y le llevó a hablar con un amigo suyo, abad de la Colegiata de Logroño.

 

 

                                                                         ***

 

 

            Yo nunca pensé en hacerme sacerdote, ni en dedicarme a Dios ‑comentaría años más tarde-. No se me había presentado ese problema porque creía que no era para mí. Más aún: me molestaba el pensamiento de poder llegar al sacerdocio algún día, de tal manera que me sentía anticlerical. Amaba mucho a los sacerdotes, porque la formación que recibí en mi casa era profundamente religiosa; me habían ayudado a respetar, a venerar el sacerdocio. Pero no para mí: para otros.

 

 

***

 

 

            Pocos meses después, a finales de noviembre en 1918, Josemaría comenzó sus estudios eclesiásticos en el Seminario de Logroño como alumno externo. Aquel año la apertura se retrasó a causa de la tremenda epidemia de gripe que había asolado Europa y que se había cobrado millares de muertos.

            El Seminario, regido por Valeriano Cruz-Ordóñez de Bujanda, profesor de Teología Moral, contaba con un alumnado compuesto por 98 seminaristas internos y 12 externos. Estaba situado en el centro de la ciudad, en un caserón rectangular del siglo XVI, destartalado y viejo. Hasta un año antes, en 1917, la planta baja había sido ocupada por una sección de Artillería con sus hombres y caballos. Eso explica el estado del edificio y que habitualmente se recomendara a los alumnos que pudieran disponer de domicilio en la ciudad que se matricularan como externos. Así lo hizo Josemaría.

            Los resultados académicos de aquellos años fueron buenos; y terminó primero de Teología el curso siguiente, 1919‑1920, con la calificación de meritíssimus en todas las asignaturas, menos en una, en la que obtuvo un benemeritus.

            Durante aquel mismo curso, el 28 de febrero de 1919, nació Santiago, el último hijo de los Escrivá. Josemaría comprendió entonces que Dios había acogido su oración de diez meses atrás, en la que le había pedido al Señor que colmase el vacío que su entrega iba a provocar en su hogar. A petición mía y a pesar de que hacía bastantes años que mis padres no tenían hijos y no siendo ellos ya jóvenes, a petición mía –repito- Dios nuestro Señor (a los nueve o diez meses justos de pedírselo) hizo que naciera mi hermano […]. Un hermano varón pedí yo. Y pocos días después tuvo la alegría de ser, junto con Carmen, padrino del Bautismo de Santiago.

            A un condiscípulo del Seminario le impresionó la profunda vida de oración y de sacrificio que llevaba Josemaría durante aquel periodo de su primera juventud, desde los dieciséis a los dieciocho años con un gran empeño por dar pasos en la búsqueda de la voluntad de Dios. «Desde joven ‑escribiría años más tarde Ambrogio Eszer, relator general de la Congregación para las Causas de los Santos‑ el Señor le condujo a través de experiencias místicas que le llevaron a alcanzar las cumbres de la unión transformante: locuciones interiores, purificaciones y consolaciones que le hacían "sentir", en toda su humildad, la acción impetuosa de la gracia, y que, como todos los verdaderos místicos, acompañaba con un rigurosísimo esfuerzo ascético».

           

 

                                                                         ***

 

 

            Quería ser sacerdote. Pero desde el día en el que vio aquellas huellas en la nieve, había ido creciendo en el fondo de su alma una certeza: no había ingresado en el Seminario sólo para eso. Presentía que Dios le preparaba para algo… ¿Qué? No lo sabía. Acuden a mi pensamiento tantas manifestaciones del Amor de Dios en aquellos años de mi adolescencia ‑recordaba‑, cuando barruntaba que el Señor quería algo de mí, algo que no sabía lo que era.

            Y empezó a pedir, cada vez con más fuerza:

            -Señor ¡que vea!       
 

 

3

ZARAGOZA, AÑOS VEINTE. SEÑOR ¡QUE VEA!

 

 

 

            En septiem­bre de 1920 abandonó el Seminario de Logroño para proseguir sus estudios en la Universidad Pontificia de San Valero y San Braulio, en Zaragoza.

            No sabemos qué sintió en su alma el joven Josemaría al divisar en la lejanía las altas cúpulas de la basílica del Pilar. Pero es seguro que su corazón latió con fuerza al contem­plar aquella basílica mariana y aquella ciudad en la que iba a estudiar segundo curso de Teología. Iba a iniciar una nueva vida ‑¡tan distinta!-.

            Zaragoza rondaba en 1920 los 150.000 habitantes. Era una de las capitales más importantes y populosas del país y atravesaba un periodo difícil y turbulento. Se habían producido recientemente asesinatos en pleno centro de la ciudad, insurrec­ciones anarquistas y brotes de pistolerismo que habían provocado la declaración del estado de guerra. Con razón los zaragozanos lo habían bautizado como «el año del terrorismo».

            La capital del Ebro era sede metropolitana de una archidiócesis que compren­día las diócesis sufragáneas de Barbastro, Huesca, Tarazona y Teruel. A su frente estaba, con casi ochenta años de edad, una figura eminente de la Iglesia española: el Arzobispo Juan Soldevila y Romero, que había sido promo­vi­do al cardenalato en diciembre del año anterior. Sus pasto­rales eran célebres, como las que escribió sobre La instrucción religiosa.

            La ciudad contaba con dos seminarios: el seminario conciliar de San Valero y San Braulio; y el Seminario de San Francisco de Paula, «el San Francisco», como le denominaban coloquialmente los alumnos. El San Francisco estaba situado en el tercer y cuarto piso del edificio que ocupaba el antiguo seminario sacerdotal de San Carlos. Josemaría se fue a vivir al de San Francisco.

            Como sucedía en la mayoría de los seminarios del país, los cuarenta seminaristas que se alojaban allí contaban sólo con los servicios estrictamente imprescindibles. Su régimen de vida era similar también al de los seminarios de la época: por la mañana, tras levan­tarse, hacían media hora de oración y participaban en la Santa Misa en la iglesia del Seminario de San Carlos. Luego, tras el desayuno, salían hacía las clases en la Universidad Pontificia, que estaba en la cercana plaza de la Seo, junto al palacio arzobispal. Entre clase y clase, paseaban por el jardín de la Samaritana.

            Por la tarde, tras un rato de descanso, volvían a clase. Más tarde, regresaban de nuevo al Seminario, donde merendaban y se quedaban estudiando. Sólo interrumpían ese tiempo de trabajo para rezar el Rosario y hacer un rato de lectura espiritual. A las nueve cenaban, y antes de acostarse rezaban unas oraciones y hacían el examen de conciencia.

 

 

                                                                         ***

 

 

            «Había un molinero que tenía un molino de canela, que movía unas piedras que sólo se conseguían en Alemania. Y un día se le desgastaron las piedras…».

            Los alumnos del Seminario seguían asombrados la historia que les contaba en clase don Elías Ger. Aquello no tenía nada que ver con la asignatura de Instituciones Canónicas.

            «…se le desgastaron las piedras y el molinero no sabía qué hacer. Hasta que un amigo suyo le dio un consejo: ¿por qué no te acercas al río y te traes unas piedras del lecho de la corriente? Luego le dices a tu hijo que le dé vueltas y vueltas al molino, y a ver qué pasa… Así lo hizo. Y las piedras se quedaron lisas y pulidas… ¡como las de Alemania!».

            Hubo un silencio general envuelto en extrañeza. «Así trata Dios a los que quiere», dijo don Elías, dirigiéndose a Josemaría, le dijo:

            -¿Me entiendes, Escrivá? ¿Me entiendes?

 

 

                                                                         ***

 

 

            Claro que lo entendía. Aunque dijo siempre de sus compañeros que no recordaba de ellos más que virtudes, hubo sucesos e incomprensiones durante aquellos años de seminario que le hicieron sufrir y rezar. Algunas incompren­siones eran de carácter más bien anecdótico: por ejemplo, algunos no entendían que Josemaría se lavase, ¡todos los días!, de pies a cabeza en un lugar donde el mobiliario se reducía a la cama, la mesa, la silla, el palanganero, una mesita de noche con una palmatoria para las velas de sebo –la luz eléctrica era muy precaria- y una percha. La ropa se guardaba en la maleta. Y no había más que un cuarto de baño elemental por piso para llenar las jarras de agua de los palanganeros. Pensaban quizá que la suciedad era virtud.

            Otras incomprensiones, más graves, provenían de algunos parientes próximos que seguían sin entender la recta actuación de su padre tras la ruina económica.

            Dios se sirvió de esas humillaciones para purificar su alma y prepararla para su misión. Mayores incomprensiones sufriría a lo largo de su vida.

 

 

***

 

 

            El seminario tenía prevista la figura de dos inspectores nombrados por el Cardenal, elegidos de entre los propios seminaristas que se ocupaban especialmente de las cuestiones relativas al orden interno: cuidaban el estudio, acompañaban a los alumnos a clase, etc. En 1922, cuando Josemaría tenía sólo veinte años, fue nombrado inspector.

            Era un encargo delicado que exigía tacto y prudencia. Supo desempeñarlo con gran solicitud y caridad hacia los seminaristas que le habían confiado. Me hicieron un gran bien, recordaba años más tarde. Yo recuerdo tantas virtudes de aquellos chicos, muchos de ellos después mártires. Tantas cosas maravillosas recuerdo. Y recuerdo (...) que iba anotando con alegría: van mejor, se les ve crecer, Dios está aquí en esta alma... tantas veces.

            «Ahí se puso de manifiesto ‑recordaba Agustín Callejas‑ su espíritu de compañerismo y de comprensión. Pienso que el sentido de amistad con todos era tan fuerte como el de su responsabilidad en el cumplimiento del encargo: nunca dejó en mal lugar a ningún seminarista ante los Superiores. También quizá se ponía de manifiesto su respeto a la libertad de cada uno, que era el último responsable de sus propios actos».

            Este mismo compañero del seminario evocaba los afanes intelectuales de su amigo. Josemaría conocía bien el Roman­cero, la lírica de Lope, el teatro de Calderón, la prosa de Quevedo, los escritores de Mística y Ascética… y con frecuencia entraba en su habitación para pasar un rato de tertulia, «o leerme cosas que había escrito porque sabía que me gustaban y que participaba de sus mismas inquietudes culturales. Leía mucho y creo que, sobre todo, autores clásicos de literatura o espiritualidad. Pasaba frecuentes ratos en la biblioteca del San Carlos y por las noches se debía a veces de acostar tarde porque se veía luz ‑una luz tintineante de una pequeña vela‑ a través de su puerta. Debía dormir poco, porque también se levantaba puntualmente por la mañana: no era en modo alguno perezoso».

            El 28 de septiembre de 1922 el mismo Cardenal Soldevila le confirió la tonsura y tres meses más tarde, en el mes de diciembre, las órdenes menores. El 14 de junio de 1924 recibió el subdiaconato.

            Durante aquellos años Josemaría pasó muchas noches en oración, en la iglesia del seminario, enraizando su alma en la Eucaristía. Evocaría a lo largo de su vida con frecuencia aquellas largas horas junto al sagrario, y las visitas diarias a la Virgen del Pilar.

           

 

                                                                         ***

 

 

            ¿De qué hablaba con Dios aquel joven seminarista durante sus largas horas de oración?; ¿cuál era el tema de aquella plegaria encendida con la que alcanzó, ya en plena juventud, altas experiencias de vida mística?

            Su «tema» fue siempre el mismo: cumplir la voluntad de Dios. Pero, ¿cuál era esa Voluntad?; ¿qué quería Dios de él?; ¿qué era eso que presentía, que barruntaba dentro del alma…? No lo sabía. ¡Señor, que vea!, suplicaba. ¡Que sea! ¡Que sea!

            Dios mío, repetía sin cesar: ¡que sea eso que Tú quieres, y que yo ignoro!

 

 

 

4

1924-1925. MUERTE DE SU PADRE. ORDENACIÓN SACERDOTAL. PRIMERA MISA EN EL PILAR.

 

 

 

            Aquella mañana del 27 de noviembre de 1924 don José Escrivá se levantó, desayunó, se detuvo a rezar arrodillado ante la imagen de la Virgen de la Milagrosa que tenía aquellos días en casa, y se dispuso a salir para el traba­jo. Se entretuvo un momento jugando con Santiago, su hijo pequeño, y se dirigió hacia la puerta. Segundos después cayó desplomado en el suelo, víctima de un síncope repentino.

            Durante las horas siguientes los médicos hicieron todo lo posible para reanimarlo, en vano. Avisaron a Josemaría, que se desplazó rápidamente desde Zaragoza: ya era tarde. Dios se había llevado de este mundo a su padre antes de que pudiera verle ordenado sacerdote. Tengo un orgullo santo –diría años después-: amo a mi padre con toda mi alma, y creo que tiene un cielo muy alto porque supo llevar toda la humillación que supone quedarse en la calle, de una manera tan digna, tan maravillosa, tan cristiana.

            Murió agotado ‑recordaba-: con sólo 57 años, pero estuvo siempre sonriente. A él le debo la vocación.

            «Josemaría ‑escribe Santiago Escrivá‑ le dijo a mi madre que estuviese tranquila porque él se ocuparía siempre de nosotros. Y no recuerdo que al entierro viniese ninguno de nuestros parientes». Con el paso de los años descubrió que Dios había ido preparando su alma por medio de los sufrimientos y las humillaciones, del desprecio, la soledad y la incomprensión… Dios me ha hecho pasar por todas las humillaciones, por aquello que me parecía una vergüenza, y que ahora veo que eran tantas virtudes de mis padres. Lo digo con alegría. El Señor tenía que prepararme; y como lo que había a mi alrededor era lo que más me dolía, por eso pegaba allí. Humillaciones de todo estilo, pero a la vez llevadas con señorío cristiano: lo veo ahora, y cada día con más claridad, con más agradecimiento al Señor, a mis padres, a mi hermana Carmen…

 

 

***

 

 

            A partir de entonces Josemaría se hizo cargo de su madre y de sus dos hermanos, Carmen y Santiago. Veintitrés días después, el 20 de diciembre de 1924, fue ordenado diácono en la iglesia del Seminario de San Carlos. No pudo acompañarle nadie de su familia: no había transcurrido ni siquiera un mes del fallecimiento de su padre y ni su madre ni sus hermanos pudieron estar a su lado en aquel día. Pocos meses después su familia se trasladó a vivir a Zaragoza, en un pequeño piso cercano al Seminario. Del ejercicio de su diaconado –escribe Vázquez de Prada- le quedaron impresas emociones indelebles. Era tal el ansia con que había esperado esos momentos, tan grande era el respeto a Jesús Sacramentado que, al tocar la Sagrada Forma, le temblaban las manos y hasta el cuerpo entero. La primera vez que le ocurrió esto fue en una Exposición solemne, al tener que colocar el viril en la custodia. Entonces pidió interiormente al Señor que nunca se acostumbrase a tratarle. Hasta el final de su vida perduró el impacto de aquel dichoso encuentro; y en 1974 confesaba que todavía le temblaban a veces las manos, como la vez primera. En San Carlos impartía la comunión a los fieles, entre ellos a su madre: En esta casa de San Carlos he recibido yo la formación sacerdotal –comentaría años después-. Aquí, en este altar, yo me acerqué tembloroso para coger la forma sagrada y dar por primera vez la Comunión a mi madre. No imagináis… Voy de emoción en emoción.

 

 

***

 

 

            En la víspera de la fiesta de San José inició los ejercicios espirituales preparatorios para su ordenación sacerdotal; y diez días más tarde, el 28 de marzo de 1925, sábado de Cuaresma, fue ordenado sacerdote por Mons. Miguel de los Santos Díaz Gómara en la iglesia del Seminario. Tenía veintitrés años. Don Miguel había sido obispo auxiliar del cardenal Soldevila, asesinado por los anarquistas dos años antes en plena calle.


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