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LA FUNDACIÓN DEL OPUS DEI

Por John F. Coverdale

 

 

Traducción: Fernando Gil-Delgado, Ignacio Barrera

 

A Anne Coverdale Luecke
y en memoria de John L. Luecke,
con gratitud y afecto

 

Introducción

 

El Opus Dei es una parte de la Iglesia Católica. Técnicamente, una prelatura personal, cuyo fin es promover entre católicos de todas las clases sociales una vida totalmente acorde con su fe. Ayuda a sus miembros y a otras personas a convertir su trabajo y el resto de actividades que forman el día a día de sus vidas en ocasiones de amar a Dios y de servir a sus semejantes, hombres y mujeres, recordándoles que todos los bautizados están llamados a buscar la santidad y a extender el Evangelio. Hoy día cuenta con más de 80.000 fieles de 90 nacionalidades: 47.000 en Europa, 28.000 en América, 5.000 en Asia, el Pacífico y Australia, y 2.000 en África. Según Vittorio Messori, el periodista italiano que colaboró con Juan Pablo II en el best seller “Cruzando el Umbral de la esperanza”, “la importancia eclesial del Opus Dei y su proyección social están empezando a notarse ahora. Sólo el tiempo la dará a conocer entoda su amplitud”[1].

Este libro cuenta la historia temprana del Opus Dei, cuando sólo era una pequeña semilla que empezaba a florecer. Elegí 1943 como el punto final del comienzo de su historia. En aquel tiempo el Opus Dei sólo contaba con unos doscientos fieles, todos ellos solteros, estudiantes universitarios o recién licenciados y que vivían en España. Sin embargo, ya en 1943 el fundador del Opus Dei, el beato Josemaría Escrivá, tenía en mente todas sus características esenciales y cómo se pondrían en práctica. Todo lo que vino después, y lo que está por venir, fue, pues, un desarrollo de lo que ya existía entonces.

Echando la vista atrás después de más de medio siglo, sería fácil suavizar inconscientemente la dureza de la historia de los comienzos a la luz del crecimiento posterior. El principal obstáculo para el desarrollo del Opus Dei en un principio fue la novedad de su mensaje: la búsqueda de la santidad en la vida ordinaria. Todavía hoy, a pesar de las enseñanzas del Vaticano II sobre la llamada universal a la santidad y el desarrollo de una rica teología sobre los laicos, a muchos católicos –por tener una visión clerical de la Iglesia– les resulta difícil de comprender. Treinta años antes del Concilio Vaticano II, la afirmación de que enfermeras, abogados, empleados de fábrica y trabajadores del campo estaban llamados por Dios a buscar la santidad en medio de sus ocupaciones se le antojaba a mucha gente, también a muchos eclesiásticos, como algo herético. De los pocos que admitían esa posibilidad teórica de buscar activamente la santidad en la vida ordinaria, muchos consideraban quijotesco dedicarse realmente a ello: “Si fuera a tomarme mi religión tan en serio”, pensaban, “lo mejor sería que me hiciera sacerdote.”

Además de esta dificultad intrínseca, el Opus Dei encaraba otra multitud de obstáculos. Su fundador era un joven sacerdote sin dinero ni contactos. Si pasaba grandes apuros para ganar el dinero necesario con que mantenerse, viviendo muy modestamente, él, su madre, su hermana y su hermano pequeño, cuánto más para sacar adelante las actividades del Opus Dei. Por otro lado, no pertenecía a la diócesis de Madrid, donde nació el Opus Dei, y por tanto se encontraba con la constante amenaza de ser expulsado de ella.

Poco después de la fundación del Opus Dei, España empezó a ser testigo de una serie de ataques legales a la Iglesia, a la vez que de brotes de violencia anticlerical. En este clima, muchos jóvenes que se tomaban en serio su fe se dedicaron con tanto ahínco a actividades políticas, incluso a la resistencia armada frente a la violencia anticlerical, que encontraban difícil o imposible entender la importancia que el fundador del Opus Dei daba a la vida interior de oración y sacrificio.

Unos años más tarde, cuando el Opus Dei tenía un pequeño núcleo de miembros y había adquirido un inmueble en el que llevar a cabo sus actividades, comenzó la Guerra Civil española y, con ella, lo que muchos han juzgado como la más sangrienta persecución que la Iglesia ha padecido en Europa occidental. Miles de personas –sacerdotes, religiosos y laicos– fueron asesinadas por sus convicciones religiosas. Se quemaron numerosas iglesias y se prohibieron las ceremonias religiosas. El fundador y los primeros miembros de la Obra se vieron obligados a esconderse. Durante tres años, las actividades de formación del Opus Dei se vieron obstaculizadas por la guerra, durante la cual quedó destruido el único centro. Dos miembros murieron en el frente y algunos otros no perseveraron a causa de las difíciles condiciones a las que se vieron sometidos durante la guerra.

No bien hubo acabado la Guerra Civil y el Opus Dei reanudado sus actividades, estalló la Segunda Guerra Mundial. España no estuvo envuelta directamente en ella, pero el clima de tensión y de incertidumbre que creó, unido al periodo de dureza y escasez económica de la posguerra, fue un nuevo obstáculo para el crecimiento del Opus Dei. Además, el Opus Dei empezó a sufrir una serie de crueles ataques. Algunos venían de los enemigos de la Iglesia que querían impedir a los católicos tomar en serio su fe; otros procedían de algunos políticos, contrarios a la defensa que hacía el Opus Dei de la libertad política de los católicos y a su negativa a suscribir la doctrina política dominante. Los ataques más importantes vinieron, sin embargo, de algunos sacerdotes y religiosos que veían el mensaje del Opus Dei acerca de la vocación de los laicos como herético y como una amenaza para los seminarios y la vida religiosa.

A pesar de todas estas dificultades, el Opus Dei no sólo sobrevivió, sino que se consolidó. Su supervivencia y crecimiento no son, sin embargo, conclusiones que se daban por supuestas. Se deben, principalmente, a la gracia de Dios y, también deben mucho al valor extraordinario, fortaleza y fe del fundador y de sus primeros seguidores, que este libro documenta.

 

* * *

Este estudio está basado en libros y artículos ya publicados. Las fuentes en las que descansa son fragmentarias e irregulares. Hay material abundante sobre muchos acontecimientos; sobre otros, muy poco; y casi nada, acerca de algunos. Por diversas razones, también la caridad hacia quienes no perseveraron en el Opus Dei, las fuentes accesibles se refieren exclusivamente a la gente que continuó en el camino emprendido y contribuyeron al crecimiento y desarrollo del Opus Dei.

El texto incluye muchas citas del Beato José María Escrivá. Algunas están tomadas de sus obras escritas, publicadas y no publicadas. Otras, de notas sobre lo que dijo en diversas ocasiones. Me remito, con frecuencia, al Archivo General de la Prelatura del Opus Dei, que el lector verá en las notas con las siglas AGP.

Aunque no puedo citar a todos individualmente, no quiero dejar de expresar un especial agradecimiento a Stanley G. Payne, que fue mi maestro en la Universidad de Wisconsin.

 

* * *

Oí hablar por primera vez del Opus Dei en Milwaukee, Wisconsin, en 1958. Poco después me incorporé a él. Desde 1960 a 1968 estudié en el Colegio Romano de la Santa Cruz, perteneciente al Opus Dei, donde tuve la oportunidad de conocer y trabajar con su fundador, Josemaría Escrivá de Balaguer, que fue beatificado por el Papa Juan Pablo II en 1992 y será canonizado el 6 de octubre de 2002. Aparte de un breve epílogo, todos los acontecimientos narrados en este libro ocurrieron mucho tiempo antes de que oyera hablar del Opus Dei por primera vez. No están por eso basados en mi observación directa. El relato está, sin embargo, como es lógico, impregnado de mi experiencia personal.

 

Nueva York, mayo de 2002


 

Capítulo 1

 

La fundación del Opus Dei (2 de octubre de 1928)

 

El martes 2 de octubre de 1928, fiesta de los Santos Ángeles Custodios, era el segundo día de unos ejercicios espirituales organizados para sacerdotes diocesanos en una casa que los Padres Paúles tenían en lo que entonces eran las afueras de Madrid. Los seis sacerdotes que participaban en aquella tanda ya habían celebrado Misa, desayunado y también habían rezado juntos parte del breviario correspondiente a aquella jornada y leído algunos pasajes del Nuevo Testamento. Hacia las 10 de la mañana, el joven sacerdote Josemaría Escrivá, de 26 años, se dirigió a su habitación.

Allí, solo, se puso a revisar y ordenar algunas notas personales de los últimos años que había llevado consigo. En ellas, había escrito una serie de gracias e inspiraciones divinas que Dios le fue concediendo como respuesta a diez años de intensa oración en los que había hecho suyas las palabras que el ciego del Evangelio dirigió a Jesús cuando le preguntó qué quería: "¡Señor, que vea!". Escrivá tenía la seguridad de que Dios quería de él algo concreto, pero las mociones que tuvo hasta la fecha eran tan incompletas y parciales, que a duras penas podía intuir lo que el Señor verdaderamente deseaba. Con el paso de los años, era frecuente que describiera esas gracias recibidas antes del 2 de octubre de 1928 como "barruntos" de lo que Dios le pedía.

En el preciso instante en que las campanas de la cercana iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles repicaban alegremente para celebrar la fiesta del día, aparecieron de pronto las piezas que faltaban para completar una imagen que ahora veía con nitidez. Escrivá vio cómo Dios quería que hubiera una porción de la Iglesia, compuesta por gente de toda condición, que se dedicara a incorporar a su vida -y lo comunicara a su vez a amigos, vecinos y colegas- el fascinante mensaje evangélico de que Dios llama a todo el mundo a la santidad, sea cual sea su edad, condición social, profesión o estado.

En una anotación recogida por Escrivá en 1930, en lenguaje casi telegráfico, se resume el contenido de la visión que tuvo el 2 de octubre de 1928: "Simples cristianos. Masa en fermento. Lo nuestro es lo ordinario, con naturalidad. Medio: el trabajo profesional. ¡Todos santos!"[2]. El escritor francés Francois Gondrand nos ha legado una versión más poética de la misma idea: "miles, millones de almas que elevan sus oraciones a Dios en toda la superficie de la tierra; generaciones y generaciones de cristianos, inmersos en toda clase de actividades humanas, ofreciendo al Señor sus tareas profesionales y las mil preocupaciones de una vida ordinaria; horas y horas de trabajo intenso, constante, que sube hasta el cielo como un incienso de agradable aroma desde los cuatro puntos cardinales... Una multitud formada por ricos y pobres, jóvenes y ancianos, de todos los países y de todas las razas. Millones y millones de almas, a través de los tiempos y a lo largo del mundo... Un latir invisible que recorre y riega la superficie de la tierra"[3].

No sabemos si la visión que tuvo Escrivá se parece más a la austera nota escrita en 1930 o a la lírica versión recogida por Gondrand muchos años después, pero siempre que hablaba o escribía sobre los sucesos acaecidos aquel 2 de octubre de 1928, sus palabras eran invariablemente breves y esquemáticas. Con frecuencia, el suceso quedaba zanjado con la lacónica expresión: "Vi el Opus Dei".

En un documento del 2 de octubre de 1931, el más antiguo que se conserva con una referencia a la fecha fundacional, Escrivá comenta: "Recibí la iluminación sobre toda la Obra"[4]. Esa iluminación comprendía una “idea clara general”[5] de la misión encomendada, aunque sin incluir todos los detalles. En otra ocasión Escrivá nos dice: "Dios nuestro Señor me trató como a un niño; no me presentó de una vez todo el peso, y me fue llevando adelante poco a poco. A un niño pequeño no se le dan cuatro encargos de una vez. Se le da uno, y después otro, y otro más cuando ha hecho el anterior. ¿Habeis visto cómo juega un chiquillo con su padre? El niño tiene unos tarugos de madera, de formas y colores diversos... Y su padre le va diciendo: pon este aquí, y ese otro ahí, y aquel rojo más allá... Y al final ¡un castillo!"[6]

 

* * *

Este libro narra la historia de la construcción de ese castillo. Pero antes de adentrarnos en esa historia, es preciso que veamos cómo llegó Escrivá hasta esa visión fundacional del 2 de octubre de 1928.


 

Capítulo 2

 

Los primeros años (1902–1925)

 

Juventud

El fundador del Opus Dei nació el 9 de enero de 1902. Era hijo de José Escrivá, un joven comerciante de 33 años y Dolores Albás, de 23. Los Escrivá se casaron en 1898 y un año después nació la primogénita, María del Carmen. Al segundo hijo le pusieron cuatro nombres: José por su padre, María, por devoción a la Virgen María, Julián, por ser el santo del día en que fue bautizado, y Mariano, en honor a su padrino. Alrededor de 1935 y en consonancia con esa devoción a la Virgen que le inculcaron de pequeño, Escrivá unió los dos primeros nombres en uno solo –Josemaría–, pero de joven y durante sus primeros años de sacerdocio firmaba como José María Escrivá[7].

La familia Escrivá provenía de Barbastro (Huesca), población de unos 7.500 habitantes situada en las estribaciones de los Pirineos, a unos 70 kilómetros de la frontera francesa. Era el centro comercial de una zona eminentemente agrícola. Barbastro no tenía grandes industrias y los distintos negocios familiares prosperaban o caían, dependiendo de lo que ocurriera con las explotaciones agrícolas de la comarca. La ciudad no contaba, por tanto, con una clase alta y los miembros más destacados de la sociedad eran comerciantes y pequeños industriales de clase media.

Don José era socio de un comercio de tejidos y de una pequeña fábrica de chocolates. La familia vivía en un piso cuyos balcones daban a la calle principal del pueblo. Como era habitual en las familias acomodadas de esa época, los Escrivá contaban con cocinera, doncella, niñera y un mozo que iba algunas horas a ayudar en las tareas domésticas.

El único suceso de cierta importancia en la infancia de Escrivá fue la grave enfermedad padecida cuando tenía dos años. Por aquel entonces no había antibióticos y las infecciones eran con frecuencia fatales, de suerte que una tarde el médico de familia que atendía al pequeño predijo que no sobreviviría a esa noche. Su madre encomendó su curación a la Virgen, prometiendo que si sanaba iría con él en peregrinación a la cercana ermita de Torreciudad. A la mañana siguiente, cuando el médico se acercó a la casa de los Escrivá a preguntar la hora del fallecimiento, se encontró a la criatura totalmente recuperada dando brincos en la cuna.

Tal y como se desprende de la reacción de su madre ante la enfermedad del pequeño, los Escrivá eran fervientes católicos, y la devoción a la Virgen María tuvo siempre un papel importante en sus vidas. Aparte de asistir a Misa los domingos, la familia rezaba con frecuencia el Rosario en casa y los sábados por la tarde se acercaban a una iglesia próxima a recitar la Salve en honor de la Madre de Dios. Sus vidas estaban profundamente marcadas por la fe cristiana, plasmada con naturalidad en los quehaceres cotidianos. Por ejemplo, cuando el joven Escrivá mostraba alguna vez su timidez, la madre le decía: “Josémaría, vergüenza sólo para pecar”[8]. De todas formas, no sería ni mucho menos acertado concluir que los Escrivá pertenecieran a ese tipo de gente que mataba inútilmente las horas comentando los últimos chismorreos eclesiásticos como si fueran beatos. Se trataba más bien de una familia que, pasados los años, el propio Escrivá describiría como “gente que practicaba y vivía su fe”[9].

En el hogar de sus padres, el joven Josemaría aprendió las primeras oraciones que luego repetiría y enseñaría a otros a lo largo de su vida, como por ejemplo: “Tuyo soy, para Ti nací. Jesús ¿qué quieres de mí?” o “Ángel de la Guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día. Si me desamparas, ¿que será de mí? Ángel de la Guarda, ruega a Dios por mí”.

Cuando cumplió seis años, su madre le llevó a su confesor para que recibiera el sacramento de la penitencia por primera vez. Escrivá siempre mostró un gran amor y veneración a este sacramento y le gustaba recordar su primera confesión. Al terminar, el sacerdote le impuso como penitencia pedir a sus padres que le hicieran un huevo frito. Al volver a casa, doña Dolores supuso que el sacerdote le habría mandado recitar unos cuantos padrenuestros y avemarías y le preguntó si necesitaba ayuda para cumplir la penitencia. El pequeño le contó a su madre cuál había sido la penitencia impuesta y le aseguró que era capaz de cumplirla él solo... A partir de esa fecha, Escrivá se confesó de forma regular durante toda su vida y siempre afirmó que el sacramento de la penitencia, lejos de ser una experiencia traumática, como algunos sostienen, fue para él una fuente de paz y serenidad.

La infancia de Escrivá fue la de un niño feliz. La familia iba creciendo poco a poco: María Asunción nació en 1905 y María Dolores en 1907; dos años más tarde vino al mundo su hermana María del Rosario. Los negocios de don José prosperaban y la familia disfrutaba de una vida tranquila. El joven Escrivá sentía una gran admiración por su padre y disfrutaba yendo a pasear por los alrededores de Barbastro. Su padre se interesaba vivamente por todo lo relacionado con su hijo, los éxitos y fracasos de un niño, sus alegrías y tristezas. Sus padres siempre le dieron mucha libertad al tiempo que, lógicamente, estaban pendientes de lo que hacía, pues nunca descuidaron la educación de la prole. En el colegio, Escrivá destacó en dibujo y literatura, y pronto comenzó a disfrutar de los clásicos de la literatura española, un gusto que conservó toda su vida. Siendo apenas un muchacho, leyó el Quijote por primera vez en unos tomos llenos de ilustraciones que su padre guardaba en la biblioteca familiar.

Pero la alegría de los primeros años duraría bien poco. Su hermana más pequeña, Rosario, murió en 1910 con apenas nueve meses. Dos años después le seguiría a la tumba María de los Dolores a la edad de cinco años. Esas muertes entristecieron enormemente a Josemaría que no podía entender cómo un Dios bondadoso permitía que sus hermanas murieran tan niñas. Un buen día, cuando sus dos hermanas y unos amigos estaban construyendo un castillo de naipes, Escrivá entró en la habitación y de un manotazo echó abajo las cartas. Al preguntarle enfadadas el porqué de su actuación contestó que eso mismo era lo que hacía Dios con las personas: se construye un castillo y, cuando está casi terminado, Dios lo tira.

El dolor de Escrivá aumentó aún más –si cabe– en 1913 al ponerse gravemente enferma su hermana Asunción. Una tarde al regresar a casa preguntó a su madre cómo estaba evolucionando la enfermedad de su hermana; doña Dolores le contestó: “Ya está bien, ya está en el cielo”[10]. Pese a la fe y confianza en Dios con que sus padres aceptaron este nuevo y terrible golpe, la serie de muertes, una tras otra, dejó una huella tan profunda en la mente del pequeño Josemaría que llegó a comentar a su madre que el próximo año le tocaría a él. Dejó de decirlo al darse cuenta de que ella se entristecía mucho al oírlo. “No te preocupes –le decía doña Dolores– que tú estás ofrecido a la Virgen y ella te cuidará”.

Por si esto no fuera poco, al año siguiente, los Escrivá sufrieron un nuevo y serio contratiempo: la quiebra del negocio familiar. Los años previos a la Primera Guerra Mundial fueron especialmente difíciles para Aragón y en concreto para Barbastro. El comercio de la ciudad dependía en gran medida de la agricultura, y, cuando las cosechas no eran buenas, surgían dificultades y problemas de todo tipo, pues en la zona no había bancos importantes que concedieran a las pequeñas empresas los créditos necesarios para salir de apuros durante los años de depresión. Entre 1907 y 1914, el número de tiendas de tejidos en Barbastro pasó de once a cinco. Aparte de los problemas causados por la recesión generalizada, el negocio de don José tuvo algunas dificultadas añadidas por los pagos que debía abonar a sus antiguos socios. La situación se vio agravada todavía más porque el antiguo socio no quiso saldar las deudas pendientes y porque hubo de pagar las minutas del juicio celebrado para que se cumpliera el acuerdo. Durante casi todo el año 1914, don José trató de mantener a flote el negocio recortando los gastos del hogar, pero a finales del otoño no aguantó más y entró en bancarrota.

Además del negocio antes mencionado, la familia Escrivá era propietaria de la casa solariega y otros bienes sobre los cuales los acreedores no tenían derecho legal alguno. La venta de esos bienes habría permitido a la familia seguir disfrutando de una relativa comodidad a pesar de la quiebra, pero tras considerar el asunto detenidamente, don José decidió que lo más honroso sería liquidar todos los bienes y pagar a los acreedores, pese a que mucha gente le aseguraba que no tenía ninguna obligación de hacerlo. Esta medida hizo que la familia se encontrara de buenas a primeras en una situación extremadamente difícil.

En una localidad como Barbastro donde las familias acomodadas no eran muy numerosas, la noticia de la ruina económica de los Escrivá corrió como la pólvora, sobre todo entre los amigos y compañeros de clase del joven Josemaría. Se extendió el rumor de que su estado de pobreza era tal que, literalmente, “se morían de hambre”. Un amigo, con la lógica ingenuidad de un niño, recuerda haberse sorprendido en una ocasión al ver a Josemaría merendar un bocadillo de jamón, y le preguntó a su madre por qué la gente decía que los Escrivá no tenían dinero para comer cuando él le había visto tomar tan suculento manjar. No resulta difícil imaginar las pullas y mofas que el pequeño Josemaría habría de sufrir de boca de sus compañeros. Con los años llegó a decir que esos comentarios le enseñaron que los niños, en ocasiones, no tienen corazón, o cabeza, o las dos cosas.

A los escarnios de los compañeros de colegio, había que sumar los que venían de algunos parientes de doña Dolores, quienes no aplaudían la decisión de don José de pagar a los acreedores, cuando la ley no se lo exigía. Los que estaban en buena posición económica se negaron a ayudar y un tío suyo sacerdote, Carlos Albás, fue muy duro en sus críticas a su cuñado y le acusó de haber hundido a su familia en la miseria, pudiendo haber mantenido una buena posición económica.

La palabra miseria era, sin duda, una exageración, pero es cierto que la familia estaba atravesando momentos muy delicados y Barbastro era un sitio demasiado pequeño como para ofrecer perspectivas de recuperación. Don José, por tanto, comenzó a buscar trabajo en otros lugares y al final encontró un puesto de dependiente en una tienda de paños en Logroño. Y ahí se fue a primeros de 1915, dejando atrás a la familia hasta que acabara el curso académico. Después de pasar el verano en el pueblo de Fonz donde tenían parientes, los Escrivá se mudaron a Logroño en otoño de ese mismo año, cuando el joven Josemaría contaba 13 años.

Logroño era por aquel entonces una pequeña capital de provincia de unos 25.000 habitantes. Pese a que la ciudad y su comercio estaban en auge, los Escrivá pasaron años muy duros, sobre todo los primeros. Consiguieron un piso que carecía de ascensor y calefacción. Debido a que estaba en la última planta del edificio, era muy caluroso en verano y helador en invierno. La situación se hacía más dolorosa al no tener apenas parientes ni conocidos en la ciudad.

En un ambiente en el que las clases sociales estaban por aquel entonces claramente definidas, la posición que tuvieron en Logroño era muy distinta de la que gozaron en Barbastro. Allí los Escrivá pertenecían a la próspera clase media, y en su nueva ciudad de adopción don José dejó de ser propietario de un negocio, para convertirse en un empleado a las órdenes de un superior. La familia ya no pudo disfrutar de los habituales entretenimientos propios de la clase media, ni recibir visitas al estilo acostumbrado, ni tampoco tomar parte en los acontecimientos sociales de la ciudad. En una época en la que todas las familias de su clase tenían servicio, doña Dolores y su hija Carmen se encargaron de las tareas del hogar sin ayuda de nadie. Como tantas familias de entonces, atravesaron tiempos difíciles, pero, en la medida de lo posible, procuraron llevar una vida digna aunque no les fue fácil. Trataron de mantener el interés que siempre habían tenido por la literatura y la cultura en general, pero no podían compartir sus gustos con los nuevos amigos y conocidos de procedencia menos cultivada. Don José y doña Dolores no se quejaban y se esforzaron para que el ambiente en el hogar fuera digno, agradable y tranquilo. No obstante, al echar la vista atrás y recordar los años de Logroño, Escrivá los definió como “tiempos muy duros”[11].

Con el tiempo, supo ver las dificultades familiares como algo inherente al plan que Dios le tenía reservado como fundador del Opus Dei. En Logroño aprendió a vivir la pobreza cristiana con buen humor y dignidad. Siempre se acordó del consejo que su padre daba a toda la familia: “Tenemos que actuar con responsabilidad en todo, porque no podemos permitirnos el lujo de gastar lo que no tenemos, pero hemos de sobrellevar la pobreza con dignidad, aunque sea humillante para nosotros, sin que lo noten los que no son de la familia y sin darla a conocer”. En los últimos años de su vida Escrivá recordaba: “A mi padre no le fue nada bien en los negocios. Y doy gracias a Dios porque así sé yo lo que es la pobreza; si no, no lo hubiera sabido”[12].

De la paciencia y buen humor de su padre en la adversidad, Escrivá aprendió a vivir muchas virtudes como la fortaleza y la alegría que tanto le ayudarían en su vida. “No le recuerdo jamás con un gesto severo: le recuerdo siempre sereno, con el rostro alegre. Y murió agotado: con sólo cincuenta y siete años. Le debo mi vocación”[13]. “Vi a mi padre como la personificación de Job. Le vi sufrir con alegría, sin manifestar el sufrimiento. Y vi una valentía que era una escuela para mí, porque despues he sentido tantas veces que me faltaba la tierra y que se me venía el cielo encima, como si fuera a quedar aplastado entre dos planchas de hierro”[14].

El joven Escrivá ingresó en el instituto de Logroño donde se impartían las clases desde primeras horas de la mañana hasta el mediodía. A principios del siglo XX no eran muchos los que cursaban todo el bachillerato, dado que el nivel académico era alto. Los exámenes resultaban duros y, por ese motivo, muchos alumnos iban también a escuelas privadas donde recibían clases complementarias para poder así dominar las asignaturas que se impartían en el instituto. Por las tardes, Josemaría Escrivá asistía a clases en el colegio de San Antonio. Era un alumno aplicado y sacaba buenas notas, sobre todo en literatura. Leía mucho; libros que le mandaban en la escuela y otros por interés propio, como los clásicos españoles del Siglo de Oro. Seguía también muy de cerca los acontecimientos internacionales, como la evolución de la Primera Guerra Mundial o la lucha irlandesa por alcanzar la tan ansiada libertad religiosa.

Cuando tuvo que decidir la rama del bachillerato que seguiría, Escrivá –que había mostrado durante años gran habilidad en dibujo y matemáticas– resolvió estudiar Arquitectura. Aunque huelga decir que se tomaba en serio lo referente a la religión y rezaba con sincera piedad las oraciones aprendidas de niño, no mostró nunca una predisposición especial hacia el sacerdocio o la vida religiosa y eran frecuentes sus protestas por tener que estudiar latín, idioma que consideraba como algo exclusivo de curas y frailes.

 

Vocación

Hubo sin embargo una fecha clave en la vida del joven Josemaría. Debió de ser a finales de diciembre de 1917 o en los primeros días de enero de 1918. El invierno estaba siendo especialmente duro y en esa fecha cayó una intensa nevada en la ciudad. Un día que iba por la calle a primera hora de la mañana vio en el suelo las huellas heladas de los pies de un carmelita descalzo. El hecho en sí no tenía mayor importancia, pero a Escrivá le produjo una impresión muy profunda. “Si otros hacen tantos sacrificios por amor de Dios –pensaba– ¿yo no voy a ser capaz de ofrecerle nada?”. Dios se valió de ese evento: “Arrojó el Señor en mi corazón una semilla encendida en amor”[15], como escribió años después en una carta.

Con el ardor y pasión de un joven adolescente, decidió responder plenamente y de corazón a la llamada divina, y desde el mismo momento en que vio aquellas pisadas en la nieve sacó no sólo el deseo de amar más a Dios, sino el convencimiento de que el Señor le estaba pidiendo a él algo concreto y especial. En otra ocasión, pocos meses antes de morir, refiriéndose a ese incidente comentaba: “Comencé a barruntar el Amor, a darme cuenta de que el corazón me pedía algo grande y que fuese amor [...]. Yo no sabía lo que Dios quería de mí, pero era, evidentemente, una elección. Ya vendría lo que fuera... De paso me daba cuenta de que no servía, y hacía esa letanía, que no es de falsa humildad, sino de conocimiento propio: no valgo nada, no tengo nada, no puedo nada, no soy nada, no sé nada...”[16].

Josemaría comenzó a asistir a Misa y comulgar a diario, a rezar con más fervor, y a buscar la purificación interior con penitencia y confesión frecuente. También comenzó a tener dirección espiritual con el padre José Miguel, aquel carmelita cuyas huellas había visto en la nieve. En muchas otras ocasiones, Escrivá había recibido consejos para su vida interior cuando iba a confesar, pero esta vez era la primera que tenía una dirección espiritual formal y sistemática aparte del sacramento.

Desde aquel momento y hasta los últimos días de su vida, Escrivá trató siempre de buscar en la dirección espiritual el buen consejo que le ayudara en su vida interior. Estaba convencido, como escribió en 1939 en “Camino”, de que: “Conviene que conozcas esta doctrina segura: el espíritu propio es mal consejero, mal piloto, para dirigir el alma en las borrascas y tempestades, entre los escollos de la vida interior[17]. En consonancia con una arraigada tradición de la Iglesia, le gustaba ver a sus directores espirituales no sólo como consejeros prudentes para su alma, cuyas recomendaciones había que tener en cuenta, sino como verdaderos representantes de Dios a los que debía obedecer sin reservas. “Director. -Lo necesitas. -Para entregarte, para darte..., obedeciendo. -Y Director que conozca tu apostolado, que sepa lo que Dios quiere: así secundará, con eficacia, la labor del Espíritu Santo en tu alma, sin sacarte de tu sitio..., llenándote de paz, y enseñándote el modo de que tu trabajo sea fecundo[18].

Esta actitud de entrega en ningún momento supuso una renuncia a su libertad personal y a la responsabilidad. En última instancia, cada alma es la única responsable ante Dios, y algunas decisiones, como la de seguir una determinada vocación o elegir cónyuge, deben hacerse en conciencia, tras sopesar los consejos recibidos. Por eso, cuando el padre José Miguel le sugirió en la primavera de 1918 la posibilidad de hacerse carmelita, lo consideró en la presencia de Dios y llegó a la conclusión de que no era eso lo que Dios le pedía. Aunque no sabía a ciencia cierta lo que Dios quería de él, intuía que las limitaciones propias de la vida religiosa iban a resultar a la larga un impedimento para llevar a cabo lo que Dios tenía en mente para él.

Por otra parte, el asunto de la vocación lo llevaba a diario a su meditación personal y en abril o mayo de ese año –1918– decidió hacerse sacerdote. Esta resolución no suponía un cambio con respecto a lo que antes pensaba sobre el estado clerical; aunque apreciaba y respetaba el valor del sacerdocio, seguía sin sentirse especialmente atraído por la idea de ser cura. Como decíamos antes, su decisión de entrar en el seminario respondía más bien a la intuición de que haciéndose sacerdote estaría mejor preparado para llevar a cabo “aquello” que, sin saber exactamente qué, Dios le estaba pidiendo.

Aunque la mayoría de los sacerdotes diocesanos trabajaba en parroquias, Escrivá sabía que había también una gran variedad de modos de ejercer el ministerio, pues sin ir más lejos, algunos parientes suyos eran canónigos. Es bastante probable, por tanto, que no tuviera una idea claramente definida de cómo iba a ser su vida sacerdotal. Estaba convencido, sin embargo, de que fuese cual fuese el futuro su pretensión de ordenarse sacerdote no era un capricho para prosperar en la vida siguiendo una carrera eclesiástica en el sentido tradicional, sino que le iba a preparar adecuadamente para realizar la voluntad de Dios.

 

El seminario de Logroño

Siguiendo esos barruntos de los que ya hemos hablado, Escrivá decidió entrar en el seminario de Logroño en la primavera de 1918. Esta decisión cogió a la familia completamente por sorpresa. Su padre tenía la lógica ilusión de ver a su único hijo varón perpetuar el apellido y, quizás, recomponer la fortuna familiar; así las cosas, don José no pudo reprimir las únicas lágrimas que Josemaría viera en ojos de su padre y le aconsejó que meditara el asunto con detenimiento. “Los sacerdotes –le dijo- tienen que ser santos. Es muy duro no tener casa, no tener hogar, no tener un amor en la tierra. Piénsalo un poco más, pero yo no me opondré”[19]. Al joven Escrivá le conmovieron las lágrimas de su padre, pero no se echó atrás en su decisión de entrar en el seminario; y, lleno de confianza en el Señor, tuvo incluso la audacia de pedir a Dios que enviara otro hijo a sus padres. Humanamente hablando, esas oraciones no parecían tener mucho futuro ya que el último vástago había nacido nueve años antes, y su madre tenía a la sazón 39 años y su padre 49. No obstante, a los nueve o diez meses, en febrero de 1919, nació su hermano Santiago.

Escrivá terminó sus estudios en el instituto en 1918 y pasó gran parte del verano estudiando Latín, Lógica, Metafísica y Ética para preparar el examen de ingreso en el seminario. En otoño entró como alumno externo.

La vida en el seminario le produjo una impresión muy fuerte. Aunque su familia estaba atravesando momentos harto difíciles, siempre estuvo acostumbrado a un ambiente amable y de alto nivel cultural, en el que el orden, el aseo, la buena educación, el tacto y el interés por los temas de actualidad, así como una arraigada vida de piedad, impregnaban la buena y grata convivencia. Por el contrario, el ambiente del seminario era algo muy distinto.

El edificio del Seminario de Logroño era un caserón construido en 1559 que en épocas pasadas había conocido tiempos mejores. También había servido de cuartel, hospital militar e incluso de prisión. En 1918, el piso de abajo lo seguía ocupando una brigada de artillería y uno de los pabellones servía de establo a las mulas y caballos empleados en tirar de las piezas de artillería. Los pisos superiores, donde el seminario tenía las dependencias, se encontraban en un estado deplorable.

Muy pocos compañeros de Josemaría provenían de familias en que se valoraran las buenas maneras, la educación y la cultura. No eran muchos los jóvenes pertenecientes a lo que en la España de entonces se llamaban “familias bien”, por su posición económica o social, los que llegaban a hacerse sacerdotes diocesanos. Los pocos muchachos de clase alta o media que decidían ordenarse lo hacían tras ingresar en alguna orden religiosa. Aproximadamente un tercio de los seminaristas diocesanos eran hijos de agricultores u obreros, los cuales, en la España de principios del siglo XX, apenas tenían acceso a la educación y la cultura. Raro era el seminarista cuya familia estuviera habituada a comprar libros o mantuviera suscripciones a periódicos o revistas. Tan solo el 10% de los alumnos de los seminarios españoles surgía de familias con profesiones liberales, y en Logroño puede que el porcentaje fuera incluso menor. Esto explica que los compañeros de instituto de Escrivá le miraran por encima del hombro en cuanto se enteraron de su intención de ingresar en el seminario.

No existen documentos fidedignos que indiquen con certeza el grado de instrucción y piedad que había en el Seminario de Logroño cuando Escrivá ingresó en 1918; o en el de Zaragoza, a donde el joven seminarista se trasladó en 1920. No obstante, el Nuncio de Su Santidad no pintaba por aquel entonces un panorama muy alentador cuando en 1930 describía los seminarios españoles como “cuarteles o reformatorios”. Seguía diciendo: “Y el clero, fruto de ese árbol, ha olvidado el espíritu sobrenatural y se ha preocupado del pan y de la carrera. Los seminaristas, procedentes en su mayoría de las clases más humildes y hasta miserables, no han recibido educación, ni formación, ha faltado estímulo y orientación acertada”[20].

Pero las dificultades externas eran para Josemaría lo de menos; la batalla principal se libraba en el interior. Escrivá se encontró “medio ciego, siempre esperando el porqué. ¿Por qué me hago sacerdote? El Señor quiere algo; ¿que es?”[21]. Dios quería algo de él, pero no sabía qué. Ante este dilema, Josemaría intensificó sus oraciones. En una nota de sus apuntes íntimos, redactados algunos años después, escribe: “Durante años, a partir del primero de mi vocación, tuve por jaculatoria siempre en mis labios: Domine, ut videam! Sin saber para qué, yo estaba persuadido de que Dios me quería para algo. Así estoy seguro de haberlo manifestado alguna o algunas veces a tía Cruz Sor Mª de Jesús Crucificado, en cartas que le envié a su convento de Huesca. La primera vez que medité el pasaje de san Marcos del ciego a quien dio vista Jesús, cuando aquel contestó, al ‘qué quieres que te haga’ de Cristo, ‘Rabboni, ut videam’, se me quedó esta frase muy grabada. Y, a pesar de que muchos como al ciego me decían que callara [...], decía y escribía, sin saber por qué: ut videam!, Domine, ut videam! Y otras veces: ut sit! Que vea Señor, que vea. Que sea”[22].

Durante toda su vida, Escrivá mostró una actitud de absoluta disponibilidad para cumplir la voluntad de Dios. Lo vemos reflejado en uno de sus apuntes personales de 1930: “Y de tu borrico, Niño‑Dios, haz cuanto quieras: como los niños traviesos de la tierra, tírame de las orejas, zurra fuerte a este borricote, hazle correr para tu gusto...”[23]. El teólogo español José Luis Illanes explica que Escrivá aprendió a vivir esta plena disponibilidad para con Dios en los once años que transcurrieron entre los primeros barruntos de su vocación y la fundación del Opus Dei en 1928, “pasados en expectativa, a la espera de una luz divina que desvelara el sentido de la inquietud sembrada en su corazón. Caminar así, ser fiel a una llamada que se entrevé, pero de la que no se conocen el porqué ni el para qué, perseverar jornada a jornada dispuesto para cualquier cosa, aun la más inesperada, vivir al día sin poder hacer planes ni proyectos, es una forja que purifica el alma hasta terminar situándola en una plena desnudez ante Dios. La incertidumbre en que el Señor mantuvo a Mons. Escrivá de Balaguer durante largos años le condujo a una actitud de disponibilidad tan honda que acabó siendo consubstancial con la propria persona”[24]. Tras la muerte de Josemaría Escrivá, el arzobispo de Toledo, cardenal Marcelo González, explicó que el secreto de la inmensa riqueza espiritual de su vida residía “en el dejarse llevar, en la posesión de un corazón pobre, no instalado, desprendido, abierto a todo, saturado de confianza en Dios en medio de las mayores pruebas”[25].

Durante sus estudios en el Seminario de Logroño, Josemaría siguió viviendo en casa de sus padres. Como alumno externo disfrutaba de mayor libertad que el resto de los estudiantes que vivían en el seminario, pues no estaba obligado a participar en todas las actividades. Los domingos, por ejemplo, los alumnos que vivían en el seminario enseñaban catecismo a los niños, mientras que los alumnos externos podían estar todo el día con sus familias. Escrivá, sin embargo, echaba una mano en las clases de catecismo, actividad que continuaría ejerciendo con el paso de los años.

 

Zaragoza

Su padre le animó a compaginar los estudios sacerdotales con una licenciatura en Derecho, aunque no sabemos exactamente el porqué de ese consejo. Quizás previó la posibilidad de que su hijo mayor tuviera que contribuir en el futuro al sostenimiento de la economía familiar. Sea como fuere, Josemaría convino en que la idea era buena, pero no era posible estudiar esa carrera ni en Logroño ni en Calahorra, donde los seminaristas completaban el último ciclo de estudios eclesiásticos. La Facultad de Derecho más próxima se encontraba en Zaragoza. Tenía también la ventaja de que allí podría obtener el doctorado en Teología, algo prácticamente imposible si permanecía en Logroño. Escrivá, por tanto, solicitó y obtuvo el permiso oportuno para trasladarse a Zaragoza y recibir las órdenes sagradas en aquella diócesis.

Zaragoza era una de las más importantes y populosas ciudades del país. Tenía una universidad estatal con Facultad de Derecho, otra Universidad Pontificia y dos seminarios. Tras la Primera Guerra Mundial, la ciudad atravesaba un período difícil y turbulento. Se habían producido recientemente hechos sangrientos: asesinatos e insurrecciones anarquistas y diversos brotes de pistolerismo que provocaron la declaración del estado de guerra y la supresión de las libertades cívicas. Entre 1917 y 1923 la violencia política se cobró veintitrés vidas en aquella ciudad.

En el otoño de 1920, Escrivá ingresó en el Seminario de San Carlos, donde los alumnos vivían y recibían su formación espiritual; para las clases de teología tenían que trasladarse a la cercana Universidad Pontificia. Ésta es por tanto la primera vez que Escrivá vive –de hecho– en un seminario. Como el resto de sus compañeros, dispone de una pequeña habitación parcamente amueblada, sin cuarto de baño ni luz eléctrica. En todo el edificio no había ni una sola ducha o bañera; cada seminarista tenía una jofaina que podía llenar de agua fría en una pila ubicada al final del pasillo. La mayoría se contentaba con lavarse la manos y la cara puesto que el seminario no tenía calefacción, ni siquiera en los más crudos días del invierno. Los estudiantes se sorprendían de que Escrivá hiciera tantos viajes a la pila para conseguir el agua necesaria para lavarse de los pies a la cabeza. Algunos incluso llegaron a tildarle de melindroso y comentaban que tanta atención a la higiene personal no era lo más adecuado para un sacerdote. En una ocasión, un seminarista especialmente ordinario y que olía muy mal llegó a frotarle la cara con la manga empapada de sudor diciendo: “¡Hay que oler a hombre!”[26]. El joven Escrivá, que de naturaleza era bastante impulsivo, a duras penas pudo controlarse y se limitó a contestar: “No se es más hombre por ser más sucio”[27]

Pero no era sólo la pulcritud lo que motivaba que sus propios compañeros le tacharan de “señorito”[28]. Uno de los seminaristas que compartió sus años de alumno en el San Carlos recordaba más tarde: “Era Josemaría un señor de pies a cabeza, en todo su comportamiento: en la manera de saludar, en la forma de tratar a las personas, en cómo vestía, en la educación con que comía; sin proponérselo, representaba un fuerte contraste con lo que parecía costumbre entonces”[29].

La piedad de Escrivá también llamaba la atención. El régimen de vida del seminario incluía Misa, meditación, Rosario, lectura de un libro espiritual, visita al Santísimo Sacramento y examen de conciencia por la noche. Lo normal era que hasta los más piadosos se contentaran con cumplir estas observancias y demás actos de piedad establecidos; sin embargo, Josemaría hacía frecuentes visitas a la capilla del seminario durante el tiempo libre. Ahí, delante del Santísimo Sacramento, abría su corazón al Señor, a veces durante horas enteras y en ocasiones toda la noche, llenando el tiempo con actos de adoración a Cristo en la Eucaristía e implorando luces para ver la voluntad de Dios y obtener la gracia para llevarla a cabo. También adquirió la costumbre de acudir todos los días a la Basílica de Nuestra Señora del Pilar. En cierta ocasión, Escrivá consiguió el permiso necesario para permanecer en el interior del templo una vez cerrado al público y besar la imagen de la Virgen que ahí se venera, privilegio reservado sólo a los niños que se acercan a honrar a la Madre de Dios durante el tiempo en que la basílica mantiene sus puertas abiertas. En su habitación del seminario guardaba una pequeña reproducción en yeso de la Virgen del Pilar y en la base escribió con un clavo la jaculatoria, que tantas veces había formado parte de su oración habitual, “Domina, ut sit!” (Señora, ¡que sea!).

En esa ciudad aragonesa, la devoción a la Virgen que Escrivá aprendió de sus padres creció aún más en profundidad y fervor. Una y otra vez acudía a Ella suplicando su ayuda maternal y pidiéndole estar siempre cerca de su Hijo. “A Jesús siempre se va y se "vuelve" por María[30], escribió en 1934 como fruto de su propia experiencia.

Trató de ser discreto en lo referente a su piedad personal pero en vano. Era de esperar que Escrivá encontrara piedad en el lugar más lógico para eso: el seminario. Pero sus compañeros no tardaron mucho en hacer mofa de su devoción adjudicándole los motes de “Rosa Mística” y “Soñador”.

Motivado en parte por la postura recelosa de sus compañeros, el rector del seminario no miraba con buenos ojos a Escrivá. En la hoja de evaluación al final del primer curso le puso un “bien” en el apartado de piedad, pero sólo “aceptable” en diligencia y disciplina, a pesar de que Josemaría había alcanzado unas notas excelentes y resultó ser uno de los pocos alumnos que no fue castigado en todo el año. Describía el carácter de Escrivá como “inconstante y altivo, pero educado y atento”[31]. Y lo más curioso es que debajo del apartado “vocación” escribió como de mala gana “parece tenerla”[32]. De algunos comentarios de Escrivá se desprende que, muy al principio de su estancia en el seminario, el rector trató incluso de disuadirle de su deseo de ser sacerdote. En el segundo año, el rector solicitó a su homólogo del Seminario de Logroño un informe sobre las cualidades personales de Escrivá y su posible vocación. El informe favorable que recibió y un trato más personal y asiduo con el joven seminarista le hicieron cambiar de opinión y llegó a ser uno de los más fieles defensores de Escrivá.

En algún momento en el transcurso de su estancia en Zaragoza, parece que Escrivá sufrió una dura prueba o crisis. En sus apuntes de principios de los años 30 y dirigiéndose a Cristo dice: “Si no hubieras estorbado mi salida del Seminario de Zaragoza, cuando creí haberme equivocado de camino— estaría alborotando en las Cortes españolas, como otros compañeros míos de Universidad lo están..., y no a tu lado, precisamente, porque [...] hubo momento en que me sentí profundamente anticlerical, ¡yo que amo tanto a mis hermanos en el sacerdocio!”[33]

Aunque la crisis puede haberse exacerbado por la dificultad de Escrivá en adaptarse al seminario y al trato un tanto difícil con alguno de los seminaristas, la nota nos sugiere que la raíz del asunto no está en eso, sino en lo que él describe como su “anticlericalismo”. Aquí hay que aclarar que en la España de los años 20, los políticos anticlericales pretendían eliminar la influencia de la Iglesia en la vida civil. Querían reducir la práctica de la religión al ámbito de lo privado como algo meramente personal, y borrar de la vida pública cualquier vestigio de religiosidad. El anticlericalismo de Escrivá era algo diametralmente distinto; se asentaba en el convencimiento de que el sacerdote está llamado a amar apasionadamente a Dios y a vivir una vida de servicio desinteresado como si fuera “otro Cristo, el mismo Cristo”. En este contexto, no hay, por consiguiente, hueco para que el sacerdote se involucre en el mundo de la política, o trate de manipular o controlar a los fieles con vistas a alcanzar sus propios objetivos. Con el paso del tiempo, Escrivá no tuvo sino palabras de elogio para los compañeros de seminario, la inmensa mayoría de los cuales trabajaron como buenos ministros de Cristo en sus parroquias y no pocos murieron mártires durante la Guerra Civil española. En los primeros años del seminario, sin embargo, le dolía la postura de algunos que pensaban que ser sacerdote era una forma de ganarse el sustento y prosperar en la vida. La idea de forjarse una carrera eclesiástica y la postura de sus compañeros que defendían el hecho de ordenarse sacerdotes porque no tenían otra forma mejor de ganarse la vida hicieron que llegara a preguntarse si no se habría equivocado, al pensar que el sacerdocio iba a satisfacer el deseo de amor que había llenado su corazón el mismo día en que vio aquellas pisadas sobre la nieve.

Las anotaciones de Escrivá no arrojan mucha luz ni sobre la duración de esa crisis ni el modo en que la superó. Lo más probable es que la respuesta a sus dudas y anhelos la encontrara en la oración, meditando en la presencia de Dios distintos pasajes del Antiguo y Nuevo Testamento y dialogando con Jesús, María y José sobre la vida y acontecimientos de la “Trinidad de la Tierra” y su propia vida. Un punto de “Camino” describe el estilo personal de su oración: “Me has escrito: "orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?" -¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias..., ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio. En dos palabras: conocerle y conocerte: "¡tratarse![34].

Su oración era una conversación íntima, personal, incluso apasionada. Le decía a Jesús: “Me hubiese gustado ser tuyo desde el primer momento: desde el primer latido de mi corazón, desde el primer instante en el que la razón mía comenzó a ejercitarse. No soy digno de ser –y sin tu ayuda no llegaré a serlo nunca- tu hermano, tu hijo y tu amor. Tú sí que eres mi hermano y mi amor, y también soy tu hijo”[35].

En ocasiones la oración no fluía tan fácilmente y entonces se aplicaba a sí mismo el consejo que luego daría a otros en “Camino”: “-Y, en mi meditación, se enciende el fuego. -A eso vas a la oración: a hacerte una hoguera, lumbre viva, que dé calor y luz. Por eso cuando no sepas ir adelante, cuando sientas que te apagas, si no puedes echar en el fuego troncos olorosos, echa las ramas y la hojarasca de pequeñas oraciones vocales, de jaculatorias, que sigan alimentando la hoguera[36].

En otros momentos era Dios quien tomaba la iniciativa y le llenaba de instantes de auténtica oración mística. Apenas sabemos nada de esas experiencias porque Escrivá quemó la libreta en que apuntaba todos esos detalles que el Señor había tenido con él, por temor, sobre todo, a que cualquiera que leyese la historia de las gracias extraordinarias recibidas en la oración pensara que era un santo cuando él se consideraba a sí mismo “un pecador que ama con locura a Jesucristo”[37]. Álvaro del Portillo, uno de los primeros miembros del Opus Dei que siempre estuvo a su lado y llegaría a ser su primer sucesor al frente de la Obra, comentaba al referirse a los años de Escrivá en Zaragoza: “Dios le ayudaba con muchas mociones, con muchas locuciones (...); el Señor habla, sin ruido de palabras, y sus frases quedan grabadas en el alma como si fuese a fuego”[38]. El propio Josemaría habló en alguna ocasión de las gracias especiales recibidas durante su estancia en la ciudad del Ebro: “Yo, no sabiendo cómo llamarlas, las llamaba gracias operativas, porque me ayudaban a trabajar, aunque fuese a contrapelo, sin que me costase esfuerzo alguno”[39]. Tras estudiar todas las pruebas existentes, el religioso dominico encargado por la Santa Sede para dirigir la causa de beatificación de Escrivá, resume sus conclusiones con las siguientes palabras: “El Señor le condujo a través de experiencias místicas que le llevaron a alcanzar las cumbres de la unión transformante: locuciones interiores, purificaciones y consolaciones que le hacían ‘sentir’, en toda su humildad, la acción impetuosa de la gracia, y que, como todos los verdaderos místicos, acompañaba con un rigurosísimo esfuerzo ascético”[40].

 

Inspector del Seminario

En el San Carlos, dos inspectores elegidos de entre los alumnos se encargaban de velar por el cumplimiento de las normas del seminario. Normalmente uno era diácono y el otro un seminarista con, al menos, alguna de las órdenes menores. Mantener la disciplina entre sus propios colegas, por muy facultado que se estuviera por la autoridad eclesiástica, no era tarea fácil. Así las cosas, el arzobispo de Zaragoza, cardenal Soldevilla, decidió hacer a Escrivá inspector del seminario en el verano de 1922.

El nombramiento puso a Escrivá en una tesitura un tanto curiosa ya que tan sólo tenía veinte años, vestía de laico, pues no había recibido ninguna de las órdenes menores, y tampoco llevaba tonsura, señal externa de pertenecer al estado clerical. El cardenal salvó este pequeño escollo confiriendo a Josemaría la tonsura en una ceremonia privada el primer día del año académico, e inmediatamente después le nombró primer inspector.

Escrivá se tomó en serio su papel de inspector, pero sin ser cargante. Sobre su mesa puso una cartulina roja en la que, con letras doradas, aparecían las primeras palabras del himno a la caridad de san Pablo: “La caridad es paciente”.

No contento con mantener la disciplina externa, Escrivá trabajó con denuedo para ayudar a los otros seminaristas a tener más caridad entre sí y a fomentar la piedad en su trato con Dios y la Virgen María, estableciendo, entre otras, la costumbre de acudir a la Basílica de Nuestra Señora del Pilar los sábados por la tarde para honrar a la Virgen.

Durante los dos años de inspector, Escrivá pudo sentir los cambios que se iban obrando en los seminaristas. Se vivía mejor la caridad y aumentaba el fervor de los alumnos. No era el único que se daba cuenta de las mejoras producidas; según testimonio del inspector que le sustituyó, el rector tenía tanta confianza en él que “dejó el seminario prácticamente en manos de Josemaría”[41]. Tiempo después, al recordar esa época, el rector subrayaba que Escrivá era una persona que “formaba auténticos sacerdotes”.

De todas maneras, sus últimos años allí no fueron un camino de rosas. Don Elías Ger, sacerdote y profesor de Derecho Canónico, comenzó un día la clase contando una historia que a primera vista no tenía mucha relación con la asignatura. “Érase un comerciante de canela. Compraba el producto en rama y, gracias a un molino de bolas, lo reducía a finísimo polvo. Un día el molino dejó de funcionar. Las bolas se habían desgastado y era preciso importar otras de Alemania. Pasó el tiempo. El repuesto no llegaba y la canela estaba por moler. Un amigo, viéndole triste, aconsejó al comerciante que se fuese a un torrente a buscar unos cantos rodados del tamaño de las bolas inservibles, que las encajase en el molino y que, durante varios días, las hiciese girar y girar sin echar aún la canela. Así lo hizo y, al cabo de quince días, comprobó que los cantos, de tanto rozar y chocar unos con otros, se habían pulimentado, quedando tan lisos como las bolas de Alemania. Hizo una breve pausa el profesor y, dirigiéndose a Josemaría, añadió: Así trata Dios a los que quiere. ¿Me entiendes, Escrivá?[42]”.

Don Elías Ger no se refería sólo a los pequeños inconvenientes que surgen cada día y que Dios emplea para pulir las aristas del carácter, sino a un incidente concreto acaecido poco tiempo antes: una pelea en la catedral entre Escrivá y otro seminarista algo más mayor. Según el rector del seminario, que presenció el suceso, el alumno mayor incitó a Josemaría con insultos groseros y fue el primero en golpear. No obstante, Escrivá había perdido los nervios y el rector se preocupó hasta el punto de pedir consejo por carta al antiguo director espiritual del seminario riojano.

Este lance y otros propios de la vida en el seminario proporcionaron a Escrivá la oportunidad de dominar su genio. No sería extraño pensar que tuviera esos años en mente al escribir: “Chocas con el carácter de aquel o del otro... Necesariamente ha de ser así: no eres una moneda de cinco duros que a todos gusta. Además, sin esos choques que se producen al tratar al prójimo, ¿cómo irías perdiendo las puntas, aristas y salientes -imperfecciones, defectos- de tu genio para adquirir la forma reglada, bruñida y reciamente suave de la caridad, de la perfección? Si tu carácter y los caracteres de quienes contigo conviven fueran dulzones y tiernos como merengues, no te santificarías”[43].

Las responsabilidades que Escrivá hubo de asumir como inspector le ayudaron en no poca medida a madurar y mejorar personalmente. Las necesidades de los otros seminaristas le animaron a rezar aún más por ellos y aprendió lecciones muy valiosas en el campo de la dirección espiritual, el ejercicio de la autoridad y el arte del gobierno. Pero, sobre todo, el empeño por vivir personalmente las virtudes que trataba de inculcar a los demás le ayudó mucho a crecer en caridad y comprensión.

 

Estudios de Derecho

En junio de 1923, Escrivá terminó su cuarto año de Teología cumpliendo así los requisitos para lograr el grado de licenciado en Teología por la Universidad Pontificia de Zaragoza. Se propuso también hacer el doctorado ya que el quinto año tenía menos clases y era más fácil obtener permiso del cardenal Soldevilla para comenzar los estudios de Derecho al tiempo que continuaba con los eclesiásticos.

Los seminaristas y sacerdotes que estudiaban en universidades civiles eran muy pocos, pues las autoridades eclesiásticas no se fiaban del todo de aquellas universidades que no podían controlar. En 1918 el Vaticano alertó de que una “dilatada y triste experiencia” venía demostrando que dichas universidades representaban un serio peligro para los sacerdotes. El cardenal Soldevilla, sin embargo, concedió a Escrivá el permiso solicitado para asistir a la Facultad de Derecho.

En aquellos años, las universidades españolas ofrecían a los estudiantes dos formas de seguir sus estudios. Por una parte, estaban los “alumnos oficiales” que debían acudir a todas las clases y, por otra, existía la figura del llamado “alumno no oficial”, cuya asistencia no era obligatoria y podía, por tanto, hacer el examen sin haber tenido que acudir a un número determinado de clases. Escrivá se apuntó como alumno no oficial. Los cursos no se dividían en semestres, sino que las asignaturas comenzaban en octubre y acababan en junio, con los consabidos períodos de vacaciones en Navidad y Semana Santa. Había exámenes finales –orales– antes del verano y en otoño, justo antes de que comenzara el curso académico. Los alumnos podían elegir cuándo hacer los exámenes y no era infrecuente que muchos repartieran los exámenes entre el verano y septiembre.

En el verano de 1923, Escrivá hizo por libre dos cursos introductorios de Derecho, examinándose en otoño de ese año. El curso académico siguiente se apuntó a siete asignaturas en la Facultad de Derecho de la Universidad de Zaragoza, además de las tres asignaturas del quinto curso de Teología. Aprobó algunos exámenes en junio y otros en septiembre.

Derecho Canónico era una materia que se estudiaba tanto en la Universidad Pontificia como en la Facultad de Derecho. Escrivá tuvo la suerte de haber contado con prestigiosos canonistas en sus años de universidad que le formaron muy bien, como el ya mencionado Elías Ger, de la Universidad Pontificia, y Juan Moneva, de la Facultad de Derecho. Escrivá se hizo gran amigo de éste último, brillante catedrático a la sazón, si bien un tanto excéntrico, con quien mantuvo una afectuosa relación hasta su muerte. También forjó una sólida amistad con el profesor de Derecho Romano, José Pou de Foxá, a quien acudiría en sus primeros años de estancia en Madrid para pedir consejo.

 

Ordenación sacerdotal

Escrivá recibió el subdiaconado en junio de 1924 y pronto comenzó su preparación para la ordenación de diácono que tendría lugar pocos días antes de Navidad. El 27 de noviembre recibió un telegrama que le informaba de que su padre estaba gravemente enfermo y le rogaban que acudiera con urgencia a Logroño. De hecho, su padre había fallecido súbitamente aquella misma mañana mientras se preparaba para ir a trabajar. Desgraciadamente, la tensión creada entre los Escrivá y la familia de doña Dolores, por la quiebra del negocio familiar y la decisión de don José de pagar a los acreedores con el patrimonio familiar, quedó tristemente de manifiesto al no acudir ningún Albás al funeral celebrado en Logroño.

El joven seminarista de 22 años se encontró de repente con la responsabilidad de sacar adelante a su madre, a su hermana Carmen y al pequeño Santiago. Teniendo en cuenta que cuidar de toda su familia como sacerdote no iba a ser fácil, la decisión de no seguir adelante con su vocación hubiera tenido justificación. Es cierto que ya era subdiácono, pero dadas las circunstancias habría sido fácil obtener la dispensa. Además, y a pesar de los años transcurridos desde que vio las huellas del padre José Miguel en la nieve, Escrivá seguía sin tener una idea clara de lo que el Señor quería de él. Aunque había decidido hacerse sacerdote para estar dispuesto a llevar a cabo lo que Dios le pidiera, continuaba a oscuras con respecto a la razón última de su sacerdocio. Sin embargo, el hecho de haber recibido ya el subdiaconado lo consideró Escrivá como una señal cierta de que Dios deseaba que siguiera adelante en su vocación sacerdotal, y confió en que el Señor le ayudaría a hacerse cargo de su familia al mismo tiempo. Poco antes de su vigésimo tercer cumpleaños –el 20 de diciembre de 1924– fue ordenado diácono en Zaragoza.

En la España de 1920, pocas parroquias urbanas tenían rectorías. La mayor parte de los sacerdotes vivía con sus parientes o se alojaba como huésped en casas de otras familias. Escrivá sabía, por tanto, que en cuanto fuera ordenado sacerdote y dejara el seminario tendría que buscar alojamiento para él y su familia, ya que no era planteable tener dos casas, una para los suyos y otra para él. Suponiendo que el primer destino como sacerdote sería en Zaragoza, alquiló un pequeño apartamento en la ciudad y allí se mudó la familia en 1925.

El traslado de doña Dolores y sus hijos a Zaragoza molestó a algunos de sus parientes, sobre todo a su hermano Carlos Albás, sacerdote ilustre y con buenas relaciones en la diócesis de la capital aragonesa. Durante los años en que Escrivá estuvo en el seminario, Albás ayudó a su sobrino como pudo e hizo que fuera conocido en algunos círculos sociales, a pesar de no estar de acuerdo con sus planes de estudiar Derecho y de considerar la idea del sacerdocio del joven Josemaría poco práctica y nada realista. Lo peor de todo, sin embargo, fue que don Carlos Albás no estaba preparado para tener a sus parientes en una ciudad donde su pobreza dañaría la próspera y distinguida posición social que disfrutaba. Les aconsejó, por tanto, que se quedaran en Logroño y, al igual que otros parientes, se ofreció a ayudarles económicamente si permanecían allí.

A don Carlos le sacaba de quicio que echaran en saco roto sus consejos y la decisión de los Escrivá de trasladarse a Zaragoza le molestó enormemente. Cortó toda relación con ellos e hizo lo posible para que abandonaran la ciudad. Cuando Josemaría y su hermana Carmen fueron a visitarle al poco de llegar a la ciudad, les recibió en la puerta de su casa y les espetó: “¿Qué demonios habéis venido a hacer en Zaragoza?, ¿airear vuestra pobreza?”[44].

Durante los meses que siguieron a la muerte de su padre, Escrivá se preparó para la ordenación sacerdotal trabajando como diácono. Su fe en la presencia real de Jesús en la Eucaristía era tan manifiesta y su amor a Cristo tan apasionado, que le temblaban las manos, y a veces todo el cuerpo, cuando cogía la Hostia en sus manos. Nunca olvidó aquellos primeros encuentros con Jesús Sacramentado nada más ordenarse diácono. En noviembre de 1970, mientras se lavaba las manos durante la Misa, le volvieron a temblar al pensar que pronto iba a tocar el cuerpo de Cristo. Los recuerdos de esas primeras experiencias hacía casi medio siglo volvieron a su mente con fuerza. “Señor, que no me acostumbre a estar cerca de Ti; que te quiera como aquella vez, cuando Te toqué temblando por la fe y el amor”[45].

Escrivá recibió la ordenación sacerdotal el 28 de marzo de 1925 en la iglesia del seminario de manos del obispo auxiliar Díaz de Gómara y celebró la primera Misa el lunes siguiente en la capilla de la Virgen del Pilar. Debido a que la familia seguía de luto por la muerte de don José, el joven Escrivá invitó a poca gente a la ceremonia. Apenas hubo parientes y fue llamativo que ninguno de sus dos tíos curas, Carlos y Vicente Albás, estuvieran presentes. Aparte de su madre, sus hermanos y los dos sacerdotes que le ayudaron, invitó al rector del seminario –el padre López–, al Dr. Moneva, con su esposa e hija, un primo de Escrivá y su mujer, dos amigas de su hermana y otros dos amigos del nuevo sacerdote: uno era juez y el otro un empleado del seminario. Tras la Misa, algunos de los invitados fueron al apartamento familiar a tomar un pequeño refrigerio.

 

***

 El joven sacerdote se encontró en una curiosa situación. En cierto sentido, toda su vida hasta la fecha había sido como un proceso de preparación para el sacerdocio. No albergaba ninguna duda de que ésa era su vocación y sin embargo intuía que Dios quería algo más de él; algo que no podía describir, pero que era la razón de ser de su sacerdocio. Así estuvo durante tres años y medio, hasta el 2 de octubre de 1928 cuando recibió de Dios su vocación específica como fundador del Opus Dei.


 

Capítulo 3

 

Años de preparación (1925-1928)

 

Sin sitio en Zaragoza

En 1920 Zaragoza era una gran diócesis sin escasez de clero. A los sacerdotes recién ordenados se les asignaba, ordinariamente, a parroquias grandes de la ciudad, donde podrían aprender de sacerdotes con experiencia. Tal encargo habría permitido a Escrivá permanecer con su familia y sacarla adelante dando clases particulares a estudiantes.

El día de su Primera Misa, sin embargo, Escrivá recibió el encargo de trasladarse a Perdiguera, un pueblo agrícola con menos de mil habitantes, situado en una de las zonas más atrasadas del norte de España. Perdiguera estaba a 20 kilómetros de Zaragoza, pero sólo se podía llegar allí en coche de línea tirado por mulas, así que Escrivá quedó apartado de su familia. El pueblo era tan pequeño que no tuvo oportunidad de obtener ningún ingreso fuera de los estipendios que recibiría por la celebración de sacramentos.

El párroco titular había caído enfermo y había dejado el pueblo, así que Escrivá se encontró solo en ese lugar donde no conocía a nadie. A pesar de que la parroquia tenía una rectoría, todavía estaba llena de los muebles del párroco titular y de sus pertenencias. Escrivá se alojó con una familia del pueblo. Su primera tarea fue limpiar la iglesia, que estaba muy sucia. Después, con ayuda del sacristán y de su hijo, emprendió la tarea de conocer a sus nuevos parroquianos. En el transcurso de las siguientes semanas visitó a casi todas las doscientas familias que formaban la parroquia, especialmente aquéllas donde había alguien enfermo y guardando cama.

A pesar de que había pocos asistentes, Escrivá cantaba Misa todos los días y oficiaba la Bendición con el Santísimo Sacramento cada tarde. Los jueves dirigía la Hora Santa. Cada tarde permanecía horas en el confesionario, leyendo su breviario y esperando a los penitentes. Sus horas de oración delante del Santísimo Sacramento y su negativa a pasar las tardes jugando a las cartas con “las fuerzas vivas” del pueblo pronto hicieron que algunos le llamaran “el místico” o “la rosa mística”, como alguno de sus compañeros de seminario había hecho.

Escrivá organizó las catequesis de primera comunión. Uno de los niños de la familia con la que se alojaba no podía asistir a las clases porque pasaba todo el día pastoreando las cabras de la familia. Escrivá le daba clases particulares por la tarde. Un día Escrivá le preguntó qué haría si fuera rico. “¿Qué es ser rico?”, dijo el chico. Cuando Escrivá le explicó que ser rico significaba tener mucho dinero, montones de ropa, vacas gordas y cabras de piel reluciente, los ojos del chico se encendieron y respondió: “Me comería ¡cada plato de sopas con vino (...) Al oír la respuesta, concluyó pensando para sus adentros: Josemaría, está hablando el Espíritu Santo. Porque todas las ambiciones de este mundo, por grandes que sean, no pasan de ser un prosaico plato de sopas, nada que valga realmente la pena”[46].

Escrivá permaneció algo menos de dos meses en Perdiguera, y volvió a Zaragoza el 18 de mayo de 1925. A su regreso, sin embargo, encontró que no tenía nuevo destino. A pesar de sus repetidas peticiones de un nuevo encargo pastoral, los funcionarios de la diócesis no le hicieron caso. Si el cardenal Soldevilla, que le había nombrado prefecto del seminario, estuviera vivo, Escrivá no habría tenido problemas. Sin embargo, el cardenal había sido asesinado por un pistolero anarquista, en medio del clima de violencia política reinante en Zaragoza. Escrivá no pudo acercarse al sucesor de Soldevila, el obispo Doménech, y sus tíos usaron de su influencia en las oficinas diocesanas para impedir que le asignaran un nuevo encargo pastoral.

Para mantener a su familia, Escrivá comenzó a dar clases particulares a estudiantes. Si esto apenas era suficiente para mantenerse él mismo, cuánto menos para mantener a los suyos. Finalmente, en mayo de 1925, encontró un puesto a tiempo parcial como capellán de la iglesia de San Pedro Nolasco, que atendía la Compañía de Jesús y era conocida popularmente como iglesia del Sagrado Corazón. Esto le dio muchas oportunidades de ejercer su ministerio sacerdotal, pero no resolvió su problema económico. Las cinco pesetas que ganaba cada día en la iglesia no le alcanzaban a Escrivá para mantener a su familia. Además, su madre temía que le enviaran de vuelta a un pueblo distante. Armándose de valor, decidió pedir ayuda a su hermano, Carlos Albás. Éste no sólo se negó a ayudarla, sino que la echó de su casa. Evidentemente no había futuro para los Escrivá en Zaragoza.

Durante su primer año de sacerdocio, Escrivá se dedicó con todas sus fuerzas a la oración personal y a las tareas sacerdotales de la iglesia del Sagrado Corazón: oír confesiones, celebrar la Misa y enseñar el catecismo. Para conseguir llegar a fin de mes, daba clases particulares a tantos estudiantes que una vez se describió a sí mismo como un “profesor condenado a galeras”. Además, se dedicó seriamente a la carrera de Derecho. Durante el año académico 1924-1925, la muerte de su padre y su propia ordenación no le dejaron apenas tiempo para seguir esos estudios, y sólo logró matricularse en una asignatura. En el año 1925-26, sin embargo, se matriculó de ocho asignaturas, de forma que a finales de los exámenes de otoño sólo le quedaba una para completar su licenciatura.

Aunque Escrivá continuaba siendo un estudiante “no oficial”, que no estaba obligado a asistir a clases, pasaba tiempo en la universidad. Allí, los intereses culturales y cualidades personales que años atrás habían molestado a algunos seminaristas le hicieron un estudiante popular e incluso un líder. El hecho de que fuera sacerdote y acudiera con sotana a clase le podría haber separado de los demás estudiantes, pero su talante seguro, su carácter abiero y comunicativo, su sentido del humor y su optimismo le permitieron hacer buenos amigos entre sus compañeros de curso, algunos de los cuáles no eran creyentes. Solía quedar con otros alumnos para estudiar, preparar resúmenes o simplemente para charlar. También animó a algunos a acompañarle los domingos por la mañana a dar catequesis a los niños de los arrabales. Años más tarde, un universitario relató que Escrivá era un “romántico de Cristo: alguien enamorado de Él, un hombre con una fe completa en el Evangelio”. Estas cualidades le permitían establecer amistades estrechas no sólo con otros compañeros estudiantes, sino también con profesores mucho mayores que él.

En el otoño de 1925 sólo le quedaba una asignatura para terminar la carrera. En octubre empezó a enseñar Derecho Romano y Canónico en una academia privada, el Instituto Amado, que preparaba para oposiciones a recién licenciados y ofrecía clases de repaso a estudiantes de la Facultad. En enero de 1927 se presentó al último examen y recibió su título.

Escrivá todavía no tenía un puesto estable en la diócesis y había sido rechazado para varios. Fue entonces cuando su antiguo profesor de Derecho Romano, don José Pou de Foxá, que estaba bien relacionado en la diócesis de Zaragoza y comprendía los enredos de la política clerical, le advirtió de que no había sitio para él en la ciudad y que debía trasladarse a Madrid.

 

Madrid

Escrivá hizo un viaje a Madrid en el otoño de 1926 para informarse sobre la posibilidad de realizar un doctorado en Derecho en la Universidad de Madrid, la única en la que se otorgaba el título en esa época. Con una licenciatura, se podía ejercer la abogacía, pero para aspirar a un puesto estable en la universidad, con el que mantener a los suyos, debía alcanzar el grado de doctor.

Dos obstáculos se interponían en el camino del doctorado de Escrivá. Primero, apenas podía proveer a su familia de techo y comida. ¿De dónde iba a sacar el dinero para pagar sus estudios? Segundo: ¿cómo obtendría permiso para trasladarse a Madrid?

El problema no residía tanto en que las autoridades de su diócesis de Zaragoza pusieran pegas para que dejara la ciudad, sino en que el Madrid de esa década era un imán para todos los sacerdotes de España. La diócesis tenía muchos sacerdotes incardinados, y las autoridades eclesiásticas estaban decididas a reducir el número de sacerdotes extradiocesanos de la capital. La Santa Sede había prohibido a los obispos españoles dejar establecerse en Madrid a sus sacerdotes a no ser que hubiera una razón de peso y que hubieran recibido la aprobación del obispo de Madrid, permiso que que éste rara vez concedía.

Después de varios intentos infructuosos, en marzo de 1927 Escrivá se enteró por medio de un amigo claretiano de que la iglesia de San Miguel en Madrid estaba buscando un sacerdote para decir la Misa de 5:50 cada mañana. En una sociedad en la que la gente cenaba y se acostaba tarde, la iglesia, atendida por los redentoristas, no estaba inundada de peticiones. La ventaja del puesto, desde el punto de vista de Escrivá, era que la iglesia estaba bajo la jurisdicción papal del nuncio, y un sacerdote no necesitaba el permiso del obispo de Madrid para ejercer allí su ministerio. Las únicas aprobaciones necesarias eran las del nuncio y, en el caso de un sacerdote de fuera de Madrid, la del obispo de la diócesis de procedencia. El permiso del nuncio no era problema. Escrivá explicó al arzobispo de Zaragoza que deseaba realizar el doctorado en Derecho, pero que pretendía emplear la mayor parte del tiempo en actividades pastorales, ya que esa era la razón de su sacerdocio. El arzobispo concedió su permiso el 17 de marzo de 1927. Escrivá empezó los preparativos finales para el traslado a Madrid. El rector de San Miguel le urgió a que se trasladara lo antes posible, porque la iglesia necesitaba sus servicios para la semana siguiente.

Justo cuando se estaba preparando para irse a Madrid, Escrivá fue asignado por su obispo a una parroquia rural para la Semana Santa. Estuvo tentado de pedir que se le excusara del encargo, por miedo a que retrasar un mes su llegada a Madrid inclinara a la iglesia de San Miguel a buscar a otro. No obstante, siguiendo el consejo de su madre, aceptó el encargo y notificó al rector de San Miguel que llegaría en cuanto terminara la Pascua. Hacia el final de su vida, Escrivá recordaría con gozo su breve estancia en Fombuena.

Escrivá vio la mano de Dios no sólo en este inconveniente destino en Fombuena, sino en todas las aparentemente adversas circunstancias de su vida en Zaragoza. Todavía no sabía lo que Dios quería de él, pero continuaba pidiendo luces: “Señor, que vea”. Dios respondió a su oración con muchas gracias, incluso con locuciones que Escrivá anotó y meditó frecuentemente. Aunque no sabía hacia dónde le estaba dirigiendo Dios, estaba convencido de que la divina providencia actuaba en su vida. Vio su inminente viaje a Madrid como parte del plan que Dios había previsto. Escrivá descubría poco a poco una misión que todavía no se había manifestado por completo.

Escrivá llegó a Madrid a mediados de abril de 1927. Apenas sin ningún contacto, estuvo primero en alojamientos modestos, pero pronto se trasladó a una residencia de sacerdotes que las Damas Apostólicas, una orden de reciente fundación, dirigían en la calle Larra.

 

Entre los pobres y enfermos

Las obligaciones de Escrivá en la iglesia de San Miguel –limitadas a decir Misa diariamente– satisfacían muy poco su celo sacerdotal. Un mes después de trasladarse a la residencia de sacerdotes, la fundadora de las Damas Apostólicas, Luz Rodríguez Casanova, le pidió que fuera el capellán del Patronato de Enfermos, abierto por esta comunidad. Escrivá aceptó feliz el ofrecimiento. Sin embargo necesitaba el permiso del obispo de Madrid para poder decir Misa, predicar u oir confesiones fuera de la iglesia de San Miguel. Gracias a la fundadora, que disfrutaba de excelentes relaciones con el obispo Eijo y Garay, Escrivá pudo obtener el permiso requerido. No obstante, el obispo estaba tan decidido a reducir el número de sacerdotes de otras diócesis en Madrid, que sólo lo concedió durante un año. Escrivá tendría que pedir cada cierto tiempo renovar sus licencias eclesiásticas para administrar los sacramentos y predicar en Madrid, además de solicitar la renovación de licencias en su diócesis de Zaragoza.

Los deberes oficiales de Escrivá como capellán del Patronato de Enfermos se limitaban a decir Misa y oficiar los demás actos que se celebraban en la iglesia, pero pronto empezó a ayudar a las Damas Apostólicas de otros modos. El Patronato de Enfermos intentaba remediar alguna de las deficiencias de la sanidad de entonces. Prácticamente no existía la sanidad pública. Había algunos hospitales del Estado, pero no estaban a la altura de los más modernos, equipados con material técnico y personal áltamente cualificado. Eran casi barracones para los indigentes moribundos, que no tenían otro sitio a donde ir. Nadie que pudiera pagar una clínica privada acudía a un hospital público. Y sólo los muy afortunados de entre los pobres eran admitidos en ellos. El escaso número de camas hacía que a menudo los pobres simplemente se quedaran sufriendo en sus chabolas. El Patronato tenía una enfermería con veinte camas y una clínica móvil.

Las Damas Apostólicas también atendían unas 60 escuelas para niños pobres en los suburbios y otras zonas de clase obrera de Madrid. Allí, 14.000 estudiantes recibían educación primaria y aprendían los rudimentos de la religión. Las Damas Apostólicas también habían levantado seis capillas en las afueras de Madrid, en barrios donde los inmigrantes de las provincias vivían sin nada, casi siempre en chabolas hechas por ellos mismos. Sin embargo, ninguna de estas capillas tenía un capellán fijo.

Escrivá pronto se involucró en muchas de estas actividades. Oía confesiones, enseñaba el catecismo, administraba los sacramentos a los enfermos en sus casas y cada año preparaba a cerca de 4.000 niños para su primera comunión.

Escrivá obtuvo lecciones para su vida interior de su contacto con los niños. Considerando las tareas que Dios le estaba encomendando, pero que todavía no veía con claridad, concluyó que su fuerza debía proceder de su indigencia. Él tenía “nada y menos que nada”[47], decía, pero, con la oración, todo saldría como Dios quería. La vida de infancia espiritual, dijo en una ocasión, “se me metió en el corazón tratando a los niños. Aprendí de ellos, de su sencillez, de su inocencia, de su candor, de contemplar que pedían la luna y había que dársela. Y yo tenía que pedirle a Dios la luna: ¡Dios mío, la luna!”[48]

La parte más exigente y agotadora del trabajo de Escrivá para el Patronato eran las visitas a los enfermos en sus casas, para oír confesiones, llevarles la comunión y administrarles el sacramento de la extremaunción. Las Damas Apostólicas estaban en contacto con miles de personas de condición humilde y recibían numerosas peticiones – a veces de la propia persona, y a veces de un pariente – para que un sacerdote llevara los sacramentos al enfermo. En aquellos tiempos sólo se llevaba la comunión a los moribundos. Las Damas Apostólicas obtuvieron permiso del obispo para llevarla a cualquier enfermo que lo pidiera, si el párroco del lugar estaba de acuerdo.

Gran parte de esta carga recayó en Escrivá. Viajaba de un extremo a otro de la ciudad, normalmente a pie o en tranvía, para ejercer su ministerio entre los enfermos de los barrios más pobres. Gracias a sus modales educados, pero sobre todo a su intensa oración y sacrificio, el joven sacerdote tenía un don especial para hacer que gente largo tiempo separada de la Iglesia se reconciliara con Dios en el lecho de muerte. En sus notas personales, por ejemplo, describía el siguiente caso: “Llegué a casa del enfermo. Con mi santa y apostólica desvergüenza, envié fuera a la mujer y me quedé a solas con el pobre hombre. ‘Padre, esas señoras del Patronato son unas latosas, impertinentes. Sobre todo una de ellas’... (lo decía por Pilar, ¡que es canonizable!). Tiene Vd. razón, le dije. Y callé, para que siguiera hablando el enfermo. ‘Me ha dicho que me confiese..., porque me muero: ¡me moriré, pero no me confieso!’. Entonces yo: hasta ahora no le he hablado de confesión, pero, dígame: ¿por qué no quiere confesarse? ‘A los diecisiete años hice juramento de no confesarme y lo he cumplido’. Así dijo. Y me dijo también que ni al casarse —tenía unos cincuenta años el hombre— se había confesado... Al cuarto de hora escaso de hablar todo esto, lloraba confesándose”.[49]

Una de las religiosas que trabajaban en el Patronato en aquel tiempo recordaba más tarde: “Cuando teníamos un enfermo difícil, que se resistía a recibir los sacramentos, que se nos iba a morir lejos de la Gracia, se lo confiábamos a don Josemaría en la seguridad de que estaría atendido y que, en la mayoría de los casos, se ganaría su voluntad y le abriría las puertas del Cielo. No recuerdo un solo caso en el que fracasáramos en nuestro intento”[50].

Algunos años antes de su muerte, Escrivá rezaba en voz alta, trayendo a la memoria esta etapa de su vida: “Horas y horas por todos los lados, todos los días, a pie de una parte a otra, entre pobres vergonzantes y pobres miserables, que no tenían nada de nada; entre niños con los mocos en la boca, sucios, pero niños, que quiere decir almas agradables a Dios... Fueron muchas horas en aquella labor, pero siento que no hayan sido más”[51]


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