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FUENTES PARA LA HISTORIA DEL OPUS DEI

 

Federico M. Requena y Javier Sesé
Mayo 2002


INTRODUCCIÓN

El Opus Dei es todavía una institución joven en la historia multisecular de la Iglesia Católica. El 9 de enero de 2002 se cumplió el primer centenario del nacimiento de su Fundador, el Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, y la institución por él fundada alcanzó tan sólo los setenta y tres años de vida.
Sin embargo, a pesar de su juventud, la difusión del Opus Dei por numerosos países de los cinco continentes, la aportación de su espíritu y su apostolado a la reciente vida de la Iglesia y el influjo de las iniciativas de sus fieles en el mundo contemporáneo, hacen que el interés que suscita sea grande. Por eso es cada vez más urgente avanzar en un correcto y serio conocimiento de su historia.
Actualmente poseemos relevantes biografías del Fundador, otras sobre algunos de sus fieles, un detallado estudio sobre su itinerario jurídico, y algunas interesantes aproximaciones teológico-espirituales a su espíritu. Sin embargo, no se ha publicado, por el momento, una historia del Opus Dei. Ciertamente hacer esa historia requerirá tiempo y trabajo; además, y por la misma lógica de su relativamente breve existencia, la mayoría de las fuentes necesarias para un estudio histórico de envergadura todavía permanecen inéditas. Sin embargo, no es despreciable el número de documentos que, de modo disperso, ya están publicados en algunas obras a las que nos hemos referido anteriormente. No podemos dejar de agradecer expresamente a la editorial Rialp la disponibilidad que ha mostrado para que podamos reproducir aquí algunos de los documentos que se recogen en el segundo volumen de la biografía del Fundador del Opus Dei, escrita por Andrés Vázquez de Prada y actualmente en prensa.
Por ello, como modesta contribución a la divulgación de la historia del Opus Dei, nos ha parecido interesante presentar esta colección o antología de fuentes. No se ha pretendido, desde luego, realizar una historia del Opus Dei, pero pensamos que el lector podrá hacerse una primera idea rigurosa de las grandes líneas de esa historia apoyándose en sus textos.
Es un trabajo fundamentalmente de selección de fuentes. Hemos primado, por ello, la presentación de los documentos sobre los sucesos concretos y de testimonios de primera mano o recuerdos fidedignos de testigos directos de los acontecimientos. En esta línea hemos dado preferencia a los textos más originarios y, atendiendo a la reducida extensión del libro, hemos procurado ofrecer lo más sustancial de cada uno de ellos.
Igualmente se ha buscado que la presentación de cada texto sea breve y centrada en los datos necesarios para situar correctamente cada fragmento en su momento histórico y en su contexto. Pretendemos que sean los textos originales los que hablen por sí mismos. Ciertamente, la misma selección realizada y el orden y distribución elegidos suponen una interpretación por nuestra parte, de la que asumimos completamente la responsabilidad. Igualmente son del todo responsabilidad de los autores las traducciones que se han hecho de aquellos documentos no redactados originalmente en castellano.
Los textos se presentan con un esquema básicamente cronológico, pero teniendo también en cuenta un criterio temático, para facilitar su lectura y comprensión cuando lo estrictamente cronológico podría llevar a mezclar y confundir los datos y las ideas.
Hemos procurado equilibrar la información de los distintos periodos, aunque la misma naturaleza y cantidad de las fuentes lleva a que algunos acontecimientos estén mejor documentados que otros, o tengan mayor interés en una antología más bien sucinta como ésta.
De los documentos más extensos, hemos seleccionado los párrafos que nos han parecido más importantes desde el punto de vista histórico o los que reflejan, a nuestro juicio, aspectos más básicos e importantes del espíritu del Opus Dei.
Conviene también aclarar que no se trata de una antología de textos sobre Josemaría Escrivá, sino sobre el Opus Dei: desde esa óptica -menos frecuente, por cierto, en los libros de carácter histórico hasta ahora publicados-, hemos enfocado nuestro trabajo. Sin embargo, no hay que perder de vista que la mayor parte de la historia de esta joven institución de la Iglesia ha estado estrechamente ligada a la figura de su Fundador y que, tras su muerte, el mensaje y el espíritu del Beato Josemaría no han dejado de vivificar la institución por él fundada.
Esa estrecha relación entre el Opus Dei y su Fundador justifica el primer capítulo del libro, que hemos titulado como "prehistoria del Opus Dei", centrado en algunos acontecimientos de la vida del Beato Josemaría que es necesario conocer para ubicar correctamente la fecha fundacional del 2 de octubre de 1928, momento en el que empieza la historia del Opus Dei propiamente dicha.
Proporcionalmente, dedicamos un espacio notablemente mayor a los años iniciales de esa historia. Nos parece, en efecto, que, aunque las realizaciones externas fueran casi irrelevantes en esos primeros años y no existiera todavía una configuración jurídica de la institución, la naturaleza teológico-espiritual y pastoral del Opus Dei en la Iglesia posee un núcleo originario ya completo desde el principio, y decisivo para su desarrollo posterior; rasgos originarios esenciales que conviene conocer bien en sus primeras fuentes documentales. Esos documentos muestran, además, que la ausencia de dicha configuración jurídica no significaba clandestinidad u ocultamiento, sino la conveniencia, tantas veces expresada por el Fundador, de que la vida fuera por delante de la norma.
También la misma naturaleza teológica del Opus Dei y de su actuación en el mundo nos ha llevado a subrayar todo lo relativo a un recto conocimiento y explicitación de su espíritu, que es, por lo demás, lo que prima también en las fuentes utilizadas. Otro modo de actuar hubiera faltado al rigor científico, por lo que implicaría de falta de conocimiento del sujeto histórico.
El Opus Dei, desde el principio, se entendió a sí mismo como sujeto de una acción genuinamente espiritual: llevar a personas de toda condición por caminos de santidad y apostolado en la vida cotidiana. Es la historia de ese fenómeno espiritual y pastoral la que un estudio científico debe abordar, a pesar de las dificultades que indudablemente presenta.
Por otra parte, si el espíritu del Opus Dei va precisamente dirigido a los cristianos corrientes y busca la santificación de las tareas más comunes en la vida de tantas mujeres y tantos hombres, sería también un error científico dejar de lado esa realidad nuclear, aunque por definición sea poco llamativa, para dedicarse a historiar sucesos puntuales, alejados de lo más característico del espíritu que hacen vida y del apostolado que realizan todas esas personas. En particular, respecto al acento que, en ocasiones, se ha puesto en las supuestas implicaciones políticas del Opus Dei, particularmente en la España de la época franquista, la misma historia de nuestro país y del mundo en los últimos años (con la presencia de fieles del Opus Dei en posturas y actitudes políticas variadísimas e incluso contrapuestas) ha confirmado lo que ha sido siempre doctrina del Opus Dei: la legítima y plena libertad de sus fieles en ese y otros ámbitos de la vida civil, dentro del amplio marco establecido por la doctrina y la moral de la Iglesia católica.
Aparece, a su vez, muy acentuada, en nuestra selección, la historia jurídica del Opus Dei. Esta opción viene exigida por la misma evolución de los acontecimientos, concretamente por la novedad que supuso este fenómeno pastoral en la historia de la Iglesia.
La universalidad del Opus Dei es también una característica muy propia de su ser y queda reflejada en su historia desde muy pronto. Aunque también como consecuencia de su juventud, su nacimiento y primera expansión en España, así como algunos acontecimientos posteriores ocurridos en nuestro país, todavía parezcan destacar mucho en el conjunto de esa historia que, con el tiempo -como ya se ha comprobado en los últimos años-, será, también desde un punto de vista efectivo, más universal. Sea como sea, la historia de la labor apostólica del Opus Dei en los distintos países, o también en distintos ámbitos de la vida corriente de los hombres, es otro campo de trabajo apenas incoado.
En definitiva, estamos ante una primera y parcial aproximación a la documentación disponible de una institución joven, viva y en continua expansión, con todos los riesgos y dificultades que un estudio científico de un objeto de esas características comporta. Pero su indudable interés y atractivo para la historia, la teología y otras ramas del saber, invita a ir ya dando pasos en ese estudio, aunque sean tan introductorios y provisionales como el que aquí presentamos.
Los Autores


Capítulo 1: PREHISTORIA DE LA FUNDACIÓN DEL OPUS DEI (1917-1928)


El Opus Dei fue fundado por Josemaría Escrivá de Balaguer el 2 de octubre de 1928. En ese momento Josemaría era un joven sacerdote de 26 años. Hasta esa fecha no hay historia propiamente dicha del Opus Dei. Hay una prehistoria que se identifica con la biografía de su Fundador y que tiene diversos hitos: los "barruntos", o el descubrimiento, en torno a los quince años, de que Dios le pide algo; la decisión consiguiente de hacerse sacerdote, por entender que era el mejor modo de disponerse a cumplir la voluntad de Dios, y la oración incesante, la mortificación y el estudio para conocer ese "algo"… Esta prehistoria finalizó en Madrid en 1928.

Los "Barruntos"
Varios textos de carácter autobiográfico del Beato Josemaría Escrivá, tomados de sus "Apuntes íntimos" o de sus recuerdos posteriores, sintetizan este periodo. Los "Apuntes íntimos", recogidos con frecuencia en estos primeros apartados, son textos originales del Fundador del Opus Dei en los que se reflejan muchos aspectos de su vida espiritual y de los primeros pasos de su labor apostólica. Los Apuntes íntimos fueron escritos, en su casi totalidad, al hilo de los acontecimientos, entre 1930 y 1940.

Recuerdos del Fundador del Opus Dei en una meditación, 19-III-1975

Comencé a barruntar el Amor, a darme cuenta de que el corazón me pedía algo grande y que fuese amor (...). Yo no sabía lo que Dios quería de mí, pero era, evidentemente, una elección. Ya vendría lo que fuera... De paso me daba cuenta de que no servía, y hacía esa letanía, que no es de falsa humildad, sino de conocimiento propio: no valgo nada, no tengo nada, no puedo nada, no soy nada, no sé nada....

Anotación del Fundador del Opus Dei en sus Apuntes íntimos, n. 290 (IX-1931)

Quería Jesús, indudablemente, que clamara yo desde mis tinieblas, como el ciego del Evangelio. Y clamé durante años, sin saber lo que pedía. Y grité muchas veces la oración "ut sit!" [¡qué sea!], que parece pedir un nuevo ser.

Recuerdos del Fundador del Opus Dei en una meditación, 14-II-1964

Me hizo nacer en un hogar cristiano, como suelen ser los de mi país, de padres ejemplares que practicaban y vivían su fe, dejándome en libertad muy grande desde chico, vigilándome al mismo tiempo con atención. Trataban de darme una formación cristiana, (...)
Todo normal, todo corriente, y pasaban los años. Yo nunca pensé en hacerme sacerdote, nunca pensé en dedicarme a Dios. No se me había presentado el problema porque creía que eso no era para mí. Pero el Señor iba preparando las cosas, me iba dando una gracia tras otra, pasando por alto mis defectos, mis errores de niño y mis errores de adolescente. (...)
Pasó el tiempo y vinieron las primeras manifestaciones del Señor: aquel barruntar que quería algo, algo (...) Acuden a mi pensamiento tantas manifestaciones del Amor de Dios. El Señor me fue preparando a pesar mío, con cosas aparentemente inocentes, de las que se valía para meter en mi alma esa inquietud divina. Por eso he entendido muy bien aquel amor tan humano y tan divino de Teresa del Niño Jesús, que se conmueve cuando por las páginas de un libro asoma una estampa con la mano herida del Redentor. También a mí me han sucedido cosas de este estilo, que me removieron y me llevaron a la comunión diaria, a la purificación, a la confesión... y a la penitencia. (...)
Dios nustro Señor, de aquella pobre criatura que no se dejaba trabajar, quería hacer la primera piedra de esta nueva arca de la Alianza, a la que vendrían gentes de muchas naciones, de muchas razas, de todas las lenguas. (...)
Eran hachazos que Dios Nuestro Señor daba para preparar -de ese árbol- la viga que iba a servir, a pesar de ella misma, para hacer su Obra. Yo, casi sin darme cuenta, repetía: Domine, ut videam! Domine, ut sit! [¡Señor qué vea! ¡Señor qué sea!] No sabía lo que era, pero seguía adelante, adelante, sin corresponder a la bondad de Dios, pero esperando lo que más tarde habría de recibir: una colección de gracias, una detrás de otra, que no sabía cómo calificar y que llamaba operativas, porque de tal manera dominaban mi voluntad que casi no tenía que hacer esfuerzo. Adelante, sin cosas raras, trabajando sólo con mediana intensidad. Fueron los años de Zaragoza.

Anotación del Fundador del Opus Dei en sus Apuntes íntimos, n. 1637 (4-X-1932)

Mi Madre del Carmen me empujó al sacerdocio. Yo, Señora, hasta cumplidos los dieciséis años, me hubiera reído de quien dijera que iba a vestir sotana. Fue de repente, a la vista de unos religiosos Carmelitas, descalzos sobre la nieve…

Seminarista y Sacerdote

Josemaría Escrivá decidió hacerse sacerdote. Dos años estudió en el seminario de Logroño y cinco en Zaragoza. Durante su estancia en Zaragoza realizó, además, los estudios de Derecho en la Universidad civil. En 1925 recibió la ordenación sacerdotal. La importancia, en la prehistoria del Opus Dei, de su experiencia como formador en el seminario y el conocimiento de la juventud del momento, así como de sus primeras experiencias pastorales como sacerdote en ambientes rurales, se reflejan en la siguiente síntesis que hizo el Rector de su Seminario.

Testimonio de Don José López Sierra, Rector del Seminario de San Francisco de Paula (1920-1925), dado en Zaragoza, 26-I-1948

D. José María Escrivá de Balaguer. Difícil empresa detallar su vida de seminarista: ingresó a cursar Sagrada Teología en concepto de alumno interno, procedente del Instituto de Logroño, cuna de su formación científica, en el Seminario de S. Francisco de Paula, anejo al de S. Carlos, de Zaragoza, siendo su Sr. Arzobispo el Emmo Sr. Cardenal Soldevila y su Rector el que suscribe estas líneas: empero no tan difícil describir algunos rasgos salientes de ella, en la que predomina su inclinación al apostolado, su predilección por los jóvenes: su obrita "Camino" lo evidencia ¿a quién sino a ellos va dirigida?
Seminarista primero, se distingue entre los de su clase por su esmerada Educación, afable y sencillo de trato, notoria modestia, respetuoso para con sus superiores, complaciente y bondadoso con sus compañeros, era muy estimado de los primeros, y admirado de los segundos. Eminentes cualidades precursoras de su fecundo apostolado.
Director de seminaristas más tarde, distinción que le otorgó el Emmo. Sr. Cardenal, aun antes de recibir las Órdenes Sagradas, en atención a su ejemplar conducta, no menos que a su aplicación, pues simultaneaba con la carrera de Leyes poco a poco se va revelando el incipiente Apóstol para cuyo ministerio le iba previniendo el Cielo con bendiciones de dulzura.
Forjador de jóvenes aspirantes al sacerdocio, no era de admirar fuese más adelante forjador de jóvenes seglares: bien los conocía, con ellos había convivido en las aulas del Instituto y de la Universidad, y eso no obstante, observa un vacío en la formación religiosa de estos jóvenes intelectuales, las instituciones existentes no son adecuadas para albergar en su seno a estos jóvenes de los tiempos modernos, es necesaria una nueva institución, que los acoja. Varias veces me habló sobre el particular con motivo de un reglamento anónimo, que por casualidad llegó a nuestras manos, y hoy puedo decir que providencialmente, pues la Providencia disponit omnia suaviter.
En el Seminario pues, se inicia su gran obra, que está llenando de asombro no a la España Católica, sino al mismo centro de la Catolicidad, a la misma Roma, donde hoy cuenta con alguna Casa la Institución; sí, en nuestro Seminario de Zaragoza se halla como en germen el Opus Dei, esa gran obra de Dios, que había de producir óptimos frutos; fuera del Seminario se consuma.
Su lema era ganar todos para Cristo, que todos fueran uno en Cristo, y sí que lo consiguió con su correcto proceder: no era partidario de castigos, siempre dulce y compasivo, su mera presencia siempre atrayente y simpática contenía a los más indisciplinados, una sencilla sonrisa, acogedora, asomaba por sus labios, cuando observaba en sus seminaristas algún acto edificante, sin embargo una mirada discreta, penetrante, triste a veces, y muy compasiva, reprimía a los más díscolos. Con esta sencillez y suavidad encantadora iba formando a sus jóvenes seminaristas.
Se ordena de sacerdote y se prepara para celebrar su primera Misa, a la manera que el sol, conforme crece el día, va aumentando su luz y calor así el impulso que siente hacia el Apostolado de los jóvenes va en aumento. (…)
Sacerdote, la sed del Apostolado le devora: es muy pequeño el campo de las parroquias que regenta en este Arzobispado de Zaragoza, para su Obra: la Providencia, no sin haber pasado antes por grandes tribulaciones, le lleva a más dilatado campo, al populoso Madrid, donde se siente más necesidad de implantarla a causa de la corrupción de muchos jóvenes. Este su campo: parece resonar en sus oídos la sentencia del Divino Maestro "La mies es mucha, pocos los operarios". El forjador de seminaristas anhela ser forjador de jóvenes seglares. Es su ministerio predilecto. Confiesa, da ejercicios, ora, publica varios escritos, siempre con la mira puesta en los jóvenes, que son las niñas de sus ojos. Por causas ajenas a mi voluntad siento no poder fijar fechas, nueva tribulación para mí. Dar detalles de sus trabajos en Madrid incumbe a los hijos de tan buen padre.

Traslado de Zaragoza a Madrid (1927)

El 19 de abril de 1927, D. Josemaría Escrivá se trasladó a vivir a Madrid. Desde junio fue Capellán del Patronato de Enfermos. El contacto del beato Josemaría con la obra apostólica de Doña Luz Rodríguez Casanova fue de una trascendencia muy particular. Por un lado, le permitió afianzar sus primeros pasos para establecerse en Madrid. Al mismo tiempo, supuso un cúmulo de experiencias pastorales que jugaron un papel indiscutible en la forja de la personalidad sacerdotal del beato Josemaría y que él siempre consideró parte de la prehistoria del Opus Dei. El Patronato de Enfermos era un centro asistencial para gente pobre. Desde el Patronato se dirigían escuelas, comedores, centros sanitarios, capillas y catequesis esparcidas por todo Madrid y la periferia de sus barrios. Las Damas Apostólicas disponían en Madrid de 58 escuelas, con un total de 14.000 niños. Repartidas por Madrid había unas seis o siete iglesias o capillas que también dependían de ellas. Al mismo tiempo, Don Josemaría debía mantener a su familia, por lo que daba clases de Derecho en la Academia Cicuéndez.
Instancia de Don Josemaría dirigida al Ilmo. Sr. Vicario General de la Diócesis de Madrid-Alcalá (1927)

Dn. José Mª Escrivá y Albás —de la Diócesis de Zaragoza —con permiso de su Ordinario expedido el 17 de marzo de 1927 —deseando permanecer en esta Corte, calle de Larra, Casa Sacerdotal, número 3 —por tiempo de dos años —suplica a S.S. Ilma. se digne concederle la oportuna autorización para poder celebrar el Santo Sacrificio de la Misa en la iglesia del Patronato de enfermos.
Dios guarde a S.S. Ilma. muchos años.
Madrid 10 de junio de 1927.

Testimonio de la Dama Apostólica Asunción Muñoz González (1894-1984), dado en Daimiel 25-VIII-1975

Asunción Muñoz González, nacida en Hornacho (Badajoz), fue una de las diez primeras religiosas de las Damas Apostólicas del Sagrado Corazón. En 1929 fue nombrada Maestra de Novicias del recién inaugurado Noviciado de Chamartín de la Rosa. Conoció a Josemaría Escrivá en el Patronato de Enfermos y le trató hasta 1931, año en que dejó de ser capellán de esa Institución.

El Capellán del Patronato de Enfermos era el que cuidaba de los actos de culto de la Casa: decía Misa diariamente, hacía la Exposición del Santísimo y dirigía el rezo del Rosario. No tenía, por razón de su cargo, que ocuparse de atender la extraordinaria labor que se hacía desde el Patronato entre los pobres y enfermos -en general, con los necesitados- del Madrid de entonces. Sin embargo, D. Josemaría aprovechó la circunstancia de su nombramiento como Capellán, para darse generosamente, sacrificada y desinteresadamente a un ingente número de pobres y enfermos que se ponían al alcance de su corazón sacerdotal. De esta manera, cuando teníamos un enfermo difícil, que se resistía a recibir los Sacramentos, que se nos iba a morir lejos de la Gracia, se lo confiábamos a D. Josemaría en la seguridad de que estaría atendido y de que, en la mayoría de los casos, se ganaría su voluntad y le abriría las puertas del cielo. No recuerdo un sólo caso en el que fracasáramos en nuestro intento.
Yo era una de las más jóvenes de la Fundación y tenía más resistencia para actuar de día o de noche. A cualquier hora. Por eso estaba dedicada especialmente a estos enfermos. Y siempre, nos acompañaba don Josemaría. Ibamos en algún coche que nos prestaban algunas familias y nos acercábamos a las casas humildes de estos enfermos. Había, muchas veces, que legalizar su situación, casarlas, solucionar problemas sociales y morales urgentes. Ayudarles en muchos aspectos. Don Josemaría se ocupaba de todo, a cualquier hora, con constancia, con dedicación, sin la menor prisa, como quien está cumpliendo su vocación, su sagrado ministerio de amor.
Así, con don Josemaría, teníamos asegurada la asistencia en todo momento. Les administraba los Sacramentos y no teníamos que molestar a la Parroquia a horas intempestivas. Nosotros nos encargábamos de todo.
¡Cuántas veces he dialogado con él acerca de un alma que habíamos de salvar, de un paciente que necesitábamos convencer! Yo le pedía consejo acerca de lo que habíamos de decir o hacer. Y el iba todas las tardes a ver a alguno de ellos puesto que los enfermos para él eran un tesoro: los llevaba en el corazón.

Anotación del Fundador del Opus Dei en sus Apuntes íntimos, n. 178 (20-III-1931)

Llegué a casa del enfermo. Con mi santa y apostólica desvergüenza, envié fuera a la mujer y me quedé a solas con el pobre hombre. "Padre, esas señoras del Patronato son unas latosas, impertinentes. Sobre todo una de ellas"... (lo decía por Pilar, ¡que es canonizable!) Tiene Vd. razón, le dije. Y callé, para que siguiera hablando el enfermo. "Me ha dicho que me confiese..., porque me muero: ¡me moriré, pero no me confieso!" Entonces yo: hasta ahora no le he hablado de confesión, pero, dígame: ¿por qué no quiere confesarse? "A los diecisiete años hice juramento de no confesarme y lo he cumplido". Así dijo. Y me dijo también que ni al casarse —tenía unos cincuenta años el hombre— se había confesado... Al cuarto de hora escaso de hablar todo esto, lloraba confesándose.

Capítulo 2: LA FUNDACIÓN DEL OPUS DEI (1928-1930)


2 de octubre de 1928

El 30 de septiembre de 1928 don Josemaría se dirigió a la Residencia de los misioneros de San Vicente de Paul, para participar en unos ejercicios espirituales que durarían hasta el 6 de octubre. El segundo día de ese retiro espiritual, el martes 2 de octubre, después de haber celebrado la Misa y recogido en su habitación, mientras releía y meditaba las anotaciones que había ido recogiendo en los últimos diez años, "vio" el Opus Dei: recibió una inspiración de Dios que le ilustraba con claridad sobre lo que debía ser el Opus Dei, su naturaleza, su espíritu y su apostolado.

Anotación del Fundador del Opus Dei en sus Apuntes íntimos, n. 306 (2-X-1931)

Recibí la iluminación sobre toda la Obra, mientras leía aquellos papeles. Conmovido me arrodillé -estaba solo en mi cuarto, entre plática y plática- di gracias al Señor, y recuerdo con emoción el tocar de las campanas de la parroquia de N. Sra. de los Ángeles. (…) recopilé con alguna unidad las notas sueltas, que hasta entonces venía tomando. (…) Desde aquel día el borrico sarnoso se dio cuenta de la hermosa y pesada carga que el Señor, en su bondad inexplicable, había puesto sobre sus espaldas. Ese día el Señor fundó su Obra.

Anotación del Fundador del Opus Dei en sus Apuntes íntimos, n. 993 (30-IV-1933)

Consideraba yo por la calle, ayer tarde, que Madrid ha sido mi Damasco, porque aquí se han caído las escamas de los ojos de mi alma (...) y aquí he recibido mi misión.

Recuerdos del Beato Josemaría en una Meditación, 14-II-1964

(…) Y llegó el 2 de octubre de 1928. Yo hacía unos días de retiro, porque había que hacerlos, y fue entonces cuando vino al mundo el Opus Dei. Aún resuenan en mis oídos las campanas de la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, festejando a su Patrona. El Señor "ludens... omni tempore, ludens in orbe terrarum" (Prov 8, 30-31), que juega con nosotros como un padre con sus niños pequeños, aunque ya no seamos criaturas de poca edad, viendo mi resistencia y aquel trabajo entusiasta y débil a la vez, me dio la aparente humildad de pensar que podría haber en el mundo cosas que no se diferenciaran de lo que Él me pedía. Era una cobardía poco razonable; era la cobardía de la comodidad, y la prueba de que a mí no me interesaba ser fundador de nada...

14 de febrero de 1930

Junto a la fecha del 2 de octubre de 1928, el beato Josemaría siempre añadió la del 14 de febrero de 1930 como fecha fundacional. Fue el momento en el que Dios le dejó claro que las mujeres también deberían formar parte del Opus Dei.

Anotación del Fundador del Opus Dei en sus Apuntes íntimos, n. 1871 (14-VI-1948)

El 14 de febrero de 1930, celebraba yo la misa en la capillita de la vieja marquesa de Onteiro, madre de Luz Casanova, a la que yo atendía espiritualmente, mientras era Capellán del Patronato. Dentro de la Misa, inmediatamente después de la Comunión, ¡toda la Obra femenina! No puedo decir que vi, pero sí que intelectualmente, con detalle (después yo añadí otras cosas, al desarrollar la visión intelectual), cogí lo que había de ser la Sección femenina del Opus Dei. Di gracias, y a su tiempo me fui al confesonario del P. Sánchez. Me oyó y me dijo: esto es tan de Dios como lo demás.

Anotación del Fundador del Opus Dei en sus Apuntes íntimos, n. 1872 (14-VI-1948)

Anoté, en mis Catalinas, el suceso y la fecha: 14 feb. 1930. Después me olvidé de la fecha, y dejé pasar el tiempo, sin que nunca más se me ocurriera pensar con mi falsa humildad (espíritu de comodidad, era: miedo a la lucha) en ser soldadito de filas: era preciso fundar, sin duda alguna.

La "Obra de Dios" (1930)

Sobre el origen del nombre "Opus Dei", contamos con varias reflexiones del mismo Josemaría Escrivá. El P. Sánchez, que está presente en alguno de los siguientes textos como la persona que ayudó al Fundador a "descubrir" el nombre "Opus Dei", que ya aparecía sus escritos, es el jesuita Valentín Sánchez Ruiz, su confesor desde 1930.

Anotación del Fundador del Opus Dei en sus Apuntes íntimos, n. 126 (9-XII-1930)

La Obra de Dios: hoy me preguntaba yo, ¿por qué la llamamos así? Y voy a contestarme por escrito (...). Y el p. Sánchez, en su conversación, refiriéndose a la familia nonnata de la Obra, la llamó "la Obra de Dios". Entonces -y sólo entonces- me di cuenta de que, en las cuartillas nombradas, se la denominaba así. Y ese nombre (¡¡La Obra de Dios!!), que parece un atrevimiento, una audacia, casi una inconveniencia, quiso el Señor que se escribiera la primera vez, sin que yo supiera lo que escribía; y quiso el Señor ponerlo en labios del buen padre Sánchez, para que no cupiera duda de que Él manda que su Obra se nombre así: La Obra de Dios.

Anotación del Fundador del Opus Dei en sus Apuntes íntimos, n. 1867 (14-VI-1948)

Yo no puse a la Obra ningún nombre. Hubiera deseado, de ser posible -no lo era-, que no hubiera tenido nombre, ni personalidad jurídica (...). Mientras, llamábamos a nuestra labor sencillamente así: "La Obra".

Anotación del Fundador del Opus Dei en sus Apuntes íntimos, n. 1868 (14-VI-1948)

Pero volvamos al nombre de nuestra Obra. Un día fui a charlar con el P. Sánchez, en un locutorio de la residencia de la Flor. Le hablé de mis cosas personales (sólo le hablaba de la Obra en cuanto tenía relación con mi alma), y el buen padre Sánchez al final me preguntó: "¿cómo va esa Obra de Dios?" Ya en la calle, comencé a pensar: "Obra de Dios. ¡Opus Dei! Opus, operatio..., trabajo de Dios. ¡Este es el nombre que buscaba!" Y en lo sucesivo se llamó siempre Opus Dei.

Testimonio de Laureano Castán Lacoma, (1978)

Mons. Laureano Castán Lacoma, que fue obispo de Sigüenza-Guadalajara, conoció a don Josemaría en el año 1926 en el pueblo de Fonz (Huesca), donde la familia Escrivá solía ir durante los veranos.

En alguna de aquellas ocasiones, entre los años 1929 y 1932, dimos varios paseos, a solas, conversando largamente (…). Me habló de la fundación que el Señor le pedía llamándola la Obra de Dios. Aunque decía que estaba trabajando para realizarla, me hablaba de todo como si fuese una cosa ya hecha: tal era la claridad con la que –ayudado por la gracia de Dios- la veía proyectada en el futuro.

Otras luces fundacionales: la filiación divina

A lo largo de 1930 y 1931, Josemaría Escrivá fue recibiendo nuevas "luces" divinas que completaban o perfilaban aspectos esenciales del espíritu del Opus Dei. Más en concreto: el 7 de agosto de 1931, recibió una nueva luz que recalcaba el alcance que el trabajo profesional tiene dentro del espíritu del Opus Dei, como fuente de santificación y apostolado; durante los meses de septiembre y octubre de 1931, tuvieron lugar unas experiencias espirituales de gran intensidad que le llevaron a profundizar en la conciencia de la filiación divina, es decir, de su condición de hijo de Dios.

Anotación del Fundador del Opus Dei en sus Apuntes íntimos, nn. 217-218 (7-VIII-1931)

7 de agosto de 1931: Hoy celebra esta diócesis la fiesta de la Transfiguración de Nuestro Señor Jesucristo. -Al encomendar mis intenciones en la Santa Misa, me di cuenta del cambio interior que ha hecho Dios en mí, durante estos años de residencia en la exCorte... Y eso, a pesar de mí mismo: sin mi cooperación, puedo decir. Creo que renové el propósito de dirigir mi vida entera al cumplimiento de la Voluntad divina: la Obra de Dios. (Propósito que, en este instante, renuevo también con toda mi alma). Llegó la hora de la Consagración: en el momento de alzar la Sagrada Hostia, sin perder el debido recogimiento, sin distraerme -acababa de hacer in mente la ofrenda del Amor Misericordioso-, vino a mi pensamiento, con fuerza y claridad extraordinarias, aquello de la Escritura: "et si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad me ipsum" (Jn 12, 32). [Y yo, cuando sea levantado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí] Ordinariamente, ante lo sobrenatural, tengo miedo. Después viene el ne timeas!, soy Yo. Y comprendí que serán los hombres y mujeres de Dios, quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana... Y vi triunfar al Señor, atrayendo a Sí todas las cosas.
A pesar de sentirme vacío de virtud y de ciencia (la humildad es la verdad..., sin garabato), querría escribir unos libros de fuego, que corrieran por el mundo como llama viva, prendiendo su luz y su calor en los hombres, convirtiendo los pobres corazones en brasas, para ofrecerlos a Jesús como rubíes de su corona de Rey.

Anotación del Fundador del Opus Dei en sus Apuntes íntimos, nn. 296 (22-IX-1931) y 334 (17-X-1931)

Estuve considerando las bondades de Dios conmigo y, lleno de gozo interior, hubiera gritado por la calle, para que todo el mundo se enterara de mi agradecimiento filial: ¡Padre, Padre! Y -si no gritando- por lo bajo, anduve llamándole así (¡Padre!) muchas veces, seguro de agradarle. (...)
Día de Santa Eduvigis 1931: Quise hacer oración, después de la Misa, en la quietud de mi iglesia. No lo conseguí. En Atocha, compré un periódico (el A.B.C.) y tomé el tranvía. A estas horas, al escribir esto, no he podido leer más que un párrafo del diario. Sentí afluir la oración de afectos, copiosa y ardiente. Así estuve en el tranvía y hasta mi casa. Esto que hago, esta nota, realmente, es una continuación, sólo interrumpida para cambiar dos palabras con los míos -que no saben hablar más que de la cuestión religiosa- y para besar muchas veces a mi Virgen de los Besos y a nuestro Niño.

Anotación del Fundador del Opus Dei en sus Apuntes íntimos, n. 476 (13-XII-1931)

Ayer almorcé en casa de los Guevara. Estando allí, sin hacer oración, me encontré -como otras veces- diciendo: "Inter medium montium pertransibunt aquae" (Sal 104, 10). Creo que, en estos días, he tenido otras veces en mi boca esas palabras, porque sí, pero no les di importancia. Ayer las dije con tanto relieve, que sentí la coacción de anotarlas: las entendí: son la promesa de que la Obra de Dios vencerá los obstáculos, pasando las aguas de su Apostolado a través de todos los inconvenientes que han de presentarse.

Carta 9-I-1959, n. 60

Este rasgo típico de nuestro espíritu nació con la Obra, y en 1931 tomó forma: en momentos humanamente difíciles, en los que tenía sin embargo la seguridad de lo imposible -de lo que contempláis hecho realidad-, sentí la acción del Señor que hacía germinar en mi corazón y en mis labios, con la fuerza de algo imperiosamente necesario, esta tierna invocación: Abba, Pater! Estaba yo en la calle, en un tranvía (…) Probablemente hice aquella oración en voz alta.
Y anduve por las calles de Madrid, quizá una hora, quizá dos, no lo puedo decir, el tiempo se pasó sin sentirlo. Me debieron tomar por loco. Estuve contemplando con luces que no eran mías esa asombrosa verdad, que quedó encendida como una brasa en mi alma, para no apagarse nunca.


Capítulo 3: PRIMEROS DESARROLLOS DE LA LABOR DEL OPUS DEI (1930-1936)


Buscando a los primeros fieles del Opus Dei

Terminado el retiro en el que recibió las luces fundacionales sobre el Opus Dei, don Josemaría se reincorporó a las tareas del Patronato de Enfermos, a sus estudios y clases, y a sus numerosas actividades; pero inmediatamente también se puso a buscar personas con las que iniciar la nueva labor que Dios le había encomendado, y que pasó a ser decisivamente prioritaria en su corazón, su cabeza y su actividad. Poco a poco fue ampliando el campo de su labor: hombres y mujeres, estudiantes, obreros, sacerdotes, enfermos…

Anotación del Fundador del Opus Dei en sus Apuntes íntimos, n. 184 (25-III-1931)

Hoy, día 25, fiesta de la Anunciación de nuestra Señora, con mi "apostólica" frescura (¡audacia!), me he dirigido a un joven, que comulga a diario en mi iglesia, con mucha piedad y recogimiento, y -acababa él de recibir al buen Jesús- "oiga -le he dicho- ¿tiene la caridad de pedir un poco por una intención espiritual de gloria de Dios?" "Sí Padre" -ha contestado- ¡y aún me dio las gracias! Mi intención era que él, tan fervoroso, sea escogido por Dios para Apóstol, en su Obra. Ya otras veces, al verle desde mi confesionario, le encomendé lo mismo al Ángel de su Guarda.

Testimonio de D. Pedro Rocamora Valls

D. Pedro Rocamora Valls, abogado y periodista, fue uno de los primeros jóvenes que entró en contacto con D. Josemaría en el año 1928. Ha dejado un extenso relato de los recuerdos que conserva de la actividad del Beato Josemaría en esa época.

Conocí a D. Josemaría Escrivá de Balaguer en el año 1928. Me lo presentó un joven estudiante de Arquitectura, José Romeo Rivera, que era de Zaragoza, y que había conocido al Padre en la capital aragonesa. Creo que el motivo fue una Asamblea Nacional de la Confederación de Estudiantes Católicos. Yo era entonces Presidente de la Casa del Estudiante, y a partir de ese primer contacto con el Padre, nuestra amistad se hizo auténtica y profunda.
En aquellos momentos de mi juventud, Josemaría tenía en toda su plenitud esas dotes o cualidades temperamentales que habían de cualificar su personalidad a través de los años. En primer lugar, una simpatía arrolladora, que se sumaba a algo más profundo: era imposible conocerle y no sentirse atraído por el influjo de su espíritu.
En la Confederación de Estudiantes Católicos un gran número de amigos y compañeros míos habían ingresado en la Compañía de Jesús: Pepe Martín Sánchez, Tomás Morales, Granda. No recuerdo la fecha. Debía ser entre finales del 28 y principios del año 29. Algunos jóvenes de nuestro grupo nos creíamos al borde de la vocación sacerdotal. Reconozco que las dudas de esa vocación me acompañaron durante varios años de mí juventud. Ello hacía que mis conversaciones con el joven sacerdote que acababa de conocer, acrecentaran nuestra amistad, dando a ésta una indudable dimensión sobrenatural.
Por aquellos días, D. Josemaría estaba escribiendo en un cuaderno, unas ideas que me atrevería a llamar fundacionales. El cuaderno en que habla empezado a escribir sus pensamientos no tenía la cruz en la tapa sino dentro, en un ángulo de la primera página. Era una cruz formada por cuatro flechas disparadas hacia los cuatro puntos cardinales. No había copia, que yo sepa, de aquél cuaderno. Estaba escrito a mano, de su puño y letra. Lo llevaba consigo. A veces en un quiosco de la Castellana que había cerca de la esquina de la calle de Riscal, donde íbamos algunas tardes al anochecer nos leía páginas enteras a veces tan solo dos o tres pensamientos.
Reconozco que a mí me parecieron ideas demasiado ambiciosas. El Padre las formulaba con una sencillez y una seguridad que asombraban. Yo pensaba en la fuerza que tenían las Ordenes religiosas, con largos siglos de existencia, y me parecía casi imposible que las ideas de aquel sacerdote aragonés, a pesar de su bondad y de su virtud, pudieran un día realizarse. (…)
Había asumido tal empresa como el que sabe que tiene que cumplir una especie de sino determinado en su vida. Y el Padre -todos lo veíamos- no tenía ningún apoyo humano, ni ningún poder. Era sencillamente un sacerdote que no contaba con ayudas oficiales de ningún género. (…)
Pero, ¿tú crees que eso es posible?- le decía yo.
Y é1 me contestaba: - Mira, esto no es una invención mía es una voz de Dios-.
Y, fiel a esa voz, aquél sacerdote, pobre, humilde, sencillo y desconocido se entregaba con su alma y con su vida a un empeño gigantesco, alentado sólo por una fuerza sobrenatural que le impulsaba poderosamente.

Recuerdos del Fundador del Opus Dei en una Meditación, 2-X-1962

Desde ese momento no tuve ya tranquilidad alguna, y empecé a trabajar, de mala gana, porque me resistía a meterme a fundar nada; pero comencé a trabajar, a moverme, a hacer: a poner los fundamentos.
Me puse a trabajar, y no era fácil: se escapaban las almas como se escapan las anguilas en el agua. Además, había la incomprensión más brutal: porque lo que hoy ya es doctrina corriente en el mundo, entonces no lo era. Y si alguno afirma lo contrario, desconoce la verdad.
Tenía yo veintiséis años -repito-, la gracia de Dios y buen humor: nada más. Pero así como los hombres escriben con la pluma, el Señor escribe con la pata de la mesa, para que se vea que es Él el que escribe: eso es lo increíble, eso es lo maravilloso. Había que crear toda la doctrina teológica y ascética, y toda la doctrina jurídica. Me encontré con una solución de continuidad de siglos: no había nada. La Obra entera, a los ojos humanos, era un disparatón. Por eso, algunos decían que yo estaba loco y que era un hereje, y tantas cosas más. El Señor dispuso los acontecimeintos para que yo no contara ni con un céntimo, para que también así se viera que era El.

La Capellanía de Santa Isabel

Durante los últimos meses de 1931 don Josemaría Escrivá dejó el Patronato de Enfermos para poder dedicarse con más intensidad a la tarea apostólica que Dios le pedía. Sin embargo, no dejó de atender con gran generosidad a numerosos enfermos, manteniendo siempre un directo contacto con el mundo de la pobreza y el dolor, que siempre consideró providencial para los primeros pasos del Opus Dei. También a fines de 1931, fue nombrado capellán del patronato de Santa Isabel. Tiempo después, y a petición de las mismas religiosas de Santa Isabel, don Josemaría fue nombrado Rector del Patronato de Santa Isabel.

Anotación del Fundador del Opus Dei en sus Apuntes íntimos, n. 207 (15-VII-1931)

Voy a dejar el Patronato. Lo dejo con pena y con alegría. Con pena, porque después de cuatro años largos de trabajo en la Obra Apostólica, poniendo el alma en ella cada día, bien puedo asegurar que tengo metido en esa casa Apostólica una buena parte de mi corazón... Y el corazón no es una piltrafa despreciable para tirarlo por ahí de cualquier manera. Con pena también, porque otro sacerdote, en mi caso, durante estos años, se habría hecho santo. Y yo, en cambio,... Con alegría, porque ¡no puedo más! Estoy convencido de que Dios ya no me quiere en esa Obra: allí me aniquilo, me anulo. Esto fisiológicamente: a ese paso, llegaría a enfermar y, desde luego, a ser incapaz de trabajo intelectual.

Anotación del Fundador del Opus Dei en sus Apuntes íntimos, n. 225 (13-VIII-1931)

Estos días las monjitas de Santa Isabel -del que fue Patronato Real- tratan de conseguir mi nombramiento como Capellán de aquella Santa Casa. Humanamente hablando, aun para la Obra, creo que me conviene. Pero, me estoy quieto. No busco ni una recomendación. Si mi Padre Celestial sabe que será para toda su gloria, El arreglará el negocio.

Anotación del Fundador del Opus Dei en sus Apuntes íntimos, n. 360 (29-X-1931)

Otro favor del Señor: ayer hube de dejar definitivamente el Patronato, los enfermos por tanto: pero, mi Jesús no quiere que le deje y me recordó que Él está clavado en una cama del hospital...

Decreto del Presidente de la República, 13-XII-1934

A propuesta del Ministro de Trabajo, Sanidad y Previsión y de conformidad con lo dispuesto en el Decreto de 17 de Febrero de 1.934. Vengo en nombrar para el cargo de Rector del Patronato de Santa Isabel a Don José María Escrivá Albás, Licenciado en Derecho Civil. Dado en Madrid a once de Diciembre de mil novecientos treinta y cuatro. - NICETO ALCALÁ-ZAMORA Y TORRES. - El Ministro de Trabajo, Sanidad y Previsión. - ORIOL ANGUERA DE SOJO

Palabras del Beato Josemaría en Roma, durante un encuentro con miembros del Opus Dei, el 19 de marzo de 1975

Fui a buscar fortaleza en los barrios más pobres de Madrid. Horas y horas por todos los lados, todos los días, a pie de una parte a otra, entre pobres vergonzantes y pobres miserables, que no tenían nada de nada; entre niños con los mocos en la boca, sucios, pero niños, que quiere decir almas agradables a Dios. (…) Y en los hospitales, y en las casas donde había enfermos, si se pueden llamar casas a aquellos tugurios… Eran gente desamparada y enferma; algunos, con una enfermedad que entonces era incurable, la tuberculosis.
De modo que fui a buscar los medios para hacer la Obra de Dios, en todos esos sitios. Mientras tanto, trabajaba y formaba a los primeros que tenía alrededor. Había una representación de casi todo: había universitarios, obreros, pequeños empresarios, artistas… (…)
Fueron unos años intensos, en los que el Opus Dei crecía para adentro sin darnos cuenta. Pero he querido deciros -algún día os lo contarán con más detalle, con documentos y papeles- que la fortaleza de la Obra han sido los enfermos de los hospitales de Madrid: los más miserables; los que vivían en sus casas, perdida hasta la última esperanza humana; los más ignorantes de aquellas barriadas extremas.
Estas son las ambiciones del Opus Dei, los medios humanos que pusimos: enfermos incurables, pobres abandonados, niños sin familia y sin cultura, hogares sin fuego y sin calor y sin amor. Y formar a los primeros que venían, hablándoles con una seguridad completa de todo lo que se haría, como si ya estuviera ya hecho…

Los primeros fieles del Opus Dei

En 1930 se incorporó al Opus Dei Isidoro Zorzano, joven ingeniero, antiguo compañero de instituto en Logroño del Beato Josemaría. En los años siguientes fueron llegando al Opus Dei algunos hombres y mujeres, pero todavía en número reducido. Algunos de aquellos primeros murieron jóvenes: el sacerdote José María Somoano, el ingeniero Luis Gordon y María Ignacia García Escobar. Estos tres fallecimientos fueron una dura pérdida para el Fundador en aquellos inicios, pero la vida santa de los tres fue un fundamento sólido sobre el que se pudo construir con más firmeza la labor del Opus Dei.

Anotación del Fundador del Opus Dei en sus Apuntes íntimos, n. 197 (8-V-1931)

Para la historia de la Obra de Dios, es muy interesante anotar estas coincidencias: El 24 de agosto, día de S. Bartolomé, fue la vocación de Isidoro. El 25 de abril, día de S. Marcos, hablé con otro (...). El día de S. Felipe y Santiago (1-V-31), tuve ocasión -sin buscarla- de hablar a dos. Uno de ellos, con quien me entrevisté de largo, quiere ser de la Obra.

Anotación del Fundador del Opus Dei en sus Apuntes íntimos, n. 354 (26-X-1931)

Hasta ahora, dato curioso, todas las vocaciones a la Obra de Dios han sido repentinas. Como las de los Apóstoles: conocer a Cristo y seguir el llamamiento. -El primero no dudó. Vino conmigo, tras de Jesús, a la ventura (...). El Día de San Bartolomé, Isidoro; por San Felipe, Pepe M. A.; por San Juan, Adolfo; después, Sebastián Cirac: así todos. Ninguno dudó; conocer a Cristo y seguirle fue uno. Que perseveren, Jesús: y que envíes más apóstoles a tu Obra.

Carta de Isidoro Zorzano al Beato Josemaría, 5-IX-1930

Isidoro Zorzano formó parte del Opus Dei desde el 24 de agosto de 1930 y falleció el 15 de julio de 1943. El 11 de octubre de 1948 se inició su causa de beatificación en la diócesis de Madrid-Alcalá, y se encuentra ya muy avanzada en su desarrollo. La carta aquí recogida corresponde a los momentos inmediatamente posteriores a su decisión de seguir el espíritu del Opus Dei. La Compañía citada en la carta es la Compañía de Ferrocarriles Andaluces, en la que trabajaba como ingeniero industrial.

Mi querido amigo:
A mi regreso de Logroño, me ha sido de todo punto imposible verte, como era mi deseo, y créeme que lo sentí, dado que el tema de nuestra última conversación me satisfizo muchísimo, ya que me sugirió nuevas ideas y me hizo concebir nuevas esperanzas; mejor dicho, esperanzas perdidas. (...) el optimismo que me inyectaste lo veo en peligro, siento la necesidad de estar juntos y orientarme definitivamente, con tu ayuda, en la nueva era que abriste a mis ojos y que era precisamente el ideal que yo me había forjado y que creía irrealizable (...) he pensado sobre ello y cada día me parece más hermoso; es mi única ilusión cooperar en dicho ideal para llevar a feliz término nuestra causa.
Procura contestarme pronto, pues tus cartas me hacen ver que estoy acompañado en esta soledad de Málaga.
Recibe un abrazo de tu buen amigo,
Isidoro

Carta de Isidoro Zorzano al Beato Josemaría, 14-IX-1930

Me dices que tu carta era larga, a mí me pareció muy corta; la he leído varias veces (…) Me encuentro ahora completamente confortado, mi espíritu lo encuentro ahora invadido de un bienestar, de una paz, que no había sentido hasta ahora; todo lo debo a la Obra de Dios.

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